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Full text of "Guerra de anexión en Portugal durante el reinado de Don Felipe II"

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GUERRA DE ANEXIÓN 

EN PORTUGAL 



GUERRA DE ANEXIÓN '^ 






EN PORTUGAL 



DURANTE EL REINADO DE 



DON FELIPE H 



POH El, EXCUU. SH. GEKERAL 



DON JULIÁN SUAREZ INCLÁK 



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TOMO ^^^:. ' 



MADRID 

ntPRENTA Y LITOGRAFÍA DEL DEPÓSITO DE LA GUERRA 

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K 



J¿s propiedad del 




CAPÍTULO I 



Situación de los ejércitos portugués y castellano en ks vertientes opues- 
tas del arroyo Alcántara* — Portal cía de la liiiea ocupada por los de 
DtjQ Antonio. — Tropas que la dellenden, con inclusión de la armada 
cjue cQbre el ala iiquíerdii.^— Reconocimiento del campo lusitano hecho 
por el duque de Alba. — Número de gente y de bajeles que los de Es- 
paíla colocan en su línea de batalla. — -Singular disposición del frente de 
los ejércitos con respecto á sus linean naturales de operación es. — Plan 
del duque de Alba para acometer Us poste Lo nc& enemigas. — Orden ge- 
neral comunicada por el caudillo español á sus capitanes el á\a ^4 de 
agosto Je 1380 ► — Exhortaciones que dirigen a los suyos los jetes d» 
uno y otTü campo, — Alarma con que inquietan los castellanos á sus ad- 
versarlos la noche que precede á la batalla. — Ataque prematuro de 
Próspero Colon na contra U izquierda portuguesa.^Vanadus acciden- 
tes en el puente de Alcántara, y su toma por los de CastilLi.— Acome- 
tida vicorosa y afortunada de Sancho de Avila sobre la derecha lusita- 
na. — ifo vi miento envolvente de la c a baile na, dirigido por el prior Don 
Fernando de Toledo.— Retirada de ios portuj:íueses.— Avance de la es- 
cuadra española y rendición de la ti ota de Don Antonio* — Precipitada 
fuga de Jas tropas lusaanas. — Bajas sufridas por kjs do» ejércitoSn^ 
ConsideracjQDes acerca de la consumada pericia con que el duque da 
Alba alcanzó la victoria. 




LEGAMOS al punto culminante de la campaña. 
Alojadas las tropas de Don Felipe en derredor 
del monasterio de Belem, hállanse á la vista los 
ejércitos contendientes, y es inevitable un encuentro que 
ha de decidir la suerte de Lisboa y arrastrar tras sí la del 
reino entero. Arden los nuestros en deseos de venir á las 
manos, ganosos de triunfo decisivo que renueve los laure- 
les en inmortales victorias conseguidos: su arrojo y biza- 
rría, probados en gloriosos combates; el ascendiente que 
tienen sobre el contrario, y la pericia, jamás desmentida, 
del jefe que los comanda, hácenos esperar, con fimdado 
motivo, la completa rota de las bisoñas huestes que sí- 
tomo u I 



2 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

guen al prior de Grato. Guiado éste por el despecho, 
mal aconsejado por sus parciales ambiciosos, y fíando 
más de lo que debe en las asperezas del terreno donde 
ordenara su gente, decide hacer rostro al castellano y 
disputarle el camino de Lisboa. Ni en número ni en ca- 
lidad puede la abigarrada muchedumbre que dirige sos- 
tener la competencia con los tercios del Rey Católico, 
é insensatez grande es en el pretensor portugués reñir 
campal batalla con el experto duque de Alba. 

Separa entrambos ejércitos la escasa corriente del 
riachuelo Alcántara: allí, donde tras breve curso, rinde 
al caudaloso Tajo su tributo exiguo; y apercibido con 
tiempo el lusitano, no descuidara fortalecer sus reales 
con doble línea de reparos, aumentando así las condicio- 
nes defensivas con que favoreciera aquel suelo la pródiga 
naturaleza. Forma el aroyo en su desembocadura ángulo 
recto con la orilla derecha del Tajo, y deslizábase en- 
tonces su mismo caudal de aguas por barranco profundo, 
de muy ásperas laderas, poco apropiado para el movi- 
miento de tropas en buen orden dispuestas y organizadas. 
Suavizábanse algún tanto las vertientes cuando agua arri- 
ba se caminaba, y si bien el terreno ofrecía irregular es- 
tructura, se hacía allí más fácil el acceso, y era en aque- 
lla parte el andar más cómodo (l). 

Sobre la siniestra margen, ocupando la cumbre de 
los collados, establece el de Crato su línea de batalla, 
cubriendo su frente con el lecho del arroyo, que le ser- 
vía á manera de foso, bien que generalmente estuviera 
seco durante el estío en la mayor parte de su curso, y 
que por esta razón, en el tiempo en que los dos ejércitos 



(i) Fr anchi Conestaggio, Unión dt Portugal á la corona de Castilla^ 
libro Vil. — Escobar, Relación de la felicísima jornada y etc. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE n 3 

estaban en presencia no constituyera por sí mismo un 
obstáculo serio, si no íue&e por la naturaleza escarpada 
de las laderas, entre las cuales se dirigía á desaguar en 
el Tajo. Don Antonio ocupa, con fuerzas proporcionadas, 
las avenidas del puente de Alcántara, situado en la ve* 
cindad de la ría, hasta donde extiende el ala izquíerdaj 
que pone de tal suerte en contacto inmediato con la es- 
cuadra. Y el grueso de las trapas de Infantería y caba- 
llería apóstalas el lusitano tras espeso bosque de olivos, 
bajo el amparo de numerosa artillería colocada en los 
parajes más adecuados para rechazar cualquiera movi- 
miento ofensivo. Una casa, que era el único edificio 
existente en aquellos sitios, yermos entonces y hoy 
embellecidos por hermosos jardines y fincas de recreo, 
elevábase solitaria á la proximidad de! puente, sobre la 
comunicación de Belem con la capital portuguesa. Tenia 
la casa sendas puertas por uno y otro lado, que le daban 
excelentes condiciones para albergar una gran guardia ó 
puesto avanzado, y conociendo el de Crato su importan- 
cia y fortaleza, la convirtió en una especie de reducto^ 
aspillerando las paredes y colocando allí una apropiada 
guarnición. Algo más adelante, casi en el punto donde 
la corriente exigua del Alcántara desaparece en el Tajo, 
había unos molinos, que ocupan también las tropas del 
prior (l). 

Era, pues, fortísima la posición portuguesa, y aún se 
juzgara del todo inabordable si, previniéndose Don An- 
tonio en su flanco derecho cual en el resto de su línea, 



¡i) Herrera, Historia de Poi'tttíf*iÍ y conquista ét Lis islas A^orts^U" 
bro III.— Franchi Coneátaggia, Union de Poríugr/jl á ¡a i-arons dw Castilla ^ 
libro VII.— Escobar, Relación de la felicísima jornadaj ^/tr.— £stébaaez 
CalderÓQ, Conquista y pérdida de Portugal; Campaña del duque de Alba, 
cap. III. — Rebelio da Silva, Historia de Portugal nos séculos XVH e 
XvIIl, Introducf^Oj cap. VI, tomo II, págs. 530 y 531. 



4 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

cerrase el campo por aquel lado con parapetos diestra- 
mente trazados y prevísoramente defendidos. No lo hace 
así, por desventura suya, y no tarda en conocer, á muy 
cara costa, de qué modo se paga en la guerra la impre- 
visión y la impericia (l). 

Difícil apreciar con seguridad el número total de tro- 
pas con que el prior guarnecía aquellas posiciones, pues 
mientras los escritores portugueses, equivocadamente en 
nuestro sentir, las reducen á 4.000 hombres de todas ar- 
mas (2), hay también publicistas distinguidos que, como 
el francés Carrión Nissas, elevan á 25.000 la cifra de los 
combatientes lusitanos. Creémosla nosotros exagerada, 
pero tampoco podemos admitir que la muy corta tropa 
de 4.000 soldados fuese bastante á ocupar una línea de 
batalla que, desde la orilla del río Tajo hasta pasados 
los altos de Los Placeres, extiéndese más de dos kiló- 
metros, y no hemos de suponer, de otro lado, tan des- 
provistos de sentido á los jefes que con Don Antonio mi- 
litaban, para hacerles la ofensa de dar como cosa cierta 
que con ínñma hueste, ya ñaca, de poca traza y mal ali- 
ñada de suyo, llevaran su jactanciosa presunción hasta el 
punto de empeñar un combate de éxito previsto, y cu- 
yas consecuencias habían de ser para ellos desdichadas. 
Estimamos por esto más exacto el parecer de Herrera, 
que concede lo.ooo hombres al ejército portugués, acau- 
dillado por el inexperto conde de Vimioso (3). 



(x) Fray Idanael Homeu, Memoria da disposicfdo das armas castelha" 
ñas, etc. — Sousa de Pinto, Batalla de Alcántara , 

(s) 'Hornea, Paría y Sousa, Sonsa Pinto. Rebello da Silva dice que, 
cuando mucho, las fuerzas de Don Antonio subirían á 7 ú 8.000 hombres, 
y de ellos más de 3 .000 eran esclavos negros. 

(3) La opinión de Herrera se haUa conforme con las noticias más ve- 
rídicas. Una relación inserta en el tomo XL de los Doc. inéd., pág. 371, 
en la cual, por exagerar más bien la flaqueza de los portugueses, no es de 
creer que se aumente su número, dice que Don Antonio estaba en el bur- 
go de Alcántara con 8 ó 9.000 hombres. 



^ 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 5 

Protege el ala izquierda de aquella masa la escuadra 
de 36 naves, 9 galeones y 5 galeras, que acaudilla Gas- 
par de Brito, y cuya gente se halla con el decaldo es- 
píritu inevitable en guerreros que no conocieran hasta 
entonces otra maniobra que la retirada, para buscar 
siempre, como única defensa, el amparo de las fortalezas 
y soldados que en tierra sostenían con más 6 menos ar- 
dimiento, pero con desgraciado suceso, la causa del pre- 
tendiente portugués (i). 

El duque de Alba, que en los últimos días no cesa de 
reconocer el campo lusitano, adelántase el 24 de agosto 
al encuentro del enemigo, con propósito de obligarle á 
descubrir sus tropas, examinar menudamente los recur- 
sos con que cuenta, y formar exacto juicio de la natura- 
leza del suelo, cuya estructura desigual y abrupta tanto 
conviene á los designios del adversario. Poco tarda el lu- 
sitano en ofrecerle ocasión de cumplir su intento; pues, 
no bien advierte la proximidad del ejército español, for- 
ma á toda prisa sus escuadrones, apercibe su gente á la 
mira de las disposiciones del duque, y adelanta en modo 
de reconocimiento algunas fuerzas exploradoras que, 
asistidas por dos galeras destacadas de la escuadra por- 
tuguesa, pretenden repeler á cuatro banderas alemanas 
que, con su coronel á la cabeza, se habían alojado en una 
casa inmediata á elevada ermita desde donde se descubre 
bien el campo enemigo. Aventadas muy luego en poco 
reñida escaramuza las tropas avanzadas del prior de Gra- 
to, vuelven á su real maltrechas y descompuestas, lle- 
vando consigo la inquietud y la alarma que transmiten á 
la ya poco animosa hueste (2). 



(1) Herrera, Hist. de Portugal y conquista de las islas A\ores^ lib III. 
(3) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores y li- 
bro III. — Lassota de Steblovo, Diario de operaciones. 



6 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Diestro el de Alba en apreciar las circunstancias fa- 
vorables y adversas de los alojamientos enemigos, como 
es hábil en elegir los propios; vigilante para advertir las 
faltas de sus contrarios; ducho siempre en utilizar erro- 
res que con atención cela y con reflexiva calma aguarda, 
descubre pronto la situación exacta de las cosas, y con 
sereno ánimo concibe y dispone el plan de combate que 
ha de abrirle las puertas de Lisboa, ciñendo á su victo- 
riosa frente laurel inmarcesible. 

El ejército de Felipe II, colocado en la derecha ver- 
tiente del arroyo Alcántara, constaba de unos I2.000 
infantes y I.500 caballos, según las noticias más verídi- 
cas, pues si bien hay escritores que, como Faria y Sou- 
sa, elevan la cifra de las tropas de Castilla á 20.000 
hombres, y otros que, siguiendo á Escobar y Carrión Ni- 
sas, la fijan en 18.OOO soldados, los documentos oficiales, 
y sobre todo la correspondencia del duque de Alba, de- 
muestran la exactitud de nuestra afirmación, teniendo en 
cuenta que el experto general mandó meter en las gale- 
ras, para el día de la batalla, l .000 arcabuceros. Ocupa- 
ban los españoles los lugares de Junqueira y Santo Ama- 
ro, extendiéndose hacia el sitio donde después se cons- 
truyó la casa del doctor Paulo de Corvalho, cual si pre- 
tendiesen acometer el puente cercano á la desembocadura 
del arroyo, donde, por deprimirse el terreno y haber más 
accesible paso, acumularan los portugueses, según queda 
dicho, grandes medios de resistencia (l). Y desde allí se 
prolonga la línea castellana por terreno desigual y esca- 
broso, cuyos pliegues, hábilmente aprovechados, prote- 
gían las tropas contra el fuego de los cañones enemigos y 



(z) Sonsa Pinto, Batalla de Alcantara.-^'?Jt\>é\o da Silva, Historia de 
Portugal nos seculos XVIJ e XIII, Introducpao, cap. VI, tomo 11, pá- 
gina 530. 



DURANTE EL REINADO DE DON PEUPE n / 

recataban á la vez la disposición y orden del campo his- 
pano. Las fuerzas navales de Santa Cruz, constituidas por 
62 galeras y 25 naves de gran porte, hablan seguido el 
movimiento de avance hasta fondear al frente de la es- 
cuadra lusitana y á tiro de mosquete de la orilla, sirvien- 
do de apoyo á la derecha del ejército (l). 

Hállanse de tal modo prevenidas las fuerzas conten- 
dientes, y por singular disposición, que es consecuencia 
del desembarco en Cascaes dar rostro los tercios del du- 
que á la frontera de Castilla, sin que por esto peligre en 
lo más mínimo su extensa línea de operaciones, que el 
invicto general guarda con afanosa precisión y abastece 
con exquisita prudencia. Y para que el lance tenga más 
de sorprendente y desconocido, han de pelear en com- 
binación perfecta fuerzas terrestres y marítimas obede- 
ciendo á un plan único como elementos constitutivos de 
una sola masa. 

El campo del combate, que hoy sirve de asiento á 
populoso barrio de una de las ciudades más bellas y pri- 
morosamente situadas del universo, distaba entonces 
tres kilómetros de la murada capital, y allí, en la vecin- 
dad de Lisboa, va á decidirse el éxito de la lucha, sonan- 
do estridente el estampido del cañón sobre campos soli- 
tarios de continuo en aquella edad no remota y por tan- 
tas hazañas embellecida, cuando el carro de la victoria, 
arrastrado por las triunfantes banderas de España, lleva 
nuestro nombre á todos los ámbitos del globo, y surca 
con huella indeleble dilatadísimos territorios. 

No pareciendo el portugués dispuesto á salir de las 
posiciones que de antemano preparara, forzoso es des- 



(x) Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona de Castilla, 
libro VII. 



8 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

alojarle de las alturas que se apresta á defender con te- 
naz resolución. Bien apoyada su izquierda, ofrécense difi- 
cultades graves para empeñar el ataque por aquella par- 
te: atravesar el puente es, sin duda, operación costosa y 
arriesgada, y aun después de vencido obstáculo de tal 
monta, quedarían las fuerzas que lo salvaran encerradas 
en angosta zona, teniendo á su izquierda el resto de la 
línea enemiga en situación dominante, y á la derecha 
mano la escuadra lusitana, cuyos fuegos habrían de cau- 
sarles considerables pérdidas si con oportuna antelación 
no dejaran las naves de Don Antonio paso libre á las que 
dirige el ilustre Bazán. No presenta tampoco facilidad 
mayor el acometer de frente el centro y la derecha del 
adversario, aventurándose ante los fuegos del aparape- 
tado portugués por las escabrosas laderas del hondo ba- 
rranco, si difíciles y ásperas para las maniobras de la in- 
fantería, de imposible acceso para las masas de jinetes. 
Tiene en cambio más probabilidad de feliz éxito un ata- 
que combinado sobre el ala y flanco derecho enemigo, 
en tanto que se llama la atención del prior hacia su iz- 
quierda, comenzando el combate en la proximidad del 
Tajo, y sosteniéndolo después con firmeza y energía. 
Decídese el duque á ejecutar este plan, y para llevar- 
lo á buen término, alcanzando ventajas decisivas, divide 
sus tropas en tres cuerpos, de infantería dos de ellos, y 
el tercero de caballería. Coloca en el ala derecha á Prós- 
pero Colonna con las tres coronelías de italianos, una par- 
te de los alemanes acaudillados por el conde Jerónimo de 
Lodrón, y las banderas españolas de Don Martín de Ar- 
gotc y y\ntonio Moreno (l), componiendo un total de 



(i) En ausencia de Moreno, quien por orden del duqae permanecía 
en Setúbal, mandaba las banderas de sn tercio el capitán Don Diego de 
Córdoba. 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE II Q 

6.000 hombres, destinados á arremeter el puente. Resér- 
vase el de Alt» el mando directo de la masa central, que 
organiza en tres escuadrones con los tercios de Ñapóles, 
I.x)mbardía y Sicilia, de Don Rodrigo de 2^pata, Don 
Gabriel Niño y Don Luis Enríquez, y las picas del regi- 
miento de tudescos; y dispone la formación de una co- 
lumna de ataque constituida por 2.100 arcabuceros de 
los dichos tercios y seis piezas de artillería, que á cargo 
del intrépido Sancho de Avila debe asaltar la izquierda 
portuguesa, atravesando el arroyo por debajo de los mo- 
linos de viento inmediatos á Horta Navia, donde queda 
acampada aquella fuerza la noche anterior al día de la 
batalla. Confia el jefe insigne la extrema izquierda, en 
todo compuesta de caballería, á su hijo el gran prior Don 
Fernando de Toledo, el cual, á merced de las ondulacio- 
nes del terreno, ha de marchar con disimulo fuera de 
la vista del enemigo, dando largo rodeo para cruzar el 
riachuelo muy arriba, en sitio poco hondo y fragoso, y 
caer después sobre el flanco del contrario, amenazando 
seriamente su retaguardia. La artillería, que gobierna el 
inteligente Don Francés de Álava, distribuyese en diver- 
sos puntos de la línea de batalla. Se plantan dos baterías, 
de siete cañones la una y de cuatro la otra, frente á las 
trincheras portuguesas del ala siniestra, y dos más, de 
seis y cinco piezas, respectivamente, reciben el encargo 
de favorecer el ataque del puente, limpiando de enemi- 
gos el terreno y edificios inmediatos á la marina. Por úl- 
timo, cooperando de activa y valiosa manera al general 
esfuerzo la escuadra española, en que el duque embarca 
1. 000 arcabuceros, mitad italianos y mitad españoles, 
previénese para embestir las naves de Don Antonio, al 
tiempo mismo que acometa el ejército las posiciones lu- 
sitanas. 



10 CUEEOm DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

A pesar de la fortaleza de la posición portuguesa, 
confia el diestro general en alcanzar breve y completo 
triunfo, tanto por la flaqueza de las tropas de Don An- 
tonio, cuanto por haber visto en su reconocimiento que 
allí hay parapetos mal revestidos, reparos construidos 
sin plan aJgu no/ cercas levantadas sin solidez, mala liga- 
zón en todo y Jklta de enlace entre la línea general de 
combate y las obras destacadas (l). 

Con objeto de asignar á cada cual el cometido que 
ha de cumplir en la batalla, y evitar equivocadas inter- 
pretaciones, reúne el duque de Alba á los maestres de 
campo, capitanes de la caballería y demás cabos de sus 
tropas, y les comunica por escrito la orden copiada á 
continuación, donde al pormenor se precisan todas las 
instrucciones, previéndose con sumo acierto cuantas con- 
tingencias y dificultades puedan ofrecerse: 

«Lo que se ha de hacer para mañana jueves 25 de 
agosto, es lo siguiente: 

Don Francés de Álava pondrá siete piezas, cañones 
y culebrinas grandes para batir los escuadrones de la 
plaza de armas; y á la mano izquierda de los molinos, 
asomando sobre el río de Alcántara, pondrá tres medias 
culebrinas y un medio cañón. Aífciismo pondrá en la 
capiilcja del alojamiento del conde de Lodrón, á donde 
desemboca el río Alcántara en el mar, un cañón y un 
mcdiOí y tres medias culebrinas; y sacará hasta veinte 
piezas de la torre de Belem, que serán hasta siete libras, 
y si no las pudiese sacar todas, serán las que pudiere. 

Las siete que han de plantar en los molinos, han de 
tirar á la plaza de armas de los escuadrones, dos que 



i, 1) Fr^nchí Cofiestaggio, Unión de Portugal á la corona de CastilUy 
libro VII. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U II 

hacen los enemigos cerca de sus cuarteles, y el tercero 
en el olivar. Las cuatro piezas que asoman al río Alcán- 
tara han de tirar al repecho de la otra parte del río, por 
no dejar parar allí á nadie en la punta del olivar, en el 
escuadrón que hacen en él los enemigos, como está di- 
cho. Las de abajo del alojamiento del conde Jerónimo de 
Lodrón tirarán asimismo á los dos escuadrones que hacen 
delante de los cuarteles. Asimismo tirarán á limpiar de- 
lante de aquel repecho para que no pare gente, y bati- 
rán la puente y el rastrillo, porque no quede adonde po- 
der estar la guarda que allí tienen, volviendo también á 
la casa baja de las dos puertas, sobre la mano derecha, 
adonde tienen su guarda; porque batido ésto, quede des- 
embarazado para que, sin estorbo, la gente pueda pasar. 
Pasada nuestra gente de la otra parte del río Alcántara, 
volverán algrunas piezas á favorecer á nuestra armada, 
tirando á la artillería que ellos pondrán esta noche en la 
plataforma que han hecho para contra la mar, y tirará 
á los mismos navios de los enemigos, mientras nuestra 
armada no llegare á abordar con ellos. 

Esta noche, cuando Don Francés vaya á plantar el 
artillería, irán con él la gente de los tercios de Ñapóles, 
Lombardia y Sicilia, y los corseletes que ha de dar el 
conde Jerónimo de Lodrón para el escuadrón que por 
aquella parte de los molinos se ha de formar. Por la par- 
te de los molinos (l) irán las banderas de Ñapóles, Lom- 
bardia y Sicilia (como está dicho), y las picas alemanas, 
las cuales se guarnecerán con el arcabucería española. 

Hánse de sacar para aquella parte dos mil y cien ar- 



(i) Había eo las alturas de la linea española, y hacia la izquierda de 
ésta, una elevación sobre la cual se conservaban ruinas de molinos de 
viento, inmediatas al sitio donde pernoctó el duque de Alba. — Lassota de 
Steblovo, Diario de operaciones. 



12 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

cabuceros en mangas sueltas, cada manga de á trescien- 
tos hombres, que vienen á ser siete, y en cada una ha de 
ir un cabo, y en retaguardia de la primera manga irán seis 
piezas. Los tercios harán sus escuadrones en esta forma: 
Ñapóles, Lombardía y Sicilia harán uno. Don Rodrigo 
Zapata y Don Gabriel. Niño harán otro escuadrón con 
las banderas de sus tercios. Don Luis Enríquez hará otro 
escuadrón de sus banderas. Destos cinco tercios se saca- 
rán los dos mil y cien arcabuceros de las siete mangas, 
y los del escuadrón de los alemanes y la guarnición para 
cada uno de sus escuadrones; y si les sobrara arcabucería, 
podrá cada uno hacer dellos, según el número que les 
quedara, la manga para su escuadrón. 

Toda la arcabucería de á caballo irá por la mano iz- 
quierda de los molinos, con los jinetes, celadas y hom- 
bres de armas á cargo del gran prior, mi hijo, subiendo 
más arriba de donde ha de pasar la infantería, acercán- 
dose á la parte de los escuadrones de los enemigos, y 
allí les volverá el rostro, tomándoles por el costado. Es- 
tarán en esta parte izquierda de los molinos trescientos 
gastadores, á punto con sus armas para, si fuere menes- 
ter, abrir alguna esplanada en el vallón, y quitar paredes 
de piedra, porque sé que se hallarán en el camino. Ten- 
drá también Don Francés con el artillería barriles de 
pólvora y balas de arcabuz y mosquete hechas, y dos- 
cientas acémilas allí, después que hubieren descargado 
la vitualla que yo he mandado que lleven á aquel lugar 
para refrescar la gente habiendo necesidad. 

A la parte del río, por donde entra en el mai% irán 
las tres coronelías de italianos, sacando una gruesa manga 
de arcabucería, según lo que les quedare: ha de ir la de 
los españoles con sesenta picas en retaguardia de la pri- 
mera manga. Irán también allí las banderas que quedan 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U 1 3 

del conde Jerónimo de Lodrón y las de Don Martín de 
Argote y Antonio Moreno, que tiene á su cargo Don 
Diego de Córdoba, sacando una manga, según la arcabu- 
cería que tienen, que vaya á la mano izquierda de la 
manga que va de vanguardia de los italianos, y guarne- 
ciendo su escuadrón y haciendo mangas según la tropa 
que les quedare, dando un cabo á cada manga. 

Meterse ha en el armada mil arcabuceros, quinientos 
españoles y quinientos italianos. 

Todo lo cual, dos horas antes del día, ha de estar en 
su lugar, para que con el día se comience en la forma 
que adelante se dirá. 

Toda la noche, á lo menos de media noche adelante, 
se ha de dar arma á los enemigos por muchas partes, 
y por la parte de Alcántara el conde de Lodrón y Prós- 
pero" Colonna tendrán cuidado asimismo de dar arma, 
y por la de los molinos se tocará con cuidado, y por 
todas partes se ha de hacer de manera que necesitemos á 
los enemigos á estar en escuadrón en la plaza de armas al 
hacer el día. Y á esta hora se comenzará en el nombre 
de Dios, desta manera: 

El marqués de Santa Cruz acometerá con su armada 
á la de los enemigos; y el artillería que está en las par- 
tes dichas, toda volverá las bocas á los escuadrones que 
están en la plaza de armas, fuera de seis piezas que es- 
tán en la casa del conde de Lodrón, que han de tirar á 
la puerta y á la casa de las dos puertas, á donde ellos 
tienen su guarda como se ha dicho; y comenzarán las 
mangas del molino y de los trescientos y la de abajo á 
menearse para pasar la ribera. Y para comenzar esto, 
porque yo no podré hallarme abajo á la marina, se dará 
una señal, levantando en uno de los molinos una bandera 
blanca, porque á los que están debajo de los molinos yo 



14 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

les daré la orden de lo que han de hacer, y esta seña 
será cuando se vea el escuadrón comenzar á desorde- 
narse. Y entonces por cada una de las partes se irá muy 
paso á paso, dando lugar á que la gente que ha de seguir 
quepa en el país que se fuere ganando á los enemigos. 
Si hallaren que los escuadrones de los enemigos tuvieran 
algún buen sitio de algün paredón que los cubra, para 
que desde allí puedan jugar el arcabucería y mosquete- 
ría, paren, y desde allí ios arcabuceen y deshagan; porque 
será sin aventurar ni desordenar nuestros escuadrones. 

Y en caso que Dios sea servido (como se espera en 
él y en la justicia) de nos dar la victoria, tendrán todos 
los oficiales buen cuidado que siguiéndose el alcance, en 
caso que los enemigos tuvieren puerta abierta á Lisboa 
para entrar en ella, de acudir á la puerta para sostener 
que no entre nuestra gente, por estorbar la ruina de la 
ciudad que S. M. tanto desea, que segün yo sé de su in- 
tención lo desea más que ganar la ciudad" lo cual yo 
de mi parte les ruego y encargo mucho, Y si por caso, 
cuando los oficiales llegaren d las puertas hallasen alguna 
gente dentro, ciérrenlas y resistan que no entre más, 
porque arrebatada ésta se recobrará lo que hubiere sa- 
queado la gente que hubiera entrado* Y han de advertir 
á las soldados que no solamente no se les hará bueno lo 
que tomaren agora, pero que en cualquier tiempo que 
se sepa lo habrán de restituir. Y yo ofrezco á los que lo 
defendieren, y les empeño mi palabra como caballero, 
que S, M les hará mucha merced, y esto han de tener 
entendido todas las naciones, 

Y en caso (que yo no pienso que acontecerá) que loa 
enemigos se hicieren fuertes en sus cuarteles, 6 en otra 
parte que no se pudiesen arrancar, desde luego ha de te- 
ner en cuenta el Sr. Sancho de Avila (que es el que ha 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 1$ 

de guiar la gente de la mano izquierda), que lo que hu- 
biéremos ganado nos quedamos con ello, ordenando á 
los unos y á los otros lo que para esto habrán de hacer, 
haciéndonos fuertes y amparándonos con ellos. Y desta 
orden se dará copia á los cabos para que todos sepan lo 
que han de hacer y ordenar á todos los que les tocare , 
porque nadie se mezcle á deshacer lo concertado-— F'ech a 
en el monasterio de Belem á 24 de agosto de i SSo» (i). 
Confiando el duque en la victoria, si sus órdenes se 
cumplen cual él las dictara, expone á los capitanes la su- 
perioridad de sus tropas sobre la hueste bísoña, mal con- 
ducida é inepta que Don Antonio dirige, en cuyas filas 
no militan aquellos nobles y valerosas lusitanos que en 
todo ei mundo y contra todas ks naciones hicieron for- 
midable y respetado el nombre portugués, sino la clase 
flaca y de más baja estofa de una población vejada por 
tiránico yugo y sujeta al incapaz gobierno de hombre 
tan inhábil en manejar la guerra, como fuera antes poco 
diestro en dirigir los asuntos de la paz. Concluye el jefe 
ilustre 9u exhortación, encareciéndoles con insistente 
ahínco é insinuante palabra, pongan cuantos medios á 
su alcance tengan para evitar el saco de la ciudad, cual lo 
anhela el Rey con vivo deseo (2), manifestando á los 
allí presentes, que si asi hú se había de Mcer, )' Lisboa 
se saquease contra su orden^ pluguiese á Dios a el le 
diese el prime$' arcabunaEO para que sus ojos tw lo vie- 
sen (3). 



[i) EsU orden general la publica integra Herrera en sq Historia dt 
I^ortugaljf cojuptísta de ¡as isms Abures, También se halla iascrta en el 
Zhanú de úperacianes de Lassota de Steblovo y en Doc. ínéd. para la His- 
toria de Esp., tomo VÍL págí^ 517 i 551* Entre estos textos 3? adviertea 
algunas vanacioacs de redacción. 

<a1 Rusta Qt, Hishria dt Don I'ernando Á¡varej[ de Toledo. 

(yi Díaz de Vareas ^ DinurjyV y sumario de U guerra de Portugal, — 
Herrera, Historia ae Portugal^ cotiqmita de ¿ai íjííij Azores, libH IlL 



|6 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

De SU parte, el prior de Crato toma muestras á la 
allegadiza tropa que manda, animando á sus parciales con 
el relato de esplendorosos aunque añejos triunfos gana- 
dos en muy desemejantes tiempos por la bizarría y ardi- 
miento lusitanos; concita contra los nobles que abando- 
naron su causa los ánimos exaltados de calenturienta 
plebe; y trae á la memoria el recuerdo de Aljubarrota y 
del rey Don Juan I, no más aventajado que él en la for- 
tuna de nacer, pero sí en el arte de dirigir los destinos 
dt:l pueblo portugués, el cual más expertas manos nece- 
sitaba para conservar su grandeza que las no muy dies- 
tras del competidor audaz de Felipe II (l). 

Conforme 6. Ins instrucciones del duque de Alba, no 
bien transcurrida la media noche, se estuvo sin cesar to- 
cando arma en el real castellano. Los sonidos de las ca- 
jas y t rom petas j y las fuertes escaramuzas que trabaron 
en la inmediación del puente las tropas italianas gober- 
nadas por Próspero Colonna, y asistidas de ocho bande- 
ras alemanas que mandaba el conde Jerónimo Lodrón, 
inquietaron por gran modo á los portugueses, estorbán- 
doles el descanso en la víspera de la batalla. Temiendo 
los de Don Antonio un ardid ó ataque nocturno, forma- 
ron sus compañías, organizáronse en escuadrones, y hasta 
los primeros albores del día nadie cerró los ojos en el 
campo lusitano, conque se aumentó considerablemente 
la flojedad de espíritu de aquella desaliñada tropa (2). 

Dispuestos los de España con hábil y previsora an- 
telación; cortados los espolones de las galeras para ma- 
yor deseinbarajío en el manejo y fuegos de los cañones 
de crujía; desarbolados los bajeles; puesta la empavesada, 



(i) Faria y Soüsa, Epitome de historia portuguesa. 



LflLSMJta di- Stebiúvo, Diario de operaciones, — Herrera, Historia de 
Portugai y conquisLi da tas islas Azores, lib. III. 



DURANTE EL RKtKADO BE DON FELIPE U 1 7 

y apercibida á la pelea la gente de mar y tierra, más 
temprana en despertar que el astro del día, lucen los 
primeros fulgores del so! que ha de alumbrar magnífica 
jornada, de eterna recordación para nuestra patria, y 
digna de figurar con esplendente brillo en las páginas 
más preclaras de nuestra historia ( I ). A la sa^ón que en 
las huestes del pHor^ fatigadas con la inquieta zozobra 
de la pasada noches crece el decaimiento y aumenta el 
desconcierto, es completo el orden, absoluta la confianza 
en la victoria, y grande el entusiasmo en los soldados 
de Castilla, que con ardor infinito ansian el momento de 
la refriega. 

Kl duque de Alba salió de Belem antes de sonar las 
tres de la madrugada, y, metido en su litera, se trasladó 
á elevado sitio, cerca de ios molinos de viento que do- 
minan ei campo enemigo (2), desde donde mejor puede 
seguir las peripecias múltiples de la batalla, Al romper 
el día, ordena el diestro general que los cañones allí co- 
locadas rompan el fuego contra las trincheras y cuarte- 
les del advcrsíirio. Inexperto el portugués, creyendo al 
cabo que se trata no más de escaramuzar, cual en la vís- 
pera se hiciera, no adopta las precauciones oportunas 
para resistir el huracán que furioso va á descargar sobre 
su descuidada gente, y ocupase sólo en ordenar con mu- 
cho trabajo y dificultades nada escasas, sus advenedizas 
tropas, tan poco habituadas á las formaciones de la gue- 
rra como á los usos y fatigas del campamento (3). 

Entrado ya el día, y cañoneadas durante algún tiem- 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas ÁJrores, li- 
bro III.— -Díaz de Vargas, Discurso jf sumario de la guerra de Portugal. 

(3^ Carta de Badajoz de ao de agosto. Doc. inéd., tomo VII^ pág. 333. 

(3) Herrera» Historia de Portugal jf conquista de las islas Azores y li- 
bro ni.— Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona ae Casti- 
lla, lib. VU. 



l8 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

po las posiciones y gente del adversario, hácese la señal 
convenida, que era levantar una bandera blanca en la 
elevación donde estaba el duque, y comienzan á moverse, 
entre seis y siete de la mañana, las fuerzas castellanas, 
según se previniera en orden general del día precedente. 
Por hallarse, sin embargo, más cerca de su objetivo, ó 
estimulado tal vez por el deseo de entablar reciamente 
el combate, atrayendo el honor de la jornada sobre las 
coronelías italianas que el duque miraba con algún des- 
pego, habíase lanzado Próspero Colonna, después de 
mucho escaramuzar, resuelta y valerosamente sobre la 
izquierda portuguesa, atacando denodado, antes de ama- 
necer, el puente del riachuelo, del cual logra apoderarse. 
Los lusitanos, que observan clara y distintamente los 
movimientos de la derecha española, calculan, para su 
daño, que es la intención del duque empeñar todas sus 
tropas en aquel estrecho paso; acuden de tropel en so- 
corro del ala amenazada; y con tal furia se defienden en 
los traveses y muros aspillerados que allí había, y con 
tal tesón pelean, sosteniendo la honra de su bandera, que 
mantienen ventajosamente su puesto, y con grandes ro- 
ciadas de balas ponen fuera de combate no escaso núme- 
ro de los asaltantes. 

Contribuyó mucho al suceso afortunado de los de- 
fensores el haberse internado los soldados de Colonna 
con poca prudencia, sin flanquear de ninguna manera el 
angosto desfiladero del puente. No pudiendo desplegar 
la columna de ataque teniendo al enemigo encima, luego 
que llegaron á la diestra orilla, y aglomerados los italia- 
nos en reducidísimo espacio, sufrían el mortífero fuego 
que, á quema ropa, les dirigían los portugueses desde la 
casa atronerada; y aunque era grande la fiereza de los 
agresores, al cabo de algún tiempo necesariamente hubo 



DURAirrE EL REINAtX} DE lX)y FEUlPE 11 1$ 

de producirse en ellos vacilación primero, desorden des- 
pués. Y como en aquellos críticos momentos acudieron 
allí las mejores tropas del prior, guiadas por el carmelita 
descalzo fray Esteban Piñeiro, que hacía funciones de 
maestre de campo, tomaron los lusitanos bravamente la 
ofensiva y expulsaron del puente á los asaltantes, arro- 
jando del otro lado del arroyo Alcántara á la arcabuce- 
ría italiana (l). Y aunque, por haber notado el conde de 
Lodrón la situación difícil de los de Próspero, les envió 
auxilio de l.ooo piqueros alemanes capitaneados por el 
mariscal de campo Eugelhart Hurs, nada mejoró por en- 
tonces la faz del combate, antes cayó el ánimo de los 
nuestros al ver mortalmente heridos dos capitanes ita- 
lianos y un juez de campo de los tudescos (2). 

Con todo esto crece el vigor de la muchedumbre 
portuguesa, que se multiplica por instantes, luchando 
con grandes bríos para conservar la disputada posición. 
El mismo Don Antonio, atraído por el rumor del encar- 
nizado combate, y creyendo que es aquel punto el más 
amenazado é importante de su línea, dá ejemplo con su 
persona, lidiando bizarro por el triunfo de su causa. Para 
mayor ventaja del portugués, la escuadra del marqués de 
Santa Cruz, que había de apoyar con su avance la aco- 
metida de los italianos, se mantiene quieta, bien á dis- 
gusto suyo, por faltarle viento y marea para remontar el 
Tajo, y no puede por entonces hacer otra cosa más que 
cañonear de lejos las naves y trincheras enemigas (3). 



(1) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores , li- 
bro íll.— Franchi Conesta^gio, unión de Portugal á la corona de Casti- 
lla^ Bb. VII.— Estébanez Calderón, Campaña del duque de Alha^ cap. III. 

ía) Lassota de Steblovo, Diario de operaciones. 

(y) Carta del duqae de Alba al Rey, fecha ea Beiem, á 35 de agosto 
de 1580. Doc. inéd., tomo XXXII, págs. 455 y 456. — Relación inserta 
en las págs. 36o, 367 y 368 del tomo XXVII de la Colección de doc. iné- 
ditos para la Hist. de España. 






20 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Hállanse, pues, los de Colonna en apurado trance: 
retroceder definitivamente ante el contrario es mengua 
del jefe italiano; su ardor irreflexivo le condujo á empe- 
ñar sus tropas prematuramente y con más vigor quizá 
de lo que el duque de Alba aconsejara; menester es re- 
dimir la falta cometida con nuevo acto de intrépido 
arrojo que deje á salvo el buen- concepto de que goza, y 
no vacila Próspero en tomar la resolución que mejor 
cuadra á las circunstancias del momento y á la fama de 
su nombre. Picado en su amor propio, rehace presta- 
mente sus arrolladas fuerzas; cobra en la desgracia ma- 
yor coraje, y adquiere con el percance sufrido más po- 
derosos alientos. Acuden á reforzarle solícitos Don Mar- 
tín de Argote y Don Diego de Córdoba con los tercios 
de sus cargos, y auxilia también eficazmente á Colonna 
el conde de Lodrón, situando una pieza de artillería á la 
cabeza del puente, y enviando como socorro otros ICX) 
soldados de los conocidos con el nombre de «dobles», 
por llevar consigo cada uno de ellos un servidor ayudan- 
te, quienes recibieron encargo de rechazar con sus fue- 
gos á los tiradores enemigos (l). 

Con mayor orden y decisión que la vez primera, di- 
rígese nuevamente el italiano al codiciado puente y, alec- 
cionado con la dolorosa experiencia del anterior fracaso, 
flanquea el desfiladero por su derecha con una manga de 
arcabuceros que, bajo la conducta del capitán Don Juan 
Benavides, del tercio de Antonio Moreno, pasa el arroyo 
sobre la presa del molino. Vénse de tal manera desbor- 
dados los defensores, y arremetiendo con ellos furiosa- 
mente los enardecidos soldados de Colonna, hácenles pa- 



(i) Lassota de Steblovo, Diario de operaciones. 



t. 



\ 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE H 21 

gar con la vida la tenacidad de su prolongada resisten- 
cia (l). 

El duque de Alba continua fijo en el sitio eminente, 
donde estaban los molinos de viento. Sentado allí en una 
silla (donde es fama le retenía la acerbidad de sus físicos 
padecimientos), al observar las vicisitudes del combate, 
advierte sin preocupación la suerte varia de la lucha en 
que está empeñado Próspero Colonna, y bien que tuvie- 
ra á su inmediación fuertes y bien dispuestas reservas, 
desoye las reiteradas instancias de refuerzos que le hace 
Luis Dovara, pintando con negros colores la situación 
alarmante en que los de Colonna se encuentran. Sin 
mostrar la menor inquietud por la suerte del ala derecha, 
sigue el general español con mal reprimida impaciencia 
la marcha de la columna que guía Sancho de Avila; tié- 
nele con algún recelo la marcha del bizarro vencedor de 
Mook, y teme que, al ver lo que á Próspero ocurre, en- 
table Sancho el combate sin más demora para dar á los 
italianos breve auxilio, marchando de frente contra los 
reparos enemigos en lugar de embestir por el flanco de- 
recho el campo portugués. Mas al advertir que sus ór- 
denes se cumplen con exacta puntualidad, depone el du- 
que su enojo, calma su zozobra, y con muestras de rego- 
cijado júbilo contesta á Dovara que «nada hay yaque 
temer» (2). Y así es en efecto cierto: el impremeditado 
arrojo de los de Italia al atacar el puente en hora de so- 
bra temprana; la fuerte resistencia que los lusitanos opo- 



(1) Herrera, Historia de Porhigal y conquista de Jas islas Azores, li- 
bro IXI. — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona de Casti- 
lla, lib. VIL — Relación de la batalla, fecha en Belem, á 35 de agosto. 
Doc. inéd., tomo XXVII, págs. ^66 á 569. 

(a) Herrera, Historia Je Portugal y conquista de las islas Azores, li- 
bro IXI. — ^Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona ae Casti- 
lla, lib. VH. 



22 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

nen, y el punto de honra con que ambas partes pelean 
por tomar los unos y conservar los otros aquella zona 
extrema del campo de batalla, lejos de perjudicar, favo- 
recen por extraño modo los admirables proyectos del 
duque de Alba. El poco diestro portugués cae incauto 
en el lazo que astuto le tiende el sagaz adversario, y em- 
peñado en batir á Próspero, desampara con ligereza irre- 
flexiva el lugar en que ha de desenvolverse el episodio 
decisivo de la batalla. 

Tiene éste á su cargo el veterano Sancho de Avila, 
cuya pericia guarda semejas con su valor impetuoso; y á 
guerrero tan ilustre corresponde en principal parte el 
honor de la jornada. Forma la columna de arcabuceros 
en siete mangas con fuerza igual de 300 hombres cada 
una; coloca las seis piezas de artillería entre las dos frac- 
ciones de la vanguardia, que mandan Don Rodrigo de 
Zapata y Don Pedro González de Mendoza: por el cami- 
no que el duque le trazara, cruza el arroyo; sin detener- 
se un punto sube la empinada cuesta, y avanza con de- 
cisión sobre el ala derecha lusitana horas antes cubierta 
de tropas, casi desguarnecida al presente. No es hombre 
el esforzado maestre de campo general que tan propicia 
ocasión desatienda; sin titubear cierra animoso contra 
la primera línea de trincheras, y es tal la prisa que á 
arremeter se dá, que embestir las posiciones lusitanas, 
hacerse de ellas dueño y arrollar á sus asombrados de- 
fensores es para el capitán español obra de pocos ins- 
tantes. Atónitos los jefes portugueses, y de espanto so- 
brecogidos al advertir el peligro que les amenaza, 
corren presurosos desde el ala izquierda, donde Próspe- 
ro Colonna prosigue su victorioso movimiento; ocupan 
con las fatigadas y decaídas tropas la segunda línea de 
trincheras, que para la mejor defensa construyeran en 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 23 

la cumbre de abrupta colina; juntan apresuradamente las 
arrolladas banderas; organizan sin demora los escuadro- 
nes, y apercíbense para sostener, con las posiciones que 
en su poder restan, el baluarte último del camjx) de ba- 
talla. ¡Fugaz esperanza y efímera ilusión! El experimen- 
tado Sancho de Avila avanza veloz como el rayo, y aun- 
que la mal regida milicia del prior intenta el postrimer 
esfuerzo, batiéndose con denuedo por espacio de media 
hora, la oportunidad de vencer ha pasado, y es de todo 
punto ineficaz su empeño: acometida de frente y desbor- 
dada á la vez por la arcabucería española, hostigada sin 
tregua por el incesante fuego de nuestros cañones, y aco- 
sada en su izquierda por los italianos de Colonna, com- 
prende que es tarde para restablecer el combate, y pier- 
de toda esperanza de victoria; cunde el desmayo en sus 
filas, y asoma en el abatido espíritu ese momento de va- 
cilación y duda, precursor seguro de inmediata retirada. 
Porfía bizarro un escuadrón que manda Duarte de Cas- 
tro, pero es en vano. Sucesiva y prontamente pierden 
los portugueses sus reparos, abandonan la artillería, de- 
jan á merced del afortunado maestre de campo general 
sus tiendas y banderas, y tomados de gran decaimiento 
inician el retroceso en toda la línea de batalla (i). 

De tal modo cumplió en estas operaciones Sancho de 
Avila las órdenes y deseos del duque de Alba, que al 
noticiarlo éste al Rey, se expresaba en los siguientes tér- 
minos: «...cierto, señor, cuando él (Sancho de Avila) no 
hubiera servido á V. M. jamás sino lo que hoy ha he- 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas ÁJfores^ li- 
bro III. — Estébanez Calderón, Campaña del duque de A /¿a, cap. IIl. — 
Carta del daque al Rey, á 25 de aaosto de 1580. üoc. inéd., tomo XXXII, 
56 y 457. — Relación de Iq Batalla de Alcántara. Doc. inéd., tomo 
pig. 367. 



Wvit 



24 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

cho, merecía muy bien toda la merced que yo sé V. M. 
le hará, y en esto yo no quiero tratar más por ser parte, 
pero dejaré que diga todo el ejército lo que hoy le ha 
visto hacer... > (l) 

Acaso en aquellos instantes pueden todavía los por- 
tugueses recogerse sobre la capital, ganando ordenada- 
mente la vuelta de Lisboa, más para mayor desmedro 
del prior de Crato, con ser ya su situación por extremo 
difícil, ni al límite llegara su derrota, ni aún. alcanzaran 
fin en aquel día su mengua y desventura. 

El gran prior Don Fernando de Toledo, que en hora 
oportuna háse puesto en marcha, oculto su movimiento 
con los pliegos de ondulado terreno, atraviesa el arroyo 
Alcántara en lugar algo lejano del campo de batalla, y 
caminando después por más abierta ladera, avanza á gran 
prisa con mira á rebasar y envolver el flanco derecho y 
retaguardia del lusitano. Llevando por delante los arca- 
buceros, en segundo término los jinetes, más atrás los 
caballos ligeros y en retaguardia los hombres de armas, 
endereza su rumbo á la punta derecha del olivar en que 
el adversario asienta sus cuarteles; estrecha rápido la 
distancia, y cayendo de repeso sobre el aturdido portu- 
gués, cuando aún sostiene sus últimas defensas en la ci- 
ma de encumbrada colina, llega en tiempo de cooperar 
á la victoria de Sancho de Avila con algunos jinetes y 
arcabuceros á caballo que adelanta diligente bajo el go- 
bierno de Don Fernando de Pedro (2). 

Aunque fué muy importante la participación que el 



(i) Carta del duque de Alba al Rey, fecha el 35 de agosto de 1580. 
Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 456. 

(a) Herrera, Historia de Portugal _y conauista de las islas Afores^ li- 
bro III. — Estébanez Calderón, Campaña ael duque de Alba^ cap. III — 
Carta del prior Don Fernando de Toledo á Don Diego de Córdoba, fecha 
el 3; de agosto de 1580. Doc. ined., tomo XL, págs. 374 y 37;. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 2$ 

gran prior de Castilla tuvo en el buen éxito de la bata- 
lla, envolviendo el flanco y espaldas del enemigo, y lle- 
gando con oportunidad para auxiliar el ataque de San- 
cho de Avila sobre el ala derecha portuguesa, con lo 
cual se produjo el completo vencimiento de la hueste de 
Don Antonio, el duque de Alba, porque no se creyera 
sin duda que ensalzaba los méritos y glorias de su pro- 
pio hijo, se limitó á decir sobre este particular en la re- 
lación que envió al monarca: «la caballería llegó por el 
costado y siguió el alcance* (l), dando así un ejemplo 
digno de ser imitado. 

A todo esto, el marqués de Santa Cruz, acechando 
el momento propicio de chocar con los bajeles lusitanos, 
ordena en un principio que para su menor daño vayan 
las galeras en segunda línea, avanzando bajo la protec- 
ción de las naves, mejor dispuestas que las otras embar- 
caciones para resistir los fuegos de la artillería adversa- 
ria. Es tan grande, sin embargo, la rapidez con que ca- 
minan los sucesos, y de tal manera se precipitan los 
lances de la refriega, que si la escuadra ha de llegar en 
buen hora para completar la derrota del adversario y 
realizar el cometido que le fué dado, menester es que sin 
perder momento arranque con valor gallardo sobre la 
armada del prior de Crato. Jamás vacilaba en casos se- 
mejantes el insigne Bazán, ni dejaba nunca de acudir 
intrépido allí donde hubiese peligros que correr, actos de 
arrojo que cumplir y triunfos que conquistar. Faltándo- 
le viento para manejar las naves, modifica su plan el 
marino eximio, y decide adelantarse sólo con las galeras. 
A fuerza de remo, protegido á la vez por la acción de la 



(i) Carta del duque de Alba al Rey, fecha el as de agosto. Docu- 
mentos inéditos, tomo XXXII, pág. 4^6. 



--■f^* 



26 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

marea, y llevado más que nada por el impulso del deseo, 
remonta veloz el Tajo, dispara sus cañones contra los 
bajeles lusitanos, y á modo de alud devastador cae con 
terrible furia sobre los galeones enemigos. Sobrecogidos 
éstos de medroso estupor ante la violencia de la acome- 
tida, enarbolan al punto bandera de paz, en tanto que al- 
gunos barcos y navios de vela con tres galeras, de ellas 
una la capitana, se dan á huir con la mayor presteza al 
intento de ganar la opuesta banda. vSiguen nuestros baje- 
les á las naves fugitivas que, sufriendo luego suerte igual 
á la del resto de la armada, quedan discrccionalmente 
en manos del vencedor. Rendida la flota portuguesa, 
vuelven las galeras de España sus cañones contra las tro- 
pas de Don Antonio, y acércanse á tierra lo bastante 
para que los arcabuceros embarcados á su bordo hagan 
con sus fuegos más apurada la situación de la izquierda 
enemiga, harto empujada y maltrecha por las fuerzas de 
Colonna(i). 

Aún no era el mediodía cuando el septviagenario du- 
que de Alba, dominando el campo de batalla, presencia 
el espectáculo más brillante que de su pericia y talento 
pudiera prometerse. Los valerosos tercios, después de 
ocupar todas las defensas del enemigo, le acosan y ofen- 
den sin descanso; la caballería tiene envuelto el flanco 
derecho portugués y amenaza seriamente la retaguardia 
que comunica al adversario con Lisboa; la escuadra com- 
pleta la grandeza del triunfo, combatiendo el flanco iz- 
quierdo del lusitano. «Hállase el ejército de Don Anto- 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores y li- 
bro III. — Díaz de Vargas, Discurso y sumario de la guerra de Port%igal. 
— Carta del duqae de Alba al Rey en 35 de agosto de 1^80. Doc. inéd., 
tomo XXXII, pág. 456. — Relación de la batalla de Alcántara, Documen- 
tos inéditos, tomo XX Vil, págs. 367 y 368. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 2^ 

nio encerrado, dice Carrión Nissas (i), por los tres la- 
dos, y sólo le queda libre el de Oriente para la retirada, 
6 más bien para la hulda>. El círculo de hierro que por 
todas partes le oprime, estréchase por minutos, y si el 
de Crato pretende sostenerse un instante más, será su 
situación desesperada, inevitable su ruina, y con aquellas 
deshechas masas con que poco antes osó retar el poder 
de Castilla, quedará en calidad de trofeo glorioso que 
atestigüe el triunfo inmenso del excelso guerrero caste- 
llano. 

Vé el portugués la magnitud del peligro," y compren- 
de al fin toda la gravedad del desaste: indescriptible pá- 
nico apodérase de las advenedizas huestes; apelan todos 
á la fuga en demanda de próximo refugio, y llenos de 
pavura arrojan los arcabuces, picas y coseletes, pensan- 
do no más en salvar sus vidas; aquellos que á correr se 
dan mayor prisa, penetran en la ciudad, recogiéndose 
unos en sus casas y los forasteros en las iglesias; dispér- 
sanse muchos por los lugares próximos, y no son pocos 
los que se arrojan al río buscando en los buques salva- 
ción, que á nado logran algunos, mientras otros, más in- 
fortunados, encuentran sepultura amplia en las duendas 
aguas del Tajo. Los menos presurosos sucumben al filo 
de los aceros castellanos, que sin tregua persiguen á la 
espantada gente; y entre aquel revuelto tropel de infor- 
me muchedumbre, un jinete de la costa de Granada, al 
decir de varios historiadores, ó uno de los mismos par- 
ciales de Don Antonio, según aparece en otras relacio- 
nes de la jornada, hiere al malaventurado prior en gar- 
ganta y rostro (2). A pesar de eso, logra el pretendiente 



(x) Essai sur l*kistoire genérale de l'art milifaire^ tomo II. 
(2) Lassota de Steblovo dice que Don Antonio, al montar su caballo 
para huir, recibió en el cuello una herida que le infirió un pastor, criado 



28 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

poner su persona en cobro, llevando consigo el prestigio 
de soldado valeroso, ya que no acertara como capitán 
á sacar incólume el honor de las armas; y acompañado 
de algunos de sus partidarios, cual él fugitivos y desola- 
dos, entra con gran prisa, transida de luto el alma, mal- 
tratado el cuerpo y abrumado de cansancio, en la capi- 
tal hermosa donde se ciñera la corona, que al cabo le 
hace perder para siempre el goce tranquilo de la mun- 
dana ventura (l). 

Mezclados en confuso torbellino vencidos y vence- 
dores, portugueses, castellanos, italianos y alemanes, sal- 
van todos con rapidez vertiginosa la corta distancia que 
separa el campo de la lucha de los arrabales extramuros 
de Lisboa: desparrámanse unos y otros en desorden por 
aquellos contornos, y mientras los fugitivos lusitanos 
buscan seguro asilo para sus personas, rapiñan los triun- 
fadores objetos codiciados y valiosos. 

Amenazada de los horrores del saco, suerte infeliz le 
hubiese cabido á la ciudad portuguesa si, viendo la inmi- 
nencia del peligro, no acudiera solícito á conjurarlo el 



suyo. £1 mismo duque de Alba, en carta de 26 de agosto al Rey, mani- 
fiesta que ciertas relaciones de gente del país añrman que al de Crato le 
había herido uno de los suyos, y que le matara si no se interpusiera otro 
de ellos. (Doc. inéd., tomo XXXlI, pág. 465). Y en carta de Badajoz, fe- 
cha el 39 de agosto, inserta en el tomo VII de la Colee, de doc. inéd., 
pág. 334, se lee lo siguiente: «Don Antonio dicen que iba herido, y afir- 
man que le hirieron los suyos, habiéndoles él dicho: Judias, vosotros mt 
pusisteis en esto, y ahora me desamparáis; y que uno dcUos le respondió: 
vos sois elhidio, y el que nos ha destruido a todos, y le dio las heridas que 
llevaba». Pero á estas versiones se oponen otras muy autorizadas, que am- 
paran Cabrera de Córdoba, Herrera, Estébanez Calderón y Rebello da 
Silva, según los cuales el prior de Crato fué herido por un jinete de la 
costa de Granada, quien no lo remató ó hizo prisionero por no cono- 
cerle. 

(i) Franchi Conestaggio, Unión de Por tufral á la corona de Castilla, 
lib. Vil.— Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, lib. XIII, cap. II.— 
Escobar, Relación de la felicísima Jornada etc. — Rebello da Silva, Histo- 
ria de Portugal nos séculos XVI fe XVIII^ Introducffto^ cap. VI, tomo 
n, pigs. 54a y 54?- 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 29 

prior Don Fernando de Toledo, conteniendo las dema- 
sías de la tropa castellana, y avanzando rápidamente con 
la caballería que mandaba- Y aunque Don Fernando se 
detuvo algo en el camino por haber tropezado con 1 2 
banderas y hasta con lOO jinetes enemigos, á quienes 
hizo gran numero de prisioneros, todavía se apresuró lo 
bastante para conseguir que se respetase á Lisboa, según 
era el deseo del duque de Alba, impidiendo en absoluto 
el acceso á la desmandada tropa vencedora (l). 

Así terminó aquella célebre jornada, que con áureos 
caracteres merece grabarse en los anales de la historia 
de la patria. Las pérdidas sufridas fueron grandes del 
lado de los portugueses; muy cortas en el ejército espa- 
ñol, si se considera la importancia de la victoria. Los 
más de los historiadores estiman las bajas de los de Don 
Antonio en I.OOO muertos y número proporcionado de 
heridos; aunque escritor tan reputado como Antonio 
Herrera haga subir la cifra de lusitanos muertos á 1. 500; 
y Antonio Escobar, testigo presencial de los sucesos, 
diga que quedaron en el campo más de 3.000 portugue- 
ses, pereciendo además muchos niños y mujeres mezcla- 
dos en el tropel de los fugitivos. Jerónimo de Arce, se- 
cretario del duque de Alba, en carta dirigida á Gabriel 
de Zayas el 12 de septiembre inmediato, fija en 2.000 la 
cifra de los portugueses muertos; y por su parte, Don 
Fernando de Toledo, relatando la batalla poco después 
de concluida, escribió acerca de este particular: «Los 
muertos portugueses han sido más de los que quisiéra- 



(i) Carta de Badajoz de 39 de agosto de 1580. Doc. inéd., tomo VII, 
pág. 533. — Herrera^ historia de Portugal y conquista de las islas Azores, 
libro III.— Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la carona de Casti- 
lla, lib. Vn. — Carta del duque de Alba al Rey, &cha el 3^ de agosto de 
1580. Doc. inéd., tomo XL, pág. 57^. 



30 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

mos; pero para dos batallas juntas no creo se podrán 
hacer de menos sangro. El número de prisioneros fué 
también muy considerable, y aún hubiera sido mayor la 
pérdida de los lusitanos si no tuvieran próximo el refu- 
gio, y no hubiese hecho á los jefes españoles más come- 
didos en la persecución el afanoso empeño de evitar el 
saco de Lisboa. De todos modos, se les cogieron muchas 
banderas y l6 gruesas piezas de artillería en tierra; y por 
lo que toca á la parte de mar, aún fué más importante 
el trofeo del vencedor, porque se entregaron al marqués 
de Santa Cruz 42 grandes navios, entre ellos 7 galeones, 
algunos de los cuales tenían á bordo 92 cañones y 400 
hombres (i). De tal manera quedó deshecho el ejército 
de Don Antonio, y tan completa fué su derrota^ que ni 
la agrupación más pequeña pudo retirarse organizada del 
campo de batalla. 

En lo que concierne á las bajas sufridas por los cas- 
tellanos, pueden estimarse en ICO los muertos, y no fué 
tampoco grande el número de los heridos. Sobre esto 
hay bastante conformidad entre los hisíoriadores de aque- 
lla campaña, y por más que Rebello da Silva cree proba- 
ble que el orgullo del vencedor disminuyese sus pérdidas, 
parece lógico imaginar que las acrecentase para hacer 
así más importante la calidad del triunfo conquistado. 

La prudencia y los talentos que en la preparación y 
dirección de la batalla desplegó el anciano general de 
Felipe II, fueron tan grandes que bastaron por sí solos 
para acreditarle umversalmente como peritísimo guerre- 
ro, si con mayor imparcialidad y criterio razonado se 
examinaran los acontecimientos de aquel siglo inolvida- 



(i) Carta de Badajoz de 39 de agosto. Doc. íaéá. pata b HUt de Es^ 
paña, tomo VII, pág. 334. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE lí 3Í 

ble. Escritores extranjeros, inspirando su pluma en cí 
odio y animosidad que el poder excepcional de Kspana 
excitaba en las naciones todas del globo, buscan el pro- 
greso y las grandes concepciones militares en otros es- 
tados y en otras ra^as, cuando eran grandísimas y muy 
severas las lecciones que á cada paso recibían de nues- 
tros famosos caudillos, deliberada é inmerecidamente de- 
primidos y olvidados, los capitanes de más lustre y con- 
cepto de aquella época, Y pocos hechos militares tan 
dignos de encomio y aplauso como esta bellísima opera- 
ción de guerra que abre á los jefes castellanos las puertas 
de Lisboa, y asocia el preclaro nombre del invicto duque 
de Alba á i^ictoria esclarecida y brillante. Aquel magnf* 
fico plan de ataque, que inspira el genio y madura la re- 
flexión, cual dechado perfecto de grandeza en el todo, y 
de acabamiento en el pormenor, podrá siempre citarse. 
La admirable disposición de las tropas; la organización, 
apropiada y oportuna de las diferentes columnas; el ha- 
bíKsimo empleo de la caballería y la aplicación acertada 
del orden oblicuo, tan felizmente dirigido como lo fuera 
por ilustres estrategos en los más renombrados de sus 
triunfos; el uso inteligente de la armada, interviniendo 
de modo eficaz como elemento de harmónico conjunto 
en forma hasta entonces desconocida, son hechos que ab- 
sortan el espíritu, deleitan el ánimo y adoctrinan aJ hom- 
bre de guerra, á quien ofrecen enseñanza de valer ines- 
timable. 

Fortísima como era la posición que ocupa la hueste 
de Don Antonio, adivina el de Alba con la sagaz mira- 
da que distingue á los grandes capitanes, la falta come- 
tida por su adversario; aprovéchala con singular maes- 
tría, y todas sus disposiciones se encaminan á adelantar 
la izquierda al electo de envoK^er el flanco derecho del 



32 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

lusitano. Para dar el golpe decisivo, en que el fuego ha 
de intervenir como único agente, forma la columna de 
arcabuceros, mandadas á porfía sus fracciones por ilus- 
tres jefes españoles, y acaudillando las bizarras fucrz^s^ 
á cuyo valor impetuoso se encomiendií !o más arriesgado 
del combate, va el guerrero veterano de irlandés, el de- 
nodado Sancho de Avila, prez y honra de la milicia hís- 
pana. Con objeto de asegurar el éxito, cumple la caba- 
llería cometido importantísimo sobre la retaguardia del 
enemigo, y en previsión de cualquier accidente desgra- 
ciado, jamás^ imposible en la guerra, mantiénese el duque 
en situación dominante y ventajosa, con extrema reser- 
va de aquellos insignes tercios que llevan á todas partes 
consigo la victoria cual inseparable compañera de sus 
. armas. 

Analizando detenidamente el gran libro de la histo- 
ria, encuéntranse de cierto pocos ejemplos de combina- 
ciones tácticas que con el que estudiamos pueda parango- 
narse. Carrión Nissas que, con razonado y sereno juicio, 
abundancia de doctrina y copia de datos, examina el 
suceso memorable que tanto enaltece la fama del insig- 
ne general de España, atribuye excepcional interés á la 
batalla de Alcántara, que no ha obtenido, en juicio suyo, 
toda la celebridad que merece. La analogía que descubre 
el distinguido publicista entre aquel hecho de armas y 
la batalla de las Dunas, por la cual tanto se alabó al ilus- 
tre Turena, hácele suponer, en un arranque de plausible 
sinceridad, que el conspicuo capitán de Luis XIV^ se ins- 
piró en el recuerdo del esclarecido duque de Alba para 
batir, allá en los alrededores de Dunquerque, los últimos 
restos de nuestros inolvidables tercios, líxisten, á no du- 
darlo, caracteres de semejanza entre uno y otro comba- 
te; mas si no fuera poco pertinente en este sitio^ aún nos 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE H 33 

seria fácil demostrar, con fundado razonamiento, que 
fueron muy mayores las dificultades con que hubo de 
luchar el general español en las orillas del Tajo, y que 
se mostró superior el duque de Alba al caudillo francés, 
por la grandeza de la concepción y el acierto previsor 
de sus disposiciones (i). Y si la batalla de las Dunas es 
considerada, según el parecer irrecusable del emperador 
Napoleón I, como la acción más brillante del vizconde de 
Turena, ¿qué cantidad de gloria no hemos de recabar nos- 
otros para el guerrero de Castilla, cuyas lecciones toma y 
cuyos hechos imita uno de los más renombrados capita- 
nes que la Europa ha producido? ¡Mas cuan diversos los 
tiempos y cuan diferentes las condiciones de España en 
una y otra época! La batalla de Alcántara entrega á Fe- 
lipe n las llaves de Lisboa y hácele dueño de Portugal 
en breve plazo, elevando nuestra nación al apogeo de su 
gloria y á la cumbre de su poderío. La batalla de las Du- 
nas señala un paso de gigante en nuestra decadencia, 
abre anchurosa herida á nuestra ya exigua y casi ilusoria 
dominación de Flandes, y sobre arenoso suelo, que riegan 
abundantes canales, tienen por entonces heroico fin los 
postreros alientos de la indómita infantería que, contra 
la implacable crueldad de fatal destino, lucha aún ago- 
nizante en desesperado estertor, después de los cruentos 
sacrificios de Rocroy y de Lens. 

No faltan, sin embargo, historiadores que, con apa- 
sionada é injusta crítica, tratan de rebajar la gloria del 
duque de Alba, quitando importancia á la batalla de Al- 
cántara. Distingüese entre ellos Paria y Sousa, quien, 



(i) B1 Sr. General Don Martiniano Moreno escribió hace años en la 
Asamblea del Ejército y Armada, un juicioso é interesante paralelo entre 
Us batallas de Alcántara y de las Ounas^ en que con razonado análisis se 
estudian y comparan estos dos célebres hechos de armas. 



en€>jado sin duda por hs ooosecDeocias del combate, no 
estima tricoma dzgma d¿ dar ms t mt re á un capitán, ya 
mfmbrado de la /awta, la rota de tan deskitada tropa; y 
añade que si hubo algún hecho notable^ fué el haberse 
atre\Tdo á pelear tan ^cctjs ásscxjs centra tantos vetera- 
nos {i\ Lo que en anteriores páginas hemos expuesto, 
relé\-anos de entrar en largas cooskleraciones con objeto 
de rebatir los juicios inexactos del escritor porti^és. 
Cierto es que la gente colecticia de Don Antonio no po- 
día presentarse como modelo de flienas aguerridas y 
disciplinadas, y que desde el punto de vista de su valer 
individual y colectivo, no guardaban semejanza con las 
sólidas tropas que seguían las banderas del rey católico; 
pero compensaba tamaña des\"entaja la fortaleza natural 
de las posiciones que los lusitanos defendían, y las trin- 
cheras y parapetos tras los cuales esperaban el ataque 
del adversario. V aunque en total la hueste del duque 
de Alba fuera en número algo superior á la que con el 
prior de Crato militaba, es también de advertir que no 
U^ó á entrar en lid la reser\ a española, formada con 
gruesos destacamentos de los tercios de Xápoles, Sicilia 
y Lombardía, de Don Rodrigo de Zapata y Don Gabriel 
Niño, y los piqueros alemanes (2\ y que el éxito de la 
|>elea no era ya dudoso (batidos como estaban los por- 
tugueses en toda la línea) cuando asomó la caballería en 
el campo de batalla. En nada faltamos, pues, á la verdad 
que los hechos justifican, afirmando que los 2.IOO arca* 
buceros mandados por Sancho de Avila, y los 6.000 
hombres que en la derecha conducían Próspero Colonna 



í: 



(i) Faria y Sonsa, Epiionu de historias portuguesas, parte IV, cap. I. 

(3) De estos tercios sólo combatieron, según se ha dicho, los arcabu- 
ceros reunidos en ana columna que mandaba el maestre de campo ge- 
neral. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE It 



55 



y el conde de Lodrón^ bastaron para decidir la suerte 
del combate, desalojando á fuer2as superiores de las po- 
siciones que ocupaban y señoreándose de las fortificadas 
alturas, á pesar de la no escasa resistencia que en algu- 
nos puntos ofrecieron las bísoñas tropas de Don Antonio, 
la cual resistencia^ st estuvo mal dirigida, fué más fuerte 
y enérgica de la que habría podido suponerse en mu- 
chedumbre floja y apr^uradamente allegada (i). 



{i) Juan Bautista AutondH hizo dos dibujos iguales de los alojamiea* 
tos de los dos ejércitos y batalUí de Akántar^;, dedicando uuo á Felipe 11 
y otro al duque de Alba* {Carta áe Jeróníuio de Arc^o á Zayas, fecha el 
9 de septiembre de 1380). En 9 de octubre aún uo se haiUba conciuido 
aquel trabajo, segúu decía el duque de Alba á Zayas; desprendiéndose dd 
conteaidci de esta carta, que debió de tratjscurnr algún tiempo antes de 
q]üc estuviera te r mi nado. Cou posterioridad no se descubre uiás lu£ sobre 
los díchfis dibujos. 





CAPÍTULO II 



Díspo5JdoBes patn impedir que los soMííííds v^ncedc^res entren en Lisboa. 
^— Saco del arrabal y fincas de extramuros. — Ri^nitídios. p.irai atajar los 
desórdenes de Ijs tropas ^.\i£t ella híis— Entrega de Lisbo.i,^ Arribo feliz 
de la fiota de la India, — LlífKuit^des p:jr«i capturjir al prior ileflriti«. — 
Kuta sfgdjda pnr éste después de su derrita. — Sumiüión de Snntarcni 
y otras villas y luga rías. — ífecín producida en B;idnjoz por l:i toma de 
LUbo^i, — Manera de rebajar Ja ittiport[ini;ta déla vkt'inj. — Censuras 
al duque de Albu, — Medios practkad'ií pira impedir que Düu Antonio 
saiga de Portugal. — Bdicto de Felipe 11 lunndando prender al prior* — 
Discusiones acerca de si debe ó no concuJerst; perdón stílemne á Lis- 
boa.— Jura ni entd de la ciitdad y proclaniación del rey Felipe. — Enfer- 
medad que se extienda por toda la I'i^nirtsiíla^ — Grave dolencia del 
monaTca español y preocupación del duque da Alba. — Pensamiento de 
despedir las tropítfi exíranieras,— Dése 3ti miento de este propósito, — - 
Trabajos infructuosos dvl ^jfíubisphi de Ü^boj para lograr la sumisión 
de D'jn Antonio, — *Marcha de este á Coi inbra.^ A prestos de guerra en 
aquella región — Tom-i de .Aveiro por los del prii^r,— Jiictancioso alar- 
de de aquella tropa, — Keprocht'S al duqne dü Alba por su larga pasivi* 
dad, — Observaciones acerca de este asiintti, — Expedición que se prepa- 
ra contra Don Antoniu. — Desigciacion lie Sancho de Avila par:i man- 
darla. 



UMPLiENDo las severas disposiciones del duque 
de Alba para que á todo trance se evitara el 
saco de Lisboa, el g^ran prior Don remando 
presentóse el primero en la puerta de Santa t'atalina 
apenas terminada la batalla, y tío mucho dcspucs acu- 
dieron Sancho de A^ila^ Pedro liermúde?:, í Jon íiarcfa 
de Cárdenas, Don Fernando, Don h>ancisco y Don Die- 
go de Toledo, Don Cosme Centurión ^ el marc|ués de 
Chítona, Don Juan Maldonado, Franci.sco (irímaldi y 
Julio Spinokj con otros varios oficiales y caballeros prin- 
cipales j quienes encargííndose al punto de la custodia de 




38 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

la ciudad por la parte que miraba á tierra, y tomando 
las puertas de la Morería, de la calle de la Palma, de 
San Antonio y del Cuerpo Santo, igual que los postigos 
de San Roque, de la Trinidad y del palacio del duque 
de Braganza, impidieron el paso á la desbordada solda- 
desca. Observando el marqués de Santa Cruz la misma 
conducta por el lado de la ribera, dióse tan buena maña, 
con la asistencia de Don Juan de Cardona y Don Alon- 
so Martínez de Leiva, al cual encomendó especialmente 
la guarda de la Casa de la Contratación (l), que no hubo 
de lamentarse por aquella parte el menor desmán, pues 
si bien es cierto que, burlando toda vigilancia y abrien- 
do un portillo en la muralla del mar, lograron penetrar 
dentro del recinto unos 20 hombres de las galeras, fue- 
ron éstos muy luego aprehendidos y rigorosamente cas- 
tigados, pagando dos de ellos con la vida la infracción 
de los rígidos mandatos del austero duque de Alba (2). 
Antonio Herrera y Jerónimo Franchi Conestaggio 
afirman que el ilustre general español concedió licencia 
para saquear dentro de la capital portuguesa algunas ca- 
sas que pertenecían á los más notables rebeldes, pero no 



( i) Felipe n tenia muy recomendado al duque de Alba que, aun en el 
supuesto de que se tomara Lisboa á viva fuerza, y fuese imposible evitar 
desórdenes, pusiera sumo cuidado en que se preservara de todo daño la 
Casa de la dontratación de las Indias y la torre del Tombo, donde había 
muchas riquezas y se archivaban documentos de gran importancia. (Car- 
ta del Rey al duque de Alba, fecha en Badajoz á 16 de agosto. Docu- 
mentos inéditos, tomo XXXV, págs. 88 y 8^). El duque respondió, en 
carta del 91, que, en cualquier caso, cumpliría los deseos del Monarca. 
Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 435. 

(a) Herrera, Historia de Portugaly conquista de las islas Atores, li- 
bro III. — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal a la corona de Casti- 
lla, lib. VII.— Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, lib. XIII, ca- 
pitulo II. — Velázquez Salmantino, Entrada que ki^o en el reino de Portu- 
gal Don Felipe II. — Carta del duque de Alba al Rey, fecha el 35 de agos- 
to de 1580. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 437.---Carta del prior Don 
Femando de Toledo á Don Diego de Córdoba. Doc. inéd., tomo XL, pa- 
pina375. 



'^KV 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE U 39 

creemos justiñcada la aseveración de los citados escrito- 
res, y antes por el contrario, de las relaciones que el du- 
que de Alba, su hijo Don Fernando y su secretario Jeró- 
nimo de Arceo, hicieron de la batalla de Alcántara y 
toma de Lisboa, resulta claro que no se perdonó medio 
para evitar todo desorden y acto de pillaje dentro de la 
ciudad. No noJí atrevemos, sin embargo, á asegurar que 
se cumpliesen rigorosamente los mandatos del duque de 
Alba, y que en absoluto se impidiera el menor desmán, 
pues mientras en una descripción de aquellos sucesos, 
que inserta el tomo XL de la Colección de docutnenios 

inéditos para la Historia de España^ se lee: « de 

manera que en la ciudad no tocó un pelo, que lo ha es- 
timado en más Su Excelencia que haberla ganado», en 
una carta que el duque de Alba escribió al Rey con fe- 
cha 28 de agosto, aparece lo siguiente: «Ha alegrado 
tanto á esta ciudad que no se les acuerda de lo que han 
visto cerca de sus puertas y algunos dentro de sus ca- 
sase (i); y de estas últimas frases, en las cuales fijó 
por cierto Felipe II muy particularmente su atención, pa- 
rece desprenderse que no se evitaron totalmente los des- 
órdenes en la capital portuguesa. 

De todas maneras, es indudable que, si en absoluto no 
pudo excusarse el saco de Lisboa, habrán sido de muy 
poca consideración los excesos que allí se cometieron, y 
es cosa que avalora grandemente el mérito del insigne 
caudillo el que en aquellos tiempos pudiera refrenarse á 
los soldados victoriosos, ávidos de botín, hasta el punto 
de preservar de su rapacidad á la bella ciudad lusitana. 

Para distraer la codiciosa mirada de la tropa del sitio 
donde pudiera ser mayor el estrago, no tomó al pronto 



(i) Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 479. 



40 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

el duque de Alba disposiciones que remediasen el saco 
del arrabal. Fueron por esto lamentables los actos de pi- 
llaje que en el burgo se ejecutaron por espacio de tres 
días, y no escasas las riquezas entregadas á la devasta- 
ción en los edificios aislados de extramuros, donde mu- 
chos habitantes de Lisboa llevaban con sus personas grran 
parte de su caudal al abandonar la ciudad con motivo de 
la peste (l). Dictó, sin embargo, el general español las 
órdenes necesarias para que se respetasen los monaste- 
rios y lugares sagrados, y aunque no fuera con la dili- 
gente actividad que la urgencia del caso requería, man- 
dó poner guardias en todas las quintas y granjas de los 
contornos; distribuyó patrullas en todas^ direcciones has- 
ta seis ó siete leguas de distancia; trasladó el día 2^ de 
agosto su alojamiento desde Belem al malaventurado 
arrabal, con objeto de acudir simultáneamente á los asun- 
tos de Lisboa y á los negocios del ejército; estableció las 
tropas en el campo que para combatir ocupara Don An- 
tonio, bien que estrechándolo mucho al intento de cus- 
todiar mejor todos los cuarteles é impedir que alguien 



(i) Según dice el duque de Alba á Felipe II en carta de 9<| de agosto 
de 15 8o, los soldados de su ejército encontraron ya saqueadas por la tro- 
pa del prior de Grato muchas casas del arrabal. Doc. inéd., tomo XXXII, 
pág. 358. 

Entre los objetos tomados por los jinetes de la costa de Granada, figu- 
raba, al decir de Cabrera de Córdoba, el precioso jaez de diamantes, 
inestimables por sa mucho valor, que se había ido formando por largo 
tiempo en la India, y era ornamento magnifico del patrimonio real por- 
tugués. [Historia de Felipe IT, lib. XIII, cap. 11). Pero esta afirmación de 
Cabrera no es exacta, porgue el jaez se lo llevó consigo el prior de Gra- 
to al huir de Lisboa. «Aquí no se ha extendido, decía el duque de Alba 
á Zayas en carta del x .** de septiembre, que Don Antonio haya Uevado 
cosas señaladas, si no es el arreo aue acá no ha parecido.» (Documentos 
inéditos, tomo XXXII, pág. 3x2). i en igual fecha, escribía también el 
duque á Felipe II: «El arreo tiénese por cierto que le ha llevado, porque 
acá no se ha hallado, ni se sabe nada del; pero no he entendido que sea 
de tanta valia como le tenían puesto». (Doc. inéd., tomo XXXII, página 
*i\S). Y en efecto, más adelante veremos que el jaez estaba en poder de 
Don Antonio. 



DUKAMTE EL REINADO DE DON FELIPE H 4 1 

saliera del real; impuso penas terribles á cuantos, con- 
traviniendo sus disposiciones, se desparramaran por la 
campaña, y reprendió acremente á los coroneles, maes- 
tres de campo y demás jefes su lenidad é incuria en ata- 
jar los desafueros y atropellos de la gente que manda- 
ban (l). 

<Yo voy poniendo todos los remedios en el mundo 
posibles á los desórdenes de la campaña, decía al Rey el 
duque de Alba, porque demás de lo que ayer escribí á 
V. M. que tenía hecho, saldrán mañana seis capitanes de 
caballos con cada treinta caballos, y con cada tropa dos 
hombres de la ciudad para que los repartan y guíen á las 
partes donde entendieren que puede haber desórdenes, 
y corran hasta seis ó siete leguas de aquí para que sean 
testigos también de lo que se hace, y mando que se lle- 
ven bagajes cargados de sogas. Hoy he juntado los coro- 
neles, maestres de campo y oficiales del ejército, y dí- 
choles mi parecer en forma que ellos se habían muy mu- 
cho de avergonzar, y jurádoles que si no lo remedian, 
que en un día amanecerían quitados cuantos oficiales hay 
en el ejército, y puestos otros; que, pues se ha de saber 
este desorden en todo el mundo, quiero que juntamente 
sepan con el castigo tan ejemplar que yo hago sobre 
ello> (2). 

Mucho contribuía, sin duda alguna, á estorbar el cum- 
plimiento de los rigorosos mandatos del duque, la proxi- 
midad de los bajeles á la orilla del Tajo. Los tripulantes 
de las galeras, teniendo á su vista y alcance valiosos ob- 
jetos en donde saciar podían impunemente su desenfreno 



(i) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en Beleni á 96 de agosto. 
Doc. inéd., tomo XXXII, págs. 466 y 467. 

(3) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en el burgo de Lisboa á 38 
de agosto de 1580. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 483. 



42 GUERRA DE ANEXIÓN EN PDRTUOAL 

y licencia, saquearon la ribera, desbalijaron las naves 
portuguesas en que había mercaderías, y escondieron á 
bordo los efectos de mayor \"olumen que por la gente de 
tierra fueron tomados. Era de apremiante necesidad po- 
ner coto á tales excesos, y para conseguirlo recogiéron- 
se en Relem todos los buques de la escuadra^ sin distin- 
guir condición^ nacionalidad ni clase; prohibióse, bajo la 
amenaza de duro castigo, que ninguna barca se apartara 
de aquel surgidero; y se dictó, por último, rigoroso ban- 
do, imponiendo pena de la vida á cuantos marineros osa- 
ran comprar á soldado ú otra persona ropas y objetos 
de cualquier calidad que fueren (l). 

A pesar de las disposiciones severas del duque de 
Alba, ó acaso porque éstas no fueron bastante eficaces 
en los primeros momentos, hubo algunos excesos en los 
monasterios situados en los alrededores de Lisboa; pues 
si bien obtuvieron respeto los conventos de religiosas, no 
todos los de frailes alcanzaron el mismo beneficio, siendo 
particularmente objeto de las depredaciones de los sol- 
dados italianos y españoles, el monasterio de San Roque, 
cuyos moradores habíanse distinguido siempre por su 
animosidad contra el Rey Católico. Asi lo aseguran Fran- 
chi Conestaggio y Velázquez Salmantino, y algo debió 
de suceder en ese sentido, cuando el mismo duque se ex- 
presaba en esta forma dirigiéndose á Felipe II; «Yo 
ando procurando remediar los desórdenes: hánse reme- 
diado muy muchos en los monasterios que están aquí 
fuera, á esta parte de acá; en todos ellos tengo gente que 



(i) Carta del duque de Alba al Rey, íechá en Belein á 36 de agosto. 
Doc. inéd., tomo XXXI!, págí- 4íJÓ y 467- — Carta do Jerónimo de Arceo á 
Zayas en la misma fech^. Uuc. inéd', tomo XXXII, t>á«* 469 y 470^— 
Carta del duque de Alba al Rey, fecha ea él burgo d« uaWa^ i 38 de 
agosto. Doc. inéd., tomo XX^Tlíj pág* 479» 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE H 43 

los guarde; en algunos, aatas que se pudiere acudir á la 
guarda, hallaron los soldados ropa de algunos particula- 
res que tenían puesta allí para salvarla; de parte de ésta 
se han aprovechado. Digo esto á V. M. porque podrá 
ser que le digan que han saqueado monasterios, y lo que 
en ello hay es lo que digo á V. M.^ y á los soldados no 
se les puede quitar lo que es suyo; que los soldados que 
vienen peleando y siguiendo el alcance hasta Lisboa, lo 
que hallan en el camino es suyoj y así, lo que tomaron 
de particulares se lo hago bueno, no siendo de hombres 
que hayan servido á V. M,> (i). 

De cuanto en el asunto se ha expuesto por unos y 
otros, puede inferirse que aun no siendo exacto que, 
como dice Escobar, «se permitiera al ejército saquear los 
arrabales por espacio de tres días, con lo cual hubieron 
todos el aprovechamiento que á cada cual guió su ven- 
tura* (2), parece cierto que los soldados de las diversas 
naciones se entregaron con afán al pillaje en los barrios 
y casas de extramuros, y que el duque de Alba no lo es- 
torbó en un principio con e! necesario rigor, acaso con 
mira de que se satisñciese allí la codicia de la tropa» ya 
que su principal empeño era librar de todo desorden á la 
ciudad de Lisboa. En la tarde de la batalla fué inevitable 
el saco de los arrabales, porque no había posibilidad de 
enfrenar á los soldados dispersos por el campo después 
de completar la derrota de los portugueses; y á la ver- 
dad, harto se hizo logrando salvar á la ciudad de la ruina 
que le amenazaba. Pero^ en nuestro parecer, si el duque 
de Alba hubiese cerrado rigorosamente los cuarteles de 
su campo desde el amanecer del día 26, cual lo dispuso 



(i^^ Carta del dumie de Aíba ai Rey, techa eo ñckm A í6 de agoito. 
Ooc- itiéd., tomo XXXII, pág. jéé. 

(sj Rtiat'tén dt ía JeHcisims Júntiidít eíc. 



44 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

en la tarde del 27, se habrían podido excusar los des- 
manes ejecutados en los días posteriores al de la batalla; 
y como no se debe atribuir, en justicia, al célebre gene- 
ral falta de previsión y de diligencia, es natural pensar 
que quisiera satisfacer los sentimientos de rapacidad de 
sus soldados, impulsándolos en dirección oportuna para 
que no sufriese daño la capital portuguesa. 

Aunque algo tardías ó insuficientes las disposiciones 
tomadas por el duque de Alba, atajaron al cabo por gran 
modo los abusos de la tropa; y dadas la índole de los 
tiempos, las condiciones de la sociedad y los usos de la 
guerra en aquella época, bien puede afirmarse que con 
dificultad se hubiese hallado un general que acertase á 
recoger en breve plazo, como entonces lo hizo el duque 
de Alba, las riendas de la disciplina, que irremediable- 
mente se aflojan en casos tales, aun en los días de mayor 
templanza y más humanitarias costumbres que hoy al- 
canzamos, y que son consecuencia de los adelantos que 
en el orden moral, como en el material, aportó la civili- 
zación moderna con incontrastable fuerza. Y por esto 
se comprende bien que la conducta del célebre caudillo 
obtuviese la completa aprobación del rey Felipe (l). 

De acuerdo con estas ideas, escribe lo siguiente Re- 
bello da Silva, á quien no se ha de atribuir parcialidad 
en favor de los españoles: «Aseguran algunos que al Rey 
Católico molestaron estas demasías, y que no se las per- 
donó al duque de Alba; pero el general, en poblaciones 
abiertas, y cohibido por las costumbres de un ejército 
compuesto de diversas naciones ¿podría prohibir, sin 
arriesgar su nombre, excesos tenidos como ineludibles 



(i) Carta del Rey al duque de Alba, fecha en Badajoz i 39 de agosto. 
Doc. inéil., tomo XXXIL pág. 486. — ídem á 31 de agosto. Doc. inéd., 
tomo XXXII, pág. 503. 



DURANTE EL REINADO DE DON rSUPE 11 45 

en la guerra, y hasta estimulados, á las veces, por la ín- 
dole esencial de la victoria? Es muy dudoso. No alcanzó 
poco el capitán general salvando á la ciudad de los es- 
tragos y oprobios de un saqueo» (l). 

Luego que se presentó el prior Don Fernando en la 
puerta de Santa Catalina, acudió á la muralla el magis- 
trado de la Cámara ofreciendo entregar la ciudad si le 
eran confirmados sus privilegios y se otorgaba el gene- 
ral perdón á sus moradores. Cauteloso el duque, á quien 
pronto se avisó lo ocurrido, eludió con su habitual dis- 
creción toda promesa que pudiera comprometer la real 
palabra, recibiendo la obediencia de la capital á Don Fe- 
lipe, sin más concesiones ni ofertas de mercedes, que 
aquellas con que la clemencia del soberano se dignare 
agraciarles (2). Hízose con esto el castellano dueño de 
Lisboa, que guarneció el gran prior con fuerza suficiente 
para atender á su custodia mientras se templaba la sed 
de rapiña de los arrogantes vencedores, que el duque, 
temeroso de mayores desmanes, tenía alojados en el 
arrabal, sujetos á estrecha vigilancia y bloqueo. No se 
ocultaban al caudillo ilustre los peligros grandes á que se 
expondría la solidez de sus tropas desde el instante en 
que penetraran en la ciudad; y para conservar la disci- 
plina y espíritu militar, que cual ninguno supo mantener, 
apartando á sus soldados de las fascinadoras y enervantes 
costumbres de malicia y corrupción que fácil é inevita- 
blemente se desarrollan en los grandes centros de rique- 



(x) Historia de Portugal nos séculos XVII e XVIII, Iniroducf&o, 
cap. VI, tomo 11, pág. 553. 

(3) Carta del dnque de Alba al Rey, fecha en Belem á 95 de agosto 
de 1580. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 457. — ídem del prior Don Fer- 
nando de Toledo á Don Diego de Córdoba en igual fecha. Doc. inéd., 
tomoXL, pág. 375. 



46 GUERRA DE ANEXIÓJÍ EN PORTUGAL 

za, prohibió con severidad ia entrada en la capital por- 
tuguesa (l). 

Caminaban así los sucesos impulsados por la próspera 
suerte. Aún no cumplidos doa meses de^e que se levan- 
tara el campo de Cantillana, el talento y pericia del du- 
que de Alba dieran ya buena cuenta de las masas arma- 
das que para el sostenimiento de su causa allegó el prior 
de Crato. Y coronando dignamente las no interrumpidas 
victorias de los tercios castellanos, reconocía la autoridad 
del Rey Católico la hermosa Lisboa, cuyos esbeltos edifi- 
cios acarician las mansas aguas del ostentoso Tajo, cuan- 
do, al llegar á la plenitud de su existencia^ van á rendir 
su tributo expléndido al inmensurable Océano; aquella 
ciudad que la naturaleza distingue con privilegiados fa- 
vores, otorgándole vegetación exuberante, delicioso cli- 
ma y situación envidiable en el seno tranquilo de anchu- 
rosa rada del extremo occidente donde se meció la cuna 
y despertó la inteligencia de célebres marinos y guerre- 
ros insignes, honra de su nación y ex pie ador de su época, 
que, osando remontar el vuelo de su ingenio hasta aU 
canzar regiones inexploradas, ensancharon el continente 
africano y descubrieron territorios inmensos en .'\sia, 
América y Oceanía; aquelta ciudad, emporio del pro- 
greso y centro del saber ^ donde aportaban bajeles sin 
cuento, que traían con inequívocos testimonios de igno- 
tas civilizaciones y desconocidas razas, productos ga- 
llardos de fecundas é inagotables tierras, allá en los ale- 
daños del mundo escondidas. Y cual si la fortuna se de- 
leitara complaciente en prodigar sus dones y conceder 
sus beneficios á la poderosa nación española^ tres días 



bro 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas A^orfs^ li^ 

in. 




DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE Ti 47 

más tarde de la rendición de Lisboa, fondeaban en aquel 
puerto las cinco naves de la India, con tan rica y expíen - 
dida cargazón» que hada muchos anos no se viera otra 
igualmente valiosa y estimada, 

Y como la venida de esta flota era negocio de mu- 
chos intereses^ y, según precedentemente se ha d¡chO| 
preocupaba de tiempo atrás al Rey Católico y al duque 
de Albaj bien será que expónganlos algunas considera- 
ciones relativas al término de su navegación. 

Habían llegado las naves de la India á la isla Terce- 
ra el día 25 de julio^ y como d jefe del ejército castella- 
no se cuidaba mucho de que tan importante convoy no 
cayera en manos de D. Antonio, resolvió oportunamen- 
te, de acuerdo con el marqués de Santa Cru^, que por 
la derrota que aquellos bajeles debían de traer, se me- 
tiesen en la mar cuatro ó cinco carabelas, unas á mayor 
y otras í menor distancia, con objeto de que, viniendo á 
dar aviso en caso de que avistaran las dichas naves, sa- 
lieran al punto algunas galeras para conducirlas á Lisboa » 
sí es que Don Alonso de Bazán, que había salido en di- 
rección á las islas Azores en ñnes del mes de julio, no 
las hubiere encontrado antes y dádoles la escolta nece- 
saria (l). 

Adoptáronse estas previsoras resoluciones, temiendo 
que el prior de Crato destacase algunos buques de su ar- 
mada para tomar la flota de la India y conducirla á lugar 
que se mantuviese á su devociónj pero si Don Antonio 
tuvo tales propósitos no los puso por obra en buena sa- 
zón, y desde principios de agosto ya no le fué posible 
intentarlo, por bailarse la escuadra española frente á la 



( j) CiTii del duque de Alba al rey Felipe 11, fecha en San Julüa de 
Oeiras j 17 de agosto de is8a. Doc, iiiéd., tomo XXXII, pilitf&H 417 y ^iS. 



48 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

boca del Tajo. Limitóse, pues, el pretensor lusitano á 
mandar orden á las naves de la India para que, siguiendo 
el paralelo de los 42 grados, descendiesen luego al puer- 
to de Peniche (l), con lo cual no sería fácil que tropeza- 
ran en su camino con los buques del marqués de Santa 
Cruz; mas estos recados del prior de Crato no llegaron á 
su destino, ni aun cuando alcanzaran á la flota hubiesen 
producido efecto alguno, dada la actitud en que se colo- 
caron los jefes de las naves. 

Venía el convoy á cargo de los caballeros Saldañas, 
quienes, así como arribaron al archipiélago de las Azo- 
res y tuvieron noticia del alzamiento de Don Antonio, 
se declararon en favor de Felipe II (2). Suceso cierta- 
mente afortunado para la causa de España, pues si se in- 
clinaran al partido opuesto, habríales sido posible evitar 
el encuentro con los bajeles de Bazán, y entregar al prior 
de Crato grandes riquezas con que tuviera éste medios 
para prolongar la resistencia. 

Obedeciendo, por lo tanto, exclusivamente á los im- 
pulsos de su buena voluntad, enderezaron los jefes de la 
flota su rumbo al puerto de Lisboa, y cuando el día 26 
de agosto supo el duque de Alba, por noticia segura, que 
se hallaban muy cerca de la costa, hizo salir tres carabe- 
lones, puestos en orden por el portugués Luis César, lle- 
vando cartas suyas, de la Cámara de la ciudad y de los 
mercaderes interesados, en las cuales se invitaba á los 
jefes de la expedición á que fuesen á descargar en el 
mismo sitio donde solían efectuarlo, en la desembocadu- 
ra del Tajo, y se les ofrecía, en nombre del Rey Católí- 



(i) Herrera, Historia de Portugal jf conquista de las islas A{ores^ li- 
bro III. — Carta del duque de Alba al Rey, techa en Belem á 97 de agos- 
to de 1580. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 473. 

(a) Carta del duque de Alba al Rey, lecha en Lisboa á s8 de agosto 
de 1580. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 480. 



lOURANTE EL REINADO DE DON PEUPE U 40 

co, mejor tratamiento que el que en ninguna otra oca- 
sión se les dispensara. «Dios los traiga, decía el duque, 
que gran bien sería para este reino, que es cosa grande 
la gente que cuelga de lo que allí viene» (l). 

Fondearon por último dos de aquellas naves en el 
puerto de Lisboa el 28 de agosto y las otras tres al día 
siguiente; y tan extraordinario regocijo produjo en to- 
dos su llegada, por lo que, á la par que al Rey, interesa- 
ba á los particulares, que, al decir del duque de Alba, 
nadie pensaba ya en otra cosa (2). Y era natural que así 
sucediese, á ser cierto lo que acerca de la importancia 
de esos convoyes escribió Díaz de Vargas: «Traían de 
ordinario las naves de las Indias mercaderías de tan 
gran estimación, riqueza y substancia, que, aun sufrien- 
do Portugal toda clase de calamidades, bastaba una nota 
para convalecerle y dos para enriquecerlo». (3) 

Para que el éxito de la guerra fuese completo, falta- 
ba sólo capturar á Don Antonio, pues era evidente que, 
mientras se hallase en libertad, habría de emplear su tur- 
bulento é inquieto carácter en nuevas y locas aventuras, 
que, cuando no pudiesen lograr otra cosa, perturbaran á 
Portugal, sin dejarle un momento de sosiego. Más difícil 
la empresa de lo que por muchos se imaginaba, en los 
instantes primeros, sobre todo, encubrióse la evasión del 
pretendiente con tai sigilo y misterio, que imposible fué 
adquirir noticias capaces de dar la menor luz acerca de 
su paradero. Ocultábanle no pocos, ayudábanle otros á 
salvarse, y cuantas diligencias se hacían al objeto de ras- 



(i) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en Belem á 26 de agosto. 
Doc. in¿d., tomo XXXII, pág. 468. 

(3) ídem id., fecha en Lisboa á 98 de agosto. Doc. inéd., tomo XXXII, 
págs. 480 y 481 . 

(3) Discurso jf sumario de la guerra de Portugal, 



■ •^rr. 



50 ain&RRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

trear el camino que siguiera después de la batalla, eran 
infructuosos y estrellábanse ante la hidalga caballerosi- 
dad lusitana. Ofertas de premios, dádivas y mercedes 
resultaron completamente estériles; y bien lejos de faci- 
litar la captura del Prior, aquellos leales moradores des- 
viaban con falsos informes las pesquisas de sus persegui- 
doresj y dábanle tiempo para ponerse en seguro (l). 
Creyóse en un principio que la importancia de las heri- 
das que Don Antonio recibiera, obligaríanle á detenerse 
en Lisboa, y en tal hipótesis, no se dio un punto de ocio 
Don l^^ernando de Toledo para descubrirle y aprehender- 
le. Todo en vano; inútilmente se registraron un monas- 
terio y diversos sitios donde se presumía hallarse aquél 
oculto; de resultas de tan esmeradas investigaciones ni 
aun pudieron recogerse indicios que permitieran seguir la 
huella del fugitivo (2). Y, sin embargo, no dejaron de ser 
bastante públicos sus pasos en aquellos momentos. Acom- 
pañado de Don Manuel de Portugal, Diego Botello y al- 
gunos otros caballeros, atravesó rápidamente la ciudad, 
mandó dejar libres á cuantos forzados había en las gale- 
ras para que no utilizara sus servicios el Rey Católico, é 
hiJío abrir las cárceles, donde muchos afectos á Don Fe- 
lipe purgaban su adhesión á la causa castellana. 

Remontando el río en barca, al decir de unos histo- 
riadores, ó caminando por reservadas sendas, según afir- 
man otros, continuó Don Antonio sin detenerse hasta 
llegar á un punto, donde por el momento se creyó libre 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores ^ li- 
bro IH. 

(a) Carta del prior Don Femando de Toledo á Don Diego de Córdo- 
ba, fecha en li&boa á s^ de agosto de 1580. Doc. inéd., tomo XL, pá- 
f ins 176. 



nORADtS EL HEtÑADO DE DON FELIPE It $1 

de la persecución de los españoles (l); curóse allí las he- 
ridas, y habiéndosele incorporado Simón de Mascareñas, 
deán de Evora, con séquito de 40 jinetes, y poco des- 
pués el conde de Vimioso, Don Manuel de Portugal y el 
obispo de la Guarda, tomaron todos la vuelta de Santa- 
rem con el alma entristecida, pero resueltos á no des- 
mayar en su temeraria resistencia (2). 

Fiaba Don Antonio en la lealtad del pueblo que al- 
borozado le aclamara dos meses antes, sin tener en 
cuenta que, asi como es variable la fortuna, es también 
mudable la opinión de la fanática muchedumbre. Al 
verle en desgracia, le abandonaron los que le habían 
sido muy adictos; negóse el magistrado á recibirle, y 
sólo á condición de que evacuara la villa en brevísimo 
plazo, fué al ñn admitido por corto tiempo, saliendo 
Don Antonio y los suyos á la mañana siguiente con 
rumbo á Coimbra. Acto seguido escribió la Cámara de 
Santarem al duque de Alba una carta, de que fueron 
portadores Pedro Enríquez, prior de la iglesia del Mila- 
gro, y el hidalgo Antonio Machado, personas de presti- 
gio en la comarca, quienes llevaban poderes para ofrecer 
al general castellano la obediencia debida, y atestiguarle 
el amor y fidelidad de aquellos habitantes que, contreñi- 



(x) La mayor parte de los historiadores de aquellos sucesos, dicen que 
Sacarem fué el pnmer punto en que se detuvo el prior de Grato. Algu- 
nos otros, entre eUos Rebello da Silva, suponen que eso ocurrió en San 
Antonio de Tojal; Rustant lo refiere á San Antonio de Quicsta, ¿ cinco 
leguas de Lisboa, y Velázquez Salmantino al pueblo de San Antonio de 
la Talla. 

(3) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas A^ores^ li- 
bro III. — ^Escobar, Relación de la felictsima jornada etc^pia. 60. — Rebe- 
Uo da Silva, Historia de Portugal nos séculos XVII e XVlIIy Introduc- 
fdo cap. VI, tomo II, pág. 3^9. — Velázquez Salmantino, Entrada que 
ktjfo en el reino de Portugal Don Felipe II. — Carta del duque de Alba al 
Rey, fecha en Belem á 26 de agosto. Doc. inéd., tomo X}UCII,páR. ^5, 
— Ídem id, fecha en Lisboa á 95 de agosto. Doc. inéd., tomo IaXaI, 
pág. 481. 






y 



52 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

dos por la violencia, habían consentido contra su volun- 
tad el alzamiento del prior de Grato (l). 

Igual conducta que Santarem observaron en aquellos 
días una porción de villas cercanas á Lisboa, y asimismo 
enviaron la sumisión, por el intermedio del capitán Luis 
de Acosta, que gobernaba á Alcázar do Sal, muchos 
pueblos inmediatos á esta villa (2). En todos los lugares 
que dieron la obediencia, dejó el duque de Alba las auto- 
ridades que los regían, igual en los cargos de justicia que 
en los de administración y hacienda (3). Mucho contri- 
buía, en verdad, á que se fuese tranquilizando el país, la 
actitud tomada por la Cámara de Lisboa, quien se diri- 
gió á todas las ciudades y villas que aún se mantenían 
por Don Antonio, aconsejándoles que prestasen acata- 
miento al Rey Católico (4). 

El día 26 de agosto notició á Felipe II la victoria ob- 
tenida ante los muros de Lisboa un mercader castellano, 
el cual, pasando el Tajo en una barca luego que vio des- 
hecho el ejército del prior de Grato, y tomando á segui- 
da la posta, se trasladó á Badajoz sin perder instante (5). 
Un día más tarde llegó á la corte el hermano del mar- 
qués de la Velada, Don Fernando de Toledo, sobrino y 
emisario del duque de Alba, y de sus labios oyó Feli- 
pe II, en la tarde del 27 de agosto, relación circunstan- 
ciada del combate, ampliando la narración escrita por el 



(z) Este documento se halla inserto en idioma portugués en el tomo 
^^_ XaaII de la Colección de doc. in¿d., pig. 475. 

.^ (3) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha el iz de agosto de 1^80. 

Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 44o.--Carta de Jerónimo de Arceo i 2a- 
yas, fecha en Lisboa á 39 de agosto. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 484. 

(3) Carta del duque de Alba íü Rey, fecha en Belem á 36 de agosto. 
Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 465. 

{4) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en Lisboa á 38 de agosto. 
Doc. inéd., tomo Xa,XII, pág. 481. 

(O Franchi Conestaggio, t/nión de Portugal á la corona de CasHlUy 
Ub.VII. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 53 

ilustre general (i). Satisfacción grande produjeron la vic- 
toria de Alcántara y la ocupación de Lisboa, y en medio 
del general contento tributábanse por el mayor número 
elogios cumplidos á la habilidad y pericia exquisitas del 
duque de Alba (2). Motejado éste, por lo común, de ser 
en extremo prudente y tímido en sus resoluciones (como 
quien, conociendo los riesgos de aventurar el éxito de 
una empresa en hechos de armas no bien prjeparados por 
la inteligencia y el arte, esquivaba el combatir cuando 
en su favor no tenía el número de tropas y la calidad del 
alojamiento), fiíé entonces grandemente enaltecido. Se 
alababa sin tasa la intrepidez que demostrara al invadir 
Portugal con escaso ejército de gente bisoña é inexperta; 
aplaudíase el arriesgado y peligroso desembarco en Cas- 
caes; y no menos se encomiaba la determinación tomada 
por el de Alba de atacar en Alcántara al enemigo apos- 
tado en fortísimo paraje, con armada no despreciable en 
su flanco y ciudad populosa á la espalda, contra el pare- 
cer de muchos de sus tenientes, que, con ser muy vale- 
rosos y resueltos, estimaban la operación por todo extre- 
mo incierta y de inseguro éxito. 

No duró mucho, sin embargo, el general regocijo, ni 
por largo tiempo se prolongaron los justificados elogios: 
la murmuradora calumnia y la insidiosa envidia, hallan- 
do acogida fácil allí donde de frecuente tienen asiento la 
baja adulación y la mentida lisonja, manifestáronse muy 
presto con asquerosa desnudez, haciendo blanco de sus 
emponzoñados dardos la excelsa figura del veterano cau- 
dillo. Trocáronse de pronto en acerbas censuras los plá- 



(i) Carta del duque de Alba al Rey, fecha el 35 de agosto. Docu- 
mentos inéditos, tomo XXXII, pág. 458. — ídem del Rey al duque, fe- 
cha el 97 de agosto. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 473. 

(a) Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, lib. XIII, cap. II. 



^:rr^-' 



54 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

cernes y en rudos ataques los encomios que antes al du- 
que se prodigaran. No eran pocos los mordaces cortesanos 
que, émulos de su gloria, deprimían con indigno ultraje 
la conducta militar y política del conspicuo guerrero, 
atribuyendo á éste pasiones mezquinas, tan ajenas á su 
hidalga condición, como eran bajos los sentimientos que 
en el alma de sus detractores se albergaban. Y á fomen- 
tar tan ruines ideas contribuían por gran manera muchos 
aventureros que militaban en el ejército, á los cuales 
molestaba la rigorosa severidad que con los suyos ob- 
servaba el duque, y la ñrmeza invencible con que les im- 
pedía aprovechar la victoria en su propia utilidad. 

Decíase, con notoria injusticia y falta de razón, que 
los nombres de conquista, ganancia de castillos y bata- 
llas, no cuadraban mucho á sucesos de guerra en que 
apenas hubo resistencia, ni era bien llamar ejército á la 
masa informe de portugueses, y todavía creemos apelli- 
dar victoria al acto de romper tan débil hueste (i), como 
si el batir á un enemigo atrincherado, domeñar su tenaz 
defensa en angosto fuerte, destruir con fiero coraje su 
caballería é infantería, ponerlo en completa fuga y to- 
marle sus cañones, estandantes, banderas y naves por 
consecuencia de expectable plan, fuese obra sencilla y 
de nada difícil acabamiento. 

Error es creer, según dice con acierto nuestro com- 
patriota el malogrado escritor Villamartín, que ha de 
ser sangrienta una función de guerra para que deba nom- 
brarse batalla, y en manera alguna puede negarse este 
titulo á un hecho de armas brillantemente preparado y 
dirigido, que ha sido justamente celebrado por historia- 



(r) Franchi Conestaggio, Unión de Portugal a la corona de Castilla^ 
lib. Vn.— Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores ^ 
bb. III.— Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, lib. XIII, cap. II. 



DURANTE EL REINADO tIE DON FELIPE II 55 

dores nacionales y extranjeras. Y es la calificación de 
batalla tanto más legítima y fundada cuanto que, entre 
los múltiples y, á las veces, contradictorios conceptos 
que ai vocablo batalla aplican distinguidos publtcisLas 
con significación de combate, difícilmente podrá citarse 
uno solo en el cual no quepa de modo claro un hecho 
de guerra tan notable como el que se realizó en las már- 
genes del arroyo Alcántara. 

Esto no obstante, como eran pocos los amigos leales 
que en la corte tenía el duque ái^ Alba, y defendían ra- 
zonadamente sus actos^ fué muy densa la atmósfera que 
en derredor de Felipe Ü se formó para rebajar la repu- 
tación del célebre caudillo; y así, la generalidad de las 
gentes tomó por hecho indubitable lo que era producto 
de intriga maligna é intención aviesa. Deliberada ó in- 
deliberadamente llegó á incurrir en error el secretario 
de S, Af., Gabriel de Zayas, deprimiendo la importancia 
de la victoria obtenida; y el mismo Key^ sin duda mal 
informado, en carta dirigida al duque de Alba con fecha 
27 de agosto, califica de escaramuza el brillantísimo com- 
bate que dejó expedito á su ejército el camino de Lisboa, 
y íig^Gg*^ ^ su corona dilatados y ricos imperios (i). 



(i) Callaba el genern! eschrecído aíite el agravit* que injüstameüte se 
le ÍD feria, esperando í^iie la Qiano de t tiempo disipara las so m fe ras que por 
el itiomeitio ob&ciiredan su limpia fama. Menos paciente ó n^ás ingenuo 
el secretano del duque, Jerómiuo de Arceo, rec basaba la poca exaeta o 
malévola supasición, contestando el 30 de agosto d Zayas en \o% términos 
siguientes: 

«V. m. nos hace agravio á los que somos soldados en d;ir nombre de 
escaramuza á In que fué batalla, y l?n en forma como la que se dio ú Ioí 
1^, pues en ella coDcumeron todas las circunstancias que deben concu- 
rrir en las batallas, y ann muchas más^ porque fne combatienda en los 
alojamientos propios de los enemigos escuadrones con escuadrones, los 
uno^ y los otros con sus banderas, y cañoneándose el un campo con el 
otrOi demás de lo que se hacía por la mar; de manera. Señor, que esta fue 
batalla campal, y es muy bueuo que los portugueses llamaban batalla á 
una pequeña escara muía qnc se tnvo al desembarcar, y que llamemos 
nosotros á esta escaramuza», Doc. ined., t&mo XXXII^ págs, 4^7 y \í^%. 



56 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Pretendían también unos, y no eran pocos, que por 
retrasarse el movimiento de la caballería, dejara de ser 
completo el resultado de la victoria, y afirmaban con vi- 
tuperable desenfado que por fines particulares y deseo de 
prolongar la guerra, no había enviado el duque fuerzas 
de jinetes en persecución del prior de Crato con la pre- 
mura que el caso reclamaba, perdiendo así la ocasión 
más oportuna de tranquilizar el país y de evitar futuras 
contingencias que mantuviesen la alarma y zozobra en el 
mal aquietado reino (l). Pero los que en modo tal de 
lejos discurrían, aparentaban por su interés desconocer 
que, aun siendo grandes las pesquisas hechas después de 
la batalla, tardóse algún tiempo en averiguar con verdad 
la dirección que tomara Don Antonio; y en circunstan- 
cias semejantes, ignorado como era en absoluto el para- 
dero del fugitivo, fuese de todo punto inútil destacar en 
su busca golpe de tropas que, enardecidas en aquellos 
instantes por el calor de la refriega y la arrogancia de la 
victoria, más que perseguir al de Crato, diéranse al pi- 
llaje, cometiendo desafueros á que les brindaba la ferti- 
lidad y riqueza de aquella abundosa comarca. 

Y no paraban aquí los ataques con que se quería 
amenguar el merecido crédito, y deslucir la explendente 
fama del ilustre guerrero. Sus émulos y enemigos, desco- 
nociendo toda especie de miramientos y olvidando todo 
linaje de respetos, censuraban con acerba dureza que el 
duque no reprimiera el saco del arrabal, ni castigara los 
desórdenes allí cometidos, atribuyendo tal lenidad al pro- 
vecho y beneficio que él y sus parientes obtuvieran en el 



(x) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas A^oret^ li- 
bro m.— Franchi Conestaggio^ Unión de Portugal i la corona de Casti- 
lla, Uh. VIL 



DURAIÍTE EL REINAIXJ DE líON FELIPE H 57 

general desenfreno (l). Mas para juzgar los sucesos con 
acertado criterio y no incurrir en apreciación injusta, 
menester es despojarse de mezquino sentimiento, y ele* 
vándose á pura y tranquila esfera, adonde no lleguen bs 
mines pasiones de la mordaz envidia, examinar á la luz 
de serena crítica las razones que pueden haber producido 
determinados acaecimientos que» juzgados de irreflexivo 
modo, parecen merecedores de la más fuerte reprobación 
y de la más justificada censura. No hemos de defender 
nosotros actos que repugnan á la moralidad y socavan 
Jos cimientos de Ja austera disciplina; vituperamos en ge* 
neral con acritud los desmanes y depredaciones tan en uso 
en otras edades, y sería pálido cuanto dijéramos para 
mostrar nuestra aversión á procedimientos que no van 
con nuestra conciencia, y que en el día rechaza por for- 
tuna la civilización moderna^ humanitaria y honrada en 
sus tendencias y aspiraciones, Pero conviene no olvidar 
que los hechos ocurridos en épocas ya lejanas, no pueden, 
&m injusticia^ calificarse ai modo que se hace en el tiem- 
po en que vivimos; y si las leyes de la guerra condenan 
hoy en absoluto el botín que, relajando la subordinación 
y aflojando los lazos de la obediencial obscurece la dis- 
ciplina con momentáneo eclipse, es bien cierto que en la 
centuria décimascxta servía el pillaje de premio para sa- 
tisfacer la sed de codicia del soldado vencedor, al par que 
con él se castigaba la resistencia del enemigo y la activa 
hostilidad del país. 

La experiencia y rectitud del anciano duque de Alba 
poníanle á cubierto de los pérfidos ataques con que era 
acusado, los cuales, aun siendo írrazonados y calumnió- 



te) Franchi Con^staggio, Uniñn de Portu^l á la cünyna de C*%slHh, 
lib. VU. 



58 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

SOS, no dejaban de causar en su ánimo viva y dolorosa 
impresión, y por más que el caudillo devoraba en silen- 
cio agravios de tal modo violentos é inmerecidos, sen- 
tíase por extremóle aquellos ultrajes que afectaban á su 
honra siempre inmaculada. ¿Y cómo ha de sorprender- 
nos que así sucediera a] verse tachado de concusiona- 
rio el hombre integérrimo, modelo de probidad, que ja- 
más fué avaro de bienes temporales, y que, ocupando 
encumbradas posiciones por espacio de largos años, halló- 
se más de una vez reducido á tan estrecho apuro, que 
llegaron á faltarle medios pecuniarios para satisfacer las 
atenciones más apremiantes y perentorias de la vida? (l). 
Y dando ya punto á este orden de consideraciones, 
tomemos el hilo de la suspensa narración por nuestra in- 
habilidad de sobra enojosa. Luego que hubo ocupado á 
Lisboa, trató el de Alba de poner regularidad en todo, 
afanándose principalmente en tranquilizar los ánimos de 
los portugueses, temerosos del severo rigor que, por cas- 
tigo de sus pasadas culpas, observara con ellos el gene- 



(i) En los tomos XXXII y XXXV de los Doc. inéd. encontramos in- 
teresantes cartas, que acreditan plenamente la veracidad de nuestras pa- 
labras. cYa V. m. vé, decía el duque al secretario Delgado, el estado en 
que está lo de mi paga, y sabe de la manera que yo me hallo con mi ha- 
cienda y mis deudas; V. m. mande r,^solver y despachar este negocio que 
para el alma y para la vida tanto me importa, apretando á S. M., que 
vea, por la forma que de su parte me propuso el marqués, ora de otra, 
que yo sea pagado». Doc. inéd., tomo XXaII, pág. ^45. 

Más adelante, escribia á Zayas: «Yo debajo del cielo no tengo ya de 
donde poder vivir, que \íe gastado cerca de cincuenta mil ducados en esta 
jornada, y ha tres meses que está mi mujer en Coria por no tener un 
real con que ir. Yo cierto, si no como tierra no puedo comer aquí otra 
cosa, y Dios me es testigo lo que yo me corro de manifestar esta llaga 
aunaue sea á V. m.» Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 339. 

Y tres dias después decía, refiriéndose á su estancia en los lugares cer- 
canos á Lisboa infestados entonces de peste: «'Doy gracias á Dios, que el 
seguir ésta (la voluntad de S. M.) nunca me lo impidió miedo de muertes 
ni ninguna otra cosa, y menos me impedirá ahora, que me sobra la vida 
mucho á lo que tengo que comer, que más miedo tengo de morir de 
hambre que de peste». (Carta del duque de Alba á Zayas, fecha en Lis- 
boa á x8 de diciembre de 1580. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 345 y 346). 



DUKAMTE £L REINADO DE DON FEUPE H 59 

ral castellano. Y como era muy importante conseguir la 
captura de Don Antonio, con lo cual se apagaría total- 
mente el fuego de la rebelión, tomó el duque las dispo- 
siciones que al efecto le parecieron más conducentes y 
eñcaces. 

Sabiendo que el prior había mandado apercibir un 
navio en Aveiro, aún antes de sufrir el descalabro de Al- 
cántara, envió el jefe español á aquel puerto tres carabe- 
lones muy bien armados y proveídos de tropa (i). Sos- 
pechaban algunos que, de concierto con un sobrino del 
jerife, residente en Peniche, y que tenía á su disposición 
cuatro ó cinco bajeles, intentaría Don Antonio embar- 
carse allí, y en su consecuencia, escribió el duque de Alba 
á la condesa de Antoguía, cuyos eran aquella villa y 
puerto, rogándole que tomase dos carabelas que, al decir 
de las gentes, estaban prevenidas para recoger á Don An- 
tonio. No estimó Felipe II que esto fuese bastante á lo- 
grar el objeto apetecido, porque era de presumir que á 
la condesa le faltara atrevimiento para cumplir el encar- 
go que se le daba; y que así, sería mejor que el duque de 
Alba, aun pasando por encima de la autoridad de la ci- 
tada señora, dictara por sí mismo las resoluciones preci- 
sas para impedir la fuga del de Crato por el puerto de 
Peniche (2). 

Al punto que el duque tuvo noticia del rumbo que, 
desde Santarem, tomaba Don Antonio con dirección á 
Coimbra y el Porto, despachó con urgencia correos á 
todos los lugares marítimos de aquella región, mandando, 



(x) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en Lisboa á 38 de agosto. 
Doc. Inéd., tomo XXXII, pág. 481. 

(%) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en Lisboa á i.^ de sep- 
tiembre. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 516. — ídem del Rey al duque de 
Alba, fecha en Badajoz á 5 de septiembre. Doc. inéd., tomo XXXIi, pá- 
ginas 539 y 540. 



I 



60 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

bajo la amenaza de rigorosas penas, que no permitieran 
salir ningún buque al Océano. Y á la vez trataba el de 
Alba con un cristiano nuevo, á quien se dirigiera el prior 
en solicitud de que le aprestase unas carabelas para es- 
caparse, y con el portugués Pedro Peixoto de Silva, 
hombre influyente en la comarca inmediata á Coimbra, 
á fin de obtener modo de aprehender al fugitivo preten- 
diente (i). 

Coadyuvando, por su parte, Felipe II al logro del 
fin propuesto, mandó al conde de Alba de Aliste, al du- 
que de Medinasidonia y á los demás fronteros que hicie- 
sen cuantas diligencias y prevenciones creyesen menes- 
ter para impedir que Don Antonio saliese de Portugal, 
adoptaado los medios más adecuados para capturarlo si 
se les \'^enía á las manos ó ponía á su alcance (2). 

Mas, á pesar de todo, no era cosa fácil lo que se pre- 
tendía^ cuando una parte considerable del reino lusitano 
sostenía aun el partido del de Grato, quien conservaba á 
su disposición muchedumbre de puertos por donde po- 
dría, en último trance, evadirse por mar, si las circuns- 
tancias llegasen á ser para él tan apuradas que tan ex- 
trema resolución le aconsejasen. 

flSi él se quiere ir por mar, decía el duque de Alba, 
todas las diligencias no bastarán á excusárselo, porque 
tiene las barras de los puertos, y se puede ir por cien 
partes» (3). 

Para no omitir medio que pudiese conducir al deseado 



(t) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en Lisboa á 4 de septiem- 
bre. Dcic. inéd., tomo XXXII, pág. «Í36 y 537. — ídem á Zayas, fecha el 
S di septiembre. Doc. inéd., tomo XXXII, págs. 549 y 550. 

{1) Carta del Rev al duque de Alba, fecha en Éadajoz á 37 de agosto. 
Doc. inéd., tomo X^^XII, pág. 47 j. — ídem al duque de MediDasidonia, 
fecha el a8 de agosto» Doc. inéd., tomo XXVII, pág. 571. 

í j) Carta del duque de Alba al secretario Juan Delgado, fecha en Lis- 
boa á a de septiembre. Doc. inéd., tomo XXXII, págs. 531 y $sa. 



DtmANTE EL ttElNADO DE DON FELIPE ti 6 1 

objeto, en fines del mes de agosto hizo el Rey Católico 
edicto, que había de esparcirse por todo el reino portu- 
gués, mandando que se prendiera á Don Antonio donde 
quiera que fuese habido (l). Mas, aunque se dio pronto 
gran publicidad al documento (no sin que antes expresa- 
ra el duque de Alba algunas dudas respecto de su con- 
veniencia, pues que se daba á conocer excesivo afán en 
apoderarse del prior de Grato) (2), resultó enteramente 
inútil el acto de Felipe 11. Inspira siempre simpatías la 
desgracia, y aquellos naturales, acaso por esto más inte- 
resados en favor de Don Antonio, no se mostraban pro- 
picios á entregarle á su poderoso rival. 

Entretanto, atendía el duque de Alba á los negocios 
de administración y de gobierno, que por cierto le pesa- 
ban mucho, y temiendo que los jueces y regidores de 
Lisboa puestos por Don Antonio fuesen gente baja y de 
mala condición, no quiso entrar con ellos desde luego en 
relaciones, y preguntó al Rey si había de conservarlos en 
sus puestos ó separarlos, y en este segundo caso á quié- 
nes debía nombrar (3). Dispuso entonces Felipe 11 que 
fuesen destituidos todos los oficiales colocados por el 
prior de Crato, y que, mientras examinaba con deten- 
ción el asunto, restituyera en sus cargos á los portugue- 
ses de lealtad probada, que debieran sus nombramientos 
al Rey, cardenal y á los gobernadores, y que sin dilación 
confiriese al señor de Cascaes el título de alcaide ma- 



(i) Carta del Rey al duque de Alba, fecha en Badajoz á 31 de agosto, 
Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 503.— ídem al duque de Medinasidonia. 
fecha el i.° de septiembre. Doc. inéd., tomo XXVII, pág. 373. 

(3) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha en Lisboa á 5 de septiem- 
bre. Doc. inéd., tomo XXXIl, pág. 550. 

(3) Carta del duque de Alba al Rey, fecha el 26 de agosto. Documen- 
tos inéditos, tomo XXXII, págs. 465 y 466. 



62 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

yor de la ciudad, que anteriormente había ejercido (l). 
Demorábase el acto de tomar juramento á Lisboa, 
tanto por aguardar la designación de las nuevas autori- 
dades, cuanto porque en aquellos días trataba el Rey Ca- 
tólico con el duque de Alba acerca del modo con que 
había de acogerse á la capital y su obediencia. Discu- 
rríase reflexivamente sobre si convenía ó no otorgar per- 
dón á la ciudad, dado que por una parte pudiera creerse 
que no había sido en realidad rebelde, sino que admitie- 
ra á Don Antonio por la fuerza, y parecía agravio per- 
donarle solemnemente ofensas que no causara; y de otro 
lado, era cosa digna de considerarse que si los morado- 
res de Lisboa hubiesen querido estorbar la entrada del 
prior de Grato, que traía consigo muy poca gente, ha- 
brían logrado su objeto, impidiendo que las cosas llega- 
ran más adelante; y puesto que no hicieron lo preciso 
para impedir el alzamiento del pretensor lusitano por Rey, 
incurrieron en culpa y tenían necesidad de que se les ab- 
solviese por medio de un acto solemne de clemencia, que 
exceptuara sólo á los que muy principalmente habían de- 
linquido. Con estas dudas, aunque Felipe II hiciera redac- 
tar cuatro proyectos de perdón, para que el duque de 
Alba los examinara y eligiese el que fuera más de su 
agrado, oía con ciertas señales de asentimiento el parecer 
de algunos de sus consejeros, que juzgaban más acomoda- 
do al estado de los asuntos diferir el perdón para cuando 
el Rey Católico se hallase en Portugal, y pudiera apreciar 
con exacto juicio lo que convenía á sus intereses (2). 



(i) Carta del Rey al daque de Alba, fecha el ao de agosto. Docu- 
mentos inéditos, tomo XXXII. págs. 487 y 488. — ídem, fecha el 5 de 
septiembre. Doc. inéd., tomo XXXlI, pág. 546. 

(3) Carta del Rey al duque de Alba, fecha el 5 de septiembre de 1580. 
Doc. inéd., tomo XxXII, págs. ^44 á 548. — ídem, id., fecha en septiem* 
bre (no aparece el día). Doc. inéd., tomo XXXII, págs. 548 y 549. 



DUIUNTE EL REINADO DE DON FEUPE II 63 

De conforinidad con este criterio y los deseos del 
monarca, manifestaba el duque á Don Felipe el dk 9 de 
septiembre, que pensaba mudar en seguida los regidores 
de la Cámara, y recibir el juramento á la ciudad de Lis- 
boa, con igual pompa y fausto que se habla empleado 
para jurar al rey Don Sebastián. Y en lo concerniente 
al perdón, opinaba que lo más beneficioso al servicio de 
S. M. y al sosiego del reino, era no conceder merced 
de esa clase á ninguna ciudad ni villa^ hasta tanto que, 
llegando el Rey á sus nuevos estados, perdonase por 
medio de un documento de carácter general á cuantos 
le habían sido hostiles, excluyendo á un reducido núme- 
ro de personas que fueran merecedoras de severo casti- 
go. Mientras esto no se hiciere, encargábase el de Alba 
de tranquilizar los ánimos de las gentes, que estaban muy 
alarmados, porque habían sido pocos los portugueses que 
de una ü otra manera 110 sirvieran á Don Antonio; y 
para conseguirlo les haría entender las benévolas dispo- 
siciones de Felipe 11, que hacían presumir notorios é im- 
portantes actos de clemencia y de merced (l). 

Aceptada esta propuesta del duque de Alba, el día 
1 1 de septiembre comparecieron en el alojamiento del 
famoso caudillo ^ Damián de Águila r, Manuel Téllez Ba- 
rreto, Francisco de Sáa y Antonio de Gama, regidores 
de l^isboa, y otras autoridades y representantes del pue- 
blo. En nombre de la ciudad prestaron acatamiento al 
rey Felipe en manos del duque, y luego que hubo ter- 
minado esta ceremonia, expusieron los regidores aí jefe 
del ejército castellano, que siendo antigua costumbre de 
los príncij^es que subían al trono, confirmar los privile- 



(i) Carta del duqvie de Alba al Rey. fecha el 9 de septieuibred* rjSo* 
Düc. ioeJ,, tumo XX XII, p,ig5, 567, jéjS y 569, 



64 GUERllA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

gios, exenciones fueros y libertades otorgados por sus 
antecesores, esperaba la ciudad que la muniñcencia del 
monarca no sólo les había de conservar aquellas merce- 
des, sino que había de acrecentarlas con otras que per- 
petuasen la memoria de su grandeza. Costestó el de Alba 
que estuvieran seguros de que ninguno de los reyes an- 
teriores había de exceder en generosidad á Don Felipe, 
y que él, por su parte, y de muy buen grado, se ofrecía 
á ayudarlos, intercediendo en calidad de medianero para 
que la liberalidad del soberano derramara sobre ellos sus 
favores (i). 

Parece que alguno de los regidores propuso enton- 
ces ordenar por medio de un bando que se celebrasen 
grandes regocijos públicos para solemnizar mejor el enal- 
tecimiento de Felipe II. Pero el duque de Alba, más pru- 
dente y comedido, contuvo el excesivo celo de los más 
exaltados, y se limitó á mandar que en la mañana del 
día siguiente saliesen las autoridades del ediñcio de la 
Cámara y recorriesen las calles principales con el corte- 
jo acostumbrado, proclamando al nuevo monarca, y al- 
zando el estandarte de la ciudad al son de trompetas y 
atabales (2). 

Con arreglo á lo así convenido, el día 12 de septiem- 
bre de 1580 se hizo con ostentoso aparato en Lisboa la 
proclamación de Don Felipe de Austria, izándose el pa- 
bellón real en el castillo: salvas atronadoras de la artille- 



(x) De todo lo sucedido allí se levantó acta subscripta por Bartolomé 
Froes, secretario del Rey. (Archivo de la Cámara municipal de Lisboa, 
lib. I de Felipe I de Portugal, fol. I).--Rebello da Silva, Historia de Por- 
tugal nos séculos XVII e XVIII, Introducfáo^ cap. VI, tomo II, pági- 
nas 553 y 554. 

(a) Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, Ub. XIIL cap. II.— 
RebeUo da Silva, Historia de Portugal nos séculos XVII e XIII, Intro- 
ducfüo, cap. VI, tomo II, pág. 555. — Carta del duque de Alba á Za^as, 
fecha en Lisboa á xx de septiembre de x^8o. Doc. inéd., tomo XXXlIl, 
págs. 8y9. 



DURANITE EL REltíABO DE DOK FEUPE ti 65 

ría de tierra y mar dieron al espectáculo animación y 
solemnidad; pero no se oyeron las ruidosas demostra- 
ciones de general alborozo con que el pueblo solía ex- 
presar su contento en casos semejantes (l). Bien es cierto 
que la opinión del vulgo no era propicia al rey de Espa- 
ñUj y por más que el duque de Alba, enderezando á 
buen fin sus propósitos, se afanaba para concertar vo- 
luntades, calmando la intranquilidad y temores de los 
unos, y desvaneciendo el justificado recelo de los otros, 
no conseguía atraer con la blandura y persuasión aque- 
llos tenaces habitantes, constreñidos en sus aspiraciones 
por la ftierza irresistible de las armas triunfadoras, mas 
no por el afecto que en sus corazones despertara el nuevo 
estado de cosas, que, cual yugo insoportable, sufrían, 
aunque en la razón y el derecho se fundaba. Así son en 
ciertos casos exageradas y no siempre legítimas las aspi- 
raciones de los pueblos cuando los sentimientos de inde- 
pendencia se excitan con más ó menos justicia, contra- 
riando á las veces las disposiciones de la sabia naturaleza, 
ante cuyos inexcrutables designios es bien cedan en su 
afanoso empeño pasajeras intrigas y cálculos equivoca- 
dos de los hombres, que en la azarosa vida de la huma- 
nidad no han de prevalecer sobre providenciales leyes, 
ni torcer en resolución el majestuoso curso de los acaeci- 
mientos mundanos y el irrevocable destino de las na- 
ciones. 

Por aquel tiempo se había extendido á Badajoz la 
peste que asolaba á Portugal, y á la vez que esta rigo- 
rosa enfermedad, engendrada en los países africanos, de 



(i) Herrera, Historiada Portuf^aljf conquista de las islas Aífores, li- 
bro III. — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona de Casti' 
lia, lib. VIL— Cabrera de Córdoba, Historia de helipe II, lib. XIII, ca- 
pitulo II. — Carta del duque de Alba á Zayas, fecha en Lisboa á 15 de 
septiembre. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. a8. 



66 GUKRRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

donde acaso la trajeron á Europa las naves que condu- 
dan á los rescatados de Alcazarquivir, azotaba cruel- 
mente las ciudades y los campos, causaba también innu- 
merables víctimas la dolencia denominada catarro^ que 
se propagaba velozmente, atacando á casi todos los habi- 
tantes y dejando en pos de sí dolorosa huella. Esta en- 
fermedad, semejante á la grippCy influenza ó trancazo de 
nuestros días, asaltaba simultáneamente á familias ente- 
ras, perdonando muy pocas comarcas y personas, y tan 
maligna era que producía terrible mortandad en toda 
España (l). 

Entrando de España en Portugal, y transmitiéndose 
con rapidez tal que hada decir á Jerónimo de Arceo 
«este maldito catarro es más andari^o que mujer reza- 
dora* (2), atacó en Lisboa, desde los promedios de sep- 
tiembre, á casi todos los individuos del ejército, igual que 
á los moradores de la ciudad, de modo que faltaban per- 
sonas sanas para el cuidado de los enfermos. Alcanzó 
también la dolencia al duque de Alba, quien, en los co- 
mienzos de octubre, se hallaba completamente imposibi- 
litado para moverse, y aun llegó el caso de no poder 
firmar (3). 



(i) Herrera, Historia de Portutral y conquista ie las islas Azores, li- 
bro m. — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona de Castilla, 
hb. VII —Cabrera de Córdoba. Historia de Felipe II, üb. Xm, cap. II, 
cLo del catarro faé tan general en todo el mundo, dicen las memo- 
rias de Fray Juan San Jerónimo, monje del Escorial, que habrá noticia 
del por muchos años. Murió mucha gente, despobláronse casas, y en este 
monasterio de San Lorencio no quedó fraile que no cayese en la cama, 
sin tener criado que lo curase; que verdaderamente parecía que se qne- 
ria asolar la casa». Doc. inéd., tomo VII, pág. }^^. 

(3) Carta de Arceo á Zayas, fecha el 39 de septiembre. Documentos 
inéditos, tomo XXXIII, pág. 81. 

(3) Cartas del duque de Alba y Arceo á Zayas en septiembre y octu- 
bre de 1580. Doc. inéd., tomo XXXIÍI. 



DURANTE EL REINAlX) DE DOK FELlPE It 6" 

En Badajoz hizo presa la enfermedad en el rey Don 
Felipe, y de tan aguda manera, que puso al doliente en 
punto de muerte. Grandemente apesadumbró al de Alba 
este suceso que, según escribía, le quitaba por entero el 
fuicío y Ic dejaba sin reposo de día y de noche (l). Y no 
faltaba motivo para ello, porque inquieto y muy revuel- 
to Flandes, mal dispuestas Francia é Inglaterra, y Portu- 
gal todavía en controversia, s^ilo Felipe IT podía sostener 
el gigantesco y no bien cimentado imperio de Castilla, 
Advertía el duque de Alba con sereno discurso las com- 
plicaciones que habrían de surgir si llegaba á morir el Rey 
Católico j las cuales serian bastantes á poner en compro- 
miso grande la empresa que por su inteligencia y acierto 
íbase fácilmente allanando: cauto y precavido, disponíase 
para todo evento, adoptando resoluciones conducentes á 
tener quieta la capital portuguesa, y conservando sus 
fuerzas reunidas en previsión de malaventurado suceso. 
Dichosamente, no se cumplieron los generales y tristes 
vaticinios que la mala salud de Don l^'elipe había inspira- 
do; y libre ya de amarga pesadumbre, pudo el duque di- 
rigir su pensamiento á la persecución del inquieto prior, 
el cualj á causa de la tranquilidad en que se le dejara des- 
pués de la batalla, más suelto y emprendedor andaba de 
lo que al de Alba conviniera. Para ejecutar sus proyec- 
tos, nada detenía al ilustre guerrero, quien, no pudíendo, 
sin embargo, acudir á ías múltiples ocupaciones que le 
.ocasionaba la dirección y gobierno de todo género de 
negocios, pidió únicamente al Rey que le enviase como 
auxiliar y consejero al conde de Porta legre, que era muy 
perito en los asuntos de Portugal; pues él estaba ya 



(i) Cartas varias del dttque y Jeróaítiio de Arceo, insertas ea Docu- 
oicptüs inéditos, tamo XXXIIL 



68 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

«muy flaco y acabado, como cabeza de 73 aíios que 
vive sobre la tierra* (l). 

Luego que se obtuvo la victoria de Alcántara y la 
uatrega de Lisboa, creyó el duque que poco ó nada 
habría necesidad de hacer por fuerza de armas, y pensó 
en licenciar á las tropas y naves extranjeras, dejando en 
Portugal 6.000 hombres con que, en su entender, había 
suficiente para sujetar los territorios conquistados. Con 
este objeto proponíase pagar y licenciar inmediatamente 
á las coronelías italianas, igual que á los buques de la 
misma región; y como no juzgaba menester los tercios 
de Flandes, que debían de navegar entonces hacia las 
costas de España, aconsejaba el duque que se volviesen 
Á Italia para utilizarlos en otras empresas. 

Por su parte, Felipe II, deseoso de acometer la con- 
quista de Inglaterra, á lo cual le invitaban sus propios 
pensamientos y las instancias del Papa, destinaba á tan 
importante jornada los italianos y alemanes y aun algu 
ñas tropas españolas que servían á las órdenes del duque 
de Alba. Y de acuerdo el monarca con el duque de Alba 
y los secretarios Idiáquez, Delgado y Zayas, se disponían 
las cosas para enviar una expedición á irlanda con 2.0CX> 
italianos y 2.500 alemanes, dejando en Portugal sola- 
mente 6.000 españoles y haciendo volver las banderas 
de Flandes á Ñapóles, Sicilia y Milán (2). 

Mas como la pacificación completa de Portugal no se 
alcanzaba tan deprisa como antes se imaginara, se sus- 
pendieron todos los preparativos hechos, juzgándose con 



(i) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en el burgo de Lisboa a 
4B de agosto. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 482. 

(2) Carta del Rey al duque de Alba, fecha en Badajoz á 31 de agosto. 
Dúc. inéd., tomo XXXII, pág. 510. — Relación de carta del duque de Al- 
bu al Rey, en el burgo de Lisboa á 4 de septiembre. Doc. inéd., tomo 
XXXII, págs. ^^o y 531. — Lo que se platicó entre Delgado, Don Juan de 
Idiáquez y ¿ayas. Doc. inéd., tomo XaXII, págs. 559 á 561. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II ÓQ 

justo motivo que sería poco prudente despachar las tro- 
pas y naves en la forma y tiempo que se había pensado. 
Y fué aún más acertada esta determinación, por hallarse 
muy disminuidas las filas de los tercios castellanos con 
las continuas deserciones que una vigilancia exquisita no 
era bastante á impedir, ni siquiera á contener (l). 

A esta sazón, las copiosas lluvias que cayeron y la 
necesidad de atender á la higiene de las tropas, que en 
los principios de septiembre todavía continuaban campa- 
das entre la ciudad de Lisboa y el arroyo Alcántara, 
obligaron al duque de Alba á albergar las fuerzas en el 
arrabal, donde él seguía alojado, si bien, porque fuese 
mayor la comodidad, por no ser la tierra asaz abundosa 
para sustentar por indefinido tiempo á tan gran número 
de tropas, ó porque entre los alemanes se hubiese des- 
arrollado la peste, destacó á Setúbal la coronelía del con- 
de de Lodrón, dejando bajo su inmediata inspección á 
los españoles é italianos (2). Al recibir la orden de mar- 
cha, se amotinaron los tudescos en demanda de sus pa- 
gas; entrególes entonces el duque 50.OOO ducados á bue- 
na cuenta de lo que se les debía, y restablecida la obe- 
diencia, se embarcaron al día siguiente, que fué el 10 de 
septiembre, para Almada, desde donde siguieron por tie- 
rra á Setúbal, alojándose allí en los burgos de la villa (3). 

Mientras el prior de Crato persistía en su actitud, 
preparando las cosas para continuar la guerra en la zona 
septentrional del reino, no faltaban personas bien inten- 
cionadas que aún trabajaban para reducirlo á un con- 



(x) Cartas varías del duque de Alba á Zayas y Delgado. Documentos 
inéditos, tomo XXXIII. 

(3) Relación de carta del duque de Alba, fecha en Lisboa á 4 de sep- 
tiembre de 1580. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 531. 

(3) Lassota de Steblovo, Diario de operaciones. — Cartas del duque de 
Alba al Rey, fechas en Lisboa á 10 y 13 de septiembre. Doc. inéd., tomo 
XXXIII, págs. 6 y 14. 



yo GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

cierto honroso. Distinguíase entre ellas el arzobispo de 
Lisboa, quien, estimulado por el deseo de buscar alivio á 
la desgracia de Don Antonio, 6 por el anhelo de obtener 
la pronta tranquilidad del país, se ofreció de nuevo como 
medianero entre el duque de Alba y eí prior, creyendo, 
sin duda, que la rota de Alcántara había hecho á éste 
menos exigente en sus pretensiones. Había enviado e! 
arzobispo un emisario á Santarem, con objeto de lograr 
que la villa diese la obediencia al rey Felipe, y como el 
mensajero alcanzase en aquel pueblo á Don Antonio, y 
aprovechase tan feliz encuentro para darle buenos con- 
sejos, respondió el de Crato que sus actos de resistencia 
fueron motivados por la presión que sobre él ejercían 
los más caracterizados de sus parciales; y que así, en 
caso de que quisiera entonces el Rey CíitóUco admitirle 
en su gracia y perdonar á cuantos con él estaban, ¡ría á 
ponerse á los pies de Don Felipe. Quizá fuesen sinceras 
las palabras del prior en aquellos momentos de gran an- 
grustia para su partido, mas como no acostumbraba á ser 
muy exacto en el cumplimiento de sus promesas, el du» 
que de Alba manifestó al arzobispo de Lisboa que, tra* 
tándose de asunto tan delicado y que se presentaba con 
fórmulas y ofertas nuevas, no podía él entrar en nego- 
ciaciones sin el consentimiento y orden del monarca, al 
cual podía recurrir directamente el prelado para mayor 
presteza y mejor esperanza de buen suceso (l). 

Por razones que desconocemos, no parece que en 
aquellos días pasó más adelante el negocio; pero muy 
poco después, reanudó sus gestiones el arzobispo, mer- 



(i) Carta del duque de Alba al Rey» fecha en el burgo de Lisboa a 
50 de agosto. I oc. inéd., tomo XXXIÍ, págs. 492 y 493.— -En el mismo 
tomo, pág. 494, se halla inserta en portugués la carta que sobre este 
asunto envió al duque de Alba el arzobispo de Lisboa. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U Jl 

ccd á la intervención de un fraile muy amigo del prior 
de Crato. El general castellano, impaciente y molesto 
con las veleidades de Don Antonio, hizo saber entonces 
al prelado que no era bien se mezclara más en esos asun- 
tos con detrimento de su propia autoridad, y aunque el 
arzobispo insistió, á pesar de eso, en obtener la aproba- 
ción del ilustre guerrero, ninguna otra palabra pudo re- 
cabar del duque (l). 

Tal vez animaba á Don Antonio á perseverar en la 
resistencia, pasados los primeros momentos de pánico 
y zozobra que de él y los suyos se apoderara al sufrir el 
desastre de Alcántara, la pasiva inercia en que el de Alba 
parecía sumido. Dirigióse por esto el de Crato, ya más 
alentado de ánimo, desde Santarem á Coimbra, pensan- 
do que, por tener numerosos y resueltos partidarios en 
el norte de Portugal, podría organizar nuevo y fuerte 
ejército, á que sirvieran de núcleo los deshechos restos 
del pasado revés, que sobrenadaran en el turbulento 
oleaje de terrible marejada. Aprovechando la libertad 
que tenía, iba el prior reuniendo gente de guerra^ por 
inclinación los unos, y por la violencia los más, á lo cual 
le ayudó por gran modo el concurso que obtuvo de los 
muchos amigos que contaba dentro de la ciudad de Coim- 
bra. Eran las autoridades que allí gobernaban afectas á 
Felipe II, al cual se disponían á rendir acatamiento; mas 
una parte considerable del claustro de la Universidad 
sentía suma afición á Don Antonio; no escaseaban tam- 
poco los que, por ser devotos de la duquesa de Bragan- 
za, mantenían su hostilidad á los castellanos; y los mu- 
chos escolares que allí había, siempre afectos á noveda- 



(i) Carta del duque de Alba á Gabriel de Zayas, fecha en Lisboa ¿19 
de septiembre. Doc. inéd., tomo XXXIII, págs. 47 y 48. 



T2 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

des é impulsados por generoso ardor juvenil á defender 
la independencia de la patria, hacían continua propagan- 
da en favor de la causa del de Crato. Así se explica que 
al aproximarse Don Antonio, le abriese Coimbra las 
puertas, y que se alistaran en sus filas multitud de gen- 
tes de la ciudad y de las cercanías, más animosos de es- 
píritu que diestros en ejercicios militares (l). 

Disgustó mucho al duque de Alba lo sucedido en 
Coimbra, y de conformidad con los caballeros portu- 
gueses, de quienes se aconsejaba, Don Antonio de Cas- 
tro, Pedro de Alcazoba y Pablo Alfonso, acordó enviar 
á aquella ciudad á Diego de Fonseca, con orden de inti- 
marles la sumisión que, de no dar voluntariamente, les 
había de imponer con numerosas tropas de infantería y 
caballería. Además, previno al marqués de Villarreal que, 
con sus deudos y amigos, estuviese presto para unirse 
á las fuerzas que salían de Lisboa, y que con ellas mar- 
chara á castigar la desobediencia de Coimbra, procuran- 
do además prender á Don Antonio, que debía de tener 
muy poca gente, y esa de cortísimo valer. Mal hacía el 
duque de Alba en fiarse del auxilio del noble portugués, 
que, á la noticia del movimiento del prior de Crato, sa- 
liera huyendo de Leivia, lleno su ánimo de temor y flo- 
jedad (2). 

No en todas partes encontraba Don Antonio la aco- 
gida que en Coimbra, y sintiendo la necesidad de allegar 
á toda costa elementos para la lucha, imponía rigorosos 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas ÁroreSj li- 
bro III.— Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona de Casti- 
lla, lib. VIL— Vela zquez Salmantino, La entrada que hizo en el reino de 
Portugal Don Felipe II. — Rebello da Silva, Historia de Portugal nos se- 
ntios XVII e XVIII, Introdutf^o, cap. VI. 

(a) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha en Lisboa á 7 de septiem- 
bre de 1580. Doc. ined., tomo XXXII» pág. 557. — ídem id., fecha el 10 
de septiembre. Doc. inéd., tomo XXXII, pág. 574. 



n-*'- 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 73 

castigos á quienes repugnaban el seguirle; y con esto, y 
con juntar dinero por medio de exacciones de todo gé- 
nero, logró reunir pronto 4 6 5*000 hombres mal arma- 
dos, con que tenía á freno la comarca inmediata á la ex- 
presada ciudad. Queriendo sostener la importante línea 
del río Mondego, hizo d de Crato fortificar á gran prisa 
el pueblo de Montemor-o-velho, asentado en la margen 
derecha; mandó volar el puente con que se comunicaban 
las dos orillas en la parte que á la costa se halla cercana, 
y puso á Diego Botello por capitán de la defensa (l). 

Manteníase entretanto Aveiro por Don Felipe, y 
ansiando el prior de Crato castigar la actitud de aquella 
población, se adelantó á ponerle cerco, y pronto empezó 
á batir su débil muralla con algunos cañones que había 
sacado del Porto para fortalecer su colecticia y desali- 
ñada hueste. Valerosos rechazaron los de dentro el asalto 
de los agresores, causando á éstos importantes pérdidas; 
mas, ganando al fin el ánimo de los confiados habitantes 
las palabras de persuasión y ofertas mentidas con que, 
para atraerlos, les alagaron los adictos á Don Antonio, 
y entibiándose también el vigor de los defensores por la 
tardanza en llegar el socorro que les traía Pantaleón de 
Saa, rindióse la ciudad en hora infausta del día 10 de 
septiembre, y al punto entró en ella la desenfrenada 
turba que la asediaba. Fugáronse á buen tiempo los de 
la nobleza más comprometidos por el Rey Católico, y 
no fué para ellos poca suerte substraerse de tal manera á 
las iras y desmanes de las tropas del prior. Muertes, ro- 
bos, prisiones, violencias y atropellos infinitos sufrieron 
los infelices habitantes de Aveiro, entregados á las ven- 



ir) Herrera, Historial de Portugal y conquista de las islas Afores, li- 
bro III. — ^Fr anchi Conestaggio, unión de Portugal a la corona de Casti- 
lla, Ub. VII. 



74 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ganzas de desalmada gente, ávida de botín y sedienta 
de sangre, sin que Don Antonio acordase nada para con- 
tener tamaños excesos (i). 

Censurando aquellos tremendos desórdenes, escribe 
así Rebello da Silva: «La forma con que Don Antonio 
usó de la victoria, no honró ciertamente su carácter. 
Oyendo sólo su resentimiento, y ejecutando la venganza, 
mostrándose menos generoso que los extranjeros, per- 
mitió que la tierra fuese saqueada, que algunos de sus 
moradores pereciesen asesinados, y que otros expiaran 
con cadenas el delito de no aclamarlo, ó el crimen to- 
davía mayor de no entregarle los cortos caudales que 
poseían, y que habían salvado hasta entonces de tantas 
vicisitudes. Conduciéndose como encniigo y no como 
príncipe deseoso de alcanzar afectos, si estimuló la de- 
voción de sus soldados, cebando su codicia con esta 
presa, se enajenó el corazón y las voluntades de los que 
llamaba subditos y trataba como extraños. La impuni- 
dad de las correrías y el terror que éstas imbuían, le 
dieron por el temor las poblaciones de la comarca donde 
tan deplorablemente estrenaba su tropa. La plebe tu- 
multuaria que le acompañaba, no viendo aparecer á na- 
die que la reprimiese, henchíase de soberbia, desprecian- 
do, entre fierezas y amenazas, á los tercios enemigos, y 
pregonando que ellos habían de vengar la afrenta del 
25 de agosto» (2). 

Con todo esto y la noticia de la muerte de Felipe II 
que hizo correr el prior de Crato, vistiendo luto en tes- 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Aíor«, li- 
bro ÍII . — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona ae Casti- 
lia, lib. VII.— Cartas del duque de Alba á Zayas, fechas en Lisboa á 15 t 
19 de septiembre de 1580. Doc. inéd., tomo XXXIII, páss. 30 y 46. 

(a) Historia de Portugal nos séculos XVII e XVIII, IntroducfSo, ca- 
pitulo III, tomo II, pág. 561. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 75 

timonio de la veracidad de un suceso que á él le consta- 
ba ser falso, engrosó su allegadizo ejército el audaz pre- 
tensor, y tal arrogancia adquirieron sus secuaces, que á 
pesar de no ir en su mayoría armados sino con palos y 
azadones, imaginaban empresa sencilla para sus alientos 
el recuperar la ciudad de Lisboa, y ahuyentar en breve 
término de Portugal á los soldados castellanos (l). No 
menos que tan altas hazañas se proponía cumplir aquella 
abigarrada muchedumbre, que así alardeaba de ñrmeza 
y bravura mientras el riesgo se hallaba lejano: muy dife- 
rente su conducta cuando el enemigo estaba próximo, 
templábase entonces su ardimiento, decrecía su valor, 
menguaba su fiereza, y al punto de medir sus armas con 
aguerrida tropa, daba al olvido la altivez jactanciosa que 
de muy relevante modo exaltara su fama, si para llevar 
sus propósitos á cabal remate no le faltasen energía y 
pujanza en la hora suprema del combate. 

Agravábanse así las cosas en la región septentrional 
del territorio portugués, y para atajar los progresos de la 
gente en armas y reprimir la osadía del pertinaz prior, 
había que poner en ejecución vigorosas resoluciones, ya 
que la inactividad en que, desde la batalla de Alcántara, 
habían quedado las tropas de España, diera á Don Anto- 
nio tiempo y calma suficientes para disponer nuevos ele- 
mentos de guerra. Habían transcurrido más de veinte 
días sin que el duque de Alba moviera gente alguna en 
persecución del prior de Crato, y era ya hora de ganar 
el tiempo perdido. 

Valióle al general del ejército fuertes censuras, quizá 
en esta ocasión no del todo inmotivadas, su actitud pa- 



(x) Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona dt Castilla , 
libro VH. 



76 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

si va en la capital lusitana, cuando parecía que debiera 
desplegar mayor diligencia y rapidez para acabar con la 
escasa fuerza que seguía á Don Antón io, acosándole sin 
tregua ni descanso hasta anular todo conato de nueva 
resistencia. Como es natural, los detractores del duque 
de Alba, que no eran pocos, porque mayor desarrollo 
adquieren la crítica y la envidia cuanto más eminente es 
el lugar que ocupa la persona á quien se dirigen, aprove- 
charon aquella favorable circunstancia para fustigar y 
zaherir cruelmente al famoso capitán, haciéndole respon- 
sable del vuelo que otra vez iba tomando el partido del 
de Crato. Excusaba el duque su apático proceder^ y dis- 
culpaba su dilación en mandar gente hacia el norte de 
Portugal, manifestando los temores que tenía de que la 
licenciosa tropa, excitada por la codicia, cometiei'a mu* 
chos desórdenes luego que estuviere alejada de su pre- 
sencia, y sobre todo si se diseminaba por todo el país 
para extirpar los últimos residuos de la rebelión (i); pero 
á esto no dejaría de objetarse que al cabo los sucesos ha- 
bían de hacer necesarias semejantes disposiciones, pues 
no de otra manera podía conseguirse la completa sumi- 
sión del reino portugués, dado el espíritu belicoso ¿in- 
quieto que distinguían al prior de Crato y á los más ca- 
racterizados de sus partidarios. 

Aun cuando la enfermedad grave que puso en peli- 
gro la vida del rey Felipe, preocupaba esencialmente la 
atención de todos los españoles, y en primer término la 
de los cortesanos, no por eso quedaron en suspenso los 
ataques al duque de Alba. Y que éstos debieron de ser 
muy rudos, y muy densa la atmósfera formada en con- 



(i) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha en Usbüa á 1%, ác «¡p 
ticmbre de 1580. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 50 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE 11 ^^ 

tra del ilustre guerrero, lo demuestran los términos en 
que escribía á Zayas el gran prior de Castilla, Don Fer- 
nando de Toledo, tomando á su cargo, razonada y va- 
lientemente, la justificación de los actos de su excelso 
padre: 

«Confieso á V. m., decia Don Fernando, que fuera 
del servicio de Dios y del Rey (que es lo que principal- 
mente se ha de pretender), una de las cosas por que con 
mayor ansia he deseado el remate desta jornada de la 
manera que le esperaba, ha sido la lástima grande que 
he tenido al duque, pues amigos y enemigos tan contra 
razón nos han querido cargar, no los buenos subcesos y 
victorias que en la conquista deste reino se han tenido, 
sino las desventuras que se han imaginado podían sub- 
ceder de haberse escapado Don Antonio, como si aquí 
le tuviéramos en la manga, y se pudiera dejar un pueblo 
tan grande y poderoso como este (Lisboa) á lumbre 
de pajas, sin el freno de un ejército que por lo menos 
había menester en aquella sazón (y levantarnos á ciegas 
con el que teníamos para ir á buscar á Don Antonio, sin 
saber dónde ó en qué forma), y cuando se entendió que 
haciendo más mudanzas que tiene una pavana, iba sal- 
tando de un lugar á otro hasta llegar á Santarem, de 
allí á Montemor, luego á Coimbra y otros lugares deste 
reino que estaban á su devoción, no era cosa de tan poca 
consideración enviar así de presto. 4CX) ó 500 caballos 
para emprender este negocio. El duque, como maestro 
del arte, quiso asegurar lo principal, que es esta ciudad, 
y de la cabeza acudir á los otros miembros con sazón y 
de manera que se consiguiese lo que se ha conseguido 
por no poner el fuego en manos de la fortuna, que suele 
burlar de quien la tiene en poco, y pudiera ser fácilmente 
lo hiciera si no se enviara el buen golpe de gente que se 



'^8 GL'KRRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

envió con el tiento y miramiento que se hÍ2o; y digo 
á V* OL qüCp aunque el duque quisiera proceder difercn* 
t emente I creo que Dios^ que fes el que verdaderamente 
ha guiado este negocio, no fuera servido de que se hiciera 
por otro camino, pues permitió que este ejército enfer- 
mase tan de golpe en aquel tiempo del catarro y calen- 
turas que tan generales han sido* Pero el mal es^ señor, 
que los que profesan esta facultad, y los que no la pro- 
fesan, todos quieren ser generales; que el ejército sea en- 
cantado; siempre invencible; que viv^a del aire, sin hacer 
cuenta de ninguna falta ni necesidad; que en ninguna 
cosa haya contrarios, ni desgracia; y no solamente quie- 
ren esto, pero que también las victorias y reinos se ga- 
nen por e! camino que á ellos les parece, y no por el 
que conviene.,. í (i). 

No convencen del todo nuestro espíritu los razona- 
mientos expuestos |K)r el prior Don Fernando, pues aun 
cuando fuese cierto que no se inspirasen en el deseo de 
reflexionar con sereno criterio los que^ guiados sólo por 
la malignidad de su condición, y sin práctica alguna de 
los negocios de la guerra, motejaban duramente al céle- 
bre caudillo, resulta poco jus tinca da la conducta del du- 
que de Alba, que permitió á Don Antonio reorganizar 6. 
su gusto y con mucha tranquilidad las tropas que man- 
daba^ encendiendo eí fuego de la rebelión en comarcas 
hasta entonces pacíficas y que, en mucha parte, se mos- 
traban favorables a! Rey Católico. Juzgando fríamente 
aquellos sucesos, creemos que la apatía del duque, des- 
pués de la toma de Lisboa j debióse al error de Juicio con 
que calculó que la guerra estaba enteramente concluida, 



(t) Carta del prior Don Fernando al s^rekaño Ziyas. Dcrcnnaeiitoi 
inédito*, tQiuo XXXI t pjgs- 333, 2:9 y a 10. 



DUHAÍÍTE EL REINADO DE rx>N PEUPE U ^t) 

y que, el prior de Crato, sin medios ni alientos para pro- 
longar la lucha, únicamente pensaba en la mantíra de 
ocultarse y asegurar su evasión del territorio lusitano, 
Y acaso contribuyó también á la inactividad del de Alba 
el deseo de conservar sus tropas reunidas para atender á 
cualquiera eventualidad que se oíreciera, si desgraciada- 
ínente tenía un funesto desenlace la grave dolencia que 
aquejaba al rey Felipe. De otro modo^ tenemos por se- 
guro que el duque de Alba^ cauto y precavido hasta 
aparecer tímido cuando la ocasión lo pedía; resueltísimo, 
activo y diligente, si las circunstancias lo demandaban, 
habría enviado sin pérdida de tiempo un fuerte destaca- 
mento de tropas ligeras, jinetes en su mayoría, para se- 
guir los pasos al fugitivo prior de Crato, Si ác tal suerte 
se hubiese procedido en fines del mes de agosto, es in- 
dudable que, de no lograrse la captura de Don Antonio, 
cuando menos se le habría imposibilitado de levantar 
nuevo ejército^ y el reino de F^ortugal hubiera quedado 
desde entonces completamente tranquilo y sometido á 
la obediencia del monarca español. 

Los excesos cometidos por la gente del prior y las 
redamaciones justísimas con que solicitaban amparo los 
pueblos atropellados por aquella desenfrenada muche- 
dumbre, movieron por fin al de Alba á proceder con 
energía y resolución, ya muy necesarias si el incen* 
dio no había de adquirir desmesuradas proporciones. 
Desembarazado de la inquietud que le inspiraba la aguda 
enfermedad del monarca, decidió el duque, á media- 
dos de septiembre, poner en orden una fuerte colum- 
na, que llevara encargo de castigar las audacias de los 
rebeldeSj deshaciendo al ejército de Don Antonio don- 
de quiera que lo encontrase j y para el efecto dispuso 
que se apercibieran 2.0O0 arcabuceros y mosqueteros 



HO nUERRA DE ANEXIÓN Eíf PORTUGAL 

españoles, 400 piqueros alemanes y 400 caballos (l). 

Requería ol mando de la expedición singulares dotes 
de pericia y vigor, y sin duda juntaba estas Gualídades 
en más alto grado que los otros jefes del ejército caste- 
llano, el célebre Sancho de Avila, á quien con mucho 
acierto confirió por esto el duque de Alba la direcctón 
de la delicada empresa (2)1 dándole el titulo de su lugar- 
teniente general para aquella jornada, y otorgándole 
grandes preeminencias y facultades para entender en 
todo linaje de asuntos, por ser persona de calidad, expe- 
riencia^ valor y buen consejo (5). 

A nadie pudo causar disgusto el nombramiento y 
distinción concedidos á Sancho de Avila, pues el maes- 
tre de campo general, por su historia, merecimientos y 
altos hechos, de todos reconocidos y estimados, gozaba 
de gran reputación y fama, y ningún otro jefe del ejér- 
cito de Portugal podía competir con tan eximio capitán. 

El esclarecido guerrero de Flandes sobresalía por su 
intrepidez igual que por su destreza. Apellidados y no 
sin ramn, El rayo de la guerra^ tú los acontecimientos 
le sorprendían, ni los peligros le arredraban; rápido en 
sus concepciones y tenaz en sus propósitos, no cejaba 
ante los más difíciles é imprevistos obstáculos, ni su ac- 
tividad hallaba limites en el teatro de la lucha, Ue blan- 
da y suave condición cuanto era decidido y valeroso, 



(1) Carta del Juqutí de Alba á Zaj'íis, fecha en Lisboa á ií de scp- 
ti«jubrt?. Düt:. jnéíi.i tomo XXXIII, pág. jo* 

(5) *L3 cabeza que ha de ir con la gente será Saacho de Avila, que c* 
la persona de quien yo tengo tanta satí^f^iccion*. Carta del duque de- 
Alba á Zayas, fecha el 17 de septiembre. Doc. inéd.» tomo XXXflI, pá- 
gina 51. 

(^) Fü¿ expedí dti el nombramiento cau ffcha 3 e de septiembre. Se 
halla iiitffgro en ct libro de JeroiiiiHí Manuel D^ivila y San VitoTes, pu- 
blicado en 1711 con el titulo de El rayo é¿ ¡iigit^rrat hechas áe SaiKt'kí^ de 
Avila. También lo publicó el niarqu¿s de Mira fio res en su libro Vtiíti thi 
general español Don Sancho de Atutía j* Da^a , 



bÜRAKTE EL PEINADO BE DOÑ FFXtPE 11 



8r 



amábanle sus soldados y distinguíanle de principal ma- 
nera los generales á cuyas órdenes militaba; espejo de 
hidalguía y caballerosidad^ era^ en fin, Sancho de Avila 
el perfecto tipo del soldado valiente y altivo, enérgico y 
emprendedor^ que á elevado puesto encumbró á nuestra 
patria en inolvidable centuria, tan venturosa para las 
armas castellanas comn espléndida para la grandeva y 
poderío de España, Y como Felipe Uj mejor que nadie, 
tenia motivos para apreciar las eminentes dotes del 
maestre de campo general, á quien consideraba mucho, 
se regocijó por gran modo de la elección que hho el 
duque de Alba en la persona de Sancho de Avila (l)* 



(i) CarU del Rey a Sancho de Avila, fecha en Badajoz á 8 de octubre 
de 1580. Doc. inéd., tomo XXXI, pág. sao. 





CAPÍTULO III 



Composición de la columna expedicionaria mandada por Sancho de Avi- 
la. — Ruta emprendida con dirección al Norte de Portugal. — Sumisión 
de Montemor-o-velho, Coimbra^ Buarcos y Aveiro. — Fuerzas recluta- 
das por Don Antonio.^Entrega del Porto al prior de Crato.— Actitud 
de Santarem y otros lugares. — Disposiciones del duque de Alba para 
evitar en Lisboa manifestaciones hostiles. — Conveniencia de aumentar 
el ejército castellano.— Expediciones preparadas para reforzar las tro- 
pas de Sancho de Avila.— Avance de éste sobre Porto. — Aprestos para 
la jomada y dificultades que ofrece. — Toma de barcas para atravesar 
el Duero. — Plan de operaciones; atrevida resolución de Avila. — Ocu- 
pación de Vilanova de Gaia. — Ataques afortunados en Avientes y Pie- 
dra Salada. — Dispersión de los portugueses. — Entrada de los castella- 
nos en Porto. — Fuga de Don Antonio y su llegada á Vianna do Cas- 
telho. — Intento de escaparse por mar. — Encuentro del prior con los ji- 
netes españoles. — Evasión extraña de Don Antonio. — Disposiciones de 
Sancho de Avila para capturar al fugitivo. — Disgusto del duque de 
Alba y de Felipe II por haberse escapado el prior de Crato cuando es- 
taba en manos de los jinetes de Castilla . 




I PERCIBIDA y bien dispuesta la tropa expediciona- 
ria que había de anular los últimos aprestos de 
resistencia realizados por el prior de Crato, 
partió el 22 de septiembre de Lisboa Sancho de Avila, 
llevando bajo sus órdenes los dos tercios de Lombardía 
y Sicilia y de Don Rodrigo de Zapata, ICO mosquete- 
ros del tercio de Ñapóles, cuatro compañías de coseletes 
alemanes, ico arcabuceros á caballo, ico jinetes de la 
costa de Granada y cuatro compañías de celadas; todo 
lo cual formaba un conjunto de 2.500 infantes españoles, 
otros 500 tudescos y 400 caballos, á que se agregaron 
dos medios cañones y dos medias culebrinas, servidos 
por el personal técnico de oficiales y artilleros, las dos 



84 GÜEtóA DE ANEXIÓN EN PdHTÜGAL 

compañías que mandaban los capitanes Roca y Ruiz, 
y 150 gastadores (i). La comix)sÍciun de la columna era 
pcrfectan^ente adecuada á la naturaleza de las Funciones 
que había de cumplir; destinadas aquellas tropas á una 
interpresa que demandaba rapidez y suma resotucíóOt 
fué preciso constituirlas de modo que pudieran mov'erse 
con facilidad y marchar sin estorbos ni impedimenta al 
logro de su objetivo. 

Con tal objeto, tomó Sancho de Avila la vuelta de 
Coimbra, proponiéndose llegar de un aliento al alcance 
de Don Antonio. La pertinacia de las lluvias y el fatal 
estado de los caminos dificultaban por extremo la mar- 
cha de la artillería, bien que ésta fuera poco numerosa, 
hasta el punto de que en Torres Yedras hubo que aban- 
donar un medio canon » cuya cureña se inutilizara. Esto, 
junto con las muchas enfermedades de que adolecían las 
tropas, retuvo á Avila más de lo que á su propósito con- 
venía, y al cabo de nueve días de fatigoso caminar, súlo 
alcanzó á Lciria el 1° de octubre, después de pasar por 
Loures, 1 orres Yedras y Aljubarrota (2), No obstante 
la rígida disciplina que el reputado jefe hada observar á 



(1) La fijcrza que llevaba SaDcho de Avila se expríjsa íjn las carias 
que dirigiú el duque de Alba á Zavas^ coQ la» fechas de ro^ lo y 3i di 
septieiubre, Doc. inéd., tomo XXXUI, p%s. 4^, 6a y 66. La descrij^ción 
uiinUi^iú^a lU la artilkria y naunicLouÉS^ y del personal de todas doses 
di^átiaada á su s4írvicÍD, a&í como la de Los carruaje^i y material de traus- 
porle se haUan expuestas en una rcUcíón que ÍDserta el tomo XXXIII de 
los Doc. iíiéd,» piig, "jS, 

Según dice Lassotíi de Steblovo, el duque de Alba diputó á Don 
Rudri^o de Zapata, como mariscal de campo, de la fuerra, y al capitán 
Don Juan de Larrea^ como maestre coronel de la aTtíilería: y la column^a 
cctnstaba de un estandarte de corabas, düS^ dt cabaÍUrE:i, düs de jinetes,, 
cuatro banderas alema uas, todas las de Don Pedro de Soto mayor, los 
mosqueteros del tercio de Kápcdes, dos medios cañonea de á 34 y dos 
medias culebrinas. Cita también las banderas de Antunio Moreno^ pero 
Óstas salitífoD de Lisboa algunos días más tarde que el resto de las tropas* 

(5) Fraucbí Cunestaggio, Unión de Portugal á ia corona de Cas f día ^ 
hhlQ VIL 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 8 5 

SU gente, y tal vez por esta misma circunstancia, cundía 
la deserción entre los soldados; y amenguándose con esto 
y któ enfermedades el efectivo de las tropas expedicio- 
narias, aJ tiempo que aumentaban las huestes y osadía 
del prior de Crato, estimó el duque de Alba necesario 
enviar de refuerzo siete banderas del tercio de Antonio 
Moreno, con más de 800 hombres que, acaudilíados por 
í>on Diego de Córdoba » salieron del real castellano el 
último día del mes de septiembre (l). 

Desde Leiria avanzó Sancho de Avila por Pombal, 
Sourc y Pereíra; y en el camino recibió el 7 de octubre 
la obediencia de Montemor-o-velho^ que, á pesar de ha- 
llarse prevenido á la defensa por Diego Hotel lo, se en- 
tregó sin dificultad alguna, ofreciendo además asistencia 
valiosa para avituallar el campo español. De la custodia 
de la villa quedaron encargados los dos caballeros por- 
tugueses Ciaspar Susarte y Luis Pensoa, conocidos por 
su adhesión al rey Felipe (2). 

Desde Montemor-o-velho habría marchado Sancho 
de Avila directamente en persecución del prior de Crato, 
sin detenerse á sujetar á Ci^oimbra, sí sólo por su propia 
inspiración y deseo se guiara (3); pero como el duque de 
Alba le previniere que no dejase á sus espaldas en poder 
de Don Antonio la expresada ciudad (4), tuvo necesidad 
ele ajustar su conducta á los consejos y órdenes del jefe 
del ejército, bien que proponiéndose detenerse lo menos 
posible en aquella operación que le apartaba algo del 



n 



(n Carta del düqutí de Alba á Sancho de Avila. Doc. íncd., t'>mo 
XXXUI, pig. 97 

i^) Oirui de Sancho de Aviln al duqtití de Alba, fecha en Soure á 7 
de octubre. Doc, in6d,, tomo XXXIII, p^ig- 119. 

{^j ídem íd^ 

(4) Cartas del dutpe de Aib-i a Sancho de Avila, fue has en Lisboa a 
7 y 10 de octubre. Doc. iaéd., tomo XXXIIÍ, págs. 151 y 155, 



35 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

rumbo que llevaba. Para el efecto, el día S de octubre 
destacó Sancho sobre Coitnbra dos compañías de hom- 
bres de armas mandadas por Manuel de Sosa Pacheco, 
y de esa manera obtuvo inmediatamente la sumisión de 
Coímbra, que se entregó sin oponer resistencia, ame- 
drentada como se hallaba entonces por la proximidad de 
las tropas que Avila conducía. Mas no mereciendo con- 
fianza los habitantes de Coimbra, que eran casi en su to- 
talidad adictos á Don Antonio, de tal modo que hubo 
sumo trabajo para hallar personas de confianza que ejer- 
ciesen los cargos públicos en nombre del rey Felipe, 
metió Sancho de Avila en el castillo al alférez Castro 
con 30 soldados del tercio de Lombardía y Sicilia. 

Una de las cosas que más preocupaban entonces al 
jefe castellano era el abastecer su gente en la estéril co- 
marca que había de encontrar en su avance hacia el 
Duero, Por esta razón, instaló Sancho en Coimbra un 
depósito de víveres; y sabiendo además que el de Crato 
se proponía enviar gente á Aveiro, con objeto de reco- 
ger bastimentos y prisioneros que allí tenía, destacó 
-\vi1a en la noche del 8 de octubre, al capitán Sandoval 
con cuatro compañías de caballos, dos de jinetes y dos 
de arcabuceros, quienes, llegando al amanecer del día 9, 
lograron adelantarse á los del prior y someter nueva- 
mente aquella villa al monarca español (i). 

Siguiendo velozmente su camino, allanó Sancho de 
Avila la villa de Buarcos, por cuyo puerto podía fácil- 
mente ser socorrido de cuanto en adelante le fuese me- 
nester; y sin dilación, enderezó su rumbo á Aveiro, que, 
duramente oprimido y con severo rigor ultrajado por la 



(i) CíTta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha en Areiro á 14 
de octubre. Doc. inéd., tomo XXXIII, págs. 159 y 160. 



DURANTE EL REENADO DE DON FEUPE II 87 

allegadiza turba de Don ^Vntonio, agasajó á los castella- 
nos con inequívocas demostraciones de aplauso y rego- 
cijo (i). 

Entretanto que así caminaba el esclarecido guerrero, 
deseando el de Crato dar á ios suyos mayores ánimos y 
esperanzas, decidió acometer la ciudad de Porto, que en 
los íjlt¡nK>s días de agosto prestara acatamiento á Don 
Felipe. Reclutó el portugués con próvida diligencia nu- 
merosas fuerzas, y fué tal la actividad que sus agen- 
tes desplegaron en aquella comarca, que en breve pudo 
reunir hasta cantidad de 1 1 .000 hombres, de ellos sólo 
3.000 regularmente armados, pues los restantes más que 
gente de pelea eran informe y desconcertada masa, muy 
dispuestos al robo y al pillaje, pero no nada avezados á 
la disciplina militar, y menos acostumbrados á las rudas 
faenas del campamento y á los peligrosos azares del 
combate (2). 

Llegó Don Antonio con su colecticia hueste á la vis- 
ta de la populosa ciudad, y apoderándose de los dos 
fuertes situados en la margen izquierda del Duero, im- 
fundió con esto tan gran respeto en el flaco espíritu de 
los defensores, por otra parte no muy numerosos, que 
sin lucha le abrieron las puertas después que, embarcado 
con dirección á Galicia, saliera huyendo Pantaleón de 
Saa, á cuyo cargo corrían las armas, y que con él se fu- 
garon otros caballeros, quienes por sus antecedentes y 
opiniones en pro de la causa castellana, era razón temie- 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores, li- 
bro III. — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona Je Casti- 
lla, lib. VII. 

(3) Según noticias comunicadas por el marqués de Villarreal al du- 
que de Alba, Don Antonio salió el 24 de septiembre de Aveiro para el 
Porto con ix.ooo hombres, de ellos 3.000 armados sólo con palos y pie- 
dras. (Carta del duque de Alba á Sancho de Avila, en Lisboa á 3 de octu- 
bre de X580. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 97). 



88 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

sen la fiera venganza del inquieto prior. Cara pagaron 
su adhesión al rey Felipe los escasos partidarios que en 
la ciudad contaba el monarca Católico: estos míseros ha- 
bitantes fiíeron recluidos en estrecha prisión y ofendidos 
en sus personas, mientras la desalmada soldadesca roba- 
ba y saqueaba cuanto dentro de sus casas aquéllos te- 
nían. No satisfecho aún, y encontrándose falto de medios 
para atender al sostenimiento de la crecida turba que 
mandaba, hizo presa Don Antonio en las más ricas merca- 
derías que hubo á mano; exigió á la población que, para 
librarse de mayores daños, le entregase lOO.OOO ducados, 
de los cuales recibió luego una parte; y disponíase á con- 
tinuar sus exacciones y atropellos, cuando la nueva de 
la aproximación de Sancho de Avila, haciéndole más 
cauteloso y discreto, determinóle á no insistir en sus 
violentos procedimientos (que muchas simpatías le ena- 
jenaban), no sin que antes pusiera en cobro y trasladase 
á seguro sitio las joyas y efectos valiosos de que injusta 
y abusivamente se apoderara (l). 

No sorprendió, por cierto, al duque de Alba la en- 
trega del Porto á Don Antonio, «porque gente de pue- 
blos siempre desfallece de ánimo, tanto más no viendo 
socorro al ojo» (2). Traíanle, no obstante, desasosegado 
los progresos que el prior hacía en aquellas tierras, no 
por el miedo que le infundiesen las mal aderezadas tro- 



(i) Herrera, Historia de Portujjral y conquista de las islas Azores, li- 
bro III. — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona de Casti- 
lla, lib. VII.—Rebello da Silva, Historia de Portugal nos séculos XVII 
e XVIII, Introducfüo^ cap. VI, tomo II,páffs. 563 y 564. — Cartas del du- 
que de Alba á Zayas, fechas en Lisboa á ^, o y 8 de octubre de 1380. Do- 
cumentos inéditos, tomo XXXIII, págs. 96, loi y na, — Carta de Sancho 
de Avila al duoue de Alba, fecha en Aveiro á 14 de octubre . Documentos 
inéditos, tomo XXXIII, pág. 161. — Aviso <^ue dio al duque de Alba un 
hombre que salió el 14 de octubre de la ciudad de Porto. Documentos 
inéditos, tomo XXXIII, pá^s. 180 á 183. 

(3) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha en Lisboa á 3 de octubre. 
Doc. inéd., tomo XaXIII, pág. 96. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U 89 

pas que aquél guiaba, sino porque recelaba que la con- 
flagración que se advertía en el Norte de Portugal, to- 
mando presto proporciones desmesuradas, invadiese las 
comarcas más lejanas, y extendiese por todas partes la 
alarma y zozobra en unos, la esperanza y el atrevimiento 
en otros. 

Y no era en verdad infundada ni ilegítima la inquie- 
tud que sentía el ilustre jefe. En la villa de Santarem, 
con todo hallarse muy próxima al campo castellano, bu- 
llían y se agitaban sin descanso las malas voluntades; es- 
parcíanse en el crédulo é incipiente vulgo las noticias 
más peregrinas; y era de temer que, siguiendo así las 
cosas, se alzasen de nuevo los insconstantes moradores 
en favor del obstinado pretendiente, á quien con muda- 
ble ánimo ensalzaban ó deprimían, agasajaban ó repelían, 
según que los vientos de la fortuna mostrábanse al de 
Crato prósperos ó adversos. Irritábale mucho al duque 
tan veleidosa conducta, y con objeto de reprimir cual- 
quier desorden que los mal avenidos promovieren, y res- 
tablecer á un tiempo la perdida tranquilidad moral, en- 
vió allá una compañía de 200 soldados, dando á Juan de 
Sosa el título y cargo de alcaide mayor; y aún pensaba 
reforzar el destacamento con otras siete ú ocho bande- 
ras que permaneciesen en la villa mientras se recogían 
las armas á los revoltosos, se derribaban las murallas y 
se castigaba á los culpables. Por ventura, viniendo aque- 
lla gente á razón, se hizo innecesario el empleo del rigor 
y el envío de fuerza numerosa, contribuyendo por gran 
manera á este feliz resultado el lisonjero aspecto que de 
nuevo tomaron las cosas por virtud de los progresos al- 
canzados por Sancho de Avila (l). 



(i) Cartas áú duque de Alba á Zayas, fechas en Lisboa á 34 y 39 de 



90 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Y, á la verdad, bien se necesitaba aniquüar con rudo 
golpe las desaliñadas masas que, en modo de ejército, 
levantara Don .^Vntonio en su camino hacia Porto; por- 
que alentados sus parciales con las noticias de los éxitos 
que alean Sí aba, se mostraban jactanciosos y atrevidos. Y 
á tal grado llevaron por entonces su arrogancia, que en 
la misma ciudad de Lisboa manifestaban con desvergon- 
zado alarde y sin recato alguno sus simpatías y esperan- 
zas. Contribuía seguramente á mantener aquel estado de 
alarma la impunidad absoluta en que se dejaron losdaños 
hechos á la causa castellana. «Hay pocos días, escribía 
el duque de Alba, que no digan públicamente /im? el rey 
DúH Antüfúol; y la causa desto es no haber hasta ahora 
castigado á nadie *..^ (l). 

Fué en aquella ocasión muy digna de aplauso la con- 
ducta suave del afamado general, que después de la vic- 
toria no manchó su triunfo, cual entonces solía efectuar- 
se, con actos de reprobable crueldad, bien que los alta- 
neros partidarios del prior de Crato merecieran duro 
escarmiento, Hn la templanza del duque de .AJba, ade* 
más de su deseo de hacerse grato á los portugueses^ pudo 
influir también la insistencia con que se le recomendaba 
desde la corte de España que observara moderación con 
los habitantes de Lisboa, y el temor del duque de incu- 
rrir en desagrado del Rey Católico st ejercía actos rigo- 
rosos con ta levantisca gente adicta á IJon Antonio. 



septiembre v :: de octubre de 1580. Düc. inéd,, tomo XXXIII. pági- 
nas 76, 77, 78, 84, S3 y 9í. 

La miimU de U orden que, en parecer del duqne de Alba, podía dar* 
se pata desarmar á los ve cí ti! os de Sant;irem, $c hallíi inserta en Docu» 
menios inéditos, tomo XXXI II» píigii. 174 X i/V 

Véase también b «Relaeióa de ht fürma en que el duque de Alba 
piensa castigarla vilb de Satitareni, por los movimientos y olteTacionci 
qn* en ella ha habido*. Doc. inéd., lomo XXXUI, págs. 176 y 177, 

(i) Carta del duque de Alba al secretario Delf^ado, fecha en Lisboa ¿ 
39 de septiembre de ijSo, Doc. ined., tomo XXX 111, págs. 87 y S&. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 9 1 

Acreditan ajta nuestra suposición, los siguientes tér- 
minos con que el de Alba se dirigía al secretario de Fe- 
lipe II, Gabriel de Zayas: 

flYo no me he metido al castigo ni me meteré sin 
orden de S. M., porque sin hacerlo me tienen acá por 
cruel, y yo aseguro á V, m. que si cuando llegué aquí 
ahorcara una docena de bellacos de los de la ciudad (que 
hay muchos), y cortara las calaceas de cuatro ó cinco de 
los que se prendieron en la batalla, que hablaran otro 
lenguaje y anduvieran de otra manera en favor de Don 
Antonio; pero como han visto que no se les ha castigado 
por lo que han hecho, no se les da nada en contiauar 
aquello» (l)^ 

Replicó 5^yas diciendo, que para castigar loa delitos 
no era preciso aguardar orden de S. M., y á esto repuso 
el duque de Alba, que bien lo subía; pero que «si se hu- 
biera castigado los acontecidos, no aconteciera ahora 
ninguno» {2). 

Autorizado el de Alba por las manifestaciones de Za- 
yas, y siendo cada vez mayores los audaces desmanes á 
que se entregaban los amigos de Don Antonio, ordenó 
recomponer con premura algunos desperfectos que la 
acción inexorable del tiempo causara en el castillo más 
eminente de Lisboa; alojó allí el 10 de octubre los mer- 
mados tercios de Ñapóles y de Don Gabriel Niño, que 
en junto apenas reunían 2.000 hambres; y muy luego 
mandó subir á la fortaleüa dicha toda la artillería y mu- 
niciones tomadas al enemigo en el fuerte de Cabeza-Seca 
y en el campo de Alcántara, igual que los cañones y 



[t) Carta del duque de Alba á Zayas^ fecha en Lisboa á S de octubre 
de 1^80. Doc, ÍRéd.. tomo XXXÍIIt pág. m. 

(a) Carta dei duqiuí de AlVíi í Zayas, fcchtt en Lisboa á 16 Je octu- 
bre. Doc. iml-d,, tomo XXXlü, pág. 15a, 



92 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORIUGAL 

proyectiles que había en tierra, fuera del castillo de San 
Julián de Oeiras (l). 

Érale al duque bien conocida la mala voluntad del 
reino portugués, y en su clarísimo juicio entendía que á 
todas partes donde el prior llegara, recibiríanlo los natu- 
rales al modo que los habitantes del Porto, á pesar de 
las protestas de fidelidad que, en los momentos de infor- 
tunio para el de Grato, hacían todos al caudillo español. 
Opinaba éste que únicamente con actos de fuerza podría 
aquietarse el país; y viendo con disgusto que sus tropas 
disminuían de alarmante manera, juzgaba menester la 
pronta venida de las banderas de Flandes que se desti- 
naran al ejército de Portugal, y cuyo concurso estimara 
el duque innecesario luego de tomar á Lisboa. 

Inspirábase en la prudencia el general castellano; pues 
la lectura de cartas diversas cruzadas entre él y el se- 
cretario Zayas durante la segunda quincena del mes de 
septiembre y la primera de octubre de 1580, evidencian 
que las enfermedades producidas por el catarro inunda- 
ban los hospitales, y que á la par desertaban multitud de 
soldados, unas veces sueltos, otras en grupos de 60 6 70 
hombres, habiendo ocasión en que abandonó los reales 
una compañía entera con su alférez y sargento, sin que 
fuesen bastante á estorbarlo las más severas disposicio- 
nes. Y como demás de batir á Don Antonio, cuyas tro- 
pas eran numerosas y aumentaban de continuo merced 
á las levas de gente que sus parciales disponían en la ri- 
bera del Duero y en toda la zona septentrional, había 



(i) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha el 6 de octubre. Ooca- 
mentos inéditos, tomo XXXIII, pág. 107. — ídem id., fecha el ii de oc- 
tubre. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 126. — ídem del duque de Alba a 
Don Francés de Álava, fecha el 13 de octubre. Doc. inód., tomo XXXIII, 
págs. 141 y 143. 



DÜ1L\NTE EL REINADO DE tJON FEUPE 11 93 

que sojuzgar bre\^emente todo el territorio alzado en ar- 
mas, y procurar con empeño la captura del prior de 
Crato* quería el de Alba henchir de soldados la región 
comprendida entre los ríos Duero y Miño, *Es tanto lo 
que deseo dar fin á las cosas de Don Antonio, escribía el 
duque á Zayas con fecha 1 1 de octubre, que aunque me 
quede aquí sin un hombre, he de cargar aquel país den- 
tre Duero y Miño de tanta gente, que no haya pie de 
terreno que no sea de soldado de S* M», y con esto el 
negocio será acabado en dos días^ (i). 

Era, pues, notorio que en lugar de despedir gran 
número de las fuerzas del ejército, según antes se pensa- 
ra, había necesidad de acrecentarlaSj y por esto, aparte 
del envío de las tropas de Flandes, que estaban en ca- 
mino para España, llegó á tomarse ea consideración den- 
tro de la corte la idea de crear algún tercio nuevo de 
españoles destinados á reforzar las tropas de Portugal. 
Pero á este pensamiento se opuso desde luego el duque 
de Alba, por tratarse de asunto cuyo desarrollo había de 
exigir mucho tiempo, y por creer además que la gente 
de nueva recluta desertaría al punto que llegase con el 
ejemplo que daban los veteranos, resultando de ^e niodo 
ineficaz y casi nulo el auxilio que llevaran. 

Las noticias que se recibían por entonces del Porto, 
no eran, en hecho de verdad, muy á propósito para 
tranquilizar á Felipe 11 y al jefe de su ejército. FA hori- 
zonte se anublaba de nuevo: las tropas que guiaba San- 
cho de Avila, aun contando con la consumada pericia 
del capitán y el arrojo de los soldados, resultaban muy 
exiguas para dominar !a revuelta comarca de entre 
Duero y Miño, levantada en masa por el prior de Crato; 



{%) Doc, iQ^d,, tomo XXXIII, pág* ii6. 



54 



GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



y dadas las condiciones defensivas de la murada ciudad 
del Porto, podía estimarse difícil su expugnación em- 
pleando sólo la muy reducida artillería puesta á las ór- 
denes del vencedor de Mook- Apreciábalo así el duque 
de Alba, quien creía entonces oportuno que, si las cir- 
cunstancias empeoraban y llegaban á ser muy apuradas, 
debería Avila limitarse á pasar el Duero y acercarse á 
la pla¡:a, eludiendo operaciones de mayor riesgo, y so- 
bre todo el ataque de la ciudad, mientras no recibiese 
los refuerzos que á toda prisa se disponían en Lisboa (l). 
Constaban éstos de cuatro compañías del tercio de Ñapó- 
les y soldados sueltos de las diversas banderas que San- 
cho conducía, formando en junto 800 hombres escogi- 
dos, y cuatro gruesos cañones que, con suficiente vitua- 
lla y pertrechos, embarcáronse en I O naves y algunas 
carabelas, cuando por el buen estado del tiempo, pudo la 
expedición hacerse á la mar con rumbo al Norte (2). 

Estaban muy justificadas estas resoluciones, porque 
había noticias de que la muralla del Porto tenía ocho ó 
diez pies de espesor por lo general, aumentando en algu- 
nos parajes su anchura hasta el punto de que por la par- 
te superior pudieran cruzarse dos carros (3); y Sancho 
de Avila, que si de algo pecaba era de ser excesiva- 
mente emprendedor y arriscado, manifestaba al de Alba 
su creencia de que había de serle menester artillería 
gruesa para batir los muros del Porto (4). 



(i) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha en Lisboa á 8 de octubre. 
Doc- iiiéd., tomoXXXIII, págs. 115 y 114. 

(2) Cartas del duque de Alba á Zayas, fechas el 8, 19, 35 y a8 de oc- 
tubre. Doc. in*d., tomo XXXIII, págs. 114, 157, 184 y 905. 

(j) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha éí 8 de octubre. Docu- 
mentos inéditos, tomo XXXIII, pág. 114. — ídem á Sancho de Avila, fe- 
cha el 7 de octubre. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 132. 

(4) Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha en Soure á 7 
de octubre. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 129. 



f^TT^Z ' 



DURANTE £L REINADO DE DON FELIPE Tí Qj 

Previendo el duque de Alba que la expedición citada 
no fuera aún suficiente para obtener pronto la completa 
pacificación del país, meditaba acerca de la conveniencia 
de enviar con D. Alonso de Bazán una segunda flota, 
formada por lO naves y 12 ó 14 chalupas, á cuyo bordo 
se embarcaran todas las tropas italianas en número de 
3.000 infantes, de los cuales habían de operar en tierra 
2.000, juntos con las tropas de Sancho de Avila, que- 
dando los otros 1. 000 en la armada (l). 

Adelantando el negocio para el mando de esta gen- 
te, designaba el duque á Próspero Colonna, y en segun- 
do término á Luis de Ovara, ya porque eran éstos los 
jefes italianos de mayor reputación, ya porque ios otros 
cabos de la misma nacionalidad se hallaban por entonces 
enfermos (2). Colonna, que estaba aquellos días en la 
corte, afectaba no ver con agrado la elección recaída en 
su persona, creyendo depresivo para su nombre el mili- 
tar bajo la conducta de Sancho de Avila, á quien se 
consideraba igual en consideración y mérito. No estimó 
el duque fundadas las excusas de Próspero, é imaginando 
que acaso en la conducta desdeñosa del jefe italiano in- 
fluyera el deseo de hacerse valer con el monarca para 
alcanzar algún provecho, insistió en que Colonna se 
trasladase á Lisboa para gobernar las dichas tropas, y 
que, con objeto de dar feliz solución al asunto, le recom- 
pensara Felipe II haciéndole merced (3). Sin duda era 
acertada la opinión del duque de Alba, porque Colonna 



(z) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha el iz de octubre de Z580. 
Doc. inéd.^ tomo XaXIII, págs. Z25 y 126. — ídem á Sancho de Avila, 
fecha el zo de octubre. Doc. iuéd., tomo XXXIII, pág. 135. 

(3) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha el 19 de octubre. Docu- 
mentos inéditos, tomo XXXIII, pá^. 1^7. 

(3) Cartas del duque de Alba á ¿ayas, fechas el ao y a 5 de octubre. 
Doc. inéd., tomo XaaIII, págs. 172 y 185. 






56 GUERRA t)E ANEXIÓN EN PORTUGAL 

partió de Badajoz luego que alcanzó para sí una grati- 
ficación de I.OOO ducados, y obtuvo además que el Rey 
mandara pagar todos los atrasos á las coronelías ita- 
lianas (l). 

Resuelta esta dificultad y hechos los preparativos 
necesarios, escribió el de Alba á Sancho de Avila el día 
28 de octubre, avisándole que saldría prontamente la 
primera expedición, y que la segunda, con los italianos, 
seguiría poco después; agregando que esta última iría á 
ganar tierra en Bayona de Galicia, desde donde se ha- 
llara en disposición de acudir en apoyo de Avila, entre- 
tanto que los 10 navios gruesos de la flota corriesen la 
costa comprendida entre el Miño y el Duero, á fin de 
inipedir la ñiga de D. Antonio por mar (2). 

Por dicha no fué preciso utilizar tan considerables 
aprestos para dar cabo á la pacificación material de todo 
el territorio lusitano. A los italianos, que estaban ya en 
orden antes de concluir octubre, los retuvo el duque de 
Alba, conceptuando que ya no eran menester para el ob- 
jeto á que se les destinaba (3); y aunque las naves que 
transportaban los soldados de Ñapóles llegaron á darse á 
la vela el día 3 1 del citado mes, mandóseles regresar á 
Lisboa, en cuyo puerto fondearon el I.** de noviembre, 
luego que se recibieron noticias de venturosos aconteci- 
mientos ocurridos en las márgenes del Duero, los cuales 
tuvieron bastante importancia para que el mismo Sancho 
de Avila considerase innecesario que se le enviase gente 
y vitualla. 

El valeroso lugarteniente del duque de Alba, que 



{ t ) Cartas del duque de Alba á Delgado y á Zayas, fechas el s6 de oc- 
tubre. Doc. inéd,, tomo XXXIII, págs. 188, 189 y 195. 

(1) Carta del duque de Alba á Sancho de Avila, fecha el 28 de octu- 
bre. Doc. inéd., tomo .XXXIII, pág. ao6. 

{%) ídem id., págs. 208 y 309. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II p7 

jamás era tímido en sus resoluciones ^ ni sentía decaer su 

espíritu ante las circunstancias más apretadas, tenía sólo 
á sus órdenes 2.500 hombres en situación de pelear (i), 
que eran, á la verdad, tropa muy escasa para reducir la 
for tincada y bien provista ciudad del Porto (donde se 
albergaba I tras espeso muro y hondo río» la mucho más 
considerable fuerza que seguía á Don Antonio), y redu- 
cir á la obediencia extensa y revoltosa comarca. No 
acostumbrado, sin embargo, el impetuoso guerrero á 
contar el número de sus enemigos, cuando éstos eran 
agxierrídos y fuertes, pareciera extraño que ^ en frente de 
la mal aliíiada y descompuesta tropa del Prior, desmaya- 
ra de coraje, y que fuese entonces circunspecto en dema- 
sía quien siempre por audaz pasara, cuanto más que, á 
mayores peligros, mayores son las glorias que se obtie- 
nen, y el acometer empresa aventurada y vencer resis- 
tencia firme, antes agradaba que enojaba al ¡lustre capi- 
tán castellano. 

Sin detenerse en Avciro, ni aguardar la llegada de 
refuerzos que el duque de Alba le prometiera, á los 14 
de octubre había emprendido Sancho de Avila la mar- 
cha sobre Porto, yendo á pernoctar en Aujega, más teme- 
roso de la falta de bastimentos que de la oposición de 
Don Antonio (2). En tres alojamientos llegó al lugar que 
dicen Arifana de Santa María, á cinco leguas del Due- 



< 



(i) íTüda lú gente que agora puede haber de servicio son hasU 
a. ^00 hombres, ton caballos y todo, púrqtie b que trujo Don Diego de 
Córdoba aún no son 400 hombres; pero todos voluntaríoí»^ de servir y con 
inay buenos oficiales*. (Carta de Sancho de Avila al dttque de Alba, fa- 
cha en Aveíro á 14 de octubre. Doc inéd,* tomo XXXIIKpág» lóa). 

[2) Carta de Sancha de Aviía al dnque de Alba, fecha en Aveiro á 14 
de octubre. Doc. inéJ., tomo XXXIII, págs. 158 ú lü;. — Aviso que dio 
un hombro que salió de la ciudad del Porto el lif de octubre. Documen- 
tos ínédito^i tomo XXXI IL, piig. i&i. 

TOMO li ' *J, 



'^'^^^Vf^' 



^ GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ro (l), y allí hizo alto, disponiendo los últimos aprestos 
para la próxima jornada, en tanto sometió el inmediato 
castillo de Teira, que todavía no prestara acatamiento al 
rey Felipe (2). 

En aquella sazón juntaba el Prior de Crato cuanta 
gente podía para estorbar á su contrario el paso á la 
margen derecha del caudaloso Duero. El obispo de la 
Guarda había salido el día 12 de octubre del Porto con 
nueve piezas de artillería y alguna tropa, tomando el 
rumbo de Vianna do Castello, y era fama que se propo- 
nía fortificar aquella villa, tanto para sostenerla, en cali- 
dad de refugio, si se perdía el Porto, cuanto para poner- 
la á cubierto de un ataque súbito que por la parte de 
Galicia emprendiera el conde de Lemus (3). Por otro 
lado, capitanes principales de Don Antonio, como Mar- 
tín López de Acevedo, Don Manuel Pereira, Duarte de 
Lemos y 4Ajitonio de Sosa Coutinho, recorrían aquella 
región j levantando tropas por medio de ofertas y ame- 
naxaa; pero, no siendo muy propicia la voluntad del ma- 
yor número, aparejábanse para la guerra mucho más 
despacio de lo que convenía al Prior, ya entonces menos 
resuelto de ánimo que cuando el peligro estaba lejano. 

Las condiciones del momento, sin embargo, no po- 
dían ser más favorables para Don Antonio. Separábale 
de su adversario profundo y anchuroso caudal de aguas; 



(t) Hebello da Silva llama este punto Santa María de Arrifana. Las 
relaciones insertas en la Colección de Doc. inéd. lo desienan con el 
nombre de Rizañsi de Santa María» y Herrera y Conestaggio lo nombran 
Rifana de Santa María. 

(3) Relación de la facción que hi^o Sancho de Avila con Don Antonio. 
Doc. íníd., tomo XL, págs. Í76 y ^tj.-^ Re loción de la victoria que nues- 
tro señor fué venido de dar ai ejército de S. M. que llevaba Sancho de Avi- 
la. Doc. i^éá., tomo XXVII, pá^. 380. 

(3I Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona de Castilla, 
lib. Wl.^iLo i] lie refiere un hombre que salió de la ciudad del Porto. Do- 
cumentos inéditos, tomo XXXIII, págs. iSx á 183. 



DUR.\KTE EL REINADO DE DON FELIPE II QQ 

las ásperas riix;ras dificultaban seriamente el paso del 
Duero, y aunque la colecticia hueste portuguesa decre- 
ciera en número al rumor de la aproximación del enemi- 
go, era aún muy de sobra importante para oponerse á 
la ejecución de los designios de Sancho de Avila. I^ 
ciudad del Porto» recientemente murada y bien artillada, 
brindábale además posición fortlsima para contener en 
último extremo el Ímpetu de los castellanos, quienes na 
podrían desbaratar en corto plazo la resistencia que alH 
se ofreciera, mientras no allegasen poderosos medios de 
ataque. 

Las tropas del Prior de Crato» amparadas en modo 
de foso por la corriente de espacioso y hondo río, ele- 
vábanse, según los datos más fidedignos» á lo.ooo solda- 
dos, pues si bien en la marcha desde Coímbra al Porto 
se había deshecho y hufdo en gran parte la muchedum- 
bre mal pagada que Don Antonio conducía, hasta el pun- 
to de que únicamente le quedaron entonces unos 5.500 
hombres, contando 600 caballos y 400 negros, con 12 
piezas de artillería (l), posteriormente recibió el ejército 
portugués cuantiosos refuerzos^ procedentes de las levas 
hechas en el país comprendido entre Duero y Miño- Y 
de que no es exagerada la cifra dicha, dan testimonio las 
siguientes palabras de Rebello da Silva, que razonada- 
mente exponen la fuerza grande de que disponía el Prior 
de Crato: 

«Don Antonio contaba por lo menos con lO.OOO hom- 
bres, y éstos, á pesar de hallarse mal armados y de te- 
ner poca pericia y subordinación, eran suficientes para 
defender las acantiladas riberas que se guardaban por 



( 



(t) Lo que reEere an bombre qtie sal jó del Port£> el 14 de octubiv. Do- 
cmuentos ineditofj tomo XXX III, p%s. iSi j i3a. 



100 GT^ERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL * 

SU misma fortaleza, mirándose agrestes y aplomadas en 
las aguas obscuras y profundas que corrían á sus pies (l).> 
Apreciando el capitán español con sereno juicio la 
importancia de tan grandes dificultades, fiaba, no obstan- 
te, en la poca solidez de la gente de Don Antonio y en el 
valeroso empuje de la que él acaudillaba. Ofrecíale in- 
conveniente grave el no haber en aquella parte esguazo 
por donde pudiera cruzarse el río: la anchura del cauce y 
la carencia de material imposibilitaban además el esta- 
blecimiento de un puente; y en su consecuencia, era 
forzoso buscar otros arbitrios que facilitaran el paso á la 
derecha banda. Conducíanse en carros algunas barcas, que 
se pudieron allegar en Aveiro; pero, sobre ser pocas en 
número, iban muy maltratadas por efecto del estado de- 
r plorable de los caminos (2). Ni era fácil tampoco proveer- 

^ se de las barcas necesarias en la misma comarca ribereña, 

pues, como lo aconsejaban vulgar prudencia y los más 
sencillos principios del arte de la guerra, el Prior de Gra- 
to había mandado retirar oportunamente á la diestra ori- 
lla las embarcaciones que cruzaban el Duero de ordina- 
rio, y hécholas custodiar, según era razón, con el mayor 
esmero y solicitud. 

En situación tan apurada adelantóse el capitán Anto- 
nio Serrano con 30 jinetes, al intento de apoderarse de 
cinco barcas que aún se mantenían en la orilla siniestra; 
frustrado salió empero el tal propósito, pues no mucho an- 



(i) Hislaria de Portugal nos séculos XVII e XVIII^ Infroducfáo, ca- 
pitulo VI, tomo II, págs. 568 y 569. 

La relación de aquellas operaciones, inserta en el tomo XXVII de 
Doc. inéd., pág. 381, asigna también zo.ooo hombres á Don Antonio, los 
cuales aún se reforzaron el día 32 de octubre con 4.000 que envió desde 
la raya íronteriza el obispo de la Guarda. 

(3) Asi lo afirman Herrera y Franchi Conestaggio. 



DURAÍíTS; EL REINADO DE DON FELIPE 11 10 í 

tes de lleg^ar el destacamento castellano, pasara en eJlas su 
gente y casa el conde de Teriat magnate portugués al 
servicio de Don Antonio, Volvióse entonces malhumo- 
rado Serrano al campo; mas no cejando en sus proyec- 
tos, antes perseverando cu cilos con mayor ahínco, á la 
noticia de que en el sitio llamado Carbonera, á tres le- 
guas del Porto, había una barca cuyo destino era trasla- 
dar ios naturales del país de una á otra ribera, tomó i8 
arcabuceros, y acompai^ado de seguro guía, marchó sin 
dilación y á las calladas, remontando el Duero por su 
izquierda hasta llegar al referido paraje. El capitán espa- 
ñol que, junto con ser gallardo de persona, era también 
bizarro de ánimo, descubrió la embarcación en la opuesta 
orilla, y sin vacilar un instante tomó su partido con muy 
sagaz ardid, para conseguir á fuerza de industria y maña 
lo que no juzgaba hacedero por el empleo único de la 
violencia. Desnudo de ropa, presentóse solo en la orilla, 
y con dolorido acento imploró de los barqueros que le 
pasaran al campo del prior, al objeto de librarse de la 
persecución de los castellanos, que sin piedad habíanle 
desbalijado y maltratado. Condolidos de íínímo, ó codi- 
ciosos de la buena paga que Serrano les ofrecía, cayeron 
en el engaño los portugueses, y acogieron á bordo al ca- 
pitán castellano; mas no bien puso éste el pié en la barca, 
disparó un pistolete que á prevención llevaba escondido, 
y ai rumor acudieron en tropel á la marina los arcabuce- 
ros del destacamento que, emboscados en lugar cercano, 
aguardaban impacientes la convenida señaL Los medro* 
sos barqueros, de espanto enteleridos, nada híciercm para 
oponerse á los planes de Serrano, y procedieron con buen 
acuerdo, que de seguro lo pasaran peor si en el impre- 
visto trance intentaran la más floja resistencia, A toda 
prisa se metieron los soldados en la barca hábilmente 



102 



GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



ganada, y, navegando con presteza por el cauce del río, 
se apoderaron ^luego de otras seis barcas más. 

A todo esto, habiéndosele presentado á Sancho de 
Avila, cuando aún no llegara al Duero, dos habitantes de 
un lugar ribereño, quienes le dijeron que, por haber re- 
tirado Don Antonio las barcas hasta una distancia de 4 
6 6 leguas, sería difícil encontrar buen número de ellas, 
como no fuese en un paraje de agua arriba, titulado En- 
trambos Ríos, mandó Sancho al capitán Heredia, del 
tercio de Zapata, que, con los dos portugueses referidos 
y ICO soldados, se adelantase sigilosa y rápidamente al 
expresado sitio, para tomar las barcas que allí hubiese. Y 
tan bien se hizo la operación, que Heredia apresó 25 bar- 
cas de distintos tamaños, algunas de ellas cargadas de 
ropa, y otras de trigo y harina (l). 

Y como á las barcas cogidas por Serrano y Heredia 
se agregaron las que vinieron á ofrecer al jefe español 
los moradores del lugar de Masarelos, grandemente irri- 
tados por la crueldad de Don Antonio (quien en castigo 
á su desobediencia había hecho quemar sin conmisera- 
ción los albergues de aquellos infelices moradores), se tuvo 
ya no despreciable número de embarcaciones, para cuya 
guarda envió diligente Sancho de Avila 50 mosqueteros 
y las dos compañías de arcabuceros que mandaban Don 
Claudio de Beamonte y Miguel Benítez (2). 

Juntando así, con las que en carros se traían, unas 40 



{i) Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha en Porto, á 3q 
de marzo de 1581. Los pormenores que en eUa se expresan los daba San- 
cho, para disculparse de las acusaciones de Doña Juana de Silva, madre 
del conde de Feria, la cual se quejaba del robo de sus ropas y dinero. Do- 
cumentos inéditos, tomo XXXI, ^ág. 37a. 

(a) Franchi Conestaggio, Union de Portugal á la corona de Castilla, 
lib. VII. — Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, en 34 de octubre 
de 1580. Doc. inéd., tomo XXXI, pág. 394. — Relación de la facción que 
Aijo Sancho de Avila con Don Antonio. Doc. inéd., tomo XL, pág. 377. 



ik.«]*«^ 



DURANTE EL REINADO DE DON rUlft 11 103 

barcas, disponíase Sancho á proseguir 9U camino é in- 
tentar el paso del anchuroso Duero, bien que la opera- 
ción fiíese sobremanera dificil y arriesgada. Temeraria, 
y no sin motivo, la suponían los subalternos que allí 
militaban; la condición desfavorable de las orillas del 
Duero, ásperas y escarpadas por todo extremo, era, en 
parecer de aquellos veteranos, circunstancia que haría 
imposible e! paso en otro paraje que no fuese al frente 
de la pequeña dársena de Piedra Salada que, previsora^ 
mente y con buen juicio, fortificara Pon Antonio guar- 
neciéndola con grueso presidio; y demás de esto no había 
barcas en número suficiente para transportar de una vez 
á la margen derecha considerables fuerzas de infantcria, 
que asegurar pudieran el éxito de la proyectada opera- 
ción. Bien conocía Avila la importancia de tales obs- 
táculos, que ftiesen bastantes á detener otro capitán me- 
nos resuelto que él; pero influyendo de modo poderoso 
en su ánimo la escasez de bastimentos que en su campo 
8c dejaba sentir, y la presteza con que acudían en socorro 
del Porto las fuerzas allegadas por los tenientes del Fnor. 
decidió realizar su propósito, convencido de que la ma- 
yor dilación, aumentando las dificultades de la empresa 
por el acrecimiento que en medios materiales cuanto en 
robustez moral recibieran los enemigos, á éstos y no á 
íl había de favorecer (l ). El jefe Üustrc que en la bata- 
lladora escuela de Flandes aprendió á despreciar los pe- 
ligros, combatiendo denodado tm día y otro día, sm dar 
al cuerpo descanso ni al espíritu sosiego; que al pelear 
en unión de los más renombrados capitanes, ocupaba 
siempre eminentísimo puesto, siendo intrépido entre los 

Ha, lib. Vil. 



104 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

intrépidos y bizarro entre los bizarros; que desañando 
las inclemencias de helada atmósfera, y atravesando ríos, 
canales y brazos de mar por entre apiñadas filas de ba- 
jeles enemigos, con el agua á la garganta y la espada en 
alto, acometiera el primero empresas arriesgadísimas que 
asombran los ánimos más audaces y atrevidos; que con- 
duciendo tropas inmortales, alejadas de su patria y des- 
atendidas con insistencia tenaz de su gobierno y mo- 
narca hasta en lo que menester les era para sus aten- 
ciones apremiantes, luchara sin tregua ni descanso sobre 
estrechos diques y fangoso suelo contra adversario enér- 
gico é implacable, en medio de país enemigo y en el 
rigor del invierno, sin esperar más protección que la 
del cielo ni más amparo que el esfuerzo de su nunca 
abatido corazón; que bajo plomizas nubes y rodeado de 
bruma densa llevara á desigual y mortífero gombate 
aquellos tercios célebres, sin desfallecer jamás ante ta- 
mafías contrariedades é indecibles riesgos, no había de 
vacilar á la vista del obstáculo que le presentaba la 
vecindad del Duero, obstáculo que, siendo, á no du- 
darlo» importante y peligroso, no es bien se le compartí 
con otros tenidos por insuperables que, merced á su per- 
severancia y valor, venciera con sin igual coraje en más 
apretada contienda. Así fué que, levantando el campo el 
día iS de octubre, marcha Avila á ponerse á legua y 
media del enemigo, y en la mañana siguiente ganó el 
arrabal y fuerte de Vilanova de Gaio, que sin más re- 
sistencia que unos cuantos disparos de arcabuz diósc 
con facüidad á Don Pedro de Sotomayor, quien con al- 
gunos soldados habíase adelantado á reconocer la forta- 
leza ( i). Quedaba de tal suerte en poder de los castellanos 



(i) Herrera, Historia de Portugal j^ conquista de las islas Azores ^ li- 



DURANTE EL REIN'ADO DL DON FEilFE U 105 

la ribera izquierda del río; y para aprovechar el desmayo 
qye csfe contratiempo causó á Don Antonio, adelantóse 
efi persona Sancho al efecto de explorar las orillas, ha- 
llando en AvínU-s, á media legua del ejército, punto ade- 
cuado para el paso; pues si no dejaba de ofrecer inconve- 
nientes la aspereza del terreno^ eran allí las dificultades 
menores que en otro cualquier paraje, y lo© poco previso- 
res lusitanos, creyendoi con mal cálculo^ sitio único para 
forzar el Duero la posición de Piedra Salada, ten jan 
aquella de Avintes del todo desprovista y abandona- 
da (l). 

Tomando al punto su deterniinación» retorna Sancho 
de AviJa al campo, junta los capitanes de su tropa, y con 
inspirado acento y frase llena de fuego, coma quien está 
convencido de la bondad del plan, anuncíales su resolu- 
ción de pasar sin demora á la diestra margen, pues sien- 
do la empresa hacedera, no merecen las tropas nuevas y 
mal prevenidas que á su frente se hallan, más cuidado 
ni recelo que aquellas deshechas en Cascaes y las que 
en mayor número y mejor preparadas fueran rotas y 
dispersas en las vecindades de Lisboa. Recuérdales á to- 
dos las hazañas que en otros tiempos realiííaran en la inun- 
dada Zelanda, y para excitar en alto grado su valor y ar- 
dimiento, díceles que sí loa adversarios son muchos y 
están bien apercibidos, tanta más gloria han de ganar en 
vencerlos; que siempre van el mérito y galardón en ar- 
monía con los riesgos y azares de la jornada (2), 



bf© III,— Ff anchi Conestsggio, UniOfí dt Pi^rtu^iii a ia f^romt £Ít CítsH- 
A», lib. Vll.^Reídnón dé la faicién qué hí^P Saníhndf Avila am Don 
A nUn f if . — ^Doc , m^ú . , tínu o X L , p,ig í 7 7 ■ 

|t) Hcrrcf^, HhtúrU de Porta^ai, Hb. 111.— Frinehi Conwtaggío, 
Unwn df Pfirhtgit/^t fáiLfironj dt C&stiUii, Ijb. VII. 

Í3) Fr:mt.*hi Concstjggitn Unión df P^fhtj^tr! d Lt * airona de Caiiillt 



io6 



GXTERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



Oídas la enérgica arenga y convincentes razones del 
experto capitán, cobran ánimo los tibios y confianza los 
cautelosos. Sin pérdida de momento dá Avila traza y 
orden para la inmediata operación: sobre la ribera, y 
Trente á la ciudad, hace plantar la artillería, harto exigua 
por cierto, con objeto de ofender á los defensores y te- 
nerles en constante alarma; y, siendo su resolución cru- 
zar el río en Avintes con la tercera parte de su gente, 
porque el portugués cayese en el lazo, manda que Don 
Rodrigo de Zapata, colocado con numerosa tropa en la 
inmediación de Piedra Salada, entretenga con brioso 
alarde al enemigo lo mejor que pudiere, como si se in- 
tentara efectuar por aquel sitio el paso de toda la fuerza. 
Piensa así cl diestro jefe envolver por el flanco izquierdo 
al conñado adversario, al mismo punto que, haciendo 
Zapata mayor esfuerzo, le acometa vigorosamente por 
el frente. Siguiendo de cerca la ejecución al pensamiento, 
después de dejar para custodia del campo y de la artille- 
ría, reducida tropa de españoles y tudescos, camina San- 
cho en silenciosa noche con el mayor recato, y, antes 
de alborear íd día 21 de octubre, llega con fuerzas de 
Ñapóles, Lombardía y Moreno al elegido paraje de 
Avintes, donde con antelación había dispuestas número 
grande de barcas para realizar sin demora el paso del cau- 
daloso Duero. Atraviésalo antes que nadie el decidido 
capitán Serrano, y con diez arcabuceros adelántase á re- 
conocer una casa y trinchera, donde á buen sueño reposan 
los soldados de un grueso puesto enemigo (l). Sin vaci- 
lar ante el número de sus contrarios, menos tarda el espa- 
ñol en acometerlos, que ellos en prevenirse á la defensa. 
Corre en auxilio de los nuestros Don Fernando de Agre- 



it) Tcníü este destacamento 300 hombres, al decir de AntODÍo Escobar. 



i 



DlTRANTl EL REINADO DE DON FELIPE II IO7 

da con los mosqueteros deJ tercio de Ñapóles, y asi como 
ven el arrojo de los castellanos, dánse á huir los mal* 
aventurados portugueses, dejando muertos lO 6 12 en 
el sitio de la refriega. Todavía avan^n los de España á 
ocup^ir una trinchera cercana, y allí hacen alto mientras 
toma tierra en la orilla derecha el resto de la gente. Con 
cj apr^uramiento que el caso requiere, desciende á se- 
guida Sancho de Avila por el borde del río con dirección 
á Piedra Salada, y en breve carga animoso sobre los 
asombrados lusitanos, muy entretenidos á esta sazón en 
estorbar el paso á las fuerzas de Zapata* 

En el entretanto, aunque este reputado maestre de 
campo fuera de opinión que se aguardase mejor coyun* 
tura para acometer las posiciones del contrario, coad3niva 
con su pericia acostumbrada á los propósitos de Avila, y 
corresponde á la confianza que su jefe en él depositara at 
señalarte delicado cargo. Metiendo la infantería en diez 
barcas, y conduciendo á nado los caballos, finge con astu- 
cia y habilidad que es su intento atravesar eí Duero en 
Piedra Salada ^ é industriase de tal modo para entretener 
al eneniigo, que juzgando el portugués ser verdadero 
ataque ío que sólo es en un principio falso amago, acude 
con toda su gente á la custodia del fortificado paraje, sin 
descubrir ni imaginar siquiera la tempestad que se cierne 
amenazadora sobre su flanco izquierdo. Condúcese, pues^ 
el negocio á completa satisfacción del afamado caudillo, y 
en tanto que éste de su parte arremete brioso á los des- 
concertadc^ adversarios» convirtiendo Zapata en acome- 
tida resuelta lo que fuera hasta entonces engañoso ardid, 
gana la diestra orilla, dá sobre el azorado enemigo con 
fiero coraje, apodérase de sus trincheras y artillería, y 
juntándose en breve á Sancho de Avila, presencian 
ambos capitanes la acelerada fuga del lusitano, que á 



I08 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

gran beneficio tiene salir con vida del aventurado trance 
en que se viera(l). 

Y no es escasa la ventaja que obtuvieron los españo- 
les con trasponer tan á poca costa el anchuroso río; pues 
si Don Antonio tuviese de jefe hábil, tanto como de re- 
voltoso }' activo, el paso del hondo Duero costárale 
mucho al jefe castellano, por grande que fuera su des- 
treza y íinimosos los soldados que dirigía. 

Batidos los del Prior en Piedra Salada, encamínanse 
Jos unos á la ciudad, y como los de dentro les cierran las 
puertíís, toman posición en las afueras de la que dicen 
del Olivar, mientras los otros se rehacen en una altura 
próxima. Absorto Don Antonio al ver á los españoles en 
la orilla derecha del río, que tuviera por infranqueable» 
y lleno de temor ante la magnitud de la rota que pre- 
sagia, procura animar á los suyos, infundiéndoles alien- 
tos y esperanzas que él mismo ya no siente ni abriga; 
pero al observar la inutilidad de sus esfuerzos, abandona 
el campo de la lucha, y seguido de los más fieles, diríge- 
se á \'íana por excusadas sendas. Ignorando la fuga del 
pretcnLlicnte, destaca Sancho de Avila algunas compa- 
ñías de arcabuceros contra los enemigos apostados en 
eminente sitio, al tiempo que en persona, y con más nu- 
merosa tropa, marcha en busca de aquellos que á los 
muros del Porto se acogieran. Desbaratados unos y 
otros después de flaca resistencia, huyen los portugueses 
cñ todas direcciones perseguidos por la caballería espa- 
ñola, que regresa luego al campo, porque el tiempo Uu- 



(t) Herrera, Historia de Portugal y i onquista de Us islas Azores, li- 
bro III — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la corona de Casti- 
lla^ lib. VII. — Relación de la facción que ki:fO Sancho de Ávila con Don 
AnioHiú. Doc. inéd., tomo XL^ pág. 378. 



DURANTE EL REINAIXJ DE DON FELIPE 11 lOQ 

vioso y los muchos caminos que en multitud de sentidos 
parten^ facilitan en gran manera la salvación de !os ate- 
rrados fugitivos (i). 

Aprovecha Avila con presurosa actividad las venta- 
jas conseguidas^ y acércase sin demora al Porto, Ju;íga 
equivocadamente el veterano maestre de campo que tras 
la rota habráse recogido Don .Antonio en la murada 
ciudad, y en tal creencia ocúpase en elegir sitio para co- 
locar la batería, cuando los sobrecogidos habitantes so- 
licitan parlamento y levantan bandera de paz. El magis- 
trado de la Cámara presta obediencia al Rey Católico, y 
el diligente vencedor, atento ú las instrucciones que del 
duque de Alba recibiera, manda cerrar y custodiar las 
puertas de la plaza al efecto de impedir la entrada á la 
revuelta tropa. Tan oportunas y eficaces disposiciones 
evitan el saco de la opulenta ciudad, y sí bien es cierto 
que en ¡os primeros instantes se cometen algunos exce- 
sos por pequeños destacamentos, que, burlando esmera* 
da vigilancia, lograran franquear el muro por la parte de 
la marina, advertidos los capitanes, acuden solícitos á re- 
mediar el desorden, restablecen con sereno vigor la 
tranquilidad en la población. 

«Por mucha diligencia que he puesto, escribía en 
24 de octubre Sancho de Avila al duque de Alba, por- 
que no padeciesen los desta ciuda^.t y arrabales, no han 
dejado de llevar alguna parte de repelón de saco, porque 
los soldados son insolentísimos, y digo á V. E, que he 



(1) Fratichi Coiícstaggio, Uniéít de Portugal á ía corona de CaililLi^ 
lib. Vll^—^Rdacion de ia facivón que hi^o Sancfio de A^ i la l un ira Don 
Aniünio, Doc. ined., tomo XL, pag. 378. — Eehdén dtf ¿a vuíoriiij í¡ue 
nufsirú sefior^ fue senndo d^ dar a¿ r/érato de S. M. ^ne Ueváha Sancho dt 
Avila. DüC. inéd,, tuina XXVlIj pág. |Si, 



no 



GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



ahorcado y descalabrado muchos, que no he hecho otro 
tanto en mí vida* (i). 

Y en otra carta posterior dirigida á Zayas, decía 
también sobre este mismo asunto Sancho de Avila: 
Prometo á V, m, que costó más sangre de soldados cas- 
tellanos de mi mano y de los capitanes por estorbarlo, 
que no de portugueses» (2). 

Dentro del Porto se tomaron más de 20 piezas de 
artillería^ y otras cuatro en el paso del río; y al contem- 
plar lo que á su alrededor pasaba, rindióse también el 
castillo de San Juan, donde Avila puso de guarnición la 
compañía de Don Luís Ribera. El resto de la tropa cas- 
tellana se alojó por entonces en el arrabal, quedando á 
cargo de los alemanes la custodia de las puertas (3). 

De esta suerte, y por virtud de bien conducidas ma- 
niobras, íué deshecha en breves horas la muchedumbre 
portuguesa, fortalecida por la naturaleza y el arte, ya 
que no por la disciplina y el valor. Las escasas tropas 
que gobernaba Sancho de Avila rompieron y dispersa- 
ron la poco sólida hueste del Prior de Crato, que por su 
número y situación llegó á inspirar algún cuidado á los 
expertos capitanes de Castilla, y que, pareciendo tanto 
más imponente cuanto más de lejos se la consideraba, 
infundió en la corte de España bastante recelo, del cual 
no se sentía poseído, por lo menos en tan alto grado, el 
ilustre duque de Alba, 

Transmitiendo al secretario Gabriel de Zayas la no- 
ticia de la importante v^ictoria del Porto, deda el gene- 



(i) Doc^ Lnéd. pstTA id HisL de Espada, tomo XXXIII, pág. 396. 

Íaj Doc. m¿d., tomo XXXÍ^ págs. 336 y 337. 
}) R^Ucióti de la /]iírción qiw hi\o Sancho de Ávila con Don Antonio, 
Doc. iüéd., tomo XXXIII* pá^. 3 So.— Carta de Sancho de Avila al du- 
que de Alba, techa en Porto a 33 de octubre. Doc. ¡néd., tomo XXXI, 
pág. 39a. 



) 



i 



DURANTE Eh REINADO DE DON fEliPE U III 

ral español en carta de 29 de octubre: «También ac 
habrá entendido ahí que yo envié la fuerza que era me- 
nester para allanar aquello, y cuando envié á Sancho de 
Avila, medí las fuerzas que el enemigo podía tener, 
y que, cuando no fueran con la persona de Sancho de 
Avila, con cualquier otro, tanto más yendo él, que, cuan- 
do fuera con mucha menos fuerza, era muy bastante 
para deshacer la del enemigo, y s¡ ahora le quería enviar 
más gente era porque me sacaban el alma y no por en- 
tender que, aunque llegara, fuera menester* (l). 

Y, á decir verdad, no parecía irrazonable desconfiar 
en el éxito de ia arriesgada empresa. Tenía Don Anto- 
nio á sus órdenes de g á 10.000 hombres: cubríale por 
el frente temible y muy serio obstáculo, y, para el caso 
de ser batido» ofrecíale la ciudad del Porto seguro y 
fuerte refugio (2). Poco ducho en asuntos militares, se 
dejó el Prior de Crato engañar por la industria y maña 
de su inteligente adversario, y preocupado (acaso más de 
lo que debiera) en poner su persona en cobro, cayó de 
ánimo luego que estuvo el castellano cerca, desamparan- 
do á su colecticia gente en tiempo que aún le quedaban 
medios de defensa, que, bien aprovechados, no fuera 
Avila bastante poderoso para vencer mientras no pusiese 
en acción más numerosa tropa y más potente artillería 
que las que llevaba consigo. 

Apesadumbrado Don Antonio por el descalabro su- 
frido cuando más lisonjero suceso aguardaba, abandonó 
el sitio del combate en la mañana del día 22 de octubre. 



( 



(1) Doc. ínéd. para la Hist. de Español, tomo XXXIII, pdg» sii. 

(3) <Yo no jue he káUado ca cosa que taoto cuidado me nayj djdo, 
ni con Unta díBcultad como ha. habido. p (Carta de Sancha de Avila ai 
secretario Juan Delgado, fecha el 33 de octubre* Doc. íned., tomo XXXJ> 
pág. aaa). 



112 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

y con él marcharon 40 jinetes, que eran sus más fieles y 
resueltos partidarios. Caminando por Arouca, Viráo y 
Barcellos, é impulsados por el miedo de caer en manos 
de Sancho de Avila, tan gran precipitación se dio para 
huir la atribulada comitiva, que sin detenerse un punto 
llegaron parte de ellos á Vianna do Castello en la media 
noche de una muy lóbrega, obscura y lluviosa, en la in- 
feliz situación que describen las siguientes frases de una 
carta de aquella época: 

«Aquel día (el 22 de octubre) llegó Don Antonio á 
Barcellos con tanta prisa y miedo, que no paró en él 
má^ de sólo que le herrasen un caballo. Los que venían 
con él sin capas, ni sombreros, ni espadas, lloviendo á 
cántaros: llegaron con él hasta 40 de á caballo, y todos, 
excepto cuatro ó cinco que fueron con él á Viana, to- 
maron los caminos de la tierra» (l). 

Los habitantes de aquella población recibieron al 
Prior de Crato con demostraciones de contento y pro- 
testas de fidelidad: mas la causa de Don Antonio estaba 
ya enteramente perdida, y era de todo punto inútil pen- 
sar en nuevos aprestos ni apercibirse para nueva resis- 
tencia, dominado como estaba el territorio portugués por 
las tropas de España. Por eso, antes de llegar á Viana 
se dispersaron por toda aquella comarca la mayoría de 
los que con Don Antonio salieron del Porto; y el mismo 
pretendiente, atento sólo á poner su persona en salvo, 
pues era de presumir que el activo jefe adversario había 
de enviar pronto fuerzas en su busca, hizo aparejar apre- 
suradamente un bajel con ánimo de pasar á Francia, don- 
de, por odio á Felipe II, eran muchos en número, y en 



(i) Carta de Don García de Sarmiento á S. M., fecha en Salvatierra 
á 3 de noviembre de 1580. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 238. 



1>UIANTB a irtnCAIK) de don rELtPE a H^ 

calidad no flacos los afectos al partido del Prior (l)» Fué 
éste, sm embargo, tan corto de ventura, que por la mala 
situación de k mar hallóse, luego de embarcado con Ví- 
mioso, el obispLí de la Guarda, Diego Botello, y algún 
otro, en el preciso caso de volver á tierra, con que se 
vio poco después en el mayor peligro de cuantos le ocu- 
rrieran en su azarosa existencia. 

Había sido el desastre de los portugueses en las mar- 
genes del Duero, tan grande cxímo lo fué dos meses antes 
en ias vertientes del arroyo Alcántara. Así como la vic- 
toria del 25 de agosto díó á los castellanos la ciudad de 
Lisboa, valióles el triunfo del 22 de octubre la ocupación 
del Porto; y destro/ado aquí, al modo que en las cerca- 
nías de Ja capitaJ del reino el ejército de Don Antonio, 
salió también fugitiv'o e! Prior con reducido séquito^ 
procurando substraerse á la persecución del vencedor. 

Para desdicha del de Grato, estuvo en Porto más di- 
ligente Sancho de Avila que en Lisboa el duque de 
Alba, Comprendiendo Avila cuan precaria debía de ser 
la situación de Dan Antonio, y resuelto á utilizar las 
ventajas de la victoria, no perdió instante en destacar 
tropas que aniquilasen los dispersos residuos del ejército 
lusitano, y persiguieran sin tregua al malaventurado 
Prior* Acaso procedió de tal modo Sancho de AvíIhi 
tanto por estímulos de su natural impetuoso, cuanto por- 
que el ejemplo de lo sucedido después de la batalla de 
Alcántara claramente demostrara que no era bien fiar 
sólo en las consecuencias lógicas del triunfo, dejando 
escapar al pretensor portugués, quien, quizá si se viera 
libre por espacio de algunos días, acudiera á las energías 



U J RtíbeUtí da Silva, HUinrui df Portugal nm ümhs XVIIe XVIII, 



TOMO n 



114 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

de SU tenaz espíritu para juntar gente y organizar por 
tercera vez elementos de combate, poniendo asi en apuro 
grave al monarca español y á los jefes de su ejército. 

Cierto es que las condiciones del país el día 22 de 
octubre se diferenciaban mucho de las del 25 de agosto, 
porque en la segunda de estas fechas quedaba todavía en 
favor del de Crato una zona muy extensa, en la cual so- 
bresalían ciudades tan importantes como Porto y Coim- 
bra; mientras que, después de la rota del Duero, parecía 
señoreado por los castellanos casi todo el territorio por- 
tugués, y abatido enteramente el ánimo de los parciales 
de Don Antonio; pero, con todo eso, aprovechando la 
fragosa estructura del terreno y los rigores de la esta- 
ción que se aproximaba, pudiera el revoltoso pretensor, 
si no se veía prestamente acosado, disponerse á nuevas 
empresas en las ásperas regiones de Tras-os-Montes y la 
Beira. La actividad de Sancho de Avila en los primeros 
momentos, apoyada después por las incesantes pesquisas 
del duque de Alba, impidieron por completo á Don An- 
tonio todo conato de resistencia. 

El afamado maestre de campo general, al punto que 
obtuvo la rendición del Porto, despachó en seguimiento 
del Prior de Crato fuerza importante de jinetes, constitui- 
da por 50 caballos de la costa de Granada, todos los ar- 
cabuceros y una compañía de lanzas, encargando á los 
capitanes la más solícita diligencia para alcanzar pronto 
al fugitivo. Y tan velozmente corrieron la comarca los 
soldados españoles, que, sin embargo de caminar en país 
desconocido, y de hacer mucha parte de la ruta en tene- 
brosa noche, uno de los destacamentos, conducido por 
Don Fernando de Sandoval, comisario de la caballería, 
habiendo pasado el río Lima por Ponte de Lima, y des- 
cendido después por la diestra orilla, apareció sobre 



DüMANTE EL UEíKADO DE IKiN FEI.IPE II 



do Castiíllo cuando aún no tu vi» 



115 



' lanna do Lastiíllo cuando aun no tuviera tiempo Don 
Antonio de ponerse en cobro (i)» 

Al advertir loa moradores de la villa el riesgo tnmi* 
nente en que el Prior mi hallaba, lograron detener con 
espaciosos pretextos á tos jinetes de Castilla, en tanto 
daban lugar á que, desemb^trcando aquél en la margen 
izquierda del ancho rio, pudiera disfrazarse con traje 
vulgar, luego que hubo repartido entre los marineros de 
la nave, porque guardasen secreto, el dinero que tenía. 
Acudió también allí, en esta sazón, otro grupo de caba- 
llería española, el cual avistó en descubierto arena! la co- 
mitiva de gente á píe que acompañaba á Don Antonio y 
al conde de Vlmioso; pero fué inútil el hallazgo, porque 
á impulsos de insaciable codicia, dieron se los soldados 
con tal ahinco á satisfacer su apetito de riqueíías, que 
pudo evadirse el Prior de Crato; logrando de este modo 
escapar con vida y libertad cuando estaba en manos de 
sus enemigos (2). 

Da perfecta idea del apuradísimo trance en que se vio 
Don ^Antonio, lo que acerca del particular, y con referen- 
cia á Fernán Rodríguez, criado y aconi pairante del Prior, 
escribió algunos días después Don Rodrigo de Zapata á 
Sancho de Avila. Es lo sigincntc: 

cDice {Fernán Rodriguéis ), cómo el Don Antonio 



(I) Cartj Je Sancho de Avila al dtjqje de Alba, fecha en Púfto á 34 
4e oíTltibre de t^o. Oóc, iti<^d., tonio XXXI, pag, aq^.— ídcín id., fecha 
en el lüoíjflfterio fie Pídraek a tS de octtibrci Doc. iu^., tomo XXXI, 
pág. 397. 

fa) Herrera, Mi ío^M í/i' Píír/w/íi/ I- ro«^iíf4/,í i/í' /jj isks A^or^s, U* 
bro XlL — Fraiichi Cone^taggío, Ünion lü Portttf<.il á li torona ée Catfi- 
//iij Ub. VIL— Carta de Sancho Je Avila al dücLue 4c AJt>J, í*cha en el 
moíiíiuer) o de Pálmela á í8 de t>t:tabre. Doc. mt'd., torao XXXI, pági- 
na* 397 á ^9^.^ — ídem td. eo BarceUo* A 4 de ooviembro* D<»c. ¡íied., tu- 
mo XXXI, píigs* J05 i J&7, 



Il6 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

mandó tomar á sus criados el dinero que tenía en la iiave^ 
y que mucha pedrería que tenía en un saco de cañaina- 
zo, que cree lo echaron á la mar, y que yendo por el 
arenal el Don Antonio y otros cuatro ó cinco, vieron 
venir los jinetes la vuelta dellos, y que Don Antonio 
le dijo á éste que se adelantase porque no sospechasen 
ir él allí, viendo ^olpe de gente; y que en la marina 
quedó el obispo de la Guarda en un barco que estaba 
varado en tierra; y el conde de Vimioso y Don Fer- 
nando de Meneses eran de los que venían con el Don 
Antonio; y los jinetes llegaron íí ellos y los comenzaron 
á desbalijar, y que al Don Antonio le desnudaron una 
casaquilla que traía, y le quitaron una espada vieja y un 
anillo de un rubí blanco con las quinas de Portugal, y 
que el oro estaba esmaltado de negro; y que le pregun- 
taron qué adonde estaba el rey Don Antonio, y que éi 
propio dijo que en la nave; y que uno dellos les dijo 
las cestas adonde estaba el jac¿r, y que así los jinetes co- 
menzaron á romper las cestas, y que acudieron todors 
allá y los dejaron; y que el Don Antonio se metió en el 
río, el agua al pescuezo j y que á él y al conde y á otros 
los traían la vuelta del lugar Darque» (i). 

Disgustado Sancho de Avila con lo ocurrido, hizo 
poner presos á los soldados que, movidos sólo por el 
afán del lucro, dejaran escapar al de Crato; y él mismo 
se trasladó al punto á Vían na, é hizo registrar las naves 
á cuyo bordo estuvieran Don Antonio y cuantos le 
acompaíiaban, porque, ya que no se había evitado la 
fuga del Prior, interesaba apoderarse del valioso arreo 
de la corona portuguesa que el pretendiente llevaba 



(i) Carta de Don Rodrigo de Zapata é Sancho de Avila, fecha en 
Braga á xa de noviembre. D<ic. ín£?d.t touio XXXI, pág. 33^ y 536, 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II II7 

consigo. Infructuosas resultaron las pesquisas, porque 
no se halló dinero ni joyas, y únicamente se recogieron 
en el arenal algunas armas y piezas del jaez, que, aun- 
que eran de oro, no tenían ninguna piedra de gran 
valor (i). Merced á las disposiciones tomadas por Avila 
se aprehendieron varias personas de las que iban con 
Don Antonio, y el capitán italiano Sforza Ursino, que, 
según se ha dicho, ejerció influencia en el ánimo del pre- 
tensor portugués, siendo quien principalmente dispuso 
la defensa del campo de Alcántara; pero, aun cuando 
fué mucha la diligencia de Sancho de Avila para captu- 
rar al mismo Prior de Crato, no fué favorecida con el 
éxito (2). 

Sintió también pesar grande el duque de Alba de 
que no se hubiera cogido á Don Antonio, cuando estuvo 
entre las manos de los jinetes de Avila, bien que afecta- 
ra no dar al caso demasiada importancia, por hallarse el 
de Crato, en opinión suya, enteramente imposibilitado 
de levantar cabeza (3). Y el rey Felipe, grandemente 
enojado por la evasión del prior de Crato, sospechaba, 
discurriendo sobre el asunto, que para escaparse habría 
ganado el pretendiente lusitano con dinero á sus perse- 
guidores; á lo cual objetaba Sancho de Avila, que era 
excusable la fuga de Don Antonio, hallándose vestido 
con hábito muy diferente del que acostumbraba usar, y 



(i) Cartas de Sancho de Avila al duque de Alba, fechas en el monas- 
terio de Pálmela y en Barcéllos á 28 de octubre y 4 de noviembre de 1580. 
Doc. inéd,, tomo XXXI, págs. 398 y 306. 

(1) ídem id., fecha en BarceUos á 30 de octubre. Doc. inéd., tomo 
XXXin, págs. 119 á xai. En el tomo XXXI, págs. 301 á 305, existe un 
extracto de esta carta con decretos marginales del Rey. 

(3) Carta de Jerónimo de Arceo á Zayas, fecha en Lisboa á 4 de no- 
viembre. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 334. 



Il8 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

que de tal manera lo disfrazaba, que aun por su mayores 
amigos era desconocido (l). 

Más cauto, exigente ó desconfiado el Rey Católico 
que el jefe de su ejército, concedía interés muy grande 
á la libertad que disfrutaba el Prior, cuya permanencia 
en el territorio portugués debía producirles zozobra y 
alarma incesante. No consideraba Felipe II bien concluido 
el negocio mientras no se tomase á Don Antonio muerto 
ó vivo, pues hasta que eso acaeciera no habrían de aquie- 
tarse, en opinión suya, los fidelísimos partidarios que 
aquél tenía (2). Y aunque por tranquilizar al monarca 
insistiese el duque de Alba en que no podía el de Crato 
perturbar el reino, teniendo en cuenta su descrédito y lo 
esparcidos que estaban sus principales adeptos, replicaba 
con adusto ceño el Rey Católico, empleando frase mor- 
tificante para el duque, «en menos fuera si se fuese luego 
tras 61 cuando lo de Lisboa; y porque no acontezca ahora 
Jo mismo, menester es no dejarle hasta haberle á las 
manos» (3). 

Explicable era la molestia que sentía el soberano es- 
panol, y muy en razón estaban sus observaciones. En- 
tretanto que no fuese aprehendido Don Antonio, la tran- 
quilidad de Portugal era sólo aparente: quedaba allí 
oculto el germen de futuras alteraciones; y al modo que 
el fuego latente adquiere á las veces en momento ines- 



( i } Resoluciones margínales puestas por Felipe II al extracto de una 
cartü de Sancho de Avila, en 16 de noviembre de 1580. Doc. inéd., tomo 
XXXI, pág. 514. — Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha en 
Porto i 28 de noviembre. Doc. inéd., tomo XXXI, pág. 332. 

i 2} Observación de Felipe II, puesta al margen de una carta de Arceo 
á Zayas. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 234. 

{5) Carta del duque de Alba al Rey, fecha el 9 de noviembre, con 
notíss al margen de Felipe II. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 113. 



DURAMTE EL REINADO DE DON FEUPE U 



irg 



perado vitalidad extraordinaria que pone en combustión 
rápida espléndido edificio, así podían adquirir nuevos y 
gallardos bríos las pretensiones del prior de Crato, si su- 
cesos nada imposibles, ni aun siquiera poco probables, 
movían nuevamente la discordia á merced de valiosos 
apoyos. Acontecimientos posteriores acreditaron antes 
de mucho cuan previsor fué el juicio de F*elipe 11 y cuan 
atinados sus temores. 




i 




CAPÍTULO IV 



Medios paestos en ejecución para captumT á Don Antoaio.^Edicloa de 
Felipe II. — Tentativas del Prior para fugarse por mar. ^Negociaciones 
de Francisco Ravcio para lograr la sumisión del PretendienteH — Prome- 
sas excesivas de Sancha de Avila. — Tfatns con Duarte de Castro. — Ges- 
tiones de Don Jerónimo de Mendoza. — Preparativos para el embarque 
de Don Antonio,— Disposiciones del duque de Alba para iiiipedtrlo. — 
ApreheusióD de una barca tripulada pcir gente del Prior de Crato.-— 
Proceso de Alpnen y sus complicei. —•Intentos para obtener su eva- 
sión.— Castigo que sufren,— Fuga del Prior y su viaje á Francia. — .'o- 
niísiones de Víllafaño, Tedaldi y otros para a verija uar los excesos co- 
metidos por las tropas castellanas.— * Disgusto que producen en el ejer- 
cito. — ^Pretensiones del duque de Alba para que se le permita ^abr de 
Lisboa y dejar de entender en aquellos asuntíis. — Oposición del monar- 
ca. ---Cargos contra Sancho de Avila.— -Salida del Rey para Hlvas.^ 
Actos de obediencia de los duques de Bragania. — ^Regreso á Italia áol 
legado pontificia. — Resdlucii)ue;!> que adopta antes de partir para casti- 
gar á los religiosos rebeldes.— Viaje de Don Felipe a Thotuar. — Jura 
del nuevo Rey pyr las Cortes alli congregadas. — Peticiones de los 
tres Brazos.— 'Perdón general-^Concesiones del monarca.— Breves del 
Papa para proceder cjntra Don Antonio, el ubispo de la Guarda y 
otros eclesiásticos. — Entrada del rey Felipe en Lisboa.— Sumisión de 
las colonias portuguesas. 



i 



I Mi 



A pacificación material de Portugal quedñ obte- 
nida después de los sucesos de Viannado Cas- 
tello, Ei Prior de Crato, solitario y acongojado, 
harto tenía con substraerse á la vista de sus contrarios» 
recatando con misterioso sigilo rostro y nombre, y ace- 
chando ocasión propicia de salir del reino donde tan 
poco afortunado había sido. La situación de Don Anto- 
nio era por extremo arriesgada y angustiosa, porque con- 
ceptuando Felipe II de grandísimo interés lograr su cap- 



122 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

tura, pusiéronse en ejercicio la actividad, la astucia, el 
soborno y la amenaza para impedir la fuga y lograr la 
prisión del obstinado Pretendit:nte. 

Extraordinarias fueron las pesquisas que al efecto se 
realizaron por todas partes. El duque de AJba, Sancho 
de Avila, los fronteros, emplearon todos los esfuerzos 
de su ingenio y Jos poderosos elementos de que dispo- 
nían para descubrir el paradero de Don Antonio; y el 
marqués de Santa Cruz cooperaba con no menos dili- 
gencia y esmero á la obtención del resultado apetecido. 
En unas y otras direcciones se despachaban tropas, bu- 
ques y emisarios, é inmediatamente se registraban con 
escrupuloso cuidado monasterios, casas y chozas de los 
más apartados y recónditos Jugares, Teniendo la certeza 
de que Don Antonio se escondía primeramente en la 
áspera comarca de Braga y Guimarács, Sancho de Avila 
por una parte y Don Ciarcía de Sarmiento y el conde 
de Lemus por otra, esparcían destacamentos en todos 
sentidos, no dejando en aquel país de bosques y montañas 
sitio que no escudrinaran con afanoso anhelo (l). Es- 
posende, Camina, los pueblos del Valle del Lima, Viseo, 
Lamego, Aveiro, Buarcos, Pederneira, Montemor-o- 
velho, Coimbra y los lugares inmediatos á todas esas po- 
blaciones fueron asimismo objeto de las investigadoras 
exploraciones que mandó efectuar Sancho de Avila (2): 
y como más tarde presumiera este ilustre capitán que el 
de Crato se había corrido á los fragosos lugar^ de la 



(z) Carta de Sancho d« Avila al duque de Alba, fechfl en Bar cellos i 
8 de noviembre. Doc. inéd., lomo XXXl, pág. 343. — Itleni de Don Ro- 
drigo Zapata á Sancho de Avila, fecha en Braga a 13 de de noviembre. 
Doc. inéd., tomo XXXI, pág. 325. — ídem de Don García de Sarmiento 
al Rey, fecha en Salvatierra á 3 de noviembre. Doc. inéd., tomo XXXIII. 
pág. 339. 

(2) Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha en Porto á 38 
de noviembre. Doc. inéd., tomo XXXI, págs. 331 y 333. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U 123 

sierra de la Estrella, dispuso que siete banderas de Don 
Rodrigo de Zapata y dos compañías de jinetes se exten- 
diesen por aquellas asperezas, en tanto que otras tropas 
de infantes y jinetes vigilaban lá costa comprendida en- 
tre los ríos Lima y Mondego (l). Pero aunque en mu- 
chas ocasiones se creyó tener en las manos á Don An- 
tonio, siempre lograba éste evadirse, gracias al favor 
que en su infortunio le ofrecían todos los habitantes del 
país lusitano, y especialmente a! apoyo que el clero re- 
gular le daba. 

El rey Don Felipe hacía por sí mismo cuanto era 
menester para capturar al Prior de Crato, y no omitía 
medio alguno para conseguirlo. Con tal objeto, redactó 
un edicto, prometiendo perdón completo de ías culpas y 
delitos cometidos en su daño, á todo el que prendiese ó 
denunciase á Don Antonio; ofrecía también grandes 
mercedes, juntas con la confirmación de sus privileg^ios^ 
franquicias y libertades, á las ciudades y villas que de la 
propia manera le sirviesen; y á la vez se comprometía á 
recompensar generosamente á quien, no habiendo delin- 
quido, le prestara de igual modo su ¿isistencía. Y si por 
obtener ia prisión del Prior, se veían en la necesidad de 
darle muerte, les aseguraba á todos las mismas ventajas 



([) La situación de las tropas de Sancho de Avila ea mar so de i^St, 
en ta siguiente: siete compañías del tercio de Zapata y áo% compaftias de 
jinetes extendidas por los valles y montañas da Ballesteros y Estrella; 
en Hsguer^, á aiedia legua de Aveiro, la compañía de Miguel Benítez; en 
la Frelrii tres compañías de caballos para vigilar la costa de Ovar; en 
Mütosiftos y Le^a do>» compañías de jinetes; en luv.ira, dos banderas de 
Herma si lia y Don Juan de Córdoba; en Barcellos y Esporende dos compa- 
rtías de infantes; en Ponte de Lima cinco compiftias del tercio de Don 
Diego de í^.órdoba; en Guimaráes, Don Rodrigo de Zapata con seis com- 
pdñiast tres de elias de tudescos; en Coimbra, Montenior^o-vellio y Porto 
el t€$ta de la fuerza. Doc* inéd.^ tomo XXXI, p^g^* }^b Y 3^^' 



124 GU£RRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

que si lo presentasen vivo (l). Este edicto lo hicieron 
publicar el duque de Alba y Sancho de Avila al concluir 
el mes de octubre; y el segundo, por su parte, siguiendo 
las indicaciones del jefe del ejército, apoyah^i eficazmente 
las gestiones del monarca, requiriendo á todas las villas 
y lugares puestos á su alcance, para que acudiesen in- 
mediatamente á dar la obediencia al rey Don Felipe, 
bajo la amenaza de ¡r él, 6 persona delegada suya, á so- 
meterlos y quemarles sus casas y haciendas » ejecutando 
ejemplarísimos castigos. Asimismo dictó Avila un bando, 
imponiendo pérdida de la vida y de sus bienes á tos que 
no prendiesen á Don Antonio pudiendo hacerlo» iguaJ 
que á quienes, sabiendo el paradero del Prior de Crato^ 
no viniesen á descubrirlo (2). 

Pero fué en vano que se prodigaran sin tasa prome- 
sas, dádivas y amenazas de muy diverso linaje, y que se 
emplearan la sagaz negíx;íaci(^n y la habilidosa asechanza. 
Viendo el Rey Católico la inutilidad de sus esfuerzos, pu- 
blicó un nuevo edicto á principios del año 15S1, coa 
amplia promesa de perdón y recompensa á quien entre- 
gase á Don Antonio (3); y al decir de Antonio Herrera y 
Franchi Conestaggio, escritores generalmente verídicos, 
á los cuales sigue RcbeUo da Silva, irritado l^^clipe de 
Austria porque la lealtad portuguesa triunfaba de los 
arbitrios puestos en acción para prender al Prior de Cra- 



(i) Este edicto, que tiene la fecha de 5 de octubre de 1580, figura en 
la Colee, de doc.» titulada Governo de Hexpanha^ toiuo I, fol. 14^, que se 
conserva en la Biblioteca Real de Ajuda. (Rebello da Silva, Historia de 
Portugal nos sécalos XVII e XVIII, Introducfao, cap. VI. tomo II, pá- 
ginas 571 y 573). 

(2) Cartas del duque de Alba á Zayas, fechas en Lisboa á 11 y 3? de 
octubre. Doc. inéd., tomo XXXIII, págs. 127 y 180. — ídem del duque 
de Alba á Sancho de Avila, fecha el 28 de octubre. Doc. inéd., tomo 
XXXIII, pág. 209. 

(3) Carta del rey Felipe al duaue de Alba, fecha en El vas á 7 de 
enero de 1581. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 421. 



DtTRANTE ÉL RfilNABn DE DOTÍ FELIPE 11 125 

to, puso á talla la cabeza de su competidor, ofreciendo 
por ella la cuantiosa cantidad de 80.000 ducados. Como 

no hemos podido encontrar el edicto citado, al que sólo 
en términos generales se refiere la carta que, desde 
Eivas y con fecha 7 de enero de 1581, escribió el mo- 
narca español al duque de Alba, carecemos de medios 
para comprobar si son exactas las afirmaciones de los 
antedichos historiadores^ y sj la larga promesa de remu* 
neración indicada por Felipe II, es la que señalan Herrera 
y Fr anchi Conestaggío. En aquellos tiempos se recurría 
con frecuencia á procedimientos abominables que la con- 
ciencia repugna; y no eran, á la verdad, exclusivos de 
esta 6 de la otra nación, de este ó del otro soberano, que 
por todos, y en todas partes, solían emplearse de un 
modo público y solemne con mengua de los eternos 
principios de la moral y del derecho. 

En honor del buen nombre lusitano, nos complace- 
mos en consignar que no se obtuvo por tan aviesos me* 
dios mejor resultado que el que precedentemente se al- 
canzara por más dignos y lícitos manejos. La caballero- 
sidad é hidalguía de los portugueses^ merecen calurosos 
elogios de toda alma honrada, y enaltecerlas cual se 
debe, antes satisfacción que pesar nos causa. Celebraría- 
mos tan nobles sentimientos, aun tratándose de países 
enemigos; y no hemos de negar cl aplauso á nación se- 
mejante á la nuestra, como que su raza es nuestra misma 
raza, y tenemos vínculos comunes de sangre y de origen- 
Para substraerse mejor á las pesquisas de las tropas 
y agentes de Castilla, anduvo Don Antonio, por espacio 
de varios meses, errante de un lugar á otro, logrando 
muchas veces escaparse con notorio riesgo merced á 
casuales circunstancias. Debían, sin embargo, atormentar 
tristemente al de Crato la inquietud y zozobra constante 



ñ 



120 GUERRA di; anexión en PORTUGAL 

con que pasaba sus días, y natural era que procurase 
g^nar el Océano para trasladarse á otro país donde halla- 
ra buena acogida, y aun eficaz apoyo para sus pretensio- 
nes ulteriores, Ningúa puebio le ofrecía á Don Antonio 
ventajas tan g^randes como el francés, donde » por odio á 
Felipe II, se mostraban dispuestos á socorrerle el rey 
Enrique IH y Catalina de Mediéis, y donde, además, según 
informes que le comunicaban sus agentes oficiosas y 
Pedro d'Or, cónsul de Francia en Lisboa, podía contar 
el de Grato con la adhesión resuelta de muchos nobles y 
de la misma muchedumbre popular. 

Hiciéronse, pues, muchos secretos preparativos, y 
realizáronse variados intentos para que Don Antonio se 
fugase por mar, entre eílos uno dispuesto por el monarca 
francés y su madre, el cual proyecto no alcanzó buen su- 
ceso, á pesar del sigilo y esmero con que se había proce- 
dido, bien por incapacidad del agente de la corte del 
Louvre, 6 porque, temiendo el prior una celada, rehusara 
el acompañar á Pedro d*Or hasta la embarcación que al 
efecto se tenía prevenida. Rebello da Silva, apoyándose 
en el relato de la Bri^/z'f et súmmaire description de ia 
vi£ ei mort de Don Antoinc, pranier du íwm i díx luitit- 
me roy de Portugal ^ impresa en París en 1Ó29, y dando 
sobre todo valer al testimonio del hijo del pretendiente 
lusitano, afirma que al cabo tuvieron fin los sobresaltos 
del Prior de Grato el día 6 de enero de 1 58 1, en que el 
portugués logro embarcarse en un navio de Enchuse, 
cuyo capitán, Gornelio de Egmont, le proporcionó el 
deseado transporte á Francia. Y como esta aseveración 
de Rebello da Silva contradice la de la generalidad de 
los historiad ores, que suponen á Don Antonio en Portu- 
gal hasta el mes de julio de 15SI, se re\^elve contra 
estos publicistas el escritor lusitano, afirmando que antes 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE U 127 

de esa fecha había desembarcado el de Crato en Calais 
para visitar á la reina de Inglaterra, Isabel Tudor, y re- 
grresado después á Dieppe, donde le esperaban Strozzi, el 
conde de Vimioso y Antonio de Brito, que representaba 
al Prior en la corte de Francia (l). ^ 

Al examinar las razones aducidas por Rebello da Sil- 
va en apoyo de su opinión, parece que un deber de jus- 
ticia impulsa á adherirse á ella; pero analizado bien el 
asunto, fácil es demostrar el error en que, guiado por 
equivocados informes, incurre el erudito historiador por- 
tugués. 

Es, por de pronto, un hecho indudable que, durante 
el mes de diciembre de 1 580 y el de enero de 1581, an- 
duvo Sancho de Avila en tratos para obtener la sumisión 
de Don Antonio, valiéndose de uno de los grandes ami- 
gos de éste, Francisco de Ravelo, vecino de Guimaráes, 
hombre rico y caballero del hábito de Cristo, que en 
unión de Fray Diego Carlos, de la orden de San Fran- 
cisco, viniera acompañando al Porto á una hija del Prior 
de Crato, llamada Doña Luisa, y debía conocer el para- 
dero del pretendiente fugitivo^ en cuyos negocios solía 
intervenir. Ravelo solicitó en 22 de diciembre de 1580 
un plazo de veinte días, prorrogado luego por diez días 
más, para negociar con Don Antonio y traer á Sancho 
de Avila respuesta concreta y autorizada con la firma 
del mismo Prior. El afamado capitán español desconfiaba 
del resultado de la negociación (2); pero como las cosas 
pasaron muy adelante, se aventuró á prometer al de 
Crato que el rey Don Felipe le otorgaría mercedes ma- 



pituio ^ 



Historia de Portugal nos séculos XVII e XVIII, Introducfüo^ ca- 
► VI, tomo n, págs. 578 y 579. 
(3) Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha en Porto á 2} 
de diciembre de 1580. Doc. inéd., tomo XXXI, págs. 560 y 561. 



i 



128 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

yores de las que hasta entonces se le habían ofregido sí 
se entregaba á su clemencia. Respondió entonces Don 
Antonio en iflírminos de conciliación, pidiendo se pun- 
tualizaran las gracias que el rey Felipe se proponía con- 
cederle; y como Sancho de Avila carecía de poderes 
para hacer declaraciones de esa naturaleza, despachó á 
Ñuño Orejón con sendas cartas para el Rey y el duque 
de Alba en demanda de instrucciones para arreglar á 
ellas su conducta (l). 

Temía Sancho de Avila que la buena disposición del 
Prior fuera solo aparente, y que no más aspiraba Don 
Antonio á ganar tiempo y conseguir que, fiándose los 
de Castilla y suspendiendo ó aminorando las diligencias 
para capturarlo, le fuera á él fácil embarcarse sin gran 
peligro. Por eso, á la par que negociaba, extremaba 
Sancho sus disposiciones para prender al de Grato, pen- 
sando que, en último resultado, la negociación que con 
Ravelo sostenía habría de darle alguna luz sobre el pa- 
radero del fugitivo (2). Hay motivo, sin embargo, para 
creer sinceras las manifestaciones de Don Antonio, pues 
en carta dirigida á su agente fray Diego de Carlos, decía 
el pretensor lusitano que «estando cansado y di^[ustado 
deseaba encontrar un medio honrado que le librara de 
los trabajos presentes :^, y encargaba después que de su 
parte expresara aquél á Sancho de Avila cuan agradeci- 
do le quedaba por sus buenas intenciones y la benevo- 
lencia que dispensara á su hija Doña Luisa (3). 



(i) Carta de Sancho de Avila al Rey, fecha en Porto á 36 de enero de 
1 581. Doc. inéd., toiuo XXXI, págs. 56a y 565 

(a) Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha en Porto á j^ 
de diciembre de xs8o. Doc. inéd., tomo XXXI, pág. ^óx.^-Idem id., a 
15 de enero de 1581. Doc. inéd., tomo XXXI, págs. 345 y 346. 

{}) Esta carta se halla inserta en portugués en la Colección de docu- 
mentos inéditos para la Historia de España, tomo XXXI, págs. 570 y 571 



k 



I 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE U 129 

Informado el Rey Católico con oportunidad de los 
tratos en que andaban Ravelo y Fray Diego de Carlos, 
y conocedor de la actitud favorable con que se presen- 
taba Don Antonio, comunicó al duque de Alba instruc- 
ciones precisas relativas á las promesas que en su nom- 
bre habían de hacerse al Prior de Crato, y á las esperan- 
zas de mayores beneficios que, como de suyo, podía 
ofrecerle Sancho de Avila; todo lo cual se hallaba bas- 
tante lejos de las concesiones que aventuradamente, 
bien que con el mqor deseo, había hecho el maestre de 
campo general (l). Malhumorado el duque por la excesi- 
va generosidad de su lugarteniente, se apresuró á ex- 
presarle su disgusto; y, ateniéndose á las órdenes de 
Don Felipe, le previno que en adelante se limitase á es- 
timular al Prior á que se sometiera sin condiciones, ofre- 
ciéndole sólo gracia de la vida, ya que á otro género de 
compromisos no debía extenderse y menos en nombre 
del monarca (2). Sancho de Avila, que tenía todas las 
cualidades de un soldado franco y leal, carecía de apti- 
tudes para dirigir negociaciones acomodadas á la sagaz 
política de Felipe II, y á la falacia con que acostumbraba 
proceder el pretendiente portugués. Por eso, al remitir el 
30 de enero de 1581 al Rey Católico la carta de Sancho 
de Avila, exponiendo el estado de la negociación promo- 
vida por el intermedio de Ravelo, decía el duque de Alba, 
con referencia á la poca astucia que en aquella ocasión 
había desplegado el valeroso vencedor de Porto: «Sabe 
mejor pelear que capitular, y no me maravillo, porque 



(i) Carta de Felipe II al duque de Alba, fecha el 97 de enero de 1581 . 
Doc. inéd., tomo XXXIII, págs. 500 y 501. 

(9) Carta del duque de Alba á Sancho de Avila, fecha en Lisboa á 50 
de enero de 1581. Doc. inéd., tomo XXXI» págs. 565 y 566. 



130 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ha tratado lo uno tantos años, y lo otro jamás b ha 
hecho> (l). 

Mucho sorprendió al soberano español que Don An* 
tonio llevara su atrevimiento hasta el punto de firmar el 
documento en donde se expresaban sus pjetensiones y 
demandas; y considerando que Sancho de Avila se habla 
alargado mucho en las promesas, aprobó lo hecho por el 
duque con objeto de remediar el mil. Para el caso de que 
el de Crato se redujera, accedía Felipe II á qtie se le 
otorgase merced de la vida,/¿?r lo que importada acabar 
con el de una manera ó de otra; y de todas suertes con- 
ceptuaba el monarca que no se hab(a perdido el tiempo, 
pues que con lo acaecido se adquiriera la certeza de que 
Don Antonio continuaba en Portugal (2), 

A fin de evitar que Sancho de Avila, poco ducho en 
L negociaciones habilidosas, incurriese en nueva falta, se 

1^. le envió desde la corte un escrito, que había de ser remi- 

tido á Ravelo, el cual documento contenía las siguientes 
v** declaraciones: Que Don Antonio entendiera que el cami- 

no único para asegurar su persona y cosas era entregar- 
se al rey Felipe, sin capitulación ni limitación alguna. 
Que, por vía de clemencia y grandeza, tenía el monarca 
ancho campo para hacer al de Crato mucha merced; y 
que así no deberían detener á S. E. (Don Antonio) som- 
bras de temor de la vida, porque para asegurársela tenía 
comisión de S. M. (3). 

En este punto concluyeron los planes de concierto 



(i) Carta del daque de Alba al Rey, fecha en Lisboa á 30 de enero 
de 1581. Doc. ¡néd., tomo XXXI, pág. 567. 

(a) Carta del Rey al duque de Alba, fecha el 5 de febrero de xs8i. 
Doc. inéd., tomo XXXIII, págs. 543 y 543. 

(3) Doc. ¡néd., tomo XXXI, págs. 569 y 570. 



DUDANTE EL REINADO DE DON FELIPE U I3I 

negociados por Sancho de Avila y Ravelo, sin duda 
porque Don Antonio no aceptaba las escasas concesio- 
nes que le hacía el rey de España; y recelando el Prior 
que desde entonces se le acosaría con mayor diligencia, 
aumentó sus cuidados para no ser descubierto (l). 

Lo que se acaba de exponer claramente demuestra 
que Don Antonio estaba dentro de Portugal negociando 
un concierto autorizado con su propia firma, en la fecha 
en que Rebello da Silva le supone navegando para Fran- 
cia. Y aun es fácil probar con hechos concluyentes, que 
el Prior de Crato permaneció algunos meses más dentro 
del territorio lusitano. 

Sancho de Avila, que si no era hábil diplomático» dis- 
tinguíase por su actividad celosa en cumplir los deseos 
del monarca, logró obtener el concurso de Duarte de 
Castro, uno de los más influyentes amigos de Don An- 
tonio, ofreciéndole el perdón de sus pasadas culpas, y 
otras mercedes de mucha consideración, que le habría de 
conceder el rey Felipe, si entregaba al fugitivo preten- 
diente. Por aquel tiempo (debía de ser el mes de fe- 
brero de 1 581) había Don Antonio pasado el Duero y 
corrídose hacia el Sur en unión de sus fieles partidarios 
Diego Botello, Don Manuel de Portugal y Manuel de 
Silva. 

Convino Avila con Duarte de Castro que les siguiera 
los pasos el capitán Puebla, al cual enviaba Duarte diaria 
noticia del camino por donde iban el de Crato y sus 
acompañantes; y así fueron marchando los unos en pos 
de los otros hasta cerca de Santarem. Detúvose Don 
Antonio en una quinta cercana á esta villa por espacio 



(x) Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha el 15 de febre- 
ro de 1981. Doc. inéd., tomo XXXI, pág. 348. 



132 GUERRA DB ANEXIÓN EN PORTUGAL 

de cinco días; y luego que salió de ella trataron allí mis- 
mo Duarte y Botello de los medios que podían ponerse 
en ejecución para fugarse todos por mar. Al punto par- 
ticipó Castro á Puebla lo que ocurría; y en su conse- 
cuencia, acordaron ambos la forma de apoderarse del 
Prior de Crato en una casa aislada, á la cual había de 
concurrir éste tan pronto como supiese que todo se ha- 
llaba dispuesto para el embarque, y donde se dejaría cap- 
turar también Duarte de Castro con objeto de que su 
conducta no infundiera sospechas. 

Hallándose en tal estado las cosas, y cuando parecía 
segura la aprehensión de Don Antonio, escribió Botello 
á Duarte un billete, del cual fué portador Pedro de Oli- 
vcira, anunciándole el desistimiento de cuanto quedara 
convenido, y previniéndole que estuviese preparado para 
el I.** de marzo, en que había de ocurrir un gran pro- 
digio. Instado Oliveira para que aclarase el misterio, dijo 
que en un buque francés acababan de llegar el cónsul de 
aquella nación y un emisario con carta de Catalina de 
Médicis, poniendo á disposición de Don Antonio la nave 
que había de transportarle á Francia (l). 

Calculando que Duarte de Castro procedía de buena 
fe, recelaba Felipe II que con él no fuese sincero Di^o 
Botello, bien que pareciese verídica la llegada del galeón 
francés á la costa portuguesa, porque así lo anunciaba 
también el embajador de España en París, Juan Bautista 
Tallis. Y como presumiese el Rey Católico que las ges- 
tiones dichas no alcanzarían por sí solas un feliz suceso, 
resolvió promover otras más eficaces y directas, utilizan- 
do al efecto los buenos oficios de Don Jerónimo de Men- 



(x) Carta del duque de Alba al Rey, fecha en Lisboa á 28 de febrero 
de 1580. Doc. inéd., tomo XXXIV, págs. 6^ á 70. 



nURANTJv EL RE[NADO DE DON FEUPE II 135 

doza, á quien unían relaciones de amistad y parentesco 
con Don Manuel de PortugaK 

La primera conferencia que estos dos personajes ce- 
lebraron, hizo concebir á Mendoza tan grandes esperan- 
zas de buen éxito que, á petición suya, envióle Felipe II 
una cédula para que ningún justicia persiguiese á Don 
Manuel de Portugal ni á las demás personas que Men- 
doza designara (l). 

En estos tratos intervenía también Diego Botello, y 
como él y Don Manuel de Portugal no se recataban, sino 
que, por el contrario, hacían alarde de andar en ne- 
gociaciones que les aseguraban la libertad, dejándose ver 
en sitios püblicosj con escándalo de los aficionados al rey 
FeJipe (2), era de temer que aquellos procediesen arte- 
ramente, y que con su actividad extraña quisieran ocul- 
tar intenciones poco benévolas. En una de las entrevis- 
tas dio á entender Botello á Mendoza que el Prior de 
Crato deseaba echarse á los pies del Rey Católico; y el 
asunto parecía entonces muy bien enderezado^ porque 
si no resultaban ciertas las indicaciones de Botello, Don 
Jerónimo tenia propósito de echar mano á Don Antonio 
y los suyos, para lo cual llevaba la cantidad de gente 
necesaria {3), 

Transcurrió el tiempo sin que se realizaran los anun- 
cios de Botello, y convencido Mendoza de la poca subs- 
tancia de los negociadores portugueses^ se preparó en 
fines de marzo para dar el golpe que meditaba, cogiendo 



[i) Cartel del Rey al duque de Alta, ttchi el % de mnrxo. Docameii' 
tos itiéditos, tomo XXXIV, pigs. 81 ± 87. 

(í) Caria del duque de Alba al Rey, fecha el aS de febrero de i^St» 
Dí>c. inéd., tomo XX XIV, pág$. 68 j 69. 

(1) Carta del Rey al duque de Alba, fech* el 16 de raar^o. Documen- 
tos inédjtos, tomo XXXIV» pigs* 130 y 131. 



134 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

á Botello, y quizás á Don Antonio, en una quinta del pri- 
mero, donde por aquellos días ambos se albergaban (l). 

Pero no debieron presentarse las cosas tan propicias 
como había imaginado Mendoza, toda vez que no se 
llevó á efecto el plan que éste habk trazado; y advir» 
tiendo d rey F*elipe que Botello y Don Manuel de Por- 
tugal burlaban á Mendoza, entreteniéndole con palabra.^ 
y esperanzas, determinó romper la negociación (ya avan- 
zado el mes de abril), con sumo agrado del duque de 
Alba, que ningún resultado satisfactorio esperaba de 
aquellas inteligencias con los amigos del Prior (2), 

Entretanto seguía comunicando Duarte de Castro aJ 
capitán Puebla y al duque de Alba las noticias de que 
era sabedor, llegando á poner en manos del general es- 
pañol varias cartas interesantes, en una de las cuales, 
que debió de ser escrita al terminar febrero ^ ordenaba 
Rotello á Duarte que detuviese por algunos días el buque 
en que había de embarcarse Don Antonio, hasta ver el 
resultado de las pláticas que traían Don Manuel de Por- 
tugal y Don Jerónimo de Mendoza (3). 

En consecuencia de las manifestaciones hechas por 
Botello á Duarte de Castro, IJegÓ á abrigar el duque de 
Alba muy serios temores de que el Prior se embarcase 
en uno de los primeros días del mes de marzo. Sin duda 
conocían el secreto de lo que se fraguaba muy contadas 
personas, entre las cuales no debía de figurar Duarte 



(i) Carta del Rey al duque de Alba, fecha el vt de miino de 1581. 
í>oc. inéd., tomo XaXIV, págs. 179 y 180. 

(a) Carta del R«y al duque de Alba, fecha el 10 de abril. Documen - 
tos inéditos, tomo XjCXIV, pág. 330. — ídem id., fecha el 14 de abril. Do- 
cumentos inéditos, tomo XxXlV, págs. 336 7 337. — ídem del daqne de 
Alba al Rey, fecha el 17 de abril. Doc. inéd., tomo XXXIV, pág. 35^. 

(3) Esta carta de Diego Botello á Duarte de Castro, f*\é enviada por 
el duque de Alba al Rey el dia 5 de marzo. Doc. inéd., tomo XXXlV, 
págs. 98 ¿ ICO. 



DURANTE El. RKINADO DE DON FELIPE TI 1^5 

de Castro, cuando Botello le mandó que á la media 
hora de recibir un aviso suyo marchara á juntárseles 
en el paraje que se le marcara. Habíase conferido an- 
tes á Duarte el encardo de buscar embarcación que re- 
cogiese á Don Antonio; pero luego, por circunstancias 
especiales, ó por no fiar demasiado de él, se prescindió 
de su asistencia. Verdad es que con esto nada se perdía^ 
porque Castro ofreció al duque darle los nombres 
de las dos personas que entonces entendían en e! nc- 
gocio. 

Dudoso el de Alba acerca del partido que convenía 
tomar, ordenó á Duarte que de todos modos siguiera al 
Prior de Grato adonde quiera que fuese; y al mismo tiem- 
po consultó al monarca si debía prender á los encargados 
de disponer ía nave, con lo cual se dejarla pasar la oca- 
sión de capturar á Don Antonio, 6 sí era mejor dejarlos 
libres hasta el último momento, y entonces se corría el 
riesgo de que se escapasen todos, pues podría suceder 
que á Duarte de Castro le mandaran el aviso convenido 
cuando ya los otros estuviesen en la mar (l). Respondió 
Felipe II que si el duque tenía confianza en Duarte, con- 
certase con él que le acompañara suficiente número de 
personas para prender al de Grato; y que> en otro caso, 
hiciera seguir á aquél por gentes disimuladas que no le 
perdiesen de vista hasta que se uniera con Don Antonio* 
Y en cuanto á los encargados de aprestar la nave, creía 
el Rey conveniente que fuesen i'-igilados por agentes se- 
cretos (2). 

Mientras esto pasaba, habíase ido Don Antonio acer- 



(i) Carta del duque de Alba A Key^ fecha el to de inaMo de 1581. 
Düc. inéd., tomo XXXIV. págs. 109 á iii* 

(3) Carta del Rey aí diuiue de Alba, facha el 16 de raario. DocumeiF- 
los i[]cdit09, tomü XXXIV, pags. 1^0 á i?2. 



136 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

cando á Lisboa, y al medio día del 13 de marzo se pre- 
sentó Pedro de Oliveira á Duarte de Castro, con orden 
de que éste le siguiese al punto, á ñn de reunirse por la 
noche con el Prior de Grato, Ofreció Duarte varias diñ- 
cultades con propósito de tener tiempo para avisar al 
duque de Alba, y, por último, concertó con eJ mensajero 
de Botello que al anochecer se juntarían en casa del aira 
de Loreto. Informado prontamente el general castellano, 
y careciendo aún de respuesta del Rey á la consulta que 
sobre el particular le hiciera, determinó apoderarse in* 
mediatamente de Oliveira, confiando este servicio á Don 
Fernando de Toledo, quien, para el efecto, había de ocu- 
par las avenidas de la diclia casa con 30 arcabuceros 
vestidos á la usanza del país. Aún no anocheciera, cuan- 
do vino al lugar de la cita Oliveira. Reconocióle Don 
Fernando, y cerró con él, ayudado de .Vías Fernández 
Freiré; pero, dejándoles la capa en las manos, dióse el 
portugués á correr con tal prisa que logró ganar en salvo 
la puerta de la casa, cerrada y atrancada por su mora- 
dor sin perder instante. Mientras se forzó la entrada es- 
capó Oliveira por el tejado, y con él se fugaron también 
el comendador de San Juan, Antonio de Silva, Juan Fran- 
cisco de Acosta y Fray Esteban Piñeiro, el fraile carmeli- 
ta que dirigiera á los soldados portugueses en la defensa 
del puente de Alcántara el día de la batalla. 

Interrogado sin dilación el cura de Loreto, ningiin 
provecho se obtuvo de su declaración. Más sincero y 
explícito un servidor suyo, manifestó que, según oyera 
á algunos de los fugados, debían éstos ir aquella noche 
á una quinta, donde encontrarían á Don Antonio, y 
desde la cual marcharían todos á embarcarse prestamen- 
te en Cascaes. Con esta noticia, dispuso Don Fernán* 
do de Toledo que algunos soldados ^ dirigidos por el de 



DURANTE EL REIXAIK? DE DON FELIPE U 1 3/ 

igual dase Talavera, hombre diestro en cosas de mar, 
pasaran enseguida á Cascaes^ y reconociesen cuantas bar- 
cas se pusieran en movimiento* El mismo Don Fernando, 
con 12 jinetes y 20 arcabuceros^ marchó á la quinta 
donde debería de estar el Prior de Grato; pero aunque la 
cercó y registró cuidadosamente, no pudo hallar rastro 
alguno, y entonces se fué apresuradamente á Cascaes el 
capitán castellano. 

El duque de Alba^ bien enterado de todo^ mandó 
que Don Alonso de Bazán saliese con cuatro galeras á 
reconocer cuantas naves hallara en el puerto donde se 
había de embarcar Don Antonio; mas no fueron afortu- 
nadas estas pesquisas, ni las que efectuó el corregidor 
Jerónimo de Viera con 25 arcabuceros tomados del cas- 
tillo de San Julián, luego que tuvo orden del duque para 
explorar los fondeaderos de Ericeira y Pederneira, Cuan- 
tas galeras de Castilla había en el Tajo, pusiéronse tam- 
bién en movimiento con objeto de cruzar el río en todas 
direcciones y registrar las embarcaciones que pasaran; 
y ocupándose así en esta caza, yendo Talavera entre 
diez y once de la noche en la barquilla que se le propor- 
cionó, acompañado de un capitán de galera y otros dos 
soldados, dió vista á una barca que hacía suma fuerza 
para salir contra viento y marea. Abordáronla veloz- 
mente los españoles j y con mucha fortuna, porque allí 
apresaron á 10 personas, que eran el doctor Pedro de 
Alpuén, catedrático de Coimbra y abogado que había sido 
de la duquesa de Bragan^a, su primo Gónieií de Alpuén, 
hombre rico y avanzado en edad, un hijo de éste, tres 
hombres de baja condición, un esclavo, un criado y dos 
frailes de San Agustín, uno de los cuales había sido cate- 
drático en Coimbra, y el otro era hermano de Ambrosio 
NúñeZj profesor de la Universidad de Salamanca» 



138 GUERRA DE ANEXIÓN KH PORTUGAL 

Al amanecer del 14 de marzo se recibió indagatoria 
á los presos, y si bien nada importante dijeron entonces, 
atemorizado luego Pedro de Alpuán ante la resolución 
de someterlo á tratos de cuerda, hizo interesantes decía* 
raciones. Manifestó que, hallándose en Coimbra, le citó 
Don Antonio á kigar recóndito de la sierra de Louzlo, 
y que desde allí se trasladaron juntos á la quinta de Vi- 
digueira, inmediata á Santarem, viniendo después él solo 
á Lisboa en los comienzos de febrero, para disponer 
embarcación que los coadujese á Francia. Añadió que, 
estando las cosas en orden, recibió el 12 de marzo un 
recado de Diego Botello, ordenándole que en la noche 
del 13 saliesen de Lisboa él y los dos frailes indicados 
con anticipación suficiente para llegar cerca de las doce 
á Puerto Pedrato, donde por seña convenida se comuni- 
carían con gente de tierra; y que inmediatamente des- 
pués, fuesen unos y otros á embarcarse en una nave 
francesa que estaba bordeando fuera de barra, en la cual 
se juntarían con Don Antón io^ que hacia la misma hora 
concurriría también al dicho bajel. Alpuén denunció 
como principaleü cómplices y auxiliares al piloto Fran- 
cisco Pereira y á Francisco Núñez de MacedOi á quienes 
hizo prender el duque de Alba sin perder momento. 

De las declaraciones hechas por Pereira, dedújose 
que Núñez le^había buscado para apercibir una carabela, 
con que se dirigió en la noche del 13 a Puerto Pedrato, 
al efecto de recoger á bordo al Prior de Grato; pero, 
transcurrida la hora de la cita sin hallar á nadie, y le- 
vantándose viento de! Norte, se volvió Pereira á Lisboa 
antes de amanecer el día 1 4. 

T^s manifestaciones de lo® presos, y los informes de 
los prácticos, hicieron creer al duque de Alba que se 
había refugiado en Setúbal, á fin de guarecerse del mal 



DURA^TTE EL REWADO DE DON FELIPE IT 1 39 

tíerapoT el buque dispuesto para recibir á Don Antonio. 
Kn su virtud, mandó al juez de aquella villa, al conde de 
Lodrón, que allí estaba con gran parte de ia coronelía ale- 
mana, y al alcaide de la torre de Outáo, que hiciesen so- 
lícitas pesquisas para averiguar sí se hallaba dentro del 
puerto un na^-io franca, cuyo dueño era el abad de Con- 
gas, vecino de San Juan de Luz; y que si sus diligencias 
resultaban afortunadas, capturasen al patrón, marineros 
y cuantas personas á bordo estuviesen. Y con objeto de 
tomar todas la salidas, previno el de Alba que tres naves 
castellanas vigilaran la costa inmediata al Tajo. 

No consiguió el general español echar mano al Prior 
de Crato; pero pudo adquirir completa certeza de que 
el pretendiente no había logrado embarcarse y que per- 
manecía escondido en los alrededores de Lisboa (i). Te- 
niéndose ya segundad completa de que .Alpuén y Nú- 
ñez fueran los directores de aquel negocio^ conceptuó el 
duque de Alba que el primero callaba bastante de lo que 
debía de saber, y que el segundo mentía y disimulaba: 
por esto los mandó meter el 17 de marzo en el cas- 
tillo de Lisboa y darles tormento. Participó entonces 
Alpuén nuevos datos relativos á los trabajos que, de 
concierto con Botello (de quien recibía dinero para los 
gastos), y puesto en inteligencia con Núñez de Macedo, 
había efectuado para disponer ia barca donde fué preso; 
pero, aunque denunció á los portugueses que andaban 
con Don Antonio y, entre algunas noticias interesantes» 
dijo que algún tiempo antes habían estado todos muy 
inclinados á entregarse á Felipe 11, desistiendo luego de 
este pensamiento por recelo de que se les prendiera y 



Á 



{i) Carta d^I duque de Alba al Rey, Tech:] d i6 de marzo de e^So, 
Doc. inéd,, íoipo XXXIV, pigs. 1^5 i 14^. 



I40 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

maltratara, no fué posible alcanzar por ningún medio que 
descubriese el lugar donde se albergaba Don Antonio. 

Por su parte, expuso Francisco Núñez, que desde 
Lisboa había ido á avistarse con el prior de Crato y Die- 
go Botello, quienes pretendían que marchase á solicitar 
del jerife socorro de gente, á lo cual se opuso él, objetan- 
do que no era bien traer moros contra cristianos. Reci- 
biendo entonces orden de apercibir una embarcación en 
el puerto de Lisboa, trabajó, en unión de Pedro Alpuén, 
para cumplir este cometido. Y, por lo demás, aun cuan- 
do se le apretó mucho en el tormento, tampoco declaró 
nada concerniente al paradero de Don Antonio, ni quiso 
denunciar á las personas de Lisboa con que él se concer- 
tara, limitándose á dar los nombres de dos hermanos, 
apellidados Silveira, con los cuales se entendían los 
franceses, y que, al ser interrogados, no dieron ninguna 
luz que esclareciese lo que importaba averiguar (i), 

Y fué en vano que para apurar más ¿í Alpuén y á 
Núñez los examinara también minuciosamente por or- 
den de Felipe II, y por cierto con disgusto del duque de 
Alba, Francisco Carneiro, que era hombre muy á propó- 
sito para semejantes negocios. Por más que Carneiro les 
dio á entender que si declaraban toda la verdad y comu- 
nicaban informes, mediante los cuales se aprehendiera á 
Don Antonio, excusarían ellos el muy rigoroso castigo que 
en otro caso había de imponérseles, persistieron en su si- 
lencio los dos portugueses, desafiando con gallarda no* 
bleza la infeliz suerte que les aguardaba (2), 



(i) Carta del duque de Albn al Rey, fecha en Lísbos á í8 d« murzoés 
I Sol. Doc. inéd., tomo XXXlV>p¿p. 149 á 154. — Ídem id., fecha el ^\ 
de marzo. Doc. inéd., tomo XXXí^^ pág. 171. 

(a) Carta del Rev al duque de Alba, fecha el sí de mano. Documen- 
tos inéditos, tomo XXXIV, pág** 161 y 16a* — ídem del dnque de Alba ü 
Zayas, fecha el 31 de marzo. Doc. icüd'.^ Coma XXXI V^ pági. 187 y lB8. 



DURANTE EL REINADO DÍL DON FEUPK 11 I4l 

Por el mes de abril de 158 1, logró asimismo el du- 
que de Alba apoderarse del gentil-hombre fríincés que^ 
conforme antes se dijo, trajo comisión de la reina Ca- 
talina de Médicis para atestiguar al Prior de Crato su 
amistad y deseo de ayudarle» y además se capturó á 
un compañero del emisario, también de nacionalidad 
francesa, y al patrón del buque en que vinieron á 
Portugal con propósito de llevar á Don Antonio. Pero 
aunque fueron sometidos loa tres al tormento, no repa- 
rando el duque en las reclamaciones que por tai hecho 
pudiera promover la corte del Louvre y su embajador en 
España, y se acudió á procedimientos de templanza, 
ofreciéndoles favor para que se retirasen á su país, nada 
dijeron que tuviese interés, ni señalaron siquiera el si- 
tio donde se ocultaba el cónsul de Francia, á quien con 
especial ahinco procuraba aprehender el duque de 
Alba (I). 

Prolongándose el juicio de Alpuén y Núñez, consi- 
guieron éstos sobornar á Antonio Rubias^ soldado de la 
compañía de Don Juan de Monsalvcj el cual pidió auxilio 
á otro soldado de la bandera de Don Jkrnardino Girón, 
que estaba de guardia en el castillo, para descolgar por 
la muralla á los dos presos en la noche del 7 de mayo. 
Fingió el segundo asociarse á la empresa; pero dando en- 
seguida conocimiento á su alférez, la tentativa no tuvo 
más consecuencias que ser pasado por las picas el solda- 
do traidor (2), Pensando entonces el duque que conve- 



lí) C4fta del duque de Alba al Key, fecha el 17 de abril de t^Ét. 
Doc. 10 éd., ímüo XXXIV, pág. ^^Ú.-^lásm del Rey al duque de Alba, 
fecha el 30 de Abril. Doc» itiéd., totiio XXXIV, pág. a6o. 

(1) Carla del duque de Alba al Rey, fecha eí 7 de mayo, Docameiitos 
inéditos, tomo XXX V^ V^E^- 3£)6 á ao8.— ídem de Arceo á íayaSj f^chi 
él 10 de mayo. Doc. Inéd., tomo XXXV, pág. 334. — ídem del duque de 
Alba al Rey, fecha el 10 de mayo. Doc. iaéd., tomo XKXV, pig. 319, 



142 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

nía ponerse á cubierto de nuevos planes de evasión, hizo 
apresurar la conclusión del proceso, y el día 22 de mayo 
expió su culpa el doctor Alpuén, dando un alto ejemplo, 
al pagar con la vida, de fidelidad y adhesión inquebran* 
tables á la causa que defendía (l). Nüñez y los demás 
cómplices sufrieron castigos proporcionados á su culpa. 

Después de estos sucesos, logró ocultarse el Prior de 
Grato con tanto misterio, que fueron enteramente inúti- 
les cuantas gestiones y procedimientos se pusieron por 
obra para capturarlo. Hasta mediados de marzo pudo el 
duque de i\lba seguir la huella del fugitivo; pero desde 
aquella fecha, y cuando parecía que estaba á punto de 
obtener el resultado apetecido, de tal manera se perdió 
el rastro de Don Antonio, que nada más en concreto se 
supo de él. Creía Sancho de Avüa, por noticias publica* 
mente divulgadas, que el pretendiente consiguiera embar- 
carse en el mes de abril para Francia, donde ya le 
aguardaba el conde de Vimíoso (2). Y presumía Avila 
que esto fuera exacto, porque así lo entendía también 
Duarte de Castro, el cual solicitaba permiso y dinero 
para marchar al lado de Don Antonio, é informar al Rey 
Católico de todo lo que proyectara é hiciera el Prior (3). 

No opinaba el Rey Católico de igual manera, y supo- 
niendo cierto que el Prior de Crato estaba aún en Portu- 
gal, previno á Sancho de Avila que no permitiera salir á 
Duarte de Castro para Francia, ni moverse hacia ningu- 



(x) Carta del ducme de Alba al Rey, fecha el 35 de mayo. Documen- 
tos inéditos, tomo XaXV, páff. 373. — ídem de Arceo á Zayas, con ignal 
fecha. Doc. inéd., tomo XxXv, pág. a6S. 

(3) Carta de Sancho de Avila al duque de Alba, fecha en Porto ¿ 14 
de abril de 1581. Doc. inéd., tomo XXXIV, pijj. 383.— ídem á Ddga- 
do, fechas el 34 y 36 de abril. Doc. inéd., tomo XXXI, p¿gs. 410 y 411. 
— ídem á Zayas el 39 de abril. Doc. inéd., tomo XXXI, págs. 4x3 y 4x4. 

(3) Carta de Sancho de Avila al Rey, fecha el 6 de mayo. Documen* 
tos inéditos, tomo XXXIV, págs. 430 y 4ax. 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE II 143 

na parte, entretanto no se conociesen con exactitud los 
pasos de Don Antonio (l). Mas á pesar de este manda- 
to, y de que Duarte se comprometiera á no abandonar 
el reino sin avisar antes al duque de Alba, marchó aquél 
sigilosamente de Portugal á principios de mayo, dando 
con ello motivo á que algunos sospecharan que las inte- 
ligencias de Castro con el duque y Avila tuvieran sólo 
por objeto entretener á los jefes castellanos, encaminando 
los asuntos del modo que mejor convenía á los intereses 
de Don Antonio. Aun cuando tal juicio no pareciese 
fundado, pues á Duarte se debiera la aprehensión de 
Alpuén y el descubrimiento del plan para embarcar al 
Prior de Crato, fué el agente portugués detenido en Va- 
lladolid; y con el recelo de que su precipitado viaje obe- 
deciera al temor de que se descubriese algo que no le 
fuera favorable, aconsejó el duque que se le interrogase 
detenidamente, igual que al criado de quien se servía (2). 
Con esto y las noticias que en los comienzos de junio 
tuvo el marqués de Santa Cruz, anunciando que Don 
Antonio se había embarcado para Francia el día 10 de 
mayo, empezó á dudar el duque de Alba, bien que to- 
davía se inclinase á creer que los informes recibidos no se 
acomodaban á la exactitud, porque, de ser cierto, parecía 
natural que hubiesen sido comunicados á los jefes espa- 
ñoles antes de la fecha en que llegaron al general de la 
armada (3). Pero bien fuese en el mes' de mayo, ó algo 
después, como añrman algunos historiadores, es induda- 
ble que por aquella época logró el Prior de Crato em- 



(i) Carta del Rey á Sancho de Avila, fecha el 13 de mayo de 1581. 
Doc. inéd., tomo XXXIV, pág. 4^0. * 

(3) Carta del duque de Alba al Rey, fecha el 3 de junio. Documentos 
inéditos, tomo XXXV, págs. 304 á 307. 

(3) Óarta del duque de Alba al Rey, fecha el 3 de junio- de 1581. 
Doc. inéd.y tomo XXXV, págs. 304 y 305. 



I 



144 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

barcarse en el puerto de Setúbal á bordo de una nav^e 
allí fletada, poniéndose en salv'^o después de ^prandes 
azares y riesgos. 

Lassotta de Steblovo, que es generalmente verídico 
en el relato de aqueUos sucesos, dice que Don Anto- 
nio se trasladó desde el Norte de Portucral á Lisboa, 
disfrazándose de continuo» y añade en su Diario di ape* 
raciones: 

«De Lisboa se dirigió á Alcázar do Sal, donde entró 
en relaciones con una viuda» cuyo marido poco antes 
falleció. Teniendo costumbre de viajar á los Países Ba- 
jos, ésta le proporcionó un navio holandés, ó de los Paí- 
ses Bajos, que le sirvió para trasladarse á Francia, y á 
los pocos días ella le siguió también; después de haber 
descubierto todo eso, descuartizaron el retrato de la mu- 
jer en Setúbal y colgaron sus cuatro partes en las 
torres.» 

El historiador portugués Rebello da Silva añrma que 
Don Antonio se evadió, no sin gran riesgo, á bordo dd 
patache que mandaba el capitán í'ornélio de Egmond, el 
cual le condujo en pocos días á Calais, desde donde pasó 
entonces á Inglaterra el pretensor lusitano (l)- 

Corriendo el año I 5 82, y hallándose en la felá de 
San Miguel el padre Fray José Tcixeira, de la orden de 
Santo Domingo, que era gran amigo del Prior de Crato^ 
al cual había acompañado en su huida de Portugal y se- 
guídole más tarde en todas sus empresas, dirigió al pue- 
blo una plática en la hora de la misa del día de Santia- 
go (cuando estaban á punto de combatir las armadas 
francesa y española en la forma que se dirá más adelan- 



(i) Historia de Portugal nos secuhs XV I! t XVI! í, tomo III, parte 
I, cap. I, págs.54y 3S. 



DURANTE EL REINADO DE DOM FELIPE U I45 

te), exponiendo las privaciones y peligros que habla sufri- 
do Don Antonio para mantener sus derechos contra las 
violencias y asechanzas del Rey Católico. Empleando 
lenguaje adecuado para inflamar el ánimo de las genteSj 
así se expresó el fraile portugués: 

«.^Convino á vuestro rey y señor buscar manera de 
salir del reino, habiendo antes escapado con heridas mor- 
tales, de las cuales Dios le otorgó saluda y anduvo ^con- 
dido para no ser preso ni muerto por sus enemigos, ora 
vestido en trajes de pastor ^ ora de labrador; ora huyen- 
do de barco en barco j ora de monte en monte^ hasta ve- 
nir á parar á una sierra con espeso arbolado, fragosa y 
muy áspera para caminar í durmiendo sobre piedras al 
viento y á la lluvia, buscando caminos y veredas por 
donde pudiera apartarse de lugar poblado» para ver si 
podía (escapando con vida) ir á buscar á quien le ampa- 
rase en su derecho y justicia contra su contrario, y favo- 
reciese con armadas y gentes hasta ponerle de nuevo en 
posesión de sus reinos y señoríos.» 

«Estando una noche ocupado en esto, le apareció 
una estrella en el aire, cerca de la tierra, como les ocurrió 
á los Reyes Magos, y comenzó á guiarle, con lo cual él 
alabó al Señor por tal merced, y se mostró dispuesto á 
seguir eL camino que la dicha estrella le mostrara. Así 
anduvo en pos de ella hasta ver la luz del día, que se 
halló en la playa de Setúbal, donde vio una gran nave 
que estaba dispuesta y aparejada para partir; y pregun- 
tando el sitio para donde se aprestaba aquella nave, se 
le dijo desde una barca de la misma nave, que para In- 
glaterra; peguntó entonces cómo se llamaba la dicha 
nave, y le dijeron que Los Reyes Magos. % 

«Repuso él enseguida: en ella me conviene ir; llevad- 
me á su bordo. Recibido en la barca, fué conducido á la 



146 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTl^AL 

nave, y viéndola tan hermosa y grande y de tal nom- 
bre, alabó á Dios en el fondo de su corazón, díciejido 
que para obtener el buen suceso que deseaba y esperaba. 
Dios le había sacado de las sierras y desiertos donde 
andaba perdido; y con la misma señal que á los Mag<^, 
lo había traído á aquel lu^ar y á la nave de su ape- 
llido....» (l). 

Aunque en este relato hay sin duda mucho de fan- 
tástico, como aderezado por el fraile Teiseira para im- 
presionar al vulgo que le escuchaba, resuUa comproba- 
do, en lo esencial, cuanto dejamos dicho respecto al 
embarque de Don Antonio (2). 

Y una vez examinado este particular, será bien qtje 
volvamos atrás para recoger otros acontecimientos dt 
importancia ocurridos en Portugal y en la corte del rq' 
Felipe. 

Por la pericia del duque de Alba^ la experiencia de 
los capitanes y la intrepidez de los soldados de Castilla, 
habíase conquistado en muy poco tiempo uno de los más 
extensos imperios del mundo, desvaneciéndose con rapi- 
dez grandísima la resistencia de Don Antonio, al modo 
que la densa niebla de otoñal mañana se disipa al influjo 
de los rayos más tempranos del sol. 

Satisfechos á toda su voluntad por haber alcanzado 
brillante triunfo, y enorgullecidos con el servicio inmen- 
so que prestaran á su patria, aguardaban los famosos 
guerreros el bien ganado galardón que á sus heroicas ac- 
ciones era debido. Pero el suspicaz monarca, oyendo las 



(i) Lo que pasó en San Miguel durante el combate naval. — Gaspar 
Fructuoso, Saudades da Terra ^ cap. CIV, fol. 413. 

(1) Respecto del sitio en que se embarcó Don Antonio, discutieron 
también en fecha reciente los escritores portugueses Camilo Castello 
Branco y Antonio Maria Seabra de Alburquerque. 



DimANTE EL REINADO Dfi 1X)N FELíPE U 14/ 

reclamaciones más ó menos legítimas de los no muy su- 
fridos portugueses, é impulsado por las intrigas malévo- 
las de los envidiosos detractores del duque de Alba^ an- 
te^ acudió á esclarecer los hechos y castigar los excesos 
que se decían cometidos por las biíiarras tropas de su 
ejército, que á otorgar á sus soldados el premio que sus 
victorias merecían. 

Cortesanos insidiosos, que en el ocio y el regalo pa- 
saban cómoda existencia, estimulados por ruines pasio- 
nes, clavaban con sesgo propósito las garras de la ca- 
lumnia y derramaban Ja ponzoña de la envidia sobre el 
ilustre caudillo, y empleando aviesos procedimientos, en 
aquella parte le herían donde imaginaban que mayor 
daño pudieran hacerle. En perjuicio de la buena fama del 
duque, divulgaban las noticias más ofensivas á su perso* 
na y que más menoscababan su crédito, aunque bien 
no se acomodaran con la condición honrada del austero 
general, usando todo género de medios reprobados, fué 
tal la opinión que contra el de Alba formaron, que por 
orden del Rey pasó á Lisboa en fines de noviembre de 
1580 el doctor Francisco Víllafaña, del Consejo Real de 
Castilla, oficialmente sólo como visitador de las tropas, 
pero en realidad con instrucciones secretas para infor- 
marse de los desmanes atribuidos á capitanes y soldados, 
llevando amplias facultades para revistar ejército y ar- 
raada, é interponer su autoridad en todo lo que fuera 
administración y gobierno de la Hacienda (i). 

Causó disgusto grande la llegada á Lisboa del emisa- 
rio de Felipe II, según aparece bien claro en las siguien- 
tes frases con que daba cuenta de ello Jerónimo de Arceo 



(i> Haticfíit historia iff Porfíi^ii i y conquista dt hs ishs Af^rfs^ \U 



h 



148 GUERRA DE ANEXIÓN l¿N PORTUGAL 

á Gabriel de Zayas: «V^llafatia llegó aquí habrá cuatro 6 
cinco días; ayer intimó sus provisiones y recabdos á los 
oficiales del ejército y á los de la armada; no han queda- 
do muy sabrosos del las, y mucho menos el general de 
la armada, que me dicen lo ha tomado muy áspera- 
mente» (i). 

Sospechaba el duque de Alba la extensión que tenia 
el encargo confiado á Villafaña; mas aunque era mucha 
la ofensa que á su íntegro carácter se infería, disimulaba 
su enojo por evitar mayores conñictos; y es que, sobre 
todas las virtudes que poseía, siempre sobresalieron y bri- 
llaron en su espíritu con esplendentes fulgores la lealtad 
y el patriotismo. Menos pacientes los individuos que 
bajo su conducta militaban, quejábanse del peregrino 
caso con ruda franqueza, exponiendo su encono contra 
las personas que en feliz bienandanza y disfrutando los 
halagos de la corte, lejos del peligro é ignorantes del 
duro ejercicio de las armas, así estimaban tan gran em- 
presa, como la que ellos cumplieran en Portugal, con- 
quistando un reino en cincuenta y ocho días ¿¿r /a ma- 
nera, decían con donosa expresión, ^«¿^ se gana el reino 
de los cielos y esto es^ ayunando á pan y agua (2). Los 
valientes soldados no sufrían resignados que, con me- 
nosprecio y afrentas, se recompensaran sus gloriosas 
acciones en aquella guerra, donde la más leve falta de 
disciplina se castigara con la horca, que el duque de 
Alba llevaba aparejada para reprimir instantáneamente 
cualquier exceso. «Con licencia militar, escribe Cabrera 
de Córdoba, murmuraban de que atendía el Rey á su 



'i) Carta de Arceo á Zayas, fecha en Lisboa á 30 de noviembre de 
1580. Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 375. 

(a) Franchi Conestaggio, Union de Portugal á la corona de Castilla, 
lib. VIII. 






i 



DURANTE EL RQKAOO DE DON FELTPE II I49 

castigo, cuando premiaba ios embajadores largamente, 
pues había dado al duque de Osuna el supremo cargo 
de vísorey de Nápoks, remunerando su buen servicio en 
la negociación de aquel reino, y á Luis de Molina promo- 
vido al Consejo de Cámara* (i). 

Altivo y quizás arrogante ei afamado generáis cuan- 
to era fiel á su monarca, sentíase mortiñcado por el jui- 
cio á que se sometían sus actos, y con el enojo que da el 
agravio de la recibida ofensa» habló á Villafaña en estos 
términos, que de singular manera reflejan las condicio- 
nes de su honrado carácter; «No daré cuenta sino al 
Rey de mis acciones en este particuiar y del dinero que 
me ha entregado, del cual S. M. puede hacer más caso 
que de un capitán que lo ha servido con tanta reputa- 
ción. I^e pondré en líneas de cuentas reinos conquista- 
dos y conservados, victorias señaladas, grandes sitios, y 
más de sesenta años de servicios sin intermisión; y si no 
hay bastante para satisfacerle, le cederé mi patrimonio, 
en otro tiempo muy considerable y hoy muy disminuido 
con los gastos que he hecho por el finteo bien del F'!ls- 
tado. Finalmente, le daré en rehenes á mis dos hijos, 
Lino de los cuales hizo triunfar las armas de España en 
diversos encuentrosj y acaba actualmente de facilitar, 
por sus acciones heroicas^ la conquista de Portugal; y 
últimamente, siS. M- en todo no queda enteramente sa- 
tisfecho, ie daré mi propia vida para concluir la paga de 
lo que fuese alcanzado* (2). 

Puso el colmo á la irritación del ejército la nueva de 
qne también á Sancho de Avila y á sus tropas alcanzara 
el ultraje con que se investigaban en Lisboa los actos del 



(t) Cabrera de Córdoba. Historia de hélipt IL lib. XITl. cap, TI, 
(a) Rüistaat, Historia de Don }*rr fiando Airare:^ de Tofedo 



1$0 GUERRA DE A>rE3aÓN EN PORTUGAL 

duque de Alba, del marqués de Santa Cruz y de los 
soldados que á tan insignes capitanes obedecían. Ya en 
22 de noviembre de 1580 recomendó Felipe II á Esci- 
pión Antolínez, regente de la Audiencia de Galicia, que 
inquiriese lo que hubiera de cierto en los robos y des- 
manes que se suponían cometidos en Porto por la gente 
de Sancho de Avila, y en otros parajes fronterizos por 
la del conde de Lemus. Y adelantando más en este 
asunto, por orden del Rey Católito trasladóse á Porto 
en enero de 1 58 1 Juan Francisco Tedaldi, alcalde mayor 
de la Audiencia citada, luego que para cumplir su come- 
tido con mayor sosiego se hubo desembarazado de todo 
trabajo en el cargo que ordinariamente ejercía (l). De 
la información que se mandó hacer para averiguar los 
desórdenes cometidos por las tropas del conde de Le- 
mus, se encargó también á Tedaldi; mas habiendo sido 
éste recusado por el conde, dispuso P^lipe II que la to- 
mase á su cuidado otro alcalde á quien designara An- 
tolínez (2). 

Exasperados con esto los ánimos, y creciendo por 
momentos la exaltación de oficiales y soldados, pasa- 
ran lo mal los emisarios del Rey Católico, si la suma 
prudencia del duque de Alba y la sensata discreción de 
\^illafaña no acertasen á conjurar el conflicto provocado 
por la ingratitud del monarca, que de tal modo pagaba 
los merecimientos de sus valerosos servidores. Disgusta- 
do, sin embargo, el duque al ver que con más ó menos 
disimulo se ponía en duda la moralidad de su gestión ad- 



(i) Carta del Rey á Escipión Antolínez, fecha el 3 de enero de i^Si- 
Doc. inéd., tomo L. — ídem id., fecha el 11 de enero. Doc.inéd., tomo L. 

(2) Carta de Felipe II á Escipión Antolinez» fecha el 14 de febrero de 
1581. Doc. inéd.. tomo L. 



DURANTE EL REINAIJO DE DON FEUPE II I5I 

mínistrativa, solicitó con tenaz empeño permiso del 
Rey para retirarse de Lisboa, donde ya no eran nece- 
sarios sus servicios, bastando el marqués de Santa Cruz 
para ejecutar lo que restaba iiasta la llegada de Don 
Felipe. «Ningún servicio es de S. M. estar yo aquí (de- 
cía el de Alba al secretario Za.y3iS en carta del 5 de di- 
ciembre de 15S0), y á ser risa de ia gente^ que tenien- 
do tan poco que hacer no podrá nadie creer sino que sea 
destierros (i). 

Contribuía también en bastante parte á estimular eí 
deseo que el duque de .AJba sentía de abandonar á Por- 
tugal, la molestia que le causaba el hallarse presente al 
Ucenciamienío de sus más aventajadas tropas sin poderles 
conceder el premio que merecían sus servicios, Pero Fe- 
lipe II mostraba mucho interés en que el ilustre general 
asistiera con su autoridad á la reformación y despedida 
del ejército, y á la instrucción de los procesos que se 
instruían para castigar á los culpables en el alzamiento 
de Don Antonio» 

Ko erauj á la verdad, estos cometidos muy agrada- 
bles para quien hubiese de cumplirlos, y bien se explica 
que el duque excusara cuanto pudiera su realización, 
máxime cuando su ánimo estaba penosamente impresio- 
nado con las informaciones que practicaban Villafaña y 
Tedaldi* Mas el Rey Católico, poco propenso á dejarse 
estimular por otros móviles que ios de su interés» no se 
hallaba dispuesto á satisfacer la reiterada súplica del in- 
signe guerrero, el cual se dolía mucho de la situación 
poco airosa en que se le colocaba. 

«En el silencio que allá se usa conmigo, escribía á 
Zayas el 1 2 de diciembre, se echará de ver lo poco que 



(i) Doc. úiéá. para la Híst. da Espaüa, tomo XXXlll» p%: 39^. 



t53 GUERRA DE AHKXIÓN EN KWlTUGAL 

yo tengo aquí que hacer, porque si no es curar los apes- 
tados y despedir el ejército, yo no se para qué me tie- 
nen aquí, y en los ejércitos que yo he tenido á mi cargo, 
aunque los he traído muchas veces á cuestas y hecho 
diversas jomadas con ellos, nunca jamás me he hallado 
á despedillos, ni he visto que ningfún general se halle á 
esto, sino que dejen la orden á los oficiales de lo que han 
de hacer, y ellos lo hagan; ahórrase en esto mucho tiem- 
po, trabajo y dinero, porque los oficiales no se extienden 
á más de aquello que contiene la comisión, y los gene- 
rales, estando presentes, alárganse más con las importu- 
nidades de los coroneles y capitanes. Yo me veo, señor, 
aquí rodeado de tres ó cuatro cosas, que cualquiera de- 
Uas bastaba á saltar por las ventanas de mi casa: la peste, 
las impertinencias y cosas que se pasan con esta gente 
que se despide, y la otra no tener dineros con que pa- 
garlos. Mire V. m. de la manera que me hallo, y sobre 
todo que no hay hombre que no diga ¿qué hace aquí el 
duque? ¿en qué entiende estando ya el Rey en el reino? 
V. m. me la haga de solicitar que se responda luego á 
mis cartas, enviándome la licencia para ir á besar las 
manos á S. M....> (l). 

Por medio de cartas posteriores insistió el duque de 
Alba en su pretensión, aduciendo muchas y sólidas razo- 
nes para no presenciar el licénciamiento del ejército, ni 
dirigir las causas contra los rebeldes, que iban encamina- 
das contra su opinión y sin darle generalmente noticia de 
la forma con que se las tramitaba, poco á propósito para 
concluir en período breve y castigar los culpables antes 
de que el Rey llegase á Lisboa. Y aunque el duque no se 



(i) Carta del duque de Alba á Zayas, fecha en Lisboa á xa de diciem- 
bre de 1580. Doc. inéd., tomo XXXIII, págs. 330 y 331. 



DURANTE EL RLIKADO DE DON FELIPE n 153 

cuidaba de los riegos que sin necesidad corría su perso- 
na, expuesta á la epidemia que sufría la capital lusitana^ 
tenía por cierto que le atacase la gota y le tuviera inútil 
durante mucho tiempo, cual solía ocurrirle en todos los 
inviernos (i). 

No movían estas demandas al duro monarca de Es- 
paña; y aunque Jerónimo de Arceo, interesándose por la 
conservación de la vida de su general y señor, pidió con 
mucho ahinco á Gabriel de.Zayas que sacaran al duque 
de Alba de Lisboa, donde era crueldad tenerlo expuesto 
innecesariamente á los estragos de la peste (2), Felipe 11 
se limitó á decir que el duque podría trasladarse á Belem 
ó á San Benito, donde se hallaría más seguro {3), á lo 
cual se opuso el caudillo escribiendo estas nobles frases; 
cV'o estoy bien aquí agora» y cuando el mal me ven^a á 
cercar, me iré á algún lugar por aquí, si le hubiere libre, J 

y sí no, poco se perderá en corta vida como la que á 
mí me puede ya quedara (4). 

Por última vez reiteró el de Alba sus deseos, dicien- 
do al Rey en 18 de diciembre: «Cuando V. M. se resol- 
viere en ello, reformando y licenciando capitanes y ven- 
tajas, suplico á V. M. sea servido de mandar que lo 
hagan los que lo saben hacer, que son los oficiales y no 
yo, que no es mi oficio, y nunca !o hice, ni en hallarme 
á despedir ejército; y confieso á V, M. que no me puede 
sufrir el ánimo á ver soktados que he traído yo con biz- 
cocho y agua y atún podrido, y descalzos, sin dinero, y 



(i ) Cartj del duque de Alba i Zayas, fecha en diciembre (falta d diaj. 
Doc* ined,, tomo XXXIlIj pág^. 3jl5 á ^40. 

ta) Carta de Jcriiiiimo de Arceo á üayas, fecha en Lisboa á u de di- 
cEeiubre de 1380. Doc. inéd^T touio XXXHI, páíj, 514. 

(j) Carta del Rey al dti^ue de Alba, fecha el 13 de diciembre. Doeu- 
njentos inéditos^ tomo XXXIUt pie, 14^. 

{4) Cafta del duque de Alba al Rey, fecha en Lisboa á 18 de diciem- 
hrt,. Doc. ioéd.j tomo XXXIII, pág. 3^7. 



154 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

haciéndoles pelear y derramar su sangre, sin que jamás 
hombre dellos haya hablado palabra de quejarse del 
tratamiento, verlos llorar sus trabajos sin poderlo reme- 
diar; y aunque V. M. me mandase estar aquí á otros ne- 
gocios (cuando esto se hubiere de hacer), desde ahora 
suplico á V. M. me dé licencia para salirme á un lugar 
que no sea donde esto se ha de hacer» (i). 

Felipe II concluyó este asunto, manifestando al duque 
de Alba con carácter irrevocable, que deseaba mucho la 
conservación de su vida y salud, y holgara darle la li- 
cencia pedida; pero que los negocios pendientes hadan 
inexcusable su presencia y autoridad (2). 

La situación del de Alba era cada vez más enojosa, 
porque aumentando, con las pesquisas que se efectuaban 
de orden del Rey en averiguación de los excesos de los 
soldados, el disgusto y la exasperación de los ánimos, 
podía surgir en momento inesperado algún grave con- 
flicto. De ello se lamentaba con frecuencia el famoso 
general, y son dignas de notarse las siguientes amargas 
é irónicas palabras que, acerca del particular, escribía 
en carta dirigida á Gabriel de Zayas: «Son ya más los 
pesquisidores que tenemos sobre este ejército que solda- 
dos; que nueva manera es de proceder, y hasta hoy no 
se ha visto; pero debe ser cosa que conviene. Visitar los 
^oidaSos que ganan batallas y reinos es disciplina nueva; 
y yo, como soy de la vieja, no valgo sino para dar que 
reir de mis impertinencias á los nuevos legisladores de 
esta nueva milicia» (3). 



(i) Doc. inéd., tomo XXXIII, pág. 352. 

^2) Carta del Rey al duque de Alba, fecha el 24 de diciembre de 15S0. 
Doc. inéd., tomo XXXIII, páes. 361 y 362. 

(3) Carta del duque de Alba á Gabriel de Zayas, fecha en Lisboa a 
17 de febrero de 1581. Doc. inéd., tomo XXXIV, pág. x6. 



DXnUNTB EL REINADO DE DON FEUPE II 155 

Comprendió al cabo el Rey Católico cuan poco me- 
ditadas fueran sus resoluciones, y bien que, celoso en de- 
masía de su autoridad, se sintiera mortiñcado por la hostil 
actitud con que el ejército y^ la escuadra habían aco- 
gido sus mandatos, supo disimular el enojo, y haciendo 
suspender las informaciones que se practicaban en 
Lisboa, ordenó inutilizar los muchos procesos que allí se 
instruían. Mas no por esto cesaron los manejos de los 
enemigos del duque de Alba, y ya que con él no pudie- 
sen realizar sus aviesos intentos, tomando motivo de las 
exageradas quejas que contra Sancho de Avila exponían 
los habitantes del Porto y de la comarca á esta ciudad 
inmediata, reanudaron con fruto sus malévolas intrigas. 
Cansado el célebre general de sufrir insultos y calum- 
nias, que allá en la inmediación de Felipe II prodigaban 
á jefes y soldados multitud de envidiosos cortesanos, 
acudió con resuelta firmeza á la defensa de su lugarte- 
niente general, en quien principalmente se cebaban las 
ruines pasiones de los detractores del ejército. 

«Yo, señor, decía á Zayas el duque de Alba en car- 
ta del 25 de marzo de 1581, soldados he visto y reyes 
he visto á quien sirven, pero consejeros que aconsejen al 
rey, que sindiquen los soldados á sacallos del mundo, 
la primera vez que lo veo en mi vida es á los que han 
conquistado este reino; y que no se vea otra merced en 
todos los que han servido con las armas en la mano, sino 
perseguillos con pesquisidores y achacalles el saco de lo 
que ganan combatiendo á los enemigos, cosas son para 
aborrescer la facultad á cualquiera que las vea; y quien 
aconseja á S. M. estas, mal considerados son, que debe- 
rían mirar que las hacen con hombres que acaban de dar 
el reino á S. M., y verter su sangre y aventurar sus per- 
sonas sobre él,... Deberían los que han aconsejado 



156 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL - 

á S. M. esto, mirar un capítulo de las ordenanzas del 
campo que S. M. mandó publicar en el alojamiento del 
campo de Cantillana con sus trompetas y atambores, en 
que dice particularmente que sea de los soldados todo lo 
que en batalla, ó en tienda 6 castillo (donde se entre por 
fuerza) hubieren y ganaren; y esto, sin abreviados tiem- 
pos de tres días ni de cuatro, ni de diez, ni de veinte: les 
permite también las vituallas todas, porque da orden en 
lo que han de hacer dellas, que es, que las que ganaren 
no las puedan vender fuera del ejército; y que tras esto, 
señor, ande la polvareda de visitadores, que no hay san- 
to que piense que en la cama puede estar seguro». 

«Por cierto á Sancho de Avila S. M. le h^bía de 
mandar quitar de allí, y sería hacelle mucha merced, 
porque no vengan quejas del, que los soldados debemos 
ya de haber olvidado la disciplina buena que en algún 
tiempo usamos; y si esos señores que aconsejan á Su Ma- 
jestad que ordene ahora otra nueva que van introdu- 
ciendq, salen con ella, pueden tomar todos los soldados 
y ahorcallos, porque ninguno dejará de pisar el soU (l). 

Atribuíanse al veterano vencedor de Mook y á sus 
tropas desmanes de todo género, y aunque en esto eran 
grandes las exageraciones, según lo demuestran docu- 
mentos auténticos con que las cosas se esclarecen, no ha 
faltado en fecha reciente quien, escribiendo acerca de 
aquellos sucesos, los altere y desfigure en daño del va- 
leroso guerrero de Flandes y de Italia. 



(i) Doc, inéd. para la Hist. de España, tomo XXXI V, págs. 174 á 176. 
A pesar de todo, prosiguieron largo tiempo las informaciones de Te- 
daldi, pues en 5 de noviembre de 1581 se le concedió prórroga, por no 
haber concluido las averiguaciones sobre excesos, desórdenes, cohecho 
y otros agravios cometidos en Porto y en la comarca de Entre Duero y 
Miño por la gente de guerra. Doc. inéd., tomo L. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 157 

En una Historia de Felipe II que hace pocos años 
publicó Forneron en París, con pretensiones de aquila- 
tar imparcialmente aquel famoso reinado, aparecen, al 
tratar del asunto á que nos referimos, grandes inexactitu- 
des, que es bien rectifiquemos en provecho <le la verdad 
histórica 

El publicista transpirenaico dice haber tomado las 
siguientes frases de una carta escrita por Sancho de 
Avila al duque de Alba: «Je viens d'arriver á Oporto, 
tout á été saccagé; je pense que nous riavons laisse une 
croix dor ni un cálice dans toute la régi<m>. 

Por falta de esmero, sobra de malquerencia ó des- 
conocimiento del idioma castellano, incurre en lamen- 
table equivocación el historiador francés. En la carta 
por él citada, que es del 24 de octubre de 1 580, escri- 
bió así Sancho de Avila: «La talla que Don Antonio 
había puesto á los deste lugar, de los ciento y tantos 
mili ducados, entiendo que no pudo cobrar sino la me- 
nor parte; más creo que fio dejó cruz ni cáliz en toda la 
tierras (l). 

Es decir; que por traducir ligera ó descuidadamente 
el texto, se achacan al intrépido capitán los atropellos 
cometidos por el Prior de Crato, que deben ser anate- 
matizados con la misma dureza que otros que á los cas- 
tellanos justamente se atribuyen. Las palabras transcritas 
por Forneron, debidamente corregidas, nos dan perfecto 
conocimiento de que, á pesar de militar en su propio 
país, no eran nada respetuosos con la propiedad privada 
y los objetos sagrados, las gentes que acaudillaba Don 
Antonio. Las censuras que semejantes desmanes mere- 
cen al escritor francés, las acogemos como nuestras, 



(i) Doc. inéd. para la Hist. de España, tomo XXXI, pág. 396. 



k 



158 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

después de aclarar quiénes fueron los causantes, bien que 
nos quede cierto recelo de que acaso Forneron no se 
mostrase de igual modo diligente y severo, si hubiese me- 
jor advertido que fueron portugueses los autores de 
aquellos desórdenes. 

Acusa también el historiador á Sancho de Avila, 
de haber secuestrado á una dama (Doña Juana de Cas- 
tro), que ningún lazo tenía con los partidarios del Prior. 
No sabemos en qué pueda fundarse tal afirmación. Las 
cartas del duque de Alba y su lugarteniente, á que For- 
neron se refiere, no robustecen ni confirman aseveración 
tan dura; en esos documentos y en la declaración del 
portugués Manuel de Sosa (l) nos apoyamos nosotros 
para negar en absoluto los atrevimientos con la referida 
señora, que á Avila se imputan. 

Y porque no queremos extendernos en más amplias 
consideraciones, dejamos sin refutar otros asertos igual- 
mente ajenos á la verdad. No es nuestro ánimo exentar 
de toda culpa á las tropas de Sancho de Avila, las cua- 
les ejecutaron desórdenes y depredaciones lamentables, 
que el propio jefe castellano manifiesta con su acostum- 
brada lealtad; pero siendo estos hechos inherentes al 
estado de guerra en la época en que ociu*rieron, no pare- 
ce de la mayor importancia ocuparse en su examen con 
la minuciosidad con que Forneron lo hace, y más si se 
tiene en cuenta que los prolijos pormenores con que esos 
acaecimientos investiga, no se compadecen mucho con la 
sobria descripción que emplea al relatar otros sucesos 
muy más dignos de nota y estudio. 

Y ya que conceptuara oportuno describir con ex- 



(i) Esta declaración aparece inserta en Doc. inéd. para la Hist. de Es- 
paña, tomo XXXI, págs. 375 á 377. 



DURANTE EL RELIADO DE BON FELIPE It I JQ 

tensión los excesos á que se entregaron los soldados es- 
pañoles, sin detenerse en el relato de sus victorias, fuera 
bien que el historiador francés expusiera á la luz de la 
critica i m pare i al y serena los desmanes realizados por la 
gente de Don Antonio en Aveiro y Porto* Tal vez si For- 
neron procediese de esta manera, agradara menos su tra- 
bajo á muchos que gustan de leer cuanto puede deprimir 
ú España; pero lo que en parecer de los más perdiese i 
ganáralo en el concepto de la opinión desapasionada y 
erudita, y no menos favorecerla á la verdad histórica» 
con harta y dolorosa frecuencia maltratada. 

Dejemos ya este asunto para seguir los movimientos 
de la corte castellana, que se hallaba en Badajoz á la ter- 
minación de la lucha. Aquietado el reino lusitano^ era 
unánime el parecer de que Don Felipe debía trasladarse 
con presteza á Portugal ^ para que, al tiempo que se 
hiciese jurar y reconocer por sus nuevos subditos, atra- 
jera con dádivas y mercedes á los que aún se mostraban 
deseo nfiados^ y otorgara perdón á cuantos le hablan com- 
batido, suavizando asperezas y desvaneciendo prevencio- 
nes que sólo con su presencia podrían disiparse. Solicitá- 
balo el duque de Alba con insistente ahinco, y oyendo 
el general clamor, pasó el monarca de Castilla á Rlvas 
el 5 de diciembre de 15S0, acompañado del cardenal Al- 
berto de Austria y muy pocos ministros y criados, para 
dejar mayor sitio en su corte á los señores é hidalgos 
portugueses (i), y convocó Cortes para el mes de 
marzo próximo en la villa de Thomar, que por motivos 
de salubridad se creía preferible á Lisboa y otras pobla- 



(i) Herrera, Hisíorui ée Pürívj^ai y conouhu di las islas A jo fes, li- 
bro UI.— Cabrera de Córdoba. HhtarLt dr heJipe //. líb. XIII, cap. V,-- 
Veláíquez Salmaatíno, La tntryíii,i *fue en ti ríino de Por tumi hii^ Don 



l60 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTOOAL 

clones importantes, afligidas entonces por asoladora epi- 
demia (i). 

En Elvas juraron obediencia al soberano muchos tí- 
tulos, prelados é hidalgos lusitanos. Resueltos también 
los duques de Braganza á rendir pleito homenaje al rey 
Felipe, dieron poderes para el efecto á Don Rodrigo de 
Alencastro, el cual cumplió el cometido que se le con- 
fiara, prestando juramento de fidelidad al monarca el 
día 23 de diciembre de 1 580, hallándose en el solemne 
acto acompañado Don Felipe por el cardenal Alberto y 
otros personajes, y asistido del secretario de Portugal, 
Ñuño Alvarez Pereira (2). Con objeto de ratificar su 
adhesión, trasladóse poco después el duque de Braganza 
á la ciudad de Elvas en unión de su hijo el duque de 
Barcelos, y con escolta de copioso y bizarramente ade- 
rezado séquito, celebrando los dos magnates portugueses 
muy amistosa conferencia con el Rey, de que recibió 
éste mucha» satisfacción, y los duques no menor conten- 
tamiento (3). Cumpliendo luego la corte de Castilla for- 
malidades de exquisita cortesía, en la mañana siguiente 
(que fué la del día 18 de enero de 158 1 ), fué Don Felipe 
de Aragón > por mandato del soberano, á cumplimentar 
en Villaboin á la duquesa Doña Catalina, y en nombre 
del cardenal infante Don Alberto, efectuó análogo en- 
cargo el comendador Briceño (4). Por último, el domin- 
go 26 de febrero pasó Felipe II á visitar á los duques de 



(i) Carta del Rey al duque de Alba^ fecha en Elvas á 37 de enero de 
1581. Doc. inéd., tomo XXaIII, pág. 435. 

(3) El pormenor de este acto se halla descripto en carta de Don Ko' 
drigo de Alencastro al obispo de Cuenca, la cual aparece inserta en Do- 
cumentos inéditos, tomo XL, páffs. 380 á 383. 

(5) Relación de la entrada del duque de Braganza y del de Barceios, sh 
hijo, en esta corte ^ á besar las manos á S. M. en ij de enero de r^Si, es- 
crita por Don Rodrigo dé Alencastro. Doc. inéc, tomo XL, pág. j8j. 

(4) Rebello da Silva, Historia de Portugal nos séculos X VII e XVIII» 
Introducf^o, cap. VI, tomo IT, pág. 584. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II l6l 

Braganza, que aún permanecían en Villaboin, celebrán- 
dose el acto con la mayor solemnidad ^ y ofreciéndose 
por una y otra parte pruebas de afecto que en todos los 
allí presentes produjeron gran regocijo. Como demos- 
tración de su aprecio, y correspondiendo á la obedien- 
cia que los de Braganza le dieran, otorgó el Rey Cató- 
lico al duque el título de condestable (i). 

Antes de salir de Elvas recibió Don Felipe en 
audiencia de despedida al legado del Papa, cardenal Ria- 
rio, quien, retenido hábilmente por el monarca dentro 
del territorio español, cuando quería con sumo empeño 
penetrar en Portugal para favorecer el partido del Prior 
de Crato, modificó su conducta luego que Don y\ntonío 
fué derrotado en las márgenes del río Alcántara. Kl 30 
de agosto envió el legado á decir al Rey ^ por el interme- 
dio de Zayas, que tenía amplísima comisión de S, S, para 
hacer, en punto á reforma de las órdenes religiosas y co- 



(i) Describe este acto al pormenor Velázquez Salmantino en su libro 
Entrada que en el reino de Portugal hi^o Don felipc ff. Coa pVolijicJad 
se baila también expuesto en la Historia geiíjralógjcj de ¡a lasa rejíJ>or- 
tuguesa, tomo VI, lib. VI, de donde tomó Rcbcllo da Silva los datos que 
inserta en el tomo II de su libro, cap. VI, pjgs. ^8^, 5^^ y sSó^ 

Don Modesto Lafuente, refiriéndose á un cudicc de la Bibliotec^i Na- 
cional, dice en su Historia de España que los duques líc BragLinza ]\^t^* 
ron personalmente á Felipe II en Villaboin el día 2^ de diciembre de 1580, 
Aunque las noticias que hemos dado deniue^tr<in quena es exacta la 
afirmación, el examen del códice mismo que L^Tuetite cita, viene en 
apoyo de cuanto dejamos manifestado, pues lo qu^ eo él aparece es que 
el juramento se efectuó el indicado día en la ciudad de Ei vas por líon 
Rodrigo de Alencastro, al cual otorgaron \o% de Bragatiza poder en a6 de 
noviembre anterior. Afíimalo también asi el mismo enviado y sccreí^irio 
del magnate portugués en carta dirigida al obispo de Cueni::]i, de que se 
ha hecho mención; y lo corrobora más tarde d mem ?rial que Alencastro 
entregó á S. M. en Lisboa el año isSa, á propósito de las uiercedes con 
que debían galardonarse los servicios que los duque? prestaron al sobe- 
rano de España. (Doc. inéd., tomo XL, pág. 410). 

Y es lógico creer que asi las cosas sucedieran, porque no ha de supo- 
nerse que siendo Felipe II muy celoso guardador de su autoridad y pre- 
rrogativas, se adelantase á -saludar á los duques de firagan^a en la casa 
de éstos, si -de su propia voluntad no le hubicbcn jurado con an tela don. 
y rendídole pleito homenaje como Rey y señor de Portugal. 

TOMO u 11 



102 GUERRA DE AJÍEXIÓN EN FQ^ITUGAIp 

rrección del clero regular que había tomado parte en el 
alzamiento del Prior de Crato, cuanto Don Felipe esti- 
mase justo y enderezado al mejor servicio de Dios. Y 
desde entonces no volvió el cardenal Riario á mostrar 
propósito ni deseo de abandonar la corte de Castilla (l). 

Mucho convenía á las miras de Felipe II este cambio 
en la actitud del legado, pues, pafa aplacar los ánimos y 
e vitar nuevos trastornos, pedía con reiterado ahinco el 
duque de Alba que el emisario pontificio excomulgara á 
los sacerdotes que, en el pulpito^ en confesiones, consejos 
ó pláticas familiares, tratasen de mover á las gentes 
contra el Rey Católico (2). 

Satisfizo el legado plenamente las pretensiones de 
Don Felipe, amonestando con severidad á los religiosos 
que aún mantenían la causa de Don Antonio, y lanzan- 
do la excomunión mayor sobre los que en término pe- 
rentorio no compareciesen ante él, ó ante el nuncio, para 
implorar clemencia y defenderse de los cargos que se les 
hacían. De la forma en que procedió el cardenal Riario 
dá las siguientes noticias Rebello da Silva, quien dolido 
del daño que aquél infería á la agonizante causa del 
pretendiente lusitano, censura con dureza la conducta 
del mensajero apostólico: 

«El legado, italiano é hijo de la escuela diplomática 
de Roma, hallando el conflicto abierto y las cosas tan 
adelantadas, presentó sereno rostro á la mala fortuna, se 
guardó de hacer amonestaciones inoportunas, y si no oró 
públicamente por las victorias del soberano que le hos- 
pedaba suntuosamente, pareció cuando menos tan olvida- 



(i) Carta del Rey al duque de Alba, fecha en Badajos á 31 de agosto 
de 1380. Doc. inéd., tomo aXXII, págs. 503 y 504. 

(3) Cartas del duque de Alba á Zayas, fechas en Lisboa á 19 y 39 de 
septiembre de 1580. Doc. inéd,, tomo XXXIII, págs. 57 y 87. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U. I63 

do de los portugueses y de los fines de su misión, que 
nunca más se acordó de ellos, sino tal vez para deplorar 
la pertinacia de los que resistían aún con la espada en la 
mano la pacífica posesión y aclamación del monarca es- 
pañol>. 

«Un documento publicado por él en esta época abo- 
na nuestra conjetura». 

«Cediendo, sin duda, á las instancias del gabinete de 
San Lorenzo, Riario, cuya elocuencia enmudeciera cuan- 
do se trataba de defender la causa de la concordia y de 
la justicia, se sintió de repente abrasado en la llama de 
la más viva indignación, sabiendo que muchos frailes y 
clérigos, sin temor de Dios, con grave daño y peligro de 
sus almas y gran escándalo de los habitantes de Portugal 
y de los Algarbes, habían salido de los conventos é igle- 
sias, armados por encima de los hábitos, para tomar par- 
te en las alteraciones políticas y en la lucha á favor del 
Prior de Crato>. 

«Condenando estos flagrantes abusos, luego que Don 
Antonio, fugitivo y acosado, perdiera las últimas espe- 
ranzas, los acusaba y reprendía, extrañando que muchos 
religiosos continuasen todavía errantes, y que otros, á 
pesar de hallarse recogidos en los monasterios, no hubie- 
sen desamparado al infeliz pretensor y alimentasen el 
fuego de la guerra civil inspirando bríos á los díscolos 
para sus malos propósitos». 

«El cardenal concluía esta admonición recordando, 
algo tarde, las prohibiciciones de los sagrados cánones, 
y ordenando á todos los monjes y clérigos culpados que, 
dentro del plazo de nueve días, compareciesen ante él, ó, 
en su ausencia, ante el nuncio residente en el reino, á fin 
de defenderse é implorar el perdón ó el castigo que me- 
reciesen, imponiendo á los contumaces la pena de exco- 



104 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTÜGAl. 

munión mayor, además de las penas señaladas en los 
cánones y constituciones particulares*. 

cLa carta fué redactada en Eh^as el 1 1 de febri^o 
de 1 581, pocos días antes de la partida del legado, cuya 
docilidad recompensó el Rey Católico con generosas 
ayudas de dinero para el viaje, hábitos para los fámulos, 
y alojamiento espléndido en los puntos que había de 
atravesar hasta Barcelona, lugar de su embarquej. 

«Riarío, á quien molestaban vehementes ataques de 
gota, en particular desde que su dilación fuera causa de 
que se convirtiese en simple expectador de los sucesos, 
con detrimento de su autoridad espiritual, juzgó pruden- 
te retirarse en la víspera de la jornada del Rey, acaso 
para huir del trance poco agradable de ñgurar en la en- 
trada triunfal. Tomando por disculpa sus padecimientos, 
salió de Elvas dentro de una Juera forrada de terciopelo 
carmesí, acompañado de numeroso séquito y de un al- 
guacil de la corte, el cual caminaba siempre delante de 
él con encargo de prepararle cómodo y suntuoso hosp^ 
daje>. 

«El prelado aprovechó esta ocasión para recrear 
el ánimo, visitando en la provincia de Andalucía y en 
el reino de Portugal las tierras más notables. Hasta el 
último momento de su embajada, recogió de ella todos 
los frutos, menos el de la pa^ y libertad de Portugal» (i). 

Resulta, pues, que el legado pontificio, antes desfa- 
vorable al Rey Católico, acabó por darle resucito apoyo, 
defraudando las esperanzas del Prior de Crato, y perma- 



(i) Rebello da Silva, Historia dt Portugal ttos s¿h¡úí X VII e X VIII, 
Introducfüoy cap. VI, tomo II, pdgs. 591 á 59^, 

Para su relato, tuvo presente el escritor lusitano el Cerpo ikrúnoU^' 
co^ parte I, legajo iix, documento qi, existente en el archivo aacioDil de 
la torre del Tombo. 



DURANTE EL REIPTADO DE DON FELIPE Q I65 

neciendo en la corte de Don Felipe 11 hasta la víspera 
del día en que el monarca español abandonó la ciudad 
de El vas para dirigirse á Thomar y Lisboa. 

El 28 de febrero de 1581 comenzó el Rey su viaje, 
acompañado de lucido cortejo, que formaban prelados, 
eclesiásticos, caballeros é hidalgos portugueses. Servíanle 
de escolta, además de la guardia real, tres compañías de 
arcabuceros á caballo mandadas por Juan de Aranda, 
Diego de Oviedo y Juan l'ernández de Luna, todos á las 
órdenes del afamado maestre de campo Don Lope de 
Figueroa, Al medio día llegó la comitiva regía á Cam- 
pomayor, y en los días sucesivos continuó pausadamente 
su camino por Arronches, Portalegre, Crato, Alter do 
Chao, Ponte de Sor y Abrantes, siendo en todas partes 
festejada su presencia con grande alborozo y populares 
demostraciones de regocijo. Escuchaba Don Felipe con 
benignidad á cuantos á él se acercaban, y así iba obte- 
niendo con afable trato la devoción del país que prece- 
dentemente le fuera en su mayoría muy hostil. Por úl- 
timo, después de detenerse siete días en Abrantes, llegó 
el Rey Católico en la tarde del 1 6 de mar^o á la villa 
de Thomar, donde no se economizaron arcos de triunfo, 
colgaduras, obeliscos y adornos de todas clases para 
obsequiar al nuevo soberano» (i). 

Habíase convocado á las Cortes portuguesas para 
prestar juramento al Rey el 25 de marzo; pero la tar- 
danza inevitable de muchos miembros de ios tres Es- 
tado«, obligó á dilatar la reunión más de tres sema- 
nas. Aprovechó este tiempo Don Felipe para atraerse á 



(1) Herrera, Hisiúria dí Portugal y conquista df Us isUs A^ofís, U- 
bro III. — Qu«ypo de Sotomayoí» Descripción de ¿as casas sucedidas en 
I&s reinos de Por£u£jJ^ ei»\, parte IV^ — Velázquez Salmantino, Entrada 
que hiiü en el reino de Portngaí Don J*elipf //, p/f., cap. LXXXV. 



1 66 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

los más fervientes partidarios de Don Antonio. Daba 
audiencias diarias, muchas veces por mañana y tarde, y 
de tal manera se extremó en favorecer y distinguir á sus 
nuevos subditos que, con su conducta disgustó á bas- 
tantes españoles, celosos de la privanza alcanzada por al- 
gunos lusitanos. 

Las noticias que acerca de este particular da An- 
tonio Herrera, acogidas como exactas por Rebello da 
Silva, prueban claramente que se esforzaba el Rey Ca- 
tólico para ganar la confianza y el afecto de los portu- 
gueses, y demuestran la pasión ó ligereza con que se ha 
solido tachar de dura la conducta que el rey Felipe ob- 
servó en aquella ocasión. 

Las instancias y memoriales de servicios eran infor- 
madas por ministros nacidos en Portugal, y aun cuando 
se procuró complacer á muchos, eran tantos los que se 
juzgaban con derecho á recompensas, que por necesidad 
quedaron bastantes disgustados. No sólo pedían los adic- 
tos en todo tiempo á la causa de Castilla, sino que otros 
muchos parciales de Don Antonio se conceptuaban igual- 
mente acreedores á premio por haber desamparado al 
Pretendiente cuando llegaron para él los días de des- 
gracia. 

Todo el peso del gobierno gravitó en este período 
sobre Don Cristóbal de Mora, nombrado veedor de Ha- 
cienda, y sobre Pedro Alcazova, restituido en los hono- 
res y oficios de que lo había despojado el cardenal Don 
Enrique. Desde el momento en que salió de Elvas, vis- 
tióse el Rey á la usanza portuguesa, y los cortesanos se 
apresuraron á imitar su ejemplo. Otorgó Don Felipe el 
título de conde de Matosiños á Francisco de Sáa; el de 
conde de Linares á Don Fernando Noroña, y Don An- 
tonio de Castro, señor de Cascaes, obtuvo en pago de 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE H 1 67 

SUS grandes servicios análoga distinción. Al duque de 
Braganza, por ser el más noble y el más poderoso, le 
enalteció sobre todos el monarca, colocando sobre su pe- 
cho el collar del Toisón de Oro, demás de conferirle, 
según se ha dicho, la dignidad de condestable, que el es- 
poso de Doña Catalina había solicitado en vano del Rey 
cardenal y de los gobernadores. Francisco de Sáa fué 
nombrado camarero mayor; Don Jorge de Meneses alférez 
mayor; Don Juan de Silva, conde de Portalegre, reci- 
bió como premio de su acrisolada lealtad, el cargo de 
mayordomo mayor; y otros portugueses de menos cré- 
dito, alcanzaron también mercedes no escasas del Rey 
de España. 

Juntos ya en Thomar los representantes de los tres 
Brazos, el día l6 de abril juró Don Felipe, ante los arzo- 
bispos de Braga, Lisboa y Evora, guardar los privilegios, 
fileros, libertades, usos y costumbres del reino portugués 
en la forma misma que los guardaran sus antecesores, 
recibiendo luego él, á su vez, el juramento de fidelidad 
y obediencia que, uno por uno, le prestaron los duques 
de Braganza y de Barcelos (que por la alteza del linaje á 
todos precedían), los grandes, prelados, individuos del 
Consejo de Estado y otros Consejos, los hidalgos, seño- 
res y alcaides mayores de castillos y, finalmente, los pro- 
curadores de ciudades y villas (l). 

El 18 de abril publicó el rey Felipe un perdón ge- 
neral que, siendo bastante amplio, exceptuaba, sin em- 



(1) Este solemne acto se efectnó con arreglo á un ceremonial que, con 
todos sus pormenores, se halla inserto en Doc. inéd. para la Hist. de Es- 
paña, tomo Vn, págs. )}% á 344. La relación minuciosa de aquella so- 
lemnidad aparece en el mismo volumen, págs. 344 á 348, y en las pági- 
nas 385 á 389 del tomo XL, donde también se expresan á continuación 
los nombres de todos los portugueses que, por su dignidad y categoría 
prestaron juramento de fidelidad 7 obediencia al Rey Católico. 



l68 GUERRA DE ANEXIÓN EN PQRTIIGAI. 

embargo, acaso con no buen acuerdo, á 52 personas muy 
comprometidas en favor de Don Antonio, como eran, 
además del mismo Prior de Crato, el obispo de la Guarda, 
el conde de Vimioso y otros de menos nota, entre los 
cuales había 17 eclesiásticos (l). Pareció á los portugue- 
ses artificioso, pobre y condicional el esperado perdón, 
el cual, á su modo de ver, servía sólo á los que tenían li- 
geras culpas: los castellanos, por el contrario, lo hallaron 
sobradamente generoso (2). Al decir de Velázquez Sal- 
mantino, procediendo más tarde el monarca con benig- 
na largueza, fué sucesivamente otorgando clemencia á 
casi todos los portugueses exceptuados en el perdón de 
Thomar. 

Las Cortes lusitanas prestaron después juramento de 
fidelidad al príncipe Don Diego, heredero de la coro- 
na (3), y entregaron al Rey extenso memorial de peti- 
ciones, que si muchas eran dignas de estimación, pare- 
cían otras exageradas é inaceptables. Otorgó el monarca 
cuantas concesiones cabían dentro de la conveniencia, 
abarcando todas las mercedes y gracias ofrecidas por el 
duque de Osuna cuando fué embajador en Lisboa, y 
otras muchas solicitadas por las Cortes (4). A pesar de 



( i) La relación de los portugueses excluidos del perdón aparece in- 
serta en las págs. ^99 y 400 del tomo XL de la Colección de documentos 
inéditos para la Historia de España. También se halla en el Diario it 
operaciones de Lassota de Steblovo, bien que con algunas diferencias y 
alteraciones en los apellidos, respecto de la relación primera. Apéndice 
número 11. 

(2) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Afores, li- 
bro in. — Franchi Conestaggio, unión de Portugal á la corona de Casti- 
lla, lib. Vin.— Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, lib. XHI, ca- 
pitulo V. — Rebello da Silva, Historia de Portugal nos sáculos XVU t 
XVIIly Iníroducfáo, cap. VI, tomo H, págs. 610 a 612. 

(3) La descripción de este acto, efectuado solemnemente en presencia 
del rey Felipe, se halla en Doc. inéd., tomo XL, págs. 400 á 403. 

(4) En el archivo nacional de la Torre del Tombo se conservan en 
Lfsboa los sendos capítulos de peticiones hechas por los tres Estados en 
las Cortes de Thomar, y las respuestas del Rey Católico. (Armaño 11 de 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U 1 69 

esto, y de haber sido Don Felipe bastante pródigo con 
los particulares que más se distinguieran por sus servi- 
cios, había muchos que oo se consideraban satisfechos 
en sus pretensiones; las exigencias eran excesivas y no 
muy justificadas en su mayor parte, y segün dice Fran- 
chi Conestaggio, «cada portugués á tuerto ó derecho pe- 
día mercedes, así que todo el reino no parecía ser bas- 
tante á contentarlos» (l). 

Prolongó el Rey su estada en 1' homar cuanto fué 
menester para adoptar las resoluciones más urgentes que 
las demandas de los tres Brazos hicieron necesarias. El 
Pontífice, entretanto^ más benévolo con Felipe II que !o 
había sido antes, dispuso que se procediese contra el 
Prior de Grato, á quien privó de los beneficios y rentas 
eclesiásticas que disfrutaba. Para que sus deseos se co- 
nociesen y fueran con puntualidad cumplidos, dictó S. 5. 
un Breve, encargando al capellán mayor Don Jorge de 
Atayde que instruyese el oportuno proceso en averi- 
guación de las culpas y delitos cometidos por Don An- 
tonio* Y asimismo encomendó el Papa, por otro Breve, 
al dicho capellán mayor, la substanciación de la causa 
que debía instruirse contra el obispo de la Guarda y 



/ 



la casa real, legajo 7 d* las Cortes, muu. t). Rebello da Silva los expone 
con bastante mlnniciosidad en el cap. VI de la IntrcKluccLÓa á la Historia 
df Pnrhigai fías s¿<ruhs XV fí c XVIII^ pí'gs. baS a bjG. 

Las gradas otorgadas por Fi^lipc II al reiau pnrttigués se publicaron 
en Ttiom*ir con la nrma cfel Rey, v fueron comunic^idas á los líes Brazos 
por el secretario Miguel de Mora, Dan de ^Uas ncitkia Herrera y Cabre- 
ra de Córdoba, y, con mayor amplitud^ la^ expone Rebeüo á» Silva» 
quien las tomó de la «Carta patente de las mercedes, gracias y prívUe- 
aios de que el Key 1Ü£o merced <i estos reinos^ fechada, en Lisboa á ¡9 
de novienibre de i^Sn», que se conserva en el archivo nacional de la To- 
rre del Tombo, armariü iij legajo 7 de Cortes^ núm- i* 

Sobre este asunto ex iluten también datos en los libros siguientes: He- 
rrera, Hü torta ¿fe Parhtj^<T/ j* i'^nquiíta dif ht islas Ajror^s^ íib, fll. — Ve- 
lázquez Salmantino^ Zj etílrstdu qttt hí^o fti Portuj^^l Don helipt IJ, — 
Copia de algunos párrafo.'; de caria escrita en Tbomar á 33 de mayo de 
t^ti. Doc* intd., tomo XL, pngs* ^05 y 40o* 

^i) Unión df Portugal á iii rorona d^ CastilLif lib* VIH, 



170 GUERRA DE AHÍESaÓH EH PORTUGAL 

demás eclesiásticos que síguteran en su rdjclj6n al Prior 
de Crato, reservándose él dictar sentencia en eJ proceso 
del ol^ispo, y dando facultades á Atayde par^ procedef 
é imponer penas á los otros religiosos que resultases 
culpables (l). 

Finalmente, luego que las Cortes terminaron sus 
tareas y fueron despedidas, se dirigió el rey Felipe á 
Lisboa. Detúvose en Almada el tiempo preciso para dar 
lugar á la conclusión de los preparativos que en la capital 
se hacían para el acto de su entrada, y llegó á la ciudad 
el día 29 de junio de 1 581, siendo recibido con gran- 
des muestras de contento en su paso por las principales 
calles, si galanas, no muy ricamente aderezadas y com- 
puestas (2). 

Veíase con esto Don Felipe dueño y señor del codi- 
ciado reino. El inmenso imperio colonial, que constitufa 
espléndido ornamento de la monarquía lusitana, sin re- 
sistencia ni dificultad iba prestando obediencia al nuevo 
soberano, quien en tiempo oportuno enviara despachos 
á los gobernadores que en lejanas tierras mandaban, ha- 
ciéndoles presentes sus derechos al solio portugués. Ceuta 
y Tánger en el septentrión del África; los reinos de 
Guinea, Angola y Benguella en la costa occidental, y 
en la oriental las provincias de Zanguebar, Quiloa y Mo- 
zambique; la isla de Socotora, que domina la entrada en 
el golfo Arábigo; la de Ormouz señoreando el golfo Pér- 



(i) £1 capellán mayor aceptó los dichos Breves, y por sus machas 
ocupaciones delegó en el doctor Antonio Toscano, diputado de la con- 
ciencia y juez de las órdenes. (Copia de algunos párrafos de carta escrita 
en Thomar á aa de mayo de 1581. Doc. inéd., tomo XL, págs. 404 y 405V 

(a) Herrera, Historia de Portugal y conquista de Jas islas Azores, li- 
bro III.— Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, lib. XIII, cap. V. 
— Relación de la entrada que hi^o 5. M. en Lisboa el dta de San Pedro, 
que se contaron ag de junio de i^8j. Doc. inéd., tomo XL, págs. 406 á 400. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE 11 I7I 

sico; Ja fuerte y opulenta ciudad de Goa, que hizo Al- 
bu rquer que capital de las colonias portuguesas en las 
Indias; los reinos de Cambaya y de Diu; toda la costa 
de Malabar; la isla de Ceylán, Malaca, las Molucas y Ma- 
cao en la región asiática, y el dilatado Brasil en Amé- 
rica, pasaron á ser domini<:ffi españoles^ aj igual que la 
isla Madera y la de San Miguel en las Azores, Remisa 
en obedecer la isla Tercera y algunas otras que al mismo 
archipiélago pertenecen^ aprovechó con habilidad d Pre- 
tendiente la escasa diligencia de los castellanos, y ayu- 
dado de los fralleSi que en su sen^icio se emplearon con 
ardimiento, logró constituir en aquel punto un centro de 
resistencia, que dio no poco que hacer al diestro sobe- 
rano de España, 6. sus expertos marinos y á sus intrépi- 
dos soldados (l). Pero siendo de mucha importancia las 
operaciones navales y militares que en el citado paraje 
y mares colindantes se desenvolvieron, será razón que 
á su examen dediquemos capítulo aparte, donde tengan 
amplio sitio y natural cabida las épicas hazañas que sobre 
la movediza superficie deí revuelto mar, y en las fra- 
gosas costas que baten las ondas del Atlántico, reali- 
zaron con enérgica bravura los afamados guerreros de 
Castilla, 



(t) Cabrera d* Cofdoba, Historia dr Felipr //, íib. XTli; cap, IL— 
Herrera, Histúria ds Portugal y cúnq»ist¿i dehs islas Ajores^ líb, IH,— 
Fraocbi Cooesíaggío, Union de PoHugai á la loronit/i^ Cjstt/Ia, lib. VH, 
— Rebello da Siíva, Historia de Poríu^^í nos sécutos KVH t XV! II, 
Iniroducfúú^ cap- VI, toroo II, pigs. 599 i 6o^. 



''^^^«■*^*^^- 



m 






CAPÍTULO V 



Operaciones en las islas Azores comparad as' con las de PortugaL — Dispo- 
siciones de Don Antonia para niantenef el archipiélago. — Intentos de 
Felipe II V ocnpacjón de lá isla de San MigueL — Objetivo de las Cortes 
de Francia e Inglaterra. — Ligera descripción del grupo de las Azores. 
— EipedíL'íún deDnn Pedro de Vííldés. — Teatati vas frustradas para so- 
meter pacíficamente la ísI.t Tercera. — Desembarco de los españoles.— 
Conibate desgraciado con Jos isleños,— -Llagada de las flotas de Nueva 
España y Tierra Firme. — ^Pensamiento peligroso de desquite. — Expe- 
dición de Don Lope de Figiiero+i. — Encuentro con las na\^es de la Indi» 
OrientaL^Reconocinñentoa de la isla Tercera .^ — Regreso á Lisboa.^— 
Preparativos navales y guerreros en Fraocia. — Opinioneí; diversiís en 
los consejos del Rey Católico. — Aprestos para organizar una ilota man- 
dada por el marqués de SünU Cruz. — ExpedEcioriííS de Díaz de Mendo- 
za j Peixoto y Noguera.— Escuadra francesa en marcha para las Alores. 
-^Desembarque de los cxpedicionarioí en la isla de San Miguel. — -Des- 
calabro de los castellanos. — Retirada de los vencidos al cantillo de Pun- 
ta Delgada ' — Intimación de Don Antonio. — Llegada de la cs^^uadra es- 
pañola y embarque de tos franceses. 

|S] lEN pareciera que al narrar acaecimientos histó- 
ricos) en que án modo singtilar se acreditaron 
las relevantes condiciones que sobre todo en* 
comió distinguían á los capitanes y soldados españoles, 
siguiéramos al pormenor la descripción de sucesos tan 
gloriosos como aquellos en que nuestras triunfantes na- 
ves y bizarras tropas hallaron ocasión de señalarse en el 
archipiélago de las Azores. Pero habiendo de tenerse en 
cuenta que, acontecimientos de tal manera dignc^s de 
aplauso, son elementos de ua conjunto que cual toda 
otra composición requiere harmonía en el modo de ex- 




174 CIERRA DE ANEXIÓN ES PORTUGAL 

poner y lógico enlace en las diversas partes que los cons- 
tituyen, no fuese acertado, que en relatar combates (si de 
suyo muy merecedores de análisis detenido, cuando por 
su exclusivo mérito se examinan, no tan principales 
cuando han de combinarse en consorcio estrecho con 
otros más reputados) empleáramos largo tiempo y mi- 
nuciosos períodos, dañando al realce que, por su excep- 
cional interés y saliente celebridad, debe darse en esta 
mal aliñada labor á funciones de guerra de tamaña'trans- 
cendencia como aquellas que poco ha ocuparon justa- 
mente nuestra atención. Y no es que neguemos impor- 
tancia á las operaciones que, con brillo esplendoroso para 
las armas de España, se realizaron en derredor de la isla 
Tercera; pretender cosa semejante fuese de sobra injusto, 
y no incurriremos á sabiendas en tan inexacta aprecia- 
ción; pero aun siendo esto cierto, ha de tenerse en me- 
moria que la toma de la citada isla, y algunas otras me- 
nos ricas y extensas que ella, con no ser despreciable por 
efecto de la situación que en el camino de las Indias ocu- 
paban, no puede ni debe en manera ninguna parango- 
narse con el mayor interés que necesariamente ha de re- 
vestir el dominio de la comarca lusitana que en Europa 
tiene su asiento. Y existe todavía otra razón, como la j^a 
dicha poderosa, y quizá más que aquella legítima, para 
que de aquí adelante aparezcan los juicios más parcos y 
las apreciaciones más tímidas: el haber de analizar hechos 
militares que en el Océano ocurrieron, cuando ya de no 
corta fecha van nuestros estudios encaminados por dis- 
tinto rumbo, retrae la cansada pluma; y si para toda ocu- 
pación científica é histórica son escasas nuestras fuerzas, 
echamos de ver, aunque tarde, las dificultades grandes 
que habernos de vencer antes de dar remate al ya lar- 
go trabajo, si importante por los sucesos que describe, 



DURANTE EL REINADO DE JK»N FELIPE n I75 

enfadoso por la obscuridad de nuestro etitendimíento- ' 

Debido á la escasa diligencia de los españoles, cuya 
actividad se empleaba únicamente en aniquíJar los es- 
fuerzos de Don Antonio, descuida rase con mal acuerdo 
en los Consejos del Rey Católico la sumisión de la ista 
Tercera, donde andaban los ánimos de la plebe muy so- 
liviantados y revueltos en favor del portugués (l). Más 
listo en esta ocasión el de Crato, supo utilizar tan favo- 
rables disposiciones, enviando allá con toda presteza á 
Cipriano de Figueredo en calidad de corregidor del ar- 
t;hípiélago y de capitán mayor de la ciudad de Angra» el 
cual se dio muy buena maña para mantener aquellas tie- 
rras por el Prior de Crato, secuestrando las personas y 
bienes de los devotos del rey Felipe, y alentando á los 
parciales de Don Antonio con promesas de eficaz soco- 
rro. Ayudaron niucho á l'ígueredo algunos naturales de 
la isla Tercera, y especialmente los frailes de San Fran- M 

cisco, que le dieron asistencia \'aliosísima con sus exhor- 
taciones al pueblo. 

En vano fué que tratase luego de reducir el archipié- 
lago á la obediencia de Don Felipe el caballero lusitano 
Ambrosio de Aguiar Continho, en quien concurrían 
excelentes prendas y muy felices disposiciones para 
llevar á buen término el encargo que le dio el soberano 
español (2), Cuando á principios de mayo de 158Í llegó 



(i) Cierta del dtiqu« de Alba Ai Rey, fecha en Lisboa á ti de eaero de 
1581. Doc. itiéd., tomo XXXIIl, pigs. 474 y ^7^- 

{a) AmbrüSLü de Aguiar había acampafiadü al rey Don Sebastian eii 
la malaventurada emprt'Sí de África* Vueltn del cíiutiveno, y por üer 
persona muy principal y de probada lealtad, fué nombrado por las gober- 
nadores del Tcino capitán de la fortaleza de Setubal, ejerciendo esitj aii* 
go ]i35ta la fnga de los regentes. Preso entonces por Don Antonio, quedó 
en libertad despulí de la batalla de Alí:ántara; y queriendo Felipe II pre- 
aiiar su resuelta adhesión, le dio la encoujjenda principal de Bcja y le 
otorgó otras mercedes. Por el buen concepto que de su lealtad y méritos 
tenia ^ le nombró después el Rey Católico gobernador de jas isla^ A i ores , 



176 GUERRA DE ANEXIÓH EN PORTUGAL 

el emisario á la islas Azores, habíase perdido ya la opor- 
tunidad de sometarlas pacíficamente (l); y bien que 
Aguiar atrajo algunos isleños á su partido con el halago 
deí perdón general y otras mercedes que hizo pregonar, 
valiéndose de las amplías facultades y poderes que lleva- 
ba como gobernador de aquella comarca, prevaleció la 
opinión de los más, con lo cual hubo de recogerse el 
mensajero en la isla de í^an Miguel que, por antagonismo 



para donde sj1í6 el día 90 de abril, embarcind{>se en el galeón S^n Cr%i- 
/í?¿ii/. (Doctor Gaspar Fructupso, Samíadet da Tírra^ lib. IV^ cap. XCVII). 
Según dice el duque de Alba á Felipe II en carta de S de mayo de 
i*i8i, Ambrosio de Aguiar. al advertir el mal aspecto que ofrecían las 
cosas en el arcbipiH:igo, volvióse á Lisboa, aTribando á la capital lusitana 
el dia t ác: ;iquel mes. (Doc. ined. para la llist, de España, tomo XXX V^ 
pág, 31 ^V ^ como eo aquella fecha se ultimaban lo» aprestos para ud* 
expedición guerrera, dispuso el Rey Católico, previo consejo del duque 
de Alba, qué Ambrosio de Aguiar se re^títuvese á las islas Atores para 
intimar de nuevo la sumisión á la isU Tercera, á la cual debía señalar lo* 
peligros á que se exponía si al punto no daba la obediencia, y agnardal» 
la lUi^ada de las tropj.'is que venían á señtire^irlLi- Cnruplieiido las ordenen 
del Rey, salió At^niar del puerto de Üsbíja el dia t% de mayo^ acompa- 
ñado de algunas persouas encargadas de prestarle inasistencia. (Carta 
del Rev al duqnc dL* Alba, lecha en Thomar á 17 de mayo de i^Si. Do- 
cumentos inéditos par:i la Hist. de H^panai tomo XXXV^ págs* íst y >S3Í 
íi) Cree Antonio Herrera que si, desde Ayamonte^ hubiese enviado el 
marqués de Santa Crur algunos bajel eí con pocas tropas á la isla Terce- 
ra, habriansc excusada los peligrosos ajares qne más farde sobrevinieron. 
Opinamos ci^uio el distinguido historiador, en cuanto ataúe á la morosi* 
dad con que los ministros y generales de Felipe 11 anduWeron en este 
caso; pero, en juicio nuestrn, no era momento adecuado para tomar po* 
iL'SÍón del a r,*hi piélago de las Azores el que señala el concienzudo publi- 
cista. Y la razuii es muy obvia: Las fuerzas m;ir]timas portuguesas bailá- 
banse entonces intactas: no habían sufrido qnebr¡into alguno material ni 
moral, y eran además bastante poderos^is. Parecía, pues, aventurado des- 
tacar lejos de la escuadra principal española una pequeña expedición, 
con riesgo de ser apresada p ir otra más fuerte que Don Antonio pudierm 
despachar en su persL'Cución. Rendida la flota enemiga el dia 34 de agos- 
to de i^%o en la rada de Lisboa» variaban desde aquel instante las cir- 
cunstancias de la lucha, y ya no faabia peligro para hacer lo que antes de 
aquella sa^on fuese i u^ prudente. Ocupados en los múltiples negocios que 
de cnntinuo surgían en la dirt^cción de las tropas y el arregUj del reiao, 
los caudillos y gobemaniias españoles descuidaron adoptar las prontas 
disposiciones que la urgencia del caso pedia: y semejante falta de pre vi- 
si r>n, SI dio al cabo gUina inmensa y merecida fama á los marinos y gue- 
rreros de Castilla, .substrajo por espacio de tres añas al dominio de España 
aquellas tierras oceánica!^, y mantuvo amenazadora la llama de la rebe- 
lión, costando á nuestra patria pérdidas grandes y no despreciables sa- 
cñ&cíos. 



DURANTE EL ROKADO DE DON FELIPE H 1 77 

con las otras del grupo, y gracias á la buena industria y 
consejo del obispo de Angra^ Don Pedro del Castillo, 
envió en los comienzos del ano 1581 emisarios á Lisboa 
con encargo de ofrecer la obediencia al rey Felipe, en 
cuya devoción siguió después. 

No tan importantes las islas Azores por su extensión 
y riqueza, cuanto por recalar en ellns las expediciones 
que traían opulentas mercancías de ía India Orienta!, 
Tierra Firme y Nueva España» interesaba mucho reducir 
á aquellos naturales que, con auda;; arrogancia, menospre- 
ciaban la autoridad del Rey Católico. * En poder de Don 
Felipe las islas, dice el Sr. Fernández Duro» excusaban 
el gasto crecido de la armada que anualmente se despa- 
chaba en escolta de las notas: en manos de sus enemigos 
embozados, servirían de guarida á los corsarios que, ya 
sin ella, sallan á tentar la fortuna, y sería precaria la se- 
guridad de que llegaran á las arcas reales las barras del 
Perú y Tenustitlaú. De aquí la importancia que en la 
contienda se acordaba á un archipiélago llamado por 
Tassis llave del Nuevo Mundo, aunque estuviera en mar 
tormentosa, y ni por ios productos de su suelo de riscos, 
ni por las condiciones de costas escarpadas y despro- 
vistas de puertos, entonces la tuviese» (i)* 

Y era aún de mayor alcance la sumisión de las re- 
beldes islas, cuanto que las cortes de Francia é Inglate- 
rra habían recibido amistosamente, con carácter oficial 
de embaj adores j á ios emisarios del Prior de Grato, y 
luego ai mismo Don Antonio, al salir éste en salvo de 
Portugal. Lo mismo Isabel de Inglaterra que Catalina 
de Médicis y su hijo el rey Enrique III de Francia daban 



1 



{%) La ConquisÍA dt ¡at iiU¡ Azores en t^B^^ pig. 9, EiU obra se pu- 
blico ea Madrid en i836. 

lOMU u Ift' 



IJ^ GÜEEItA DE ANCXIÓX EN PORTUGAL 

tratamiento de Rey al Pretendiente lusitana, y le ofre- 
cían positivo favor de un modo más 6 menos encubierto; 
y aun cuando aparentemente contestaban con satisfac- 
ciones cumplidas á las demandas del monarca ^pañot, 
era lo cierto que en una y otra nación se alistaba gente 
y aprestaba dinero para auxiliar á Don Antonio. Kn In* 
gíaterra se inscribían con tal objeto multitud de marinos 
reputados, á la cabeza de los cuales se hallaba el audaz 
Drake, y en Francia, bajo la solapada dirección de la 
reina madre, se hacían diligentes preparativos para en- 
viar con Stroízi y Brissac los 5 ó ó.OOO hombres que el 
de Crato solicitaba. Mientras se mantuvo Sa resistencia de 
los portugueses en la región del Duero, pensábase que 
fueran las expediciones á desembarcar en el puerto de 
Vigo, por ser el más seguro é inmediato á la raya lu- 
sitana; pero después que Sancho de Avila señoreó aquel 
k territorio, los Gobiernos de París y Londres pusieron los 

y ojos en las islas Terceras, donde se podía fundar sólida 

* , base para importantes empresas. De cuanto en contra 

* suya fraguaban los dos Gabinetes extranjeros, tenía Don 
Felipe inmediata noticia por medio de sus agentes diplo- 
máticos, entre quienes sobresalía por su perspicacia y 

[ actividad el célebre Don Bernardino de Mendoza, que 

I representaba á España cerca de Isabel Tudor. 

No eran desinteresadas las miras de los Gobiernos 
francés é inglés. Parecía cosa cierta que el Prior de Crato 
en sus apuros prometía á la corte de Francia cederle, 
en cambio del socorro, Porto y Vianna do Castello, abrir 
al comercio francés el Brasil y la India portuguesa, y 
aun entregar parte de las más florecientes colonias. Y 
por lo que atañe á Inglaterra, lógico es pensar que, 
aparte del interés de la reina Isabel en hostilizar ai so- 
berano católico y crearle todo linaje de dificultades, se 



DURAKrE EL REINADO DE DON FELIPE U l/Q 

pensara en coaseguir ventajas territoriales para acre- 
cer el poder de aquella nación, siempre calcuiadora y 
egoísta (l)* 

Pasando ya las cosas adelante, el rey Enrique III y 
su madre interrogaron á Cipriano de Figueredo, por con- 
ducto de Antonio Schelingj que pasó á Angra en los co- 
mienzos del verano de ISSI, sí necesitaba inmediato 
apoyo; y como el gobernador portugués en la isla Ter- 
cera respondiese afirmativamente, y demandara el auxi- 
lio de una escuadra con gente de guerra, en la cual se 
embarcasen también arcabuces, mosquetes y pólvora de 
que estaban muy menesterosos, satisfechos Catalina de 
Mediéis y el monarca su hijo de la decisión con que 
los islc^ños se disponían á pelear en defensa del Prior de 
Grato (2), dieron desde entonces mayor prisa á los en- 
ganches de tropas y aprestos de naves que se hacían 
en el territorio y costas francesas. 

Con todo esto pudiera verse en grave riesgo la re- 
cién acabada conquista de Portugal, porque dueños los 
de Don Antonio de las islas Azores, con la ayuda de 
Inglaterra y Francia, seríales fácil preparar allí navales 
t:m presas que, dirigiéndose á las preciadas colonias trans- 
fretanas (por su mismo apartamiento y grandeza malas 
de guardar), 6 á las costas mismas de la metrópoli, sí 
acaso no estuviesen bien defendidas, dieran aliento á las 
esperanzas despiertas de los partidarios del Prior, y me- 



(r) Carta á& Diego Mal donado al Key, fecha en París i 19 de no- 
viembre de 1580, Doc. iiiédn, tomo XXXV, pigs. 161 á 166, — ídem del 
duque de Alba al Rey, fecha ^n Lisboa j 39 de enero de i^Si, Docn- 
m^nCos inéditos, tomo XXXV, pjgs, ^711 y ^74. — ídem del embajador de 
Fraocia en Madrid á Enrique III^ fecha á ^ de abril de t^So. Museü Bi- 
blioteca nacional dü Pans. 

{^] Carta de Cípríano de Figueredo á Catalina de Médicis, fecha el 
II de jaciio de tsSt. M^. Btb. riEta.de P;)ri&. fonds pottugais núntn aiS^ 
doc, 10. — Idetn id. al rey de Friincia, fecha el la de junio. Museos Bi- 
blioteca Qiicional de P^u'U» fnads portugaii, núm. aiS, doc. ai. 



1 8o GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

noscabaran en breve el poder material y moral del rey 
de Castilla. 

Mas ya que hemos de exponer Jas operaciones mi- 
litares y navales efectuadas en el archipiélago de las 
Azores, bien será que emitamos algunas ideas acerca del 
descubrimiento, situación, número é importancia de sus 
islas. Merced á la alta influencia y con el doctísimo pare* 
cer del infante Don Enrique, hijo del rey Don Juan I, ha* 
bíanse realizado magníficas expediciones marítimas, que 
hicieron de Lisboa el centro del saber .y del progreso 
humanos: al vigoroso é inteligente esfuerzo del esclareci- 
do príncipe es la geografía deudora del impulso dado á 
la navegación en el siglo xv, que, abriendo á ia ciencia 
nuevos y muy dilatados horizontes, facilitó el conoci- 
miento exacto de regiones que antes permanecieran en- 
vueltas en las obscuras tinieblas de la fábula, é inició 

^ aquel fecundo período de gigantescos descubrimientos 

que sacaron á la luz del viejo mundo territorios de in- 
gente extensión cuanto de soberbia riqueza. Siguiendo 
los auspicios de tan ínclito personaje, arribó Gonííalo 
VelhoCabral á la isla de Santa María en el año 1 432, 
y no mucho después se descubrieron sucesivamente las 
demás islas pertenecientes á la agrupación, que de las 
Azores recibió nombre. Este archipiélago , por algín 

.— -v-^^ tiempo juzgado como el límite de las tierras en el ex- 

tremo ocaso, consta de nueve islas (i) comprendidas 
entre los 36^,57' y 39**,4l' de latitud Norte, y los 2 ^^ 14' 
y 27^,34' de longitud O. á partir del meridiano de Ma- 
drid. Era, en la época á que nuestra narración se refie- 
re, y es hoy también, cabeza del grupo la isla Tercera, 



(i) Son éstas las de Santa María, San Miguel, Teríeni, Gradosa, San 
Jorge, Pico, Fayal, Flores y Cuervo, sin contar el pequeño grupo de las 
Hormigas, que á la de Santa María está vecmo. 



nURANTE EL REINADO DE DON FELIPE 11 l8l 

la más poblada y fértil de todas, y adonde por haber 
mejores puertos arribaban para reponer sus víveres las 
flotas que venían de las indias. Extiéndese la más consi- 
derable dimensión de la isla, que es de unas ló millas, en 
sentido de E. £1 O,; y en la vertiente meridional hállanse 
los lugares principales, sobresaliendo la población de An- 
graj asiento de la superior autoridad del archipiélago, 
con un puerto que limitan las puntas del Brasil y eJ cas- 
tillo de San Sebastián. En la misma costa, seis millas al 
Oriente, está el puerto de las Muelas; y no más que tres 
millas distante de esta ensenada ^ y en el extremo Orien- 
te, el pueblo llamado La PUiya, Mas áspera y menos po- 
blada 3a vertiente septentrional, termina en el Océano 
por abrupta orilla, donde s61o interrumpen la monótona 
soledad los pequeños lugares de Agua- Alba y los Alta- 
ra (i). La isla de San Miguel, que á la Tercera en con- 
sideración sigue, es asimismo larga y estrecha: abarca 40 
millas desde el naciente al ocaso, y apenas tiene 12 millas 
de anchura. Goza de vegetación espléndida en la zona 
que al Sur da frente, y en la costa meridional se hallan 
Villafranca, que tenía unas 500 casas en fines del si- 
glo xvt, Agua do Pao y La Laguna ^ higares de escasos 
moradores; y por fin, I:i ciudad de Punta Delgada, ca- 
pital de la isla* El resto del archipiélago, que, así como 



(i) Discordes los i::om&Tit3dofes de Camaeiis en el punto de esclare- 
cer cuál fu^ la verd:idcra isla del Aiiior (si por ventura existe en el seno 
del Atlantko), descripta por el ítvsí^Eie autor dos Luííadas con inspirado 
scento^T pretenden Jerónimo Eniiliiino de Andrade y Antouo Moniz Ba 
rreto que no pudo ser otra que la islu Tercera, á cuy^s condiciones se 
acomodan pe rfecüi mee te los caracteres de aquella ta.m¿a divina ^ Qrnadit 
de éispiülíaíto í tígTí/f afreto^ en donde últimamente deücansó Vasco de Ga- 
ma á su fc^torno de las Indias^ cuando los intrépidos navegantes portu- 
gueses 

Assím foram cortando o mar sereno 

Com vento senüpre manso, e nunca, irada 

Até que houveram vista do Urreuo 

En que tusctiram^ sempre descjado. 



1 82 GUERRA DE ANEXIÓN EK PORTUGAL 

las citadas islas, tenía muchos volcanes en actividad, ofrc- 
cía poca importancia, y exceptuando la isla del FayaL 
las demás del grupo estaban casi deshabitadas. 

Inquieto el rey Felipe con los avisos que recibía de 
sus embajadores en Francia é Inglaterra, juzgaba de ne- 
cesidad perentoria domeñar la isla Tercera, y con objeto 
de realizarlo, prevenía una fuerte expedición que, bajo 
las órdenes del maestre de campo Don Lope de Figue- 
roa, recientemente llegado á Portugal con su tercio de 
veteranos, había de dar cima á la conquista del único 
territorio que aún respetaba la autoridad del Prior de 
Grato (i). 

Pero interesando sobremanera asegurar las flotas de 
las Indias, Guinea y las demás colonias, que en los prin- 
cipios del verano de 1581 debían de arribar á la isla rebel- 
de » y no siendo posible que para aquella fecha estuviese 
apercibida la gente que debía gobernar Figucroa, esti- 
móse de toda conveniencia adelantar la marcha de b 
armada que tenía á cargo Don Pedro de Valdés, á fin 
de que, saliendo al encuentro de las naves esperadas, 
evitase el peligro de que éstas tocaran en la Tercera, 
y cayeran, junto con las grandes riquezas que á su bordo 
conducían, en manos de los secuaces de Don Antonio. 
Para cumplir las órdenes que al efecto dÍ6 el Rey Cató- 
lico al comenzar el mes de mayo, hicieron con toda pre- 
mura el duque de Alba y el marqués de Santa Cruz los 
necesarios aprestos» y aumentados los bajeles que man- 
daba V'aldés con otros tomados en el puerto de Lis* 



(i) Tuvo Felipe IT el propósito de dar el lomida de U cxpedicioa al 
maestre de campo Don Martin átí Argota. Pero desistió de su intccito ea 
virtud de haber manifeítado el duque de Alba que Argote no teoia sa- 
lud ni condiciones para gobernar s^>ldad os, según lo habia él advertido 
en la gaerra de Portugal* (Carta del duqtie de Alba al ReVt fecha en 
Fóbregas i 8 dr mayo de 1581. Doc. inéd., tomo XXXV, págsf aao f at). 



DURANTE EL REÍ NA DO DE DON FFXCPE El I83 

boa (t), zarparon el lO dt^ junio seis navios de combate 
y cuatro carabelas, perfectamente abastecidos, y tan bien 
artillados y municionados que bastaran ellos solos para 
hacer rostro á más numerosa escuadra enemiga. Iban en 
la expedición, demás de la gente mareante, seis bande- 
ras con 475 soldados, una compañía de más de ICO hom- 
bres, y 80 artilleros (2), con lo cual había bastante para 
recoger las flotas que venían de las Indias, Tierra Firme 
y Nueva España, y ganar, si era posible, las islas Azo- 
res por medios de persuasión, pues para someterlas por 
fuerza de armas, quería Felipe II que Valdés aguardase 
la próxima llegada de Don Lope de Figueroa, quien con 
más copiosa gente de guerra había de poner en efecto 
la operación militar que redujese á Ja obediencia á los 
partidarios del Prior de Crato (3). 

Detenida en Cascaes por el mal tiempo, el día 16 de 
junio se hizo á la vela la flota de Valdés, y con próspe- 
ra navegación llegó el 28 del mismo mes á la isla de 
San Miguel, donde, por haberlo así dispuesto el Rey, 
platicó el jefe de la armada con el gobernador Ambrosio 



(i) Carta de Andrés de Alba al duque de Alba, fecha el 8 de mayo de 
1 58 1. Doc. inéd. para la Hist. de España, tomo XXXV, págs. 316 á 319. 

(3) Cartas del duque de Alba al secretario Delgado, fechas á 4 y 7 de 
junio de 1581. Doc. ioéd., tomo XXXV, págs. 508 y 313. — ídem del du- 
que de Alba á Gabriel de Zayas, fecha á 11 de junio. Doc. inéd., tomo 
XXXV, págs. 338 y 339. — ídem de Don Pedro de Valdés al Rey, fecha 
en Cascaes á zi de junio. Colección Sans de Barutell, art. 4, num. 556. 

(3) La forma en que Valdés debía realizar su encargo, que consistía 
sólo en navegar por la derrota que habían de traer los bajeles de las In- 
dias, adelantándose al efecto más allá de las islas Azores con el fin de 
recoger aquellas naves y de encaminarlas en seguridad á las costas de 
España, se halla expuesta detenidamente en los cCapitulos de la Instruc- 
ción que se dio á Don Pedro de Valdés para lo que se ha de hacer con el 
armada oue lleva á su cargo». (Colección Sans de Barutell, art. 3, nú- 
mero 438). 

Y para aclarar mejor este punto, y señalar el cometido que había de 
cumpUr Don Pedro de Valdés, y el que correspondía á la expedición que 
había de llevar la gente de Figueroa, dio el Rey nuevas instrucciones á 
Valdés en carta fecha el 5 de julio é inserta en Colección Sans de Barutell, 
art. 4, núm. 433. 



1 84 GUERRA DE ANEXIÓN EK PORTUGAL 

de Aguiar acerca de loa medios adecuados para lograr un 
concierto con los habitantes y autoridades de la isla Ter- 
cera (l). Tomó luego Don Pedro de Valdés la \^dta de 
Angra, acompañado de Mzirtín Alfonso, hijo de Aguiar, 
y del reverendo Pedro Mestre^ guardián de la orden de 
San Francisco en la ciudad de Punta Delgada ^ á quien, 
por ser hombre de reputación y bien quisto en aquellos 
lugares, se juzgaba de mucho valer para negociar con los 
rebeldes. Mas no utilizó el general español los servicios 
de los dos portugueses, que, mal contentos con las dispo- 
siciones de Valdés, regresaron muy pronto á la isla de 
San Miguel (2). 

Tenía noticia el jefe castellano de que la Tercera se 
mostraba más obstinada que nunca en contra del Rey 
Católico, y que estaba proveída de muchas armas y mu- 
niciones que vinieran de Francia é Inglaterra {3}, Pen- 
sando, con buen acierto, que no debía aventurarse en 
empresa guerrera, para lo cual no contaba con suficiente 
fuerza, era en un principio la intención de \''aldés pro- 
ceder con persuasivas razones y no con recursos de vio- 
lencia. Y así, al punto que estuvo en frente de Angra, 
envió un mensajero al alcaide de uno de los castillas que 
cerraban la boca del puerto, con pretensión de que le 
permitiera avistarse con eí corregidor, justicia y merca- 
deres de la ciudad. Fué vano el intento, porque, después 
de algunas contestaciones, salieron del puerto algunas 
barcas en persecución de la que conducía al emisario 



(i) Carta de Don Pedro de Váidas ai Rey, fecha el 4 de julio de i>Si. 
Colección Sans de BaruteU, att. ^^ núm. 5Ó3. 

(2) Carta de Don Pedro de Valdéí^ al Rev, fecha el 15 de julio de h8t. 
Colección Sans de Baruteli, art^ 4, núm. jdi ^Doctor Ga<tpar Fructuoso^ 
Sandades da Terra ^ lib. 4, cap, 97. 

(3) Carta de Don Pedro de Valdés al Rey fecha el 4 d« julio de 15S1. 
Colección Sans de Baturell, art. 4, núni, ^69, 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 1 85 

que I por ir muy en orden ^ pudo escapar sin ser ofen- 
dida. 

A pesar de eso, no desistió de sus propósitos el ge- 
neral español; y aunque el piloto de una carabela apre- 
sada junto á Angra, y otros naturales de la isla, le infor- 
maron de que para la defensa habla 1,440 arcabuceros 
con artillería de campaña, esmeriles y falconetes, pre- 
tenditS Valdés ganar la costa en el puerto de La Playa.* 
No pudiendo realizar este plan^ ni tampoco el de apode- 
rarse de una caleta próxima ú Angra^ quiso el general 
comunicarse con la gente isleña que divisó á la inmedia- 
ción de La Playa, mandando una carta para las autori- 
dades del pueblo, Pero aunque sus demostraciones eran 
pacíficas, y se limítase Don Pedro á darles buenos con- 
sejos y á exhortarlos con mayores atenciones de las que 
fuesen convenientes, suplicándoles que se allanasen y 
dieran obediencia al rey Felipe j con promesa de perdón 
á cuantos se habían mostrado rebeldes hasta enton- 
ces (r)j no obtuvo otra cosa sino la burla de los capitanes 
y tropa de á pie y á caballo que por aquel sitio andaban, 
quienes respondieron con cañonazos á los requerimien- 
tos corteses de Valdés. 

Ni fué más afortunada la tentativa de apresar en el 
sigilo de la noche á dos bajeles franceses cargados de 
azúcares, cueros y algún dinero, que estaban bajo la pro- 
tección de uno de los fuertes de Angra, por que la vi- 
gilancia de los defensores malogró la Ínter presa acome- 
tida por So soldados á bordo de seis barcas, que tu- 
vieron harta ventura en huir prestamente y ponerse en 



i 



(í) Hállase iDserta U carta qui& dirigí 6 Don Pedro de Valdés ül torre- 
gidur y justicia de la villa de La Playa en la Colección Sans de Barutellt 
articulo }t núm. 4]ii. También U publicó íntegra Fcfaáadex Dum en 
los ip^adices de fu libto La canquisia áe Ui isias Albores 



l86 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

salvo sin que les alcanzaran los fuegos del castillo f l). 

Los habitantes de la isla Tercera, reforzados por 500 
hombre que vinieran del resto del grupo» animados por 
las predicaciones ardorosas de los frailes y las promesas 
de socorro pronto, y estimulados por las ofertas con 
que se ¡es aseguraba que había de galardonar su lealtad 
el Prior de Crato, ocupado entonces» al decir de Figue- 
redo y sus auxiliares, en expulsar del territorio portu- 
gués á los españoles, rechazaron las suplicantes excitacio- 
nes de Val des, acaso porque vieron también la poque* 
dad de Las fuerzas castellanas, 

Con esto debió concluir el general de la flota sus tra- 
bajos para señorear la isla, y contentarse con perseguir 
á los corsarios que andaban por el archipiélago, bloquear 
tos puertos y recoger las naves de las Indias; y con tanta 
mayor razón parecía lógico que así procediera, cuanto 
que, aun presumiendo en la gente enemiga muy mal or- 
den y ninguna disciplina, el mismo general de la escua- 
dra advertía que sus fuerzas eran escasas, y que para 
tomar la isla le sedan menester 300 soldados más de los 
que llevaba á sus órdenes. 

Pero la satisfacción de un amor propio mal entendi- 
do; el de^eo de dar mayor lustre á su nombre, obtenien- 
do victoria notable antes del arribo de Figueroa, y la 
promesa que de indubitable triunfo le hicieron con muy 
ligero juicio capitanes y soldados (que á todos y por 
igual manera alcanzaba el inmoderado afán de combatir), 
fueron causa de que, contra las instrucciones del monar- 
ca, dispusiera Valdés el ataque á la isla, pretestando, en 
apoyo de la mudanza de su criterio, que el tiempo estaba 



(t) Carta d« Dotí Pedro Je Valdés «1 R«y, f«cha A i^ de)glio de t^Str 
CoUccit>n Sans de BarateU, art. 4, núm*^6|. 



DURANTE EL RE1NAIX> HE DON FELIPE 11 iS/ 

muy adelantado y que no había en el archipiélago puerto 
donde pudiera acogerse la armada en caso de tempoml| 
ni tampoco se tenía certe2:a respecto de la feclia en que 
habia de llegar la flota que se esperaba (i). 

Olvidó así Valdés en hora nefasta las dotes de cor- 
dura, que (cuando no sean exageradas) sin menoscabo 
de reputación n¡ mengua de prestigio, antes con mayor 
ventaja para su crédito» han de campear en quien, con el 
superior cargo, tiene sujetos á su albcdrío la opinión de 
su persona, la vida de cuantos le obedecen, el brillo de 
[as armas y el honor de la nación. Quédese para los que 
deben acatamiento al que manda, el valor impetuoso; 
pero sobresalga en quien dirija el juicio sereno más que 
el temerario arrojo. 

Con el galeón almirante, otro galeón portugués que 
tenía Ambrosio de Aguiar, una carabela y cuatro barcas, 
á cuyo bordo iban 3 50 hombres escogidos en toda la ar- 
mada, se adelantó \'^aldés ei día 1 8 de julio dentro del 
puerto de La Playa, con ánimo de efectuar el desembar- 
co; pero aunque se cañonearon en aquella tarde cl fuerte 
y tres baterías de tierra, y se procuró desalojar á la gente 
que guarnecía las trincheras enemigas, sufrió daño con- 
siderable el árt>ol del galeón almirante, y en cl galeón 
portugués acertó un cañonaíío en la lumbre del agua, 
retirándose con esto Don Pedro al abrigo del resto de 
la armada, quizás con cl propósito de no intentar nuevas 
operaciones de ataque. 

Influyeron j sin embargo, de modo decisivo en el es- 
píritu del jefe de la flota las reiteradas instancias de ca- 
pitanes y oficiales, que pedían se les llevara á pelear. Re- 



{i) Cartí de Don Pedro de Valúes al Rey, feclia cl i^ de juiiú 
de ij8i. 



1 88 GUERRA DE ANFJCIÓN EN PORTUGAL 

suelto, pues, el desembarque para el amanecer del 23^^^ 
julio, día del apóstol Santiago (l)» ganaron tierra Jos át 
Castilla en número de 3 30 arcabuceros y piqueros, y 
20 artilleros, ocupando el paraje llamado Casa de la Sal- 
ga, entre Angra y La Playa, sin experimentar pérdida 
alguna. Facilitó el feliz éxito de la operación el haber 
hecho muy corto esfuerzo los portugueses, que, siendo 
pocos y mal prevenidos, pusiéronse pronto en fuga, aban- 
donando algunas piezas de artillería, y llevando con la 
noticia del suceso inmediata alarma á las autoridades y 
moradores de la isla. 

La fortuna grande con que la empresa se comenzara, 
y la facilidad con que desde una quebrada cercana al 
desembarcadero repelieron los nuestros las acometidas 
de los isleños, debieron decidir á los españoles á conti- 
nuar sus progresos sin demora, pues era de suponer que 
si aprovechaban la confusión de los defensores y el tras- 
torno de los primeros instantes, no hallarían resistencia 
seria en los enemigos, quienes, de sobra descuidados, ma- 
lamente pudieran rechazar una embestida enérgica. Re- 
quiere siempre toda sorpresa actividad y decisión en los 
que la intentan; y si el resultado ha de ser completo, 
menester es utilizar con diligente presteza las ventajas 
conseguidas al principio, sin dar tiempo á que los adver- 
sarios se repongan del pánico que de sus huestes se apo- 
dera en los comienzos de la lucha. Poco solícitos los cas- 
tellanos, perdióles en aquella ocasión la falta de iniciativa 
ó el exceso de codicia. Para afirmarse en las posiciones 
tomadas al desembarcar, diéronse los unos á construir 
parapetos mientras los otros saqueaban la tierra, descui- 



(i) Cabrera de Córdoba supone equivocadamente que el desembarco 
se efectuó el día 36 de julio. Las relaciones de este suceso que tenemos a 
la vista, entre eUas la del mismo Valdés, demuestran el error de Cabrera. 



DURANTE EL REINADO DE BOtí FELIPE n l8p 

dando todos la persecución de los fugitivos^ tal ve^ por- 
que eso no entraba en los planes de Valdés, quien se 
manÉuvo á bordo con el resto de su gente. Mas si los 
castelianos no pensaban por el pronto en operaciones 
ofensivas, debieron fortificarse en lo alto de una nionta- 
ña, que estaba cerca de la costa» y en la cual pudieran 
ampararse contra los ataques de los enemigos. En lugar 
de eso permanecieron en la parte baja, que carecía de 
condiciones defensivas^ y cara pagaron su falta de pre- 
visión (i). 

Al saber el desembarco de los españoles, apercibié- 
ronse los de la isla con mucho apresuramiento. Para dar 
aviso^ tocaron á rebato las campanas, y á su tañido acu- 
dieron muchedumbre de tropas que los frailes incitaban 
á la pelea; juntándose en breve plazo de 2 á 3.000 hom- 
bres^ con los cuales marchó Cipriano de Figueredo al 
encuentro de los castellanos. Vacilaba, sin embargo» el 
portugués cñ atacar, porque sí eran los suyos muy su- 
periores en número, carecían de las cualidades guerreras 
que caracterizaban á los soldados de Felipe IL En tal in- 
certidumbre, ocurrióle á un religioso agustino, que entre 
la multitud ejercía gran influencia, colocar en vanguardia 
de la hueste hasta más de 500 bueyes y vacas que, sir- 
viendo en modo de reparo á los suyos, ofendieran gra- 
vemente ú los españoles, quienes en el entretanto, al 
advertir !a proximidad del enemigo, habíanse recogido á 
la costa, y formado el escuadrón, acomodándose del 
mejor modo que les fué posible para resistir los ataques 
de sus numerosos contrarios. Con espadas, palos y grite- 
ría desaforada empujaron los isleños á los amedrentados 



(t) En la carta ya citada ^ que Valdés escribió el 28 de julio al vef 
Felipa i se lain«nU d? que su tropa no ocupara la cima de la montaúa^ 
conforme d les había urdeaadu. 



1 90 GUERRA DE ANEXTÓH EN PORTUGAL 

animales, y sueltos de improviso tan extraños enemigos, 
cayeron con terrible furia sobre la apiñada hueste caste- 
llana, la cual, dirigida por los capitanes Diego de Valdés 
y Luis Bazán, no acertó á desembarazarse de la peregri- 
na arremetida. Desordenáronse los nuestros muy lu^o, 
y al punto utilizaron tan propicia ocasión los de la isla para 
cargar sobre ellos impetuosamente. En vano para librar- 
se del tremendo estrago, faltos de fuerzas y de municio- 
nes, trataron los españoles de ponerse en cobro ganando 
las barcas que á la playa acercara el jefe de la flota. 
Muy pocos fueron los que lograu-on su intento; el mayor 
número, vendiendo caras sus vidas y haciendo prodigios 
de valor, sucumbieron en desesperada contienda, pagan- 
do con sus personas la irreflexiva confianza y censurable 
temeridad del que los mandaba. Sorprendido Don Pe- 
dro de Valdés por el desastroso resultado del combate, 
ó temiendo acaso maltratar á los suyos al tiempo que al 
enemigo, mantúvose á distancia sin disparar los cañones 
de los navios, cosa que de gran provecho fuese para dis- 
minuir las consecuencias de la derrota. Los comba- 
tientes de España pudieron contarse por el número de 
los que tiñeron con su sangre generosa el campo de la 
refriega: perecieron allí los capitanes y alféreces, y los 
soldados principales de nuestra tropa, componiendo un 
total de más de 200 muertos de gente selecta y biza- 
rra; los pocos (no pasaron de 30) que más dichosos al- 
canzaron las naves, salieron con sus cuerpos heridos, y 
con sus almas apesaradas por el funesto desenlace de la 
pelea en que con fatal acuerdo se habían empeñado. Des- 
lucieron los isleños su victoria con actos de horrenda 
crueldad; cebando su sañuda cólera en los yertos cadáve- 
res de los castellanos, mutiláronlos con despiadada ira, 
cometiendo todo género de ultrajes, de que es bien apar- 



DURANTE EL REINABO DE DON P£LU>£ U IQl 

temos oon horror la vista; que la conciencia se siente 
agraviada y el ánimo de indignación Heno, ante el relato 
de sucesos que merecen acerba censura (i). 

Preocupado con la grandeza del desastre, olvidó Val- 
dés colocarse en sitio seguro donde pudiera aguardar la 
flota de la India, que gobernada por Manuel de Meló, 
gran servidor del de Crato, llegó á las islas Azores poco 
después del triste fracaso. Multiplicaba sus yerros el in- 
fortunado marino español^ y sólo á la buena suerte de 
Felipe II fué debido el que no tuvieran muy desfavora- 
bles consecuencias. Envalentonados los de la Tercera con 
su triunfo, enviaron á Meló aviso de lo ocurrido, pidién- 
dole se acercase á la costa con objeto de informarle de 
cuanto allí y en Portugal acaeciera. Acaso intentaba el 
jefe portugués satisfacer tal demanda; pero tuvo que ce- 
der ante la opinión del mayor número (que Ú la suya era 
contraria); y así, enderezaron los bajeles indianos el rum- 
bo á Lisboa, donde con notoria inquietud y no menor 
impaciencia eran esperados. 

El día 9 de agosto llegaron á reunirse con la armada 
de Don Pedro de V^aldés, que aún permanecía frente al 
puerto de Angra, las dos flotas de Nueva España y Tie- 
rra Firme, acompañadas de muchas naves de la isla Es- 
pañola y de otras partes, componiendo un total de 43 ve- 
las, que acaudillaban Francisco dt: Lujan y Antonio iMan- 
ríque. Al juntar de tal modo 50 naves, y creyendo que 



(t) Así describe Gaspar Fructuoso la. conducU de los bleños: wE en- 
tra vsm ñas casas a roubavam com crime ds diferem ser algum ca^tdhai- 
po: e eiLi una prccíssáü, 4Ue d^eraní pela tal victürat úa hé até á Cas:? 
da Misericordia cam as rúas eu ramudas e jan ellas alcatifadas, le vara ni 
uoi carro triumphante carri^gado das armas^ que toniaraui aos casteUia- 
jtofs com as cábelas d'algüna n^^ pintas dos piques a r varad os ao mes mu 
carro» H — Sandíidts da Tírrii, lib, 4, cap. 99. 

Paria y Sousa^ nada sospe^choso, por ssr portugués, aft^a uiucha las 
{Crueldades de los habitantes de la isla, que describen también con negros 
colores Franchi Coneslaggi > y Harrtfra. 



192 GUERRA DE ANEXIÓN EN I>ORTUGAL 

con tan gran numero pudiera intentar nueva demcs- 
tración sobre. la capital de la isla Tercera, que intimida- 
ra á los defensores y les impulsara á reducirse, trató 
Valdés de lograr que los dichos jefes le diesen el nece- 
sario auxilio con los bajeles y gente que tenían; pero 
negándose á ello Lujan y Manrique, con muy buen 
acuerdo, tuvo aquél que renunciar á sus intentos, que, de 
ponerse en ejecución, causaran probablemente nuevos 
quebrantos á las tropas de España (l). 

Al tiempo que estos sucesos ocurrían, salió del puerto 
de Lisboa el 25 de julio, día del aciago combate (2), una 
segunda escuadra gobernada por Don Galcerán de Fe- 
nollet, subalterno de Don Pedro de Valdés, llevando á 
bordo la gente con que Don Lope de Figueroa había de 
someter el archipiélago rebelde. Componían la flota 22 
velas, á saber: la capitana, hermosa urca de Frisa; la al- 
mirante, que era el galeón San Miguel; la urca gallega 
San Pedro ^ otra de los Países Bajos y 18 carabelas (3). 
Iban allí, demás de la gente mareante, cuatro conpañías 
de veteranos del tercio de Ñapóles; otras cuatro de sol- 
dados bisónos, y tres banderas de la coronelía del conde 
de Lodrón, pues aunque en un principio se embarcaron 
ocho banderas alemanas, y aun llegaron á hacerse á la 
mar con el resto de la expedición, habiendo la flota 



(i) Carta de Don Pedro de Valdés al Rey, fecha el 11 de agosto de 
1581. Colección Sans de Barutell, art. 4, núni. 567. 

(2) Al decir de Lassota de Steblovo, que iba en la expedición^ se hiio 
esta escuadra á la mar el día la de julio; pero como á unas veinte le- 
guas de la costa sufriese la nave capilana gruesa avería y la invadiese 
mucha agua, volvió la armada al puerto de Lisboa c^n objeto de reparar 
el daño. Muy desgraciado fué el percance, pues en otro caso quizás ha- 
bría llegado Don Lope á las islas Azores en tiempo opDrtuno para evitar, 
ó cuando menos remediar, el descalabro de Don Pedro de Valdés. 

(5) El título á Don Galcerán de FenoUet para ir á la isla Tercera con 
la armada de su cargo, que fué expedido el 5 de julio de 1 581, se halla 
inserto en la Colección Sans de Barutell, art. 3, núm. 58, y lo publicó en 
su libro ya citado el Sr. Fernández Duro. 



DURANTE EL REINADO D£ DON PEUPE U 193 

vuelto á Lisboa por averías en alguna de las naves, man- 
dó el duque de Alba que saltasen en tierra y regresaran 
á Setúbal cinco compañías de tudescos, con lo cual que- 
daron sólo á bordo las banderas que mandaban los capi- 
tanes Kurz, Lidl y Mentel. El total de la fuerza no llega- 
ba á 1.500 hombres (l). 

La fortuna, que es caprichosa, deparóle á Figueroa en- 
contrar en la travesía las naves de la India Oriental, que 
proveyó de agua y vitualla, adquiriendo entonces algu- 
nas noticias, bien que confusas y poco verídicas, del des- 
calabro que á Valdés ocurriera. Sin detenerse más que 
el tiempo necesario, siguió Don Lope su camino, y arribó 
á la isla de San Miguel el día 20 de agosto. Supo allí el 
reputado jefe toda la magnitud del desastre, y en seguida 
se dirigió á la Tercera, en cuyas cercanías se avistó con 
Don Pedro de Valdés. No era el célebre maestre de 
campo hombre que fácilmente desmayara ante la grave- 
dad del peligro; mas rivalizando en él la prudencia y el 
valor, para no arriesgarse en otras aventuras que aún 
dejasen en peor situación la causa de España, dedicóse á 
reconocer la isla rebelde, explorando la costa con el ma- 
yor detenimiento por espacio de varios días. 

Desde el ataque desafortunado de los castellanos, no 



(i) Lassota de Steblovo, Diario de operaciones. 
Dice Herrera que, al tiempo de salir á la mar, se faé á pique la nare 

2ae conducía á los alemanes, y que por tal motivo quedaron éstos en 
ísboa. Sin duda confunde el historiador la vuelta de cinco banderas ale- 
manas á Setúbal, con el ligero percance sufrido por la nave que llevaba 
á bordo parte de la coronelía de Lodrón. Lassota de Steblovo, á quien en 
este punto más que en otro alguno es preciso dar crédito, porque pertene- 
cía á una de las banderas alemanas puestas á las órdenes de Figueroa, 
describe así el suceso á que se reñere Herrera: 

«Nuestro navio, cerca de la torre de Belem chocó con una roca oculta 
en el fondo del agua, de modo que presumimos recibiera mucho daño, y 
que no podría seguir adelante; pero examinado por el capitán Marolin, 
piloto-coronel, y por otros capitanes de las galeras, no se encontró algún 
daño y segoimos á los demás». (Diario de operaciones). 



194 GUERRA DE ANEXIÓN ÉN PORTUGAL 

perdieron el tiempo los isleños. Con solícita diligencia le- 
vantaron multitud de trincheras y reparos; y alentados 
por el triunfo obtenido, aumentaron sus tropas de tal 
modo, que no eran menos de 6.OO0 los soldados que con 
numerosa artillería se aprestaron á la defensa de la co- 
marca. Acaeció, pues, que hallando Figueroa la isJa muy 
bien guarnecida y fortificada, jmg6 tenaeraria impruden- 
cia intentar un desembarco en aquellos ásperos parajes, 
porque, además de disponer el enemigo de mucha gente, 
bien que ésta fuese allegadiza, y de haberse hecho muy 
difícil un desembarco, porque la naturaleza riscosa de las 
orillas aún se fortaleciera con el arte, al pasar muestra á 
las tropas que tenía disponibles, halló únicamente Don 
Lope de Figueroa I.200 soldados, que por más que fuesen 
valentísimos, eran pocos para batir al apercibido adversa- 
rio. Resolvió, por esto, el jefe castellano volver á Lisboa 
con las flotas de Valdés y Don Galcerán Fenollet; y por- 
que nunca pudiera tachársele de irreflexivo, antes de re- 
gresar á Portugal requirió á los de Angra, intimándoles 
la obediencia al rey Don Felipe. Reputábanse entonces 
invencibles aquellos naturales; y con semejante disposi- 
ción de ánimo, lejos de acceder á las demandas de Figue- 
roa, detuvieron á algunos mensajeros, y no dejaron acer- 
carse á otros, procediendo, en fin, con tal arrogancia que 
se hizo infructuoso todo trabajo de conciliación. 

Al llegar á Lisboa, obtuvo Don Lope el agradeci- 
miento del monarca español, quien indignado en cam- 
bio por la conducta de Valdés, mandó poner á éste en 
un castillo y someterle á proceso. Intercedió en su fa- 
vor el infante cardenal Alberto, y como la desgracia 
hallara excusa en el buen deseo y animosa resolución 
del general derrotado, obtuvo al cabo la libertad Don 
Pedro de Valdés, retirándose apenadísimo á su casa de 



DURAIíTE EL REINADO DE DON FELIPE II IQS 

Oviedo, donde pasó obscurecido el resto de la vida (i). 
Grandísima fué la contrariedad del Rey Católico al 
saber el fracaso que sus tropas habían sufrido en la isla 
Tercera, Pasada la época en que eran posibles las opera- 
ciones navales en los procelosos mares de los Azores 
(dados los medios de navegación que entonces existíaa)| 
menester fué desistir por aquel año de toda nueva tenta- 
tíva, aunque el buen nombre de las armas españolas pi- 
dieran pronta venganza del descalabro que empañara el 
brillo de su esplendorosa fama^ y se temiera que el des- 
amparo en que quedaba la isla de San Miguel diese á los 
enemigos ocasión de señorearla y conseguir mayores 
ventajas. 

Tenían en este tiempo muy desasosegado á Don Fe* 
lipe las noticias de la resuelta protección y descarado au- 
xilio que en extraños países alcanzaban las activas pre- 
tensiones del Prior de Crato. Y aunque, á decir verdad, 
Isabel de Inglaterra no dispensaba por entonces al lusita- 
no el eficaz apoyo que necesitaba, la intrigante Catalina 
de MédiciS| enemiga irreconciliable del rey de líspana, 
otorgaba al pretendiente Don Antonio toda especie de 
agasajos y lisonjas; el duque de Alengon^ por su parte, 
estimando beneficioso para sus designios en Flandes con- 



(i) Herrera I Hisiúria ifr Portugal y conquistii df iax ¿slits Arom.— 
Gaspar Frucluoso, S^titdadrs d^ Ifrra, lib, l\\ cap. XCIX.^-Catta de 
Dt>Q Pedro de Valdcs al Rey» fecha el 7 de septiembre de i^Si. CqI^c- 
ciüti Saiis de Barutell, artn 4» núm, 03. — Queypo de Sotomayor, /?«- 
cripción de la i €Os*ii sui¿didit& en ¡os rfinús de Porittgalj parte qumtai 

Dice Franchi Conestaggio que Val des no fué ca5tlg:)do por no apare- 
cer claro que se le hubiese prohibida pelear. {(Inión de Portugal ^ h co- 
rond de Cas tilia, Hb. VIH). Sin ¡ímbargo, las instrucción es que el Rey le 
comunicó, no adjñitfan la idea de que valdé^ atacara por sí solo á la isla 
Tercera, pues para esto iba la expedií:i¿m de Figueroa. 

Todos estos sucesos los relata también menudamente Queypo de So^ 
tomayor [que fué testigo presencial), en su obra Descripción de las cosas 
sucedidas en los reines de Portugul, parte quinta. 



ig6 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

trariar al monarca íspañol en las islas Azores, ofreció 
también al Prior de Crato resuelto concurso; y el mismo 
soberano francés, harto débil de carácter para resistir Jas 
instancias de su madre y hermano, alentaba» aunque cod 
cierto recato, los proyectos que contra Felipe TI se fra- 
guaban (l). 

La reina Catalina, poco escrupulosa en medios cuan- 
do de satisfacer sus deseos se trataba, á tal punto llevó 
sus tramas, que buscó concierto con el turco para que, 
enviando una escuadra á Argel y Marruecos, di^^irtiera 
por aquella parte la atención del rey de España, á quien 
en su parecer darla mucho cuidado la vecindad del im- 
placable enemigo del cristianismo, de que era siempre 
Felipe II principal baluarte y esforzado defensor* La no- 
bleza francesa, siguiendo las inspiraciones de la real fami- 
lia, ayudaba con toda su influencia, que no era escasa^ 
los proyectos del de Crato; y así^ bajo la dirección de 
Strozzi (2) y Brissac, alistábanse multitud de caballeros 
y gente de pelea, y apercibíanse muchedumbre de naves, 
con que se pretendía dominar el archipiélago entero de 
las Azores, como base para ulteriores y más importantes 
planes en Portugal y las Indias. Inútilmente expuK) sus 



(i) Cristóbal Mosaaera de Fígueroa, en vi libro titulado Comtniariú 
n breve compendio del arte tniliUry impreso en Madrid el año 1596, pu- 
blica una carta que el día 16 de julio de li^Si escribió Enrique III de 



Francia á la Cámara de la ciudad de Angr^, ofreciéndoles el socorro que 
le habían pedido y prometiéndoles que Tes ayudaría con todo su poder. 
También inserta el citado bbro otra carta que, con ftcha 16 de juliOt 
dirigió Catalina de Médicis al fobern^dor úe la isla Tercera, Cipriano de 
FigueredOy dándole seguridad de que el rey Enrique acndirú en sa ampa* 
ro, favoreciéndole en cuanto pudiera. 

Y asimismo pu'blica una c^rU del Parlamento fr3.iic:és á Don Antonio, 
diciéndole que el reino estaba puesto en srmüs i favor suyo, y que la reí* 
na Catalina tenia dada orden para que se apercibiese una poderosa armada 
que habia de ir en su auxilio. 

(fl) Era Felipe Strozri italiano de nación, y primo de Catalina de M<- 
dicis. 



DURANTE EL REtNADO DE DON FEUPE H IQ^ 

quejas el monarca de Cas tilla» lamentando la protec- 
ción oficial que al Prior se dispensaba en un país que 
con el nuestro estaba en paz. Siendo entonces muy ex¡* 
giia la influencia de la diplomaciap y no basándose las 
relaciones entre los Estados en principios de equidad, 
contestó Enrique IIT que no era dueño de la voluntad 
de su hermano y de los nobles que le seguían; y que 
siendo cierta la afectuosa acogida que el pretendiente 
lusitano obtuviera de la reina madre, hallaba explicación 
tal favor en los derechos que la Médicis creía tener al 
solio portugués. Bien se transparentaba con esto el pro- 
ceder doble del rey de Francia; pero no conviniendo 
entonces al de España agriar las relaciones y dificultar 
sus negocios, que harto intrincados estaban, disimuló el 
agravio, esperando que la ocasión le fuese propicia para 
tomar venganza de sus solapados enemigos (l). 

Previniéndose á todo evento, y aunque el riesgo pa- 
recía lejano, hizo Don Felipe fortín car las costas de Por- 
tugal^ donde, por el licénciamiento de los italianos y la 
despedida de algunas tropas españolaSp quedaban sólo 
4.000 hombres de gente de guerra, fuerza, en hecho de 
verdad» muy corta para atender al extenso territorio en 
que abundaban todavía las matas pasiones y las torcidas 
voluntades, A pesar de las mercedes que concedía el mo- 
narca de Castilla, no se mostraban satisfechos aquellos 
naturales, y de todos lados surgían descontentos, no obs- 
tante los hábiles manejos y e-sfuerzos incansables de Don 
Cristóbal de Mora y del obispo de Leiria, que, con su 
gravedad y prudencia el uno, y su virtud é ingenio el 
otrO| procuraban sin feliz resultado aquietar los animen 



(i) Fra Jichi ConesUggio, Unión d£ Porhigal a la corona tü Ciiseiila, 
Líb< VliL — 'Herrera, Historia, de Portugal p ¿onfuitia di ¡as isias Aior^tgm 



198 GCZa&A DK A3nja6s ES P<mtVGAJL 

de los que más ofendidos se dfrian. y atraer á I0& más 
díscolos y codiciosos (l). 

Altaneros los de la Tercera desde d retomo á Lbboa 
de Don Lope de Figneroa, adquirieron mayor confiania 
en su valor, estimándose por insuperables; juzgaban tener 
perfecto conocimiento de su fuerza, sin advertir que es 
el conocimiento de sí mismo el más raro y diflcit que 
puede imaginarse. Enviaron á Don Antonio la nueva del 
buen suceso que habían alcanzado, y agradecido el Pre- 
tensor de su adhesión, mandóles luego artillería, arca- 
buces y pólvora, que con ser muy abundantes, no lo 
eran tanto como las promesas que les hizo de auxiliarlos 
con gran número de tropas y naves, que á mucha prisa 
prevenía en los puertos de Francia. Ocurrieron á este 
tiempo entre la plebe y el gobernador Cipriano de Figue- 
redo antagonismos, que pronto fueron irreconciliables: 
acusaba el vulgo á Figueredo de observar poca dureza 
con los parciales del Rey Católico, que padecían toda 
suerte de violencias, y presentándole al de Grato como 
sospechoso, á causa que trataba, según ellos, de rendir la 
isla á Don Felipe (2), lograron que el Prior nombrase 



(i) Herrera, Historia de Portugal j^ conquista dthii islas Afores,^ 
Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á U carúna de Casit/lt, Lb. VIIL 

(í) Quizás fuese mucha parte á imbuir en el ioímíi del pueblo tal 
idea, el saber que se habían cruzado cartas entre el rey Don Felipe 7 Ci- 
priano de Figueredo. Qiieriendo el Rey Católico oMeiter por niedíos pa- 
cíficos la sumisión de la isla Tercera, escribió con fecha 14 de didicoibre 
nna carta al gobernador, diciendo que si le rendía acatamiento, alcan- 
zaría el perdón de sus culpas pasadas y aun recibiría merced, lográndose 
por tal manera excusar los grandes daños que en otro caso sufrirían Im 
moradores por el gran apercibimiento de gente, navio? y mumcignes qiie 
se aprestaban para irlos á atacar. 

Con palabras desdeñosas y ofensivas respondió Figueredo at rey Feli- 
pe, negándose resueltamente á obedecerle. «As cousa^ que padecen 0$ 
moradores desso afligido reyno (decía el pnrttigxiés), bastaban para tos 
desengañar que os que estáo fora desse pasiido jueo quererio antes mo* 
rer en guerra livrcs, que vivir en pax soggeitos. Scm eu darey a os mo- 
radores desta ilha outro conselho, porque nom perqua minha alma* aeoj 
minha honra, do estado em que esta se diminua. Esta tenho em Uata 



DinUlNTB EL REINADO DE DON FELIPE n IQQ 

gobernador y lugarteniente general á Manuel de Silva, 
persona de su mayor intimidad y confianza, el cual pasó 
á la isla Tercera con el título de conde de Torres Ye- 
dras en el mes de febrero de 1582, tomando al punto 
posesión de su cargo, en que dio bien pronto muestras 
de terrible crueldad, que se acomodaban perfectamente 
á las instancias de la desatentada multitud. 

Mientras esto sucedía, en los consejos del monarca 
eran varias las opiniones y muy contradictorios los pa- 
receres con respecto á la forma en que habían de ex- 
pugnarse las islas rebeldes. Opinaban unos que debía 
suspenderse por algún tiempo esta operación, esperando 
que las insolencias de los franceses llegados en bastante 
número al archipiélago, el mucho presidio y la ruina del 
comercio produjeran en los isleños más seguro efecto 
que las expediciones armadas, difíciles de llevar entonces 
á feliz remate por la inconstancia del mar Océano, la na- 
tural fortaleza de la tierra y la considerable guarnición 
que la defendía. Discurrían otros que importaba acome- 
ter la empresa desde luego, sin tener en consideración 
los malos temporales y la crudeza del invierno, porque 
además de ser depresivo para la autoridad del Rey y el 
prestigio del nombre castellano, no castigar las audacias 
de los moradores de la Tercera, se corría el peligro de 
que arribase al archipiélago la fuerte expedición que 
se disponía en Francia, con lo cual sería más dificultosa 
la jornada que después se hiciera, quedarían desampara- 



conta, que troquerei quantas vidas podera ter por morer leal a mea Rey, 
porque hura morer bem. vive perpetuamente, da qai me vem ter mais cori- 
ta con perseverar ate o fin da vida nessta hattade que temer as vossos 
apercibimentos de gente, navios e munizóes com que V. M. na sua me- 
amenaza». (Erich Lassota de Steblovo, Diario de operaciones) . 

Estas cartas demuestran cuan erróneo eran el juicio del pueblo y del 
mismo Don Antonio, al dudar de la lealtad y resolución de rigue- 
redo. 



2CX) GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

das las notas que viniesen de las Indias, se halladan oi 
gravísimo riesgo las islas de San Miguel y de Madera, y 
alcanzaría la perturbación á las mismas costas portu- 
guesas. 

Con las razones expuestas por los que de una y otra 
manera argumentaban, estuvo Felipe II suspenso; pero 
al cabo se decidió prudentemente por la primera opí* 
nión, obligándole también á ello la ¡mposibiJidad de 
apercibir en corto plazo una nueva expedición que, visto 
el estado de las cosas, tenía que ser muy fuerte, cuando 
se aprestaban para otros interesantes objetos grandes ar- 
mamentos navales (l). 

Sabiendo el monarca la prisa que los franceses se 
daban para apercibir numerosa y bien aparejada flota, 
mandó alistar con toda presteza una armada de 30 grue- 
sas naves y otros bajeles que, con 12 galeras, habían de 
llevar á bordo con rumbo íí las islas Azores, de 10 Á 
11.000 hombres de guerra, sin contar la gente mareante. 
El Rey Católico tenía sumo empeño en que la escuadra 
estuviese dispuesta para marchar á principios de abril, 
con objeto de que pudiese llegar al archipiélago de las 
Azores, y apoderarse de la Tercera y de las demás islas 
rebeldes antes de que arribase allí la armada francesa. 

Confióse el mando de la escuadra al eximio marqués 
de Santa Cruz, á quien el día 13 de enero de 1 582 co- 
municó el Rey las oportunas instrucciones para que, pa- 
sando á Sevilla, Cádiz y San Lúcar de Barrameda, y 
puesto de acuerdo con Antonio de Guevara, juntase y 
previniese, con abastecimiento para seis meses, el mayor 
numero de bajeles que pudiere, de modo que todo es- 



(i) Herrera, Historiada Portu^ú! y iünquist.^ ¿fr Ijs íjLis ^forer,^ 
Fernández Duro, Conquista de /«u isUy A\prti. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 20 T 

tuviese fisto al concluir el mes de marzo. A Miguel de 
Oquendo, que era capitán vizcaíno de mucha experien- 
cia, y á García de Arce^ capitán general de la provin- 
cia de Guipúzcoa, les encargó asimismo que en el puerto 
de Pasajes, en el de Santander y otros de la costa can- 
tábrica, hiciesen iguales aprestos de buques y vitualla. 
V análogos oficios comenzaron también á efectuar por 
orden de! monarca» en la costa de llevante y en las islas 
Baleares, los proveedores de las reales armadas en el 
puerto de Cartagena, y el duque de Terranova, capitán 
general de Cataluña, Auxiliaba con diligencia estos pre- 
parativos el duque de Medinasidonia; y en Lisboa el rey 
Felipe dedicábase á poner en todo la regularidad debida, 
asistiéndole sus ministros en tan importante ocupa- 
ción (i). 

Inspiraba entonces bastante recelo la isla de San 
Miguel, amenazada de continuo por muchedumbre de 
corsarios franceses; y juzgándose de apremiante ne- 
cesidad atender á su guarda y conservación, el día 2 de 
marzo de 1582 se adelantaron en aquel rumbo cuatro 
naves guípuzcoanas, á cargo de Ruy Díaz de Mendoza, 
las cuales dejaron en la isla de San Miguel dos compa- 
ñías de saldados, y regresaron en mayo al puerto de 
Bonanza (2)- Algún tiempo después, viendo el Rey Ca- 
tólico que, á pesar de sus incesantes trabajos, no podía 
contarse con que la gran escuadra que se apercibía bajo 
las órdenes del marqués de Santa Cruz estuviese orga- 



(i) Herrera, Historia de Portugal y {onqutstú de hi hhi Afíírrí.— 
íftsfrtier iones cQmunicjdaf por el rej' Fel*/*e al m^rqtiéi de S^ittU Cru^ 
para la Jornada dtt la Tercer ¿i^ en jj dt enero de í^82. Colección Sarii 
de Barutdl^ art. 2, núiu. 15, y Colecciotí Navarrete, tpmo XLL 

(a) Reí jt ion de la nav^^jciún que Aí|fj el galeón ^Qt^h Qhí*^ que fui 
pfíT almirante de los rualros ñjos que llevaba i la isla de Sin Miguel Rhv 
Dia^ dt Mendoza, Colección Saos de Biturell, art. 4, núm. J97. 



202 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

nizada y dispuesta para zarpar antes del verano, mandó 
que, entrado el mes de abril, saliese para las Azores el 
almirante portugués Pedro Peijoto de Silva, conduciendo 
una flota de cinco velas, que eran un galeón, otra nave 
de mucho porte y tres carabelas. 

Atentos los enemigos á explorar la rota que debían 
de traer los bajeles de las Indias, no advirtieron la veni- 
da de los buques españoles; y fué suerte grande que esto 
acaeciera, porque si le hallaran en el camino, viérase 
Peijoto en apurado trance para librarse de nueve barcos 
corsarios que por aquellos mares navegaban. Logró con 
esto surgir la escuadra en la rada de Punta Delgada, adon- 
de acudieron el 23 de mayo á trabar pelea los bajeles 
franceses recién llegados al archipiélago bajo la direc- 
ción de Mr. de Landroi. Batiólos Peijoto con el eñcaz 
auxilio que le dio el gobernador de la isla de San Miguel, 
Ambrosio de Aguiar (l); y de tal modo, quedaron los de 
España en seguro, y libres por entonces de toda ofensa. 

Después de este combate no tardó mucho en arribar 
á la isla de San Miguel una pequeña flota formada por 
cuatro naves giiipuzcoanas que había prevenido Miguel de 
Oquendo, llevando á bordo 140 soldados españoles de 
que era cabo Don Lorenzo Noguera. Y de acuerdo este 
capitán con Pedro Peijoto, resolvieron que Noguera que- 
dase en Punta Delgada á las órdenes de Ambrosio de 
Aguiar, y que Peijoto se encargase de la defensa de la 
mar (2). 



(r) Gaspar Fructuoso describe minuciosamente este combate en sn 
libro inédito Saudades da Terra, cap. C, fol. 409. 

(a^ Gaspar Fructuoso, Saudades da Terra, cap. CI, fol. 41a. — Caiti 
de Don Lorenzo de Noguera, fecha el 7 de junio de 1581, participando lo 
ocurrido desde el 35 de mayo en que salió del puerto de Lisboa hasta su 
llegada i Villafranca y Punta Delgada. Colección Sans de Barntell, ar- 
ticulo 4, núm. 633. 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPB n 203 

Seguían mientras tanto el Rey Católico y el marqués 
de Santa Cruz comunicando su natural actividad á la 
organización de la escuadra que Bazán habla de conducir; 
pero es lo cierto que, á pe^ar de todo^ no iban las cosas 
tan aprisa como lo demandaban las circunstancias (i). 
Por mandato del rey Felipe acudió á Lisboa desde Kx- 
tre madura el tercio de castellanos que capitaneaba el 
maestre de campo Don Francisco de Bobadilla; y en la 
misma sazón pasaron á embarcarse en Cádiz ^ á bordo 
de 21 galeras^ Antonio Moreno con el tercio de su man- 
do, cinco compañías de Flan des y tres compañías más» 
venidas de la Gomera, que formaban en total unos tres 
mil hombres. Al punto que á todo se daba mucho apre- 
suramiento^ ordenó el monarca trasladarse á Lisboa á 
Don Alonso de Bazán con las naves y galeras que se 
disponían en Cádiz y las costas andaluzas, aguardándose 
el arribo de esta flota al Tajo para que, junto con la 
otra que en la capital lusitana se aderezaba^ saliesen en- 
trambas armadas hacia Poniente con la premura que las 
noticias llegadas de Francia requerían (2). 

Más solícitos el Prior de Crato y los capitanes fran- 
ceses afiliados á su causa, hicieron con extraordinaria di- 
ligencia el alistamiento de las naves y gente de pelea 
apercibidas para marchar á las islas Azores. Ayudados 
resuelta y públicamente por la reina madre y el duque 
de Aleníjon, y socorridos bajo mano por el mismo rey 



(i) Dici? Fraachi Conest^^gío^ lamentándose de I2 IcDÜtud d£ los 
aprestos navales: cTan espaciosos son los españoles á ejecutar sus cosas, 
porque ya, en este tiempo er» partida de Francia la armada de Don Anto- 
nio y todos los qu* le seguían». [Untóít de Púrtug^l i ia cúrúna de Cas* 
til/a, lib. Vnij traduce [on de Bavia^ foL 194). 

(a) Caita de Don Alonso de Bazán al Rey, fecha en Cádi? a 7 de ju- 
lio de i}83f noticiando los preparativos dt; marcha de la armada que allí 
s« áúpouün* Colección Sans de Barnteü^ art. 4, aiím, ója . 



204 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Enrique ÜI (l), juntáronse en Belle-Ile $8 velas, las 28 
gruesas y las 30 pequeñas, muy bien guarnecidas y per- 
trechadas, con que pudo Don Antonio hacerse á la mar 
el día 16 de junio de 1582 (2), regocijado su ánimo con 
las halagüeñas esperanzas que le inspiraba aquella her- 
mosa expedición, cual pocas, ó ninguna, se vieran tan 
grandes en la superñcie del Atlántico. Dirigía la escua- 
dra Mr. de Sainte Soulaine; era general de la gente de á 
bordo el reputado Felipe Strozzi, hijo del mariscal de 
Francia Pedro Strozzi, que merecía la completa con- 
fianza de Catalina de Médicis, con quien estaba empa- 
rentado; servíanle á éste de tenientes el conde de Bris- 
sac, Mr. de Beaumont, maestre de campo, y el capitán 
normando Layneville; iba también el conde de Vimio- 
so; y las tropas destinadas á desembarcar constaban, al 
decir de distinguidos escritores, de 37 banderas con no 
menos de 6.000 hombres, á los cuales se agregaron 400 
nobles, estimulados por el deseo de adquirir nombre y 
gloria, combatiendo en una jornada que de singular ma- 
nera complacía al espíritu nacional en Francia y agra- 
daba sobre todo á las personas de la real familia (3). 



(i) En su Historia de Felipe II ^ dice el escritor francés Fomeron, nada 
sospechoso en este punto, que el rey Enrique III permitió que sus minis- 
tros apresurasen el apercibimiento de la flota y expedición que dingia 
Strozzi, y bien con6rman este aserto las siguientes palabras de Villeroy 
al mariscal de Matignon: «Le roi es tres inarri du rctarderaent de M. 
Strozzi; je vous prie y pourvoir selon Tintention de Leurs Majest¿s>. Y 
si aún no fuese bastante para acreditar la complicidad del soberano, véai^ 
lo que en 35 de enero decía Strozzi á Matignon: «Y'ay une dépeche de 
S. M., la quelle me presse fort de partir». 

(3) Esta es la fecha de la carta que á Matignon dirigió Strozzi cuando 
ya se hallaba á punto de embarcar á bordo del navio almirante San Juan 
Bautista. 

(3) El capitán Don Juan del Castillo, que servía en la isla de San Mi- 
guel, fija la flota francesa en 58 velas entre grandes y pequeñas. En 60 
estimó el marqués de Santa (Jruz el número de bajeles enemigos, igual 
que Gaspar Fructuoso; Franchi Conestaggío lo eleva á 70, igojd que aiu 
relación italiana que tenemos á la vista. El embajador de Polonia en U 
corte de Felipe II, Estanislao Togelveder, escribió á su monarca, calen» 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE !t 205 

Fiados los jefes expedicionarios en ía superioridad de 
las naves y gallardía de la tropa, proponíanse apresar las 
notas de las Indias, vencer la armada española que á su 
intento se opusiera, apoderarse de la isla de San Migue!, 
y marchar luego á Portugal, atrayendo á sus banderas 
los parciales de Don Antonio, que, sí no por su valer, 
eran temibles por su número (l). Y si bien en ello se 
repara, no debían parecer exageradas las esperanzas del 
Prior de Crato y sus valedores, los cuales condujeran 
á favorable término sus designios, si la pericia de! mar- 
q^ués de Santa Cruz^ la experiencia de los capitanes y el 
denuedo, de los soldados no estorbaran el cumplimiento 
de los propósitos que animat)an á los caudillos franceses. 

Navegando con prosperidad, llegó esta armada á la 
isla de San Miguel el 1$ de julio de 1582, y al siguiente 
clfa, 16, echó en tierra de 2.500 á 3.000 hombres que 
metieron á sacomano la villa de La Laguna y se despa- 
rramaron por la comarca, ejecutando toda clase de ex-, 
cesos y poniendo en temor á la ciudad de Punta Delga- 
da, sorprendida por el arribo de la escuadra enemiga. 
Sin duda facilitó el desembarco de los franceses, demás 
de sus muchas naves y cuantiosa gente, la escasa dis- 
posición de los defensores y el auxilio que les prestaron 
algunos habitantes de la isla, donde no escaseaban los 
afectos á Don Antonio. 

Habiendo muerto Ambrosio de Aguiar pocos días 



I 



laudo el total de It» buques fhiDceses en ;S, Fomeron y Larrey dan á 
dicha armada 55 nnviofi de varios portes. 

Kespecto ás tos soldados que iban á bordo, son tambíéa djferetites Us 
versiones, pues mientras un «5, como FraiJcJií Conestacgia, los aprecian 
en 7.000 ín£intes, y Gnspar Fructuoso los eleva hasta S.ooo, otros histo- 
riadores, especialmente Jos franceses, no creen que pasaran de ^.goo 
hombres los .;ae se embarcaron á las úrd^nes de Felipe Stroui. 

fi) Los pUpes que tenían los caudillos déla armada» y prJucipale* 
partidarios del Prior de Crato, huíanse indicados en la confesión del con^- 
á& de Vi mi oso, hecha poco antes de morir, en 37 de julio de 158a- 



206 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAt 

antes de presentarse la escuadra enemi^ai juntos los ofí- 
ciales de las Cámaras con el obispo Don Pedro del Cas- 
tillo, el general Pedro Peijoto y otros capitanes y per- 
sonas de la nobleza, determinaron que ejerciese el cargo 
de gobernador Martín Alfonso de Mello, en quien, á 
juicio de los más, concurrían buenas y muy distinguidas 
prendas. En cuanto se divisaron las naves enemigas, 
reunió Mello en consejo á los cabos de las tropas, y al 
punto acordaron las resoluciones que lo crítico de las cir- 
cunstancias hacía menester, las cuales consistían en distri- 
buir la gente á lo largo de la costa, ocupando sobre todo 
con mayor fuerza los parajes más amenazados, y en des- 
embarcar toda la tripulación y efectos de los bajeles cas- 
tellanos, ya que no estimaban posible que la flota de 
Peijoto, compuesta en total de nueve buques, pudiera 
defenderse contra la numerosa armada francesa, aun 
cuando para su más segura acción se amparasen los nues- 
tros con los fuegos del castillo. Ejecutáronse prontamen- 
te estas disposiciones: más de 2.000 soldados, entre cas- 
tellanos, vizcaínos y portugueses, dirigidos por Don Lo- 
renzo de Noguera, Don Juan de Castillo, Juan de Mello y 
otros jefes, ocuparon los puestos convenidos y levantaron 
trincheras, ya que por descuido de Ambrosio de Ag>aiar 
no se habían hecho oportunamente las prevenciones y 
reparos que demandaba la inminencia de un ataque. Por 
falta de deseo en los tripulantes de algunos buques espa- 
ñoles, ó por otras causas, no se realizó, sin embargo, en 
todas sus partes el acuerdo de inutilizar las naves; pues ü 
bien fueron echados á pique los cinco bajeles que traje- 
ra consigo Peijoto, después de trasladar á la fortaleza de 
Punta Delgada la artillería, municiones y efectos de á 
bordo, no se hizo lo mismo con los cuatro buques viz- 
caínos. Quedaron así éstos á merced de los franceses, que 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE n 207 

no tardaron en apoderarse de los barcos y sacarlos á re- 
molque, aprovechando la obscuridad de la noche (i). 

Luego que observaron la mucha superioridad de los 
enemigos, desistieroa los jefes castellanos de ofrecerles 
combate en campo abierto, y con buen acuerdo se reti- 
raron á la fortaleza de Punta Delgada , bajo cuya protec- 
ción podrían resistir las acometidas de los agresores, y 
dar tiempo á que viniera en su ayuda la escuadra de 
Don Alvaro de Bazán. Era esto, sin duda, lo que la 
prudencia y Ja práctica militar aconsejaban; mas el pue- 
blo, que suele ser inconsiderado y procede á impulsos de 
vehemente pasión, de tal modo acusaba á Noguera, ta- 
chándole de cobarde ó de traidor, que, sintiéndose el es- 
pañol ofendido en su honra, y no teniendo ánimo bastan- 
te sereno para sobreponerse á las murmuraciones de la 
plebe, á quien movían las exhortaciones falaces de algu- 
nos devotos del Prior de Crato^ resolvió salir al encuen- 
tro de los franceses, procediendo así como soldado valien- 
te y honrado, pero no como jefe experto y cauteloso (2)» 



(1) Una relación sucinta de estoj sucesos, «jue foriu^ parle de la Co- 
lección Sans d« Barnteil, afirma qne Peij oto pudo j debió darse á \a veU| 
luego que descubrió Is armada de Don Antonio^ salvando asi las naves 
de su cargo^ y ytndo á unirse i b flota del marqués de Santa Cruz* El 
St, Fernández Onro emite igual opinión., y añade que ül almirante Peijo- 
to no lo hizo asi, y arrimó Tas naves al castillo por aturdimiento^ ó por* 
qtie erró uea mente entendiera que quedaban protegidas con sus fuegos^ 
resultando ser apresadas las cuatro guipazcoanas y perderse en I0& es^cH 
Uos los dos galeones y tres carabelas portugue^Sn 

Quizas para no intentar la salvación de su ^ota, escapando sigilosa- 
meute en los primaros instantes, iníluyó en el ánimo de Peíjoto y de loi 
otros jejEes de la isla^ el temor de que no fuera fácil realizar semejante 
p«psaniientOf teniendo delante toda la escuadra francesa^ Pero en tal 
caso, debió cuidar Peijoto de que se echaran á pique todas sus naves^ y 
de esa manera no acrecerla ^us buques la armada enemiga con las cuatro 
guipuzcoanas que apresó en el puerto de Punta Delgada. 

(3) Llegada de la armada de Don Antunio y desembarque de las tro<^ 
pas francesas en í 582, (Gaspar Fructuoso, Siud'idts d^i Terra, czp. CI, 
fol. 4i3).»«Keiatione dell sucesso dcUe ármate sopra le Tere ere 1599. Bi- 
blioteca de Ajuda. Symm lusit,j tomo [V, foL n}, Mx.^ cod. Vat, 7>ó9t| 
pág. sio. 



1 



208 GUERRA DE A^F^aÓN EN PORTUGAL 

Se adelantó, pues, Noguera con mucho ardor al fren- 
te de cuatro compañías de infantería, que en junto ten- 
drlan $00 hombres, y de i So arcabuceros vizcaínos, á 
más de bastantes isleños, entre los cuales se contaban 
personas de distinción, acortando el camino al adversa- 
rio que derechamente venía á la ciudad en gruesa masa. 
Apenas se trabó el combate, muchos portugueses, á 
quienes infundió gran pánico la presencia del escuadrón 
enemigo, se dieron á la fuga olvidando sus protestas de 
valor; pero, no desmayando por esto el capitán castella- 
no, antes adquiriendo con el contratiempo mayor co- 
raje, peleó con denuedo, luchando cuerpo á cuerpo con 
el jefe francés, al cual dio muerte en lucha singular, has- 
ta que, rodeado de enemigos que descargaban sobre él 
furiosos golpes, cayó Noguera mal herido, dando gallar- 
das pruebas de la bizarría de su espíritu. Con esto y 
con verse los españoles amenazados por sus flancos y 
retaguardia, cedieron al cabo á la avasalladora influencia 
del mayor número, y marcharon á recogerse en el fuer- 
te de Punta Delgada con pérdida de 25 muertos y bas- 
tantes heridos; siendo feliz circunstancia, que libró á los 
de Castilla de un desastre completo, el haber estallado 
de improviso recia tempestad de viento y agua que pa- 
ralizó por algún tiempo la acción de los agresores (l). 

Al siguiente día (17 de julio) sucumbió Don Lo- 
renzo de Noguera de resultas de las mortales heridas 
que había recibido en el combate. Recayó entonces el 
mando en el almirante Peijoto, por ser éste el jefe más 
caracterizado de cuantos se refugiaran en la fortaleza; 



(i) Llegada de la armada de Don Antonio y desembarque de las tro- 
pas francesas. (Gaspar Fructuoso, Saudades da Terra^ cap. C, fol. 412).— 
Queypo de Sotomayor, Descripción de las cosas sucedidas en los reinos de 
Portugal^ parte quinta, fol. 176. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE H 209 

pero alarmado el nuevo gobernador por la gravedad de 
la situación, y con ánimo poco fuerte para dominar la ^ á 
pretexto de que iha á noticiar prestamente al Rey lo que 
acaecía, se embarcó de noche con algunos otros en un 
patache, y A escondidas de la flota enemiga tomó el 
rumbo de Lisboa. Fué, en resolución, provechosa la mar- 
cha de Peijoto, porque en su ausencia se encargó de 
la dirección de la fortalecía y de las tropas el alférez 
Don Juan del Castillo, que era militar animoso y en- 
tendido. 

Ocuparon los franceses la ciudad de Punta Delgada, 
cometiendo al tf no pocos excesos con las personas y bie- 
nes de cuantos mantenían la causa del Rey Católico. El 
castillo ocupado por los españoles, cuyas avanzadas ce- 
rraban todas las avenidas de la población, no daba la 
fnenor señal de flaqueza; y viendo esto el Prior de Crato, 
escribió con fecha 20 de julio una carta al gobernador, 
alabando justamente la energía de la defensa, y excitán- 
dole (i que, satisfechas con exceso las exigencias del 
honor, le diese al punto el castillo, toda vez que la re- 
sistencia era ya inútil, por no venir aquel año en su apoyo 
ninguna flota de España. Haciendo alarde de generoso, 
ofrecía Don Antonio la libertad de todos los defensores, 
dándí>lcs además embarcaciones para regresar á su tierra, 
y asimismo se comprometía á perdonar la vida de cuan- 
tos portugueses estuviesen por su propia voluntad dentro 
de la fortaleza* Y para el caso de que, contra lo que era 
de esperar, se obstinasen los sitiados en la resistencia, 
mostrábales el pretendiente lusitano los pwicrosos me- 
dios que tenía para reducir las murallas á polvo en muy 
breve término. 

Antes de la hora señalada, que era la del anoche- 
cer, envió su respuesta el jefe español, rechazando con 
■touo n II 



f 



f 210 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



f 



\ 

I 

r 



dignidad las proposiciones del Prior de Crato, y par* 
ticipándole la resolución que todoe tenían de extrennr 
la defensa hasta morir (i). 

Por dicha grande, cuando los jefes franceses sacaban 
de sus naves numerosa y potente artillería, aprestándose 
para hacer un vigoroso esfuerzo» se descubrió, al amane- 
cer del 21 de julio, la armada castellana del marqués de 
Santa Cruz, que venía en demanda de la costa; y anleía 
inminencia del peligro, sin insistir más en su empeño^ 
reembarcáronse Don Antonio y los suyos á toda prisa. 
Habían en este tiempo transcurrido seis días desde la 
llegada de los franceses, poco diligentes en utilizar b^ 
favorables circunstancias en que se hallaron: por negli- 
gencia ó torpeza no supieron Strozzi y sus capitanes dis- 
poner con buen acierto de la mucha tropa y abundantes 
medios con que contaban, y desaprovechando ta ocaaióo 
propicia, que en la guerra es las más veces única, per- 
dieron muy luego los progresos aJcanzados (2), 



(i) La carta de Don Antonio y la contestación de los del castillo, Us 
inserta íntegras Queypo de Sotomayor en su obra Descripción de Us io- 
sas sucedidas en los reinos de Portugal^ parte quinta, fols. 176 y 177. 

(2) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores.— 
Gaspar Fructuoso Saudades da Terra, cap. CI, fol. 41a. 





CAPÍTULO VI 



Composición de la escuadra española destinada á tomar las islas Azores 
en 158a. — Salida y navegación. de la flota que acaudillaba el marqués 
de Santa Cruz. — Noticias recibidas al llegar al archipiélago. — Resolu- 
ción de empeñar combate coii la escuadra francesa. — Disposiciones 
para la batalla.— Maniobras de las dos armadas. — Decisión de los capi- 
tanes franceses de combatir sin demora. — Situación de las escuadras al 
amanecer el día 26 de julio. — Ataque de los principales navios de 
Strozzi al galeón San Af<i/Sío.— Apurada situación de Figueroa; su he- 
roismo para resistir. — Acometidas infructuosas contra el galeón San 
Martin y la nave de Bobadilla. — Ordenes de Santa Cruz para socorrer 
á Figueroa. — Lucha terrible alrededor del galeón San Mateo'. — Retirada 
de la almiranta francesa, — Combate entre las capitanas de Bazán y 
Strozzi. — Aspecto general de la pelea. — Apresamiento de la capitana 
francesa. — Muerte de Strozzi y del conde de Vimioso. — Dispersión de 
la escuadra enemiga. — Conducta del Prior de Crato. — Pérdidas en las 
dos armadas.— Consideraciones sobre la batalla. — Muerte en el cadal- 
so de los prisioneros franceses. — Sorpresa de Don Antonio al saber el 
resultado del combate. — Llegada de la flota de Recalde. — ^Disposiciones 
de Bazán para recoger las naves de las Indias y de Nueva España. — 
Desistimiento de atacar por aquel año la isla Tercera.— Retorno de la 
armada española á Lisboa. — Salida de Don Antonio para Francia. — Re- 

§reso de Felipe II á España, dejando el gobierno de Portugal al archi- 
uque Alberto.— Muerte del duque de Alba y de Sancho de Avila. — 
Nombramiento de capitán general del ejército á favor del duque de 
Gandía. 

AN pronto como en Lisboa se tuvo noticia de 
que la armada francesa iba navegando con 
rumbo á las islas Azores, dispuso el rey Felipe 
que, sin aguardar á la flota de Andalucía, que mucho se 
demoraba, partiera el marqués de Santa Cruz con la 
fondeada en el Tajo. Formaban esta escuadra dos galeo- 
nes, el San Martin, que era capitana de la armada, y el 
San Mateo; diez y nueve naves, de las cuales diez eran 
guipuzcoanas; diez urcas y seis pataches (i). A su bordo 

(i) Relación de las naves que sirvieron en la armada, asi las que salie- 
ron deste rio de Lisboa, como las que fueron del Andalucía el año 1583. 
Apéndice núm. xa. 




212 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

se embarcaron veinte banderas con 1.523 soldados espa- 
ñoles del acreditadísimo tercio de la Liga, que habla veni- 
do de Flandes á cargo de Don Lope de Fí^eroa; trece 
compañías con 1. 803 soldados, que guiaba el maestre de 
campo Don Francisco de Robadilla; catorce banderas con 
2.001 hombres del tercio de Antonio Moreno; siete com- 
pañías con 494 soldados, que trajo de Extremadura el 
capitán Agustín Iñíguez; cinco viejas banderas del tercio 
de Don Fernando de Toledo, con 761 hombres; seis 
compañías que condujo á Lisboa Don Cristóbal de Eraso, 
con un efectivo de 437 soldados; y además otras tres 
compañías sueltas que contaban en sus filas 351 hom- 
bres. Sumaban en todo 8.215 soldados, que se hicieron 
buenos en la muestra general que se tomó á las compa- 
ñías de infantería española embarcadas en la ría de Lis- 
boa el día 29 de junio de 1582 (l); pero, sin duda al- 
guna, fué en bastante menor número la gente que con 
Don Alvaro de Bazán llegó á las islas Terceras, según 
lo acreditan documentos que merecen completo crédito. 
A los diez días del mes de julio hízose la expedición 
á la vela, y antes se previno á la armada de Andalucía, 
gobernada por el experto marino Juan Martínez de Re- 
calde, que desde el cabo de San Vicente se encaminase 
directamente á la isla de San Miguel, donde había de 
juntarse con la escuadra que acaudillaba el marqués de 
Santa Cruz. Pocos como eran los bajeles que para tan 
gran empresa llevaba á su cargo el general insigne, 
aún se amenguó su número, porque, á causa de faltarles 
tiempo, tres naves no pudieron salir del puerto hasta el 
día siguiente, quedando con esto separadas del resto de 
la flota, y á bordo de ellas tres compañías españolas que 



(i) Esta relación puede verse en el Apéndice núm. 13, 



■^^■^^^^^ 



DURANTE EL REINAXK) DE DON FEUPE H 213 

mandaban los capitanes Pedro Pliego, Don Sancho de 
Escobar y Sebastián de Mata (i), Y no fué este el único 
quebrRnto, pues á no mucha distancia de la costa sufrió 
gruesa avería la nave jífmnciadaí en que iban tres com- 
pañías viejas de Flandes y todo el servicio sanitario; y 
entrándole mucha agua y estando á punto de perderse, 
vióse en la necesidad de volver al Tajo. 

Con esto quedaron reducidas las fuerzas navales del 
marqués á zy naves» que conducían, según la narración 
del mismo caudillo, 5,500 soldados y más de 200 caha* 
üeros y personas particulares, entretenidos y aventaja- 
dos, quienes, buscando ocasión donde lucir su natural 
esfuerzo, querían dar mayor lustre á los claros hechos de 
sus antecesores (2). 

Trabajados de recio temporal, derrotáronse en un 
principio hacia el Sur los buques de Santa Cruz, hasta 
que al cabo de tres días, mejorando et tiempo^ pusieron 
sus proas en dirección á ia perdida ruta, Fuéles desde 
entonces á los de España propicio el viento, y siguiendo 
de esta suerte, avistaron el 21 de julio la punta del Morro, 



(i) íLo que aconiecíó á Ites naves españolas que wlieron de Lisboa 
an día después de la armada del marcjués de Saota Cnii». — Gaspar Fruc- 
tuoso» S^tiiíirdis dii Terrij, cap CVI, ÍüL 429. 

(s) *^o sucedido á la armada de S. M,, de que es capitán gmiüral eí 
niarquéí de Santa Ctuje, en la batall:i que dio á la armada que traía Don 
Antonio en las islas de las Azores». Este relato, que en modo de parte de 
Us operaciones, en vio á Felipe II Don Alvaro de Bazán con su sobrino 
Don Pedro Ponce de León, da gran luz sobre aquellos sucesos. Existe 
uua copia maouscríLa en la Bibliote*:a Nacional de París, fnnd. itaL 416^ 
foL [^5 y siguientes; otra en portujjfués en la Biblioteca Real de Ajuda 
eo Lisboa. Fué impresa en Zaraj^oía el uño 158?, y en los dos idiomas, 
castellano y portugués, lo v'^ublico el volutnea 3.*^, num. 14 de b colee* 
tíon titulada Anhivo tíos A^ori's. 

Gaspar FroctUíSíj, en hi obra inédita Sindades da Terra ^ reprodujo 
esta narraciop intercalando con íretjuencia periodos suyoSi coo objeto de 
partículamar mejor ciertos hechos y aiiadir otros nuevos. Fn la parte 
que eocabeia la relación, describe asi el escritor portugués la arpiada es- 
pañola: 

«Venía pí>r general Dod Alvaro de Baiin, marqués de Santa Crui, 



214 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

extremo oriental de la isla de San Miguel, y el 22 sur- 
gieron en el puerto de Villafranca, donde esperaba el 
caudillo adquirir noticias que le hicieran conocer el esta- 
do de las cosas (l). 

Para tomar lenguas y adoptar las disposiciones que 
las circunstancias hicieran menester, había Don Alvaro 
de Bazán despachado al capitán Aguirre con dos pata- 
ches el día antes de su arribo á la isla, con orden de 
que volviera á incorporarse á la escuadra en el mencio- 
nado surgidero, luego que informase á Ambrosio de 
Aguiar de la llegada de la expedición, y dijera también 
á Pedro Peijoto, si por ventura allí estuviese, que con to- 
dos los buques de su mando se le juntara sin pérdida de 
momento. No tenía aún noticia el marqués del falleci- 
miento de Aguiar; ignoraba asimismo la marcha de Pei- 
joto y la destrucción y captura de los bajeles españoles; 
y tampoco era sabedor de los sucesos recientemente 
ocurridos en la isla de San Miguel con motivo de la ve- 
nida de la escuadra francesa. Los avisos varios que reci- 



señor de las villas del Viso y Valdepeñas y comendador mayor de León, 
del consejo de S. M., y su capitán general del mar Océano y dé la gente 
de guerra en el reino de Portugal; por maestre de campo general Doa 
Lope de Figueroa, vfttorioso en Lepanto, Granada, Navarra, Túnez, 
Querquenez y Flandes, acompañado con 1.300 soldados viejos, del fner- 
te tercio de la Liga; y Don Pedro de Toledo, marqués de VlUafranca, de 
gran esfuerzo y experiencia en la guerra; y Don Francisco de fiobadilla. 
por maestre de campo de la dicha armada, con 1.000 soldados manchegos 
y lucidos toledanos; y Don Cristóbal de Éraso, afamado en las batallas, 
y titulado general de la armada de las Indias, con i.ooo soldados; y el 
esforzado marqués de Tavara, y el valeroso Don Pedro de Tassis, y otros 
muchos caballeros de memoria, y con 500 tudescos en tres urcas flamen- 
cas: se juntaron 4.800 infantes, fuera de los entretenidos y aventureros, 
hidalgos y caballeros de gran esfuerzo, andaluces, manchegos, castella- 
nos, gallegos y portugueses». Capitulo CII, fol. 4x5. 

(i) £1 relato, dia por dia, de la navegación de la escuadra, desde qae 
salió de Lisboa, se halla expuesto en narración minuciosa y exacta de los 
sucesos de aquella campaña, escrita por uno de los que iban á bordo del 
galeón San Mateo. Pertenece á la Colección Sans de Barutell, art. 4, Da- 
mero 6}6^ y la publicó el Sr. Fernández Duro entre los apéndices de sn 
libro La Conquista de las A{ores. 



DURANTE EL REINAIX) DE DON FELIPE U 215 

bió el almirante castellano, pusieron término á la incer- 
tidumbre, dando á conocer la verdadera situación de 
los asuntos. Algunas personas particulares que Santa 
Cruz envió á adquirir informes fueron recibidos á arca- 
buzazos; y no faltaron gentes que pretendieron engañar 
al general castellano, manifestando uno que la tierra es- 
taba por Don Felipe y que nada se sabía de la armada 
de Francia, y aconsejando otros que la flota española 
fuese con toda seguridad á Punta Delgada, para que así 
quedara sorprendida y cercada por la escuadra numerosa 
de Don Antonio. Por fortuna pudo comprenderse luego 
la falsedad de semejantes noticias .(i). 

Las tres naves que salieran del puerto de Lisboa al 
día siguiente que el grueso de la flota, dirigiéronse sepa- 
radamente á las islas Azores, á donde llegaron antes que 
la armada de Don Alvaro. Igual la que venía delante, 
que las otras dos que se presentaron enfrente de la isla 
San Miguel el día 2 1 de julio, trataron de indagar lo que 
allí pasaba, destacando algunas carabelas que consigo lle- 
vaban. Adelantáronse tres de éstas sin recelo de que pu- 
dieran encontrar embarcaciones francesas, y pronto que- 
daron en poder del adversario; pero otra carabela pudo 
burlar la persecución de los bajeles enemigos, y entrando 
en el puerto de Villafranca, luego que arribó la escuadra 
española, dio al marqués de Santa Cruz puntual conoci- 
miento de cuanto les había acaecido (2). Y como, ade- 
más, uno de los buques destacados á las órdenes de 



(i) «Victoria alcanzada por la armada española en el combate naval 
contra la armada francesa de Don Antonio». — Gaspar Fructuoso, Sauda- 
des da Terra, cap. CII, fol. 415. 

(3) «Lo que aconteció á las tres naves españolas que salieron un día 
después que la armada del marqués de Santa Cruz». — Gaspar Fructuoso, 
Saudades da T.erra^ cap. CVI, fol. 439. — eLo sucedido á la armada de 
S. M. de que es capitán general el marqués de Santa Cruz, en la batalla 
qne dio á la armada que traia Don Antonio en las islas de los Azores». 



] 



2l6 GÜERKA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Aguirre trajo la noticia de que el patache en que iba 
el capitán explorador fuera apresado por un navio fran- 
cés y varias barcas que salieron de tierra, ya no ca- 
bía dudar de que la isla estaba en poder del Prior de 
Crato y de que se hallaba en ella surg^ída la armada de 
Strozzi. 

Reconocíase entretanto la isla con la mayor diligen- 
cia, y ya Miguel de Oquendo y Rodrigo de Vargas bus- 
caban acomodado fondeadero, cuando los marineros que 
iban en las gavias del galeón San Martín^ que, según se 
ha dicho, era la nave capitana, comenzaron á descubrir 
muchos buques á la parte de Punta Delgada, y pronto 
pudieron ver todos claramente que pertenecían á la ar- 
mada francesa, y que su número era muy considerable. 

Sin demora juntó el marqués de Santa Cruz en con- 
sejo á los principales jefes y capitanes, emitiendo enton- 
ces pareceres contradictorios Don Lope de Figfueroa, 
Don Francisco de Bobadilla, Don Cristóbal Eraso, Don 
Pedro de Toledo, Don Pedro de Tassis, el marqués de 
lavara y otros cabos que, por su nombre y jerarquía, 
concurrieron á la solemne reunión. La situación era muy 
difícil; arriesgado el caso, y de responsabilidad grande 
el acuerdo que se adoptase. Mucho más considerable que 
la castellana la armada del Prior de Crato, sólo compen- 
saba en algo tan notable desventaja la grandeza de los 
buques españoles, los cuales estaban perfectamente arma- 
dos y guarnecidos con soldados veteranos, bien que se 
hallaran muy escasos de gente mareante, y fuesen muy 
de sobra perezosos en sus movimientos para excusar ó 
aceptar el combate con la flota enemiga, en que había 
multitud de naves mucho más ligeras que las de Castilla. 
La prudencia aconsejaba no arriesgar en tan desfavora- 
bles ocasiones una batalla de éxito inseguro; y acaso opi- 



DURANTE EL REtKADO DK DOK FELIPE 11 21/ 

naban de esta manera la mayoría de los capitanes es- 
pañole Sj porque , demás del contratiempo que causaba 
la tardanza de la flota prevenida en Andalucía^ ia cual 
fué dispersada en la costa del Algarbe por los duros 
vientos del Poniente muy luego de salir de Cádiz, había 
de considerarse también que, si merced al denuedo de 
los guerreros y á la pericia, de los jefeSj obtenían en lid 
desigual Ja victoria los de España, no otra cosa peor hu- 
biese de ocurrirle al contrario que la rota de su arma- 
da. Muy distintas las consecuencias del combate si alcan- 
zaban el triunfo los franceses, cual todo parecía indi cario ^ 
con el vencimiento de las naves castellanas pcrdiéran- 
se á seguida la isla de San Miguel y las flotas de las In- 
dias, quedando Portugal expuesto á un atrevido golpe 
de mano que pondría en duda la posesión del reino, no 
tan quieto y satisfecho como algunos con exceso de op- 
timismo pudieran suponer (l). Mientras en consejo deli- 
beraban los capitanes españoles, fbanse poco á poco dis- 
tinguiendo más y más bajeles enemigos, y aunque los 
nuestros no excedían de 2/ naves de pelea (2), ciecidiÓse 



( 1 ) Andabí fspeclalm^nttí el Norte de Portugal ba^Unte revuelto y 
agitado con ia esperanza del prontn arribo de una expedición francesa. 
Para imptdír todj tentativa en aquíslla ^ona^ envió el Rey' ^ Don Fern-in- 
do de Toledo con buen golpt? de lueTias rcclutadas t?u Ostilla. — Herrera^ 
fii star til de Poríiíg^íil y cnjiquísfn df ¿tis ís/fjs Ai^ores^ P'^fí- '°'' — 'Franchi 
ConestaggtOi, Un ton de PúrtHgal J Ai Lúroitít dé Cjstitlii, lib. IX* 

(s) Los tres navios que sallerou de L>sboa al día sio-uieutc que el mar- 
qués de Santa Cruz, uo lograrcsn reunirse, según queda dicho, al resto de 
la flota. En \a armada había 4 pataches á más de las 17 naves; pero debe 
coDsídetarsc que estos bajeles no eran buques de pelea, pues el cometido 
de ífi» patacheü en las escti;ídr*)S !ie reducía á llevar avisos, reconocer las 
costas y guardar las entradas dü los puertos. 

No comprendemos comn Forneron pudo añnUrir que la flota francesa 
era próximamente igual en número á la española; porque, aun admitten*' 
do con eicesiva condescendencia que la primera tu v^ i ese ^s velas y la 
seg:tinda 40^ conforme dice el historiador citado, resultdrJa que la armada 
de Baeán era bastante inferior á la de Sttoííí. Pero la desigualdad apare- 
ce más notoria^ si se repara que los barcos españoles no excedian de 97^ 
y que es^ por consiguiente^ de todo punto errónea la cifra que da como 
exacta Forneron. 



2l8 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Bazán á empeñar combate, tanto porque no tenía donde 
recoger su armada (y siendo la enemiga mucho más lige- 
ra, tampoco le era á él dable evitar la batalla en la forma 
que quisieran empeñarla los capitanes de Don Antonio), 
cuanto porque fuese en mengua de la honra española 
rehusar la lucha á que parecía aprestarse el adversario 
con ánimo resuelto, como quien fia en el éxito venturoso 
de la próxima contienda (l). 

Con su acreditada pericia por guía, mandó Santa Cruz 
arbolar los estandartes y flámulas de batalla, y sin dila- 
ción dispuso los bajeles en orden de pelea. El galeón ca- 
pitán en medio, y algo adelantado, con Don Pedro de 
Toledo y muchedumbre de valerosos caballeros á bordo: 
en la mano derecha el galeón San Mateo ^ donde nave- 
gaban el maestre de campo general y el veedor general 
Don Pedro de Tassis; y en la izquierda la urca San Pedro, 
en que iba Don Francisco de Bobadilla. En una y otra 
ala ó cuerno se repartieron los otros buques, igual que 
las diez naves guipuzcoanas gobernadas por Villaviciosa 
y Oquendo. Para dar socorro á los barcos que de auxi- 
lio hubieren menester, se destinaron cuatro bajeles de 
socorro. Los pataches se colocaron á la popa del ga- 
león capitán, prestos á distribuir las órdenes del mar- 
qués. Y lo mismo Bazán que los demás jefes, adoptaron 
las disposiciones oportunas para tener bien apercibida la 
gente, artillería y medios de combate en las naves que 
inmediata y directamente acaudillaban. Con mucha 



(i) cEste dia el marqués, con parecer de los hombres más priocipales 
de la armada, se resolvió de pelear con ellos, lo cual de nuestra paite era 
fuerza de hacerse, por no tener donde acogernos, y por ser su armada 
mucho más ligera que la nuestra, y ser en su mano el pelear ó no todas 
las veces que quisiese>. (Relación, acaecimiento y navegación de la ar- 
mada del marqués de Santa Cruz, desde que salió de Lisboa hasta que 
fueron ajusticiados varios franceses, etc., escrita por persona que iba en 
el galeón San Mateo. Colección Sans de Barutell, art. 4, núm. 636). 



DUItANTE EL REINADO DE DOS FELU^ II 219 

pena del marqués y aún mayor disgusto de Don Cristó- 
bal de Eraso, no pudo este inteligente capitán tomar 
aquel día puesto en la batalla, porque su nave traía sen- 
tido el calcés del pato mayor, con que le fué imposible 
hacer fuerza de vela de gavia para alcanzar á los otros 
buques (l). 

Mar olía y Rodrigo de V^argas discurrían por encargo 
del general de uno á otro lado para poner las naves en 
buen orden; y al punto que los jefes aprestaban sus bu- 
ques, animados de patriótico ardor con que inflamaban 
á los menos decididos, los artilleros prevenían y carga- 
ban sus canon es j y los soldados, enardecidos á la vista 
del enemigo» sin sentir desmayo ante el mayor número 
de los contrarios, apercibían diligentes sus arcabuces, 
mosquetes y picas. Ocupaba cada cual su sitio de com- 
bate; y con ánimo sereno, como quien está avezado á 
peligrosos trances, aguardaban todos el instante de com- 
batir en tan señalada ocasión por la grandeza de Espa- 
ña, cobrando mayores bríos al oír los sonidos bélicos de 
mil instrumentos que anunciaban con sus agudos clamo- 
res la imponente función de guerra que se preparaba so- 
bre la mov^ed iza superficie del Océano. 

igualmente solícito el francés, y no menos animoso, 
salió del puerto en demanda de su contrario, con el rego- 
cijo propio en quien cree seguro el buen éxito i y aguar- 
da impaciente la hora de la lucha que ha de proporcio- 
narle espléndida victoria. Bien sabían el Prior de Crato 
y Strozzi que á su frente no estaba el completo de la 



([) «Lo sDcedJdo á U ürMtadn de S. M,, de que es capitán gc[icr:il el 
marqués óe Saata Cruz, en ta bataUa que dio á la armada que traía Don 
Antonio en las islas de los Azores». 

En esta rebcion^ hecha por Don Alvaro de Baián, se descfibeal por- 
menor b forma en que 4e apercibió para ía batalla el galeón San Martm^ 
que era capitana de la escuadra . 



220 GUERRA BE ANEXIÓN EN PORTUGAL. 

escuadra dispuesta por Felipe II en Lisboa y Andalu- 
cía (l); y así, al observar cuanta era la ventaja numérica 
que tenían, decidieron pelear inmediatamente, utilizan- 
do el favor del viento que á sus naves empujaba contra 
las españolas. Ordenada toda la fuerza, y al combate 
bien prevenida (2), confiaba Don Antonio obtener muy 
favorable resultado; pero, calmando el viento de im- 
proviso, declinó el día en tiempo en que aún estaban las 
dos armadas á seis ó siete millas de distancia. Volvió en- 
tonces la escuadra francesa al puerto, esperando que el 
nuevo sol había de alumbrar su triunfo; y la armada es- 
pañola, sin más abrigo que la azul esfera, quedóse en- 
vuelta en las tinieblas de la noche, acechando vigilante 
al adversario, y aguardando con afán los arrebolados res- 
plandores de la cercana aurora. 

Aún ignoraba el marqués de Santa Cruz cuál era la 
cantidad exacta de bajeles y de tropas que los enemigos 
tenían, y al cabo vinieron á sacarle de toda duda las noti- 
cias que le envió Don Juan del Castillo por medio del maes- 
tre de la nave Catalina , Domingo de Adurriaga, quien 
embarcado en una pinaza con cinco marineros vizcaínos, 
se puso á media noche en comunicación con el general 
castellano. «Esa armada de Don Antonio que ahí va, de- 
cía el gobernador de la fortaleza de Punta Delgada, tiene 
58 velas, las 28 gruesas y las demás pequeñas. Tiene seis 
mil franceses: si la nuestra no es poderosa para pelear con 
ella, se podrá arrimar á esta fuerza, pues está por el Rey, 



(i) «Tiene Don Antonio muchos avisos de Portugal, y por ellos y b 
lengua que había tomado, sabía que la armada de S. M. venía dividida. 
y quiso darle la batalla antes que se juntasen». [Declaración del conde de 
Vimioso al padre Fray Francisco Maldonado). 

(2) «Fué nuestra armada á embestir la enemiga, la cual venia á ha- 
cer lo mismo en buena orden... >. «Relación de lo sucedido á la armada 
de S. M., de que es capitán general el marqués de Santa Cruz, etc.». 



DUltANTE EL REINADO DE DON FELIPE IT 221 

nuestro señor^ y vea V. m, que se aventura mucho sí se 
pierde.» En sucintos términos daba además conocimiento 
Don Juan del CastÜlo á Don Alvaro de Ba^án de cuanto 
en las islas había acaecido después del arribo de la flota 
francesa. 

Informado el marqués de todo^ respondió al capitán, 
gobernador y principales jefes de la isía, mostrándose 
muy satisfecho de sus buenos servicios, que se proponía 
poner en conocimiento del Rey para que éste los galar- 
donase como era debido; les animaba á perseverar en su 
actitud valerosa» haciéndoles saber que, pues la armada 
española se hallaba muy pujante y con mucha y muy 
buena gente á bordo, tenía resuelto dar la batalla en la 
confianza de que Dios le favorecería con la victoria (l)* 

AI rayar el alba del 23 de julio, nuevamente se leva- 
ron los buques franceses, y con bizarro alarde avanzaron 
gallardos en busca de los castellanos, repartidos sus baje» 
les en tres cuerpos que llevaban el viento y el sol en su 
provecho. Según la relación de Bazán, ascendían á 40 los 
navios enemigos, entre ellos algunos de escogida traza, 
y ios demás vasos eran bajeles de pequeño porte, bien 
que muy á propósito para la maniobra por su velo^ an* 
dar. A la redonda de la flota veíanse no pocos pataches 
que á la exploración y av^isos se destinaban; iban allí 
dos naves capitanas y dos almirantas, y en medio un 
pequeño galeón raso, gentil barco de vela, que por su 
aspecto galano y llevar estandarte á popa pudo creer- 
se que conducía al pretendiente Don Antonio. Ante la 
ostcntosa presencia de la apercibida flota no rehuía el 
combate Santa Cruz, ni los guerreros españoles á la vis- 



(j) mLa sucedido á la armada de S, M.. de que ^ capitán general el 
Oiafqués de Santa Cra2, etc^>^ 



222 CUEIOIA DlS ANEXIÓN E« POUtWAt 

ta del enemigo se amedrentaron; que si en nümer i 
las escuadras eran muy desiguales, el orden y pericia 
de los menos despreciaban del contrario la ventaja. Ya 
muy entrada la tarde, llevando los de España la vuelta de 
la mar, echaron los de Strozzi diez navios á lo largo de 
la costa con objeto de envolver nuestra escuadra por el 
flanco y espalda, y combatirla á la mañana siguiente por 
popa y proa en muy favorable orden: la quietud de la 
atmósfera estorbó la ejecución de tal intento , y sin más 
alteración vino la noche. 

Apenas clareaba el día siguiente, cuando volvieron á 
acercarse las escuadras; y porque la situación de los bu- 
ques españoles aún al francés procuraba mayor beneficio, 
ordenó Bazán marear las velas y salir afuera, enderezan- 
do el rumbo á la isla de Santa María (l): igual dirección 
tomó también el adversario. Espectáculo magnífico el 
que ofrecían las dos armadas navegando majestuosas en 
la soledad del inmenso Océano: la mar tranquila y bella, 
cual la sazón del tiempo requería, que era en la mitad 
del verano; el sol espléndido, irradiando sus dorados ra- 
yos sobre los aceros brillantes de las limpias armas y 
resplandecientes cotas, que reflejaban destellos de lu? 
vivísima sobre la rizada superficie en que oscilaban las 
flotantes fortalezas; la silenciosa gente de guerra ocu- 
pando su puesto en castillos, cubiertas y baterías; los có- 
mitres y pilotos guiando las naves en buena ordenanza 
para que el contrario al combate siempre las hallase dis- 
puestas; los marineros sobre los aparejos; los capitanes 
espiando con ojo avizor las maniobras del enemigo; y 
animando el hermoso cuadro las banderas y gallardetes, 
movidos por brisa ligera, presidían con sus bizarros co- 



( i) Hállase esta isla 50 millas al Sur de la de San Miguel. 



DURANTE EL HEtNJaK) DE DOM FELIFE « 223 

lores aquella magnífica demostración de inteligencia y 
gallardía (l). 

Llevaban los franceses multitud de chalupas de remo 
con que podían remolcar los barcos pequeños y ponerlos 
en batalla cuando juzgasen la ocasión propicia; y como 
además sus buques eran más veleros que los españoles, 
y las dos armadas venían navegando con viento sudoeste, 
llevando siempre los de Strozzi el barlovento, no halla- 
ba Bazán circunstancia fav^orable para echar un cabo al 
n£gúcio^ como anhelaban los guerreros de Castilla, De 
esta manera anduvieron las armadas todo d día 24, 
bordeando entre las islas de San Miguel y Santa María: 
á eso de las cuatro de la tarde, teniendo por la proa y 
muy cerca la costa de San Miguel, comprendieron los 
capitanes de í^on Antonio la díflcii situación en que es- 
taba la flota de Santa Cruz, sotaventeada y estrechada 
contra la tierra; y para utilizar mejor las ventajas de que 
ellos disponían, aproximaron de tal modo su armada á 
la española, que casi le era á ésta imposible girar para to- 
mar otro bordo sin que en instante crítico de la ma- 
niobra le acometiese la ^cuadra enemiga. Mas como 
llegó á verse el marqués en la precisión de virar^ te- 
niendo por un lado la tierra y por el otro muy enci- 
ma á los barcos franceses, mandó hacer la maniobra 
con suma brevedad y guardando el mayor orden, pues 
bien imaginaba que en aquel trance había de embestirle 
el adversario, en cuyo favor soplaba el viento* Y fué asf^ 
que pronto vinieron sobre los nuestros los bajeles de 



{1) •Feílo istü como se ordenou co^ multo est rondo de pifaní>s e liitii- 
bores, c banddras estendidíiSj a 01:1 relias, ^xties ? brancas, foi a nossa ar- 
mada iavestir a iaimigí, a qual lj a fa^er o mesnio en boa ordem con 
banddras amarellas, laranjadas e negras«* Gaspar Fructuoso, Sautiaítes da 
Terra, cap. CU, fol, 415. 



1 



\ 



I 

f 



224 GUCRIU DE ANEXtÓH EN POKTÜGAL 

Strozzi, trayendo delante los siete ú ocho galeones de 
mayor poder, y en primer término su capitana con un 
estandarte blanco. Por ser las más próximas, sufrieron 
primero el ataque cuatro naves guipuzcoanas, y sobre 
todo la de Oquendo^ que venía en retaguardia de la es- 
cuadra española. Rodearon á este buque la capitana yal- 
m irán tu enemigas, y descargaron sobre él fuertes des- 
cargas de artillería; pero ( >quendo les contestó con ani- 
mosa resolución t y no se atrevieron á abordarle, dando 
con eso lugar á que presta m.ente acudieran en socorro 
de los barcos en peligro los galeones San A/afro y San 
Aíariht^ y á que sucesivamente cerrase la distancia el 
resto de la armada, que viró con prontitud bajo la pro- 
tección de los dichos navios. Cambiáronse entonces mu- 
chos dis[>aros de cañón, que ofendían con su estruendo á 
la callada naturaleza» y antes de concluir el día, empe- 
zaron á desviarse los buques franceses, resultando la es- 
caramuza en daño de Don Antonio, por haber sufrido 
gruesa avería alguno de sus principales galeones (l). 

Siguieron luego las escuadras nav^egando en direccio- 
nes paralelas y muy próximas ú. la isla de San Miguel. El 
experto marqués de Santa Cruz, que procuraba el bar- 
lovento con ahinco á fin de remediar en algo la supe- 
rioridad de los enemigos, ordenó que al ponerse la luna 
virasen todos sus buques en derredor de la nave capi- 
tana, que á prevención se había de colocar en el nuevo 
frente; y porque el adversario no advirtiera tal designio. 



(r) «Ld sucedido á la armada át S. M., de que e» cipitin gmeml d 
m :i rq u ¿íí ihi S:i n ta Cru í, etc , • — * Re U t: 1 ü a ^ a c aecí tu ictitüs y n a vcgac i 6 n 
de \a rtniíiadij de] míiruUd-á de SánCa CfQE, eto, Co1ei:c:Jüa Saa^ de B^ruteU^ 
art, 4, nÚMi, íi^é, — •fícladün di? la jornada enviaja pür Djh iVtiguel de 
Oqutíudo al f^ecrétario Ju^n Delgadü, fecha el 19 de julio de i^Ss>- Cu- 
lech^íón Saris de BaruteJl, Jrt, 4^ qúuk (í4^h — »Qiieypo de SütoiüAyoT', jDíí- 
cripcitm dí^ hs c&sas sureJUaí eit los t-f titas de PortugyiL rh-. M*. Bib na- 
cionjd de Madrid, G. ibi, foh. 1777 17S. 



nURJlNTE £L REINADO DE DOlí FELIPE II 225 

avisó el caudillo á los suyos que no encendería fanal, sino 
que á medía noche dispararía un cañonazo que sirvie- 
se de anuncio para que loa bajeles de la escuadra acu- 
diesen presto á donde é! en aquella hora estuviese, 
Hiciéronlo así los de Castilla con afán de ganar al ene- 
migo el viento; pero bien fuese por no recibir la debida 
notificación, según dicen unos escritores; por falta de 
buena voluntad, como creen otros; por la mucha obs- 
curidad ú otra causa legítima^ conforme opina alguno (t), 
desaparecieron dos urcas flamencas, quedando de esta 
suerte más disminuido el número de naves de España, 
y amenguado también el efectivo de los combatientes en 



(i) Eo el tomo segundo dt Id Historia de la M^trína Rml EspaAoU^ 
escrita por Don José March^ añrmase ctue^ sobre vioieodo una tornieoU 
en Bqucüa noche del 34 al 3^ de juHo, se apartaron^ loal su grado, de la 
escuadra española las dos tire as flamencas, que no pudieron juntarse de 
nuevo para el día de la batalb. Juzgamos errónea semejante versióu, que 
no aparece confirmada por otros historiad ores, y creemos que debió de 
haber culpa en las que tripulaban y guarnecían aquellas bajeleSj como lo 
prueba el que^ luego que se incorporaron^ mandó el marqués de Santa 
Cru£ que ñjesen á servir eo galera los maestres y marineros, y envió á la 
infantería alemana, que iba ú bordo, á su jefe el conde de Ladrón» para 
o^e éste á su antojo La castigase. AsL lo atirma Antonio Herrera en su 
Historia de Parhig'j/j* ¿únquistá de las islas Abares. Se halla este aserto 
casi conforme con el df: Gaspar Fructuoso, quien eu su obra inédita Sau- 
diides da Terra, cap. CVl^ fol. ^39, dá minuciosa noticia de la separación 
y movimientos de los dichos bajeles, atribuyendo a sus tripulantes gra- 
ves culpas. 

Y en comprobación de ello, véase lo que decí^ Don Alvaro de Baiáo 
al Rey en carta del [4 de agosto de 158a: i Contra los capitanes, maes- 
tres y püotos de las dos naves que me dejaron con los eneaiigos y se 
iban la vuelta de Espafia^ mandé proceder al auditor, y que, hecho el 
proceso snniaria mente, me viniese á hacer relación con voto de las cul- 
pas; y habiendo juntado para oírle a Los maestres de campo y Don Cris- 
tóbal de Eraso, paresció que los dos maestrea y pilotos se ahorcasen^ y 
que no se procediese contra los capitanes de infantiíria alemana por sus 
capitulaciones y haber protestado á los maestres y pilotos volviesen á 
buscar el armada, auní^ue esto creo que debió de ser por cumphmiento; 
y por entender loi maestres de campo y Don. Cristóbal b voluntad que 
V. M. tenia de favorecer á los niacstrtfs de estas urcaá cuando se tomaron 
á sueldo, antes que yo viniese ai puerto, me pidieron con instancia los 
hiciese gracia de las vidas, y por este respeto lo hice, con que sirviesen 
por toda la vida al remo en las galeras y fuesen sacados á la vergüenza 
por toda la armada^ para que entendíe^eu que por delito y cobardía que 
babian cometido se habíau coadenado ea esta forma», CoIecci<ín Saus de 
BaiuteU, art, ^, uúin. 6;^, 

TOMO II ^, 



\ 



226 GUERRA DE ANEXIÓN E?í JPORTUGAL 

los 400 6 500 alemanes que llevaban los dos buques e^c- 

traviados (l), 

Al amanecer del 25 de Julio apareció Ja armada fran- 
cesa muy esparcida y algo apartada de la nuestra; quizás 
porque tuvo el proposito de remediar las averías que ha- 
bía experimentado en el combate de la tarde anterior, y 
de socorrer á la nave que más padeciera, la cual, desar- 
bolada del trinquete y remolcada por otros dos grandes 
barcos, procuraron los capitanes de Don Antonio poner 
en salvo, aunque con infeliz resultado, porque en el prin- 
cipio de la mañana se hundió á k' vista de las dos es- 
cuadras (2). 

Kl mayor beneficio que con la maniobra nocturna 
había obtenido Don Alvaro, fué ganar al enemigo d 
barlovento, con lo cual podía embestir á la flota fran- 
cesa, cómo y cuando él quisiere. Aprovechaba solícita- 
mente tan considerable ventaja el caudillo de Felipe ü, 
y se iba con resolución sobre el adversario; mas al apres- 
tarse á la batalla, retúvole mucho la pesadez de sus barcos 
y principalmente el d^ fortunad o suceso de que á la 
nave de Don Cristóbal de Eraso se le rompiese el palo 
mayor, y quedara por el momento repagada é inútil para 
navegar. Avisado el marqués de este percance por un 
cañonazo que al medio día disparó el bajel comprometi- 
do, pensó que era mejor acudir en su auxilio, aun á costa 
de perder el barlovento, evitando ante todo que el fran- 



(i) Quedaron reducidas á 35 las naves de guerra que guiaba Bazáa: 
y faltaban además 1.500 hombres de combate, que en po menos se cal- 
cularan, al decir de Herrera, las tropas embarcadas en las naves que se 
apartaran de la ilota desde que ésta salió de Lisboa. 

(2) tLo sucedido á la armada de S. M., de que es capitán general el 
marqués de Santa Cruz, etc. • — cRelación, acaecimientos y navegacióD 
de la armada del marqués de Santa Cruz, escrita por uno de los que iban 
á las órdenes de Don Lope de Figueroa, á i.^ de agosto de 1^83». Colec- 
ción Sans de Barutell, art. 4, núm. 6}6. 



DURANTE EL RECADO DE DON FFXlPÉ ti 22*J 

cés acometiese y rindiera 5 un navio donde navegaba 
personalidad tan saliente como Don Cristóbal. Con esto 
pudo Strozzi juntar de nuevo su armada y cobrar el vien- 
to perdido, salvándose por entonces de la arriesgada si- 
tuaciíin que tenía enfrente de adversario expertísimo y 
valeroso. Remediado el apuro de la nave de Eraso, á la 
cual dio cabo el galeón capitana, continuaron su derrota 
entramlias escuadras, sin que durante aquel día acaeciese 
cosa más importante que el disparar algunos cañonazos 
los buques franceses, siendo al punto contestados por los 
españoles, Y como al socorrer la averiada nave, quedó 
otra vez á sotavento la escuadra de Santa Cruz, no le 
fué á éste posible utilizar la ventaja que su pericia le pro* 
porcionara (l). 

Tbti así discurriendo el tiempo, y seguían navegando 
ios barcos de uno y otro bando, que el sol y el barloven- 
to se disputat)an, hasta que determinaron los franceses 
poner término al negocio, como que á ellos mucho les 
importaba la premura, temerosos de que en momento 
inesperado acudieran las nav^es de Rccalde en ayuda de 
las que dirigía Santa Cru3í, Afanábanse Strozzi y Vimiosü 
en reñir combate; pero siendo el buque que montaban de 
menor andar que los más de sus bajeles^ y mucho menos 
solícito que su deseo, se \-eían con tren idos en su propósi- 
to, teniendo que desistir por varias veces de su arrojado 
empeño. Motejábanles con dureza ios de su escuadra, 
atribuyendo tal demora á escasez de valor 6 á mucho 
desfallecimiento; y al entender Strozzi semejante de- 
nuesto^ que mancillaba su buen nombre de capitán biza- 



\ 



^ (i) <Eate mismo dia Don Cristóbal de Eraso adereza sn árbol lo mejor 
que pado» que fué pira aolaniento llevar li vela mayor aimda basta en 
medio, sin Uevar bot^etii ni mostreo de gavia*, «K dación, acaecí mi en tos 
j mtvegaciou de b armada del marqués de Santa Cru^, etc . « 



\ 



228 GUERRA DE ANEXIÓN EN KJRTUGAL 

rro, embarcóse á gran prisa en velocísima nave que, eoi- 
pujada por su ardoroso coraje, á todas en correr ganaba 
mientras,, el conde de Vimioso, con no más corto aliento, 
pasó con algunos de los suyos al buque en que navegaba 
Mr. de Beaumont, que era bajel muy ligero (l). 

Aproximábase así el momento de la lucha, al punto 
que declinando la noche del 25 de julio, se iba acercan- 
do el alba risueña, y en pos de ella, el brillante sol que 
había de alumbrar la ruda porfía. Estábase el mar bonan- 
cible, claro y despejado el cielo, el aire limpio y diáfano, 
serena la naturaleza, y de tal modo contrastaba la fiereza 
de los hombres con el aspecto tranquilo de cuanto en 
derredor existía, que pudiera sospecharse si los elemen- 
tos que agitan los mares oceánicos se escondían recelo- 
sos, ó se aprestaban á presenciar en calma el terrible 
conflicto. Al aparecer la aurora distaban las armadas tres 
millas la una de la otra, y menos de 20 de la isla de San 
Miguel. Venía delante de la flota francesa el buque 
San Juan Bautista^ donde navegaban desde la mañana 
Strozzi y Vimioso, ambos jefes con ánimo denodado 
y muy resueltos á la pelea; seguía detrás la almiran- 
ta, en que iba Mr, de Brissac; luego el navio del nor- 
mando Borda; en seguida tres galeones ingleses; y á 
retaguardia de éstos los otros buques de la escuadra. Or- 
denadas también las velas de España, marchaba prime- 
ramente la urca Sa7i Pedro^ mandada por Bobadilla; mm* 
cerca y por su popa, el galeón San Martin y con insignia 
de nave capitana, dando remolque á la de Eraso; suce- 
díalas en línea el galeón $an Mateo ^ á cuyo bordo se ha- 
llaba el maestre de campo general Don Lope de Figue- 



(i) Franchi Concstaggio, Unión de Portugal á Ja corona de Castilla, 
lib. IX. 



DUltANTE EL REINADO DE DON FELIPE 1! 229 

roa; á continuación los bajeles de menos fuerza; y guar- 
dando el postrer lugar, que era entonces el más aventu- 
rado, iban con sus barcos Villaviciosa y Oquendo (i). 
Como en demanda de tierra, puesto el rumbo hacia el 
Norte, avanzaron en principio del dfa las flotas enemigas, 
manteniéndose la de Strozzi á barlovento; y refrescando 
aJgo el tiempo entrada la mañana, acercáronse más los bu- 
ques franceses á los nuestros. Va la costa se divisaba clara; 
y en este punto, conociendo cuan próximo estaba el tran- 
ce supremo, dictaron los caudillos lasültimas disposiciones, 
cuidando los de Don Antonio de señalar á sus naves las 
velas españolas con que había de aferrarse cada una, y de 
guarnecer lew más fuertes de sus galeones con los mejo- 
res capitanes y soldados que traían, porque era su desig- 
nio abordar con ellos á los buques en que iban Bazán y 
Figueroa» donde navegaba lo más selecto de la gente 
castellana^ y arremetiéndolos furiosamente, entrarlos y 
rendirlos en corto pla^o (2). 

Por causas ignoradas, el galeón San Mateo se fué 
quedando atrás y colocándose á barlovento de la escua- 
dra: de este modo, antes del medio dfa se puso la nave 
de Don Lope entre las dos armadas y en caso de mucho 
riesgo. Sirvió esta circunstancia al enemigo de poderoso 
estímulo para lanzarse veloz sobre el aislado bajel ^ con 
tanto mayor ánimo y esperanza de apresarlo ó hundirlo, 
cuanto que no era fácil que el San Mateo recibiera asis- 
tencia de la flota española, por hallarse ésta á sotavento 



(i) Herrera^ Historia de Portiigdí j c^naitüta dé las islas A^ores,-^ 
Franchi Conestüggio, Ufíif'in de Portug^ii -i la. coronada CastUin, lib, IX. 
— FoíQcíon, Historia di Phiiippf II. — ■K^lnción, acoecimiento^ y nave- 
gación de la armada del marqués de Santa Cru£^ etc *» 

(3) Gaspar Fructuoso, Saudades da Terra, — * Victoria alean fada pela 
drenada hespashola no combat<? naval contra a armada firaacega d« Don 
Antonio», cap, CII, fbl. ^^5, 



230 GUERRA DE ANEXÍÓK EN PORTUGAL 

de la francesa y ser poco vacieros los barcos de Sart^ 
Cruz. Cierto es que su misma situación facilitaba á Fi- 
gueroa eludir el encuentro, puesto que, con volv^er la 
popa al vdento, que soplaba entonces del O* N. Ü*, podía 
juntarse prestamente á los demás buques españoles; pero 
el ardor del maestre de campo le impulsaba á aceptar la 
pelea, por desigual que ella pareciese; con lo que concu- 
rrieron á un propio fin, que fué el de que se empeñase 
batalla, el temerario valor de Don Lope, y la motivada 
confianza de Strozzi (i). 

Enderezaron, pues, sus proas al galeón San Mateo la 
capitana y almiranta enemigas, comenzando así la re- 
friega en que muy luego se empeñaron otros tres gran- 
des barcos franceses (2), seguidos de bajeles de menor 
porte que venían cargados de gente para reforzar la de 
los cinco galeones. Al ver los rápidos movimientos de 
los franceses, no se ocultó al jefe español cuál era el in- 
tento de aquéllos: como práctico en tales lides (3), no 
pudiendo hacer uso de las velas, aguardó prevenido el 
ataque de sus impetuosos enemigos (4); y aunque entre 
marineros y soldados llevaba poco más de 250 hombres. 



(i) «Lo sucedido á la armada de S. M., de que es capitán genérale! 
marqués de Santa Cruz, etc.i — «Relación, acaecimientos y nave^cíón de 
la armada del marqués de Santa Cruz, etc.» Colección Sans de Barutell. 
art. 4, núm. 636. 

(2) El marqués de Santa Cruz, en su parte de la batalla, dice que fue- 
ron cuatro los galeones franceses que acometieron al San Mateo\ pero 
sin duda debieron de ser cinco, porque así lo aseguran el mismo Don Lo- 
pe de Figueroa en carta á Mateo Vázquez, fecha el 3 de agosto de 1^83. 
y la ya citada relación escrita el i.^ de agosto por uno de los que iban á 
las órdenes de Don Lope. 

(3) Combatió Figueroa en la popa de la galera real el día de la bata- 
lla de Lepanto, distinguiéndose por su heroico arrojo. 

(4) La relación minuciosa del repartimiento que hizo Don Lope de 
Figueroa dentro del galeón, y de las prevenciones tomadas para pelear, 
se Dalla inserta en la Coleccción Sans de Barutell, art. 4, núm. 636.— 
También dá en este particular muy exactas y circunstanciadas noticias 
Gaspar Fructuoso, en su obra inédita Saudades da Terra, cap. Gil, fo- 
Uo 4x5. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE H 23 1 

mientras que ia capitana francesa tenía 400 soldados es- 
cogidos y 120 caballeros aventureros, y la almíranta más 
de 300 combatientes, y tanto estos dos buques como 
los otros galeones que circundaron al San Mateo-, conta- 
ba cada uno de ellos con numerosa artillería, nada infe- 
rior á la det navio de Figueroa, no por eso decayó el 
espíritu del bizarro maestre de campo (i). 

Gallardos se adelantaron los barcos de Strozíi y Bris- 
sac; pero cuando ya estaban á buen tiro, los recibió el 
jalean español con espesa rociada de artillería! mosque- 
tería y arcabucería que á otros menos resueltos hicieran 
retroceder en su camino (2), La capitana francesa, para 
mejor excusar el dañn^ fuese por la proa del Sün Mafia ^ 
aferrándose á él por la mura de babor; lo mismo hi;ío la 
al m irán t a por la banda de estribor^ y, sin aferrarse, aco- 
metieron también al buque de Don Lope los otros tres 
galeones enemigos, disparando las cinco naves horrible 
tempestad de fuego y balas. 

Apretaban todas con furia al buque de Figueroa; pero 
este capitán se dio tal maña para dingu"T y sus artilleros 
tanta prisa y acierto para disparar, que pronto, por no 
irse á fondo, tuvieron que retirarse del combate con 
grandes averías tres de los barcos franceses que ai San 
Mateo se acercaran. Recibían la capitana y almiranta so- 
corro incesante de otras naves; y Don Ix)pe, cobrando 



f i) • Relación, acaecí mientos y navegación de la armada del mLirqué*; 
de Santa CrujE, escrita el i,** de agosten de i-jSst. — < Relación de Li baUí- 
Ib, enviada par Mií^uel de Oquendo al secreUrío Delgado cu 99 de ju Un 
de if^Sa<. 

(1} Ordenó Dan Lape de FiguefüLi que todos ló3 coseletííi de $u ter- 
cio toniascD arcabuces^ pudiendó asi decirse que hi?,o de cada soldado 
doSt pues a] punto que ofendía con el arcabuz, íttendia á su de tensa con 
ei coselete y la pica que tenia Junto de si. (Gaspar Fructuoso, Saudades 
Ja Tfrra: ■ Victoria alcan<;ada pela armada hespanhola no combate na- 
val contra n armada francesa de Don AntOQÍo>, cap. CIK ^^^^ 4^3)* 



232 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

en la espantosa contienda nuevos ímpetus, más sobresa- 
lía en denuedo conforme arreciaban los peligros y era 
mayor el apuro. Aferrado el galeón de España con los 
dos mejores buques contrarios, donde estaba lo más es- 
cogido de la gente francesa, se realizaron en aquel an- 
gosto sitio hechos prodigiosos de bravura; peleaban los de 
Strozzi con sin par decisión, y repelían sus embestidas 
los nuestros con suma intrepidez. Así transcurrieron dos 
horas de mortal angustia é increible batallar, en que 
igualaron el esfuerzo desesperado de los franceses á la en- 
tereza indomable de los españoles. Acosados por todas 
partes, ni un momento aflojaba él ardor de los nuestros: 
aquellos 2 50 veteranos que dirigía Figueroa, menospre- 
ciaban la muerte que incesantemente aclaraba sus filas, 
peleando cada vez con mayores bríos sin que decayera 
su espíritu ante la mortandad horrible, como si la sangre 
que brotaba de innúmeras heridas; el fragor estruen- 
doso de cañones y arcabuces, culebrinas y bombardas, 
que sembraban la destrucción y el estrago en la zona 
estrecha del tremendo combate; los ayes de agonía y la 
espesa humareda que interceptaba en su camino los rayos 
de un sol ardiente, comunicaran sobrehumano impulso 
para luchar con valor incomparable. Cuando les faltaba el 
brazo para pelear, sobrábales corazón para morir; y exce- 
diendo aún el fuego que ardía en sus pechos al que ilu- 
minaba la abrasada atmósfera, sostenían ellps solos tan 
homérica lid, que faltan palabras con que describirla y 
elogios para ensalzarla. ¡De tal modo era asombrosa la 
obstinada porfía! 

Allí combatían bizarros en el castillo de proa el capi- 
tán Pedro Rosado con su alférez, los caballeros Don Félix 
de Aragón, Don Juan Fernández Galindo y los hidal- 
gos portugueses Fadrique Carneiro y Gaspar de Sousa, 



DURANTE EL R ti NADO DE DON FEUPE II 233 

que mucho enaltecieron eí nombre lusitano, mantenien- 
do en respeto á los enemigos con el nutrido fuego de 2 5 
arcabuceros y mosqueteros que se multiplicaban durante 
el combate. Allí el alférez Fernando de Mediniüaj diri- 
giendo intrépido^ con los sargentos de las banderas de 
Rosado y del maestre de campo general, á 50 arcabuce- 
ros y mosqueteros encargados de guardar !a plaza de 
armas del galeón. Allí Don Francisco Ponce con otros 
20 soldados que sostenían valerosamente el alcázar bajo 
de popa. Allí el alférez Don Gonzalo de Carvajal, los 
aventureros Don Hugo de Moneada, Don Godofredo 
Bardají, Don Antonio Mamola el capitán Villalobos y 
el alférez Gálvez^ oponiendo invencible obstáculo á los 
reiterados ataques del enemigo, con $0 arcabuceros y 
mosqueteros de la bandera de Don Lope de Figueroa, 
Allí los alféreces Zapata y Lelva yendo con socorro 
oportuno á donde más necesidad había. AHÍ el capitán 
Earíquez, los alféreces Bernabé y Franco, el sargento 
portugués Manuel Correa y el ayudante de sargento ma* 
yor Lope Gil, mandando las descargas certeras de arti- 
llería que al adversario sin cesar dañaban. Allí el veedor 
general Don Pedro de Tassis, el capitán portugués 
Rodavalle, y el alférez Miranda, asistiendo solícitos de 
uno á otro lado, sin que el peligro les arredrase^ ni el 
cansancio amenguara su diligente actividad. Allí, en fin, 
el capitán del galeón, Jusepe de Talavera, los pilotos, 
los contramaestres, los marineros y los grumetes, empu- 
ñando valientes las ofensivas armas, ó dirigiendo con 
acierto las maniobras. En medio del espantoso clamor, el 
maestre de campo general Don Lope de Figueroa daba 
á todos ejemplo de enérgica entereza, y al mismo tiem- 
po que acudía á rechazar los ataques rudísimos del ene- 
migo, atendía á matar el fuego que abrasaba en diversas 



I 



234 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

partes la nave, remediando los daBos con ánimo insupe- 
rable (i). 

Contra el galeón San Martín^ real capitana, arrojá- 
ronse entretanto con marcial gallardía dos grandes na- 
ves francesas. Al ver que á su buque se encaminaban, 
adelantóse el marqués de Santa Cruz á recibirlas, te- 
niendo la gente y efectos de guerra muy bien dispuestos 
para la pelea (2). Acudió ligera la urca San Pedro, que 
mandaba Bobadilla (3); y tal mano de artillería y arca- 
bucería dieron los españoles á los dos barcos enemigos, 
que á punto estuvo uno de ellos de irse á fondo: nó mu- 
cho menos maltratado quedó también el otro; y sin más 
insistir pasaron adelante entrambos bajeles, sin que pu- 
dieran ya ofender á los nuestros en el resto de la jomada. 
Al advertir esto, cayeron sobre Bobadilla cuatro navios 
franceses con no menor ardimiento, pero con escasa 
suerte, pues, previniéndose el castellano serenamente, 
defendióse y acometió á la vez con tenaz coraje, cau- 
sando á los contrarios grandes pérdidas, é hiriendo mor- 
talmente á uno de sus más afamados maestres de cam- 
po (4). 

Don Alvaro de Bazán, que desde el principio áé 
combate observaba con zozobra cuánto era el aprieto 



(i) OaiS^diX VmciMoso, Saudades da Terra: t Victoria alcan9ada pela 
armada hespanhola no combate naval contra a armada france9a de Don 
Antonio», cap. CII, fol. 415. — Relación del repartimiento que hiro Don 
Lope de Figueroa para pelear en el galeón San Mateo. Colección Saw 
de Barutell, art. 4, núm. 636. 

(a) La orden con que se dispuso el ealeón San Martin para la batalla, 
hállase expuesta en la narración enviada al Rey por el marqués de Santa 
Cruz. 

(3) La disposición con que apercibió Bobadilla su buque para el com- 
bate, está referida por Queypo de Sotoraayor en su libro Descripción de 
las cosas sucedidas en los reinos de Portugal^ etc. Ms. Bib. nac. de Madrid. 
G. 161, fol. 17S. 

(4) «Lo sucedido á la armada de S. M., de que es capitán general « 
marqués de Santa Cruz, etc.» — Herrera, Historia de Portugal y conquis- 
ta de las islas Azores. 



DÜRATÍTE EL REINADO DE DON PEUPE 11 235 

de Don Lope, habiéndose dado gran prisa á desembara- 
zarse de las naves enemigas que*con la suya se trabaran» 
ordenó volver toda la armada hacia el galeón San Mateo ^ 
donde aparecía mayor el apuro y la necesidad bien ma- 
nifiesta, quedando delante por esta maniobra las velas 
de Oquendo y Villaviciosa que, según se ha dicho, ve- 
nían en la retaguardia, Al ver estos jefes por su proa la 
contienda heroica en que Figueroa estaba empeñado, 
partieron en su auxilio veloces como el rayo, á la ve:í 
que otras naves guípuzcoanas que á las suyas íban pró- 
ximas; pero á todas se adelantó el bajel vizcaíno de 
Garagarza, denominado Jucifia^ que se ligó muy luego 
con la almiranta francesa. Pretendía ésta desaferrarse 
del San Mate^ por haber experimentado mucho que- 
branto, mas retuviéronla con férreos lazos los tres dichos 
capitanes, y entablóse nueva pelea. La nave donde iba 
Miguel de \'^encsa, h izóse á este punto adelante, y apa- 
rejóse bizarra con la de Strozzi, que por llevar en la popa 
enseíia bermeja con los escudos de Francia y Tortugah 
entre las otras claramente se distinguía: asistieron tam- 
bién alJí los capitanes Pedro Fardo y Miguel de Cardona 
con el barco guipuzcoano que n contaban, y entremezcla- 
dos en reducido espacio unos y otros buques, sucedié- 
ronse cargas recísimas, que lejos de abatir el fuerte áni- 
mo de los contendienteSj más lo enaltecía y agigantaba, 
Queriendo los franceses dar socorro eficaz á los que ha- 
bían menester auxilio, despacharon tres gruesas naves 
sobre la vizcaína Marta, donde iba \' illa viciosa, que es- 
taba aferrada por la proa de la almiranta enemiga; y 
como llevaban el viento en favor, acometiéronla furiosas 
por la popa: no desmayó el inlrépido capitán ante la 
brusca arremetida; sin recibir ni demandar ayuda, tal 
ardimiento demostró que sostuvo con honra y gloria in- 



2^6 GUEEUtA DE ANEXEÓN EN PORTUGAL 

comparables la tenaz pelea; mas fué grande su desgracia * 
que cuaado el éxito era todavía incierto, perdió la vida 
en reñidísima lid (l). No se quebró con el doloroso su- 
ceso el espíritu fuerte de su gente, qiíe era la compañía 
de Luis de Guevara; antes adquiriendo los de España 
mayor brío, la aed de venganza aún los enardeció más; 
y bien que fuesen muchos los muertos y en número con- 
siderable los heridos, defendieron la nave con tanto va- 
lor, que á pesar del empuje con que acometió, no pudo 
entrarla e! decidido adversario. 

Don Cristóbal de Eras o con su galeón impedía que 
los contrarios llegasen á socorrer las naves capitana y 
almiranta, disparando en sus bordadas toda la artillería 
y haciendo mucho daño en los bajeles enemigos. Los ca- 
pitanes Don Cristóbal de Paz, Don Miguel de Cardona y 
Pedro Pardo, se trabaron en combate con un gran buque 
francés que pretendía auxiliar A su capitana; y luchando 
animosos, pronto lo vencieron y apresaron, dejándolo es- 
capar, aunque muy maltrecho, por no tener gente que 
dejarle á bordo. 

Mientras tanto, Miguel de í^quendo se encajó rápida- 
mente con su nave entre el galeón San AIat€ú y la al mi- 
ranta francesa, que gobernaba con mucho acierto el piloto 
Nopevillc de Harflcur. El célebre capitán gnipuzcoano 
abordó resuelto al buque enemigo, le deshizo el costado, 
y metiendo dentro su bizarra tropAj ayudado por eí bajel 
Buenaventura^ en que iba el capitán Felipe Cerón, ganó 
las banderas al barco de Brissac, haciéndose de él dueño 
por espacio de una hora; vinieron á socorrer á la almi- 



(i) Era Villa viciosa hombre ¡lustre que había prestado muy bueiius 
servicios en las jortiadaíi d« la Florida» Oran, Ceuta y Tánger. Al raotir 
pdeando cog ardor juveniJ^ tenia más de 8o afios. (Uasti, Historia de Gni- 
/ufíoj. lib. niy IV), 



DURANTE EL REINADO DE DOM FELIPE II 237 

ranta dos gruesos navios, y se apartaron entonces los de 
Ojuendo, Gara garza y Cerón muy maJ tratados también 
de resultas de la encarnizada refriega que sostuvieran (l). 
Recibió así el buque francés refuerzo de 300 hombres, y 
desviándose de las velas nuestras» pudo alejarse del sitio 
del combate, aunque se fué después á pique por ir muy 
roto y desbaratado (2), Logró ponerse en cobro el con- 
de de Bríssac, que lo dirigía, siendo difícil averiguar, entre 
los varios y contradictorios pareceres, si mientras ocu- 



(i) AsL describe cl mismo Oquendo su Cdoibate con U almiraat^ fra»^ 
cesa: «Me eocaj* corv mi nave etstre el dicho galeón (¿j« MaUa) y la al- 
míranta del cuixtrario^ con todas \as velas en #1 tope^ ^^ suerLe que' cod 
el iatefin se apartaron los dos galeones Sjn MiiUo y la al mi rauta Tránce- 
la^ y S^n Mitteo it fué libre de su peligro y no poca contento. Yo me 
amarré con la dícba almiranta, que era una de las más bravas de toda la 
armada, y traia -to tifos de bronce grandes y !Oo hombres tiradores y 
maxi ñeros, y tuda U gente de guerra, que eran soldados viejos; y la pri- 
mera rociada que le dimo-s en abürdando^ le multamos ^o hombrea, los 
mejores que tenía^ de que cobraroa uíucho temor y cspanlo^ porque te- 
nían estos hombres y otros para sallar en el galeón^ muy escogidos, ar^ 
mados de punta en blanco, con otros tantos tiradores, según que todo lo 
cuenta un personaje y tres soldados que tenemos en la nao, que vinieron 
pidiendo misericordia y la hallaron; y fué saqueada la dicha altniranta 
por nuestra gente de mar y guerra, y puesta mi bandera de campo en su 
popa^ y sus insignias en la nuestra, colgadas á uso de guerra; y en este 
discurso las naos crecidas de su armada iban yendo y viniendo^ y me da- 
ban gran bateri^i de tiradores y artilleria, y con la do un lado respondí á 
ellos con la mitad de los tiradores^ sin hacer falta al enemigo de casa^. 

«Se acab<^ el dia, y algo antes me dieron un cafiona;co deb:no de la 
mafi y nuestra nao se ibu aplomando, y ni nij^s ni menos la francesa^ 
porque la habíamos roto todo el costado con In mucha bateria, y no se 
supo por la gente de guerra que nuestra nao estaba rota; antes mandé 
que no diesen á la bomba, porque entendía que artte^ acabaría cl día y Ji 
batalla que la nao se nos anegnse, y si la gente de guerra que combatía 
bravamente supiera que la nao se ib«i hinchando de agua, cesara el com-^ 
bale, se Tindiem mi nave, fuera muy pujante y diera en qué entender. Y 
asi se acabó el día, y ambas naves, llenas de agua en cantidad de más de 
una braza de alto, se apartaron, habiéndome desamarrado aluuno los ca- 
bos en que la tenia atada, y se cree que aquella noche iría a fondo». 
(Carta de Míf^uel de Oquendo al secretario de S, M. Juan Delgado, fe-^ 
cha el aq de juho de is^7. Colección Sans de Barutell, art. 4, núm, 64^). 

(3) üaspar Fructuoso, SiTu^tfíí/^f '¡/ni Trrra. — t Victoria alcanzada pela 
afroad.i bespanhola, etc,>, cap. CII, fol. 4;^. — «Lo sucedido ñ la armada 
de S. M.» deque eá capitán general el marqués de Santa Cruz^ etc — ' 
•Kelacídn de la jornada de las Terceras, dirigida por el embajador de Po- 
lúnia en Espalda, Estanislao Togelveder, á su rey Estofa no Batory. Figura 
ea elUUrto de operAcionti de Lassotta de Steblovo, y estJL escrita en latía ■ 



238 GUERRA D£ ANEXIÓN EN PORTUGAL 

paren su nave los de Castilla, se substrajo á las pesqui- 
sas de éstos, oculto en recóndito lugar, ó sí con tiempo 
pudo evadirse embarcado en ligerísimo batel. 

A todo esto tenía Don Lope de Figueroa asaz mal- 
tratada á la capitana francesa, habiéndole muerto mu- 
cha gente de la más principal y escogida; pero aunque 
sus soldados pretendieran abordarla para concluir de una 
vez la refriega, no lo consintió el diestro jefe español; que 
también á él le faltaba mucha de su gente, y acudían 
muchas naves enemigas en socorro de su capitana (l). 
Y procedió con acierto Figueroa, pues los mismos navios 
que auxiliaron á la almiranta, favorecieron á la nave de 



(t) Según Franchi Conestaggio, era tan grande en aqueUos momen- 
tos el «strago del combate, que sólo quedaban en el galeón San Mateo 
70 hombres de pelea; y teniendo asi muy poca fuerza, no consintió Don 
Lope que se entrara la capitana enemiga, aunque la gente de ella solici- 
taba rendirse. Unión de Portugal á la corona de Castula, lib. IX. 

Tratando de este particular dice Gaspar Fructuoso: tTamben por 
mandar Don Lope, com pena de morte, que ninguem entrasse na nao dos 
inimigos^ por estar muita gente ferida, e receiar, andando os soldados 
occupados na preza e saque della, chegassen as outras naos dos contra- 
rios dando sobre elles». Saudades da Terra j cap. CU, fol. 415. 

£1 maestre de campo general escribió lo siguiente con respecto á este 
asunto: tEstrozzi peleó conmigo abordado cuatro horas largas: echóme 
tanto fuego que cinco veces se me ardia el galeón en vivas llamas, y tan- 
tas se remedió, y llamando que se rendían á S. M. y que le querían ser- 
vir, no les tirasen, y al capitán Rosado... que retirase á Fadrique Oareno 
y otros dos soldados que entraron en la nave de Estrozzi, porque en la 
mía no quedarían 30, y como veian su estandarte abordado conmigo, acu- 
dían todos sus bajeles, y de refresco me combatían, y entre ellos echó 
gente de refresco á Estrozzi, con que se me desaferró y salió de mi...« 
(Carta de Don Lope de Figueroa á Mateo Vázquez, secretario del Rey, 
fecha en la isla de San Miguel á 3 de agosto de 1583. Colección Nava- 
rrete, tomo XLI). 

En las tantas veces citada «Relación, acaecimientos y navegación de 
la armada del marqués de Santa Cruz, etc.», se lee: «Empezaron (los de la 
nave de Strozzi) á dar voces á nuestro galeón que se rendían, y asi nues- 
tros soldados comenzaron á entrar dentro; lo cual entendido por Don Lope 
de Figueroa, envió á decir al capitán Rosado, á cuyo cargo estaba la 
proa, que era por donde comenzaba á entrar la enemiga, que retirase los 
que habían entrado dentro, y matase al que quisiese entrar, pues no era 
tiempo de desamparar nuestro galeón, por estar aún en medio de los ene- 
migos y no haber en él 70 hombres de servicio, por causa de los muertos 
y heridos que había; que, visto esto, los enemigos les pareció de poderse 
escapar por ser el bajel ligero». 



r 



DURANTE £L REINADO DE DON FELIPE H 23Q 



Strozzi^ guarneciéndola de copiosa tropa, con que pudo 
apartarse del galeón San Mateo y de la nave Aíisericúr^ 
día i en la cual mandaba Miguel de Venesa. 

Discurría el marqués de Santa Cruz diligente de uno 
á otro lado, acudiendo listo á todas partes donde era 
necesario auxilio; y luego que vio libre la capitana fran* 
cesa^ arrancó sobre ella rápido cual la flecha (l), juzgando 
que nada era más digno de su esfuerzo que combatir 
donde hubiese mayor peligro, y luchar briosamente con- 
tra los más reputados y valientes de sus enemigos. Con 
furia increíble se embistieron entrambas capÍtanaS| y 
unidas proa con proa empeñaron terrible lucha (2). 

Manteníase en aquella sazón dudosa la pelea^ sin que 
los favores de la victoria se inclinasen todavía resuelta- 
mente á uno y otro bando. Mezcladas, confundidas las 
naves adversarias, concertábanse la ira francesa y la có- 
lera de España. Ya era una vela de las nuestras defen- 



([) Asi lo expresa Moaso de Erdlb en el magnifico romance donde 
describe la bátala: 

PtíTO el buen m^fqueSj qqe á lodo 
con ojos de Argos miraba, 
viéndola par todas parles 
d«l erieinigo apretad a ^ 
desprecLztndo £us contra ríosi 
y la contienda trabuda^ 
haciendo v¡T3.r las ví?lasj 
dando el timón i 1^ banda^ 
del los se deshace y vuelve 
á socorrer la almírantaj 
que, como alandn catre? gozques^ 
rompe por ellob y pi&a, 
embistiendo a Ioü franceses 
que ya de verlo desmayjjín» 
Mas Don Lope encarnizado 
del socorro !e pesaba^ 
pues de la honrosa victoria 
q^uisiera solo 1ü tnma^ 

(3) i Lo incedido á la armada de S. M^^ de qne ea capitán general el 
nj arques de Santa Cruz, etc.* — Gaspar Fructuoso, Snudades da Terra, ca- 
pítulo Clí, fd. 41^. — ílteladóíi, acaecimientos y navegación do la arn]a-> 
Ua del marqués dé Santa Cruz^ titCK> ■ 



240 GUERRA DE ANE^XiÓ^^ EN K)kTUGAt 

diéndose coatra varias del enemigo que la embestian y 
asediabanjyaün bajel francés lidiando impávido con otros 
españoles que le abordaban y entraban á de^iello; ya 
navios que, aniquilados por la contienda horrible, des- 
aparecían para siempre en medio de fatal remolino. Arro- 
jábanse unos buques en persecución de otros, y vola- 
ban los que vencían en auxilio de los que estaban más 
aventurados. Oíase por todas partes el estruendo de 
espantosa artillería; sonaba incesante el ruido de los ar- 
cabuces y mosquetes, y escuchábanse los alaridos y terri- 
ble vocería de los combatientes. Cuando, hecho el efecto 
de la pólvora, se venía á las picas y espadas, era aún la 
lid más cruenta; y entre el golpear de las armas que se 
despedazaban al impulso de tremendos choques, perci- 
bíanse los tristes gemidos de dolorosa agoníaque lanzaban 
al expirar los moribundos. Rasgábanse las hinchadas ve- 
las, volando á lo infinito sus rotos pedazos; de las altas ga- 
vias llovían balas, piedras, dardos, ardiente pez y resina, 
bombas alquitranadas que abrasaban el mismo mar; las 
ondas del Océano parecían embravecerse al presenciar la 
escena terrible de desolación; y sobre aquella horrorosa 
mezcla de agua y roja sangre, donde se mecían vacilan- 
tes las frágiles embarcaciones, pudiera creerse que se 
venía abajo con estrépito la inmensa techumbre del cie- 
lo inflamada en pura é imponente llama. Las cornetas, 
bocinas, clarines y trompetas agregaban sus bélicos y 
agudos sones al rumor pavoroso de la batalla; y todo 
ello formaba, en fin, conjunto tan horrendo y tan confuso 
que bien era menester se valiesen los combatientes de to- 
do su corazón para sufrirlo sin desmayo (l). 



(i) Gaspar Fractuoso, Saudades da Terra: «Victoria alcan9ada pela 
armada hespanhola no combate naval contra a armada francesa de Don 
Antonio», cap. CU, fol. 415. 



DURANTE EL REUÍADO DE DON FEUPE 11 241 

Con saña implacable contendían ambas capitanas, y 
allí era mayor el empeño porque en ellas estaban los 
generales de ambas armadas, los jefes de mayor lustre y 
loa guerreros de más fama. Principales caballeros de Es- 
paña peleaban con ilustres representantes de la nobleza 
francesa, siendo grande la bravura con que unos y otros 
se buscaban y arremetían. Mientras en el castillo alto de 
popa iJon Pedro de Toledo, con el ardor generoso de 
los de sil clara estirpe, renovaba las hazañas de sus ma- 
yores, aventurando á cada instante su persona, ayudá- 
bale en tal empresa Hugo de Moneada con buen número 
de mosqueteros y arcabuceros, y no lejos se distinguían 
por su apuesta bizarría Don Antonio Pessoa, Don Luis 
í >ssorÍo, el coronel italiano Mendinaro Kemenoldi, Don 
Gonzalo Ronquillo y el capitán Quesada, Juan Bautista 
Sansón í, caballero milanés, resistía en el castillo de proa 
con bravura indómita los múltiples esfuerzos de sus va- 
lientes enemigos. En !a plaza del galeón, el capitán 
Gamboa detenía al francés con las descargas rápidas 
de 40 arcabuceros por banda que á su cargo llevaba. 
Manejaban la artillería gruesa en la cubierta baja» con 
admirable acierto, ios capitanes Don Cristóbal de Acu- 
ña, Escóbedo y Juan AHier, y los alféreces T auste y 
Ksquível; é iguales oficios hada en la cubierta alta el 
napolitano Marcello Caraccioio, oponiendo todos espesa 
rnuralla de luego A la arrogancia valerosa del contrario. 
Guardaba la pólvora el capitán Grí maído, ayudado de 
varios marineros- Y con menosprecio de la vida, asis- 
tían incansabL-s á socorrer el mayor riesgo, Ag^ustín de 
I terrera y 40 soldados á sus órdenes, igual que ios ca- 
pitanes Marolín y Rodrigo de Vargas. A unos y otros 
animaba con su ejemplo el marqués de Santa Cruz, en 
quien la edad ya madura no quebrantara el ingénito arro- 

TOMO 11 16 



24^ GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

jo (i); mas eran tales la furia y el coraje del francés, que 
transcurrida una hora de incesante batallar, todavía el 
triunfo estaba incierto y la contienda en dudoso litigio (2). 
Observando la encarnizada lucha, y creyendo se ha- 
llaba la capitana de España en angustiosa congoja, des* 
hízose de otras naves enemigas la guipuzcoana Catalina^ 
en que iba de maestre Sebastián de la Bastida y de ca- 
pitán Don Juan de Vivero, y precipitóse de improviso 
sobre la de Strozzi con resolución atrevida. Desmaya- 
ron los franceses de ver el súbito refuerzo que á Bazán 
llegaba y, cayendo al punto de ánimo, cedieron el paso 
ante la acometida del adversario. Atropellaron sin de- 
tenerse los nuestros á cuantos en su camino fueron en- 
contrando, y llenos de ciego furor degollaron más de 
3CX) enemigos. El marinero vizcaíno Antonio de Sevilla 
distinguióse entre todos por su intrépida osadía: tre- 
pando ligero por los palos y jarcias llegó á la gavia 
más alta, y bien que en la lid perdiese un brazo, quedóle 
aún el otro indemne para sostener con gallardía orgu- 
llosa el estandarte real de la capitana de Francia (3). 
Realizóse esto en menos tiempo del que en describirlo 
se emplea, y por más que arrancaron en auxilio del bajel 
de Strozzi dos grandes galeones que su apuro advirtie- 
ron, calóles al instante la intención el experto Bobadilla, 
é interponiéndose con pronta solicitud, estorbó á los 



(i) Tenia entonces Don Alvaro de Bazán 55 años de edad. 

(3) cRelación de lo sucedido á la armada de que es capitán general 
el marqués de Santa Cruz, etc.» — Gaspar Fructuoso, Saudades da Ternt, 
cap. ClI, fol. 41 j. — Quevpode Sotomayor, Descripción de las cosas su- 
cedidas en ¡os remos de Portugal, etc., parte V. Ms. Bib. nac. de Madrid, 
G. 161, fol. 181. 

(3) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Afores.^^ 
Gaspar Fructuoso, Saudades da Terra, cap. CXI, fol, 415. — Isasti afirma 
en su Historial de Guipúzcoa que quien tomó la bandera francesa y per- 
dió en el acto un brazo, fué el piloto Miguel de A rizábalo, natural de 
Lezo, en compañía del marino Juan de Escorza, natural de Pasajes. 



IjJIí^V^N.' 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE U 243 

contrarios la ejecución de su propósito, con que preten- 
dían cambiar el curso de la fortuna, que ya para en- 
tonces se les mostraba adversa. No había poder humano 
qué alcanzase á resistir el huracán que se desencade- J 

naba sobre la cubierta del navio francés; y así, hecho ^ 

el postrer esfuerzo, entregóse la gente que con y ida ^ 
quedó á bordo, después de ilustrar su nombre con -J^ 

multitud de gloriosos actos dignos de más feliz éxito. . '-'ú. 

Hallábase allí Strozzi, y con el cuerpo herido por mor- 
tal arcabuzazo, fué llevado á presencia del marqués '' 
de Santa Cruz. Apenas el caudillo francés estuvo de- 
lante de su más dichoso competidor, cerró para siempre ^^ 
sus ojos, y al momento rindió la vida, cual si transido 
de irreparable dolor quisiera el eterno espíritu apartarse 
de aquella triste escena (l). Pero si es justo que el he- 
roísmo inspire simpatía, cualesquiera que sean la ocasión 
y el partido en que se manifieste, merece respeto aquel 
capitán valiente y generoso, hábil y experto: y al enea- 



\ 



(i) Gaspar Fructuoso dice que encontrando un soldado español á 
Felipe Strozzi dentro de su misma nave capitana, no quiso rendirse el 
alentado francés, y entonces le infirió el guerrero de Castilla una mortal 
herida, con que fué trasladado Strozzi al galeón de Don Alvaro, donde ñi- 
Ueció poco después. Saudades da Terra^ cap. CII, fol. 415. 

El embajador de Polonia, Estanislao Togelveder, escribe en la rela- 
ción que envió á su Rey, que Strozzi, atravesado por un balazo, expiró 
dos horas después de ser hecho prisionero. {^Diario de operaciones de Las- 
sota de Steblovo). 

Dice Herrera que Felipe Strozzi fué preso al abordar los de España la 
capitana enemiga, y que, al ser llevado ante el marqués de Santa Cruz, 
le alcanzó un arcabuzazo, de cuyas resultas murió. (Historia de Portugal 
y conquista de ¡as islas A:(ores). 

Franchi Conestaggio afirma que el caudillo francés quedó prisionero 
con todos los demás hombres vivos que había en la capitana de Don An- 
tonio, cuando la entraron los de España, y que después fué mortalmente 
herido dentro del galeón del marqués de Santa Cruz, á donde lo lleva- 
ron. (Unión de Portugal á la corona de Castilla^ lib. IX). 

La «Relación, acaecimientos y navegación de la armada del marqués 
de Saleta Cruz, etc.», dice que Felipe Strozzi fué hallado con graves he- 
ridas dentro de su nave y murió muy luego sin habérsele podido hablar. 
(Colección Sans de Barutell, art. 4, núm. 636). 

Y en el parte oficial de la batalla, enviado por Bazán á Felipe II, se 



í:- 



244 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

recer las nobles cualidades del jefe enemigo, mucho exal- 
tamos las de los nuestros, que tanto más preciada es la 
victoria cuanto son los vencidos más dignos de fama (l). 
El conde de Vimioso, que al lado de Strozzi sostuvo la 
honra de su reputación y el crédito de la raza portu- 
guesa, cayó lleno de heridas en manos de Alonso Pérez, 
soldado del capitán Gamboa (2); y tal era su lastimoso 
estado, que sucumbió al otro día de la batalla, siendo an- 
tes de morir muy considerado por el marqués de Santa 
Cruz (3). 

Apresada la capitana enemiga, perdida la almiranta, 



lee: «Felipe Strozzi, general de la armada, fué preso herido de nn arca- 
buzazo, de que luego, como le trajeron delante del marqués, murió». (cLo 
sucedido á la armada de S. M., de que es capitán general el marqués de 
Santa Cruz, etc.») 

Los escritores franceses, movidos por un espiritu apasionado, suponen 
infundadamente que Strozzi fué muerto á sangre fría dentro del galeón 
San Martín. Algunos dicen que al caudillo de Don Antonio se le mató 
con dos puñaladas; otros sostienen que Don Alvaro de Bazán hizo matar 
á Strozzi á golpes de alabardas cuando se lo presentaron herido, y man- 
dó después arrojar el cadáver al mar; y Forneron, ofreciendo á sus lec- 
tores una relación circunstanciada del suceso, se expresa del modo si- 
guiente: «Strozzi, que había saltado al navio español, fué acribillado de 
golpes, y cayo ensangrentado á los píes del marqués sobre el puente de 
cuerdas de su galeón. Algún soldado le hundió por debaju de dicho puen- 
te la espada por el bajo vientre, quitándole lo que le restaba de vida. El 
marqués, desdeñando mirarle, se volvió del otro lado, haciendo seña de 
que le echaran al mar, lo que se ejecutó al punto. {Histoire de Philip- 
pe II, tomo III, pág. 152). 

El Sr. Fernández Duro, que rechaza por inexactas semejantes versio- 
nes, escribe: «Hl marqués hubiera cedido de buen grado la mitad de las 
naves y de los prisioneros que tomó, con tal de haber cogido vivo al ge- 
neral francés, por hacer en su persona más sonado el escarmiento que se 
proponía*. {La Conquista de ¡as A:(ores pág. 46). 

(i) Al morir Strozzi se hallaba en buena edad, pues había nacido 
en 1541. 

(3) Franchi Conestaggio dice que el conde de Vimioso fué mortal- 
mente herido y preso por el coronel italiano Mendinaro Remenoldi. Nos- 
otros creemos más digna de crédito la afirmación de Herrera, que atribu- 
ye el hecho al soldado Alonso Pérez. 

(3) Era Don Francisco de Portugal, conde de Vimioso, mozo en años, 
gallardo de cuerpo, y esforzado de ánimo: de carácter amable y natural 
simp.'ítico, atraíase la estimación de las gentes por sus cualidades persona- 
les, algo deslucidas por una pueril vanidad. La inquebrantable firmeza y 
tenaz constancia con que siguió en sus delirios al Pretendiente, hacen sa 
memoria acreedora al general respeto. 



i 



I 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE 11 245 

afondados varios bajeles^ desamparados aí^nos^ y muy 
maltrechos otros, terminó ai aibo de cinco horas Ja san- 
g^rienta pelea, A la vocería horrible de los combatientes, 
sucedió el grito de/ Viciaría!^ que se a haba de las naves 
españolas: y en taato se escuchaban las delirantes acla- 
maciones de entusiasmo con que los vencedores saluda- 
ron el merecido tnunfoj esparciéronse los buques ene- 
migos, y enderezaron sus proas á la isla Tercera, en 
demanda de refugio seguro. No intento Bazán atajarlos 
en eí camino, ya por ser de mucha andar Jos bajeles 
franceses, ya por no dividir sl: pequeña flota. Muchos 
barcos españoles tenían destrozos grandes, y fuese im- 
prudente temeridad abandonarlos á su suerte en i a so* 
ledad del Océano. El galeón San Mateo, que mis que 
otro alguno combatiera, se hallaba casi imposibilitado de 
navegar, sin jarcias, velas tú anclas con que gobernarse, 
desbaratadas las defensas y la palamenta, acribillados de 
balaííos el casco y árboleíí, y muy mermada la gente 
marcante que le guiaba (l). La enconada furia con que 
se peleara por largo espacio de tiempo, tenía á los caste- 
llanos rendidos de cansancio; y tal era de otro lado la 
escasez de marineros y poquedad de las velas, que por 
no poder ocuparse en dar cabo, mandó Santa Cruz que- 
mar y echar á pique algunas naves francesas que en el 
combate se apresaran (2}. 

¡Triste espectáculo el que presentaba entonces aquel 



i 



{i] «Rebelón , acaecLmíentús y Qüvegacíón de k armada del marqués 
de Santa Cruz, etc.i (Co lección Sans de BarutelU arl. 4, núm. 6%(i), — 
Frauchi Conestaggio^ Unión {ie PothtjfJÍ -i Iti ¿oronj de Cas ti lia, Ub. TX. 

{3) «Echáronse á foudo algunas uaus, y otras quedaron decampa Tad«is, 
a viendo degollado los de dentro, y ydo^e ayunos huyendo á otros na- 
vios, y por no poderles dar c^bo Las nutístras^ mandó el marqné^ que se 
quemassen y detbndassen Las que se pudieí^se^ como se comenzó n hacer. 
Cohrárause muchas más naos enemigas á tener las nuestras más espacio, 
y ^obra de marineros para poderles dar cabo*. (Relación de la batalla ^ 
^no envió al Rey el raarc|ué5 de San^a Crní), 



í 



L 



246 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



mar, horas antes tranquilo y silencioso! Sobre las ondas 
sosegadas, tintas en roja sangre que á torrentes vertieran 
impávidos guerreros, mecíanse en acompasado vaivén 
ropas y despojos humanos, tablas, remos y trozos de ba- 
jeles que todavía en la mañana de aquella jornada se des- 
lizaban con orgullosa arrogancia, cortando con sus agu- 
das proas la vacilante superficie. Y en medio del lúg^ubre 
cuadro, elevábanse hasta el cielo llamas ardientes de las 
asuradas naves, compitiendo en resplandor vivísimo con 
los últimos rayos del sol poniente, que desde los bordes 
del dilatado horizonte despedía el teatro de la lucha, 
cual si fatigado se sintiera de presenciar tanta desolación 
y tanto estrago. 

Y mientras heroicamente se había luchado, ¿dónde es- 
taba el Pretendiente por cuya causa se hicieran prodigios 
de arrojo? Don Antonio, olvidando que en casos tales 
honra una muerte gloriosa, no adoptó la resolución mag- 
^ • nánima que á la postre dignifica al que ilustra su nombre 

con demostraciones de bizarro ardimiento. Contemplóse 
quizá en aquella ocasión débil de ánimo para pelear en 
competencia con apuestos capitanes é intrépidos solda- 
dos, y aun no viera el daño, cuando se retiró á la isla 
Tercera. ¡Conducta impropia de quien pretendía con- 
quistar un trono por la fuerza de las armas! Y aunque 
algunos jefes franceses le hubieran así aconsejado por- 
que, no siendo Don Antonio hombre perito en tran- 
ces de mar, creyesen que su presencia más había de 
estorbar que de favorecer, el crédito del Prior de Crato 
exigía de éste muy diferente opinión. La historia portu- 
guesa ofrecía al Pretendiente ejemplos dignos de ser 
imitados, y si entonces hubiese observado proceder se- 
mejante al que antes siguiera él mismo en Alcazarqui- 
vir y en Alcántara, pagando valerosamente con su 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 247 

propia persona las deudas contraídas con la nación lusi- 
tana, no sufriHa su nombre las censuras graves con que 
le motejan muchos historiadores (i). 

En la sangrienta batalla^ cual pocas se vieran igual- 
mente bizarras en el disairso de los tiempos^ lució con 
magnífico esplendor la gloria de España, porque sus 
guerreros disputaron el triunfo, no en lugar cercano á 
costas amigaSj 6 á la inmediación del continente, como 
era costumbre que se hiciese, sino en medio de mar tan 
proceloso como el Océano Atlántico, y sin tener paraje 
donde refugiarse en caso de derrota. Por eso fué atre- 
vidísima la resolución de! marqués de Santa Cruz, y más 
merecedora de encomio que la de los caudillos franceses ^ 
los cuales, sí acreditaron heroico valor durante la bata- 
lla, tenían en favor suyo la confianza que da el número 



(i) La noche aaLes de 1^ batalla ganó la costa el muy ligero buque ea 
<!□£ n^tvegabá Don Antonio, junto coa una 6 áoí n^ve& qae en tal derro- 
U le siguieron. £n este pnnti> se hdbn conforme todas Las relaciones de 
aquellos sucesos^ incluyendo la que envió al Rey el marqués de Santa 
Cruz, y la decLaracion del conde de Vimioso que se inserta en el Apéndi- 
ce núm^ 14. 

«Ddu AntoDÍo, que vinba na nao real, dice Gaspar FtucIuosOt se foi 
para un^ fragata etu que trazia o estandarte real por popa; e nao Ihe pa- 
recendo a todo;; que se de vi a acher na b^^t^ha^ se foi aquella nolte para a 
Terccirai. 

Y explicando en la misma narración ba cau^s de la m a relia deí Prior 
de Crato^ iiñadc luego el mismo escritor lusitano: cDon Antonio se tinha 
id > (conin tenho dito) cam um patacho e outra nao a nolte antes de bata"- 
Iha para iiianiar prover de refrescos e d'outros mantimentos e muni- 
^óes a sua armada, de la da ílha Tere eirá». [Siudadcs da Tertti^ cap. CIL 
foL -Í15). 

El embajador de Polonia en Espafia^ Estanislao Togelveder, dice lo 
siguiente en la relación que remitió i su monarca: iDie XX VI^ decreve- 
runt Galü totís vi ri bu os vem agere^ sed Antonias, de nocte vecíus na vi 
pbna, comitante altera mejoret niorbnm causatus a insulam Terceram 
lecessit, ni na i fu ni dux fugax, et perterritus nti solet, loco sibí cavit ín- 
tempestíve^ suos ínteuiLirein et periaduin conjecltit, {Uiarío de operacio- 
nes de Lassota de Steblovo). 

■ Dejó la espada en la v^ina^ y, apartándose en la hora decisiva, salvó 
probablemente la vida, 6 la libertad, pero no ennobleció su nombre ni 
sti causa*. Rebello da Silva, Hittona d^ Pótíti£¿il ñas sétulús XV I i 
e XVI II, lib. I, parte 1, cap. lí, tomo IH^ P^^S' *a Y ^3- 



í 



^4^ GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

y la proximidad de costas y puertos en que pudieran 
recogerse* 

Perecieron en la refriega gran número de capitanes 
y soldados enemigos. Entre ellos, á más de Strozzi y el 
conde de Vimioso, se contaban Mr. de Beaumont, que 
era maestre de campo general, y muchas personas y 
caballeros principales, no siendo fácil averiguar con exac- 
titud cuántas fueron las bajas de muertos y heridos que 
los franceses tuvieron. Sin embargo, si se toma en con- 
sideración que en la capitana de Strozzi murieron unos 
400 hombres de los 700 ó más que (por consecuencia 
de los refuerzos que recibió durante la pelea) comba- 
tieron en ella; que en la almiranta (abandonada por los 
nuestros después de ser rendida y quedar medio anegada) 
perdieron la vida 200; que se ahogaron 300 soldados 
de una nave echada á pique; que en otros dos buques 
apresados por los españoles fueron pasados á cuchillo 
cuantos estaban á bordo; y que otros cuatro ó cinco 
bajeles franceses, muy maltratados en el combate, se 
fueron á fondo ó embarrancaron en la costa de la isla de 
San Miguel, se comprende que pudieron llegar los muer- 
tos á cerca de 2.000 (l). Quedaron cautivos 76 caballe- 



(i) cHácese cuenta (dice el parte del marqués de Sania Cruz), que en 
la capitana francesa se degollaron 400 hombres, porque con los que ella 
traya, y los que le entraron de socorro, se entiende que pasarían de 700 
los que pelearon en ella; y en la almiranta (que la dexaron medio anega- 
da las tres naos que la tenían envestida) se sabe que murieron más de 
200 hombres. Y de una de las naos que se fueron á fondo se ahogaron 
300 soldados, que no escapó delios más que su capitán. De las demás 
naos se degollaron muchos, especialmente una que rindieron dos naos de 
Guipúzcoa, que porque á una le avían muerto algunos vazcongados, los 
degollaron ellos á todos, y á esta cuenta paresce que de los enemigos son 
muertos hasta 1.200 sin los heridos, que son muchos, demás de los que 
irían en las naos que huyeron. Cobráranse muchas más naos enemigas á 
tener las nuestras más espacio, y sobra de marineros para poderles dar 
cabo. Mas con esto las dexaban ir sin gente desamparadas, y assi se vio 
que la almiranta, que se dexó medió anegada, y otros quatro ó cinco naos 
avian dado al través en la misma isla de San Miguel, y lo mismo se tiene 
por cierto que habrán hecho otras en otras partes». («Lo sucedido á la ar« 



DURANTE EL REINADO DE DOK reUFB ti 249 

ros^ de ellos 25 de la más encumbrada nobleza de Fran- 
cia, y 313 soldados ó gente de mar, rendidos muchos 
dentro de la nave capitana, segiín lo refiere el marqués 
de Santa Cruz (l)* 

Quizás hubo barcos de la armada de Don Antonio 
que en el combate no mostraran excesivo ardimiento (2); 



mada de 5. M., de que es capitán general el mar€|ué5 de Santa Crtií, etc-») 
Al decir de Antonio Herrera, se c^kuló qu^ perecieron en la batalla 
^.300 ffÉiiiceses, y que hubo ademáis muchos heridos. En niá^ de 3.000 esti- 
ma la citra de los muertos Franchi Conestaggio. Queypo de Sotamayor 
supone que excedió de 1.300. En I3 «ReUcioii, acaecimientos y navega- 
cioQ de leí armada del marqués de Santa Cruz, etc.», cuenta por uno de 
los que iban con Don Lope de Figueroa, se lee que, según se pudo averi- 
guar, el enensigo había perdido 3.^00 hombres, poco más o menos, Gas- 
par Fructuoso, que, en su obra inédita Síjudades da Tcrra^ hace una rela- 
ción de la batalla^ donde se recopilan las descripciones de testigos pre- 
senciales y Jas que aparecen en autorizados dincumentos, expone en el 
párrafo último que los franceses tu rieron 5.000 muertos y muchos heri- 
dciSn Farra y Sonsn fija en 3. 000 el número de muertos que hubo en la 
escuadm de Strozzí, y Forneron lo limita á 1.300, 

(i) La relación nominal de ios señores de villas y castillos, y caballe- 
ros franceses que quedaron prisioneros, se halla expresada en el parte 
oficial dfi la batalla, y la infurtamos en el Apéndice rvúm. té. 

(3) Queriendo dar explicación satisfactoria á la huida de Mr. de Bris- 
iac, dicen Forneron y Guy de Bremond d'Ars que los verdaderos fugiti- 
vos fueron Sainte Soulaíne y Fumí^et los cuales, segúEi estos dos tíscritores 
franceses, escaparon con la mayor parte de la tío t a de Don Antonio, aban^ 
donando los tres navios mjs empeñados en la hicíi.i^ 

Maltratan, á ntiesiro modo de ver^ Forneri^n y Brf^mond d'Ars á stís 
compatriotas con sobra de injusticia. Si algunos barcos nci contendieron 
tan bravamente como otros, no hay motivo para que se lance sobre la 
gente que los tripulaba acusación deshonrosa. Creyéndonos en este 
punto mis imparciales, y de cierto menos apasionados^ que los publicis* 
tas transpirenaicos, negamos crédito á sus afirmaciones, que rebajan el 
buen nombre de los guerreros franceses. Porque aun admitiendo como 
encacta la cifra mmima de 1.300 muertos que Forneron atribuye á la ar* 
mada de Strozzi, si a ella se agrega una cantidad proporcional de heridos 
V los prisioneros hechos por los soldados de Castilla, resulta que las 
bajas de I05 franceses debieron de elevarse á una cifra próximamente 
¡i^ual á lo mitad de la fuerza que iba en la nota, y no es natural se pre* 
leuda que las perdidas hubieran sido tan grandes, si las naves de Strozíi 
se hubiesen portado con la flojedad que el citado historiador supone. Más 
lógjcri parece creer que, observando el progreso del couibate, tomó Sain- 
te Soulaine la vuelta de la isl.i Tercera con los más buques que pudo, 
luego que, por el desastre de la capitana^ la destrucción de la almiranta, 
ti apresamiento de algunos barcos y las averias de otros, juzgó imposi- 
ble restablecer el orden para alcanzar victoria* Acaso antes de ponerse en 
fuga, hubiera sido empresa digna de valerosos capitanes tentar fortuna 
por última voz; pero el que asi no se hiciera, tampoco justifica que st; 
luanche la memoria de aquéllos coa infamante nota de cobardía, 



1 



2 so GUERRA DB ANEXIÓN EK PORTOGAL 

pero en justa alabanza de los de Strozzi, debe reconocerse 
que los más de los bajeles pelearon con intrepidez y al- 
gunos con desesperado arrojo. 

Los españoles tuvieron 224 muertos y 543 heridos, 
contándose entre ellos bizarrísimos capitanes y soldados. 
Como es consiguiente, sufrió la mayor pérdida el galeón 
San Mateo ^ donde hubo 40 muertos y 75 heridos: en el 
número de los primeros el capitán de la nave, Yusepe 
de Talavera, el capitán Enríquez y seis oficiales; y en 
el de los heridos, Don Pedro de Tassis, veedor general 
de la armada, y 18 jefes y oficiales, que eran casi todos 
los que iban en el buque de Figueroa. A bordo de la 
nave capitana, galeón San Martin^ hubo 15 muertos y 
70 heridos, y en la guipuzcoana Marta^ sucumbieron eJ 
capitán Villaviciosa y otros 44 individuos más, lle- 
gando á 52 el número de los heridos (i). Con todo esto 
no faltó luto en la armada del marqués de Santa Cruz, 
porque se perdieron muy expertos capitanes y oficiales, 
pero aún era mayor el sentimiento de regocijo que pro- 
ducía la importancia de la victoria. Por el triunfo me- 
morable ganó el general español perpetua fama: á su 
acierto en preparar y sostener el combate igualó el de- 



(x) La relación de los muertos y heridos que hubo en la armada de 
Don Alvaro de Bazán, expresada en conjunto para cada una de las na- 
ves que tuvieron mayores pérdidas, acompaña al parte oficial de la bata- 
lla, y se inserta en el Apéndice núm. 17. 

Por lo que atañe en particular á las pérdidas que hubo en el galeoD 
San MateOy hay una relación circunstanciada que figura en el Apéndice 
núm. 18. Aun cuando aparece disconformidad entre el número total de 
bajas que en ella se expresa, y el que señala el marqués de Santa Crox. 
siendo el primero mayor que el segundo, en realidad no existe muy gran 
desacuerdo, si se advierte que en el relato indica Bazán que no enumera 
entre los heridos del galeón de Figueroa algunos chamuscados, como, 
por ejemplo, el veedor general Don Pedro de Tassis, que resultó quema- 
do en el rostro. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 251 

nuedo con que pelearon los soldados; y á todos por 
igual alcanzan los aplausos de ía Historia^ que con justo 
prenaio galardona los altos merecimientos, 

Al decir de algunos escritores, había sido el propósito 
de los franceses embestir con fuerzas superiores, de las 
más escogidas de su flota^ cada una de las cinco naves 
en que principalmente consistía el poder de nuestra ar- 
mada, que eran la real capitana, el bajel almirante, 
donde iba et mat^tre de campo general Don Lope de F¡- 
^eroa, la urca San Pedro^ que montaba Bobadílla, y los 
barcos que dirigían Eraso y Oquendo, entreteniendo 
con el resto de sus velas á ios otros buques españoles (l)* 
Si tal pensamiento tuvieron los caudillos enemigos, no 
!o llevaron á cumplido término por desventura suya y 
suerte nuestra^ que de realizarlo, fuera muy dudosa la 
jornada, y más sangrienta para las armas de Felipe II, 
Rivalizando los guerreros de ambos partidos en discipli- 
na, valor y audacia i era ía escuadra de Strozzi muy supe- 
rior á la de España en número de bajeles y combatien- 
tes; estaban en ventaja de los nuestros el mayor poder 
de la artillería y la pericia de ¡os jefes, y de tal modo 



í 



(i) Hablando del consejo que en b capiti«n^ enemiga celebr^^ron el 
pretendiente Don Antonio, Stro^zi, Bris$ac y Vimioso, dice Ga^ipar Früc- 
tünío: €£ para o ontro dia ordcnaram qne a capitanía de Fr^n^a, em qae 
vmha FUippe Strosse, e uui galdá» novo^ eiii que esUva seii sobtinao^ 
abülroasseni a nos$a capitanía: e em seu soccúrr> íos^i^m duas urcas, ein 
que vinham muitos soldados velhos de Piatuonte: e a almirante de Fran- 
^-^^ em que viaha n conde de Bris^ac, e outro galeáo íVauccz, eni que vin* 
nba o coronel dos franceses, abaJmassem o galeio S. Mi^thetiSf e ecn sua 
ajuda tima orea sendo necessano; e outras duas urcas muí bem armadas 
abalro^ sscm a nao do mestre de campo Don Ftancisco de BobadiUa; e a 
capitanía de Biscaia abalroas^e outro galeáo^ e dua^ urcas de muitos par- 
ticulares soldados velhos dt Mon^ieur Caries» e a nao de Don Chrjitováo 
de Ht^sso abalmasAeni duas naos brícaiahas, que haviam tomado varias 
da armada de Pero Peixoto, e ja tinham muí bem artílh^d^i^; e que as de- 
luaís aferríissem urna com outra, assjs eram superiores em navios, e que 
.\ ttao aiibasse onde aferrar^ soccofresse a parte onde necesaario fossc», 
{S^tiídadts da Terra ^ * Victoria alca ii*;a da pela armada hes.panhola no com- 
biitc naval contra a armada íraaceza de Don Antonia, cap. C\l, íoL 41^)^ 



^^' 



252 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

utilizó Bazán estas favorables condiciones, que pocas 
veces en lucha desigual se obtuvo suceso tan afortu- 
nado (l). 

Conseguida la victoria, dirigióse Santa Cruz á Villa- 
franca; desembarcó allí los heridos, cuyo triste aspecto 
inspiraba mucha compasión, al decir de Gaspar Fructuo- 
so; y luego que hubo fondeado en aquel puerto toda la 
flota, comenzaron los buques á reparar sus averías y pro- 
veerse de lo que más les era necesario. En tanto que 
esto acaecía, queriendo Bazán castigar duramente á los 
franceses prisioneros (por excusar que en lo sucesivo se 
alistaran otros sus compatriotas en las filas del Prior), 
dispuso que se degollara á los que fuesen nobles, y se 
ahorcara á los demás soldados y marineros, exceptuando 
aquellos que aún no cumplieran diez y siete años (2). Ex- 
plicaba el ilustre marino el rigor de la sentencia, dicien- 
do que cuantos en la escuadra enemiga navegaban eran 
piratas, perturbadores de la paz entre Francia y Espa- 
ña (3), quienes, so color de favorecer á Don Antonio, 
tenían propósito de robar las flotas de las Indias, cuyas 
riquezas les servían de incentivo para satisfacer su rapaz 
codicia (4). Fundábase también en que el monarca En- 



(i) Al dar cuenta de la hazañosa victoria, pedia Don Alvaro al Rey 
que para otra ocasión previniera flota de más y mejores navios, pues <yo 
certifico, decía, que he habido bien menester la experiencia que tengo, 
porque me hallé muy solo y con muy inferior armada de la enemiga, 
adonde venia mucha gente principal de Francia, y asi procedieron y pe- 
learon como muy buenos soldados». (Carta del marqués de Santa Craz 
al Rey, fecha el 4 de agosto de 1582. Colección Navarrete, tomo XLI). 

(3) En el Apéndice núm. 15 puede verse copia de la sentencia que 
dictó el marqués de Santa Cruz contra los franceses prisioneros. Segán 
Gaspar Fructuoso y el embajador polaco Togelveder, esta sentencia filé 
acordada en consejo de capitanes. 

(3) tEs cierto que los prisioneros no pudieron mostrar ninguna comi- 
sión ni orden del rey de Francia que les autorizara para esta expedición». 
Forneron, Histoire de Philippc if^ tomo III. — Rusbecque al emperador 
Rodolfo en 15 de agosto de 1582. 

(4) cLo sucedido á la armada de S. M., de que es capitán general el 
P)9r(^ués de Santa Cruz «, 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE H 253 

rique ni había respondido á las quejas de Don Felípeí 
manifestando que los franceses alistados bajo la conduc- 
ta de Strozzi eran los más inquietos y escandalosos de 
su reino» y que así holgaría mucho fuesen castigados con 
graves penas (i). 

Ko recibieron con agrado, antes con muestra de dis- 
gusto, disposición tan severa los capitanes y soldados 
español í^, que si fueran bravos en la pelea, gustaban de 
que se observara clemencia con los v^encidos. Elevaron 
por esto instancias reiteradas al marqués en súplica de 
que perdonase la vida á los prisioneros, quienes en juicio 
suyo no podían ser tenidos por piratas, cuando era bien 
patente que si los reyes de Francia y España no estaban 
en guerra declarada, favorecía Enrique secretamente los 
manejos de sus vasallos que en Flandes y las colonias 
portuguesas luchaban con las tropas del soberano Ca- 
tólico (2). 

Sordo á los ruegos y murmuraciones, mantuvo su 
resolución el inflexible caudillo (3). Cinco días después 
de la batalla (el i," de agosto), saltó en tierra BobadiUa 
con cuatro compañías, y en un cadalso levantado en 
medio de la plaza de V'illafranca, hizo sufrir la pena 
afrentosa á los nobles presos^ siendo ahorcados los demás 
soldados y marineros en diversos parajes de la isla (4). 



(1) Herré ra^ Hiiiorin {it Parfit^Al ^' cúttquiíta Jilas \sl¿ti Azores. ^^ 
Fi^nchi Conestaggio, Union íie Potíu^al á Ls ¿■tirana J^ CaiiiUa^ lib, IX < 
^jaspar Pnictucjso, S^tudades da Terra. «Dos fraTicozi?!* que foram deíij- 
llasiüs em Viilafrimca do Cüiupo»» cup. CV^ fol. ^56. 

(1) HoTTtíTa^ Hísíúría de Pürht^jl y cúnqítUta de íiis islits Atores,-— 
Frsncbi Con esta ggio, Unión de Portugui á !a tarattii dt Castilla^ lib. IX, 

h) No ^e culpíiba al marqaés^ por creerse tenía ordca expresa de Don 
Felipe^ quien, al darlü, no preiumiri;i que en la armada t'üt?&eu Un prin- 
cipales hombres. — Francbi Conestaggio, UttiÓH de Purtfig^i á la L'üroHir 
dé Casftlla, lib. IX. 

(4) -cLibrironse de la muerte algunos prisioneros, porqui^ algo nos los^ 
e»c«iid¿eroa los sojdadoi espáúoles par» calvarlo» la vida, y otros porque 



254 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

I Horrible sacrificio que causó viva aflicción á los guerre- 
ros de Castilla, y que hoy, mirado at través de los siglos, 
nos parece por extremo vituperable! El lago de sangre 
que cubrió aquel suelo casi virgen, dejó al secarse man- 
cha imperecedera, obscureciendo los hechos gloriosos 
del Marqués de Santa Cruz. Afean su memoria los terri- 
bles suplicios en hombres inermes ejecutados; y aunque 
pudiera objetarse que con aquellas víctimas se trataba de 
excusar de allí adelante mayores conflictos, y que en el 
terreno estricto de la legalidad era ajustada á derecho la 
severísima pena, todavía ofrécese argüir que no se ha- 
llaba muy conforme á la conveniencia el durísimo casti- 
go; que siempre fué la demasiada crueldad gran desper- 
tadora de sentimientos de venganza, que en vez de 
aquietar los ánimos más los exalta y perturba. Suelen 
ser sin remedio los yerros en casos tales cometidos; y 
cuando las circunstancias no piden con demanda impe- 
riosa actos de ejemplar dureza, realza la clemencia el 
mérito del vencedor, en quien, después de la victoria, 
más resplandece la conducta humanitaria que el justicie- 
ro proceder. La generosidad y moderación ennoblecen 
á quien las emplea en favor del adversario desvalido; 
templan resentimientos nacidos al calor de pasajeras con- 
tradicciones; cuando bien se las aplica, conciertan las 
voluntades; es su alcance tal que, por lo común, antes 
desarman y rebajan al enemigo, que le vigorizan y 
alientan; y aun lo mejor que ellas tienen, es que por su 
solo empleo lógranse muchas veces mejores resulta- 



el marqués perdonó á los menores de x8 años». (Antonio de Herrera, His* 
torta de Portugal y conquista de las islas Azores. 

Describe circunstanciadamente la ejecución de la tremenda justicia, 
Gaspar Fructuoso en el cap. CV, fol. 436 de su libro inédito Saudades da 
Terra, 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 2SS 

dos que por la aplicacióii de una conducta sistemática- 
mente rigorosa. 

Fué grande el sentimiento de los soldados españoles 
por aquellas terribles escenas, y bien á las claras mani- 
festaron todos su disgusto- El mismo Don Lope de Fi- 
gueroa^ con pecar^ según es fama^ de rudo y de severo, 
dolíase mucho del suceso* «A mí me ha parecido cruel- 
dad y pesado en el aíma, y á toda la gente de guerra», 
exclamaba con su habitual franqueza el maestre de cam- 
po general en carta dirigida el 3 de agosto á Mateo 
Vázquez (l), y eso que el ilustre veterano era hombre 
que, como dijo Calderón de la Barca, 

< sabia hacer 

justicia del más amigo 
sin fulminar eJ proceso», 

No faltó, sin embargo, quien en forma pública dis- 
culpara el proceder del marqués de Santa Cruz. El li- 
cenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa, persona doc- 
tísima, y en el cual se juntaban cualidades de literato 
distinguido y de jurisconsulto inteligente, defendió á Don 
Alvaro de Ba^án, diciendo que la sentencia citada «aun- 
que rigorosa aJ parecer, fué importante porque en al- 
gunas ocasiones debe ser el capitán general áspero é 
inexorable ejecutor de las severas leyes de la guerra, de 
cuya crueldad piadosa (que así se puede llamar), pende 
la salud de los ejércitos, amparo de las repúblicas, y la 
conservación de los estados» (2). 

Entristeció sobremanera á Don Antonio la gran de- 



I 



(1) M^. Bib. tiic^ de P^Hs^ fonds espaguolp 466. — ColecciÓQ Na v arre - 
te, tomo XLI. 

(3) «Ct>ment. en breve comp, de discip. mil.», en quo se describe la 
jomada de Us isla» Afores. 



i.p-r^- 



256 GUERIU DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

frota de los suyos: intranquilo, pc^nsaba quizá salir al 
punto de la isla Tercera, temiendo que el general espa- 
ñol le fuese á buscar allí, aprovechando rápidamente las 
ventajas de la victoria, I^ pronta llegada de 17 naiios 
escapados de la batalla (l) hízole cobrar algún aliento, 
de que estaba muy necesitado; y fiando en la fortaleza 
de la tierra, túvose desde entonces por más seguro. 
Para afirmar la lealtad de su gente, y como creyese que 
la victoria de los castellanos habría sido imposible sin 
el soborno de algunos de sus capitanes, mandó el Prior 
de Crato cortar la cabeza al portugués Don Duarte de 
Castro, de quien hemos hablado más de una vez en 
este libro. Viendo el mal aspecto que tomaban sus ne- 
gocios, cuando consideraba más cercano el triunfo, recu- 
rrió Don Antonio á todo género de procedimientos para 
obtener dinero; pero justo es manifestar, en honra suya, 
que aun hallándose dolorosamente impresionado con la 
noticia de los terribles castigos impuestos por el mar- 
qués de Santa Cruz á cuantos cayeran prisioneros en la 
batalla, no quiso acceder á las demandas de Don Ma- 
nuel de Silva, gobernador del archipiélago, el cual le 
aconsejaba que vengase el acto cruel de Bazán, dando 
muerte á 50 castellanos cautivos en la isla Tercera (2). 
Y eso que el general español se había negado á entrar 
en cualquier negociación que tuviera por objeto la liber- 
tad de los prisioneros que en su poder quedaban, con- 
testando en términos desabridos al mensaje que para el 
efecto le envió el conde de Torres Vedras (3). Fué 



(i) Según dicen Herrera y Franchi Conestaggio, Mr. de Brissac huyó 
á Francia con 18 velas, y Mr. de Landarco, coa otras ro, se fué á la isla 
de Fayal, donde cometió toda clase de depredaciones y de excesos. 

v2> Herrera, Historui de Portnj^al y conquista de las islas A\ores. 

(3) «Después de haber escrito Ío que va con ésta, vino una carabela 
de la Tercera, y me trajo un trompeta en ella una carta de Manuel de 



'r^» 



DURANTE EL REIKABO DE DON PEXJPE ti 2$^ 

tanto más digna de aplauso la templania del Prior de 
Crato^ cuanto que hacía gran contraste con la durez<i 

del marqués de Santa Cruz^ justificándose de tal manera 
las siguientes palabras de Faria y Sousa; «Aun con la ira 
de vencido, no quiso ser tan fiero como el Bazán con 
la ventura de vencedor: con que en esta parte queda 
el victorioso vencido y el vencido victorioso». 

Con el fin de asegurar el paso de las naves que se 
aguardaban de las Indias, salió Don Alvaro del puerto de 
\' ílJafranca con rumbo á la isla del Cuervo, dejando dis- 
puesto que, en cuanto llegase la flota de Andalucía^ sl- 
adelantase á buscarle en aquella dirección (i). Hallándo- 
se el marqués sobre Punta Delgada el día 9 de agosto, 
se áescub rieron las 15 naos y galeones que gobernaba 
Juan .\!arLfncz de Recaído, y con ellos dos de los tres 
barcos que partieron de Lisboa al día siguiente que la 
armada principal, y las dos urcas ñamencas que se ha- 
bían separado de la flota de Santa Cruz la víspera de la 
bataÜa. Al decir de Antonio Iferrcra y Gaspar Fructuo- 
so, la escuadra de Recaldc celebró su arribo á la isla de 
San Miguel y manifestó su contento por la victoria obte- 
nida con estruendosas salvas de regocijo, á que respon- 
dieron los barcos de Bazán. Y había fundado motivo para 
entregarse á semejantes demostraciones de júbdo, pues 
navegando la armada de Andalucía con objeto de jun- 



Síiva, lín que me escribe ea subslaocia que da licencia p^ira que s« trale 
de la Übtnad de los prisioneros^ si el lieoip? no ha mudado los términos 
de lü guerra; y dm otra car^beb que va nuñaua í Lisboa, escribiré ¿ 
V. M* lo que Íh respondo, que, sL no parece otra c^sli, será decirlo que 
yo nú tengo esto por guerra^ y como á contravenidoreí de jas p;ices que 
hay entre V. M. y el rey de Fraucia, he heeho degollar á loí nobles y 
sborcar á los demis^ y que desta manera proceJerü cun los que m:^s to> 
itiare^. (Carta del marqués de Santa Cru£ al Rey, fecha ea Villafrauc<i 
á 3 de agosta de i^Si}. 

(r) Carta di^l marqués de Santa Cruz al Rey, fecha el 7 de agosto de 
i^$a. Colección Saus de Barutell, art. ¡\, aiiui> 6^1. 

TOMO 11 ij 



¿^ ' GUfiRRA D£ ANEXIÓN tÜ PORTUGAL 

tarse á la del marqués de Santa Cruz, en la noche del 3 
al 4 de agosto tropezó en pleno Océano con las dichas 
cuatro naves, que ya iban entonces reunidas, y á las cua« 
les tuvo Recalde que abordar para obligarlas á que se le 
incorporasen (l). Los alemanes, qué tripulaban las urcas 
ñamencas, por excusar su conducta, apartándose de la 
armada en el momento del peligro, comunicaron á Re- 
calde falsos informes, dicíéndole que Bazán había sido 
derrotado (2). 

Ante la magnitud del supuesto descalabro, parecía 
resolución prudente volver el rumbo á las costas de Es- 
paña en busca de refuerzos con que pudiera evitarse 
niayor quebranto; pero si muchos capitanes de tal ma- 
nera discurrían, adoptando Recalde más arrojada deter- 
minación, que mejor se compadecía con su ardimiento, 
decidió continuar la marcha á las Azores, imaginando 
que si la armada castellana llevara en la refriega la peor 
parte, el impetuoso valor de la gente que mandaba Don 
Alvaro habría causado á la flota francesa tan grandes 
pérdidas y destrozos, que difícilmente quedara ésta en 
disposición de sostener otra nueva y recia embestida; y 
más, que llevando él consigo 15 naves y galeones,, con 
tres pataches y una carabela, y yendo todos estos bu- 
ques bien reparados y provistos, con el tercio entero de 
Antonio Moreno y cinco compañías de Flandes, fuera 
en mengua de la reputada milicia española volver la es- 



( x) De estos sucesos da noticia, como testigo presencial, Andrés de 
Morales, secretario del marqués de Santa Cruz, en carta dirigida al Rey 
con fecha 5 de agosto. (Colección Sans de Barutell, art. 4, núm. 650}. 
Aún se hallan más pormenores en la relación que hace Gaspar Fructuoso 
en su obra Saudades da Terra: «Do que acontecen á tres naos héspanhoUs 
que sahiram de Lisboa un dia depois da armada do marqués de Santa Cruz, 
e da vinda aos A9ores de outra armada de Sevilha>, cap. CVI, fol. 499. 

(3) Gaspar Fructuoso, Saudades, da Terra^ cap. CVI, fol.. 439. 



DURANTE ÉL REINADO DE DON TfiLlPE ti 259 

palda al enemigo cuando aún el riesgo era inctertOf pues 
no faltaba quien dudase de las noticias que trajeran los 
patrones de las urcas flamencas; y de todos modos debía 
creerse que el marqués de Santa Cruz hubiese tomado las 
resoluciones oportunas para recoger las dos flotas y pre- 
sentarse de nuevo al adversario con mucho mayor con- 
tingente de fuerzas navales que el que antes tuviera bajo 
su inmediata dirección (i). 

Reunidas las dos escuadras españolas, mandó Baián 
que diesen fondo en Punta Delgada, con el fin de re- 
frescar la de Recalde, que por escasez de agua y falta 
de leña para aderezar la comida, traía muchos enfermos. 
V puesto todo en buen orden al cabo de tres días, dispu- 
so el ilustre caudillo que se volvieran desde luego á Lis- 
boa cuatro naves de la flota de Andalucía y otra de las 
que él llevaba, las cuales iban mal de la vela; y distri- 
buyendo la infantería y marineros en los 40 galeones y 
naves restantes, después de dejar 2,O00 hombres entre 
sanos y enfermos para ia custodia de la isla de San Mi- 
guel ^ y de confiar su gobierno al capitán Agustín Iñígueü 
de Zarate, que en la guerra de T^landes había dado prue- 
bas de ser hombre muy ca^jaz para el mando, tomó la 
vuelta de la isla del Cuervo, con ánimo de encontrar los 
barcos de las Indias y de Nueva Espaíiai y de atacar 



(i) Carta de Andrés de Mf^rales al Key, fecha el ^ de agosto de 158» . 
O^lecdón Siins de Uarutelí, art. 4, núin, 6^0. 

h^x reUctiia ckcuasUnduda de las D^ves que componían U flüta dt» 
Recaía^; $ü: halU inserta en el Apéndice num. ta. 

Según el parte nñcial de ia batalla de la TercL'r^^ UnUs veces citado, 
tfn Andalucía ie aprestaron y pusieron en orden, bjjo la conducta de Juaii 
Mariínejc de ReE^vikle^ 19 naos, s grifones, 12 galeras y dos pataches, y a 
la bordo iban ^.ooo infantes, incluyendo en esta fuerza cmco banderas 
del tercio viejo de Flaíides. 

La^ II galeras» ú creer lo que escribió el embajador de Polonia, Eita- 
niiíio Togelvíder, fueron devueltas poique no s^rvian para la navega- 
ción en el Océano. Y por otras causas quedó reducida, en tesunieOj aque-^ 
lia ÜalA á 15 gídeones y naves, demás de algunos pocos patacli#«. 



26o GUERRA DE ANEXIÓN EK PORTUGAL 

nuevamente á Don Antonio, si para ello se ofreda oca- 
sión favorable (l). 

Algunos días después halló el marqués de Santa Cruz 
una de las flotas que venían de la India, á cargo de Fer- 
nando Téllez de Silva; y reparándola con todo lo que 
había menester, la encaminó para Lisboa con escolta de 
seis naves bien provistas de infantería y caballería, que 
mandaba Don Cristóbal de Eraso (2). 

Dirigióse entonces el general español á la isla Terce- 
ra , y fué tan grande el temor del pretendiente portugués 
al divisar las velas de Don Alvaro, que hizo apercibir á 
mucha prisa un buque ligero con intención de ponerse 
en salvo. Adelantáronse dos pataches á adquirir noticias, 
y cuando ya Bazán se disponía á más seria empresa, de 
tal manera se embravecieron las ondas del Océano, que 
se vio la armada en inminente riesgo de perderse. Esca- 
seaba también la vitualla en este tiempo, y como además 
tampoco tenía Santa Cruz el número de barcas chatas y 
embarcaciones menores precisas para el desembarco, y 
por otra parte sabía el ilustre marino que se habían 
puesto en seguridad las expediciones de la India y de 
Nueva España, decidió enderezar su rumbo á las costas 
de la Península, lo cual era tanto más urgente cuanto 
que parecía muy peligroso permanecer en aquel proce- 
loso mar, cuando la estación iba ya bastante adelan- 
tada (3). 



(i) Carta del marqués de Santa Cruz al Rey, fecha en la isla de SanU 
María á 14 de agosto de 1582. Colección Saos de Bamtell, art. 4, Da- 
mero 6s4. 

(a) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores,-- 
Carta del marqués de Santa Cruz al Rey, fecha el 14 de agosto. 

(5) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas Azores.— 
Gaspar Fructuoso, Saudades da Terra, cap. CVI, fol. 429. — Queypo de 
Sotomayor, Descripción de las cosas sucedidas en los reinos de Portmpd. 
fols. 186 y 187. 

«Estando ya muy cerca de la Tercera (el marqués de Santa Cruz), le 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE ti 26 1 

Hem<^ aplaudido la resolución gallarda del marqués 
de Santa Cruz al empeñar batalla con el francés > y no 
menos elogiamos la pericia y bravura con que supo ob- 
tener la victoria, hallándose en condiciones muy des- 
ventajosas. Pero meditando acerca de las consecuencias 
del brillantísimo combate, creemos que, siendo grandes, 
no tuvieron el alcance que era de esperar, según fué el 
triur^fo magnífico. No anduvo Bazán, en juicio nuestro, 
todo lo diligente que el caso requería; pues si dejando 
en Punta Delgada los buques que más habían sufrido, se 
dirigiese rápidamente á la isla Tercera antes que le 
abandonara la fortuna, que tan risueña se le mostraba, 
de rebato pudo apoderarse de aquel territorio, y aun de 
la misma persona del Prior de Crato. La rota de la es- 
cuadra de Strozzi había sido tan completa, tan grande el 
pánico que de los isleños se apoderó luego que fueron 
sabedores del desastre, y tan bajo quedó el ánimo de 
los franceses que á la Tercera arribaron con la noticia 
de su desgracia, que es bien probable no hallara enton- 
ces el marqués resistencia fuerte, y nada ilógico parece 
suponer que terminara en breve la conquista de todo el 
Archipiélago. Y si bien pudiera decirse que en aquellos 
instantes acaso le era desconocida al ilustre marino la 
disposición de las velas enemigas, todavía debió intentar 
la expugncición y la toma de la isla rebelde, luego que se 
le juntó la escuadra de Recalde. No lo hizo así el afama- 
do general: prefiriendo salir al encuentro de la flota que 



dio una tormenta muy grande que le apartó de allí hacia acá, de manera 
que no le pareció volver allá, ni que podría tener tiempo para ello». 
Carta de relipe II á sus hijos, fecha en Lisboa á 17 de septiembre de 
15S3, publicada por Mr. Gachard.— Carta del cardenal Gran vela á la du- 
quesa deParma, fecha el 38 de septiembre de 1581. Según esta carta, la 
dota Uegada de Nueva España constaba de 33 bajeles, y la de las Indias 
portuguesas, de tres naves con muy ricas mercaderias. 



«V-^Yf 




262 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

llegaba de las Indias, dejó pasar el momento propicio; y 
cuando quiso realizar aquella empresa, lo adelantado del 
tiempo, que hacía la navegación poco segura en los ma- 
res oceánicos, y otras circunstancias no menos atendi- 
bles, obligáronle á desistir de su propósito, que, en hora 
oportuna ejecutado, coronara más dignamente el triunfo 
conseguido y diera ostentoso acabamiento á la inmortal 
jomada. 

Opinaba de este modo el rey Felipe II, según lo de- 
muestran los siguientes párrafos de la carta que, con 
fecha 29 de agosto de 1 582, escribió al marqués de 
Santa Cruz. Después de manifestar el monarca lo mu- 
cho que se holgaba de la victoria, añadía: 

«Y he dado y doy por ella muchas gracias á nuestro 
Señor y á vos, y como siempre he confiado de vues- 
tra persona, buena industria, diligencia, celo y voluntad 
que tenéis á mi servicio, como lo habéis mostrado muy 
bien en esto y en todo lo demás que habéis puesto la 
mano; y confio que cada día me han de venir otras bue- 
nas nuevas de vuestra mano, como también sabéis el poco 
que se saca de las victorias no seguidas. Tengo por cierto 
que habréis atendido á ejecutar esto antes qué, los ene- 
migos pierdan el miedo y á los nuestros se les entibie el 
brío, y así creo que en habiendo refrescado la gente en 
San Miguel y aderezado con vuestra buena diligencia en 
pocos días los navios qu^ lo habían menester, habréis 
acudido á la Tercera, pues en este medio llegaría el ar- 
mada del Andalucía, que partió del cabo de San Vicen- 
te á los 27 de julio pasado, con que se os habrá engrosa- 
do, y habréis podido con ella mostraros sobre la Terce- 
ra, acrecentar la confusión en que después de la derrota 
quedarían unos y otros, y los franceses indignados de! 
daño recibido por causa de Don Antonio, y de cómo los 



DURANTE EL ROKADO DE DON FEUPE II 263 

desamparó aJ tiempo de la necesidad, y los .de la isl^, 
desengañados de estribar en la defensa de gente que no 
Ir tuvo para sí, que son todas estas cosas que quJzás os 
habrán podido dar ocasión de tentar el negocio por vía 
de fuerza 6 concierto; y estoy seguro que vos no habréis 
perdido ninguna ocasión que pudiese ser á propósito, en 
especial si hobiéredes tenido aviso de que era pasada la 
flota de Nueva España, y llegada acá como se os ha en- 
viado á decir por dos carabelas, ó hob té redes entendido 
que el enemigo no podía tenerles al paso fuerzas bastan- 
tes para hacerle daño, yendo tan desbaratado; pero si el 
haber acudido á poner en salvo la flota, como cosa tan 
importante^ no habiendo tenido aviso de su pasada, 6 el 
haberse tardado más el adovío de los navios de lo que 
se pensó, 6 otra causa os hubiese impedido el tentar lo 
dicho antes de recibir este despacho, por lo que importa 
á mi servicio acabar, siendo posible, todo este año, y 
quedar sin este embarazo para el que \Hene, os encargo 
mucho que sí no hobiéredes ido ya á la isla del Cuervo, 
ó si no á la vuelta de alH, si el tiempo os diere lugar, ten- 
téis 3o de la l'ercera, ofreciendo primero á los franceses 
embarcación y seguridad en que se vayan con sus armas 
y ropa á sus casas, si no quisieren pagarlo como los de- 
más, y esto á trueque de que entreguen la isla, pues se- 
ría muy posible que no les deje de mover esta comodi- 
dad, por una parte, y por otra ver el castigo que se 
hizo en los que se prendieron en la batalla, tan conforme 
á razón y justicia; y también os remito lo que pareciere 
conveniente cuando alguno de Jos que siguen á Don An- 
tonio, y él mismo, reconociendo sus yerros y cansados 
de la ruin vida, quisieren entregar la isla y probar mi 
misericordia, y aun con los mismos de la tierra se po- 
dría probar algo desto, y cuando no saliesen estos car 



1 




264 GUERRA DE ANEXIÓN EN POfRTTJOAl- 

minos, tentar al cabo d de la fuerza, si en la isla no las 
hay de extranjeros, mayores de lo que acá se entiende, 
y si el tiempo forzosamente no os excluye, pues como 
entró tarde el verano, podría ser que durase más y que 
el invierno entrase también más tarde y diese más lugar 
que otras veces para poder desembarcar, y aunque las 
galeras habían hecho falta para otras cosas, es bien no 
tenerlas allá para poderse entretener ahí más tiempo; 
pero tras significar lo que yo deseo esto de la Tercera y 
acabar con Don Antonio, si está en ella, finalmente, os 
lo remítoi para que, como presente y tan experimentado 
y celoso de mi servicio, hagáis lo que viéredes más con- 
venir, tornándoos á encargar cuanto puedo, que en todo 
caso procuréis, como de vos con fío j la reducción de la 
isla Tercera, como se os dice arriba, pues veis cuanto 
esto importa á mi servicio, que del que en esto me hl- 
cíéredes tendré particular memoria» como de los que 

me habéis hecho > (l). 

Quizá, si la carta del rey Felipe hubiese llegado en 
buena sazón á manos del marqués de Santa Cruz, habría 
éste marchado sobre la isla Tercera, á pesar de Ío muy 
adelantado que estaba el ve rano í pero al mismo tiempo 
que el monarca recomendaba al ilustre general que pro- 
curase dominar en 1582 la isla rebelde, á fin de evitar 
nueva y costosa expedición en el estío del año siguiente, 
resoh^ia Don Alv^aro dirigirse á ¡a costa de Portugal, 
abandonando el archipiélago de las Azores al comenzar 
el mes de septiembre. El día ¡4 arribó á Cascacs (2) y 



(i) Cartí del Rey C^tdlJco al marques áe Santa Crui, fecha en Lis» 
boa i 39 de agosto de i^Si. Of lección Navarrcte^ tomo XL1. 

(a) Antes de llegar á Cascae^i encootro el marqu» de Santa Craz la$ 
nave* de las Indias portuguejias, que venían escoliadas por Don Cristóbal 
dt ErajOf y j ti tito con ellas entró en el pnerto de üsboa. De la escuadra 
española faltaban cinco ó ieh naves, que se apartaron de las deinás « 




DUHANTt: EL REINADO DE rK)N FELIPE 11 265 

remontó el Tajo hasta el puerto de Lisboa, recibiendo 
del Rey Católico los mayores plácemes por sus brillan- 
tes acciones^ que le habían granjeado una vez más me- 
recido crédito de experto y animoso (l). 

Tan grande como el alborozo con que los castellanos 
celebraron !a victoria^ fué el disgusto que causó en Fran* 
cía la noticia de la derrota y muerte de Felipe Strozzi- 
Por extremo enojada Catalina de Médícls, llegaron al 
límite su desesperación y furor* Ardía en deseos de ven- 
ganza, y aunque el rey Enrique^ entonces más circuns- 
pecto, no estaba muy resuelto á favorecer los planes de 
su inquieta madre, prevenía la italiana nuevos medíoí^ 
que reparar pudiesen el descalabro, í lalló por esto nue- 
vamente el Prior mucho apoyo en la corte y nobleza 
francesa; y noticioso de que aiín había de obtener en 
aquel país el acogimiento que su desventura anhelaba, 
decidió trasladarse allá para dar á sus cosas y preten- 
siones ma^ror calor. Sacó Don Antonio 24 nav^íos, al- 
gunos de ellos británicos (2), y para guarnecer la isla 
Tercera dejó de presidio 5CM3 franceses, que con otra 
compañía de extranjeros y 3.ocx> isleños armados, cons- 
tituían respetable fuerza á las ordenes de Manuel de Silva, 
conde de Torres V^edras. Fué quizás intento del Prior 



i mp (lisos de la fuerte tc>niient;i que sorprendió á Bai án 3 ]a mmediacion 
de I3 isla Tercera. (Carta de Fdipe 11 á sus hijos, fecha en Lisboa ¿ 17 de 
Hflpíicmbre de 1583). 

(i) "La entrada del nurqutis de Santa Cruz en el puerto de Lisboa fue 
muy soíenme; el Bey, la Hnj:pcT;itrLz^ tíl 3T<:hidu£jUL^ Alberto» Ja archidu- 
quesa Margarita,, la vieron desde Ins ventanas del p:ilacio. En cl miiuio 
dia, Felipe, su hermana v sus sobrinos^ aditiitierQn al mart|U<ís á besarles 
U mano: el Rey no le hizo cubrir, ^oniü él y su^ aiuigús Lo espi^rabnn*. 
Gachard^ Lettres tfe Phiiippe II tr k^s filUs, pá^. igs- 

(3) Aunquü tin pudeuifis pre^-ísar el numero, es lo ciertu que después 
(iel combate de is6 de iulioj recibió el de (^rato refuerzo de buques iugJe- 
Ms, y asi parece confirmarlo Forneron. El conde de VimiosQ en La de- 
claracibu que hUí? antes de morir, manifestó asíroismn que cde parlicu- 
lare* de tngjaterra esperaban ^o niives>. Apéndice núqu 14. 



206 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

caer de sfibíto sobre las islas Canarias y Madera » donde 
esperaba buen botín para estipendiar los soldados que 
dirigía; mas apenas hubo emprendido su marcha, le arre- 
bató á la altura de la isla de San Miguel borrascosa 
tempestad que dividió la flota; desamparáronle entonces 
algunos bajetes, y ñiéle por ello preciso renunciar á toda 
tentativa (i). 

Mientras Don Antonio y los franceses aprestaban 
naves y alistaban hombreSj con que pretendían torcer el 
curso de la fortuna^ el Rey Católico y el experimentado 
Bazán no se descuidaban en prevenir una fuerte expedi- 
ción que había de marchar á las islas Aiíores en el ve- 
rano siguiente de 1583. Y sucediendo en el entretanto 
que los negocios del Estado reclamasen en Castilla la 
presencia del soberano, partió éste de Lisboa en 1 1 de 
febrero de aquel año, después que hubo dado mayor 
amplitud al perdón concedido en Thomar (el cual hizo 
extensivo á casi todos los exceptuados), y que convocara 
los tres brazos del reino lusitano para que jurasen al prin- 
cipe Don Felipe, en quien por muerte de su hermano 
Don Diego, había de recaer la sucesión á la corona (2). 
Dejó el monarca encargado el gobierno de Portugal al 
archiduque Alberto, su sobrino, hombre virtuoso y de 
buena capacidad (3)i al que debían asistir en el despacho 
de los negocios el arzobispo de Lisboa , Pedro de Alca- 



(i) Herríra, ULsiürüt ii£ P&rtugal j' coitquisti iie Lis islas A^orfi. — 
Cabrera de Gordo ba^ ílisíoruí dt tfh'pr II ^ lih. XIII, cap. JX 
- (1) Retmldos los Bst sidos en el pabcio ác Vá Ribera, efectuare el jiir^' 
mcntü el dia 10 de enero de ts^^ • Cabrera lie Córduba, ílisínria de ht- 
líiuí II, lib. XÍH, cap. XII. — Herrera, HüíorU tir Por^ga! y conquisU 
itf las: íshs Acoren, 

{^) Hra el archiduque Alberto hijo de I^emper^tHE de Alemanitii Do^ 
ña María, bermai)? de Felipe 11 y viuda de Maxiuiíliauo de Austria. Día- 
linguiale el rey de Castilla con los favores de uti gran carii^o. y fiaba mo- 
cho en su discreción j claro entendimiento. 



r 



DÜRAírrE EL HEIKADO DE DON PELlPe n 2 67 



zobá y Miguel de Mora con sus consejos y acreditada 
prudencia (l). 

Para que no todo fuesen bienandanzas^ como á veces 
va la desgracia aparejada con la dichosa suerte, había 
perdido á esta sazón nuestra patria el conspicuo perre- 
ro á cuyos esfuerzos y talentos se debiera principalmente 
la conquista del país lusitano. Cargado de laureles, A los 
75 años de edad entregó su alnia al Criador el insigne 
duque de Alba en los aposentos bajos del palacio de Lis- 
boa (2), y cuando aquel grande espíritu pugnaba por 
separarse de la mezquina materia, aún tuvo el inefable 
consuelo de recibir los postreros auxilios de la religión 
católica de manos del príncipe de la elocuencia sagrada, 
del doctísimo Fray Luis de Granada (3)^ el cual con sus 
muchas virtudes é inexhausto saber ilustró, á la vez que 
su nombre, el siglo en que vivió y la nación donde sus 
ojos se abrieron á la luz (4). 



f 



(i) Cabrera de Córdoba, Hishrin dr Mípe í¡,\\h. XIIK cap. XIL 

{^\ Aunqxie muchos escritores dicen que el dutjuc de Alba vivió 7^1 
ai^üs* en vista del dato más exactO' que tomamos de la niinuta de nn epi- 
tafio pQ.ta. sü tumba, que existe en el archivo de Simancas y aparece en 
el tomo XXXV de los documentos inéditos^ puede :i segurarse que duro 
m vida 7^ años, un mes ^^ n dí:is^ 

Tampoco es verídica ¡a fecha de su defuucjón, que nt> ppcos pubUcis- 
las y biógrafos del ilustre düque^ suponen fué la Je la de enero de 1^81. 
Según el documento citado, fiUecm el insigne caudillo el 1 1 de diciembre 
de 1^83. Estdi es también la fecha que consigna Lassota de Stebinvn en 
su Dtjuriú rfí ap^ractonís. 

(í) Fray Luis de Granada escribió con fecha i^ de diciembre de 1583 
á la duquesa de Alba, noticiándole los últimos momtíntos del duque, y 
envié n dolé palabras de consuelo. Elogió la virtud del célebre general, 
cuya conciencia no sentía remordimientos por las eje^ticíones que había 
ordenado hacer en Flande?, puesto que se realizaron en personas de he- 
rejes J rebeldes. 

(4) Fray Luis de Gr^tnada fué al reino portugués llamado por el car- 
denal Don Enrique, quien le dispensó siempre consideración y mncho 
afecto. 

Como era Fray Luis muy docto é influyente, al tratarse de la suce- 
sión al trono durante el reinado del cardenal, le habló Fray Hernando 
del Castillo^ excitindnle á que mantuviese publica uiente \o& defechtií^ del 
Rey Católico* No se prestó ú. ello Fray Luis, por entender que .iu carác- 
ter religioso le imponía estrechos deberes: y así contestó que, no dudan* 



268 GUERRA DE ANEXIÓN BNPORTUGAL 

Observaron los portugueses con muestras de extra- 
ñeza que el día siguiente al de la muerte del ínclito gene- 
ral salió el Rey á comer en público; y no faltaba motivo 
para su sorpresa, pues los monarcas, al honrar á los que 
en vida fueron egregios servidores del Estado, más que 
nada honran á su propia persona y á la dignidad del su- 



do de la justicia de Don Felipe, encomendaría á Dios su cansa de baeoa 
voluntad. Inspirándose en ideas de paz, escribió el célebre sacerdote ai 
monarca español, después de muerto el rey Enrique, aconsejándole que 
aguardara á que su derecho fuese determinado por los procuradores lusi- 
tanos. Con esto se hizo Fray Luis sospechoso en la corte de Castilla, don* 
de se tomaba por acto de desafección lo que sólo era deeso de evitar tas 
calamidades de una lucha mantenida por la fuerza de las armas. 

Fray Luis de Granada no tomó parte activa en los negocios de la se- 
cesión; pero sus simpatías estaban en ñivor del soberano de Espaíia. SIb 
embargo de esto, como el sapientísimo predicador era de suyo muy cré- 
dulo y bondadoso, y su nombre gozaba de mucho prestigio, los adictos 
al Prior de Crato trataron de aprovechar pérfidamente la condición sen- 
cilla del eximio religioso, amparándose de su autoridad para dañar al Rer 
Católico. Fingieron, al efecto, un motu propio de Su Santidad, dictado 
en noviembre de i$8o, por el cual se nombraba interinamente vicarin 
seneral de la orden de Santo Domingo á Frav Luis de Granada, á quien, 
bajo la amenaza de severas penas, imponía el Papa la obligación de con- 
vocar al punto el Capítulo para proceder á la elección de provincial. 
Dada la poca afición que tenían á Don Felipe los maestros, priores y frai- 
les portugueses, era seguro que el nombrauñento había de recaer en per- 
sona hostil á Castilla^ con lo cual cobrarían mayor ánimo los enemigos 
del Rey Católico, y sería aún más descarada y procaz la intervención del 
clero regular en los negocios de la sucesión. 

No pudiendo sospechar Fray Luis que el motu propio fuese una in- 
digna superchería ñ-aguada por los enemigos de España, se apresuro s 
poner en noticia del monarca el cometido que recibiera de S. S., el co.iI 
se veía obligado á aceptar^ bien que con mucho sentimiento, para no in- 
currir en las censuras del Pontífice. 

A fin de impedir que se cumplieran las prescripciones del supuesto 
BreoCy Felipe II, por consejo de su confesor Fray Diego Chaves, mandó 
á llamar á Fray Luis de Granada, y al mismo tiempo escribió al doqne 
de Alba, ordenándole que, sin excusa ni demora, hiciera presentársele en 
El vas, de bueno ó mal grado, al ilustre sacerdote. Veíase éste en gran 
perplexidad y angustia, de que le sacó pronto el descubrirse que el m0- 
tu propio era un documento falso, por notarse en él alteraciones grandí- 
simas en la substancia, forma y estilo que empleaba siempre la curia ro- 
mana en la expedición de Breves. Con esto y las disculpas qpue en pro 
de Fray Luis expuso al Rey el duque de Alba, desapareció el enojo de 
Felipe II, y no tuvo necesidad de ir á El vas el famoso predicador, evi- 
tándose las molestias y peligros que pudiera causarle el viaje en lo más 
riguroso del invierno, siendo ya septuagenario y teniendo su salud mar 
apocada. 

De todos modos, cuidó Fray Luis de rechazar los cargos que se le hi- 
cieron, suponiéndole desafecto al Rey Católico. Conocido su espirito rec- 



DURANTE EL RElNAtkO DE DDK PEUPE 11 26g 

prerao cargo que ejercen (i). Seguramente no apreciaba 
el soberano cuan inmensa era la pérdida que él y la na- 
ción acababan de experimentar; pues si despacio en ello 
pensara, fuese grande su dolor y nada pequeña su preo- 
cupación. 

Había sido el duque de Alba general distinguidísimo 
en aquel siglo fecundo en grandes hombres (J); si algún 



to y siacerOj no cabe diMlar de que fuesen ciertas las explicactones que^ 
acerca del particular^ dió por escrito ¿ Zay*$, y út palabra al jefe del 
ejér^^ito castellano, manifestando que nunca le había pasado por el pen&a» 
miento sospechar del mejor derecho de Don Felipe . Se disculpó de fia- 
ber aceptíído el Breve ^ y comenzado á cumplir sus determinacíoüeSj por- 
gue «bien sabe Y. ni. (decía á Zayas) cuan cosa fácil e» «er i^nga&ado d^ 
otros qnien no usa ni ^be eugafiar*. 

Además de esto, importa consignar c|ue Fray Luis se apresuró á 
escribir á la duquesa de Alba, después de la batalla de ^IcAntara^ felici- 
UndoLa con efusión por la victoria que su esposo había alcanzado^ Y asi- 
mismo debe observarsej que no es licito atribuir al sabio predicador 
género alguno de hostilidad^ ni aun f jaita de devoción al monarca de 
Castilla, cuando eu el tiempo dura ule el cu*]] fué tenido por bueno 
el moiu prúpioj cor rigió con severidad los desórdeues cometidas por va- 
riüs retigioios de los que seguian ¿ Don Antonio^ dictando las resolucio- 
nes necesarias para que no quedaran sí a castigo los atrevimientos del 
clero regular^ 

(i) Acerca del triste suceso, escribia Felipe IT al duque de Medinasi- 
donia en 31 de enero de rjSa: «Lo que decís de la muerte del duqne de 
Alba, es muy propio de vuestra prudencíj, porque cierto ba sido una 
gran pérdida; pero como son obras de Dios, no hay que decir mis de 
darlif gracias por todoi. (El original de esta carta se conserva en el ar- 
cliivo de los duques de Medinasidonia). 

(a) Al reseftar la muerte y grandes servicios del excelso caudillo, dice 
Frauchi Concstaggio: «Murió cju el duque (por decirlo asíj todo el arte 
DQÜitar de Espaba, porque n^ quedaba capitán alguno que por experien- 
cia y pjf calidud se pudiese comparar á éi. Fué áti cuerpo grande^ rostro 
macilento y grave; fu* de generoso coraión, de altos pensamientos y 
agudo ingenio» y de ñnne y quieto juicio*. 

No más parco en elogios, se expresa i^sí Antonio de Herrera, al enal- 
tecer los méritos del ilustre general: € Según las grandes cosas que trató, 
debe de ser tenido por uno de los más meinorables y señalados hombres 
del mundo, por lo cual justísia],aiueute debe de ser comparado con cual- 
quiera de los más ejccelentes capitanes antiguos y modernos». 

Conceptuóle su biógrafo Rustant *com ; el capitán más famoso qtie 
tuvieron lis remotos y proxiitios siglos; el mayor h¿roc que España ha 
protliicido, y uno de los primeros hombres de su siglo* > 

Llamóle Motley el general mis inteligente y afortunado de España j 
de Europa en el siglo xví; y asi lo juzgju Sarrut, Cantú, Dunham y otros 
historiadores extranjeros^ 

Viviendo el fámulo guerrero en época de brillante esplendor para (a 
literatura patria^ ensalzaron la fama del esclarecido duque los más exceU 



2yú GUERRA DE ANEXIÓN EN PORtÜGAt 

capitán pudo igualarle, ninguno le excedió en mereci- 
mientos y servicios. Combatiendo por espacio de 6o 
años en diversas naciones y en distintos climas, fueron 
teatro de sus hazañosos hechos España, Italia, Francia, 
Hungría, Alemania, Fiandes y África, y apenas podrá 
hallarse en los antiguos y modernos tiempos, guerrero 
que haya peleado tanto y obtenido mayor gloria. AJ 
sucumbir el duque de Alba, bien pudo afirmarse que 
perdió España uno de sus más firmes y poderosos 
apoyos. Para substituirle en el mando de las tropas, fué 
nombrado capitán general I>on Carlos Galcerán de Bor- 
ja, duque de Gandía, hombre virtuoso aunque de poca 
experiencia; y con objeto de suplir la escasez de sus do- 
tes militares, hízose al mismo punto maestre de campo 
general al celebrado Sancho de Avila (i). Pero la parca 
asoladora que iba destruyendo paso tras paso las perso- 
nalidades eminentes de nuestra nación, quiso arrebatarle 
en no muy tarda hora la existencia vigorosa del ilustre 
vencedor de Mook (2); y así iban desapareciendo los 
preclaros capitanes que por más de una centuria habían 
llenado el mundo con su fama, causando la admiración 
en unos y el espanto en otros de sus coetáneos, y legan- 
do en heroicas proezas á las generaciones que les suce- 
dieron, ejemplos asombrosos que imitar, sublimes actos 
de abnegación que enaltecer. 



sos poetas de aquel tiempo. El autor de la Arcadia prodigóle elogios 
grandes, que á algunos parecieron de sobra encomiásticoSf y alabaron 
también sus altos hechos Garcilaso de la Vega y Gutiérrez de Cetina. 

(i) Puede verse este nombramiento en los Hechos de Sancho de Avila, 
publicados en 1713 por Jerónimo Manuel Dávila y San Vítores. 

(3) Cuando aún no cumpliera 60 años, falleció en Lisboa, de resultas 
de una coz de un caballo, el afamado maestre de campo. 



'-'-«^^g^&.oo.. 




CAPÍTULO VII 



Ií>i.trüt;cionef del R«y Católico para contuiUtar Us ÍsUí Aiot^í.— -Tfib^- 
(t/s áf Don AntoDio en. Francia é loglaierTii.^ — 'Coiinsíoiii ijue recibió el 
coh le Chaste.^ — Aprestos hechos en Lisboa j>or orden d^l mo- 

lí**' I— Salida de la escuadra matidada por A marqués de 

íi;>í,.„ _, ..^. —Su arríbt> a la isla de San Miguel.— Recon olí luieii tus de 
la uí'A Tercera. — Inlí ni aciones de rendición. — Desembarque en ei pnct- 
lo de bs Muelas, — M^rclíJ de los fraocese* íl ptintn atJcado.^-Asalta 
de las postcione^ qne ocypjbjn. — Combate: eacÉirnÍEodo délos de Hspfl'- 
da contra lné tropas de Ctiaáte, — ^Lle^sda tardía de lus portugueses acau- 
dilUdca por Maouel de Silva. — Prepíjr^üivos de franceses y portugue- 
sa para ÚAT nn at^iqu^ vigomsti^,— Hüidíi áe los lusitanos.-— Eettradj 
de h'is franceseíi a la monkiñá de Guadalupe. — Entrada de loí espíti^o- 
|«i en An afra --^Negociación es con ei £onienda:dor de Chante, — Cupíúi- 
bcfón iif; la* tropas francesas. — Expedición de Don Pedro de Tokd^í 
pat ! 1 iÜM del F-ay al. —Sentencia dictada por el auditor geoe- 

fjij o y armada.' — -Captura y muerte de Manuel Je Silva. — 

Osii.; -j ..p.j-ucstús a ütras personas que se d^Minguierün contra el rey 
jp«lipe.— ^Bmbarc^ue y marcna de los franrt:ses a su patria. — ültiiiiai 
disposiciones de Don Alvaro de Bazán^^Elegreso de la escu;idra á Mi- 
paiia,^»Nu£Vfts tentatívat del Prior de Cratú 




U012KIX) el rey Felipe activar los aprestos para 
' una nueva y poderosa expedición marítima des- 
tinada á señorear las islas Tercera» el Fayal 
y Sviü Jorge, que aun se mantenían por el Prior de 
CratOi en el punto de emprender su viaje de regreso 
á CastEla, dictó instrucciones extensas preceptuando la 
forma en que habían de hacerse los preparativos para 
que ta armada y gente de guerra estuviesen dispuestas 
en fines de marzo ó en los comienzos de abril de 1583. 
Según los consejos del marqués de Santa Cruz, aper- 
cibíanse mayoftis elementos que el ano anterior, tanto 



2/2 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

respecto al número cuanto á la calidad de los buques y 
al efectivo de las tropas, porque no quedase á merced 
de circunstancias imprevistas 6 de pura fortuna el suce- 
so favorable de la jornada. Tratábase, pues, de adere- 
zar 6o navios, que habían de juntarse en las costas de 
Portugal y España, provistos de gente mareante reco- 
gida en la Península y en la ribera de Genova, y de 
reclutar 20.CXX) hombres que acudieran á embarcarse 
cuando llegara el momento preciso. 

Comunicó el Rey á Don Alvaro de Bazán órdenes 
concretas, encargando la mayor diligencia, á fin de que 
antes de concluir el mes de abril se hallase la expedi- 
ción en el archipiélago de las Azores, precediendo allí á 
la armada que se aprestaba en Francia, y no dando tiem- 
po á los isleños para que aumentasen la natural fuerza 
defensiva del territorio con reparos y obras que hiciesen 
más difícil su expugnación. 

En las instrucciones dadas al jefe de la escuadra, 
consignábanse en tres documentos distintos, expedidos 
con fecha 10 de febrero (l), cuantas prevenciones con- 
venían para reunir y disponer las naves, vitualla, artille- 
ría, bastimentos de todo género, maestros, pilotos y ma- 
rineros que eran menester. Recomendábase á Bazán que 
hubiese buena corresjx)ndencia y conforrftidad entre la 
tropa y la tripulación de los buques, igual que entre la 
gente de España y la portuguesa y de otras naciones, de 



(f) Estos docamentos son los sigaientes: 

x.^ Instrucción reaL al marqaés de Santa Craz para la jornada de la 
isla Tercera. 

1.^ Instrucción real al marqués de Santa Cruz sobre libranzas de di- 
nero, provisión de vituallas, disciplina, etc. 

3 ^ Instrucción real al marqués de Santa Cruz para la jornada de la 
Tercera. 

Están firmados por el Rey en Lisboa, y se hallan en la Colección Na- 
varrete, tomo XLI. 



í 



DORANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 2/^ 

manera que á nadie se Infiriesen injustificados agravios y 
molestias; y asimismo expresaba Don I'^elipe su deseo de 
que entre la gente de las naves y la de las galeras surtas 
en Ja ría de Lisboa hubiese también perfecta amistad^ del 
propio modo que entre todos aquellos y los naturales del 
país. 

Tocante á la ejecución de la empresa, prevenía el rey 
que, al llegar á las Azores, se recogiesen en los barcos 
los 2.400 soldados que presidiaban la isla de San Miguel 
á las órdenes de Agustín Iñiguez, excepción hecha de los 
que fueren precisos para guarnecer el castillo de Punta 
Delgada. Y si hubiese en los mares del Archipiélago al- 
guna armada, ó navios de Francia é Inglaterra, debía el 
marqués de Santa Cruz salir inmediatamente á su en- 
cuentro para deshacerlos, bien con toda la gente á bordo, 
bien desembarcando antes Don Lope de Figueroa con la 
tropa necesaria para tomar la isla Tercera. En otro caso, 
queria el soberano que Bazán saltase á tierra para dirigir 
por sí mismo las operaciones en la isla rebelde, dejando en 
la flota la gente indispensable para custodiar los buques. 

A todo esto había de preceder el empleo de medios 
de persuasión para alcanzar, si era posible, la obediencia 
de aquellas regiones oceánicas sin apelar al empleo de la 
fuerza. 

Para la eventualidad de que la escuadra española en- 
contrase algunos navios corsarios con gente destina- 
da á defender las islas, ordenaba el rey Felipe que se 
usara con ellos el mayor rigor, dando muerte á cuantos 
hombres, empleándose en ese oficio, hubiesen cometido 
robos ó asesinatos, y que en todo caso se aplicara la 
última pena á los que acaudillasen las naves. 

Disponía además el monarca, que se ahorcase á to- 
dos los extranjeros, franceses é ingleses, que se cogie- 

TOMO II 18 






274 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ran en las islas rebeldes resistiéndose con las armas en la 
mano, y que se dejara con vida y otorgase partido á los 
que, sin defenderse, quisieran desamparar el Archipiéla- 
go. Y, de igual manera, mandaba observar benignidad 
con los naturales que se sometieran pacíficamente, cui- 
dando, sin embargo, de poner presos á los frailes que 
hubiesen predicado con insolencia y excitado á la rebe- 
lión. Anhelaba el rey que no se saqueara la villa de La 
Playa, en caso de que los isleños viniesen á concierto, aun 
después de haber peleado los de España para ganar las 
trincheras dispuestas con objeto de impedir el desembar- 
co; y comprendiendo que sería forzoso emplear todos los 
rigores de la guerra en la ciudad de Angra, si se entraba 
en ella por asalto, recomendaba que de todos modos se 
reservase del saco á las iglesias y monasterios. 

Mientras esto sucedía, trabajaba Don Antonio en 
Francia é Inglaterra para obtener auxilio con que fácil- 
mente podrían ponerse en buen estado de defensa las 
islas que por él se mantenían, y bien que hallase algunas 
dificultades, que eran natural consecuencia de los pasa- 
dos desastres, y que no recibiera la entusiasta protección 
que antes se le dispensara, alcanzaba todavía muy eficaz 
ayuda de la madre de Enrique III, quien conceptuaba de 
sumo interés la conservación de la isla Tercera, desde 
la cual podrían ejecutarse importantes empresas. 

Estimulada Catalina de Médicis por el odio que te- 
nía á Felipe II, no vaciló en dar crédito á los intormes 
del Prior de Grato, el cual aseguraba que podría soste- 
nerse con el socorro de I.OOO franceses, contra las fuer- 
zas del monarca de España, que no excederían de 5 ó 
6.000 hombres; pues agregando aquella gente cuyo auxi- 
lio demandaba, á 6 ó 7.000 portugueses, mandados por 
el conde de Torres Vedras, y á 500 franceses, resto 



nURAXTE ÉL RHIÍNADO BE DON FFUPÉ U ^J^ 

dtí la expedición de Sívqz¿í^ c^ue habían quedado en el 
el archipiélago bajo la dirección dd capitán italiano Bau- 
tista Scrichi y del sargento nriayor Carlos de Bordeaux, 
habría lo bastante para rechasíar los ataques de los cas- 
tellanos, mííxinic cuando eran muy notorios los obs* 
tá culos que Sé ofrecían para abordar ]a isla 7 ercera^ que 
sólo podía ser entrada por tres puntos, de muy buena y 
segura defensa (l). 

Fían do j pues, la reina madrea más de lo que debiera, 
en las exageradas promesas de los emigrados lusitanos, 
y habiendo vencido !a resistencia que oponía el rey En- 
rique llí á aventurar gente francesa en nuevas y arries- 
gadas empresas, dió al comendador de San Juan^ Aymar 
de Chaste^ ó Chatres, gobernador de Dieppe y primo 
hermano del duque de la Joyosa, la orden de que, con 
I.200 franceses y 400 ingleses (organizados en nueve 
compañías de infantería, pasara á las islas Azores con tí^ 
tulo de general de aquellas tropas y de las que había den- 
tro del Archipiélago. Recelando el comendador que no 
fuesen exactas las afirmaciones de Don Antonio y sus 
parciales, solicitó de Catalina de Mediéis que le permitie- 
se reconocer personalmente el estado de las cosas, para 
que así, depurada la veracidad de los informes, pudiera 
enviarse una expedición acomodada á la naturaleza deí 
efecto que había de cumplir. Pareció acceder á ello ia 
reina madre; mas la noticia de que el ejército español 
íístaba á punto de embarcar en Lisboa, obligó á pres- 



tí) «Viaje deL cDQiendadof de Chaste á la isla Tercera*. Está escrito 
pajr un testigo ocular de los K-í^hIics que narra, que se sapone sea el mismo 
comendador* v fué publicado en la *Kebtíon de divíírs voyages cu.rieux>, 
por Melchísidcc Thevcnot, impresa en el año 1696 en París, Traduci- 
do al portngaes» lo publicó Ju*ie Torres en i8^ó en d vchimcn XIIT del 
Piínoraitm. Lci inserta ta ni bien el tomo II del Anhiu} dos Azores, im- 
preso en Punta Delgada. 



2^6 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

cindir de toda precaución, y en su consecuencia zarpó la 
flota del puerto del Havre el día 17 de mayo de 

1583(1).- 

Es de advertir que, recordando sin duda los fran- 
ceses la terrible desgracia sufrida en el verano de 1 582, 
y con el temor de que los que marchaban entonces 
pudieran perecer en el cadalso, de la misma manera 
que los caballeros y soldados de la armada de Strozzi, 
degollados y ahorcados en la plaza de Villafranca, no 
se presentaban ya como simples aventureros, sino que 
iban provistos de despachos y cartas del Rey, que daban 
carácter legal á la empresa. 

Demás de las instrucciones verbales, comunicaron 
otras por escrito el monarca francés y la reina madre 
al comendador de Chaste señalando el verdadero objeto 
de su viaje. En ellas le encargaban que atendiese á la 
conservación de las islas Tercera y del Fayal con pre- 
ferencia á todo, y le prohibían expresamente que hiciese 
tentativa de ningún género contra los territorios perte- 
necientes á los reinos de España y Portugal. Para el caso 
de que, durante la navegación, encontrase buques de las 
flotas de las Indias ó de otras regiones, se mandaba á 
Chaste hacer lo posible para capturarlos, siempre que 
con ello no retardase su llegada á las islas. Y si apresaba 
algunos de esos bajeles, debería conducirlos á la Tercera, 
y enviar á sus Majestades el oro y plata ú otras merca- 
derías preciosas que llevaran á bordo, con objeto de em- 
plearlos en nuevos armamentos (2). 

(x) «Viaje del comendador de Chaste ala isla Tercera». «Relatioos 
de divers voyages curieux», tomo II, parte IV. — Forneron, Histoire ¿ir 
Philipe IL 

(3) Estas instracciones se conservan originales en un manuscrito exis- 
tente en la Biblioteca nacional de Paris. Refiriéndose á ellas, dice Forne> 
ron que la conducta de Enrique III en aquella ocasión era casi tan des- 
dorosa como sus desautorizaciones del año anterior. 



DURANTE EL REINADO DE DOÉÍ FEUPE U 2/7 

Desembarcó Chaste ea Angra el día 1 1 de junio, 
siendo recibido y aclamado con demostraciones de popu- 
lar alegría. Con activa diligencia empegó seguida mente 
á fortificar, guarnecer y artillar la costa^ enviando ade- 
más á la isla del Fayal al capitán Carlos de Bordeaux 
con cuatro compañías de franceses y una de ingle- 
ses ( 1 ). 

Entretanto, habían ido llegando al puerto de Lisboa 
multitud de velas y gente de pelea ^ destinadas á la ex- 
pugnación de las islas rebeldes, y como la jornada pre- 
cedente había sido de mucho riesgo, procedióse entonces 
con suma cautela* Sensible fué que, según se propusiera 
Don Felipe, no pudiera apercibirse la flota para darse á 
la vela en el mes de abril j con Jo cual habrían los caste- 
llanos tomado la Tercera sin dificultad alguna, resultan- 
do estéril la expedición del comendador de Chaste; pero 
aunque los apremios del Rey fueron grandes, y extraor- 
dinaria la actividad que desplegó Bazán, no se halló todo 
dispuesto hasta muy entrado junio. En los promedios 
del mes estuvieron fondeados en el Tajo cinco galeones 
poderosos, dos galcay.as, doce galeras, treinta y una na- 
ves gruesas de diversas provincias y nacionahdades, 
doce pataches, quince zabras, catorce carabelas portu- 
guesas y siete grandes barcas chatas, que habían de 
emplearse en desembarcar la infantería» juntas con otras 
veintidós que para el mismo efecto se conservaban en la 
isla de San Miguel. Componíase, pues, la armada de qS 
bajeles, provistos de chusma y marinería, bastimentos 
para cinco meses y cuanto era necesario al menester 
de la considerable expedición* 

Estando ya todo á punto ^ se embarcaron veinte 



U] >VÍ3Je del comeadMur ¿e Chiste á U isk Tercera n. 



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GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



banderas del tercio de Don Lope de Figiieroaj con 
3.741 soldados; doce del de Don Francisco de Bobadi 
Ua, con 2.0S4; quince del de Donjuán de Sandovalj cun 
1.525; cuatro del regimiento de alemanes que acaudilla- 
ba el conde Jerónimo de Lodrán, con I.500 hombres; 
tres compañías de italianos mandados por Lucio Pión áte- 
lo, con 214; una compañía de portugueses á las orden trs 
de Don Félix de .-Vragón (l), y muchos caballeros parti- 
culares con sus pajes y criados. Ascendía, pues, la gente 
de guerra á S.841 combatientes, en su mayor parte tropa 
escogida y bien disciplinada; y como la gente mareante 
se elevaba á 3.825, y no eran menos de 2.700 los. rema- 
dores de las galeras y galeazas, pasaba de 15-OOO hom- 
bres el efectivo de la fueríía expedicionaria (2). Casi to- 
dos los capitanes eran muy conocidos y celebrados 



(i) Los hidaluos y caballeros portugueses que se ofrocieron i servir 
cu. aquella jornada, repugnaron el ir mezclados en las coiupauías con los 
caátelbrioí. E(x 5ü virtud se le^ junto en un^ coiiipaniíi, mandada por d 
capitán Dan Fclix de Aragón. Carla del marques de Santa Cruz al Rey» fe- 
cha en Lisboa á iS de i unió. Colección Sans de B^trutelL art. 4» nüin^oSfi. 
(:) Para formar este resumen htímos tenido prnicipaJíiieiite ett cueuiü 
la ^Relación dej estado en que va el átmada, que se ha juntado este ain 
en el puerto de la ciudad de Lisboa pata la eiüpre^a dü la isla Tercera, 
de que es capilíin general el marques de Santa Cruz>^ qne insertamos ín- 
tcgra en el Apéndice núm. i9> y la »Kaion de !:i infantería española é 
italiaiva y alemana qtie se embnrcíi en Uis nnvei desla firmada del uño de 
i<)8^:», inserl.i ^n el Apéndice ni'iin. 20. La primera relaLMon exprés jI 
pormenor los nombres de los bajeles y de sus CJpi tañes ó niaesttes, con é?E 
tonelaje de cada uno de aqut^Uos y el efeütivo^ pur separado, de Li geole 
de remo^ dtí mar y de j^uerra qne llevaban á bordo; y la segunda expresa 
las compañías de cada tercio, Ins üombres de sus capitanes y la tropa 
qufs cada una de ellas tenia, existiendo aaierdo entre la$ cifras totales Je 
ella V las que iip:tr¿rccn en el resumen de la primera relación. 

Coma puede suponerse que estos doLtimenttjs fuerú^ti redactados el 30 
de junio por persona qno tuvo á su cargo el tomar mueMra geneirat á todj 
Id gente, según se desprende de una carta de Bazdn al Rey, fecha el j8 
de aqitel mes. nos híi par^^^ido bitiu atribuirles eompietu crédito^ cabien- 
do imaginar que á elloí se refirieron otras relación es, cuyos dalos se Ji- 
fercticiíin iiiny poco de lo^j que hemos apimlador 

En la ^Relación de la jornada, expugnaclün y conquista de la i>l^ 
Tercera y las demás circunstancias, que hizo Don Alvaro de Bazán, mar- 
qués de Éanta Cru;, eomcndadtjr mayor de Lton y Ciipitán general J^ 
Sus MajeatadeSj eto, que se baila manuscrita en la Bibliotec^t nacional 




DtmANTK EL REINATX) DE DON FELIPE 11 279 

por SUS servicios en Italia y Fhndes: iban allí famosos 
marinos como Juan Martínez de Recalde, Miguel de 
Oquendo y Don Cristóbal de Eraso; entre los jefes so- 
bresalian por sus merecimientos y altas funciones Don 
Lope de Figiieroa, maestre de campo general, Don Fran- 
cisco de Bobadilla, el conde de Lodrón y Don Juan de 
Snndoval, hijo segundo del marqués de Denia; y en 
eí séquito del marqués de Santa Cru^ figuraban caballe- 
ros tan principales como Don Jorge Manrique, veedor 
general de la armada y del ejército, el licenciado Cris- 
tóbal Mosquera de Figueroa, que ejercía el cargo de 
auditor, Don Juan de Benavides y Bazán, canónigo de 
í^alamanca y administrador del hospital formado en la 
escuadra, Don Pedro de Toledo, marqués de Villa franca 
y duque de Fernandina, Don Jerónimo de Borja, hijo 
del duque de Gandía, Don Diego de Hazán, Don Alón- 
so ídiáquez, Don Julio Manrique y Don Mugo de Monea- 
da, hijoSí respectivamente j del general de la armada, del 
famoso secretario del Rey, del duque de Nájera y del 



de Madrid, F^ tS, fbL 4Í1 y siguientes, en I» Colección Sans de Barutell. 
arl. 4, uúm. "joi y ColíJcción NavíirrelcT tomo V, nnm. i, que debe 
creerse hecba por el rnismo jefe de ]& armada * se dice que íKín á bordo 
S.976 infantes espaAoles^ Rlemanes^ italianos y portugueses: que la gente 
de mar constaba: de ].Si; luanneros, y que en total había 13.791:) 
hombrea, demás de 50 caballern* particulares y 86 entretenidos. Coiuo 
etJ esta relación uo se toma eu cuenta la gente de reiuo^ resulta próxi* 
mámente igual el efectivo qne dsigua para La gente de á borda á la que 
expresan las relaciones anteriores que b«nio« tenido principalmente en 
consideración. 

De estos datos discrepan algo I05 contenidos en la «Relación de los 
bajeles de diversas suertes y gente de mar y guerra que van en la armada 
de S. M, á la cmpre^ia de las islas de Iíí Tercera» de que va por capitán ge- 
neral el marquesa de Santa Cruz* etc^»» que exiSle en la Biblioteca de 
Ajuda en LisK}a, Syuíni icU htsit., tomo IV, fol. 2n, y en la Colección 
Saladar d¿ la Academia de la Historia, núni, t, y íistá impreca en el tijmo II 
del Archivo düs AfOr^s. pAgs* aao y asi. Según esta relación, los marine- 
fes ascendían á 4.168 y la tropa á 10,98^ saldados. 

Y también djtlerc algn de lo ya dicho la c Relación de navios, gente 
de guerra y marineras que sirvieron en la arrnada», inserta en el Dj^fiú 
^füf>era¿^iúni*s de Lassota de Steblovo. Conforme á esta reí ación ^ la flota se 
cQiuponia de 98 buques con lúato m^iriaetos y soldados. 



28o GUERRA DE AííKXlÓN EN PORTUGAL 

conde de Aitona, y otros muchos personajes más, na- 
cidos en dorada cuna, y por lo general gente moza, 
á quienes alcanzaba el deseo de afirmar su fama 6 de 
enaltecer su nombre y el lustre de su apellido, pelean- 
do en lid honrosa bajo la dirección de guerrero in- 
signe ( I ). 

Dispuesto ya todo para la salida de la escuadra, en- 
vió el rey Felipe nuevas órdenes al marqués de Santa 
Cruz, reiterándole con el mayor encarecimiento que, en 
primer término, procurase atraer á los habitantes de la 
isla Tercera y de las demás rebeldes por medios de per- 
suasión, ofreciéndoles perdón general y seguridad en su5 
personas y haciendas si se reducían á la obediencia, y 
permitiendo también salir libremente con armas y ropa*í 
á los soldados franceses y otros extranjeros, á los cuales 
se daría asimismo embarcación para desamparar las islas, 
si de buena voluntad entregaban los fuertes que tuviesen 
en su poder. Y sólo cuando estas tentativas de con- 
cierto, que importaba poner en efecto utilizando los ser- 
vicios de algunos religiosos ó naturales de la comarca, 
no alcanzasen buen suceso, se habría de recurrir á la? 
armas, haciendo saber á los defensores que, pues toma- 
ban el fuego y el cuchillo con sus manos, todo el daño 
que pudiera sobrev^cnirles sería atraído por su culpa, 
«pues es claro, decía el Rey, que si tras esto se pusieren 
en resistencia y se entrare por fuerza de armas, no se 



(i) La narración de las personas particulares que iban en la armada. 
está minuciosamente expresada en la Colección Sans de Banxtell, art. 4. 
núm. 638, en la Colección Navarrete, tomo XLI y en la «Relación de 
los bajeles de diversas suertes y gente de mar y guerra que van eo la ar- 
mada de S. M. á la empresa de la isla Tercera, de que va por capitán ge- 
neral el marqués de Santa Cruz, etc.» 

Lassota de Steblovo señala también en su Diario de operaciones los 
nombres de las personas principales que tomaron parte en la expedición 



DURANTE EL REINADO DC DON FELIPE U 2Sl 

podrá excusar que pasen por las leyes de la guerra que 
tan merecidas tendrán >. 

Como para efectuar el desembarco eran necesarias las 
galeras, expresaba d monarca la conveniencia de que en 
nmgún caso quedaran en la travesía A re tag^u ardía de las 
naves, y que, si por calmar el viento ú otra circunstan- 
cia, acortaban los buques de vela la velocidad de la mar- 
cha, no deberían perder las galeras una hora de tiempo 
para llegar á sitio donde pudieran mejorarse y fondear, 
pues en tal golfo y tan procelosos mares, lo mejor era 
pasarlos presto, aunque después hubiesen aquéllas de 
aguardar al resto de la armada en el puerto de Villa fran- 
ca ú otro surgidero de la isla de San Mi^iel. 

F'elipe II recomendaba á su general que ante todo 
emprendiese la conquista de la Tercera, por no dar 
ánimo á los habitantes de ella, ni entibiar eí de los 
soldados espafíoles' pues unos y otros podrían atribuir 
á flaqueza el retrasar lo que era más importante y di- 
'fícil. Pero esto no había de ser obstáculo para que, sí 
los vientos echaran la escuadra sobre cualquiera de las 
otras islas rebeldes, se la allanase sin perder momento, 
para que la conducta que allí se observase sirviera de 
ejemplo á los defensores de la Tercera (i). 

Luego que las naves, galeras y barcos de todas cla- 
ses se hallaron en orden, y estuvo á bordo Ja gente de 
guerra y mar, dictó el marqués de Santa Cruz las ins- 
trucciones oportunas para el gobierno de la expedición, 
señalando las reglas disciplinarias que rigorosamente 
habían de observarse, y determinando las precauciones 



(i) * lastruiTcion real 3Í marqués de Santa Cvüz pjra su gobierno en 
Us círcunM:iacía!> de b jornada», ñrmada en Sun Loren::^) á 6 de junio de 
i^Sl. Colección NüVisrrete, tomo XLL 



í&t GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

y conducta que» Jgual durante la navegación que en caso 
de pelea, deberían cumplir los capitanes, n\aestres y edu- 
cíales á cuyo cargo iban los bajeles ( t ), 

Por último, después de recibir la visita del cardenal 
ai"chiduqijc Alberto y del duque de Gandía, zarpó la es- 
cuadra e! dia 23 de junio, tendidas las velas, con sere- 
nidad de mar y cielo, y la imponente gallardía que parece 
precursora de favorables éxitos. Al desembocar delTaio 
la última nave, que era una de las de Ragusa, llamada 
Sania María dd Socúrro^ tomó el canal de San Julián. 
por donde creyó el piloto portugués que podría salir con 
mayor facilidad que por el canal grande, en que se habían 
metido los demás buques de la armada; mas por arrimar- 
se mucho á la punta del castillo, tocó en un bajo é^ 
Los Cachopos y perdió el timón, teniendo que volver al 
puerto. Iba en aquella nave la compañía de Don Miguel 
de Cardona con I 50 soldados, á los cuales embarcó X^^^ 
Alonso de Bazán en dos galeras, que hizo salir sin demo- 
ra, por si podían alcanüar al marqués que aún andaba s^* 
bre Cascaes (2). Fué infructuosa la tentativa, y regresn 
aquella gente á Lisboa esperando ocasión para irse á 
juntar con la armada (3). En uno de los días siguientes 
faltó también el timón á la nave genovesa Santa Maria 
de la Costay y como no fuera posible remediar el daño 
prontamente, se embarcó en los pataches la fuerza que 



(i) «Instrucciones del marqués de Santa Cruz al ejército y armada de 
su mando». (Mosquera de Figueroa, «Comentario en breve compendio de 
la disciplina militar, en que se escribe la jornada de las islas A2ores>). 

(2) Carta de Don Alonso de Bazán al secretario de guerra Juan Del- 
gado, fecha el 23 de junio de is%%. Colección Sans de Baruiell, art. 4 
núm. 689. 

(3) Carta del duque de Gandía al Rey, fecha en Lisboa á as de juni/^ 
Colección Sans de Barutell, art. 4, núm. 691. 



DURANTE EL REINADO DE DOPÍ FELIPE U 283 

llevaba á bordo, regresando á Portugal la averiada 
nave (l). 

Con arreglo á los dcstios del Rey y A líis convenien- 
cias de la expedición, á los tres días de salir de Lisboa 
ordenó el marqués de Santa Cruz que las doce gale- 
ras de España, guiadas por el capitán Díegn de Medra- 
no, navegaran independientemente. Siendo muy veloces, 
arribaron á !a isla de San Miguel el día 3 de juJio y fon- 
dearon en Punta Delgada mucho antes que los demás 
buques de la armada, con los cuales no quiso Don Alva- 
ro emparejar las galeras, temiendo se levantase algün 
témpora! que causara á éstas grave percance {2). 

El 7 de julio díó vista el grueso de la escuadra á la isla 
de San Miguel, y como la calma unas veces y los víen* 
tos de tierra otras, impidiesen acercarse á la costa para 
fondear en lugar seguro, anduvo la armada bordeando en 
una y otra dirección hasta que el día 13, después de re- 
coger la nave capitana á todos los buques de la flota, 
pudieron surgir ocho bajeles en Vil la franca, y los restan- 
tes en Punta Delgada. Por mandato del marqués se 
adelantó en una falúa Don jorge ^lanrique^ veedor 
general del ejército y armada, con objeto de tomar 
muestra al tercio del maestre de campo Agustín Tñi- 
gue/, que, según se ha dicho, guarnecía la isla de San 
Miguel, y prevenir su embarcación en las doce gale- 



(il ^Etelíición de la fornida, eítpiíg nación y coaqüísta de \a isla Ter- 
cera^ eli:.* M?. Bib. n^c. de Madnd, F. 18, foí. 413 y siguientes. 

fí) Las düctí galenis eran, íil decir de t 'obrera, Herrera y Mosq;i«ra 
de Figücroa^ bíijeles brgo^, myy celosos, y en reSÉ>lncióri poco adecuados 
y s<.^guros para surcar i^l Atlántico, si:»bre cuyas altaj ondas parecía teme- 
ridad ^Made aveatnrar tan Vítcilaiites embarcaciones. 

Asi fyf explica que. ííegím afirma Franchj CoíHíStaggio, fuíse ^qíieUa 
la i?ez príJitiTia que su arriesgaran barcos de semejante traza á navegar 
por el Océano, lejos de \r costa. 

Puta f^cilíur la nav^íga^ión^ se pusieron mástiles en las popa$. de la& 
^ali^ras^ con objeto de que pudiesen pasar con más seguridad el golfo de 
¿>s Yeguas, Así lo áwc Lassot^ de Steblov-^ en su Dütrw de úpcmíiorifs , 



'^^mw 



284 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ras de España y varias pinazas que allí había, al mis- 
mo tiempo que se aprestaban la artillería, municiones 
y pertrechos con el servicio de maestranza, carros y 
muías, y se disponían las barcas y cuanto era menester 
para echar la gente en la isla Tercera. 

Con estas acertadas resoluciones pronto se halló to- 
do apercibido para emprender la conquista de las tierras 
rebeldes; mas, por haber tenido vientos contrarios, fué 
preciso demorar la partida hasta el día 22 de julio, en 
que pudo el marqués hacerse de nuevo á la mar, llevando 
bajo su conducta más de ICO bajeles de todas clases con 
unos 1 1.500 hombres de pelea (á que ascendía el número 
de las tropas, contando los 2.300 infantes que se hallaron 
en la muestra tomada al tercio de Iñiguez de Zarate), 
poderosa artillería y mucha cantidad de vitualla. Ende- 
rezando el rumbo á la isla Tercera, se puso la armada en 
la mañana del 24 sobre la villa de San Sebastián, cuatro 
leguas al levante de Angra, donde había lugar adecuado 
para el desembarco (l). 

Al aproximarse á tierra el marqués de Santa Cruz, 
pudo advertir que no era la empresa tan fácil como 
él tenía entendido, porque la defensa estaba bien dis- 
puesta, y el comendador de Chaste no había perdido el 
tiempo desde su llegada á la isla. Observando las cosas 
en muy distinto estado del que Don Antonio expusiera 
á la corte del Louvre, porque ni era cierto que en 
todo el contorno de la isla hubiera solamente tres lu- 



(i) «Relación de la jornada, expugnación y conquista de la isla Ter- 
cera, etc.». Ms. Bib. nac. de Madrid, F. 18, fol. 415 y siguientes.— Car- 
ta de Don Jorge Manrique al Rey, fecha el 10 de julio de 1588, avisando 
la feliz llegada de las galeras á Punta Delgada. Colección Sans de Baru- 
tell, art. 4, núm. 603. — Herrera, Historia de Portugal y conquista de las 
islas Aforesy lib. IV. — Franchi Conestaggio, Unión de Portugal á la co- 
rona de Castilla j lib. X. 




DURANTE £L RELVADO DE TíON FELIPE [[ 28? 

gares apropiados p<ira el desembarco^ ni tampoco que las 
defensas y reparos construidos cumpliesen el objeto de 
inipedir el acceso á los españoles, arregló el jefe francas 
la resistencia aventajadamente, remediando con buena 
industria Jas faltas que notara, Y de esta suertej tal maña 
y diligencia empleó, que pronto, merced á su actividad y 
pericia^ se edificaron, artillaron y proveyeron con abun- 
dancia hasta 31 fuertes de fábrica y otros 13 de faginas, 
unidos por largas líneas de trincheras^ donde no menos 
habla que 293 piezas de gruesa artillería destinadas ú 
conservar la costa meridional, que era la única expuesta 
á los ataques. Paree ién dolé también al comendador que 
la tropa armada de la isla no merecía bastante confían- 
za, por su corto número ú escasez de condiciones guerre- 
ras, resolvió que permaneciesen en aquellas aguas las 
naves que había traído con su expedición (i), tanto para 
aprovechar en la defensa Ja gente de mar que no fuese 
absolutamente necesaria á bordo ^ cuanto para formar con 
los barcos una barrera que cerrase la bahía de Angra (2). 
Mezclando las tropas francesas con las isleñas y portu- 
guesas, cuidó Mr, de Chaste de fortificar y guarnecer 
todos los sitios por donde pudiera la isla ser entrada; y 
entendiendo que un lugar inmediato á La Playa era el más 
peligroso, lo ocupó con 40a franceses y un número pru- 
ximamente igual de portugueseSj estableciendo allí su 
cuartel general (3), con do buenos jinetes encargados de 



(i) La fue^a naval que condujera Chiste, consistía en is bájeles de 
di sünUs clases^ señalados e a el Apéndice nú nj. 9 3^ donde aparece tam- 
bién la relación de lus fuertes de la h\3 y su armauíento. 

(i) «Viaje del comendador de Chaíttí ¿ la i^b Tercera», ('Rel^tions 
de divers voy ages curieux», por Melchiiedec Thevenot). 

Í5) Scgüu una descTipciüij de aquellos sucesos, la vílb de La Playa ks^ 
taba situada en no a gran cn^en^ida, capaz de contener a.ooo navios, cí^j 
un arenal que no ofrecía el menor riesgo para un desembarco durante ^i 
verano. («Relación de la expedición del comendador de Chast& á la isla 



286 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

recorrer la costa y avisar de cualquiera novedad que 
advirtiesen (l). 

Sin duda alguna, los elementos allegados seríaa 
bastantes para rechazar toda agresión, si las fuerzas de 
diversas naciones que mandaba Chaste fuesen gente 
aguerrida; pues, aunque excediese algo de la realidad la 
cifra de Q.OOO soldados, naturales y extranjeros^ que se 
cita en el parte oficial de aquellos sucesos, y que fué 
puesta en noticia del marqués de Santa Cruz por un 
jinete del ejército lusitano, había cantidad de tropa sufi- 
ciente para que, reforzada con la natural aspereza de la 
costa y las trincheras construidas en los lugares de más 
riesgo, pudiera rechazar á los españoles en operación de 
suyo tan expuesta á aventuradas contingencias, como es 
un desembarco ante enemigo apercibido y valeroso. 

Felizmente para las armas castellanas, si los soldados 
franceses é ingleses eran buenos para la pelea, no suce- 
día lo mismo con la allegadiza hueste isleña, de cuya 
eficaz asistencia tenía hartos motivos para dudar el co- 
mendador de Chaste. Y aún dificultaba más la situación 
el carácter díscolo del gobernador portugués Manuel de 
Silva, muy acomodado para inspirar terror á los pacífi- 
cos habitantes, pero muy poco apropiado para gobernar 
con acierto y secundar las disposiciones del experto 
caudillo francés. Y como, por otra parte, el Prior de 
Crato, desconfiando quizás de las intenciones de Catalina 
de Médicis, dictaba órdenes encaminadas á que no se 
permitiese que los franceses ocuparan ciertos puntos im- 



Terccra en mayo de 1583», que se publicó en los Archives des toyages^ por 
H. Ternaux Compans, tomada de un manuscrito español existente en !a 
Biblioteca Real de París) . 

(1) «Viaje del comendador de Chaste á la isla Tercera>. En el Apéndi- 
ce núm. ai se inserta la distribución de fuerzas hecha por el jefe francés. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE 11 28/ 

portantes, pronto surgieron rivalidades y disensiones en- 
tre Chaste y SÜva, que habían de ser sumamente fa^^ora- 
bles para la causa de España (i). 

Por dar lugar á la clemencia y evitar efiisií3n de san- 
gre, envió I3on Alvaro á tierra al entretenido portugués 
Manuel González R abe lo acompañado de un t rompe ta, 
coii encargo de ofrecer perdón general á los isleños si 
prestaban obediencia al Rey CatólieOí y de prometer á 
los franceses y demás extranjeros la salida Ubre de la is- 
la con armas, banderas y equipajes, concediéndoles para 
ello las embarcaciones necesarias, si de propia voluntad 
entregaban los fuertes y otras posiciones que á su cargo 
tenían. Desconociendo las leyes de la guerra, dispararon 
los enemigos sus cañones, arcabuces y mosquetes contra 
la barca que conducía al parlamentaria, quien difícil- 
mente pudo retirarse en salvo (2}; pero el marqués de 
Santa Cru¿, porque nunca se le tachase de haber proce- 
dido con falta de circunspección , t<xiavfa envió con igual 
cometido á dos espías portugueses que fueran presos en 
la isla de San Miguel. Xo tu\"o, sin embargo, mejor efecto 
esta nueva tentativa de concierto, según lo demuestran 
los siguientes datos que aparecen en la relación de aque- 
llos sucesos atribuida al caudillo francés: 

* El comendador encontró en el camino (el día 2$ 

de julio) al portugués Don Juan de Castro, que el conde 
(Don Manuel de Silva} le enviara para mandar la com- 
pañía que estaba en La Playa, el cual, de parte del mismo 
conde, le entregó una carta que éste recibiera del mar- 



(1) Herrera» Hithri'a Je Porfu^iily lonqnistii de hs islas Aj^ortj^ li- 
bro rV. — ►Franchi Coaestuggio, Uufon át Púvhigal a Lt fdrortd i/í Cjj//- 
/At, lib. X.— Rcbellü da Stiva, HktüHiX íh Púriíigaí nos séeuloi XVII 
í XV in, iib. I. parte 1, cap. 11, toiuti IH. 

^3) E<^ti d bccho comprobado tn la íiarradón de csXo& suceso^f ííUí- 
baida á Chante. 



288 GUERRA DE ANEXIÓN KN PORTUGAL 

qués de Santa Cruz, general de Ja armada españob, por 
dos portugueses de la Tercera que él tenía prisioneros, 
y que le había enviado á nado con la carta suspendida 
por un cordón al cuello de uno de aquéllos, ya que no 
querían consentir que la barca se aproximase para par- 
lamentar En cuanto el comendador leyó el contenido 

de la carta, la rasgó sin comunicarla á nadie» (l). 

Viendo la repetida hostilidad de la gente de tierra, se 
previno el marqués á ganar por el esfuerzo de las armas 
lo tjue á componer no acertaban los moderados, pero 
insuficientes, recursos de la templanza (2). 

Roconocíase la isla en todo su perímetro con minu- 
cioso esmero: Oquendo y Marolín examinaban los fon- 
deaderos y sitios de desembarque con el acierto que les 
era característico; el mismo Bazán, con algunos ingenie- 
ros y otras personas de su séquito, exploraba la costa 
en sus lugares más accesibles; y maestres de campo, capi- 
tanes y alféreces procuraban inquietar al enemigo, acer- 
cándose de continuo con las galeras y otras embarcacio- 
nes de remo, y haciendo tocar arma de noche por dife- 
rentes parajes (3). 

«Y luego ordenó el marqués á algunos capitanes y 
personas particulares, fueran á reconocer toda la isla. 



(i) «Viaje del comendador de Chaste á la isla Tercera, 1583». 

(3) «Relación de la jornada, expugnación y conquista de la isla Ter- 
cera, eto. Ms. Bib. nac. de Madrid, F. 18. — «Relación délo ocurrido 
en la isla Tercera desde 33 de julio hasta 37 del mismo, is83>. Bib. de 
Ajuda, Symmicta iusit., tomo VII, fol. 69, y Cod. Vat., 818. pág. 346. — 
Lassota de Steblovo, Diario de off raciones. — Franchi Conestaggio, Unión 
de Portugal á la corona de Castilla^ lib. X. 

(3) «Relación de la jornada, expugnación y conquista de la isla Ter> 
cera». Ms. Bib. nac, F. 18.— Qiieipo de Sotoniayor, Descripción de las 
cosas sucedidas en los reinos de Portugal, etc. Ms. Bib. nac, G, 161, fo- 
lio 191. 

En el «Viaje del comendador de Chaste á la isla Tercera», publicado 
por Thevenot, se describen minuciosamente los reconocimientos hechos 
por los españoles en los días 35, 24 y 25 de julio. 



DURANTE EL ROÑADO DE DON FELIPE U 289 

y ^uelJa noche los inquietó, tocando nrma por tres 

partes, y otro día {25 de julio) por la mañana fué á re- 
conocer en persona los desembarcaderos de la isla, lle- 
vando consigo al maestre de campo general y á los de- 
más maestres de campo, y al conde de Lodrón, coronel 
de los alemanes, y á Don Pedro de Toledo, marqués de 
Villafrancaj Don Cristóbal de Eraso, Juan Martínez de 
Recalde y Juan de Urbina, y halló que las dos partes de 
la isla estaban fortificadas y atrincheradas, y con tanto 
número de artillería en los fuertes, que bien pareció estar 
franceses dentro con grandes obras de fortificaciones y 
reparos* Cltro día envió ú Don Pedro de Padilla y á 
Don Cristóbal de Eraso con los ingenieros y otros pilo- 
tos y marineros plátícos, para que tornasen á reconocer 
una parte de ia isla, y asimismo envió por la opuesta 
banda á los maestres de campo y algunos capitanes, y 
no tornó el marqués á ir por estar muy embarazado en 
ordenar la forma de la dcsembarcación y las demás co- 
sas necesarias para la expugnación de la isla, á quien se 
había tocado arma por diferentes partes con bajeles de 

remos * (l). 

Reunidos los datos precisos para formar exacto juicio, 
juntó el marqués en consejo á los cabos del ejército y 
arma da 1 y á las demás personas que por su experiencia y 
conocimientos debían ser oídas; y escuchando el parecer 
de los unos y los otros, y muy principalmente las opi- 
niones de Bobadilla, deí conde de Lodron y de Iñíguez de 
Zarate, á quienes iJazán se proponía diputar para condu- 
cir las primeras tropas, se acordó ganar tierra en la cala 
nombrada de las Muelas^ inmediata á San Sebastián y á 



(1) «Rekciófi de lo sucedido en la bLi déla Tercera, óíí^ác s;^ de pV\o 
hasU 37 áñl mmnot afín t^S^*, Bib. de Ajuda, Symmktü lu^it., tumo VII> 
foi. 69, Cod. Vatic,, 818, pig. 34S. 

rouo u 19 



¿OO GUERRA DE ANEXIÓN EN K>RTUGAL 

unas dos leguas de la ciudad de Angra. Fundábase la 
elección en que la ensenada de las Muelas era bastante 
abierta y capaz para que á un mismo tiempo arribasen 
todas las barcas en que habían de ir los 4.500 hombres 
destinados á ganar la costa. Y aunque el marqués de 
Santa Cruz y algunos capitanes fijaron su atención en 
otro lugar poco fortificado, pareció menos peligroso 
vencer los reparos del arte que la dificultad de la natu- 
raleza; además, estando el surgidero de las Muelas entre 
medias de Angra y La Playa, sitios donde los defenso- 
res tenían el grueso de sus fuerzas, tardaría mucho en 
llegar socorro al enemigo; y de otra parte, las obras de 
fortificación allí erigidas, consistían en una trinchera con 
fuerte á su izquierda de no gran importancia, siendo por 
esto lógico esperar que pudiera efectuarse la operación 
con buen éxito (l). 

Considerando Bazán serenamente el caso, determinó 
hacer el desembarco en la madrugada del 26 de julio, 
pareciéndole que siendo aquel día el aniversario de la 
batalla ganada en 1582, de igual manera que en el año 
anterior había de ampararle la fortuna. Y fué así: la pe- 
ricia que le distinguía y la bizarra condición de su gente 
proporcionáronle también entonces valioso triunfo. 

Mandó Don Alvaro que las galeras diesen cabo á los 
barcones, pataches y pinazas (que por llevar mucha gen- 
te no podrían aprovecharse de sus remos), y mientras 
efectuaban una diversión hacia La Playa dos galeras 
españolas, que cañonearon vivamente el puerto con in- 
tento de engañar á los defensores agrupados en gran 
número, el resto de la armada, en el silencio y obscuri- 



(i) Herrera, Historia de Portugal y conquista de las islas A^fores, 
lib. IV.— Qaeipo de Sotomayor, Descripción de las cosas sucedidas en los 
reinos de Portugal^ etc, Ms. Bib. nac, F, i6i, parte V, fol. 199, 



DURAMTE EL REINADO DÉ DON FELIPE El 



291 



dad de la noche, hada los aprestos necesarios para echar 
ta gente en tierra al punto de rayar el día (l), 

A las tres de líi madrugada arrancaron las galeras, 
remolcando las embarcaciones donde iban 4.500 infan* 
tes (2), y con ellas partió el marqués de Santa Cru;í, 
quien, por ser la operación importante y arriesgada, quiso 
mandarla en persona. Acompañaban á Don Alvaro el 
maestre de campo general Don Lope de Figueroa, el 
veedor general Don Jorge Manrique, Don Cristóbal de 
Kraso, Juan Martínez de Kecalde, Don Pedro de Toledo, 
marqués de Villa franca, y otros varios caballeros y per- 



( t\ Al decir de Qtieipo de SotDoiayjt, los 4.000 soldaüús ¿t la van- 
go^rdí:! se colocaTt>a durante la t^rde del a^ en barcas situadas á b pupa 
de la* galeras y allí pnüroii la noche* Aítítde el referido escritor tjue cada 
uQti de las 10 gateras designadas para a que Un operación^ debía llevar á 
remolque cuatro ó cinco barcones y chalupas. Cada barca tenia su plau* 
cha para ecrhar la infinterU en tierra ^ y las mA% de ellas dos esuieriles 
CüTi objeto de ahuyentar al enemigo de la orilla. 

Según Mosquera de figuero^^ la culucíicjon de la trepa en his eiubar-- 
cacíoues empegó en las primeras horas de la noche, con prevencjón de 
guarduf profaudü silencio y matar las luces, 

Hn el «Viaje del comendador de Chastei, se dice que fueron tre^ las 
galeras es pa fiólas que se presentaron delante de La Playa, una hora antes 
de amanecer el día 16 de Julio, disparando cafiuna^os contra un cuerpo 
de guardia donde vieron fuego. 

(í) Según lo que aparece en la iRelación de la jornada, expugnacíóo 
y conquista de la isla Tercera *, cuya rt^da^cii>a se atribuye al mismo 
marqués de Santa Cruz, las tropas que habían de efectuar el desembar- 
que en la primera expedicióiif estaban constituidas de la manera si- 
guiente: 

Del tercio de Figueroa. — La compañía del maestre de camp<} y las de 
loí capitanes A^stm de Herrara, Láiaro de Islu, Pedro Rosado, Miguel 
Ferref, Diego (loloma^ Don Juan de Córdoba^ Miguel de Venesa^ Don 
Bernardino de Zúñiga, Sancha de Solís, Don Juan de Vivero y Pedro de 
Santistéban. 

Del tercio de Don Francisco de BobadiUa.^^'La compañía del maestre 
de campo y las de los capitanes Don Antonio de Paios, Vicente Caste- 
llaui, Juan de Tejada, que hacia el oficio de sargento mayor en todos los 
tercios, Diego de Cárdenas Sotomayor, Busta manto de Herrera, Juan 
Fernández de Luna y Diego de Oviedo. 

Del tercio de Agustín [iligueE de ZirJie. — La compañía del maestre de 
campo y las de los capíLaues Diego Suárez de Sal atar, Don Cristóbal de 
Acuña, Don Juan del Castillo» Don Fernando de Vivanco, Antonio Flo- 
res, Pedro Jiménez de Heredia, Cristóbal de Paz, Francisco Calderón, 
Ludo Pacho y Pedro de Ángulo, 
las compañías de Portugal. — Las de Don Juan de Sandoval y de 



2g2 GUERRA DE ANEXIÓN £N mRTaOAL 

sonas principales. Y con tan buen acierto se calculó la 
hora de partida, que en el instante de alborear el día en- 
tró la galera del marqués, seguida del resto de la expedi- 
ción, en el seno de las Muelas, comenzando prestamente 
el ataque. 

Luego que advirtieron su aproximación los defenso- 
res del fuerte de Santa Catalina, que allí vecino estaba, 
demandaron á campana tañida el auxilio de los suyos; 
pero no era fácil que con tie.mpo fuesen asistidos, porque 
La Playa, donde estaba el comendador de Chaste, distaba 
de aquel paraje dos ó tres leguas de mal camino. Guar- 
necían la fortaleza 50 franceses del capitán Bourguignon 
y dos compañías de portugueses; pues aunque el comen- 
dador, temiendo por los informes recibidos, que los de 
España acometiesen á Puerto Judeo 6 Santa Catalina, pi- 
dió á Don Manuel de Silva que le enviase sin perder 
tiempo los marineros franceses que estaban en Angra, 
y ordenó además que el capitán Bautista Sarichi, que 
también se hallaba en la capital de la isla, enviara su 
compañía á pernoctar en una montaña situada entre 



los capitanes Jerónimo Francés, Manuel de Vega, Antonio Serrano, Die- 

§0 Valiente, Don Juan de Mendoza, Don Juan de Medrano, Sancho üe 
iuUón, Don Juan de Lanuza, Don Sancho de Escobar, Don Esteban del 
Águila, Juan de Larrea, Francisco de la Rocha y Martin de Herrera. 

De la coronelía de alemanes. — La compañía del conde Jerónimo de 
Lodrón y las de los capitanes Nicolás de Lodrón y Carlos de Arzt y del 
capitán y sargento mayor Kurz. 

De las compañías de italianos. — Las de Luis Piñatelo y Fray Viccncic 
de Aflicto. 

Don Félix de Aragón con la compañía de portugueses. 

Con estas tropas iban gran número de caballeros particulares y aven- 
tureros, que individualmente expresa la citada relación. 

Importa advertir que, sumando la fuerza de las compañías indicad:is. 
con arreglo al estado inserto en el Apéndice núm. 30, aparece an efecti- 
vo muy superior á los 4.500 infantes que componían el total de la tropj 
destinada á ganar la tierra en una primera barcada, y, como no es ¿e 
presumir que las bajas de las tropas hubieran sido tan considerables desde 
la salida de Lisboa, parece natural suponer que quedaran para la segun- 
da expedición, demás de otras compañías enteras, una parte grande de l¿s 
compañías expresadas. 



- DUK AKTE EL REINADO DE DON FELIPE U 293 

Santa Catalina y Puerto Judeo, con objeto de socorrer 
uno ú otra de estos puntos, según fuere menester, no se 
cumplieron las disposiciones de! general francés (l). 

Era Bourguignon hombre que tenía muy justo crédi- 
to, y la defensa fué en ei principio enérgica y bien diri- 
gida. El marqués de Santa Cruz, despreciando el peligro, 
adelantóse á toda su flota con la galera capitana, y cuan- 
do ya el Oriente a clara ba^ llegó á tiro de arcabuz de la 
costa, recibiendo muchos cañonazos y mosquetazos que 
á caballero le tiraban los defensores déla trinchera y del 
fuerte próximos, LJna bala de cañón mató en su puesto 
al timonel, y diciendo entonces el piloto mayor que po- 
drían echarlos á fondo si continuaban indefensos en lu- 
gar tan aventurado, respondióle Ba zán con el atrevi- 
miento propio de su alentado ánimo; Pues acercaos 7nás^ 
y cuando eso fuere y encaí lando no tws ahogar anos (2); y 
de tan cerca batió las obras enemigas, que de su bajel á 
la orilla no había más que un cuerpo de galera: así se ex- 
plica que lograse desmontar la artillería de los defenso- 
res que por su colocación pudiera causar daño. 

EJ arrojo del marqués infundió gran entusiasmo en 



(i) <H;icia Ici tarde del 2^ de julio vio o cl conde de Torres Yedras á 
encoptrar al comendador con U cab.illeriíi, v le promeüó enviar antes de 
Ja noche 6q cabaUos, lo cual no ctJLiiplió. Retirándose á su puesto, pasó 
por los del maestre de campo y del comt^ndüdor May ct/ quien \g á\yo ser 
d^ opinión que el enemigo se dÍ5pon¡a á atacar al día siguieute á Puerto 
Judeo ó Santa CaUlina. donde no había fuerjta suñdente pa^a repelerlo, 
y pidió que le enviase los marineros franceses que estaban en Angra, 
para colocarlos allí, y asi k^ pr^imelio el conde, asegnr.mdo que éV iría 
también allá con 4.000 hcimbrtfs; lejos da cumplir lo pro me t ido, hallando 
en el cJmino á los marineros, los hizo volver a Angra, y no huKi mas 
noticias dií Lfl ha.*ta e! día siguí ente del combate. Por la noche, el maestre 
á<i campo y Mayet ordenaron al capit;in Ujtutist.i que mandase su com- 

Íartia á píírnoctur en una montaña sita cntr*: Sai da Catalina y Puerto 
udeo, para socorrer a uuíj ú otro cUitndo lo necesitasen; tampoco sehiio 
estü>« [•Wi^]^ del comend^tdor de CKaste á la isla Tercera:'), 

[3) Mnsqxtera de Figueroa^ ^ Comen t. en breve comp. de la disc> mil.i, 
etc,¿, pág. 56 --—Cabrera de Córdoba, ilislfirta de tflipr //^ cap* 1V\ 



294 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

la tropa de su mando, y el ejemplo del valeroso general 
contribuyó mucho al buen resultado del ataque. Acu- 
dieron prestamente en auxilio de la capitana las nueve 
galeras restantes, y cañoneando todas con viveza la posi- 
ción, fuese quebrando el ánimo de los defensores. 

Protegidos por las baterías de las galeras, se adelan* 
taron los barcones, lanchas y pinazas. A porfía se lan- 
zaron á la ribera las tropas; por llegar antes, se echaron 
muchos hombres al agua cuando las barcas encallaban, 
y entre los más gallardos se distinguieron los- capitanes 
por su. ardimiento. En la confusión y arrebato con que 
se ganó la orilla, no sería fácil averiguar de modo cierto 
quiénes fueron los primeros que sentaron el pie en 
tierra; parece, sin embargo, lo más probable, que al 
alférez Francisco de la Rúa corresponde la gloria de ha- 
ber formado su compañía en la ribera antes que ninguna 
otra; y si hemos de creer á Mosquera de Figueroa, que 
fué testigo presencial, Rodrigo de Cervantes, hermano 
del insigne autor de Don Quijote^ llegó también entre 
los más adelantados (l). 

Corrieron los de España al ataque de la posición ene- 
miga, y aunque el parapeto tuviese bastante altura, no 
fué obstáculo para que sin escalas ni auxilio lo ocupasen 
inmediatamente buen número de soldados, á los cuales 
no detuvieron en su arrojado avance las dificultades de 
un terreno asperísimo y las descargas de mosquetería y 
arcabucería que, por hacerse á muy corta distancia, 
causaban en los asaltantes muchas y sensibles bajas. 
Dióse la embestida desordenadamente, que ni lo escabro- 
so del sitio, ni la proximidad del adversario, unido á la 



(i) Según Herrera, al alférez Francisco de U Rúa le sieaió Diego 
González, portugués: Retache, marinero vizcaíno, y los soldados castel&- 
nos Lagarto y CasteUolin. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U 2g$ 

premura del tiempo, permitían cosa mejor. La compa- 
ñía francesa de Bourguignon resistió con denuedo, y sin 
que su espíritu llegase á decaer ante el vigor de la aco- 
metida, se defendió bizarramente, matando al caballero 
Onofre de Bernegal (i) y al alférez portabandera de la 
compañía de aventureros lusitanos, hiriendo á los capita- 
nes españoles Manuel de Vega, Antonio Serrano, Pedro 
Rosado (que murió luego en Angra) y Pedro de Santis- 
téban^ á los italianos Lucio Piñatelo y Vicencio de Aflic- 
to, y á Don Félix de Aragón, que mandaba los hidalgos 
y caballeros portugueses, y causando en el resto de la 
fuerza agresora pérdida de 3S hombres. Menos animosas 
las dos compañías de isleños que había en las trincheras, 
abandonaron la defensa, después de pelear breve tiempo 
y con timidez, segfin unos escritores afirman, ó sin dis- 
parar un tiro de arcabuz, luego que oyeron la primera 
descarga que hizo la artillería de las galeras, como ase- 
gura la Relación del viaje del coinemiador de Chas te (2)* 
Ayudaba á los suyos el marqués de Santa Cruz, y final- 
mente, no pudiendo resistir ta furia de los castellanos, ce- 
dieron el campo los de Francia, pereciendo en la refrie- 
ga el valentísimo capitán Bourguígnon con 35 soldados, 
y quedando heridos el teniente, alférez y muchos de la 
tropa. 

Señoreáronse los españoles en menos de una hora de 



I i) a Bernegal s£ le da título de capitán en la % Relación de lo süce* 
dido ep U bla TeTcerai desde a^ d<f julio hasta 17 del mismo» 158^ afíosT, 
cod. Vatic. 8i3, pág. 3-16; pero ea la narracióa do la jornada que» con el 
título de Exj^u^nacíónj' roftifitista dt h isLi Terrera^ existe eatre ios ma- 
ttuscTÍtos de la Bib, nac* de Madrid, F. iS, pjg, ^n, figura sólo Bernegal 
como caballero voluntario. 

\7) Dice Fr^uciii Conestíiggio que una Ci^mp^iñia portuguesa abando- 
no la de'fensa y hnyd después de pelear corto tiempo con mocha timi- 
dif^i que la otra resistió algo más^ pero viendo que no llegaba socorro « 
desamparó también á los franceses. {Unió ti ífr PúHuj^al á la toroHit de 
CtfsfiHií. lib. X). 



296 GUEaUlA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

las trincheras y fuertes que estorbaban el desembarco, 
aunque por la disposición y perfil de las obras, y la estruc- 
tura del terreno, que es allí muy áspero, pareciera difkil 
la expugnación (l). Los asaltantes combatieron brava- 
mente, ambicionando todos ser los primeros en subir aJ 
parapeto, y tal fué su arrojo, y de tal modo compitieron 
en arrogancia que, llegando en un mismo tiempo los capi- 
tanes Don Antonio de Pazos y Pedro de Santistéban, no 
fué posible averiguar con entera certeza quién de los dos 
abordó antes la trinchera que el enemigo defendía con 
valerosa resolución (2). Y casi á la vez plantaron sus ban- 
deras en lo alto de los parapetos el alférez Alonso de 
Jerez, perteneciente á la compañía de Don Juan de Vive- 
ro, y el de la propia clase Jaramillo, que servía en el ter- 
cio de Iñiguez de Zarate (3). 

Al oir el agudo tañido de la campana y ver las se- 
ñales de fuego oportunamente convenidas para dar alar- 
ma, los franceses, cuyo mayor número estaba en La Pla- 
ya, corrieron solícitos al lugar del combate, llegando en 
las primeras horas del día los capitanes Mayet y La 
Grave, y poco después el maestre de campo, con las 



(i) Según Diego Queypo de Sotomayor, que tomó parte en aquelb 
jornada á las órdenes del maestre de campo Don Francisco de Bohadilla. 
el frente accesible estaba ocupado por una trinchera de piedra tosca, que 
tenia 300 pasos de longitud, 9 pies de ancho y estado y medio de altnra. 
A uno de los lados había un fuertecillo con dos cañones, y en la otra ban» 
da una plataforma con una pieza de artillería; 40 pasos a retaguardia ás 
la referida trinchera exislia otra, en forma de media luna, construida con 
césped, que tenia un estado de alto y seis pies de anchura. (Descripcwe 
de las cosas sucedidas en los reinos de Portugal^ etc.^ fol. 196). 

(2) Aunque á la relación hecha por el diligente escritor Cabrera d»; 
Córdoba en su Historia de Felipe 11^ le falta en este punto alguna f{2sc 
que dé al concepto la conveniente claridad, déjase entender que atribuye 
la gloria de llegar el primero al capitán Santistéban. Herrera dice que U 
general opinión se fija más en el capitán Don Antonio de Pazos; y csteeÑ 
también el parecer de Mosquera de Figueroa, conforme con el que se ex- 
presa en el parte de la jornada, á que tantas veces nos hemos referido. 



cera, 



3) «Relación de la jornada, expugnación y conquista de la isla Ter- 
a, etc.» Ms. Bib. nac. de Madrid, F. 18, fol. 413 y siguientes. 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE H 2gj 

tropas que tenían á su cargo; pero como estas fuerzas 
eran escasas, viéronse constreñidos á detenerse, dando 
así tiempo á que los españoles se apercibieran para avan- 
zan Con extrema diligencia rehicieron Bobadilla é Tñiguez 
las gentes de sus tercios, que se habían me/cíado al tomar 
[as trincheras, y, bajo la dirección del maestre de campo 
general Don Lope de Figueroa, organizaron los escuadro- 
nes con sus mangas de arcabuceros y mosqueteros. 1^ 
tropa de la vanguardia, aprovechando la ventaja de tener 
delante pocos enemigos, pudo mejorar su posición, y 
cargando sin demora, se adelantó á ocupar las colinas 
que de cerca dominaban las trincheras y el fuerte, yen- 
do con las primeras mangas Don Pedro de Toledo, Don 
Pedro de Padilla y otros caballeros y capitanes, ansiosos 
de ganar gloría, 

A todo esto, merced á los cuidados y buenas dispo- 
siciones del veedor general Don Jorge Manrique, fué 
desembarcando el resto de la infantería, y con ella seis 
piezas de campaña, municiones, bastimentos y agiia, ayu- 
dando mucho en estas operaciones los capitanes Rodrigo 
de Vargas, Miguel de Oquendo y Marolín . Y de esa ma- 
nera, aunque ya los franceses recibían cuantiosos refuer- 
zos, pronto estuvieron los de España en situación dé 
acometer (i). 

El comendador de Chaste, luego que sonó el estam- 
pido del cañón, levantó su campo, dirigiéndose al lugar 
de la refriega con ánimo de oponerse al desembarco: mas 
como los de Bazán se dieron mucha prisa, y había entre 
La Playa y la ensenada de las Muelas más de dos leguas 



(t) Cbdste hace cumplido elegió de la discípUníi de las compactas 
españolas ídesqae lies Tordonnance estoít sí bdlc, qü'Dü les voyait meltre 
en b^taiUe dos qu'elles prcnoJcnt terrc*^ «Viaje del couiendadpr de Chas^ 
tea U i^U TsrcúTi*, 



298 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

de mal camino, todavía no llegara el general franca a] 
promedio de la distancia, cuando ya los de Castilla eran 
dueños del fuerte de Santa Catalina y de las alturas in- 
mediatas. Teniendo de ello pronta noticia Mr. de Chastc, 
apresuró la marcha, y pudo acudir en socorro de los 
suyos en el momento en que el combate tomaba nuevo 
calor. 

El marqués de Santa Cruz formó su línea de batalla, 
colocando á los alemanes en la derecha y en la izquierda 
á los españoles, y delante puso golpe grande de soldados 
que trabaron luego escaramuza con los enemigos. Aco- 
metieron con ardimiento los arcabuceros que estaban en 
vanguardia, y los franceses, sirviéndose en modo de repa- 
ros de las tapias y cercados que abundaban en la comar- 
ca, se defendieron con tesón, siendo menester el alentado 
espíritu de los capitanes y caballeros que iban con las 
tropas avanzadas, para que no sufrieran los españoles 
grave quebranto. Por ganar y conservar una eminen- 
cia, á tres cuartos de legua de la marina, dieron y reci- 
bieron los nuestros recísimas cargas; y tan grande fué 
la bizarría de los franceses, más animados y resueltos 
después de recibir los refuerzos que en persona trajera 
su caudillo, que por tres'ó cuatro veces tomaron á los 
de Castilla las posiciones más adelantadas, llegando en 
una de sus vigorosas acometidas hasta la segunda línea. 

Observando Don Alvaro de Bazán con inquietud el 
éxito incierto de la lucha, reforzó su arcabucería con las 
picas alemanas y otras tropas de refresco. Entonces 
arremetieron los españoles con valeroso alarde, aunque 
el enemigo demostraba sumo arrojo y eran muchas las 
bajas que los fuegos de sus soldados y de ocho piezas 
de artillería causaban en los asaltantes. 

Por frente y flancos se defendían y atacaban los de 



DURi\NTÉ EL R£INADD DE DON FEUPE IT IQQ 

Francia gallardamente, y con tan buena disciplina, que, 
no obstante su inferioridad numérica y el poco esfuerzo 
de ios portugueses, pusieron en aprieto á Bobadiíla (i), 
quien sín duda lo pasara mal sin el auxilio oportuno de 
Iñiguez de Zarate y el personal concurso del marqués 
de Santa Cruz. 

Debilitaba el vigor físico, ya que no el coraje de los 
combatientes, el mucho calor que se sentía; devoraba la 
sed á los dos ejércitos, y bien que de las naves se saca< 
sen barriles llenos de agua, no era ^o bastante á satis- 
facer la necesidad de las tropas^ rendidas también de 
cansancio y de fatiga: así fué empeñadísima ]a resolución 
con que franceses y castellanos disputaron una fuente 
que los primeros poseían, llegando á tal punto [a obsti- 
nación por ambas partes, que pudiera dudarse de si en la 
pérdida 6 ganancia del manantial consistía ünicamente la 
^'ictor¡a (2). 

Declinaba la tarde cuando se presentó Manuel de 
Silva con 1 .000 portugueses, dispuesto á repetir la estra- 



I i) jrltí^t&rs, Mistoria iie Portu^ítl y coitgtitsta dif Lu islas Arores^ Jí- 
bfo IV, — Queypo de So lo mayor, Dt^scrt^i^m de Lis i-oiax sut¿dié¿ís en /os 
reinoí d^ Porití£aí^ ^fc. Ms. Bib. nac., G- i6i^ parte V, fol. 197. 

^3) Chaste describe este episodio del combate en los sigaientes tcrmi- 
nos: *E1 comendüdor fué advertido de que eo una pequeflii aldea próxi- 
ma ^ 700 ú Soo mosqueteros y arcabuco! ros avanzabaa para ganar una 
fuente^ y determino cargarlos luego que los descubtiój lo cual hizo tan 
furiosamciite coQ anos 4D0 hombre i aue podia tener, que los rechazó y 
batió hasta un pequeño monte, al pie del cual estaba la gente del ejercito 
formada en batalla. A golpes de espada y alabarda fueron muertos miis de 
^00 españoles^ y habiéndose unido al comendador eZ maestre de campo y 
Mayett fué muv disfrutado el monte, ganándose y perdiéndose por uno y 
otro lado cuatro ó cint^^o horas, aunque el partido era desigual, porque no 
babia más de ^00 franceses, de los cuales estaban ya muertos y heridos 
muchos ^ y los restantes perdían el ámmo^ puesto que, luego que apare- 
ciera la armada, habían vivido muy mal y estaban muy cansados de la 
marcha que hicieran aceleradaiiieute con el comendador^ ó habiendo re- 
corrido una, dos ó tres leguas cuando en la isla hacía extremado calor, 
por lo cual caían como muertos. Mas, i pesstr Je todo^ aun resolvió el 
comendador recobrar el dícbo monte j»» 

«Organizó un batallón con la g«nte que le restaba^ atacó el monte y 



3CX) GXmRRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

tagema que con buen éxito emplearan los isleños dos 
años antes contra la gente de Don Pedro Valdés; pero 
advirtiendo Bazán que el enemigo juntara gran cantidad 
de reses vacunas (i), con objeto de impulsarlas hacia sus 
tropas, mandó que «las mangas de arcabuceros no dis- 
parasen sobre las vacas, antes les hiciesen camino sin 
desordenarse, volviendo luego que pasaran á cerrarse 
como estaban» (2). 

El jefe francés consideraba pueril el empleo de esos 
extraños elementos para luchar contra soldados vetera- 
nos; pero accedió en parte á los deseos del .conde de 
Torres Vedras, queriendo renovar el combate con el re- 
fuerzo que llegara. Descendieron lusitanos y franceses de 
sus posiciones, llevando los primeros el ala derecha y 
los segundos la siniestra, precedidos unos y otros del 
total de las vacas, que iban colocadas en tres grupos (3). 



expulsó á los españoles, acordando antes morir que perder un sólo palmo 
de tierra, contando con sas hombres, estimulados al ver á sus compañe- 
ros y amigos caídos á sus pies, sintiendo no haber, de ignal modo <|ae 
ellos, pagado el tributo á la naturaleza, se convencían de que les cumplía 
hacer Jo mismo, viéndose abandonados de los portugueses, que eran la 
mayor fuerza, sin ayuda de los cuales pudo, sin embargo, el comendador 
conservar el citado monte hasta Uegar la noche. Con esto se puede juz- 
gar que si los franceses tuvieran sobre el enemigo la superioridad que 
éste tenia sobre ellos, habrían pasado las cosas de otra manera. No quie- 
re esto decir que el ejército español no estuviese compuesto de muchos 
hombres de honor y viejos soldados; pero, en hecho de verdad, son tan 
prudentes y cautelosos en sus negocios, y conocen tan bien el natural 
de los franceses, que fuertes ó débiles son los prímeros en cargar, qoe 
dejaron pasar esta llamarada, no pndiendo evitarla sin gran pérdida de sn 
parte». («Viaje del comendador de Chaste á la isla Tercera»). 

(i) £1 marqués de Santa Cruz aprecia en i.ooo el número de las va- 
cas, al igual que Lassota de Steblovo. En más de 600 las calcula la rela- 
ción, varias veces citada, que existe en el Cod. vat., 8x8^ pág. 346. Chas- 
te reduce el dicho número á 300 ó 400. 

(3) üRelación de la jornada, expugnación y conquista de la isla Ter- 
cera». Ms. Bib. nac. de Madrid, F. 18. 

(^) Conociendo el comendador la industria y disciplina de los viejos 
soldados castellanos, mostró su oposición al empleo de las vacas, mani- 
festando á Silva que tal género de combate no era honroso, y si propio 
de gente vil y rústica; demás aue bien podía ocurrir que se volviera en 
perjuicio suyo en vez de ofender al enemigo. Increpóle también dnra- 
mcnte por su mucha tardanza en acudir al sitio de la pelea, de lo cual 



DimAKTE EL REiNADO DE DON FELIPE íl 301 

Proponíase Chaste dar un furioso ataque general con que, 
si otra cosa mejor no consiguiera, dejara por lo menos á 
salvo la honra de las armas y la opinión de los capitanes 
que bajo sus Órdenes militaban; pero como al llegar cer- 
ca de los castellanos, la noche se viniera á mucho andar, 
no pareció oportuno atacar en hora avanzada. Así termi- 
nó aquel combate de dicü y seis horas de duración, en el 
cual tuvieron las tropas de España yo muertos y hasta 
300 heridos: todavía fué mayor la pérdida de los con- 
trarios, y eso que, generalmente, peleaban defendiéndo- 
se en posiciones atrincheradas (i). 



había de íer consecuenciu la púrdida déla Ub: y con fuei'te animóle 
estimuló á que redimiere las faltas que cometiera, buscando con él muer- 
te gloriosa en el combate, para íiu sufrirla de5pu<j'£ en el c^dalsD, como 
en el año anterior la gente de Stroz^i, Mo era la robustez de espiritü cua- 
lidad que sobresaliera en el jeft^ portugués, y übí contestó á los severos re- 
proches de sn aliado, diciendo que Dios le arrebatara la fuerza y el entcn-- 
dimiento, y que siempre había sido el mis apto p*ira el des^pacho de los 
negocios i]ue para Iüü rudos trances de la guerra^ («Viaje del comendador 
de Chaste á la isla Tercera j^). 

Hl distinguido híit orí ador Sr* Fernández Duro^ ateniéndose acaso A las 
ntanifestaclon^ del gi^nera] francés, dice qne no hit necesario qne en el 
ejército castellano se adoptasen las disposiciones prevenidas por el mar- 
ques de Santa Cruz para inutilizar el ef^vto dt: las reses^ piirqne Mr. de 
Chaste convenció á k>s portugueses de que solo lograrían dar de cenar 
bien á los españoles echándoles los bueyes* En opinión de otros escritores, 
hk ctiusa de no haberse empleado tales medíais, fué debida á que al c^abo 
no se dio la embestida general qoe habia proyectado Chaste para la caída 
do la^tarde. Y así escribió La^sota de Steblovo^ que tomó parte en aquellas 
operaciones: 

*Por la tarde se puso también en orden de batalla (el enemigo)^ y 
bajó de la altura de la montaña ^ llevando delante tres grupos de bueyes 
(parecían unas t.ooo cabezas). Comprendimos al instante sn intención 
(como lo manifestó poco después), que fué echar contra nosotros los ani- 
pia[e£* romper nuestras hlas y lut^go caer sobre nosotros», 

(í) La cifra total de las bajas sufridas por los españoles, esta expuesta 
en la «Relación de U jornada, expugnación y conquista de la isla Terce- 
rai, que se supone ser el parte uncial redactado por el mismo Don Alva- 
ro de Bazán. 

Según se expone en el cViaje del comendador de Chaste t^ los franceses 
tuvieron la¿ siguientes pérdidas: 

Jefes muertos- Capitanes Bourgnígnon, Armíí^s^c y Espalingues; te- 
niente y alférez del maestre de campo; teniente del capitán Campognol; 
alférez del capitán La Grave; alférez del capitán La Valade; alférez del 
capitán Bautista, 

J^/eí keridús: Comendador du i^yet^ espitan es Brevet, LastCy de Isi 



302 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Aunque el comendador alentó á sus soldados, á fin 
de que estuviesen dispuestos para combatir á la mañana 
siguiente, olvidaron los isleños sus promesas, y, sintiendo 
mucho temor ante los castellanos, disolvieron el escua- 
drón y huyeron á las fragosidades del interior, desampa- 
rando á sus aliados. Tor su parte, los españoles, recelando 
que el enemigo pudiera atacarles durante la noche, se 
mantuvieron formados, reforzando las mangas de arca- 
bucería y mosquetería, y tomando las precauciones con- 
venientes para evitar una sorpresa; y aún les aumentó su 
desconfianza el ver que dispararon los franceses de 
tiempo en tiempo algunos cañonazos. 

Luego que Chaste supo la fuga de los portugueses, 
reunió en consejo á sus capitanes, quienes opinaron que 
era menester acogerse á las fortalezas de Angra, y pre- 
parar allí obstinada resistencia, metiendo dentro todos 
los víveres que tenían á bordo los buques franceses 
surtos en la bahía; pero á ello se opuso Manuel de Silva, 
alegando que en los dichos fuertes no podían albergarse 
más de 200 hombres, y que no habría modo de resistir 
más de veinticuatro horas. Hay motivo para creer que 
esos eran pretextos aducidos por el gobernador de la isla, 
con objeto de que los franceses no ocuparan los puntos 
fortificados (i). 



Barre y Luis; alférez del capitán Campognol; teniente y alférez del capi- 
tán la Barre; teniente y alférez del capitán Luis. 

Voluntarios muertos: Señores de Montmurat, Mollín y Besses. 

Gentiles hombres voluntarios heridos: Cusson, Mailhames, Favet, 
Nivaudieres, Incantz, Villanhes, Tascort y Miremont. 

Además hubo muchos soldados muertos y heridos. 

£1 parte de los sucesos, á que arriba nos referimos, dice que los fran- 
ceses tuvieron 70 muertos, y entre heridos y prisioneros más de 400 sol- 
dados, contándose aparte las bajas sufridas por la gente portuguesa . 

Algunos historiadores suponen que el total de muertos y neridos en 
las illas de los defensores ascendió á 700. 

(i) «Viaje del comendador de Chaste á la isla Tercera». 



BUHANTE EL EElNAtX> DE TKÍH FELIPE 11 JOJ 

Ju3fgaba Chaste la situación muy difícil después de 
haberle abandonado las tropas isleñas. Continuar en las 
posiciones que tenía, era exponerse á seg^uro desastre; y 
siendo preciso remediarse en tan gran apuro^ partió an- 
tes del amanecer hacia la ag^reste montaña de Nuestra 
Señora de Guadalupe, que por su aspereza se estimaba 
muy á propósito para tenaz defensa. 

Aún creía el caudillo francés que podría sostenerse 
rehaciendo las fugitivas huestes portuguesas, Pero como 
el vulgo es de frecuente voluble, y los ánimos de los 
hombres suelen inclinarse adonde más la suerte favo- 
rece , aclamaba entonces al Rey Católico la tornadiza 
muchedumbre, que tan jactanciosa se mostraba cuando 
no era el peligro próximo. Casi en la misma sazón, trata- 
ba Silva de escaparse dentro de una barca anclada en el 
puerto de ios Altara; vigilado por los suyos con mu- 
cha esmero, frustróse al gobernador lusitano el proyec- 
to de evasión (i), 

Flabfa mejorado entretanto sus escuadrones el mar- 
qués de Santa Cruz, y ordeno avanzar resueltamente, 
luego que clareó el día 27 de julio, conduciendo el cuer- 
no derecho IJon l^Dpe de Figueroa y el izquierdo Don 
Juan de Sandovaí, y llevando la batalla los alemanes, se- 
gún era costumbre, con los tercios de Bobadilla é Iñi- 
guez; pero como ya en este tiempo abandonaban los 
enemigos las posiciones que con bizarra gallardía man- 
tuvieran, ganóseles fácilmente la fortaleza inmediata, jun- 



(1) Dirigióse Maonel de Sílrm á dicha lugar, distnate casi diez lega as 
del sitio del combate, con propósito de cmbaraar^e tn una carabeb pre- 
parada de ^ntemnno y huir á la isla Crac Losa ^ «iiparada dfsl puerto de los 
Altares por rtueví^ leguas de mar. No lo consiguió, porque algunas mu- 
jeres^ adivinaudo su inteación, le impidieron la ftigia, é mutilizaron U 
carabela. (Ms, castellíim> intl-d., publicado en los Ar/fíiirs des vo^'jj^es, par 
H^ Ternaux Compans, tonio 11^ pág, ^oi, cou el título de «EelacJou de la 
expcfdiciou M cDmetidíidor de tlLdistt^ áIa isla Tercera eu mayo di: i(;3jji). 



3O4 GU£RRA D£ ANEXIÓN ES PORTUGAL 

to con la villa de San Sebastián, siguiéndoles Iktbadilla 

al alcance más de medía legua, hasta que se internaron 
en los fragosos lugares que constituían su postrer re- 
fugio(i). 

Aprovechando la victoria, mandó Bazán que sus ga- 
leras embistiesen á los buques fondeados en el puerto de 
Angra. V para que el éxito fuese más seguro, adeíantóse 
él por el lado de tierra con Don I.ope de Figueroa, al- 
gunos caballeros y 5^^ arcabuceros, á los cuales seguían 
las demás tropas^ ocupando sin resistencia ciudad y ca&* 
til los, desamparados por habitantes y defensores. Había 
temido Don Alvaro que los franceses se encaminasen 
rápidamente á Angra y se encerrasen en la plaza* Por 
eso apresuró la marcha, y á causa de la presteza y por ser 
el dfa de sumo calor en lo más ardoroso del verano, pere- 
cieron asfixiados algunos infantes (2). 

Al mismo tiempo que llegaban las tropas pnr 
tierra, acometían el puerto las galeras españolas, logran- 
do apresar sin combate trece bajeles franceses, dos bri- 
tánicos y diez y seis portugueses que allí estaban anda- 
dos (3). 

Concedió el marqués á los suyos tres días de saco, 
reservando los monasterios y lugares sagrados; pero co- 
mo las tripulaciones de los barcos y los moradores de la 



(O Herrera, Hiíhrta tíf Per inga I w conquista de ias isías ÁJiorfs, U- 

bri) rv, 

(3} MoÑt]uera de Figüero^i. *Cnriicdt. en breve coinp. de la disclp. mi- 
litar^ etc»— Queipcj de Su tú mayor, DejíifípciÓH ¿ii? ¡a a i-ti^as sucedidas ett 
¿as reinoi d^ Porhigal^ eU'^ Ms, Bib. nac, G. i6r» parte V, ful* 199. 

De^jpués que los fr .ínteres desistieron de ir á Angra, eo virtud de la 
opiíiiÓD de Manutil Ac Silva, aún hubo un uiai^ieatn en que Chaste trato 
de volver ñ su primer acuerdo: pero cambio lueío de apirtíon en vista 
de quf; se te habían adelantado lo^ españoles. («VtAJe del comcDdador d« 
Chast« á la isla Tert:era «n isSi»). 

[^) La descripción minuciosa de las naves, íuertes, cañoaes y electos 
tomados al enemigo, hállase en U «Relación deUjoraadAf expugnación 
y conquista de la i^la Tercera^ &tc » 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE II 305 

ciudad habían huido anticipadamente llevándose ropas 
y objetos de valor, fué muy escaso el botín de que los 
vencedores pudieron disfrutar (i). 

Con la entrada de Baí'án en Angra recobraron in- 
mediatamente la libertad 30 españoles presos en las cár- 
celes, y 2 1 portugueses castigados por ser devotos del 
rey Felipe (2). Y queriendo eJ general castellano osten- 
tar clemencíaj como supiera que la gente isleña padecía 
muchas privaciones en la quebrada montaña, publicó un 
bando otorgando perdón á los habitantes de la l'ercera 
que quisieran volver á sus casas, y asi fueron regresando 
los más á sus hogares, depuesto e! temor que les había 
inspinido la arrogancia de los ^panoles. Extendíase tam- 
bién la merced á los jueces, vercadores y capitanes, bien 
que á éstos se les impuso la obligación de presentarse al 
marqués de Santa Crui: en el término de tres días (3). 

Mientras tanto que en Angra se adoptaban estas re- 
soluciones, manteníanse los franceses en la montaña de 
Nuestra Señora de Guadalupe, que era naturalmente 
acomodada para hacer buena defensa, í.)rdenó el co- 
mendador que á toda prisa se construyeran atrinchera- 
mientos que recreciesen la fortaleza del sitio; pero muy 
pronto hubo de advertir que no podía fiar en la enefgía 
de sus soldados que, en tumultuaria rebelión^ se alzaron 
contra el general y los capitanes, á quienes acusaban de 



(í) *Rcladóa de la jornada^ expugnación, etc>.— Herfera, Hisíoria 
dt Pfiríii^al y L'an quista de las ts/tis Afom^ lib. IV. — Franchi Coiie&tag^ 
Ijio, ÜHii^ii df Pftrtii0*tl ú Al t;or(tttsí fíe Ci ifiHj^ l¡b. X — Qpeipo de Sa- 
tütnaytif, DescHpíiúH ih hs tüsas sucfdiiiáis en las reinas fie P&rtugM^ ek^ 
Ms. Bib. iiac, G, lúi, parte V^^ fol, 199. — -Lassüta de Steblovo, iJLirtú rfí 
aperitcíñttes . — Mosquera de Fi^^üeroiS, ^Cüiueiit. en breve comp. de la 
di5cr. mil.f elc.^ 

(a) La nota de los presos que fueran puestos en libertad aparece en la 
eRdadón de U jornada, expuguacUm y conquista déla ísb Tercera^ etc.» 

{"i] El perdón concedido con fecba ^i de julio á tos h^ibitautes de la 
j&la Tercera^ La insertdiüoü lUtcgro en el Apéndice núm. aj. 



306 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

querer salvarse solos, abandonándolos á ellos á su des- 
dichada suerte. Eligieron los amotinados un jefe que los 
condujera al real castellano para entregarse á discreción 
al marqués de Santa Cruz; y hubiesen realizado su in- 
tento, si no lograsen aplacarlos las exhortaciones de los 
capitanes, y la palabra que dio Chaste de correr la 
suerte misma que los suyos, asegurándoles que perdería 
la vida 6 los pondría á todos en libertad, siendo él el 
último que saliera de la isla. 

Con esto volvieron á cobrar ánimo las tropas france- 
sas, y pareció que se determinaban á vencer en la de- 
manda, ó á ganar, muriendo, perpetua fama, para lo cual 
les infundía alientos el recuerdo de la desgracia que el año 
anterior sufrieran los compatriotas suyos que cayeran en 
poder de Don Alvaro de Bazán. Mas faltando los víve- 
res, escaseando las municiones y siendo pocos los isle- 
ños que inspiraban confianza, recurrió Mr. de Chaste á los 
principales jefes de las tropas portuguesas, que andaban 
errantes por las montañas, apelando á sus sentimientos 
de honor, y solicitando de ellos el auxilio que necesitaba 
en tan apuradas circunstancias para luchar nuevamente 
contra los españoles. 

No era la ocasión propicia para que los dispersos 
isleños se juntaran acudiendo al llamamiento de sus 
aliados; así fué que, en vez de responder al comenda- 
dor, enviaron las cartas de éste al marqués de Santa 
Cruz. Dirigió entonces Chaste sus solicitudes á Manuel 
de Silva, con el cual celebró una entrevista; pero solo, 
abandonado, fugitivo y reducido á la postrera necesi- 
dad, mal podía el conde de Torres Vedras facilitar soco- 
rros de ninguna clase, cuando para su propia persona es- 
taba de ellos muy menesteroso. 

En aquellos días no cesaban un punto de interponer 



fl 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE 11 30/ 

SU influencia con el jefe francés para obtener un con- 
cierto sin efusión de sangre, el maestre de canipo Iñiguez 
de Zarate y Don Pedro de Padilla, quien para el efecto 
aprovechaba la amistad que le habla unido á Chaste^ 
cuando años antes militaran juntos en Malta. En un 
principio rechazó el comendador con sobra de altivez las 
projaosiciones de los castellanos (l); pero como su situa- 
ción se agravaba por momentos, y ci marqués de Santa 
Cruz, luego que tuvo arreglados los asuntos más ur- 
gentes relativos al gobierno de la isla, salió de Angra 
con sus tropas en dirección al campo enemigo, que 
sólo distaba tres leguas de la ciudad, natural era que 
sufriesen quebranto los enérgicos propósitos del jefe 
francés. Aprovechando hábilmente tan críticas circuns- 
tancias^ redoblaron sus gestiones Tñíguez de Zarate y Don 
Pedro de Padilla, y entonces con mejor éxito, pues oído 
cí consejo de los capitanes, despachó Chaste á su teniente 
Mayet para tratar de composición con los negociadores 
españoles. Cual si su situación fuese muy favorable, soli- 
citaron los de Francia que se les permitiese salir con ar- 
mas y banderas^ sacando más de ico cañones que habían 
traklo á la isla Tercera, igual que todos sus navios y bas- 
timentos, y que asimismo pudiesen acompañarles cuantos 
portugueses lo demandaran* Rechazó Bazán estas inad- 
misibles pretensiones; y proponiendo entonces el co- 



(í) Asi lo dice k «Rdución del vlci'jc del comendador de Citaste ú la 
isla Tercera», que, iM^gun dejamos dicho ^ r^^^^*^ escrita por el mi^mo cau- 
dillo francés: pero otros eF^ritore^, testigos preseñdnles de aquellos suce- 
sos, afirman que los frariL'eses abrieron por su pnrle tratos de concierto, j 
aceptaron la intervención de Iñiguei y Padilía. Véase^ en prueba de 
ello, lo qne dice La^sota de Steblovo: «En la misma fecha (lo de julio), 
viendo los franceses que los partugueses los abandonaban, y que no po- 
dían contar más cou ellos, mandaron al marqués un diputado^ Mr, de 
León, con un trompetí[, p^ira entrar tñ negociaciones, y desde entonces^ 
e o adelante venían y salían diariamente á caballo»* (Diai-fo de ofictit^ 



308 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

mendador razonables medios de avenencia, por me- 
dio del maestre de campo Scarabac 6 Carabaque (i), 
después de no corta plática se obtuvo un feliz remate, 
contribuyendo á ello las instancias que hicieron al mar- 
qués las personas más caracterizadas de su ejército y 
armada (2), y el haber presentado Chaste las cartas 
y patentes del rey Enrique III, que autorizaban aquella 
empresa. 

Se concertó, pues, una capitulación, por virtud de la 
cual se obligaron los franceses á rendir las armas y ban- 
deras, conservando sus espadas los jefes principales, á 
quienes quiso conceder Don Alvaro esta merced, com- 
prometiéndose por su parte el general español á condu- 
cir á Francia las tropas comprendidas en el concierto. 
El texto de la capitulación fué el siguiente: 

«Yo, el marqués de Santa Cruz, comendador mayor 
de León, capitán general de las galeras de España y de 
este feliz ejército y armada de S. M., concedo á Mr. de 
Chatre y á Mr. de Scarabac, que en su nombre y de la 
su infantería francesa, ha venido con dos capitanes á 
tratar lo siguiente á la costumbre de la guerra antigua: 
Primero, que se dará buena embarcación á los presentes 



(i) No es fácil saber el nombre verdadero del maestre de campo fran- 
cés. En la «Relación de la jornada, expugnación y conquista de la isla 
Tercera», se le denomina Mr. de Carabaque; en el Diario de operaciones 
de Lassota de Steblovo se le llama Mr. de Scarabac; y en el «Viaje del 
comendador de Chaste á la isla Tercera» se le nombra Auearnaffues. 

(2) «Y después de muchos dares y tomares, dice la «Relación de la 
jornada, expugnación y conquista de la isla Tercera», se resolvió el mar- 
qués, á instancias de Don Pedro de Toledo, Don Lope de Figueroa y del 
conde Jerónimo de Lodrón, Don Pedro de Padilla, Don Jorge Manrique, 
Don Francisco de Bobadilla, Don Juan de Sandoval, Don Cristóbal de 
Eraso, Juan de Urbina, que quedó por gobernador y maestre de campo 
de la isla, y de Juan Martínez de Recalde». Bib. nac, F. 18, fols. 413 y 
siguientes. 

«Y visto esto, dice en otro escrito el marqués de Santa Cruz, los maes- 
tres de campo y toda la gente principal del ejército, me pidieron con 
mucha instancia les hiciese gracia de las vidas, dándoles embarcación 
para Francia». Ms. Bib. nac. de París, fonds. espagnol 466. 




DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U 3O9 

con el dicho Mr. de Chatre, con las sus vituallas por an- 
dar en Francia á la costa de Poniente, levando con eso 
ahora hasta la costa de España^ con que hagan que de- 
jen las banderaSi pífanos y tambores^ rindiéndolos juntos 
con las armas, arcabuces, mosquetes , picas, coseletes, 
pistoletes, espadas y aquello que conviene al derecho 
de la guerra, y al general Mr, de Chatre, y al maestre 
de campo, y á los capitanes, señores y otros gentUes- 
horabres y personas que señalare el dicho general, se da- 
rán libremente las espadas». 

«Que se les dará cuartel, aparte del ejército de S. M., 
y se pondrán dos cuerpos de guardia para eada cual, pa- 
ra los asegurar en este medio que se embarcan, pues que 
ha de ser tan luego. Ad virtiendo que de ninguna mane- 
ra no embarquen ningún portugués y ningún castellano 
al embarcar con traje francés, ni de otra manera no los 
han de cubrir; pero declarándose que les será permitido 
embarcación con los italianos, ingleses y extranjeros que 
han servido en sus banderas que, al presente están con el 
dicho Mr. de Chatre,:» 

«Estando esto así, yo el dicho marqués prometo, y 
me obligo de guardar y de cumplirlo en todo y por todo 
como aquí se contiene, y les mando dar la presente ñr- 
mada de mi mano y sellada con el acostumbrado sello 
mío, Y mando que las personas que en mi nombre lo 
han dado capitulado, lo deben firmar con sus nombres. > 

«Hecho en la ciudad de Angra, en la isla l'ercera, a 
dos de agosto, año 15S3.» 

«I>Dn Alvaro de Bazánj marqués, etc. — Don Fran- 
cisco de Bobadilla. — Jerónimo, conde de Lodrón, — Don 
Fedro de Padilla. — Don Lope de Figucroa. — -Don Cris- 
tóbal de Eraso. — Don Jorge Manrique, — Bartolomé de 
Agui!a*> 



3IO 



GUl:Ril.4 DE ANtJCIÓPf Eí4 PORTUGAL 



«Yo, Mr, de Scarabac, maeslre de campo de los fnuiÁ 
ceses^ y íos capitanes y soldados franceses eft liombre < 
Mr. Chaste^ por la comisión que de él y de Jos soldadc 
tenemos I decimos que aceptamos y tenemos por bi 
todo lo capituladOj y nos obligamos á guardarlo y com^ 
plirlo en todo y por todo por nosotros y por el úh 
Mr. de Chaste y la demás infanteríaj y decimos que Icí^í 
mos por bien que de mañana miércoles á tres de agoste 
á las dos después del medio día, \*endremos 4 üaa le 
á costa del ejíírcítOi y rendiremos las dichas banderii;S|d 
fanos y tambores, arcabuces , mosquetes » coseletes^ ] 
espadas y otro cualquier género de armas como dicho i 
y porque así cumpliremos y gxiardarenios^ 6rmamo6 
presente con nuestros nombres, La cual es hecha en 
ciudad de .\ngra á dos días de agosto. Año 158 

Con objeto de cumplir lo acordado, el dia 3 
agosto salicroíi del real castellano Don Pedro de Paí 
diila y Don Jorge Manrique lle\"ando encargo de ce 
ducir á las tropas francesas que se habían acer 
hasta una legua del campo de Bazán. Por la tarde 
desfilaron dicií y ocho compañías entre dos filas de 
coronelía alemana, y siguieron hasta el fuerte de 
Sebastián, próximo á la ciudad de Angra, que rra e| 
sitio designado para el acto de la rendición* Antes 
llegar fi este lugar, quitóse Mr, de Chaste el coselete qi 
traía vestido y envióle al marqués. En la forma ooficer^ 
tada entregaron los alféreces las banderas pertenc 
tes á las diez y ocho compafiías francesas^ de \ns 
la mitad estaban en la isla Tercera desde el verano! 
rior, y las otras vinieran de socorro en el año de 
sucesos, segfm expresa la re J ación siguiente: 



(t) Laj»olii de Sleblovo, Duirm tir üpfmiíúHti. 



DURANTE EL REINADO DE DON FEIIPE II 311 
COMPAÑÍAS VIEJAS QUE ESTABAN EN LA ISLA TERCERA 

I* La del maestre de campo iMr, d£ Scaradac^ 
gasc6o. 

2. La del sargento mayor j capitán Bautista Sernkki^ 
italiano. 

3. La del capitán Basset, gascón 

4. I^ del capitán Hernán^ proven z al. 

5. La del capitán Luis^ florentino. 

6. La del capitán Laz'ú¡adi\ gascón, 

7. La del capitán Bourguígfíon^ provenzali muerto. 
S. La del capitán Cafiofti, florentino, 

g, 1^ del capitán SigruraHe^ normando. 

COAfPAÑfAS NUEVAS QUE VÍNlERON DE SOCORRO 
CON MR, DE CHA5TÉ 

t. La del capitán Brfnf¿té\ provena al ^ herido, 

2. I^ del capitán Lastre^ francés, herido, 

3. La del capitán Armissac^ francés, muerto. 

4. La del capitán Campagnolie^ francés. 

5. La de! capitán Cmnpoi^ francés. 

6. La del capitán Labarrt\ francés, herido. 
7 i La del capitán Paminct^ francés. 

8. La del capitán Sabino-, francés. 

9- La del capitán La Grave^ francés. 

Los soldados depusieron sus mosqueteSj arcabuces» 
picas, alabardas é instrumentos de música, revelando en 
los tristes semblantes la honda pena que acongojaba su 
alma. El general, el maestre de campo, capitanes y sar- 
gentos mayores fueron seguidamente á besar las ma- 
nos del marqués de Santa Cruz, del cual, así como de los 
jefes castellanos, recibieron cortés acogida, siendo so- 



^ 312 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



i 



bre todo muy grande la benevolencia coa que agasajó 
Ba^án al desafortunado caudillo. Los franceses obtuvie* 
ron decoroso alojamiento fuera de ía ciudad» y allí 
aguardaron á que se apercibiesen los barcos en que h:i- 
bían de ser transportados á Jas costas de su patria ( I), 

Mientras esto acaecía, queriendo el marqués de San- 
ta Cruz reducir las islas menores del Archipiélago» que 
en la rebeldía fueran cómplices^ diputa A Don Pedro dt: 
Toledo, marqués de Vi lia franca, para ejecutar la empre- 
sa con doce galeras» cuatro pataches, diez y seis pinazas 
y algunas otras embarcaciones de escaso porte, en que 
iban 2.500 infantes bajo la conducta del maestre de cam- 
po Agustín líiígüeí de Zarate. Formaban la tropa expe- 
dicionaria cuatro compañías del tercio de Figueroa, man* 
dadas por los capitanes Juan de Saladar, Miguel Ferrer, 
Miguel de Ven esa y Sancho de Solís; otras cuatro del 
tercio de Portugal, que gobernaban los capitanes Don 
Esteban del Águila, Don Juan de Lanuda, Sancho de 
Bullón y Martín de Herrera; dos del tercio de Bobadilb, 
á cargo de Bustamantc de Herrera y Luis de Guevara; 
dos del tercio de hÜgucz^ dirigidas por Don Cristóbal de 
Acuña y Pedro Pardo de Aguilar; la bandera alemana 
de Carlos de Artz, y buen numero de caballeros v^olunla- 
rios, entre los cuales sobresalían Don Hugo de Moneada, 
Don Juan IManrique, Don Felipe de Córdoba, Don Pedrt» 
Enríquez, Don Pedro Ponce de León, Don Juan de Acu- 
ña y Don Gonzalo Ronquillo, Para entender en las cosa? 
de mar, se embarcaron en la flota I03 capitanes Miguel de 



(i) En la tRtlijí.íi}ti de b jornntla, txptigrnacióa y tioriquisU d^ !j 
LsTa Tercera», iíedlce que en gsva genis :i^i rendiüia no sa contaban ten 
portuptitíics, que !anibit;n cntr cejaron ms armas y banderas. Cabrera 
de Cordüba aíinna qnt al prfjpiy tifiiipo que los francewíj» ritidicron l*í 
armas l,8oo luí¡it;inDS« recogiendo 'los de H^pafia 36 banderas p':>flu^u^ 
SAíH con iiiüUjtud de emblemas p:»ca acoLiiodxidüs a Ui d be ípttf\ a militar 



DUttANTE Et REINADO DE DON FELIPE II 3I3 

Oq tí en do, Rodrigo de Vargas, Marolfn y Don Antonio 
de Mendoza (i). 

El día 30 de julio salió la expedición del puerto de 
Angra, y reduciendo ú su paso las islas de San Jorge y 
el Pico, se presentó delante de la del Faya!^ donde había 
de presidio unos 400 ó 5 00 soldados franceses é ingle- 
ses, organizados en seis banderas que mandaban los ca- 
pitanes Carlos de Bordeaux, Matclui, Milet, Cognclj Clos 
y Seseñn (2), demás de una muchedumbre de gente 
isleña apresuradamente allegada para empicarse en la 
defensa. Desde la isla del Pico, muy cercana á la del Fa- 
yal, había enviado Toledo al portugués Gonzalo Pereíra, 
para que, usando su natural ín fluencia en la comarca, á la 
vez que participaba A los rebeldes la sumisión de la Ter- 
cera, les requiriese y estimulara á prestar obediencia al 
Rey Católico* Cumplió Pereira fielmente el encargo que 
había recibido; pero el sanguinario Antonio Guedez So- 
sa, que en nombre del Prior de Crato mandaba, olvi- 
dando los respetos que al mensajero se debían en buena 
lid, dióle muerte por su propia rnanOj después que le 
hubo ultrajado de palabra. 

Sabedor del suceso el jefe español, aprestóse dili- 
gente para vengar la afrenta, y empleando el l.*^ de 
agosto en el reconocimiento de los lugares adecuados 
para ganar la orilla, desembarcó al día siguiente, sin que 
fuera obstáculo capaz de estorbar la operación la natura- 
leza fragosa de la costa, ni ofrecieran resistencia los 
50 hombres que allí había, los cuales se dieron pres- 
te á la fuga^ no en otra cosa pensando que en poner 
en cobro sus personas. Hecho enseguida el escuadrón 



(1] «Relación de 1<E jornada^ expugnación y coitfjtiiíta de iú. isLt Tet- 
cera», 
( a) Lass*»ta de SleblovOí Dmn& df operaciones^ 



'^^i^'m^:^^ ■ 



314 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

por Agustín Iñiguez, y adelantando camino, descubrióse 
al enemigo que, amparado de la natural fortaleza de 
abrupta altura, descendió á luchar en animosa pelea 
con una de las mangas castellanas que por la mano 
siniestra avanzaba; y fué tan decidido su empeño, que 
se hizo menester que en socorro de los nu^tros llegaran 
200 mosqueteros, y que se mejorasen 100 picas, para 
que los adversarios se retirasen en las trincheras con 
que el arte había aumentado la fortaleza del empina- 
do paraje. Allí les siguieron los de Iñiguez, y, acome- 
tiendo la posición con furia, triunfaron de la tenaz 
resistencia, rompiendo también las tropas enemigas 
que quisieron acogerse en su desgracia á lo más áspero 
y eminente de la montaña. Rindiéronse todos los fran- 
ceses, entregando, además de sus personas, 17 gruesas 
piezas, municiones en abundancia, algunos bastimentos, 
cuatro navios y seis banderas; y enseñoreándose en 
breve los españoles de la isla, cogieron en diversos 
sitios- otros 40 cañones, que para la defensa estaban 
prevenidos. A los franceses y extranjeros prisioneros 
se les hizo merced de la vida, otorgándoseles las 
mismas condiciones que á los que con Mr. de Chaste 
habían capitulado en la isla Tercera: á los portugueses 
se les echó en galeras, y al gobernador Guedez de 
Sosa se le hizo sufrir la pena de horca, en justo 
castigo del asesinato de Pereira (l), aunque fuese más 
plausible la conducta de Don Pedro de Toledo, si no 
hubiera extremado el rigor de la pena con refinamien- 
tos de dura crueldad (2). 



(i) Mosquera de Figueroa, «Coment. en breve couip. de la disc. mil. 
eto — Cabrera de Córdoba, Historia de helipe II. 

(2) Acerca de este particular, dice Herrera: «Antonio Guedez pagó 
la pena de su barbaridad, porque Don Pedro de Toledo le mandó cortar 
las manos, y fiíé ahorcado por un brazo». 



DÜRAríTE FX REÍNADO DE DON FELIPE It 3I5 

Quedaron en la isla soju;^gada 200 hombres á cargo 
de r>on Antonio de Portugal, y el resto de la expedición 
retornó á la Tercera, fondeando en el puerto de Angra 
el día 8 de agosto. La alegría de los españoles fué muy 
graade, y el marqués de Santa Cruz colmó á Don Pedro 
de Toledo de parabienes y agasajos, 

A este tiempo se cobraron también pacíficamente las 
islas Graciosa y El Cuervo, y conociendo el afamado ge- 
neral los peligros que la navegación ofrecía en aquellos 
mares procelosos, apresuraba el despacho de los negocios 
que hacían necesaria su presencia en el archipiélag^o de 
las Azores. 

Pensando que no era bien dejar sin castigo los actos 
de desacato que, acudiendo A las armas y recibiendo en 
su ayuda tropas de otras naciones, habían realizado con- 
tra el rey Felipe la generalidad de las islas, el marqués de 
Santa Cru^, luego que ocupó la ciudad de Angra^ otorgo 
poder y facultad al licenciado Mosquera de Fígueroa^ 
auditor general del ejército y armada, para que, efectua- 
das las debidas informaciones^ hiciera justicia, conforme 
á derecho, en las personas, bienes y haciendas de cuantos 
resultaren culpados (l). 

Procedió Mosquera á ejercer su cometido con extre- 
ma actividad, y dictó muy poco después esta sentencia: 

«Fn el pleito que de oñcío de la justicia se ha segui- 
do en ausencia y rebeldía contra las islas de la Tercera, 
El Pico, San Jorge, Graciosa y El Cuervo y contra los 
vecinos y moradores de las dichas islas de las Azores* 
Visto el proceso de la causa, y i as dichas islas haber ne* 
gado obediencia al rey Don Felipe j nuestro señor, sien- 



{i] La coiuLsián d^Jj ^ Mosquera de Fígueroa paira el castiga de los 
rebeldes tiene b fecha ^8 de julio de i^S}, y se inserta en el Ap4>ndicc 



3l6 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

do SU legítimo Rey y señor natural; y en prosecución 
de esto haber admitido en su compañía gentes de diver- 
sas naciones, robadores y piratas, haber conspirado con- 
tra la majestad real, queriendo resistir á su gran poder, 
haber defendido con armas y sangre la entrada en estas 
islas, que son de su corona de Portugal; visto el proceso 
de la causa y lo más que verse debía, etc., 

Fallo, que debo declarar y declaro las dichas islas, y 
cada una de ellas, por rebelde y convencidas de este de- 
lito, en consecuencia de lo cual las debo condenar y 
condeno en perdimiento de los fueros, gracias, exencio- 
nes y libertades concedidas por los reyes antecesores de 
Su Majestad en los reinos de la corona de Portugal, y 
de las propias inmunidades, haciendas y otros privilegios 
de que pudieran aprovecharse y valerse, si no hubieran 
consentido el dicho delito de rebelión y desobediencia; 
y los dichos Antonio Juárez, factor que fué del rey Don 
vSebastián, y al presente era juez de la casa de la mone- 
da; Baltasar Alvarez Ramírez, desembargador; y á Do- 
mingo Pinero y Juan González Correa, desembargador, y 
á los demás culpados en este dicho delito los condeno 
á que, cuando y doquiera pudieren ser habidos, sean 
presos y traídos á la cárcel pública de esta ciudad de 
Angra, de donde mando que sean sacados con una soga 
á la garganta con voz de pregonero que manifieste su 
delito, sean llevados á la plaza pública de esta ciudad, 
donde sean ahorcados, hasta que naturalmente mueran, 
y luego sean hechos cuartos y puestos en los caminos 
de esta ciudad. Condeno más á los susodichos en perdi- 
miento de todos sus bienes, aplicados para la Cámara y 
fisco de Su Majestad, y que sus hijos ni nietos no pue- 
dan tener oficios reales. Y mando que la moneda que 
tiene el nombre de Don Antonio, Prior de Crato, con las 



DURANTE £L REINADO DE DON FELtlPE U 3I7 

armas reales, como falsa, mala y adulterina, sea públi- 
camente quemada en la pla:!a de esta ciudad» y que no 
corra por estas partes é islas, y ninguna persona use de 
ella so pena de muerte» (l). 

Ponía el marqués de Santa Cruz mucha atención 
en In captura de Manuel de Silva» á quien el comen- 
dador de Chaste pretendiera incluir en la c<ipitulaci6n 
de sus tropiís. Ofreció B¿i2án 500 ducados y la conce- 
sión de un hábito 6 encomienda á quien entregase al 
conde de Torres Yedras, siendo esj)añol 6 portugués el 
que tal servicio prestara; y sí fuera francés ó extranjero 
de otra nacionalidad á la devoción de Don Antonio, le 
prometía el completo olvido de sus acciones hostiles, y 
la st:guridad de que el rey I'elipe le otorgaría remunera- 
ción y gracia especiales (2). 

Con forme ya se ha dicho, habíase frustrado al gober- 
nador lusitano su intento de abandonar la isla, y desde 
entonces se valía Silva de todo género de ardides para 
no ser descubierto de los castellanos, que con diligente 
ahinco le perseguían, Andalia así de monte en monte y 
de breña en brcña^ vestido ^^más cfi traje de tfiosa Venus 
gue (ü AíarU^^ según 1 orres de Lima, 6 en pobre hábi- 
to de miserable campesino, como afirman los más que 
en la narración de estos sucesos se ocuparon; y al fin, 
probablemente lograra salvar la vida si no le delatase un 
esclavo ó esclava (tampoco en esto hay conformidad de 
opiniones), que descubrió e! paradero de Silva á un 
grupo de soldados españoles (3)- Conducido el portugués 



(i) ^Relación de la jornada, expugnación y conquista de b isla Tt-r- 
cera ■ . 

^3) Lá^sotLi de Steblovo, Diarin de opírjitoiH-ic. — < Viaje del comenda- 
dor de Chasttí 1^ la isla Tercera en ItÍíí.* 

(^) Al decir de Lassot:! á^ Steblovo, el día 4 de agosto seis españJilei 
del tercio de Oubadilla de Siiub rieron á Msinud de Silva y le presentaron 



3l8 GUERRA DS AKEXIÓN EN PORTUGAL 

ú Angra, se le llevó al instante á la galeaza capitana, y 
sometido á tormento, declaró varias cosas de importan- 
cia, entre ellas el plan que tenía Don Antonio para con- 
quistar de nuevo á Portugal con el auxilio del país y de 
los aprestos que se hacían en Inglaterra y Francia. In- 
tercedieron en favor del preso mucha gente isleña y al- 
gunos cabos principales del ejército y armada; pero co- 
mo sus delitos y crueldades fueran muy grandes, y es- 
candalosa la insolencia con que respondiera algún tiempo 
atrás á una carta que le escribió el rey Felipe persua- 
diéndole con palabras suaves á la entrega del Archipiéla- 
go, no creyó el marqués de Santa Cruz que debía con- 
mutar la pena de muerte que en sentencia fué impuesta 
á Silva por tirano ^ matador, alterador de las islas y re- 
cogedor de herejes. 

Llevado el día 8 de agosto al lugar del suplicio, de- 
mostró el jefe portugués gran presencia de espíritu, que 
sorprendió á los castellanos, y todavía más á los franco- 



preso, recibiendo en pago del servicio los 5.000 reales prometidos, pero 
no el hábito ó encomienda, por lo humilde de su condición personal. 

Otros historiadores dicen que el soldado español Pedro Sánchez en- 
contró á Silva escondido en una cueva y, trayéndolo á Angra sin cono- 
cerlo, lo delató allí una esclava negra. 

En el «Viaje del comendador de Chaste á la isla Tercera», se dan cu- 
riosas noticias respecto del modo con que fué preso el gobernador portu- 
gués. Dícese en esa relación que, registrando el campo un cabo de escua- 
dra y ocho soldados, descubrieron entre la maleza del monte á un negro 
que huía delante de ellos, el cual, una vez cogido, y temiendo las terri- 
bles amenazas del cabo, declaró que había sido palafrenero del conde y 
que acababa de dejarle en una cueva, á donde se retirara unos cuantos 
días antes, abandonado de todos los suyos. Hizo eutonces montar el cabo 
al esclavo negro en la grupa de su caballo, y al punto salieron en busca 
de Silva, no tardando en encontrarlo vestido con pobrísimo traje. Inte- 
rrogóle el cabo sin presumir que era el gobernador portugués, y no tardo 
en despedirlo, porque de sus respuestas nada dedujo qtíe le satisficiese, 
y el esclavo negro, recordando en aquel instante los beneficios que del 
conde recibiera, sintióse movido á piedad y aparentó no conocerlo. Pero 
como el español, creyí^ndose poco después engañado por el esclavo, se 
dispusiera á darle muerte, confesó éste que era Manuel de Silva el hom- 
bre de humilde traza con quien habían hablado, y pronto quedó preso el 
fugitivo. 



DURANTE EL REINADO DB DON F£LIFK n 3I9 

ses, admirados de ver en el supremo momento tan firme 
valor en uii hombre que había dado pruebas de pusilani- 
midad en las ocasiones de combate. Con ánimo sereno di- 
rigió la palabra al público, confesando que á sus actos se 
debía la pérdida de la isla y de los franceses que vinieran 
en su socorro, y pidiendo por ello perdón á cuantos en 
sus personas é intereses habían padecido, á la ve:c que 
suplicaba al marqués de Santa Cruz el exacto cumpli- 
miento de la cnpitulacíón acordada con los extranje- 
ros (l). El verdugo del regimiento alemán cortóle con 
espada k calaza que, conforme á sentencia, fué colocada 
en una ventana de la Torre del Reloj, en donde no mu- 
cho antea hiciera exponer el gobernador la del caballero 
Melchor Alfonso, mandado dcgoUai- por afecto al Kcy 
de España (2), 

No sólo Manuel de vSilva experimentó el rí^or de la 
justicia, igual fin tuvo Manuel Serradas j que, habiendo 
venido en 1 582 con la expedicicm de Felipe Strozzi, diri- 
gió después, como capitán general, la armada portuguesa 
que fué á las islas de Cabo Verde, saqueando hasta los 
ornamentos, custodias, cálices y cruces de los templos. Por 
traidor fué también muerto Amador Vieira, el cual, en- 
viado para ensayar en la Tercera ciertos medios de com- 



(i) «Viaje del coiueadador de Chaste á la xsiñ TtTCtíra*. — Mosquerü 
de Figueroa, iConient, en breve coiip. de b disc, mil." 

(3) Fué Melchor AJfonso fidelísimo noble lusifíiHo^ al cual Kiio deca- 
pitar Manuel de Silva por Imber dkho que er¿t su re>^ níitiir:il Don Feli- 
pe de Austria. Y ex t re m ando su. feraddnd, dispuso el gobern:tdor de Ijs 
lilas que se diera ú Alfonso cruel tormento, hiiciendole calcar unos zavs-- 
to5 de cuero bji^üdus enaceite, 3 que luego se puso fuego. Destrozado 
deípuéí el cutjrpo de la víiítima, por orden de Silva se 1:0 locó la C3be£3 
eüfEluJii eii un jbinbre dentro de una jaula de hit^rro al lado del reluja y 
habiéndole ps^dido al cabo de unos d¡ai> que consintiese enterrarlas respün- 
dio el gobernador que no seria quitada de allí haUü que en lugar de ella 
pusieran la suya. Acertó el portugués en su terrible profecia^ que así IüS 
inescrutables designios de Va Providencia castiein á las veces, y á vista 
de todos I las malas acciones de los hombres, (Músquera de Figueroa, Fa- 
ria y Sonsa y Lassota deSteblovo). 



320 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

posición, delató á Silva todos los leales á Don Felipe, 
siendo causa de la desgracia de varios isleños; y como 
la culpa había sido muy grande, aún se extremó la pena 
con la confiscación de los bienes que Vieira .poseía, y la 
declaración de infamia que alcanzó á sus hijos y nietos. 

Y porque no quedaran sin castigo cuantos se habían 
distinguido en cometer desmanes y violencias, fueron 
ahorcados en la plaza pública de Angra otros doce portu- 
gueses de los que más sobresalieron por sus crueldades 
y actos sediciosos. Impusiéronse penas de azotes, galeras 
y pérdidas de bienes á otros muchos lusitanos culpables; 
y no excluyendo á los extranjeros que hicieran armas 
contra el ejército castellano y fueran presos antes de la 
capitulación, sufrieron pena de horca algunos franceses 
mayores de 17 años, y más de ICO personas de la mis- 
ma nacionalidad fueron echadas al remo (l). 

Como era natural, en cambio de estos rigorosísimos 
castigos, se otorgó merced á las familias que habían sido 
perseguidas por las autoridades de Don Antonio; y no 
fueron pqf as las viudas y huérfanos á quienes se favore- 
ció con los bienes de los rebeldes, en compensación de 
los daños que habían experimentado con la muerte y 
destierro de sus esposos y padres, y la confiscación y 
ruina de sus haciendas (2). 

Cumpliendo lo concertado, dispuso el marqués de 



(i) La relación de las personas contra quienes se pronunciaron tan 
terribles sentencias, se halla inserta en el Apéndice núm. 25. 

(3) En 14 de julio de 1586 Felipe II concedió general perdón á la cia- 
dad de Angra, villas de La Playa y de San Sebastián, en la isla Tercera; 
y á las islas del Fayal, San Jorge, Pico, Flores, Cuervo y Graciosa. El 
perdón comprendía á todos los moradores, de cualquier clase y condición 
que fuesen, siendo naturales de los reinos y señoríos de Portugal. Fue- 
ron exceptuados los que en aquella fecha estaban en compañía de Don 
Antonio, ó que. por contumaces en seguir la causa del Prior de Grato, 
residían fuera de los dominios españoles. Eran tótos: Cipriano de Fig:ue- 
redo, corregidor que había sido en nombre de Don Antonio; Fray Pedro 



DURANTE EL REINADO DE BOX f ELI PC [I $21 

Santa Cruz que el 14 de agosto se embarcaran con rumbo 
á Francia catorce compañías francesas, las cual^, en 
unión de su general Mr. de Chaste, fueron recibidas á 
bordo de tres navios y una barca vizcaínos. Las otras 
cuatro compañías, á las órdenes del maestre de campo, 
quedaron en rehenes, para marchar con la escuadra de 
Hazán á Lisboa, desde donde habían de ser enviadas 
libremente á su país, luego que Don Alvaro tuviese no* 
ticia del buen comportamiento de las primeras durante 
la travesía, y de que las naves vizcaínas se retiraran 
con seguridad á los puertos de que procedían (i). 

Queriendo aprovechar el buen tiempo, resolvió el 
marqués de Santa Cruz que las doce gaberas de Kspana, 
acompañadas de una carabela, de que era maestre Do- 
mingo del Campo, partieran el 10 de agosto con dirección 



átí Füitsecü, perteneciente á la Orden de San Francisco; Am^ro López, 
tesorero de U cu ted ral de Angra; Bartolomé Fernándeí y Tome Valba- 
dáOi caEt6nígo5 de e11:ir BaH^sar LuLü^ vjciiinQ de la iglé^i^ de Snn Salva- 
dor en Ifí isla del FayaJ; Pedro CaueUo, vicario de b íylesta da Ft!tc?lras 
ei3 lü misma isla: Gonz:alo de Lemn^, vicario de b iglesia de la villa de 
L^igens; Antonio Lntnego y Manuel Martínez^ clérigos de mí^a. 

La carta de perdón, que es muy extensa ^ íigura en el tomo Ti de la 
obra titulada Aníiw das Afores^ qtie se publicó eu 1880 en PuüU Del- 
gada, 

(i) En el 1 Viaje del comendador de Chiste á b isla Tercera)», ap:irecen 
muy minuciosas qoíícíís relativas i la en a re lio y navegación de los fran- 
ceses» 

En esta rüLicion se dice que el comendador reclamó contra el ncuerdo 
tomado pLir el marqués de Santa Cruz, de que quedaran en rehenes^ parst 
jf con él á Lisboa, cuatru compañías francesas á las órdenes de su maes- 
tre de campo. El general castellano re^ponJio qtte necesitaba tomar es- 
ta;» precauciones para garantir convenientemente las naye^ vizcaina^i y su 
tripulación; pero que tan luego como tuviere noticia de la conducta que 
Mr. de Chaste y las suyos observaran en la travesía, y de que las dichas 
naves habían regresada» á los puertos de Vizcaya^ haría embarcar para 
Francia las compañías que Hevaba consigo* 

En la narración se ejiponen los muchos sufrimientos^ hambres y peli- 
gros que sufrieron los franceses hasta llegar á Fuenterrabia y penetrar 
despoés en su país, atribuyéndose la mayor p^rte de esos trabajos, 
igual que las muchas enfi^rmedades y muertfis que tuvieron los expedi> 
cionarios, ú los malos tratamientos y crueldades ¿ que les sometió la tri- 
pQladón de los buques vizcaínos, á la cual se censura con términos durí- 
simos. 

Coü^J deramos exagerador esos reproches, expuestos con tan g^an vio* 

TOMO n ^f 



< 



322 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

á Lisboa, é hicieran su navegación á fuerza de remo, 
mientras tanto que él recogía toda la armada y proveía 
á cuanto el buen gobierno, administración y custodia 
del Archipiélago hacían menester (i). Dispuso el mar- 
qués que en la isla Tercera y otras del grupo quedasen 
2.0CXD soldados dirigidos por el capitán Don Juan de Ur- 
bina, á quien, por ser persona de valor y buen entendi- 
miento, confió el gobierno del Archipiélago; hizo re- 
forzar y ampliar las fortalezas; y después que hubo 
dictado las postreras resoluciones que su experiencia y 
práctica de mando le aconsejaron, por estar ya la esta- 
ción algo adelantada para mantenerse en aquellos ma- 
res procelosos, se embarcó en la nave capitana el día 
17 de agosto y el 19 abandonó el puerto de Angra, ha- 
ciéndose á la mar con toda la escuadra reunida. Los 
contrarios vientos retardaron la navegación y aun apar- 
taron de la flota algunos buques; y por fin, el 13 de sap- 



iencia de lenguaje, que, entre otras muchas frases con que se recrimina 
el proceder de los marinos espaíioles, aparecen las siguientes: «Muchas 
veces, tratándose de alguna mala nación, he oído CDmpararla á la m» de 
los vizcaínos, pero puedo certificaí por experiencia que son los más bár- 
baros y menos humanos del mundo» . 

Prescindiendo de que la crudeza de los temporales, que más de una 
vez puso en riesgo las naves, no es imputable á los hombres, y que 
igual la sufrieron españoles y franceses, resulta injusto achacar á du- 
ro trato el mal estado de muchos* franceses, agobiados por flujos de 
sangre y otras graves dolencias adquiridas en la isla Tercera antes de su 
embarque. Y como, por otra parte, la navegación hasta Fuenterrabia du- 
ró desde el dia 14 de agosto al 4 de octubre, cuando en circunstancias 
favorables pudo haberse efectuado en quince días, es natural que se ago- 
tasen los abastecimientos que se llevaban á bordo, y que faltasen víveres 
y agua fresca, siendo por esto muy grandes la necesidad y privaciones de 
todos. 

(z) Durante el viaje los vientos dispersaron á las galeras. Sólo cuatro 
llegaron á Lisboa, otras fueron al puerto de Cádiz, y una, llamada La 
J*amay cayó en poder de los moros. (Lassota de Steblovo, Diario de ope- 
raciones).^ La carabela no pudo seguir á las galeras por faltarle viento, 
según refiere su maestre Domingo del Campo, el cual llegó á Lisboa el 
dia S2 de agosto, é hizo una sucinta relación de los sucesos ocurridos en 
las islas Azores, que se halla en la Biblioteca de Ajuda, Symmicta lu- 
sit., tomo Vil, fol. 69, y en el Códice vatic. 818, pág. 346. 



DURANTE EL KEmADO DE DOK FELIPE 11 323 

tiembre arribó Bazán á la bahía de Cádiz, donde fué re- 
cibido con delirantes muestras de regocijo (i). Pasando 
!uego el marqués á la corte^ otorgóle Felipe II altos y 
merecidos honores; le mandó cubrir en su presencia co- 
mo grande de España; le confirió el cargo de capitán 
general del Océano; otorgó no escasas mercedes á los 
que á sus órdenes se distinguieran, y no escatimó el 
aplauso para hacer público el aprecio en que tenía los 
señaladísimos servicios que el afamado caudillo prestara 
al Rey y á la patria^ domeñando las regiones de allende 
el mar en que Don Antonio y sus aliados se habian am- 
pai'ado (3). 



\i) Una de las naves dispersadas p^r los temporales^ fué le ea que Uf 
vegiaba Erích lassota de Stebluvo, quien eti su Diurto dt ^peracwms re- 
lata todas las peripecias 3 cace idas en la travesian Esta nave fondeó en el 
puerto de SezJmbra el dia i^ del mei de septiembre; de alif paso al de 
SetnbaU y algunos di^ir^ después se h i ico á la vela con objeto de reunirse 
en la bahia de Cádiz al resiü de la cinuada. 

{1) Fué aquella empresa la última en que tomó parte el marqués de 
Santa Crur, pues cuando se ocupaba en hacer activoíi aprestos para lle- 
var á efecto la jornada de Inglaterra» que ya propuso a] Rey, con el ofre- 
cíitiieDtu át su persona y de su vida, en carta escrita el 9 de agosto de 
1^8^, faileció en Lisboa el dia 9 de febrero de i^SS. Había nacido el 1% 
de diciembre de [sa6, y vivió, por consiguiente, óa años. 

«Era el famoso capitán, al decir de Gabriel Lasso de la Vega, compi- 
lador de lüs elogios que mereció Don Alvaro á sus contemporáneos, dis- 
puesto de cuerpo, de gallarda y gentil presencia^ color de rostro que tira- 
ba á morena» de miembros recios, bien proporcionados» barba casta fia 
y bien asentada, aunque no con nota de espesa; tenia gran ingenio acom- 
pañado coa mucha prudencia, condición atable: debajo de un grave pro^ 
ceder^ cuyo levantado ánimo nunca sacaron de su entereza sangrientos 
trances, peligrosas ocasione?, nütorjos riesgOi:» furiosos vientes» soberbias 
olas, ásperas tormentas, injurias del ctclo^ pujanza de enemigos» ventaja 
de c centra ría armada ni moderado número de la suya*. Elogios del mar* 
jíiís de S^jnU CrH{, obra impresa en Zarago^sa en el año t6or* 

Enalteciendo los gloriosos hechos del eximio marino, pudo escribir 
con justicia el más fecundo de nuestros poetas: 

El fiero turco en Lepante, 
en la Tercera el francés, 
'" Y en todo el mundo el iuglés^ 

tuvieron de -verte espanto. 

Además de Lope de Vega, de Cervantes y de Alonso de ErciDa^ cele- 
braron en verfo los triunfos obtenidos por Don AJvaro de Baíán en el 
afcbipiélügo de las islas Azot^^ Francisco Sáuche^^ Dou Luis d« Vargas, 



r 



3-' 



[ 324 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

^ Así quedó totalmente sometido el territorio lusitano 

i con sus dominios coloniales á la corona de Castilla; y 

\ aunque los portugueses no recibiesen con agrado la so- 

^ beranía del monarca español, gozaron, sin embargo, los 

^\ beneficios de la paz bajo el gobierno prudente del carde- 

nal Alberto, sin que llegaran á alterar él público sosiego 
^{. las voces que entre el pueblo corrían de que era aún vivo 

el rey Don Sebastián, ni alcanzaran más eficaz re- 
sultado las maquinaciones que fraguaba el Prior de 
Grato, mal avenido con su triste situación. Fueron así 
transcurriendo los años en calma, hasta que, sufriendo 
el poder de Felipe II grave quebranto con motivo de la 
pérdida de la Armada Invencible^ valióse Don Antonio 
de esta circunstancia, y pudo conseguir que Isabel de In- 
glaterra le diese apoyo para la realización de sus planes. 
Pero, aunque muchas y bien aparejadas naves y tropas 
de desembarco salieron del puerto de Plymouth en la 
primavera de 1 589, la fortuna no se cansaba de mani- 
festar su enojo al pretensor portugués, á quien siempre 
miró la victoria con adusto ceño, no dispensándole nunca 
la menor muestra de sus favores. 

Batidos los británicos ante los muros de Coruña, no 
fueron más dichosos en las vecindades dé Lisboa: des- 
pués de haber ocupado el castillo de Cascaes y algunos 



Manrique, Jerónimo Ramírez, Jerónimo de Corte-Real, Gaspar García de 
Alarcón, Vicente Espinel, Laurencio Flores, Juan Venegas Quijada, Be- 
nito Caldera, Pedro de Torquemada, Don Alonso Coloma, Don Pedro de 
Guzmán, el prior Juan Ochoa de Lasalde, Felipe de Liaño, Luis Bara- 
hona de Soto y los alféreces Pedro Rodríguez y Francisco de Segura, que, 
al igual de Gaspar García de Alarcón, fueron testigos presenciales de los 
hechos que relatan. Hay también algunas composiciones de autores anó- 
nimos, entre las cuales merece citarse una que se publicó en la isla de 
San Miguel, dirigida á Don Rodrigo de Castro, arzobispo de Sevilla. 

Con motivo de la celebración del tercer centenario de la muerte de 
Don Alvaro de Bazán, vieron también la luz en 1888 excelentes trabajos 
biográficos relativos al insigne marino. 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE ti $2$ 

arrabales de la capital lusitana, viéronse en la necesidad 
de reembarcarse, desvanecidas las ilusiones que les hicie- 
ran concebir las nstentosas promesas del Prior de Gra- 
to (l), Abandonatlo desde entonces á su mísera suerte y 
de todos desamparado, pasó Don Antonio el resto de 
sus dfas sin que volviese á ver la risueña comarca donde 
en apacible tranquilidad hubiera pasado los últimos añas 
de su existencia^ sí con estéril empeño no osara acometer 
empresa que exigía aptitudes muy superiores á las suyas. 



(i) A cambio de ofrecimientos nad» escasos (que en csttj Don Anto- 
nio no era oüDca parco^ bien como aquel que promete lo que de otro ts 
perteQéíicia), consintió Ts;ibel de Inglaterra en proporcionar &l lusitano 
copiosa armada de más de 70 velas con i^.ocx) soldados á bordo. Mandaba 
Las fuerzas 5ir Joha Norris^ y los bajeles corrían á cargo del famoso corsa- 
rio Frajicisco Drake. Presentáronse los expedicionarios á vista de Coruña 
el dia 4 de mayo de 1^89; pero aunqne llegaron á apoderarse del barrio 
de la Pescadería y de todas las posiciones de extramuros, secundaron con 
lal arrojo soldados y habitantes ías acertadiis JiEposicítines del marqués 
de Cerrjlbo, gobernador de la plaz^^ que brava rnen te fueron repelidos 
dos asaltos de los británicos. A porfía se distinguieron en U defensa per- 
sonas de diversas clases, condición y sexo; y aí &n hubo de retirarse el 
agresor, con pérdida de dos navios y i.'s 00 hombres de sus mejores tro- 
pas. Decaído con esto el ánimo, partieron los de Norris a las costas por- 
tuguesas, y, lomando tierra en Peniche, adelantóse el jefe inglés en direc- 
ción á Lisboa, mientras se aproximaba Drake á la ensenada de Casca es. 
El capitán Cárdenas rindió el castillo qne tema á cargo, y» libre el cami- 
no de la capital, pudo Norris ocupar sus arrabales* Al ver la mucha fuer- 
za del adversario, repl^gosíj sobre la ciudad el conde de Fuentes que man- 
daba las tropas de Espaúa; acometióle alli el británico con valeroso em- 
puje, mas resistiendo los de fe nitores con gallarda resolución, hubo aquel 
de replegarse por cítceso de bajas y escasez de vitualla, renunciando á 
todo propósito de conquista, que como fácil cosa ofreciera el Preten- 
diente* Maltrechos y destrozados, navegaron Norrís y Drake la vuelta 
de Inglaterra, no sin que al paso incendiaran cuantos buques había en la 
rada de Vigo, entregando la población ai saco más desenfrenado, coa 
que sació su sed de venganza la iracunda hueste. En dus meses y medio 
que duro la expedición ^ perdieron los in^le^es ir. 000 hombres, y según 
Winkñeld^ testigo ocular di aqnclU>s sucesos, no ascendieron á 3,000 los 
que quedaron indemnes en aquella numerosa y lucida tropa. 



i26 



OUERRA DE ANEXIÓN EK PORTUGAL 



No tenía el de Crato las dotes necesarias para sostener la 
carga que encima de sus hombros echó de propia volun- 
tad con falta de discreto criterio: abrumado por la tre- 
menda pesadumbre, atrajo sobre Portugal desdichas 
grandes; sobre sus parciales, castigos y lágrimas sin 
cuento; sobre su nombre el juicio desfavorable de nnu- 
chos historiadores. 





CAPÍTULO VIII 




Progresos que realizó España durante el siglo xví» al tiempo que *u !«<■ 
rri torio se extendia por todos los ámbitos del mutidOK^ — L, a usas que pro- 
dujeron lü rápida decadíHi:!! de b uiicíón, — rofortunios ocurridos en 
et sígío XV u. — -AlzíiniJanto y emancipación de Portugal. — Consideracio- 
nes sobre la separación de L>s pueblos ibií^ricos. 



OR dicha de! lector que esta narración haya 
seguido, terniinamos el relato de los sucesos 
que produjeron la unidad del territorio ibérico. 
¡Jamás había logrado nación del mundo tan extraordina- 
ria grandeza, ni conocieron los humanos seres monar- 
quía igualmente vasta que la española en el reinado de 
Felipe II! Por providencíales hechos y excepcionales 
condiciones de los personajes que entonces brillaron en 
la tierra hispana, llegó nuestra patria á un grado de en- 
cumbramiento que con dificultad volverá á contemplar 
el orbe. De la contradicción y de la lucha surgieron 
guerreros eminentes que elevaron la gloria de las ar- 
mas castellanas á una altura que nunca pudieron exce- 
der ^ ni aun acaso alcanzar, las milicias más acredita- 
das del globo» Quien á investigar se dá aquellas épicas 
proezas, siéntese fascinado por la grandiosidad del cua- 
dro que se desarrolla ante su vista; deléitzise con la 
narración de sucesos que asombran las imaginaciones 
más reservadas; admira el esclarecido horizonte de glo- 



•1 



ImLi 



328 GUESRA DE AKEXIÓK EN PORTUGAL 

rías y de triunfos, de poder y de ostentación; y en el 
embeleso de prolongado éxtasis, no acierta á separar- 
se del punto de vista que le ofrece esplendorosos pai- 
sajes. 

A fines del siglo xvi era la nación española prepon- 
derante en el mundo sobre los demás estados, que obser- 
vaban con envidia su engrandecimiento; las potencias de 
Europa odiaban de muerte á la que tanto sobresalía» y 
acechaban el momento de herir en su poder al coloso 
cuya grandeza engendraba sentimientos de temor y de 
animadversión. Mas, á pesar de la general antipatía y de 
tremendas luchas, manteníase España robusta en aparien- 
cia, sin que por un instante Raqueara su vigor. Las altas 
miras y diestra política de los Reyes Católicos; la activa 
y enérgica personalidad de Carlos I; el sereno cálculo y 
la incansable laboriosidad de Felipe II, elevaron nuestra 
patria al límite de su apogeo; y al sostener los primeros 
monarcas de la Casa de Austria ruda competencia con 
las más valiosas potestades de la tierra, hallaron sólido 
apoyo en los excelsos capitanes que al mundo asombra- 
ron con su ingenio, guiando á la pelea los famosos ter- 
cios que extendían por todas partes la fama de Castilla. 
Y cual suele acontecer en casos tales, no era sólo en la 
esfera militar donde se manifestaba con salientes carac- 
teres la vitalidad lozana de nuestra España; porque á 
menudo se advierte en la Historia que es general en una 
nación la prosperidad y el adelanto, como suelen tam- 
bién manifestarse en todos los elementos del organismo 
político y social la decadencia y la ruina de un Estado. 
De frente, y á una con los progresos de las armas, mar- 
chaba el progreso intelectual: el trato constante de los 
españoles con los hombres más insignes de Europa, y la 
observación íntima de los países que alcanzaban mayor 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE II ^2Q 

cultura, produjeron en no largo plazo frutos de mesti- 
mable valor. Al punto mismo que los soldados de Fer- 
nando V, de Carlos I y Felipe II avasallaban comarcas 
que principalmente se distinguían por su delicado gusto 
artistico, deseni^ol víanse entre unos y otros pueblos el 
comercio de las ideas^ al par que la comunidad de in- 
tereses; y creciendo con la incesante comunicación et 
adelantamiento en letras y artes, obtuvo nuestra litera- 
tura el esplendor más intenso de que hay memoria en 
e! discurso de los tiempos. Adquirió el idioma castellano 
toda la perfección, todo el vigor, toda la riqueza y fle- 
xibilidad de que era susceptible, y completando sus ge- 
nutnas cualidades con otras muy sobresalientes, vieron 
la luz gallardas manifestaciones del ingenio humano que, 
honrando perpetuamente á España^ son y serán siem- 
pre asombro del mundo, Y bien que este progreso no 
penetrara abiertamente en el campo de las especulacio- 
nes cientfficaSj que por peculiar índole necesitan para su 
desarrollo cierta libertad de pensamiento y acción que 
mal se avenía con añejas convicciones y con el espíritu 
poco expansivo de la sociedad española en la centuria 
décimasexta, no debe tampoco afirmarse que en absoluto 
permaneciesen envueltas en tenebrosa obscuridad tan 
importantes manifestaciones del saber; y por lo que toca 
á las ciencias exactas, algún ejemplo pudiera citarse para 
acreditar que España y el rey Felipe II no desdeñaban 
las más útiles aplicaciones de la ciencia matemática. 
Igual que las letras, florecieron también las artes» alcan- 
zando la pintura, la escultura y la arquitectura sumo gra- 
do de perfección, acreditado en sublimes obras que, co- 
mo significación de peregrino ingenio, legaron á la pos- 
teridad egregios artistas, en cuyo numen parecía brillar 
inspiración divina, al poner en ejercicio las excelsas fa- 



i 



330 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

cultades con que quiso adornarles el Supremo Creador. 
Y en harmonía con las tendencias de la edad y con el 
misticismo de aquel período, enriquecieron la música 
multitud de composiciones religiosas que atesoran con le- 
gítimo orgullo los archivos de nuestras catedrales. Era 
así patente la superioridad de España en literatura y ar- 
tes; y á tal punto se manifestó, que, dejándose arrastrar 
por innato sentimiento de belleza, acogieron Francia 
y otros países las brillantes producciones de nuestros 
autores dramáticos. La diplomacia castellana, entre- 
tanto, influía y predominaba las más veces en todas 
las cortes de Europa; y de esta suerte pudimos ejercer 
durante el famoso siglo de agitación incesante y de con- 
troversia inacabable, el influjo que de continuo nos da- 
ban la fuerza irresistible de las victoriosas armas, la in- 
teligencia superior de ilustres personalidades. 

Pero ¿aquella colosal grandeza, aquel inmenso pode- 
río que, por llegar á maravillosa altura, lograron traspo- 
ner las cimas culminantes de elevadísimas cordilleras, y 
por alcanzar insólita extensión, llegaron más lejos que 
los mares oceánicos, fundábanse en condiciones propias 
que les permitieran resistir los embates de la fortuna y re- 
parar los reveses con que la veleidosa suerte ofende á las 
naciones aun en los días en que es mayor su gloria y más 
lógico su encumbramiento? Preciso es decirlo, aunque 
ello haga padecer el orgullo patrio y lastime acaso la 
hidalga altivez de nuestro carácter: ocupó España lugar 
preferente en el mundo por efecto de azarosas circuns- 
tancias, no por la fuerza indeclinable de sucesos que se 
desenvuelven obedeciendo á naturales leyes. Acierto 
supremo en los gobernantes, y acaecimientos que no 
pueden imaginarse por las comunes reglas del raciocinio, 
juntos con el valor heroico y en exceso aventurero de 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUFE U 331 

nuestra raza, nos procuraron en inesperada hora lugar 
eminente entre las naciones; y cual si nada alcanzase á 
saciar codiciosas miras y exagerados propósitos, nos em- 
peñamos en temerarias empresas, que tanto más satisfa- 
cían el sentimiento nacional cuanto más eran extraordi- 
narias y arriesgadas. Kxcitando la emulación y la envidia 
de otros estados; despreciando inmensas dificultades que 
bastaran á derribar bien cimentado poder; avezados al pe- 
ligro y familiarizados con el riesgo^ nos apartamos de la 
ruta porque caminaban á largo paso las demás naciones, 
queriendo oponer en nuestra fnrtaíeíía perpetuo dique á 
desbordado torrente. Y sucedió lo que era razón suce- 
diese, cuando la aparatosa grandeza no se apoyaba en 
sólido fundamento. Para sostener las rudas luchas é insis- 
tir con enérgico tesón en un sistema de gobierno que 
nos atraía la general malquerencia, menester era que 
la prosperidad interior correspondiese á la audacia de 
nuestros ideales. Reclamaban las intcrminabl(^s guerras 
cuantiosos dispendios, y no era de verdad España nación 
que pudiera alimentar con los productos de su suelo, las 
lejanas empresas á que nos llevaba la política de absor- 
ventes monarcas. Si hay en nuestra patria privilegiadas 
zonas que en feracidad compiten con las más selectas 
del universo, por desgracia existieron siempre en Espa- 
ña estériles comarcas substraídas á todo linaje de culti- 
vo y á toda especie de material progreso. Influyó quizá 
en la pobre vegetación de solitarios terrenos la condi- 
ción de nuestro carácter, muy dado á cabaílerescas 
aventuras; contribuyó á tan lamentable estado la con- 
tienda que sostuvimos en largo período por reconquis- 
tar la unidad nacional; pero bien que, en otras cir- 
cunstancias, con mayor orden y previsión, pudo haberse 
mejorado la índole del territorio, no es posible negar, 



332 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

que si en lucidez de ingenio, en individual bravura y 
en amor á lo sobrenatural fuimos generosamente dota- 
dos, la generalidad del suelo peninsular no tiene cons- 
titución y estructura adecuadas para ser elemento per- 
durable y principal de prosperidad y de riqueza. Bien 
es exacto que, aprovechando juiciosamente las favora- 
bles condiciones en que se halló España á los principios 
del siglo XVI, cuando renacía vigorosa aquella sociedad 
corrompida en la anterior centuria, y utilizando el eñcaz 
impulso que á todo comunicaron los Reyes Católicos, 
pudo recibir ensanche la agricultura, adquirir el comer- 
cio brioso desarrollo, florecer la industria, y prosperar 
cuanto acusa la vitalidad de un pueblo; mas no era fácil 
destruir lastrabas y obstáculos que de larga fecha echaran 
hondas raigambres en nuestro organismo social, ni corre- 
gir con presteza los desórdenes que nos legaran en triste 
herencia los desaciertos de otras edades; pues las me- 
tamorfosis y alteraciones, que pugnan con la tradición 
y la costumbre, sólo se realizan y aseguran con previ- 
soras y meditadas resoluciones. Alcanzó sin duda la 
agricultura no despreciable adelantamiento, que hacia 
presagiar en lo porvenir venturosos días; las ferias cele- 
bradas de Villalón y Medina del Campo indicaban muy 
á las claras que no estaba nuestro comercio de todo pun- 
to abatido en los promedios del siglo xvi; y de que la in- 
dustria revivía, daban irrecusable muestra los telares de 
Burgos, Valladolid, Segovia, Toledo, Córdoba y otras 
ciudades manufactureras. Mas para utilizar los elementos 
de mejora que comenzaron á descubrirse, necesario fuese 
estimular su progresivo desarrollo; y sensible es manifes- 
tar que la política de los monarcas austríacos, si enalte- 
ció el poder y prestigio de la nación, contribuyó á 
destruir las fuentes de su prosperidad. No hemos de ad- 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUPE II 333 

mittr, sin embargo, que la sola culpa de cuantos males, 
en resolución, produjo el acometer empresas que en nues- 
tra interior vitalidad no tenían firme apoyo, deba acha- 
carse totalmente á los personajes que empuñaron por 
aquel tiempo las riendas del Gobierno; antes considera- 
mos que eran las ideas y pensamientos de los soberanos 
encarnación viva de ios sentimientos de la sociedad; que 
sus propósitos y decisiones respondían por punto gene- 
ral á las tendencias y aspiraciones de los españoles; que 
sus cerebros concebían y sus voluntades ejecutaban lo 
que la opinión del pueblo acogía y sustentaba* Podrá 
quizás hacérseles razonablemente responsables de que no 
advirtiesen cuan peligroso era oponerse con admirable 
entereza al movimiento general de Europa; pero si á la 
verdad ha de rendirse tributo, no sería bien atribuir ex- 
clusivamente á nuestros reyes la marcha que entonces 
se imprimió al manejo de los negocios públicos; pues si 
ella no fué muchas veces bien dirigida^ obtuv'o el asenti- 
miento de la nación oluscada ante el brillo de las armas, 
el esplendor ostentoso de increíbles triunfos^ y la gran- 
deza de arriesgad ísí mas jornadas que bien cuadraban á 
un pasado batallador y ú un presente de gloriosas proezas. 
Y así fué que cuando España despertaba de pesado 
sueño, y lucían para ella ios albores de provechosa 
regeneración, el anhelo de aumentar nuestro poderío, 
de acrecer nuestro territorio y de extender sobre to- 
da racional medida la legítima importancia con que la 
Providencia nos brindara, estimulónos á emprender más 
de lo que nuestras facultades consentían, y fi combatir 
en interminable lucha contra todo género de enemigos^ 
sin parar mientes en que la población todavía escasa, el 
estado social poco lisonjero que nos legara la agitada 
Kdad Media, la organización gubernativa á todas luces 



/ 



334 GUERRA DE ANEXIÓN SN PORTUGAL 

imperfecta y opresora, eran obstáculos que, exigiendo una 
política de reparación y de prudencia, por necesidad ha- 
bían de estorbar el cumplimiento de colosales proyectos. 
Olvidáronse las conveniencias interiores, y dando de 
mano á toda especie de ideas provechosas que favorecie- 
ran el adelanto de nuestro pueblo cuando, desligado de 
seculares trabas, aparecía lleno de exuberante esplendidez 
en el concierto universal, no se cuidó de utilizar para lo 
porvenir los inmejorables comienzos de una existencia 
sana y robusta; bien al revés, cual si hubiera decidido 
empeño en malograr sobresalientes cualidades, se le impu- 
so con implacable tesón carga superior á las fuerzas de un 
organismo nuevo, imposibilitando primero su natural cre- 
cimiento, haciéndole más tarde raquítico y enfermizo, para 
que en temprana hora, rendido á la fatiga, agobiado por 
la pesadumbre de borrascosa adolescencia, viniese á su- 
cumbir exangüe á los rudos golpes del hado adverso que 
por instantes consumía la escasa vitalidad que aún restaba 
al mísero y agonizante cuerpo. Y de que en nuestra Espa- 
ña se realizaron las providenciales leyes que á las nacio- 
nes se aplican igual que á los individuos, dannos irrecu- 
sable testimonio los sucesos múltiples que presenta el 
libro de la Historia en los siglos xvi y xvii. El engrande- 
cimiento que en bastante parte á fortuitas circunstancias 
debió su origen, imaginóse permanente y lógico; soste- 
nerlo y acrecentarlo nos atrajo la enconada hostilidad de 
Europa; y con exceso de orgullo ó falta de prudencia, 
emprendimos la insuperable tarea de someter al mundo 
por la fuerza á nuestro albcdrío, ya que de buen grado 
no se prestaba á ser dócil instrumento de una política 
invasora. 

Y entretanto que por el valor heroico de los solda- 
dos españoles se conquistaban triunfos inauditos en todas 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE ti 335 

las regiones del globo, la población de la Península íba&c 
amenguando por el natural efecto de diversas causas que 
arrebataban á nuestra patria los más selectos» inteligentes 
y laboriosos de sus hijos. I-a expulsión de los judíos; las 
disposiciones coercitivas que, aun antes de tomar igual 
resolución con los moriscos, se adoptaron contra los üU 
timos restos de la raza muslímica que, si por tempera- 
mento y carácter era indómita y absorvente, se distin- 
guía como agricultora é industrial; la emigración al Nue- 
vo Mundo en busca de rápido enriquecimiento^ que del 
propio modo excitaba la avaricia de los que vivían en 
suntuosos castillos, postreros indicios de pasada opulen- 
cia, que estimulaba el deseo de los que, menos favoreci- 
dos en su cuna, habitaban modesto albergue; la continua 
salida de hombres, que en la ílor de los años marchaban 
ávidos de reputación con el afán de adquirir gloria 
en lejanas tierras, de donde muchos no volvían^ y 
los que más dichosos regresaban, traían enervadas Jas 
fuerzas físicas y apagado el vigor intelectual^ sin poder 
prestar al país que les vió nacer el concurso de una 
fortaleza que ya perdieran y el esfuerzo de una acti- 
vidad prematuramente gastad :t, produjeron en corto 
pla2o lamentables consecuencias. 1^ juventud, que en 
proporciones desmesuradas abandonaba los patrios lares» 
robaba con su ausencia brazos á la labor, y como era 
ella la parte más fuerte» útil é ingeniosa de la nación, 
decaecía por momentos Ja agricultura, languidecía el 
comercio, y la industria, que del comercio es gemela 
hermana, y que con el comercio vive en harmónico 
consorcio, sentía Ja influencia perniciosa de la pérdida 
no interrumpida de elementos y fuerzas poderosas, que 
se llevaban consigo la robustez y la vida deJ cuerpo so- 
cial* y todavía no eia esto solo: que como las prolon- 



336 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

gadas y lejanas guerras exigían cada vez mayores sacri- 
ficios, que recaían casi exclusivamente sobre bs clases 
más productoras y laboriosas, estaba en general á car- 
go del estado llano satisfacer impuestos que de día en 
día se recrecían con nuevas gabelas. Las comarcas que 
nuestras armas triunfantes engarzaban A la corona de 
España, ya fuera por escasa \'oluntad 6 porque de cierto 
les faltasen para ello nn^dlos, no alcanzaban ú cubrir con 
sus cortos rendimientos las más perentorias atenciones 
que su propia seguridad exigía. El oro, que en abundan- 
cia llega|)a de América, no se detenía ua punto en la es- 
quilmada Metrópoli, y unido al que producían las exac* 
clones que sin cesar pesaban sobre la arruinada Castilla, 
ni aun bastaba para asoldar las tropas que sostenían el 
lustre de nuestra bandera en Ttalía como en Flandes, en 
Alemania como en Francia, en las costas africanas como 
en otros apartados territorios. 

«Los tesoros allá se consumían; los hombres allá se 
quedaban», dice con razón ilustre historiador, y mien- 
tras no se modificasen las ideas de nuestros monarcas, 
su obstinación en dominar el mundo, era lógico dedu- 
cir que semejantes males no habían de hallar pronto 
alivio; antes la perseverancia en mantener equivocada 
política, más los agravaran y multiplicaran en el trans- 
curso del tiempo. Muy reducidos los productos del suelo 
por la carencia de hombres que á las faenas agrícolas se 
dedicasen; comprimido el espíritu mercantil por las res- 
tricciones que entorpecían el desarrollo del comercio; de- 
caída la producción fabril; abrumado el pueblo de tribu- 
tos onerosos; desquiciada la Hacienda por el creciente 
desarreglo económico que aumentaba la penuria de la 
nación, la mirada de observador perspicuo bien pudo ad- 
vertir que la extraordinaria grande;ía de España era más 



r 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE U 337 



artificial que apoyada en sólido fundamentot rnás apara^ 
tosa y asombradora que legítima y durable- El colosal 
gigante encerraba en su constitución interna germea de 
mortal ruina, y, de perseverar en la política que halaga- 
ba el sentimiento patrio, eran de esperar tristes días para 
la soberbia y temida monarquía. Con todos estos vicios, 
con todos estos defectos, por grandes y transcendentales 
que fueseni pudimos mantener ima preponderancia gran- 
de en el mundo: no á otra cosa fué debida que al duro 
temple de los tercios insignes, á la pericia incomparable 
de afamados generales, ú las cualidades sobresalientes de 
los soberanos que rigieron á España en la centuria déci- 
masexta, los cuales, si cometieron desaciertos, fueron á 
no dudarlo grandes en sus ideales, grandes en los días 
de prosperidad, grandes en las horas de desgracia, y por 
ser en todo excepcionales ^ fueron también grandes en 
medio de sus extravíos. Pero dadas las muy desfavora- 
bles condiciones en que la nación híspana se encontraba, 
«nuestras conquistas de Sicilia y de Ñapóles, nuestros 
hechos en el Mílanesado, en Alemania, en Fíandes, no 
fueron más nunca sino aventuras gloriosas», como dijo 
el Sr, Cánovas del CastíHo (l), y de menguadas faculta- 
des ha de ser quien ponga en duda la exactitud que con- 
tiene tan franca aseveración. 

Apuntaba la decadencia cuando al entregar su es- 
píritu á Dios e! Rey Felipe 11 llegaba ú sus fines el me- 
morable siglo de nuestro prodigioso encumbramiento, y 
grande como era la debilidad interior, aún es mara- 
villa que la caída no fuese inmediata* Los medios de 
acción no estaban en harmonía con las dificilísimas em- 



< 



(i) Del pnacipiD y í\a qvic tuvo H su^T^macla müiüir de los españo^ 
tes üQ Europa* 



338 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

|)resas que sosteníamos con singulares alientos, y acaso 
hubiera sido preferible que á poseer renunciásemos algu- 
nos territorios del dilatado imperio, ya que era por ex- 
tremo difícil mantener un puesto superior al que á Espa- 
ña legítimamente correspondía. Es en ocasiones prudente 
despojar al tronco de inútiles ramas que viven á expen- 
sas de su propia vida, arrebatándole vigor y lozanía; 
pero á decir verdad, nada extraño es que no prevalecie- 
sen, ni aun fuesen en consideración tenidas las indicacio- 
nes que á este propósito ocurriéranles emitir entonces á 
bien intencionados políticos, porque la altiva condición 
del carácter español no se acomoda con hacer de su vo- 
luntad gratuitas cesiones; en todo tiempo repugnara esto 
á nuestra proverbial entereza, y más había de lastimar 
el sentimiento patrio, cuando era para muchos indiscuti- 
ble la superioridad de España en el concierto de las na- 
ciones. Prueba de energía admirable habría de dar el 
gobernante que, sobreponiéndose al común parecer, se 
atreviese á poner en efecto semejantes propósitos. Si con 
medios é inñuencia contase para realizarlos, mereciera 
quizás de la posteridad benévolo juicio; pero miráranlo 
sus coetáneos con odio profundo, y luego que en vida 
sufriera sinsabores sin cuento, descendería á la tumba 
con el desprecio y la malquerencia de sus conciudadanos. 
Siendo graves las circunstancias, y no muy hala- 
güeño el estado de la nación cuando Felipe III llegó á 
ocupar el solio, basta fijarse en las condiciones de este 
monarca para que fácilmente se comprenda que no 
poseía las dotes de gobierno necesarias para extirpar los 
males que de continuo enflaquecían el poder de España. 
Diferente de su padre y abuelo, no tenía el tercer Felipe 
el carácter resuelto, magnánimo y emprendedor de Car- 
los I, ni le eran tampoco familiares la afición á los ne- 



DURANTE EL RElMADO DE DON FELIPE U 339 

gocios y la infatigable laboriosidad que muy principaJ- 
mente distinguieron á Felipe TI. Con inteligencia escasa, 
débil é indolente, más inclinado á las prácticas religiosas 
que al gobierno del Estado, sintióse incapaz para di- 
rigir los complicadísimos asuntos de la más i^asta mo- 
narquía del Universo; y como el hombre á quien tras- 
pasó de golpe toda su autoridad carecía también de 
cualidades eminentes que le hicieran digno de mere- 
cer el elevado puesto que en mal hora se le conce- 
diera, decaía visiblemente la influencia de España, y 
poco á poco iba desapareciendo el temor con que Euro- 
pa entera se acostumbrara á mirar á nuestra patria en 
los dos reinados anteriores. Con todo eso^ no puede a ñr- 
marse que en el de Felipe III por completo descendiera 
la nación del culminante sitio que en el siglo precedente 
hab(a alcanzado: el carácter pacífico y los sentimientos 
piadosos del soberano apartáronnos por punto general de 
exteriores complicaciones y de contiendas lejanas; y si 
es cierto que semejante conducta menoscababa nuestro 
influjo, evitaba quizás que se manifestaran á la vista del 
mundo las mortales angustias que nos enervaban ^ y que 
tiempo adelante habían de producir la inexcusable des- 
composición del coloso. Xo quiere esto decir » sin em- 
bargo, que enteramente permanecieran quietas nues- 
tras armas en los cuatro primeros lustros del siglo xvu» 
pues bien que no contendiéramos por realizar los absor- 
ventes propósitos que constituyeron el principal ob- 
jetivo de los dos monarcas anteriores, sostuvimos empe- 
ñadas lides en Flandes primero, en Italia y Alemania des* 
pues; y como aún mandaban nuestros ejércitos capitanes 
ilustres que se formaran en la escuela del duque de Alba y 
de Farnesio, y todavía se conservaba en las füas de los 
aguerridos tercios el espíritu heroico de los intrépidos 



i 



340 GUZUtA DE AXEXIÓ9Í EX PORTUGAL 

soldados que al peligro y á la hicha habíanse avezado á 
las órdenes de aquellos excelsos generales, se mantuvo 
con honra el brillo de las banderas castellanas. Favore- 
ciónos también la muerte de los monarcas extranjeros 
que con mayor saña y talentos combatieran la política 
de Felipe U; y así, por la conjunción de motivos diver- 
sos, pudo e\-itarse la pronta desmembración del inmenso 
poder castellano. 

Si pues sólo por la gestión exterior hubiera de juz- 
garse el reinado de F'elipe III, acaso con él no se mos- 
trara la Historia en extremo severa. No fué de verdad 
glorioso, pero siendo tan aflictivo, cual lo era entonces, 
el estado interior de Espaíia, y careciendo el soberano 
de las esclarecidas dotes que de modo singular enaltecie- 
ron á sus dos predecesores, aún es de estimar que, aban- 
donando el inmoderado afán de intervenir en cuantos 
negocios se ventilaban en Europa, excusase á la patria 
mayores desdichas. Y quizás se convirtiera la templada 
censura en merecida alabanza si, desistiendo de teme- 
rarias aspiraciones, se propusiera el apático monarca res- 
tañar las cruentas heridas que á España causaron asóla - 
doras luchas, arreglando la desordenada Hacienda, im- 
pulsando la agricultura, favoreciendo el comercio, fo- 
mentando la industria, desenvolviendo la riqueza pública, 
levantando la multitud de opresoras trabas que empo- 
brecían y esquilmaban el país, procurando el incremento 
de la población que descendía con suma presteza. ¡Pero 
cuan distante estuvo Felipe III de poner remedio á los 
conflictos que consumían nuestra flaca existencia! El cré- 
dito de la nación, lejos de mejorar, decayó y se mermó en 
su tiempo; la penuria del Estado llegó á su colmo, por 
virtud de ruinosas disposiciones; la agricultura, el comer- 
cio y la industria declinaron aceleradamente, no pudien- 



DUHANTK KL REINADO DE DON FEUPE H 341 

do soportar onerosos tributos; y en tan apuradas circuns- 
tancias, aún ocurrió á los gobernantes españolea dic- 
tar una resolución funesta é impolítica. Exagerado fa- 
natismo, imponiéndose á toda raznn de prudencia, logró 
del Boberano lo que no osara realizar Felipe 11, con ser 
este monarca acérrimo partidario de la unidad de la fé; 
y por edictos varios fueron arrojados de sus hogares 
cuantos moriscos habitaban en las comarcas diversas 
de la Península, Disposición sensible, pues como la po- 
blación proscripta era principalmente laboriosa, eco- 
nómica y ejercitada en las artes útiles, bien luego las zo- 
nas más productoras quedaron convertidas en tristes 
páramos, y los bulliciosos talleres en solitarios lug^ares. 
Hallándose España en la rápida pendiente de su de- 
cadencia, aún pretendió reconquistar el perdido presti- 
gio, é instaurar la política invasora de que hiciera alarde 
bizarro en la anterior centuria, en tiempo en que reinaba 
Felipe IV y dirigía los asuntos del gobierno célebre per- 
sonaje, objeto de abrumadoras acusaciones y blanco de 
implacables censuras. Xo es este lugar á apropósito para 
inquirir con menuda investigación si los infortunios que 
pesaron sobre España deben atribuirse exclusivamente á 
f olivares, 6 si fueron en mucha parte legítima conse- 
cuencia de errores acumulados en no breve período por 
distintas generaciones: lo que sí puede aíirmarse es que, 
con escasa madurez de juicio, acometió Don Gaspar de 
Guzmán empresa, no sólo muy superior á sus propias 
condiciones, sino también á las debilitadas fuerzas de la 
nación; porque eran ya de tal modo azarosas las circuns- 
tancias, y hacíase tan difícil mantener nuestra prepon- 
derante situación en el mundo, que puede dudarse de 
que, á pesar del sutilísimo ingenio y dotes sobresalientes 
que adornaron á Carlos I y Felipe II, lograran estos 



r^*-f- 



342 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

monarcas remediar ó detener siquiera nuestra inevitable 
ruina, si para ello resucitaran en la mitad del siglo xvii. 
Mas de todas suertes, siendo el conde-duque, segün ob- 
serva el Sr. Cánovas del Castillo, «hombre de entendi- 
miento no vulgar, lleno de buen deseo y hasta de noble 
ambición de servir á su patria, pero falto del aplomo y 
la experiencia que solamente hondos estudios 6 la larga 
práctica de los negocios proporcionan; un político visio- 
nario, en fin, de esos que engendran todos los tiempos y 
en todos traen sobre los pueblos que ciegamente los si- 
guen confusión y estrago*, á un tiempo mismo sus bue- 
nas y sus malas cualidades contribuyeron por modo efi- 
caz al abatimiento de España. 

Volvieron á moverse las brillantes armas, cual en los 
tiempos esplendorosos de nuestra supremacía militar, en 
las fronteras pirenaicas, en Italia, Alemania, Flandes y el 
Franco-Condado, mientras en el mar peleábamos con 
furia, sin dar un punto de descanso á la aventurera polí- 
tica internacional. Desesperada, titánica, fué la lucha 
que á la vez y en multitud de partes sostuvimos; y tales 
caracteres mostró, que con dificultad podrá hallarse en 
la Historia pueblo alguno que diera pruebas de energía 
semejantes á las que entonces manifestó la agotada na- 
ción española. Pobre y desamparada, pugnaba contra el 
destino, hacía frente á todos los conflictos; ni un punto 
desmayaba en su empeño, y ya que le faltasen previsión 
y prudencia, quedárale al menos la indómita bravura de 
los soldados con que se afanaba por torcer el invariable 
curso de los acaecimientos mundanos. Pero las desgra- 
cias de España eran irremediables; podría quizás la en- 
tereza de sus tropas detener el carro de la fortuna por 
cierto período de tiempo; la caída era inevitable, y al 
realizar bizarrísimos esfuerzos no otra cosa se lograra que 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 343 

sacar incólume la dignidad de aquella milicia inmortal. 
Obtuviéronse en medio de la inmensa conflagración, 
triunfos gloriosos, lauros inmarcesibles; pero las fugaces 
llamaradas más no eran ya que los postreros destellos de 
una luz que se apaga. Las generosas acciones de los gue- 
rreros españoles en modo ninguno podían compensar 
cuanto á la nación le faltaba de medios y á sus gober* 
nantcs de acierto; y cuando, después de batallar con 
inquebrantable fiereza, al hado adverso rendían tribu to» 
aquellos hombres de duro temple ofrecían en holocausto 
la vida, prefiriendo sucumbir en gigantesca lid antes que 
presenciar la mengua de la patria, A sus individuales 
proezas fué únicamente debido que de súbito no cayera 
lispaña del altísimo puesto que alcanzó en el mundo; 
pero, con ser prodigioso el heroísmo de tan incompara- 
bles soldado®, á la postre había de ser inútil su esfuerzo 
para mantener en pie el anémico gigante. 

Guerras sin cuento, luchas sangrientas, arrebatáronle 
la vitalidad que le restaba; y cuando más que nunca era 
necesaria la unidad de la nación^ porque más que nunca 
eran las circunstancias difíciles, el catalán no estaba iden- 
tificado con el castellano; el aragonés, el vascongado y 
el valenciano conservaban particulares tendencias y go- 
zaban de inmunidades que no disfrutaba el resto de la 
Península; y como nada en suma se había hecho para 
fundir en una sola aspiración y en un solo interés las as- 
piraciones y los intereses de tantos y tan desparramados 
subditos, portugueses, flamencos é italianos j lejos de res- 
ponder al sentimiento de una patria común, se revolvían 
con desesperado esfuerzo 6 acechaban ocasión propicia 
de substraerse á la dominación española. Se acudió en tan 
apurado caso á unos y otros, y se demandó con viva ins* 
tancia el concurso de todos; más fué en v'ano: semejante 



344 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

pretensión podía y debía caliñcarse de quimérica, que 
como nunca se pensara en estrechar los vínculos ya de 
suyo flojos que ligaban á los variados componentes del 
cuerpo, aún los halló menos compactos la desgracia que 
unidos se vieran en los días de prosperidad. Natural resul- 
tado de una conducta imprevisora, que sería injusto atri- 
buir exclusivamente á un reinado ó á determinado per- 
sonaje; el mal traía de tiempo atrás hondas raíces: fué- 
ranse condensando gruesos vapores que ennegrecieron 
el horizonte político en el espacio de una centuria, y Fe- 
lipe IV y su altanero ministro, sobre quienes vino á des- 
cargar furiosamente la desencadenada borrasca, con 
haber aportado á la común obra de destrucción el con- 
tingente de imperdonables yerros, no fueron en verdad 
los únicos que se equivocaron, ni es justo tam(>oco supo- 
ner que ellos solos hiciesen perder á la nación el presti- 
gio que en grandes lides conquistara. Aspiró sin duda 
Olivares á mucho más de lo que podía realizar, y no tu- 
vo en consideración, antes de empeñarse en arriesgadas 
aventuras, el aflictivo estado de su patria; pero, bien que 
sobre él haya recaído principalmente el anatema de sus 
conciudadanos, no es lícito afirmar que fuese peor, ni 
acaso igualmente incapaz, que algunos otros hombres 
que antes y después dirigieron los destinos de España. 
Habíamos tenido en famoso período corazón y gallar- 
día para vencer naciones y ganar territorios; faltónos 
después prudencia y tino para conducir á seguro puerto 
la combatida nave del Estado. El irresistible empuje de 
las armas nos dio la superioridad en el mundo: por la 
violencia la conservamos y por la violencia nos fué 
arrancada, cuando, maltrecha la nación, apenas tenía 
fuerzas para sostener su propia pesadumbre. 

Herida y postrada España al impulso de rudos gol- 



DURANTE EL REIKADO DE DOH FELIPE íl 345 

p€s, Sa misma desgracia, que á las veces no tiene freno^ 

y las disposiciones no bien pensadas que para levantar 
las cargas públicas se expidieron en días infaustos, nos 
suscitaron de pronto i as rebeliones de Cataluña y Por- 
tugal: se entregó Cataluiía despechada á Francia, abrien- 
do camino á los ejércitos enemigos; sacudió Portugal 
con ardimiento la dominación de Castilla, consumán- 
dose al cabo, tras lucha no corta, una de las mayo- 
res desdichas que registra nuestra líistoria. Van trans- 
curridos más de doscientos años desde que acaeció la 
gran desventura, y todavía el ánimo dolorido no halla 
consuelo adecuado á tan grave quebranto. Lleváramos 
con resignación paciente los fracasos que sufrió í^'spíiña 
en los últimos tiempos de la dinastía austríaca, y sopor- 
táramos con entereza viril la pérdida de territorios inmen- 
sos, que habíamos al ñn de ceder de grado ó por fuerza, 
si en la unidad de la Península pudiésemos hallar alivio 
contra los impulsos reiterados de la aciaga suerte. Estaba 
dispuesto, sin embarco, que al fondo del abismo llegara 
en su caída la moribunda nación española* Se emancipó 
Portugal para que la catástrofe alcanzara en su grandeza 
á la grandeza de glorias pasadas; y fué tal la transcen- 
dencia de la desdicha, que en tanto permanezcan sepa- 
rados por grueso valladar, vivirán triste vida los pue- 
blos de la antigua Iberia; nunca habrá para ellos días 
muy venturosos; y, conforme más se robustezcan po- 
tentes nacionalidades que no encuentran confmes baS' 
tante amplios para limitar su espíritu de engrandeci- 
miento, más se irá amenguando la importancia de nuestra 
raza. 

Bitn es cierto que al incorporarse la monarquía 
portuguesa á la nación española, estando próximo á ter- 
minar el siglo XVI, no era acaso llegado el momento 



34^ GUERRA D£ ANEXIÓN EN PORTUGAL 

oportuno de fundir para siempre los intereses de los dos 
pueblos; porque, si hemos de decir verdad, prescindiendo 
de los derechos que hizo valer Felipe 11 para ocupar el 
solio lusitano, no había tenido antes, ni tuvo nunca 
después Portugal condiciones de robustez parecidas á, 
las que adquirió en los comienzos de aquella centuria, 
cuando merced á las dotes excelsas que adornaron á 
sus hijos, ocupaba lugar distinguidísimo entre los es- 
tados del mundo. Suscitó por esto la unión de ambas 
coronas innegable espíritu de hostilidad en muchos por- 
tugueses, que no aceptaban gustosamente la domina- 
ción castellana y la pérdida de la soberanía; y como la 
política de los monarcas españoles no fué de tal modo 
expansiva, que bastara ella sola para templar resenti- 
mientos, acallar desconfíanzas, corregir antipatías y des- 
vanecer recelos de los lusitanos, ni se inspiraba tampoco, 
contra lo que algunos han supuesto, en principios de 
opresión enérgica y dura, que por el terror mantuviesen 
la obediencia y el respeto, la fusión de las dos naciones 
no más en el nombre se había operado cuando vinieron 
para España los días infelices del rey Don Felipe IV. 
Alcanzaron á Portugal las tristes consecuencias de gue- 
rras, fecundas únicamente en desgracias, que aniquilaron 
á nuestra patria: el comercio se paralizó de todo punto; 
la marina lusitana, antes audaz y emprendedora, cayó en 
flaco abatimiento; y el inmenso imperio colonial fué 
• combatido por multitud de corsarios ingleses y holande- 
ses, que sin cesar saqueaban sus costas y detentaban sus 
ricas producciones. Atizaba el extranjero con hábil y so- 
lícita mano el encono del portugués, que veía multipli- 
carse sus infortunios en el punto mismo que acrecían 
los infortunios de España; hacinado estaba el combusti- 
ble que había de producir la hoguera; y al manifestarse 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE ÍI 347 

de súbito el fatal incendio, fué tan grande su voracidad 
que no bastaron á detener sus aseladores progresos los 
esfuerzos desesperados de nuestra nación^ más pobre en 
energía cuanto más pobre iba siendo en prosperidad 
materlah 

Verificóse, pues, la disgregación funesta con daño 
grande para todos; porque es de evidente certera que sólo 
por la conjunción armónica de intereses y de aspira- 
ciones han de alcanzar las naciones ibéricas el puesto que 
de derecho les corresponde en el mundo civilizado. 
¿Acaso por designios inexcrutables fueron creadas dentro 
de la Península dos nacionalidades distintas para que con 
separación absoluta, sin prestarse ayuda rnutua en sus 
grandezas y en sus abatimientos, ejecuten los fines que 
á la Providencia le plugo señalarles en el terrenal con- 
cierto de los estados? De manera ninguna; y por eso 
no puede ser perpetuamente durable el desvío, que 
la obcecación en unos casos, la cautelosa suspicacia en 
otros, la equivocada política las más veces, han estable- 
cido entre los pueblos peninsulares. Ligados por víncu- 
los estrechos de origen y de raza aparecen de antiguo en 
la Historia; y si corriendo el siglo xii rompen los lazos 
que hasta entonces los unieran, no se funda la creación 
de uoa nueva colectividad en justos motivos, ni obe- 
dece tampoco á razones de un orden superior, de esas 
que hacen surgir con fuerza incontrastable en momen- 
tos dados poderes autónomos; bien al contrario, sólo 
fué ella debida á las maquinaciones de un extrajijero 
desleal é ingrato, cuanto valiente y atrevido. Habíase for- 
mado el cuerpo civil por causas lógicas y de todo punto 
legítimas que dieron vida al organismo; cada uno de 
sus elementos era parte integrante de natural agrupa- 
ción ^ y á ella pertenecía como necesario miembro que 



,t 



348 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ha de permanecer unido á la entidad colectiva, para que 
la asociación se robustezca y vigorice, logrando el ma- 
yor bien de la existencia. Ni fué, ni será nunca lícito tam- 
poco, que por el libre albedrío de varias gentes se disud- 
\'a el pacto social que al Estado da forma, porque no se 
dé^e mutilar con despiadada sana la personalidad que ha 
menester de todos sus órganos para cumplir las funcio- 
nes esenciales de la vida. 

Y fué sensible cosa que desde hace siete siglos per- 
diera la raza peninsular los sentimientos de patria común 
con que en anteriores tiempos se confundió en los mis- 
mos ideales, gozando análogas dichas y participando de 
llénales desventuras; porque, ofreciendo á la justicia el 
debido tributo, si Portugal quedó más tarde incorporado 
fi España por la fuerza del derecho y por la energía de 
las armas, no fué la unión de tal modo sincera y amoro- 
sa que no se considerase oprimido el pueblo lusitano, 
t nn existencia propia y robusta, la independencia y auto- 
nomía portuguesas se mostraron exuberantes de esplen- 
dor en los principios del siglo decimosexto; y razón es 
decir que la semejanza de costumbres, de cultura y de 
idioma, y la identidad de religión y raza, que* son prendas 
de concierto íntimo, de nada sirvieron entonces, ni des- 
pués hasta nuestros días, para crear amistad inmutable 
i ntre los dos pueblos hermanos. 

^•Quiere esto indicar, sin embargo, que el aislamiento 
y los recelos, elaborados en la ardiente hoguera de las 
prisiones mundanas, hayan de prolongarse por modo in- 
definido, contrariando naturales leyes de afinidad? No, 
ciertamente; que nunca prevalecen al cabo las miras in- 
leresadas de los hombres sobre las más sublimes ideas 
que brotan de inspiración superior. Y si es verdad que 
los grandes imperios, dominando por la fuerza ahora, 



DURANTE EL REINADO DE DON FELIPE II 340 

por la astucia más tarde, víoleataron á veces la obra 
de la Naturaleza^ organizando poderes inmensurables que 
hicieron temblar a! mundo de espanto, su organismo fué 
sólo ficticio, y encerrando en sí propios germen incurable 
de flaqueza, vivieron acaso más tiempo del qut racio- 
nalmente debiera imaginarse, bien que siempre fuese 
muy corto período, cuando se le compara con el desen- 
volvimiento prolijo de la humanidad; pero A la postre, 
sucumbieron al impulso de mortífera dolencia, disolvién- 
dose las agrupaciones arbitrarias donde en abigarrado 
conjunto permanecieran sujetos multitud de pueblos sin 
concepto alguno de unidad social. Diferentes de estas 
colectividades son aquellas en que la comunidad de san- 
gre» la identidad de clima, la semejanza de idioma y de 
J itera tura, las propias condiciones étnicas y geográficas, 
crean lazos que no alcanza totalmente á desatar la mano 
del hombre, ni- aun siquiera el lento, pero más seguro, 
influjo del tiempo: agrupaciones ligadas por causas de un 
orden moral juntas con otras de carácter físico, deben 
vivir sobre la faz de la tierra como ente jurídico y polí- 
tico; y, si por acaso se disuelven en el proceso de la His- 
toria, hay que mantener la consoladora esperanza de que 
con nueva y vigorosa enerva han de reaparecer en más 
venturosos tiempos. 

Innegable es que desde hace algün tiempo se opera 
en Europa, y no solamente en Europa sino también en el 
mundo entero, una regeneración política, creándose co- 
lectividades que recuerdan en su grandeza las más osten- 
tosas que vieron los humanos. 

En incesante labor se unen aquí elementos disper- 
sos, se vence allá resistencia más 6 menos fuerte, y se 
forman en resolución conjuntos harmónicos que» si no 
mucho há fueron idea de calenturiento cerebro, pasa- 



3 so GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ron en corto plazo á bella realidad consagrada por gran- 
des triunfos y cimentada por el común sentimiento del 
amor patrio; y ahora más que nunca se tiende á reali- 
zar, como dijo Mancini, esa «ley providencial que con- 
serva el derecho de la nacionalidad, y cumple sobre la 
tierra la voluntad divina que rige los destinos de nues- 
tra especie». Y cuando tal hecho se advierte y toma 
caracteres de permanencia; cuando se piensa seriamente 
en reconstituir el mundo por razas 6 por lenguas, eli- 
giendo en modo de barreras accidentes naturales que 
separan las grandes regiones del globo, dando á éstas 
variedad con los climas, diversidad de físonomía con las 
cualidades geográficas y etnográficas, en vez de buscar 
artificiosos confines y caducos linderos, hora es de me- 
ditar con sereno discurso los conflictos gravísimos que 
esconden los secretos de lo fiíturo para los pueblos, de 
suyo no muy poderosos, que teniendo comunes glorias 
en tiempos remotos, viviendo juntos en los albores 
de la vida y en los comienzos de la adolescencia, rompen 
los apretados vínculos que les unieron en días de felicidad 
y de infortunio, para recordar no más con perseverancia 
contradicciones que, debiendo ser pasajeras, adquieren 
caracteres generadores de odio inveterado, cual sí ellos 
hubiesen de vivir á perpetuidad en irreconciliable antí- 
tesis, aguijados por sentimientos de egoísmo mezquino 
y de orgullo exclusivista, que es bien desaparezcan al fun- 
dirse con más altos ideales en el crisol de las convenien- 
cias mutuas y de la recíproca seguridad. 

Y, esto no obstante, si en lugar de corregirse añejos 
resentimientos, se mantiene vivo el recuerdo de discor- 
dias antiguas, no ha de pretenderse formar una agrupa- 
ción que únicamente á la violencia deba su origen y sólo 
por la fuerza se mantenga; pues si la materia, como cosa 



DURANTE EL REINADO DE DON FEUFE II 351 

efímera y perecedera , puede por el humano esfuerzo do- 
minarse, no asÉ la voluntad y el pensamiento que, al 
ser patrimonio del alma, obedecen á leyes de concepción 
sublime que por entero se substraen á cuanto percibe 
nuestro raciocinio. Pueblos que pierden su organismo 
autónomo, domada su resistencia por incontrastable po- 
der, sufrirán en silencio las amargTjras de una servidum- 
bre impuesta por la fuerza; pero no olvidarán jamás la 
dejación involuntaria de sus derechos, ni aceptarán nun- 
ca el yugo que pesa abrumador sobre su conciencia y 
su corazón. Y de nada serviría que existiesen moti- 
vos de natural aproximación y de permanente sim- 
patía, y que al punto mismo se realizasen dentro de 
una colectividad, más 6 menos numerosa^ manifesta- 
ciones de identidad en la cultura, de analogía en las 
tendencias, de comunidad en las aspiraciones^ de se- 
mejanza en las costumbres y de unidad en la raza» que 
por visible manera distinguen determinadas agrupaciones 
de cuantas con ellas coexisten: si en la propia sazón no 
se unifican los pensamientos en un ideal común, todo 
será precario y deleznable; los que tuvieron una patria 
que les fué arrebatada por medios violentos, la recor- 
darán con amarga pena, porque se ama siempre con 
efusión mayor el bien perdido; y si antes había diferen- 
cias pequeñas, que el trato íntima y el conocimiento re- 
cíproco pudieran desvanecer por la virtud de una acción 
constante^ se ahondarán después por la fuerza misma de 
los hechos^ quedando así destruida toda especie de legi- 
tima afinidad. Ni ha de creerse que fácilmente se borren 
las tendencias de emancipación que con impetuoso alarde 
surgen en el oprimido luego que perdió su autonomía; 
muy al contrario, como el dominador rara vez se inspira 
en sentimientos de templanza, que más que nada concier- 



35^ GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL ' 

tan á vencidos •y vencedores, el rencor del pueblo some- 
tido, lejos de extinguirse, crecerá con impulso vigoroso, 
y el deseo de sacudir extraño yugo más habrá de mani- 
festarse en el transcurso del tiempo. Que las circunstan- 
cias se muestren propicias, y pronto la llama de la rebe- 
lión, alimentada con los desaciertos de los unos y los 
recuerdos de los otros, consumirá cuanto de amistoso 
tenían las relaciones de los pueblos hermanos. 

Y aun lo más doloroso que semejantes acaecimientos 
producen, es que, como resultado de la nueva segrega- 
ción, quedan durante largo período destruidos los senti- 
mientos de fraternidad que por naturales condiciones 
aunaban las voluntades de pueblos afines; y si más ade- 
lante, siguiendo otro linaje de procedimientos, que me- 
jor se aviene con el mutuo respeto, se quiere promo- 
ver la unión, antes conseguida por la violencia, las difi- 
cultades serán considerables, y aparecerán en todas cir- 
cunstancias al modo de fantasma aterrador que malogre 
ó retarde, cuando menos, la ejecución de herniosos 
ideales. En casos tales, según dijo insigne estadista, 
«mientras la unión de unas agrupaciones con otras no se 
funde en la conciencia de un alma común, mejor es 
no pensar siquiera en ello, dejando al tiempo que len- 
ta y solitariamente realice, si posible fuere, la unificación 
de los sentimientos y las ideas, y poco á poco enfríe ó 
entibie las oposiciones, aquellas sobre todo que nacen de 
las contrarias glorias militares, las cuales tienen especial 
virtud para mantener la separación, y por mucho tiem- 
po el odio hasta entre pueblos y hombres, que no por 
eso dejan de ser compatriotas á las veces, ó son, á su 
pesar, malos hermanos, pero hermanos» . 

Aplicando estos conceptos á los estados que existen 
en nuestra Península, bien se comprende que al lamen- 



á 



t 



DURANTE EL REltíAtKJ DE DüS KKLll'E II ^fj 

tar con pesarosa aflicción la escasa comunidad de inte- 
reses y setitiraitíntos que hay desde hace dos siglos 
entre España y Portugal, ni por un instante pensamos 
que, si ha de efectuarse unión provechosa, sea contra- 
riando el libérrimo albedrío de entrambos pueblos; y 
aun añadimos, que si sólo por brutales hechos pudiera 
alcanzarse^ sería preferible que á ella renunciásemos 
para siempre, Pero es lo cierto, que de persistir en una 
situación que inutiliza los más bellos propósitos, se impi- 
de también la debida robustez al cuerpo^ y se estorba la 
ejecución de magníficas ideas qué providencialmente 
debieran cumplir los pueblos de la antigua Iberia, Separa- 
dos, no pfKlrán impulsar con brioso empuje las fuentes 
de su prosperidad, ni tampoco aspirar á elevados des- 
tinos; unidos, alcanzarían en breve plazo todo el bien- 
4!Star que desenvuelve la civilización moderna, y con- 
quistarían fácilmente distinguido puesto que les diera 
consideración en el mundo, y que fuese adecuado á 
su grandeza en anteriores épocas, Y si por dicha, las 
dos naciones llegaran á confundir sus aspiraciones en un 
mismo pensamiento, aun formando, si se quiere, poderes 
autónomos ^'cuán grandes, cuan poderosos no serían en 
el concierto general del globo? Circundados por extenso 
mar; mirando por el Occidente y Sur el camino que 
llevaron las naves de Colón y Gama; recibiendo en las 
costas de Levante el acompasado murmullo que produ- 
cen al desvanecerse en blanca espuma las tranquilas on- 
das del r^Iediterráneo; con un pie adelantado sobre con- 
tinente vastísimo, verían surgir de amplio horizonte por- 
venir lisonjero; y en ei afanoso empeño con que las 
potencias europeas procuran acrecer su influencia en las 
tierras faraónicas, en las playas berberiscas y en las 
riberas todas que rodean la región africana, apere i bien- 

TOMO H aj 



'*• *^^-lsfp- 



354 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

dose de continuo para niás importantes acontecimien- 
tos que se vislumbran en los arcanos de lo futuro, sin 
duda á los pueblos ibéricos les estaría reservado emi- 
nente lugar; que si la tradición signifíca algo en el pro- 
greso general de la humanidad, ninguna otra raza pue- 
de ofrecer títulos mejores que la nuestra para predo- 
minar en un país regado por la sangre generosa de mi- 
llares de españoles y lusitanos que en lucido período pe- 
learon con arrojo denodado por abatir la enseña del 
islamismo, despuésque insignes navegantes de inmortal re- 
nombre esculpieran con el cincel de su ingenio en las tor- 
mentosas aguas del Atlántico los límites de tierras ignotas. 

Pero, si de otra suerte, la preocupación recelosa, el 
amor propio mal entendido y la prevención injustificada 
siguen poniendo el veto á legítimos deseos; si alguno ,de 
los pueblos peninsulares busca en extraña alianza, valla- 
dar fuerte contra soñadas ingerencias y usurpaciones 
imposibles, convendría inquirir hasta qué punto puede es- 
timarse desinteresada la política de una potencia que 
no acostumbra tener otros móviles que los de su egoísmo 
y positiva esperanza de lucro. Páginas de dolor presenta 
la historia, que atestiguan cuan fundados son estos nues- 
tros temores, y ¡plegué á Dios que en hora tardía no 
haya de arrepentirse Portugal de haber solicitado otros 
consorcios que aquellos á que le arrastra la Naturaleza 
con enérgico impulso! 

Al modo que los miembros de una familia vuelven al 
seno del hogar doméstico, si de él se apartaron en infeliz 
momento, así es razón que, cumpliendo las leyes de la 
unidad, se reconstituyan los pueblos segregados en día 
nefasto. Fronteras convencionales y abiertas al paso de 
las ideas, al desarrollo del comercio, al tránsito de los ríos 
que nacen en las cumbres de nuestras elevadas comarcas 



\ 



DURANl'E FX REINA ÍX> BZ DON FEUPK II 355 



l>ani rendir sus a^uas al Océano en el término de fatigí^a 
peregrinación, no fueron por Dios creadas para separar 
en grupos antagónicos una misma raza de hombres; y, si 
alguien intenta torcer la corriente general de sucesos in- 
declinables, «no podrá ciertamente impedir, según obser- 
va orador ilustre, que las cordilleras lusitanas formen una 
sola línea con las cordilleras españolas, y sean como ía es- 
pina dorsal y el esqueleto de un sólo y mismo cuerpo; que 
las aguas del Tajo lleguen á Lisboa con los retratos de las 
torres de Toledo y de las florestas de Aranjuez en las 
superficies de sus cristales, como con los acentos del á 

Romancero y de Garcílaso en los susurros de sus ondas?^. 
Y no se diga que controversias malamente suscita- 
das entre ambos pueblos, ya lejos de nuestros días, sean 
bastantes a romper natural harmonía; que si ellas obede- 
cieron á sentimientos de innegable desvío, no rnent^ 
fueron en número, ní menos brillantes tampoco en su 
esencia, las luchas épicas en que juntos combatieron es- 
pañoles y lusitanos por la común independencia , lo mis- 
mo en antigua que en moderna época. Y ¿dónde, en 
qué nación de! mundo puede darse ejemplo de colec- 
tividad política» cuyos elementos hayan siempre vivido 
con perfecta identidad de intereses y de relaciones? 
Encarnizadas, sin tregua, fueron las guerras que riñeron 
entre sí desde fecha remota los estados italianos; las 
contiendas intestinas de tal modo se multiplicaron en la 
patria de los Torrianis, de los Scalas, de los Correggios, 
de los Gonzagas, de los Carra ras, de los Víscontis y de 
los Mediéis, que aun en fines de Ja Edad Media pugnaban 
unas con otras, animadas por mortales odios, las ciu- 
dades independientes de aquella comarca; y todavía en 
estos tiempos fué á la postre preciso el concurso de las 
armas para condensar en una sola nación el territorio 



35^ GUERRA DE .\NEX1ÓN^ EN PORTUGAL 

fraccionado de la península itálica. Ni de otra manem 
que sosteniendo fratricidas querellas llegaron á fundirse 
en el tronco común Borgoña, Bretaña, el Franco-Con- 
dado y otra multitud de regiones que hoy exornan con 
las primorosas galas de su feracidad el floreciente suelo 
francés. I-argas fueron también las luchas mantenidas 
entre Inglaterra y Escocia, y no sirvieron por eso de 
obstáculo á la organización del Reino Unido. Guerras 
sangrientas costó asimismo dar forma á la nacionalidad 
germánica, y para no insistir más en observaciones df 
este linaje, consideremos por último la nación españo- 
la constituida perdurablemente en las postrimerías del 
siglo XV y en los comienzos del xvi, sin que las com- 
petencias guerreras de Castilla con León, de León con 
(lalicia, de unos y otros con navarros y aragoneses, 
fuesen parte grande para estorbar la incorporación de 
tantos dispersos organismos, como arrancó de un únicn 
ser la invasión agarena. Dirigiendo la vista á todos lo> 
pueblos del mundo, difícilmente se encuentra nación 
alguna que antes de constituirse en una sola perso- 
nalidad política y jurídica, no haya sostenido más ru- 
das competencias que las que entre sí riñeron Portugal 
y España; y es absurdo suponer que haya de imposi- 
bilitar en nuestra raza la unidad y la concordia aque- 
llo mismo que en otras nacionalidades fué no más le- 
vísimo accidente sin fuerzas para impedir oportunos con- 
ciertos y necesarias aproximaciones. Y son éstas por 
gran manera convenientes, si no indispensables pam 
nosotros: que si en las contingencias de lo porvenir 
llegasen por desventura días de infelicidad y de peligros 
para una de las naciones ibéricas, imposible sería que su 
decadencia y ruina no produjese en un tiempo mismo la 
decadencia y la ruina de la otra. 



DURANTE EL REÍNADO DK DON FF-LIPF- II 357 

Como prenda de seguridad estimamos menester la 
*i lianza de españoles y lusitanos, que al realizarse colo- 
caría los estados peninsulares en aptitud de cumplir seña- 
lados fines. Y no es que aspiremos á una política aven- 
turera é infecunda que agotase Ja riqueza pública y ener- 
vase el poder de ambos pueblos. Las desgracias sufri- 
das en los reinados de la Casá de Austria, demuestran 
qtie no impunemente se traspasan los límites de lo hace- 
dero, y se acometen empresas que no guardan relación 
con la vitalidad del organismo interno. Tomemos ejem- 
pío de aquella época para imitar con orgullo legítimo d 
esfuerzo increíble, la energía indómita, d ardor sublime 
de guerreros incomparables; para aprender en las des- 
dichas de la patria, que fué y será siempre cosa imposi- 
ble poseer el dominio del mundo. j\!as tampoco se ima- 
gine que España deba permanecer sumida en indolente 
apatía, mientras se ventilan problemas que á la larga 
influirán en su futura suerte; hacer tal, sería incurrir en 
censurable descuido y obscrv^ar punible negligencia en la 
administración de los intereses públicos. 

No es obra de un ano, de un lustro, ni acaso de una 
generación, disponer todos los elementos que pueden 
encumbrar nuestro pueblo al lugar que merece. Pero, 
bien que esto sea cierto, tengamos energía para subs- 
traernos á pequeñas cuestiones que ofuscan la v^ista }" 
apocan el espíritu; restañemos la sangre de cruentas he- 
ridas, sin dejarnos abatir por inesperados contratiempos; 
mostremos en todas circunstancias robustez de ánimo, 
prescindiendo de pesimismos exagerados; fiemos también 
en la gallarda entereza del pueblo español; que sólo así, 
y por el desenvolvimiento de una política reparadora y 
í^ensata, ha de engrandecerse nuestra patria. 



APÉNDICBS 



Apéndice ntiia. 1 

t.AñPÉTA.—Belneiún M esUíáo en que estú io del armada u tjércm df 
S, M,, p dd aúmarif de grnte // io demúA que ftaij if ^e la ¡untando pfira 
em. Kn Mfidrid ó 36 úe febrtTú de 1680. 

Belación del estado en que, sef/ún se entiende, está de presente el arma- 
da y ejército de S. >/., y de la gente, artillería, municumes, bastimentos 
y pertrecttos que ¡te van juntando para ello, según las relaciones que se 
tienen de todas partes . 

IXFAMERÍA ESPA5Í0LA 

En el número de la infantería española se presupone que hay y 

se juntarán il.696 soldados, en esta nianera: 

En el tercio de infantería española, que el maestre de 
campo Don Rodrigo Zapata levantó en el reino de Va- 
lencia, y está en Gibraltar, hay de presente 1.970 solda- 
dos, y se ha dado orden para que se rehaga al número 
que más pudiere 1.970 

Asimismo están ^n Gibraltar cuatro compañías de solda- 
dos viejos que vinieron de Lombardía, que tienen 800 
soldados, y se ha mandado asimismo rehacer 800 

En las galeras de Sicilia vinieron tres compañías de es- 
pañoles de los del tercio de aquel reino, que tienen otros 
500 hombres, y también se ha de rehacer 500 

En las galeras de Ñapóles se traen 12 compañías de in- 
fantería española ae aquel tercio, que, en la muestra 
última que se tomó en los Alfaques de Tortosa, tenían 
Í.076 soldados, todos arcabuceros, mosqueteros v cose- 
leles '. 2 .076 

El tercio de D. Luis Enríquez, que tiene 13 compañías 
de á 250 soldados cada compañía, y después se ha man- 
dado rehacerlas á cada 300, y se hace en Sevilla y Cór- 
doba; se hace cuenta que se juntarán á lo menos el 
número de los 230 soldados por compañía 3.250 

El tercio del maestre decampo Antonio Moreno, que se 
hace en el obispado de Jaén, y es de 13 compafiias, otro 
tanto 3.250 

El tercio de Francisco de Valencia, que se hace en Ex- 
tremadura, otro tanto 3.230 

£1 tercio de D. Gabriel Niño, que se hace en Castilla y 
Aragón, y es de las mismas compañías, otro tanto 3.250 

El tercio del maestre de campo Pedro de Avala, que 
se hace en el reino de Toledo, otro tanto '. 3.250 

21.596 



302 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

De manera que se puede hacer cuenta que se juntarán los 
dichos Si. 596 hombres españoles, y de éstos los 5.346 
que, como queda dicho, vienen en las galeras, y están 
de presente en el armada, tienen todas sus armas; y 
para armar los otros cinco tercios que están por levan- 
tar, se tienen las armas necesarias en Cádiz para los de 
Andalucía, y se han mandado poner en Badajoz las que 
ha de tener el tercio de Extremadura, y en Guadalaiara 
V Falencia las qu& han de servir á los tres de Castilla y 
toledo. 

INFANTERÍA ITALIANA 

De infantería italiana se hace cuenta que, conforme á las 
relaciones que se tienen, hay 6.564 infantes, en esta 
manera: 

En la coronelía de Próspero Colonna hay 2.900 hombres 

en i5 compaftias t.900 

En la coronelía del prior de Hungría hay 1.606 i .606 

En la de Carlos Pinelo hay de muestra 2.068 2.068 



6.564 

Que son los dichos 6.564 italianos los que se hallan en las 
dichas tres coronelías, en las cuales hay muchos solda- 
dos particulares y hombres de facción, y todos ellos 
bien armados, y los más arcabucería y ^mosquetería. 

INFANTERÍA ALEMANA 

El conde Jerónimo de Lodrón ha avisado por carta de 6 
de febrero haber llegado á Alicante con su regimiento 
de alemanes, y uue tiene 5.000 hombres, ^ente lucida 
y sana« y mas 100 artilleros; y de 18 de dicho mes, se 
tiene carta de Don Galcerán Fenol lete, con aviso de lo 
mismo de Cartagena, y que iban la vuelta de Gibraltar 
en 10 naves, y también éstos traen sus arcabuces 5.000 

GASTADORES 

Por las relaciones que se tiene del annada, se entiende 
que han venido de Italia hasta 1.200 gastadores de los 
que se hicieron en el estado de Toscana y reino de 
ISápoles, y en las galeras de España se entretienen por 
buenas oollas otros 1 .000, que serán hasta 2.200 2.200 



Todo el número de la infantería y gastadores. . . . 35.360 

CABALLERÍA 

En la caballería se presupone que se juntarán 2.107 caballos, 
entre hombres de armas, caballos ligeros, jinetes y arcabuceros de 
á caballo, en esta manera: 



APÉNDICES 363 

La rompaúia de tos iOO continuos, hombres de armas, de 
qm es capitán D. Alvaro de Ltina * 100 

Once compafi las de liombres de armas que van caminan- 
do á liadajüE y llevan 6í7 lanías 637 

Tres conipa filas decahaMos listaros que van caminando 
como las de suso y tienen Í4I langas 14t 

Entre tas dictias U compaf^ia.s de las guardas están reci< 
bidos 159 arcabuceros de s caballo que van con ellas., iíW 

Kn Marbelia v Este{mi:a e^iáu alujados tLiO jinetes de los 
de la guarda de la cosía de Granada, á caijíüde Sancho 
de Avjla, los cuales están prevenidos y aderezados tOO 

De íerez están prevenidas otras íOO íanias de Ins conlio- 
sos Y ofrecLdoles sueldo desde que salgan á servir 300 

Los duques de Arcos y Alcalá Uenen prevenidos cada 
lU caballos para salir caaudo el tnarqoés de Santa 
Crm los llamase - SO 

Demás de todo esto, se han mandado levantar seis com^ 
pañjas de ú 1ÜD arcabuceros de á caballo cada una, que 
&e van juntando 60(» 



Toda la caballería... »... i. 107 

De manera que habrá en la dicha gente de á caballo 1.107 ^da- 
zas, y la de guardas va caminando, y tras ella irá lo demás. 

GALEBAS 

Hav en la costa de España 89 galeras de las de 5. U., que están 
á ííueláo en esta manera: 

Las de S. M, son 37 37 

Las de la escuadra de Juan Andrea, y particulares que 

trae a cargo Marcelo Doria , . 13 

Del reino de Sicilia biiy 10 galeras lü 

Del reino de Ñapóles han venido 10 galeras 10 



89 

Que son Jas dichas S% galeras, y todas ellas lienen su gente de 
remo y guerra ordinaria, y de cabo hay en las de España lauta máü 
que la que suele entrar, que se hace cuenta podrán echar en tierra 
otros 1.000 hombres en caso de necesidad con sus armas. 

SAOS 

fDe tetra tle BtigmU} 

Hay 39 naos j^ruesaü de Levanta sin haber nin^uua natu- 
ral de estos reinos, todas ellas amarinadas y artilla- 
das, que tendrán una con otra ocho personas de mar. , . S9 

Hav 57 chalupas, carabelas y barcones que han de semr 
de llevar gente, caballos y muías de unas partes a 
otras comoconviene, y en ¿"slos bay hasla 800 personas 
de su senicio . * 57 



(Sin las en ^ue vienen los alemanes) 94 



364 (fUERRA de anexión en PORTUGAL 

ARTILLERÍA 

Demás de la artiljeria que hay en las naos y galeras, hay para 
el servicio de ella, y llevar por tierra el número de piezas de batir 
y campaña con la pelotería, municiones y otros pertrechos, que se 
verá por otra relación que se dará con ésta. Para el servicio y manejo 
de ellas están mandadas comprar 200 muías con todos sus aderezos, 
y 30 caballos para servicio de los oficiales de la armada. 

BASTÍMENTOS 

Conforme á las relaciones que se tienen de los oficiales de la ar- 
mada, hay en ella buena cantidad de vituallas y del bizcocho, que 
es lo que se teme la falta por haberse gastado en la mar con haberse 
detenido la gente que viene de Italia después que se embarcó allí 
hasta mediado de marzo, y para de ahi adelante na de servir la pro- 
visión que se ha mandado"^ hacer á Francisco Duarte para cinco me- 
ses^ y lo que más se fuere haciendo y juntando conforme á las pre- 
venciones (¡ue para ello se han hecho, que se verán por otra rdaciMí 
que se dará con ésta. 



Para el hospital de la armada está proveído y prevenido lo que 
ha parecido convenir, y de lo que será necesario 'para el del ejérci- 
to á la parte de Badaioz, donde se hace cuenta que habrá de cami- 
har y juntar, esta dado el cargo al obispo de Badajoz. 

HERRAMIENTAS 

De palas, azadones, picos, azadas, hachas, bocinas y otras diver- 
sas herramientas, de que se suele hacer provisión en un ejército, 
se ha hecho lo que se verá por otra relación, todo lo cual se ha traído 
de Italia, y demás de ellas, hay en Cádiz y Sevilla gran cantidad de 
las dichas herramientas de respeto. 

LO Ql E SE HA ORDENADO 

Que la gente del annada se saque y aloje en tierra para que se 
rehaga y refresque, y se les dé á todos dos pagas, tomándoles mues- 
tra general, para lo cual se ha proveído de dinero, y que todo lo 
que allí se luciere se encamine á propósito que la mayor fuerza de 
este negocio ha de ser por tierra. 

Que vengan diez ó doce naves con hasta mil hombres á las islas 
de Bayona, y allí se junten con las doce azabras que apresta Juan 
Martínez de Recalde en las costas de Vizcaya, y las unas y las otras 
anden de armada por aquella parte, y no dejen entrar en Lisboa 
ningún trigo ni bastimento, ni gente ni otro cose. 

Que esta armada ande á cargo de D. Pedro de Valdés, y se pro- 
vea de bastimentos en Galicia, donde están comenzados á juntar, y 
proveído para ello 2.500 ducados, y sea nombrado proveedor, con- 
tador y pagador. 

Que en Galicia y Asturias se levanten hasta 3.000 hombres, que 
se pongan sobre la dicha armada, para lo cual están nombrados 12 
capitanes de los naturales de la misma tierra, para que en caso de 
rompimiento entren por todas partes, y se han repartido la frontera 
de Portugal de mar á mar en siete partidas y dado cargo de ellas á 



\q& stíñom^ que #f tlira en ma retacithi que irá von ééia y apei^cibidoi^ 
que les acudan cuando coaviniere los que están rnns ti h tlarní 
!*deTjtr« y en muchos días; i\ este propósito se va ejercí lando y pro- 
ve ven Jo'de armos la ííenle de la Irontera en todas partes. 

He estrjto i% Italia qne se prevwtiga luego navegación, en que con 
brevedad imedan tjaiiíi^e ú España 4.000 infantes españoles que se 
sacan de Flandes^ y entre ellos ríOO areabuceros de a caballo, y otros 
4.tX'0 jta líanos que' se lian de liacer en el estado de Tuscana y el de 
Mililn, V qiiij veiígan pruveidus de bastimentos por cuatro meses. 

A.Hmisouí se lia escrito al virrey de Ñapóles que envié luego 
StKOOOquiütules de bizcocko bbiadu y la harina necesaria en sacos 
para liaccrse en Kspafta otros tan tos, que por todos sean 4O,0UO 
qoinUlej, y con cHos las ciernes saladas, legumbres, vino y otras 
vilobllas necesariífcS, que se hace cuenta que esto será provisión 
para 40 000 hombres rfus meses. 

Hiinse mandado hacer en Sevilla ISO barcas chalas para puentes, 
de a pies de anciiu, líi dc larí^o y tres pies de alio, en punta por ara- 
bas parte^^ con las ancoras, estacas y raaromas necesarias para 
afirmar la puenle en el rio, y 130 carros de cualro ruedas en que se 
lleven. 

Ha nombrado S. h\. por províiodur y comisario general del ejér- 
cito al marqués do Anfión, v para que le ayuden y asistan, á Her- 
nando Deljíado v Mignel de Mendivü, y mandado que venga de Se- 
villa, donde se Tía lia, á Extremadura. 

Estí ordenado que el alcalde Tejada, habiendo despachado lo del 
pan que se bace en Campos, va va con gran brevedatl a Extremadu- 
ra i\ disponerlo de rdlí, y servir de auditor general del ejército, y 
encargadíj al aícalde Valladares que acuda i'i la provisión del ar- 
mada . 

Eslá ordenado que la gente de las guardas se vaya arrimando a 
la frontera de Porti:í;íil, y que sea cerca de BadajoV y aqiaelJa \\^t- 
te, y van caminando tiara alojarse en las partes que el veedor gene- 
ral ha señalado, que se verá por otra relación que se dará con ésta, 
t manda S> AL que se considere la posibilidad de la tierra para el 
entretenimiento de la gente y caballos. 

Que se advierte que el ejército ha de venir á Badajoz, y que de 
tal manera se reparta lo de la gente, que quede en el armada de 
mar lo que fuere i^ecesario para lo que se ha de hacer por ella, con 
eí arlilleria necesaria, y que otra batería se (raiga jíor tierra, enea- 
minátidolo como convenga, ú propósito de que lo uno y lo otro lia 
de ser á un tiempo, 

(¡je Iftra úfí Uqn 

Primero ha de ser lo de la tierra por no serlo aún para la mar, y 
por la tierra si que conviene no perderse tiempo, sino darse mucha 
priesa, y que quede prevenido lo de la mar para ir también por allí 
en ha cien do tie ui i)o pa ra e 1 1 o ( 1 ), 



(Ij Colecciíin de documeotojí InMttog r^ra tu lííilcidíi do Eapaiin, 
imo XXXIV, págs. 2S7 é írifi. 



tomo 



^íw**íi'wni^^rfWN*i.^iií*^í* 



366 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



Apéndiod nixn. 2 

CARPETA.^Belaciátt del artillería, armas y municianet que se tienen 
de respeto para el armada y ejérdto de S. M., áUde fehrero de 1580. 

DENTRO 

Relación del artillería, armas y munidones que hay de respeto el día de 
la fecha de ésta en poder de Juan de Zafre, municionero, y en naves 
que han venido de Italia para servicio de la armada y ej&cito de S. M.\ 
de lo que ha venido de Ñápales, Genova, Cartagena, Málaga y SeviUa, 
y han prestado el duque de Medinasidonia y Antonio Manso, factor del 
Rey de Portugal: 

Cañones. —Trece cafiones de balir de peso de cincuenta 
quintales, poco más ó menos, cada uno 13 

Medios cañones.— CudiíTo medios cañones, de peso de trein- 
ta quintales, poco más ó menos 4 

Cañones pedreros, Seis cañones pedreros de trece quin- 
tales, poco más ó menos, cada uno 6 

Medios cañones pedreros.— Diez medios cañones pedreros 

3ue no se sabe el peso que tienen 10 

ebrinas.^Dos culebrinas de á sesenta y dos quintales 
cada una *. S 

Medias culebrinas, — Catorce medias culebrinas, las ocho de 
ellas de peso de veintitrés quintales cada una 14 

Falconefes. — y einüocho falconetes, los diez y siete de 
peso de diez quintales, y los once restantes de trece 
quintales '. Í8 

Sacreí.— Treinta sacres del peso ordinario 30 

Medios sacres. —Diez y siete medios sacres del peso ordi- 
nario 17 

Esmeriles.— Doce esmeriles que no se sabe el peso que 
tienen , 12 



136 

Son ciento treinta y seis piezas de artillería de bronce de las 
suertes susodichas las que hay al presente de respeto para la dicha 
armada y ejército, las cuales tienen sus cajas y cureñas guarnecidas 
de hierro, ruedas y demás aderezos adherentes á las dichas piexas. 

ARMAS 

Arcabuces.— Once mil ochocientos y noventa y un arca- 
bucea 1 1 .801 

JÍM^tr^/^^.— Cuatrocientos y setenta y siete mosquetes ... 477 

Picas. — Cuatro mil y trescientas y ve'intiséis picas 4.32(( 

Lanzas jinetas.— Cndiiro mil y quinientas y veinte y cinco 

lanzas jinetas 4.515 

Coseletes.— Dos mil y setecientos y veinticinco coseletes. 2.7S5 

Jíorrion^*.— -Trescientos y treinta v cuatro morriones 334 



Las cuales díuiíaa artña& ^n lasque hay en dtcha armada, v luu- 
cha parle de ellas estÚQ mal reparadas, y que no pueden servir s\ 
no se aderezan. 

VrXIOOnE^ PARA SER VICHI DR LX DICHA ARTtLLERlA V ARVAS 

Prf/i'íírff, —Pólvofü, dos mil y dosciento quintales S,100 

PMííífl.— Plomo, mil y cuatrócienlcn quinta les Í.40Q 

CíWTíto.— Cuertia de arcabuz, mil y trescientos y cincuen- 
ta quinUiles i. 350 

Ba/M de /íiírrij,— Treinla y nueve mil y cuatrocientas 
balas de hierro colado para todas las sonredtcbas cíen- 
lo y treinta y seis piezaidearlilleria de diversos pesos. 39,100 
Haíasdfjiirtira. — Mil y cualrocierjtas balas de piedra para 

algunas de las díclias piezas de arli llena,. — 1.400 

üalax dé piomo.^DoQQ rail balas de plomo 43 000 

La cual dicfia arliUeria.armns y mtmiciones son las que al pre- 
fíenle hay para servicio de la dicha armada y ejércüo. se^ún ue la 
ujanera que se declara.— Fecha en Gibrallará 9 de febrero de líISíJ 
anos.— Luis de Harrientos. 

l^or ütrn retacUn formmU de A adrfx de A Iba, parece que dtr ios iiete na- 
t'fé que ílefjaroa d fiibraifar í-m 1," de febrero dr ÍMk d cargo de 
PrÚÉpéTO Cúlonaa, ae reabier&n las armas y mnnkmueit Míffiíientes: 

Cañ(tn —ün caftón de batir con sus ruedas y aparejos i 

.W«fií> cañón,— Un medio cañón pedrero con sus aderezos . 1 

Sacres.— Once sacres con lodos sus aparejos H 

.trcfjbuces—Mñ y nuevecienlos v ochenta y cuatro arca- 
buces con sus frascos T — i .384 

Mosquefe^.— denlo y doce mosquete.^ — Ut 

Píma.— Trescientas épicas — 300 

,W£)rnV?flí*.— Ciento v nóvenla v cuatro morriones Ifli 

Pií/iWü.— Dos cien tus quintales de pólvora SOO 

f'íí^mff.— Trescientos cincuenta quintales de plomo ...... 350 

f.Wr//a.— Cnatrocienlos y cincuenta quintales de cuerda . 450 
Bíilm de piedra— Únanlo y noventa y cinco balas de pie- 
dra de medio cafton 195 

fíalas de ftwrrfl.— Cuatro mil y novecientas y treinta y sie- 
te balas do hierro de sacres- .\ \ , i. 937 

BaJaft de raííífí.^ujníenUis balas de hierro de caflón* - . . 500 
/fíT/ííjf.— Siete mil y trescientas y diez baias de hierro de 

diversas suertes" que se llevaron do Cartagena (1) 7 .310 



0) Colección de documentos Inéditos pwvi la HiütoHa de Etp[ui4i, iomQ 
XXXtV, páffi. 291 á 30L 



3Ó8 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Apénüee núm. 3 

CARPETA.^El Hiulo decapiten gejieral que se dio ai duque de Alba 
del ejército que se juntó para entrar en Portugal. 

• DENTRO 

Don Felipe etc. Por cuanto por ser yo el derecho y verdadero su- 
cesor de los reinos de Portugal, he determinado de tomar la pose- 
sión de ellos, y para en caso que algimos quisiesen poner estorbo y 
dificultad en ello, roe ha parecido formar y juntar en esta Extre- 
madura un ejército de gente de pie y de caballo de diversas nacio- 
nes para el dicho efecto, demás del armada de galeras, naves y 
otros navios que también he mandado juntar en la costa de Audalu- 
cia y Galicia, y otras prevenciones que se hacen por tierra; y con- 
viniendo que haya persona calificada de autoridad, prudencia y ex- 
periencia que teñ^a especial cuidado y cargo de lo tocante y concer- 
niente al dicho ejército, y conociendo que en vos Don Fernando 
Alvarez de Toledo, duque ae Alba, marqués de Coria, nuestro primo, 
del nuestro Consejo de Estado, y nuestro mayordomo mayor, concu- 
rren todas las calidades y el testimonio que de ello habéis dado en 
las guerras en que os habéis hallado y tenido el dicho cargo, asi en 
presencia del emperador mi señor, que haya gloria, y mia» como 
en otras partes; y siendo cierto que con el grande amor y afición que 
me tenéis, haréis en esla jornada lo que de vos confio; por la presen- 
te, de nuestro propio molu y cierla ciencia y autoridad real, os 
creamos, hacemos, constituimos, elegimos, nombramos y diputaroo£¡ 
a vos el dicho duque por nuestro capitán general del dicho eiército 
y de la gente que hubiere en él, y os damos poder y facultad cum- 
plida para que como tal nuestro capitán general de él, podáis orde- 
nar, mandar y proveer en nuestro nombre, general y particularmen- 
te, lo que viéredes ser necesario y conveniente para el buen gobier- 
no del dicho ejército, y lo que se ííubiese de hacer con él, y os damos 
jurisdicción civil y criminal, para pugnir y castigar conforme á jus- 
ticia, á los que fueren escandalosos, rebeldes é inobedientes, ó 
cometieren algunas culpas ó delitos, y para que, siendo necesario 
para ello, podáis dar comisión á la peVsona ó personas que os pare- 
cieren, las cuales en vuestro lugar y en nuestro nombre conozcan de 
las dichas cosas de justicia, y las determinen conforme á derecho: 
y generalmente os damos nuestro poder y entera facultad para que, 
como dicho es, seáis nuestro capitán general del dicho ejército, y 
podáis hacer proveer y ordenar en todo ello todas y cualesquier 
cosas que para la buena gobernación y conservación del dicho ejér- 
cito y gente de él, y para la administración y ejecución de la justi- 
cia viéredes ser necesario y conveniente, aunque fuesen tales que 
requiriesen nuestro especial poder y mandamiento; y para que uséis 
V gocéis, y os sean guardadas todas las honras, gracias, mercedes, 
franquezas, libertades, preeminencias y facultades al dicho cargo 
anexas y pertenecientes, según las habían y tenían y las tienen los 
otros nuestros capitanes generales que han sido y son de nuestros 
ejércitos. 

Y otro si; encargamos y mandamos al nuestro capitán general 
de artillería, coroneles, maestres de campo, y á otros cualesquier 
caballeros particulares y ministros nuestros, y á los capitanes de 
infantería y de caballo, y gente de guerra de sus compañías, y a 



nni»-^3Bii^fi^ar*^^^M»i^Tepi»j 



APÉNDICES 369 

los nnestros proveedor y comisario general, veedor general, conta- 
dores, pagador, tenedor de baslimentos y otros cu al esquiar oficia- 
les nuestros del dicho ejército, y á cualesquier otras personas par- 
ticulares, de cualquíei género y'caltdad que sean, que nos sirvieren 
en él, que os hayan y tengan por tal nuestro capitán general del 
dicho ejército y* toda' la gente que anduviere en él, y guarden y 
cumplan vueslras ordenes y mandamientos} ¥ provisiones por escri- 
to ó de palabrj en todas las cosas y autos af dicho carao ane.\os y 
pertenecientes, de la misma nifinera que lo harían y deberían ha- 
cer, si ríos en i^ersona se lo mandásemos; y os den* lodo el favoív 
consejo y nvuria que les pidiéredes para la buena prosecución del 
dicho eje relio; y demás de es lo, p;ira qi:e haya buen;j cuenta y ra- 
zón con nuestra hacienda, y el dicho ejército ande bien jMOVeido, 
abastecido y pagado, es nuestra voluntad que a los nuestros ]>ro vee- 
dor V comisario general, veedor general, conladures, pagador, tene- 
dor de bastiíntiutos y otros o riciales y proveedores podáis pedir y 
pidáis todas las veces que quisiéredes v os pareciere ser necesario, 
que os muestren los lluros del sueldo y de las vituallas, y os den 
razón sumaria de ello, firmada de sus nombres, por donde" podáis 
ver V entender cómo eslá distribuido el dim^ro y las dichas vjtua- 
llas,"y lo que se debe á la gente, para haci^rseíó pagar y socorrer 
con ello, de manera que no esté en poder del }>agador más del liem- 
po que fuere menester; y allende de lo sobredicho, os damos asi- 
mismo poder y facultad para que podáis librar y libréis íi toda la 
gente del dicho ejército lo que hubieren de haber de sus sueldos ó 
entretenimientos y venlajas y á los nuestros pa^zadorv tenedor de 
bastimentos, que distribuyan por librunííDS vuestras los maravedí' 
sés y vituallas que recibieren y se les entregaren por cuenta y razón, 
siendo aquéllas hechas y señaladas y asentadas por los nuestros ofi- 
ciales del dicho ejército en sus libios, según y como se acostumbra, 
teniendo mucho la mano en que no se gaste ni distribuya sino lo 
que fuere necesario y conviniere, y bucuíi cuenta y ra^on en todo 
ello, V en que no haya ninjíún fraude ni engaño en la libranza y 
paga de elfo ni en nuestia hacienda; y todos los despachos que acer- 
ca de es lo hiciéredes, irán por la de los nueslrcs oficiales á quien 
toca, porque así conviene á nuestro servicie; y asimismo mandamos 
al dicho nuestro capitán general de artillería y sus tenientes, que 
hagan del arlillena, ai mas v municiones y otros jierlrechos de gue- 
rra y cosas tocantes al ministi,'no de arlilleria lo que vos ordena re- 
des, y que guarden y cumplan vueslras órdenes según como se 
suele y acostumbra hacer en nuestros ejércitos; porque asi procede 
de nuestra Toluntad y conviene á nuestro seiTicio; y los unos ni los 
oíros no hagan, di permitan que se haga por nadie* lo contrario de 
mjnera alguna, so ijicurrimienlo de nuestra ira é indignoción, y 
de otras penas que á nuestro arbitrio reservamos; y mandamos al 
nuestro veedor general, contadores del sueldo, que asienten esta 
nuestra patente en los nuestros litíros que ellos tienen, para que 
en virtud de ella puedan librar y libren el sueldo v paga de la dicha 
gente. £n testimonio de lo cual mandamos dar y dimos la presente, 
hrmada de nuestra mano y se liad a con nuestro sello secreto, y re- 
frendada de nuestro infrascrito secretario.^ Dada en Badajoz á i 3 de 
junio del 580 a fl o s .—Yo e I fie y .— Ref rend a d a del sec re lario Juan 
Delgado, sin señal (1). 



bltcadü tm 1$, Cú lección de dütuineutoH iueditoa jmra la Historia de Espa- 
Üa, ÍQUio XXXII, págtud» 151 Á lü5. 



370 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Apéndice &úm. 4 

C(>pia de relación del número de gente qtie se hade encaminar al eiéreito 
deS. M.,y cuándo se entiende podrá estar junta, fecha en Guadalupe 
d i.'' de abrü de i^SO. 

El tercio de infantería española del maestre de campo 
Don Rodrigo Zapata tema 4.970 infantes, y habráse re- 
hecho, según lo que se ordenó, por lo menos á 2.000 in- 
fantes, y este tercio puede caminar luego por estar 
armado y socorrido, y asi será la primera gente que 
comience á caminar S.OOO 

Junto con la gente de este tercio, podrá seguir luego la de 
las cuatro compafiias de soldados viejos que finieron 
de Lombardia, que son otros 800 hombres y más, arma- 
dos y socorridos 800 

Tras de los 2.800 españoles de arriba, pueden seguir las 
tres coronelías de infantería italiana, que estaran soco- 
rridas y rehechas de ropa en su alojamiento, y tienen 
más de 6.000 hombres 6.000 

Mientras comienza á caminar esta gente, puede acabar de 
llegar, y rehacerse de vestido y regalo la alemana, y 
caminar tras de ella, y en la coronelía de alemanes ha- 
brá, quitados muertos y algunos enfermos, 4.500 hom- 
bres, armados y ejercitados 4.500 

Tras de los dichos alemanes, pueden comenzar á caminar 
los 2.000 españoles del tercio de Ñapóles, que vienen en 
las galeras, los cuales, entre tanto que se comienza á 
encaminar la gente, se pueden rehacer y refrescar, é 
irán Jbien armados y con orden 2.000 

Luego pueden comenzar á caminar en seguimiento de es- 
ta gente, la del tercio del maestre de campo Don Luis 
Enriquez, que tiene 13 banderas, y bácese cuenta que 
tendrán el número ordinario, míe es 250 infantes una 
compaíiin con otra, que serán 3.250 hombres, y camina- 
rán socorridos, y allá se les darnn las armas 3.2S0 

]]| maeslre de campo Antonio Moreno vaya en la reta- 
guardia y recoja toda la gente que quedare por el ca- 
mino, y en su tercio hay otras 13 banderas, aue tendrán 
3.760 hombres, presupuesto que los unos y los otros se 
han mandado rehacer á mayor número. La dichd infan- 
tería podrá comenzar á caminar, desde luego, y porque 
no conviene ir junta una con otra, habiendo de ir unos 
tras otros, se presupone que, desde que comience á ca- 
minar, podrá en 30 días estar toda en la parte donde se 
lia de congregar la masa del ejército, que será á la de 
Badajoz 3 .760 

GASTADORES 

Demás de la dicha infantería, habrá españoles y extranje- 
ros hasta 2.500 gastadores, y éstos caminarán en com- 
pañía de la artillería que se hubiere de llevar, la cual 
está toda á punto; y desde luego se pondrá mano á jun- 
tar hasta otros 2.000 gastadores, con que se irán reha- 
ciendo los demás, y no faltarán, por lo menos, 3.000 3 000 



APJtNDlCF^S 371 

De manen que caminarán iOSOQ iofiíntes y IfiOÜ gastadores, en 
la forma que se ha dicho. 

Demás de lo susodicho, hay la gente de Castilla, reino de Toledo 
y Extremadura, que será la siguiente: * 

El tercio del maestro de campo Don Gabriel NiQo, que sé 
hace en CaíJliMa y AraEóo, lien© 13 banderas, y al res- 
pecto de )os demáü, se nace cuenta que son 3.350 3.ÍS0 

El tercio del maestre de campo Francisco de Valencia, 
que tjene otras Í3 banderas, y se hace en Extremadura, 
otro tanto ..,. , 3,160 

El tercio del maestre de cam|>o Pedro de Avala, que se 
hace en ei reino de Toledo, y se hace cuenta tendrá 
otro tanto .. J-tM) 



fl.7£¡0 



8t de la gente míe está á la parte de la Andatucia conviniere 
quedar alguna en el armada de mar, en lugar de la que en ella se 
ocupare, se podrá tomar de la de Castilla, Toledo y Extremadura* 

CABÁLLE^U 

La gente de las guardas, que con los continuos son TOO 

lanzas v 150 arcabuces de á Ciiballo, que van con ellos. l.OSíO 

Las aOO langas de Jerez *00 

Las toa lanzas de la costa de Granada > . fOO 

Los eOO arcabuceros de n caballo, de las seis compañías, 600 



Son Í.05Ü plazas de á caballa l.OKO 

(De leíra úe Zayút). 

Advierte y manda S. M. que no se diga particularidad ninguna 
de las contenidas en esta relación á otra persona que aZ duque de 
Osuna, y ministros de S. M., pür cuvo mandado se envía— De Gua* 
dalupe i L*' de Abril de 1580 (1), 



(1 ) A Tcb I TO general d e Si maücaa . — AV^ acÍoíIo di Ettado. — L^gaJ o tnl m o * 
ro 41T.— fubliciulQ en la Colecel^u de docume^ntoa inéditoi para la lilAto- 
ría de Kspaña, tomo XXX 11, pá^a. £7 á 3U, 



372 



GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



Apéndice ntm. 5 

CARPETA. — Relación de Im dulritog que se han señalada é los señores 
que tienen sos estadosen la frontera de Portugal. 



DENTRO 

Relatíón de los distritos qne se han señalado á los señores que tienen sus 
estados en la frontera de Portugal para las entradas que se han de ha- 
cer en aquel reino y guardar la dicha frontera, y los que les han de 
acudir para este efecto. 



DDOCB DE MEDlNASIDO^rU 

La entrada del duque en Por- 
iagal, ha de ser por las Tillas y 
logares de su estado, que están 
á la frontera de aquel reino. 



CO?(DE DE ALB.4 

Ha de entrar por las ríllas y 
lugares de su distrito, que están 
á lá frontera, ca minando por tie- 
rra de .Miranda y de Vimioso. 



CO?(DE DE BEJ5AVEXTE 

La entrada del dicho conde 
en Portugal ha de ser por las 
villas y lugares que hay en la 
frontera de él, que son de su es- 
tado y distrito, caminando para 
Braganza. 



Al duque de Hedinasidonia, 
las villas y lugares de su estado, 
y todas las demás Tillas y laga- 
res que hay desde Ayamonte has- 
ta la rava de Extremadura. 

Hánle de acndir todas las ciu- 
dades, sefiores y prelados que 
caen hacia la marina, con la gen- 
te de pie y de cahallo qae les 
avisare. 

Al conde de Alba, la ciudad 
de Zamora y su tiera, y las villas 
V lugares de la suya y condados 
desde el rio Tonnes, que parle 
de Ledesma, hasta la raya del 
marquesado de Alcañices, con el 
castillo de Fermoselle y los 
otros lugares que son del abo- 
lengo en el partido de Sayaffo. 

Hánle de acudir las ciudades 
de Toro» las villas de Olmedo 
Arévalo y Medina del Campo, y 
los marqueses de TsTara y la 
Mota y obispo de Zamora con la 
gente'que les escribiere. 

Al conde de Benavente, las 
villas y lugares de su estado y 
tierra, con la Puebla de Sana- 
bria y las villas y lugares que 
particulares tienen en ella, to- 
mando el distrito por la raya que 
hace frente al reino de Portugal, 
desde el marquesado de Alcafii- 
ees hasta la raya de Galicia. 

Que le acuda gente del dicho 
marquesado de Alcafiices y las 
villas de Yalladolid, Tordesillas, 
la ciudad de León y el obispo de 
aquella ciudad. 



APÉNDICES 



3H 



lia de entrar por la villa de 
ValeDoia de Alcántara. 



At duque de Albumuerque, 
las villas Y lugares del dicho du- 
cado de Alburquerque, y la villa 
de Valencia de Alcántara, y las 
de Alcáíítara y las Brozas y sus 
tierras y partidos, y las de Ga- 
rrovillas, que es del conde de 
Alba. 

Hale de acudir la gente de las 
villas y lugares del marquesado 
de Coria, v las ciudades de Tru- 
jillo, Cáceres y Piaseocia, y el 
obispo de Coria, 



COXD€ DI XONTEftREV 

Su entrada ha de £«r por tas 
villas V lugares que liay en la 
fronlera de Portugal, que son de 
su distrito, caminando desde el 
rio Miño hasta la raya de Le6n< 



Las vjHas y lugares de su tíe- 
rra y estado y los que hay desde 
la raya de Leim y Calicia hasta 
tien-a de Miímahda, compren- 
diendo en ella tos lugares de 
Don Juan Sarmiento, Pero Díaz 
de Cadómiga, Juan López de 
Beaumonte y Alvaro Doca, v los 
otros que la' orden de San )uan 
y el obispado de Orense y tus 
monasterios de Celan o va y Sam- 
payo tienen en su distrito y ju- 
risrlicciun. 

Háute de acudir el marqués 
de Astorga y obispo de Lugo y 
Orense, y Ui villa de Mi Imanda 
y su tierra. 



CO\nE DE LEMOS 



La entrada ha de ser por las 
ifillas y lugares que hay en la 
frontera, que son de su diFtrilo. 



Al conde de temos, las villas 
y lugares de su estado y tierra, 
Y las villas y lugares del obispa- 
do de Tu y y1os demás de ^a fron- 
tera de Portugal, desde la puente 
de Salvatierra basta la rnar y 
puerto!; de ella en el reino de 
hatícia. 

Hanle de acudir con su gen- 
te los condesde Salmas, Rivada- 
via y A i ta mira, y obispo de Tu y, 
y la' ciudad de 'Santiago, y Don 
García de .Sarmiento con la gen- 
le de Salvatierra y la de tas vi- 
llas y lugares de su distrito. 




374 



GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



MARQUÉS DE CERRALBO 

Ha de entrar por las villas y 
lugares de su distrito, que están 
á la frontera de Portugal, cami- 
nando hacia la ribera del Coa y 
sus con tomos. 



Las villas y logares de su tie- 
rra, y la villa y castillo de Saeli- 
ces de los Gallegos, Barba de 
Puerco y Igal y sus aldeas, goe 
son del duque de Alba, y la villa 
y castillo del Sobradillo, y las 
villas y lugares del abolengo, y 
los otros aue hay en este partido 
desde el distrito de Ciudad Ro- 
drigo hasta tierra de Ledesma. 

Hale de acudir la villa de Le- 
desma y logares de su tierra (l)> 



(1) Archivo general de Simanoas.— Jfar y Tierra.— Legajo núm. 100.— Pa* 
blicado en el tomo XXXIV de la Colección de documentos inéditof para 
la Historia de España, págs. 810 á 814. 



APÉNDICES 



37S 



¿péndlctt ntm. 8 



14 de mayo de 1G80. 



Énvldse á D. Francés. 



CARPETA. — ñelanén úe loa termos de infmiterfa que ne han levuntádo^ 
y lo4 que deUüi vienen á tliirematíifra y roft á embarcarse en el arma- 
da, para que /« provea de armas. 

DENTRO 

Beís^ién de ¡as c&mpañías qite traen iot cuatro terem (U infantería que 
se han de juntar en KEtremadnra. 

L— TEncio TiE DoM Luis Exríqüez 

I La conípaftla del dicho ínaestr© de campo. 

1 El capital» Don Pedro de Arel laño. 

i El cívpitán IfernuTído de Vivaríco. 

1 El capUuQ Francisco de CoDtreras. 

I El capitán Don Franuisco de CarvajaL 

4 El ca pilan Alvaro de Ql] i ñones. 

1 El capiUin Pedro de Lí\arte. 

I La compañía da Martin de i^raso, que se ha proveído ci Don 
ClQudio de Heamonle, de arcahiiceros. 

1 Kl capitán Francisco Ordóñez Rueso, 

1 El capitán Hernando de (Juesadu. 

i El ca pilan San Juan Verdiípo. 

1 El capitán Miguel Benitez, de arcab^jceíos. 

1 El capitán Serrano, á quién se dio la conipafiía do Diego Anaya 
que viene prpsO' 

Estas 13 compañías han de lener a ISO hombres cada compartía, 
y ha de tiaber en ellas dos de arcabuceros, que van scftaladas. 



n.— TEncm DE DoJf Autotíjo Müre?ío 

La compañía de) dicho maestre de campo. 
El capitán Don Juan Fernandez de Córdoba. 
El capitán Pedro Nieto, de arcabuceros. 
El capitán Gaspar Flores. 
El capitán Pedro Uons'.álezde Valderrábanc. 
El capitán Josephe Vá/que/ de Vivero. 
Mere 



1 

1 
1 
1 
1 
1 
i 
Pedro de Viílalva, que murió. 



El capitán I>. Antonio Mcrenn, de arcabuceros, en lugar de 



1 El ca pilan Alonso x\ieto, 
1 El capitán non Juan de Benaviiles y Mendoza* 
í El capitán Don üoniíalo de Sotomayor, 
\ El capiUui Don Diego de Córdoba. ' 
\ Él capitán Don tíaspar de Alarcón. 
1 El capitán Don Juan Matdonado, 

En lo de las 13 compatUas de este tercm se dice lo qué en el de 
Don Luis Enriques . 



376 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

m.— Tercio de Pedro de Átala 

i La compafiia del maestre de campo. 

1 El capitán Martín de Avila. 

i El capitán Antonio Flores. 

i El capitán Baltasar Flores. 

i Arcabuceros; el capitán Pedro Suárez, coronel arcabuceros. 

1 El capitán Francisco de Matute. 

1 El capitán Juan Vanegas Quijada. 

1 El capitán Pero OlRián de Porras. 

i Arcabuceros; el capiUin Diego de Oviedo. 

1 El capitán Juan Fernández de Luna. 

1 £1 capitán Acacio Vera. 

1 El capitán Gregorio de Tapia; está con Don Rodrigo Zapata. 

1 El capitán Francisco Marín Centeno. 

En lo del número de la gente y compañías de arcabuceros ha de 
ser como el tercio de Luis Enriquez, pero se advierte que las com- 
pañías de los capitanes Gregorio de Tapia y Francisco Mario Cen- 
teno, que estaban repartidas en este tercio, fueron á servir con el 
de Don Rodrigo Zapata, y que en su lugar se pondrán otras dos de 
las que hay en Extremadura para igualar los tercios. 

IV. — Tercio de Dox Gabriel NiSo 

i La compañía del maestre de campo. 

1 El capitán Gaspar Gómez. 

i El capitán Valentín de Gurpide. 

i De arcabuceros; el capitán Nicolás Augusto de Benavides. 

1 El capitán Marcos de Mosquera. 

i El capitán Bernardino de Villagómez. 

1 El capitán Jerónimo de Palacios. 

i El capitán Don Esteban del Águila. 

1 El capitán Sebastián de Mata. 

i El capitán Diego de Valdés, arcabuceros. 

1 El capitán Sancho Pardo Osorio. 

4 El capitán Martin de Monzón, á Navarra v Fuenterrabía. 

1 El capiUín Pedro Navarro. 

En lo del número déla gente y compañías de arcabuceros, ha 

de ser como el tercio de Don Luis Enriquez, y se advierte que este 

• tercio no trae para armar más que 41, porque las de los capitanes 

Martin de Monzón y Pedro Navarro, que eran deste tercio, fueron á 

servir en Pamplona y Fuenterrabía. 

Estos dos tercios han de servir en el armada. 

V. — Tercio de Don Martín Arcóte, que fué de Francisco Valescia 

4 La compañía del maestre de campo. 

\ 4 El capitán Juan de Salcedo. 

. 4 El capitán Cristóbal de Paz. 

4 El capitán Don Fernando de Ayala. 

4 El capitán Miguel Ferrer. 

" 4 £1 capitán Lope de Salazar. 

4 El capitán Francisco Rengifo. 



APÉNDICES "Sn 

i El capitán Troncüso. arca bti ce ros. 

\ El capitán Dof! García Bravo de AcuAa. 

1 ¥X capitán Gonzalo tiarcia de la Cárcel. 

i El capitán Francisco Calderón de Avila, 

* El capih'm Juan de Aranda. arcabuceros á Pedro de Ayala. 

1 El ca pilan Vicente Hernández. 

En lo del número de gente y compañías de arcabuceros, como los 
demás; y adviértese qite este tercio va á embarcarse ©n el armada, 
V rjiie no lleva má^ que 11 compaf^ia^r á las cuales se han de dar 
armas eo Cádiz, porqtie las otras dos que van señaladas, se ha or- 
denado que queden en lugar de las que taitón á Pe^fro de Ayala, 
eorque á Don Martin de Argote se darán ías dos que llevó demás 
'on Rodrigo Zapata, cun que estarán iguales estos tercios de cada 
13 banderas, 

VI.—TERcm UE Dos BODBICO Zai'ata 

1 La compañía del maestre de campo. 

1 La de Francés de Urinza, arcabuceros. 

1 El capitán Pedro Jiméne/ de Aree. 

i \\\ capilán Tomás Heredia. 

1 Kl capitán Alonso de llarrionuevo. 

I E I ca p i M\ n l.,u i s d e G u e va ra , s rcabuceros , 

1 El capi lán Dun Francisco de Meneses. 

1 El capitán Don Juan de Medrano. 

1 El capitán Francisco de la Rocha* 

1 Eí capitán Don Cristóbal Mazáii. 

1 Eí capitiin Francisco de Paniagua. 

Jí El capiíán Pedio líarjón. 

*Í El capitán Pedro Muñoz de Gastilbíanque. 

1 E( capitán Gregorio de Tapia; ha de servir en Don Martín 
Argote. 

i El capitán Francisco AJarin Centeno. 

A estas 15 compañías, que llevó Don Rodrigo Zapata, se dieron 
tas armas en Cartagena, y su tercio ha de quedar con 13 banderas, 
y las dos que van señaladas pasarán á servir con Don Martín de Ar- 
gote, en lugar de las otras dos que se taiman de bu tercio para dará 
Pedro de Ayala, cuyas primero eran las dichas compañías. 

Aonq^ie'á los capitanes contenidos en es la relación se ha orde- 
nado que rehagan la gante de sus compiííijas al mayor número que 
pudieren, aunque exceda \\\t\ de sus conductas, se entiende que re- 
guíadas unas conipafíias con otras no pasarán de a a^iO liombres por 
compania según las relaciones que se tienen (t). 



n ) A fíihi vo íje D c rn 1 de Si m an cas . — Müf y tiirra . — Logaj o niim. 108 .—Fu - 
biicado en la Colocclí'jn áe docurneütoa Ibé ditos pa^ra la HUtoría d& EJina- 
ñü, tomo XX XIV. páFB. lOíí a &Ü3. 



3/8 GUERRA DE ANEXiÓK EN PORTUGAL 



ápéndlae ntm. T 

Coph del ^dictií qiff xr preíjmió tn Yehmi fEíiits)^ ^ en Im dftník iitgurfs 
ganados del reino de Portiujaf, 

Üon Felipe etc. A lodos los grandes, duques, marqueses, condes, 
prelados, corregidores, jueces, veedores, procuradores y rnaeslres, 
alcaides de los castiUos y casas fuerles, fidal^os, caballeros, oíicia- 
les y liumbres bticnos de Lod^is Iüs ciudades, villas v lu^^res de los 
nuestros reinos v señoríos de Portugal, ejítanlefr y habitantes en cIIoíí, 
de cualqiriei' caíidad y condición que sean, salud y jíracia. 

Bien snbi/is y debáis saber que perleneciéndome/comome pevXjt- 
nece legilimamente, la sucesión de los djclias reinos ]ior muerte det 
nív Doü Knrique, mi tiü, que üios tiece, por ser, como soy, cí pa- 
riente más piü[sincuo, varou mavor de días de cuantos el dicho Se- 
renjsimo Bey al líempti que fallLCio dejó, y per tener entendido que 
niucliosíie vihsalros como buenos y leales vasallos, con la IcaHafit 
amgr y lidelidad ijüg siempre habéis tenido á lüs reyes de Portugal, 
mis antepasados, de gloriosa memoria, me queriades y queréis dar 
la obediencia debido, y recibir y jurar (M>r vuestro rey y señor jia- 
tural. como Dios ha sido servido, ca lus que no os habéis alrevido 
ni atrevéis íi liscerlo. ni lenóis liberlad paradlo, por estar como 
estáis opresüs, atemoriapfioa y amedrentados de alcanas persona* 
qutí en gran cargo íle sus conciencias y de Eervicio de Dios nuestro 
seflor y mjo, perturbando la paz y tranquilidad pacifica de esos di- 
chos reinos, v do toda la cristiandad, movidas por sus partícula]^» 
á índebidüíí fines y respectos, os ponen obíítáculos é impedimento 
para que no lo haí;ais, detejniíné venir personalmentL- a tomar y 
aprehender la ju^ta posesión de los dichos reinos, como por todo 
derecho divino y himiauo me es permitido, y íí obviar y quitar la 
opiiísión y fuerVa que los buenos y leales vasallos de dichos mis 
reinos reciben, para que tengan entera libertad de hacer lo qui3 de- 
ben y cumplir con su oblígaeiún como lo desean; y habiendo llega- 
do á esta ciudad de tíadajóz donde al presente estoy, que es de íos 
mis reinos de Castilla; iSabiendo nuevamente venido 5 mí noticia, 
que r>on Antonio, hijo bastardo del infante Don Luis, diciendo ser 
rev de esos reinos de Portugal, se ha hecho levantar por tal en ta 
Tifia de Saiílarem, quebrando las puertas de la Cámara de ella, lo- 
mando por fuerza la bandera real, que estaba en ¡a dicha Crimara, 
hacíénaola alüar en alio, y que mucha gente apellidase y dijese á 
grandes voces, lleaí por Tkm Amonio, tumultuando y levantando los 
ánimos de miicTios, y compeliéndoles ú que levantasen y lomasen su 
voi, atrevímitfnlo eitraflo é insolencia y rebelión y Líranja nunca 
vista ni pensada, digna de ijjande v ejemplar castigó. 

Y porque yo, con el ayuda de ti ios nuestro señor, entiendo en* 
Irar en esos reinos con grueso y poderoso ejórcilo, lo más breve* 
mente (jue se pueda, asi a tomar v aprehender la posesión real v 
actual (fe ellos, como alzar y quitar la fuerza que á unos buenos y 
leales vasallos se les hace, y á castigar ri^-urosa mente la tiranía v 
rebelión tan grande que el dicho Don Antonio v sus allegados v se- 
cuaces lian heclio y cometido. Por tanto, por esta mi carta real V 
patente, sellada con las armas de mi gran sello y firmada de Gabriel 
deííayas, mi secretario del Consejo de Estado, que quiero sea fijada 
en las puertas de cualesquíer Cámaras é iglesias y monasterios, y 




APÉNDtCES 379 

en las plaza» y inercados v otros lugares públicos da ciialesqniei 
ciudades, villas y lugares áe esos nuestros reinos y señoríos, para 
que de ello lengón lodos noticia v niuguno pretenda ignorancia, 
mando a todos y cuale5QUier Cámaras. Universidades y personas 
^ particdíarea, asi eclesiásticas como seglares, dé cualquier estado y 

T condición qnt^ sean, qüñ niuguno ni algunos sean osados de tornar ni 

levantar la voz del dicho Don Antonio ni de otra persona, ni lo re- 
cibir, acoger ni defender ni dar consejo, favor ni ayuda en público ni 
en secreto, ni direcl^i ni indirecta mente, en cualquier manera que 
sea, antea procuraréis cnanto pudiéredes de le resistir y estorbar 

Íque no lleve ni pase adelanta su insolenci.i y tiranía hasta que yo 
entre en eísos reinos é íe rt*nnrnir v castigar, 
X en el entretanto prenderéis y haréis prender al dicho Don An- 
tonio corao a todos los rebeldes v desleales que le siguen y toman 
su VDi, con apercibimiento que los que asi lo hiciereis y cumplie- 
reis, seréis habidos y tenidos por muy buenos y leales vasallos, y 
como á tales os estimaré, trataré y honraré siempre; v los que hicie- 
reis lo contrario, siendo legos, serjn habidos y teníaos por deslea- 
l les, rebeldes y traidores n su rey y seftor natural, perpetradores del 

I delito y caso mayor, y desde inego por tales los declaro y he por de- 

I clarados, y condeno y he por condenados en las penas de niuerlti é ín- 

f fymía y pertlimiento de tos oficios que tienen, y confiscación de 

todos sns bienes, y en las demás penas que por derecho v leyes de 
esos reinos están establecidas contra los semejantes denncucntes, 
Y á las personas eclesiá^licas y de religión, aunque sean constitui- 
das en nignidad arzobispal ó "episcopal, los declaro asimismo por 
traidores, rebeldes é inobedientes y desleales a su rey y seftor na- 
tural, y por ajenos y extraños de esos mis reinos yseflorfos, y haber 
perdido la naturaleza y temporalidades que en ellos tienen/é incu- 
rridos en las otras penas establecidas por derecho, leves y cob^ 
lumbres de esos dichos reinos contra los prelados y personas ecle- 
siásUcas qite caen en semejantes delitos, a ejecución de las cuales 

t dichas penas mandaré proceder por todo rigor como la calidad v 

atrocidad del caso lo requiere. 
Y declaro y mando aue la publicación de est^ carta en algunos 
de Jos lugares de esos dichos reinos, tenga tanta fuerza contra las 
dichas personas y cada una de ellas, como si fuera pregonada v pu* 
bltcada en la manera acostumbrada en las ciudades y vilías dojide 
ellos son vecinos y tienen su habitación, y como si fuera notificada 
particularmente á cada una de las dichas personas— Dada en la ciu- 
dad de Badajoz. H] 



zg' 



[> Colección de documentos Ine ditos para la Htatodt de España, tomo 



38o GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



Apéndice núm. 8 

Copia de las nóminas que se hicieron para señalar sueldos á los oficiales 
del ejérciío, á i^de junio de 1580. 

Duque de Alba, primo, del nuestro Consejo de Estado, nuestro 
mayordomo mayor y nuestro capitán general del ejército que hemos 
mandado juntar en esta Extremadura para entrar en Portugal: Por- 
que, como sabéis, en los títulos y recaudos nuestros que se han dado 
al nuestro capitán general de la artillería, maestre de campo gene- 
ral, veedor general, maestres de campo, contadores, pagador, te- 
nedor de bastimentos y otros oficiales y personas que lian de servir 
en el dicho ejército, por algunas causas y respectos no les seña- 
lamos sueldo, y á cuenta de él mandamos dar á algunos de ellos, 
por vía de socorro, la cantidad de dinero que irá declarada en sus 
partidas, v agora teniendo consideración hayan de ir á hacerlo en 
el dicho ejército, hemos habido por bien de señalarles los siguien- 
tes; conviene á saber: 

A Don Francés de Álava, del nuestro Consejo de Guerra y Mari- 
na, capitán general de la artillería, que ha de servir de capitán ge- 
neral de la artillería en el dicho ejército, doscientos escudos, de á 
10 reales castellanos cada uno, al mes, de los cuales ha de gozar 
desde el día que comenzare á caminar el dicho ejército para entrar 
en el dicho reino de Portugal, sin descontarle el que lleva por nues- 
tro capitán general de artillería. 

A Sancho de Avila, nuestro maestre de campo general del dicho 
ejército, para su sueldo y de los oficiales y alabarderos y las otras 
personas que sirven y andan con el dicho cargo, 361 escudos al mes, 
de los cuales ha de gozar desde el día que, como dicho es, comen- 
zare á caminar el dicho ejército para entrar en el reino de Portugal, 
sin descontarle el salario que lleva por nuestro capitán general de 
la costa del reino de Granada. 

A Pero Bermúdez de Santiso, nuestro veedor general del dicho 
ejército, 100 escudos de sueldo al -mes, y otros 12 escudos al roes 
para un oficial que ha de tener su libro, y a seis alabarderos que ha 
de traer consigo ú 4 escudos á cada uno' al mes, que son por todo, 
136 escudos cada mes; y el dicho Pero Bermúdez ha de gozar del 
dicho su sueldo y el de sus oficiales desde el día de la data de su 
titulo, V se le han de descontar de lo que se le debiere y hubiere de 
haber de ello, 1.000 ducados, que montan 375.000 mrs., que le man- 
damos dar á buena cuenta del dicho sueldo el tiempo que sirviese 
en el dicho cargo. 

Al doctor Hernando Pareja de Peralta, nuestro alcalde del crimen 
de la nuestra Audiencia de Sevilla, que ha de ir en el dicho ejército, 
teniendo cuenta y razón con los bastimentos, carros, bagajes y las 
otras cosas que se llevaren para la provisión de él, y con su gasto y 
distribución, y para comprar y hacer proveer los otros bastimentos 
y cosas que fueren menester para la buena provisión del dicho ejér- 
cito y gente de él por donde fuere, pasare y anduviere, el tiempo que 
el marqués de Auñón. nuestro proveedor v comisario general de él 
no fuere ni estuviere en él, demás de los que se han de llevar, 
proveer vconducir para lo mismo por las otras partes que ordená- 
remos. 100 escudos de sueldo al mes, de los cuales ha de gozar des- 
de el dia de la fecha de la cédula nuestra que se le dio para ejercer 
el dicho oficio, demás del salario que lleva por nuestro alcalde de la 



APÉNDICES 381 

Audiencia üe Ja dicha ciudad, del cual ha áe go^ar asimíí^mo y se Je 
Jia de librar el tiempo que sirviere en el dicho ejércilo. 

A Alejo de Olmos, nuestro contador deJ dicho ejército, SO escu- 
dos dü sueldo aJ mes, y otros 11 escudos para uu oficial, que por 
todo son 6i escudos af imbá, y que goce de ellos desde eJ ala que 
lleco ti Llerena. donde fué por ordeu nuestra á servir en eJ dicho 
cargo, demáií del salario ordiuarío que tiene por nuestro contador 
deJ sueldo de uiiesiru contaduría mayor, de que asimismo ha de go- 
uar el tieiup^* que sirviere el de contíidordeJ dicho ejércilo, 

A Franí;isco de Portillo, nuestro pafíador gentiral del dicho ejér- 
cito y el armuda que se junta en la costa del Andalucía, 50 escudos 
de sueldo al mes, y otros td escudoK para Jos oücla^es que han de 
andar y traer con su persona, al mes, de los cuales ha de gozar des- 
de el dia que ccmenüú á servir en el dicho cargo; y demás de eslo se 
íe han de pa^ar los gastos que hiciere en Jlevar el dínf ro donde es- 
tuviere el dicho ejército que no fuere inTantena alemana, porque 
t-sLos íc suelea dar a uno por ciento, y ha de llevar el diclio dinero 
á su riesgo y cosía. 

AJ capitán Juan Vela de Bolea, preboste general deJ dicho ejérci- 
lo, 356 escudos de sueldo al mes, en que se incJnye el sueldo de Sil 
ó 40 cabalJos y It^ alabarderos, y Jos oíiriales que se le suelen dar 
para guardar la campaña, y que no se haya la gente del dicho ejér- 
cilo, alguaciles, carcelero, capellán y verdugo, 

A Don Kodriíjo Zapata, Don Luis JCnriquéz, Antonio Moreno, Don 
Gabriel Niño de Zuñiea, Pero de Aya I a y Don Martin de Argole, 
maestres de campo délos seis tercios de la iníauterin española que 
se ha levantado en Castdla, reino de Toledo, La Mancha, Extrema- 
dura, el Andalucía y otras partes de eslus reinos, á cada uno de los 
dichos maestres de campo 80 escudos do sueldo al mes; para ocho 
alabarderos que cada uno ha de traer en su acompEiña miento, á 4 
escudos ú cada uno; y han de gosiar del dicho sueldo desde que cada 
uno comience á servir V á los dichos Don Rodrigo Zapata, Uuñ Luís 
Enhquez, Don t^xahriel Niño y Antonio Moreno, se ir^n de descontar 
riti lo que hubieren de haber de etío. á cada uno 2iX) ducados, que 
montan 7*1000 maravedíes, que se les dieron por orden nuestra á 
truena cuenta del que les seílahiremos. 

A cada uno de los sargentos mayores de les dichos seis íercins, a 
35 escu dos d e sueldo al mes, y otros seis escudos i>a ra u n ay nüa u le que 
lia de tener cada sareento mayor, den)ás de su sueldo, y han de go- 
ísar de ellos desde el dia que comenzaren íi caminarlos dichos tercios. 

A Alonso de lniestd„ nuestro tenedor de bastimentos del dicho 
ejército, 40 escudos de sueldo al mes para su persona, y otros 60 es- 
cudos de sueldo al mes para cnr^lro ayudan [es, de los cuales ha de 
g07ar desde (íue conienzó a servir en el dicho oticío, demás y alien- 
de de otros 2ÓÜ escudos d^ saíario ordinario que tiene al afio con el 
cargo de nuestro tenedor de bastimentos de las armadas de Mafasa, 
con obli^'ación de tener una persona en Antequera que recabe Toa 
que aíli se hacen, consignados eu el nuestro pagador de las dichas 
armadas. 

A Don Fernando Hurtado de Mendoza, que va á servirnos en eE di- 
cho ejército en lo que le ordenareis, ?;o escudos de sueldo al mes, de 
los cuales ha de go^ar desde que cunienzare á i'aminar el dicho 
ejército. 

A Don Fernando de Toledo que también va á servirnos en el 
dicho ejército en loque ie ordenareis, 50 escudos de sueldo al mes, 
de los cuales ha de ^ozar asimismo desde que comenzare á caminar 
el dicho ejérctlo. 



Pf^f^i 



382 



GUERRA DE ANEXíÓBÍ EN PORTUGAL 



A Luis de Aconta, qu^ asiniismo ha de ir ii servirnos en el dicho 
ejércJUí en lo que le ordemireí^, es nuestra vohinlad y mandamos 
que se le Jibren Jos tú ducados de sueldo v entretenimienlo que tie- 
De al mes en las galeras de Es^afía, en el ^icbo ejércilo, ú el lierapo 
que lo hiciera en él, avisando á los oücíDlea de ellas de cómo se le 
libran para que no se haga alli. 

A Fernando Del^adillo y Miguel de fttendivü, que por orden nues- 
tra vinieron á asistir y ayudar al marcjués de A uñón en la provisión 
de baslinienlv>s y bs otras cosas que él habrá de liacer para el dicho 
ejército, á cada uno de ellos á ra/óa de 365 escudos al año. del cual 
han de go^ar v se les ha de librar y pagar desde que el dicho Her- 
nando Deigadillo s-á\i6 de Madrid, donde se hallaba, para venir á 
Llerena, y el díclm Miguel de Mendivil desde i|ue parltó* el que lo 
hÍ7o de Fuenterrübia, donde tiene su casa, de lo cual se lian ífe des- 
contar á cada imo de elíoü ÍIOO ducados, que montan HÍ.500 mara- 
vedles que se les dieron por orden mía en el dicho Madrid. 

A la persona que sincere de secrelario de vos^ el dicho capitón 

f general del dicho ejército, riO escudos de sueldo al roes, de tos cua- 
es ha de gozar desde el dia que comenzare ñ caminar el dicho ejér- 
cito- 

k LOS OFICIALES DE LAS TRES CORONELÍAS HE ÍTÁLrA^OS, 
DE Q(1E ES CAFrTiN GENERAL DoN PeDAO DE U^ECIB 

Al sargento mayor de los dichos tres tercios, SO escudos de suel- 
do al ines, v á su avudante oíros 20 escudos cada mes. 

A un coroisario que vos el dicho duque haNis de nombrar para 
que tenga cuenta con la provisión de la dicha infanleria, 30 escudos 
al mes. 

Al capltiin de la guarda del dicho Don Pedro de Múdicis» 35 escu- 
dos al mes. 

Al auditor general y su escribano, 10 escudos al mes. 

Al furriel mayor y su ayudante, 40 escudos al mes. 

Al capitán de campaña v sus porquerones, S^ escudos al mes. 

Al médico, 30 escudos al mes. 

Al cirujano, ÍO escudos al mes. 

Al capellán, 6 escudos. ^.. 

Al alambor general, i^ escudos al mes. 

A Hércules Fisa, capitán florentino, 40 escudos de sueldo al meí» 
sirviendo en la dicha míanteria italiana en lo que le ordenare el 
dicho Don Pedro de Médicis, capitán general de ella^ 

Que son por todo, 3.930 escudos al mes. 

Por ende os encartamos y mandamos que, conforme ¿ lo susodi- 
cho, les hbróis los dichos sueldos v lo que hubieren de haber de 
ellos, descontando ó los que han recibido dinero a buena cuenta de 
los dichos salarios, íoauc va declarado en las |tartidas en el nuestro 
pagador general de dicno ejtírcito y armada en eí dinero que prove- 
véremos y entrare en fu poder para la i>aga de la gente del dicho 
ejército, segñn y a los tiempos y como se suele v acostumbra hacer 
en nuestros ejércitos» y para el dicho efecto se asentará esta nuestra 
cédula en los libros de los niiestios veedor arenera! y contadores del 
dicho ejército.— Fecha en Radajoz a 14 de junio de'í580 anos,— Vo 
el Rey.— Refrendada del secrelario Delgado, (i) 



0) roleef'l6ndcdociiroPiitoHÍQtdltO(SiiíxraliiIJlstorladcEHpafifl,tOTno 
XXXI V, píígB. h07 á 513.— TnTnbleü Jiuy uotiHai nms o üm pendidas loVie 
ti HSUUtOj tu la mtama tolmdápj tomo XXXII, púgjj. 3Ü á 3a. 



Bando piibHcttdo rn ei campf> de CaniiUana el'iSdt Juniú de ÍBñO. 

Ki RcT.— La orden que mandamos Runrdar y observar ó la gente 
de guerra, ü^ pie y de caballo tío Xoúhs las m-icinQeü, y á las oirsi 

Eersonas qnti nos sirvieren en este niieslro ejército durante nuestro 
eneplacito, es Ip sigriíente: 
Primeramente, que ningún suldado de pie ní de caballo, ni otra 
persona que sirva y sí^^a nuestra corte y ejército, blasfeme ni renie- 
gue de Nuestro Señor Dios, nj de Nueslra Seflora, ni de los SaoLos, 
so ]>ena que serú por eilo íis pera mente castif^'ado, como pareciese á 
Nos ó a nuestro capitán general 

i."* Queins iglesias, nionaslerios, aliares, irn^'i^enes, relíqniaF sa- 
cras y ornamentos de ellos, no los loque nadie, ni sea osado de ha- 
cer ningún daño, injuria ni violencia en ellos; antes ios respeten v 
reverencien con lodo acatamlí^nlo. Y tíinipoco harán daño» maltrata- 
fniento nj iojuria á los clérigos, frailes, monjas ni otras personas 
eclesiásllcas, so pena de la vida. 

3.^ Qite ningún soldado, ni otra persona de cualquier grado nt 
condición que sea, ose ni se atreva de bacer violencia njngnna de 
mujeres, de cualquier calidad que sea, so ]>ena de la vida. 

i." Porque lodos vivan con decencia, buen ejemplo v recogi- 
miento, porque Dios ííueslro Señor sea mejor servido, v se excusen 
en cuanto fuere posible las torpedades con que se of^jude Nuestro 
Seflor, de los qne viven amancebados, ordenamos y mandanios, que 
ninguna persona de cualquier calidad, es tildo ó condición que sea, 
pueda tener ni tenida consigo rnujer particular, sí no fuere casado 
con ella, ni parceria, so pena cjue el que fuere contra esta orden, si 
es olicial sea privado del oficio, y si soldíido porticiitar. pierda su 
sueldo y ventaja, y sea severamente castigado á nuestro albedrio ó 
de nueslto capit;\ñ general Y mandamos á los coroneles, maestres 
de campo y capitanes, que cada uno en su coronelía y tercio y com- 
pañía, tengan particular cuenta y cuidado con esto, so pena de 
nuestra desgracia. 

5." Ordenamos y mandamos, que viniendo á noticia de algunos 
soldados ó de ciiaJquier persona, que otro soldado, ó no soldado del 
eji?rcitfi, quiere bacer o cometer alguna traición contra Nos ó con- 
tra nuestro ca pilan general, 6 contra otra persona de tas que están 
ó estuvieren en nuestro ejército, lo declare y manifieste, luego que á 
su noticia llegare, a Nos, á nuestro ca]HtáD general o Á cualquiera 
de los ministros del ejército, para que nos lo bagan saber, y se 
provea sobre ello lo que convenga, so pena aue el que tal cosa su- 
piere y no lo manifestare luego, según v de la manera que en esta 
orden se contiene, iuctirra *ín el caso de aleve y traidor, y sea cas- 
tigado en la pena que merecía el principal deíincuenle. 

6." Que ningún soldado, de cualquier nación que sea, asi de pie 
cotno de caballo, no se ausente ni vaya del campo sin licencia nues- 
tra ü de nuestro canitan general, por lodo el tiemj>o que dure esta 
guerra, so pena de la vida, 

7.^ Ordenamos y mandamos, que ninpino sea osado de tener 
pláticas publicas ní secretas, por escrito ni de palabra, con nuestros 
re^^eldes, sin nuestra licencia é de nufíslro capitán general, so pena 
de (a vida. V si alguno supiere que alguna persona Irae las dicbas 



384 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

pláticas y tratos, y no lo manifestare, incurra en la misma pe- 
na, etc. 

8.° T por evitar los inconvenientes que se podrían ofrecer en este 
mi ejército si no se previniese á lo infraescrito, declaro por tenor de 
la presente, que es mi intención poner (como pongo) tregua y sus- 
pensión general y particular de todas ias pendencias, cuestiones, 
desafíos, injurias que haya habido hasta la presente hora entre la 
gente» así soldados como otra cualesquier personas de mayor y me- 
nor calidad que fueren, y estuvieren en este ejército, y las tomo en 
mis manos por todo el tiempo que durare esta guerra y un mes des- 
pués, aunque sean de mucfio tiempo. Y mandamos expresamente 
que ninguno contravenga ni quebrante la dicha tregua y suspensión 
de armas, directa ni indirectamente, so pena de incurrir en caso de 
traición, y que morirá por ello. 

9.* Ordeno y mando, que en los alojamientos de mi corte y ejér- 
cito, estén todos paciíicos y quietos; y que la gente de cada nación 
se respete y trate con la de las otras naciones tan amigablemente 
que no haya ni pueda haber diferencia, ruido ni otra ocasión de es- 
cándalo, y que si alsuno se excediese sea severamente castigado, 
ipso facto, el que se nallare movedor de tal escándalo. 

10. Qué cualquier persona que sea, que tirare a otro con arcabuz, 
aunque no le hiera, muera por ello. 

11. Ordenamos particularmente á los coroneles, maestres de 
campo, capitanes, alféreces, sargentos y soldados de cualquier na- 
ción, que si vieren revolver alguna cuestión en sus cuarteles, entre 
cualesquier soldados suyos, ó de otra nación, procuren con toda so- 
licitud y diligencia de atajarla v apaciguarla en cuanto les fuere po- 
sible; y que siempre procuren ae favorecer, ayudar y guardar á los 
extranjeros y salvarlos; de tal manera, que no les sea hecho dafio 
alguno hasta ponerlos en salvo y en su cuartel, para que con este 
medio todas las naciones que nos vienen á servir hagan su deber 
con nuestros rebeldes, y entre sí vivan tan paciñca y amigablemen* 
te como conviene á nuestro servicio y al bien y quietud de todos. 

12. Y mandamos que para evitar las dichas cuestiones y los es- 
cándalos que con ellas suelen suceder, que ningún soldado de nin- 
guna nación vaya á comprar ninguna cosa al cuartel de otra nación, 
ni sea osado de ir á las tabernas, tablas de juego, ni á las mujeres 
de los cuarteles de las otras naciones, so pena que la primera vez 
les den tres tratos de cuerda, y por la segunda muera. 

13. Que todas las mujeres que estuvieren y residieren en. este 
ejército, y no fueren casadas, ni hicieren vicia con sus maridos, 
vayan y residan en los cuarteles públicos que se les señalen, sin que 
salgan de ellos, so pena de doscientos azotes á la que contraviniere, 
y sea desbalijada y desterrada del ejército. 

14. Que niní^uno sea osado á tocar en las vituallas que se tnije- 
ren á nuestro ejército, ni hacer fuerza, ni dar molestia ni impedi- 
mento á los que las trujeren á vender, ni las tomen ni las compren 
de ellos, aunque digan que las quieren pagar, hasta tanto que las 
dichas vituallas particular y generalmente sean traídas y puestas 
en los mercados y plazas del ejército diputados por el maestre de 
campo general, y hasta que el comisario general les haya puesto el 

f)recio, ó por otras personas en su nombre, como esta ordenado en 
a instruccfón que está dada para lo que toca á los olidos de maes- 
tre de campo general, y del comisario general, so pena de la vida. 

15. £s nuestra merced, v mandamos, que ningún soldado de pfe 
ni de á caballo, sea osado de ir á correr solo ni acompañado sin li- 
cencia nuestra ó de nuestro capitán general, so pena de la vida y 



▼^ 



APÉNDICES 385 

dñ perdimienlo de cuanto tnijeren. Y, puesto que en el dieho ejér- 
cito hay maestre de canipo general, preboste v capitón de justicia, 
y otras personas que han de tener cargo y paríicular cuidado de no 
permitir aue se hagan desórdenes, robos ni fuer?,as á los que Iruje- 
ren vitualla y otras tuercaderias á vender al dicho ejército; ni me- 
nos que La gente de guerra vava a correr en tierra de vasallos 
nuestros, y que si lo hicieren, serán castigados, y además de perder 
lo que trujeren, caigan en las penas reservadas á nuestro alliedno, 
ó de nuestro capil^n general. 

15, y porque no todas veces pueden ios oficiales entender en los 
oíicios, ni hallarse en ledas parles, como seria meneííter para evitar 
Jos desórdenes, mandamos a los coroneles, maestres de campo, ca- 
pitanes y otros cualesquiera oticiales que tuvieren cargo en dicho 
nuestro ejército, cada uno de ellos en particular, y á todos en gene- 
ral, tengan cuidado de e]icusar los dichos desórdenes, procurando 
evitarlos en cuanto les Tuereposíbíe. Y si hallaren que aigun solda- 
do trojero al campo ganado 6 vituallas sin tener licencia, que se lo 
quiten y tomen, y lo manifiesten luego i\ uneslro maestre de campo 
general, para que provea sobre ello lo que conviniere á nuestro ser- 
vicio, y a^uiás de ello, los castiguen, como les pareciere, á tos de- 
lincuentes, no embargante que ío traigan al ejército, v lo manitles- 
ten á los oQclales sohredicnos, pues no podrán todas veces tener 
noticia de ello. 

ÍT, Que ningún recatón pueda salir del ejército, en cuatro leguas 
donde estuviere el campo, a comprar las vituallas que vinieren al 
ejército para tomarlas S vender, so pena que por !a primera veí 
será desbalijadú, y á la segunda castigado con pena de la vida. 

t8. Que toda la ropa y otras cosas que la gente de f^uerra ganare 
en batalla, reencuentro ó combate de alguna tierra o castillo, ha- 
ya de quedar, y sea libremente de aquel o aquellos que lo tomaren 
S ganaren, según costumbre de la guerra, reservando para Nos lo- 
os los prisioneros que se dejaren de matar, de cualquier calidad ú 
condición que sean, porque todos han de quedar reservados á nues- 
tro albedrio para hacer de ellos lo que fuéramos sonido; y el atti- 
lleria, pólvora, municiones y vituallas, de cuaíquier género que sean 
y estuvieren puestas en casas ó magacenes particulares, todo ha de 
quedar para entregarse á las personas que fueren señaladas por 
Aos ó nuestro capitán general. Y en caso une \Si gente de guerra 
ganare algunas vituallas de los enemigos en (a campaba, se entienda 
que no lo hjn de sacar ni llevar á vender fuera del ejército, sino 
que lo han de vender en él a precios razonables para provisión de 
\ñ gente que le hubiere menester, so pena de perdimiento de cuan- 
to hubiere ganado, y demás de esto, que sean castigados en sus per- 
ionas en las penas reservadas á nuestro albedrio o de nuestro ca- 
pitán general. 

19. Que sucedido saco de algunas tierras rebeldes, como se con- 
liene en el capitulo antecedente, no sea osado ningún soldado solo 
6 acompañado de qujlar á ningún soldado ó soldados del ejército 
la ropa que hubiere ganado, so pena de la vida. 

30. Que todas las mujeres que hubiere entre todaa las naciones 
do este ejército, caminen y vayan siempre con el bagaje de su na- 
cido, y no fuera de él, so pena de ser deshaíijadas. 

il. Que ningún soldado sea osado de quedarse con el bagaje, ex- 
cepto los enfermos que quedaren con licencia de sus coroneles ó 
maestres de campo, y constando y siendo maníüesta su enfermedad, 
so pena que el soldado que estando sano tal hiciere, le den tres tra- 
tos de cuerda. 

T03to n m 



386 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

22. Que ninguno que no sea comisario de guerra de algún tercio 
de gente ó nación, sea osado ir delante del ejército ni de su bandera ' 
á tomar alojamiento, so pena de la vida. 

S3. Que ninguno se desmande ni deje de acompañar su bandera 
ni tercio, por la orden que los demás líevaren, no se adelantando ni 
quedando atrás, so las penas que pareciere ¿ sus superiores. 

24. Que todas las personas do cualquier nación que no tnijeren 
armas, ni siguieren ni acompaflaren bandera de ordinario, ó do 
fueren criados de señores, caballeros y oficiales muy conocidos de 
nuestra corte ó ejército, salgan del campo después del tercer dia de 
la publicación de la presente, y no sigan ni acompañen este ejér- 
cito, so pena de la vida. 

25. Que todos los que no fueren soldados y estuvieren en orden 
para poder ir en escuadrón, no vayan en él, sino en el bagaje, so 
pena de tres tratos de cuerda. 

26. Que ningún soldado ni otra persona sea osado de tocar en 
ropa, ni en cabalgadura ninguna cargada y descargada, que vaya 
con el bagaje, aunque la topen perdida en el campo, ni consientan 
que otros la toquen, si no fuera para volverla luego á sus dueños, so 
pena de la vida. 

27. Que ninguno sea osado del campo, ni fuera de él, á entrar ni 
salir escondido, ni por lugares no acostumbrados, en ninguna tienda 
de nuestra corte y ejército, si no fuere públicamente, y en tiempos 
y horas ordinarias por las puertas acostumbradas de ellas, so pena 
de la vida. 

28. Que toda la gente de pie y de caballo del ejército que viene 
á servir en él, de cualquier grado, si les mandaren, cuando camina- 
ren, ir armados, lleve cada uno su banda colorada sobre las armas, 
y no llevando coselete, lleven las cruces coloradas cosidas en los 
vestidos, de manera gue todos las traigan públicas y no de suerte 
que las puedan cubrir y quitar, so pena que el que se hallare de 
otra manera, sea habido por enemigo y castigado por tal. 

29. Y en caso que los rebeldes en algunas villas y castillos vi* 
nieren á damos la obediencia y ponerse en nuestras manos, por lo 
cual pareciese de usar con ellos de alguna compasión, ó reconoci- 
miento, la gente de nuestro ejército en general ni en particular no 
prasuma ni se atreva á entrar en tales tierras ó castillos por fuerza, 
ni saquearlas, ni los ganados que dentro ó fuera de ellas estuvieren» 
ni quemar ni talar casa, ni heredamento ninguno sin tener para ello 
orden expresa, so pena de la vida. 

SK). Y porque conviene y es necesario que todos los molinos que 
se hallaren, de viento, agua ó sangre en las tierras ó ríos por donde 
el ejército pasare, se conserven, mandamos que nadie sea osado de 
los romper ni quemar, ni hacer ningún daño sin expresa orden, so 
pena de la vida. 

31. Mandamos que en los molinos á donde se llevare á moler 
nuestra vitualla, ningún soldado, ni otra persona, sea osado dar 
molestia, ni tomar la vitualla, so pena de la vida. 

32. Que ningún soldado ó persona de cualquier grado que sea, 
meta en el campo, secreta ni públicamente, ropa, ganado ni mante- 
nimiento, ni otra cualquier suerte de cosa que venga ó la haya to* 
mado de lugares sospechosos, ni apestados, ni en otra parte, sin 
que primero lo roanitieste, dando cuenta de ello á nuestro capitán 
general ó maestre de campo general, antes de haberla metido en el 
campo, so pena de la vida. 

33. Y si con el favor de Dios, nuestro Señor, hubiéremos victo- 
ria, dándose alguna batalla ó reencuentro en campaña, ó comba- 



APÉNDICES 387 

Uéndose alguna torre o castillo donde los rebeldes bayan puesto 
presidio, mandamos á los soldados y gente de ijuerra que no sean 
asados á desmai]darse para saquear ni robar, smo que lodos eptren 
y estén juntos en ordenanza en sus escuadranes de la manera que 
por sus superiores les será ordenado, hasta tanto que la campaña, 
pbza ó tierra sea enteramente ocupada ó ganada y asegurada por 
los nuestros, so pena de muerte al que lo contrarío hiciere. 

Zi. Mandamos que ningún hombre de guerra, de pie ni de caba- 
llo, sea osado de tocar arma en el ejército, ni hacer alboroto de día 
ni de noche, si no fuere habiendo evidente necesidad, viendo ó sin- 
tiendo venir los enemigos; y cuando se tocare, cada uno acuda lue- 
go con sus armas á su cuartel ó bandera, para ponerse en el lugar 
qiie se le mandare; y si alguno se quedare en sus tiendas ó cuartel, 
sm estar enfermo, ú sin alguna otra evidente y manifiesta necesidad 
V orden, seo castigado personalmente por ello. 

35. Que ningún soldado de pie ni de caballo pase muestra, ni se 
baga escribir en lisias, ni tire paga fuera de su propia nación y len- 
gua, ni en más de una sola compat^ia, ni pan, ni responda en nom- 
bre ajeno, sino en el propio solamente, y una vez y no más, so pena 
de la vida. 

36. Que ninguna persona dá ni preste mo^os para que pasen 
plazas en las muestras que se tomaren á la gente ne guerra, so pe- 
na que el que lo contrario hiciere, sea desterrado perpetuamente 
del campo y corle; y el mozo que la tal plaza pasare, sea castigado 
en pena personal á nuestro aibedrio ó de nuestro capitán general. 

37. Que ningún soldado ni otra persona pueda prestar á otro 
armas ni cabaUo» so pena íle la vida; por lo que es conveniente v 
muy necesario que cada uno esté en orden y proveido de las armas 
con que es obligado ¡i servirnos, y merecer el sueldo que se le paga, 
y el ohcial en cuya compania se fiicierc, sea por ello castigado. 

3S. Ordenamos que ningún capitán ni alférex pueda recibir en su 
compa&ia soidado de compafiia ajena, sin e?ipreso consentimiento 
de su primer capitán, y licencia de su maestre de campo; y el que le 
contrario bicierc, sea castigado, y el alférez privado de la bandera, 
siD que pueda más serlo en este ejercito, y que sea echado y deste- 
rrado de ¿I, porque de esto se suelen causar muchos desordenes y 
pendencias. 

39. Que ningún capitán ni soldado, ni nadie de los que reciban 
en este nuestro ejercito, sea osado de recibir en su servicio mozo de 
otro soldado, ó persona, sin licencia de su primer amo, so pona de 
que le den cuatro tratos de cuerda al soldado que lo contrario hi- 
ciere; y sí fuere ollcial, sea castigado por ello á nuestro albedrio ó 
de nuestro capitán general; y los mozos que se pasaren de unos amos 
á otros sin licencia, sean desterrados perpetuamente del campo. 

40. Que ningún soldado ni otra persona se mude del lugar que 
por su furrieí mayor ó particular le será señalado, ni tomará el alo- 
lamíento ó cuartel que fuere de otros, so las penas reservadas a 
auestro albedrio ó de nuestro capitán general. 

41. y porque potiria ser rme ol maestre de campo general, ó al- 
guno de los prebostes, barra cueles ['^alguaciles del ejército, quisieren, 
sobre cualquiera de los sobredichos delitos, prender algunos de los 
malhechores, y que los tales se pusiesen en defensa, mandamos y 
expresamenle ordenEimos, á cualquier bombre de guerra, de cual- 
quier grado y calidad que sean, que se hallaren presente á lo suso- 
dicho, que ayuden y favorezcan a los ministros de justicia, so pena 
que el que lo contrario hiciere será habido y tenido por el tal de- 
lincuente, y castigado por ello en la misma pena. 



J 



388 ctmaftA dc AXEspóec es pobtdcal 

ti. Ordefiu&os qt>« o inflan sí^W^éú, Ai 94n slfnzu i>ér^tij, s^ 



gaaado ca iiiego póbiko ni MCfeto: T qaeBugña oActal, Bi 
ó BO soldado, poedajogarñM coa diMrofdeiaBle;porfM s^j^n- 
oo jofaje síB ellos, j acredite sobre sa palabra, ypentüese alCBsa 
caalídad grande ó peqoefta, qoerenos qge se entieoda que la lal 
■ '* .-- " nidoaj' *'" ^ --- .- 



penosa qoe babiere perdido ao sea teoido ai obligado a ampUr la 
palabra, ni á pagar lo qoe babiere perdido ea aiagón tieaipa, 

43. T expresaaieate defendemos t mandaoios» qoe aiagnao pue- 
da jogar ni poner en el ja^o por prenda sos amas» si loen Hun- 
te; y si faere bombre de á caballo, qoe no ponga ai poeda poner s«j 
armas ni caballo, so pena de ser castigado con rigor; y se enüeada, 
sí qnisieren, qoe podTrán jocar sobre otras prendas. 

Todo lo coal (como es djcbo) mandamos qoe se manifieste jpor 
bando público, j¿ra que venga á noticias de todos.— En Badajoz a 15 
de jomo de I5W.— To el Rev.— Por mandato de S. M., loan Delga- 
do (I). 



(1) ABtoaio Herrén, BUIaria de Portmgal y eonfuitta de iof fwtmi As»- 
rei, págM. 78 á 81. 



APÉNDICES 589 

Apésdie^ Htm. IQ 

Carie de perdón que fscnitié S. M. ai rrhw de Portnnot en \% tkjuíio 
deim, 

Don FeUpti> por la gracia de Djos^ rey de Portugal t dd los Al gar- 
bas, de aquende y de allende el mar en África, señor de Guinea y de 
la conquista, navegación y conicrcio de Etiopia, Arabia, Persia y 
de la India, etc. 

A cuantos esta mi carta de pardon vieren, hago saber; que sien- 
do informado de que en la rebeiión que hizo Don Antonio, hijo le- 
gitimo del señor Infante Don Lnia> mi lio, que Dios tiene, tomando 
y usurpando li rúnicamente el nombre de rey de Les dichos reinos ? 
señónos, muchas de i as personas que tomaron v siguieron sn voz, 
lo hicieron y hacen forzados v ofírimidos por iniédo de que Tos ma* 
len, les roben y saqueen sus haciendas, y que de este modo mucha 
de la frente popular fué engañada y persuadida por el dicho Don 
Antonio y por los rebeldes movedores de su rebelión con razones 
falsas y aparentes <jue nunca faltan á los tales sediciosos para indu- 
cir al pueblo sencillo alo que pretenden; y queriendo proveerla 
manera de que los forzados y oprimidos no' sean castigados justa- 
menle con los culpables, y que el pueblo (que comunmente es más 
fácil de engañar), no sea castigado con el ri^or que el derecho per- 
mite, y por hacer gracias y merced á !as mujeres é hijos inocentes, 
muchos de los cuales dependen de su administración^ tengo por 
bien que todos aquellos que, dejando la voz del dicho Don Antonio, 
V siguiendo la mía, como la de su rey y nali^ral señor que sov, se 
í-fidüjeren á mi servicio dentro del término que para eso les señala- 
rá el duque de Alba, mi primo, de mi Conseja *le Estado y mi capi- 
tin general, sean perdonados libremente de toda culpa en que hu- 
bieren incurrido por haber así tomado y seguido la voz del dicho 
Don Antonio, y de todas las penas establecidas por derecho común 
y por las leyes, ordenaciones v costumbres de los dichos reinos y 
señoríos de Portugal. Pero ef dicho Don Antonio y lodos los que 
indujeron á las rebeliones cometidas en la villa de'Santarem, y en 
Lisboa y Selúbal, y cuantos de aquél aceptaron, o en adelante acep- 
taren cargos, oficios y mercedes como de Rey, y los que lo sirven 
actualmente, uo gozaran de este perddn y merced; antes serán pu- 
nidos y castigados, conforme á derecho, con todo el rigor de la jus^ 
ticia. 

T para testimonio de todo, mandé pasar esta carta firmada por 
mi y sellada con el sollo de mis armas reales de la corona de Por- 
tugal, y mando que se cumpla y guarde exactamente cuanto en 
ella se contiene, y que al traslado ae ella impreso, sellado con el 
dicho sello y refrendada por Ñuño Alvarez Pereira, sedé tan entera 
fé y crédito como á esta propia. 

Dada en la ciudad de Badajoz a U de julio de 1580,^YOf Nuf^o 
Aivarez Pereira.— To el Rey (1). 



(1) Colección ñe docuuientoa inéditos para Ift Historia de Españ», 
tomo VII, págs. S32 á324,— Bo publicó tamMéuel citado docomento, Ul 
etiiil exist« en el archivo d«l Excmo. 6r. Duque de Albfti en el tomo XXXV 
deU referida Colección de documenÉoi inéditos, paga. IJ i 13. —roo y 
otío docxunento están eecritoa en Idioma portilles. 



309 GUEKRA DE ANE3aÓN EN PORTUGAL 



▲ptodloe núm. U 

Beladán de las penónos excluidas del perdán general que el ref i)»i 
Felipe hizo publicar en Thomar el 18 de abrü de 1B81 . 



Don Antonio, Prior de Grato. . 

Don Francisco de Portugal, conde de Vimioso. 

Don Manuel de Portugal. 

Don Pedro de Meneses. 

Don Francisco de Meneses. 

Manuel de Silva. 

Diego Botello, hijo de Pedro Botello. 

Don Antonio Pereira. 

Don Jerónimo Gotiflo. 

Don Jorge de Meneses. 

Don Antonio de Meneses, su hermano. 

Antonio Núñez Barreto. 

Joan Ruiz de Sosa. 

Duarte de Castro. 

Antonio de Brito Pimentel. 

Pedro López Guiraon. 

Amador de Quirós. 

Juan González de la Gároara. 

Antonio de Silva de Acevedo. 

Manuel Méndez. 

Manuel de Acosta. 

JorgedeAmaral. 

Antonio Barracho. 

Arias Gonzálvez. 

Gabriel Barracho. . 

Pedro Barba de Leva. 

Manuel de Fonseca 

Manuel de Pejas. 

Juan Bocarro. 

Pedro de Oliveira. 

Juan Francisco de Acosta. 

Febo Núftez. 

ECLESIÁSTICOS T RELIGIOSOS 



Don Juan de Portugal, obispo de la Guarda. 

Don Alfonso Enriquez. 

Juan Rodríguez de Vasconcelos. 

Simón Girón Mascareñas, deán de Evora. 

Antonio de Quirós. 

Fray Manuel de Acosta. 

Fray Esteban de Leytao. 

Fray Luis de Sotomayor. 

Fray Nicolás Diez . 

Fray Antonio de Sena, orden de Santo Domingo. 

Fray Héctor Pinto. 



I 



APÉNDICES 

Fray Damián Machado. 

Fray Andrés, prior de San Marcos. 

Frav Aíruslin. 

Fray Miguel de los Santos. 

Frav Diego de Carlos, de la orden de San Francisco, 

Don Lorenzo, de la congregación de Santa Cnií. 

Fray EfileJ&an Pifieiro de Amo (1). 



391 



(1) CoIeccl6n de dociimf^citOB médltoi pu*» la Uletoría áfi Ebp&üa, to* 
jaoKLt piKfcM S9fi j *0O, y LaiiEOtá de Steblayo, Diaria dt operaeion^t. 



392 GUERRA DE ANKXIÓN EN PORTXrGAL 



Rasan (te f<i* nav^ qm urmeron en la armada, así ios que sali^&n útste 
Ho de LUbaa, atma tat que fueron deí Andalucía eí aña 4IÍ82 (1)* 

LAS QUE SALrEHp^T HE LISBOA 



E) galeón í^an Mttrtín, c^pitaDá del arniada - ^ i .300 

EJ galeón San Mateo, de S. M . . . . 600 

Lw natw de Guipúu&a 

La nave nombrada La C&ncepdén, maestre Pedro de Evora. 518 
La nave nombrada Nueitra SeiUra de ídar, maestre Do- 
mingo de Olavarriela , 240 

La nave nombrada Buenaventura, maestre Juan Orliz de 

Isassa — - Ut 

La nave San Miijitei, maestre Antonio de la Jus . . ... i44 

La nave Catalina, maestre Sebastián de la Ba^itída . . — 330 

La nave San Vicente, maestre Juan Pérez de Mulio SI4 

La nave Juana, maestre Pedro de Óaragarza . ... ñl 

La nave San Vicente, maestre Domingo de Tansída. ... 30S 

La nave María, maestre Ju:m de Segura — — 389 

La nave Nuestra Señora de la l'eña de Francia, maestre 

Cristóbal de Segura 316 

Púríu^ue^OM 

La nave nombrada ilhíif^ai, maestre Gaspar Anlñoez. . . . . 319 

La nave San Ántmi^, maestre Baslian Pérez — 381 

La nave El Bosaria, maestre Manuel de (íaya 1$0 

La nave San Antonia de Hiten Viaje, maestre Amador Fer- 

nándei *51 

La nave La Misericordia, maeslre Pedro Beltrán S» 

Árafí ¡tremas 

La nave nombrada Anunciada, capitán Juan de Simón (i). 600 

Naves jmrtku lares 

La nave JesñM María, maestre Baltasar de Baraona .,..,.» lÚk 

La nave San Miguel^ maestre Alonso de Solis. 1S9 

Ln nave San Huemientura, maestro Juanes de Arteaga, . , 319 

Urea¿ 

La urca San Pedro, escribano Guiilermo Lañóle i67 

La urea San Gabriel, escribano Juan Antonio I0t 



(1) Colección NRVB.rrete, tomo XLI. 

(2) E£U n«> fe Volrl6 porque ba^a agua, 7 no a« hBMé en U lonuda. 



APÉNDICES 393 

La urca Jfar/j, escribano Juan de Domunlo 410 

La urca El A^estud, escribano Gaspar González * ^ , 339 

La urca Ssn Miguel, escribano Guillermo dñ Torres. ..... f9l 

La urca San Rafael, escribano Juan Bautista. 4J8 

La urca Et Ciervo, escribano Andrés Pérez . 139 

La urca San Migue!, escribano Gonzalo Becerra 177 

La urca MúyMén, escribano Francisco Mecinés 878 

La arca E¡ Ángel, escribano Atanasio Fernández 338 

Patacht& que fíteron €r>n eMa armada de Lubúü (!) 

El patache Sienta Clara, maestre Antonio de Ampuero. 

El patache Santa Ana, maestre Juan de Sorribaa, 

El patache Cotte^ción, maestre Pedro Girón. 

El patache Santa Cru^, maestre Francisco Grispin. 

Juan Gardo, maestre del patache en que iba eJ capitán Aguirre y lo 

tomaron los franceses. 
El patache La Uahela, maestre Juanes de Vezo Ibáfiez. 

IfjLTES OtTC SALÍE»0?( DEL AHOALUCÍA Y KO SE RALLAaOM Et< LA BATALLA 

Touelaü^R 

El ga!eón La CmicepcMUt capitán Bartolomé Carlos; es del 

Marqués de Santa Cruz 816 

El Kaleón La Cúncí*pewn, capitán Manuel Alfonso; es del 

Marqués de Santa Cruz , 638 

La urca El ünicúrnio durado, capitán Gnilíermo 1 .008 

Lañare Santa María áe Gracia, capitán EstéfanoNicolo 

Nacache , , 977 

La nave San Francisco de Padua, capitán Juan Bautista 

Sagre 740 

La nave Nuestra Señara det Rasar h y San Jítan Bautista^ 

capitán Juan Umbert — SU 

La nave Santa María de ía C&sía, capitán Antonio Bonco. $17 
La nave Nuestra Señora de Cüiuíantinopla, capitán Julio 

Lacafia , 371 

La nave Sania Crw;, capitán Jorge Gorgono. 411 

La nave Lapoza, capitán Antonio de Aguslino S14 

La nave La Piedad, capilán Juan Pedro Chelontano . . * i07 

La nave San Nicolás, capitán Marino Prodanelli 739 

La nave Salipomana, capitán Jerónimo Lomba rdíno * . - 735 

La nave Santísima Trinidad v Nuestra Seilora tle Gracia^ 

capitán Marco Balerío. .... I - 3H 

La nave La María, maestre Juan Nüftez de Arradaner .* . ÍM 

LAS SETS NAVES QUE SE VOLTIEEOX SE LAS 31 QÜG SAL[E1I0?V DE CADlX 

La úBv^ Santa Marta det Rosariú y San Telmo, capitán Juan 

Arols ..... , 81S 

La urca La Grata, capitán Octavio Feneto 403 



(1) EiCos pataches no *e »tqucu3, porque ton nATÍoft pequeños. 



394 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

i2 ^ ToneliidLi 

La nave Santa Maria Eneoronada, capitán luán Andrea de 

Florio — 7lft 

La nave Santa Mísrfa áe Gracia^ capitán Juan íle Bartolo . . 764 
La nave ^miía Marín di'l Sor^rro, cñpittín Rnsco de Marco. S54 
La nave Santa Maria del Pmttano, capiláo Francisco Cas- 
telan 198 

PATA en es QBE SALIITItD.V TiWh AlfB ALUCIA 

EJ patache Egptriíu Santit, maestre Gutierre Vepa . 

El patache Santa Oiaíla, maestre Pedro Guerra 

El patache nuestra Siefiora d^ ta Encina, maestre Pedro Utisquei, 

La carabela San Ántúnifí, maestre Vicente Yáfieií. 



Af>J&NJt>iC£S 



mí 



¿pénilce núm. 13 

Rflüdén áe ím Hiiídmlm qn^ pamron ¡t se hicieron biienox t'ii la muetitrn 
ff^rteraí qn^ nf* tomó rf h* hifraxcriias compañifí^ d¿ infan feria £$pa- 
ñoía, qw en toban embarcadm en dif^enU'g natfs, en el río de e^ín 
mudúd úe Lisboa, en %% de jmio d^ i^"^ (1), 



TEHCtO D£L liLESTRE DE CASPO DO:i LOPE DE FIGtJEHOA 

La compañía del maestra de campo dicho. . . , Ufi 

La de] capitán AgustJu Je Herrera 7i 

La del capitán Juan de tíamboa , , . . - M 

La del capilaD Don Pedro de Mendoza.. , S3 

La del capitán Lázaro de Isla 74 

La del capitán Tedro Rosado 117 

La del capitán Alünsí> de Avalos 88 

La del capitán Juan de Salazar 77 

La del capitán Diego Coloma , — CO 

La del capitán Alvaro Rarragán 60 

La del capitán Sanclm de SoTis , , . , 8S 

La de Don Luís de Herrera ...., SI 

La de Miguel de Meneses 73 

La de Don Miguel de Cardona- . * ...-♦, 4B 

La de Don Juan de Córdoba 6e 

La de Den Bernardino de Zufliga. , . fil 

La de Marcos de Isaba 44 

La de Den Fernando de Andrada 88 

La de Pedro de Santistéban flS 

del capitán Don Juan Chacón , . . . , 7ñ 

TTSa 

TEíaO ntL «AESTRE 0E CAHPO DON FRAÜCtSCO DE BOBADIIXA 

La compañía del dicho maestre de campo, . . , . . — 10:1 

La de Don Francisco de Vargas 197 

La de Pedro Muñoz de Castiíblanco llfi 

La de Don Juan de Vivero. (40 

La de Don Juan de Luna , 418 

La de Lope de SaJazar 78 

La de Funes Flores 140 

La de Juan Salcedo , i&4 

La de Francisco Rengifo. m 

La de Pedro Pardo. 146 

La de Pedro Pliego li 9 

La de Hernando de Pacho 141 

La de Diego Suárez de Salazar — 169 

TflCtO DEL lAESTRE DE CAMPO ASÍTOTirO II OREJEO 

La compaóia del maeslre de campo dicho 175 

La de Vicente Hernández .. . — .,....,. JÍ7 



p> Colección KaTimtfl, tomo XLI. 



395 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

La de Miguel Ferrer , 1 47 

La de Don Pedro Zapata *W 

Pedro de Escalante Osorio lii 

Antonio Flores * 175 

Don Francisco Carrillo Carvajal 10* 

Pedro de Lejalde,. ilO 

San Juan Berduco ItG 

Don Hernando de Vivanco ...,.., ÍÜ 

Pedro Nieto 103 

DonAnlonto Girón.... ,.. 155 

Pedro Suárez Coronel , H4 

Francisco Calderón de Avila Itl 

f.O(H 

LAS TBE3 COlPAl^LAS QI^E SALIEROIT VE USBOA 

La de Jdan Fernández de Luna 118 

La de DiCgo de Oviedo . , . liG 

Alvaro Sarmiento de Valladareg lU 

3Si 

LAS SIETE COMPAÑÍAS QUE VINIERON V^ EXTREXAUCKA A CAftCO DEL 
C4PITÍtN AGUSTÍSf L^fCL*E£ 

La coDipaflía de Alonso Nieto 84 

La de Düh Juan de Benavides 4S 

La de Don Juan de Maldonado 48 

La de Cristóbal de Paz. . . , , , . , 107 

La de Sebastiíin de Mata W 

La de Gregorio de Tapia. , W 

La de Acacio de Iguera. . . , . 7t 

494 

I* AS crüCO coipaSÍas viejas del tercio de don frenando r>E tolcm 

La compañía de Bustamanle de Herrera til 

La del capitán Agustín IftigüOK IW 

La de Don Antonio de PaKos...... 151 

La de Vicente Castellani ,. 139 

La de Diego de Cárdcnaíi Itl 

LAS SEIS COMPAÑÍAS QUE VlNtERON CON DDK CRISTfÍBAL DE EKASO 

La compañía de Don Miguel de ErafiO T9 

La de Fe! ipe Cerón M 

La de Pedro de Mend i ola «..„. 8& 

La de Luis de Viilalobos, — Bl 

La de Don Gaspar Coronado. II 

La de Diego de Vllíalba B 



APÉNDICES 397 



ApénUee ntm. U 

Confmún de Don Fn neUeo de Portugal (hijo del ietfimd^ conde de V¡- 
mioso Don Álfóiu&j, poc^ anfei de morir, en W iUjuli& de Í!ÍSÍ. 

Lo (pie dedarú el conde de Yímioso dos horas aotes que murie- 
fie, é persuaHÍon del padre fray Francisco Maldonado, de la orden de 
los descalzos: 

«0"e él tiíi sido parte para que no se concertase non Antonio con 
Su Majestad, contradiciéndolo siempre, y procurando que hiziesse 
esla armada, y lo demás que adelante dirá, y por serclirisliano lo 
declara, leniendo por cbrto que pueda hazer gran daño si no se 
remediasse. Y que toda esta armada venia á esperar la armada de la 
India, y tomar también la de ia Nueva España, si la encontrasse, y 
luego lomar á Sant MigiieL para teuerla con las demás islas de las 
Assores. con la Tercera que tiene Don Antonio. 

Que Uene Don Antonio muchos avisos de Portugal, v que por 
ellos V la lengua que avia tomado, savia que la armada de Su Ma- 
jestad venia dividida, y que quiso darle la baialla antes que se 
juntassen. 

Oue vino en la armada de Don Antonio mucha gente principal do 
Francia, y que cree se perdió la mayor parle del la el dia de b 
batalla. 

Que Don Antonio venia en un patajo muy ligero, y se apartó de 
la armada la noche antes que se peleasse. 

Que Don Antonio tiene trato con la mayor parte de Portugal, v 
promessas de que si viene con gente y armada, se levantaran poréf. 

Que el Rey y Reina madre de Francia lientn asentado de traer 
treinta urcas gruessas de Flandesp v en ellas quotro mil alemanes; 
sacar del barón de Anguler, coronel de las islas, otras treinta urcas 
muy artilladas y marinadas, y embarcar en ellas en Francia quatro 
mil soldados, que con más de seis mil que vienen en esta armada, 
pasaran de quatorce mil hombres de guerra. 

Que el ííeneial FiHppo Estrosi v los demús coroneles vienen con 
patentes del Rey de Francia, y que" el Rey ayuda con disimulación 
a esta gente, y la Reina Madre descubiertamente, y pagó esta ar- 
mada, ansi el sueldo desta infantería como de las naos y gente de 
mar. 

Que la gente y la Reina de Inglaterra ayuda á esla guerra, y tie- 
ne nombrado general para esta armada que ha de enviar. 

Que de particulares de Inglaterra esperan quarenta naos. 

Que de la gente que se liaze de nuebo en Francia tiene cargo un 
rendimiento holandés ó francés, y que Don Antonio de Menesses tenia 
otro regimiento, y que entrambos han de reunir tres mil hombres, y 
que los otros mil nombres no savia á quien se los avian encargado. 

Que con toda esta armada y gente tiene designio de ir á Portu- 
gal, y que tnie muchos arcabuces v piezas para dar a los portugue- 
ses. 

Preguntóle el Marqués, que por donde tratava de hechar la gen- 
te en tierra, y respondió que por las islas de Bayona y por Lagos, 
siendo el tiempo adelante, y que si ftiesse bueno, en ctialquier:i 
parte de la coala donde se pudiere dar fondo. 

Preguntóle assimismo si desembarazarían estos designios avíen- 
do perdido la batalla. Divo que si, y que él aviu hablado u algunas 



f 



398 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

(|ue fue ron de su Dao É nado á ütrus de las que buyeroD, y Íes man- 
dó aue djxeBsen á Don Antonio, que no consinliesse que fuesse «sta 
nuem á Francia, y <iüe él se fuesse p^r poner ánimo á los de alti. 
no obstante que tienen pasadas escripturas enlre él y la Heina 
Aladre, y la de Inglaterra. 

Que el dicho conde ha hecho todas estas capitulaciones y con- 
cierto», y que iodo estuviera más adelante si Don Antonio hubiera 
estado con más recaudo y sobre si, y que todo lo que lia dicho lo ba 
movido su conciencia y no otra cosa. 

Preguntóle el Marqués cómo está Don Antonio de dineros, y dixo 
que en Francia tenia pian cantidad de jovas de mucho valor, y qne 
en la Tercera tenia dineros. 

Dixo también que en la Tercera bavia ocho mil portnguesses 
con armas, y mil doscientos francesses, y inglesses poco más. 

Que tiene hechos Ires fuertes en la Tercera, v que allí se iba el 
armada á renzer, y Don Antonio allí recocerá las naos; y hizo est^ 
ilec la ración el dicho conde á 29 de julio de 1582 aflos, que fué el 
úi'á que niuriói (1). 



<1) El original de este doetimento se íi*lU en U Biblioteca D^cJonal 
do Madrid, G. 7ñ, fol M. 

Lü publicó td-mbiéu Dlei^ro Queipo de SotomayoFj que tomó parte en 
la batallarle la Tertrerfl^ eu su obra liiuluda «BcstripMóü de laa cosas iu- 
i'edidafl en luft reinos de l'ortiigíd, deade la jofuudarjue el r^y Dotj Bebu 
tldii hiiü cu A Trica, basta que el invictísimo r^y católico Hoii Felipe, II d^ 
flBK' Domljre, Nuestro Sefiür, quedó nu[ versal y pacifica lieredero delloi. 
con Iri conquista de la Tercera y las (lemáít isliuíp. Man. lilblloieca na- 
cional de Idadrld, G. 161, Tola* l&l y ÍH-S. 

Kii 1^ «Memorias de Fray Juan de Ran JeWpi^lttiOi, mmiji^ que Haé de} 
Escorial, capíaílaa en 5791 |>or Dau Martin FerijiindtB Kavarríte, y ptibli- 
c adán en el tomo Vn de la iColeccióu de doc uta cutáis Íut.^dlt<u9 parala 
Historia de Eapaúa*, existe el troao scgtmdo de la declaración del conde 
áii Víuiiüso. 

Habiendo alguna diferüncla en el teito de estos tres docnmentoa, be- 
mos formado el que se dtja inserto, t!es]3i]ás do comparar aquellos jú^ 
«iijetarlOH d uti nicdiudn auálUls. 

Rebello da J^lha diidn de la autenticidad de eate dn/üjuier^to, qne Hi 
IneUna ú. eotJ»iderar apOcriro, sin expresar loa motivoB de mi opJiddn, 



I 



APÉNDICES 399 



¿péndlce ntm. IB 

Smttnda que 4ió el marqués de Santa Cruz contra lo* f ranee tu que vt- 
nitr&n en favor de Don Antonio. 

El narqués de Sania Cmi, capitán general de Eas galeras de Es- 
palla, armuda v ejército de S. M.: 

Por cuanto nabiendo paces eulra S. M. y el rey de Francia, satiu 
é Tino armada de aquel reino en favor de Boa Antonio, prior de 
Cralo, á lomar y sefloreartse de la isla de San Miguel, tierra de S. Bl., 
como lo biío, con intento y concierlí^ de acometer y ofender otra* 
^slas, tierras y seílorio de S. M., en quetirantamiento de las dichas 
paces que hav entre S. Al. y el díctio rey de Francia, y dio batalla á 
í!u i^al arma<la; y fué Dios 'servido quería arcuada francesa fué rola 
V vencida por la de S. M., de que soy capitán general, liabiéndose 
muerto mucha gente de los enemigos franceses, fueron presos 23 se^ 
ñores y 52 cabaíJeros y 313 soldados y marineros; y porque tan gran- 
de delito no quede sin punición para castigo de los taJes contra ve- 
uidores á las dichas paces y ejemplo de los demás qn% \o supieren, 
vieren ú oyeren, ordeno al HcencJado Martin de Aranda, auditor ge- 
neral desfa felice armada y ejercí lo, haga degollar y degüeílen a 
los dichos señores y caballeros públicamente á vista dosta armada, 
en el cadalso que para este efecto se ha becbo en la plaza de Villa" 
franca de la isla de San ÍJiguel, publicándose primero en alia voz 
esta mi orden; y los demás soldados y ujariperos y gente áa la dicha 
armada de diez y siete aAos arriba, se ahorquen en entenas de las 
naos y otros en bóreas, en la dicha villa, de manera que los unos y 
los otros naturalmente mueran, y lo^ de diez y siete años abajo lia- 
van la pena une fuere mi vohiLilad, porque ansí conviene al semcio 
de Dios y al ae S. M. y del dicho rey de Francia {{}. 



(!) «MemoriaR ñc: Fmy Juan d« gaD Jerúnlmo, moiije del Baootlali.» 
Mau, Biblioteca del mouASttJrlc», pul)Ilcado (íu 1731 por Don Maitin Ft^r- 
^ú^náez Navurrete, y en el tomo vil de lu •Coiecel6u dtí documeatos Iné- 
ditos pum lu UisLürla do Espala* ^ 

Tambk^n iDAerta vstd' documento Dlügo Quetpo do Sotomayor en bu 
obra Pl>eacripoión ile las cosa* autí^didaí «n loa reinos de Portugal, eto 
-Man. mbUotf^cEi uaoiunul de Usíárlú, Q. lei, fol. IBX 



400 GUERRil DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ápéndlcf nim. 16 

Los ieñúret dé viflas y c^iíilhí que ite tomufún €ti £l ürmadü vivov (1). 

llos«ieur de Bocamayor, señor de la Rusela, 

Mos. Juan de Lalos, señor de Hería. 

Guillermo de Sander, seüor de Sander. 

Luis de Cien, señor de Brons. 

Fierre de Ubi, señor de Quenes. 

Giíbert de la Vuel, setter de la Vuel. 

Fierre de Bian. 

Moa. de Gal, seílor de Gal. 

Mos. de Gifardi, ^efior de Gifardiel. 

Mos. de ünet, hijo mayor del sefior de Gresot. 

Oduart de LangeH, sehor de la Viel. 

Fabio Gaucele, hijo del seftor de Gaucele. 

Mos. de Udü, señor de la Uda. 

Mos. de Fransoins, señor de la Montilla. 

Mos, Jaques Bav, hijo mayor del señor de BiopaJea* 

Mos. fíobert de Leí la, hijo del señor de Veosoli. 

Mos. Guillermo Masson, seI>or de la Falla. 

Mos. Rigart de Piloart, señor de Manterí. 

Mos. BeTtrán de Amígat, señor de Sirnij'as. 

Mos. Fierre Ja i lato, señor de Sans. 

Mos. Pfaeiippe Menteti, señor de Sabnissa, 

Mos. Juan de Bocamayor, señor de ta Rosella. 

Claudio de Pomoini, señor de Populin . 

Jacobo Lasnreau, señor de Lasareau. 

Mos. de Moíidoc, señor de Mondoo. 

hW^ CAVALLEHOS PlIlSIOKlROS, SO SE^ORtS D£ VlLlAS T CJ^STlLLt>S 

Fierre de la Nov, hermano del señor de Cresol, 

Franrojs Fruto, heriuauo del señor de Ersaus. 

Claudio de Ardalla. 

Antonio de Coblal, 

Me o seré y. 

Fierre J ubi n. 

Nicolau Rilar. 

Tbomás de La veros. 

Juan de RfrKmana. 

Robert de Ranassert. 

CaFitáo Jaques. 

Martin de Tubeli. 

Jacobo de Lun* 

Frapcois de Xautonele, 



f^^ *í^ sucedido A la armada de 8. M., ñ^ que es capitán ^eDerml el 
iDOjquéfl íle eBDta Cruz, t*tc.*f impreeo en Zarefít-^ii on la Imprenta de Lo- 
retiEO y Diego Robles, en el año 1SS2.— Qüeipü dti aiitowayor, I>íicnpcíí>ii 
de tat coiQí ttLccdídGj tM lot rríntw ífe Portvgat, etc. Man. lilblioteoa nado- 
ual de Madrid, G.lGI.rciL 1^2. 



APÉNDICES 401 

Fran€OísPielre> 

Mateo LupL 

Benito Forga. 

Hone BoonoQ. 

Claudio de Plomanen, teniente de líossieur de BeauraonL. 

Lapueii. 

Jlenseroi. 

Tfuy de iMuluisti. 

Jorge de Boas. 

Fierre de MEilinav, 

Claudio de MusuT 

Roni de San Martin, 

Antonio Bordel. 

Miguel de Bnisa. 

Guillermo Menart. 

Limesfie. 

Fierre de Pronor* 

Alesie de Ribiera. 

Francois Pense* 

Moa. Antonio de Busio, capitán de infantería 

Pierre Forquete. citpilán de ínfamerja. 

Bondíos. 

Camer. 

Mateo f*erY. 

Fierre de MaLihán. 

Jamberdeo. 

El Prülo, médico, Mos. ALraíian. 

FrancoisBiierelli. 

Charles de Saotebute. 

Sabbal de Lices. 

Thomá* de Lone. 

Pierre de Calamardíen 

Luis de Noest. 

Claude Mainoet. 

Doribac. capitán de infantería. 

Eliat de Sajan 

Ano de Trevillo. 



40^ GUERRA DE Am-lXtÓNÍ EN PORTÜrÁL 

Ap^ndiu nám. 17 

Lnx míffrtoüfi herkim tinf hubo m ta armaún *k 8. .H. d día dr k 
hítifílh {)), 

Heridos Miierto» 



70 Kt) el galeón Sun Marfiti, que sirve de capitana . - . iT* 
74 Kn el gíileón San Maifo. sin alírunos que qíiedan 
en eí mismo paleen cliomuüciidos de ftíegr^ arti* 
líctnJ, y entr« ellos el veedor general Don Pedro 

deTassis, en el lastro hO 

(59 En la nao María dt* Cidpi'tzcoo 4-** 

2S En la nao Sítit rirm/t' ^ , , 37 

J7 lín la nao Sinta Martí/ de Ivisr. .,.,.... 6 

5 En ta nao ¡iiff'mir^nturít fi 

27 En la nao JuflWrt .,..,...*...** !3 

7 l'in Ja nao PjiíúUim U 

14 Fn la nao de Oqitendo * . 17 

Id En la nao $mi Aiíhim de ñttni Vifíjf.. .....,,.*-. i 5 

1.1 En la nno Mixerkortím « 

líJ En la nao Nuf&tra Señoril df ta i^fñn de Frartrta. , . , t 

7 En la nao Sfrn Mtuttrl , H 

lí»f) En las demás naos del armada ín 



.^43 fii 



ri) *Ln sTicpdldo u I A armad A de S. M , dfl qiie es ("api Un ^ea«rMlfli33£f 
qiiéa de .San En Crua^ i^tc* 



APÉNDICES 403 

ApéncU» núm, 18 
La gente heriún a muerta en ef ffQleén *S3n Mateo* (1). 

Dan Pedro de Tassis, veedor general, quemada Ja cara á la mano 
derecha de tma pics^a enemiga. 

Don Godüfre de Bardají, dos arcabtizaísoB; et uno que le |>asa el 
brazo dereclio, y el otro que le loca un poco el lomo. 

Don Gaspar de Sosa, herido un poco en ei muslo, de una ruja de 
un madero. 

Bon Félix de Aragón, un arcahuzazo por junto el brazo, que le 
sale á las espaldas. 

El capilán Bodavalle, quemada la cara y manos. 

El cüiíKún Villalobos, quemada la cara y manos muy mal, de 
manera uue se teme pierda tn vista. 

Juan (lenrandeí tialíndo, un arcabu^azo que le pasa una piema. 

Humando de Uedinilia, un arcahu?.azo pasado por la rodilla. 

VA alférez. HYancísco de VillarrueU un arcabu/.asíü que le pasa la 
mano dereclm. 

£1 capitán Rosado, dos arcabuza^os; uno en la cabeza v olro que 
le pasa el cuerpo. 

Don Gonzalo de Carvajal, alférez del inaestre de campo, un ar- 
cabiizazo en la mano, 

Don Pedro de Luna, sargento del dicho maestre de campo, un 
arcabuzazo que Le pasa la mano derecha. 

Lope Gil, ayudan le de sargento mayor, quemada cara v manos 
muy mal 

Alonso POrez de Vallejo, soldado muy particular, Irea arcabu- 
zazos. 

£1 sargento fíojas, un mosquetazo que le rompe el muslo. 

£1 mirgento Es pélelo, un arcabuzaiío en las espaldas. 

El sargento Fuentes, dos areabuzcuos: uno que le pasa las quija- 
das y utro que le entra por la espalda. 

Él maestre del galeón, un arcabuzazo que le rompe la canilla. 

El piloto Hastian Gómez, un arcabuzazo en el brazo junto á la 
mano. 

MCERTOS 

El capitán del galeón, Jusepe de Talavera. 

YA capitán Enriquez. 

El sargento de Rosado. 

Alonso Rodríguez da Fipueroá. 

Don Francisco Ponce de León. 

El alférez Arguellada. 

Alonso de Ulloa. 

RúdriÉío de Talavera. 

Murieron soldados, 46. 

Hay quemados y heridos, f)5. 

Murió el condestable v siete artilleros, v lü que quedaron, los 
más quemados y heridos. 

Murieron entre marineros, grumetes v gcnle de servicio del ga- 
león, 16 personas. 

May quemados y tieridos de la dicha gente, Í4. 



(1) Cnlocuíón Sana du Eíimtüll, urt. A, iiüm, 636. 



404 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

[)e la gente lierida, va muHeníIo cvda día, porque bay muchus 
mülparDdos. 

Es ima cosa mtiy de nolar, que un capel I ñn de La compañía del 
mae^lre de campo, que se llamaba Juan de Jaén, viendo lanío fue- 
^ú^ a rl ti feria y arcabucerja, y Junuo de las bombas do fue^o y oíros 
artificios del qnc arrojaban en el diclio galeón, de puro miedo y ef* 
panto, estando en el üliimo suelo del galeón, stn que le pudiese ofen- 
der ninguna cosa, üino de ver y oir lo que arriba pajeaba, se quedo 
muerto sin poder decir -Otos valmei; caso cierto de memoria v es- 
panto. 



APÉNXIICES 



405 



¿pésdiea &tm. 19 

Mclaaíón úti titado ín que ta tí cnaada qní. íé ftajmttado eaU aAocn el pucf^ 
to de ía cuidad de Li*boa pura la empresa t/c ¡a üía Tn-cefa, de (¡m tí capi- 
tán Qcneral ti mattiuén de Santa Cruz, 



CapUanfif de que t^ cnpitáu Jüau Ituljs de Va~ 

UHüJ. , , , , *•■♦*, 

Patroaaf capitáo Perlif lio Moráu. ..-**.♦.*„,,. 

íiALÍSAÍ DÜ KBPAÑA 

Ccpit(tn<it ospitán Bie^o do Müdrsijo .***».,,.. 

Vefiíuríif capitán Weeo Lópei de Llauo£ 

Strtna, ca p f i d n í r J stób al d e M ong-y in , » » . * . . * 
victüHa^ QalCüTPU de SíonsuruI . ,......,....,„ 

♦So&írofMi, Aníííiiío de Torres. , , , * 

^íící^Hiio, SaneLo de Olea ,*».,».***.. 

j'forírfa. JuBD Ft-fUáüdex úft Ullo. ..*.*.... 

Leona, Crtatóbal de l'nutoj n. , 

fortuna, Fraiidftca JofRuem ............ ^ 

Fama, Joíte e Hota ...........»*,.»,,,. 

^'aTi j^rannCífo. Jt^rónüno de Vi vnr. , , » 

>brie3íi. Horado Claverin. . , , - ..,.,,..*,*. 

íían Mariiiif capitáu Marollii du 4uaii ,. 

i'^nn Felipe j Püii Juní) de A gUíiHii ...» , . . . 

Safi f roncwcüj jlclcbül tle Ojuda. ........,,., „ 

Concepcitm, Bu rt tíloun^ Carloi . . , — ..,*..*... 
Concf jictcífl , A mbrosio de lá Tcrre ............. 

NWES AKA^íDtK^^Aií 

í<ttnta Jfíirío de íifíiria, Est^Ttiuo de Kascaclic. 

*fiT» Sieolát. Mwl no Prt>daueUl , ,,..*.-... 

.San Jí'rductíío ííc /"ttuífí, Juou BauLlata Sagren . , 
SúTt Xicottís y Saiita María del ^u^orro, Itiiiíu útt 

Marco ,..,.„.., ,,.*....*,,,,,, 

La Sujiciada, Juan de :?!liióli ....,..,......,,., 

Sfji» Jufiíi ]iauU$t'i , JoritEo de Paulo (3rRndp 

Sania María Encormtüfía .**..*..,.., 

NATtfl CATALVVAíí 

Xuístrti Sfiiora del Botar ¿o, Juan UmLprt 

Julimia, Joaó Perrer,.,. 

Sania AToHa de fíradit, Juan .A rlúu* ..*.., ^ ♦« * ♦ . 



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2ii4 
270 



4o6 



pUERkA DE ANKXIÓN Etí PORTUGAT, 



Jja Potcr^ Aiúouío Aírwtino» * .......,...,., 

Suiíta Marta df f^raan. Juan de rturtiilo * . . 

Tritti4ad, Marco Valoch lo ..... ^ 

Mpúmáua, Jeróalino Lombardiuü ,.,,..,. h 

HATEA OKNOVBSAS 

Stmíd María de la Cfi»ta, Autotila Houco , 

Kiá9tra Señora de Cí^nsianlino/i^a, JiiUü Lnzano 

SATÍ9 NArOLITAÜTia 

¿íiii/a Jfíiria PatUanQ, FranclHco CaatelUno . - . 

NATKfl m OÜirííCOA T ViaCiYA 

íTcíiíí .Varía, Bal tarjar d^ Barnona, , . . . , . , , , 

Cancfpción, Juan í^íardnest áa Bnxhu. . , 

JuHana. Fedro du ( í anigjirzn 

JM Peüa de FrnjjrUl, CrisUilml do Seírui-B....... 

Maria , Juao d g j^fgura. . . ... ^ ....*.....*..,„ . 

¿ían iíüfníit'ínímíí, Joanüs de Arteaffa- , 

María de San Vicchlef .luán Pérez de Mullo.. . . . 

>san An^frég^ García del Enoinar, ....,., 

San •^^nb'fidoff Antonio do ITrqnlola 

Coniif^pctán , . , , ,.„...,.....,.»..... 

pVfln JfWíi BfiíUüta, Marti II úf? Irigorcn ......„, 

J^a-nia María^ Rebastién de Urejtl , . , 

Trinidad, Jacobo de Irtirc ......... 

Kavio» pVíinífi Maria y í^nn üf/ntába!, VJceinüío 
de Tomáé .... 

Sari. JttfJtf, maeHtrc Juan Gordón 

Concepftúii . rTcríiando Gardrtn 

Trinidad, Pedro de Kada , , 

San ./iHift, Sfatco df? Llauo — ... — 

.San PetJrfi, Slmrtn de la Slerrn 

ConccjíciúTi, Sancho de eiomprriba 

San Jitan, Doml uro de Yriuex. ........ . . , 

Sfiesira i^atora dd ViiifyjOj Juají de la Puebla 

[■ATACHKfl DE OOirLZCQA 

Sania Marta del Jitncal, macaCre Loretiso de 

ArtaletD ., 

María, Juanes do Af araburu ...... 

Imbei, Juaiíes de Velasco — . . ... h . h ..... . , , 

Maria de la Cms, Juan de la CoroRtola — . — 

EAllEAS Di TAS TRO 

H^fflfl Anííín, maostre Domingo Castro Colnla, . . . 

Aan Vri9táb<tl, H. Atorro 

Concepción , Jlartin Pérez di* Lastl erra. ......... 

:flíc^tra Señora dt Castra, Pedro de t'arrania, . * 

Santa Ana, jyoTaingo de gomorrLbaa.. 

San Pcdríí, Bartolomé de San Juan 



SIS 
704 

735 



527 
371 



-19S 



7W 

353 
320 
2W) 

S72 



250 
33T 



274 



350 
214 
lóO 
ISl 
115 
194 
113 
290 

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220 
130 
140 
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APÉNDICES 



407 



Trinidad, Juuti ¿o 'alazán *..».*.. 

5fí«/íai)í>, Pantiügo de A vellawedu 

ktin Juan, Juauoi Trápa^ja. . , 

Cimc^ptttm , Düíií í 11^0 íle Lurcdu * , 

Sm% i*tdrt), Pedro Jimeuo , . . 

6aji Mní-tin, JuAü de nauta CriiK * 

San Jiíftíi , Ochüa ele Acoat/i. , — *■ ,. 

¿ícTiía .iTjq, Bartolomé de Paladea -..,.., 
/!f(ifi Jfi^Tif í, Juan d*' Troeño » . . * - 



CARA9£l.Aa PURTUU UCEAS 

San Autúíiio, maeitre Ltds Aly arcas 

icoíta, Antonio Ferüdndy^ . , .,,,. 

pStin J^Eflro, Autíjiiiü Gon/Ahiy.. .,,..,*,.,.< 
¿cFfiíioga, Antonio GoniíáLeap el menor,. .. 

San Juan, J iian G ouzálL';;, ^ . h . 

Spiritv, iranio, Mateo de la Roca .* 

Cuncrjjrfvn , Franclaco GotucAlese. * . , 

ífuc^traStüoradd Rasario, Gregorio Alouiío 
Han Antonio. Estebaü Martin ....,.,,...,, 
Han Fídw, Franclaco ítt"riián4ez .>*,,*.., 

í<an Animiio, Blas DíftK. , . * ,,..., 

San Pcííro, Juan Vifeníe * . . * ► , 

Spirüu Sanio, G&iípar Dlaa » 

5ania üru&, Aoiouio Ilodrlfíuez 



BARrjlíí orí A TAS RBAiíI>^^í 

Siete b arcas grandes cli a tus Jípchus á pro- 
pAalki parA dt'BOroharcar Infantería, 
otjíi ciértoa artificio a, y bou deiuáa de 
alTíS velntidóa que eatáii eu ^a I nía de 
8an Mlgntd para eatü mismo efecto.* . . * 

SUMARIO 

2 G aledas * - 

1*2 Gftlefftif , ».,.„,...,.*.-..*..» — * 

S G aleonea de S. M .*......-♦'"-•■-'. - 

2 G aleones del MartiuéjJ. - - - h » . 

7 Navcifl flrraíTllcesas. , . . , ..,.►. h ^ * . . 

S K*ves taialannfl . , . . * * 

4 NavcB venecianas ,.. * * 

2 J^avea geooTCEft-s , ♦ * ,.,.*....*.., 

1 >"avo napolitana ,..*.** 

13 >"ftves de Guipú^ícoa y Vlicaya .... 

1 Kavlo. , 

g Pa tache» de Cuatro ........,.*..,..... 

4 Potachen de Gnlpúícoa 

In Zafras de Castro 

U Car^belaü de Fortuí^al * , - - . 

T Bancas grandes cbataa .,...,... 

La fiícnfe que. u ha dt íííjíwir ot San }£tíjml..\ * 



,óiti 

1.242 

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311 

143 
42 

I. 1.372 
!5.aT2 



408 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

En toda.ladIchft gente de ^errab&y cincuenta 7 
cuatro bander&s eii C9t& iiaapcrrA: 

Del tercio de Don Lope , , »**,., 20 

Del terf:lo tle Den Francisco. .**.... ,..,.. 12 

Del tercio de Fortugivl. . ,... , ,,........ l& 

Del rugimiento dei conde JerOnimci , . — , * , = . 4 

De Itallftnofl É . 3 

Demás de todft Ift líente que va en 1m dlchM galfra- 
jEita, galernH 7 naveit, la Eiguieutc: 

Fid algos y cabal leroi portufnieses ,.,... 120 

Caballeros y personas partlcvilnres con sus cHadot-, 180 

Capltat^es de fnfanterta con entreteulnileii tes, .,..-. M 

Caballetoa con eutretoulmleutos .., 36 

Airé receñí con entretenimientos .*..*...,.» ♦ . , , 56 

Sargeotos con entretenimientos ^ ............ . l<^ 

6 oíd adoB partí cttlares con entretenimiento» , . * iO 

Sos Tono» "Ti? 1&*SCW 

Toda la dicha armada do gftleasAS, g aleones, gaieras^ naves, na vi oí, 
pataoUes y zabras, carabelas y hartas, van en la orden que ctítiTienu par* 
navegar y pelear, bien &rtÜ1adas, jarciados y pertrecliadas de todo lo 
necesario, y eu ellas se lleva bastíinte recaudo de la artllíerla, armas, 
púlVóTfi, municiones y otras menndi^udas de gaerra para ofender al ene- 
migo por mar, y para qne desembarcada la gente en tierra pueda atrin- 
cherarle y mostrarse en cannpaíia y batir, para todo lo demás qvie se ofre* 
ele re, y particnlartnento lleva la dichji armada Ion bastimentos algulentei: 

Bizcocho, quintales .........«.,..,„,,,.,,. ^. £00 

Hadtia, quint^lefl ..,.-. 2^ 

Vino, pipa» , . , 4,900 

Tocino quintales, ..,,..,♦„,„„♦♦„,♦,..,. íí. 5Í0 

Sidra, pipas,.. ...,..., 4&0 

Queso, quintales 2*3^1 

Carne saiida de vucit, libra» 85^500 

Atún, barriles.. a.tíOO 

Sardinas arfi^quea .,....,,,,... *....,, A80.0UU 

ArroE, qultitalei. , .......................... 1 , 65a 

Trabas, fancgaB...,,, ,,...,,.. , i,t'ȆO 

Cíarbau^os, TanegaB. 1 .O&O 

Aceite , arrobitó. .H. SüO 

En los cuales dichos bastíjnentos bahrá siificíentej catando para dar 
de oomerá la ükba ícente df mar y guerra í|ue va en los dichos nnrlos 
'iíuatro mesca, toutando desde J.** de este presente mea do junio, que em- 
pies^an á comer de ellos. 

DemáK de lou navinR de la dicha armada, quedan en el rio y puerto de 
esta írindíid. di tmríro del LupíCiin Martin de Bertendoná, los naWon, patA- 
chCB y cabras Inrrujicrjtatí, aderestadaa y eo arden para que ruiedftu acu- 
dir á IflK partes donde m> les niBudart\ y andar por la costa de eíitc reino 
para asegurarla de navios que iüueleti venir á hacer robos, derrás y alien* 
de, trece ííaleras que aainiSjjiuíí quedan en este do. 

La nave Dombrdda la Mngdfílcjia, de que es caplían el dicho Martín de 
Berlcndona, que es de 750 toneladas. 

La nave iS'uííírn Señora de Icinr, de 2<0 toneladas, capitán DotniugO d© 
Olaviirrieta, 

La nave Xufutrn Binara de Begoña, de íHS toneladat. 

El patache María, maealre Martin Pánebei de Labade^ 

El patache Svestra Señora úc la ET^rúTizñ, maestre Juan López de 
Aguirre. 

I^iábra ¿íaíUa Mario, tna-ostre Pedio Orti?, de Modorlaga, 



APÉNDIECS 409 

A lofl 2S de m&yo p&^ado di' este presenta año pjuilet-oii paia ln tsla de 
Ban Mi,^xiel ton el bilt^^iiIío muyor de los 2.^0(i hifantcB español es que es* 
táii<^ulA dlcti3iÍ9lB á Cargo dol [cuL^fltre decampo Aí^ustin Iñlguca, lo» 
trefi pataches que ^delajite ac díriiPi de los ite la dit^tia armada, cou mu" 
nldoneíi y vcHtid^s, para que se pxisl cíeii en orden jiata euaitdo llegue 
&111 la dicbá armada, y ion Lo*i ní^ulentEís: 

El patacho Conctpciáfi, maestre Pedro de Gijon. 

KL patache i*faTi¿f^ J^Ho, maestre Jumi de Sorribas. 

El pRiacUe ,Viií«íra datura ffeí Encina, nmc^tru Pedro do Jlurq^uljí. 

lJk9 FEHSoyiS FAlTlOULÁBSa QUE VA» £^ LA PICHA A^ÜtApA 

El marqliés do Bantá Ctnr,, capitán general. 

Ph Pedro de Toledo, marqué» de Víllufranca, diiqne de Fern^udina. 

i Lope de Kígneroa, maestre de campo §:cuerHl. 

» Jorge Manrique, veedor general de la armada y ejercito, 

* Pedro de Piidlll», caballero i}** Iti Orden dt' Suntiaiío. 

> Junü Manrique, hijo aegundo del Puque de Ndjera, 

- Francisco de BobiidlllB, maestre ilc campo» 

Bl conde Jerónimo de Lodrón, coronel de alemanes . 
D, Criatóbal de Eraso. 

*» Juan de Saudoval, iiíjo HPgundo del mar qué a de Denia, cabo de 16 c<M3ei- 
paíitas del tercio de FortOjEraL 

* FraitclACO Ferrenot^ conde de Santa Vin/,. 

* KeVipe de Córdoba ^ hijo segundo do Don Ulego de CórdohH, de la orden 

deSuiitlago. 
» Alonso de Idliiqne^í, hijo mayor de Don Jtian dn Idiáqnez, 

* Hugo de Moneada, hijo acgundo del conde de Aitoua, 

■ LnU de Salld^>val^ de la Ordeu de Cülatrava. 

* Alonso de Torrea y de Portugal, hijo sci^niido del conde del Vilhir. 

- Godofrcdo Mendoza, señor de Lodosas de la Orden de Lalatrava. 
» Pedro Enriqnez, de la OrdoD de ^antitigo. 

* Jorí^nlmo Zapata, primo del coüde de baraja». 
f Juan de Aemia, de la Orden do ^uattagu. 

* Pedro Ponco de León, sobrino del marqnéj de J^anta Cruií. 

« Diego de Büzán, hijo de dicho mar^iUÉa, de la Orden de San Juan, 
í FíUx de Aragón. 

> Antonio Euriquez, Idjo de Doa Podrlque EnrlqneE, mayordomo de Su 

Majestad. 
" Alvaro de líen a v Idea, sobrino del marquáa de ?anta Cruz. 

* Pedro Püuce, natural de O ranada, sobrino de dicho ninu-quéa. 

■ Luis Veui'Kas, de la Orden de Hantiaijo. 

p Juan Martlue» de Recalde^ de la Orden de Santiago. 
EJ r api tan Juan de ürbina, de tllthu Orden. 
0. Alonso de Roja^. 

* Goiiialo Ronquillo, natural de A re va lo. 
' Rodrigo Maunqucz, natural th; Almagro. 

* Pedro de Acuña, natural de T^hcda. 

> Gonzalo de tí nevara, natural de Segovla. 

* Hernando del ARuUa, natural dt- Avila, 

* Juan do Granada, natural de Valladotid, 

■ Ilíego de Zi'iiiíííH, natural dt^ Valladolid. 
Marcelo Carfiíhülo, caballero napoliíaiio. 

Miguel Agnirrc y Pedro ñc la Peña, contador de la armada. 

El capitán Rodrigo de Vargaa, 

D. Jerónimo de Borja, hijo del duque do Gandía, 

Lleva la dicha armada un hospital formado, del que es administrador 
general Don Juau dé Bcnavldcs y BazsD, chantre y canónigo déla Igleiia 
catedral de [Salamanca, con los clérigos, tnayordoinoSj RdmiutstfüdoreB, 
boticario, cirujano y los demás ofieialí^s íieecí'aTios, y Ihe eamait, dietas, 
medicinan y demás cosas que fueren menesícr, asi t?n la mar eomí,< en la 
tierra, donde se hade asemar y Tormar el Llleho hoapitaL Asimismo lleva 
una And lene] a para la administración de la justicia, y por auditor de la 



410 GUERRA DE ANFJCIÓN EN PORTUGAL 



gtintP d(3 fruerra y mor al licenciado Mofiqucra. de J^lgrifiroiL^ coa vti fiifi^bl 
eacrlbniíos, capitán de ewiiiiaña, alguacUei 
— FoPhft en LhlíOfSr d 20 dt? jiiiüü de 158» (1). 



eacrlbniíos, capitán de cmiipaña, alguacUea jrdemM ministros neccaajior 



{!) Colección Sans de Barütell, art 4, núm. 6!^, 

Hay también ottos estados que ao tlculfirü: Eel^ícwn fh Fot bnjd^ dt di- 
i^erícw i*utrCt* y lícní^ de mar y g tierra qite van (^n la armada de S. Jf., gtíí ís 
juniá tn el rio y pti^río lie. fa dudad de Litbod para la tmprtia d£ la uta Tír- 
cera, de qtie m por capUán gpieral el marqués dr iSaníá Cruz, la eual *if» 
delpitfrto fie Lüboa á 39 dejttnh de U^f^.—Sa^íimÉnto qü< Utm la arTüjOda 
pofa maníenimkvíto V suiknto de la genU.—PñrgonaM particttfarc4 íü< ean. 

Eatcti Cfltftdoa son scmejantea i loa de la relación anterior. Eii&tea esi 
la Academia de la HLstodft, CoIcücíód Sal azar, núm. S, j f^o la Biblioteca 
pottugucBáds Ajada, E^j'jum, ludt., tomo i, foL 23^, extraída d«l Cod 



APÉNDICES 4tt 



Apéndice num» 20 

Ha^n úf íü infaiitít/a españnia é liuVmna y átemanu que se fmlxtrca en 
íús ttavei itenta armada del año de 1383 (1). 

TEnCJO D£L MAESTRA OE CAIPO GE:íEBAL DÜ?í LUPE ítE FJGLEROA 

La compañía det dicho maestre de campo S81 

La de f^Mncho tíe SoÍi8. ,. — ; 170 

La ílD Oon Miguel de Cardona !7a 

La de Lázaro de Isla. . . . ► 194 

La de Don Juan de Córdoba , . . \U 

\^ de Don Fernando de Andrade. . . * {H 

La de Miguel de Benesa - . . * , Í80 

La de Don Juan de Vivero 159 

La de Don Bernardino de Zúftiga. ilíí 

La de Don Jiiiin de Gamboa. tSSi 

La de Diego Coloma Ifti 

La rí€ Pedro de Santisteban 144 

La de Hernando Borrarían 186 

La de Don Juan Cliacón IM 

La de Don Juan de Salazar j90 

La de Migiíel Ferrdt- , 104 

I-rtí de .Agustín Herrera Jfís 

La de Pedro Rosado , ttñ 

La de Manuel de Prado i74 

La de Don Gregorio de CarvajaJ. ÍU 



3.741 



Tunero DI DO^ FftAXCÍSCO DE POSA DI LL A 

La del diclio maestre de campo Si8 

La de A lonso de Rarrionuevo 148 

La de Vicenle Caslellani 201 

La de Alberto Sarmiento Valladares tOÚ 

La de Juan Fernández de Leyva 331 

La de l^iego de Oviedo ..,.*, 1ÍS6 

La de Diego de Cardona Solomayor. 97 

La de Hustamante de ílerrera 209 

La de Luis de Guevara. _ , , IÍ3 

!^a de Juan de Tejeda 189 

La de Don Juao de Luna 155 

La de Don Antonio de Pazos — 100 



3.08J 



(1) Colección XnvmTííte, tomu XLI. 



ww^ 



\ 



I 



413 CUERHJV D£ ANEXIÓN EN PORTUGAL 

1>mi^ 0OMP.i5lAS TjEL CA^^TJLLO he UiíimA 

La cíe Don Juan de Sandovai , , 130 

La de Jerónimo Fnjncés. , . , ,,,,*..«. 9i 

h^ de fiort Juan de Lanuda , 114 

La de Dod Juan de Mendoza 10& 

La de Diego Valienle , * US 

La de Antonio Serrano .,,.. , 118 

La de Don Juan de Medrano lOi 



77a 



LAS CU.VTHU (.ÜM^aSÍAí IfE AS&ALt'CU 

La de Juan de Larrea , &4 

L:i de Miguel tieniiez., *.. « 

Ld lie Francisco de Ja nocbe- 43 

La de Martin de Herrera IW 



til 



LKS CUATRU QV% VJTÍJEBOJÍ fiE OPORfO 

La de Don Estííhan det Águila 110 

La íie Manuel de Vega.. ,, 140 

La de Santiago de Bullón. ISC* 

Ln de Santiago de Escobar 135 



«3fi 



TREíí COXP ASÍAS DE tTVMA^OS 

La de Luis Piñatelo. ^,. 65 

La de Ludovico Luqui. , Sff 

La de KrayVivencíü de AíliU}. .**.,....,, . . ,.,.. 53 



CfmafTELIA Dt AL^«A?rCS 

La det general Jerónimo de Lodrón *.. 37Í 

La de Carlos de Arcia ■ . *.. , , 375 

La de Gurcio Santomavor ,.. .._ 37ií 

La de Antonio de Lodron 375 



APÉN^DICES 4t$ 

T»CIO DE ACüSTh- rSlGlTEJ 

La út] diclio maestre de eampo I5fl 

La(ter,alderan. iU 

La de Hernando Pacbo * íld 

La de Acacio de Veip., . ...,,.. , Iti3 

Lo de Juan de Salcedo * - . 14M 

La de Don Juan deJ CasliHo Iít6 

La de Don francisco Mareno Í37 

La de Pedro Jimónez de Heredia 114 

La de Don Bernardo de Vi vaneo Í93 

La de Don Cristóbal de Acuña Uf¡ 

La de San Juan Verdugo 1Í6 

La de Cristóbal de Haz.... lOi 

La de Anlonio Flores , ■ 167 

La de Diego Suárez de Salazar 135 

La de Pedro de An^íulo 99 

La de Pedro Pardo de Ajfui lar ..., , IHS 

La de Pedro MiiMz de CastilbJaTico. * 123 



1,2IJ8 



SUMARIO DE TÜDO 

El leicio del maestre de campo general O. Lope de h'ígueroa 3.7ít 

El tercio del maestre de carn po Don Francisco de Boliadi lia f . 081 

Las siete compafíias del ca.-vtiilo de Lisboa , 779 

Las íMíatro eomf>afjias del Andalncia. 211 

Las cuatro que vinieren de Oporlo 535 

Las tres compafíias de italianes 177 

Las t:ualro de aíemanes. . , i .fíOO 

El tercio del maestre de campo Agustín Iñiguei!.., *>.... . 2.206 



Soldados -...* 11.333 



.ri«I^^4.'l■fV^AiAAAA^ 



4Í4 GURRRA TyE anexión EN PORTUflAL 



¿péndica ütm, 21 

Dhfrthurión tle fufrsm para la üffenm de la uta Terc^ra^ h^hü p0r rf 

comemiador Mr. de Chnxti\ 

En Angra, el capí Un ílaaLjsta con su coinpaftia, *|ue era de Wí 
hombres, y la del capitán Brcvcl, qiíe era de 8ú hombres, con algu- 
nos poHü^utíscs, y debía guárela r J;is 5üHda.«i de ta ciudad ^ 

líesde el monle Brasil hasta los fuertes de San Aíitunio y San 
Miguel, que comprendió una legua y medía de terreno, los capitanes 
fíazet V Capón con sus compañías, que tenían en junto 100 hombres, 
y dos compafíias de portugueses. 

En la casa de ía Salga, distante un cuarto de legua de Porl^nJiideo, 
con una montaña en medio, el capitán La Valade con m compafiiat 
que era de 40 hombres, v una compaíiia de portugueses. 

En Santa Catalina, distante una legua de la ca^a de la Salga, con 
una gran montaña en medio, el capitán Boui-guignón con su com- 
paflia de 50 soldados y dos compañías porlugueí^as. 

Kn el puerto Pesca rt, que dista media tegua de Santa Catalina, y 
con una monlaOa intermedia muy inoportuna^ que impedia v<?rse y 
oírse para sociuTerse en caso necesario, el capíUin La Grave con su 
compañía de fli» hombres y una compañi a de portugueses. 

En San Sebastian, á media legua del puerto Pesca rt, el capitáa 
Luis con su compañia de 40 soldados y una compañía porUi- 
guesa. 

En Gil-Fernández, distante una legua larga de San Sebastián, 
toda con fáciles entradas, el capitán Gampagnol, con su compañía 
de 60 hombres y tres compañías de portugueses. 

En Santa Margarita, á un cuarto de legua de Gil-Fernández, el 
capitán Chonin con 40 soldados y marineros y dos compañías por- 
tuguesas. 

Kn Porto Marín, que dista un cuarto de legua de Santa Margarita, 
el capitán Gampols con su compañía de 80 franceses y una compa- 
ñía de portugueses. 

En La Playa, Que era el lugar más peligroso y donde se esperaba 
que el enemigo abordase é hiciese la mayor fuerza, á legua y media 
larga de Porto Marín, se apostó el comendador de Chaste con las 
compañías de los capitanes Laste, Aremisac, La Barre y Ligne- 
rol, que tenían 100 hombres cada una, y cuatro compañías i)ortu- 
guesas. 

En Vilianova, á legua y media larga de La Playa, el capitán 
Lahán Rocheloís, con 20 marineros y una compañía de portu- 
gueses. 

En las Guatro-Riveiras, á legua y media de Vilianova, un sargento 
del capitán La Barre, con 15 hombres de su compañía. 

En los Biscoutos, distante una legua de Guatro-Riveiras, ocupan- 
do dos entradas, á media legua una de otra, el capitán Armando con 
su compañía de 60 hombres. 

El maestre de campo con su compañía, el conde de Torres Yedras 
con l.(KX) portugueses, y el capitán Pomvne con su compañía de 35 
hombres, debían seguir á la armada por'las viñas que había entro 
La Playa y Porto-Judeo. 

Se ordenó que se separasen los marineros, como fuera menester. 



APÉNDICES 415 

y que 60 caballos, de los mejom^ de la í&ln, estuviesen en La Playa, 
ii las órdenes del comendador para tener aviso de los que fuesen 
primero atacados (I). 



íl> Tomndo de! Viaje di I comaidadtyr tfc Chaitíc á ía «íii Ttfí^a en 1-58*? ^ 
puliUcado en U segunda fú leían de 1a9 Relation» rff dU*€rg vallngtM cttrUttx 
por MeJch^í^í>dec TbeTDnoi^ Impre&a después de la muerte do este en Paría ^ 
en ]e%, U>mo il, pflrt^ 4,*— De eate raro libro, lo Inuinjo al portn^uéa Joaá 
ú(} Torres, y ae Imprimió en El Panoranm. voK XIIl del ano ia.Vi, También 
ce halla Inserto eti el vüL 11 del Arúhivtt dat A^t9, que ae publltí6 el aún 
lfií*0 en FimtA IJel^ada. 



t 



4Ki GUERRA DK ANEXIÓN EN PORTUGAL 

ApéBÜ» núm. 31 

ñdaciÓH dé líts ¡mm a otrcs tiajtkJt {¡ue xf f ornaron dfi armada de Fran* 
cía que trujo iU socarra ti in isla Tercera , de que tina por capitán ge- 
neral y de! úicíw üúcorra ri ci^menúadur Mr. de Xaríves. V mhnixma 
del armada que tenia Dtm Anfonh, ti pur »n c^piíán general Mamiet 
Serradas^ portuqtf/^^ natural de la inta de Madera, que fué el qur «f- 
qiíeóá Cabo Verde ^ Anjuin. 

Una nao francesa, maeslre Xiratete. 
Olra nao Trancesa, maestre CoSotnlrerl. 
Ülra nao francesa, maestre Rigurge. 
Otra nao fian cesa. 
Otra nao francesa. 
Una nao vizcaína. 
Otra nao vizcaína. 

L n galeón de remos francés, de porte de ud patache y olra aposta 
para guerra. 

Otro galeón, como el de arriba. 

Olro galeón, tamo el de arriba. 

Úlro galeón, ni más ni oíonos. 

Una carabela latina. 

Un navio ingles, nombrado La Juana, 

Olro navio inglés, nombrado Fatcón, 

La urca nombrada 7,0 Fartima, maestre Nicolás. 

Armada de fUin Antonio qne fué ú i^abo Verde, capitán general deUa, 
Mannet Srrrsdax^ porfttffni^it. 

Una nave viKcaina, capitana. 
Una ñau portufíucsa. 
Un a ca ni lie la n orí n gu esa , 
Una carabela latinit. 
Vn paiaclte liecho carabela. 
Un navio redondo portugués* 
Un carabelón latino, 
Tna carabela latina. 
Otra carabela. 
Olra carabela. 

Olro carabelón latino hecho patache. 
Olro navio. 
Otro navio. 
Una carabela. 
ITna galeota. 
Otra carabela. 

Que son por todos Hi navios de ías dos armadas, que todos lienen 
91 piezas de artillenn, de hierro colado y bronce. 

También si^ envió al caslillrí de la ciudad y á las casas de muni- 
ción úc olla y los fuertes qne bav alrededor de H isla, v se ¡latló en 
ellos la ar ti llena y municiones siguientes: 

E\ FL G^STIIXO KOUBRADO SAN SEBtASTíA\ 

Vü cai\ón de batir de bronce. 

Una culebrina de bronce de 91 palmos. 

Dos medias culebrinas de bronce. 



APÉNDICES 4 1 7 

Dos sacres de bronce con sus cámaras. 
Un medio cafión de bronce. 
Cinco jJiezas de li ierro. 
Ülra piecezucla de hierro. 

Un cañón de bronce reventado por la cámara. Todas las dtclias 
psezns Éfícabaigadus y con todos %m aderemos. 
Tres medias botas de póívora de artiüeria. 
Diea y ocho piñatas de fuego. 

líDscienUs V setenta balas de bíerro^ y treinta y uniré de piedra 
Una burra de ti ierro. 
Cinco picas. 

l'nn caja con sus ruedas de piedra. 
Quince balas de piedra. 
Diez y siele cargas de pedrero. 

iielañún fh hx ftteríf'í que hajf desfie ¡a chídmí de A n^ra hasta el fuerte 
UamatUí ta Punía de San Mam, p artUteria que ge hattú en ettot. 

fS ItN FtlEUTE Orp: EííTÁ t\}Sl^ A LJ* CICUA CütlAÜ ES LA FALDA 
DEL DHASIL^ LtAHADO SA\ UE^flTO 

Un pedrero grande de bronce con las armas de Portugaí, enca- 
balgado. 

Una pieza de h ferro coIndo de peso de II quinta les, encabalgada. 

Otra piensa de hierro colado del mismo tama/io, desencabalgada. 

Un esmeril llano con las armas de Portugal, de siete qnintaies, 
con sus servidores. 

Un medio cafton de bronce pedrero con las armas de Portugal. 

Otra pieísa de hierro colado, de once quintales, encabaisada. 

Veinte y dos balas para los cañones pedreros, y veinte de hierro. 

EM riíA TRINCHERA OÜE ESTjI JUTrO Á ESTE FUESTí: 

Una píe^a de hierro colado de siete quintales y yeinltcualro li- 
bras, desencabalgada. 

EN EL FtPEItTE LLAMADO Sk% ANTONtO, 01^^^ C^TÁ k LA PU?7TA l>EL BRASIL 

Una media culebrina de bronce con las armas de Francia, sem- 
brada de llores de lis, de 36 quíntales SI libras. 

Un pedrero grande de bronce, con lüs armas de Portugal, enca- 
balgado. 

Un sacre ochavado, con las armas de Francia, de 19 quintales. 

Otro medio sacre llano de bronce de 10 quíntales 64 libras, en- 
cabalgado. 

Utro medio sacre llano de bronce, de iO quintales fO libras, en- 
cabullado. 

Una pieza de hierro colado, de JS quintales, encabalgada. 

Otras dos pie;ias de hierro colado, de i\ i'A quintales, encabalgadas. 

Dos Hsmeri les f.'-randes de bronce, con sus servidores. 

Sesenta balas de hierro. 

Veinte baías de plomo enramadas. 

Diciz cadenas. 

Veinte balas gruesas de piedra. 

Dos medias tercerolas de pólvora. 

Otras seis cargas de sacos de pólyora. 

TOíio n ¿7 



r 



418 GUERJtA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

UN UTBÚ FUERTE LLAMADO EL CUtBItERO 

Cn sacre de Í5 quía talas, 44 libras, sembrada de llor de lU, eiics- 
balgado en su cureüa nueva. 

Tres pieras de hierro colado del misino Uraafio, encabalgadas 
Un falconele de bronce, encabalgado, cod dos servidores. 
Ciento setenta batas de b ierro y seis calcadores. 

E?f OTRO FKIRTE LIA Sí A DO LOS FATÍAES 

Una pieza de hierro colado de 5 quintales, encabalcads. 
Olra Dieza de b ierro, de 7 qnínlales ÍO libras, encaxialgada. 
Otra de bietro colado, de 13 qtiintales. 

tn OmO FUERTE LLAMA1»0 ALCATDK 

Un sacre de bronce, sembrado de flor de lis, de 18 quíntales, con 
cureña nueva. 

Dos piezas de bierro colado, la una de IS quintales y la otra de 
17 libras, con cureñas nuevas y cargadores. 

Treinta y ocho balas en todas. 

E» EL FIERTE DE LA LJ^UERA GRANICE, QtTE SE LLAIA LA 
I.AUEHA DE PERO COJÍTALEZ 

Dos piezas de bierro colado, coa cureñas nuevas, de á 10 quín* 
tales. 

EN OTRO FrERTE7.|TEL0 Ol'E LLAHAN LA HtiERTA DEL BACHILLER RütfO 

Dos piezas de hierro colado, de á 7 qtiintales, encabalgadas. 
ÍJn verso de hierro colado, con sus servidores. 
Catorce balas con cargadores y atacadores. 

Elt CPÍA TRINCHERA LLANADA ^E POWBADO 

Uña pieza de hierro colado, de 10 quintales, encabalgada. 

E!( UTftO FUERTE LLAKADO LA PRAT^ÍA 

Tres píelas de bierro colado, de 10 «piintale^ao libras, enca- 
balgadas. 

Dos versos dobles con sus servidores- 
Cincuenta balas án hierro colado, 
Diex balas enramadas. 

E» UNA TRUVCHEItA QVE ESXÍ ARRÍVADA AL riERTE bE ATRÁS 

Una pieza de bierro colado, de 10 quintales, con 10 balas y car- 
gadores. 

EN OTRO PLERTE LLAMADO PE AZOCUF. 

Dos piezas de hierro colado, de 10 quintales 30 libras, encabal- 
gadas. 

Otra pieza de bierro colado, de Q quintales y SO libras, encaba!^ 
gada. 



AP1£NDIC£S 419 

Dos esmeriles de bronce, de ú UO libras, ciui corüuas y medias 
Unas. 

Ciedlo V quince baJas de hierro coladü. 
Cíen íulas de plomo para los esmeriles. 
Diez balas enramadas. 
Doce alcaricjas de fuego. 

CN EL fiLTItfO FDERTE O^E SE VISITA, LLÁVADO SAX MATEO 

Dos fa I coñetes de bronco con sns sencido res. 
Trps piezas de hierro colado, encabalgadas. 
Dos piezas de hierro rotas. 
Doscientas batas, poco más ó menos. 

EK LA Tn]?(CnERA ALREDEnOH DE ESTE FtEIlTE 

Una pie^a de hierro colado, de 11 (¡uinlales, encabalgada* 

Otra pieza de 7 quintales, encabalgada. 

Un verso de bronce, con las armas de Portugal. 

Otra pieza de hierro coladü, encabalgada. 

Veinte balas de hierro* 

Belacién dr Iííx fneríes que han ^'^^ l<¡ dudad de Angra hüita la punía 
de tu vitia át La Pia^a, tf úríiUería qne « hulU en eUoa. 

Eü U?EA TRhNCHEnA QUE ESTABA C?<FBEXTE t>E LOS ISLEOS 

Dos piezas de hierro colado, encabalgadas, con sus cargadores. 
£\ EL fi;e:rte llahado Sa>' a^stocíío de poito jcdco 

DoB piezas de bronce, la una de V& quintales y 43 libras, con las 
armas del Turco y las de Francia, y la otra ochavada, con las mis- 
mas armas. encaÉalgada. 

Una pieza de hierre cglado, de iO quinlales, encabalgada. 

O Ira pieza de hierro de 8 qn i ala les y 7n libras. 

Otra de hierro, de U quintales, encabalgada. 

Cien balas. 

E3i OTRO FUERTE LLAMADO EL PICO DEL SALVADOR COELLO 

tina pieza de hierro colado, de IS quintales. 
Otra pieza de hierro colado, de 11 quintales, encabalgada, sin 
pólvora y cargadores. 

E^EL FUERTE LLAMADO EL PORTO DE CASA SALCA, DOtt&R SE FEAmtf 

DO?r f»EDIlO DE VALDÍ9 

Una pieza do bronce ochavada, cou las armas de Francia, de 18 
qníntales y S3 libras, encabalgada. 

Un falcon, con las armas de Portugal, de 7 quintaíos. 

Dos piezas de hierro celado, de á Í5 quintales, encabalgadas- 

Otras dos piezas de hierro, de á IS quintales, encabalgadas. 

Otra pieza de hierro colado, ile 10 quintales y medio, encabalgada. 

3S0 balas para todas. 

Una cureña sin pieza. 



í 



4^ CUEREA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

£X EL rUElTE VE HELAS 

Una pieza de hierro colado, encabalgada, con doce balas 

Dos raleones grandes* con las armas de Portugal, de 6 quinbks 
cada 1100. 

Dd^ piezas de hierro colado, encabalgadas. 

Olra pieza de hieno. rota. 

CÍDCuenla balas sin cargadores. 

En el fuerte de enfrenle de Sati Sebasliún no babia ninguna arti- 
llería, por haberla retinido el dia que salió eti tierra al cerro alto 

E!f EL FCEftTm GRANDE T VJtJO CE SAN SEBASTIÁN, QrE L|.A«A>' 

PORTO XOTO 

Seis piezas de hierro cotado» de h 10 quinlales. 

Otras cinco piezas de liierro, de á 8 quintales, encabalgadas. 

too babs para todas. 

Una curefla y dos carros. 

Tres versos. 

Hucha lefia sin cargadores ni pólirora. 

F.N OTRO FUERTE Qlt E5TÁ k LA Pr>TA RÉ ttfBEAA SECA 

Una pieza de bierro cobdo de H quintales 7S libras. 
Otra piesa de bierro colado de 7 quintales. 

EN tk FORTALEZA HF LAJ? POlEZOLAS 

l^na media culebrina con las armas de PortogaL 
Un fálcón grande turquesco de 1* quintales. 
Dos piezas de hierro colado, la una de I i quinUles y Id otra de 
7, encabalgadas, 

E.*( LA FOBTÁLEU DE PORTO MARI^ 

Una pieKa de hierro colado, de iO quintales, encabalgada. 

Otra plaza de hierro do. 18 quintales. 

Tres piezas de hierro, de a ity medio quintales, encabalgadas. 

Dos versos de bronce con las armas de Portugal. 

S5t> balas y 3 barriles de jiólvora con sus cargadores, 

K?S LXAíí Tftr\CHKttAS (JIE ESTAUAX ADEU^TE t*E ESTE FVEftTE 

Dos falcones pedreros, con las armas de Portugal y servidores. 
Tres piezas de hierro colado, encabalgadas. 
43 balas . 

F.:^ EL FíJEKTE RF. SWTA CATÁL1?(4 

Una media culebrina con las armas de Francia, de 35 quintales, 
encaba I jzada. 

Un fak:ón de bronce, de seis quintales, con las armas de Pot-lugal. 
Un verso úc bronce con las mismas armas. 
Cuatro pie^.as de bierro colado, de á IS quintales, encabalgadas 
300 balas para lodjas es las piezas y sus cargadores. 

^ EL CASTILLO QVE LLAltlíT Ríí t»AO 

Una media culebrina con las armas de Portugal, encabalgada 
Dos lombardas con su^ aparejos. 



APÉNBlCliS 421 

Elf Lk FORTALEZA Í»E HEDIÓ FADL, Qüt CST^ A^ITEi DK ÍSTJL 

4 piezas de hierro colado, encabalgadas. 
fíO pelólas y cargadores, 

Ey EL FCÉHTE LLAYADQ SA1I AlfTdX 

Dos medias culebrinas de bronce^ encabalgadas. 
Ud esrnenl de bronce- 
fí piezas de hierro colado. 
300 baías con sus cíirgadores. 

Hf ÍL BALDASTE QUE KStA Jr^TO k LK FLATA 

Una pieza de hierro colado, encabalgada. 
Dos ver.sos de hierro colado, 
Í6 pelotas y cargadores. 

Ky L.i fortalecí llamada í.as chacas 

Cna medía culebrina ochavada con las armas de Francia, de 18 
quintales 9ñ libras, encabalgada. 

CuutEo piezas de hierro colado, de ú IS quintales, encabalgadas. 

Dos lombardas de hierro. 

100 baías con cargadores para todas. 

E?í r:T FrEllTE QIE ESTA EN L.V P^AVA, LLAMA D<» SAS FRASCÍSCO 

Una pieza de hierro colado, de IS quintales^ encabalgada. 

Oira pieza de hierro, de 14 quintales, 

Otra pieza de hierro, de « quintaJc*;. 

Oíra de hierro, de 11 quintales. 

Otra de hierro, de 3 quintales; todas eticabalgadas. 

Un barril de pólvora. 

ion balas y cargadores para todas, 

EN £t Fl-EaTK LJ.AlfAllO ^L'ESTRA SESOBA DE LA LÜR 

Una media culebrina con la^ armas de Portugal, de S3 quintales, 
encabalgada. 

Un verso de bronce, con las rni^mas armas y servidores* 
Tres piezas de hierro colado, de á 16 quíntales, encabalgadas. 
90 balas para todas y cargadores, 

ÉN EL FLEHTE IJ.^UitlO SAN PEDRO 

Un medio cañón pedrero, con tas armas de Portugal, de 13 quin- 
tales, encabalgado. 

Un falcón de bronce con las mismas armas y 3 chopinas de hierro. 
Dos versos de bronce llanos con sus servidores. 
Dos piezas de hierro colado, de a 5 quintales, encabalgadas, 
S4 balas, todas con sus cargadores, 

e:v otro fcerte llamado 5:a>ta chuz 

ün canon reforzado debatir, de 35 quintales ft4 libras, con las 
armas del Turco v tres ílores de lis, encabalgado. 

Otro cañón pedrero de bronce, con las armas de Portugal. 
Olro medio cañón pedrero, con las mismas armas. 



^ 



422 GUERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 

Tres piezas de hierro colado, de il quintales. 
Dos versos de bronce, con sub servidores. 
Dos barriles de pólvora . 

108 balas para todas, y están todas encabalgadas y con cargado- 
res y atacadores* 

ES OTRO FUERTE LLAMADO LA CONCÍPCldíT 

Dos cañones de batir con las armas de Portugal, encabalgado*. 

Un esmeril grande de bronce, encabalgado. 

Dos piezas de hierro calado, de á 10 quintales cada una. 

64 balas para todas y cargad oi^s. 

E3t ülfA TRI?fCireaA QOE ESTARA E?(TRB ESTOS DOS rUUTC^ 

Dos versos de bronce. 
Otro verso de bronce. 
Ona pieza de hierro colado, encabalgada. 

o Vlí REPEtM\ QUE ESTÁ F.^CrVA UE LA Pü.VrA QUB fS HASTA 1>05DE 

SE HA VISITADO 

Una culebrina de bronce, encabalgada. 
Una pieza de hierro colado, encabalgada. 

En una casa que estü en la villa de La Playa, que es de munición, 
había más de ftíiO pelotas grandes y pequeüas de ni erro. 

Hay otro fuerte más adelante que llaman Porto de Casa da Salp. 
Tiene cuatro piezas, dos de bronce y dos de hierro. 

Otro fuerte adelante de éste, que llaman Porto da Cruz. Tiese 
otras cuatro piezas, dos de bronce y dos de hierro. 

De un fuerte á otro, de todos los sobredichos, babia dos trinche- 
ras con traveses que los defendían y guardaban. 

Rfladén rfí Im tmtnicwnex qm sf íta liaron en la i^lma mayor iic U¡ dudad 
de Angra ij colffjw dt^ la c^tmpañia, 

S3 cuarterolas grandes, llenas, cerradas y bien condicionadas át 
pólvora: las 19 grandes y las 4 íoedianas. 

En la casa de Padres de la Compañía de Jesús (que Don Antonio 
se la habia tomado, v á ellos había desterrado y enviado a [ogíaterra. 
por estar á la devoción de S. Al.], había lo siguiente: 

13 cuarterolas, entre grandes y medianas. Menas de pólvora; las 
II cerradas y las demás abiertas y algunas comenzadas 

34 pifia tas de fuefío artiíiciai cdhiertas, v con sus cabos de mecha. 

Una arca llena de ramos de hierro para hacer balas enramadas. 

Algunas balas de plomo de 4 y 5 libras. 

lina caja pequeña con cargadüres de hoja de Milán. 

Noventa lanzas de ristre, sanas v con sus b térros. 

Diez picas stn hierros. 

Muchas piezas de coseletes muy maltratados y algunos arcabu» 
ees viejos. 

Algunas madejas de cuerda de cáñamo y otros ovillos de alf^odón. 
y de todo poco. 

Cuatro raleones de bronce, uno grande y ti^ pequeños, en sa^ 
carroB, 

Bqs cámaras grandes de hierro. 



APÉNDICES 



m 



Un carro cubierto para llevar pólvora. 

Otro carro de falcon. 

Algunas balas de arcabuces, moBquetes y esmeriles da plomo* 

Refaeión áe h que se halló en la aduana de la citídad df Angra. 

Cuatro cuarterolas grandes llenas de pólvora. 

Cuatro Kiedías botas Zleoas de salitre porresíDar, que deciatiser 
de la isla Graciosa. 

Tres medias bolas llenas de cuerda de arcabuz. 

Algunas pocas balas de hierro y cadenas y cabos viejos de cáñamo. 

Siete barriles de alquitrán. 

Seis cajas de pez. 

Dos úncoras de cuatro uftas. 

Hafita seis quíntale.^ de jarcia nueva delgada. 

Hasta í 5 remos de barcos. 

Vetas de naos grandes y pequeñas, al parecer pan 10 navios. 

Jarcias viejas y otros aparejos tocantes á estas velas. 

Un peso grande de madera con cadenas y sus pesas del servicio 
de la aduaoa. 

Una campana pequefta de metaU quebrada. 

Otra campana mediana, saua. 

Dos arcas grandes de madera llenas de papeles. 

Hasta 40 quintales de bizcocbo, que no es de provecho. 

Dos calderas de cobre viejas i^ara calentar brea. 

Una cuarterola de caparrosa. 

Una cuarterola de alumbre. 

Una cuarterola de rejalgar. 

tn U:r VACACÉN FRO^CTRIÍO de la IDÜAKA 

Vñ montón grande de balas de caftán de hierro colado» que serán 
hasta 1. con balas. 

Otro montón grande de balas de medio caAón, pequeñas, en que 
había de 4,000 balas arriba. 

Hasta l^Xt balas de piedra y de cafión. 

Hasta 100 picos de h ierro coa sus astiles. 

Vemticinco remos de galera. 

Ciento veinte cestas de mimbre con cinchas. 

EX OTUO MAGACtíX UAB/A LO SIOÜJEXTE 

Dos esmeriles de hierro. 

Jarcias viejas con poleas y otros menesteres de navio»* 

SOBRE LA PUtHTA DE lAK A L\ 3iA?fO l?.lít;JE(ll>A 

Un medio caftón i^edrero de bronce, fuadición de Portugal, en- 
cabalgado. 

Un medio caAoa de hierro colado, encabalgado. 

Un medio sacre francés de bronce ochavado, encabalgado. 

Por manera que se tomaron en todos los navios v fuertes y par- 
tes sobredichas, 300 piezas de artillería (IJ. 



(1) ToDwdo de Ib «Eeladón de U jorQ&dA, eipugn^idii t ooxiqtilsU de 

lit lilir Tercer fl, otc.i Ma, Bib. qjm;, de Madrid, F. Iñ. 



f 



434 GÜIERRA DE ANEXIÓN EN PORTUGAL 



Apéndice ntm. 33 

Perdón e^n^edidít por ti inarqu^s ús í^nta Cruz á ioft habimnirji tie h ufa 
Trrcera, en 31 fíf' jiífw tif íí^m^ 

El marqués de Santa Cruz, capitán general, etc. 

Siendo ya notoria la ob^stmación con que los naturales de esta 
isla Tercera han esladfi, no ob^iLante los perdones generales gye en 
nombre de S. M. Jes ofrecí, por cuya caiísa los conquisté por faena 
de armas y entré esU ciudad, donde niuvido á piedad por informes 
que me han hecIiOs de que lodos los naturales de esta dicha isla y los 
demás habitantes y cohabitant^^s en ella andnvieron porta moQtaf^a 
padeciendo bambre y con riesgo de serdcííoUados por la gente de 
guerra de este fidelísimo ejército; y teniendo esto en consideración, 
por usar de benignidad y clemencia acostumbrada en S- M, v sns 
capitanes generales en su nombre, por la presente concedo vliago 
gracia de la vida á todos los naturales de eita dicha i£la y é Ids hV 
Eítantes y cohabitantes de ella que üean portugueses, v les aseguro 
y prometo que no serán vueltos ñ saquear en lodo lo ^ue trajeren, 
sí vienen á las casas donde vivian con sus nnijeres é bijos, y se de- 
dican á la recolección de la cosecha y á sus labores habituales, \ 
que no serán eu nada vejados ni molestados por !a jgente de guerra, 
y por la presente mando á toda la que ímy en esta isla, que de qíh^ 
gún modo vejen ni molesten á persona alguna portuguesa que se vi- 
niere a esta ciudad, y en cuanto á los jueces, vereadores y capitanes, 
también se lea concede el mismo jierdón, con taí que se presenten 
ante mi persona dentro de tres días, Y para esta declaración, mm- 
dépa&ar la presente ñrmada de mi mano, sellada con sello de mií 
armas, y refrendada del escribano infrascrito.— -Dado en Angnt á 31 
de julio de!íiá3 íl). 



(1) Archivo nAciouftl de la Torre dH Tombo, corpo chrouologlco, puríc- 
1,% mizo 112, núra. 1 >'. ^Impreso por duplicado en el vol. 11 del «Archi- 
To doA ÁgoTes, pdgi, 4S y 34&, 



APÉNDICES 425 



Comuién at ticen ciado Mosquera, auditor general tte la ttirha ünnndn ff 
rjércüti, para cmti^ar tm ret>etiUs. 

EJ mnrqués de Sania Cru7: 

Porcuanln habiendo llegado por tnandado de S, M. con osla ar- 
mada y ejército sobre esta isla Tercera, y en ella baberme impedí- 
do V resistido el surgidero con imiclia artillería; y, no obstante su 
desacato é insolencia, ks envié á requerir y protestar me entrega- 
ran ía isla y d fajasen desembarcar en ella, que les perdonaba la 
desobediencia pasada y la.s vidas y haciendas de los naturales. 
V á los extnmjeros que habían venido en su ayuda, les daría embar- 
cación para que se fsiesen, como lodo parece por los pretextos y de- 
más recaudos que mando se pongan junt[imenle con esla comisión, 
y como los unos y los otros no dieron orejas áesla gracia y merced 
qne íes hacia. Antes queriendo desembarcar el ejército lijarles 36 
de este día de Señora Santa Ana. me lo defendieron y resistieron 
con mucha arli llena y fíente, y toda de la dicha isla y extranjeros, 
se pusieron en campafia, y con escuadrones formados acometieron 
ú los de S, M., que yo llevaba, manteniéndose un dia enlero con es- 
caramuzas, y representando batalla, liasla que otro día, vencido* 
con la fuerza de los nuestros, huyendo se metieron por la montaña. 
y porque semejante desacato, rebelión v tiranía, y la que basta 
aqui ha tenido con los que han estado á devoción de S, M., y otras 
muchas insolencias y robos que han cometido, no queden sin vivo 
ejemplo de castigo. * 

Por ía presente dov poder y facultad, como capitán general de 
S. M. en esta su armada y f>j(^.rcÍto, al licenciado Mosquera de Fí- 
gueroa, auditor general de este felicísimo ejército y armada, para 
que, habida información de todo lo susodicho, y en general y en 
particular de ías personas culpadas en ellos, llamadas y oídas las 
partes, conforme a derecho^ haga justicia contra las personas, bie- 
nes y haciendas. 

Que para ello y todo lo á ello anexo y dependiente, os doy poder 
y facultad, tal cual yo la tengo de S. M* y para mejor cumplirlo y 
ejecutarlo, ordeno al maestre de campo general y coronel de ale- 
manes, y a los demás maestres d© campo, capitanes de infantería y 
galeras /os den los prisioneros que tienen y adelante se tuvieren, y 
el ayuda y favor que les pidiéredes. 

Y asimismo os doy el dicho poder y íacultad, para oue procedáis 
contra cualesquiera personas que os impidieren y estorbaren todo lo 
susodicho, y cualquier parte de ello; en lo cua"! Dios v S, M. serán 
servidos.— Fecha en la cnidnd de Angra, de la í.sla de la tercera, á 18 
de julio de 1583.— Don Alvaro de Hazán.— Por mandado de Su Seño- 
ña ilustrísima^ Bartolomé de Agiiilar (f). 



(1) Tomado de la »Relíiclóti de la Jornada, expiign&ctón y cünqulsta de 
UiB^Torcí^rA, eíc * Mfl. Blb. iiac. d(? Middd, F. is. 



J 



4^ GUERRA DE AKEXIÓN EN PORTUGAL 

Apéndleo ntan. dS 

Belocién dé tas persona* ie quien Me hi^ fuitida en íú cuidad de Angr», 

en la plaza pública, á%úe agosU, afío 1583. 

Manuel de Silva, conde que se decía de Torres Vedras^ goberna- 
dor y capitán general de las isJas Azores, por tirano, matador, al- 
terador de Jas islas, robador receptador de lie re jes, Tué condenada 
ñserdegolJadó y que la cubeza fuese puesta en la plaza piibliea, j 
colgada en el lugar dondu se mandó poner la cabeza de Melclior Al- 
fonso, portugués, porque dijo qtie era su rey natural el rey Don Fe* 
Ijpe nuestro Señor. 

Domingo Uquel, juez ordinario que fué de la dicha ciudad, Pro- 
bésele que públicamente se mostraba contra S. H., ¿ hizo Justicia 
de m líenos por indicios de que eran leales, especiaínaente de Juan 
de Betancor y de Melchtir Aironso, que les mandó corlar las cabezas. 
Probósele y confesúlo; fué ahorcado y condenado en perdimiento de 
bienes para la Cémara, dejando a sus hijos inhábiles para oticios 

Pedro Cote, capitán de Don Antonio y público amotinados que 
tenia á su carioso una trinchera. Fué ahorcado y condenado en per- 
dimiento de bienes y conforme al primero. 

Flernardo de Tu hora, capitán que fué de una galera, y entonces 
capitán de infanieriai á cujo carpo estaba el fortificar las trinche- 
ras, castif^ando á los que no trabajaban en ellas, fué ahorcado. 

Antonio Fernández Barrosa, alborotador que incitó públicamen- 
te á que tomasen armas contra S, M. para la defensa de la isla, y 
decía que no conocía por rey natural sino á Don Anlunio, fué con- 
denado a lo mismo que üernardo de Tabora. 

Arias de Parres, capitán de una compañía, de Los principaleB 
amotinados, el postrero que desamparó el campo, fué condenado en 
Jo mismo. 

Alanuel Serradas, que estuvo en Francia, y vino en el armada 
con Don Felipe Stros^Ki el ario pasado, y salió después de esto por 
capitán general del armada (jue lué á Cabo Verde, y saqueo hasta 
los ornamentos, custodia, cálices y cruces de las iglesia*, fué de- 
gollado. 

Gonzalo de Pita, capitán de ana compañía y alcaide de la forta- 
leza de San Sebastián, público perseguidor de los que eran de la 
parte de S. M., fué ahorcado. 

Matías Díaz Pila tos, que públicamenle á voces persuadía á todos 
siguiesen á Don An Ionio, cuando vino Don Pedro de Valdés á la di- 
cha isla, entró en aquella ciudad con una cabeza de un castellano, 
y es público que conna hígados de castellano, fué ahorcado y hecho 
cuartos, y condenado en las penas de los demás. 

Baltasar, mulato prefíonero que echaba los bandos y crueles jus- 
ticias que se hacían por Manuel Silva y los demás jueces, mezclan- 
do en los pregones palabras de mucho desacato contra S. M., fué 
ahorcado y hecho cuartos 

Domingo de Toledo, cüpitdn de una fortaleza de Porto Novo, pú- 
blico amotinador, decía siempre <viva el rey Don Antonio*, acom- 
pañando A Manael de Silva, fué ahorcado. 

Gaspar Alvarez Chicliero, mareante, que desde que aquellas is- 
las se rebelaron, iba v venía á Francia con los avisos de Don An to- 
mo, y llevó presas á Francia dos personas que Tjnieron de Lisboa 



APÉKDICES 



427 



con cartas para los del gobierno de aquellii eiufisd, ít ño que se t%- 
dujü^n. cscfindaloso y gren amo tina dorH, fué ahorcado. 

Atiiador Viera, que vino con hhúos de embajador de S. M.» yfin- 
^ieodo ser leal, descyhrió todos Los Lealeii ^ue había en aquellas 
laLiis, y loa dennncjó para que se hiciesen itj^gtjcta de eíloi. A étto 
«e le corto Ib. cah^eza por traidor, y en perdimiento de bienes, y sus 
bíjos V nietos infames, 

Gaspar de Ganihoa, corregidor de Ja ciodatl de Angra . por haber 

rnnii n:>íio á muerle, en conformidad con todos lo» demás jueces» 

ce baber firmado en las juMicías que se han hecho de los 

jses que han sido de la parte de S. M., y por haber aolieíta- 

úQ las cosas de La guerra, fué condenado á ser ahorcado y perdí- 

mienta de bienes. 

Antonio Másela, atrére^ mayor de la dicha ciudad, y guarda 
mavor, gran amoiinador y perseguidor de los que «eguian [^ paite 
de $. M., como parece por su proceso, condenado ñ ahorcar y perdí* 
miento de bienes. 

Antonio Gómez, marino que fué de La Aduana y Alfandí|a, soli- 
citador de hacer las armadas y proveedor de ellas, y amotmador, 
loo acotes, 10 años de galeras y perdimiento de bienes. 

Tomé Gómez, que publicamente decía que el rey Don Felipe no 
era m rey, sino Don Antonio, á cuyo cargo estaba proveer el campo 
de aquél eu Los escuadrones de los enemigos, fué condenado en 100 
azotes, i O ailos de gakras y perdimiento de bienes. 

Manuel de ¿costa, que servia á Don Antonio y andaba pública* 
mente por las calles, diciendo palabras feas y ciesuc atadas, 900 azo- 
tea y 6 afjos de galeras. 

Braulio de Vivraldo, por haber diclío feas palabras conlra S. II., y 
h^ber nrestado dineros para las ^'uerras, y haber hecho oñcio de 
proveedor de las armadas, y subido la moneda, vergüenza públka 
y a:gos de galeras. 

Cosme de Abren, criado qne fué del conde de Vímioso. v en torces 
lo era de Manuel de Silva, Prnébase contra él lo general; íué coilde- 
nado en destienü de tas islas y otras penas pecuniarias. 

Otras muchas personas naturales de las islas, por convenir «si al 
servicio de S. M. ya la qujeLud y sosiego de ellas, se llevaron i ias 
galeras. 

Y de los franceses se han ahorcado algunos de 17 años arriba» y 
echado mis de 100 al remo, de los que sí lomaron antes que se rin- 
diese el general de Francia con su infantería. (1) 



<1) f RelaclóQ d€ 1& j ortiadB , expugnación y conquiíta de ln 1b1& Terce- 
Í1L, y 1 V demás dreuufltfinGlaft qu« faUo tkiii Álve^ro de Bnssdu, marquét de 
g&ntft Cniz, comeudAdor m&yor de Le6Q y eapitáu f ener&l de 83. MMt» 
lli, Bib. Q&o. , F. u, paga. iUf aígnlentea. 



■^4^bJ^J \^l É^rf*fc ^^ ^^ ^* ri^^^|^ 



-sL. 



ÍNDICE DEL TOMO SEGUNDO 



Páginas 



CAPITULO PRIMERO— Situación de los ejércitos portugués y 
castellano en las vertientes opnestás del arroyo Alcántsra.^ — 
Fortalefa de h. linea ocupada por los de Don Antonio.— Tropas 
que la dependen, cou inclusión de la armada que cubre el ala 
izquierda. — 'Reconocimiento del campo lusitano hecho por el 
duque de Alba. — Número de gente y de bajeles qtie los de Es- 
plín a colocan en su linea de batalU .^Singular disposición del 
trente de los ejércitos con respecto á sus lineas naturales de 
operaciones. — Plan del duque de Alba para acometer las posi- 
ciones enemigas.— Orden general comunicada por el caudillo 
español á sus capitanes el día 34 de agosto de i^So, — Exhorta- 
ciones que dirigen á los suyos los jefes de uno y otro campo.— 
Alarma con que inquietan los castellanos á sus adversarios la 
noche que precede á la batalla .^Ataque prematuro de Prospe- 
ro Colonna contra la izquierda pt>rtuguesa — Variados acciden- 
tes en el puente de Alcántara, y su toma por los de Castilla. — 
Acometida vigorosa y afortunada de Sancho de Avila sobre la 
derecha lusitana. — Movimiento envolvente de la caballería, 
dirigido por el prior Don Fernando de Toledo. — Retirada de 
los portugueses, — Avance de la escuadra española y rendición 
de la Ilota de Don Antonio. — Precipitada fuga de las tropas In* 
si tan as.— Bajas sufridas por los dos ejúrcitos. — Consideraciones 
acerca de la consumada pericia con que el duque de Alba al- 
canzó la victoria .^.» , 

CAPITULO IL — Disposiciones para impedir que los soldados 
vencedores entren en Lisboa.— nSaco del arrabal y ñncas de ex* 
t ra m uros H^Re medios para atajar los desórdenes de las i ropas 
castellanas. — Entrega de Lisboíi. — Arribo feliz de la flota de la 
India, — Dificultades para capturar al Prior de Ctato, — Ruta se- 
guida por éste después de su derrota. — Sumisión de Santa re m 
y otras villas y lueares. — Efecto producido en Badajoz por la 
toma de Lis tíoa. -^Manera de rebajitr la importancia de la victo- 
ria, — Censuras al duque de Alba.— Medios practicados para im- 
pedir que Don Antonio salga de PortugaL — Edicto de Felipe H 
mandando prender al Prior. —Discusión es acerca de si debe ó 
no concederse perdón solemne a Lisboa,— Juramento de la cía- 
dad y proclamación del rey Felipe,— Enfermedad que se extien- 
de por toda la Península.— Grave dolencia del monarca español 
y preocupación del duque de Alba. —Pensamiento de despe- 
dir las tropas extranjeras.— Desistimiento de este propósito. — 
Trabajos infructuosos del aríobispo de Lisboa para lograr la 
suuhsián de Don Antonio^^^Marcba de este á Coimbra. — Apres- 



i 



430 ÍNDICE 

tos de guerra en aquella región .-^Toma de Aveiro por los del 
Prior. — ^Jactancioso alarde de aouella tropa. — ^Reproches al du- 
que de Alba por su larga pasividad.^Observaciooea acerca de 
este asunto. — Expedición que se prepara contra Don Antonio. 

—Designación de Sancho de Avila para mandarla 37 

CAPÍTULO m. — Composición de la columna expedicionaria 
mandada por Sancho de Avila.— Ruta emprendida con direc 
ción al Norte de Portugal. — Sumisión de Montemor-o-velho, 
Coimbra, Buarcos y Aveiro.— Fuerzas reclutadas por Don An- 
tonio. — Entrega del Porto al Prior de Grato. ^Actitud de San- 
tarem y otros lugares.—- Disposiciones del duque de Alba' para 
evitar en Lisboa manifestaciones hostiles.— conveniencia de 
aumentar el ejército castellano.— Expediciones preparadas para 
reforzar las tropas de Sancho de Avila .—Avance de éste sobre 
Porto.— Aprestos para la jornada y dificultades que ofrece. — 
Toma de barcas para atravesar el Duero.— Plan de operaciones; 
atrevida resolución de Avila. — Ocupación de VUanova de 
Gala.— -Ataques afortunados en Avientes y Piedra Salada.— 
Dispersión de los portugueses. — ^Entrada de los castellanos en 
Porto. — Fuga de Don Antonio y su llegada á Vianna do Cas- 
telho.» Intento de escaparse por mar. — ^Encuentro del Prior 
con los jinetes españoles.— Evasión extraña de Don Antonio.— 
Disposiciones de Sancho de Avila para capturar al fugitivo. — 
Disgusto del duque de Alba y de r elipe li por haberse escapa- 
do el Prior de Grato cuando estaba en manos de los jinetes de 
GastiUa 83 

GAPITULO lY. — Medios puestos en ejecndón para capturar á 
Don Antonio.— Edictos de Felipe II.— Tentativas del raorpara 
fugarse por mar. — ^Negociaciones de Francisco Ravelo para lo- 
grar la sumisión del Pretendiente. — Promesas excesivas de San- 
cho de Avila. — ^Tratos con Duarte de Gastro. — Gestiones de 
Don Jerónimo de Mendoza — Preparativos para el embarque de 
Don Antonio.— Disposiciones del duque de Alba para impedir- 
lo.— Aprehensión de una barca tripulada por gente del Prior de 
Grato.— Proceso de Alpuén y sus cómplices. — Intentos para ob- 
tener su evasión.— Gastigo que sufren. — Fuga del Prior y su 
viaje á Francia.— Comisiones de Villafaño, Tedaldi y otros 
para averiguar los excesos cometidos por las tropas castellanas. 
— Disgusto que producen en el ejército. — Pretensiones del du- 
de Alba para que se le permita ¿dir de Lisboa y dejar de en- 
tender en aquellos asuntos. — Oposición del monarca.— Gargos 
contra Sancho de Avila. — Salida del Rey para Elvas. — Actos de 
obediencia de los duques de Braganza. — Regreso á Italia del 
legado pontificio. — Resoluciones que adopta antes de partir 
para castigar á los religiosos rebeldes. — Viaje de Don Felipe á 
Thomar . — ^Jura del nuevo Rey por las Gortes alli congregadas. 
— Peticiones de los tres Brazos. ^Perdón general.— Concesiones 
del monarca. — Breves del Papa para proceder contra Don An- 
tonio, el opispo de la Guarda y otros eclesiásticos. — Entrada 
del Rey Felipe en Lisboa. — Sumisión de las colonias portu- 
guesa* isi 

CAPITULO V. — Operaciones en las islas Azores comparadas con 
las de Portugal. — Disposiciones de Don Antonio para mantener 
el Archipiélago.— Intentos de Felipe II y ocupación de la isla de 



fKBICE 431 

PágÍQ^S 

San Miguel. ^Objetivo de las Cortes de Francia e Inglaterra.— 
Ligera de^cripcioD del grupo de bs Azores* — -fxpedición, de 
Don Pedro de Valdés.— Teotativai f rastradas para someter pa- 
cificamente la isla Tercera .^Desembarco de ios espaflolcs. — 
Combate desgraciado con los isleños. — 'Llegada de las flotas de 
Nneva España y Tierra Firme. — Peñfaniiento peligroso de des- 
quite. — Expedición de Don Lope de Fígucroa. — Encuentro con 
lai oaves de }a India Oriental.— Reconocí mieu tos de la isla 
Tercera. — Regreso á Lisboa. — Preparativos navales y guerreros 
en Francia. — Opiniones diversas en los consejos del rey cató- 
lico. — Aprestos para orR^nizar nan flota mandada par el mar- 
qués de Santa Crux. — Expediciones de Días de Mendoza^ Peí- 
xoto y Noguera.— Escuadra francesa en marcha para ks Azo- 
res. — DeseDibarque de los expedicionarios en la isla de San Mi- 
guel,— -Descaía bfo de los castellanos. — Retirada de los vencidos 
al castillo de Punta Delgada.— Intimación de Don Antonio. — 
Llegada de la escuadra espaftola y erobarqne de los franceses. . 173 

CAPÍTULO VI. — ^Composíclón de la escuadra española destinada 
á tomarlas islas Alores en 15S2. — Salida y navegación de la flo- 
ta que acaudillaba el marqués de Santa Cruz.— Noticias recibi- 
das al llegar al Archipiélago— Resolución de empellar combate 
con la escnadra francesa. — ^Disposiciones para la batalla.— Ma- 
fiiobras de las dos armadas. — Decisión de los capitanes france- 
ses de combatir sin demora .^Situación de las escuadras al ama- 
necer el dia 36 de julio.— Ataque de los principales navios de 
Stroiri al galeón Siit Múttú, — Apurada situación de Figueroa; 
so heroísmo para resistir. — Acometidas infruk;tuosas contra el 
galeón San Martin y ta nave de Bobadilla, — ►Ordenes de Santa 
Crní para socorrer a Figueroa.- Lucha terrible alrededor del 
galeón San ^J-j/ío.^^Retirada de la alniiranta francesa^ — Com- 
bate entre las capitanas de Ba^án y Stroui. — Aspecto general 
de la pelea. — Apresamiento de la capitana francesa. — Muerte 
de Stro^íí y del conde de Viniioso. — Dispersión de b escuadra 
eneroÍga.^»Conducta del Prior de Crato.— Pordidas en bs dos 
armadas.^Con sideración es sobre la batalla .^Muerte en el ca- 
dalso de los prisioneros franceses. — ^Sorpresa de Don Antonio al 
saber el resultado del combate. -^Llegada de la flota de Recal-^ 
de.— Disposiciones de Bazán para recoger las naves de las In- 
dias y de Nueva Espaí^a .^Desistí miento de atacar por aquel 
aúo la isla Teecera. — Retorno de la armada española i Lisboa. 
— Salida de Don Antonio para Francia. — Regreso de Felipe 11 
á España^ dejando el gobierno de Portugal al archiduque Alber- 
to.- — Muerte del duque de Alba y de Sancho de Avila. — Nom- 
bramiento de capitán general del ejército á favor del duque de 
Gandía,.*..,....,.,..... , 31 1 

CAPÍTULO VIL— 'Instrucciones del rey católico para conquis- 
tar las islas Azores.— -Trabajos de Don Antonio en Francia é 
Inglaterra, — Comisión que recibió el comendador de Chasta.— » 
Aprestos hechos en Lisboa por orden del monarca español. — 
Salida de la escuadra mandada por el marqués de Sauta Crui. 
-^Su arribo ala isla de San Miguel.— Keconoc i miento 5 de la 
Lsla Tert;era. — Intimaciones de rendición. — Desembarque en eL 
pnerto de las Muelas. — Marchas de lo franceses al. punto ataca- 
do,— Asalto de Jas posiciones que ocupaban, — Combate encat- 



^ 



432 



ÍpmicE 



PáglQli£ 



mznáo de los de Hspafia goptra ks tropas de Cliaste.^ — Llega (la 
tsrdi^i de los portugueses acaudilladas por Münuel dü SÜvü. — 
Preparativos de franceses y portugueses para dar i^i ataque vi- 
goroso. — Htiida do los lusiUno^. — Retir.ida de los franceses á 
la montaña de Guadalupe, — Entradn de los españoles co An- 
gra. — Negociaciones cotí el comendador de Chastc.— Capitula- 
ción dtí las tropas francesas, — Es pedición de Don Pedro de To- 
ledo para tomar la isla del Hayal. — 'Sentencia dictada por el au- 
ditor general dd ^ercilo y' armada,— Captura y muerte de 
Maoiiel de Silvú. — Castigos inipueslcs á otras personas que áe 
distinguieron contra el rey Felipe —Embarque y marcha délos 
franceses á su p:itria. — Ultimas disposiciones de Don Alvaro de 
Bazán, — Regreso de la escuadra á España, — Nuevas tentativas 
del Prior de Grato.. .,*.,».,..»....,, ,.,.,.,, , , , aji 

CAPITULO VIIL — Progresos que realiió España durante el si- 
glo xvi, al tiempo qnc su territorio se extendía por todos los 
ambitüs del mundo, — Causas que produjeron la rápida decade n» 
cía de la nación. — lofürtunios ocurridos en el siglo xvii. — Alr;?- 
míento y emancipación de Portugal. — 'Consideraciones sobre la 
separación de los pueblos ibéricos. . , * .».,+ .,*, j^~ 

APÉNDICES,*.,.,. ..,....,,..,.,,.. ,,,. V59 



Nv^ 




3 2044 075 190 553 



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HARVARD LAW LIBRARY 



FROM THE LIBRARY 

OF 

RAMÓN DE DALMAU Y DE OLIVART 

MARQUÉS DE OLIVART 

Received December 31, 191 1 



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