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Full text of "Historia Antigua de Megico : sacada de los mejores historiadores españoles, y de los manuscritos, y de las pinturas antiguas de los indios ; dividida en diez libros : adornada con mapas y estampas, e ilustrada con disertaciones sobre la tierra, los animales, y los habitantes de Megico"

A. A' 





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in 2011 with funding from 
• Universidad Francisco IVIarroquín 



http://www.archive.org/details/historiaantigua01saveguat 



1 



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HISTORIA ANTIGUA 



DR 



MEGICO: 



SACADA DE 

LOS MEJORES HISTORIADORES ESPAÑOLES, Y DE LOS MANUSCRITOS, 

Y DE 

LAS PINTURAS ANTIGUAS DE LOS INDIOS; 

DIVIDIDA EN DIEZ LIBROS : 

ADORNADA CON MAPAS Y ESTAMPAS, 

K Ilustrada con 

DISERTACIONES SOBRE LA TIERRA, LOS ANIMALES, Y LOS HABITANTES 

DE MEGICO. 

ESCRITA POR 

D. FRANCISCO SAVERIO CLAVIGERO ; 

Y Traducida del Italiano 

POR JOSÉ JOAQUÍN DE MORA 



TOMO I. 




LONDRES: _ 

LO PUBLICA R. ACKERMANN, STRAND. 

Y EN SU ESTABLECIMIENTO BN MEGICO : 

ASIMISMO 

EN COLOMBIA, EN BUENOS AYRES, CHILE, PERÚ, Y GUATEMALA. 
1826. 



LONDRES: 

IMPRESO POR CARLOS WOOD, 
Poppin's Court, Fleet Street. 



EL TRADUCTOR. 



La poca esperanza que tienen los literatos de que se publique 
el original Español de la obra célebre de Clavigero ; las ins- 
tancias de muchos corresponsales Americanos, que desean 
poseerla en la lengua patria, . y el interés general que exita 
en la época presente todo lo relativo a las vastas y magnificas 
regiones del Nuevo Mundo, tales han sido los motivos 
que han impulsado al Editor a dar a luz una traducción de 
que carecía la literatura Española, con harta estrañe^p. de 
todos cuantos a^an y cultivan los conocimientos útiles. 

El traductor ha luchado con grandes dificultades, y no 
sabe si habrá tenido la dicha de vencerlas. La mayor de 
ellas consiste en los nombres Megicanos, en cuya ortografía 
se arregló Clavigero muchas veces a la pronunciación del 
pais^pque habitaba, ademas de la oscuridad que ofrece la 
enorme variedad introducida en estos últimos tiempos : de 
modo que casi es imposible, en los casos dudosos, acertar con 
la verdadera pronunciación de lo que se escribió hace cin- 
cuenta años. 

Para proceder con alguna uniformidad en medio de 
tanta confusión, y para disipar de una vez la que resulta del 
uso indiscreto de la .r, el traductor, de acuerdo con lo que ha 
propuesto la Academia Española, y con lo que practican los 
mejores escritores modernos, solo emplea aquella letra en la 
pronunciación de la doble c, y para los sonidos guturales se 

«2 



IV EL TRADUCTOR. 

sirve de la g, antes de e, y de i, y de la j antes de a, de o, y 
de w. Asi es que escribe constantemente 3Iegico, en des- 
pecho del uso común, tanto mas estraño en los Megicanos, 
cuanto que escriben Métrico, y Oajaca ; Tlaxcala^ y Jalisco, 
sin que pueda columbrarse en qué fundan esta diferencia. 

Por lo que hace al asunto en si mismo, y a la obra, seria 
inútil cuanto podria decirse acerca de su importancia, y del 
interés que debe exitar en toda clase de lectores. Todo es 
grande, nuevo y admirable en el cuadro de aquella nación, 
que en conciencia no deberán llamar barbara los que no 
pudieron ofrecerle, como modelos, la suavidad de sus costum- 
bres, ni la generosidad de sus miras. 

Ngda hubiera sido mas fácil que ilustrar la obra de Clavi- 
gero con las grandes luces que después se han adquirido, 
sobre la historia natural y civil de Megico ; pero ademas de 
que este trabajo hubiera aumentado considerablemente el 
volumen de la traducción, el obgeto principal de ella ha sido 
conservar en toda su pureza el original, dejando campo 
abierto a los observadores para que confronten sus datQ| con 
los de los escritores mas modernos. 

El Editor no ha omitido gasto ni esmero para satisfacer 
dignamente los deseos de sus amigos. En las estampas, no 
solo se ha empleado un buril mas fino que el de la edición 
Italiana, si no que se han corregido muchos de sus errores, y 
para mayor comodidad de los lectores, se han reducido a dos 
volúmenes de proporcionado tamaño, los cuatro grandes de 
aquella impresión. 



ÍNDICE. 



Pagina 

A la Universidad de Estudios de Megico ^ vii 

Prefacio .■ xi 

Noticia de los Escritores de la Historia Antigua de Megico xvii 

Advertencia xxxv 

LIBRO PRIMERO. 

Descripción del Pais de Anahuac, o breve relación de la afierra, del Clima, de 
los Montes, de los Rios, de los Lagos, de los Minerales, de las Plantas ^de 
los Animales, y de los Hombres del Antiguo Reino de Megico 1 

LIBRO SEGUNDO. 

De los Tolteques, de los Chichimecos, de los Acolhuis, de los Olmeques, y de 
las otras Naciones que habitaron la tierra de Anahuac antes de los Megica- 
nos. Salida de los Azteques, o Megicanos del pais de Aztlan, su patria ; 
sucesos de su peregrinacioíi hasta el pais de Anahuac, y su establecimiento en 
Chapoltepec, y Colhuacan. Fundación de Megico, y de Tlatelolco. Sacri- 
ficio inhumano de una doncella Colhua ^ 77 

LIBRO TERCERO. 

Fundación de la Monarquia Megicana ; sucesos de los Megicanos bajo sus cua- 
tro primeros Reyes hasta la derrota de los Tepaneques, y la conquista de 
Azcapozalco. Proezas y acciones ilustres de Moteuczoma Ilhuicamina. Go- 
bierno, y muerte de Techotlalla, quinto rei Chichimeco. Revoluciones del 
reino de Acolhuacan. Muerte del rei íjtliljochitl, y de los tiranos Tesozo- 
mocy Majtlaton 117 

LIBRO QUARTO. 

Restablecimiento de la familia real de hs Chichimecos en el trono de Acolhuacan. 
Fundación de la monarquia de Tacuba. Triple alianza de los reyes de Me- 
gico, de Tacuba, y de Acolhuacan. Conquistas y muerte del rei Itzcoatl. 
Conquistas y sucesos de Ioé Megicanos en los reinados de Moteuczoma I, y 
Ajayacatl. Guerra entre Megico, y Tlatelolco. Conquista de Tlatelolco, y 
muerte de su rei Moquihuij. Gobierno, muerte, y elogio de Nazahualcoyotl, 
y exaltación al trono de su hijo Nezahualpilli i 56 



VI INDICEi 

Pagina 
LIBRO QUINTO. 

Sucesos de Moteuczoma II, nono rei de Megico, hasta el año de 1519. Noticias 
de su vida, de su gobierno, y de la magnificencia de sus palacios, jardines, y 
bosques. Guerra de Tlascala, y sucesos de Tlahuicole, capitán Tlascalés. 
Muerte y elogio de Nezahualpilli, rei de Acolhuacan, y nuevas revoluciones 
de aquel reino. Presagios de la llegada, y de la conquista de los Españoles. 191 

LIBRO SESTO. 

Religión de los Megicanos, esto es, sus Dioses, Templos, Sacerdotes, Sacrifi- 
cios, y Oblaciones ; sus Ayunos, y su Austeridad ; su Cronologia, Calenda- 
rio, y Fiestas ; sus Ritos en el Nacimiento, en el Casamiento, y en las Exe- 
quias 223 

LIBRO SÉPTIMO. 

Gobierno Politice, Militar, y Económico de los Megicanos, esto es, el rei, los 
señores, los electores, los embajadores, las dignidades, los magistrados, y los 
jueces ¡ leyes, juicios, y penas ; milicia, agricultura, caza, pesca, y comer- 
cio ; juegos, trage, alimentos, y muebles ; idioma, poesia, música y baile ; 
medicina, historia, y pintura ; escultura, fundición, y mosaicos ; arquitectura, 

y otras artes de aquella nación 299 

f 



ADICIONES 
NECESARIAS PARA LA INTELIGENCIA DE LA HISTORIA. 

El Siglo Megicano 399 

Años Megicanos, desde la Fundación hasta la Conquista de Megico, con la Cor- 
respondencia de los de nuestro Calendario 400 

Calendario Megicano del Año 1 Tochtli, primero del Siglo ...„ 404 

Esplicacion de las Figuras Oscuras 416 

Carta de D. Lorenzo Hervas al Autor, sobre el Calendario Megicano 423 

Advertencia del Autor sobre la Obra intitulada " Cartas Americanas'* 430 



A 

LA UNIVERSIDAD DE ESTUDIOS 

DB 

MEGICO. 

Ilustrisimos Señores ; 

Una Historia de Megico escrita por un Megi- 
cano, que no busca protector que lo defienda, si no guia 
que lo dirija, y maestro que lo ilumine, debe consagrarse 
al cuerpo literario mas respetable del Nuevo Mundo, como 
al que, mas instruido que ningún otro, en la historia Megi- 
cana, parece el mas capaz de juzgar el mérito de la obra, 
y descubrir los defectos que en ella se encuentren. 

Yo me avergonzarla de presentaros una obra tan defec- 
tuosil si no estubiera seguro que vuestra prudencia y 
vuestra benignidad no son inferiores a vuestra eminente 
doctrina. Sabéis cuan arduo es el argumento de mi obra, 
y cuan difícil desempeñarlo con acierto, especialmente para' 
un hombre agoviado de tribulaciones, que se ha puesto a 
escribir a mas de siete mil millas de su patria, privado 
de muchos documentos necesarios, y aun de los datos que 
podrían suministrarle las cartas de sus compatriotas. 
Cuando conoscais pues al leer la obra, que esta mas 
que una historia, es un ensayo, una tentativa, un esfuerzo 
aunque atrevido de un ciudadano, que a despecho de 



VIH DEDICATORIA. 

SUS calamidades ha querido ser útil a su patria, lejos de 
censurar sus errores, compadeceréis al autor, y agradece- 
réis el servicio que ha hecho, abriendo un camino, cu- 
bierto, por desgracia nuestra, de dificultades y estorvos. 

De otro modo ¿ quien osaria comparecer con tan humilde 
don ante un cuerpo tan recomendable, que habiendo sido 
desde su origen consumado y perfecto, ha continuado au- 
mentando su perfección*? ¿Quien no se arredrará, lleno 
de un santo respeto al ver en vuestras aulas las imágenes de 
aquellos hombres ilustres, honra de la nueva, y de la 
antigua España, y al oir los nombres inmortales de Vera 
Cruz, Hortigosa, Naranjo, Cervantes, Salcedo, Sariñana, 
Siles, Sigüenza, Bermudez, - Eguiara, Miranda, Portillo, 
&c., que bastarían a eternizar las mas famosas academias 
de la docta Europa f? Bastarian a desanimar al autor los 

* La universidad de Megico fue erigida por orden del emperador Car- 
los V, y con autorización del papa Julio III en 1553, con todas las prerro- 
gativas, y privilegios de la de Salamanca. Fueron exelentes los primeros 
lectores, como escogidos entre los literatos de España cuando florecían 
alli las ciencias. Uno de ellos, el P. Alfonso de la Vera Cruz, Agus- 
tiniano, publicó en Megico y en España muchas obras filosóficas y teoló- 
gicas, que merecieron al aprecio de los doctos. Otro, el Dr. Cervantes, 
publicó en Megico algunos exelentes diálogos latinos. Los rápidos pro- 
gresos de aquella insigne universidad se echaron de ver en el in concilio 
Megicano, celebrado el año de 1585, el cual, según los inteligentes, es 
uno de los mas doctos entre los concilios nacionales y provinciales. Hai 
en el dia veinte y tres lectores ordinarios de Retorica, Filosotía, Teología, 
Jurisprudencia Canónica, y Civil, Medicina, Matemáticas, y Lenguas. 

t De los hombres grandes de la universidad Megicana hacen honrosa 
mención Cristoval Bernardo de la Plaza, en su Crónica de la misma Uni- 
versidad, que comprende desde el año de 1553 hasta el de 1683; el Dr. 



DEDICATORIA, IX 

nombres de vuestros doctores actuales, y entre otros el del 
clarísimo Canciller, y gefe de vuestra Universidad, a quien, 
ademas del ilustre nacimiento, el sublime ingenio, la suma 
erudición en las letras humanas y sagradas, y una solida 
piedad han ensalzado a los mas distinguidos puestos lite- 
rarios, y lo hacen dignísimo de la purpura sagrada, oía, iíiir 
Pero dejando a parte los encomios que os son debidos, 
pues parecerían lisonjas a los que ignoran vuestro superior 
mérito, quiero ahora quejarme amigablemente con los indi- 
viduos de ese cuerpo, del descuido de nuestros antepasados 
con respecto a la historia de nuestra patria. Cierto es que 
hubo hombres dignísimos que se fatigaron en ilustrar la 
antigüedad Megicana, y nos dejaron acerca de ella, preciosos 
escritos. También es cierto que hubo en esa universidad un 
profesor de antigüedades, encargado de esplícar los carac- 
teres y figuras de las pinturas Megicanas, por ser tan im- 
portantes para decidir en los tribunales los pleitos sobre la 
propiedad de las tierras, y sobre la nobleza de algunas 
famj^as Indias ; mas de esto mismo nacen mis quejas. ¿ Por 
qué no se ha conservado aquella cátedra ? ¿ Por qué se 
han dejado perder aquellos escritos tan apreciables, y sobre 
todo los del doctísimo Sigüenza? Por falta de profesor 
de antigüedades no hai quien entienda en el día las pinturas 
Megicanas, y por la perdida de los escritos, la historia de 
Megico ha llegado a ser de díficil, sí no de imposible ege- 
cucíon. Pues no es dable reparar aquella perdida, a lo 

Eguiara en la Biblioteca Megicana, y en el prefacio de su Teologia ; 
Pinelo en su Biblioteca Occidental, y otros muchos autores Europeos, y 
Americanos. 



X DEDICATORIA. 

menos consérvese lo que queda. Yo espero que vosotros, 
que sois en esos países los custodios de las ciencias, tratareis 
de preservar los restos de la antigüedad de nuestra patria, 
formando en el magnifico edificio de vuestras reuniones, un 
museo no menos útil que curioso en que se recojan las esta- 
tuas antiguas, que existan o se vayan descubriendo en las 
escavaciones, las armas, los trabajos de mosaico, y otras 
predosidades semejantes, las pinturas Megicanas, esparcidas 
en diversos puntos, y sobre todo los manuscritos, tanto de 
los primeros misioneros, y de otros antiguos Españoles, 
cuanto de los mismos Indios, que existen en las librerías 
de algunos monasterios, de donde podrian sacarse copias, 
antes que los devore la polilla, o por alguna otra desgracia 
se pierdan. Lo que hizo pocos años hace un curioso y 
erudito estrangero*, nos da a conocer lo que podrian hacer 
nuestros compatriotas, cuando a la diligencia y a la industria 
uniesen la prudencia que se necesita para sacar aquellos 
monumentos de manos de los Indios. 

Dignaos entretanto aceptar este trabajo, como _ una 
muestra de mi sincerisimo amor a la patria, y de la suma 
. veneración con que soi de V. S» Ilustrisima, 

Afectuoso Compatriota y Humildísimo Servidor 

Francisco Saverig Clavigero. 

Bolonia, 13 de Junio de 1780. 

* El Caballero Boturini. 



PREFACIO. 



La Historia de Megico, que he emprendido para evitar una 
ociosidad enojosa, y culpable, a que me hallaba condenado ; 
para servir a mi patria en cuanto mis fuerzas lo alcanzasen, 
y para reponer en su esplendor a la verdad ofuscada por una 
turba increíble de escritores modernos sobre America, me ha 
ocasionado tantas dificultades y fatigas como gastos. ^Por 
que dejando aparte los grandes dispendios que he hecho para 
proporcionarme los libros necesarios de Cádiz, Madrid, y 
otras ciudades de Europa, he leido y examinado diligente- 
mente casi todo lo que se ha publicado hasta ahora sobre el 
asunto ; he estudiado gran numero de pinturas históricas 
Megicanas ; he confrontado las relaciones de los escritores, y 
he ppado en la balanza de la critica su autoridad; me he 
valido de los manuscritos que ya habia leido durante mi 
mansión en Megico, y he consultado muchos hombres prác- 
ticos de aquellos paises. A estas diligencias podria añadir 
para acreditar mi celo los treinta y seis años que he perma- 
necido en muchas provincias de aquellas vastas regiones ; el 
estudio que he hecho de la lengua Megicana, y el trato que 
he tenido con los mismos Megicanos cuya historia escribo. 
No me lisongeo sin embargo de haber hecho una obra per- 
fecta, pues ademas de hallarme destituido de las dotes de 
ingenio, juicio y elocuencia, que se requieren en un buen his- 
toriador, la perdida lamentable de la mayor parte de las pin- 
turas, que tantas veces he deplorado, y la falta de tantos 



Xll PREFACIO. 



manuscritos preciosos que se conservan en muchas bibliotecas 
de Megico, son ostaculos insuperables para el que se dedique 
a semejante trabajo, sobre todo lejos de aquellos paises. Sin 
embargo yo espero que sera bien acogido mi ensayo, no ya 
por la elegancia del estilo, por la belleza de las descripciones, 
por la gravedad de las sentencias, ni por la grandeza de los 
hechos referidos : sino por la diligencia de las investigaciones, 
por la sinceridad de la narración, por la naturalidad del estilo, 
y por el servicio que hago a los literatos deseosos de conocer 
las antigüedades Megicanas, presentándoles reunido en esta 
obra, lo mas precioso que se halla esparcido en las de diversos 
autores, y muchas cosas que ellos no han publicado. 

Habiéndome propuesto la utilidad de mis compatriotas, por 
fin principal de mi trabajo, escribí desde luego mi historia en 
Español : inducido después por algunos literatos Italianos, que 
se mostraban deseosos de leerla en su propio idioma, tomé el 
nuevo y laborioso empeño de hacer la traducción : asi que si 
algunos sugetos tubieron la bondad de creerme digno de 
elogio, ahora tendrán la de compadecerme. 

Inducido también por algunos amigos, escribí el ensayo de 
historia natural de Megico, que se lee en el libro primero, 
aunque yo no lo creia necesario, y quizas habrá muchas 
personas que lo juzguen importuno : mas para no alejai^-^e de 
mi proposito, traté de referir a la historia antigua todo lo que 
digo sobre las producciones de la naturaleza, indicando el uso 
que de ellas hacian los antiguos Megicanos. Por el contrario, 
los aficionados al estudio de la naturaleza, dirán que este 
ensayo es demasiado breve y superficial, y no se engañarán en 
ello : mas para satisfacer su curiosidad seria necesario escribir 
una obra harto diversa de la que yo he emprendido. Yo al 
cabo me hubiera ahorrado gran fatiga, a no haber querido 
complacer a aquellos amigos, porque para lo poco que he 
dicho sobre historia natural, he debido consultar las obras de 
Plinio, de Dioscorides, de Laet, de Hernández, de Ulloa, de 
BufFon, de Domare, y de otros naturalistas, no bastándome lo 



PREFACIO. XIH 

que yo mismo había visto, ni lo que he sabido por informes de 
hombres inteligentes, y prácticos en aquellos paises. 

En nada he tenido mas empeño que en mantenerme en los 
limites de la verdad, y quizas mi historia seria mejor recibida 
por muchos, si la diligencia que he empleado en averiguar lo 
verdadero, hubiera sido aplicada a hermosear mi narración 
con un estilo brillante y seductor, con reflexiones filosóficas, y 
politicas, y con hechos creados por mi imaginación, como veo 
que hacen muchos escritores de nuestro ponderado siglo : 
pero enemigo declarado de todo engaño, mentira, y afectación, 
siempre he creido que la verdad nunca es mas hermosa que 
cuando se presenta en su primitiva desnudez. Al referir los 
sucesos de la conquista de los Españoles, me he alejado 
igualmente del panegírico de Solis, y de las invectivas de Las 
Casas, pues ni quiero adular, ni calumniar a mis compatri- 
cios*. Cuento los hechos con la certeza o verosimilitud con 
que los encuentro ; si no puedo averiguar lo cierto, por la 
diversidad de opiniones de los escritores, como me sucede con 
respecto a la muerte de Moteuczoma, espongo sinceramente 
sus diversos sentimientos, sin omitir las congeturas que dicta 
la sana razón. En fin siempre he tenido a la vista aquellas 
dos santas leyes de la historia, a saber, no atreverse a decir 
lo f^o, ni tener miedo de decir lo verdadero, y creo que 
no las he infringido. 

Habrá sin duda lectores delicados que no puedan soportar 
la dureza de los nombres Megicanos sembrados en el curso 
de mi historia : pero este es un mal que no hubiera podido 
evitar sin esponerme a incurrir en otro defecto mas intole- 
rable, y harto común en casi todos los Europeos que han 
escrito sobre America: a saber, el de alterar de tal modo 
los nombres para suavizarlos, que no es posible conocerlos. 

* No quiero decir que Solis sea un adulador, ni Las Casas un calumniador, 
si no que en mi pluma seria calumnia o adulación lo que aquellos autores 
escribieron, el uno por el deseo de eng^randecer a su héroe, y el otro por celo 
en favor de los Indios. 



XIV . PREFACIO. 



¿ Quien será capaz de adivinar que Solis habla de Quauhna- 
huac cuando dice Quatlabaca, de Huejotlipan, cuando dice 
Guaüpar, y de Cuitlalpitoc, cuando dice Pilpatoe? Por esto 
me ha parecido mas seguro imitar el egemplo de muchos 
escritores modernos, que cuando citan en sus obras los nom- 
bres de personas, pueblos, rios, &c. de otra nación de Eu- 
ropa, los escriben del mismo modo que los nacionales los 
usan : y sin embargo nombres hai en las lenguas Ilirica, y 
Alemana, mucho mas duros* a los oidos de los habitantes 
del Mediodía, por el mayor concurso de consonantes fuertes, 
que todas las voces Megicanas que yo he citado. 

Por lo que hace a la Geografía de Anahuac he puesto 
todo mi empeño en adoptar la mayor exactitud posible, va- 
liéndome de la noticia que yo mismo tomé de aquellas 
regiones en los muchos viages que por ellas hice, y de 
los datos y escritos ágenos : mas con todo no lo he logrado 
completamente, pues en despecho de mis activas diligencias 
no he podido haber a las manos las escasas observaciones 
astronómicas hechas en los sitios mismos. Por tanto la 
posición, y la distancia que indico tanto en el cuerpo de 
la obra, como en el mapa geográfico, no deben creerse tan 
exactas como la ciencia lo exige : sino como un calculo 
hecho por un viagero diestro, que juzga por lo que v^ sus 
ojos. He tenido en mis manos innumerables mapas geográ- 
ficos de Megico tanto antiguos, como modernos, y me hubiera 
sido fácil copiar uno de ellos, con algunas leves alteraciones, 
para arreglarlo a la Geografia antigua : pero entre todos no 
he hallado uno solo que no esté lleno de errores, tanto con 
respecto a la latitud, y longitud de los pueblos, como por lo 
que hace a la división de las provincias, el curso de los rios, 
y la dirección de las costas. Para conocer el caso que mere- 
cen todos los mapas publicados hasta ahora, basta notar la 
diferencia que ofrecen en la longitud de la capital, aunque 
deber ia ser mas conocida que las de todas las otras ciudades 
de Megico. Esta diferencia no es de menos de catorce grados. 



PREFACIO. XV 

pues según unos está a los 264° según el meridiano de la isla 
de Hierro ; según otros a los 265, a los 266, y asi hasta los 
278, y quizas mas aun. 

No menos por adorno de mi obra, que para facilitar la in- 
teligencia de muchas cosas que en ella se describen he hecho 
grabar hasta veinte estampas. Los caracteres Megicanos, y 
las figuras de ciudades, reyes, armaduras, trages, y escudos ; 
las del siglo, año y mes, y la del diluvio, se han tomado de 
varias pinturas Megicanas. La del templo mayor se ha hecho 
por la del conquistador anónimo, corrigiendo sus medidas, y 
añadiendo lo demás según la descripción de los autores anti- 
guos. El dibujo del otro templo es copia del que publicó 
Valadés en su Retorica Cristiana. Las figuras de flores y 
animales son, por la mayor parte, copia de las de Hernández. 
El retrato de Moteuczoma es el que publicó Gemelli, y sacó 
del original que tenia Sigiienza. Todas las otras figuras se 
han trazado según lo que yo he visto, y lo que cuentan los 
historiadores antiguos. 

Ademas me ha parecido conveniente dar una breve noticia 
de los escritores de la Historia Antigua de Megico, tanto para 
hacer ver los fundamentos de mi trabajo, cuanto para honrar la 
memoria de algunos ilustres Americanos, cuyos escritos son 
enteramente desconocidos en Europa. Servirá también para 
indicar las fuentes de la Historia Megicana, a los que quieran 
perfeccionar este mi imperfecto trabajo. 



NOTICIA DE LOS ESCRITORES 

DE 

LA HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 



SIGLO XVI. 



o 

Hernán Cortés. Las cuatro larguisimas cartas escritas por 
este famoso conquistador a su soberano Carlos V, que contienen la 
relación de la conquista, y muchos datos preciosos sobre Megico, y 
sobre los ' Megicanos, se han publicado en Español, en Latin, en 
Italiano, y en otros idiomas. La primera se imprimió en Sevilla en 
1522. Todas están bien escritas, y en ellas se descubre modestia, y 
sinceridad en la narración, pues ni exagera sus propios hechos, ni 
oscurece los ágenos. Si hubiera osado Cortés engañar a su rei, sus 
enemigos, que tantas quejas presentaron a la corte contra é^ no 
hubieran dejado de echarle en cara aquel delito. 

Bernal Díaz del Castillo, soldado conquistador. La 
Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, escrita 
por este militar, se publicó en Madrid, el año de 1632, en un tomo en 
folio. Apesar del desorden de las narraciones, y de los descuidos del 
estilo, esta obra es mui estimada, por la sencillez, y sinceridad que 
en toda ella lucen. El autor fue testigo ocular de casi todo cuanto 
refiero^ pero quizas no supo esplicar muchas cosas por su ignorancia, 
y quizas también echó en olvido otras, por haber escrito muchos años 
después de la conquista. 

Alfonso de Mata, y Alfonso de Ojeda, conquistadores, y 
autores de Comentarios sobre la conquista de Megico, de que se 
valieron Herrera, y Torquemada. Los de Ojeda son mas estendidos 
y estimados. Trató mucho a los Indios, y aprendió su idioma, por 
haber tenido a su cargo las tropas ausiliares de los Españoles. 

El Conquistador Anónimo. Asi llamo al autor de una 
breve, pero curiosa y estimable relación, que se halla en la colección 
de Ramusio, con el titulo de Relación de un gentilJiombre de Hernán 
Cortés. No he podido adivinar quien fuese este gentilhombre : por 
que ningún autor antiguo lo menciona; pero sea quien fuere, es 
sincero, exacto, y curioso. Sin hacer caso de los sucesos de la con- 
quista, cuenta lo que observó en Megico acerca de los templos, cascis, 

tomo i. b 



XVIU NOTICIA DE LOS ESCRITORES 

sepulcros, armas, trages, comidas, &c. de los Megicanos. Si su obra 
no fuera tan sucinta, ninguna otra le seria comparable en lo que 
respeta a las antigüedades Megicanas. 

Francisco López de Gomara. La historia de este docto 
Español, escrita con los datos que tubo de boca de los conquistadores, 
y los que sacó de las obras de los primeros religiosos que se emplearon 
en la conversión de los Megicanos, se imprimió en Zaragoza en 1554, 
y es sensata y curiosa. Fue el primero que habló de las fiestas, ritos, 
leyes, y computo del tiempo de los Megicanos : pero cometió errores 
que dependen de la inexactitud de los datos que recogió. La traduc- 
ción de esta obra en Italiano, impresa en Venecia en 1593, está tan 
llena de equivocaciones, que no puede leerse sin fastidio *. 

ToRiBio DE Benavente, ilustre Franciscano Español, y uno de 
los doce primeros predicadores que anunciaron el Evangelio a los 
Megicanos. Es conocido vulgarmente, por su evangélica pobreza, 
con el nombre Megicano Motolinia. Escribió en medio de sus tareas 
apostólicas la Historia de los Indios de Nueva España^ dividida en 
tres partes. En la primera espone los ritos de su antigua religión; 
en la segunda, su conversión a la fe de Cristo, y su vida en el 
Cristianismo, y en la tercera razona sobre su carácter, sus artes, y sus 
usos. De esta historia, que forma un grueso tomo en folio, hai algunas 
copias en España. También escribió una obra sobre el calendario 
Megicano, cuyo original se conservaba en Megico, y otras no menos 
útiles a los Españoles, que a los Indios. 

Andrés de Olmos, Franciscano Español de santa memoria. 
Este infatigable predicador aprendiólas lenguas Megicana, T¿.3naca, 
y Huajteca, y de cada una escribió una Gramática, y un Diccionario. 
Ademas de otras obras trabajadas por él en favor de los Españoles, y 
de los Indios, escribió en Castellano un tratado sobre los antigüedades 
Megicanas, y en Megicano las exortaciones que hacian los antiguos 
habitantes de aquel pais a sus hijos, de que doi un ensayo en el 
libro vii de esta historia. 

Bernardino Sahagun, laborioso Franciscano Español. Ha- 
biendo estado mas de sesenta años empleado en la instrucción de los 
Indios, supo con la mayor perfección su lengua, y su historia. Ade- 
mas de otras muchas obras compuestas por él, tanto en Megicano como 

* En la colección de los primeros historiadores de America hecha por el 
Sr. Barcia, y publicada en Madrid en 1749, se halla la historia de Gomara : pero 
faltan muchas espresiones de e*íto autor acerca del carácter del conquistador 
Cortés. 



DE LA HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. XlX 

en Español, escribió en doce gruesos volúmenes en folio un Diccio- 
nario universal de la lengua Megicana, que contenia todo lo relativo a 
la Geografía, a la religión, y a la historia política y natural de Megico. 
Esta obra de inmensa erudición y trabajo fue enviada al Cronista real 
de America, residente en Madrid, por el marques de Villa Manrique, 
virrei de Megico, y no dudo que aun se conservará en alguna librería 
de España. Escribió también la Historia general de la Nueva Es- 
paña en cuatro tomos, que se conservan manuscritos en la librería del 
convento de Franciscanos de Tolosa de Navarra, según afirma Juan 
de San Antonio, en su Biblioteca Franciscana. 

Alfonso Zurita, Jurisconsulto Español, y Juez de Megico. 
Después de haber hecho, por orden de Felipe II, diligentes investi- 
gaciones sobre el gobierno politice de los Megicanos, escribió en 
Español una Compendiosa relación de los señores que habia en 
Megico, y de su diversidad ; de las leyes, usos, y costumbres de los 
Megicanos ; de los tributos que pagaban, &c. El original MS en 
folio se conservaba en la librería del colegio de San Pedro, y San 
Pablo de Jesuitas de Megico. De esta obra, que está bien escrita, he 
sacado una gran pjyte de lo que escribo sobre el mismo asunto. 

Juan de Tobar, nobilísimo Jesuíta Megicano. Escribió sobre 
la historia antigua de los reyes de Megico, de Acolhuacau, y de; 
Tlacopan, después de haber hecho grandes investigaciones, por orden 
del virrei de Megico D. Martin Enriquez. De estos MS se sirvió 
principalmente el P. Acosta, en lo que escribió sobre las antigüedades 
Megicanas, como él mismo asegura. 

Josw DE Agosta, ilustre Jesuíta Español, muí conocido por sus 
escritos en el mundo literario. Este gran hombre, después de haber 
vivido muchos años en ambas Americas, e informadose de hombres 
inteligentes en las costumbres de aquellas naciones, escribió en Español 
la Historia natural y moral de las Indias, que se imprimió por 
primera vez en Sevilla en 1589, se reimprimió en Barcelona en 1591, 
y después fue traducida en muchas lenguas de Europa. Esta obra 
está sensatamente escrita, sobre todo en lo relativo a las observaciones 
físicas sobre el clima de America; pero es sucinta, defectuosa en 
muchos articules, y contiene algunos errores acerca de la historia 
antigua. 

Fernando Pimentel Ijtliljochitl, hijo de Coanacotzin, 
ultimo reí de Acolhuacan, y Antonio de Tobar Cano Motezu- 
MA Ijtliljochitl, decendiente de las dos casas reales de Megico, 
y de Acolhuacan. Estos dos señores escribieron, a petición del conde 

b2 



XX NOTICIA DE LOS ESCRITORES 

de Benavente, y del reí de Megico D. Luis de Velasco, algunas car- 
tas sobre la genealogía de los reyes de Acolhuacan, y sobre otros pun- 
tos de la historia antigua de aquel reino, que se conservaban en dicho 
colegio de Jesuitas. 

Antonio Pimentel Ijtliljochitl, hijo del Sr. D. Fernando 
Pimentel. Escribió las memorias históricas del reino de Acolhuacan, 
de que se sirvió Torquemada, y de ellas se ha tomado el computo 
que cito en el libro iv, sobre el gasto anual que se hacia en el palacio 
del famoso rei Nezahualcoyotl, de quien el autor decendia. 

Tadeo de Niza, noble Indio Tlascales. Escribió el año de 
1548, por orden del virrei de Megico, la historia de la conquista, que 
firmaron treinta señores de la misma nación. 

Gabriel de Ayala, noble Indio de Tezcuco. Escribió en 
Megicano unos comentarios históricos que contenían la narración de 
todos los sucesos de los Megicanos desde el año 1243, de la era vul- 
gar, hasta el 1589. 

Pedro Pon ce, noble Indio, párroco de Tzompahuacan. Escri- 
bió én Castellano una Relación de los dioses y de los ritos del genti- 
lismo Megicano. r 

Los SeSorks de Colhuacan, escribieron los anales de aquel 
reino. Una copia de esta obra se halla en la ya mencionada librería 
de Jesuitas. 

Cristoval de Castillo, mestizo Megicano. Escribió la his- 
toria del viage de los Azteqlies o Megicanos al pais de Anahuac, 
cuyo MS se conservaba en la librería de Jesuitas de Tepozotlan. 

Diego MuSoz Camargo, noble mestizo Tlascales. Es^ubioen 
Español la historia de la república, y de la ciudad de Tlascala. De 
esta obra se sirvió Torquemada, y hai muchas copias de ella tanto en 
España como en America. 

Fernando de Alba Ijtliljochitl, Tezcucano decendíente 
por linea recta de los reyes de Acolhuacan. Este noble Indio, versa- 
dísimo en las antigüedades de su nación, escribió, a petición del vir- 
rei de Megico, muchas obras eruditas y apreciables, a saber: 1. La 
Historia de la Nueva España. 2. La Historia de los Señores 
Chichimecos. 3. Un Compendio histórico del reino de Tezcuco. 
4. Unas Memorias históricas de los Tolteques y de otras naciones 
de Anahuac. Todas estas obras, escritas en Castellano, se conservan 
en la librería de los Jesuitas de Megico, y de ellas he sacado muchos 
materiales para mi historia. El autor fue tan cauto en escribir, que 
para alejar la menor sospecha de ficción, hizo constar legal mente la con- 



DK LA HISTORIA ANTIGUA DK MEGICO. xxi 

formidad de sus narraciones con las pinturas históricas que habia here- 
dado de sus ilustres antepasados. 

Juan Bautista Pomar, Tezcucano o Cholules, decendiente 
de un bastardo de la casa real de Tezcuco. Escribió Memorias histó- 
ricas de aquel reino, de que se sirvió Torquemada. 

Domingo de San Antón Muñoz Chimalpain, noble Indio 
de Megico. Escribió en Megicano cuatro obras mui apreciadas por 
los inteligentes, a saber. 1. Una Crónica Megicana, en que se con- 
tienen todos los sucesos de aquella nación desde el año 1068, hasta el 
1597 de la era vulgar. 2. La Historia de la conquista de Megico 
por los Españoles. 3. Relaciones originales de los reinos de Acolhua- 
can, Megico y otras provincias. 4. Comentarios históricos, que com- 
prenden desde el año de 1064 hasta el 1521. Estas obras, que he 
deseado mucho poseer, están en la librería de los Jesuítas de Megico. 
Boturini tubo copias de ellas, como de todos los escritos de los Indios 
que he citado. La Crónica se hallaba también en la librería del cole- 
gio de San Gregorio de Megico. 

ÍFernando de Alvarado Tezozomoc, Indio Megicano.» Es- 
cribió en Español una Crónica Megicana acia el año de 1598, que 
se conservaba en la misma librería de Jesuítas. 

Bartolomé de Las Casas, famoso Dominicano Español, 
primer obispo de Chiapa, y sumamente benemérito de los Indios. Los 
terribles escritos presentados por este venerable prelado a Carlos V, y 
a Felipe II, en favor de los Indios, y contra los Españoles, impresos 
en Sevilla, y traducidos a porfía, y por odio a la España, en todas las 
lengulfe de Europa, contienen algunos puntos de la historia antigua de 
Megico, pero tan desfigurados, y alterados, que es imposible apoyarse 
en el testimonio del autor, aunque tan apreciable por otros títulos. El 
fuego del celo que lo consumió, exaló humo mezclado con la luz ; esto 
es lo falso mezclado entre lo verdadero *, no por deseo de engañar a 
su rei ni al publico, por que sospechar en él una intención torcida, se- 
ría injuriar su virtud reconocida y reverenciada aun por sus enemigos ; 
si no porque no habiendo estado presente a lo que cuenta de Megico, 
se fió demasiado a las relaciones de otros, como haré ver en mi historia. 
Mucho mas útiles serian dos grandes obras escritas por el mismo pre- 

* El erudito León Pinelo aplica a Las Casas lo que el Cardenal Baronio dice 
de San Epifanio : " Cseterum condonandum illi, si ((jiiod alus sanctissimis 
atque erudissimis viris saepe accidisse reperitur) dura ardentiore studio iu hostes 
nvehitur, vehementiore Ímpetu in contrariara partera actus, lineara videatur ali- 
quantulum veritatis esse transgressus." 



XXll NOTICIA DE LOS ESCRITORES 

lado, y que hasta ahora no han visto la luz pública, a saber: 1. Una 
Historia apologética del clima y de la tierra de los paises de Ameri- 
ca, con pormenores sobre los usos, y costumbres de los Americanos 
sometidos al dominio de los reyes Católicos. Este manuscrito, com- 
puesto de 830 pliegos en folio, se conservaba en la librería de los Do- 
minicos de Valladolid, donde lo leyó Remesal, como él mismo dice en 
su Crónica de los Dominicos de Guatemala y Chiapa. 2. Una His- 
toria general de America, en tres tomos en folio. Una copia de esta 
obra se hallaba en la libreria del conde de Villaumbrosa, en Madrid, 
donde la vio Pinelo, como afirma en su Biblioteca Occidental. Tam- 
bién vio dos tomos de la misma ei; el célebre archivo de Simancas, 
que ha sido sepulcro de muchos preciosos MS sobre America. Otros 
dos tomos se hallaban en Amsterdan en la libreria de Jacobo Kricio. 

Agustín Davila y Padilla, noble e ingenioso Dominicano 
de Megico, predicador de Felipe III, Cronista real de America, y 
Arzobispo de la isla de Santo Domingo. Ademas de la Crónica de 
los Dominicos de Megico, publicada en Madrid en 1596, y de la His- 
toria, de Nueva España, y de la Florida, publicada en Valladolid 
en 1632, escribió la Historia Antigua de los Megicanos, sirviéndose 
de los materiales recogidos por Femando Duran, Dominicano de Tez- 
cuco ; pero esta obra no se halla. 

El Dr. Cervantes, deán de la iglesia metropolitana de Megico. 
El Cronista Herrera alaba las Memorias Históricas de Megico escri- 
tas por este literato ; pero nada mas sabemos. 

Antonio de Saavedra Guzman, noble Megicano. En su 
navegación a España compuso en veinte cantos la Historia de la 
Conquista de Megico, y la publicó en Madrid con el titulo Español 
del Peregrino Indiano en 1599. Esta obra debe contarse entre las 
históricas, pues solo tiene de poesia el verso, 

Pedro Gutiérrez de SanTa Clara. De los MS de este 
autor se sirvió Betancourt para su Historia de Megico : pero nada sa- 
bemos del titulo, ni de la naturaleza de la obra, ni de la patria del 
autor, aunque sospecho que sea Indio. 

SIGLO XVII. 

Antonio de Herrera, Cronista real de las Indias. Este sin- 
cero y juicioso autor escribió en cuatro tomos en folio ocho Decadas 
de la Historia de America, empezando desde el año de 1492, y una 
Descripción geográfica de las colonias Españolas en aquel Nuevo 
Mundo Esta obra se imprimió por primera vez en Madrid a princi- 



DE LA HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. XXlll 

píos del siglo pasada; se reimprimió en 1730, y después fue traducida 
en muchas lenguas de Europa. Aunque el principal intento del au- 
tor fuese contar los hechos de los Españoles, no por esto descuidó la 
historia antigua de los Americanos ; mas por lo que respecta a Megico, 
copia la mayor parte de los datos de Acosta, y Gomara. Su método, 
como el de la mayor parte de los analistas, no agrada generalmente a 
los aficionados a la Historia, pues a cada paso se halla interrumpida 
la narración, con la de otros sucesos diferentes. 

Enrique Martínez, autor estrangero, aunque de apellido Espa- 
ñol. Después de haber viajado por la mayor parte de Europa, v 
vivido muchos años en Megico, donde fue utilisimo, por su gran peri- 
cia en las Matemáticas, escribió la Historia de la Nueva España, 
que se imprimió en Megico en 1606. En la historia antigua sigue 
las trazas de Acosta: pero contiene observaciones astronómicas y 
físicas importantes para la Geografía, y para la historia natural de 
aquellos paises. 

Gregorio García, Dominicano Español. Su famoso tratado 
sobre el origen de los Americanos, publicado en Valencia en 1^07, y 
después aumentado, y reimpreso en Madrid en 1729, es una obra de 
inmensa erudición, pero casi enteramente inútil ; pues poco o nada 
sirve para averiguar la verdad. Los fundamentos de su opinión sobre 
el origen de los Americanos, son por lo común débiles congeturas 
sobre la semejanza de algunos usos, y voces, que muchas veces 
altera. 

Juan de Torquemada, Franciscano Español. La historiada 
MegÜb, escrita por él, con el titulo de Monarquia Indiana, pu- 
blicada en Madrid por los años de 1614, en tres grandes tomos en 
folio, y después reimpresa en 1724, es, con respecto a las antigüedades 
Megicanas, la mas completa de las publicadas hasta ahora. El autor 
vivió en Megico desde su juventud hasta su muerte; supo mui bien la 
lengua Megicana; trató mas de cincuenta años con aquellos habitantes; 
empleó veinte en escribir su obra, y reunió un gran numero de pintu- 
ras antiguas, y de exelentes MS. Mas a pesar de tantas ventajas, y 
de su -aplicación, y diligencia, muchas veces se manifiesta falto de me- 
moria, de critica, y de gusto, y en su historia se descubren grandes 
contradicciones, especialmente en la parte cronológica, narraciones 
pueriles, y una gran abundanica de erudición superfina ; de modo que 
se necesita una buena dosis de paciencia para leerla. Sin embargo, 
como hai en ella muchas cosas preciosas, que en vano se bu^scílijian, en 



XXIV NOTICIA DE LOS ESCRITORES I 

otros autores, me ha sido necesario hacer con ella lo que Virgilio hizo 
con las obras de Enio, esto es, buscar las perlas entre el estiércol. 

Arias Villalobos, Español. Su Historia de Mágico que 
comprende desde la fundación de la capital hasta el año de 1623, 
escrita en verso, e impresa alli aquel mismo año, es obra de poco 
mérito. 

Cristoval Chaves Castillejo, Español. Escribió acia el 
año de 1632 un tomo en folio sobre el origen de los Indios, y sobre 
sus primeras colonias en Anahuac. 

g Carlos de SigÜenza y Gongora, célebre Megicano, pro- 
fesor de Matemáticas en la universidad de Megico. Este gran 
hombre es uno de los que mas han ilustrado la historia de aquellos 
paises : pues hizo a sus espensas una grande y escogida colección de 
MSS y pinturas antiguas, y empleó la mayor diligencia y constancia en 
esplicarlas. Ademas de muchas obras matemáticas, criticas, históricas, y 
poéticas, compuestas por este Americano, algunas de las cuales han visto 
la luz pública, en Megico, y fueron impresas desde el año de 1680 hasta 
el de<1693, escribió en Español, 1. La Ciclografia Megicana, obra de 
gran trabajo, en la cual, por el calculo de los eclipses, y de los 
cometas señalados en las pinturas Megicanas, ajustó sus épocas a las 
nuestras, y sirviéndose de buenos documentos, espuso el método que 
ellos tenian de contar los siglos, los años, y los meses. 2. Historia 
del imperio de los Chichimecos, en la cual esponia lo que habia hal- 
lado en los MSS y en las pinturas, acerca de las primeras colonias que 
pasaron del Asia a la America, y sobre los sucesos de las naciones 
mas antiguas establecidas en Anahuac. 3. Una larga, y mui V./udita 
disertación sobre la promulgación del Evangelio en Anahuac, que 
atribuye al apóstol Santo Tomas, apoyándose en las tradiciones de los 
Indios, en las cruces halladas, y veneradas en Megico, y en otros 
monumentos. 4. La Genealogia de los Reyes Megicanos, en la cual 
referia la serie de ellos desde el siglo vil de la era Cristiana. 5. Unas 
anotaciones criticas sobre las obras de Torquemada, y de Bernal Diaz. 
Todos estos preciosos escritos, que hubieran sido de gran utilidad 
para mi historia, se perdieron por descuido de los herederos de aquel 
docto escritor, y solo quedan algunos fragmentos conservados en las 
obras de otros autores contemporáneos, como Gemelli, Betancourt, y 
Florencia. 

Agustín de Bktangourt, Franciscano de Megico. Su His- 
toria Antigua y moderna de Megico, publicada en aquella capital en 



DE LA HISTORIA ANTIGUA UE MEGICO. XXV 

1698, en un tomo en folio, con el titulo de Teatro Megicano, no es 
mas, por lo qne respecta a la historia antigua, que un compendio de 
la de Torquemada, escrita mui de prisa, y con poca corrección. 

Antonio Solis, Cronista real de America. La Historia de la 
conquista de Nueva España, escrita por este cultísimo e ingenioso 
Español, parece mas bien un panegírico que una historia. Su len- 
guage es puro, y elegante, pero el estilo afectado, las sentencias 
alambicadas, y las arengas sacadas de su imaginación. Como no bus- 
caba lo verdadero, si no lo bello, contradice muchas veces a los au- 
tores mas dignos de fe, y aun al mismo Cortés, cuyo panegírico es* 
cribe. En los tres últimos libros de mi historia advierto algunos 
errores de este célebre escritor. 

SIGLO XVIII. 

Pedro Fernandez del Pulgar, docto Español, sucesor dé 
Solis en el empleo de Cronista. La verdadera Historia de la Con- 
quista de Nueva España que compuso, se halla citada en el prefacio 
de la nueva edición de Herrera, pero no la he visto. Probableríente 
emprendería su trabajo para enmendar los errores de su antecesor. 

Lorenzo Boturini Benaducci, Milanes. Este curioso, y 
erudito estrangero, pasó a Megico en 1736, y deseoso de escribir la 
historia de aquel pais, hizo, en los ocho años de su permanencia 
en él, las mas diligentes observaciones acerca de sus antigüedades, 
aprendió medianamente- la lengua Megicana, trabó amistad con los 
Indios, para comprarles' sus pinturas, y adquirió copias de muchos do- 
cumemos preciosos, que estaban en las librerías de los conventos. 
El museo que formó de pinturas, y MSS antiguos fue copiosísimo y 
selecto, el mejor quizas que ha existido después del de Sigüenza : 
mas antes de poner mano a la obra, fue despojado, por la descon- 
fianza de aquel gobierno, de todas sus preciosidades literarias, y en- 
viado a España, donde, justificado completamente de toda sospecha 
contra su honor y fidelidad, pero sin poder obtener lo que se le habia 
quitado, publicó en Madrid en 1746, en un tomo en cuarto, un ensayo 
de la gran historia que meditaba. En él se hallan noticias importantes, 
no publicadas hasta entonces ; pero también hai errores. El sistema de 
historia que habia formado, era demasiado magnifico, y fantástico. 

Ademas de estos, y otros escritores Españoles e Indios, hai al- 
gunos anónimos, cuyas obras son dignas de mención, por la impor- 
tancia de su asunto; tales son, 1, ciertos anales de la nación Tolteca 
pintados en papel, y escritos en lengua Megicana, en los cuales se da 



XXVI ;; NOTICIA DB LOS ESCRITORES 

cuenta del viage, y de las guerras de los Tolteques, de sus reyes, do 
la fundación de Tolan, su metrópoli, y de todos sus sucesos, hasta el 
año 1547 de la era vulgar. 2. Ciertos comentarios históricos en 
Megicano, sobre los sucesos de la nación Azteca, o Megicana, desde 
el año 1066, hasta el 1316, y otros, también en Megicano, desde 1367, 
hasta 1509. 3. Una historia Megicana, en la misma lengua, quo 
llegaba hasta 1406, en la cual se trataba de la llegada de los Megi- 
canos a la ciudad de Tollan en 1196 según digo en mi historia. To- 
dos estos MSS estaban en el precioso museo de Boturini. 

No hago mención de los que escribieron sobre las antigüedades de 
Michuacan, Yucatán, Guatemala, y el Nuevo Megico, por que estos 
países no pertenecieron al imperio Megicano cuya historia escribo. 
Hago mención de algunos autores de historias antiguas del reino de 
Acolhuacan, y de la república de Tlascala, por que sus sucesos están 
mas ligados con los de los Megicanos. 

Si quisiera afectar erudición, pondría aqui un catalogo bastante largo 
de los Franceses, Ingleses, Holandeses, Italianos, Flamencos y Ale- 
manes que han escrito directa o indirectamente sobre la historia anti- 
gua de aquel imperio : pero habiendo yo leido muchas de sus obras, 
para ausilio de la mia, ninguna he hallado que pudiera serme de la 
menor utilidad, si no las de Gemelli y Boturini, que por haber estado 
en Megico, y por haber adquirido de los Megicanos pinturas y docu- 
mentos acerca de su antigüedad, han contribuido en cierto modo a 
ilustrarla. Todos los otros o han copiado lo que habian escrito los 
autores Españoles, o han desfigurado los hechos para hacer mas 
odiosos a los conquistadores, como lo han hecho Mr. de Pa^Aotn sus 
Investigaciones Filosóficas sobre los Americanos, y Mr. de Mar- 
montel en sus Incas. 

Entre los historiadores estrangeros, ninguno es mas célebre que el 
Ingles Tomas Gages, que veo citado por muchos como oráculo, 
aunque no hai ninguno que mienta con mas descaro. Otros se empe- 
ñan en propagar fábulas, movidos por alguna pasión, como el odio, el 
amor, o la vanidad : pero Gages miente solo por mentir. ¿Qué in- 
terés pudo inducirlo a decir que los capuchinos tenian un hermoso 
convento en Tacubaja; que en Jalapa se erigió en su tiempo un 
obispado con renta de 10,000 pesos ; que de Jalapa pasó a la Rin- 
conada, y de alli a Tepeaca, en un dia ; que en esta ciudad hai gran 
abundancia de añone, y de chicozapote ; que esta fruta tiene un hueso 
mayor que una pera ; que el desierto de los Carmelitas está al NE 
de la capital ; que los Españoles quemaron la ciudad de Tinguez en 



DE LA HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. XXVU 

la Quivira, y que después la reedificaron, y habitaron; que los 
Jesuítas tenían allí un colegio, y otras mil mentiras groseras que se 
ven en cada pagina, y que exitan risa y enojo en los lectores que 
conocen aquellos países ? 

Los mas famosos y estimados de los escritores modernos sobre las 
cosas de America, son Raynal, y Robertson. El primero, ademas 
de sus grandes equivocaciones sobre el estado presente de Megico, 
duda de todo cuanto se dice acerca de su fundación, y de su historia 
antigua. " Nada es licito afirmar, dice, sino que el imperio Megi- 
cano estaba regido por Motezuma, cuando llegaron alli los Espa- 
ñoles." Esto se llama hablar con franqueza, y comd un filosofo del 
siglo XVIII. ¡ Con qué nada es licito afirmar! ¿Y por qué no du- 
daremos tan^ien de la existencia de Moteuczoma ? Si es licito afir- 
mar esto, porque consta portel testimonio de los Españoles que vieron 
a aquel monarca, ellos mismos testifican otras muchísimas cosas rela- 
tivas a la historia de Megico, que también vieron, y que ha confir- 
mado después el testimonio de los Indios. Es licito pues afirmar 
estas cosas, como la existencia de Moteuczoma, o también se»debe 
dudar de est¿k Y si hai motivos para poner en duda la historia 
antigua de Megico, lo mismo debe decirse de la de todas las naciones 
del mundo, pues no es fácil hallar otra en que los sucesos se apoyen 
en la autoridad de mayor número de historiadores, ni sabemos que en 
algún otro pueblo se haya promulgado una leí tan rigorosa contra los 
historiadores embusteros, como la de los Acolhuis, que cito en el 
libro vii de mi historia. 

El-4)r. Robertson, aunque mas moderado que Rainal en la des- 
confianza de la historia, y mejor provisto con libros y MS Españoles, 
cae en muchos errores y contradicciones, por haberse querido internar 
mas en el conocimiento de America, y de los Americanos. Para qui- 
tarnos toda esperanza de tener una mediana noticia de las institu- 
ciones, y de los usos de los Megicanos, exagera la ignorancia de los 
conquistadores, y los estragos hechos en los monumentos históricos de 
aquella nación por la superstición de los primeros misioneros. " Por 
causa, dice, de este celo exesivo de los frailes, se perdió totalmente 
la noticia de los hechos antiguos consignados en aquellos rudos monu- 
mentos, y no quedó traza alguna del gobierno del imperio, y de sus 
antiguas revoluciones, sino la que provenia de la tradición, o de 
algunos fragmentos de las pinturas antiguas, que escaparon de las 
barbaras investigaciones de Zumarraga. La esperiencia de todos los 
pueblos demuestra que la memoria de las cosas pasadas uo puede ser 



XXVIU .i'O NOTICIA DE LOS líSGRITORES r, 

largo tiempo conservada, ni fielmente transmitida por la simple tradi- 
ción. Las pinturas Megicanas, que se supone haber servido de 
anales a su imperio, son pocas, y de ambiguo significado. Asi en 
medio de la incertidumbre de la una, y de la oscuridad de las otras, 
estamos obligados a tomar lo poco que dan de sí los mezquinos 
materiales que se hallan esparcidos en los escritores Españoles." 
Pero en todo esto se engaña el autor. 1. No son tan mezquinos los 
materiales que se hallan en los escritores Españoles, que no se pueda 
formar ccn ellos una buena, si no completa historia de los Megicanos, 
como consta a todo el que los consulta con imparcialidad : basta saber 
escoger, y separar el grano de la paja. No es necesario valerse de 
los materiales esparcidos en los escritos de los Españoles, habiendo 
tantas memorias e historias escritas por los mismos Indios, de que no 
tubo noticia Robertson. 3. No son pocas las pinturas históricas que se 
preservaron de las indagaciones de los primeros misioneros, si no con 
respecto al increíble numero de ellas que antes había, como se vé 
en mi historia, en la de Torquemada, y en otros muchos escri- 
toresBí 4. Tampoco son estas pinturas de ambiguo significado, si no 
es para Robertson, y para todos los que no entienden los caracteres, 
y las figuras de los Megicanos, ni conocen el método que tenían de 
representar las cosas, como son de ambiguo significado nuestros 
escritos para los que no saben leer. Cuando los misioneros hicieron 
el lamentable incendio de las pinturas, vivían muchos historiadores 
Acolhuis, Megicanos, Tepaneques, Tlascaleses, &c., los cuales se 
aplicaron a reparar aquella perdida, como en parte lo obtubieron, o 
haciendo nuevas pinturas, o sirviéndose de nuestros caracterfcii.j que 
habían aprendido, o instruyendo verbalmente a los mismos predica- 
dores acerca de sus antigüedades, a fin de que pudiesen conservar 
aquellas noticias en sus escritos, como lo hicieron Motolinía, Olmos, y 
Sahagun. Es pues absolutamente falso que se perdiese de un todo la 
noticia de los hechos antiguos. También es falso que no quedaron 
trazas de las revoluciones, y del gobierno del imperio, sino las que 
hábia conservado la tradición. En mi historia, y aun mas en mis 
disertaciones manifiesto muchos errores de los que se hallan en la obra 
de aquel escritor, y en las de otros estrangeros. De estos desbarros 
podrían formarse volúmenes. 

No satisfechos algunos autores con sus desaciertos escritos, han 
corrompido también la historia de Megíco con falsas imágenes, y 
mentiras grabadas en cobre, como las del famoso Teodoro Bry. En 
la obra de Gages, en la historia de los viages de Prevost, y en otras, 



DE LA HISTORIA ANTIGUA DE MEGÍCO. XXÍ!t 

se representa un hermoso camino, hecho sobre el lago, para ir ele 
Megico a Tezcuco, lo cual es ciertamente un enorme desproposito. 
En la gran obra intitulada La Galerie agréahle du monde se repre- 
sentan los embajadores enviados a la corte de Megico, montados en 
elefantes. Esto es mentir en grande. 



PINTURAS, 

No es mi intento dar aqui el catalogo de todas las pinturas Megicanas 
que se salvaron del incendio de los primeros Misioneros, ni de las que 
después hicieron los historiadores Indios del siglo xvi, y de que se 
valieron los escritores Españoles, pues esta enumeración seria no 
menos inútil que fastidiosa al publico. Solo trato de dar una indica- 
ción de algunas colecciones, cuya noticia puede ser útil a los que 
quieran escribir la historia de aquellos países. 

1. La colección de Mendoza. Asi se llama la colección de 63 
pinturas mandada hacer por el primer virrei de Megico D. Antonio 
Mendoza, a las que también mandó hacer sus respectivas esplicaÁones 
en lengua Megicana y Española, para enviarlas al emperador Car- 
los V. El buque en que iban fue apresado por un corsario Francés, 
y llevado a Francia. Las pinturas fueron a parar a manos de Thevet, 
geógrafo del rei, a cuyos herederos las compró, por una gran suma, 
Ilakuit, capellán del embajador Ingles en aquella corte. Pasaron a 
Inglaterra, y la esplicacion fue traducida por Locke (diferente del 
famoso metafisico del mismo nombre) por orden de Walter Raleigh, 
y finí-iAente publicada, a ruegos del erudito Enrique Spelman, por 
Samuel Parchas, en el tomo iii de su colección. En 1692 se publi- 
caron en Paris, con la interpretación Francesa de Meiquisedec The- 
venot, en el tomo ii de su obra intitulada, Relation de Divers Voy ages 
Curieux. Las pinturas eran 63, como ya he dicho ;■ las 12 primeras 
contienen la fundación de Megico, y los años, y las conquistas de los 
reyes Megicanos ; las 36 siguientes representan las ciudades tributa- 
rias de aquella corona, y la cantidad y calidad de sus tributos, y las 5 
ultimas incluyen algunos pormenores sobre la educación, y el gobierno 
de los Megicanos. Pero debe advertirse que la edición de Thevenot 
es defectuosa. En las copias de las pinturas xi y xii se ven 
cambiadas las figuras de los años, pues las figuras pertenecientes al 
reinado de Moteuczoma II se ponen en el de Ahuitzotl, y vice 
versa; faltan enteramente las pinturas XXI y XXII, y la mayor parte 
de las ciudades tributarias. El P. Kirker publicó una copia de la 



XXX NOTICIA DE LOS ESCRITORES 

primera pintura, sacándola de la obra de Purchas, en su CEdipus 
^gyptiacus. Yo he estudiado diligentemente esta colección, y me 
ha sido útil para la historia. 

2. La colección del Vaticano. El P. Acosta hace mención de 
ciertos anales Megicanos, pintados, que en su tiempo estaban en la 
biblioteca del Vaticano. No dudo que existan todavía, en vista áe 
la suma, y loable curiosidad de los Italianos en conservar los monu- 
mentos antiguos : mas no he tenido tiempo de ir a Roma para exami- 
narlos, y estudiarlos. 

3. La colección de Viena. En la librería imperial de aquella corte 
se conservan ocho pinturas Megicanas. •' Por una nota, dice Robert- 
son, que se halla en este código Megicano, se echa de ver, que fue 
un regalo hecho por Manuel rei de Portugal al papa Clemente VII. 
Después de haber pasado por manos de muchos ilustres propietarios, 
cay6 en las del cardenal de Sajonia Eisenach, que lo regaló al empe- 
rador Leopoldo." El mismo autor da en su Historia de Apjerica la 
copia de una de aquellas pinturas, en cuya primera parte se representa 
un xé. que hace la guerra a una ciudad, después de haberle enviado 
una embajada. Descubrense varias figuras de tupios, y otras de 
años, ydias: mas por lo demás, siendo una copia sin color, y care- 
ciendo las figuras humanas de aquellas señales que en otras pinturas 
Megicanas dan a conocer las personas, es imposible acertar su signi- 
ficado. Si Robertson hubiese publicado las otras siete copias que le 
fueron enviadas de Viena, quizas podrian entenderse todas. 

4. La colección de Sigüenza. Este doctisimo Megicano, como 
aficionado al estudio de las antigüedades de su patria, reunió ví^ gran 
numero de pinturas escogidas, parte compradas a subido precio, y 
parle que le dejó en su testamento el noble Indio, D. Juan de Alba 
Ijtliljochitl, que las habia heredado de sus progenitores las reyes de 
Tezcuco. Las imágenes del siglo Megicano, y del viage de los Azte- 
ques, y los retratos de los reyes Megicanos que publicó Gemelli en 
su vi tomo de su Vuelta al Mundo, son copias de las pinturas de 
Sigüenza que vivia en Megico, cuando llegó alli Gemelli*. La figura 

* Robertson dice que la copia del viage de los Azteques fue dada a Gemelli 
por D. Cristoval Guadalajara, en lo que contradice al mismo Gemelli, que se 
reconoce deudor a Sigüenza de todas las antigüedades que nos da en su relación. 
De Guadalajara solo recibió el mapa hidrográfico del lago de Megico. Robertson 
añade : " Pero como ahora parece una opinión generalmente recibida que 
Carreri no salió jamas de Italia, y que su famosa Vuelta al Mundo es la narración 
de un viage imaginario, no he querido hacer uso de aquellas pinturas." Si no 



DE LA HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. XXxi 

del siglo, y del ano Megicano es, en sustancia, la misma que mas de 
un siglo antes habia publicado en Italia Valadés en su Retorica 
Cristiana. Sigüenza, después de haberse servido de aquellas pin- 
turas para sus eruditas obras, las legó por su muerte al colegio de 
San Pedro y San Pablo de Jesuítas de Megico, juntamente con su 
escogidisima librería, y sus exelentes instrumentos de Matemáticas ; 
alli vi, y estudié el año de 1759 algunos volúmenes de aquellas 
pinturas, que contenían las penas prescritas por las leyes Megicanas 
contra ciertos delitos. 

5. La colección de Boturini. Esta preciosa colección de antigüe- 
dades Megicanas, secuestrada por el suspicaz gobierno de Megico a 
su laborioso y erudito dueño, se conserva en gran parte en el archivo 
del virrei. Yo vi algunas de aquellas pinturas que contenían varios 
hechos de la conquista, y algunos hermosos retratos de los reyes 
Megicauos. En 1770 se publicaron en Megico, con las cartas de 
Hernán Cortés, la figura del año Megicano, y 32 copias de otras 
tantas pinturas de tributos que pagaban muchas ciudades de Megico a 
la corona ; tomado todo del museo de Boturini. Las de los tributos 
son las mismas de la colección de Mendoza, publicadas por Purchas, 
y Thevenot. Las de Megico están mejor grabadas, y tienen las 
figuras de las ciudades tributarias, que faltan en las otras : pero faltan 
también seis copias de las relativas a tributos, y hai ademas muchos 
despropósitos en la interpretación de las figuras, ocasionadas por la 
ignorancia de la antigüedad, y del idioma. Conviene hacer esta 
advertencia afin de evitar que los que ven aquella obra impresa en 
Meg\f^, bajo un nombre respetable, se fien a estas esterioridades, y 
adopten los errores que contiene. 

viviéramos en un siglo en que se adoptan las ideas mas estravagantes, me causarla 
maravilla que semejante opinión hubiera tenido partidarios. En efecto ¿quien 
podría imaginarse que sin estar en Megico pudiera dar aquel autor una relación 
tan menuda de los mas pequeños sucesos de aquel tiempo, de las personas que 
alli vivian a la sazón, de sus cualidades y empleos, de todos los monasterios de 
Megico, y otras ciudades, del numero de sus individuos, y aun del de los altares 
de las iglesias, y otras menudencias nunca publicadas antes ? Para hacer justicia 
al mérito de aquel Italiano, protesto no haber hallado jamas un viagero mas 
exacto en lo que vio por sí mismo, aunque no lo es tanto en lo que recogió de 
otros. 



ADVERTENCIA. 



Cuando hago mención de toesas, pies, y pulgadas, sin decir mas, me 
refiero a las medidas de París, que por ser mas generalmente cono- 
cidas, están menos espuestas a equivocacion"l?s. La toesa de París 
tiene 6 pies de rei ; cada pie 12 pulgadas, y cada pulgada 12 lineas. 
La linea se considera compuesta de 10 partes o puntos, para poder 
espresar mas fácilmente la proporción de este pie con otros. El pie 
Toledano, que es por antonomasia el Español, es la tercera parte de 
una vara Castellana, y es al pie de rei como 1249 a 1440, es decir, de 
las 1440 partes en que se considera dividido el pie de rei, el Toledano 
tiene 1240, de modo que 7 pies Toledanos hacen 6 pies de rei, o una 
toes^ de Paris, 

En el mapa geográfico del imperio Megicano me he limitado a 
indicar las provincias, y algunos pocos pueblos, omitiendo una gran 
cantidad de ellos, y no pocas ciudades importantes, por ser sus nom- 
bres demasiado largos. Las dos islillas que se ven en el golfo Megi- 
cano, distan apenas milla y media de la costa : pero el grabador quiso 
figurarlas mas lejos. Una de ellas es la que los Españoles llaman 
S.Juan de Ullua*. 

* La edición Italiana, aunque hecha a vista de Clavigero, está llena deHjrrores 
y descuidos. Me parece oportuno notar los siguientes que inevitablemente se 
han copiado en la traducción. Hablando del viage de los Tolteques en el libro 
primero se dice que empezó el año 1 Tecpatl, 596 de la era vulgar : debe decir 
544. AUi mismo se dice que la monarquía Tolteca empezó el año vin Acatl; 
debe decir el año vii Acatl. Hablando del calendario Megicano se dice que los 
últimos años del siglo empezaban a 14 de Febrero ; debe decir a 13. En toda la 
obra se ha conservado el uso de las millas que emplea el autor, tres de las cuales 
forman, poco mas o menos ima legua Española. — A^oía del Traductor. 



HISTORIA ANTIGUA 



D£ 



MEGICO. 



LIBRO PRIMERO. 

Descripción del Pais de Anahuac, o breve relación de la Tierra, del Clima, de los 
Montes, de los Rios, de los Lagos, de los Minerales, de las Plantas, de los Ani- 
males, y de los Hombres del Antiguo Reino de Megico. _ 

El nombre de Ai>fhuac, que se dio en los principios solo al valle de 
Megico, por haber sido fundadas sus principales ciudades en las islas 
y en las margenes de los dos lagos, estendido después a una significa- 
ción mas amplia, abrazó casi todo el gran pais, que en los siglos 
posteriores se llamó Nueva España*. 

División del Pais de Anahuac. 

Aquiflla vastísima estension estaba entonces dividida en los reinos 
de Megico, de Acolhuacan, de Tlacopan, y de Michuacan ; '^n las 
repúblicas de Tlajcallan, de Cholollan, y de Huejotzinco, y en 
algunos otros estados particulares. 

El reino de Michuacan, que era el mas occidental de todos, con- 
finaba por Levante y Mediodia con los dominios de los Megicanos ; 
por el Norte, con el pais de los Chichimecos, y otras naciones bar- 
baras, y acia el Occidente, con el lago de Cbapallan, y con algunos 
estados independientes. La capital, Tzintzuntzan, llamada por los 
Megicanos Huitzitzilla, estaba situada a la orilla oriental del hermoso 
lago de Pazcuaro. Habia ademas otras ciudades importantes, como 

* Anahuac quiere decir cerca del agua, y este es probablemente el origen del 
nombre de Anahuatlaca, o Nahuatlaca, con el cual eran conocidas laá naciones 
que ocuparon las orillas del lago de Megico. 

TOMO I. B 



2 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

las de Tiripitio, Zacapu, y Tarecuato. Todo aquel pais era ameno 
rico, y bien poblado. 

El reino de Tlacopan, situado entre los de Megico y Michuacan, 
era de tan poca estension, que, fuera de la capital del mismo nombre, 
solo comprendía algunas ciudades de la nación Tepaneca, y las villas 
de los Mazahuis, esparcidas en los montes occidentales del valle 
Megicano. La capital estaba en la orilla occidental del lago Tezcó- 
cano, a cuatro millas al poniente del de Megico *. 

El reino de Acolhuacan, el mas antiguo, y en otros tiempos el mas 
vasto de todos los estados que ocupaban aquellos paises, se redujo 
después a limites mas estrechos, a efecto de las conquistas que 
hicieron los Megicanos. Confinaba por Oriente con la república de 
Tlajcallan ; por Mediodia, con la provincia de Chalco, perteneciente 
al reino de Megico ; por el Norte, con el pais de los Huajteques, y 
por Poniente terminaba en el lago Tezcocano. Limitábanlo en otros 
puntos diferentes estados Megicanos. Su longitud de Norte a Me- 
diodia era de poco mas de doscientas millas; su mayor anchura no 
exedia de sesenta : mas este pequeño recinto comprendia grandes 
ciudades, y pueblos numerosos. La capital, llamacja Tezcoco, situada 
en la orilla oriental del lago del mismo nombre, a quince millas al 
Oriente de la ciudad de Megico, fue justamente célebre, no menos 
por su antigüedad y grandeza, que por la cultura, y suavidad de 
costumbres de sus habitantes. Las tres ciudades de Huejotla, 
Coatlichan, y Ateneo, estaban tan próximas a la capital, que podian 
considerarse como otros tantos arrabales de ella. La de Otompan 
era de mucha estension e importancia, como también las de AVk Imán, 
y Tepepolco. 

La celebre república de Tlajcallan, o Tlascala, confinaba por Oc- 
cidente con el reino de Acolhuacan ; por el Mediodia con las repúbli- 
cas de Cholollan y de Huejotcinco, y con el estado de Tepeyacac, 
perteneciente a la corona de Megico ; por el Norte, con el estado de' 
Zacatlan, y por Oriente, con otros pueblos dependientes de aquella 
misma corona. Apenas tenia cincuenta millas de largo, y treinta de 
ancho. La capital, Tlajcallan, de la que tomó el nombre la república,, 

f Los Españoles, alterando los nombres Megicanos, o mas bien adoptándolos 
a su idioma, dicen Tacuba, Oculma, Otumba, Guajuta, Tepeaca, Guatemala, 
Churubusco, en lugar de Tlacopan, Acolman, Otompan, Huejotla, Tepeyacac, 
Quauhtemallau, y Huitzilopochco, cuyo egemplo seguiremos, para evitar al 
lector el trabajo de una pronunciación difícil. 



DIVISIÓN DKL país DE ANAHUAC. 3: 

estaba situada en el declive del gran monte Matlalcueye, y cerca de 
setenta millas al Levante de la corte Megicana. 

El reino de Megico, aunque mas moderno que los otros reinos y 
repúblicas que ocupaban aquel pais, tenia mayor estension que todos 
ellos juntos. Estendiase, acia el Sudoeste y el Mediodia, hasta el 
mar Pacifico; por el Sudeste, hasta las cercanías de Quauhtemallan; 
acia el Levante, con la interposición de algunos distritos de las tres 
repúblicas, y una pequeña parte del reino de Acolhuacan, hasta el 
golfo Megicano ; acia el Norte, ¡hasta el pais de los Huajteques ; por 
el Nordeste, confinaba con los barbaros Chichimecos, y por el Occi- 
dente, le servian de limites los dominios de Tlacopan, y de Michua- 
can. Todo el reino Megicano estaba comprendido entre los grados 
14 y 21 de latitud Septentrional, y entre los 271 y 283 de longitud, 
según el Meridiano de la isla de Hierro*. 

La porción mas importante de aquel estado, ora se consideren las 
ventajas locales, ora la población, era el valle de Megico, que coro- 
nado de bellas y frondosas montañas, abrazaba una circunferencia de 
mas de 120 millas, medidas en la parte inferior de las elevacit^es. 
Ocupan una buena parte de la superficie del valle, dos lagos, uno su- 
perior de agua dulce, otro inferior de agua salobre, que comunican 
entre si por medio de un buen canal. En el lago inferior, que ocu- 
paba la parte mas baja del valle, se reunían todas las aguas de las 
montañas vecinas ; asi que, cuando sobrevenían lluvias estraordin arias, 
el agua, saliendo del lecho del lago, inundaba, la ciudad de Megico, 
fundada en el mismo, lo que se verificó muchas veces, tanto bajo el 
domin'^de los monarcas Megicanos, como bajo el de los Españoles. 
Estos dos lagos, cuya circunferencia total no bajaba de noventa 
millas, representaban én cierto modo, con las lineas de sus margenes, 
la figura de un camello, cuyo cuello y cabeza eran el lago dulce, o sea 
de Chalco ; el cuerpo, el lago salado, o de Tezcoco, y las piernas 
los arroyos y torrentes que se desprendían de las montañas. Entre 
los dos lagos está la pequeña península de Itztapalapan que 
las separa. Ademas de las tres capitales de Megico, de Acol- 
huacan, y de Tlacopan, este delicioso valle contenia otras cuarenta 
ciudades populosas, y una cantidad innumerable de villas y caseríos. 

* Solis, y otros escritores Españoles, Franceses, e Ingleses, dan al reino de 
Megico mayor estencion que la que aqui le señalamos. Robertsou dice que los 
territorios pertenecientes a Tezcuco y Tacuba, apenas cedían en estension a los 
dominios Megicanos. En las disertaciones que van al fin de esta oI)ra haremos 
ver cuan erradas son semejantes opiniones. 

B 2 



4 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Las ciudades mas importantes, después de las capitales, eran las de 
Jochimilco, Chalco, Itztapalapan, y Quouhtitlan, las cuales en el dia 
apenas conservan trazas de su antiguo esplendor *. 

Megico, cuya descripción daremos en el curso de esta obra, la mas 
célebre de las ciudades del Nuevo Mundo, y capital def imperio del 
mismo nombre, estaba edificada en las islas del lago de Tezcoco, 
como Venecia en las del mar Adriático. Su situación era a los 19°, 
y casi 26' de latitud Septentrional, y a l«s ?76°, y 34' de longitud, 
entre las dos capitales de Tezcoco, y de Tlacopan, distante quince 
millas a Poniente de la primera, y cuatro a Levante de la segunda. 
Algunas de las provincias de aquel vasto imperio eran mediteri-aneas, 
y otras marítimas. 

Provincias del Reino de Megico. 

Las principales provincias mediterráneas eran la de los Otomites, 
al Norte ; al Occidente y Sudoeste, las de los Matlatzinques, y Cuit- 
lateques; a Mediodía, las de los Tlahuiques, yCohuijques; al Sud- 
este/ ademas de los estados de Itzocan, Jauhtepec, QuatihqueQhollan, 
Atlijco, Tehuacan y otros, las grandes provincias de los Mijteques, 
Zapoteques, y Chiapaneques. Las provincias de fepeyacac, de los 
Popoloques, y de los Totonaques, estaban al' Este de la capital. Las 
provincias marítimas del golfo Megicano eran las de Coatzacualco, y 
Cuetlachtlan, que los Españoles llamaban Cotasta. Las del mar 
Pacifico eran las de Coliman, Zacatollan^ Tototepec, Tecuantepec, 
y Zoconochco. ' 

La provincia de los Otomites empezaba en la parte Septentrional 
del valle Megicano, y continuaba por aquellas montañas, acia el 
Norte, basta cerca de noventa millas de distancia de la capital. En- 
tre sus poblaciones, que eran muchas, se distinguia la antigua y céle- 
bre ciudad de Tollan (hoi Tula), y también la de Gilotepec, la cual, 
después de la conquista hecha por los Españoles, fue la metrópoli de 
la nación Otomite. Después de los últimos pueblos de aquella na- 
ción acia el Norte y Nordeste, no se hallaban habitaciones humanas 
hasta el Nuevo Megico. Todo aquel espacio de tierra, que com- 

* Los nombres de las demás ciudades notables del valle Megicano eran : 
Wizeuie, Cuitlahuac, Azcapozalco, Tenayocan, Otompan, Colhuacan, Megi- 
caltzinco, Huitzilopochco, Coyohuacan, Ateneo, Coatlichan, Huejotla, Chiauhtla, 
Acolman, Teotihuacan, Itztapaloccan, Tepetlaoztoc, Tepepolco, Tizayoccan, 
Citlaltepec, Coyotepec, Tzompanco, Toltitlan, Jaltoccan, Tetepanco, Eheca- 
tepec, Tequizquiac, &c. Véase la Disertación IV. 



PROVINCIAS DEL REINO DE MEGICO. 5 

prendía mas de mil millas, estaba ocupado por naciones barbaras, que 
no tenían domicilio fijo, ni obedecían a ningún soberano. 

La provincia de los Matlatzinques abrazaba, ademas del valle de 
Tolocan, todo el espacio que media entre este y Tlagímaloyan (hoi 
Tagimaroa), frontera del reino de Michuacan. El fértil valle de Tolo- 
can tiene mas de cuarenta millas de largo de Sudeste a Nordoeste, y 
treinta en su mayor anchura. Tolocan, que era la ciudad principal de 
los Matlatzinques, de donde tomó nombre el valle, estaba, como en el 
día, situada al píe de un alto monte, en cuya cima reinan las nie- 
ves perpetuas, y que dista treinta millas de Megico. Todas las 
otras poblaciones del valle estaban habitadas parte por Matlatzinques, 
y parte por Otomites. Ocupaban las montañas vecinas los estados 
Jalatlauhco, de Tzampahuacan, y de Malinalco, y no muí lejos, acia 
Levante, estaba el de Ocuillan, y acia Poniente los de Tozantla, y 
Zoltepec. 

Los Cuitlateques habitaban un país que se estendía desde el reino 
de Michuacan, hasta las margenes del mar Pacifico, en un territorio 
de mas de doscientas millas de largo. Su capital era la grande y po- 
pulosa ciudad de Mejcaltepec, situada en la costa, y de la cual solo 
quedan algunas ruinas. 

La capital de los Tlahuíques era la amena y fuerte ciudad de 
Quauhnahuac, llamada por los Españoles Cuernabaca, a cerca de cua- 
renta millas de Megico acia Mediodía. Su provincia, que empezaba 
en las montañas meridionales del valle, se estendia a sesenta millas, 
en la mi^ma dirección. 

La ^an provincia de los Cohuijques confinaba por el Norte, con 
los Matlatzinques, y con los Tlahuíques ; por Occidente con los Cuitla- 
teques ; por Oriente con los Jopes, y los Míjteques, y por el Mediodía 
se estendia acia el mar Pacífico, hasta el punto en que hoi se hallan la ciu- 
dad y el puerto de Acapulco. Estaba dividida en muchos estados particu- 
lares, como ios de Tzorapanco, Chilapan, Tlapan, y Teoítztla (hoi Tis- 
tla). El clima era calidísimo y poco sano. Tlachco, lugar célebre 
por sus minas de plata, o pertenecía a dicha provincia, o confinaba 
con ella. 

La provincia de Mijtecapan, o de los Míjteques, se estendía desde 
Acatlan, que distaba ciento y veinte millas de la capital, acia el Sud- 
este, hasta las orillas del océano Pacifico ; y contenía muchas ciuda- 
des y villas bien pobladas, que hacían un comercio muí activo. 

A Oriente de los Míjteques estaban los Zapoteques, cuyo nombre 



6 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

se derivaba del de la capital Teotzapotlan. En aqnel distrito estaba 
el valle de Huagyacac, llamado por los Españoles Oajaca, o Guajaca. 
La ciudad de Huagyacac fue después erigida en obispado, y el valle 
fen marquesado, que se confirió al conquistador Hernán Cortes *. 

Al Norte de los Mijteques estaba la provincia de Mazatlan, y al 
Nordeste de los Zapateques, la de Chinantla, con su capital del mismo 
nombre, de donde tomaron sus habitantes el nombre de Chinanteques. 
Las provincias de los Chiapeneques, de los Zoques y de los Quelenes 
eran las ultimas del imperio Megicano, por la parte del Sudeste. Las 
principales ciudades de los Chiapeneques eran Teochiapan (llamada 
por los Españoles Chiapa de los Indios) Tochtla, Chamolla y Tzina- 
cantla ; de los Zoques, Tecpantla, y de los Quelenes, Teopijca. En 
la falda, y en rededor de la famosa montaña de Popocatepec, situada 
a treinta y tres millas acia el Sudeste de la capital, estaban los 
grandes estados de Amaquemecan, Tepoztlan, Jauhtepec, Huantepec, 
Chiellan, Itzocan, Acapetlayoccan, QuauhquechoUan, Atlijco, Cholo- 
lian y Huejotzinco. Estos dos últimos, que eran los mas poderosos, 
habiendo sacudido el yugo de los Megicanos con la ayuda de sus ve- 
cinos los Tlascalteses, restablecieron su gobierno oaristocratico. Las 
ciudades de Cholollan y de Huejotzinco eran las mayores y mas po- 
bladas de toda aquella tierra. Los Chololleses poseían el pequeño 
caserío de Cuitlajcoapan en el mismo sitio en que los Españoles fun- 
daron después la ciudad de la Puebla de los Angeles f. 

A Oriente de Cholollan existia el importante estado de Tepeyacac, 
y ademas el de los Popoloques, cuyas principales ciudades eran Teca- 
machalco, y Quecholac. Al Mediodía de los Popoloques estaba Te- 
huacan, que confinaba con el pais de los Mijteques ; a Oriente, la 
provincia marítima de Cuetlachtlan, y al Norte, la de los Totoneques. 
Esta gran provincia, que era la ultima del imperio por aquella parte, 

* Algunos creen que en el punto de Huagiacac no había antiguamente mas 
que una guarnición Megicana, y que la ciudad fue fundada por los Españoles : 
pero ademas de que por las matriculas de los tributos consta que Huagiacac era 
una de las ciudades tributarias del imperio Megicano, sabemos ademas que los 
Megicanos no solian poner guarniciones sino en los lugares mas populosos de las 
provincias sometidas. Los Españoles se llamaban fundadores de alguna ciudad, 
cuando daban nombre a alguna población de Indios, o cuando ponian en ella ma- 
gistrados españoles. Asi se verificó en Antequera, provincia de Huagiacac, y en 
Segm*a de la frontera, en Tepeyacac. 

t Los Españoles dicen Tustla, Mecameca, Izucar, Atrisco, y Quechula, en lu- 
gar de Tochtlan, Amaquemecan, Itzocan, Atlijco, y Quecholac. 



PROVINCIAS D|£L REINO DE MEGICO. 7 

se estendia en un territorio de ciento y cincuenta millas, empezando 
en la frontera de Zacatlan (estado perteneciente a la corona de Me- 
gico, y distante ochenta millas de aquella capital) y terminando en el 
golfo Megicano. Ademas de la capital Mizquihuacan, a quince millas 
a Oriente de Zacatlan, tenia aquella provincia la hermosa ciudad de 
Cempoallan, en la costa del golfo, que fue la primera del imperio en 
que entraron los Españoles, y donde empezaron sus triunfos, como 
después veremos. Tales eran las principales provincias mediterráneas 
del imperio Megicano, omitiendo algunos distritos de pequeña impor- 
tancia, por no sobrecargar de datos inútiles la descripción. 

De las provincias marítimas del mar Pacifico, la mas septentrional 
era la de Coliman, cuya capital, del mismo nombre, estaba situada a 
los 19° de latitud, y a los 272° de longitud. Continuando la misma 
costa acia el Sudeste, se hallaba la provincia de ZacatoUan, cuya capi- 
tal era del mismo nombre. Seguían los Cuitlateques, y a estos los 
Cohuijques, en cuyo territorio estaba Acapulco, puerto famoso, sobre 
todo por su comercio con las Islas Filipinas. Su situación es a los 
16° 40' de latitud, y a los 276° de longitud. ^ 

Confinaban confies Cohuijques, los Jopes, y con estos, los Mijte- 
ques, cuyo territorio es conocido en nuestros tiempos con el nombre 
de Gicayan. Seguia la gran provincia de Tecuantepec, y finalmente 
la de Joconochco. La ciudad de Tecuantepec, que daba su nombre 
a todo el estado, ocupaba una bella isla, que forma un rio a dos millas 
del mar. La provincia de Joconochco, que era la ultima, y la mas 
meridional del imperio, confinaba por Oriente y Sudeste, con el pais 
de Ic^ochitepeques, que no pertenecía a la corona de Megico ; acia 
Occidente, con el de los Tecuantepeques, y por el Mediodía, termina- 
ba en el mar. Su capital, llamada también Joconochco, estaba situa- 
da entre dos rios, a los 14* de latitud, y a los 283° de longitud. Sobre 
el golfo de Megico, ademas de los Totonaques, estaban las provincias 
de Cuetlachtlan, y Coatzacualco. Esta confinaba por Oriente con 
el vasto pais de Onohualco, bajo cuyo nombre comprendían los Megi- 
canos los estados de Tabasco y los de la península de Yucatán, los 
cuales no estaban sometidos a su dominio. Ademas de la capital, lla- 
mada también Coatzacualco, situada a la orilla de un gran rio, habla 
otras grandes poblaciones, entre las cuales merece particular mención 
Painalla, por haber sido patria de la famosa Malintzin, que tan eficaz- 
mente contribuyó a la conquista de Megico. La provincia de Cue- 
tlachtlan, cuya capital tenia el mismo nombre, comprendía toda la cos- 
ta que media entre el rio de Alvarado, donde termina la provincia de 



b HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Coatzacualco, y el de la Antigua'* donde empezaba la de los Totona- 
ques. En aquella parte de la costa, que los Megicanos llamaban 
Chalchicuecan, está actualmente la ciudad de Veracruz, y su puerto, 
el mas nombrado del territorio Megicano. 

Todo el pais de Anahuac estaba, generalmente hablando, bien po- 
blado. En la historia y en las disertaciones tendremos ocasión de ha- 
blar detenidamente de algunas ciudades, y de dar alguna idea del nu- 
mero de sus pobladores. Subsisten aun la mayor parte de aquellas an- 
tiguas poblaciones, con los nombres que entonces tenian, aunque algnn 
tanto alterados; pero todas las ciudades de la misma época, con 
- exepcion de Megico, Orizaba, y alguna otra, se hallan tan disminui- 
das, y decaídas de su primitivo esplendor, que apenas tienen la cuarta, 
la decima, y aun la vigésima parte de los habitantes y edificios que en- 
tonces tenian. Con respecto al numero de ludios, si se compara \o 
que dicen los primeros escritores Españoles, y los nacionales, con lo 
que nosotros mismos hemos visto, podemos afirmar que solo existe 
una decima parte de la antigua población de Anahuac : efecto lamen- 
table de las calamidades que han sufrido aquellos paises. 

Ríos, Lagos, y Fuentes. 
De los nos que bañan el territorio Megicano, que son muchos y^ 
mui caudalosos, aunque no comparables a los de la America Meridio- 
nal, unos desaguan en el golfo, y otros en el océano Pacifico. Los 
mayores de los primeros son el Papaloapan, el Coatzacualco, .y el 
Chiapan. El Papaloapan, que los Españoles llamaron Alvarado, del 
nombre del primer capitán de aquella nación que navegó ensusa^uas, 
tiene su principal manantial en los montes délos Zapoteques, y después 
de haber girado por la provincia de Mazatlan, recibiendo el tributóle 
otros rios menores y arroyos, se descarga por tres bocas navegables en 
el golfo, a distancia de treinta millas de Veracruz. El Coatzacualco, 
f que es también navegable, baja de los montes Miges, y después de 
atravesar la provincia que le da nombre, se vacia en la costa, cerca del 
pais de Onohualco. El Chiapan tiene su origen en las montañas Cu- 
chumatanes, que separan la diócesis de Chiapan de la de Guatemala, 
atraviesa la provincia de su mismo nombre, y desemboca en la de 
Onohualco. Los Españoles la llamaron Tabasco, nombre que dieron 
también a la estension de pais que une la península de Yucatán con 

* Damos a este rio el nombre Español, bajo el cual es conocido en la actuali- 
dad, porque ignoramos el que los Megicanos le daban. 



Ríos, LAGOS, Y FUENTES. ■ 9" 

el continente Megicano. También lo llamaron Grijalva, en honor del 
comandante del primer egercito español que lo descubrió. 

Entre los rios que van al Pacifico, el mas célebre es el Tololotlan, 
llamado por los Españoles rio de Guadalajara, o rio grande. Nace 
en los montes del valle de Tolocan ; atraviesa el reino de Michuacan, 
y el lago de Chapallan ; de alli va a regar el país de Tonallan, donde 
está ahora la ciudad de Guadalajara, capital de la Nueva Galicia, y 
después de un giro de seiscientas millas, desagua en el mar, a la altura 
olar de 22°. El Tecuantepec nace en los montes Miges, y después 
de un breve curso, vierte sus aguas en el mar, a la altura polar de 
15° y medio. El rio de los Jopes baña el país de aquella nación, y 
tiene su embocadura a quince millas a Oriente del puerto de Aca- 
pulco, formando por aquella parte la linea divisoria entre las diócesis 
de Megico, y la Puebla de los Angeles. 

Habia también, y hai actualmente algunos lagos que hermosean el 
pais, y activaban el comercio de los pueblos que antiguamente lo ha- 
bitaron. Los de Nicaragua, Chapallan, y Pazcuaro, que eran los 
mas considerables, no pertenecian al imperio Megicano. Entié los 
otros, los que ma^ conducen a la inteligencia de nuestra historia, son 
los dos que están en el valle Megicano, y de que ya hemos hecho 
mención. El de Chalco se estendia por el espacio de doce millas de 
Levante a Poniente, hasta la ciudad de Jochimilco, y de alli, dirigién- 
dose acia el Norte, se incorporaba por medio de un canal con el lago 
de Tetzcoco : pero su anchura no pasaba de seis millas. Este que 
acabamos de nombrar, tenia de quince a diez y siete millas de Levan- 
te a -¿Poniente, y algo mas de Norte a Mediodía : mas ahora es 
mucho menos su estension, porque los Españoles separaron de su pen- 
diiente natural muchos raudales que en él se vaciaban. Las aguas que 
a él decienden son dulces en su origen, y su gusto salobre procede 
del lecho salino en que se reciben*. Ademas de estos dos, habia en 
el mismo valle, y al Norte de la capital, otros dos menores, a que 
dieron sus nombres las dos ciudades de Tzompanco y Jaltoccan. El 

* Mr. de Bomare en su Diccionario de Historia Natural dice que la sal del lago 
Megicano puede proceder de las aguas del mar del Norte, filtradas al través de 
la tierra, y en apoyo de su opinión cita el Diario de los Sabios del año de 1676 : 
mas para refutar este error, basta saber que el lago dista 180 millas del mar, y 
su lecho está a la altura perpendicular de mas de una milla, sobre su superficie. 
El autor anónimo de la obra intitulada. Observaciones curiosas sobre el lago de 
Megico, de que se hace un estracto en el referido diario, está mui lejos de adop- 
tar el error de Mr. de Bomare. 



10 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Jago de Tochtlan en la provincia de Coaztacualco es mui bello, y sus 
margenes son amenísimas. 

En cuanto a fuentes y manantiales, hai tantas y de tan diversas 
cualidades en aquellos paises, que seria necesario hacer una obra 
aparte, para describir tan solo las del reino de Michuacan. Hai infi- 
nitas aguas minerales, nitrosas, sulfúricas, aluminosas, y vitriolicas ; 
algunas salen en estado de hervor, y su calor es tan intenso que pocos 
momentos bastan para cocer en ellas cualquiera especie de fruto de 
la tierra o carne de animales. Las hai también petrificantes, como 
las de Tehuacan, ciudad distante cerca de ciento y veinte millas de 
Megico, acia el Sudeste ; la fuente de Pucuaro, en los estados del 
conde de Miravalles, en el reino de Michuacan, y otra que se vacia 
en un rio de la provincia de los Quelenes. Con el agua de Pucuaro 
se hacen unas piedrecillas blancas, lisas, y de sabor agradable, cuyas 
raspaduras tomadas en caldo o en los puches de maiz, son poderosos 
diaforéticos, y se aplican con mucho efecto a diferentes especies de 
fiebre. El autor de esta obra es testigo ocular de las curas que hizo 
esta «inedicina en la epidemia de 1762. La dosis regular, para los que 
sudan fácilmente, es de una dracma de raspadura^. Los habitantes 
de Megico se servian en tiempo de sus reyes de las aguas del gran 
manantiaJ de Chapoltepec, de que después hablaremos, y que pasaban 
a la capital por medio de un exelente acueducto. Con motivo de las 
aguas de aquellos paises, pudiéramos describir, si los limites de esta 
obra lo permitieran, los estupendos saltos o cascadas de varios rios*',. 
y los puentes formados sobre otros por la naturaleza, entre los cuales 
merece una atención particular el llamado Puente de Dios. V\si se 
llama un vasto volumen de tierra, atravesado por el profundo rio 
Atoyaque, cerca del pueblo de Molcajac, acerca de cien millas de 
Megico, acia el Sud-este,* y por el cual pasan cómodamente los 
carruages. Quizas esta singularidad es efecto de algún terremoto, 
que socavó parte de la montaña vecina. 

Clima de Anahuac. 

El clima de los diferentes paises comprendidos en Anahuac, varía 

según su situación. Las costas son mui calientes, y por lo común, 

húmedas y malsanas. Este ardor exesivo, que promueve el sudor 

aun en los meses del invierno, proviene de la suma depresión de las 

• Entre las cascadas, es famosa la que forma el gran rio de Guadalajara, en 
un sitio llamado Tempizque, a quince millas al mediodía de aquella ciudad. 



CLIMA DE ANAHUAC. 11 

costas con respecto a las tierras interiores, y de las grandes masas de 
arena que se reúnen en la playa, como sucede en Veracruz, mi 
patria. La humedad procede no solo del mar, sino también de las 
aguas que se desprenden en gran abundancia de los montes vecinos. 
En las tierras calientes no hiela nunca, y muchos de sus habitantes no 
tienen mas idea de la nieve, que la que adquieren en los libros, o por 
las relaciones de los viageros. Las tierras demasiado elevadas, o 
deinasiado próximas a las mas altas montañas, que están siempre 
cubiertas de nieve, son sumamente frías, y yo he estado en un monte, 
distante veinticinco millas de la capital, donde hai nieve y yelo en lo 
mas rigoroso de la canicula. Todos los otros paises mediterráneos, 
que eran los mas poblados, gozan de un clima tan benigno y tan 
suave, que nunca se esperimentan en ellos los rigores de las esta- 
ciones. Es verdad que en algunos yela con frecuencia en los tres 
meses de Diciembre, Enero, y Febrero, y también suele nevar ; pero 
la ligera incomodidad que este frió ocasiona no dura mas que hasta 
la salida del sol. No se necesita de otro fuego que el calor de sus 
rayos para calentarse en invierno, ni otro refresco en tiempo de^calor, 
que ponerse a la-)Sombra. Los habitantes usan la misma ropa en la 
canicula y en Enero, y los animales duermen todo el año en el 
campo. 

Esta blandura del clima en la zona tórrida se debe a muchas 
causas naturales, desconocidas de los antiguos, que creian inhabitables 
aquellos paises, y no bien entendidas por algunos modernos, que los 
juzgan poco favorables a la conservación de la vida. La pureza de la 
atmv^era, la menor oblicuidad de los rayos solares, y la mas larga 
mansión del sol sobre el orizonte, con respecto a otros paises mas 
distantes de la linea equinoxial, contribuyen a disminuir el frió, y 
a evitar los rigores que en otras zonas desfiguran en invierno el 
hermoso aspecto de la naturaleza. Asi es que los Megicanos gozan 
de un cielo transparente, y de las inocentes delicias del campo, mien- 
tras en los paises de las zonas frias, y en muchos de las templadas, 
las nubes oscurecen la claridad del firmamento, y las nieves sepultan 
las producciones de la tierra. No son menos enérgicas las causas 
que templan el ardor del estio. Las lluvias copiosas, que bañan fre- 
cuentemente la tierra,' después de mediodía desde A.bril y Mayo, hasta 
Setiembre y Octubre ; las altas montañas coronadas de nieves perpe- 
tuas, y esparcidas en todo el territorio de Anahuac; los vientos 
frescos que dominan entonces, y la brevedad del curso del sol sobre 
el orizonte, con respecto a las regiones de la zona templada, trans- 



12 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO, 

forman el verano de aquellos venturosos países en una fresca y alegre 
Primavera. 

Pero a la benignidad del clima, sirven de contrapeso las tempestades 
de rayos, frecuentes en verano, y especialmente en las cercanías de 
Matlalcueye, o sea monte de Tlajcallan, y los terremotos que suelen sen- 
tirse en algunos puntos, aunque con mayor espanto que perjuicio real. 
Ambos efectos provienen del azufre, y de los otros combustibles deposita- 
dos copiosamente en las entrañas de la tierra. En cuanto a las tempesta- 
des de granizo, no son alli ni mayores, ni mas frecuentes qiie en Europa, 

Montes, Piedras, y Minerales, 

El fuego encendido en las montañas de la tierra, con las materias 
bituminosas y sulfúricas de que hemos hecho mención, se ha abierto 
en algunas montañas respiraderos o volcanes, que han solido arrojar 
llamas, humo, y cenizas. Cinco son las montañas del territorio Megi- 
cano, que han presentado en diversas épocas este espantoso fenómeno. 
El Poyauhtecatl, llamado por los Españoles volcan de Orizaba, empezó 
a echáv humo en 1545, y continuó arrojándolo por espacio de veinte 
años : pero después han trascurrido dos siglos sin quf>. se haya notado 
en 61 la menor señal de incendio. Este célebre monte, cuya figura 
es cónica, .es sin duda alguna el mas elevado de todo el territorio de 
Amahuac, y la primera tierra que descubren los navegantes que por 
aquellos mares viajan, a distancia de ciento y cincuenta mHlas*. 
Su aspecto es hermosísimo, pues mientras coronan su cima enormes 
masas de nieve, su falda está adornada por bosques espesos de cedros, 
pinos, y otros arboles no menos vistosos por su foliage, que prec-A)sos 
por la utilidad que dan sus maderas. El volcan de Orizaba dista de 
la capital mas de noventa millas acia la parte de Oriente. 

El Popocatepec y el Iztachihuatl, poco distantes entre sí, y treinta 
millas de Megico, acia el Sudeste, son también de una altura pro- 
digiosa. El primero, al que se da por antonomasia el nombre del 
Volcan, tiene una boca, de mas de una milla de ancho, por la cual, 
en tiempo de los reyes Megicanos, echaba llamas con mucha fre- 
cuencia. En el siglo pasado arrojaba de cuando en cuando cenizas 
que caian en gran cantidad sobre los pueblos vecinos : pero en el 
presente solo se ha visto despedir algún humo. El Iztachihuatl, 

* El Poyauhtecatl es maa alto que el Taide, o Pico de Tenerife, según dice 
el jesuíta Tallandier, que observó uno y otro. Del Popocatepec dice Tomas 
Gageé, que es tan alto como el mas alto de los Alpes. Mas diría si hubiera cal- 
culado la elevación del terreno sobre el cual se alza aquella célebre montaña. 



MONTES, PIEDRAS, Y MINERALES. IQ 

Mamado por los Españoles Sierra Nevada, ha echado a veces humo, 
y cenizas. Estos dos montes están siempre coronados de nieve, en 
tanta abundancia, que de la que se precipita por las faldas, se proveen 
las ciudades de Megico, Puebla de los Angeles, Cholollan, y otras 
que distan cuarenta millas de ellos, en los cuales, para helados y 
refrescos se consumen increíbles cantidades*. Los montes de Coli- 
man y de Tochtlan, bastante remotos de la capital, y uno de ellos mas 
que el otro, han arrojado llamas en nuestros tiempos -f-. 

Ademas de las montañas de que acabamos de hacer mención, hai 
otras, que aunque no pertenecen a la clase de volcánicas, son mui 
nombradas por su estraordinaria elevación, como el Matlalcueye, o 
monte de Tlajcallan, el Nappateuctli, llamado por los Españoles el 
Cofre, con alusión a su figura ; el Tentzon, inmediato al pueblo de 
Molcajac, el de Tolocan, y otros que omito, pór no pertenecer al 
plan de esta obra. Es sabido que la célebre cadena de los Andes, o 
Alpes de la America Meridional, continúa por el istmo de Panamá, y 
por todo el territorio Megicano, hasta perderse en los países descono- 
cidos del Septentrión. La parte mas importante de esta cadena se 

* El impuesto sobre la nieve, para el consumo de la capital, importaba en 
1746, la. enorme suma de 15,522 pesos fuertes. Algunos años después pasó de 
20,000, y tubo mayor aumento en lo sucesivo. 

t Hace algunos años que se publicó en Italia una relación descriptiva de 
los montes de Tochtlan, o Tustla, llena de mentiras curiosas, pero demasiado 
absurdas. En ella se hablaba de rios de fuego, de elefantes de piedra, &c. No 
incluyo en los montes volcánicos ni el Juruyo, ni el Mamatombo de Nicaragua, 
ni el f' /Guatemala, porque ninguno de los tres estaba comprendido en los domi- 
nios Megicanos. El de Guatemala arruinó con sus terremotos aquella grande y 
hermosa ciudad, en 29 de Julio de 1773. El Juruyo, situado en el valle de Ureco 
en el reino de Michuacan, no era, antes de 1760, mas que una pequeña colina, 
sobre la cual habia un ingenio de azúcar. Pero el 29 de Setiembre de aquel año 
estalló con furiosos terremotos, que arruinaron el ingenio, y el pueblo inmediato 
de Guacana; y desde entonces no ha cesado de arrojar fuego, y piedras inflama- 
das, con las cuales se han formado tres altos montes, cuya circunferencia era, en 
1766, de cerca de seis millas, según la relación que me comunicó D. Juan 
Manuel de Bustamante, gobernador de aquella provincia, el cual la, habia exami- 
nado por sí mismo. Al estallar el volcan, las cenizas que arrojó llegaron hasta 
Queretaro, ciudad situada a ciento y cincuenta millas del Juruyo ; cosa increíble, 
pero notoria y publica en aquel pueblo, uno de cuyos vecinos me enseño las 
cenizas que habia recogido en un papel. En la ciudad de Valladolid, dista^nte 
sesenta millas, la lluvia de cenizas era tan abundante, que era necesario barrer los 
patios de las casas, dos o tres veces al dia. 



14 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

conoce en aquel pais con el nombre de Sierra Madre, particularmente 
la que pasa por Cinaloa, y Tarahumara, provincias distantes mil y 
doscientas millas de la capital. 

Los montes de Anahuac abundan en venas de toda especie de 
metal, y en infinita variedad de otras producciones fósiles. Los 
antiguos Megicanos sacaban el oro de los paises de los Cohuijques, de 
los Mijteques, de los Zapoteques, y de otros varios puntos. Reco- 
gían comunmente aquel precioso metal en grano, de la arena de los 
ríos, reservando cierta cantidad para la corona. Sacaban la plata de 
las minas de Tlachco, (ya célebres en aquel tiempo) de Tzompanco, y 
otras : mas esta producción no era tan apreciada por ellos, como por 
otras naciones vecinas. Después de la conquista se han descubierto 
tantas minas en aquel pais, que seria imposible numerarlas. Tenian 
dos especies de cobre ; uno duro, de que se servían en lugar de hierro 
para hacer hoces, picas, y toda clase de instrumentos militares y 
rurales, y otro blapdo, con que hacian ollas, copas, y otras vasijas. 
Este metal abundaba principalmente en la provincia de Zacatollan, y 
en la^e los Cohuijques, como actualmente en el reino de Michuacan. 
Sacaban el estaño de las minas de Tlachco, y el plomo de las de 
Izmiquilpan, situadas en el pais de los Otomites. I)el estaño hacian 
moneda, como diremos eu su lugar, y del plomo, sabemos que lo 
vendian en los mercados, pero ignoramos los usos a que lo apli- 
caban. También tenian minas de hierro en Tlajcallan, en Tlachco, y 
en otros lugares : pero o no las descubrieron, o no supieron aprove- 
charse del metal que contenían. En Chilapan habia minas de mercu- 
rio, y en otros puntos las habia de azufre, alumbre, vitriolo, cÜ^^brio, 
ocre, y de una tierra blanca, que tenian en alto aprecio. En cuanto 
al mercurio y al vitriolo, no sabemos de qué les servían ; de los otros- 
metales hacian uso en las pinturas y tintes. Habia entonces, y hai en 
el dia gran abundancia de ámbar y asfalto, o sea betún de Judea, en 
las costas de los dos mares, y de uno y otro pagaban tributo al rei de 
Megico, muchos pueblos de aquel territorio. Engarzaban el ámbar 
en oro, y solo les servia de adorno, y lucimiento. Con el asfalto 
hacian ciertos perfumes, como después veremos. 

Entre las piedras preciosas, se hallaban, y se hallan aun los dia- 
mantes, aunque en pequeña cantidad ; esmeraldas, amatistas, ojos de 
gato, turquesas, cornalinas, y unas piedras verdes, semejantes a las 
esmeraldas, y poco inferiores a ellas. De todas estas preciosidades 
pagaban tributo las provincias de los Mijteques, de los Zapoteques, y 



MONTES, PIEDRAS, Y MINERALES. 16 

de los Cohuijques, en cuyas montañas se hallaban aquellas minas. 
De la abundancia de estas piedras, de la estimación en que las tenían 
los MegicanoS, y de su modo de labrarlas, hablaremos en otro lugar. 
Era mui común el cristal de roca en las montañas inmediatas a la 
costa del golfo Megicano, entre el puerto de la Veracruz, y el rio de 
Coatzacualco, como también en los de Quinantla; las ciudades de 
Tochtepec, de Cuetlachtlan, de Cozamaloapan, y otras, estaban obli- 
gadas a suministrar anualmente una cierta cantidad de aquella pro- 
ducción, para alimentar el lujo de la corte. 

No eran menos abundantes aquellas sierras en piedras utilisimas pa- 
ra la arquitectura, la escultura, y otras artes. Hai canteras de jaspe, 
y de marmol de diversos colores en los montes de Capolalpan, a 
Oriente de Megico ; en las que separan los dos valles de Megico, y 
de Toloccan, llamados hoi Montes de las Cruces, y en los que habita- 
ban los Zapoteques. El alabastro era común en Tecalco (hoi Teca- 
le), lugar inmediato a la provincia de Tepeyacac, y en el pais de los 
Mijteques. En el mismo valle de Megico, y en otros muchos puntos 
del reino, se hallaba la piedra llamada Tetzontli, la cual es por Ir co- 
mún de un color rojo oscuro, durísima, porosa, y ligera, y por unirse 
estrechamente con la cal y la arena, es la que se prefiere en la ciudad 
de Megico para construir las casas, siendo aquel terreno pantanoso, y 
poco firmé. Hai montes enteros de piedra imán, y el mas notable de 
ellos es uno de gran estension, colocado entre Teoitztlan, y Cbilapan, 
en el pais de los Cohuijques. Con la piedra Quetzalitztli, vulgarmen- 
te llamada piedra nefrítica, formaban los Megicanos diversas figuras 
curior -J, de que se conservan muchas en los museos de Europa. El 
Quimaltizatl, que se asemeja a la escayola, es una piedra diafana, 
blanquizca, que se divide fácilmente en hojas sutiles, y calcinada da 
un buen yeso, de que se servían aquellos habitantes para el color blan- 
co de sus pinturas. Hai infinita cantidad de yeso y talco, mas no sabe- 
mos que hiciesen uso de este fósil. El Mezcuitlatl, es decir, estiércol 
de Luna, pertenece a la clase de piedras, que por su resistencia a la 
acción del fuego, recibieron de los químicos el nombre de lapides re- 
fractara. Es transparente, y de un color de oro rogizo. Pero la 
piedra que mas apreciaban los Megicanos, era el Itztli, de que había 
gran abundancia en muchos puntos del imperio. Esta piedra es semi- 
diáfana, de contestara vitrea, y su color es, por lo común, negro : sue- 
le haberla blanca y azul. Con ella hacían espejos, cuchillos, lancetas, 
navajas de afeitar, y aun espadas, como duremos cuando hablemos del 
arte militar. Después de la introducción del Evangelio se hicieron 



16 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

con esta misma piedra aras para los altares, que gozaban de gran 
estima*. 

Plantas notables por sus flores. 
Por abundante y rico que sea el reino mineral en el territorio Me- 
gicano, el vegetal es mucho mas fecundo y variado. £1 célebre Doc- 
tor Hernández, a quien se puede dar el nombre de Plinio de Megico, 
describe en su Historia Natural cerca de mil y doscientas plantas pro- 
pias de aquella tierra ; pero su descripción comprende solo las medici- 
nales, y por consiguiente solo abraza una parte, aunque mui conside- 
rable, de los bienes que ha derramado alli la provida Naturaleza en 
beneficio de los mortales. De las plantas medicinales diremos algo, 
cuando tratemos de la Medicina de los Megicanos. Con respecto a 
las otras clases de vegetales, hai algunos aprapables por sus flores, 
otros por sus frutos, otros por sus hojas, otros por sus raices, otros por 
su tallo, o por su madera ; otros en fin por su goma, aceite, resina, o 
jugof. Entre las infinitas flores que hermosean los prados, y adornan 
los jardines de Megico, hai muchas notables por la singular belleza de 
los colores ; otras por la suavidad de su fragancia; otras por lo es- 
traordinario de su forma. 

El floripundio, que merece el primer lugar por sus grandes dimen- 
siones, es una flor blanca, hermosa, olorosísima, y monopetala ; es de- 
cir, que su corola es de una sola pieza ; pero tan grande, que suele 
^ tener mas de ocho pulgadas de largo, y tres o cuatro de diámetro en 
su parte superior. Estas flores penden en gran numero de las ramas, 
a guisa de campanas, aunque no son perfectamente redondas, V^iJijesto 
que la corola se divide en cinco o seis ángulos, colocados a iguales 
distancias entre sí. La planta es un elegante arbusto, cuyas ramas 
forman una especie de cúpula. El tronco es blando ; las hojas gran- 
des, angulosas, y de un verde pálido. Los frutos son redondos, gran-, 
des como naranjas, y su interior está lleno de almendras. 

El yollojochitl, o flor del corazón, es también de un gran tamaño, 
y no menos apreciable por su hermosura, que por su olor, cuya fuerza 
es tal, que una sola flor basta para perfumar una casa. Tiene muchas 

* En la America Meridional la llaman piedra de pabos. El célebre Mr. Caylus 
en una disertación MS, citada por Mr. Bomare, prueba que la piedra Obsidia- 
na, de que los antiguos hacian los vasos Murriñas, tan estimados, es esta misma 
de que vamos hablando. 

f Adoptamos esta división aunque imperfecta de las plantas, porque nos pare- 
ce la mas cómoda, y la mas conveniente a nuestro proposito. 



pf'16. 




Ch^yf>t¿¿. 



^olojrx/tfY^ 



PXANTAS MEGICAJfíAS 



Tut- pi!rX:Aci¿/-maf;/urjn<lje,': y avMe^io}. 



\ 



PLANTAS NOTABLES. 17 

hojas glutinosas. Las flores son blancas, y sonrosadas o amarillas en 
lo interior, y de tal modo dispuestas, que abiertos y estendidos los 
petalos tienen la figura de estrella ; y cerrados, la de un corazón, do 
donde procede el nombre que se le ha dado. El árbol que las produ- 
ce es mui grande, y sus hojas, largas y ásperas. Hai otra especie de 
jollojochitl, mui oloroso, pero diferente en la forma del anterior. 

El coatzontecojochitl, o flor de cabeza de vivora, es de incompa- 
rable hermosura*. Componese de cinco petalos, morados en la parte 
interior, blancos en medio, y color de rosa en las estremidades ; man- 
chados ademas en toda su ostensión, con puntos blancos y amarillos. 
La planta tiene las hojas semejantes a las del Iris ; pero mas anchas y 
largas. Los tallos son pequeños y delgados. Esta flor era una de 
las que mas apreciaban los Megicanos. 

El ocelojochitl, o flor de tigre, es grande, y compuesta de tres pe- 
talos puntiagudos. Su color es rojo, aunque variado en la parte me- 
dia, con manchas blancas y amarillas, semejantes en su dibujo a las de 
la fiera que le ha dado el nombre. Las hojas se parecen también a 
las del Iris : la raiz es bulbosa. » 

El cacalojochitl, o flor del cuervo, es pequeña, pero olorosísima, 
y manchada de blanco, rojo y amarillo. El árbol que produce estas 
flores, se cubre enteramente de ellas, formando en la estremidad, rami- 
lletes naturales, no menos agradables al olfato, que a la vista. Esta 
producción es comunísima en las tierras calientes. Los Indios la em- 
plean en adornar los altares, y los Españoles hacen con ella conservas 
esquisitas. Es probable que el cacalojochitl es el árbol que Mr. de 
Boraai|^describe bajo el nombre de Frangipanier. 

El izquijochitl es una florecilla blanca semejante a la mosqueta en 
la forma, y en el olor a la rosa cultivada, aunque el suyo es mucho mas 
fragante. Nace en arboles grandes. 

El cempoaljocJiitl, o cempasuchil, como dicen los Españoles, es 
la flor, que transportada a Europa, es conocida en ella con el nombre 
de Clavel de Indias. Es comunísima en Megico, donde también se 

* Mos forma spectabilis, et quam vi¿v quispiam possit e^primere, aut penicillo pro 
dignitate imitari, a Trincipibus Indorum ut naturce miraculum válde expetitus, et in 
magno habitus preño. Hernández, Historia Nat. N. Hispanise, lib. 8, cap. 8. 
Los Académicos Linceos de Roma, que publicaron y comentaron esta Historia de 
Hernández en 1651, y vieron el dibujo de aquella flor, hecho en Megico, con sus 
colores naturales, formaron tal idea de su hermosura, que la adoptaron por em- 
blema de su academia, llamándola flor del Lince. 

TOMO I. C 



18 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

llama flor de los muertos. Tiene muchas variedades, que se diferen- 
cian en el tamaño, en el numero, y en la figura de los petalos. 

La flor que los Megicanos llaman jilojochitl, y los Mijteques, tia- 
ta, se compone de estambres sutiles, iguales, y derechos, pero flexi- 
bles, y de cerca de seis dedos de largo. Nace de ui^ cáliz semiesfe- 
rico, semejante al de la bellota, pero diferente en sustancia, color, y 
tamaño. Algunas de estas hermosas flores son color de rosa; otras 
enteramente blancas. El árbol que las produce es lindísimo. 

El macpaljochitl, o flor de la mano, tiene mucha semejanza con el 
tulipán : pero la figura del pistilo es como el pie de un ave, o mas bien 
como el de un mono, con seis dedos, que terminan en otras tantas 
uñas. La gente vulgar Española del pais da al árbol que produce es- 
tas flores curiosas, el nombre de árbol de las manitas. 

Ademas de estas, y de otras innumerables flores, propias de aquel 
territorio, en cuya cultura se deleitaban los antiguos Megicanos, na- 
cen alli las que se llevaron de Asia y Europa, como los lirios, los jaz- 
mines, los claveles de diversas especies, y otras de varios géneros, 
que^ rivalizan en aquellos jardines con las de su propio suelo. 

Plantas notables por su frutcA 

La tierra de Anahuac debe a las islas Canarias, y a la península 
Española, los melones, las manzanal, los albaricoques, los melocotones, 
los alberchigos, las peras, las granadas, los higos, las ciruelas negras, 
la^ nueces, las almendras, las olivas, las castañas, y las uvas, aunque 
de estas no carecía enteramente aquel pais*. 

En cuanto al coco, a la musa o banana, a la cidra, a la R/^-anja y 
al limón, mi opinión fue al principio, en virtud del testimonio de 
Oviedo, de Hernández, y de Bernal Diaz del Castillo, que los cocos 
se debían a las islas Filipinas, y los otros frutos a las Canarias f : pero 

* Los sitios llamados Parras, y Parral, en la diócesis de la Nueva Biscaya, de- 
ben su nombre a la abundancia de vides que en ellos se encontraron, con las cua- 
les se plantaron muchas viñas, que hoi producen vino bastante bueno. En Mij- 
teca hai dos especies de vides salvages, naturales del pais. La una, semejante en 
los sarmientos y en las hojas a la vid común, da unas uvas rojas, grandes, y cu- 
biertas de piel mui dura, pero de un sabor dulce y agradable. Esta planta se 
mejoraría notablemente, si se cultivase con esmero. La otra especie da un fruto 
grande, duro, y de un sabor asperísimo. Sirve para hacer conservas. 

f Oviedo, en su Historia Natural, asegura que el primero que llevó la musa, 
o banana, de las islas Canarias, a la Española, de donde pasó al continente 
Americano, fue Tr. Tomas Bérlanga, Dominicano, por los años de 1516. Her- 



PLANTAS NOTABLES. 1§ 

sabiendo que hai muchos de distinta opinión, no quiero empeñarme en 
una disputa, que ademas de ser de poco interés, me desviaría 
demasiado del curso de la historia. Lo cierto es que aquellas plantas, 
y todas las que han sido llevadas al territorio Megicano, han prosperado 
en él, y se han multiplicado como en su suelo nativo. El cocotero 
abunda en todas las tierras marítimas. De naranjas hai siete especies 
muí diversas, y cuatro al menos de limones. Otras tantas son las de 
musa, o plátano, como dicen los Españoles*. La mayor que es el 
zdpalote, tiene de quince a veinte pulgadas de largo, y hasta tires 
de diámetro. Es duro y^poco estimado, y solo se come asado o 
cocido. El plátano largo, tiene cuanto mas ocho pulgadas de largo, 
y una y media de diámetro. Su corteza es verde, al principio ; des- 
pués, amarilla, y en su mayor madurez, negra, o negrusca. El fruto 
es sabroso, sano, y se come cocido, o crudo. El guineo es mas 
pequeño que el precedente, pero mas grueso, mas carnudo, mas 
delicioso, y menos saludable. Las fibras que' cubren la pulpa, son 
flatulentas. Esta especie se cultiva en el jardin publico de Bolonia, 
donde yo la he probado ; pero me supo tan desabrída, y poco gustosa, 
sin duda a efecto del clima, que parecía un fruto totalmente diverso 

nandez en el libro 3, cap. 40; de su Historia Natural, hablando de los cocos, dice : 
Nascitur passim «pud Orientales, et jam quoque apud Occidentales Indos. Bemal 
Díaz, en la Historia de la Conquista, cap. 17, dice que, él mismo sembró en 
Coatzacualco siete u ocho pepitas de naranja. Estos, añade, fueron los primeros 
naranjos que se plantaron en la Nueva España. En cuanto a la musa, se debe 
creer que de las cuatro especies que nacen en Megico, una sola, la llamada 
Guinea,^ exótica. 

* Los antiguos no desconocieron enteramente el genero Mitsa. Plinio, citando 
la descripción que dieron los soldados de Alejandro el Grande, de todo lo que 
vieron en las Indias, dice : Major et alia garbos) pomo et suavitate prcecellentior^ 
quo sapientes Indorum vivnnt. Folium avium alas imitatur, longitudine cubitorum 
tríum, latitttdine duum. Fructum cortice emittit admirabilem succi dulcedine, ut uno 
quaternos satiet. Arbori nomen pal<s, pomo anienee. Hist. Nat. lib. 12, cap. 6. 
Ademas de estos pormenores, que tanto convienen a la musa de Megico, hai una 
circunstancia mui notable, a saber, que el nombre Palan, dado a la musa en 
aquellos tiempos remotos, se conserva hasta ahora en el Malabar, como lo testi- 
fica Garcia del Huerto, que residió alli muchos años. Podria sospecharse que 
del nombre Palan, se derivó el de plátano, que tan mal conviene a aquel fruto. 
El nombre de Bananas, que le dan los Franceses, es el que tiene en Guinea, y el 
de Musa, que le dan los Italianos, es de origen Árabe. Algunos lo llaman fruta 
del Paraíso, y no falta quien crea que fue en efecto el que hizo prevaricar a 
nuestros primeros padres, 

c2 



20 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

del Megicano. El Dominico es el mas pequeño, pero también es el 
mas delicado. La planta es también menor que las otras. Hai en 
aquel pais bosques enteros y mui estendidos, no solo de plátanos, sino 
de naranjos y limoneros, y en Michuac^n se hace un gran comercio 
de plátano seco, que es mucho mejor que la pasa y el higo. 

Las frutas indudablemente indígenas de aquel pais, son el ananas, 
que por parecerse en la forma esterior a la pina, fue llamada asi por 
los Españoles ; el mamey, la chirimoya*, el anona, la cabeza de negro, 
el zapote negro, el chicozapote, el zapote blanco, el amarillo, el de 
Santo Domingo, el aguacate, la guayaba, el capulino, la guava, o 
cuajinicuil, la pitahaya, la papaya, la guanábana, la nuez encarce- 
lada, las ciruelas, los piñones, los dátiles, el cayote, el tilapo, el 060, 
o hobo, el nanche, el cacahuate, y otras, cuya enumeración no puede 
ser mui interesante a los lectores estrangeros. La descripción de estas 
frutas se halla en las obras de Oviedo, de Acosta, de Hernández, de 
Laet, de Nieremberg, de Marcgrave, de Pisón, de Barrero, de Sloane, 
de Ximenez, de Ulloa, y de otros muchos naturalistas : asi que solo 
hablaré de algunas que no son mui conocidas en Europa. 

Todas las frutas Megicanas, comprendidas bajo el nombre genérico 
de tzapotl, son redondas, o se acercan a esta figura, y todas tienen 
dura la pepita f. El zapote negro tiene la corteza verde, delicada, 
lisa, tierna, y la pulpa negra, carnuda, de sabor dulce, y a primera 
vista se parece a la casia;]:. Los huesos que están dentro de la pulpa 
son chatos, negruscos, y de un tercio de pulgada de largo. Es per- 
fectamente esférico, y su diámetro es de una y media, a cuatro o cinco 

* Algunos escritores Europeos de las cosas de America confunden la chirimota, 
con la anona, y con la guanábana ; pero estas tres son especies diferentes, aunque 
entre las dos primeras hai alguna semejanza. Tampoco debe confundirse el 
ananas con la anona, que difieren tanto entre si, como el pepino, y el melón, 
Mr. de Bomare, por el contrario, hace dos frutos distintos de la chirimoya, y de 
la cherimolia, siendo asi que este ultimo nombre es una corrupción del primero. 
El ate, que algunos consideran como fruto enteramente diverso de la chirimoya, 
no es mas que una de sus especies. 

f Las frutas, comprendidas por los Megicanos bajo el nombre de Tzapotl, son 
el mamei tetzontzapotl, la chirimoya matzapotl, el anona quauhtzapotl, el zapote 
negro tUlzapotl, &c. 

X Gemelli dice que el zapote negro tiene el sabor de la casia: mas este es un 
error. También dice que esta fruta verde es venenosa para los peces ; es parti- 
cular que un estrangero que residió diez meses en Megico sea el único que haga 
mención de esta circunstancia. 



' PLANTAS NOTABLES. iM. 

pulgadas. El árbol es mediano ; mui cargado de hojas, y estas son 
pequeñas. La pulpa, en helados, o cocida con azúcar y canela, es de 
un sabor delicadisimo. 

El zapote blanco, que por su virtud narcótica fue llamado en el 
antiguo Megico cocJiitzapotl, se asemeja algún tanto al negro en 
el tamaño, en la figura, y en el color de la corteza, aunque la del 
blanco es de un verde mas claro: pero la pulpa de este es mucho mas 
blanca y sabrosa que la de aquel. El hueso, que se cree venenoso, es 
grande, redondo, duro, y blanco. El árbol es frondoso; mas alto que 
el del negro, y las hojas son también mayores. Ademas el negro es 
propio de los climas calientes, y el blanco de los frios y templados. 

El chicozapote (llamado por los Megicanos chictzapotl), es de 
figura casi o enteramente esférica, y tiene una y media o dos pulga- 
das de diámetro. La corteza es blanquizca; la pulpa blanca, con 
visos de color de rosa ; los huesos, duros, negros, y puntiagudos. De 
esta fruta, cuando está verde, se saca una leche glutinosa, y fácil dte 
condensarse. Los Megicanos llaman a esta sustancia chictli, y los 
Españoles chicle. Suelen masticarla los niños y las mugeres, ^ en 
Colima se hacen con ella pequeñas estatuas y figuras curiosas*. El 
chicozapote, cuando está en su madurez, es fruta de las mas esqui- 
sitas, y según muchos Europeos, superior a todas las del antiguo 
mundo. El árbol es de mediana altura ; su madera bastante buena 
para construcción; las hojas son redondas, y semejantes a las del 
naranjo en color y consistencia. Nace sin cultivo en las tierras ca- 
lientes, y en algunas provincias forma bosques enteros que cubren 
espacilÉ de diez y doce millas f. 

El capolino, o capulin, como lo llaman los Españoles, es la cereza 
de Megico. El árbol se parece mucho al cerezo de Europa; y la 
fruta a la cereza, en hueso, color, y tamaño, pero no en sabor. 

El nanche es un fruto pequeño, redondo, amarillo, aromático, y 
sabroso. Sus granos son pequeñisimos. La planta nace en los paises 
calientes. 

El cayote es un fruto redondo, y semejante a la castaña, en el herizo 

* Gemelli dice que el chicle es una composición artificial ; no siendo otra 
cosa que la leche del fruto condensada al aire, 

t Tomas Gages, dice entre otras grandes mentiras, que en el jardín de San 
Jacinto (hospicio de los dominicos de Filipinas, situado en un arrabal de Megico, 
donde él residió algunos meses,) habia arboles de esta especie. Es un error, 
porque la planta del chicozapote no se da en el valle de Megico, ni en ningún píds 
en que yela. 



22 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

en que está envuelto ; aunque el del cayote es mucho mayor, y de un 
verde mas oscuro que el de la castaña. La pulpa es blanca con visos 
verdes, y en medio tiene un hueso grande y blanco, semejante a la 
pulpa en la sustancia. Se come cocido, con el hueso. La planta es. 
delicada, y la raíz es también buena de comer. 

La nuez encarcelada, es llamada vulgarmente asi, por estar envuelta 
en una cascara durísima. Es mas pequeña que la nuez común, y en 
la forma se parece a la moscada. La cascara es lisa, y la almendra 
no tan abundante ni tan gustosa como la Europea. Esta se ha 
multiplicado mucho en Megico, donde no es menos común que en 
Europa*. 

La planta llamada en el pais tlalcacahuatl, y por los Españoles 
cacahuate, es una de las producciones mas estraordinarias de aquella 
tierra. Es yerva abundante en hojas y raices. Las florecillas son 
blancas, pero no dan fruto. Este no nace en las ramas ni en los 
tallos, como sucede en los otros vegetales, si no junto a los filamentos 
de las raices, en una vaina blanca, o blanquizca^ larga, redonda, y arru- 
gada, como se ve en la estampa adjunta. Cada vaina tiene dos, tres, o 
cuatro cacahuates, cuya figura es semejante a la del piñón ; pero son 
mucho mayores que estos, y mas gruesos. Cada uno se compone de 
muchos granos con dos lóbulos cada uno, y su punto germinante. 
Son de buen sabor, pero no se comen crudos, si no un poco tostados. 
Si se tuestan mas, adquieren un olor, y un sabor tan semejantes al 
cafe, que es mui dificil distinguirlos de este. Con los cacahuates se 
hace un aceite, que no es de mal gusto; pero que se cree dañoso, por 
ser mui calido. Produce este aceite una luz hermosa, per&; lue se 
apaga con facilidad.' Esta planta prosperaría sin duda en los paises 
meridionales de Europa. Se siembra por Marzo y Abril, y la cosecha 
se hace en Octubre y Noviembre. 

Hai otros muchos frutos, que omito por no parecer difuso ; pero 
no puedo dejar de hacer mención del cacao, de la vainilla, de la 
chia, del chile, o pimiento, del tomate, de la pimienta de Tahasco, 
del algodón, y de las legumbres de que mas uso hacían los Megi- 
canos. 

El Dr. Hernández habla de cuatro especies de cacao, nombre que 
sé deriva del Megicano cacahuatl. El tlalcacahuatl, el mas pe- 

* Hablamos aqui tan solo de la nuez encarcelada del Imperio Megicano. La 
del Nuevo Megico es mayor, y de mejor sabor que la común de Europa, según 
me ha asegurado persona fidedigna. Quizas esta especie es la misma que se co- 
liocc en la Luisiana con el nombre de pacam o pacana. 



PLANTAS NOTABLES. 28 

quefio de todos, era el que mas usaban los Megicanos en su choco- 
late, y en otras bebidas que tomaban diariamente. Las otras espe- 
cies les servían de moneda. Esta era una de las plantas mas culti- 
vadas en las tierras calientes de aquel reino, y por ella pagaban 
grandes tributos a la corona de Megico muchas provincias, especial- 
mente la de Joconochco, cuyo cacao es exelente, y superior no solo 
al de Caracas, si no también al de la Magdalena. La descripción 
de esta célebre planta y de su cultura, se halla en las obras de mu- 
chos escritores de todas las naciones cultas de Europa. 

La vainilla, tan conocida y usada en Europa, nace sin cultivo en 
las tierras calientes. Los antiguos Megicanos la usaban en el choco- 
late, y en otras bebidas que hacian con cacao. 

La chia es la peqUyeña semilla de una planta hermosa, cuyo tallo 
es derecho y cuadrangular. Las ramas estau simétricamente distri- 
buidas, según los ángulos del tronco. La flor es azul. '^Hai dos es- 
pecies de chia: una, negra y pequeña, de que se saca un aceite 
útilísimo para la pintura ; y otra blanca y grande, de que se hace 
una bebida que sirve de refresco. De una y otra hacian los Megi- 
canos otros usos, como después veremos. 

Del chile, de que los Megicanos se servían como los Europeos 
de la sal, hai a lo menos once especies diferentes en el tamaño, en 
la figura, y en la fuerza del picante. Los mas pequeños y acres, 
son el quauhchilli, que es fruto de un arbusto, y el chiltecpin. Las 
especies de tomates son seis, todas diferentes en tamaño, color, y 
sabor. La mayor, que es e\ gictomatl, o gitomate, como dicen los 
Espilles, es ya muí común en Europa. El miltomatl es mas pe- 
queño que el anterior, verde, y perfectamente redondo. Cuando 
hablemos de las comidas de los Megicanos, indicaremos el uso que 
hacian de aquella producción. 

'Ea\ jocojochitl, vulgarmente conocido con el nombre de pimienta 
de Tahasco, por ser mui abundante en aquella provincia, es un grano 
mayor que la pimienta de Malabar. El árbol que lo produce es 
corpulento : las hojas tienen el color y el lustre como las del naranjo ; 
las flores son rojas, algo parecidas en la forma a las del granado, y 
exalan un olor suavísimo, de que participan las ramas. El fruto es 
redondo, y nace en racimos, verdes al principio, y después casi 
negros. Esta pimienta de que hacian uso los Megicanos, puede 
suplir la falta de la común del Malabar. 

El algodón era por su utilidad una de las producciones mas abun- 



24 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

dantes de aquel pais. Servíanse de ella en lugar de lino*, aunque 
no carecían de esta planta, y de sus filamentos se vestían la mayor 
parte de los habitantes de Anahuac. Lo haí blanco, y dorado, que se 
llama comunmente coyote. Es planta común en las tierra^ calientes, 
pero mucho mas cultivada en los tiempos antiguos que en los modernos. 

El fruto del achiote, servia antiguamente para los tintes, como 
sucede en los tiempt)s presentes. Con la corteza del árbol, se hacían 
cuerdas, y de la leña se sacaba fuego, por medio de la fricción, como 
acostumbraban los antiguos pastores de Europa. Esta planta se 
halla bien descrita en el Diccionario de Mr. de Bomare. 

En cuanto a granos y legumbres, casi todos los que se cultivan en 
Europa, han prosperado en el terreno de Megico, cuando han hallado 
un suelo convenientef. 

El principal, y mas útil de los granos, es el maíz, llamado por los 
Megicanos tlaolli, del cual hai muchas especies diferentes en tamaño, 
color, peso y sabor. Lo bal grande, pequeño, blanco, amarillo, 
azulado, n^orado, rojo, y negro. Con él hacían los Megicanos el 
pan, (.y otras comidas, de que después hablaremos. El maíz pasó de 
America a España, y de aqui a otros paises de Europa, con gran 
ventaja de los pobres : aunque no faltan autores modernos que ase- 
guran que esta útil producción pasó de Europa al nuevo mundo : idea 
de las mas estravagantes y absurdas que pueden presentarse a la 
imaginación de un hombre :|:. 

* Hallóse el lino, en gran abundancia, y de exelente calidad, en Michuacan, 
en el Nuevo Megico, y en Quivita : pero no sabemos que lo cultivasen ni se 
sirviesen de él los pueblos antiguos Megicanos. La corte de España, nb'lciosa 
de los terrenos que se prestan al cultivo de esta planta, envió por los años de 
1778, a aquellos paises, doce familias de la vega de Granada, afin de que pro- 
moviesen un ramo tan importante de Agricultura. 

•f" El Dr. Hernández, en su Historia Natural de Megico, describe la especie 
de trigo que se halló en Michuacan, y pondera su prodigiosa fecundidad ; pero 
los antiguos no quisieron o no supieron emplearlo ; prefiriendo el maíz, como lo 
hacen también los modernos. El primero que sembró trigo de Europa en 
aquella tierra, fue un moro esclavo de Hernán Cortés, habiendo encontrado tres 
o cuatro granos d^tro de un saco de arroz, de la provisión de los soldados 
Españoles. 

X Estas son las palabras de Mr. de Bomare, en su Diccionario de Historia 
Natural, articulo bled de Turquie . On donnait h cette plante curíeme ei utile le 
nom de bled d'Inde, purceqiC elle tire son orígine des Indes, d'oü elle fut portee en 
Turquie, et de Ib, dans toutes les autres parties de VEurope, de VAfrique, et de 
VAmerique. El nombre de granó de Turquía que se le da en Italia sera sin duda 



PLANTAS NOTABLES. , 25 

La legumbre mas apreciada de los Megicanos era la ju^lia, o ha- 
bichuela, de la cual hai mayor numero de variedades que del maiz. 
La mayor es la llamada ayacotli, que es del tamaño de una haba, y 
nace de una hermosa flor encarnada : pero es mucho mas estimada 
otra que tiene los granos pequeños, negros, y pesados. Esta legum- 
bre, poco usada en Europa,^ porque aqui es de mal sabor, es tan es- 
quisita en Megico, que no solo sirve de alimento a la gente pobre, 
sino de regalo a la nobleza Española. 

Plantas notables por sus raices, hojas, tallo, y madera. 

De las plantas preciosas por sus raices, hojas, tallo, y madera, 
tenian muchas los Megicanos, de las cuales algunas les servían de 
alimento, como ]a jicama, el camote, el liuacamote, el cacomite, y. 
otras muchas ; otras les suministraban hilos para sus ropas y cuerdas, 
como el iczotl, y muchas especies de meíl, o maguei ; otras enfin les 
servían para los edificios, y otras trabajos, como el cedro, el pino, 
el ciprés, el abeto, y el ébano. 

La jicama, que los Megicanos llaman cazotl, es una raiz (fe la 
figura y tamaño de una cebolla. Es blanca, compacta, fresca, jugosa, 
y de buen sabor. Se come siempre cruda. 

El camote es otra raiz, comunísima en toda aquella tierra. La hai 
de tres especies; blanca, amarilla, y morada. Los camotes son de 
buen gusto, especialmente los de Queretaro, que gozan de gran esti- 
mación en todo el imperio. 

El cacomite es la raiz de la planta que da la flor del tigre, de que 
ya he^s hablado. El liuacamote es la raiz dulce de una especie de 
yuca*=, y se come cocida. La papa, raiz transplantada a Europa, y 
muí apreciada en Irlanda y en Suecia, entra en el numero de los 
vegetales que pasaron a Megico de la America Meridional, su pais 
nativo, como de la España y de las islas Canarias, pasaron los nabos, 
los rábanos, las zanahorias, los ajos, las lechugas, las coles, y otras 
plantas de esta especie. Cortés en sus cartas a Carlos V, asegura 
haber visto cebollas en el mercado de Megico, asi que no se necesi- 

la única razón que haya tenido el autor para adoptar un error tan contrario al 
testimonio de todos los que han escrito sobre cosas de America, y a la opinión 
general de las naciones. Los Españoles de España y de America le han dado el 
nombre de maíz, palabra de la lengua Híútiana, que era la que se hablaba en la 
isla de Santo Domingo. 

* La yuca es la planta con cuya raiz se hace el pan de casave en muchas 
partes de America. 



96 4 HISTORIA ANTIGUA DE MBGICO. 

taba que fuesen de Europa. Ademas que el nombre de jonacatl 
que dan a la cebolla, y el áejonacatepec, que era el de un pueblo 
que existia en tiempo de los reyes Megicanos, manifiestan que la 
planta era mui antigua en aquellos países, y no introducida después 
de la conquista. 

El maguei, llamado por los Megicanos metí, pita por los Espa- 
ñoles, y aloe Americano por algunos autores, a causa de su gran 
semejanza con el verdadero aloe, es de las plantas mas comunes y 
mas útiles de Megico. El Dr. Hernández describe hasta diez y 
nueve especies de maguei, aun mas diversas en la sustancia interior, 
que en la forma y color de sus hojas. En el libro vii de nuestra 
historia tendremos ocasión de esponer las grandes ventajas que los 
Megicanos sacaban de esta planta, y los inmensos provechos que ha 
dado a los Españoles. 

El iczotl es una especie de palma de monte, y mui alta, cuyo 
tronco por lo común es doble. Sus ramas tienen la figura de un 
abanico, y sus hojas, las de una espada. Sus flores son blancas y 
oloiljsas ; con ellas hacen una buena conserva los Españoles : el fruto 
se parece al de la banana, pero no da provecho alguno. De las hojas 
se hacian antiguamente, y se hacen hoi dia, buenas esteras, y los Me- 
gicanos sacaban de ellas hilo para sus manufacturas. 

No es esta la única palma de aquellos países. Ademas de la palma 
real, superior a las otras por la belleza de su follage, tienen el coco- 
tero, la palma de dátiles, y otras dignas de atención*. 

El quauhcoyolli es palma de mediana altura, cuyo tronco es inac- 
cesible a los cuadrúpedos, por estar armado de espinas largas,^!oiertes, 
y agudísimas. Las ramas tienen la forma de un gracioso penacho, 
del que penden grandes racimos de frutos redondos, del tamaño de la 
nuez común, y como estas, compuestas de cuatro partes distintas ; a 
saber, la corteza, verde al principio, y después parda; una pulpa 
amarilla, tenazmente unida a la cascara; una cascara redonda y durí- 
sima, y dentro de esta, una medula, o almendra blanca. 

La palma ijhuatl es mas pequeña, y no tiene mas de seis o siete 
ramos ; porque cuando nace uno, se seca otro de los antiguos. Con 
sus hojas se hacian antes espuertas y esteras, y hoi se hacen sombre- 
ros, y otros utensilios. La corteza, hasta la profundidad de tres 

* Ademas de la palma de dátiles propia de aquel país, nace también en él la 
de Berbería. Los dátiles se venden, por el mtís de Junio, en los mercados de 
Megico, de la Puebla de los Angeles, y de otras ciudades : pero apesar de su 
sabor dulce, uo son mui apreciados. 



PLANTAS NOTABLES. . 87 

dedos, no es mas que un conjunto de membranas, de cerca de un pie 
de largo, sutiles, y flexibles, pero mui fuertes, y unidas muchas de 
ellas, sirven de colchón a los pobres. 

También pertenece a la clase de las pequeñas, la palma teoiczotl. 
La medula de su tronco, que es de una contestura blanda, está envuelta 
en hojas de una sustancia particular, redondas, gruesas, blancas, lisas, 
y lustrosas, y que parecen otras tantas conchas, dispuestas unas sobre 
otras. Los Indios se servian de ellas antiguamente, y aun se sirven 
hoi dia, para adornar los arcos de foUage que erigen en sus fiestas. 

Hai otra palma que da los cocos de aceite, llamados asi, porque de 
ellos se saca un aceite de buena calidad. El coco de aceite es una 
nuez semejante en el tapiaño y en la figura a la moscada ; dentro 
tiene una almendra blanca, oleosa, buena de comer, y cubierta de una 
pelicula sutil y morada. E! aceite despide un olor suave ; pero se 
condensa con facilidad, y entonces queda convertido en una masa 
espesa, y blanca como la nieve. 

En la exelencia, variedad, y abundancia de maderas, aquel pais no 
cede a ningún otro : porque como en su estension se hallan todJs los 
climas, también se hallan todos los arboles que en ellos prosperan. 
Ademas de las encinas, robles, abetos, pinos, cipreses, hayas, olmos, 
nogales, y alamos, y otros muchos arboles de Europa, hai bosques 
enteros de cedros y ébanos, que eran los dos arboles mas apreciados 
en la antigüedad por sus maderas ; y ademas, abundan el agalloco, o 
madera de aloe, en la Mijteca ; el tapinzeran, en Michuacan ; la 
caoba en Chiapan ; el palo gateado en Zoncoliuhcan (hoi Zongo- 
lica) 'j0i\ camote en las montañas de Tezcoco ; el granadillo, o ébano 
rojo, en la Mixteca, y otros puntos ; el mizquitl, o acacia verdadera, 
el tepehuajin, el copte, eljabin, el guayacan, o leño santo, el aya- 
quahuitl, el oyametl, el zopilote, y otras innumerables maderas, 
apreciables por su incorruptibilidad, por su dureza y gravedad*, por 
la facilidad con que se prestan al trabajo, por la belleza de sus colores, 
y por la fragancia que despiden. El»camoíe es de un hermoso color 
morado, y el granadillo de un rojo oscuro : pero aun son mas bellos 
el palo gateado, la caoba, y el tzopiloquahuitl, o madera de zopilote. 

* Plinio, en su Historia Natural, lib. 16, cap. .4, indica tan solo cuatro géneros 
de madera de mayor gravedad especifica que el agua. En Megico hai otras 
muchas que se sumergen en aquel liquido, como el guayacan, el tapinzeran, 
eljabin. &c. El quiebra-hacha es también de este numero, y se llama asi porque 
mui frecuentemente rompe los instrumentos de hierro con que se trabaja. 



28 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

La dureza del guayacan es conocida en Europa; pero no le cede 
el jabin. El aloe de la Mijteca, aunque diferente del agalloco de 
Levante, según la descripción que dan de este Garcia del Huerto, y 
otros autores, es notable por el suavisimo olor que exala, especial- 
mente cuando está reciencortado. Hai también en aquel pais uu 
árbol cuya madera es preciosa, pero de naturaleza tan maligna que 
ocasiona hinchazón en el escroto al que indiscretamente la maneja, 
cuando está reciencortada. El nombre que le dan en Michuacan, y 
del cual no puedo acordarme, espresa aquella maléfica virtud. No he 
sido testigo de ello, ni tampoco he visto el árbol ; pero lo supe, cuando 
fui a Michuacan, de persona fidedigna. 

El Dr. Hernández describe en su Historia Natural cerca de cien 
especies de arboles; pero habiendo dedicado, principalmente sus 
estudios, como ya hemos dicho, a las plantas medicínales, omite la 
mayor parte de los que produce aquel hermoso terreno, y especial- 
mente los mas notables por su tamaño, y por lo apreciable de su 
madera. Hai algunos de tan estraordinarias dimensiones, que no son 
infeifvíores a los que Plinio cita como milagros de la naturaleza. 

El Padre Acosta hace mención de un cedro qye existía en Atla- 
cuechahuayan, pueblo distante nueve millas de Antequera, o sea 
Oajaca, cuyo tronco tenia de circunferencia diez y seis brazas; es 
decir, mas de ochenta y dos pies de París, y yo he visto en una casa 
de campo, una higa de la misma madera, que tenia de largo ciento y 
veinte pies Castellanos, o ciento siete de París. En muchas casas de 
la capital, y de otras ciudades del país, se ven enormes mesas de 
cedro, de una sola pieza. En el valle de Atlixco se conservaVdavia 
un abeto antiquísimo, y tan grande, que en la cavidad formada por 
los rayos en su tronco, caben catorce hombres a caballo *. Mayor idea 
dará de su amplitud, un testimonio tan respetable como el del Exmo^ 
Sr. D. Francisco Lorenzana, arzobispo que fue de Megico, y hoi de 
Toledo. Este prelado, en sus anotaciones a las cartas de Cortés a 
Carlos V, impresas en Megico q1 año de 1770, asegura que habiendo 

* El nombre Megicano de este árbol es ahuehuetl, y los Españoles del pais lo 
llaman ahuehuete : pero los que quieren hablar con pureza Castellana, le dan 
el nombre de sabino, en lo que se engañan, pues no pertenece a esta especie, aun- 
que se le parece mucho, como lo demuestra, el Dr. Hernández en el lib. 3, 
cap. 66, de la Historia Natural. Yo he visto el abeto de Atlijco en el transito 
que hice por aquella ciudad en 1756, pero no bastante de cerca para poder 
formar idea de sus dimensiones. / 



PLANTAS ÚTILES. W 

ido él mismo a observar aquel famoso árbol, en compañía del arzobispo 
de Guatemala, y del obispo de la Puebla de los Angeles, hizo entrar 
cien muchachos en su cavidad. 

Pueden compararse con este abeto, las ceibas que yo he visto en la 
provincia marítima de Jicayan. La amplitud de estos arboles es pro- 
porcionada a su portentosa elevación, y es delicíosisímo su aspecto, 
cuando están cubiertos de nuevo foUage, y cargados de fruta, dentro 
de la cual hai una especie de algodón blanco, sutil, y delicadísimo. 
Con esta hilaza podrían hacerse, y se han hecho en efecto, tegídos tan 
finos y suaves, y aun quizas mas que los de seda*; pero no se hila 
con facilidad, por ser muí cortos los filamentos ; ademas que se saca- 
ría poca ventaja de esta manufactura, siendo de poca duración el 
tegido. El algodón de esta fruta se usa en almohadas y colchones, 
los que tienen la singular propiedad de esponjarse estraordinariamente 
con el calor del sol. 

Entre otros muchos arboles dignos de atención por su singularidad, 
y que mé veo precisado a omitir, no debo sin embargo pasar en 
silencio cierta especie de higuera bravia, que nace en tierral de 
Cohuijchi, y en otros puntos del reino. Es árbol grueso, elevado, 
frondoso, semejante en sus hojas y frutos a la higuera común. De sus 
ramas, que se estienden orizontalmente, nacen ciertos filamentos que 
penden acia la tierra, progresivamente creciendo, y engruesando, hasta 
que introducidos en ella, se arraigan, y forman otros tantos troncos ; 
asi que un árbol solo basta para formar una selvaf. El fruto de este 
árbol es inútil : pero la madera es de buena calidad. 

Plantas útiles por su resina, goma, aceite, o jugo. 
La tierra de Anahuac es fecundísima en vegetales útiles por la re- 
sina, goma, aceite, o jugo que de ellos mana. 



* Mr. de Bomare dice que los Africanos hacen del hilo de la ceiba, el tafetán 
vegetal, tan raro, y tan estimado en Europa. No es estrauo que escasee tanto la 
tela, siendo tan difícil elaborarla. El nombre ceiba viene, como otros muchos de 
los que se usan en Megico, de la lengua que se hablaba en la isla de Haiti. Los 
Megicanos lo llaman pochotl, y muchos Españoles, pochote. En África se llama 
benten. La ceiba, según el mismo autor, es el árbol mas alto de los conocidos. 

t Hacen mención de esta higuera, el Padre Andrés Pérez de Ribas, en la 
Historia de las misiones de Cinaloa, y Mr. de Bomare en su Diccionario, llaman- 
dolo Figuier des Indes, Grand Figuier, y Figuier admirable. Los historiadores de 
la India Oriental describen otro árbol semejante a este, que se halla en aquellas 
regiones. 



30 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

El huitzilogitl, que destila el famoso balsamo, es un árbol de me- 
diana elevación. Sus hojas son semejantes a las del almendro, aun- 
que algo mayores. La madera es rogiza y olorosa ; la corteza ceni- 
cienta, pero cubierta de una película del color, de la madera. Las 
flores, que son de un color pálido, nacen en las estremidades de las 
ramas. La simiente es pequeña, blanquizca, y encorvada, y pende de 
un filamento delgado, y de media pulgada de largo. En cualquier 
parte que se haga una incisión, especialmente después de llover, se ve 
manar aquella esquisita resina, tan apreciada en Europa, y que en 
nada cede al famoso balsamo de Palestina*. El de Megico es de un 
rojo negruzco, o de un blanco amarillento ; el sabor es acre, y amargo, 
y el olor intenso, pero sumamente agradable. El árbol del balsamo 
68 común en las provincias de Panuco, y de Chiapan, y en otras 
tierras calientes. Los reyes Megicanos lo hicieron transplantar al 
célebre jardin de Huajtepec, donde prendió felizmente, y de alli se 
propagó en todas aquellas montanas. Algunos Indios para sacar mas 
cantidad de balsamo, queman las ramas del árbol, después de hacer la 
incis(on. Como estas preciosas plantas son mui comunes en aquellos 
paises, no se curan de la perdida de algunas de ellas, por tal de no 
aguardar la destilación, que suele ser lenta. Los antiguos Megicanos 
no solo sacaban el opobalsamo, o lagrima destilada del tronco ; mas 
también el gilobalsamo, por la decocción de las ramas f. 

Del kuaconej, y de la maripenda% sacaban también un aceite 
semejante al balsamo. £1 huaconej es un árbol de mediana altura, y 
de madera dura y aromática, que se conserva sin alterarse muchos 
años, aunque esté metido en tierra. Sus hojas son pequeñas,V;jCj^ama- 
rillas ; las flores pequeñas también, y blanquizcas ; y el fruto, seme- 
jante al del laurel. Se sacaba por destilación el aceite, de la cor- 
teza, haciéndola pedazos antes, teniéndola tres dias en agua natural, 
y secándola al sol. De las hojas se sacaba otro aceite de buen olor. 
La maripenda es un arbusto, con hojas lanceoladas ; el fruto es 

• El primer balsamo que se llevó de Megico a Roma, se vendió a cien ducados 
la onza, como lo testifica el Dr. Monardes, en su Historia de los simples medi- 
cinales de America. La silla Apostólica declaró que esta sustancia era materia 
idónea para el crisma, aunque diferente del balsamo de Palestina. 

t Sírcase tambiendel fruto del huitzilogitl un aceite, semejante en olor y sabor, 
al de almendras, pero mas acre, y de. olor mas fuerte. Es mui útil en la 
medicina. 

X Los nombres huaconej y maripenda no son Megicanos : sino adoptados por 
los autores que han descrito las plantas de aquellos paises. 



PLANTAS ÚTILES. 31 

semejante a la uva, y viene en racimos, verdes al principio, y des- 
pués rojos. E! aceite se sacaba cociendo Jas ramas con mezcla de 
alguna fruta. 

E\ jochiocotzotl, vulgarmente llamado liquidambar, es el estoraque 
liquido de los Megicanos. Es árbol grande (y no arbusto, como 
dice Pluche) ; las hojas, parecidas a las del acebo, son dentadas, dis- 
puestas de tres en tres, blanquizcas de^ un lado, y oscuras del otro. 
El fruto es espinoso y polígono, con la supeVficie negra, y los ángulos 
amarillos. La corteza del árbol es en parte verde, y en parte leo- 
nada. Del tronco sale por incisión aquella preciosa resina que los 
Españoles llamaron liquidambar, y el aceite del mismo nombre, que 
es aun Éuas oloroso, y apreciable. También se hace el liquidambar con 
la decocción de las hojas, mas este es inferior al que procede de la 
destilación. 

El nombre Megicano copalli, es genérico y común a todas las 
resinas ; pero se aplica especialmente a las que se usan como in- 
cienso. Hai hasta diez especies de arboles que dan esta especie de 
resina, y, se diferencian tanto en el nombre, como en la forma d^ las 
hojas, y del fruto, y en la calidad de aquel producto. El copal, lla- 
mado asi por antonomasia, es una resina blanca, y transparente, que 
sale de un árbol grande, cuyas hojas se parecen a las de la encina, 
aunque son mayores que estas ; el fruto es redondo, y rogizo. Esta 
resina es bien conocida en Europa con el nombre de goma copal, y 
se emplea en la medicina, y en hacer barnices. Los antiguos Megi- 
canos la usaban principalmente en el incienso, de que se servían ya 
en el Oj^to religioso de sus Ídolos, ya en obsequio de los embajadores, 
y otras personas de alta gerarquia. Hoi lo consumen en grandes 
cantidades, para el culto del verdadero Dios, y de sus santos. El 
tecopalli, o tepecopalli, es otra resina semejante en olor, color, y 
sabor al incienso de Arabia. El árbol que la destila es de mediana 
elevación ; nace en los montes ; su fruto es una especie de bellota, 
que contiene un piñón, bañado de una especie de mucilago, o saliva 
viscosa, y dentro del piñón hai una almendrilla, que se emplea util- 
mente en la medicina. Todos estos arboles, y otros de la misma 
especie, en cuya descripción no puedo detenerme, son propios de las 
tierras calientes. 

La car aña*, y la tecamaca, resinas bien conocidas en el comercio 

* Los Megicanos dieron al árbol de la caraña el nombre de tlahueliloca- 
quahuitl, es decir, árbol de la malignidad ; porque creían supersticiosamente que 



32 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

de Europa, salen de dos arboles Megicanos, altos y corpulentos. El 
árbol de la caraña tiene el tronco leonado, liso, brillante, y oloroso, y 
las hojas, aunque redondas, parecidas en su contestura a las del olivo. 
El árbol de la tecamaca tiene las hojas anchas y dentadas ; el fruto 
rojo, redondo, pequeño, y pendiente de la estremidad de las ramas. 
Uno y otro son de las tierras calientes. 

El mizquitl, o mezquite, como dicen los Españoles, es una espe- 
cie de acacia verdadera, y la goma que destila, es la verdadera goma 
Arábica, como aseguran el Dr. Hernández, y otros doctos Naturalis- 
tas. Es arbusto espinoso ; sus ramas están dispuestas con mucha 
irregularidad ; las hojas son tenues, sutiles, semejantes a las plumas 
de las aves, y dispuestas de dos en dos en las ramas, una en frente de 
otra. Los frutos sou dulces y sabrosos, y en ellos se contiene la 
semilla, con la cual los salvages Cbichimecos hacian una pasta que 
les servia de pan. Su madera es durisima, y pesada. Estos arboles 
son tan comunes en el territorio de Megico, y sobre todo en los 
países templados, como las encinas en Europa''^. 

I4Q laca, o goma laca (como dicen los boticarios) corre con tanta 
abundancia de un árbol semejante al mezquite, que llega a cubrir ente- 
ramente sus ramas f. Este árbol es de mediana áitura ; el tronco es 

lo tenían en horror los espiritua maligno», y que era un preservativo eficaz contra 
los hechices. Tecamaca viene del tecomacihiyac de los Megicanos. 

* Hai en Michuacan una especie de mezquite o acacia, que no tiene espinas, 
y cuyas hojas son mas sutiles que las del mezquite común : por lo demás se le 
parece en todo. 

f García del Huerto, en la Historia de los símpleis de la India, asegA^r con el 
apoyo de algunos hombres prácticos del país, que la laca es producto del trabajo 
de cierta clase de hormiga». Esta opinión ha sido adoptada por muchos autores, 
y Mr. de Domare le hace el honor de creerla demostrada : pero, en primer lugar, 
todas estas ponderadas demostraciones no son mas que indiciíjs equívocos y 
congeturas falaces ; como lo echará de ver el que lea atentamente los indicados 
autores. 2. De todos los naturalistas que han escrito sobre la laca, el único que 
la ha visto en el árbol, es el Dr. Hernández, y este docto y sincero escritor ase- 
gura que la laca es una verdadera resina, destilada del árbol que los Megicanos 
llaman tzinacancuitlaquahuitl, y rebate, como preocupación vulgar, la opinión 
contraría. 3. El país en que abunda la laca es la fértilísima provincia de los 
Tlahuiques, en que todas las frutas se dan admirablemente, y de donde salen en 
grandes cantidades, para abastecer los mercados de la 'capital. Y cierto que no 
podría hacerse tan gran cosecha de frutas, si hubiese en aquel país la cantidad 
inmensa de hormigas que sería necesaria para fabricar la laca que cubre los 
arboles de aquella especie, que son allí comunísimos. 4. Sí la laca es obra de 
las hormigas, < porque la fabrican en aquellos arboles, y no en los de otra es- 



PLANTAS ÚTILES. 33 

rogizo, y abunda en las provincias de los Cohuijqaes, y de los Tlahui- 
ques. 

La sangre de drago sale de un árbol grande, cuyas hojas son 
ancbas, y angulosas. Este árbol nace en los montes de Quaub- 
chinanco, y en los de los Cohuijques. Los Megicanos llaman al jugo 
ezpatli, es decir, medicina sanguínea, y al árbol, ezquahuitl, o árbol 
de sangre. Hai otro del mismo nombre en los montes de Quauh- 
nahuac, que se le parece mucho: pero tiene las hojas redondas y 
ásperas, la corteza áspera también, y la raiz olorosa. 

La resina elástica, llamada por los Megicanos olin, o oli, y por los 
Españoles del pais, ule, sale del olquahuitl, árbol elevado, de tronco 
liso, y amarillento. Sus hojas son grandes ; las flores, blancas ; y el 
fruto amarillo, redondo, y anguloso. Dentro se encuentran unas al- 
mendras del tamaño de avellanas, blancas, pero cubiertas de una 
película amarilla. La almendra es de sabor amargo, y el fruto nace 
siempre pegado a la corteza. El ule cuando sale del árbol, es blanco, 
liquido, y viscoso : después amarillea, y finalmente toma un color de 
plomo negruzco, que conserva siempre. Los que lo recogen, \<9 dan 
por medio de moldes, la forma conveniente al uso a que lo destinan. 
Esta resina, cuando está condensada, es la sustancia mas elástica de 
todas las conocidas. Con ella hacían los Megicanos balones, que 
aunque mas pesados que los de aire, tienen mas ligereza y bote. 
Hoi ademas de este uso, lo emplean en sombreros, zapatos, y otros 
obgetos, impenetrables al agua. Derretido al fuego, el ule da un 
aceite medicinal. El árbol nace en las tierras calientes, como en las 
de Il^lapan y Mecatlan, y es mui común en Guatemala. En 
Michuacan hai un árbol llamado tarantaca por los Tarasques, que 
es de la misma especie que el olquahuitl ; pero se diferencia en las 
hojas. 

El quauJijiotl es un árbol mediano, cuyas hojas son redondas, y la 
corteza rogiza. Hai dos especies subalternas de este vegetal ; la una 
da una goma blanca, que puesta en agua, la tiñe de un color de 
leche : la otra destila una goma rogiza, y ambas sustancias son reme- 
dios eficaces de la disenteria. 

En esta clase de plantas deben colocarse por el aceite que pro- 
ducen, el abeto, la higuerilla (planta semejante a la higuera) el 
ocote, y una especie de pino oloroso ; el brasil, el campeche, el añil, y 

pecie? Los Megicanos llamaban a la laca estiércol de murciélago por no sé qiiQ 
analogía que hallaban entre aquellos dos obgetos, 

TOMO I. P 



34 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

otros, por sus jugos : pero estas producciones son mui conocidas en 
Europa, y en adelante tendremos ocasión de hablar de ellas. 

Lo poco que hemos dicho acerca del reino vegetal de Anahuac, 
aviva el sentimiento que esperimeutamos al ver tan descuidadas y 
perdidas las nociones exactas de Historia Natural, que en tan alto 
grado poseían los antiguos Megicanos. Sabemos que aquellos 
bosques, montes, y valles están cubiertos de infinitos vegetales útilísi- 
mos y preciosos, sin haber quien se digne aplicarse a estudiarlos, 
y describirlos. ¿ No es doloroso que de los inmensos tesoros 
sacados de aquellas riquísimas minas en el espacio de dos si- 
glos y medio, no se haya dedicado una parte a fundar academias de 
naturalistas, que siguiendo los pasos del ilustre Hernández, puedan 
descubrir en bien de la sociedad los dones inapreciables, derramados 
alli tan liberalmente por la mano del Criador ? 

Cuadrúpedos del territorio de Megico. 

El reino animal do Anahuac no es menos desconocido que el vege- 
tal, •'"a pesar de la diligencia con que el Dr. Hernández se aplicó a su 
estudio. La dificultad de distinguir las especies, y la impropiedad de 
la nomenclatura dada por analogía hacen difícil y escabrosa la historia 
de los animales. Los primeros Españoles, mas prácticos en el arte 
de la guerra, que en el estudio de la naturaleza, en lugar de conser- 
var, como hubieran debido hacerlo, los nombres que los Megicanos 
daban a sus animales, llamaron tigres, lobos, osos, leones, perros, &c. 
a muchos animales de especies diferentes, guiados por la semejanza 
del color de la piel, o por algún otro rasgo esterior, o por la íX,;^formi- 
dad de ciertas operaciones y propiedades. Yo no pretendo reformar 
sus errores, sino dar a mis lectores alguna idea de los cuadrúpedos, 
aves, reptiles, peces, e insectos, que se mantienen en la tierra, y en 
las aguas de Anahuac. 

Entre los cuadrúpedos los hai antiguos y modernos. Estos, que son 
los que se transportaron de Canarias y de Europa, en el siglo xvi, son 
los caballos, los asnos, los toros, los carneros, las cabras, los puercos, los 
perros, y los gatos, todos los cuales se han multiplicado alli, como lo haré 
ver en las disertaciones, rebatiendo algunos filósofos modernos, que 
se han empeñado en probar la degradación de todos los cuadrúpedos 
en el nuevo mundo. 

De los cuadrúpedos antiguos, es decir, de aquellos que de tiempo 
inmemorial se crian en aquella tierra, unos eran comunes a los dos 



tlTADRITPEBOS MEGKANOS 




Tu/ff líf^^/rano. 



T?acoreh)tí. 





l^KítroesjJÍn- Jíf(/uyuw. 



J/zfuói tej^otzot/i . 




<<«- 



CUADRÚPEDOS. 35 

continentes ; otros, solo propios del nuevo mundo, pero comunes a 
Megico y a otros paises de America ; otros enfin esclusivamente pecu- 
liares de Megico. 

Los cuadrúpedos antiguos comunes a Megico y al antiguo conti- 
nente son los leones, los tigres, los gatos monteses, los osos, los lobos, 
los zorros, los ciervos, comunes y blancos*, los gamos, las cabras 
monteses, las fainas, las martas, las ardillas, las polatucas, los cone- 
jos, las liebr.es, los lirones, y los ratones. El conde de Buffon niega 
que hubiese en America leones, tigres, y conejos : pero como su opi- 
nión se funda en la pretendida imposibilidad del paso de los animales 
Europeos de las tierras calidas al nuevo continente, lo que yo procuro 
impugnar en mis disertaciones, no necesito interrumpir aqui el hilo de 
mi historia, para ocuparme ele este punto. 

El mixtli de los Megicanos es el león sin melena, de que hace 
mención Pliniof, enteramente diverso del león Africano, y el ocelotl 
no se distingue del tigre de África, como lo testifica el Dr. Hernández, 
que conocía unos y otros. El tochtli de Megico es el mismo conejo 
del antiguo continente, y tan antiguo cuando menos en aquellos p.^ses 
como el calendario Megicano, en el cual la imagen del conejo era el 
primer simbolo del año. Los gatos monteses, que son mayores que 
los domésticos, son muí feroces y temibles. Los osos son enteramen- 
te negros, y mas corpulentos que los que se ven en Italia, y vienen de 
los Alpes. Las liebres se distinguen de las de Europa por tener las 
orejas mas largas, y los lobos por tener mas voluminosa la cabeza. 
Estas dos especies son abundantes en aquella tierra. Damos el nom- 
bre áe.'ji^latuca, come lo hace el conde de Buffon, al quimichpatlan, 
o ratón volante de los Megicanos. Convienele el nombre de ratón, 
porque se asemeja a este en la cabeza, aunque la tiene mayor ; y el 
de volante, porque teniendo eu su estado natural prolongada y floja la 
piel del vientre, cuando quiere dar un salto violento de un árbol a otro, 
la estiende con los pies, y se sirve de ella a guisa de alas. El vulgo de 
Españoles confunde este cuadrúpedo con la ardilla ; pero son ciertamen- 

* Los ciervos blancos, sean o no de la misma especie que los comunes, son 
propios de los dos continentes. Fueron conocidos de los Griegos, y de los Ro- 
manos. Los Megicanos llamaban al ciervo blanco, rei de los ciervos. El conde 
de Bufibn piensa que la blancura de estos animales es efecto de la esclavitud : pe- 
ro el hecho de hallarse ciervos blancos en los montes de Megico, desmiente esta 
opinión. 

f Plinio distingue las dos especies de león, con melena, y sin melena, y men- 
ciona el numero de los de cada especie, que Pompeyo presentó en los jue- 
gos de Roma. 

D 2 



36 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

te dos animales diversos. Las ratas fueron llevadas a Megico en bu- 
ques Europeos ; no asi los ratones, que siempre fueron conocidos por 
los Megicanos con el nombre de quimichin, el cual daban también 
metafóricamente a los espias. 

Los cuadrúpedos comunes a Megico, y a los otros paises del nuevo 
mundo, son el coyametl, el epatl, algunas especies de monos, el ayo- 
tochtli, el aztacojotl, el tlacuatzin, el techichi, el tlalmototli, el te- 
challotl, el amiztli, el mapach, y el danta*. 

El coyametl, que los españoles llaman javali, por su semejanza con 
este animal, se llama en otros paises de America pecar, saino, y ta- 
yassu. La glándula, que tiene en una cavidad de la espalda, de que 
destila abundantemente un liquido fétido y espeso, indujo a los prime- 
ros escritores de America a creer que en America habia puercos que 
tenian en aquella parte el ombligo ; y aun hai todavia quien asi lo 
crea, aunque hace dos siglos que se ha destruido aquel error por la 
anatomia. ¡ Tan difícil es combatir las preocupaciones populares ! 
La carne del coyametl es buena de comer ; pero inmediatamente que 
se ii.ata es necesario cortar la glándula, y lavar todo el liquido que de 
ella ha salido ; pues de lo contrario infestaria toda la carne. 

El epatl, llamado zorrillo por los Españoles, es menos conocido por 
la hermosura de su piel, que por la insufrible fetidez que arroja cuan- 
do lo persiguen los cazadores f. 

* Muchos autores numeran entre los anímales de Megico al paco, o camero 
peruano, al huanaco, a la vicuña, y al perezoso : pero todos estos cuadrúpedos 
son propios de la America Meridional, y ninguno de ellos lo es de la Septentrio- 
nal. Es cierto que el Dr. Hernández hace mención del paco entre los Wadrupe- 
dos de Megico, da su dibujo, y adopta el nombre Megicano pelonichcatl ; pero 
lo hizo con referencia a algunos individuos llevados del Perú, a los que dieron 
aquel nombre los Megicanos, como describe también los de la misma especie lle- 
vados a Filipinas. Lo cierto es que estos animales no son indígenas de Megico, 
ni se encuentran en ningún otro pais^e la America Septentrional ; sino que al- 
gunos individuos han sido llevados alli como obgetos de curiosidad, del mismo 
modo que se han traido a Europa. 

f Buffon numera cuatro especies de epatl, bajo el nombre genérico de mou- 
ffetes. Dice que las dos primeras, que él llama coato, yconepata, son déla America 
Septentrional, y el chincho, y el zorrillo, que son las otras dos, de la America Me- 
ridional. No creo que sean cuatro especies diferentes, sino cuatro razas de una 
misma. Los nombres que dan los Megicanos a las dos primeras son izipñepatl, 
y conepatl; las cuales solo se diferencian en el tamaño y el color. El nombre de 
coaso o squass, que el viagero Dampierre dice ser común en Megico, no se ha 
oido jamas en aquellos paises. Los Indios de Yucatán, que fue donde estubo 
Dampierre, dan a aquel cuadrúpedo el nombre de pai. 



CUADRÚPEDOS. 37 

El tlacuatzin, que en otros países se llama churcha, sarigua, u 
opossum, ha sido descrito por muchos autores, y es célebre por el saco 
de piel que la hembra tiene en el vientre, y que le coge desde el 
principio del estomago hasta el orificio del útero ; el cual le cubre las 
tetas, y tiene enmedio una abertura, por la que mete a los hijos, des- 
pués de haberlos parido, para tenerlos bien custodiados. Cuando an- 
da, o salta por las paredes, estiende la piel, y cierra la abertura, a fin 
de que no puedan escaparse los cachorros. Pero cuando quiere echar- 
los fuera, a fin de que coman, y volver aguardarlos, para darles de ma- 
mar, o preservarlos de algún peligro, afloja la piel, y abre la boca del 
saco, imitando la preñez cuando lleva en él a los hijos, y el parto, 
cuando les da salida. Este curioso cuadrúpedo es el eslerminio de 
los gallineros. 

El ayotochtli, llamado por los Españoles armadillo, u encubertado, 
y por otras naciones tatú, es conocido en Europa por las planchas 
oseosas que le cubren la espalda, y que se parecen a la antigua arma- 
dura de los caballos. Los Megicanos le dieron aquel nombre por la 
semejanza, aunque imperfecta, que tiene con el conejo, cuando descu- 
bre la cabeza, y con la calabaza, cuando la oculta en las conchas*: 
.• ^ . 

pero a ningún animal se parece tanto como a la tortuga, aunque se di- 
ferencia de esta en algunas cosas. Podría llamarse cuadrúpedo tes- 
taceo. Este animal no puede huir de los cazadores, cuando lo persi- 
guen en una llanura ; pero si es en los montes, donde por lo común 
habita, si halla cerca algún declive, se encoge, se hace una bola, y 
echándose a rodar por la pendiente, deja burlado al cazador. 

W^chichi, que también se llamaba aleo, era un cuadrúpedo de 
Megico, y de otros paises de America que por ser de la figura de per- 
ro, fue llamado asi por los Españoles. Era de un aspecto melancóli- 
co, y enteramente mudo, de donde tomó origen la fábula de que los 
perros del mundo antiguo enmudecen, cuando son transportados al 
nuevo. Los Megicanos comian la carne del techichi, y si hemos de 
dar fe a los Españoles que también la comian, era gustosa y nutritiva. 
Los Españoles, después de la conquista de Megico, no teniendo toda- 
vía rebaños de ninguna especie, haciau la provisión para sos buques 

* Ayotochtli es palabra compuesta de ayotli, calabaza, y de tochtli,- conejo. 
Buflfon numera ocho especies de este animal, bajo el nombre de tatous, dividién- 
dolas según el numero de escamas mobiles que los cubren; No puedo decir 
cuantas especies hai en Megico, puesto que he visto pocos individuos, y ,no pen- 
sando entonces escribir sobre este asunto, no me tomé el trabajo de contar las es- 
camas, ni creo que se haya ocurrido a nadie este pensamiento. 



38 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

con carne de estos cuadnipedos, y asi estínguieron mui en breve la 
raza, aunque era mui numerosa. 

El tlalmototli, o ardilla de tierra, llamado ardilla Suiza por BuíFon, 
es semejante a la verdadera, en los ojos, en la cola, en la ligereza, y 
en todos sus movimientos : pero se diferencia de ella en el color, en 
el tamaño, en la habitación, y en algunas propiedades. El pelo del 
vientre es blanco, y el del resto del cuerpo, blanco, manchado de gris. 
Su tamaño es doble del de la ardilla común, y no habita como esta 
en los arboles, sino en los agugeros que labra en la tierra, o entre las 
piedras de las tapias de los sembrados, en los que hace muchos estra- 
gos, por la gran cantidad de grano que consume. Muerde furiosa- 
mente a quien se le arrima, y no es posible domesticarlo; pero tiene 
elegancia en las formas, y gracia en los movimientos. Esta especie 
es mui numerosa ; sobre todo en el reino de Michuacan. El techa- 
llotl solo se distingue del animal que acabamos de describir, en tener 
mas pequeña, y menos peluda la cola. 

El amiztli, o león acuático, es un cuadrúpedo anfibio que habita 
en I^ orillas del mar Pacifico, y en algunos ríos de aquellos paises. 
El cuerpo tiene tres pies de largo, y la cola, dos. Tiene el hocico 
largo, las piernas cortas, las uñas encorvadas. La piel es mui esti- 
mada por el pelo que la cubre, que es largo, y suave. 

El mapach de los Megicanos, es, según el conde de Bufibn, el 
mismo cuadrúpedo llamado ratton en la Jamaica. El Megicauo 
tiene la cabeza negra, el hocico largo y sutil, como el del galgo, las 
orejas pequeñas, el cuerpo voluminoso, el pelo variado de negro y 
blanco, la cola larga, y peluda, y cinco dedos en cada pie. ^Sobre 
cada ojo tiene una mancha blanca, y se sirve de las piernas delante- 
ras» como la ardilla, para llevar a la boca lo que quiere comer. Ali- 
mentase indiferentemente de granos, de frutas, de insectos, de lagar- 
tijas, y de sangre de gallinas. Domesticase fácilmente, y es bastante 
gracioso en sus juegos: pero es traidor, como la ardilla, y suele 
morder a su amo. 

La danta, o anta, o beori, o tapir (que estos nombres se le da 
en diferentes paises), es el cuadrúpedo mas corpulento, de cuantos 
hai en el territorio Megicano*, y el que mas se acerca al hipopótamo, 
no solo en el tamaño, sino en algunos rasgos y propiedades. La 

* La danta es mucho menor que el tlacajohtl descrito por el Dr. Hernández, 
pero no sabemos que haya existido jamas este gran cuadrúpedo en el suelo 
Mejicano. Lo mismo debe decirse del ciervo del Nuevo Medico, y del bisonte, 
que son mayores que la danta. Véase la disertación iv de esta obra. 



CUADRÚPEDOS. 39 

danta es del tamaño de una muía mediana. Tiene el cuerpo algo 
encorvado como el puerco ; la cabeza gruesa y larga, con un apén- 
dice en la piel del labio superior, que estiende o encoge, a su arbi- 
trio ; los ojos chicos, las orejas chicas y redondas, las piernas cortas, 
los pies delanteros con cuatro uñas, los traseros con tres, la cola corta 
y piramidal, la piel gruesa y cubierta de un pelo espeso, que en la edad 
madura, es de un color oscuro. La dentadura, compuesta de veinte 
dientes molares, y otros tantos incisivos, es tan fuerte y penetrante, y 
sus mordeduras son tan terribles, que se le ha visto, como lo asegura 
el historiador Oviedo, que fue testigo ocular, arrancar de una den- 
tellada a un perro de caza, uno o dos palmos de pellejo, y a otro un 
muslo y una pierna. Su carne es buena de comer* ; la piel flexible, 
y al mismo tiempo tan fuerte, que resiste no solo a las flechas, sino a 
las balas de fusil. Este cuadrúpedo habita los bosques solitarios de 
las tierras calientes, y las inmediaciones de algún rio o lago, pues 
vive tanto en el agua como en la tierra. 

Todas las especies de monos, propios de aquel pais, se comprenden 
por los Megicanos, bajo el nombre general de ozomatli. Los hai de 
varios tamaños y formas ; pequeños, y éstraordinariamente graciosos ; 
medianos, graneles, fuertes, feroces, y bravos, y estos se llaman 
zambos. Los hai, que cuando están erguidos sobre las pierna^, al- 
canzan la estatura del hombre. Entre los medianos, hai algunos 
que por tener la cabeza semejante a la del perro, pertenecen a la 
clase de los cinocéfalos f, aunque todos ellos tienen cola. 

En cuanto a los hormigueros, tan singulares por la enorme longitud 
del l^co, la estrechez de la garganta, y la desmesurada dimensión 
de la lengua, de que se sirven para sacar las hormigas de los hormi- 
gueros, que es la circunstancia a que deben el nombre, nunca los he 
visto en aquellos paises, ni sé que existan en ellos : pero creo que 
pertenece a la misma especie el aztacoyotl, o sea, coyote hormi- 
guero, mencionado aunque no descrito por el Dr. Hernández J. 

* Oviedo dice que las piernas de la danta son mui sabrosas, con tal que estén 
veinticuatro horas continuas al fuego. 

f El cinocéfalo del antiguo continente no tiene cola, y habiéndose encon- 
trado en el nuevo mundo monos con cola, y cabeza de perro, Mr. Brisson, en la 
clasificación que hace de los monos, da acertadamente a los de esta clase el 
nombre de cinocéfalos cercopiteques, y distingue dos especies. Buffon omite 
esta, en las diferentes que describe. 

X El oso hormiguero descrito porOviqdo es diferente áe\ fourmilier de Buffon; 
pues aunque uno y otro se alimentan de hormigas, y tienen desmesurados hocico 



40 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

Los cuadrúpedos peculiares de la tierra de Anahuac, cuya especie 
no se encuentra en la America Meridional, ni en otros paises españoles 
del Norte del nuevo mundo, son el coyotl, el tlalcoyotl, el joloitz- 
cuintli, el tepeitzcuintli, el itzcuintepotzotli, el ocotochtli, el coyo- 
polín, la tuza, el ahuitzotl, el huitztlacuatzin, y otros que nos son 
desconocidos. 

El coyotl, o coyote, como dicen los Españoles, es una fiera seme- 
jante al lobo en la voracidad, a la zorra en la astucia, al perro en la 
forma, y en otras propiedades al adive, y al chacal: por lo que algu- 
nos escritores Megicanos lo han numerado entre varias de aquellas 
especies ; pero es indudable que se diferencia de todas ellas, como lo 
haremos ver en las disertaciones. Es mas pequeño que el lobo ; del 
tamaño de un mastín, pero mas enjuto. Tiene los ojos amarillos y 
penetrantes ; las orejas pequeñas, puntiagudas, y derechas ; el hocico 
negruzco ; las piernas fuertes, y los pies armados de uñas gruesas y 
curvas ; la cola gruesa y peluda, y la piel manchada de negro, pardo, 
y blanco. Su voz participa del ahullido del lobo, y del ladrido del 
perro. El coyote es de los cuadrúpedos mas comunes en Megico*, 
y de los mas perniciosos a los rebaños. Ataca una manada entera, y 
si no encuentra un cordero se apodera de una oveja por el pescuezo, 
carga con ella, y golpeándola con la cola, la lleva donde quiere. 
Persigue a los ciervos, y suele acometer también a los hombres. 
Cuando.huye, no hace mas que trotar ; pero su trote es tan rápido y 
veloz, que apenas puede seguirlo un caballo a carrera tendida. El 
cuetlachcoyotl, me parece de la mbma especie que el coyote, del que 
solo se distingue en tener el cuello mas grueso, y el pelo se^ajante 
al del lobo. 

El tlalcoyotl, o tlalcoyote, es del tamaño de un perro mediano, 
pero mas grueso, y a mi entender el cuadrúpedo mas corpulento de 
cuantos viven en agugeros subterráneos. Se parece algún tanto al 
gato en la cabeza, y al león en el color, y en lo largo del pelo. 
Tiene la cola larga y peluda ; se alimenta de gallinas, y de otros 
animales pequeños que caza en la oscuridad de la noche. 

El itzcuintepotzotli, el tepeitzcuintli, y el joloitzcuintli eran tres 

y lengua, el de Buffon tiene una cola muí larga, y el de Oviedo carece absolu- 
tamente de cola. Es inui curiosa la descripción que hace Oviedo del modo que 
estos anímales tienen de cazar hormigas. 

* Ni BufFon ni Bomare hacen mención del coyote siendo una de las fieras mas 
copaunes del territorio de Megico, y apesar de estar descrita por el Dr. Her- 
nández, cuya Historia Natural citan con frecuencia aquellos dos escritores. 



CÜADRÜPKDOS. 41 

especies de cuadrúpedos, semejantes al perro. El primero, cuyo 
nombre significa, perro jorobado, era del tamaño de un perro maltes, 
y tenia la piel manchada de blanco, leonado, y negro. La cabeza era 
pequeña, con respecto al cuerpo, y parecía unida intimamente a este, 
por ser el pescuezo grueso, y corto. Tenia la mirada suave, las 
orejas bajas, la nariz con una prominencia considerable enmédio, y la 
cola tan pequeña que apenas le llegaba a media pierna : pero lo mas 
singular en él, era una joroba que le cogia desde el cuello hasta el 
cuarto trasero. El pais.en que ma^ abundaba este cuadrúpedo era el 
reino de Michuacan, donde se llamaba ahora. El tepeitzcuintli, 
esto es, perro montaraz, es una fiera tan pequeña, que no exede el 
tamaño de un cachorro ; pero tan atrevida, que acomete a los ciervos, 
y tal vez los mata. Tiene el pelo largo, larga también la cola, el 
cuerpo negro, y la cabeza, el cuello, y el pecho, blancos*. El Jolo- 
itzcuintli, es mayor que los dos precedentes, pues en algunos indi- 
viduos el cuerpo tiene cuatro pies de largo. Tiene las orejas dere- 
chas, el cuello grueso, y la cola larga. Lo mas singular de este 
animal es estar enteramente privado de pelo ; pues solo tiene f^bre 
el hocico algunas cerdas largas, y retorcidas. Todo su cuerpo está 
cubierto de una piel lisa, blanda, de color de ceniza, pero manchada 
en parte de negro y leonado. Estas tres especies de cuadrúpedos 
están estinguidas, o cuando mas solo se conservan de ellas algunos 
individuos f. 

El ocotochtli, según la descripción del Dr. Hernández, parece per- 
tenecer a la especie de gatos monteses, pero aquel escritor le atribuye 
cualidjlles que parecen fabulosas; no porque haya tenido intención 
de engañar a sus lectores, sino quizas por demasiada confianza en los 
informes que recogió. Dice en efecto que cuando este animal se apo- 
dera de alguna presa, la cubre con hojas, y sube a un árbol inmediato, 
y con sus ahuUidos convida a otras fieras a que coman de ella, y él co- 

* Buffon cree que el tepeitzcuintli no es otro que el glotón. En las diserta- 
ciones combatimos esta idea. 

t Juan Fabri, académico Linceo, publicó en Roma una larga y erudita diser- 
tación, en que trató de probar que el Joloitzcuintli es el mismo animal que el 
lobo de Megico. Se dejó engañar por el retrato de aquel cuadrúpedo, que con 
otras pinturas envió a Roma el Dr. Hernández : pero si hubiera leido la descrip- 
ción dada por este docto naturalista en el libro de los cuadrúpedos de Megico, 
' se hubiera ahorrado el trabajo de escribir aquella obra, y los gastos de su im- 
presión. Buflfon abrazó el error de Fabri. Véase lo que sobre esto digo en las 
disertaciones. 



42 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

me lo que estas han dejado ; por ser tan enérgico el veneno de su 
lengua, que inficionaría con él la presa, y moririan todas las otras fie- 
ras que de ella comiesen después. Todavía se oye esta fábula en bo- 
ca de las gentes del vulgo. 

El coyopollin es un cuadrúpedo del tamaño de una rata, pero tie- 
ne la cola mas larga que esta, y de ella se sirve como de una mano. 
En el hocico y las orejas se parece al puerco. Las orejas son trans- 
parentes ; las piernas y los pies blancos; el vientre de un blanco 
amarillento. Habita y cria sus hijos en las ramas de los arboles. 
Cuando los hijos tienen miedo se abrazan estrechamente con la madre. 

El tozan, o tuza, que es el topo de Megico, es un cuadrúpedo de 
buenas proporciones, y de siete a ocho pulgadas de largo. El hocico 
es semejante al de la rata ; las orejas pequeñas y redondas, y la cola 
corta. Tiene la boca armada de dientes fuertisimos, y los pies de uñas 
duras y encorvadas, con las cuales escava la tierra, y labra los aguge- 
ros en que habita. Es animal pcmiciosisimo a los campos por el grano 
que destruye, y a los caminos, por los agugeros que en ellos forma, 
porqne cuando, a efecto de su poca vista, no encuentra uno, labra 
otro, multiplicando asi la incomodidad y el riesgo de los que viajan a 
caballo. Escava la tierra con las piernas delanteras, y con dos dientes 
caninos, que tiene en la mandíbula superior, y que son mayores que 
los otros. La tierra que saca, la guarda en dos bolsas membranosas, 
que tiene detras de las orejas, y armadas de los músculos necesarios 
para contraerlas y dilatarlas. Cuando estas membranas están llenas, 
las descarga, sacudiéndolas con las piernas delanteras, y vuelve a con- 
tinuar su operación. Esta especie es abundantísima, pero no níl^cuer- 
do de haberla visto en los países en que haí ardillas de tierra. 

El ahuizotl es un cuadrúpedo anfibio, que vive por lo común en los 
ríos de los países calientes. El cuerpo tiene un pie de largo ; el ho- 
cico es largo, y agudo, y la cola grande. Tiene la piel manchada de 
negro y pardo. 

El huitztlacuatzin es el puerco espin de Megico. Es del tamaño de 
un^perro mediano, al que se asemeja también en el rostro, aunque tie- 
ne el hocico aplastado. Tiene los pies y las piernas gruesas, y la cola 
proporcionada al tamaño del cuerpo. Todo este, exepto el vientre, 
la parte posterior de la cola, y lo interior de las piernas, está armado 
de espinas huecas, agudas, y de cuatro dedos de largo. En el hocico 
y en la frente tiene cerdas largas y derechas, que se alzan sobre la ca- 
beza formando una especie de penacho. La piel entre las espinas está 



AVES. .>..... 4g 

cubierta de un pelo negro y suave al tacto. No come mas que 
frutas*. 

El cacomiztle es un cuadrúpedo mui semejante a la fuina en sus 
principales hábitos. Tiene el tamaño y la forma de un gato común : 
pero el cuerpo es mas grueso, el pelo mas largo, la pierna mas corta, 
y el aspecto mas selvático y feroz. Su voz es un grito agudisimo. Se 
alimenta de gallinas, y de otros animales pequeños. Habita y cria a 
sus hijos en los rincones menos frecuentados de las casas. De dia ve 
poco, y solo sale de su escondite por la noche, para buscar que comer. 
Tanto el cacomiztle como el tlacuatzin se suelen hallar en las casas 
de la capital f. 

Ademas de estos cuadrúpedos habia otros en el territorio Megicano, 
que no sé si deban numerarse entre los animales propios de aquel 
pais, o si entre los comunes a otros paises americanos, como el itzcuin- 
cuani, esto es, comedor de perros, el tlalmiztli, o león pequeño, y el 
tlalocelotl, o pequeño tigre. De los otros, que aunque no pertene- 
cían a Megico, se hallaban en otros paises de la America Septentrio- 
nal conquistados por los Españoles, haremos mención en la% di- 
sertaciones. 

Aves del territorio Megicano. 

La enumeración y descripción de las aves de Anahuac presentan 
aun mas dificultades que las de los cuadrúpedos. Su abundancia, su 
variedad, y su exelencia dieron motivo a que algunos escritores dige- 
sen que Megico es el reino dé los pájaros, como África es el de las fie- 
ras. }|j^r. Hernández en su Historia Natural describe mas de dos- 
cientas especies propias de aquel pais, y omite muchas dignas de me- 
moria, como el cuitlacochi, la zacua, y el madrugador. Me limitaré 
a indicar algunas clases, añadiendo ciertas particularidades que les son 
propias. Entre las aves de rapiña hai muchas especies de águilas, 

* Buflfoa dice que el huitztlacuatzin es el coendú de la Guinea ; pero este es 
carnívoro, y aquel frugívoro. El cuadrúpedo Africano no tiene el penacho que se 
nota en el de Megico, &c. 

t No sé el verdadero nombre Megicano del cacomiztle, y adopto el que le dan 
en aquel país los Españoles. El Dr. Hernández no hace mención de este ani- 
mal. Es cierto que describe otro con el nombre de cacamiztli : pero este es sin 
duda un yerro de imprenta, o de los Académicos Romanos que cuidaron de la 
edición de Hernández, puesto que debe escribirse zacamiztli. Ahora bien, este 
cuadrúpedo es de Panuco, y el cacomiztle de Megico. El zacamiztle habita en el 
campo, y el cacomiztle en las casas de la ciudad. El zacamiztli tiene una braza 
castellana de largo, y el cacomiztle es mas pequeño. 



44 HISTORIA ANTIGUA DE MBGIGO. 

halcones, y gavilanes. El citado naturalista^da a estos pájaros la pre- 
fencia con respecto a los de Europa. Por la notoria exelencia de los 
halcones Megicanos, mandó Felipe II, rei de España, que cada año 
se llevasen ciento a su corte, Entre las águilas de mayor tamaño, la 
mas heriposa y celebrada es la que se llama en el pais itzquauhtli, la 
cual no solo caza pájaros grandes y liebres, sino que también ataca las 
fieras y los hombres. 

Los cuervos del pais, llamados por los Megicanos cacalotl, no se 
emplean en limpiar los campos, de insectos y de inmundicias, como 
hacen en otros paises, si no mas bien en robar el grano de las espigas. 
Los que realmente limpian los campos, son los zopilotes, conocidos 
en la America Meridional con el nombre de gallinazos, en otros con 
el de auras, y en otros en fin, con el impropisimo de cuervos*. Hai 
dos especies diferentes de estos pájaros, la del zopilote propio, y la 
del cozcaquauhtli. Uno y otro son mayores que el cuervo, y con- 
vienen entre si en tener encorvados el pico y las uñas, y en la cabeza, 
en lugar de plumas, una menbrana lisa, con algunos pelos rizados. 
Ele^pnse en el vuelo a tal altura, que con ser tan grandes desaparecen 
enteramente de la vista, y especialmente cuando sobreviene una tem- 
pestad de granizo, pues entonces giran en gran niimero debajo de la 
nube, hasta que se pierden en la lejania. Alimentanse con carne de 
animales muertos, cuyos cadáveres descubren desde la mayor altura 
con sus «jos perspicaces, o con su finísimo olfato, y bajan formando 
con vuelo magestuoso una linea espiral hasta el objeto en que quieren 
cebarse. Uno y otro son casi mudos. Las diferencias que se en- 
cuentran entre ellos consisten en el tamaño, en el color, en elSjíjraero, 
y algunas propiedades. Los zopilotes tienen las plumas negras ; la 
cabeza, el pico, y los pies, pardos. Vuelan a bandadas, y pasan 
juntos la noche sobre los arboles f. Su especie es mui numerosa, y 
común a todos los climas. La especie del cozcaquauhtli es escasa y 

* El mismo Dr. Hernández no tubo dificultad en hacer del zopilote una 
especie de cuervo ; pero son grandes las diferencias que separan estas aves en el 
tamaño, en la forma de la cabeza, en el ^^elo, y en la voz. Mr, de Domare dice 
que el aura y el cosquauth de Megico es el tzopilot de los Indios, pero los dos 
nombres cozcaquauhtli, y tzopilotl son Megicanos, y fueron adoptados por los 
Indios no para significar un solo pajaro, si no dos distintos. En algunas partes 
se da- a una especie el nombre de aura, y a otra el de zopilote, o gallinazo. 

f Los zopilotes desmienten la regla general de Plinio en el lib. 9, capit. 19, 
uncos ungues habentia omnino non congregantur et sibi queeque pradantur, lo cual 
solo puede ser cierto con respecto a los verdaderos pajares de rapiña como las 
águilas, los avestruces, los halcones, los gabilanes, &c. 



AVES. 46 

propia de los países calientes ; tiene la cabeza y los pies rojos, y el 
pico, blanco en su estremidad, y en el resto, de color de sangre. Sn 
plumage es pardo, exepto en el cuello, y en las inmediaciones del 
pecho, donde es de un negro rogizo. Las alas son cenicientas en la 
parte inferior, y en la superior manchadas de negro, y de leonado. 

Los Megicanos llaman rei de los zopilotes al cozcaquauhtlif y 
dicen que cuando acuden dos pájaros de las dos especies a comer de 
un cadáver, jamas lo toca el zopilote, hasta que lo ha probado el cozca- 
quauktli. Los zopilotes son utilisimos en aquel pais ; no solo limpian 
la tierra, si no que destruyen los huevos de los cocodrilos, en la areiia 
en que los depositan las hembras de aquellos formidables anfibios para 
empollarlos. Deberla ciertamente prohibirse con penas severas el 
darles muerte. 

En el numero de las aves nocturnas de Megico se hallan las lechuzas, 
y otras comunes en Europa, a que podríamos añadir los murciélagos, 
aunque estos realmente no pertenecen a la clase de aves. Los mur- 
ciélagos abundan en las tierras calientes y sombrías, donde hai algunos 
que dan terribles mordeduras, y sacan mucha sangre a los cabalV>s, y 
a otros animales. En los mismos paises se hallan otros gruesisimos, 
pero no tanto como los de las islas Filipinas, y de otras regiones 
Orientales. 

Entre las aves acuáticas debemos numerar no solo las palmipedes, 
que nadan y viven comunmente en el agua, sino también las imanto- 
pedes, y otras pescadoras, que viven por lo común en las orillas del 
mar, de los lagos, y de los rios, y se alimentan con los productos del 
agua^ De esta clase hai en aquellos paises un numero prodigioso de 
añades, veinte especies a lo menos de patos, igual numero de garzas, 
muchas de cisnes, gaviotas, gallinetas, alciones, martinetes, que los 

t El pajaro que en el día se conoce en Megico con el nombre de rei de los zopilotes, 
parece diverso del que describimos. El moderno es del tamaño de un águila 
común, robusto, de magestuoso aspecto ; tiene las garras fuertes, los ojos vivos 
y hermosos, y un lindo plumage negro, blanco, y leonado. Su carácter mas 
singular es la carnosidad color de grana que le circunda el pezcuezo como un 
collar, y a guisa de corona le ciñe la cabeza. Asi me lo ha descrito una persona 
hábil y digna de fe, que dice haber visto tres individuos de aquella especie, y 
particularmente el que en el año de 1750, fue enviado de Megico al rei Fer- 
nando VI. Dice ademas ser verdadero el retrato de este pajaro publicado en la 
obra intitulada, el Gacetero americano. El nombre Megicano cozcaqiiauktU, que 
quiere decir águila con collar, conviene en efecto mas bien a esta ave, que a la 
otra descrita en el cuerpo de la obra. La imagen que se ve en nuestra estampa 
es copia de la del Gacetero Americano. 



46 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Franceses llaman, Martin pécheur, pelicanos, y otros. La muche- 
dambre de patos es tan considerable que suelen cubrir los campos, y 
desde lejos parecen rebafios numerosos. Entre las garzas, las hai 
cenicientas, enteramente blancas, y otras, que teniendo blancas las 
plumas del cuerpo, tienen el cuello, la estremidad, y la parte anterior 
de las alas, y una parte de la cola, hermoseadas con unas manchas de 
color de grana mui vivo, o de azul. El pelicano, u onocrótalo, cono- 
cido por los Españoles de Megico con el nombre de alcatraz, es 
notable por el enorme buche, o vientre, como lo llama Plinio, que 
tiene debajo del pico. Hai dos especies de esta ave en Megico : la 
una tiene el pico liso, y la otra dentado. No sé si en Europa, donde 
este pajaro es conocido, se tiene noticia de la propiedad que posee de 
socorrer a los individuos enfermos de su misma especie. De esta 
propensión so sirven algunos Americanos, para proveerse de pescado 
sin g^an fatiga. Cogen vivo nn pelicano, le rompen un ala, lo atan a 
un árbol, se ponen en acecho en algún sitio inmediato, y esperan que 
lleguen los otros pelicanos con su provisión, y cuando estos arrojan 
los ^ces que traen, acuden con prontitud, y dejando una parte al 
preso, se llevan lo demás. 

Pero si el pelicano es digno de admiración por su compasión para 
coD sus semejantes, no es menos maravilloso el yoálquachilli, por las 
armas que le ha suministrado el Criador para su defensa. Este es un 
paj arillo -acuático, de cuello largo y sutil, de cabeza pequeña, de pico 
largo y amarillo, de pies, piernas, y uñas largas, y de cola corta. El 
color de las piernas y pies es ceniciento, y el de la parte inferior del 
cuerpo, negro con algunas plumas amarillas junto al vientre. Si^n la 
cabeza tiene una coronilla de sustancia comea, dividida en tres puntas 
agudísimas, y otras dos que le guarnecen la parte anterior de las alas. 
En el Brasil hai otra ave acuática, que tiene armas semejantes a las 
del yoálquachilli, pero mui diferente de él en lo demás. 

Ed las otras clases de aves las hai apreciables por su carne, por su 
plumage, por su voz o por su canto ; otras enfin por su instinto, y por 
algunas propiedades notables, que exitan la curiosidad de los estu- 
diosos de la naturaleza. 

De las aves cuya carne es alimento sano y sabroso, he contado mas 
de sesenta especies. Ademas de la gallina común, transplantada de 
las Canarias a las Antillas, y de estas a Megico, habia, y hai en la 
actualidad otra gallina propia del pais, que por ser semejante en parte 
a la gallina de Europa, y en parte al pabon, fue llamada por los 
Españoles pobo o gallipaho, y por los Megicanos, huejololl, o totolin. 



AVES. 47 

Estas aves transportadas a Europa, en cambio de las gallinas, se han 
multiplicado exesivamente, particularmente en Italia, donde en aten- 
ción a su caracteres y tamaño, se les ha dado el nombre de galli- 
nacio : pero ha sido mayor la propagación de la gallinas Europeas en 
Megico. Hai también gran abundancia de pabos salvages, semejantes 
en todo a los domésticos, pero mayores, y en algunos paises, de carne 
mas gustosa. Abundan las perdices, las codornices, los faisanes, las 
grullas, las tórtolas, las palomas, y otras muchas aves apreciadas 
en el antiguo mundo. Cuando hablemos de los sacrificios anti- 
guos, daremos alguna idea del numero increible de codornices de 
aquella tierra. Los pájaros conocidos alli con el nombre de fai- 
sanes son de tres especies diferentes de los faisanes de Europa*. 
El cojolitli, y el tepetototl son del tamaño del añade, y con un 
penacho en la cabeza que estienden y escogen a su arbitrio. Estas 
dos especies se distinguen entre si por sus colores, y por algunas 
propriedades. El cojolitli, llamado por los Españoles faisán real, 
tiene las plumas leonadas, y la carne mui sabrosa. El tepetototl se 
domestica tanto que toma la comida de mano de su amo; s^e a 
recibirlo, cuando lo ve entrar en casa, con grandes demostraciones de 
alegria; aprende a llamar a la puerta con el pico, y en todo se 
muestra mas dócil de lo que podría esperarse de un ave propia de 
los bosques. He visto uno de estos faisanes, que habiendo estado 
algún tiempo en un corral de gallinas, aprendió a pelear como los 
gallos, y cuando combatía con ellos, erguia las plumas del penacho, 
como los gallos suelen erguir las del cuello. Tiene las plumas negras 
y Instigas, y los piernas y los pies cenicientos. Los faisanes de la 
tercera especie, llamados por los Españoles gritones, son menores que 
los otros, y tienen la cola y las alas negras, y el resto del cuerpo 
pardo. La chachalaca, cuya carne es también buena de comer, es 
del tamaño de una gallina. La parte superior de su cuerpo es parda, 
la inferior blanquizca, y los pies y el pico azulados. Es increible el 
rumor que hacen estos pájaros en los bosques con sus clamores, los 
cuales, aunque semejantes a los de la gallina, son mas sonoros, mas 
continuos, y mas molestos. Hai muchas especies de tórtolas y palo- 
mas, unas comunes a Europa, y otras propias del suelo Megicano. 

Los pájaros apreciables por sus plumas son tantos y tan hermosos, 
que causarían admiración a los lectores, si pudiera presentarles su 

* Mr. de Bonaare numera entre los faisanes el huatzin : mas no sé por que : 
esta ave mejicana pertenece a la segunda clase de pájaros de rapiña, como los 
cuervos, zopilotes, y otros. 



48 HISTORIA ANTIGUA DE MBGICO. 

imagen, con cl brillante colorido que los adorna. He contado hasta 
treinta y cinco especies de pájaros Megicanos sumamente bellos, de 
los cuales indicaré los mas notables. 

£1 huitzilzilin es aquel maravilloso pajarillo, tan encomiado por 
todos los que han eácríto sobre las cosas de America, por su pe- 
quenez y ligereza, por la singular hermosura de sus plumas, por la 
corta dosis de alimento con que vive, y por el largo sueño en que vi- 
ve sepultado durante el invierno. Este sueno, o por mejor decir, esta 
inmobilidad, ocasionada por el entorpecimiento de sus miembros, se 
ha hecho constar jurídicamente, muchas veces, para convencer la in- 
credulidad de algunos Europeos, hija sin duda de la ignorancia : pues 
que el mismo fenómeno se nota en Europa en los murciélagos, en las 
golondrinas, y en otros animales que tienen fria la sangre, aunque en 
ninguno dura tanto como en el huitzilzilin, el cual, en algunos paises, 
se conserva privado de todo movimiento desde Octubre hasta Abril. 
Hai nueve especies de estas aves, diferentes en el tamaño, y en el co- 
lor del plumage*. 

1^1 tlauhquechol es un pajaro acuático, grande, que tiene las plumas 
de nn bellísimo color de gnrana, o de un blanco sonrosado, exepto las 
del cuello, que son negras. Habita en la playa del mar, y en las mar- 
genes de los nos, y no come mas que peces vivos, sin tocar jamas a 
carne muerta. 

El nepapantototl es nn pato salvage, que frecuenta el lago Me- 
gicano, y cuyo plumage ostenta toda clase de colores. 

El tlacuiloltototl, esto es, pajaro pintado» merece con razón su 
nombre, pues en sus hermosísimas plumas lucen el rojo, el azéi^.urqui, 
el morado, el verde, y el negro. Tiene los ojos negros con la iris 
amarilla, y los pies cenicientos. 

El tzinizcan es del tamaño de un palomo. Tiene el pico encorva- 
do, corto, y amarillo : la cabeza y el cuello semejantes al palomo, pe- 
ro hermoseados con visos verdes y brillantes : el pecho, y el' vientre 
rojos, exepto la parte inmediata a la cola, que está manchada de blan- 
co, y de azul. La cola en la parte superior es verde, y en la inferior 
negra ; las alas negras y blancas, y los ojos negros con el iris de un 
amarillo rogizo. Habita en los terrenos inmediatos al mar. 

* Los Españoles de Me^co lo llaman chupamirto : porque chupa particular- 
mente las flores de una planta, conocida alli con el nombre impropio de mirto. 
En otros paises de America le dan los nombres de chupaflor, picaflor, tominejo, 
colibre, &c. De todos los autores que describen este precioso anhnal,^ ninguno da 
mejor idea de la hermosura de sus plumas que el P. Acosta. 



í^^W. It-í AVES. 49 

El mezcatmuhtli es un pato salvage, del tamaño de una gallineta, 
pero de estraordinaria hermosura. Tiene el pico ancho, medianamente 
largo, azul en la parte superior, y en la inferior negro ; las plumas del 
cuerpo blancas, pero manchadas de muchos puntos negros. Las alas 
son blancas y pardas por debajo, y por encima variadas de negro, blanco, 
azul, verde, y leonado. Los pies son de un amarillo rogizo ; la cabeza en 
parte parda, en parte leonada, y en parte morada, con una hermosa 
mancha blanca, entre el pico, y los ojos, los cuales son negros. La 
cola es turqui en la parte superior, parda en la inferior, y blanca en la 
estremidad. 

El tlauhtototl es mui semejante en los colores al tlacuiloltototl, 
pero mas pequeño. Las guacamayas y los cardenales, tan estimados 
en Europa por su brillante plumage, son bastante comunes en aque- 
llos países. 

Todos estos pájaros, y otros propios de Megico, o transportados 
alli de otros paises inmediatos, eran mui estimados por los Megicanos, 
que con sus plumas hacian curiosas obras de mosaico, de que en otra 
parte haremos mención. Los pabones, o pabos reales fueron lleviltóos 
del antiguo continente, pero por descuido de los habitantes se han 
multiplicado mui poco. 

Algunos autores, que conceden a los pájaros de Megico la superio- 
ridad en la belleza del plumage, se la niegan en el canto : mas esta 
opinión es hija de la ignorancia, puesto que es mas difícil a los Euro- 
peos oir que ver las aves en aquellos paises. 

Ademas de los ruiseñores, hai en Megico veintidós especies a lo 
menos ||Í pájaros cantores, en poco o en nada inferiores a aquellos : 
pero exede a todos los conocidos el celebradisimb centzontli, nombre 
que le han dado los Megicanos, para espresar la portentosa variedad 
de sus voces. No es posible dar una completa idea de la suavidad, y 
de la dulzura de su canto, de la armonia y variedad de sus tonos, de 
la facilidad con que aprende a esprimir cuanto siente. Imita con la 
mayor naturalidad no solo el canto de los otros pájaros, sino las di- 
ferentes voces de los cuadrúpedos. Es del tamaño de un tordo co- 
;iiun. El color de su cuerpo es blanco en el vientre, y en el lomo ce- 
niciento, con algunas plumas blancas, especialmente cerca de la cola, 
y de la cabeza. Come de todo, pero gusta con preferencia de las 
moscas, que toma, con demostraciones de placer, de la mano de quien 
se las presenta. La especie del centzontli es mui numerosa en todos 
aquellos paises, y a pesar de esto tan estimada que he visto pagar 

TOMO I. E 



50 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

veinticinco duros por uno de ellos. Se ha procurado muchas veces 
transportarlo a Europa: pero no sé que se haya logrado, y creo que 
aunque llegase vivo, padecerían gran detrimento su voz, y su instinto, 
por las incomodidades de la navegación, y la mudanza del clima*. 

Las aves llamadas cardenales no son menos agradables al cido, por 
la melodia de su canto, que a la vista, por la hermosura de sus plumas 
color de grana, y de su penacho. La calandria Megicana canta tam- 
bién snavisiraamente, y su canto se parece mucho al del ruiseñor. Sus 
plumas son manchadas de blanco, amarillo, y ceniciento. Tege ma- 
ravillosamente su nido de filamentos vegetales, que engruesa y une 
con cierta materia viscosa, y lo suspende de la rama de un árbol, a 
guisa de saco o bolsa. El tigrillo, cuyo canto no deja de ser agrada- 
ble, tiene aquel nombre, por las manchas de sus plumas, semejantes a 
las del tigre. £1 cuitlaccoqui es semejante al centzontli, no menos 
en el tamaño del cuerpo, y en el color de las plumas, que en la exelencia 
del canto, asi como el coztototl se parece en todo al canario, llevado 
a Megico de las islas Cananas. Los gorriones Meg^canos no se ase- 
mejan a los de Europa sino en el tamaño, en el modo de andar saltan- 
do, y en hacer sur nidos en los agugeros de las paredes. Los Megi- 
canos tienen la parte inferior del cuerpo blanca, y la superior cenicien- 
ta : pero cuando llegan a cierta edad, los unos tienen la cabeza roja, 
y los otros amarillaf . Su vuelo es cansado, quizas por la pequenez 
de las alas, o por la debilidad de las plumas. Su canto es dulcísimo, 
y variado. Hai gran abundancia de estos cantores en la capital, y en 
otras ciudades y villas de Megico. 

No menos abundan en Anahuac los pájaros locuaces, o iA|(^adores 
del habla humana. Entre los cantores hai algunos que aprenden pa- 
labras, como el ya citado centzontli, el acolquiqui, esto es, ave de espal- 
da roja, al cual, por este distintivo, dieron los Españoles el nombre de 
comendador. El cehuan, que es mayor que el tordo común, remeda 
la voz humana, pero de un modo que parece burlesco, y sigue largo 

• CetUzontlatole (pues este es el verdadero nombre, y el de centzontli se usa 
para abreviar) quiere decir, que tiene infínitas voces. Los Megicanoa usan la pa- 
labra centzontli (cuatrocientos) como los latinos usaban las de mille y sexcenta, 
para espresar una muchedumbre indefinida e innumerable. Conviene con el nom- 
bre Megicano el Griego ;)o//^ío/a, que le dan algunos omitologistas modernos. 
Véase lo que digo acerca de esta ave en las disertaciones. 

t He oido decir que los gorriones de cabeza roja son machos, y los de amarilla 
hembras. 



AVES. 51 

trecho a los caminantes. El tzanahuei es semejante a la urraca en el 
tamaño, pero se diferencia de ella en el color. Aprende a hablar, ro- 
ba cantelosameate cuanto puede, y en todo hace ver un instinto supe- 
rior al común de las aves. 

Pero los mas notables de los pájaros habladores son los papagallos, 
de los cuales se cuentan en Megico cuatro especies principales, y son 
la huacamaya, el toznenetl, el cocJiotl, y el quiltototl*. 

La huacamaya es mas apreciable por sus hermosas plumas que por 
su voz. Pronuncia confusamente las palabras, y tiene un metal bron- 
co y desagradable. Es el mas grande de todos los papagallos. El 
toznenetl, que es el mejor, es del tamaño de un palomo. El color de 
sus plumas es verde, pero en la cabeza, y en la parte delantera de las 
alas, en unos es rojo, y en otro^ amarillo. Aprende cuantas palabras 
y canciones le enseñan, y las espresa con claridad. Imita con mucha 
naturalidad la risa, y el tono burlesco de los hombres ; el llanto de los 
niños, y las voces de diferentes animales. Del cochotl hai tres espe- 
cies subalternas, diversas en el' tamaño, y en los colores, que son to- 
dos hermosísimos, y el dominante, el verde. El mayor de los cociotl 
es casi del tamaño del toznenetl ; las otras dos especies, llamadas por 
los Españoles catalinas, son menores, Todos aprenden a hablar, 
aunque no con tanta perfección como eV toznenetl. El quiltototl, que 
es el menor de todos, es también el que con mas dificultad habla. Es- 
tos pequeños papagallos, cuyas plumas son de un verde hermosísimo, 
van siempre en bandadas numerosas, o haciendo un gran rumor en el 
aire, o destrozando las sementeras. Cuando están en los arboles se 
confundan con las hojas, por su color. Todos los otros papagallos van 
por lo común de dos en dos : macho y hembra. 

Los pájaros madrugadores, y los que los Megicanos llaman tza- 
cua, aunque nada tienen de notable en el plumage ni en la voz, son 
dignos de atención por sus propiedades. De todas las aves diurnas 
son las ultimas que van a descansar por la noche, y las primeras que 
anuncian la venida del sol. No dejau su canto, ni sus juegos, hasta 
una hora después de anochecido, y vuelven a cantar, y a jugar mucho 
antes de la aurora, y nunca se muestran tan alegres, como mientras 
duran los crepúsculos. Una hora antes de amanecer, uno de ellos, 

* El toznenetl y el cochotl son llamados por los Españoles de Megico pericos 
y loros. El nombre huacamaya es de la lengua Haitiana, que se hablaba en Santo 
Domingo. Loro es palabra tomada de la lengua Quichoa, o sea Inca, y toznenetl, 
cochotl, y quiltototl lo son de la lengua Megicana. 

E 2 



52 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

colocado en la rama en que pasó la noche, con otros muchos de su es- 
pecie, empieza a llamarlos, en voz alta y sonora, y repite muchas ve- 
ces, y con tono alegre la llamada, hasta que oye que uno u otro le 
responde. Cuando todos están despiertos, forman un rumor alegrisi- 
mo, que se oye desde mui lejos. En los viages que yo hice por el 
reino de Michuacan, donde mas abundan estos pájaros, me fueron de 
gran utilidad, porque me dispertaban temprano, y podía do este modo 
emprender mi marcha al rayar el dia. Son del tamaño de los 
gorriones. 

La tzacua, pajaro mui semejante en el tamaño, en los colores, y en 
la fabrica del nido, a la calandria de que ya hemos hecho mención, es 
todavía mas maravilloso en sus propiedades. Viven en sociedad, y 
cada árbol es para ellos una población, compuesta de gran numero de 
nidos, que cuelgan de las ramas. Una tzacua, que hace de gefe, o 
guarda del pueblo, reside en el centro del árbol, de donde vuela de un 
DÍdo a otro, y después de haber cantado un poco, vuelve a su residen- 
cia, y asi visita todos los nidos, mientras callan los otros pájaros que 
est^n en ellos. Sí ve venir acia el árbol algún pajaro de otra 
especie, le sale al encuentro, y con el pico, y con las alas, lo obliga a 
retroceder ; pero si ve acercarse un hombre, u otro obgeto volumi- 
noso, vuela gritando a un árbol inmediato, y si entretanto vienen del 
campo otras tzacuas de la misma tribu, sale a recibirlas, y mudando el 
tono de la voz, las obliga a retirarse : pero cuando observa que ha 
pasado el peligro, vuelve alegre a la acostumbrada visita de los nidos. 
Estas particularidades, observadas por un hombre perspicaz, erudito, 
y sincero*, nos hacen creer que se descubrirían aun otras ní»i>^ estra- 
ñas, si se hubieran reiterado las observaciones : pero degemos estos 
obgetos agradables, y volvamos la TÍsta a los terribles. 

Reptiles de Megico. 
Los reptiles del suelo Megicano pueden reducirse a dos ordenes o 
clases : esto es, reptiles cuadrúpedos, y reptiles apodos, o sin pies f. 

* El abate D. José Rafael Campoy, de quien haré en otra parte el debido 
elogio, 

f Sé la diversidad de opiniones que reinan entre los autores, sobre los animales 
que deben comprenderse en la clase de reptiles ; pero como no es mi intento 
hacer una división exactísima de estos animales, si no describirlos con algún 
orden a los lectores, tomo el nombre de reptiles en la significación vulgar que le 
dieron nuestros abuelos. 



REPTILES. 53 

A la primera clase pertenecen los cocodrilos, los lagartos, las lagartijas, 
las ranas, y los sapos, y a la segunda, todas las especies de serpientes. 

Los cocodrilos Megicanos son semejantes a los de África en el 
tamaño, en la figura, en la voracidad, en el modo de vivir, y en todas 
las otras propiedades que los caracterizan. Abundan en muchos ríos 
y lagos de las tierras calientes, y son perniciosos a los otros animales, 
y aun a los hombres. Seria superfina la descripción de estos feroces 
animales, de que tanto se ha escrito. 

Contamos entre los lagartos al acaltetepon y al iguana. Los 
acaltetepones conocidos vulgarmente con el nombre impropisimo de 
escorpiones, son dos lagartos mui semejantes entre si en el color, y 
en la figura, pero diferentes en el tamaño, y en la cola. El mas 
pequeño tiene de largo quince pulgadas, poco mas o menos ; la cola 
larga, las piernas cortas, la lengua encarnada, larga, y gruesa, la piel 
cenicienta y áspera, salpicada en toda su ostensión de berrugas que 
parecen perlas, el paso lento, y la mirada feroz. Desde los múscu- 
los de las piernas traseras hasta la estremidad de la cola, tiene la piel 
atravesada por listas circulares, y amarillas. Su mordedura es iolo- 
rosa ; pero no mortal como algunos piensan. Es propio de los países 
calientes. Del mismo clima es el otro lagarto: pero mucho mayor 
que el que acabamos de describir, pues según los que lo han visto, 
tiene cerca de dos pies y medio de largo, y mas de un pie de circunfe- 
rencia en el vientre y la espalda. Su cola es corta, y la cabeza, y las 
piernas gruesas. Este lagarto es el azote de los conejos. 

La iguana es un lagarto inocente, bastante conocido en Europa, 
por IPji^elaciones de los historiadores de America. Abunda en las 
tierras calientes, y es de dos especies, la una terrestre, y la otra anfibia. 
Los hai tan grandes, que tienen hasta tres pies de largo. Son velo- 
cisimos en la carrera, y suben con gran agilidad a los arboles. Su 
carne y sus huevos son buenos de comer, y alabados por muchos au- 
tores : pero dañosos a los que padecen males venéreos. 

Hai innumerables especies de lagartijas, diferentes en el tamaño, 
en el color, y en las propiedades, puesto que unas son venenosas, y 
otras inocentes. Entre estas, ocupa el primer lugar el camaleón, lla- 
mado por los Megicanos quatapalcatl. Es casi en todo semejante al 
camaleón común ; pero se diferencia de él en carecer de cresta, y en 
tener orejas, que son grandes, redondas, y mui abiertas. De las otras 
lagartijas inocentes solo merece mentarse la tapayagin, tanto por su 
figura, como por otras circunstancias. Es perfectamente orbicular, 
cartilaginosa, y mui fría al tacto. El diámetro de su cuerpo es de 



54 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

seis dedos. La cabeza es durísima, y manchada de diversos colores. 
Es tan lenta y perezosa, que no se mueve, ni aun cuando le dan 
golpes. Si se le hace daño en la cabeza, o se le comprimen los ojos, 
lanza de ellos, hasta la distancia de dos o tres pasos, algunas gotas de 
sangre : pero por lo demás es animal inocente, y muestra tener placer 
en que lo manegen. Quizas por ser de un temperamento tan frió, 
siente alivio en el calor de la mano. 

De las lagartijas venenosas la peor parece ser la que por su es- 
casez, tiene el nombre Megicano de tetzauhqui. Es pequeñísima; 
de un color ceniciento, que amarillea en el cuerpo, y tiene visos 
azules en la cola. Hai otras que se creen venenosas, y que los Es- 
pañoles llaman salamanquesas, y el vulgo ignorante, escorpiones: 
pero yo me he asegurado, después de muchas observaciones, que 
carecen de veneno, y que si tienen alguno, no es tan activo como 
generalmente se cree. 

Lo que he dicho de las lagartijas se puede aplicar a los ^apos : pues 
no he visto, ni oido hablar de ninguna desgracia ocasionada por su 
vena no, aunque «tielen cubrir la tierra en algunos paises calientes y 
húmedos. En ellos se encuentran sapos tan gruesos, que tienen ocho 
pulgadas de diámetro. 

De las ranas hai en el lago de Chalco tres numerosísimas especies 
diferentes en el tamaño y en el color, y bastante comunes en las 
mesas 'de la capital. Las de Huajteca son exelentes, y tan grandes 
que suelen pesar una libra Española. Pero no vi ni oi hablar jamas 
en aquel pais de las ranas de árbol, que son tan comunes en Italia, y 
en otros paises de Europa. Sg 

La variedad de serpientes es mucho mayor que la de los reptiles de 
que acabamos de hablar: las hai grandes y pequeñas, de muchos 
colores, de un solo color, venenosas e inocentes. 

La que los Megicanos llamaban canauhcoatl, parece la mas notable 
por su volumen. Tiene de largo hasta cinco o seis toesas, y el grueso 
es el de un hombre regular. Poco menor era una de las tlilcoas, o 
culebras negras, vista por el Dr. Hernández en las montañas de 
Tepoztlan, pues con el mismo grueso tenia diez y seis pies de larg'o : 
pero en el dia difícilmente se hallan culebras de tanta corpulencia, sino 
es en algún bosque retirado, y mui lejos de la capital. 

Las culebras venenosas mas notables son el aJiueyactli, la cui- 
cuilcoatl, el coral, o coralino, la teijminani, la cencoatl, y la teotla- 
cozauhqui. Esta ultima, de cuyo genero hai muchas especies, es la 
famosa culebra de cascabel. Su tamaño varía, como también su color, 



REPTILES. 55 

pero ordinariamente es de tres a cuatro pies de largo. Los cascabeles 
pueden considerarse, como un apéndice o coritinuacion de las verte- 
bras, y son unos anillos sonoros, de sustancia cornea, mobiles, enlaza- 
dos entre si por las articulaciones, o coyunturas, y cada uno consta de 
tres huesesillos*. Suenan siempre que la culebra se mueve, y espe- 
cialmente cuando se agita para morder. Es mui veloz en sus movi- 
mientos, y por esto los Megicanos la llamaron también ehecacoatl, o 
culebra de aire. Su mordedura ocasiona infaliblemente la muerte, si 
no se acude inmediatamente con los remedios oportunos, entre los 
cuales se tiene por mui eficaz poner algún tiempo la parte ofendida 
dentro de la tierra. Muerde con dos dientes caninos que tiene en la 
mandíbula superior, los cuales, como en la vivora, y en otras especies 
de culebras, son móviles, cóncavos, y perforados acia la punta. El 
veneno, esto es, aquel jugo tan pernicioso, que es amarillento, y cris- 
talizable, está contenido dentro de las glándulas, colocadas en las 
raices de aquellos dos dientes. Estas glándulas, comprimidas al mor- 
der, lanzan el fatal licor por los canales de los dientes, y por sus agu- 
geros, lo introducen en la herida y en la masa de la sangre^ De 
buena gana comunicariamos al publico otras observaciones sobre este 
asunto, si la naturaleza de esta obra lo permitiese f. 

La ahueyactli es poco diferente de la que acabamos de describir, 
pero no tiene cascabeles. Según Hernández, esta culebra comunica 
aquella especie de veneno que los antiguos llamaban hemorrhoos, con 
el cual el herido echa sangre por la boca, por la nariz, y por los ojos, 
aunque los efectos de esta actividad pueden evitarse con ciertos 
antid^os. 

La cuicuilcoatl, llamada asi por la variedad de sus colores, tiene 
ocho pulgadas de largo, y es gruesa como el dedo pequeño : pero 
su veneno es tan activo como el de la de cascabel. 

La ieijminani es la culebra que Plinio llama jaculum. Es larga 
y sutil, y tiene la espalda cenicienta, y el vientre morado. Muévese 
siempre en linea recta, y no puede volverse. Arrojase de los arbples 
a los viageros, y de ahi ha tomado su nombre J. Hai de estas cule- 

* El Dr. Hernaodez dice que esta culebra tiene tantos años cuantos cascabeles, 
por que cada año le nace uno: mas no sabemos si esta opinión se funda en 
observaciones propias. 

t El P. Inanima, misionero jesuíta de las Californias, hizo cou las culebras 
muchas esperiencias que confirman las que Mr. Mead hizo con las viveras. 

X Los Megicanos dan también a esta culebra el nombre de micoatl, y los Es- 
pañoles el de saetilla. Uno y otro significan lo mismo ^\xq jaculum. 



5(5 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

bras en los montes de Quauhaahuac, y en otras tierras calientes, pero 
habiendo yo estado muchos años en aquellos paises, jamas snpe que 
hubiesen atacado a nadie, y lo mismo puedo decir de los terribles 
efectos que se atribuyen al ahueyactli. 

La cencoatl*, que también es venenosa, tiene cinco pies, poco mas 
o menos de largo, y ocho pulgadas de circunferencia, en la parte mas 
gruesa. Lo mas notable de este reptil es que brilla en la oscuridad : 
asi es como el próvido Autor de la naturaleza exita y dispierta de 
diversos modos nuestra atención, para preservarnos del mal, ora por 
el oido, con el ruido de los cascabeles, ora por la vista, con la impre- 
sión de la luz. 

Entre las culebras inocentes, de las que hai muchas especies, no 
puedo omitú: la tzicatlinan, y la maquizcoatl. La primera es her- 
mosa, de un pie de largo, y del grueso del dedo anular. Vive siem- 
pre junto a los hormigueros, y se halla tan bien con las hormigas, que 
muchas veces las acompaña en sus peregrinaciones, y vuelve con ellas 
a su residencia. El nombre Megicano tzicatlinan, significa madre de 
las hormigas, y asi la llaman los Españoles: pero yo sospecho 
que esta afición nace de su propensión a alimentarse de aquellos 
insectos. 

La maquizcoatl es del mismo tamaño que la precedente, pero es 
transparente, y plateada. Tiene la cola mas gruesa que la cabeza, y 
se mueve indiferentemente por cualquiera de las dos estremidades, 
andando acia atrás o acia adelante, según le conviene. Este reptil, 
llamado por los Griegos amphisbecBna-y, es bastante raro, y no sé 
que se haya visto sino en el valle de Toluca. V^ 

Entre todas las especies de culebras que se hallan en los bosques 
poco frecuentados de aquellas regiones, no sé que hasta ahora se haya 
descubierto otra especie vivipara si no el acoatl, o culebra acuática, 
a la cual se atribuye aquel carácter, aunque no con certeza. Tiene 
cerca de veinte pulgadas de largo, y una de grueso. Sus dientes son 
pequeñisimos : la parte superior de la cabeza es negra ; las laterales 

* Hai otras culebras, que por ser del mismo color, tienen el mismo nombre 
de cencoatl. Todas son inocentes. 

f Plinio, en el libro viii, cap. 23, da dos cabezas al amphisbecena : pero el 
nombre Griego solo significa movimiento por una y otra de. las dos estremi- 
dades. En Europa se ha visto la culebra con dos cabezas de que habla Plinio, 
y aun dicen que se halla en Megico : pero no se que nadie la haya visto alli ; 
y si ha existido en efecto no debe considerarse como una especie regular, si no 
como un monstruo, semejante al águila de dos cabezas que se halló hace poco» 
años en Oajaca, y fue enviada a Madrid. 



•*'.«! 



57 



azuladas, y la inferior amarilla ; la espalda, listada de negro, y azul, y 
el vientre enteramente azul. 

Los antiguos Megicanos, que se deleitaban en criar toda especie de 
animales, y que a fuerza de costumbre habían perdido el miedo natural 
que algunos de ellos inspiran, tomaban en los campos una especie de 
culebra verde e inocente, y la criaban en casa, donde con el cuidado, 
y el alimento, llegaba a ser tan gruesa como un hombre. Guardá- 
banla en una tina, de donde no salia, si no es para tomar el alimento 
de manos del amo, subiéndole a los hombros, o enroscándose a sus 
pies. 

Peces de los mares, de los rios, y de los lagos de Anahuac. 

Si de la tierra volvemos los ojos al agua de los mares, de los rios, 
y de los lagos de Anahuac, hallaremos un numero mucho mas consi- 
derable de animales. No tienen guarismo las especies conocidas de 
peces que la pueblan : pues solo de las que sirven al alimento del 
hombre, he contado mas de ciento, sin incluir ningún testaceo ni crus- 
táceo. Entre los peces, los hai comunes a las dos mares ; otros f)ro- 
pios del golfo Megicano ; otros del mar Pacifico, y otros de los rios, y 
de los lagos. 

Los peces comunes a ambos mares son las ballenas, los delfines, las 
espadas, los tiburones, los manatis, las mantas, los lobos, los puercos, 
los bonitos, los bacalaos, los robalos, los pargos de tres especies, los 
meros, los pámpanos, las palometas, las rayas, los chuchos, los barbos, 
los corcovados, los orates, los voladores, las guitarras, las cabrillas, las 
agujasd(fes langostas, los sollos, y otros muchos, como también varias 
especies de tortugas, pulpos, cangrejos, &c. 

Ademas de los anteriores, el seno Megicano tiene los salmonetes, 
los congrios, las doncellas, los pegereyes, los rombos, los sapos, los 
besugos, las vermejuelas, los gorriones, las linternas, los dentones, 
las lampreas, las murenas, las anguilas, los nautilos, y otros. 

El mar Pacifico, ademas de los comunes a ambas mares, tiene los 
salmones, los atunes, los cornudos, los lenguados, los silgueros, las 
caballas, las corbinas, las viejas, las sardinas, los ojones, los lagartos, 
los papagallos, los escorpiones, los gallos, las gatas, los arenques, los 
botetes, y otros. 

Los rios y los lagos tienen los peces blancos de tres o cuatro espe- 
cies, las carpas, las truchas, los bobos, los robalos, los barbos, los 
orates, las corbinas, las anguilas, y otros. 



58 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

f 

La descripción de todos estos peces, ademas de estraviarnos dema- 
siado de nuestro intento, seria inútil a la mayor parte de los lectores ; 
por lo cual nos limitaremos a dar algunas particularidades que podran 
servir para ilustrar esta parte de la historia natural. 

El tiburón pertenece a aquella clase de bestias marinas, que los 
antiguos llamaron caniculce. Es conocido por su voracidad, como 
también por su velocidad, su fuerza, y su gran tamaño. Tiene dos, 
tres, y a veces mas ordenes de dientes, no menos agudos que fuertes, 
y traga cuanto se le presenta, sírvale o no de alimento. Alguna vez 
se le ha encontrado en el vientre una piel entera de carnero, y aun 
una gran cuchilla de carnicero. Suele acompañar a los buques, y, 
según asegura Oviedo, ha habido tiburón que ha seguido a un navio 
que navegaba con viento en popa, y a toda vela, por espacio de qui- 
nientas millas, dando vueltas en rededor, para aprovecharse de las in- 
mundicias que se echaban al agua. 

El manati, o lamentino, como otros lo llaman, es de Índole mui 
diversa de la del tiburón, y de mayor tamaño. El mismo Oviedo dice 
qu9 se han pescado manaties tan gruesos, que para transportar uno de 
ellos ha sido necesario emplear un carro con dos pares de bueyes. Es 
vivíparo como el tiburón, pero la hembra no pare mas que uno a la 
vez, aunque de enorme volumen*. Su carne es delicada, y seme- 
jante a la de la ternera. Algunos autores ponen al manati en la clase 
de los anfibios : pero es un error, pues este animal no vive en tierra, 
y solo saca fuera del agua la cabeza, y una parte del cuerpo para al- 
canzar las yervas de las orillas de los riosf. 

y 

* Bnfon conviene con el Dr. Hernández en que la hembra del manati no pare 
mas que un individuo a la vez : otros dicen que pare dos. Quizas sucede con la 
hembra del manati lo que con la muger, que siendo uno ordinariamente su feto, 
en casos estraordinarios^ tiene dos o tres. El Dr. Hernández describe de 6ste 
modo el coito de aquellos animales : Humano more coit, /amina supina /ere (ota 
in littore procumbente, et celeritate quadam superveniente mare. Yo no cuento al 
manati, aunque viviparo, entre los cuadrúpedos, como hacen algunos naturalistas 
modernos : porque todo el mundo entiende bajo el nombre de cuadrúpedo el que 
marcha a cuatro pies, y el manati no tiene mas que dos, y estos informes. 

f Mr. de la Condamine confirma lo que decimos sobre vivir siempre en el agua 
el manati, y lo mismo hablan dicho dos siglos antes Oviedo y Hernández, ambos 
testigos de vista. Es cierto que Hernández parece decir todo lo contrario : 
pero es un error de imprenta, como lo conocerá todo el que lea el testo. Es 
de notarse ademas, que el manati, aunque propiamente marítimo, suele encon- 
trarse en los rios. 



PECES. 59 

La manta es aqael pez chato, tan pernicioso a los pescadores de 
perlas, de que hacen mención Ulloa y otros escritores, y yo no dudo 
que sea el mismo de que hace mención Plinio, aunque no lo conoció 
bien, con el nombre de nube, o neblina*. Quizas habrá pasado de los 
mares del antiguo continente a los del nuevo, como parece que han 
pasado otros muchos peces. Es tan grande la fuerza que tiene en los 
músculos, que no solo sofoca al hombre que abraza, o que envuelve en 
sus pliegues, si no que se la ha visto agarrarse de la quilla de una ba- 
landra, y arrancarla del sitio en que estaba encallada. Llamóse manta, 
porque cuando estiende su cuerpo en la superficie del mar, como 
lo hace mui frecuentemente, parece una manta de lana que está 
nadando. 

El pez de espada de aquellos mares es mui diferente del de los 
mares de Groenlandia. Su espada es mayor, y mas semejante en su 
forma a la verdadera de hierro, y no está situada como la de el pez 
Groenlandés en la parte posterior, sino en la anterior del cuerpo, del 
mismo modo que en el pez llamado sierra, moviéndola en todos senti- 
dos con suma fuerza, y sirviéndose de ella como de arma ofensiv^ 

El tlateconi de los Megicanos, sierra de los Españoles, es de un 
pie de largo, y tiene en el filo del lomo, unos dientes o puntas seme- 
jantes a las de una sierra de carpintero. 

El robalo es una de las especies mas numerosas de las que se crian 
en aquellas aguas, y su carne, particularmente la de la especie del rio, 
es de sabor delicadisimo. El Dr. Hernández cree que es el }upus, y 

* Ir^ferunt (urinatores) et nubem quandam crassescere super capita, planomm 
piscium similem,prementem eos arcentemque a reciprocando, et ob id stilos preeacutos 
lineis annexos habere sese : guia nisi perfossce ita non recedant, caliginis et pavoris, 
ut arbitror opere. Nubem enirn sive nebulam {cujus nomine id malum appellant) 
Ínter animalia haud ullam reperit quisquam. Plin. Hist. Nat. lib. 9, cap. 46. La 
descripción qxie daban aquellos busos antiguos de la nube, conviene con la que 
dan los busos de los mares de America, de la manta, y el nombre de nube, le con- 
viene mui propiamente, pues parece en efecto una nube a los que están debajo de 
este pez, dentro del agua, y aun hoi dia llevan los nadadores cuchillos largos, o 
bastones terminados en punta, para preservarse de sus ataques. Esta observa- 
ción, que no ocurrió a ninguno de los interpretes de Plinio, fue hecha por mi 
compatriota y amigo el abate D. José Rafael Campoy, persona tan loable por sus 
costumbres y pundonor, como por su elocuencia, y su erudición, especialmente 
en latinidad, historia, critica, y geografía. Su muerte, harto dolorosa a mi cora- 
zón, ocurrida en 29 de Diciembre de 1777, no le permitió coacluir niuchas obras 
que tenia empezadas, y que serian de gran utilidad. 



éO HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Campoy, el asselus minor de los antiguos : pero estas no son mas qne 
congeturas, pues la descripción que de este pez han dejado los escri- 
tores de la antigüedad es tan incompleta, que no parece posible hacer 
una comparación fundada en datos seguros. 

El corcobado fue llamado asi a causa de una corcoba o prominencia 
que tiene desde el principio de la cabeza hasta la boca, la cual es pe- 
queñísima, ha picuda tiene la mandíbula inferior mucho mas larga 
que la superior. 

El sapo es un pez de horrible aspecto, negro, perfectamente redondo, 
y sin escamas. Su diámetro es de tres o cuatro pulgadas. Tiene la 
carne gustosa y sana. 

Entre las agujas hai una llamada por los Megicanos huitzitzilmi- 
chin, que es de tres pies de largo, y sutilisima. En vez de escamas, 
tiene el cuerpo cubierto de unas lamas pequeñas. El hocico tiene 
ocho pulgadas de largo, y es mas largo en la parte superior, al con- 
trario de las otras especies de agujas, a las que exede tanto en el buen 
sabor de la carne, como en el tamaño del cuerpo. 

"E^ bobo es un pez hermosísimo, y apreciado por la exelencia de su 
carne. Tiene cerca de dos pies de largo, y cuatro o seis pulgadas en 
su mayor anchura. El barbo de río, conocido con el nombre de 
bagre, es del tamaño del bobo, y de mas esquisito sabor, pero dañoso, 
si antes de comerlo, no se despoja su carne, con jugo de limón, o con 
algún otro acido, de cierta baba, o liquido viscoso de que está impreg- 
nada. Los bobos se pescan, según tengo entendido, solo en los ríos 
que desaguan en el golfo Megicano, y los barbos en los que descargan 
en el mar Pacifico, o en algún lago. El sabor de estos d<Ak, neces, 
aunque delicado, no es comparable con el de los pámpanos, y palo- 
metas, que son, con justa razón, los peces que mas se aprecian en 
aquellos países. 

La corbina tiene pie y medio de largo. Es delgada y redonda, y 
de un color morado negrusco. En la cabeza de estos peces se hallan 
dos piedrecillas blancas, que parecen de alabastro. Cada una tiene 
de largo una pulgada y media, y de ancho cerca de cuatro lineas. Se 
cree que son eficaces contra la retención de orina, tomando tres 
granos en agua. 

El bótete es un pescadillo, que tiene cerca de ocho pulgadas de 
largo, y es desproporcionadamente grueso. Su higado es tan vene- 
noso, que en media hora ocasiona la muerte a quien lo come, con 
fuertes dolores y convulsiones. Cuando está vivo en la arena de la 



PECES. 61 

playa, se hincha enormemente si lo tocan, y los muchachos se 
divierten en rebentarlo a patadas. 

El ojón* es un pez chato y redondo, que tiene ocho o diez pulgadas 
de diámetro. La parte inferior de su cuerpo es enteramente plana, 
pero la superior es convexa, y en el ceutro, que es donde mas se alza, 
tiene un ojo solo, tan grande como el de un buei, con sus parpados 
correspondientes. Después de muerto lo conserva abierto, causando 
horror al que lo mira-f-. 

El iztacmichin, o pez blanco, ha sido siempre célebre en Megico, 
y no es menos común hoi dia en las mesas de los Españoles, que lo 
era antiguamente en las de los Megicanos. Los hai de tres o cuatro 
especies. El amilotl, que es el mayor, y el mas apreciado, tiene mas 
de un pie de largo, y cinco aletas, dos sobre la espalda, dos a los dos 
lados del vientre, y una debajo del mismo vientre. El jalmichin, un 
poco menor que el precedente, me parece ser de la misma especie. 
^\ jacapitzahuac, que es el mas pequeño de todos, no tiene mas que 
ocho pulgadas de largo, y una y media de ancho. Todos estos peces 
son escamosos, sabrosos, y mui sanos, y abundan en los lagos de 
Chalco, Pazcuaro, y Chapalla. La otra especie es la del jalmichin 
de Quauhnahuac,*el cual no tiene escamas, y está cubierto de una 
piel tierna y blanca. 

El ajolotl, o ajoiotej es un lagarto acuático del lago Megicano. 
Su figura es fea, y su aspecto ridiculo. Tiene por lo común ocho 
pulgadas de largo : pero hai algunos de doble dimensión. La piel es 
blanda y negra ; la cabeza larga, la boca grande, la lengua ancha, 
pequ^, y cartilaginosa, y la cola larga. Va en diminución desde la 
mitad del cuerpo hasta la mitad de la cola. Nada con sus cuatro 
pies, que son semejantes a los de la rana. Lo mas singular de este 
pez, es tener el útero como el de la muger, y estar sugeto como esta 
a la evacuación periódica de sangre, según consta de muchas obser- 

* Este pez, que suele pescarse en California, no tiene nombre, o si lo tiene, 
no ha llegado a mi noticia. Le he dado el nombre de o/o», que me parece 
convenirle. 

t Campoy creyó que el ojón era el uranoscopos, o callionymos de Plinio j mas 
este autor no da pormenor alguno de aquel pez. El nombre uranoscopos, que ha 
servido de fundamento a su opinión, conviene igualmente a todos los peces, que 
por tener los ojos en la parte superior de la cabeza, miran al cielo, como las 
rayas, y otros peces chatos. 

X Mr. de Bomare no puede dar con el nombre de este pez. Lo llama azalotl, 
azcolotl, azoloti, y ajoloti, y dice que los Españoles lo llaman Juguete del agua. 
Lo cierto es que los Megicanos lo llaman ajolotl, y los Españoles ajolote. 



62 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

vaciones, de que habla el Dr. Hernández*. Su carne es buena de 
comer y sana, y tiene casi el mismo sabor que la de la anguila. Se 
cree mui provechosa a los éticos. En el mismo lago Megicano hai 
otras especies de pececillos, que no tienen ninguna particularidad 
digna de notarse. 

Por lo que hace a las conchas, las hai de infinitas especies, y entre 
ellas, algunas de incomparable hermosura, particularmente en el mar 
Pacifico. En todas las costas de aquellos mares, se hizo en diversas 
épocas la pesca de perlas. Los Megicanos las pescaban en la costa 
de Tototepec, y en la de los Cuitlateques, donde hoi se pesca la 
tortuga. Entre las estrellas marinas, hai una especie que tiene cinco 
rayos, y un ojo en cada uno. Entre las esponjas y litofitos hai algunas 
especies curiosas, y peregrinas. El Dr. Hernández da el dibujo de 
una esponja, que le fue enviada del mar Pacifico, que tenia la figura 
de una mano humana, pero con diez o mas dedos de color de barro, 
con puntos negros, y listas rojas, y era mas callosa que la^ esponja 
ordinaria. 

Insectos Megicanos. 

Decendiendo finalmente a los animales mas peqiiefíos, en los que 
resplandecen mas el poder, y la sabiduría del Criador, podemos reducir 
las innumerables especies de insectos, que hai en Megico, a tres 
ordenes, a saber : volátiles, terrestres, y acuáticos, aunque hai muchos 
terrestres, y acuáticos, que después se convierten en volátiles, y en 
uno u en otro estado son dignos de estudiarse. 

Entre los volátiles hai escarabajos, abejas, abispas, moscas, V/>scar- 
dones, y mariposas. Los escarabajos son de muchas especies, y por 
la mayor parte inocentes. Los hai verdes, a los que los Megicanos 
dan el nombre de mayatl, y con los cuales se divierten los muchachos, 
por el gran rumor que hacen al volar. Hai otros negros, fétidos, y 
de forma irregular, llamados pinacatl. 

El cucujo, o escarabajo luminoso, que es el mas digno de atención, 

* Mr. de Domare no se resuelve a creer lo que aqui se dice del ajolote : pero 
teniendo en favor el testimonio de los que han tenido años enteros este pez a la 
vista, no debemos atender a la desconfianza de un Francés, que aunque docto en 
la Historia Natural, no ha visto jamas al ajolote, ni aun sabe su nombre, espe- 
cialmente cuando la evacuación periódica no es tan esclusiva de las mugeres, 
que no se halle en algunas especies de animales. Les femelles des singes, dice el 
mismo escritor, ont pmtr la plupart des menstrues comme les femmes. Véase el 
articulo Sing-es. 



INSECTOS. 69 

ha sido mencionado por muchos autores, pero por ninguno, que yo 
sepa, descrito. Es de mas de una pulgada de largo, y tiene dobles 
alas, como los otros escarabajos volátiles. Tiene en la cabeza un 
cuernecillo móvil de que hace gran uso, porque cuando ha caido de 
espaldas, y no puede moverse, se vuelve a poner en su actitud natural, 
por la acción de aquel cuernecillo, empujándolo y comprimiéndolo 
dentro de una membrana a manera de bolsa, que tiene sobre el 
vientre. Junto a los ojos tiene dos menbranas, y una mayor en el 
vientre : todas ellas son sutiles, transparentes, y llenas de una 
materia tan luminosa, que su luz basta para leer cómodamente una 
carta, y para alumbrar el camino a los que viajan de noche : pero 
nunca despide tanto resplandor como cuando vuela. Cuando duerme 
no brilla, por que cubre la luz con otras menbranas opacas. Esta 
materia luminosa es una sustancia blanca, farinosa, y viscosa, que 
conserva algún tanto su esplendor, cuando se ha sacado del cuerpo 
del cucuio, y con ella suelen escribir algunos, caracteres lucidos en 
los sombreros. Hai gran abundancia de estos animales fosfóricos en 
las costas del mar, y por la noche forman en las montañas vq^inas 
magnificos y esplendidos espectáculos. Los muchachos, para cazarlos, 
no hacen mas que*agitar un carbón encendido, y atraidos por su luz, 
los cucujos vienen a caer en manos del cazador. No han faltado 
autores que hayan confundido estos maravillosos insectos con las 
luciérnagas ; pero estas, que abundan en Europa, y no menos en Me- 
gico, son mucho mas pequeñas, y menos luminosas que los cucujos. 

Tan grata es la vista del insecto que acabo de describir, como 
desag^dable la del temolin. Es este un gran escarabajo, de color 
castaño rogizo, con seis pies peludos, y cuatro dedos en cada uno. 
Hai dos especies de temolin ; el uno tiene la frente armada de un 
cuerno o antena, y el otro de dos. 

Hai a lo menos seis especies distintas de abejas. La primera es 
de las comunes de Europa, con las que conviene, no solo en el 
tamaño, en la forma, y en el color, si no también en la índole, en los 
hábitos, y en la calidad de la miel, y de la cera que fabrica. La 
segunda especie se parece en algo a la primera, pero carece de 
aguijón. A ella pertenecen las abejas de Yucatán, y de Chiapa, que 
hacen la famosa miel de Estábentun, la cual es clara, aromática, y de 
un sabor superior al de todas las clases de miel conocidas. Hacense 
seis cosechas de esta preciosa producción ; una cada dos meses : pero 
la mejor es la que se coge por Noviembre, por que las abejas la hacen 
de una flor blanca, semejante al jazmin, mui olorosa, que nace por 



64 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Setiembre, y se llama estabentun, de donde proviene el nombre de 
la miel*. La tercera especie es de unas abejas semejantes en la 
forma a las hormigas aladas ; mas pequeñas que las abejas comunes, 
y sin aguijón. Estos insectos, propios de los paises calientes, y tem- 
plados, fabrican panales semejantes en el tamaño, y en la forma a un 
pan de azúcar, y algunas veces mucho mayores. Los pegan a las 
rocas, y a las ramas de los arboles, especialmente a las de las encinas. 
La población de estos panales es mucho mas numerosa que la de los 
panales de las abejas comunes. Las larvas de esta especie son blancas 
y redondas, a guisa de perlas, y también se comen. La miel es 
blanquisca, pero de un sabor delicado. Las abejas de la cuarta 
especie son amarillas, mas pequeñas que las comunes, y armadas 
como estas de un aguijón. Su miel es inferior a la de las especies 
precedentes. Las do la quinta especie son pequeñas, e inermes; 
fabrican panales orbiculares en las cavidades subterráneas, y su miel 
es acida, y amarga. La tlalpipiolli, que forma la sesta especie, es 
negra y amarilla, del tamaño de las comunes, pero sin aguijón. 

Lp especies de abispas son, a lo menos, cuatro. La quetzal' 
miahuatl es la común de Europa. La tetlatoca o vagabunda, se 
llama asi, por que muda frecuentemente de habitación, y siempre está 
ocupada eo reunir materiales para labrarla. Tiene aguijón, pero no., 
hace miel ni cera. El gicotli, o gicote, es una abispa gruesa y negra, ' 
exepto en el vientre, que es amarillo. Hace una miel bastante dulce 
en los agugeros que forma en los muros. Está armada de un fuerte 
punzón, y su herida es mui dolorosa. La cuicalmiahuatl tiene 
también aguijón, pero no sabemos que haga miel. y^ 

La quauhgicotli es un tábano mui negro, exepto en la cola, que es 
roja. Su punzón es tan grande, y tan fuerte que no solo atraviesa de 
una a otra parte una caña de azúcar, sino también las raices de los 
arboles. 

Entre las moscas, ademas de las comunes, que ni son tantas ni tan 
molestas como las de Italia por el veranof, las hai luminosas como las 

* La miel de Estabentun es mui estimada de los Franceses e Ingleses que van 
a Yucatán. Me consta que los Franceses del Guaneo la suelen comprar, y la 
envían de regalo a su soberano. 

f La misma observación acerca de las moscas hace Oviedo. " En las islas, 
dice, y en tierra firme hai mui poquitas moscas, y a comparación de las que hai 
en Europa, se puede decir que acullá no hai algunas." — Sumario de la Historia 
Natural de los Indias, cap. 81. Es cierto que en Megico no son tan pocas como 
dice Oviedo : pero generalmente hablando, no son tantas ni tan molestas como 
en Europa. 



INSECTOS. f>5 

luciérnagas. El ajayacatl es una mosca propia de los lagos Megi- 
canos. De los huevos innumerables que estas moscas deponen en 
los juncos, y en los gladiolos o iris del lago, se forman gruesas costras, 
que los pescadores venden en el mercado. Esta especie de caviar, 
llamado ahuauhtli se comia en tiempo de los Megicanos, y aun en el 
dia es manjar común en las mesas de los Españoles. Tiene casi el 
mismo sabor que el caviar de los peces. Pero los Megicanos antiguos 
no solo comian los huevos, si no también las moscas, reducidas a masa, 
y cocida esta con nitro. 

Los mosquitos, tan comunes en Europa, y particularmente en 
Italia, abundan también en las tierras marítimas de Megico, y en 
aquellos sitios en que el calor, las aguas muertas, y la maleza fomen- 
tan su propagación. Hai infinitos en el lago de Chalco: pero la 
capital, apesar de su proximidad al lago, está esenta de esta mo- 
lestia. 

Hai también en las tierras calientes unas mosquillos, que no hacen 
ruido al volar, pero cuya picadura ocasiona un escozor vehemente, y 
si se rasca la parte ofendida, fácilmente se hace una llaga. • 

En las mismas tierras calientes, especialmente en algunas maríti- 
mas, abundan las cucarachas, que son insectos gruesos, alados, y mui 
peijudiciales, porque infestan toda clase de comestibles, y sobre todo 
los dulces, pero son útiles en las habitaciones, por que destruyen las 
chinches. Se ha observado que los barcos, que en su viage de 
Europa a Megico, iban plagados de chinches, volvían esentos de estos 
fétidos insectos, por haberlos esterminado las cucarachas*. 

Las^pecies de mariposas son mucho mas numerosas y variadas 
en Megico que en Europa. No pueden dignamente describirse su 
variedad y hermosura : ni el pincel mas diestro es capaz de represen- 
tar la exelencia del dibujo y del colorido que el Autor de la naturaleza 
empleó en el adorno de sus alas. Muchos autores dignos de crédito 
las han celebrado en sus escritos, y el Dr. Hernández ha hecho retra- 
tar algunas, para dar a los Europeos alguna idea de su belleza. 

Pero no son comparables en numero las mariposas a las langostas, 
las cuales a veces caen sobre las tierras marítimas, oscureciendo el 
aire con las densas nubes que forman, y destruyendo todos cuantos 
vegetales hai en el campo, como lo vi por los años de 1738, y 39, en 

* Estos insectos son también enemigos de los literatos, pues consumen, du- 
rante la noche, la tinta si no se usa la precaución de tapar el tintero. Los Espa- 
ñoles los llaman cucarachas, otros kakerlaques, otros dermestes, Sfc. 

TOMO I. F 



06 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

la costa de Gicayan. En la península de Yucatán hubo, hace poco, 
una gran carestía, de resultas de aquella calamidad : pero en ningún 
otro país de aquel continente ha sido tan frecuente este terrible azote, 
como en la desventurada California*. Entre los insectos terrestres, 
ademas de los comunes, sobre los cuales no ocurre nada notable que 
decir, haí muchas especies de gusanos, escolopendras, escorpiones, 
arañas, hormigas, nigas, y la cochinilla. 

De los gusanos, unos son útiles, y otros perniciosos ; unos servían 
de alimento a los antiguos Megícanos ; otros de medicina, como el 
agin, y el polin, de los que hablaré en otra ocasión. El tleocuilin, o 
gusano ardiente, tiene la propiedad de las cantáridas. Su cabeza es 
roja, el pecho verde, y lo demás del cuerpo leonado. El temahuani 
es un gusano todo armado de espinas amarillas y venenosas. El 
iemictli es semejante al gusano de seda en su trabajos, y metamor- 
fosis. Los gusanos de seda fueron transportados de Europa, y se 
multiplicaron considerablemente. Hacíanse abundantes cosechas de 
seda, particularmente en la Mijtecaf, donde esta mercancía formaba 
un Camo importante de comercio : pero habiéndose visto los Mijte- 
ques obligados a abandonarlo, por razones políticas, se descuidó la cría 
de gusanos, y hoí apenas haí quien se dedique a ella. Ademas de esta 
seda común, bai otra bastante estimada, blanca, suave al tacto, y 
fuerte. Hallase en los bosques de los países marítimos, sobre las 
ramas 3e los arboles, especialmente en los años en que escasean las 
lluvias : pero de ella solamente se sirven algunos pobres, por la poca 
industria de aquellos pueblos, o mas bien por los agravios que ten- 
drían que sufrir, sí emprendiesen aquel genero de comercídS;. Sabe- 
mos ademas por las cartas de Cortés a Carlos V, que en los merca- 
dos de Megico se vendía seda, y hasta ahora se conservan algunas 
pinturas, en papel de seda, hecho por los antiguos Megícanos. 

Las escolopendras se hallan en los países templados, y son mas 
abundantes en los calientes, y húmedos. El Dr. Hernández dice haber 
visto algunas tan grandes, que tenían dos píes de largo, y dos dedos 

* En la Historia de las Californias, que saldrá a luz dentro de pocos meses, 
se citan las prolijas observaciones hechas sobre las langostas, por el abate 
D. Miguel del Barco, el cual permaneció treinta años en aquel pais tan famoso, 
como indigno de la fama que tiene. 

f Hai pueblos en la Mijteca que aun conservan la denominación que les fue 
dada entonces con alusión a esta clase de comercio, como San Francisco de la 
seda, Tepege de la seda. 



INSECTOS. 67 

de grueso: pero sin duda las vio en algún pais demasiado húmedo e 
inculto. Yo me he detenido en muchos lugares de toda clase de 
clima, y no he hallado ninguna de tan desmesurada dimensión. 

Los escorpiones son comunes en todo aquel pais, pero en los paises 
frios y templados hai pocos, y estos no son mui dañosos. En las 
tierras calientes, y demasiado secas, aunque el calor sea moderado, 
abundan mas, y es tal su veneno, que basta a matar a un niño, y a 
ocasionar terribles dolencias a los adultos. Se ha observado que el 
veneno de los escorpiones pequeños y amarillos, es mas activo que el 
de los grandes, y pardos, y que son mas funestas sus mordeduras en 
las horas en que tiene el sol mas fuerza. 

Entre las muchas especies de arañas, no puedo omitir dos mni 
singulares, la tarántula, y la casampulga*. Dase impropiamente en 
aquellos paises el nombre de tarántula a una araña gruesa, cuyo 
lomo, y piernas están cubiertas de una peluza negrusca, suave y 
sutil. Es propia de las tierras calientes, y no solo se halla en el 
campo, si no también en las casas. Pasa generalmente por venenosa, 
y se cree que el caballo que la pisa, pierde inmediatamente el cmco : 
pero no se cita ninffun caso conocido en favor de esta opinión, aunque 
yo he vivido cinco años en un pais calidísimo donde abundan aquellos 
insectos. La casampulga es pequeña, y tiene los pies cortos, y el 
vientre rogizo, y del tamaño de un guisante. Es venenosa, y común 
en la diócesis de Chiapa y en otras partes. No sé si esta araña es la 
misma que en otros paises se llama araña capulina, aunque las 
señas le convienen. 

Las^ormigas mas comunes del territorio de Megico son de tres 
especies. La primera es de las negras, y pequeñas, comunes a uno 
y otro continente. Otras son grandes y rojas, y armadas de un 
punzón, con el que hacen dolorosas picaduras. Los Españoles las 
llaman bravas. Otras, llamadas arrieras, son grandes, y pardas, y 
se les ha dado aquel nombre, por que se ocupan continuamente en 
el transporte de sus provisiones, con mucho mas ahinco que las hor- 
migas comunes ; por lo que son mucho mas perniciosas a los campos. 
En algunos paises se han multiplicado exesivamente, por el descuido 
de los habitantes. En la provincia de Gicayan, se ven en la tierra, 
por espacio de muchas millas, enormes manchas negras, que no son 
mas que tribus de estos dañinos insectos. 

Ademas de las referidas especies, hai una mui singular en Michua- 

* Sospecho que el nombre primitivo de esta araña era cazapulga, corrompido 
después por el vulgo, como sucede con otros muchos. 

f2 



flS HISTORIA ANTIGUA DE MEGIOO. 

can, y quizas en alguna otra provincia. Es mayor que las otras, y 
tiene el cuerpo ceniciento y la cabeza negra. En la parte posterior 
lleva un saco lleno de un licor bastante dulce, a que son muí aficiona- 
dos los muchachos, creyendo que es miel fabricada por estas hormi- 
gas: pero yo creo mas bien que estos sacos son huevos. Mr. de la 
Barreré, en la Historia Natural de la Francia Equinoxial, hace men- 
ción de estas hormigas, halladas en la Cayena : pero estas son aladas, 
y las nuestras sin alas. 

La nigua, llamada en otros paises pique, es un pequeñisimo insecto, 
no mui diferente de la pulga, quo se cria en las tierras calientes entre 
el polvo. Se pega a los pies, y rompiendo insensiblemente la pelicula, 
hace sa nido entre ella y la piel, y si no se quita pronto, rompe esta, 
y pasa a la carne, multiplicándose con increible prontitud. No se 
siente por lo común, hasta que al perforar la piel ocasiona una pica- 
zón insoportable. Estos insectos, por su portentosa multiplicación, 
bastarían a despoblar aquellos paises, si no fuera tan fácil evitarlos, y 
si no fueran tan diestros los habitantes en esterminarlos, antes que se 
projiaguen. La Providencia, afin de disminuir este azote, no solo 
negó alas a este dañoso bicho, sino que lo privó también de aquella 
conformación de piernas, y de aquellos músculos vigorosos, que dio a 
la pulga para saltar. En los pobres, que por su miseria están obli- 
gados a dormir en el suelo, y a descuidar el aseo de sus personas, 
suelen multiplicarse tanto estos insectos, que les hacen grandes cavi- 
dades en las carnes, y les ocasionan llagas peligrosísimas. 

Lo que hacen las niguas en los casas, hacen en el campo la garra- 
patas, de las cuales hai dos especies, o mas bien clases. LaV¿nmera 
es la misma conocida en el antiguo continente. Se pega al pellejo 
de los caballos, de los carneros, y de los cuadrúpedos, y se introduce 
én sus orejas. A veces ataca también al hombre. La otra se halla 
abundantemente en las malezas de las tierras calidas, y de ellas pasa 
con facilidad a la ropa, y de la ropa al cuerpo de los caminantes, al 
que se pega con tanta fuerza, por la particular configuración de sus 
' pies, que es mui difícil arrancarla, y si no se logra pronto, forma una 
llaga semejante a la de la nigua. Al principio no parece mas que 
un puntillo negro ; pero con la sangre que chupa, se hincha tanto, y 
tan prontamente, que dentro de poco tiempo se pone del tamaño de 
una haba, y entonces es de color de plomo. Oviedo dice que para 
arrancar brevemente y sin peligro la garrapata, basta untarse la parte 
con aceite, y rasparla después con un cuchillo. 

La célebre cochinilla de Megico, tan conocida y apreciada en todo 



INSECTOS. AU{<y'rHlH G9 

el mundo por la exelencia del color que suministra, es un insecto 
propio de aquellos paises, y el mas útil de cuantos nacen en la tierra 
de Anahuac, donde en tiempo de los reyes Meg-icanos se empleaba 
el mayor esmero en su cria*. El pais donde mas prospera es la Mij- 
teca, donde forma el ramo mas considerable del comercio -|-. En el 
siglo XVI se criaba también en Tlascala, y en otras partes, donde 
daba lugar a un trafico mui activo ; pero los perjuicios que ocasionaba 
a los Indios, que son los que siempre han cuidado de su cria, la tirá- 
nica avaricia de algunos gobernadores, los obligaron a dejar una tarea, 
que es ademas molesta y prolija. La cochinilla en su mayor desar- 
rollo tiene el grueso, y la figura de una chinche. La hembra es des- 
proporcionada y lenta. La boca, los ojos, los cuernecillos o antenas,. 
y los pies se ocultan de tal modo en las arrugas del pellejo, que no 
se pueden distinguir sin la ayuda del miscroscopio, y por esto se osti- 
naron algunos Europeos en creer que fuese una semilla, y no ya un 
verdadero animal; contra el testimonio de los Indios que la crian, y 
de Hernández que la observó como naturalista. El macho es mas 
raro, y hai uno por trescientas hembras. Es también mas pequeío, y 
mas delgado que esta, pero mas dispierto y activo. En la cabeza tiene 
dos cuernecillos articulados, y en cada articulación, cuatro sedas dis- 
puestas con gran simetría. Los pies son seis, cada uno compuesto de 
tres partes. En la parte posterior del cuerpo se alzan dos pelos, de 
doble o triple longitud que el cuerpo mismo. Tiene dos grandes alas, 

* El cronista Herrera dice en la Decada 4, lib. 8, cap. 8, que aunque los In- 
dios poseían la cochinilla, no hicieron caso de ella, hasta que los instruyeron los 
EspañcÉÍI. Pera i qué les enseñaron estos ? ¿ a criar el insecto ? i como podian 
enseñar lo que ignoraban, especialmente cuando creian que era un grano lo que 
es un animal ? ¿ les enseñaron quizas su uso para los tintes ? Pero si los Indios 
no lo conocían ¿para que se daban el trabajo de criar la cochinilla? ¿Porque 
estaban obligados Huagiacae, Coyolapan, y otros pueblos a pagar anualmente 
veinte sacos de cochinilla al rei de Megico, como consta en la matricula de los 
tributos ? i Como puede creerse que ignorasen el uso de la cochinilla aquellas 
naciones tan aficionadas a la pintura, y que no supiesen emplear su color, 
sabiendo servirse del añil, del achiote, y de muchas piedras, y tierras minerales ? 

t La cantidad que viene todos los años de la Mijteca a España, pasa de dos 
mil y quinientos sacos, como testifican algunos autores. El comercio que de ella 
hace la ciudad de Oajaca, importa anualmente doscientos mil pesos. Mr. de Bo- 
mare dice que a una cierta especie de cochinilla se da el nombre de cochinilla 
mesteca, porque se cria en Meteque, provincia de Honduras : mas este es un 
error. Llamase Mijteca, por que viene de la provincia de este nombre, la cual 
dista mas de Honduras, que JRoma de Paris.,,,.,, . ,..-<,, , i... 



70 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

de qne está privada la hembra. Estas alas están sostenidas por dos 
músculos ; el uno esterior, que se estiende por toda la circunferencia 
del ala, y el otro interior, y paralelo al primero. El color interno es 
rojo, pero mas oscuro en la hembra, y el esterno, rojo blanquecino, o 
ceniciento. Criase la cochinilla en una especie de nopal, u opuncia, o 
higuera de Indias, que se eleva a la altura de cerca de ocho pies, y 
cuyo fruto es semejante a los higos de tuna de las otras opuncias, pero 
no se come. Alimentase de las hojas de aquella planta, chupando el 
jugo con una trompa, que tiene en el pecho, entre los dos primeros 
pares de pies. AUi adquiere todo su volumen, y produce una numerosa 
decendencia. El modo que tienen de multiplicarse estos preciosos in- 
sectos, la industria con que los Indios los crian, y las precauciones 
que toman para defenderlos de la lluvia, que les es mni perjudicial, y 
de los numerosos enemigos que los persiguen, serán esplicados cuando 
hablemos de la agricultura de los Megicanos*. 

Entre los insectos acuáticos se halla el atetepitz, que es un escara- 
bajo, propio de los sitios pantanosos, semejante en el tamaño y en la 
figuta al escarabajo volátil. Tiene cuatro pies, y está cubierto de una 
costra dura. El atopinan es también pantanoso, de un color oscuro, 
de seis dedos de largo, y dos de ancho. El ahuithuitla es un gusano 
del lago Megicano, que tiene cuatro dedos de largo, y es del grueso 
de una pluma de añade, leonado en la parte superior, y blanco en la 
inferior. Pica con la cola, que es dura y venenosa. El ocuiliztac es 
un gusano negro de las tierras húmedas ; pero cuando se tuesta, se 
pone blanco. Los antiguos Megicanos comian de todos estos insectos. 

Dejando ya estos reptiles, cuyos nombres solos compondV^r^ una 
larga lista, terminaré esta enumeración con una especie de zoófitos, o 
plantas-animales, que vi por los años de 1751, en una casa de campo, 
distante diez millas, acia Sudeste, de la Puebla de los Angeles. Eran 
de tres o cuatro dedos de largo ; tenian cuatro pies sutilísimos, y esta- 
ban armados de dos cuernecillos : pero su cuerpo no era otra cosa que 
los nervios de una hoja, de la misma figura, tamaño, y color que las 

* D. Antonio UUoa dice que el nopal, en que se cria la cochinilla, no tiene es- 
pinas ; mas no es asi, pues siempre la vi en arboles espinosos durante mi perma- 
nencia de cinco años en la Mijteca. Mr. de Raynalcree que el color de la cochi- 
nilla te debe a la tuna, o higo de que se alimenta : mas este autor ha estado mal 
informado. La cochmilla no come el fruto, si no la hoja, que es verde, y el nopal 
de que se trata no da higos rojos, si no blancos. Es verdad que pu-jde criarse en 
la de higos rojos ; pero no es esta su planta original. 



INSECTOS. 71 

otras de los arboles en que estos insectos se crian. Hace mención de 
ellos el Dr. Hernández, con el nombre de qiiauhnecatl, y Gemelli 
describe otra producción de esta especie, que se halla en las cercanias 
de Manila *. 

De lo poco que hemos dicho acerca de la historia natural de aque- 
llos países, se podra conocer la diferencia que hai entre las tierras ca- 
lientes, las frias, y las templadas, de que se componen las vastas re- 
giones de Anahuac. En las calientes es mas prodiga la Naturaleza ; 
en las frias, y en las templadas mas benigna. En aquellas, los montes 
son mas fecundos de minerales, y de fuentes : las llanuras mas amenas ; 
mas frondosos los bosques. AUi se encuentran las plantas mas útiles 
a la vida f; los arboles mas gruesos, las maderas mas preciosas, las 
flores mas bellas, las frutas mas esquisitas, las resinas mas aromáticas. 
AUi son mas variadas y mas numerosas las especies de los animales ; 
sus individuos mas hermosos, y corpulentos ; las aves mas brillantes en 
su plumage, y mas suaves en su canto: pero todas estas ventajas están 
contrapesadas por otros tantos inconvenientesy pues en estos paises 
están las fieras mas terribles, los reptiles mas ponzoñosos, los ins»ctos 
mas perjudiciales. La tierra no súfrelos síntomas funestos del invier- 
no, ni el aire las enfadosas vicisitudes de las estaciones. En la tierra 
domina una perpetua primavera : en la atmosfera un verano continuo, 
al que se acostumbran fácilmente los habitantes ; pero el incesante 
sudor de sus cuerpos, y la abundancia de frutos gustosos, que en todos 
tiempos les prodiga aquella tierra deliciosa, los esponen a muchas en- 
fermedades desconocidas en otras regiones. Las tierras frias no son 
tan foí^liidas, ni tan bellas : pero son mas sanas, y sus animales menos 
perniciosos al hombre. En los paises templados (a lo menos en muchos 
de ellos, como en los del valle Megicano) se gozan las ventajas de los 
paises friós, sin sus incomodidades, y las delicias de los calientes, sin 
sus molestias. Las enfermedades mas comunes de las tierras calidas 
son las fiebres intermitentes, el espasmo, la tisis, y en el puerto de 

* Se que los naturalistas modernos no dan comumente el nombre de zoófitos, 
sino a ciertos cuerpos marinos, que teniendo la aperiencia de vegetales, son en su 
naturaleza animales. Sin embargo yo doi aquel nombre a estos insectos terres- 
tres, por que les conviene, con tanta, y aun con mayor propiedad que a los mari- 
nos. Me parece haber espuesto en mi física con la mayor verosimilitud posible 
el mecanismo de la Naturaleza en la generación de estos insectos. 

f Es cierto que las tierras calientes no dan trigo, ni algunas frutas de Europa, 
como manzanas, alberchigos, peras y otras : pero ¿qué es la falta de estos pocos 
vegetales comparada con la indecible abundancia y variedad de plantas fructíferas 
y medicinales que se hallan en aquellos paises í 



72 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

Vera Cruz, de pocos años a esta parte, el vomito negro *. En otras 
partes, los catarros, las fluxiones, la pleuresía, y las fiebres agudas, y 
en la capital, la diarrea. Ademas de estas enfermedades ordinarias, 
suelen sentirse estraordinariameute ciertas epidemias, que parecen pe- 
riódicas, aunque su periodo no es fijo ni regular, como las que se espe- 
rimentaron en los años de 1545, 1576, y en nuestros tiempos, en 1736, 
y 1762. La viruela, llevada alli por los conquistadores Españoles, no 
se ve en aquellos paises tan frecuentemente como en Europa, si no de 
cierto en cierto numero de años, y entonces ataca a todos los que antes 
DO la han tenido, haciendo de una vez los mismos estragos, que ^ n 
Europa hace sucesivamente. ^fM&iÁiti <. 

Carácter de los Megicanos, y de las otras naciones de ^ 

Anahuac. 

Las naciones que ocuparon la tierra de Anahuac antes de los Espa- 
ñoles, aunque diferentes en idioma, y en algunas costumbres, no lo 
eran en el carácter. Los Megicanos tenían las mismas cualidades 
físicLS, y morales, la misma idole, y las mismas inclinaciones que los 
Acolhuis, los Tepaneques, los Tlascaleses, y los otros pueblos, sin otra di- 
ferencia, que la que procede de la educación : de modo que lo que vamos 
a decir de los unos debe igualmente entenderse de ios otros. Algunos 
autores antiguos y modernos han procurado hacer su retrato moral : 
pero eiltre todos ellos no he encontrado uno solo que lo haya desem- 
peñado con exactitud, y fidelidad. Las pasiones, y las preocupaciones 
de unos, y la ignorancia, y falta de reflexión de otros, les han hecho 
emplear colores mui diferentes de los naturales. Lo que vo^n decir 
se funda en un estudio serio y prolijo de la historia de aquellas na- 
ciones, en un trato intimo de muchos años con ellas, y en las mas aten- 
tas observaciones acerca de su actual condición, hechas por nñ, y por 
otras personas imparciales. No hai motivo alguno que pueda incli- 
narme en favor o en contra de aquellas gentes. Ni las relaciones de 
compatriota me inducirán a lisongearlos, ni el amor a la nación a que 
pertenesco, ni el celo por el honor de sus individuos son capaces de 
empeñarme en denigrarlos : asi que diré clara y sinceramente lo bueno 
y lo malo que en ellos he conocido. 

Los Megicanos tienen una estatura regular, de la que se apartan 
mas bien por exeso, que por defecto, y sus miembros son de una justa 
proporción ; buena carnadura, frente estrecha, ojos negros, dientes 

* UUoa y otros historiadores de America no describen el espasmo ni el vomito 
negro. Esta enfermedad no era conocida allí antes de 1725. 



CARÁCTER DE LOS MEGICANOS. 73 

iguales, firmes, blaacos, y limpios, cabellos tupidos, negros, gruesos, y 
lisos, barba escasa, y por lo común poco vello en las piernas, en los 
muslos, y en los brazos. Su piel es de color aceitunada. No se ha- 
llará quizas una nación en la tierra en que sean mas raros que en la 
Megicana los individuos diformes. Es mas difícil hallar un jorobado, 
un estropeado, un tuerto entre mil Megicanos, que entre cien indivi- 
duos de otra nación. Lo desagradable de su color, la estrechez de 
su frente, la escasez de su barba, y lo grueso de sus cabellos están 
equilibrados de tal modo con la regularidad y la proporción de sus 
miembros, que están en un justo medio entre la fealdad y la hermosu- 
ra. Su aspecto no agrada ni ofende: pero entre las jóvenes Megica- 
nas se hallan algunas blancas, y bastante lindas, dando mayor realce a 
su belleza la suavidad de su habla, y de sus modales, y la natural mo- 
destia de sus semblantes. . . 

Sus sentidos son mui vivos, particularmente el de la vista que con- 
servan inalterable hasta la estrema vegez. Su complexión es sana, y 
robusta su salud. Están esentos de muchas enfermedades que son 
frecuentes entre los Españoles : pero son las principales victimasen las 
enfermedades epidémicas a que de cuando en cuando está sugeto aquel 
pais. En ellos empiezan, y en ellos terminan. Jamas se exala de la boca 
de un Megicano aquella fetidez que suele ocasionar la corrupción de 
los humores, o la indigestión de los alimentos. Son de temperamento 
flemático, pero poco espuestos a las evacuaciones pituitosas de la ca- 
beza, y asi es que raras veces escupen. Encanecen y se ponen calvos 
mas tarde que los Españoles, y no son raros entre ellos los que llegan 
a la ^lífed de cien años. Los otros mueren casi siempre.de enferme- 
dades agudas. 

Actualmente, y siempre han sido sobrios en el comer : pero es ve- 
hementísima su añcion a los licores fuertes. En otros tiempos la seve- 
ridad de las leyes les impedia abandonarse a esta propensión : hoi, la 
abundancia de licores, y la impunidad de la embriaguez transtornan el 
sentido a la mitad de la nación. Esta es una de las causas principales 
de los estragos que hacen en ellos las enfermedades epidémicas, ade- 
mas de la miseria, en que viven mas espuestos a las impresiones malé- 
ficas, y con menos recursos para corregirlas. 

Sus almas son radicalmente y en todo semejantes a las de los otros 
hijos de Adán, y dotadas de las mismas facultades ; y nunca los Euro- 
peos emplearon mas desacertadamente su razón, que cuando dudaron 
de la racionalidad de los Americanos. El estado de cultura en que 
los Españoles hallaron a los Megicanos, exede en gran manera al de 



74 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

los mismos Españoles, cuando fueron conocidos por los Griegos, los 
Romanos, los Galos, los Germanos, y los Bretones *. Esta compara- 
ción bastaría a destruir semejante idea, si no se hubiese empeñado en 
sostenerla la inhumana codicia de algunos malvados -f-. Su ingenio es 
capaz de todas las ciencias, como la esperiencia lo ha demostrado 1^. 
Entre los pocos Megicanos que se han dedicado al estudio de las le- 
tras, por estar el resto de la nación empleada en los trabajos públicos 
y privados, se han visto buenos Geómetras, exelentes Arquitectos, y 
doctos Teólogos. 

Hai muchos que conceden a los Megicanos una gran habilidad para 
la imitación ; pero les niegan la facultad de inventar : error vulgar 
que se halla desmentido en la historia antigua de aquella nación. 

Son, como todos los hombres, susceptibles de pasiones : pero estas 
no obran en ellos con el mismo Ímpetu, ni con el mismo furor que en 
otros pueblos. No se ven comunmente en los Megicanos aquellos 
arrebatos dé colera, ni aquel frenesí de amor tan comunes en otras 



Sq¡i lentos en sus operaciones, y. tienen una paciencia increíble en 
aquellos trabajos que exigen tiempo y proligidad. . Sufren con resig- 
nación los males, y las injurias, y son mui agradecidos a los beneficios 
que reciben, con tal que no tengan nada que temer de la mano bienhe- 
chora : pero algunos Españoles, incapaces de distinguir la tolerancia 
de la indolencia, y la desconfianza de la ingratitud, dicen a modo de 

* D. Bernardo Aldrete en su libro sobre El Origen de la Lengua Española quiere 
hacemos creer que los Españolos eran mas cultos en la época de la llegada de los 
Fenicios, que losíMegicanos en tiempo de la conquista ; pero esta paradoja- a sido 
suficientemente rebatida por los doctísimos autores de hi Historia Literaria de Es- 
paña. Es cierto que los Españoles de aquellos remotos siglos no eran tan barba- 
ros como los Chichimecos, los Californios, y otros pueblos salvages de America : 
pero tampoco tenian su gobierno tan bien arreglado, ni tan perfeccionadas sus 
artes, ni hablan hecho, que sepamos, tantos progresos en el conocimiento de la 
naturaleza, como los Megicanos al principio del siglo xvi, 

t Léanse las amargas quejas hechas sobre este asunto por el obispo Garcés en 
su carta al papa Paulo III, y por el obispo Las Casas en sus memoriales a los 
reyes católicos Carlos V y Felipe II, y sobre todo las leyes humanisimas espedi- 
das por aquellos piadosos monarcas en favor de los Indios. 

X Citaré en las disertaciones las opiniones de D. Julián Garcés, primer obispo 
de Tlascala, de D. Juan de Zumarraga, primer obispo de Megico, y de D. Barto- 
lomé de las Casas, primer obispo de Chiapa, sobre la capacidad, el ingenio, y las 
otras buenas prendas de los Megicanos. El testimonio de estos prelados tan res- 
petables por sus virtudes, su doctrina, y su conccimiento practico de los Indios, 
vale algo mas que el de cualquier historiador. 



CARÁCTER DE LOS MEGICANOS. 75 

proverbio que los Indios no sienten las injurias, ni agradecen los 
beneficios*. La desconfianza habitual en que viven con respecto a 
todos los que no son de su nación, los induce muchas veces a la men- 
tira, y a la perfidia : por lo cual la buena fe no ha tenido entre ellos 
toda la estimación que merece. 

Son también naturalmente serios, taciturnos, y severos ; mas incli- 
nados a castigar los delitos, que a recompensar las buenas acciones. 

La generosidad, y el desprendimiento de toda mira personal son 
atributos principales de su carácter. El oro no tiene para ellos el - 
atractivo que para otras naciones f. Dan sin repugnancia lo que ad- 
quieren con grandes fatigas. Esta indiferencia por los intereses 
pecuniarios, y el poco afecto con que miran a los que los gobiernan, 
los hace reusarse a ios trabajos a que los obligan J, y he aqui la exa- 
gerada pereza de los Americanos. Sin embargo, no hai en aquel pais 
gente que se afane mas, ni cuyas fatigas sean mas útiles, y mas nece- 
sarias §. 

El respeto de los hijos a los padres, y el de los jóvenes a los ancia- 
nos, son innatos en aquella nación. Los padres aman muchoia sus 
hijos : pero el amor de los maridos a las mugeres es menor que el de 
estas a aquellos. Es común, si no ya general en los hombres, ser 
menos aficionados a sus mugeres propias que a las agenas. 

El valor y la cobardía, en diversos sentidos, ocupan sucesivamente 
sus ánimos de tal manera, que es dificil decidir cual de estas dos cua- 
lidades es la que en ellos predomina. Se avanzan intrépidamente a 
los peligros que proceden de causas naturales; mas basta para intimi- 
darlo|^a mirada severa de un Español. Esa estupida indiferencia a 
la muerte y a la eternidad que algunos autores atribuyen general- 
mente a los Americanos, conviene tan solo a los que, por su rudeza y 
falta de instrucción, no tienen aun idea del juicio divino. 

* La esperiencia me ha hecho conocer cuan reconocidos son los Mejicanos a 
los beneficios que se les hacen, con tal que estén seguros de la benevolencia y de 
la sinceridad del bienhechor. Su agradecimiento se ha manifestado muchas veces 
de un modo publico y estrepitoso, que hace ver la falsedad de aquel proverbio. 

t No hablamos de aquellos Megicanos que por su continuo comercio con los 
avaros, se han infestado con el vicio de la avaricia : pero aun estos no lo son tanto 
como los que los inficionaron. 

X Lo que decimos acerca de la pereza no comprende a las naciones salvages 
que habitan otros países del nuevo mundo. 

§ En las disertaciones hablaré de las faenas en que se emplean los Megicanos. 
El obispo Palafox decia que cuando lleguen a faltar Indios, no habrá America 
para los Españoles. 



76 HISTORIA ANTIGUA DK MB6IC0. 

Su particular apego a las practicas esternas de la religión degenera 
fácilmente en superstición, como sucede a todos los hombres igno- 
rantes, en cualquier parte del mundo que hayan nacido : mas su pre- 
tendida propensión a la idolatría, es una quimera formada en la de- 
sarreglada fantasia de algunos necios. El egemplo de algunos habi- 
tantes de los montes, no basta para infamar a una nación entera *. 

Finalmente, en el carácter de los Megicanos, como en el de cual- 
quier otra nación, hai elementos buenos y malos ; mas estos podrían 
fácilmente corregirse con la educación,, como lo ha hecho ver la espe- 
rienciaf . Difícil es hallar una juventud mas dócil a la instrucción 
que la de aquellos paises; ni se ha visto mayor sumisión que la de sus 
antepasados a la luz del Evangelio. 

Por lo demás, no puede negarse que los Megicanos modernos se 
diferencian bajo muchos aspectos de los antiguos ; como es indudable 
que los Gríegos modernos no se parecen a los que florecian en tiempo 
de Platón y de Perícles. En los ánimos de los antiguos Indios habia 
mas fuego, y hacian mas impresión las ideas de honor. Eran mas 
intrépidos, mas ágiles, mas industriosos, y mas activos que los moder- 
nos : pero mucho mas supersticiosos, y exesivamente crueles. 

* Los pocos egemplos de idolatría que pueden presentarse, son en cierto modo 
escusablea, pues no hai que estrañar que unos hombres toscos, y destituidos de 
instrucción, confundan la idolatría de algunos simulacros groseros de piedra y 
madera, con el culto que se debe a las imágenes sagradas. Pero ¡ cuantas veces 
no se habrá dado, por efecto de una prevención contraria a aquellas gentes, el 
nombre de idolo, a la imagen mal egecutada de algún santo ! En el año de 1754 
observé ciertas imágenes que se creían ídolos, y eran, en mi sentir, figLjras que 
representaban el nacimiento de nuestro Señor. 

t Para conocer cuanto puede la educación en los Megicanos, basta saber la 
admirable vida que llevan las Megícanas del colegio de Guadalupe en la capital, 
y en los conventos de capuchinas de aquella ciudad y de Valladolid de Mi- 
chuacan. • . 



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ii ítjpü eb g3lníijiijí>d 80-xf>ính.] 



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LIBRO SEGUNDO. 



De los Tolteques, de los Chichimecos, de los Acolhuis, de los Olmeques, y de las 
otras Naciones que habitaron la tierra de Anahuac antes de los Megicanos. Sa- 
lida de los Azteques, o Megicanos del pais de Aztlan, su patria ; sucesos de su 
peregrinación hasta el pais de Anahuac, y su estahlecirhiento en Chapoltepec, y 
Colhuacan. Fundación de Megico, y de Tlatelulco. Sacrificio inhumano de una 
doncella Colhua. 

Los Tolteques. 
La historia de los primeros pobladores de Anahuac es tan oscura, y 
son tantas las fábulas que la envuelven (como sucede a la de todos los 
pueblos del mundo), que no solo es difícil, si no casi imposible llegar 
al descubrimiento de la verdad, enmedio de tanto cumulo de enjpres. 
Por el testimonio venerable de los libros santos, y por la tradición uni- 
versal e inalterable de aquellas gentes, consta que los primeros habi- 
tantes de Anahuac decienden de los pocos hombres que la Divina 
Providencia preservó de las aguas del diluvio, para conservar la espe- 
cie humana sobre la tierra. Ni tampoco puede dudarse que las na- 
ciones, que antiguamente poblaron aquellos paises, vinieron de los 
septentrionales de America, donde muchos siglos antes se hablan esta* 
blecidj^sus abuelos. En estos dos puntos están de acuerdo los histo- 
riadores Tolteques, Chichimecos, Acolhuis, Megicanos, y Tlascaleses 
pero no se sabe quienes fueron los primeros habitantes, ni el tiempo 
de su transito, ni las circunstancias de su viage, y de sus primeros 
establecimientos. Algunos escritores que han querido penetrar en 
este caos, guiados por débiles congelaras, vanas combinaciones, y 
pinturas sospechosas, se han perdido en las tinieblas de la antigüedad, 
adoptando ciegamente las narraciones mas pueriles, y mas absurdas. 

Algunos, apoyados en la tradición de los pueblos Americanos, y en 
el descubrimiento de cráneos, huesos, y esqueletos enteros, de desme- 
surado tamaño, desenterrados en diversos tiempos y lugares en el 
territorio de Megico* creyeron que los primeros habitantes de aquella 

* Los puntos en que se han hallado esqueletos gigantescos son Atlancatepec, 
pueblo de la provincia de Trascala ; Tezcuco, Toluca, Quauhgimalpan, y en nues- 
tros tiempos, en la California, en una colina poco distante de Kada-Kaaraan. 



78 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

tierra fueron gigantes. Yo no dudo de su existencia, ni en aquel, ni 
en otros países del mundo*, pero ni podemos adivinar el tiempo en 
que vivieron, aunque hai motivos para creerlo mui remoto, ni pode- 
mos creer que haya habido una nación entera de gigantes, como se 
han imaginado los citados autores, sino algunos individuos estraordina- 
riamente altos, de las naciones conocidas, o de otras mas antiguas, 
que han desaparecido enteramente f. 

La nación de los Tolteques es la primera de que se conservan noti- 
cias, aunque mui escasas. Desterrados estos, según decian ellos mis- 
mos, de su patria Huehuellapallan, pueblo, en cuanto puede congetu- 
rarse, del reino de Tollan J de donde tomaron su nombre, situado al 
Nordeste del Nuevo Megico, empezaron su peregrinación el afio pri- 
mero Tecpatl, es decir el 596 de la era vulgar. Detubieronse sucesi- 
vamente en muchos puntos de su transito, el tiempo que les dictaba 
su capricho, o el que permitian las provisiones que encontraban. 
Donde quiera que juzgaban oportuno hacer una larga mansión, fabri- 
caban casas, y cultivaban la tierra, sembrando maiz, algodón, y otras 
plantas, cuyas semillas llevaban consigo, para no carecer nunca de lo 
necesario. De este modo andubieron vagando, y dirigiéndose siem- 

* Sé que muchos filósofos de Europa, que se burlan de la existencia de los 
gigantes, se burlarán también de mí, o a lo menos compadecerán mi credu- 
lidad : mas yo no debo faltar a la verdad, por evitar la censura. Entre los pue- 
blos incultos de America, se conserva la tradición de haber existido en aquellos 
paises ciertos hombres de desmesurada altura y corpulencia, y no me acuerdo 
que en ninguna nación Americana haya memoria de elefantes, hipopótamos, o de 
otros cuadrúpedos de las mismas dimensiones. El haberse encontrado^.raneos 
humanos, y esqueletos enteros de estraordinario tamaño, consta por la deposición 
de innumerables autores, y especialmente por el testimonio de dos testigos ocu- 
lares que están al abrigo de toda sospecha, cuales son el Dr. Hernández, y el 
P. Acosta, que na carecían de doctrina, ni de critica, ni de sinceridad ; pero no 
sé que en las innumerables escavaciones hechas en Megico, se haya visto 
jamas, un esqueleto de hipopótamo, ni aun un colmillo de elefante. Quizas se 
dirá que pertenecen a estos animales los huesos de que hemos hecho mención ; 
pero i como podra ser asi cuando la mayor parte de ellos se han encontrado en 
sepulcros ? 

t Algunos historiadores de Megico dicen que los gigantes fueron muertos a 
traición por los Tlascaleses : pero esta noticia, ademas de fundarse tan solo 
en algunas poesías de estos pueblos, no está de acuerdo con la Cronología de los 
mismos escritores, los cuales hacen a los gigantes demasiado antiguos, y a los 
Tlascaleses demasiado modernos en el pais de Anahuac. 

t Toltecatl, en Megicano, quiere decir, natural de Tollan, como Tlazcallecatl, 
natural de Tlascala, Chololtecatl, de Cholula, &c. 



LOS TOLTEQUES. 79 

pre acia Mediodía, por espacio de ciento y cuatro años, hasta que lle- 
garon a un punto, al que dieron el nombre de Tollantzinco, distante 
cincuenta millas del sitio en que, algunos siglos después, fue fundada 
la famosa ciudad de Megico. Marcharon durante toda su espedicion 
bajo las ordenes de ciertos capitanes o señores, que eran siete en la 
época de su llegada a Tollantzinco'*. No quisieron establecerse ea 
este pais, apesar de ser suave su clima, y fértil su terreno : sino que, 
pasados apenas veinte años, se retiraron cuarenta millas acia Po- 
niente, donde en las orillas de un rio fundaron la ciudad de ToUan o 
Tula, del nombre de su patria. Esta ciudad, la mas antigua, según 
parece, de la tierra de Anahuac, y una de las mas celebradas en la 
historia de Megico, fue la metrópoli de la nación Tolteca, y la corte 
de sus reyes. Principió su monarquía en el año octavo Acatl, es 
decir el 667 de la era vulgar Cristiana, y duró 384 años. He aqui la 
serie de sus reyes con la espresion del año vulgar en que empezaron 
a reinar f. 

Chalchiutlanetzin en 667. 

Ijtlilcuechahuac en 719. • 

Huetzin en 771. 

fotepeuh en 823. 

Nacajoc en 875. 

Mitl en 927. 

Jiutzaltzin, reina en 979. 

Topiltzin en 1031. 

No es de estrañar que solo reinasen ocho monarcas en poco menos 
de cug^o siglos ; pues una lei estravagante de aquella nación mandaba 
que ninguno de sus reyes reinase ni mas ni menos que un siglo 
Tolteca, el cual, como después veremos, constaba de cincuenta y dos 
años. Si el rei cumplía el siglo en el trono, dejaba inmediatamente 
el gobierno, y entraba otro a reinar ; si moría antes de aquel termino, 
la nobleza tomaba el mando, y gobernaba, hasta cumplirlo, en nom- 
bre del rei muerto. Asi sucedió en tiempo de la reina Jiutzaltzin, la 
cual murió en el año quinto de su reinado, y los nobles gobernaron los 
cuarenta y ocho años restantes. 

, * Los siete gefes Tolteques se llamaban Zacatl, Chalcatzin, Cohuatzon, 
Tzihuacoatl, Metzotzin, y Tlapalmetzotzin. 

t Hemos indicado los años en que empezaron a reinar los monarcas Tolte- 
ques, supuesta la época de su salida de Huehuetlapallan, la cual no es cierta, 
sino, cuando mas, verosimil. 



80 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Civiliz<icion de los Tolteques. 
Los Tolteques fueron celebradisimos entre todas las naciones de 
Anahuac por su cultura, y por su exelencia en las artes : tanto que 
en los siglos posteriores, se daba el titulo de Tolteque, en señal de 
honor, a los artistas de sobresaliente mérito. Vivieron siempre en 
sociedad, congregados en ciudades bien gobernadas, bajo el dominio 
de los soberanos, y el saludable yugo de las leyes. Eran poco 
inclinados a la guerra, y mas propensos al cultivo de las artes, que al 
egercicio de las armas. Las naciones posteriores deben a su industria 
rural el maiz, el algodón, el pimiento, y otros frutos útilísimos. No 
solo se empleaban en las artes de primera necesidad, sino también en 
las de lujo. Sabian fundir el oro y la plata, y por medio de moldes, 
daban a estos metales toda especie de formas. Trabajaban diestra- 
mente las piedras preciosas, y esta fue la clase de industria que les 
dio mas celebridad : pero nada los hace mas acreedores al aprecio de 
la posteridad, que el haber sido los inventores, o a lo menos los refor- 
madores del arreglo del tiempo, adoptado después por todas las 
naciones de Anahuac; lo que supone, como después veremos, muchas 
observaciones, y conocimientos exactos en Astronomía. 

El caballero Boturini* apoyado en las historias antiguas de los 
Tolteques, dice que observando estos, en su antigua patria Huehuet- 
lapallari, la diferencia de cerca de seis horas entre el año solar y el 
civil que tenían en uso, los pusieron de acuerdo, por medio de un dia 
intercalar, que introducían de cuatro en cuatro años ; cuya innovación 
Se verificó ciento y mas años antes de la era Cristianaf. Dices, demás 
que en el año 660, reinando Ijtlilcuechahuac en Tula, un célebre 
astrónomo llamado Huematzin, convocó con el beneplácito del rei a 

• En 8U obra impresa en Madrid en 1746 con este titulo : Idea de una Historia 
de la Nueva España, fundada en una gran colección de figuras, simbolos, caracteres, 
gerogliflcos, cánticos, y manuscritos de autores Indios, nuevamente descubiertos. 

t Todos los que han estudiado en sus fuentes la historia de las naciones de 
Anahuac, saben que aquellas gentes acostumbraban notar en sus pinturas los 
eclipses, los cometas, y los otros fenómenos celestes. Después de leer lo que 
dice Boturini, me he tomado el trabajo de comparar los años Tolteques con los 
nuestros, y he visto que el año 34 de Jesu Cristo, o sea 30 de la era vulgar 
corresponde con el séptimo Tochtli. Hice esto por mera curiosidad, y no con 
el obgeto de confirmar, ni para buscar razones de creer las anécdotas de aquel 
autor. 



i 



CIVILIZACIÓN DE LOS TOLTEQUES. 8t 

todos los sabios de la nación, y con su ausilio trazó aquel famoso libro, 
que llamaron TeoamojtU, esto es, libro divino, en el cual se esponia, 
por medio de diferentes figuras, el origen de los Indios, su dispersión 
después de la confusión de las lenguas en Babel, sus peregrinaciones 
al Asia, sus primeros establecimientos en el continente de America, 
la fundación del imperio de Tula, y sus progresos hasta aquella época. 
Describíanse en el mismo libro los cielos, los planetas, las constela- 
ciones, el calendario de los Tolteques, con sus ciclos, las transforma- 
ciones mitológicas, en que se comprendia la filosofía moral de aquellos 
pueblos, y los arcanos de la sabiduría vulgar, bajo los emblemas o 
geroglificos de los dioses, con todo lo relativo a la religión, y a las 
costumbres. Añade el mismo Boturini que en las pinturas de los 
Tolteques se notaba el eclipse solar ocurrido en la muerte de nuestro 
Redentor, el afío séptimo Tochtli, y que algunos Españoles doctos, y 
versados en la historia, y en las pinturas de los Tolteques, confron- 
taron su cronología con la nuestra, y hallaron que aquella nación 
contaba desde la creación del mundo hasta el tiempo del nacimiento 
de Jesu Cristo, 5199 años, lo que está cíe acuerdo con la cronoftgia 

del calendario Romano. 
» 
Sea lo que fuere de estas curiosas anécdotas, que dejo al juicio de 

lectores sensatos, es cierto e indudable para todos aquellos que han 
estudiado la historia de las naciones de que nos ocupamos, que lo» 
Tolteques tenian ideas claras y distintas del diluvio universal, de la 
confusión de las lenguas, y de la dispersión de las gentes ; y aun 
nombraban sus primeros progenitores que se separaron de las otras 
familia-^n aquella división universal. También es cierto, como lo 
haremos ver después, por mas increíble que paresca a ciertos críticos 
de Europa, acostumbrados a medir a todos los Americanos con la 
misma medida, que los Megicanos, y todas las otras naciones cultas 
de Anahuac, tenian su año civil tan de acuerdo con el solar, por 
medio de los dias intercalares, como lo tubieron los Romanos después 
del arreglo de Julio Cesar, debiéndose esta exactitud a la ilustración 
de los Tolteques. Por lo que hace a la religión, eran idolatras, y 
según lo demuestra la historia, fueron los inventores de la mayor parte 
de la Mitología Megicana : pero no sabemos que practicasen aquellos 
sacrificios barbaros y sangrientos, que después se hicieron tan fre- ' 
cuentes entre las otras naciones. Los historiadores Tezcucanos 
creyeron a los Tolteques inventores de aquel famoso idolo que repre- 
sentaba al dios de las aguas, y estaba colocado en el monte Tlaloc. 
Es indudable que fabricaron en honor de su dios preferido Quetzal- 
TOMO I, 6 



82 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

coatí la altísima pirámide de Cholula, y probablemente también la 
de Teotihuacan en honor del sol y de la luna ; monumentos que, 
aunque desfigurados subsisten todavia*. Boturini creyó que los 
Tolteques erigieron la pirámide de Cholula en imitación de la torre 
de Babel ; pero la pintura en que se apoya su error (mui común en 
el vulgo de Megico) es obra de un Cholules moderno e ignorante, y 
no es mas que un conjunto de despropósitos f. 

* Betancourt atribuye a los Megicanos la construcción de las pirámides de 
Teotihuacan : pero esto es contrario a la opinión de todos los autores tanto 
Españoles como Americanos. El Dr. Sigüenza las cree obras de los Olmeques : 
pero careciendo de modelos de la arquitectura de esta nación, y siendo aquellas 
pjramides hechas por el gusto de las de Cholula, nos inclinamos a pensar que 
los Tolteques fueron los arquitectos de unas y otras, como dicen Torquemada, y 
otros escritores. 

t La pintura citada por Boturini, representaba la pirámide de Cholula con 
esta inscripción Megicana : Toltecatl Chalchihuatl onazia Ehecatepetl, que aquel 
autor traduce asi : monumento o piedra preciosa de la nación Tolteca, que con su 
cerviz recorre la religión del aire ¡ pero pasando por encima de la incorrección 
de la dicción, yelbarbarismo Chalchihuatl, todo el que tenga algún conocimiento 
de la lengua Megicana, vera cuan imaginaria es aquella ifterpretacion. Al pie 
de la pintura, dice el mismo Boturini, puso el autor una nota, en que hablando 
a sus compatriotas, los amonestaba de este modo : " nobles señores, ved aqui 
vuestras escrituras, el espejo de vuestra antigüedad, y la historia de vuestros 
abuelos, los cuales impulsados por el temor del diluvio, fabricaron este asilo, como 
un refugio oportuno, en caso de verse otra vez afligidos por tamaña calamidad.*' 
Pero la verdad es que los Tolteques hubieran estado fuera de su juicio, si por el 
temor del diluvio hubieran emprendido con tantos gastos y fatigas la obrade aquella 
portentosa pirámide, cuando tenian en las fHisinias montañas, poco dis^\ites de 
Cholula, un asilo mucho mas seguro contra las inundaciones, y menor riesgo de 
morirse de hambre. En la misma pintura se representaba, dice Boturini, el 
bautismo de Ilamateuctli, reina de Cholula, conferido por el diácono Aguilar, el 
dia 6 de Agosto de 1521, juntamente con la aparición de la Virgen a un religioso 
Franciscano, que se hallaba en Roma, mandándole que partiese para Megico, 
donde en un monte hecho a mano (esto es la pirámide de Cholula) deberla colocar 
aquella santa imagen. Todo esto no es mas que un tegido de sueños y mentiras, 
por que ni en Cholula hubo jamas reyes, ni aquel bautismo de que ningún 
escritor habla, pudo celebrarse el 6 de Agosto de 1521, época en que Aguilar se 
hallaba con los otros Españoles en lo mas fuerte del asedio de la capital, que 
siete dias después debia rendirse a las armas de los vencedores. De la pretendida 
aparición de la Madre de Dios no hallo la menor traza en los escritores Francis- 
canos, en cuyas Crónicas no se omite ningún suceso de esta clase. Hemos 
demostrado la falsedad de esta relación para que sean mas cautos en creer en 
' pinturas modernas, los que de ahora en adelante escriban la historia de Megico. 



i 



DESTRUCTION DE LOS TOLTEQÜES. 8^ 

Destrucción de los Tolteques. 

En los cuatro siglos que duró la monarquía de los Tolteques, se 
multiplicó considerablemente aquella nación, estendiendose por todas 
partes la población, en muchas y grandes ciudades : pero las estu- 
pendas calamidades que les sobrevinieron en los primeros años del 
reinado de Topiltzin, debilitaron su poder, y disminuyeron su ventura. 
El cielo les negó, durante mucho tiempo, la lluvia necesaria a sus 
campos, y la tierra les escaseó los frutos con que se sustentaban. El 
aire inficionado por exalaciones mortíferas destruía millares de per- 
sonas, llenando de consternación los ánimos de los que sobrevivían al 
esterminio de sus compatriotas. Asi murió de hambre, y de contagio 
una parte de la nación. También murió Topiltzin en el año segundo 
Tecpatl, vigésimo de su reinado, que probablemente seria el de 1052 
de la era vulgar, y con él acabó la monarquía de los Tolteques. Los 
miseros restos de la nación, pensando sustraerse a la común calamidad, 
buscaron oportuno remedio a sus males en otros paises. Algunos se 
dirigieron acia Onohualco, o Yucatán ; otros acia Guatemala, Que- 
dándose algunas fapilias en el reino de Tula, esparcidas en el gran 
valle donde después sé fundó Megico, y en Cholula, Tlagimaloyan, 
y otros puntos. De este numero fueron los dos principes hijos del 
rei Topiltzin, cuyos decendieijtes se emparentaron en las épocas 
posteriores, con las familias reales de Megico, de Tezcuco, y de 
Colhuacan. 

Estas escasas noticias acerca de los Tolteques son las únicas que 
parece Hr dignas de crédito, dejando muchas narraciones fabulosas, de 
que se han servido algunos escritores*. Quisiera haber visto el libro 
divino citado por Boturini, y por D. Fernando de Alba Ijtliljochitl 
en sus preciosos manuscritos, para dar mayor ilustración a la historia 
de aquel celebre pueblo. 

* Dice Torquemada que en un baile dado por los Tolteques, se les apareció el 
diablo en figura de gigante, y abrazándolos con sus desmesurados brazos, los iba 
ahogando en medio de la fiesta ; que después se dejó ver bajo el aspecto de un 
muchacho, con la cabeza podrida, y les comunicó la pestilencia, y que finalmente, 
ajDcrsuasion del mismo diablo abandonaron el pais de Tula. Aquel buen hombre 
tomó al pie de la letra ciertas pinturas simbólicas, en que ellos representaban 
con aquellas figuras, la peste y el hambre que les sobrevinieron cuando se 
hallaban en el colmo de su felicidad. 



g2 



94 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Los Chichimecos. 

Con la destrucción de los Tolteques quedó solitaria, y casi entera- 
mente despoblada la tierra de Auahuac, por espacio de mas de un 
siglo, hasta !a llegada de los Chichimecos*. Eran estos, como los 
Tolteques que les precedieron, y las otras naciones que les vinieron 
en pos, originarios de los paises Septentrionales, pudiéndose con razón 
llamar el Norte de America, como el de Europa, la almaciga del 
genero humano. De uno y otro salieron, a guisa de enjambres, 
naciones numerosisimas a poblar las regiones del Mediodia. El pais 
nativo de los Chichimecos, cuya situación ignoramos, se llamaba 
Amaquemecan, donde según decian, los monarcas de su nación habian 
dominado mucho tiempof. 

Era singular, como parece por su historia, el carácter de los Chichi- 
mecos, porque a cierta especie de civilización, unian muchos rasgos 
de barbarie. Vivían bajo la autoridad de un soberano, y de los gefes 
y gobernadores que lo representaban, y su sumisión no cedia a la de 
las Laciones mas cultas. Habia distinción de plebeyos y nobles, y los 
primeros estaban acostumbrados a reverenciar a los aue eran superiores 
a su condición, por el nacimiento, por el meritp, o por la voluntad del 
principe. Vivían congregados en lugares compuestos, como debe 
creerse de miseras cabanas;}:, pero no se empleaban en la agricultura, 
ni en las artes compañeras de la vida civil. Se alimentaban de la 
caza, de las frutas, y de las raices que les daba la tierra inculta. Su 
ropa se componía de las toscas pieles de las fieras que cazaban, y no 
conocían otras armas que el arco, y la flecha. Su religión 8k<,"educía 

• En mi disertación ii, contradigo a Torqueinada, el cual no cuenta mas que 
once años, entre la ruina de los Tolteques, y la llegada de los Chichimecos. 

f Nombra Torquemada tres reyes Chichimecos de Amaquemecan, y da al 
primero 180 años de reinado, al segundo 156, y al tercero 133. Véase lo que 
digo en mi segunda disertación sobre la desatinada Cronología de atfuel autor. 
El mismo afirma positivamente que Amaquemecan distaba seiscientas millas del 
sitio en que hoi se halla Guadalajara : pero en mas de mil y doscientas millas de 
pais poblado que hai mas alia de aquella ciudad, no se encuentra vestigio ni 
memoria del reino de Amaquemecan : por lo que creemos que este pais, aun no 
conocido, es mucho mas septentrional que lo que se imagina Torquemada. 

X Torquemada dice que los Chichimecos no tenian casas, si no que habitaban 
en las cavernas de los montes : pero en el mismo capitulo afirma que la ciudad 
capital de su reino se llamaba Amaquemecan ; grosera y manifiesta contradicción, 
a menos que Amaquemecan fuese una ciudad sin casas, o que haya ciudades 
compuestas de cavernas. Este defecto Cá muí común en aquel autor, apreciable 
bajo otros aspectos. 



' ;> '»' JOLOTL. 86 

al simple culto del sol, al que ofrecían la yerva, y las flores del campo. 
En cuanto a sus costumbres, eran ciertamente menos ásperos, y rudos 
que lo que permite la Índole de un pueblo cazador. 

Jolotl, primer reí de los Chichimecos en Anahuac. 
El motivo que tubieron para dejar su patria es incierto, como 
también lo es la etimología del nombre Chichimecatl*. El ultimo 
rei que tubieron en Amaquemecan, dejó dividido el gobierno entre 
sus dos hijos Achcauhtli y Jolotl. Este, o disgustado, como suele 
suceder al ver dividida su autoridad, quiso probar si la fortuna le 
deparaba otros países en que pudiera reinar sin rivalidad, o viendo 
que los montes de su reino no bastaban al alimento de los habitantes, 
cuyo numero aumentaba, intentó remediar la necesidad mudando de 
residencia. Tomada aquella resolución, por uno o por otro motivo, y 
hecho por los esploradores el reconocimiento de una gran parte de las 
tierras meridionales, salió de su patria, con un gran egercito de sus 
subditos, que o por afecto, o por interés quisieron seguirlo. En su 
viage iban encontrando las ruinas de las poblaciones Toltequís, y 
especialmente las de la gran cuidad de Tula, a la que llegaron después 
de diez y ocho meses de marcha. Dirigiéronse en seguida acia 
Cempoalla y Tepepolco, a distancia de cuarenta millas del sitio de 
Megico. De allí mandó Jolotl a su hijo el principe Nopaltzin 
a observar el país. El príncipe recorrió las orillas de los dos 
lagos, y las montañas que circundan el delicioso valle de Megico, 
y habiendo observado el resto del país desde una elevación, tiró 
cuatrr^echas a los cuatro puntos cardinales, en señal de la 
posesión, que en nombre del rei su padre tomaba de toda aquella 
tierra. Informado Jolotl de las circunstancias del territorio, tomó la 
resolución de establecerse en Tenayuca, a seis millas de Megico, acia 
el Norte, y distribuyó toda su gente en las tierras comarcanas: pero 
por haberse agolpado la mayor parte de la población acia el Norte, y 
acia el Nordeste, aquellas tierras tomaron el nombre de ChicJiime- 
catlalli, es decir tierra de los Chichimecos. Los historiadores dicen 
que en Tenayuca se hizo la revista de la gente, y que por eso se le 

* Torqiiemada dice que este nombre se deriva de Techichinani, que quiere 
decir chupador, porque chupaban la sangre de los animales que cogian. Pero 
esta etimologia es Violenta, mayormente entre aquellos pueblos, que no alteraban 
tanto los nombres. Betancourt cree que se deriva de Chichime, que significa 
perro, nombre que les daban por burla otros pueblos ; pero si asi fuera, ellos no 
se gloriarían, como se gloriaban en efecto con el nombre de Chichimecatl. 



86 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

dio el nombre de Nepohualco, que significa numeración : pero es 
increible lo que dice Torquemada, a saber, que de la revista resultó 
mas de un millón de Chichimecos, y que hasta su tiempo se conser- 
varon doce montones de piedras, de las que ellos iban echando al 
pasar la reseña. No es verosímil que tan numeroso egercito se 
pusiese en camino para una jornada tan larga, ni parece posible que 
un distrito tan pequeño bastase a un millón de cazadores*. 

Establecido el rei en Tenayuca, que desde entonces destinó para 
corte de sus estados, y dadas las ordenes oportunas para la fundación 
de las otras ciudades y villas, mandó a uno de sus capitanes, llamado 
Achitomatl, que fuese a reconocer el origen de ciertos nos, que el habia 
observado durante la espedicion. Achitomatl encontró en Chapoltepec, 
en Coyohuacan, y en otros puntos, algunas familias Tolteques, de las 
cuales supo la causa y la época de la destrucción de aquel pueblo. No 
solo se astubieron los Chichimecos de inquietar aquellos miseros restos 
de tan célebre nación, si no que contrageron alianza con ellos, casán- 
dose muchos nobles con mugeres Tolteques, y entre ellos el mismo 
prin< ipe Nopal tzin se casó con Azcajochitl, doncella decendiente de 
Pochotl, uno de los dos principes de la casa real de los Tolteques, 
que sobrevivieron a la ruina de su nación. Esta conducta humana 
y benévola produjo grandes bienes a los Chichimecos, pues con el 
trato de la laboriosa nación que los habia precedido, empezaron a 
aficionarse al maiz, y a otros frutos de su industria, aprendieron la 
agricultura, el modo de estraer los metales, el arte de fundirlos, el de 
trabajar las piedras, el de hilar, y teger el algodón, y otros muchas, 
con cuyo ausilio mejoraron su alimento, su trage, sus habita6renes, y 
sus costumbres. 

Llegada de los Acolhuis y otros pueblos. 
No contribuyó menos eficazmente a mejorar la condición de los 
Chichimecos la llegada de otras naciones civilizadas. Apenas habían 
pasado ocho años después del establecimiento de Jolotl en Tenayuca, 
cuando llegaron a aquel pais seis personages, que parecían de alta 
condición, con un séquito considerable de gente f. Eran estos de un 
pais septentrional próximo al reino de Amaquemecan, o a lo menos no 
mui distante de él, cuyo nombre no dicen los historiadores : pero tene- 

* Torquemada dice que el pais ocupado entonces por los Chichimeques tenia 
veinte leguas, o sesenta millas de largo. 

t Los nombras de estos caudillos «ran Tecmtzin, Tzontehtiayotl, Zacatitech- 
cocni, Huihuatzin, Tepotsotectia, y ítzcuincua. 



XLS6ADA DE LOS ACOLHUIS. 87 

mos motivos para creer que era Aztlan, patria de los Megicarios, y que 
estas nuevas colonias eran aquellas seis tribus célebres de los Nahuatla- 
ques, de que hablan todos los historiadores de Megico, y de que luego 
haré mención. Es probable que Jolotl enviase a su patria el aviso de 
las ventajas de aquel pais, donde se habia establecido, y que esparcidas 
estas noticias entre las naciones circunvecinas, muchas familias se de- 
cidiesen a seguir sus pasos, para ser participes de su felicidad. Tam- 
bién puede pensarse que sobrevino una escasez en aquellas tierras del 
Norte, y que esta circunstancia obligó a muchos pueblos a buscar su 
sustento en las del Mediodia. Como quiera que sea, los seis perso- 
nages que vinieron a Tenayuca, fueron benignamente recibidos por el 
rei Chichimeco, el cual, informado del motivo de su viage, y de su 
deseo de establecerse en aquellas regiones, les señaló tierras en que 
pudieran vivir, y propagarse. 

Pocos años después llegaron otros tres principes, con un grueso 
egercito, de la nación Acolhua, originaria de Teoacolhuacan, pais 
vecino, o no mui remoto del reino de Amaquemecan. Llamábanse 
estos magnates Acolhuatzin, ChiconquauhtU, y Tzontecomatl, f eran 
de la nobilisima casa de Citin. Era su nación la mas culta y civilizada 
de cuantas hablan venido a aquellas tierras después de los Tolteques. 
Fácil es de imaginarse el rumor que producirla tan estraña novedad 
en aquel reino, y la inquietud que inspiraria a los Chichimecos tanta 
multitud de gente desconocida. No parece verosímil que el rei les 
permitiese entrar en su territorio, sin informarse antes de su condición, 
y del motjvo de su venida. Hallábase a la sazón el rei en Tezcuco, 
adop,;^ habia trasladado su corte, o cansado de vivir en Tenayuca, o 
atraído por la ventajosa situación de aquella nueva residencia. A ella 
se dirigieron los tres principes, y presentados al rei, y después de una 
profunda inclinación, y de aquella ceremonia de veneración, tan común 
entre ellos, que consiste en besarse la mano, después de haber tocado 
con ella el suelo, le digeron en sustancia : " Hemos venido, o gran 
rei, del reino de Teoacolhuacan, poco distante de vuestra patria. Los 
tres somos hermanos, e hijos de un gran señor : pero instruidos de la 
felicidad de que gozan los Chichimecos, bajo el dominio de un reí 
tan humano, hemos preferido a las ventajas que nos ofrecía nuestra 
patria, la gloria de ser vuestros subditos. Os rogamos pues que nos deis 
un sitio en vuestra venturosa tierra, en que podamos vivir dependientes 
de vuestra autoridad, y sometidos a vuestros mandatos." Quedó mui 
satisfecho el rei, menos de la gallardía, y de las modales cortesanas de 



88 HISTORIA ANTIGUA DE ME6IG0. 

aquellos nobilísimos jóvenes, que de la lisong-era vanidad de ver humi- 
llados a su presencia tres principes atraidos de tan remotos paises por 
la fama de su poder y de su clemencia. Respondió con agrado a sus 
espresiones, y les prometió condecender con sus deseos ; pero en tanto 
que deliberaba sobre el modo de hacerlo, mandó a su hijo Nopaltzin 
que alojase aquellos estrangeros, y los cuidase, y atendiese. 

Tenia el rei dos hijas en edad de casarse, y pensó darlas por esposas 
a los dos príncipes mayores ; mas no quiso descubrir su proyecto, 
hasta haberse informado de su Índole, y estar cierto de la aprobación 
de sus subditos. Cuando quedó satisfecho sobre ambos puntos, llamó 
a los principes, que no dejaban de estar inquietos acerca de su suerte, 
y les manifestó su resolución no solo de darles estados en su reino, 
si no también de unirlos en casamiento con sus dos hijas, quejándose 
de no tener otra, afín de que ninguno de los ilustres estrangeros que- 
dase escluido de la nueva alianza. Los principes le manifestaron su 
gratitud en los términos mas espresivos, y so ofrecieron a servirlo con 
la mayor fidelidad. 

Ll^^ado el día de la boda, concurrió tanta muchedumbre de gente 
a Tenayuca, lugar destinado para la celebridad de aquella gran fun- 
ción, que no siendo la ciudad bastante a contenerla, quedó una 
gran parte de ella en el campo. Casóse Acolhuatzin con la mayor de 
las dos princesas, llamada Cuetlajochiil, y Chiconquauhtli con la 
menor. . El otro principe se casó con Coatetl, doncella nacida en 
Chalco de padres nobilísimos, en los cuales se había mezclado la 
sangre Tolteca con la Chichimeca. Las fiestas publicas duraron se- 
senta días, en los cuales hubo lucha, carrera, combates de vieras, 
egercicios análogos al genio de los Chichimecos, y en los cuales 
sobresalió el principe Nopaltzin. A egemplo de la familia real, se 
fueron uniendo poco a poco en casamiento, otras muchas de las dos 
naciones, hasta formar una sola, que tomando el nombre de la mas 
noble se llamó Acolhua, y el reino Acolhuacan. Conservaron sin 
embargo el nombre de Chichimecos aquellos que, apreciando mas 
bjen las fatigas de la caza, que los trabajos de la agricultura, o inca- . 
paces de someterse al yugo de la subordinación, se fueron a los montes 
que están al Norte del valle de Megico, donde abandonándose al ím- 
petu de su barbara libertad, y viviendo sin gefes, sin leyes, sin domi- 
cilio fijo, y sin las otras ventajas de la vida social, corrían todo el día 
en pos de las bestias salvages, y se echaban a dormir donde les cogía 
la noche. Estos barbaros, mezclados con los Otomites, que seguían 



DIVISIÓN DE LOS ESTADOS. 89 

el mismo sistema de vida, ocuparon un terreno de mas de trecientas 
millas de estension, y sus decendientes estubieron muchos años moles- 
tando a los Españoles, después de la conquista de Megico. "^^ *'' 

División de los Estados, y Revueltas. 

Terminadas las fiestas de las bodas, dividió Jolotl su reino en mu- 
chos estados, y los repartió entre sus yernos, y varios nobles de una 
y otra nación. Al principe Acolhuatzin confirió las tierras de Azca- 
pozalco, a diez y ocho millas al Poniente de Tezcuco, y de él decen- 
dieron los reyes bajo cuyo yugo estubieron mas de cincuenta años los 
Megicanos. A Chiconquauhtli dio el estado de Jaltocan, y a Tzonte- 
comatl el de Coatlichan. 

Aumentábase de dia en dia la población, y con ella la cultura de los 
pueblos : pero al mismo tiempo se despertaron en sus ánimos la ambición 
y otras pasiones, que hablan estado adormecidas, por falta de ideas, ' 
durante su vida salvage. Jolotl, que en la mayor parte de su reinado i 
habia gobernado con gran suavidad a sus subditos, y los habia hallado ' 
siempre dóciles y sumisos, se vio obligado, en los últimos años dst su 
vida, a echar mano de medidas severas, para reprimir la inquietud de 
algunos rebeldes, ora privándolos de sus empleos, ora mandando dar' 
muerte a los mas criminales. Estos justos castigos, en vez de intimi- 
darlos, los exasperaron en tales términos, que formaron el detestable 
designio de quitar la vida al rei, para lo cual se presentó mui en breve 
una ocasión favorable. Habia el rei manifestado poco antes su inten- 
ción de aumentar las aguas de sus jardines, en que solia divertirse, y 
donde ^chas veces, oprimido por los años, y atraído por la frescura 
y amenidad del sitio, se entregaba al sueño, sin tomar la menor pre- 
caución para su seguridad. Noticiosos de esto los rebeldes, hicieron 
un dique al arroyo que atravesaba la ciudad, y abrieron un conducto 
para introducirla en los jardines, y cuando el rei estaba dormido en 
ellos, alzaron el dique, y dejaron correr el agua, con intención de 
anegarlos. Lisongeabanse con la esperanza de que no se descubrirla 
jamas su delito, pues la desgracia del rei podria atribuirse a un acci- 
dente imprevisto, o a medidas mal tomadas, por subditos que deseaban 
sinceramente complacer a su soberano : pero no les salió bien su in- 
tento. El rei tubo aviso secreto de aquella conjuración, y disimulando 
que la sabía, fue a la hora acostumbrada al jardin, y se eclió a dormir 
en un sitio elevado, donde no corria peligro. Cuando vio entrar el 
agua, aunque la traición quedaba descubierta, continuó disimulando 



90 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

para burlarse de sus enemigos. " Yo, dijo entonces, estaba bien con- 
vencido del amor de mis subditos; pero ahora veo que me aman mas 
de lo que creia. Queria aumentar el agua de mis jar4ines, y mis sub- 
ditos realizan mis deseos, sin ocasionarme el menor gasto. Conviene 
celebrar esta nueva ventura." En efecto, mandó hacer fiestas públicas 
en la corte, y cuando hubieron terminado, partió para Tenayuca, lleno 
de pena, y enojo, y resuelto a imponer severo castigo a los conjura- 
dos : mas do tardó en caer gravemente enfermo, con lo cual se calmó 
su colera. 

Muerte y Exequias de Jolotl. 

Sintiendo Jolotl que se aproximaba Ja muerte, llamó al príncipe No- 
paltzin, a sus dos hijas, y a su yerno Acolhuatzin (los otros dos her- 
manos habian muerto) y les recomendó que viviesen en paz entre si, 
que cuidasen de sus pueblos, que protegiesen a la nobleza, y que tra- 
tasen con benignidad a todos sus subditos ; y de alli a pocas horas, 
en medio de las lagrimas y sollozos de sus hijos, dejó de vivir, en edad 
mui «avanzada, y después de haber reinado en aquel pais, según parece, 
por espacio de cuarenta años. Era hombre robusto, y animoso, pero 
tiernisimo para con sus hijos, y benigno para con sus vasallos. Su 
reinado hubiera sido mas feliz, si hubiera durado menos*. 

Esparcióse inmediatamente la noticia de la muerte del monarca por 
toda la nación, y se comunicó con prontitud su aviso a todos los mag- 
nates, afin de que asistiesen a las exequias. Adornaron el cadáver 
con figuras de oro y plata, que ya habian empezado a trabajar los Chi- 
chimecos, adoctrinados por los Tolteques, y lo colocaron en^.^a silla 
hecha de goma de copal, y de otras sustancias aromáticas. Alli estu- 
bo cinco días entanto que llegaban los personages convocados. Bes- 
pues que se reunieron estos, y una infinita muchedumbre de gente, fue 
quemado el cadáver, según el uso de los Chichimecos, y sus cenizas 
colocadas en una urna de piedra durísima. Esta se mantubo espuesta 
por espacio de cuarenta dias, en una sala de la casa real, donde diaria- 
mente concurría la nobleza, a tributar al difunto soberano el home- 
nage de sus lagrimas. Después fue transportada la urna a una gruta, 
situada en las inmediaciones de la ciudad, con las mismas demostra- 
ciones de dolor. 



* Torquemada da a Jolotl 113 años de reinado, y mas de 20() de vida. Véase 
acerca de esto mi disertación. 



NOPALTZIN. 91 

Nopaltzin, segundo rei de los Chichimecos/ 
Terminadas las exequias de Jolotl, se celebró, durante otros cuaren- 
ta dias, la exaltación al trono, del principe Nopaltzin, con grandes fies- 
tas y regocijos. Al despedirse del nuevo rei los nobles, para volver a 
sus respectivos estados, uno de ellos le dirigió esta breve arenga : 
" Gran rei y Señor, nosotros, como subditos y siervos vuestros, vamos, 
en obediencia de vuestras ordenes, a regir los pueblos que habéis co- 
metido a nuestro cuidado. Llevamos en el alma el placer de haberos 
visto en el trono, de que sois tan digno por vuestra virtud, como por 
vuestro nacimiento. Declaramos que es incomparable la ventura de 
que disfrutamos en servir a un señor tan alto, y tan poderoso, y os 
rogamos que nos miréis con ojos de verdadero padre, y que nos prote- 
jáis con vuestro poder, afín de que vivamos seguros a vuestra sombra. 
Vos sois agua restauradora, y fuego devorador, y en vuestras manos 
tenéis igualmente nuestra muerte, y nuestra vida." 

Despedidos los señores, permaneció el rei en Tenayuca con su her- 
mana Cihuajochitl, viuda del principe Chiconquauhtli. Entonces, legun 
mis congeturas, ejja de cerca de sesenta años de edad, y tenia hijos y 
nietos. Los hijos legitimos, de su casamiento con la reina Tolteca, 
eran Tlotzin, Quauhtequihua, y Apopozoc. A Tlotzin, que era el pri- 
mogénito, confirió el gobierno de Tezcuco, para que fuese aprendiendo 
el arte dificil de regir a los hombres, y a los otros dos dio la investidu- 
ra de los estados de Zacatlan, y de Tenamitic*. 

Un año se detubo el rei en la corte de Tenayuca, arreglando los ne- 
gocif ^el estado, que ya no gozaba de la antigua tranquilidad. De 
alli pasó a Tezcuco, para tratar con su hijo acerca de los medios que 
deberían adoptarse, afin de restablecerla. Estando en aquella ciudad, 
entró una vez en los jardines reales con su hijo, y con otros señores de 
la corte, y en medio de la conversación que con ellos tenia, prorrumpió 
de repente en amargo llanto. Habiéndole preguntado la causa de su 
aflicción, *' dos, dijo, son las causas de estas lagrimas que me veis der- 
ramar : una la memoria de mi difunto padre, que me despierta la vis- 
ta de este sitio en que solia recrearse : otra, la comparación que hago 
entre aquellos tiempos, y los amargos en que vivimos. Cuando mi 

* Si se adopta la cronología de Torquemada, es necesario dar a Nopaltzin, 
cuando subió al trono, 130 años de edad : porque cuando llegó con su padre al 
país de Anahuac, tenia a lo menos 18 o 20 años, puesto que tubo el encargo de 
reconocer la tierra. Añádanse 113 que según Torquemada duró el reinado de 
Jolotl, y harán 131 o 132 años. Véase acerca de esto mi segunda disertación. 



92 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

padre plantó estos jardines, tenia subditos mas pacifícos, que lo ser- 
vían con fidelidad, en los empleos que les conferia, y que ellos 
aceptaban con humildad y agradecimiento : mas hoi, por todas partes 
reinan la discordia, y la ambición. Me aflige el verme obligado a tra- 
tar como enemigos, a los subditos que antes, en estos mismos sitios, 
trataba como amigos, y hermanos. Tu, hijo mió, anadio dirigiéndose 
a Tlotzin, ten siempre a los ojos la imagen de tu gran abuelo : esfuér- 
zate en imitar los egemplos de prudencia y de justicia que nos ha de- 
jado. Fortalece tu corazón con todas las prendas de que después ne- 
cesitarás para regir dignamente tus pueblos." Después de haberse 
consolado con su hijo, partió a la corte de Teimyuca. 

El principe Acolhuatzin, que aun vivia, creyendo demasiado estre- 
chos los limites de su estado de Azcapozalco, resolvió apoderarse del 
de Tepotzotlan, y lo tomó en efecto por fuerza, apesar de la resisten- 
cia que le opuso Chalchiuhcua, señor de aquel territorio. Es probable 
que Acolhuatzin no emprendiese aquella violencia sin el espreso con- 
sentimiento del rei, que quizas se vengó de este modo de alguna ofensa 
que le habria hecho Chalchiuhcua. 

Algo mas sanguinosa fue la contienda que estalló de alli a poco, por 
intereses de otra naturaleza. Huetzin, señor de Coatlíchan, hijo del 
difunto pricipe Tzontecomatl *, queria casarse con Atotoztli, noble y 
hermosa doncella, sobrina de la reina. La misma pretensión tenia 
Jacazofolotl, señor de Tepetlaoztoc : mas este, o mas enamorado, o 
de carácter mas violento, no satisfecho con pedirla a su padre, quiso 
apoderarse violentamente de ella, y con este obgeto reunió un peque- 
ño egercito de sus subditos, a los que se reunió Tochinteuctli, CfíL°¡ ha- 
bla sido señor de Quahuacan, y que por sus crimenes habia sido despo- 
jado de sus bienes, y desterrado a Tepetlaoztoc. Noticioso Huetzin 
de aquel atentado le salió al enci^ntro con mayor numero de tropas, y 
le presentó batalla en las inmediaciones de Tezcuco en la cual murió 
Jacazozolotl, con parte de su gente, quedando destrozado el resto de 
su egercito. Tochinteuctli huyó a la ciudad de Huejotzinco, mas 

* Dice Torquemada en el capitulo 30 del libro 1 que Huetzin fue hijo de 
Itzmitl, y este de Tzontecomatl, y en el 40 dice que Itzmitl fue uno de los que 
vinieron con Jolotl de Amaquemecan ; de modo que seefun esto nació antes que 
su padre, el cual era joven cuando vino a Anahuac, y este venida no se verifico 
sino en el año 47 del reinado de Jolotl, como afirma el mismo autor. Ademas de 
esto, en una parte dice que Itzmitl era Chichimeco, y en otra lo hace hijo de un 
Acolhua. Pero ; quien sera capaz de numerar todas las contradicciones y ana- 
cronismos de Torquemada ? 



TLOTZIN. 96 

allá de los montes. Huetzin, libre de su rival, se apoderó, con bene- 
plácito del rei, de la doncella, y del estado de Tepetlaoztoc. 

Después de estas pequeñas guerras entre feudatarios se movió otra, 
mas importante, entre la corona, y la provincia de Tollantzinco, que 
se habia rebelado. El rei fue a ella en persona, con un gran egercito, 
pero como los rebeldes eran en gran numero, y bien aguerridos, las 
tropas reales sufrieron grandes perdidas, en los diez y nueve dias que 
duró la guerra, hasta que reforzadas por nuevas huestes, que envió el 
principe Tlotzin, los rebeldes fueron derrotados, y castigados con el 
ultimo suplicio los gefes de la rebelión. Aquel egemplo fue seguido 
por otros señores, pero con igual resultado. 

Ya habia Nopaltzin tranquilizado el reino, cuando murió el célebre 
principe Acolhuatzin, primer señor de Azcapozalco, dejando aquellos 
dominios a su hijo Tezozomoc. Celebráronse con gran magnificencia 
sus exequias, asistiendo a ellas el rei con la nobleza de las dos naciones 
Acolhua y Chichimeca. 

Tlotzin, rei tercero de los Chichimecos. » 

No tardó en morir el rei, después de treinta y dos años de reinado, 
habiendo antes declarado sucesor a la corona a su hijo primogénito 
Tlotzin. Las exequias se celebraron en la corte, y con el mismo apa- 
rato y ceremonias que las del rei Jolotl, a quien fue mui semejante no 
menos en la índole, que en la robustez y en el valor. Éntrelos seño- 
res que asistieron a la exaltación del nuevo rei, estaban dos de sus 
hermanos, Quauhtequihua y Apopozoc, los cuales permanecieron un 
año e^^alacio. Era Tlotzin de carácter tan benigno y amable, que 
formaba las delicias de sus vasallos. Todos los nobles buscaban pre- 
testos para ir a visitarlo, y gozar de la suavidad de su trato. No es- 
tante su enérgica propensión a la paz, cuidó mucho de las cosas de la 
guerra, haciendo que sus subditos se egercitasen en el manejo de las 
armas. La caza era su ocupación favorita : pero no tenemos porme- 
nores de sus acciones, ni de los sucesos de su reinado, en los treinta 
y seis años durante los cuales^ ocupó el trono de Acolhuacan. Murió, 
afligido por gravísimos dolores, en Tenayuca. Sus cenizas se deposi- 
taron en un vaso de piedra preciosa, donde estubieron cuarenta dias 
espuestas a la vista del pueblo, en un pabellón. 

Quinatzin, cuarto rei de los Chichimecos. 
Sucedió a Tlotzin su hijo Quinatzin, llamado también Tlaltecatzin, 
cuya madre Quauhcihuatzin, era hija del señor de Huejotla. Su 



94 HISTORIA ANTIGUA DB MBGICO. 

exaltación fue celebrada con mayor pompa que la de sus antecesores, nó' 
en Tenayuca, sino en Tezcuco, donde estableció su corte, y que, desde 
entonces hasta la conquista de los Españoles, íue siempre la capital del 
reino de Acolhuacan. Para pasar de la antigua a la nueva corte, se 
hizo transportar en una litera descubierta, llevada en hombros por cua- 
tro señores principales, y debajo de un dosel o sombrilla, que otros 
cuatro llevaban. Hasta aquel tiempo todos los caudillos habían cami- 
nado a pie. El fue el primer rei a quien la vanidad sugirió aquella 
especie de magnificencia, y este egemplo fue después imitado por 
todos sus sucesores, y por todos los señores y magnates de aquel pais, 
esforzandose cada cual en superar a los otros en lujo. Emulación no 
menos perniciosa a los estados que a los principes mismos. 

Los principios del gobierno de este monarca fueron tranquilos: pero 
después se rebelaron los estados de Meztitlan y Tototepec, situados 
en los montes al Norte de la capital. Cuando el rei tubo noticia de 
aquel suceso, marcbó con un gran egercito, y mandó decir a los gefes 
de los rebeldes, que si su valor era igual a su perfidia, bajasen dentro 
de dc^ dias a la llanura de Tlagimalco, donde una batalla decidirla su 
suerte, y que si así no lo hacían, estaba resuelto a incendiar sus pue- 
blos, sin perdonar mugeres ni niños. Los rebeldes, que estaban pre- 
venidos, bajaron antes del termino señalado, a la llanura, para osten- 
tar su valor. Dada la señal del ataque combatieron furiosa, y ostina- 
damente unos y otros, hasta que la noche los separó, dejando indecisa 
la victoria. Asi continuaron por termino de cuarenta dias en frecuen- 
tes encuentros, sin desanimarse los rebeldes, apesar de las ventajas 
que no cesaban de obtener las tropas reales, pero viendo Sgie la 
muerte, y la deserción de las tropas aceleraba el termino de su ruina, 
se rindieron a su soberano, el cual, castigando rigorosamente a los 
gefes de la rebelión, perdonó a los pueblos su delito. Lo mismo hizo 
con el estado de Tepepolco, que también se había rebelado. 

Este espíritu de insubordinación se iba propagando por todo el reino, 
a guisa de contagio, pues apenas se hubo comprimido la de Tepepolco, 
se declararon rebeldes Huehuetoca, Mizquic, Totolapa, y otras cuatro 
ciudades. Quiso el rei ir ea persona, con un buen cuerpo de tropas, 
contra Totolapa, y envió contra las . otras seis ciudades, otros tantos 
cuerpos, bajo el mando de generales valerosos y fieles ; y fue tanta su 
ventura, que dentro de poco tiempo, y sin perdida considerable, volvió 
a colocar bajo su obediencia a las siete ciudades. Estas victorias se 
celebraron por ocho dias en la corte, con grandes regocijos, y se die- 
ron premios a los caudillos y soldados, que mas se habían distinguido. 



REYES GHIGHIMEGOS. 96* 

Como el mal egemplo de algunos estados habia despertado en otros 
el espirita de revuelta, y desobediencia, asi el mal éxito que aquellos 
tubieron sirvió para comprimir a los que maquinaban novedades, con- 
tra la debida sumisión a su legitimo soberano : de modo que en el 
resto de su reinado, que según dicen los escritores, duró sesenta años, 
gozó Quinatzin de una gran tranquilidad. 

Cuando murió este reí se hicieron con él algunas demostraciones 
que no se hablan hecho con ninguno de sus predecesores. Se abrió 
su cadáver, y sacadas las entrañas, lo prepararon con no sé que com- 
posición aromática, afin de preservarlo algún tiempo de la corrupción. 
Colocáronlo después en una gran silla vestido con los trages reales, y 
armado de arco, y flechas, y le pusieron a los pies un águila de made- 
ra, y detras un tigre, como simbolos de su intrepidez y valor. En esta 
disposición lo tubieron cuarenta dias al publico, y después del llanto 
acostumbrado, lo quemaron, y depositaron sus cenizas en una caverna 
de los montes vecinos a Tezcuco. 

Sucedió a Quinatzin su hijo Techotlalla : pe'ro los acaecimientos de 
est^ y de los siguientes reyes Chichimecos están ligados con le* de 
los Megicanos, lo cuales ya por aquel tiempo (siglo 14 de la era vul- 
gar) hablan fundado su famosa capital : por lo que los reservamos para 
otra ocasión, contentándonos ahora con presentar a los lectores la se- 
rie de todos sus reyes, en cuanto se sabe, y el año de, la era vulgar 
que empezaron a reinar, dando después algunas noticias acerca de las 
otras naciones que ocuparon aquellos países antes de los Megicanos. 

J^ s Reyes Chichimecos. 

~ '*' Jolotl en el siglo 12. 

Nopaltzin en el siglo 13. 

Tlotzin en el siglo 13. 

Quinatzin en el siglo 14. 

Techotlalla en el siglo 14. * 

Ijtliljochitl en el año de 1406. 

Entre este y, el rei siguiente ocuparon el trono de Acolhuacan los 
tiranos Tezozomoc y Majtla. 

Nezahualcoyotl en el año de 1426. 

Nezahualpilli en el año de 1470. 

Cacamatzin en el año de 1516. 

Cuicuitzcatzin en el año do 1520. 

Coanacotzin en el año de 1520. 

No podemos saber en qué años empezaron los cinco primeros reyes, 



96 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

porque ignoramos cuanto tiempo reinaron Tolotl, y Techotlalla. Es 
verosímil que la monarquía Chichimeca tubo prinnipio en Anahuac 
acia fines del siglo 12, y duró 330 años, hasta el de 1521, en que cayó 
con el reino de Megico. Ocuparon el trono once reyes legítimos a lo 
menos, y dos tiranos *. 

Los Acolhuies, o Acolhuis, llegaron al país de Anahuac ya entrado 
el siglo 18. Por lo que respeta a las otras naciones, es increíble la 
diversidad de opiniones, y la confusión de los historiadores sobre su 
origen, su numero, y sobre el tiempo de su llegada. El gran estudio 
que he hecho para averiguar la verdad, solo ha servido para aumentar 
mi incertidumbre, y hacerme perder la esperanza de saber lo que hasta 
ahora he ignorado. Dejando pues aparte las fábulas, diré tan solo la 
cierto, o a lo menos, lo probable. 

Los Olmeques, y los Otomites. 

Los Olmeques, y los Gicalanques, ora se consideren como una sola 
nación, o como dos naciones, perpetuamente juntas y aliadas, fueron 
tan antiguas en el pais de Anahuac, que algunos autores las creen an- 
teriores a los Tolteques. Nada se sabe acerca de su origen t y lo que 
únicamente se puede colegir de las pinturas antiguas de aquellos pue- 
blos, es que habitaron el pais circunvecino a la gran montaña Matlal- 
cueye, de donde, arrojados por los Teochichimecos, o Tlascaleses, se 
transfirieron a las costas del golfo Megicano '\,. 

Los Otomites, que eran una de las naciones mas numerosas, fueron 
probablemente de los mas antiguos en aquel pais : pero se conserva- 
ron por muchos siglos en la barbarie, viviendo esparcidos en laiftimver- 
nas de los montes, y sustentándose de la caza, en que eran diestrisi- 
mos. Ocuparon un territorio que se estendia a mas de trescientas 

* No contamos entre los reyes Chichimecos a Ijtliljochitl IT, porque, mas 
bien que rei, fue gobernador de Tezcuco, nombrado por los Españoles. Tam- 
bién podría dudarse si Cuicuitzcatzin deba contarse entre los reyes, pues a despe- 
cho, y contra el derecho de Coanatcotzin, fue instalado en el reino de Acolhua- 
can por Motezuma, y por las intrigas del conquistador Cortés : pero a lo menos 
Cuicuitzcatzin, fue aceptado por la nación, cuando aun no estaba sometida al 
yugo Español. 

t Algunos autores, y entre ellos el Dr. Sigüenza, dicen que los Olmeques pasa- 
ron de la isla Atlantida, y que fueron los únicos que llegaron a Anahuac, por la 
parte de Oriente, pues todas las demás entraron por el Norte : pero ignoro los 
fundamentos de esta opinión. 

X Boturini congetura que los Olmeques, arrojados de su pais, se fueron a las 
islas Antillas, y a la America Meridional. Todo puede ser: mas no se sabe. 



LOS TARASQUES^.'" ' 97 

millas de las montañas de Izmiquilpan, confinando por Levante y Po- 
niente con otras naciones no menos salvages, En el siglo XV empe- 
zaron, como después diremos, a vivir en sociedad, sometidos a la coro- 
na de Acolhuacan, o por la fuerza, o estimulados por el egemplo de 
los otros pueblos. Fundaron infinitos pueblos en el "pais de Anahuac» 
y aun en el mismo valle de Megico ; y la mayor parte de ellos, y es- 
pecialmente los mayores, como los de Gilotepec, y Huitzapan, en las 
inmediaciones del pais que antes ocupaban ; otros esparcidos entre los 
Matlatzinques, y los Tlascalteses, y en otras provincias del reino, con- 
servando hasta nuestros tiempos, sin alteración, su lenguage primitivo, 
aun en las colonias aisladas, y rodeadas de otras naciones. No se 
crea sin embargo que toda la nación estubiese entonces reducida a la 
vida civil, pues una parte de ella, y quizas la mayor, quedó en el esta- 
do salvage con los Chichimecos. Los barbaros de ambas naciones, 
confundidos por los Españoles bajo esta ultima denominación, se hicie- 
ron famosos por sus corre rias, y hasta el siglo xvii no fueron entera- 
mente sometidos por los conquistadores. Los Otomites han sido siem- 
pre reputados la nación mas tosca de Anahuac, tanto por la dificultad 
que todos hallan en entender su idioma, como por su vida servil, pues 
aun en los tiempos de los reyes Megicanos eran tratados como escla- 
vos. Su lenguage es bastante difícil, y lleno de aspiraciones guturales 
y nasales, pero no carece de abundancia ni de espresion. Antigua- 
mente fueron célebres por su destreza en la caza : hoi comercian, por 
lo común, en telas toscas, de que se visten los otros Indios. 

^ Los Tarasques. 

La nación de los Tarasques ocupó el vasto, rico, y ameno pais de 
Michuacan, en que se multiplicaron considerablemente, y fundaron 
muchas ciudades, e infinitos pueblos. Sus reyes fueron rivales de los 
Megicanos, y tubieron frecuentes guerras con ellos. Sus artistas ri- 
valizaron con los de las otras naciones, y aun los exedieron : a lo menos, 
después de la conquista de Megico se hicieron en Michuacan las me- 
jores obras de mosaico, y solo alli se conservó hasta nuestros tiempos 
aquel arte precioso. Los Tarasques eran idolatras, pero no tan crue- 
les como los Megicanos en su culto. Su lengua es abundante, dulce» 
y sonora. Usan frecuentemente de la r suave ; sus silabas constan 
por lo común de una consonante, y de una vocal. Ademas de las ven- 
tajas naturales de su pais, sirvió de mucho a los Tarasques tener por 
primer obispo a D. Vasco de Quiroga, uno de los mas insignes prela- 
dos que ha producido España, digno de compararse a los antiguos pa- 

TOMO I. H 



98 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

dres del Cristianismo, y cuya memoria se ha conservado hasta nues- 
tros dias, y se conservará eternamente entre aquellos pueblos. El 
pais de Michuacan, uno de los mas hermosos del Nuevo Mundo, fue 
agregado a la corona de España, por la libre y espontanea cesión de 
su legitimo soberano, sin que costase a los Españoles una gota de san- 
gre, aunque es de creer que el temor que le inspiraria la reciente des- 
trucción del imperio Megicano, indugese a aquel monarca a ceder a la 
necesidad *. 

Los Mazahuis, los Matlatzinques, y otras naciones. 

Los Mazahuis fueron algún tiempo parte de la nación Otomita, 
pues aquellos dos idiomas no son mas que dialectos de uno mismo : 
mas esta diversidad entre naciones tan celosas de conservar incorrupta 
su lengua es un argumento claro de la antigüedad de su separación. 
Los principales lugares habitados por ellos estaban en las montañas 
occidentales de! valle do Megíco, y componían la provincia de Maza- 
huacan, perteneciente a la corona de Tacuba. 

L^s Matlatzinques formaron un estado considerable en el fértil valle 
de Toluca, y por grande que fuese su antigua reputación de valor, 
fueron sin embargo sometidos a la corona do Megico por el reí Ajaya- 
catl, como despnes diremos. 

Los Mijteques, y los Zapoteques poblaron los vastos países, que 
después tubieron aquellos dos nombres, y que estaban al Sudeste de 
Tezcuco. Los diferentes estados en que se dividieron aquellos terri- 
torios, estubieron gran tiempo gobernados por otros tantos gefes y se- 
ñores, de las mismas naciones, hasta que los conquistaron los Viegica- 
nos. Eran pueblos civilizados e industriosos ; teniaQ leyes, practica- 
ban las artes de los Megicanos, y adoptaban el mismo método para 
computar el tiempo, y las mismas pinturas para perpetuar la memoria 

* Boturini dice que hallándose los Megicanos sitiados por los Españoles, envia- 
ron una eml)ajada al rei de Michuacan, para negociar una alianza con él; que 
este reunió cien mil Tarasques, y otros tantos Teochichimecos en la provincia 
de Avalos, pero amedrentado por una visión que tubo una hermana suya, muer- 
ta y restituida a la vida, licenció las tropas, y abandonó su primer designio de so- 
correr a los Megicanos. Pero todas estas son fábulas. 1 . Ningún autor de aquel 
siglo hace mención de semejante suceso. 2. ¿ Donde estaban esos cien mil hom- 
bres que tan pronto se reunieron ? 3. ¿ Por que reunió el egercito en la provin- 
cia mas distante de Megico ? i Quien ha visto que el rei de Francia reúna sus 
tropas en Flandes para socorrer a España ? La resurrección de aquella princesa 
es una fábula compuesta sobre el memorable suceso de la hermana de Mote- 
euczoma de que después hablaremos. 



í 



LOS MAZAHUIS, MATLATZINQUES, Y NAHUATLAQÜES. 99 

de los sucesos. En ellas representaban la creación del mundo, el di- 
luvio universal, y la confusión de lenguas, aunque mezclado todo esto 
con fábulas absurdas*. Después de la conquista, los Mijteques y los 
Zapoteques eran de los pueblos mas industriosos de Megico. Mien- 
tras duró el comercio de la seda, ellos fueron los que criaron los gusa- 
nos, y a sus fatigas se debe toda la cochinilla que de muchos años a 
esta parte se ha traido de Megico a Europa. 

Los Chiapaneses, si hemos de dar crédito a sus tradiciones, fueron 
los primeros pobladores del Nuevo Mundo. Decian que Votan, nieto 
de aquel respetable anciano que fabricó la barca grande para salvarse 
a sí mismo, y a su familia del diluvio, y uno de los que emprendieron 
la obra del grande edificio que se hizo para subir al cielo, fue por es- 
preso mandato del Señor a poblar aquella tierra. Decian también que 
los primeros pobladores habian venido de la parte del Norte, y que, 
cuando llegaron a Soconusco, se separaron, yendo los unos a habitar 
el pais de Nicaragua, y permaneciendo los otros en el de Chiapan. 
Esta nación, según dicen los historiadores, no estaba gobernada por 
un rei, sino por dos gefes militares, nombrados por los sacerdotes. 
Asi se mantubieroí^ hasta que los últimos reyes Megicanos los some- 
tieron a aquella corona. Hacían el mismo uso de las pinturas que 
los Megicanos, y tenían el mismo modo de computar el tiempo ; pe- 
ro empleaban diferentes figuras que aquellos para representar los años, 
los meses, y los días. 

Con respecto a los Cohuijques, a los Cuitlateques, a los Jopes, a 
los Mazateques, a los Popoloques, a los Chínanteques, y a los Toto- 
naque?^ada sabemos de su origen, ni del tiempo de su llegada al 
territorio de Anahuac. De sus costumbres particulares, diremos lo 
que pueda contribuir a ilustrar la' historia de los Megicanos. 

Los Nahuatlaques. 

Pero de todos los pueblos que residieron en el pais de Anahuac, y 
en él se propagaron, los mas famosos, y los que mas papel hacen en la 
historia de Megico, son los que vulgarmente se llaman Nahuatlaques. 
Fue dado principalmente este nombre, cuya etimología hemos espues- 
to al principio de esta historia, a las siete naciones, o por mejor decir, 
a las siete tribus de la misma nación, que llegaron a aquel pais des- 
pués de los Chichímecos, y poblaron las ísletas, las orillas, y los al- 
rededores de los lagos Megicanos. Estas tribus fueron las de los So- 

* V«ase sobre la Mitología de los Mijteques la obra de Fr. Gregorio García, 
Dominicano, intitulada Origen de los Indios, libro 5, cap. 4. 

H 2 



100 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

quimilques, Chalqueses, Tepaneques, Colhuis, Tlahuiques, Tlascaleses, 
o Tlascaltecas, y Megicanos. El origen de todas estas gentes fue la 
provincia de Aztlan, de donde salieron los Megicanos, o quizas otra con- 
tigua a ella, y poblada por la misma nación. Todos los escritores las re- 
presentan como originarías de un mismo país : todas ellas hablaban el 
mismo idioma. Los diversos nombres con que son conocidas, se toma- 
ron de los lugares que fundaron, o de aquellos en que se establecieron. 

Los Soquimilques tomaron su nombre de la gran ciudad de Toqui- 
milco, que fundaron en la orilla meridional del lago de agua dulce, o 
Chalco. Los Chalqueses tomaron el suyo de la ciudad de Chalco, si- 
tuada en la orilla oriental del mismo lago ; los Colhuis, de Colhuacan ; 
los Megicanos, de Megico ; los Tlascaleses, de Tlascalla, y los Tlahui- 
ques, de la tierra en que se establecieron, la cual, por ser abundante en 
cinabrio, se llamó Tlahuican*. El nombre de Tepaneques se deriva 
quizas de algún sitio llamado Tejjanf, donde residirían antes de fun- 
dar su célebre ciudad de Azcapozalco. 

Es indudable que estas tribus no llegaron todas juntas a aquel pais ; 
sinC en diversos tiempos, y en el orden que hemos indicado : pero hai 
gran variedad de opiniones acerca del tiempo exacto de su llegada. 
Las razones que he espuesto en mis disertaciones me hacen creer que 
las primeras seis tribus vinieron conducidas por aquellos seis cau- 
dillos, que aparecieron en Anahuac inmediatamente después de los 
Chichimecos, y que no hubo el gran intervalo de tiempo que cree el 
P. Acosta, entre su llegada, y la de los Megicanos. 

Los Colhuis, que la mayor parte de los historiadores confunden, por 
la afinidad del nombre, con los Acolhuis, fundaron la pequen'isiíeQonar- 
quia de Colhuacan, la cual se agregó después a la corona de Megico, 
por el casami^ito de una princesa, fleredera de aquel estado, con un 
rei Megicano. 

Los Tepaneques tubieron igualmente sus gefes, el primero de los 
cuales fue el principe Acolhuatzin, después de haberse casado con 
la hija de Jolotl. Sus decendientes usurparon, como después diré, 

* Üahuitl es el nombre Megicano de cinabrio, y Tlahuican quiere decir lugar 
o .pais del cinabrio. Los autores lo llama comunmente Tlalhuiqui, y dicen que 
tomó aquel nombre de un sitio de aquel pais llamado Tlalhuic : pero ademas de 
que ignoramos la existencia de semejante lugar, el nombre parece poco conforme 
a la gramática Megicana. 

t Algunos autores lo llaman Tecpanequi; uno y otro son nombres Megicanos. 
Tecpanecatl qxdere decir habitante de palacio ; Tepanecatl, habitante de lugar de 
piedras. Otros dan a este nombre una etimología mui violenta. 



LOS TLASCALESES. lOlí 

el reino de Acolhuacan, y dominaron toda aquella tierra, hasta que 
las armas de los Megicanos, aliadas con las del heredero legitimo 
de Acolhuacan, destruyeron con el tirano la monarquía Tepaneca. 

Los Tlascalese^. 
Los Tlascaleses, llamados por Torquemada, y por otros escritores 
Teochichimecos, y considerados como una tribu de la nación Chichi- 
meca* se establecieron en Pojauhtlan, lugar situado en la orilla orien- 
tal del lago de Tezcuco, entre aquella corte, y el pueblo de Chimal- 
huaean. Alli vivieron algún tiempo, con gran miseria, por no tener 
tierras que cultivar, y sosteniéndose con los productos de la caza : pe- 
ro habiéndose multiplicado, y queriendo ampliar los términos de su 
territorio, se atrageron el enojo de las naciones circunvecinas. Los 
Soquimilques, los Colhuis, los Tepaneques, y probablemente también 
los Chalqueses, que por ser los mas próximos, eran los mas perjudica- 

* Torquemada no solo dice que los Tlascaleses eran Teochichimecos, sino que 
afirma que estos Teochichimecos eran Otomites. Si los Tlascaleses eran de esta 
nación ¿ por qué no hablaban su lengua ? Y si la hablaron i por qué la dejaron 
por la Megicana ? ¿Jíonde se ha visto jamas una nación libre abandonar su idio- 
ma para adoptar el de sus enemigos ? No es menos increíble la otra especie de 
que los Chichimecos eran Otomites, como supone el mismo autor, aunque en 
otra parte dice lo contrario, i Quien obligó a los Chichimecos a dejar su len- 
gua nativa ? Los que no conoscan el carácter de aquellas naciones, ni sepan cuan 
constantes son en conservar su lengua nacional, serán los únicos que crean que 
los Chichimecos, por su comunicación y alianza con los Acolhuis, dejaron el 
Otomite üor el Megicano. Si los verdaderos Otomites no han abandonado en 
tantos liólos su idioma, ni bajo el dominio de los Megicanos, ni bajo el de los 
Españoles, i como puede creerse que los Chichimecos dejaron enteramente el 
suyo, siendo dueños de aquel pais, y*ocupando siempre el trono de Acolhuacan, 
desde Jolotl, fundador de aquel reino, hasta la conquista de los Españoles ? Yo 
no dudo que la lengua propia de los Chichimecos antiguos, fuese la misma de 
los Acolhuis, y los Nahuatlaques, esto es. la Megicana. Lo mismo me parece 
de los Tolteques, por mas que digan otros autores, ni he podido convencerme de 
lo contrario, después del mas diligente estudio de la historia. Sabemos que los 
nombres de los sitios de que salieron Tolteques y Chichimecos ; de los que fun- 
daron en Anahuac ; de las personas de una y otra nación, y de los años de que se 
servían, eran Megicanos. Sabemos que desde los principios de la ocupación, los 
Tolteques, y los Chichimecos, y estos y los Acolhuis, se entendían y comunica- 
ban reciprocamente sin interprete. El hallarse la lengua Megicana difundida 
hasta Nicaragua no puede atribuirse a otro motivo, sino a la dispersión de los 
Tolteques que la hablaban : pues no se sabe que los Nahuatlaques pasasen de 
Chiapan. Finalmente no hallamos un solo argumento, en que pueda apoyarse 
la opinioii contraria, aunque tan común entre los autores. 



102 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

dos, se unieron, y alzaron un egercito considerable, para arrojar del 
valle Megicano a tan peligrosos pobladores. Los Tlascaleses, a quie- 
nes tenia siempre alerta la conciencia de sus usurpaciones, les salieron 
bien ordenados al encuentro. La batalla fue de las mas sangrientas 
y memorables que se leen en la historia Megicana. Los Tlascaleses, 
aunque inferiores en numero, hicieron tanto estrago en sus enemigos, 
que dejaron el campo cubierto de cadáveres, y teñida de sangre una 
parte del lago, cuyas orillas fueron la escena de la batalla. Aunque 
salieron victoriosos de ella, determinaron abandonar aquel sitio, con- 
vencidos de que mientras en él permaneciesen, no cesarían de ser 
molestados por sus vecinos : por lo que después de haber reconocido 
el pais por medio de los esploradores, y no hallando terreno en que 
poder establecerse todos juntos, convinieron en separarse, dirigiéndose 
unos acia el Norte, y otros acia el Mediodía. Aquellos, después de 
un pequeño viage, se establecieron, con permiso del reí de los Chi- 
chímecos, en Tolantzíuco, y en Quauhchinanco. Los otros, cami- 
nando en torno del gran volcan de Popocatepec, por Tétela, y Tochi- 
milcí^, fundaron en las cercanías de Atrisco, la ciudad de Quauhque- 
cholan, y pasando algunos adelante, fundaron la de Amaliuhcan, y 
otros pueblos, estendiendose hasta el Poyauhtecatl, o sea monte de 
Orizaba, al que probablemente dieron aquel nombre en memoria del 
valle de Megico, de que habían salido. 

Pero la mayor, y mas notable parte de la tribu se dirigió por Cho- 
lula a la falda del gran monte Matlalcueye, de donde arrojaron a los 
' Olmeques, y a los Gícalanques, antiguos habitantes de aquel pais, y 
dieron muerte a su reí Colopechtlí. Allí se establecieron, ^jo las 
ordenes de un gefe llamado Colhuacateuctli, procurando fortificarse, 
para poder resistir mejor a los pueblo^ vecinos, en caso de que estos 
quisiesen atacarlos. En efecto, poco tiempo después, los Huejotzin- 
ques, y otros pueblos, sabedores de la valentía, y de la fuerza de los 
nuevos huespedes, y temerosos de que con el tiempo llegasen a serles 
perjudiciales, levantaron un gran egercito, con el designio de arro- 
jarlos del pais. El golpe fue tan violento, que los Tlascaleses se 
vieron obligados a abandonar el terreno de que se habían aposesionado, 
y retirarse acia la cima de la gran montaña de que ya hemos hecho 
mención. Hallándose allí en la mayor consternación, imploraron, por 
medio de sus embajadores, la protección del reí Chichímeco, y obtu- 
bieron de él un gran cuerpo de tropas. Los Huejotzinques, no 
teniendo bastantes fuerzas, para hacer frente al egercito real, llamaron 
a su ausilío a los Tepaneques, creyendo que no desperdiciarían aquella 



LOS TliASCALESES. 108 

ocasión de vengarse ; mas estos, acordándose del trágico suceso de 
Poyauhtlan, aunque enviaron tropas, les dieron orden de no hacer 
daño a los Tlascaleses, y pasaron aviso a estos, afín de que no los 
tubieran por enemigos, y estubiesen seguros, que habian enviado 
aquellos refuerzos para engañar a los Huejotzinques, y para no turbar 
la buena armonia en que con ellos vivian. Con el socorro de los 
Tezcucanos, y con el pérfido artificio de los Tepaneques, los Huejotzin- 
ques fueron completamente derrotados, y obligados a volver con igno- 
minia a sus tierras. Los Tlascaleses, libres de tan gran peligro, 
hicieron la paz con sus vecinos, y regresaron a Sus establecimientos, 
para continuar la empezada población. 

Tal fue el origen de la famosa ciudad y república de Tlascala, 
eterna rival de Megico, y causa de su ruina. A.1 principio obedecia 
toda la nación a un gefe; pero aumentada considerablemente la 
población, quedó la ciudad dividida en cuatro cuarteles que se llama- 
ron Tepeticpac, Ocotelolco, Quiahuiztlan, y Tizatlan. Cada cuartel 
obedecia a un gefe, a quien prestaban también obediencia todos los 
lugares que de aquel cuartel dependían: asi que todo el estaco se 
dividía en cuatro monarquías pequeñas : pero aquellos cuatro caudi- 
llos, juntamente con los otros nobles de la primera clase, formaban 
una especie de aristocracia, con respecto al común del estado. Esta 
dieta o senado decidía la paz y la guerra, y el numero de tropas que 
debían armarse, y nombraba el gefe que las había de mandar. En el 
estado, aunque pequeño, había muchas ciudades y villas populosas, 
en las cuales, por los años de 1520, se contaban mas de ciento y cín- 
cuent^^il casas, y mas de quinientos mil habitantes. El distrito de 
la república, por la parte de Occidente, estaba fortificado con fosos, y 
trincheras ; por la de Oriente, con una muralla de seis millas de largo ; 
por el Mediodía, lo defendía naturalmente el Matlalcueye, y otras 
altas montañas por el Norte. 

Los Tlascaleses eran guerreros, valerosos, y muí celosos del honor, 
y de la libertad. Conservaron mucho tiempo el esplendor de su 
república, apesar de las luchas que tubieron que sostener con sus 
enemigos, hasta que habiéndose confederado con los Españoles contra 
los Megícanos, sus antiguos rivales, quedaron envueltos en la común 
ruina. Eran idolatras, y tan supersticiosos y crueles en su culto, 
como los Megícanos. Su numen principal era el que llamaban 
Camajtle, el mismo que los Megícanos reverenciaban con el nombre 
de Huitzilopochtli. Sus artes eran las mismas que las de las naciones 
vecinas. Su comercio consistía principalmente en maíz, y en cochi- 



104 HISTORIA ANTIGUA DE MEGiCO. 

nilla. Por la abundancia de maiz se dio a su capital el nombre de 
Tlajcalan, esto es, tierra de pan. Su cocbinilla era la mas apreciada 
de todas, y después de la conquista producia anualmente a la capital 
un ingreso de doscientos mil pesos : pero las causas, de que hablo en 
otra parte, los obligaron a abandonar totalmente aquel comercio. 

Viage de los Megicanos al pais de Anahuac. 

Los Azteques o Megicanos, que fueron los últimos pobladores del 
pais de Anahuac, y son el asunto principal de esta historia, vivieron 
hasta cerca del año 1160 de la era vulgar en Aztlan, pais situado al 
Norte del golfo de California, según se infiere del viage que hicieron 
en su peregrinación, y de los datos que adquirieron después los Espa- 
ñoles en sus espediciones a aquellos paises*. La razón que tubieron 
para abandonar su patria habrá quizas sido la misma que impulsó a 
las otras naciones : pero como quiera que sea, me parece oportuno 
someter al libre juicio del lectorio que los autores Megicanos cuentan» 
del origen de aquella resolución. 

H'xbia, dicen, entre los Azteques un personage de gran autoridad 
llamado Huitziton, cuya opinión era la que prevalecía en aquellas 
gentes. Este se empeñó, no sé porque motivo, en inducir a sus 
compatriotas a mudar de pais, y mientras se ocupaba en semejante 
proyecto, oyó acaso cantar, en las ramas de un árbol, a un pajarillo, 
cuya voz imitaba la palabra Megicana Tihui, que quiere decir vamos. 
Parecióle aquella una ocasión oportuna de realizar su designio. 
Llamando, pues, a otra persona de gerarquia, llamada Tecpaltzin, la 
condujo cerca del árbol donde el pajaro solia cantar, y le dijo:s4f¿ No 
entiendes, amigo Tecpaltzin, lo que está diciendo esa avecilla? Ese 
Tihui, Tihui, que no cesa de repetir ¿ qué otra cosa significa, si no 
que ya es tiempo do dejar este pais, y buscar otro ? Sin duda, este 
es aviso de algún numen oculto, que desea nuestro bien. Obedez- 
camos, pues, a su voz, y no nos atraigamos su colera con nuestra 
desobediencia." Convino plenamente Tecpaltzin en la interpretación 

* Hablo en mis disertaciones de estos viages hechos desde el Nuevo Megico 
acia Occidente. Betancourt hace mención de ellos en su Teatro Megicano. 
Este autor dice que Aztlan distaba 2700 millas de Megico. Boturini dice que 
Aztlan era provincia de Asia : mas no sé en qué funda tan singular opinión. En 
algunos mapas Geográficos, publicados el siglo xvi, se vé esta provincia situada 
al Norte del seno de California, y yo no dudo que estubiera acia aquella parte, 
pero a gran distancia del golfo-: asi que la distancia mencionada por Betancourt 
me parece v^jrosimil. 



VIAGE DE LOS MEGlCANOS AL ANAHUAC. 105 

de Huitziton, ya por el gran concepto que tenia de su saber, ya 
porque él tenia los mismos deseos, y puestos de acuerdo aquellos dos 
personages, que de tanto influjo gozaban en la nación, no tubieron 
gran dificultad en decidirla a ponerse en marcha. 

Aunque yo no me fio mucho de esta narración, no por esto me 
parece inverosimil, pues no es difícil a una persona que goza de la 
reputación de sabia, el persuadir lo que quiera, por motivos de 
religión, a un pueblo ignorante y supersticioso. Mas duro me seria 
creer lo que comunmente dicen los autores Españoles, a saber que los 
Megicanos emprendieron aquel viage, por espreso mandato del de- 
monio. Los sencillos historiadores del siglo xvi, y los que los han 
copiado, suponen como cosa indudable, el comercio continuo y fami- 
liar del demonio, con todas las naciones idolatras del Nuevo Mundo, 
y apenas refieren un suceso que no atribuyan a su influjo. Pero 
aunque sea cierto que la malignidad de aquel espíritu se esfuerza en 
hacer a los hombres todo el daño que puede, y que algunas veces se 
les ha aparecido en forma visible, para seducirlos, especialmente a los 
que no han entrado por la regeneración en el seno de la iglesiri no 
puede creerse sin embargo que las apariciones fuesen tan frecuentes, 
ni su comercio con aquellas naciones tan franco y libre como dicen 
los autores citados ; porque Dios, que cuida con amorosa providencia 
de sus criaturas, no concede tanta libertad a aquellos declarados 
enemigos del genero humano. Los lectores que hayan visto en otras 
obras algunos sucesos de los que yo refiero en mi historia, no deben 
estrañar mi incredulidad en este punto. El testimonio de los historia- 
dores Jíegicanos no me basta para acribuir ningún efecto al demonio, 
conociendo cuan fácil es que se engañasen, ya por las ideas supersti- 
ciosas que los obcecaban, ya por el artificio de sus sacerdotes, tan 
común en las naciones idolatras. 

El viage de los Azteques, sobre el cual no puede haber duda, 
cualquiera que fuese su motivo, se verificó, según las congeturas mas 
verosímiles, acia el año 1160 de la era vulgar. Torquemada dice 
haber visto representado, en todas las pinturas antiguas de este viage, 
un brazo de mar, o gran rio*. Si en efecto hai en ellas la represen- 

* Creo que este supuesto brazo de mar no es otra cosa que la imagen del 
diluvio univ«rsal, representado en las pinturas Megicanas, anteriores al viage, 
como se ve en la copia publicada por Gemelli de una pintura que le enseñó el 
célebre Dr. Sigüenza. Boturini cree que este brazo de mar era el golfa de Cali- 
fornia, suponiendo que los Megicanos pasaron de Aztlan a esta provincia, y de 
ella, por el golfo, a Culiacan : pero habiéndose encontrado a orillas del rio Gila, 



^.#^j 



106 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

tacion de un rio, no puede ser otro que el Colorado, que desagua en 
el golfo de California, a los 32é° de latitud, pues es el mas considera- 
ble de cuantos hallaron en el camino que siguieron. Después de 
haberlo pasado, mas alia del 35°, caminaron acia Sudeste hasta el rio 
Gila, donde se detubieron algún tiempo : pues aun se ven las ruinas 
de los edificios que construyeron en sus margenes. De alli volvieron 
a ponerse en camino, siguiendo casi la misma dirección, y hicieron 
alto en la latitud, pobo mas o menos, de 29°, en un sitio distante mas 
de doscientas cincuenta millas de Chihuahua, acia el Norueste. Este 
lagar es conocido con el nombre de Casas Grandes, a causa de un 
vastísimo edificio, que aun subsiste, y que según la tradición general 
de aquellos pueblos, fue erigido por los Megicanos, durante su pere- 
grinación. Este edificio está construido bajo el mismo plan que los 
que se ven en el Nuevo Megico, esto es, con tres pisos, sobre ellos 
una azotea, y sin puerta ni entrada en el piso inferior. La puerta 
está en el segundo, y por consiguiente se necesita de una escalera para 
entrar por ella. Asi lo hacen los habitantes del Nuevo Megico, para 
están menos espuestos a los ataques de sus enemigos, valiéndose de 
una escala de mano, que franquean a los que quieren admitir en sus 
habitaciones. Igual motivo tubieron sin duda los Azteques para 
edificar sus moradas de aquella forma. En la Casas Grandes se 
notan los caracteres de una fortaleza, defendida de un lado, por un 
monte altísimo, y rodeada en el resto por una muralla de cerca de 
siete pies de grueso, cuyos cimientos se conservan. Vense ein esta 
construcción piedras tan grandes como las ordinarias de molino ,* las 
higas son de pino, y bien trabajadas. En el centro de aqueS4;t vasta 
fabrica hai una elevación, hecha a proposito, según se colige, para 
poner centinelas, y observar do lejos a los enemigos. Se han hecho 
algunas escavaciones en aquel sitio, y se han hallado varios utensilios, 
como platos, ollas, vasos, y espejos de la piedra llamada Itztli*. 

Desde este punto, atravesando los montes de Tarahumara, y 
dirigiéndose acia Mediodía, llegaron a Hueicolhuacan, llamado actual- 
mente Culiacan, lugar situado sobre el golfo de California, a los 24^°, 

y en la Pimeria, restos de los edificios construidos por aquel pueblo en su emi- 
gración, no hai motiro para creer que pasase por mar al punto de su final esta- 
blecimiento. 

* Estos datos me han sido suministrados por dos personas que han visto las 
Casas Grandes. Seria necesario tener un pormenor de su forma y dimensiones; 
pero esto es mui difícil en el dia, por haberse despoblado aquel pais, de resultas 
de las furiosas incursiones de los Apaches, y otras naciones barbaras. 



VIAGE DE LOS MEGICANOS AL ANAHUAC. 107 

donde permanecieron tres años*. Es probable que fabricasen all 
casas y cabanas para su alojamiento, y que sembrasen para su sustento 
los granos que consigo llevaban, como hacían donde quiera que por 
algún motivo se detenían. AUi formaron una estatua de madera que 
representaba a Huitzilopochtli, numen protector de la nación, afin de 
que los acompañase en su viage. Hicieron también una silla de 
juncos y cañas para conducirlo, a la que dieron el nombre de Teoic- 
palli (silla de Dios), y eligieron los sacerdotes que debian llevarlo en 
hombros, que eran cuatro a la vez, y se llamaban Teotlamacazque 
(siervos de Dios), y al acto de llevarlo llamaron Teomama, esto es, 
llevar en hombros a Dios. 

De Hueicolhuacan, caminando muchos dias acia Levante, llegaron a 
Chicomoztoc, donde se detubieron. Hasta alli habían viajado juntas 
las siete tribus de Nahuatlaques : mas en aquel punto se dividieron, y 
pasando adelante los Joquimiiques, los Tepaneques, los Colhuis, los 
Chalqueses, los Tlahuiques, y los Tlascaleses, quedaron allí los Megi- 
canos con su idolo. Estos dicen que la separación se hizo por espreso 
mandato de su dios : mas verosímil es sin embargo que se ori^nase 
de alguna discordia sucitada entre aquellas tribus. No es conocida 
la situación de Chicomoztoc, donde los Megicanos residieron nueve 
años : yo creo sin embargo que debía estar a veinte millas de Zaca- 
tecas, acia Mediodía, en el sitio en que hoí se ven las ruinas de un 
gran edificio, que sin duda fue obra de los Megicanos, durante su 
viage : porque ademas de la tradición de los Zacatecas, antiguos 
habitantes de aquel pais, siendo estos enteramente barbaros, ni tenían 
casas-j^i sabían hacerlas, ni puede atribuirse si no a los Azteques 
aquella construcción descubierta por los Españoles. La diminución 
que alli esperimentó su numero de resultas de la separación, sera sin 
duda la causa de no haber fabricado otros edificios en el resto de su 
caminata. 

Del país de los Zacatecas, andando acia Mediodía, por Ameca,' 
Cocula, y Zayula, pasaron a la provincia marítima de Colima, y de 
esta a la de Zacatula ; de donde, volviendo acia Levante, subieron a 
Malinalco, lugar colocado en las montañas que rodean el valle de 

* La mansión de los Azteques en Hueicolhuacan consta por el testimonio de 
todos sus historiadores, como también su separación en Chicomoztoc. De su 
paso por la Tarahumara hai tradiciones entre aquellos pueblos Septentrionales. 
Cerca del Naiarit hai trincheras hechas por los Coros, para defenderse de los Me- 
gicanos, en el viage que estos hicieron de Hueicolhuacan a Chicomoztoc. 



108 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Toluca*, y dirigiéndose al Norte, llegaron en 1196 a la célebre 
ciudad de Tulaf. 

En el viage de Chicomoztoc a Tula, se detubieron un poco en 
Coatlicamac, donde la tribu se dividió en dos facciones, que fueron 
después eternas rivales, y se hicieron mutuamente gravísimos perjui- 
cios. Las causas de esta discordia, fueron, según dicen, dos vultos o 
envoltorios que se aparecieron de un modo maravilloso enmedio del 
campamento. Acercándose algunos de ellos a reconocer uno de 
aquellos obgetos, encontraron una piedra preciosa, sobre cuya pose- 
sión hubo una gran contienda, pues cada uno queria apoderarse de 
ella, creyendo que era un don de su divinidad. Pasaron después a 
ver lo que contenia el otro vulto, y solo hallaron en él dos leños. A 
primera vista, los despreciaron como cosa vil ; pero advertidos por el 
sabio Huitziton de la utilidad que de ellos podrian sacar, para hacer 
fuego, los apreciaron mucho mas que la piedra. Los que se hablan 
apoderado de esta, fueron los que, después de la fundación de Me- 
gico, se llamaron Tlatelolques, del sitio en que se establecieron, 
cercQ de aquella ciudad : los otros que tomaron los leños, fueron los 
que se llamaron Mejicanos, o Tenochques. Esta relación no es 
una verdadera historia, si no un apólogo ideado para enseñar que 
se debe preferir lo útil a lo bello. Apesar de la enemistad, los dos 
partidos viajaron juntos, por el imaginario interés de la protección de 
su numen:|:. 

No es de estrañar que los Azteques diesen tantos roanos, y cami- 
nasen mil millas mas de lo que necesitaban para llegar a Anahuac ; 
pues que no se habían propuesto termino fijo, y solo andabV^ bus- 
cando un pais, en que pudiesen gozar ventajosamente de todas las 
comodidades de la vida. Tampoco hai que maravillarse de que 
erigiesen, en algunos puntos, vastos edificios, creyendo sin duda que 

• Consta de los manuscritos del P. Juan Tobar, Jesuíta mui versado en las 
antigüedades de aquellas naciones, que los Megicanos pasaron por Michuacan, 
y no pudo ser por otra parte que por la de Colima, y Zacatula, que entonces 
verosímilmente pertenecían a su reino, como hoi pertenecen a la misma diócesis. 
Si hubieran hecho por otro camino el viage a Tula, no hubieran pasado por 
Malinalco. 

f La época de la llegada de los Megicanos a Tula, en 1196, está confirmada 
por una historia manuscrita, en lengua Megicana, citada por Boturini. En este 
punto de Cronología están de acuerdo todos los autores. 

X Es indudable que esta historia es un apólogo ; pues los Azteques sabian mu- 
chos siglos antes el modo de hacer fuego con la frotación de dos leños. 



VIAGE DE LOS MEGICANOS AL ANAHUAC. 109 

cada lugar en que se detenían era el termino de su peregrinación. 
Muchos les parecieron al principio oportunos para formar un estable- 
cimiento, y después los abandonaron por la esperiencia de los incon- 
venientes que no habian previsto. Donde quiera que se detenían 
alzaban un altar a su Dios, y al irse dejaban allí a los enfermos, y 
probablemente otros que los cuidasen, y los que, cansados de tan larga 
romería, no querían esponerse a nuevos trabajos. 

En Tula estubieron nueve años, y después once en otros sitios 
poco lejanos de allí, hasta que en 1216 llegaron a Zampanco, ciudad 
considerable del valle de Megíco. Tochpanecatl, señor de aquella 
ciudad, los acogió con estraordinaría benignidad, y no contento con 
darles cómodo alojamiento, y regalarlos abundantemente, aficionan- 
doseles cada vez mas con el trato, y la familiaridad, pidió a los gefes 
de la nación alguna doncella noble, para muger de su hijo Ilhuicatl. 
Los Megicanos, agradecidos a tanta benevolencia, le dieron a Tlapa- 
cantzín, la cual se casó muí en breve con aquel joven ilustre, y de este 
enlace decíenden, como después veremos, los reyes Megicanos. 

Después de una residencia de siete años en Zampanco, se fueron 
con el joven Ilhuicatl a Tizajocan, ciudad poco distante de aquella. 
AUi dio a luz Tlaf)acantzin un niño, que se llamó Huitzilihuitl, y al 
mismo tiempo dieron otra doncella a Joquiatzin, señor de Quauh- 
titlan. De Tizajocan pasaron a Tolpetlac, y Tepeyacac, donde ac- 
tualmente está el pueblo y el famosísimo santuario de la virgen de 
Guadalupe. Todos estos sitios están en las orillas del lago de Tez- 
cuco, y mui próximos al terreno en que después estubo Megico. 
Alii vMeron veintidós años. 

Desde que se aparecieron en aquel pais los Megicanos, fueron re- 
conocidos por orden de Jolotl, que a la sazón reinaba, el cual, no 
teniendo que temer nada de ellos, les permitió establecerse donde 
pudiesen : pero hallándose en Tepeyacac mui molestados por Tenan- 
cacaltzin, caudillo de los Chichimecos, se refugiaron en Chapoltepec, 
monte situadx) a la orilla occidental del lago, a dos millas escasas del 
sitio en que se fundó Megico. Ocurrió esta retirada por los años de 
1245, reinando Nopaltzin, y no Quinatzin*, como dicen Torquemada, 
y Boturini. 

Las persecuciones que alli sufrieron de muchos caudillos, y espe- 

* Si reinaba entonces Quinatzin, es necesario suponer que su reinado y el de 
su sucesor comprendieron un espacio de 161 años, y aun mas si se adopta la 
cronologia de Torquemada, el cual supone que aquel monarca reinaba cuando 
los Megicanos entraron en el valle. 



lio HISTORIA ANTIGUA DK MEGICO. 

cialmente del de Jaltocan, los obligó a retirarse, después de una per- 
manencia de diez 'y siete años, para buscar un asilo mas seguro en 
Acocolco, que era un grupo de islas, en la estremidad meridional del 
lago. Alli pasaron, por espacio de cincuenta y dos años, la vida mas 
miserable. Sustentábanse de peces, de insectos, y de raices, y cu- 
bríanse con las hojas de una planta llamada Amojtli, que nace 
abundantemente en el lago, por haberse gastado enteramente sns 
ropas, y no hallar medios de hacer otras nuevas. Sus habitaciones 
eran pobrisimas chozas, hechas de las cañas y juncos que el lago 
produce. Seria increíble que hubiesen podido vivir tantos años en 
nn sitio tan incomodo, y llevar una existencia tan desventurada, si no 
constase por el testimonio de sus historiadores, y por los sucesos 
ocurridos después. 

Elsclavitud de los Megicanos en Colhuacan. 

Alli a lo menos, en medio de sus miserias, eran libres, y la libertad 
suavizaba algún tanto sus infortunios : pero en 1314 se agregó a todos 
ellos fia esclavitud. Los historiadores no están de acuerdo acerca de 
aquel suceso. Unos dicen que el gefe o rei de Colhuacan, ciudad 
poco distante del sitio en que viviari los Megicanos, no pudiendo 
sufrir que se mantubiesen en su territorio sin pagarle tributo, les de- 
claró la guerra, y habiéndolos vencido, los hizo esclavos. Otros cuen- 
tan que aquel caudillo les envió una embajada diciendole, que com- 
padecido de sus desgracias, y de los males que sufrían en aquellas 
islas, les concedía un sitio mas cómodo, donde pudiesen vivir con mas 
anchura ; que los Megicanos, desesos de mudar de condición, Vjf epta-. 
ron inmediatamente aquella gracia, y dejaron la morada en que hasta 
entonces hablan residido, pero que apenas salieron de ella, fueron ata- 
cados por los Colhuis, y hechos prisioneros. Fuese de un modo o de 
otro, lo cierto es que los Megicanos pasaron en calidad de esclavos a 
Tizapan, lugar perteneciente entonces al estado de Colhuacan. 

Después de algunos años de esclavitud, se sucitó una guerra entre 
los Colhuis y los Joquimilques, sus vecinos, con tanta desventaja de 
los primeros, que en todos los encuentros fueron vencidos. Afligidos 
por tantas perdidas, echaron mano de sus prisioneros, a quienes man- 
daron disponerse para la guerra, mas tío les suministraron las armas 
necesarias, o por que se hablan consumido las que teniau en las 
batallas anteriores, o por dejarlos en libertad de armarse a su modo. 
Los Megicanos, viendo que aquella era una exeiente ocasión de gran- 
gearse la gracia de sus señores, se determinaron a hacer en defensa 



ESCLAVITUD DE LOS MEGICANOS. 111 

de estos los últimos esfuerzos del valor. Armáronse todos con bas- 
tones largos, y fuertes, cuya punta endurecieron al fuego, tanto para 
atacar con ellos a sus enemigos, como para saltar de un islote a otro, 
si llegaba el caso de combatir en el agua. Hicieron cuchillos de 
itztli, y escudos de cañas. Convinieron en no detenerse, como solian 
hacerlo, en recoger prisioneros, si no contentarse con cortarles una 
oreja, y dejarlos ir sin hacerles mas daño. Con estas disposiciones 
salieron al campo, y mientras combatían los Colhuis, y los Joquimil- 
ques, o por tierra en las orillas del lago, o por agua en barcos, se 
arrojaron impetuosamente a los enemigos, sirviéndose de sus bastones 
en el agua, y cortando a los prisioneros una oreja, que guardaban en 
las cestas que llevaban con este fin : pero matando al que se resistía. 
De este modo lograron los Colhuis una victoria tan completa que los 
Joquimilques no solo abandonaron el campo, si no que no teniendo 
valor para permanecer en su ciudad, huyeron a los montes. 

Terminada aquella acción con tanta gloria, se presentaron los sol- 
dados Colhuis al general, con los prisioneros que habían hecho ; por 
que no se estimaba entre ellos el valor de las tropas por el nuF^^ero 
de enemigos, que dejaban muertos en el campo de batalla, sino por 
el de los que traían, y presentaban vivos a su gefe. No puede 
negarse que esta practica era conforme a la razón y a la humanidad. 
Si el principe puede vengar sus derechos, y rechazar a sus enemigos 
sin matarlos, la humanidad exige que se les conserve la vida. Si se 
considera la utilidad, un enemigo muerto no puede hacer daño, pero 
tampoco puede servir, y de un prisionero se puede sacar mucha ven- 
taja, ^10 recibir ningún perjuicio. Si se considera la gloria, mayor 
esfuerzo se necesita para privar a un enemigo de la libertad, que para 
quitarle la vida en el calor de la acción. Fueron llamados a su vez 
los Megicanos para ver cuantos prisioneros habían hecho; pero no 
presentando ninguno (por que cuatro que tenían los habían escondido, 
con el fin que después veremos), fueron tratados de cobardes por el 
general, y vilipendiados por los soldados Colhuis. Entonces ellos, 
sacando los canastos llenos de orejas, " inferid, dígeron, por el 
numero de estos despojos, el de los prisioneros que hubiéramos 
podido hacer, si hubiéramos querido : pero no nos ha parecido bien 
perder el tiempo en atarlos, y hemos preferido acelerar la victoria." 
Con esta respuesta quedaron los Colhuis algo amedrentados, no 
menos de la astucia, que del valor de sus esclavos. 

Los Megicanos, restituidos al lugar de su residencia, que según 
parece, era entonces Huitzilopochco, erigieron un altar a su dios 



112 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

protector, pero queriendo en su dedicación ofrecerle algún obgeto 
precioso, se lo pidieron a su señor. Este les mandó por desprecio 
un saco sucio de tela gruesa, y dentro un pajaro muerto, y otras in- 
mundicias, que los sacerdotes Colhuis llevaron al altar, y se retiraron 
sin hablar palabra. Por grande que fuese el enojo de los Megicanos, 
a vista de una burla tan indigna, reservando para otro tiempo la ven- 
ganza, pusieron sobre el altar, en lugar de aquellas inmundicias, un 
cuchillo de itztli, y una yerva olorosa. Llegado el día de la cere- 
monia, quisieron asistir a ella el gefe de la nación, y la nobleza, no 
para honrar la fiesta, si no para burlarse de sus esclavos. Comenza- 
ron la función los Megicanos con un baile solemne, al que compare- 
cieron con las mejores ropas que tenian, y cuando mas atentos esta- 
ban los cbcunstantes, sacaron a los cuatro prisioneros Joquimilques, 
que hasta aquel tiempo hablan tenido ocultos, y después de haberlos 
hecho bailar un rato, los sacrificaron sobre una piedra, rompiéndoles 
el pecho con el cuchillo de itztli, y sacándoles los corazones, que aun 
calientes y palpitantes, ofrecieron a su dios. 

Xan inhumano sacrificio, el primero de esta especie que sepamos se 
haya hecho en aquel pais, causó tanto horror a los Colhuis, que re- 
gresando inmediatamente a Colhuacan, determinaron deshacerse de 
aquellos crueles esclavos, que con el tiempo podrían serles mui per- 
judiciales. En consecuencia, Cojcoj, que asi se llamaba el caudillo, 
les dio orden de salir de su territorio, y de ir donde quisiesen. Sa- 
lieron contentos los Megicanos de su esclavitud, y encaminándose 
acia el Norte, llegaron a Acatzitzintlan, lugar situado entre los dos 
lagos, llamado después por ellos Megicaltzinco, nombre que^¿sínifica 
lo mismo que Megico, y se lo dieron por el mismo motivo que tubie- 
ron en seguida para dárselo a la capital, como en otra parte veremos : 
pero no hallando alli la comodidad que buscaban, y queriendo ale- 
jarse mas de los Colhuis, pasaron a Iztacalco, aproximándose al 
sitio en que después estubo Megico. Alli hicieron un montecillo de 
papel, en el que probablemente representaban a Colhuacan*, y 
pasaron una noche entera bailando en torno, cantando su victoria 
sobre los Joquimilques, y dando gracias a su dios, por haberlos 
libertado del dominio de los Colhuis. 

Después de haber vivido dos años en Iztacalco, pasaron finalmente 
a aquel sitio del lago donde debian fundar su ciudad. Hallaron alli 
un nopal, o sea tuna, u opuncia, nacida en una piedra, y sobre aquella 

* Los Megicanos representaban a Colhuacan en sus pinturas, bajo la imagen 
de un monte corcobado, que es lo que significa aquella palabra. 



FUNDACIÓN DE MEGICO. '■ 113 

planta, un águila. Por esto dieron a aquel pais, y después a su ciu- 
dad el nombre de Tenochtitlan*. Dicen todos, o casi todos los histo- 
riadores de Megico, que aquellas eran precisamente las señas dadas 
por el oráculo para la fundación de la ciudad, sobre lo cual añaden 
otros sucesos fuera del curso de la naturaleza, que yo omito, por pare- 
cerme fabulosos, o inciertos a lo menos. 

Fundación de Megico. 
Luego que los Megicanos tomaron posesión de aquel sitio, edifica- 
ron una cabana a su dios Huitzilopochtli. La^ dedicación de aquel 
santuario, aunque miserable, no se hizo sin efusión de sangre humana, 
porque habiendo salido un atrevido Megicano a buscar un animal para 
inmolarlo en las aras de la divinidad, se encontró con un Colhua lla- 
mado Jomimitl, y habiendo venido de las palabras a las manos, por 
causa de la antigua enemistad de aquellos dos pueblos, lo venció el 
Megicano, y lo llevó atado a sus compatriotas, los cuales lo sacrifica- 
ron inmediatamente, y con gran jubilo presentaron sobre el altar el co- 
razón que le habían arrancado del pecho, sirviendo aquella crueMad, 
no menos de desahogo a su colera contra los Colhuis, que de culto 
sanguinario de aquel falso numen. Entorno del santuario fabricaron 
sus pobrisimas cabanas de cañas y juncos, por carecer entonces de ^ •] 

otros materiales. Tal fue el principio de la gran ciudad de Tenoch- ^^ 

titlan, que con el tiempo debia ser lo corte de un vasto imperio, y la 
mayor, y mas hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Llamóse también 
Megico, que es el nombre que conservó, cuya denominación, tomada 
del no^re de su dios tutelar, significa lugar de Megitli, o de Huit- 
zilopochtli, pues de estos dos modos se llamaba f. 

* Muchos autores Españoles y de otras naciones hau alterado aquel nombre 
por la ignorancia de la lengua Megicana : asi que en sus obras se lee Tenojtitlan, 
Temistitan, Temihtitlan, &c. 

f Hai una gran variedad de opiniones entre los autores sobre la etimología de 
la palabra Megico. Algunos dicen que vienen dje MetztU, que significa luna, 
porque vieron la luna reflejada en el lago, como el oráculo habia predicho. Otros 
dicen que Megico quiere decir fuente, por haber descubierto una de buen agua 
en aquel-sitio. Mas estas dos etimologías son violentas, y la primera, ademas de 
violenta, , ridicula. Yo crei algún tiempo que el nombre verdadero era Me- 
gico, que quiere decir en el centro del maguei, o pita, o aloe Megicano ; pero me 
desengañó el estudio de la h^istoria, y ahoja estol seguro que Megico es lo mis- 
mo que lugar de Megitli, o Huitzilopochtli, es decir el Marte de los Megicanos, a 
causa del santuario que en aquel sitio se le erigió : de modo que Megico era para 
aquellos pueblos lo mismo que Fanum Mariis para los Romanos. Los Megica- 

TOMO I. I 



114 



HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 



La fundación de Megico ocurrió en el año 2 Calli, correspondiente 
al 1325 de la era vulgar, reinando en aquel pais el Chichimeco Qui- 
natzin: pero no por haber mudado de residencia los Megicanos, cam- 
bió repentinamente de aspecto su fortuna, pues aislados en medio del 
lago, sin tierras que sembrar, sin ropas de que cubrirse, y en perpetua 
desconfianza de sus vecinos, llevaban una vida tan miserable, como en 
los otros puntos en que antes habían habitado, sosteniéndose tan solo 
de animales, y de vegetales acuáticos. Pero ¿ de qué no es capaz la 
industria humana estimulada por la necesidad ? La mayor que sentían 
los Megicanos era de terreno, para sus habitaciones, pues la isleta de 
Tenochtitlan no bastaba a toda la población. Occurrieron a esta exi- 
gencia haciendo estacadas en los sitios en que estaban mas bajas las 
aguas, terraplenándolas después con piedras y ramazón, y uniendo a 
la isla principal algunas otras mas pequeñas, que estaban poco distan- 
tes. Para proveerse después de piedras, de leña, de pan, y de todo 
lo que necesitaban para sus habitaciones, su ropa, y su sustento, se 
aplicaron con sumo esmero a la pesca, no solo del pez blanco, de que 
ya hfmos hecho mención, si no también de otros peces e insectos acuá- 
ticos, y a la caza de las innumerables especies de aves, que acuden 
alli a buscar alimento. Con la venta de estos obgetos, que hacían en 
los pueblos situados en las orillas del lago, adquirían todo lo que les 
hacia falta. 

Pero donde hizo el mayor esfuerzo su industria fue en los huertos 
flotantes que hicieron con ramas, y con el fango del mismo lago, de 
cuya estructura hablaré después, y en ellos sembraban maíz, pimiento, 
«hia, judias, y calabazas. '^^ 



División de los Megicanos. 
Asi pasaron los Megicanos los trece primeros años de su estableci- 
miento, arreglando, como mejor podían, su orden civil, y remediando 
sus miserias a fuerza de industria, y trabajo. Hasta aquel tiempo se 
había conservado siempre unida toda la tribu, apesar de la discordia de 
las dos facciones, que se habían formado en el tiempo de su peregrina- 
ción. Esta discordia, que se habia trasmitido de padres a hijos, esta- 
lló al fin por los años de 1338. No pudiendo soportarse mutuamente 

nos quitan en la composición de los nombres de aquella especie la silaba final tli. 
El co que les añaden es nuestra preposición en. El nombre Megicaltzinco signi- 
fica sitio de la casa o templo del dios Megitli ; de modo que lo mismo valen 
Huitzilopochco, Megicaltzinco, y Megico, nombres de los tres puntos que sucesiva- 
mente habitaron los Megicanos. 



SACRIFICIO INHUMANO. ' US 

las dos facciones, una de ellas tomó la resolución de separarse, pero 
no piidiendo alejarse tanto como se lo sugeria su encono, se detubo en 
otra isla, poco distante de la primera, y situada al Norte de ella, la 
cual, por haberse encontrado alli un montón de arena, fue llamada Jal- ■ 
tilolco, y después, por el terraplén que hicieron, Tlatelolco, nombre 
que hasta ahora ha conservado *. Los que se establecieron en la nue- 
va isla, que después fue unida con la primera, se llamaron entonces 
Tlatelolques, y los que permanecieron en el primer sitio, Tenochques; 
pero nosotros los llamaremos Megicanos, como los llaman todos los 
escritores. 

Poco antes, o poco después de este acaecimiento, dividieron los Me- 
gicanos su miserable ciudad en cuatro cuarteles, señalando a cada uno 
un dios tutelar, ademas del que protegía a toda la nación. Esta divi- 
sión subsiste actualmente con los nombres de San Pablo, San Sebas- 
tian, San Juan, y Santa María f . En medio de los cuatro estaba el 
santuario de Huitzilopochtli, a quien tributaban los principales cultos. 

Sacrificio inhumano. • 

En honor de esta funesta divinidad hicieron por aquel tiempo un 
horrendo sacrificio, que no se puede oir sin espanto. Mandaron al 
caudillo de Colhuacan una embajada, rogándole que les diese alguna 
de sus hijas, para consagrarla como madre de su dios protector, signi- 
ficándole ser esta una orden espresa de aquel numen, para exaltarla a 
tan sublime gerarquia. El caudillo, envanecido con la esperanza dé 
tener una hija deificada, o quizas atemorizado con las desgracias 
que parían sobrevenirle, si desobedecía a un dios, concedió a los 
Megicanos lo que le pedian, tanto mas fácilmente cuanto que no pre- 
via lo que iba a suceder. Los Megicanos condugeron con gran jubilo 
aquella noble doncella a su ciudad : pero apenas llegó, mandó el de- 
monio, según dicen los historiadores, que le fuese sacrificada, y deso- 
llada después de muerta, y que con su pellejo se vistiese alguno de los 
principales jóvenes de la nación. Fuese en efecto orden del demo- 
nio, o, lo que es mas verosímil, cruel invención de aquellos barbaros 

* Los antiguos representaban a Tlatelolco en sus pinturas, bajo la figura de un 
montón de arena. Si hubieran sabido esto los que emprendieron la interpreta- 
ción de las pinturas Megicanas, que con las cartas de Cortés se publicaron en 
Megico el año de 17/0, no hubieran llamado a dicho sitio Tlatilolco, traduciendo 
este nombre por horno. 

f El cuartel que hoi es de San Pablo fue llamado por los Megicanos Teopan, y 
Joquimilca ; el de San Sebastian Atzacualco ¡ el de San Juan Moyotla ; el de Santa 
Maria Cuepopan y Tlaquechiuhcan. 

I 2 



116 



HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 



sacerdotes, lo cierto es que el plan se egecutó puntualmente. Convi- 
dado el caudillo por los Megicanos a la apoteosis de su hija, fue a ser 
espectador de aquella gran función, y uno de los adoradores de la 
nueva divinidad. Entró en el santuario, donde al lado del idolo esta- 
ba en pie el joven, vestido con la sanguinosa piel de la victima : pero 
la oscuridad no le permitió ver lo que pasaba. Pusiéronle en la mano 
un incensario, y un poco de copal, afin de que hiciese las ceremonias 
del culto : pero habiendo visto a la luz de la llama que hizo el copal, 
aquel horrible espectáculo, se le conmovieron de dolor las entrañas, y 
arrebatado por violentos afectos, salió gritando como un loco, y man- 
dando a su gente que tomase venganza de tan bárbaro atentado : pero 
Bo se atrevieron a obedecerlo, sabiendo que inmediatamente hubieran 
sido oprimidos por la muchedumbre: con lo que el desconsolado padre 
se volvió a su casa, a llorar su infortunio todo el resto de su vida. 
Su infeliz hija fue diosa, y madre honoraria» no solo de Huitzilo- 
pochtli, ai no de todos sus dioses, que es lo que significa el nombre 
Teteoinan, con el cual fue desde entonces conocida, y reverenciada. 
Taléo fueron en aquella nueva ciudad los principios del bárbaro siste- 
ma de religión, cuyos pormenores daré en otro libro. 



\>. 



LIBRO TERCERO. 



Fundación de la Monarquía Megicana ; sucesos de los Megicanos baja sus cuatro 
primeros Reyes hasta la derrota de los Tepaneques, y la conquista de Azcapozal- 
€0. Proezas y acciones Uustres de Moteuczoma Ilhuicamina. Gobierno, y muerte 
de Techotlalla, quinto rei Chichimeco. Revoluciones del reino de Acolhuacan. 
Muerte del rei IJtlilJochitl, y de los tiranos Tezozomoc y Majtlaton. 

Acamapichizin, primer rei de Megico. 
Hasta el año de 1352, el gobierno de los Megicanos habla sido aris- 
tocrático, obedeciendo toda la nación a un cuerpo compuesto de las 
personas mas notables por su nobleza, y sabiduría. Los que la reglan 
cuando se fundó Megico, eran veinte *, y el principal de ellos, Te^och, 
como parece en sus pinturas. La suma humillación en que se halla- 
ban, el daño que Tes hacian sus vecinos, y el egemplo de los Chichi- 
mecos, de los Tepaneques, y de los Colhuis, los estimularon a erigir 
su pequeño estado en Monarquía, no dudando que la autoridad regia 
daría mas esplendor al pueblo, y lisongeandose con la esperanza de 
hallar en el nuevo gefe un padre, que cuidaría del bien del estado, y 
un buen general, que los defendería de los insultos de sus enemigos. 
Fue df común consentimiento elegido Acamapichizin, o por acla- 
mación del pueblo, o por los sufragios de algunos electores, a cuya de- 
cisión se sometieron todos, como después se hizo. 

Era Acamapichtzin uno de los mas ilustres y prudentes personages que 
entonces habia en la nación. Su padre era Opochtli, Azteque de la pri- 
mera nobleza f, y su madre, Atozoztli, princesa de la casa real de Col- 

* Los veinte señores que entonces reglan la nación se llamaban Tenoch, Atzin, 
Acacitli, Ahuejotl, o Ahueiotl, Ocelopan, Jomimitl, Jiuhcac, Ajolohua, Nanacatzin, 
Quentein, Tlatala, TzontUyayauh, Cozcatl, Tezcatl, Tochpan, Mimich, Tetepan, 
Tezacatl, Acohuatl, y Achitomecatl. 

t Algunos historiadores dicen que Acamapichtzin, que suponen nacido en la es- 
clavitud de Colhuacan, fue hijo de Hultzlllhultl el viejo : pero no es verosímil. 
Hultzilihultl, nacido cuando los Megicanos estaban en Tizayuca, no tenia menos 
de noventa años cuando la esclavitud. Luego no pudo ser padre, si no abuelo de 
Acamapitzin. En esto seguimos al Dr. Siguüenza que averiguó con mas critica 
que Torquemada la genealogía de los reyes Megicanos. 



118 ■ HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

huacan *. Por parte de padre, traia su origen de Tochpanecatl, aquel 
gefe de Zumpanco, que tan benignamente acogió a los Megicanos 
cuando llegaron a su ciudad. Aun no se habia casado, por lo que se 
determinó buscarle una joven de las primeras casas de Anahuac: pero 
antes enviaron sucesivamente embajadas al gefe de Tacuba, y al rei de 
Azcapozalco, mas de todos fueron desechadas sus proposiciones con 
desprecio. Entonces sin desanimarse por tan ignominiosa acogida, hi- 
cieron la misma demanda a Acolmiztli, señor de Coatlichan, y decen- 
diente de uno de los tres principes Acolhuis, rogándole que les diese 
por reina alguna de sus hijas. Cedió aquel personage a sus plegarias, 
y les dio a su hija Ilancueitl, la que llevaron en triunfo los Megicanos, 
y celebraron con gran alegría las bodas. 

Quaquauhpitzahuac rei primero de Tlateloho. 

Los Tlatelolques, que por ser vecinos y rivales de los Megicanos, 
observaban siempre lo que pasaba en Tenochtitlan, ya para emular su 
gloría, ya para no verse con el tiempo oprimidos por su poder, crearon 
también un rei : pero no teniendo por conveniente, que fuese de su 
nación, si no de la' de los Tepaneques, en cuyo territorio estaban Tla- 
telolco y Megico, pidieron al rei de Azcapozalco uno de sus hijos, afin 
de que los rigiese como monarca, y ellos como vasallos lo obedeciesen. 
El rei hes dio al principe Quaquauhpitzahuac, el cual fue inmediatamente 
coronado como primer rei de Tlatelolco el año de 1353. 

Es de creer que los Tlatelolques, al hacer esta demanda al rei, tanto 
por adularlo como por irritarlo contra sus rivales los Megicanos, le 
exageraron la insoleDcia de estos en crear un rei sin su permis^^, : pues 
el reí convocó a sus consegeros y les habló asi: " ¿Qué os parece, 
nobles Tepaneques, del atentado de los Megicanos? Ellos se han in- 
troducido en nuestros díRiinios, y van aumentando considerablemente 
.su ciudad, y su comercio, y, lo que es peor, han tenido la osadia de 
elegir un rei de su nación, sin esperar nuestro consentimiento. Si esto 
hacen en el principio de su establecimiento ¿ qué puede esperarse que 
hagan cuando se hayan multiplicado, y aumentado sus fuerzas? ¿ No 
es de temer que en el porvenir en lugar de pagarnos el tributo que les 
hemos impuesto, pretendan que nosotros se lo paguemos, y que el 
reyezuelo de los Megicanos quiera ser también monarca de los Tepa- 
neques ? Yo creo necesario aumentar sus cargas, a fin de que fatigan- 

* Es de estrañar que Opochtli se casase con una dama tan ilustre, en la época 
del envilecimiento de su nación : mas no dejan duda sobre aquel casamiento las 
pinturas de los Megicanos y de los Colhuis que vio el doctísimo Sigüenza. 



CARGAS IMPUESTAS A LOS MEGICANOS. 110 

dose para pagarlas, se consuman, o no pagándolas, sufran nuevos males, 
y se vean al fin obligados a salir de nuestros dominios." 

Nuevas cargas impuestas a los Megicanos. 

Aplaudieron todos esta resolución, como debia esperarse, pues el 
principe que al consultar a otros descubre sus intenciones, mas bien 
busca panegiristas que lo ayuden, que consegeros que lo iluminen. 
Envió pues el rei a decir a los Megicanos, que siendo tan reducido el 
tributo que hasta entonces le habian pagado, quería duplicarlo para en 
adelante : ademas de lo cual debían darle no sé cuantos millares de 
haces de sauces y abetos, para plantarlos en los caminos, y en los jar- 
dines de Azcapozalco, y llevarle a su corte un gran huerto flotante 
en que estubiesen sembradas y nacidas todas las plantas de uso común 
en Anahuac. 

Los Megicanos, que hasta entonces no habian pagado otro tributo 
que cierta cantidad de peces, y cierto numero de pájaros acuáticos, 
se afligieron al recibir esta noticia, temiendo que se aumentasen pro- 
gresivamente sus cargas : pero hicieron cuanto se les habia prescrito 
llevando en el tiempo señalado, con las aves y los peces, las haces y 
el huerto. Los ^ue no hayan visto los bellísimos jardines que hasta 
nuestros tiempos se han cultivado sobre el agua, y la facilidad con que 
se transportan donde se quiere, no podran sin dificultad persuadirse de 
la verdad de aquel hecho: pero los que los han visto, como yo, y todos 
los que han navegado en aquel lago, donde los sentidos hallan el 
mas suave recreo de cuantos pueden gozar, no vacilarán en darle 
asens^ Pagado aquel tributo, les mandó el rei que el año siguiente 
le llevasen otro huerto, y en él una añade, y una garza, empollando 
una y otra sus huevos, pero de tal modo, que al llegar a Anahuac, 
empezasen a salir los pollos. Obedecieron los Megicanos, y con tanto 
acierto tomaron sus medidas, que el insensato rei tubo el gusto de ver 
salir los pollos de los cascarones. Para el año siguiente ordenó que 
le llevasen otro huerto, con un ciervo vivo. Este mandato era de 
dificil egecucion, pues para cazar el ciervo era necesario- ir a los montes 
de tierra firme, con evidente peligro de hallar a sus contrarios : sin 
embargo, lo egecutaron puntualmente, para evitar mayores perjuicios. 
Esta dura opresión de los Megicanos no duró menos de cincuenta 
años. Los historiadores de Megico aseguran que aquel pueblo im- 
ploraba, en todas sus aflicciones, la protección de sus dioses, y é|ue 
estos le facilitaban la egecucion de aquellas ordenes tiránicas : yo sin. 
embargo soi de distinta opinión. 



120 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

El pobre rei Acamapichtzin, tubo, ademas de estos disgustos, el de 
la esterilidad de la reina Ilancueitl : por lo que se casó con Tezcatla- 
miahuatl, hija del señor de Tetepanco, de la que nacieron mucbos 
hijos, y entre ellos Huitzilihuitl, y Quimalpopoca, sus sucesores en el 
trono. Tomó esta segunda muger sin dejar a la primera, antes bien 
las dos vivían en tanta concordia, que Ilancueitl se encargó de la edu- 
cación de Huitzilihuitl. Tubo ademas con el titulo de reina, otras 
mugeres, y entre ellas una esclava, de que nació Itzcoatl, uno de los 
mejores, y mas célebres reyes que hubo en Anabuac. Gobernó Aca- 
mapichtzin pacificamente su ciudad, a que se reducia entonces todo su 
reino, por espacio de treinta y siete años. En su tiempo se aumentó 
la población, se fabricaron algunos edificios de piedra, y se empezaron 
los canales, que no sirvieron menos a la hermosura de la ciudad, que 
a la utilidad de los habitantes. El traductor de la colección de Men- 
doza atribuye a este rei la conquista de Mizquic, de Cuitlahuac, de 
Quauhnahuac, y de Joquimilco. Pero ¿quien podra creer que los 
Megicanos emprendiesen la conquista de cuatro ciudades tan popu- 
losas,tCuando apenas podían sostenerse en su propio establecimiento? 
La pintura de aquella colección, que representa las cuatro ciudades 
vencidas por los Megicanos, debe entenderse como símbolo del ausilio 
que estos prestaron a otros estados, a la manera en que después sirvie- 
ron al rei de Tezcuco contra los Jaltocaneses. 

Poco antes de morir coovocó Acamapichtzin a los magnates de la ciu- 
dad, y les hizo un breve discurso, recomendándoles sus mugeres, sus 
hijos, y el celo por el bien publico. Les dijo que habiendo recibido la 
corona de sus manos, se la restituía para que la diesen al qkv' esti- 
masen mas capaz de ser útil a la nación, y les espresó el sentimiento 
que tenia por dejarla tributaria de los Tepaneques. Su muerte, acae- 
cida en 1389, fue muí sensible a los Megicanos, y sus exequias se 
celebraron con toda la solemnidad que permitía la miseria de la nación. 

Desde la muerte de Acamapichtzin hasta la elección del nuevo rei, 
hubo, según dice el Dr. Sigüenza, un interregno de cuatro meses, lo 
que no volvió a ocurrir en lo sucesivo, pues desde entonces, pocos dias 
después de muerto el rei, se nombraba el sucesor. Aquella vez pudo 
retardarse la elección, por estar ocupada la nobleza en arreglar el 
numero de electores, y establecer las ceremonias de la coronación, 
que empezaron desde entonces a observarse. 

Reunidos pues los electores escogidos por los nobles, el mas an- 
ciano les habló de este modo : " Mí edad me da derecho de hablar el 
primero. Grande es, ¡ o nobles Megicanos ! la desgracia que he- 



HUITZILIHÜITL. l3i' 

mos esperimentado con la muerte de nuestro rei : y nadie debe llo- 
rarla mas que nosotros, que eramos las plumas de sus alas, y las 
pupilas de sus ojos. Tan gran desventura debe parecemos mayor, 
por el estado calamitoso en que nos hallamos, bajo el dominio de los 
Tepaneques, con oprobrio del nombre Megicano. Vosotros, pues, a 
quienes tanto urge el remedio 'de las presentes calamidades, pensad 
en elegir un rei, que cuide del honor de nuestro poderoso dios 
Huitzilopochtli, que vengue con su brazo las afrentas hechas a nues- 
tra nación, y que ponga bajo la sombra de su clemencia a los huérfa- 
nos, a las viudas, y a los ancianos." í/sjaoj.owh 

Huitzilihuitl, segundo rei de Megico. : osidoq #¡5 

Acabada aquella breve arenga, dieron los nobles sus votos, y salió 
electo Huitzilihuitl, hijo del difunto Acamapichtzin. Salieron los elec- 
tores, y dirigiéndose a la casa del nuevo soberano, lo llevaron consigo 
al tlatocaicpalli, o sea trono, o silla real, y haciéndole tomar asiento, 
lo ungieron del modo que después esplicaré ; le pusieron en la cabeza 
el copilli, o corona, y uno a uno le prestaron obediencia. ^§ton- 
ces uno de los personages de mas alta gerarquia, alzó la voz, y habló 
al rei en estos términos. " No os desaniméis, generoso joven, con- 
el nuevo cargo, que os hemos impuesto, de ser gefe de una nación 
encerrada entre las cañas, y juncos de este lago. Desventura es, sin 
duda, tener un pequeño estado, establecido en distrito ageuo, y regir 
una nación, que siendo en su origen libre, ha llegado a ser tributaria 
de los Tepaneques. Pero consolaos, sabiendo que estamos bajo la 
protec^n de nuestro gran dios Huitzilopochtli, cuya imagen sois, 
y cuyo lugar ocupáis. La dignidad a que habéis sido elevado por él, 
no debe serviros de pretesto para daros al ocio, y a la holgura, si no 
mas bien de estimulo para el trabajo. Tened siempre a la vista los 
nobles egemplos de vuestro gran padre, el cual no ahorró fatiga al- 
guna, para promover el bien de su pueblo. Quisiéramos, ¡ o señor ! 
haceros regalos dignos de vuestra persona : mas pues no lo permite la 
condición en que nos hallamos, dignaos recibir nuestros deseos, y las 
promesas de nuestra constante fidelidad." 

Aun no estaba casado Huitzilihuitl cuando subió al trono: por lo 
que se pensó mui en breve en darle muger, y quisieron los nobles que 
esta fuese alguna hija del mismo rei de Azcapozalco : pero por no 
esponerse a una respuesta tan ignominiosa como la que tubieron en 
tiempo de Acamapichtzin, resolvieron hacer esta vez la demanda con las 
mayores demostraciones de sumisión, y respeto. Fueron pues algu- 



122 HISTORIA ANTIGUA DE ME6IG0. 

nos nobles a Azcapozalco, y presentados al reí, y puestos de rodillas 
en su presencia, espusieron en estos términos su pretensión. " Ved 
aqui, gran señor, a vuestros pies a los pobres Megicanos, esperando 
de vuestra benignidad una gracia harto superior a sus merecimientos : 
pero ¿a quien debemos acudir si no a vos, que sois nuestro señor, y 
nuestro padre ? Vednos aqui pendientes de vuestra boca, y prontos 
a obedecer la menor de vuestras señales. Os rogamos pues con el 
mas profundo respeto que os compadezcáis de nuestro amo, y siervo 
vuestro, Huitzilihuitl, encerrado en las espesas cañas del lago. Está 
sin muger, y nosotros sin reina. Dignaos, Señor, dejar escapar de 
vuestras manos alguna joya, o alguna pluma de vuestras alas. Dad- 
nos una de vuestras hijas, afín de que venga a reinar en vuestra 
tierra." 

Estas espresiones, que son singularmente elegantes en la lengua 
Megicana, ablandaron de tal modo el animo de Tezozomoc (que asi se 
llamaba el rei), que inmediatamente entregó su hija Ayauhcihuatl a 
los embajadores, con indecible jubilo de estos, los cuales la conduge- 
ron^n pompa a Megico, donde se celebró el casamiento, con la acos- 
tumbrada ceremonia de atar la estremidad de la ropa de los dos 
novios. De este enlace nació el primer año un nijo, a quien dieron 
el nombro de Acolnahuacatl : pero deseoso de ennoblecer su nación 
oon nuevas alianzas, pidió y obtubo Huitzilihuitl, del señor de Quauh- 
nahuac una de sus hijas llamada Miakuajochitl, de quien tubo a 
Moteuczoma Jlhuicamina, el rei mas famoso de los Megicanos. 

Techotlala, rei de Acolhuacan. > 

Reinaba a la sazón en Acolhuacan, Techotlala, hijo del rei Qui- 
natzin. Los treinta afios primeros de su reinado fueron bastante pací- 
ficos : pero después se rebeló contra la corona, Tzompan, señor de 
Jaltocan, el cual viendo que no tenia bastantes fuerzas para hacer 
frente a su soberano, llamó a su ayuda a los estados de Otompan, 
Meztitlan, Quahuacan, Tecomic, Quauhtitlan, y Tepozotlan. El rei 
Techotlala les prometió el perdón, con tal que dejasen las armas, y se 
sometiesen. Quizas usó de esta clemencia en consideración a la ilus- 
tre sangre del gefe de la rebelión; pues era el ultimo decendiente de 
Chiconquauhtli, uno de los tres principes Acolhuis. Pero ensoberbe- 
cido este con el gran numero de tropas que habia reunido, desechó 
con desprecio el perdón. Irritado entóneos el monarca, envió contra 
los rebeldes un egercito, al que se unieron los Megicanos, y los Tepa- 
neques, llamados por él a su socorro. La guerra fue ostinada, y duró 



TECHOTLALA REÍ DE ACOLHUACAN. 123 

mas de dos meses : pero declarada finalmente la victoria por el rei, 
Tzompan, y los otros gefes rebeldes fueron castigados con el ultimo 
suplicio, terminando en aquel desacordado la clara estirpe de Chicon- 
quauhtli. Esta guerra, hecha por los Megicanos, como ausiliares del 
rei de Acolhuacan contra Jaltocan, y los otros estados confederados, 
es la representada en la tercera pintura de la colección de Mendoza ; 
pero el interprete se engañó creyendo que aquellas ciudades habian 
sido conquistadas para la corona de Megico. 

Acabada la guerra, los Megicanos volvieron gloriosos a su ciudad, 
y el rei Techotlala, para evitar en el porvenir nuevas rebeliones, 
dividió su reino en sesenta y cinco estados, dando a cada uno un 
señor que lo rigiese, con subordinación a la corona. De cada es- 
tado sacó alguna gente, para establecerla en otro, quedando sin em- 
bargo sometida al señor de cuyo estado salia, queriendo de este 
modo someter a los pueblos, por medio de los estrangeros 
que en ellos establecía: pohtica en verdad útil para evitar re- 
vueltas, pero dañosa a los subditos inocentes, e incomoda a los gefes 
que los gobernaban. Ademas de esto, honró a muchos noblc^ con 
cargos eminentes. Bizo a Tetlato, general de los egercitos; a Yal- 
qui, aposentador e introductor de embajadores ; a Tlami, mayordomo 
de palacio ; a Amechichi, inspector de la policía de las casas reales, y 
a Cohuatl, director de los plateros de Ocolco. Ninguno podia tra- 
bajar el oro, y la plata, para el servicio del rei, si no los hijos del 
mismo director, que para esto habian aprendido aquel arte. El apo- 
sentador de los embajadores tenia a sus ordenes cierto numero de 
oficia^ Colhuis ; el mayordomo, los Chichimecos, y el inspector de 
la policía, un numero igual de Tepaneques. Con estas medidas au- 
mentó el esplendor de la corte, y afianzó el trono de Acolhuacan,, 
aunque no le fue dado evitar las revoluciones que después veremos. 
Estos, y otros rasgos de política que se irán descubriendo en el curso 
de esta historia, demuestran el agravio que hicieron a los Americanos, 
los Europeos que los creyeron animales de otra especie, y los que los 
juzgan incapaces de mejora. 

La nueva alianza entre el rei de Megico y el de Azcapozalco, y la 
gloria que los Megicanos adquirieron en la guerra de Jaltocan, contri- 
buyeron no menos a vigorizar su situación política, que a mejorar su 
condición privada, porque gozando de mas libertad, y estension en su 
comercio, comenzaron en aquel tiempo a vestirse de algodón, del que 
en los tiempos de su miseria habian estado privados, sin vestirse de 
otra cosa que de telas groseras, hechas con hilo de maguei, o con paU 



124 HISTORIA ANTIGUA DE ME6IC0. 

mas silvestres. Pero apenas empezaron a respirar, salió contra ellos, 
de la misma familia real de Azcapozalco, un nuevo enemigo, y san- 
griento perseguidor. 

Enemistad de Majtlaton contra los Megicanos. 

Majtlaton, señor de Coyoacan, hijo del rei de Azcapozalco, hombre 
ambicioso, indómito, y cruel, temido aun por su mismo padre, habia 
llevado mui a mal el casamiento de su hermana Ayauhcihuatl con el 
.tei de Megico. Dbimuló algún tiempo su disgusto, por respeto a su 
padre, pero en el décimo año del reinado de Huitzilihuitl, se trasladó 
á Azcapozalco, y convocó a la nobleza, para esponerle sus quejas con- 
tra los Megicanos, y contra su rei. Representóle el aumento de la 
población de Megico, exageró el orgullo, y la arrogancia de aquella 
nación, y los fatales efectos que podrían temerse de sus disposiciones, 
y sobre todo se lamentó del gravísimo perjuicio que le habia hecho el 
rei de Megico, quitándole su propia muger. Es necesario saber que 
Majtlaton y Ayauhcihuatl, aunque hijos de Tezozomoc, hablan nacido 
de diversas madref, y quizas eran entonces lícitos estos enlaces entre 
los Tepaneques. Sea que en efecto quisiese Majtlaton casarse con 
su hermana, sea que se sirviese de aquel pretest'o para dar rienda 
suelta a sus crueles designios, en aquella reunión se ' tomó la resolu- 
ción de llamar a Huitzilihuitl, para echarle en cara su temeridad. 
Fue en efecto el rei de Megico a Azcapozalco, lo que no debe estra- 
fiarse, pues era costumbre entre los señores de aquella tierra visitarse 
unos a otros en sus territorios respectivos, ademas de que en 
Huitzilihuitl concurría la circunstancia particular de ser feudu^rio de 
aquella corona: porque aunque desde el nacimiento de Acolnahuacatl, 
la reina de Megico obtubo de su padre Tezozomoc que aliviase a los 
Megicanos de las cargas a que por espacio de tantos años habían esta- 
do sugetos, siempre quedó Megico en la condición de feudo de Az- 
capozalco, y los Megicanos debian presentar cada año al rei Tepa- 
ñeque dos añades, en reconocimiento de su alto dominio. 

Majtlaton recibió a Huitzilihuitl en una sala de su palacio, y des- 
pués de haber comido con él en presencia de los cortesanos, que 
lisongeaban sus proyectos, le hizo una severisima reprensión sobre la 
injuria que creia haber recibido por su matrimonio con Ayauhcihuatl. 
El rei Megicano protestó su inocencia con la mayor humildad, dicien- 
do que jamas hubiera él pedido la mano de la princesa, ni el rei su 
padre se la hubiese concedido, si estubiese comprometida con otro. 
"Pero apesar de la sinceridad de sus escusas, y de la eficacia de sus 



ENBMISTAD DE MAJTLATON. 125 

razones, Majtlaton le respondió con el mayor enojo : " Bien podria 
imponerte silencio, y darte muerte aqui mismo, y asi quedarían casti- 
gada tu temeridad, y vengado mi honor : pero no quiero que se diga 
que un principe Tepaneque mata a traición a un enemigo. Anda por 
ahora en paz, que el tiempo me ofrecerá la ocasión de tomar de ti 
venganza mas decorosa." 

Fuese el Megicano lleno de despecho, y furor, y no tardó en cono-'t 
cer los efectos de la enemistad de su cruel cuñado. La verdadera 
causa de aquel odio fue el temor que tenia Majtlaton de que recayese 
con el tiempo el señorío de los Tepaneques en su sobrino Acolnahua-' 
catl, que habia nacido de una hija del rei Tezozomoc, de lo que resul- 
taría la sumisión de su nación a la Megicana. Para libertarse de este 
temor, formó el bárbaro proyecto de dar muerte a su sobrino, como 
lo egecutó, por medio de unos malvados, que se sirvieron de esta 
crueldad, para grangearse el favor de su gefe : pues nunca faltan a 
los poderosos, hombres perversos y venales, que sean ministros de sus 
pasiones*. Tezozomoc no consintió en aquel atentado, pero no sabe- 
mos que lo desaprobase. En el curso de esta historia veremo^que 
el orgullo, la ambición, y la crueldad de Majtlaton, toleradas, y aun 
favorecidas por su indulgente padre, fueron la causa de su ruina, y 
del esterminio de su pueblo. Huitzilihuitl sufrió a su despecho un 
golpe tan doloroso : pero no se hallaba con bastantes fuerzas para 
vengarse. 

Tlacateotl, segundo rei de Tlatelolco. 
£d^ mismo año en que sucedió en Megico la tragedia que acabo 
de referir (1399) murió en Tlatelolco el primer rei Quaquauhpitzahuac, 
dejando la ciudad considerablemente aumentada con buenos edificios, 
y hermosos jardines, y con cierto grado de civilización y policia. En 
su lugar fue elegido Tlacateotl, de cuyo origen hablan diversamente 
los historiadores, pues unos lo creen Tepaneque, como su antecesor, 
y otros Acolhua, y dado a los Tlatelolques por el rei de Acolhuacan. 
La rivalidad que existia entre Megicanos, y Tlatelolques, contribuyó 
en gran manera al engrandecimiento de los dos pueblos, pues cada 

• No hai autor que refiera las circunstancias de la trágica muerte del principe 
Acolnahuacatl, ni se puede entender como lograron los Tepaneques cometer 
aquel atentado en Megico ; pero no podemos dudar del hecho, atestiguado por 
los autores nacionales, aunque entre los Españoles no falta quien, como el 
P- Acosta, confunda aquella muerte con la de Quimalpopoca, tercer rei de 
Megico. 



126 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

uno aspiraba a superar en todo al otro. Los Megicanos por su parte 
se habían emparentado con las naciones vecinas, habían estendído su 
agricultura, multiplicando los huertos flotantes del lago, y tenían ade- 
mas mayor numero de barcos, con lo que habían aumentado su pesca, 
y su comercio; asi que pudieron celebrar su año secular, primero 
Tochtií, correspondiente al 1402 de la era vulgar, con mayor aparato 
qne los cuatro que habían trascurrido, desde su salida del país de 
Aztlan. 

Reinaba aun por aquel tiempo en Acolhuacan, Techotlala, ya de- 
crepito, y previendo la cercanía de la muerte, llamó a su hijo, y 
sucesor Ijtliljochitl, y entre las instrucciones que le dio, le aconsejó 
que se grangease los ánimos de los señores sus feudatarios, por que 
podría suceder que Tezozomoc, viejo astuto, y ambicioso, que hasta 
entonces no se habia atrevido a dar rienda suelta a sus planes, qui- 
siese conspirar contra el imperio. No eran vanos los temores de 
Techotlala, como después veremos. Murió por fin este reí en 1406, 
después de un largo reinado, aimque no tanto como dicen algunos 
autoL3s*. 

Ijtliljochitl, rei de Acolhuacan. 
Despnes de celebradas las exequias reales con las acostumbradas 
ceremonias, y asistencia de los señores feudatarios, y gefes, depen- 
dientes de aquella corona, se solemnizó la exaltación de Ijtliljochitl. 
Entre aquellos personages se hallaba el señor de Azcapozalco, quien 
no tardó en descubrir cnan bien lo conocía el rei difunto : pues, sin 
prestar obediencia a su sucesor, se fue a sus estados, para susclli^r los 
ánimos de los feudatarios a la rebelión. Convocó a los reyes de Me- 
gico, y de Tlatelolco, y les dijo, que habiendo muerto Techotlala, que 
por tantos años habia tiranizado aquel país, quería poner en libertad a 
los señores feudatarios, afin de que cada uno gobernase su territorio, 
con absoluta independencia del rei de Acolhuacan ; que para conse- 
guir un fin tan glorioso, necesitaba de sus ausilios, y esperaba de su 
valor, ya conocido entre todas las naciones, que procurarían ser parti- 
cipes de la gloria a que él aspiraba, y a fin de que el golpe fuese mas 
seguro, él haría entrar en la confederación a otros señores, que esta- 
ban animados por los mismos sentimientos. Los dos reyéá, o movidos 

* Torqueraada y Betancourt dan 104 años de reinado a Techotlala : lo que 
ciertamente no es imposible, pero si inverosimil, cuando no hai graves testimo- 
nios que lo acrediten, especialmente siendo tan desatinada la cronologia de aque- 
llos dos autores. 



IJTLILJOCHITL, REÍ DE ACOLHUACAN. 127 

por el miedo de la preponderancia de Tezozomoc, o por el deseo de 
aumentar la gloria de sus armas, se ofrecieron a servirlo con sus 
tropas, y lo mismo respondieron los otros caudillos a quienes dirigió 
sus proposiciones. 

Entretanto procuraba Ijtliljochitl arreglar los negocios de su corte, 
y conciliarse los ánimos de sus subditos : pero reconoció, no sin grave 
pesadumbre, que muchos de ellos se hablan sustraído a su obediencia, 
y hablan abrazado el partido del pérfido Tezozomoc: y para impedir 
los progresos de sus enemigos, mandó a los señores de Goatlichan, de 
Huejotla, y de otros estados próximos a su corte, que armasen sin 
tardanza cuantas tropas pudiesen. El mismo rei quería mandar en 
persona el egercito, pero lo disuadieron de esta idea sus cortesanos, 
creyendo mas necesaria su presencia en la corte, pues enmedio de 
aquellas turbulencias, podrían algunos enemigos ocultos, o de equi- 
voca fidelidad, prevalerse de su ausencia, para apoderarse de la capital, 
y precipitarlo del trono. Fue pues nombrado general del egercito, 
Tochinteuctli, hijo del señor de Coatlichan, y para sustituirlo en caso 
de muerte, o de algún otro accidente, Quauhjilotl, señor de Iztaj^Uo- 
can. Escogieron para teatro de la guerra la llanura de Quauhtitlan, 
a quince millas al Norte de Azcapozalco. Las tropas rebeldes eran 
mas numerosas que las del egercito real, pero estas eran mas dicipli- 
nadas. Este egercito, antes de llegar a Quauhtíllan, arrasó seis esta- 
dos de los caudillos rebeldes, tanto por debilitar a sus enemigos, como 
por no dejar a retaguardia quien pudiese hacerles daño. La guerra 
fue de las mas ostinadas, equilibrándose la disciplina de los Tezco- 
canes.^n el numero de los Tepaneques, los cuales en breve tiempo 
hubieran sido completamente vencidos, si no hubiesen reclutado con- 
tinuamente nuevas tropas. Los aliados de los rebeldes no cesaban 
de destacar gruesos cuerpos a los estados fieles, seguros de hallar en 
ellos poca resistencia, por estar congregadas en Quauhtitlan casi todas 
las fuerzas de los Tezcocanes. Entre los muchos males que ocasiona- 
ron, se cuenta la muerte de Quauhjilotl, señor de Iztapallocan, el 
cual, vuelto del campo de Quauhtitlan, murió con gloria, defendiendo 
intrépidamente su ciudad. Viose por esto obligado el rei de Acol- 
huácan a dividir sus huestes, destinando para guarnición de las ciu- 
dades, una buena parte de la gente que de muchos puntos remotos 
acudía a su defensa. Tezozomoc, viendo que en vez de las ventajas 
que aguardaba, cada día se disminuían sus soldados, y que los que 
sobrevivían llevaban con impaciencia los peligros, y fatigas de la 
guerra, después de tres años de continua lucha, pidió la paz, coa in- 



128 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

tención de terminar a traición, lo que habia empezado a viva fuerza. 
El rei de Acolhuacan, aunque no podia fiarse del Tepaneque, con- 
sintió en lo que se le pedia, sin exigir alguna condición que lo asegu- 
rase para lo venidero, por hallarse sus tropas tan cansadas como las de 
sus enemigos. 

Quimalpopoca, tercer rei de Megico. .^j^ 

Terminada apenas aquella guerra, o poco antes de su conclusión, 
murió, por ios años de 1409, Huitzilihuitl, después de veinte años de 
reinado, y después de haber promulgado algunas leyes utites a la nación, 
y dejando a la nobleza en posesión de su prerrogativa de elegir suce- 
sor. Fué elegido su hermano Quimalpopoca, y desde entonces, según 
parece, quedó establecida la lei de elegir uno de los hermanos del rei 
difunto, o un sobrino, por falta de hermanos. Esta practica fue ob- 
servada constantemente, como lo haremos ver, hasta la ruina del im- 
perio Megicano. 

Mientras Quimalpopoca procuraba afianzarse en el trono de Megico, 
Ijtlij^chitl vacilaba en el de Acolhuacan. La paz, que Tezozomoc le 
habia pedido, era un pretesto para dejarlo adormecer, y promover 
entretanto con mas eficacia sus negociaciones, dada dia urecia sa 
partido, y se aminoraba el de Ijtlijochitl. Viose en fin este desgra- 
ciado monarca reducíSo a tal estremidad, que no creyéndose seguro 
en su corte, andaba errante en los montes vecinos, escoltado por un 
pequeño egercito, y acompañado de los señores de Huejotla, y de 
Coatlichan, que le fueron constantemente fieles. Los Tepaneques, 
para mas apretarlo, interceptaban los viveres que se llevabí^j:^ a su 
campamento, por lo que tubo que pedir que comer a sus propios ene- 
migos. ¡ Tan fácil es precipitarse de la cúspide de la felicidad humana 
al abismo de la miseria ! 

Hecho memorable de Cihuacuecuenotzin. 
Dio pues a un sobrino suyo llamado Cihuacuecuenotzin el encargo 
de ir a Otompan, una de las ciudades rebeldes, y de rogar a sus habi- 
tantes que socorriesen a su monarca con viveres, de que tanto necesi- 
taba, y que abandonasen el partido de los traidores, recordando los 
antiguos juramentos de fidelidad que le habian prestado. Bien cono- 
ció aquel personage el peligro de la empresa, pero siendo mas pode- 
rosas que su temor, la nobleza de sus sentimientos, la fortaleza de su 
animo, y la fidelidad a su soberano, se prestó sin dificultad a obedecer 
sus preceptos. " Voi, Señor, le dijo, a poner en egecucion vuestros 



HECHO DE CIHUACUECUENOTZIN. 129 

mandatos, y a sacrificar mi vida a la obediencia que os debo. No 
ignoráis cuanto se han alejado de vos los Otompaneses para unirse 
con vuestros enemigos. Todas estas tierras están ocupadas por Te- 
paneques, y sembradas de peligros : mi vuelta es demasiado incierta. 
Mas si peresco en vuestro servicio, y si el sacrificio que os hago de la 
vida es digno de alguna recompensa, os ruego que protejáis a dos 
hijos tiernos que dejo sin apoyo." Estas palabras, interrumpidas por 
el llanto de quien las proferia, enternecieron el corazón del rei, el 
cual le dijo al despedirlo: " Nuestro Dios te acompañe, y te resti- 
tuya con vida. Quizas a tu vuelta habré yo cedido a esos males que 
para ti temes, pues '¿ como podre escapar a los innumerables enemi- 
gos que buscan mi muerte?" Dirigióse inmediatamente Cihuacuecue- 
notzin a Otompan, y, antes de entrar en ol pueblo, supo que habían 
llegado unos Tepaneques, enviados por Tezozomoc, a publicar un 
bando. No por esto se intimidó: antes bien con ánimo intrépido 
llegó a la plaza, donde los Tepaneques habían congregado al pueblo, 
para publicar el bando, y después de haber saludado cortesmente a 
todos, espuso francamente el obgeto de su embajada. • 

Los Otompaneses se burlaron de él, y respondieron con carcajadas 
de risa a sus proposiciones : mas ninguno de ellos osó pasar adelante, 
hasta que hubo un desalmado que le tiró una piedra, y exitó a los 
otros a que le diesen muerte. Los Tepaneques, que se hablan estado 
quietos, observando en silencio lo que harían los Otompaneses, vién- 
dolos ya abiertamente declarados contra el rei de Acolhuacan, y con- 
tra su embajador, gritaron muera el traidor, acompañando estos gri- 
tos cor^edradas. Cihuacuecuenotzin hizo frente al principióla sus 
enemigos ; pero viéndose oprimido por la muchedumbre, y queriendo 
salvar la vida con la fuga, fue muerto enmedio de un diluvio de pie- 
dras. ¡ Hombre verdaderamente digno de mejor fortuna ! ¡ Egemplo 
memorable de fidelidad, que los poetas y los historiadores hubieran in- 
mortalizado, si el héroe en vez de ser Americano, hubiera nacido en 
Grecia o en Roma ! 

Los Tepaneques se envanecieron con un hecho tan inhumano, y tan 
contrario al derecho de gentes, y espresaron al pueblo el placer que 
tendrían en poder asegurar a su dueño, como testigos oculares, de la 
inviolable fidelidad de los Otompaneses. Digeron también quevenian 
enviados para intimarles la orden de no dar socorro de ninguna especie 
al rei de Tezcuco, y para exortarlos a tomar las armas contra él, y en 
defensa de su propia libertad. El señor de Otompan, y los primeros 
TOMO I. K 



130 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

personages de la nobleza, respondieron que obedecían gustosos la 
orden del reí de Azcapozalco, y se dispusieron a coadyuvar a sus 
miras. 

Muerte trágica del rei Ijtlijochitl y tiranía de Tezozomoc. 

Diosa prontamente aviso de'aquel suceso' al señor de Acolraan, y 
este que era hijo de Tezozomoc, lo puso en noticia de su padre, el cual 
creyendo que era llegado el tiempo de poner en egecucion su pensa- 
miento, llamó a los señores de Otompan, y de Chalco, en cuya fideli- 
dad tenia mas confianza, y cuyos estados se hallaban en situación favo- 
rable a su intento, y les encargó que armasen en el mayor secreto un 
egercito numeroso, y lo emboscasen en un monte vecino al campamen- 
to del rei de Tezcuco ; que de alli le enviasen dos capitanes, de los 
mas diestros, y valerosos, los cuales con protesto de comunicar al rei 
an nergocio de gran importancia, procurasen alejarlo cuanto les fuese 
posible de su gente, y le diesen muerte sin tardanza. Todo sucedió 
como el malvado principe habia pensado. Hallábase a la sazón el rei 
en Ics cercanías de Tlascala : no tubo la menor sospecha de los dos 
capitanes que se le presentaron, y cayó incautamente en la acechanza 
que le hablan apercibido. Egecutose el atentado a vista del egercito 
real, aunque a cierta distancia. Acudieron inmediatamente las tropas 
fieles a castigar aquellos perversos ; pero sobrevino el egercito de los 
conjurados que era numeroso, y los derrotó completamente. Apenas 
se pudo salvar el cadáver del rei, para hacerle las debidas exequias, y 
el principe heredero, testigo del trágico fin de su padje, se vio obliga- 
do a esconderse entre unas malezas, para sustraerse al fur(\;,de sus 
enemigos. Asi acabó sus dias el malaventurado rei Ijtlijochitl, des- 
pués de siete años de reinado, en el de 14X0. 

Dejó muchos hijos, y entre ellos a Nezahualcoyotl, heredero de la 
corona, cuya madre fue Matlalcihuatzin, hija de Acamapitzin, rei de 
Megico*. Era este principe dotado de gran ingenio, y de incompara- 
ble magnanimidad, y mas digno que ningún otro de ocupar el trono de 

• Torquemada dice que Matlalcihuatzin era hija de Huitzilihuitl : pero i como 
puede ser esto ? Añade que este rei, cuando subió al trono, no tenia mas que 
diez y siete años, que no estaba aun casado, y que reinó veintidós, o cuando mas, 
veinte y seis años. Por otra parte representa a Nezahualcoyotl, en la muerte de 
su supuesto abuelo, en edad de poder ir a la guerra, y de hacer negociaciones pa- 
ra asegurarse la corona ; con que deberá decirse que Huitzilihuitl antes de cum- 
plir 26 años de matrimonio, tenia nietos de 20, a lo menos. 



MUERTE TRÁGICA DE IJTLTJOCHITL. 1^1 

Acolhuacan, mas por la preponderancia de Tezozomoc, no pudo tofoar 
posesión del trono que por tantos titulos se le debia, sino después de 
algunos años, y de infinitos peligros, y contratiempos. 

El pérfido Tezozomoc habia preparado gruesos cuerpos de tropas, . 
a fin de que, dado el proyectado golpe en la persona del reí, inva- 
diesen las ciudades de Tezcuco, Huejotla, Coatlichan, Coatepec, y 
Iztapallocan, que hablan sido las mas fieles a su señor, y las entrega- 
sen a las llamas. Los habitantes de- aquellos pueblos, que pudieron 
huir, pasaron los montes, y se refugiaron entre los Huejotzinques, y 
los Tlascaleses : todos los otros murieron en defensa de su patria, pe- 
ro vendieron mui caras sus vidas, pues fue infinita la sangre que se 
derramó por una y otra parte. Si se investiga la causa de estos de- 
sastres, se hallará que no fue otra que la ambición de un principe. 
¡ Pluguiese a Dios que fuesen menos frecuentes y menos violentos en 
el mundo los estragos de las pasiones ! Cuando no se ponen freno a 
las de un monarca,o a las de un ministro, bastan para inundar los cam- 
pos de sangre humana, para arruinar las ciudades, para destruir los 
estados, y para trastornar toda la tierra. • 

Satisfecha finalmente la crueldad del tirano con la opresión de sus 
enemigos, se hizo proclamar reí de Acolhuacan en la ciudad de Tezcu- 
co, concediendo a los que habian tomado las armas contra él, indulto 
general, y permiso de volver a sus casas. Dio en feudo la. ciudad de 
Tezcuco a Quimalpopoca, rei de Megico, y la de Huejotla a Tlaca- 
teotl, rei de Tlatelolco, en premio de los glandes servicios que le ha- 
bian prestado en aquella guerra. Puso gobernadores fieles a su par- 
tido r^otros puntos, y declaró la ciudad de Azcapozalco corte y ca- 
pital de todo el reino de Acolhuacan. 

Halláronse presentes a aquella solemnidad, aunque disfrazados, al- 
gunos personages del partido opuesto al tirano, y entre ellos el princi- 
pe Nezahualcoyotl. El dolor, y la rabia que estos sintieron en aque- 
lla ocasión, exitaron sus juveniles ardores, y ya iban a precipitarse, co- 
metiendo una acción temeraria contra sus enemigos, cuando los detu- 
bo un confidente que los acompañaba, representándoles las fatales 
consecuencias de su arrojo, y haciéndoles ver cuanto mejor seria espe- 
rar del tiempo una ocasión mas oportuna para recobrar la corona, y 
tomar venganza de sus opresores ; ^que siendo ya de edad mui avanza- 
da el tirano, su muerte, que no podria tardar, mudaría enteramente el 
estado de las cosas ; que los pueblos mismos se someterían entonces 
espontáneamente a sus señores legitimos, exitados por la crueldad, y 
por la injusticia del usurpador. Al mismo tiempo, un oficial Megica- 

K 2 



132 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

no de alta graduación (probablemente Itzcoatl, hermano del reí, y ge- 
neral de las armas Megicanas), o por su propia autoridad, o por orden 
del rei Quimalpopoca, subió al templo que en aquella corte teníala na- 
ción Tolteca, y habló en estos términos al inmenso pueblo que se ha- 
bla reunido : '* Oid, Chichimecos ; oid, Acolhuis, y todos los que 
presentes os halláis ; ninguno se atreva a causar el menor daño a 
nuestro hijo Nezahualcoyotl ; nadie permita que se le haga, si no 
tjuiere esponerse a un rigoroso castigo." Este aviso sirvió de mucho 
a la seguridad del principe heredero, pues todos querían evitar el eno- 
jo de una nación que ya empezaba a inspirar respeto. 

Poco tiempo después, muchos nobles de aquellos que por sustraerse 
al furor de las tropas Tepaneques se hablan refugiado en Huejot?inco, 
y en Tlascala, se reunieron en Papalotia, lugar próximo a Tezcuco, 
para deliberar sobre el partido que debian tomar en aquellas circuns- 
tancias, y todos convinieron en someterse a los nuevos señores nom- 
brados por el usurpador, tanto por evitar nuevas persecuciones, como 
para poderse entregar tranquilamente al cuidado de sus casas, y 
famitfas. 

Cargas impuestas por el tirano. 
El tirano, después de haber satisfecho su ambición cof la usurpa- 
ción del reino de Acolhuacan, y su crueldad con loS estragos que en 
aquel territorio habia hecho, quiso también satisfacer su codicia con el 
bienestar de sus subditos. Impúsoles, ademas del tributo que en vi- 
veres, y en ropas pagaban a su rei, otro de oro, y de piedras precio- 
sas, sin conocer cuanto se exasperarían de este modo los animV que 
deberla mas bien conciliarse con la moderación, y con la suavidad, pa- 
ra asegurar la posesión de un trono fundado en la crueldad, y en la 
injusticia. Los nobles Tolteques, y Chichimecos manifestaron deseos 
de presentarse al rei para hablarle de este asunto. Parecióles exesi- 
va la codicia del tirano, y harto diferente su conducta, de la modera- 
ción de los antiguos reyes, sus progenitores. Resolvieron, pues, en- 
viarle dos eminentes oradores, uno Tolteque, y otro Chichimeco, a 
fin de que cada uno de ellos, a nombre de su nación respectiva, le 
espusiese enérgicamente el daño que les hacia con aquellas exaccio- 
nes. Fueron en efecto a Azcapozalco, e introducidos a presencia del 
tirano, después de una profundísima reverencia, habló primero el Tol- 
teque, por ser mas antigua su nación en aquel pais, y le representó los 
humildes principios de los Tolteques : los trabajos que hablan pasado 
antes de llegar al esplendor, y gloria de que por algún tiempo gozaron 



tiranía de tezozomoc. 



13a 



y la miseria a que habian quedado reducidos después de su ultimo 
vencimiento ; describió la dispersión lamentable en que Jolotl los ha- 
bla encontrado, cuando llegó a aquella tierra, y recorriendo los anales 
de los dos siglos siguientes, hizo una patética enumeración de los de- 
sastres que habian padecido, a fin de exitar la compasión del tirano, y 
evitar a sus compatriotas las nuevas cargas que este les imponía. 

Apenas hubo terminado su arenga el Tolteque, tomó la palabra su 
compañero " Yo, señor, dijo, puedo hablar con mas confianza, y li- 
bertad. Soi Chichimeco, y hablo con un principe de la misma na- 
ción, decendiente de los grandes reyes Jolotl, Nopaltzin, y Tlotzin. 
No ignoráis, que aquellos divinos Chichimecos, vuestros abuelos, des- 
preciaban el oro, y las piedras preciosas. La corona que ceñian era 
una guirnalda de yerbas, y flores del campo ; el arco, y la flecha eran #^ 
sus adornos. Manteníanse al principio de carne cruda, y de vegetales 
insípidos, y sií ropa se componía de la piel de los ciervos, y fieras que 
mataban en la caza. Cuando aprendieron de los Tolteques la agri- 
cultura, los reyes mismos trabajaban la tierra, para estimular con su 
egemplo a sus subditos. La opulencia, y la gloria, a que los alzc»des- 
pues la fortuna, no ensobervecio sus ánimos generosos. Servíanse, 
como reyes, de sul vasallos : pero los amaban como a hijos, y se con- 
tentaban con que reconociesen su superioridad, ofreciéndoles los hu- 
mildes dones'de la tierra. Yo, señor, no os traigo a la memoria estos 
claros egemplos de vuestros antepasados, sino es para suplicaros humildi- 
simamente, que no exijáis mas de nosotros, que lo que ellos exigían de 
nuestros abuelos." Escuchó el tirano los dos discursos, y aunque lo 
ofendiera comparación que había hecho el ultimo orador entre él y los 
reyes antiguos, disimuló sü enojo, y despidiendo a los diputados, con- 
firmó la orden publicada sobre los nuevos tributos. 

Entretanto Nezahualcoyotl recorría solicito muchaá ciudades, a fin 
de conciliarse los ánimos, y adquirir medios de recuperar el trono. 
Pero aunque lo amaban sus subditos, y deseaban verlo en posesión 
del reino, no se atrevían a favorecerlo abiertamente, por miedo del ti- 
rano. Abandonáronlo muchos de sus deudos, y amigos, y entre ellos 
su tío Chimalpan, y Tecpanecatl, hermano de su segunda muger, Ne- 
zahualjochitl, de la estirpe real de Megíco. Continuando él sin em- 
bargo sus negociaciones, llegó una tarde a una villa de la provincia de 
Chalco, perteneciente a una señora viuda, llamada Tziltomiauh. Ob- 
servó que había alli una planta de maguei, de que la viuda sacaba vi- 
no, no solo para uso de su familia, sino también para venderlo, lo cual 
estaba severamente prohibido por las leyes de los Chichimecos. A 



194. HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

vista de esto se inflamó de tal manera en celo por, las leyes de sus pa- 
dres, que sin que lo contubiese la adversidad de su fortuna, ni ningún 
otro respeto, dio muerte con su propia mano a la viuda delincuente : 
acción inconsiderada, y reprensible, en que tubo mas parte el ardor de 
la edad que la prudencia. Hizo gran ruido este suceso en la provin- 
cia, y el señor de Chalco, que era su enemigo, y habia sido cómplice 
en la muerte de su padre, procuró con el mayor empeño haberlo a las 
manos : mas el principe, previendo las consecuencias de su atentado, 
se habia ya puesto en salvo. 

Muerte del tirano Tezozomoc. 
Ocho años habia estado Tezozomoc poseyendo tranquilamente el 
reino de Acolhuacan, pretendido en vano por Nezahualcoyotl, cusido 
tubo unos sueños funestos que lo pusieron en gran consternación. So- 
ñó, pues, que Nezahualcoyotl, transformado en águila, le destrozaba 
el pecho, y le devoraba el corazón, y otra vez, que convertido aquel 
principe en león, le lamia el cuerpo, y le chupaba la sangre. De tal 
mod^ lo amedrentaron estas trágicas visiones, obra de la conciencia de 
su injusticia, y urania, que llamando a sus tres hijos Tayatzin, Teuct- 
zintli, y Majtlaton, después de haberles espuesto sus sueños, les 
encargó que diesen muerte cuanto antes a Nezahualcoyotl, pero con 
tanto secreto, que ninguno pudiese sospechar el autoiltde aquel delito. 
Apenas sobrevivió un año a este suceso. Era tan viejo, que no pu- 
diendo- calentarse; ni estar sentado, lo tenian cubierto de algodón, en 
una canasta a guisa de cuna ; pero desde esta especie de sepultura, 
continuaba tiranizando a sus pueblos, y pronunciando oraculoíSi^de in- 
justicia. Poco antes de morir, nombró por sucesor a su hijo Tayat- 
zin, y volvió a encargarle la muerte de su enemigo, conservando hasta 
el ultimo aliento sus perversos designios. Asi terminó su larga vida 
aquel monstruo de ambición, de perfidia, y de injusticia, por los años de 
1422, después de haber tiranizado nueve años el reino de Acolhuacan, 
y poseído mas largo tiempo el,estado de Azcapozalco *. 

* Torquemada dice que Tezozomoc fue hijo del primer principe Acolhua, 
dándole por consiguiente un reinado de 160 a 180 años; pero de la arenga del 
orador Chichimeco se infiere que Tezozomoc decendia de Jolotl, de Nopaltzin, 
y de Tlotzin. La hermana de Nopaltzin se casó con el principe Acolhuatzin, y 
sus hijos eran por consiguiente primos de Tlotzin, hijo de Nopaltzin. Ea todo 
esto conviene Torquemada. ¿Como es posible que un hombre decienda de su 
primo ? El que lea la genealogia de los reyes Chichimecos en la obra de aquel 
autor, no podra menos de echar de ver las equivocaciones que ha padecido. 



MUERTE DEL TIRANO TEZOZOMOC. 135 

■ Aunque tocaba a Tayatzin, como a heredero del trono, dar las 
ordenes oportunas para las exequias de su padre, arrogóse aquella 
autoridad su hermano Majtlaton, como mas atrevido, y activo, y 
empezó desde entonces a mandar con tanta arrogancia, como si estu- 
biese en posesión del trono a que aspiraba, creyendo que no le seria 
difícil oprimir a su hermano, que era en efecto timido, y poco prac- 
tico en el gobierno. Pasó Majtlaton avisos a los reyes de Megico, y 
de Tlatelolco, y a otros potentados, a fin de que honrasen con su 
presencia, y con sus lagrimas las exequias de su monarca. Nezahual- 
coyotl, aunque no convidado, quiso hallarse presente, para observar 
por si mismo, según se colige, la disposición de los espiritus en la 
corte. Acudió pues acompañado de un intimo confidente, y de alguna 
comitiva, y entrando en la sala de palacio, donde estaba espuesto el 
real cadáver, encontró en ella a los reyes de Megico, y de Tlatelolco, 
a los tres principes, hijos del tirano, y a otros personages. Saludólos 
uno a uno, según el orden en que estaban sentados, empezando por 
el de Megico, y presentóles ramos de flores, según el uso de aquel 
pais. Terminados los cumplimientos, se sentó al lado del rei Quimal- 
popoca, su cuñado, para acompañarlo en su dolor. Teuctzintli, uno 
de los hijos dé Tezozomoc, y heredero de su crueldad, juzgando 
aquella ocasión oportuna de egecutar el encargo de su padre, se lo 
propuso a su hermano Majtlaton. Mas este, aunque con un corazón 
no menos inhumano, tenia mas prudencia, y disimulo. ** Aparta, le 
dijo, de tu pensamiento ese designio. ¿ Qué diñan los hombres de 
nosotros, si nos viesen maquinar la muerte de otro, cuando solo debe- 
mos rifar la de nuestro padre 1 Dirían que no es grave el dolor que 
deja lugar a la ambición, y a la venganza. El tiempo nos ofrecerá la 
oportunidad de poner en egecucion los mandatos de nuestro padre, 
sin atraernos el odio de nuestros subditos. Nezahualcoyotl no es 
invisible. Si no se esconde en el fuego, en el agua, o en las entrañas 
de la tierra, infaliblemente caerá en nuestras manos." Esto acaeció 
el cuarto dia después de la muerte del tirano, y el mismo dia fue 
quemado su cadáver, y enterradas sus cenizas con gran pompa, y 
solemnidad. 

El dia siguiente volvieron a sus ciudades los reyes de Megico, y de 
Tlatelolco, y Majtlaton empezó a descubrir, con menos reserva su 
ambicioso designio de apoderarse del reino, manifestando en su arro- 
gancia, y osadia, que estaba dispuesto a emplear la violencia, si no 
le bastaba la astucia. Tayatzin no tubo valor para oponérsele, pues 
coñocia su Índole arrojada e impetuosa, y la ventaja que le llevaba. 



136 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

en la costumbre que tenian los subditos de obedecerlo. Tomó pues 
el partido de ir a Megico, para conferir con el rei Quimalpopoca, a 
quien habia sido recomendado por su padre, sobre un asunto de tanta 
importancia. Fué acogido por aquel monarca con estraordinarias 
demostraciones de aprecio, y después de los cumplimientos de estilo, 
le dijo Quimalpopoca ; ** ¿ Qué hacéis, principe ? ¿ No es vuestro 
el reino? ¿ No os lo dejó vuestro padre? ¿ Porqué, pues, viéndoos 
injustamente despojado, no empleáis vuestros mayores esfuerzos en 
recobrar lo que legitimamenle ós pertenece?" " Poco importan mis 
derechos, respondió Tayatzin, si no me ayudan mis subditos. Mi 
hermano se ha hecho dueño del reino, y no hai quien lo contradiga. 
Seria temeridad oponerme a su poder, sin otra fuerza que mis deseos, 
y la justicia de mi causa." " Lo que no se logra con la fuerza, replicó 
Quimalpopoca, se logra con la maña. Yo os sugeriré un medio eficaz 
de libertaros de vuestro hermano, y poneros sin peligro en posesión 
del trono. No habitéis el palacio de vuestro padre, y dad por pretesto 
que en él se renueva vuestro dolor con la memoria de sus acciones, y 
del gmor que os tenia. Decid que queréis edificar otro palacio para 
vuestra residencia. Cuando esté concluido, dad un esplendido ban- 
quete, y convidad a vuestro hermano, y alli, en medio de la alegría 
general, os sera fácil, con gente secretamente preparada, libertar a 
vuestro reino de un tirano, y a vos de un rival tan pernicioso, y tan 
injusto: y para que logréis con mas seguridad vuestro intento, yo 
acudiré a vuestro ausilio con mi persona, y con todas las fuerzas de 
mi nación." A este consejo no respondió Tayatzin sino con una 
mirada llena de dolor, ocasionada por el amor de su hermanoyi^ por 
la perversidad de la acción que se le proponía. 

De este suceso fue testigo un criado de Tayatzin, que se habia 
ocultado en un rincón, desde donde podria escuchar todo lo que 
digesen aquellos dos personages, y esperando hacer fortuna por medio 
de la delación, partió en secreto aquella misma noche para Azca- 
pozalco, fue en derechura a palacio, y obtenida audiencia de Majlaton, 
le reveló cuanto habia oido. Hallóse en aquel instante combatido su 
animo por la colera, por el temor, y por la pesadumbre que en él pro- 
dujo tan horrible descubrimiento : pero, como pohtico y diestro en 
ocultar sus sentimientos, fingió despreciar el aviso, y renonvino áspera- 
mente al delator por su temeridad en calumniar dos personas tan ele- 
vadas ; aparentó atribuir aquella acción a embriaguez del que se la 
descubría, y lo mandó a su casa a dormir la borrachera. Pasó toda la 
noche deliberando sobre el partido que debia tomar, y determinó final- 



MAJTLATON TIRANO DE ACOLHUACAN. 137 

mente prevenir los designios que atribuia a su hermano, y hacerlo 
caer en sus redes. 

Majtlaton tirano de Acolhuacan. 
En la mañana del dia siguiente convocó al pueblo de Azcapozalco, 
y le dijo que no pudiendo permanecer en el alc.azar de su padre, que 
pertenecía a Tayatzin, y necesitando tener casa en aquella corte, para 
alojarse en ella, cuando algún grave motivo lo llamase de sus estados 
de Coyohuacan, queria que le diesen una prueba de su amor, cons- 
truyéndole cuanto antes un edificio. Fue tal la diligencia de los 
Azcapozalqueses, y tanta la muchedumbre de operarios que acudió 
al llamamiento del principe, que apesar de no haberse detenido 
Tayatzin mas que tres dias en Megico, a su regreso a la capital, halló 
empezada la fabrica. Maravillóse de aquella novedad, y preguntando 
el motivo a su hermano, le respondió este que no queriendo perjudicar 
sus intereses, ocupando la casa real, habia pensado labrar otra, para 
residir en ella, cuando viniese a la corte. Quedó satisfecho el buen 
Tayatzin con esta contestación, y se persuadió fácilmente que íMajt- 
laton no pensaba ya en la usurpación de la corona. Terminada en 
poco tiempo la oora, convidó Majtlaton a comer en su nueva casa a 
sus hermanos, al rei de Megico, al de Tlatelolco, y a otros personages. 
Tayatzin, ignorando la traición de su criado, no sospechó el lazo en 
que iba a caer : pero Quimalpopoca, que era mas astuto, y mas cauto, 
receló la perfidia, y se escusó cortesmente de asistir al convite. 
Llegado el dia del banquete, concurrieron los huespedes a la nueva 
casa, licuando estaban mas engolfados en la alegría, y quizas también 
en los exesos del vino, entró de improviso gente armada, y acometió 
con tal violencia al cuitado Tayatzin, que apenas fijo sus ojos en los 
asesinos, cuando se los cerró para siempre la muerte. Turbóse todo 
el concurso con tan inesperada tragedia : Majtlaton, tomó entonces la 
palabra, y espuso la traición contra él proyectada, asegurando a los 
presentes que solo habia tratado de evitar el golpe que lo amena- 
zaba. Con este y otros discursos, cambió de tal modo los ánimos, que 
en vez de vengar la. muerte de su legitimo señor, aclamaron rei al 
pérfido tirano : pero si la injusticia lo subió al trono, fue para preci- 
pitarlo desde mayor altura. 

Agravios que hizo el tirano al rei de Megico. 
Aun mayor era el enojo de Majtlaton contra el rei de Megico ; mas 
no le pareció conveniente atentar contra su vida, hasta hallarse bien 



138 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

seguro en el trono. Desfogó entretanto su rabia en injurias contra su 
persona, y en ultrages a su dignidad. Poco tiempo después de haber 
usurpado el reino, le envió el rei de Megico el regalo que le solia 
hacer todos los afíos en reconocimiento de su alto dominio. Este 
presente que consistia en tres canastas de peces, cangrejos, y ranas, 
y en algunas legumbres, fue llevado por algunas personas notables de 
la corte de Quimalpopoca, las cuales pronunciaron un elocuente dis- 
curso, lleno de espresiones de sumisión y de respeto. Majtlaton 
manifestó recibirlo con agradecimiento, pero debiendo, según la cos- 
tumbre de aquellas naciones, responder con otro regalo, y queriendo 
aprovechar aquella ocasión para vengarse, después de haber consultado 
con sus confidentes, hizo entregar a los embajadores Megicanos, para 
su rei, un cueitl, que era un trage mugeril, y una camisa de muger, 
significando de este modo que lo tenia por afeminado, y cobarde ; 
injuria la mas sensible que pudiera hacerse a aquellas gentes, las 
cuales nada estimaban en tanto como el valor, y el atrevimiento. 
Fue grande el disgusto de Quimalpopoca al recibir esta afrenta, de la 
que krubiera querido vengarse, pero carecia por entonces de los medios 
de hacerlo. 

A tan notable ofensa, siguió otra mas dolorosa, porque atacaba mas 
direct^ente el honor. Supo el tirano que entre las mugeres del rei 
de Megico habia una singularmente hermosa ; e inflamado por esta 
sola noticia en perversos designios, determinó sacrificar a sus deseos la 
honestidad y la justicia. Para conseguir su intento, se valió de unas 
damas Tepaneques, encargándoles que cuando visitasen, como solían 
hacerlo, a la Megicana, la convidasen a pasar algunos dias ei^<Vzca- 
pozalco. Siendo entonces mui frecuentes estas visitas entre personas 
de la primera clase, y de diversas naciones, no fue dificil al protervo 
principe hallar la ocasión que tanto deseaba de satisfacer su pasión, 
sin que bastasen a contenerlo las lagrimas ni los esfuerzos con que 
aquella infeliz procuró oponerse a su osadia. Volvióse esta a Megico, 
llena de ignominia, y con el corazón penetrado de dolor, se quejó a su 
marido de aquel atentado. Este rei malhadado, o no queriendo 
sobrevivir a su deshonra, o temeroso, de morir a manos del tirano, 
resolvió poner termino a su amarga existencia, sacrificándose a su 
Dios Huitzilopochtli, como lo habian hecho algunos héroes de su 
nación, y creyendo que de este'modo borrarla la infamia recibida, y 
se libertarfa del fin ignominioso que debia temer de su enemigo. 
Comunicó esta determinación a sus cortesanos, los cuales obcecados 
por sus falsas ideas religiosas, no solo la aplaudieron, sino que 



PRISIÓN Y MUERTE DEL REÍ QUIMALPOPOCA. 189 

muchos de ellos quisieron participar de la gloria de tan bárbaro 
sacrificio. 

Prisión y muerte del rei Quimálpopoca. 
Llegado el dia seííalado para aquella religiosa tragedia, compareció 
el rei vestido como representaban a su Dios Huitzilopochtli, y todos 
los otros que debiau acompañarlo llevaban las mejores ropas que 
tenian. Diose principio a la fiesta con un solemne baile, durante el 
cual iban los sacerdotes sacrificando una a una aquellas desventuradas 
victimas, reservando al rei para lo ultimo. No era posible que el 
tirano ignorase una novedad tan estraordinaria. Súpola en efecto, 
algunos días antes, y afin de que su enemigo no se sustragese a su 
venganza, por medio de una muerte espontanea, envió un cuerpo de 
tropas a sorprenderlo antes del sacrificio. Llegaron en efecto, cuando 
apenas quedaban dos victimas, después de las cuales debia ser inmo- 
lado el rei. Fue preso este infeliz principe por los Tepaneques, y 
conducido sin perdida de tiempo a Azcapozalco, donde lo pusieron en 
una fuerte jaula de madera, que era la cárcel usada por aquellas 
gentes, como después veremos, y fué custodiado por una guardia nu- 
merosa. En todl esta historia hai circunstancias harto inverosimiles : 
mas yo lo refiero, como lo hallo en los historiadores de Megico. Es 
estraño que los Tepaneques se atreviesen a entrar en aquella ciudad, 
a cometer un atentado tan peligroso, y que los Megicanos no se 
armasen en defensa de su rei : mas también es cierto que el gran 
poderío del tirano, pudo aíiiraar a los unos, e intimidar a los otros. 

Coi^el cautiverio de Quimálpopoca se avivó en el animo de Majt- 
laton el deseo de apoderarse también del principe Nezahualcoyotl, y 
para lograrlo mas fácilmente, lo mandó llamar protestando un convenio 
que con él queria celebrar acerca de la corona de Acolhuacan, El 
astuto principe conoció la intención maligna de su perseguidor : pero 
el ardor de la edad, y el denuedo o temeridad de su Índole lo hacian 
arrostrar intrépidamente los mas graves riesgos. En su transito por 
Tlatelolco visitó a un confidente suyo llamado Quiquincatl, el cual le 
hizo saber que el tirano no solo maquinaba contra su vida, y contra 
la del rei de Tlatelolco, sino que deseaba aniquilar si podia toda la 
nación Acolhua. Sin arredrarse por esto, pasó aquella misma tarde a 
Azcapozalco, y se fue en derechura a casa de un amigo. Por la 
mañana temprano fue a buscar a Chachaton, favorito del rei, y que 
sin embargo habia dado al mismo Nezahualcoyotl grandes muestras 
de afecto, y se encomendó a él, afin de que disuadiese a Majtlaton de 



140 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

intentar algo contra su persona. Pasaron los dos juntos a palacio, y 
se adelantó Chachaton, a avisar a su señor la llegada del principe, y 
hablarle en su favor. Entró en seguida el principe, y después de 
saludar al tirano, le habló en estos términos. " Sé que habéis aprisio- 
nado al rei de Megico, y no sé si habéis mandado darle muerte, o si 
yive aun eri su prisión. He oido también que queréis quitarme la 
vida. Si asi es, aqui estoi : matadme con vuestras manos, afin do 
que se desahogue vuestra colera, con un principe no menos inocente 
que desgraciado." Al terminar estas palabras, .la memoria de sus in- 
fortunios arrancó algunas lagrimas de sus ojos. " ¿ Qué te parece de 
esto?" preguntó entonces Majtlaton a su favorito. " ¿ No es admi- 
rable que un joven que apenas ha empezado a gozar de la vida busque 
tan intrépidamente la muerte?" Volviéndose después al principe, le 
aseguró que no era su intento privarlo de la vida; que el rei de 
Megico no habia muerto, ni pensaba hacerlo morir; y procuró también 
justificarse del cautiverio en que tenia a aquel monarca. Terminada 
esta conversación dio orden de que el principe fuese alojado como 
correopondia a su dignidad. 

Noticioso Quimalpopoca de la llegada del principe su cuñado a la 
corte, le envió un recado, suplicándole que fuese a verlo en su prisión. 
Condecendio Nezahualcoyotl con este deseo, obtenida antes licencia 
de Majtlaton, y al verse aquellos dos infelices, se abrazaron manifes- 
tando la mayor ternura en sus semblantes, y en sus espresiones. Es- 
puso Quimalpopoca a su cuñado la señe de sus desgracias ; le hizo 
saber las malignos intenciones del tirano contra ellos dos, y le rogó 
que no volviese mas a la corte, por que si lo hacia, lo harit^morir 
infaliblemente el común enemigo, y quedaría la nación Acolhua en 
la horfandad, y en el abandono. " Finalmente, le dijo, pues mi 
muerte es inevitable, te mego encarecidamente que cuides de mis 
pobres Megicanos. Sé para ellos un verdadero amigo, y un padre 
afectuoso, y en prenda de mi afecto, acepta este pendiente, que fue 
de mi hermano Huitzilihuitl," y quitándose del labio un pendiente 
de oro, y otros de las orejas, con otras joyas, que conservaba en su 
prisión, se las dio al principe, haciendo otros regalos a un sirviente 
que lo acompañaba. Separáronse en seguida, con grandes muestras 
de dolor, no queriendo prolongar la entrevista, por no inspirar sos- 
pechas a los guardias. Nezahualcoyotl, tomando el consejo que su 
cuñado acababa de darle, salió inmediatamente de la corte, y no volvió 
mas a presentarse al tirano. Pasó a Tlatelolco, y tomando allí un 
barco con buenos remeros, se dirigió apresuradamente a Tezcuco. 



PERSECUCIÓN DE NEZAHUALCOYOTL. 141 

Químalpopoca quedó en su amarga soledad, envuelto en las mas 
tristes consideraciones. Cada dia le era mas insoportable la prisión, 
y ni tenia esperanza de recobrar la libertad, ni de ser útil a su nación 
en el breve tiempo que le quedaba de vida. ** Si debo morir, decía, 
¡ cuanto mejor, y mas glorioso no sera morir por mis manos, que a 
las de un pérfido y cruel opresor? Ya que no puedo vengarme do 
él de otro modo, a lo menos no le dejaré el placer de escoger el 
tiempo, y el genero de muerte con que debo acabar mis tristes dias. 
Quiero ser dueño de mi existencia, ponerle termino cuando y como 
quiera, y ser el egecutor de mi muerte, para que ella sea tanto menos 
ignominiosa, cuanto menos dependa de la voluntad de mi enemigo*." 
Con esta resolución, tan propia de las ideas de aquella gente, se 
ahorcó de una de las bigas de su jaula, valiendíose, como es de creerse, 
del ciuturon de que usaba. 

Con este trágico fin terminó su calamitosa vida el tercer rei de 
Megico. No tenemos datos mas circunstanciados, que los que hemos 
espuesto, acerca de su carácter, ni de los progresos que hizo la nación 
durante su reinado, el cual fue de cerca de trece años, habiendolBna- 
lizado en 1423, ujji año, poco mas o menos, después de la muerte de 
Tezozomoc. Sábese de él, ademas, que en el undécimo año de su 
reinado, hizo llevar a Megico una gran piedra, para que sirviese de 
altar, en el sacrificio común de los prisioneros, y otra mayor y re- 
donda, para el de los gladiadores, de que hablaré después. En la 
cuarta pintura de la colección de Mendoza se representan las victo- 
rias que los Megicanos consiguieron en tiempo de Quimalpopoca, y 
la ba^wla naval que tubieron con los Chalqueses, con perdida de 
alguna gente, y de algunos barcos que echaron a pique los enemigos. 
El interprete de aquella colección añade que Quimalpopoca dejó mu- 
chos hijos de sus concubinas. 

Persecución del principe Nezahualcoyotl. 
Cuando Majtlaton tubo noticia de la muerte de su ilustre prisio- 
nero, encolerizado por ver frustrados sus proyectos, y temeroso de 
que Nezahualcoyotl se sustragese también a su venganza, resolvió 
anticiparle de cualquier modo la muerte, que hasta entonces no le 
habia dado, o por no haberlo podido egecutar del modo conforme a 
las instrucciones de su padre, o porque lo habian amedrentado, como 

* Estas ultimas palabras de Quimalpopoca, referidas ^or los historiadores 
Megicanos, no pudieron ser sabidas, si no por la deposición de los guardias que 
estaban al rededor de la jaula. 



142 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

dicen algunos autores, ciertos agüeros de los sacerdotes : mas ya su 
colera era tal que no podían contenerla motivos de religión, asi que 
llamó a cuatro capitanes de los mas arrojados de su egercito, y les 
mandó que buscasen por todas partes a aquel principe, y le quitasen 
irremisiblemente la vida, donde quiera que lo hallasen. Salieron los 
capitanes Tepaneques, con poca gente, para que cori el ruido de su 
espedicion no se les escapase la presa, y se fueron en derechura a 
Tezcuco, donde a la sazón estaba el principe jugando al balón con un 
criado suyo llamado Ocelotl. Era su costumbre, cuando llegaba a 
un pueblo, con designio de reanimar a su partido, ocuparse en bailes, 
juegos, y otras diversiones, para que los gobernadores, que por orden 
del tirano espiaban su conducta, y observaban sus pasos, viéndolo 
entregado a aquellos pasatiempos, se persuadiesen de que ya no 
peí saba en la corona, y no lo incomodasen con molestas investiga- 
ciones. Asi era como lograba promover sus intereses sin exitar sos- 
pechas. En aquella ocasión, antes que los capitanes llegasen a su 
casa, supo que habian llegado Tepaneques al pueblo, y que venian 
armados : con lo que, sospechando lo que podria ser, dejó el juego, y 
se retiró a las estancias mas interiores de palacio. Avisado después 
por el portero que los recienvenidos querian verlo, mandó a Ocelotl 
que los recibiese, y les participase que se les presentaría cuando hu- 
biesen comido, y reposado. No creyeron los Tepaneques que per- 
derian lá ocasión, por diferir el golpe, o quizas no se atrevieron a 
egecntar su encargo, hasta estar seguros de que no habria en la 
casa, quien pudiera hacerles resistencia : asi que, después de haber 
descansado, se pusieron a la mesa, y mientras comían, el pris ipe se 
escapó por una salida secreta, y saliendo de la ciudad, caminó mas de 
una milla hasta Coatitlan, lugar compuesto de tegedores, gente que 
le era fiel, y afecta, y alli se escondió por entonces*. Los Tepane- 
ques, habiendo aguardado un gran rato después de comer, y viendo 
que no parecía el principe, ni su sirviente Ocelotl, los buscaron por 
toda la casa, sin hallar nadie que de ellos les diese notíca. Cono- 
ciendo en fin que el principe había huido, salieron a buscarlo por 
todas partes, y habiendo sabido por un campesino que encontraron 
en el camino de Coatitlan, que se había refugiado en aquel lugar, 

• Torquemada dice que el principe salió de su casa por una especie de labe- 
rinto que habia mandado construir, y del que era imposible salir sin tener el 
secreto, que solo él, y alguno de sus Íntimos amigos, poseían. No es increíble 
este hecho, pues fue hombre de ingenio estraordinario, y en todo mostró una in- 
teligencia superior a la de sus compatriotas. 



NEGOCIACIONES DE NEZAHUALCOYOTL. 143 

entraron en él de mano armada, amenazando a los habitantes con la 
muerte, si no les entregaban al fugitivo : mas ellos, dando un raro 
egemplo de fidelidad, guardaron ostinadamente el secreto, a pesar de 
que algunos murieron victimas de su celo. Una de estas victimas 
fue Tochmantzin, sobrestante de todos los telares del pueblo, y 
Matlalintzin, señora de noble gerarquia. No pudiendo los Tepane- 
ques descubrir al principe, a pesar de todas sus diligencias, y de la 
crueldad con que trataron a los habitantes, salieron a buscarlo por 
el campo, y Nezahualcoyotl salió también por el lado opuesto al que 
habian tomado sus perseguidores : mas como estos no dejaban sitio 
alguno sin examinar, hubiera al fin caido en sus manos, a no haberlo 
ocultado unos labradores en unos montones de la yerva llamada chian, 
que tenían en la era. 

Negociaciones de Nezahualcoyotl para obtener la corona. 

Libre ya el principe, de tantos riesgos, fue a pasar la noche a Tez- 

cotzinco, casa de campo situada en una posición amenisima, y que 

sus abuelos habian construido para su recreo. En ella estabm seis 

señores, que, despojados de sus dominios, andaban errantes por las 

ciudades del reinS. AUi celebraron aque|la noche un consejo secreto, 

y resolvieron solicitar los socorros de los Chalqueses, apesar de que 

estos habian tenido parte en la muerte del rei Ijtliljochitl. En la 

mañana siguiente, mui temprano, pasó el rei a Matlallan, y a otros 

puntos, avisando a los de su partido que estubiesen prontos a tomar 

las armas, para el tiempo de su regreso. Dos dias empleó en estas 

negockciones, y en la noche del segundo dia llegó a Apan, donde lo 

encontraron los embajadores de los Chololeses, que se ofrecieron a 

ayudarlo en la guerra contra el tirano. En el mismo sitio se le 

reunieron dos personages de su partido, con la infausta nueVa de la 

muerte de Huitzilihuitl, uno de sus favoritos, a quien dio tormento 

Majtlaton, para arrancarle un secreto, y que, por no haber querido 

faltar a la fidelidad que debia a su dueño, perdió la vida en la tortura. 

Con este disgusto pasó de Apan a Huejotzinco, cuyo señor era su 

pariente, y este lo acogió con estraordinario afecto, y compasión, y le 

prometió ausiliarlo con todas sus fuerzas. De alli se dirigió a Tlas- 

cala, donde fue magnificamente recibido, y donde se determinó el 

tiempo, y el lugar en que debian reunirse las tropas de Cholula, de 

Huejotzinco, y de Tlascala. Cuando salió de esta ultima ciudad 

para Capolalpan, pueblo situado a mitad de camino de Tlascala a 

Tezcuco, estaba acompañado de tantos nobles, que mas parecia un 



144 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

rei viajando con su corte, que un principe fugitivo, buscando ausilios 
para apoderarse de la corona que se le habla usurpado. En Capo- 
lalpan recibió la respuesta de los Chalqueses, que le manifestaban los 
mas vivos deseos de servir a su legitimo monarca contra un inicuo 
usurpador. Es de creer que la crueldad, y la insolencia del tirano 
obligaron a muchos pueblos a dejar su causa, ademas de que los Chal- 
queses eran demasiado inconstantes, y fáciles a seguir uno u otro 
partido, como haré ver en la serie de esta historia. 

Itzcoatl, cuarto rei de Megico. 
En tanto que el principe Nezahualcoyotl exitaba los pueblos a la 
guerra, los Megicanos, viéndose sin rei, y afligidos por los Tepane- 
qnes, resolvieron poner a la cabeza de la nación un hombre capaz de 
reprimir la insolencia del tirano, y de vengar las gravísimas injurias 
que de él habian recibido. Congregados, pues, para la elección del 
nuevo rei, un anciano que gozaba entre ellos de mucha autoridad, 
dirigió estas palabras a los electores : " Os ha faltado, nobles Megi- 
canoii, con la muerte de vuestro rei la lumbre de vuestros ojos : pero 
conserváis los del entendimiento para elegirle un nuevo sucesor. No 
se acabó en Quimalpopoca la nobleza Megicana: quedan aun algunos 
principes exelentes, sus hermanos, entre los cuales podéis escoger un 
señor que os rija, y un padre que os favorezca. Figuraos que se ha 
eclipsado el sol, y se ha oscurecido la tierra, por algunos dias, y que 
ahora renace la luz con un nuevo rei. Lo que importa es, que, sin 
detenernos en largas conferencias, elijamos un monarca que resta- 
blezca el honor de nuestra nación, que vengue las afrentas '^.ne ha 
recibido, y la restituya a su primitiva libertad." Inmediatamente 
se procedió a la elección, y recayó esta de común acuerdo en el prin- 
cipe Itzcoatl, hermano carnal de los dos reyes precedentes, e hijo 
natural de Acamapitzin, y de una esclava. Cuanto podía desmerecer 
por la desgraciada condición de la madre, otro tanto merecía por la 
nobleza, y celebridad 'de su padre, y mucho mas por sus propias vir- 
tudes, de que dio notables egemplos, en el cargo de general de los 
egercitos Megicanos, que por espacio de mas de treinta años había 
desempeñado. Gozaba de la reputación de ser el hombre mas pru- 
dente, mas recto, y mas honrado de todo su pueblo. Ocupó en se- 
guida el tlatocaicpalli, o sillón real, y fue saludado como rei, por 
toda la nobleza, con estraordinarias aclamaciones. Entonces uno de 
los oradores le dirigió el siguiente discurso, sobre las obligaciones de 
un soberano : " Todos, gran rei, dependemos de vos de ahora en 



Ajwa^f ITZCOATL. .^OTélU 145 

adelante. En vuestros hombros se apoyan los viejos, los huérfanos, 
y las viudas. ¿Tendréis animo para sostener esta carga? ¿Permi- 
tiréis que perescan a manos de nuestros enemigos los niños que se 
rastrean por la tierra ? Vamos, señor, empezad a estender vuestro 
manto para llevar en hombros a los pobres Megicanos, que se lison- 
gean con la esperanza de vivir seguros, bajo la fresca sombra de 
vuestra benignidad." Terminada la ceremonia, se celebró la exalta- 
ción del nuevo monarca, con bailes, y juegos públicos. No fue 
menos aplaudido aquel suceso por Nezahualcoyotl, y todo su partido : 
por que todos creian que el nuevo rei seria aliado constante del 
principe su cuñado, y esperaban grandes ventajas de sus exelentes 
prendas, y de su pericia militar: pero a los Tepaneques, a sus 
aliados, y al tirano especialmente, fue mui desagradable aquella 
elección, 

Itzcoatl, que pensaba seriamente en remediar los males que padecia 
su nación bajo el duro dominio de los Tepaneques, envió una emba- 
jada al principe Nezahualcoyotl, para darle parte de su exaltación, y 
para asegurarle su determinación de unirse a él, con todas sus fueieas, 
contra el tirano Majtlaton. Esta embajada, que confió el rei a un 
sobrino suyo, fue 'recibida por Nezahualcoyotl, poco después de su 
salida de Capollalpan, y a ella respondió, dando la enhorabuena a su 
cuñado, y aceptando, y agradeciendo el socorro prometido. 

El principe habia empleado todo el tiempo de su mansión en Capo- 
llalpan, en hacer los preparativos de la guerra. Cuando le pareció 
que era llegado el tiempo de poner en egecucion sus grandes de- 
signioSjjsalio con su gente, y con las tropas ausiliares de Tlascala, y 
de Huejotzinco, con el proyecto de tomar por asalto la ciudad de 
Tezcucoj y de castigar a sus habitantes, por haberles sido infieles en 
su adversa fortuna. Hizo alto con todo su egercito a vista de la 
ciudad, en un sitio llamado Oztopolco. AUi pasó la noche, dispo- 
niendo su tropa, y dando las ordenes necesarias para el asalto, y al 
rayar el dia se puso en marcha : pero antes de llegar a la ciudad, 
temerosos los Tezcucanos, del rigoroso castigo que los aguardaba, 
salieron humillados a su encuentro, pidiendo perdón, y presentándole 
: los ancianos enfermos, las mugeres embarazadas, y los madres con sus 
tiernos hijos en los brazos, las cuales, con amargo llanto, y otras de- 
mostraciones de dolor, le decian : " Tened piedad, clementísimo señor, 
de estos vuestros siervos atribulados. ¿ En qué os han ofendido estos 
miserables viejos, estas pobres mugeres, y estas inocentes criaturas ? 
No confundáis con los culpados los que no tienen la menor parte en 

TOMO I. L 



146 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

laB ofensas que queréis vengar." Enternecido el principe a vista 
de tantos desgraciados, concedió el perdón a toda la población : pero 
al mismo tiempo envió a ella algunas tropas, y mandó a sus gefes que 
matasen a los gobernadores, y demás representantes de la autoridad 
del tirano, y todos cuantos Tepaneques hubiese en aquellos muros. 
Mientras ^e egecutaba este terrible castigo en Tezcuco, las tropas 
Tlascaleses, y Huejotzinques, destacadas del egercito, atacaron con 
indecible furor la ciudad de Acolraan, matando a cuantos encontraron 
desde las puertas, hasta la casa del caudillo, que era hermano del 
tirano ; el cual, no teniendo bastantes fuerzas para defenderse, murió 
a manos de sus enemigos. El mismo dia, los Chalqueses, ausiliares 
del principe, se apoderaron sin mucha resistencia de la ciudad de 
Coaltichan, dando muerte al gobernador, que se habia refugiado en 
el templo principal : asi que en un solo dia redujo el principe a 
su obediencia, la capital, y dos ciudades principales del reino de 
Acolhuacan. 

^ Aventuras de Moteuczoma Ilhuicamina. 

El reí de Megico, noticioso de los progresos de su cuñado, le 
envió otra embajada, para darle la enhorabuena, y Vatifícar su alianza. 
Dio Qste encargo a un sobrino suyo, hijo de Huitzilihuitl, llamado 
Moteuczoma, hombre de gran fuerza, y de invencible valor, al que, 
por sus inmortales acciones, dieron ademas el nombre de Tlacaele, 
o sea hombre de gran corazón, y el de Ilhuicamina, es decir, flechador 
del cielo, y para indicarlo en las antiguas pinturas, representan, sobre 
su cabeza, el cielo herido por una flecha, como se ve en las venturas 
séptima y octava, de la colección de Mendoza, y como nosotros mani- 
festaremos en los retratos de los reyes de Megico. Este es aquel 
héroe Megicano, que bajo el nombre de Tlacaellel ha sido tan cele- 
brado por el P. Acosta, o mas bien, por el P. Tobar, de quien aquel 
autor copió el elogio, aunque se haya equivocado en algunas acciones 
que le atribuye*. Bien veian el rei y su sobrino cuan peligrosa era 
la empresa : pues el tirano, para impedir los progresos de su rival, y 

• No solo se engañó el P. Acosta, o sea el P. Tobar en la historia de algiina» 
acciones de nuestro héroe, si no también en la indicación de su persona, pues 
creyó que Tlacaellel y Moteuczoma eran dos personas diversas, no siendo si no 
una sola con distintos nombres. Cree también que Tlacaellel era hijo de Itz- 
coatl, y tío de Moteuczoma, lo cual es evidentemente falso, pues se sabe que 
Moteuczoma era hijo de Huitzilihuitl, hermano de Itzcoatl : con que no podia 
ser sobrino del sobrino de Itzcoatl. 



MOTBÜCZOMA ILHUICAMINA. 147 

SU comunicación con los Megicanos, ocupaba con sus tropas todos los 
caminos : pero ni esta consideración estorvó que el rei enviase la em- 
bajada, ni Moteuczoma dio la menor señal de cobardia, antes bien 
deseoso de egecutar con prontitud la orden de su soberano, ni aun 
quiso detenerse en ir a su casa, y proveerse de lo que necesitaba para 
el viage, contentándose con mandar a uno de los nobles de su comi- 
tiva que le llevase la ropa con que debia presentarse al principe. 

Desempeñada felizmente su comisión, pidió licencia a este, para 
regresar a Megico : pero en el camino dio en una emboscada, que le 
habian dispuesto sus enemigos; fue hecho prisionero con toda su 
comitiva; conducido a Chalco, y presentado a Toteotzin, señor de 
aquella ciudad, y enemigo capital de los Megicanos. Este los hizo 
encerrar en una estrecha prisión, y los confió a Quateotzin, .persona 
de alto carácter, mandándole que no suministrase a los prisioneros 
otro alimento que el prescrito por él mismo, hasta que se determinase 
el genero de muerte con que debian terminar sus dias. Quateotzin, 
no queriendo egecutar tan cruel mandato, los proveía abundantemente 
a su costa. Pero el bárbaro Toteotzin, creyendo hacer un gran Jbse- 
quio a los Huejotzinques, les envió los prisioneros, para que, si lo 
tenian a bien, los sacrificasen en Huejotzinco, con asistencia de los 
Chalqueses, o en Chalco, con la de los Huejotzinques. Estos, que 
habian sido siempre mas humanos que los Chalqueses, desecharon con 
enojo la proposición. " ¿Qué motivo hai, decian, para privar de la 
vida a unos hombres cuyo delito no es otro si no ser fieles mensageros 
de su señor? Y en caso de que deban morir, no consiente nuestro 
honor cj^e mueran a nuestras manos los que otros han hecho prisione- 
ros. Andad en paz, y decid a vuestro señor, que la nobleza Huejot- 
zinque no se infama con tan aleves acciones." 

Con esta respuesta, y con los prisioneros, volvieron los Chalqueses 
a Toteotzin, el cual resuelto a grangearse amigos por medio de aquellos 
infelices, dio parte de lo que ocurría al tirano Majtlaton, pidiéndole 
que tomase una resolución, acerca de la muerte que debia dárseles, y 
esperando, con este rasgo de lisonja, calmar el enojo que le habia 
causado con su perfidia, y con su inconstancia, en abandonar el par- 
tido de los Tepaneques, por el de Nezahualcoyotl. Mientras llegaba 
la respuesta del tirano, los prisioneros fueron colocados en el mismo 
encierro, y confiados al mismo Quateotzin. Este, condoliéndose de la 
desgracia de un joven tan ilustre, y tan valiente, llamó en la noche 
anterior al dia en que se aguardaba la respuesta de Majtlaton, a un 
criado suyo, en quien tenia gran confianza, y le mandó poner en liber- 

' l2 



14Q HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

tad aquella misma noche a los prisioneros, diciendo de su parte a 
Moteuczoma, que se habia decidido a salvarle la vida, con riesgo 
evidente de perder la suya propia; que si venia a morir por este 
motivo, como era de temerse, no se olvidase de mostrar su gratitud, 
protegiendo a los hijos que dejaba: finalmente, que no fuese por 
tierra a Mágico, por que caería otra vez en manos de las tropas que 
estaban en el camino, sino que se encaminase por Iztapallocan a Qui- 
malhuacan, y de alli se embarcase para su ciudad. 

Observó el criado la orden, y Moteuczoma el consejo de Quateot- 
zín. Salieron aquella noche los presos de su encierro, y se encami- 
naron cautamente a Quimalhuacan, donde estubieron ocultos el si- 
guiente dia ; y por no tener otra cosa que comer se sustentaron con 
yervas del campo. Embarcáronse por la noche, y con suma prontitud 
llegaron a Megico, donde los creian muertos, y donde fueron recibidos 
con estraordinarías demostraciones de jubilo. 

Cuando el bárbaro Toteotzin tubo noticia de la fuga de los prisione- 
ros, enojóse sobre manera, y no dudando que Quateotzin les hubiese 
dadfl libertad, mandó al punto quitarle la vida, y descuartizarlo, junta- 
mente con su muger, y sus hijos, de los cuales se salvaron un hijo, y 
una hija. Esta se refugió en Megico, donde fue' mui honrada, por 
respeto a la memoria de su padre, que habia sacrificado la vida, por 
hacer tan importante servicio a la nación Megicana. 

Después de esta pesadumbre, tubo Toteotzin otra no menos amarga 
al recibir la respuesta del tirano Majtlaton. Irritado este contra los 
Chalqueses, por el socorro que habian prestado a Nezahualcoyotl, y 
por los estragos que habian hecho en Coatlichan, envió a Toteotzin 
una severisima reprensión, llamándolo hombre doble y traidor, y man- 
dándole poner inmediatamente los prisioneros en libertad. ¡ Premio 
digno de un pérfido adulador! No tomó esta resolución Majtlaton 
para favorecer a los Megicanos, a quienes odiaba mortalmente : si no 
para manifestar el desprecio que hacia del obsequio de Toteotzin, y 
para oponerse a su voluntad. Tan lejos estaba de favorecer a la 
nación Megicana, que nunca se habia mostrado tan empeñado como 
entonces en destruirla, y ya habia alistado tropas para dar un golpe 
decisivo contra Megico, y pasar desde alli a reconquistar todo lo que 
le habia quitado Nezahualcoyotl. Este principe, noticioso de los de- 
signios de Majtlaton, pasó a Megico, a tratar con su prudente monarca 
del plan que debian adoptar en aquella guerra, y de las medidas mas 
oportunas para desconcertar los designios del enemigo, y quedaron de 
acuerdo en unir las tropas Tezcucanas con las de Megico, para la de- 



MOTEUCZOMA ILHUICAMINA. 149 

fensa de esta ciudad, de cuya suerte parecía depender el éxito de la 
campaña. 

Con el rumor de las próximas hostilidades, se consternó de tal modo 
la plebe Megicana, por creerse incapaz de resistir a los Tepaneques, a 
quienes hasta aquel tiempo habia reconocido como superiores, que 
acudió en tropel a palacio, rogando con lagrimas, y clamores al rei 
que no emprendiese nna lucha tan peligrosa, cuyo resultado serian la 
ruina de la ciudad, y el esterminio de la nación. " ¿ Qué queréis que 
haga, respondió el monarca, para libertaros de tanta calamidad?" 
" Que pidamos la paz al rei de Azcapozalco, clamó el pueblo, y le 
ofrezcamos nuestros servicios: y para moverlo a compasión, que se 
lleve a su presencia nuestro dios, en hombros de los sacerdotes." 
Fueron tales los gritos y las amenazas de los Megicanos, que el pru- 
dente rei, temiendo una sedición popular mas perniciosa que la guerra 
de los enemigos, se vio obligado a ceder a los deseos de sus subditos. 
Hallábase presente a esta escena Moteuczoma, y no pudiendo sufrir 
'que «na nación tan celosa de su honor, abrazase tan ignominioso par- - 
tido, habló en estos términos a la muchedumbre : " ¿ Qué haceis,*Me- 
gicanos? ¿Habéis perdido el juicio? ¿Como se ha introducido ta- 
maña bageza en vuestros corazones ? ¿ Olvidáis que sois Megicanos ; 
decendientes de aquellos héroes que fundaron nuestra ciudad: de 
aquellos hombres animosos que la han conservado a despecho de los 
esfuerzos de nuestros enemigos? O mudad de resolución, o renunciad 
a la gloria que habéis heredado de vuestros abuelos." Y volviéndose 
al rei, " ¿como permitis, le dijo, esta ignominia de vuestro pueblo ? 
Habl£v||le otra vez, y decidle que nos dege tomar otro partido, antes 
de ponernos tan necia, y tan infamemente en manos de nuestros 
verdugos." 

El rei, que nada deseaba tanto como poner en egecucion aquellas 
¡deas, habló otra vez al pueblo, recomendando el consejo de Moteuc- 
zoma, que al fin fue bien acogido, y adoptado. Después, dirigién- 
dose a la nobleza, " ¿quien de vosotros, le dijo, que sois la flor de la 
nación, tendrá valor para llevar una embajada al señor de los Tepane- 
ques?" Empezaron los nobles a mirarse confusos unos a otros, sin 
que ninguno se decidiese a arrostrar tan gran peligro, hasta que 
Moteuczoma, se presentó con gran intrepidez, y dijo: " Yo iré, por 
que si debo morir, poco importa que sea hoi o mañana, y no puede 
ofrecerse una ocasión mas gloriosa de perder la vida, puesto que sera 
sacrificarla eu honor de mi nación. Vedme aqui, señor, pronto a 
obedecer vuestro mandato. Mandad lo que gustéis." El rei, lleno 



150 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

de gozo al ver aquel rasgo de intrepidez, le ordenó que fuese a pro- 
poner la paz al tirano, pero sin admitir condiciones ignominiosas. 
Salió inmediatamente el animoso joven, y encontrando a las guardias 
Tepaneques, obtubo de ellas que lo dejasen pasar, manifestándoles 
que llevaba a su gefe una embajada importante. Presentado al tirano, 
le pidió la paz, en nombre de su rei, y de su nación, con clausulas 
decorosas. El tirano respondió que necesitaba deliberar con sus 
consegeros, y que al dia siguiente daría una respuesta decisiva, y ha- 
biéndole Moteuczoma pedido un salvo conducto, no le dio otro que 
el que podría él mismo proporcionarse con su maña, y diligencia : con 
lo que se restituyó a Megico, prometiendo volver al siguiente dia. 
La poca confianza, y seguridad que tenia en aquel pueblo, y la breve- 
dad del viage, que no era mas que de cuatro millas, serian sin duda 
las razones que lo indugeron a no aguardar alli la decisión del tirano. 
Volvió pues a Azcapozalco al dia siguiente, como habia prometido, 
y habiendo recibido de boca del tirano la resolución de la guerra, hizo 
con él las ceremonias acostumbradas entre los caudillos que se desa- 
fiaban. Le presentó ciertas armas defensivas, le untó la cabeza, y le 
puso en ella unas plumas, como se hacia con los muertos, protestán- 
dole ademas que por no querer aceptar la paz que se le ofrecía, iba 
sin duda a ser esterminado él mismo, y toda la nación de los Tepane- 
ques. El tirano, sin manifestar enojo por aquellas ceremonias y ame- 
nazas, le dio también armas para que las presentase de su parte al 
rei de Megico, y aconsejó a Moteuczoma, que para seguridad de su 
persona, saliese disfrazado por una puerta falsa de palacio. No ha- 
bría el tirano observado en aquella ocasión el derecho de ge^-es, con 
tanta escrupulosidad, si hubiese previsto que aquel embajador, de 
cuya vida cuidaba, debia ser el principal instrumento de su ruina. 
Moteuczoma aprovechó el aviso ; pero cuando se vio fuera de peligro, 
se puso a insultar a las guardias, echándoles en cara su descuido, y 
amenazándolas con su pronta perdición. Los soldados lo acometie- 
ron : mas él se defendió con tanto valor, que mató uno o dos hombres, 
y como acudiesen otros, se retiró precipitadamente a Megico, llevando 
ia noticia que estaba declarada la guerra, y desafiados los gefes de las 
dos naciones. 

Guerra contra el Tirano. 
Con esta noticia volvió a revolverse el pueblo, y acudió al rei para 
pedirle licencia de abandonar la ciudad, por que creia inevitable su 
ruina. El rei procuró animarlo con la esperanza de la victoria. 



% 



GUERRA CONTRA EL TIRANO. 161 

"Pero ¿qué haremos, decia la muchedumbre, si somos vencidos?'' 
" Si eso sucede, respondió el rei, desde ahora me obligo a ponerme 
en vuestras manos, para que me sacrifiquéis, si asi lo juzgáis opor- 
tuno." " Asi lo haremos, replicó el pueblo ; pero si salis victorioso, 
desde ahora también nos obligamos por nosotros, y por nuestros 
decendientes, a ser vuestros tributarios, a labrar vuestras tierras, y las 
de los nobles, a fabricar vuestras casas, y a llevaros, siempre que sal- 
gáis a campaña, vuestras armas, y equipage." Hecho este convenio 
entre los nobles, y los plebeyos, y conferido el mando de las tropas al 
valiente Moteuczoma, dio el rei pronto aviso al principe Nezahual- 
coyoll, sífin de que viniese con su egercito a Megico, como en efecto 
lo hizo un dia antes de la batalla. 

No puede dudarse que en la época de que vamos hablando, los 
Megicanos habian ya construido calzadas sobre el lago, para mayor 
comodidad en sus comunicaciones con el continente: pues de otro 
modo no pueden entenderse los movimientos, y escaramuzas de ambos 
egercitos. Sabemos por la historia que las calzadas estaban cortadas 
por medio de fosos, sobre los cuales tenian puentes levadizos* pero 
ningún historiador indica el tiempo de su construcción*. Lo admi- 
rable es que en medio de una vida tan llena de calamidades tubiesen 
animo aquellas gentes de emprender obras tan grandes, y difíciles. 

El dia siguiente al de la llegada del principe Nezahualcoyotl, se 
dejó ver en el campo el egercito de los Tepaneques, numeroso y bri- 
llante, no menos por las placas de oro, con que las tropas se habian 
adornado, que por los hermosos penachos que llevaban en la cabeza, 
quÍ7^ con el designio de parecer de mas alta estatura. Acompaña- 
ban su marcha los gritos, y aclamaciones, anuncio prematuro de la vic- 
toria. Mandaba aquellas tropas un famoso general llamado Mazail. 
El tirano Majtlaton, aunque aceptó el reto de su contrario, no quiso 
moverse de su palacio, o porque creia degradarse, midiendo sus armas 
con las del rei de Megico, o lo que es mas verosimil, por que temia las 
vicisitudes de la guerra. Cuando los Megicanos tubieron noticia de 
los movimientos de los Tepaneques, salieron bien ordenados a su en- 
cuentro, y dada por el rei Itzcoatl la señal del ataque, con un tam- 
borcillo que llevaba al hombro, se acometieron con indecible furia las 
dos huestes contrarias, persuadidos unos, y otros, que de -aquella 

* Yo creo que en la época de que vamos hablando estaban construidas las 
calzadas de Tacuba, y de Tepeyacac, mas no la de Itztapallapan, que es la 
mayor, y en sitio en que es mas profundo el lago. 



A 



IB^ HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

acción pendía el éxito final de la guerra. Durante la mayor parte del 
dia no se pudo conocer a qué parte se inclinaba la victoria, pues las 
ventajas que los Tepaneques ganaban, las perdían poco después. 
Pero, antes de ponerse el sol, viendo la plebe Megicana que las 
tropas enemigas se aumentaban con nuevos refuerzos, empezó a desa- 
nimarse, y a proferir en quejas contra sus caudillos. " ¿ Qué hace- 
mos I decían. ¿ Sera preciso sacrificar nuestras vidas a la ambición de 
nuestro reí, y de nuestro general 1 ¡ Cuanto mas saludable no seria 
rendirnos, confesando nuestra temeridad, para conseguir el perdón, y 
la vida!" 

Oyó el rei con sumo pesar estas voces, y viendo que con ellas se 
desalentaba mas y mas la gente, llamó a consejo al principe, y al 
general, para pediries parecer, sobre lo que convendría hacer para 
exitar el valor de las tropas, que tan abatido parecía. "¡Qué! res- 
pondió Moteuczoma. Combatir hasta la muerte. Si morímos con 
las armas en la mano defendiendo nuestra libertad, haremos nuestro 
deber. Sí sobrevivimos vencidos, quedaremos cubiertos de eterna con- 
fu8Íoi(, Vamos, pues : vamos a morir." Ya empezaban a prevalecer 
los clamores de los casi vencidos Megicanos, entre los cuales hubo 
algunos tan viles, que llamando a sus enemigos íes decían : " ¡ O 
fuertes Tepaneques ! ¡ dueños del continente ! refrenad vuestro enojo ; 
nosotros cedemos. Sí queréis, aqui a vuestra vista daremos muerte a 
nuestros gefes, para merecer de vosotros el perdón de la temeridad a 
la que nos ha inducido su ambición." Fue tanta la ira que produge- 
ron estos gritos en el rei, el príncipe, el general, y los nobles, que en 
aquel momento hubieran castigado con la muerte la infan^ de 
aquellos cobardes, a no haberlos detenido el temor de facilitar la vic- 
toria a sus enemigos: pero disimulando su disgusto, gritaron todos 
ellos de consuno ; vamos a morir con gloria, y al mismo tiempo arre- 
metieron con tal Ímpetu a los enemigos, que los rechazaron de un foso 
que ocupaban, y los hicieron volver atrás. En el ardor del conflicto, 
se encontró Moteuczoma con el general Tepaneque, que estaba enva- 
necido con el terror que sus tropas habían inspirado a los contrarios, y 
le dio tan fiero golpe en la cabeza, que lo dejó a sus pies exanime. 
Esparcióse de súbito por el campo el rumor de la victoria, y con ella 
cobraron vigor los Megicanos, y los Tepaneques se consternaron de 
tal modo con la perdida de su bravo general Mazatl, que muí en 
breve empezaron a desordenarse. La noche impidió a los Megicanos 
continuar sus progresos, y unos, y otros se retiraron a sus ciudades 



MUERTE DEL MAJTLATON.^ t' 158 

respectivas, los Mércanos llenos de orgullo, e impacientes por que la 
oscuridad les estorvaba consumar la victoria, y los Tepaneques des- 
consolados, y tristes, aunque no enteramente destituidos de la espe- 
ranza de vengarse al dia siguiente. 

Majtlaton, harto afligido por la muerte de su general, y por la 
derrota de sus huestes, pasó aquella noche (la ultima de su vida) ani- 
mando a sus capitanes, y representándoles, por una parte la gloria del 
triunfo, y por otra los males a que quedarian sugetos, si fuesen venci- 
dos ; pues los Megicanos, que hasta entonces hablan sido tributarios 
de los Tepaneques, obligarían a estos a pagarles tributo, si quedaban 
victoriosos*. 

Conquista de Azcapozalco, y muerte del tirano Majtlaton. 
Vino finalmente el dia que debia decidir la suerte de los tres mo- 
narcas. Salieron ambos egercitos al campo, y empezaron con estra- 
ordinario furor la batalla, que se mantubo con mucho vigor hasta me- 
dio dia. Los Megicanos, animados por las ventajas del dia prece- 
dente, y por la firme esperanza que tenian de lograr una victoria deci- 
siva, hicieron tan gran estrago en sus enemigos, que cubrieron el 
campo de cadáveres, los derrotaron, los obligaron a huir, y los siguie- 
ron hasta dentro de los muros de Azcapozalco, esparciendo por todas 
partes el terror, y la muerte. Viendo los Tepaneques que ni aun en 
sus casas podian sustraerse al furor de los vencedores, huyeron a los 
montes distantes diez o doce millas de su ciudad. El orgulloso 
Majtlaton, que hasta entonces habia despreciado a sus enemigos, y se 
creia §^erior a todos los golpes de la fortuna, viendo ya en su capital 
a los Megicanos, oyendo los sollozos de los vencidos, careciendo de 
fuerzas para resistir, y temiendo que lo alcanzasen en la fuga, si la 
emprendía, tomó el partido de esconderse en un temazcalli, o hlpo- 
causto, de que hablaré después : pero no tardaron en hallarlo los ven- 
cedores, que con gran diligencia lo buscaban, y no bastando a compar ' 
decerlos sus ruegos, ni sus lagrimas, fue muerto a palos, y pedradas, 
y su cadáver arrojado al campo, para que sirviese de pasto a las aves 
de rapiña. Tal fue el trágico fin de Majtlaton, antes de cumplir los 
tres años de su tiránico dominio. Asi terminaron lá injusticia, la 
crueldad, la ambición, y la perfidia de aquel malvado, y los gravísimos 

* De estas espresiones se infiere, que cuando el tirano se apoderó de la corona 
de Azcapozalco, por muerte de su hermano Tayatzin, volvió a imponer a los 
Megicanos el tributo que les habia exigido su padre Tezozomoc. 



154 HISTORIA ANTIGUA DE MEOICO. 

daños hechos por él al legitimo heredero del reino de Acolhuaoan, a su 
hermano Tayatzin, y al rei de Megico. Su memoria es odiosa, y 
execrable en los anales de aquellas naciones. 

Este memorable suceso, que cambió enteramente el sistema de 
aquellos paises, señaló el año de 1425 de la era vulgar, un siglo des- 
pués de la fundación de Megico. 

La noche siguiente se emplearon los vencedores en saquear la 
ciudad, en arruinar las casas, y en quemar los templos, dejando en 
tal estado aquella célebre capital, que en muchos años no pudiese 
reparar sus desastres. Mientras los Megicanos, y los Acolhuis reco- 
gían los frutos de su victoria, los Tlascaleses, y Huejotzinques, desta- 
cados del egercito, tomaron por asalto la antigua corte de Tenayuca, 
y ol dia siguiente, * vinieron a unirse con ellos, para apoderarse de la 
ciudad de Cuet^achtepec. 

Los fugitivos Tepaneques, hallándose en los montes, reducidos a la 
mayor miseria, y temiendo que los alcanzasen alli los vencedores,, 
pensaron en rendirse, y en implorar su clemencia ; y para obtenerla, 
mai^Jaron al rei de Megico un ilustre personage, acompañado de 
otros nobles de diferentes pueblos de su nación. Este embajador pidió 
humildemente perdón al rei, en nombre de sus compatriotas, le prestó 
obediencia, y le prometió que la nación entera de los Tepaneques lo 
reconocería por su legitimo señor, y que todos sus individuos lo servi- 
rían como vasallos. Felicitóse al mismo tiempo de la fortuna de los 
Tfpaneqnes, enmedio de tan gran desastre, por tener que someterse 
a un rei tan digno, y dotado de tan exelentes prendas, y finalmente 
terminó su arenga, rogándole encarecidamente que les conc^iese la 
vida, y la libertad de volver a sus casas. Itzcoatl acogió al embajador 
con gran benignidad, concedió cuanto le pedia, y prometió recibirlos 
no ya como subditos, si no como hijos, ofreciéndose a servirles de 
padre': pero también los amenazó con el ultimo esterminio en caso 
que osasen infringir la fidelidad que le juraban. Volvieron en efecto 
los fugitivos para reedificar sus moradas, y para cuidar de sus in- 
tereses, y familias, y desde entonces quedaron siempre sugetos al 
rei de Megico, aumentando con su desgracia el catalogo de las vicisi- 
tudes que se observan cada dia en la felicidad humana. Pero no 
todos los Tepaneques se redugeron a la obediencia del conquistador : 
pues que los de Coyohuacan, ciudad y estado considerable de la 
misma nación, se mantubieron largo tiempo ostinados, como después 
veremos, en su primer partido. 



CONQUISTA DE AZCAPOZALCO. 155 

El rei Itzcoatl, después de esta famosa conquista, hizo que el pueblo 
ratificase el convenio propuesto con ia nobleza, obligándose a servirla, 
como siempre lo hizo desde entonces en adelante : pero los que con 
sus lamentos, y lagrimas hablan desalentado a los otros en la pelea, 
fueron separados del cuerpo de la nación, y del estado, y desterrados 
para siempre, como infames, y cobardes. A Moteuczoma, y a los 
otros que se hablan señalado en la guerra, dio el rei la propiedad de 
una parte de las tierras conquistadas, y otras a los sacerdotes para su 
subsistencia, y después de haber tomado las disposiciones necesarias 
para consolidar su dominio, volvió con su egercito a Megico, a fin de 
celebrar con públicos regocijos los triunfos de sus egercitos, y dar 
gracias a sus dioses por la protección con que se imaginaba que estos 
lo habían favorecido. 



LIBRO QÜARTO. 



Restablecimiento de la familia real de los Chichimecos en el trono de ^colhuacan. 
Fundación de la monarquia de Tacuba. Triple alianza de los reyes de Megico, 
de Tacuba, y de Acolhuacan. Conquittat y muerte del rei Itzcoatl. Conquistas 
y sucesos de los Megicanos en los reinados de Moteuczoma I, y yíjayacatl. 
Guerra entre Megico, y Tlatelolco. Conquista de Tlatelolco, y muerte de su 
rei Moquihuy. Gobierno, muerte, y elogio de Nezahuatcoyotl, y exaltación 
al trono de su h\jo Nezahualpilli. 

Restablecimiento de la familia real de los Chichimecos. 
CuA^NDO Itzcoatl se vio afianzado en su trono, y en ia pacifica pose- 
sión de Azcapozalco, para recompensar al principe Nezahuatcoyotl por 
el socorro que le habia dado, en la defensa de Megico, y en la con- 
quista de la capital de los Tepaneques, determinó suministrarle ausi- 
lios para recobrar los estados que le pertenecían. Si el rei de Megico 
hubiera querido sacrificar la fidelidad, y la justicia a la ambición, no le 
hubieran faltado pretestos para hacerse dueño de aquellas posesiones. 
El tirano Tezozomoc habia dado a Quimalpopoca el señorío de Tez- 
cuco, y este habia mandado en aquella capital, como dominadoj,£ibso- 
luto. Itzcoatl, heredero de todos los derechos de su antecesor, podia 
considerar aquel estado, como incorporado desde mucho tiempo a 
la corona de Megico. Habiendo ademas conquistado legítimamente 
la ciudad de Azcapozalco, y sometido a los Tepaneques, parecia justo 
que se apoderase de los derechos de los vencidos, tanto mas cuanto 
que tenia en su favor una posesión de doce años, y el consentimiento 
de los pueblos. Pero desechando estas consideraciones, pensó seria- 
mente en poner a Nezahualcoyotl en posesión del trono, que por legi- 
tima sucesión le correspondia, y de que por tantos años lo habia pri- 
vado la usurpación de los Tepaneques. 

Después de la derrota de estos, habia muchas ciudades en el reino 
que no querían someterse al principe heredero, por miedo del castigo 
que merecían. Una de ellas era Huejotla, próxima a Tezcuco, y 



CONQUISTA DE COYOHUACAN. 1&Í 

cuyo señor Huitznahuatl* se habia ostinado en seguir el partido de 
los rebeldes. Salieron de Megico las tropas aliadas, y encaminándose 
por la llanura llamada hoi de Santa Marta, hicieron alto en Quimal- 
huacan, desde donde el rei y el principe ofrecieron perdón a los habi- 
tantes si se rendían, y los amenazaron con incendiar el pueblo si per- 
sistían en la rebelión: mas ellos, lejos de aceptar aquella oferta, 
salieron en orden de batalla contra el egercito real. Poco duró la 
pelea : porque habiendo el invicto Moteuczoma hecho prisionero al 
caudillo contrario, echaron a huir sus tropas, y pidieron perdón humil- 
demente, presentando al vencedor, como solían hacerlo, las mugeres 
embarazadas, los niños, y los viejos, a fin de moverlo a compasión. 
Allanado en fin el camino al trono de Acolhuacan, y restituido este al 
principe, fueron licenciadas las tropas ausiliares de Huejolzinco, y de 
Tlascala, con singulares demostraciones de agradecimiento, y con una 
buena parte del botín de Azcapozalco. 

Conquista de Coyohuacan, y de otros pueblos, > 
De allí pasó el egercito de los Megicanos, y de los Acolhuís, centra 
los rebeldes de Coyohuacan, de Atlacuíhuayan, y de Huitzílopochco. 
Los Coyoacanesel habían procurado exitar los ánimos de todos los 
otros Tepaneques a sacudir el yugo de los Megicanos. Cedieron a 
sus instigaciones aquellas ciudades, y algunas vecinas : pero las otras, 
amedrentadas por el desastre de Azcapozalco, no quisieron esponerse 
a nuevos peligros. Antes de estallar los rebeldes, empezaron a in- 
sultar a las mugeres Megicanas que iban a su mercado, y aun a los 
hombr^ que pasaban por la ciudad. Por lo que Itzcoatl mandó que 
ningún Megicano fuese a Coyohuacan, a fin de no tener motivos de 
castigar la insolencia de sus habitantes. Terminada la espedicion de 
Huejotla, marchó contra ellos. En las tres primeras batallas que les 
dio, apenas consiguió otra ventaja, que la de hacerlos retroceder algún 
p JCo : pero en la cuarta, mientras combatían furiosamente los dos 
egercitos, Moteuczoma, con algunos valientes que habia puesto en 
emboscada, acometió con tal ímpetu a la retaguardia de los contra- 
rios, que los desordenó, y obligó a dejar el campo, y refugiarse en la 
ciudad. Siguiólos denodadamente, y conociendo que pensaban forti- 
ficarse en el templo principal, lo ocupó antes que ellos llegasen, y 
quemó las torres de aquel edificio. Con este golpe se consternaron 

* La ciudad de Huejotla habia sido dada por Tezozomoc al rei de Tlatelolco : 
por lo que se debe creer que el tirano Maj tlaton se la quitó para darla a Huitznahuatl. 



168 - HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

de tal modo los rebeldes, que abandonando el pueblo, huyeron a los 
montes situados a Mediodía de Coyohuacan : pero hasta alli los 
siguieron las tropas reales por espacio de treinta millas, hasta que en 
un monte a Poniente de Quauhnahuac, los fugitivos, cansados, y 
privados de toda esperanza dé salvarse, echaron las armas a tierra, en 
señal de rendirse, y se entregaron a discreción. 

Con esta victoria quedó Itzcoatl dueño de todo el estado de los 
Tepaneques, y Moteuczoma lleno de gloria. Es cosa admirable, dicen 
los historiadores, que la mayor parte de los prisioneros hechos en 
aquella guerra de Coyohuacan, lo fueron por manos de Moteuczoma, 
y de tres valientes oficiales Acolhuis ; pues habiendo convenido los 
cuatro, a egemplo de los antiguos Megicanos en la guerra contra los 
Joquimilques, en cortar un tufo de cabellos a todos los que cogiesen, 
se encontró esta señal en la mayor parte de los prisioneros. 

Monarquía de Tacuba, y alianza de los tres reyes. 
Terminada tan felizmente aquella espedicion, y arreglados los nego- 
cios ^e Coyohuacan, y de las otras ciudades sometidas, volvieron los 
dos reyes a Megico. Pareció conveniente a Itzcoatl poner a la cabeza 
de los Tepaneques alguna persona de la familia ' de sus antiguos 
señores, afin de que viviesen mas tranquilos, y con menos disgusto 
bajo el yugo de los Megicanos. Escogió p^ra esta dignidad a Toto- 
qnihuatzin, nieto del tirano Tezozomoc. No se sabe que este prin- 
cipe hubiera tenido parte en la guerra contra los Megicanos : quizas 
se astubo de ello por secreta inclinación que les profesase, o por aver- 
sión a su tio Majtlaton. Itzcoatl lo mandó llamar a MegÍG»i. y lo 
creó rei de Tlacopan, o Tácuba, ciudad considerable de los Tepane- 
ques, y de todo el territorio que estaba a Poniente, incluso también 
el pais de Mazahuacan : pero Coyohuacan, Azcapozalco, Mijcoac, y 
otras ciudades de los Tepaneques quedaron inmediatamente depen- 
dientes de la corona de Megico. Dieronse aquellos estados a Toto- 
quihuatzin, con obligación de servir con todas sus fuerzas al rei de 
Megico, siempre que este las requiriese, reservándole la quinta parte 
de los despojos que se tomasen a los enemigos. Igualmente fue 
puesto Nezahualcoyotl en posesión del trono de Acolhuacan, con la 
misma condición de servir a los Megicanos en la guerra, y derecho 
a la tercera parte del botin, después de sacada la del rei de Tacuba, 
y quedando las otras dos terceras partes para el rei de Megico. 
Ademas de esto, los dos reyes fueron creados electores honorarios del 



NEZAHUALCOYOTL. 159í 

rei de Megico*, prerrogativa que se reducía a ratificar la elección 
hecha por cuatro nobles Megicanos, que eran los verdaderos electores. 
El rei de Megico, en cambio, se obligó a socorrer a cada uno de los 
otros dos, cuando lo necesitasen. Esta alianza de los tres reyes, que 
se mantubo firme e inalterable, por espacio de cerca de ud siglo, fue 
la causa de las rápidas conquistas que después hicieron los Megicanos. 
No fue esta la única sabia combinación de la politica de Itzcoatl : 
premió también ventajosamente a todos los que se habian distinguido 
en la guerra, no haciendo tanto caso de la gerarquia y de las digni- 
dades de los agraciados, cuanto del valor que habian mostrado, y de 
los servicios que habian hecho. Asi es como la esperanza del galardón 
los estimulaba a las mas heroicas empresas, estando seguros que su 
gloria, y sus ventajas no dependían de ciertos accidentes de fortuna, 
si no del mérito de sus propias acciones. Esta politica fue general- 
mente adoptada por los reyes posteriores con gran utilidad del estado. 
Establecida esta famosa alianza, fue Itzcoatl con el rei Nezahual- 
coyotl a Tezcuco, para coronarlo por sus propias manos. Esta función 
se celebró con la mayor solemnidad en 1426. De alli volvió ej rei 
de Megico a su corte, y el de Acolhuacan se aplicó con el mayor 
esmero al gobierna de sus estados. 

Reglamentos notables del rei Nezahualcoyotl. 
El reino de Acolhuacan no estaba tan bien arreglado como lo dejó 
Techotlala. La dominación de los Tepaneques, y las revoluciones 
sobrevenidas en aquellos veinte años, habian alterado el g'óbierno de 
los pija^los, debilitado el vigor de las leyes, y corrompido en gran 
parte las costumbres. Nezahualcoyotl, que amaba entrañablemente 
a sus pueblos, y que estaba dotado de singular prudencia, y sabiduría, 
tomó tan acertadas medidas para la reforma del reino, que mui en 
breve se vio mas floreciente que nunca lo había estado. Dio nueva 
forma a los consejos ya establecidos por su abuelo, y los compuso de 
las personas mas aptas, y seguras. Habia un consejo para las causas 
civiles, al cual, ademas de los individuos natos, asistían cinco señores, 
que le habían sido constantemente fieles en sus mayores adversidades. 
Otro juzgaba las causas crimínales, y lo presidian dos principes, her- 
manos del rei, hombres de suma integridad. El consejo de guerra se 
componía de los mas famosos capitanes, entre los cuales tenia el primer - 

* Muchos historiadores creen que los reyes de Tezcuco, y de Tacuba eran 
verdaderos electores : pero de la misma historia consta lo contrario, ni se halla 
dato altfuno para creer que se hallasen presentes a alguna elección. 



liso ' HISTORIA ANTIGUA DE MBGICO. 

logar el señor de Teolihuacan, yerno del rei, y uno de los trece mag- 
nates del reino. El consejo de hacienda constaba de los mayordomos 
de la casa real, y de los primeros traficantes de la ciudad. Tres eran 
los principales mayordomos que cuidaban de los tributos, y de los 
otros ingresos de las arcas reales. Estableció juntas, a guisa de 
academias, para el cultivo de la poesia, de la astronomia, de la música, 
de la historia, de la pintura, y del arte divinatoria ; llamó a la corte a 
los profesores mas acreditados del reino ; les mandó que se reuniesen 
en dias señalados, para comunicarse mutuamente sus conocimientos, e 
invenciones, y para cada una de aquellas ciencias, y artes, aunque 
imperfectas, fundó escuelas en la capital. Con respecto a las artes 
mecánicas, señaló al egercicio de cada una de ellas, con esclusion de 
las otras, uno de los treinta barrios en que dividió la cuidad de Tez- 
caco : asi que, en uno estaban los plateros, en otro los carpinteros, en 
otro los tegedores, y asi de los demás. Para el fomento de la religión, 
edificó nuevos templos, creó ministros para el culto de los dioses, les 
dio casas, y les señaló rentas, para su sustento, y para los gastos de 
los fiícstas, y sacrificios. Con el obgeto de aumentar el esplendor do 
su corte, construyó grandes edificios, dentro, y fuera de la ciudad, y 
plantó nuevos jardines, y bosques, que en parte sí" conservaron mu- 
chos años después de la conquista, y aun en el dia se ven algunos 
vestigios de aquella magnificencia. 

Conquista de Joquimilco, de Cuitlahuac, y de otras ciudades. 
Mientras el rei de Acolhuacan se empleaba en el gobierno de sus 
pueblos, los Joquimilques, temerosos de que los Megicanos c" apo- 
derasen en el porvenir de su territorio, como habian hecho con el de 
los Tepaneques, se reunieron en consejo, para deliberar sobre los 
medios que deberían adoptar con el fin de evitar aquella desgracia. 
Algunos fueron de opinión de someterse voluntariamente al dominio 
de los Megicanos, puesto que al fin habian de ceder a su predominio : 
pero dominó el parecer de los otros, que querían declararles la 
guerra, antes que se hiciesen mas formidables con nuevas conquistas. 
Apenas supo su resolución el rei de Megico, alistó un buen egercito, 
al mando de Moteuczoma, y avisó al rei de Tacuba, para que lo ausi- 
liase con sus tropas. La batalla se dio en las inmediaciones de Jo- 
quimilco, y aunque era grande el numero de los de esta nación, no 
peleaban con el buen orden que los Megicanos, de modo que fueron 
derrotados en breve, y se acogieron huyendo a su ciudad. Los Me- 
gicanos, siguiéndoles el alcance, entraron en ella, y pegaron fuego a 



CONQUISTA DE CUITLAHUAC. lÍEL 

las torres de los templos, y a otros edificios. No podiendo los habi- 
tantes hacer frente a su Ímpetu, huyeron a los montes, y habiendo 
sido alcanzados en ellos por sus enemigos, entregaron las armas, y se 
les rindieron. Moteuczoma fue recibido por los sacerdotes Joquimil- 
ques con música de flautas, y tambores, habiendo concluido tan im- 
portante espedicion en el breve espacio de once dias. Pasó en se- 
guida el rei de Megico a tomar posesión de aquella ciudad, que, como 
ya he dicho, era la mayor del valle después de las capitales ; y en 
ella fue reconocido, y aclamado rei, recibiendo el homenage de sus 
nuevos subdito^, y prometiéndoles amarlos como padre, y cuidar de 
sus intereses. 

La derrota de los Joquirailques no bastó a intimidar a los habi- 
tantes de Cuitlahuac : antes bien la ventajosa situación de su ciudad, 
colocada en una isla del lago de Chalco, los incitó a provocar a los 
Megicanos a la guerra. Itzcoatl quiso acometerlos con todas las 
fuerzas de Megico : pero Moteuczoma se ofreció a abatir su orgullo 
con menor numero de tropas. Para ello armó algunas compañías de 
jóvenes, especialmente de los que se educaban en los seminarias de 
Megico, y habiéndolos egercitado en el manejo de las armas, y en el 
modo y orden que debian observar en aquella guerra, dispuso un 
numero proporcionado de barcos, y se dirigió con aquel egercito a la 
ciudad rebelde. Ignoranse las circunstancias particulares de aquella 
espedicion: pero se sabe que la ciudad fue tomada después de siete 
dias de asedio, y sometida a la obediencia del rei de Megico, y que 
los jóvenes volvieron cargados de despojos, y condugeron un buen 
numer^de prisioneros, para sacrificarlos al dios de la guerra. No 
se sabe en que tiempo ocurrieron estos sucesos, y la guerra contra 
Quauhnahuac, aunque esta pertenece probablemente a los últimos 
años del reinado de Itzcoatl. 

El señor de Giuhtepec, ciudad del pais de los Tlahuiques, a mas 
de treinta millas a Mediodía de Megico, habia pedido al señor de 
Quauhnahuac su vecino, una hija suya para muger, y este se la habia 
prometido. Pretendióla después el de Tlaltejcal, y a este la concedió 
inmediatamente, sin hacer caso de la palabra empeñada con el pri- 
mero, o por alguna ofensa que de él habia recibido, o por otra causa 
que ignoramos- Gravemente resentido de tamaña ofensa el señor de 
Giuhtepec, determinó tomar venganza: pero no pudiendo hacerlo 
por si mismo, en razón de la inferioridad de sus fuerzas, imploró el 
favor del rei de Megico, prometiéndole perpetua amistad, y alianza, 
y servirlo siempre que lo necesitase, con su persona, y con su gente. 

TOMO I. M 



162 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

Itzcoatl, creyendo que aquella guerra era justa, y oportuna la ocasión 
que se le presentaba de ensanchar sus dominios, armó sus tropas, y 
convocó las de Acelhuacan, y Tacuba. Era en efecto necesario echar 
mano de fuerzas considerables, por ser mui poderoso el señor de 
Quauhnahuac, y mui fuerte su ciudad, como lo esperimentaron des- 
pués los Españoles, cuando la sitiaron. Mandó Itzcoatl que todo 
el egercito atacase al mismo tiempo la ciudad, los Megicanos por 
Ocuilla, en la parte de Occidente; los Tepaneques por Tlatzaca- 
pechco, en la del Norte ; y los Tezcucanos unidos con los Giuhtepe- 
queses, por Tlalquitenanco, en la de Oriente, y Mediodía. Los 
Quauhnahuaqueses, fiados en la natural fortaleza de la plaza, qui- 
sieron esperar el asalto. Subieron desde luego los Tepaneques, y 
fueron vigorosamente rechazados : pero sobreviniendo al instante todas 
las otras tropas, los sitiados tubieron que ceder, y rendirse al rei de 
Megico, al que desde entonces pagaron anualmente un tributo de 
algodón, papel, y otros géneros, como veremos después. Con la 
conquista de aquella grande, amena, y fuerte ciudad, que era la capi- 
tal d^ los Tlahuiques, quedó gran parte del pais bajo el dominio del 
rei de Megico, y de alli a poco, se agregaron a estas conquistas las 
de Quauhtitlan, y Toltitlan, ciudades considerables, a quince millas 
de Megico, acia el Norte; pero se ignoran las circunstancias de 
aquellos sucesos. 

Asi fue como una ciudad, que poco antes era tributaria de los 
Tepaneques, y no mui respetada de las otras naciones, se halló en 
menos de doce años en estado de mandar a los mismos que la domi- 
naban, y a los pueblos que se creian superiores a ella. ¡ T¿k to im- 
portan a la felicidad de las sociedades humanas la sabiduría, y el valor 
de los que las rigen ! Murió por fin después de tan glorioso rei- 
nado, y en edad mui avanzada, el gran Itzcoatl, el año 1436 de la 
era vulgar. Rei justamente celebrado de los Megicanos, por sus 
singulares prendas, y por los incomparables servicios que les hizo. 
Sirvió a la nación por espacio de trdnta años en el empleo de gene- 
ral, y por el de trece, la rigió como soberano. Libertóla del yugo de 
los Tepaneques ; engrandeció sus dominios ; repuso la familia real de 
los Chichimecos en el trono de Acolhuacan ; enriqueció su corte con 
los despojos de las ciudades vencidas : echó, con la triple alianza, los 
fundamentos de su futura grandeza, y hermoseó su capital con bellos 
edificios, entre los cuales eran los mas notables el templo de la diosa 
Cihuacoatl, y el de Huitzilopochtli, que erigió después de la con- 
quista de Cuitlahuac. Celebraron los Megicanos sus exequias con 



.^; jtí»*í MOTEUCZOMA 1. 163 

estraordinaria solemuidad, y con las mayores demostraciones de dolor, 
y depositaron sus cenizas en el sepulcro de sus antepasados. 

Moteuczoma I, quinto rei de Megico. 
No tubieron que deliberar los cuatro electores, acerca de la elec- 
ción del nuevo rei : pues no existiendo ninguno de los hermanos del 
ultimo, debia recaer en uno de sus sobrinos, y ninguno parecía mas 
digno de tan alta dignidad, que Moteuczoma Ilhuicamina, hijo de 
Huitzilihuitl, tanto por sus virtudes, como por los grandes servicios 
que habia hecho a la nación. Fue pues elegido con general aplauso, 
y diose cuenta inmediatamente de su exaltación a los dos reyes alia- 
dos, que no solo ratificaron la elección, si no que la celebraron con 
grandes elogios del nuevo monarca, enviandole regalos dignos de su 
grandeza, y del aprecio con que lo miraban. Después de las acos- 
tumbradas ceremonias, y las arengas gratulatorias de los sacerdotes, 
de los nobles, y de los militares, se hicieron grandes regocijos, ban- 
quetes, bailes, e iluminaciones. Pero antes de proceder a la corona- 
ción, salió a campaña, sea por lei establecida en la nación, sel por 
su propia voluntad, afin de hacer prisioneros que fuesen sacrificados 
en aquella solemne ocasión. Determinó que estas victimas fuesen 
Chalqueses, queiiendo asi vengarse de las afrentas que aquellos le 
hablan hecho, y del trato indigno que le hablan dado, cuando vol- 
viendo de Tezcuco, con el carácter de embajador, fue preso, y con- 
ducido a la cárcel de Chalco. Salió pues en persona contra ellos, los 
derrotó, les hizo muchos prisioneros, y no quiso detenerse en someter 
aquel astado, por no diferir la coronación. El dia señalado para 
aquella función, entraron en Megico los tributos, y presentes que le 
hacian los pueblos vencidos. Iban delante los mayordomos del rei, y 
los recaudadores de sus rentas. Seguían los hombres que llevaban 
los regalos, divididos en tantas cuadrillas, cuantos eran los pueblos 
que los remitían, y tan bien ordenados, que causaron general satis- 
facción a los espectadores. Llevaban oro, plata, hermosas plumas, 
y una inmensa cantidad de aves, y otros comestibles. Es de presu- 
mir, aunque no lo dicen los historiadores, que concurrirían los reyes 
aliados, con otros muchos señores forasteros, y una gran muche- 
dumbre de habitantes de los diversos pueblos del valle de Megico. 

Atrocidad de los Chalqueses y su castigo. 
La primera atención de Moteuczoma, cuando se vio en el trono, 
fue edificar un gran templo en la parte de la ciudad que llamaban 

m2 



164 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Huitznahuac. Los reyes aliados, a quienes pidió sn ayuda para esta 
obra, lo proveyeron de tantos materiales y operarios, que en breve se 
terminó, y consagró aquel edificio. Durante esta obra parece que 
estalló la guerra contra Chalco. Los habitantes de aquella ciudad, 
ademas de las injurias que habian hecho a Moteuczoma, provocaron 
nuevamente su furor, con un cruel, y horrendo atentado, que ha 
merecido la execración de la posteridad. Sucedió, pues, que yendo 
a caza dos principes reales de Tezcuco, en los montes que dominan 
los llanuras de Chalco, engolfados en su diversión, se alejaron de su 
comitiva con solos tres señores Megicanos, y dieron en manos de 
una cuadrilla de soldados Chalqueses, los cuales, creyendo hacer un 
gran servicio a las crueles pasiones de su señor, los hicieron prisione- 
ros, y los condugeron a Chalco. El bárbaro dominador de aquella 
ciudad, que probablemente seria el mismo Toteotzin, de quien recibió 
tan mal trato Moteuczoma, sin respetar el carácter de sus prisioneros, 
y sin temer los funestos efectos de su inhumana resolución, mandó dar 
muerte a los cinco, y para que nunca careciesen sus ojos de un espec- 
tacufu tan grato a su Índole sanguinaria, hizo secar, y salar sus cada- 
veres, y cuando estubieron bien secos, los puso e^ una sala de su 
casa, áfin de que sirviesen a sostener las rajas de pino con que se 
alumbraban de noche aquellas gentes. 

La fama de tan horrible suceso se esparció inmediatamente por 
todo el pais. El rei de Tezcuco, a quien penetró el corazón de dolor 
aquella noticia, pidió socorro a los reyes aliados, para vengar la muerte 
de sus hijos. Determinó Moteuczoma que el egercito Tezcucano 
atacase por tierra la ciudad de Chalco, y mientras él, y eK'-ei de 
Tacuba, con sus tropas respectivas, la atacaria por agua; y para no 
errar el golpe, reunió un numero increible de barcos, en que poder 
transportar su egercito, tomando él a su cargo el mando de la espe- 
dicion. Los Chalqueses, apesar de la superioridad numérica de sus 
enemigos, les hicieron una vigorosa resistencia : por que ademas de 
ser naturalmente belicosos, aquella vez el despecho aumentó sus 
brios. El señor de aquel estado, aunque tan viejo que no podia 
hacer uso de sus pies, se hizo llevar en una litera al campo de 
batalla, para animar con su presencia, y su voz a sus subditos. Sin 
embargo, fueron vencidos, la ciudad saqueada, y el gefe castigado 
con el ultimo suplicio, por sus atroces crimenes. El botín, según el 
convenio hecho con el rei Itzcoatl, se dividió entre los tres mo- 
narcas ; pero la ciudad con todo su territorio quedó desde entonces 
sometida al rei de Megico. Esta victoria, según dicen los histo- 



MUBRTE DE QUAUHTLATOA. 1^ 

Fiadores, se debió en gran parte al valor de Ajoquentzio, hijo de 
Nezahualcoyotl. 

Casamiento del rei de Acolhuacan con una princesa de Tacuba. 

Este famoso rei, aunque desde su juventud se habia casado con 
muchas mugeres, y de ellas tenia muchos hijos, no concedió a nin- 
guna el titulo de reina, por ser todas hijas de sus subditos, o esclavas*. 
Pero creyendo ya conveniente tomar una esposa digna de tan gran 
honor, y que diese un sucesor a la corona de Acolhuacan, se casó con 
Matlalcihuatzin, hija del rei de Tacuba, joven hermosa, y modesta, 
que fue conducida a Tezcuco por su padre, y por el rei de Megico. 
Celebráronse estas bodas con grandes regocijos que duraron ochenta 
dias, y un año después nació de este enlace un principe que se llamó 
Nezahualpilli, que, como después veremos, heredó la corona. De 
alli a poco se hicieron otras grandes fiestas para celebrar la conclusión 
de la obra del Hueitecpan, o gran palacio, de cuya magnificencia 
fueron testigos los Españoles. Estos regocijos, a que concurrieron 
los reyes aliados, terminaron con un esplendidisimo banquete * que 
estubo convidada la nobleza de las tres cortes. En esta ocasión hizo 
Nezahualcoyotl que sus músicos cantasen al son de los instrumentos, 
una oda compuesta por el mismo, y que empezaba por estas palabras : 
Jochitl mamani in ahuehuetitlan. El argumento de aquella compo- 
sición era recordar a los circunstantes la brevedad de la vida, y de 
todos los placeres de que gozan los mortales, semejantes a una flor 
hermosa que prontamente se marchita. Las patéticas imágenes de la 
can ci'|R arrancaron lagrimas a todos los presentes, a quienes la memoria 
de la muerte hacia mas preciosa, y mas cara la existencia. 

Muerte de Quauhtlatoa rei de Tlatelolco. 
Restituido Moteuczoma a su capital se vio obligado a luchar con un 
enemigo que por ser vecino, y casi domestico, podria acarrear graves 
perjuicios al estado. Quauhtlatoa, tercer rei de Tlatelolco, impulsado 
por el ambicioso deseo de estender sus dominios, o quizas por la 
envidia que su vecino y rival le inspiraba, habia ya pensado quitar 1? 
vida al rei Itzcoatl, y apoderarse de Megico, y para lograrlo, no 
teniendo bastante con sus fuerzas, se confederó con otros caudillos de 

* Nezahualcoyotl se casó en su juventud, como ya hemos dicho, con Neza- 
hualjüchitl, que siendo de la casa real de Megico, era digna de subir al trono : 
pero esta señora murió antes que el principe su esposo recobrase líi corona que 
los Tepaneques le habían usurpado. 



16Í8 HISTORIA ANTICÍUA DE MKGICO. 

los territorios inmediatos: pero todas sus diligencias fueron vanas, 
porque Itzcoatl, noticioso de aquel intento, se dispuso oportunamente 
a la defensa, y frustró completamente las miras de su enemigo. De 
aqui se originó tal desconfianza, y enemistad entre los Megicanos, y 
los Tlatelolques, que estubieron muchos años sin comunicar entre si, 
a exepcion de algunos plebeyos, que furtivamente asistian a los recí- 
procos mercados. En tiempo de Moteuczoma, planteó de nuevo 
Quauhtlatoa sus perversos designios: mas esta vez no quedaron im- 
punes. Prevenido Moteuczoma del crimen meditado, se anticipó a 
8u enemigo, dando un furioso asalto a la ciudad, y mandando quitar 
la vida a su inquieto dominador. Mas no queriendo someter por en- 
tonces aquel estado a la corona de Megico, hizo que los habitantes 
eligiesen por caudillo al benemérito Moquihuij. 

Conquistas de Moteuczoma. 
Desembarazado Moteuczoma de aquel peligroso vecino, pasó a la 
provincia de los Cohuijques, al Sur de Megico, a vengar la muerte 
dada 'por aquellos pueblos a unos Megicanos. En aquella gloriosa 
espedicion añadió a sus estados los territorios de Huajtepec, Yauhte- 
pec, Tepoztlan, Yacapichtia, Totolapan, Tlalcozauhtitlan, Quilapan, o 
Chilapan, a mas de ciento, y cincuenta millas de la corte, Coijco, 
Oztomantla, Tlachqjalac, y otros muchos, y dirigiéndose acia Poniente, 
se apoderó de Tzompahuacan, dejando desde entonces sometidos al 
dominio de los reyes Megicanos, el gran pais de los Cohuijques, que 
hablan sido los autores de aquel atentado y algunos otros circunve- 
cüaos, que quizas hablan provocado su enojo con semejantes ibi^íiltos. 
De vuelta a su capital, amplió el templo de Huitzilopochtli, y lo 
adornó con los despojos de los pueblos vencidos. Moteuczoma hizo 
todas estas conquistas en los nueve primeros años de su reinado. 

Inundación de Megico. 
En el décimo año, que fue el 1446 de la era vulgar, hubo en Megico 
una gran inundación ocasionada por las lluvias exesivas, las cuales 
aumentaron de tal modo el volumen de las aguas del lago, que no 
pudiendo contenerse en su lecho, inundaron la ciudad, en términos 
que arruinaron muchas casas, y no dejaron calle alguna en que se pu- 
diera transitar de otro modo que por medio de barcos. Moteuczoma, 
afligidísimo con esta calamidad, recurrió ai rei de Tezcuco, esperando 
de su sabiduría que le sugiriese algún remedio. Aquel prudente mo- 
narca fue de parecer que se construyese un gran dique, para refrenar 



HAMBRE EN MEGIGO. l67 

las aguas, y prescribió sus dimensiones, y el sitio en que debia cons- 
truirse. Agradó el consejo a Moteuczoma, «y mandó que se pusiese 
en egecucion, con la mayor prontitud posible. Los habitantes de 
Azcapozalco, de Coyohuacan, y de Joquimilco, tubieron orden de 
suministrar algunos millares de gruesas estacas, y a otros pueblos se 
encargó la conducción de las piedras necesarias. Convocó ademas 
para la egecucion de la empresa a los de Tacuba, Iztapalapan, Col- 
huacan, y Tenayuca, y los reyes mismos, y magnates dieron a los 
otros el egemplo del trabajo ; con lo que se estimularon de tal manera 
los subditos, que en poco tiempo se vio concluida aquella obra, que 
de otro modo no hubiera podido terminarse en muchos años. El 
dique tenia nueve millas de largo, y once brazas de ancho. Compo- 
niase de dos estacadas paralelas, cuyo espacio medio estaba terraple- 
nado de piedras, y arena. La mayor dificultad era trabajar dentro 
del lago, y especialmente en algunos sitios en que las aguas eran mui 
profundas ; pero todo lo superó el ingenio del director, ayudado por 
por la constancia de los operarios. Fue ciertamente aquella construc- 
ción útilísima a la ciudad, aunque no bastó a preservarla enterajpente 
de inundaciones : lo que no debe parecer estrafio, si se tiene presente 
que los Españoles, aun empleando ingenieros Europeos, no consi- 
guieron evitar aquel inconveniente, ni con dos siglos y medio de 
trabajo, ni con el gasto de algunos millones de pesos. Mientras los 
Megicanos se empleaban en aquella obra, se rebelaron los Chalqueses : 
pero fueron prontamente comprimidos, aunque con perdida de algu- 
nos capitanes del egercito real. 

f 

Hambre en Megico. 

A la calamidad de la inundación siguió mui en breve la del hambre,, 
por haber sido mui escasa la cosecha de maiz en los años de 1448, y 
1449, de resultas de los yelos que sobrevinieron cuando estaban aun 
tiernas las mazorcas. En 1450 se perdió también la cosecha por falta 
de agua. En 1451, ademas de lo rigoroso de la estación, apenas se 
pudo sembrar grano, habiéndose consumido casi todo, por la escasez, 
de las cosechas anteriores : de modo que en 1452 fue tan grande la 
necesidad de los pueblos, que no bastando a socorrerla la liberalidad 
del rei, y de los magnates, que abrieron sus graneros en bien de sus 
subditos, se vieron estos reducidos a comprar su subsistencia a costa 
de la propia libertad. Moteuczoma, no pudiendo aliviarlos, , les per- 
mitió trasladarse a otros paises, para que no muriesen de hambre en 
el suyo : pero sabiendo que algunos se vendían por la subsistencia de 



168 HISTORIA ANTIGUA DE ME6IGO. 

dos O tres días, publicó un bando en que mandaba que ninguna muger 
se vendiese por menos "de cuatrocientas, y ningún hombre por menos 
de quinientas mazorcas de raaiz. Pero nada bastó a evitar los perni- 
ciosos efectos de la carestia. Algunos de los que pasaban a buscar 
remedio en otros países, morían de necesidad en los caminos. Otros 
no volvieron mas a su patria. La mayor parte de la plebe Megicana 
se mantubo, como sus antepasados, con los pájaros, peces, insectos, y 
yerbas del lago. El año siguiente no fue tan calamitoso, y al fin, en 
el de 1454, que era secular, hubo cosecha abundantísima no solo de 
maiz, si no de legumbres, y de toda clase de frutas. 

Nuevas conquistas, y muerte de Moteuczoma. 

Pero no pudieron los Megicanos gozar tranquilamente de su abun- 
dancia, pues les fue preciso tomar las armas contra Atonaltzin, señor 
de la ciudad, y del estado de Coaijtlahuacan, en el pais de los 
Mijteques. Era este un poderoso caudillo, el cual, no sé por qué, 
negaba el paso por sus tierras a los Megicanos, y si alguno casual- 
mentfc llegaba a ellas, le hacia todo el daño que estaba a su alcance. 
Gravemente resentido Moteuczoma de estas hostilidades, le envió una 
embajada para saber la causa de tan estraña conducta, amenazándolo 
con la guerra, si no le daba la debida satisfacción. Atonaltzin recibió 
con desprecio aquel mensage, y haciendo traer a presencia de los em- 
bajadores una parte de sus riquezas, " llevad, les dijo, este regalo a 
vuestro monarca, y decidle que por él conocerá cuanto me dan mis 
subditos, y cuan grande es el amor que me profesan: que acepto 
gustoso la guerra, y en ella quedará decidido, si mis pueblosWn de 
pagar tributo al rei de Mágico, o los Megicanos a mi." Moteuczoma 
comunicó inmediatamente aquella arrogante respuesta a los dos reyes 
aliados, y mandó un egercito considerable contra su enemigo, el cual 
lo aguardaba bien apercibido ea la frontera de sus estados. Las tropas 
al encontrarse vinieron a las manos : pero el empuge de los Mijteques 
fue tan violento, que los Megicanos quedaron destruidos, y tubieron 
que abandonar la empresa. 

Con la victoria creció el orgullo de Atonaltzin : mas previendo que 
los Megicanos volverían con mas fuerzas, pidió ausilio a los Huejot- 
zinques, y a los Tlascaleses, y estos lo enviaron sin tardanza, alegrán- 
dose de aquella ocasión de interrumpir la felicidad de las armas Megi- 
canas. Moteuczoma, afligido por el éxito infausto de aquella cam- 
paña, pensó seriamente en restablecer el honor de su corona : armó 
en poco tiempo un egercito formidable, y quiso mandarlo en persona 



NUEVAS CONQUISTAS. 169 

con los dos monarcas aliados : pero antes de marchar supo que los 
Tlascaleses, y los Huejotzinques habían atacado a Tlachquiauhco, 
pueblo de Mijteques, degollando a las tropas Megicanas que lo guar- 
necían, y quitando a muchos habitantes la vida, y a otros la libertad*. 
Dirigióse pues lleno de indignación contra la Mijteca, y en aquella 
ocasión no valieron a Atonaltzin su poder, ni los socorros de sus 
amigos. En el primer encuentro quedó derrotado su egercito, y 
muertos muchos de sus combatientes, y casi todos los de sus aliados. 
Los pocos de estos que escaparon del furor de los Megicanos, mu- 
rieron a manos de los Mijteques, los cuales vengaron en ellos el mal 
éxito de la batalla. Atonaltzin se rindió a Moteuczoma, el que no 
solo quedó dueño de la ciudad, y del territorio de Coaijtlahuacan, si 
no que pasando adelante, se apoderó de Tochtepec, de Tzapotlan, de 
Tototlan, y de Quinantla, y en los dos años siguientes de Cozamaloa- 
pan, y de Quauhtochco. La causa de esta guerra fue la misma de 
muchas de las anteriores ; es decir el asesinato de algunos mercaderes, 
y correos Megicanos, cometido en tiempo de paz por los habitantes de 
aquellos pueblos. 'vLi «^íIv t 

Mas difícil, y mas famosa fue la espedicion emprendida" el año dé 
1457, contra Cuetlachtlan, o sea Cotasta. Esta provincia, situada, 
como ya hemos dicho, en la costa del seno Megicano, y fundada, o 
habitada a lo menos por los Olmeques, arrojados por los Tlascaleses, 
contenia una población mui considerable. Ignoramos la causa de esta 
guerra ; sabemos sin embargo que los Cotasteses previendo la tormen- 
ta que los amenazaba, imploraron los socorros de los Tlascaleses, y de 
los Bjfejotzinques. Estos, que no hablan olvidado la ultima derrota, 
y queriendo vengarla, no solo se prestaron a darles ayuda, si no que 
persuadieron a sus vecinos los Choluleses, a que entrasen en la confe- 
deración. Estas tres repúblicas enviaron tropas numerosas a Cotasta, 
para aguardar alli a los enemigos. Moteuczoma, por su parte, pre- 
paró un grande, y brillante egercito, en que se alistaron los principales 
nobles Megicanos, Acolhuis, Tlatelolqueses, y Tepaneques. Entre los 
personages que se distinguían en las tropas, se hallaban Ajayacatl, ge- 
neral, Tízoc, y Ahuitzotl, hermanos los tres, y de la familia real de 
Megico : los cuales ocuparon sucesivamente aquel trono, después de 

* No sabemos en qué tiempo se agregó Tlachquiauhco a la corona de Megicd. 
En las pinturas de la colección de Mendoza, donde se indican las principales con- 
quistas de los Megicanos, se hace mención de aquella en tiempo de Moteuczoma : 
mas yo creo que este recuperó aquella ciudad, mas no la conquistó por pri- 
mera vez. 



170 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Moteuczoma su sobrino. Había ademas otros caudillos de Colhuacan, 
y de Tenayuca ; pero el principal de todos ellos por su dignidad, era 
Moquihuij, rei de Tlatelolco, sucesor del desventurado Quauhtlatoa. 
Cuando salió este egercito de Megico, aun no habia llegado alli la no- 
ticia de la confederación de las tres repúblicas con los Cotasteses. In- 
mediatamente que la supo Moteuczoma, despachó correos a sus gene- 
rales, con orden de no pasar adelante, y de regresar sin perdida de 
tiempo a la capital. Entraron en deliberación los gefes, y los unos 
opinaban que se obedeciesen sin replica las ordenes del soberano, 
mientras los otros decian que no estaban obligados a someterse a un 
precepto tan injurioso a su honor, pues quedaría desacreditada, y envi- 
lecida su nobleza, si desperdiciaban una ocasión tan oportuna de os- 
tentar su intrepidez. Prevaleció, sin embargo, como mas seguro el 
primer dictamen ; pero al volver a marchar acia Megico, dijo a los su- 
yos el rei Moquihuij, " Retrocedan los que tengan animo de volver la 
espalda al enemigo, que yo con mis Tlatelolques conseguiré el honor 
de la victoria." Esta resolución aguijoneó de tal manera a los otros 
genei ales, que todos de consuno determinaron arrostrar el peligro. 
Diose finalmente la batalla, en la cual, aunque los Cotasteses pelearon 
briosajnente, fueron vencidos con sus aliados. De estos quedó la ma- 
yor parte en el campo de batalla, y de unos, y otros se hicieron seis mil, 
y doscientos prisioneros, que poco después fueron sacrificados en Me- 
gico, en la fiesta de la dedicación del Quajicalqo, o edificio religioso 
destinado a conservar los huesos de las victimas. Quedó entonces to- 
da aquella provincia sometida a la corona de Megico, y el rei estable- 
ció en ella una guarnición para mantener a los habitantes en \^^ obe- 
diencia. Tan notable victoria se debió principalmente a la intrepidez 
del rei Moquihuij, y hasta nuestros tiempos se ha conservado una oda 
o canción Megpcana, compuesta en aquella ocasión*. Moteuczoma, 
mas satisfecho con el éxito feliz de la guerra, que ofendido por la de- 
sobediencia con que habían sido recibidas sus ordenes, premió al rei de 
Tlatelolco, dándole por muger una prima suya, hermana de los tres 
principes ya mencionados. 

Entretanto los Chalqueses se hacían cada vez mas dignos de casti- 
go, no solo por su rebeldía, sino también por otros crimenes. En 
aquel tiempo tubieron la temeridad de hacer prisionero a un hermano 
del mismo reí Moteuczoma, que era, según creemos, señor de Eheca- 
tepec, y con él cogieron a otros Megicanos. Este atentado, cometido 

* De esta oda hace meneion Boturini, que la tenia entre los MS y pinturas de 
su precioso Museo. 



.,iJ NUEVAS CONQUISTAS. 171 

en una persona tan inmediata a su soberano, fue sin duda un medio 
de que se valieron para sustraerse al dominio de los Mejicanos, y ha- 
cer a la ciudad de Cbalco emula de la de Megico ; pues quisieron ha- 
cer rei de Chalco a aquel personage, su prisionero, y muchas veces se 
lo propusieron, aunque en vano. Viéndolos él ostinados en su resolu- 
ción, les dijo al fin que aceptaba la corona que le ofrecían, y a fin de 
que el acto de su exaltación fuese mas solemne, quería que se planta- 
se un árbol altísimo en la plaza del mercado, y sobre él se hiciese un 
tablado o parapeto, desde donde pudieran verlo todos sus nuevos sub- 
ditos. Hizose todo como lo había indicado, y reuniendo a los Me- 
gicanos al rededor del árbol, subió al tablado con un ramo de flores en 
las manos, y desde aquella altura, habló asi a los suyos : " Sabed, va- 
lientes Megicanos, que los Chalqueses me quieren dar la corona de 
este estado : pero no permita nuestro dios que yo haga traición a la 
patria : antes bien con mi egemplo os enseñaré a estimar en mas la 
fidelidad que se le debe, que la propia vida." Y dicho esto se preci- 
pitó de aquella elevación. Acción ciertamente barbara, pero confor- 
me a las ideas que los antiguos tenían de la magnanimidad, y |anto 
menos digna de censura que la de Catón, y la de otros héroes de la 
antigüedad, cuanto era mas noble el motivo, y mayor la grandeza de 
animo del Megicano. Con esta acción, de tal modo inflamó la colera 
de los Chalqueses, que allí mismo atacaron a los otros Megicanos, y a 
lanzadas les dieron muerte. La noche siguiente oyeron acaso el canto 
melancólico de un ave nocturna, y como hombres dados a la supersti- 
ción, lo creyeron triste agüero de su próxima ruina. No se engaña- 
ron ePjUquel presentimiento : pues Moteuczoma, gravemente irritado 
por su rebeldía, y por sus enormes delitos, declaró inmediatamente la 
guerra, y mandó encender hogueras en las cimas de los montes, en 
señal de la sentencia de esterminio que había fulminado contra los re- 
beldes. Marchó en seguida contra aquella provincia, e hizo tan gran- 
des estragos en ella, que la dejó casi despoblada. Los pocos de sus 
habitantes que sobrevivieron a tan formidable castigo, huyeron a las 
cuevas de los montes, que dominan las llanuras de Chalco, y otros, 
para alejarse mas del peligro, se refugiaron en Huejotzinco, y Atlijto. 
La ciudad de Chalco fue entregada al saqueo. Al furor de la vengan- 
za, sucedió en Moteuczoma, como sucede en todos los corazones no- 
bles, la compasión de los desventurados. Publicó un indulto general 
en favor de los fugitivos, y especialmente de los viejos, de las muge- 
res, y de los niños, convidándolos a volver sin recelo a su patria, y no 
satisfecho con esto, dispuso que sus tropas recorriesen los montes, pa- 



172 HISTORIA ANTIGUA D£ MBGICO. 

ra buscar a los que, huyendo de los hombres, se habían refugiado en- 
tre las fieras. Volvieron en efecto muchos, y fueron distribuidos en 
Amaquemecan, Tlalmanalco, y otros lugares : pero algunos, o por des- 
confianza del perdón, o por despecho, se abandonaron a la muerte en 
las montañas. Moteuczoma dividió una parte del territorio de Chal- 
co entre los capitanes que se habian señalado en la guerra. 

Después de esta espedicion conquistaron los Megicanos a Tamazo- 
Uan, Piaztlan, Gilotepec, Acatlan, y otros pueblos. Con tan rápidas 
adquisiciones, engrandeció de tal modo Moteuczoma sus dominios, que 
por Levante se estendian hasta el golfo Megicano ; por Sudeste, hasta 
el centro del gran pais de los Mijteques ; por Mediodía, hasta Quila- 
pan, y mas alia ; por Sudoeste, hasta el centro del pais de los Otomi- 
tes, y por el Norte, hasta la estremidad del valle. 

Mas las atenciones de la guerra no estorvaron a aquel famoso reí 
cuidar de lo que pertenecía al gobierno civil, y a la religión. Publicó 
nuevas leyes ; aumentó el esplendor de su corte, e introdujo en ella 
cierto ceremonial desconocido de sus antepasados. Edificó un gran 
temj^'o al dios de la guerra ; instituyó muchos ritos, y aumentó el nu- 
mero de los sacerdotes. El interprete de la colección de Mendoza 
añade que Moteuczoma fue sobrio, y estraordinariamente severo en el 
castigo de la embriaguez, y con su justicia, su prudencia, y el arreglo 
de sus costumbres se hizo temer, y respetar de sus subditos. Final- 
mente, después de un reinado glorioso de veintiocho años, y algu- 
nos meses, murió, llorado de todos, en 1464. Sus exequias se cele- 
braron con tanto mayor aparato, cuanto mayor era la magnificencia de 
la corte, y el poder de la nación. ^ 

.tíf) HiAuífi Ajayacatl, sesto rei de Megico. 

Antes de morir Moteuczoma, habia convocado a los primeros perso- 
nages de la corte, y después de haberlos exortado a la concordia, en- 
cargó a los electores que diesen el trono al principe Ajayacatl, por 
creerlo el mas capaz de promover la gloria de los Megicanos. Los 
electores, o por deferencia al parecer de un rei tan benemérito de la 
nación, o porque realmente conocían el mérito de Ajayacatl, lo prefi- 
rieron a su hermano mayor Tizoc, y le dieron la corona. Era Ajaya- 
catl hijo de Tezozomoc, el cual habia sido hermano de los tres reyes 
predecesores de Moteuczoma, y, como ellos, hijo del rei Acamapitzin. 

Después de las fiestas de la eleccioq, salió el rei a la guerra, con el 
solo obgeto, como habian hecho sus antecesores, de tener prisioneros 
que sacrificar en la solemnidad de su coronación. Hizo una espedí- 



MUERTE DE NEZAHUALCOYOTL. 173 

cion contra la provincia de Tecuantepec, situada en la costa del mar 
Pacifico, a cerca de cuatrocientas millas de Me^co, acia Sudeste. 
Los Tecuantepeque&es se hablan preparado, y aliado con sus vecinos, 
para resistir a las tentativas de los Megicanos. En la batalla furiosa 
que se dio entre ambos egercitos, Ajayacatl, que mandaba en gefe, 
fingió retirarse para atraer los enemigos a una emboscada. Los Te- 
cuantepequeses siguieron a los Megicanos, cantando ya la victoria, 
cuando de repente se vieron atacados a retaguardia por una parte del 
egercito contrario, que salió de la emboscada, al mismo tiempo que los 
que huian volvieron caras, y empezaron a pelear de nuevo : asi que, 
estrechados por una y otra parte, fueron derrotados completamente. 
Los que pudieron salir del conflicto, fueron perseguidos por los Megi- 
canos hasta la misma ciudad de Tecuantepec, que entregaron a las 
llamas. Los vencedores, aprovechándose de la consternación de aque- 
llos pueblos, estendieron sus conquistas hasta Coatulco, lugar marítimo, 
cnyo puerto fue frecuentado el siglo siguiente por los buques Españo- 
les. De aquella espedicion volvió Ajayacatl cargado de despojos, y 
fuo coronado con aparato estraordinario de tributos, y sacrificio d^ pri- 
sioneros. En los primeros años de su reinado solo pensó en hacer 
nuevas conquistas, según el egemplo de sus predecesores. En 1467 
reconquistó a Cotasta, y a Tochtepec, que se le hablan rebelado. En 
1468 ganó una completa victoria a los Huejotzinques, y a los Atlij- 
queses, y restituido a Megico, emprendió la fabrica de un templo, que 
llamó Coatlan. Los Tlatelolques hicieron a competencia otro, que 
llamaron Coajolotl, de lo que resultaron, entre los dos reyes, nuevas 
discorifes, que terminaron, como después veremos, en daño de los 
Tlatelolques. En 1469 murió Totoquihuatzin, primer reí de Tacuba, 
el cual, en los cuarenta años, y mas que rigió aquel pequeño estado, 
fue constantemente fiel a los Megicanos, y los sirvió con celo en casi 
todas las guerras que emprendieron contra sus enemigos. Le sucedió 
su hijo Quimalpopoca, que le fue muí semejante en valor, y en 
fidelidad. 

Muerte y elogio del rei Nezahualcoyotl. 
Mucho mas deplorable fue la perdida que sufrieron los Megioanos, 
el año de 1470, con la muerte de Nezahualcoyotl. Este monarca fue 
uno de los héroes mas famosos de la America antigua. Su gran 
valor, que en su juventud pasó a temeridad, fue una de las dote» 
menos apreciables de su animo. Su fortaleza, y su constancia, en los 



174 HISTORIA ANTIGUA DE ME6IC0. 

trece años en que estubo privado de la corona, y perseguido por el 
usurpador, fueron ciertamente admirables. Mostróse inflexiblemente 
recto en la administración de la justicia. Para perfeccionar la civili- 
zación de sus pueblos, y corregir los desordenes introducidos en su 
reino en tiempo de los tiranos, promulgó ochenta leyes, que después 
fueron compiladas por su noble decendiente, D. Fernando de Alba 
Ijtliljochitl, en su Historia MS de los Chichimecos. Mandó que 
ninguna causa civil ni criminal pudiese prolongarse por mas de 
ochenta dias, o cuatro meses Megicanos. Cada ochenta dias se cele- 
braba una gran reunión en el palacio real, a la que concurrían todos 
los jueces, y los reos. Entonces se juzgaban irremisiblemente todas 
las causas que no se hablan terminado en el periodo anterior; y los 
reos, de cualquiera clase de delitos, sufrían alli mismo, y en presencia 
de aquella asamblea, la pena a que hablan sido condenados. Señaló 
penas a los crímenes, manifestándose especialmente severo con el 
adulterio, la sodomía, el hurto, el homicidio, la embriaguez, y la 
traición a la patria. Si hemos de dar crédito a los historiadores Tez- 
cucaíQOS, mandó dar muerte a cuatro de sus hijos por incestuosos. 

Era sin embargo estraordinaria su clemencia con los desgraciados. 
En su reinado estaba prohibido, bajo pena de muerte, tomar algo del 
campo ageuo, y tan rigorosa era la lei, que bastaba robar cuatro ma- 
zorcas de maiz, para incurrir en la pena. Nezahualcoyotl, para 
socorrer de algún modo a los caminantes pobres, sin detrimento de la 
lei, mandó que en los dos lados de los caminos se sembrasen maiz, 
y otras plantas, de que pudiesen servirse los necesitados. Gastaba en 
limosnas una gran parte de sus ingresos, dándolas con preferencia a 
los viejos, a los enfermos, y a las viudas. Para impedir la destruc- 
ción de los bosques, prescribió ciertos limites a los leñadores, y prohibió 
bajo graves penas su transgresión. Queriendo saber si se observaba 
exactamente aquella disposición, salió un dia disfrazado, con un prin- 
cipe hermano suyo, y pasó a la falda de un monte cercano, donde 
estaban los limites prescritos. Alli encontró un muchacho que estaba 
recogiendo leña menuda, de la que hablan dejado los leñadores, y 
le preguntó por que no iba al bosque a coger pedazos mas gruesos. 
" Porque el rei, contestó el muchacho, nos ha prohibido pasar de 
estos limites, y si no lo obedecemos, seremos rigorosamente castiga- 
dos." El rei no pudo conseguir ni con promesas, ni con regalos que 
el muchacho infringiese la lei. La compasión que le inspiró este su- 
ceso, lo movió a ampliar los limites determinados. 



ELOGIO DE NEZAHUALCOYOTL. 17§ 

Miró siempre con gran celo la fiel administración de la justicia, y a 
fin que, con pretesto de necesidad, no se dejasen corromper los jueces 
por los litigantes, ordenó que de la casa real se les suministrasen viveres, 
ropa, y todo lo necesario, según la clase, y calidad de la persona. Era 
tanto lo que anualmente se espendia en su familia, y casa, en el man- 
tenimiento de los ministros, y magistrados, y en el alivio dé los 
pobres, que seria increíble, y yo no osarla escribirlo, si no constara 
por las pinturas originales vistas, y examinadas por los primeros mi- 
sioneros que se emplearon en la conversión de aquellos pueblos, y si 
no lo confirmara el testimonio de un decendiente de aquel monarca, 
convertido a la fe Cristiana, y llamado, después del bautismo. 
D. Antonio Pimentel*. Era pues, el gasto de Nezahualcoyotl, re- 
ducido a medidas Castellanas, el siguiente: — ;io> 

Demaiz 4,900,300 fanegas. ' 

De cacao 2,744,000 fan. 

De chile, y tomate 3,200 fan. 

De chiltecpin, o pimiento pequeño, 
mui fuerte, para salsas 240 fan. u tiígt-xjíf 

De sal 1,300 panes grufesóá. 

Pabos * 8,000. 

No tiene guarismo el consumo que se hacia de chia, habichuelas, y 
otras legumbres; de ciervos, conejos, patos, codornices, y toda es- 
pecie de aves. Bien puede calcularse el numero exorbitante de 
gente que era necesaria para recoger tan gran cantidad de maiz, y de 
cacao, especialmente cuando se tiene presente que este provenia del 
comer'^Jb con los paises calientes, no habiendo en todo el reino de 
Anahuac terreno propio para el cultivo de aquella planta. Catorce 
ciudades suministraban aquellas provisiones durante medio año ; y otras 
quince, durante el otro medio -f'. A los jóvenes tocaba la provisión de 
leña, de la que se consumía en la casa real una cantidad inmensa. 

Los progresos que hizo aquel célebre rei en las artes, y en las 
ciencias, fueron todos los que podia hacer un gran ingenio, sin libros 

* Torquemada asegura haber tenido en sus manos aquellas pinturas. 

t Las catorce ciudades primeras eran Tezcuco, Huejotla, Coatlichan, Ateneo, 
Chiautla, .Tezonyocan, Papalotla, Tepetlaoztoc, Acolman, Tepechpan, Jaltocan, 
Chimalhuacan, Iztapalocan, y Coatepec. Las otras quince, Otompan, Aztaque- 
mecan, Teotihuacan, Cempoallan, Ajapochco, Tlalanapan, Tepepolco, Tizayo- 
can, Ahuatepec, Oztoticpac, Quauhtlatzinco, Coyoac, Oztotlatlauhcan, Achi- 
chillacachocan, y Tetliztacac. 



176 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

en qué estudiar, y sin maestros de quienes aprender. Era diestro en 
la poesia nacional, y compuso muchas piezas poéticas que fueron um- 
versalmente aplaudidas. En el siglo xvi eran célebres, aun entre los 
Españoles, los sesenta himnos que compuso en loor del Criador del 
cielo. Dos de aquellas odas o canciones, traducidas al Castellano 
por su decendiente D. Fernando de Alba Ijtliljochitl, se han conser- 
vado hasta nuestros tiempos*. Una de ellas fue compuesta poco 
tiempo después de la ruina de Azcapozalco. Su argumento, seme- 
jante al de la otra de que ya hemos hecho mención, era una lamenta- 
ción de la instabilidad de las grandezas humanas, en la persona del 
tirano ; el cual, a guisa de un árbol grande, y robusto habia estendido 
sus raices, y ensanchado sus ramas, hasta dar sombra a todo el terri- 
torio del imperio, pero al fin, seco y podrido, cayó al suelo sin espe- 
ranza de recobrar el antiguo verdor. 

Pero en nada se deleitaba tanto Nezahualcoyotl como en el estudio 
de la naturaleza. Adquúrio muchos conocimientos Astronómicos, con 
la frecuente observación que hacia del curso de los astros. Aplicóse 
taml<ien al conocimiento de las plantas, y de los animales, y por no 
poder tener en su corte los que eran propios de otros climas, mandó 
pintan en su palacio, al vivo, los que nacian en la tierra de Anahuac. 
De estas pinturas habla el Dr. Hernández, que las vio, y hizo uso de 
ellas, y por cierto que son mas útiles, y mas dignas de la mansión de 
un rei que las que representan la perversa Mitología de los Griegos. 
Investigaba atentamente la causa de los fenómenos naturales, y esta 
continua observación le hizo conocer la vanidad de la idolatría. 
Decia privadamente a sus hijos que cuando adorasen, con venales 
esteriores los Ídolos, para conformarse a los usos del pueblo, detestasen 
en su interior aquel culto despreciable, dirigido a seres inanimados ; 
que él no reconocía otra Divinidad, si no el Criador del cielo, y quo 
no prohibía en sus reinos la idolatría, como deseaba, porque no lo 
acusasen de contradecir la doctrina de sus mayores. Prohibió los 
sacrificios de victimas humanas : pero viendo después cuan difícil es 
apartar a los pueblos, de las antiguas ideas en materias de religión, 
volvió a permitirlos, prohibiendo sin embargo otro sacrificio- que el de 
prisioneros de guerra. Fabricó, en honor del Criador del cielo, una 
alta torre de nueve pisos. El ultimo era oscuro ; su bóveda estaba 
pintada de azul, y adornada con comizas de oro. Residían en ella 

* Estas dos odas se hallaban entre las preciosidades de Boturini. Bien qm- 
siera yo tenerlas para publicarlas en esta historia. 



ELOGIO DE NEZAHUALCOYOTL. 17f 

hombres encargados de tocar en ciertas horas del dia, unas hojas de 
finísimo metal, a cuyo aviso se arrodillaba el rei para hacer oración al 
Criador del cielo, y en su honor ayunaba una vez al año*. 

Su esclarecido ingenio, y el amor que tenia a sus subditos, con- 
tribuyeron en gran manera a ilustrar aquella corte, la cual se consi- 
deró después como la patria de las artes, y el centro de la civilización. 
Tezcuco era la ciudad donde se hablaba con mayor pureza, y per- 
fección la lengua Megicana, donde se hallaban los mejores artífices, 
y donde mas abundaban los poetas, los oradores, y los historiadores f. 
De alli tomaron muchas leyes los Megicanos, y otros pueblos ; de 
modo que puede decirse que Tezcuco fue la Atenas, y Nezahualco- 
yotl el Solón de Anahuac. 

En su ultima enfermedad, habiendo convocado en torno de si a 
todos sus hijos, declaró por heredero, y sucesor a la corona de Acol- 
huacan, a Nezahualpilli, el cual aunque mas joven que los otros, les 
fue preferido, tanto por haber nacido de la reina Matlalcihuatzin, 
como por su notoria rectitud, y superior ingenio. Encargó a su pri- 
mogénito Acapipioltzin, que ayudase al nuevo rei con sus consejos, 
hasta que aprendiese el arte difícil de gobernar. A Nezahualpilli 
recomendó encarecidamente el amor de sus hermanos, la protección 
de sus subditos, y el celo por la justicia. En fin para evitar todo 
alboroto que pudiera ocasionar la noticia de su muerte, mandó que 
se ocultase, del modo posible, al pueblo, hasta que Nezahualpilli 
estubiese seguro en la pacifica posesión de la corona. Los principes 
recibieron con lagrimas los últimos consejos de su padre y saliendo a 
la sala jfB audiencia, donde la nobleza los aguardaba, fue Nezahual- 
pilli aclamado rei de Acolhuacan, habiendo antes declarado su her- 
mano mayor ser aquella la voluntad de sa padre, el cual debiendo 
hacer un gran viage, quería antes nombrarse un sucesor. Todos 
prestaron obediencia al nuevo soberano, y en la mañana siguiente 
murió Nezahualcoyotl, a los cuarenta, y cuatro años de reinado, y a 
cerca de los ochenta de edad. Sus hijos ocultaron su muerte, y pro- 
bablemente quemaron en secreto su cadáver, y en vez de exequias 
fúnebres, celebraron juegos, y regocijos estraordinarios, para solemni- 

* Estas anécdotas han sido tomadas de los preciosos MS de D, Fernando de 
Alba, el cual como cuarto nieto de aquel rei, pudo saber auténticamente muchas 
particularidades de boca de sus padres, y abuelos. 

f En la lista que hemos dado de los historiadores de aquel reino se ve que 
algunos de ellos fueron de la familia real de Tezcuco. , . . . 

TOMO I, N 



178 HISTORIA ANTIGUA DE MBGICO. 

zar la coronación del nuevo rei : sin embargo, no tardó en saberse la 
verdad en despecho de sus precauciones,, y vinieron a la corte muchos 
magnates a darles el pésame : pero el vulgo creyó siempre que aquel 
grande hombre habia sido transferido a la mansión de los dioses, en 
premio de sus virtudes. 

Conquista de Tlatelolco y muerte del rei Moquihuij. 
Poco tiempo después de la exaltación de Nezahualpilli, ocurrió la 
memorable guerra de los Megicanos con sus vecinos, y rivales los 
Tlatelolques. Su rei Moquihuij no pudiendo sobrellevar la gloria del 
de Megico, empleaba cuantos medios estaban a su alcance para 
oscurecerla. Estaba casado, como ya hemos visto, con una hermana 
de Ajayacatl, habiéndosela dado Moteuczoma en premio^de la famosa 
victoria que ganó a los Cotasteses. En esta desgraciada señora des- 
fogaba comunmente su rabia contra el cuñado, y no satisfecho con 
aquellas demostraciones de odio, procuró aliarse con otros pueblos, 
que llevaban con impaciencia el yugo Megicano. Tales fueron 
Cháioo, Gilotepec, Toltitlan, Tenayucan, Megicaltzinco, Huitzilo^ 
pochco, Joquimilco, Cuitlahuac, y Miscuic, los cuales convinieron en 
atacar por retaguardia a sus enemigos, después que hubiesen empe- 
zado la acción los Tlatelolques. Los Quauhpanqueses, los Huejot- 
zinques, y los Matlatzinques, cuyos au sillos hablan también implorado, 
debían incorporar sus tropas a las de los Tlatelolques, para la defensa 
de la ciudad. Supo la reina estas negociaciones, y ya por odio a su 
marido, ya por amor a su hermano, y a su patria, avisó de todo al rei 
Ajayacatl, a fin de que evitase un golpe que amenazaba la destrucción 
de su trono. 

A' Moquihuij, seguro de la ayuda de los confederados, convocó a los 
nobles de su corte para estimularlos a la empresa. Alzó la voz en la 
asamblea un sacerdote viejo, y que gozaba de mucha autoridad, lla- 
mado Poyahuitl, y en nombre de todos, se ofreció a pelear denodada- 
mente contra los enemigos de la patria. En seguida hizo un sacri- 
ficio, y dio a beber al rei, y a todos los caudillos, agua teñida con 
sangre humana, con lo que sintieron, según decian, aumentar su 
valor, y yo no dudo que sentirian nuevos Ímpetus de odio y crueldad. 
La reina, entretanto, no pudiendo ya sufrir el mal trato que recibía, y 
atemorizada de los peligros de la guerra, dejó a su marido, y pasó a 
Megico, con sus cuatro hijos, a ponerse bajo la protección de su her- 
mano. La proximidad de las dos cortes pudo facilitar esta fuga. Tan 



CONQUISTA PE TLATELOLCO. 17§ 

estraordinaria novedad exasperó de tal modo el aborrecimiento de los 
dos pueblos, que donde quiera que se encontraban sus individuos, se 
maltrataban de palabras, venian a las manos, y peleaban hasta morir. 

Acercándose ya la época de empezar la guerra, hizo Moquihuij, 
con sus capitanes, y muchos de los confederados, un solemne sacrificio 
en el monte mas próximo a la ciudad, para grangearse la protección 
de los dioses, y.alli se determinó el dia en que debían hacerse las 
primeras hostilidades. De alli a poco, pasó aviso a los confederados, 
a fin de que estubiesen apercibidos a socorrerlo, cuando empezase el 
ataque. Giloman, señor de Colhuacan, quería acometer desde luego 
a los Megicanos, y disimulando después una retirada, empeñarlos en 
ella, para que los Tlatelolques los atacasen por retaguardia. El dia 
siguiente al de aquella embajada, hizo Moquihuij la ceremonia de 
armar a sus tropas, y pasó después al templo de Huitzilopochtli, para 
invocar su ausilio, y bebieron todos otra vez de aquella nefanda po- 
ción que les habia dado el sacerdote en el primer congreso, y todos 
los soldados pasaron uno a uno delante del ídolo, haciéndole cada 
cual una profunda reverencia. Terminada apenas aquella cerembnia, 
entró en la plaza del mercado una partida de Megicanos, matando a 
cuantos encontraban : pero sobreviniendo de pronto las tropas de 
Tlatelolco, los arrojaron, haciendo algunos prisioneros, los cuales fue- 
ron inmediatamente sacrificados en un templo llamado Tullan. 
Aquel mismo dia, a puestas del sol, tubieron algunas mugeres Tlate- 
lolques el arrojo de entrar en las calles de Megíco, insultando a los 
habitantes, dicíendoles injurias, y amenazándolos con su próxima 
ruina ; jj^ero ellos los trataron con el desprecio que merecían. 

Los Tlatelolques tomaron las armas aquella noche, y al romper el 
dia siguiente empezaron a atacar a los Megicanos. En lo mas encen- 
dido de la refriega llegó Giloman con sus tropas : pero viendo que el 
reí de Tlatelolco habia entrado en acción sin aguardarlo, ni hacer caso 
de sus consejos, se retiró indignado : mas queriendo hacer algún daño 
a los Megicanos, hizo cerrar los canales por los que podrian recibir 
socorros de barcos : tentativa que le salió frustrada, pues Ajayacatl 
los hizo reparar prontamente. Todo aquel dia se combatió con inde- 
cible ardor, por una, y otra parte, hasta que la noche obligó a los 
Tlatelolques a retirarse. Los Megicanos quemaron las casas próxi- 
mas a Tlatelolco, por que quizas les estorvaban para pelear : mas al 
ponerles fuego, veinte de ellos fueron hechos prisioneros, y sacrifica- 
dos al punto. 

Ajayacatl pasó la noche distribuyendo su gente en los caminos que 

N 2 !:•-• 



180 HISTORIA AWTIOUA DE MBGICO. 

conducían a Tlatelolco, y al despuntar la aurora se pusieron en marcha 
acia la plaza del mercado, que era el punto de su reunión. Los ene- 
migos, viéndose cercados por todas partes, se iban retirando acia 
aquella gran plaza, para congregar sus fuerzas, y poder resistir con 
mejor éxito : pero al llegar a ella se encontraron aun mas embaraza- 
dos, por el exesivo numero de gente que se habia amontonado en su 
recinto. No bastaban ya las voces con que Moquihuij procuraba 
alentar a los suyos, desde lo alto del gran templo. Sus subditos caian 
muertos, o heridos, y desfogaban en improperios su rabia contra el 
reí. " Cobarde, le decian, baja, y toma las armas : que no es de 
hombres de pro estar mirando tranquilamente a los que pelean, y 
pierden la vida en defensa de la patria." Mas estos lamento», arran- 
cados por el dolor de las heridas, o por las agonias de la muerte, eran 
iojastos : pues Moquihuij no faltaba a sus obligaciones de general, y 
reí, procurando no esponer tanto su vida, como los soldados la suya, 
para serles mas útil con el consejo, y con la voz. Entretanto los Me- 
gicanos llegaron a la escalera del templo, y subiendo por ella, dieron 
con' Moquihuij, que animaba a su gente, y se defendía como un deses- 
perado : pero «n capitán Megicano, llamado Quetzalhua, lo arrojó de 
un golpe por la escalera abajo, y unos soldados, cogiendo en brazos el 
cadáver, lo presentaron a Ajayacatl, el cual, abriéndole el pecho, le 
arrancó el corazón: acción horrible, pero a la que ellos estaban acos- 
tumbrados en sus sacrificios*. Asi acabó el valiente Moquihuij, y 
con él la pequeña monarquía de los Tlatelolques, gobernada por 
cuatro reyes en el espacio de cerca de ciento, y diez y ocho años. 
Los Tlatelolques, viendo muerto a su monarca, se desorde^ron, y 
procuraron salvar la vida con la fuga, pasando por medio de sus ene- 
migos : pero quedaron muertos en la plaza cuatrocientos y sesenta, y 
entre ellos algunos oficiales de alto grado. Después de aquella con- 
quista, se unió perfectamente la ciudad de Tlatelolco a la de Megico, 
o por mejor decir, no se consideró como una ciudad distinta, si no 
como parte, o arrabal de ella, como sucede en la actualidad. El rei 
de Megico puso allí un gob^nador, y los Tlatetolques, ademas del 
tributo que le pagaban en granos, ropas, armas, y armaduras, esta- 
ban obligados a reedificar el templo de Huitznahuac, siempre que 
fuese necesario. 

* El interprete de la colección de Mendoza dice que, habiendo Moquihuij 
perdido la batalla, se acogió a lo alto del templo, y desde alli se precipitó, por 
no poder sufrir los improperios de un sacerdote ; pero la relación de loa otros 
historiadores me parece mas conforme al carácter del rei. 



MUERTE DE AJAYACATL.:- 18f 

No sabemos si los Quauhpanqueses, los Huejotzinques, y ios Mat- 
latzinques, que se habian confederado con los Tlatelolques, se hallaron 
en efecto en aquella guerra. De los otros aliados, dicen los historia- 
dores que habiendo llegado al socorro de los Tlatelolques, cuando ya 
era muerto Moquihuij, se retiraron sin tomar parte en la lucha. 
Cuando Ajayacatl se vio desembarazado de enemigos, mandó dar 
muerte a Poyahuitl, y a Ehecatzitzimitl, que eran los que mas habian 
exitado a sus compatriotas contra los Megicanos. La misma suerte 
tubieron poco tiempo después los caudillos de Joquimilco, de Cuit- 
lahuac, de Colhuacan, de Huitzilopochco, y otros, por haber tomado 
parte en la guerra. 

Nuevas conquistas y muerte de Ajayacatl. 

Para vengarse después de los Matlatzinques, nación numerosa, y 
fuerte, establecida en el valle de Toluca, y aun no sometida a los 
Megicanos, les declaró la guerra, y saliendo de Megico, con los reyes 
aliados, tomó de paso los pueblos de Atlapolco, y Jalatlauhco, y des- 
pués conquistó en el mismo valle a Toluca, Tetenanco, Metipec, 
Tzinacantepec, Calimaya, y otros lugares de la parte meridional, que- 
dando desde entonces la nación, tributaria de la corona de Megico. 
Pasado algún tiempo, volvió a la misma provincia, para ocupar la 
parte septentrional del valle, llamada en el dia valle de Ijtlahuacan, 
y principalmente Giquipilco, ciudad, y estado considerable de los Oto- 
mites, cuyo señor Tlilcuezpalin era famoso por su valor. Ajayacatl, 
que aun se jactaba del suyo, quiso pelear cuerpo a cuerpo con él, en la 
batallpj^ue presentó a los Giquipilqueses : pero el éxito le fue fu- 
nesto, pues habiendo recibido una gran herida en un muslo, sobrevi- 
nieron dos capitanes Otomites, lo arrojaron al suelo, y lo hubieran hecho 
cautivo, a no haberse presentado unos jóvenes Megicanos, que viendo 
a su rei en tan gran peligro, combatieron en su defensa, y le salvaron 
la libertad, y la vida. Apesar de esta desgracia, los Megicanos 
consiguieron una completa victoria, y hicieron, según dicen sus cro- 
nistas, once mil, y sesenta prisioneros, entre ellos al mismo Tlilcuez- 
palin, y a los dos capitanes que habian atacado al rei. Con este glo- 
rioso triunfo, agregó Ajayacatl a su corona los estados de Giquipilco, 
Jocotitlan, Atlacomolco, y todos los demás que no poseía antes en 
aquel ameno valle. 

Cuando sanó Ajayacatl de su herida, aunque siempre quedó estro- 
peado de la pierna, dio un gran banquete a los reyes aliados, y a los 



182 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

magnates de Mágico, durante el cual mandó dar muerte a Tlilcuess- 
palín, y a los ya mencionados capitanes Otomites. No parecía a 
aquellas gentes inorportuna esta egecucion en las delicias de un con- 
vite : por que acostumbrados a derramar sangre humana, el horror que 
esta debe inspirar se habia convertido en deleite. ¡ Tan grande es la 
fuerza de la costumbre, y tan fácil al hombre familiarizarse con los obge- 
tos mas espantosos ! 

En los últimos años de su reinado, pareciendole demasiado estrechos 
por la parte de Occidente los limites de su imperio, salió de nuevo a 
campaña por el valle de Toliica, y pasando los montes, se apoderó 
de Tochpan, y de Tiagimalojan, quedando desde entonces en aquel 
punto fijada la frontera del reino de Michuacan. Volviendo desde 
alli acia Oriente, se hizo dueño de Ocuilla, y de Malacatepec. La 
muerte interrumpió el curso de sus victorias, en el décimo tercio año 
de su reinado, y en el 1477 de la era vulgar. Fue hombre belicoso, 
y severo en el castigo de las transgresiones de las leyes promulgadas 
por sus abuelos. Dejó de muchas mugeres, un gran numero de hijos, 
y enViie ellos el célebre Moteuczoma II, de quien en breve hablaremos. 

Tízoc, séptimo reí de Megico. ' 
Por muerte de Ajayacatl, fue elegido Tizoc, su hermano mayor, el 
cual habia servido el empleo de general de los egercitos'**. No sabe^ 
mos los pormenores de la primera espedicion que hizo, con el ñn de 
tener prisioneros, para sacrificarlos en la solemnidad de su coronación. 
Su reinado fue breve, y oscuro. Sin embargo, en la pintura decima 
de la colección de Mendoza, se representan catorce ciudades c^quis- 
tadas por aquel monarca, entre las cuales se cuentan Toluca, y Te- 
cagic, que se hablan rebelado a su corona : Chillan, y Yancuitlan, en 
el pais de los Mijteques, Tlapan, y Tamapachco. Torqueraada hace 
mención de una victoria ganada por él a Tlacotepec. 

Guerra entre los Tezcucanos, y los Huejotzinques. 
En el tiempo de este rei ocurrió la guerra entre Tezcucanos, y 
Huejotzinques. Su origen fue la ambición de los principes hermanos 
del rei 'Nezahualpilli, los cuales aunque se mostraron satisfechos al 

♦ El P. Acosta dice que Tizoc era hijo de Moteuczoma I, y el interprete de la 
colección de Mendoza lo hace hijo de Ajayacatl ; uno y otro se engañan. Tam- 
bién se enf^aña el P. Acosta en el orden de los reyes, colocando a Tizoc antes de 
Ajayacatl. 



BODAS DK NEZAHUALPILLI. 188 

principio de la exaltación de su hermano menor, habiéndose enfriado 
después la memoria de su difunto padre, y x\o pudiendo ya sufrir la 
autoridad del que ellos creían su inferior, tramaron contra él una con- 
juración secreta. Para la egecucion de sus perversos designios, con-' 
vidaron desde luego a los Chalqueses, que siempre estaban prontos a 
semejantes atentados : pero frustrados los medios con que contaban, soli- 
citaron con el mismo fin a los Huejotzinques. Nezahualpilli, informado 
de aquellos planes, aprestó sin tardanza un buen egercito, y marchó 
contra ellos. El general de los enemigos habia indagado las señas del 
rei, para dirigir contra él sus ataques, y aun habia prometido grandes 
premios al que se lo presentase muerto o vivo. No faltó quien infor- 
mase de todo esto al rei, el cual, antes de entrar en la acción, cambió 
de ropas, y de insignias con uno de sus capitanes. Este desgraciado 
oficial fue mui en breve rodeado de la muchedumbre enemiga, y 
muerto a sus manos. Mientras saciaban en él su furor, Nezahualpilli 
acometió por retaguardia al general de los Huejotzinques, y lo mató, 
no sin gran peligro de ser victima de los soldados que acudieron al 
socorro de su gefe. Los Tezcucanos, que estaban en el mismc^ error 
que los Huejotzinques, por no haber tenido noticia del cambio de la 
ropa, se desanin^ron cuando creyeron ver muerto al rei; pero ya 
desengañados, cobraron nuevos brios, corrieron a su defensa, y des- 
pués de haber derrotado a los enemigos, saquearon la ciudad de 
Huejotzinco, y, cargados de despojos, volvieron a Tezcuco. Nada 
dicen los historiadores del fin que tubieron los principes, autores de la 
conjuración. Puede creerse que murieron en la batalla, o que evitaron 
con laJuga el castigo que merecían. Nezahualpilli, que poco antes 
habia mandado construir un hermoso palacio, para dejar un monu- 
mento durable de su victoria, hizo construir un muro que encerraba 
tanto espacio de tierra, cuanto ocupaban los Huejotzinques, que acu- 
dieron a socorrer a su general, y dio a este edificio el nombre del dia 
en que ganó su triunfo. Asi procuraban inmortalizar sus nombres, 
los que, en sentir de algunos, no se curaban del porvenir. 

•i 
Bodas del rei Nezahualpilli con dos señoras Megicanos. 

Tenia a la sazón Nezahualpilli muchas mugeres, todas de ilustre 
prosapia: pero ninguna tenia el titulo de reina, reservando aquel 
honor a la que pensaba tomar de la familia real de Megico. Pidióla 
al rei Tizoc, y este le dio una sobrina suya, hija de Tzotzocatzin. 
Celebráronse las bodas en Tezcuco, con gran concurso de la nobleza 



1S4 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

de ambas naciones. Tenia esta señora una hermana de singular 
belleza, llamada Jocotzin, y amábanse tanto las dos, que no pu- 
diendo separarse, la reina obtubo de su padre el permiso de 
llevar a su hermana consigo a Tezcuco. Con la frecuente vista, y 
el trato diario, se enamoró el rei de tal modo de su cuñada, que 
determinó casarse con ella, y exaltarla también a la dignidad de 
reina. Estas segundas bodas fueron, según dicen los autores, las 
mas solemnes, y magnificas que se vieron jamas en aquel pais. Poco 
.tiempo después tubo el rei de la primera reina un hijo llamado 
Cacamatzin, que fue su sucesor a la corona, y hecho prisionero 
por los Españoles, murió desgraciadamente. De la otra tubo a 
Huejoizincatzin * de quien después hablaremos ; a Coanacotzin, 
que fue también rei de Acolhuacan, y poco tiempo después de la 
conquista, murió ahorcado por orden de Hernán Cortés, y a Ijtlil- 
jochitl, que se confederó con los Españoles, contra los Megicanos, 
y convertido al Cristianismo, tomó el nombre, y el apellido de aquel 
conquistador. 

Muerte trágica del rei Tízoc. 

Mientras Nezahualpilli procuraba multiplicar su decendencia, y vivir 
tranquilamente en sus estados, maquinaban la muerie del rei de Me- 
gico algunos de sus feudatarios. Techotlalla, señor de Iztapalapan, o 
resentido por algún agravio que de él habia recibido, o no queriendo 
permanecer mas tiempo bajo su yugo, concibió el perverso designio 
de atentar contra su vida, y no quiso descubrirlo sino a quien le pare- 
ciese capaz de ponerlo en egecucion. El, y Majtlaton, señor de 
Tlachco, se pusieron de acuerdo sobre el modo de llevar a <^bo un 
atentado tan peligroso. Los historiadores no convienen en este punto. 
Los unos dicen que se valieron de ciertas echiceras cuyas artes le 
quitaron la vida : mas esto me parece una fábula popular. Los otros 
aseguran que hallaron modo de darle veneno. Sea como fuere, lo 
cierto es que lograron su intento. Murió Tízoc en el quinto año de 
su reinado, y el 1482 de la era vulgar. Era hombre circunspecto, 
grave, y severo, como sus antecesores, y sucesores, en el castigo de 
los delincuentes. Como en su tiempo eran ya tan grandes el poder, 
y la opulencia de aquella corona, proyectó erigir al dios protector de 
la nación, un templo que en dimensiones, y magnificencia superase a 
todos los de aquel pais, y con este fin habia preparado inmensidad de 

• Diose a aquel principe el nombre de Huejotzincatl en memoria de la victo- 
ria ganada a los Huejotzinques. 



OEDICAGTON DEL TEMPLO MAYOR. Wm 

materiales, y aun empezado la obra, cuando vino la muerte á trastor- 
nar sus designios. 

Ahuitzotl, octavo rei de Megico. 
Conociendo los Megicanos que no habia sido natural la muerte de 
su monarca, determinaron vengarla antes de proceder a nueva elección. 
Sus indagaciones fueron tan activas, que en breve descubrieron a los 
autores del atentado, los cuales fueron castigados con el ultimo su- 
plicio, en la plaza mayor de Megico, y en presencia de los reyes 
aliados, y de la nobleza Megicana, y Tezcucana. Congregados des- 
pués los electores nombraron a Ahuitzotl, general de los egercitos, y 
hermano de los dos reyes precedentes. Desde los tiempos del rei 
Quimalpopoca se habia introducido la costumbre de no dar la corona, 
si no al que hubiese egercido aquella dignidad, creyendo oportuno que 
diese muestras de su valor el que debia ser gefe de una nación 
guerrera, y aprendiese en el mando de las tropas el arte de regir a los 
pueblos. 

Dedicación del templo mayor de Megico. 'T ' 

El primer cuidado del nuevo rei fue la conclusión de la obra del 
magnifico templo, diseñado y comenzado por su antecesor. Conti- 
nuaron con la mayor actividad los trabajos, y habiéndose empleado 
en ellos un numero increible de operarios, se concluyó en el termino 
de cuatro años. Entretanto salió el rei muchas veces a la guerra, y 
todos los prisioneros que caian en manos de sus tropas se reservaban 
para IpJSesta de la dedicación. Las guerras de aquellos cuatro años 
fueron dirigidas contra los Mazahuis, que habian sacudido el yugo de 
Tacuba; contra los Zapoteques, y contra otros muchos pueblos. 
Terminado el edificio, convidó el rei a la ceremonia a sus dos aliados, 
y a toda la nobleza de ambos pueblos. El concurso fue el mas nume- 
roso que hasta entonces se habia visto en Megico*", pues acudieron 
gentes de los paises mas remotos. La fiesta duró cuatro dias, y en 
ellos se sacrificaron, en el atrio mayor del templo, todos los prisioneros 
hechos en los cuatro años anteriores. No están de acuerdo los autores 
acerca del numero de las victimas. Torquemada dice que fueron 

* Algunos autores aseguran que el- numero de personas que concurrieron a 
aquella función, llegó a seis millones. Quizas sera esta una exageración, mas no 
me lo parece, atendida la vasta población de aquellos paises, la grandeza, y nove- 
dad de la fiesta, y la facilidad con que pasaba la gente de unos puntos a otros, 
caminando a pie, y sin el embarazo del equipage. 



196 HISTORIA ANTIGUA DE ME6IC0. 

setenta y dos mil, trescientos cuarenta y cuatro. Otros afirman que 
fueron sesenta y cuatro mil y sesenta. Para hacer con mayor aparato 
tan horrible matanza, se dispusieron aquellos infelices en dos filas, 
cada una de milla y media de largo, que empezaban en las calles de 
Tacuba, y de Iztapalapan, y venian a terminar en el mismo templo*, 
a donde se les daba muerte a medida que iban llegando. Acabada la 
fiesta hizo regalos el rei a todos los convidados, lo que debió ocasionar 
un gasto inmenso. Sucedió todo esto el año de 1486. 

El mismo año, Mozauhqui, señor de Jalatlauhco, a imitación de 
su rei, a quien era mui aficionado, dedicó otro gran templo que había 
edificado poco antes, y sacrificó también un gran numero de prisione- 
ros. ¡ Tales eran los estragos que hacia la barbara, y cruel supersti- 
ción de aquellos pueblos ! 

£1 año de 1487 solo fue memorable por un gran terremoto, y por 
la muerte de Quimalpopoca, rei de Tacuba, a quien sucedió Toto- 
qnihnatzin 11. 

Conquistas del rei Ahuitzotl. 
Ahuitzotl, cuyo genio belicoso no le permitía entregarse a las dul- 
zuras de la paz, salió de nuevo a campaña, contra' los habitantes de 
Cozcacuauhtenanco, y obtubo una completa victoria: pero por haberle 
hecho gran resistencia, se mostró con ellos demasiado severo, y cruel. 
Después sometió a los de Quapilotlan, y en seguida pasó a pelear 
contra Quetzalcuitlapillan, {)rovincia grande, y poblada de gente 
gnerreraf, y finalmente, contra Quauhtla, lugar situado en la costa 
del seno Megicano, en cuya campaña se señaló Moteuczoi^»a, hijo 
de Ajayacatl, y sucesor de Ahuitzotl en el reino. De alli a poco, 
los Megicanos unidos con los Tezcucanos se dirigieron contra los 
Huejotzinques, y en esta guerra se distinguieron por su valor Tezcat- 
zin, hermano del mismo Moteuczoma, y Tliltototl, noble Megicano, 
que después llegó a ser general del egercito. No hallamos en los 
historiadores las causas, ni las circunstancias de estas guerras. Ter- 

• Betancourt dice que la fila de prisioneros dispuesta en el camino de Itzapa- 
lapan, empezaba en el sitio que hoi se llama la Candelaria MalcuHlapilco, nombre 
que significa cola o estremidad de prisioneros. Es congetura verosímil, y no veo 
que pueda esplicarse de otro modo aquella apelación. 

t Torquemada dice que habiendo Ahuitzotl emprendido muchas veces la con- 
. qmsta de Quetzalcuitlapillan, no pudo conseguirla : mas esta provincia se halla 
entre las sometidas por aquel monarca en la pintura 9 de la colección de 
Mendoza. 



CONQUISTAS DE AHUITZOTL. 187 

minada la espedicion contra Huejotzinco, celebró Ahuitzotl la dedi- 
cación de un nuevo templo, llamado Tlacateco, en la cual fueron 
sacrificados los prisioneros hechos en las guerras anteriores : pero el 
incendio de otro templo llamado Tlitlan, turbó la alegria que ocasionó 
aquella solemnidad. 

Asi vivió aquel monarca en continuas guerras, hasta el año de 1496, 
en que se hizo la de Atlijco. La entrada de los Megicanos en este 
valle fue tan repentina, que los habitantes no tubieron otra noticia que 
el verlos invadir su territorio. Armáronse inmediatamente para la 
defensa, pero no hallándose con fuerzas suficientes para resistir largo 
tiempo, pidieron ausilio a los Huejotzinques, sus vecinos. Cuando 
llegaron a Huejotzinco los embajadores Atlijqueses, estaba jugando 
al balón un famoso capitán llamado Toltecatl, cuyo valor no cedia a la 
fuerza estraordinaria de su brazo. Enterado de lo que pasaba, dejó 
el juego, para dirigirse a Atlijco con las tropas ausiliares, y entrando 
desarmado en la batalla, ^ara hacer alarde de su intrepidez, y del des- 
precio que hacia de sus enemigos, abatió con las manos al primero 
que se le presentó, le quitó las armas, y con ellas hizo grandes fstra- 
gos en las filas de los Megicanos. No pudiendo estos superar la 
resistencia de sul enemigos, abandonaron el campo, y volvieron a 
Megico cubiertos de ignominia. Los Huejotzinques, para remunerar 
a Toltecatl, lo hicieron gefe de su república. Esta habia estado 
sometida a los Megicanos, cuyo enojo habian provocado con sus in- 
sultos : pero como los conquistados no sufren el yugo del conquistador 
si no es cuando no pueden sacudirlo, siempre que los Huejotzinques 
se hal'^bau con fuerzas suficientes para resistir, alzaban el estandarte 
de la rebelión, y lo mismo sucedía con la mayor parte de los pueblos 
sometidos por fuerza a la corona de Megico ; de modo que el egercito 
Megicano estaba en continuo movimiento para reconquistar tantas y tan 
frecuentes perdidas. Toltecatl aceptó el cargo que se le habia conferido, 
pero apenas pasó un año, se vio obligado a dejar el empleo, y la 
patria. Los sacerdotes, y otros ministros de los templos, abusando de 
su autoridad, entraban en las casas de los particulares, y se apodera- 
ban de sus provisiones, cometiendo otros exesos, impropios de su 
dignidad. Toltecatl quiso poner remedio a tanto desorden, y los 
sacerdotes se armaron contra él. El pueblo se dividió en facciones, 
y entre ellas se encendió una guerra, que, como todas las civiles, 
ocasionó gravísimos males. Toltecatl, cansado de regir un pueblo 
tan indócil, y temiendo perecer en la tempestad, se ausentó de la 
ciudad con otros nobles, y pasando los montes, llegó a Tlalmanalco. 



188 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

El gobernador de esta ciudad dio aviso al rei de Megico, el cual hizo 
morir a todos aquellos fugitivos, en pena de su rebeldia, y envió sus 
cadáveres a Huejotzinco para aterrar a los que habian abrazado la 
misma causa. 

Nueva inunddcion de Megico. 
El año de 1498, pareciendole al rei de Megico, que la navegación 
del lago se habia hecho difícil por falta de agua, quiso aumentar su 
volumen, con la del manantial de Huitzipolochco, de que se servían 
los Coyoacaneses. Mandó llamar, con este obgeto, a Tzotzomatzin, 
señor de Coyoacau, y este le hizo ver que aquella fuente no era per- 
petua ; que unas veces estaba seca, y otras, salían sus aguas con tanta 
abundancia, qne podria ocasionar graves daños a la capital. Ahuitzotl, 
creyendo que las razones de Tzotzomatzin eran protestos que buscaba 
para no servirlo, insistió en su orden, y viendo que el otro insistía en 
sus dificultades, lo despidió enojado, y mandó darle muerte. Tal suele 
ser la recompensa de los buenos consejos, cuando los principes, osti- 
nado en algún capricho, desoyen las sensatas advertencias de sus 
subditos fieles. Ahuitzotl, no queriendo de ningún modo abandonar 
su proyecto, mandó hacer un vasto acueducto de'Coyoacan a Me- 
gico*, y por él se condujo el agua, con muchas ceremonias supersti- 
ciosas, pues algunos sacerdotes lo incensaban, otros sacrificaban codor- 
nices, otros untaban con su sangre las margenes del canal, otros toca- 
ban instrumentos, y todos solemnizaban la venida del agua. El sumo 
sacerdote llevaba el mismo vestido con que solían representar a Chal- 
chihuitlícue, diosa que presidia aquel elemento f. a. 

Con este ceremonial llegó el agua a Megico : pero no tardó en 
convertirse en llanto la común alegría: por que habiendo sido las 
lluvias de aquel año estraordinariamente copiosas, creció tanto el agua, 
que inundó la ciudad, en términos que muchas casas se arruinaron, y 
no se podía transitar por las calles sino en barcos. Hallándose un día el 
rei en un cuarto bajo de su palacio, entró de repente el agua, en tanta 
abundancia, que dándose prisa a salir por la puerta, la cual no era muí 
alta, se hizo en la cabeza tan terrible contusión, que poco después le 

* Este acueducto fue enteramente desecho por alguno de los sucesores de 
Ahuitzotl, pues no quedaban trazas de él cuando llegaron a Megico los 
Españoles. 

f El P. Acosta dice que todos estos sucesos estaban representados en una pin- 
tura Megicana que existia en su tiempo, y quizas existe ahora en la biblioteca 
del Vaticano. 



MUERTE DE AHUITZOTL. 189 

ocasionó la muerte. Afligido con los males de la inundación, y con 
los clamores del pueblo, llamó en su ayuda al rei de Acolhuacan, el 
cual hizo sin tardanza reparar el dique hecho por consejo de su padre 
Nezahualcoyotl en el reinado de Moteuczoma. 

Apenas libres los Megicanos de aquella calamidad tubieron que 
sufrir el año siguiente la de la escasez de grano, por haberse perdido 
el maiz de resultas de la abundancia de agua : pero al mismo tiempo 
tubieron la fortuna de descubrir en el valle de Megico una cantera de 
ietzontli, que fue después un gran recurso para la construcción de los 
(edificios de aquella gran ciudad. Empezó inmediatamente el rei a 
emplear aquella especie de piedra en los templos, y a su imitación los 
particulares la emplearon en sus casas. Ademas de esto hizo reedi- 
ficar todas las que se habian arruinado, dándoles mejor forma, y 
aumentando notablemente la hermosura, y la magnificencia de su 
corte. , , 

Nuevas conquistas y muerte del rei Ahuitzotl. 

Pasó este rei los dos últimos años de su vida en frecuentes guerras 
contra Izquijochitlan, Amatlan, TlacuiloUan, Jaltepec, Tecuantepec, 
y Huejtola. Tliftototl, general Megicano, terminada la primera de 
estas campañas, llevó sus armas victoriosas hasta Quahtemallan, o 
Guatemala, a mas de novecientas millas a Sudeste de Megico, en 
cuya espedicion hizo, según los historiadores, prodigios de valor : pero 
ninguno da pormenores sobre sus hazañas, ni sabemos tampoco que 
aquel territorio quedase sugeto a la corona de Megico. 

Fi'j^lmente, el año de 1502, después de cerca de veinte años de 
reinado, murió Ahuitzotl, de la enfermedad que le ocasionó la con- 
tusión de que hemos hablado. Era aficionadisimo a la guerra, y fue 
uno de los monarcas que mas ampliaron los dominios de aquella 
corona. En la época de su muerte, los Megicanos poseian casi todo 
lo que tenian a la llegada de los Españoles. Ademas del valor, tubo 
otras prendas reales, como la magnificencia, y la liberalidad, que le 
dieron gran celebridad en aquellos pueblos. Hermoseó de tal manera 
la ciudad con suntuosos edificios, que llegó a ser, bajo su reinado, la 
mayor y mas bella del nuevo mundo. Cuando recibia los tributos de 
las provincias, congregaba al pueblo, y por sus manos distribuia viveres, 
y ropa a los necesitados. Remuneraba a los capitanes, y soldados 
que se señalaban en la guerra, y a los ministros, y empleados de la 
corona que lo servian fielmente, con oro, plata, joyas, y hermosas 
plumas. Estas virtudes estaban oscurecidas por algunos defectos. 



190 HISTORIA ANTIGUA DE MBGICO. 

pues era caprichoso, vengativo, cruel a veces, y tan dado a la guerra, 
que parecia mirar con odio la paz : de modo que su nombre se usa 
todavía, aun por los Españoles de aquel pais, para significar un hombre 
que con sus molestias, y vejaciones no deja vivir a nadie*. Por otro 
lado, era de buen humor, y tanto se deleitaba en la música, que ni de 
dia ni de noche faltaba esta diversión en palacio, con gran perjuicio de 
los negocios públicos ; pues le robaba gran parte del tiempo y de la aten- 
ción que hubiera debido emplear en el gobierno de los pueblos. No 
era menos inclinado al amor de las mugeres. Sus antepasados solian 
tener muchas, creyendo ostentar mayor autoridad y grandeza, en razón 
del numero de personas destinadas a sus placeres secretos. Ahuitzotl, 
habiendo ampliado tanto sus dominios, y engrandecido el poder de la 
corona, quiso significar su superioridad, en el numero exesivo de las 
mugeres con quienes sucesivamente se casó. Tal era el estado de la 
corte de Megico al principio del siglo XVI : de aquel siglo tan fecundo 
en grandes sucesos, y en que debía mudar de aspecto el reino, y tras- 
tornarse la situación política, y moral del nuevo mundo. 

• Los Españoles dicen : fulano ea mi ' Ahuizote, a nadie le falta su Ahuizote, 
8fc. (/ 



m. 



LIBRO QUINTO. 



Sucesos de Moteuczoma II, nono rei de Megico, hasta el año de 1519. Noticias de 
su vida, de su gobierno, y de la magnificencia de sus palacios, jardines, y bosques. 
Guerra de Tlascala, y sucesos de Tlahuicole capitán Tlascalés. Muerte y elogio 
de Nezahualpilli, rei de Acolhuacan, y nuevas revoluciones de aquel reino. Pre- 
sagios de la llegada, y de la conquista de los Españoles. 

Moteuczoma II, nono rei de Megico^ 
Muerto Ahuitzotl, y celebradas sus exequias con estraordinária 
magnificencia, se procedió a la elección del nuevo soberano. No 
existia ya ninguno de los hermanos de los últimos reyes, y, según las 
leyes del reino, debia suceder al rei difunto, alguno de sus sobrinos, 
hijo de sus antepasados. • Estos eran muchos, porque de los hijos de 
Ajayacatl, aun virian Moteuczoma*, Cuitlahuac, Matlatzincatl, Pina- 
huitzin, Cecepacticatzin ; y de los de Tízoc, Imactlacuijatzin, Tepe- 
huatzin, y otros, cuyos nombres ignoramos. Fue preferido a los otros 
Moteuczoma, a quien, para distinguirlo del otro rei del mismo nombre, 
fue dado el titulo de Jocoyotzin f. Era generalmente estimadísimo 
este principe, no solo por el valor que habia. manifestado en las bata- 
llas, mientras fue gefe de los egercitos, si no por el cargo que desem- 
peñaba de sacerdote ; por su gravedad, por su circunspección, y por 
su celo religioso. Hablaba poco, y era notable su mesura en acciones 
y palabras, de modo que su opinión eria oida con gran respeto en el 
consejo real. Diose parte de la elección a los reyes aliados, y estos 
pasaron inmediatamente a la corte a darle la enhorabuena. Moteuc- 
zoma, noticioso de esto, se retiró al templo, dando a entender que se 
creia indigno de tan alto honor. AUi pasó la nobleza a darle cuenta 
de su elección, y lo condujo con gran acompañamiento a palacio, donde 
los electores le intimaron solemnemente el nombramiento que en él 

* El autor de las anotaciones sobre las cartas del conquistador Hernán Cortés, 
impresas en Megico el año de 1770, dice que Moteuczoma II era hijo del primer 
rei del mismo nombre : error desmentido por un gran numero de autoridades. 

t Los Megicanos llamaron al primer Moteuczoma Huehue, y al segundo 
Jocoyotzin, nombres equivalentes al sénior, y júnior de los latinos. 



^ 



192 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

habían hecho para ocupar el trono de Megico. Volwo en seguida al 
templo para hacer las ceremonias acostumbradas, y terminadas estas, 
recibió en el trono los homenages de los nobles, y escuchó las arengas 
gratulatorias de los oradores. La primera fue la de Nezahualpilli, 
rei de Acolhuacan, que vamos a presentar a nuestros lectores, como 
la han conservado los M egicanos. 

** La gran ventura, dijo, de la monarquia Megicana, se manifiesta 
en la concordia que ha reinado en esta elección, y en los grandes 
aplausos con que de todos ha sido celebrada, Justa es en verdad esta 
alegría: por que el reino de Megico ha llegado a tal engrandeci- 
miento, que no bastaría a sustentar tan grave peso, ni menor fuerza 
que la de vuestro invencible corazón, ni menor sabiduría que la que 
en vos admiramos. Claramente veo cuan grande es el amor con que 
favorece a esta nación el Dios Omnipotente : pues la ha iluminado 
para escoger lo que mas puede convenirle. ¿ Quien pondrá en duda 
que, el que siendo particular supo penetrar los secretos del cielo, 
conocerá, siendo monarca las cosas de la tierra, para emplearlas en 
bien de sus subditos*? Quien tantas veces ha ostentado la gran- 
deza de su animo ¿ qué no hará ahora, cuando tanto necesita aquella 
eminente cualidad ? ¿ Quien puede creer que don le hai tanto valor 
y sabicluria no se halle también el socorro de la viuda, y del huérfano? 
El imperio Megicano ha llegado, sin duda, a la cúspide del poder, 
pues tanto os ha dado el Criador del cielo, que inspiráis respeto a 
cuantos os miran. Alégrate pues, nación venturosa, por haberte 
tocado en suerte un principe que sera el apoyo de tu felicidad, y en 
quien los subditos hallarán un padre, y un hermano. Tienes en efecto 
un soberano que no se aprovechará de su autorídad para darse a la 
molicie, y estarse en el lecho, abandonado a los pasatiempos, y a los 
deleites : antes bien en medio de su reposo le inquietará el corazón, 
y lo despertará el cuidado que tendrá de ti, ni hallará sabor en el 
manjar mas delicado, por la inquietud que le ocasionará el deseo de 
tu bien. Y vos, nobilísimo príncipe, y poderoso señor, tened animo, 
y confiad en que el Críador del cielo, que os ha exaltado a tan emi- 
nente dignidad, os dará fuerzas para desempeñar las obligaciones 
anexas a ella. Quien ha sido hasta ahora tan liberal con vos, no os 
negará sus preciosos dones, habiéndoos él mismo subido a esta altura, 
en que os anuncio muchos, y muí felices años." 

Escuchó Moteuczoma atentamente este discurso, y tanto se enter- 

* Estas espresiones dan a entender que Moteuczoma se habia dedicado al 
estudio de la Astronomía. 



CONDUCTA Y CEREMONIAL DE MOTEUCZOMA. 193 

necio, que tres veces quiso responder, y se lo estorvaron las lagrimas 
producidas por una dulce satisfacción que tenia toda la apariencia de 
la humildad: pero al fin, habiendo podido reprimir el llanto, respondió 
en pocas palabras, reconociéndose indigno del honor a que lo habian 
exaltado sus compatriotas, y dando gracias al rei su aliado, por los 
elogios con que lo favorecía, y habiendo escuchado las otras arengas, 
permaneció en el tenüplo, para hacer el ayuno de cuatro dias, y de allí 
fue con gran aparato reconducido a palacio. 

Pensó después en hacer la guerra para proporcionarse las victimas 
<jue debian morir en la coronación. Tocó aquella desgracia a los 
Atlijqueses, que poco antes se habian rebelado contra la corona. 
Salió pues el rei de su corte, con la flor de la nobleza, y con sus her- 
manos, y primos. En esta guerra perdieron los Megicanos algunos 
valientes caudillos ; pero sin embargo, volvieron a imponer a los re- 
beldes el antiguo yugo, y Moteuczoma regresó victorioso, conducieqdo 
consigo los desventurados prisioneros, que iban a ser sacrificados. 
Celebróse la función con tal aparato de juegos, bailes, representaciones 
teatrales, y iluminaciones, y con tal abundancia de tributos enviados 
por las j)rovinciafL que acudieron a presenciarla habitantes de pueblos 
remotisimos, que nunca se habian visto en Megico, y aun los Tlasca- 
leses, y Michuacaneses se disfrazaron para confundirse entre los 
espectadores: mas habiéndolos descubierto Moteuczomo, los hizo 
alojar, y regalar' con real magnificencia, y mandó disponer unos 
tablados de donde pudiesen ver mas cómodamente los festejos, y 
-ceremonias, 

Conducta y ceremonial de Moteuczoma. 

El primer hecho notable de Moteuczoma, después de su coronación, 
fuá recompensar con el estado de Tlachauhco los grandes servicios 
<iue habia hecho a sus antecesores, en muchas campañas, un célebre 
capitán llamado Tliljochitl: principio verdaderamente feliz, si a él 
hubieran correspondido los actos que le siguieron. Pero apenas em- 
pezó a usar de su autoridad, empezó a descubrir el orgullo qu^ hasta 
entonces habia ocultado en su corazón, bajo las apariencias de la 
modestia. Todos sus antecesores habian acostumbrado conferir los 
empleos a los hombres de mas mérito,, o a los que les parecían mas 
capaces de desempeñarlos, sin distinction de nobles, y plebeyos, no 
estante el convenio celebrado entre la nobleza, y el pueblo en tiempo 
de Itzcoatl. Cuando Moteuczoma tomó las riendas del gobierno, 
se mostró de otra opinión, y desaprobó la conducta de los otros reyes, 

TOMO I. o 



194 HISTORIA ANTIGUA HK MBGICO. 

bajo e! pre testo de que los plebeyos obraban según su clase, manifes- 
tando en todas sus acciones la bageza de su origen, y de su educa- 
ción. Animado por estos principios, los despojó de los puestos que 
ocupaban en su palacio, y corte, declarándolos incapaces de obtenerlos 
en lo sucesivo. Un prudente anciano', que habia sido su ayo, le hizo 
ver que esta providencia podría atraerle el odio de una gran parte de 
sus subditos : mas nada bastó a disuadirlo. 

Toda la servidumbre de su palacio se componia de personas princi- 
pales. Ademas de las que lo habitaban, que eran muchas, cada 
mañana entraban en él seiscientos señores feudatarios, y nobles para 
hacerle la corte. Estos pasaban todo el dia en las antecámaras, donde 
no podian entrar los de la servidumbre, hablando bajo, y aguardando 
las ordenes del rei. Los criados que acompañaban a estos perso- 
nages eran tantos, que llenaban los tres patios de palacio, y muchos 
quedaban en la calle. No era menor el numero de las mugeres que 
habia en la casa real, entre señoras, criadas, y esclavas. Toda esta 
muchedumbre vivia encerrada en una especie de serrallo, bajo la cus- 
todia de algunas nobles matronas, que velaban sobre su conducta : 
pues .aquellos reyes eran mui celosos, y cualquier ^jceso que notaban 
en palacio, lo castigaban con el mayor rigor, por pequeño que fuese. 
De estas mugeres tomaba el rei para si las que mas le agradaban, y 
con las otras recompensaba los servicios de sus subditos*. Todos los 
feudatarios de la corona debian residir algunos meses del año en la 
c'diírte, y al volver a sus estados dejaban en ella a sus hijos o hermanos, 
como rehenes exigidos por el rei, para asegurarse de su fidelidad, por 
lo que les era preciso tener casa en Megico. 

Otro rasgo del despotismo de Moteuczoma fue el ceremonial que 
introdujo en la corte. Nadie podia entrar en palacio para servir 
al rei, o para tratar con éi de algún asunto, sin descalzarse antes 
a la puerta. A nadie era licito parecer en su presencia con trages 
de lucimiento ; porque se creia que esto era falta de respeto a 
su dignidad : asi que los magnates mas distinguidos, exepto los 
parientes del monarca, se despojaban de sus galas, o a lo menos 
las cubrian con un ropage ordinario, en señal de humildad. To- 
dos al entrar en la sala de audiencia, y antes de hablar al rei, 
hacian tres inclinaciones, diciendo en la primera señor, en la se- 
gunda, señor mió, y en la tercera gran señor f. Hablaban en voz 

* Algunos historiadores dicen que Moteuczoma tubo al mismo tiempo ciento, 
y cincuenta mugeres embarazadas : mas esto parece increíble. 

f Las palabras Megicanas son Ttatoani, Notlatocatjin, y Hucitlatoani. 



CONDUCTA Y CEREMONIAL DE MOTEUCZOMA. 195 

baja, y con la cabeza inclinada, y recibian la respuesta del rei por 
medio de un secretario, con tanta humillación, y respeto, como si fuera 
la de un oráculo. Al despedirse, no podian volver la espalda al 
trono. 

Gomia Moteuczoma en la misma sala en que daba audiencia. 
Servíale de mesa un gran almohadón, y de silla un banco bajo. La 
vagilla era del barro fino de Cholollan. La mantelería era de algodón, 
pero mui fina,- blanca, y limpísima. Ninguno de los utensilios de que 
usaba para comer le servia mas de una vez : pues los daba inmediata- 
mente a alguno de los nobles. Las copas, en que le presentaban el 
chocolate, y las otras bebidas hechas con cacao, eran de oro, o de con- 
chas hermosas del mar, o ciertos vasos naturales, curiosamente barniza- 
dos, de que después hablaremos. Tenia también platos de oro : pero solo 
los usaba en el templo, y en ciertas solemnidades. Los manjares eran 
tantos, y tan varios, que los Españoles que los vieron quedaron ad- 
mirados. Cortés dice que llenaban el pavimento de una gran sala, y 
que se presentaban a Moteuczoma fuentes de toda especie de vola- 
tería, peces, frutas, y legumbres. Llevaban la comida trescientos o 
cuatrocientos jóvenes nobles, en bien ordenadas filas. Ponian los 
platos en la mesa antes que el rei se sentase, e inmediatamente se 
retiraban : y afin de que no se enfríase la comida, cada plato tenia 
un braserillo debajo. El rei señalaba, con una vara que tenia en la 
mano, los platos de que quería comer, y lo demás se distríbuia entre 
los nobles que estaban en las antecámaras. Antes de sentarse, le 
ofrecían agua para lavarse las nfenos, cuatro de sus mugeres, las mas 
hermoí>Js del serrallo, las cuales permanecían en pie todo el tiempo de 
la comida, juntamente con los principales ministros, y el mayordomo. 

Inmediatamente que el rei se ponia a la mesa, cerraba el mayor- 
domo la puerta de la sala, a fin de que ninguno de los otros nobles lo 
viese comer. Los ministros se mantenían a cierta distancia, y sin 
hablar, exepto cuando respondían a lo que el reí les preguntaba. El 
mayordomo, y las cuatro mugeres le servían los platos, y otras dos el 
pan de maíz, amasado con huevos. Muchas veces se tocaban ins- 
trumentos durante la comida: otras se divertía el rei con los dichos 
burlescos de ciertos hombres diformes que mantenía por ostentación. 
Tenía gran placer en oírlos, y decía que entre las burlas solían darle 
avisos importantes. Después de la comida, fumaba tabaco mezclado 
con ámbar, en una pipa o caña preciosamente barnizada, y con el 
humo concillaba el sueño. 

Después de haber dormido un poco, daba audiencia a sus subditos, 

o2 



196 HISTORIA ANTIGUA DE MEGIOO. 

oyendo atentamente cuanto le decían, animando a los que no se atre- 
vían a hablar, y respondiendo por medio de sus ministros o secretarios. 
A la audiencia seguia un rato de música, pues una de las cosas que 
mas lo deleitaban era oir cantar las acciones ilustres de sus antepa- 
sados. Otras veces se divertía en ver ciertos juegos, de que hablare- 
mos después. Cuando salía de casa, lo llevaban en hombros los 
nobles, en una litera abierta, y bajo un esplendido dosel. Acompa- 
ñábalo un séquito numeroso de cortesanos, y por donde pasaban, 
todos se detenían, y cerraban los ojos, como sí temiesen que los des- 
lumhrase el esplendor de la magostad. Cuando bajaba de la litera 
para andar, se estendían alfombras a fin de que sus pies no tocasen 
la tierra. 

Magnificencia de los palacios, y casas reales. 

Correspondían a todo este pomposo aparato la grandeza y magni- 
ficencia de las casas reales, de las quintas, bosques, y jardines. El 
palacio de su ordinaria residencia era un vasto edificio de piedra, y 
cal, ' con veinte puertas, que daban a la plaza, y a las calles, tres 
grandes patíos, y en uno de ellos una hermosa fuent^, muchas salas, y 
mas- de cien piezas pequeñas. Algunas de las cámaras tenían los 
muros cubiertos de marmol, o de otra hermosa piedra. Los techos 
eran de cedro, de^cipres, o de otra exelente madera, bien trabajada, 
y adornada. Entre las salas había una tan grande, que, según un 
testigo de vista, cabían en ella tres mil hombres*. Ademas de aquel 
palacio, tenía otros dentro y fuera de Fá ciudad. En Mcgico, ademas 
del serrallo para sus mugeres, tenía habitaciones para sus consogeros, 
y ministros, y para todos los empleados de su servidumbre, y de su 
corte, y aun para alojar a los estrangeros ilustres, y especialmente a 
los dos reyes aliados. 

Tenia dos casas en Megico para anímales : una para las aves que 
no eran de rapiña : otra para estas, y para los cuadrúpedos, y rep- 
tiles. En la primera había muchas cámaras, y corredores, con colum- 
nas de marmol de una pieza. Estos corredores daban a un jardín, 
donde, entre la frondosidad de los arboles, se veían diez estanques, 
los unos de agua dulce, para las aves acuáticas de rio, y los otros 
de agua salada, para las de mar. En lo demás de la casa habia' 
tantas especies de pájaros, que los Españoles que los vieron, 

* El conquistador anónimo en su apreciable relación : y añade que habiendo 
estado cuatro veces en el palacio, y andado por él hasta cansarse, no pudo verlo 
iodo.. 



PALACIOS, Y CASAS REALES. M)7 

quedaron maravillados, y no creían que faltaba ninguna de las especies 
que hai en la tierra. A cada una se suministraba el mismo alimento de 
que usaba en estado de libertad; ora de granos, de frutos, o de insectos. 
Solo para los pájaros que vivian de peces, se consumían diez canastas de 
estos diarias, como dice Cortés en sus cartas a Carlos V. Trescientos 
hombres, según dice él mismo, se empleaban en cuidar de aquellas 
aves, ademas de los médicos, que observaban sus enfermedades, y 
aplicaban los remedios oportunos. De aquellos trescientos empleados, 
unos buscaban lo que debía servir de alimento a las aves, otros lo 
distribuían, otros cuidaban de los huevos, y otros las desplumaban en 
la estación oportuna, pues ademas del placer que el reí tenia en ver 
alli reunida tanta multitud de anímales, se empleaban las plumas en 
ios famosos mosaicos de que después hablaremos, y en otros trabajos, 
y adornos. Las salas y cuartos de aquellas casas eran tan grandes, 
que, como dice el mismo conquistador, hubieran podido alojarse en 
ellas dos principes, con sus comitivas. Una de ellos estaba situada 
en el lugar que hoi ocupa el convento grande de San Francisco. 

La otra casa destinada para las fieras tenia un grande y herJioso 
patio, y estaba dividida en muchos departamentos. En uno de ellos 
estaban todas las aves de presa, desde el águila real hasta el cernícalo, 
y de cada especie había muchos individuos. Estos estaban distribuidos, 
según sus especies, en estancias subterráneas, de mas de siete píes de 
profundidad, y mas de diez y siete de ancho, y largo. La mitad de 
cada pieza estaba cubierta de esteras, y ademas tenían estacas fijas en 
la pared, para que pudieran dormir, y defenderse de la lluvia. La otra 
mitad ^staba cubierta de una celosía, con otras estacas, para que 
pudiesen gozar del sol. Para mantener 'a estas aves se mataban 
cada día quinientos pabos. En el mismo edificio había muchas salas 
bajas, cort gran numero de jaulas fuertes de madera, donde estaban 
¡encerrados los leones, los tigres, los lobos, los coyotes, los gatos mon- 
teses, y todas las otras fieras, a las que se daban de comer ciervos, co- 
nejos, liebres, techiches, y los intestinos de los hombres sacrificados. 
• No solamente mantenía el reí de Megico todas aquellas especies 
de animales, que los otros principes mantienen por ostentación, si no 
también los que por su naturaleza parecen esentos de la esclavitud, 
como los cocodrilos, y las culebras. Estas, quer eran de muchas 
especies estaban en grandes vasijas, y los cocodrilos en estanques 
circundados de paredes. Había también otros muchos estanques 
para peces, de los cuales aun se conservan dos hermosos, uno de 



198 HISTORIA ANTIGUA DB MEGIGO. 

los cuales he visto yo en el palacio de Chapoltepec, a dos millas de 
Mcgico. 

No contento Moteuczoma con tener en su palacio toda clase de 
animales, habia reunido también todos los hombres, que o por el 
color del cabello, o por el del pellejo, o por alguna otra diformidad, 
podían mirarse como rarezas de su especie. Vanidad ciertamente 
provechosa, pues aseguraba la subsistencia a tantos miserables, y los 
preservaba de los crueles insultos de los otros hombres. 

En todos sus palacios tenia hermosísimos jardines, donde crecían 
las flores mas preciosas, las yerbas mas fragantes, y las plantas de 
que se hacia uso en la medicina. También tenia bosques, rodeados 
de tapias, y llenos de anímales, en cuya caza se solia divertir. Uno 
de estos bosques era una isla del lago, conocida actualmente por los 
Españoles con el nombre del peñón. 

De todos estas preciosidades no queda mas que el bosque de Cha- 
poltepec, que los virreyes Españoles han conservado para su recreo. 
Todo lo demás fue destruido por los conquistadores. Arruinaron los 
magníficos edificios de la antigüedad Megicana, ya por un celo indis- 
creto de religión, ya por venganza, ya enfin para servirse de los mate- 
riales. Abandonaron el cultivo de los jardines reales, abatieron los 
bosques, y redugeron a tal estado aquel país, que hoí no se podría 
creer la opulencia de sus reyes, si no constase por el testimonio de 
los mismos que la aniquilaron. 

Tanto los palacios, como los otros sitios de recreo, se tenian 
siempre con la mayor limpieza, aun aquellos a los que nunca iba 
Moteuczoma, pues no habia cosa en que tanto se esmerase, 'íomo el 
aseo de su persona, y de todo lo que le pertenecía. Bañábase cada 
dia, y para esto tenía baños en todos sus palacios. Cada día se 
mudaba cuatro veces de ropa, ) la que una vez le servía, no volvía 
a servirle mas, si no que la regalaba a los nobles, y a los soldados 
que se distinguían en la guerra. Empleaba diariamente, según dicen 
los historiadores, mas de mil hombres en barrer las calles de la ciudad. 
En una de las casas reales habia una gran armería, donde se guar- 
daban toda especie de armas ofensivas, y defensivas, y las insignias, 
y adornos militares usados en aquellos pueblos. En la construcción 
de estos objetos empleaba un numero ¡ncreible de operarios. Para 
otros trabajos tenia plateros, artífices de mosaico, escultores, pintores, 
y otros. Habia un distrito entero habitado por bailarines destinados 
a su diversión. 



CARÁCTER DB MOTEUCZOMA. 1S9 

Lo bueno, y lo malo de Moteuczoma. 

Su celo por la religión no era inferior a su lujo y magnificencia. 
Edificó muchos templos a sus dioses, y les mandaba hacer frecuentes 
sacrificios, observando escrupulosamente los ritos, y las ceremonias 
establecidas. Cuidaba mucho de que los templos, y especialmente 
el principal de Megico, estubiesen bien servidos, y sumamente asea- 
dos: pero envilecia su animo el vano temor de los agüeros, y de los 
supuestos oráculos de aquellas falsas divinidades. Celaba con esmero 
la observancia de sus mandatos, y la egecucion de las leyes del reino, 
y era inexorable en el castigo de los transgresores. Tentaba a veces, 
por medio de otra persona, y con regalos, la codicia de los jueces, y 
si hallaba a alguno culpable, lo castigaba irremisiblemente, aunque 
fuese de la mas alta nobleza. 

Era implacable enemigo del ocio, y para estirparlo, en cuanto fuese 
posible en sus estados, procuraba tener siempre ocupados a sus sub- 
ditos : a los militares, en continuos egercicios de guerra, y a los otros 
en el cultivo de los campos, y en la construcción de nuevos edi^cios, 
y de otras obras publicas, y aun a los mendigos, a fin de darles ocu- 
pación, les impifso el deber de contribuir con cierta cantidad de 
aquellos inmundos insectos, que son los productos del desaseo, y los 
compañeros de la miseria. Esta opresión en que tenia a los pueblos, 
los inmensos tributos que les habia impuesto, su altaneria, su orgullo, 
y su estraordinaria severidad en castigar las mas pequeñas faltas, 
producían general descontento en toda clase de habitantes : mas por 
otro 1^0 sabia atraerse su afecto, supliendo generosamente sus nece- 
sidades, y recompensando con profusión a los que lo servían. Un 
rasgo que merece los mayores elogios, y que debería ser imitado por 
todos los principes, fue el destino que dio a la, ciudad de Colhuacan, 
convirtiendola en hospital de inválidos, para todos aquellos que des- 
pués de haber servido fielmente a la corona en los empleos militares y 
políticos, necesitaban asistencia y esmero, sea por su edad, sea por 
sus achaques. Alli a espensas del real erario, eran curados, y asistí- 
dos. Tales eran las cualidades buenas y malas del célebre Moteuc- 
zoma, y de ellas me ha parecido oportuno dar alguna idea al lector, 
antes de presentarle la serie de sus sucesos. 

Al principio de su reino mandó dar muerte a Malinalli, señor de 
Tlachquiauhco, por haberse rebelado contra la corona de Megico ; 
volvió a someter aquel estado, y conquistó el de Achiotlan. De alli 



200 HISTORIA ANTIGUA D£ ME6IC0. 

a poco estalló otra guerra mas grave, y mas peligrosa, cuyo éxito no 
fue tan feliz para sus armas. 

Guerra de Tlascala. 

En medio de tantas provincias sometidas u los Megicanos, por la 
fuerza de las armas las unas, y las otras por miedo de su poderío, la 
república de Tlascala se habia conservado firme, sin doblar el cuello a 
su yugo, apesar de estar tan poco distante de la capital de aquel im- 
perio. Los Huejotzinques, y los Choluleses, y otros estados vecinos, 
que habían sido aliados de aquella república, envidiosos de su prospe- 
ridad, babian irritado contra ella a los Megicanos, bajo el pretesto de 
que los Tlascaleses querían apoderarse de las provincias marítimas del 
seno, y de que por medio de su comercio con ellas, aumentaban con- 
tinuamente su poder, y su ríqueza, y procuraban seducir a los habi- 
tantes, para ponerlos bajo su dominio. Este comercio, de que se 
quejaban los descontentos, estaba justificado por la necesidad, pues 
ademas de ser los pobladores de aquellas provincias oríginarios de 
TlasQ,ila, y reputarse paríentes de los Tlascaleses, estos no podían 
proveerse en otros puntos del algodón, del cacao, y de la sal de que 
carecían. Sin embargo de tal manera exasperaron el animo de los 
Megicanos las representaciones de los Huejotzinques, y de los otros 
rivales de Tlascala, que empezando por Moteuczoma I, todos los 
reyes de Megico trataron a los Tlascaleses como a los mayores enemi- 
gos de su corona, y pusieron fuertes guarniciones en la frontera de 
aquella república, para impedir su comercio con las provincias maríti- 
mas. '«- 

Los Tlascaleses, viéndose privados de la libertad del trafico, y por 
consiguiente de las cosas necesarias a la vida, determinaron enviar 
una embajada a la nobleza Megicana (probablemente en el tiempo de 
Ajayacatl) quejándose del daño que les hacían las siniestras noticias 
de sus rivales. Los Megicanos, ensobervecidos con su prosperidad, 
respondieron que el rei de Megico era áeñor universal del mundo, y 
todos los mortales eran sus vasallos, y como tales, los Tlascaleses de- 
bían prestarle obediencia, y pagarle tributo a egemplo de las otras 
naciones : pero que si se reusaban a someterse, perecerían sin remi- 
sión, sus ciudades serian arruinadas, y su país habitado por otras 
gentes. A respuesta tan arrogante, y tan insensata, contestaron los 
embajadores con estas animosas palabras : " Poderosísimos señores, 
los Tlascaleses no os deben tríbuto alguno ; ni lo han pagado jamas a 



GUERRA DE TLASCALA. 201 

ningún principe, desde que sus antepasados salieron de los países 
septentrionales para habitar estas reglones. Siempre han vivido en el 
goce de su libertad, y no estando acostumbrados a esa esclavitud a 
que pretendéis reducirlos, lejos de ceder a vuestro poderlo, derrama- 
rán mas sangre que la que vertieron sus mayores en la famosa batalla 
de Poyauhtlan." 

Los Tlascaleses, afligidos por las ambiciosas pretensiones de los 
Megicanos, y perdida toda esperanza de reducirlos a aceptar condi- 
ciones moderadas, pensaron mas seriamente en fortificar sus fronteras 
para impedir una invasión. Ya habian circundado las tierras de la 
república con grandes fosos, y colocado fuertes guarniciones en la 
raya : pero con las nuevas amenazas de -los Megicanos, aumentaron el 
numero de las fortalezas, doblaron el de las tropas que las guarnecían, 
y fabricaron aquella famosa muralla de seis millas de largo, que impe- 
dia la entrada a su territorio por parte de Oriente, donde era mayor 
el peligro. Muchas veces fueron atacados por los Huejotzinques, por 
los Choluleses, por los Iztocaneses, por los Tecamachalqueses, y por 
otros estados vecinos, o poco distantes de Tlascala: mas todos ^llos 
no pudieron conquistar un palmo de tierra de la república : tales eran 
la vigilancia de lol Tlascaleses, y el valor con que hacian frente a los 
''invasores. 

Habíanse entre tanto acogido a su territorio muchos vasallos de la 
corona de Megico, especialmente Chalqueses, y Otomites de Jalto- 
can, que se salvaron de las ruinas de sus ciudades, en las guerras an- 
teriores. Estos aborrecían de muerte a los Megicanos, por los males 
que d(^ ellos habian recibido : por lo que los Tlascaleses vieron en 
ellos los hombres mas aptos a oponerse a las tentativas de sus enemi- 
gos. No se engañaron : pues en efecto, la mayor resistencia que 
hallaron los Megicanos fue la que les hicieron aquellos prófugos, espe- 
cialmente los Otomites, que eran los que guarnecían los fronteras, y 
que por los grandes servicios que hacian a la república, fueron por 
ella magníficamente recompensados. 

Durante los reinados de Ajacayatl, y de sus sucesores, los Tlas- 
caleses estubieron privados de todo comercio con las provincias marí- 
timas, de lo que resultó tal escasez de sal, que los habitantes se acos- 
tumbraron a comer los manjares sin aquel condimento, y no volvieron 
a usarlo hasta muchos años después de la conquista de los Españoles : 
pero los nobles, o a lo menos, algunos de ellos, tenían correspondencia 
secreta con los Megicanos, y por su medio se proveían de todo lo 
necesario, sin que llegase esto a noticia de la plebe de una ni otra 



202 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

ciudad. Nadie ignora que en las calamidades generales, los pobres 
son los que soportan todo el peso de la tribulación, mientras los ricos 
saben hallar medios de evitarla, o cuando menos de mitigar su rigor. 

Moteuczoraa entretanto no pudiendo sufrir que la pequeña repú- 
blica de Tlascala le negase la obediencia, y la adoración, que le 
tributaban tantos pueblos, aun de los mas remotos de su capital, mandó 
al principio de su reinado que los estados vecinos a los Tlascaleses 
alistasen tropas, y atacasen por todas partes aquella república. Los 
Huejotzinques confederados con los Choluseses pusieron sus huestes 
bajo el mando de Tecayahuatzin, gefe del estado de Huejotzinco, y 
este, prefiriendo por entonces la astucia a la fuerza, procuró con dones, 
y con promesas, atraer a su partido a los habitantes de Uueyotlipan, 
ciudad de la república, situada en la frontera del reino de Acolhuacan, 
y a los Otomites, que guardaban los otros puntos de la raya. Ni unos 
ni otros cedieron a sus alhagos, antes bien protestaron que estaban 
dispuestos a morir en defensa de la república. Los Huejotzinques, 
viéndose ya en el caso de echar mano de la fuerza, entraron con 
tantea ímpetu en Itts tierras de Tlascala, que no bastando a detenerlos 
las guarniciones de la frontera, llegaron, haciendo grandes estragos, 
hasta Gilojochitla, pueblo distante solo tres millas óe la capital. Alli 
les hizo gran resistencia Tizatlacatzin, célebre caudillo Tlascales ; mas 
al fin murió, oprimido por la muchedumbre de sus enemigos, los cuales, 
apesar de hallarse tan cerca de la capital, tubieron miedo de la ven- 
ganza de los Tlascaleses, y volvieron precipitadamente a sus territorios. 
Este fue el origen de las continuas batallas, y hostilidades que hubo 
entre aquellos pueblos, hasta la llegada de los Españoles. La historia 
no dice si en la ocasión de que vamos hablando, tomaron parte en la 
guerra los otros estados vecinos a Tlascala : quizas los Huejotzinques, 
y los Choluleses no les permitieron participar de su gloria. 

Los Tlascaleses quedaron tan exasperados contra los Huejotzinques, 
que no queriendo ya limitarse a la defensa del estado, pasaron muchas 
veces las fronteras, y atacaron a los enemigos en su propio territorio. 
Una vez los acometieron por las faldas de los montes, que están al 
Occidente de Huejotzinco*, y de tal modo los apretaron, que no 
pudiendo resistirles los Huejotzinques, pidieron socorro a Moteuczoma, 
el cual les envió un numeroso egercito, al mando de su hijo primo- 
génito. Estas tropas marcharon por la falda meridional del volcan de 
Popocatepec, donde se les agregaron las de Chieltan, y de Itzocan, 

* La ciudad de Huejotzinco no estaba entonces donde hoi se halla la del mismo 
nombre^ sino mas a Poniente. 



aUERRA DE TLASCALA. 208 

y de alli por Quauhquecholan, entraron en el valle de Atlijco. Los 
Tlascaleses, enterados del camino que habían tomado sus enemigos, 
determinaron hacerles una diversión, y atacarlos por retaguardia antes 
que se uniesen con los Huejotzinques. Fue tan impetuosa su arre- 
metida, que los Megicanos sufrieron una derrota completa, y aprove- 
chándose de su desorden los Tlascaleses, hicieron en ellos sangrien- 
tisirao estrago. Cayó entre los muertos el principe general en gefe, 
a quien se habia conferido aquel cargo, mas bien en consideración a 
su alto carácter, que por su pericia en el arte de la guerra. Los 
restos del egercito huyeron, y los vencedores, cargados de despojos, 
regresaron a Tlascala. Es de estrañar que no se dirigiesen inmedia- 
tamente a Huejotzinco, pues debian esperar que no fuese larga su 
resistencia : pero quizas no fue tan completa la victoria, que no espe- 
rimentasen también ellos una perdida considerable, y tendrían por mas 
conveniente ir a gozar los frutos de su triunfo, para entrar después con 
mayores fuerzas en campaña. Volvieron en efecto, pero fueron recha- 
zados por los Huejotzinques, que se hablan fortificado, y regresaron a 
Tlascala, sin otra ventaja, que la de haber hecho grandes daños ^n los 
campos de los enemigos, lo que les ocasionó tan gran escasez de 
víveres, que les fue preciso pedir socorros a los Megicanos, y a otros 
pueblos. 

Moteuczoma se apesadumbró como debía por la muerte de su hijo, 
y por la perdida de sus tropas, y deseoso de tomar venganza, hizo 
apercibir otro egercito en las provincias vecinas a Tlascala, para blo- 
quear toda la república ; pero los Tlascaleses, previendo lo que iba a 
Bucear, se habían fortificado estraordinariamente, y aumentado las 
guarniciones. Combatióse vigorosamente por una y por otra parte : 
pero al fin las tropas reales fueron rechazadas, dejando considerables 
riquezas en manos de sus enemigos. La república celebró con grandes 
regocijos estas prosperidades, y remuneró a los Otomites, a quienes 
principalmente se debian, confiriendo a los mas distinguidos de entre 
ellos la dignidad de Tejctli, que era la mas alta del estado, y dando a 
los gefes de aquella nación las hijas de los mas nobles Tlascaleses. 

No hai duda que si el rei de Megico se hubiera empeñado seria- 
mente en aquella lucha, hubiera al cabo sometido los Tlascaleses a su 
corona, porque aunque la república tenia grandes fuerzas, tropas 
aguerridas, y fronteras bien guardadas, su poder era mui inferior al de 
los Megicanos. Por lo que me parece verosímil lo que dicen los 
historiadores, a saber, que los reyes de Megico dejaron con toda in- 
tención subsistir aquel estado rival, distante apenas sesenta millas de 



204 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

SU capital, tanto para tener frecuentes ocasiones de egercitar sus tro- 
pas, como también, y principalmente, para proporcionarse los pri- 
sioneros necesarios a sus sacrificios. Uno y otro obgeto conseguian en 
los frecuentes ataques que ciaban a los pueblos de Tlascala. 

Tlahuicole, famoso general de los Tlascaleses. 
Entre las victimas Tlascaleses, es memorable en las historias de 
aquel pais un famosísimo general, llamado Tlahuicole*, en quien no 
se sabia si era mas admirable el denuedo de su animo, que la fnerza 
estraordinaria de su cuerpo. El macuahuitl, o espada Megicana con 
que combatía era tan pesada, que apenas podia alzarla del suelo un 
hombre de fuerzas ordinarias. Su nombre era el terror de los enemi- 
gos de la república, y todos huian, donde quiera que lo velan parecer 
con su formidable armamento. Este, pues, en un asalto que dieron 
los Huejotzinques a una guarnición de Otomites, se empeñó incauta- 
mente, en el calor de la acción, en un sitio pantanoso, de donde no 
pudiendo salir con la prontitud que queria, fue hecho prisionero, en- 
cerraíio eu una fuerte jaula, y de alli llevado a Megico, y presentado 
a Moteuczoma. Este monarca, que sabia apreciar el mérito, aun en 
sus enemigos, en vez de darle muerte, le concedió generosamente la 
libertad de volver a su patria : pero el arrogante Tlascales, no quiso 
aceptar aquella gracia, bajo el pretesto de no osar presentarse ante 
sus compatriotas, cubierto de ignominia. Dijo que queria morir, 
como los o,tros prisioneros, en honor de sus dioses. Moteuczoma, 
viéndolo tan resuelto a no volver a su patria, y no queriendo privar al 
mundo de un hombre tan célebre, lo tubo entretenido en su corb^ con 
la esperanza de hacerlo amigo de los Megicanos, y de emplear sus 
servicios en bien de la corona. Entretanto se encendió la guerra 
con los de Michuacan, cuyas causas y pormenores ignoramos entera- 
mente, y el rei encargó a Tlahuicole el mando de las tropas que envió 
a Tlajimaloyan, frontera, como ya he dicho, de aquel reino. Tlahui- 
cole correspondió a la confianza que habia merecido, y no habiendo 
podido desalojar a los Michuacaneses del sitio en que se hablan forti- 
ficado, hizo muchos prisioneros, y les tomó gran cantidad de oro, y 
plata. Moteuczoma apreció sus servicios, y volvió a concederle la 
libertad: pero reusandola él, como antes habia hecho, le ofreció el 
rei el alto empleo de Tlacatecatl, o sea general de los egercitos Me- 

* El suceso de Tlahuicole ocurrió verosímilmente en los últimos años del 
reinado de Moteuczoma ; pero me ha parecido conveniente anticiparlo por la re- 
lación que tiene con la guerra de Tlascala. 



OBRAS PUBLICAS. 206 

gicanos. A esto respondió el valiente republicano que no quería ser 
traidor a la patria, y que queria absolutamente morir, con tal que 
fuese en el sacrificio gladiatorio, que, como destinado a los prisioneros 
de mas nota, le seria mucho mas honroso que el ordinario. Tres 
años vivió aquel general en Megico, con una de sus mugeres, que 
habia ido de Tlascala a reunirsele, y es de creer que los Megicanos 
proporcionasen esta unión, a fin de que les dejase una gloriosa poste- 
ridad, que ennobleciese con sus hazañas la corte, y el reino de Megico. 
Finalmente viendo el rei la ostinacion con que reusaba todos los parti- 
dos que se le ofrecían, condecendio con su bárbaro deseo, y señaló el 
dia del sacrificio. Ocho dias antes empezaron los Megicanos a cele- 
brarlo con bailes, y cumplido aquel término, en presencia del rei, de 
la nobleza, y de una gran muchedumbre de pueblo, pusieron al prisio- 
nero Tlascalés, atado por un pie en el temalacatl, que era una piedra 
grande, y redonda en que se hacian aquellos sacrificios. Salieron uno 
a uno para combatir con él muchos hombres animosos, de los que 
mató, según unos, ocho, y hirió hasta veinte, hasta que cayendo medio 
muerto en tierra de un golpe que recibió en la cabeza, fue ll«^ado 
ante el idolo Huitzilopochtli, y alli le abrieron el pecho, le sacaron el 
corazón los sacerdotes, y precipitaron el cadáver por las escaleras 
del templo según el rito establecido. Asi terminó sus dias aquel 
valiente general, cuyo valor y fidelidad a su patria, lo hubieran 
elevado a la clase de héroes, si lo hubieran dirigido las luces de la 
religión. 

Hambfe en las provincias del imperio, y obras publicas en la Corte. 
Mientras se hacia la guerra con los Tlascaleses, se padeció hambre 
en algunas provincias del imperio, ocasionada por la sequedad de los 
dos años anteriores. Consumido todo el grano que tenian los parti- 
culares, tubo ocasión Moteuczoma de egercer su liberalidad ; abrió 
sus graneros, y distribuyó entre sus subditos todo el maíz que con- 
tenían : mas no bastando esto a remediar su necesidad, permitió, a 
imitación de Moteuczoma I, que fuesen a otros paises a proporcio- 
narse lo necesario para vivir. El año siguiente, que era el de 1505, 
habiendo habido una cosecha abundante, salieron los Megicanos a la 
guerra contra Quauhtemallau, provincia distante mas de novecientas 
millas de Megico, acia Sudeste. Mientras se hacia esta guerra, 
ocasionada probablemente por alguna hostilidad cometida por los 
Quauhtemalleses contra los subditos de la corona, se terminó ea 
Megico la fabrica de un templo erigido en honor de la diosa Centeotl, 



20S HISTORIA ANTIGUA DE MBOIGO. 

cuya solemne dedicación fue celebrada con el sacrificio de los prisio- 
neros hechos en la guerra. 

Habian por aquel tiempo los Megicanos ensanchado el camino que 
iba sobre el lago de Chapoltepec a Megico, y reconstruido el acueducto 
que en el mismo camino habia : pero la alegría que ocasionó la ter- 
minación de aquellas obras, se turbó con el incendio de la torre de un 
alto templo, llamado zomolli, de resultas de un rayo que en ella cayó. 
Los habitantes de la parte de la ciudad remota del templo, y particu- 
larmente los TJatelolques, no habiendo tenido noticia del rayo, se 
persuadieron que el incendio habia sido exitado por algunos enemigos 
que habian llegado repentinamente a la ciudad, por lo que se armaron 
para defenderla, y acudieron en tropel al templo. Tanto indignó a 
Moteuczoma aquella inquietud, atribuyéndola a un mero pretesto de 
los Tlatelolqaes para promover una sedición, (pues siempre estaba 
desconfiando de ellos,) que los privó de todos los empleos públicos 
que servían, y aun les prohibió que se presentasen en la corte, no 
bastando a disuadirlo de aquella resolución, ni las protestas que 
hicieron de su inocencia, ni los ruegos con que imploraban la cle- 
mencia real ; pero cuando se apaciguó aquel primer, Ímpetu de su co- 
lera, los restituyó a sus empleos, y a su gracia. 

Nuevas revueltas. 
Entretanto se rebelaron contra la corona los Mijteques, y los Zapo- 
feques. Los principales gefes de la rebelión, en que tomaron parte 
los nobles de ambas naciones, fueron Cetecpatl, señor de Coaijtla- 
huacan, y Nahuijochitl, señor de Tzotzollan. Antes de todo, maturon a 
traición a todos los Megicanos, que estaban en las guarniciones de 
Huagyacac, y de otros puntos. Cuando Moteuczoma tubo noticia de 
estos sucesos, mandó contra ellos un grueso egercito, compuesto de 
Megicanos, Tezcucanos, y Tepaneques, bajo las ordenes del principe 
Cuitlahuac, su hermano, y sucesor a la corona. Los rebeldes fueron 
prontamente vencidos, muchisimos de ellos hechos psisioneros con sus 
gefes, y saqueada su ciudad. El egercito volvió a Megico cargado 
de despojos ; los cautivos fueron sacrificados, y el estado de Tzot- 
zollan fue dado a Cozcaquauhtli, hermano de Nahuijochitl, por haber 
sido fiel al rei, anteponiendo la obligación de subdito a los vínculos de 
la sangre: pero se difirió el sacrificio de Cetecpatl, hasta que hubo 
descubierto los cómplices de su crimen, y los designios de los 
rebeldes. 



LOS HUEJOTMNQUES Y CHOI.ULESES. 207 

Disensión entre Huejotzinques y Choluleses. 
Poco tiempo después de esta espedicion, se siicitó una reyerta 
entre los Huejotzinques, y los Choluleses, sus amigos, y vecinos, no 
se por qué causa, y remitiendo la decisión a las armas, se dieron una 
batalla campal. Los Choluleses, como mas prácticos en el egercicio 
de la religión, del comercio, y de las artes, que en el de la guerra, 
fueron vencidos, y obligados a retirarse a su ciudad, a donde sus 
enemigos los persiguieron, matándoles mucha gente, y quemándoles 
algunas casas. Apenas consiguieron este triunfo los Huejotzinques, 
cuando se arrepintieron amargamente, temerosos del castigo que los 
amenazaba. Para evitarlo, enviaron a Moteuczoma dos personas de 
carácter, llamadas Tolimpanecatl, y Tzoncoztli, procurando justifi- 
carse, e inculpar a los Choluleses. Los embajadores, o por exaltar 
el valor de sus compatriotas, o por otro motivo que ignoro, exageraron 
de tal modo la perdida de los Choluleses, que hicieron creer al rei 
que todos hablan perecido, y que los pocos que se habían salvado, 
hablan abandonado la ciudad. Moteuczoma, al oir estos pormenores, 
se afligió estraordipariamente, y temió la venganza del dios Quet- 
zalcoatl, cuyo santuario que era de los mas célebres, y reverenciados 
de todo aquel pais, creia profanado por los Huejotzinques. Habién- 
dose aconsejado con los dos reyes aliados, mandó a Cholullan algunos 
personages de su corte, para informarse exactamente de todo lo que 
había ocurrido, y noticioso de que los embajadores le habían exagerado 
la verdad, se encolerizó de tal modo por este engaño, que sin dete- 
nerse úlfspachó a Huejotziuco un egercito, mandando al general que 
castigase severamente a los habitantes, si no le daban la debida satis- 
facción. Los Huejotzinques, previendo la tempestad que iba a des- 
cargar sobre ellos, salieron ordenados en forma de batalla a recibir a 
los Megicanos, y el general de estos se adelantó, y les espuso en estos 
términos la comisión que llevaba: " Nuestro señor Moteuczoma, que 
tiene su corte en medio de las aguas, Nezahualpilli, que manda en las 
orillas del lago, y Totoquíhuatzin, que reina al píe de los montes, me 
mandan deciros, que han sabido por vuestros embajadores la ruina de 
Cholullan, y la muerte de sus habitantes; que esta noticia los ha 
penetrado de dolor, y que se creen obligados a vengar tamaño aten- 
tado contra el venerable santuario de Quetzalcoatl." Los Huejotzin- 
ques respondieron que aquella noticia había sido mui exagerada, pero 
que la ciudad no tenia la culpa de la propagación de la mentira, y en 



208 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

prueba de ello se ofrecieron a satisfacer a los tres reyes con el castigo 
de los culpables. Hicieron conducir en seguida a los embajadores, y 
los entregaron al general, después de haberles cortado las orejas, y las 
narices, que era la pena de los que propagaban falsedades contrarias 
al bien público. Asi terminaron los males de la guerra, que de otro 
modo hubieran sido inevitables. 

Espedicion contra Atlijco y otros pueblos. 
Harto diferente fue la suerte de los Atlijqueses, que se habian 
rebelado contra la corona: pues fueron derrotados por los Megicanos, 
y estos les hicieron un gran numero de prisioneros. Ocurrió esto el 
raes de Febrero de 150(J, cuando, por haber terminado el siglo, se 
celebraba la fiesta de la renovación del fuego, con mucho mas aparato, 
y solemnidad, que en tiempo de Moteuczoma I, y en los otros afios 
seculares. Aquella fue la mas magnifica, y la ultima que celebraron 
los Megicanos. En ella fueron sacrificados muchos prisioneros, reser- 
vando otros para la dedicación del Tzompantli, que, como después di- 
reñios, era un edificio inmediato al templo mayor, donde se guardaban 
las calaberas de las victimas. 

Presagios de la guerra de los Españoles. 
Parece que no hubo guerra alguna en aquel año secular ; pero en 
el de 1507, los Megicanos hicieron una espedicion contra Tzolan, y 
Mictlan, pueblos Mijteques, cuyos habitantes huyeron a los montes, 
sin dejar otras ventajas a los Megicanos, que algunos prisioneros que 
hicieron de los pocos que se habian quedado en sus casas. ^De alli 
pasaron a subyugar a los de Quauhquechollan, que se habian rebelado, 
y en aquella ocasión ostentó su valor el principe Cuitlahuac, general 
del egercito. Murieron algunos valientes caudillos Megicanos, pero 
volvieron a imponer el yugo a los rebeldes, y les hicieron tres mil y 
doscientos prisioneros, que fueron sacrificados, parte en la fiesta de 
Tlacajipehualiztli, que se hacia en el segundo mes Megicano, y parte 
en la dedicación del santuario Zomolli, el cual después del ya men- 
cionado incendio, habia sido magnificaraente reconstruido. 

El año siguiente salió el egercito real, compuesto de Megicanos, 
Tezcucanos, y Tepaneques, contra la remota provincia de Amatlau. 
Al pasar por una altisima montaña, sobrevino una gran tempestad de 
nieve, que ocasionó terrible estrago en el egercito, pues los unos, que 
viajaban casi desnudos, y estaban acostumbrados a un clima suave, 



PRESAGIOS DE LA GUERRA DE LOS ESPAfíOLES. 209 

murieron de frío, y otros de la caída de los arboles qué arrancaba el 
viento. Del resto de las tropas, que continuaron mui disminuidas su 
viage, murió la mayor parte en las acciones. 

Esta y otras calamidades, unidas a la aparición de un cometa, 
pusieron en gran consternación a aquellos pueblos. Moteuczoma, 
que era demasiado supersticioso para ver con indiferencia aquel fenó- 
meno, consultó a los astrólogos ; y no habiendo podido estos darle una 
respuesta satisfactoria, hizo la misma pregunta al rei de Acolhuacan, 
que era mui dado a la astrologia, y a la divinacion. Estos reyes, aun- 
que parientes, y perpetuamente aliados, no vivían en mui buena ar- 
monía, desde que el de Acolhuacan había mandado dar muerte a su 
hijo Huejotzincatzin, sin dar oídos a los ruegos de Moteuczoma, que 
como tio de este principe, había implorado su perdón. Había ya 
mucho tiempo que no se trataban con la frecuencia, y confianza que 
antes ; pero en aquella época, el vano terror que se apoderó del 
animo de Moteuczoma, lo exitó a valerse del saber de Nezahualpílli : 
asi que le rogó que pasase a Megico, para tratar de aquel asunto, que 
a uno, y otro era tan interesante. Condescendió con sus ruegos tS reí 
de Acolhuacan, y después de haber discurrido largo tiempo con Mo- 
teuczoma, fue de opinión, según dicen los historiadores, que el cometa 
anunciaba las futuras desgracias de aquel reino, de resultas de la 
llegada de gentes estrañas. Pero no agradando tampoco esta inter- 
pretación a Moteuczoma, Nezahualpílli lo desafió a jugar al balón, que 
era juego muí común en aquellas gentes, y aun entre los mismos mo- 
narcas, y convinieron en que si el rei de Megico ganaba, el de Acol- 
huacan irenuncíaria a su interpretación, y la creería falsa; y sí ganaba 
este, aquel la adoptaría como verdadera. Insensatez verdaderamente 
ridicula de aquellos hombres, como si el éxito de una predicción de- 
pendiese de la destreza del jugador, o de la suerte del juego : pero 
menos perniciosa que la de los antiguos Europeos, que hacían depen- 
der de le barbarie del duelo, y de la incertídumbre de las armas, el 
honor, la inocencia, y la verdad. Quedó Nezahualpílli vencedor en 
el juego, y desconsolado Moteuczoma por la perdida, y por la confir- 
mación de tan triste vaticinio. Sin embargo, quiso tomar otras medi- 
das esperando hallar una esplicacíon mas favorable, que contrapesase 
la del rei de Acolhuacan. Hizo pues consultar a un famosísimo astro- 
logo mui versado en las supersticiones de la divinacion, con las que 
había adquirido tanta celebridad, y tanto influjo, que sin salir de su 
casa daba respuestas como un oráculo a los potentados, y a los reyes. 
Este hombre, sabiendo lo que habia ocurrido entre los dos monarcas, 
TOMO I. P 



210 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

en lugar de dar una respuesta favorable a sa soberano, o equivoca a 
lo menos, como hacen comunmente los que viven de semejantes patra- 
ñas, confirmó plenamente los funestos anuncios del rei de Acolhuacan ; 
con lo que se indignó de tal manera Moteuczoma, que en recompensa 
mandó destruir la casa del pobre astrólogo, quedando él sepultado en 
las ruinas. 

Estos y otros vaticinios de la ruina de aquel imperio, se ven en 
las pinturas Megicanas, y en las obras de los Españoles. Estoi 
mui lejos de pensar que todo lo que hallamos escrito sobre este 
asunto sea digno de crédito : pero tampoco puedo dudar de las tradi- 
ciones que existían entre los Megicanos, acerca de la próxima ruina 
de aquel imperio, de resultas de la venida de gentes estrañas, que se 
apoderarían de toda la tierra. No ha habido en todo el pais de 
Anahuac una sola nación culta o inculta que no haya admitido aquella 
creencia, como lo prueban las tradiciones verbales de las unas, y las 
historias de las otras. Es imposible adivinar el primer origen de 
una opinión tan general: pero desde que en los siglos xv y xvi, los 
nav gantes ayudados por la invención de la brújula empezaron a 
perder el miedo a la alta mar, y los Europeos, estimulados por la 
ambición, y por la sed insaciable del oro, se habian familiarizado con 
los peligros del océano, aquel maligno espíritu, enemigo capital del 
genero 'humano, que no cesa de espiar en toda la tierra las acciones 
de los mortales, pudo fácilmente congeturar los progresos maritimos 
de los pueblos de Oriente, el descubrimiento del nuevo mundo, y 
una parte de los grandes sucesos que alli debian ocurrir: y no es 
inverosímil que los predigese a la nación consagrada a su cul(p, para 
confirmar, con la misma predicción del porvenir, la errónea persuasión 
de su pretendida divinidad. Pero si el demonio pronosticaba futuras 
calamidades para engañar a aquellos miserables pueblos, el piado- 
sísimo autor de la verdad las anunciaba también para disponer sus 
espíritus a la admisión del evangelio. El suceso que voi a referir en 
confirmación de esta verdad, fue público, y estrepitoso, y ocurrió en 
presencia de dos reyes, y de toda la nobleza Megicana. Hallase 
ademas representado en algunas pinturas Megicanas, y de él se 
envió un testimonio juridico a la corte de España. 

Suceso memorahle de una princesa Megicana. 
Papantzin, princesa Megicana, y hermana de Moteuczoma, se habia 
casado con el gobernador de Tlatelolco, y muerto este, permaneció 
en su palacio hasta el año de 1509, en que murió también de enfer- 



SUCESO MEMORABLE DE PAPANTZIN. 211 

medad. Celebrarouse sus exequias con la magnificencia correspon- 
diente al esplendor de su nacimiento, con asistencia del reí su her- 
mano, y de toda la nobleza de ambas naciones. Su cadáver fue se- 
pultado en una cueva o gruta subterránea, que estaba en los jardines 
del mismo palacio, y próxima a un estanque en que aquella señora 
solia bañarse, y la entrada se cerró con una piedra de poco peso. 
El dia siguiente, una muchacha de cinco o seis años, que vivia en 
palacio, tubo el capricho de ir desde la habitación de su madre, a la 
del mayordomo de la difunta, que estaba mas allá del jardin, y al 
pasar por el estanque, vio a la princesa sentada en los escalones de 
este, y oyó que la llamaba con la palabra cocoton, de la que se sirven 
en aquel pais para llamar y acariciar a los niños. La muchacha, que 
por su edad no era capaz de reflexionar en la muerte de la princesfn, 
y pareciendole que esta iba a bañarse, como lo tenia de costumbre, 
se acercó sin recelo, y la princesa le dijo que fuese a llamar a la muger 
del mayordomo. Obedeció en efecto ; mas esta muger, sonriendo, y 
haciéndole cariños, le dijo: " hija mia, Papantzin ha muerto, y 
ayer la hemos enterrado." Mas como la muchacha insistía, y aufi la 
tiraba del trage, que alli llaman huepilli, ella, mas por complacerla, quo 
por creer lo que le decia, la siguió al sitio a que la condujo ; y apenas 
llegó a presencia de aquella señora, cayó al suelo horrorizada, y sin 
conocimiento. La muchacha avisó a su madre, y esta con otras dos 
mugeres, acudieron a socorrer a la del mayordomo, mas al ver a la 
princesa quedaron tan despavoridas, que también se hubieran des- 
mayado, si ella misma no les hubiera dado animo, asegurándoles que 
estaba Uva. Mandó por ellas llamar al mayordomo, y le encargó 
que fuese a dar noticia de lo ocurrido al rei su hermano : mas él no 
se atrevió a obedecerla, por que temió que el rei no diese crédito a 
su noticia, y sin examinarla, lo castigase con su acostumbrada seve- 
ridad. " Id pues a Tezcuco, le dijo la princesa, y rogad en mi 
nombre al rei Nezahualpilli que venga a verme." Obedeció el 
mayordomo, y el rei no tardó en presentarse. A la sazón, la reina 
habla entrado en uno de los aposentos de palacio. Saludóla el rei 
lleno de temor, y ella le rogó que pasase a Megico, y digese al rei 
su hermano que estaba viva, y que necesitaba verlo, para descubrirle 
algunas cosas de suma importancia. Desexupeñó Nezahualpilli su 
comisión, y Moteuczoma apenas podia creer lo que estaba oyendo. 
Sin embargo por no faltar al respeto debido a su aliado, fue con él, 
y con muchos nobles Megicanos a Tlatelolco, y entrando en la sala 
donde estaba la princesa, le preguntó si era su hermana. ** Soi, res- 

p2 



212 HISTORIA ANTIGUA DE MRGICO. 

pondio, vuestra hermana Papan, la misma que habéis enterrado ayer : 
estoi viva en verdad, y quiero manifestaros lo que he visto porque os 
importa." Dicho esto, se sentaron los dos reyes, quedando todos 
los demás en pie, maravillados de lo que veian. 

Entonces la princesa volvió a tomar la palabra, y dijo : " después 
que perdi la vida, o si esto os parece imposible, después que quedé 
privada de sentido, y movimiento, me hallé de pronto en una vasta 
llanura, a la cual por ninguna parte se descubría termino. £n medio 
observé un camino, que se dividia en varios senderos, y por un lado 
corría un gran rio, cuyas aguas hacian un ruido espantoso. Queriendo 
echarme a él, para pasar a nado a la orilla opuesta, se presentó a mis 
ojos un hermoso joven, de gallarda estatura, vestido con un ropage 
largo, blanco como la nieve, y resplandeciente como el sol. Tenia 
dos alas de hermosas plumas, y llevaba esta señal en la frente (al 
decir esto, la princesa hizo con los dedos la señal de la cruz), y 
tomándome por la mano, me dijo : * Detente : aun no es tiempo de 
pasar este río. Dios te ama, aunque tú no lo conoces.' De allí me 
coiAlujo por las orillas del rio, en las que vi muchos cráneos, y huesos 
humanos, y oi gemidos tan lastimeros, que me movieron a compasión. 
Volviendo después los ojos al rio, vi en él unos barcos grandes, y en 
ellos muchos hombres, diferentes de los de estos paises en trage, y 
color. Eran blancos, y barbudos, y tenian estandartes en las manos, 
y yelmos en la cabeza. * Dios, me dijo entonces el joven, quiere 
que vivas, a6n de que des testimonio de las revoluciones que van a 
sobrevenir en estos paises. Los clamores que has oido en estas 
margenes, son de las almas de tus antepasados, que viven, {¡^ vivirán 
siempre atormentados, en castigo de sus culpas. Esos hombres que 
ves venir en los barcos, son los que con las armas se harán dueños de 
estos paises, y con ellos vendrá también la noticia del verdadero 
Dios, criador del cielo, y de la tierra. Cuando se haya acabado la 
guerra, y promulgado el baño que lava los pecados, tu seras la primera 
que lo reciba, y guie con su egemplo a todos los habitantes de estos 
países.' Dicho esto desapareció el joven, y yo rae encontré resti- 
tuida a la vida : me alcé del sitio en que y acia, levanté la lapida del 
sepulcro, y sali del jardin, donde me encontraron mis domésticos." 

Atónito quedó Moteuczoma al oir estos pormenores, y turbada la 
mente con las mas tristes pensamientos, se levantó, y se dirigió a un 
palacio que tenia para los tiempos de luto, sin hablar a su hermana, 
ni al rei de Tezcuco, ni a ningún otro de los que lo acompañaban, 
aunque algunos aduladores, para tranquilizarlo, procuraron persua- 



FENÓMENOS NOTABLES. 218 

dirle que la enfermedad que habia padecido la princesa, le habia 
trastornado el sentido. No quiso volver a verla, por no afligjrse de 
nuevo con los melancólicos presagios de la ruina de su imperio. 
La princesa vivió muchos años después, enteramente consagrada al 
retiro, y a la astinencia. Fue la primera que en el año de 1524 re- 
cibió en Tlatelolco el sagrado bautismo, y se llamó desde entonces 
Doña Maria Papantzin. En los años que sobrevivió a su regenera- 
ción, fue un perfecto modelo de virtudes cristianas, y su muerte cor- 
respondió a su vida, y a su maravillosa vocación al Cristianismo. 

Fenómenos notables. 
■■ Ademas de este memorable suceso, ocurrió en 1510 el repentino 
y violento incendio de las torres del templo mayor de Megico, en una 
noche serena, sin haberse podido jamas averiguar su causa, y el año 
anterior se hablan agitado de pronto, y con tanta violencia las aguas 
del lago, que arruinaron muchas casas de la ciudad, sin haber habido 
viento, terremoto, ni otra causa natural, a que se pudiera atribuir 
aquel estraño acaecimiento. También se dice que en 1511 se váeron 
en el aire hombres armados, que combatían entre si, y se mataban. 
Estos, y otros fenómenos, referidos por Acosta, Torquemada, y otros 
escritores, se hallan exactamente descritos en las historias Megicanas, 
y Acolhuis. No es inverosímil que habiendo Dios anunciado con 
varios prodigios la perdida de algunas ciudades, como consta por la 
Sagrada Escritura, y por el testimonio de Josefo, de Eusebio de 
Cesárea, de Orosio, y de otros escritores, quisiese también usar de 
la misiva providencia con respecto al trastorno general de un mundo 
entero, que es sin duda el suceso mas grande, y estraordinario de 
cuantos encierra la historia profana. 

Erección de un nuevo altar para los Sacrificios, y nuevas Espedi- 
ciones de los Megicanos. 
La consternación que estos presagios inspiraron a Moteuczoma, no 
lo distrajo de sus proyectos belicosos. Muchas fueron las espedi- 
ciones emprendidas por sus egercitos en el año de 1508, especial- 
mente contra los Tlascaleses, los Huejotzinques, los Atlijqueses, y los 
habitantes de Jepatepec, y de Malinaltepec. En ellas hicieron mas 
de cinco mil prisioneros, que después fueron sacrificados en la capital. 
En 1509 hizo el rei la guerra a los de Jochitepec, que se le hablan 
rebelado. El año siguiente, pareciendo a Moteuczoma demasiado 
pequeño el altar de los sacrificios, y poco correspondiente a la mag- 



314 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

nificencia del templo, mandó buscar una piedra de desmesurada gran- 
deza, la cual fue hallada en las inmediaciones de Coyoacan. Después 
de haberla hecho pulir, y labrar primorosamente, mandó que se lle- 
vase con gran solemnidad a Megico. Concurrió un gentío inmenso 
a tirar de ella ; pero al pasar por un puente de madera, que habia 
sobre uo canal, a la entrada de la ciudad, con el enorme peso de la 
piedra, se rompieron las higas, y cayó al agua, arrastrando con ella 
algunas personas, y entre ellas al sumo sacerdote que la iba incen- 
sando. Mucho sentimiento causo al rei, y al pueblo esta desgracia ; 
pero sin abandonar la empresa, sacaron la piedra del agua con estra- 
ordinaría fatiga, y la llevaron al templo, donde fue dedicada con el 
sacrificio de todos los prisioneros que se hablan reservado para aquella 
gran fiesta, que fue una de las mas solemnes celebradas por los Megi- 
canos. Para ella convocó el rei a los principales individuos de la 
nobleza de todo el reino, y gastó grandes tesoros en los regalos que 
hizo a nobles y plebeyos. Aquel mismo año se celebró también la 
dedicación del templo ilamatcinco, y del de Quajicalco, de que des- 
pueii hablaremos. Las victimas sacrificadas en estas dos ceremonias, 
fueron, según los historiadores, doce mil doscientas diez. 

Para suministrar tan gran numero de infelices era necesario hacer 
continuamente la guerra. En 1511 se rebeláronlos Jopes, y quisieron 
asesinar toda la guarnición Megicana de Tiacotepec : pero descubierto 
prematuramente su designio, fueron castigados, y doscientos de ellos 
conducidos prisioneros a la capital. En 1512 marchó un egercito de 
Megicanos acia el Norte, contra los Quetzalapaneses, y con perdida 
de solo noventa y cinco hombres, hicieron mil trecientos trein^ y dos 
prisioneros, que fueron también llevados a Megico. Con estas, y 
otras conquistas hechas en los tres años siguientes, llegó el imperio 
Megicano a su mayor amplitud, cinco o seis años antes de su ruina, a 
la que contribuyeron en gran parte aquellos rápidos triunfos. Cada 
provincia, cada pueblo conquistado era un nuevo enemigo, que 
sufriendo con impaciencia el yugo a que no estaba acostumbrado, e 
irritado contra la violencia de los conquistadores, solo esperaba una 
buena ocasión para vengarse, y recobrar la libertad perdida. La feli- 
cidad de un reino no consiste en la ostensión de dominios, ni en la 
multitud de vasallos ; antes bien nunca se aproxima tanto a su ruina, 
como cuando por su desmesurada ostensión, no puede mantener la 
unión necesaria entre sus partes, ni aquel vigor que se necesita para 
resistir a la muchedumbre de sus enemigos. 



MUERTE Y ELOGIO DEL REÍ NEZAHUALPILLl. 31$ 

Muerte y elogio del rei Nezahualpilli. 
No contribuyeron menos a la ruina del imperio Megicano las revo- 
luciones que en aquel mismo tiempo ocurrieron en el reino de Acol- 
huacan, ocasionadas por la muerte de Nezahualpilli. Aquel célebre 
monarca, después de haber ocupado el trono cuarenta y cinco años, 
o cansado del gobierno, o consternado por los funestos presagios de 
que había sido testigo, dejó el mando a dos principes reales, y se 
retiró a su casa de campo en Tezcotzinco, llevando consigo a su favo- 
rita Jocotzin, y a unos pocos servidores, y dando orden a sus hijos 
que no saliesen de la corte, y que en ella aguardasen sus ulteriores 
disposiciones. En los seis meses que pasó en aquel retiro, se divertia 
frecuentemente en el egercicio de la caza, y empleaba la noche en la 
observación de las estrellas, para lo que habia mandado construir en la 
azotea de su palacio un pequeño observatorio, que se conservó hasta 
el siglo siguiente, y fue visto por algunos historiadores Españoles que 
de él hacen mención. AUi no solo observaba el movimiento, y el 
curso de los astros, si no que conferenciaba con algunos inteligentes 
en astronomía, estudio mui apreciado siempre en aquellos pueblos, 
y al cual se dedicliron muchos, estimulados por el egemplo de aquel 
gran rei, y de su sucesor. 

Después de seis meses de esta vida privada, volvió a la corte, 
mandóla su querida Jocotzin que se retirase con sus hijos al palacio 
llamado Tecpilpan, y él se encerró en el de su ordinaria residencia, 
sin dejarse ver si no de alguno de sus confidentes, con designio de 
ocultp|' su muerte, a imitación de su padre. En efecto nunca se supo 
nada acerca de la época, ni de las otras circunstancias de aquel suceso : 
solo que ocurrió en 1516, y que poco antes de morir, mandó a sus 
confidentes que quemasen secretamente su cadáver. De sus resultas, 
el vulgo, y no pocos de la nobleza creyeron que no habia muerto, si 
no que habia ido al reino de Amaquemecan, donde tubieron origen 
sus antepasados, como muchas veces lo habia anunciado. 

Las opiniones religiosas de aquel monarca fueron en todo conformes 
a las de su padre. Despreciaba interiormente el culto de los Ídolos, 
aunque en lo esterior seguia las practicas comunes. Imitó también a 
su padre en el celo por las leyes, y en la severidad de su justicia, de 
lo que dio un raro egemplo en los últimos años de su vida. Habia 
una lei que prohibía bajo de pena de muerte decir palabras indecentes 
en el real palacio. Violó esta lei uno de los principes sus hijos, llamado 
Huejotzincatzin, que era justamente el que mas amaba, tanto por 



216 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO* . 

SU Índole, y por las virtudes que descubría en su juventud, como por 
ser el mayor de los que tubo de su favorita Jocotzin. Pero las pala- 
bras del principe habian sido mas bien efecto de inconsideración juve- 
nil, que de perverso designio. Súpolo el rei por una de sus concu- 
binas, a quien se habian repetido aquellas espresiones. Preguntóle 
si habia ocurrido el lance en presencia de otras personas, y sa- 
biendo que habia sido en presencia de los ayos del principe, se 
retiró a un aposento de palacio, destinado para las épocas de luto. 
Hizo comparecer allí a los ayos, para examinarlos. Ellos, temerosos 
de ser severamente castigados si ocultaban la verdad, la confesaron 
qlaramentc: mas al mismo tiempo procuraron escusar al principe, 
diciendo que ni sabia con quien hablaba, ni las espresiones habian sido 
obcenas. Pero en despecho de sus representaciones, mandó inme- 
diatamente que se prendiese al principe, y el mismo dia pronunció su 
sentencia de muerte. Consternóse toda la corte al saber tan rigorosa 
disposición ; la nobleza intercedió con lagrimas, y ruegos, y la madre 
del principe, confiada en el gran amor que el rei le profesaba, se le 
presentó llorosa, y para moverlo mas a compasión, llevó consigo a sus 
otros hijos. Pero ni razones, ni plegarias, ni sollozos bastaron a 
disuadir al monarca. " Mi hijo, decia, ha violado la lei. Si lo per- 
dono, se dirá que las leyes no son para todos. Sepan mis subditos 
que a ninguno de ejlos sera perdonada la transgresión, puesto que 
la castigo en el hijo que mas amo." La reina, traspasada de dolor, y 
perdida toda esperanza de ablandar al rei, " ya que por tan ligera 
causa, le dijo, arrojáis de vuestro corazón todos los sentimientos de 
padre, y de esposo, y queréis ser el verdugo de vuestro hijo^ con- 
sumad la obra; dadme la muerte, y a estos principes que os he dado." 
El rei entonces con grave aspecto le mandó que se retirase, puesto 
que ya no habia remedio. Fuese la reina desconsolada a su aposento, 
y alli, en compañia de algunas señoras que fueron a visitarla, se 
abandonó a todo el exeso de su dolor. Entretanto los que estaban 
encargados del suplicio del principe, lo iban difiriendo, para dar tiempo 
a que entibiado el celo por la justicia, diese lugar al amor paterno, y 
a la clemencia: pero penetrando su intención el rei, mandó que se 
egecutase la sentencia sin perdida de tiempo, como se verificó con 
general descontento de los pueblos, -y con gravísimo disgusto del rei 
Moteuczoma, no solo por su parentesco con el principe, si no también 
por el desprecio con que el rei habia mirado su interposición. Muerto 
el principe, se encerró su padre por espacio de cuarenta dias en una 
sala, sin dejarse ver de nadie, para entregarse sin estorvo a su pesa- 



REVOLUCIONES DE ACOLHUACAN. 217 

dumbre, y mandó tapiar las puertas de la habitación del principe, 
para apartar de sus ojos cuanto fuese parte a recordarle tamaña 
desventura. 

Esta severidad en el castigo de los culpables, estaba contrapesada 
por la compasión que le inspiraban los males de sus subditos. Habia 
en su palacio una ventana que daba a la plaza del mercado, y estaba 
cubierta con una celosía, desde la cual miraba, sin que nadie lo ob- 
servase, todo lo que alli ocurría : y cuando notaba alguna muger mal 
vestida, la mandaba llamar, se informaba de su vida, y de sus necesi- 
dades, y la proveía de todo lo necesario, para ella, y para sus hijos 
si los tenia. Daba todos los dias limosnas en su palacio, a los huér- 
fanos, y a los enfermos. Habia en Tezcuco un hospital para todos 
los que se hablan inutilizado en la guerra, y alli, a espensas del rei, se 
mantenian, según la condición de cada cual, y muchas veces él mismo 
los visitaba. De este modo gastaba gran parte de sus rentas. 

Su ingenio ha sido mui celebrado por los historiadores de aquel 
pais. Propúsose imitar, en sus estudios, y en su conducta, el egem- 
plo de su padre, y en efecto, le fue mi semejante. Con él se ¡¡ipede 
decir que acabó la gloria de los reyes Chichimecos : pues la discordia 
que estalló entre tus hijos, disminuyó el esplendor de la corte, debilitó 
las fuerzas del estado, y lo dispuso a su ultima ruina. No declaró 
Nezahualpilli quien debia suceder en la corona, como hablan hecho 
sus antecesores. Ignoramos el motivo de este descuido, que fue tan 
pernicioso al reino de Acolhuacan. 

Revoluciones del reino de Acolhuacan. 

f 

Cuando el consejo supremo del rei estiibo seguro de su muerte, se 
creyó obligado a elegir un sucesor, a egemplo de los Megicanos. 
Reuniéronse pues sus miembros para deliberar sobre un asunto de 
tanta importancia, y empezando a discurrir el mas anciano y conde- 
corado, representó los gravísimos perjuicios que podrían sobrevenir 
al estado, si se diferia la elección ; que su opinión era que la corona 
pertenecía al principe Cacamatzin, pues ademas de su prudencia, y 
valor, era el primogénito de la primera princesa Megicana con quien 
se había casado el rei. Todos los otros consegeros se agregaron a 
aquel dictamen, que parecía tan justo, y provenia de persona tan 
respetable. Los principes, que aguardaban en una sala inmediata la 
resolución del consejo, recibieron la invitación de entrar para tener 
noticia de su resultado. Cuando hubieron entrado, se dio el prin- 
cipal asiento a Cacamatzín, joven de veinte años, ya sus lados se 



218 HISTORIA ANTIGUA D£ ME6ICO. 

sentaron sus hermanos Coanacotzin, de veinte, y Ijtliljochitl, de diez 
y nueve. Levantóse el anciano que habia tomado la palabra, y de- 
claró la decisión del consejo, a la cual se habia sometido de antemano 
toda la nación. Ijtliljochitl, que era un joven ambicioso y emprende- 
dor, se opuso diciendo que si el rei hubiera muerto en verdad, hubiera 
nombrado sucesor; que el no haberlo hecho, era señal segura de 
estar aun en vida, y estando vivo el soberano, era un atentado en los 
subditos, el nombrar quien le sucediese. Los consegeros, conociendo 
la idole de aquel principe, no osaron por entonces contradecirlo, si no 
que rogaron a Coanacotzin digese su parecer. Este alabó, y con- 
firmó la determinación del consejo, y manifestó los inconvenientes 
que se seguirian de diferir su egecucion. Ijtliljochitl se le opuso, 
tachándole de ligero, y de inconsiderado, puesto que abrazando aquel 
partido, favorecía los designios de Moteuczoma, que era mui amigo 
de Cacamatzín, y procuraba colocarlo en el trono, esperando tener 
en él un rei de cera, a quien podría amoldar a su arbitrio. " No es 
prudente, dijo Coanacotzin, hermano mió, oponerse a una resolución 
tan sí^bia, y tan justa. ¿ No echáis de ver que aun cuando no fuese 
rei Cacamatzin, la corona me pertenecería a mi, y no a vos?" ** £s 
ciertp, respondió Ijtliljochitl, que si no se considera otro derecho que 
la edad, la corona se debe a Cacamatzin, y a vos por su falta : pero 
si se prefiere, como es justo, el valor, corresponde a mi solo." Los 
consegeros viendo que se iba encendiendo cada vez mas la colera de 
los príncipes, les impusieron silencio, y levantaron la sesión. 

Los dos príncipes fueron entonces a su madre la reina Jocotzin 
para continuar en su presencia el debate, y Cacamatzin, acompañado 
de muchos nobles, pasó inmediatamente a Megico, y dio cuenta a 
Moteuczoma de todo lo que habia pasado. Moteuczoma, que ademas 
del amor que le tenia, conocía la legitimidad de sus derechos, san- 
cionados ademas por el consentimiento de la nación, le aconsejó antes 
de todo poner en salvo el real tesoro, y le prometió interponer su 
mediación con el hermano, y emplear las armas Megicanas, en su 
favor, en caso de que nada se consiguiera con las negociaciones. 

Ijtliljochitl cuando supo la salida de Cacamatzín, y previo las conse- 
cuencias de su visita a Moteuczoma, dejó la corte con todos sus par- 
tidarios, y se fue a los estados que sus ayos poseían en los montes de 
Meztitlan. Coanacotzin dio pronto aviso de esta novedad a Caca- 
matzin, a fin de que sin tardanza volviese a Tezcuco, y se aprove- 
chase de tan oportuna ocasión para coronarse. Tomó Cacamat- 
zin el saludable consejo de su hermano, y pasó a la capital, en 



REVOLUCIONES DE ACOLHÜACAN. 219 

compaííia de Cuitlahuazin, hermano de Moteuczoma, y de muchos 
nobles Megicanos. Cuitlahuazin, sin perder tiempo, convocó a la 
nobleza Tezcucana, en el Hueitecpan, o spa gran palacio de los reyes 
de Acolhuacan, y le presentó al principe electo, para que lo recono- 
ciese como a legitimo soberano. Aceptáronlo todos, y quedó señalado 
el dia para la solemnidad de la coronación : mas fue preciso suspen- 
derla, por la noticia que llegó a la corte, de que el principe Ijtliljochitl 
bajaba de las sierras de Meztitlan, a la cabeza de un egercito 
numeroso. 

Este inquieto joven, al llegar a Meztitlan, convocó a todos los 
señores de los pueblos de aquellas grandes montañas, y les dio parte 
de su designio de oponerse a su hermano Cacamatzin, pretestando su 
celo por el honor, y por la libertad de las naciones Chichimeca, y 
Acolhua; que era cosa indigna, y peligrosa someterse a un rei tan 
flexible a la voluntad del de Megico; que los Megicanos, olvidados 
de cuanto debian a los Acolhuis, querían aumentar sus inicuas usurpa- 
ciones, con la del reino de Acolhuacan ; que él por su parte estaba 
resuelto a emplear todo el valor que Dios le había dado, en defender 
a su patria de la tirania de Moteuczoma. Con estas razones, sugeri- 
das probablemente por sus ayos, enardeció en tal manera los ánimos 
de aquellos señores, que todos ellos se ofrecieiton a ayudarlo con sus 
fuerzas, y en efecto, tantas tropas alzaron, que cuando el principe 
bajó de los montes, su egercito llegaba, según dicen, a mas de cien 
mil hombres. En todos los sitios por donde pasaba era bien recibido, 
ya por miedo de su poder, ya por inclinación a favorecer sus designios. 
Desdfj Tepepolco mandó una embajada a los Otompaneses, mandán- 
doles que lo obedeciesen como a su propio rei: mas ellos respon- 
dieron, que por muerte de Nezahualpilli, no reconocían otro monarca 
que su hijo Cacamatzin, el cual habia sido aceptado pacificamente por 
la corte, y se hallaba en posesión del reino de Acolhuacan. Irritado 
el principe con esta respuesta, marchó contra aquella ciudad. Los 
Otompaneses le salieron al encuentro en orden de batalla, mas aun- 
que hicieron alguna resistencia, fueron vencidos, y la ciudad cayó 
en manos del vencedor. Entre los muertos se hallaba el mismo 
señor de Otompan, y esta circunstancia facilitó al principe su 
triunfo. 

Este suceso puso en gran inquietud a Cacamatzin, y a toda su 
corte. Fortificóse en la capital, temiendo que el enemigo quisiese ata- 
carla: mas el principe, viéndose temido, y respetado, no se movió 



220 HISTO&IA ANTIGUA DE MKGICO. 

pór entonces de Otompan. Paso guardias en los caminos con orden 
de no molestar a ninguno, de no impedir el paso a los particulares que 
pasasen de la capital a cualquier otro punto, y aun de obsequiar a las 
personas de distinción que por alli transitasen. Cacamatzin, viendo 
las fuerzas, y la resolución de su hermano, y conociendo que era menos 
malo sacrificar una parte, aunque grande del reino, que perderlo todo, 
envió una embajada a su enemigo, con el consentimiento de Coana- 
cotzin, haciéndole proposiciones de convenio. Mandó a decirle que 
conservase, si queria, todos los dominios de los montes, pues él se 
contentaba con la capital, y con los estados de la llanura ; que también 
queria dividir con Coanacotzin las rentas de la corona ; pero que le 
rogaba abandonase toda otra pretensión, y no continuase turbando la 
tranquilidad del reino. Los embajadores fueron dos personages de la 
sangre real de Acolbuacan, a quienes Ijtiiljochitl miraba con gran 
respeto. Este respondió que sus hermanos podrían hacer cuánto les 
agradase; que él deseaba que Cacamatzin quedase en posesión de 
Acolhuacan ; que nada maquinaba contra él, ni contra el estado ; que 
si msntenia aquel egercito, era con el designio de oponerse a los 
planes ambiciosos de lus Megicanos, los cuales habian acarreado mu- 
chos disgustos, e inspirado graves sospechas al reí su padre; que 
si entonces se dividia el reino, por el común interés de la nación, 
esperaba verlo reunido dentro de poco ; y que sobre todo se guar- 
dasen de caer eo los lazos que les habia armado el astuto Moteuc- 
zoma. No se engañaba Ijtiiljochitl en esta desconfianza: pues en 
efecto, aquel rei fue quien puso al infeliz Cacamatzin en manos de 
los Españoles, a pesar del amor que le profesaba, como df'»?pues 
veremos. 

Después de un convenio entre ambos hermanos quedó Cacamatzin 
en pacifica posesión del reino de Acolhuacan ; pero con gran dismi- 
nución en sus dominios, pues lo que habia cedido, era una parte mui 
considerable de sus posesiones. Ijtiiljochitl mantubo siempre sus 
huestes en movimiento, y muchas veces se dejó ver con ellas en las 
cercanias de Megico, desafiando a Moteuczoma a pelear cuerpo a 
cuerpo. Mas este monarca no se hallaba en estado de aceptar aquel 
desafio. El fuego de su primera juventud se habia apagado con los 
años, y los delicias domesticas habian debilitado notablemente sus 
brios : ni hubiera sido prudencia esponerse a aquel combate, con un 
joven tan resuelto, que con secretas negociaciones habia atraído a su 
facción una gran parte de las provincias Megicanas. Sin embargo 



REVOLUCIONES DE ACOLHUACAN. 221 

muchas veces midieron los Megicanos sus fuerzas con aquel egercito, 
quedando unas veces vencido, y otras vencedor. En una de estas 
acciones quedó prisionero un pariente del rei de Megico, que habia 
salido a campaña con la resolución de coger a Ijtliljochitl, y conducirlo 
atado a Megico, y asi lo habia prometido a Moteuczoma. Supo el 
principe aquella arrogante promesa, y para vengai-se lo mandó atar 
sobre un montón de cañas secas, y quemar vivo en presencia de todo 
su egercito. 

En el curso de esta historia haré ver cuanta parte tubo aquel in- 
quieto principe en la ventura de los Españoles, los cuales empezaron 
a dejarse ver por aquel tiempo en las costas del reino Megicano: 
pero antes de emprender la relación de una guerra que trastornó 
completamente aquellas regiones, conviene dar alguna idea de la 
religión, del gobierno, de las artes, y de las costumbres de los 
Megicanos. 



genealogía de los reyes megicanos 



EL PRINCIPIO DEL SIGLO XIIL 



Ilhuicatl casado con Tlacapantzin, acia el año de 1220. 

Huitzdlihuitl el viejo. 

I 

Opochtli casado con Atozoztli. 

Acamapitzin, primer reí de Megico. 



HüiTZiLLHuiTL, reí 
II de Megico. 



QuiMALFOPOCA, reí III 
de Megico. 



Tezozomoctli casado 
con su sobrina 
Matlalatzin. 



Matlaícihuatziu, 
madre de Ne- 
zahualcoyotl, 
rei de f^col- 
huacan. 



MOTEUCZOMA Ili- 

HüicAMiNA, rei 
V de Megico. 



Itzcoati., rei 
IV de Me- 
gico. 

Matlalatzin muger 
de 8u tío Tezo- 
zomoctli. 



Totzoeatzin. 



Ajatacatl, rei VI 
de Megico. 



Tízoc, rei VII 
de Megico. 



AnuiTZOTL, rei VIII 
de Megico. 



N. muger de Neza- 
hualpilli rei de 
Acolhuacan. 

Cacamatzin rei de 
Acolhuacan. 



Jocotzin muger de 
Nezahualpilli rei 
de Acolhuacan. 

Coanacotzin rei de 
Acolhuacan. 



Ijtlalcuechahuac 
Señor de ToUan. 

Miahuajochoitl mu- 
ger de Moteuc- 
zoma su tio. 



MoTEUCZOMA JOCO- 

YOTziN, rei IX de 
Megico. 



CuiTLAHUATZIN, rci 

X de Megico. 



Ahuitzotl. 



Tlocahuepan Yohualicahuatzin 
o sea D. Pedro Motezuma. 



QUAUHTEMOTZIN) 

rei XI de Me- 
gico. 

Tecuichpotzin o sea Doña Isabel Motezuma muger 
del rei Cuitlahuatzin su tio, y del rei Quauhte- 
motzin su primo, y después sucesivamente de 
tres nobles Españoles : de la cual decienden las 
dos ilustres casas de Cano Motezuma, y Andrade 
Motezuma. 



D. Diego Luis Ihuitemoctzin Mote- 
zuma, casado en España con Doña 
Francisca de la Cueva, de los que 
decienden los Condes de Mote- 
zuma, y de Tula, Vizcondes de 
Iluca, &c. 






\}H'V ■ ,v -..I.- :;■ 



LIBRO SESTO. 



Religión de los Megicanos, esto es, sus Dioses, Templos, Sacerdotes, Sacrificios, y 
Oblaciones; sus Ayunos, y su Austeridad ; su Cronologia, Calendario, y Fiestas ; 
tus Ritos en el Nacimiento, en el Casamiento, y en las Exequias. 

Dogmas Religiosos. ' ^^^ ^^^^, 

La religión, la politica, y la economia son los tres elementos qne 
forman principalmente el carácter de una nación, y sin conocerlos es 
imposible tener una idea exacta del genio, de las inclinaciones, y de la 
ilustración que la distinguen. La religión de los Megicanos, de que 
voi a tratar en este libro, era un tegido de errores, y de ritos supers- 
ticiosos y crueles. Semejantes flaquezas del espiritu human* son 
inseparables de un sistema religioso que tiene su origen en el capricho 
o en el miedo, como lo vemos aun en las naciones mas cultas de la 
antigüedad. Si se compara, como yo lo haré en otra ocasión, la reli- 
gión de los Megicanos con la de los Griegos, y Romanos, se hallará 
que esta es mas supersticiosa y ridicula, y aquella mas barbara y 
sanguinaria. Aquellas célebres naciones de la antigua Europa multi- 
plicaban exesivamente sus Dioses, a causa de la desventajosa idea 
que t^ian de su poder ; reducian a estrechos limites su imperio ; les 
atribuian los crímenes mas atroces, y solemnizaban su culto con exe- 
crables impurezas, que con justa razón censuraron los padres del Cris- 
tianismo. Los númenes de los Megicanos eran menos imperfectos, 
y en su culto, aunque supersticioso, no intervenia ninguna acción con- 
traria a la honestidad. 

Tenian alguna idea, aunque imperfecta, de un ser supremo, abso- 
luto, independiente, a quien creian debia tributarse adoración, y te- 
mor. No tenian figura para representarlo, porque lo creian invisible, 
ni le daban otro nombre que el genérico de Dios, que en su lengua 
es Teotl, algo mas semejante en el sentido, que en la pronunciación 
al Theos de los Griegos : pero usaban de epítetos sumamente espresi- 
vos para significar la grandeza, y el poder de que lo creian dotado. 
Llamábanlo Ipalnemoani, esto es, aquel por quien se vive, y Tlóque 
Nahuáque, esto es, aquel que tiene todo en sí. Pero el conocí- 



224 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

miento, y el culto de esta suma esencia, estaban oscurecidos por la 
multitud de númenes que inventó su superstición. 

Creían que habia un espiritu maligno, enemigo del genero humano, 
al que daban el nombre de Tlacatecolotoil, o ave nocturna racional, 
y decian muchas veces que se dejaba ver a los hombres, para hacerles 
daño, o espantarlos. 

Acerca del alma, los barbaros Otomites creian, según dicen, que se 
estinguia con el cuerpo : pero los Megicanos, y las otras naciones de 
Anahuac, que hablan salido del estado de barbarie, la creian inmortal ; 
aunque atribulan este mismo don al alma de las bestias, como veremos 
cuando tratemos de sus ritos fúnebres. 

Tres lugares distinguían para las almas separadas de los cuerpos. 
Creian que las de los soldados que morían en la guerra, las de los que 
caian en manos de los enemigos, y las de las mugeres que morían de 
parto, iban a la casa del sol, que llamaban señor de la gloria, y alli tenían 
una vida llena de delicias ; que cada dia, al salir el sol, lo festejaban 
con himnos, bailes, y música, y lo acompañaban hasta el zenit, donde 
le salan al encuentro las almas de las mugeres, y con las mismas de- 
mostraciones de alegría, lo conducían al ocaso. Si la religión no 
tubíeSe otro obgeto que el de servir a la política, como se lo imaginan 
neciamente algunos incrédulos de nuestro siglo, no podían aquellas 
naciones haber inventado un dogma mas oportuno para dar brío a los 
soldados, que el que les aseguraba tan relevante galardón después de 
la muerte. Añadían que después de cuatro años de aquella vida 
gloriosa, pasaban los espíritus a animar las nubes, y los pájaros de 
hermoso plumage, y de canto dulce, quedando desde enton^^es en 
libertad de subir al cielo, y de bajar a la tierra, a cantar, y a chupar 
flores. Los Tlascaleses creian que todas las almas de los nobles ani- 
maban después pájaros hermosos y canoros, y cuadrúpedos generosos : 
y que las de los plebeyos pasaban a los escarabajos, y a otros animales 
viles. Asi pues el insensato sistema de la transmigración Pitagórica, 
que tanto se propagó y arraigó en los países de Oríente, tubo también 
sus partidarios en el nuevo mundo*. Las almas de los que morían 
herídos por un rayo, o ahogados, o de hidropesía, tumores, llagas, y 
otras dolencias de esta especie, como también las de los niños, o al 

* i Quien creería que una opinión tan añeja, y tan absurda fuese promovida por 
un filosofo Cristiano, en el centro del Cristianismo, y en el ilustrado siglo xviii ? 
Sin embargo, no hace mucho que la ha sacado a relucir un Francés, en uu libro 
publicado en Paris, con el titulo estravagante del año de 2440. A tales exesos 
conduce la libertad de pensar en materia de religión. 



DOGMAS RELIGIOSOS. 325 

menos, las de los sacrificados a Tlaloc, dios del agua, iban, según los 
Megicanos, a un sitio fresco, y ameno, llamado Tlcdocan, donde 
residía aquel numen, y donde tenian a su disposición toda especie de 
placeres, y de manjares delicados. En el recinto del templo mayor 
de Megico, habia un sitio donde creian que en cierto dia del año 
asistian invisibles todos aquellos niños. Los Mijteques estaban per- 
suadidos que una gran cueva que habia en una montaña altísima de su 
provincia, era la puerta del Paraiso por lo que todos los señores y 
nobles se enterraban en aquellas inmediaciones, afin de estar mas 
cerca del sitio de las delicias eternas. Finalmente, el sitio destinado 
para los que morían de otra cualquiera manera, se llamaba Mictlan, 
o infierno, lugar oscurísimo, donde reinaba un dios llamado Mictlan- 
teuctli, o señor del infierno, y una diosa llamada Mictlancihuatl. 
Según mis congeturas, colocaban este infierno en el centro de la 
tierra*, pero no creian que las almas sufriesen alli otro castigo, sino 
el de la oscuridad. 

. Tenian los Megicanos, como todas las naciones cultas, noticias 
claras, aunque alteradas con fábulas, de la creación del mundo> del 
diluvio universal, de la" confusión de las lenguas, y de la dispersión de 
las gentes, y todo J estos sucesos se hallan representados en sus pintu- 
rasf. Decían que habiéndose ahogado el genero humano en el dilu- 
vio, solo se salvaron en una barca un hombre llamado Cojcoj (a quien 
otros dan el nombre de Teocipactli) y una muger llamada Jochiquet- 
zal, los cuales habiendo desembarcado cerca de una montaña^ a que 
dan el nombre de Colhuacan, tubieron muchos hijos, pero todos mu- 
dos, hasta que una paloma les comunicó los idiomas, desde las ramas 
de un árbol, pero tan diversos, que no podian entenderse entre si. 
Los Tlascalesés decian que los hombres que escaparon del diluvio 
quedaron convertídos en monas : pero poco a poco fueron recobrando 
el habla, y la razón J. ^ 

* El Dr. Sigüenza creyó que los Megicanos situaban el infierno en la parfe 
Septentrional del globo, porque la palabra Mictlampa quiere decir acia el Norte, 
como si digeran, acia el infierno ; pero mi opinión es que lo situaban en el centro 
de nuestro planeta, aunque quizas habia entre ellos diversos pareceres acerca de 
la situación de aquel lugar. 

t Lo que decian del diluvio está representado en una figura que daré después, 
copia de una pintura original Megicana. 

X Los que deseen conocer las creencias de los Mijteques, y de otras naciones 
Americanas, acerca de la creación del mundo, lean lo que escribe el P. Gregorio 
Garcia, Dominicano, en su obra intitulada. Origen de loí Indios. 

TOMO I. Q 



236 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Entre los dioses particulares adorados por los Megicanos, que eran 
muchos, aunque no tantos como los de los Romanos, los principales 
eran trece, en cuyo honor consagraron este numero. Espondre, 
acerca de estas divinidades, y de las otras de su creencia, lo que he 
encontrado en la mitología Megicana, sin hacer caso de las magnificas 
congeturas, ni del fantástico sistema de Boturini. 

Dioses de la Providencia y del Cielo. 

Tezcatlipoca. Este era el dios mayor, que en aquellos países 
se adoraba después del dios invisible, o supremo ser, de quien ya he 
hablado. Su nombre significa espejo reluciente, y su idolo tenia uno 
en la mano. Era el dios de la providencia, el alma del mundo, el 
criador del cielo y de la tierra, y el señor de todas las cosas. Re- 
presentábanlo joven para dar a entender que no envegecia nunca, ni 
se debilitaba con los años. Creian que premiaba con muchos bienes 
a los justos, y castigaba a los viciosos con enfermedades, y otros 
males. En las esquinas de las calles habia asientos de piedra, para 
quepeste dios descansase cuando quisiese, y a ninguno era licito sen- 
tarse en ellos. Decian algunos que habia bajado del cielo por una 
cuerda hecha de telarañas, y que habia perseguido, y arrojado de 
aquel pais a Quetzalcoatl, gran sacerdote de Tula, que después fue 
colocado también en el numero de los dioses. 

Su principal idolo era de teotetl (piedra divina) que es una piedra 
negra, y reluciente, semejante al marmol negro, y estaba vestido de 
gala. Tenia en las orejas pendientes de oro, y del labio inferior le 
pendia un cañoncillo de cristal, dentro del cual habia una ^plumilla 
verde o azul, que a primera vista parecia una joya. Sus cabellos es- 
taban atados con un cordón de oro, del que pendiá una oreja del 
mismo metal, con ciertos vapores, o humos pintados, y estos, según 
su interpretación, eran los ruegos de los afligidos. El pecho estaba 
cubierto de oro macizo. En ambos brazos tenia brazaletes de oro ; 
en el ombligo una esmeralda, y en la mano izquierda un abanico tam- 
bién de oro, y de hermosas plumas, tan brillante que parecia un es- 
pejo, con lo que denotaban que aquel dios veía todo lo que pasaba en 
el mundo. Otras veces, para simbolizar su justicia, lo representaban 
sentado en un banco, circundado de un paño rojo, donde estaban figura- 
dos cráneos y huesos humanos, y en la mano izquierda un escudo con 
cuatro flechas, y la diestra levantada, en actitud de lanzar un dardo ; el 
cuerpo pintado de negro, y la cabeza coronada de plumas de codorniz. 



DIOSES. 227 

Ometeuctli, y Omecihuatl*. Esta era una diosa, y aquel un dios, 
que, según ellos, habitaba en el cielo, en una ciudad gloriosa, y 
abundante de placeres, y de alli velaban sobre el mundo, y daban a 
los mortales sus respectivas inclinaciones : Ometeuctli a los hombres, 
y Omecihuatl a las mugeres. Contaban que habiendo tenido esta 
diosa muchos hijos en el cielo, dio a luz en un parto un cuchillo de 
piedra : con lo que indignados los hijos, lo echaron a la tierra, y al 
caer, nacieron de él mil y seiscientos héroes, que, noticiosos de su 
noble origen, y viéndose sin nadie que los sirviese, por haber perecido 
todo el genero humano en una gran calamidad f , convinieron en en- 
viar una embajada a su madre, pidiéndole el don de crear hombres 
para su servicio. La madre respondió que si tubiesen pensamientos 
mas nobles, y mas elevados, procurarian hacerse dignos de vivir eter- 
namente con ella en el cielo : mas pues gustaban de vivir en la tierra, 
acudiesen a Mictlanteuctli, dios del infierno, y le pidiesen algún hueso 
de muerto, del cual, regándolo con su propia sangre, sacarían un hom- 
bre, y una muger, que después se multiplicarían : pero que se guar- 
dasen de Mictlanteuctli, pues podría arrepentirse después de habfyles 
dado el hueso. En virtud de las instrucciones de su madre, fue 
Jolotl, uno de aquellos héroes, al infierno, y habiendo obtenido lo que 
deseaba, se echó a correr acia la superficie de la tierra, con lo que 
indignado el numen infernal, corrió detras de él, pero no pudiendo 
darle alcance, se volvió al infierno. Jolotl tropezó en su precipitada 
fuga, dio una caida, y el hueso se rompió en pedazos desiguales. 
Recogiólos, y siguió corriendo hasta el punto en que lo aguardaban 
sus hermanos, los cuales pusieron aquellos fragmentos en una vasija, 
y los regaron con la sangre que sacaron de diferentes partes de sus 
cuerpos. Al cuarto dio se formó un niño, y continuando los riegos 
de sangre por otros tres dias, al fin de ellos, se formó una niña. Los 
dos fueron entregados al mismo Jolotl, quien los crio con leche de 
cardo. De este modo creiau que se habia hecho aquella vez la repa- 
ración del genero humano. De aqui tubo origen, según ellos afirma- 
ban, el uso de sacarse sangre de varias partes del cuerpo, que era tan 
común en aquellas naciones, y la desigualdad de los pedazos del hueso 
era, en su opinión, la causa de la diferencia de estaturas en los hombres. 

Cihuacohuatl, o muger sierpe, llamada también Quilaztli. Creian 

* Daban también a estos dioses los nombres de Citialtatomc, y CitlaUcue,a 
causa de las estrellas. 

t Aquellos pueblos creian que la tierra ha'bia padecido tres calamidades uni- 
versales, en las que habían perecido todos los hombres. 

Q 2 



228 HISTORIA ANtiGÜA DE MEGICO. 

que esta era la primera muger que habia parido, y que paria siempre 
mellizos. Gozaba de alta gerarquia en la clase de Dioses, y decian 
que se dejaba ver muchas veces llevando en los hombros un niño en 
una cuna. 

Apoteosis del Sol y de la Luna. 
Tonatiuh y Meztli, nombres del sol y de la luna, divinizados 
por aquellas naciones. Decian qiie reparado y multiplicado el genero 
humano, cada uno de los mencionados héroes, o semidioses tenia sus 
servidores, y partidarios, y que habiéndose estinguido el sol, se reu- 
nieron todos ellos en Teotihuacan, en rededor de un gran fuego, y 
digeron a los hombres que el primero de ellos que se echase a las lla- 
mas, tendría la gloria de ser convertido en sol. Arrojóse inmediatamente 
a la hoguera un hombre mas intrépido que los otros, llamado Nana- 
huatzin, y bajó al infierno. Quedaron todos en espectacion del éxito, 
y entretanto los héroes hicieron una apuesta con las codornices, con 
las langostas, y con otros animales, sobre el sitio por donde debia 
sali(,el nuevo sol; y no habiendo podido adivinarlo aquellos animales, 
fueron sacrificados. Nació finalmente el astro, por la parte que des- 
pués, se llamó Levante : pero se detubo a poco ratáMe haberse alzado 
sobre el orizonte, lo que observado por los héroes, mandaron decirle 
que continuase su carrera. El sol respondió que no lo baria hasta 
verlos a todos muertosc noticia quQ les ocasionó tanto miedo^ como 
pesadumbre : por lo que uno de ellos Hablado Citli tomó el arco, y 
tres flechas, y le tiro una, pero el sol inclinándose la evitó. Disparó 
las otras dos, pero no llegó ninguna. El sol entonces irritado^rechazó 
1^ ultima flecha contra Citli, y se la clavó en la frente, de cuya herida 
murió de allí a poco. Consternados los otros con la desgracia de su 
hermano, y no pudiendo hacer frente al sol, se determinaron a morir 
por manos de Jolotl, el cual, después de haber abierto el pecho a 
todos, se mató a si mismo. Los héroes antes de morir dejaron sus 
ropas a sus servidores, y aun, después de la conquista de los Espa- 
ñoles, se hallaron unas mantas viejas, que los Indios tenian en gran 
veneración, por creer que las hablan heredado de aquellos famosos 
personages. Los hombres quedaron mui tristes por la perdida de sus 
señores. El dios Tezcatlipoca mandó a uno de ellos que fuese a la 
casa del sol, y de alli tragese música para celebrar sus propias fiestas, 
y le digese que para cierto viage que él sol debia hacer por mar, se 
le dispondría un puente de ballenas, y tortugas, y al hombre encargó 
que fuese entonando una canción que él mismo le enseñó. Decian 



DIOSES. 22Sí 

los Megicanos que aquel babia sido el origen de la música, y de los 
bailes con que celebraban las fiestas de los dioses ; que del sacrificio 
que hicieron los héroes con las codornices se derivó el que ellos 
hacian diariamente de estos pájaros al sol, y del que hizo Jolotl con 
sus hermanos, los barbaros holocaustos de victimas humanas, tan 
comunes después en aquellas tierras. Semejante a esta fábula era 
la que contaban sobre el origen de la luna: a saber, que otro de los 
hombres que concurrieron en Teotihuacan, imitando el egemplo de 
Nanahuatzin, se echó también al fuego, pero habiéndose disminuido 
las llamas, no quedó tan luminoso, y fue transformado en luna. A 
estos dos númenes consagraron los dos famosos templos erigidos en la 
llanura de Teotihuacan. 

El Dios del Aire. 
Quetzalcoatl, sierpe armada de plumas. Este era en todas 
las naciones de Anahuac el dios del aire. Decian que habia sido 
gran sacerdote de Tula, y que era hombre blanco, alto, corpulento, 
de frente ancha, de ojos grandes, de cabellos negros y largos* de 
barba poblada; ojie por honestidad llevaba siempre la ropa larga;, 
que era tan rico, que tenia palacios de plata, y de piedras preciosas ;. 
que era mui industrioso, y habia inventado el arte de fundir los meta- 
les, y de labrar las piedras ; que era mui sabio, y prudente, como lo 
daban a entender las leyes que habia dado a los hombres, y sobre 
todo, su vida era austera, y egemplar ; que cuando queria publicar 
alguna lei, mandaba al monte Tzatzitepec (monte de clamores), cerca 
de TuA, un pregonero cuya voz se oia a trescientas millas de dis- 
tancia; que en su tiempo crecia el maiz tan abundante, que con una 
mazorca habia bastante para la carga de uu hombre; que las cala- 
bazas eran tan largas como el cuerpo humano : que no era necesario- 
teñir el algodón, pues nacia de todos colores, y que todos los demgs 
frutos, y granos eran de correspondiente grandeza, y abundancia; que 
en la misma época habia una muchedumbre increíble de aves bellísi- 
mas, y canoras ; que todos sus subditos eran ricos ; en una palabra, los 
Megicanos creian que el pontificado de Quetzalcoatl habia sido tan 
feliz, como los Griegos fingían el reino de Saturno, al que también fue 
semejante en el destierro : pues hallándose rodeado de tanta prospe- 
ridad, y queriendo Tezcatlipoca, no só por que razón, arrojarlo de aquel 
pais", se le apareció en figura de un viejo, y le dijo que la voluntad de 
los dioses era que pasase al reino de Tlapalla, y al mismo tiempo le 
presentó una bebida, de la que Quetzalcoatl bebió con esperanza de 



230 HISTORIA ANTIGUA DE MB6ICO. 

adquirir por su medio la inmortalidad a que aspiraba : pero apenas la 
hubo tomado, sintió tan vivos deseos de ir a Tlapalla, que se puso in- 
mediatamente en camino, acompañado de muchoá subditos, los cuales 
lo fueron obsequiando con músicas durante el viage. Decían que 
cerca de la ciudad de Quauhtitlan, arrojó piedras a un árbol, que- 
dando todas ellas clavadas en el tronco, y que cerca de Tlalnepantia 
estampó su mano en una piedra, la cual enseñaban los Megicanos a 
los Españoles después de la conquista. Cuando llegó a Cholula, lo 
detubieron aquellos habitantes, y le confiaron las riendas del gobierno. 
Contribuyó mucho a la estimación que de él hacían los Choluleses, 
ademas de la integridad de su vida, y de la suavidad de sus modales, 
la aversión que mostraba a toda especie de crueldad, tanto que no 
podía oír hablar de guerra. A él debían los Choluleses, según sus 
tradiciones, el arte de la fundición, en que tanto se distinguieron des- 
pués ; las leyes con que desde entonces se gobernaron ; los ritos, y 
las ceremonias de su religión, y, según otros, el arreglo del tiempo, 
y el calendario. 

Oespues de haber «estado veinte años en Cholula, determinó con- 
tinuar su viage al reino imaginario de Tlapallan, conduciendo consigo 
cuatro nobles, y virtuosos jóvenes. En la provincia marítima de 
Coatzacoalco los despidió, y por su medio mandó decir a los Cho- 
luleses que estubíesen seguros que dentro de algún tiempo volvería 
a regirlos y consolarlos. Los Choluleses dieron a aquellos jóvenes 
el gobierno, en consideración al cariño que les profesaba Quetzalcoatl, 
de los cuales unos contaban que había desaparecido, otros que había 
muerto en la costa. Como quiera que sea, aquel personage fud con- 
sagrado Dios por los Tolteques de Cholula, y constituido protector 
principal de su ciudad, en cuyo centro le construyeron un alto monte, 
y sobre él un santuario. Otro monte con su templo le fue después 
erigido en Tula. De Cholula se propagó su culto por todos aquellos 
países, donde era venerado como dios del aire. Tenia templos en 
Megíco, y en otros lugares, y aun algunas naciones enemigas de Cho- 
lula tenían en aquella ciudad templos, y sacerdotes dedicados a su 
culto, y de todas partes acudían allí gentes en romería, a hacerle ora- 
ción, y a cumplir votos. Los Choluleses conservaban con suma vene- 
ración unas piedrecíllas verdes, bien labradas, que decían habían per- 
tenecido a su numen favorito. Los Yucataneses se gloriaban de que 
sus señores decendian de Quetzalcoatl. Las raugeres estériles se 
encomendaban a él para obtener la fecundidad. Eran grandes, y 
célebres las fiestas que se le hacían especialmente en Cholula en el 



Diüsiis. 231 

Teojihuitl, o año divino, a las que precedía un rigoroso ayuno de 
ochenta dias, y espantosas austeridades de los sacerdotes consagrados 
a su culto. Decian que Quetzalcoatl harria el camino al dios de 
las aguas, porque en aquellos paises, precede siempre el viento a la 
lluvia. 

El Dr. Sigüenza creyó que Quetzalcoatl era el Apóstol Santo 
Tomas, que predicó el evangelio en aquellos paises. Puhlicó esta 
opinión con erudición esquisita en una obra, que como otras muchas 
suyas, todas apreciables, se perdió por descuido de sus herederos*. 
En ella comparaba los dos nombres Didymos, y Quetzalcoatl-^, los 
hábitos de aquellos dos personages, sus doctrinas, sus predicciones ; 
examinaba los sitios que transitaron ; las trazas que dejaron en ellos, 
y los portentos que publicaron sus dicipulos. Como no he tenido 
ocasión de examinar aquellos manuscritos, me astengo de hablar de 
semejante opinión, a la cual diré sin embargo que no puedo confor- 
marme, apesar del respeto con que miro a su autor, tanto por su 
sublime ingenio, como por su vasta lectura. 

Muchos escritores de las cosas de Megico han creído que alóyanos 
siglos antes de la llegada de los Españoles, había sido predicado el 
evangelio en America. Fúndanse en las cruces que se han hallado 
en diversos sitios y tiempos, en aquellos paises, y que parecen hechas 
antes de la llegada de los conquistadores;};; en el ayuno de cuarenta 

* De esta obra de Sigüenza hacen mención Betancourt en su Teatro Megi- 
cano, y el Dr. Eguiara en su Biblioteca Megicana. 

f Betancourt, comparando los dos nombres de Didymos, y Quetzalcoatl, dice 
que estl se compone de Coatí, gemelo, y de Quetzalli, piedra preciosa, y que úg- 
nifícsí gemelo precioso. Pero Torquemada, que sabia perfectamente el Megicano, 
y que hal)ia recibido de los antiguos la interpretación de aquellos nombres, dice 
que Quetzalcoatl quiere decir sierpe armada de plumas. En efecto Coatí signi- 
fica propiamente sierpe, y Quetzalli, pluma verde, y solo se aplican metafórica- 
mente al gemelo, y a la joya. 

I Son célebres entre otras las cruces de Yucatán, de la Mijteca, de Queretaro, 
de Tepique, y de Tianquiztepec. De la de Yucatán habla el P. CogoUudo, Fran- 
ciscano, en el libro ii, cap. 12, de su Historia. De la de Mijteca, el P. Burgoa, 
Dominicano, en su Crónica, y Boturini en su obra. De la de Queretaro, escribió 
un religioso Franciscano del colegio de Propaganda de aquella ciudad, y de la 
Tepique, el docto Jesuita Sigismundo Tarabal, cuyos manuscritos se conservan 
en el colegio de Jesuítas de Guadalajara. La de Tianquiztepec fue descubierta 
por Boturini, que habla de ella en su obra. Las cruces de Yucatán eran adora- 
das por aquellos habitantes, en virtud, según dicen, de las doctrinas de su pro- 
feta Chilam Cambal, el cual les dijo que cuando viniesen de Levante ciertos 
hombres barbudos, y los viesen adorar aquel leSo, abrazarían su doctrina. De 



k 



2!Sa HISTORIA ANTIGUA DB MEGIGO. 

dias que observaban muchos pueblos del nuevo mundo*; en la tradi- 
ción de la futura llegada de gente cstrangera, y barbuda f, y en 
las pisadas humanas, impresas en algunas piedras, que se atribuyen 
al apóstol Santo Tomas;}:. Yo no he sido nunca de semejante opi- 
nión : pero el examen de este punto exige uua obra fui distinta de la 
presente. 

Dioses de los Montes, del Agua, del Fuego, dé la Tierra, de la 
Noche, y del Inferno. 
Tíaloc, o Tlalocateuctli, señor del paraíso, era el dios del agua. 
Llamábanlo fecundador de la tierra, y protector de los bienes tempo- 
rales, y creian que residía en las mas altas mofitañas, donde se forman 
las nubes, como las de Tlaloc, Tlascala, y Toluca : por lo cual muchas 
veces iban a aquellos sitios a implorar su protección. Cuentan los 
historiadores nacionales que habiendo llegado a aquel país los Acol- 
huis, en el tiempo del primer rei Chichimeco Jolotl, hallaron, en la 
cima del monte Tlaloc, un idolo de este dios, hecho de piedra blanca 
bastíljte ligera ; que tenia la forma de un hombre sentado sobre una 
piedra cuadrada, con una vasija delante, llena de resina elástica, y de 
toda especie de semillas, y todos los años repetían esta oblación, en 
acción de gracias de las cosechas que habían cogido. Este idolo se 
creía el mas antiguo de todos los de aquella tierra, pues fue colocado 
por los antiguos Tolteques, y allí estubo hasta fines del siglo xv, o 
principios del xvi : en cuyo tiempo, Nezahualpílli, rei de Acolhuacan, 
para concillarse la benevolencia de sus subditos, lo quitó de aquel sitio, 
y colocó en él otro idolor de piedra negra, muí dura : pero batiendo 
sido desfigurado por un rayo, y diciendo los sacerdotes que era castigo 
del cielo, fue vuelta a colocar la estatua antigua, y allí se conservó, en 

todos estos monumentos hablare en la Historia Eclesiástica de Megico, si Dios 
favorece mis designios. 

* El ayuno de cuarenta dias no prueba nada, pues igualmente se obser- 
vaba el de tres, cuatro, cinco, veinte, ochenta, y ciento, y sesenta dias, y aun 
el de cuatro años, como después veremos ; y el de cuarenta dias no era el mas 
común. 

f En el libro V, he dicho mi opinión sobre los presagios de la llegada de los 
Españoles. Sise han realizado las profecías de Chilam Cambal, pudo, sin ser 
Cristiano estar iluminado por Dios, para anunciar el Cristianismo, como Balaarn 
lo fue para anunciar el nacimiento del Redentor. 

+ También se encuentran imprerías en la piedra pisadas de animales. No se 
sabe qué obgeto se propusieron los que se dedicaron a esculpir estas repre- 
sentaciones. 



■riiíjaV DIOSBS. 2Í)3 

posesión de su culto, hasta que, promulgado el evangelio, se hizo pe- 
dazos por orden del primer obispo de Megico. 

Creian también los antiguos que en todos los montes había otros 
dioses, subalternos de Tlaloc. Todos ellos tenian el mismo nombre, 
y eran venerados, no solo como dioses de los montes, sino también 
como del agua. El idolo de Tlaloc estaba pintado de azul, y de 
verde, para significar los diversos colores que se ven en el agua. 
Tenia en la mano una vara de oro espiral, y aguda, con ía que signifi- 
caban el rayo. Tenia un templo en Megico, dentro del recinto del 
mayor, y los Megicanos le hacían muchas fiestas al año. 

Chalchiuhqueye, o Chalchihuiilicue, diosa de las aguas, y compa- 
ñera de Tlaloc. Era conocida con otros nombres espresivos*, que o 
significaban los diversos efectos que causan las aguas, o los colores 
que forman con su movimiento. Los Tlascaleses la llamaban Mat- 
lalcueye, es decir, vestida de azul, y el mismo nombre daban a la 
altísima montaña de Tlascala, en cuya cima se forman nubes tempes- 
tuosas, que por lo común van a descargar acia la Puebla de los An- 
geles. A aquellas alturas iban los Tlascaleses a hacer sacrífibios, 
y oraciones. Esta es la misma diosa del agua, a la que da Tor- 
queraada el nombre de Jochiquetzal, y Boturini el de Macuiljo- 
chiquetzalli. 

Giuhteuctli, señor del año, y de la yerba, era en aquellas naciones 
el numen del fuego, al que daban también el nombre de Ijcozanhqui, 
que espresa el color de la llama. Era muí reverenciado en el imperio 
Megicano. En la comida le ofrecían el primer bocado de cada man- 
jar, y il primer sorbo de la bebida, echando uno, y otro al fuego, y 
en ciertas horas del día quemaban incienso en su honor. Le hacían 
cada año dos fiestas fijas muí solemnes, una en el séptimo, y otra en 
el décimo séptimo mes, y una fiesta movible, en que se nombraban los 
magistrados ordinarios, y se renovaba la investidura de los feudos del 
reino. Tenia templo en Megico, y en otras muchas partes. 

Centeotl, diosa de la tierra, y del maíz. Llamanla también Tona- 
cayohua*, es decir la que nos sustenta. En Megico tenia cinco 
templos, y se le hacían tres fiestas en los meses tercero, octavo, y 

* Apozonatlotl, y Acuecueyotl, esprimen la hinchazón, y vacilación de las olas : 
Atlacamani, las tempestades exiladas en el agua; Ahuic, y Ayauh, sus movimien- 
tos acia una u otra parte ; Jijiquipilxhui el asenso y desensa de sus olas, &c. 

f Dábanle también los nombres de Tzinleotl (diosa original), y los de Jilonen, 
Iztacacenteotl, y Tlatlauhquicenteotl, mudando el nombre según el estado del 



234 íilSTOKIA ANTIGUA DB MB6IC0. 

undécimo : pero ninguna nación la reverenció tanto como los Totona- 
ques, que la veneraban como su principal protectora, y le edificaron 
un templo en la cima de un alto monte, servido por muchos sacerdotes 
esclusivamente consagrados a su culto. La miraban con gran afecto, 
por que creian que no gustaba de victimas humanas, si no que se con- 
tentaba con el sacrificio de tórtolas, codornices, conejos, y otros ani- 
males, que le inmolaban en gran cantidad. Esperaban que ella los 
libertaria finalmente del tiránico yugo de los otros dioses, los cuales 
los obligaban a sacrificarle tantos hombres. Pero los Megicanos eran 
de distinta opinión, y en sus fiestas derramaban mucha sangre humana. 
En el referido templo de los Totonaques había un oráculo de los mas 
famosos de aquel pais. 

MictlanteuctU, dios del infierno, y Mictlancihuatl su compañera 
eran mui célebres entre los Megicanos. Creian, como ya hemos 
dicho, que estos númenes residian en un sitio oscurísimo que habia 
en las entrañas de la tierra. Tenian templo en Megico, y su fiesta 
se celebraba en el mes décimo séptimo. Hacíanles sacrificios, y obla- 
cion€«i nocturnas, y el ministro principal de su culto era un sacerdote 
llamado Tlitlantlenamacac, el cual se pintaba de negro para desem- 
peñar las funciones de su empleo. 

Joalteuctli, dios de la noche, era, según creo, ef mismo Meztli, o 
la luna. Otros dicen que era el Tonatiuh, o sol, y otros que era un 
numen diferente de aquellos dos. A esta divinidad encomendaban sus 
hijos para que les diese sueño. 

Joalticitl, medico nocturno, diosa de las cunas, a quien también 
encomendaban los niños, para que cuidase de ellos durante la opche. 

Dioses de la guerra. 
Huitzilopochtli, o Mejitli, dios de la guerra, era el numen mas 
célebre de los Megicanos, y su principal protector*. De este numen 
decian algunos que era puro espíritu, y otros que habia nacido de 

* Huitzilopochtli es un nombre compuesto de dos, a saber Huitzilin, nombre 
del hermoso pajarillo llamado chupador, y opochtli, que significa siniestro. Lla- 
móse asi porque su ídolo tenia en el pie izquierdo unas plumas de aquella ave. 
Boturini, que no era mui instruido en la lengua Megicana, deduce aquel nombre 
de Huitziton, conductor de Megicanos en sus peregrinaciones, y afirma que aquel 
conductor no era otro que aquella divinidad : pero ademas de que la etimología 
es muí violenta, esta supuesta identidad es desconocida por los Megicanos, los 
cuales, cuando empezaron su romería, conducidos por Huitziton, adoraban ya de 
tiempo inmemorial aquel numen guerrero. Los Españoles, no pudiendo pronun- 
ciar el nombre de Huitzilopochtli, decian Huichilobos. 



DIOSES. 235 

muger, pero sin cooperación de varón, y contaban de este modo el 
suceso : vivía en Coatepec, pueblo inmediato a la antigua ciudad de 
Tula, una muger inclinadísima al culto de los dioses, llamada Coatli- 
cue, madre de Centzonhuiznahui. Un día, en que según su costum- 
bre se ocupaba en barrer el templo, vio bajar del cielo una bola for- 
mada de plumas ; tomóla, y guardóla en el seno, queriendo servirse 
de las plumas para el servicio del altar; pero cuando la buscó después 
de haber barrido, no pudo dar con ella, de lo que se maravilló mucho, 
y mas cuando se sintió embarazada. Continuó el embarazo, hasta 
que lo conocieron sus hijos, los cuales aunque no sospechaban su 
virtud, temiendo la afrenta que les resultaría del parto, determinaron 
evitarlo dando muerte a su madre. Ella tubo noticias de su proyecto, 
y quedó sumamente afligida, pero de repente oyó una voz que salía 
de su seno, y que decía: " No tengáis miedo, madre, que yo os sal- 
varé con honor vuestro, y gloria mía." Iban ya los desapiadados hijos 
a consumar el crimen, conducidos y alentados por su hermana Coyol- 
jauhquí, que había sido la mas empeñada en la empresa, cuando nació 
Huitzilopochtlí, con un escudo en la mano izquierda, un dardo hn la 
derecha, y un perucho de plumas verdes en la cabeza ; la cara listada 
de azul, la pierna izquierda adornada de plumas, y listados también 
los muslos, y los brazos. Inmediatamente que salió a luz, hizo apa- 
recer una serpiente de pino, y mandó a un soldado suyo, llamado 
Tochancalqui, que con ella matase a Coyoljauhqui, por haber sido la 
mas culpable, y él se arrojó a los otros hermanos con tanto ímpetu, que 
apesar de sus esfuerzos, sus armas, y sus ruegos, todos fueron muertos, 
y sus Jasas saqueadas, quedando los despojos en poder de la madre. 
Este suceso consternó a todos los hombres, que desde entonces lo lla- 
maron Tetzahuitl (espanto), y Tetzauhteotl, dios espantoso. 

Encargado de la protección de los Megícanos, aquel numen, según 
ellos decían, los condujo en su peregrinación, y los estableció en el 
sitio en que después se fundó la gran ciudad de Megico. Allí eri- 
gieron aquel soberbio templo, que fue tan celebrado aun por los mis- 
mos Españoles, en el cual cada año hacían tres solemnísimas fiestas, en 
los meses nono, quinto, y décimo quinto, ademas de las que celebra- 
ban de cuatro en cuatro, y de trece en trece años, y al principio de 
cacjla siglo. Su estatua era gigantesca, y representaba un hombre 
sentado en un banco azul, con cuatro ángulos, de cada uno de los 
cuales salía una gran serpiente. Su frente era también azul, y la cara 
estaba cubierta de una mascara de oro, igual a otra que le cubría la 



236 HISTORIA ANTIGUA ÜE MKGICO. 

nuca. Sobre la cabeza tenia un hermoso penacho de la forma de un 
pico de pajaro ; en el cuello, una gargantilla compuesta de diez figuras 
de corazones humanos ; en la mano derecha un bastón espiral, y azul, 
y en la izquierda un escudo, en quehabia cinco bolas de plumas, dis- 
puestas en forma de cruz. De la parte superior del escudo se alzaba 
una banderola de oro con cuatro flechas, que, según los Megicanos, 
le habian sido enviadas del cielo, para egecutar aquellas gloriosas 
acciones que hemos visto en la historia. Tenia el cuerpo rodeado de 
una gran serpiente de oro, y salpicado de muchas figurillas de ani- 
males, hechas de oro, y piedras preciosas. Cada uno de aquellos 
adornos, e insignias tenia su significación particular. Cuando deter- 
minaban los Megicanos hacer la guerra, imploraban la protección de 
aquella divinidad, con oraciones y sacrificios. Era el dios a que se 
sacrificaban mayor numero de victimas hiímanas. 

Tlacahuepan-Cuejcoízin, otro dios de la guerra, hermano menor, 
y compañero de Huitzilopochtli. Su idolo era venerado con el de este 
en el principal santuario de Megico : pero en ninguna parte se le daba 
mas ^ulto que en la capital de Tezcuco. 

Painalton, veloz, o apresurado, dios de la gue^Ta, y teniente de 
Huitzilopochtli. Invocábanlo en los casos repentinos de guerra, como 
al otro después de declararla en virtud de una seria deliberación. En 
semejantes ocasiones, iban los sacerdotes corriendo por todas las 
calles de la ciudad, con la imagen del dios, que se veneraba con las de 
los otros dioses guerreros. Llamábanlo a gritos, y le hacian sacrificios 
de codornices, y de otros animales. Todos los militares estaban en- 
tonces obligados a tomar las armas en defensa de la ciudad. *" 

Dioses del comercio, de la caza, de la pesca, if;c. 

Jacateuctli, el señor que guia, dios del comercio, a quien hacian 
los Megicanos dos grandes fiestas anuales, en el templo que tenia en la 
capital, una en el mas nono, y otra en el décimo séptimo, con muchos 
sacrificios de victimas humanas, y magnificos banquetes. 

Mijcoatl, diosa de la caza, y numen principal de los Otomites, los 
cuales por vivir en los montes, eran casi todos cazadores. Honrábanla 
también con culto especial los Matlatzinques. En Megico tenia dos 
templos, y en uno de ellos, llamado Teotlalpan, le hacian, en el mes 
décimo-cuarto, una gran fiesta, y sacrificios de animales montaraces. 

Opochtli, dios de la pesca. Creianlo inventor de la red, y de los 
otros instrumentos de pesca : por lo que los pescadores lo veneraban 



DIOSES. 38? 

como a protector. En Cuitlahuac, ciudad situada en una islilla flel 
lago de Chalco, habia un dios de la pesca, llamado Amimitl, que quizas 
era el mismo Opochili, con distinto nombre. 

Huijtocihuatl, dios de la sal, celebre entre los Megicanos, por las 
salinas que tenian a poca distancia de la capital. Hacíanle una fiesta 
en el séptimo mes. 

Tzapotlatenan, diosa de la medicina. La creían inventora del 
aceite llamado Ojitl, y de los otros remedios. Honrábanla anualmente 
con sacrificios de victimas humanas, y con himnos compuestos en' su 
honor. 

Tezcatzoncatl, dios del vino, a quién daban otros nombres análo- 
gos a los efectos del vino, como Tequechmecaniani, el que ahorca, 
y Teatlahuiani, el que anega. Tenia templo en Megico, en que había 
cuatrocientos sacerdotes consagrados a su culto, y donde cada año 
hacían, en el mes décimo tercio, una fiesta, a él, y a los otros dioses 
sus compañeros. 

Ijtlilton, el que tiene la cara negra, parece haber sido también dios 
de la medicina ; por que llevaban a su templo los' niños enfermos, a 
fin de que los curase. Presentábanlos los padres, y los hacían bailar 
delante del idolcysi se hallaban en estado de hacerlo, dictándoles las 
oraciones que debían decir, para pedir la salud. Después les hacían 
beber un agua que los sacerdotes bendecían. 

Coatlicue, o Coatlanlona, diosa de las flores. Tenia en la capital 
un templo llamado Tópico, donde le hacían fiesta los Jochimanques, o 
mercaderes de flores, en el mes tercero, que caía justamente en la 
primavera. Entre otras cosas le ofrecían ramos de flores, primorosa- 
mente entretegidos. No sabemos si esta diosa era la misma que algu- 
nos creían madre de HuitzilopochtU. 

Tlazolteotl era el dios que invocaban los Megicanos para obtener el 
perdón de sus culpas, y evitar la infamia que de ellas resultaba. Los 
principales devotos de esta divinidad eran los hombres lascivos, que con 
oblaciones y sacrificios imploraban su protección. Boturini dice que 
este numen era la Venus impúdica, y plebeya, y Macuiljochiquetzalli, 
la Venus prónuba, pero lo cierto es que los Megicanos no atribuyeron 
nunca a sus divinidades los vergonzosos efectos con que los Griegos, y 
los Romanos infamaron a su Venus. 

Gipe es el nombre que dan los historiadores al dios de los plate- 
ros* el cual estaba en gran veneración en Megico, porque creían que 

* Gipe no significa nada. Creo que los escritores Españoles,, ignorando el nom- 
bre Megicano de este dios, le dieron el de su fiesta Gipehunliztli, tomando tan 
solo las dos primeras silabas. 



238 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

todos los que descuidaban su culto, debían ser castigados con sarna, 
postemas, y otras enfermedades en la cabeza, y en los ojos. Eran 
mui crueles los sacrificios que le hacian en su fiesta, la cual se celebra- 
ba en el segundo mes. 

Nappateuctli, cuatro veces señor, era el dios de los alfahareros. 
Decian que era benigno, y fácil en perdonar las injurias que se le ha- 
cian, y mui liberal para con todos. Tenia dos templos en Megico, 
donde le hacian una fiesta en el mes decimotercio. 

Omacatl era el dios de los regocijos. Cuando los señores Megi- 
canos daban algún convite, o celebraban alguna fiesta, sacaban del 
templo la imagen de este dios, y la ponian en el sitio de la reunión, 
creyendo que se esponian a una desgracia, si dejaban de hacerlo. 

Tonantzin, nuestra madre, era según creo, la misma diosa Centeotl, 
do quien ya he hablado. Su templo estaba en un monte, a tres millas 
de Megico, acia el Norte, y a él acudían a tropel los pueblos a vene- 
rarla, con un numero estraordinario de sacrificios. En el dia está al 
pie del mismo monte el mas famoso santuario del nuevo mundo, dedi- 
cado al verdadero Dios, a donde van gentes de los paises mas remotos, 
a venerar la celebérrima, y prodigiosa imagen de la Virgen Santísima 
de Guadalupe, transformándose en propiciatorio, aqT'el lugar de abo- 
minación, y difundiendo abundantemente sus gracias el Señor, en favor 
de los hombres, en el sitio bañado con la sangre de sus abuelos. 

Teieoinan era la madre de los dioses, como su nombre lo indica : 
pero como los Megicanos se creian hijos de los dioses, la llamaban tam- 
bién Tocitzin, que quiere decir nuestra abuela. Del origen, y del 
apoteosis de este falso numen he hablado ya en otra parte, a proposito 
de la trágica muerte de la princesa de Acolhuacan. Tenia un templo 
en Megico, y su fiesta se celebraba solemnisimamente en el mes undé- 
cimo. Los Tlascaleses le daban un culto particular, y las lavanderas la 
miraban como a sti protectora. Casi todos los escritores Espa- 
ñoles confunden a Teteoinan con Tonantzin; pero son realmente 
distintas. 

Ilamateuctli, a quien hacian fiesta el dia tercero del mes décimo 
séptimo, parece haber sido la diosa de las viejas. Su nombre significa 
señora vieja. 

Tepitoton, pequeñitos, era el nombre que daban a los Penates, o 
dioses domésticos, y a los Ídolos, que los representaban. De estos 
debían tener seis en sus casas los reyes, y los caudillos ; cuatro los 
nobles, y dos los plebeyos. En los caminos y calles los había con 
profusión. 

Ademas de estos dioses, que eran los mas notables, y otros que 



DIOSES. 289 

omito, por no cansar a los lectores, tenían doscientos y sesenta, a los 
que se consagraban otros tantos dias del año, dando a cada dia su 
nombre correspondiente. Estos nombres son los que se ven en los 
primeros trece meses del calendario. 

Las otras naciones de Anahuac tenian casi los mismos dioses que los 
Megicanos : solo variaban en las solemnidades, en los ritos, y en los 
nombres. El numen mas celebrado en Megico era Huitzilopochtli ; 
en Cholula, y en Huejotzinco, Quetzalcoatl ; entre los Totonaques, 
Centeotl ; y entre los Otomites, Mijcoatl. Los Tlascaleses, aunque 
rivales eternos de los Megicanos, adoraban las mismas divinidades que 
ellos: su dios favorito era también Huitzilopochtli, pero con el nombre 
de Camajtle. Los Tezcucanos, como amigos, conferados, y vecinos 
de los Megicanos, se conformaban con ellos en todo lo relativo al 
culto. 

ídolos, y modo de reverenciar a los Dioses. 

Las representaciones, o Ídolos de aquellas divinidades, que se 
veneraban en los templos, en las casas, en los caminos, y eji los 
bosques, eran infinitos. El señor Zumarraga, primer obispo de 
Megico, asegura ^ue los religiosos Franciscanos hablan hecho pedazos, 
en el espacio de ocho años, mas de veinte mil Ídolos: pero este 
numero es pequeño con respecto a los que habia tan solo en la capital. 
Las materias de que ordinariamente se hacian, eran barro, algunas 
especies de piedra, y madera : pero los formaban también de oro, y 
otros metales, y aun algunos, de piedras preciosas. Benedicto Fer- 
nandez, celebre misionero Dominicano, halló en un altísimo monte de 
Achiauhtla, en Mijteca, un idolillo llamado por aquellos pueblos 
corazón del pueblo. Era una preciosísima esmeralda, de cuatro dedos 
de largo, y dos de ancho, en qué estaba esculpida la figura de un 
pajarillo, rodeado de una sierpe. Los Españoles que lo vieron ofre- 
cieron por él mil y quinientos pesos: pero el celoso misionero lo redujo 
a polvo, con grande aparato, y en presencia de todo el pueblo. El 
Ídolo mas estraordinario de los Megicanos era el de Huitzilopochtli, 
que hacian con algunos granos, amasados con sangre de las victimas. 
La mayor parte de los Ídolos eran feos, y monstruosos, por las partes 
estravagantes de que se componiafn, para representar los atributos, y 
fuxiones de los dioses simboUzados en elfos. 

Reconocían la falsa divinidad de aquellos númenes, con ruegos, 
genuflexiones, y postraciones, con ayunos, y otras austeridades, 
con sacrificios, y oraciones, y con otros ritos, en parte comunes a 



240 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

otros pueblos, y en parte propios esclusivamente de su religión. Les 
rezaban coraunmente de rodillas, y con el rostro vuelto a Levante, y 
por esto edificaban la mayor parte de sus santuarios con la puerta a 
Poniente. Les hacian votos, para si mismos, y para sus hijos, y 
uno de estos votos solia ser el de consagrarlos al servicio de los 
dioses, en algún templo o monasterio. Los que peligraban en algún 
viage ofrecían ir a visitar el templo de Omacatl, y ofrecerle sacrificios 
de incienso, y papel. Valíanse del nombre de algún dios para ase- 
gurar la verda^. La formula de sus juramentos era esta : ¿ cuij amo 
nechitla in Toleolzin?" "¿por ventura no me está viendo nuestro 
dios?" Cuando nombraban al dios principal, o a otro cualquiera de 
su especial devoción, se besaban la mano, después de haber tocado 
con ella la tierra. Este juramento era de gran valor en los tribunales, 
para justificarse de haber cometido algún delito, pues creian que no 
habia hombre tan temerario que se atreviese a abusar del nombre de 
dios, sin evidente peligro de ser gravisimamente castigado por el cielo. 

Transformaciones. 
No faltaban en aquella Mitología transformaciones, y metamorfosis. 
Entre otras contaban que habiendo emprendido u'íi hombre llamado 
Japan hacer penitencia en un monte, tentado por una muger, cometió 
adulterio : por lo cual lo decapitó inmediatamente Jaotl, a quien los 
dioses habían dado el encargo de velar la conducta de Japan. Este 
fue transformado en escorpión negro. No contento Jaotl con aquel 
castigo, persiguió también a su muger Tlahuitzin, la cual fue trans- 
formada en escorpión rubio, y el mismo Jaotl, por haber traspasado 
los límites de su encargo, quedó convertido en langosta. A la ver- 
güenza de aquel delito atribuyen la propiedad del escorpión de huir 
de la luz y de esconderse entre las piedras. 

El templo mayor de Megico. 

Tenían los Megicanos, y los otros pueblos de A.nahuac, como todas 
las naciones cultas del mundo, templos, o lugares destinados al eger- 
cicio de su religión, donde se reunían para tributar culto a sus dioses, 
e implorar su protección. Llamaban al templo Teocalli, es decir casa 
de dios, y Teopan, lugar de dios, cuyos nombres, después que 
abrazaron el Cristianismo, dieron con mayor propiedad a los templos 
erigidos en honor del verdadero Dios. 

La ciudad, y el reino de Megico empezaron por la fabrica del 
templo de Huitzilopochtlí, o sea Megitli, de donde tomó su nombre la 



TEMPLO MAYOR. 241 

ciudad. Este edificio fue desde luego una pobre cabana. Amplióla 
Itzcoatl, primer rei conquistador de aquella nación, después de la toma 
de Azcapozalco. Su sucesor, Moteuczoma I, fabricó un nuevo templo, 
en que había algunos indicios de magnificencia. Finalmente Ahuit- 
zotl construyó y dedicó aquel vasto edificio que habia sido planteado 
por su antecesor Tízoc Este fue el santuario que tanto celebraron 
los Españoles después de haberlo arruinado. Quisiera que hubiera 
sido tanta la exactitud que nos dejaron de sus medidas, como su celo 
en echar por tierra aquel soberbio monumento de la superstición : 
pero escribieron con tanta variedad, que después de haberme fatigado 
en comparar sus descripciones, no he podido adquirir datos seguros 
sobre sus medidas, ni hubiera podido formarme idea de la arquitectura 
de aquella obra, si no fuera por la imagen que nos presenta a la vista 
el conquistador anónimo, cuya copia doi a mis lectores, aunque en las 
medidas me conformo mas con su descripción que con su dibujo. Daré 
lo mas verosímil que he podido sacar de la confrontación de cuatro 
testigos oculares, omitiendo lo dudoso, para no sobrecargar la imagi- 
nación con datos inútiles*. > 

Ocupaba este gran templo el centro de la ciudad, y comprendía, 
con otros templos, y edificios anexos, todo el sitio que hoi ocupa la 

* Los cuatro testigos oculares cuyas descripciones he comparado, son el con- 
quistador Cortés, Bernal Diaz, el conquistador anónimo, y Saliagun. Los tres 
primeros vivieron muchos meses en el palacio del rei Ajayacatl, cerca del templo, 
y a cada instante lo veian. Sahagun, aunque no lo alcanzó entero, vio una parte 
de él, y pudo reconocer el sitio que ocupaba. Gomara, aunque no estubo en 
Megico, recogió noticias de los que se habian hallado en la conquista. Acosta, 
cuya descripción copiaron Herrera, y Solis, en lugar de hablar del templo mayor, 
habla de otro mui diferente. Este autor, aunque digno de fe en muchas cosas, 
no estubo en Megico, si no setenta años después de la conijuista, cuando ya no 
existia el templo. En una edición holandesa de Solis, se publicó un dibujo del 
templo mayor, sumamente inexacto ; el cual sin embargo copiaron después los 
autores de la Historia General de ios Viages, y se halla también en una edición de 
las cartas de Cortés, hecha en Megico en 1770 : pero para que se vea el descuido 
de los editores, compárese la relación de este caudillo con el dibujo. Cortés 
dice en su primera carta (aunque hiperbólicamente) que el templo mayor de 
Megico era mas alto que la torre de la catedral de Sevilla, y en el dibujo apenas 
tiene seis u 0(;ho toesas de altura. Cortés dice que en el atrio superior del 
templo se fortificaron quinientos nobles Megicanos, y en el espacio que repre- 
senta el dibujo apenas podrian caber sesenta, u ochenta hombres. En fin, y 
dejando otras muchas contradicciones. Cortés dice que el templo tenia de tres a 
cuatro cuerpos, con sus corredores, o terrados, y en el dibujo no se ve mas que 
un cuerpo, sin corredores. 

TOMO I. R 



242 HISTORIA ANTIGUA DE MEOICO. 

iglesia catedral, parte de la plaza mayor, y parte de las calles, y casas 
de las inmediaciones. El muro, que rodeaba aquel lugar, formando 
un cuadro, era tan grande, que dentro de su recinto cabia, según el 
mismo Cortés, un pueblo de quinientos hogares*. Este muro, fabri- 
cado de piedra y cal, era bastante grueso, tenia ocho pies de alto, y 
lo coronaban unos merlones, con adornos de figuras de piedra a modo 
de serpientes. Tenia cuatro puertas, que miraban a los cuatro 
puntos cardinales. En la del lado de Oriente empezaba un ancho 
camino que conducia al lago de Tezcuco ; las otras tres miraban a las 
tres principales calles de la ciudad, las mas largas, y derechas ; las 
cuales comunicaban con las calzadas del lago, por las que se iba a 
Iztapalapan, Tacuba, y Tepeyacac. Sobre cada puerta habia una 
armeria, abundantemente provista de toda clase de armas ofensivas, y 
defensivas, a donde, en caso de necesidad, acudían a armarse las 
.tropas. 

El patio, que estaba dentro del recinto esterior del muro, estaba 
curiosamente empedrado de piedras tan lisas, y bruñidas, que no 
podiUn dar un ¡>aso en ellas los caballos de los Españoles, sin resbalar, 
y caer. En medio del patio se alzaba un vasto edificio cuadrilongo f 
todor macizo, revestido de ladrillos cuadrados e iguales, y compuesto 
de cinco cuerpos, casi iguales en la altura, pero desiguales en longitud, 
y latitud, pues los mas altos eran menores que los inferiores. El 
primero, o base del edificio, tenia, de Levante a Poniente, mas de 
cincuenta toesas, y cerca de cuarenta y tres, de Norte a Mediodía :|:. 
El segundo era de una toesa menos largo que el inferior, y de otra 

* El conquistador anoulmo dice que lo que habia en el recinto áéi templo 
parecía una ciudad. Gomara dice que el largo de cada costado era como un gran- 
dísimo tiro de ballesta. Torquemada, después de haber repetido lo mismo, dice 
que el circuito del muro, era de tres mil pasos, lo que evidentemente es falso. 
El Dr. Hernández en su prolija relación de aquel templo, que se conserva MS. 
en la biblioteca del Escorial, y de la cual se sirvió Nieremberg en su Historia 
Natural, da a cada lado del muro doscientas brazas Toledanas, que son cerca de 
ochenta y seis toesas. 

f Sahagun dice que el edificio era un cuadro perfecto, pero el anónimo, tanto 
en la descripción, como en el dibujo, lo representa cuadrilongo, y asi eran los 
templos de Teotihuacan, que sirvieron de modelos a todos los otros. 

X Sabagun da trescientos sesenta pies Toledanos a cada uno de los costados del 
primer cuerpo, pero esta medida solo se debe aplicar al largo. Gomara le da 
cincuenta brazas, y esta es la medida del ancho. Trescientos sesenta pies Toleda- 
nos hacen trescientos ocho de Paris, o poco mas de cincuenta toesas. Cincuenta 
brazas hacen doscientos cincuenta y siete pies de Paris, o casi cuarenta y dos 
toesas. 



TEMPLO MAYOR. 243 

menos de ancho : los otros iban disminuyendo en las mismas propor- 
ciones : de modo que sobre cada cuerpo habia un espacio, o corredor 
abierto, por el cual podian andar tres y aun cuatro hombres de frente, 
girando en torno del cuerpo superior. 

Las escaleras, que estaban acia Mediodia, eran de piedras grandes 
y bien trabajadas, y constaban de ciento catorce escalones, cada uno 
del alto de un pie. No era una sola escalera continuada, como la 
representan los autores de la Historia General de los Viages, y los 
editores Megicanos de las Cartas de Cortés ; sino que habia tantas 
escaleras, cuantos eran los cuerpos del edificio, como se ve en este 
grabado : asi que, subida la primera escalera, no se podia subir a la 
segunda, sin dar una vuelta, por el primer corredor, en torno del 
segundo cuerpo ; ni subida la segunda, se podia llegar a la tercera, 
sin dar la vuelta por el segundo corredor, en rededor del tercer cuerpo, 
y asi de los demás. Esto se entenderá mejor viendo la estampa 
adjunta, copiada del dibujo del conquistador anónimo, aunque enmen- 
dada, por lo que hace a las medidas, con los datos de él mismo, y de 
otros escritores*. ^ 

Sobre el quinto, y ultimo cuerpo, habia una plata forma, mejor 
llamada atrio superior, de cuarenta toesas de largo f, y treinta y cuatro 
de ancho, y estaba tan bien empedrada como el patio, o atrio inferior. 
En la estremidad oriental de aquel espacio, se alzaban dos torres a la 
altura de cincuenta y seis pies, o poco mas de nueve toesas. Cada 
una estaba dividida en tres cuerpos ; el inferior de piedra y cal, y los 
otros dos de madera, bien trabajada, y pintada. El cuerpo inferior o 
base c ;a propiamente el santuario, donde, sobre un altar de piedra de 
cinco pies de alto, estaban colocados los Ídolos tutelares. Uno de 
estos santuarios estaba consagrado a Huitzilopochtli, y a los otros 
dioses de la guerra, y el otro a Tezcatlipoca. Los otros cuerpos 
servian para guardar los utensilios necesarios al culto de los idolo^, y 
las cenizas de algunos reyes y señores, que por devoción particular lo 
hablan dejado dispuesto asi. Los dos santuarios tenian la puerta a 

* Una copia del dibujo del anónimo se halla en la colección de Juan Ramusio, 
y otra en la obra del P, Kirker, (Edipus jEgyptiacus. 

t Sahagun, cuyas medidas adoptó Torquemada, no da al atrio superior mas de 
setenta pies Toledanos en cuadro, que son diez toesas : mas no es posible que en 
tan estrecho espacio combatiesen contra los Esp/añoles, quinientos nobles Megi- 
canos, como afirma Cortés, y mucho menos si damos fe a Bernal Diaz, que dice 
que los Megicanos fortificados en aquel punto eran cuatro mil, ademas de algunas 
compañías que estaban abajo, cuando subierojí los nobles. 

r2 



244 HISTORIA ANTIGUA DÉ MEGICO. 

PoDÍente, y las dos torres terminaban en hermosas cúpulas de madera: 
pero ningún autor habla del adorno, y disposición interior de los san- 
tuarios, como tampoco del grueso de las torres. El representado en 
la estampa es el que yo congeturo mas probable. Lo que puedo 
asegurar sin temor de errar es que la altura del edificio, no era menos 
de diez y nueve toesas, y con la de las torres pasaba de veinte y ocho. 
Desde aquella elevación se alcanzaba a ver el lago, las ciudades que 
lo rodeaban, y una gran parte del valle, lo que formaba, según los 
testigos oculares, un golpe de vista de incomparable hermosura. 

En el atrio superior estaba el altar de los sacrificios ordinarios, y en 
el inferior el de los sacrificios gladiatorios. Delante de los dos san- 
tuarios habia dos hogares de piedra^ de la altura de un hombre, y de la 
figura de las picinas de nuestras iglesias, en los cuales de dia y de 
noche se mantenía fuego perpetuo, que atizaban, y conservaban con 
la mayor vigilancia, porque creian que si llegaba a estinguirse, sobre- 
vendrían grandes castigos del cielo. En los otros templos, y edificios 
religiosos, comprendidos en el recinto del muro esterior, habia hasta 
seisdentos hogares del mismo tamaño, y forma, y en las noches en que 
todos se oncendian, formaban un vistoso espectáculo.- 

Edificios anexos al templo mayor. 

En el espacio que mediaba entre el muro esterior, y el templo, 
ademas de una plaza para los bailes religiosos, habia mas de cuarenta 
templos menores, consagrados a los otros dioses, algunos colegios de 
sacerdotes, seminarios de jóvenes de ambos sexos, y otros varios 
edificios, de los que, por su singularidad, daré aqui alguna noti-^ia. 

Entre los templos, los mas considerables eran los tres de Tezcatli- 
poca, Tlaloc, y Quetzalcoatl. Todos, aunque diferentes en el ta- 
maño, eran semejantes en la forma, y tenian la fachada vuelta acia el 
templo mayor, siendo asi que en los demás templos, construidos fuera 
de aquel circuito, la fachada daba siempre a Poniente. Solo el tem- 
plo de Quetzatcoatl se diferenciaba en la forma de los otros, porque 
estos eran cuadrilongos, y aquel era circular. La puerta de este 
santuario era la boca de una enorme serpiente de piedra, con sus 
dientes. Muchos Españoles que por curiosidad entraron en aquel 
diabólico edificio, confesaron que se habían llenado de horror. Entre 
los otros templos* habia uno llamado Ilhuicatitlan dedicado al planeta 
Venus, y dentro una gran columna en que estaba pintada o esculpida 
la imagen de aquel astro. Cerca de la columna se sacrificaban 
prisioneros al planeta, en el tiempo de su aparición. 



EDIFICIOS ANEXOS AL TEMPLO MAYOR. 245 

Habia varios colegios de sacerdotes, y seminarios contenidos en el 
recinto de dicho templo : en particular sabemos de cinco colegios o 
monasterios de sacerdotes, y de tres seminarios de jóvenes; mas 
estos, sin duda, no eran todos, pues era exesivo el numero de perso- 
ñas que alli vivian, todas consagradas al servicio de los dioses. 

Entre los edificios notables comprendidos en aquel circuito, ademas 
de las cuatro armerias colocadas sobre las puertas, habia otra, cerca 
del templo Tezcacalli, o casa de espejos, llamada asi, porque la 
parte interior de sus muros estaba revestida de espejos. Habia otro 
pequeño templo llamado Teccizcalli, todo cubierto de conchas, con 
una casa inmediata a la que se retiraba el rei de Megico, para hacer 
sus oraciones y ayunos. Otra casa de retiro habia para el gran 
sacerdote, llamada Poyauhtlan, y otras para los particulares ; un 
buen hospicio para alojar a los forasteros de distinción, que iban por 
devoción a visitar el templo, o por curiosidad a ver las grandezas de 
la corte ; estanques para el baño de los sacerdotes, y fuentes para 
suministrarles el agua de su uso. En el estanque llamado Tezcapan, 
se bañaban muchos por voto particular que hacian a los Dioses. ' En- 
tre las fuentes habia una llamada Tojpalatl, cuya agua creian que 
era santa : bebíanla tan solo en las fiestas solemnes, y fuera de ellas a 
nadie era licito tomarla*. Habia sitios para la cria de los pájaros 
que sacrificaban, y jardines en que se cultivaban flores y plantas 
olorosas para el ornato de los altares ; por ultimo- tenian también entre 
los muros un bosquecillo, con representaciones artificiales de montes, 
lagos, y peñas, y alli se hacia la caza general, de que hablaré a su 
tiempo. 

En el templo habia piezas destinadas a guardar los Ídolos, los orna- 
mentos, y todo lo perteneciente al culto de los dioses, y entre ellas 
dos salas tan grandes que los Españoles quedaron maravillados al 
verlas. Pero los edificios mas notables por su singularidad eran una 
gran cárcel, a manera de jaula, en que encerraban a los ídolos de las 
naciones vencidas, y otros en que se conservaban las calaberas de las 
victimas. Estas ultimas construccciones eran de dos especies : las 
unas no eran mas que montones de huesos ; en las otras, las calaberas 
estaban curiosamente enbutidas en el muro, o enfiladas en palos, 
formando dibujos simétricos, no tan curiosos cuanto horribles. El 

* La fuente Tojpalatl, cuya agua era bastante buena, se cegó cuando los Espa- 
ñoles arruinaron ei templo. Volvióse a abrir en el año de 1682, en la plazuela 
del Marques, que hoi se llama el Empedradillo, próximo a la catedral : mas no 
sé por qué causa la volvieron a cegar después. 



246 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

mayor de estos espantosos monumentos, aunque no estaba compren- 
dido en el recinto de los muros, distaba poco de su puerta principal. 
Era un vasto terraplén cuadrilongo y medio piramidal. En la parte 
mas baja tenia ciento y cincuenta y cuatro pies de largo. Subiase a 
la parte superior por una escalera de treinta escalones, y encima esta- 
ban erigidas mas de sesenta bigas altísimas, con muchos agugeros 
practicados en toda su longitud, y colocadas a cuatro pies de distan- 
cia una de otra. De los agugeros de una biga a los de otra habla 
bastones atravesados, y en cada uno de ellos, cierto numero de cráneos 
enfilados por las sienes. En los escalones habla también un cráneo, 
entre piedra y piedra. Ademas se alzaban en dos estremldades de 
• aquel edificio dos torres construidas tan solo, según dicen, de cráneos y 
cal. Cuando alg^n cráneo se deterioraba, los sacerdotes lo reemplaza- 
ban con otro nuevo, para que no faltase el numero ni la simetría. Los 
cráneos de las victimas comunes se conservaban, despojados de tegu- 
mentos, pero si el sacrificado era persona de distinción se procuraba 
guardar la cabeza entera, lo que hacia mas horrorosos aquellos trofeos 
de su barbara superstición. Eran tantos los cráneos conservados en 
aquellos edificios, que algunos de los conquistadoijes Españoles, que 
se tomaron el trabajo de contar solo los que habla en los escalones, y 
entre las blgas, hallaron ciento y treinta y seis mil*. SI el lector 
desea tener mas pormenores acerca de todo lo que contenían los 
muros del templo, lea la relación de Sahagun en la obra de Tor- 
quemada, y la descripción que hizo el Dr. Hernández de sus setenta y 
ocho edificios, que se halla en la Historia Natural de Nleremberg. 

Otros Templos. 

Ademas de los templos de que acabamos de hablar, habla otros 
esparcidos en diversos puntos de la ciudad. Según algunos autores 
el numero de los de la capital, comprendidos sin duda los mas peque- 
ños, no bajaba de dos mil, y las torres eran trescientas sesenta ; mas 
no consta que alguno los haya contado por si mismo. No se puede 
dudar sin embargo que eran muchos, entre los cuales, siete u ocho 
eran los mayores ; pero sobre todos se alzaba el de Tlatelolco, consa- 
grado también al dios Hultzllopochtll. 

Fuera de Meglco, los templos mas celebres eran los de Tezcuco, 
Cholula, y Teotlhuacan. Bernal Díaz, que tubo la curiosidad de con- 
tar sus escalones, dice que el de Tezcuco tenia ciento diez y siete, y 

* Andrés de Tapia, uno de los capitanes de Cortés, y uno de los que contaron 
los cráneos, dio estas noticias al historiador Gomara. 



I 




«^pp 



TEMPLOS. 247 

el de Cholula ciento y veinte. No sabemos si aquel famoso templo 
de Tezcuco era el mismo de Tezcutzinco, tan celebrado por Valades 
en su Retorica Cristiana, o el de aquella célebre torre de nueve 
cuerpos, consagrada por Nezahualcoyotl al Criador del cielo. El tem- 
plo mayor de Cholula, como otros muchos de aquella ciudad, estaba 
dedicado a su protector Quetzalcoatl. Todos los historiadores anti- 
guos hablan con admiración del numero de templos que habia en 
Cholula. Cortés aseguró al emperador Carlos V, que desde lo 
alto de un templo habia contado mas de cuatrocientas torres, todas 
pertenecientes a edificios religiosos*. Subsiste alli aun la altísima 
pirámide construida por los Tolteques, donde antes hubo un templo 
consagrado a aquella falsa divinidad, y hoi existe en el mismo sitio un 
devoto santuario de la madre del verdadero Dios : pero por causa de 
su antigüedad se ha cubierto de tal modo la pirámide de tierra, y 
maleza, que mas parece un monte natural que un edificio. Ignoro 
cuales eran sus dimensiones, pero su circunferencia en su parte infe- 
rior no bajaba de media milla f. Se sube a la cima por un camino 
espiral en rededor de la pirámide, por él cual subi yo a caballo en 1744. 
Este es aquel famoso monte que Boturini creyó construido por los 
Tolteques, para en caso de sobrevenir otro diluvio como el de Noe, y 
sobre el cual se refieren tantas fábulas. 

Subisten todavia los famosos templos de Teotihuacan, a tres millas 
al Norte de aquel pueblo, y a mas de veinte de Megico. Estos 
vastos edificios, que sirvieron de modelo a los demás templos de aquel 
pais, estaban consagrados uno al sol, y otro a la luna, representados 
en dJs Ídolos de enorme tamaño, hechos de piedra, y cubiertos de 
oro. El del sol tenia una gran concavidad en el pecho, y en ella, la 
imagen de aquel planeta, de oro finísimo. Los conquistadores se 
aprovecharon del metal, y los Ídolos fueron hechos pedazos, por orden 

* " Certifico a V. A. que yo conté desde una mezquita cuatrocientas y tantas 
torres en la dicha ciudad de Cholula, y todas son de mezquitas." Carta a Car- 
los V, del 30 de Octubre de 1520. El conquistador anónimo contó, según 
afirma, ciento y noventa torres, entre palacios y templos. Bemal Diaz dice que 
pasaban de ciento, pero probablemente contarla las mas notables por su altura. 
Algunos escritores posteriores digeron que estas torres eran tantas cuantos los 
dias del año. 

f Betancourt dice que la altura de la pirámide de Cholula era de mas de cua- 
renta estados, es decir, mas de doscientos cinco pies de Paris : mas esta medida 
no es exacta, pues indudablemente aquella elevación no bajaba de quinientos 
pies. 



248 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

del primer obispo de Megico : pero los fragmentos se conservaron 
hasta fines del siglo pasado, y aun quizas hai algunos todavia. La 
base o cuerpo inferior del templo del sol, tiene ciento y veinte toesas 
de largo, y ochenta y seis de ancho, y la altura de todo el edi6cio 
corresponde a su mole*. El de la luna tiene en la base ochenta y 
seis toesas de largo, y sesenta y tres de ancho. Cada uno de estos 
edificios está dividido en cuatro cuerpos, y con otras tantas escaleras, 
dispuestas como las del templo mayor de Megico : mas ahora no se 
descubren, por estar en parte arruinadas, y enteramente cubiertas de 
tierra. En rededor de aquellas construcciones se veían muchos mon- 
tecillos, que según dicen, eran otros tantos templos, consagrados a 
diferentes planetas y estrellas, y por estar todo aquel sitio cubierto de 
monumentos religiosos, fue llamado por los antiguos Teotihuacan. 

El numero de- los templos que habia en todo el imperio Megicano 
era mui considerable. Torquemada dice que eran mas de cuarenta 
mil : pero creo que pasaban de este numero, si se cuentan los peque- 
ños : pues no habia lugar habitado, sin su templo, ni pueblo de alguna 
esten^iOn que no tubiese muchos. ^ 

La estructura de los templos grandes era, por lo^ común, como la 
del templo mayor de Megico : pero habia otros muchos de diversa 
arquitectura. Algunos constaban de un solo cuerpo piramidal, y de 
una escalera ; otros de un cuerpo, y de varias escaleras, como se ve 
en la estampa adjunta, copiada de otra que publicó Diego Valadés, 
en su Retorica Cristiana f. 

No contenta la superstición de aquellos pueblos con tan gran nu- 
mero de templos construidos en sus ciudades, y villas, habia muchos 
altares en las cimas de los montes, en los bosques, y en los caminos, 

* Gemelli midió aquellos templos en largo y ancho, mas no pudo medir la 
altura por falta de instrumentos. Boturini midió la altura, pero cuando escribió 
la obra no tenia consigo las medidas, aunque le parecía haber hallado en el tem- 
plo del sol doscientas brazas castellanas de alto, esto es, ochenta y seis toesas. 
Este autor dice que aquellos edificios estaban vacios en su interior: pero se 
olvidó de su figura, cuando dijo que eran exactamente cuadrados. El Dr. Si- 
güenza observó curiosa y diligentemente aquellos célebres monumentos de la 
antigüedad Americana : mas se perdieron sus preciosos manuscritos. 

t Diego Valadés, Franciscano, después de haberse empleado muchos años en 
la conversión de los Megicanos, pasó a Roma, donde fue nombrado procurador 
general de su orden. De alli a poco publicó en Perugia su erudita y apreciable 
obra latina, intitulada Retorica Cristiana, dedicada al papa Gregorio XIII, eu 
que esplicó muchas antigüedades Megicanas. 



.' i?;ji; SACERDOTES. 249 

para exitar donde quiera la idolatra devoción de los viandantes, y para 
celebrar sacrificios a los dioses de los montes, y a los otros númenes 
campestres. 

Rentas de los Templos. 
Las rentas del templo mayor de Megico, como las de los otros de 
la corte, y del imperio, eran cuantiosas. Cada uno tenia sus posesiones, 
y tierras propias, y aun labradores para trabajarlas. De estos bienes 
salia todo lo necesario para la manutención de los sacerdotes, y la leña 
que en gran cantidad se consnmia en los templos. Los sacerdotes, 
que hacian de mayordomos, iban frecuentemente a aquellas haciendas, 
y los que en ellas trabajaban, se creian mui felices por contribuir con 
sus fatigas al culto de los dioses, y a la manutención de sus ministros. 
En el reino de Acolhuacan, las veintinueve ciudades que suministra- 
ban las provisiones al real palacio, las daban también a los templos. Es 
de creer que el distrito llamado Teotlalpan (tierra de los dioses) ten- 
dría este nombre por ser una posesión religiosa. A esto se anadian 
las infinitas oblaciones que continuamente hacian los pueblos, y que 
se componian, por lo común, de viveres, y las primicias que ofrecian 
por las lluvias oportunas, y por los otros beneficios del cielo. Cerca 
de los templos habia almacenes en que guardaban los comestibles para 
el mantenimiento de los sacerdotes, y anualmente se distribuia lo que 
sobraba, entre los pobres, para los cuales habia hospitales en los pue- 
blos grandes. 

) Numero y gerarquias de los Sacerdotes. 

A la muchedumbre de los dioses, y de los templos Megicanos, corres- 
pondia el numero de los sacerdotes, y la veneración con que se mira- 
ban, no era inferior al culto supersticioso de las divinidades. El nu- 
mero prodigioso de sacerdotes que habia en el imperio, se puede cal- 
cular, por el de los que residían en el templo mayor, pues subia, se- 
gún los historiadores, a cinco mil. No debe estrañarse, pues solo los 
consagrados al dios Tezcatzoncatl en aquel sitio, eran cuatrocientos. 
Cada templo tenia un cierto numero de ministros, por lo que no seria 
temeridad asegurar que no habia menos de un millón en todo el impe- 
rio. Contribuían a su multiplicación el sumo respeto con que eran tra- 
tados, y el alto honor anexo al servicio de las divinidades. Los señores 
consagraban sus hijos a porfía por algún tiempo al servicio de los san- 
tuarios. La nobleza inferior empleaba los suyos en las funciones este- 
riores, como llevar leña, atisar y conservar el fuego, y otras análogas, 



250 HISTORIA ANTIGUA D£ ME6IG0. 

persuadidos irnos y otros que era la mayor distinción con que podian 
condecorar a sus familias. 

Habia muchos grados o gerarquias entre los sacerdotes. Los gefes 
supremos de todos eran los dos sumos sacerdotes, a quienes llamaban 
Teoteuctli, señor divino, y Hueiteopijqui, gran sacerdote. Aquella 
alta dignidad no se conferia si no a las personas mas ilustres, por su 
nacimiento, por su probidad, y por su inteligencia en las ceremonias reli- 
giosas. Los sumos sacerdotes eran los oráculos que los reyes consul- 
taban en los mas graves negocios del estado, y nunca se emprendía la 
guerra sin su consentimiento. Ellos eran los que ungian a los reyes 
después de su elección, los que abrían el pecho, y arrancaban el cora- 
zón a las victimas humanas, en los mas solemnes sacrificios. El sumo 
sacerdote era siempre en el reino de Acolhuacan el hijo segundo del 
reí. El de los Totonaques era ungido con sangre de niños, y esta ce- 
remonia se llamaba unción divina*. Lo mismo dicen algunos autores 
del de Megico. 

De lo referido podra inferirse que los sumos sacerdotes de Megico 
eran gefes de la religión en aquel estado, y no en las otras naciones con- 
quistadas, las cuales aun después de haber sido agregadas a la corona, 
conservaban sus sacerdotes independientes. 

El sumo sacerdocio se conferia por elección : pero ignoro si los elec- 
tores eran los mismos sacerdotes, o los que elogian el gefe político del 
estado. La insignia de los sumos sacerdotes de Megico era una borla 
de algodón pendiente del pecho, y en las fiestas grandes usaban tragos 
mui adornados en que se veian las insignias del numen cuya fiesta cele- 
braban. El sumo sacerdote de los Mij toques, se ponia en semejantes 
ocasiones una túnica, en que estaban representados los principales su- 
cesos de su Mitología ; sobre ella un roquete blanco, y sobre todo una 
gran capa. En la cabeza llevaba un penacho de plumas verdes curio- 
samente tegidas, y adornadas con algunas figurillas de dioses. De 
los hombros le pendia un lienzo, y otro del brazo. 

Después de esta suprema dignidad sacerdotal, la mas elevada era la 
del Megicoteohuatzin, que el mismo gran sacerdote conferia. Su 
obligación era velar en la observancia de los ritos, y ceremonias, y en 
la conducta de los sacerdotes que estaban a la cabeza de los semina- 
rios, y castigar a los ministros delincuentes. Para desempeñar tan 
vastas funciones tenia dos ayudantes, o vicarios, cuyos títulos eran 
Huitznahuateohuatzin, y Tepanteohuaizin. Este ultimo era el su- 

* El P. Acosta confunde la unción divina del sumo sacerdote con la del rei ; 
pero eran enteramente diferentes. La unción del rei se hacia con Cierta tinta. 



SACERDOTES. 251 

perior general de los seminarios. La insignia principal del Megico- 
teoliuatzin era un saquillo de copal que llevaba siempre consigo. 

El Tlatquimilolteuctli era el ecónomo de los santuarios ; el Ome- 
tochtli, el primer compositor de los himnos que se cantaban en las 
fiestas ; el Epcoacuiltzin* , el maestro de ceremonias ; el Tlapijcatzin, 
el maestro de capilla, el cual no solo disponía la música, si no que 
dirigía el canto, y corregía a los cantores. Habla otros superiores In- 
mediatos de los colegios de los sacerdotes consagrados a diversos dioses, 
cuyos nombres omito por no parecer difuso f. A los sacerdotes daban, 
como hoi dan a los del verdadero Dios, el nombre de Teopijqui, es 
decir, custodio o ministro de Dios. 

En cada barrio de la capital, y lo mismo puede creerse de las otras 
ciudades, habla un sacerdote preeminente, que era como el párroco de 
aquel distrito, y a quien tocaba dirigir allí las fiestas, y los otros actos 
religiosos. Todos estos ministros dependían del Meglcoteohuatzln. 

Funciones, trage, y vida de los Sacerdotes. 

Todos los ministerios relativos al culto se dividían entre los sacer- 
dotes. Los unes eran sacrlficadores, y los otros adivinos ; unos com- 
positores, y otros cantores de himnos. Entre estos, unos cantaban de 
día, y otros de noche. Los habla para cuidar de la limpieza de los 
templos, y del ornato de los altares. A los sacerdotes tocaba la Ins- 
trucción de la juventud, el arreglo del calendarlo, de las fiestas, y de 
las pinturas mitológicas. 

Cuatro veces al día Incensaban a los ídolos, esto es, al amanecer, 
a mealo día, al anochecer, y a media noche. Esta ultima ceremonia 
se hacia por el sacerdote a quien tocaba el turno, pero con asistencia de 
los ministros mas condecorados del templo. Al sol Insensaban nueve 
veces, cuatro de día, y cinco de noche. El perfume de que usaban era 
copal, o alguna otra resina olorosa : pero en ciertas fiestas se servían 
de chapopotll, o betún judaico. Los Incensarlos eran ordinariamente 
de barro, pero habla algunos de oro. Los sacerdotes, o al menos, algu- 
nos de ellos, se teñían diariamente el cuerpo con tinta hecha del hollín 
deolcotl, que era una especie de pino bastante aromático, y sobre aque- 

* Torquemada llama a este sacerdote Epqualiztli, y el Dr. Hernández Epoaqua- 
cuiliztli : pero los dos se engañan. 

t Quien desee saber los otros empleos y nombres de los sacerdotes, podra leer 
el libro 8, de Torquemada, y la relación de Hernández, que insertó Nieremberg 
en su historia natural. 



262 HISTORIA ANTIGUA DE MBGICO. 

Ha costra se ponían ocre, y cinabrio, y todas las noches se bañaban en 
los estanques del recinto del templo. 

El habito de los sacerdotes Mejicanos no era diferente del común 
del pueblo, con la sola diferencia de una especie de gorra negra de 
algodón : pero los que en los monasterios profesababan una vida mas 
austera, iban enteramente vestidos de negro, como los sacerdotes co- 
munes de las otras naciones del imperio. Se dejaban crecer los cabe- 
llos, y a veces les llegaban a los pies. Los trenzaban con gruesos 
cordones de algodón, y los untaban con tinta, resultando un grueso 
volumen, no menos incomodo, para ellos, que horrible y asqueroso a 
la vista. 

Ademas de la unción ordinaria de tinta, usaban otra estraordinaria 
y mas abominable, siempre que hacian sacriñeios en las cimas de los 
montes, y en las cavernas tenebrosas de la tierra. Tomaban una buena 
cantidad de insectos venenosos, como escorpiones, arañas, y gusanos, 
y aun de culebras pequeñas ; quemábanlos en uno de los hogares del 
templo, y amasaban sus cenizas en un mortero, con hollin de ocotl, 
con tabaco, con la yerba ololiuhqui, y con algunos insectos vivos. Pre- 
sentaban en vasos pequeños esta diabólica confeccÍQ«i a sus dioses, y 
después se ungían con ella todo el cuerpo. Después arrostraban con 
denuedo los madores peligros, persuadidos de que no podrían hacerles 
ningún mal, ni las fieras de los bosques, ni los insectos mas maléficos. 
Llamaban a aquella untura teopatli, es decir medicamento divino, y 
la creían eficaz contra toda especie de enfermedades ; por lo que solían 
darla a los enfermos, y a los niños. Los muchachos de los seminarios 
eran los encargados en coger los bichos necesarios para su composición, 
y acostumbrados desde pequeños a aquel oficio, perdían el miedo a 
los animales venenosos, y los manejaban sin escrúpulo. Servíanse tam- 
bién del teopatli para los encantos, y otras ceremonias supersticiosas, 
y ridiculas, juntamente con cierta agua que bendecían a su modo, par- 
ticularmente los sacerdotes del dios Ijlitlon. De esta agua daban a 
los enfermos. Los sacerdotes practicaban muchos ayunos, y aus- 
teridades; no se embriagaban jamas, antes bien raras veces bebían 
vino. Los de Tezcatzoncatl, después de terminado el canto con que 
celebraban a sus dioses, echaban cada día al suelo trescientas tres 
cañas, numero correspondiente al de los cantores ; entre ellas habia 
una agugereada : cada uno tomaba la suya, y aquel a quien tocaba la 
agugereada era el único que podía beber vino. Durante el tiempo 
que empleaban en el servicio del templo se astenian de tocar a otra 



LAS SACERDOTISAS. 253 

muger que a la legitima, y afectaban tanta modestia, y compostura que 
cuando encontraban casualmente a otra cualquiera, bajaban los ojos 
para no mirarla. Cualquier exeso de incontinencia era severamente 
castigado en los sacerdotes. El sacerdote que en Teohuacan estaba 
convicto de haber faltado a la castidad, era entregado al pueblo, que 
lo mataba de noche a palos. En Ichcatlan el sumo sacerdote estaba 
obligado a vivir siempre en el templo, y a astenerse de toda comunica- 
ción con mugere^.' Si por su desgracia faltaba a este deber, moría irre- 
misiblemente, y se presentaban sus miembros sangrientos a su sucesor, 
para que le sirviesen de egemplo. A los que por pereza no se levanta- 
ban para los egercicios nocturnos de la religión, bañaban la cabeza con 
agua hirviendo, o les perforaban los labios, o las orejas, y los que rein- 
cidían en esta o en otra culpa, moriaa ahogados en el lago, después de 
haber sido arrojados del templo, en la fiesta que hacian al dios de las 
aguas en el sesto mes del año. Los sacerdotes vivian ordinariamente 
en comunidad, bajo la vigilancia de algunos superiores. 

Las Sacerdotisas. ,) 

El sacerdocio no era perpetuo entre los Megicanos. Sin embargo, 
habia algunos que se consagraban por toda la vida al servicio de los 
altares : pero otros lo hacian por algún tiempo, o para cumplir un voto 
de sus padres, o por su propia devoción. Tampoco era el sacerdocio 
propiedad esclusiva del sexo masculino, pues habia mugeres que eger- 
cian aquellas funciones. Incensaban los Ídolos, cuidaban del fuego 
sagrado, barrían el templo, preparaban la oblación de comestibles que 
se h? úa diariamente, y la presentaban en el altar ; pero no podían hacer 
sacrificios, y estaban escluidas de las primeras dignidades sacerdotales. 
Entre ellas habia algunas consagradas desde la niñez por sus padres 
otras, en virtud de algún voto que hacian por enfermedad, o para obte- 
ner un buen casamiento, o para implorar de los dioses la prosperidad de 
sus familias, servían en el templo por espacio de uno o dos años. La 
consagración de las primeras se hacia del modo siguiente : cuando na- 
cía la niña, la ofrecían sus padres a alguna divinidad, y avisaban al 
sacerdote del barrio, y este al Tepanteohuatzin, que era, como ya 
hemos dicho, el superior general de los seminarios. Después de dos 
meses la llevaban al templo, y le ponían en las manos una granadilla, 
y un pequeño incensario con un poco de copal, para significar su futuro 
destino. Cada mes reiteraba la visita al templo, y la oblación, junta- 
mente con la de algunas cortezas de árbol, para el fuego sagrado. 
Cuando la niña llegaba a la edad de cinco años, la entregaban sus 



254 HISTORIA ANTIGUA DE MEGIGO. 

padres al Tepanteohuatzin, y este la ponia en un seminario, donde la 
instruian en la religión, en las buenas costumbres, y en las ocupaciones 
propias de su sexo. Con las que entraban a servir por algún voto par- 
ticular, lo primero que hacían era cortarles los cabellos. Las unas, y las 
otras vivian con mucho recogimiento, silencio, y retiro, bajo la vigilancia 
de sus superiores, y sin tratar con hombres. Algunas se levantaban dos 
horas antes de media noche, otras o media noche, y otras al rayar el dia, 
para atisar, y avivar el fuego, y para incensar a los Ídolos ; y aunque 
asistían algunos sacerdotes a la misma ceremonia, había una separación 
entre ellos, formando los hombres un ala, y las mugeres otra, aquellos 
y estas a vista de sus superiores, para que no hubiese el menor desor- 
den. Todas las mañanas preparaban las oblaciones de comestibles, y 
barrian el atrio inferior del templo. Los ratos que les dejaban libres 
sus ocupaciones religiosas, los empleaban en hilar, y teger hermo- 
sas telas, para vestir a los ídolos y adornar los altares. La continencia 
de estas doncellas era el obgeto del esmero particular de sus superioras. 
Cualquier delito de este genero era imperdonable. Sí quedaba oculto, 
la deKncuente procuraba aplacar la colera de los dioses con ayunos, y 
austeridades, pues temía que en castigo de su culpa se le pudriesen 
las carnes. Cuando la doncella consagrada desde su infancia al culto 
de los dioses llegaba a la edad de diez y siete años, que era en la que, 
por lo común, se casaban, sus padres le buscaban marido, y estando ya 
de acuerdo con él, presentaban al Tepanteohuatzin, en platos curiosa- 
mente labrados, un cierto numero de codornices, y cierta cantidad de 
copal, de flores, y de comestibles, con un discurso en que le daban 
gracias por el esmero que había puesto en la educación de su rija, y 
le pedían licencia de llevarla consigo. Aquel personage respondía con 
otra arenga, concediendo el permiso que se le pedia, y exortando a la 
joven a la perseverancia en la virtud, y al cumplimiento de las obliga- 
ciones del matrimonio. 

Diferentes ordenes religiosas. 
Entre las diferentes ordenes o congregaciones religiosas de hombres, 
y de mugeres, merece particular mención la de Quetzalcoatl. En los 
colegios o monasterios de uno u otro sexo, dedicados a este imagina- 
rio numen, se observaba una vida estraordinariamente rígida, y 
austera. El habito de que usaban era muí honesto : bañábanse todos 
a media noche, y velaban hasta dos horas antes del dia, cantando 
himnos a su dios, y egercitandose en varias penitencias. Tenían 
libertad de ir a los montes, a cualquier hora del dia, y de la noche, 



ORDENES RELIGIOSAS. 255 

a derramar su propia sangre : privilegio de que gozaban, en virtud 
de su gran reputación de santidad. Los superiores de los monas- 
terios tomaban también el nombre de Quetzalcoatl, y tenian tanta 
autoridad, que a nadie visitaban si no es al rei, en casos estraordina- 
rios. Estos religiosos se consagraban en la infancia. El padre del 
niño convidaba a comer al superior, el cual enviaba en su lugar a uno 
de sus subditos. Este le presentaba el niño, y él, tomándolo en 
brazos, lo ofrecia, pronunciando una oración a Quetzalcoatl, y le 
ponía al cuello un collar, que debia llevar hasta la edad de siete 
años. Cuando cumplia dos años, le hacia el superior una incisión en 
el pecho, la cual, como el collar, era la señal de su consagración. 
Cumplidos los siete años, entraba en el monasterio, después de haber 
oido de sus padres un largo discurso, en que le recordaban el voto 
hecho por ellos a Quetzalcoatl, y lo exortaban a cumplirlo, a observar 
las buenas costumbres, a obedecer a sus superiores, y a rogar al dios 
por los autores de su vida, y por toda la nación. Esta orden se lla- 
maba Tlamacajcayotl, y sus individuos, Tlamacazquo. 

Otra orden habia consagrada a Tezcatlipoca, que llamaban Tel- 
poclitiliztli, o colección de jóvenes, por componerse de jóvenes, y 
niños. Consagrábanse también desde la infancia, casi con las mismas 
ceremonias que acabamos de describir : pero no vivian en comunidad, 
si no cada uno en su casa. Tenian en cada barrio de la ciudad un 
superior que los dirigía, y una casa en que al ponerse el sol, se 
reunían a bailar, y a cantar los elogios de su dios. Concurrían a esta 
ceremonia ambos sexos, pero sin cometer el menor desorden, pues 
los observaban con el mayor cuidado los superiores, y castigaban 
rigorosamente a quien faltaba a las reglas establecidas. 

En los Totonaques habia una orden de monges, dedicados al culto 
de su diosa Centeotl. Vivian en gran retiro, y austeridad, y su con- 
ducta, dejando a parte la superstición, y la vanidad, era realmente 
irrepreensible. En este monasterio no entraban si no hombres de 
mas de sesenta años, viudos, de buenas costumbres, y sobre todo, 
castos, y honestos. Habia un numero fijo de monges, y cuando moria 
uno, le sustituían otro. Eran tan estimados, que no solo los consul- 
taban las gentes humildes, si no los personages mas encumbrados, y 
él mismo gran sacerdote. EscuchabanJas consultas, sentados en un 
banco, fijos los ojos en el suelo, y sus respuestas eran recibidas como 
oráculos hasta por los mismos reyes de Megico. Empleábanse en 
hacer pinturas históricas, las que se entregaban al sumo sacerdote, 
para que las enseñase al pueblo. 



256 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Sacrificios comunes de victimas humanas. 

Pero el empleo mas importante del sacerdocio, la principal función 
del culto de los Megicanos, eran los sacrificios que hacian, ya para 
tíbtener alguna gracia del cielo, ya para darle gracias por los bene- 
ficios recibidos. Omitirla de buena gana el tratar de este asunto, si 
las leyes de la historia me lo permitiesen, para evitar al lector el dis- 
gusto que debe producirle la relación de tanta abominación, y cruel- 
dad : pues aunque apenas hai nación en el mundo que no haya prac- 
ticado aquella clase de sacrificios, difícilmente se hallará una que los 
haya llevado al exeso que los Megicanos. 

No sabemos cuales eran los sacrificios que usaban los antiguos 
Tolteques. Los Chichimecos estubieron mucho tiempo sin practicar- 
los, pues al principio no tenian Ídolos, templos, ni sacerdotes, ui ofre- 
cían otra cosa a sus dioses, el sol, y la luna, si no yerbas, frutas, 
flores, y copal. No se ocurrió a aquellos pueblos la inhumanidad de 
sacrificar victimas humanas, hasta que dieron el egemplo los Megica- 
nos, b jrrando entre las naciones vecinas, las primeras ideas inspiradas 
por la naturaleza. Ya hemos indicado lo que ellos decían acerca del 
origen de tan barbara practica, y lo que se halla en sus historias 
sobre el primer sacrificio de los prisioneros Joquímilques, cuando los 
Megicanos se hallaban en Colhuacan. Mientras estos se hallaban en- 
cerrados en el lago, y sometidos al yugo de los Tepaneques es de 
creer que no serian muí comunes aquellos sangrientos holocaustos, pues 
ni tenian prisioneros, ni podían adquirir esclavos. Pero desde que 
estendieron sus dominios, y multiplicaron sus victorias, cmpezp^ron a 
repetirse con frecuencia los sacrificios, y en algunas fiestas eran mu- 
chas las victimas. 

Los sacrificios variaban con respecto al numero, al lugar, y al modo, 
según las circunstancias de la fiesta. Por lo, común abrían el pecho 
a las victimas ; pero algunas otras eran ahogadas en el lago, otras 
morían de hambre, encerradas en las cavernas en que enterraban a 
los muertos, y otras finalmente en el sacrificio gladiatorio. El lugar 
en que mas comumente se consumaban aquellas atrocidades, era el 
templo, en cuyo atrio superior estaba el altar destinado a los sacrifi- 
cios ordinarios. El del templo riiayor de Megico, era de una piedra 
verde, jaspe probablemente, convexa en la parte superior, de cerca 
de tres píes de alto, de otro tanto de ancho, y de cinco pies de largo. 
Los ministros ordinarios del sacrificio eran seis sacerdotes, el principal 
de los cuales era el Topíltzin, cuya dignidad era preminentc, y here- 



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256 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 



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SACRIFICIOS DE VICTIMAS HUMANAS. 257 

ditaria : mas en cada sacrificio, tomaba el nombre de la divinidad en 
cuyo honor se hacia. Vestiase para aquella función con un trage 
rojo, de hechura de escapulario, y adornado con flecos de algodón ; 
en la cabeza llevaba una corona de plumas verdes, y amarillas ; en 
las orejas, pendientes de oro, y piedras verdes (quizas esmeraldas), 
y en el labio superior otro pendiente de una piedra azul. Los otros 
cinco ministros estaban vestidos de tragos blancos, de la misma forma, 
y bordados de negro ; tenian los cabellos sueltos ; la frente ceñida de 
correas, y adornada con ruedas de papel de varios colores, y todo el 
cuerpo pintado de negro. Estos desapiadados ministros se apodera- 
ban de la victima, y la llevaban desnuda al atrio superior del templo, 
y después de haber indicado a los circunstantes el idolo a quien se 
hacia el sacrificio, para que lo ^dorasen, la estendian sobre el altar. 
Cuatro sacerdotes aseguraban al infeliz prisionero por los pies, y 
los brazos, y otro le afirmaba la cabeza con un instrumento de ma- 
dera, hecho en figura de sierpe enroscada, el cual le entraba hasta 
el cuello ; y como el altar era convexo, según hemos dicho, quedaba 
el cuerpo arqueado, levantado el pecho, y el vientre, e incapaz de 
hacer la menor resistencia. Acercábase entonces el inhumano To- 
piltzin, y con un cuchillo agudo de piedra, le abría prestisimamente 
el pecho, le arrancaba el corazón, y todavia palpitante, lo ofrecía al 
sol, y lo arrojaba a los pies del idolo. Lo ofrecía después al mismo 
idolo, y lo quemaba, mirando con veneración las cenizas. Si el idolo 
era gigantesco, y concavo, solian introducirle el corazón en la boca, 
con una especie de cuchara de oro. También solian untar con sangre 
de las «victimas los labios del idolo, y la comiza de la entrada del 
templo. Si la victima era prisionero de guerra, le cortaban la cabeza, 
para conservarla, como ya hemos dicho, y precipitaban el cuerpo por 
las escaleras al atrio inferior, donde lo tomaba el oficial, o soldado 
que lo habia hecho prisionero, y lo llevaba a su casa, para cocerlo, y 
condimentarlo, y dar con él un banquete a sus amigos. Si no era 
prisionero de guerra, si no esclavo comprado para el sacrificio, su 
amo tomaba el cadáver del altar, y se lo llevaba para el mismo obgeto. 
Comian tan solo las piernas, los muslos, y los brazos, y quemaban lo 
demás, o lo reservaban para mantener las fieras de las casas reales. 
Los Otomites hacían a la víctima pedazos, y vendían estos en el 
mercado publico. Los Zapoteques sacrificaban los hombres a los 
dioses, las mugeres a las diosas, y los niños a ciertos númenes pe- 
queños. 
Tal era el modo mas ordinario de sacrificar, con algunas circuns- 

TOMO I. S . 



258 HISTORIA ANTIGUA DE M£GICO. 

tancias mas barbaras, como veremos después : pero tenían otras es- 
pecies de sacrificios, que solo se celebraban en ciertas ocasiones. En 
la fiesta de Teteoinan, la muger que representaba esta diosa era de- 
capitada, mientras otra muger la sostenia en sus hombros. Eu la 
de la llegada de los dioses, las victimas morian en las llamas. En 
uoa do las fiestas que hacian a Tlaloc, le sacrificaban dos niños de 
ambos sexos, ahogándolos en el lago. En otra fiesta del mismo dios, 
compraban tres muchachos de seis ,o siete años, y encerrándolos con 
abominable inhumanidad en una caverna, los dejaban morir de ham- 
bre, y horror. 

Sacrificio gladiatorio. 
Pero el mas célebre sacrificio de los Megicanos era el que los 
Españoles llamaron con razón gladiatorio. Este era sumamente 
honroso, y solo se destinaban a ól los prisioneros mas afamados por 
su valor. Habia cerca del templo mayor de las ciudades grandes, 
en un sitio capaz de contener una inmensa muchedumbre de gente, 
un terraplén redondo, de ocho pies de alto, y sobre él una gran 
piedi^a redonda, semejante a las de molino, pero mucho mayor, de 
casi tres pies de alto, lisa, y adornada con algunas figuras*. Sobre 
esta piedra, que ellos llamaban Temalacatl, ponian al prisionero, 
armado de rodela, y espada corta, y atado al suelo por un pie. Con 
él subia a pelear un oficial o soldado Megicano, a quien daban me- 
jores armas que las del prisionero. Cada cual puede figurarse los 
esfuerzos que baria aquel infeliz para evitar la muerte, y los que em- 
plearía su contrario, para no perder su reputación militar, delante de 
tan gran numero de testigos. Si el prisionero quedaba vencido, 
acudia inmediatamente un sacerdote llamado CTialchiutepehua, y 
muerto o vivo, lo llevaba al altar de los sacrificios comunes, donde le 
abría el pecho, y le arrancaba el corazón. El vencedor era aplaudido 
de la muchedumbre, y recompensado por el rei con alguna insignia 
militar. Pero si el prisionero vencia a aquel, y a otros seis, que según 
el conquistador anónimo, subian a pelear sucesivamente con él, se le 
concedía la vida, la libertad, y todo cuanto le hablan quitado, y se 
volvia lleno de gloria a su patria f . El mismo autor refiere que en 

* Los edificios representados en la estampa lian sido dibujados caprichosa- 
mente por el artista; aunque las azoteas, y merlones son como los que los Megi- 
canos construían. 

t Algunos escritores dicen que vencido el primer combatiente quedaba libre 
el prisionero : pero yo doi mas crédito al conquistador, pues no parece probable 



NUMERO DE LOS SACRIFICIOS. 259 

una batalla que dieron los Choluleses a sus vecinos los Huejotzin- 
ques, el principal señor de Cholula se empeñó de tal modo en la 
refriega, que habiéndose alejado de los suyos, fue hecho prisionero, y 
conducido a Huejotzinco, y puesto sobre la piedra del sacrificio, 
venció a los siete combatientes, que se requerían alli para declarar la 
victoria: pero los Huejotzinques, previendo el daño que podría hacer- 
les un enmigo tan animoso, si le concedian la libertad, le dieron 
muerte, contra la costumbre universal, y desde entonces quedaron 
infames a los ojos de todas aquellas naciones. 

Numero incierto de los Sacrificios. 
Acerca del numero de victimas que se sacrificaban anualmente, 
nada podemos asegurar, por ser mui diversas las opiniones de los his- 
toriadores*. El numero de veinte mil, que es el que parece acer- 
carse mas a la verdad, comprende todos los hombres sacrificados en 
el imperio, y no me parece exagerado: pero si se limita a los niños, 
o a las victimas sacrificadas tan solo en el monte Tepeyacac, o en la 
capital, como quieren algunos, lo creo enteramente inverosimif. Es 
cierto que no ha^ia numero fijo de sacrificios, si no proporcionado al 
de prisioneros que se hacian en la guerra, a las necesidades del es- 
tado, y a la calidad de las fiestas, como se vio en la dedicación del 
templo mayor de Megico, que fue cuando la crueldad de los Megi- 
canos traspasó los limites de la verosimilitud. Lo cierto es que eran 
muchos, por que las conquistas de los Megicanos fueron rapidisimas, 
y en sus frecuentes guerras no procuraban tanto matar enemigos, 
cuanfó hacerlos prisioneros para los sacrificios. Si a estas victimas 

que a tan poca costa diesen libertad a un prisionero que podría serles tan perju- 
dicial por su valor, y privasen a los dioses de una victima tan grata a su 
crueldad. 

* El señor Zamarraga, primer obispo de Megico, en su carta de 12 de Junio 
de 1531, escrita al capitulo general de su orden, congregado en Tolosa, dice que 
en aquella sola capital se sacrificaban anualmente veinte mil victimas humanas. 
Otros, citados por Gomara, afirman que el numero de los sacrificios llegaba a 
cincuenta mil. Acosta escribe que habia dias en que en diversos puntos del 
imperio Megicano se sacrificaban cinco mil, y uno de veinte mil. Otros creyeron 
que solo en el monte Tepeyacac se sacrificaban veinte mil a la diosa Tonantzin. 
Torquemada, citando aunque infielmente la carta del señor Zumarraga, dice qu^ 
se sacrificaban anualmente veinte mil niños. Por el contrario el Sr. Las Casas 
en su inpugnacion del sangriento libro del Dr. Sepulveda, limita estos sacrificios 
a tan pequeño numero, que apenas da lugar a creer que fuesen diez, o cuando 
mas ciento. No dudo que todos estos escritores exageran. Las Casas por defecto, 
y los demás por exeso. 

s2 



260 HISTORIA ANTIGUA DK MEGICO. 

se añaden los esclavos que compraban con el mismo obgeto, y los de- 
lincuentes destinados a espiar de aquel modo sus crímenes, hallaremos 
un numero algo mayor que el que señala el Sr. Las Casas, demasiado 
propenso a escusar a los Americanos de los exesos de que los acusa- 
ban los Españoles*. Los sacrificios se multiplicaban en los años divi- 
nos, y mucho mas en los seculares. 

Acostumbraban los Megicanos en sus fiestas vestir a la victima 
con el mismo ropage, y adornarla con las mismas insignias que se 
atribuian al dios en cuyo honor se sacrificaba. Asi paseaba toda la 
ciudad, pidiendo limosna para el templo, en medio de una guardia do 
soldados, para que no se escapase. Si se escapaba, sacrificaban en su 
lugar al cabo de la guardia, en pena de su descuido. Cebaban a estos 
desventurados, como nosotros hacemos con algunos animales. 

No se limitaba a esta clase de victimas la religión Megicana : 
hacíanse también de varias especies de animales. Sacrificaban a 
Huitzilopochtli codornices y esparavanes, y a Mijcoatl, liebres, cone- 
jos, ciervos, y coyotes. Al sol inmolaban todos los dias codornices. 
Cada^dia, al salir aquel astro, estaban en pie mucíos sacerdotes, con 
el rostro vuelto acia Levante, cada uno con una codq-niz en la mano, 
y al despuntar el disco del planeta, lo saludaban con música, cortaban 
la cabeza a los pájaros, y se los ofrecian. Después incensaban al sol, 
con gran estrepito de instrumentos músicos. 

Ofrecian también a sus dioses, en reconocimiento de su dominio, 
varias especies de plantas, flores, joyas, resinas, y otros obgetos inani- 
mados. A Tlaloc, y a Coatlicue presentaban las primicias de las 
flores, y a.Centeotl, las del maiz. Las oblaciones de pan, de masas, 
y de otros manjares eran tan cuantiosas, que bastaban a saciar a todos 
los ministros del templo. Cada mañana se veian al pie de los altares 
innumerables platos, y escudillas, calientes todavia, afin de que sn 
vapor llegase a las narices del idolo, y fuese alimento de los dioses 
inmortales. 

Pero la oblación mas frecuente era de copal. Todos incensaban 
diariamente a sus Ídolos, asi que el incensario era mueble indispensable 
en la casa. Usaban incensar acia los cuatro puntos cardinales, los 
sacerdotes en los templos, los padres de familia en sus moradas, y 
los jueces en los tribunales, cuando iban a fallar una causa grave, 
civil, o criminal. Esta ceremonia no era en aquellos pueblos un acto 

* No sé por que el Señor Las Casas, que en sus escritos se vale contra los con- 
quistadores del testimonio del Señor Zumarraga, y de los primeros religiosos, los 
contradice cuando tratan del numero de sacrificios. 



AUSTERIDAD \ AYUNOS. 26i 

puramente religioso, si no también un obsequio civil que hacian a los 
magnates, y a los embajadores. 

La crueldad y la superstición de los Megicanos, sirvieron de egem- 
plo a todas las naciones que conquistaron, y a las inmediatas a sus 
dominios, sin otra diferencia que la de ser menor entre ellas el numero 
de aquellos abominables sacrificios, y de practicarlos con algunas 
ceremonias particulares. Los Tlascaleses, en una de sus fiestas, ata- 
ban un prisionero a una cruz alta, y lo mataban a flechazos, y en 
otras ocasiones, ataban la victima a una cruz baja, y la mataban 
a palos. 

Sacrificios inhumanos en Quauhtitlan. ,¡ 

Eran célebres los inhumanos, y espantosos sacrificios que de cuatro 
en cuatro años celebraban los Quauhtitlaneses al dios del fuego. El 
dia antes de la fiesta plantaban seis arboles altisimos en el atrio in- 
ferior del templo, sacrificaban dos esclavas, les arrancaban el pellejo, 
y les sacaban los huesos de los muslos. Al dia siguiente se vestian 
dos sacerdotes, de los de mas dignidad, con aquellos sangrientos* des^ 
pojos, y con los huesos en la mano, bajaban a lento paso, y profiriendo 
agudos gritos, por las escaleras del templo. El pueblo, agolpado al 
pie del templo, repetia en alta voz : " He aqui a nuestros dioses que 
se acercan." Cuando llegaban los sacerdotes al atrio inferior, comen- 
zaban, al son de instrumentos, un baile que duraba casi todo el dia. 
Entretanto el pueblo sacrificaba tan gran numero de codornices, que 
a veces llegaban a ocho mil. Terminadas estas ceremonias, los sacer- 
dotes )llevaban seis prisioneros a lo alto de los arboles, y atándolos a 
ellos, bajaban: pero a penas habian llegado al suelo, ya hablan pere- 
cido aquellos desgraciados, con la muchedumbre de flechas que les 
tiraba el pueblo. Los sacerdotes subian de nuevo a los arboles, 
para desatar a los cadáveres, y los precipitaban desde aquella altura. 
Al punto les abrían el pecho, y les sacaban el corazón, según el uso 
general de aquellos pueblos. Asi estas victimas humanas, como las 
codornices se distribuian entre los sacerdotes, y los nobles de la ciudad, 
para que sirviesen en los banquetes, con que daban fin a tan detesta- 
ble solemnidad. 

Austeridad y ayunos de los Megicanos. 

No eran aquellos habitantes menos desapiadados consigo mismos 
que con los otros. Acostumbrados a los sacrificios sangrientos de sus 
prisioneros, se hicieron también pródigos de su misma sangre, pare- 



902 HISTORIA ANTIGUA DB ME6ICO. 

ciendoles poco la que derramaban sus victimas para aplacar la sed 
infernal de sus dioses. No se pueden oir sin espanto las peniten- 
cias que hacian, o en espiacion de sus culpas, o para disponerse 
dignamente a celebrar las fiestas religiosas. Maltrataban sus carnes 
como si fueran insensibles, y vertían su sangre, como si fuera un liquido 
superfino. 

Algunos sacerdotes llamados Tlamacazqui, se sacaban sangre casi 
diariamente. Clavavanse las agudísimas espinas del maguei, y se per- 
foraban algunas partes del cuerpo humano, especialmente las orejas, 
los labios, la lengua, los brazos, y las pantorrillas. En los agugeros 
que se hacian con aquellas espinas, introducían pedazos de caña, agu- 
dbimos al principio, y cuyo volumen aumentaban progresivamente. 
La sangre que salia, la guardaban cuidadosamente en ramos de la 
planta llamada Acjojatl*. Clavaban después las espinas ensangrenta- 
das en unas bolas de heno, que esponian en los merlones del templo, 
a fin de que constase la penitencia que hacian por el pueblo. Los que 
se daban a estas practicas en el recinto del templo, se bañaban en un 
estan(]ue, el cual por tener siempre las aguas teñidas de sangre, se 
llamaba Ezapan, Había un cierto numero señaladp de cañas para 
esta penitencia, las cuales se guardaban para memoria. 

Ademas de estas, y otras austeridades, de que después hablaremos, 
eran frecuentísimos entre los . Megicanos los ayunos, y las vigilias. 
Apenas había fiesta a la que no se preparasen con ayunos de mas 
o menos días, según lo prescrito en su ritual. El ayuno se reducía, 
según puedo colegir de la historia, a astenerse de carne, y vino, y a 
comer una sola vez al día; lo que algunos ^hacían a medio día; otros 
después, y muchos estaban sin probar bocado hasta la noche. Acom- 
pañaban por lo común el ayuno con vigilia, y con efusión de sangre, y 
entretanto no les era permitido acercarse a ninguna muger, ni aun a 
la legitima. 

Entre los ayunos, habia algunos generales, a los cuales estaba obli- 
gado todo el pueblo, como el de los cinco días, que precedía a la fiesta 
de Tezcatlipoca, y el que se hacía en honor del solf. En semejantes 

* Acjojatl era planta de muchos tallos derechos, de hojas largas, y fuertes, 
y dispuestas con simetría. De estas plantas hacian, y hacen actualmente buenas 
escobas. 

f El ayuno, que se hacia en honor del sol, se llamaba Netonatiuhzahualo, o 
Netonatiuhzahualiztli. El Dr. Hernández dice que se hacia después de cada 
periodo de doscientos, o de trescientos años. Creo que seria en el dia 1 olin, que 
caia cada doscientos sesenta días. 



AUSTERIDAD Y AYUNOS. 263 

casos, el rei se retiraba a cierto sitio del templo, donde velaba, y se 
sacaba sangre, según el uso de la nación. Otros no eran obligatorios 
si no para algunos particulares, como el que hacian los dueños de las 
victimas el dia antes del sacrificio. Veinte dias ayunaban los dueños 
de los prisioneros de guerra, que se inmolaban al dios Gipe. Los 
nobles tenian, como el rei, una casa dentro del recinto del templo, con 
muchas piezas, a las que se retiraban a hacer penitencia. En una de 
las fiestas, todos los que servian empleos públicos, después de haber 
pasado el dia en el egercicio de sus funciones, empleaban la noche 
en aquel retiro. Durante el mes tercero, velaban todas las noches 
los Tlamacazques, o penitentes, y durante el cuarto mes, ellos, y ios 
nobles. 

En la Mijteca, donde habia muchos monasterios, antes de tomar 
posesión de sus estados los primogénitos de los señores, se soraetian, 
por espacio de un año, a una rigorosa penitencia. Lo conduelan en 
pompa a uno de los monasterios, donde, despojado de sus ropas, le 
vestían otras impregnadas en goma elástica, le untaban con ciertas 
yerbas fétidas el rostro, el vientre, y la espalda, y le entregabrn una 
lanceta de itztli, para que se sacase sangre. Obligábanlo a una rigo- 
rosa astinencia, le imponian las mas duras fatigas, y castigábanla 
severamente por la menor falta que cometía. Cumplido el año lo 
conduelan a su casa con gran aparato, y música, después de haberlo 
lavado cuatro doncellas con aguas olorosas. 

En el templo principal de Teohuacan habitaban cuatro sacerdotes 
célebres por la austeridad de su vida. Vestíanse como la gente pobre ; 
su ce mida se reduela a un pan de maiz de dos onzas, y su bebida a 
un vaso dé atolli, que era un brevage hecho con el mismo grano. 
Cada noche velaban dos de ellos, y pasaban el tiempo cantando him- 
nos a sus dioses, incensando los Ídolos, cuatro veces en la noche, y 
derramando su propia sangre en los hogares del templo. El ayuno 
era continuo en los cuatro años que duraba aquella vida, exepto en un 
día de fiesta, que habia cada mes, y en el cual les era licito comer 
cuanto querían : mas para cada fiesta se preparaban con la acostum- 
brada penitencia, perforándose las orejas con espinas de maguei, y 
pasándose por los agugeros hasta sesenta pedazos de cañas, de dife- 
rentes tamaños. Pasados los cuatro años, entraban otros cuatro sacer- 
dotes a egercer la misma vida, y si antes de espirar el termino, moría 
uno de ellos, lo sustituía otro, a fin de que nunca faltase el numero. 
Era tan grande la fama de aquellos sacerdotes, que basta los mismos 
reyes de Megieo los veneraban : pero, ¡ desgraciado del que faltaba a 
la continencia ! pues si después de una menuda indagación se hallaba 



264 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

ser cierto el delito, era muerto a palos, quemado su cadáver, y las ce- 
nizas esparcidas al viento. 

En ocasiones de alguna calamidad publica los sumos sacerdotes de 
Megico hacian un ayuno eslraordinario. Retirábanse a un bosque, 
donde se construia una cabana, cubierta de ramos siempre verdes, 
pues cuando uno se secaba, se ponia en su lugar otro nuevo. Encer- 
rado en aquella morada, privado de toda comunicación, y sin otro 
alimento que maiz crudo, y agua, pasaba el sumo sacerdote nueve o 
diez meses, y a veces un año, en continua oración, y frecuente efusión 
de sangre. 

Penitencia célebre de los Tlascaleses. 
Era también famoso en aquel pais el ayuno que los Tlascaleses 
hacian en el año divino, en el cual celebraban una fiesta solemnísima 
a su dios Caraajtle. Llegado el tiempo de empezarlo, convocaba a 
todos los Tlamacazques, o penitentes, su gefe llamado Achcauhtli, y 
los exortaba a la penitencia, advirtiendoles que si alguno no se hallaba 
con \s^ fuerzas necesarias para practicarla, se lo hiciese saber en el 
termino de cinco dias ; pues si pasado aquel plazo faltase al ayuno, o 
lo infringiese una vez empezado, seria calificado de indigno de la 
compañia de los dioses, y despojado del sacerdocio, y de todo cuanto 
poseia. Después de los cinco dias concedidos para tomar una resolu- 
ción, subia aquel personage, con todos los que tenian animo de hacer 
la penitencia, que solian ser mas de doscientos, al altisimo monte Mat- 
lalcueye, en cuya cima había un santuario dedicado a la diosa del 
agua. El Achcauhtli llegaba solo a la mayor altura, para hactr* una 
oblación de piedras preciosas, y copal, y los otros quedaban a medio 
monte, rogando a la diosa les diese fuerza, y valor para aquella auste- 
ridad. Bajaban entonces del monte, y mandaban hacer navajas de 
itztli, y unas varillas de diferentes tamaños, y grueso. Los operarios 
de aquellos instrumentos, ayunaban cinco dias antes de hacerlos, y si 
rompían un cuchillo o vara, se tenia a mal agüero, pues indicaba que el 
operario habia roto el ayuno. En seguida empezaba el de los Tlama- 
cazques, que no duraba menos de ciento sesenta dias. El primer dia 
se hacian un agugero en la lengua para introducir las varas, y a pesar 
del grave dolor que sentían, y de la mucha sangre que derramaban, se 
esforzaban en cantar a sus dioses. De veinte en veinte dias repetían 
aquella cruel operación. Pasados los primeros ochenta dias de ayuno 
de los sacerdotes, empezaba el del pueblo, de que ninguno se eximia, 
ni aun los gefes de la república. A nadie era licito en aquel tiempo 
bañarse, ni comer la pimienta con que condimentaban sus manjares- 



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EL Siglo Megicaiío. 



EDADES, SIGLOS, Y AÑOS. 265 

Tales son los exesos de crueldad que el fanatismo inspiraba a las des- 
graciadas naciones de Anahuac. 

Edades, siglo, y año de los Megicanos. 

Todo lo que hemos dicho hasta ahora no da tanto a conocer la reli- 
gión de los Megicanos, ni los exesos de su execrable superstición, 
como el catalogo de las fiestas que hacian a sus dioses, y de los ritos 
que en ellas practicaban : pero antes de tratar de este asunto, con- 
viene dar cuenta de la distribución que hacian del tiempo, y del mé- 
todo que tenian de contar los dias, los meses, los años, y los siglos. 
Lo que vamos a decir sobre este asunto, ha sido escrupulosamente in- 
vestigado por hombres inteligentes, y dignos, bajo todos aspectos, de 
la mayor confianza, los cuales se aplicaron con el mayor empeño a este 
estudio, examinando atentamente las pinturas antiguas, y consultando 
a los Megicanos y Acolhuis mas instruidos. Soi particularmente 
deudor de estos datos a los religiosos apostólicos Motolinia y Sahagun 
(de los que sacó Torquemada cuanto hai de bueno en su obra), y al 
doctísimo Megicano D. Carlos Sigüenza, la verdad de cuyas op'niones 
he confirmado después por el examen que he hecho de muchas pin- 
turas Megicanas, en que están claramente representadas, con sus 
propias figuras, todas las divisiones cronológicas de aquella nación. 

Distinguían los Megicanos, los Acolhuis, y todas las otras naciones 
Megicanas, cuatro edades diferentes, con otros tantos soles. La pri- 
mera llamada Atonatiuh, esto es, sol o edad de agua, empezó en la 
creación del mundo, y continuó hasta la época en que perecieron el 
sol y casi todos los hombres, en una inundación general. La segunda 
Tlaltonatiuh, edad de tierra, duró desde aquella catástrofe hasta la 
ruina de los gigantes, y los grandes terremotos, que dieron fin del se- 
gundo sol. La tercera Ehecatonatiuh, edad de aire, empezó en la 
caida de los gigantes, y acabó con los grandes torbellinos que ester- 
minaron el tercer sol, y todos los hombres. La cuarta Tletonatiuh, 
edad del fuego, comprende desde la ultima restauración del genero 
humano, según hemos dicho en la Mitología, hasta que el cuarto sol, 
y la tierra sean consumidos por el fuego. Creian que esta ultima 
edad debia terminar al fin de uno de sus siglos, y tal era el motivo de 
las estrepitosas fiestas que al principio de cada siglo hacian al dios del 
fuego, como en acción de gracias de haber escapado de su voracidad, 
y prorrogado el termino del mundo. 

En el computo de los siglos, de los años, y de los meses, los 
Megicanos y las otras naciones cultas de Anahuac seguían el método 
de los antiguos Tolteques. Su siglo constaba de cincuenta y dos años. 



206 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

distribuidos en cuatro periodos, cada uno de ellos de trece años ; y 
de dos siglos se componía una edad, llamada Huehuetiliztli, es decir 
vieja, de ciento, y cuatro años *. Daban al fin del siglo el nombre de 
Tojiuhmolpia, que quiere decir, ligadura de nuestros años, porque 
en él se unian los dos siglos para formar una edad. Los años tenian cua- 
tro nombres, a saber, Tochtli, conejo, Acatl, caña, Tecpatl, pedernal, 
y Calli, casa, y con ellos, y diferentes números se componia el siglo. 
El primer año del siglo era primer conejo ; el segundo, segunda caña ; 
el tercero, tercer pedernal ; el cuarto, cuarta casa ; el quinto, quinto 
conejo, y asi continuaban hasta el año décimo tercio, que era décimo 
tercio conejo, con el cual terminaba el primer periodo. Comenzaba 
el segundo con primera caña, y seguia íe<jrMní/o pedernal, tercera casa, 
cuarto conejo, hasta acabar con decima tercia caña. El tercer 
periodo empezaba con primer pedernal, y terminaba en décimo tercio 
pedernal, y el cuarto empezaba en primera casa, y acababa con decima 
tercia casa ; asi que siendo seis los nombres, y trece los números, no 
habia un año que pudiera confundirse con otro f. Se entenderá mas 
facilm )nte todo esto con la ayuda de la tabla que se hallará al fin de 
este volumen. 

El "año Megicano, constaba como el nuestro, de trescientos sesenta 
y cinco dias : porque aunque los meses eran diez y ocho, cada uno de 
veinte dias, lo que forma tan solo trescientos sesenta, anadian al 
ultimo mes cídco dias, que llamaban Nemontémi, es decir inútiles : 
porque en ellos, no hacian mas que visitarse unos a otros. El año 
primero conejo, primero del siglo, empezaba en 26 de Febrero, pero 
cada cuatro años, se anticipaba un dia el año Megicano, por cau' a del 
dia intercalar de nuestro año bisiesto : de modo que los últimos años 
empezaban el 14 de Febrero, por causa de los trece dias que inter- 
ponian en el curso de cincuenta y dos años. Terminado el siglo, volvia 
a principiar el año en 26 de Febrero, como se vera después ];. 

* Algunos autores dan a la edad el nombre de siglo, y a este, el de medio siglo : 
mas esto poco importa, pues esta denominación no altera el calculo cronológico. 

t Boturini asegura, contra el dictamen común de los autores, que no empe- 
zaban todos los siglos, por el primer conejo, sino por alguno de los otros primeros : 
pero se engaña, pues todo lo contrario consta en los buenos autores antiguos, y 
en las pinturas. Dice ademas que nunca entraba en cuatro siglos el mismo 
nombre, con el mismo numero : pero < como puede ser esto cuando no habia 
mas que cuatro nombres, o caracteres, y trece números ? 

X Son diversos los pareceres de los autores acerca del dia en que empezaba el 
año Megicano. La causa de esta variedad, fue la que resulta de nuestros años 
bisiestos. Quizas alguno de aquellos escritores habló del año astronómico Megi- 
cano, y no ya del religioso, que es el asunto de este articulo. 



MESES MEGICANOS. W7 

Los nombres que ciaban a sus meses, se tomaban de las fiestas, y 
de las operaciones que en ellos se hacian, y de los accidentes o parti- 
cularidades de sus respectivas operaciones. Estos nombres se leen 
con alguna variedad en los autores, porque variaban en efecto no solo 
entre los diversos pueblos, sino también entre los mismos Megicanos. 
Los mas comunes eran los siguientes : — 

1. Atlacahualco *. 10. Jocohuetzi. 

2. Tlacajipehualiztli. 11. Ochpaniztli. 

3. Tozoztontli. 12. Teotleco. 

4. Hueitozoztli. 13. Tepeilhuitl. 

5. Tojcatl. 14. Quecholli. 

6. Etzalcualiztli. 15. Panquetzaliztli. 

7. Tecuilhuitontli. 16. Atemoztli. 

8. Hueitecuilhuitl. 17. Tititl. 

9. Tlajochimaco. 18. Izcalli. 

Meses Megicanos. 

Los meses se componían, como ya hemos dicho, de veinte'dias, 
^ que se llamaban : 

1. Cipactli. 11. Ozomatli. 

2. Ehecatl. 12. Malinalli. 

3. Calli. 13. Acatl. 

4. Cuetzpallin. 14. Ocelotl. 

5. Coatí. 15. Quauhtli. 

6. Miquiztli. 16. Cozcaquahtli f . 

• 7. Mazatl. 17. Olintonatiuh, o Olin. 

8. Tochtli. 18. Tecpatl. 

9. Atl. 19. Quiahuitl. 
10. Itzcuintli. 20. Jochitl. 

Aunque los signos y caracteres significados por estos nombres, esta- 
ban distribuidos en los veinte dias según el orden citado, sin embargo 
al contarlos no se hacia caso de la división de los meses, sino a ciertos 

t Gomara, Valdés, y otros autores dicen que el primer mes del año Megicano 
era el Tlacajipehualiztli, que es el segundo de la tabla anterior. Los editores 
Megicanos de las Cartas de Cortés, dicen que era el Atemoztli, que es el décimo 
sesto de la misma tabla. Pero Motolinia, cuya autoridad es de gran peso, señala 
por primero el Atlacahualco, y lo mismo piensan otros autores graves e inteli- 
gentes. 

t Este es el nombre de un pajaro que he descrito en el primer libro. Boturini 
pone en su lugar Temetlatl, que significa piedra para machacar el maiz y el 
cacao. 



2(Í8 HISTORIA ANTIGUA DJK MEGIOO. 

periodos de trece días, semejantes a los trece años del siglo, que 
corrían sin interrnpcion, aun de^spues de terminado el mes y el año. 
El primer dia del siglo era el jyrimero Cipacíli ; el segundo, segundo 
Ehecatl, o viento; el tercero, tercero Calli, o casa, y asi hasta el 
<lecimo tercio, que era décimo tercio Acatl, o caña. El dia décimo 
cuarto empezaba otro periodo contando j)rimero Ocetoil, o tigre ; 
'.segundo Quauhtli, o águila; hasta concluir el mes con séptimo 
Jochitl, flor, y en el segundo mes continuaban octavo Cipactli, nono 
Ehecatl, &c. Veinte de estos periodos hacian en trece meses un 
ciclo de doscientos sesenta dias, y en todo aquel tiempo no se repetia 
el mismo signo o carácter con el mismo numero, como puede verse en 
el calendario al fin de este volumen. En el primer dia del mes décimo 
cuarto, empezaba otro ciclo con el mismo orden de caracteres, y con 
el mismo numero de períodos que el primero. Si el año no tubiese, 
ademas de los diez y ocho meses, los cinco dias Nemontemi, o si en 
estos dias no se continuasen los periodos, el primer dia del segundo 
año del siglo, seria, como en el anterior, primero Cipactli, y asi 
mismo el ultimo dia de todos los años sería siempre Jochitl, pero 
como en aquellos dias intercalares seguia el periodo de los trece dias, 
los signos o caracteres mudaban de lugar, y el signo Miquiztli, que 
en todos los meses del primer año ocupaba el sesto lugar, ocupa el 
primero en el segundo año, y por el contrario, el signo Cipactli, que 
en el primer año ocupaba el primer lugar, tiene el décimo sesto en el 
segundo. Para conocer el signo del primer dia de cualquier año, 
babia una regla general, qye es la siguiente : — 

Año Tochtli empieza por Cipactli. 
Año Acatl empieza por Miquiztli. 
Año Tecpatl empieza por Ozomatli. 
Año Calli empieza por Cozcaquauhtli. 
dando siempre al signo del dia el mismo numero del año; de modo 
que el año primero Tochtli, empieza por primero Cipactli; año 
segundo Acatl, empieza por segundo Miquiztli, &c. *. 

De lo dicho se infiere cuanto precio daban los Megicaños al numero 
trece. De trece años eran los cuatro periodos de que se componia el 
siglo ; de trece meses, el ciclo de doscientos sesenta dias, y de trece 
dias, los periodos de que hemos hecho mención. La causa de esta 

* Boturini dice' que el año del couejo empezaba siempre con el dia del conejo; 
el año de la caña con el dia de la caña, &c., pero yo doi maa fe a Sif^üenza por 
su mayor conocimiento de la antigüedad Megicana. El sistema de Boturini está 
lleno de contradicciones. 



' •• días intercalares. 269 

predilección, según el Dr. Sigüenza, fue el haber sido aquel numero 
el de los dioses mayores. Poco menos valor tenia a sus ojos el 
numero cuatro. Como contaban en el siglo cuatro periodos de 
trece años, asi contaban trece periodos de cuatro años, y al fin de cada 
«no de ellos, hacian fiestas estraordinarias. Ya he hablado del ayuno de 
cuatro meses, y del Napapohuallatolli, o audiencia general que se 
hacia en el mismo termino periódico. 

. Por lo que respeta al gobierno civil, dividían el mes en cuatro 
periodos de cinco dias, y en un dia fijo de cualquiera de ellos se 
hacia la feria, o mercado general : pero como la religión gobernaba 
también la política, se hacia esta feria en la capital en los dias del 
conejo, de la caña, del pedernal, y de la casa, que eran sus signos 
favoritos. 

El año Megicano constaba de setenta y tres periodos de trece dias, 
y el siglo de setenta y tres periodos de trece meses, o ciclos de 
doscientos sesenta dias. 

Dias intercalares. » 

El sistema Megicano o Tolteque de la distribución del tiempo, 
aunque complicado a primera vista, era, sin duda alguna, ingenioso, 
y bien entendido : de lo que se infiere que no pudo ser obra de gentes 
barbaras e ignorantes. Pero lo mas maravilloso de su computo, y lo 
que ciertamente no parecerá verosímil a los lectores poco iniciados en 
las antigüedades Megicanas, es que conociendo ellos el exeso de 
algunas horas que habia del año solar, con respecto al civil, se sir- 
vierori*de dias intercalares para igualarlos : pero con esta diferencia 
del método de Julio Cesar en el calendario Romano, que no interca- 
laban un dia de cuatro en cuatro años, si no trece dias, para no 
descuidar su numero privilegiado, de cincuenta y dos, en cincuenta y 
dTos años, lo que vale lo mismo para el arreglo del tiem{)o. Al ter- 
minar el siglo rompían, como después diremos, toda la vagillade su 
uso, temiendo que terminasen con él la cuarta edad, el sol, y el 
mundo, y la ultima noche hacian la famosa ceremonia de la renovación 
del fuego. Cuando se hablan asegurado con el nuevo fuego, según 
creían, de ^que los dioses hablan concedido otro siglo a la tierra, 
pasaban los trece dias siguientes en proveerse de nueva vagilla, hacerse 
ropa nueva, componer los templos, y las casas, y hacer todos los 
preparativos para la gran fiesta del siglo nuevo. Estos trece dias eran 
los intercalares, señalados en sus pinturas con puntos azules. No los 
contaban en el siglo ultimo, ni en el siguiente, ni continuaban en ellos 



270 HISTORIA ANTIGUA DB MEGIGO. 

los periodos de los dias, que numeraban siempre desde el primero 
hasta el ultimo dia del siglo. Pasados los dias intercalares, empezaba 
el siglo con año primero Tochtli, y dia primero Cipactli, que era el 
26 de Febrero, asi como lo habian hecho al principio del siglo prece- 
dente. No me atreverla a publicar estos datos, si no se apoyasen en 
el respetable testimonio del Dr. Sigüenza, el cual ademas de su vasta 
erudición, critica, y sinceridad, fue el hombre que mas diligencia 
empleó en aclarar aquellos puntos, ya consultando a los Megicanos, y 
a los Tezcucanos mas instruidos, ya estudiando las historias y las 
pinturas de aquellos paises. 

Boturini asegura que mas de cien años antes de la era Cristiana, 
corrigieren los Tolteques su calendario, añadiendo, como nosotros 
hacemos, un dia de cuatro en cuatro años, y que asi se practicó por 
algunos siglos, hasta que los Megicanos establecieron el método que 
acabo de describir ; que la causa de esta novedad fue el haber caido 
en un mismo dia dos fiestas religiosas, la una móvil de Tezcatlipoca, y 
la otra fija de H uitzilopochtli, y el haber los Colhuis celebrado esta, y 
traná^erído aquella, por lo que indignado Tezcatlipoca predijo la 
destrucción de la monarquía de Colhuacan, y del cnlto de los dioses 
antiguos, y la sumisión de aquel pueblo al culto de una sola divinidad, 
jamas vista ni oida, y al dominio de ciertos estrangeros venidos de 
paises remotos ; que noticioso de esta predicción el rei de Megico 
mandó que cuando concurriesen en un mismo dia dos fiestas, se cele- 
brase en aquel dia la principal, y la otra en el siguiente, y que se 
omitiese el dia que se solía añadir de cuatro en cuatro años, y ter- 
minado el siglo se introdugesen los trece dias atrasados : pero yo no 
tengo suficientes motivos para dar fe a estos pormenores. 

Dos cosas parecerán estrañas en el sistema de los Megicanos : la 
una, el no tener meses arreglados por el curso de la luna ; la otra el 
carecer de signos particulares para distinguir un siglo de otro. Por 
lo que hace a lo primero, yo no dudo que sus meses astronómicos se 
arreglasen a los periodos lunares, como lo prueba el nombre Metztli, 
que significa igualmente luna, y mes. El mes de que he hablado 
hasta ahora es el religioso, que era el que les servia para las fiestas, y 
adivinaciones : pero no el astronómico, del cual solo sabemos que lo 
dividían en dos partes, llamadas sueño, y vigilia de la luna. Tam- 
bién estol persuadido de que tenian algún carácter para distinguir un 
siglo de otro, lo que seguramente les era tan fácil como necesario : 
pero ningún autor habla de este punto. 



FIGURAS DEL SIGLO, DEL A!Í0, Y DEL MES. 271 

Adivinación. 
La distribución de los signos o caracteres tanto de los dias como de 
los años, servia a los Megicanos para sus pronósticos supersticiosos. 
Predecían la buena o mala suerte de los niños según el signo del dia 
de su nacimiento, y la felicidad de los casamientos, de las guerras, y 
de cualquier otro negocio, por el signo del dia en que se emprendían, 
y empezaban. No solo consultaban el carácter propio del dia y del 
año, sino el dominante en cada periodo de unos y otros, que era el 
primero de cada uno de ellos. Cuando los mercaderes se ponian en 
viage, procuraban hacerlo en un dia en que dominase el signo Coatí, 
serpiente, prometiéndose buen éxito en su espedicion. Los que 
nacian bajo el signo Quauhtli, águila, debian ser, en creencia de 
aquellos pueblos, burlones y mordaces, si eran niños, y si niñas, 
locuaces y descaradas. La coincidencia del año y del dia del conejo, 
se creia la mas venturosa. 

Figuras del siglo, del año, y del mes, * fei'^ii 

Para representar el mes pintaban un circulo o rueda, dividida en 
veinte figuras que representaban los veinte dias, como se ve en la 
adjunta estampa, copia de la publicada por Valadés en su Retorica 
Cristiana, que es la única conocida. La representación del año era 
otra rueda dividida en las diez y ocho figuras de los meses, y algunas 
veces ponian en medio la imagen de la luna. La de nuestra estampa 
se ha tomado de la que publicó Gemelli, copiándola de una pintura 
antigiA de Dr. Sigüenza*. El siglo se simbolizaba en otra rueda 
dividida en cincuenta y dos figuras, o mas bien en cuatro figuras repe- 
tidas trece veces. Solian pintar una sierpe enroscada entorno, indi- 
cando en cuatro pliegues de su cuerpo, los cuatro puntos cardinales, y 
los principios de los cuatro periodos de trece años cada uno. La 
rueda de mi estampa es copia de otras dos, una publicada por Va- 
ladés, y otra por Gemelli, dentro de la cual se ha representado el sol, 
como hacian frecuentemente los Megicanos. En otra parte esplicaré 
las figuras para satisfacción del lector. 

* Tres copias distintas se han publicado del año Mejicano. La de Valadés, 
la de Sigüenza, dada a luz por Gemelli, y la de Boturini En la de Sigüenza se vé 
la rueda del año dentro de la del siglo, y en la de Valades, la del mes dentro de 
la del año. En mis estampas las tres están divididas para mayor claridad. 



272 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

Años y meses Chiapaneses. 
El método adoptado por los Megicanos para el computo de los 
meses, años, y siglos, era, como ya hemos visto, común a todas las 
naciones de Anahuac, sin otra diferencia que en los nombres, y en 
las figuras*. Los Chiapaneses, que de los tributarios de la corona 
de Megico eran los mas distantes de la capital, usaban, en lugar de 
las cuatro figuras y nombres del conejo, la caña, el pedernal, y la casa, 
las palabras votan, lanibat, been, y chinaj, y para los dias em- 
pleaban los nombres de veinte hombres ilustres de su nación, entre 
los cuales, los cuatro referidos observaban el mismo orden que los 
cuatro Megicanos que acabamos de citar. Los nombres Chiapaneses 
de los veinte dias del mes eran. 

1. Mox. IL Batz. 

2. Igh. 12. Enoh. 

3. Votan. 13. Been. 

4. Ghanan. 14. Hij. 

"^ 5. Abagh. 15. Tziquin. 

6. Toj. 16. Chjabin. 

7. Mogic. . 17. Chij. 

8. Lambat. 18. Chinaj. 

9. Molo o Muía. 19. Cabogh. 
10. Elah. 20. Aghual. 

No habia mes en que los Megicanos no celebrasen algunas fiestas, 
o fijas, o establecidas para un día cualquiera del mes, o mobiles, por 
estar anexas a algunos signos, que no correspondían a los mismus dias 
todos los años. Las principales fiestas mobiles, según Boturini, eran 
diez y seis, la cuarta de las cuales era la del dios del vino, y la decima 
tercia la del dios del fuego. En cuanto a las fijas, diré brevemente 
lo que baste a dar una idea completa de la religión, y del genio supers- 
ticioso de aquellas gentes. 

Fiestas de los cuatro meses primeros. 

El segundo dia del primer mes, hacian una gran fiesta a Tlaloc, 

con sacrificio de niños que se compraban con aquel obgeto, y con el 

gladiatorio. No se sacrificaban de una vez todos los niños comprados, 

smo en ciertos periodos de los meses correspondientes a Marzo y 

* Boturini dice que los Indios de la diócesis de Guajaca tenían sus años de 
trece meses : probablemente seria el año astronómico, o civil, pero no el reli- 
gioso. 



FIESTAS. jí.vr*ui 278 

Abril, para impetrar de aquel dios la lluvia necesaria al maiz. El 
primer dia del segundo mes, que correspondía al 18 de Marzo* en el 
primer afio de su siglo, hacían fiesta solemnísima al dios Gipe, con 
sacrificios estraordinariamente crueles. Conducían a las victimas, 
tirándolas por los cabellos al atrio superior del templo, y allí después 
de haberles dado muerte, del modo acostumbrado, las desollaban, y 
los sacerdotes se vestían con sus pellejos, ostentando muchos dias 
aquellos sangrientos despojos. Los dueños de los prisioneros sacri- 
ficados debían ayunar veinte días, y después hacian grandes banquetes 
con la carne de lasvictimas. Ademas de los prisioneros sacrificaban 
a los que habían robado plata u oro, los cuales por las leyes del reino ** 
estaban condenados a aquel suplicio. La circunstancia de desollar las 
victimas fue la causa de dar a este mes el nombre de Tlacagvpe- 
bualiztU, es decir desolladura de hombres. En esta fiesta hacían 
egercicios de armas los militares, y simulacros de guerra, y los nobles 
celebraban con canciones los hechos ilustres de sus antepasados. « En 
Tlascala había bailes de nobles y plebeyos, vestidos todos de pieles de 
animales, con adornos de oro y plata. Por causa de estos !«iles 
comunes a toda clase de personas, daban al mes, y a la fiesta el nombre 
de Coailhuitl, o ^a fiesta general. 

En el mes tercero, que empezaba el 7 de Abril, se celebraba la 
segunda fiesta de Tlaloc, con el sacrificio de algunos niños. Las 
pieles de las víctimas sacrificadas a Gipe en el mes anterior, se lleva- 
ban entonces procesionalmente a un templo llamado Jopico, que estaba 
dentro del recinto del templo mayor, y se depositaban en una caverna 
que hEjj^ia en. él. En el mismo mes, los Jochimanqui, o mercaderes 
de flores, celebraban la fiesta de su diosa Coatlicue, y le presentaban 
ramilletes primorosos. Antes que se hiciese la oblación, a nadie era 
licito oler aquellas flores. Todas las noches de este mes velaban los 
ministros de los templos, y hacían grandes hogueras : por lo que se le 
llamó Tozoztonli, o pequeña vigilia. 

El cuarto mes se llamaba Hueitozoztli, o vigilia grande : por que 
no velaban solo los sacerdotes, sino también la nobleza, y la plebe. 
Sacábanse sangre de las orejas, de los parpados, de la nariz, de la 
lengua, de los brazos, y de los muslos, para espiar las culpas come- 
tidas con todos sus sentidos, y con la sangre teñían unas ramas que 
colocaban a las puertas de sus casas, sin otro obgeto probable que 
hacer ostentación de su penitencia. De este modo se preparaban a 

* Cuando establecemos la correspondencia de los meses Megicanos con los 
nuestros se debe entender de los del primer año de su siglo. 

TOMO I. T 



274 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

la fiesta de la diosa Centeotl, que celebraban con sacrificios de hom- 
bres, y animales, especialmente de codornices, y con simulacros de 
guerra que hacian delante del templo de la diosa. Las muchachas 
llevaban al templo mazorcas de maiz, y después de haberlas ofrecido 
a la divinidad, las llevaban a los graneros, a fin de que, santificadas 
con aquella ceremonia, preservasen de insectos a todo el grano. Este 
mes empezaba el 27 de Abril. 

j 
Fiesta grande del dios Tezcatlipoca. 

El quinto mes, que principiaba el 17 de Mayo, era casi todo festivo. 
La primera fiesta, una de las cuatro principales de los Megicanos, 
era la que hacian a su gran dios Tezcatlipoca. Diez dias antes se 
vestia y adornaba un sacerdote como estaba representado aquel 
numen, y salia del templo con un ramo de flores en la mano, y una 
flautilla de barro, que daba un son agudísimo. Después de haber 
vuelto el rostro, primero a Levante, y después a los otros tres puntos 
cardinales, tocaba con fuerza aquel instrumento, y tomando del suelo 
un poco de polvo, lo llevaba a la boca, y lo tragaba. Al oír el son 
del instrumento todos se arrodillaban. Los que^habian cometido 
algún crimen, llenos de espanto, y consternación, rogaban llorando al 
dios, que les perdonase su culpa, y que no permitiese fuese descu- 
bierta por los hombres. Los militares le pedian valor, y fuerza, para 
combatir con los enemigos de la nación, grandes victorias, y muchos 
prisioneros para los sacrificios, y todo el pueblo, repitiendo la cere- 
monia de tragar polvo, imploraba con amargo llanto la clemencia de 
los dioses. Repetiase el toque de la flauta todos los otros d{as que 
precedían a la fiesta. El dia antes, los nobles llevaban un nuevo 
trage al idolo, del cual lo vestían inmediatamente los sacerdotes, guar- 
dando el viejo como reliquia, en un arca del templo ; después lo ador- 
naban de ciertas insignias particulares de oro, y plata, y plumas her- 
mosas, y alzaban el portalón que cerraba siempre el ingreso del 
templo, a fin de que todos los circunstantes viesen, y adorasen la 
imagen. Llegado el dia de la fiesta, el pueblo concurría al atrio 
inferior del templo. Algunos sacerdotes, pintados de negro, y vesti- 
dos como el idolo, lo llevaban sobre una litera, que los jóvenes, y 
doncellas ceñían con cuerdas gruesas, hechas de hileras de granos de 
maiz tostado, y de ellas se le hacia un collar, y una guirnalda. Esta 
cuerda, símbolo de la sequedad, que era muí temida entre aquellas 
gentes, se llamaba Tojcatl, nombre que por aquella razón se dio al mes. 
Todos los jóvenes, y doncellas del templo, y los nobles, llevaban hile- 



FIESTAS. 275 

ras semejantes al cuello, y a las manos. De alli salian en procesión, 
por el atrio inferior, cuyo pavimento estaba cubierto de flores, y yerbas 
fragantes : dos sacerdotes incensaban al idolo, que otros llevaban en 
hombros. En tanto el pueblo estaba de rodillas, azotándose las espal- 
das con cuerdas gruesas, y anudadas. Terminada la procesión, y con 
ella la disciplina, volvían a colocar al idolo en el altar, y hacíanle 
copiosas oblaciones de oro, joyas, flores, plumas, animales, y manjares, 
que preparaban las doncellas, y otras mugeres, dedicadas por voto 
particular a servir el templo en aquellos dias. Las doncellas llevaban 
en procesión aquellos platos, conducidas por un sacerdote de alta 
gerarquia, vestido de un modo estravagante, y los jóvenes los distri- 
buían en las habitaciones de los otros sacerdotes, a quienes estaban 
destinados. 

Hacíase después el sacriñcio de la victima que representaba al dios 
Tezcatlipoca. Este era el joven mejor parecido, y mas bien confor- 
mado de todos los prisioneros. Escogíanlo un año antes, y durante todo 
aquel tiempo iba vestido con ropa igual a la del idolo. Paseaba libre- 
mente por la ciudad, aunque escoltado por una buena guardiaf y era 
generalmente adorado como imagen viva de aquella divinidad suprema. 
Veinte dias antes de la fiesta, aquel desgraciado se casaba con cuatro 
hermosas doncellas, y en los cinco últimos, le daban comidas opíparas, 
y le prodigaban toda clase de placeres. El dia de la fiesta lo condu- 
elan con gran acompañamiento al templo : pero antes de llegar, des- 
pedían a sus mugeres. Acompañaba al idolo en la procesión, y a la 
hora del sacrificio, lo estendían en el altar, y el gran sacerdote le abría 
con gs»an reverencia el pecho, y le sacaba el corazón. Su cadáver no 
era arrojado por las escaleras, como el de las otras victimas, si no lle- 
vado en brazos de los sacerdotes al pie del templo, y allí decapitado. 
El cráneo se ensartaba en el Tzompantli, donde se conservaban todos 
los de las víctimas sacrificadas a Tezcatlipoca, y las piernas, y brazos, 
cocidos, y condimentados^ se enviaban a las mesas de los señores. 
Después del sacrificio había un gran baile de los colegíales, y nobles 
que habían asistido a la fiesta. Al ponerse el sol, las doncellas del 
templo hacían otra oblación de pan amasado con miel. Este pan, con 
no sé- que otra cosa, se ponía delante del altar, y servía de premio a 
los jóvenes que, en la carrera que hacían por las escaleras del templo, 
salian victoriosos. También se les galardonaba con ropas, y eran muí 
festejados por los sacerdotes, y por el pueblo. Dábase fin a la fiesta, 
licenciando de los seminarios a los jóvenes, y doncellas que estaban 

T 2 



276 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

en edad de casarse. Los que se quedaban, los ultrajaban con espre- 
siones satíricas, y burlescas, y les tiraban haces de juncos, y otras yer- 
bas, echándoles en cara el abandonar el servicio de los dioses por los 
placeres del matrimonio. Los sacerdotes les permitían estos exesos, 
como desahogos propios de la edad. 

Fiesta grande de Huitzilopochtli. 

En el mismo quinto mes se celebraba la primera fiesta de Huitzi- 
lopochtli. Fabricaban antes los sacerdotes la estatua de aquel dios, de 
la estatura regular de un hombre. Hacíanle las carnes de la masa de 
Tzohuatli, que era un grano de que solían hacer uso en sus comidas, 
y los huesos, de madera de mizquitl, o acacia. Vestíanlo con ropas de 
algodón, de maguei, y con un manto de plumas. Le ponían sobre la 
cabeza un parasol de papel, adornado de plumas hermosas, y sobre él, 
un cuchillo de piedra ensangrentado. En el pecho le fijaban una 
plancha de oro, y en el vestido se veian muchas figurillas que repre- 
sentaban huesos y hombres descuartizados, con lo que significaban el 
podei*.de aquel dios en las batallas, o la terrible venganza, que, segnn 
su mitología, tomó de los que conspiraron contra el honor, y la vida de 
su madre. Colocaban la imagen en una litera dispuesta sobre cuatro 
sierpes de madera, que llevaban los cuatro oficiales mas distinguidos 
del egercito, desde el sitio en que se había hecho la estatua, hasta el 
altar. Muchos jóvenes, formando circulo con unas flechas que agar- 
raban, los unos por la punta, y los otros por el mango, precedían a la 
litera, llevando un gran pedazo de papel, en que probablemente irían 
representadas las acciones gloriosas del dios, las que ellos cantaban al 
mismo tiempo, al son de instrumentos músicos. 

Llegado el día de la fiesta, se hacía por la mañana un gran sacrificio 
de codornices, que echaban al pie del altar, después de cortarles las 
cabezas. El primero que sacrificaba era el reí, después los sacerdotes, 
y en seguida el pueblo. De tan gran muchedumbre de aves, una 
parte se condimentaba para la mesa del reí, otra para los sacerdotes, y 
el resto se guardaba para otra ocasión. Todos los que asistían a la 
solemnidad llevaban incensarios de barro, y cierta cantidad de resina, 
para quemarla, e incensar a su dios, y todas las brasas que servían en 
aquella, ceremonia, se ponían después en un gran caldero llamado 
TlegictU. Por esta circunstancia daban a la fiesta el nombre de 
incensar a Huitzilopochtli. Seguía inmediatamente el baile de las 
doncellas, v de los sacerdotes. Las doncellas se teñían el rostro, y 



FIES-fAS. ' ' 277 

llevaban plumas encarnadas en los brazos ; en la cabeza, guirnaldas de 
granos de maiz tostados, y en las manos, unas cañas con banderolas 
de algodón y papel. Los sacerdotes se teñían el rostro de negro ; 
en la frente se ponían unas ruedas de papel, y se untaban con miel 
los labios ; cubríanse las partes obcenas con papel, y cada uno llevaba 
en la mano un cetro que terminaba en una flor, y en un globo de plu- 
mas. Sobre el borde del hogar del fuego sagrado, bailaban dos hom- 
bres, cargados con una jaula de pino. Durante el baile, los sacerdotes 
tocaban de cuando en cuando el suelo con los cetros, en actitud 
de apo ■ arse en ellos. Todas estas ceremonias tenían su particular 
significación, y el baile, por causa de la fiesta en que se hacia, se lla- 
maba TojcacJiocholla. En otro sitio separado bailaban los cortesanos, 
y los militares. Los instrumentos músicos, que en los otros bailes ocu- 
paban el centro, en aquel estaban fuera del circulo, de modo que se 
oyese el son, sin ver a los que lo hacían. 

Un año antes se escogía, con la victima de Tezcatlipoca, el prisio- 
nero que debía ser sacrificado a Huitzilopochtlí, y le daban el nombre 
de Ijteocale, que quiere decir, sabio señor del cielo. Los dos se pa- 
seaban juntos to4o el año, con esta diferencia, que adoraban al de 
Tezcatlipoca, y no al de Huitzilopochtlí. En el día de la fiesta ves- 
tían al prisionero con un primoroso ropage de papel pintado, y le po- 
nían en la cabeza una mitra de plumas de águila, con un penacho en 
la punta. En la espalda llevaba una red, y sobre ella una bolsa, y con 
este atavio tomaba parte en el baile de los cortesanos. Lo mas singu- 
lar de este prisionero era que él mismo debía señalar la hora de su 
muer^. Cuando le parecía, se presentaba a los sacerdotes, en cuvos 
brazos, y no en el altar, le rompía el sacrificador el pecho, y le sacaba 
el corazón. Terminado el sacrificio, empezaban los sacerdotes el 
baile, que duraba todo el resto del día, interrumpiéndolo tan solo para 
incensar al ídolo. En esta misma fiesta hacían los sacerdotes una 
pequeña incisión en el pecho, y en el vientre a todos los niños nacidos 
un año antes. Este era el carácter o distintivo con que la nación 
Megicaua se reconocía especialmente consagrada al culto de su dios 
protector, y esta es la razón que tubieron algunos escritores para creer 
que la circuncisión estaba en uso entre aquellas gentes *. Pero si acaso 

* El P. Acosta dice que " los Megicanos sacrificaban en sus hijos las orejas, y 
el miembro genital, en lo que de algún modo imitaban la circuncisión de los Ju- 
díos : " pero si este autor habla de los decendientes de los antiguos Azteques, que 
fundaron la ciudad de Megico, y cuya historia escribimos, la noticia es enteramente 
falsa : pues después de la mas diligente observación, no se ha podido hallar en 



278 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

practicaban esta ceremonia los Yucataneses, y los Totonaques, no asi 
los Megicanos, ni ninguna otra nación del imperio. 

Fiestas de los meses sesto, séptimo, octavo, y nono. 
£n el sesto mes, que empezaba a 6 de Junio, se celebraba la ter- 
cera fiesta de Tlaloc. Adornaban cariosamente el templo con juncos 
del lago de Citlaltepec. Los sacerdotes que iban a tomarlos, hacian 
impunemente cuanto daño querían a las gentes que hallaban en el 
camino, despojándolos de cuanto llevaban, hasta dejarlos algunas 
veces enteramente desnudos, y dándoles de golpes, si hacian la menor 
resistencia. Era tal la osadía de aquellos hombres, que no solo ataca- 
ban a la plebe, si no que quitaban los tributos reales a los recauda- 
dlos el menor vestijgfio de semejante rito. Si habla de los Totonaques, que por 
haber sido subditos del rei de Medico son llamados Megicanos por algunos auto- 
res, es cierto (jue hacian a los niños aquella mutilación. El insipido y mordaz 
autor de la obra Francesa Recherches philosophiquea sur les Americains, adopta 
la relación del P. Acosta, y hace una larga disertación sobre el origen de la cir- 
cuncisjpn, que cree inventada por los Egipcios, o por los Etiopes, para preser- 
varse, según dice, de los gusanos que crian los incircuncisos eu la zona torrideí. 
Afirma.qué de los Egipcios pasó a los Hebreos, y que no sicnf o al principio si no 
un remedio físico, el fanatismo la convirtió después en ceremonia religiosa. 
Quiere hacernos creer que el calor de la zona tórrida es la causa de aquella enfer- 
medad, y que para libertarse de ella, adoptaron la circuncisión los Megicanos, y 
los otros pueblos de America. Pero dejando aparte la falsedad de sus principios, 
su falta de respeto a los libros santos, y su afición a apurar todos los asuntos ob- 
cenos, y reduciéndome a lo que tiene relación con mi historia, protesto que no 
he hallado jamas entre los Megicanos, ni entre las naciones sometidas a ellos, el 
menor vestigio de circuncisión, exepto entre los Totonaques ; ni haber tenido no- 
ticia de esa enfermedad de gusanos en aquellos paises, aunque todos están situa- 
dos en la zona tórrida, y aunque he pasado en ellos trece años, continuamente 
visitando enfermos. Ademas de que si el calor es la causa de la tal dolencia, mas 
común deberla, ser esta en el pais nativo del autor, que en las regiones me- 
diterráneas de Megico, donde el calor es moderadísimo. 'í^mbien se engañó 
Mr. Maller, citado por él mismo, el cual en sn diatriba sobre la circuncisión, in- 
serta en la Enciclopedia, creyó, por no haber entendido las espresion^s de Acosta, 
que los Megicanos cortaban realmente a todos los niños, las orejas, y las partes 
genitales, y pregunta maravillado si podian quedar muchos vivos después de tan 
cruel operación. Pero si yo creyese lo que cree el tal Mr. Maller preguntaría con 
mas razón i como es posible que hubiese habido Megicanos en el mundo ? A fin 
de que no haya equivocaciones en la lectura de los antiguos historiadores Espa- 
ñoles de America, conviene saber, que cuando ellos dicen que los Megicanos, u 
otros pueblos de aquel continente sacrificaban la lengua, las orejas u otro miem- 
bro, no quieren decir si no que se hacian una incisión en él, y se sacaban 
sangre. 



FIESTAS. 279 

dores, si acaso daban con ellos, sin que los particulares osasen que- 
jarse de tales exesos, ni el rei imponerles el debido castigo. En el 
dia de la fiesta comian todos cierto manjar llamado Etzalli, de donde 
el mes tomó el nombre de Etzalqualiztli. Llevaban al templo una 
gran cantidad de papel de color, y de resina elástica, y con esta unta- 
ban el papel, y la garganta de los Ídolos. Después de tan ridicula 
ceremonia, sacrificaban algunos prisioneros vestidos como Tlaloc, y 
sus compañeros, y para consumar su crueldad, iban embarcados los 
sacerdotes, con gran muchedumbre de pueblo, a un sitio del lago, 
donde habia un remolino o sumidero, y alli sacrificaban dos niños de 
ambos sexos, ahogándolos en las aguas, a las que arrojaban también 
los corazones de los prisioneros sacrificados en aquella fiesta, con el 
obgeto de impetrar de los dioses la lluvia necesaria a los campos. 
En aquella misma ocasión privaban del sacerdocio a los ministros del 
templo, que en el curso del año se hablan manifestado negligentes en 
el desempeño de sus funciones, o habian sido sorprendidos en un gran 
delito, que sin embargo no era de pena capital, y el modo que tenian 
de castigarlos era semejante a la burla que hacen los marineros *on el 
que por primera^ez pasa la linea, con esta diferencia, que las inmer- 
siones eran tan repetidas, y largas, que el pobre reo tenia que irse a 
su casa a curarse de una grave enfermedad. 

En el séptimo raes, que empezaba a 26 de Junio, se celebraba la 
fiesta de Huijtocihuatl, diosa de la sal. Un dia antes de la fiesta 
habia un gran baile de mugeres, que bailaban en circulo, agarrándose 
a una cuerda hecha de ciertas flores, y con guirnaldas de agenjo en la 
cabeza. En el centro del circulo, habia una muger prisionera, vestida 
como la diosa. Acompañaban el baile con canto, bajo la dirección, 
uno y otro, de dos sacerdotes viejos, y de alta dignidad. El baile 
duraba toda la noche, y en la mañana siguiente empezaba el de los 
sacerdotes, y duraba todo el dia, interrumpiéndolo algunas veces con 
los sacrificios de los prisioneros. Los sacerdotes iban vestidos con 
mucha decencia, y llevaban en las manos aquellas hermosas flores 
llamadas en Megico cempoaljochitl, y en Europa claveles de Indias. 
Al ponerse el sol se hacia el sacrificio de la prisionera, y terminaba la 
función con grandes banquetes. 

Todo aquel mes era de gran alegría para los Megicanos. En él 
se ponían la mejor ropa, daban frecuentes bailes, y tenian grandes 
diversiones en los jardines. Las poesías que cantaban eran de 
amores o de otros asuntos agradables. Los plebeyos iban a cazar a 
los montes, y los nobles hacían juegos y egercicios militares, o en el 



280 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

campo, o con barcos en el lago. Estas alegrías de la nobleza dieron 
al mes el nombre de Tecuilhuitl, fiesta de los señores, y de Tecuil- 
huitontli, fiestas pequeña de los señores, por que en efecto era 
pequeña comparada con la del mes siguiente. 

Este empezaba el 16 de Julio, y en él hacían una gran fiesta a la 
diosa Centeotl, bajo el nombre de Gilonen: pues como ya hemos 
dicho, le mudaban el nombre según los progresos del maiz en su 
crecimiento. En esta ocasión la llamaban Gilonen, porque la 
mazorca, cuando aun está tierno el grano, se llama Gilotl. Duraba 
la fiesta ocho dias, en los cuales era casi continuo el baile en el templo 
de la diosa. El rei, y los señores daban de comer y beber al pueblo 
en aquellos dias. Los que participaban de aquella generosidad se 
ponian en filas en el atrio inferior del templo, y alli se traia la chiam- 
pinolli, que era cierta bebida, de las mas comunes entre ellos, el 
tamalli, o pasta de maiz, hecha a modo de rabióles, y otros manjares 
de que hablaré después. Enviábanse regalos a los sacerdotes, y los 
señores se convidaban mutuamente a comer, y se daban unos a otros, 
oro, ^lata, plumas hermosas, y animales raros. Cantaban los hechos 
gloriosos de sus abuelos, y la nobleza, y la antigüedad de sus casas. 
Al ponerse el sol, y después de la comida del pueblo, bailaban los 
sacerdotes por espacio de cuatro horas, y entretanto habia una gran 
iluminación en el templo. El ultimo dia era el baile de los nobles, y 
de lotf militares, y en él tomaba parte una muger prisionera, que 
representaba a la diosa, y que era sacrificada después con las otras 
victimas. Asi la fiesta como el mes, se llamaban Hueitecuilhuitl, es 
decir la gran fiesta de los señores. 

En el nono mes, que empezaba en 5 de Agosto, se celebraba la 
segunda fiesta de Huitzilopochtli, en la cual, ademas de las ceremo- 
nias ordinarias, adornaban con flores no solo los Ídolos de los templos, 
si no también los de las casas : por lo cual se llamó el mes Tlajochi- 
max;o. , La noche antes de la fiesta se empleaba en preparar las vian- 
das, que al dia siguiente comían con gran algazara, y regocijo. Los 
nobles de ambos sexos bailaban poniéndose las manos en los hombros 
reciprocamente. Este baile, que duraba todo el dia, terminaba con 
el sacrificio de algunos prisioneros. También se celebraba con sacri- 
ficios el mismo n^es, la fiesta de Jacateuctli, dios del comercio. 

Fiestas de los meses décimo, undécimo, duodécimo, y decimotercio. 
En el décimo mes, que empezaba en 25 de Agosto, se hacia la 
fiesta de Giuhteuctli, dios del fuego. En el mes anterior traían del 



I 



. ú'mWl FIESTAS. 281 

bosque los sacerdotes un gran árbol, y lo fijaban de pie en el atrio 
inferior del templo. El dia antes de la fiesta le quitaban las ramas, y 
la corteza, y lo adornaban con papel de varios colores, y desde entonces 
era reverenciado como la imagen del dios. Los dueños de las victi- 
mas, se teñian el cuerpo de ocre, para imitar de algún modo el color 
del fuego, y se ponian sus mejores vestidos. Iban de este modo al 
templo con sus prisioneros, y alli pasaban bailando, y cantando toda 
la noche. Llegado el dia de la fiesta, y la hora del sacrificio, ataban 
a las victimas de pies, y manos, y les cubrian el rostro con polvo del 
jauhtli* a fin de que aturdidos con sus emanaciones, les fuese menos 
sensible la muerte. Después volvian a bailar, cada uno con su 
prisionero a cuestas, y los iban echando uno a uno en un gran fuego 
encendido en el atrio, de donde los sacaban inmediatamente con ins- 
trumentos de madera, para consumar el sacrificio sobre el altar, y en 
el modo acostumbrado. Los Megicanos daban al mes el nombre de 
Jocohuefzi, que viene a ser madurez de frutos. Los Tlascaleses 
llamaban al mes nono, Miccailhuitl, o fiesta de muertos, por que en 
él hacían oblaciones por las almas de sus difuntos, y al décimo, 
HueimiccailhuitW es decir, fiesta grande de los muertos, por que en 
él se vestían de luto, y lloraban la muerte de sus antepasados. 

Cinco dias antes de empezar el mes undécimo, que principiaba en 
14 de Setiembre, cesaban todas las fiestas. Los ocho primeros dias 
del mes había baile, pero sin música, ni canto, haciendo cada cual los 
movimientos, y contorsiones que le sugería su capricho. Pasado 
aquel tiempo, vestían a una prisionera con el mismo trage de Teteoi- 
nan, o%iadre de los dioses, cuya fiesta celebraban, y la acompañaban 
muchas mugeres, especialmente las parteras, que durante cuatro dias 
continuos procuraban divertirla, y distraerla. El día principal de la 
fiesta, conducían aquella infeliz al atrio superior del templo de la 
diosa, y allí la sacrificaban, no sobre el altar común de las otras victimas, 
si no decapitándola en brazos de otra muger. Un joven, seguido de 
gran acompañamiento, llevaba el pellejo de la victima a presentarlo al 
ídolo de Huitzilopochtli, en memoria del inhumano sacrificio que 
hicieron sus antepasados con la princesa de Colhuacan; pero antes 
inmolaban, de la manera acostumbrada, cuatro prisioneros, para signi- 

* El jauhtli es una planta cuya tallo tiene un codo de largo, las hojas seme- 
jantes a las del sauce, pero dentadas, las .flores amarillas, y las raices sutiles. 
Las flores, y las hojas tienen el mismo olor, y sabor que el aniz. Es útil en la 
medicina, y los médicos Megicanos las aplicaban a muchas dolencias : pero tam- 
bién la empleaban en usos supersticiosos. 



2e$ HISTORIA ANTIGUA DE ME6IC0. 

fíoar, según creo, los cuatro Joquimilques, sacrificados en Colhuacan, 
durante su cautiverio. En el mismo mes se hacia la revista de las 
tropas, y se enganchaban los jóvenes que se destinaban a la profesión 
de las armas, los cuales, desde entonces, quedaban obligados a ir a la 
guerra, siempre que fuese necesario. Todos los nobles y plebeyos 
barrían el templo, que es lo que significa el nombre del mes Ochpa- 
nizili. Al mismo tiempo se limpiaban, y componían las calles, y se 
reparaban los acueductos, y las casas, en cuyas operaciones interve- 
nían muchos ritos supersticiosos. 

En el mes duodécimo, que entraba a 4 de Octubre, se celebraba la 
fiesta de la llegada de los dioses, que es lo que significa Teotleco, 
nombre del mes, y de la fiesta. El 16 de este mes Megicano engala- 
naban los templos, y las esquinas de las calles de la ciudad. El 18 
empezaban a llegar los dioses, según ellos decian, y el primero era el 
gran dios Tezcatlipoca. Estendian delante de la puerta de su san- 
tuario una estera de palma, y esparcían sobre ella, harina de maiz. 
El sumo sacerdote velaba toda la noche anterior, yendo de cuando en 
cuando a observar la estera, y cuando descubría en ella algunas pisa- 
das, que sin duda habría estampado algún sacerdote, empezaba a 
gritar : ya ha llegado nuestro gran dios. Entonces los sacerdotes, y 
el pueblo iban a adorarlo, y a celebrar su llegada con himnos, y 
bailes, que duraban toda la noche. En los dias siguientes iban suce- 
sivamente llegando los otros dioses, y el dia vigésimo, y ultimo del 
mes, cuando se creia que hablan llegado todos, bailaban en derredor 
de un gran fuego, muchos jóvenes vestidos a guisa de monstruos ; en 
tanto se arrojaban los prísioneros a las llamas en que morÍ£í.i. Al 
ponerse el sol se hacian grandes banquetes, en que bebían mas de lo 
acostumbrado, creyendo que el vino que usaban en aquella ocasión, 
servia para lavar los pies a los dioses. ¡ A tales exesos llegó el bárbaro 
'fanatismo de aquellos pueblos ! No era menos supersticiosa la cere- 
monia que hacian con los niños para preservarlos del mal que temían 
les hiciese uno de los dioses, pues les pegaban con trementina muchas 
plumas a los hombros, a los brazos, y a las piernas. 

En el mes décimo tercio, que empezaba en 24 de Octubre, se cele- 
braba la cuarta fiesta de los dioses del agua, y de los montes. El 
nombre Tepeilhuitl, que daban a este mes, no significa otra cosa que 
fiesta de los montes. Hacian unos montecillos de papel, sobre los 
cuales ponían sierpes de madera, raices de arboles, y unos idolillos o 
juguetes, cubiertos con una masa particular, y llamados Ehecato- 
tontin. Ponían todas estas cosas sobre los altares, y las adoraban 



FIESTAS. 289 

como imágenes de los dioses de los montes, cantándoles himnos, y 
ofreciéndoles copal, y manjares. Los prisioneros que se sacrificaban 
en esta fiesta eran cinco, un hombre, y cuatro mugeres, y a cada 
victima se daba un nombre'^articular, alusivo a ciertos misterios que 
ignoramos. Vestíanlas de papel de color, cubierto de resina elástica, 
y las llevaban en andas procesionalmente, sacrificándolas después del 
modo ordinario. 

Fiestas de los cinco meses últimos. 

En el décimo cuarto mes, que empezaba a 13 de Noviembre, se^ 
hacia la fiesta de Mijcoatl, diosa de la caza. Precedían cuatro dias 
de ayuno rigoroso, y general, con efusión de sangre, durante los cuales 
se hacian las flechas, y dardos para provisión de las armerías, y unas 
saetillas, que con cierta cantidad de leña de pino, y algunas viandas, 
colocaban sobre los sepulcros de sus parientes, y después las quema- 
ban. Terminado el ayuno, sallan los Megicanos, y Tlascaleses a una 
caza general que se hacia en uno de los montes inmediatos, y todos 
los animales que cogian se llevaban, con grandes demostración*?^ de 
jubilo, a Megico,,^onde se sacrificaban a Mijcoatl. El rei asistía no 
solo al sacrificio, si no a la caza. Dieron a este mes el nombre de 
Quecholli, porque era la estación en que parecía en las orillas del lago 
el hermoso pajaro llamado asi por ellos, y por muchos Europeos 
flamenco. 

En el mes décimo quinto, que empezaba el 3 de Diciembre, se 
celebraba la tercera, y principal fiesta de Huitzilopochtli, y de su 
hermaíío, en la que parece que el demonio (llamado por algunos 
padres, mono de Dios) se propuso arremedar en cierto modo los 
augustos misterios de la religión Cristiana. El primer dia del mes 
fabricaban los sacerdotes dos estatuas de aquellos dos dioses, con 
ciertos granos, amasados con sangre de niños sacrificados, y en lugar 
de huesos, les ponian ramas de acacia. Colocábanlos en el altar prin- 
cipal del templo, y toda aquella noche velaban los sacerdotes. Al dia 
siguiente bendecían los Ídolos, y cierta cantidad de agua, que se guar- 
daba en el templo, para rociar con ella el rostro al nuevo reí de Me- 
gico, y al general de las armas, después de su elección : pero el 
general, después de rociado, tenia que bebería. Acabada la consa- 
gración de las estatuas, empezaba el baile de ambos sexos, que en 
todo aquel mes duraba tres o cuatro horas cada dia. Durante el mes, 
habia gran efusión de sangre, y los cuatro dias anteriores a la fiesta, 



284 HISTORIA ANTIGUA DE MEGIGO. 

ayunaban los dueños de los prisioneros que iban a ser sacrificados, los 
cuales se escogían algún tiempo antes, y se les pintaba el cuerpo de 
^ríos colores. En la mañana del día vigésimo, en que se celebraba 
la fiesta, hacían una grande, y solemne prt)cesion. Precedía un sacer- 
dote, alzando en las manos una sierpe de madera, que llamaban 
ezpamitl, y era la insignia de los dioses de la guerra, y otro llevando 
uno de los estandartes de que se servían en la guerra. Detras iba 
otro sacerdote con la estatua del dios Paínatlon, vicario de Huitzilo- 
pochtlí. Seguían las victimas, los otros sacerdotes, y el pueblo. En- 
caminábase la procesión desde el templo mayor al barrio de Teotlachco, 
donde se detenían para sacrificar dos prisioneros de guerra, y algunos 
esclavos comprados : seguían a Tlatelolco, a Popotla, a Chapoltepec, 
volvían a la ciudad, y después de haber girado por algunos barrios, se 
restituían al templo. 

En este viage de nueve o diez millas, pasaban la mayor parte del 
día, y donde quiera que se paraban, hacían sacrificios de codornices, 
y tal vez de víctimas humanas. Cuando llegaban al templo, ponían la 
estaíaa de Painalton, y el estandarte, sobre el altar de Huitzílopochtlí. 
El reí incensaba la estatua hecha de los granos qtt*í hemos dicho, y 
después había otra procesión entorno del templo, la que concluía con 
el sacrificio de los prisioneros, y esclavos que quedaban. Estos sacri- 
ficios se hacían al anochecer. Aquella noche velaban los sacerdotes, 
y en la mañana siguiente, llevaban la estatua de masa de Huitzílo- 
pochtií, a una gran sala que había en el recinto del templo, y allí, sin 
mas testigos que el reí, los cuatro sacerdotes principales, y los cuatro 
superiores de los seminarios, el sacerdote Quetzalcoatl, que ''era el 
gefe de los Tlamacazques, o penitentes, tiraba un dardo a la estatua, 
con que la atravesaba de parte a parte. Decían entonces que había 
muerto su dios, y uno de los sacerdotes sacaba el corazón a la estatua, 
y lo daba a comer al reí. El cuerpo se dividía en dos partes ; una 
para los Tlatelolques, y otra para los Megicanos. Esta volvía a divi- 
dirse en cuatro partes para los cuatro barrios de la ciudad, y cada una 
de ellas en tantos pedacillos, cuantos hombres había en el barrio. 
Esta ceremonia se llamaba Teocualo, que vale tanto como dios comido. 
Las mugeres no probaban aquella pasta, quizas por estar escluídas del 
egercicio de las armas. No sabemos si hacían el mismo uso de la 
estatua del hermano del dios. Daban a este mes los Megicanos el 
nombre xle Panquetzaliztli, que significa enarbolar el estandarte, 
con alusión al que llevaban en la procesión que hemos descrito. 



FIESTAS. .;^4{ I $¡d^ 

En este mes se ocupaban en reparar las lindes, y vallados de los 
campos. 

En el mes décimo sesto, que empezaba a 23 de Diciembre, se hacia 
la quinta, y ultima fiesta de los dioses del agua, y de los montes. 
Preparábanse a ella con las acostumbradas penitencias, y con obla- 
ciones de copal, y de otras resinas aromáticas. Hacian por voto 
ciertas figurillas dé montes, que consagraban a aquellos númenes, y 
unos idolillos de masa de varias semillas, a los cuales, después de ha- 
berlos adorado, abrían el pecho, sacaban el corazón, y cortaban la 
cabeza, imitando las ceremonias de los sacrificios. El cuerpo se dividía 
por cada cabeza de familia entre sus domésticos, a fin de que comién- 
dolo se preservasen de ciertas enfermedades, a que creían que estaban 
espuestos los negligentes en el culto de los Ídolos. Quemaban 
las ropas que habian puesto a los idolillos, y guardaban las cenizas 
en los oratorios, como también las vasijas en que los habian amasado. 
Ademas de estos ritos que se hacian en las casas, inmolaban victimas 
humanas en los templos. En los cuatro dias que precedían a la 
fiesta, habia un rigoroso ayuno, con efusión de sangre. Llama^n a 
este mes Atemoztli, que significa desenso de las aguas, por lo que 
después veremos*. 

En el mes décimo séptimo, que empezaba el 12 de Enero, se cele- 
braba la fiesta de la diosa Ilamateuctli. Escogían una prisionera que 
la representase, y la vestían como el idolo. Hacíanla bailar sola, al 
compás de una canción que entonaban unos sacerdotes, y permitíanle 
afligirse por su próxima muerte, lo que en los otros prisioneros se 
creia í^r de mal agüero. El dia de la fiesta, al ponerse el sol, los 
sacerdotes, adornados con las insignias de varios dioses, la sacrificaban 
del modo ordinario, cortábanle la cabeza, y tomándola en las manos 
uno de ellos, empezaba a bailar, y los otros lo seguían. Los sacerdo- 
tes corrían por las escaleras del templo, y al dia siguiente se divertía 
el pueblo en un juego algo parecido a las Lupercales de los Romanos : 
pues corría por las calles, y golpeaba con sacos de heno a todas las 
mugeres que encontraba. El mismo mes se celebraba la fiesta de 

* El dominicano Martin de León, dice que Atemoztli significa el altar de los 
dioses : pero su verdadero nombre es Teomomoztli. Boturini dice que aquel 
nombre es sincope de Ateomomoztli : pero estas sincopes no estaban en uso entre 
los Mejicanos, ademas de que la figura de este mes, que es la imagen de las aguas, 
atravesada en la escalera de un gran edificio, espresa clarameute el desenso de las 
aguas, significado por la voz Atemoztli. . 



286 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Mictlanteuctli, dios del infierno, con el sacrificio nocturno de un 
prisionero, y la segunda de Jacateuctli, dios de los mercaderes. El 
nombre Tititl*, que daban a este mes, significa el repeluzno que por 
aquel tiempo ocasiona el frió. 

En el décimo octavo, y ultimo mes, que empezaba a 1 de Febrero, 
se hacia la segunda fiesta del dios del fuego. El dia 10 salia toda la 
juventud a caza de fieras en los bosques, y de pájaros en el lago. El 
16 se apagaba el fuego del templo, y de las casas, y hacian el nuevo 
delante del idolo, que estaba adornado, para esta solemnidad, con 
plumas, y joyas. Los cazadores presentaban a los sacerdotes, todo 
cuanto habian cogido, y de aquello se ofrecía una parte en holocausto 
a los dioses, y la otra se sacrificaba, y condimentaba para la nobleza, 
y los sacerdotes. Las mugeres hacian oblaciones de Jamalli, que se 
distribuían entre los cazadores. Una de las ceremonias de esta fiesta 
era perforar las orejas a los niños de uno, y otro sexo, para ponerles 
pendientes : pero lo mas singular era que do se hacia sacrificio de vic- 
timas humanas. 

Celebrábase ademas en el mismo mes la fiesta segunda de la madre 
de los dioses, de la que nada se sabe si no la pracjtica ridicula de le- 
vantar en el aire por las orejas a los muchachos, creyendo que de este 
modo llegarían a una alta estatura. Tampoco puedo decir nada acerca 
del nombre de Izcalli que daban a este mes. Izcalli quiero decir he 
aqui la casa : pero la interpretación que le dan Torquemada y León 
me parece demasiado violenta. 

Cumplidos el 20 de Febrero los diez y ocho meses del año Megi- 
cano, empezaban en el 21 , los cinco dias Nemontemi, en los ciuiles no 
se celebraba ninguna fiesta, ni se emprendía ningún negocio, ni pleito, 
por que se creían infaustos. El que nacia en estos dias, si era varón 
se llamaba Nemoquichtli, es decir, hombre inútil, y si muger Nemi- 
huatl, muger inútil. 

Las fiestas annuales eran mas solemnes en el Teogihuiil, o año 
divino, que era el que tenia por carácter el conejo. Entonces eran 
mas numerosos los sacrificios, mas abundantes las oblaciones, y mas 
solennes los bailes, especialmente en Tlascala, Huejotzinco, y Cholula. 
Igualmente era mas solemne la celebración de las fiestas en el prin- 
cipio de -cada periodo de trece años, esto es, en los años primero co- 
nejo, primera caña, primer pedernal, y primera casa. 

* León dice que Tititl significa nuestro vientre : los que saben la lengua Me- 
gicana echarán de ver que este nombre seria un gran solecismoj 



FIESTAS. 287 

Fiesta Secular. 
Pero la mayor, y mas solemne de las fiestas, no solo entre los Me- 
gicanos, sino en todas las naciones de aquel imperio, y en las vecinas 
a él, era la secular que se hacia de cincuenta y dos, en cincuenta y 
dos años. La ultima noche del siglo, apagaban el fuego, en los tem- 
plos, y en las casas, y rompían los vasos, las ollas, y toda su vasigeria. 
Asi se preparaban al fin del mundo, que temian debia llegar al fin 
de cada siglo. Salian del templo, y de la ciudad los sacerdotes vesti- 
dos, y adornados como los diferentes dioses, y acompañados de un 
tropel inmenso, se encaminaban al monte Huijachtla, cerca de la ciu- 
dad de Iztapalapan, a mas de seis millas de la capital. Arreglaban de 
tal modo su viage por la observación de^ las estrellas, que pudiesen 
llegar al monte un poco antes de media noche, y en la cima debia ha- 
cerse la renovación del fuego. Entretanto el pueblo estaba en gran 
sobresalto, esperando por un lado la seguridad de un nuevo siglo, con 
el nuevo fuego, y temiendo por otro la ruina del mundo, si, por dispo- 
sición de los dioses no se hubiera encendido. Los maridos cubrían el 
rostro a las mugares preñadas con hojas de maguei, y las encerraban 
en los graneros, temerosos de que se convirtiesen en fieras, y los de- 
vorasen. También cubrían el rostro a los niños, y no los dejaban dor- 
mir, para evitar que se transformasen en ratones. Los que no hablan 
ido con los sacerdotes, subian a las azoteas, para observar desde allí 
el éxito de la ceremonia. El oficio de sacar el fuego tocaba esclusi- 
vamente a un sacerdote de Copolco, que era uno de los barrios de la 
ciudadf Los instrumentos con que se sacaba, eran, como después 
diremos, dos pedazos de leña, y la operación se hacia sobre el pecho 
de un prisionero de alta gerarquia, que después sacrificaban. Cuando 
se encendía el fuego, todos prorrumpían en esclamaciones de gozo. 
Hacíase una gran hoguera en el mismo monte, para que se viese de 
lejos, y en ella quemaban a la victima sacrificada. Todos iban con 
anelo a tomar de aquel fuego sagrado, para llevarlo con la mayor pron- 
titud posible a sus casas. Los sacerdotes lo llevaban al templo mayor 
de Megico, de donde se proveían todos los habitantes de aquella 
capital. Los trece dias siguientes a la renovación del fuego, que 
eran los intercalares, que se introducían entre uno, y otro siglo, para 
ajustar el año al curso solar, se ocupaban en componer, y blanquear 
los edificios públicos, y privados, y en comprar nueva vagilla, y nueva 
ropa : para que todo fuese, o pareciese nuevo, al principio del nuevo 



288 ' HISTORIA ANTIGUA DE MRGICO. 

siglo. El primer dia de aquel año, y de aquel siglo, que era, como 
hemos dicho, el 26 de Febrero, a nadie era licito beber agua antes de 
medio dia. A la misma hora empezaban los sacrificios, cuyo numero 
correspondia a la solemnidad de la fiesta. Resonaban por todas partes 
las voces de jubilo, y las mutuas enhorabuenas por el nuevo siglo 
que el cielo les concedia. Las iluminaciones de las primeras noches 
eran magnificas, y no menos esplendidos, y suntuosos los convites, 
los bailes, las galas, y los juegos públicos. Entre ellos se hacia, 
en medio de un gran concurso, y con las mayores demostraciones de 
alegría, el juego de los voladores, de que después hablaremos; en 
el cual habia cuatro voladores, y cada uno daba trece vueltas, para 
significar los cuatro periodos de trece años de que se componía 
el siglo. > ju:(ii;l)i7 

Lo que hemos dicho hasta ahora acerca de las fiestas de los Meja^- 
canos, muestra claramente cuan supersticiosos eran los pueblos anti- 
guos de Anahuac ; y todavía se hará mas patente en los pormenores 
que vamos a ofrecer al lector sobre los ritos que observaban en el 
nacidiiento de sus hijos, en sus matrimonios, y en sus exequias 
fúnebres. 

Ritos de los Megicanos en el nacimiento de sus hijos. 
Cuando salia a luz el niño, la partera, después de haberle cortado 
el cordón umbilical, y enterrado la secundina, le lavaba el cuerpo, 
diciendole estas palabras : " Recibe el agua, pues tu madre es la diosa 
Chalchiuhcueye. Este baño te lavará las manchas que sacaste del 
vientre de tu madre, te limpiará el corazón, y te dará una vidajiuena, 
y perfecta." Después volviéndose a la diosa le pedia la misma gracia, 
y tomando otra vez el agua con la mano derecha, y soplando en ella, 
humedecía la boca, la cabeza, y el pecho del niño. Seguía a esto un 
baño general, durante el cual decía la partera : " Descienda el dios 
invisible a esta agua, y te borre todos los pecados, y todas las inmun- 
dicias, y te libre de la mala fortuna," y dirigiendo la palabra al niño, 
continuaba: " Niño gracioso, los dioses Ometeuctli, y Omecihuatl te 
criaron en el lugar mas alto del cielo, para enviarte al mundo : pero 
ten presente que la vida que empiezas es triste, dolorosa, y llena de 
males, y de miserias; no podras comer pan, sin trabajar. Dios te 
ayude en las muchas adversidades que te aguardan," y acababa la 
ceremonia dando la enhorabuena a los padres, y parientes del recien 
nacido. Si este era hijo de reí, o de algnn señor, visitaban al padre 



RITOS DE LOS NACIMIENTOS. 28ft 

SUS principales subditos, para felicitarlos, y vaticinar buena suerte 
al niño*. 

Dado aquel primer baño, consultaban a los adivinos sobre la buena 
o mala dicha del niño, informándolos antes del dia, y de la hora de 
su nacimiento. Los adivinos consideraban la calidad del signo propio 
de aquel dia, y del signo dominante en aquel periodo de trece años, y 
si habia nacido a media noche, comparaban el del dia que acababa, 
y el del que empezaba. Hechas estas observaciones, declaraban la 
buena o mala fortuna del infante. Si era infausta, y lo era también 
el quinto dia después del nacimiento, que era cuando se daba el 
segundo baño, se prorrogaba esta ceremonia para otro dia mas 
favorable. A esta ceremonia, que era mas solemne que la primera, 
convidaban a todos los parientes, y amigos, y a muchos niños, y si 
eran gentes acomodadas, daban un gran banquete, y regalaban ves- 
tidos a todos los convidados. Si el padre era militar, preparaba para 
aquel dia un pequeño arco, cuatro flechas del mismo tamaño, y un 
trage, acomodado al cuerpo del niño, de la misma hechura que el que 
habia de usar siendo adulto. Si era artesano o labrador, prep>iraba 
algunos instrumentos pequeños, análogos a su oficio o profesión. Si 
era niña, le aperiibian un trage correspondiente a su sexo, un huso 
pequeño, o algún otro utensilio para teger. Encendian muchas luces, 
y la partera, tomando al niño en brazos, lo llevaba por todo el patio 
de la casa, y lo colocaba sobre un montón de hojas, junto a una 
vasija llena de agua, y puesta en medio del patio. Alli lo desnu- 
daba diciendo : " Hijo mió, los dioses Ometeuctli, y Omecihuatl, 
señores^ del cielo, te han mandado a este triste, y calamitoso mundo. 
Recibe este agua, que ha de darte la vida." Después de haberle 
limpiado la boca, la cabeza, y el pecho, con formulas semejantes a 
las del primer baño, le lavaba todo el cuerpo, y frotándole cada uno 
de sus miembros le decía : " ¿ donde estás, mala fortuna ? Anda 
fuera de este niño." Dicho esto, lo alzaba para ofrecerlo a los dioses, 

* En Guatemala, y otras provincias vecinas se celebraba el nacimiento de los 
hijos con mas solemnidad, y superstición. Inmediatamente después de aquel 
suceso, se sacrificaba un pabo. El baño se verificaba en algún rio o fuente, 
donde hacian oblaciones de copal, y sacrificios de papagallos. El cordón umbi- 
lical se cortaba sobre una mazorca de maíz, y con un cuchillo nuevo„ el cual se 
arrojaba inmediatamente al rio. Sembraban el grano de aquella mazorca, y la 
cuidaban con el mayor esmero, como una cosa sagrada. La cosecha que de él 
provenia, se dividía en tres partes ; una para el adivino, otra para que sirviese de 
alimento al niño, y guardaban la tercera, para que esto la sembrase, cuando estu-. 
biese en edad de hacerlo. .; 

TOMO I. , U 



290 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

rogándoles que lo adornasen con todas las virtudes. La primera ora- 
ción se hacia a las dos divinidades mencionadas ; la segunda, a la 
diosa de las aguas ; la tercera a todos los dioses, y la cuarta al sol, y 
a la tierra. *' Tú, sol, decia la partera, padre de todos los vivientes, 
y tú, tierra, nuestra madre, acoged a este niño, y protegedlo como a 
hijo vuestro ; y pues nació para la guerra (si su padre era militar) 
muera en ella defendiendo el honor de los dioses, afin de que pueda 
gozar en el cielo las delicias destinadas a todos los hombres valientes, 
que por tan buena causa sacrifican sus vidas." Ponianle en seguida 
en las manitas los instrumentos del arte que debia egercer, con una 
oración dirigida al dios tutelar de aquella profesión. Si el niño era 
hijo de militar, las pequeñas armas que servian en aquella ceremonia 
se enterraban en un campo, donde se sospechaba que podria pelear 
en el porvenir, y los utensilios mugeriles, si era hembra, en la misma 
casa, debajo del metlatl, o piedra para moler el maiz. En aquella 
misma ocasión, se hacia, según Boturini, la ceremonia de pasar cuatro 
veces al niño por sobre las llamas. 

• ' Acites de poner los instrumentos en las manos del recien-nacido, 
rogaba la partera a los niños convidados, que le pusiesen nombre, y 
ellos le daban el que les habian sugerido los paures. Después lo 
vestia la partera, y lo ponia en la cuna, rogando a Joalticitl, diosa de 
las cunas, que lo calentase, y guardase en su seno, y a Joalteuctli, 
dios de la noche, que lo adormeciese. 

El nombre que se daba al niño se tomaba a veces del signo del 
dia de su nacimiento (lo que sucedia mas frecuentemente entre los 
Mijteques) como Macuilcoatl, o quinta sierpe, Omecalli, o ^^gunda 
casa. Otras veces, de las circunstancias ocurridas en el nacimiento, 
como sucedió a uno de los cuatro gefes que regian la república de 
Tlascala cuando llegaron los Españoles, pues se le llamó Citlal- 
popoca, o estrella humeante, por haber nacido en tiempo de un 
cometa. Al que nacia el dia de la renovación del fuego, si era varón 
se le llamaba Molpilli, y si era hembra Giuhnenetl, aludiendo ambos 
nombres a las particularidades de aquella fiesta. También se daban 
frecuentemente a los varones, nombres de animales, y a las hembras 
de flores, en lo que probablemente seguirían los sueños de los padres, 
o los consejos de los adivinos. Por lo común no se daba mas que un 
nombre, pero los varones solian adquirir un sobrenombre con sus 
proezas, como sucedió a Moteuczoma I, que por sus hazañas se llamó 
Jlhuicamina, y Tlacaele. 

Terminadas las solemnidades del baño, se daba el convite, en el 



RITOS NUPCIALES. 291 

cual cada imo procuraba lucir según sus facultades. En estos casos 
solían beber mas de lo acostumbrado, pero no salía de casa el des- 
concierto de la embriaguez. Las luces se tenían encendidas hasta 
consumirse, y se tenia particular esmero en conservar el fuego, 
durante los cuatro dias que mediaban entre el primero, y el segundo 
baño, por que si se apagaba, creían que era mal agüero para el niño. 
Esta misma celebridad se repetía cuando lo destetaban, que era a la 
edad de tres años*. 

^ Ritos Nupciales. 

En los casamientos, aunque había ritos supersticiosos, como en 
todas las operaciones de aquellas gentes, nada se hacía sin embargo 
contrario a las leyes del pudor. Estaba severamente prohibido, como 
después veremos, tanto por las leyes de Megico, como por las de 
Michuacan, todo enlace matrimonial, entre parientes en primer grado 
de consanguinidad, o de afinidad, exepto entre cuñados f. Los 
padres eran los que contrataban el matrimonio, y jamas se celebraba 
sin su consentimiento. Cuando el hijo llegaba a edad de poder ^sos- 
tener las cargas del estado, que en los hombres era de veinte a 
veintidós años, y^n las mugeres a los diez y siete o diez y ocho, 
buscaban sus padres una esposa que le conviniese : pero antes consul- 
taban a los adivinos, y estos, después de haber considerado los dias 
del nacimiento de los novios, decidían la felicidad, o la desgracia del 
consorcio. Sí por la combinación de los signos declaraban infausta 
la alianza, se dejaba aquella doncella, y se buscaba otra. Si el pro- 
nostico^era feliz, se pedia la doncella a sus padres, por medio de 
unas mugeres, que se llamaban cihuatlanque, o solicitadoras, que 

* En Guatemala se hacían las mismas fiestas cuando el niño empezaba a andar, 
y por siete años continuos se celebraba el aniversario de su nacimiento. 

f En el libro iv, tit. 2, del tercer concilio provincial de Megico, se supone que 
los gentiles de aquel nuevo mundo se casaban con sus hermanas : pero es nece- 
sario saber que el celo de aquellos padres no se limitaba al imperio Megicano,. 
en que no se permitían aquellos consorcios, si no que se estendia a los barbaros 
Chichimecos, y Panuqueses, y a otras naciones mas desarregladas en sus costum- 
bres. No hai duda que el concilio habla de aquellos barbaros que a 1^ sazón 
(en 1585) se iban reduciendo al Cristianismo, no ya de los Megicanos, ni de los 
otros pueblos sometidos a ellos, que se habian convertido muchos años antes. 
Ademas que en el intervalo de los cuatro años que mediaron entre la conquista, 
y la publicación del Evangelio, se introdugeron en aquellas naciones muchos 
abusos que no habian sido tolerados en tiempo de sus reyes, como lo testifican 
los Misioneros Apostólicos que se emplearon en su conversión. 

u2 



293 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

eran las mas respetables de la familia del novio. Estas iban por pri- 
mera vez a media noche a casa de la futura, llevaban un regalo a sus 
padres, y la pedian con palabras humildes, y discretas. La primera 
demanda era infaliblemente desechada, por ventajoso que fuese el 
casamiento, y por mucho que gustase a los padres, los cuales pre tes- 
taban de cualquier modo su repugnancia. Pasados algunos dias, vol- 
vían aquellas mugeres a hacer la misma petición, usando de ruegos, 
y razones para apoyarla, y dando cuenta de las prendas, y bienes del 
joven, de lo que podia dar en dote a la doncella, y preguntando en 
fin lo que esta poseia. Esta segunda vez respondían los padres que 
antes de resolverse era necesario consultar la voluntad de su hija, y 
la opinión de los parientes. Las mugeres no volvían mas, y los 
padres enviaban la respuesta decisiva por medio de otras de su 
familia. 

Obtenida finalmente una respuesta {avorable, y señalado el dia de 
la boda, después de haber los padres de la doncella exortadola a la 
fidelidad, y a la obediencia a su marido, y a observar una conducta 
honr|)sa a su familia, la conduelan con gran acompañamiento, y 
música a casa del suegro, y si era noble, la llevaban en una litera. 
El novio, y los suegros la recibían a la puerta de sC casa, precedidos 
por cuatro mugeres, que llevaban luces en las manos. Al llegar se 
incensaban mutuamente los novios. El joven tomaba por la mano a 
la doncella, y la conduela a la sala destinada a celebrar la boda. 
Poníanse los dos en una estera nueva, y curiosamente labrada, que 
estaba colocada en medio de la pieza, y junto al fuego, que se habia 
preparado para aquella ocasión. Entonces un sacerdote atajía una 
punta del huepillU o camisa de la doncella, con otra del tilmatli, o 
capa del joven, y en esto consistía esencialmente el contrato matri- 
monial. Daba después ella siete vueltas en torno del fuego, y vuelta 
a la estera, ofrecia con el novio un poco de copal a los dioses, y 
ambos se hacian algunos mutuos regalos. Seguía el banquete. Los 
esposos comían en la estera, sirviéndose uno a otro, y los convidados 
en sus sitios. Cuando estos se habían animado con el vino, que no 
se escaseaba en aquellas ocasiones, salían a bailar al patio, quedando 
los esposos en aquella estancia durante los cuatro dias siguientes, sin 
salir de ella, sí no a media noche, para incensar a los ídolos, y hacer- 
les oblaciones de diversas especies de manjares. Aquel tiempo lo 
pasaban en oración, y ayuno, vestidos con trages nuevos, y adornados 
con las insignias de los dioses de su devoción, sin abandonarse al 
menor exeso indecente, por que creían que seria inevitable el castigo 



RITOS NUPCIALES. 398 

del cielo, si cometiesen tal debilidad. En aquellas noches sus camas 
eran dos esteras nuevas de junco, cubiertas con unos lienzos peque- 
ños, teniendo en medio unas plumas, y una piedra preciosa llamada 
chalchihuitl. En los cuatro ángulos ponian cañas verdes, y espinas 
de maguei, para sacarse sangre de la lengua, y de las orejas, en 
honor de sus dioses. Los sacerdotes eran los que hacian las camas 
para santificar el matrimonio : pero ignoro el misterio de la joya, de 
las plumas, y de las cañas. Hasta la cuarta noche no se consumaba 
el matrimonio, creyendo que seria infausto, si se anticipaba la consu- 
mación. En la mañana siguiente se lavaban, se vestían de nuevo, y 
los convidados se adornaban la cabeza con plumas blancas, y las 
manos, y los pies con plumas rojas. Concluíase la función con re- 
galar tragos a los convidados, según las facultades de los esposos, y 
con llevar al templo las esteras, los lienzos, las cañas, y los manjares 
presentados a los Ídolos. 

Estos usos no eran tan generales en el imperio que no hubiese 
algunas particularidades en ciertos paises. En Ichcatlan, el que 
queria casarse, se presentaba a los sacerdotes, y estos lo conduelan al 
templo, donde delante de los Ídolos que en él se adoraban, le cortaban 
algunos cabellos, y enseñándolo al pueblo, gritaban : " Este quiere 
casarse." De alli lo hacian bajar, y tomar la primer muger libre que 
encontraba, como si aquella fuese la que le destinasen los dioses. La 
que no lo queria por marido evitaba acercarse al templo en aquella 
ocasión, a fin de no verse obligada a casarse con él. Por lo demás 
se conformaban a los ritos nupciales de los Megicanos. 

A Isís Otomites era licito abusar de cualquiera soltera, antes de 
casarse. Cuando alguno de ellos se casaba, si en la primera noche 
hallaba en la muger algo que le desagradase, podia repudiarla al dia 
siguiente: pero si se mostraba contento aquella vez, ya no le era 
permitido dejarla. Ratificado de este modo el matrimonio, se retira- 
ban los esposos a hacer penitencia de los antiguos deslices, por veinte 
o treinta dias, durante los cuales se astenian de los placeres sensuales, 
'áe sacaban sangre, y se bañaban frecuentemente. 

Entre los Mijteques, ademas de la ceremonia de anudar los tragos 
de los esposos, les cortaban parte de los cabellos, y el novio llevaba en 
hombros a la novia. 

La poligamia era permitida en el imperio M egicano. Los reyes y 
los señores tenian gran numero de mugeres : pero es de creer que 
solo con las principales observasen todas aquellas ceremonias, limi- 
tándose con las otras, al acto de anudar los vestidos. 



294 HISTORIA ANTIGUA DK MEGICO. 

Los teólogos y los canonistas Españoles que pasaron a , MegiCo 
inmediatamente después de la conquista, como no estaban instruidos 
en los usos de aquellos pueblos, tubieron dudas acerca de sus matri- 
monios : pero habiendo aprendido después la lengua, y examinado 
diligentemente este y otros puntos importantes, reconocieron sus casa- 
mientos por verdaderos, y legitimos. El papa Paulo III, y los conci- 
lios provinciales de Megico, mandaron, según los cañones, que todos 
aquellos que abrazasen la fe Cristiana, conservasen la primera muger 
con quien se habían casado, y se separasen de las otras. 

Elxequias. 

En nada eran tan supersticiosos los Megicanos como en sus ritos 
fúnebres. Cuando alguno moria, se llamaba a ciertos maestros de 
ceremonias mortuorias, que eran por lo común hombres de cierta con- 
sideración. Estos, habiendo cortado muchos pedazos de papel, cubrían 
con ellos el cadáver, y tomando un vaso de agua, se la esparcían por 
la cabeza, diciendo que aquella era el agua que se formaba durante la 
vida del hombre. Vestíanlo después de un modo correspondiente a 
su condición, a sus facultades, y a las circunstancias .de su muerte. Si 
el muerto habia sido militar, lo vestian como el ídolo de Huitzilo- 
pochtli ; si mercader como el de Jacateuctli ; si artesano, como el del 
protector do su oficio. £1 que moría ahogado, se vestia como el de 
Tlaloc ; el que era ajusticiado por adultero, como el de Tlazoteotl, 
y el borracho como el de Tezcatzoncatl, dios del vino. Asi que, 
como dice Gomara, mas ropa se ponian después de muertos, que 
cuando estaban en vida. c 

Poníanle después entre los vestidos un jarro de agua, que debia 
servirle para el viage al otro mundo, y dábanle sucesivamente algunos 
pedazos de papel, esplicandoles el uso de cada uno de ellos. En el 
primero, decian al muerto: " Con este pasarás sin peligro entre los 
dos montes que están peleando/ Al segundo : " Con este caminarás 
sin estorvo por el camino defendido por la gran serpiente." Al ter- 
cero : " Con este iras seguro por el sitio en que está el gran cocodrilo 
Jochitonal." El cuarto era un salvo-conducto para los ocho desiertos. 
El quinto para los ocho collados, y el sesto para el viento agudo, pues 
fíngian que debian pasar por un sitio llamado Itzehecayan, donde 
reinaba un viento tan fuerte que levantaba las piedras, y tan sutil que 
cortaba como un cuchillo. Por lo mismo quemaban los vestidos del 
muerto, sus armas, y algunas provisiones, para que el calor de aquel 
fuego lo preservase del frió de aquel viento terrible. 



EXEQUIAS. 295 

Una de las principales y mas ridiculas ceremonias era la de matar 
un techichi, cuadrúpedo domestico, como ya hemos dicho, semejante 
a nuestros perros, con el obgeto de que acompañase al difuqto en su 
viage. Atábanle una cuerda al cuello, para que pasase el profundo 
rio de Chiuhnahuapan, o de las nueve aguas. Enterraban al techichi, 
o lo quemaban con su amo, según el genero de muerte que este habia 
tenido. Mientras los maestros de ceremonias encendían el fuego, en 
que debia quemarse el cadáver, los otros sacerdotes entonaban un 
himno fúnebre. Después de haberlo quemado, recogían en una olla 
todas las cenizas, y entre ellas ponian una joya de poco o mucho 
precio, según las facultades del muerto, la cual decian que debia servirle 
de corazón en el otro mundo. La olla se enterraba en una huesa 
profunda, y durante cuatro dias hacian sobre ella oblaciones de pan y 
vino. 

Tales eran los ritos fúnebres de la gente ordinaria: pero en las 
exequias de los reyes, y respectivamente en las de los señores, y otras 
personas de alta gerarquia, intervenían otras particularidades dignas 
de notarse. Cuando el rei se ponia malo, dice Gomara, se pjnian 
mascaras a los Ídolos de Huitzilopochtli, y Tezcatlipoca, y no se les 
quitaban, hasta q Je sanaba o moria : pero lo cierto es que el idolo de 
Huitzilopochtli tenia siempre dos mascaras. Al punto que el rei de 
Megico espiraba, se publicaba la noticia con gran aparato, y se avisaba 
a todos los señores, ora estubiesen en la corte, ora fuera de ella, para 
que asistiesen a las exequias. Entretanto colocaban el cadáver real 
en primorosas esteras, y le hacian la guardia sus domésticos. Al 
cuarto ^ quinto dia, cuando ya hablan llegado los señores, con sus 
tragos de gala, hermosas plumas, y los esclavos que debían acompa- 
ñarlos en la ceremonia, ponian al cadáver quince o mas vestidos 
finísimos de algodón de varios colores, adornábanlo con joyas de oro, 
plata, y piedras preciosas, le suspendían del labio inferior una esme- 
ralda que debia servirle de corazón, cubríanle el rostro con una mas- 
cara, y sobre los tragos le ponian las insignias del dios en cuyo templo 
o atrio debian enterrarse las cenizas. Cortábanle una parte del 
cabello, y con otra que le hablan cortado en su infancia, la guardaban 
en una cagita, para perpetuar, como ellos decian la memoria del 
difunto. Sobre esta cagitá colocaban su retrato, de madera, o de 
piedra. J)espues mataban al esclavo que le habia servido de capellán, 
o cuidado de su oratorio, y de todo lo correspondiente al culto privado 
de sus dioses, a fin de que tubiese el mismo empleo en el otro 
mundo. 



296 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Hacían después la procesión fúnebre, llevando el cadáver, acompa- 
ñado de los parientes, de toda la nobleza, y de las mugeres del muerto, 
las cuales espresaban su dolor con llantos, y otras demostraciones. La 
nobleza llevaba un gran estandarte de papel, y las armas e insignias 
reales. Los sacerdotes cantaban, sin acompañamiento instrumental. 
Al llegar al atrio inferior del templo, sallan los sumos sacerdotes, con 
sus ministros, a recibir al cadáver, y sin detenerse, lo colocaban en la 
pira, que estaba dispuesta en el mismo atrio, y se componía de leña 
olorosa, y resinosa, con una gran cantidad de copal, y otros aromas. 
Mientras ardia el real cadáver, con todas sus ropas, insignias, y armas, 
sacrificaban al pie de la escalera del templo un gran numero de 
esclavos, tanto de los del rei muerto, como de los que hablan presen- 
tado para aquella solemnidad los señores. También se sacrificaban 
algunos hombres irregulares, y monstruosos, de los que tenia en sus 
palacios, para que lo divirtiesen en el otro mundo, y por la misma 
razón solían matar algunas de sus mugeres*. El numero de victimas 
correspondía a la grandeza del funeral, y, seg^n algunos autores, 
lleg&ban a veces a doscientas. No faltaba entre tantos infelices el 
techicbi, pues creían que sin aquel conductor, no era posible salir de 
algunos senderos tortuosos que se hallaban en éi camino del otro 
mundo. 

Al día siguiente recogían las cenizas, los dientes que habían que- 
dado enteros, y la esmeralda, que le habían puesto en el labio, y todo 
junto se guardaba en la cagita que contenía los cabellos, y esta se 
depositaba en el sitio destinado para sepulcro. En los cuatro días 
siguientes hacían sobre él oblaciones de manjares. A los cii^o días 
sacrificaban algunos esclavos, y el mismo sacrificio se repetía a los 
veinte, a los cuarenta, a los sesenta, y a los ochenta. Desde entonces 
ya no se sacrificaban mas victimas humanas : si no que cada año se 
celebraba un aniversario con sacrificios de conejos, de mariposas, de 
codornices, y otros pájaros, y con oblaciones de pan, vino, copal, 
flores, y unas cañas llenas de materias aromáticas, que llamaban 
acayotl. Este aniversario se celebraba cuatro años seguidos. 

if • El P. Acosta dice que en las exequias de los señores se sacrificaban todas las 
personas que estaban en su casa. Pero esto es absolutamente falso e increíble, 
pues si asi fuese, en poco tiempo se hubiera estinguido toda la nobleza Mejicana. 
No hai memoria de haberse sacrificado en las exequias del rei ninguno de sus 
hermanos, como afirma aquel autor. < Como es posible que existiese tal uso 
cuando entre los hermanos del rei muerto se debia escoger su sucesor seguu las 
leyes del reino ? 



LOS SEPULCROS. 297 

La mayor parte de los cadáveres se quemaban : solo se enterraban 
enteros los de aquellos que morían ahogados, o de hidropesía, o de no 
sé que otra enfermedad : pero ignoro la causa de esta diferencia. 

Los Sepulcros. 

No habia sitios determinados para enterrar los cadáveres. Algunas 
veces se enterraban las cenizas cerca de algún templo, o altar ; otras 
en el campo, otras en los lugares sagrados de los montes donde solian 
hacer los sacrificios. Las cenizas de los reyes, y de los otros señores 
se depositaban por lo común en las torres de los templos, especial- 
mente en las del templo mayor*. Junto a Teotihuacan, ciudad celebre 
por los muchos templos que contenia, habia innumerables sepulcros. 
Los de los que se enterraban enteros, eran, según el conquistador 
anónimo, que los vio, unas huesas profundas, revestidas por dentro de 
piedra, y cal, y el cadáver estaba sentado sobre un icpalli, o silla baja, 
con los instrumentos de su arte o profesión. El militar se enterraba 
con un escudo, y una espada : la muger, con un huso, una escoba, y 
un gicalli, cierto vaso natural de que después hablaremos; los jricos, 
con oro, y joyas, y todos con gran provisión de comestibles para el 
largo viage que Iban a emprender. Los conquistadores Españoles, 
noticiosos del oro que contenian los sepulcros de los señores Megi- 
canos, escavaron algunos, y encontraron grandes cantidades de aquel 
precioso metal. Cortés dice en sus cartas, que en una entrada 
que hizo en la capital, cuando estaba sitiada por su egercito, los sol- 
dados hallaron mil y quinientos castellanos, o doscientos cuarenta 
onzas j^e oro, en un sepulcro que habia en la torre del templo. El 
conquistador anónimo asegura haber presenciado la escavacion de un 
sepulcro, del cual se sacaron cerca de tres mil castellanos. 

Los Chichimecos enterraban los cadáveres en las cuevas de los 
montes : pero cuando se civilizaron algún tanto, adoptaron, en este, y 
en otros usos, los ritos, y costumbres de los Acolhuis, que eran los 
mismos que los de los Megicanos. 

Los Mijteques conservaron en parte los usos antiguos de los Chichi- 
mecos, pero en algunas cosas se singularizaron. Cuando enfermaba 
alguno de sus señores, se hacían oraciones publicas, votos, y sacrificios 
por su salud. Si sanaba, habia grandes regocijos. Si moría, conti- 

* Solis en 8U Historia de la Conquista de Megico afirma que las cenizas de los 
reyes se depositaban en Chapoltepec: mas esto es falso, y contrario a' la deposi- 
ción de Cortés, cuyo panegírico escribió, de Bernal Diaz, y de otros testigos 
oculares. 



«y© HISTORIA ANTIGUA DE MBGJCO. 

Quaban hablando de él, como si aun estubiese vivo ; ponian delante 
de él uno de sus esclavos, lo vestían con la ropa de su señor, le cubrían 
el rostro con una máscara, y por espacio de un dia le tributaban los 
mismos honores que ¿olían tributar al difunto. A media noche, se 
apoderaban cuatro señores del cadáver, para sepultarlo en algún bosque 
o cueva, especialmente, la que se creia ser la puerta del paraíso, y al 
volver, sacrificaban al esclavo, y lo ponian en una huesa, con los 
adornos e insignias de su efímera autoridad, pero sin cubrirlo de tierra. 
Cada año se hacia una fiesta del ultimo señor que habia muerto, en 
la cual se celebraba su nacimiento, pero de su muerte no se hablaba 
jamas. 

Los Zapoteques embalsamaban el cadáver del señor principal de su 
nación. Ya en los tiempos de los primeros reyes Chichimecos, esta- 
ban en uso en aquellas naciones los compuestos aromáticos para pre- 
servar algún tiempo los cadáveres de la corrupción : pero no sabemos 
que lo hiciesen con frecuencia. 

Lo que he dicho hasta ahora, es cuanto sé acerca de la religión de 
los Megicanos. La vanidad de su culto, la superstición de sus ritos, 
la crueldad de sus sacrificios, y los rigores de su austeridad, hacian mas 
manifiestas a sus decendientes las incomparables ventajas que les habia 
traido la dulce, pura, y santa doctrina de Jesu Cristo, y los exitaban a 
dar gracias al Padre de las misericordias por haberlos llamado a la luz 
maravillosa del Evangelio, habiendo dejado perecer a sus antepasados 
en las tinieblas del error. 



t4if'"tíffp 



m: 



LIBRO SÉPTIMO. 



Gobierno Político, Militar, y Económico de los Megicanos,esto€8, elrei, los señores, 
los electores, los embajadores, las dignidades, los magistrados, y los jueces ; leyes, 
juicios, y penas ; milicia, agricultura, caza, pesca, y comercio ; juegos, trage, 
alimentos, y muebles ; idioma, poesia, música, y baile ; medicina, historia, y pin- 
tura ; escultura, fundición, y mosaicos ; arquitectura, y otras artes de aquella 
T nación. 

I Educación de la juventud Megicana. 
En el gobierno público, y en el domestico de los Megicanos se notan 
rasgos tan superiores de dicernimiento politico, de celo por la justicia, 
y de amor al bien general, que parecerían de un todo inverosimiiés, si 
no constasen por ^us mismas pinturas, y por la deposición de muchos 
autores diligentes e imparciales, que fueron testigos oculares de una 
gran parte de lo que escribieron. Los que insensatamente creen cono- 
cer a los antiguos Megicanos en sus decendientes, o en las naciones 
del Canadá y de la Luisiana, atribuirán a fábulas inventadas por los 
Españoles, cuanto vamos a "decir acerca de su civilización, de sus leyes, 
y de sus artes. Por no violar, sin embargo, las leyes de la historia, ni 
la fidelidad debida al público, espondre sinceramente cuanto me ha pa- 
recido cierto, sin temor de la censura de los críticos. ü>;í 

La educación de la juventud, que es el principal apoyo de un ei^- 
do, y lo que mejor da a conocer el carácter de cualquiera nación, era 
tal entre los Megicanos, que bastaría por si sola a confundir el orgu- 
lloso desprecio de los que creen limitado a las regiones Europeas el 
imperio de la razón. En lo que voi a decir sobre este asunto tendré 
por guias las pinturas de los mismos Megicanos, y los escritores mas 
dignos de crédito. 

" Nada, dice el P. Acosta, me ha maravillado tanto, ni me ha pare- 
cido tan digno de alabanza, y de memoria, como el orden que obser- 
vaban los Megicanos en la educación de sus hijos." En efecto es difícil 
hallar una nación que haya puesto mayor diligencia en un articulo tan 
importante a la felicidad del estado. Es cierto que viciaban la ense- 
ñans;a con la superstición : pero el celo con que se aplicaban a educar 



300 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

a SUS hijos debe llenar de confusión a muchos padres de familia de 
Europa, y muchos de los documentos que daban a su juventud, po- 
drían servir de lección a la nuestra. Todas las madres, sin esclnir las 
reinas, criaban los hijos a sus pechos. Si alguna enfermedad se lo 
estorvaba, no se confiaba tan fácilmente el niño a una nodriza, sino que 
se tomaban menudos informes acerca de su condición, y de la calidad de 
la leche. Acostumbrábanlo desde su infancia a tolerar el hambre, el 
calor, y el frió. Cuando cumplian cinco años, o se entregaban a los sa- 
cerdotes para que los educasen en los seminarios, como se hacia con 
casi todos los hijos de los nobles, y con los de los reyes, o si debian 
educarse en casa, empezaban los padres a adoctrinarlos en el culto de 
los dioses, y a enseñarles las formulas que empleaban para implorar su 
protección, conduciéndolos frecuentemente a los templos para que se. 
aficionasen a la religión. Inspirábanles horror al vicio, modestia en sus 
acciones, respeto a sus mayores, y amor al trabajo. Los hacian dor- 
mir en una estera ; no les daban mas alimento que el necesario para la 
conservación de la vida, ni otra ropa que la que bastaba para la decen- 
cia ^ la honestidad. Cuando llegaban a cierta edad les enseñaban el 
manejo de las armas, y si los padres eran militares, los conducian con- 
sigo ala guerra, a fin de que se instruyesen en el aríe militar, se acos- 
tumbrasen a los peligros, y les perdiesen el miedo. Si los padres eran 
labradores o artesanos, les enseñaban su profesión. Las madres ense- 
ñaban a las hijas a hilar, y teger, las obligaban a bañarse con frecuen- 
cia, para que estubiesen siempre limpias, y en general procuraban que 
los niños de ambos sexos estubiesen siempre ocupados. 

Una de las cosas que mas encarecidamente recomendaban a si:s hijos 
era la verdad en sus palabras, y si los cogian en una mentira, les pun- 
zaban los labios con espinas de maguei. Ataban los pies a las niñas 
que gustaban salir mucho a la calle. El hijo desobediente y díscolo 
era azotado con ortigas, y castigado con otras penas, correspondientes 
en su opinión a la culpa. 

Esplicacion de siete pinturas Megicanas relativas a la educación. 
El sistema de educación que daban los Megicanos a sus hijos, y el 
esmero con que cuidaban de la regularidad de sus acciones pueden in- 
ferirse de las siete pinturas que existen en la colección de Mendoza, 
desde la cuadragésima nona hasta la quincuagésima sesta. En ellas se 
espresan la cantidad, y la calidad de los alimentos que le daban, las 
faenas en que los ocupaban, y las penas con que los corregían. En 
la ultima, se figura un niño de cuatro años empleado por orden de sus 



I 



EDUCACIÓN. 301' 

padres, en algunas manipulaciones fáciles, para irse acostumbrando al 
trabajo ; otro de cinco años que cargado con un pequeño fardo, acom- 
paña a su padre al mercado ; una niña de la misma edad que empieza 
a hilar, y otro niño de seis años, que ayuda a su padre recogiendo del 
suelo granos de maiz, y otras frioleras en la plaza del mercado. 

En la pintura quincuagésima primera se muestra un padre que enseña 
a pescar, a un hijo de siete años, y una madre que enseña a hilar a su 
hija de la misma edad ; algunos muchachos de ocho años, a quienes 
amenazan con el castigo si no hacen su deber ; otro de nueve años, a 
quien su padre pellizca en varias partes del cuerpo, para corregir su 
indocilidad, y una muchacha de la misma edad, a quien su madre pelliz- 
ca solo en las manos ; un muchacho, y una muchacha de diez años, a 
quienes sus padres azotan con una vara, porque no hacian lo que se 
les habia mandado. 

En la pintura quincuagésima segunda se representan dos muchachos 
de once años, a los que, por no haberse enmendando con otros castigos, 
obligan sus padres a recibir por la nariz el humo del chile, o pimentón ; 
otro de doce años, que en pena de sus yerros ha sido atado un diJ en- 
tero por sus padr^ a un leño, y una muchacha de la misma edad, a 
quien su madre obliga a barrer por la noche toda la casa, y parte de la 
calle ; un muchacho de trece años que conduce una barquilla cargada 
de juncos, y una muchacha de la misma edad que está moliendo maiz 
por orden de su madre ; un joven de catorce años empleado en la pes- 
ca, y una joven en teger. 

En la pintura siguiente se figuran dos jóvenes de quince años, uno 
entregq^o por sus padres a los sacerdotes, a fin de que le enseñe los 
ritos religiosos, y otro entregado al achcautli, u oficial de la milicia, 
para que lo instruya en el arte militar. La quincuagésima cuarta hace 
ver a los jóvenes del seminario empleados por los sacerdotes en barrer 
el templo, y en llevar ramas de arboles y yervas para adorno de los 
santuarios, leña para los hogares, junco para las esteras, y piedra y cal 
para reparar los muros. En la misma y en la siguiente se ven dife- 
rentes castigos impuestos a los jóvenes de los seminarios por sus supe- 
riores. Uno de ellos pincha a un alumno con espinas de maguei, por 
haber descuidado su obligación ; dos sacerdotes echan ascuas encendi- 
das a la cabeza de otro, por haberlo sorprendido en conversación fami- 
liar con una muchacha; a otro, por el mismo delito, hieren el cuerpo 
con pedazos de pino, y a otro queman los cabellos por desobediente. 
En la ultima pintura se ve un joven que lleva el equipage de un sacer- 



302 HISTORIA ANTIGUA DB MBGICO. 

dote, el cual iba a la gnerra, a exortar a los soldados, y a practicar 
ciertas ceremonias supersticiosas. 

Educábanse los hijos con tanto respeto a su padre, que aun ya 
grandes, y casados, apenas osaban hablar en su presencia. Las ins- 
trucciones que les daban eran tales, que no puedo menos de copiar 
aqui una de las exortaciones que les dirigian, y que ha sido conservada 
por los primeros misioneros apostólicos, que se emplearon en su con- 
versión, especialmente por Motolinia, Olmos, y Sahagun, los cuales 
aprendieron perfectamente su lengua, y se aplicaron con suma diligen- 
cia a investigar sus usos y sus costumbres. 

Exortacion de un Megicano a su hijo. 

'* Hijo mío, le decía el padre, has salido a luz del vientre de tu ma- 
dre, como el pollo del huevo, y creciendo como él, te preparas a volar 
por el mundo, sin que nos sea dado saber por cuanto tiempo nos con- 
cederá el cielo el goce de la piedra preciosa que en ti poseemos : pero 
sea el que fuere, procura tú vivir rectamente rogando continuamente a 
Dio^que te ayude. £1 te crió, y el te posee. £1 es tu padre, y te 
ama mas que yo : pon en él tus pensamientos, y dirigele dia y noche tus 
suspiros. Reverencia y saluda a tus mayores, y nufica les des señales 
de desprecio. No estés mudo para con los pobres, y atribulados ; 
antes bien date prisa a consolarlos con buenas palabras. Honra a 
todos, especialmente a tus padres, a quienes debes obediencia, temor, 
y servicio. Guárdate de imitar el egemplo de aquellos malos hijos, 
que a guisa de brutos, privados de razón, no reverencian a los que les 
han dado el ser, ni escuchan su doctrina, ni quieren someterse a sus 
correcciones : porque quien sigue sus huellas, tendrá un fin desgracia- 
do, y morirá lleno de despecho, o lanzado por un precipicio, o entre 
las garras de las fieras. 

" No te burles, hijo mió, de los ancianos, y de los que tienen algu- 
na imperfección en sus cuerpos. No te mofes del que veas cometer 
una culpa o flaqueza, ni se la eches en cara : confúndete, al contra- 
rio, y teme que te suceda lo mismo que te ofende en los otros. No 
vayas a donde no te llaman, ni te ingieras en lo que no te importa. 
En todas tus palabras y acciones, procura demostrar tu buena crianza. 
Cuando converses con alguno, no lo molestes con tus manos, ni hables 
demasiado, ni interrumpas, ni perturbes a los otros con tus dis- 
cursos. Si oyes hablar a alguno desacertadamente, y no te toca 
corregirlo, calla : si te toca, considera antes lo que vas a decirle, y 



EDUCACIÓN. 303 

no le hables con arrogancia, a fin de que sea mas agradecida tu 
corrección. 

" Cuando alguno hable contigo, óyelo atentamente, y en actitud 
comedida, no jugando con los pies, ni mordiendo la capa, ni escupien- 
do demasiado, ni alzándote a cada instante si estás sentado : pues estas 
acciones son indicios de ligereza, y de mala crianza. 

" Cuando te pongas a la mesa, no comas aprisa, ni des señal de 
disgusto si algo no te agrada. Si a la hora de comer viene alguno, 
parte con él lo que tienes, y cuando alguno coma contigo, no figes en 
él tus miradas. 

" Cuando andes, mira por donde vas, para que no te des encontrones 
con los que pasan. Si ves venir a alguno por el mismo camino, des- 
viate un poco para hacerle lugar. No pases nunca por delante de tus 
mayores, sino cuando sea absolutamente necesario, o cuando ellos te 
lo ordenen. Cuando comas en su compañia, no bebas antes que ellos, 
y sirveles lo que necesiten, para grangearte su favor. 

" Cuando te den alguna cosa, acéptala con demostraciones de gra- 
titud. Si es grande, no te envanescas. Si es pequeña no la dt«pre- 
cies, no te indignes, ni ocasiones disgusto a quien te favorece. Si te 
enriqueces no te ilsolentes con los pobres, ni los humilles : pues los 
dioses que negaron a otros las riquezas para dártelas a ti, disgustados 
de tu orgullo, pueden quitártelas a ti, para darlas a otros. Vive del 
fruto de tu trabajo : porque asi te sera mas agradable el sustento. 
Yo, hijo mió, te he sustentado hasta ahora con mis sudores, y en nada 
he faltado contigo a las obligaciones de padre ; te he dado lo necesa- 
rio, sit\,quitarselo a otros. Haz tú lo mismo. 

" No mientas jamas, que es gran pecado mentir. Cuando refieras 
a alguno lo que otro te ha referido, di la verdad pura, sin añadir nada. 
No hables mal de nadie. Calla lo malo que observes en otro, si no te 
toca corregirlo. No seas noticiero, ni amigo de sembrar discordias. 
Cuando lleves algún recado, si el sugeto a quien lo llevas se enfada, y 
habla mal de quien lo envia, no vuelvas a él con esta respuesta ; sino 
procura suavizarla, y disimula cuanto puedas lo que hayas oido, a fin 
de que no se suelten disgustos, y escándalos, de que tengas que arre- 
pentirte. 

" No te entretengas en el mercado mas del tiempo necesario : pues 
en estos sitios abundan las ocasiones de cometer exesos. 

*' Cuando te ofrescan algún empleo, haz cuenta que lo hacen para 
probarte : asi que no lo aceptes de pronto, aunque te reconoscas mas 
apto que otro para egercerlo, sino escusate hasta que te obliguen a 
aceptarlo ; asi seras mas estimado. 



I 



304 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

" No seas disoluto, por que se indignarán contra ti los dioses, y te 
cubrirán de infamia. Reprime tus apetitos, hijo mió, pues aun eres 
joven, y aguarda a que llegue a edad oportuna la doncella que los dio- 
ses te han destinado para muger. Déjalo a su cuidado, pues ellos sa- 
brán disponer lo que mas te convenga. Cuando llegue el tiempo de 
casarte, no te atrevas a hacerlo sin el consentimiento de tus padres ; 
porque tendrás un éxito infeliz. 

" No hurtes, ni te des al robo : pues seras el oprobrio de tus padres, 
debiendo mas bien servirles de honra, en galardón de la educación que 
te han dado. Si eres bueno, tu egemplo confundirá a los malos. No 
mas, hijo mió : esto basta para cumplir las obligaciones de padre. Con 
estos consejos quiero fortificar tu corazón. No los desprecies ni los 
olvides, pues de ellos depende tu vida, y toda tu felicidad." 

Tales eran las instrucciones que los Megicanos inculcaban en el 
animo de sus hijos. Los labradores, y los mercaderes les daban otros 
avisos particulares relativos a su profesión, que omito por no fastidiar 
a los lectores : pero no quiero omitir los documentos que las madres 
dirigían a sus hijas, pues los creó oportunos para dar a conocer su 
educación, y sus usos. 

. í 

Elxortacion de una Megicana a su hija. 

** Hija mía, decia la madre, nacida de mi sustancia, parida con mis do- 
lores, y criada con mi leche, he procurado criarte con el mayor esmero, y 
tu padre te ha elaborado y pulido a guisa de esmeralda, para que te pre- 
sentes a los ojos de los hombres, como una joya de virtud. Esfuérzate en 
ser siempre buena : porque si no lo eres ¿ quien te querrá por/uuger? 
Todos te despreciarán. La vida es trabajosa, y es necesario echar 
mano de todas nuestras fuerzas, para obtener los bienes que los dioses 
DOS quieren enviar: pero conviene no ser perezosa ni descuidada, 
sino diligente en todo. Sé aseada, y ten tu casa en buen orden. Da 
agua a tu marido para que se lave las manos, y haz el pan para tu 
familia. Donde quiera que vayas preséntate con modestia y com- 
postura, sin apresurar el paso, sin reirte de las personas que encuen- 
tres, sin fijar las miradas en ellas, sin volver ligeramente los ojos a una 
parte y otra, a fin de que no padezca tu reputación. Responde 
cortesmente a quien te salude, o te pida algo. 

" Empléate diligentemente en hilar, en teger, en coser, y en bordar ; 
porque asi seras estimada, y tendrás lo necesario para comer, y ves- 
tirte. No te des al sueño, ni descanses a la sombra, ni vayas a tomar 
el fresco, ni te abandones al reposo : pues la inacción trae consigo la 
pereza y otros vicios. 



wJlOUi^í EDUCACIÓN. ^**^>^'^**W 305 

" Cuando trabages no pienses mas que en el servició de los dioses, 
y en el alivio de tus padres. Si te llaman ellos, no aguardes a la 
segunda vez, si no acude pronto para saber lo que quieren, y a fin de 
que tu tardanza no les ocasione disgusto. No respondas con arro- 
gancia, ni muestres repugnancia a lo que te ordenan : si no puedes 
hacerlo, escusate con humildad. Si llaman a otra, y no acude, res- 
ponde tú, oye lo que mandan, y hazlo bien. No te ofrezcas nunca 
a lo que no puedes hacer. No engañes a nadie, pues los dioses te 
miran. Vive en paz con todos : ama a todos honesta, y discretamente, 
a fin de que todos te amen. 

" No seas avara de los bienes que los dioses te han concedido. Si 
ves que otros dan, no sospeches mal en ello : por que los dioses, de 
quienes son todos los bienes, los dan como, y a quien les agrada. Si 
quieres que los otros no te disgusten, no los disgustes tú a ellos. 

" Evita la familiaridad indecente con los hombres, ni te aban- 
dones a los perversos apetitos de tu corazón : por que seras el 
oprobrio de tus padres, y ensuciarás tu alma, como el agua con 
el fango. No te acompañes con mugeres disolutas, ni con las em- 
busteras, ni con ^s perezosas : por que infaliblemente inficionarán 
tu corazón con su egemplo. Cuida de tu familia, y no salgas a menudo 
de casa, ni te vean vagar por las calles, y por la plaza del mercado, 
pues alli encontrarás tu ruina. Considera que el vicio, como yerba 
venenosa, da muerte a quien lo adquiere, y una vez que se introduce 
en el alma, difícil es arrojarlo de ella. Si encuentras eit Ja calle algún 
joven atrevido, y te insulta, no le respondas, y pasa adelante. No' 
hagas c^o de lo que te diga: no des oidos a sus palabras: si te sigue, 
no vuelvas el rostro a mirarlo, para que no se inflamen mas tus pa- 
siones. Si asi lo haces, se detendrá, y te dejará ir en paz. 

" No entrefí^en casa agena sin urgente motivo, por que no se diga, 
o se piense klgo contra tu honor : pero si entras en casa de tus pa- ^ 
rientes, salúdalos con respeto, y no estés ociosa, si no toma inmediata- 
mente el huso, o empléate en lo que sea necesario. 

" Cuando te cases, respeta a tu marido, y obedécelo diligentemente 
en lo que te mande. No le ocasiones disgusto, ni te muestres con 
él desdeñosa, ni airada : acógelo amorosamente en tu seno, aunque 
sea pobre, y viva a tus espensas. Si en algo, te apesadumbra no le 
des a conocer tu desazón cuando te mande algo : disimula por en^ 
tonces, y después le espondras con mansedumbre lo que sientes, a fin 
de que, con tu suavidad, se tranquilice, y no te aflija mas. No lo 
denuestes en presencia de otro, por que tú seras la deshonrada. 

TOMO I. X 



306 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO, 

Si alguno entrase en tu casa para visitar a tu marido, muéstrate 
agradecida, y obsequialo como puedas. Si tu marido es desacordado, 
sé tu discreta. Si no maneja bien sus bienes, dale buenos consejos : 
pero si absolutamente es inútil para aquel encargo, tómalo tú por tu 
cuenta, cuidando esmeradamente de tus posesiones, y pagando exacta- 
mente a los operarios. Guárdate de perder algo por tu descuido. 

" Sigue, hija mia, los consejos que te doi. Tengo muchos años, y 
bastante practica del mundo. Soi tu madre, y quiero que vivas bien. 
Fija estos avisos en tu corazón, pues asi vivirás alegre. Si por no 
querer escucharme, o por descuidar mis instrucciones, te sobrevienen 
desgracias, culpa tuya sera, y tú seras quien lo sufra. Nemas, hija 
raia : los dioses te amparen." 

Escuelas publicas, y seminarios. 
No contentos los Megicanos con estas instrucciones, propias de la 
educación domestica, todos enviaban sus hijos a las escuelas publicas, 
que estaban cerca de los templos, en las cuales, durante tres años, se 
instr\iian en la religión, y en las buenas costumbres. Ademas de esto, 
casi todos, y especialmente los nobles, procuraban cg^e sus hijos fuesen 
educados en los seminarios anexos a los mismos templos. Habia 
muchos de estos establecimientos en las ciudades del imperio Megí- 
cano, tanto para los niños, como para los jóvenes de ambos sexos. 
Los de niños, y jóvenes del sexo masculino estaban a cargo de los 
sacerdotes, únicamente consagrados a su educación : los de muchachas 
dependian de matronas respetables por su edad, y por sus costumbres. 
No habia comunicación entre los seminarios de personas «le sexo 
diferente, y cualquier descuido en esta parte era severamente casti- 
gado. Habia seminarios distintos para nobles, y para plebeyos. Los 
jóvenes nobles se empleaban en los ministerios interiores y mas in- 
mediatos al santuario, como barrer el atrio superior, y atizar, y man- 
tener el fuego sagrado. Los plebeyos llevaban la leña necesaria, y pie- 
dra, y cal para la reparación de los edificios sagrados. Los unos, y los 
otros tenian superiores que los instruian en la religión, en la historia, en 
la pintura, en la música, y en las otras artes convenientes a su clase. 

Las muchachas barrian el atrio inferior del templo, se levantaban 
tres veces en la noche para ofrecer copal a los Ídolos, preparaban las 
viandas que servian en las oblaciones, y tegian toda clase de telas. 
Aprendian ademas las ocupaciones propias de su sexo, con lo que, 
ademas de evitar la ociosidad, tan perjudicial en la edad juvenil, se 
acostumbraban insensiblemente a las fatigas domesticas. Dormían en 



I 



ESCUELAS PUBLICAS.. 307 

grandes salas, a vista de las matronas, las cuales de nada cuidaban 
tanto como de la modestia de las alumnas, y de la compostura de sus 
acciones. Cuando algún alumno, u alumna del seminario iba a visitar 
a sus padres, lo que sucedia raras veces, siempre lo acompañaban 
algunos condicipulos suyos, y un superior. Después de haber escu- 
chado con humildad, y silencio las instrucciones, y consejos que le 
daba su padre, volvia prontamente al seminario. AUi permanecía hasta 
la época del matrimonio, que, como ya hemos dicho, era en los jóvenes, 
de veinte a veintidós años, y en las doncellas de diez y siete a diez 
y ocho. Cuando llegaba aquella época, o el mismo joven pedia per- 
miso al superior para ir a casarse, o, lo que era mas común, el padre 
hacia la petición, con el mismo obgeto, dando antes las debidas gra- 
cias al superior por el cuidado que habia tenido de su hijo. El 
supqfior, al licenciar en la fiesta grande de Tezcatlipoca todos los 
jóvenes de ambos sexos que iban a casarse, pronunciaba un discurso, 
exortandolos a la perseverancia en la virtud, y al cumplimiento de 
las obligaciones del nuevo estado. Eran mui apreciadas para esposas 
las jóvenes educadas en los seminarios, tanto por sus arregladas cos- 
tumbres, cuanto \Oor su destreza en todas las labores peculiares de su 
sexo. El joven que a la edad de veintidós años no se casaba, se 
reputaba perpetuamente consagrado al servicio de los dioses, y si 
después de aquella consagración, se arrepentía del celibato, y quería 
tomar muger, se hacia infame para siempre, y no habia muger que lo 
quisiera por marido. En Tlascala se cortaba el cabello a los que, 
llegada la edad conveniente, no se casaban : y aquella señal era entre 
ellos díishonrosa. 

Los hijos aprendían, por lo común, el oficio de sus padres, y abra- 
zaban su profesión. Asi se perpetuaban las artes en las familias, con 
beneficio del estado. Los jóvenes destinados a la magistratura eran 
conducidos por sus padres a los tribunales, donde aprendían las leyes 
del reino, y las practicas, y formulas de los juicios. En una de las 
pinturas de la colección de Mendoza, se representan cuatro magistra- 
dos examinando una causa, y detras a sus cuatro jóvenes teteuctin, o 
caballeros, que escuchan sus deliberaciones. A los hijos de los reyes, 
de los nobles, y de los señores principales, se daban ayos que velasen 
sobre su conducta, y mucho antes que pudiesen entrar en posesión del 
reino o del estado, se les conferia comunmente el gobierno de alguna 
ciudad o distrito, para que se acostumbrasen al arte difícil do regir a 
los hombres. Esta practica tubo origen en tiempo de los primeros 
reyes Chichimecos, pues que Nopaltzin, desde que fue coronado reí 

x2 



306 HISTORIA AMTIGUA DE MEGICO. 

de Acollluacan, puso a su primogénito Tlotzin en posesión de la ciu- 
dad de Tezcuco. Cuitlahuac, penúltimo rei de Megico, obtubo el 
estado de Iztapalapan, y su hermano Moteuczoma, el de Ehecatepec, 
antes de subir al trono de Megico. Sobre este fundamento de la edu- 
cación, alzaron los Megicanos el sistema politice de su reino, que 
voi a esponer. 

Elección del rei. 

Desde el tiempo en que los Megicanos, a egemplo de todas las 
naciones circunvecinas, pusieron a Acamapichtzin a la cabeza de su 
nación, revistiéndolo del nombre, de los honores, y de la autoridad de 
monarca, quedó establecido que la corona seria electiva. Algún 
tiempo después crearon cuatro electores, en cuya opinión se compro- 
metían todos los votos de la nación. Eran aquellos funcionarios, 
magnates, y señores de la primera nobleza, comunmente de sangre 
real, y de tanta prudencia y probidad, cuanta se necesitaba para un 
cargo tan importante. No era empleo perpetuo; su voto electoral 
terminaba en la primera elección que hacían, e inmediatamente se 
nombraban otros, o los mismos, si asi lo decretaba el consentimiento 
general de la nobleza. Si antes de morir el rei, faltaba uno de los 
electores, se nombraba otro que lo reemplazase. Tfesáe el tiempo del 
rei Izcoatl, hubo otros dos electores mas, que eran los reyes de Acol- 
huacan, y de Tacuba : pero estos empleos eran puramente honorarios. 
Ratificaban aquellos monarcas la elección hecha por los cuatro verda- 
deros electores: pero no sabemos que interviniesen en el acto de. Jí^. 
elección. mkí 

Para no dejar demasiada amplitud a los electores, y para evi6ar, en 
cuanto fuese posible, los inconvenientes de los partidos, y de las fac- 
ciones, fijaron la corona en la casa de Acamapichtzin, y después esta- 
blecieron por leí que al reí muerto debía suceder uno de sus hermanos, 
y faltando estos uno de sus sobrinos, y sí no hubiere sobrinos, uno de 
sus primos, quedando al arbitrio de los electores el nombramiento del 
que mas digno les pareciese. Esta leí se observó inviolablemente 
desde el segundo hasta el ultimo rei. A Huitzilihuítl, hijo de 
Acamapichtzin, sucedieron sus dos hermanos Químalpopoca, y Itz- 
coatl ; a este, su sobrino Moteuczoma Ilhuicamína ; a Moteuczoma, 
Ajayacatl su primo, y a Ajayacatl, sus dos hermanos Tízoc, y Ahuit- 
zotl ; a este, su sobrino Moteuczoma II ; a Moteuczoma, su hermano 
Cuitlahuatzín, y a este finalmente su sobrino Quauhtemotzin. Esto 
severa mas claro en la genealogía de los reyes Megicanos que se halla 
en esta obra. 



i 



PROCLAMACIÓN DEL REÍ. 309 

No se consideraba en la elección el derecho de primogenitura. 
Asi se vio en la muerte de Moteuczoma I, en cuyo lugar fue elegido 
Ajayacatl, preferido por los electores a sus dos hermanos mayores 
Tízoc, y Ahuitzotl. 

Pompa y ceremonia en la proclamación y unción del rei. 
No se procedía a la elección del nuevo rei, hasta después de haber 
sido celebradas con la debida pompa y magnificencia las exequias de 
su antecesor. Hecha la elección, se daba cuenta de ella a los reyes 
de Acolhuacan, y de Tacuba, a fin de que la confirmasen, y a los 
señores feudatarios que hablan asistido al funeral. Los dos reyes, acom- 
pañados por toda la nobleza, conduelan el nuevo soberano al templo 
mayor. Abrían la procesión los señores feudatarios con las insignias 
propias de sus estados, y después los nobles de la corte con las de sus 
dignidades, y empleos : seguían los dos reyes aliados, y detras de 
ellos el rei electo, desnudo, y sin otro vestido que el majtlatl, o cin- 
tura ancha, con que se cubría las partes obcenas. Subia al templo 
apoyado en»los hombros de los dos principales señores de la ¿orte, 
y alli lo aguardab^ uno de los sumos sacerdotes, con las personas mas 
condecoradas del servicio del templo. Adoraba al idolo de Huitzilo- 
pochtli, tocando con la mano el suelo, y llevándola a la boca. El 
sumo sacerdote tenia después todo el cuerpo del monarca con una 
especie de tinta, y lo rociaba cuatro veces con agua, bendita, según su 
rito, en la gran fiesta de la misma divinidad, valiéndose para aquella 
aspersión de ramas de cedro, de sauce y de maiz. Vestíale un manto 
en quease velan pintados cráneos, y huesos de muerto, y le cubría la 
cabeza con dos velos o mantillas, uno azul, y otro negro, que tenian 
las mismas figuras. Le colgaba al cuello una calabacilla, llena de 
ciertos granos qae se creían eficaces preservativos contra ciertos 
males, contra los echizos, y contra los engaños. Feliz por cierto seria 
el pueblo cuyo rei poseyese tan precioso talismán. Después le ponia 
en las manos un incensario, y un saquillo de copal para que incensase 
a los Ídolos. Terminado este acto religioso, durante el cual el rei 
estaba de rodillas, el sumo sacerdote se sentaba y pronunciaba un 
discurso, en que, después de haberlo felicitado por su exaltación, le 
advertía las obligaciones que había contraído con sus subditos, por 
haberlo estos elevado al trono, y le recomendaba eficazmente el celo 
por la religión, y por la justicia, la protección de los pobres, y la de- 
fensa de la patria y del reino. Seguían las arengas de los reyes alia- 



310 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

dos, y de la nobleza, dirigidas al mismo fin, y a todas respondia el 
monarca manifestando su gratitud, y ofreciéndose a emplearse con 
todas sus fuerzas en la ventura del estado. Gomara, y otros 
autores que lo han copiado, afirman que el sumo sacerdote le 
tomaba el juramento de mantener la antigua religión, de observar las 
leyes de sus antepasados, de hacer andar al sol, traer la lluvia, dar 
aguas a los rios, y frutos a la tierra. Si es cierto que los reyes de 
Megico hacían aquel juramento tan estravagante, no podia significar 
otra cosa, si no la obligación de no desmerecer con su conducta la 
protección del cielo. 

Después de las arengas bajaba el rei con todo su acompañamiento 
al atrio inferior, donde lo aguardaba el resto de la nobleza, para tri- 
butarle obediencia, y hacerle regalos de joyas y vestidos. De allí 
pasaba a una sala que habia en el recinto del mismo templo, llamada 
Tlacateco, donde lo dejaban solo por espacio de cuatro dias, en los 
cuales comia una sola vez al dia, pero podia comer carne, o cualquier 
otro manjar. Bañábase diariamente dos veces, y después se sacaba 
sangfe de las orejas, y la ofrecia a Huitzilopochtli, con algún copal, 
quemando ambas cosas en su honor, haciendo entretanto ardientes y con- 
tinuas plegarias a lo8 dioses para impetrar las luces de que necesi- 
taba a fin de regir sabiamente la monarquía. El quinto dia volvía al 
templo la nobleza para conducir el nuevo rei a su palacio, donde acudían 
los feudatarios, a recibir la confirmación de sus investiduras. Seguían 
los regocijos del pueblo, los convites, los bailes, y las iluminaciones. 

Coronación, corona, trage e insignias del rei. ^ 

Para proceder a la coronación, era necesario, según las leyes del 
reino, o la practica introducida por Moteuczoma I, que el rei electo 
¿alíese a la guerra, a fin de tener víctimas que sacrificar en aquella 
gran función. No faltaban nunca enemigos con quienes combatir, ya 
por haberse rebelado alguna provincia del reino, ya por haber sido 
muertos en un pueblo algunos mercaderes Megícanos, de lo que se 
hallan muchos egemplos en la historia. Las armas, y las insignias 
con que el rei iba a la guerra, el aparato con que eran conducidos 
sus prisioneros a la corte, y las circunstancias que intervenían en 
sus sacrificios, se hallarán en otra parte de esta obra : por lo demás, 
se ignoran las ceremonias particulares de la coronación. El rei de 
Acolhuacan era el que le ponía la corona. Esta, que se» llamaba 
copilli, era una especie de mitra pequeña, cuya parte anterior, se 



t 



DERECHOS DEL REÍ. 311 

alzaba, y termÍDaba en punta, y la posterior colgaba sobre el cuello, 
del modo que se ve representado en nuestra estampa. Era de dife- 
rentes materias, según el gusto del rei; ya de hojas sutiles de oro, ya 
de hilos del mismo metal, y siempre la adornaban hermosas plumas. 
El trage que ordinariamente usaba en palacio, era el jiuhtilmatli, 
esto es, un manto tegido de blanco y azul. Cuando iba al templo 
iba vestido de blanco. Las ropas con que asistia al consejo, y a las 
otras funciones publicas, variaban según las circunstancias ; tenia una 
para las causas civiles, otra para las criminales : una para los actos de 
justicia, y otra para las fiestas publicas. En todas estas ocasiones 
usaba la corona. Siempre que salia de palacio lo acompañaba parte 
de la nobleza, y lo pre9edia un noble, que llevaba en las manos unas' 
varas hechas en parte de oro, y en parte de madera aromática, con lo 
que anunciaba al pueblo la presencia del monarca. 

Derechos del Rei. 

El poder, y la autoridad de los reyes de Megico, variaban según las 
circunstancias. Al principio de la monarquía fue mui restriñido su 
mando, y puraD?!ente paternal ; humana su conducta, y moderados los 
derechos que exigian de sus subditos. Con la estension de sus con- 
quistas se aumentaron sus riquezas, su magnificencia, y su lujo, y a 
proporción crecieron, como suele suceder, las cargas de los p;ueblos. 
Su orgullo los indujo a traspasar los limites fijados a su autoridad por 
el consentimiento de la nación, hasta degenerar en el odioso despo- 
tismo que ya hemos visto en el reinado de Moteuczoma II : pero en 
despecho de su tiranía, los Megicanos conservaron siempre el respeto 
debido al carácter real, exepto en el ultimo año de la monarquía, 
cuando no pudiendo ya sufrir el envilecimiento de aquel reí, su cobar- 
día, y su exesiva condescendencia con sus enemigos, lo vilipendiaron, 
asaetearon, y apedrearon, como después veremos. El esplendor a 
que llegaron los reyes de Megico se puede inferir de lo que hemos 
dicho hablando del reinado de Moteuczoma, y lo que diremos en la 
historia de la conquista. 

Los reyes de Megico fueron émulos de los de Acolhuacan en la mag- 
nificencia, como estos de aquellos en la política. El gobierno de los 
Acolhuis sirvió de modelo al de los Megicanos : pero variaron consi- 
derablemente los dos con respecto al derecho de sucesión a la corona: 
pues en Acolhuacan, y lo mismo en Tacuba, los hijos sucedían a los 
padres, no ya en el orden del nacimiento, si no según su calidad, 
siendo siempre antepuestos los que nacían de reina, o myger principal. 



312 HISTORIA ANTIGUA DE MKGICO. 

Asi se observó desde el primer rei Chichimeco, Jolotl, hasta Caca- 
matzin, a quien sucedió su hermano Cuicuitzcatzin, por las intrigas de 
Moteuczoma, y del conquistador Cortés. 

Consejos reales, y empleados de la Corte. 

Tenia el rei de Megico, asi como el de Acolhuacan, tres consejos 
supremos, compuestos de hombres de la primera nobleza, en los 
cuales se trataban todos los negocios pertenecientes al gobierno de las 
provincias, a los ingresos de las arcas reales, y a la guerra, y el rei, 
por lo común, no tomaba ninguna medida importante, sin la aproba- 
ción de los consegeros. En la historia de la conquista veremos a 
Moteuczoma deliberar muchas veces con ellos sobre las pretensiones 
de los Españoles. No sabemos el numero de individuos de que se 
componia cada consejo, ni se halla en los historiadores dato alguno 
que pueda ilustrar aquel punto. Solo nos han conservado los nombres 
de algunos consegeros, especialmente de los de Moteuczoma II. En 
una de las pinturas de la colección de Mendoza se representa la sala 
del cousejo, con algunos de los nobles que lo componían. 

Entre los muchos empleados de la corte habia ua-^tesorero general 
que llamaban hueicalpijqui, o gran mayordomo, que recibia todos los 
tributos que los recaudadores sacaban de las provincias, y llevaba 
cuenta, por medio de ciertas figuras, de la entrada y salida, como 
lo testifica Bernal Diaz, que las vio. Habia otro tesorero para lus 
joyas, y alhajas de oro, el cual era también director de los artífices 
que las trabajaban, y otro para los trabajos de plumas, cuyos opera- 
rios tenian sus laboratorios en la casa real de los pájaros. El provee- 
dor general de animales, que se llamaba huejaminqui, cuidaba de los 
bosques reales, y de que nunca faltase caza en ellos. Por lo que 
respeta a los otros empleados, bastante he dicho hablando de la magnifi- 
cencia de Moteuczoma II, y del gobierno de los reyes de Acolhuacan, 
Techotlala, y Nezahualcoyotl. 

Embajadores. 
Para las embajadas se buscaban siempre personas nobles, y elo- 
cuentes. Componianse aquellas comisiones de tres, o cuatro, o mas 
individuos, y para hacer respetar su carácter, llevaban ciertas insig- 
nias, con las que eran desde luego conocidos por todos, especialmente 
' un trage verde, hecho a guisa de escapulario, con unos flecos de algo- 
don. Usaban sombreros adornados con hermosas plumas, y flecos de 
diversos colores ; en la mano derecha una flecha con la punta acia 



CORREOS. 3Í3 

arriba; en la izquierda una rodela, y pendiente del mismo brazo una 
red con sus provisiones. Por donde quiera que pasaban eran bien 
recibidos, y tratados con la consideración debida a su carácter, con tal 
de que no dejasen el camino principal que conducia al punto a que 
iban enviados. Cuando llegaban al termino de su embajada, se dete- 
nian antes de entrar, y alli aguardaban hasta que saliese la nobleza de 
aquella ciudad a recibirlos, y conducirlos a la casa publica, donde eran 
alojados, y bien tratados. Los nobles los incensaban, y les presenta- 
ban ramos de flores, y después que habian reposado, los conducian a 
la casa del rei o señor, y los introducian en la sala de la audiencia, 
donde los aguardaban aquel personage, y sus consegeros, todos sen- 
tados. Alli, después de haber hecho una profunda reverencia, se sen- 
taban en el suelo, en medio del salón, y sin alzar los ojos, ni proferir 
una palabra, esperaban que hiciesen señal de hablar. Entonces, el 
principal de los embajadores, después de otra reverencia, esponia en 
voz baja su embajada, con un discurso bien hablado, que escuchaban 
atentamente el señor, y sus consegeros, con las cabezas inclinadas 
hasta las rodillas. Concluida la arenga, volvían los embajadoreS*a su 
alojamiento. Enfjetanto consultaba el señor con sus consegeros, y 
hacia saber su resolución a los embajadores, por medio de sus minis- 
tros, proveíalos abundantemente de víveres para el viage, les hacia ade- 
mas algunos regalos, y sallan a despedirlos los mismos que los habian 
recibido. Si el señor a quien se hacia la embajada era amigo de los 
Megicanos, se tenia a gran afrenta no aceptar los regalos : pero si 
eran enemigos, no podian admitirlos sin el espreso consentimiento de 
su monarca. No siempre se observaban aquellas ceremonias, ni 
siempre se enviaba la embajada al gefe de la nación o del estado, pues 
a veces iba dirigida al cuerpo de la nobleza, o al pueblo. 

Correos y postas. 
Los correos de que se servían los Megicanos con mucha frecuencia, 
usaban diferentes insignias, según la noticia, o el negocio de que eran 
portadores. Si la noticia era de haber perdido los Megicanos una ba- 
talla, llevaba el correo los cabellos sueltos, y al llegar a la capital, se 
iba en derechura a palacio, donde puesto de rodillas delante del rei, 
daba cuenta del suceso. Si era, por el contrario, alguna batalla gana- 
da, llevaba los cabellos atados con una cuerda de color, y el cuerpo 
ceñido con un paño blanco de algodón, en la mano izquierda una ro- 
dela, y en la derecha una espada, que manejaba como en actitud de 



BI4 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

combatir, demostrando de este modo su jubilo, y cantando los hechos 
gloriosos de los antiguos Megicanos. 

El pueblo, regocijado al verlo, lo conducía con iguales demostra- 
ciones al palacio real. A fin de que los mensages llegasen pronta- 
mente, habia en los caminos principales del reino unas torrecillas, dis- 
cantes seis millas una de otra, donde estaban los correos, dispuestos 
siempre a ponerse en camino. Cuando se despachaba el primer cor- 
reo, andaba con toda la celeridad posible a la primera posta o torre- 
cilla, donde comunicaba a otro el mcnsage, o le entregaba, si las traia 
consigo, las pinturas que representaban la noticia, o el negocio, y de 
que se servían en lugar de cartas. £1 segundo corría del mismo modo 
basta la posta inmediata ; y asi continuaban por grande que fuera la 
distancia. Hai autores que dicen que de aquel modo atravesaba un 
mensage la distancia de trescientas millas en un solo día. Moteuczoma 
se servia del mismo medio para proveerse diariamente de pescado 
fresco, del seno Megicano, que, por la parte mas corta, distaba de la 
capital mas de doscientas millas. Estas correos se egercitaban desde 
niñrt, en su oficio, y para estimularlos, los sacerdotes que los educa- 
ban, daban premios a los vencedores. g. 

Nobleza, y derecho de sucesión. 

La nobleza de Megico, y de todo el imperio, estaba dividida en mu- 
chas clases, que fueron confundidas por los Españoles bajo el nombre 
general de caciques *. Cada clase tenia privilegios e insignias parti- 
culares : de modo que aunque el trage de aquellas gentes era mui sen- 
cillo, desde luego se conocía el carácter de la persona. Solé los no- 
bles podían llevar en la ropa adornos de oro, y de piedras preciosas, y 
a ellos pertenecían esclusivamente, hasta principios del reinado de 
Moteuczoma II, las principales cargas de la casa real, de la magistra- 
tura, y de la milicia. 

El primer grado de nobleza en Tlascala, en Huejotzinco, y en 
Cholula, era el de Teuctli. Para obtenerlo era necesario ser de san- 
gre noble, haber dado pruebas de valor en muchos encuentros, tener 
cierta edad, y sobre todo, grandes riquezas, para sufrir los grandes 
gastos que aquella dignidad atraía. Debía ademas el candidato hacer 
un año, de rigorosa penitencia, que consistía en ayuno perpetuo, en 

* El nombre cacique, que quiere decir señor, o principe, se tomó de la lengua 
Haitiana, que se hablaba en la isla Española, o de Santo Domingo. Los Megica- 
nos llamaban al señor Tíatoani, y al noble Püli o Teuctli. 



NOBLEZA. 315 

frecuentes efusiones de sangre, en la privación de todo trato con mu- 
geres, y en sufrir resignadamente los insultos, los oprobrios, y los malos 
tratamientos, con que ponian a prueba su constancia. Perforábanles 
los cartilagos de la nariz, para colgarles unos granos de oro, que eran 
la principal insignia de su clase. El dia en que tomaba posesión de 
ella, le quitaban el trage de penitencia, y le ponian brillantes galas ; 
atábanles los cabellos con una correa de cuero, teñida de escarlata, de 
la que pendian hermosas plumas, y le suspendian de la nariz los granos 
de oro. Esta ceremonia se hacia por un sacerdote, en el atrio superior 
del templo mayor, y después de haberle conferido la dignidad, le diri- 
gia una arenga gratulatoria. De alli bajaba al atrio inferior, donde 
asistia con la nobleza a un gran baile, al que seguia un esplendido ban- 
quete, que daba a sus espensas a todos los señores del estado. Rega- 
laba a estos innumerables vestidos, y tal era la abundancia de manjares 
que se consumian en aquella ocasión, que según algunos autores, se 
servian mil, y cuatrocientos, y aun mil y seiscientos pabos, otros tantos 
ciervos, conejos, y otros animales, y una increible cantidad de cacao 
en muchas bebidas, y las frutas mas esquisitas, y delicadas de acuella 
tierra. El titulo^^e teuctli se anadia, como apellido, al nombre propio 
de la persona que gozaba de aquella dignidad, como Chichimeco- 
teuctli, Pil-teuctli, y otros. Los teuctlis precedían a todos los otros 
en el senado, tanto en los asientos, como en la votación, y podian lle- 
var detras un criado con un banquillo, lo cual se consideraba como pri- 
vilegio altamente honroso. 

La nobleza Megicana era por lo común hereditaria. Conserváronse 
hasta la ruina del imperio con grande esplendor, muchas familias de- 
cendientes de aquellos ilustres Azteques, fundadores de Megico, y aun 
ahora existen ramas de aquellas casas antiquísimas, aunque envilecidas 
por la miseria, y confundidas entre la plebe mas oscura*. No hai 
duda que hubiera sido mas sabia la política de los Espailoles si en vez 
de conducir a Megico mugeres de Europa, y esclavos de África, se 

* No puede verse sin dolor el envilecimiento a que se hallan reducidas muchas 
familias de las mas ilustres de aquel reino. Poco tiempo ha murió en el patíbulo 
un decendiente de los antiguos reyes de Michuacan. Yo conoci en Megico un 
pobre sastre, decendiente de una nobilísima casa de Coyoacan, a quien se quita- 
ron las posesiones que habia heredado de sus claros abuelos. Estos egemplos no 
son raros, y aun los hai en las familias reales de Megico, de Acolhuacan y de Ta- 
caba, no bastando a preservarlas de la común ruina, las reiteradas ordenes dadas 
en su favor por la clemencia y equidad de los reyes católicos. 



316 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

hubiesen empeñado en formar de ellos mismos, y de los Megicanos, una 
sola nación, por medio de enlaces matrimoniales. Si la naturaleza de 
esta obra lo permitiera, haría aqui una demostración de las ventajas 
que de aquella medida se hubieran seguido a las dos naciones, y de 
los perjuicios que del sistema opuesto han resultado. 

En Megico, y en casi todo el imperio, los hijos sucedian a los padres 
en todos sus derechos ; exepto en la casa real; como ya he dicho. Por 
falta de hijos sucedian los hermanos, y por falta de estos los so- 
brinos. 

División de las tierras ; títulos de posesión y propiedad. 

Las tierras del imperio Megicano estaban divididas entre la corona, 
la nobleza, el comnn de vecinos, y los templos, y habia pinturas que 
representaban distintamente lo que a cada cual pertenecía. Las tier- 
ras de la corona estaban indicadas con color de purpura : las de los 
nobles con grana, y las de los plebeyos con amarillo claro. En aquellos 
dibujos se distinguían a primera vista la estension, y los limites de cada 
poseAon. Los magistrados Españoles se sirvieron de estas represen- 
taciones para decidir algunos pleitos entre Indios, soí^ re la propiedad, 
y la posesión de las tierras. 

En las de la corona, llamadas por ellos tecpantlalli, reservado siem- 
pre el dominio del rei, gozaban el usufruto ciertos señores, llamados 
tecpanpouhque, y tecpanilaca, esto es, gente de palacio. Estos no 
pagaban tributo alguno, ni daban otra cosa al rei, que unos ramos de 
flores, y ciertos paj arillos, en señal de vasallage. Hacian esto siem- 
pre que lo visitaban : pero tenían la obligación de componer, y f^aparar 
los palacios reales, cuando fuese necesario, y de cultivar los jardines 
del rei, corriendo ellos con la dirección de la obra, y los plebeyos de 
su distrito con el trabajo. Debían también hacer la corte al rei, y 
acompañarlo siempre que salía en publico, lo cual les atraia muchas 
honras, y obsequios. Cuando moria uno de aquellos señores, entraba 
el primogénito en posesión de las tierras, con todas las obligaciones de 
su padre : pero si se establecía en otro punto del imperio, perdía aque- 
llos derechos, y el rei los trasmitía a otro usufructuario, o dejaba la 
elección de este a cargo del común de habitantes del distrito en que se 
hallaban las tierras. 

Las llamadas pillalli, es decir tierras de nobles, eran posesiones 
antiguas de estos, trasmitidas por herencia de padres a hijos, o conce- 
didas por el rei en galardón de los servicios hechos a la corona. Los 



DIVISIÓN DE LAS TIERRAS. 317 

unos, y los otros podían enagenar sus posesiones, pero no podían darlas 
ni venderlas a los plebeyos. Había sin embargo tierras de concesión 
real, pero con la clausula de no cnagenarlas, si no de dejarlas en heren- 
cia a los hijos. 

En la herencia de los estados se observaba el orden de la primoge- 
nitura, pero si el primogénito era inepto, e incapaz de administrar sus 
bienes, el padre podía instituir por heredero a otro cualquiera de sus 
hijos, con tal que este asegurase alimentos a su hermano mayor. Las 
hijas, alo menos en Tlascala, no podían heredar, para que no pasasen 
los bienes a un estrangero. Eran tan celosos los Tlascaleses, aun des- 
pués de la conquista por los Españoles, de conservar los bienes de las 
familias, que reusaron dar la investidura de uno de los cuatro principa- 
dos de la república, a Don Francisco Pimentel, nieto de Coanacotzin, reí 
de Acolhuacan*, casado con Doña María Magijcatzin, nieta del prin- 
cipe del mismo nombre, el cual, como después veremos, era el principal 
de los cuatro señores que regían aquella república cuando llegaron los 
Españoles. 

Los feudos empezaron en aquel reino cuando el reí Jolotl divicHo la 
tierra de Anahua^v entre los señores Chichímecos, y los Acolhuís, con 
la condición feudal de una fidelidad inviolable, de un cierto reconoci- 
miento del supremo dominio, y la obligación de ayudar al señor, cuan- 
do fuese necesario, con su persona, con sus bienes, y con sus vasallos. 
En el imperio Megícano eran pocos, según creo, los feudos propios, y 
ninguno, sí queremos hablar con rigor jurídico : pues no eran en su 
institución perpetuos, sino que cada año se necesitaba una nueva reno- 
vación, o investidura, ni los vasallos de los feudatarios estaban esentos 
de los tributos que pagaban al reí los otros vasallos de la corona. 

Las tierras que se llamaban altepetlalli, esto es de los comunes de 
las ciudades, y villas, se dividían en tantas partes, cuantos eran los 
barrios de aquella población, y cada barrio poseía su parte con entera 
esclusion e independencia de los otros. Estas tierras no se podían 
enagenar bajo ningún pretesto. Entre ellas había algunas destinadas 
a suministrar víveres al egercito en tiempo de guerra, las cuales se 
llamaban milchimalli, o cacalomilli, según la especie de víveres que 
daban. Los reyes católicos han asignado tierras a los pueblos de Me- 

* Coanacotzin, rei de Acolhuacau, fue padre de D, Fernando Pimentel, y este 
tubo a D. Francisco, de una señora Tlascalesa. Es de advertir que muchos Me- 
gicanos, y especialmente los nobles, tomaron en el bautismo, con el nombre CriS'» 
tiano, algún apellido Español. 



318 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

gicanos * y dado las ordenes convenientes para asegurar la perpetui- 
dad de aquellos posesiones : pero estas providencias se han frustrado 
en gran parte por la prepotencia de algunos particulares, y la iniquidad 
de algunos jueces. 

Tribuios e impuestos de los subditos de la corona» 
Todas las provincias conquistadas por los Megicanos eran tributa- 
rias de la corona, y le pagaban frutos, animales, o minerales de los 
respectivos paises, según la tarifa establecida. Ademas los merca- 
deres contribuian con una parte de sus géneros, y los artesanos con 
otra de los productos de sus trabajos. En la capital de cada pro- 
vincia habia un almacén para custodiar los granos, las ropas, y todos 
los efectos que percibian los recaudadores, en el termino de su dis- 
trito. Estos hombres eran generalmente odiados por los males que 
ocasionaban a los pueblos. Sus insignias eran una vara que llevaban 
en una mano, y un abanico en la otra. Los tesoreros del rei tenían 
pinturas en que estaban especificados los pueblos tributarios, y la can- 
tida(f; y la calidad de los tributos. En la colección de Mendoza hai 
treinta y seis pinturas de esta clase f, y en cada uy se ven represen- 
tados los principales pueblos de una o varias provmcias del imperio. 
Ademas de un numero exesivo de ropas de algodón, y cierta cantidad 
de granos, y plumas, que eran pagos comunes a todos los pueblos 
tributarios, daban otros diferentes obgetos según la naturaleza del 
pais. Para dar alguna idea a los lectores espondremos algunos tri- 
butos de los contenidos en aquellas pinturas. 

Joconochco, Huehuetlan, Mazatlan, y otras ciudades de •aquella 
costa, daban anualmente a la' corona ademas de las ropas de algodón, 
cuatro mil manojos de hermosas plumas de diversos colores, doscien- 
tos sacos de cacao, cuarenta pieles de tigre, y ciento sesenta pájaros 
de cierta, y determinada especie. Huajyacac, Coyolapan, Atlacue- 
chahuajan, y otros lugares de los Zapoteques, cuarenta pedazos de 

* Las leyes reales conceden a cada pueblo de Indios el terreno délos alrededo- 
res hasta la distancia de seiscientas brazas Castellanas. 

t Las treinta y seis pinturas son desde la xin hasta la xlviii. En la copia 
publicada por Tlievenot faltan la xxi, y la xxii, y la mayor parte de las ciudades 
tributarias. La copia publicada en Megico en 1770 está mas mutilada, pues 
faltan seis pinturas de la colección de Mendoza, ademas de los muchos errores 
que contiene la interpretación, pero tiene sobre la de Thevenot la ventaja de con- 
tener las fiaras de las ciudades, y estar grabada en cobre. 



TRIBUTOS E IMPUESTOS. 319 

oro de ciertas dimensiones, y veinte sacos de cochinilla. Tlach- 
quiauhco, Ajotlan, y Teotzapotlan, veinte vasos de cierta medida 
llenos de polvo de oro. Tochtepec, Otlatitlan, Cozamalloapan, Mi- 
chapan, y otros lugares de la costa del golfo Megicano, ademas de 
las ropas de algodón, del oro, y el cacao, veinte y cuatro mil manojos 
de bellisimas plumas, de diversos colores, y calidades, seis collares, 
dos de esmeraldas finisimas, y cuatro de ordinarias ; veinte pendientes 
de ámbar engarzados en oro, y otros tantos de cristal : cien botes de 
liquidambar, y diez y seis mil cargas de ule, q resina elástica. Tepe- 
yacac, Quecholac, Tecamachalco, Acatzinco, y otros lugares de aquel 
pais, cuatro mil sacos de cal, cuatro mil cargas de otatli, o cañas soli- 
das para los edificios, y otras tantas de las mismas cañas mas peque- 
ñas para dardos, y ocho mil cargas de acajetl, o sea cañas llenas de 
materias aromáticas. Malinaltepec, Tlalcozauhtitlan, Olinallan, Ich- 
catlan, Qualac, y otros lugares meridionales de los países calidos, 
seiscientas medidas de miel, cuarenta cantaros grandes de tecoza- 
huitl, o sea ocre amarillo para la pintura ; ciento sesenta escudos de 
cobre ; cuarenta hojas redondas de oro de ciertas dimensiones ,♦ diez 
pequeñas medidps de turquesas finas, y una carga de las ordinarias. 
Quauhnahuac, Panchimalco, Atlacholoajan, Giuhtepoc, Huitzilac, y 
otros pueblos de los Tlahuiques, diez y seis mil hojas grandes de 
papel, y cuatro mil gicalis (vasos naturales de que hablaré a su 
tiempo), de diferentes tamaños. Quauhtitlan, Tehuilojocan, y otros 
pueblos vecinos, ocho mil esteras, y otros tantos banquillos. Otros 
pueblos contribuían con leña, piedras, bigas, para los edificios ; otros 
con copal. Habia algunos obligados a enviar a los bosques, y casas 
reales cierto numero de pájaros, y de cuadrúpedos, cómo Gilotepec, 
Michraalojan, y otros de los Otomites, los cuales debian mandar cada 
año al rei cuarenta águilas vivas. De los Matlatzinques sabemos, 
que habiendo sido sometidos a la corona de Megico por el rei Ajaya- 
catl, se les impuso, ademas del tributo representado en la pintura 
vigésima séptima de la colección de Mendoza, la obligación de cul- 
tivar, para suministrar víveres al egercito real, un campo de setecien- 
tas toesas de largo, y de la mitad de ancho. Finalmente al rei de 
Megico se pagaba tributo de todas las producciones útiles, naturales, 
y artificiales de sus estados. 

Estas exesivas contribuciones, unidas a los grandes regalos que 
hacían al rei los gobernadores de las provincias, y los señores feuda- 
tarios, y a los despojos de la guerra, formaban aquella gran riqueza 
de la corte, que ocasionó tanta admiración a los conquistadores Es- 



320 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

pañoles, y tanta miseria a ios desventurados subditos. Los tributos, 
que al principio eran mui ligeros, llegaron a ser exorbitantes, pues 
con las conquistas, crecieron el orgullo, y el fasto de los reyes. Es 
cierto que una gran parte, y quizas la mayor de estas rentas, se es- 
pendia en bien de los mismos subditos, ora sustentando un gran nu- 
mero de ministros, y magistrados para la administración de la justicia, 
ora premiando a los beneméritos del estado, ora socorriendo a los 
desvalidos, especialmente a las viudas, a los huérfanos, y a los ancia- 
nos, que eran las tres clases que mas compasión exitaban a los Megi- 
canos ; ora enfin abriendo al pueblo en tiempo de carestia los grane- 
ros reales : pero ¡ cuantos infelices que podian apenas pagar su tri- 
buto, DO habrán cedido al peso de su miseria, sin que les alcanzase 
una parte de la munificencia de los soberanos ! A la dureza de estas 
cargas se añadía la dureza con que se exigian. El que no pagaba 
el tributo, era vendido como esclavo, para que pagase su libertad lo 
que no habia podido su industria. 

t Magistrados de Megico, y de Acolhuacan. 

Los Megicanos tenian varios tribunales, y gefes ^ra la administra- 
ción deia justicia. En la corte, y en las principares ciudades habia 
un supremo magistrado, llamado Cihuacoatl, cuya autoridad era tan 
grande, qne de las sentencias que pronunciaba en materia civil o 
criminal, no se podia apelar a ningún tribunal, ni aun al mismo rei. 
A él pertenecía el nombramiento de los jueces subalternos, y tomar 
cuenta a los recaudadores de las rentas de su distrito. Era reo de 
muerte el que usurpaba sus funciones, o usaba sus insignias. % 

Inferior a este, aunque mui preeminente sin embargo, era el tri- 
bunal de tlacatecatl, que se componía de tres jueces, a saber, el 
tlacatecatl, que era el principal, y de quien tomaba su nombre aquel 
cuerpo, y otros dos llamados quauhnocJitli, y tlailotlac. Conocian 
de las causas civiles, y criminales, en primera, y segunda instancia, 
aunque la sentencia solo se pronunciaba en nombre del tlacatecatl. 
Reuníanse diariamente en una sala de la casa publica, a la que daban 
el nombre de tlatzontetecojan, esto es, lugar donde se juzga, y 
tenian a sus ordenes un cierto numero de porteros, y alguaciles. Allí 
escuchaban con gran paciencia a los litigantes, examinaban diligente- 
mente la causa, y fallaban según la leí. Si la causa era civil, no 
habia apelación: pero si era criminal, podia apelarse al cihuacoatl. 
La sentencia se pronunciaba por el tepojotl, o pregonero, y se ponía 
en egecucion por el quauhnochtli, que, como ya he dicho era uno de 



MAGISTRADOS. 321 

;.u.5 :■■. , •, 

los tres jueces. Tanto el pregonero, como el egecutoí: de la justicia 
estaban en alto aprecio entre los Megicanos, pues se miraban como 
imágenes del rei. 

En cada barrio de la ciudad habia un teuctli, o lugar teniente de 
aquel tribunal, que se elegia anualmente por los vecinos de aquella 
demarcación. Conocía en primera instancia de las causas de su dis- 
trito, y diariamente se presentaba al cihuacoatl, o al tlacatecatl, para 
darles cuenta de lo que ocurría, y recibir sus ordenes. Ademas de 
los teuctlis, habia en cada barrio ciertos comisarios, elegidos también 
por los vecinos, y llamados centectlapijques, los cuales, según parece, 
no podian juzgar, si no que tenian a su cargo observar un cierto 
numero de familias, confiadas a su vigilancia, y dar cuenta a los. 
magistrados de lo que en ellas ocurria. Bajo las ordenes de loa, 
teuctlis estaban los tequitlatoquis, o correos, que llevaban las notifi- 
caciones de los magistrados, y citaban a los reos, y los topillis, o 
alguaciles, que hacian los arrestos. 

En el reino de Acolhuacan, la jurisdicción estaba dividida ^tre 
seis ciudades principales. Los jueces estaban en los. tribunales desde 
el rayar el dia hS^jta el anochecer. Se les llevaba la comida a la 
misma sala de la audiencia, y a fin de que no se distragesen de sus 
funciones para cuidar de la manutención de sus familias, ni tubiesen 
pretesto alguno para dejarse seducir, tenian (y lo mismo en el reino 
de Megico) posesiones señaladas, y esclavos que las cultivasen. 
Estos bienes eran anexos al empleo, no ya a la persona, y no pasaban , 
a los herederos, si no a los sucesores en la magistratura. En las 
causas gVaves, \i% podian sentenciar, a lo menos en la capital, sin dar 
cuenta al rei. Cada veinte dias se 'reunían los jueces de la corte, t 
bajo la presidencia del rei, para terminar las causas pendientes. Si * 
por ser demasiado oscuras o intrincadas, no podían fallarse entonces, i 
se reservaban para otra reunión general, y mas solemne, que se cele- ^ 
braba de ochenta en ochenta dias, por lo cual se llamaba napapoald- 
toli, es decir conferencia de los ochenta, en la cual todas las causas • 
quedaban decididas, y alli delante de los vocales, se aplicaba la pena ;> 
a los reos sentenciados. El rei pronunciaba la sentencia, haciendo 
con la punta de una flecha una raya en la cabeza del reo pintada en 
el proceso. .j»; 

En los juicios de los Megicanos las partes eran las que hacian sus 
defensas, y alegatos : al menos, se ignora si habia entre ^llos abogados. 
En las causas criminales no se permitía al actor otra prueba que la d© 
testigos: pero el reo podía hacer uso del juramento en su defensa. 



822 HISTORIA ANTIGUA DE MEGIGO. 

En los pleitos sobre términos de las posesiones, se consultaban las pin^ 
turas de las tierras, como escrituras autenticas. 

Todos Ips magistrados debian juzgar según las leyes del reino, como 
las espresaban las pinturas. De estas he visto muchas, y de ellas he 
sacado una parte de lo que voi a decir sobre el asunto. La potestad 
legislativa en Tezcuco residia siempre en el rei, el cual hacia observar 
rigorosamente las leyes que publicaba. Entre los Megicanos, las pri- 
meras leyes salieron según parece del cuerpo de la nobleza : pero des- 
pués los reyes fueron los legisladores de la nación : y mientras su 
autoridad se mantubo en sus justos limites, celaron con esmero la 
egecucion de las leyes publicadas por ellos, y por sus antepasados. 
En los últimos años de la monarquía, el despotismo las alteró según 
8u capricho. Citaré aqui las que estaban en vigor cuando entraron 
en Megico los Españoles. En algunas se verán rasgos de prudencia, 
y humanidad, y un gran celo por las buenas costumbres : en otras un 
rigor estraordinario, que degeneraba en crueldad. 

c 

Leyes penales. 

EL traidor al rei, o al estado era descuartiza^^, y los parientes, 
que noticiosos de la traición no la habían descubierto, perdían la 
libertad. 

Habia pena de muerte, y de conGscacion de bienes, al que se atre- 
viese a usar en la guerra, o en alguna festividad publica, las insig- 
nias del rei de Megico, de Acolhuacan, y de Tacaba, y aun las del 
cihuacoatl. 

El que maltrataba a un embajador, o ministro, o correo *del rei, 
perdia la vida : pero los embajadores, y correos no debian separarse 
del camino señalado, so pena de perder la inmunidad. 

Eran también reos de muerte los que sucitaban alguna sedición en 
el pueblo : los que destruían, y mudaban los limites puestos en los 
campos con autoridad publica; los jueces que daban una sentencia 
injusta, o contraria a las leyes, o daban al rei o al magistrado supe- 
rior una relación infiel de un negocio, o se dejaban corromper con 
regalos. 

El que en la guerra hacia alguna hostilidad al enemigo sin orden del 
gefe, o lo atacaba antes de darse la señal, o abandonaba la bandera, 
o infringía la orden general, era decapitado sin remisión. 

El que en el mercado alteraba las medidas establecidas por los ma- 
gistrados, era reo de muerte, cuya sentencia se egecutaba sin tardanza, 
en la plaza misma. 



I 



LEYES PENALES. 323 

El homicida pagaba con la vida, aunque el muerto fuese su esclavo. 
El que mataba a la muger propia, aunque sorprendida en adulterio, era 
reo de muerte, por que decían que usurpaba la autoridad de los ma- 
gistrados, a quienes pertenecía juzgar, y castigar los delitos. El adul- 
terio se castigaba con el ultimo suplicio. Los adúlteros eran apedrea- 
dos, o se les aplastaba la cabeza entre dos piedras. Esta lei de lapi- 
dación contra aquel crimen es una de las que he visto representadas 
en las antiguas pinturas que se conservan en la biblioteca del colegio 
máximo de Jesuítas en Megico. También se ve en la ultima de la 
colección de Mendoza, y de ella hacen mención Gomara, Torquemada, 
y otros autores. Pero no se reputaba adulterio, o a lo menos, no se 
castigaba como tal, con alguna muger soltera ; así que no se exigía 
tanta fidelidad del marido como de la muger. En todo el imperio se 
castigaba el delito de que vamos hablando : pero en algunos pueblos 
con mas rigor que en otros. En Ichcatlan, la adultera comparecía 
ante los jueces, y sí las pruebas del delito eran convincentes, allí 
mismo se la descuartizaba, y se dividían los cuartos entre los testigos. 
En Itztepec los magistrados mandaban al marido que cortase la nariz 
y las orejas a la^ piuger infiel. En algunas partes del imperio se 
daba muerte al marido que coabítaba con su muger, constandole su 
infidelidad. 

No era licito el repudio sin autorización de los magistrados. El 
que quería repudiar a su muger, se presentaba en juicio, y esponía sus 
razones. Los jueces lo exortaban a la concordia, y procuraban disua- 
dirlo : pero si persistía en su pretensión, y parecían justas sus razones, 
le decían que hiciese lo que le pareciese mas oportuno, sin autorizar el 
repudio con una sentencia formal. Si finalmente la repudiaba no 
podía volver a juntarse con ella. 

El reo de incesto en el primer grado de consanguinidad, o de 
afinidad, tenia pena de horca, y todo casamiento entre personas de 
aquellos grados de parentesco, era severamente prohibido por las leyes, 
exepto el de cuñados : por que entre los Megícanos, como entre los 
Hebreos, era costumbre que los hermanos del marido difunto se 
casasen con sus cuñadas viudas : pero había esta diferencia, que entre 
los Hebreos, solo se verificaba este enlace cuando el primer marido 
había muerto sin sucesión, y entre los Megicanos era indispensable 
que el difunto dejase hijos, de cuya educación se encargase su her- 
mano, adquiriendo todos los derechos de padre. En algunos pueblos 
distantes de la capital, solían los nobles casarse con las madrastras 
viudas, cuando no habían tenido hijos de los padres de ellos; perp 

y2 



324 HISTORIA ANTIGUA DK MEGICO. 

en las cortes de Megico, y de Tezcuco, y en los pueblos inmediatos 
a ellas, se miraban estos enlaces como incestuosos, y como tales se 
castigaban. 

El reo de pecado nefando era ahorcado, o quemado viro, si era 
sacerdote. En todos los pueblos de Anahuac, exepto entre los Panu- 
queses, se miraba con abominación aquel crimen, y en todas se casti- 
gaba con rigor. Sin embargo, algunos hombres malignos, para justi- 
ficar sus propios exesos, infamaron con tan horrendo vicio a todas las 
naciones Americanas; pero la falsedad de esta calumnia, que con 
culpable facilidad adoptaron muchos escritores Europeos, está de- 
mostrada por el testimonio de otros mas imparciales, y mejor ins- 
truidos. 

El sacerdote que, en la época en que estaba dedicado al servicio 
del templo, abusaba de alguna soltera, era desterrado, y privado del 
sacerdocio. 

Si alguno de los jóvenes de ambos sexos, que se educaban en los 
seminarios, incurria en algún exeso contra la continencia que profesa- 
ban, sufria un castigo rigoroso, y aun la muerte, según algunos auto- 
res. Pero no habia pena establecida para la sim^fd fornicación, aun- 
que conocían la malicia de aquel pecado, y aunque los padres exorta- 
ban a las hijos a evitarlo. 

A la muger publica quemaban los cabellos en la plaza, con haces 
de pino, y le cubrian la cabeza de resina del mismo árbol. Cuanto 
mas notables eran las peiraonas con quienes se abandonaba a sus exe- 
sos, tanto mas rigoroso era el castigo que se le imponía. 

La lei condenaba a la pena de horca al hombre que se vestia de 
muger, y a la muger que se vestia de hombre. 

El ladrón de obgetos de poco valor, no tenia otra pena si no la res- 
titución de la cosa robada. Si el hurto era de consideración, el ladrón 
quedaba esclavo del robado. Si el obgeto robado no existia, y el la- 
drón no tenia bienes con qué satisfacerlo, moría apedreado. Si lo 
robado era oro, o joyas, el ladrón, después de haber sido paseado por 
todas las calles de la ciudad, era sacrificado en la fiesta que los plateros 
y joyistas hacian a su dios Gipe. El que robaba un cierto numero de 
mazorcas de maiz, o quitaba del campo ageno algunas plantas útiles, 
era esclavo dei dueño del campo*, pero los caminantes pobres podian 
tomar del maiz o de los arboles plantados al borde del camino, los 

» El conquistador anomino dice que el que robaba tres o cuatro mazorcas in- 
curría en la misma pena. Torquemada añade que tenia pena de muerte : mas 
esto era en el reino de Acolhuacan, y no en el de Megico. 



LEYES SOBRE LOS ESCLAVOS. 325 

granos o las frutas necesarias a su manutención. El que robaba en el 
mercado era apaleado alli mismo. El robo de armas, o de insignias 
militares en el egercito, tenia pena de muerte. 

El que, hallando un muchacho perdido, lo hacia esclavo, vendién- 
dolo como si fuera su hijo, perdia, en pena de su delito, la libertad, 
y los bienes ; de los cuales se aplicaba la mitad al muchacho, para sus 
alimentos, y de la otra, se satisfacia al comprador el precio que habia 
dado. Si eran muchos los delincuentes, todos sufrían la misma pena. 

También perdia la libertad, y los bienes el que vendia los bienes 
ágenos, que habia tomado en arrendamiento. 

Los tutores que no daban cuenta exacta de los bienes de sus pupi- 
los, eran irremisiblemente ahorcados. La misma pena tenian los hijos 
que gastaban en vicios la herencia paterna ; por que decian que era 
gran delito hacer tan poco caso de las fatigas de los padres. 

El que usaba de echizos era sacrificado a los dioses. La embria- 
guez en los jóvenes era delito capital. El joven que cometia aquel 
exeso mona a palos en la cárcel ; y la joven era apedreada. En los 
hombres hechos, se castigaba con rigor, aunque no con la muerte. Si 
era noble, lo prí^^ban de su empleo, y de la nobleza, y quedaba 
infame. Si era plebeyo, le cortaban el pelo, (que era para ellos una 
gran pena,) y le arruinaban la casa diciendo que no era digno de habi- 
tar entre los hombres el que espontáneamente se privaba de juicio. Esta 
lei no prohibia la embriaguez en las bodas, y en otras festividades, en 
que era licito beber dentro de casa mas de lo acostumbrado ; ni com- 
prendia a los que pasaban de sesenta años, que en razón de su edad 
podian beber cuanto quisiesen, como corista por una pintura de la 
colección de Mendoza. 

Al que decia alguna mentira que acarrease grave perjuicio cortaban 
una parte de los labios, y a veces las orejas. 

Leyes sobre los esclavos. 

Habia entre ellos tres clases de esclavos : los prisioneros de guerra, 
los que se vendian, y ciertos malhechores, que en castigo de sus deli- 
tos quedaban privados de su libertad. La mayor parte de los prime- 
ros eran sacrificados a los dioses. El que en la guerra quitaba a otro 
su prisionero, o lo ponia en libertad, era reo de muerte. 

La venta de un esclavo no era valida, si no se hacia delante de 
cuatro testigos de edad madura. Comunmente acudían en mayor 
numero, y esta clase de contrato se celebraba con gran solemnidad. 
El esclavo podia tener bienes, adquirir posesiones, y aun comprar 



326 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

otros esclavos que lo sirviesen, sin que el amo pudiera impedirselo, ni 
servirse de ellos : pues la esclavitud no era mas que una obligación de 
servicio personal, limitada a ciertos términos. Tampoco era heredi- 
taria. Todos nacian libres, aun los hijos de esclavas. Si un hombre 
libre tenia comercio ilícito con la esclava agena, y esta quedaba 
preñada, y moría en la preñez, aquel quedaba esclavo del dueño 
de esta : pero si la esclava paría felizmente, el hijo y el padre eran 
libres. 

Los [pobres podían vender alguno de sus hijos para remediar sus 
miserias, y a cualquier hombre libre era licito venderse con el mismo 
obgeto : pero los amos no podian vender un esclavo sin su consenti- 
miento. Los esclavos fugitivos, contumaces, y viciosos eran amones- 
tados dos o tres veces por sus amos, los cuales, para su mayor justifi- 
cación, hacian llamar testigos en aquellos ocasiones. Si el esclavo no 
se enmendaba, le ponian un collar de madera, y entonces podian ven- 
derlo en el mercado sin su consentimiento. Si después de haber 
mudado de amo dos o tres veces, persistían en su indocilidad, se ven- 
dían para los sacrificios, pero esto ocurría mui pocas veces. El esclavo 
de collar que se escapaba del encierro en que su^.mo lo tenia, y se 
acogía al palacio del rei, era libre, y todo el que le impedia tomar este 
asilo, quedaba privado de su libertad, exepto su amo, y los hijos de 
este, que estaban autorízados a estorvarselo. 

Los personas que mas comunmente se vendían eran los jugadores, 
para satisfacer con el precio su pasión dominante ; los que por su pe- 
reza, o sus infortunios se hallaban reducidos a la misería y las muge- 
res publicas, para comprar trages de lucimiento, pues las ae aquel 
país no buscaban otro interés en sus desordenes que la satisfacción de 
sus perversos apetitos. No era tan dolorosa a los Megicanos la escla- 
vitud como a otros pueblos, por no ser allí tan dura la condición de 
esclavo. El trabajo que hacian era moderado, y benigno el trato que 
les daban los dueños, los cuales, comunmente les concedían libertad 
cuando morían. El precio ordinario de un esclavo era una carga 
de ropa. 

Habia ademas en Megico una especie de esclavitud que se 
llamaba huehuetlatlacolli, y era cuando una o dos familias se obli- 
gaban por su pobreza a suministrar perpetuamente un esclavo a 
cualquier señor. Para esto le daban uno de sus hijos, y después de 
haberle servido cierto numero de años, lo retiraban para casarlo, o con 
cualquier otro obgeto, y ponian otro en su lugar. Hacíase esto sin 
repugnancia del amrf : antes bien solia dar espontáneamente otro precio 



LEYES DE ANAHUAC. 327 

por el nuevo esclavo. Muchas familias hicieron este contrato el año de 
1506, de resultas de la carestía que afligió aquellos países : pero Neza- 
hualpilli, rei de Acolhuacan, las puso a todas en libertad, por los in- 
convenientes que se esperimentaron, y a su egemplo, Moteuczoma II 
hizo lo mismo en sus estados. 

Los conquistadores, que se creían poseedores de todos los derechos 
de los antiguos señores Megicanos, tubieron muchos esclavos de aque- 
llas naciones : pero los reyes Católicos, informados por personas doc- 
tas, celosas del bien publico, y bien instrqidas en los usos de aquellos 
países, los declararon libres a todos, prohibieron bajo las mas graves 
penas atentar a su libertad, y recomendaron enérgicamente tan impor- 
tante negocio a la conciencia de los virreyes, de los tribunales supre- 
mos, y de los gobernadores. Leí justísima, y digna del celo Cristiano 
de aquellos monarcas : por que los primeros religiosos, que se em- 
plearon en la conversión de los Megicanos, entre los cuales había 
hombres de gran doctrina, declararon, después de un diligente examen, 
no haberse hallado entre tantos esclavos uno solo que hubiera sido pri- 
vado de su libertad por medios legítimos. 

Lo que hemos lY^^ hasta ahora es cuanto sabemos de la legislación 
de los Megicanos : quisiéramos dar razón mas estensa de un punto 
tan importante, sobre todo, en lo relativo a contratos, a juicios, y a 
testamentos : pero la perdida deplorable de la mayor parte de las pin- 
turas Megicanas, y de algunos preciosos manuscritos de los primeros 
Españoles, nos ha privado de las luces con que pudieran aclararse 
estas materias. 

Leyes de los otros países de Anahuac. 

Las leyes de la capital no habían sido tan generalmente recibidas 
en las provincias conquistadas, que no hubiese entre ellas gran va- 
riedad de instituciones: por que como los Megicanos no obligaban 
a los vencidos a hablar su idioma, tampoco los forzaban a aceptar su 
legislación. La de Acolhuacan era algo análoga a la de Megico ; aun- 
que con alguna diferencia, y mucha mas severidad. 

Según las leyes publicadas por el celebre reí Nezahualcoyotl, el 
ladrón era arrastrado por las calles, y ahorcado después. El homi- 
cida era decapitado. El sodomita activo moría ahogado en un montón 
de ceniza : al pasivo se arrancaban las entrañas, se llenaba el vientre 
de cenizas, y se quemaba el cadáver. El que sucitaba discordia entro 
dos estados, era atado a un árbol, y quemado vivo. El que se em- 
briagaba hasta perder la razón, si era noble moría ahorcado, y su ca- 



328 HISTORIA ANTIGUA DE MBGICO. 

daver se arrojaba al lago, o a un rio : si plebeyo, por la primera vez 
perdia la libertad, y por la segunda, la vida : y habiendo uno pregun- 
tado al legislador por qué era mas rigoroso con el noble que con el 
plebeyo, respondió ; que el delito del primero era tanto mas grave, 
cuanto mayor era su obligación de dar buen egemplo. El mismo rei 
Nezahualcoyotl prescribió pena de muerte a los historiadores que es- 
presasen hechos falsos en sus pinturas. También condenó al ultimo 
suplicio a los ladrones del campo, declarando que incurria en la pena 
el que robase siete mazorcas de maiz. Iívíók JTaHb mv , 

Los Tlascaleses adoptaron la mayor parte de las leyes de Acolhua- 
can. Los hijos que faltaban gravemente al respeto debido a sus pa- 
dres, morían por orden del senado. Los que hacian algún daño de 
importancia al publico, eran condenados a muerte o a destierro. 
Hablando en genefal, todas las naciones civilizadas de Anahuac casti- 
gaban con rigor el homicidio, el hurto, la mentira, el adulterio, y todos 
los delitos contra la continencia. En todo se verifica la observación 
que hemos hecho hablando de su carácter : a saber, que eran natural- 
menie inclinados, como lo son en el dia, al rigor, y mas propensos al 
castigo del vicio, que al premio de la virtud. /• 

Penas y Cárceles. 
De las penas impuestas por los legisladores Megicanos a los mal- 
hechores, una de la mas infames parece haber sido la de horca. El 
destierro traía también infamia, pues suponía en el reo un vicio con- 
tagioso. El azote no estaba prescrito por las leyes : ni sabemos que 
lo usasen si no los padres con los hijos, y los maestros *con los 

dicipuloS. 4í»íí ■•í*p 

Tenían dos géneros de cárceles. La una semejante a las nuestras, 
que se llamaba teilpilojan, para los deudores que se reusaban a pagar 
sus deudas, y para los reos que no eran de muerte : y otra mas estre- 
cha, llamada quauhcatli, hecha a guisa de jaula, para los prisioneros 
destinados al sacrificio, y para los reos de pena capital. Todas ellas 
estaban siempre bien custodiadas. A los reos de muerte se daba poco 
alimento, afin de que gustasen anticipadamente las amarguras del 
suplicio. Los prisioneros por el contrario recibían abundantes provi- 
siones, para que se presentasen robustos al sacrificio. Sí por descuido 
del guardia se escapaba algún prisionero, los habitantes del barrio a 
quienes tocaba la custodia de aquellos infelices, pagaban al amo del 
prófugo una esclava, cierto numero de trages de algodón, y una 
rodela. 



ORDENES MILlTARlíS. 3S59 

:-i- '>: '•- '■ 
Oficiales de guerra, y ordenes militares. 

Habiendo hablado ya del gobierno politice de los Megicanos, con- 
viene decir algo de sus instituciones militares. No habia en aquellos 
paises profesión mas estimada que la de las armas. El numen que 
mas reverenciaban era el de la guerra, como principal protector de la 
nación. Ningún principe era elegido rei, si antes no habia dado prue- 
bas de valor y pericia militar en muchas batallas, hasta merecer el alto 
empleo de general del egercito; y el rei no podia ser coronado, si no 
hacia por si mismo los prisioneros que habian de ser inmolados en su 
coronación. 

Todos los reyes Megicanos, desde Itzcoatl, hasta Quauhtemotzin, 
que fue el ultimo, pasaron del ñiando del egercito al trono. Aun en 
la otra vida, según su creencia, las almas mas felices eran las de aque- 
llos que morian con las armas en la mano, en defensa de su patria. Por 
la gran estima en que tenian a la carrera militar, procuraban inspirar 
valor a sus hijos, y endurecerlos desde su tiiñez en las fatigas de la 
guerra. Este ventajoso concepto de la gloria de las armas, fue el que 
formó aquellos l ^roes, cuyas ilustres acciones hemos referido ; el que 
les hizo sacudir el yugo de los Tepaneques, y elevar de tan humildes 
principios tan clara, y tan famosa monarquia ; el que amplió finalmente 
su dominio desde las margenes del lago, hasta las costas de uno y otro 
océano. 

La suprema dignidad militar era la de. general del egercito, pero 
habia cuatro grados diferentes de generales, y cada ^rado tenia sus 
insignias particulares. El mas alto era el de tlacochcalcatl, palabra 
que según algunos autores significa principe de los dardos, aunque 
significa realmente habitante de la armería, o de la casa de los dardos. 
No sabemos si los otros tres grados estaban de algún modo subordi-^ 
nados al primero : ni tampoco es fácil señalar sus nombres, por la 
variedad con que se leen en los autores*. Después de los generales 
venian los capitanes, cada uno de los cuales mandaba un cierto numero 
de hombres. 

Para recompensar los servicios de los militares, y para darles esti- 
mulo, inventaron los Megicanos tres ordenes militares llamadas 

* El interprete de la colección de Mendoza dice que los cuatro grados de gene- 
rales se llamaban tlacochcalcatl, atempanecatl, ezhuacatecatl, y tUllancalqui. El 
P. Acosta en vez de atempanecatl, dice tlacatecaíl, y en vez ezhuacatecatl, ezhuU' 
huacatl, y añade que estas eran los nombres de los cuatro electores. Torquemada 
adopta el nombre tlacatecaíl, pero confunde todos los grados. 



330 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Achcauhtin, Quauhtin, y Ocelo, esto es, principes, águilas, y tigres. 
Los mas estimados eran los que en la orden de principes se llamaban 
quachictin. Estos llevaban los cabellos atados en la parte superior 
de la cabeza con ana cuerda roja, de la que pendian tantas borlas de 
algodón, cuantas habian sido sus acciones gloriosas. Era de tanto 
honor este distintivo, que aun los reyes, no solo los generales, se 
jactaban de usarlo. A esta orden perteneció Moteuczoma II, como 
dice el P. Acosta, y aun el reí Tizoc, como se ve en sus retratos. 
Los tigres se distinguian por cierta armadura manchada como la de 
aquella fiera. Estos trages solo se usaban en la guerra : en la corte, 
todos los oficiales del egercito usaban una ropa tegida de varios co- 
lores, que llamaban tlachquauhjo. Los que iban por primera vez 
a la guerra, no llevaban ninguna insignia, sino un ropón tosco, y 
blanco de tela de maguei. Observábase esta regla con tanto rigor que 
aun los principes reales debian dar muestras de valor, antes de cam- 
biar aquel vestido, por otro mas honroso que se llamaba tencaliuhqui. 
No solo se distinguian las ordenes militares en sus insignias, sino 
en las estancias que ocupaban en el palacio real cuando estaban de 
guardia. Podian tener utensilios de oro, vestirse df la tela mas fina, 
y usar 'de fajas mas ligeras que la plebe, lo que no se permitía a los 
soldados, hasta haber merecido algún adelanto por sus acciones. 
Habia un trage particular llamado tlacatziuhqui, destinado a premiar 
al militar que cuando se desanimaba el egercito lo incitaba a continuar 
vigorosamente en la acción. 

Trage militar del reí. * 

Cuando el rei salia a la guerra, Uevaba, ademas de su armadura, 
ciertas insignias particulares: en las pienias unas medias botas cu- 
biertas de planchuelas de oro : en los brazos, otros adornos del mismo 
metal, y pulceras de piedras preciosas ; en el labio inferior, una esme- 
ralda, engarzada en oro ; en las orejas pendientes de lo mismo ; al 
cuello, una cadena de oro, y piedras, y en la cabeza un penacho de 
hermosas plumas, que caian sobre la espalda*. Generalmente los 
Megicanos cuidaban mucho de distinguir las personas por sus insig- 
nias, y sobre todo en la guerra. 

* Cada una de estas reales insi^^nias tenia sus nombres particulares. Las botas 
se llamaban cozehtiatl, los brazaletes matemecatl, las pulseras matznpeztU, la 
esmeralda del labio tentetl, los pendientes nacoclitU, el collar cozcapetlatl, y la 
principal insignia de plumas quachictli. 









ARMADURAS MEGICAIÍAS 



JPui.par^ éciírruvi/t Icfuires y ¿n/Míffue 



ARMAS. 331 

Armas de los Megicanos^ 
Eran varias las armas ofensivas y defensivas de que se servian los 
Megicanos, y otras naciones de Anahuac. Las defensivas, comunes 
a nobles y plebeyos, a oficiales y soldados, eran los escudos, que ellos 
llamaban chimalli* que eran de diversas formas, y materias. Algunos 
eran perfectamente redondos, y otros, solo en la parte inferior. Los 
había de otatli, o cañas solidas y flexibles, sugetas con gruesos hilos 
de algodón, y cubiertas de plumas, y los de los nobles, de hojas del- 
gadas de oro; otros eran de conchas grandes de tortugas, guarnecidos 
de cobre, de plata, o de oro, según el grado militar, y las facultades del 
dueño. Unos eran de tamaño regular ; otros tan grandes que cubrían 
todo el cuerpo cuando era necesario, y cuando no, los doblaban, y 
ponian bajo del brazo, a guisa de nuestros paraguas. Probablemente 
serían de cuero, o de tela cubierta de ule, o resina elástica f. Los 
habia también mui pequeños, menos fuertes que vistosos, y adornados 
de plumas : pero estos no servian en la guerra, sino en los bailes que 
hacian imitando una batalla. 

Las armas delusivas propias de los oficiales eran unas corazas de 
algodón, de uno y aun dos dedos de grueso, que resistían bastante 
bien a las flechas, y por esto las adoptaron los Españoles en sus 
guerras contra los Megicanos. El nombre ichcahuepilli que estos les 
daban fue cambiado por aquellos en el de escaupil. Sobre esta 
coraza, que solo cubría el busto, se ponian otra armadura, que ademas 
del busto cubría los muslos, y la mitad del brazo, como se ve en la 
adjunJa estampa. Los señores solían llevar una gruesa sobreveste de 
plumas, sobre una coraza compuesta de pedazos de oro y de plata 
dorada, con la que no solo se preservaban de las flechas, sino de los 
dardos, y de las espadas Españolas, como lo asegura el conquistador 
anónimo. Ademas de estas prendas, que servian de defensa al busto 
a los brazos, a los muslos, y aun a las piernas, metían la cabeza en 
una de tigre, o de serpiente, hecha de madera, con la boca abierta, y 
enseñando los dientes, para inspirar miedo al contrario. Todos los 
nobles y oficiales se adornaban la cabeza con hermosos penachos, 

* Solis dice que solo los señores se servian de escudo : pero el conquistador 
anónimo, que vio muchas veces a los Megicanos armados, y se halló en muchas 
"batallas contra ellos, dice espresaraente que aquella armadura era común a todos. 
Este escritor es el que mas exactamente describe las armas de los Megicanos. 

t Hacen mención de estos escudos grandes el conquistador anónimo, Diego 
Godoi;, y Bernal Diaz, los tres testigos oculares. 



332 HISTORIA ANTIGUA DE MEGiCO. 

procurando por estos medios dar mayor realce a su estatura. Los 
simples soldados iban desnudos, sin otro vestuario que la cintura que 
usaban por decencia ; pero fingían el vestido que les faltaba, por 
medio de los diversos colores con que se pintaban el cuerpo. Los 
historiadores Europeos, que tanto se maravillan de este y otros usos 
estravagantes de los Americanos, no saben que los mismos eran co- 
munísimos en las antiguas naciones de Europa. 

Las armas ofensivas de los Megicanos eran la flecha, la honda, la 
maza, la lanza, la pica, la espada, y el dardo. £1 arco era de una 
madera elástica, y difícil de romperse, y la cuerda, de nervios de 
animales, y de pelo de ciervo hilado. Había arcos tan grandes (y aun 
los hai todavía en algunas naciones de aquel continente), que la cuerda 
tenia cinco pies de largo. Las flechas eran varas duras armadas de 
un hueso afilado, o de una gníesa espina de pez, de puntas de pedernal, 
o de itztli. Eran agilísimos en el manejo de esta arma, a cuyo eger- 
cicio se acostumbraban desde la niñez, estimulados por los premios 
que les daban sus padres, y maestros. Los Tehuacaneses principal- 
mente eran famosos por su destreza en tirar tres o cuatro flechas al 
mismo tiempo. Las cosas maravillosas que se Wik visto hacer en 
nuestros tiempos a los Taraumareses, a los Hiaqueses, y a otros pue- 
blos de aquellas regiones que conservan el arco, y la flecha, nos hacen 
conocer lo que hacían antiguamente los Megicanos*. Ninguno de 
los pueblos de Anahuac se sirvió jamas de flechas envenenadas, quizas 
porque deseaban Qoger vivos a los prisioneros para sacrificarlos. 

£1 miquahuitl, llamado por los Españoles espada, porque era el 
arma que entre los Megicanos equivalía a la espada del áutíguo 
continente, era una especie de bastón, de tres pies y medio de largo, 
y de cuatro dedos de ancho, armado por una y otra parte de pedazos 
agudos de piedra itztli, fijos en el bastón, y tenazmente pegados a él 
con goma laca-)-. Estos pedazos tenían tres dedos de largo, uno u 
dos de ancho, y el grueso do las antiguas espadas Españolas. Eran 

* La destreza de aquellos pueblos en tirar la flechas no seria creíble, si no 
constara por la deposición de millares de testigos oculares. Reunidos muchos 
flecheros en circulo, echan al aire una mazorca de maiz, y disparan con tanta 
prontitud y tino, que no la dejan caer al suelo hasta que no le queda un solo 
grano. Echan también una moneda del tamaño de medio peso, y con los tiros la 
mantienen en el aire cuanto tiempo quieren. 

t Herrera dice que pegaban los pedernales a las espadas con el jugo de la raiz 
cacotle, mezclado con estiércol de murciélago : pero ni se servian de pedernal en 
las espadas, ni pegaban el itztli "sino con laca, que, como ya he dicho, se llamaba 
entre ellos estiércol de murciélago. 



ESTANDARTES, Y MÚSICA MILITAR. 833 

tan cortantes que, según el testimonio del P. Acosta, se ha visto con 
una de aquellas armas cortar la cabeza a un caballo, de un solo golpe: 
pero solo el primero era temible, por que las piedras se embotaban 
mui pronto. Llevaban esta arma atada al brazo con una cuerda, para 
que no se escapase al dar los golpes. La forma del maquahuitl se 
halla en las obras de muchos escritores, y se ve en nuestras es-* 
tampas*. 

Las picas de los Megicanos tenian en vez de hierro una gran punta 
de piedra o de cobre. Los Chinanteques, y algunos pueblos de 
Chiapan usaban picas tan desmesuradas, que tenian diez y ocho pies 
de largo, y de ellas se sirvió Cortés contra la caballería de su rival 
Panfilo Narvaez. 

El tlacochtli, o dardo Megicano era de etatli, o de otra madera 
fuerte, con la punta endurecida al fuego, o armada de cobre, de itztli, 
o de hueso, y muchos tenian tres puntas, para hacer tres heridas a la 
vez. Lanzaban los dardos con una cuerda f para arrancarlos después 
de haber herido. Esta es el arma que mas temian los Españoles, 
pues solían arrojarla con tanta fuerza, que pasaba de parte a parte a 
un hombre. Loi^ soldados iban por lo común armados de espada, 
arco, flechas, dardo, y honda. No sabemos si se servían también en 
la guerra de las segures de que hablaremos después. 

Estandartes, y Música militar» jq «sol 

Usaban en la guerra de estandartes, y música militar. Los estan- 
dartes, mas semejantes al signum de los Romanos, que a las banderas 
de Europa, eran unas bastas de ocho a diez pies de largo, sobre las 
cuales se ponian las armas o la insignia del estado, hecha de oro, de 
plumas, o de otra materia preciosa. La insignia del imperio Megicano 
era un águila en actitud de arrojarse a un tigre ; la de la república de 
los Tlascaleses un águila con las alas estendidas ;}:, pero cada uno de 
los cuatro señoríos que componían la república tenia una insignia dife- 

* Hernández dice que con un golpe de maquahuitl sé podia partir un hombre 
por medio, y el conquistador anónimo asegura que en una acción vio a un Megi- 
cano sacar de un golpe los intestinos a un caballo, y a otro que de un golpe dado 
a un caballo en la cabeza lo dejó muerto a sus pies. 

t El dardo Megicano era de la especie de los que los Romanos llamaban has- 
tile, jaculum, o telum amentatum, y el nombre español amento o amiento, de que 
se sirven los historiadores de Megico, significa lo mismo que el amentum de los 
Latinos. 

X Gomara dice que la insignia de la república Tlascalesa era ima grulla, pero 
otros historiadores mejor informados desmienten esta opinión. 



934 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

rente. La de Ocotelolco era un pajaro verde sobre una roca ; la de 
Tizatlan una garza blanca sobre una peña elevada ; la de Tepeticpac 
un lobo feroz con algunas flechas en la garra, y la de Quiahuitztlan, 
un parasol de plumas verdes. El estandarte que tomó Cortés en la 
famosa batalla de Otompan, era una red de oro, que probablemente 
seria la insignia de alguna ciudad del lago. Ademas del estandarte 
común, y principal del egercito, cada compañía, compuesta de dos- 
cientos o trescientos soldados, llevaba su estandarte particular, distin- 
guiéndose no solo en las plumas que lo adornaban, si no también en 
la armadura de los nobles, y oficiales que a ella pertenecían. La 
obligación de llevar el estandarte del egercito, tocaba, alómenos en los 
nltimos años del imperio, al general, y el de las compañías, según con- 
geturo, a sus gefes respectivos. Llevaban el hasta del estandarte 
atada tan estrechamente a la espalda, que era imposible apoderarse 
de ella, sin hacer pedazos al que la llevaba. Los Megicanos la ponían 
siempre en el centro del egercito. Los Tlascaleses la colocaban en 
las marchas a vanguardia, y a retaguardia en las acciones. 

La música militar, en la cual había mas rumor que armonía, se com- 
ponía de tamboriles, cometas, y ciertos caracoles m^itimos, que daban 
un sonido agudísimo. 

Modo de declarar y de hacer la guerra. 
Para declarar la guerra se examinaba antes en el consejo la causa 
de emprenderla, que era por lo común la rebelión de alguna ciudad o 
provincia, la muerte dada a un correo, o mercader Megicano, Acol- 
huí, o Tepaneque, o algún insulto hecho a sus embajadores. Si la 
rebelión era solo de algunos gefes, y no de los pueblos, se hacían con- 
ducir los culpables a la capital para castigarlos. Si el pueblo era tam- 
bién culpable, se le pedía satisfacción en nombre del reí. Si se humi- 
llaba, o manifestaba un verdadero arrepentimiento, se le perdonaba 
su culpa, y se le exortaba a la enmienda. Si en vez de humillarse, 
respondía con arrogancia, y se ostinaba en negar la satisfacción pedi- 
da, o cometía nuevos insultos contra los mensageros que se le envia- 
ban, se ventilaba el negocio en el consejo, y, tomada la resolución de 
la guerra, se daban las ordenes oportunas a los generales. A veces 
el reí, para justificar mas su conducta, antes de emprender la guerra 
contra algún estado, le enviaba tres embajadas consecutivas : la pri- 
mera al señor del estado culpable, pidiéndole una satisfacción conve- 
niente, y prescribiéndole el tiempo en que debia darla, so pena de ser 
tratado como enemigo ; la segunda a la nobleza, invitándola a que per- 



MODO DE líACER LA GUERRA. 335 

suadiese al señor evitase con la sumisión el castigo que lo aguardaba, 
y la tercera al pueblo, para hacerle saber las causas de la guerra. A 
veces, según dice un historiador, eran tan eficaces las razones pro- 
puestas por los embajadores, y se ponderaban de tal modo las ventajas 
de la paz, y los males de la guerra, que se lograba prontamente una 
conciliación. Solian también mandar con los embajadores al idolo de 
Huitzilopochtli, exigiendo de los que ocasionaban la guerra, que le 
diesen lugar entre sus divinidades. Si estos se hallaban con fuerzas 
suficientes para resistir, rechazaban la proposición, y despedian al dios 
estrangero : pero si no se reconocían en estado de sostener la guerra, 
acogían al idolo, y lo colocaban entre los dioses provinciales, respon- 
diendo a la embajada con un buen regalo de oro, y piedras, o de her- 
mosas plumas, y repitiendo las seguridades de su sumisión al so- 
berano. 

En caso de decidirse a emprender la guerra, antes de todo se daba 
aviso a los enemigos, para que se apercibiesen a la defensa, creyendo 
que era bageza indigna de hombres de valor atacar a los despreveni- 
dos. También se les enviaban algunos escudos, en señal de descon- 
fianza, y vestido;L\^de algodón. Si un rei desafiaba a otro, se ana- 
dia la ceremonia de ungirlo, y pegarle plumas a la cabeza, por medio 
del embajador, como sucedió en el reto de Itzcoatl al tirano Majtlaton. 
Después se enviaban espías, a quienes se daba el nombre de quimich- 
tin, o ratones, para que fuesen disfrazados al pais enemigo, y obser- 
vasen los movimientos de los contrarios, el numero, y la calidad de las 
tropas que alistaban. Si los espías desempeñaban bien su comisión, 
tenían Una buena recompensa. 

Finalmente, después de haber hecho algunos sacrificios al dios de la 
guerra, y a los númenes protectores del estado, o de la ciudad, contra 
la cual se iba a combatir, para merecer su protección, marchaba el 
egercíto, no formado en alas, ni en filas, si no dividido en compañías, 
cada una con su gefe, y estandarte. Cuando el egercíto era numeroso 
se dividía en giquipillis, y cada gipilli constaba de ocho mil hombres. 
Es verosímil que cada uno de estos cuerpos fuese mandado por un 
tlacatecatl, u otro general. El lugar en que se daba comunmente la 
primera batalla, era un campo destinado a aquel obgeto, en cada pro- 
vincia, y llamado j'aoíZaZ/¿, esto es, tierra o campo de batalla. Dábase 
principio a la acción con un rumor espantoso (como se hacia antigua- 
mente en Europa, y como hacían los Romanos), y para ello se valían 
de instrumentos militares, de clamores, y de silvidos tan fuertes, que 
causaban terror a quien no estaba acostumbrado a oírlos, como refiere 



336 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

por esperiencia el conquistador anónimo. En el egercito Tezcucano, 
y quizas en el de alguna otra nación, el rei o el general daba la señal 
del ataque con un tamborcillo que llevaba a la espalda. El primer 
ímpetu era furioso, pero no se empeñaban todos desde luego en la 
acción como dicen algunos autores, pues de su historia consta que te- 
nían cuerpos de reserva, para los lances apurados. A veces empeza- 
ban la batalla con flechas o con dardos, o con piedras, y cuando se 
habían agotado las armas arrojadizas, echaban mano de las picas, de 
las mazas, y de las espadas. Procuraban con particular esmero con- 
servar la unión de sus huestes, defender el estandarte,* y retirar los he- 
ridos, y los muertos de la vista de sus enemigos. Había en el egercito 
cierto numero de hombres que se empleaban en apartar estos obgetos, a 
fín de evitar que el contrario ios echase de ver, y cobrase nuevos bríos. 
Usaban de cuando en cuando de emboscadas, ocultándose entre las male- 
zas, o en zanjas hechas a proposito, como lo esperimentaron mas de una 
vez los Españoles, y frecuentemente fingian una retirada, para atraer al 
enemigo que se empeñaba en seguirlos a un sitio peligroso, donde les 
era fácil atacarlo con nuevas tropas por retaguardia. Su mayor empeño 
en la guerra no era tanto matar, cuanto hacer prisio' eros para los sa- 
crificios, ni el valor del soldado se calculaba por el numero de muertos 
que dejaba en el campo de batalla, si no por el de prisioneros que pre- 
sentaba al general después de la acción. Esta fue una de las princi- 
pales causas de la conservación de los Españoles en medio de tantos 
peligros, y especialmente en la horrible noche en que salieron vencidos 
de la capital. Cuando algún enemigo vencido procuraba escapar, lo 
desgarretaban a fin de que no pudiera correr. Cuando perdiaü el ge- 
neral, o el estandarte, echaban a huir, y entonces no habia fuerza hu- 
mana que bastase a detenerlos. 

Terminada la batalla, los vencedores celebraban con gran jubilo su 
triunfo, y el general premiaba a los oficiales, y soldados que habían 
hecho prisioneros. Cuando el rei de Megíco hacia algún prisionero, le 
enviaban embajadas, y regalos todas las provincias del reino, para darle 
la enhorabuena. Vestían a aquel mal aventurado con las mejores 
ropas, lo cubrían de preciosos adornos, y lo llevaban en una litera a la 
capital, de donde salían a recibirlo los habitantes, con música, y grandes 
aclamaciones. Llegado el dia antes del sacrificio, después de haber 
ayunado el rei el dia antes, como hacían los dueños de las victimas, 
llevaban al real prisionero, con las insignias del sol, al altar común 
de los sacrificios, y moría a manos del gran sacerdote. Este hacia 
con la sangre de la victima una aspersión a los cuatro puntos car- 



■'§m 




» 



FORTIFICACIONES. 337 

dinales, y mandaba un vaso de ella al rei, para rociar todos los Ídolos 
que estaban en el recinto del templo, en acción de gracias por la vic- 
toria conseguida contra los enemigos del estado. Enfilaban la cabeza 
en un palo altisimo, y cuando se habia secado el pellejo, lo llenaban de 
algodón, y lo colgaban en algún sitio del palacio, para recuerdo de un 
hecho tan glorioso : en lo que no tenia poca parte la adulación. 

En los asedios de las ciudades, la primera precaución de los sitiados 
era poner en seguro sus hijos, sus mugeres, y los enfermos, enviando- 
los en tiempo oportuno a otra ciudad, o a los montes. Asi los salva- 
ban del furor de los enemigos, y evitaban el consumo inútil de los 
vi veres de la guarnición. 

Fortificaciones. 

Para la defensa de los pueblos usaban diferentes clases de fortifica- 
ciones, como muros y baluartes, con sus parapetos, estacadas, fosos y 
trincheras. De la ciudad de Quauhquechollan sabemos que estaba 
fortificada con una buena muralla de piedra y cal, de veinte pies de 
alto, y doce de grueso. * 

Los conquistad «es que describen las fortificaciones de aquella ciu- 
dad, hacen mención de otras muchas, entre las cuales es mui notable 
la que construyeron los Tlascaleses en los confines orientales de su 
república, para defenderse de las invasiones de las tropas Megicanas, 
que estaban de guarnición en Iztacmajtitlan, Jocotlan, y otros puntos. 
Esta muralla, que se estendia de una montaña a otra, tenia seis millas 
de largo, ocho pies^e alto, sin el parapeto, y diez y ocho de grueso. 
Era de piedra, y de una mezcla tenaz, y fuerte*. No tenia mas que 
una salida estrecha, de ocho pies de ancho, y de cuarenta pasos de 
largo, que era el espacio que mediaba entre las estremidades del 
muro, encorvada una en torno de otra, y formando, como la de Quauh- 
quechollan, dos semicírculos concéntricos. Esto se entenderá mejor 
por medio "de la estampa. Aun se ven en el dia algunos restos de 
esta construcción. 

Subsiste también una fortaleza antigua fabricada sobre la cima de 
un monte, a poca distancia del pueblo de Molcajac. Está circundada 
de cuatro muros, separados unos de otros, desde el pie del monte 
hasta la cima. En lae inmediaciones se ven muchos baluartes peque- 

* Bernal Diaz dice que la muralla de Tlascala era de piedra, y cal, y de un 
betún tan fuerte, que era necesario usar de picas de hierro para deshacerlo. 
Cortés afirma que era de piedra seca : pero debe darse mas crédito al primero, 
que observó por si mismo aquella obra. 

TOMO I, . ■ Z 



338 HISTORIA ANTIGUA ÜB MEGICO. 

fíos de piedra, y cal, y sobre una colina, a dos millas de aquel monte, 
los restos de una antigua, y populosa ciudad, de que no han dejado 
memoria los historiadores. A veinte y cinco millas de distancia de 
Córdoba, existe aun la antigua fortaleza de Quauhtochco, o Gua- 
tusco, rodeada de altos muros de piedra durisima, y en la cual no se 
puede entrar sino es por unas escaleras altas, y estrechas. Asi era la 
entrada común de las fortalezas de aquellas naciones. De este anti- 
guo edificio, cubierto hoi de maleza, por el descuido de los habitantes 
de las cercanías, sacó hace pocos años un caballero Cordobés, algunas 
estatuas bien labradas, con qué adornó su residencia. Cerca de la 
antigua corte de Tezcuco se conserva una parte de la alta muralla que 
circundaba la ciudad de Coatlichan. Quisiera que mis compatriotas 
preservasen aquellos pocos restos de la arquitectura militar de los 
Megicanos, ya que han dejado perecer tantos vestigios preciosos de su 
antigüedad*. 

La corte de Megico, fuerte ya en aquellos tiempos por su posición, 
se hizo inespugnable a sus enemigos, por la industria de sus habi- 
tantes. No se podia entrar en la ciudad, si no por los caminos 
construidos sobre el lago, y para que fuera mas /Jificil en tiempo de 
guenra, hablan construido muchos baluartes en LÁ mismo camino, y 
abierto muchos fosos profundos, con puentes levadizos, y trincheras 
para su defensa. Estos fueron los sepulcros de tantos Españoles, y 
Tlascaleses en la terrible noche del primero de Julio, de que después 
hablaremos, y los que tanto retardaron la reducción de aquella gran 
ciudad, a un egercito tan numeroso, y tan bien armado como el que 
Cortés empleó en su asedio. Mayor hubiera sido la tardanza, y mas 
caro le hubiera costado el triunfo, si los bergantines no hubieran 
favorecido tan eficazmente sus operaciones. Para defender por agua 
la ciudad necesitaban de millares de barcas, y muchas veces se egerci- 
taban en aquel genero de combates. 

Pero las fortificaciones mas estraordinarias de Megico eran los tem- 
plos de sus dioses, y particularmente el mayor, que parecía una cin- 
dadela. La muralla que circundaba todo el recinto, las cinco arme- 
rías, provistas siempre de toda clase de armas ofensivas, y defensivas, 
y la misma arquitectura del templo que hacia tan difícil la subida, dan 

* Estas escasas noticias de aquellos restos de la antigüedad Megicana, recogi- 
das de testigos oculares, y dignos de toda fé, me hace creer que hai otros mu- 
chos, de los cuales no se tiene noticia, por la negligencia de mis compatriotas. 
Véase lo que digo acerca de este punto en mis disertaciones, combatiendo la 
opinión del Dr. Robertson. 



CAMPOS FLOTANTES, 339 

claramente a entender, que en aquella fabrica no tenia menos interés 
la política que la religión, y que al construirla no se pensaba tanto 
en el culto de los dioses como en la defensa de los hogares. Nos 
consta por la historia que se fortificaban en los templos, cuando no 
podian impedir a los enemigos la entrada en las ciudades, y desde alli 
los molestaban con flechas, con dardos, y con piedras. En el libro 
ultimo de esta historia varemos cuanto costó a los Españoles la toma 
del templo n\9^or, donde se habian fortificado quinientos nobles Me- 
gicanos. -f' ' 

Campos y huertos flotantes en el lago de Megico. 
El alto aprecio en que aquellos pueblos tenian la profesión de las 
armas no los distraía del egercicio de las artes útiles. La agricul- 
tura, que es una de las principales ocupaciones de la vida civil, fue 
practicada de tiempo inmemorial por los Megicanos, y por casi todas 
las naciones de Anahuac. Los Tolteques se aplicaron a ella con el 
mayor esmero, y la enseñaron a los Chichimecos, que eran cazadores. 
En cuanto a los Megicanos, sabemos que en toda la larga roJheria 
que hicieron desf^fi su -patria Aztlan hasta el lago, donde fundaron 
a Megico, labraróA la tierra en todos los puntos donde se detenían, 
y vivían de sus cosechas. Vencidos después por los Colhuís, y por 
los Tepaneques, y reducidos a las miserables islillas del lago, cesaron 
por algunos años de cultivar la tierra, porque no la tenian, hasta 
que adoctrinados por la necesidad, e impulsados por la industria, 
formaron campos, y huertos flotantes, sobre las mismas aguas del lago. 
El modp que tubieron entonces de hacerlo, y que aun en el dia con- 
servan, es bastante sencillo. Hacen un tegido de varas y raices de 
algunas plantas acuáticas, y de otras materias leves, pero capaces de 
sostener unida la tierra del huerto. Sobre este fundamento colocan 
ramas ligeras de aquellas mismas plantas y encima el fango que sacan 
del fondo del lago. La figura ordinaria es cuadrilonga : las dimen^ 
siones varían, pero por lo común son, si no me engaño, ocho toesas, 
poco mas o menos, de largo, tres de ancho, y menos de un pie de 
elevación sobre la superficie del agua. Estos fueron los primeros 
campos que tubieron los Megicanos, después de la fundación de su 
ciudad, y en ellos cultivaban el maíz, el chile, y todas las otras plantas 
necesarias a su sustento. Habiéndose después multiplicado exesiva- 
mente aquellos campos mobiles, los hubo también para jardines de 
flores, y de yerbas aromáticas, que se empleaban en el culto de los 
dioses, y en el recreo de los magnates. Ahora solo se cultivan en 

z 2 



340 HISTORIA ANTIGUA DK MEGICO. 

ellos flores, y toda clase de hortalizas. Todos los días del año, al 
salir el sol, se ven llegar por el canal, a la gran plaza de aqnella capi- 
tal, innumerables barcos cargados de muchas especies de flores, y otros 
vegetales, criados en aquellos huertos. En ellos prosperan todas las 
plantas maravillosamente, porque el fango del lago es fértilísimo, y no 
necesita del agua del cielo. En los huertos mayores suele haber 
arbustos, y aun una cabana para preservarse el dueño del sol, y 
de la lluvia. Cuando el amo de un huerto, o, como ellos dicen, de 
una chinampa, quiere pasar a otro sitio, o por alejarse de un vecino 
perjudicial, o para aproximarse a su familia, se pone en su barca, y con 
ella sola, si el huerto es pequeño, o con el ausilio de otras si es grande, 
lo tira a remolque, y lo conduce donde quiere. La parte del lago 
donde están estos jardines es un sitio de recreo, donde los sentidos 
gozan del mas suave de los placeres. 

Modo de cultivar la tierra. 

Después que los Megicanos sacudieron el yugo de los Tepaneques, 
empezaron con sus conquistas a adquirir tierras de labor, y se aplica- 
ron con estraordinaria diligencia a la agricultura/- No teniendo ni 
arados, ni bueyes, ni otros animales que emplear en el cultivo de la 
tierra, suplian su falta con la fatiga, y con algunos sencillos instru- 
mentos. Para cavar o menear la tierra se servían del coatí, o coa, 
instrumento de cobre con el mango de madera, pero mui diferente de 
la azada, y del azadón. Para cortar los arboles empleaban una hoz 
o segur también de cobre, de la misma forma que la nuestra, con un 
ojo o anillo del mismo metal en que se encajaba el mango de ^^adera. 
Tenian sin duda otros instrumentos rurales : pero el descuido de los 
escritores antiguos nos ha privado de los datos necesarios para descri- 
bidos. 

Para regar los campos se tervian de las aguas de los rios, y de 
azequias que bajaban de los montes, con diques para detener el agua, 
y conductos para dirigirla. En los sitios altos, y en las pendientes de 
los montes no sembraban todos los años, sino que dejaban reposar 
la tierra, hasta que se cubriese de yerbas, para quemarlas, y reempla- 
zar con sus cenizas las sales arrebatadas por las lluvias. Cercaban los 
campos con tapias de piedra, o con vallados de maguei, que son exe- 
lentes para aquel obgeto, y en el mes de Panquetzaliztli, que empe- 
zaba, como hemos dicho, en 3 de Diciembre, los reparaban si era 
necesario. 

El modo que entonces tenian, y aun conservan ahora en algunas 



ERAS Y GRANEROS. 341 

partes, de sembrar el maiz, era como sigue : hace el sembrador un 
pequeño agugero en la tierra con la punta de un bastón endurecida 
al fuego, y echa en él uno o dos granos de maiz, de una espuerta que 
le cuelga al hombro, y lo cubre con un poco de tierra, sirviéndose de 
sus pies para esta operación. Pasa adelante, y a cierta distancia, que 
varia según el terreno, abre otro agugero, y asi continúa en linea 
recta hasta el termino del campo, y de alli vuelve, formando otra linea 
paralela a la primera. Estas lineas son tan derechas como si se hu- 
bieran hecho a cuerda, y la distancia de una a otra planta tan igual, 
como si se hubiera empleado un compás o medida. Este modo de 
sembrar, apenas usado en el dia por algunos Indios, aunque lento, es 
mui ventajoso*, porque proporciona con exactitud la cantidad de 
grano a las fuerzas del terreno, y no ocasiona ademas el menor des- 
perdicio de semilla. En efecto, los campos cultivados de aquel modo 
dan cosechas abundantes. Cuando la planta llega a cierta elevación, 
le cubren el pie con un montón de tierra, para que tenga mas jugos, 
y pueda resistir al viento. 

Las mugeres ayudaban a los hombres en las fatigas del campo.* A 
los hombres tocaría cavar, y preparar la tierra, sembrar, y cubrir las 
plantas, y segar ; á^as mugeres deshojar las mazorcas, y limpiar el grano. 
Aquellos y estas se empleaban igualmente en escardar, y desgranar. ' ' 

Eras, y Graneros. 
Tenian eras para deshojar, y desgranar las mazorcas, y graneros 
para guardar el grano. Estos eran cuadrados, y por lo común, de 
mader?) Servíanse para esto del ojametl, árbol altísimo, de pocas 
ramas, y estas mui delgadas, de corteza tenue, y lisa, y de contestura 
flexible, pero difícil de romperse, y rajarse. Formaban el granero, 
disponiendo en cuadro, unos sobre otros, los troncos redondos e 
iguales del ojametl, sin otra trabazón que una especie de horquilla en 
su estremidad, para ajustarlos, y unirlos tan perfectamente, que no 
dejasen paso a la luz. Cuando llegaban a cierta altura, los cubrían 
con otra trabazón de pinos, y sobre ella construían el techo, para de- 
fender el grano de la lluvia. Estos graneros no tenian otra salida 
que dos solas ventanas, una pequeña en la parte inferior, y otra 
grande en la superior. Los habia tan espaciosos que podian contener 
cinco mil, seis mil, y aun mas fanegas de maiz. Hai (odavia de estos 
graneros en algunos puntos distantes de la capital, y entre ellos 

* La lentitud no es tanta como parece : pues los labradores acostumbrados a 
aquel egercicio lo hacen con admirable velocidad. 



342 HISTORIA ANTIGUA DE ME61G0. 

algunos tan antiguos, que parecen construidos antes de la conquista, 
y según me ha dicho un agricultor inteligente, en ellos se conserva 
mucho mejor el grano, que en los que se acostumbran hacer en 
Europa. 

Cerca de los sembrados solian hacer unas torrecillas de madera, 
ramas y esteras, en las que un hombre al abrigo del sol, y de la 
lluvia, estaba de guardia, y echaba con la honda a los pájaros que 
acudian a comer el grano. A.un se usan estos sombrajos en los cam- 
pos de los Españoles, por causa de la abundancia de pájaros que hai 
en aquellos paises. 

Huertos, Jardines, y Bosques. 

Los Megicanos eran mui dados a la cultura de los huertos, y jar- 
dines, en los que plantaban con buen orden arboles frutales, plantas 
medicinales, y flores, de que hacian gran uso, no solo por la gran 
afición que les tenian, si no por la costumbre nacional de presentar 
ramilletes a los reyes, señores, y embajadores, ademas de la exesiva 
canádad de ellas que se consumía tanteen los templos comeen los 
oratorios privados. Entre los huertos, y jardines /"ntiguos de qué se 
conserva memoria, eran mui célebres los jardines reales de Megico, y 
Tezcuco, de que ya hemos hecho mención, y los de los señores de 
Iztapalapan, y Huajtepec. Uno de los pertenecientes al señor de 
Iztapalapan llenó de admiración a los conquistadores Jlspañoles, por su 
grandeza, su disposición, y su hermosura. Estos jardines estaban 
divididos en cuadros, y en ellos se sembraban diferentes especies de 
plantas, dando no menos placer al olfato que a la vista. Ritre los 
cuadros habia calles formadas las unas de arboles frutales, las otras 
de espaleras de flores, y plantas aromáticas. El terreno estaba cor- 
tado de canales, cuya agua venia del lago, y en uno de los cuales 
podian navegar canoas. En el centro del jardín habia un estanque 
cuadrado tan grande, que tenia mil y seiscientos pies de circuito, o 
sea cuatrocientos de cada lado, donde vivian innumerables pájaros 
acuáticos, y en los lados habia escalones para bajar al fondo. Este 
jardín, de que hacen mención como testigos oculares Cortés, y Díaz, 
fue plantado, o mejorado a lo menos por Cuitlahuatzín, hermano, y 
sucesor de Moteuczoma II. En él hizo plantar muchos arboles 
exóticos, como lo testifica el Dr. Hernández que lo vio. 

Mayor y mas célebre que el de Iztapalapan fue el jardín de 
Huajtepec. Tenía seis millas de circuito, y por en medio de él 
pasaba un rio que lo regaba. Habia plantadas con buen orden y 



PLANTAS COMUNMENTE CULTIVADAS. 343 

simetría innumerables especies de arboles, y plantas deliciosas, y de 
trecho en trecho muchas casas llenas de primores, y preciosidades. 
Entre las plantas se veian muchas que se habian traído de países 
remotísimos. Conservaron por muchos años los Españoles esta bella 
hacienda, y en ella cultivaron toda especie de yerbas medicinales 
convenientes al clima, para el uso del hospital que en ella habian fun- 
dado, y en qué sirvió muchos años el admirable anacoreta Gregorio 
López*. 

Ni cuidaban con menor celo de la conservación de los bosques, que 
suministraban leña para quemar, madera de construcción, y caza para 
el recreo del monarca. Ya he hablado de los bosques de Moteuc- 
zoma, y de las ordenanzas de montes de Nezahualcoyotl. ¡ Ojala 
subsistiesen aquellas leyes, o a lo menos, ojala no hubiera tanta 
libertad de cortar arboles, sin necesidad de reponerlos ! porque mu- 
chos, prefiriendo su utilidad privada al bien publico, destruyen sin 
necesidad el arbolado, para ensanchar sus tierras de labor f. 

Plantas cultivadas por los Megicanos. ^ 

Las plantas qv/s mas comunmente cultivaban los Megicanos ademas 
del maíz, eran el^algodon, el cacao, el metí o maguei, la chía, y el 
pimentón, todas las cuales les daban grandes utilidades. El maguei 
, suministraba por si solo casi todo lo necesario para la vida de los 
pobres. Ademas de servir de exelente cercado para las sementeras, 
su tronco se empleaba en los techos de las chozas, como higas, y sus 
hojas como tejas. De estas hojas sacaban papel, hilo, agujas, vestido, 
calzadj, y cuerdas, y de su abundantísimo jugo hacían vino, miel, 

* Cortés en su carta a Carlos V, del 15 de Mayo de 1522, le dice que el jardín 
de Huajtepec era el mayor, el mas bello, y el mas delicioso que había visto en su 
vida. Bernal Díaz asegura que era maravilloso, y digno de un principe. Her- 
nández lo menciona muchas veces en su Historia Natural, y nombra algunas 
plantas que en él se criaban, especialmente el árbol del balsamo. El mismo 
Cortés en otra carta refiere qtie habiendo rogado a Moteuczoma mandase hacer 
en Malinaltepec una casa de campo para Carlos V, apenas pasaron dos meses 
cuando ya se habian construido en aquel punto cuatro buenas casas, sembrado 
sesenta fanegas de maiz, y diez de judias, plantado dos mil pies de cacao, y abierto 
un gran estanque, donde se criaban quinientos patos, y en las casas mil y quinien- 
tos pabos. 

f En muchos pueblos se deploran ya los perniciosos efectos de la libertad de 
cortar arboles. La ciudad de Queretaro se proveia antes de la madera necesaria, 
en el bosque inmediato al monte Cimatario. Hoi es menester ir mucho mas 
lejos, por estar aquel monte enteramente desnudo. 



344 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

azúcar, y vinagre. Del tronco, y de la parte mas gruesa de las hojas, 
cocidos debajo de tierra, sacaban un manjar agradable. En aquella 
planta tenian finalmente un eficaz remedio -para muchos males, y es- 
pecialmente para los de la orina. Aun en .el dia es uno de los pro- 
ductos mas apreciados, y mas ventajosos a los Españoles, como des- 
pués veremos. 

Cria de Animales. 

Aunque los Megicanos no conocian el ramo del pastoreo, accesorio 
de la agricultura, por carecer enteramente de rebaños, criaban en 
. sus casas innumerables especies de animales desconocidos en Europa. 
Los sugetos particulares tenian techichis, cuadrúpedos semejantes, 
como ya hemos dicho, a los perros de Europa, pabos, codornices, 
añades, patos, y otras especies de pájaros ; los ricos y señores, ademas 
de las aves, peces, ciervos, y conejos, y en las casas reales se veían 
casi todos los cuadrúpedos, y animales volátiles de aquellos paises, y 
muchos de los acuáticos, y reptiles. Puede decirse que Moteuc- 
zomac Ilt sobrepujó en esta clase de magnificencia a todos los reyes 
del mundo, y que no ha habido nación comparable, a la Megicana 
en la destreza con que sus individuos sabian cuidin tantos animales 
diferentes, y en el conocimiento de sus inclinaciones, del alimento 
que a cada uno convenia, y de los medios mas oportunos de mante- 
nerlos, y propagados. 

Entre los animales que los Megicanos criaban, ninguno es mas -^ 
digno de atención que el nochiztli, o cochinilla Megicana, descrita en 
el primer libro de esta obra. Este insecto tan apreciado en i^iropa, 
por su uso en los tintes, siendo por una parte tan delicado, y por otra 
tan espuesto a los ataques de muchas clases de enemigos, requiere 
en su, crianza mucho mayor cuidado que la de los gusanos de seda. 
Hacenle igualmente daño la lluvia, el frió, y el viento. Los pájaros, 
los ratones, Ibs gusanos, y otros animales lo persiguen con furia, y 
lo devoran: de modo que es necesario tener siempre limpias las 
plantas de opuncia o nopal en que los insectos se crian, alejar con- 
tinuamente a los pájaros dañinos, hacer nidos de heno en las hoja» 
de la planta de cuyo jugo se nutre la cohiniíla, y quitarla de la planta, 
juntamente con las hojas, cuando viene la estación de las lluvias, para 
custodiarla en las habitaciones. Las hembras antes de parir, mudan 
a piel, y para quitarles este despojo es preciso valerse de la cola del 
conejo, manejándola con mucha delicadeza, a fin de no quitar al 
insecto de la hoja, ni hacerle daño. En cada hoja hacen tres nidos, y 



CAZA DE LOS MEGICANOS. 345 

en cada nido ponen quince cochinillas. Cada año hacen tres cosechas, 
reservando en cada una cierto numero de insectos, para la generación 
futura. La ultima cosecha es la menos estimada, por que la cochi- 
nilla es mas pequeña, y va mezclada con raspaduras de nopal. Matan 
comunmente al insecto en agua caliente, pero la calidad del color de- 
pende del modo de secarlo. La mejor es la que se seca al sol. Algu- 
nos la* secan en el comalli, o tortera en que cuecen el pan de maiz, y 
otros en el temazcalli, o hipocausto de que después hablaremos. 

Caza de los Megicanos. 
No hubieran podido los Megicanos reunir tantas especies de ani- 
males, a no haber sido diestrisiraos en el egercicio de la caza. Ser- 
víanse del arco, y flechas, de dardos, de redes, de lazos, y de cerra- 
tanas. Las cervatanas que usaban los reyes y los magnates, estaban 
curiosamente labradas, y pintadas, y aun guarnecidas de oro y plata. 
Ademas de la caza que hacían los particulares, para proveerse de 
víveres, o para su diversión, hacian otras generales, y estraordinarias, 
o prescritas por los reyes, o establecidas por costumbre para 'pro- 
porcionarse las yí^timas que hablan de sacrificarse. Para esta se 
escogía un gran i/osque, y por lo común era el de Zacatepec, que 
estaba poco distante de la capital, y "en él se señalaba el sitio mas 
oportuno, para tender los lazos, y las redes. Hacian entre muchos 
millares de cazadores, un gran cerco al bosque, a lo menos de seis 
u ocho millas de circunferencia, según el numero de animales que 
deseaban coger ; pegaban fuego, por diferentes puntos al bosque, y 
hacian fl mismo tiempo un rumor espantoso de tamboriles, cornetas, 
gritos, y silvidos. Los animales espantados del fuego, y del ruido, 
huian acia el centro del bosque, donde estaban preparados los lazos. 
Los cazadores se encaminaban al mismo sitio, y continuando siempre 
el rumor, estrechaban el circulo, hasta dejar un pequeñísimo espacio 
a los animales. Entonces los atacaban todos con las armas que lle- 
vaban apercibidas. De los animales, unos morian, y otros caian 
vivos en las redes, y lazos, o en las manos de los cazadores. Tan 
grande era la muchedumbre, y variedad de animales que se cazaban, 
que habiéndolo oido decir el primer virrei de Megico, y no parecien- 
dole creíble, quiso hacer por si mismo la esperiencia. Señalóse para 
la caza la llanura que está en el pais de los Otomites, entre los pue- 
blos de Gilotepec, y San Juan del rio, y se dispuso que los Indios la 
hiciesen del mismo modo que en el tiempo de su gentilismo. El 
mismo virrei pasó a la llanura con gran séquito de Españoles, y para 



840 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

SU alojamiento se habían dispuesto algunas casas de madera. Once 
mil Otomites formaron un cerco de mas de quince millas de circun- 
ferencia, y hechas todas las operaciones que hemos descrito, resultó 
tanta caza en la llanura, que maravillado el virrei mandó dar libertad 
a una gran parte de los animales que se habian cogido, y sin embargo 
fueron tantos los que quedaron, que parecería inverosimil su numero, 
si no hubiera sido un hecho publico, y probado por el dicho de muchos 
testigos, y entre ellos uno digno de todo crédito*. Se mataron mas 
de seiscientas piezas entre ciervos, y cabras monteses, mas de cien 
coyotes, y un numero estraordinario de liebres, conejos, y otros cua- 
drúpedos. Hasta ahora conserva aquel sitio el nombre Español de 
cazadero que entonces se le dio. 

Ademas del modo ordinario de cazar, tenian otros particulares, y 
proporcionados a la naturaleza de los animales. Para cazar monos 
hacian fuego en el bosque, y ponian entre las brasas una piedra lla- 
mada por ellos cacalotetl (piedra negra, o del cuervo) la cual tiene la 
propiedad de estallar con gran estrepito, cuando está bien inflamada. 
Cubiian el fuego con tierra, y esparcían en torno un poco de maiz. 
Acudían atraídas por el gprano las monas, con sus^ijos en brazos, y 
mientras estaban tranquilamente comiendo, estall¿k)a la piedra. En- 
tonces echaban a correr las monas despavoridas, dejando a sus hijos en 
el peligro, y los cazadores que estaban en acecho, los tomaban antes 
que volviesen por ellos las madres. 

También es curioso el modo que tenian, y aun tienen de cazar patos. 
Hai en los lagos del valle, y en otros del reino, una multitud prodigio- 
sa de patos, añades, y otros pájaros acuáticos. Dejan los Mf^gícanos 
nadar en las aguas, a que ellos acuden, algunas calabazas vacias, para 
que acostumbrándose a su vista, se acerquen a ellas sin temor. Entra- 
ba el cazador en el agua, ocultando todo el cuerpo debajo de ella, y 
cubierta la cabeza con otra calabaza vacia ; el pato se acercaba para 
picarla, y él lo cogía por los pies, y lo ahogaba. De este modo caza- 
ba cuantos podía llevar. 

Cogían vivas a las culebras, o atrayéndolas con gran destreza, o 
atacándolas intrépidamente, cogiéndolas por el cuello con una mano, 
y cosiéndoles la boca con otra. Todavía se sirven de este genero de 
caza, y continuamente se ven en las boticas de las ciudades, muchas 
culebras vivas, cogidas de aquel modo. 

Mas nada es tan maravilloso como su tino en seguir las fieras por la 
huella. Aunque " no degen traza ninguna en la tierra, por estar 
* El P. Toribio de Benavente, o sea Motolinia. 



COMERCIO. 347 

esta cubierta de yerba, o de las hojas secas que caen de los arboles, 
pueden sin embargo seguirlas, especialmente si están heridas, obser- 
vando atentisimamente o las gotas de sangre que dejan en las hojas, o 
la yerba que han pisado, y abatido *. 

Pesca. 

Mas que a la caza eran aficionados los Megicanos a la pesca, de 
resultas de la situación de su capital, y de la proximidad del lago de 
Chalco, tan abundante en peces. En este egercicio se emplearon 
desde su llegada al pais, y con la pesca se proveían de todo cuanto 
necesitaban. Los instrumentos de que mas frecuentemente se ser- 
vían, eran la red, el anzuelo, la nasa, y otros. 

Cogían los cocodrilos de dos diferentes modos. El uno era enla- 
zándolo por el cuello ; y este era el mas común, según dice el Dr. 
Hernández, aunque no esplica la manera de egecutar una acción tan 
arrojada, contra tan terrible animal. El otro modo, que aun está en 
practica, es el mismo de que se servían los Egipcios, contra los célebres 
cocodrilos del Nilo. Presentábase el pescador con un bastón ÍAerte 
en la mano. La.' ylos puntas del bastón eran agudísimas. Cuando la 
bestia abría la boca para devorarlo, le metia el bastón en la boca, y 
yendo a cerrarla el cocodrillo, quedaba clavado por las dos puntas. 
El pescador aguardaba a que se debilitase con la perdida de sangre, y 
le daba muerte. 

Comercio. 
La pesca, la caza, la agricultura, y las artes, suministraban a los 
Megicanos otros tantos ramos de comercio. Empezaron a practicarlo 
en el pais de Anahuac, desde su establecimiento en las islas del lago 
de Tezcuco. Con el pescado^ y con' las esteras que hacian de los 
juncos del lago, compraban el maiz, el algodón, la piedra, la cal, y la 
madera de que necesitaban para su subsistencia, ropa, y habitaciones. 
A medida que se engrandecían con las armas, aumentaban, y amplia- 
ban el comercio : asi que, limitado este al principio a los alrededores 
de la ciudad, se estendio después a las provincias mas remotas. Habla 
infinitos traficantes Megicanos que iban continuamente de ciudad en 
ciudad, comprando géneros en una, y vendiéndolos en otra. 

* Aun es mas maravilloso lo que se ye en los Taraumareses, en los Ópatas, y 
en otros pueblos, de mas allá del trópico, pues por la observación de las pisadas 
de sus enemigos los Apaches, conocen el tiempo de su transito. Lo mismo se re- 
fiere de los Yucataneses. 



348 HISTORIA ANTIGUA DE ME6IC0. 

En todos los pueblos del imperio Megicano, y del vasto país de 
Anahuac habia mercado diario : pero de cinco en cinco dias tenían uno 
general. Los pueblos poco distantes entre si, celebraban este gran 
mercado en diferentes dias, para no perjudicarse unos a otros : pero 
en la capital se tenia en los dias de la casa, del conejo, de la caña y 
del pedernal, que en el primer año del siglo, eran el tercero, el octavo, 
el décimo tercio, y el décimo octavo de cada mes. 

Para dar una idea de estos mercados, o ferias, tan celebres en los 
escritos de los historiadores Megicanos, bastará decir algo del de la 
capital. Este, hasta los tiempos de Ajayacatl, se habia hecho en la 
plaza que estaba delante del palacio del rei : pero después de la con- 
quista de Tlatelolco, se transportó a este barrio. La plaza de Tlate- 
lolco, era, según dice Cortés, dos veces mayor que la de Salamanca, 
una de las mas hermosas de España'*', cuadrada, y rodeada de pórti- 
cos, para comodidad de los traficantes. Cada especie de mercancía 
se vendia en un sitio señalado por los jueces del comercio. En uno 
estaban las pedrerías, y las alajas de oro, y plata, en otro los tegidos 
de ayy5*odon, en otro las labores de plumas, y asi de lo demás, no siendo 
licito vender unos géneros en los puestos destinad^; a otros. Como 
en la plaza, aunque grande, no podian colocarse todas las mercancías, 
sin estorvar el paso, y la circulación, se dejaban en el canal, o en las 
calles inmediatas, las mas voluminosas, como las piedras, las higas, y 
otras semejantes. El numero de mercaderes que concurría diariamente 
al mercado, pasaba, según Cortés, de cincuenta mil f . Los renglones 
que alli se vendían, y permutaban, eran tantos, y tan varios, que los 
historiadores que los vieron, después de haber hecho de ellos unft larga, 
y prolija enumeración, concluyen diciendo que era imposible compren- 
derlos todos. Yo, sin apartarme de su relación, procuraré abrazarlos 
en pocas palabras, a fin de no causar molestia a los lectores. Iban a 
venderse o cambiarse en aquella plaza, todas las producciones del im- 
perio Megicano, y de los paises vecinos, que podian servir a las nece- 
sidades de la vida ; a la comodidad, al deleite, a la curiosidad, y a la 

* En tres ediciones de las cartas de Cortés que he visto se lee que la plaza de 
Tlatelolco era dos meses mayor que la ciudad de Salamanca, debiendo decir, que 
la plaza de ki ciudad de Salamanca. 

t Aunque Cortés afirma que concurrían diariamente a la plaza de Tlatelolco 
mas de 50,000 personas, parece que deba entenderse del gran mercado de cada cinco 
dias : pues el conquistador anónimo, que escribe con mas individualidad, dice que 
la concurrencia diaria era de 20, a 25,000, y la del gran mercado de 40, a 50,000, 
como dice Cortés. 



I 



MONEDA. ,Millít;í|l 349 

vanidad del hombre ; innumerables especies de animales muertos, y 
vivos ; todas las clases de comestibles de que usaban ; todos los me- 
tales, y piedras preciosas que conocian ; todos los simples medicinales, 
yerbas, gomas, resinas, y.tierras minerales ; todos los medicamentos 
que sabian preparar, como bebidas, confecciones, aceites, emplastos, y 
ungüentos ; todo genero de manufactura, y trabajo de hilo de maguei, 
de palma de monte, de algodón, de plumas, de pelo de animales, de 
madera, de piedra, de oro, de plata, y de cobre. Vendíanse también 
esclavos, y barcas enteras de estiércol humano para preparar las pieles 
de los animales. En fin al mercado se llevaba todo lo que se vendia 
en la ciudad, pnes no habia tiendas, ni se compraba nada fuera de 
aquel sitio, si no es los comestibles. AUi concurrían los alfahareros, y . 
los joyistas de Cholula : los plateros de Azcapozalco ; los pintores de 
Tezcuco ; los zapateros de Tenayocan ; los cazadores de Gilotepec ; los 
pescadores de Cuitlahuac ; los fruteros de los países calientes ; los fabri- 
cantes de esteras, y bancos de Quauhtitlan, y los floristas de Joquimilco. 

Moneda. j 

El comercio nególo se hacia por medio de cambios, como dicen algu- 
nos autores, sino lámbien por compra, y venta. Tenian cinco clases 
de moneda corriente, aunque ninguna acuñada, que les servían de pre- 
cio para comprar lo que querían. La primera era una especie de ca- 
cao, diferente del que les servia para sus bebidas, y que giraba sin 
cesar entre las manos de los traficantes, como la moneda de cobre, o 
la plata menuda entre nosotros. Contaban el cacao por giquipilli, que, 
como j^ hemos dicho, valia ocho mil, y para ahorrarse el trabajo de 
contar, cuando la mercancía era de gran valor, calculaban por sacos, 
estimando cada uno de ellos en valor de tres giquipillis, o veinte y 
cuatro mil almendras. I^ segunda especie de moneda consistía en 
unos pedazillos de tela de algodón, que llamaban patolcuachtli, y que 
casi únicamente servian para comprar los renglones de primera ne- 
cesidad. La tercera era el oro en grano, contenido en plumas de 
añade, las cuales por su transparencia dejaban ver el precioso metal 
que contenían, y según su grueso eran de mayor o menor precio. La 
cuarta, que mas se aproximaba a la moneda acuñada, consistia en unos 
pedazos de cobre, cortados en figura de T y solo servian para los ob- 
getos de poco valor. La quinta, de que hace mención Cortés en sus 
cartas, eran unos pedazos de estaño. 

Vendíanse, y permutábanse las mercancías por numero, y por medi- 
da: pero no sabemos que se sirviesen de peso, o por que lo creyesen 



HISTORIA ANTIGUA DE ME6IG0. 

espuesto a fraudes, como dicen algunos escritores, o por que no lo 
juzgasen necesario, como dicen otros, o por que si lo usaron en efecto, 
no llegó a noticia de los Españoles *» 

Orden en los mercados. 

Para impedir los fraudes en los contratos, y el desorden en los ne- 
gocios, habia ciertos comisarios que giraban continuamente por el mer- 
cado, observando cuanto en él pasaba, y un tribunal de comercio, 
compuesto de doce jueces, que tenian sus sesiones en una casa de la 
plaza, y se encargaban de decidir las disputas entre los trancantes, y de 
entender en todos ¿os delitos cometidos en el mercado. De todos los 
efectos que se introducían en él, se pagaban derechos al rei, el cual 
por su parte se obligaba a que los mercaderes tubieran la imparcial ad- 
ministración de la justicia, y la seguridad de sus bienes y personas. 
Raras veces se oia de un robo en el mercado, tal era la vigilancia de 
los empleados, y tan pronto, y rigoroso el castigo que se le imponía. 
Pero ¿qué estraño es que se castigase el hurto, cuando ni aun se tole- 
rabáü desordenes mucho menores ? £1 laborioso, y sincero Motolinia 
cuenta como testigo ocular, que habiendo tenido áof mugeres una dis- 
puta'en el mercado de Tezcuco, y habiéndose atrevido una de ellas a 
poner las manos en la otra, y hacerle sangre, con horror del pueblo que 
no estaba acostumbrado a semejantes exesos en aquel lugar, la culpa- 
ble fue inmediatamente condenada a muerte. Todos los Españoles 
que concurrieron a aquellos mercados, los celebran con singulares elo- 
gios, y no hallan palabras con que describir su bella disposición, y el 
orden admirable que reinaba en tan gran muchedumbre de trancantes, 
y mercancías. 

Los mercados de Tezcuco, Tlascala, Cholula, Huejotcinco, y otros 
pueblos se celebraban del mismo modo que el de Megico. Del de 
Tlascala afirma Cortés que concurrían a él diariamente mas de treinta 
mil vendedores, aunque quizas deberá entenderse esto del mercado 
grande. Del de Tepeyacac, que no era ciudad mui considerable, 
dice el mismo Motolinia, que veinte y cuatro años después de la con* 
quista, cuando ya estaba mui decaído el comercio de aquellos pue- 

* Gomara dice que los Megicanos no conocían la invención del peso : pero no 
es verosímil que una nación tan laboriosa y traficante ignorase la utilidad de pe- 
sar los géneros de comercio, cuando de otras mucho menos cultas del continente 
Americano, consta, según el mismo autor, que se servían de balanzas para pesar 
el oro. i Cuantas cosas se ignoran de la antigüedad Americana por falta de in- 
vestigaciones diligentes, y oportunas ! 



CAMINOS Y PUENTES. 351 

blos, no se vendían en el mercado de cada cinco días, menos de ocho 
mil gallinas.Europeas, y que otras tantas se vendían en Acapetlayocao. 

Usos de los traficantes en sus viages. 
Cuando un traficante o mercader quería emprender un largo víage, 
convidaba a comer a los principales de su profesión que por su edad 
no salían a las mismas espediciones, y les declaraba su intento, y los 
motivos que tenia para trasladarse a otros países. Los convidados 
alababan su resolución, lo estimulaban a seguir las huellas de sus 
abuelos, especialmente si aquel era el primer viage, y le daban conse- 
jos saludables para su manejo, y conducta. Viajaban por lo común 
muchos juntos, para mayor seguridad. Cada uno llevaba en la mano 
un bastón negro, y liso, que decían ser la imagen de su dios Taca- 
teuctli, y con él se creían seguros de toda clase de peligros. Cuando 
llegaban a una posada, reunían, y ataban todos los bastones, les tribu- 
taban culto, y por la noche se sacaban sangre dos o tres veces, en honor 
de aquella divinidad. Durante el tiempo de la ausencia del mercader, su 
muger y sus hijos no se lavaban la cabeza (aunque podían bañJrse,) 
si no de ochentrven ochenta días, tanto en señal de pesadumbre, 
como por atraerse con aquella penitencia la protección de los dioses. 
Si el mercader moría en la espedicion, se enviaba la noticia a los 
mercaderes mas ancianos de su país, y estos la comunicaban a sus pa- 
rientes, los cuales inmediatamente hacían una estatua de pino, que re- 
presentaba al difunto, y celebraban con ella todas las ceremonias fúne- 
bres, como si fuera el cadáver verdadero. 

o 

Caminos, Posadas, Barcas, Puentes, ¿íc 

Para comodidad de los traficantes, y otros viageros, habia caminos 
públicos, que se componían todos los años, pasada la estación de las 
lluvias. En los montes, y en los sitios desiertos, habia casas labradas 
a proposito, para albergar a los caminantes, y en los ríos, barcas, 
puentes, y otras maquinas en que podían fácilmente pasarse. Las 
barcas eran cuadradas, chatas, sin quilla, ni palos, ni velas, ni otro 
artificio que los remos para manejarlas. Eran varias sus dimensiones. 
Las mas pequeñas apenas llevaban dos o tres personas, pero las habia 
para veinte o treinta. Algunas eran hechas de un tronco de árbol 
hueco. El numero de las que navegaban continuamente en el lago 
Megicano, pasaba de cincuenta mil, según los antiguos historiadores. 
Ademas de las barcas, se servían para el paso de los ríos, de un 
amafio particular,' llamado balsa por los Españoles. Era un tablado 



35® HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO^ 

cnadrado, y de cerca de cinco pies de largo, compuesto de otatli, o 
cañas solidas, atadas sobre algunas calabazas grandes, duras, y vacias. 
Sentábanse en ella cuatro o cinco pasageros a la vez, y eran conduci- 
dos de una orilla a otra, por uno, dos, o cuatro nadadores, que toma- 
ban un ángulo de la balsa con una mano, y nadaban con la otra. 
Todavía se usa de este artificio lejos de la capital, y yo pasé asi 
un rio de la Mijteca el año de 1739. Es un modo seguro de atra- 
vesar los nos cuando la corriente es igual, y tranquila, pero arriesgado 
en las impetuosas, y rápidas. 

Sus puentes eran de piedra, o de madera : pero los primeros no 
eran mui comunes. El puente mas singular de los usados en aquellos 
paises era el que los Españoles llamaron hamaca. Era un tegido de 
cuerdas naturales de cierto árbol, mas flexible que el mimbre, pero 
mas grueso, y fuerte, llamado en America bejuco, cuyas estremidades 
colgaban de dos arboles de las orillas opuestas, quedando el tegido 
colgando en medio, a guisa de columpio*. Todavía se ven puentes 
de esta especie en algunos rios. Los Españoles no se atreven a pa- 
sarldt), pero los Indios lo hacen con tanta intrepidez, como si pasasen 
el mas solido puente de piedra, sin curarse de If'. oscilaciones del 
tegidx), ni de la profundidad de la corriente. En general puede de- 
cirse que siendo todos los antiguos Megicanos buenos nadadores, 
no tenian necesidad de puente, si no cuando por la rapidez del agua, 
o por el peso que llevaban al hombro, no podian pasar a nado. 

Nada nos dicen los historiadores del comercio marítimo de los Me- 
gicanos. Probablemente no seria de mucha importancia, y sus barcas, 
que apenas se alejaban de la costa en uno, y otro mar, seriam princi- 
palmente empleadas en la pesca. Donde se hacia mayor trafico por 
agua era en el lago Megicano. Toda la piedra, la leña, la madera, 
el pescado, la mayor parte del maiz, de las legumbres, de las flores, y 
de las frutas, se transportaban por agua. El comercio de la capital 
con Tezcuco, con Jochimilco, con Chalco, con Cuitlahuac, y con las 
otras ciudades del lago se hacia también por agua, por lo que no es 
estraño que hubiese el gran numero de barcos de que ya se ha hecho 
mención. 

Hombres de Carga. 
Lo que no se transportaba por agua, se llevaba a hombro, y para 
esto habia una infinidad de hombres de carga, llamados Tlamama, o 

* Algunos puentes tienen las cuerdas tan tirantes que no vacilan, y todos están 
atados a los arboles con las mismas cuerdas de que se componen. 



LENGUA MEGICANA. 363 

Tlameme. Acostumbrábanse desde niños a aquel egercicio en que 
habian de emplearse toda su vida. La carga regular era de cerca de 
sesenta libras, y el camino diario que hacían, quince millas: pero 
hacian viages de doscientas, y trescientas millas, atravesando a 
veces escabrosas malezas, y montes empinados. A tan insoporta- 
bles fatigas los condenaba la falta de bestias de carga, y aun hoi 
día, apesar de abundar estas en aquellos países, se ve frecuente- 
mente a los Megícanos emprender grandes caminatas con una buena 
carga al hombro. Transportaban el algodón, el maíz, y otros efec- 
tos en los petlacallis, que eran unas cajas hechas de cierta especie 
de cañas, y cubiertas de cuero, las cuales, eran ligeras, y preser- 
vaban al mismo tiempo las mercancías de las injurias del sol, y del 
agua. Usanlas los Españoles en sus viages, y les dan el nombre 
de petacas. 

Lengua Megicana. 

No perjudicaban al comercio Megicano las muchas, y diferentes 
lenguas que se hablaban en aquellos países : por que en tod Js se 
aprendía, y habida la Megicana, que era la dominante. Esta 
era la lengua propia y natural de los Acolhuis, y de los Azte- 
ques*, y, según he dicho en otra parte, la de los Chichimecos, y 
Tolteques. 

La lengua Megicana, de que voi a dar alguna idea a los lectores, 
carece enteramente de las consonantes B, d, f, r, y s. Abundan en 
ella la L, la o, la T, la z, y los sonidos compuestos tl, y tz, pero con 
hacer t mto uso de la L, no hai una sola palabra que empiece con 
aquella letra. Tampoco hai voces agudas, si no tal cual vocativo. 
Casi todas las palabras tienen la penúltima silaba larga. Sus aspira- 
ciones son suaves, y ninguna de ellas es nasal. 

Apesar de la falta de aquellas consonantes, es idioma rico, culto, y 
sumamente espresivo : por lo que la han elogiado estraordinariamente 
todos los Europeos que la han aprendido, y muchos la han creído su- 
perior a la Griega, y a la Latina : pero aunque yo conosco sus singu- 

* Boturini dice que la exelencia de la lengua Megicana fue causa de que la 
adoptasen los Chichimecos, los Megícanos, y los Teochichimecos, dejando sus 
idiomas nativos : pero ademas de que esta opinión es opuesta a la de todos los 
historiadores, y a la de los Indios, no se halla en la historia la menor traza de se- 
mejante cambio. ¿ Cuando se ha visto una nación dejar su lengua por otra mejor, 
y especialmente una nación como la Megicana, y todas las otras, de aquellos paisas, 
tan adictas a sus respectivas idiomas ? . j*,; (jí^í-^. v'^í^í- 

TOMO I. 2 A 



354 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

lares ventajas, nunca osaré compararla a la primera de aquellas dos 
lenguas clasicas*. 

De su abundancia tenemos una buena prueba en la Historia Natu- 
ral del Dr. Hernández, pues describiendo en ella mil, y doscientas 
plantas del pais de Anahuac, doscientas, y mas especies de pájaros, y 
un gran numero de cuadrúpedos, reptiles, insectos, y metales, apenas 
hai un obgeto de estos al que no dé su nombre propio. Pero ¿ qué 
estraño es que abunde en voces significativas de obgetos materiales, 
cuando ninguna le falta de las que se necesitan para espresar las cosas 
espirituales? Los mas altos misterios de nuestra religión se hallan 
bien esplicados en lengua Megicana, sin necesidad de emplear voces 
estrangeras. El P. Acosta se maravilla de que teniendo idea los Me- 
gicanos de la existencia de un Ser Supremo, criador del cielo, y de la 
tierra, carescan de una voz correspondiente al Dios de los Españoles, 
al Deus de los Latinos, al Theos de los Griegos, al El de los Hebreos, 
y al Alah de los Árabes : por lo que los predicadores se han visto 
obligados a servirse del nombre Español : pero si este autor hubiese 
tenido alguna noticia de la lengua Megicana, hubiera sabido que lo 
mismo significa el Teoil de aquel idioma, que el Th$')s de los Griegos, 
y que la razón que tubieron los predicadores par 'servirse de la voz 
Dios, no fue otra que su exesivo escrúpulo, pues asi como quemaron 
las pinturas históricas de los Megicanos, sospechando en ellas alguna 
superstición, de lo que se queja con razón el mismo Acosta, asi tam- 
bién desecharon el nombre Teotl, por que habia servido para significar 
los falsos númenes que aquellos pueblos adoraban. Pero ;, no hubiera 
sido mejor adoptar el egemplo de San Pablo, el cual halli^ndo en 
Grecia adoptado el nombre Theos, para espresar unos dioses mucho 
mas abominables que los de los Megicanos, no solo se astubo de obligar 
a los Griegos a adorar el El, o el Adonai de los Hebreos, si no que se 
sirvió de la voz nacional, haciendo que desde entonces en adelante 
se entendiese por ella un Ser infinitamente perfecto, supremo, y 
eterno ? En efecto, muchos hombres sabios que han escrito después 
en lengua Megicana, se han valido sin inconveniente del nombre 
Teotl, asi como se sirven de Ipalnemoani, Tloque, Nahuoque, y otros 
que significan Ser Supremo, y que los Megicanos aplicaban a su Dios 
invisible. En una de mis disertaciones daré una lista de los autores 
que han escrito en Megicano sobre la religión, y sobre la moral Cris- 
tiana : otra de los nombres numerales de aquella lengua, y otra de las 

* Entre los encomiadores de la lengua Megicana se hallan algunos Franceses, 
y Flamencos, y muchos Alemanes, Italianos, y Españoles. 



LENGUA MEGICANA. 355 

voces significativas de las cosas metafísicas, y morales, para confundir 
la ignorancia, y la insolencia de un autor Francés*, que se atrevió a 
publicar que los Megicanos no podian contar mas allá del numero tres, 
ni espresar ideas morales y metafísicas, y que por la dureza de aquella 
lengua no ha habido Español que haya podido pronunciarla. Daré 
sus voces numerales con que podian contar hasta cuarenta y ocho 
millones, a lo menos, y haré ver cuan común ha sido entre los 
Españoles aquella lengua, y cuan bien la han sabido los que en ella 
han escrito. 

Faltan a la lengua Megicana, como a la Hebrea, y a la Francesa, 
los nombres superlativos, y como a la Hebrea, y a la mayor parte de 
las vivas de Europa, los comparativos ; pero los suplen con ciertas 
partículas equivalentes a las que en aquellas lenguas se adoptan con 
el mismo fin. Es mas abundante que la Italiana en diminutivos, y 
aumentativos, y mas que la Inglesa y todas las conocidas en nombres 
verbales, y astractos : pues apenas hai verbo de que no se formen 
verbales, y apenas hai sustantivo, y adgetivo de que no se formen 
astractos. Ni es menos fecunda en verbos que en nombres, phes de 
cada verbo saler ^ptros muchos de diferente significación. Chihua es 
hacer: chichihua, hacer aprisa; chihuilia, hacer a otro; chihualtia, 
mandar hacer; chihuatiuh, ir a hacer; chihuaco, venir a hacer; 
chiuhtiuh, ir haciendo, &c. Mas pudiera decir sobre este asunto, si 
me fuera licito traspasar los limites de la historia. 

El modo de conversar en Megicano varía según la condición de la 
persona de quien se habla, o con quien se habla, para lo cuál sirven 
cierta ' partículas que denotan respeto, y que se añaden a los nombres, 
a los verbos, a las preposiciones, y a los adverbios. Tatli quiere 
decir padre ; amota, vuestro padre ; amotatzin, vuestro señor padre. 
Tleco es subir, pero usado como mandato a una persona inferior es 
gitleco ; si como ruego a un superior, o persona respetable, gimot- 
lecahui, y si aun se quiere manifestar todavía mas sumisión magi- 
motlecahuitzino. Esta variedad, que tanta urbanidad y cultura da al 
idioma, no lo hace por eso mas difícil ; por que depende de reglas 
fijas y fáciles, en términos que no creo que exista uno que lo exeda 
en método, y regularidad. 

Los Megicanos tienen, como los Griegos, y otras naciones, la ven- 
taja de componer una palabra de dos, tres, y cuatro simples : pero lo 
hacen con mas economía que los Griegos, porque estos adoptan las 

* El autor de la obra intitulada Recherches Philosophiques sur les Americnins 

2 a2 



356 HISTORIA ANTIGUA DB MEGICO. 

voces casi enteras en la composición, y los Megicanos las cortan, qui- 
tándoles silabas, o a lo menos letras. Tlazotli quiere decir apreciada 
o amado; mahúitztic, honrado, y reverenciado; teopijqui, sacerdote; 
voz compuesta también de Teotl, Dios, y del verbo pia que significa 
guardar ; tatli, es padre, como ya hemos dicho. Para formar de 
estas cinco palabras una sola, quitan ocho consonantes, y cuatro 
vocales, y dicen por egemplo : notlazomahuizteopijcatatzin, que 
quiere decir, mi apreciable señor padre, y reverenciado sacerdote, 
añadiendo el no, que corresponde al pronombre mió, e igualmente el 
tzin, que es partícula reverencial. Esta palabra es familiarísima a los 
Indios cuando hablan con los sacerdotes, y especialmente cuando se 
confiesan, y, aunque se compone de tantas letras, no es de las mayores 
que tienen, pues hai algunas que por causa de las muchas voces de 
que se componen, tienen hasta quince o diez y seis silabas. 

De estas composiciones se valen para dar en una sola voz la defini- 
ción o la descripción de un obgeto. Asi se ve en los nombres de ani- 
males, y plantas que se hallan en la Historia Natural de Hernández, 
y en lí/s de los pueblos, que tan frecuentemente ocurren en la historia. 
Casi todos los nombres que impusieron a las ciudade»- y villas del im- 
perio Megicano son compuestos, y espresan la situación, o localidad 
de aquel punto, o alguna acción memorable de que fue teatro. Hai 
muchas locuciones espresivas que son otras tantas hipotiposis de los 
obgetos, y particularmente en asunto de amor. En fin todos los que 
aprenden aquella lengua, y ven su abundancia, su regularidad, y sus 
hermosísimas espresiones, son de parecer que semejante idioma no 
pu^de haber sido el de un pueblo bárbaro. c> 

Oratoria y Poesía. 
En una nación que poseia tan hermoso idioma no podían faltar 
oradores y poetas. Cultivaron en efecto los Megicanos aquellas dos 
artes, aunque estubieron mui lejos de conocer sus ventajas. Los que 
se destinaban a la oratoria, se acostumbraban desde niños a hablar con 
elegancia, y aprendian de memoria las mas famosas arengas de sus 
mayores que la tradición conservaba, trasmitiéndolas de padres a hijos. 
Su elocuencia lucia especialmente en las embajadas, en los consejos, 
y en las arengas gratulatorias que se dirigían a los nuevos reyes. 
Aunque sus mas celebres arengadores no pueden compararse con los 
oradores de las naciones cultas de Europa, es preciso confesar que 
sabian emplear graves raciocinios, y argumentos solidos, y elegantes, 
como se echa de ver en los trozos que se conservan de su elocuencia. 



ORATORIA Y POESÍA. 367 

Aun hoi, reducidos a tanta humillación, y privados de sus antiguas 
instituciones hacen en sus juntas razonamientos tan justos y bien 
coordinados, que causan maravilla a quien los oye. 

Los poetas eran aun mas numerosos que los arengadores. Sus 
versos observaban el metro, y la cadencia. En los fragmentos que aun 
existen hai versos que, en medio de las voces significativas, tienen 
ciertas iutergeciones, o silabas privadas de significación, que solo 
sirven para ajustarse al metro : mas quizas este era un abuso de que 
solo echaban mano los poetastros. Su lenguage poético era puro, 
ameno, brillante, figurado, y lleno de comparaciones con los obgetos 
mas agradables de la naturaleza, como las flores, los arboles, los arroyos, 
&c. En la poesia era donde con mas frecuencia se servian de las 
voces compuestas, y solian ser tan largas que con una sola se formaba 
un verso de los mayores. 

Los argumentos de sus composiciones eran mui variados. Compo- 
nian himnos en honor de sus dioses, o para implorar los bienes de que 
necesitaban, y los cantaban en los templos, y en los bailes sacros ; 
poemas históricos en que se referían los sucesos de la nación, y las 
acciones gloriosa^ Ajde sus héroes, y estos se cantaban en los bailes pro- 
fanos ; odas que contenían alguna moralidad, o documento útil ; 
finalmente, piezas amatorias, o descriptivas de la caza, o de algún otro 
asunto agradable, para cantarlas en los regocijos públicos del séptimo 
mes. Los compositores eran por lo común los sacerdotes, y enseñaban 
las poesías a los niños, a fin de que las cantasen cuando llegasen a 
mayor edad. En otra parte he hecho mención de las composiciones 
poéticas del célebre rei Nezahualcoyotl. El aprecio que aquel mo- 
narca hacia de la poesia, impulsó a sus subditos a cultivarla, y multiplicó 
los poetas en su corte. De uno de estos se cuenta en los anales de 
aquel reino, que habiendo sido condenado a muerte por no sé que 
delito, hizo en la cárcel unos versos, en los cuales se despedía del 
mundo de un modo tan tierno, y tan patético, que los músicos de 
palacio, sus amigos, formaron el proyecto de cantarlos al rei, y este 
se enterneció de tal manera, que concedió la vida al reo: suceso 
estraordinario en la historia de Acolhuacan, en que solo se hallan 
egemplos de la mayor severidad. Quisiera tener a las manos algunos 
fragmentos de los que he visto de la poesia de aquellas naciones, para 
satisfacer la curiosidad del publico*. 

* El P. Horacio Carocci docto Jesuíta Milanés, publicó algunos versos ele- 
gantes de los antiguos Megicanos, en su exelente Gramática Megicana, impresa 
en Megico a mitad del siglo pasado. 



358 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

Teatro Megicano. 

No solamente apreciaban los Megicanos la poesía linca, sino tam- 
bién la dramática. El teatro en que representaban sus dramas era 
un terraplén cuadrado, descubierto, situado en la plaza del mercado, 
o en el atrio inferior de algún templo, y bastante alto para poder ser 
visto por todos los espectadores. El que habia en la plaza de Tlate- 
lolco, era de piedra, y cal, según afirma Cortés, y tenia trece pies de 
alto, y de largo, por cada lado, treinta pasos. 

Boturini dice que las comedias Megicanas eran exelentes, y que 
entre las antigüedades que poseía en su curioso museo, habia dos 
composiciones dramáticas sobre las célebres apariciones de la Madre 
de Dios al neófito Megicano Juan Diego, en las que se notaba singular 
delicadeza, y dulzura en la espresion. Yo no he visto ninguna obra 
de esta especie, y aunque no dudo de la suavidad del lenguage usado 
en ellas, jamas podre creer que observasen las reglas del drama, ni 
que mereciesen los pomposos elogios que les da aquel escritor. Algo 
mas digna de crédito, y mas conforme al carácter de aquellos pueblos 
es la descripción de su teatro, y de sus represeutacj^jnes, dada por el 
P. Acosta, en la que hace mención de las que se daban en Cholula, 
con motivo de la fiesta del dio Quetzalcoatl. " Habia, dice, en el 
atrio del templo de aquel dios, un pequeño teatro de treinta pies en 
cuadro, curiosamente blanqueado, que adornaban con ramos, y aseaban 
con el mayor esmero, guarneciéndolo con arcos de plumas, y flores, 
y suspendiendo en ellos pájaros, conejos, y otros obgetos curiosos*. 
AUi se reunia el pueblo después de comer. Presentábanse los lictores, 
y hacian sus representaciones burlescas, fingiéndose sordos, resfriados, 
cojos, ciegos, y tullidos, los cuales figuraban ir a pedir la salud al idolo. 
Los sordos respondían despropósitos; los resfriados, tosiendo; los 
cojos, cogeando, y todos referían sus males, y miserias, con lo que 
exitaban la risa del auditorio. Seguían otros actores que hacian el 
papel de diferentes animales, unos vestidos a guisa de escarabajos, 
otros de sapos, otros de lagartijas, y se esplicaban unos a otros sus 
respectivas funciones, cada uno ponderando las suyas. Eran mui 
aplaudidos, por que sabían desempeñar sus papeles con sumo ingenio. 
Venían después unos muchachos del templo con alas de mariposa, y 

* Los Indios usan todavía los mismos adornos de arcos hechos con diferentes 
especies de frutas, flores, y animales. Los que yo vi dispuestos para la procesión 
del Corpus en el pueblo de Jamiltepec, capital de la provincia de Gicajan, eran 
de las cosas mas bellas y curiosas que se puede imaginar. 




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INSTRUMENTOS DE MÚSICOS . 



MÚSICA. 359 

de pájaros de diferentes colores, y subiendo a los arboles dispuestos 
al efecto, les tiraban los sacerdotes bolas de tierra con las cervatanas, 
añadiendo espresiones ridiculas en favor de unos, y contra otros. Por 
fin se hacia un gran baile compuesto de todos los actores, y asi termi- 
naba la función. Esto se hacia en las fiestas mas solemnes*." Esta 
descripción del P. Acosta recuerda las primeras escenas de los Griegos, 
y no dudamos que si el imperio Megicano hubiera durado un siglo 
mas, su teatro se hubiera reformado, como el de los Griegos se fue 
mejorando poco a poco. 

Los primeros religiosos que anunciaron el Evangelio a aquellas 
gentes, viéndolas tan inclinadas al canto, y a la poesía, y notando que 
en todas las composiciones del tiempo de su gentilismo habia muchas 
ideas supersticiosas, compusieron cánticos en lengua Megicana, en loor 
del verdadero Dios. El laborioso Franciscano Bernardino Sahagun 
compuso en puro y elegante Megicano, e imprimió en Megico, tres- 
cientos sesenta y cinco cánticos, uno para cada dia del año, llenos de 
los mas devotos y tiernos sentimientos religiosos, y aun hubo Indios 
que escribieron muchos sobre los mismos asuntos f. Boturini c')ta las 
composiciones d^ D. Frascisco Placido, gobernador de Azcapozalco, 
en loor de la Madre de Dios, y cantadas por él en los bailes sacros 
que con otros nobles Megicanos hacia delante de la famosa imagen de 
la Virgen de Guadalupe. Los celosos Franciscanos de aquel pais 
hicieron también composiciones dramáticas en Megicano, sobre los 
misterios de nuestra Religión. Entre otras fue raui celebrada la del 
juicio final, que compuso el infatigable misionero Andrés de Olmos, y 
fue representada en la iglesia de Tlatelolco, en presencia del primer 
▼irrei, y del primer arzobispo de Megico, con gran concurso de 
nobleza, y pueblo. 

Música. 
Mas imperfecta aun que su poesia era su música. No conocían 
los instrumentos de cuerda. Todos los que usaban se reduelan al 
huehuetl, al teponaztli, a las cornetas, a los caracoles marítimos, y a 
unas flautillas que despedían un son agudísimo. El huehuetl o tam- 
bor Megicano, era un cilindro de madera, de tres pies de alto, curiosa- 

♦ Acosta Historia Natural y Moral de ios Indios, lib. v, cap. 29. 

t La obra de Sahagun se imprimió según me parece en 1540. El Dr. Eguiara 
se queja en su Biblioteca Megicana de no haber podido tener a las manos un solo 
egemplar de ella. Yo he visto uno en la libreria del colegio de Jesuítas de la 
Puebla de los Angeles. 



360 HISTORIA ANTIGUA DE MEGICO. 

mente labrado, y pintado por la parte esterior, y cubierto en la supe- 
rior de una piel de ciervo, bien preparada, y estendida, que aflojaban 
o apretaban de cuando en cuando, para que el sonido fuese mas 
grave, o mas agudo. Tocábase con los dedos, y requería gran des- 
treza en el tocador. El teponaztli, que aun usan los Indios, es tam 
bien cilindrico y hueco, pero todo de madera,, y sin piel, y sin otra 
abertura que dos rayas largas en el medio, paralelas, y poco distantes 
una de otra. Se toca golpeando en el intervalo que media entre las 
dos rayas, con dos palos semejantes a los de nuestros tambores, pero 
cubiertos comunmente en su estremidad de ule, o resina elástica, para 
que sea mas suave el sonido. El tamaño de este instrumento varia 
considerablemente; los hai pequeños, que se suspenden al cuello, 
medianos, y otros de cinco pies de largo. El son que despiden es 
melancólico, y el de los mayores tan fuerte, que se oye a distancia de 
mas de dos millas. Este era todo el instrumental con que acompaña- 
ban sus Limnos. Su canto era duro, y fastidioso a oidos Europeos : 
mas a ellos daba tanto placer, que solian estarse cantando en sus 
fíestac OH diu entero. Esta fue el arte en que menos sobresalieron 
los Megicaoos. . 

Baile. 

Mus aunque su música era imperfecta, tenían hermosisimos bailen, 
en que se egercitaban desde niños, bajo la dirección de los sacerdotes. 
Eran de varías especies, y tenian otros tantos nombres que significa- 
ban o la calidad del baile, o las circunstancias de la fiesta en que se 
hacia. Bailaban unas veces en circulo, y otras en fila; en /ciertas 
ocasiones, hombres solos, y en otras, hombres y mugeres. Los nobles se 
vestian para el baile con sus tragos de gala, poníanse brazaletes, pen- 
dientes, y otros adornos de oro, joyas, y plumas, y llevaban en una mano 
un escudo cubierto también de bellas plumas, y en otra el ayacajtli, que 
era una cierta vasija de que después hablaré, semejante a una calabacilla, 
redonda u ovalada, con muchos agugeros, y llena de piedrecillas, que 
sacudian, y con cuyo sonido, que no era desagradable, acompañaban 
el de los instrumentos. Los plebeyos se disfrazaban a guisa de ani- 
males, con vestidos de papel, de plumas, o de pieles. 

El baile pequeño, que se hacia en los palacios, para diversión 
de los señores, o en los templos, por devoción particular, o en las 
casas cuando babia boda, o alguna función domestica, se componía de 
pocos bailarines, que formando dos lineas derechas, y paralelas, bai- 
laban o con el rostro vuelto acia una de las estremidades de su linea. 



BAILE. S6l 

O mirando cada uno al que tenia en frente, o cruzándose los de una 
linea, con los de otra, o separándose uno de cada linea, y bailando en 
el espacio intermedio, manteniéndose entre tanto quietos los otros. 

El baile grande, que se hacia en las plazas principales, o en el atrio 
inferior del templo mayor, era diferente del pequeño en el orden, en 
la forma, y en el numero de los que lo componian. Este era tan 
considerable que solian bailar juntas muchos centenares de personas. 
La música ocupaba el centro del atrio o de la plaza : junto a ella 
bailaban los señores, formando dos o tres circuios concéntricos, según 
el numero de ellos que concurria. A poca distancia de ellos se for- 
maban otros circuios de personas de clase inferior, y después de otro 
pequeño intervalo, otros mayores compuestos de jóvenes. Todos es- 
tos circuios tenian por centro el huehuetl, y el teponaztli. En el 
dibujo que damos del orden, y de la disposición de este baile, se 
representa una especie de rueda, en la cual los puntos denotan los 
bailarines, y los circuios, las figuras que hacian bailando. Los rayos 
de la rueda son tantos, cuantos son los que bailan en el circulo menor 
próximo a la música. Todos describian un circulo bailando, _,' nin- 
guno salia de su -qyo o linea. Los que bailaban junto a la música se 
movían con lentit\id, y gravedad, por ser menor el giro que debían 
hacer, y por esto era aquel el sitio de los señores, y de los nobles mas 
provectos : pero los que formaban el circulo esterior, o mas lejos de la 
música, se movían velocísimamente, para no perder la linea recta, ni 
faltar al compás que hacian, y dirigían los señores. 

El baile se hacia casi siempre con acompañamiento de canto : pero 
tanto r>te cuanto los movimientos de los que bailaban se sugetaban al 
compás de los instrumentos. En el canto entonaban dos un verso, y 
les respondían todos. Comunmente empezaba la música en tono 
grave, y los cantores en voz baja. Progresivamente apresuraban el 
compás, y levantaban la voz, y al mismo tiempo era mas vivo el movi- 
miento de los bailarines, y mas alegre el argumento de la canción. 
En el intervalo que dejaban las líneas de bailarines, solian bailar algu- 
nos bufones, imitando a otros pueblos en el trage, o con disfraces de 
fieras, y otros animales, y procurando hacer reír al pueblo con sus 
bufonadas. Cuando una comparsa o cuadrilla de bailarínes se can- 
saba, la reemplazaba otra, y asi continuaba el baile seis y ocho horas. 

Tales eran las formas de la danza ordinaria : pero había otras mui 
diferentes, en que o representaban algún misterio de su religión, o 
algún suceso de su historia, o alguna escena alusiva a la guerra, a la 
caza, o a la agricultura. 



362 HISTORIA ANTIGUA DK MEGICO. 

No solo bailaban los señores, los sacerdotes, y las muchachas de los 
seminarios, si no también el rei en el templo, por ceremonia de su 
religión, o para recreo en su palacio, teniendo en ambas circunstan- 
cias un puesto señalado, por respeto a su carácter. 

Habia, entre otros, un baile mui curioso, que aun usan los Yuca- 
taneses. Plantaban en el suelo un árbol de quince o veinte pies de 
alto, de cuya punta suspendían veinte o mas cordones, (según el nu- 
mero de bailarines) largos, y de colores diversos. Cada cual tomaba 
la estremidad colgante de un cordón, y empezaban a bailar al son de 
los instrumentos, cruzándose con mucha destreza, hasta formar, en 
tomo del árbol, un tegido con los cordones, observando en la distribu- 
ción do sus colores, cierto dibujo, y simetría. Cuando a fuerza de 
vueltas se habian acortado tanto los cordones que a penas podian 
sugetarlos, aun alzando mucho los brazos, deshacían lo hecho, con 
otras figuras, y pasos. También usan los Indios de Megico un baile 
antiguo, llamado vulgarmente tocotin, tan bello, honesto, y grave, 
que se practica en las fiestas de los templos Cristianos. 

Juegos. 

£1 teatro y el baile do eran las únicas diversiones de los Megicanos. 
Tenian también juegos públicos, para ciertas solemnidades, y privados 
para recreo domestico. A la primera clase pertenecía la carrera, en 
que empezaban a adiestrarse desde niños. En el segundo mes, y 
quizas en otros del año, habia juegos militares, en que las tropas 
representaban al pueblo una batalla campal : recreos ciertamente 
útiles al estado, pues ademas del inocente placer que dabi'u a los 
espectadores, ofrecían a los defensores de la patria los medios mas 
oportunos de agilitarse, y acostumbrarse a los peligros que los aguar- 
daban. 

Menos útil, pero mucho mas célebre que los otros, era el juego de 
los voladores, que se hacia en algunas grandes fiestas, y particular- 
mente en las seculares. Buscaban en los bosques un árbol altísimo, 
fuerte, y derecho, y después de haberle quitado las ramas, y la corteza, 
lo llevaban a la ciudad, y lo fijaban en medio de una gran plaza. En 
la estremidad superior metían un gran cilindro de madera, que los Es- 
pañoles llamaron mortero, por su semejanza con este utensilio. De 
esta pieza pendían cuatro cuerdas fuertes, que servían para sostener 
un bastidor cuadrado, también de madera. En el intervalo entre el 
cilindro y el bastidor, ataban otras cuatro cuerdas, y les daban tantas 
vueltas al rededor del árbol, cuantas debían dar los voladores. Estas 




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JUE&O DE LOS VOLADORES 



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JUEGOS. 363 

cuerdas se enfilaban por cuatro agugeros hechos en el medio de los 
cuatro pedazos de que constaba el bastidor. Los cuatro principales 
voladores, vestidos de águilas, o de otra clase de pájaros, subian con 
estraordinaria agilidad al árbol, por una cuerda que lo rodeaba hasta 
el bastidor. De este subian uno a uno sobre el cilindro, y después de 
haber bailado un poco, divirtiendo a la muchedumbre de espectadores, 
se ataban con la estremidad de las cuerdas enfiladas en el bastidor, y 
arrojándose con Ímpetu, empezaban su vuelo con las alas estendidas. 
El impulso de sus cuerpos ponia en movimiento al bastidor, y al cilin- 
dro ; el primero con sus giros desenvolvia las cuerdas de que pendían 
los voladores, asi que mientras mas se alargaban, mayores eran los cir- 
cuios que ellos describían. Mientras estos cuatro giraban, otro bailaba 
sobre el cilindro, tocando un tamboril, o tremolando una bandera, sin 
que lo amedrentase el peligro en que estaba de precipitarse desde tan 
gran altura. Los otros que estaban en el bastidor, pues solian subir 
diez o doce, cuando veian que los voladores daban la ultima vuelta, se 
lanzaban agarrados a las cuerdas, para llegar al mismo tiempo que 
ellos al suelo, entre los aplausos de la muchedumbre. Los que baja- 
ban por las cuerd ^, solian, para dar mayor muestra de habilidad, pasar 
de una a otra, en aquella parte en que por estar mas próximas, podian 
hacerlo con seguridad. 

Lo esencial de este juego consistía en proporcionar de tal modo la 
elevación del árbol, y la longitud de las cuerdas, que con trece vueltas 
exactas llegasen a tierra los cuatro voladores, para representar con 
aquel numero el siglo de cincuenta y dos años, compuesto, según he 
dicho. Je cuatro periodos de trece años cada uno. Todavía se usa 
esta diversión en aquellos países ; pero sin atención al numero de 
vueltas, y sin arreglarse en otras circunstancias a la forma antigua, 
pues el bastidor suele tener seis u ocho ángulos, según el numero de 
los voladores. En algunos pueblos ponen ciertos resguardos en el 
bastidor, para evitar las desgracias que han occurrído con frecuencia 
después de la conquista : porque siendo tan común en los ludíosla 
embriaguez, subian privados de razón al árbol, y perdían fácilmente el 
equilibrio en aquella altura, que, por lo común, es de sesenta píes. 

Entre los juegos peculiares de los Megicauos, el mas común, y el 
que mas los divertía, era el del balón. El sitio en que se jugaba, que 
se llamaba flachco, era, según la descripción de Torquemada, un es- 
pacio llano, ji cuadrilongo, de cerca de diez y ocho toesas de largo, y 
una anchura proporcionada, encerrado entre cuatro muros, mas gruesos 
en la parte inferior que en la superior, y mas bajos los laterales que los 



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dos de los frentes. Estos muros estaban blanqueados, y eran mni lisos., 
Su coronación se componia de merlones, y sobre los dos bajos habia 
dos Ídolos, que se colocaban a medianoche, en la que precedía a la ina- 
uguración del juego, con muchas ceremonias supersticiosas, mientras 
los sacerdotes bendecían el edificio, con otras del mismo genero. 

Asi lo describe Torquemada ; pero en algunas pinturas Megicanas 
que he visto, se representa la planta del juego, del modo que se ve en 
la estampa adjunta, que es muí diferente de la que indica aquel autor. 
Quizas habría diversas formas de edificios para jugarlo. Los ídolos 
colocados sobre los muros eran los de los dioses protectores del juego, 
cuyos nombres ignoro : pero sospecho que uno de ellos seria Oma- 
catl, dios de la alegría. El balón era de ule, o resina elástica, de tres 
o cuatro pulgadas de diámetro, y aunque pesado, botaba mas que el de 
aire, que se usa en Europa. Jugaban partidas de dos contra dos, y 
tres contra tres. Los jugadores estaban desnudos, y solo llevaban la 
cintura o majtlatl, que la decencia requería. Era condición esencial 
del juego no tocar el balón sino con la rodilla, con la coyuntura de la 
muñeca, o con el codo, y el que lo tocaba con la>mano, con el pie, o 
con otra parte del cuerpo, perdía un punto. El ju ador que lanzaba 
el balón al muro opuesto, o lo hacia botar en él, ganaba otro punto. 
Los pobres jugaban mazorcas de maíz, y aun a veces la libertad ; otros 
jugaban cierto numero de trages do algodón, y los ricos, alajas de or