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Full text of "Historia antigua y de la conquista de México"

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HISTOBIA ANTIGUA 



YDE.LA. 



CONQUISTA DE MÉXICO 

POB BL 

Lía MANUEL OROZCO Y BERRA, \ : 

líiee-pRsideiiie át la Sociedad de Oeografia y Eetadisüca, Socio de número de la Academia Mexicana, 
Indii^ldao correiiKmdiente de las Bealeí Academias Española y de la Historia, de Madrid; * 
B<»iorario de la Sociedad Arqueológica de Santiago de Chile, Sociedad Qeográfica 
de Roma, Sociedad Arqueológica de Paria j Oongreso internacional de 

Americanistas; Socio de número de la Sociedad de Histoxla ' 

Katural, y Honcnrario de las Sociedades Minera, 
Hnmboldt, Andrés del Bio, &c., &c. 



OITEOa ESTÁ OIKi i IIPnSAS T POR ORDIK DEL SÜPKEVO GOBUBKO OE U RIPDIII6Á HEUClXL 



Escribo biHJo el influjo de lo que he visto, 
leido ó calculado, y siempre buscando la ver^ 
dad y la Justicia^ Bespeto la religión, y sigo 
oonflado por el camino del progreso que es la 
ley impuesta á la humanidad. Subordino mis 
ideas i estos principios: Dios, la patriay late- 
milia. 



Tomo Primero. 



MÉXICO. 

TCPOOBAfÍA DE GONZALO A. ESTETA, 
Ban Juan de Letran número f, 

1880. 






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Está asegurada la propiedad literaria de la obra conforme á 
la ley. 



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Sr. Secretario del despacho de Jmticia é Ins- 
trucción jpública^ Lie. D. Ignacio Mariscal 

Riíego á V. acepte la dedicatoria de este primer 
volumen; cumplo en ello con un deber, y es solo un pe- 
queño testimonio del respeto y de la graiitud de 

El AxnroB. 



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PRÓLOGO. 



LA presente obra sale á luz, por acuerdo del Señor Presidente 
de la Bepública D. Porfirio Díaz, y orden del Señor Minisr- 
tro de Instrucción Pública D. Ignacio Mariscal Obligado 
como estoy á distinción tan inmerecida y favor tan singular, creo 
de mi deber comenzar dando la^ más expresivas gracias al Supre* 
mo Magistrado de la Nación y á su dignó Ministro por la honra 
que me dispensaron, la cual agradezco en lo íntimo del corazón; 
y ya que de mi pequenez nada pueda i^lir grande ni digno para 
recompensa, sea corta muestra de mis sentimientos este público 
testimonio de gratitud. 

Tuve intento de escribir un razonable prólogo para la obra, 
dando cuenta al lector de que, conforme al plan que me propuse^ 
la dividía en ci^atro partes intituladas: La oivilizacion. — ^Eii 

HOMBBE PEEmSTÓMOO EN MÉXICO* — ^HlSTORU ANTIGUA. — CONQUISTA 

DE MÉXICO. Ademas de explicar semejante división, había formado 
el propósito de disculparme del orgulloso atrevimiento de em- 
prender nueva labor acerca de la Historia antigua y de la Con* 
quista de México, ya que tan repetidas relaciones existen, así de. 
propios como de extraños, acerca de entrambas materias, com- 
pletas 7 auténticas, escritas algunas con galanura y fluidez, otras 
en sentido filosófico bien meditado, no faltando ésta ó aquella 
pintorescas y tan entretenidas que pueden cautivar la ima^ipj^ , 
don de la gente indocta y vulgar. Entre otras varias raz^és^ 
apoyaría principalmente mi defensa en el rumbo seguido por loe 
autores. Generalmente hablando, divídense éstos en dos opuesí-^ 
tas banderías. Los unos, preocupados por el amor de raza, pdor : 



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VI 






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el respeto á la religión^ por la diferencia de principios civiliza- 
dores, y urgidos por los tiempos en que vivían, ven con la luz de 
sus ojos preocupados los distantes objetos, y en su juicio apasio- 
nado desaparecen los indios por inútiles y bárbaros, llenando por 
completo el cuadro las robustas figuras de los castellanos. Los 
otros, igualmente descaminados por la influencia de los tiempos 
y de las ideas modificadas, hacen ostentoso alarde de patriotis- 
mo y de filosofía, sublimando más de lo merecido i* los indígenas 
y derribando de sus p.^<^tj)l^si^ ídfe^Jííd^ espp.ñoles. Entram- 
l>os juicios me parecen erróneos, por tocar en lo absoluto. Apar- 
tándome de estos 'extremos,.lie procurado buscar la verdad y la 
justicia: acaso yo también incurra en la censura porque me preo- 
cupe en favor de persona, hecho ó idea; que ningún hombre puede 
alcanzar la perfección de la rectitud del juicio y en lo inflexible 
déla voluntad, para ser imparciaL También me serviría de dit- 
culpa indicar, qué de algunos años á esta parte, en España y en 
Héxico, se ha dado ala estampa copia de interesantísiínosf docu- 
mentos sacados^ de los archivos, y curiosos y eruditos t^alvatoñ 
del olvido crónicas, relaciones y aun pequeños escritos de auto- 
res nacionales, ya en mexicano, ya en español, á todo lo cual ha- 
bría que añadir las pinturas en jeroglíficos que Corren en numero 
no despreciable en obras, ó sueltas, y algunas manuscritas. 

Pero llenar cumplidamente el propositóme Uevaríia muy lejos, 
por lo cual me resolví á abandonarlo, determinando dar al leétor, 
en pocas palabras, ía historia de mi libro. Los Señores D. Josa 
Aiitonio y D. Bernardo Méiidizábat y D. Sebastian Camacho, 
fuera de dispensarme ana amistad y muchas consideraciones, me 
proporcionaron un deslino en la (jasa de Moneda, del cual sacó 
el sustento de íni crecida familia. No éontéíntos con ello, me de- 
jaron dias libres^ la seniana pitra consagi^arme á mis estudios 
favoritos, realizando de esta mañera lá solución: del problema 
qué tanto me ha preocupado durante lia vida, teneií en un punto 
pan y tiempo. Por ingrato me tendría el lector bueno, si no die- 
ra publico testimonio á mis favorecedores, de la mucha estima 
'e'ñ^^qtie tengo su amistad y sus favores: mi. agradecimiento no 
pu^6 explicarlo con palabras. 

-.7 Puesto á la labor con fe y constancia, conducido de una citaá 
pira cita, eché de ver que mis libros no eran los suficientes, fal- 
lándome mayor número del que en mi poder tenía. A esto tam- 



• • • • • 



bien proveyó la amistad. £1 SeSor D. José Fernando Bamírez 
me bdJiqueó cuanto quise de su copiosa biblioteca, debiejí^^ 
Raímente á su fino carino, me diera parecer acerca de los pun- 
tos que le consultaba. Cuando aquella biblioteca pasó en parte 
i poder del Señor D. Alfredo Chavero, goce de la franquicia para 
usar de los libros con toda amplitud. Pero mi mayor ventaja res- 
pecto de este capitulo, la saqué y saco aún, de la muy es,cogjld)a 
librería, rica principalmente en manuscritos, de mi amigo y co- 
lega el Señor D. Joaquín García Icazbalceta, quien no ha tenido 
encubierto para mí ninguno de los muchos docjim^ntos raros^ á 
Teces únicos, que posee. De esta manera oomppend,©rá el le,otor, 
qae he contado con materiales abundantes y encogidos. 

Pasaron los años, y mi escj^^to, retocado á cada nueyo docu- 
mento que á mi poder llagaba, crecía, crecía en términos que m,e 
desalentaban, hasta lograr ponerle término, encerrándolo en cua- 
tro Yolúmenes razonables. Obstáculos insuperables se me opu- 
sieron para lograr la impresión, hasta que, como siempre, j,a 
amistad yino en mi auzüio. El Sr, p. Francisco Sosa, propuso 
en el Siglo XIX^ al Supremo Gobierno, que tomara por su cuen- 
ta los gastos de la obra; le apoyaron el Sr. D. José María Vijil, 
en el Monitor ItepuUicano\ el Sr. D. Santiago Bamíxez, en el Mi- 
^^0, y otras varias personas en diversos periódicos. Les agra- 
dezco tanto más sus buenos oficios, cuanto que fueron espontá- 
neos y sin que les precediera la más pequeña indicación mia. 
Eficaces resultaron aquellos artículos, pues inmediatamente' dis- 
pnso el Sr. Mi&istro I>. Ignacio Mariscal, que se procediera á 
pasar el manuscrito á la imprenta. 

Según la primera orden,, se imprimirían quinientos ejemplares, 
de los cuales se reservaba ciento el Gobierno, quedando en mi 
provecho los cuatrocientos restantes; pero después en una con- 
ferencia, que busqué para darle las gracias, el Sr. Ministro me 
significó de viva voz, que los ejemplares subirían á mil, de cuyo 
numero solo dispondría el Ministerio de doscientos: ademan me 
lÚKo la promesa de concederme la propiedad de la obra, luego 
que yo cumpliese con las formalidades prescritas por la ley. ]3á* 
cia este tiempo el Sr. D. Alfredo Chavero propuso en la Cámaira 
de Diputados sq incluyera en el presupuesto una partida para 
qitelaobra fuese impres^^ proposicipn admitida por unauipoiidad 
absoluta. Ignoro por cuál causa quedó olvida^A .1^ determina- 



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oíoDy que no quedó comprendida en el presupuesto. Comenzó 
la impresión en el mes de Junio del presente* año de 1880. A me- 
dida que los pliegos eran tirados, he repartido unos pocos acier- 
tos amigos mios, entre otros objetos, para que me dieran de 
nuevo su opinión, que ^a les tenía pedida, j me indicasen los 
errores en que incurriera, para subsanarlos en la mejor forma 
posible y en su oportunidad. 

Con una deferencia que en el alma estimo, el Sr. D. Joaquin 
García Icazbalceta se encargó de revisar las pruebas; sus conse- 
jos me son de suma utilidad. No terminaré sin comunicar al 
lector, que de mis hijos; Juan fuó mi dibujante topógrafo; Fer- 
nando el dibujante de figuras y Josó me prestó su trabajo en la 
copia de documentos. Inventario de reconocimientos resultó el 
prólogo. 

Siempre promovido por los buenos oficios de mi amigo el Sr. 
D. Francisco Sosa, el negocio de la publicación, que había sufri- 
do algunos contratiempos, quedó definitivamente arreglado por 
el decreto siguiente, que á la letra copio: 

"El Presidente de la Kepublica se h¿ servido dirigirme el de- 
creto que sigue: 

^^PORFIRIO DIAZ^ Presidente constitucional de los Estados- Uni- 
dos Mexicanos, d sus habitantes, sabed: 

"Que el Congreso de la Union ha decretado lo siguiente: 

"El Congreso de los Estados-Unidos Mexicanos decreta: 

"Artículo único. Se autoriza el gasto de ocho mil ($ 8.000) pa- 
ra la impresión de la "Historia Antigua de Mésico," escrita por 
el O. Manuel Orozco y Berra. — J. M. Couttólenne, Diputado pre- 
sidente. — Miguel Castellanos Sánchez, Senador presidente. — JErnie-- 
teño de la Garza, Diputado secretario.— jEViWg'we María Rubio, 
Senador secretario. 

"Por tanto, mando se imprima, publique, circule y se le dé el 
debido cumplimiento. 

'*Dado en el Palacio del Poder Ejecutivo Federal, en México^ 
á 15 de Octubre de 1880. — Porfirio Díaz. — Al Secretario de Es- 
piado y del Despacho de Hacienda y Crédito público, Manuel J. 
•ídro. 

**T lo comunico á V. para los efectod correspondientes- 

"Libertad en la Constitución, México, 15 de Octubre de 1880.^ 
—roro.— Al...." 



IX 

Sin falsa módeetia, me preocupa reciamente, tengo miedo del 
juicio que el lector sensato forme de la obra. Sé que el hombre, 
aun el mejor dotado por la ProTÍdencia, es trunco é imperfecto 
7 sujeto por lo mismo al error; los más acabados productos, del 
ingenio presentan lunares y defectos; no siempre atina el juicio 
á encontrar la verdad, aun cuando lo intente con ánimo recto. 
¿Qué será de mí, entregado á mis propias fuerzas, más imperfec- 
to 7 trunco que los demás? Buena fe, estudio 7 trabajo me reco- 
nocerá el lector, 7 si el libro no es bueno lo perdonará siquiera 
en amor de la recta intención. 



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PRIMERA PARTE 

LA CIVILIZACIÓN 



LIBRO I 



CAPÍTULO I 

LA mitología (de mythos, £ábnla> y logoa, discurso), no 6B tin 
ccmociinieiito de vaaia curiosidad. Forma parte de la histo- 
ria relatando, si bien en manera enigmática, los grandes cataclis*' 
moedel mundo ó las hmsB&as de los hombres distíngtúdos; perte** 
neoe á la religión al enumerar los hechos de los dioses y sn culto; 
oorresponde á la moral en tanto que explica laás reglas de conducta 
á que los creyentes se sigetan; cae bajo el dominio de la filosofía, 
al juzgar por-las leyendas del estado de adelanto alcan£a4o pot 
d pueblo que las adopta. Necesidad ó simple especulación ur* 
^ al hombre para darse cuenta de los objetos que le rodean* 
Impaciente por explicarlo todo, cuando no alcanea la solución 
de xm problema, inventa una hipótesis; si el hecho está fuera 
de la observación, si la inteligencia no puede entenderle, ni aún 
siquiera definirle, ó bien le niega con pretenciosa indiferencia» 
ó se conforma con un mito de su propia cosecha, tanto más 
apredable para él cuanto más confuso y enredado es. Las 
caestiones que más le importan son las relacionadas con su per* 
sooa. ¿De dónde viene? ¿Cuál es su destino en este mundo? 
¿Qué término habrá más allá del sepulcro? Su vida en el plane- 
ta la arregla por la religión, las leyes y las costumbres; en cuan- 



to á lo demás, presa de su propia ceguedad, da rienda suelta á 
la imaginación, y á falta de verdades reconocidas, se conforma 
con mentiras manifiestas. 

La mitología mexicana comienza naturalmente por los oríge- 
nes de los dioses, de la creación y del género humano. La pri- 
mera leyenda, bien bella por cierto, se refiere á los cuatro soles 
cosmogónicos. Los autores no van conformes en el orden suce- 
sivo de esos soles, ni en su número; aunque están acordes en los 
hechos mismos. Cuentan los unos, haber habido tres pretéritos 
y estar en uno de presente, es decir, cuatro; otros señalan cua- 
tro pasados y uno actual, esto es, cinco: en cuanto al tiempo, 
varían entre períodos cortos ó muy prolongados. (1) Las causas 
de esta confusión son varias, asignando entre ellas la incuria de 
los copiantes de opiniones ajenas; la ignorancia en las pinturas 
jeroglíficas; la errada idea de corregir por raciocinios y consi- 
deraciones los hechos acontecidos, enmendando la plana á los 
escritores indígenas á fuer de ser ellos hombres civilizados: no 
pequeña parte en el embrollo tienen, quienes por dar novedad á 
sus escritos, sacan á relucir sistemas no abonados por la verdad 
y aun tal vez mentirosos inventos. 

Adoptamos la versión conservada por el Códice Vaticano: (2) 
BS.un documento auténtico, que debe ser preferido en el laberin- 
to de las opiniones, y que cuenta en su apoyo algunas de las mág^ 
respetables de los autores nacionales: seguimos también, aunque 
en parte, la explicación que acompaña á la pintura (3). ''Exami- 
nando en Roma el Cod. Vaticanus, num. 3 J38, dice Humboldt, 
{4) copiado en 1566 por el religioso dominico Pedro de los Eios, 
encontré el dibujo mexicano representado en la lám. XXYL Este 
pionumento histórico es tanto más curioso, cuanto que indica la 
duración de cada edad por medio de signos cuyo valor conoce* 



(1) IxUilzochiÜ, Sumaria relac. de la hist. gen., MS.— Bottmni, Idea de una nueva 
hÍ0L gen., pág. 8.— Olavigero, hist antíg., tom. I, pág. 265.— Veytia, hist antig., 
tom. I, pág. 33. — Gomara, segunda parte, cap. OLXXXXIL — Gama, § 62, pág. i«4. 
— Humboldt, Yues des oordilléres, tom. n, pág. 118. &c,, ko, 

(2) A copy oí a Mexican manusorípt, preserved in the Library of the Yatican: 
149 pages. Marked No 8,788. Kingsborough, tom. II. 

(8) Spiegazione deUe taróle del Godioe Mexicano, che si conserva nella BibUoteoa 
Vaticana, Al no. 8,788. MS. Eingsborough, tom. V. pág. ^59 y sig. 
«,(4) Yues des Cordilléres, tom. n, pág. 118. 



mos. En el comentario del P. Rios está enteramente confundido 
el orden en el cnal se han sncedido las catástrofes, pues el dilu- 
vio que es la láltima, está considerada como la primera. El mismo 
eiror se encuentra en las obras de Gomara, de Olavigero (*) y de 
la mayor parte de los autores españoles, que olvidando que los 
mexicanos colocaban sus 'jeroglíficos de derecha á izquierda, co- 
menzando por la parte inferior de la página, invirtieron necesa- 
riamente el orden de las cuatro destrucciones del mundo. Indi- 
caré el orden seguido en la pintura mexicana de la biblioteca del 
Vaticano, y como se dice en una muy curiosa historia escrita en 
lengua asrteca^ cuyos fragmentos fueron conservados por el indio 
Femando de Alba IxtMlxochitl (**). El testimonio dé un autor in- 
dígena y la copia de una pintura mexicana, hecha en México po- 
co tiempo después derla conquista, merecen sin duda más con- 
fianza que la relación de los historiadores españoles. La discor- 
dancia provenida de la causa acabada de indicar, sólo influye en 
el orden de las destrucciones, porque las circunstancias de cada 
nna están referidas de la macera más uniforme por Gomara, Pe- 
dro de los Bios, Ixtlilxochitl, Clavigero y Gama." 

El comentador del Códice Vaticano coloca las destrucciones 
en esta forma: 1^ Atonaiiuh ó sol de agua; 2^, Ehecatonatiuh ó 
sol de aire; 8% Tletonatiuh ó sol de fuego; 4% Tlaltonatiuh ó sol 
de tierra: este es el orden verdadera Humboldt, guiado por las 
consid iracionei^ que expone, invierte la colocación en este modo: 
Haltonatiuh, Tletonatiuh, Ehecatonatiuh, Atonatiuh, lo cual no va 
de acuerdo con el MS. azteca citado por Gama, que pone Tlalto- 
natiuh, Ehecatonatiuh, Tletonatiuh, Atonatiuh, ni conforme tam- 
poco con Ixtlilxochitl, quien escribe Atonatiuh, Tlaltonatiuh, 
Ehecatonatiuh, Tletonatiuh, si bien cambia esta secuela en otra 
de sus relacione& Si Humboldt no tiene justicia en estos aser- 
tos, la alcanza de sobra al asentar la manera de ser leída una pá- 
gina jerc^lífíca; pero si la regla es general, tiene la excepción de 
caando el relato va seguido en línea recta, y aun de izquierda á 
derecha, como acontece en la pintura sincrónica de Tepechpan, 
y otras. El Códice Vaticano es una de estas excepciones. Ademas 
el cambio se ha hecho intencionalmente por aquellos escrífores. 



(*) Storia antíca del Messico, tom. II, pág. 57. 

(♦•) Gaina, § 62, pág. 97. Boturini, Cat del Muí^o, § VIII, nüm. 13. 



6 

que impulsados del deseo cristiano, en manera aigona autorvsa* 
do, de ajustiur las tradiciones indias con las reüdades bíblicas, 
no titubearon en llevar al último lugar el AtoaatiiLli para hacer- 
lo coincidir oon el diluvio de lHoé. Delante déla pintura origi* 
nal^ del dooum^ito auténtico» desaparece todo linaje de conside- 
raciones; la página relata la genuina tradidcoi .del pueblo á que 
pertenece; la lectura propia es la dada por eü ooflientador. 

''Entre todos los rasgos de aaaloiB^ prosigue Huaiboldib (1) 
observados en los monumentos» en las costumbares y en las tra- 
diciones de los pueblos de Asia y de Amanea» el más ]MtIt)áble es 
el preseaitadQ por la mitología mexicaoia» en la ficción. <iQsm<^;ó^ 
nica de las deatrucciones y de las regeseramonaa pex\^cas del 
universo. Se remonta hasta la más alta antigüedad esa. ficción, 
que suponiendo la materia indestructible y atribuyendo' al espa- 
cio lo que parece pertenecer solo al tiempo» liga la l^c^dion de 
ciertos grandes ciclos á la idea de la renovación del mundo. Los 
Ubrqg sagrados de los hindus, principalmente los Mágavaia Fovr 
Tááfia^ hablan ya de las cuatro edades j de losjpro^dj^ó cataclis- 
mos que en diversas épocas hicieron perecer la ea^óie huma- 
na. (^) Existen en la mesa del Tibet {^} una tradiiáon de cinco 
odades» análoga á la da los mexieanos. 81 es verdad que eatafic- 
<yion astrológica» traslormada en base de un sistema particular 
de cosmogonía» nació en el Hindostán» es también probable que 
die ahi pasara á los pueblos occidentates» por el Iron y la Caldea. 
'Si> puede desooaiocerae la semejansa entre la tradición hindú de 
loa ¡fvgas y de los kcdpas^ los ciclos da los habitantes antiguos de 
ütruña» y esa serie de generacicmes destruidas» caracterizadas 
por Besiodo ba|o el emblema de loa cuatro metales." 

£n efecto», la analogía es palpaMe; veámoslo. 

£1 primer sol» más bkm edad» apoca» se nombí^ Abmatiuk, de 
aíl, agua, y testaiiuht sol: sonando el compuesto» sol de agua» 
diluvioi ó como qmere Boturini» pirimfír^ euamt eóhxr qve deaértt^ 
yeron las of/uas. Según el dominicano Bios» llamóae el período 
Ocmmálal, ^he vuol diré la testa bianca." La pintura del Gódioe 



(1) Loco cit. 

(*) Hamilton y Langles» Catalogue des Mantisorits sanskrits de la BibL impér. ; 
p. 18. Bech. asiatiques, Tom. II, pág. 171. Moor, Hinda Pantheón, p. 27 et 101. 
(**) Georgi, Alphab. Tibetanum, p. 220. 



V . * ^' 




VíitieaDa 66iá compuesta dei afrobolo o&t foooQOQible en el oolor 
Mdy los «pé&difies termuubdoft en peopteSos ofnmlos oonoéniri- 
00& Deoiix) ddi agoa se distingue él símbolo ooii^ casa, c<m im 
Iiombr0:liiioaEido el tmso j la oalnssa^ para signiñoar la snmev^ 
«üm deies edifieioo y sub moradores; ae ven nadando dos pe^ 
iffA^^iÓBko'pompsb ésijos sean los liábhantea del líquido ele«. 

porque^ ssgnn la tsadioíon^ los bomhses qnedioron 
en Tlooomxim^ pecsooas peaoaijIoB. ilota al medio 

vsi madero akueoado» QJba3B&^ oanoa, segnn lo in- 

oonteniendo im bombre y lina mnjer^ q1 tínioo par 

esoapado al pei^ro, guardando el foago del bogu: 

ku bsarea estaba oonstraida de nn tronco da 

ide el eataclismo 1^ diosa Matlaloneye ó €hal'* 
con sns atiibiitos del agoa y de las Ihrviasi. cxtal si 
ba^M'jij^eielo condnoída por el raya El día ^i qtie aooaxteeid 
k)ÍMÍ»j(jfcc^ loa el señalado con et signo vwÜákdBá aü: el Talos 
del psi^rijáb "TO inaroado cc^ 

kmsydt tevmínado poi^ im» eqpeda de plnma^ Ta)d cnatrooieB* 
k^ cada oiroitlülo m^Kir, indica mía imidad: así la dnracioxi de^ 
la ^oea^ldé de 4<X)8 años. 

Ia segsada edad es JEEieMrft)itatf iiA, ded^eoo^ viento, y fosoíMci; 
«lena, dwi4® vtonta 6 termlnad<> por 1^^ BioslellaiBa 

^^fibsseteii^ y arfo» 9/wefju^ Bn la pactC' superior é» la pintora 
lyageee ei sfauboto ftmolfcft, en sola una miti^ denotando ^pie ei 
8ol 68t& mepgnado 6. roto; llevn nna canda en forma de culebra» 
ptMsgiot del desastre y atributo de QoetzalooatL iSste dios, cual 
aisslierftji^f^ astro, saca la cal)«zay los brasos^ Uefrando ea las 
manos súá^te^sos earaetetísticos^ el báculo y- nn manojade phih 
lus de qéoéoBO^ KÓtsoise castra cabezas fantásticas, símbda de 
eieeoii, sj^^uífioaado qne los vientos se desencadenaron de loa coa* 
iro pnnAe^Mierdinales, as£ como las Uneas fozmandc^ yacnadwtf^ 
inos, ya JjjMaras iMerlte de tres lac^, <pie el soplo varió en to^ 
dasdireé^í^KBs. Las Maeaa ániaariíKas, de pnntos y rgcnrvaa^ sim?-^ 
Mifluí ld^ii|>motiTios formados por el pohra En medio de este 
desorden sé^agitan los monos, esBL que, segnn hk tradi^km, faeroü 
mxvertidds los bombrea D^itro de ana gruta convearsan tran^ 
qiabmente. nn bombre j tma mxt}er, el par privilegiada escapado 
i la furia de los huracanes que destruyeron el género humano; 
8&lTiron^é ellos y también el fuego djsl bogan Acontedó el ca- 









rossa." Presenta la estampa nna figura semejante á la 
ana olla de bcmro. comUL tomada del cuello á la boca; 1xiíáxii&p^< ; 
los lados opuestos laterales poír unas fajas curras, maSi^ú;^^ ^\'¡ 
ÜaMf tierra» distinguible en los cuadriláteros altern«|L»d0,.3j^-> 
versos colores acompañados de hojas de plantas. Í^HPíp^^PÍf^ *« * 
dibujo es rojo, dando ¿^entender el conjunto, que lnljlg)[ii'j>¿ lít^/ -. 
abierto en profundas grietas, en cuyo fondo hierve ^jMHGÍDáitlB^ •^ : 
terráneo como en un puchero, y el líquido encendii 
sobre la superficie exterior: en este cataclismo per< 
humano al embate de las erupciones volcánicas y 
fuego. En medio de la abra se distingue al dios 
Tletl, el fuego señor del año, saliendo del cráter de] 
lanzando con ambas manos hacía la tierra la lluvia d^ífiSW^ •' sS^r ' : 
guele la cauda cometaria del fuego y del rayo, práiánn^i oe'^^^^^^^ •; 
sastre. En la parte menos atormentada se ve repetid^^^|s Ve!á€^ 
el mímico ótzSt, atravesado por unas yerbas, avisando^jgfpí sóbj^ef/ >■ . 
los edificios destruidos brotó la vegetación. Vuelan ilii^^p^aixisí^^ 
azorados y con el pico abierto; son los únicos animal^lFiS^Í^I^^ '. 
en el cuadro. Dentro de una gruta, llenos de espantogH^ ; 

dlca su color amarillo, conv^san la mujer y el hom1b|}^,|^Íüvaái^ 
tínicamente de la espantosa catástrofe. Aconteció en^^s^O'dftK ;/ 
Kxmjihvi oUinf nueve movimientos, y duró la edad 48(kt>Íbaoíu ;/'^ ' 
TUtímjoii'ah^ de Üaüiy tierra; sol de tierra, cuarta y^^^^Waedad^":^;. 
denominada por Bios, ''Etá delli capelli neri." La ^|ína «no pró^: .' ' 
dujo los acostumbrados frutos, y los hombres pere^mj^de ham*^ . v; 
bre. El dibujo asume una figura triangular, term^^'. lateral-; V 
mente por un cordón ó torzal de los tallos de las j^S^^e^ trepar- ^. 
doras con hojas y flores. La diosa Xochiquet2al, flU^jde quáíKOri 
Uiy baja impelida de lo alto y empuña lasttores terniÉ^áfai^ délos 
cordones, cual si los llevara ha<^ los hombres: ^^^j¥inidad 
era especialmente venerada como diosa de los Bmom0. duran- 
te el mes Quechblli le sacrificaban muchas doncell^úHpJ^* Aa^^ 
de la divinidad se notan unas semillas arrojando hojáft y flores,- 'V, 
cual si terminada ya la esterilidad volviera el suelo. -¿f producir, \!- 

(1) Totqnemada^ lib. X, cap XXXV. 



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sos saeonados frutos. Yénse á la derecha un hombre y una mu- 
jer, llevando en la una mano flores ó frutos, y en la otr^ una ban- 
dera; Humboldt (1) dice ser un instrumento cortante; no, la ban- 
dera como carácter numeral siginflca veinte, y en este caso, podría 
decir que igual número era el de las parejas salvadas, ó bien que 
los frutos habían sido recojidos veinte años después de la este- 
rilidad; y pudiera también ser signo de fiesta y regocijo como en 
el mes Panquetzali2tli, nombre deriyado depantU, bandera. Una 
sola figura de hombre, con los mismos objetos en las manos, vie- 
ne como á incorporarse con la pareja del lado opuesto. Duró es- 
ta edad 5,206 años (2). 

Conforme á esta leyenda el mundo fué creado en un año ce tec- 
paü, Tecpatl, pedernal ó silex, es el símbolo del fuego; en este 
signo salió el mundo del caos; no se dice si por vdlxmtad y pode- 
ú> de los diosea, si bien se comprende haber sido de esta mane- 
ra^ según, las pinturas mismas que hacen presidir á las divinida-^, 
des en los diversos oataclismoa Ce iecpaü^ es el principio del 
tiempo y de la cronología. Tampoco se dice cuando fuera creado 
el hombre, aunque se advierte que sufrió de presente el rigor de 
aquellas plagae. Cluatro veces la humanidad fué destruida por 
grandes eatadigmos; primero, por un diluvio en que perecen los 
seres, á excepción de un hombre y de una mujer, padres de la 
Bneva humanidad; después por grandes huracanes que todo lo 
ancasan, salvándose el matrimonio que repoblará el mundo; gran- 
des erupciones volcánicas remueven la corteza del planeta, des- 
truyen tercera v«z la especie humana, salvándose todavía el par 
destinado á perpetuar las razas; por ultimo, la tierra niega sus 
frates, se estremece al impulso de los terremotos, y viene á termi- 
nar las revoluciones del mundo. Estas renovaciones periódicas 
se verifican por el agua, el aire, el fuego y la tierra; los cua^o 
elementos constitutÍTos de todas las coisas, no solo en las ereen- 
eias de los pueblos americanos, sino taínbien en las de los pue- 
ble» civilizados del antiguo mundo. 

Cuatro soles fueron extinguidos por las divinidades á las cua- 
les estaban consagrados los elementos. Según lo que de las pin- 
toras se desprende, tres veces pereció el género humano, y otras 



(1) Vnes des CordiUéres, pag, 124. 

(2) Véase Anales del Museo liaoianal, tom. 1, pág. 3d9 y sigiiientes. 



V 



10 

tttOLtas fué repoblada la tierra por la pareja salvada del eataclia- 
mo« En el, cuarto período no snoediá aaí; ademas del hombre j 
de la mujer, tal ves de veinte ¿unilias, como pueden indicarlo la« 
banderas, quedaron aun otros habitantes. Si en las anteriores 
pinturas ha; designio de explicar una catástrofe, en la ultimase 
ve el intento de poner á la vista una escena alegre; los colores 
del cuadro son agradables, {Mreside la diosa Xochiquetzal de los 
lícitos amores. Más bien que á conmemorar la calamidad del 
hambre, parece dirijida ¿ señalar el término de la esterilidad de 
la tierra. Según los estudios hechos por mi amigo Alfredo Oha- 
vero, este sol postrero, más bien época cosmogónica, conmemo*- 
ra la destrucción del reino de ToUan, acabado por la peste, el 
hambre y la guerra. 

^Las cuatro edades designadas bajo el nombre de soles, dice 
Humboldt (1) componen un total de 18,028 aáos, es decir, seia 
mil años más que las cuatro edades persas descritas en el Zend* 
Avesta (*)• No v^o indicado en parte alguna cuántos fueron los 
años transcurridos desde el diluvio de Ooxcox hasta el sacrificio 
de Tlalixca, ó hasta la reforma del calendario azteca; sea cual 
fuere la relación que se les atribuya^ resulta si^npre que los me*'- 
xmanos daban al mundo una duración de má^ de veinte mil aao& 
Esta duración ocmtrasta sin duda ccm el gran período délos hin* 
dus que cuenta 4320,000 anos, y í|fQbre*todo oon la ficdon cosmo- 
gánica de los tibetanos, según la cual la especie humana ctltata 
yadíea y oeho evoluciones» compuesta cada una de muchos jpacMí 
eíqpresadoa por cantidades de sesenta y dos cíísoa: {**) sin em* 
borgo» muy notable ee encontraír en un pueblo americano los días 
y los anos en que el mundo sufrió grandes catástarofes, hace más 
de veinte siglos, por el mismo sistema de catendario usado á la 
llegada de Cortés." 

B. Antonio de León y Qama, (2) siguiendo la versión de un 
Ma. mexicano, dice: ^K3reyeron que el sol había muerto cuatro 
veces, ó que hubo cuatro sole% que habían acabado en otros tan^ 
tos tiempos 6 edades; y que el quinto sol era el que actualmente 
loe alumbraba. Oontaban por primera edad ó duración del pri- 

(1) Loco oit, pág. 128. 

(*) Anquetil; Zend^Aveéta, tomo II, pág. 852. 
(♦♦) Alphab. Tibet, pág. 472. 

(2) Desoríp. de Im piedras, primera parte, iníiiL 62, pág. 94. 



11 

* 

opr sol 676 anos» al fia 4^ loa coaL^pis en nno nombrado ce acaü^ 
estando el sol en el signo mhm ocdoü^ se destTU7ero^ los honjL* 
1»^ {ftltái^doles Ua 8í^$l^llc^3i j 4^11^^ s[ianteni;mientos, y faetón 
moertos 7 coñudos por los iÁgl^ 4 t^cumd, que ex^n unos imima- 
1^ feroces; acabwdo co^ ellos jimiam^nte el prixAer sol, cuya 
jlfistracoion duró el tieiVApq 4^43 ^^^ X^ segunda edod y fin 
del segundo sad fingÍ6rQQ{^^Ii|4>ía sid<> estando. ési)e e9 el signo 
«Mte^' a¿^o^ €^ qn^ ^oa l^iV^^ 

^Maolisron 1^ easaa y se Uera^on ^ los bc^nlweSi de los eualea 
quedaron alfipiuaos eon\er|i4oa w xM^dSLa^ esta segunda d^a- 

iniocion aconteció en el ano ce toepeM á los 364 de la prinstera» y 
ea el relexido día nahm éh&^aíL En otro wo nonij^rado también 
oe ieqpoíü^ l^biendo pasado otros 312 anos de la i^gunda destrue- 
mi, dicen (|ue sucedió la ter^ri^ y fin del teroeffo solj estando 
é9t9enelsigno9Ux^9i«úiAt¿i¿Zi en quefuesi^o^ despidos con fuego 
j couTertidos ea aves. Y finaUne^t^ 1% <Hiarta ves» en que fingie- 
ron haber apabadQ el Q^arto ^o\ fué en el Piluvio» en que pere* 
deronlos hjombre8suiQM:gi4psdmtro ^ agua¿ los que supu0ie* 
iQH haberse convertido en pescados del nmr¿ y. esta destruoaian 
dicen que fué á Ic^ ^ woa de la ter^ra^ ea uno ncHubmdo <« de8¿, 
; ^u el dia nombrado wdm aiík'* 

Loa cuatro soles ^ .^te finito terp^ÍQa?on por la tierra, el 
viento» el fue£^ y el agucu^ ^1 periodq totid se eleva & X,4D1 anoa^ 
Goioparado con el órde^ de los aol^ y el período de 18^028 anoa 
admitidos por el Códi^ Ya^qam» la difepi^ucia es ^nearn^ I^ 
Tordadera tradición ea la del Ciódice» £1 escritor mexicano tras- 
tomo loa soles pa^ dejar com^ ppsiafrero el diluvio» y reb9jó el 
^r de los simios caronográfiiCO^t poifque in^droso de los tiempos 
en que vivía y urgido por la ense^an?^ religiosa^ nada se atrevido 
i decir contra las doctrii^a^ cri8t|a^as. Pero el período má^doiko 
j el Tníuiujto tienen ^ misQio fnndamumtoi ningiWQ de ellos puede 
8^ admitido con^ y^líclfad incfHí^overtible. 

La leyeoiida más gemüna acercí^ de la creación del quinto sol, 
ea )a recogida por el R Saha^in (1). "Peinan que antes que hu- 
Itiese dia en el mundo, que^ se íuntaron los dioses en aquel lugar 
^ se Uama l^eutioacan, (que es el pueblo de San Juan entre 
CtÚQonauIítlan y Qtumba), dijeron los unos á los otros: ^'dioses, 

(1) lib. YU, Q$p. II, tom. n, pág. 246. 



I 



12 

m 

¿quién tendrá cargo de alumbrar el mundo?'* luego á estas pala- 
bras respondió un dios que se llamaba Tecuciztecatl y dijo: "Yo 
tomo á cargo de alumbrar el mundo:" luego otra vez hablaron 
los dioses y dijeron: "¿quién será otro más?" al instante se mira* 
ron los unos á los otros, y conferían qxtiéñ sería el otro, y ningu- 
no de ellos osaba ofrecerse á aquel oficio, todos temían, y se 
excusabim. Uno de los dioses de que no se hacía cuenta y era 
buboso, no hablaba, sino que oía lo que los otros dioses decían: 
los otros habláronle y dijóronle: "sé tu el que alumbres, bubosi- 
to," y él de buena voluntad obedeció á lo que le mandaron y res- 
pondió: "en merced recibo lo que me habéis mandado, sea así," y 
luego los dos comenzaron á hacer penitencia cuatro dias. Des- 
pués encendieron fuego en el hogar el cual era hecho en una pe- 
ña que ahora llajoasai tetUeooooUL El dios llamado Tecuciztecatl 
todo lo que ofrecía era precioso, pues en lugar de ramos ofrecía 
plumas ricas que se llaman manquetzaUi: en lugar de pelotas de 
heno, ofrecía pelotas de oro: en lugar de espinas ' ensangrenta- 
das, ofrece espinas hechas de coral colorado, y el copal que 
ofrecía era muy bueno. El buboso, que se llamaba Nanaoatzin, 
en lugar de ramos o&e<^a cañas verdes atadas de tres en tres, 
todas ellas llegaban á nueye: ofrecía bolas de heno y espinas de 
maguey, y ensangrentábalas con sü misma sangre, y en lugar de 
copal, ofrecía las postillas de las bubas. A cada uno de éstos se 
les edificó una torre como monte; en los mismos monteé hicieron 
patencia cuatro noches, y ahora se llaman estos montes tzacua- 
Uiy están ambos cerca del pueblo de Ban Juan que se llama 
Teuhtioacan. De que se acabaron las cuatra noches de su pe- 
nitencia, esto se hizo al fin ó al remache de ella, cuando la no- 
che siguiente á la media noche habían de comenzar á hacer sus 
oficios, antes xm poco de la medianía de ella, diéronle sus aderezos 
al que se llamaba Tecuciztecatl, á saber, un plumaje llamado 
axtacomiÜ, y una jaqueta de lienzo, y al buboso que se llamaba 
Nanaoatzin, tocáronle la cabeza con papel que se llama amatzon- 
Üiy y pusiéronle una estola de papel y un maxtli de lo mismo. 
Llegada la media noche, todos los dioses se pusieron en derre- 
dor del hogar que se llama teutexcaUi, En éste ardió el fuego 
cuatro dias: ordenáronse los dichos dioses en dos rendes, unos 
de la una parte del fuego y otros de la otra, y luego los dos so- 
bredichos, se pusieron delante del fuego y las caras hacia él, en 






13 

medio de los dos reíales de los dioses, los cuales todos estaban 
levantados, j luego hablajron y dijeron á Tecuciztecatl: ^'¡Ea, 
p)i6s, Tecuciztecatl, entra tú en el fuego:'' y él luego acometió para 
eoharse en él; 7 como el fuego era grande y estaba muy encendi- 
do, sintió la gran calor, hubo miedo, y no osó echarse en él y 
Tolviose atrás. Otra vez tomó para echarse en la hoguera ha- 
ciéndose fuerza, y llegándose se detuvo, no osó arrojarse en la 
boguera, cuatro veces probó, pero nunca se osó echar. Estaba 
puesto mandamiento que ninguno probase más de cuatro veces. 
De que hubo probado cuatro veces, los dioses luego hablaron á 
Naoaoatzin, y dijéronle. .... ¡Ea^ pues, Nanaoatzin, prueba tú! 
j como le hubieron, hablado los dioses, esforzóse, y cerrando los 
ojos, arremetió y echós^e en el fuego, y luego comenzó á rechi- 
nar y respendar. en el fuego como quien se asa. Como vio Tecu- 
ciztecatl que se había echado en el fuego y ardía, arremetió y 
echóse en la hc^uera, y dizque una águila entró e^ ella y tam- 
bién se quemó, y por eso tiene las plumas hoscas ó negrestinas. 
A la postre entró un tig?e y no se quemó, sino chamuscóse, y 
por eso quedó manchado de negro, y blanco: de este lugar se to- 
mó la costumbre de llamar á los hombres diestros en la guerra, 
CwkvMlocdoÜ, y dicen prínotero CvmikUi porque el águila primero 
entró en el fuego^ y di cese á la postre ocdotl, porque el tigre en- 
tró en el fuego á la postre del águila. Después que mnbos se hu* 
bieron arrojado en el fuego, y que se habían quemado, luego los 
dioses se sentaron á esperar á que prontamente vendría á salir 
elNanaoatzin. Habiendo estado gran rato esperando, comenzóse 
i poner colorado el cielo, y en todas partes apareció la luz del 
alba. Dicen que después de ésto los dioses se hincaron de rodi- 
llas para esperar por donde saldría Nanaoatzin hecho sol: mira- 
ron á todas partes volviéudose en derredor, mas nunca acertaron 
i pensar ni á decir á qué parte saldría, en ninguna cosa se deter- 
minaron: algunos pensaron que saldría de la parte del Norte, y 
paráronse á mirar hacia él; otros hacia el Mediodía, á todas partes 
sospecharon que había de salir, porque por todas partes había 
resplandor del alba: otros se pusieron á mirar hacia el Oriente, 
7 dijeron, aquí de e^ta parte ha de salir el soL El dicho de éstos 
fné verdadero: dicen que los que miraron hacia el Oriente fueron 
Quetzaleoatl, que también se llama Ehecatl, y otro que se llama 
Totee y por otro nombre Anaoatlytecu, y por otro nombre Tía- 






14 

tlahnioteícatliptica, y otros qtte se llaman Minizcon que son i&- 
nnmerables, y cnatro mujeres, la primera se llama Tíacapan, la 
segunda Teícü, la tercera Tlacocoa, la cuarta Xocoyotl; y cuan^ 
do vino á salir el sol, pareció muy colorado, y que se contoneaba 
de una parte á otra, y nadie lo podía mirar, porque quitaba la 
^sta de los ojos, resplandecía y echaba rayos de sí en gran 
manera, y sus rayos se derramaron por todas partes; y después 
salió la luna en la misma parte del Oriente 4 par del sol: prime- 
ro salió el sol y tras él la luna, por la orden que entraron en el 
fuego por la misma salieron hechos sol y luna. Y dicen los que 
cuentan filbulas ó hablillas, que tenían igual luz con que alum- 
braban, y de que vieron los diosefi ijue igualmente resplande- 
cían, habláronse otra vez y dijeron: **|0h dioses! ¿cómo será ésto? 
¿será bien que Vayan á la par? ¿será bien que igualmente alum- 
bren?" T los dioses dieron Sentencia y dijeron: "Sea de esta 
manera," y luego uno de ellos fuó corriendo, y dio con un cone- 
jo en la cara á Tecuciztecatl, y escuredóle la cara, ofuscóle el 
resplandor, y quedó icomo ahora está su cara. Después que hu- 
bieron salido ambos sobre la tierra estuvieron quedos sin mo- 
verse de un lugar el sol y la luna; y los dioses otra vez se habla- 
ron y dijeron: "¿Oójtno podemos vivir? no se menea el sol, ¿he- 
mos de vivir entre los villanos? muramos todos y hagámosle 
que resucite por nuestra muerte,** y luego el aire se encargó de 
matar á todos los dioses y matólos, y dícese que uno llamado 
Xolotl, rehusaba la muerte, y dijo á los dioses: **¡0h dioses! no 
muera yo," y lloraba en gran manera, de suerte que se le hincha- 
ron los ojos de llorar, y cuando llegaba á él el que mataba, echó 
á huir y escondióse entre los maizales, y convirtióse en pié de 
maíz que tiene dos cañas, y los labradores le llaman Xolotl, y 
fué visto y hallado entre los pies ^el maíz: otra vez echó á htiir" 
y se escondió entre los magueyes, y convirtióse en maguey que 
tiene dos cuerpos que se llama mexoloÜ: otra vez fué visto, y echó 
á huir, y metióse en el agua, ó hízose pez, que se llama axólotly 
y de alU le tomaron y le mataron; y dicen que aunque fueron 
muertos los dioses, no por eso se movió el sol; y luego el viento 
comenzó á zumbar y ventear reciamente, y él le hizo moverse 
para que anduviese su camino; y después que el sol comenzó á 
caminar, la luna se estuvo queda en el lugar donde estaba- Des- 
pués del sol comenzó la luna á andar; de esta manera se deriva- 



16 

nm ü uno del oteo y aeí BÚen. ea dÍTeraos tiempos, el sol dua 
tm dia^ y la luna trabaja en la noche ó alumbra en ella." (1) 

Hemos eopiado al pié de la letra esta leyenda por pareMmoa 
dd gran importancia: á primera vieta aparece disparatada, extra- 
lagantei mas á poco que se le examine, deja entender su sign^ 
eada Gomara (2) dice: '"Del quinto sol que al prs^enta tienen, 
no dicen de qné manex» se ha de perder; pero cuentan oómo^ 
acabado el cuarto sol, se escureció todo el mundo, y estuvieron 
en tinieblas tointicinco años contónos; y que á los quince de 
aquella espantosa escuiidad, los dioses fotmaron un homltfe y 
nna mxqer, que luego tuvieron hijos, y dende á dies años apare^ 
ció el sol recien mado y nacido en dia de oon^; y por eso traen 
h (menta de ws <Ji^u>8 deade aqíiél^^ Asi que> contando de 

entonces hasta el año mil quinientos cincuenta y doe> ha su sol 
oeho<^ntos y cincuenta y ocho años; por manera que ha muchos 
anos usan de escritura pintada; y no solamente la tienen desde 
ce tochüi, que es comienzo del primer año, mes y dia del quinto 
so], mas también la usaban en vida de los otros cuatro soles per- 
didos y pasados; pero dejábanlas olvidar, diciendo que, con el 
nuevo sol, nuevas debían ser todcbs las otead cosas. También cuen- 
tan que tres dias después qtie apareció este quinto sol, se mui^ 
ron los dioses/' 

Si de 1552 restamos 858, encontearemos 694, año de la erac^- 



(1) En la relaoion áel P. Mendieta, lib. n, cap. II, y en la de Tor^uemada, que 
le copia, lib. VI, cap. XIjTT, loé dioses adorados en Teotíhuaoan eran animales; 
TkíUj gavüan ó halcón, se encargó de liaeet ámdar al sol, aunque sin coásegniílo; 
C6U, fiebve, le Utó flechas de qne el sol so deíendi<5» y oon una de las mismas saetas 
tuáó á CÍÜk IjOs dioses desmayaron entónces, resolvieron sacrificarse y morir, sien- 
do el sacrificadozi Xolotl, qtiien tezminada su obra se sacrifica á sí mismo. Boturini, 
P% 37, y Veytia que le sigue, tOm*. I. yág, 88, no hacen dios al buboso, sino uiio 
deloB eoncurrentes^ la metamorfosis intentada á la sazón por el dios de loe maíces 
Centootl, flanaado también laopiíittín, ó el dios haérfttno, solo y sin padres. Ano- 
JBdo el buboso á la hoguera hísose un heirmoso globo de fuego; una águila se airojd 
alas Damas, tomó con el pico el sol, trasportándolo á los cielos. El mismo Veytia, 
toa. I, pág. 25, habla de que en un año señalado con el signo siete conejos, el sol 
Riqpendió su curso por espacio de un dia natural, causando graves estragos, hasta 
qoe QB moe^to picááacIoAe una i»ema le hizo proseguir ski carrekía. Aunque eviden- 
temente esto corresponde también á la fábula del buboso, Veytia lo hace leyenda 
s^nxada para aplicarla al pasaje bíblico de Josué: tanto así es su empeño por ajus- 
to la mitología mexicana al Libro sagrado. 

(2) & la Coleo, de AA. españoles, tom. 22, pág. 431. 



16 

tiana en que los mexicanos comenzaron á contar el quinto sol, ó 
más bien su quinta época cronológicai Caía, pues, este comien- 
zo demtro de 1a época historia, y por consecuencia, el cuarto sol 
no terminó por una catástrofe, sino por algún acontecimiento 
notable para aquellos pueblos. Según* mi cómputo, los toltecas 
llegaron á ToUan el año ce ccdli 661; Ghalchiuhtlatonac comenzó 
á reinar el VII acatl 667; el quinto sol tuvo principio el VIII 
tochtli 694, vigésimo sétimo del reinado de aquel príncipe. 

El suceso conmemorado en el mito es la dedicación á las pi- 
rámides de Teotihuacan al sol y á la luna. Teotihuacan, como 
su nombró lo dice, estaba consagrado á los antiguos dioses; exis- 
tía con sus pirámides desde los tiempos más remotos; era ün 
santuario venerado en que eran^orados los animales, uno de 
los pisos más bajos en las religiones inventadas por los hombres. 
Los toltecas, aunque deístas, admitían el culto de los astros del 
dia y de la noche, no siéndoles desconocido el fuego simbólico: 
á fuer de conquistadores ó por más civilizados, impusieron sus 
creencias en la ciudad santa; los dioses antiguos fueron derro- 
cados de sus altares, ostentándose la imagen del sol sobre el 
Tonatiuh Itzacual, y la luna su compañera en el Meztli ItzacuaL 
El hecho importaba la perdida de la religión primitiva y la sus- 
titución del culto extranjero; vencidos y vencedores tenían em- 
peño en perpetuar el recuerdo. 

La escena pasa en Teotihuacan; en asamblea de los dioses, de 
los sacerdotes sus representantes, se busca quien se atreva á 
iniciar el 'cambio; Tecuciztecatl se ofrece; faltaba un compañero 
y se le encuentra en el asqueroso Nanaoatzin: aquel la casta sa- 
cerdotal, rica y poderosa, éste el pueblo pobre que admitía an- 
sioso ser regenerado por la nueva civilización. Purificáronse 
cuatro noches por el fuego sagrado, purificando también los 
tzacuaUi (pirámides). A la media noche en que debió tener lugar 
la sustitución de deidades, los sacerdotes se revistieron sus arreos; 
á la horay Tecuciztecatl vaciló, Nanaoatzin colocó resueltamente 
en la pirámide la imagen del sol, á su ejemplo, aunque tras largo 
vacilar, llevó la luna á su asiento el sacerdote irresoluto. Loa 
soldados no fueron extraños al cambio; por eso el águila llevó 
al cielo én el pico al astro del dia, mientras el tigre transportó 
á la compañera de la noche: los caballeros cuauMi y ocdotly águi- 
las y tigres, fueron siempre considerados en el ejército. La luna. 



17 

menos reverenciada que el sol, para perder el brillo . recibió so- 
bre el rostro un golpe con un conejo: era^ara marcar el signo 
4el año del acontecimiento: desde entonces los pueblos de Ana- 
hnac descubrían el tocMi cronológico, en esas sombras indecisas 
gne se advierten en la redonda cara de la luna llena. Al princi- 
pio los astros no se movían, porque el culto no progresaba; fuá 
indispensable el viento, la predicación, para hacerlos caminar. 
Caando los nuevos númenes ganaron pros^tos, los antiguos dio- 
ses perecieron, pues fueron derribados de sus altares: Xolotl re- 
sistió el último; tres veces metamorf oseado, acabó por sucumbir* 
Dábase culto al sol, á la claridad del dia; á la luna durante la no- 
che, siguiendo tal verlas fases de la diosa melancólica. 

Esta opinión no obsta en manera alguna con la del Sr. Cha- 
vero. Los texcocanos contaban su ciclo comenzando por el sig- 
no tecpatly mientras los mexicanos lo empezaban por tochÜL (1) 
La pintura vaticana es de origen acolhua, conserva estrictamen- 
te la tradiccion tolteca, y naturalmente escog\p por principio de 
su última época histórica el oe tecpatl 1,116, asignado por su his- 
toriador Ixtlilxochitl á la destrucción de ToUan. Seguían los me- 
xicdnoft la era de la dedicación á los pirámides, por haber teni- 
do lugar en el signo tochtlL 

De todas maneras, el cómputo de los soles no era una cuenta 
vaga para los pueblos de Anáhuac; su cronología se enlazaba 
para ellos de una manera cierta, entre los tiempos cosmogónicos 
y los históricos, contando en esta forma. 

I tecpatl. Creación del mundo: principio del tiempo. 

4^008 años del mundo. El diluvio: fin de Atonatiuh, y princi- 
pio de la segunda época. 

8,018 del mundo. Acabamiento del sol Ehecatonatiuh: empieza 
la tercera época. 

12,822 del mimdo. Concluye el sol Tletonatiuh: comienzo del 
coarto período. 

17,334 del mundo. En. el orden cronológico IFcaUi, y coincide 
con el primer año de la Era cristiana. 

18,028 del mundo. Vm tochtli, 694 de Jesucristo^ fin del cuar- 
to sol Tlaltonatiuh: inicial del quinto sol; dedicación de los pi- 
rámides de San Juan Teotihuacan al sol y á la luna. 

0) Gama, prim. parle, pág. 16. 



18 

18865. Edad del mundo contada por los mexicanos el año/Z/ 
cállí, 1521, en que la <5iudad de México quedó sometida por los 
castellunotí. 

Corresponden los tres primeros soles á los tiempos prehistó- 
r¡,cos; el cuarto 6 Tlaltonatiuli cae en parte en la época descono- 
cida; el quinto es rigurosamente histórico. Conforme á las creen- 
cias admitidas por los mexicanos, este sol no debia ser eterno. 
Ignoraban cuál debia ser sü duración, aunque sabian que pere- 
cería al ñn de uno de los ciclos do 52 años; por eso á la media 
noche del último dia del periodo tenia lugar la fiesta de la reno- 
vación del fuego, siendo la presencia del sol sobre el horizonte, 
seguridad al mundo de otros 52 años de existencia. 

La acabada de exponer no eá la única tradiocion acerca de los 
soles. Según una versión de origen colhua, tenemos: 

"Ce tochtUj un conejo. En este año se dijo, que en el año de ce 
iochtli se fundaron los tultecas, y entonces comenzó la cuenta de 
sus años ó edades^ y que á la vez Uevaban nauhüaniantli^ (*) cua- 
tro edades, y que se completaron cinco edades. Que según sa- 
bian los ancianos, en el año del referido ce tochili^ un conejo, se 
formó la tierra y el cielo, y que el hombre y cuanto hay en la 
tierra todo fué formado de ella por Quetzalcoatl, y que éste en el 
dia 7 Wiecatl habia criado y animado todo: chicóme eccUl y tonal yn 
quin chinh yn quin yocox,'* 

"Que en la primera edad, ce tonatiúh, existiendo todo como en 
su principio, on niUTica iiiitzinecan, las cuatro aguas del sol, Tuthui 
atl iyiüoncd, (**) consumieron lo criado en la tierra, pues lo ahoga- 
ron, é hicieron que los hombres, animales, &c alzasen y abajasen 
á menudo sus cabezas de entrólas furiosas olas, y que todos pe- 
reciesen ó se volviesen pescados, tlacamtchtihíioG. (^) Por esto se 
llamó esta edad Atonatiuh, sol de agua, ó correr los dias de agua.** 

"En la. segunda edad del sol, iiiic one tonatiúh, á la vez que ra- 
yaba el 7ioJcui ocdotU cuatro tigres, se dijo, que se había cubierto 

(*) Kauhtlainantli; seguu el P. Molina. Los indios se valían de esta expresioa 
cuando qnerian dar á entender que una cosa estaba 'duplicada, aunque el nombre 
quiere decir, cuatro órdenes de cosas. 

C**) NdhxU atl initonal' cuando el símbolo de los dias era el de TUíhtUatl, cuatro 
aguas. 

(♦) Tltfcamichtíhuac; se deriva de tlaeatl, persona, micTii, pescado, y del verbo 
ihuaj ir á ser. 






19 

el cielo y oscnrecido el sol al llegar á la mitad del cielo (medio 
(Ka), j en segnida durante la oscuridad se estaba comiendo el 
sol (eclipsando), y las gentes se caían de embriaguez." 

'^En la tercera edad, en el símbolo nahui quiákuiü, cuatro llu- 
íias, hizo sol de lluvia; porque llovió fuego y arena, por cuya 
causa se qttemó é hirvió la piedra y se forms^ron peñascos, y la 
piedra llamada tezontle ó tetzantM,'* ' 

"En la cuarta edad, inic nahui Tonatiuh, y en el símbolo nahui- 
eiecaU, hicieron tan fuertes vientos que ahogaron á muchas *per- 
'aonas y arrojaron por los montes á otras. De donde resultó que 
éstas se convirtiesen en monos, y se llamó esta edad ó época, sol 
de aire ó de fuertes vientos.'* t 

"En la quinta edad, macuHl Tonatiuh, y en el símbolo noÁui 
ólUn, cuatro movimientos, según ancianos y antiguos habrá gran- 
des movimientos ¿e la tierra, hambres, guerras y confusiones^ y 
se consumirá todp." (1) 

Esta tradíccion nos parece un tanto disfígurada, por la intro- 
daccion en ella de las doctrinas cristianas. 

El 8r. Brasseur ha dado un extracto del Códice Ohimalpopoca. 
que no carece de interés. Es el siguiente: 

'*E1 primer sol tomó nombre del dia naJiui atl y se llamó Ato- 
natinh; entonces tuvo lugar la inundación, habiendo flotado los 
hombres como peces." 

**Este es el sol llamado 7iahui aü, el agua permaneció tranqui- 
la dorante cuarenta años más doce, y se vivia por la tercera y la 
cuarta vez; cuando llegó el sol nahui atl hablan pasado cuatro- 
cientos años, más doscientos, más setenta y seis, y entonces fue- 
ron perdidos y anegados los hombres, y convertidos en peces. 
El cielo se aproximó al agua, todo se perdió en un solo dia, y el 
dia nahui xochitl se consumió todo lo que era de nuestra carne." 

*T en aquel año ce daUi y el dia riahui atl, todo se perdió. Las 
montañas se abismaron bajo el agua. El agua permaneció tran 
quila durante cincuenta y dos años." 

(1) Anales de Oaauhtitlan, MS., tom. I en la colección del Sr. D. Femando Ba- 
iDúez, ahora en poder del Lie. D. Alfredo Chavero: traducción del mexicano por el 
Ik, Galicia Ohimalpopoca. A veces me figuro ser este MS. el Uamado Códice Ghi- 
milpopoca por el Sr. Brasseur de Bourbourg; á veces desisto de mi Idea^ porque en- 
eofntrp diferencias sustanciales entre ambos textos. Y. g. al principio de esta relación 
se eonforma en parte, y difiere en mucho de la copiada por el Sr. Brasseur, en su 
Histoire des nations civiüsees du Mexique et de V Améríque-Gentralej tom. I, pág. 85. 



20 

"Al fln del año, Titlahuan previno á Nata y á bu mujer Nena, 
díciéndoles: "No hagáis odli (pulque ); ahuecad inmediatamente 
un gran ahtiehvetl, j entrareis en él cuando en el mes Tozoztli el 
agua se* aproxime al cielo. 

"Ellos entraron, y cuando aquel cerró la puerta les dijo: "No 
comerás tu, más de una mazorca de maíz y otra tu mujer." 

"Luego que acabaron salieron de ahí, porque el agua perma- 
necía tranquila; el leño (la barca) no se movia, y comenzaron á 
perecejr los peces." 

"Entonces encendieron fuego frotando dos pedazos de made-^ 
ra, y asaron los pescados. Los dioses Citlallinicue y Citlallato- 
nac, miraron hacia abajo y dijeron: "Dioses, ¿qué fuego es aquel? 
¿porqué están ahumando los cielos?" 

"Luego descendió Titlacahuan Tezcatlipoca y se puso á rega- 
ñar diciendo: "¿Que hace aquí este fuego?" Y tomando los pes- 
cados les compuso las agallas, les arregló la cabeza, y los trans* 
formó en perros." (1) 



(1) Brasseor, tom. I, pag. 425: El resto de la leyenda; aunque con variantes^ 
Tiene á ser la misma que en los anales de Guauhtitlan. 



• CAPÍTULO n. 

Los aneo ¿oles, según la leyenda mexioana.^Los trece cieloi, — El dioa invisible ó Th- 
que líakuaqtte. — La primera mujer ó Cikuaoohuatl,~-El OmeteotUU j/ la Omed- 
huaü. — AeiUmaitL — La ereadon según los mixtéeos, — Los perieues, los guaiouras y 
fe» eoékSmies de CatífcrvÁa. — Los sinaloas. — Monogenismo de los mexieanos,^-La 
Uerra.^Loseielos.'-Lasestrellas.'^Oometas.^El planeta Vínus.-^El sol,^BeUp- 
ses.^La luna. 

m 

NADA hemos visto todavía acerca del origen de los dioses y 
del mundo. Según un antiguo manuscrito, (1) habitaban en 
el treceno cielo los dioses Tonacatecutli, y Tonacacihuatl su 
mnjer: cielos y númenes aparecen los primeros» sin decirse de 
dónde traen principio. El par divino tuvo cuatro hijos. Tlatlauh- 
qniteztz&tlapuca» que nació todo colorado, divinidad principal de 
bs de Tlazcala y de Huexotzinco bajo el nombre de Gamaxtle. 
Yayanquitezcutlipuca, quien nació negro; era el principal de sus 
hermanos, estaba en todo lugar, sabía todos los pensamientos, 
conocía los corazones, llamándole Moyocoya, *'que quiere decir 
que es poderoso ó que liace todas las cosas sin que otro le vaya 
á la mano, y según este noi^bre no le sabían pintar sino como 
aire." El tercero fue Quetzalcoatl ó Tahuiliecatl; y el cuarto hijo 
se llamó Omiteotl é Inaquizcoatl; los mexicanos le adoraban bajo 
el nombre de Huitzilopochtli por ser izquierdo; nació sin carnes 
ó con solo los huesos en forma de esqueleto. (2) Seiscientos años 
permanecieron inactivos los dioses, hasta que al fin de aquel pe- 
riodo se reunieron los cuatro hijos á fin de determinar lo que 
debia de hacerse; conferenciado, cometieron el desempeño á 

(1) Se encuentra en un Códice intítulado, Libro de Oro y Tesoro índico, propio 
del 8r. D. Joaquín García Icazbalceta. Llámase el escrito Historia de los mexioanos 
por 808 pinturas, y se atribuye á Fr. Juan Zumárraga y á un Fr. Bemardino de San 
Fnnoisoo: por esta causa citaré el MS. bajo el nombre de Fr. Bemardino. La rela- 
Qon fné escrita oyendo á los señores, principales y sacerdotes, y con presencia "de 
'^808 libros y figuras que .según lo que demostravan eran antiguas y muchas deHas 
'*teflida la parte untadas con sangre humana." 

{i). Fr. Bemardino, cap. I. MS. 



22 

Quetzalcoatl y á Hnitzilópochtli, quien para entonces ya tenía 
carnes. La primera obra de los dioses creadores fué el fuego, y 
en seguida un medio sol que alumbraba poco. Siguióse la crea- 
ción del hombre Oxomoco y de su mujer Cipactonal, dándosele 
á él orden para cultivar la tierra, y á ella de que hilage y tejiese, 
y ciertos granos de maíz para hacer adivinaciones: estos consor- 
tes inventaron la cuenta del tiempo y el calendario. Crearon el 
averno ó el infierno haciendo señores de aquel lugar á Mictlan* 
tecutli y á Michitecacihuatl su mujer: luego los cielos, ademas 
del treceno ya existente. Beunidos en seguida los cuatro dioses 
formaron el agua; le dieron por señores á Tlalocateoutli y á su 
esposa Chalchiuhtlicue: estos dioses del agua tenían su aposento 
" en cuatro cuartos, y en medio un gran patio do están cuatro 
"barreñones grandes de agua; la una agua es muy buena y desta 
"llueve cuando se crian los panes y semillas, y envíase en buen 
"tiempo; otra es mala cuando llueve, y con el agua se crian tela- 
" rañas en los panes y se añublan; otra es cuando llueve y se ye- 
"lan, otra cuando llueve y no grana y se secan: y este dios del 
" agua crió muchos ministros pequeños de cuerpo, los cuales es- 
" tan en los cuartos de la dicha casa, y tienen alcancías en que 
"toman el agua de aquellos. barreñones y unos palos en la otra 
" mano, y cuando el dios del agua les manda que vayan á regar 
" algunos términos, toman sus alcancías y palos, y riegan del agua 
"para llover que les mandan, y cuando atruena es cuando quie- 
"bran las alcancías con los palos, y cuando viene rayo es de lo que 
" tenia dentro ó parte de la alcancía." Los cuatro dioses, por últi- 
mo, dentro del agua hicieron un gran pez llamado Oipactli, cuyo 
pez fué transformado en la tierra, con su dios Tlalteouhtli, al cual 
pintan tendido sobre el Cipactli en memoria de su creación. (1) 
De los primeros padres Oxomoco y Cipactonal nació Pilcinte- 
cutli, y por faltarle mujer le dieron una formada de los cabellos 
de XochiquetzaL Entonces los cuatro dioses, mirando que el 
medio sol alumbraba poco, quisieron copapletarlo y al efecto 
Tezcatlipoca se convirtió en sol. ^gun esta leyenda, el astro 
sale por Oriente, llega á lo más alto del cielo y de ahí se toma 
al horizonte para aparecer al otro dia; del meridiano al ocaso lo 
que se ve es la claridad del astro y no el sol mismo. En esta 

(1) Fr. Bemardino, cap. n, MS. 



23 

« 

^ooa fneroB criados lo» gigantes, hombres muy corpulentos, 
eoD tantas fuerzas que arrancaban los árboles con las manos^ 
y eran rústicos, supuesto que comian sólo la bellota de las en- 
cimas. (1) . 

Tezcatlipuca permcineció siendo sol tiempo de trece ciclos 6 
676 años, á cabo de los cuale» Quetzalcoatl le dio con un bastón, 
le derribo al agua, y él se transformo en el astro luminoso. Tez*- 
ofttUpoea en el liquido se trasformó en tigre, salió á tierra y 
^oró á los gigantes: en memoria de este hecho queda en el cielo 
fai eonstelacion de la Osa mayor, que es Tezcatlipuca bajando de 
los cielos á los mares. Entonces los macehiwUiy 6 el común del 
género humano, se alimentaban de. piñones. Quetzalcoatl duró 
heoho sol otros 676 años, y entonces el tigre TeKcatlipocM)» le dio 
ona^oz, le derribó del cielo, y levantó tan grande viento que se 
ló llevó ¿ él y á los inacehtiaüiy los cuales se volvieron monos. 
Tlalocateeutli tomó entonces el lugar del sol, durando en su 
puesto 364 años, *'en cuyo tiempo Ips macehuales que habia jio 
"eomian sino aciemhüi: que es una simiente como de trigo que 
''nace en el agua." Al fin de esta edad, Quetzalcoa4A llovió fuego 
del cielo> quitó de sol á Tlaloc poniendo en su lugar á eu esposa 
CbaUúuhtlieue, quien duró como astro 312 años; '^ los macehua- 
** les comian en este tiempo de una cimiente como maíz que se dice 
"dntrocoeopi; (2) ansí que desde el naeimiento de los dioses fasta 
'*el cumplimienta deste sol hubo según su cuenta 1628 años." (3) 

En el postrero de estos años llovió tan reciam^ite que todo 
88 cubrió con el agua, los maoektKáii se trasforzoaron en peces, y 
el etelo cayó ^sobre la tierra: aquel año tenia por signo tocMU. 
Vista tan grande destrucción, los cuatro dioses alnrieron ciíatrp 
caminos por debajo de la tierra para salir á la superficie supe- 
TÍor; criaron cuatro hombres llamados Otomitl, Itzcoatl, Izmali- 
y^ y Tenoehi; Tezcatlipoca se convirtió en* el grande árbol 
llaiiíuido tezcaoahuitl, y Quetzalcoatl en el quetzalhuaxotl; y con 
los árboles^ hombres y dioses reunidos alzaron el cielo, ponién- 
dolo como ahora está. TonacatecujÜi por esta acción hizo á sus 
h^os señores del cielo y las estrellas. El camino por el que Tez- 



(1) Optts. cit., cap. III., MS. 

Í2) Esta palabra está muy estropeada. 

(3; Pr. Bemardino, cap. IV. MS. 



catlipuca y Qaetzalooatl pasaron por la esfera es la vía láctea^ 
7 allí tienen su asiento. (1) 

Dos años después Tezoatlipoca, mudado el nombre en Mixooatl, 
sacó fuego por medio de dos palos, é hizo fiesta á los dioses en- 
cendiendo grandes fuegos. Al sexto año nació Oenteotl hijo de 
Pilcintecutli; al octavo crearon los dioses á los macehuales como 
de antes solian estar. En el primer año de la seguida trecena 
juntáronse las cuatro divinidades á fin de formar un sol, así para 
que alumbrase la tierra, como para que comiese corazones y be- 
biese sangre; para xeunir esta ofrenda hicieron la guerra^ la cual 
duró tres años, y para que hubiese gente de que el sol comiese^ 
Tezeatlipoca creó cuatrocientos hombres y cinco mujeres, los 
cuales quedando vivos fueron trasladados al doceno cielo: en 
aquella guerra murió Xochiquetzal, y fue la más esforzada de 
cuantas en ella murieron. (2) Beunida ya la comida del sol, los 
dioses ayxmaron, se sacaron sangre de las orejas y del cuerpo, y 
encendido im gran fuego Quetzalcoatl arrojó en el á su hijo, el 
cual fue hecho sol; Tlalocatecutli arrojó también á su hijo, cuando 
el fuego no estaba tan intenso, y salió hecho luna, cenicienta y 
oscura á causa del estado de la hoguera. ^T en este postrero año 
'^deste trece comenzó á alumbrarel sol, porque fasta entonces 
" habia sido noche, y la luna comenzó á andar tras él, y nunca le 
"alcanza y andan por el aire sin que lleguen á los cielos." (3) 

La leyenda de los cinco soles, en la forma acabada de relatar, 
es la genuina mexicana, á diferencia de la tolteca ó tezcocana 
referida en el Códice Vaticano. Todavía el MS. mencionado nos 
da los curiosos pormenores siguientes: En el primer cielo esta- 
ban, la estrella hembra Citlalmime y la macho Citlalatonac, y 
son las guardas del cielo puestas por Tonacatecutli, y no se ven 
por estar en el camino que el cielo hace. En el segundo cielo es- 
tán las mujeres llamadas Tezauhichuatl ó Cicimine, en forma de 
esqueletos, y cuando el mundo se acabase bajarían á comerse á 
los hombres. En el tercero habitaban los cuatrocientos hombres 
formados por Tezeatlipoca, j eran de cinco colores, amarillos, 
negros, blancos, azules y colorados, siendo los guardadores de 



(1) OpoB. cit., cap. y. MS. 

(2) Ibid., cap. VI. MS. 

(3) Fr. Bemardino, cap. \'II. MS. 



26 

los cielos. Estaban las aves en el onarto cielo, y de ahí bajaban 
á la tierra. En el quinto estaban las culebras de fuego, hechas 
por el dios de este elemento, y de ellas salían los cometas j las 
estrellas errantes. .«El sexto cielo contenia el aire; el sétimo el 
polvo: en el octavo se reunían los dioses; de ahí arriba no subia 
ninguno, y no sabían lo que había hasta el treceno en que vi- 
vían Tonaoatecutli y su esposa TonacacihuatL 

En la confusión de aquella mitología revuelta y extravagante, 
86 mira descollar la creencia en la unidad de Dios. En la lengua 
mexicana TeoÜ corresponde á la idea abstracta Dios. Con esa 
palabra distinguían un ser supremo, invisible y eterno, al cual 
Bo representaban en forma alguna. Decíanle Tloque NaJmaque, 
aquel que tiene todo en sí ó eí creador de todas loa cosas; Ipahie- 
moaady aquel por quien se vive, é Ipálnjemohv^üoni^ por quien vi- 
vimos y somos. (1) Mendieta, (2) aunque aplicándolo mecamen- 
te al sol, asegura que á esa divinidad invisible decían ^*Moyucv^ 
jfoízin ayac oquiyooux^ a¡fac oqtdpic, que quiere decir, que nadie 
lo crió ó formó, sino qw éí solo por su autoridad y por su vo- 
luntad lo hace todo." Según el intérprete del Códice Telleriano, 
(3) la Tonacacihua se llamaba Chicomecoatl siete culebras, y 
caoBaba las hambres: á Tonacatecutli, ''que era el dios que di- 
cen, que hizo el mundo," le apellidaban Tloque Nahuaque, Tlal- 
ticpaque, Teotlale-Matlahua-Tepehua. En otras versiones, el 
cieador del cielo y de la tierra habían sido Tezoatlipoca, Huitzi- 
lopochtli, ó OcelopochtlL (4) Para que nada falte en estas en- 
ecMitradas opiniones, Acosta (5) niega haya en mexicano una pa- 
labra que corresponda al Deus latino^ Theos griego, El hebreo y 
Alá arábigo; mas esto no es sostenible. « 

£1 Tloque Nahuaque creó en un ameno jardín un hombre y una 
mujer, progenitores del género humano. Nada se dice del varón; 
la mujer se denominaba Cihuacohuatl, la mujer culebra, la cule- 
bra hembra; decíanla también Tititl, nuestra madre ó el vientre 



(1) IxtUfaLOohiU, reiaoiones. MS. —Diego Muñoz Oamargo, Hist de TiBxoalla. 
IfiS.— B^ac. de J. B. Pomar, MS.--Torquemada, lib. VI, cap. VIII.--Boturim, pág. 
79. — Cla:vigero, tom. II, pág. 223. — Herrera, dec. III, lib. 11, cap. XV. — etc. —etc. 

(2) Hist edes. indiana, pág. 88. ^ 

(3) Parte segunda, lámina I. 

(4) Mendieta, pág. 81. 

(5) ffigt. nat. y mor. Üb. V. cap. 111. 

4 



26 

de donde nacimos, y Teoyaominqui, diosa que recoge las almas 
de los difuntos. (1) Llamábanla también Quilaztli, asegurando 
tener siempre gemelos, cocohua en mexicano, y se aparecía algu- 
nas veces vestida de blanco, llevando á las espaldas una cunita, 
cosólli, cual si cargara á un niño, oyéndosele dar gritos y llorar; 
su aparición se tomaba en mal agüero. (2) 

Según otra versión, encima de los once cielos habitaban en 
una ciudad gloriosa, llena de delicias y riquezas, el dios Omete- 
cuhtli, dos veces caballero ó señor, por otro nombre Citlalato* 
nao, estrella resplandeciente, con su esposa Omecihuatl, dos ve- 
ces señora, ó Citlalicue, enaguas ó faldellín de estrellas: tuvie- 
ron muchos hijos, dirigiendo el padre á los varones, la madre á 
las hembras. (3) La Omecihuatl dio á luz un fecpcití, de lo cual 
espantados y admirados los hijos, acordaron arrojarlo á la tie- 
rra; cayó el pedernal en Chicomoztoc, siete cuevas, y al golpe 
brotaron mil seiscientos dioses ó diosas. Después de algún tiem- 
po que éstos vivieron desterrados, enviaron un mensajero á Ci- 
tlalicue diciéndole, que ya que estaban caidos, les diese Ucencia 
para crear hombres que les sirviesen, dándoles la industria pa- 
ra formarlos; ella contestó tenerlo por bien, que ocurriesen al 
Mictlan Tecutli, señor ó capitán del infierno, pidiéndole les die- 
se hueso ó ceniza de los muertos pasados, sobre lo cual se sacri- 
ficarían, y saldrían un hombre y una mujer que se multiplica- 
rían en seguida. 

Traida esta respuesta por Tlotli, gavilán, se reunieron los dio- 
ses en consejo, determinando que Xolotl fuese al infierno á pe- 
dir los huesos, previniéndole que por cuanto era doblado y ca- 
viloso el capitán, mirase no se arrepintiera después de hecha la 
dádiva. Xolotl fué á cumplir el mandado, obteniendo del Mic- 
tlan Tecutli el hueso y ceniza; mas apenas los tuvo en sus manos, 
echó á huir con toda velocidad; perseguido por el capitán del in- 
fierno, tropezó, rompió el hueso tamaño de una braza, y reco- 
giendo como pudo los pedazos llegó á presencia de los dioses. 
Pusieron los desiguales fragmentos en un lebrillo, se sacaron 
sangre del cuerpo que echaron sobre las astillas, y á los cuatro 



(1) Veytia, tom. I, pág. 8-9. 

(2) Torquemada, lib. VI, cap. XXXI. 

(3) Torqnemada lib. VI, cap. XIX. 



27 

diitti salió un niño; tomando á la misma operación, á los otros 
cnat¡ro dias salió nna niña, "y los dieron á criar al mismo Xo- 
lotl» el cual los crió con la leche de cardo." (1) Roto el hueso en 
psxtes desiguales, por eso salieron los hombres de diversas es- 
taturas. 

Casi todos los pueBlos poseen un mito acerca del fuego, que 
recuerda al griego Prometeo. En esta leyenda, al choque del ce- 
leste tecpatl (símbolo del fuego) contra la tierra, brotan los dio- 
ses terrestres, es decir, las ciencias y las artes. Los hijos del sí- 
lex fecundan con su sangre las cenizas de los muertos, y apare- 
een los progenitores del género humano; son las nuevas genera- 
ciones Tiviendo nueva vida, al contacto de los beneficios del po- 
deroBo elemento. 

Refieren los de Acolman, que estando el sol en el cielo, á ho- 
ras de las nueve, tiró una flecha y con ella hizo un hoyo, del 
eoal salió un hombre no teniendo más cuerpo que de los brazos 
arriba; en seguida una mujer entera, siendo éste el primer, par 
que dio principio á los nacidos. El hombre se llamó Aculmaitl, 
compuesto de dcuHi, hombre, y maítl, marío. (2) Traza tiene es- 
ta leyenda de referirse más bien al- origen de la tribu Acolhua, 
nombre deriv^o también de aixílí, hombro, y que significa, los 
hombres Hombrados ó forzudos. Los mixtéeos decían proceder 
de los árboles de Apoala. Los otomiés salieron de una roca he- 
rida con un bastón por Camaxtli. (3) Los tzapotécos confesa- 
biai descender de los tigres, de las águilas, de las rocas y de los 
árboles. (4) 

En oiara relación de los mixtecas de Cuilapa se dice, que en el 
imo j el día de la oscuridad y las tinieblas, cuando aun no ha- 
bía dias ni anos, el mundo era un caos sumido en la oscuridad, 
estando la tierra cubierta de agua, sobre la cual sobrenadaban 
el limo y la lama. Un dia apareció el dios Ciervo por sobrenom- 
bro Culebra de León, y la linda diosa Ciervo ó Culebra de Ti- 
gre: tenían figura humana, y con su gran sabiduría levantaron 
sobre el agua una gran peña, y encima construyeron suntuosos 



(1) Mendiéta, lib. II, cap, I. 

(2) Mendieta, lib. II, cap. VL Torqueinada, lib. VI, cap. XLIV. 
(8) MS. de Fr. Bemardino. 

<4) Burgoa, Geog. d?6crip., fol. 19G. 



28 

palacios para su morada; en lo más alto colocaron una hacha de 
cobrO; con el ñlo hacia arriba sobre el cual se sustentaba el cie- 
lo. Estos edificios estaban en la Mixteca alta, junto al pueblo de 
Apoala, y la peña se llamaba, litgar donde estaba d cielo. Muchas 
siglos vivieron los dioses en descanso, gozando de delicias, has- 
ta que les aconteció tener dos hijos varo&es hermosos, discretos 
y sabios en todas las artes; del nombre del dia de su nacimiento 
se llamaron Viento de nueve Culebras y Viento de nueve Cavernas: 
ambos fueron criados con mucho regalo, y sabían transformarse 
en águila ó serpiente, hacerse invisibles y aun penetrar á travos 
de los objetos. 

Gozando estos dioses de la mayor tranquilidad acordaron ha- 
cer ofrenda y sacrificio á sus padres, á cuyo efecto tomaron unos 
incensarios de barro, les pusieron lumbre y quemaron una caai- 
tidad de beleño molido: fué ésta la primera ofrenda. En seguida 
construyeron un jardin con plantas y flores, árboles y frutos, y 
yerbas olorosas; junto labraron un prado con todo lo necesario 
para los sacrificios. Los piadosos hermanos vivían contentos en 
aquella heredad, cultivábanla, quemaban el beleño, y con oracio- 
nes, votos y promesas pedían á sus padres, apareciese la luz, se 
congregase el agua en alguna parte y quedase á^ descubierto la 
tierra; pues no tenían mas de aquel pequeño vergel para su sus- 
tento: para esforzar su ruego se punzaron las prejas y la lengua 
con lancetas de pedernal, esparciendo la sangre sobre los árboles 
y plantas con un hisopo de ramas de sauz. Los dioses Ciervo 
tuvieron más hijos ó hijas; pero sobrevino un diluvio, en el caal 
perecieron muchos de ellos. Pasada la catástrofe, el dios llamado 
Criador de todas las cosas, formó el cielo y la tierra y restauró el 
genero humano. (1) 

Aquí aparecen dos épocas separadas por un diluvio: la prime- 
ra el caos sin tiempo y sin luz, en que vivía la generación de los 
dioses; la segunda de los tiempos y de los hombres actuales: el 
pasado tenebroso, confusp; el presente luminoso y entendible. 

Las tribus de la Baja California, según Clavijero, (2) tenían 
idea, aunque confusa, de un Ser Supremo, creador del mundo. 
En las creencias de los pericués, Niparaja había hecho el cielo. 



(1) Fr. Gregorio García, Origen de los indios, lib. Y., cap. IV. 

(2) Hist de la Antigua California, lib. I, par. XXY. 



29 

la tierra y el mar; su esposa era Anajicojondi, en la cual sin to- 
carla había tenido tres hijos. Anajicojondi dio á luz á'Cuajaip 
en las montañas de Acaragui; fué poderoso y le servían muchos 
vasallos, pues cuando quería entraba debajo de la tierra y saca- 
ba hombres; mas éstos se tomaron ingratos, se conjuraron con- 
tra Cuajaip, y le mataron, atravesándole la cabeza con un ruedo 
de espinas. En el cielo, más poblado aun que la tierra, Tuparan, 
por otro nombre Bae, se alzó con sus parciales contra Niparaja; 
quedando éste vencedor, quitó á su enemigo las pitahayas y las 
otras frutas deliciosas, le aprisionó en una cueva cerca de la mar, 
criando á las ballenas para que no le dejasen salir de allí. Nipa- 
raja quería el bien; Tuparan apetecía la guerra, por eso los que 
morían flechados no iban al cielo, sino á la gruta de Tuparan. 
Las estrellas eran de metal habiendo sido creadas por el numen 
Púrataliui, la luna era obra de Cucunumic. 

Contaban los guaicuras que en el Norte habitaba un espíritu 
principal llamado Guamongo, quien mandó á la península otro 
espíritu por nombre Gujiaqui. Visitó éste el país, sembró las pi- 
tahayas, dispuso los lugares de pesca, se encerró algún tiempo 
en una gruta cerca de Puerto Escondido, donde enseñó á sus de- 
Totos á tejer las capas de cabellos usadas por sus sacerdotes, y 
acabada la visita retomó al septentrión de donde había venido. 
Afirmaban también los doctores guaicuras que el sol, la luna y 
los otros astros, aparentemente más grandes, eran hombres y mu- 
jeres, los cuales, todos toá"dias al ponerse, caían en la mar y sa- 
Uan de él al dia siguiente á nado, y que las estrellas eran fogo- 
nes encendidos en el cielo por el espíritu visitador, y vueltos á 
^cender después de ser apagados en el agua del mar (1). 

Había para los cochimíes un ser creador del cielo, de la tierra 
y de todas las cosas í habitaba en el cielo el espíritu llamado, d 
que vive, quien sin concurso de mujer tuvo un hijo, por nombre 
d vdozy y la perfeccioríló término deí barro: aparecía un tercer per- 
sonaje dicho, d que Jio/ce señores. El qve vive crió ciertos seres in- 
feriores, los cuales se rebelaron contra su señor y contra los hom- 
bre, diciéndoles por esto ^nentirosos y engañadores, los cuales 
eojian á los muertos y los metían debajo de la tierra para que no 
vi^en al Señor que vive (2). 

(1) CUmJero, hist de California, lib. I, párr. XXV. 

(2) ClsTijero, loco cit 



L 



30 

Según alcanzaron á ver los misioneros, celebraban los sinaloas 
una fiesta por espapio de ocho dias. Sobre un suelo emparejado 
con arena suelta, en el interior de una casa, ti^azaban un círculo 
de dos varas y media de diámetro. Los indios, excluidas las mu- 
jeres, entraban embijados, cantando y bailando, con bordones en 
las manos; sentábanse á veces, y con unas cañas delgadas seña- 
laban figuras, que pintaban de colores. Eran dos personaa á cu- 
yo rededor se veían cañas de maíz, frijoles, calabazas, y entre 
ellas, pájaros, culebras y otros animales. Preguntados por la sig- 
nificación de las figuras, respondieron llamarse la una Yiriseua 
y la otra Vairubi; tal vez los religiosos no entendieron la expli- 
cación de la leyenda, pues ji hacen dos diosas, la segunda ma- 
dre de la primera, ya una madre y su hijo, ya en fin, el varón y 
la hembra progenitores del género humano (1). 

En concepto de los mexicanos la filiación y distribución de las 
razas era ésta. Ixtacmixcoatl, la culebra de nube blanca, tuvo 
dos esposas. En la una, llamada Uancueitl, enaguas viejas ó de 
vieja, engendró seis hijos. El primogénito Xelhua fundó y pobló 
á CuauhquechoUan, Itzocan, Epatlan, Teopantlan, Tehuacan, Coz- 
catlan, Teotitlan y otros lugares. Del segundo hijo Tenoch, fun- 
dador de Tenochtitlan, descienden los tenochca ó mexica. Ulme- 

9 

catl, el tercero^ pobló ciertos pueblos como Totomihuacan, Hni- 
tzilapan y Cuetlaxcoapan. El cuarto, Xicalancatl, se estableció 
hacia las costas del Golfo, fundando á Xicalanco cerca de Tabas- 
co, y al otro Xicalanco cercano á Veracruz. Al quinto, Mixtecatl, 
reconocen por padre los mixteca, habitadores del antiguo Mix- 
tecapan. Otomitl, el sexto, se subió á las montañas cercanas á 
México, levantando las poblaciones de Xilotepec, Tollan y Ótom- 
pan: "ésta es la mayor generación de toda la tierra de Anáhuac, 
"la cual allende de ser muy diferente en la habla, andan los hom- 
"bres chamorros; también hay quien dice, que los chichimecas 
"vienen de este Otomitl, por ser entrambas naciones de baja suer- 
"te, y la más soez y servil gente que hay en toda esta tierra (2)." 
Ixtacmixcoatl é Uancueitl habían salido de Chicomoztoc, y la 
gente creía Uaber sido engendrada por la lluvia y el polvo de la 



(1) Blvas, Triunfos de uuestra Santa Fee, lib. ü, cap. III. 

(2) Gomara, apud Barcia, segunda parte, cap. CLXXXXV. — Torquemada, lib. I, 
cap XII. 



31 

« 

tierra (1). De la segunda esposa, Chimalma, uaoió QuetzalcoatL 
Mx. Brasseur (2) puso en historia esta leyenda, eon muchos 
pormenores de propio caudal é invención. Xelhua, significa los 
gigantes^ y Xicalancatl representan los pueblos de lengua nahoa; 
Ulmecatly (los tzapoteca) y Mixtecatl, hablan lenguas hermanas, 
distintas de la anterior; Otomítl tiene |iabla separada de las otras, 
lo mismo que loa chichimecas; en siete naciones nombradi^^, seis 
hablas diversas. Todas esas naciones pertenecían á épocas dis- 
tintas, desde Xelhua el gigante, hasta los mexica que al último 
se presentaron en el YaUe. No es,, pues, historia ni mito; es la 
expresión de los filósofos mexicanos reconociendo á todos los 
puebloa del imperio, fueran cuales fuesen sus diferencias etno- 
gráfi.cas, como provenidas de un solo tronco: los mexicanos pro- 
fesaban la doctrina monogenista, cual lo comprueba el par privi- 
legiado que escapó á cada uno de los grandes cataclismos, En 
cuanto á QuetzalcoaÜ blanco, barbudo, de origen evidentemen- 
te extranjero, para ser consecuente con el principio, se le dio 
por padre también á Ixtaomixcoatl, asignándole otra madre, 
Ghiznalma. 

Dejando ya los orígenes, pasemos ¿ considerar la estructura 
del mundo. La tierra era plana, terminaba en los países conoci- 
do8| j más allá de las costas se extendía la mar, cuyas aguas se 
unían con los cielos; óstos y aquellas eran de la misma materia, 
aunque los cielos más densos: todo el aparato se sustentaba en 
hombros de ciertos dioses^ los cuales se relevaban al estar can- 
sados (3). Para los californios, la esfera se sostenía en las espal- 
da» de siete gigantes. Cuando Dios creó el mundo, decían los 
mayas, puso á los cuatro hermanos Bacab hacia los cuatro ex- 
tremos del cielo, para que lo sustentasen y no se cayese: estos 
Bacab eran conocidos también con los nombres de los años Kan, 
Muluc» Ix, Cauac (4). Cuando los gigantes ó los genios flaquea- 
ban, vacilaba la tierra y sobrevenían los terremotos. 

Llamábase el mar TeoaÜy no en el sentid de dios, ''sino agua 
maraviüosa en profundidad y grandeza.'' Llamábase también Ilhui- 



(1) Motolinia^ hist. de los indios, pág. 49. 

(2) Hist: des nat. civilisées, lib. 11, cap. I. 

(3) Mofioz Camargo, MS. 154. 

(I) Belacion de las cosos de Yucatán por Landa, pág. 206. 



L 



32 

"caatl, que quiere decir agua que se juntó con d cido, porque loe 
^'antiguos habitadores de esta tierra pensaban que el cielo se 
^'juntaba con el agua en la mar, como si fuera una casa: que el 
''agua son las paredes, y el cielo está sobre ellas, y por ese lia- 
''man á la mar el cielo (amictlan)." (1) Pebe suponerse que la 
casa la creían redonda y techada en forma circular, por ser 
ésta la figura aparente determinada por la vista. 

En cuanto al número de los cielos andan discordes. Trece cuen- 
ta la relación de Fr. Bemardino; doce son para Sahagun y Tor- 
quemada; once en otra noticia mexicana, y Muñoz Camargo, (2) 
con otros escritores, enumera nueve, nombrados "Chiconauh- 
nepanhuican, Ilhuicac, donde hay perpetua holganza." Para ellos 
la tierra estaba ñja; la luna y la esfera giraban al derredor de 
aquella. 

Las estrellas, cithUn, (citlaUo, estrellado)^ estaban pegadas en 
el cielo: tenían idea de las diversas magnitudes aparentes, su- 
puesto que á las pequeñas nombraban ciÜaltontlL Los astróno- 
mos mexicanos reconocían algunas constelaciones. Guiados por las 
indicaciones de Sahagun, hallamos que les llamaba la atención la 
estrella de primera magnitud Aldebaran y el grupo de las Hiadas, 
en elToro. La culminación délas Pléyadas les servía en su Cere- 
monia del fuego nuevo. Las tres estrellas del cinturon de Orion 
eran cbnocidas bajo la denominación de Yoaltecutli y Yacahuiz- 
tli, las tomaban por agüero, y les ofrecían incienso á la prima 
noche, á la hora de las tres y al alba: las distinguían por mct- 
malhuaztli, nombre de los palos que servían para encender el fue- 
go nuevo. A honra de estas estrellas se hacía una quemadura 
á los hombres en la muñeca, pues si morían sin la señal, eu el 
infierno les barrenarían con un palo como acá en la tierra para 
sacar la lumbre; (3) El inamolhuaztli colocado en la esfera, divi- 
nizaba el instrumento de la ceremonia cíclica. Las estrellas de 
la Bocina, es decir, la Osa menor, pintábalas como una S y les 
decían citlaJxunec2ulli jorque tienen semejanza con cierta espé- 
jele de pan al cual llaman xunecidlli, el cual se comía -en 

"todas las casas un dia al año, que llamaban xucldlhuitL (4) La 

(1) P. Sahagun, tom. III, pág. 309. 

(2) Hist. de Tlaxcala, MS. 152. 

(3) P. Sahagun, tom. II, pág. 2C0. 

(4) Ibid. tom. n, pág. 252. 



33 

Osa m&jor ó el Carro, heinos Visto antes ser el tigre Tezeatlipo- 
a& Estas dos constelaciones no se ponen en el horizonte de Mé- 
xico; p(»r ello y por sn figura debieron llamar la atención de los 
astrónomos, no siendo tin supuesto muy aventurado el que haeían 
obserraoiones de la polar, supuesto que sabían trazar la línea 
meridiana. La constelación zodiacal del Escorpión era conoci* 
da por CdoÜ, alacrán; es decir, eV mismo nombre adoptado en la 
ci^cia astronómica de los pueblos primitivos del mtindo. Como 
dios, preside esta constelación en la décimo tercera trecena del 
Tonalamatl J3ajo el nombre de Teoiztactlachpanqui, compuesto 
i^ieoü, dios, ixtac^ blanco, y tlackpanqui^X qne barre algo: el dios 
bümco qne barre. 

Es sabido que las veinte divinidades que presidían á las tre- 
cenas del Tonalamatl, según Gama, tenían lugar preferente en- 
tolos planetas y signos celestes; con ellos se simbolizaban el 
sd, la luna, los planetas y algunas estrellas fijas. Citlalinicue ó 
Cülalcueye, enaguas de estrellas, en la décima sexta trecena, es 
la Via láctea; (1) en la pintura está representada por una co- 
mente cual si fuera de agua» ocupando los tres lados principales 
del cuadrante. 

Los cometas, y las. estrellas errantes venían del quinto cielo. 
Los cometas, düoíinpopocay estrella que humea, eran pronósticos 
de muertes de príncipe ó rey, guerra ó calamidad; el pueblo decía, 
"«ito es nuestra hambre f^ pensaban en lamateria^omo en los pue- 
Uosde Europa hasta hace algunos anos. Creían que si la luz del 
cometa hería alguna cosa viva, ahí se criaba un gusano, y el co- 
nejo ó la liebre se hacían malos para comer: las gentes se abriga- 
ban por la noche para no recibir daño. (2) Por esto llamaban á 
la cauda del cometa dtíaUntlarmnay la estrella tira saeta; cuando 
aparecía c^'inito le decían xihuitL 

El plasata Vónus tenía el nombre de Citlalatona, la estrella de 
claridad, (3) estrella resplandeciente. El interprete del Códice 
Tdleri&no (4) le dice Cihuatlaltona, la primera claridad; forma- 
da sutes qne el sol, fué la primera luz que apareció en el mnn- 

(1) GamA, Desoripeion, pág. 100 * 

(2) P. Sahagan, tom. H, pág. 251. 

(S) Dsl Planeta Venus. Copia de un Códice MS. en poder del Sr. D. Joaquín 
^tttía Icazbalceta, que contiene un ejemplar de la Hist de los Indios de Fr . Tori- 
bio Uoioüma, áon más completo que el publicado. 

(4) Segunda parte, lám. XIY. 



i 



34 

do. Quetzalcoatl al morir se transformó en esta estrella. En el 
referido Códice se le llama Tlahuizcalpantecutli, "quiere decir, 
señor de la mañana cu^do amanece, y lo mismo es señor do 
aquella claridad cuando quiere anochecer." Preside la décima 
cuarta trecena del Tonalamatl bajo el signo Natui Ollin ó más 
bien Nauhollin. En el templo mayor de México existía el teo- 
calli Ilhuicatitlan, junto al cielo, destinado para los sacrificios 
cuando aparecía el planeta: ó igualmente el Hueitzompantli^ (1) 
En el Ilhuicatitlan había una columna alta y gruesa donde es- 
taba pintada la estrella; remataba en un chapitel de paja, y ante 
ella tenían lugar los sacrificios. (2) Los antiguos le llamaban 
Lucifer por la mañana, y en la tarde Vesper ó Hesperus; nom- 
bres análogos le daban los mexicanos, pues citlalpul es la es- 
trella de la mañana, y Hueitlálin, la de la tarde. (3) 

Los astrónomos conocían bien sus movimientos, dándole en 
su aparición vespertina un período de 260 dias; sabían el tiem- 
po fijo de su vuelta oriental señalando otro período de 260 dias, 
más una trecena, lo cual suma 273. (4) A esta cuenta llamaban 
ToiKilpoliuaHi, y estaba destinada al cómputo del Tonalamatl, 
papel del sol, el cual se componía de períodos absolutos de 260 
dias: el mismo período, con ciertas correcciones se prolongaba 
por los años, las indicciones, y los ciclos. 

En la historia del sol hay mucho de confuso. Destruido cua- 
tro veces, fue formado una quinta; bajo este aspecto es una cria- 
tura secundaria y sin poder, no es una divinidad. Luego apa- 
rece que los númenes tomaron su lugar por algún tiempo, reci- 
biendo una especie de santificación. Le encontramos al fin ele- 
vado á la altura de los dioses, en una de las categorías más en- 
cumbradas. Todo indica una mezcla de ideas, de distintas épocas 
y de diversas jprocedencias, formando un cuerpo abigarrado: 
mitos cosmogónicos, rituales ó astronómicos. 

En su ultima faz, el sol era tenido por creador de todas las co- 
sas y causa de ellas, extendiéndose su culto por muy gran parte 
del nuevo continente. (5) Aunque tenía diversos nombres, por 

(1) Torquemada, Ub. Vm, cap. XIV. 

(2) Sahagun, tom. I, pág. 205. 

(3) P. Sahagun, tom. II, pág. 250. 

(4) Del planeta Vrnus. MS. 

(5) P, Duran, seg. parte, cap, X. BÍS.— Mehdieta lib. II, cap. Vm. 



36 

«loeleiieui se le llamaba Teotl; el apellido T<»iátiuli« significando 

m Acelde&te quiere deoir^ el que va respl^deciendD, (1) Guando* 
en Teoiihtiaean murieron loe dioses, dejaron á s\i8 devotos laa 
mantas con que se cubrían; aquellos sectarios tomaron palos, les 
bicieroQ una muesca donde pusieron una piedra preciosa por 
ooraz^Qy y los envolvieron primero con pieles de culebra 6 tigre 
y en s^^da eon las mimtas; estos bultos se llamaron üaquimi' 
UUL (2) Tristes y apenados vagaban los devotos» hasta que uno 
de ellos 11^6 á la orill^i del mar; tres veces se le apareció Tez- 
caÜipoca, previniéndole al fin, fuese al sol y trajese cantores ó 
instrumentos para hacerle fiesta. Las ballenas, las tortugas y 
las sirenas formaron un puente sobre la mar, y el devoto, can*. 
taAdo un eanto hermoso, llegó al astro y le dio cuenta de su co- 
metido. Previno el sol á los que con él estaban, que, no respon- 
diesen al cantar del mensajero, porque quienes tal hicieran aqi^el 
se los llevaría consigo: no obstante la prevención,, cómo el canto 
era tan melifluo, algunos respondieron, y ól se vino con ellos á 
la tierra, trayendo el h\k¿hvfi¡!BL y el t&j^isyoM* Comenzaron de nue- 
vo las fiestas, los bailes y los cant^^es á los muertos dioses* (3) 
En esta relación continua el mito de Teotihuacan; los sectarios 
de las divinidades d^^ocadas por el culto del sol, vagan mucho 
tíeiDpo ocultando su rito proscripto, hasta que pueden de nuevo 
piaetíea;rlé poniéndose en contacto con los prosélitos del astro. 

Los totonacos adoraban la grcm diosa de los cielos, esposa del 
8oL Su templo estaba en lo alto de una montana, muy fresco y 
limpio á maravüla; repudiaba los sacrificios de hombres amando 
ae le sacrificasen tórtolas, aves y conejos; sacerdotes buenos y 
arreglados cuidan de Bxt culto, rogándole pidiera á su esposo el 
sel, los librara de la tiranía de los dioses que exigian sai;^e hu- 
mana. (4) 

fiepresentaban los mexicanos el astro con varios círculos con- 
céntricos, divididos en ocho partes con unas aspas triangulares, 
luuaendo relación á sus movimientos aparentes y á la división 
del tiempo. A veces ofireoe en el centro un rostro de frente con 
una gran lengua saliente de la boca, como en la piedra vulgar- 

p] Torquemtda, Ub. VI, cap. XXVn. 

(3) Mendieta, lib. U, oap. U. 

(8) Hendidta, lib. II, oap. m. 

[4] Mendieta, Ub. n, oap. IX. 



[ 



36 

mente llamada Calendario; otras el rostro está de perfil j sin 
lengua, como en el Tonalamatl; las más veces no aparece la oara^ 
como en el Coaulixicalli de Tízoc y en las pinturas de los Có* 
dices. 

Estando fija la tierra, el sol giraba al derredor de ella. Los 
guerreros muertos sobre el campo de batalla iban á morar á la 
casa del sol, en el lugar de Oriente: por esto se llamaba ese pun- 
to cardinal Tlalocan, paraiso. Las mujeres muertas en el pri- 
mer alumbramiento subían á la categoría de diosas bajo el nom- 
bre de MacihttQquezquey entrando en el número de las mujeres ce- 
lestiales denominadas Cihuapipiltin, é iban á habitar también la 
casa del sol, aunque hacia el Occidente, punto que por esto era 
llamado Cihtuxtlampa. Al disponerse á salir por Oriente el Tona- 
tiuh en su curso diurno, los guerreros celestes aprestaban sus 
armas y corrían á su encuentro armando estruendo y dando vo- 
ces; se le ponían delante, y con pelea de regocijo le llevaban has- 
ta ponerle en la mitad más alta del cielo, el cual llamaban Ne- 
panílatonatiuh. Becibiánlo en aquel punto las Macihuaquezque^ 
armadas y con regocijos guerreros; entregánbanle los hombres, 
y se esparcían en seguida por el cielo y sus jardines á chupar las 
flores hasta el siguiente dia. Las diosas celestes ponían al To- 
natiuh en unas andas de plumas de quetzaUí, llamadas qvetzcdcír- 
panecahuitl, lo tomaban en hombros unas, precediendo las otras 
dando voces de alegría, y haciendo fiesta: así bajaban de lo alto 
hasta llegar al Oihuatlampa. Allí salían á encontrar al Tona- 
tiuh los del infierno; porque cuando en la tierra comienza la no- 
che, en el infierno empieza el dia: entonces los muertos despier- 
.tan, se levantan, corren al encuentro del astro, y lo conducen si- 
lenciosos hasta ponerlo en el Oriente. En tanto las Macihua- 
quezque bajan á la tierra, buscan los instrumentos para tejer y 
labrar, se aparecen á sus perdidos esposos y les regalan las obras 
de sus manos. (1) 

El Tlalchitonatiuh, reunión del sol y la tierra, en el Códice 
l|elleriano, (2) presenta á la tierra en figura humana, sin cabe- 
za, con dos manos levantadas hacia arriba y dos hacia abajo, te- 
niendo en la parte inferior el miquizUi para señalar la mansión 



[1] P. Sahagun, tom. II, pág. 186 y síg. 
(2) Segunda parte, lám. XXV. 



N. 



37 

de los muertos. En dicha parte se descubre el luminar con los 
AEreos de Tlaloc/ dando á entender el conjunto el movimiento 
M astro. Según el intérprete, ''este es el escalamiento, ó calor 
qae da el sol á la tierra, y así dicen que cuando el sol se pone 
que va á alumbrar á los muertos." 

£1 sistema de rotación y las creencias determinaron los nom- 
bres de los puntos cardinales Hemos visto que el Oriente era 
Tlalocom^ la mansión de los guerreros gloriosos; el Occidente se 
decía CihuaÜampa, liabitacion de las diosas Cihuapipiltin, mu- 
jercitas. Nombrábase MicUampa, infierno, al Norte, y JEPuitzílam- 
fo, lugar espinoso, el Sur, residencia de las diosas apellidadas 
Huümaoa, 

£1 nombre NaJiui Oüin, cuatro movimientos del sol, se refiere 
al movimiento del astro entre los trópicos. Parece que desde 
muy antiguo conocieron los astrónomos mexicanos los puntos 
solsticiales y equinocciales. Esta determinación ^s de las más 
ficiles. Pronto debió ser observado que el luminar ño tenia su 
orto y ocaso en los mismos puntos del horizonte, y por la des- 
viación al N. y al S. se pudo formar juicio de la amplitud de la 
íaja recorrida, sirviendo para ello de comparación los objetos fí- 
sicos de la tierra colocados en el horizonte; tomada después la 
mitad de la curva aparente, podía señalarse con exactitud los 
{rantos equinocciales y ese movimiento de vaivén. Estas ob- 
servaciones, acompañadas de las de sombra de los gnómones, 
padieron conducir á la determinación de la línea meridiana, y al 
conocimiento de los dias en que el sol pasaba por el zenit de la 
dudad. 

<Jue los mexicanos conocían el verdadero valor del año trópi- 
00, es indudable; (1) el testimonio de Humboldt, y de otras per- 
sonas,, prueban que algunos edificios estaban perfectamente 
orientados; Gama (2) vio todavía, el año 1775, sobre una de las 
roeas del cerro de Chapultepec, las líneas que señalaban el me- 
lidiano y los puntos solsticialeSé De aquí la división de las es- 
taciones, y saber los pasos por el zenit. 

En cuanto dios, el sol recibía adoraciones durante los dias y 
las noches. Al amanecer lo recibían los sacerdotes del templo 
mayor con su estruendosa música de tambores, bocinas y cara- 

(1) Véase adelante nuestro trabajo especial sobre el Oálendarío. 
(3) Bescrip. de las dos piedras, primera parte, § 76. 






38 

coldB> Baorificáñdole eodomiees, aornuiíeándoleg la ^abeeta j ofr^ 
cié&dole la saxigre: (1) en el testo d^ día tooía CiHisagradas ]m- 
oee é ineienso. Su templo se llamaba Oaaulixicaleo^ j el rey pa- 
ra afiistír á las fíestae tenía el edifioio partieular cUcko HiM!f- 
cuauhxicalco. (2) Existía una orden de oabállerod que recom*- 
oía por patrono al ásüo; eran todos nobles, y si bien eran casa- 
dos tenían mecada particular en el templo mayor llamada Omir 
cuauhtin inchcmy casa ó madriguera de las águilas. AM había tma 
üsiágen del sol pintada sobre lienzo, que se moslaraba al pueUo 
por los sacerdotes' cuatro veces en el día y en la noche» Dos ve- 
ces al año, cuando en el <Srden sucesivo de los días tooaba el 8%* 
no nahui dlin, tenía lugar un sacrificio con muy particulares ce- 
rem<mias, precedido de un muy rigoroso ayuno, y en que sólo 
tomaban parte inmediata aquellos valerosos caballeros. (3) Fíqs- 
tas solemnes se verificaban en el solsticio de invierno. (4) La 
que se hacía en el templo de Iztaccenteotl, dios de las miesea 
blancas, era precedida de un ayimo de cuarenta dias, sacrifieán- 
dose á los leprosos y contagiados. (6) 

En el Tonalamatl (6) preside la décima primera trecena ooao 
planeta, Tonatiuh, acompañado de Tlatocaocelotl, la peraona ti- 
^e, y de Tlatocaxolotl, la persona Xolotl, personificación aquel «b 
los guerreros y éste de los sacerdotes. Castillo (7) le acompaña de 
Tepoztecatl, divinización del cobre, como metiU usado ea sus ar- 
mas y utensilios. En la décima cuarta trecena aparece con Na- 
hui OUin Tonatiuh, sol en sus cuatro movimientos, y le siguen 
Pilcintecutli, el dios ó señor niño, y QuetzalcoatL Finidmente, 
en la décima sexta trecena vuelve á aparecer Ollin Tonatiofa, 
movimiento del sol, con Tlalloc el dios de las aguas, y Citlali- 
nicue ó Citlalcueye, la Yia láctea. En esta última forma se rela- 
cionan el sol y la Yia láctea, cual si tuvieran idea de la inmen- 
sa nebulosa á que pertenece nuestro sistema planetario. 

Los eclipses de sol constan en las pinturas jeroglíficas, re- 
presentados por el signo ideográfico teoÜ^ oon una mancha re- 

(1) Torquemadfl, Hb. IX,'cap. XXXTV. 

<2) Torqnemada, lib. VIH, cap. 12. 

(8) P. Duran, Segunda parte, cap. X. MS. 

<4) Torquemada, Ub. VIH, cap. Xm. 

(5) Torqnemada, lib. X, cap. XXVHI. 

(6) He sirre nn ejemplar de los litografiados en Paria, por Deaportei. 

(7) Apnd Gama; primera parte, § 63. 



39 

donda y negra, más ó menos amplia según la intensidad del fe- 
nómeno. Fiesta principal se hacía bajo la denominación de Ne- 
tonatiuhcnalo, d infeliz sol comidoy (1) y tenía lugar cada 200 ó 
800 dias. Durante los eclipses las mujeres lloraban á voces, los 
¿ombres gritaban tapándose y destapándose altematiyámente la 
boca con las manos, alborotándose la gente con gran temor; pun- 
zftanse las orejas con púas de maguey y se pasaban mimbres 
por los agujeros; en los templos cantaban y tañían los instru- 
mentos con gran ruido; se buscaban hombres de pelo y rostro 
blancos, llamados albinos, y los sacrificaban con algunos cauti- 
vos. Si el eclipse era total, exclamaban: "nunca más alumbrará, 
ponerse han perpetuas tinieblas, y descenderán los demonios y 
vendránnos á comer,"(2) Muchas supersticiones había, semejan- 
tes 6 iguales á las que vamos á enumerar. 

Conocemos ya la historia de la luna una vez creada y hasta 
ahora nunca destruida; su papel en el orbe es respectivamente 
moderno. Los de TJaxcala creían que era la esposa del sol, di- 
ciendo que ambos consortes cuando se retiraban del cielo descan- 
saban de sus fatigas y dormían. (3) La luz del sol era propia, la 
de la luna se apagaba ó amortiguaba en parte según la progresión 
de BUS fases: lleva en el rostro la geñal del conejo con que los 
fioses la hicieron menos resplandecient^e. Becibía adoración en 
el templo mayor de Máxico en el teocalli Tecucizcalco, casa de 
caracoles, pues la luna, conforme á su origen, llamábase también 
Teimciztecatí: le hacían sacrificios en diversos tiempos del año. (4) 
Los de Xaltocan la tenían por dios principal. 

£1 eclipse de luna producía menor alboroto que el de sol. Las 
mtqeres grávidas, para evitar el aborto ó defender que el niño 
saliera con los labios rotos, {tencua, labio comido) boquituertos, sin 
luffices'ó bizcos, se ponían en la boca ó encima del vientre un pe- 
dazo de itztíif obsidiana. (5) Todavía la gente vulgar de los cam- 
pos acostumbra cubrir el vientre con una tela de color «ncamado. 
La costumbre de los mexicanos se encuentra en pueblos de las 
costas del N. O. Las tribus de Scmora, en los eclipses del sol y 

(1) Chuna, loco dt, por. 57 

(2) P. Sahagun, lib. Vn, cap. I. 
(8) Hnftoz Oamargo. MS. 165. ' 

(4) Tocquemada, lib. Vm, cap. XTIT. 
(Ó Saliagnn, lib. Vn, cap. II. 



40 

de la luna, salían de sus casas dando los más fuertes alaridos j 
haciendo cuanto mayor estruendo podían. (1) Los misioneros en 
Sinaloa, durante un eclipse de luna, vieron salir á los de xm pue- 
blo á la plaza armados con arcos, flechas y palos, voceando y 
golpeando fuertemente en las esteras: acudían] en defensa del 
astro, amenazado por im genio que en el cielo reside y con el 
cual trae perpetua guerra. (2) La palabra MetzÜi significa igual- 
mente luna y núes, dando á entender que en un tiempo el calen- 
dario fué lunar. 

Al ver tan enmarañadas nociones astronómicas, truncas y 
fabulosas, dudan algunos que los mexicanos hayan podido llegar 
á las delicadas observaciones que los condujeron á la medida 
exacta del tiempo para la formación de su calendario, y todavía 
más, cuando su aritmética parece insuficiente y no constan cuáles 
nociones tuvieron en geometría. En México, á semejanza de lo 
acontecido en Egipto, en Grecia y en otras naciones, los sacer- 
dotes monopolizaban las ciencias y la religión: de la astronomía 
V. g., el pueblo no era sabedor sino de las cosas vulgares; apar- 
tado de la iniciación sacerdotal, juzgaba por su ceguedad y ad- 
mitía consejas absurdas. Durante la conquista perecieron los 
tlamacaz que defendiendo valerosamente sus teocalli; con ellos 
pereció la ciencia. Cuando los entendidos misioneros quisieron 
recoger las noticias de los pueblos conquistados, generalmente 
sólo pudieron consultar con los ignorantes. Si algún sacerdote 
escapó á la matanza, ocultaba pertinazmente la clase á que per- 
tenecía, y si era descubierto y preguntado, debía tener empeño 
en no revelar los secretos, tratándose de conquistadores y de 
enemigos de los dioses. La verdadera ciencia azteca desapareció 
sin remedio. 



(l) Alegre, Hist. de la Compañía de Jesús, tom. II, pág. 217. 
(3) Kivas, üb. III, cap. XXV. 



"H 



CAPÍTULO nx 

IúehiqueUaL--M(mt(ma».-'Fiegtaij/ dioinidade$.'-Mit08funerales,-~M infierno, 
^MicUanteouUi y lo$ éUmu infñTuUes. — Lugares de ánoameo de ¡a$ ánimaa. — SI 
e9ua,^Tla¡iOo.^Ohakihímhffiie.^H 
étdeChoUolan. 

Los mexicanos, ademas de los cuerpos celestes adoraban los 
(nutro elementos tierra, ogua, aire y fuego. (1) Antiquísima es la 
doctrina de la composición *de todos los cuerpos por la combi- 
fiadon de estos cuatro principios elementales, y gustó tanto á 
h humanidad, que no comenzó á abandonarla hasta mediados 
del pasado siglo. En el sistema de Pitágoras, aprendido tal vez 
de los sacerdotes de Baco, ^'el mundo sublunar era teatro de un 
'^eombate sin fin entre la vida j la muerte, presentando la per- 
lina aUemativa de las generaciones y las destrucciones; era 
'la región de los cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego, los 
'^eoales por sus uniones, divorcios y transformaciones incesan- 
'^, producían todos los fenómenos accidentales que aparecen 
"isnestra vista.'*(2) Ideas análogas abundaban en los mexicanos. 

Como diosa figuraban la tierra en una rana fiera, con bocas 
llenas de sangre en todos las coyunturas, diciendo que todo- lo 
comía y tragaba. (3) Donde quiera que se muestran bajo algún 
ttpecto las reproducciones, la razón incipiente las asemeja á las 
pneraciones de los seres, formando dualidades de hombre y de 
nitjer. Tlaltecutli, de ÜaHi, tierra, y tecuÜi, señor, era el dios 
^won de este elemento: á este señor tierra reverenciaban con 
gnmdes sacrificios y ofrendas. La principal reverencia que en 

(1) P. Mondieta, üb. n, cap. Vil. 

(2) Fignier, Savants de Tantíqnité, pág. 81. 

(3) Mendieta, lib. U, cap. IV: la copia Torqnemada, lib. VI, cap. XUV. 

6 



i 



42 

su honor se practicaba, era tomar del polvo con el dedo mayor 
de la mano y llevarlo á la boca: (1) se hacía en memoria del na- 
cimiento y de la muerte de los hombres. 

La tierra, negando sus frutos, presenciando la muerte de los 
seres y encerrando los despojos en su seno, desnudo de su ver- 
dor durante el invierno, presenta una faz angustiosa y dura; 
mientras su fertilidad abundosa, el nacimiento constante de nue- 
vos individuos, la reaparición de las plantas en la primavera, la 
ofrecen como blanda y amorosa: de aquí considerarla como ma- 
dre y madrastra al tiempo mismo. Ambas ideas se encerraban 
en la Chicomecoatl 6 Chicomecohuatl, siete culebras, diosa en 
general de la germinación de las plantas, pues bajo este nombre 
era el numen de la esterilidad y del hambre, mientras eB el de 
Chalchiuhcihuatl, mujer preciosa ó de chalchihuitl, presidía á la 
abundancia y al regocijo: era el bien y el mal en una sola pieza. 
Bepresentábanla en forma de linda moza, con una tiara en la ca- 
beza, cueytl enaguas, huipüU esj^ecie de camisa y oocíK, zapato, to- 
do rojo haciendo tal vez alusión al concurso del fuego; entre sus 
atavíos galanos se distinguían sus ricos pendientes en las orejas, 
el collar de mazorca de oro remedando las del maíz, y las ma- 
zorcas del mismo género que en las manos llevaba, con lod bra- 
zos extendidos cual si estuviera bailando. (2) La fiesta de esta 
divinidad era general en el país, pidiéndole año abundante en 
mantenimientos; la víctima especial representante de la diosa se 
decía Atlatona, el agua resplandeciente, y la sacrificaba el sacer- 
dote de Tlaloc, aludiendo al consorcio de la tierra y del agua, 
al principio de la misma tierra formada ó sacada del seno de las 
aguas. Atlatona era la diosa de los leprosos y heridos de enfer- 
medades contagiosas; sus despojos, eraa arrojados á un sótano á 
fin de apartarlos del contacto de los vivientes. (3) 

Chicomecoatl era conocida también por Centeotl, de cenüi, la 
mazorca del maíz seco. (4) Constituyendo el maíz la base de la 
láimentacion de aquellos pueblos, no podía faltsa divinidad que 
presidiese álsu prodnc<áon. Por eso Centeotl sedistii^nía ignai*- 

(1) P. Dnnn, Begunda porte, cap. XIX MS. 

(2) Doran, cap. XHH^ líS.-Saliagan, Ub. I, cap. Vn, le pone en la mano derecha 
un "yaso, y en la izquierda una rodela con una ílor grande pintada." 

(8) P. Duran, loco dt MS. 

(4) Torquemada, lib. X, cap. XTTT. 



48 

Dente par los nofintoeii de Xik^aen, de ixdhü, la mazorca oaaad» 
wimússsk á íormaítse; letaeeeiitootl, mat^ bkttco; Tlatlaiifaqui- 

oenteotl, maíz colorado^ j oirod que liacen alusión al estado áA 
graux (1) Todavía le llaaaiabiiB T^teotl, diosa oxigmál, y To- 
meayohaa, la sustentadoYa de nmestra eanie, Bl düefente esr 
tado de las sieiBlE^as deiegpmiaába las fiestas de este numen, sien- 
do las prm<»pales en el teroévOy octavo y undéeimo saceses. 

^^os antes que los totonaoos f ev€«enoiaban una diosa enemi- 
ga de k sastre, bajo el dietado de la esposa del sol; es la misma 
GeitieeÜ. (2) Es nebral j aun lógico que los pueblos primitivos 
%aa admitid el consc^cío, élitre el sol y la» tierra; el padre del 
ealof j de la luz fecundadores, ella l¿rtil, madre que vuelve c&ñ 
cieces las simientes confiadas á su seño. 

Los autores, confundidos sin duda por la dualidad encerrada 
ea estos mitos, ya hacen hembra á Oenteotl, ya vaaron: el inter- 
ínete del Oódioe Telleriano se decide por el segundo extraño, 
wfioediéndole por esposa á Xodiiquetzal. (3) 

La diosa ^rra tdcaazaba todavía otros nomtoes. Toci, núes** 
^ abuela; el oora^on de la tierra, ^^orque oucundo quería hacía 
^oiiblar la tierra." {4) Antes vimos explicados los terremotos 
por los vaivenes del globo eA ewnbiarse los dioses encargados^^ 
Nsleai^Io; á esta idea materiiú se sustituye ahora la del poder 
^ Hfia divinidad. Al t^áblar, si estaba presente una miqer gi^ 
^ NstílMTÍan de pronto las ollas ó quebrábanlas, p<»rque no mo^ 
^*vieBe; y deoían que el ieinlribr de la tierra era sefial de que se 
"Mía presto de gastar y acabar el maíz de las ^arojea** (5) 

AdtMfábaBe á esta diosa en el lugar dicho Tocntitkm; ahora 
Sfttdalupe, donde mismo asentó su real Sandoval idurantecA 
^ de México. El Oihuateocalli estaba compuesto de cuatro 
?^es maderos de más de 25 brazas de dito, forhiimdo cuadro, 
jefiijíflaa un andamio y |^k^ cubierto con un techo de paja. Bl 
'Uo tenía la figura de una anciana, el rostro de las narices arri- 
cia blanco, de las narices abajo negro; su cabellera de mujer ador- 
^ con copos de algodón; en la una mano una rodela y en la 

(1) GiaTijezo, tom. I, pág. 288. 

(i) rbn^nemada, Uh. VI, oap, XíS:y.^-<BBTÍjera> tom. i, pág. 284. 

(3) Explicación, lám. XXX. 

(O P. Duran, segunda parte, cap. XV, MS. 

(S) Hotolinia, His. de los indios, trat. II, cap. VIII. 



4á 

otra una escoba; el vestido estaba adornado con hilo torcido de 
algodón. No tenía guardas ni sacerdotes, y su fiesta principal 
tenía lugar en el mes Ochpaniztli (1) 

Oonforme al P. Sahagun (2) era diosa de la medicina y de los 
médicos, de las parteras y de los agoreros ó adivinadores: al ver 
los arreos del numen podría decirse que cuidaba de la cosecha 
del algodón. Era invocaba igualmente para los baños bajo el 
nombre de Temazcalteci, abuela de los TemazccdU, Bajo esta ad- 
vocación el ídolo tenía la boca y barba teñidas de tdli, en el ros- 
tro unos parches de lo mismo; un paño atado en la cabeza con 
las puntas para la espalda, con unas plumas & manera de Ucmias; 
la camisa y faldellín blancos; en una mano una escoba y en la 
otra una rodela con una chapa de oro. 

La Toci aun recibía otras denominaciones. Tonan, nuestra 
madre; Teteoinan, madre de los dioses. De este ntimen se cono- 
ce el origen terrestre; es l%hija del rey de Colhuacan sacrifica- 
da villanamente por los n^exicanos, para que sirviera, según el 
consejo de Huitzilopochtli, de diosa de la discordia. (3) 

Xochiquetzal, quetzalli de flores, preside en la pintura Yati- 
oana al cuarto sol cosmogónico. Adorábanla en Tlaxcala como 
iS diosa de los amores. En extremo hermosa, vivía en los aires 
sobre el noveno cielo, en lugares deleitosos de fuentes, rios y 
flores, servida por muchos genios femeninos, y enanos, corcoha- 
dos y truhanes que la divertían perpetuamente. Tan guardada 
estaba por su corte que hombre alguno podía verla, lo cual no 
evitaba que, valiéndose de sus servidores, mandara embajada £ 
los dioses que codiciaba. El lugar de la residencia de la diosa 
era Tamoanchan, paraíso, y existía ahí el árbol Xochitlicaoan, 
cuyas flores cojidas ó sólo tocadas hacían fieles y dichosos ena- 
morados. Xochiquetzal fué esposa de Tlaloc, mas se la hurtó 
Tezcatlipoca, quien colocó á su amante en el lugar de las deli- 
cias: el desdeñado Tlaloc tomó por compañera á Ifatlalcueye. (4) 

El lugar Tamoanchan y el árbol Xochitlicacan constan en el 
Códice Telleriana (5) 

(1) P. Duran, cap. XV, MS. 

(2) Hiat gen., Mb. I, cap. Vm. 

(8).Torquemadft, Ub. VH, oh>. XVIII: üb. IX wp. XI; Ub. X, otp. VH; lib. X, 

(4) Mufioz Gamargo, MS. 
(6) Lám. XXin. 



46 

Conforme á otra yersion, los mexicanos gastaban en extremo 
de las flores; ricos y pobres se deleitaban en llevarlas y olerías» 
empleándolas profusamente, así en las fiestas religiosas como en 
las civiles j particulares. Xochiqnetzal presidía á las flores, 
siendo también abogada de los plateros, pintores, entalladores, 
7 en general de las artes de ornato. Su fiesta regocijada y gene- 
ral se llamaba Xochilhuitl, haciéndose para despedirse de las 
rosas en el tiempo en que se aproximabui los hielos del invier* 
no; mas aunque entonces comenzaba, venía á terminar en los 
meses Pachtli y HueipachtlL En el principio, sin más adornos 
que flores en sus personas, casas, calles y templos, se entrega- 
ban á regocijadas danzas y representaciones chistosas. 

Al amanecer del primer dia del Pachtontli, las mujeres con- 
sagradas á Huitzilopochtli molían cierta cantidad de maíz, for- 
maban una pella apretada, la colocaban en una lujosa batea y la 
entregaban á los sacerdotes, quienes la llevaban solemnemente á 
lo alto del templo, poniéndola á los pies del dios. Dejábanle guar- 
das, y los ministros, durante la noche, iban y venían con luces 
de la batea* al ídolo y del ídolo á la batea, hasta que pasada me- 
dia noche aparecía sobre la masa, la huella del pié de un niño * 
reden nacido, á veces también cabellos de mujer y algunos 
cedacillos de paja. La milagrosa hueUa era señala de la llegada 
de Yaotzin, guerreador, 6 sea de Huitzilopochtli mismo; los sa- 
cerdotes anunciaban el portento con las bocinas y caracoles, 
aendiendo atropelladamente la multitud á considerarlo á la hiz 
de tantas antorchas, que convertían la noche en dia. Saciado el 
teombro, quedaba el pueblo aplazado para de ahí á tres días en 
que aparecían los tres compañeros del señor de la guerra, llama- 
dos Yatecutli, Cuchtlapuhcoyaoctzin y Titlacahuan. 

En el mes Hueipachtli, las dos victimas representantes de 
Xcehiqnetzal, llamadas Tezcacohuatl, escocidas jóvenes, vírgenes 
7 hermosas, eran llevadas con regocqados bailes al Cuauhxicalli: 
paradas encima, los sacerdotes les traían cuatro xicaUi, (jicaras), 
eon maíz blanco, amarillo, morado y negro, que ellas sucesiva- 
mente esparcían á los cuatro vientos, arrojándolo con la mano 
como quien siembra: la multitud se arrojaba á recojerlos, dán- 
dose por muy contento quien se hacía de dos granos, que sem- 
braba para cosechar de la simiente bendita. Entre tanto andaba 
el baile, estando en el centro de la danza un sacerdote en pié. 



46 

mostrando en la mano alta y en un paño el (mdiillo del sacnfi- 
cio, usado ezolusivamente en aquella ceremonia. Las dos vieü* 
mas eran saerificadas, mas con las piernas cruzadas para ates- 
tiguar su estado limpio. S^uía la inmolación de otra víctima 
con las insanias de Xochiquetzal, con baile de los artesanos 
protejidos de la diosa. 

Toda persona sin excepción, se había dispuesto por medio de 
abluciones, las cuales limpiaban de los pecados menores ó ve- 
niales, y terminada la fiesta se entregaban á comer el tzoaUi^ pan 
compuesto de huauhtUy bledos, maíz y miel negra. La purifica- 
ción por el agua no era completa; los pecados mayores se remi- 
tian por medio de una verdadera ccmfesion con los sacerdotes, 
y la limpia se consumaba comiendo un pedacillo del tzoaJK de 
que había sido formado el cuerpo de algunos dioses. Eran seme- 
janza de la confesión y comunión de Ips cristianoa. (1) La cere- 
monia recuerda la creación de los dioses y de los hombres, por 
el tecpatl celeste. 

En una tercera leyenda, Xochiquetzal se presenta como una 
ramera desenvuelta, colocada furtivamente por Tezcatlipoca en 
' la habitación de Topiltzin, Huemac ó Quetzalcoatl, á fin de per- 
derie en el concepto público. (2) 

Todas las diosas enumeradas parecen no ser más de una sola, 
la diosa tierra; los diversos nombres aparecen como otras tantas 
adoradones, como las diversas manifestaciones del elemento, no 
sin mostrar el concurso principen del fuego y del agua. 

Las montañas llamaron siempre la atención de los pueblos; 
en la cima de las grandes alturas, á la vista del despejado y an- 
cho horizonte, el alma se eáente como desprendida de las cosas 
terrestres; más cercano ahí del cielo, el hombre se ^ura que 
podría hablar con Píos cara á cara. Lugares son á propósito 
para levantar altares y templos; la oración y el incienso pueden 
subir pronto y sin obstáculo hasta la bóveda del cielo. Por eso 
los mexicanos tenían teocaüi en todas las cumbres, en los puer- 
tos de las sierras, en las eminencias de los caminos, á donde de- 
votos ó cansados caminantes hacían sus preces y sacrificios. (3) 



(1) P. Duran, cap. XVI. MS. 

(2) P. Duran, segunda parte, cap. I, MS. 
(8) Torquemada, lib. VI, cap. XVL 



47 

Los montes exm ima QSpeoie de vasos^ de tierra por faera» 
llenos por dentro de agua, q^ue pueden romperse y anegar la 
tierra. (1) En su centro habitaba TepeyollotU, corazón del ceyro. 
Esta, divinidad, que debe corresponder á alguna estrella, ocupa 
el octavo Ingar entre I09 acompañados ó señores de la noche, 
según 86 ve en el TonalamatL El cuarto acompañado es Cen- 
toetl, tomado en su carácter de símbolo astronómico/ ó planeta. 

Las montañas principales reoibían formal adoradon; estaban 
personifioadas en un ídolo, con lugar en los teocalli, propias ora- 
ciones j TÍotimas. El Iztaccíhuatl, mujer blanca, tenía fiesta en 
Mesico y en una gruta en su falda: el Popocatzin ó Popocatepec, 
montaña que humea, estaba en el mismo caso. (2) En concepto 
del pueblo eran éstos marido y mujer. La diosa Miitlalcueye, 
montana cerca de Tlaxcalla, era la querida de Tlaloc. (3) En la 
misma comarca está el Tlapaltecatl, señor de muchos colores: á 
estas dos acudían en las fiestas los pueblos de aquellas comar- 
cas. Al S. del volean el Teocuicani, dios cantor ó cantor divino; 
dábanle este nombre, porque siendo áspero y muy alto, en su 
cumbre se forman recias tempestades, haciéndose oír con espan- 
to éí ronco retumbo del raya En la cumbre había una casa lla- 
mada Ayauí^calli, casa de descanso y sombra de los dioses, con 
un ídolo muy rico de piedra verde, del tamaño de un muchacho 
de ocho años, el cual fué motivo de porfiadas guerras entre los 
ocMxvecinos, y luego desapareció á la venida de los españoles. 
Otros muchos había como el Huixachtitlan ó de Itztapalapan, 
qp» no es de gran altura. La fiesta anual era celebrada sobre 
cada una de las más afamadas sucesivamente, pues era de rito 
no repetirse dos veces seguidas en la misma. (4) 

JEn el mes Tepeilhuitl, fiesta de los montea, formaban de tzoa- 
2I1 la figura del Popocatepec, poniéndole al rededor l^s otras 
montañas principales como las de Tlaloc, C jicomecoatl, &c., en 
la parte superior les colocaban sus ojos y boca, adornándolas 
con unos^papeles llamados tetehuitl: junto estaban las imágenes 
del Chalchiuhtlicue y de Cihuacoatl. Dos días le servían comi- 
da en trastecitos como á niños, pasando la xlltima noche en bai- 

(1) Sáhagmi, tomo 8, pág. 310. 

(2) P. Duran, cap. XVII y XVm, MS. 

(3) Hnfioz Camargo, MS. 

(4) P. Duran, cap. XVni, MS. 



48 

les, tañendo las flautas unos muchachos. En amaneciendo toma- 
ban un tzotzopaztU, (especie de regla de una madera dura j pesa- 
da, que servía para apretar los tejidos), y como si fuera el cu- 
chillo del sacrificio lo metían en la masa, sacando el corazón de 
las figuras, como si personas fueran, y lo entregaban al amo de 
la casa: despedazados los cerros, comían el tzoaUi con toda reve- 
rencia como carne de los dioses. La concurrencia se entregaba 
á comer y beber á honra de las deidades muertas, llamadas tepie- 
me. Mientras esto pasaba en las casas, los sacerdotes buscaban 
en los montes las ramas más irregulares en curvas, á las cuales 
decían cocUzin,\as llevaban á los templos, las revestían del tzoalli, 
poníanles ojos y boca, haciendo las mismas ceremonias que con 
los cerros: sacrificábanlas igualmente dando la masa á los cojos> 
mancos, contrahechos y tullidos, con obligación de proporcionar 
los ingredientes del tzocdli en el siguiente año. (1) 

Para contentar el rito bárbaro, sediento siempre de sangre hu- 
mana, había al efecto cinco víctimas inmoladas; cuatro muje- 
res nombradas Tepechoch, Matlalcuae, Xochitecatl y Mayahuetl, 
y un hombre dicho Minahuatl (2). Verdaderamente estos pare- 
cen ser los nombres de las divinidades de las montañas. La fies- 
ta tenía por objeto alcanzar buenas y suficientes lluvias. Los 
montes, sobre los cuales se posan las nubes, forman el consorcio 
de la tierrra y del agua para producir abundantes cosechas. 

Entre los choles, el alto cerro de Escurruchan, orillas del rio 
Maytol, era tenido por el dios de las montañas; en la cumbre 
había un espacio limpio con un cercado de maderos, dentro del 
cual ardía constantemente un fuego para alivio de los cami- 
nantes (3). 

En la mitología mexicana el lugar de los muertos pertenecía 
á la tierva. Creían el alma inmortal algunos pueblos, y en una 
vida futura al lado de los dioses y llena de delicias .(4)* Las na- 
ciones de raza nahoa asignaban tres lugares para el descanso de 
las ánimas, señalando á cada uno cierta recompensa ó preroga- 
tiva. Los de Tlaxcalla pensaban que las almas de los nobles se 
tomaban en nieblas, nubes, pájaros de hermosas plumas ó eu 

(1) P. Duran, cap. ÍVIII, MS.— Sahagun, Ub. II, cap. XXXV. 

(2) Torquemada, lib.X, cap. XXV. 

(3) Villagatierre, Hiat de la conqyista del ítzÁ, lib m, cap. I. 

(4) Mufioz Oamargo. MS. 



49 

piedras preciosas; la gente común se convertía en comadrejas, 
escarabajos, zorrillos y otros animalejos feos. Los otomíes, por 
ultimo, broncos y salvajes, estaban persuadidos de que alma y 
cuerpo perecían juntamente (1). En este capítulo, como en to- 
dos, las ideas andan revueltas; ya se presenta eí conocimiento 
puro de la inmortalidad del alma, ya la grosera metensomatosis, 
ya el materialismQ desconsolador. 

Los ancianos encargados de este oficio tomaban el cadáver, le 
encojian las piernas, le envolvían en los sudarios y le amarra- 
ban fuertemente; habían cortado diferentes papeles, de los cua- 
les unos ponían al difunto, los otros le presentaban para diver- 
sos objetos. Derramábanle un poco de agua sobre la cabeza, di- 
dendo, "esta es de la que gozasteis estando en el mundo;" 
poníanle también un jarrillo con agua y le decían, "veis aquí 
con que habéis de caminar." Los despojos eran quemados, jun- 
tos con las ropas y objetos del difunto, y un perro de color ber- 
mejo atado por el pescuezo con un hilo de algodón flojo, sacrifi- 
cado previamente; sobre la ceniza, carbón y huesos vertían un 
poco de agua, diciendo, "lávese el difunto;" recogían después las 
cenizas, poníanlas eu una olla ó jarro, ton un chalchihuitl ó una 
piéán de menos valer llamada texoxoctliy según la calidad del 
individuo, la cual tenían por corazón de los despojos, y las ente- 
rraban en un hoyo redondo. Piedras iguales habían sido colo- 
cadas antes en la boca del difanto. Parece que el ánima perma- 
neces con las cenizas, hasta los cuatro anos que se separaba é 
iba á su habitación finaL 

9 camino de la otra' vida estaba erizado de dificultades; los 
pipéled ñerríxñ para vencerlas. Había que atravesar entre dos 
dente que estaban chocando una contra otra; adelante estaba 
WñA gran culebra guardando el paso; luego el gran lagarto verde 
Xoclcitoiía}; desjmes ocho páramos 6 desiertos; en seguida loi^ 
adío coHados, y al fin el viento helado üzeJiecayan, viento de tfzifi 
á obsidiana, que arrancaba las piedras y cortaba como navaja: 
para este lugar servían las ropas preparadas. Llegada el ánima 
i la orifia del Chicunahuapan, nueve aguas, rio ancho y profun- 
do; si el perrillo bermejo conocía á su amo desde la otra orilla, 
arrojábase á la corriente y le pasaba; presentábase el dios del 

(1) M«Ddiet% Hb. U, cap. Xin. 



5© 

lugar, quedando al fin en su morada definitiva el Chicuñamictla 
ó noveno infierno (1). 

Quienes morían de enfermedad natural, sin distinción de cla- 
ses, que ellos también ante la muerte quedaban igualados, iban 
al lugar llamado Mictlan. Este nombre lo traducen por infierno, 
si bien significa mejor, lugar ó tierra de los muertos ó de la 
muerte: era amplio, cerrado, oscuro y con nueve estancias. En 
cuanto á su situación, la palabra Mictlampa, á la parte de los 
muertos, indica quB lo suponían al Norte: (2) aunque solo po- 
dría tomarse por el rumbo que habría que seguir para ir á la 
última morada. Su verdadero sitio era en el centro ó debajo de 
la tierra; por eso el templo dedicado al dios se llamaba Tlalxicco, 
en el ombligo de la tierra; el sacerdote estaba pintado comple- 
tamente de negro y se llamaba Tlüllantenamacac (3). 

Los dioses de aquel lugar eran Mictlantecutli, señor del infier- 
no, por otros nombres Acolnahuacatl ó Tzontemoc, el que inclina 
la cabeza; su esposa era Mictecacihuatl. Según el intérprete del 
Códice Telleriano, (á) lo colocaban enfrente del sol por ver si po- 
dría tomar algunos de los muertos: solo á éste y al señor del cielo 
y de la abundancia ponían corona. La religión mexicana tendía 
á familiarizar á los creyentes con la idea terrible de la muerte; 
pueblo de soldados, víctimas todos para el sacrificio, milagro era 
conservar la vida, y el dogma y las costumbres enseñaban á lle- 
gar al término incierto sin espanto, con tranquila indiferencia. 
Miquiztli, muerte, representada por un cráneo, era el sexto signo 
de los dias del mes y el quinto de los acompañados de la nocae; 
presidía al primer dia de la sexta trecena; se le consideraba en- 
tre los signos celestes; tenía dentro del templo mayor el suyo, 
nombrado Tolnahuac, le daban culto particular con el nombre 
Ce Miquiztli, y le sacrificaban esclavos (5). Como signo ceiesce 
Mictlantecutli preside á la décima trecena del Tonalamatl; le pin- 
tan á los pies un cuerpo medio enterrado, para dar á entender el 
encargo que tenía de recoger á los. muertos. 

(1) Sahagun, apéndice del lib. III, cap. I. Tofquemada, lib XIII, cap. XLVli. P. 
Mendicta, lib. II, cap. Xin. 

(2) Torquemada, lib. VI, cap. XLVI. 
(h) Tofqu -imada, .ib. VIII, cap. XII. 
(4) Segunda parte, lám. XY« 

(6) Gama, descrip. § 11, niím. 29. 



51 

Otro^varíoa diosea infernales están mencionados. Constan en 
la explicación del Códice Vaticano, tomados con su viciosa or- 
togri^a, los espiritas masculinos Miquitlantecotl ó Tzitzimitl, 
Lspnnteque, Nextepelma y Contemoque (Izontemoc), con los fe- 
meninos Miquitecacihua, Nexoxocho, Micapetlacoli y Chalmaca- 
ciuatL Presidiendo en la décima segunda trecena del Tonalamatl 
Temos á Teonexquimilli: la palabra se compone de teoÜ, dios; nex- 
m^ ceniza, y quimUUf bulto 6 lio; el bulto de ceniza dios, ó como 
¿raduee Boturini, (1) bvUo ceniciento^ btdío de oscuridad y neblina, 
dioe sin pies ni cabeza. En la décima quinta trecena está la Teo- 
yamiqui, la cual tenia el oficio de recoger las almas de los que 
perecían en la guerra ó sacrificados; su nombre significa, morir 
en la guerra divina ó en defensa de los dioses. 

El segundo lugar para el descanso de las ánimas se decía Tla- 
looan, lugar de Tlaloc, ó como traducen los autores, paraíso te- 
rrenal: era un sitio fresco, ameno, abundante en mantenimientos, 
banquilo, satisfactorio y mansión de los dioses llamados Tlalo- 
qnes. Los muertos de rayo, hidrópicos, leprosos, bubosos, sar- 
nosos y gotosos, iban £ aquel lugar, y sus cuerpos en lugar de 
quemados eran enterrados. A los cadáveres ponían semillas de 
bledos Bobre el rostro, en la frente color azul y papeles cortados, 
7 en la majio una vara que debería reverdecer en el paraíso. (2) 

Los guerreros muertos en la guerra, los cautivos perecidos en 
poder de enemigos y según parece también las víctimas, habita- 
ban, como hemos visto, la casa del sol. Había en el cielo arbo- 
ledas y bosques, jardines con flores exquisitas; allá recibían las 
inimas las ofrendas que en el mundo les hacían, acompañaban 
al Bol en su curso, y pasados cuatro años se tomaban en tzintza- 
nes ó chupamirtos, para andar chupando las rosas celestes y 
terrestres (3). 

£1 signo calli simboliza la tierra como habitación del hombre; 
en esta forma es uno de los cuatro caracteres de los años, y uno 
de los'dias del mes. 

Después del fuego, seguía el agua como elemento más reveren- 
ciado. Fuera del auxilio que á la tierra prestaba en la produo- 
don de las plantas, considerándola en las nubes, lluvia,* granizo, 

(1) Idea de una nueya hist, pág. 16. 

(2) ftaKfLgnti, apéndice al lib. III, oap. IL— Torquemada, lib. XIII,oap. XLyíII. 

(3) Sahagon, apéndice al lib. HI, cap. III,— Torqnemada, loco dt 



62 

hieloy faentes 7 ríos, consagrada por el rito lavaba en el bautis- 
mo, purificaba la yíctima, limpiaba el alma de los pecados me- 
nores, disponía á los vivos y á los difuntos para presentarse ante 
los dioses; la vida material y ,1a religiosa pendían del líquido 
elementa 

En sus conocimientos geológicos, el agua de la mar penetra por 
la tierra, por sus venas y caños debajo de ella, hasta que en los 
llanos ó alturas encuentra una salida, presentándose en forma de 
fuente; el agua del mar es salada, mas pierde la sal y el amargor 
colándose entre la arena y las piedras, tornándose dulce y buena 
de beber. Los manantiales de tierra llana son ameyaUi, agua que 
mana; si al salir hace hervir la arena se dicen xalatly agua de 
arena; las fuentes intermitentes son pinahvatl^ agua vergonzosa. 
Los pozos profundos se llaman ayohtuüiztU y los someros aUaco- 
móUi; los manantiales profundos axoocohuílli, agua azuL 

Según una leyenda, los ríos todos salían del Tlalocan, habita- 
ción de Chalchiuhilicue; mas ésta parece una figura dando á en- 
tender, que los ríos eran la obra de la diosa. Los ríos son atoyaU, 
agua apresurada en correr; la unión de los arroyos forma los 
grandes ríos. Beconocían que las montanas daban origen alguna 
vez á los ríos, y por eso el P. Duran dice, que se hacían tantos 
honores al Popocatepec, por las corrientes que en él tienen na- 
cimiento. Las lagunas tienen por nombre amanaUi, agua tran- 
quila (1). 

Vimos ya la manera en que el agua está distribuida en el cielo 
y cómo se verifican el trueno y el rayo; en memoria de esta fic- 
ción, dtHrante la fiesta de los tkdoque salían los sacerdotes con una 
caña de maíz verde en la una mano y en la otra un cántaro o^n 
asa, (2) que eran el palo y la alcMicía de los servidcm^es del dios 
de las aguas. No obstante esto, todos los fenómenos meteoroló- 
gicos acuosos eran atribuidos á Tlaloc; atributos suyos eran el 
relámpago, el rayo y el trueno; con el rayo hería á quien su vo^ 
luntad era, debiendo saberse que la muerte era producida por la 
piedra del rayo: (3) debían referirse ya á las fulguritas, ya á una 
creencia vulgar también en Europa De sus observaciones ha- 

• 

(1) P. Etehagan, Ub. XH, cap. XH. 
(f> Riihigín, fib. yn, msk Y. 
(8) P. Dnnn» oi^. Yin. MB. 



í 



53 



bíin deduoido, que el agua brotaba á los pies del <xhuehveU (Ou- 
pfOB8Q8 distioha); el aroo-^íris repetido era señal de que iban á 
QNar las aguas; helaba eada auo en nu espacio de oieuto veinte 
taguas; el ano de nevadas pronosticaba buenas cosechas; las nu- 
bes 6Bcima de las montanas indicaban la proximidad de las Uu- 
Tiss; asnal de granizo eran las nubes blancas, j para prevenir los 
«ales que hacían, había unos hechiceros llamados teciuhüaaquef 
e^rbadores de granizo, los cuales poseían conjuros pare evitar 
el daño en los maizales, 6 enviar el nublado á los desiertos 6 tie- 
rras ao sembradas (1). 

£1 dios del agua era Tlaloc. El nombre parece indicari íeQun- 
dador de la tierra, lo cual se aviene con el dictado que le daban 
de engendrador de las aguas (2). Tlaloc ó Tlalocatecuhtli, según 
spi^ece en una pintura que á la vista tenemos» está en figura de 
un lumibre bien formado: lleva en la cabeza una diadema de piu- 
sas blancas y verdes, con xm adorno de plumas rojas y blancas; 
el pelo largo tendido á la espaldar al cuello una gargantilla ver- 
da como agua; del cuello al muslo, sin mangas, una túnica azul, 
ocm adoraos como red, prendidas las mayas con flores; adornos 
de oro en las pantorrillas, pulseras de chalchihuitl; en la una ma- 
llo el chtmaHi azul profusamente adornado de plumas amarillas, 
verdes, rojas y azules, y en la otra mano una lámina de oro agu- 
da y hondeada representando el rayo: el cuerpo es negro. Nunca 
podía verse el rostro de los dioses, y por eso aquellas divinida- 
des le tenían cubierto con una máscara. La de Tlaloc es muy 
evacterística; es un ojo circular rodeado por una curva particu- 
lar, que en la parte inferior se prolonga hacia abajo, para encor- 
Tarse de nuevo hacia arriba^ lleva una encía roja, de la cual se 
desprenden unos dientes largos, curvos y agudos. Ese conjunto 
m géneria aparece en las pinturas jeroglíficas, ya como el nom- 
bre del dios, ya como el símbolo de la lluvia. 

Mf agua, es el nombre y signo del noveno dia del meS| el sez- 
io señor nocturno ó acompañado de la noche. Como diosa se Ua- 
nia Ghakdiioue ó Ohalchiuhtlicue, enaguas de Chalchihuitl; era 
patrona de los nautas, de los pescadores, de cuantos tenían gran- 
g^rfas en el líquido elemento; los señores le dedicaban sus ma- 
trimonios. Dueña de las olas, podía anegar en el mar, en los lagos 

0) Bahagim. lib. VU, oap. VL 

(2) Toiqaemada, lib. VI, cap. XXTIl. 



54 

y en los ríos: adorábanla jnnto con Chicomeooatl y con Huixto- 
cihuatl, diosa de la sal, pues entre las tres mantenían al puebla. 

Qmahuitly lluvia, décimo noveno dia del mes, el noveno de los 
señores de la noche. Presiden la primera trecena del TonalamaÜ, 
el Cipactli y Ehecatl ó Quetzalcoatl, con Atl ó Ghalchiuhcue: se 
ve el símbolo del agua y ahí á Cipactli en figura de un cocodrilo. 
Este principio del libro sagrado y adivinatorio, se refiere sin duda 
al principio de la creación; como ya vimos, los dioses formaron 
dentro del agua el gran pez Cipactli, el cual fué transformado en 
la tierra. La presencia del agua, del Cipactli y de Quetzalcoatl, 
autorizaría á creer que por la fuerza del viento sobre las aguas, 
apareció la tierra. 

Cipactli, signo del primer dia del mes, inicial del primer año 
del ciclo y del período de 260 dias del Tonalamatl, era afortuna- 
do en el calendario adivinatorio. Su forma no es la de caimán, 
ni la d^ pez, por lo cual los autores tradujeron, espadarte y pez 
marino; es una figura fantástica, cuya genuina representación 
presenta la piedra del Calendario, no siéndole extrañas algunas 
variantes en las pinturas. En la copia de un Tonalamatl que á la 
vista tenemos, Quetzalcoatl sentado y con las manos extendidas, 
evoca al Cipactli que está delante; es una creación, es el princi- 
pio de las cosas, y el signo parece tener el significado de origen^ 
comienzo, principio. 

Chalchiuhcue se encuentra al frente de la quinta trecena, con 
el planeta Tlazolteotl. "^ 

En la sétima reinan Hueitlaloc y Xopancali^Hueitlaloc, advo- 
caciones de Tlaloc, referentes al tiempo de las inundaciones por 
las fuertes lluvias; le acompaña Chalchiuhcue. 

En la décima sexta OUin Tonatiuh se encuentra con Citlali- 
nicue 6 Citlalcueye y con Tlaloc. Muy de notar es semejante 
unión astronómica, supuesto que el sol está representado en sus 
cuatro movimientos, unido á la Citlalinicue que es la misma Orne- 
cihuatl ó la Vía láctea. 

La habitación de Tlaloc estaba en el lugar dicho Tlalocan, pa- 
raíso; era en la tierra un sitio ameno, ftesco, abundante, lleno de 
delicias. El dios era uno y muchos al mismo tiempo, supuesto 
ser conocidas multitud de divinidades subalternas bajo la pala- 
bra plural Üaloque, En tiempo de lluvias, hacia la mañana co- 
mienzan á acumularse las nubes en la cumbre de las altas mon- 



66 

tanas; al medio dia empiezan á extenderse, é impelidas después 
por los vientos reinantes van á desatarse en lluvias en los veci- 
nos valles; este fenómeno meteorológico, explicado por el con- 
sorcio de la tierra y del agua, daba lugar á la creencia de ser los 
montes la habitación de los tUdoque^ de haber tantos tlaloqve 
cuantos piuitos de acumulación de nubes, de la adoración de las 
niontaSas, y de que este culto se confundiera alguna vez con el 
de los Ücdoque. 

Befiérese la antigüedad del culto de Tlaloc al tiempo de los 
toltecas; ños persuadimos de que pertenece á una religión y épo- 
ca anteriores, porque los toltecas á los principios fueron deistas, 
7 al fin cayeron en la idolatría. En aquellos tiempos remotos se 
veía la estatua del dios en la cumbre de la alta montaña llamada 
todavía Tlaloc, no lójos de Texcoco, de piedra pómez, en figura 
de nn hombre sentado sobre una loza cuadrada, delante de la 
cual Labia un vaso en el que los devotos ponían*írf7i y toda clase 
de simientes, para dar gracias después de la cosecha. Kezahual- 
pilli cambió esta estatua por otra de piedra negra; mas destro- 
zada por un rayo, y tomando el suceso como castigo de la pro- 
fanación cometida, fue vuelta la primitiva á su asiento, detenién- 
dole con tres clavos de oro uno de los brazos que se le había 
roto. El obispo D. Fr. Juan Zumárraga hizo traer á Móxico el 
reverenciado numen, mandando hacerlo pedazos. (1) 

El templo de Tlaloc estaba en el patio del mayor de México; 
nombrábase Epcoatl, culebra de caracol. (2) En el mes Atlaca- 
hnalco ó Ouahuitlehua sacrificaban en su honor niños tiernos, 
qne el pecho no dejaban todavía, repitiéndolo los dos meses si- 
guientes: el sacrificio tenía lugar en los montes, de donde las 
ünvias les Tenían y las nubes se engendraban. (3) 

En tiempo del segundo Motecuhzoma iban los reyes y los no- 
bles á la montana de Tlaloc, llevando un rico presente de joyas, 
mantas y comida; en tanto los sacerdotes en México hacían la 
fiesta del dios, y en seguida ambas comitivas se reunían en la 
nútad del lago,. conducidas en un número grande de caiioas: los 
noerdotes llevaban preparada una oanoita, en la cual ponían 
doB niños mujercita y varoncito, dejándoles anegar en el remo- 

(1) Torqnemada, lib. VI, cap. XXm. 
(í) Torqnemada, lib. Vm, cap. XII. 
9) ^rquemada, lib. X, cap. X. 



56 

lino formado por las agrias. (1) Los sacrifioios.Qr%nrepeti4o8| 
teniendo lugar según el estado de crecimiento de lois sembrados 
ó las Tariaciones en las Uuyias. (2) Las fiestas á los ÜaioquCf pen- 
dían igualmente de las variaciones atmosféricas. (3) 

Chalchiulicue» Gbalchiliuitlicue, Olialchiubcueje, diosa del 
agua, no era esposa sino companera de Tlaloc. Distinguíanli^ 
con diversos nombres; Apozonallotl ó Acuecueyotl, explicando 
las ondas y su movimiento; Atlacamani, tempestuosa y alboro- 
tadora; Ahuic y Ayaub, indicando que se movía y mudabí^ á to- 
das partes; Xixiquipilihui, el subir y bajar de las olas. En Tlax- 
calla era conocida por Matlalcueye, enaguas azules, nombre de 
la montaña cercana á la capital de la república. (4) 

A este grupo corresponde Huixtocihuatl, diosa de la saL Oe- 
lebrábanla las mujeres danzando, asidas por las manos de unas. 
sartas de flores llamadas xochimecaü, con guirnaldas de iztayauh, 
guiando el cantQ y regocijo dos venerables ancianos: moría sacri- 
ficada una mujer en hábito de la divinidad. (5) 

En las naciones de Sonora, principalmente entre los ópatas» 
mientras unos músicos tañían i la sordina unas calabazas hue- 
cas con palos ó huesos, algunas niñas vestidas de blanco ó ^n 
camisa salían de la casa á un lugar lin^pio y barrido, y ahí bai- 
laban para llamar á las nubes en tiempos de siembras. Duróte 
la tempestad y cuando más retumba el rayo, los naturales arro- 
jaban gritos de alegría y saltaban de placer. Para precaverse de 
ser heridos por el rayo, caso de ser mordidos por la víbora, se 
echaban por la cabeza una olla de agua. Al tocado ppr el rayo 
no se le permitía volver á su casa, le conservaban en ^1 liigar dgai- 
de fué herido y allí le llevaban sus alimentos; mas si moría, de- 
jábanle por tres dias para esperar que el alma espantada tornara 
al cuerpo á cuyo rededor andaba revoloteado; pas^dp el plazo 
le enterraban sentado en un hoyo, vestido con todas sus ropas 
y con provisiones de granos y yerbas. (6) 

(1) P. Duran, segonda parte, cap. VIII. MS. 

(2) Torquemada, lib. Vn, cap. XXL 

(3) Torquemada, lib. X, cap. XIL 

(4) P. Sahagun, lib. I, cap. XI.— Torquemada, lib. VI, cap. XXm, 
(6) Torquemada, lib. X, cap. XVIEE. 

(6) Descríp. geográfica de la proTÍnoia de Sonora. Doc. para la bist. de Mézioo, 
tercera s^rie, tom. I, pág. 539. 



Al f oí 7 4 U lima reneraban lOomo 6 bansAooB; haoíaiKi bailes 
fdt qiie lecálbíw la Itma hüby^ arroj^dole poSadoB de piadLe. 
L&8 almas de los muertos yan á una espaciosa JUgnni^ » cuya 
ml^ boreid estó sentado un pigmeo nombrado Butzu Ym; éate 
Im teeo^, las acomoda en una eanoa, j las oiiinda i la presencia 
^ nnit yiej^ Uam^kd^ Yateo<mhoat9Íqi^i« que habita e|i la banda 
üttitiaL La ^ciana examinaba las almas; si estaban Hmpias se 
In fÑfv^ 7 m m fi^ntre g^t^^isban de bienayentnranm, si pinta- 
imiff^ ü^oj^bi^ en la laguna. (1) Los misioneros toncaron al pié 
dd Is leirf^ semejante relaoiouj en la oual se desoul^e un }ui<^ 
poflbero, con reoompensa y castigo, según la limpieza é suciedad 
fiblinima. 

Tenninaremos este capitulo atacando una creencia infundada. 
Bsiste una pinfa^ra autentica m/o^iqaua que pert^eiueci^ Á L^tlil- 
looUtl; de su poder pasó al de D. Caerlos de Sigüenza, quiíen la 
c(^9ionis9 Á GemelU Careri, (2) pnUi^^i^dpla éste en la reUeion 
de «os TÍiyes. La pintura llegó á macaos de J). Autonio León y 
%m^ luego i su i^bacea el P. Picbardp« de la testamentaria de 
ifÜA ^ J). J. Vioeute Sánchez» quien finalmente la regaló al Vu* 
1^ NaoíoQaL CHaTÍgero publicó sólo el principio de la estampa; 
ivpboJdit 1^ fiopíó entera» así como el liord Eingsborongh y el 
8r. Gondr# ^n ^l tom. TIT, edición de Cumplido de la conquista 
^ Mép^ por Piescoti Be tpd^« la pubUcadl^ pp? el Sr. D. 
fcp^ando SrAniirez es la más ^uténtipa> por ser facímile del 

' Xomaado eueprpo las doctrinas de í^iguenzai para Clayigerp 
cw^bik en las pinturas me^c^^oas que aquellos pueblos teníi^i 
**V9¥^ todas las naciones cultaSi noticias claras, aunque altera- 
%! con ttbulas, de la creación del mundo» del diluvio univer- 
'^ de la confusión de las lenguas y de la dispersión de las 
'^IPIítes." Sal^^onse del diluyip an una barca el hombre Ooxcox 
^ IjdpfsipaGÜi y su mujer Xochiquetzal, desembarcando cerca de 
U ttontaña de Oulhuacan; los hijos de aquel par fueroi\ mudos, 

(1) I)oeiuDfiiit06, itroera aéñe, pág. 628. 

(2) Giro del mondo del doUor D. Gio. Francesco Gemelli Oareri. Napoli 1€99— 
1701 Hay otea edición de 1728: réase el tomo VL 

(3) Ooadro histdrioo-geroglífíco de la peregrinación de las tribos aztecas que po- 
^ivvB el YaUe de México. (Ndm. 1). Acompafiado de algunas explicaciones para su 
vtaBganday por D. Josd Femando Bamirez, Conservador del Museo nacional. 

8 



58 

y un pájaro les comunico los idiomas de las ramas de un árboL 
(1) En consonancia con ebtas ideas dio la explicación de las 
pintura^ aplicando los símbolos á su pensamiento. (2) 

Yeytia, (3) quien no conoció la estampa que nos ocupa, señala 
el año ce tecpatl para la creación del mundo, y el diluvio á los 
1716 años, en otro año también tecpatl: "quedaron sumergidos 
en las aguas los más altos montes caxtclmólicüi, que quiere de- 
''cir quince codos, y que de esta general calamidad sólo escapa- 
"ron ocho personas en un ÜaptlipeilacaUiy que quiere decir, com 
**oomo arca cerrada, y en sus mapas la figuran en forma de una 
"barquilla con toldo por encima, del cual asoman ocho cabezas, y 
"asientan que de estas personas volvió á propagarse el génerq 
"humano.'* 

En la elegante pluma de Humboldt (4) aquellas ideas tomaron 
mayor ensanche. "Entre los diversos pueblos que habitan en 
México, dice, aztecas, mixtéeos, tzapotecos, tlaxcaltecas, michoa- 
caneses, se han encontrado pinturas representando el diluvio de 
Coxcox. El Noe, Xisutrus ó Menou de estos pueblos se llama- 
ba Coxcox, Teocipactli ó Tezpi; se salvó en unión de bu mujer 
Xochiquetzal en una barca, ó según otras tradiciones en una 
balsa de ahuehuete (Cupressus disticha). La pintura representa 
á Coxcox en medio del agua, extendido sobre una barca." 

"La montaña cuya cima coronada de un árbol (dice entrando 
ya en la explicación de la pintura), se eleva en medio de las 
aguas, es el Ararat de los mexicanos, el pico de Colhuacan. El 
cuerno representado á la izquierda es el jeroglífico fonético de* 
Colhuacan. Al pió de la montaña aparecen las cabezas de Coxcox 
y de su mujer, reconocible ésta por las dos trenzas en forma de 
cuernos que, según hemos observado repetidas veces, representa 
el sexo femenino. Los hombres nacidos después del diluvio eran 
mudos; desde lo alto de un árbol les distribuye una paloma las 
lenguas, representadas en forma de pequeñas vírgulas. No debe 
confundirse esta paloma con ^ pájaro que dio á Coxcox la noticia 
del escurrimiento de las aguas. Conservaban los pueblos de Mi- 
choacan una tradición, según la cual Coxcox, á quien ellos 11a- 

(1) Hist. antigua, tom. I, pág. 225. 

(2) Loco oit., tom. I, pág. 422. 
(8) HÍ0t. antigua, tom. I, pág. 10. 

(4) Vuea dea cordill^res; tom. n, pág. 168. 



\ 



59 

maban Tezpi, se ^nbaroó en un espacioso aooUi oon su mujer, 
sos hijos, muchos animales 7 los granos caja conservación era 
cara á la humanidad. Cuando el gran espíritu Tezcatlipoca or- 
dena á las aguas retirarse, Tezpi hizo salir de su barca al zopi- 
lote (Ynltur aura), el cual no volvió, pues como se alimenta de 
csnie muerta, se entretuvo con el gran número de cadáveres de 
qie la tierra recientemente enjuta estaba regada. Tezpi soltó 
otoroe pájaros volviendo únicamente el colibrí trayendo en el pi- 
co nna ramita con hojas; conociendo Tezpi que el suelo comen- 
zaba de nuevo á engalanarse con vegetación, abandonó su barca 
oerea de la montaña de Colhuacan." 

Sostenida la doctrina dentro 7 fuera de nuestro país por tan 
competentes autoridades, la fortuna de la estampa quedó asegu- 
rada Comenzaba, al decir SU70, en el diluvio universal termi- 
nando en la fundación de México. Ningún documento antiguo 
ora más explícito, ni más auténtico; dando cuenta del gran cata- 
clismo asiático, de la confusión de las lenguas 7 de la peregri- 
nación de las tribus, ligaba la historia del Asia con la de Amó- 
riea; comprobábase en los puntos respectivos la relación bíblica; 
seextrechaban los límites de la cronología; quedaba resuelto el 
atormentador problema del origen de los americanos. La de- 
iBoetracion aparecía tan sólida que Parave7 la acojió entre sus 
áoGomentos de Asina, China 7 Amórica para probar el diluvio 
deNoe, las diez generaciones anteriores, la existencia del pri- 
i&er hombre 7 el pecado original. (1) 

Dos escuelas, podemos decir, se formaron bajo estos princi- 
pioe. La religiosa, á CU70 frente iban nuestros escritores de his- 
tona antigua, tenía por objeto ajustar la cronología 7 ciertos 
)ttchos primitivos con la relación de la Santa Biblia. Distin- 
gtiése en ello ye7tia, quien aplicando á las narraciones el tor- 
iBento del leeho de Procusta, las desnaturalizó sin servir por 
^ para sostener verdades que no habían menester esta confir- 
SttdoiL La escuela filosófica, capitaneada por Humboldt, bus- 
^ solo fijar orígenes, establecer relaciones. 
A ser verdadero el relato, fuera grande 7 copioso en impor- 
^Sfites conclusiones, mas no pasa de una hermosa ilusión. Así 
lo demostró 7a el Sr. D. Femando Ramírez dando la verdadera 

(1) Pttis, 1888. Al final la kLmina. 



90 

leoiur* de loa si^^os jeroglíficoa. Ja eatiunp>a rekta la peregri- 
nado» de loa mexioanos; no oonuenza en el dilavio, sino en las 
orillaa del lago cerca de Colhoaoan; entre el principio y el fin 
hay ^na pequeña extenaion geográfica, y nn no grande período 
cronológii^. Segnn el repetido Sr. Bamirez (1), — ''SalTos mía 
'^eapetoa & la autoridad de tantoa y tan gravea eacritoreaj yo 
''creo qne el Ingar de qne ae trata en nueatro derrotero, apenaa 
"diatará nveve millas de laa goteraa de México; que el pretendido 
^^Asutktn debe boacarae en el lago de Chalco y laa enormea dia- 
"tanciaa que ee suponen han reqorrido loa emigrantea, no exce- 
"den loa límitea del terrritorio del valle de México, aegun ae 
"encuentra trazado en el Atlaa del Barón de Humboldt." 

!Gin ouanto al tiempo, partiendo de que la fundación de México 
ae verificó el ano (me caUí 1325, aiguiendo en aentido retrógrado 
loe aignoa cronográficos, daremoa con el ano ce tocktli 882 en que 
la relación comienza; comprende únicamente un período, de 413 
aSfíi» !E¡nlazadoa, como dicen catarlo, el diluvio y el principio 
d^ la ciudad, ae aigue que entre amboa auceaoa aolo mediaron 
cuatro aigloa y medio, y entóncea el diluvio de Noé y de Coxcox 
tuvo lugar en el aao 882 de la era oriatiana. No pretendidos 
aalir á ti^maño absurdo Clavigero ni Humboldi £¡n su lugw raa- 
pectivo daremoa la interpretación de la pintura. 

J^qa puebloa de México, tenían en verdad la tradición del dilu* 
TÍO] maa la lámina que lo abona no ea la examinada. Ijo oom- 
prueba la estampa del Códice Yaticano que repreaenta el Ato- 
natiuh ó primer aol coamogónico. No ae dicen ahí loa nombres 
da loa aalvados del cataclismo. Coxcox y Xochiquetzal eatán 
to^iadoa de la pintura repetida, y aon falsos en el sentido ^ qoa 
se lea aplica; el Teocipactli ae encuentra como ya aabemos, re- 
presentando no el diluvio sino la formación de la tierra; Te?^ 
ea de la tradición michoacwesa: en la leyenda mexicana, reco^ 
jida en el Códice Cbimalpopoca, se llama el varón Nata y 1a 
hembra Nena: estos nombres tienen mayor derecho para ser 
tomados por verdaderos. 

En el comentario al Códice vaticano (2) se encuentra uina re- 
lación que hace recordar la torre de BabeL En la época del di* 

(1) Gnadro hiskórico-eronológioo, 

(2) Spiegazione delle TatoIo del Oodioe lieaaioaiio, apnd Lord KingsboroniFh. 
tom. V. ^^ 



61 

hiTÍo 6 Atonatinli moraban sobre la tierra los gigantes; mnclios 
perecieron sumergidos en las aguas, algnnos quedaron conTer- 
tidos en peces, y solo siete hermanos se salvaron en las grutas 
de la montaña de Tlaloc. Guando las aguas se escurrieron sobre 
la tierra, Xelhua el gigante fué á OhoUolan, y con grandes ado- 
bes fabricados en Tlalmanalco al pié de la sierra de Oocotl, 7 
conducidos de mano en mano por una fila de hombres tendida 
entre ambos puntos, comenzó á construir la gran pirámide, en 
memoria de la montaña en que fué salvado. Irritados los dioses 
de que la obra amenazara llegar á las nubes, lanzaron el fuego 
celeste, mataron á muchos de los constructores, dispersáronse 
los demás, y no pasó adelante la construcción; sin embargo, el 
mciite artificial subsiste todavía, atestiguando el poder de Xel- 
toael gigante, apellidado el Arquitecto. 

Esta tradición atribuye la pirámide á los gigantes, es dedit, 
i hff naciones primitivas de Anáhuac. Del mismo parecer es el 
P. Doanm, (1) quien llama al monumento TlachihiiaUepec, cerro 
heéio á mano. La opinión que hace esta obra y sus congéneres 
de Teotihuacü^ de procedencia tolteca, nos parece errónea; (9) 
absolutamente consta en la historia que ese pueblo, aunque 
muy aéelatttado, se diera á levantar esas inmensas aglomera- 
dones de tierra, que evidentemente ya encontró en pié al llegar 
i esfais latitxrdies. Pertenecen á diverja y más antigua eiviü^a- 
cíon qué la tolteca. 



(I) Sigonda parte, oap. XYin. HS. 

(S) Botorím, idea de una nueva biet. pág. US. 



I 



CAPITULO IV. 

El mmto,-—Qusteaiooaa.—6uhítíorü:L-—Antaff<miimo dd Tmoatiipooa.—0(nriff6 él 
ealmdarío. — Profecía de loi hombre» blancos y barbiidoi. — DootrinM crittiancu.'^ 
La crm. —Profetas rnaya. —Predicaoion dsl apbstol Santo Tomás. 

Ehecatl, yiento, está representado en las pintaras por una ca- 
beza fantástica, signo ideográfico de este elemento. Los mexica- 
nos le concedían voz, teniendo muy en cuenta para sus agüeros, 
los gemidos que arroja en la arboleda, los rugidos de la tempes- 
tad, las palabras que pronuncia metiéndose por los resquicioB. (1) 
Sopla de los cuatro puntos cardinales. El de E. ÜalocayoÜ, Tiene 
del Tlalocan, no es furioso j da seguridad á las canoas. El de N. 
midlampa ehecaÜ, viento del infierno, es terrible y causa desgra- 
cias. El de O. cihuaüampa e/ieoaü, viento que sopla de la habitación 
de las mujeres, hace tiritar y temblar de frió. El de S. huitzílam- 
pa ehecatl, viento de las diosas Huitznaoa, es furioso, convirtién- 
dose á veces en huracán. (2) * 

Antes de las aguas se presenta el viento, formando remolinos 
de polvo en las llanuras y llevando delante los objetos livianos 
en los caminos; de este hecho natural decían los mexicanos, que 
Ehecatl, como precursor de los Üaloque, se presentaba barriendo 
y limpiándoles el paso. El dios del aire llamábase QuetzalcoatL 
Viene de coaü ó cohvatí^ culebra, y de quetzaUt, pluma larga, verde 
y rica, en sentido figurado preciado, valioso, &a: el conjunto sue- 
na culebra de pluma rica, culebra preciosa, y metafóricamente, 
perdona de gran valía por su^ prendas y saber. Las ideas más 
encontradas y confusas quedan acerca de esta divinidad; se pre- 
senta tomo uno ó varios personajes; como hombre mortal, como 
deificación de un legislador, como dios primitivo, como ser real 
y como fantástico. Es importante detenernos á considerarle, por- 

(1) Doran, segunda parte, oap. XIX. MS. 

(2) P. Sahagun, lib. VII, cap. IV. 



63 

fae fabuloso ó verdadero, las doctrinas que se le atribuyen tn- 
mron sobrada parte en facilitar la conquista de México. 

En la cosmogonía de los soles, Quetzalooatl aparece ya en an- 
tagonismo con Tezcatlipoca; ambos forman una especie de dua- 
lidad, en que aquel representa el genio del bien, éste el del maL 
En los orígenes de las tribus, Qnetzalcoatl es hijo de Iztacmix- 
coatl y de Ohimalma; es por consecuencia extranjero, medio her- 
mano de los mexicanos. Besueltamente se le tiene por extraño 
j venido de otras tierras, en distintas opiniones, haciéndole uno 
mismo con Topiltzin y Huemac. (1) La conseja de ser hijo de 
Camaztli y de Chimalma, y que ésta se hizo gráyida tragándose 
on chalchihuitl, viene de confundir la leyenda de Iztacmixcoai}, 
7 el nacimiento de Huitzilopochtli. Más camino lleva que Que- 
taalcoatl fué llevado al cielo en fofma de cometa. (2) 

Gomo personaje histórico, establecido que estuvo el reino de 
ToUan, aparecieron en la provincia de Panuco algunas personas 
Teatidas de trajes talares, cubiertas las cabezas; sin reencuentro 
de guerra, y antes bien recibidas y festejadas por todas partes, 
atravesaron de la costa al interior de las tierras, llegando al fin 
i lollan en donde se les admitió con la mayor benevolencia. Los 
reden llegados eran extranjeros, sabían labrar los metales y las 
piedra» preciosas, el cultivo de la tierra y multitud de otras in- 
dustrias, por lo cxtal se les tenía en grande estima y se les hacía 
honra. (3) El jefe de los extranjeros se llamaba Quetzalcoatl. 
"Era hombre blanco, crecido de cuerpo, ánchala frente, los ojos 
grandes, los cabellos largos y negros, la barba grande y redonda." 
Casto, muy amigo de la paz, pues se tapaba los oídos cuando se 
le hablaba de la guerra, inteligente y justo, sabedor en las cien- 
cias y en las artes, con su ejemplo y su doctrina predicó una nue- 
va religión, inculcando el ayuno, la penitencia, el amor y el res- 
peso á la divinidad, la práctica de la virtud, el desprecio al 
crimen. (4) 



(1) P. Doran, segunda parto, cap. I. MS. 
(S) TorqiteiDada, üb. VI, cap. XLV. 

(3) Torqnéittada, libro III, cap. VII. —Duran, cap. L MS. 

(4) P. Dur^n, cap. L MS.— Mendieta, págs. 82, 86, 92-93, 97-98.— Torquemada 
Bb. IV, cap. XLV; lib. VI, cap. XXIV; lib. IH, cap. VII; lib. IV, cap, XIV, Ac.— 
Moioünia, págs. 10, 30, 65.— Veytia, tom. I, cap. XV y sig.— Clavijero, hist. anti- 
pu, tom. I, pág. 229 y sig. &c., &c. 



L 



64 

Sn predicd^^ion enbontaró en los talanoB imtieiLSO núiútíú é^ 
prosélitos, Ilegasidó á set él pontífiod de sn onlto. IhitóMeB goté 
T<^an de nnft edftd nbundaíite y próspera» coalla del reinado de 
Batomo. Qoetealcodti tenia casas de chidchihtiitli de plata» dé 
oúhthm coloradas y blancas, de tnrqnesas, de pluiüas ricas; los 
ligeros corredores tlancHacemÜhiHme oomnnicaban sus órdenes; 
sns pregones dados en la montaña Tisat^itepec se oísai & cien le- 
gnas de distancia; abundaban los granos, las calabazas median 
una brasa en redondo, las majorcas de maíz er&a inmensas, los 
bledos parecían árboles; sembrado el algodón nacía e:&pontánea- 
mente de todos colores; criábanse en la ciudad aves de canto y 
Is^Uas plumas co«n6 él xivhtotoü^ quetzaUotoÜ, zoiouan y (UmhquechA; 
llenos estaban los almacenes de riquezas, de mantenimieütoB» de 
ropas: en suma, el pueblo vivía satisfecho y feliz. (1) Sabio, sa* 
cerdote, legislador y taumaturgo, nadie como él eta querido y 
reverenciado. 

Mudable es la fortuna en este mundo, y la de Quetzaooatl 
amenguó al cabo. El dios Tezcatlipoca bajó del cielo por el hilo 
de una araña, tomó la forma de im anciano, presentándose en la 
casa de su euemigo; rechazado primero, admitido después á la 
presencia del pontífice; le intimó abandonara la ciudad, perauar 
dióndole á fuerza de ruegos tomaina del vino blanco de la tierra, 
sacado del teomeü: resistió¡el sabio; pero vencido por las sáplÍMs, 
saboreó el pórfido licor y se embriagó. (2) La vista de su fáltale 
][^rodujo en el pueblo gran descrédito. 

Tezcatiipoca, por otros nombres Titlac^uan y TlacahnepiUD, 
se convirtió en un indio forastero, que desnudo, y bajo la deno- 
minación de Toh«eyo, se sentó á vender ají verde en el mereado 
de Tollan. Huemac, rey de los tulanos, tenía una hija donoélla 
muy hermosa, la eual acertó á distinguir al Tohueyo, y antojóeele 
tanto que enfermó de amores. Para curarla, pues se morík, tote 
preciso buscar al Tohueyo, traerle al palacio, vestirle y dáñele 
por esposo. Matrimonio tan desigual disgustó á los vasallos, quie- 
nes prorrumpieron en destempladas murmuraciones. A fin de 
acallar el disgusto público, Huemac determinó deshaoerae de au 
importuno yerno; envióle á la guerra de Coatepec, ordenando 



(1) fitahasim, Ub. lU, osp. IV. 

(2) Sahagon, lib. m,cap. IV. 



r 



65 



eretamente á sus oapitanes le hicieran perecer. En la batalla 
dejaron abandonado al Tobuejo con los pajes, enanos j cojos; 
BUS cuando el enemigo los acometió, pelearon con tanto brío, que 
salieron vencedores. Fué indispensable que Huemac y los tula-- 
noB salieran á recibir al plebeyo con gran fiesta, poniéndole las 
armas qudzalapanecayotl y el xiuhohimaüi, divisas de los triunfa- 
dores. (1) Las artes de Titlacahuan habían traído el descrédito á 
Qnetzalcoatl y á su amigo el rey Huemac. 

Para solemnizar el triunfo, Titlacahu^ reunió una gran muí- 
titad para cantar y bailar, entretúvolos hasta la media noche, en 
que los danzantes se despeñaban en el barranco tpcccdlatihco, con- 
virtiéndose en piedras: en figura de un valiente tequi^Ma dio muer- 
te á muchos guerreros. Bajo la forma de Tlaoahuepan ó Acexcoch, 
sentado en el mercado hacía bailar un muchacho sobre la palma 
de la mano (Huitzilopochtli era el muchacho); la gente por ver 
el prodigio, se apiñaba al rededor, y empujándose unos á otros 
morian ahogados y acoceados. Tanto se repitió el mal que mata- 
nm al brujo á ped!radas; mas el cuerpo se corrompió derramán- 
dose la peste en el pueblo. No se dejaba sacar el cadáver, tanto 
«ra el peso que tenía; vencido por un canto se dejó llevar al mon- 
te, no sin muchísimas muertes, pues rompiéndose una soga, la 
gente asida de ella perecía al caer. (2) 

Fnnestos presagios de ruina se veían por todas partes. Volaba 
Bo diatante de la tierra el Iztaccuixtli, pasado con una flecha; la 
sierra de Zacapec arrojaba llamas por la noche; llovieron piedras, 
J cajó del cielo una gran piedra á la cual llamaron techcaü, sobre 
¡a ooal sacrificaban á los que querían morir. A la peste siguió el 
Wbre, faltaron los mantenimientos, y los que se encontraban 
eran mortíferos. (3) 

Tanto arreciaron las calamidades, que Quetzalcoatl resolvió 
dnmdonar á ToUan; ninguna súplica le detuvo, poniéndose en 
cunino en compañía de sus parciales. Quemó sus casas, sepultó 
w riquezas, dio libertad á los pájaros, y precedido de músicos 
batistas para entretener su pena, se alejó para siempre de la 
^ata ciudad. Detenido dos veces en el tránsito por los ruegos 
^ sns sectarios, no mudó de propósito; aseguraba ir á'Tlapallan, 

(1) Sahagun, lib. IH, cap. V y VI. 

(2) Bahagmi, lib. III, cap. VII al IX. 

(3) Sahagun, lib. m, cap. X y XI. 



L 



66 

al llamado de su señor e iba á ver al sol. Por el tránsito fué ha- 
ciendo prodigios. En Ouauhtitlan arrojó piedras contra un árbol 
y quedaron encajadas en el tronco, en Temacpalco dejó estam- 
padas las manos en la roca, y también la señal del cuerpo en 
donde se sentó; construyó un puente sobre el rio que pasa por 
Tepanoaya. En Coapa le salieron al encuentro los nigrománticos 
sus enemigos para impedirle el viaje; mas se mantuvo inflexible, 
si bien le quitaron las artes que en su compañía se llevaba. Afli- 
gido por la pena, mirando morir á sus pajes, enanos y corcoba- 
dos por el frió entre los volcanes, abandonado de casi todos, logró 
por fin llegar á Cholollan. (1) 

Becibido con amorosa hospitalidad, pudo reposar tranquilo, 
predicando y estableciendo su doctrina. Algún tiempo, casi por 
veinte años, permaneció en la ciudad santa desempeñando su pa- 
pel de pontífice, hasta que al cabo miró desvanecerse su felicidad 
como la vez primera. Sus jurados enemigos, los tulanos, vinieron 
con poderoso ejercito contra ól; al rumor de los aprestos Que- 
tzalcoatl abandonó á Cholollan, con cuatro de sus discípulQS se 
dirigió á las costas del Golfo, y llegado á la mar en la boca del 
Coatzacoalco, bien se metió por las aguas que le abrían paso, ya 
tendió su capa que le sirvió de barca, ya finalmente construyó 
de culebras una balsa, coatlapecJiÜiy y metiéndose en ella se fué 
navegando hasta desaparecer. (2) 

Los tulanos tomaron y talaron á Cholollan, apoderándose del 
país circunvecino. Esto no obstante, los de la ciudad santa deifi- 
carón á Quetzalcoatl, eligiéndole y adorándole como su principal 
dios; los de Tollan á su ejemplo rindieron honores divinos á su 
jefe, elevándolo á los altares bajo los nombres de Tezcatlipuca, 
Titlacahuan y Tlacahuepan. (3) 

La religión politeísta de los antiguos pueblos de Anahuao pre- 
senta una marcada tendencia hacia la unidad; cada imoion ireeo- 
nocía un dios principal, al cual estaban como 8ub<»:dinados los 
demás. El genio tutelar de los mexicanos era Huitzilopochtli; el 
de los acolhua, Tezcatlipoca; de los tlaxcalteca, Camaxtli; en 
Cholollan, Quetzalcoatl; (4) en Tlacopan, Mixcoatl, y así en los 

(1) SahaguB, lib. III, cap. XII al XIV.— Torquemada. lib. VI, cap. XXIV. 

(2) Sahagun, lib. HI, cap. XIV. 

(3) Torquemada, lib. III, cap. VII. 

(4) F. Mendieta, lib. II, cap. X. 



67 

demás. Los méxica, por su parte, profesaban un eclecticismo po- 
00 raeionaL A semejanza de los romanos, todos los dioses de los 
pueblos vencidos eran traídos al templo mayor de México, don- 
de se les ponía altar y rendía culto; fuera que se les calificara 
ménoB poderosos,' sea que como cautivos se les retuviera para 
quitar su protección al pueblo sojuzgado, lo cierto es que los nú- 
mms extranjeros eran admitidos al panteón mexicano, transfor- 
mándose en dioses nacionales. (1) Esto explica, en parte, esa 
abigarrada mezcla en las leyendas mitológicas. / 

Bespecto á Quetzalcoatl, á quien encontraremos segunda vez en 
Yucatán, examinémosle en sus diversos aspectos. Como dios^ 
a^o es im hombre deificado; es de la misma ralea que su enemigo 
Tezcatlipoca. El antagonismo de ambos, como divinidades, tiene 
m asiento en las observaciones astronómicas. Quetzalcoatl es el 
planeta Venus; Tezcatlipoca la luna. Los diversos aspectos de 
¡os dos planetas, su alternativo aparecimiento hacia la tarde ó la 
mañana^ dan motivo á sus combates y á sus respectivos venci- 
mientos. 

Su antagonismo religioso es fácil de comprender. Quetzalcoatl 
I»ediea en ToUan una nueva doctrina, triunfa de pronto y se ha- 
ce el pontífice de su religión. Tezcatlipoca y sus parciales, repre- 
sentantes del culto nacional, vencidos al principio, se hacen luego 
poderosos, desacreditan al taumaturgo y logran por fin hacerle 
ibandoniur la ciudad; le persiguen en su refugio de OholoUan, 
^danzando arrojarle definitivamente del país. La guerra civil y 
religiosa que en Tollan sobrevino, fué parte para la destrucción 
de la monarquía tolteca, y partf que los sectarios del hombre blan- 
eo tuvieran que huir á Yucatán. 

Como civilizador, Quetzalcoatl introduce en el país las artes 
itílies y de ornato; la agricultura, la mecánica, el tejido, el labra- 
do cb los metales y de las piedras preciosas, constituyen sus más 
lieos presentes: la excelencia de los artefactos es tan palpable, 
«pe para ponderar á los artífices se escoje la palabra tolteca. 
Corrigió también el calendario. Oxomoco y su mujer Cipactonal 
(el principio de los diasrel comienzo de la luz) habían formado 
la cuenta de los tiempos; pero, según la leyenda, la vieja Cipac- 
tonal tuvo por bien tomar consejo de su nieto Quetzalcoatl, y 

(1) Torqiiemada, lib. X, cap. XXVI. 



i 



68 

entre los tres sacaron el calendario. (1) Según aparece del estu- 
dio del almanaque azteca, la cuenta primitiva estaba basada en 
los períodos trecenales con atingencia á la luna (Tezcatlipoea); 
siguióse la formación del período de 260 dias, sacado de las apa- 
riciones de Venus (Quetzalcoatl), por excelencia el período azte- 
ca. El calendario tzapoteca, conservado sin la corrección últinia, 
se compone de j^eríodos sucesivos, prolongados indefínidamente, 
de 260 dias, divididos en cuatro fracciones de 65 dias, subdivi- 
didas cada una de éstas en cinco partea de trece dias. (2) El To- 
nalamatl, cómputo religioso, se compone igualmente de períodos 
seguidos indefinidamente de 260 dias, aunque divididos en vein- 
te períodos de trece dias, ajustando la cuenta á la división lla- 
mada de los meses. Según parece, la corrección de Quetzalcoatl 
estriba en la formación del año de 360 dias, por el compuesto de 
diez y ocho meses de veinte dias cada uno, que añadiendo los 
cinco nemontemi ó complementarios, forman el total de 365: y esto 
fundado precisamente en los períodos sacramentales y primitivos 
de 260, y de los trecenales impropiamente llamados semanas. (S) 
Como profeta, predijo Quetzalcoatl que andando el tiempo ven- 
drían por el lado del Oriente unos hombres blancos y barbudos 
como él, quienes se apoderarían irremisiblemente del país, de- 
rrocando del solio á los monarcas, de su altar á los dioses, plan- 
tando entre los hombres una nueva doctrina. (4) La profecía 
arraigó profundamente en los ánimos, y grandes y pequeños te- 
nían f é en su cumplimiento. Por espacio de algunas generaciones 
los padres juntaban á sus hijos, y sabed, les decían, que vendrá 
una gente barbuda, cubierta la cabera con unos como apaztti (6) 
semejantes á los cobertores de las trojes, vestidos de colores, y 
cuando vengan cesarán las guerras, se abrirá el mundo á toda.3 
partes y todo se andará y comunicará. (^) Cobrando mayor cré- 
dito la profecía, los emperadores de Tenochtitlan no se tenían 
por legítimos señores de siis pueblos; eran sólo los tenientes de 

(1) Mendieta, Ub. II, cap. XIV. 

(2) Arte en lengua zapoteoa, por Fr. Juan de Córdoba, México, 1678. 

(3) Tengo escrito tratado particular del calendario, dedicado á mi amigo el Sr 
Lie. Alfredo Ohavero. 

(4) Mendieta, lib. n, cap. X. — ^Motolinia, trat. I, cap. XII.-*>TorqiiemadB, lUx Vi 
cap. XXTV, &c. 

(5) ApaaÜi, voz mexicana, lebrillo 6 barrefio. 

(6) Torquemada, lib. 11, cap. CX. 



f 



69 



Qodtzídcoatl, obligados á devolverle^ cuando de nuevo apai^ciera, 
^poderío y el mando que en su nombre disfrutaban. (1) Esta, 
fiegra creencia» urgiendo y determinado en el ánimo supersti- 
cioso de las naciones nahoai explica sobradamente la conducta 
vacilóte de MoctecuhzoiOA y. de sus vasallos^ descubriendo cuan 
biea preparado estaba el terreno para la conquista española. Los 
castellanos fueron recibidos como los prometidos por Que tzacoatL 
Como predicador y pontífice, enseno nueva ley, con prácticas 
en mucboB- puntos semejantes á las cristianas, dejando derrama- 
do el culto de la asenso 

Lofi f^ztecas usaban piUabra propia, en ai^ idioma para signifi- 
ear la 09ru2. Según Toiquem^ada: (2) ''A esta cruz, como uo le 
"BBiáask el nombre, Uamaron los indios Tonacacuabuitl, que quie- 
"^ decir, madero qtie da el, sustento de nuestra vida; tomada la 
"e&Aolo^M del maí^ que llaman UmwayutJ^ que quiere decir: 
"ooBa de nuestra carne, como quien dic^ 1a cosa que alimenta 
'nuestro cuerpa" Veytia, (3) si bien confundiendo los significa- 
dos^ aquí oorsegidos, Uama al signo Tonacacuahuitl, palo de la 
^títidad ó de la abundaiHÚa; Quiatiuitziteotl, dios de sus llu- 
msj Cbicabualizteotl, dios fuerte ó poderoso. 

La cruz se encuentra entre los adornos de algunos dioses; en 
ona pintura, que no comprendemos, uxrn persona lleva una manta, 
sripicada de cruces. 

fin la región mexicana son c^ebres las cruces de la Mixteca, 
de Querétaro^ Tepic y Tianguistepec. "De la de la Mixteca, dice 
ÍSavijero, (^) habla el P. Burgoa, doininicano, en su crónica, y 
Botorini en su obra. Pe la de Querétaro escribió un religioso 
¿aadacano del colegio de Propaganda de aquella ciudad, y de la 
de Tepio el docto jesuita Segiszpundo Tarabal, cuyos manuscritos 
Be Doiservají en el colegio de jesuítas de Guadalajara. La da 
'Ka&quiz^peo fué descubierta por Boturini, que habla de eUa en 
«tobra.'' 

Célebre es la cruz de Cuauhtochco, (Huatulco), que intentó 
quemar el Drake sin fruto alguno. Torquemada (5) conjetura 

(1) TofquemBda, lib. IV, oap. XIV. 

(2) Lib. XVI, cap. XXVn. 

(B) Hki «ntig., tom. I, pág. 203. 

(4) ffiít antíg., tom. I, pág. 281. Nota tercera. 

(5) Honarq. indiana, lib. XVI, cap. XXVm. 



70 

» 

que la pondría Fr. Martin de Valencia; mas lo contradicen algu- 
nos autores, afirmando que desde los tiempos antiguos existía 
recibiendo adoración de las naturales. (1) 

La cruz de Metztitlan está labrada en la punta de una sierra, 
sobre una peña inaccesible, acompañada de una luna. (2) 

Quetzalcoatl, al presentarse en Tollan, vestía una túnica «em* 
brada de cruces negras ó rojas. 

Abundan en los autores las noticias de semejanzas entre el cul- 
to azteca y el cristiano; tantas son y tan parecidas, que no pue- 
den achacarse al resultado de la simple casualidad. Bautizábase 
poniendo agua sobre la cabeza, y era como limpia y lavado de 
una culpa originaL Había una manera de confesión, para purifi- 
car el alma por el perdón de los pecados. Comíase la carne dala 
víctima como cosa sagrada, como el cuerpo mismo del numen al 
que se ofrecía, y se daba una comunión místicfi^ recibida con re- 
cogimiento y reverencia; entre los totonacas se administraba la 
comunión á los hombres de veinticinco años y á las mujeres de 
diez y seis, y la llamaban ioyóRiaitlacual, manjar de nuestra alma. 
Con una especie de agua bendita se consagraba á los monarcas, 
y de ella se daba á beber á los generales cuando partían para al- 
guna guerra: el agua lustral servía para diversas ceremonias. Los 
conjuradores del granizo sacudían contra las nubes sus mantas, 
pronunciando ciertos exorcismos. (3) 

En la fiesta llamada Tlacaxipehualiztli se honraba una divini- 
dad, una y trina; era Totee, "señor espantoso y terrible que pone 
temor;" Xipe, "hombre desollado y maltratado;" Tlatlauhqui- 
tezcatl, "espejo de resplandor encendido." De este ídolo dice el 
P. Duran, (4) "que con ser uno lo adoraban debajo de tres nom- 
"bres, y con tener tres nombres los adoraban por uno, casi á la 
"misma manera que nosotros creemos en la Santísima Trinidad." 
En ciertas fiestas en Tlaxcalla y ColoUan, "levantaban nn cau- 
**tivo en una cruz atado, y allí le azaeteaban, y la cruz era nn 
"madero muy levantado y alto; y otro dia de fiesta ataban á otro, 
"á otra más baja, y con unos palos de encina de una braza, lo 

* 

(1) Fr. Gregorio García, Predio, del eyang. lib. V, oap. V.— Fr. Joaquín Braulio, 
hist de S. Agustín del Peni, lib. I, cap. 5.— Gil González Dáyila, foj. 229. 

(2) Grijalva, Edad I, cap. XIX. 
(8) P. Mendieta, üb. II. cap. XIX. 
(4) Segunda parte, cap. IX MS. 



71 

"apaleaban, y moría en este tormenta" (1). Becuerdan estos nl- 
tímos pormenores, no solo la muerte de cruz, sino la práctica de 
los Judíos al quebrar á palos las piernas de los ajusticiados. 

Beiere el P. Duran, (2) que informado por un indio de que el 
predicador blanco, á su tránsito por Oouituco, *le9 había dejado 
'^ libro grande de cuatro dedos de alto de unas letras, y yo, 
**moYÍdo con deseo de haber este libro, fui á Ocuituco y rogué á 
'los indios con toda la humildad del mundo me lo mostrasen, y me 
"juraron que había seis años que lo quemaron, porque no acerta- 
*%an á leer la letra ni era como la nuestra, y que temiendo no 
Íes causase algún mal lo quemaron/' 

Como en su lugar veremos, Quetzalcoatl pasó ó Yucatán; bajo 
el nombre de Kukulcan se estableció en la península, (3) dejando 
, las mismas profecías que en Anáhuac, haciendo adorar la cruz, 
predicando las doctrinas cristianas. 

Curiosas en demasía son las predicciones de los profetas yuca- 
tecos: su estilo sentencioso y poético, sus inspirados acentos de 
un porvenir á la letra cumplido, les dan cierto sabor á los dichos 
de las Sibilas, ó más bien á los anatemas lanzados contra la na- 
ción impía. Patzin Taxun Ohan, idólatra, hablaba así con sus 
hermanos: "Hecha fué la palabra de Dios sobre la tierra, la cual 
"esperad, que ella vendrá, que sus sacerdotes os la traerán. 
"Aprended sus palabras y predicación divina. Bienaventurados 
'los que las recibieren. ¡Oh Itzalanos! aborreced á vuestros dio- 
"ses. Olvidadlos, que ya son finibles. Adorad todos al Dios de 
"la verdad, que está poderoso en todas partes, que es Creador 
"de todas las cosas.'* 

El gran sacerdote Na hau Pee, decía á los fieles: ^'En el dia 
"^ue más alumbrare el sol por la misericordia del Omnipotente, 
"Tendrán de aquí á cuatro edades los que han de traer la nueVa 
"de Dios. Con gran afecto os encomiendo esperéis, oh Itzalanos, 
**Tue8tros huespedes que son los padres de la tierra, cuando 
"vengan." 

La amenaza de un castigo sale de la boca de Ah Eukil Chel, 

(1) Torquemada» lib. X, cap. XXXI. 

(2) Segunda porte, cap. I. MS. 

(3) Herrera, dec. IV, lib. X, cap. II, 



i 



72 

antigno sacerdote, "^n el fin de la edad presente los queignoriis 
*'Ias cosas futuras, ¿qué pensáis que sucederá? Sabed que Ten- 
''drán de toda parte del Norte y del Oriente tales cosas por nnes^ 
"tros males, que los podéis tener por presentes. Yo os digo que 
"en la edad novena, ningún sacerdote ni profeta os declararla 
"escritura, que generalmente ignoráis." 

Otro sacerdote gentil Ali Na Fuctun se pronuncia contra los 
Ídolos. "En] la última edad, según está determinado, habrá fin 
"el culto de dioses vanos, y el mundo será purificado con fuego. 
"El que ésta viere será llamado bienaventurado, si con dolor 11o- 
"rare sus pecados." 

La ruta del porvenir la descubre al fin el profeta Ohilan Ba- 
lam, gran sacerdote de Tixcacayom Cauicli, en Maní "En el fin 
"de la décima tercera edad, estando en su pujanza Itzá y la ciu- 
"dad nombrada Tancah (que está entre Yacman y TichaquiUo, * 
"que hoy se llama Ichpaa, que es fortaleza y castillo) vendrá la 
"señal de un Dios que está en las alturas, y la cruz se manifes- 
"tara ya al mundo, con la cual fué alumbrado el orbe. Habrá 
"división entre las voluntades, cuando esta señal sea traida en 
"tiempo venidero. Los hombres sacerdotes antes de llegar una 
"legua, y á un cuarto de legua no mas, veréis la cruz que se os 
"aparecerá, y os amanecerá de polo á polo. Cesará el culto de 
"vanos dioses. Ya vuestro] padre viene, oh Itzalanos. Ya viene 
"vuestro Jhermano, oh Tantunites. Recibid á vuestros huéspedes 
"barbados del Oriente, que vienen á traer la señal de Dios. Dios 
"es, que nos viene manso y piadoso. Ya viene el tiempo de núes- 
"tra vida. No tenéis que temer del mundo. Tu eres Dios único, 
"que nos criaste piadoso. Buenas son las palabras de Dios. Ea, 
"ensalcemos su señal en alto; ensalcemos para adorarla y verla. 
"La cruz hemos de ensalzar. En oposición de la mentira se apa- 
"rece hoy, en contra del árbol primero del mundo. Hoyes hecha 
"al mundo demostración. Señal es ésta de un Dios de las alta- 
"ras. Esta adorad, oh gente Itzalana, adorémosla con voluntad 
"recta, adoremos al que es Dios nuestro y verdadero Dios. Ke- 
"cibid la palabra del Dios verdadero, que del cielo viene el. que 
"os habla. Cobrad juicio y ser los de Itza. Los que creyeren, 
"serán alumbrados en la edad que está por venir. Mirad ai cm 
"importa lo que yo os digo, advierto y encargo, yo vuestro intór* 
"prete y maestro de crédito, Balam por nombre. Y con esto lie 



78 

"itoabado de deoir lo qne Dios verdadero me mandó, para que 
io oiga todo el mundo." (1) 

Bespeoto de las cruoes de Yucatán, Pedro Mártir (2), si biendu- 
daido sin fundamento, asegura fueron vistas por los castellanos. 

Oviedo (3) expresa la misma duda infundada en estas pala- 
bras: "Entre estas gentes se hallaron cruoes, segtind yo oy alpi- 
"Wo que he dichoy Antón de Alaminos; pero yo tóngolo por fábula, 
""é si las avia, no pienso que las harían, por pensar lo que hacían, 
"^n hacerlas, pues que en la verdad son jdolatras, y como ha 
'"parecido por la experiencia, ninguna memoria tenían ó habría 
""entre aquella generación de la cruz ó pasión de Christo, é aun- 
''QflQ cruces oviesse entre ellos, no sabrían porqué las hacían; é 
'*á ló supieren en algund tiempo (como se debe creer), ya lo 
"habían olvidado." Los escrúpulos de Oviedo no destruyen la 
aseveración del piloto. 

El capellán de la armada de Orijalva, escribe así en la relación 
(W descubrimiento: (4) **Despues del viaje referido escribe el 
''eapitan de lá armada al Bey Católico, que ha descubierto otra 
"ida llamada Ylúa, en la que han hallado gentes que andan ves- 
'"tidas de ropas de algodón; que tienen harta policía, habitan en 
"cttas de piedra, y tienen sus leyes y ordenanzas, y lugares pú- 
"V&eóB diputados á la administración de justicia. Adoran, una 
'"cvu de mármol, blanca y grande, que encima tiene una corona 
% «ro; y dicen que en ella murió uno que es más lucida y res* 
"l^deeiente que el sol." 

Bcaotal DiiiZ'del Castillo, (5) quien vino con Francisco Hernán- 
^de Cordova, dice: ''y lleváronnos á unas casas muy grandes, 
''qve eran adoratorios de sus ídolos y estaban muy bien labrados 
"dd'OÉl 7 eaoito, y tenían figurados en unas paredes muchos bul- 
"tos de serpientes y culebras y otras pinturas de ídolos, y aire- 
ad» de xmo como altar, lleno de gotas de sangre muy fresca; 
"y 4 otra parte de los ídolos tenían unas señales como á manera 
% cruces, pintadas de otros bultos de indios." 

''I) CbgoUado, Hist. de Yucatán, lib. 11, cap. XI. 
(3)Ode8n. aec., lib. IV, cap. I. 

(3) Biflt. natural y general, Madná^ 1851. Lib. XVH, cap. ni. 

(4) Itmeíaiio delarmata del Be Oatholko in ^dia, éc,: en los dociunentos de 
^^«tiklcazbalceta, tpm. I, pág. 806. 

(5) HiBt verdadera, cap. ÜI- 

10 



i 



ti 



74 

Gomara, (1) informado por los mismos conquistadores, se ex- 
presa de esta manera: "Eran grandes santuarios, Aouzamil y Xi- 
"calanoo, y cada pueblo tenía allí su templo 6 su altar, do iban 
"á adorar sus dioses; y entre ellos muchas cruces de palo y de 
"latón; de donde arguyen algunos que muchos españoles se fue- 
"ron áesta tierra cuando la destrucción de España hecha por los 
^'moros en tiempo del rey don Bodrigo." 

Describiendo el templo de Oozumel, refiere el mismo Goma- 
ra: (2) "Al pió de aquella mesma torre estaba un cercado de pie- 
"dra y cal, muy bien lucido y almenado, en medio del cual había 
"una cruz de cal tan alta como diez palmos, á la cual tenían y 
"adoraban por dios de la lluvia, porque cuando no llovía y había 
"falta de agua, iban á ella en procesión muy devotos; ofrecíanle 
"codornices por, aplacarle la ira y enojo que con ellos tenia ó 
"mostraba tener, con la sangre de aquella simple avecica .... 
"Tal era la religión de aquellos acuzamilanos, y no se pudo sa- 
"ber dónde ni como tomaron devoción con aquel dios de cruz; 
porque no hay rastro ni señal en aquella isla, ni iun en nii^pi- 
na otra parte de las Indias, que se haya en ella predicado el 
"EvangeUo." 

En el Peregrino Indiano se menciona igualmente la oruz. (3) 

La cruz estaba colocada en los patios de los templos y la lla- 
maban, el árbol verdadero del mimdo. "Y esta fuó la cansa qod 
"preguntaban á Francisco Hernández de Córdoba, y á los suyos» 
"si iban donde nace el sol, y cuando entró el adelantado Don 
"Francisco de Montejo, y los indios vian que hacían tanta reve- 
^'rencia á la cruz, tuvieron por cierto lo que su gran profeta Ohi- 
"lam Cambal les había dicho." (4) 

"En el reino de Yucatán, dice Fr. Bartolomé de las Gasas, 
cuando los nuestros lo descubrieron hallaron cruces, y una de 
cal y canto, de altura de diez palmos, en medio de un patio car- 

(1) Hist . general de las Indias, pág. 186. 

(2) Loco cit. pág. 305. 

(3) Por D. Antonio de Saavedra Guzman, Madrid, 1599. £n la foja 22, r. 

Tienen allí la oraz, y la adoraban 
Con gran Teneraoion j rererencia, 
Dios de UuYÍas continuo la llamaban, 
Y estaba en on gran templo de abstinencia. 

(4) Bemesal, Hist. de la proyincia de 8. Vicente de Obiapay Qoatemala, Madrid, 
MDCXIX. 



I 



76 

cado muy Incido y almenado, junto á un muy solemne templo, y 
inoy TÍsitado de mucha gente devota, en la isla de Cozumel, que 
está junto á la Tierra Firme de Yucatán. A esta cruz se dice 
que tenían y adoraban por dios del agua-lluvia, y cuando había 
íatta de agua le sacrificaban eodomioee, como se dirá; pregunta- 
dos de dónde habían habido noticia de aquella señal, respondie- 
ron qne un hombre muy hermoso había por allí pasado y les 
bbía dejado aquella señal, porque del siempre se acordasen; 
okOB dizque afirmaban que porque había muerto en ella un 
hombre más resplandeciente que el sol: esto refiere Pedro Már- 
tir en el capítulo primero de su cuarta Década." (1) 

Segujx el. mismo autor, los de la provincia de Cumaná reveren- 
cÜtmn la cruz, ^y con ella se abroquelaban del diablo, salvo que 
k pintaban desta manera X, y desta x , y quizás c on otras re- 
meltas que no Uegarou á nuestra noticia; llamaban la cruz en 
n lengua pumuteri (la media silaba luenga)." (2) 

Caanio á. la semejanza con las prácticacr cristianas, entre los 
Bi&ya se administraba el bautismo á los neófitos enti^ los tres y 
doG&años, significando en su. lengua, nacer otra vez, como dice 
el Evangelio, nisi quisrencUtisfuerit ex aqua, cfec. "Hallaron tam- 
Í>ien los padres relación que entre estas gentes había confesión 
'^tocal de pecados, semejante en algo al S. Sacramento de la pe- 
"lúteiKáa, y algunas otras ceremonias de la iglesia." (3) El reli- 
gioso atnbnye estas semejanzas, á que el diablo se proponía re- 
Bedac á Dios. 

Segan un M8. autógrafo de Fr. Bartolomé de las Casas, con- 
iertado en el convento de Santo Domingo de México y consul- 
tado por Torquemada, cuando aquel ,buen obispo desembarcó en 
Incalan, encargó á un clérigo inquiriese lo relativo á las ereen- 
^ da los indios: después de un año le informó, que creífioi en 
na Dios que estaba en el cielo y tenía tres personas. La una, el 
pidre, se llamaba Izona y había creado á los hombres y todas 
las cosas; Bacab, el hijo, había nacido de la doncella llamada 
Chirim% cuja madire se nombraba Ischel; la tercera persona ó 
d espíritu se decía Echuah. El hijo, Baoab, fué muerto por Eo- 
puco, amarrado á un palo, azotado y con una corona de espinas; 

(1) Hist. ApologétíoA, cap. O^TXin. 

(S) EM. Apolog^tloa, cap. OXXV y COXLVII. 

(3) Bemesal, loco cit. 



u 



76 

resucitó empero á los tres dias y subió al cielo: bajó, en seguida 
á la tierra el espíritu Echuah, "y hartó la tierra de todo lo que 
"había menester." Significa Izona, el gran padre; Baoab, lujo 
del gran padre; E<)huah> mercader. Preguntados los indios cómo 
sabían aquello, respondieron, que en los tiempos antiguos llega- 
ron Á sus tierras veinte hombres con su jefe Cocolcan, blancos y 
barbados, los cuales mandaban que se confesasen laa gentes y 
ayunasen. De aquí que Fr. Bartolomé añadiese: "Si estas cosas 
"son verdad, parece haber sido en aquella tierra nuestra Santa 
"Fe sabida; pero como en ninguna parte de las Indias, habernos 
"tal nueva hcálado, puesto que en la tierra del BxasiJ, que po- 
"seen los portugueses, se imaginan hallarse rastro de Santo To- 
"mas apóstol; pero como aquella nueva no voló adelante, cierta- 
mente la tierra y reino de Yucatán da á entender cosas más 
especiales y de mayor antigüedad, por las grandes, admirables 
"y exquisitas maneras de edificios antiquísimos, y letreros d© 
"ciertos caracteres, que en otra ninguna parte. Finalmente, se- 
"cretos son estos, que sólo Dios los sabe." (1) 

Si la relación anterior aparece un tanto sospechosa, sentido 
inverso debemos dar á las palabras de Fr. Francisco Ximenez. (2) 
"Es verdad que desde su principio, dice respecto del JJÍS. quiche 
"cuya traducción presenta, y que empieza á tratar de Dios^ dice 
"cosas tan conformes á la Santa Escritura y fé católica, aludien- 
"do Á lo que sabemos por rebelación del Espíritu Santo en laa 
"Santas Escrituras; pero como quiera que éstas se hallen envuel- 
"tas en mil mentiras y cuentos que no se les debe dar más eré- 
"dito, que el que tiene el padre de mentiras, Satanás, quien fae 
"su tutor, &c." Más autoridades pudiéramos aducir; las omitiinoB 
para no ser cansados. 

Pero importa tal vez á la historia consignar aquí, que la cruz 
se encuentra derramada por todo el continente americano, desde 
los antiguos tiempos. Hacia el Norte: "El P. Luciere, en su J2e- 
**laiéion de la Gaspésie, dice que los indios de la parte oriental del 
"Canadá tenían conocimienfo de la cruz cristiana, quafué en -sti 
"país, añade, como el arco-iris que Dios hizo aparecer un tleHí» 

(1) Torquemada, lib. XV, cap. XLIX.--Beme8al, lib. V, cap. Vil.— Cogcdludo, 
lib. IV, cap. VI.— Casas, ^ist. Apologética, cap. CXXm. 

(2) Las historias del origen de los indies de esta provincia de Guatimala, &e. Vie> 
na, 1867. Prólogo. 



77 

^ sobre la tierra, con promesa de no castigarla oon sumido 

"düuYio." (1) 
Los constructores de los terraplenes de Norte Amériea diéron- 

les oon frecneneia la forma de cruz, y debe tenerse pr^^nte aer 

Aquellos obreros anteriores á las tribus cazadoras encontradas 

por los blancos. (2) 

En el Sur: ''Refiere el P. Antonio Buíz, que se halló en el Pa- 
raguay (en el lugar llamado después San Eseriz) una cruz que, 
según la tradición del país, fué llevada por un hombre blanco y 

muy barbado, Tenido del otro lado del mar." (3) 

Describiendo Gomara las costumbres de Cumaná, escribe: ''En- 
tre los muchos ídolos y figuras que adoran por dioses, tienen una 
aspa como la de San Andrés, y un signo como de escribano, cua- 
drado, cerrado y atrayezado en cruz de esquina á esquina y mu- 
dios frailes y otros españoles decían ser cruz, y que con él se 
defendían de los fantasmas de noche, y lo ponían á los niños en 
naciendo." (4) 

Segon la carta escrita por Fr. Bernardo de Armentia, enelBio 
de la Plata, á l.'^de Mayo de 1638, cuatro años antes de que ahí 
Degaran los religiosos, predicó un indio llamado Etiguiara que 
vettdrían pronto hermanos de Santo Tomé á bautizarlos, "y or- 
denó muchos cantares, que agora los indios cantan, en que hallo 
manda se guarden los mandamientos de Dios." (5) 

El P. Alfonso de Ovalle (6) refiere, que en un valle de Quito 
enseñaba un indio anciano á otros jóvenes que debían sucederle 
en el cargo de repetidor de los cantares, una historia ó relación 
del diluvio, después del cual llegó al Perú un hombre blanco, lla- 
mado Thome, á predicar una nueva doctrina, antes no oída. 

El P. Sinaon de Vasconcelos, (7) escribe: "Cuanto á la religión 
coüTenían todos los indios de todas las naciones, así de una co- 
mo de otra parte de la Anrérica, que había tradición entre ellos 
antíquisima de padres á hijos, que muchos siglos después del* 

vi) Antiquités amérioaines, pág. 143. 

(3) Antíquities of WisconBÍn, bj* I. A. Lapham: principalmente pág. 18, lám. 8; 
P^. 20, lám. 10; pág. 88, lám. 81; pág. 55, lám. 86 y 87; lám. 40, &c. 

9i Cooqnista espiritual del Paragoaj, § 28 y 26. — ^Antiqtiités ámérioAines, pág. 148. 

(4) Tom. XXn de la Coleo, de AA. espafioles, pág. 208. 

(5) Toiqnemada, lib. XV/ cap. XLVm. 

(€) Hist. del Beino de Chile, lib. Yin, cap. 1. 

(7) Crónica de la PiOTÍncia del Brasil, 1668, íoj. 51. 



• 



78 

diluvio, anduvieron en sus tierras unos hombres blancos, vesti- 
dos; barbados, que hablaban cosas de un Dios y de otra vida; uno 
de ellos se llamaba Sumé, que quiere decir Thomé, y que estos 
no fueron admitidos de sus antepasados y se acogieron á otras 
partes del mundo, enseñándoles primero con todo á plantar y 
coger el fruto del principal mantenimiento de que usan, llamado 
Mandioca.'' Sigue dando noticias de la presencia de Santo Tho- 
me por aquellos lugares. 

Bespecto de los del Brasil; "tienen memoria del diluvio, em- 
pero falsamente, porque dicen, que, cubriéndose la tierra de agua, 
una mujer con su marido subieron en un pino, y después de men- 
guadas las aguas descendieron, y de aquestos procedieron todos 
los hombres y mujeres." — "Dicen ellos, que Santo Tomás, á quien 
llaman Zome, pasó por aquí; esto les quedó por dicho de sus an- 
tepasados, y que sus pisadas están señaladas cabe un rio, las 
cuales yo fui á ver por más certeza de la verdad, y vi, con los 
propios ojos, cuatro pisadas muy señaladas, con sus dedos^ las 
cuales, algunas veces cubre el rio cuando hinche; dicen también, 
que cuando dejó estas pisadas iba huyendo de los indios que le 
querían flechar, y llegando allí, se le abrió el rio y pasara por 
medio del, sin se mojar á la otra parte y de allí fue para la India: 
asimismo cuentan, que cuando le querían fechar los indios, las 
flechas se volvían para ellos, y los montes le hacían camino por 
do pasase. Otros cuentan esto como por escarnio." (1) 

"Los Incas tenían una cruz de un mármol muy hermoso 6 de 
jaspe el más puro, perfectamente pulida y hecha de una sola pie- 
za; tenía tres cuartas de ana de largo y tres dedos de ancho, y 
estaba colocada en un lugar sagrado de palacio, como objeto de 
gran veneración. Los españoles la enriquecieron de oro y de pie- 
dras y la colocaron en la catedral de Cuzco. (2) Mr. I^anking cree 
muy probable que esa cruz haya sido llevada por Manco-Capac, 
-porque en el siglo XIII se encontraban muchos cristianos de la 
secta de los nestorianos al servicio de los Mogoles. (3) !E1 con- 
quistador del reino de Bengala fué un cristiano. (4) 

(1) Casas, Hist. de Indias, lib. I, cap. CLXXV. 

(2) Oaroilaso de la Vega, lib. II, cap. III. 

(3) Marco Polo, yoL I, pág. 601. 

(4) "Wárden, Becherches sur les antíqnités de rABOéríque, «ap. VI. 



79 

Dejamos por referir las opiniones del P. Calanoha y de otros 
ciomstaSy mas no sin apnntarn^ nuevo la cruz de que antes ha- 
UamoB de los Incas. (1) 

Bepetídas veces se encuentra la figura de la cruz en las pintu- 
ras mexicanas. Debemos al Sr. Ohavero un ejemplar de las es- 
taaipas en que el Sr. Don Femando Bamírez había recopilado 
msíio encontró acerca de la materia en los Códices. Distínguen- 
8e la cruz griega y latina; ya se presenta como distintivo en la 
espa j en el tocado de Quetzalcoatl y de Ehéc&tl; marca la tale- 
ga en que los sacerdotes conducían el incienso; se la encuentra 
marcando ciertos asientos ó tronos de los dioses. Llámanos la 
atención xma figura cruciforme que ofrece ciertos rasgos de seme- 
janza con la del Palenque, y otra más pequeña y simbólica, coro- 
nada por una ave. No sabemos si el Sr. Bamírez escribió alguna 
explicación de estas láminas; por nuestra parte, ya no tenemos 
tiempo de identificar los dibujos é intentar alguna decifracion. 
Hemos Itablado hasta aquí del signo cristiano, tenemos ahora 
que decir «dgunas palabras del mismo signo, si bien, en nuestro 
concepto, con significaron muy diversa. Nos referimos á la cruz 
del Palenque. El primer dibujo que conocemos es el de Du- 
pabL (2) "No hay la menor duda, dice, de la impresión grande 
que causa sobre el alma esta especie de cruz al improvista, pero 
bien mirada y sin preocupación, no es en rigor la Santa Cruz la- 
tina que veneramos, si la cruz griega desfigurada por los adornos 
extraordinarios, pues esa consiste en una línea determinada y 
veitieal, óortñAsk por la intersección horizontal de otra línea me- 
nor que la primera, y forma cuatro ángulos rectos, v. g. t. La 
otra se figura también por dos líneas rectas, de una vertical y la 
otra horizontal; ésta la divide en dos porciones iguales, y forma 
naturalmente una cruz también de cuatro ángulos rectos, v. g. + 
{6 emz griega). Ademas de lo insinuado, los adornos tan compli- 
cados y tan caprichosos, no son correspondientes á la venerable 
desnudez de la original y á sus sublimes misterios, y aun es fuer- 
za aplicar esta composiciop alegórica á la religión de esta nación, 
que por ignc^ar absolutamente el conocimiento de su ritual, nos 
vemos precisados á guardar el silencio." (8) 

(i) Gardlaso, Coment. reales. Parte eeg., lib. I, cap. XVH. 

(2) Teieeia expe^cion, niím. 40, lám. XXXYI. 

(3) Axitíqmt<^ niMicaines, pág. 26. 



80 

"El bajo relieve esculpido, dice el mismo Dupaix, sobre grandes 
losas de mármol amarillo, que adornaba el santuario del templo 
llamado de la Cruz, merece particular atención. Todo el lujo ée 
escultura, adornos, accesorios y jeroglíficos, se emplea en hacer 
resaltar la importancia de la cruz, objeto principal de la repre- 
sentación, esculpida de una manera muy adornada é ingeniosa, 
llevando encima un pájaro semejante á un gallo. Dos personajes 
están uno á cada lado de la cruz, el uno en adoración, el otro 
ofreciendo sóbrelos brazos levantados á un niño, dibujado de un 
modo fantástico: numerosas leyendas jeroglíficas, dispuestas en 
forma regular, rodean á los dos personajes, detras de los cuales 
están colocadas otras dos figuras emblemáticas, una á cada lado, 
y de las cuales una está rodeada de jeroglíficos." (1) 

Oigamos ahora á Humboldt. (2) "Las cruces que tanto excita- 
ron la curiosidad de los conquistadores en Oozumel, Yucatán, y 
en otras comarcas de América, (+) no son más de "cuentos de 
monjes," y merecen un examen más serio como todo lo que se 
refiere al culto de los pueblos indígenas del Nuevo Continente. 
Me sirvo de la palabra culto, porque en un relieve conservado en 
las ruinas del Paleque en Guatemala, del cual poseo copia, i^o 
me parece que pueda caber duda alguna acerca de que una figu- 
ra simbólica en forma de cruz era objeto de adoración. Sin em- 
bargo, es preciso observar^ que á esta cruz falta la prolongación 
superior, y que forma más bien la letra tau. Existe entre los je- 
roglíficos aztecas el que designa el sol en sus cuatro movimientos 
(Nahui oUin tonatiuh) por impresiones del pié (xocpalli), recor- 
dando también la forma de una cruz. (^) Algunas ideas, sin re- 
lación alguna con el cristianismo, pueden haber sido atribuidas 

(1) Antiquites mexicaines, pág. 7í), al final de la obra. 

(2) Histoire de la Ge'ographie du Nouveau Continent, París, Tom. II, nota G, 
pig. 354. 

( + ) Pfitr. Mart. Ocean., lib. IV, cap. I; Gomara, lib. II, cap. XVII; lib. III, 
cap. II y XXXII; Garzilaso, lib. II, cap. in, Herrera, Dec. I, lib. III, cap. I; An- 
tonio Buíz, Conquista espiritual del Paraguay, § 23 y 25; Lafitau, tom. I, pág. 425- 
450; Hom. Oríg. Amer., pág. 65. Las cruces encontradas por 6lP. Lecler« o€iroa 
de Gaspé, en el interior del Golfo de San Lorenzo (Belation de Gaspósie, cap. IX) 
pudieran muy bien tener un origen cristiano. 

(*) Encontré la cruz en el MS. Borgiano (fol. 47, MSS., ntím. 210) y la hio« re- 
presentar en mis Vues des Cordilléres et Monumens des peuples amerioiUnB, fol, 87, 
fig. 8. 



81 

simbólicamente á este emblema egipcio de Hermes (tauticud 
duuraeter), tan célebre entre los cristianos después de la des- 
iraecion del templo de Serapis en Alejandría, en tiempo de Teo- 
doro el grande. (+) En las monedas de Sidon del siglo tercero 
antes de nuestra era, se ve en la mano de Astarté un bastón ter- 
zazoado en una cruz. En Scandinavia, un signo del alfabeto rimioo 
figuraba el martiUo de Thor, muy parecido á la cruz de relieve 
del Palenque; se marcaba con esta runa, en los países paganos, 
los objetos que se quería santificar, (v) Podría recordar aquí que 
ios antigaos cbiapaneses de las cercanías del !t^alenque, dedica- 
ron tmo de los signos de los días á un Votan; (n) jefe célebre en 
8QS anales, y que se ba creído reconocer en ese nombre de Votan, 
im Wodan u Odin americano, y también el Wodans-dag (wed- 
needay) ó Bound-dar, dia de Boudha; pero relaciones tan vagas 
entre los ' pxieblos mexicanos y scandinavos, fundadas sólo en 
liiaU^;ías de sonido, nos llevarían á un terreno extraño á la 
Iii^ria." 

Acerca de la cruz del Palenque opina F. de Waldeck, que es 
on símbolo astronómico, tal vez el emblema de los cuatro puntos 
cardinales. (1) M. Léonce Angrand ve en el relieve la represen- 
tación del bautismo entre los maya, y H. de Oharencey cree ha- 
ber leído en los jeroglíficos la palabra HuTiah-^Kn, el sólo santo, 
y á nombre de Eukulcan. (2) Salvos nuestros respetos, no nos 
damos por convencidos áe la lectura. 

Para probar el salir á algún resultado, ordenemos nuestras 
idaas. Las cruces de México y Yucatán se deben á Quetzalcoatl 
6 Knkulcan; se ignora quién fué el introdi|>ctor de la cruz del 
Palenque. Según los testimonios históricos, aquellas correspon- 
da á la é{>oca de la destrucción de los tolteca; ésta es anterior 

(+) Rafinas, Hifit. ecdea, Ub. n, ci^.XXIX (ed. de 1562), pág. 26i; Sozomenus 
Sed hÍBt, Ub. m, cap. XV (ed. GuiL Beading.), Cantabrigia, 1720, tom. n^ 

P^. 298: Tbeophanes, Chronogr (ed. Par. 1655), pág. 61: Suidas^ art. 

SaeKtf, (Edipns Mg, (ed« Bom. 1654) tom. m, pág. 277; Flénry., Hist. eccles., 
(tiPar. 1695), t. IV, pág. 655. Hag. Erfind. der Buchstabenschxift, p. 32; Dupaix. 
Asi Hez. Pl. 86. 

(t) Véifie el excelente tratado de M. GuiUatune Grimín, Uber Deutsche Bunen, 
Ptg.212. 

(n) y. mis Ynes des Ck>rdméres, 1. 1, pág. 382, y t. II, pág. 356. 

(1) Beroe Axnéiicaine, 2« Serie, tom. n, pág. 69. 

(2) Actos de las Bodété Philologiqne. Kum. 3, Mars 1870. 






82 

á la era de Jesucristo. Signos semejantes, no tienen, sin embar- 
go, la misma significación; las unas son cristianas, la otra trae 
origen de otro culto. Cayendo todas bajo la jurisdicción de nues- 
tra historia, es preciso separarlas, tratando las dos clases inde- 
pendientemente. Comenzamos por las cruces cristianas. 

Muchas y muy encontradas opiniones encontramos, según el 
temperamento y las creencias de los autores. La primera fué, 
negar rotundamente. Expediente cómodo, que si hien no resuel- 
Te el problema, lo destruye, cerrando la puerta á ulteriores es- 
peculaciones. Dijeron unos, son falsos los profetas y las profecías 
de Yucatán, porque nunca existieren profetas ni profecías; algu- 
nos creyentes negaron también, fundados en que los infieles no 
pueden ser profetas, y se embrollaron en largas argumentaciones 
teológicas: el sabio Humboldt se contentó con sus palabras, "son 
cuentos de monjes." 

Herrera atestigua haber sido encontradas las cruces en Xuoa- 
tan, corrigiendo á Gomara por haber dicho que algunas eran de 
latón, y refiere la profecía de Chilam Cambal á tiempo muy cer- 
cano á la llegada de los castellanos. (1) Copió la relación Tor- 
quemada, cambiando el nombre del profeta en Chilancaleatl, y 
parece no dar á la relación entero crédito. (2) Siguióse BemesiJ, 
quien se conformaba con las profecías. (3) Con estas y otras au- 
toridades, quedó modificada la opinión general; si los heohos no 
eran falsos, debían tenerse como de reciente introducción y co- 
pia de lo que los indios habían yisto á los castellanos. Por eso 
el Dr. D. Pedro Sánchez de Aguilar, en su informe contra los 
idólatras, refiriéndose á la cruz mandada poner por D. Hernando 
en Cozumel, asevera: "De esta cruz tomó motivo [un] sacerdote 
de ídolos, llamado Chilam Cambal, de hacer una poesía en su 
lengua, que he leído muchas veces, en que dijo, que la gente nueva 
que había de conquistarlos veneraba la cruz; con los cuales ha- 
bían de emparentar. Esto mismo refiere Antonio de Herrera, y 
como el adelantado Montejo, á cuyo cargo estuvo la conquista 
de esta provincia, tardó más de diez años en volver á ella^ pen^ 
saronlos nuestros que éstos indios pusieron esta cruz, y tuvieron 
por profecía la poesía de Chilam Cambal; esta es la verdad, la 

(1) Hist. general, d<íc. II, lib. m, cap. I. 

(2) Monarq. Ind., lib. XV, cap. XUX. 
(8) Bemesal, lib. V, cap. VIL 



83 

cual averigüé por saber la lengua de ello^ y por la cojnumoacion 
de los indios viejos primeros neófitos que alcanoé, loa cuales iban 
en su romería al templo de Go^umeL" (1) 

£1 espíritu religioso extmviaba el buen seütido de Sánohez 4e 
Agoilar. Cortés mandó labrar la cruz 4e madera de Cotsumel el 
año 1619, (2) y las cruces en aquella isla babían sido vistas por 
Grijalva en 1517; por consecuenciai aquella no pudo servir de 
modelo para éstas. Cogolludo demuestra que loa profetas maya 
son con mucbo anteriores al descubrimiento de América, y así 
eonsta en su cronología. 

Semejante explicación no pudo sostenerse contra la evidencia 
de la verdad; como tampoco pudo tomarse á lo serio, que el dia- 
blo remedara las instituciones caristianas para perder las almas 
de los idólatras: imposible fuera que el demoiúo entregara por 
dmbolo de adoración á susadeptos el signo que lo amedrenta, y 
trabsgara en allanar el camino para la predicación evangólit a. 

Las ideas t<miaron nuero rumbo; ¿se había ó nó predicado eoi 
América el Evangelio? Muchos lo negaron; mas prevaleció la 
solución afirmativa. Entonces, ¿cuándo y por quién fué hecha la 
predicación? No era fácil acertar con la respuesta; pero supues- 
to el constar que los apóstoles predicaron el Evangelio á todo el 
mundo, uno de ellos fué el predicador. 

£1 P. Duran, partidario de la predicación, solo acierta á seña- 
lar, alguno de los apóstoles. (3) Acosta pone de manifiesto la 
semejanza de las ceremonias idolátricas con las cristianas, atri- 
bujéndolo al demonio. (4) Fr. Gregorio García, (5) sosteniendo 
ser de tártaros la filiación mexicana, escribe: '^y se conservan 
entre ellos otras costumbres, semejantes á las cristianas, que pu- 
dieron retener aunque desfiguradas, desde que Santo Tomás pre- 
dieó^en las Indias y sus comarcas, j^ aún en el Brasil; pues sus 
indica tienen tradición de un santo varón llamado Sume^ que dice 
Vasconcelos es el mismo que Tomé, á quien Homio llama Maire 
Bamane^ y componiendo una voz de Pay] y Sume afirma le dan 
d nombre de Faicumá los guaráis (como después á los religiosos 

(1) Oogollndo, Hb. IV, oap. IX. 

(2) BenMd Díaz, «ap. XXVn. 
(S) SegoBds parte, oap. L MS. 

(4) mat nat. y moeal da las Indias, lib. V, cap. XXm y mg. 
00 Oiig. de loa indios del Nuevo Mondo, Hb. IV, gxn, pág. 299. 



84 

españoles), el cual parece es Santo Toínás, porque Mayre puede 
ser corrupción de Meyr^ que en su lengua significa peregrino 6ar- 
hado vestido: y quitando la T á Tomás, queda ornas ó uman, que 
después de tanto tiempo aun da indicios del nombre, y más en 
diferente idioma." Calancha afirma haberse conservado el nom- 
bre Toma ó Thomé en Nueva España, Perú y Chile: (1) le sigue 
Ovalle, (2) y á ambos contradice Solórzano. (3) 

Entre los escritores nacionales, Becerra Tanco (4) asegura que 
la palabra Quetzalcoatl es sinónima de Tomás, en griego Didy- 
miis ó mellizo, pues coatí ó cohuaü en mexicano significa culebra, 
y en plural cocón 6 cocome es el mellizo: de aquí se forma oíate ó 
coate en la misma acepción. 

D. Carlos de Sigüenza y Góngora escribió im libro para pro- 
bar la predicación del Evangelio en México, por Quetzalcoatl, 
quien no era otro que el apóstol Santo Tomás, y si bien la obra 
no vio la luz pública y el MS. se tiene por perdido, la opinión se 
acreditó hasta tenerse por cierta, sólo por la autoridad del dis- 
tinguido anticuario. (5) 

(1) Hist dd Peni, lib. n, cap. II. 

(2) Hist. de Chüe, lib. Vm, cap. Vn. 
(8) Política Indiana, lib. I, cap. YII. 

(4) FeUcidad de México, México, 1685. Fol. 55. 

(5) Se sabía de la existencia del libro de Sigüenza, por la mención que él mismo 
hizo en el prólogo de su Parayso Ocoid6ntal,«México, 1680. Después, dio el título 
completo en su Libra Astronómica, México, 1690, y era, Fénix del OcdáenU Santo 
Thomas Apóstol, Jiallado con el nombre de Quetzalcoatl entre las cenizas de antigua» 
tradiciones, conservadas en piedras, en Teoamoxtles Tultecos y en cantares Teoóhi- 
chimecos y Mexicanos, Perdido el MS. como arriba dijimos, se hicieron, sin fruto, 
exquisitas diligencias por encontrarle. Damos una fausta nueva ¿ los bibliófilos. 
Tenemos á la vista un Códice MS. intitulado: Bl Santo Apóstol Santo Tomás en el 
Nueoo Mundo. Colección de noticias y memorias relativas á la predicación del JBhan- 
geUo en América, antes de su. descuirimiento por los Españolea. Colectadas y ordenen- 
da» por D. José F. Mamiret, Conservador del Museo Nacional, 47pág., Prdlogodel 
colecitor, 625 pág. de texto y m del índice. Esta es una copia; el original lo encontró 
el Sr. Kamírez en la Biblioteca de la Profesa. De las eruditas investigaciones del 
colector resulta, que el Códice perteneció á D. Carlos de Sigüenza y Góngora, algu- 
nas de las piezas son del P. jesuita Manuel Duarte, portugués, quien residió catorce 
afios en México y fechaba uno de sus trabajos á 26 de Setiembre de 1679; al marchai 
á las Filipinas dejaba sus apuntes á D. Carlos para que los aprovediara. ''^Ck>ncluyG 
"de todo, dice el Sr. Ramírez, y resumiendo mis conjeturas, que si di optíocxQo que 
'forma la segunda parte de este volumen, no es el tan buscado y proclamado Í*é 
*'nix del Occidente, él y la primera nos dan, por lo menos, sus materiales." Xias pie 
zas recogidas más parecen apuntamientos que obras acabadas, ya porque las notíoiaj 



85 

Yetanconrt seguía las opiniones de Sigüens», de quien fué 
amigo, refiriendo largamente las semejanzas de la religión cris- 
tiana oon la de los mexicanos. (1) Partidario de la misma idea 
se muestra Boturini, (2) y Yeytia asigna á la predicación el ano 
63 de Jesucristo^ dando sí predicador los nombres de Quetzal- 
coatl, Ouculcan y Hueman. (3) Todavía en nuestros dias vuelTO 
al mismo tema D. Manuel Berrera y Pérez« (4) 

Aunque sirven de fundamento á este sistema copiosas razones 
y llenas de ingenio, muchas de ellas solo consisten en nombres 
mal interpretados, en congruencias de poco bulto y peso. Todas 
juntas no pueden responder á esta objeción. Santo Tomás existió 
en el primer siglo de la iglesia, Quetzalcoatl en el X; hay impo- 
sibilidad absoluta para admitir en uno sólo á entrambos perso- 
najes. Suponiendo, contra la verdad histórica, haber habido otro 
Quetzalcoatl el año 63 de Jesucristo, como entonces los toltecas 
no liabían llegado al valle, ni existían aun las naciones civiliza- 
das de Anáhuac, no fué á ellas á las que se hi^o la predicación. 
Si Santo Tomás es diverso dé Quetzalcoatl, su doctrina corres- 
ponde á tiempos prehistóricos, no pudo apirovechar á naciones 
aparecidas cinco siglos después, y ni pudo enseñar institucioneSj 
como la de los monjes, en su época aún desconocidas. 

Estas reflexiones, sin duda, llevaron por rumbo nuevo la inte- 
ligencia del Dr. Fr. Servando Teresa d0 Mier. (6) En este escri- 
tor no predomina el sentfiniento religioso, sino el político; pre« 

Taa repetidas, ya porque las ideas se enouentran á veoes interrumpidas 'para tennis 
Bar en otro lugar; por otra parte, echamos de menos en estos escritos el estilo gon- 
g^ioo de D. Garlos. Kos persuadimos, por ifltimo, á que tenemos los materialeff/ 
las dootrinaa, las autoridades, las argumentaciones que sirvieron á Sigfienza para su 
obcB, aunque no el mismo Fénix del Occidente. Tiene ademas el mérito, de ser un 
eompleto arsenal de noticias acerca de su asunto. El Códice formado por el 8r« 
Tt^faAg, se encuentra hoy en poder de mi amigo el Sr. líe. D. Alfredo Gharero: 
teoemos copia. 

(1) Teatro Mexicano, 2 P. T. 8, cap. Vm y sig. 

(S) Catálogo de su Museo, pág. 50. 

(3) Hist. anl, cap. XY y sig. 

(4) Semanario ilustrado, México, 1868. Tom. I. 

(5) Historia de la reyoludon de Hueva Espafia, por D.'José Guerra: Londres 1818. 
José Chierra es el seudónimo bajo el cual se encubrió el P. Mier. Al fin del segundo 
ToUmen se encuentra la disertación acerca de la venida de Santo Tomás á la Améri- 
ca. Copii^ D. Carlos María Bustamante en la Hist del P. Sahagun, tom. I, dea- 
paea de la pág. 277. 



86 

tendía probaar qne la América no era deudora á los españoles de 
la primera predicaeion de la ié. ''Haciéndome todas estas difionl^ 
tades sospechar, dice, qne nuestro Santo Tomás no era el apóstol^ 
me dediqué á estudiar los autores portugueses, como Barros y 
otros que cita García, sobre las cosas de la India pertenecientes 
á Santo Tomás, de que han escrito largamente por su cuerpo, 
cruz y memorias halladas en Meliapor, ciudad de OoromandeL 
T en sus historias hallé en el Y ó YI siglo, otro Santo Tomás, 
oU^K), sucesor suyo, judío heleídsta también como el aposten, 
(esto es, hebreos que hablaban griego con idiotismos hebreos), 
tan célebre como él por su predicación y milagros: del cual el 
BreTÍario 6 Santoral de la iglesia Siriaca tiene largas lecciones, 
en que se refiere cómo pasó á predicar á la China, y á otras re* 
giones barbearas y remotas, haciendo muddos prodigios. Éste sin 
duda debe ser nuestro Quetz^coatl, Chilamcambal en lengua 
dúnesa, qm trajo sin duda discípulos diinos^ Los grandes edí* 
fiéios de Mictlim, Campeche, &c., que se atribuyen á los disoípu- 
los de QuetzaJcoatl, son muy p€»^ecidos á los chineses^'^ (1) 

£1 Santo Tomás de Melii^or, para nuestro caso, se encoeatra 
poco más 6 mé&os en las oiteunetancias del a;p6atúh consta que 
murió en la liidia y nada dice su 7iáa de: la j^nedicaeíon en 
jtottérioa. (2) 

Pero si ambos Santos Tomás sucumben ante la crítica, Que* 
tJialéoatl queda en pié con su historia, á la cual no alcanza la 
contradicción: hubo un predicador blanco y barbado, que ensenó 
doctrinas muy s^nejuites á las cristianas. 



(1> Ldco oít, pág. XXXV. 

(S) Qarcíá, oríg. d« los indios, pág. 299 y relativae. 



CAPÍTULO V. 

• * 

Crmwiana.^'^Cfrwt béddMoa,^^OnaBegipcia,^€fnu erítUana.-^Za eme del Paleri' 
gvA parece búddhktK^iSerá Vota/ih un ImddM^Lae erueee de Méxko $en de 
ttigen erietiano. — DesotibrimierUo de América por loe ielandeeee. — ¿Q^eteailooaU 
9rá un mMonero Ulanc^ééT— Pretenda de los símbolos de la cruz en México,— CivilC. 
íeiorm de América.^ OficHatria.-^ OohuatUmtona. — MicceoaÜ.'^Reouerdo de loe 
^egroe^^IijetMfUn^^Fafaitaemm de la noehc-^Apúéroe, 

LAcraz es u» signo conocido desde tiempos remotos, siendo 
objeto de cnlto entre los egipcios, en Siria y en otros pne- 
U09. Para las naciones arianas signi&caba los dos maderos des- 
dados á encender el fuego sagrado Agn% haciendo usó de la 
pdabra _pra7?ia¿Aá, dé donde se derivó la voz Prometeo. "El 
íQttbi^ Ptometeo, dice Iff; Joly, (1) es de origen védico, y re- 
cuerda el nrétodo empleado por los antiguos brahmines para 
oWttier el'faego sagrado; & este fln se servían de un fcaston 11a- 
Dttdb imjdha ó pramaíhay cuyo prefijo pra añade la idea de robar 
^fuerza & la idea contenida en la raíz matJia, del verbo math- 
**tó ómarUháird, producir fuera por medio de lá fricción. íro- 
Q^ fué quien descubrió el fuego, lé Mzo salir dé donde esta- 
ba oculto, le robó y le comunicó á los hombres. De Pramathd 
(íPrwnathyn8, él que cava frotando, el que roba el fuego, la tran- 
ódon es fácil y natural, y solo xm paso hay que franquear para 
%Dr del Pramathyus indio al Prometheo griego, que robó el 
'íBgo del cielo para encender la chispa del alma en el hombre 
fonnado de barro." 
^ bastón encendedor ópramatha estaba armado de nna cner- 
Me cánamo, mezdado con pelo de vaca, y con ayuda de esta 
<!^OBnta enrollada sobre la parte superior, el sacerdote de Brahma 

(1) Lm oricpnes de f eu dans rhnmaxiité. La Beme Sdentíñqae de la Fnnoe et 
^fEfcnnger, 6^ aimée, mím. 80, 22 Janvier 1876. 



I 



88 

le imprimía un movimiento giratorio, alternativo de izquierda á 
derecha y al contrario. El movimiento tenía lugar en un peque- 
ño hueco practicado en el punto de intersección de dos maderos, 
colocados transversalmente uno encima de otro, de manera que 
formaran una cruz, mientras sus extremidades, dobladas en án- 
gulos rectos, estaban sólidamente fijas por cuatro clavos de bron- 
ce, á fin que no pudieran moverse á ningún lado. El conjunto de 
la máquina se llamaba Stvastika. (1) El padre del fuego sagrado 
se nombraba Ttvastr% es decir, carpintero divino, el fabricador 
del StvastiJca y del Pramatha, cuyo frotamiento recíproco produ- 
cía el hijo divino llamado Agni La madre tenía el nombre de 
Maya. El Agni cambiaba su nombre en Akta (ungido), cuando 
los sacerdotes derramaban sobre su cabeza el espirituoso Sanujif 
y sobre su cuerpo la manteca purificada del sacrificio." 

"En su interesante obra sobre el Origen del fuego (Die Herab- 
kunft des Feuers) Adalberto Kühn designa siempre el signo 
núm. 1 y su análogo el núm. 2 bajo la palabra arani, y mira am- 
bos como símbolos religiosos por excelencia, de nuestros anti- 
guos antecesores los aryanas." 

Befiriéndose á la Cruz mística, dice Holmboé: (2) "La cruz do 
que hablamos, y se vé en algunas monedas de la Lidia, se en- 
cuentra igualmente en muchas bracteates de oro halladas en 
Scandinavia, así en los hatigs como en otros lugares; esa cruz 
tiene una forma singular, pues sus cuatro brazos termins^ en 
una curvatura, como se observa en la figura (núm. 20). Muy no- 
table es esta cruz, na sólo porque su uso es muy común, sino 
por el efecto saludable que le atribuyen los hindus, y particu- 
larmente los buddhistas. 

'^os buddhistas consideran esta cruz como una de las figuras 
más importantes, entre las sesenta y cinco que se figuran ver en 
la huella del pie de Buddha, y no solamente está puesta al fren- 
te de la lista, sino que con poca diferencia está reproducida bajo 
los números 3 y 4, en la enumeración que M. Burnonf puso en 



(1) "¡Oosa notablel £1 Swoitika (V* nuestra lám. 1, niim. 1) de U India está figtt« 
'^rado frecuentemente con estas dos formas (niím. 1 J 3) en los fuMUo 6 diBOOfl da 
''tierra cocida^ encontrados con tanta abundancia, por el Doctor Schliemann, en latf 
'^ruinas de la antigua Bion; de donde nace esta conclusión muj natural, los trojanos 
"eran de filiación aryana." 

(2) Traces de Buddhisme en Nonrége &c. Faris, 1857, pág. 84. 



89 

el apéndice Vill de bu edidon del Loto de la buena ley, en donde 

leemos:" (1) 

I ^'SvasHkaya. Es la figura mística familiar á muchas sectas 
hindns, representada de este modo (nnm 9); literalmente signifi- 
ca su nombre signo de bendición 6 de buen agüero. El signo Svas- 
tika es tan conocido de los brahmanes como de los bnddhistas, 
j el Bámáyana habla en cierto lugar de vasos marcados con este 
signo afortunado. * Sin embargo» me atrevería á decir, que esta 
marca, cuyos nombres y uso ciertamente son antiguos, pues se 
le encuentra en las medallas más viejas buddhicas, no fué tan 
frecnenteménte usada entre los primeros como entre los segun- 
dos. También es cierto, que la mayor parte de las inscripciones 
grabadas vistas en las cavernas buddhicas del O. de las Indias, 
están precedidas 6 seguidas de la marca sacramentaL'* 

3. ^'Ncmddvartaya. Es igualmente un diagrama de buen augu- 
rio, cuyo nombre verdadero es ncmdyavarta, significa el enro- 
llamiento ó el círculo afortunado. M. «Oolebrooke lo figura de 
esta manera (núm. 10). 

''El Amarakochxij forma de este signo el nombre de una espe- 
cie particular de templo ó edificio sagrado, y es de notar que 
el numdyavarta de los iDjain puede pasar por una especie de 
laberinto." 

i. *^86vastekaya (mSm. 11). La sola diferencia entre este signo 
y el de que antes hablamos, es que los brazos de la cruz van de 
derecha á izquierda, mientras la núm. 9 lleva los brazos de iz- 
quierda á derecha." 

El Uógrafo de Hionén Thsang menciona una piedra con las 
huellas de los dos pies de Buddha, que en las extremidades de 
los diez dedos se veían flores terminadas en el signo místico 
ONOK. (2) De esta misma cruz habla el R P. Orazio della Penna 
di Billi, en su descripción del Hxibet, diciendo: ''£[anno una spe- 
^ di croce, che tengono con venerazione." (3) Befiere el P. 
Byacinthe, que las mujeres del Thibet adornan con esta cruz sus 
^tidos. (4) Según M. Pallas, los mongoles dibujan esta cruz en 

(l) Le lotos de la bonne loi, pág. €25—626, 

(3) 21 editor indica: 'HSe dice qae trae su origen de la forma de los bucles de Bud- 
''dha, enrollados de izquierda á derecha." (Hionén Thsang, pág 38). 

(S) Kony. Jonm. asiat. XIV; pág. 427. 

(4) D). t. rV, pág. 245. 

12 



L 



90 

pedamos de papel, que colocan al pecho de sus muertos. (1) Fre« 
cuentemente se ve también la cruz en el pecho de los santos. (2) 
En el Hindostán es objeto de veneración, bajo el nombre de 
setkia. Dice M. Taylor en su diccionario: "Sethia, es una marca 
''en forma de cruz, con los cuatro brazos doblados en ángulos 
"rectos, y que los hindus pintan de colorado al principio de sus 
"libros de cuentas al principiar el año nuevo. Forman la mis* 
"ma figura de harina^ sobre el suelo, en las bodas y en otras 
"ceremonias." 

''Es curioso notar la circunstancia; dice Clavel, (3) que el simr 
bolo de la cru2 se mezcla á la arquitectura y á la ornamentación 
de los templos búddhioos; muchos de éstos son cruciformes, y 
casi todos tienen j cruces en las esculturas que adornan los mur 
ros y los pedestales de las estatuas. Se encuentra el mismo em- 
blema en loa palacios, en los monasterios y en las tumbas. Aña- 
diremos que la cruz era antiguamente un instrumento de supli- 
cio infamante, entre los pueblos que recibieron la doctrina de 
Sakya; todavía se le] ve hoy de trecho en trecho á la orilla da 
los caminos del Japón. Los criminales son atados con cuerdas, 
y se les da la muerte atravesándoles el costado con una lanza." 

Justo Lipsio (4) habla del símbolo egipcio que se interpreta 
vida futura. Chanpolion (5) ofrece varias veces la figura de la 
cnus con asa, (núnL 4 y 5de nuestra estampa 1*) y el signo con 
sus variantes (6, 7 y 8), que dice significar, **lavidai y más pro-- 
piamenie la vida di^Tt^'' M. lienoir^ interpretando loa dibujos 
de Dupaix, dice: (6) "La cruz con asa ó el Tau, en manos de Iaís, 
indica el tiempo^deJUuvias en Abisinin, del mismo modo que 
ammoía^la iiuwdaeion en Egipto; en Oartasse, Nubia,^ se ve xm 
bago relieve en el templo principal en el cual hay una cruz emul- 
Ittda bajo el emblema, que figwa la unión de las estaciones, por 
^ nodo formado por las gnmdes divinidades egipcias Ibí» y Ü$ái6i 
madte de la naturaleza^ . Este signo es en la Lidia la imagen del 

(1) Pallas, Sammlnngen historidcher Nachtíohten über die Mongt^ohen Vbitektf- 
€ttadi»a, 1, pág. 427. 

(2) Kouy. Joüin. Asiat. I, pág. 415. 

(8) F. T. B. Clavel, hist pittoresqtiedefreligjcms. Pazis, 1844. Tozo. I, pág 880. 

(4) Justas lipshis, Traotatvis de Craóe. Lateti» Pansiomm, 1598. lib. 3, o. S« 

(5) 'BrécoB du BjsUme' hierog^yphiqTze des aaiiíens egyptienB» París, 1828. KUme- 
ro 277. 

(6) Antiqnités mezicames, pág. 79, al fin. 



91 

diDB Djagarnatha, es decir, del lingam; es sabido que el Tan era 
símbolo del pháUus, de Osiris ó de la fectmdacion." 

En Larrainzar encontramos: (1) *Ta se ha visto, qne la cruz 
m asa entre los egipcios se consideraba como emblema de las 
mnndacSones del Nilo, del cual dependía sil fertilidad, y los bie- 
nes todos que de ellas resultaban. Era el instrumento con qne se 
medfan, y se anunciaban al pueblo el progreso y aumento de ese 
grande 6 importante acontecimiento, pues no por ser común ú 
ordinario, dejaba de considerarse como origen de la vida y f di- 
Mi de aquella nación, usaban los egipcios para expresar este 
Amnento 6 crecimiento del rio, de la palabra cano6, (2) convertida 
en campos por los griegos, que era un jarro 6 cántaro de agua, 
empleando para marcarlo la figura T 6 una + pequeña, (3) que 
con el tiempo no es de admirarse haya dejado de ser entre los 
egipcios un nuevo signoy convirtiéndose en una deidad á quien 
tóbntasen culto." 

'^ta misma palabra por la analogía del lenguaje se encuen- 
tra en el sánscrito transformada en cunibh, con la cual se signifi- 
caba un jarro 6 vaso qne dio nombre en el zodiaco hindú al signo 
oyttar/te "Este cumbk- O'hafa, 6 jarro, dice Paterson. (4) es el 
"objeto principal en la celebración del culto hindú. Se le conside- 
*ni cerno casi la misma deidad. No pueden dispensarse de ella, 
"¿■paso que pueden omitir enteralnente la imagen de Durga.'* 
h¡evúüímavas hacen uso del vaso sagrado marcándolo de esta 
Kmera (náü. 9). Los saivas ló señalaban con un doble triángu- 
lo (ttám. 17); xxnó de los triángulos significa siva^ que reúne en sí 
ioB tiies grandes atributos de Id. pureza, la verdad y la justicia; 
^ otra triángulo es su concierto con los mismos caracteres y 
>Mtmtos. (5) Los adoradores de sadi, 6 el principio hembra, se- 
iásbm el jarro con esta flgnra (ñúm. 18), á cuyas señales se las 

(1) Eetodios «obre la hiet. de Américaí México^ 1875. Tom. 2, pág. 178. 

(2) Aiiatío zeeearehM or transactions oí ihe Society inatituted in Bengala íor in^ 
^QODgmto the historj and antiquities, ihe arts, sdenceaand literatoM-oC Asia. 
Ittdon, 1798, Tca« 8,§d,pág. 75. J. D. Patencm, artiele of til» origúirof tiiftHMa 



J. D. Patenon, id., id. 
14) Id., a, id. 
iS) Aóatío researchea, Ao, Paterson, &o. 



92 

llama jantra, y son caracteres geroglíficos, de los cuales se en- 
cuentra gran variedad." (1) 

Con la figura núm. 19 denotaban á Mercurio los astrónomos 
egipcios; denotando el círculo la difusión de la Divina Mente 
en el mundo sideral, y la cruz inferior la difusión de los ele- 
mentos. (2) 

El signo llamado cruz china, núm. 16, se diferencia únicamente 
de la cruz ariana, en tener la dobladura de los brazos en sentido 
contrario. 

^'Como instrumento ó medio de castigo, era también conocida 
(la cruz), según se ha indicado, en tiempo de Abraharru Niño 
suspendió def ella á Tarno ó Tarin, rey de Medea, conforme al 
testimonio de Diódoro. (3) El patíbulo de la cruz se acostumbra- 
ba entre los persas, los egipcios, los africanos, los macedonios, 
los griegos y los romanos. (4) En la Escritura bajo la palabra 
patíbulo se habla de la cruz, según se colige de los capítulos YII, 
Vin, XXnr de ios Números y del libro de Esther." (5) 

Así, pues, la cruz ha sido conocida por diferentes pneblos, 
desde la más remota antigüedad, con la variedad de fornuks que 
hemos visto, con diversas significaciones, y sirviendo también de 
objeto sagrado, recibiendo culto. El mismo pueblo de Israel co- 
nocía aquella forma» bien que solo la empleara como instrumen- 
to de suplicio. Convirtióse en el signo sagrado del cristianismOi 
en el árbol santo de la redención, por la muerte del SalTador. 
Las formas principales de la cruz cristiana son, la latina, (núm. 12) 
cruz commissa, la griega (núm. 13) cruz inmmissa, y el aspa de San 
Andrés (núm. 14) cruz decussatd. Siguen las compuestas como la 
de Caravaca, la de Santiago y las de las órdenes de caballería. 

De las cruces encontradas en Mé3dco, la de Metztitlan ofrece 
la figura del tau T; las de Cozumel, Cuauhtochco y otras eviden- 
temente tienen la forma latina; las que se notan colocadas en las 
sandalias de los dioses, en el Tonalamatl, son al parecer griegas 
(núm. 22); la encontrada por Squier en Centro América, (6) á no 

(1) Ibid. 

^) Laminzar, tom. II, pág. 186. 
(8) Lib. n de 8u Biblioteca, pág. 91. * 

(4) Martinetti. Tesoxo delle antí<^ta judaiohe, caldee, indiane, 4^., tom. I, 1 24 
pág. 283.— Justo Lipsio, Tratado de la Oroz, lib. I, cap. XL 
(6) Larrainzar, tom. II, pág. 171. 
(6) Nicaragua, its people, kQ,, Kew Tork, 1855,. Tom. n, pág. 92. 



93 

ser una semejanza casual, acnsa francamente su origen búddhico; 
h del Palenque (núm. 23) no da claros caracteres para su clasi* 
ficfteion. En esto, como en todo lo relativo á la mitología azteca, 
hj nna mezcla confusa de antiguo y de moderno, de doctrinas 
confosas; y de distinto origen, que es preciso separar en cuanto 
posible sea. 

Ooménzando por la cruz del Palenque, tenemos como cierto 
que, atendido el contenido del relieve, estar colocado en un tem- 
plo, j las demás circunstancias admitidas ya, aquel signo era un 
símbolo sagrado que recibía culto. Pero si los autores están casi 
anánimes en este punto, entran en el mayor desacuerdo al tratar 
de fijar la significación y el origen del emblema. 

Mr. Lenoir opina que la cruz del Palenque es incontestable- 
mente anterior al cristianismo y nada tiene que ver con la reli- 
gión cristiana; '^esta cruz está en el cielo, formada por la unión 
"de la eclíptica con el ecuador, fijandp dos puntos importantes 
"iú año; á saber, la primavera por la presencia del sol en la 
^nsteladon de Aries, que está acostado sobre esta unión crucial, 
'^ el otoño por el descanso que el sol hace en el signo de Virgo, 
"colocado en el segundo punto crucial." (1) Opina Mr. Wal- 
deck (2) que es un signo astronómico, señalando cada uno de los 
coatro brazos uno de los puntos cardinales. Brinton (3) juzga ser 
el emblema de los cuatro vientos, y le parece que'el pájaro posado 
sobre la (9az es el símbolo del dios del aire. H« de Oharencey, (4) 
bajóla autoridad de M. ^Léonce Angrand, ve la ceremonia del 
baatísmo entre los maya, f descifra el nombre de Eukulcan en los 
jeroglíficos: infiere de aquí, que todo el relieve debe referirse á 
loe tiempos modernos de Quetzalcoatl. Pero el Sr. Charencey 
onda de opixiion en escrito posterior (5) ofreciendo probar que la 
cruz es el árbol de la Ceiba; que el pájaro es la representación de 
Ift gran deidad Hunalh^u, así como el relieve figura el apoteosis 
de Yetan. El trabajo entero está consagrado, á demostrar el orí- 

(1) Antíqtdtés xnézicaineB, pág. 79. 

(2) Berue Américane. Deuxiéme sárie, tom. II. Description du bas-relieí de la 
Cnáx, pég. 76. 

(^ 13ie mths oí the New World. Kew York, 1868. Pág. 116; para la omz véanse 
lMpágB.95, 97, 183, 188. 

[i] Actos de la Sooiété Phüologiqne, Mars 1870. Essaide déchüfrementd'unfrag- 
BMQt d'ÍDsexiption palenqnéenne. 

(S) Le Mythe de Votan. ÍLlen90n, 1871. Pág. 104. 



94 

gen asiático de las leyendas referentes á este personaje. Larrain- 
zar dice: (1) ^'Es de notarse la coincidencia sorprendente que 
hay entre las ceremonias del hindú y las figuras egipcias, hMta 
constituir una identidad que Paterson explica considerando que 
esta ceremonia se verificaba en el eqymoccio autunál, en cuya tiem- 
po prevalece la estación de las tempestades ó inundaciones, y 
supone que son sojuzgadas durante el paso del sol por los signos 
León y Virgo. ¡Quién sabe si el hermoso relieve de que nos ocu- 
pamos, representaría, supuestas todas las circxmstancias que Be 
han especificado, esta ceremonia religiosa, y si ]ia crttz que se 
halla en el centro es el oanob de los egipcios y el cumbh de los 
indus, es la deidad que por su beneficencia y nobles caracteres, 
era objeto de culto y veneración!" 

Al medio de esta confusión, un punto parece estar bien demos- 
trado; la civilización representada por las ruinas del Palenque y 
de Yucatán, es completamente diversa de la azteca. Difiaren por 
la lengua, por la escritura, por la arquitectura, por los vestidos, 
por los usos y las costumbres, por la teogonia: si algunos puntos 
de relación ofrecen, datan de la época de Kukulcan, en que aque- 
llas se pusieron en contacto. Besulta históricamente demostrado 
también, que la existencia del Palenque es muy .anterior á la de 
los tolteca. Inferimos de estas premisas, que la cruz del Palen- 
que viene de distinto origen que las cruces de México y de Co- 
zumel; que no fué introducida por Eukulcan ó sea QAetealooiatl, 
y por lo mismo, que no es de significación cristiana como las 
traídas por el civilizador blanco y barbado. La cruz del Palen- 
que nos parece búddhica. 

Hé aquí someramente nuestras razones. El buddhismo es una 
derivación del brahmismo. El nacimiento de Buddha, autor del 
cisma, lo colocan los mongoles, los chinos y los japoneses hacia 
1027 ó 1029; los cachemiranos en 1333; k>s tíbetanos en 2969, no 
obstante que de sus libros sagrados resultan 835; los de Oeylan, 
y reinos de Siam y de Ava en 643. (2) Por todos esos cómputos, 
el principio de aquella religión es anterior en varios siglos á la 
era cristiana. 

La cruz existe en el culto búddhico. Abel Bemusat j Olavel 



(1) EsiadioB sobre la hist. de América, tom. n, pág. 179. 

(2) Clavel, bist. pittoresqae des religions, (om. ü, pág, 278. 



95 

iiaeen curiosas obserraciones, aeerca de la semejanza de* ciertas 
prácticas búddhicc^ con las de la religión cristiana. (1) Presente 
está la craz del Palenque, j los autores convienen, entre ellos^^l 
P. Fr. Francisco Jiménez, (2) en la casi identidad de algunas 
dci las creencias de los pueblos de Centro América con las del 
^tolicismo. 
Existen entre los buddhistas monumentos religiosos y tumu- 
lates de grandes y pequeñas dimensiones. ^'Se les llama en sans- 
^'críto stupa^ lo que propian^ente significa moTUon. Esta palabra 
%é alterada de manera, que los habitantes actuales del Hindos- 
tán y del A^hanistan llaman á las mismas construcciones tope 
<"j también burdy, torre, en el Afghanistan. Llevan en Geylan el 
**nombre de tupa, con más frecuencia cía^o&r, palabra estropeada 
Mel sánscrito dhátugopa, que quiere decir receptáculo de reliquias 
"preciosas. En el Tibet se les nombra chostin 6 chhodtiru" (3) 
Estas grandes construcciones, de forma cupular, servían para 
guardar las reliquias de los buddhas; á vec^s al rededor de una 
de ellas se veían muchas tumbas, colocadas á todos rumbos, me- 
nos al E. 

Estos detalles recuerdan las pirámides de Teotihuacan con 
sos alineimiientos de túmulos; pero su figura y loa materiales de 
que están construidas, les alejan del género stupa, lo mismo que 
ásu coi^énere la de OholoUan. Mas las pirámides de Itzamal 
se acocan á la forma de ciertos tope del Indostan, así por los 
inateriales que son piedras labradas, como por estar en escalo- 
nes; ademas, estaban destinadas á guardar las reliquias del gran 
aislador Zamná. Crece aun la semejanza en las construcciones 
tomulares encontradas en la Mixteca, y más al S. De forma có- 
nica unas^veces, cupular otras; de piedras labradas retenidas con 
omento; con celdas interiores, comunicando al exterior por pa- 
Ei^dizos ya rectos, ya cruciformes; conteniendo cenizas en urnas 
ó dentro de la tierra, con vasos, utensilios y adornos: su destino 
7 forma no dejan duda de su origen asiático. Corroboran este 
oiigen los Relieves vistos en aquella comarca, los trajes en ellos 
^presentados; la veneración que ciertos árboles recibían de aque- 

(1) Loco oit, tom. n, pág. 389. 

(2) Las historias del origen de los indios de esta proy. de Guatemala, A» Viene, 
^7. Prólogo. 

(8) Hc^boe. Traces de Buddhisme en Norwege, oap. I y sig. 



L 



te 



96 

Uos pueblos, los mitos de la serpiente, y otras varias congruen- 
cias que iremos notando en sus respectivos lugares. 

'Tjos buddhistas consideran como sagrados los árboles bajo 
*^o& cuales estaban sentados sus jefes espirituales, cuando r^ci- 
'Hbieron el perfecto conocimiento ó la inteligencia que les hizo 
"buddhas (inteligentes y conocedores); pero adoran más parti- 
^^cularmente el árbol bajo el cual fué iniciado el último Buddhá 
Gautuma CakyamunL Este árbol es llamado por excelencia 
bodhi druma ó árbol de la inteligencia: es élJicKS religiosa ójicus 
"indica:' (1) 

Si de estos antecedentes puede inferirse algo, diríamos, que el 
relieve palencano parece contener á un tiempo los dos símbolos 
búddhicos; la cruz en su forma más simple, y los atributos del ár- 
bol de la inteligencia. En efecto, tres brazos de la cruz terminan 
en el loto sagrado, llevando por apéndice los dos brazos horizon- 
tales los dragones místicos; el ave fantástica de la parte superior 
puede ser Garuda, pájaro consagrado á Viscbnú. (2) 

El recuerdo del árbol búddliico vino á ingertarse, bajo forma 
diversa, en la teogonia azteca. Según dice Ixtlilxochitl, Quetzal- 
coatí, por otro nombre Huemac, "fué el primero que adoró y co- 
*1ocó la cruz, que llamaron Quiabuitziteotl, Cliicahualizteotl y 
"otros Tonacacuahuitl, que quiere decir, dios de las lluvias y de 
"la salud, y árbol del sustento ó de la vida." (3) La lám. ^^TH 
del Cód. Telleriano Eemense, ofrece el árbol simbólico, quebrado 
y chorreando sangre, signo de Tamoanchan donde los dioses fue- 
ron creados, ó del paraíso, del cual fueron después arrojados. (4) 

El introductor del culto búddhico parece ser Votan, el civili- 
zador y legislador de Chiapan. De su historia diremos en el lu- 
gar respectivo, ocupándonos ahora de la etimología del hombre. 
"Los buddhistas hablan de muchos Buddhas; pero al que conce- 
den mayor interés es al-ultimo, cuyo primer apellido fué Stdáhar- 
tüf príncipe real de nacimiento, dicho fhkyamuni (el religioso de 
la familia fJakya), porque era vastago de la distinguida familia 
í^kya, y Gaútama por pertenecer á . la gran raza Gatama. Al 
reino prefirió la vida errante de los religiosos mendicantes, á fin 

(1) Holmboe, pág. 45. 

(2) Holmboe, pág. 33. 

(3) Historia ohiéhixneca, cap. I, BÍS. 

(4) Yéase el intcírprete en Kingsborongh. 



97 

de predica la moral y reformar las falsas doctrinas de los brah-* 
manes. Después de largas meditaciones, se convirtió en Bnddha 
(oonocimientOy inteligencia), rexmió mnchos discípulos y continuó 
con fruto sus tareas hasta su muerte, acaecida el año 543 antes 
de nuestra era. Los discípulos propagaron celosamente la doc- 
trina, y ya en el primer sínodo de sus más famosos doctores, 433 
antes de nuestra era, se tomó la resolución de enviar misioneros 
fuera de lá India, & los países circunvecinos, é idéntica medida, 
fué tomada por segunda vez en el sínodo del año 246. Timos que 
sus esfuerzos fueron fructuosos^ pues el buddhismo estaba ya 
establecido en la Transoxana y en el Asia superior desde el se- 
gundo siglo de nuestra era" "Es de presumir que los más 

flustres de aquellos misioneros fueron llamados, si no Buddha^ 
al menos con algún epíteto derivado de la misma raíz sánscrita 
hudh, conocer, comprender;] por ejemplo, bodhin, bodhi, {Báhio, 
inteligente), ó bodkán, bodhard^ participio de presente del verbo; 
y de aquí pudieron formar los escandinavos Odin y los alemanes 
Wodan. La transición de la & en v se opera en la misma lengua 
sánscrita, y en el beng^lí y el hindustani, de ella derivadas, ha 
desapcurecido la diferencia entre ambas consonantes." (1) 

De las palabras bodkáan^ hodhaní, convertidas en Odin y Wo- 
dan, se saca con mayor facilidad el nombre de Votan, por sólo la 
rastitucion de la ¿Z en t Debe saberse que en los idiomas cha- 
paneco 7 maya no e!dste la c2, (2) y es natural suponer que al 
recibir un nombre extranjero convirtieran aquel sonido en su 
albi t De aquí la identidad de scmido y de significado entre Vo- 
tan 7 bodhan, y la presunción de que Votan fuera un budha. 

Hxunboldt, en sus cuadros de la naturaleza, asienta: ^'Las an- 
tiguas relaciones entre el occidente de América y el oriente de 
Aaia^ son á mis ojos más de verosímiles; ¿pero por quó camino 
y con qué razas asiáticas tuvieron lugar esas comunicaciones? 
Esto es lo que todavía no puede determinarse, ün corto número 
de ijudividuos pertenecientes á la ilustrada clase de los sacerdo- 
tes, debía sin duda bastar para producir grandes cambios en el 
estado político de la Ámériea occidental Las fábulas esparcidas 
oftro tiempo sobre expediciones chinas al Nuevo Continente, se 

(1) H<toboa, pág. 68. 

(2) Pimentel, Cuadro desoriptívo y oomparatÍYO de las lenguas de México. To- 
so m, ptfg. 107. 

13 



i 



98 

limitan en realidad á viajes al Fousang 6 Japón. Pero por otra 
parte es posible que los japoneses ó los siam-pi de Corea, hayan 
sido arrojados por la tempestad á las costas de América." 

"Está demostrado históricamente, qne algunos bonzos y algu- 
nos aventureros navegaron por el mar de la China, para ir en 
busca de un remedio que asegurara á los hombres la inmortali- 
dad. Así es que, en el reinado de Tshin-chiloang-tli, 209 años 
antes de la era cristiana, 300 parejas de jóvenes de uno y otro 
sexo enviados al Japón, se establecieron en Nipón en lugar de 
volver á China. ¿No había podido conducir la casualidad expe- 
diciones semejantes á las islas Aleutianas, Alaska ó la Nueva Ca- 
lifornia? Aun se pretende haber encontrado á principios del siglo 
XVI, sobre las costas de Quivira y Cíbola, (el Dorado del Norte) 
restps de buques salidos de Katay, es decir, del Japón ó de la 
China." 

Kespecto de las cruces encontradas en México, nos parecen 
evidentenjente de origen cristiano. Para establecerlo tenemos 
estos hechos demostrados. 

Un pirata scandinavo llamado Naddocus, yendo de Noruega á 
las islas Feroe, fué arrojado por la tempestad sobre la costa 
oriental de Islanda, á cuya isla puso por nombre Snelande. Pas^í 
ésto en 861, y comunicando Naddocus su descubrimiento al sue- 
co Gardarus Svafarson, éste partió para la isla en 864, pasó allí 
el invierno 'y puso á la tierra Gardarsholm. Ploceo, pirata no- 
ruego, fué igualmente á la isla en que permaneció dos años, y le 
puso leeland ó país de los yelos. La Islandajfué definitivamente 
ocupada por Ingolf, año 874, con gran número] de familiaB dis* 
gustadas del dominio del rey Harald. 

Eric Baude, el Rojo ó Cabeza roja, por haber muerto á un hom 
bre fué desterrado por tres años de Lslanda. ^Sabiendo por m 
marinero noruego, llamado Gunbivern, qne había una gran cost 
al O. de la isla, se embarcó con algunos compañeros, año 982, ] 
tras corta navegación tomó tierra, á la cual apellidó [Groenlad 
ó Tierra verde: los scandinavos ponían el^pió fen nna comai 
ca perteneciente á la América. Eric el rojo se estableció m 
Groenlandia, poniendo su morada en Brattalid en el Ericsfioii 
mientras su co;apañero Heriulf, hijo de Bard, se establecía d 
Eeriulfsnes, en la parte meridionaL j 



I 



99 

« 

En 986, Biame Heriulfeon, (1) hijo de Heriúlf, emprendía via- 
je á Noruega, y como al tomar á Islanda supiera la ida de su 
padre, resolvió irle á buscar á Groenlandia, aunque le eran des- 
conocidos aquellos mares. Llevado por el viento, y perdido en- 
tre la bruma, tocó hasta tres veces eñ tierras desconocidas, que 
pareciéndole inhospitalarias y no corresponder á las señales que 
le habían dado, no quiso reconocer; dio la vuelta, aportando fe- 
lizmente á Herialfsnes. Había sido descubierto el continente 
Americano; 

Hacia 994 Biame visitó á Eric, jarl de Noruega, y contándola 
su viaje, Eric le llevó á mal no haber reconocido la tierra por él 
descubierta. Volvió Biarne á Groenlandia y vendió su barco á 
Lei^ hijo de Eric el Kojo^ quien disponía un viaje de descubri- 
mientos. Leif se embarcó con 35 hombres, año 1000, dio la vela 
al Sur y vino á echar anclas en las tierras vistas por Biame; 
al primer sitio reconocido llamó HeUuland por ser peñascoso; al 
segando, al S. del anterior, Markland, (tierra de bosques, hoy 
Nueva Escocia); eñ el tercero advirtieron un rio, subieron la co- 
rriente hasta un lago, en donde se determinaron á pasar el in- 
viamo, á cuyo efecto construyeron habitaciones, llamadas más 
tttde Lei&budir, casas de Lei¿ El alemán Tyrker descubrió pa- 
rras silvestres, recibiendo por ello la comarca el nombre de Yin- 
^d (tierra de viñas, Nantucket, E. U.) A la primavera siguien- 
te Leif regresó á su patria. 

Aquellos descubrimientos llamaron fuertemente la atención 
en Crroénlandia. Thorvald, hermano de Leif, tomó el barco de 
árte,-embarcó 80 hombres y se hizo al mar el año 1002. Pasaron 
ú invierno en Leifsbudir en el Yinland; en la primavera de 1003 
Devaron sus excursiones al S., volviendo á recogerse en Lei&- 
hidir durante los frios. En el estío de lOOá avanzaron hasta el 
ttbo Eiaiames (cabo Cod); adelante vieron un promontorio, don- 
di hallaron tres canoas montadas por tres naturales del país ca- 
^nna^ armaron querella con ellos, mataron ocho, y el último 
¥«lo salvarse á duras penas. . Muy poco después apareció gran 
de indígenas, combatieron algún tiempo á los scandina- 
f^rándose en seguida. Thorvald quedó herido en un bra- 



Cl) Antíqoitates americana, sive scriptores septentrionales renun ante Colombia- 
"a«nn in America, opera et studio Caroli O. Rafn. Copenhague, 1887.— Antiqnities 
^Béncaones, par Charles Ohristian Bafn, Copenhague, 1845. 



L 



\S^ 



ví¿^ 



^^^ 



100 

zO| murió y lo enterraron en Elrossanes (Cabo de las Cruces), 
llamado así porque sobre la sepultura pusieron cruces. £1 reato 
de la expedición pasó el invierno en Leifsbudir, y en la primar 
vera 1005 volvió á Groenlandia. Los naturales, vistos entonces 
por vez primera, eran los esquimales, extendidos en aquella épo- 
ca mucho más al S., á quienes los islandeses llamaron skreHings. 
En la primavera^ 1007 se aprestó otra expedición de 160 hom- 
bres, en tres naves; mandaba la una Thorfinn Karlsefne y Sno- 
rre Thorbranson; la segunda Biame Grimolfon y Thorhall Gam- 
lafion; la última Thorvard, esposo de Freydise> hija natural de 
Eric el Rojo. Tocaron en Vertribygd, después en Biamey (Dis- 
co); hacia el S. registraron el Helluland, Markland, y doblado el 
cabo Kialames, los «corredores de tierra trajeron muestras de 
maíz y de parras silvestres; descubrieron la isla Straumey (Mar- 
tha Vineyard), é hicieron sus preparativos para invernar en 
Straumfiord, (bahía de Buzzard). Disgustados entre »í los jefes, 
Thorhall se separó con ocho hombres, yendo á perderse sobre la 
costa de Islanda: los 151 aventureros restantes con Karlsefne, 
Sno(rre y Biame, siguieron al S^ mirando á los naturales "de 
"color oscuro y feos, crecidas cabelleras, ojos grandes y carilar- 
"gos:" pasaron eljinviemo en el actual Mont-Haup. Una maña- 
na de la primavera 1008, se vio pasar á los naturales en sus ca- 
noas, siguiendo el rumbo S. E.; hechas señales de paz con un 
escudo blanco, se allegaron confiadamente entrando en trueques 
en que ellos daban pieles grises por tiras de lienzo rojo; gusta- 
ron mucho délas sopas en leche, huyendo al bramido de un toro 
traSdo en la expedición, salido por acaso del lugar donde pacía. 
Al principio del invierno siguiente tomaron los naturales con 
intenciones hostiles, siguiéndose una batalla en que los islande- 
ses se pusieron en fuga; detenidos los fugitivos por la valiente 
Freydice, tomaron á la pelea, haciendo retirar á los indígenas 
hasta sus canoas. Karlsefne abandonó aquel sitio, pasó el tercer 
invierno en Straumfiord, descubrió más tierras al S. y regresó á 
Groenlandia. "Cuando partieron de Vinland llevaban viento del 
^'S.; llegaron á Markland donde encontraron cinco skrellings, 
"tomaron dos niños varones que llevaron consigo, enseñáronle 
"la lengua del] Norte|y les bautizaron: dijeron que su madre se 
"llamaba Wethildi y su padre Vrfiege; que los skrellings estaban 
"gobernados por reyes, uno de los cuales se decía Abaldaxnon y 



101 

''el otro Yaldidida, qué no había casas en sa país, morando la 
población en cavernas." 

Los hermanos islandeses Helge y Finaboge, de vnelta de nn 
viaje i Noruega, llegaron á Groenlandia durante el estío de 
lOlL Fre jdise, esposa de Thorvard, la que se había distinguido 
en la expedición anterior, les propuso hacer viage á Yinland, á 
condicioli de partir los provechos: se convinieron, debiendo lle- 
var cada parte sólo treinta hombres; mas contra lo pactado, 
Freydise ocultó y llevó cinco de más. Llegaron el año 10X2 á 
lei&budir, pasaron el invierno, cargaron de los productos del 
país principalmente maderas, y cuando todo estaba á punto, 
Freydise indujo á^su marido á que diera muerte á Helge, Finn- 
boge y sus compañeros; ejecutado el crimen lo^ asesinos se apro- 
piaron el barco, dando vuelta á Groenlandia en la primavera de 
1013. 

"Puede tenerse como cierto que las relaciones entre Groenlan- 
''dia y Yinland, subsistieron mucho tiempo después de aquella 
*époea, aunque no den nociones completas acerca de ello los 
""antiguos manuscritos referentes á Groenlandia. Se sabe que e! 
"obispo groenlandés Eric, llevado por el deseo de convertir á 
'los colonos 6 de hacerles perseverar en la religión cristiana, 
"^egó á Yinland el año 1121. Los anales islandeses de la época, 
"U mencionarlo, no refieren los resultados del viaje; por las 
'^expresiones empleadas, creemos que fue á Yinland donde fijó 
"su morada." (1) 

Henciónanse también descubrimientos hechos en las regiones 
frticas de América, el año 1266, bajo los auspicios de algunos 
edesiásticoa del obispado de Gardar en Groenlandia, y el viaje 
íMarkland en 1327. Las sieigas no vuelven á mencionarlas colo- 
lúas de América, constando sólo que Ordericus Yitalis recuerda 
el Yinland como una de las posesiones de los noruegos en ultra- 
in», hacia fines del siglo XL Los establecimientos de Groen- 
landia comenzaron á decaer en 1406, y se arruinaron, perdiéndose 
U memoria de su existencia. 

**Conocidos estos documentos auténticos, dice Rafn, (2) aoce- 
*^le8 á todo el mundo, ninguno podrá dudar de la certidumbre 

(1) CliriBtían Bafn, pág. 20. 

(2) Loco cit. pág. 23. 



102 

"de este hecho histórico; los scandinavos, durante los siglos X 
"y XI, descubrieron y visitaron una gran parte de las costas 
"orientales de la América del Norte, y cada quien se convencerá 
"de que las relaciones entre ambos países subsistieron durante 
"los siglos siguientes. El hecho esencial es cierto é incontestable." 
De esta verdad sacamos, que Quetzalcoatl es un misionero 
islandés. Se nos dirá, que esto no pasa de una suposición; con- 
cedemos; pero el supuesto presenta tanta congruencia en su abo- 
no, que no parecerá descabellado admitirle ni defenderle. Él 
tiempo de los descubrimientos de los scandinavos, coincide con la 
época en que el gran legislador se presentó en Tollan. Los ex- 
tranjeros aportaron á nuestro país por la parte de Panuco, es 
decir, por las co^as orientales frecuentadas entonces por los na- 
vegantes islandeses; expedición casual ó voluntaria, es evidente 
que los extranjeros llegaron, internándose al interior, bien deli- 
beradamente, bien imposibilitados para seguir su viaje. Eran 
blancos y barbados, como en realidad lo son los de su raza, re- 
conociéndolo así las tradiciones nahoas. Vestían traje diverso, 
trayendo Quetzalcoatl sembrada la túnica de cruces; los scandi- 
navos de aquellas épocas eran católicos. Descubre el jefe su ca- 
rácter sacerdotal en su vida casta y abstinente, en su amor á la 
paz, en las virtudes y costumbres que se le atribuyen. Sus pre- 
dicaciones están en consonancia con su origen y carácter religio- 
so; introduce el culto de la cruz, doctrinas y prátticas, qtie aun- 
que ya desfiguradas, dejan reconocer la fiUacion cristiana. 
• Notables se hicieron los extranjeros no solo por el milagro de 
su llegada, por su aspecto y atavíos, sino también por sus predi- 
caciones y por las enseñanzas que derramaban perfeccionando 
las ciencias y las artes: pertenecían á pueblos más adelantados 
en civilización, el sacerdote debía poseer mayores conocimientos 
que sus compañeros. Dieron reglas para el cultivo de la tierra, 
para labrar los metales, pulir las piedras preciosas, no sabemos 
cuántas cosas más. Quetzalcoatl corrigió el calendario. Htan- 
boldt, (1) llevado por las semejanzas que encontró, se esforzó en 
probar el origen asiático del calendario azteca; persuadidos por 
sus razonamientos, así lo creímos algún tiempo, hasta que nue- 
vos estudios nos convencieron de que el cómputo mexicano, que 
no es otro que el tolteca corregido por Quetzalcoatl, se deriva 

(1) Vues des Cordilléres, tom. I., pág. 338. 



r 



103 



direetamente del calendario jtdiano. En efecto, es el año de 3Cf6 
dias^ con un dia intercalar constante por cada cuatro años. Los 
scandinavos contaban el dia desde el orto del sol, según el estilo 
babilónico, y así lo contaron los nahoa. "Los antiguos scandina- 
^^(», dice Baíu, dividían el horizonte en ocho playas ó rincones 
"del mando (attir); una revolución del sol se dividía también en 
"ocho pflurtes iguales (eylctir)y determinadas por la marcha apa- 
''rente del astro." (l)j|Esta es la misma división del dia en ocho 
partes empleada por los méxica. De la misma procedencia viene 
ia adopción de las cuatro estaciones, y la doctrina de los cuatro 
elementos, aire, tierra, agua y fuego, representados por los cua- 
tro símbolos anuales tochtli, cáUt, acatl y tecpatl Si el sistema 
juliano no está completo, es decir, si no son iguales en número 
los meses ni los dias que los componen, y falta la semana de sie- 
te dias, la razón es obvia; la corrección vino á efectuarse sobre 
el primitivo sistema del Tonalamatl ó sean los períodos de 260 
dias, combinandojel antiguo con el nuevo cómputo. Por estos 
trabajos astronómicos, Quetzalcoatl fue identificado con el pla- 
neta Venus. 

Los dogmas católicos no se conservaron puros, porque no pre- 
lalecieron completamente en Tollan; la reacción idólatra, de don- 
de viene el antagonismo religioso de Tezcatlipoca ó Titlacahuan, 
venció al nuevo culto, y al recoger la tradición los herederos de 
la civilización tolteca, la desnaturalizaron mezclándola á sus 
distintas oreencias; las transformaron para adaptarlas á sus cos- 
tnmbres. De aquí las modificaciones en las órdenes monásticas 
de monjes y monjas, en las instituciones religiosas, en la admi- 
fiistracion de lo que pudieran llamarse los sacramentos. 

Arrojado Quetzalcoatl de Tollan, bien que ól mismo amenazara 
eon que vendrían en su defensa los hombres de su raza; bien que 
sos parciales lo prometieran como cosa segura; bien que fuera 
inducción del pueblo, esperando que si aquellos extranjeros ha- 
biaa venido por Oriente, otros podrían presentarse por el mismo 
nuabo; lo cierto es que quedó firmemente acreditada la profecía, 
deqoe hombres blancos y barbados se presentarían por donde 
Baos el soL En la forma que lo presentamos, el hecho nada tiene 
^ sobrenatural ni profético. 
Qaetzalcoatl permaneció algún tiempo en CholoUan; arrojado 

(1) Antíqoitates américaine, pág. 16. 



104 

t CStbO 

de nuevo de aquella ciudad, setdirigió á Yucatán, donde tomó el 
nombre de Kukulcan, de idéntico significado que QuetzulcoatL 
Allá predicó sus doctrinas, sostenidas después por los emigran*- 
tes tolteca, refugiados en la península después de la de8traoeio& 
de ToUan. De aquí que se encuentrenpambien en Yucatán la 
cruz j las instituciones cristianas: el reinado de Sukulcan y de 
sus sectarios, fué allá más pacífico y duradero; por eso sus creen- 
cias entre los maya dejaron má^ claras y profundas huellas* 
Acreditóse igualmente la promesa de los hombres blancos y bar-, 
bados; entonces las decantadas.profecías de los sacerdotes mayas 
nada tienen de incomprensible ni extraordinario; son simplemen- 
te el recuerdo de una creencia, el eco de los presentimientos po- 
pulares, persistentes de una manera sólida así en Yucatán como 
en México: la diferencia, que alíale cantaban los sacerdotes á loa 
creyentes, aquí le repetían los ancianos á sus familias. 

Procediendo los nahoa como todos los pueblos semicivilizados, 
así que transcurrió cierto tiempo, el agradecimiento público dei- 
ficó la memoria del gran reformador. Como astrónomo le había 
puesto en el planeta Venus, como á ser superior le Ueyó al cielo 
mitológico, haciéndole uno de sus principales dioses. Entonces 
la imaginación adornó la yida del hombre con todas las marayi- 
lias que corresponden al numen; entonces se produjeron los mi- 
lagros, los hechos extraordinarios, que solo eran los hechos 
comunes extendidos á medidas sobrenaturales. 

Tal es nuestro Quetzalooatl. Admitirle no repugna á la razón. 
Nada tiene de inverosímil; no se apoya en nada maravilloso ni 
fantástibo; la explicación es llana, natural, sirve para resolver 
multitud de problemas, hasta aquí insolubles por el carácter de 
portento que se les atribuye. Preténdese qae para aclimatar en 
un país los principios religiosos, es precisa una invasión en toda 
forma: concedemos el principio, en los casos en que se trata de 
extirpar un culto para sustituirle con otro; pero es falso en todas 
las ocasiones que sólo ofrecen doctrinas mezcladas. Lo observó 
ya Humboldt, basta un pequeño número de personas ilustradas 
para introducir en un país profundos cambios en el orden reli- 
gioso y político, y tal es el caso de QuetzalcoatL Siguióse del 
corto número de predicadores que los cambios fueran parciales^ 
que se «vea la civilización europea sólo representada en ciertos 
puntos y no en totalidad, como malamente pudiera pretenderse. 



105 

De Quetzalooal nos hemos atrevido á señalen el origen y la 
«poca; de Votan nada afirmamos, fuera de ser asiátioo» sectario 
de Buddha. ün hecho sí es verdadero, y no carece de importan- 
cia. K signo de la cruz búddhica se presento en México por las 
eostas occidentales, mientras la cruz cristiana se introdujo por 
iaB costas orientales; después de varios siglos, ambos signos se 
puá^on en presencia uno de otro, para mezclarse y confundirse, 
]K> obstante sus diversas antigmedad y procedencia. Símbolos de 
dos religiones distintas, ambas sirvieron de enseña para traer la 
<árQÍ2acion á los pueblos de Anáhuac. Esos signos místicos ates- 
t^oaa de una manera indudable, antiguas comunicaciones entre 
el antiguo y el nuevo mundo, perdidas en el recuerdo de la his- 
toria Téngase presente, que nada de esto admitimos para esta- 
blecer la filiación de los pueblos americanos, porque ello no 
pmeba en manera algtma^ identidad de raza; le tomamos^ y 
le repetimos, únicamente como demostraciones de ciertos con- 
iacios premeditados ó casuales, perdidos en la memoria déla 
hmanidad. 

Las diversas naciones del continente americano ofrecen por 
todas partes sus legisladores y civilizadores. Entre las tribus del 
Hortei los algonkinos presentan á Michabo ó Manibozho; los irp- 
qoeses á loskeha; los cherokees á Wasi; los caribes á Tamoi. 
En nuestro país, los chiapaneca ostentan en tiempos remotos á 
Votan, y los maya á Zamná; en época más moderna, los tolteca 
tienen á Qnetzalcoatl, idéntico con el maya Kukulcan, y confun- 
iüo tal' vez malamente con el Gucumatz de los quicheas. Al Sur, 
loe miuseas se ufanan con Nemqueteba; los aymarás con Yira- 
<¡oeh&; los mandanas con Numock-miuckeha, y los pueblos del 
Otmbco con Amálivaca. A pesar de no compartir siempre sus 
opiniones, Brinton reconoce que los mitos de loskeha, Yiraco- 
^^ Quetzalcóati y Michabo, son esencialmente uno mismo. (1) 
& esas leyendas se encuentran los hombres blancos y barbados, 
^ profecías de la venida de conquistadores blancos por el Orien- 
te. Brinton lo explica por los mitos de la luz y de los vientos; 
Wofeos creemos encontrar la confirmación de nuestras doctri- 
nas, comunicaciones diversas con el antiguo mundo. Entre los 
pueblos semici^álizados, la verdadera historia de sus hombres 

fl) The myths of the New World, cap. VI. 

14 



106 ' 

preeminentes desaparece, conservándose tenazmente su recuerdo 
en forma de leyendas místicas j religiosas. 

En la región boreal de nuestro continente, prevalece de una 
manera notable la ofiolatría; el culto de la serpiente aparece ba- 
jo diversas formas, ya representado por la terrible víbora de 
cascabel, ya por serpientes de grandes dimensiones, ya en fin, por 
dragones alados. Todos estos pueden ser mitos para expresar, 
bien el curso de un rio serpenteando en la llanura; el zig-zag de 
la chispa eléctrica culebreando sobre las nubes; la tormenta cau- 
sada por el viento y por el rayo juntos. En la mitología mexica- 
na no son escasos los dioses en cuyos nombres se encuentra la 
radical coeUl 6 cohuaÜ, culebra. lia Oihuaeoatl, mujer cul6brc^ 
culebra hembra, primera mujer que sufrió los dolores de la ma- 
ternidad, lia diosa de las mieses Oenteotl por otro nombre Ohi- 
comecohuatl, siete culebras. Ooatlicue, enaguas dé culebra, ma- 
dre de Huitzilopochtli. La Cohuatlicue ó Cohuatlantona, culebra 
resplandeciente, diosa de las flores, á la cual los oficiales de las 
flores, llamados xochimanque, ofrecían en el mes Tozoztontli, 
ramos de flores formados con precioso artificio. (1) 

Iztacmixcoatl, culebra de nube blanca, padre de los pueblos 
de Anáhuaa Votan, que en su calidad de buddha, era una ser- 
piente. Quetzalooatl, con sus elementos de pájaro y de culebra, 
recordando los conflictos de los vientos, de los cuales era dios. 
Mixcoatl, ctdebra de nube, recordando el fenómeno meteorológico 
de las trombas. Este era dios de la caza, y le estaban consagra- 
dos el arco y la flecha. Su templo, dentro del mayor de México, 
se nombraba Teotlalpan, en el cual tenía lugar una gran fiesta 
y procesión; después de terminadas, el rey y la nobleza salían al 
cerro Zacatepec, cuatro leguas al S. de la ciudad, lo rodeaban y 
ojeando en seguida, hachan reunir la caza en el lugar donde de 
antemano habían colocado los lazos: tomaban de los animales lo 
que les parecía para sacrificarlos al numen, y el resto lo dejaban 
vivo para que se fuese por riscos y montañas. Mixcoatl era tam- 
bién dios de los otomies. (2) 

* 

Los dioses principales de estos bárbaros serranos se llamaban 
Otontecutli y Xoxippa, siguiendo en categoría Atetein; alguno 



(1) Torqnemada, lib. X, cap. XIT. 

(2) Torquemada, lib. X, cap. XII. 



107 

de ellos debe ser el Mixcoatl mexicano. (1) Este mismo numen es 

idéitico al Camaxtli, dios de los de Tlaxcalla y de Huexotzinco. 

En el teocalli mayor de México, el templo denominado Tlama- 

'^00, dedicado al dios Tlamatzincatl, de la tríbnTmatlatzinca, 

servia para un sacrificio en que la carne de la víctima se repartía 

i los hidalgos y caballeros. Si Tí amatzincatl no es idéntico con 

IGxeoatl, éste sí al menos era adorado también por los matla- 

tzinca. Junto al teocalli estalla la casa dicha Ouauhxicalco, á la 

mi, durante los sacrificios que los matlatzinca hacían á Mix- 

eofttl, bajaban los niños sacrificados á los tlaloque, quienes bajo 

el nombre de teteuhpoaUi vivían con los dioses de las aguas en 

stíma gloria y celestial alegría, y asistían en persona cada año, 

escoltados por la gran serpiente Xiuhcoatl, pintada de varios y 

diversos colores. A la misma divinidad estaba destinado el Mix- 

• 

eoaiiiteopan, al cual subían las víctimas de dos en dos, atadas 
de pies y manos. (2) 

Los matlátjEhica [de Tolocan llamaban en su lengua Coltzin á 
BQdíos; "y cuando hacíim sacrificio de alguna persona,, lo estru- 
''jaban retorciéndolo con cordeles puestos á manera de red, y 
'^tro de ellos lo oprimían tanto, que por las mallas de la red 
"saiíto los huesos de los brazos y pies, y derramaban la sangre 
"leíante del ídolo.'* (3) 

£1 dios Taras, del que sacan su nombre los tarascos, es igual- 
menté el repetido Mixcoatl. En Michoacan le sacrificaban cule- 
%íte, aves y conejos; nunca hombres, que aunque fueran prisio- 
aeros, eran conservados para esclavos. (4) 

ISl ieocalH apellidado Mixcohuapan estaba destinado también 
áHixcoatL (5) 

En la destrucción del mundo consumada por el aire, los hom- 
bres fueron transformados en monos. Observa Humboldt (6) 
qoe, '^n general, abundan menos los monos en la parte cálida de 
Vídeo que en la América meridional Estos animal^ empren- 
den emigraciones lejanas, cuando arrojados por el hambre ó la 

0) P. Bfthagttn, iom. m, pág. 127. 
(3) TocqcMstMáa, Wx X, <ap. XIV. 

(3) P. Sahagim; tom. m, pág. 130. 

(4) P. Sahagnn, tom. III, pág. 138. 

(5) Torqnemada, lib. X, cap. XH. 

(6) Vnea des Cordilléres, tom. II, pág. 127. 



108 

intemperie, se ven obligados á abandonar su antigua mansión. 
Conozco lugares en la parte montañosa del Perú, ouyos habitan- 
tes recuerdan la época en que las nuevas colonias de monos se 
fijaron en tal ó cual valle. ¿La tradición de los cinco soles ocm- 
tendría un dato para la historia de estos animales? ¿Designará el 
wo en que los huracanes y los trastornos causados por los vol- 
canes obligaron á los monos á hacer incursiones en las montañas 
de Anáhuac?" 

Natural parece la observación del sabio alemán; mas, en nues- 
tro concepto, la idea azteca se refiere á alguna transformación 
mitológica. El ozomatli es nombre y signo de uno de los dias del 
mes entre los pueblos nahoas; cosa extraña para naciones que 
vinieron del Norte, donde no es conocido aquel cuadrumano. En 
las tradiciones quichees, (1) los genios criaron unos seres de pa- 
lo, la carne de los hombres de corcho, la de las mujeres de cora- 
zón de espadaña; salieron broncos, idiotas, no quisieron alabará 
los dioses creadores, siguiéndose por ello que fueron destruidos. 
^^Señal de esta gente son los monos que ainStA andan por los 
'^montes y por eso quedaron por señal, porque solo fueron de 
"palo, hechos por el Creador, y el mono por eso se panrece al hwfnbref 
"porque es señal de otro género de hombres hechos de palo.-' 
En la misma leyenda se encuentra la transformación de Hum- 
Batz y de Hum-Choven en micos, por medio de un encantftmien- 
to. Frecuente es encontrar en las ruinas de Copan esculioras 
representando la cara del mono, barruntándose por ello que el 
animal hacía gran papel en la mitología de aquel pueblo. 

La semejanza aparente entre el cuadrumano y el hombí», oau- 
sa de tantos dislates modernos apoyados por personas que se 
dicen de ingenio, obró fuertemente sobre la imaginación de las 
razas antiguas, las cuales explicaban el fenómeno por la crea- 
ción imperfecta ejecutada por los genios quichees* Pero ¿no ha- 
brá ademas otra idea relativa á la raza negra? ¿Serán los taóüOB 
el mito d^ gentes atezadas, vistas alguna vez por las tribus ame- 
ricaruas? En la creación imperfecta, el negro y el mono pueden 
estar confundidos. Los aroras, por oscuros de color, eran llama- 
dos monos por sus vecinos; los negros afirman del orangután, 
que se abstiene de hablar porque no le pongan al trabajo. 

(1) Las historias del origen de los indios, por Ximéhez, pág. 12 j sig. 



109 

Algunas reminiscencias podemos aducir á este propósito. La 
legenda qnichee^ pintando el tercer esfaerzo creador, admite 
cuatro hombres primitivos, cada uno con compañera propia. "Y 
''alU mismo estuvieron en aquella dulzura los hombres Ucmcos y 
**negros, y hubo muchas lenguas de dos orejas, y hay patrias de 
^i hombre, ,.e »o^ ta ™to J «¿,, y lo Wn 
"casas, sino que como locos se andan por todos los montes; ésto 
"dqeron menospreciando las patrias de otros, dijeron, all^T don- 
"de vieron el Oriente." (1) Aquí aparece ya la diferencia; los hom- 
Iwes blancos y negros no tenían la misma lengua; los negros 
aiídaban escondidos por los montes; existían naciones cuyos ros- 
tios eran desconocidos. 

Entte las tradiciones chiapaneeas conservadas por el obispo 
Ntmez de la Vega, (2) encontramos: "En muchos, pueblos de la 
pmrotía de este obispado tienen pintados en sus Reportónos 
¿Calendarios siete negritos para hacer divinaciones y pronósti- 
cos correspondientes á los siete dias de la semana comenzándola 
por el viernes á contax, como por los siete planetas los • gentiles, 
y al que llaman Cozlahuntoz (que es el demonio, según los in- 
dioB dicen con. trece potestades) le tienen pintado en silla, y con 
astas en la cabeza, como de camero. Tienen los indios gran mie- 
do al n^ro, porque les dura la memoria de uno de sus primiti- 
vos ascendientes de color etiópico, que fué gran guerreador y 
craelisimo, según consta por un cuadernillo historial antiquísi- 
oío, que en su idioma escrito, para en nuestro poder. Los de 
Oschuc y de otros pueblos de los llanos veneran mucho al que 
Daman c YcHakau, que qtiiere decir negro principal ó señor de 

Begros." 

aplicando, ó mas bien contradiciendo Boturini (3) estos aser- 
tos, nos dice: "pues los iales negritos fueron los principales se- 
icst^ de esta nación, que teniendo en tiempo del heroísmo junto 
ú dominio aristocrático el ministerio del sacerdocio, se distin- 
guían de los demás héroes pintándose las caras con color negro, 
; t^íigo ea mi archivo un mapa aun de la tercera edad, en que se 
^ al sacerdote con la cara pintada de negro, siendo cierto que 



(1) Xím^neE; loco cit, pág. 84. 

(2) Ccmstítaciones diocesanas de Chiápas, niím. 82, § XXVlíl, pág. 9. 

(3) Idea de xma Bae^a hist, pág. 117. 



lio 

en toda la gentilidad no vinieron á estas, partes etiopes algunos, 
y sólo se acostumbraba entre los sacerdotes el tiznarse las caras» 
porque imitaban en esto á su dios del infierno Mictlanteuctli ó 
Teotlamacazqui, negro y feo, y de él fueron generalmente llama- 
dos tlamacazque." 

Contradice igualmente D. Juan Eio Pérez, (1) en estos térmi- 
nos: ''Sin embargo de que la explicación de Boturini sobre este 
pasaje puede ser probable, parece serlo más la de q\ie Yalahau 
gobernando á los de Ochuc, donde era venerado, haya tomado la 
denominación de señor de negi'oa por el nombre de este pueblo, 
más bien que de la condición de sus subditos; porque chvc en 
lengua maya es carbón, y todo el mundo sabe que es de color 
negro, y como él era señor de los chuqnes, traduciendo el nombre 
del pueblo lo llamarían señor de los carbones, y de los negros por 
una mala aplicación de dicha palabra. Los indios daban nombre 
á sus pueblos, ó con el apellido de sus jefes, pues en esta penín- 
sula subsiste aun el de Ghucy ó por haber hallado en aquel lugar 
cuando lo poblaron carbón de algún incendio de montes tan con- 
tinuos en estas selvas. El nombre Yalahau es comnn á varios 
lugares de esta península, y puede componerse de las dos pala- 
bras yal, hijo de hembra, y de ahau, rey, esto es, hijo de reina: ó 
de yaal, agua, y qjau, rey, significando algún manantial de agua 
excelente para el uso del rey." 

Ponemos el pro y el contra para que el lector forme juicio 
propio. Por nuestra parte, nos parece infundada la negación abso- 
luta de Boturini al asentar, "que en toda la gentilidEwi no vinie- 
ron á estas partes etiopes algunos," y juzgamos un tanto forzadas 
las deducciones del Sr. Pérez. Verdad es que los sacerdotes se 
pintaban cuerpo y rostro de negro, y es evidente que en las pin- 
turas jeroglíficas se distinguen por este color; mas carece de la 
misma certidumbre, que ese uso viniera por darse paxeoido á 
Mictlanteuctli De mejor gana admitiríamos ser el recuerdo de 
un culto extraño á los azteca, aprendido tal vez de los hombrea 
de color. 

Hacia 1862 fué descubierta en Mayapan, cantón de los Tuxtla, 
Estado de Veracruz, una cabeza colosal de granito, (dos Taras de 
altura y las proporciones correspondientes) muy bien esculpida, 

(1) Apén. al Dice. Universal de Hist. y de Geog., tom. I, pág. 780. 



111 

con el tipo exactamente del negro. Di<^a á conocer Don José 
María Melgar el ano 1868 en su periódico de esta capital; (1) to- 
mó el artículo el Boletín de la Sociedad de Geografía, (2) y por 
s^unda vez con algunos aumentos. (3) Dudóse al principio de 
la exactitud del dibujo, comparado el del Sr. Melgar con otro 
remitido á la Sociedad; más por informes posteriores y el exá- 
mesk de personas competentes resulta, no solo ser auténtico el 
mcmumento, sino que existen otros de la misma clase aparecien- 
do en todos ellos la intención deliberada de representar la raza 
etíope. El parecido no deja la menor duda, y no puede achacarse 
á obra casual é inmotivada. Aquella misma fisonomía presentan 
algunas obras de cerámica antiguas: hemos creído encontrar el 
mismo tipo en algunas de las cabezas tan frecuentes en Teoti- 
Imacan. Una figurilla de barro, sacada en las escavaoiones da 
Metlac, tiene el rostro pintado de negro. En todo ello encontra- 
mos motivos para pensar, que esas representaciones reconocen 
poar ovigen la idea de fijar, jat en la piedra, ya en el barro, la me- 
laoria de los individuos de una raza desemejante á la americana. 
En la lengua mexicana ixÜiUie quiere decir, negro de rostro. 
Entre las divinidades se contaba á IxtliUon, negrillo. '^A este 
dios hacíanle un oratc»rio de tablas pintadas como tabemáoido 
donde estaba su imagen. En este oratorio ó templo había mu- 
chos lebrillos y tinajas de agua, todas estaban tapadas con tablas 
6 comales: llamaban á esta agua ilüatlf que quiere decir agua ne- 
gra, y cuando algún niño enfermaba llevábanle al templo ó taber- 
Báeolo de este dios Ixtlilton, y abrían una de aquellas tinajas, y 
dábanle de beber al niño de la misma y con ella sanaba; y cuan- 
do al^^^uno quería hacer la fiesta de este dios por* su devoción^ 
llevaba la imagen á su cas€k Esta no era de bulto ni pintada, sino 
qme era uno de los sátrapas, que se vestíalos ornamentos de es- 
te dios, y cuando le llevaban íbsmle incensando delante con hu- 
mo de eopal, hasta que llegaba esta imagen á la casa del que 
había de hacerle [fiesta con danzas y cs^tares." (4) Llamábase 
también Tlaltetecuin, y es bien extraño que el dios no tuviera 

(1) Semanario ÜQBtr&do, Octfubre 1868. 
(S) Begimda época, tom. I, pág. 292. 

(3) Segunda época, tom. m, pág. 104. 

(4) Sahagon, tom. I, pég. 24.— Olayijero, tom« I, pág. 237. 



112 

ídolo m representaoion material como los otros númenes, sino 
que le representara el hombre vivo destinado á aqnel oficio. 

Ho pretendemos leyantar á la categoría de demosla^'aoicMi los 
hechos qne anteceden, y fundar la conseonencia de la presencia 
de los negros en América; más su conjunto pudiera dar pié {>ara 
conjeturar alguna comunicación con las razas de color, bien ocm 
la asiática y polinésica por nuestras oos^^is occidentales, bien 
directamente ccm el África por el Oriente. Sabido de todos es, 
que la armada de Alvares Cabral, arnmcada por los vientos de 
las playas africanas, fué traída á las de América, siguiéndose el 
descubrimiento del Brasil, por cierto tan impremeditado co- 
mo no esperado. ¿No podrían los vientos del Ehecatonatiuh 
conducir en los tiempos remotos algunas baa'cas tripuladas por 
negros? 

El aire, como indispensable para la respiración, pe^a natural- 
mente á ser un símbolo de la vida. El alma impalpable, fuera 
del alcance de la observación de nuestros sentidos, se la asemeja 
más ó menos también al aire. En la vida del otro mundo, los 
nahoa concedían al alma una existencia semejante á la munda- 
nal, con las mismas necesidades, muchas veces con las mismas 
ocupaciones, sólo que los medios de llevarlas eran fáciles y 
desaparecían por completo los males. Esto explica por qué se 
ponían en los sepulcros armas y .vestidos, mantenimientos y 
adornos. 

Á semejanisa de ciertas creencias modernas, los mexicanos ad- 
mitían la comunicación con los espíritus. Multitud de fantasmas 
ó visiones aparecían en la oscuridad de la noche, causando mié- . 
do, presagiando calamidades, repartiendo alguna vez el bien. 
Era el Tlacahueyac en figura de hombre, solo que era tamaño de 
un gigante. El Tlacanexquimilli, bulto de oscuridad y ceniza, 
que envuelto como un cadáver en sudarios cenicientos, iba ro- 
dando por el suelo. Tezcatlipuca tomaba á veces la forma de un 
gigante, llevando en las manos, armadas con grandes uñas, 1& 
cabeza separada del tronco; rasgado el pecho como el de un sck- 
crificado, resollaba por la ancha herida, que se abría y cerraba 
á cada aspiración, produciendo un gran ruido temeroso. Cuitla- 
panton, Cintanaton ó Ointlatlapacholo, era una enanilla muy 
bien ataviada, que solo aparecía para predecir la muerte. Volaba 
por los aires una cabeza de hombre, con largos cabellos, la boca 



113 

abierta hasta las orejas. (1) ün cráneo perseguía á los medrosos^ 
7 si le querían tomar saltaba de un lugar á otro produciendo lu^ 
gabre rumor, ün difunto aparecía tendido j amortajado, y esta- 
ba quejándose y gimiendo. Estas y todas sus semejantes tenían 
oomo visiones de Tezcatlipoca. Los miedosos se espantaban, 
huían, y se derribaban al suelo desmayados; mas los valientes 
que en busca de ella salían, arremetían, asíanse á ellas y les arran- 
caban algún don, representado por espinas de maguey. Oon la 
luz del dia se disipaban las visiones. (2) 

Sacaban agüeros de los gritos de los animales, del canto de los 
pájaros, de la presencia de los objetos; generalmente las predic- 
ciones eran adversas. Oír bramar á la fiera en la montaña traía 
inforiimio; présago de desgracias era el canto del Oactli oacton; 
los ruidos como de partir leña llamados tooáUeptiztU, hacha noc- 
timia^ amagaba á los sacerdotes; el canto del teccloíl, buho, pre- 
sagiaba la muerte; el paso de la comadreja era nuncio de males, 
y lo mismo si se entraba un conejo en alguna casa; el gusano 
pmhuvstli significaba robo ó mal. (3) Achaque de todos los pue- 
blos, en todas las edades, ha sido relacionar las cosas conocidas 
mu las desconocidas, á fin de establecer reglas y descubrir por 
ellas los sucesos futuros. Admitida la fuerza del hado, el influjo 
de los cuerpos sublunares, se admitirá el participio de todos los 
ol^etos naturales sobre las acciones humanas. 



(1) Torquemada, lib. XIV, cap. XXII. 

C2) Sáhagun, Hb. V, cap. XI á XIH. ^ 

(8) Sehagim, lib. V, cap. I á Vm. 

• 15 



CAPÍTULO VI. 

Elfuego.-^XiuhtecuhÜí TletL— Fiestas anuales. — De cuatro en cuatro cmos.^Pttego 
perpetuo, — Fiesta secular del fuego nuew. — TezcatUpoca.-'^onUfres.-^FegtMdad, 
—La victima. — JTuitzHopooTUH. — Etimohgia del nombre. — Origenes, — TetéeíkuiU, 
Téteauhteotl. — Formas. — Teo¡/aotlatohua, — Fiesta del mes PanquettaUetíL— 
Tlacahu.epancuexcoteinr.'-'Pama b Fa^nalton. — Dios de la guerra en los bosques,-' 
TeoyaomiquL — MiqvMtU. 

EL dios del fuego, Xiuhtecuhtli Te ti, el fuego señor del año, 
es el primero de los acompañados ó señores de la noche. 
Se le coDpcía con los nombres d6 Ixcozauhqui, cariaxúarillo, 
Cuecaltzin, llama de fuego, y Huehueteotl, dios antiguo, '^y to- 
ados le tenían por padre considerando los efectos que hacia, por 
"que queiíia, y la llama enciende y q,brasa." (1) Estas xlenomina- 
ciones autorizan para pensar, que el culto del fuego es muy an- 
tiguo entre los americanos, y que se ha confundido alguna vez 
con el del sol. Xiuhtecuhtli es la representación propia del fue- 
go como elemento, teniendo dos símbolos que le pertenecen. El 
mamcúkuaztli ó sean los palos con que se encendía la lumbre nue- 
va, y el tecpatL 

Tecpatl, pedernal ó silex, hijo de la Omecihuatl y arrojardo del 
cielo á la tierra para producir la primera raza de dioses. Signo 
del décimo dia del mes, segundo de los compañeros de la noche, 
y uno de los cuatro nombres de los años bajo la denominación 
tecpaxihuiiL El mamalhuaztli y el tecpatl responden á la idea de 
fuego; aquel como símbolo de la fiesta cíclica, conmemorando lí 
conquista del elemento por la frotación de dos maderos; éste al 
más antiguo procedimiento de sacar las chispas por el clxoqu< 
contra el pedernaL 

El Teotecpatl, pedernal divino, pedernal dios, preside en lí 
f 

(1) P. Sahagjm, lib. I, cap. XIII. 



116 

trecena del TonalamatL Está representado hombre de 
medio cuerpo abajo, con un cendal á la cintura, y de aquí arriba 
en la forma, convenida del tecpatl, teniendo en el interior un 
rostro de perfil y rematando en los brazos cuyas manos empuñan 
el cuchillo sagrado: en esta forma es más bien él símbolo del 
sacrificio. 

'"La imagen de este dios figuraba un hombre desnudo, el cual 
tenía la barba teñida con la resina llamada ÜTli que es negra, y 
an barbote de piedra colorada en el agujero de la barba. Tenía 
en la cabeza una corona de papel pintada de diversos colo!res y 
de diversas labores: en lo alto de la corona tenía unos penachos 
de plumas verdes, á manera de llamas de fuego: unas bolas de 
pliunas hacia los lados, como pendientes hacia las orejas: unas 
orejeras en los agujeros de las orejas, labradas de turquesas de 
color mosaico: teiáa acuestas un plumaje hecho á manera de 
una cabeza de dragón, labrada de plumas amarillas, con unos 
(sracolitos mariscos: unos cascabeles atados *á las gargantas de 
ios pies: en la mano iequierda una rodela con cinco piedras Ter- 
desy que se llaman dbalchihuites, puestas á manera de cruz sobre 
ima ehapa de oro, casi cubierta toda la rodela: en la mano dere- 
cha tenía uno á manera de cetro, que era una chapa de oro re- 
donday agujerada por el medio, y sobre ella un remate de dos 
^boB, uno mayor y otro menor con una punta sobre el menor: 
Btmaban á este ceiaro TlaoMclonir que quiere decir miradero ó 
adradór, porque con él ocultaba la cara y miraba por el agujero 
de emnedio áh la chapa de oro.'' (1) 
El dios encendido ó bermejo era muy reverenciado; en las co- 
arrqjaban al fuego, en su honra, el primer bocado y el pri- 
sorbo de bebida. (2) De las fiestas que le estaban consagra- 
da% ^g trnn. era tan cruel, que su relato sobresalta el corazón. 
fiuaate la fiesta de Tleaochimaco los sacerdotes del numen, 
UamadoB Qíueheyohuan^ sus viejos, iban al monte á buscar un muy 
grande árbol, que con todo y ramas hincaban en el patio del 
templo. £n la vigilia de la fiesta del dios, celebrada en el mes 
Xoootihuetzi, venían carpinteros, derribaban con todo cuidado 
el árbol, lo limpiaban dejándolo liso, y volvían á ponerlo enhies- 

(1) P. Sahagon, lib. I, wg. Xm. 

(2) Clarigeio, tom. I, pág. 388. 



116 

to sostenido por sogas: el palo estaba adornado con los papeles 
simbólicos, sustentando en el remate una figura de Xiulxtecuhtli 
formada [del místico tzooUi. Llegado el dia, encendían jimto al 
árbol una gran hoguera, y cuantos tenían esclavos que ofrecer 
venían adornados, pintado el cuerpo de amarillo, que era ta 
librea del fuego. Los cautivos velaban en el templo toda la no- 
che, y á la hora les ataviaban con los arreos del sacrificio, les 
ataban de pies y manos, poniéndoles sobre el rostro polvos de 
yauchtli (1) para hacerles insensibles á la muerte. Los ofrenda- 
dores tomaban á los cautivos sobre los hombros, formando un 
baile alrededor del palo y de la hoguera; á tiempo convenido 
uno de ellos arrojaba su cautivo á la lumbre. La infeliz víctima 
rodaba sin poderse valer sobre las brasas, permanecía algún 
tiempo en el tormento, y cuando luchaba contra la muerte en la 
agonía, era sacado con algún garabato, llevado al tajón del sa- 
crificio, é inmolado en la forma ordinaria. Los demás cautivos 
iban así pereciendo sucesivamente. (2) Los muchachos arreme- 
tían en seguida para apoderarse de la figura de XiuhtechÜi, tre- 
pando por los cordeles que retenían el árbol, mientras los man- 
dones de los^mancebos defendían la subida á garrotazos. (3) 

En principios del mes Izcalli sacábase lumbre nueva con dos 
palos, y tomada con una yesca se encendía el hogar del dios, 
formando una gran hoguera; acudían los muchachos trayendo 
todos los animales que habían cazado el dia anterior, y aun pe- 
ces y culebras, echándolo todo en la lumbre, daban una vuelta 
alrededor de ella, y se retiraban contentos recibiendo uno de los 
bollos llamados c/ioZcAiííAíamoHí. La fiesta era conocida por Hua- 
uhquiltamalcualiztli. Diez dias después se repetía la ceremonia 



(1) TatíhUí escribe Torquemada. Clavigero, nota en la pág. 281, tomo I, dice: 
'^El yauMU es una planta cuyo tallo tiene un codo de largo^ las hojas sexnejanieB á 
''las del sauz, pero dentadas, las flores amarillas, y las raíces sutiles. Las flores y las 
''hojas tienen el mismo olor y sabor que el anis. Es útil en la medicina, y los médi- 
''eos mércanos las aplican á muchas dolencias; pero también la empleaban en usos 
"supersticiosos." La idea de adormecer á las víctimas, para hacer menos crueles 
sus padecimientos, parece g^ierál entre los mexicanoa. Según Mendieta, lib. II 
cap. XYI, describiendo aquellas repugnantes ceremonias escribe: "Y pasa no senüi 
tanto la muerte, les daban cierto brebaje á beber, que parece los desatínaba, y mos 
traban ir á morir con alegría." 

(2) Bahágun, lib. II, cap. X. Torquemada, lib. X, cap. XXn. 

(3) Véanse los pormenores de la fiesta en Sahagun, lib. 11, cap. XXIX. 



117 

dando al dios la advocación de Milintoc; no se encendía el faego 
con los palos, y aunque en la hoguera se echaba la caza traida 
por los mancebos, dejábase consumir la pequeña: y la grande ja 
asada se apartaba para ser comida por los ancianos: llamábase 
e0te manjar Galpvleqne. (1) 

Estas fiestas se yerificaban tres años arreo, j al cuarto tenía 
logar otra con mayor aparato. En ella, para dar muestras de la 
dualidad encamada en las divinidades mexicanas, morían en el 
sacrificio ordinario no sólo los cautivos y esclavos, smo también 
sus mujeres, ataviados unos, y otras con las insignias de Ixco- 
zauhqui. Acabado el sacrificio tenía lugar un báijte solemne, lla- 
mado Netecuitotiliztli, porque sólo eran admitidos el rey y la 
principal nobleza; terminábala danza al dar cuatro vueltas alre- 
dedor del patio. Acabados baile y fiesta, que como se advierte 
solo tenia lugar de cuatro en cuatro años, se procedía á agujerar 
las orejas de los niños y las niñas, á cuyo efecto acudían los pa- 
dres con los respectivos padrinos de los párvulos. Hacíase el 
taladro con un hueso, curábase I^ herida eon la parte más blan- 
da y fina de las plumas y un poco del ungüento llamado ocotzofl^ 
terminando por pasar cuatro veces por el fuego á los infantes, á 
manera de lustracion. (2) 

En éstas ceremonias anuales y cuatemales se nota el intento 
de celebrar ciertos períodos de tiempo, relacionados con el ca- 
lendario. Aunque los cultos del sol y del fuego andan separados, 
se advierte que á veces se confunden tomándose el uno por el 
otro. Al pió del templo mayor, junto á la escalera principal, ha- 
bía dos braseros en que se conservaba fuego perpetuo; los sacer- 
dotes cuidaban de alimentarle, y ponían incienso durante no^e 
y día. (3) En el templo llamado Huit^ahuao conservábase igual- 
mente el fuego sagrado, (4) siendo práctica común en todos los 
tooealli. (5) Casual puede ser la semejanza, mas recuerda el ma- 
gnsmo de los pueblos orientales. 

La mayor y principal fiesta en honra del fuego era la cíclica ó 
seonlar, celebrada de 62 en 52 años, para sacar el fuego nuevo. 

• (t) Sahagtrn, litx. H, cap. XXXVIL Torqnemada, lib. X; cap. XXX. 
(^ SÉluigim; lib. U, cap. XXX Vil y XXXVUI. 
(S) Torqoemada,' üb. Vni, cap. XL 

(4) Torqnemada, lib. VHI, cap. XIIL 

(5) P Mendieta, Hb. n, cap. Vn. 



118 

Según la leyenda cosmogónica de los soles, el mundo había da 
terminar al fin de uno de los ciclos; si se lograba el nuevo fuego» 
había seguridad de otros cincuenta y dos anos para la vida del 
planeta; caso contrario, el sol y la humanidad perecerían sin re- 
medio. Aquella solemnidad llevaba en sí una mezcla extraña de 
ansiedad, luchando el ánimo entre la esperanza de la vida y el 
terror de la muerte. 

Llamábase la fiesta Toxiuhmolpilia, atadura de los anos» Xiuh«> 
tzitzquilo, se toma el ano nuevo: tenía lugar á la media noehe 
anterior al dia en que comenzaba el siguiente cido. Los hábi^ 
tantea se preparaban inutilizando sws ropas y muebles, quebran^ 
do ó arrojando al (^ua sus dioses y utensilios; por la noche se 
subían á las azoteas de las casas, por temor de que bajasen délo 
alto las f antasBaas dichas taUzimime y se comiesen á los hombres. 
Solo las mujeres grávidas quedaban encerradas en los graaieros, 
cubierto el rostro con una máscara de penca de magizoy, evitan- 
do así, si el fuego no apareciera, que se convirtieran en animalea 
fieros y se comieran á laa gwtefi: para que lo» pequennelos no se 
transformaran en ratones, se les ponía la máscara dé maguey, 
impidiendo se durmieran^ á pellizcos y rempujones. Loa de los 
pueblos comarcanos al valle, subían á la^ montabas y altairas, 
fijando ansiosos y á porjEía la vista^ en el punto donde habían de 
aparecer la llama sagrada. 

Cerca de la puesta del sol, los sacerdotes de México reveaiÍAa 
las insignias de todos los dioses, en representación de los náxna* 
nes; al prijompio de la noche se ponían en mancha procesional- 
mente, compaso mesurado, á lo que Uamában ieonenenU, caminan 
como dioses: la muchedumbre silenciosa seguía la comitiva. El 
sacerdote del barrio de CJopolco, encargado de sacar la lumbre, 
iba por el camino ensayándose en su oficio. (1) Dirigiaiíae al 
cerro Huixaehtitlan, (2) procurando llegar al teocalli conatmido 

(1) De estos palos uno era cuadrangular, de madera bUnda, con una muesca gtl 
nn lado; ^ otro era un madero cilindrico y duro, el cual colocado verticahn ent e en 
Ia ZBueflca de aquel, y dáttéole vueltas continuadas entre las palmas de laa manos, 
arrancaba por la frotación un polvo menudo, que entraba en combustión. Los paJboB 
86 llamaban mamaihuagUi, J^leUaaoni, qne aaroja ó dá fuego; TlecuabniÜ, pak> ^ 
faego. 

(2) Huixachtecatl, Huixaehtitlan, HuixachÜan, palabras derivadas de huixaehin, 
especie de mimosa llamada ahora huizachi. El cerro es conocido actualmente por 
de la Estrella 6 Iztapalapan. 



U9 

e& la eombre hacía la medía noche. Esperaban á que las Pléyar 
das estUTÍexan en la mitad del cielo, y entonces tomaban el cau- 
tÍTO preyenido al intento, le sacaban el corazón y sobre la herida 
eolocabaoa el Üdlaxoni: aplicábase con fuerza el sacerdote á res- 
tregar los leños, sumidos los circunstantes en la mayor zozobra: 
era el momento decisiva Mas cuando los palos.iban ennegrecién- 
iose, se escapaban ligeras señales de humo, brotando por último 
la llama, un gran grito de júbilo se alzaba entre los presentes, que 
repetido en todas direcciones, se propagaba á los lugares distan- 
tes. Con el fuego del üecuahuiü se encendía una inmensa hogue- 
ra, á don,de eran arrojados el corazón y el cuerpo de la víctima. 
Luego que los de los pueblos y montañas descubrían la llama 
apetecida en la^] tinieblas, prorrumpían en alaridos de gozó, y 
cortándose sin distinción alguna en las orejas, arrojaban la san- 
gre hacia la distante hoguera. 

hoB sacerdotes entregaban el^ fuego nuevo á los emisarios ve- 
nidos de los pueblos y provincias, poniéndolo en teas de pino 
resÍKOSo; aquellos emisarios, muy ligeros corredores, llevaban la 
llama sin dejarla extinguir, y mudados de distancia en distancia 
eomo en postas» en breve tiempo llegaba el depósito al lugar de 
su ^BQiiino. En México el fuego era colocado en el templo mayor, 
delante de Huitzilopochtli, sobre un candelero de cal y canto; 
formaban una hoguera, quemando cantidad de copal, repartiéi^- 
^p en seguida á los otros teocalli, habitaciones de los sacerdo- 
^60» 7 P9^ último á cada uno de los vecinos de la ciudad. Cada 
unp de éstos encendía una lumbrada en el patio de su casa, sa- 
crificaba codornices, é incensaba hacia los cuatro puntos cardi- 
nales. Comían el potaje llamado tzohmUi, compuesto de miel y 
Uedog, absteniéndose de tomar agua hasta el medio día; á esta 
¿ora comenzaba el sacrificio en los templos, y acabado podíase 
ya beber. Seguíase el regocijo general; las mujeres grávidas eran 
sacadas de su. encierro: vestíanse todos de nuevo, ponían en su 
higar los muebles y las esteras construidas al intento, renacien- 
do 1^ seguridad absoluta de otros cincuenta y dos años de exis- 
tflncift. Ocurre que tal vez no era tanto el miedo, de ver acabar 
el mTindo, cuando tan á mano tenían prevenido cuanto debía 
serrirles en el nuevo ciclo. Si acontecía nacer alguno en aquel 
dia^ 0Í hombre le llamaban Molpüli, atadura, y si mujer Xiuh- 
nenetL 



120 

La última fiesta del fuego nuevo tuvo lugar el orne calli 1507, 
reinando en México el segundo Motecuhzoma. El prisionero so- 
bre cuyo pecho se sacó el fuego simbólico fué Xiubtlamin, gue- 
rrero valiente y generoso de Huexotzinco, cautivado por un gue- 
rrero de Tlatelolco llamado Itzcuin, quien por esta hazaña se 
llamó Xiuhtlaminnan, tomador de Xiuhtlamin. (1) 

Dada idea áe las divinidades correspondientes á los cuatro 
elementos, pasemos á dar cuenta de los demás númenes del pan- 
teón mexicano. El primero y el más importante era Tezcatlipoca, 
espejo resplandeciente. En este mito están mezcladas las ideas 
más encontradas; la unidad, la dualidad y la pluralidad; el espí- 
ritu y la materia; el hombre y el dios; el bien y el mal, ya en 
lucha, ya perfectamente unidos. Sus nombres son varios como 
sus oficios, ToallJehecatl, viento de la noche; Titlacahuan, somos 
tus siervos y esclavos; Moyocoyatzin, el que hace cuanto quiere; 
Telpochtli, (2) mancebo, porque el tiempo no pasaba por él ni 
nunca envejecía; Yautl, enemigo, y otros muchos como Necoci- 
autlmonenequi, Teiocoiani, Techimatini, Moquequeloa, Toatzin, 
Necaoalpilli, &c 

En las oraciones que se le dirigían, se le dice: "tú eres invisi- 
ble y no palpable, bien así como la noche y el aire.'* Es eterno, 
creador del cielo y del infierno, alma del universo, señor de la 
tierra, gobernador del mundo, señor de las batallas y de las ri- 
quezas. "Penetráis con una vista las piedras y árboles, viendo 
lo que dentro está escondido, y por la misma razón veis y enten- 
déis lo que está dentro de nuestros corazones, y veis nuestros 
pensamientos. Nuestras ánimas en vuestra presencia son como 
un poco de humo y dé niebla que se levantare la tierra." De él, 
sin embargo, dimanan la peste y el hambre; toma apariencias de 
fantasmas nocturnas para hacer daños; mucho tiene de malévolo 
ya que se le dice, "nosotros los hombres somos vuestro espectá- 
culo y teatro, de quien vos os reís." No obstante su gran poder, 
se llama al sol y á la tierra, "padre y madre de todos." T debe 
su origen al Huehueteotl, supuestas estas palabras, "vuestro pa- 
dre y madre, de todos los dioses, el dios antiguo, que es el dios 
del ruego que está en medio de las flores, y en medio del alber- 

(1) Sahagun, lib. VII, cap. IX á XII: lib. IV, apéndice tomo I, pág. 346. — Tor- 
quemada, lib. X, cap. XXXIII. 

(2) Tojquemada, lib. VI, cap. XX. 



121 

gao cercado de cuatro paredes, j está cubierto con plumas res- 
plandecientes que son como alas." Ante él se hace la confesión 
de las culpas, él las perdona, y limpia y purifica las almas tor- 
nándolas á su pristina candidez. (1) 

En México la estatua de Tezcatlipoca era de obsidiana, la cual 
por esta causa, ademas de su nombre itztU, se llamaba teotetl, 
piedra divina; en los demás lugares era de palo. El negro rostro 
estaba pintado de blanco en la frente, nariz y boca; dos orejeras, 
unas da plata y otras de oro; en el labio inferior un bezote de 
berilo, con una pluma azul ó verde; sujetaba el cabello una lámi- 
na de oro, rematando en una oreja del mismo metal con los sig- 
nos de la palabra, significando que escuchaba los ruegos y ple- 
garias; de entre banda y oreja colgaban unas borlas de plumas 
blancas de garza. Tenía suspendido al cuello un joyel que le 
cubría el pecho; brazaletes de oro, y una piedra verde en el om- 
bligo; en la mano izquierda un mosqueador formado de una chapa 
redonda de oro bruñido, con plumas verdes, azules, y amarillas, 
üanaábase itlachiaya, su mirador, porque allí veía todas las cosas. 
Llevaba en la mano derecha cuatro saetas, significando que .sa- 
bía castigar á los malos; atados á los pies veinte cascabeles de 
oro, y en el izquierdo un pié de venado, simbolizando la ligereza 
y agilidad de sus obras. Le cobijaba una manta de red negra 
y blanca, con orla á la redonda de rosas blancas, negras y co- 
loradas, adornadas de plumas: ricas cutaras completaban su 
adorno. (2) 

Tezcatlipoca representaba en realidad una Providencia divina, 
velando sobre la creación que era obra suya; mas tenía otros 
símbolos más ó menos incompatibles con su dignidad. Bajo el 
Qombre de Titlacahuan patrocinaba á los enamorados. (3) Gomo 
Necocyaotl, sembrador de discordias, tenía una forma espantosa, 
u&enazando por todos lados infortunios. (4) Los de Tianquiz- 
manalco le representaban como un hermoso joven, cubierto con 
una piel de venado, llamándole Tlacatelpoctli, mancebo virgen, 

(t) Sftbagnn, lib. VI, cap. I al VU: lib. UI, cxp. II. 

(2) P. Duran, oap. IV. HB. Aoosta, Hb. V, cap. IX. 

(3) Botnxini, idea de una nueva hiat., pág. 12. 

(4) Gama, descrip. de las dos piedras, pág. 40. 

16 



122 

en memoria de un penitente que desde niño vivió en las laderas 
del volcan. (1) 

Titlacahuan ó Tezcatlipoca domina en la segunda trecenar del 
TonalamatL Tiene enfrente la luna, que es su símbolo astronó- 
mico, bajo cuyo aspecto mantiene las luchas con Venus ó Que- 
tzalcoatL Como persona real, y con el tercer nombre Tlacahue- 
pan, lo vemos luchar con el mismo Quetzalcoatl, su anti^msta 
religioso, representando un culto más antiguo. 

Beina también en la tercera trecena del Tonalamatl, con lla- 
tocaocelotl ó según Castillo con Teotlamacazqui IztlacatinL Tla- 
tocaocelotl, tigre hombre ó persona, figurado en un tigre con un 
penacho de plumas ricas, parece simbolizar la fuerza guerrera^ 
perteneciendo sin duda á alguna constelación que ahora se nos 
escapa. Teotlamacazqui, sacerdote divino, es el signo de los mi- 
nistros dedicados al culto y al estudio de las cosas santas. 

"Llamábanle Moyocoyatzin, por razón que hacía todo cuanto 
quería y pensaba, y que ninguno le podía contradecir á lo que 
hacía, ni en el cielo ni en este mundo, y en dar riqueza á quien 
quería; y más decían, que el dia que fuese servido de destruir y 
derribar el cielo, que lo haría, y los vivos se acabarían; y al di» 
cho Titlacahuan todos le adoraban y rogaban, y en todos los ca- 
minos y divisiones de calles le ponían un asiento hecho de pie- 
dras, para él, que se llamaba MomuztU, y le ponían ciertos ramea 
en el dicho asiento por su honra y servicio cada cinco días, allende 
de ios veinte días de fiesta que le hacían, y asi tenían la costtun- 
bre y orden de hacerlo siempre." (2) 

La gran fiesta solemne en honra de esta divinidad, tenía logar 
en el mes Toxcatl; las ceremonias ten&ua mucho de místico y de 
significativo. (8) Llama sobre ellas la atención la víctizna consa- 
grada al dios. Luego que la anterior fiesta terminaba, eacogUM^ 
entre los esclavos un mozo gentil y hermoso, sin mácala alguna, 
de buenas maneras, bien hablado y entendido en la mvúsica j el 
canto, en todo lo cual había sido indnsiariado por los calpixqua 
que le tenían á cargo. Dejábanle crecer el pelo hasta la cintora; 
con resina le pegaban en la cabeza plumas blancas de gallina; 

(1) Camino del cielo, por el P. Fr. Martín de León. Mádoo, 1610» foj. 96. 

(2) P. Sahagon. lib. m, cap. U. 

(8) Torqnemada, lib. X, cap. XT^.— Dnrtfn, segunda parte, oap. IV. "MB. 



123 

vestido de TU)a oíanera riea^ añadían tma gainialda de flores lia* 
mada izqíUxocfdÜy y sartales de flores atravesados del hombro al 
wAá^; gargantilla de piedras preciosas con un largo joyel; ador^ 
nos de oro en brazos y piernas; 99200^20^2 y manta muy ricos; en 
smoa, el mayor y más suntuoso adorno. Con estos arreos, segui- 
do de ocko pajes destinados á su servicio y de la gente princi- 
pal que quería acompañarle, recorría á su voluntad dia y noche 
la población, tocando una flautilla de sonido agudo, con flores y 
ramilletes en las manos, fumando las cañas de humo y saludan- 
do cortesmente á cuantos veía* La gente que le encontraba se 
humillaba, haciéndole reverencia como al mismo Tezcatlipoca, al 
que representaba. El sonido de la flautilla, oído principalmente 
de noche, ponía espanto en los criminales y pecadores. 

Yeixite dias antes de cumplirse el plazo, le quitaban aquellas 
insignias, le vestían como á capitán cortándole el pelo y atándo- 
selo con las borlas dichas aztaxdü de oro, plumas y tocbomiÜ. 
Sa vida hasta entonces había pagado satisfecha y harta; ahora 
lecrecían jmo» él los goce^ y el placer. Dábanle por compañeras 
mtimfts cuatro doncellas lindas, al intento criadas, con los nom- 
bres de laa diosas Xochiquetzal, Zilonen, Atlatonan y Huixto- 
cihuatl; proceres y nobles le acomp^aban y servían, pasando 
todos los diaa ea espléndidos convites. Los cinco últimos dias 
la nobleza, entera le acompañaba» á excepción del rey, y el ban- 
foete^ baile y música tenían lugar en sitios deleitosos. El pri- 
]Q0r ái» en el barrio de Tacan man; el segundo en el santuario 
de Tezcatlipoca; el tercero en Chap^ltepec; el cuarto en Teper 
taípico^ el quinto y último en Tepepplco. 

Por más que los placeres le habían entretenido, tocla.ba al cabo 
ú infortunado ténoina Concluido el sarao en Tep^olco, sali^ 
el mf^ojsebo en una canoa cubierta con xqi toldo; en Tlapizahua^ 
7111, w> Icios de ItztapaJapan, le abandonabais sus miq'eres y el 
cert^ de nobles^ prosiguieniio &u camino con loa ocho pajes 
de sB. servidumbre- Uegado á Mé;xico, quedabsp sólo al pié de 
]m gradas del teocalli; subía pausadamente, rompiendo en cada 
esealon alguna de las flautillas que le sirvieron para ta^, arro- 
^do sus adornos, como quien se desprende de las últimas y 
más queridas ilusiones. Llegado á la parte superior, se ponía 
junto á las andas del ídolo, seguía la procesión, y terminada le 
tomahin los s4cerdote% le tendían sobre el techcaü y le inmola- 



L 



124 

ban. Por un priyilegio, no arrojaban el cadáver por las escale- 
ras abajo, sino que los ministros le bajaban con toda reverencia, 
cortábanle estando abajo la cabeza, que colocaban en el TScm- 
pcmüi, y el cuerpo lo condimentaban repartiéndole como comida 
mística al rey, sacerdotes y nobleza. Sic transü gloria mwndi 
"Decían que esto significaba, que los que tienen riquezas y de- 
"leites en su vida, al cabo de ella han de venir á terminar en 
"pobreza y dolor." (1) 

Huitzilopochtli, el dios propio, peculiar de los méxica. El ña- 
men terrible explica por sí solo la organización y los instintos 
de la tribu. Huitzilopochtli era la deificación de la guerra; bus 
sectarios debían ser conquistadores, no tanto por extender su 
poderío, cuanto por hacer adorar al Tetzahuitl de todas las 
naciones de la tierra. El culto era feroz y sangriento, porque la 
guerra se complace en la sangre; la víctima apetecida por la di- 
vinidad era el prisionero. El sacerd.ote y el soldado formaban 
las clases privilegiadas; pero se tocaban en muchos puntos, se 
confundían á veces, porque el ministro era guerreador, y los mi- 
litares en su juventud habían servido en los templos. El jefe 
principal, llamémosle rey, asumía los caracteres de primero en 
el Estado y en la milicia, el pontífice de la religión. México pro- 
piamente era un campamento. La educación hacía al niño sóbriói 
sufrido contra la intemperie, estoico para el dolor; al joven, 
amante del dios, reverente por el culto, indiferente para los es- 
pectáculos sangrientos, impasible para recibir la muerte; al hom- 
bre, guerreador determinado; altivo para no retroceder nunca, 
con la conciencia. orguUosa de la supremacía de su raza. £n los 
combates se ganaban los grados militares, las distinciones civi- 
les; fuera de la pelea no tenían esperanza de medra, ni los no- 
bles ni los plebeyos; se alcanzaba en las batallas honra y lucro. 
La vida, que era de la patria, se pasaba en continuo pugniar con- 
tra los hombres y los elementos; la muerte podía venir cuando 
quisiera, afrentosa casi si era natural, gloriosa y bien recompen- 
sada si verificada en el campo de batalla ó en las aras de los 
dioses de la guerra sagrada. 

Diversas son las etimologías dadas al nombre. Según uuos> 

(1) Bahagun, lib. 11, cap. V, y XXTV* Torquemada, Hb. X, cap. XTV y XV. 



126 

significa siniestra de pluma relumbrante. (1) En otro sentir se 
compone de Hnitzilin, chupamirto, y de Tlalmipochtli, nigro- 
mante ó hechicero qne echa fuego por la boca; pero la lengua 
no autoriza esta formación. Se saca también de huitzilin, y de 
opochtli, mano izquierda, sonando, mano izquierda 6 siniestra 
de pluma relumbrante. (2) En versión diversa se hace la palabra 
de Huitziton, capitán conductor de los mexicanos, y de mapoche^ 
que 68 la mano siniestra, como quien dice, Huitziton sentado á 
la mano siniestra; (3) Olavigero repugnó esta etimología por 
violenta. (4) Conformándonoi^ con el mismo Olavigero, la signi- 
fi<5acion propia debe tonArse de huitzitzílin, chupamirto, que en 
composición arroja el elemento huítxü, y de opochtU, mano sinies- 
tra; **Llam6se así, dice el repetido autor, porque su ídolo tenía 
en el pié izquierdo unas plumas de aquella ave." Las traduccio- 
nes que pudieran formarse, mano izquierda de colibrí, ó colibrí 
izquierdo, no nos satisfacen. 

Quedan rastros, como hemos visto, de una religión muy anti- 
gua, en la cual eran adorados los animales; acaso en aquella épo- 
ca el huüzitzüin era el emblema del valor guerrero, y bajo esta 
forma el dios de la guerra. No aparece el supuesto tan descabe- 
llado, pues en aquella Mitología estaba adniitido, que los gue- 
rreros habitantes de la casa del sol, después de acompañar al 
astro, se convertían en chupamirtos, esparciéndose por los jar- 
dines del cielo á libar el néctar de las flores. Por otra parte en- 
tre los guerreros mexicanos había algunos muy temidos, porque 
combatían con la mano izquierda. A estas dos ideas nos "parece 
corresponder el nombre HuitzilopocHtli, significando en realidad 
el guerrero zurdo, el zurdo dios de la guerra; ó tomando la voz 
huitzitzilin en su sentido figurado, el zurdo precioso, el zurdo 
distinguido, valioso, primoroso. Consta en documentos antiguos, 
llamarse por otro nombre Mexitli. 

Vario como su nombre es su origen. Lo hemos visto entre los 
dioses primitivos, llamándole en el ritual señor del cielo y de la 
tierra También aparece éomo un hombre robusto y guerreador, 
llevando por divisa una cabeza de dragón espantable que echa- 

(1) Acoflta, lib. V, cap, IX. 

(2) Torqnemada, lib. VI, cap. XXI. 

(3) Botazini, idea de una nueva hist pág. 61. Le sigue Veytia, tom. 11, pág. 94. 

(4) Hifit. antig. tom. 1, nota en la página 234. 



126 

ba fuego por la boca; ó como un nigromántico que se transfor- 
maba en figura de animales: en ambos casos, después de muerto 
le honraron comp dios; (1) En otra leyenda, los mexicanos, du* 
rante su peregrinación, traían como conductor á un capitán Ha-* 
mado Húitzinton; muerto cargado de años y de méritos, fuá arre* 
batado al cielo y puesto á la izquierda de Tezcatlipoca, quien 
tenía la foriiía de un espantoso dragón: aquel fué el apoteosis del 
capitán. (2) La relación propiamente religiosa cambia de fonua. 
Había en el pueblo de Coatepec, cerca de Tollan, una devota 
mujer llamada Coatlicue, madre de los indios nombrados CeU- 
tzonhuitznahuac y de la mujer dicha Ooyolxauhqui Estaba una 
vez Coatlicue barriendo el templo, cuando del cielo calló un ovi- 
llo de plumas finas, que ella recogió, colocándolo en el vientre 
debajo de las enaguas; acabado el quehacer buscó el ovillo; mas 
con grande asombro suyo había desaparecido, subiendo de pun- 
to su confusión sintiendo los síntomas de estar grávida, Ouaaido 
aquel estado se hizo patente, los oentzonhuitznahuac, impulsa- 
dos principalmente por su hermana Coyolxauhqui^ resolvieron 
matar á la devota, pues había afrentado su linaje con acción tan 
contraria á la honestidad. Ouahuitlicue, uno de los hijos, dio 
aviso de la determinación á Ooatlicué, la cual se entristeció y 
lloraba su desventura: creíase perdida sin remedio, y más se 
afligía cuanto que se tenía por inocente: estando muy apenada, 
oyó salir de su vientre una voz que le dijo: "Madre mia, no te 
"acongojes ni recibas pena, que yo lo remediare y te librare, eoü 
/mucha gloria tuya y estimación mia." 

El dia señalado, los cenfizonhuitznahuac vistieron sus insig- 
nias guerreras, tomaron sus armas, y conducidos por la sañosa 
Coyolxauhqui se dirijieron á consumar el crimen. La voz que 
salía del vientre preguntó: ¿á donde venían los enemigos? Oua- 
huitlicue respondió, que por Tzompantitlan. Bepetidas las pre- 
guntas, las respuestas decían que en Coaxalco, en Apetlac, al 
medio de la sierra, es decir, siempre más cerca. Cuando Cuahui- 
tlicue dijo, ¡ya están aquí! Huitzilopochtli nació de improviso. 
Bostro, brazos y muslos tenía pintados de azul; la pierna sinies- 
tra delgada y emplumada; en la cabeza pegado un plumaje; ar- 

(1) Sahagun, lib. I, oap. 1. 

(2) Botuiini, idea, pág. 60. Veytia, tom. 11, pág. 93. 



127 

mado con la rodela llamada Tehnehueli y tin dardo, también 
azules. Aparecióse" igualmente nn guerrero apellidado Tochan- 
calquiy j una culebra de tea de pino dicha ^uhcoatL Por orden 
del dioSy Tochancalqui encendió la culebra y arremetiendo con- 
tra la instigadora Coyolxaubqui la consumió en el instante; Hui- 
tsUopochtli cerró briosamente contra los centzonhuitznahuac; en 
balde le pidieron merced y luego huyeron, porque perseguidos 
las sierras abajo sin tregua ni descanso, perecieron á excepción 
de pocos: el vencedor robó las casas de los vencidos, y depuso 
los despojos á los ptós de su madre. Por este caso prodigioso 
se decía al numen Tetzahuitl, espanto, asombro, y Tetzauhteotl, 
dios espantoso, asombroso. (1) 

Esta leyenda refiere sin duda algún desafuero cometido por 
los méxica contra los huitznahoa, avecindados en Ooatepec. Lo 
cierto es, como comprobado por sus pinturas, que cuando los 
aztecas aparecen comenzando su peregrinación, ya venían con- 
doeidos por su dios Huitzilopochtli, representado en la cabeza 
del hnitzitzilin, en cuya forma hablaba con la tribu y daba sus 
órdenes á los sacerdotes. 

Besj>ecto de la figura^ el misticismo hacía cambiar las insig- 
nias y los adornos. Vimos ya como se presentó al nacer; he aquí 
otra forma. '^Era una estatua de madera entretallada en seme- 
^mza de un hombre sentado en un escaño azul fundado en unas 
andas, y de cada esquina salía un madero con una cabeza de 
sierpe al cabo: el escaño denotaba .que estaba sentado en el cielo. 
El mifimo ídolo tenía toda la frente azul, y por encima de la na- 
ik una venda azul, que tomaba de una oreja á otra Tenía sobre 
la cabeza un rico plumaje de hechura de pico de pájaro: 'el re- 
nate de él de oro muy bruñido. Tenía en la mano izquierda una 
rodela blanca con cinco pinas de plumas blancas x^^estas en 
emz: salía por lo alto un gallardete de oro, y por las manijas 
enatro saetas, que según decían los mexicanos, les habían envia- 
do del cielo para hacer las hazañas que en su lugar se dirán. Te- 
nia en la mano derecha un báculo labrado á manera de culebra, 
todo azul ondeado. Todo este ornato, y el demás que era mucho, 
tenía sos significaciones, según los mexicanos declaraban." (2) 

(1) P. Sahagan, lib.'m, cap. I, § l.—Torquemada, lib. VI, cap. XXI.— GlaTÍgero, 
tem. I, pág. 2S5. 

(2) Acosta, lib. V, cap. IX.— Duran, segunda parte, cap. II, MS. 



128 

Según otros autores, la estatua era la de ún gran jigante, her- 
mosa y galanamente adornada de joyas y piedras preciosas, for- 
mando figuras de aves, mariposas, ranas, peces del mar, flores y 
frutos, "para dar á entender que de todo era señor y hacedor." 
Tenía una máscara de oro, denotando que la deijiadno es visible 
sino que está encubierta, con ojos de espejuelos muy relumbran- 
tes, avisando que todo lo veía y sabía todo, que no duerme y ve- 
la constantemente por las criaturas. Estaba ceñida de una grue- 
sa cxdebra de oro; un collar de diez corazones humanos, como 
señor de la vida; otro rostro en el cerebro -á manera de hombre 
muerto, indicando que á su voluntad dábala vida y la muerte. (1) 

En todo este simbolismo dominan siempre el huitzitzilin y la 
cxdebra, mitos de la religión primitiva. A estas ideas unieron los 
méxica con su eclecticismo no siempre bien razonado, los mitos 
religiosos de las tribus de cuyos dioses se apoderaron para fcwr- 
mar su abigarrado panteón. 

Domina en la sexta trecena del Tonalamatl bajo la advocación 
de Tetzauhteotl, en compañía de Piltzintecutli. En la décima 
quinta trecena impera con Teoyaotlatohua y Teoyaomiqui. Teo- 
yaotlatohua, nuncio ó jefe principal que publica la guerra divina, 
divinidad invocada en las guerras religiosas, á la que seguía co- 
mo fiel compañera la Teoyaomiqui; era sobrenombre de Huitzi- 
lopochtli. En la vigésima y última trecena aparece aun Tetzauh- 
teotl Huitzilopochtli, junto con Teotecpatl. 

Entre las fiestas solemnes celebradas en honra de esta divini- 
dad, ninguna es tan significativa como la siguiente, pues recuerda 
los ritos cristianos y el influjo que tnvo Quetzalcoatl en introdu- 
cirlos. He aquí la relación: "Asimismo dicen que el día que lo 
celebraban para hacer la fiesta que llaman Panquetzaliztli, to- 
maban semillas de bledos y las limpiaban quitando muy bien las 
pajas, y apartando otras semillas que se llaman petzicatl y tez-- 
caohuauhtli; molíanlas delicadamente, después estando la harina 
muy sutil, amasábanlck, y con la misma hacían el cuerpo de Yi« 
tzilopochtli. Al dia siguiente un hombre que se llamaba Que- 
tzalcoatl, tiraba al cuerpo del dicho Vitzilopuchtli con un dardo 
que tenía un casquiUo de piedra, y se lo metía por el corazón, 
estando presente el rey ó señor, y un privado del dicho Vitzilo- 

(1) Torquemada, lib. VI, cap, XXXVII. Clavigero, tom. I, pág, 235. 



. i 



129 

piichtiiy que se llamaba Tehnoa. También se hallaban presente» 
cuatro grandes sacerdotes, y más otros cnatro principales de los 
mancebos (jne tenían cargo de criar la juventud, cuyo colegio se 
llamaba Telpuchtlotoque; todos estos se hallaban presentes cuan- 
do mataban el cuerpo de Vitzilopuchtli, y después de haberlo 
muerto, luego lo desbarataban, comp que era de una masa hecha 
de semilla de bledos, y el corazón de Vitzilopuchtli, tomábanlo 
para el señor ó el rey, y todo el cuerpo y pedazos que eran como 
besos de dicho Vitzilopuchtli, lo repartían por iguales partes 
entre los naturales de México y Tlaltelulco. Los de México que 
eran ministros del dicho Vitzilopuchtli que se llamaban Calpu- 
les, tomaban cuatro pedazos del cuerpo, y otros tantos tomaban 
los de Tlaltelulco, para los que tenían el mismo nombre; de esta 
manera repartían entre ellos los cuatro pedazos del cuerpo de 
Yit2álopuchtli á los indios de los l)arrios, y á los ministros de los 
ídolos que se llamaban Calpxdes, los cuales comían el cuerpo de 
Vitzilopuchtli cada año, según su orden y costumbre que ellos 
habían tenido. Cada uno comía un pedazo del cuerpo de este 
dios, y los que comían eran mancebos, y decían que era el cuer- 
po de dios que se llamaba Teocualo, y los que recibían y comían 
el cuerpo de Vitzilopuchtli, se llamaban ministros de dios." (1) 

Si esta era la principal, no faltaban otras divinidades que^ pre- 
sidían á la guerra. Tlacahuepancuexcotzin era hermano de Hui- 
tzilopochtli, su compañero y sustituto: recibía adoración en el 
ieocalli HuitznahuaccalpuUi, donde se hacía su estatua de masa 
á semejanza de su hermano mayor. (2) Se le daba culto principal 
en Texcoco. Si la guerra se emprendía para conquistar alguna 
provincia ó con otro particxdar motivo, los guerreros iban á los 
montes á traer leña, presentándola á los sacerdotes del templo, 
á fin de que ardiera en el fuego perpetuo todo el tiempo que la 
expedición durara, haciendo el rey algunos sacrificios ante las 
estatuas de Huitzilopochtli y de Tlacahuepancuexcotzin: á este 
aeto y ofrenda llamaban TeocuauhquetzaliztlL (3) 

l'^aina ó Paynalton, ligero, veloz, apresurado; del verbo paynUf 
correr apresuradamente. Hermano menor de Huitzilopochtli, y 

(1> Sfthagnn, lib. IQ, oi^. I, § segando.— Torqnemada, lib. VI, cap. XXX VIH, 
samenta o£o8 miicho& pormenores semejantes ¿ la consagración y oomunion de este 
pan místíco anualmente. Téocuah qniere decir, dios es comido. 

m Totqaemada, lib, VIII, cap. XYI. 

C3; Gunia, descríp. de las dos piedras, pág. 38, § 22. 

' 17 



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130 

su coadjutor ó vicario. En los casos de un acometimiento repen- 
tino de los enemigos, los sacerdotes tomaban la estatua del dios 
en unas andas, y echaban á correr por las calles y alrededor de 
la ciudad, parando de cuando en cuando en ciertos lugares para 
hacer sacrificios de codowiices y aun de hombres. Esta ceremo- 
nia equivalía á tocar á rebato, pues todos los guerreros estaban 
obligados á tomar las armas, para acudir al lugar amenazado. (1) 
Era el numen de la guerra de sorpresa y de emboscadas. 

"Y en los bosques tenían dios de las guerras, para que los de- 
fendiese y guardase de sus enemigos." (2) Era el numen que 
presidía á la guerra de montana, diversa de la que se hacía en la 
tierra ll^na. 

Teoyaomiqui, morir en la guerra divina, morir en defensa de 
los dioses. Los mexicanos, acolhua y tepaneca, tenían concerta- 
da una guerra religiosa contra los de Tlaxcalla, Huexotzinco y 
Cholollan: era su objeto traer víctimas frescas para los dioses, 
razón por la cual se llamaba guerra sagrada, florida, contra los 
enemigos.de casa. La Teoyaomiqui completaba la dualidad en 
los dioses de la guerra; su oficio era recojer las almas de los muer- 
tos en las batallas religiosas, y las de los prisioneros sacrificados á 
los dioses. Principalmente en estos combates, el objeto de los 
guerreros consistía menos en dar muerte álos enemigos, que en 
cogerlos vivos para traerles como víctimas: á estas batallas se di- 
rigían los combatientes resueltos á morir, pues sólo con mucha 
victoria podían escapar con vida. "A ella dirigían sus votos y sa- 
crificios los señores y gente militar, no sólo en el templo donde 
se veneraba, sino dentro de sus propias casas; cuidando los pa- 
dres ó parientes de aquellos soldados, ya que estaban proi^tos á 
salir de ellas, de barrer y limpiar bien todas sus piezas, compo- 
nerlas y sahumarlas con el incienso sacro, que era del copal mis- 
mo que ofrecían en el templo, á cuya ceremonia daban el nombre 
de Tlachpahualiztli" (3) 

La Teoyaomiqui impera en la XV trecena del Tonalamatl» en 
compañía de Teoyaotlatohua Huitzilopochtli "No solamente 
veneraban en el templo, dice Gama, (4) este horrible simulacro, 

(1) Sahagnn, lib. I, cap. IL Torquemadft, lib. VI, cap. XXn. Olavigero, tom. I, 
pág. 236. 

(2) Torqaemada, lib. VI, oap. XVI. 
h) Gama; las dos piedras, pág. 36, § 22. Botorini, pág. 27. 
[4) Loco oit, pág. 42, § 26. 



131 

eomo un compendio de muchos dioses, sino que también le fin- 
gieron los astrólogos judiciarios constelación celeste que influía 
en los que nacían en la trecena que denominaba, que era la XV 
del TonalamatL En ello suponían dominio á estos dos compa- 
ñeros, no unidos como están aquí, ni con los ornamentos y divi- 
sas que se yen cubiertos, sino en otras figuras diferentes, menos 
deformes (como que los fingían ya separados de la tierra y colo- 
cados en el cielo) aimque siempre afeados con los atributos que 
les suponían. Allí aparece Teoyaotlatohua Huitzilopochtli con 
el rostro descubierto, y con la boca abierta en acción de que está 
hablando, con sólo medio cuerpo, y el resto en forma de una es- 
pecie de banco: tiene en la cabeza un penacho de plxñnas, y en 
el cerebro otro ^que forma la figura de un timbal, que también 
remata en plumas. Del mismo cerebro le bajan unos adornos que 
le cubren la espalda: sus brazos se asemejan á unos troncos con 
ramas, y de la cintura le nacen una^ yerbas, que parte de ellas 
cae sobre el banco. En frente de esta figura está Teoyaomiqui 
desnuda, y cubierta con sólo un cendal, parada sobre una basa 
ó porción de pilastra; la cabeza separada del cuerpo arriba del 
cuello, con los ojos vendados, y en su lugar dos víboras ó cule- 
Ixras, que nacen del mismo cuello. Entre estas dos figuras está 
un árbol de flores partido por medio, al cual se junta un maídero 
con varios atravesaños, y encima de él ima ave, cuya cabeza está 
también dividida del cuerpo. Se ve también otra cabeza de ave 
dentro de una jicara, otra de sierpe, una oUa con la boca para 
abajo saliendo de ella la materia que contenía dentro, cuya figu- 
ra parece ser la que usaban para representar el dgua; y final- 
mente, ocupan el resto del cuadro otros jeroglíficos y figuras 
diferentes." 

Miquiztli, muerte. Simbolizada en un cráneo, es el signo del 
sexto dia del mes y el quinto de los acompañados ó señores de 
la noche. En la religión guerrera de los mexicanos, no. podía fal- 
tar la deificación de la idea del término de la existencia. Oolo- 
cado entre los signos celestes, por él comenzaba la sexta trecena 
del TonalamatL Oon su numero de orden CemiquizÜi se le ado- 
raba por dios, en el templo llamado Tolnahuac, sacrificándole 
cautivos cada 260 dias. (1) 

(1) Tofqaemada, lib. Yin, cap. XYI. 



CAPÍTULO vn. 

Dioses menores.'^Templos.'-TeocaUi de ntUteílopachtU,---Ttompantli,^ Templo de 
QueUsalooatl,—TeoealU de Texcoco,— -Templo al dios incógrUto.—OuUo,— Oración. 
—Música, canto' y danea,— Ofrendas.— Copam.—ChapopoUi.'— Ayunos,— Peni- 
tencias. 

» 

LOS dioses mexicanos^ atento cada uno al desempeño de sus 
obligaciones, no tenían espacio para entregarse á pasatiem- 
pos: si 'menos poéticos, mucho más morales que las divinidades 
griegas, no se ocupaban en fraguar incestos, seducir á las libres 
y manchar el tálamo de las casadas. Los númenes aztecas care- 
cían de esposas; las diosas eran sólo sus companeras. Sin em- 
bargo, algunas deidades presidían al amor, aunque no con la 
repugnante desnudez de la Venus hermafrodita. Tlazolteotl, de 
tlazóUi, basura, era la diosa de los amores sucios, la Venus desho- 
nesta ó diosa de la carnalidad. Su segundo nombre era Ixcuina; 
ésta se componía de Tiacapan, la hermana primogénita, de la 
segunda Teicu, de la media Tlaco, y de la menor Xocotzin. El 
tercer nombre ó tercera personificación era el de Tlazolcuani, 
comedora de cosas sucias. (1) 

Tlazolteol era el sétimo de los señores 6 acompañados de la 
noche: reinaba en laXVllI trecena del Tonalamatl, en compañía 
de Piltzintecuhtli. 

Las diosas recibían en conjunto el apellido de Ixcuiname, con- 
cediéndoles el poder de despertar las malas pasiones; mas tenían 
poder para perdonar las faltas. Seguíase de aquí una verdadera' 

(1) Sahagun, lib. I, cap. XIL 



i 



133 

confesión auricular, parecida bajo muchos aspectos á la práctica 
cristiana. (1) 

Befiere la leyenda, que el penitente Yappan, aspirando á la 
perfección para alcanzar transformarse, abandonó á su esposa 
Tlahuitzin y á sus parientes, retiróse al yermo, y subido sobre 
la peña de la penitencia llamada Tehuehuetl, comenzó la vida 
perfecta. Observábanle los dioses; mas á £n de cuidarle de más 
cerca, pusiéronle por espía á Yaotl, enemigo. Yappan se mantuvo 
firme por mucho tiempo, rechazando la seducción de las mujeres 
enviadas para tentarle: los dioses se admiraban de tan grandes 
triunfos. Yaotl rabiaba de envidioso despecho. Tlazolteotl, que 
con aquello se tenía por desairada, hablando con las deidades les 
dijo: ^^o creáis, altos é inmortales dioses, que Yappan tenga he- 
^'róicos esfuerzos pa^a concluir su penitencia, y merecer de vues- 
'^a benignidad alguna de las trasmutaciones sublimes. Bajaré 
^o, y luego veréis como es frágil i^u propósito y fingida su conti- 
'•neiicia.'' Vino á la tierra, y acercándose al Tehuehuetl, dijo con 
tono meloso al penitente: ''Hermano Yappan, yo, la diosa Tla&ol- 
'^teotl, asombrada de tu constancia y apiadada de tus trabajos, 
"vengo á consolarte:" y añadió: "¿Qué camino tomaré ó por cuál 
"senda he de subir á hablarte?" ''Seas muy bien venida, contes* 
^ inmediatamente el anacoreta; aguárdate que bajaré por tL" 
Haciendo como dijo, bajó de la peña y con su preciosa compañera 
subió de nuevo: frágil como vidrio delgado, tapado con las vesti- 
duras de la diosa puso fin á su penitencia. 

Indignados los dioses se preparaban á castigar la profanación 
de la x^ña sagrada; Yaotl, arrebatado por su perversidad, se ade- 
lintóy sin tomar antes permiso, y subiendo al Tehuehuetl, des* 
pues de apostrofar á Yappan le cortó la cabeza: los dioses le 
transformaron en alacrán, sin cabeza, con los brazos tendidos co- 
mo para defendersCj ocultándose inmediatamente debajo de la 
piedra. Saliéndose todavía d^ su cometido, se apoderó de Tla- 
huitzin, la llevó al Tehuehuetl é igualmente le cortó la. cabeza: 
también fué convertida en alacrán, y fué á buscar á su esposo 
debajo de la peña. Desde entonces, los escorpiones cenicientos ó 
negros salieron de Yappan, mientras los encendidos ó rojos se 
produjeron de Tlahuitzin. Pero los dioses se irritaron contra el 

(1) Sahagun, üb. I, cap. til. 



L 



134 

atrevimiento de Yaotii y lo transformaron en la langosta ahítam- 
chapvUin, llamada de aquel tiempo Tzontecoma, carga cabeza. (1) 

Macnilxoohiqtietzalli, cinco flores de quetzal, 6 como quiere 
Boturini, la del abanico de cinco flores y plumas; diosa de los 
amores honestos. (2) Preside en la IV trecena junta con Macuil- 
xochitl. Gama confunde en una misma ambas deidades, que son 
diversas. 

Tlalteculitli, dios vengador del adulterio. Quienes morían por 
adúlteros eran llamados en general Tlazolteomiqui, muerto por 
Tlazolteotl; si hombre Tlazolteotlahpaliuhque, al que aplastan 
la cabeza con una losa por Tlazolteotl; si mujer TlazolteocihuaÜ, 
mujer Tlazolteotl, mujer liviana. Tlaltecutli reina en la XII tre- 
cena del Tonalamatl, en compañía de Teonexquimilli. 

Tezcatzoncatl era el dios de la embriaguez: llamábanle también 
Tequechmecamani, el ahorcador, y Teatlahuiani, el ahogador. 
Era hermano de Yiauhtecatl, Izquitecatl, Acoloa, Tlilhoa, Pan- 
tecatl, Tultecatl, Papasstac, Tlaltecaihuoa, Tepufetecatl, Ohimál- 
panecatl, Oolhuatzincatl, (3) nombres de bebidas fermentadas, 
cuyos elementos revelan ya el inventor, ya el lugar, ya la deno- 
minación de cada licor. En el segundo dia de la tercera trecena 
del Tonalamatl, caía el signo Ómetochtli, dos C(Hiejos, en el cual 
se hacía fiesta á los dioses del vino; de aquí que el dios se llama- 
ra igualmente Ómetochtli. Como la embriaguez influye dando 
muchas y diversas inclinaciones á los hombres, á cada nno dé 
estos estados decían, tener su conejo, y al resultado de cada nno, 
acon^m'se; de manera que los dioses del vino eran Centzontotoch- 
tíjkf cuatrocientos conejos, ó más bien, innumerables maneras de 
embriaguez. (4) Meichpochtli y Xochímeiohpochtli, protectoras 
de las borrachas. 

Omacatl ú Omeacatl; dos cañas, presidía á los convites, á las 
bodas y á los regocijos públicos. 8u estatua era llevada por loa 
sacerdotes á las casas de los particulares, y en su fiesta había 
tma comunión mística de masa de tzoaUi. (5) 

Tzi^otlatenan, natural de Tzapotla, é inventora del ungüento 

(1) Botoiini, idea de una nttevB hist, pág, G8-6. 

(2) Boturini, pág. 14. Glavigero, tom. I, pág. 287. 

(8) Sahagnn, lib. I, cap. XXn. Torqnexnada, lib. XVII, cap. XXIX. 

(4) Sahagun, lib. IV, cap. V y VL 

(5) Sahagun, lib. I, cap. XV. Torquemada, lib. VI,, cap. XXIX. 



135 

de resina llamado oxitl: festejábanla con sacrificios y cantares en 
su loor. (1) 

XipetoteCy desollado, ó Totee, era originario de Tzapotlan en 
Xalixco, 7 numen contra algunas enfermedades cutáneas; como 
la diosa anterior, presidía á la medicina. En su fiesta, llamada 
Tlacaxipeliualiztli, tenía lugar la bárbara costumbre de desollar 
á las víctimas.I(2) Según Torquemada, (3) Xippe y Toteo era 
dios de los plateros; le reverenciaban, porque tenían por averi- 
guado, que á los que no le hacían honra los afligía con enferme- 
dades de ojos, apostemas y sama. Xippe quiere decir, calvo 6 
atezado. En una tercera versión: ** TlazipehuaUzíli, símbolo del 
primer mes, quiere decir desoUamiento de gentes, porque en su pri- 
mer dia se desollaban unos hombres vivos dedicados al dios T(h 
tenCf esto es, dios señor nuestro, 6 al dios Oxipe, dios del deso- 
Uamiento, síncopa de Tloxipeuca, á qnien los plateros dedicaban 
los desollados, por haberles hurtado alhajas de oro y plata, 
ó pedrería, llevándolos antes á su templo arrastrados por los 
cabeUos." (4). 

Yiacatecuhtli, deidad de los mercaderes, tenía cinco herma- 
nos, 'Ghiconquiahuitl, Xomocuil, Nacxitl, Cochimetl y Tacapi- 
tzahnac, con ima hermana Chalmeoacihualt, (5) Yiacatecutl, el 
señcMT que guía, era honrado en dos fiestas solemnes durante los 
meees nono y décimo sétimo. Llamábasele por otro nombre 
Tacacoliuhqui (6) 

Amimitl, dios de Cuitlahuac, que así patrocinaba la pesca en 
el lago, como remediaba ciertas enfermedades de estómago. (7) 

Kappatocuhtli, cuatro veces señor, numen 'de los que labral^an 
esteras, petoüj asientos, iqpali^ y obras de juncia, tólcuextli; consi- 
derado como uno de los tlaloque, se le pedía agua y ióUinj tule. 
Se le llamaba Tepahpaca, Teaaltati, limpiar ó labar, porque sa- 
Ua perdonar las injurias que se le hacían; Quitzetzelobua, cerner 
6 esparcir, porque era liberal para conceder bienes, y también 



(l) fift>iftgnn, lib. I, cap. IX. Torquemada, lib. VI, cap. XXXI. 

C2) Sahagon, lib. I, cap. XVIIL 

(8) Monarq. .indiana, lib. VI, cap. XXIX. 

<4) Botoiini, pág. 51. 

(5) Sahagon, Hb. I, oap. XIX. 

(6) Torquemada, lib. VI, cap. XXVm. 

(7) Torquemada, loco cit. 



136 

en el mismo sentido Tlaitlaniniloni y Tlanenpopoloa, largo y libe- 
ral; Teatzelhuia^ el que rooía con agua, porque se compadecía 
de los infelices; Amotenencua, el que se muestra agradecido. (1) 

Los lapidarios ó artífices de labrar piedras preciosas contaban 
cuatro patronos; dos rarones» Chicuhnahuiitzcuintli, nueve pe- 
rros, y Nahualpili, señor hechicero, y dos hembraa|Macuilcalli 
cinco casas, y Centeotl que parece ser la misma diosa de las 
mieses. En el día señalado con el nombre nueve perros se hacía 
fiesta, matando cuatro esclavos, dos hombres y dos mujeres. (2) 

Opochtli, zurdo, inventor de las redes para pescar, de la espe-, 
cié de fisga de tres puntas llamada m^7nacacAa2Z^ conque se cojen 
las ranas, de los lazos para coger las aves y los remos para remar: 
pertenecía á la familia de los tlaloque, y los pescadores eran sus 
principales devotos. (3) 

Tepitoton ó Tepictoton, pequeñitos, dioses domésticos 6 lares, 
de los cuales seis debía de tener en su casa el rey, cuatro los 
nobles y dos los plebeyos; multitud de las mismas figurillas ha- 
bía derramadas por plazas, calles, campos y montes, como guar- 
dadores de todas las cosas. (4) 

Piltzintecutli, custodio y guardador de los niños nacidos en. 
matrimonio, principalmente de los nobles; pintábanle de poca 
edad y heriñoso; presidía en la YI trecena del TonalamatL 

Tohualtecutli, señor de la noche, á quien se le pedía diese 
sueño á los niñoB. Yohualticitl, madre general de los niños, dio- 
sa de las cunas, encargada de velar por sus hijos. (5) 

Ylamatecuhtli, señora anciana, protectora de los viejos. (6) 

Ahuilteotl, dios apocado por los vicios, del verbo ahuüíhui^ 
apocarse con los vicios. Numen de los ociosos, vagabundos y ju- 
glares, y gente baldía y despreciable. (7) 

Xóchitl, fior, nombre del vigésimo dia del me^ y tercero de 
los acompañados de la noche: bajo el signo Cexochül tenía lugar 
en el Tonalamatl, como símbolo de la |fiorescencia, con influjo 
sobre la suerte de los hombres. La misma idea, bajo el nombre 

(1) Sáhagun, lib. I, cap. XX. Torquemada, lib. VI, cap. XXX. 

(2) Torquemada, lib. VI, cap. XXX. 

(8) Sahagun, lib. I, cap. XVIL Torquemada, lib. VI, cap. XXX. 

(4) Torquemada, lib. VI, cap. XXXIV. 

(5) Torquemada, lib. XTTT, cap. XX. 

(6) Torquemada, lib, X, cap. XXIX. 

(7) Boturini, pág. 26. 



137 

Haooilxochitl, cinco flores, presidía en la cuarta trecena del To- 
nalamatL Dios ó diosa, pues siempre reina el sistema de duali- 
dad, era abc^ada particular de quienes moraban en las casas de 
los señores y en los palacios de los príncipes, (1) y también de 
la germinación de las flores: llamábanle también XocUpilli, el 
principal que da flores ó que tiene cargo de dar flores. Quetzal- 
maliny figura fantástica que domina en la novena trecena del 
Tonal amatl, significando la vegetación lozana ó el mayor creci- 
miento de las plantas. Xocbcua, come flores, adorado en el tem- 
pio dicho Netlatiloyan, compañero de Nanahtiatl, buba, (2) y 
destructor de las flores. Macuilmalinali y Topantlacaqui, eran 
también abogados de flores y plantas. (3) 

Quialiuitl, lluvia, nombre del décimo noveno dia del mes, no- 
'veno de los compañeros de la noche: deificada bajo el nombre de 
MacnilquiahuitL 

Cada uno de los signos que presidía á los 260 dias del Tona- 
kinatl, era una divinidad de mayor ó menor importancia; que 
influía buena ó malaventura, así sobre el nacimiento de las cria- 
turas, como sobre los acontecimientos diarios. Todavía se des- 
cendía á dar virtud á los animales para el aumento de la pesca 
7 de la caza, encontrándose figuras de divinidades en forma dé 
eoadrapedos, aves, peces y reptiles. (4) 

Faltan por enumerar algunas divinidades mexicanas, mas ya 
son de poco momento. En lo recopilado se advierte, que la reli- 
gión azteca no admite ser clarificada en ningún sistema puro. 
Aquel pueblo formó sus creencias á la manera que acrecentó su 
imperio: sin respeto á la lengua ni á las costumbres, puso bajo 
su jugo todas las naciones á su alcance; sin considerar si cua- 
draban ó no con sus doctrinas, admitió todos los sistemas de los 
pneblos vencidos, fortaando una mezcla confusa é incoherente. 
fia efecto, se ven unidos, un dios incorpóreo, invisible, creador 
7 sustentador del universo, con dos dioses al parecer increados, 
padres de una generación de divinidades; es decir,^la unidad, la 
dualidad, la pluralidad. En los dioses, el sexo se confunde hasta 
no saber á cual pertenecen. Desde las ideas más abstractas acer- 

(V) Sahagmi, lib. I, cap. XIV. 

(2) Torquemada, lib. Vm, cap. XTV. 

(3) Torquemada, lib. VIII, cap. XTV. 
C4) Torq^uemada, lib. VI, cap. XVI. 

18 



138 

ca de la divinidad, como en el Tloquenahuaque, se desciende 
hasta las concepciones más groseras en las ofrendas consecra- 
das á la materia animada é inanimada. Los númenes son ya po- 
derosos espíritus, hombres deificados, el pez 6 la rana, los astros, 
la fuente sabrosa y el monte sombrío. Ya un dios único preside 
sobre el mundo, ya se juzga indispensable que un numen dirija 
cada una de las ciencias, de las artes, de las ocupaciones déla 
vida, de las acciones en la existencia presente y futura. 

La religión propiamente mexicana, según ¿parece por la his- 
toria, consistía en una idea simple, la deificación de la guerra. 
De aquí el terrible Huitmlopochtli y sus cruentos hermanos, ex- 
presando cada uno las naturales variaciones de un hecho que 
debía ser firmemente puesto en práctica como culto, la víotíma. 
humana, la sangre del vencido. Como sólo guerreros y conquis- 
tadores, los méxica no eran filósofos ni pensadores. El cargo de 
pensar acerca de ciertas materias lo dejaban á las otras razas,y 
entre los tributos pagados por los pueblos sometidos, recibíu, 
sin examinarlas, las teogonias y las deducciones filosóficas. Al 
rededor del Tezahuitl Huitzilopochtli se formó un monatma 
Se reconocen los trozos despedazados de creencias muy diver^ 
sas, pertenecientes á pueblos antiguos y modernos, conocidos y 
desconocidos. Los habitantes primitivos de Teotihuacan ofrecen 
restos de una zoolatría salvage. Los toltecas dan ejemplo de un 
deísmo puro, transformado poco á poco en politeísmo. Las tó- 
bus que llegan del Norte trae cada una su divinidad, que cambia 
de nombres y de empleos, dando lugar á pluralidades más 6 mo- 
nos reconocibles. Los chichimeca se presentan como adoradores 
del sol y de los astros. En Yucatán se advierte el culto del fue- 
ga Sin acertar á darse cuenta de donde proceden, se encuentra 
un monogenismo puro, ya para expresar la regeneración del gé- 
nero humano después de ,los cuatro grandes cataclismos, ya pa- 
ra explicar la filiación de las razas. El culto de los cuatro ele- 
mentos, concebido como entre algunos pueblos del viejo mundo. 
La ofiolatría extendida por casi todo el continente. Mitos que 
no dejan duda acerca de su origen asiático. Y sobre todo esto la 
figura de Quetzalcoatl, de procedencia europea, introduciendo la 
adoración de la cruz, prácticas, doctrinas y principios incuestio- 
nablemente cristianos. 

Los principales dioses corresponden en el cielo á planetas. 



189 

aóisteliieiones ó idstrellas. En gran parte sus leyendas son astro- 
Ddmioas. El antagonismo de Qnetzalcoatl y de Tezcatlipoca, 
povonido en la tierra de diferencias religiosas, en la esfera se 
oontíerte en los movimientos simultáneos de Venus y de la lu- 
na, «as apariencias en la tarde y en la mañana. La TÍa láctea, el 
dRcnfpioD, la osa, las Pléyadas, tienen relación con las divinida- 
des. Fuera de las luchas astronómicas, viveí^ en perpetua paz; 
no tienen necesidad de alimento, ni les aquejan las pasiones y 
log sobresaltos de los mortales. Están conformes con las preces 
y los sacrificios. El Tlfiwatecolotl, buho persona, hombre buho, 
í^Ntfeoe como el genio del mal; pero aunque los escritores le han 
beoho sinónimo de diablo, no tiene el poder qne á éste se le su- 
pone, siendo únicamente un fantasma, que si hace males, puede 
alguna vez conceder bienes. Aunque se echa de monos esa dua- 
lidad común á muchas religiones antiguas, el hado ó sino se 
oaiiijSesta por signos prósperos ó nefastos, influyendo neces»^ 
ñámente en la suerte de los hombres. 

Las imágenes de los dioses son horribles. Careciendo en lo 
sbftoltrto de belleza artística, quedan aun más desfigurados por 
na simbolismo recargado y fantástico, añadiendo espanto á la 
baldad. Las estatuas demandaban miedo más que respeto. Las 
trinidades griegas dejan admirar á sus devotos sus formas co- 
nectas, que dan copioso asunto al pintor y al estatuario; las 
diosas muestran con impúdica tranquilidad sus gracias plásticas, 
jZ(Ao alguna de ellas mantiene como escondido su intacto pu- 
íor. En el panteón azteca, concebido por pueblos bárbaros pero 
motaÜzados, los dioses se mantienen en un casto decoro; ningún 
^oon anda descubierto, ninguna hembra enseña lo que no pet- 
ittHen las costumbres: tienen el sello que les pusieron imagina- 
ciones adustas, severas, atrasadas; fáltales el insolente descaro 
^ eso que absurdamente se llama refinamiento de civilización. 

Los edificios destinados al culto se llamaban Teocalli, de teotl, 
^ y oalli, casa, casa de dios, y Teopan, lugar de dios. Se les 
c&ecntraba profusamente derramados por los caminos, encruci- 
jadas, valles, montes, sembrados; en las poblaciones ocupaba el 
principal el centro, fuera de que cada barrio tenia el suyo, mul- 
^lidbdolos ademas la devoción por caUes y plazas. De mayor 
ó menor grandeza en proporciones y ornato, todos eran iguales 



140 

en forma y disposición: cada pueblo, según su importancia, se 
distinguía por el tamaño y número de sus templos. (1) 

Mencionaremos los principales teocalli, y de su descripción 
se sacará relatiyamente la de los demás. La ciudad de México, 
en tiempos sucesivos, había levantado el suntuoso templo de 
Huitzilopochtli. (2) La construcción se componía de muy diver- 
sas partes. Era una gran superficie, cercada con una pared de 
piedras labradas en forma de serpientes, entrelazadas las unas 
con las otras, llamada coatepantliy pared ó muro de culebras. El 
muro ofrecía cuatro puertas; salía la del O. á la actual calle de 
Tacuba, siguiendo la calzada de Tlacopan; la del N. correspon- 
día á la calzada de Tepeyacac; la del E. terminaba en la costa 
de la isla en donde estaba situada la ciudad, en el embarcadexo 
del lago, y la cuarta al S. para la calzada de Coyohuacan: calles 
y caminos estaban sacados en línea recta por una y dos leguas, 
con objeto de que los devotos pudieran descubrir el templo des- 
de lejos. 

En el centro de este cercado se alzaba el gran teocalli. Era 
una construcción maciza, rectangular, de cuatro á cinco metros 
de altura; sobre ella seguía otra semejante, mas no de las misnaas 
dimensiones, pues igualando con la anterior por una cara, por 
los otros lados disminuía en anchura, dejando un espacio ó pa- 
sadizo con el interior por el cual podían caminar tres ó cuatro 
hombres de frente; seguían del mismo modo los diferentes pisos» 
hasta el último que presentaba una superficie lisa é igual: el 
conjunto asumía la forma de una pirámide truncada. La carcb 
unida no era vertical, sino inclinada hacia la parte interior, y en. 
ella estaba construida la escalera, de un sólo tramo de alto á ba- 
jo, (3) con ciento y veinte escalones de un pió cada uno de altu- 

(1) ?. Mendieta, lib. 11, cap. VIL Torquemada, lib. VI, cap. IX. 

(2) LoB españoles llamaron á los teocalli, Cú en singular y Ctíes en plural; el pri. 
mero es voz de la lengua de las islas, el segundo de formación castellana. 

(3) Las dimensiones suministradas por los testigos de vista no van ooníormes; ea 
natural, no todos podían tener la misma práctica para tomar medidas á ojo. De aq^x^ 
resulta, que mientras Torquemada, lib. VIII, cap. XI, da á la cepa inferior la forzar 
cuadrada y trescientos setenta- pies de esquina á esquina, Tezozomoc, Crónica MI^u 
zicana, cap. 37, MS., acepta la figura de paraleldgramo, con 125 brazas por el lai^c 
mayor y 90 par el menor. La misma discordancia en la altura rertioali que segnn ^^l 
mismo Tezozomoc, cap. 50, subía á 160 estados. 



141 

iSi (1) Éstos eran de piedras labradas; el resto, reforzado con 
mamposteria, estaba encalado j bruñido, presentando una vista 
muy hermosa. 

La Buperñcie superior, propiamente el atrio, quedaba cercada 
ooB un pretil galano, labrado de piedras menudas negras, sobre 
campo blanco y colorado; encima unas almenas á manera de ca- 
racoles, 7 en los remates de los estribos dos figuras de piedra, 
sentadas, con unos candeleros en las manos rematando en unas 
como miangas de cruz, de plumas amarillas y verdes. Miraba la 
escalera al Oeste; á corta distancia de ella quedaba el teckcatl 6 
piedra del sacrificio, y en el lado opuesto, es decir, al E. veíanse 
las capillas de los dioses. Eran dos, cada una de tres cuerpos, 
el primero de mampostería, los otros dos de madera rematando 
en chapiteles curiosos: en la una se adoraba á Huitzilopochtli y 
en la otra á Tlaloc. Grande era la altura de estas capillas, au- 
mentando con mucho la general del edificio. 

Al pié de la escalera se encontraban los dos grandes braseros 
en que perpetuamente ardía el fuego sagrado. Todo el patio es- 
taba empedrado de grandes lozas, tan bruñidas que con frecuen- 
cia se deslizaban los pies. Quedando libre un espacio para las 
ceremonias y bailes religiosos, el resto del patio se veía ocupado 
por multitud de teocalli menores, estanques y fuentes para las 
abluciones, casas de penitencia, depósitos de las vestiduras y 
de los adornos de los dioses, habitaciones para los socerdotes, 
lugares para los diversos géneros de sacrificio, copiosos depósi- 
tos de armas, y en fin, cuanto era menester para las prácticas de 
aq[Qel complicado culto. Para formar idea aproximada de la ex- 
tensión del atrio superior, recordaremos que Cortés nos dice que 
iU se fortificaron quinientos nobles para defenderse; la parte 

' (1) (HATigero, tom. I, pág. 243, y en ello le sigue Prescott, niega que fuera una 
^Kalera sola, y afirma que eran tantas escaleras como pisos contaba el edificio. Por 
oís citas que en abono de su doctrina alegue, es absolutamente falsa. Cegado por 
d dibujo de fantasía que acompafia en Bamusio la Relación del conquistador anóni- 
100, fordd á BU sabor los textos de éste, de Cortés, de Bemál Díaz y de Sahagun, 
)m tmieB bien interpretadas dioen lo contrario á su prop<5sito. En el templo de Hui- 
Uopoditlila escalera era una sola. El P. Duran y Aoosta cuentan 120 escalones, 
^iétína ToBOzomoc, láp. 37, le supone 860. La repetida escalera, aunque una so- 
K tporeee dhridida de alto á bajo en las pinturas, en dos 6 tres secciones parale- 
hs, aUtlanda tres compartimientos, resultarían los 120 escalones completos, 6 360 
fnodones. 



i 



142 

(íescubierta del patio, donde fué la matanza ejecutada por Alva- 
rado, podía contener danzando en rueda al rededor del teocaUi, 
de ocho á diez mil personas. (1) 

No cuadrando á nuestro propósito hacer una minuciosa des- 
cripción de todo el edificio, preciso se hace detenemos ante dos 
objetos, que por su originalidad llaman la atención. El uno el 
Tzompantli, lugar destinado á conservar las cabezas de los pri- 
sioneros sacrificados. Según un testigo de vista: — "Estaban 
frontero de esta torre sesenta ó setenta vig3.s muy altas, hinca- 
das derivadas de la torre cuanto un tiro de balleta, puestas so- 
bre un treatro (sic) grande, hecho de cal e piedra, é por las gra- 
das del muchas cabezas de muertos pegadas con cal, é los dien- 
tes hacia fuera. Estaba de un cabo é de otro destas vigas dos 
torres hechas de cal é de cabezas de muertos, sin otra alguna 
piedra, é los dientes hacia fuera, en lo que se pudie aparecer, é 
las vigas apartadas una de otra poco menos que una vara de me- 
dir, é desde lo alto dellas fasta abajo puestos palos cuan espesos 
cabien, é en cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por 
las sienes en el dicho palo: é quien esto escribe, y un Gonzalo 
de Ymbría, contaron los palos que habie, é multiplicando á cinco 
cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, como di- 
cho he, hallamos haber ciento treinta y seis mil cabezas." (2) 
Después de sacrificado el prisionero, recogido el cadáver por el 
cautivador y comida la carne, la cabeza era entregada á loa sa- 
cerdotes, quienes horadándola por las sienes la colocaban en las 
varas del tzompantli; en su lugar permanecía, hasta que despe- 
dazada por la intemperie era sustituida con otra. Este de que 
acabamos de hablar era el mayor, pues consta de Sahagun que 
ahí mismo había otros menores: horribles osarios que dan tes- 
timonio de aquella desatinada religión. 

(1) En esta ligera descripción tomamos por principales guías, P. Duran, segamda 
parte, cap. H. MS. Acosta» lib. V, cap. XTU. Oodioe Bamirez, MS. Pueden consul- 
tarse para la multitud de pormenores que faltan, Cronquistador anónimo, Doonmen- 
tos de García Icazbalceta, tom. I, pág. 384. Motolinia, trat. I, cap. XIL P. Sahagun, 
tom. I, pág. 197 y sigui^itea. P. Mendieta, lib. 11, cap. VIL Torquemada» lib. 
VIII, cap. XI. Véase Clayigero, tom« I, pég. 240, para las dif erenoias que hemos 
acentado. 

(2) Belaoipn de Andrés de Tapia, Documentos para la Hisi da Mézioo por D. 
Joaquín García Icazbalceta, tom. n, pág. 583. P. Duran, sagondrparte, ci^ II, 
MS. Acosta, lib. V, cap. Xm. 



143 

£1 otro objeto era el templo de Quetzalcoatl, el único que por 
la forma se distinguía de los demás. Este descansaba sobre una 
sola cepa, á la cual se subía por gradas; había encima un edificio 
redondo cubierto con un chapitel curiosamente labrado; la puer- 
ta era estrecha y figuraba la boca abierta de una serpiente feroz, 
con sus ojos, dientes y colmillos, poniendo espanto en el cora- 
son de quienes se acercaban. (1) Hasta en su santuario se diíe- 
renciaba Quetzalcoatl de las otras divinidades. ^ 

En este gran Panteón estaban encerrados, no solo los núme- 
nes nacionales, más también todos los de los pueblos conquista- 
dos. Cada uno tenía su templo, sus sacerdotes y guardadores, 
su culto partit!ular. Pasaban de cinco mil las personas aposen- 
tadas por el patio, entre ministros, servidores, mancebos y mu- 
jeres consagradas á las diversas faenas. En cada altar se encen- 
día fuego, así que por la noche la iluminación presentaba un as- 
pecto sorprendente. Beinaban el aseo y la compostura por to- 
das partes, cada objeto parecía nuevo, y su magnífico conjunto 
logró cautivar la admiración de los conquistadores. 

Bíval de este templo era el de Texcoco: copiamos de un origi- 
nal poco conocido la descripción, con su ingenuo lenguaje. — "El 
templo principal de estos ídolos HuitzilopochtU y Tlaloc, estaba 
edificado en medio de la ciudad, cuadrado y macizó como terra- 
pleno de barro y piedra, y solamente las haces de cal y canto. 
Tenía en cada cuadro ochenta brazas largas y de alto veinte y 
siete; tenía ciento y sesenta escalones á la parte de poniente por 
donde á él se subía. Comenzaba su edificio desde sus cimientos, 
de tal forma que como iba subiendo se iba disminuyendo y es- 
trechando de todas partes en forma piramidal, y de trecho á tre- 
clio hacía un descanso como poyo al rededor de todo él, como 
camino de un estado en medio de las gradas que subía de abajo 
arriba hasta la cumbre, que era como división para hacer dos 
subidas qxi# entrambas iban á parar en un patio, que en lo más 
alto de él se hacía, en donde había dos aposentos grandes, el uno 
inayor que el otro; en el mayor que estaba á la parte del sur, es- 
taba el ídolo HuitzilopochtU, y en el otro que era el menor, que 
cataba á la parte del norte, estaba el ídolo Tlaloc, que ellos y 
los aposentos miraban á la parte de poniente, y por delante el 

(1) Torquemada, lib. vm, cap. XL Motolinia, trat. 1, cap. XU. 



[ 



144 

patio que se ha dicho, prolongado de norte á sur, muy llano y 
lucido, y tan capaz que cabían en él sin pesadumbre quinientos 
hombres, y al un lado de él hacia la puerta del aposento mayor 
de Huitzilopochtli, una piedra levantada de una vara en alto» 
con lo alto de ella al talle de un cofre tumbado que llamaban 
techcatl donde sacrificaban los indios. Estos ídolos estaban sen- 
tados, sijj. embargo que se han puesto parados, porque se ha he- 
cho por dar mejor á entender su forma, talle y compostura. Te- 
nía cada aposento de estos tres sobrados, que se mandaban por 
de dentro de uno en otro, con una escalera de madera movediza. 
Teníanlos llenos de munición de todo género de aianas, especial- 
mente de macanas, rodelas, arcos y flechas, lanzas y guijarros, 
y todo género de vestimentas y arreos de guerra. (1) 

Nezahualcoyotl, el rey filósofo y poeta, había mandado cons- 
truir en Texcoco un templo al dios increado y desconocido. Se- 
gún el historiador de aquel príncipe: — "En recompensa de tan 
grandes mercedes que había el rey recibido del dios incógnito y 
criador de todas las cosas, le edificó un templo muy suntuoso, 
frontero y opuesto al templo mayor de Huitzilopochtli, el cual 
fuera de tener cuatro descansos el Cu, y fundamento de una to- 
rre altísima que estaba edificada sobre él con nueve sobrados, 
que significaban nueve ciclos, el décimo que servía de remate de 
los otros nueve sobrados, era por la parte de afuera matizado de 
negro y estrellado; por la parte interior estaba todo engastado 
de oro, pedrería y plumas preciosas, colocándolo al dios referido 
y no conocido ni visto hasta entonces, sin ninguna estatua ni 
forma su figura. El chapitel referido casi remataba en tres pun- 
tas, y en el noveno sobrado estaba un instrumento que llamaban. 
Chilititliy de donde tomó el nombre este templo y torre, y en él 
así mismo otros instrumentos musicales como eran las cornetas, 
flautas, caracoles y un artesón de metal que Uan^ban tetzüa'- 
catl, que servía de campana, que con un martillo asimismo de 
metal le tañían, y tenía casi el mismo tañido de una campana; y 
uno á manera de atambor, que es el instrumento con que hacen 
las danzas, muy grande; este, los demás, y en especial el llamado 
CMlüüU, se tocaban cuatro veces cada dia natural, que era á las 
horas que atrás queda referido que el rey oraba" (2) Por lafor- 

(1) Belaoion de la ciudad de Texcoco por Juan Bautista Pomar. MS. 

(2) IxÜilxochitl, Hist. chichimeca, cap. 45. MS. 



146 

Bft este templo %parece muy partícolar; la especie de campana 
laooficda osos asiáticos ó oristiaiios, y por la aplicación resulta 
ser el nnico consagrado á una idea filosófica de la Divinidad. 

£!li otro Ingar dimos noticia de las pirámides de Teotihnacan 
y de Cholollan, que si bien estaban aproyechadas como templos, 
eoResponden á los tiempos antehistóricos: estas obras son las 
mayores de sa gánero, dqando muy atrás por sus dimensiones á 
los ieooaUi de Mózico y de Texcoco. El número de los edificios 
idigíoflos no puede ser fgado ni aun de una manera aproximada; 
oatre gcandeSy medianos y pequeños; en las ciudades, en las 11a- 
fiums, en los ssontes, la superstición los había multiplicado de 
ana manera prodigiosai^ 

Pasando al culto, llama la atenoion el gran número de festivi- 
iíáibB prenrenidas por el riiaiaL En cada uno de los diez y ocho 
oeaea se hacía solemne fiesta á la divinidad que en él presidía; 
aofanuoiBábase el signo de cada uno de los dias con que comen- 
lita iirecenas; muchas lechas del Tonalimiatl pedían vícti- 
j preces; cada iconocimiento humano, eada una de las accio- 
nas subeidianaa tenían su patrón pariáeular; se acudía á los nú- 
avies para pedirles su auxilio en la guerra, su defensa contra la 
paite^ 0U liberalidad en el hambre; las estaciones, los fenómenos 
fflfitoorológicos, los acaecimientos astronómicos, pedían sacrifi- 
cios; loa aoosatecimientos públicos faustos 6 adversos traían ac- 
éoü de gracias ú ofrendas piura aplacar á las divinidades, y las 
fiirtae ¿jas y movibles, y las que inventaba la devoción particu- 
lir, Itf^eáan contínua 6 interminable la asistencia á los templos. 
(1) XiOB méxicA pifiaban m tiempo combatiendo ú orando. 

La mi^or reverencia ó acatamiento á los dioses consistía en 
bdinaor el cuerpo, tocar la tierra oon el dedo mayor de la mano 
[dvedha y llevar el polvo á la boca; la misma ceremonia se prac- 
tíodba delaaite de persoaias de alta consideración. Era descono- 
cido el ponerse de rodilas; delante de los númenes permanecían 
Gi endillaSf eoBservando esta postura anie los superiores, en 
las cpiíversacifiAes y en los actos de la vida doméstica. (2) En la 
o^Moa pedian el remedio de sus necesidades; probable es que 
en el ritual estuvieran determinadas, ó la costumbre tuviera ad- 
vitidas algunas preces, que en ciertos casos se repitieran de 

(1) Oiunplidft idea de ello da el P. Sahagon, tom. I, p^. 50, 228. 
(8) P. Mendieta, Hb. II, cap. XI. 

19 



146 

memoria; así lo dejan entender al menos las copservadas por los 
autores. (1) Aquel pueblo ceremonioso, que para cada aconteci- 
miento guardaba preparada una arenga, no debía mostrarse cor- 
to en lo tocante á la religión. 

La música, el canto y la danza formaban parte del culta Vi- 
mos que el sol dio .á los devotos de Tezcatlipoca el gran tambor 
llamado huehueü y el instrumento de madera nombrado ¿epofuzz- 
Üi; (2) tocados por medio de baquetas, eran propios {Hira mar- 
car el compás en el canto y en el baile: añadíanse alguna Tezlos 
pitos y los caracoles. Los cantares eran á honra de los dioses; 
como en las oraciones, se loaban las virtudes del numen, ó se 
pedía remedio para las necesidades . publicas ó privadas. Los 
cantares en el mes Tecuilliuitontli eran de amores, duloes histo- 
rias, riesgos en cazas y monterías, hazañas de los hombres y su- 
cesos notables; (3) si para éstos eran alegres, tomábanse en tristes 
y melancólicos en las exequias de los difuntos y en las memorias 
de los muertos. Las danzas religiosas casi siempre eran simbó- 
licas, y las había dedicadas á ciertas deidades; bailaba en oca- 
siones paHioulares «1' rey, y según los casos rituales los sacer- 
dotes, los guerreros, Jos mancebos, las mujeiies y las doncellas 
consagradas á los templos, bien una sola clase, bien mezclados 
según lo pedido por hi costumbre. 

El huehuetl se compone de un armazón cilindrico de madera de 
unos dos pies de diámetro y cinco de alto; la cara inferior, libre, 
tiene tres ó cuatro varillas gruesas, de poca altura, que le sirven 
para sustentarse; en la cara superior lleva tirante una piel cur- 
tida de venado: según el parche está más ó monos tirante produ- 
ce el son más ó menos grave. Tocábase hiriendo sobre la piel con 
los dedos ó las manos, ó bien con dos gruesos bolillos, cnyo ex- 
tremo estaba cubierto con una pelota de aHi: oyénse desde bieo 
lójos los roncos y lúgubres sonidos de este tambor. El ¿eponoxfli 
es también un cilindro hueco de madera, que en la parte oon^ 
vexa ofrece una ranura, que en unión de otras cuatro, d^an li 
bres dos lengüetas, separadas por tres de los lados; frojxtera uní 
de otra, sobre ellas se hiere con bolillos, produciendo dos torvos 

. (1) P. Sah^gon Hb. ti. 

(2) Torquemada, lib. VI, cap. XLTTT. 
(.S) Torquemada, lib. X, cap. XXXTV. 



\ 



147 

diferentes^ algo mates y siempre lúgubres. Los pitos y flaatillas 
arrojan silvos agudísimos; los caracoles y bocinas dan sonidos 
graves. (1) Los mexicanos no eran músicos. El cauto se resentía 
de monótono; sabían cambiar de compases avivando y dando ma- 
yor vida á la entonación, mas no pasaban de ciertos ritmos muy 
maroados. 

Mudio caso hacían del baile y del canto, por lo cual^los reyes 
y señores mantenían maestros, que fuera de saber lo admitido ya 
para los dioses y las festividades, pudieran componer cantares y 
danzas en los nuevos acontecimientos. En las reuniones particu- 
lares eran pocos los danzantes, aumentando según las circuns- 
tancias, creciendo el número hasta millares en las fiestas sol^n- 
neB y públicas. Los bailarines, cuando pocos, se colocaban en 
dos filas, que aflelantaban haciendo sus pasos en hilera, ó bien 
pfuestos rostro á rostro se mezclaban y confundían. Si eran mu- 
dios, la música, colocada sobre esteras finas, ocupaba el centro, 
laiáitras ellos formaban alrededor círculos concéntricos, más y 
wÁA ámpHos á medida que de la música se alejaban. Junto al 
centaro estaban dos 6 cuatro personas, los corifeos del baile; los 
dansantes quedaban ccdocados de manera que formaban como 
radios de los círculos, pues cada uno tenía por pareja, ya á la 
persona de los lados, y a á la de adelante, ya á la de atrás. Dada la 
señal se comenzaba con un compás lento; consistía la destreza en 
que la música, el canto y la danza, llevaran un perfecto acorde; 
hs Toces no se desentonaban, cada danzante alzaba, como impul- 
sado por un resorte, la misma mano, bajaba el mismo brazo, mo- 
ifa el mismo pié. Como era natural, los del primer círculo, se 
meneaban con cierta lentitud; mas á medida que se alejaban de} 
centro, como en el mismo tiempo tenían que recorrer mayor cir- 
eunferencia, la velocidad iba siendo más y más grande. Acabada 
jBOOk estrofa y repetida, mudábase el compás en más vivo sucesi- 
vunente, hasta que los últimos danzantes debieran tomar una 
ni|Bdez vertiginosa. Entre las circunferencias había pequeños 
ú£m» siguiendo la danza, y truhanes ó chócarreros bajo disfraces 
ñiUes, diciendo dichos agudos ó picantes, para regocijar á los 
espectadores. Estos espectáculos coreográficos duraban por mu- 
chas horas; los danzantes fatigados eran sustituidos por otros, 

• 

(1) Torqoemada, lib. XIV, oap. XL 



148 

cuadrillas eBteras tomaban el lugar de las que se retiraban á co- 
jaoier ó refresoar. Aoudían eon sus mejores trajes, adornos y joyas; 
Henean en las manos plumajes vistosos, flores y ramilletes, y i 
veces se coronaban con guirnaldas. Era espectáculo digno de 
admirad on. (1) 

En las festividades, y principalmente en la de las flores, ios 
azteca usaban adornar profusamente los templos derramas y de 
rosas; escogían las yerbas aromáticcks. Entre las flores era sim- 
bóUca el oooooooktUy que *'es de olor muy suave y fragante, como 
-el de ^1 albahaca y mejorana,'' y entre las plantas las ramas y 
las hojas del tzapotL El (Mii^qui -por otro nombre oocixikuül, yer- 
ba de culebras, la tomaban los sacerdotes para entrar en cierto 
estado de visión y recibir respuesta á sus dudas. (2) 

Ofrendaban plumas finas para el adorno de lo^ altares y de lo8 
dioses; las víctimas eran adornadas con plumas según lo reque- 
ría jel rito, y las blancas de gallina se tenían por simbólicas. 
Psábaae el pi^l, amaü, en el adorno de los prisioneros, así 'co- 
mo en multitud de ministerios del culto. Pedían los ritos el oxiÜ, 
^^uujgaento de trementina," y el ocotzcü, '^resinade pino ó i^emen- 
tina," (3) para pegar las plumas á la cabeza ó nngir ciertas par- 
tes del cuerpa El cMn 6 yRin, (hule, goma elástica) era simbólico 
chon*eado sobre los papeles, ó en marcas en los carrillos y sienes 
de las víctimas, y aun de los dioses. 

Se hacía general ofrenda de los frutos de la tierra; mas las se- 
millas místicas eran dos principalmente, la chicun y el JmavMlL 

El copcUR servía-de isahumerio paraJas personas de distinción, 
y ,de incienso para los dioses. "GopaUi, dice el P. MotoUna, (4) 
.es género de incienso que corre de un árbol, el cual en cierto 
tiempo del año punzan para que salga y corra aquel licor, y po- 
nen debajo 4$ en el mismo árbol atadas unas pencas de maguey. . . 
y allí caen y se cuajan unos panes de la maixera de la jibia de loi 
plateros; hácese dejeste copalli revuelto con aceite muy bnens 

toeoaetttina Algunos dicen que este copalli es mirra probatí 

iñma." Sacadas por sajamiento ó producidas naturalmente, varias 
plantas producían resinasque daban humos odoríferos, conocida! 

(1) Torqnemada, Jib. XIV, cap. XL 

(2) Yetancourt, Teatro Mexicano, P. 1. T. 2. niím. 210. 

(3) Vocabulario de Molina. 

' (4) Histt de lo0 indios, trat. I, cap. VII. 



149 

por loB mexicanod bajo el nombre genérico de copallL Tales e^an 
el Copalcuahuitl, árbol de copal, que nace en tierras calientes de 
GnemaTaca, Copalla y Michoacan; el Copálctuihuiél paüahuac, que 
da la resina blanca j es parecida á lo qne llaman los españoles 
zomaqae; el 'TepecopalUy copal de cerro, destila el incienso Uama^ 
do de Jadea^ abundante en Filipnas y dicho en España anime 
de las indias; el XochicopaJUi copal de rosas ó florido, abundante 
en Colima y Michoacan á donde lo llaman xafrafiacaua^ el Oo- 
pídcuaúhsciotl, copal del árbol leproso, con una variedad; el Cui- 
tlacopaUiy excremento de copal, producto del Xiocuahuitl ó palo 
leproso; Tzinacancuitlacopcdli, copal de estiércol de murciélago; 
GopáBi de Tototepec; el Tecopcdctuúimtt pitíMhuac^ ypot áltimo el 
TeocopalU 6 copal de los dioses. (1) 

En la fiesta que en el mes Toxcatl se hacía á honra de Huitzi-^ 
lopochtli^ llamada del incienso de Huitzálopochtli, en lugaaí de 
copalli se quemaba chapopotU (2) (chapopote, a^aUo). *fBl cha- 
popotli, que llaman los españoles betún inxUco, y por otro nom- 
bre chicle (tzicle) prieto, sale (íe unos manantiales de la costa de 
Panuco^ y Hquido entra en la mar del 17orte, y cuájase en pedeí^ 
zosy el negro que tira á rubio la resaca lo echa á las orillas, vén* 
deae en los mercados, y lo compran las mujeres para mascar, 
lunpia y conforta los dientes, su olor es tan agudo y fétido como 
el de la ruda." (3) 

El ayono era práctica general; consistía en hacer únicameiit^ 
ima comida ligera durante el dia, y á veces otra en la noche. Se** 
gHB la solemnidad, el pueblo entero, contados aun los niños, 
ftfenaba por espacio de dos, cuatro, cinco y diez días, y en esos 
tienkpos loa casados se abstenían de sus esposas. Los sacerdotes 
dsban el ejemplo en la austeridad de sus cuaifesmas de veinte 
7 de cuarenta dias, contándose una de ochenta días* muy traba- 

josa. (4) 

Diaüngoíanse las penitencias por doloYósas y cruentas. Según 
la deWcion ó las prescriípoiones del rito sacábanse saiigre, pi- 

(1> Vetaiificmzt, P. 1« T. 2, wím. 173-77. De la nstiffaldKa y tirtodes de ha fUtat- 
ttft por A. Fnnoísco yJTntfnez, cap. I á VII| Hb. I, seg. part. — Copal, per D. 1^0^ 
Davdo Oliva. La Katoraleza, tom. I, pág. 87. 

(S) Torqaemada, lib. X, oap. XVI. 

(3) Vetanoonii, P. 1. T. 2, mím. ISS. 

<4) Mendieta, Ub. n, eap. XYIL 



150 

candóse y horadándose con tina espina de maguey las piernas, en 
espinillas y muslos, los molledos de los brazos, los pechos y las 
orejas; las espinas teñidas en sangre ofrecíanlas á los pies de los 
númenes, ó las quemaban en su loor. Horadábanse las orejas por 
el cartflago, y sacaban por el horado pajas ó cañas de mayor 6 
menor tamaño, en más ó menos número, ofreciéndolas en mano- 
jos sangrientos como pruebas de su piedad. Oon una navaja de 
obsidiana sajábanse la lengua, y por la herida sacaban sucesiva- 
mente aquellas cañas ásperas, causándose un dolor insoporta* 
ble. (1) Muestra de tan atroz procedimiento ofrece la lám. 83 del 
Oódice Telleriano Bemense. 

En Tehuacan había de continuo cuatro sacerdotes mancebos 
llamados Monáuhxiuhzauhqíiey ayunadores de cuatro años. Por 
vestido llevaban en todo tiempouna manta delgada y un maxtiaü, 
y sólo lo renovaban de año en año; su cama era el suelo desnudo 
y por cabecera una piedra; ayunaban diariamente, tomando por 
alimento una sola vez al dia una única tortilla del peso de unas 
dos onzas y una escudilla de atoUi; sólo de veinte en veinte dias, 
en las fiestas solemnes de los meses, podían comer lo que tenían. 
Ocupábanse en orar y alabar á los dioses; dos velaban una no* 
che sin dormir sueño, y los otros dos la noche siguiente, de ma- 
nera que no tomaban descanso mas de cada cuarenta y ocho 
horas; cantaban continuamente, sacábanse sangre del cuerpo, 
ofrecían incienso cuatro veces durante la oscuridad, y de veinte 
en veinte dias se sacaban por un agujero practicado en lo alto de 
las orejas hasta sesenta cañas gruesas, que ensangrentadas depo- 
sitaban á los pies del ídolo, para quemarlas al fin de la penitencia. 
Doraba ésta cuatro años. Si alguno moría era inmediatamente 
reemplazado, si bien su muerte se tenía por mal agüero, como 
presagio de gran mortandad en el común y de la pérdida de se- 
ñores y principales. (2) 

Los sacerdotes de Tlaxcalla celebraban á su dios Oamaxtli una 
fiesta de cuatro en cuatro años, llamada Teoxihuitl, año divina 
Preparábanse con exquisitas ceremonias; carpinteros que habían 
orado y ayunado labraban unos palos gruesos como el dedo pul- 
gar ó índice, y como entrambos unidos, y largos hasta de una 

(1) P. Sahagon, tom. I, pág. 218.— líendieta, Ub. U» cap. XV. 

(2) Hotolina, trai I, cap. IX.— Mendieta, lib. II, eap. XVm. 



151 

bnza; sacábanse con lad mismas disposiciones navajas de itzUif 
obsidiana, y el AcJieauMi ó jefe de los sacerdotes exhortaba á sus 
subordinados á la penitencia. Previo ir hasta la cumbre de la 
montaña Matlalcueye á ofrecer piedras preciosas al numen, co- 
menzaba el ayuno y la penitencia dé ciento sesenta dias. Después 
de los cantos rituales, un maestro tomaba las navajas preparadas 
7 abría en la lengua de cada uno competente herida; dando ejem- 
plo el Acheauhtli se pasaba por el horado cuatrocientos cinco 
pilos de los benditos, los más gruesos y laicos: á imitación suya 
los más fuertes se sacaban igual humero, los menos animosos só- 
Ip doscientos, y acabada la operación se ponían de nuevo á can- 
tar, esforzándose en medio de sus agudos dolores porque la voz 
no desmayara. Seguíase un ayuno rigoroso de ochenta dias, re- 
]ntíendo de veinte en veinte dias la operación de los palos saca- 
dos á través de^la lengua: terminado el plazo ponían al público 
im ramo verde y los leños de la penitencia, señal de que él pueblo, 
nobleza y principales debían ayunar los ochenta dias siguientes, 
p»&>do en que proseguían las austeridades de los sacerdotes 
basta completar las dentó sesenta. Durante el ayuno del común 
no había de faltar fuego encendido, de dia ni de noche, en la ca- 
sa de los principales; y si acontecía que se apagase, el dueño de 
la eftsa mataba un esclavo y echaba la sangre en el brasero ú 
Imgar en qñe el fuego había muerto. (1) 

Los de CholoUan celebraban á Quetzalcoatl en una fiesta de 
turiaro en cuatro años. £1 Acheauhtli, que así se llamaba tam- 
bieo el principal sacerdote de aquel lugar, ayunaba rigorosamente 
CQsbo días antes; reuníanse luego los sacerdotes, cada uno de loa 
nales recibía un incensario, tlemaiüf (2) incienso, puntas de ma-^ 
goey y üzne; bajábanse á los aposentos del patio fronteros al 
templo, y sentados junto á los muros permanecían quietos, sin 
BaUr á obra cosa que á sus necesidades. Por sesenta dias segui- 
^ sólo tomaban una cortísima ración de tortillas y agua; dor- 
Biisn una» dos horas á la prima noche y otra hora á la puesta 

(1) Uotúliiia, trttt I, oap. X. Hendiéta; lib. II, oap. XVII. 

(S) Tbmaül, de tktl, fuego, j maití, mano: ''eran unas caoharaa grandes agajera- 
"dag, Denas de brasas, y los astiles largos, delgados, rollizos y huecos, y tenían 
"«Big «majas dentro, y el remate era una cabeza de culebra." Sahagun, tom. I, pi- 
Siaa 177, y en otros lugares. Algunas veces moTían los mangos para que sonaran las 
^^i^^üifoeadUU, ooma'preTenoion del rito. 



L 



1 



152 

del sol» gastando el tiempo en orar, incensar y sacarse sangre de 
las orejas. Si alguien se dormía, arrojábanse sobre él, le rompían 
el incensario, tiraban sos ropas & las letrinas, y punzándole cruel- 
mente las orejas le echaban la sangre sobre la cabeza afrentán- 
dole como indigno de servir á los dioses. Los veinte dias siguien- 
tes la penitencia era menos cruenta, el sueño algo mayor, hasta 
que llegada la fiesta cesaba el padecer. (1) 

Los sacerdotes mexicanos se sacaban sangre de las espiniUas 
de las piernas, y las cañas ó espinas ensangrentadas iban á po- 
nerlas en las montañas y en la» cuevas, sobre un lecho de hojas 
saliendo desnudos y de noche. Los hombres en general hacían 
ostentación de la sangre que se -sacaban de las orejas, poniiándose 
una raya de la ceja á la quijada; las mujeres se untaban el rojo 
licor al rededor del rostro. ''Las mujeres tenían devoción tam- 
bién de ofrecer esta sangre por espacio de ochenta dicbs, cortá- 
banse de tres en tres dias, ó de cuatro en cuatro dias todo ese 
tiempo. (2) En ciertas ocasiones no escapaban de estas prácticas 
doloroaas ni aun los niños de más corta edad., Aquella supersti- 
ción conducía á actos terribles de barbarie. Algunos hombres se 
horadaban la piel del genital sacándose por el horado veinte ó 
cuarenta brazas de cordel; (3) en ocasiones se reunían vaados 
hombres, y simultáneamente iban tirando del cordel El derra- 
mamiento de sangre y la crueldad de los martirios presidían en 
estas prácticas salvajes. 

Tras aquellos sufrimientos seguían casi siempre los placeres 
de la mesa, como una especie de indemnización; gteaa cantidad 
de comida y la bebida del pulque les daban fuerzas para seguir 
maltratándose el cuerpo. Por eso entre las oblaciones se tenia 
por una de las más aceptas, ofrecer en los templos platos de 
viandas condimentadas; los dioses se contentaban con el doi?, y 
los sacerdotes devoraban las sustancias en nombre de los núme- 
nes inmortales. 



(1) Motolima, tamt I, oftp. XI.— MendieCa, lib. II, oap. XVIIL 

(2) Sahagon, tom. I^ pág. 214. 

(8) Mendieta, lib. IL oap. XY. MotoUnia, ttat I, eap. IX. 



CAPÍTULO vm. 

• 

Saerifidos — Tet^ieatLSacriJUsio ordinafrío.—Otra elote de aaeríficCoe.^De niños,^ 
tlacaaipehuaUetU,^TenuaamU,-— Cv^ EuihpilU CuauhUeehuaU ó voéó 

del 9oL — TeomomkxieaUi, — Imptetion de la mano ctbierta.-^CuauhxicaUi de Titoc, 

LA parte capital del culto azteca eran lo¿ sacrificios. Las co- 
dornices, langostas, mariposas y culebras apostaron con los 
dioses en Teotihuacan por donde saldría el sol, y habiendo per- 
dido fueron condenadas á ser sacrificadas. (1) Las codornices, 
entre los animales, hacían papel principaL Los sacerdotes re<»- 
bíiu al sol á su salida con música y alabanzas; cada uno de ellos 
«raneaba la cabeza á una codorniz, mostrándola sangrienta al 
astro en señal de holocausto. Las aves muertas servían de pasto 
i los ministros. (2) En la fiesta de Tezoatlipoca, el rey arranca- 
ba la dabeza á cuatro codornices, tirándolas á los pies del dioS; 
ea^egnida los sacerdotes practicaban el mismo sacrificio, y lue^ 
S^ todo el pueblo; el gran numero de aves muertas era recogi- 
do por los criados del rey, quienes cocían ó asaban una parte 
para la comida del señor y de los ministros, salando el resto 
pira que se conservara como cosa sagrada. (3) Huitzilopochtli 
tenía también consagrados como víctimas, codornices y gavila- 
nes. Se ofrecían á Mixcoatl conejos, venados y coyotes. A diver- 
sas divinidades toda clase de animales, así bravos como domes- 
ticos, sin olvidar los peces y vivientes acuáticos. (4) Según una 

(1) Torquemada, lib. VI, cap. XLII. 

(2) Torquemada, lib. IX, cap. XXXIV. 

(3) Torqaemada, Hb. X, cap. XVL 
'^4) Torqnemada, lib. VI, cap. VI. 

20 






154 

respetable opinión, — "Las aves que á sns dioses ofrecían, pocos 
las comían, antes las echaban á maL" (1) 

En materia de sacrificios, como en todo su sistema religioso^ 
los aztecas reunían lo practicado por los diversos pueblos. A la 
simple ofrenda de las flores y de los frutos hecha á Ooatlicue j 
á Centeotl, restos de !os cultos primitivos, juntaban como vícti- 
mas, ya la codorniz de origen chichimeca, ya los otros animales 
reminiscencias de los habitantes del antiguo Teotihuacan. Para 
colmo de monstruosidad presentaban también la víctima huma- 
na. La historia declara á los méxica culpables de este invento. 
En efecto, la mención auténtica que hemos encontrado en las 
pinturas de esta práctica feroz, corresponde á la primera parte 
de la peregrinación de la tribu. ¿Fueron ellos los verdaderos in- 
ventores del crimen, ó lo imitaron de pueblo más antiguo? Nada 
podemos asegurar con absoluta certeza. El instinto homicida, 
que en más de una vez dejaron traslucir en las mansiones de &u 
viaje, fué parte para qne las tribus les arrojaran de sus pobla- 
ciones y les persiguieran por la guerra; el sacrificio de los i)ri- 
sioneros chalqueses y el de la hija del señor de Oolhuacan, de- 
terminaron su salida fuera del valle y su ausencia por muchos 
años^ Fundada la ciudad de México, la sangre de un prisionero 
colhua sirvió para inaugurar el humilde momoztli de Huitzilo^ 
pochtli. En los años de esclavitud y de desdicha, el dios hubo de 
contentarse con alguna víctima furtivamente tomada en la tie^n 
firme; mas cuando la tribu rompió el yugo y se hizo poderosa» la 
religión secundada por la venganza enconfa'ó amplia cosecha en 
los prisioneros enemigos. Hecho público aquel rito, introducido 
á fuerza de armas en todos los pueblos sojuzgados, el número de 
las víctimas aumentó proporcionahnente al poderío del imperio. 
Gústase la sangre y es bebida embriagante; el colmo del frenesí 
subió, en la dedicación del templo mayor, reinando AhnitzotL 
Llegada la idea á su punto culminante, había esperanzas al mé- 
nos de qne iría' disminuyendo en intensidad. 

De dos clases salían víctimas humanas, de los esclavos y de 
los prisioneros de guerra. Los esclavos que por tres ó cuatro ve- 
ces habían mudado de amo, á causa de haber huido ó de su gé^ 
nio intolerable, eran vendidos para el sacrificio: (2) los donaban 

(1) Hendieta, Hb. H, oap..Xy. 

(2) Torqnemada, lib. XTV, cap. XVII. 



155 

i los templos SQS dueños, ó los compraban los devotos con el 
mismo fin. Las madres vendían á sus niños de pecho para ofre- 
cerles á los ilaloque, con el derecho que los padres tenían de 
Tender á sus ^hijos caso de necesidad: se vislumbran algunos 
otros casos, aunque bien pocos, en que personas libres sucum- 
bhn sobre las aras. Abundaban en los mercados, UanquüÜij los 
esdavos de venta. En cada fiesta perecían tantos cuantos eran 
k» númenes honrados en ella; pedía el rito que cada una repre- 
sentara al dios á que estaba consagrado, y al efecto moría con 
el «vestido, [insignias y arreos correspondientes: (1) la {áedad 
ofrecda algunas otras víctimas. 

'*Ma8 débese notar^que lo sobredicho en el precedente capitu- 
lo, que tantos esdavos mataban y sacrificaban en xma fiesta^ 
enantes de [sus dioses venían á caer en ella, se entiende de los 
esobvos de venta: y esto era sacrificando hoiúbres ante los dio- 
ses y mujeres delante las diosas, y á veces niños. Mas de los es- 
daTOs tomados en guerra, todos los que á la sazón tenían, sacri- 
ficaban y mataban^ aunque fuesen mil, puesto que en diversas 
fiostas diversas ceremonias hacían con ellos. Y para no sentir 
tanto la muerte, les daban cierto brebaje á beber, que parece los 
desatiaaba, y mostraban ir á morir con alegría" (2) Ouando el 
imperio estaba en paz y sobrevenía alguna solemnidad que pi- 
fienra griui niimero de víctimas, como en la coronación de los 
leyes, se emprendía una guerra bajo los más fútiles pretextos. 
Para ^empos normales, á fin de proveer á los dioses de carne 
iresoa, concertaron los tres reinos coligados de México, Texcoco 
7 Tlacopan por una parte, la república de Tlaxcalla, la ciudad 
teocrática de Cholollan y el estado oligárquico de Huexotzinco 
por otra, aquella célebre guerra mensual denominada Xoddyor 
ofoUf guerra florida, guerra religiosa ó de los enem^os de casa, 
en la cual recíprocamente se suministraban víctimas en cada 
nna de las diez y ocho fiestas principales que al ano' tenían. En 
se lugar respectivo daremos pormenores acerca de este raro 
pacta 

Los sacrificios de víctimas humanas eran de diferentes clases, 
«xistiendojdiversas piedras á ellos destinadas. Para el sacrificio 

(1) Motolinia, trat. 1, cap. VI. Mendieta, Ub. 11, cap. XV y sig. 
{%) Mendieta. tib. U/ cap. XVI. 



156 

común la piedra se Uamaba techcaJtL Era an trozo de roca verde, 
de niio3 seis pies de largo, una tercia de ancho y de altuí^ como 
hasta la cintura de un hombre, disminuyendo de alto á bajo en 
forma piramidal hasta rematar en un pequeño espacio; la figura 
estaba apropiada para que la víctima ¿tendida de espaldas enci- 
ma, quedara con las piernas, brazos y cabeza colgantes, levanta*- 
do en arco el pecho y bien tirante la piel. (1) 

Los ministros oficiantes eran seis; cinco destinados á tenerlos 
brazos cabeza y piernas, y el último el sacrificador. Aquellos te- 
nían cuerpo y rostro pintado de negro, con una raya blanca al re- 
dedor de la boca, las cabelleras erizadas y revueltas, ceñidas en' la 
frente con una banda de cuero, que enlaparte superior tenía una 
pequeña rodela de papel de [diversos colores; vestían unas dal- 
máticas blancas, labradas de negro, á las cuales llamaban ^qpo- 
hcuachtlL El nombre de los ministros era chachalmeca, como quien 
dice, ministro de cosa divina. En cada una de las fiestas cambia- 
ba de nombre y de traje el sacrificador; en la de HuitzüopochtK 
se nombraba Topiltzin, sinónimo de QuetzalcoaiL '^1 traje y 
^'ropa era una manta colorada á manera de dalmática» con unas 
"flocaduras verdes por orla, una corona de varias plumas verdes 
"y amcurill&s en la cabeza, y en las orejas unas orejeras de oaro 
"engastadas en ellas piedras verdes, y debajo del labio un bezo^ 
"te (2) de una piedra azuL" Preparada la víctima según lasprei^ 

(1) P. Donoi, cap. HL M8. MóCoUnifli, trát 1, cap. VI. Sahagtm, tom. I, p^- 
198. Gomara, cap.. CGXV. Acosta, lib. Y, cap. XTTT. Herrera, dec. m, lib. II» eap. 
XV. Torquemada, lib. VII, cap. XIX. El P. Valades, Bhetorica Obristíana, Pan 
quarta, cap. YI, dice: ^'In majore horum adytorum locata erat mensa qoadrats 
magna et splendida, habebant singula latera longitadinem triimí tdnarmn, non 
abdimües lapidda illid, qtua Ínter Bomana monumenta adfaimo servantim hieá qtiOd 
erat unicolores, singidi anguli erat craaai tres ninas plus minns, sttbnÉtebaaita^ qv** 
tom* animalibuB, tanquan columellis. Gonscendebatur ad eas per gradns TÍgintí, qm 
lamen Tel plores vel pauciores interdum erant. Erant ejusmodi scalfe apposit» 
ad iñngola qoataor latera.** Esta mesa cuadrada de tres varas por largo, sustentada 
por cuatro animales y con otras tantas escaleras para subir á ella, estaba deetmada 
al dios del vino Ometocbtli, en el sacrifloio que se le hacía en la octava treceM del 
Tonalamatl; según testimonio de Gama, segunda parte, pág. 43, § 128» nota. 

(2) El nombre propio es tenteU, de ifiníM^ labio, y UU, piedra, potqie ae oflAba 
en un horado hecho en el labio inferior. Generalmente era de figura oilíndiica, te- 
niendo en un extremo un apéndice convexo propio para adaptarse por aquélla cur« 
vatura á los dientes; el otro extremo salía por el horado del labio, recibiendo on 
plumerito de plumas de colibrí para hacerlo Vistoso. Esta íoma ae conoce vulgar- 



157 

eripciones del ríto^ cnatro de los oficiantes la tomaban de los 
brazos y piernas, y alzándola en alto la colocaban de espaldas 
encima del techcatl; el qnintojfministro le ponía sobre el cuello ' 
una collera de madera, (1) á fin de mantener colgante la cabeza, 
y tal vez para hacer refluir la sangre hacia el pecho. Pronuncia- 
das las oraciones rituales, el sacrificador, armado de un agudo 
Cuchillo de pedernal (tecpcUl, silex), se adelantaba, hería sobre el 
pecho, metía la mano por la herida, y arrancando el corazón 
palpitante, sangriento, exhalando vaho, levantaba la mano ofre- 
ciéndole al sol, y luego lejtiraba á los pies del ídolo. (2) 

Respecto del corazón observaban muy diversas prácticas: que- 
mábanle á veces y otras le colocaban sobre el altar en una vasija 
llamada chalchiuhxicaUi; ya le enterraban, ya se le comían los sa- 
cerdotes, ó bien le conservan por algún tiempo con extrañas ce- 
remonias. Con la sangre recogida en un vaso, untaban los labios 
de los ídolos para que la gustasen, y tenían con ella ciertas partes 
de los santuarios y de los templos. 

• 

Lg víctima era arrojada poqlas gradas del teocalli abajo. Si era 
prisionero 4e gueira, el cautivador con sus amigos la recogían, 
y Uevándolja al calpuUi la destrozaban; enviabibn la cabe^ á los 
sacerdotes para ^que fuera colocada en el Tezompantli, el resto 
d^ cuerpo se conducía á la casa del dueño. Del cadáver se co- 
nfian las partes carnosas; los desechos y las entrañas se arroja- 
bi^ á las fieras. Hecha trozos la carne, la cocían con msáz, y á 
eada convidado daban tma escudilla con un pedazo y su caldo 
correspondiente: llamaban á la cojxúda, üaccUlaoUu El convite era 
regocijado, terminando con alegrías y bebida de ocüi, pulque. 
''£1 señor del cautivo no jcomía de la carne, porque hacía cuenta 
*^que aquella era m misma carne, porque desde la hora que le cau- 
**tív6, le tenía por hijo, y el cautivo á su señor por padre; y por 



MBte tejóla denommacion de 9&mbrerÜ08j porque se parecen á los de copa alta. 
A%«B08 rematan en ptmta, y otros asemejan un diente canino. Los más prolonga- 
^7 de bMÍlo eran de reyes y grandes señores; los azules de los sacerdotes; los de 
ohádmna de los guerreros; los de cristal de roca de la servidumbre real. 

(1) Esta fyieza, llamada por los autores collera y el yugo, era de madera ó de pie- 
^ ItbtadA curiosamente y en forma á veces de culebra. 

(2) Burán, segunda parte, cap. HE. MS. Motolinia, trat. 1, cap. VI. Torqxiemada, 
fib.TO, cap. ^IXjíkc. 



158 

"esta razón no quería comer de aquella ctene, pero comía de la 
"de los otros cautivos que se habían muerto." (1) 

En honra de la verdad debe decirse, que ese banquete no era 
un acto de puro canibalismo. Los méxica comían de aquella car- 
ne como de una sustancia mística, en virtud dé la trasmutación 
que la víctima había sufrido en el sacrificio. Un autor nada sos- 
pechoso dice: "Luego tomaban al sacrificado y volvíanselo á su 
"dueño, con la carne del cual solemnizaban la fiesta, la cual car- 
"ne de todos los sacrificados tenían realmente por carne consa- 
'.'grada y bendita, y la comían con tanta reverencia y con tantas 
"ceremonias y melindres, como si fuera alguna cosa celestiíJ, y 
"así la gente común jamas la comía, sino allá la gente ilustre y 
"muy principaL" (2) Infiérese de aquí el sentido religioso que 
los azteca daban á la carne de la víctima. Prueba ademas, que la 
práctica de comer la carne humana no era universal, supuesto 
que aquella vianda sólo se repartía á la gente ilustre y principal, 
al dueño del esclavo y al guerrero cautivador del prisionero con 
sus amigos y parientes, únicos que podían alcanzar una fracción 
de la víctima inmolada. Si quien daba el festín tenía posibles, 
repartía á sus comensales mantas y joyas. Con el esclavo sacrifi- 
cado se procedía de manera idéntica, aunque con menor solem- 
nidad que con el preso en guerra. (3) 

En el teocalli mayor de México los techcaü eran dos, cada uno 
frontero de lo& dos santuarios de Huitzilopochtli y de Tlaloc, y 
tan cerca de la escalera que con facilidad se podían arrojar por 
ella los cadáveres; de aquí resultaba, que del tajón hasta abajo 
había constantemente un regajal de sangre. (4) 

En el mes Hueytecuilhuitl, la mujer que representaba á la 
diosa Xilonen, cargada espalda con espalda por un sacerdote era 
degollada, le sacaban .el corazón y le ofrecían al sol. (5) 

En la fiesta de Tlaloc hacían morar juntos, por espacio de vein- 
te ó treinta dias, á un esclavo y á una esclava cual si fueran ma- 
rido y mujer; los sacrificaban, y los cadáveres eran enterrados en 
una hoya á manera de silo que en el templo tenían. (6) 

(V) Sahagan, tom. I, págs. 89 y 03. 

(2^ P. Duran, SAgnnda parte, cap. X. MS. 

3; Motolinia, trat. I, cap. VI. Torquemada, lib. VI, cap. XIX. 

4) P. Sahagun, tom. I, pág. 198. 

'5) Saliagim, tom. I, pág. 61, 

6) Motounia, trat. I, cap. VI. Torqoemada, Ub. VI, cap. XX. 



159 

En el tiempo en que habían brotado los maizales sacrifioaban 
dos niños, nno hombre y otro mujer, hijos de señores y principa- 
les, llevándoles á la montana de Tlaloo, cortándoles la cabeza y 
oHiservando sus despojos en una caja de piedra como si fueran 
reliquias. En el mes Atlacahualco sacrificaban en los montes ni- 
ños de pecho comprados á sus madres. En el mes Atemoztli su* 
mergian en el lago xin niño y una niña, kaciendo zozobrar la 
oanoita en que les colocaban. Guando el maíz estaba un poco 
decido, compraban cuatro niños de cinco á seis años de edad, y 
encerrábanles en una cueva, dejándoles morir de terror y de 
hambre. (1) 

lia fiesta de Tlacaxipehualiztli, desoUamiento de hombres, se 
hacía á honra de aquella trinidad representada por Totee, Xipe 
y Tlatlauhquitezcatl, y era universal, así en las grandes ciudades 
ccNoao en los pequeños pueblos. Cuarenta dias antes cada templo 
de los colpHJlUy barrio, nombraba. el esclavo que representaba el 
dios, tributando á todos honores divinos. El dia de la solemni- 
dad, bien temprano, sacrificaban aquellos esclavos con las insig- 
nias .de los principiáes dioses como Huitzilopochtli, Quetzalcoatl, 
Macuilxochitl, &c., arrojando las víctimas en el lugar dicho Za- 
oapan, sobre la paja ó zacate. Carniceros diestros tomaban los 
cadáveres, y abriéndoles por la espalda, del colodrillo al calcañar, 
separaban la piel, tan putera cual si fuera de un cordero; daban 
la carne al dueño del esclavo, y los pellejos los vestían otras tan- 
tas personas, las cuales se las acomodaban á raíz del cuerpo, 
pomiéndose encima las ropas de los dioses que los esclavos ha- 
blan traído. En esta guisa, aquellos hombres representaban á 
les númenes, se repartían hacia los cuatro puntos cardinales* y 
en señal de su poder llevavan asidos como presos algunas per- 
sonas: esta ceremonia se llamaba neteotoquüiztli^ reputarse por 
dios. Poco después reunían aquellas divinidades y las ataban 
una con otra ligando la pierna izquierda del uno con la derecha 
del otro, del pié á la, rodilla, y así paseaban aquel dia, susten- 
tándose los unos con los otros como mejor podían. Estas prác- 
ticas tenían por abjeto simbolizar, que todos los dioses no eran 
mas de uno solo, ''que todo era un poder y una unión," (2) en 

(1) Moiolinia, trat. I. cap. VII. Toiquemada, lib. VII, cap. XXI. Sahagnn, tom. I, 
pág. 84. 

(2) P. Darán, segunda parte, oap. DL MS. 



160 

consonancia con sus ideas teológicas acerca de la unidad y de 
la pluralidad reunidas. 

Atados aún, eran conducidos al Cuauhxicalco. Era estenn 
patio en el teocalli mayor, cuadrado como de siete brazas por 
lado, en el cual estaban colocadas cercanas dos grandes piedras, 
llamada la una Temalacatl, la otra Cuauxicalli. Temalacatl, tra- 
ducido por rueda de piedra, se compone de tetly piedra, y de ttio- 
lacoÜy (malacate, huso); el pezón del huso azteca era comunmen- 
te una media esfera de barro cocido ó de piedra, con un taladra 
en el centro, tomando á veces la forma de un cilindro de poca 
altura respeto del diámetro de las bases; de aquí sin duda se de- 
riva el compuesto. El Temalacatl era un cilindro de piedra, de 
una vara de altura, de dos brazadas de diámetro, con un horado 
vertical en el centro, y labrada la superficie convexa con figuras 
ó batallas. Asentada sobre un macizo, quedaba en alto, subién- 
dose á ella por tres ó cuatro gradas. (1) 

La honra de la invención de la piedra y del sacrificio que en 
ella se hacía, corresponde á Motecuhzoma Ilhuicamina. Cuando 
quedó terminada la reconstrucción que mandó hacer del teocalli 
mayor, acabada la guerra de la Huaxteca, ordenó se labrase una 
piedra redonda, en la cual debían estar representados los. com- 
bates contra los tecpaneca de Azcapotzalco, "la cual escultura 
quiere que sea perpetua memoria de aquella admirable hazaña, 
y debería nombrarse Temalacatl, rueda de piedra. Acabáronla 
pronto los canteros, y el rey mandó se hiciese un poyo alto 
**donde se .pusiese, y así se hizo un poyo alto y encima del la 
"mandaron poner, que señorease un gran estado (estatura) de 
"un hombre." La piedra tenía un agujero en medio, por donde 
s^lía la soga destinada á sujetar al prisionero: en ella combatie- 
ron los cueiteca, y cuando el corazón de los sacrificados estaba 
frió, "lo ponían en un lugar que llamaban Cuauhxicalli, que era 
"otra piedra grande que era dedicada al sol, y tenía enmedio una 
"pileta donde se hacían otros sacrificios diferentes de este." (2) 

Tezozomoc (3) conviene en lo anterior, aumentando que los 

(1) Duirán, segonda parte, oap. IX. MS. £1 OonqaiBtador aiuSnimo, apud Otfdá 
Icazbalceta, tom. I, pág. 376 . P. Sahagun, tom. I, pág. 207. Torqnemada, lib. VIH 
oap. XV. 

(2) Duran, Hist de las Indias de NueTa España, oap. XX. 

(3) Oxónioa Mezioana, cap. 80. MS. 






161 

prisioneros fueron ocupados en reconstruir el templo, ^le hlcie* 
'^on gradas y en medio se puso el tajón á donde habían de ser 
'muertos los tales esclavos habidos en guerra, y para recorda- 
''clon del rey Chimalpopoca que lo ¿abia comenzado á hacer.'* 
Be8i>ecto del Temalacatl: ^'Acabada de lubrar la gran piedra 6 
''rodezno de molino, la subieron en lo alto y la pusieron en me- 
''dio de la gran sala, frontero de la puerta principal y del ídolo 
"Huitzilopochtli, que éste er^ labrado de piedra, arrimado á la 
"pared, cosa que estuviera mirando á la piedra ó rodezno, y esta 
dicha piedra está en una esquina de la casa de un vecino, hijo 
de un conquistador, y la piedra del sacrificio está hoy junto & 
"la iglesia mayor de la ciudad." El autor escribía en 1598. 

lia época de la construcción de las piedras la fija con precisión 
Fr. Bemardino. (1) "En el año 136 (de la fundación de México, 
"1459) hizo mote^uma el viejo vna rrodela de piedra la qual sa- 
"oó rrodrigo gomez que estaba enterrada á la puerta de su casa 
"la qual tiene un agujero en medio y es muy grande y aquel 
"agujero ponían los que tomavan ea la guerra atados que no po- 
"dían mandar sino los brazos y davanle vna rrodela y un espada 
"de palo y venían tres hombres uno vestido como tigre otro co- 
"mo león y otro como águila y peleavan con él hiriéndole luego 
"tonxavan un navajon y le sacaban el corazón y así sacaron loa 
^''navajones con la piedra debajo de aquella piedra redonda y 
"muy grande y después los señores que fueron de méxico hizie- 
"ron otras dos piedras y las pusieron cada señor la suya vna so- 
"^re otra y la vna habían sacado y está oy dia debajo de la pila 
"del bautizar y la otra se quemó y quebró quando entraron los 
'^españoles y los primeros que esta piedra estrenaron fueron los 
"de cuistlavaca.'* • • 

Bazon tenía Fr. Bemardino al asegurar que estos monumen- 
tos fueron varios. En efecto, Axayacatl mandó labrar nuevos 
Temalacatl y Cuauhxicalli, estrenándolas los prisioneros matla- 
isonca. (2) Convidó para el estreno á gran número de señores» 
teniendo lugar la fiesta en el mes Tlacaxipehualiztli, á honra de 
un nuevo dios desconocido nombrado Tlatlauhquitezcatl, espejo 
colorado. (3) Alguna vez se llama Cuauhtemalacatl á esta pie* 

(1) MS. de Fr. Bemardino, en poder del Sr. D. Joaquín García loazbalceta. 

(2) P. Darán, ci^. XXXYI. Tezozomoc, cap. 49. US. 

(8) TezoEomoc, cap. 50. MS. 

21 



162 

dra, (1) 68 decir, Temalacatl de lapS águilas, no siendo estraño que 
también le digan Temalacatl CnanlixicallL (2) El segundo Mote- 
enlizoma msoidó labrar dos piedras semejantes, para el gran sa- 
crificio apellidado Tlacaxij^hualiztli tlahuahuana. 

"una de estas piedras, al menos la última que se halló en este 
"gran templo^ cuando nuestros españoles entearon en la ciudad 
'^ se s^oderaron de ella, está el dia de hoy en la entrada de la 
"plaza mayor y la de el Marqués, sentada junto al cementerio de 
"la iglesia mayor, y junto de la puerta del Perdón, la cual está á 
"vista de todos, y aun muchos se juntan en aquel lugar á sus con- 
"versaciones, y junto á ella han sucedido algunas desgracias." (3) 

La TOA Cuauhxicalli se compone de cuauhtlif águila, águilas^ y 
de xuxiUi, jicara; dando á entender jicara ó vaso de las águilas^ 
donde beben las ^^pulas. Cuauhxicalli es una palabra genérica, 
aplicada á varios monumentos cong^eres, que no tenían las 
mismas formas y aplicación. Para determinar la forma y el uso 
del que acompañaba al Temalacatl, fuera de lo antes dicho que 
le atañe, reuniremos algunas autoridades. 

Sai tiempo del primer Motecuhzoma, el jefe Tlacaeletrin Ci- 
huacoatl aprobó que el tajón no fuese de madera, sino de piedra, 
redonda, "en medio agujerada para echar los corazones de los 
bueorpos que allí muriesen, después de haber gustado la saagre 
de eUoe caliente Huitzilopochtli, y que esta piedra no la labra- 
sen los huaxtecas, sino los de Azcapotzalco y Ouyoacan, exee- 
"lentes albañiles, labrando en dicha piedra la guerra de sus pue- 
"blos cuando por nosotros fueron vencidos y muertos, y sujeta- 
"dos á este imperio." (4) Be esta piedra se afirma que, "se sacó 
''del lugar donde ahora se edifica la iglesia mayor, y esiá á la 
"puerta del perdón. Dicen ique la quieren para hacer della una 
**pila de bautizar.*' (5) 

Puesta la piedra en el templo, se convocó á los vasallos de la 
eoroim para que viniesen á ver el vaso dd acl, asi intitulado y lla- 
mado dios XiuhpiUi Cuauhtleehuatl, el cual había de estrenarse 

(1) Teíozomoc, Orón. Mexicana, cap. 54. MS. 

(2) Loco cit cap. 92 y 97. MS. 

(3) Torquemada, Ub. Vm, cap. XV. 

(4) Tezozomoc, cap. 80. MS. 
($) P. Duran, cap. XXIL 



"( 



168 - 

MD los Tencidoa escdavos de HuaxT^oac y de OoMxtlalinacan. (1) 
S mismo actor la nombra, ''batea de piedra agujerada qne lla^ 
''Hum OaaakxicallL" (2) En la maerte de Tínoe fiteron sacrifica- 
dos los prisioneros, ''en el agujero del Coaubxicalli de piedra 6 
"degoUadera" (3) Durante la dedicación del templo mayor por 
Ahmkzotl, sacado el corazón á las victimas lo daban á los sacer- 
dotes, j "ellos á todo correr iban echando en el agujero de la 
''piedra que Uamaban Onauhxicalli, que estal» agujerada de una 
''rara en redondo, que hoy está está piedra del demonio en fren- 
"te de la iglesia mayor." (4) Describiendo las penitencias que 
al subir ál trono hizo MoteouhiKnna n, dice: "Acabado de co- 
"mer volvieron á subir al templo, sin llegar las cuatro gradas 
"más á donde estaba el gcaan ídolo, sino sólo á la piedra redonda 
"qne Uamabito CusuhxióaJli, brasero y caño de saootgre, como es* 
"taba agujerada toda la pijsdra colaba mucha sangre y entraba 
''por el agt^ro muchos corazones humanos.*' (6) 

Fiados en estas autoridaides, omitidas otras por inútiles, sa* 
camoB que el Guauhxicalli XiuhpiUi Guimhtieehuatl, ó vaso del 
sol» er& un cilindro de piedra, de más de cinsco pies de diámetro 
7 tees de alturai, hueco en la parte interior en el diámetro de una 
i^ura, y labrada la supexf^eie esterior. fin este vaso se ccdocabaín 
k» oarazones de las victisa^^ en las gra^^des iestívidades como 
en la del Tlaeazipehualiztli lüm ciertas oo^iones servía de pie« 
dra de sacrificio; los sacerdotes se hincaban ó sentaban sobre el 
ImFdo del vaso; la victiiiaa retenida pot los brazos y las piernas 
quedaba c<m ]|a espalda en €A aire dentro del vaso, y en esa pos* 
toia le arrancaba el sacrificadcH* el ootsoion. La Mm. 8', cap. 28 
de la primera piarte del {P. Duran, da cumplida idea de io que 
aeabamos de decir. 

Preciso fué CQtear en] esta digresión, á fin de evitar cuanto 
posible la poca clsuridad que en los i»itores se encuentra acerca 
de esta materia Yolvemos á la descripción de la fiesta Tlacaxi- 
pehualiztlL 

lios hombres unidos por los pies que representaban á los 

(1) Tessotoaux?, Cfarómca Mex. onp. 83. MS. 

(2) liDoocit. 

(3) Otón. Mexicana, cap. 60. MS. 

(4) Tezozomoo, cap. 70. MS. 
(6) TesDOcomoc, cap. ^. MS. 



164 

dioses, venían escoltados por cuatro guerreros, dos con insignias 
de tigre y dos de águila; reunidos los sacerdotes, presididos por 
el superior Yoallahua, formaban una procesión, y bajando al 
Cuauhxicalco, tomaban lugar al rededor del Temalacatl y del 
Cuauhxicalli, sentándose en sus qtieckolicpaUi; ya acomodados, 
tocaban flautas, caracoles, daban silvos y cantaban un cantar 
apropiado á la fiesta. Salía en seguida un anciano sacerdote y 
con él cuatro guerreros yestidos cada uno respectivamente de 
blanco, verde, amarillo y colorado, á los cuales nombrábanlas 
cuatro auroras, llevando á los dioses Ixcozauhqui y Titlacahuan, 
á los cuales colocaban sobre un altar. El sacerdote viejo llegá- 
base á los prisioneros y tomando uno le colocaba sobre el Te- 
malacatl, atándole por un pié con la zoga (centzonmecatl) que 
salía por el agujero del centro de la piedra. Aquel infeliz estaba 
desnudo; para darle ánimo le presentaban en un <cicaXli la bebi- 
da nombrada teooctli, y él tomaba la vasija, la presentaba á los 
puntos cardinales, y bebía el líquido chupando con una caña 
hueca; el sacerdote sacrificaba una codorniz arrancádole la ca- 
beza, levantaba en alto el cMmaUi del prisionero y arrojaba ha- 
cia atrás el cuerpo de la avecica. El preso quedaba sólo sobre 
el Temalacatl; recibía para defenderse tres pelotas grandes de 
madera de pino, un escudo de combate y un macuahmtl 6 espada 
mexicana, de solo madera, emplumados los cantos en lugar de 
tener navajas. 

Al sonido del lúgubre huehuetl salía él tigre primero armado 
con su coracina, escudo y una espada verdadera; danzando y co- 
mo en son de fiesta, esgrimiendo las armas, el ojo atento á los 
movimientos de su enemigo, se iba acercando y rodeando el Te- 
malacatl. El prisionero tomaba las bolas de palo, arrojándolas 
sucesivamente contra el gran tigre, quien recojía los golpes en la 
rodela; agotados los tiros, embrazaba su escudo, tomaba el casi 
inútil macuahuitl, y se empeñaba una lucha terrible, pues de los 
combatientes el uno pugnaba por salvar la vida, el otro por 
mantener su honra. La ventaja de las armas determinaba al fin 
que el prisionero recibía alguna herida; inmediatamente tañían 
las bocinas, caracoles yflautillas, dejándose caer el desventurado 
sobre la piedra. Entonces los sacrificadores le desataban, con- 
ducíanle al Cuauhxicalli, le arrancaban el corazón y le ofrecían 
al soL Así perecían uno tras otro todos los prisioneros. 



f 



165 

Algún valiente prisionero daba muerte, hería ó causaba al tí- 
gre mayor, y entonces era reemplazado por el tigre menor, y su- 
cesivamente por las águilas mayor ó menor; si todavía no eran 
snficientesHomabañ el puesto uno de los cuatro auroras, guerre- 
ros zurdos destrísimos en combatir con la mano izquierda: con- 
tra tanto enemigo no cabía la esperanza de salir convida. Según 
la autoridad del Conquistador anónimo, (1) si el preso vencía á 
sfete de aquellos guerreros, "le dejaban en libertad, y estaban 
"obligados á restituirle todo cuanto le habían quitado en la 
"guerra." No faltaban cautivos que al tocar la espada cortés 
perdieran el ánimo, creyeran inútil prolongar la vida por pocos 
instantes más, y arrojando lejos las inútiles armas se tendieran 
sobre el Temalacatl; esto no los libraba de ser al punto sacrifi- 
cados. Antes de la pelea aquellas víctimas se llamaban Oahuanti; 
los corazones eran recogidos en la cavidad del Cuaubxicalli, y 
entonces les decían cuauhnocldli, tunas de las águilas, y á los ca- 
dáveres, cuaiihteca. Nombraban la ceremonia TlaMiahuanaliztUy 
"que quiere decir, señalar ó rasguñar señalando con espada, y 
"hablando nuestro modo es dar toque esgrimiendo con espadas 
"blancas." 

Terminada la ceremonia á la cual los autores han dado nom- 
bre de ScLcrificio gladiatorío, los representantes de los dioses se 
quitaban los cueros de que estaban vestidos; los sacerdotes con 
sos manos les lavaban el cuerpo, y con mucha reverencia colga- 
ban los pellejos de unas varas. Los dueños de los dautivos reco- 
gían los despojos, llevándolos á sus casas para hacer el festín de 
costumbre. Al dia siguiente pedían permiso algunas gentes á los 
que donaron el esclavo desollado, y dada licencia revestían los 
pellejos, vestían los adornos de Xipe, saliendo por las calles á 
pedir limosna; costumbre era que cada quien les diera alguna 
cosa según sus facidtades, y que si dos de aquellos pordioseros 
se encontraran arremetieran uno contra el otro hasta despeda- 
zarse ropa y pellejo: por la noche volvían su despojo al templo. 
Las mujeres presentaban sus niños á los mendigos, quienes les 
daban cierta consagración paseándolos en sus brazos cuatro ve- 
ces al rededor de los patios. Pasados los primeros veinte dias 
cesaba la limosna, de la cual recibía la mitad el dueño del es- 

(1) Apnd García Icazbálceta, tom. 1, pág. 375. 



166 

clavo; en los siguientes veinte dias los guerreros hacían bailes 
y festines, quitando cada dia uno ó más de los cueros, y al con- 
cluir el término de cuarenta, todos aquellos pellejos hediondos, 
encogidos y negros, eran enterrados en una cueva fabricada al 
pié de las gradAs del teocalli de Xipe. (1) 

Las grandes piedras encerradas en los patios del gran teoca- 
lli estuvieron mucho tiempo expuestas en la plaza pública de la 
ciudad, hasta que los vecinos tomaron algunas para adorno Se 
sus casas, despedazaron otras, y las muy pesadas enterraron ba- 
jo el pavimento. El P. Duran, (2) cita algunas que en su tiempo 
se veían, diciéndonos que las culebras del coatepantli servían de 
pedestales á los pilares de la primitiva catedral. Torquemada(3) 
afirma que en su tiempo se descubrían en los cimientos de las 
casas de los conquistadores algunos ídolos y piedras labradas, 
los cuales mandó picar y destruir el arzobispo D. Fr. García de 
Santa María Mendoza, quien rigió la sede de 1600 á 1606. 

Brantz Mayer (4) nos informa de que: "Cuando hace algunos 
años se practicaban ciertas obras en la plaza, se encontró -este 
monumento á poca profundidad bajo la superficie. El Sr. Gon- 
dra pretendió se alzara de ahí, pero el gobierno no quiso dat los 
gastos, y como las dimensiones de la piedra, según me dijo el 
mismo Sr. Gondra, eran exactamente las de la de Sacrificios, es 
decir, nueve pies de diámetro por tres de altura, no le pareció 
ejecutar la operación á su costa. Deseando, sin embargo, conser- 
var en cuanto posible el recuerdo de las figuras en relieve de 
que estaba cubierta, (principalmente porque las escidturas esta- 
ban pintadas de amarillo, rojo, verde, carmesí y negro, colores 
que permanecían vivos todavía), hizo sacar un dibujo, del cual 
es copia el grabado puesto en este libro." 

"Oreía el Sr: Gondra que era la piedra de los gladiadores, co- 
locada tal vez en la parte inferior del teocalli, frente á la gran 
piedra de los sacrificios. Esto no va de acuerdo con la relación 

(1) Nos sirvieron de principal guía para esta ceremonia, Duran, segunda parU, 
cap. IX. MS. P. Sahagun, lib. 11, cap. XXL Conquistador anónimo, loco cit Tor- 
quemada, lib. X, cap. XI. 

(2) Segunda parte, cap. IX. MS. 

(3) Monarq. Indiana, lib. XVII, cap. I. 

(4) México as it was and as it is, by Brantz Mayer, secretary of the V. S. Lega- 
tíon to that country in 1841 and 1842. Third edition Baltimore 1844. Pág. 123. 



167 

de algunos antiguos escritores, quienes, aunque están de aouer* 
do en decir que era circular, como lo significa su nombre Tema- 
laoatl, están conformes en asegurar que la superficie superior era 
lisa y que tenía en el centro un taladro, del cual era atado el 
eautÍYo, como ya dije." 

^Las figuras representadas en relieve sobre la piedra, eviden- 
temente son de guerreros armados dispuestos al combate. Me 
ha parecido dar al público el dibujo, por vez primera, como pas- 
to á las observaciofies de la crítica, con la esperanza de que si 
Jio es la piedra gladiatoria, los entendidos en antigüedades me- 
xicanas puedan descifrar algún dia lo que sea realmente. Muy 
notable es que los colores se conserven todavía frescos, y que 
aparezca la figura de la ^'mano abierta," esculpida en un escudo 
y entre las piernas algunos hombres en los grupos laterales. 
Esta ''mano abierta" fué encontrada por Mr. Stephens en casi 
todos los templos que visitó, en su reciente exploración de 
Yucatán." ' 

Dibujo entero de los relieves, así de la cara superior como de 
la superficie convexa, fué publicado en la Historia de la conquis- 
ta por Prescott, (1) bajo el título, ''BeUeves en la piedra de los 
gladiadores. Comunicó la estampa al editor el repetido Sr. D. 
Isidro Bafael Oondra." 

Justando únicamente por las láminas, el monumento no pue- 
de ser un Temalaoatl; fáltale el taladro central. Las figuras no 
son de guerreros armados dispuestos al combate; evidentemente 
representan dioses, y entren ellos se distingue á Huitzilopoohtl! 
eon sus armas y atributos, teniendo delante sacerdotes ú otras 
divinidades con sus trajes y divisas, llevando en las manos los 
símbolos del holocausto. Los dioses de la cara superior ni com-> 
baten, ni pueden estar combatiendo; consideran, con el cuerpo 
echado hacia atrás, el objeto que parece estar en el aire y es el 
signo Cipactli. Adviórtense por todos lados símbolos; aves, cua- 
drúpedos y reptiles fantásticos; signos del sol y de los dias del 
BMs, con otros objetos semejantes á loe de los libros rituales. Ko 
eabe duda, es un monumento religioso destinado á los^ dioses» 
con leyendas relativas al culto. En cuanto á la impresión de la 
''mano abierta," confesamos no saber lo que en Yucatán signifi- 

(1) Ecdc. de V. Gareiá Torres, México, 1844. Tom. I, pág. 85. 



168 

ca. En México/ durante la fiesta de Panqnetzaliztli, "iban los 
^'esclavos que habían de morir á las casas de sus amos á despe- 
^'dirse, y llevábanles delante una escudilla de tinta, ó Üe almsr 
"gre, ó de color azul: iban cantando con muy alta voz, que pare- 
'^cía que rompían el pecho, y en llegando á las casas de sus amos, 
*'metían ambas manos en h, escudilla de color ó de tinta, y po- 
''níanlas en los umbrales de las puertas y en los postes de las 
''casas de sus amos, y dejábanlas allí impresas con los colores; 
"lo mismo hacían en las casas de sus parientes." (1) 

Acerca del nombre y destino de esta piedra, dice Tezozomoc, (2) . 
que en los tiempos de Motecuhzoma Ilhuicamina, para la fiesta 
del Tlacaxipehualiztli, los sacerdotes se ejercitaron para el sa- 
crificio en la piedra pintada. 

Después de la guerra de Tlaltelolco, dijo Axayacatl á Cihua- 
coatl: "Señor y padre; mucho quisiera que renovásemos la pie- 
dra redonda que está por brasero y degolladero arriba de la casa 
y templo de Tetzahuitl Huitzilopochtli, ó si os parece que se 
labre otra mayorjde mejores labores, y el que ahora está sirva 
para otro templo de dios." En efecto, mandáronse venir los 
canteros de Azcapotzalco, Tlacopan, Coyohuacan, Gulhuacají, 
Cuitlahuac, Chalco, Mizquic, Texcoco y Huatitlan; juntáronse 
ademas hasta 60,000 hombres para traer arrastrando con sogas 
una gran piedra de Ayotzinco, la cual se sumió y perdió en el 
puente de Xoloc: entonces trajeron otra más grande de las inme- 
diaciones de Coyohuacan, que, metida á México, fué labrada, 
"historiando en la labor á los dioses y principalmente al de Hni- 
"tzilopochtli." Teniendo en cuenta Axayacatl, que la piedra que 
estaba en lo alto del templo había sido dispuesta por Motecuh- 
zoma el viejo, la quitó y puso abajo, colocando en su lugar la por 
él mandada labrar. Hizo igualmente construir un Cuauhxicalli, 
"al mismo estilo para la sangre de los degollados en sacrificix), 
''pues es nuestra ofrenda y honra de nuestro amo y señor Hui- 
"tzilopochtli" (3) 

En la fiesta cíclica que tuvo lugar durante el reinado del se- 
gundo Motecuhzoma en el cerro Huixachtitlan, se hizo el sacrí- 

(1) P. Sahagon, tom. I, pág. 170. 

(2) Crónica Mexicana^ cap. XXX. MS. 

(3) Tezozomoc, cap. XLVII. MS. 



"í 



169 

ficío de los cautivos sobre Isk piedra pintada, ^qne estaba encima 
'^de este cerro de Iztapalapa cuando la conquista mexicana por 
^. Femando Cortés, capitán de los españoles, al subir encima 
'^de este cerro para desbaratar á los que le defendían, arrojó de 
allí esta piedra labrada, como se dirá adelante en la propia 
conquista.'* (1) 

Si no nos despeñamos en nuestras inducciones, la piedra que 
aun se conserva sepultada en la plaza principal pertenece al gé- 
nero de las pintadas y consagradas á los dioses. Su nombre pa- 
rece ser Teocuauhxicalli, (2) palabra compuesta de teoÜy dios, 
diciendo el compuesto Cuauhxicalli de los dioses 6 divino. 

Del género Cuaubxicalli es también la gr^ piedra cilindrica, 
colocada actualmente en el patio del Museo Nacional, y llamada 
vulgarmente piedra de los sacrificios. Bemoviendo el terreno de 
la plaza principal para formar el empedrado, apareció este mo- 
nnmento el 17 de Diciembre 1791; sacado d^ su sepulcro, donde 
jaeía en sentido inverso del natural, fué examinado por nuestro 
sabio anticuario D. Antonio de León y Gama, (3) qxden publicó 
extensa descripción. Otras grandes piedras fueron halladas tam- 
faiesi, que juzgándose estorbo por su volumen y peso fueron man- 
dadas destrozar, para que fuesen aprovechados los pedazos en 
el pavimento; la misma suerte corriera ésta, á no haber acertado 
i pasar i>or ahí el Sr. canónigo Gamboa, quien logró hacer cesar 
la comenaSada desvastacion en ella y que fuera colocada en el 
ángulo S. O. del cementerio de la Catedral. Permaneció en aquel 
sitío, hasta ser trasladada, en 1824, al patio de la universidad, 
local destinado entonces para Museo Nacional: marca el sitio en 
donde estuvo, la lápida mandada colocar por el Sr. D. José Fer- 
luoido Ramírez, 1852, siendo ministro de Belaciones del presi- 
dente D. Mariano Arista, y lleva esta inscripción: '^ Antiguo 
"asiento de la piedra llamada de los Sacrificios, trasladada al 
"Museo Nacional el dia 10 de Noviembre de 1824" (4) El año 
1873 fué conducida al lugar en donde hoy se encuentra, siendo 
director del Museo el Sr. D. Bamon Isac Alcaraz. 

(1) Tezozomoc, cap. XOVn. MS. 

(2) Tezozomoo, cap. XXXm. MS. 

(3) Bescrip. de las dos piedras, segunda parte. 

(4) Bamírez, antíg. mex. conseiradas en el Museo Nacional. 

22 



170 c 

. Gama la tuvo por una piedra astronómica dedicada al sol, ex- 
plicando que las figuras del relieve eran danzantes que simboli- 
zaban una de las grandes fiestas celebradas en honra del astro. (1) 
Humboldt opinó que era un Temalacatl destinado á los comba- 
tes gladiatorios, representando los relieves las conquistas de un 
rey azteca. (2) D. Femando Ramírez, con mejor acierto estable- 
ce que era un monumento conmemorativo y¿votivo á la vez; de- 
dicado al sol, y conmemorativo ''de las victorias obtenidas por 
"TizQo, sobre los pueblos figu^rados en la circunferencia del ci- 
"lindro, cuyos símbolos no representan danzantes, como suponía 
"Gama, sino grupos de vencedores y de vendaos, dispuestos de dos 
"en dos, el uno llevando asido del cabello al otro, y éste portan- 
"do en la mano izquierda un haz de flechas con la punta hacia 
"abajo, y en la derecha una arma que presenta en señal de su- 
"mision, á la manera que se ven los relieves de su genero en los 
"monumentos Egipcios y Asirlos. En cada uno de estos grupos 
"y hacia la parte posterior de la cabeza, que figura un prisionero, 
"se ve un símbolo jeroglífico, que da fonéticamenie, el nombre de 
"su pueblo." (3) Nebel publicó dibujo de la piedra dando una 
corta descripción, y haciendo notar que ,entre los combatieiit^ 
había dos mujeres." (4) 

Subiendo á los tiempos antiguos, leemos en un hisioriadox; 
"Determinado por el rey Huehuemote^uma que se labrase en una 
piedra muy grande la semejanza del sol y que se le háolese uijka 
gran fiesta, mandaron á los canteros que se buscase tma gran 
piedra, y buscada se pintase en ella una figura del sol, redonda, 
y qiie en medio della hiciesen una pileta redonda, y que del bor- 
do de la pileta saliesen unos rayos para que en aquella pileta se 
recogiese la sangre de los sacrificados, para que la semejaJifa del 
sol gomase della, y que desta pileta saliese un caño por donde se 
derramase aquella sangre, y mandaron que al rededor della, por 
orla ó fanefa, pintaran todas las guerras que hasta entonces 



(1) Descrip. de las dos piedras, looo oit. 

(2) Vues desOordüléres. Planche XXL 

(3) Antig. mex. conservadas en el Museo Nacional. 

(4) Yiage pintoresco j arqueológico sobre la parte más interesante de la Repübli- 
oa Mejicana, en los afios transcurridos desde 1829 hasta 1884, por el arquitecto D. 
Garlos NebeL 50 láminas litografiadas oon su texto expücatiro. París y Héjioo, 
MDGOOXL. 



171 

anian tenido j que el sol les auia concedido de que las venciesen 
eon su faTor y ayuda. Tomada la obra á cargo de los canteros^ 
bascaron una piedra gruesa y hermosa y en ella esculpieron la 
semejanga del sol, pintaron en ella las guerras que auian venci* 
do de Tepeaca, de Tochpan, de la Guasteca, de Cuetlaxtlan, de 
Coaixtlahuac, todo muy ctíriosamente labrado," (1) 

Completa descripción sería ésta del monumento que nos oou- 
pa, á tener entalladas en la orla las guerras de Tepeaca, Toch- 
pan, &c. Estas piedras se llamaban Cuauhxicalli, pertenecían á 
los caballeros del sol, y acompañaban á la piedra del sol, deque 
en seguida hablaremos. De estos cuauhxicalli se mencionan va- 
rios; fuera del de Motecuhzoma I, queda memoria del mandado 
construir por Axayacatl(2) y del intentado por Motecuhzoma 11, 
habiendo motivo para creer, con Pr. Bemardino, que cada rey 
mandaba fabricar el suyo. En apoyo de esta opinión viene, que 
el que estudiamos es el Guaulixicalli de Tízoc. 

Bs un cilindro djd traquita, 2^66 de diámetro y 0?^84: de altura. 
Tiene el doble carácter de religioso y de histórico: monumento 
votivo por estar consagrado al sol, es una página de los anales 
méxica por ser el compendio de las guerras del monarca cons- 
tructor. 

La cara superior tiene entallada la imagen del sol, levantado 
el relieve sobre el plano 0n^026. En los jeroglíficos mexicanos, el 
signo cUin es la representación más simple del astro del dia; au- 
mentan las formas en el carácter fonético teoU; lleva en esta pie- 
dra una figura más complicada, y es perfecta y completa en la 
piedra del sol, descrita por nuestro amigo y compañero el Sr. Lie. 
D. Alfredo Ohavero. Siguiendo del centro á la circunferencia, 
aquel está ocupado por un hueco cóncavo, 0,^46 de diámetro, 
0°^16 de profundidad, formando propiamente el vaso ó xicálli 
Concéntricos á éste se cuentan ooho coronas ó ánulos, dispues- 
tos en esta forma: uno liso y plano, otro formado de dobles pun- 
tos ó de circuliUos con otro más pequeño concéntrico, en número 
de 16; tercero y cuarto llenos, unidos y distinguiéndose uno del 
otro por el mayor relieve; quinto compuesto de 40 puntos sen- 
eOlos; sexto, angosto y lleno; sétimo, de 48 puntos sencillos; úl- 
timo. Uso y lleno. 

(1) P, Dnván, cap. XXIII. 

(2) Tesozomoc, ofip. 49. MS. 



172 

Sobre éste descansan cuatro figuras semejantes & una A, sin el 
trazo medial y con los extremos formando hacia afuera una vo- 
luta; los vértices tocan la circunferencia de la piedra, dividién- 
dola en cuatro partes iguales. De los intermedios arrancan otras 
cuatro figuras triangulares, sin los extremos recorvos, que tocan- 
do también en la circunferencia, la dividen con las anteriores en 
ocho partes iguales. .Todavía de los intermedios se alzan unos 
dibujos trapezoidales, parecidos á un carcax con sus flechas, ter- 
minados en un punto doble: son ocho estas figuras, ocho ios cír- 
culos 7 diez y seis las partes en que la circunferencia queda 
dividida, un punto doble marca cada una de ellas. Sobre elánnlo 
exterioi^ y entre las cuatro primeras figuras triangulares, se 
cuentan cuatro signos cruciformes, con un punto central, en 
todas 32, debiendo aumentarse ocho colocadas sobre los trape- 
zoides. Finalmente, al rededor de la misma corona, se despren- 
den unas como medio elipses, con otra simétrica en el interior, 
8 en cada división, 64 en la circunferencia, á las cuales se han de 
aumentar 32, cuatro en cada extremo de los trapecios. Nace de 
la cavidad central una canal, terminada, en la circunferencia., 
lDal2 de longitud, 0^185 de profundidad. 

Hueco y caño son propios de la piedra y distintivos del Cuauh- 
xicalli; servían, aquel para recojer la sangre de las víctimas sa- 
crificadas ahí ó contener los corazones de los sacrificados, éste 
para que la sangre se derramase delante del ídolo. No son obra 
de la desvastacion, como quiere Gama, ni pudiera haberse prac- 
ticado en forma tan regular. 

Figuras triangulares y trapecios, circulillos ó puntos sencillos 
y dobles, signos cruciformes, medias elipses y ánulos, se cuentan 
por múltiplos de cuatro. Este número es cabalístico y misterio- 
so. Cuatro son los soles cosmogónicos ó edades del mundo; cuatro 
las regeneraciones del género humano; cuatro los movimientos 
del sol, las estaciones, las divisiones principales del dia, los sig- 
nos de los años, los ÜcdpiUi ó divisiones del ciclo, los elementos 
constitutivos de los cuerpos agua, aire, fuego y tierra. 

La figura circular es la que aparentemente afecta al sol. Signifi- 
can los triángulos los rayos luminosos que del astro se despren- 
den; los trapecios los manojos ó haces de luz, y las semielipses 
los resplandores terminales del luminar y de sus rayos. La su- 
cesión y orden de los ánulos sea tal vez relativa á la idea que 



173 

los astrónomos mexicanos tenían acerca de la constitución física 
del sol; capas concéntricas más ó menos densas encerrando la 
materia de la luz, significada por los circnlülos, conjetura que 
podía hallar fundamento en esos corpúsculos que se distinguen 
sobre nn rayo luminoso penetrando en un aposento oscuro. 

Es pues la representación del sol, en cuanto astro, y con su 
nombre reverenciado teoíL Las primeras aspas triangulares le 
califican de N(ihuidlin,'<suB,tTO movimientos. Se refieren al curso 
aparente del equinoccio de primavera al solsticio de estío, de 
éste al equinoccio de otoño, de aquí al solsticio de invierno, de 
esta posición á la inicial. Sin duda es también la cuenta de las 
cuatro grandes horas desiguales, contadas de un orto del sol al 
inmediato, de las estaciones, &e., como regulador del tiempo, en 
las fracciones grandes ó pequeñas. 

£1 relieve de la superficie convexa se compone de quince (1) 
grupos de dos figuras cada uno. Una de ellas siempre es la mis- 
ma; lleva e^L la cabeza un casco coronado con un gran penacho, 
rematando hacia la frente en una cabeza de águila, distintivo de 
ios cuacuauhtin 6 caballeros del sol; grandes pendientes en las 
orejas; al cuello un ancho collar; al pecho un adorno, ó más bien 
ana defensa contra los golpes enemigos; cúbrele la cintura y par- 
te de los muslos el maocüaíl de puntas colgantes, brazaletes, y 
adornos en las piernas; en los pies el zapato ó cacüi nacnonal, 
terminando el izquierdo en una prolongación curva háoia arriba: 
Humboldt mira en esto una arma, no es sino un distintivo. Be- 
tiene juntos en la mano derecha el chimaUi 6 escudo, dos mülf 
flecha, ó tldcochtU, vara arrojadiza, y el macucJmiü, espada mexi- 
cana, en cuyo manejo sobresalían aquellos soldados; con la mano 
izquierda empuña por el pelo al guerrero que delante tiene. Sólo 
imo de ellos se diferencia de los demás en el rico, más abundan- 
te y distinto plumaje de la cimera del casco; en el lujoso maxüatl, 
en la joya y borla que le cuelgan á la espalda: esas insignias y 
adornos, que sólo pertenecen á príncipes ó reyes, determinan 
ser éste el principal ó jefe, el grupo de mayor categoría, el pri- 
mero en ójden. 

La segunda figura se presenta con el cuerpo inclinado y el ros- 
tro afligido; ofrece con la mano derecha el símbolo de sumisión, 

(l) Ko yeinfee como dioe Humboldt. 



174 

mientras en la mano izquierda conserva todavía, bien dos flechas 
con las puntas hacia arriba, bien arco y flechas, una porra, una 
lanza ó una espada. En cuanto al traje, varía según el pueblo que 
representa. Nebel asegura, "que hay entre los conquistados dQS 
''mujeres;" no es exacto. Los guerreros que visten una especie 
de enagua llevan el ichcahíiipiUiy armadura de algodón colchado 
para defensa del cuerpo, llamada escai^píZ por los castellanos. Las 
barbas descubiertas por Humboldt en el rostro de una de las 
figuras, es un distintivo guerrero. 

En las pinturas jeroglíficas mexicanas el combate, la batalla j 
la guerra se representan de distintos modos. En los Códices Te* 
Ueriano-Eemense y Vaticano dos guerreros, distinguibles por 
sus armas y arreos, y por sus nonibres gentilicios, están uno de- 
lante de otro en ademan de combatir: es una representación mí- 
mica, caracteres propiamente kiriológicos. En la primera lámina 
del Códice Mendocino se presenta un guerrero armado, y delan- 
te el soldado vencido, y junto el nombre del pueblo que repre- 
senta con el símbolo de la conquista: aquí el grupo de mímico 
pasa á alegórico, y no significa solanaente el combate, sino tam- 
bién la victoria, el saqueo y la destrucción de la ciudad enemiga. 
En las otras láminas del mismo Códice Mendocino está pintado 
el rey y delante los pueblos por ól conquistados; esto se significa 
con un chimaüi que reposa sobre un manojo de flechas. El signo 
suena yaoyotl, guerra, batalla; ó bien reuniendo los valores ióni- 
cos de los objetos dirá mül chimoJU, lo que metafóricamente sig- 
nifica en mexicano, guerra, batalla: (1) el signo, de alegórico se 
transformó en ideográfico y aun en fonético. 

El relieve que vamos interpretando dice claramente, que cada 
par representa una batalla ó una conquista. Son grupos do ven- 
cedores y de vencidos como dice el Sr. Bamírez; los vencedores, 
los caballeros cU(icucmh.tin, águilas, los que retienen por ol pelo á 
los prisioneros; los vencidos, los que presentan la señal del tri- 
buto: el nombre del pueblo sojuzgado se mira sobre la cabeza de 
cada figura, la cual representa la población, la tribu ó la nación 
vencida. 

Poniéndonos al frente del grupo principal, el guerrero vence- 
dor, á quien su vestido distingue como rey, lleva también su 

(1) Diccionario de Molina. 



176 

nombre propio expresado por xmsk pierna; es el jeifoglifico ideo- 
pi&eo del nombre Tízoc, monarca mexicano que gobernó del 
orne calli 1481 al chicóme tochtli 1486. El vencido representa la 
provincia Matlatzinca. Son pues exactas las aseveraciones del 
Sr. Bamirez; ''es un monumento conmemorativo de las victorias 
"obtenidas por Tízoc, sobre los pueblos figurados en la circun- 
"ferencia del cilindro." Prosiguiendo bacía la derecha, contradi- 
ciendo algunas veces á Gama, bemos leído: Tochtla, Abuilizapan, 
Axocopan, Coatepec, Tenanco, Xocbimilco, Tozxiubco, Tamazo- 
lapan, Acolman, Tecaxic, Tancuitlan, Tonalimoquetzallan, Ebe- 
catepec, Cuetlaxtla. (1) 



(1) Anaks dcü ISxtseo Kaoionál, tom. I, pág. 3 y sjgs.» y Diccionario geográfico y 
ffttñígúoa de la BepübUca Mezioana. 



I 



CAPÍTULO IX. 



8acrifiom,^La piedra del soL — Historia. — Sacrificio del mensajero del sol. ^Fiesta 
del mes Xoootümetzi.^Fiesta de Teotleco.^Fiesta en Tumra del fuego en el mes 
Hucitecuilhtutl.— Sacrificio al fuego. — Fuego perpetuo^ — El hambre de la Cihua- 
coatí. — Fiesta al fuego. — De cuatro en cuatro^ y de ocJio en ocho anos, — Número di 
Jas sacrificios Tmnanos. — Universalidad de la victima humana, — No son los menea- 
nos los únicos criminales en este respecto. — Antropofagia. — Común á los puebhs de 
la tierra. — Los macanos no son antropófagos en la rigorosa acepción de ¡apalabra. 

EL rey Axayacatl, constructor de un Cuauhaxicalli, — 'Tam- 
"bien estababa ocupado en labrar la piedra famosa y grande, 
"donde estañan esculpidas las figuras de los meses y años, dias 
"y semanas, con tanta curiosidad que era cosa de ver, la cual 
"piedra muchos vimos y alcanzamos en la plaza grande, junto á 
"la acequia la qual mandó enterrar el Illmo y Bmo. Señor Don 
"fray Alonso de Montúfar, dignísimo arzobispo de México de fe- 
"lice memoria, por los grandes delitos que sobre ella se cometían 
"de muertes." (1) Adoptando la fecha esculpida sobre la misma 
piedra, la construcción data del trece acatl 1479. 

Estrenado el Cuauhxicalli con muerte de los prisioneros ma- 
tlatzinca, Axayacatl convidó á los señores de Texcoco, de Tlaco- 
pan y de otras provincias, para que viniesen á colocar la piedra 
dd sol, que ya estaba acabada; en efecto acudieron con sus alha- 
míes y canteros, y en un solo dia construyeron un maciza de 
"veinte brazas en redondo," encima del cual la colocaron ho- 

(1) P. Darán, cap. XXXV. Repite la noticia acerca de la mandada entenrar de la 
piedra, en la segunda parte, cap. IX. MS. 



177 

rizontalmente, con gran £esta de música en los templos, que- 
mándose "gran cantidad de enciensos por mano de los turíbulos 
"que tenían aquel sólo oficio de encensar, á los quales llamauan 
'ilemniacaqrie, que propiamente quiere decir turibolario ó en- 
"censador." (1) 

Colocada la piedra del sol, entró en consejo el rey con Neza- 
hnalcoyotl, Totoquihuaztli y otros señores, á fin de determinar 
a cuál proyincia se haría la guerra, para tener prisioneros que 
sacrificar en la inauguración: escogido Michhuacan, marcharon 
los reyes coligados con poderoso ejército; pero los tarascos se 
defendieron con valentía, derrotaron á los móxica, y Axayacatl, 
poco menos que huyendo, retomó á su capital á celebrar las exe- 
quias de sus muertos. (2) Terminadas las ceremonias fúnebres, 
los aliados fueron contra los de Tliliuhquitepec, población situa- 
íla entre Otompa y Tepepolco, la cual tuvo que aceptar el com- 
bate por ser una de las del concierto en la guerra sagrada. Em- 
peñada fue la batalla, y cuando los de Tliliuhquitepec rogaron 
que cesara la pelea, se encontró que el ejército había tomado 
setecientos prisioneros; no fué ello sin perdida, pues sólo de los 
gíierreros méxica faltaron 420. Axayacatl volvió á México, con- 
solándose con la reflexión de, "que de ambas partes auia querido 
comer el sol." (3) 

Para la dedicación no sólo acudieron los señores amigos, mas 
íMnbien los enemigos de casa Tlaxcalla, Huexotzinco y CholoUan. 
H dia de la fiesta, "mandaron aperciuir y aderejar la piedra y 
ios que auian de sacrificar, para lo qual se aderezó el rey, que 
"^hé el principal en este oficio, y luego su coadjutor Tlacaelel; y 
luego los que representaban los dioses todos, como eran Que- 
""tzalcoatl y Tlaloc, Opochtli, Itzpapalotl, Toualana, Apantecutli, 
''Hiiitzilopochtli y Toci, Oihuacoatl, Izquitecatl, Icnopilli, Mix- 
^coatl, Tepuztecatl, vestidos todos estos como dioses para sacri- 
'ícar encima de la piedra, todos subidos. Auiéndose aderezado, 
**áirtes que amaneciese salió el rey muy galano, y junto & él Tla- 
''eaelel al mismo modo vestido, y sus cuchillos de navajas en 
ias manos y subíanse encima de la piedra: luego sacaban los 

(1) P. Dnrán, cap. XXXVI. 

(2) P. l>iirán, cap. XXXVII. 
(Z) P. Duran, oap. XXXVHT. 

23 






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178 

''presos, todos embijado» con yeso y las canecas emplumadas y 
"unos be5ote3 largos de pluma, y poníanlos en renglera en el Im- 
gar de las calauernas, y antes que los empe9asen á sacrificar 
salía un encensador del templo y traía en la mano una gran 
"hacha de encienso, á manera de culebra que ellos llamauan 
xiuhcoaUf la que venía encendida, y daua cuatro vueltas, al rede- 
dor desta piedra, encensándola, y al cauo echáuala así ardiendo 
"encima la piedra y allí se acauaba de quemar: hecho este em- 
"pef auan los sacrificios, matando el rey hasta que se cansaua, 
"de aquellos hombres presos, y luego le sucedía Tlacaelel hasta 
"que se cansaua, y luego aquellos que representaban loa dioses 
"sucesivamente, hasta que se acauaron aquellos setecientos kom- 
'Ibres presos que de la guerra de Tliliuhquitepec auian traído; 
"los quales acauados, quedando todos tendidos junto al lugar de 
'las calauernas y todo el templo y el patio ensangrentado, que 
"era cosa de gran espanto y cosa que la mesma naturaleza abo- 
"rrece, fué ^1 rey y ofreció á sus güespedes muy ricas mantas y 
'^'oyas y muy ricos plumages." Apenas salidos los huéspedes, 
Axayacatl cayó enfermo del trabajo del sacrificio y del acedo olor 
de la sangre, muriendo de ahí á pocos dias. (1) Aconteció esto 
el año 1581. La fatal piedra causa de tanta sangre inútilmente 
derramada, costaba la vida á su mismo constructor. 

La piedra del sol estaba colocada en el departamento de los 
cuacuauUin ó caballeros del sol, donde había templo é imagen 
del astro, como ya dijimos en un capítulo anterior. Aquella con- 
gregación guerrera solemnizaba dos fiestas principales al año, 
cuando al signo óHin tocaba en el orden sucesivo de los dias e^ 
número cuatro, formando el símbolo NanhóUm, cuatro movimien- 
tos del sol. La primera del año era la más solemne. Ayunábase 
aquel dia con todo rigor, pues ni aun á los niños y los enfermos 
permitían tomar alimento; cuando el luminar estaba en la mitad 
de su carrera, tocaban los sacerdotes los caracoles y las bocinas 
á cuyo sonido acudía el pueblo en multitud. 

Al sonido de aquellos instrumentos, "sacaban un indio de los 
"presos en la guerra muy acompañado y cercado de gente ilus 
"tre; traía las piernas embijadas de unas rayas blancas y la me 
"dia cara de colorado, pegado sobre los cabellos un plumag 

(1) P. Darán, oap. X&XViU. 



1T9 

i)lanco; traía en la mano un báculo muy galano, con sus lazos y 
"ataduras de cuero enjertadas en él algunas plumas; en la otra 
"mano traía una rodela con cinco copos de algodón en ella; traía 
"acuestas una carguilla en la cual traía plumas de águila, j pe* 
"dazos de almagre, y pedazos de yeso, y humo de tea, y papeles 
"rajados con hule. De tods¿ estas niñerías hacían una carguilla, 
% cual sacaba aquel iiidio á cuestas, y poníanle al pié de las 
"gradas del templo, (1) y allí en voz alta que lo oía toda la gente 
"que presente estaba, le decían: "Señor, loqueos suplicamos es, 
"que vais ante nuestro dios el sol y que de nuestra parte le sa- 
ldéis, y le digáis que sus hijos y caballeros y principales que 
*icá quedan, le suplican se acuerde de ellos y que desde allá los 
iaborezca, y que reciba este pequeño presente que le enviamos, 
^ dalléis este bácido para con que camine, y esta rodela para 
'^ defensa, con todo lo demás que lleváis en esa carguilla.*' El 
indio, oída la embajada, decía que le placía; y soltávanlo, y lue- 
ngo empellaba á subir por el templo arriba subiendo muy poco 
^í poco, haciendo tras cada escalón mucha demora estándose 
'^pü-ado un rato, y en subiendo otro parábase otro rato, según 
ilevaba instrucción de lo que había de estar en otro escalón, y 
Cambien para denotar el curso del sol irse poco á poco haciendo 
"su curso acá en la tierra, y así tardaba en subir aquellas gra- 
'das grande rato. En acabando que las acababa de subir, íbase 
"í la piedra que llamamos cuaukodcaRi y subíase en ella, la cual 
"dijimos que tenía en medio las armas del sol. Puesto allí, en 
*^oz alta, vuelto á la imagen del sol que estaba colgada en la 
''pieza, encima de aquel altar, y de cuando en cuando volvién- 
Moee al verdadero sol, decía su embajada. En acabándola de 
'decir, subían por las cuatro escaleras que dije tenía esta pie- 
*hk para subir á ella, cuatro ministros del sacriñcio, y quitá- 
Í»ÍDle el báculo y la rodela y la carga que traía, y á él tomaban 
pi& y manos y subía el principal sacrificador con su cuchillo 
la mano y degollábalo, mandándole fuese con su mensaje al 
ero sol á la otra vida; y escurríale la sangre en aquella 
la oual por aquella canal que tenía se derramaba delante 
la cámara del sol, y el sol que estaba sentado en la piedra 
enchia de aquella sangi:e. Acabada de salir toda la sangre, 

(1) Ho del mayor, Bino del Oaanhzioaloo, qne tenía unas otuorenta gradas para mi- 
^ él, 7 estaba, ' 'donde ahora se oonstraje la iglesia mayor. " 



180 

"luego le abrían por el pecho y le sacaban el corazón, y con la 
"mano alta se lo presentaban al sol basta que dejase tle vahear 
"que se enfriaba, y así acababa la vida el desventurado mensa- 
"jero del soL" (1) 

Teníase cuidado de que el sacrificio termin^»ra al medio dia; 
los sacerdotes tocaban de nuevo los caracoles y las bocinas, sien- 
do esta señal de ser acabado el ayuno, colgaban la carguilla, el 
báculo y la rodela por trofeos junto á la imagen del sol y entre- 
gaban á su dueño el cuerpo del sacrificado para que hiciera el 
banquete de costumbre. Los mancebos cacuauldin^ en seguida, 
se juntaban delante del ídolo, con navajas se abrían el molledo 
del brazo izquierdo, pasando por la herida varitas delgadas j 
lisas de mimbre, en la cantidad que su valor y devoción les per- 
mitía, arrojándolas ensangrentadas á los pies de la imagen. Ter- 
minaba la fiesta con un gran baile, al que sólo concurrían los 
señores y principales. 

Antes de pasar adelante terminaremos la historia de la piedra 
del sol. Tomada la ciudad de México por los castellanos, derribado 
Huitzilopochtli de Su teocalli por Gil González de Benavides, (2) 
y poco á poco esparcidos los monumentos, el que nos ocupa per- 
maneció junto á la acequia, que en aquellos tiempos pasaba por 
el costado de palacio, delante de los portales de las Flores y 
Diputación, hasta que fue mandada enterrar por el arzobispo 
D. Fr. Alonso de Montufar, quien gobernó la mitra de 1551 i 
1669. Permaneció la piedra en su sepulcro, hasta que con moti- 
TO del empedrado de la plaza mayor volvió á la luz en el mes de 
Agosto 1790. Permaneció expuesta á la vandálica ignorancia del 
vulgo, sufriendo algunas desA^astaciones, hasta que los canónigos 
de la catedral lograron colocarla sobre un macizo, en la cara qu< 
mira al Oeste del cubo de una de las torres. 

Nuestro célebre anticuario D. Antonio de León y Gama \1i7J 
y publicó completa descripción del monumento, pn su sistemi 
era el calendario azteca; debería estar colocada, "sobre "un plan 
horizontal, elevada verticalmente, mirando al Sur, y con perfecí 
dirección de E. á O.;" deberían ser dos piedras complementí 
una de la otra; fuera de señalar las fiestas y fastos mexicanos,- 

(1) Duran, segunda parte, cap. X. MS. 
(2") Duran, loco cit. al final. 



181 

"Servía también esta piedra de un relox solar, por donde cono- 
Yim diariamente los sacerdotes las horas en que debían hacer 
"sus ceremonias y sacrificios, por medio de unos gnómones, ó 
'índices que le fijaban, como después veremos. De manera que 
"en esta piedra estaba reducida la mitad de la eclíptica, ó movi- 
"miento propio del sol, de occidente á oriente según el orden de 
"los signos, desde el primer punto de Aries hasta el primero de 
"Libra, &c." (1) Bajo autoridad tan competente, desde 1792 has- 
ía nuestros dias, sé ha conocido la piedra por Calendario azteca, 
Calendario mexicano. Humboldt sancionó la doctrina, (2) y desde 
entonces híui pasado sin contradicción, entre nacionales y extran- 
jeros, los asertos de Gama, repitiéndose sin variación en multitud 
de obras. 

Nuevos estudios arqueológicos traen ahora nuevas explicacio- 
üas. El Sr. Lie. D. Alfredo Chavero, con la luz de la historia en 
ia mano, hace patente, que la piedra debía estar colocada no 
rcrtical, sino horizontalmente; que no eran dos semejantes, como 
se suponía, pues no aparece haber existido más de solo una; que 
ao es, ni puede ser calendario, ya que no contiene los elementos 
indispensables para el cómputo del tiempo. Verdad es que ex- 
presa mucho de lo señalado por Gama; pero esto no la constituye 
talmente un calendario, apareciendo que es la Piedra del Sol, 
niandado construir por Axayacatl. (3) Participamos en la mayor 
parte de las mismas opiniones. 

Volvemos á los sacrificios. Cortaban en el monte el mayor ár- 
W derecho que podía ser encontrado, y sobre rodillos, sin las- 
timarle, le traían al templo, colocándole enhiesto sobre el suelo: 
^te árbol se llamaba xocott La víspera de la fiesta Xocotlhuetzi, 
^-costaban con cuidado el árbol, lo desbastaban hasta dejarle liso 
y derecho, y volvíanle á poner enhiesto, sostenido á los lados 
por diez maromas; pintado, compuesto de largos y muchos pa- 
peles, y sosteniendo en la punta una figura de masa de bledos, 
^ío«S/, en forma de hombre conforme á Sahagun, en figura de 

(1) Deacrip. de las dos piedras. Primera parte, § IV. 

(2) Vues des Oordüléres. Planche XXII. 

(3) Yéaae Pérez Hernández, Diccionario Geogr. y Estad, de la República Mexi- 
«aa, art Calendario Azteca, los opúsculos publicados por el autor, y sus nuevos 
^'Bbtjos en loe tomos I y II de los Anales del Museo Nacional. 



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182 

pájaro según Darán. El día de la ceremonia» acudían los guerre- 
ros con los cautivos que habían de sacrificar: "Traían todo el 
''cuerpo teñido con color amarillo, y la cara con color bermeja; 
''traían un plumage como mariposa, hecho de plumas coloradas 
"de papagayo: llevaban en la mano izquierda una rodela labrada 
"de pluma blanca, con sus rapacejos que colgaban á la parte de 
"abajo: en el campo de esta rodela iban piernas de tigre ó águila 
"dibujado al propósito. Llamaban á esta rodela chimaltetqpanüif 
"cada uno de los que iban en el areito así aderezados, iba purea- 
"do con su cautivo, y ambos danzando á la par. Los cautivos lie- 
"vaban el cuerpo teñido de blanco, y el maxtiail con que iban 
"ceñidos era de papel: llevaban también unas tiras de papel blan- 
'^co, á manera de estolas, echados desde el hombro hasta el 
"sobaco, y también unos cabellos de tiras de papel cortadas del- 
gadas. Llevaban emplumada la cabeza con plumas blancas á 
manera de vilma: llevaban un bezote hecho de pluma, y los ros- 
"tros de color vermejo, y las mejillas teñidas de negro: en este 
"areito perseveraban hasta la noche." (1) 

A la puestas del sol, que el baile terminaba, se retiraban loa 
guerreros con sus cautivos; á la media noche, aquellos cortaban á 
éstos, á raíz del casco, un mechón de cabellos de la corcmilla, 
los cuales guardaban por memoria de su valentía, en unas peta- 
quillas de caña, suspendidas, en lugar público, de los techos de 
sus casas. En amaneciendo llevaban de nuevo los cautivos al 
teocalli, formándoles en hilera junto al Tzompantli; bajaba un sa< 
cerdote, les quitaba una banderita que tenían en la mano, lot 
desnudaba y arrojábalo todo en el fuego. Desnudos ya los cau 
tívos, descendía del templo un sacerdote trayendo en brazos h 
imagen de Painal, paseándola delante de ellos; tomaba al templo 
y volvía á bajar por segunda vez. Entonces los guerreros toma 
ban por el cabello á las víctimas, dejándolas en el lugar llamadt 
Apetlac; acudían luego los sacrificadores, les ataban los pies, la 
manos á la espalda y les arrojaban al rostro puñados de inciense 
después lo echaban sobre los hombros acuestas, y subíanlo 
arriba á lo alto del Cu, donde estaba un gran fuego j monto: 
"de brasas, y llegados arriba luego daban con ellos en el faegc 
"Al tiempo que los arrojaban, alzábase un gran polvo de cenizi 

(1) Sahagan, tom. I, pág. U3-44. 



tí 



183 

'"j cada uno adonde caía se hacía un gran hoyo en el faego, por- 
"qne todo era brasa y rescoldo, y allí en el fuego comenzaba á 
"dar TnelcoSy y hacer bascas el triste del cautiyo, comenzaba á 
'"rechinar el cuerpo, como cuando asan algún animal y levantá- 
*1)aDBe vegigas por todas partes del cuerpo, y estando en esta 
"agonía, sacábanle con unos garabatos arrastrando los sátrapas 
"qne llamaban cifOottoct^tT^n,, y pdhíanle encima del tajón que se 
"llamaba techcaU, y luego le abrían los pechos de tetilla á tetilla, 
"6 tm poco más abajo, y luego le sacaban el corazón y le arroja-^ 
"ban á los pies de la estatua de Xiuhtecutli, dios del fuego.*' (1) 
Terminaba la fiesta con que los mancebos arremetían á trepar al 
írbol, para apoderarse de los objetos que en la punta tenía, al- 
canzando grande honra quienes podían lograrlo. (2) 

En el mes Teutleco, llegada ó venida de los dioses, el primer 
niimen que se decía llegaba era Tlamatzincatl ó Telpochtli, por- 
que como mancebo llegaba más aprisa; aparecía después Yaca- 
püzahuatl ó Yiacatecutli dios de los mercaderes, y al ñn Izco- 
¿anhqui ó Xiuhtecutli dios del fuego. Las víctimas en esta fiesta 
eran quemadas vivas, sobre el fuego encendido en el grande altar 
llamado Tecalco. (3) , 

Había en el patio del gran teocalli una pieza de unos setenta 
pi& de largo y treinta de ancho llamada TlíUan, lugar de negru- 
ra, porque no tenía por donde recibir luz alguna; entrábase sólo 
por una puerta tan pequeña que era menester penetrar á cuatro 
pies, y tenía su antepuerta para que se conservara completa os- 
curidad. Aqtií estaba la imagen de la diosa Cihuacoatl ó Qui- 
laztli, y arrimados por las paredes los idolillos grandes y chicos 
consagrados á los montes: ahí sólo se permitían la entrada los 
sacerdotes particulares y ancianos consagrados á la diosa. Veinte 
dias antes de la fiesta del mes Hueitecuilhuitl, gran fiesta de los 
señores, escogían una esclava, que con los arreos blancos de Ci- 
huacoatl representaba á la diosa, aunque bajo el nombre de Xi- 
lomen; traíanla de boda en boda y de festín en festiñ, presentán- 
dola en los mercados, y procurando que estuviera siempre alegre, 

« 

vi) Sahag^an, tom. I, pág. 145-6. 

(2) Sahagon, lib. II, cap. XXIX. Con algunas Yariantes, P. Duran, segunda par- 
te, eip. Xn. HS. 

(3) Sáhagxm, lib. II, cap. XXXI. 



1 



184 

dándole á beber del pulque ó de ciertas bebidas místicas. Llegado 
el dia de la solemnidad, ponían á la esclava delante de la puerta 
del Tlillan, con tanta reverencia como á la diosa misma. Fron- 
tero estaba labrado curiosamente con piedras el teoílecuíUiy bra- 
sero ó fogón divino; cuatro dias antes habían alimentado ahí los 
sacerdotes un gran fuego, con madera de encina, de modo que 
aquel dia estaba encendido y caliente como un gran horno. Es- 
taban ya preparados cuatro prisioneros de guerra; cuatro sacer- 
dotes tomaban á uno de aquellos por manos y pies, levantábMile 
en peso, cuatro veces le daban enviones al aire y luego le arroja- 
ban al brasero; sacábanle antes que acabase de morir y le sa- 
crificaban por el método ordinario, tendiendo el cuerpo delante 
de la diosa. Practicaban lo mismo con los cuatro prisioneros, 
tendiendo los cuerpos juntos y unidos, á lo cu^ llamaban, el 
estrado de presos. Tocaba entonces su turno á la diosa, la cual 
era tendida sobre aquel estrado y degollábanla recogiendo la 
sangre en un lebrillo, sacándola después el corazón; éste lo da- 
ban á la estatua de Cihuacoatl, con la sangre rociaban todos los 
dioses del Tlillan, las paredes y el fuego del hogar ardiente. Los 
cuerpos de los cautivos eran entregados á sus dueños, á fin de 
. que celebrasen el convite místico. 

Acabado el sacrificio, salía un sacerdote y barría cuidadosa- 
mente al rededor del teoflecuilli, que significaba á Xiuhtecutli, 
dios del fuego. Los sacerdotes de todos los barrios acudían, tra- 
yendo una manta, un maxtlatl y un idolillo; doblaban aquellas 
piezas, ponían encima al dios, se colocaban á la redonda del ho- 
gar, y desnudándose de toda rojDa, se sentaban en cuclillas, cada 
cual junto a su patrono. En cada mano tenían una hacha de una 
vara de largo, formada de la resina del anime ó copalli; las en- 
cendían en el fogón, levantábanlas en alto; la resina ardiendo 
corría por sus brazos y cuerpo, chorreaba encendida sobre su 
rostro y piernas, y ellos permanecían tranquilos y callados. Con- 
sumidas las hachas, arrojaban el sobrante al fuego, despegábanse 
lo que tenían en los cuerpos arrancando pedazos de la piel, que 
también lo echaban al fogón, quemaban ademas cargas de incien- 
so que levantaban espeso humo, y mientras se consumía bailaban 
al rededor del teotlecuiUi, cantando alabanzas en loor del fuego y 
de sus sacrificios. 

Seguía el baile de los principales y caballeros, acompañados 



185 

de mujeres^ todos galanamente aderezados, aunque principal- 
mente oon las rosas llamadas oenpoalxochitl; estas flores, termina- 
da la danza, eran colocadas sobre el altar de Huitzilopochtli, 
llamando á la ceremonia xochipaina^ apresuramiento, ó xochica- 
laquia, ofrecimiento de flores. Los mancebos subían corriendo 
al templo y se disputaban para cojer las rosas. La costumbre 
quería, que las provincias cercanas á México, dieran á porfía y 
por diez dias arreo, cada una un espléndido convite á los ea1t>a- 
Ueros méxica. (1) 

Junto al Tullan estaban los aposentos de los sacerdotes, lla- 
mados tecuacuiUm como los idolillos encerrados, y delante una 
pieza en que dos de ellos, mudándose, mantenían el fuego per- 
petuo y recibían las frecuentes oblaciones de los fíeles. Cada 
ocho dias una diputación de estos sacerdotes acudía al re}', avi- 
sándole que la Cihuacoatl tenía hambre, y para que se le aplacase 
recibían un cautivo de guerra. Moría éste dentro del Tlillan, 
arrancándole un pedazo del muslo, cual si en verdad la diosa lo 
hubiera comido. Si pasaban los ocho dias sin la ordinaria ración, 
para motejar á los señores por su falta de celo, tomaban los sa- 
cerdotes una cuna, ponían el cuchillo del sacrificio, al que llama- 
ban al hijo de Cihuacoatl, entregándola á una india de confianza; 
é&ta iba al tianquiztli, y escogiendo á la vendedora más rica, le 
rogaba le guardara su niño mientras volvía. Aceptado el encalco, 
llegado el tiempo de retirarse, y mirando que ni la madre torna- 
ba ni chistaba el niño, la mercadera registraba ia cuna, y encon- 
trando el cuchillo, admirada en realidad ó bien industriada, pre- 
gonaba que la Cihuacoatl era venida y había dejado á su hijo 
para mostrar el hambre que tenía. Entonces acudían los sacer- 
dotes llorando^ llevándose con gran reverencia su cuchillo. (2) 

£n el mes Izcalli encendían fuego nuevo, y en el hogar quema- 
ban todo género de caza, peces, ranas y sabandijas del agua; co- 
mían ciertos tamcdli preparados, llamando por eso á la fiesta 
Huouhquitamalcualiztli. Diez dias después hacían segunda fiesta 
al fuego, diferenciándose en que de los animales, los pequeños 
se dejaban consumir en la lumbre, mientras los grandes se apar- 
iÚMDL para comida de los sacerdotes. En la fiesta que de cuatro 

(1) Darán, segunda parte, cap. XIII. MS. 
(8) Darán, segunda parte, cap. XIII. MS. 

24 



186 

en cuatro años se hacía á Xiuhtecntli, mataban muchos esclayoB, 
cada uno con su mujer; el baile lo presidía el rey, j tomaba parte 
en la danza sólo la nobleza. Aquel mismo día agujeraban las 
orejas á los niños y niñas nacidos en los cuatro años anteriores; 
les tenían durante la operación los padrinos ó teÜateahtUz y se 
ejecutaba horadando con un punzón de hueso, ensalmando la 
herida con la pluma blanda de papagayo llamado ÜachaicÜ y un 
poco de ocotzoü: después les llevaban pasándoles por el fuego, 
ejecutando una especie de lustracion. (1) 

La fiesta que se hacía cada ocho años, caía unas veces en el 
mes QuechoUi y otras en el de Tepeilhuitl; llamábase Atamal- 
cualiztli, ayuno de pan y agua. Ocho dias antes guardaban un 
fíyuno rigoroso, comiendo una sola vez al medio dia tamales sin 
sal ni otro ingrediente, y bebiendo tan solamente agua. Pasado 
el ayuno, seguía un baile en que creían bailaban todos los dio- 
s^9> y por eso llamaban á la fiesta Ixneztioa, buscar ventura. 
Los danzante? se disfrazaban de aves, moscas, escarabajos, ó 
tomaban figuras de enfermos, vendedores y otras muchas inven- 
ciones. "Estaba la imagen de Tlaloc enmedio del areito, á cuya 
''honra bailaban, y delante della estaba una balsa de agua, don* 
"de había culebras y ranas, y unos hombres que llamaban maxor 
**teoaz estaban á la orilla de la balsa, y tragábanse las culebras 
"y las ranas vivas; tomábanlas con las bocas y no con las manosi 
"y cuando las habían tomado en la boca, íBanse á bailar, íbanlas 
"tragando y bailando, y el que primero acababa de tragar la cu- 
"lebraó rana, luego daba voces diciendo papa, papcu" (2) Esto 
recuerda los regocijos y juglerías del Carnaval, con su ayuno, 
aunque anticipado. 

En Cuauhtitlan levantaban* seis grandes palos como mástiles 
de navio; sacrificaban dos esclavas, desollábanlas y sacábanles 
los huesos de los muslos. Dos sacerdotes se vestían los pellejos, 
y empuñando las canillas, bajaban bramando, paso ápaso, del tem- 
plo, la gente que los veía gritaba como espantada, '^a vienen 
nuestros dioses, ya vienen nuestros dioses.'' Los dos sacerdotes 
desde abajo, adornados con cantidad de papeles, comenzaban 
á tocar con las canillas sus huehuetl, mientras la multitud sa- 



(1) Sahftgun, lib. U. cap. XXXVII. 

(2) Sahagun, tom. I, pag. 195. 



187 

orificaba delante de ellos muy grande cantidad de codornices. 
Después» ataban en los palos seis cautiyos; mas apenas. bajaban 
los sacerdotes que les subían, hombres y muchaclios disparaban 
sus flechas, hasta dejarles cuajados de ellas; volvían los sacer- 
dotes á subir, despeñaban de lo alto á los cautivos, quienes no 
obstante que se estrellaban contra el suelo, eran en seguida sa- 
crificados. (1) 

Este culto era cruel. Como si no fueran suficientes los horro- 
res de la víctica humana, los reyes pontífices y batalladores de 
Tenochtitlan por emulación supersticiosa, ó más bien por rencor 
contra los enemigos que suministraban los objetos para el sacri- 
ficio, fueron inventcuido exquisitas maneras de hacer más lenta 
y dolorosa la agonía del prisionero. Empedernido el corazón á 
la vista repetida de las escenas sangrientas, los fieles aprendie- 
ron á no perdonar su propio cuerpo; sus maceraciones y peni- 
tencias ponen miedo, maravillando que se repitieran de una ma- 
nera tan general y continuada. Por mucha qué la paciencia sea 
al leer estas aberraciones, al fin brota del labio la maldición 
contra culto tan absurdo. 

Acerca del número de las víctimas, no andan conformes los 
autores; cosa puesta en razón, supuesto que no habiendo punto 
fijo de donde partir, las avaluaciones son á ojo, determinadas 
por el buen querer. El Sr. Zumárraga en carta de 12 de Junio 
1524, asegura que solo en México se sacrificaban 20,000 perso- 
nas. Torquemada dice que estos 20,000 era únicamente de los 
niños. Según Gomara pasaban de 60,000. Acosta afirma, que en 
un solo dia eran muertos en el imperio 6,000 y aun 20,000. (2) 
£1 P. Duran se figura que el número de los que sucumbían en 
los aliares, igualaba al de los muertos de muerte natural. Opina 
Glavigero que eran muchos, sin poder señalarse el número. Por 
el contrario, el P. Las Casas limita los casos, á lo más en ciento 
al añp. Por mucho que se disminuyan, siempre resultará que 
son excesivos. Ningún pueblo, por otra parte, se extremó taüto 
como el' méxica en tan abominable costumbre. Si el número de 
los sacrificados no se puede fijar con exactitud, debe formarse 
idea por estos datos. Los prisioneros de guerra estaban destina- 

(1) Moiolinia, trat 1; cap. VII. 

(2) Clavigero, tom. I, pág. 259. 



\ 



188 

« 

dos como víctimas; los mexica eran conquistadores, extendieron 
BU dominio por un grande territorio, y de continuo llevaban 
sus armas contra las provincias independientes ó rebeldes: en 
todas las guerras, no se procuraba tanto matar al enemigo, cuan- 
to hacer el mayor número de cautivos. Las fiestas eran dia- 
rias, fuera de las solemnes de veinte en veinte dias: no habiendo 
guerra, se ocurría en estas ocasiones a la guerra pactada y reli- 
giosa contra Tlaxcalla, CholoUan y Huexotzinco. Ademas, se 
preparaba una gran hecatombe para la coronación de cada imo 
de los reyes, o cuando quería consagrarse algún nuevo monu- 
mento religioso. Espantan verdaderamente estas dos cifras; el 
número de los cráneos que los conquistadores vieron conserva- 
dos en el Tzompantli; el número de los sacrificados en la sola 
dedicación del templo mayor, que fueron 20,000 según el Códice 
Telleriano Eemense, 6 20,400 conforme al Códice Vaticano. Pre- 
ciso es también tener en cuenta, la grp,n cantidad de esclavos 
vendidos para los sacrificios. 

Tremendos cargos han sido fulminados contra los americanos 
por esta práctica impía. Para responder alzaron ya la voz nues- 
tros compatriotas Clavigero (1) y el Sr. Don José Fernando Ba- 
mírez: (2) á su ejemplo vamos á decir también algunaa palabras, 
en que sus luminosos escritos nos servirán de guías. Esta de- 
fensa y cuanto digamos, como vamos á ver, no es solo en favor 
de las antiguas tribus, sino de la humanidad entera. 

**íso ha habido casi ninguna nación en el mundo, dice Clavige- 
ro, que no haya sacrificado víctimas humanas al objeto de su 
culto. Los Libros Santos nos dicen que los Ammoníitas quema- 
ban á sus hijos en honor de su dios Moloch, íy que lo mismo 
hacían otros pueblos de la tierra de Canaam." Los Israelitas imi- 
taron alguna vez aquél ejemplo. Consta en el lib. IV de los Be- 
yes, que Achaz y Manases, reyes de Judá, usaron aquel rito gen- 
tílico de pasar á sus hijos por las llamas. La expresión del texto 
sagrado parece indicar más bien una lustracion ó consagración 
que un holocausto; pero el salmo CV no nos permite dudar que 
los Israelitas sacrificaban realmente sus hijos á los dioses de los 



(1) Hist. antig. Disertación Vil I, tom. II, pág. 418. 

(2) Hist. de la Conquista por Prescott; edic. de Cumplido, tom. II. Notas y 
clarecimieutos. 



189 

CananeoSy no bastando á retraerlos de aquella bárbara snpers- 
ticiony los estupendos y admirables milagros obrados por el bra- 
S50 omnipotente del verdadero Dios. "Commisti euné inter gentes^ 
d didicerurvt opera eorum, et servierunt sctdptilihus eorvm, etfactum 
est iUis in scadaíum. Et immolavearurd filios auoa etjfiUas suas Dcemo- 
ms. Et effudernni sangiánem innocentem; sanguinemJÚiornm stiorum 
dJRtarum suarum qncun immólaverant8ct(J.ptilibu8 Chanaan. Et infec- 
ta eM térra in sanguinibus" 

**De los egipcios sabemos por el testimonio de Maneton, sa- 
cerdote é historiador célebre de aquella nación, citado por Ense- 
bio de Cesárea, qne cada dia se inmolaban tres víctimas huma- 
nas, en Heliópolis solo á la diosa Juno. Y no eran solo los Am- 
momitas, los Oananeos y los Egipcios los que obsequiaban de un 
modo tan inhumano á sus dioses Moloch, Belfegor y Juno; pues 
los Persas hacían iguales sacrificios á Mitra 6 el sol, los Feni- 
cios y los Cartagineses á Baal ó Saturno, los Cretenses á Jove, 
los Lacedemonios á Marte, los Focenses á Diana, los habitantes 
de Lesbos á Baco, los íesalónicos al centauro Quiron y á Peleo, 
los Galos á Eso y á Teutates, los Bardos de la Germania á Tuis- 
ton, y así otras naciones á sus dioses tutelares. Filón dice que 
los Fenicios, en sub calamidades públicas, ofrecían en sacrificio 
á su inhumano Baal los hijos que más amaban, y Curcio afirma 
que lo mismo hicieron los Tirios hasta la conquista de su famosa 
ciudad. Sus compatriotas los Cartagineses observaban el mismo 
rito en honor de Saturno el Cruel, llamado así con justa razón. 
Sabemos que cuando fueron vencidos por Agátooles, rey de Si- 
racusa, para aplacar á su dios, que creían irritado contra ellos, 
le sacrificaron 200 familias nobles, ademas de 300 jóvenes, que 
espontáneamente se ofrecieron en holocausto para dar este tes- 
timonio de su valor, de su piedad para con los dioses y de su 
amor á la patria, y según asegura Tertuliano, que como africano 
y poco posterior á aquella época, debía saberlo bien, aquellos 
sacrificios fueron usados en África hasta los tiempos del empe- 
rador Tiberio, como en las Galias hasta los de Claudio, según 
dice Suetonio." 

**Ijos Pelasgos, antiguos habitantes de Italia, sacrificaban pa- 
ra obedecer á un oráculo, la décima parte de sus hijos, como 
cuenta Dionisio de Halicarnaso. Los romanos que fueron tan 
sanguinarios y supersticiosos, conocieron también aquellos sa- 



190 

crificios. Durante todo el tiempo del dominio de los reyes, in- 
molaron niños en honor de la diosa Maia, madre de los Laces, 
para implorar de ella la felicidad de sus casas. Indujoles á esta 
práctica, según dice Macrobio, cierto oráculo de Apolo. Por 
Plinio sabemos que hasta el año 667 de la fundación de Boma, 
no se prohibieron los sacrificios humanos. "D GL Vil demun tmiio 
urhisy Cn. Conx. Lmttüo Lidnio Cosa. Seiiatum consultum factum 
esty ne hofno immolaretur. Mas no por esta prohibición cesaron de 
un todo los ejemplos de aquella bárbara superstición, pues Au- 
gusto, según afirman varios escritores citados por Suetonio, des- 
pués de la toma de Perusia, donde se había fortificado el cónsul 
L. Antonio, sacrificó en honor de su tio Julio Cesar, divinizado 
ya por los Bomanos, 300 hombres, parte senadores y parte ca- 
balleros, escogidos entre la gente de Antonio, sobre un altar eri- 
gido al nuevo dios. "Perusia capta inpluHhus animadvertit; orare 
veniant, vel excusare se conantibtts una voce occurens, moriendum ese. 
Scribunt quídam trecentos et dedüitiis electos, ntritisque ordinis ad 
aram D. Julio exstructam Idtb. Martiis vicñmarum more macicUos.^ 
Lactancio Firmiano que conocía á fondo á la nación Bomana y 
que floreció en el siglo lY de la Iglesia, dice expresamente que 
aun en sus tiempos se hacían aquellos sacrificios en Italia al 
dios LaciaL "Nec Latini quidem hujus immanitaiis eocpertes fuerunt 
siqmdem Latialis Júpiter etiam num sanguine colitur humano.^^ Ni 
los españoles se preservaron de aquel horrible contagio. Estra- 
bon cuenta en el lib. m, que los Lusitanos sacrificaban los pri- 
sioneros cortándoles la mano derecha para consagrarla á sus 
dioses, observando sus entrañas y guardándolas para sus agüe- 
ros; que todos los habitantes de los montes sacrificaban también 
á los prisioneros con sus caballos, ofreciendo ciento á ciento 
aquellas víctimas al dios Marte, y hablando en general dice, que 
era propio de los españoles sacrificarse por sus amigos. No es 
ajeno de este modo de pensar lo que Silio Itálico cuenta de los 
Béticos sus antepasados, á saber, que después de pasada la ju- 
ventud, fastidiados de la vida, se daban muerte á sí mismos, lo 
que el elogia como una acción heroica: 

"Prodiga gens animad et properare facillima mortem; 

''Nanque ubi transcendit florente viribus annos, 

''Impatiens oevi spemit venisse senectam, • 

''Et fati modus in dextra est. 



191 

"Quién diría que esta manía de los Béticos había después de 
ser una moda en Francia y en Inglaterra? Viniendo á tiempos 
posteriores, el P. Mariana, hablando de los Gk>dos, que ocupa- 
ron la España, dice así: 'Torque estaban persuadidos que no 
^'tendría buen éxito la guerra, si i^o ofrecían sangre humana por 
"el ejército, sacrificaban los prisioneros de guerra al dios Marte, 
"al cual eran particularmente devotos, y también acostumbra- 
''ban ofrecerle las primicias de. los despojos, y suspender de las 
"ramas de los árboles los pellejos de los que mataban." Si no 
hubieran olvidado esta especie los españoles que «escribieron la 
historia de México, y hubieran tenido presente lo que pasaba en 
su misma península, no se habrían maravillado tanto de los sa- 
crificios de los mexicanos." 

Dejando á Clavigero, encontramos en Cesar Cantú: (1) ''La 
mayor parte de los pueblos han inmolado víctimas humanas. 
Fenicios, i^pcios, Árabes, Cananeos, habitantes de Tiro y de 
Cartago, Persas, Atenienses, Lacedemonios, Jónicos, todos los 
griegos del continente y de las islas, Bomanos, antiguos Breto- 
nes, Hispanos, G^los; todos han estado igualmente sumergidos 
en esta horrible preocupación. Para conseguir el favor de los 
dioses, el rey de Moab ofreció á su hijo en holocausto sobre los 
muros de su capital, sitiada por los Israelitas, causando esta ac- 
ción tal horror á los sitiadores, que al momento se alejaron. (2) 
No puede menos de sentirse un estremecimiento de horror al 
leer en los autores tanto antiguos como modernos la descripción 
de los sacrificios humanos, usados desde los tiempos más remo- 
tos en toda la gentilidad, y practicados hoy día en la India y en 
lo interior del África. Ignórase quién fué el primero que acon- 
sejó tan atroz barbarie; pero haya sido Saturno, como resulta en 
el fragmento de Sanconiaton, ó Licaon como Pausanias parece 
indicar, es lo cierto que esta costumbre echó profundas y robus- 
tas raíces. La inmolación de las víctimas humanas era una de 
las abominaciones que Moisés reprendió á los Amorreos; los 
Moabitas sacrificaban niños al dios Moloc, cuya cruel costumbre 
prevaleció entre los Tirios y Fenicios, y los mismos Hebreos la 
habían tomado de sus vecinos." 

(1) Hiflt. Universal, tom. VIH, pág. 787. 

(2) IV Beg. IV. 27. 



1 



192 

El mismo Cantó escribe en otra parte: (1) "Qnisiérase negar 
la historia cuando nos muestra este abominable nso practicado 
en todo el universo; pero para oprobio de la especie humana no 
hay cosa más incontestable, pues que hasta las ficciones de la 
poesía atestiguan esta preocupación universal."- 

Copiando ahora al Sr. Bamírez, (2) dice: "En efecto, dejando 
á un lado la sola tradición histórica, que nos conduciría en nues- 
tras investigaciones á una época más remota que la del sacrifi- 
cio intentado por Abraham, (3) y ateniéndonos únicamente á 
aquellas pruebas de hecho que aun se conservan, y que podemos 
juzgar por nosotros mismos, es de veras muy digno de atención 
que la prueba de la existencia de los sacrificios humanos se en- 
cuentra en monumentos que á su vez son testigos irrecusables 
de la alta civilización á que había llegado ^1 pueblo que los cons- 
truyó; cual si nos dijesen en lenguaje misterioso que aquellos 
habían caminado á la par de ésta. Las estupendas ruinas de 
Persépolis, que nos transportan tantos siglos más allá de Alejan- 
dro, han perpetuado en sus magníficos relieves la memoria de 
los sacrificios humanos: (4) la misma se reproduce en las pintu- 
ras halladas en los sepulcros de los reyes de Tebas, no dejando 
duda alguna, dice el barón de Humboldt, de que los egipcios 
practicaron estos sacrificios. (5) Muestras de ello se reconocen 
en los escombros que cubren fa isla Phila ó Philoe, cuyos aca- 
bados relieves y cincelados mármoles nos hacen retroceder, en 
los más moderaos, un periodo de cinco mil años. (6) En fin la 
antigua y misteriosa India nos presenta en el collar de cráneos 
humanos que adornan el cuello de la diosa Cali ó Bhavani, así 
como también en las esculturas de Elephantina, la práctica de 
las tremendas lecciones contenidas en sus libros sagrados. (7) 

(1) Loco cit. pág. 772. 

(2) Notas y esólarecimientos, pág. 89. 

(8) £1 sabio Abate Guence conviene en que esta especie de sacrificios estaban en 
uso mucho antes de Abraham, Lettres de quelquesjuifa, vol. n, lett. 3, § 2. 
(4; Chardin, Voyages en Perse, <fec., vol. IX, pág. 63 y sig. edic. 12. ® 1711. 

(5) Vues des CordiUéres, &c. Planche XV, vol. I, pág. 289 in 8. <=> 

(6) Histoire scientifique et militaire de rezpédition francaise en Egypte, yoI. V ó 
III, cap. I, in 8. <=> 1832. 

(7) Vues, &c., loe. cit pág. 256.— **E1 placer que causa á la divinidad el sacrificio 
de una tortuga, dice la ley del Indostan, solamente le dura tm mes; el que recibe 
del sacrificio de un cocodrilo, dura tres meses; una DicUma humana le causa un pía- 



193 

Por lo que toca á los pueblos que llamaré modernos, conside- 
rándolos como la almáciga ó el tronco de donde brotaron las 
naciones que hoy llevan la bandera de la civilización, es muy 
fácil probar con su misma historia, que ni uno sólo de ellos ha 
escapado á aquel bautismo de sangre, cual si éste formara uno 
de los necesarios eslabones de la cadena social, que ninguno ten- 
dría el privilegio de saltar." (1) 

Del testimonio conforme de los autores se deduce, que la 
práctica de los sacrificios humanos ha sido común al Antiguo y 
al Nuevo mundo. ¿Podremos inferir de su universalidad, la bon- 
dad de la costumbre? De ninguna manera: la repetición de un 
acto criminal, ni le abona, ni le justifica. Pero se puede estable- 
cer, que los europeos cometen un acto de injusticia y de irre- 
flexión al levantar el grito contra esta barbarie de los americanos 
achacándoles como crimen particular el que también es propio 
suyo y común. Cuanto de los indios digan, cae sobre la cabeza 
de todos los pueblos; ese afectado horror está fuera de lugar; si 
alguien está inocente tire la primera piedra. 

Mas esta mancha de la humanidad ¿alcanza alguna explicación 
plausible? ¿Tan grande falta es, que no admite disculpa ni mer- 
ced delante de la razón? Tal vez pudiera merecer alguna. 

En último análisis, los sistemas religiosos de los filósofos so 
resumen en estos principios. Dios crió al hombre, se comunicó 
con BU obra, se le dio á conocer y le impuso una doctrina; la re- 
Telacion. Esta es mi creencia. La idea de la Divinidad es innata 
en el hombre: la intuición. Dios y su culto son un esfuerzo de 
la inteligencia humana, y marcan cierto estado de adelanto: la 
evolución. En ningún caso puedo creer con el poeta, que los pri- 
meros dioses hayan sido el parto del temor. (2) No en el prime- 

«r de mil años, y tres, un placer de den mil años. De la reHgion considerée dans sa 
KNxree, «fcc., por B. Oonstant, lib. Xn, cap. 2, in 8. ^ 1831. — Es probable que así 
hsyan discturrldo todos los pueblos, desde el momento en que les ocurrió salpicar 
ran sangre las aras dé sus dioses, sin que fuera bastante á contenerlos otro poder, 
qoe el emergente del abuso mismo del sacrificio. 

(1) Para no fastidiar Á mis lectores con la lectura insípida de un mismo hecbo, 
Ttxiando solamente con los nombres propios de los pueblos, lo remito al capítulo ci- 
tftdode B. Constant, y al lib. VII de la Monarquía indiana del P. Torquemada; don- 
de hallará una gran parte de las pruebas que podrían producirse en apoyo de esta 
pcopoócion. 

(2) PrimuB in orbe Déos íecit timor. 



194 

ro, porque Dios se reveló á su hechura por la ley del amor; no 
en el segando, porque la idea estaba concebida; no en el terce- 
ro, porque el hombre, en su estado primitivo convencional y sn- 
puesto, está más propenso á la admiración que al miedo; porque 
del peligro se huye sin detenerse á adorarlo; porque lo que se 
alza por Dios infunde respeto, y antes fue elegido por el recono- 
cimiento ó el asombro. 

Sin embargo, es evidente que en el culto se encuentran mez- 
clados dos sentimientos, al parecer impopible de estar asociados, 
el amor y el miedo. La explic&cion es fácil. Dios se considera 
siempre como la perfección absoluta. A poco que se examine, el 
hombre se encuentra imperfecto, trunco. La inmensa grandeza 
de Dios, los favores de él alcanzados, la esperanza de los bene- 
ficios por recibir, determinan la admiración, el agradecimiento 
y ' el amor. Las relaciones que se establecen entre Dios y el 
hombre presuponen una regla de conducta, es decir, una ley con 
su parte penal; recompensa para quien la cumple, castigo para 
quien la infrinje. Ahora bien; reconocida por el hombre su im- 
perfección, por esta causa, ó por temor á la perversidad perso- 
nal, piensa que es fácil, muy fácil conculcar la ley. Del crimen 
viene el miedo al castigo, el temor á la Divinidad; no por supo- 
nerla malévola ó vengativa, sino precisamente por considerarla 
justa- 
Apartado el hombre de la revelación, quedó entregado á su 
propia ceguedad. £1 amor inventó la ofrenda, el miedo el sacri- 
ficio. La ofrenda es al principio sencilla, como sencillo es el co- 
razón; después razonada, á medida que se ilustra la mente. Nada 
más tierno, nada más natural, que colocar sobre el altar la yer- 
ba olorosa, la flor fragante de los campos, el fruto sazonado y 
sabroso, las espigas de la cosecha, las primicias del rebaño* El 
sacrificio es la expiación, y comienza por la persona del culpa- 
do. I^a falta se purga por la pena proporcional; cuanto más gra- 
ve es el pecado, tanto mayor será la penitencia. Brota del labio 
la oración ó súplica; siguen la abstinencia, la maceracion; el arre- 
pentimiento y el fervor conducen á expiaciones en que el cuerpo 
se desgarra, y la sangre que de las heridas mana es la primera 
que, sin pretenderlo, se ofrece á la Divinidad. 

La lógica del sentimiento ^da por pendientes resbaladizas. 
Prosiguiendo en sus inducciones, admite que la culpa puede re- 



195 

dímirse por objetos extraños al culpado; es decir, descubre el 
aiatema de sustitución. Y como la DiTÍnidad es dueña de todo 
lo ereadOy fuente de la producción y de la vida, infiere, que no 
solo se le deben los seres inanimados, sino también los vivien- 
tes; á las plantas, flores y frutos seguirá la ofrenda de animales. 
Los seres animados solo pueden ser sustituidos por seres ani- 
mados. A la ofrenda acompaña la víctima, el símbolo expiatorio; 
el sacrificio se hace superior á la oblación. [La víctima se hace 
santa, por estar consi^ada á Dios: si redime la culpa individual 
también puede ponerse en desagravio de las maldades públicas, 
ó por la salud común; entonces el sentimiento particular se con- 
vertirá en común y ritual. La víctima será de tanto mayor precio, 
cnanto mayores sean las perfecciones que se le atribuyan. Cada 
pueblo dará la preferencia á un animal privilegiado; y como la 
repetieion de un sacrificio es la repetición de una obra merito- 
ria, no siempre la piedra se conformará con una víctima, y llega»* 
rá hasta la hecatombe. 

Se escapan las ideas intermedias, que á los hombres actuales 
no pueden ocurrir, hasta llegar á la víctima humana, que era la 
consecuenciaiorzosa de una lógica inflexible, torcida en sus ^in« 
eipios. Admitida la sustitución, el suplicio del criminal que sa- 
tis&cia la vindicta pública, se transformó en el sacrificio del 
malo para aplacar á la Divinidad enojada y alcanzar el remedio 
de la comunidad. Si se degollaba al prisionero por enemigo de 
la patriss se le podía sacrificar como enemigo de los dioses. Se 
inmolaba al esclavo, con el derecho que el señor tenía para dis- 
poner á su antojo de su propiedad. Pereció también el inocente, 
pedido por el expreso mandato del dios, por el voto popular, por 
ímb prescripciones del rito. 

Puesta la primitiva verdad en la resbaladiza pendiente, fuerza 
era verla despeñada hasta el abismo. El pensamiento seguía el 
érden progresivo; la piedra para sostener el ara; los metales y 
objetos valiosos para adornarla; las plantas y frutos para ofren- 
da; los animales, víctimas de sustitución; preciso era llegs^ al 
ser más perfecto en la creación, al más preciado, al que más se 
poMle semejar á la Divinidad, el hombre. £1 hombre víctima de 
sí propio en la penitencia personal; víctima de sustitución por 
nna congregación, por un pueblo entero. Si el sacrificio del cri- 
minal era grato, en casos escepcionales lo sería con mayor razón 



196 

I 

el del inocente. Si sucumbía el guerrero, también tenía su pre- 
cio la sangre de la mujer y del niño. Nada de esto podemos aho- 
ra admitir como racional, porque precisamente venimos contra 
la corriente de aquellas ideas absurdas. Nos parece el sacrificio 
humano, impío y abominable; matar al inocente, atentatorio y 
criminal; dar la muerte al prisionero, injusto; reconocer la escla- 
vitud, inicuo: pensamos detenernos ante la vida del malvado, 
como ante cosa de la cual no podemos disponer. m 

Vemos á todos los pueblos convergir á un punto, aunque igno- 
ramos los caminos por donde llegaron; se les ve coincidir en una 
idea común, sin que tengamos todos los elementos para juzgar 
del raciocinio. Sin embargo, estudiando los rastros que aun que- 
dan en la historia, se descubre que el sacrificio humano, más es 
error del espíritu, que perversidad del corazón; dimanó de exce- 
so en el sentimiento religioso, y no de verdadera inclinación al 
maL Los pueblos en los tiempos que siguieron esa bárbara ins- 
titución, progresaron física y moralmente. La víctima humana 
no se presentó, sin existir primero la idea de un Ser Supremo, la 
inmortalidad del alma, la vida futura, el castigo y la recompensa 
de las acciones, la redención de la culpa, la sustitución en el sa- 
crificio, la eficacia de las acciones buenas para lograr el perdón; 
un conjunto completo de doctrinas, enderezadas á ensalzar la 
virtud y enfrenar el vicio. Sin duda que es una inmensa mejora 
moral haber suprimido esa práctica salvaje; pero, examinada fi- 
losóficamente, no se presta á las lamentaciones intempestivas de 
ciertos pensadores llorones. El sacrificio humano es un lamen- 
table error de la humanidad. Adoptando los pensamientos del 
conde de Maistre, (1) '*su horror nace de que sin duda ignoran 
''que el abuso de sacrificios, por enorme que sea, es nada en 
"comparación de la impiedad absoluta." En cuanto á mí, voy 
más adelante. Prefiero la víctima humana, á la ausencia de Dios 
y de su altar en el sistema del ateo: para mí, encierra más sen- 
tido común el fetiche del negro bozal, que el evasivo y descon- 
solador quien sabe del pirrónico. El cristianismo hace imposible 
4}ue aparezca otra vez la víctima humana: Dios aparta indignado 
los ojos de la sangre, y ya fuó redimida la humanidad por el 
cruento sacrificio del Calvario. 

(1) In Bamires, looo cit pág. 70. 



197 

Fuera del qne acabamos de narrar, se formula segundo cargo 
contra los mexicanos, el de antropofagia. Seré breve: 

"Ademas de los ejemplos producidos, dice el Sr. Don Josa 
Femando Bamírez, (1) y sin. tomar en cuenta el semillero de 
antropófagos, que los poetas antiguos j los mitólogos sitúan en 
el corazón de la Europa, sabemos por Plinio y por Pomponio 
Mela, (2) que lo eran esas numerosas tribus conocidas bajo la 
denominación de Escitas: lo mismo dice Estrabon (3) de los Ir- 
landeses: como testigo de vista lo afirma San Gerónimo (4) délos 
Escoceses, y Diódoro de Sisilia, (5) confirmando estas noticias, 
aumenta eí catálogo con las numerosas tribus de. los Celtas. 
Voltaire cita un pasaje de Marco Polo, que decía ser un privile- 
gio de los magos y sacerdotes Tártaros comer la carne de los 
ajusticiados, y Sir Stamford Baffles refiere un hecho semejante, 
de muy reciente data y del más singular carácter que observó 
entre los Battas, (6) pueblo de la Sumatra, donde la civilización 
ka hecho grandes progresos, pues no sólo han adoptado para su 
gobierno las formas constitucionales, sino que también tienen 
establecimientos de instrucción publica, y una gran parte de la 
población sabe leer y escribir." 

"Para dar punto á este artículo y completar la prueba relativa 
á la universalidad del antropofagismo, diró con el sabio Virey, 
que ha examinado la materia como historiador, como filósofo y 
como fisiólogo: "Las naciones hoy más cultas fueron antigua- 
"mente antropófagas: Pellontier lo afirma de todos ios Cdtas, (7) 
**y Cluver de los Alemanes. (8) Infiérese por las capitulares de 
"Cario Magno (9) que este crimen debía ser bastante común, 
**puesto que aquel grande monarca tuvo necesidad de imponer 
'*penas para suprimirlo. En la guerra que los tártaros hicieron á 
*1o8 rusos el año de 1740, se les vio chupar la sangre á los muer- 



(1) Notas y aclaraciones, pág. 64. 

(2) Plin. Hist. natur. IV, 17.— Mela, de Situ Orbis, H, I. 

(3) Geograpb., lib. IV, pág. 189. 

(i) QáL por Torquemada, Ub. XIV, cap. IXVI. 
(6) Hiat. ünivers., V. 21. 

(6) Encjclopedie des gens du monde, ¿c. art. Adultere. 

(7) Hist dea cnltes, t. I, pág. 235-243. 

(8) Germán, antig. 

(9) Edic. d'Heinec., pág. 882. 



198 

"tos. Todos ¡08 europeos descienden oriffinanamenie de una raza an* 
^^trop¿faga. ün antiguo escoliasta de Píndaro lo afirma de loa 
''pnebloB del Ática, en épocas remotas, y Pausanias lo asegura 
''de los imtiguos griegos, que con el' discurso del tiempo llegarosi 
"á formar la nación más culta é ilustrada del universa" £3 au- 
tor citado que prosigue haciendo una larga y minuciosa enume- 
ración de otros muchos pueblos de ambos continentes,, pazm 
probar, que nada tiene absolutamente de nuevo ni de extraño que él 
hombre haya devorado á su semejante^ la cierra exclamando: ^'Nos- 
otros, pues, somos descendientes de antropófagos.^^ (1) 

Infiérese de aquí, que la antropofagia ha sido crimen común 
del mundo entero; esta cuestión queda colocada en el mismo te- 
rreno que la de los sacrificios humanos. 

Denominase antropófago al que come carne humana. Se com- 
prende que comer carne humana es un acto abominable, y se 
debe conceder que los mexicanos se entregaban á esta práctica- 
Pero, ¿no existe diferencia alguna, entre quien la come por vicio, 
por placer, por costumbre, porque hace de ella la parte princi- 
pal y constante de su alimentación, y quien sólo la come en cier- 
tas y determinadas ocasiones, permitidas por la ley y prescritas 
por el culto? No, se responderá; la razón anatematiza el hecho 
bárbaro de tocar á la carne del hombre, y no aminora el crimen 
la cantidad tomada por alimento, ni el disfraz con que se la en- 
cubra. Sin pretender clasificar los diversos géneros de antropo- 
fagia, insisto en que, es más viciosa y repugnante la conducta 
del caribe, del caníbal, del acaxee, que andaban á caza de hom- 
bres para devorarlos, que la de los méxica comiendo únicamente, 
por sentimiento religioso, la carne de las victimas inmoladas á 
los dioses. Sólo pretendo explicar la antropofagia de los aztecas. 

Besumiendo de nuevo lo que ya dijimos, el Estado y los par- 
ticulares proveían de víctimas al culto, y ninguna injusticia, se- 
gún ellos, se cometía en la muerte de las personas entregadas al 
cuchillo sacerdotal. Los esclavos perecían bajo el derecho que 
el dueño tenia para disponer de sus cosas. En cuanto á los pri- 
sioneros de guerra, reconvenido Motecuhzoma por Oortés acerca 
de la crueldad de los sacrificios, contestó el rey : "Nosotros tene- 
^^os derecho de quitar la vida á nuestros enemigos; podemos 

(1) NouTeau dictíon. d'hist natur. art. Anthropopfaagae. Pazia, 1816. 



199 

^^matarloB en el calor de la accioB^ como vosotros hacéis con los 
"noestros. ¿Y por qué no podremos reservarlos para honrar con 
**sa muerte á nuestros dioses?" (1) Idénticas ideas acerca de estos 
capítulos, profesaban muchos pueblos del antiguo continente. 

üoníórme al sistema de sustitución, inmolada la víctima que- 
daba consagrada^ por pertenecer á las divinidades. Sacada de su 
estado natural por la santificación del sacrificio, se transformaba 
en ana sostancia mística; desaparecían los caracteres primitivos, 
digamos así, para adquirir^otros simbólicos y perfectos. Comer 
de la víctima es declararse adorador del dios, oon&sor de la re- 
ügion, parte integrante de los creyentes; hay una especie de 
identificación con la misma divinidad; se goza de una prerogativa 
casi celeste; el objeto comido cobra el mismo valoi^ de la trans- 
¿nrmacion santa del sacrificio. ^Tor una continuación de las mis- 
'"mas ideas sobre la naturaleza y eficacia de los sacrificios, veían 
''también los antiguos alguna cosa misteriosa en la comida del 
"«cuerpo y de la sangre de la víctima. Ésta contenía, en su sentir^ 
"eZ complemento dd sacrificio y déla unidad reUgiosa, de tal modo, 
"que los cristianos rehusaron por mucho tiempo probar las car- 
'^nes inmoladas, para que no se creyese que comiéndolas, reco- 
''nocían las falsas divinidades á que se habían ofrecido; porque 
'^iodos los que participaban de una víctima son vn mismo cuerpo. (2) 
'^MaB esta idea universal de la comunión por la sangre, aunque 
''viciosa en su apHcacion, creo sin embargo justa y perfecta en 
"sa origen, así como aquella de la cual derivaba." (3) 

Los méxica, en virtud de la trasmutación, comían la carne de 
la victima, no por ser codorniz, culebra ú hombre, sino porque 
era una sustancia santa. La tenͣui por cosa consagrada y sagra- 
da, como aquella masa de tzoalli de que formaban el cuerpo de 
Huitzilopochtli, que despedazada servía en menudos trozos p^ra 
su comimion mística. Ademas, la participación de la víctima 
sólo alcanzaba á la gente ilustre y principal, al dueño del escla* 
To ó cautivador del prisionero con sus amigos y parientes; no 
era una práctica universal, no todos llegaban á comer la carne 
hu&Aana. • 

(1) darígero, tom. II, pág. 427. 

(2) 1. Oocinth. X, 17. 

(3) SI conde de Maistre, eit. por Ramírez, pág. 56. 



200 

Pudiera llamar la atención ese convite repugnante en que la 
víctima era servida condimentada. Pero, los grados en el ejército, 
las distinciones civiles, las recompensas de todo género se alcan- 
zaban en los campos de batalla, y se medían por el numero de 
prisioneros cautivados personalmente. Traer un hombre de la 
guerra era una valentía, era rematar una hazaña á la cual seguía 
el premio; prescrito por el ritual que el prisionero se consagrara 
á los dioses, quedaba trasmutado en víctima; nacía de entrambas 
cosas un acontecimiento fausto, y para comer la sustancia mís- 
tica y celebrar los hechos del guerrero, era ese convite religioso 
y social al tiempo mismo, á que concurrían los amigos y parien- 
tes del .vencedor. 

Fuera de la víctima inmolada, nunca los méxica comieron la 
carne humana, ni aun en los casos de mayor apuro. He aquí la 
prueba. Bajo el reinado de Motecuhzoma Hhuicamina sobrevino 
una hambre espantosa; el pueblo necesitado devoró plantas y 
raíces; se alimentó de los animales más inmundos; vendieron sus 
hijos á cambio de maíz á los mercaderes cuexteca y se vendían 
á sí propios; emigraron á tierras lejanas, quedando muchos muer- 
tos por campos y caminos: durante tamaño apuro no se registra 
en los anales de ese pu6blo afligido que se comieran unos & otros, 
no ya dando á otro la muerte cuando vivo, pero ni aun aprove- 
chando los despojos de los muertos. Eepitióse la plaga en el rei- 
nado del segundo Motecuhzoma, y en las mismas condiciones. 

Los conquistadores, (1) como testigos presenciales, refieren los 
sufrimientos de los meiica durante el asedio de Tenochtitlan. 
El hambre fue la más cruel. Consumidas las provisiones comie- 
ron las hojas y las cortezas de los árboles; escarvaron la tierra 
para sacar las raíces; agotaron las sabandijas en la tierra y en el 
agua de la ciudad: murieron de hambre y no tocaron á los cuer- 
pos de los suyos. No les faltaba poco ni mucho de aquel alimen- 
to, porque las plazas, las calles, las casas estaban sembradas con 
montones de cadáveres despedazados y de miembros esparcidos. 
"También quiero decir, dice Bernal Díaz, (2) que no comíanla 
"carne de sus mexicanos, sino era de los enemigos tlaxcaltecas y 
"las nuestras que apañaban; y no se ha hallado generación en el 

(1) Bemal Díaz, cap. CLVI. Cartas de Cortés, en Lorenzana, pág. 289. 

(2) Loco cit. 



. ^ 201 

'*mimdo que tanto sufriese la hambre y sed y continuas guerras 
"como ésta." Es de advertir, que esa caíne de los tlaxcaltecas y 
de los españoles que los méxica comían, provenía de los prisio- 
neros sacrificados, mas no de los muertos caídos sobre el campo de 
batalla. Francisco López de Gomara, informado por los conquis- 
tadores, repite la cuenta de las penurias de los sitiados y escribe: 
*De aquí también se conoce, cómo mexicanos aunque comen 
"carne de hombre, no comen la de los suyos, como algunos píen- 
"san, que si la comieran, no murieran así de hambre." (1) El 
cronista Herrera, (2) quien tuvo á la vista documentos auténti- 
cos, afirma expresamente: "Teníanse en casa los muertos, porque 
"los enemigos no conociesen su flaqueza: no los comían, porque 
ios mexicanos no comían los suyos." 

Causa verdadera admiración que, contra autoridades tan carac- 
terizadas, emita opinión contraria el Sr. Prescott, en su Historia 
de la Conquista de México; mas ya fué combatido victoriosamen- 
te por el Sr. Eamírez. (3) 

Pongo punto final Á este asunto. Ignoro cuál será la impresión 
que mis observaciones dejen en el ánimo de los lectores. En mi 
creencia personal, si porque los méxica gustaban la carne huma- 
na 88 les puede llamar antropófagos, evidentemente no eran ca- 
níbales. Una advertencia. Ni remotamente se vea en lo escrito 
la aprobación del sacrificio humano, ni mucho menos el comer 
de la víctima. Esta es explicación, y no defensa. (4) Aborrezco 
Mas las acciones que propenden á la destrucción violenta del 
iombre, llevando por máxima, pocas veces la sangre se vertió sin 
crimen. 



(l) Crónica de la N. España, cap. CXXXXIII, in Barcia. 

f2) Déc. ni, Hb. n. cap. VHI. 

(8) Kotas y esclarecimientos, p^g. 64. 

(4) Fr. Jacobo de Testera, escribiendo al emperador Carlos V, de Huexotzinco, á 
^ds Kajo ll»33, le decía: ''Sy dy^en qne tienen inoapa9Ídad natural, díganlo las ' 
^'obns y enooiuen9ando de sus males los ritos de las ydolatrías é adorafiones de sus 
"ialaos dioses é <;irimonias de diversos grados de personas cerca de sus sacrificios 
"<líe, avnqne estp es malo, na^e de vna solicitud natural no dormida, que busca so- 
"oorro é no topa con el verdadero remediador, &o." Cartas de Indias, pág. 64. 

26 



I 



LIBRO 11. 



CAPITULO I. 

Coétumbres.— Estado interesante.— Precaucionés.—Loi dhua^Mpütín, —Féiioftmáia 
nei.—I[oróscopo, — Ul bautismo.--'^<miín'es,'—La4¡taiicCa.-—(^reunoiíion. — J^óájoa' 
don de los niños al Calmecac ó al TelpuchcalU, — Educación doméitiea s^ffun el 
Códice Mendocino.— Educación religiosa de la mujer, — Sacerdotisas ó morcas. — 
CancvMnaje. — Mujeres públicas,— El Cuicoyan, — Leyes acerca del matrimonio, — 
Bepudio ó divorcio.— Ceremonias en el matrimonio.— En Idusatlan. — En la 
teca. — Entre los otomies. 



LOS antiguos méxica se distinguían por ceremoniosos. En 
relaciones, aun en las más comunes, se sujetaban á ciertas 
reglas, que constituían su código de urbanidad. Eran fórmnlaa, 
acompañadas de discursos más ó menos prolijos, aprendidos de 
memoria en las escuelas ó en el seno de la familia, repetidos de 
una manera igual en todas las circunstancias idénticas. Esas 
arengas, muchas de las cuales conserraron los autores, ofrecen 
un lenguaje sentencioso, lleno de figuras é imágenes, abundando 
en palabras expresivas y del mayor comedimiento. Las ideas 
'predominantes son, el respeto á los dioses, el cumplimiento exa^ 
jerado del culto, una negra superstición, basada en creencias 
extravagantes y agüeros absurdos; sigue la parte moral, excelen- 
te en máximas y doctrinas tomadas de las fuentes más puras. 



303 

dhteiibriéiidose en el fondo ciertas apreiisiones melimoólicag, á 
que dan lúimeoto la mstabilidad y rapidez de las cosas hnma- 
M89 los sufrimientos y las penalidades de la vida transitoria, el 
reonerdo de la vida fatiira> amargado por los castigos qne aguar- 
dan á quienes no cnmplen sns obligaciones. Siempre la messcla 
eonfcBsa que hemos encontrado en las ideas religiosas. 

Para penetrar en el laberinto de las costumbres, vamos á to- 
mar por guia el Códice de Mendoza. Documento auténtico y del 
mayor preciojpara nuestra historia, las quince láminas de que su 
tercera parte consta, de la 68 á la 72 indusives, al interpretarlas 
Bds conducirán por la vida íntima de los pueblos que nos van 
ocupaindo. 

Imego que la casada se sentía madre, lo avisaba á sus parien- 
tes; seguíase una reunión de las familias de los cónyuges, en que 
mutuamente se daban el parabién por el feliz suceso, en largos 
y numerosos discursos: acababa la reunión con un convite. (1) 
Bepetíase cuando la enferma llegaba al sétimo i octavo mes, mas 
entonces concurrían sólo los parientes ancianos, hombres y mu- 
j/sree, quienes, después de la comida indispensable, elegían la 
miqer experimentada para aquellas ocasiones, llamada ticüL La 
médica, por lo común vieja, se hacía cargo de la paciente; la 
pmnera prescripción era un ba&o en el temaxcctSd, invocando á 
loaMicitl diosa de los baños, á Xochicatzin y á Quilaztli, núme- 
nes protectores en aquellos casos; seguía la imposición de ciertas 
re^as higiénicas, como la de no entregarse á ejercicios violentos, 
nmir buenos alimentos, Jkc, á las que iban unidas muchas indi- 
eaeíones absurdas, como las de que no viera lo colorado porque 
d Mo no se pusiera de lado; no mascara tzidli, (chicle, el chapos 
poSS) para que el niño no contrajera la enfermedad dicha neten-- 
tasponük^, y así otras. (2) Dura todavía la costumbre en el 
pmblo de contentar los antojos que en las cosas de comer tenga 
la mt^er grávida, á fin de evitar el aborto. 

Ims medicinas apHcadas en la hora crítica, hora de muerte co- 
mo la llamaban, consistían en baños, dar á la paciente una infa- 
áen éñ la raíz molida de la yerba llamada cihuapadli^ y como 
wpmmo-'expelente una bebida en que se ponía el polvo de un 

(1) P. 8ahagmi> tom. 11, lib. VI, pág. 160^78. 
(t) P. SaliAgiQi, loco cit pág. ITi.^. 



204 

pedazo, tamaño de un dedo, de la cola del tlacuoUzin (tlaeuache, 
Didélphis Cali/ornica, Benn). En los casos difíciles, la tidü to- 
maba por la cabeza á la enferma, la levantaba, le infundía ánimo 
invocando á Cihuaéoatl, Quilaztli [y Yoalticitl, y dábala en las 
espaldas con líis manos ó los píes. Si acontecía que el niño mu- 
riera dentro de la cámara materna, la médica, con una navaja de 
piedla, sabía despedazar el cuerpo y extraer los pedazos. (1) 

Agotados los recursos del arte, sin éxito favorable, la ticitl 
cerraba, la puerta del cuarto de la enferma, dejándola sola. Lue- 
go que moría, llamábanla maclhiiaqiiezque, mujer valiente, que- 
dando colocada en el número de las divinidades, bajo el nombre 
de CUmapipiltin. Lavaban el cadáver dejándole el pelo suelto y 
tendido, poníanle las nuevas y mejores ropas que tenía, y tomán- 
dole el marido sobre la espalda, á la puesta del sol se dirigía al 
templo para hacer la inhumación; rodeábanle las ticitl viejas, 
armadas de espada y rodela, voceando en son de guerra y aco- 
metimiento. Esta prevención venía de que, los mancebos apelli- 
dados telpxipiichtin^ ó guerreros noveles, salían al encuentro del 
cortejo, trabando una verdadera escaramuza por apoderarse del 
despojo y cortarle el dedo mayor de la mano izquierda, el cual 
colocado en el escudo deslumbraba y atemorizaba al enemigo, 
haciendo valiente al poseedor. Lograda ó no la mutilación^ pues 
las matronas se defendían obstinadamente, el cadáver era ente- 
rrado delante de las gradas del teocalli de las diosas Gihuapi* 
piltin, mujeres celestiales. Todavía era preciso que él marido, 
acompañado de sus amigos, guardase cuatro noches arreo el se- 
pulcro, porque los soldados bisónos acudían á apoderarse del 
dedo codiciado, ó de los cabellos que tenían la misma virtud; 7 
los hechiceros nombrados tomamacpolitotique hurtaban el cuerpo 
para cortarle entero el brazo izquierdo, eficaz para ciertos en* 
cantamientos, y desmayar á las personas á quienes querían ro- 
bar. Como en su lugar vimos, las cihuapípiüin moraban en el Ci- 
huatlampa, occidente; de ahí salían armadas y en son de guerra 
á recibir al sol en lo más alto de su curso diurno, iwjxi^iüaíoriatiulh 
le ponían sobre las ricas andas qmtzalajHincayotl, y con danza 
guerrera le llevaban hasta el ocaso, donde terminaba &u tiurea; 
entonces amanecía en el infierno, los reprobos se levantaban pa- 

(1) Sahagun, tom. 11, pág. 184-85. 



205 

I» oonduoír al sol al orto siguiente, mientras las cihnapipütín ba- 
jaban á la tierra, ya para poner espanto, ya para entregarse á 
labores femeniles. (1) 

En los casos comnnes y felices, al llegar la hora de muerte la- 
Taban el cnerdo de la enferma y jabonaban sus cabellos, colo- 
cándola en la pieza destinada al efecto; la asistían segnn usa- 
ban, prodigándola todo cuidado. La ticitl, al terminar el alum- 
bramiento, recibía al niño, y como todo en aquellas costumbres 
t^a el aire de guerra ó combate, voceaba á la manera de los 
que pelean, significando que la paciente "había vencido varonil- 
''meiite, y que había cautivado un niño.*' Lavaba y componía al 
infante; este lavatorio iba acompañado de estas palabras: "Be- 
"eíbate el agua, por ser tu madre la diosa Chalchiuhtlicue Chal- 
"'chiohtlatonac, y póngate* el lavatorio, para lavar y quitar las 
"manchas y suciedades qué tienes de parte de tus padres, y lím- 
"piete tu corazón, y dé buena y perfecta vida." Era una primera 
iblucion para quitar unas manchas semejantes á las del pecado 
originaL (2) Sí era varón le decía: "Hijo mió muy amado y muy 
tierno: cata aquí la doctrina que nos dejaron nuestro señor Yoal- 
teeuili y la señora Yoalticitl, tu padre y madre. De medio de tí 
corto tu ombligo; sábete y entiende, que no es aquí tu casa don- 
de has nacido, porque eres soldado y criado: eres ave que llaman 
féchoL Eres pájaro que llaman tzactum (Tzacuantototl, Filome- 
B% Am]>elis cedrorum, Sclat.), y tambieil eres ave y soldado del 
que eatá en todas partes; pero esta casa donde has nacido, no es 
sino nn nido, es una posada donde has llegado, es tu salida pa- 
ra este mundo: aquí brotas y floreces, aquí te apartas de tu ma« 
dre, como el pedazo de la piedra donde se corta: esta es tu cuna 
y tugar donde reclines tu cabeza, solamente es tu posada esta 
casa: tu propia tierra otra es: para otra parte estas prometido; 
que es el campo donde se hacen las guerras, donde se traban las 
batallas, para allí eres enviado, tu oficio y facultad es la guerra, 
tu obligación es dar de beber al sol sangre de los enemigos, y 
dar de comer á la tierra, que se llama Tlaltecutli, con los cuer- 
pos de los contrarios, &c." Si era hembra la decía: "Habéis 

de estar dentro de casa, como el corazón dentro del cuerpo; no 

(1) P. Sáhagon, tom. n, pág. 186-91. 

(2) Torqnemada, lib. XIII, cap. XVI. 



ao6 

habéis de andar ÍQera de ella; no habéis de tener costumbre d» 
ir á ninguna parte: habéis de tener la ceniza con que se cubre 
el fuego en el hogar; habéis de ser las piedras en' que se pone la 
olla; en este lugar os entierra nuestro senor^ aquí habéis de tra- 
bajar, y vuestro oficio ha de ser traer agua, moler el maíz en el 
metate: allí habéis de sudar junto á la ceniza y el hogar." Estas 
oraciones ó sean discursos, encierran las doctrinas que aquel 
pueblo tenía, acerca de los destinos de ambos sexos; en conse* 
cuencia, los guerreros que á pelear salían, Ueyaban á enterrar el 
ombligo del niño en un campo de batalla, siendo' esto señal de 
que "era ofrecido y prometido al sol y á la tierra;" miénteasque 
el ombligo de la niña era enterrado junto al fogón, en señal de 
que la doncella quedaba atada á la casa. La ticitl dirijía una 
congratulación á la ya madre. (1) 

Seguían los plácemes dados á la madre, padre, parientes y 
aun á los mismos niños, por los amigos y parientes le^os; se- 
gún la categoría de la familia eran las arengas, pues si el reden 
nacido era principe, venían al cumplimiento los señores de los 
pueblos y los embajadores de los reinos amigos. Oada quien, se- 
gún sus posibles recalaba al infante, llamándose el r^alo üdptt- 
mm, ropa para envolver al niño. (2) Buscábase en seguida á uno 
de los adivinos llamados TonaJpotLhqui, el que sabe conocer la 
fortuna de los que nacen. Preguntaba la hora del nacimiento, 
las circunstancias que lo habían acompañado; consultaba el To* 
nalamatl y las pinturas astrológicas, levantaba la figura como 
los antiguos astrólogos europeos, y bien considerada, atendido 
el iaigno predominante en la }ux% la influencia de la deidad rei^ 
nante en la trecena y las demás circunstancias, decía la buena 6 
mala ventura, pronostíeando según sus cuentas, bienes 6 mides. 
SI bautismo se hacía cuatro días despuee, mas si el astrólogo 
encontraba que aquel era dia de signo injusto se trasladaba al 
proaúmo feliz; por su adivinanza recibía aJgun regalo, y si en 
suerte le tocaba formar el horóscopo de un hijo de rey, seguro 
estaba de quedar rico para toda su vida. (3) 

Las vecinas, amigas y parientes de la enferma venían á sidu- 



(1) P. Sahagon, tom. II, pág. 191-203. 

(2) P. Sahagun, loco eit, pág. 204^15.— TorqnemadA, lib. XITI, M{l ZVII. 
(8) P. Sahagun, tom. II, pág. 215^17. Torquemada, lib. Xm, otap, XIX. 



207 

dttrlft, teniendo oaidado de restregarse las rodillas con ceniza y 
roikegar las de los niños que Uevabají, á fin de fortalecer los 
hodsos. En los cuatro dias antes del bautismo ardía fuego con- 
tífiuo en la casa, cuidando de que no se extinguiera ni lo toma- 
ran parajsacarlo fuera, para que no se-quitara la buena ventura 
ú recien nacido. (1) 

Llegado el dia del bautismo limpiaban la casa, barrían la calle, 
aderezaban los aposentos, engalanaban las puertas con ramas y 
áreos á^ toUm^ regando flores por los suelos: preparábase un 
gran convite, según los medios de que la familia podía dispo- 
flar. (2) Ponían en el patio una especie de alfombra de tullin de 
wrtsa dimenciones, encima un apazüi nuevo, (lebrillo de barro) 
Umio de agua; si el bautizado era varón, colocábase en la alfom- 
bra y junto al biureño, una rodelita, un arquito y cuatro flechitas 
BÚrando á los puntos cardinales, una memtita y un maxtlaü, los 
útiles del oficio á que el niño iba á ser destinado, qtte era comun- 
mente el de 8U padre; si hembra, poníase una estera, escoba, huso 
(malaoail) con su copo de algodón, ima enagua y un huijoUH^ todo 
peqoefliio. Al lado de Oriente, en una vasija se dejaba el potaje 
llamado iosom^ compuesto de frijoles cocidos y maíz tostado. Los 
aoavidi^OB se acomodaban al rededor de la alfon^bra, llevando 
lia ropas y dqes destinados á la crii^tura, mientras en el centro 
avdía el fuego conservado los cuatro dias anteriores, en un ha- 
ohon aUmentade oon rajas de ocótl 

"Bí ministro de aquella ceremonia era la ticitly tomaba al niño 
en los brazos, desnudábale, ponítáe en las manos el arco y flechas, 
6 la escoba, según el sexo; daba una vuelta al rededor de la enea 
étullin» parando con el rostro vuelto al Occidente. Los preparati- 
vos teniím lugar al amanecer, y la ceremonia comenzaba á la 
siáida del boL La tieitl levantaba al cielo la criatura con entram- 
bas mimoa diciendo: ^'Hijo mió, el señor dios Ometecutli, y Ome- 
^'dihuatl, señOTes del deceno cielo, te criaronjpara enviarte á este 
^undo triste y calamitoso; toma pues el agua que te ha de dar 
^'vida, para que oon ella vivas en este mundo, la cual se llama la 
''diosa Chalchi^tlicue, Ohalchiuhtlatonac." Diciendo estas pa- 
'^labras, tomaba el agua con la mano derecha y poníasela en la 

(1) P. Sahagcm, topa. 1, pág. 880-81. Torquemada, lib. XIII, cap. XXUL 

(2) Deaoriben 08ta comida, Sahagon^tom. I, pág. 884-86. Torquemada, lib. XIII, 
cap. XXUL 



208 

"boca, y luego volvía á repetir: "Toma niño el agua que te ha de 
"dar vida en este mundo." Luego se la ponía sobre los pechos 
"y decía lo mismo; luego se la echaba sobre la cabeza y repetía 
"ciertas palabras; porque á este dios del agua le es dadolimpiar- 
"las, en todos los que con agua se lavan. Luego lavaba todo el 
"cuerpo de la criatura, y estregándole todos los miembros, decía: 
"¿Dónde estás mala fortuna? ¿En que miembro estás? Apártate, 
"ventura mala, de esta criatura." 

"Dicho esto, y hecha esta ceremonia,Ialzaba hacia el cíelo ala 
"criatura, y decía: "Señor Ometecutli, Omecihuatl, criador de 
"las ánimas, esta criatura que criaste y formaste y enviaste á 
"este míiserable mundo, te ofrezco para que infundas tu virtud 
"en ella." Luego volvía segunda vez á levantarla, y hablando con 
"la diosa del agua le decía: "A tí llamo, señora, á tí te suplico, 
"diosa, madre de los dioses, que espires en esta criatura tu vir- 
"tud." Y teroera^vez la decía: "Vosotros, celestiales dioses, so- 
"plad á esta criatura, y dadla la virtud que tenéis, para que sea 
"de buena vida." Otra cuarta vez la confrontaba con el sol, y decía: 
"Señor dios sol, padre de todos; y tú, tierra, madre nuestra, esta 
"criatura os ofrezco, para que como vuestra la amparéis, y pues 
"nació para la guerra (si era niño) muera en ella defendiendo la 
"causa de los dioses." Dicho esto tomaba el escudo, arco y fle- 
"chas, y ofrecíalo al dios de la guerra en nombre del niño, di- 
"ciendo: Eecibid, señor, este pequeño don que os ofrezco, con 
"que me doy á vuestro servicio. Plega á tí, señor, que este niño 
"vaya á los cielos, donde se gozan los deleites celestiales, y los 
"soldados que murieron en la guerra." (1) 

Entonces la ticitl ponía nombre al niño, y repitiéndolo tres 
veces gritaba: "¡Oh hombre valiente! recibe, toma tu rodela, to- 
"ma el dardo, que estas son tus recreaciones, y regocijos del sol." 
Vestía luego la manta y maxtlatl al niño, y entregábalo á la 
madre. A esta sazón entraban los muchachos del barrio, se apo- 
deraban del ixcue, y salían huyendo, comiendo y gritando: "Fu- 
"lano, fulano, tu oficio es regocijar al sol y á la tierra, y darles 
"de comer y de beber: ya eres de la suerte de los soldados que 
"son águilas y tigres, los cuales murieron en la guerra, y ahora 
"están regocijando y cantando delante del sol:" é iban también 

(1) Torqnemada, lib. XIII, cap. XX. 



209 

"diciendo: ''¡Oh soldados! ¡Oh gente de guerra! venid acá^nrenid 
H comer el ombligo de fulano." Estos muchachos representaban 
"á los hombres de guerra, porque robaban y arrebataban la co- 
"mida que se llamaba d omUigo dd niño. Después que la partera 
"ó sacerdotisa, había acabado todas las ceremonias del bautismo, 
"metían al niño en casa, é iba delante el hachón de teas ardien-* 
"do, j así se acababa el bautismo." (1) 

En el bautismo de la nina, las oraciones van enderezadas á 
pedir para ella la virtud; vestíanla y colocábanla en la cuna, po- 
niéndola bajo el amparo de Yoalticitl, Yoaltecutli, Yacuhuiztli y 
Lunamializtli, rogándoles no hicieran daño á la criatura y le die- 
ran blando y apacible sueño. (2) 

Imponían nombre á los niños, por el primer objeto que veían, 
del nombre del signo fausto del dia en que nacían, del aconteci- 
miento fausto ó infausto que llamaba la atención, de los fenóme- 
nos celestes ó meteorológicos, de los cargos de familia á que 
estaban destinados, &c; (3) á veces, ya grandes, por alguna ha- 
zaña cambiaban el nombre, ó añadían otro segundo que servía 
como de apellido. Quienes nacían en la fiesta secular del fuego, 
si hombre se llamaba Mcipüliy si mujer XiuhnmeíL AI varón 
nacido en los cinco nemontemi le decían Nemon, MerUlacafl, Nen- 
(pnzquiquiz^ NemoquichtK, hombre baldío y para nada; la hembra, 
^mdhuatly mujer infeliz. (4) 

En la fiesta del mesToxcatl, hecha á honra de HuitzUopochtli, 
los sacerdotes hacían una incisión á los niños y las niñas nacidas 
^n el año, en el pecho ó estómago, en las muñecas ó en los molle- 



(1) Sahagun, tom. II, pág. 217.2^(, La lám. LVUI dol Códice Mendooino; en la 
pute saperior, representa el bautismo loe niímeros se refieren á las estampas publi- 
<*das por Lord Kingsborongh. La madre (1) con el rostro amarillo, en señal de sos 
Keioitespadeoiniientos, explica con el símbolo de la palabra los discursos que pro- 
muía; (3) la cuna, y encima (2) el signo del mes; la Udtl (4) Ueya al níAo en los 
^nzo8, ora y habla; (9) la alfombra de tollin con el apaatU lleno de agua; (5) los 
objetos destinados al varón, escudo, flechas, los símbolos de los cuatro oficios prin- 
^iptles de derecha á izquierda, platero, i^tor, mosaico de pluma, albafiil; (10) oh- 
JHoi mujerilee, escoba, huso, estera; (6, 7 y 8) muchachos que se apoderan del iaxue, 
LaiHneas de pnntos y las huellas, marcan la correlación de los objetos y los moyi- 
°úent06 de las personas. Véase ademas, Meudieta^ lib. II, cap. XIX. 

^2) Sihagun, tom. n, pág. 222-23. 

(3) Torquemada, lib. XHI, cap. XXII. Motolinia, pág. 37. 

(4) Sahagun, tom. I, pág. 192. Torquemada, lib. X, cap. XXX. 

27 



210 

dos ^e los brazos, en señal de quedar consagrados al dios. (1) 
Las mujeres presentaban en los templos á sus hijos, recibiendo 
una especie de purificación. Ya hemos visto que en la fiesta de 
cada cuatro años agujeraban las orejas á los niños; dábanles á 
beber pulque, y por eso la llamaban, la borrachera de niños y 
niñas. (2) Cumpliendo las prescripciones de la naturaleza, las 
madres criaban sus hijos á los pechos, sin ser excepción en las 
categorías más elevadas las esposas de los reyes; unos dos años 
duraba la lactancia, y el destetar á los chicuelos era celebrado 
con un convite. (3) 

En cuanto á la circuncisión, consta que los totonaca, á los 28 
ó 29 dias de nacido el niño, le presentaban en el templo, donde 
los sacerdotes, colocándole sobre una gran piedra lisa, le circun- 
cidaban quemando el despojo; corrompían á las niñas con el de- 
do, y amonestaban á las madres repitieran la operación á los seis 
años, (4) García (5) afirma ser práctica de los de Yucatán é isla de 
Acuzamil, de los Totones (sic) "j los Mexicanos hacían lo pro- 
pio." Zuazo (6) refiere, que los niños permanecían en su casa de 
dos á cinco años, ^'é pasado el dicho tiempo circuncídanle á ma- 
guera de Moro ó Judío." Herrera (7) asegura ser costumbre en 
la provincia de "Guazacualco y Huta," y también "^n la pro- 
vincia de Cuextxatla." En concepto de Acosta, (8) á los niños 
recien nacidos les sacrificaban de las orejas y del phallus, "que 
en alguna manera remedaban la circuncisión de los judíos." Con- 
tradiciendo Cogolludo, (9) á Fr, Luis de TJrreta en bu Hisi de 
Etiopia, á Pineda en su Monarq. Eclesias. y al Dr. Illescas en 
la Pontifical, quienes aseguran lo relativo á la circuncisión en 
Yucatán, dice que los predicadores evangélicos no hacen de ello 
memoria: "A todos los antiguos que viven lo he preguntado, y 
"me han respondido, que no han aléanzado hubiese tal entre los 

(1) Torqueinadft, lib. X, cap. XVI. 

(2) Sahagun, tom. I, pág. 189-90. 

(3) Torquemada, lib. XHI, cap. XXIV. 

(4) Mendieta, lib. H, cap. XIX. Torquemada, lib. VI, cap. XLVIIL 

(5) Orig. de los indios, lib. m, cap. VI, pág. 109 . 

(6) Carta del Lie. AIoobo Zuazo, Ooleo. de Doc. del Sr. D. Joaquín García loaz- 
baloeta, tom. I, pág. 364. 

(7) Hist. de las Indias, áéc. IV, lib. IX, cap. VII. 

(8) Hist. nat. y moral, tom. I, pág. 71. 

(9) Hist. de Yucatán, lib. IV, cap. VL 



211 

''indios, ni éstos tienen tradición de que asasen tal costumbre 
'tas ascendientes." Clavigero niega la existencia entre los me- 
xicanos de semejante práctica. Según lo que nosotros hemos 
podido alciuizar, la circuncisión era propia de los totonaca y tal 
Tez de alguna otra tribu; mas no era acto religioso entre los me- 
xioanos 7 los pueblos sujetos al imperio: el sacrificio en los niños 
de tierna edad, las mutilaciones que particulares y sacerdotes se 
hadan en sus penitencias, pudieron acreditar una creencia que 
no aparece sólidamente comprobada. 

Mientras los niños se iban criando, los padres les ofrecían á 
los establecimientos de educación. Ercm éstos de dos clases; el 
Calmeoac ó colegio religioso, donde se enseñaba el servicio de 
los dioses y á yivir en limpieza, humildad y castidad; el Tel- 
pnohcaUi, recogimiento propiamente de enseñanza de los cono- 
cimientos civiles. De igual manera se llamaban las escuelas para 
Us niñas, y la instrucción al mismo tiempo era religiosa y mu- 
jeril Ouando los padres determinaban hacer la dedicación, pre- 
paraban un convite, invitaban á sus parientes y al superior del 
colegio, y después de regalar á éste con maxUaÜ, mantas y flores, 
\ñ deelairaban su pretensión; aceptada, tomaba en brazos al niño 
en señal de ser su subdito, agujerábale el labio inferior y le po- 
nía el tentetl 6 barbote. (1) Los chicuelos permanecían en su casa, 
hasta la edad desdada para entrar al colegio. (2) 

La educación en esa edad temprana, dada inmediatamente por 
los padres, la trazan para el varón y la hembra simultánea y 
progresivamente las láminas del Cód. Mendocino. A los tres 
anos (núm. 1, lám. LIX), el padre (2) enseña á hablar y da con- 
sejos á su hijo (3) que ya puede andar: la madre (5) comienza la 
enseñanza de la hija (7): ambos chicos reciben por alimento en 
cada comida, media tortilla de maíz, tlaxccdli (4 y 5). Mientras 
el varón sólo va cubierto con la manta, la hembra está vestida; 
aquel pueblo cuidaba mucho de la decencia femenil, despertando 
desde muy temprano en la mujer, el sentimiento del pudor y el 

(1) La parte inf ^or de la lámina LVni, representa el aeto de ofrecer al nifio á 
vno de I06 establecimientos piíblicos. £1 padre (11) y la madre (14) están dedicando 
al nifio toAavia en la cuna (18); escuolian y admiten, puestos aquí altematiramente 
por Ub líneas de puntos, ya el sacerdote superior del Oalmecac (12), ya el Telpuch- 
tliio, Telpnohtlatoque 6 Tiachoauh, superior del Telpuchcalli. (15) 

(2) P. Sahagun, tom. II, pág. 223. 



212 

amor á la virtud Desde recien nacidos, usaban bañar repetidas 
Teces á los párvulos en agua fría, aun durante el invierno; la ro- 
pa era muy poca, la cama dura. La falta de abrigo no era sólo 
en los hijos de los pobres; practicaban lo mismo los nobles y los 
ricos, pues el intento era hacerlos robustos y sanos. (1) 

A los cuatro años, el padre (8) emplea al niño en trabajos 
ligeros (9), como acarrear agua en pequeñas vasijas; la madre (11) 
pone en manos de su hija el malacatly huso, dándole las prime- 
ras lecciones de deshuesar el algodón (13): la ración por comida 
una tortilla (10 y 12). 

A los cinco años, el padre (14) hace cargar á sus hijos (15 y 17) 
pequeñas carguillas; la madre (18) prosigue el enseñamiento del 
hilado (20); una tortilla por alimento (16 y 19). Entre aquellos 
pueblos privados de bestias de carga, era indispensable acos- 
tumbrarse á llevar á cuestas grandes pesos; los mercaderes para 
su comercio, los ricos y los pobres para transportar sus menes- 
teres, los soldados para sus armas y bagajes, tenían necesidad 
de ir siempre cargados. De aquí el uso de esas carguillas, de 
poco peso al principio, y el cual se iba aumentando según la 
edad; el hábito se hacía tal, que cuando les faltaba suficiente car- 
ga, tomaban piedras ó tierra para completarla. Sin el alivio de 
los medios de locomoción, aprendían á caminar á pié, haciendo 
jomadas muy largas, descalzos por llanuras y montañas. Así, los 
fundamentos de esta educación reposaban en la frugalidad, el 
trabajo, y en la robustez para resistir á la intemperie. 

A los seis años, el padre (21) manda á sus hijos al tianquiztUy 
mercado (22) á ganar alguna cosa de comer á cambio de su tra- 
bajo; la madre (24) perfecciona á su hija (24) en el manejo del 
malacatl: la ración ha subido á tortilla y media (23 y 25). 

A los siete años (2) (1) el padre (2) comienza á industriar á su 
hijo (4) en componer las redes, matlatl, 6 en los menesteres de al- 
gún oficio; la madre (5) perfecciona á la niña en hilar (7); la ra- 
ción tortilla y media (3 y 6). 

A los ocho años (8) las amonestaciones de palabra van acom- 
pañadas con la amenaza del castigo. El padre (9) pone á la vista 
del varón poco diligente (11) las puntas de maguey (10), símbolo 

(1) Torquemada, lib. XIII. cap. XXVII. 

(2) Lord Kingsborough, tom. I, lám. LX. 



213 

de castigo y t&mbieii de la penitencia religiosa; la madre (13) 
procede igualmente contra su hija (14): el alimento todavía tor* 
tilla y media (10 y 14). 

A los nueve años (17), el padre (19) ata de pies y manos al 
muchacho flojo ó desaplicado (20), punzándole con las púas del 
maguey: la madre (21) sigue aquel ejemplo con la muchacha (23)» 
sí bien se advierte que en éste, como en todos los demás casos, 
la hembra es tratada siempre con menos rigor que el varón: tor- 
tilla y media por alimento (18 y 22). 

Llegados los diez años (24) los castigos á los desobedientes é 
incorregibles se toman más duros y violentos. El padre (26) da 
de palos á su hijo (27); la madre (28) usa del mismo remedio con 
, la hija (30); siempre tortilla y media (25 y 29). 

Arreciaban los castigos á los once años (10) (1). El padre (3) 
expone al hijo (4) al humo asfixiante que despide el cMUi (chile, 
pimiento, capsicumj quemado al fuego (5); la madre (6) procede 
con su hija (7) de la misma manera (9) : no cambian la tortilla y 
media (2 y 8). 

Doce años (10), y el padre (12), por castigo y aun para acos- 
tumbrarle á la fatiga, ata á su hijo (13) y le hace dormir desnudo 
sobre la tierra desigual; la madre (15) levanta á su hija (17) á la 
media noche (14) haciéndola barrer la casa y la calle, ya para 
acostumbrarla al trabajo, ya para cumplir ciertos ritos religio- 
sos: por alimento, tortilla y media (11 y 16). 

Son los trece años (19), y el padre (18) ha enseñado á su hi- 
jo (21) á ir á traer leña ó yerba del campo y á manejar una canoa; 
se advierten dos mejoras, el muchacho lleva ceñido el maxÜcUl, 
dejando dé estar completamente desnudo, y su ración es de dos 
tortillas (20). La madre (22), perfeccionada la hija en el hilado 
V en ios quehaceres domésticos, la aplica á moler y cocer el 
p«L (23); se la ve de rodillas delante del metate, meüatly molien- 
do el maíz cocido de que se forma la masa, distinguiéndose de- 
lante el molcajete, midcaxiüy (25) vasija de piedra ó de barro, que ^ 
eon su texcioü 6 moledor, se emplea para triturar el diiUi y las 
demás sustancias que sirven de salsas; el comal, comaUiy coloca- 
do sobre el hogar, ÜecuUli, compuesto de tres piedras colocadas 
en triángulo, entre las cuales se pone el combustible y que sus- 

<l) Lord Kingeborongh, tom. I, lám. LXI. 



I 



214 

tenían el comaUt (26); el cántaro tzotzocolU (28) con el agua indis* 
pensable para la operación, y finalmente las tortillas, ÜaxcdOÁ, ya 
cocidas (27), de las cuales recibe dos por alimento (24). 

A los catorce años (29), el padre (31) ha enseñado al joven (32) 
á ser pescador en las aguas de los lagos; su alimento dos torti- 
llas (30). La madre (33) enseña á su hija (36) el arte difícil de 
tejer. El telar (36) ofrece aún su forma casi primitiva; consta de 
dos maderos sobre los cuales se aseguraban por ambos extremos 
los hilos, del tamaño requerido por la tela; por un cabo se ase- 
guraba á un objeto firme, como un palo hincado en tierra, y por 
el otro se ajustaba á la cintura de la tejedora. La verdadera cien- 
cia consistía en urdir, ooiotíay nitla, es decir, en colocar por colo- 
res los hilos, de manera que resultaran los dibujos y las labores 
apetecidas, lo cual se lograba por medio del xiotl, palillo redondo 
al cual estaban sujetos los hilos de la tela por medio de otros 
más pequeños, y que subiéndolo ó bajándolo alternativamente 
separaba las hebras formando lo que llamaban cruces; por entre 
éstas pasaba el hilo que servia de trama, quedando apretada ca- 
da tejida por medio de una especie de regla de madera dura y 
pesada, apellidada tzotzopazíli: la figura tiene en la derecha el 
xiotl y en la izquierda el apretador. La doncella recibía dos tor- 
tillas por comida (34). 

Estas láminas relatan la educación doméstica, llamémosle así, 
y consistía en la enseñanza paternal, hasta que el hombre y la 
mujer habían aprendido sus obligaciones como hijos. Las máxi- 
mas que se les inculcaban eran, la reverencia y el temor á los 
númenes; el amor y el respeto á los padres; la consideración á 
los ancianos, la conmiseración al pobre y al desvalido: ap^o 
al cumplimiento de los deberes; horror al vicio; ocupaciones 
constantes para huir de la ociosidad; decir siempre la verdad, 
proceder en todo con mesura, sujetando las acciones á razón y á 
justicia. Los castigos en verdad no eran extremados, supuesto el 
estado de aquel pueblo, ya que consistían en reñir de palabra, 
dar con ortiga por el cuerpo en lugar de azotes, pegar con varas, 
punzar con las puntas de maguey, exponer al humo de chile; sólo 
al mentiroso incorregible le hendían un poco el labio, para ha- 
cer patente su vicio á todo el mundo. Maravilla verdaderamente 
la pureza de las doctrinas morales inculcadas á la juventud. 
Nuestros antiguos cronistas recogieron los razonamientos que 



215 

lo0 padres dirigían á sns hijos, y fuera de lo que atañe al culto 
y las eostnmbres, bien quisiéramos que nuestra juventud supie- 
ra y practicara lo predicado por los bárbaros. (1) 

Más extremado era el cuidado con las mujeres. 'Teníanlas 
recc^das y ocupadas en sus labores; salían solo á los templos, y 
Tigiladas; guardaban silencio, y en sus propias casas se les pro- 
hibía platicar á la mesa hasta ser casadas; se las tenía en conti- 
nuo trabajo; se las haicia entender el mucho precio de la honestidad 
y del recato* "Parece que querían, dice Mendieta, que fuesen 
"sordas, ciegas y mudas, como á la verdad les conviene mucho á 
"laa mujeres mozas, y más á las doncellas." Tanto respeto se te- 
nía á la verdad, que si alguna doncella era sospechada de falta 
grave, cobraba su fama, quedando por inocente, con hacer este 
juraniento: ¡Por ventura no me ve nuestro señor dios! pronuncia- 
ba el nombre de su mayor divinidad, ponía el dedo en tierra y 
b beeaba: esta fórmula bastaba, porque nadie se atrevía á hacer 
el juramento faltando á la verdad. (2) Poca diferencia había en 
U educación de nobles y plebeyos, y consistía en que á los pri- 
meros no enseñaban los oficios mecánicos, y eran vigilados con 
otajor empeño en sus casas. (3) 

CcHnenzaba la educación pública á los quince años (8) entre- 
gando el padre (4) á su hijo (1), según la promesa hecha después 
M bautismo, bien al sacerdote superior del Oalmecac (2), bien 
ú telpuchtloto, superior del Telpuchcalü (6f). (4) De aquí nos 
eouduce nuestro guía al matrimonio; mas antes de abordar este 
asunto, vamos á terminar de una vez con lo relativo á la educa- 
ción de la mujer. 

Las niñas ofrecidas al Telpuchcalli, cuando grandecillas apren- 
dan á cantar y danzar en servicio de los dioses Moyucoya, Tez- 
callipoca y Taotli; vivían en sns casas é iban á tomar las leccio- 
nes á la escuela. En cuanto á las presentadas al Oalmecac, ponían 
i las pequeñuelas un sartal al cuello, llamado yacuaUi, distintivo 

(l) P. Saluigun, tom. íl, pág. 113.152. Mendieta, pág. 112-120. Son notables loa 
consejos dados por el padre á su hijo, y por la madre á 8\i hija, comprendiendo todas 
U» Testas para conducirse en sociedad. 

(%) Mendieta, lib. n, cap. XXHT. 

(3) Torqaemada, Hb. Xm, cap. XXVm. 

(4) Cód. de Mendoza, lám. LXII, parte snperior. 



216 

de &u voto y el cual nunca se quitaba. Vivían con bus padreSi j 
mientras llegaban á buena edad, la madre, como en reconoci- 
miento de la promesa, llevaba para las fiestas de veinte en vein- 
te dias, xuíBk escoba para barrer el templo, incienso para zahumar 
á los dioses y cortezas de los árboles para alimentar el fuego 
sagrado; la niña conducía por sí misma la ofrenda, luego que po- 
día hacerlo. Cuando la postulanta llegaba á la edad requerida, 
BU familia ofrecía un convite á las superioras del monasterio; 
después, tomaban éstas por la mano á la mozuela y la ponían 
ante el gran sacerdote Quetzalcoatl, anciano grave y venerable 
que nunca salía del templo, y era jefe de aquellas comunidades, 
dirijiéndole la súplica de aceptar el voto de la doncella: admiti- 
da, se le hacía en las costillas y el pecho una incicion, señal de 
ser ya religiosa, y la entregaban á las superioras del templo á 
que pertenecía. 

De los doce á los trece años de edad se verificaba el ingreso á 
la comunidad. Los votos se hacían por uno ó má^ años, si bien 
había algunas que se empeñaban perpetuamente. La mayor par- 
te eran doncellas, aunque había otras que por devoción, por al- 
canzar la salud ó por purgar alguna culpa, se entregaban tem- 
poralmente á la penitencia. Llamábanse CihuacuaquiUi ó Cihua- 
tlamacazque, sacerdotisas; decíanse también hermanas, denomi- 
nándose las superioras CuacuacuUtin, por tener cortado el cabello 
de cierta manera. La morada de estas monjas, como les llaman 
algunos escritores, estaba entre los edificios de los patios de los 
templos. Luego que alguna venía de nuevo, se le cortaba el ca- 
bello en forma determinada, aunque después se lo dejaba crecer 
como de antes. Todas dormían vestidas, por honestidad y para 
estar prontas al t^rabajo; unidas en grandes salas, en donde las 
principales y cuidadoras vigilaban las acciones de cada una 
Aquella vida era de abstinencia y de laboriosidad; llevaban los 
ojos bajos, guardaban silencio; en sus acciones y porte mostra- 
ban gran compostura y honestidad, no salían un punto de la 
modestia y del recogimiento, sufriendo irremisiblemente la pena 
de muerte por cualquiera falta contra la castidad. Vestían siem- 
pre de blanco, aseadas y sin compostiira. Guardábanlas las su- 
perioras con sumo esmero en la parte interior del edificio, mien- 
tras por la parte exterior había guardas y vigilantes ancianos, 
velando dia y noche. 



217 

Sos ocupaciones consistían en levantarse á las diez, á la me- 
dia noche y á la madrugada; procesionalmente y presididas por 
sos superícHras, ellas á un lado y los sacerdotes al otro, iban á 
ofrecer incienso y atizar los fuegos sacados, ' acoiflpañando las 
preces establecidas: en ida ni en vuelta escuchaban ni dirijían la 
palabra á los varones. Barrían y regaban el teocalli, en la parte 
no reservada á los hombres: muy temprano presentaban comida 
á los dioses. Consistía en unas tortillas en figuras de manos, 
pi^, ó retorcidos, llamadas nuupadiaxcaUi, xopaUlaxccílli, cocol- 
ílaxoaUiy acompañadas de viandas y guisados: según sus creen- 
cias, los dioses gustaban y consumían el olor, quedando el resto 
psra sustento de los sacerdotes. Las doncellas entretanto ayu- 
naban, haciendo una comida al medio dia, con pequeña colación 
en la noche. Ocupaban lo demás del tiempo en coser, hilar y te- 
jer mantas finas y de brillantes colores para los altares ó los nú- 
menes. A tiempos las reunían las superioras para amonestar el 
cnmplimiento de los deberes, castigar á las negligentes, imponer 
algún castigo á quienes habían reído ó faltado á la modestia. El 
estado no gastaba en el sosten de estos establecimientos: sus- 
tentábanse ellas con el trabajo de sus manos, ó por sus padres 
y parientes. 

En algunas fiestas prescritas por el rito, podían comer carne, 
porque se interrumpía el ayuno; asistían á los bailes religiosos, 
emplumándose pies y manos, y dándose afeite rojo en los carri- 
llos; durante las penitencias, punzábanse la parte superior de las 
orejas, y la sangre ponían en las mejillas como afeite religioso, 
el cual lavaban en un estanque particular á ello destinado. En 
viendo entrar o salir un ratón ó un murciélago en la capilla del 
dios, ó encontrado un agujero del ratón; tomábanlo como agüero 
de haberse cometido falta grave, procediéndose inmediatamente 
á rigorosa averiguacion. Llamaban estos pecados teüazolmictilizüi. 
Si alguna se encontraba culpable, ocultítbalo cuidadosamente, 
mas no sin sentir la aprehensión de que sería descubierta, por- 
que los dioses en castigo harían que se le pudriesen las carnes. 

Llegado el tiempo de cumplido el voto ó siendo ya de edad la 
doncella para ser casada y encontrado marido, la familia y los 
parientes aderazaban el convite acostumbrado en todas ocasio- 
nes, se dirijían al teocalli, tendían delante del dios una manta 

grande, encima de la cual colocaban en platos curiosos de ma- 

28 



218 

dera la comida de codornices, aves y patos, tres grandes tamaUi 
de maíz, flores, cañas, incienso y los cañutos para famar: hecha 
la ofrenda, dirijía xin orador el discurso dando gracias por el 
esmero con que la joven había sido tratada, y pidiendo permiso 
para sacarla del recogimiento; el Quetzalcoatl ó Tepanteohuatzin 
daba la licencia, franqueaba la salida la Teouacuilti superiora 
del monasterio, amonestando el cumplimiento de los deberes, y 
la muchacha era conducida regocijadamente á su casa, (1) 

Para alcanzar la satisfacción de deseos amorosos, aquellas 
gentes hacían uso de hechizos y encantamientos con ciertas flo- 
res: (2) todavía dura entre algunos la creencia, de que llevando 
un chupamirto muerto logran fácUes amores. La edad para ca- 
sarse los mancebos estaba fijada entre los veinte y veintidós 
años: entonces^'pedían sus padres licencia para ello, y sin dificul- 
tad se les concedía. A los jóvenes que descuidaban aquella obli- 
gación en los seminarios, el superior los compelía, y si rehusa- 
ban, quedaban obligados á perpetua continencia; caso de faltar 
á ésta era pregonado malo é in|ame, y ningún padre le daría á 
su hija, justo castigo á solteros perniciosos. En Tlaxcalla, tres- 
quilaban la cabeza de los que aborrecían casarse, que era grande 
afrenta, despidiéndole de la compañía de los demás mancebos. (3) 

No obstante tan profundo respeto al matrimonio, la ley y las 
costumbres, aunque no lo permitían y eran miradas con repug-. 
nancia y desvío, toleraban las relaciones ilícitas. Los mancebos 
antes d.e casarse, y particularmente los hijos de nobles y ricos» 
pedían sus hijas, principalmente á las madres, y con ellas vivían 
vida marital: estas mancebas se llamaban Tlacallalcahuilli, per- 
sona dejada, porque era como abandonada de sus padres. Si du- 
rante aquel trato nacía un hijo, el hombre estaba obligado á to- 
mar por esposa legítima á la mujer, según las formalidades del 
rito, ó á devolverla á su familia sin poderse acercar más á ella. 
Cuando el j($ven no pedía permiso á la madre, la manceba lleva- 
ba el nombre genérico áe Temecauh; duraban las relaciones á 
voluntad, y podían legitimarse por medio del matrimonio, en 

(1) Darán, segunda parte, cap. 11. MS. P. Sahagon, tom. 2, pág* 228-25. Tor- 
quemada, lib. XIII, cap. XTV. Mendleta, Ub. II, cap. XVIII. Clayigero, tom. 1, 
pág. 258-54. Acosta, ^m. 2, pág. 85-.7. 

(2) Torquemada lib. VI, cap. XLVIII. 
(8) Torquemada, lib. IX, cap. XII. 



4 



219 

eñjo caso cambiaba el nombre por el de esposa Cihuatlantli ó 
Nociliiiaali, pedida ó mi mnjer: al v^on, qne antes se le decía 
Tepochtl» cobraba el nombre de Tlapalihni, hombre hecho. Los 
reyes, nobles y principales, fuera de la esposa legítima, Cihua- 
tkntli 6 Nocihuanh, tomaban por sí ó á sus familias las pedían, 
ciiuitas concubinas eran de su gusto, las cuales llevaban el nom* 
bre particular de Cihuapilli. (1) 

Tampoco admitidas, aunque también toleradas, existían las 
mex^etrices, despreciadas por la sociedad j no perseguidas por 
las leyes: no viyían en común, sino cada cual en su casa. Gomo 
todo es contrasteen esta civilización, las mujeres de ciertas con- 
gregaciones eran educadas para el vicio. En el mes Hueitecuil- 
Imitl, los guerreros distinguidos, lujosamente ataviados, baila- 
ban cogidos por las manos con las mozas, que acudían muy 
compuestas. ''En cesando el que tañía el atambor y teponaztli, 
'luego todos se paraban y comenzaban á irse á sus casas. A los 
'^uy principales los iban alumbrando con sus hachas de tea 
'^delante, y las mujeres que habían danzado, se juntaban todas 
"en acabando el areito, y los que tenían cargo de eUas llevaban- 
"las á las casas donde solían juntarse. No consentían que se de- 
''rramasen ó que fuesen con ningún hombre, excepto con los 
''principales. Si llamaban alguna de ellas para darlas de comer, 
"llamaban también á las matronas que las guardaban, daban 
"comida y mantas para que las llevasen á sus casas, lo que les 
"sobraba de la comida siempre lo llevaban también i su casa. 
"Algunos de los principales soldados si querían llevar alguna de 
"aquellas mozas, lo decían secreptamente á la matrona que las 
"guardaba para que la llevase, y no osaban llamarlas públicamen- 
"te; la matrona la llevaba á casa "de aquel, ó donde él mandaba; 
"pero de noche la llevaba y de noche salía." (2) Si por descuido 
ae hacía esto públicamente, el guerrero era castigado, se le qui- 
taban las armas' y era despedido del ejército; la miq^r no volvía 
á la compañía de las demás. (3) 

No podríamos entender este pasaje, ó al menos nos daríamos 
i sospediar, que las recogidas doncellas del Oalmecac se entre- 

(1) Torqaemada, lib. XH, cap. III. 

(2) P. Sahagnn, toni. 1, pág. 184. 

(3) P. SahaguD, tom. 1, pág. 181-36. 



220 

gabau á estos excesos, si no encontráramos la explicación en 
Tezozomoc. (1) Desde los tiempos de Itzcoatl había en México 
una casa de educación llamada Cnicoyan, alegría grande de las 
mujeres, donde se enseñaba á las jóvenes el canto y la danza, al 
sonido del teponaztli y del tlapanhvehueü: aquellas danzas, muchas 
alegóricas, eran ejecutadas en las fiestas civiles y religiosas. De 
noche eran las lecciones, que terminaban en escenas crapulosas. 
Las educandas salían de precisión desenvueltas y livianas, j 
como los mexica criaban á sus hijas en recato, pedían á los pue- 
blos vencidos cierto contingente de doncellas para sostener la 
institución, acabando por ser las infelices la lepra de la ciudad. 

Bajo pena de muerte estaba prohibida la unión entre padres é 
hijos, hermanos, suegros y yernos, padrastros y entenados. La 
costumbre de los reyes del Perú, de casarse entre sí los herma- 
nos, fue desconocida en el imperio de México; algunos casos se 
dieron entre otros pueblos, que nunca fueron reconocidos legí- 
timos. Entre algunas tribus bárbaras, muerto el señor, su hijo 
tomaba por esposas á las mujeres y mancebas de su padre, que 
no habían tenido sucesión; esta alianza era llamada por los pue* 
blos civilizados Tetzahuitl, cosa espantosa, y á los frutos Tetta- 
nhconetly hijos de asombro y de espanto. En Michoacan se podía 
tomar á la suegra por mujer, y si era mayor y tenía hija de otro 
marido, ésta vivía en común en poder del nuevo esposo. (2) 

Castigábase el adulterio con pena de muerte, en el noble, aho- 
gándole en la cárcel, en el plebeyo apedreándole. Para aplicar 
el castigo no bastaba la acusación del cónyuge, eran precisos 
testigos y la confesión de los culpados. El marido no podía dar 
la muerte á la mujer por sospechas, ni caso que la cogiera infra- 
ganti, pues la ley prohibía que nadie se hiciera justicia por su 
mano. El incestuoso moría por ello, y si el muerto tenía herma- 
nos, el mayor ó el menor casaba con la viuda si tenía hijos. Re- 
cibía castigo quien separado del cónyuge por adúltero, se unía 
de nuevo en cópula. El hombre que se vestía en hábitos de mu- 
jer, y la mujer en los de hombre, morían ahorcados. La tercera 
era llevada á la plaza, donde quemándole hasta la piel los cabe- 
llos con rajas de ocote, y untándole la cabeza con la brea, le de- 

(1) Ordnioa mexioana, c^. 18. MS. 

(2) Torquemada, lib. Xm, cap. Vil; Ub. XII, oap. IV. 



221 

jtbBSí ir á su casa* Las marimachoB, llamadas paílachey incuba, 
teDÍan pena- de mnerte. (1) 

"El reo de pecado nefando era ahorcado, ó quemado vivo si 
"era sacerdote. En todos los pueblos de Anáhuac, excepto entre 
"los pwiuqueses, se miraba con abominación aquel críiiien, y en 
"todos se castigaba con rigor. Sin embargo, algunos hombres 
"malignos, para justificar sus propios excesos, infamaron con tan 
"horrendo crimen á todas las naciones americanas; pero la fal- 
"sedad de esta calumnia, que con culpable facilidad adoptaron 
"muchos escritores europeos, está demostrada por el testimonio 
"de otros más imparciales y mejor instruidos.** (2) 

El repudio ó divorcio, según se verificaba en Texcoco, maestra 
de las leyes en Anáhuac, se hacía delante de los jueces. Los des- 
ayenidos se presentaban alegando cada uno las razones en que 
fandaba la separación; oídas, pesadas, y averiguado si entre ellos 
habían pasado las ceremonias del casamiento, los jueces les amo- 
nestaban la reconciliación, vivir en paz, y retirarse juntos á su 
domicilio. Aceptado el consejo el juicio quedaba fenecido; mas 
si persistían en separarse, el juez los despedía con aspereza. La 
justicia, pues, no autorizaba en manera alguna el divorcio, aun- 
que la costumbre era, en este segundo caso, que los casados se 
separaban, cual si hubieran recibido de los superiores consenti- 
miento tácito: de todas maneras, el divorcio era censurado por 
el pueblo, (3) 

La mejor edad para casarse la mujer era de los quince á los 
diez y ocho años: vergonzoso parecía que solicitara marido, de 
manera que, jamas ella ni su familia daban para ello los prime- 
ros pasos. Cuando un padre tenía un mancebo idóneo para ser 
casado, reunía á los parientes significándoles su determinación; 
aceptada, era llamado el hijo, se le hacía entender, y él daba las 
gracias, teniéndolo á gran merced y beneficio: todo ello con las 
arengas acostumbradasjde aquel pueblo ceremonioso. Si el jo- 
ven residía en el Telpuchcalli, hacían una gran comida, prepa- 
raban los cañutos para fumar y una hacha de cobre: convidado 

(1) Torquemada, lib. Xn, cap. IV. 

f2) Clavigero, tom. I, pág. 32*. ^ 

(3) TVwqxieinada, lib. XHI, cap. XV. 



232 

el Telpnchtlato, después de comer se le ponían delante el man- 
cebo y sus parientes; un orador le dirijía la palabra pidiéndole 
licencia para que el alumno se pudiera retirar del seminario, 
porque quería ser casado; el Telpuchtlato lo tenía por bien, y 
tomando el hacha de cobre se retiraba^ dejando al joven en su 
casa. Aquella hacha era como rescate, y llevarla era señal de 
conceder libertad* 

Llamábase á los astrólogos ó adivinos, quienes por el horós- 
copo del joven y de la doncella escogida, determinaban si el 
consorcio sería infeliz ó fausto; en el primer caso se abandonaba 
la pretensión, en el segundo se procedía á realizarla. Escogidas 
dos ancianas de las más honradas y abonadas entre las parían- 
tas, iban á la casa del padre de la doncella, y con gran retórica 
y mucha parola le pedían la mano de su hija, informándole acer- 
ca de la familia del pretendiente: quería la costumbre que en 
aquella primera vez, se diera siempre respuesta negativa. Pocos 
dias después volvían las ancianas solicitadoras, cihuaüanqm, ro- 
. gando ahincadamente porque se hiciera el matrimonio; si el pa- 
dre no convenía, negábase de una manera absoluta, con lo cual 
quedaba terminado el negocio; mas si era de su agrado, contes- 
taba que hablaría con sus parientes é hija. La familia de la no- 
via se reunía, daban su consentimiento, y á los cuatro dias que 
tornaban tercera vez las cihuatlanque, daban por último el apete- 
cido sí: el padre de la novia pasaba también á participarlo á su 
consuegro. De nuevo volvían los adivinos para señalar el dia 
del matrimonio, escogiéndose alguno de estos cinco signos bien 
acondicionados, Acatl, Ozomatli, Cipactli, Cuauhtli ó Calli. Las 
cihuatlanquey "demandadoras de mujer, negociadoras de casa- 
mientos," daban sus embajadas acompañadfiís de regalos, y ajus- 
tado el contrato, pactaban los bienes que los novios llevarían 
cada uno de por sí. 

Para el dia de la boda se preparaba un gran convite; temprano 
llegaban los mancebos con sus maestros, al medio dia entraban 
los convidados, dándoseles profusamente de comer, flores y ca- 
ñas para fumar, acaydl; cada uno de ellos ofrecía junto al fuego 
algún don según su clase, y los más pobres sólo maíz. Entretan- 
to en la casa de la novia, hacia la tarde, bañábanle componién- 
dole los cabellos, vestíanla galanamente, componíanla brazos y 
piernas con plumas coloradas, pegándola marmajita sobre el 



V 

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223 

miro, ó bien I03 polvos amarillos del ieccmhvixUL Colocada so- 
bre una estera, petatly cerca del hogar, los ancianos le hacían ra- 
sonamientos para que supiera cumplir los nuevos deberes de su 
estado, á lo cual respondía ella dando las gracias. A la puesta 
del flol, llegaban de tropel los parientes del mozo, demandando 
á la doncella. Una matrona destinada al efecto tendía en el sue- 
h uta manta cuadrada, dicha tUlquemiíl., se ponía en ella de ro- 
dillas la novia» y recogiendo las pxmtas se la echaba á la espalda; 
ks doncellas amigas encendían teas de ocofl^ y precediendo las 
InosB, formado el cortejo en forma procesional, acompañando 
todos los parientes, atravesaban las calles hasta la morada del 
iBflaefeoebo. 

La casa estaba adornada con ramas y flores, lo mismo que la 
sala principal; en el medio de ésta se colocaba una estera fina 
labrada de coloares, cerca del hogar, que estaba enc^idido, y jun- 
to al cual había una vasija con oopalii; delante de la estera algu- 
oas viandas. Llegada la desposada á la puerta de la calle, y 
bajada del üSquemiÜ se ponía en pié; el novio salía á su encuen- 
too, sahumábanse uno al otro con braserillos en que se ponía 
oopalUf y tomándose por la mano penetraban hasta la sala, sen- 
tándose sobre la estera, la mujer á la izquierda del varón: lospa* 
rientes cada uno del lado de su familia, los demás concurrentes 
por eA resto de la cámara. La suegra de la novia vestía á ésta un 
htdpiUi, y le ponía delante un eueUl, enaguas; la suegra del novio 
ponía á éste una manta, anudada sobre el hombro, dejándole de- 
lante un maxÜaíL Aunque alguno dice que los sacerdotes inter- 
venían en aquel acto, lo más seguro parece que, en aquella sazón 
se adelantaban las casamenteras llamadas titici, y ataban la manta 
del novio con el huipilli de la novia; era el acto solemne, el sím- 
bolc> de que quedaban unidos á perpetuidad. Después de un rato 
desanudaban las ropas de los esposos, daban juntos siete vueltas 
si rededor del hogar, ponían copalli en honra de los dioses y co- 
locados de nuevo en sus asientos se ofrecían regalos. La madre 
del esposo llegándose á su nuera la lavaba la boca dejándole 
ddante algunas viandas, entre ellas tamaUi y el mcUi llamado 
OaknUli; el esposo x>onía en la boca de su consorte los cuatro 
primeros bocados de la comida, á lo cual correspondía poniendo 
en la boca del varón los cuatro segundos bocados. Mientras los 
comensales en el patio se entregaban al rumor de 1^ danza, las 



224 

(itici llegaban á los esposos á la cámara nupcial y los dejalMUí 
solos. (1) 

Cuatro días quedaban encerrados, sin salir más de á sus nece- 
sidades personales, y al medio dia y á la media noche para ofce^ 
cer incienso y comida á los dioses. A la cuarta noche Tenían dos 
sacerdotes y aparejaban el lecho x>oniendo juntas dos esteras 
finas, en medio unas plumas y un chalchihuiü^un pedazo de cuero 
de tigre, y á las cuatro partes unas cañas verdes y puntas de 
maguey, para sacrificarse la lengua y las orejas. Aquella noche 
se consumaba el matrimonio. Al dia siguiente sacaban las este- 
ras, sacudiéndolas fuertemente en el patio; los esposos se baña- 
ban sentados en unas esteras de juncia verde, echándoles el agua 
un sacerdote como si fuera otro bautismo; poníanles ropas nue- 
vas y dándoles un incensario sahumaban á los dioses. La esposa 
se ataviaba con plumas blancas en la cabeza, y pies yl)razos con 
pluma colorada. A los señores y principales les bañaban con un 
plumaje, á honra del dios del vino TezcatzoncatL Al dia siguien- 
te, las esteras y ropa, cañas, púas y manjares, eran llevados al 
teocalli y presentados como en hacimiento de gracias. Durante 
aquellos dias, los convidados permanecían en la casa en regoci- 
jos y festines. (2) 

Si en la cámara nupcial hallaban carbón ó ceniza tenían por 
agüero de que no vivirían larga vida, al contrario de lo que pen- 

(1) Lord Eingsborough, lám. LXII, en la parte inferior. La novia llevada á cues- 
tas por la matrona (25), escoltada por las doncellas sus amigas con las teas encendi- 
das (23, 24, 26, 27); la sala del convite con la estera (18), sobre la cnal están Bentados 
el novio (14) y la novia (12) en el momento de tener anudados los vestidos; cerca se 
distinguen el copalli (13) y el hogar (11) con fl fuego encendido, símbolo de la feli- 
cidad doméstica y de la fecundidad, al lado de la desposada los padres y parientes 
varones (10 y 16); al lado del esposo las madres y parientas mujeres. (15 y 20): ex- 
presan el convite e\ekÍquihuiU(\l')\[ib'no de tamaM óhoWon de maíz; el mukaoBUl (19) 
con una pierna y la cabeza del kueccohtl; el taoteoeolü (hoy chochocol, vasija de que 
usan los aguadores) con el octU (21) y el scicattt para beberlo (22). Era platillo consa- 
grado para aquella fiesta el tlatoniüif guisado de chile (mvlli, hoy mole) con la carne 
del guajolote. A través de los siglos transcurridos quedan todavía entre los indíge- 
nas y clases pobres, restos de aquellas costumbres que se traslucen al medio de las 
ceremonias cristianas: lo relativo á manjares es casi todavía como en los tiempos 
primitivos, supuesto que aiín conservan las mismas viandas como fondo de alimen- 
tación. 

(2) P. Sahagun, tom. I, pág. 81-83; tom. 11, pág. 152-160. Mendieta, lib. II, 
cap. XXV. Torquemada, lib. Xm, cap. V y VI. Acosta, lib. V, cap. XXVII. Expli- 
cación del 0<5dice de Mendoza, en Lord Eingsborougb, Ac. 



225 

sabftD si el encuentro era de nn grano de maíz ú otra semilla., (1) 
Los méxica se mostraban muy celosos de la integridad de sus 
esposas, y si no las encontraban cual debían, lo hacían público 
con palabras afrentosas y gran vergüenza de la mujer, de sus pa- 
dres y parientes; pero si ella había conservado su honestidad, 
había gran fiesta, dádivas, ofrendas á los dioses, y un gran con- 
vite en la casa de cada uno de los cónyuges. (2) '^Todavía hoy, en 
los pueblos, se tiene muy en cuenta la pureza de la novia, y caso 
contrario se hace pública su deshonra por medio de manifesta- 
ciones cuyo significado es conocido. (3) 

Las ceremonias del matrimonio variaban §ntre algunas tribus. 
En Ichcatlan, quien quería casarse era conducido al templo por 
los sacerdotes, le cortaban un mechón de cabellos y enseñándo- 
los al pueblo exclamaban: ^'Este quiere casarse." Bajaba enton- 
ces las gradas, tomando por suya la primera mujer libre que 
encontraba, teniéndola como destinada por los dioses para su 
con^panera: debe pensarse que las doncellas que no apetecieran 
aquel esposo, no se acercarían por las inmediaciones del teocalli. 
&i la Mixteca cortaban una guedeja de cabellos á cada uno de 
los novios, los hacían tomarse por las manos y les anudaban las 
ropas; para finalizar la ceremonia, el esposo tomaba acuestas á 
la mujer llevándola breve espacio, tal vez como expresión de la 
nueva y dulce y pesada carga. (4) Las mujeres otomíes, mozas y 
nejas, andaban siempre pulidas y galanas, emplumadas con pin- 
inas coloradas pies, piernas y brazos, afeitados los rostros con el 
betún del tecomhuiü y color encima, teñidos los dientes de negro. 
Desde muy tiernos casaban á los muahachos con niñas de su edad^ 
"y i los que regían, gobernaban y eran principales, les pedían sus 
"lujas; y si alguna de ellas era mujer hecha y no la habían pedi- 
"^, para que no se le pasase la vida sin tener hijos, la daban co- 
"mo en don los principales sin ser pedida ó le pedía marido con 
'qtrien casarla." (5) Los otomíes tenían libertad de juntarse con 
las solteras; cesaba aquel abuso después del matrimonio. En la 
primera noche de las bodas podía el marido repudiar á su mujer, 

(1) Mendieta, pág. 128. Torqnemada, tom. U, pág. 416. 

(2) Aeosta, tom. II, pág. 72. 

(3) Véaae Veytia, tom. II, pág. 26-7. 

(4) Torquemada, Mb. XHI, cap. V. 

(5) P. Sahagun, tom. III, pág. 127-28. 

29 



226 

mas dándose por satisfecho no podía ya abandonarla. Batificado 
así el consorcio, hacían retirada penitencia por veinte ó treinta 
dias en satisfacción de sus pasadas faltas. (1) 

Los méxica eran polígamos. Principalmente los reyes y seño- 
res tenían cantidad de mujeres; mas para ofrecer siempre el con- 
traste, una sola era considerada como esposa legítima, recibiendo 
como tal honores y distinciones, mientras las demás eran reco- 
nocidas únicamente como concubinas. De aquí resultaba en los 
palacios de los grandes una especie de harén, cuya guarda esta- 
ba confiada, en lugar de los eunucos turcos, á enanos y corcoba- 
dos, contrahechos y desagradables. 



(1) Clavigero, tom. I, pag. 293. 



CAPITULO II. 



Edueaeion de la juventud.— El Calmecac,— Víase sacerdotal, — Rentas de los teocalli. 
^ Traje, — VncUyti. — Categorías, — Sacerdotes guerreros, — Trabemos y oetipaciones, 
—Vida y costumbres. — órderies Tnonásticas.'—TelpochUliztlL.—Tlamacaecoyotl, — 
Monges de Centeotl" Los reclutas.'— Edu^cacion en el TelpuehcalU,— Armas ofensi- 
vas y defensivas. — Estandartes. —Milsica guerrefra, — Organización del ejército,'^ 
MarcfiCís, — Combate. — Cautivos. — Orados militares y modo de alcanzarlos. — Órde^ 
nes militares. --Postas y correos. — Vuelta del ^ército. 



NUESTRO guía nos conduce ahora á la educación que á los 
jóvenes se daba en los gimnasios y seminarios: reúne lo 
relatívo al Calmecac y al Telpuchcalli; mas nosotros lo tratare- 
mos separadamente. 

No eran admitidos en el Calmecac mas que los hijos de los no- 
bles y gente principal Los padres, como ya vimos, ofrecían el 
niño recien nacido á los sacerdotes de los templos, á nombre de 
Quetzalcoatl ó Tilpotonqui, y una vez aceptado, permanecía en 
su casa hasta la edad competente. Dos géneros de educandos 
había en la casa; los unos que.seguían la vida sacerdotal hasta 
morir en ella, los otros que sólo recibían la enseñanza religiosa 
y civil, separándose del seminario cuando querían casarse: á to- 
dos indistintamente se daba la misma educación. En cada lugar 
variaba el número de los alumnos, en razón de la importancia de 
la población y del teocalli. 



228 

Llevado el muchacho al Calmecac, los padres ofrecían á Que- 
tzalcoatl papeles, incienso, maxüaily sartales de piedras y plumas 
ricas; los novicios tañían los instrumentos, pintaban de negro el 
rostro y cuerpo del nuevo hermano, poníanle al cuello unas cuen- 
tas de palo llamadas ÜacopaHi y le sacrificaban de las orejas á 
honra de Quetzalcoatl. La disciplina de la casa era áspera en de- 
masía. Por vestido llevaban los alumnos el maxtJafl y una sola 
manta fina y blanca de algodón; la cama era dura, el alimento 
parco: las órdenes dadas por los superiores eran cumplidas exac- 
tamente sin que fuera obstáculo la estación, la hora ó las intem- 
peries. Dormían separados; comían de lo que en el Calmecac se 
guisaba, y si de sus casas les llevaban los alimentos, se hacían 
comunes; no podían separarse un punto del seminario. 

Levantados antes de la salida del sol, barrían y limpiaban el 
templo; tenían aseados y listos los objetos relativos al culto y 
sacrificios; iban al campo á traer las púas de maguey para las 
penitencias, la leña para alimentar el fuego sagrado; trabajaban 
en reparar los edificios y teocalli. Concluido el trabajo se retira- 
ban al monasterio, bañábanse, se entretenían en ejercicios de 
penitencia, y á las once de la noche cada uno salía al lugar de su 
devoción, á dejar clavadas en bolas de heno las púas de maguey 
con que se había sacrificado. El soberbio, el desobediente, el que 
ofendía á otro era castigado severamente, consistiendo aquellos 
castigos en azotar con ortiga, punzar con las puntas de maguey 
las orejas, costados y cuerpo, y otros aun más fuertes: al borracho 
é incontinente le daban garrote, le quemaban vivo ó asaeteaban. 
Bañábanse á la media noche como los sacerdotes, guardaban los 
ayunos con todo el rigor pedido por el rito, orando, sacrificándose 
el cuerpo, y poniendo en práctica los preceptos religiosos. 

Enseñábanles á hablar con retórica y urbanidad; aprendían los 
cantos sagrados destinados á los dioses, 'los cuales versos estaban 
escritos en sus libros por caracteres," es decir, que les enseñaban 
la lectura y escritura de los jeroglíficos, así como las combinacio- 
nes de la astrología y la cuenta de los años y del calendario. 
Vivían castamente, comían con templanza, jamas mentían, eran 
devotos y temían á los dioses. Llamábanse teotlamacazque, ^'man- 
cebos ó mozos divinos, ó mancebos donceles de dios." Cada cin- 
co años tenía lugar la promoción de grados, es decir, que según 



/ 



229 

los méritos de cada ano era subido á mayor logar en la escala 
sacerdotaL (1) 
La clase de los sacerdotes era muy numerosa. No podemos 

fijar la cantidad precisa; pero si se atiende á que Torquemada 
sabe á cuarenta mil los teocali! en el imperio y que en relación 
de la importancia de las poblaciones era el número de los minis- 
tros, elevándose á cinco mil en sólo el templo mayor, no parecerá 
eiagerada la cifra de un millón adoptada por Clavigero. (2) Para 
el mantenimiento de ellos, y gastos de reparación de los edifi- 

(1) Sahagan, tom. I, pág. 271-7C. Torquemada, lib. IX, cap. XL Los educandos 
del Gafanecac y del Telpuohcalli se ocupaban en barrer los teocaUi y casas (1); traer 
tuSin (2) para adornos 6 usos domésticos, púas de maguey (3) para las penitendasy 
OMtí ó carrizo (4) para las enramadas y sacrificios, troncos para lefia (5), cortezas 
verdes (6) ó secas (7) para atizar el fuego sagrado, ramas de árboles (8) para las com- 
poetaras y adornos. 

Peculiar al Calmecac vemos un sacerdote (9) punzando al novicio con púas de 
nttgvey (10), ya para acostumbrarle á sacrificarse el cuerpo, ya castigando alguna 
falta. Dos sacerdotes (11 y 18) punzan con púas de maguey el cuerpo del novido (12), 
eastigándole por haber permanecido por tres días en su casa (14) sin venir al mo- 
ittsleiio. 

Esto dice la lámina LXin del Oódice Mendooino; en cuanto á la LXIY; un sacer- 
dote (2) va en marcha para el sacrificio; conduce en una mano el tlemaUl con el fue- 
go y en la otra la bolsa del copalU 6 incienso; carga á la espalda el vaso con belefio 
reqiterido en ciertos ritos, y las caftas para el sacrificio personal; sigúele im novi- 
cio (1) con la escoba para barrer y la ofrenda. 

ün alumno (4) canta y toca el teponaztli á la hora de media noche (8), según lo 
prevenido en el ritual 

Otio (6) está en observación del cielo para determinar la media noche (5). Gare- 
<¿eiido aquellos pueblos del reloj, se dirigían para marcar las horas, por el sol durante 
d dia, en la noche por las estrellas. Dice la estampa, con el símbolo estrella unido 
¿ojo por la línea de puntos, que colocados en lo alto de los templos los observado- 
res seguían atentamente el movimiento de los astros, y por su posición daban la 
Befiil para las distribuciones. Debían de tener algún medio para gobernarse durante 
las noches en que el cielo estaba entoldado por las nubes, ya por las costumbres de 
datos animales, ya por el color del fuego en hd fogatas, como lo practican las gen- 
tes de la frontera. 

Los novicios (7) no estaban exceptuados de ir á la guerra: seguían á su sacerdote 
coadaotor, llevando el dardo <5 lanza en la mano, á la espalda el escudo, arco y fie* 
cbtt y el equipaje de su superior. 

Obhgaoion de los novicios era reeojer y prepararlas caftas para los sacrificios (12). 
OoKMk) algnno de ellos (15) faltaba á la castidad con alguna mujer (16), los supe- 
óttOB (18 y 16) le imponían mny duras penitencias, punzándole con púas de ma- 
g^. Era también de su deber (20) reparar y conservar los templos de dentro y 
hen de la ciudad. (21) 

(2) Hist, antig., tom. I, pág. 249. 



280 

cios, los templos tenían la propiedad de grandt^s tierras; colonos^ 
terrazgueros ó arrendatarios las labraban, contribuyendo con 
víveres de toda clase, bebidas, leña y carbón, copalli y lo necesa- 
rio para el culto, teniéndose los pueblos y gente ocupada en este 
cultivo como muy honrados y estimados. A tiempos del año vi- 
sitaban los minÍ8tros;[su8 heredades, ya para ^reglar la admi- 
nistración, ya para atender á Ic^ necesidades de los trabajadores. 
El templo mayor de México disfrutaba cuantiosos bienes, y en 
Texcoco quince pueblos suministraban mantenimientos al rey y 
al templo por seis meses, siguiendo con la misma carga otros 
quince pueblos los seis meses inmediatos, sin cesar el tumo. Á 
estas rentas deben aumentarse las oblaciones de los fieles, las 
donaciones de los devotos establecidas en las fiestas religiosas, 
las primicias de las sementeras, los votos, &c. Inmediatos á los 
teocalli había trojes y graneros donde se guardaban aquellos 
productos; sacado lo que era menester, el sobrante se repartía á 
los pobres, para lo cual había en las grandes ciudades como Mé- 
xico, Tlaxoalla, Texcoco, Cholollan y otras, hospitales donde se 
curaba á los enfermos y acudían los necesitados para la distri- 
bución de los residuos. Las monjas confeccionaban la comida 
de los dioses; muchas mujeres, que servían fuera de la clausura 
y no vivían en los templos, hacían de comer á los ministros y 
servidores inferiores. (1) 

El nombre de los sacerdotes era ieopixqui, "que quiere decir, 
"oficiales ó guardas de dios, de teotl que es dios, y pixqid, que es 
"guarda ú oficial.'' (2) "Criaban sus cabellos á manera de nazare- 
**nos, y como nunca los cortaban ni peinaban y ellos andaban 
"mucho tiempo negros y los cabellos muy largos y sucios, pare- 
"cían al demonio. A aquellos cabellos grandes llamaban nopapa, 
"y de allí les quedó á los españoles llamar á estos ministros pa- 
**pas.'^ (3) En efecto, aquellos ministros se dejaban crecer el pelo, 
que á veces les llegaba á los pies, trenzándolo con cordones de 
algodón y pintándolo con tinta negra. Aunque durante los baños 
y abluciones perdían el color, todas las mañanas se pintaban 

(1) Torquemada, lib. Vm, cap. XX. 

(2) Torquemada, 11b. IX, oap. m. 

(8) Motolinia, Hiat. de los indios, pág. 45. Adelante daremos la qne nos parece 
Terdadera etimologíc de la palabra pa^. 



231 

cnerpo y rostro de negro con una tinta formada del negro db 
humo de ocotl, matizándose con otros colores, principalmente ocre 
y almagre. Sn vestido era una manta blanca fina de algodón, si 
bien según los grados aquellas mantas se distinguían por flecos^ 
listas ó labores negras. Por calzado llevaban cacñi (cadesy saü- 
daBas), compuestos de una suela anudada por correas á la gar* 
ganta del pié. (1) usaban también de un ungüento particular, 
llamado teopactli, remedio ó medicina divina, para cuando iban & 
sacrificar á los montes ó cuevas, pues libraba de las fieras; servía 
también de medicina en varias enfermedades. Becogían sabaii-^ 
(Kjas ponzoñosas como víboras, alacranes, cientopies, &c., y las 
quemaban en un brasero delante del altar; la ceniza la revolvían 
con tabaco, óldiuhqui, negro de humo, gusanos, arañas y alacra- 
nes vivos, y todo mezclado y machacado formaba el extraño 
menjurge. (2) 

La clase sacerdotal estaba organizada i>or categorías. El jeftí 
supremo llamábase Teotecuhtli, Señor divino, y se distinguía 
por la borla de algodón que al pecho llevaba colgando; le seguía 
en dignidad el Hueiteopixqui, gran sacerdote. (3) En Texcoco y 
Tlaoopan un hermano del rey era el sumo pontífice; en México 
era electo el más noble, virtuoso y entendido de los sacerdotes, 
aunque sin duda se escogía persona de la casa real Motecuhzo- 
laa y Cuanhtemoc desempeñaron aquella dignidad; los reyes 
méxica en las grandes solemnidades hacían el papel de sacrífiíca- 
dores, y se comprende que, al menos en los últimos tiempos, los 
monarcas de México asumían el doble carácter de jefes de la 
leKgion y del Estado. El Teotecuhtli parece consagrado particn- 
lannente á las cosas civiles; era consejero del rey, sin su apro- 
bación no se declaraba la guerra, é intervenía en los graves ne- 
gocios públicos, ungía al rey electo, en las grandes y solemnes 
ocasiones era el sacrificador. (4) El Hueiteopixqui entendía di* 
rectamente en los asuntos rituales. 

El sumo sacerdote entre los totonaca, escogido entre seis de 
los ministros más virtuosos, era ungido en la cabeza con un un- 

(1) Torqnemada, lib. IX, cap. XXVIII. 

(2) Aoosta, lib. V, cap. XXVI. 

(3) Tcnrqaemada, lib. IX, cap. III. 

(4) Torqnemada, lib. IX, cap, V. Clavigero, tom. I, pág. 2J50. 



232 

güento compuesto de vüi j sangre de niños sacrificados; (1) lla- 
mábase á esto uncio7i divina. 

El Mexicatlteohuatzin tenia á su cargo el culto en los pueblos 
y provincias, su distintivo era un incensario y una talega con 
copalli: tenia dos coadjutores, el Huitznaoateuhuatzin y el Te- 
panteuhuatzin. El Tlaquimiloltecuhtli, cuidador de los tesoros 
de la iglesia; TUllancalcatl, que disponía de los ornamentos y 
vasos sagrados; Tlapixcatzin, ordenador de los cantos é hinmos 
religiosos; Tlamacazcateotl, director de los estudios de los man- 
cebos; (2) el Epcualiztli, ó como corrije Clavigero, Epcoacuiltzin, 
maestro de ceremonias ó arreglador de las fiestas; Meloncotehua, 
que entendía en el servicio del templo; Cinteutzin, superior de 
los monjes del templo de Xilomen; Atempateohuatzin, presidía 
á los ministros de la diosa Toci; Tecaumanteohua, asistente del 
templo del fuego; Tezcatzoncatlometochitli, sacerdote del dios 
del vino, con su vicario Ometochtliiyauhqueme, &c., &c. (3) Se- 
guían empleados inferiores como tañedores, cantores, sacrista- 
nes, mozos, y en cada calpulli ó barrio existía un ministro que 
hacía veces como de párroco. 

Los sacerdotes acompañaban á los ejércitos en campaña, ya 
para desempeñar los sacrificios é interpretar los agüeros, ya pa- 
ra combatir en defensa de los dioses: había también, por conse- 
cuencia, algunas categorías militares. Los Tlamacaztequihuaque, 
que habían hecho hazañas en la guerra; Tlamacazcayaque, que 
había cautivado un hombre en la guerra: éstos no vivían en los 
templos, mas acudían á las fiestas, recogiéndose á hacer peni- 
tencia. Los ministros cantores se decían Tlamacazquecuicanime; 
los sacerdotes menores Tlamacazteicahuan, los muchachos sa- 
cristanejos Tlamacatoton. (4) 

Los jóvenes del Calmecac, que seguían la carrera eclesiástica, 
pasaban por diversos grados. El inferior tlamacazto, especie de 
acólito; tlaniacazqui, diácono; tlananiacaCf sacerdote: de éstos se 
nombraba un jefe superior ó pontífice, llamado Quetzalcoatl, que 
aunque plebeyo, fuera el más virtuoso y entendido, haciéndose 
la elección por el rey y los principales. Otros dos^ grandes sa- 

(1) Torquemada, lib. IX, cap. VII. 

(2) Torquemada, lib. IX, cap. VI. P. Sahagun, tom. I, pág, 218-23. 

(3) Torquemada, lib. IX, cap. X. 

(4) P. Sahagun, tom. I, pág. 112. 



/ 



r^ 



233 

oerdotes salían también de ellos; el Teotectlamacazqui consagra- 
do al servicio de Huitzilopochtli, y el Tlaloctlamacazqui servi- 
dor de Tlaloc. (1) 

En cnanto á sns trabajos y ocupaciones, á la salida del sol 
ofrecían sangre de las orejas, recibiéndolo con sacrificio de co- 
dornices, música y oraciones; nueve veces incensaban al astro, 
coatro de dia y cinco de noche, en intervalos casi iguales. (2) 
A los ídolos incensaban al amanecer, al medio dia, á la puesta 
del sol y á la media noche; á esta hora tañían sus flautillas, bo- 
cinas y caracoles, diciendo ciertas oraciones y haciendo peniten- 
cias: eran como maitines á que ninguno faltaba. (3) Lavábanse 
la sangre en el estanque llamado Ezapan, sobre el agua de san- 
gre, y las púas que les servían, colocaban en las almenas del tem- 
plo, clavadas en bolas de heno, para edificación del pueblo. De 
sos ayunos y ásperas penitencias hemos dado noticia, aumen- 
tando ahora que se disciplinaban con sogas de pita de maguey 
con nudos en la punta, se azotaban con recias ortigas, se daban 
unos á otros golpes en la espalda con una piedra, se despeñaban 
de alguna altura para quebrantarse el cuerpo, y no faltaba quien 
8e retirara á las sierras más agrias para hacer vida dura y peni- 
tente. (4) El sumo sacerdote se apartaba alguna vez á un monte 
espeso, por término de nueve meses y un año, y bajo una choza 
de ramas pasaba el tiempo, sin comunicarse con nadie, comiendo 
granos de maíz crudo y bebiendo agua, orando, sacrificando ani- 
males, y sacándose sangre del cuerpo á todas horas del dia y de 
la noche, (6) 

Mostrábanse solícitos en el cumplimiento de sus deberes reli- 
giosos, practicando sacitficios y preces con diligente solicitud, 
grande compostura y reverencia; la menor falta era castigada con 
snmo rigor. (6) En lo alto de los teocalli y en las encrucijadas 
de las calles, había veladores, que se mudaban por cuartos du- 
rante la noche, para advertir, aquellos á los sacerdotes, éstos al 
pneblo, las horas de distribuciones para la oración, atizar los 



(1) P. Sabagun, tom. I, pág. 270-77. 

(2) P. Sahagun, tom. I, pág. 224. 

(3) Aoosta, tom. I, pág. 84. 

(4) AooBta, Ub. V, cap. XVn. 

(5) Torquemada, lib. IX. cap. XXV. 
(S) Torquemada, lib. IX, cap. XXIV. 

30 



234 

fuegos sagrados, y decir las alabanzas prescritas en el ritnaL* (1) 
de aquí el poco descanso de los ministros, quienes se acostum- 
braban á dormir bien poco. "Usaban también hacer procesión 
''en muchas de sus fiestas, y traían en andas las imágenes de los 
"ídolos, algunas veces al rededor de los cues, y otras veces por 
"lugares más lejos, y acudía todo el pueblo á estas procesio- 
"nes." (2) Servíanles para dar las señales y convocar á los fieles 
las flautillas, bocinas y caracoles; tañían también el huehuetl y 
el teponaztli. A los dormilones despertaban echándoles agua 
fría ó rescoldo del fuego. Poníanse orejeras y bezotes á honra 
de los dioses, llamando á estos actos Nenacazxapotlaliztli y Ne- 
tenxapotlaliztli. (3) Los cantos y bailes diídlrenciaban en la no- 
che y el dia, en las diversas fiestas y solemnidades; (4) se tenía 
gran cuenta con aquellos himnos sagrados y con las representa- 
ciones simbólicas, prescritas por el ritual. Llevaban siempre los 
ojos bajos, guardándose de alzarlos á mujer alguna; sn porte 
era compuesto y recatado, sus palabras mesuradas: irreprocha- 
bles en castidad, se entregaban á las más crueles abstinencias y 
maceraciones para apagar los fuegos del deseo, tomaban bebe- 
dizos para hacerse impotentes, á fin de no ofender á los dioses, 
y si no bastaba, se hendían el phallus para inutilizarse por 
completo. (5) 

Había otras reuniones á manera de órdenes monásticas. La 
llamada Telpochtiliztli, de loa jóvenes, estaba instituida á honra 
de Tezcaltlipoca ó Telpochtli, joven ó mancebo. No vivían con- 
sagrados en monasterio, sino en sus casas, y sólo se reunían de 
noche en un edificio del barrio: se admitían hombres y mujeres, 
los cuales andaban vestidos galana y pulidamente. Niños y niñas 
eran ofrecidos por los padres á la orden; cuando llegaban á la 
edad requerida, acudían á la congregación á la puesta del sol, y 
asidos de las manos mozos y mozas, tañían, cantaban y bailaban 
á honra del dios, hasta la media noche presididos por un prin- 
cipal que les enseñaba y doctrinaba: luego se retiraban. Nada 
pasaba allí contra las buenas costumbres, pues la menor falta 

(1) Torquemada, lib. IX, cap. XXXIV. Sahagun, tom. I, pág. 215. 

(2) Sahagun, tom. I, pág. 210. 
(8) Sahagon, tom. I, pág. 218. 

(4) Torquemada, lib. IX, cap. XXIII 

(5) Acosta, lib. V, cap. XVII. Torquemada, lib. IX, cap. XXVI y XXIX. 



236 

contra la honestidad quedaba castigada con la muerte, irremisi- 
blemente sin excepción. La maestra de las doncellas se nombra- 
ba Icbpochtlatoque. Los alumnos no tenían otra obligación que 
h dicha, permaneciendo en el gremio basta que se casaban. (1) 

La orden Tlamacazcoyotl, vida de penitencia, servía á Que- 
tzalcoatl. A los cuatro años de edad, los párvulos ofrecidos al 
¡jffltitnto se encerraban á vivir en comunidad, hombres y mujeres 
separados, bajo la vigilancia de sus superiores. Vestían pobre- 
mente; bañábanse á la media nocke, velando en seguida hasta las 
dos de la mañana en oración y penitencia; para sacarse sangre 
con las púas de maguey tenían licencia de ir á los montes á 
sacrificar á los dioses: trabajaban en las sementeras de las tierras 
del teocalli, aunque los padres de los alumnos tenían obligación 
de mandarles el alimento. Yivian recatada y limpiamente hasta 
que se casaban. (2) 

Entre los totonaca, los monjes de Centeotl no pasaba de cierto 
numero, escogido entre los anciluios de más de sesenta años, de 
vida ejemplar y austera virtud. Vestidos de pieles, dados á la 
penitencia; de condiHjta irreprochable, servían de consultores, 
DO solo á la gente humilde sino á los mismos pontífices y reyes. 
Ocupábanse en escribir historias, las cuales enseñaban y expli- 
caban al pueblo los sumoasacerdojtes en pláticas y sermones. (3) 

El número de los sacerdotes, &us riquezas, su comunicación 
con los dioses, su vida ejemplar, los conocimientos de que eran 
poseedores, los hacían sin duda queridos y respetados de to- 
dos. (4) Intervenían en los actos de la existencia del hombre; 
tomaban parte en los negocios públicos y no eran extraños á las 
resoluciones de los grandes; aconsejaban y aun dirigían á los re- 
jes; combatían por los dioses y por la patria dando ejemplos de 
civismo. Dirigían la educación de la juventud: nobles y pecheros, 
grandes y chicos, varones y hembraa tenían puntos de contacto 
eon el sacerdocio; por más ó menos tiempo habían permanecido 
en los institutos, entregados á la» prácticas piadosas, llevando 
la vida contemplativa, austera y penitente de los monjes. Ellos 
iaUaban con los dioses, siendo los intermediarios entre las di- 

(1) Torquemada, üb. IX, cap. XXX. 

(2) Torqnemada, Ub. IX, cap. XXXI. 

(3) Torquemada, lib. IX. cap. VIII." 

(4) Torquemada, lib. IX, cap. XVIII. 



236 

vinidades y los hombres. Sabían interpretar los agüeros; enten- 
dían el canto del tecolotl, la significación de la marcha de la culebra 
y del vuelo de los insectos; (1) leían la suerte futura en las com- 
plicadas significaciones del Tonalamatl, en las enredadas posi- 
ciones de los númenes celestes: teófonos, adivinos y profetas, 
debían influir poderosamente en la multitud por tan relevantes 
cualidades. Poseedores de las ciencias, ninguno les podía hacer 
competencia en los primores del cálculo, en la claridad de la es- 
critura, en los secretos complicados de la astronomía, de la teo- 
gonia y dp la astrología judiciaria. Sospechamos que lo que al 
pueblo se enseñaba acerca de estos ramo^ era trunco y confuso; 
sin duda que los ministros iniciados debían tener una escritura 
jeroglífica muy cercana á la fonética, ya que podían conservar es- 
critos himnos y doctrinas, para lo cual son insuficientes los ca- 
racteres ahora conocidos: eran menester conocimientos exactos 
acerca del movimiento de los astros, para señalar con precisión 
el valor del año trópico, las fase^delaluna y las apariencias del 
planeta Yénus. La repetición de las fiestas, la participación de 
la multitud en las ceremonias, la obligación de la penitencia, del 
ayuno y de la oración á todas las horas del dia y de la noche, 
debían grabar hondamente el principio religioso en el ánimo de 
aquel pueblo melancólico y meditabundo, grave y soñador. En- 
tre los méxica no había casta sacerdotal. Faltaba [que el oficio 
pasara de padres á hijos; que por derecho, una fracción de aque- 
lla sociedad revistiera el carácter sagrado. En la clase azteca 
todos eran admitidos á la participación de las gracias divinas, y 
la limpieza de costumbres, las virtudes relevantes, la sabiduría, 
podían conducir hasta las más encumbradas posiciones. 

La parte inferior de la lám. liXTÍT (2) dice, que los muchachos 
á cierta edad (16) eran presentados por sus padres (19) á aJgnn 
valiente soldado, al menos con el grado de tequihua (15), á fin de 
que le llevara á la guerra. Admitido el encargo, cuando la oca- 
sión llegaba, se ponía en marcha (19), seguido del recluta (18) 
cargado con bastimentos y fardaje. Befierese esto á los mucha* 
chos que no entraban á los institutos religiosos ó civiles, perte- 
necientes á la gente ínfima ó común. Los méxica tomaban parte 

(1) Torquemada, lib. IX, cap. XVn. 

(2) Gddioe Mendocino^n Lord Eingsboroogh. 



237 

desde muy temprano en las cosas de la milicia. Como no tenían 
faerzas aún para pelear, hacían sus primeras salidas bajo el am- 
paro de un Teterano, siendo su empleo servir como de paje y 
eurgar los efectos que para ambos eran menester. Así se acos- 
tumbraba á las marchas, á snfrir la intemperie, á dormir en el 
campamento, y si bien no combatía, miraba de cerca al enemigo, 
86 endurecía en la vista de la sangre, tcfmaba ejemplo de los gue- 
rreros para imitar sus hazañas, é iba aprendiendo la táctica y 
organización del ejército. 

Pasado este episodio, pasamos ahora á la educación en el 
Telpuchcalli. Estas escuelas para hombres y mujeres que perte- 
necían á lo que podremos llamar la clase media, estaban anexas 
á los templos; separados por sexos, vivían en comunidad, ocu- 
pándose en los mismos quehaceres, recibiendo la misma ense^ 
¿anza que los del Calmecac, aunque no tan cerca de los dioses, 
ni de las cosas sagradas. Los hombres estaban dirigidos por je- 
fes llamados Telpuchtlato, guarda de los mancebos. Pintábanse 
el cuerpo de negro á excepción del rostro, vestían el maxtlaü, y 
por todo abrigo la manta llamada dalcaayaily de pita torcida de 
maguey, en forma ¿e red floja y rala: era éste el distintivo de 
estos colegios civiles. Las ocupaciones de los alumnos eran se- 
mejantes, como antes dijimos, á las de los novicios, y como pro- 
pías del Telpuchcalli dicen las pinturas del Cód. Mendocino, 
lám. LXiy^ que los alumnos guardaban continencia; si alguien (10) 
cometía falta con mujer (9), los superiores (8 y 11) le castigaban 
mesándole los cabellos, y dándoles de golpes con fuertes leños, 
al compás de duras amonestaciones. Los ociosos ó incorregi- 
bles (18), eran castigados por mano de sus superiores (17 y 19) 
eon quemarles el cabello; la falta de este adorno se tenía por 
afrentoso. Obligados estaban (20) á reparar los teocalli (21), aca- 
rreando para ello los materiales: lo mismo acontecía (1) respecto 
de las casas ó edificios públicos. (1) 

Trabajaban en común tierras y heredades para su sustento; en 
materias religiosas guardaban los ayunos, hacían penitencias, 
sacrificándose el cuerpo en la forma que la costumbre tenía es- 
tablecido. Terminaban los trabajos hacia la puesta del sol; reti- 
rábanse entonces á sus casas, bañábanse, se pintaban de nuevo 
el cuerpo de negro, exceptuando el rostro, poníanse distintivos 

(1) Oód. Mendocino, lám. LXV. 



238 

y adornos quienes ya los habían alcanzado, dirigiéndose en se- 
guida al CuicacalcOy casa del canto, donde pasaban hasta la media 
noche cantando y bailando, para ir á dormir al seminario. Según 
se colige de la relación del P. Sahagun, aquella pureza de cos- 
tumbres no rezaba con todos los alumnos igualmente; los niños 
estaban sujetos á rigorosa disciplina; mas para los mancebos que 
habían ido á la guerra, principalmente si habían ganado algún 
ascenso, aquella disciplina se relajaba un tanto, como consecuen- 
cia de la vida disipada del soldado. A éstos seles permitía tener 
mancebas, dándoseles licencia para ir á dormir á sus casas. La 
embriaguez era castigada con pena de muerte. De aquellos semi- 
narios se retiraban para casarse; para lograr su separación daban 
al Telpuchtlato diez ó doce mantas grandes de las llamadas onach- 
tli, el jefe les hacía un largo razonamiento recomendándoles sus 
deberes, y quedaban libres. Otros alumnos había que permane- 
cían en el colegio aun contra su voluntad, hasta que una orden 
del rey les dejaba libres. (1) 

Hacia los quince años de edad, (2) cuando los alumnos eran fuer- 
tes, al mando de uno de los guerreros del Telpuchcalli (4) salían 
á la guerra (3), llevando el fardaje y armas de su maestro. (2) 
Así los hombres de todas las clases de la sociedad, apenas llega- 
dos á la juventud, comenzaban la carrera militar, disponiéndose 
á tomar parte en los interminables combates que debían ser la 
ocupación constante de su vida entera. Los alumnos de los gim- 
nasios, como los demás ciudadanos, sólo podían abrirse camino 
á los puestos y las dignidades por medio de hazañas guerreras. 
No podían aspirar, sino en casos excepcionales, á los lugares 
destinados á los nobles, mas mucho se encumbraban si sabían 
merecerlo. Subían á Tiacauh, maestro de los mancebos; Tel- 
puchtlato, jefe de los mancebos; Tlacatecatl, Tlacochcalcatl ó 
Cuauhtlato, jefes en el ejército ó gobernadores en los pueblos, y 
Achcautli, especie de alguacil ó empleado en la administración 
de justicia. "De esta manera iban subiendo de grado en grado 
"los mancebos que allí se criaban, y eran muy muchos los que 
"se educaban en las casas de Telpuchcalli, porque cada parro- 
"quia (barrio) tenía quince ó diez casas de Telpuchcalli." (3) 

(1) Sahagau, tom. I, pág. 2G6-71. Torquemada, lib. IX, cap. XII. 

(2) Cód. de Mendoza, lám. LXV. 

(3) Sahagun, tom. I, pág. 2(\0. 



239 

Los peoheros estabau obligados á los trabajos serviles. Dice 
el Códice (1) que el tecnhtli (6) encargado de las obras, emplea 
á los plebeyos (5) en la reparación y construcción de los caminos 
públicos (8), y de los teocalli deteriorados (7). Simboliza este 
trabajo la coa^ madero largo, duro y puntiagudo, empleado en 
remoTer la tierra en las faenas agrícolas ó de ingeniería. Las dos 
líneas paralelas con huellas del pié humano indican camino, ca* 
Ue, calzada; el símbolo agua, atravesado por las lineas, caüal con 
puente. El símbolo que acompaña al figurativo teocalli, tiene el 
Talor fónico de zozoUic, cosa usada y vieja. 

'EA guía que nos conduce nos pone ahora delante los grados 
militares; antes dé encargarnos de la descifracion de la pintura, 
tenemos que entrar en algunos pormenores. Las armas ofensivas 
de los mexica eran de varias clases. El arco, tlahuifoUi, de made- 
ra elástica, con la cuerda de nervios de animales ó de hilo de 
pelo de ciervo: algunos había de cinco pies de cuerda. La flecha, 
mitl, el astil de madera, armado de un hueso, espina recia de 
peacado, ó punta labrada de pedernal, tecpactl^ ú obsidiana, itüli. 
Dieese que los flecheros de Tehuacan eran tan diestros, que 
disparaban con acierto dos y tres saetas á un tiempo. (2) De los 
tarahumares y Maquis se asegura, que puestos en circulo algunos 
flecheros, arrojan al aire una mazorca de maíz y ñola dejan caer 
basta que á. tifos le quitan los granos; cuanto tiempo quieren 
mantienen en el aire una moneda mediana. (3) Conforme á un 
autor, (4) ponían en las flechas espinas del pez lihiza que son en- 
conadas. Debemos advertir, que fuera de los seris, tribu de So- 
nora, las naciones de raza nahoa no usaban saetas emponzoñadas; 
entre los méxica sería contrario á sus mismas instituciones. La 
guerra se emprendía para . hacer prisioneros que sacrificar á los 
dioses, y matar á los cautivos era privarse del fruto de la victo- 
ria. La lanza, kpuziopilliy el asta de madera fuerte ú oiatli, con 
punta de pedernal ó cobre: las picas de algunos de Chiapan y de 
loB de Chinantla medían hasta diez y ocho pies de largo: estos 
últimos acudieron al socorro de Cortés cuando salió contra Nar- 

(1) Gód. de Mendoza, lám. LXV. 

(2) Torqaemada, lib. XIV, cap. III. 

(3) davigero, tom. 1. pág. 332, nota. 

(4) Herrera, dec. n, lib. VU, cap. XI. 



240 

vaez. En flechas y lanzas la moharra se aseguraba al palo con 
nervios j gomas ó resinas apropiadas. La honda, temaUatl, con 
la cual alcanzaban muy lejos. La maza, porra ó clava, cnaúkólólK, 
claveteadas con cobre y oro si se quiere, mas no con fierro como 
por descuido dice Ixtlilxochitl, (1) pues este metal no fué em- 
pleado por los aztecas. Del dardo, asegura Olavigero, (2) que iba 
atado al brazo por un amiento, á fin de cobrar el arma después 
de haber herido, nos figuramos que se refiere á la fisga, feg>íHt 
yojcatepuzo icmichmaloy que así servía para tomar el pescado como 
de arma arrojadiza. Los dardos llamados tlacochtli se ''tiran con 

una ballesta hecha de otro palo. " Algunos dardos tienen 

tres puntas con las que hacen tres heñidas.'' (3) No hemos en- 
contrado descripción de esta especie de ballesta, mencionada en 
otros lugares. Llamábase atlatl; parece inventada por los méli- 
ca durante su mansión en Atlacuihuayan (Tacubaya), cuyo nom- 
bre significa, en donde se cogió ó inventó el atlatl. Esta opinión 
del Sr. D. José Femando Bamírez la vemos confirmada en la 
pintura publicada por Mr. Aubin en París; el nombre Atlacui- 
huayan está expresado jeroglíficamente por el atlatt; ignoramos 
cuál fuese su mecanismo. El mactiakuiüy palo de la mano, llama- 
do por los castellanos macana (4) ó espada. "Tiene también es- 
padas, dice un testigo ocular (5) "que son de esta manera: hacen 

(1) Kelaciones. MS. 

(2) Hist. antig., tom. I, pág. 333. 

(3) M (Conquistador anónimo, apud. García loazbaloeta, Doc. tom. I, pág. 875. 

(4) Creímos alguna vez que la palabra macana era corrupción de la voz mexicana 
jnacuahuitl; es un verdadero error, porque macana pertenece á la lengua de las is- 
las. Fr. Bartolomé' de las Gasas, Historia de las Indias, lib. I, cap. 95, describiendo 
las atmas de los insulares, escribe: ''Y unas como espadas, de forma de una paleta 
basta el cabo, y del cabo á la empuñadura se viene ensangostando, no aguda de los 
cabos, sino chata; estas son de palma, porque las palmas no tienen las pencas como 
las de acá, sino lisas 6 rasas, y son tan duras y pesadas, que de hueso, y cuasi de 
acero, no pueden ser más: llámanlas macanas." El mismo Casas, Hist. apologética, 
cap. 15, hablando de ciertas palmas, 6áce: "Son huecas, pasados dos buenos dedot 
de gordo, que tiene lo que digo, que es muy dura, y están llenas de unas hilachas, 
las cuales quitadas, que se quitan y sacan fácilmente, quedan como una culebrina <5 
bombarda, que suelen servir, enteras, 6 partidas por medio, de canales por donde 
venga el agua para edificios, en especial donde se hace el aziícar, que se llaman in- 
genios: de esta manera hacían los indios las que llamaban macanas," MacuahuUl se 
compone de maiUt mano, y ctiahuitlj árbol, madera, diciendo la traducción literal, 
madero de la mano 6 para la mano. 

(5) El Conquistador anónimo, loco cit. Motolinia, pág. 188. 



241 

"ana espada de madera á modo de montante, con la empuñadura 

"no ten larga, pero de nnos tres dedos de ancho, y en el filo le 

"dejan ciertas canales en las que encajan unas navajas de piedra 

"?ÍYa, que cortan como una navaja de Tolosa. Yo yí un día que 

*'eoHft>atiendo un indio con un caballero, dio el indio al caballo 

"de sa contrario tal cuchillada en el pecho, que se lo abrió has- 

"ta las entrañas; y cayó muerto al punto. T el mismo dia vi & 

"otro indio dar también á otro caballo una cuchillada en el cue- 

*11o, con que lo tendió muerto á sus pies." Las piezas laterales 

cortantes, aunque alguna vez de pedernal, constantemente eran 

de itzUi, fijas en las ranuras con goma laca. Los guerreros méxi- 

ea sobresalían en el manejo de esta arma, representada de varías 

maneras en las pinturas. En un principio parece haber sido de 

madera dura con dos filos, como aparece en la pintura de Aubín; 

se le encuentra ancho y corvo & manera de alfanje, y finalmente 

en sa ^tima forma, cuál se advierten en la primera estampa del 

OóeBce de Mendoza. En el eitremo de la empuñadura tenía una 

correa, *ouyo lazo quedaba seguro en la muñeca de la mano del 

combatiente. 

Las armas defensivas consistían en el escudo, diimáüi, forma- 
do de carrizos majados, otaM ú otros materiales, reforzados con 
pieles 7 láminas de cobre, plata ú oro; de forma oval, redonda ó 
semejantes á una media luna; de tamaño suficiente para defender 
el bii»to 6 bien tan grandes que cubrían el cuerpo, plegándose 
d^pnes del eombate pf»ra trsaisportarloa cómodamente. Oomun 
esta defensa para el simple guerreo y el rey, diferenciábanse en 
que según el grado, dignidad ó distinción eran los adornos; el 
cAhimSí cubierto de plumas ricas, con un rapacejo de las mismas 
en la parte inferior, láminas de metales preciosos, piedras finas, 
earaooles mariscos ó de oro, ofrecía las divisas propias de cada 
orden dé cábafiéria, que ninguno podía llevar fuera de los con- 
dee(»rados en cada categoría. La armadura consistía en un sayo 
de algodón colchado dé uno y medio á dos dedos de grueso, lla- 
mado tchcahmpiUi, camisa de algodón, que resistía bien á los gol- 
pea de kis flechas y á los botes de la lanza: los castellanos los 
¿doptaron bajo el nombre de escaupü, porque si no eran suficien- 
tes contra las armas de fuego, bastaban contra los proyectiles 
indios. Sobre esto se ponían una especie de sayos de pieles ó de 

tela gruesa^ atacados por la espalda, que les cubrían brazos y 

31 



V 



212 

piernas, adornados de plumas finas y vistosas, añadiendo los se- 
ñores para defensa láminas de plata ú oro. Las greVas se Uaouir 
ban cozeJucafl, los brazaletes mate^necatl, las pulseras Tnatzopddli, 
la piedra del labio tetüeü, los zarcillos ú orejeras naoochüi, la ca- 
dena de oro y piedras finas del cuello cozcapetláL Este era prin- 
cipalmente el traje del rey, quien en la cabeza llevaba la insiga 
cuachiaüi que por la espalda le bajaba más abajo de la ointur^ 
y á los lados de este penacho dos plumajes dichos anano/eazüi, (1) 
Completaban la armadura con una celada de mad^a, cubierta 
de plumas, en mil maneras diversas; generalmente en forma de 
una cabeza de águila, sierpe, tigre con las fauces abiertas y ios 
dientes salientes, por entre las cuales asomaba el rostro del gue- 
rrero; servíales de garzota grandes plumajes, enhiestos y ondean- 
tes, pues la intención era dar realce á la estatura. (2) Muchas 
maneras de armaduras y rodelas presenta el Códice Mendocino, 
en la nómina de los tributos. Los simples soldados, que aun no 
alcanzaban grado alguno, entvaban desnudos á la pelea, cubierta 
la parte media del cuerpo con el maxüaüy pintado el cuarpo de 
diversos colores; iba provisto del chimáUt y de las armas ofensi- 
vas ya enumeradas. 

Los mcUlatzinca eran diestros honderos ó fondibularios; desde 
niños se ejercitaban en el uso del tematlatl, que siempre traían 
ceñida á la cabeza. (3) 

Los estandartes eran del genero de los signum romanos; cada 
pueblo tenía el suyo propio, sin contar con los de las divisiones 
de los ejércitos. Clavigero asegura que, ^'1,1^ insignia del imperio 
^^mexicano era una águila en actitud de arrojaarse á un tigre." (4) 
Valiosa es la autoridad, mas no podemos conformamos oon ella. 
El águila descubierta en el sitio que después sirvió de asiento á 
la ciudad de México, según una tradiciou, tenía en las uñas un 
pájaro muy galano; (5) mas esto nos parece un^ descuido ó una| 
equivocación. La forma genuina la suministra la estampa prime- 
ra de la Colección de Mendoza, en que el águila aparece de per- 

i 

(1) Torquemada, lib. XIV, oap. V. Sahaguu, tom. n, pág. 298,^ kiga cae&U 
de los aderezos que los sefiores usaban en la gueira. i 

(2) Conquistador anónimo, pág. 372. Aoosta, tom. 11, pág. 140. 

(3) Sahagun, tom. HI, pág. 128. 

(4) Hist antig., tom. I, pág. 883. 

(5) Aoosta, Ub. VII, cap. Vil., tom. 11, pág. 162. 






248 

fil sobre el nopal, y oon una garra alzada. Tezozomoc, (1) autor 
indina» quien bebió en la misma fuente que Acosta, relata que 
"el águila estaba comiendo y despedazando una culebra" Con 
algunas variantes, á través de los siglos de la dominaeion espa- 
sola, éataB fueron las armas del imperio de México, y son boy de 
la Bepublica Mexicana. (2) Acerca de la insignia de la Bepública 
de Tlaxcalla tenemos varias opiniones. Para Bemal Díaz, testigo 
presencial, era una ave blanca, tendidas las alas cual si quisiera 
yolar, *^que parece como avestruz;'' para Gomara, informado por 
los conquistadores, era una grulla; en Torquemada es una águila 
de oro. Consultando la Manta de TkixoaUa, de la cual tenemos 
m calco á la vista, se bbserva que mi varios lugares los tlaxcal* 
teca están caracterizados por el ave blanca tendidas las alas; el 
eoello largo, el pico prolongado y agudo la alejan del tipa del 
águila, acercándola al de la grulla ó la garza: ni conocían el aved« 
tmz para copiarlo, ni parece fácil tuvieran la misma insignia de 
s<0 mortales enemigos los méxica. De las cuatro cabeceras Oco- 
leblco tenía por estandarte un pájaro verde sobre una roca; Ti« 
tatian una garza sobre una peña: Tepeticpac un lobo con flechas 
en la garra; Quiahuiztlan un parasol de plumas verdes. Cada 
fraeeíon del ejército llevaba su enseña particular; el jefe ó gene« 
ni principal se la ataba fuertemente á la espalda, de manera que 
no podía perderlo sino con la vida. Los méxica llévabcm su es- 
tandarte en el centro del ejército; los tlaxcalteca á vanguardia en 
la marcha^ á retaguardia en la pelea 

La música guerrera se componía de caracoles marinos, con los 
cuales se daban los toques de alc^ma, acometid{^ &c., usaban 
igu^boiente de unas banderas pequeñas de oro, las cuales levan- 
taban en alto, cuando tocaban al arma, para que comenzara la 
pelea. Los generales llevaban á la espalda un pequeño atambor, 
9ue tocaban dando sus órdenes á los jefes inferiores. (3) Bemal 
Diae, después de transcurridos largos años del asedio de México, 
reecnrdaba aún con cierto temor, los lúgubres sonidos del caracol 
de Guauhtemoc 

Segon las indicaciones suministradas por Tezozomoc, dispues- 

O) Orónioa Hexioana, primera foja. 

(^ Vtee el precioso trabajo del Sr. D. José Femando Bamírez, en al Dicción, 
uní?, de Hist. de geog. art Armas de México. 
(3) Saliagan, Ub. Vm, cap. XIL 



24é 

ta algtma guerra^ el rey de México comumoaba sus órdenes á los 
calpixque, fijando el número de hombres con que la ciudad había 
de contribuir y para cuándo debían estar listos. Informados los 
oficiales y jefes por su orden, nombraban los capitanes^ caballe* 
ros y soldados, los munLoionaban y avituallaban, y organizados 
en capitanías les hacían marchar á un cierto lugar determinado. 
Aquí se juntaban los contingentes de los reinos aliados de Tex- 
eoco y Tl^oopan, con los auzUios pedidos á las provincias ami- 
gas ó tributarias* Antes de abandonar la ciudad traían al templo 
la leña para alimentar el fuego sagrado duraiinte su ausencia, se 
sacrificaban el cuerpo delante de los dioses, y los sacerdotes in- 
vocaban y hacían sacrificios á Huitzilopochtli. Teníase cuidado 
que el dia de la marcha no fuera aciago, y algunos ministros to- 
miabaa las armas uniéndose á los guerreros, yapara cumplir sus 
deberes sacerdotales, ya para amonestar é infundir ánimo en los 
combatientes. 

Sin duda que el ejército estaba sujeto á una distribución cal- 
culada Muno9 Camargo (1) asegura que se dividía en batallones 
de cien hombres; Clavigero (2) afirma, que cuando el ejército era 
numeroso, se formaban divisiones de á xiquipiüi ú ocho mil hom- 
bres; el Conquistador anónimo (3) menciona compañías con ar- 
mas blancas y Qncamadas, azules y amarillas, y otras de diversas 
maneras* Organizada la fuerza, el fardaje era conducido por car- 
gadores ó tamene, y abultaban el número los muchachos reclutas 
que iban en seguimiento de los veteranos. Uníanse siempre, para 
las expediciones leganal y de provecho, gran cantidad de volun- 
tariios, que viviendo sólo de los despojos de la guerra, la hacían 
por su cuenta, distinguiéndose más que pingunos por su inclina- 
ción al desorden y al saqueo. 

Ampliamente informados estaban los mézica, por medio de 
sus mercaderes, de los recursos en todo género de las provincias 
independientes; ademas, antes de emprender una expedición te- 
nían siempre exploradores sobre el campo enemiga Estos espías 
se llamaban quimichin, ratón; vestidos como sus contrarios y 
^ectando su lenguaje y costumbres, traían noticia cierta del.nú- 

(1) HÍBt. deTUacaUa. MS. 

(2) Hist. antig., tom. I, pág. 335. 

(8) En García loasbaloeta, Doo. (om. I, pág. 372. 



246 

mero de los guerreros, de las fortificaciones de los pueblo?, y 
croquis é informes de los caminos y puntos difíciles del tránsito. 
El quimtcMn era recompensado con una suerte de tierra, si su 
dídho era verdadero; mas si era falso y se descubría que era trai- 
dor, llevado á la plaza le cortaban el cuerpo poco á poco á peda- 
zos, repartían los txozos por barrios y lugares púMicos, haciendo 
esclavos á los parientes en primero y segundo grado, y á cuantos 
supieron y no denunciaron la traición. (1) 

El ejercito marchaba dividido por nacionalidades. Pernoctando 
en el campo, formaban chozas de enramadas páralos principales, 
y el oomnn dprmía á cielo iraso; en país enemigo el cs^npamento 
quedaba fortificado con obras pasajeras, derramándose á lo lejos 
Telas, escuchas y corredores. Tezozomoc y Duran nos iníormiui 
que, cuando el ejército se aposentaba en ]as cercanías de un pue- 
blo, los moradores le iaraían víveres, regalos y áxm obsequios de 
mujeres; caso de no cumplir con esta gabela^ la poblaron era 
puesta á saco, las hembras sufrían la brutalidad de los soldados. 

Torquemada (2) relata que la batalla tenía lugar en un campo 
«riazo dei^inado al intento, llamado yaoÜaUiy tierra de guerra 6 
de batalla Si nosotros no somos los mal informados, la demar- 
cación del yaoÜcdU era p£»ra la guerra sagrada en términos de 
Tlaxcalla, Huexotzinco, OholoUan y Tliliuhquitepec; en las de- 
más conquistas, los invadidos aprovechaban las ventajas sobre 
los cerros, en las alturas de los desfiladeros, al amparo de las 
murallas de sus pueblos, ó en la llanura misma. El rumor de la 
batalla era espantoso. Sonaba la música militar; atronaban los 
oidos los guerreros dando alaridos, voces feroces de desafío, 
spelUdando México, Texcoco, Tlacopan ó el lugar de donde eran 
para reconocerse; silbaban agriamente doblando y apretando en- 
tre los dedos el labio inferior ó bien con huesos hendidos; ahulia- 
ban tapándose y destapándose alternativamente la boca con la 
palma de la mano. La gente de vanguardia no era la mejor, y 
comenzaba el conflicto con las hondas y los dardos, (3) arrojando 
también piedras á mano; cargaban sobre los contrarios, aparen- 

(1) Tofqttemada, lib. XIV, cap. IL 

(2) Monarq. Ind., lib. XIV, cap. III 

(3) El P. Mendieta y Torquemada que le copia dicen ambos: "dardos que sacaban 
"ton, Jugaderas y las tiraban muy redas/' Befiérense en esto al aUatl, WamfJi^ por 
el anónimo bi^eeta. 



246 

taban luego huir, haciendo de nuevo rostro; así eBcaramuceaban 
largo rato, hasta que consumida la munición salían de refresco 
los de lanza y espada, arrodelados entre ellos los de arco; el 
combate se hacia más y más reñido, tomaban parte por ambos 
lados las tropas de retaguardia ó reservas, abandonando por ul- 
timo el campo quien se declaraba vencido. Durante la pelea 
andaban gentes sueltas recogiendo á los heridos, para llevarlos 
á curar por sus cirujanos. 

En las marchas ó en las batallas ponían celadas, ya haciendo 
grandes hoyos disimulados en que los guerreros se escondían, 
ya encubiertos éstos bajo yerba ó paja, y cuando los contrarios 
pasaban creyendo en una segura victoria, les salían á las espal- 
das haciéndoles pagar cara su confianza. Sobre el campo de ba- 
talla se declaraban tributarios los vencidos, estipulándosela 
cuantía y calidad de los tributos. Si huían eran perseguidos has- 
ta que se sometían. En el asalto de las poblaciones, los vence- 
dores ponían fuego al teocalli principal, siendo ésta la señal de 
rendimiento. Seguía el saqueo, el incendio de los lugares, el 
aprovecharse de esclavos, muchas veces sin distinción de sexo ni 
edad. Muerto el general ó perdido el estandarte dispersábase el 
ejército, sin que fuerza alguna alcanzara á detener los fugitivos. (1) 
A esta costumbre debieron su salvación los castellanos en la cé- 
lebre batalla de Otompan. 

En las guerras de conquista tratábase de destruir al enemigo 
y de tomarle el mayor número de prisioneros) para sacrificar á 
los dioses; por esto era reputada mayor hazaña tomar un cauti- 
vo, que matar muchos guerreros. En la guerra sagrada exclusi- 
vamente se trataba de cojer hombres vivos por ambos conten- 
dientes, resultando que sobre el yaotlaUi quedaban bien pocos 
cadáveres. Gomo con justicia observan algunos escritores, esta 
ciega costumbre salvó de mil peligros á los conquistadores es- 
pañoles, y el mismo D. Hernando escapó la vida más de una vez^ 
en que debiendo ser muerto, fué sacado vivo de manos de sus 
cautivadores. 

Los muchachos traían tusada la cabeza; á los diez años dejá^ 
banles una vedija de cabellos en el cogote llamada mocuexpcUtin; 

(iXMendieta, lib. II, cap. XXVL Torqnemada, lib. XIV, cap. in. TdBOzomoo, 
Crónica Méx. MS. Ixtlüxochitl, reladones. MS. OlaTigero, tom. 1; pág. 834. 



/ 



247 

á los quince años, en qne la vedija estaba ya larga, les decían 
(MXfoJtchic/tíepul; á los veinte años comenzaban á combatir, pnes- 
toe entre los veteranos, cnidados é industriados en el ataque y 
la defensa por quien les servia de maestro. Si varios mancebos 
juntos cautivaban un hombre, le quitaban el mechón de pelo del 
cogote, dejándole otro sobre la oreja derecha. Cuando después 
de ido dos ó tres veces á la guerra no cautivaba solo ni acompa- 
ñado, le llamaban por afrenta cuexp(üjchicaGpvl; si se enmendaba, 
le quitaban la vedija del cogote, poniéndole un casquete de plu- 
mas pegado á la cabeza; en caso contrario, le abrían una corona 
en medio de la cabeza, cosa de suma afrenta, no pudiendo en 
adelante vestir más que de pita, icMl% quedando relegado entre 
los plebeyos. (1) 

Al cautivo que no se rendía de grado, le desjarretaba el cauti- 
vador hiriéndole en el pié ó le inutilizaba un brazo, con herida 
que no fuera de muerte, para lograr traerle vivo. Estos prisio- 
neros se llamaban moRL Si alguien robaba á otro su cautivo, 
moría por ella Caso de duda entre dos que disputaban quién 
había hecho un cautivo, sentenciaba el juez siguiendo la decla- 
ración del prisionero. Nunca se admitía rescate por los cautivos; 
mientras mayor señor era, más seguro estaba de perecer en el 
ara del terrible dios. Al prisionero que lograba huir de la pri- 
vón en que le tenían, siendo pechero, su señor le daba recom- 
pensa de mantas; mas si era soldado valiente, noble ó caballero, 
h& suyos le mataban diciéndole, que pues no había sido cauti- 
vador, ni sabido defenderse, debería tener valor para morir sacri- 
ficado á los dioses. (2) Sabemos que el cuerpo de la víctima 
pertenecía al cautivador; siendo muchos los aprehensores, se re- 
partían el cadáver por su orden de esta manera: el primero, el 
coerpo, muslo y pierna derecha, el segimdo el muslo y pierna iz- 
quierda, el tercero el brazo derecho, el cuarto el brazo izquierdo, 
y luego quinto y sexto dividían ya los brazos en dos partes. (3) 

£1 joven que por primera vez cautivaba un hombre se decía 
t^ffu¿bÜitaqvMamcm^ mancebo guerrero y cautivador. (4) La lá- 
mina LXY del Códice Mendocino presenta sucesivamente los 

(1) P. Sahagon, tom. n, pág. 826^1. 

(2) TOrquemada, lib. XIV, cap. m. 
(a) Sahagun, tom. ü, pág. 329-^0. 
(4) P. Sahagnn, tom. ü, pág. 331. 



248 

grados y las divisas que se iban ganando, contados por el numero 
de los prisioneros. En el primero (9 y 10) la manta adorn^ulade 
los colores y dibujo expresados en la pintura. En el segando (11 
y 12) la manta leonada, con armadura y caperuza roja. En el 
tercero (13 y 14) la manta roja, avisando el estanda^rte atado á la 
espalda, que alcanzaba algún mando en el ejército. Para seguir 
ganando honores, de aquí adelante era indispensable que el cau- 
tivo no fuera soldado común, sino capitán ó guerrero distinguido; 
avisa esto la pintura, con la especie de media luna que en la ca- 
ra presenta el vencido, distintivo usado por los hombres valien- 
tes y condecorados. El primer prisionero distinguido (15 y 16) 
traía la armadura roja con el morricm de los ocdoü^ tigre. M se- 
gundo (17 y 18) daba el dictado de otomiü y mando en el ejército, 
como lo avisa el estandarte. Por el tercero se subía á aM/iMin 
(19 y 20) y á general. Ultimo grado era el de Tlacatecatl (21), 
uno de los generales superiores. Los sacerdotes y novicios alcan- 
zaban también distinciones militares. La estampa LXYI nos 
dice las insignias que obtenía en el primero (1), segundo (2), 
tercero (3) y cuarto (4) prisionero común; en el primero (6) y 
segundo (6) prisioneros distinguidos, por los cuales se llegaba al 
mando. (1) 

Las leyes suntuarias, acerca del v^tido, estaban basadas pro- 
piamente en los distintivos miütares. Ni los señoi^ ni sus Ujos 
podían usar mantas labradas, de colores, joyas y plumajes, mien- 
tras no habían hecho una valentía, matando ó cautivaado un 
hombre en la guerra. Los no principales no se podían atar ios 
cabellos como valientes, hasta haber muerto <S preso cuatro hom- 
bres. El mismo rey electo, para ser ungido, tenia que salir pre- 
viamente á la guerra y hacer alguna valentía; los prisioneros^que 
tomaba eran sacrificados con particulares ceremonias. (2) Oada 
grado tenía determinado vestido, colores y adornos; quien tomaba 
traje que no le correspondía, moría por ello. El rey timaba tma 
manta blsmoa y azul, llamada anuhtílmastUy que eraá manera de la 
púrpura real; al visitar los templos vestía de blanco; en las so- 
lemnidades y fiestas variaban los colores según la etiqueta; en 
ocasiones públicas se ponía el coptUi, corona ó diadema, de oro 



(1) Véase la explicación del Códice eu Lord Kingsborough. 

(2) Torquemada, lib. XIV, cap. IV. Tezozomoc. MS. 



j pienbag preciosas, blanca y azul como la manta. Los príncipes 
vwrtEbm é& hMH 6 pita como los ma/oehicMi, si no habían salido á 
k gMrra; onando se habían ya distinguido, su traje era blanco 
ton cenefa de colores. Los ^capitanes traían la insignia dicha 
üaóhcmaxivyo. Muy honroso era el distintivo llamado Ilacatduh- 
qdy concedido á quien mirando huir á los suyos, con su ejemplo 
y {NilatttM les hacía volver de nuevo al combate. (1) 

M tdfM(Mikitq;uiílmn^ poctíla tefiirse el Cuerpo de amarillo, la 
c»a de ro]0> con líis sienes amarillas; la manta tenia listas de 
ty>lor morado. M tercer catitivo podía ser elegido para mandar 
i los iíi«Hioebos del Telpuchcálli. Al cuarto, le cortaban el ca- 
beOo, irecibiendo título de capitán; podíase sentar en los alien- 
tos llamadas iq^eSi j alternar con los valientes. Poco importaba 
ya cautivar guerreros de los otros países, siendo preciso que fue- 
ran de ios eixemigos de caso. Estos alcanzaban el dictado de 
tmtíht/aocMf águila que gt^, la maxrta rica llamada cuecMntU 6 
lade dos colores ekio(>apál/n43d(í(¡ixm y bezotes verdes y ama- 

rillos- (2) • 

Segnn se colige de los malieriales que á la idsta tenemos, las 
ordenes militares eran varias. 'Los ackoauhtin^ príncipes, á la cual 
correspondían los reyes y personas dé sangre real. Los ünauMirij, 
^[guitas, i)ara nobles y grandes señores. El nombre tequihua, se da- 
ba en general á los valientes, y si los caball^os se distinguían 
wtra sus piu'es, tomaban el apellido de cucuyuavMin^ que eran los 
cal»ll63?os del sol, ó como les llama Duran, comendadores de las 
iguüas. Estos tenían el pelo de la coronilla de la cabeza atado 
#ón una comea roja, de la cual pendían á la espalda tantas bor- 
las eactfrnadaB cuaibtaB hazañas había rematado. Depues de eje- 
cutados veinte hechos gloriosos recibían el apellido de cuachic, 
loft Apaban dejándoles mi mechón de pelo, grueso como el pul- 
gar, sobre la oreja izquierda, pintándoles la cabeza la mitad azul, ' 
la^ttra váiBA roja ó amarilla; se cubrían con un maxüatl gúb,TQ.o, 
y mmixfea&iade nequen de red con mallas grandes. Los cuacuauh- 
^ no podían huir de diez ni doce hombres; los cuachic no debían 
retroceder ante veinte, por eso estos caballeros iban á la reta- 
gaardm del ejército, á fin de sostenerle en las sorpresas y derro- 

(1) Torquemada, lib. XIV, oap. V. 

(2) P. Sahagun, tom. 2, pág. 331-32. 

32 



250 

tas. Los de la clase media y los plebeyos texiían las órdeistfiB de 
los ocdotl, tigre y de los otomiü, otomL Bedbían distintivos de 
pieles^ gozaban de muchas excenciones, entre las cuales se conta- 
ba la de tener mancebas, preeminencia bien conforme con solda- 
dos. Siguiendo la manera de hablar espanolai á éstos llaman 
caballeros pardos. (1) 

Durante la paz en los caminos frecuentados, en la guerra basta 
la provincia en que se hacía, había establecidos correos, pairiy 
para recibir prontas noticias. Dentro del imperio existían á dis- 
tancias proporcionadas ciertos edificios llamados techudoycm^ lu- 
gar donde se aguarda, en que vivían corredores muy ligeros, siem- 
pre dispuestos á ponerse en marcha: desde niños se ejercitaban 
en la carrera, trepando sin detenerse las cuestas más agñaa. Lue- 
go que de un lugar quería comunicarse á México alguna noticia ó 
viceversa, xuxpain recibía de viva voz ó por' escrito su despacho; 
corría sin descanso hasta la próxima posta, en que olro correo 
recibía el mensaje, y así sucesivamente hasta su destino: dieese 
que la marcha se estimaba^en cuatro ó cinco leguas por lu^a, 
rindiendo una jomada de cien leguas eñ un día y una noche. El 
servicio de postas se establecía tras el ejército en campaña, no 
teniendo temor de que. los mensajeros fueran detenidos, ni aun 
en los países extraños, pues eran respetados de todos, gozando 
de grandes inmunidades. (2) 

Denotaba el traje del pain el carácter del mensaje de que 
era portador. El cabello atado con una cinta de color y una man- 
ta ceñida al cuerpo, significaba noticias indiferentes, de marchas, 
movimientos &o. El pelo suelto esparcido sobre el rostro, señal 
era de desastre; venía sin hablar palabra, entrándose al palacio á 
dar cuenta á su señor; nada tenían que preguntar las gentes de 
la ciudad, y entendiendo que los suyos habían sido derrotados 
se entregaban á duelo y llanto. Grande, por el contrario, era el 
alborozo, cuando el pain llegaba con la rodela embsazada^ blan- 
diendo el macuahuitl, trenzado el cabello, ceñido un lienzo blan- 
co, é iba por las calles esgrimiendo y haciendo gentilezas, (3) 
era señal de victoria. 

(1) Duran, segunda parte, cap. XI. MS. Acoeta, lib. VI, cap. XXVT. 

(2) Torquemada, lib. XIV, cap. I. Acosta, lib. VI, cap. X. 

(3) Torquemada, loco cit. 



251 

* Gft&ada una batallii, los mensajeros, qne entonces tomaban el 
nombre particular de teqiUpafUiíUmti, daban la noticia al rey; és- 
te les bacía guardar hasta que se confirmasen las nuevas, pues 
si salían &J8as, recibían aquellos la muerte. El general vencedor 
contaba los cautivos, separados los de cada nacionalidad ó capi- 
tanía, y con cuenta y razón cierta enviaba un capitán, que rati- 
ficando la noticia por completo, determinaba que el rey diera 
libertad á los primeros tequijpcmtíüanti. (1) 

El ejército victorioso era recibido en la ciudad en medio del 
r^odjo piíblico; el monarca recompensaba ampliamente á los 
guerreros que se habían distinguido, promoviéndolos á los gra- 
dos que les correspondía. Los prisioneros, recibidos con cierta 
solemnidad, eran custodiados en los calpulli, para ser sacrifica- 
dos en la fiesta para que fueron tomados. Al rey se le recibía de 
una manera espléndida, con todos los honores del triunfo. Oaeo 
de un revés, los guerreros penetraban en la ciudad confusos y 
en silencio; las familias lloraban sus deudos perdidos, signién- 
dose la ceremonia general de las exequias por los difuntos. (2) 



(1) Sáhftgim, Um, 2, pág. 927-28. 

(2) Tesosomoc. HS. 



CAPÍTULO III. 

i 

D^^tUdáde» eMks y müUareB.—CasUffo de un señor rebelde.— Lat fner€aderei,-^Mó^ 
nedet.—Dwknyicwn de guarra.^Embc^adiorte.'^ueoee y trümnalee,—Admi$iiUtra' 
don dejwUoía,'-Oé}rceles,—LegUlatían,--JEh^^ 

LA lámina LXYIdel Códice Mendocino termina mo&trando 
los nombres, trajes é insignias de algunos de los magnates 
de la corte mexicana. Con sn verdadera ortografía aparecen el 
Cuaulmoclitli (7), TlUancalqni (8), Atempanecatl (9), Ezhua* 
huacatl (10), Tlacochcalcatl (11), Tezcacoacatl (12), Cnaxiliyahna- 
catl (13), Tocuiltecatl (14). Nada explica acerca de ellos el in- 
térprete del Códice; probaremos nosotros á decir lo que alcan- 
zamos. 

Los méxica, durante el tiempo de su servidumbre, reconocie- 
ron entre sí algunas diferencias nobiliarias, así de individuos 
como de familias; pero la verdadera institución de la nobleza no 
vino á tener lugar, hasta que roto el yugo de los tepaneca, el rey 
Itzcoatl, á fin de premiar á los guerreros dignos, inventó los 
grados, con sus distintivos y preeminencias. De entonces quedó 
determinado, que después de electo el rey, se eligiesen de entre 
los hermanos suyos ó parientes más próximos, cuatro personas 
que componían el consejo supremo, sin cuyo parecer nada se de- 
terminaba y de entre los cuales se nombraba el siguiente mo- 
narca. El primero en dignidad era el TlacochccdcaÜ, señor ó prín- 
cipe de la casa de los dardos ó varas arrojadizas, especie de ge- 
neral en jefe del ejercito, y puesto casi constantemente ocupado 
por quienes subieron al trono de México. Segundo era el Tlaca- 



253 

ieíxMy corta hombres ó eercenador dB hombres; seguía el tercero, 
el BzkuahvacaÜ, el que derrama sangre arañando ó rasguñando; 
cuarto fué el TUlaiuxdqui, el señor de la casa negra ó de la ne* 
grura. (1) De éstos, tres corresponden á los númesos 11, 10 y 8 
del Cód. Mendocíno. 

El Tlacateoaili era especie de juea que conocía de las causas 
chdles 7 eríminales, de cuyo tribunal se podía apelar al juez su* 
pi»mo 6 tribunal superior del OihuacoatL Este Cihuaooatl sólo 
cedía en dignidad al rey, aunque no siempre gozó de las mismas 
prerogatíras. El GuaaimockÜi y el TlaiSxMxw eran asesores del 
Hacatecatl, y el GuauhnochtUy ademas, eJeoutiJba por su mano las 
sentencias de los jueces. (2) 

El jitíem^paaiecaüy señor de la orilla del agua, parece por su 
sombre el encargado del régimen de las aguas en la ciudad y los 
lagos. TezcxtGoacaÜ, que parece ser un grado militar. El intár- 
prete del Códice escribe pata el número 13 IHpoctfohuacaU. No 
encontramos la relación entre el nombre dé la persona, y el je- 
rpj^ifioo expresado por un vaso de madera, conteniendo el licoar 
espumoso ocdi. En nuestro concepto debe leerse Cuauk!/€bhuacaÜ, 
eomo en el ntim. 18 de la lista de la nobleza de Itzcoatl, (3) la 
persona qu,e rodea el bosque ó la cerca. El número M del intér* 
prete, esc^rito TixnnteoaÜj es error de pluma, cometido en las c6* 
pías p<Hr TocuitecaíL 

La lámina LXYII del Códice refiere un acto de Justicia. Dis- 
ponía la legislación mexicana, que si algún señor de provincia se 
rebelaba, sufriera pena de muerte estrangulado, quedando su £a^ 
milla reducida & servidumbre. El encargado de estas ejecucio- 
nes era el HtiitxnaJmacatl (1) los ejecutores ó verdugos (2 y 4) pa« 
saban un dogal al cuello del culpable (3), tirando de los estremos 
hasta dejarle sin vida, la mujer y los hijos (5 y 6) eran puestos en 
colleras como esdavos. El Huitznahuacteohuatzin era coadjutor 
del Mexicatlteohuatzin, (4) de manera que este cmrgo era saoer^ 
dotal, y así lo explica la estampa. 

Durante el tiempo que los méxica vivieron confinados en sais- 

* 

(1) V, Duran, primera parto, cap. XL Acosta, lib. VI, cap. XXV. 

(2) Torqnemada, Hb. XI, cap. XXV. 
(4^) P. l>iivápi, primeva parte, pág. 98. 
(4) Tar«Bema4a, lib. IX, oap. VI. 



256 

ban el Xoconoohco y penetraban en Cuaubtemallan. Los poóhb^ook 
espías caminaban de noche, vestidos con el traje, contrahaciendo 
las costumbres y hablando el lenguaje del pueblo que iban á es- 
tudiar, se introducían por pequeños grupos, evitando despertar 
sospechas y esparciéndose por diveraos puntos: tomaban el nom- 
bre particular de nahucdoztoneca. Los traficantes en esclavos se 
decían teyaohu(xLt)huani, 

Mientras duraba el viaje^ los parientes de los mercaderes que 
en la ciudad quedaban, no se lavaban la cabeza, aun cuando sa 
bañaran, sino de ochenta en ochenta dias. Si tenían noticia d» 
haber fallecido alguno en el camino, hacían las exequias, y des- 
pués de cuatro dias se lavaban la cabeza. Si perecía en la guierra, 
hacían su estatua con rajas de ocoÜ y la quemaban, cual si se 
tratara de soldados. (1) Muerto en el camino un pocldec^ sw 
compañeros ponían al cadáver su tentetl y demás insignias, pin- 
tábanle de negro los ojos y de colorado al rededor de la bocs^ . 
atábanle fuertemente á un cacaxtli^ y le dejaban de pió arrimado 
á un palo hincado en tierra, en lo alto de alguna montan»; ahí se 
consumía el cuerpo, y decían que no había muerto, sino que ha- 
bía ido á morar al soL (2) Asi entre los azteca» la ocupación del 
mercader se equiparaba con la del guerrero; esa profesión, pac!(- 
fica entre todos los pueblos, para los méxica era militar, toman- 
do los dos matices predominantes de su civilización, la guerra y 
el servicio de los dioses* 

Guando volvían, entraban de noche en la ciudad, espertando 
los signos prósperos cecaRi y chicomecaM; daban un convite á BT\ñ 
parientes haciendo sus ofrendas y sacrificios á Xiuhteoutli y 
Yiacatecutli. Presentábanse al rey, bien para entragarle los rega- 
los que en retomo traían de los señores amigos, bian poca ren- 
dir los informes de que habían sido encargados. Becompanfiafea 
el monarca los buenos servicios con dádivas ó distinciones^ }a 
cual acrecía la importancia del gremio. Esta creciente importan- 
cia fué más de una vez motivo de celos pt^ra la nobleza» (3) 

Hacían el comercio por medio del trueque de los objeto^, con- 
frontados según su valor: carecían en lo absoli^to de l^i monada 

(1) Torquemada, lib. XIV, cap. XXVn. 

(2) P. Sahagan, tom. n, pág. 358. 

(8) Para lo relatívo á los meroadcdres véaae Sabaguu, lib. IX, cap. I al XI?» 



. 257 

acunada, mas empleaban para suplirla ciertos productos que 
servían como pecunia en las transacciones mercantiles. Cinco 
distintas cosas conocemos. El cacao de mejor clase, cuyos granos 
escogidos se contaban por bolsas de 8,000 almendras, xiquipilUp 
si la mercancía era de gran valor se computaba por sacos de tres 
xiqnipüli 6 24,000 granos. ''Estos árboles (los del cacao), son te- 
nidos en grande estima, porque los tales granos son la principal 
moneda que corre en la tierra, y vale cada uno como un medio 
marchetto (1) de los nuestros. Esta moneda, aunque muy incó- 
moda, es la más común después del oro y la plata, y la que más 
se usa de cuantas hay en aquella tierra." (2) Algunas de las pro- 
TÍncias sometidas pagaban al imperio gruesas cantidades en ca- 
cao, ya para preparar ciertas bebidas, ya del destinado para la 
compra; de esta última clase encontraron los castellanos cantidad 
de cftrgas cuando se aposentaron en el palacio de Axayacatl. 
"Cómese verde desde que se comienzan á cuajar las almendras, y 
es sabroso, y también lo comen seco, y|psto pocos granos y po- 
cas Teces; mas lo que más generalmente de él se usa es para mo- 
neda, y corre por toda esta tierra: una carga tiene tres números, 
Tale 6 suma este número ocho mil, que los indios llaman xiqui- 
pilU; ima carga son veinticuatro mil almendras 6 cacaos: adonde 
ae coje vale la carga cinco ó seis pesos de oro, llevándolo la tierra 
adentro va creciendo el precio, y también sube y baja conforme 
al ano, porque en buen año multiplica mucho." (3) Según lo in- 
dica esta autoridad, y lo confirma ampliamente la historia, el uso 
del cacao como moneda se continuó en los tiempos inmediata- 
mente posteriores á la conquista, siendo constante que la cos- 
tumbre duró los tres siglos de la dominación española, y vino á 
terminar algunos años después de la independencia del país. — 
''Está era la moneda antigua con que los indios comerciaban las 
coeaa necesarias en las ferias, que llaman Tianguis, y hasta el 
dia de hoy se observa para las cosas menudas usar el cacao para 
las compras: siémbrase dentro de las huertas del cacao otros ár- 
boles que llaman Quauhpatlachtli, son muy altos y sombríos, 

p.) "Moneda pequefia de cobre con la efigie de San Marcos, que Tale cosa de dos 
eentavoe de franco" (como tres centavos de nuestro real mexicano). — Nota de Ter- 



(2) Ckmqmstador anónimo, en García Icazbalceta, Doc. tom. I, pág. 380. 
(8) Motolinia, apnd. García Icazbalceta, Doc. tom. I, pág. 190. 

So 






258 

oaya fruta es comestible, aunque es cálida, y es á la manera de 
almendras, más dura que la del cacao, y no sirve para el chooo- 
late, sirre para moneda, y desta se da por limosna á los indios 
pobres que piden de puerta en puerta, y llámase cacao jpoíloe^ 
tlV* (1) Así, pues, desde los tiempos antiguos^ fuera del cacao, 
había la almendra denominada paüachüi que también servía de 
moneda. 

Para el mismo empleo usaban de manta^ de algodón Uaixiyadas 
cuachüi, y de otras denominadas pcdolcuachüiy "aunque corrom- 
"piendo el vocablo, los españoles les lÍB,maxon patóles.ooachdes.'' (2) 
Conforme al mismo Torquemada, loco cit. : "En otras (partes ó 
"provincias) usaban mucho de unas monedan de cobre casi de 
''hechura de Tau T, de anchor de tres ó cuatro dedos, y era pluu- 
"chuela delgada, unas más y otras menos, donde había muoho 
"oro.*' Dos ejemplares de este objeto hemos examinado en el 
Museo Nacional, y hasta ahora le habíamos tenido por moneda 
siguiendo las doctrinas del repetido Torquemada, de Olavigero (3) 
y del Sr. D. Femando Bamírez, (4) quien le compara por la for- 
ma al instrumento cortante denominado tajadera; mas ahora es- 
tamos inclinados á mudar de opinión y á tener el menoionado 
objeto, mejor que como moneda para lo cual no se pr^ta por el 
tamaño ni por la figura, como instrumento de agricultura segpm 
indica el capitán Dupaix. Véase lo escrito acerca de esta mMe- 
ria por el Sr. D. Jesús Sánchez. (5) 

Lo que servia indisputablemente para comprar era el polvo 
de oro encerrado en cañones trasparentes de pluma, (6) Ya en 
los tributos, ya en diversas relaciones se hace mención de tejue- 
los de oro, de más ó menos peso, que presumimos servían tam- 
bién en las contrataciones para pagar las cosas de mucha estima. 
P. Hernando Cortes nos informa que buscando estaño para fun- 
dir artillería, "topé entre los naturales de una provincia que se 
''dice Taohco, ciertas piecezuelas de ello, á manera de moneda 
"muy delgada, y procediendo por mi pesquisa halle, que en la 

(1) Vetanootirt, Teatro Mexicano. P. 1. T. 2, nüm. 165. 

(2) Torquemada, lib. XTV, cap. XIV. 

(3) Hist antig., Ub. Vn. 

(4) Kotaa y aclaraciones á Prescott, tom. III; pág. 102. 

(5) Anales del Museo Nacional, tom. I, pág. 398. 

(6) Torquemada, lib. XIV, cap. XTV. 



269 

^"Wcha provincia y aun en otras se trataba por moneda." (1) El 
conqtdstador no snministra otras indicaciones. 

*Tj8k moneda de que usaban (en Yucatán), era campanillas y 
^'éas^ibeles de cobre, que tenían el ralor según la grandeza, y unas 
'^eonehas coloradas que se traían de fuera de esta tierra, de que 
^^haeían sartas á modo de rosarios. También servían de moneda 
^oa granos del cacao, y de éstos usaban más en sus contratado- 
''ses, y de idgunas piedras de valor, y hachuelas de cobre traídas 
^e la Nueva Espa£a, que trocaban por otras cosas, como en to« 
^das partes sucede.*' (2) 

Foco antes hemos dicho que el rey de México daba por vía de 
gastos á los mercaderes 1,600 cuachüt,& los cuales da el Padre 
Sahagim el nombre de toldillos. (8) Bustamante, anotador de la 
obra, pone por nota: '^Era una moneda que consistía en unos 
^'pedazos de cobre cortados en figura de T. Olavigero, tom. I, 
^'pág. 949/' Como se advierte, la explicación es absolutamente 
falsa. En el pasaje citado, por error de imprenta en lugar de 
cmuMU se lee qüanhñi (euauMi)^ águila. De este descuido se sir- 
ve el-Sr. Brasseur para lanzarse á los espacios imaginarlos. '^1 
jÉfífmbre sólo bastaría para llamar la atención, dice, porque indi- 
ca una forma ó una marca muy conocida en Europa; solo que el 
autor olvida decir, al designarla como moneda para hacer cam- 
bios, cuáles eran su forma y su valor. Suponemos que debía ser 
de oro, &c." (4) Ya sabemos que el caachtli era una manta de 
algodón. 

Bl robo hecho á los mercaderes en una provincia, no recibir- 
los de buen grado, darles muerte, eran causa para que los reyes 
ixdigados de México, Texcoco y Tlacopan declararan la guerra. (5) 
Los embajadores eran también sagfadós entre aquellos pueblos, 
7 las afrentas que se les hacían eran irremisiblemente vengadas 
por la guerra. (6) Narra estas prácticas la estampa LXVÍl del 
Códice. Los habitantes de un pueblo distante (7 y 11), asaltan 
7 dan muerte á los Üamama (9 y 10), quitándoles las mercaderías 

<1) Cartas de relación, Lorenzana, pág. 379. 

(2) CogoUado, lib. IV, oap. m. 

<3) Sahagon, tom. n, pág. 842. 

(4) BrasMor de Boorbourg, tom. III, pág. 628. 

<5) Sahagon, tom. II, pág. 857. 

46) Torqaemada, lib. XIV, oap. I. 






260 

(8) simbolizadas en el cacaxtli y quimilli de ropa, que eran de los 
mercaderes según indican el mosqueador redondo y el bordón* 
Después del desastre, conforme lo dicen los xopaUi. 6 huellas hu- 
manas, los mercaderes se pusieron en huida (15 y 16), persegui- 
dos á flechazos por los robadores (17). Más abajo unos embaja- 
dores (19 y 20), distinguibles en el bordón y mosqueador agudo, 
son perseguidos por los enemigos ó rebeldes (18 y 21). 

A estos atentados seguía la dt^claracion de guerra. Curioso era 
el derecho público en este punto, y la descripción la tomaremos 
de Ixtlilxochitl. (1) ''Cuando se había de hacer alguna entrada 
ó guerra, dice, contra algún señor de las provincias remotas, ha- 
bía de ser por causas bastantes que hubiese para ello, que eran, 
que este tal señor hubiese muerto á los mercaderes que iban & 
tratar y contratar en su provincia, no consintiendo trato ni co- 
municación con los de acá (porque estos tres cabezas fundaban 
su señorío é imperio sobre todas las demás, por el derecho que 
pretendían sobre toda la tierra que había sidp de los tolteeas, 
cuyos sucesores y herederos eran ellos; y por la posición y nue- 
va población que de ella tuvo el gran Chichimeca Xolotl su an- 
tepasado), para lo cual todos tres en consejo de guerra, con sus 
capitanes y consejeros se juntaban y trataban del orden que se 
había de tener, y la primera diligencia que se hacía era, que iban 
ciertos mensajeros de los mexicanos, que llamaban Cuaouauh- 
nochtzin, y éstos les requerían á los de la provincia rebelada, en 
especial á todos los ancianos, juntando para ello cantidad de 
viejos y viejas, á quienes de parte de los tres cabezas requerían 
y decían, que ellos como personas que habían de padecer las ca- 
lamidades y trabajos que causaban las guerras, si su seQor se 
desvanecía en no admitir la amistad, protección y amparo del 
imperio, pues tenían experiencia de todo, le fuesen á la mano y 
procurasen de que enmendase el avieso y desacato que habían 
tenido contra el imperio, dentro de veinte dias que les daban de 
término; y para que no dijesen en ningún tiempo, que violenta- 
mente habían sido conquistados y ganados, les daban cierta can- 
tidad de rodelas y macanas. Y se ponían estos mensajeros en 
cierta parte, en donde aguardaban la resolución de la república 
y de los ancianos de la tal provincia; los cuales respondían lo 

(1) Hist Chichimeca, cap. XXXVIU, MS. 



261 

qae á ellos parecía, ó dentro del término referido allanaban al 
señor, y entonces dándoles su ié y palabra de nnnca ser contra- 
rio al imperio, dejar entrar y salir, tratar y contratar á los mer- 
caderes y gente de él, enriando cierto presente de oro, pedre- 
ría, plumas, mantas, era perdonado y admitido por amigo del 
imperio." 

'T si no hacía esto, cumplidos los veinte dias, llegaban á esta 
sazón otros mensajeros, que eran naturales de la ciudad de Tex- 
ooco, de los acolhuas, llamados Acbcacauhtzin, que eran de aque- 
llos jueces que en otra parte se dijeron pesquisidores, los cuales 
daban su embajada al mismo señor de la tal provincia y á todos 
loB naturales y caballeros de su casa y linaje, apercibiéndoles, 
que dentro de otros veinte dias que les daban de término, se re- 
dujesen á paz y concordia con el imperio, con apercibimiento, 
qae si se cumplía el término y no se allanaban, que sería el señor 
castigado con pena de muerte, conforme á las leyes que dispo- 
nían hacerle la «cabeza pedazos con una porra, si no morían en 
batalla 6 cautivos en ella para ser sacrificados á los dioses, y los 
demás caballeros de su casa y corte asimismo serían castigados 
conforme á la voluntad de los tres cabezas del imperio. Habien- 
do hecho este apercibimiento al señor y á todos los nobles de su 
provincia, si dentro de los veinte dias se allanaban, quedábanlos 
de la provincia obligados de dar un reconocimiento á las tres ca- 
bezas, en cada un año, aunque moderado, y el señor perdonado 
con todos los nobles y admitido en la gracia y amistad de las 
tres cabezas. Y si no quería, luego incontinente le ungían estos 
embajadores el brazo derecho y la cabeza con cierto licor que 
llevaban, que era para esforzarle á que pudiese resistir la furia 
del ejército de los tres cabezas del imperio, y así mismo le po- 
nían en la cabeza un penacho de plumería que llamaban tecpüoflf 
atado con una correa colorada, y le presentaban muchas rodelas, 
macanas y otros adherentes de guerra, y luego se juntaban con 
los otros primeros embajadores, aguardando á que se cumpliese 
el término de los veinte dias." 

**¥ cumplido, no habiéndose dado de paz, á esta sazón llega- 
ban terceros embajadores, que eran de la ciudad de Tlacopan, de 
micion tepaneca, y tenían la misma dignidad y oficio que los de- 
mas, los cuales daban su embajada de parte de los tres cabezas 
del imperio á todos los capitanes, soldados y otros hombres de 



262 

milicia, apercibiéndoles por último apercibimiento, que coma 
tales personas habían de recibir los golpes y trabajos de la goe* 
rra, que procurasen dentro de veinte dias dar la obedienoii^al 
imperio, que serían perdonados y admitidos en su gracia; donde 
no, pasado el tiempo, vendrían sobre ellos y á fuego y sangre 
asolarían toda la provincia, y se quedarían por esclavos todos lo» 
cautivos en ella, y los demás por tributarios vasallos del impe* 
rio. Los cuales, si dentro de este término se rendían^ sólo el se- 
ñor era castigado, y la provincia quedaba sujeta á dar algún más 
tributo y reconocimiento, y esto había de ser en las rentas pw* 
tenecientes al señor; y donde no, cumplidos los veinte dias, estos 
embajadores tepanecas daban á los capitanes y hombres milita* 
res de aquella provincia, rodelas y macanas, y se juntaban con 
los otros, y luego juntos se despedían del señor, de la república 
y de los hombres de guerra, apercibiéndoles que dentro de otros 
veinte dias, estarían los tres cabezas ó sus capitanes con ejército 
sobre ellos y ejecutarían todo lo que les tenían apercibido. Y 
cumplidos luego se daba la batalla, porque ya á esta sazón había 
venido marchando el ejército, y conquistados y ganados que eran^ 
se ejecutaba todo lo atrás referido, repartiendo las tierras y los 
tributos entre los tres cabezas: al rey de México y al de Texcooo 
por iguales partes, y al de Tlacopan una cierta parte, que era 
como la quinta; aunque se tenía atención de dar á los herederos 
del tal señor, tierras y vasallos suficientes á la calidad de sus 
personas, entrando en la sucesión del señorío ei heredero y su- 
cesor legítimo del tal señor, con las obligaciones y reconocimien- 
to referido; y dejándole guarnición de gente del ejército de las 
tres cabezas, la que era conveniente para la seguridad de aque- 
lla provincia, se volvía la demás: y de esta manera sujetaron á 
toda la tierra." 

La estampa contiene el segundo requerimiento, en que los 
achcauhtzin (12 y 13) desafían al señor (14), le ungen, ponen 
. manta y penacho, ofreciéndole armas para su defensa* 

La estampa LX'VlLL del Cód. representa la manera con que 
los espías se conducían. Se ve el plano de una población, el teo- 
calli (5) en el centro, al rededor las casas (4, 7, 11, 12, 16), y el 
tianquiztli 6 mercado (8); atraviesa una corriente de agua, indi- 
cada por la lista azul, y varios caminos, expresados por las listas 
amarillas con la huella del pié. Los embajadores y mercaderes 



263 

H, 2, 9, 10), llegan á la ciudad por diversas sendas, aparentando 
caiácter pa<^'oo; llegada la noche ó en sazón oportuna, se es- 
pareen los espías pot todos lados (3, 6, 13, 14), observando onan- 
toe pormenores pueden. 

Xa faja inferior relata la sumisión dé un pueblo que no aceptó 
Is guerra. '*£! mexicano que está sentado (18), y á sus^espaldas 
"una rodela y flechas (19), signifi^ dice el intérprete del Códi- 
"ee, que estando los mexicanos movidos á destruir por vía de 
"guerra á cierto pueUo que se había rebelado contara el señorío 
''ds IféxMo, los ^pes figurados vasallos del cacique (15, 16, 17), 
"i^ asimismo están sentados en frente del mexicano, signifi- 
''oan que estando todcel pueblo del cacique atemorizado de la 
"guerra y destrucción que los mexicanos les queríau hacer, vie- 
"nen ¿ México á tratar paces, sometiéndose por vasallos de Mé- 
'iiooj y protestando de les tributar y reconocer el señorío, me* 
''diante lo cual los reciben en amistad y por vasallos, reponiendo 
io determinado en su perjuicio." 

Finaliza la ratampa con el Tlacatecatl (20), Tlacochcalcatl (21), 
HaitzBahuacatl (22)] y Ouauhyaliuacatl (23). Yímosles en la es- 
tampa LXVI con BUS distintivos y trajes de corte; ahora les ve- 
mos con sus arreos guerreros. 

Los plebeyos como hemos visto, estaban obligados á los tra- 
bajos de la ciudad; esta obligación cesaba al casarse, y para que- 
dar Ubre practicaban la ceremonia representada en la estampa 
liXIX del Cód. £1 interesado ^5) presentaba su esposa (9) á los 
principales encargadosfdel ramo (1); preparaba regalo de man- 
tas (2), cañas para fumar, acayeü (3), y un convite compuesto de 
l^maUi (6), molU de hnexoloü (7) y cacao (8), añadiendo una hacha 
de cobre. Después de la comida hacía un razonamiento pidiendo 
86 le exceptuara del servicio según lá ley; se lo otorgaban los 
principales, llevándose al retirarse el hacha de cobre, como res- 
cate del agraciado. 

Los reyes de la tliple alianza para enviar mensajes á los seño- 
res amigos, ajustar diferencias y declarar guerras, usaban de 
abajadores. Estos eran nobles, de edad provecta, juicio recto 
7 cflitendidos en la manera de decir: el ceremonial mexicano es- 
taba sujeto á ciertos discursos siempre los mismos en cada caso, 
especie de fórmulas en que solo variaban los nombres y las cir- 
<nm8tancias particulares, y es casi seguro que aconteciera lo 



1 



264 

mismo en las relaciones diplomáticas. La verdad es, que segmi 
la importancia de la persona á quien se enviaba, así era la cate- 
goría y nobleza del embajador. Vestía las* insignias del señor á 
qnien representaba, puesta encima una especie de dialmática 
verde con borlas colgantes, y sobre ella una manta más ó menos 
fina atada á los hombros ó pecho; trenzado el cabello con plu- 
mas ricas de las que colgaban borlas de colores: en la mano 
derecha una flecha con las plumas hacia arriba, y en la izquierda 
una pequeña rodela y una redecilla en que conducía su manteni- 
miento. Por sus insignias reconocían su carácter, que le hacía 
sagrado aun en tierras enemigas, aunque perdía sus inmunida- 
des si se apartaba del camino recto. En los pueblos del tránsito le 
aposentaban y regalaban, llegado al lugar de su destino^ salían- 
le á recibir, los nobles le albergaban en la calpixca 6 casa públi- 
ca de huéspedes^ haciéndole gran honra. Admitido á la presen- 
cia del príncipe, éste le recibía en la sala de audiencia, sentado 
en su icpolU, acompañado de su corte; él entraba mesuradamen- 
te, se ponía en cuclillas en medio de la sala, y cuando se le per- 
mitía hablar daba su mensaje con voz clara, pausada y comedida, 
con la mayor retórica posible. La respuesta la recibía el emba- 
jador al dia siguiente por boca de uno de los empleados de la 
corte; poníanle provisiones en la redecilla que llevaba, los no- 
bles le sacaban fuera del pueblo, quedando terminada su misión. 
Los señores amigos daban siempre algunos regalos, que por 
cortesía debían ser admitidos: los obsequios de los enemigos no 
los tomaban aquellos enviados sino con el expreso consentimien- 
to de su rey. Hacer agravio ó matar á un embajador estaba re- 
putado por infame, siendo crimen que se castigaba con excesivo 
rigor. (1) 

La estampa LXIX del Códice presenta al rey de México (10), 
mandando diversas clases de embajadores (11, 12, 13) á declarar 
la guerra. 

Como en todos los gobiernos despóticos, el rey tenía el dere- 
cho de formular las leyes. Bien se comprende que algunaiS dis- 
posiciones no eran otra cosa que las antiguas costumbres adop- 
tadas por la nación, bien suyas propias, bien aprendidas y to- 
madas de pueblos más civilizados. Corto número de reglas debía 

(1) Torquemada, lib. XIV, cap. I. 



266 

ser conocido por la tribu méxica, en su estado salvaje y desgra- 
ciado; pero desde los tiempos de Itzcoatl en que se hizo inde- 
pendiente y á medida qu^ la nación extendió su poderío á lo 
lejos, debieron surgir necesidades nuevasj trayendo consigo los 
indispensables preceptos para ordenarlas. Los méxica se ocu- 
paban demasiado en. la guerra, y á este r§mo consagraron su 
atención entera, de modo que sus leyes en esta materia predo- 
minaron' por completo entre las demás naciones, las cuales se- 
guían en todos sus puntos aquel código militar. Casi en el espa- 
do de tiempo que reinaron los reyes conquistadores azteca, ocu- 
paron el trono de Acolhuacan dos monarcas legisladores y filó- 
sofos, Nezahualcoyotl y Nezahualpillii quienes cuidaron más de 
organizar que de ensanchar sus dominios. EUos compUaron las 
antiguas costumbres, añadieron nuevas disposiciones, formaron 
dig^unos así, los códigos civil y criminal; determinando la cate- 
goría y atribuciones de los jueces, reglamentando la administra- 
dLon de justicia, el número y la importancia de los tribunales. 
Tanto acertaron en esta materia, para su tiempo y sus usos bien 
entendido, que las demás naciones gustaron de aquella legisla- 
ción, tomándola para el orden de sus pueblos. 

En Tenochtitlan existía el Cihuacoatl, magistrado nombrado 
poi: el rey, inferior sólo á éste, quien entendía en las cosas de 
gobierno y en la hacienda del monarca: juzgaba por su propia 
persona, conocía en los negocios que le estaban encomendados; 
mas en las apelaciones de los negocios criminales, eran sus sen- 
tencias definitivas, pues no admitían apelación. Era tenido en 
tanta estima, que quien quiera que usurpaba el oficio moría por 
ello, confiscaban sus bienes, y se vendían por esclavos su mujer 
é hijos. Magistrados con el mismo nombré y atribuciones había 
en las grandes ciudades con mucha copaarca. (1) 

Seguíale en categoría el Tlacatecatl, quien conocía en causas 
civiles y criminales; en las civiles juzgaba en definitiva, en las 
criminales, como vimos, se apelaba al Cihuacoatl. El tribunal 
era colegiado,* siendo presidente el Tlacatecatl, quien tenía por 
asesores ó asociados al Cuauhnochtli y al Tlailotlac; cada uno 
de los tres tenía un teniente que oían y determinaban junto con 
los principales; aunque las sentencias se pronunciaban en nom- 

(l) Torquemada, lib. XI, cap. XXV. 

34 



266 

bre del Tlaoatecatl. «Asistían á mañana y tarde con sus insigmaB 
puestas, á las salas de justicia que en el palacio del rey haUa^ 
llamadas Tlaltzontecoyan, lugar de sentencias, derivado de Üci- 
zontedK, cosa juzgada; oían con mesura y silencio á las pwrtes, 
conservando el orden ciertos empleados y porteros» Las deter- 
minaciones tomadas por el tribunal las pregonaba el Ucp&jjoÜ^ 
pregonero, y las penas las ejecutaba por su mano el CTuauhnodi'' 
tlL(l) 

En el reino de Acolhuacan había en seis ciudades priztcipales 
una especie de tribunal superior ó audiencia, cuyos jueces cono- 
cían de los negocios y recogían los tributos reales. En la corte 
de Texcoco y en el palacio del rey, había dos salas de consejo 
con dos jueces cada una; la una de jueces mayores que oían los 
negocios graves pertenecientes á la determinación del rey, la 
otra de jueces menores que conocían en pleitos de menor cuan- 
tía: las causas determinadas por estos segundos, se apelaban pa- 
ra los primeros, quienes no sentenciaban en definitiva sin acuer- 
do del rey. Sentábanse á escuchar á los litigantes de mañana, des- 
cansaban á medio dia, comían de ló que les mandaban del pala<»o, 
prosiguiendo después su tarea hasta terminar el dia^ 

Oada tribunal tenía su escribano ó sean pintores diestros que 
ponían en pinturas el motivo del litigio, los nombres de los con- 
tendientes y las sentencias pronunciadas. Oada diez dias, ó cuan- 
do más doce, los jueces de aquellos tribunales venían á confe- 
renciar con el rey los casos arduos, quedando las determinaciones 
tomadas como inapelables. Si por su mucha gravedad el nego- 
cio no fenecía en este plazo, terminaba irremisiblemente en los 
consejos que tenían lugar de 80 en 80 dias, llamados por ésto 
Napoallatoli. Los jueces tenían el nombre de Tecuhtlatoque, 
"señores que gobiernan el bien público y lo hablan." 

Cada sala tenía un empleado dicho AchoauMzin, mayores, equi- 
valente al alguacil mayor, encargado de prender á los delincuen- 
tes, aun cuando fuera muy gran señor: sus insignias le hacían 
conocer y respetar. Los alguaciles menores, topiUi, comunicaban 
las órdenes ó hacían las citaciones, sin poner reparo en tiempo 
ni distancia. (2) 

(1) Torqnemada, loco cit. 

(2) Torquemada, lib. XI, cap. XXVI. Breve y Bomaria relación de los sefiores y 
maneras y diferencias que había de ellas en la Nueva eepaña, ¿lc., por él Doctor 



267 

En las poblacioiies donde aquellos tribunales no existían^ ha- 
iiía jaeces menores con jurisdicción limitada, qne sentenciando 
8do pleitos de poca calidad, en los graves formaban nna especie 
de iBdstmo^on, prendiendo á los delincuentes, y llevándola can- 
4a para ser determinada en los consejos de cada ochenta dias. 
Estas reuniones generides duraban dies ó doce dias, pues eran 
especie de cortes en que así se conieren^ba acerca de negocios 
judiciales, como de cosas tocantes á la gobernación de los pue- 
blos del reino. (1) 

En cada barrio de Mádoo habia un teucUif electo anualmente 
por loa Tecinos; determinaba de causas urianas, dando cuenta 
diariamente á los jueces superiores. Seguían los oerUecücqñxg^f 
elegidos también por los vecinos, y tenían cargo de vigilar cierto 
número de familias, de cuyas acciones daban cuenta á los jueces. 
Los teqnüiaioqíd citaban á los reos ó comunicaban las órdenes 
de los teuctU, y los tcpiUi hachan los arrestos. (2) 

Las pinturas del Oódice Mendocino, lámina LXTX, suminis- 
tran Botioias no encontradas en otra parte por nosotros, acerca 
de otros jueces 6 tribunales^ Tales son el Mixcoatlailotlac (15) 
8^;un el intérprete del Codex, en cuyo nombre jeroglífico sólo 
«MKmtramos la piüiabra Tlailotlac, ya conocida; así como el Ez- 
huahuacatl (18). Desconocidos el Acatlyaoapanecatl (20) y el 
Téquixquináhuacatl (22). Cada uno presenta á la espalda (14, 
17, 19, 21) un temoüiy que asiste para aprender á juzgar antes de 
flulñr á la cat^oria de juez. Llevan todos en la cabeza el copiUi 
6 corona real, dando á entender que la justicia se administra en 
Bombie del soberano, teniendo las sentencias tanta autoridad 
como si el rey las prcmunciara. 

En el grupo del juzgado (16), el hombre y la mujer con el sím- 
bolo de la palabra denotan los litigantes; las figuras calladas son 
los interesados ó testigos. No consta que entre las naciones de 
Anáhuac existiera la profesión de abogado; las partes defendían 
SQ derecho, apoyándolo en pruebas escritas ó testimonio de tes* 
tígos, admitiéndose también el juramento formal. 

Alonzo de Zorita. MS. Imprimióse, aunque trunca, en la Colección de Documentos 
inéditos del ArchÍTO de Indias, tom. II, pág. 1-126. 

(1) Zonta, BreTe relación, &c, M8. Mendieta, lib. n, cap. XXYIII. 

(2) ClaTigero, tom. 2, pág. 821, 



268 

Los jueces administraban justicia con la mayor rectitud, sm 
diferencia entre grandes y chicos, ricos y pobres, sin que reci- 
bieran poco ni mucho de los litigantes. Tenían señalado salario, 
tierras bastantes para sustentar una familia holgadamente, en 
las cuales había labradores que las sembraban dando cierta por- 
ción de las cosechas, suministrando ademas agua, leña y servi- 
cios personales. Al morir los jueces, pasaban las tierras á sus 
sucesores en el cargo, no á su familia, con las gentes que las 
beneficiaban. 

Si los jueces recibían cohecho, ó se desmandaban en la bebida 
ó descuidaban sus obligaciones, los otros jueces los reprendían 
ásperamente; no enmendados á la tercera amonestación les ha- 
cían trasquilar, cosa de mucha añ^enta, privándolos del oficio. 
Esto era en cosas livianas, porque si eran graves, desde la primera 
era destituido por el rey. Llegada á descubrir una muy grande 
injusticia, seguíase irremisiblemente la muerte. (1) 

La estampa LXX del Cód. Mendocino muestra la figura que 
las salas de audiencia tenían en México. Según el interprete: 
1. Trono y estrado de Moteczuma. 2. Moteczuma. 3« Cacia don- 
de aposentaban á los señores de Tenayucan, y Chiciyiauhtla, y 
^'Culhuacan, que eran sus amigos y confederados de Moteczuma. 
'^4 Casa donde se aposentaba á los grandes señores de Texouco 
^'y Tacuba, que eran sus amigos de Moteczuma. 5. Patio de las 
''casas de Moteczuma. 6. Patio de las casas reales de Moteczuma. 
"7. Sala del Consejo de guerra. 8. Estas gradas que van subieu- 
''do van á dar al patio de la casa de Moteczuma, que son estas 
''figuradas. 9. Estos cuatro son como oidores del Consejo de 
"Moteczuma, é hombres sabios. 10. Pleiteantes que en grado de 
"apelación de los alcaldes, se presentan y parecen ante los oido- 
res del Consejo de Moteczuma.'' 

Faltóle decir que el vencido en el juicio (10) se retira del tri- 
bunal. (2) 

Las prisiones eran de dos especies. La llamada teílpüoyan^ lu- 
gar de presos, en que estaban detenidos los delincuentes de pe- 
nas leves; el cuauhcaUi, casa de madera, especie de jaula fuerte 
de vigas, en que se guardaba los condenados á muerte y prisio- 

(1) Zorita. Breve relación. MS. La copia Torquemada, lib. XI, cap. XXVI. 

(2) Véase Lord Eingsborough. 






269 

neros de guerra destinados al sacrificio. Las puertas eran muy 
estrechas, cerradas con tablas por fuera, j arrimadas á ellas 
grandes piedras para mayor seguridad: guardia competente cui- 
daba de que los presos no se evadieran. Estrechas y malsanas 
aquellas construcciones, recibiendo los detenidos poco alimento, 
á breve tiempo estaban flacos y enfermos. (1) I40S cautivos si 
recibían abundante colación á fin de estar lucios y gordos al ser 
inmolados. Oaso de escaparse algún cautivo, los guardas paga- 
ban al dueño una esclava, algunas mantas y una rodela. 

Acerca de las leyes vamos á copiar una recopilación manuscri- 
ta^ á la cual sólo cambiaremos su anticuada ortografía. 

"Estas son leyes que tenían los indios de la Nueva España. 

Anáhuac ó México. 

*'E1 hijo del principal que era tahúr y vendía lo que su padre 
tenía ó vendía alguna suerte atierra, moría por ello secreta- 
mente ahogado, y si era mácehual era esclavo. 

''Si alguno toma de los magueyes para hacer miel y son veinte, 
págalos con las mantas que los jueces dicen, y si no las tiene ó 
es de más magueyes, es esclavo ó esclavos. 

"Quien pide algunas mantas fiadas ó prestadas y no las paga, 
es esclavo. 

''Si alguno hurta alguna red de pescar, págala con mantas, y 
si no las tiene es 'esclavo. 

"Si alguno hurta algilna canoa, paga tantas mantas cuantas va- 
le la canoa, y si no las tiene es esclavo. 

"Si alguna esclava pequeña qué no es de edad para hombre, 
alguno la toma» es esclavo el que se echó con ella; si muere de 
otea manera paga la cura. 

"Si llevó á vender su esclava á Azcapotzalco, do era la feria de 
los esclavos; y el que se la compró le dio mantas, y él las regis- 
tró y se contentó de ellas, si después se arrepiente vuelve las 

mantas. 

"Si alguno quedó pequeñito y los parientes le venden, y se sa- 
be después cuando es mayor, sacan los jueces las mantas que les 
parecen para dar al que lo compró y queda libre. 

"Si algún esclavo se vende y se huye y se vende á otra perso- 
na, pareciendo se vuelve á su dueño, y pierde lo que dio por él. 

(8) P. Mendieta, lib. II, cap. XXIX. 



270 

"Si alguno se echa con esclava y muere estando preñada, es 
esclavo el que con ella se echó, y si pare, el parto es libre y llévalo 
el padre. 

"Si algunos vendieron algún niño por esclavo, y después se sa- 
be, todos los que en ello entendieron son esclavos, y dellos-dan 
uno al que lo compró y los otros los reparten entre la madre de 
quien era el niño que vendieron y entre el que lo descubrió. 

"Los que dan bebedizos para que otro muera, muere por ello 
á garrotazos; y si la muerta era esclava, era esclava la que los 
daba. 

"Si hurtaban las mazorcas de maíz de veinte arriba, moría por 
ello; si menos, pagaba alguna cosa por ello. 

"El que arrancaba el maíz antes de granado, moría por ello. 

'^1 que hurtaba el yete, (1) que es una calabaza atada con unos 
cueros colocados por la cabeza con unas borlas de pluma al cabo, 
de que usan los señores y traen en ella polvos verdes que son 
tabacos, moría el que lo hurtaba, á garrotazos. 

"El que hurtaba algún chalchihuitl\en cualquier parte era 
apedreado en el tianguis, porque ningún hombre bajo las podía 
tener. 

"El que en el tianguis hurtaba algo, los del tianguis le mata- 
ban á pedradas. 

"El que salteaba en el camino, era apedreado publicamente. 

"Era ley que el papa que se emborrabhaba, en la casa do lo 
hallaban borracho lo mataban con una porras; y el mozo por ca- 
sar que se emborrachaba, era llevado á una casa que se llamaba 
telpuchcalli y allí le mataban con garrotes, y el principal que 
tenía aquel cargo si se emborrachaba, quitábanle el oficio^ y si 
era valiente hombre le quitaban el título de valiente. 

"Si el padre pecaba con su hija, moría ahogado ó con garrote é 
echábanle una soga al pescuezo. 

"El que pecaba con su hermana, moría ahogdulo con garrote y 
era muy detestable entre ellos. 

"Si una mujer pecaba con otra, las mataban ahogándolas con 
garrote. 

"El papa que era hallado con una mujer, le mataban secreta- 
mente con un garrote, é lo quemaban, é derribábanle su casa, y 

(1) Debe leerse ye¿¿. 



271 

tomábanle todo lo que tenía, y morían todos los encubridores 
que lo sabían y callaban. 

^o bastaba probanza para el adnlterio si no los tomaban jun- 
tos» y la pena era que públicamente los apedreaban. • 

''Algunas destaa leyes no son auténticas, porque se sacaron de 
un librillo de indios no auténtico, como estotras que se siguen, 
las cuales son verdaderas. 

**En esto que se sigue no se trata más de decir y contar las le- 
yes que los indios de la Nueva España tenían, en cuatro cosas; 
la primera es de los hechiceros y salteadores; la segunda es de 
los ladrones; la tercera es de lujuria; la cuarta de las guerras. 

"Capítxdo primero, que trata de los hechiceros y salteadores. 

''Era ley que sacrificasen, abriéndolo por los pechos, al que ha- 
da hechicerías que viniese algún mal sobre alguna ciudad. 

"Era ley que ahorcasen al hechicero que con hechizos ponía 
su^o á los de la casa, paira poder entrar más seguro á robar. 

"Ahorcaban á los salteadores de los caminos y castigábanlos 
muy reciamente. 

"Ahorcaban al que mataba con bebedizos. 

"Ahorcaban á los que por los caminos, por hacer mal, se fin- 
gían ser meüyajeros de los señores. 

"Capítulo dos, que trata de la lujuria. 

"Ahorcaban al que se echaba -con su madre por fuerza, y si 
ella era consentidora dello, también la ahorcaban á ella, y era 
cosa muy detestable. 

"Ahorcaban á los hermanos que se echaban con sus hermanas. 

"Ahorcaban al que se echaba con su entenada, y ella también 
si había consentido. 

"Tenía pena de muerte el que pecaba con su suegra. 

"Apedreaban á los que habían cometido adulterio, á sus mari- 
dos juntamente con el que con ella había pecado. 

"A ninguna mujer ni hombre castigaban por este pecado de 
adulterio, si sólo el mt^ido della acusaba, sino que había de ha- 
ber testigos y confesión de los malhechores, y si estos malhecho- 
' res eran principales, ahogábanlos en la cárceL 

"Tenía pena de muerte el que mataba á su mujer por sospecha 
6 indicio, y aunque la tomase con otro, sino que los jueces lo ha- 
bían de castigar. 



272 

'^n algunas castigaban al que se echaba con su mujer, después 
que le tubiese hecho traición. 

''Por la ley no tenía pena el que se echaba con la manceba de 
otro, excepto si había ya mucho tiempo que el otro la tenía, y 
por haber mucho que estaban juntos eran entre sus vecinos te- 
nidos por casados. 

"Ahorcaban al (cuilon) ó sometico y al varón que toma- 
ban en hábito de mujer. 

"Mataban al médico ó hechicera que daba bebedizos para echar 
la criatura la mujer preñada, y asimismo á la que lo tal tomaba 
para este efecto. 

"Desterraban y tomaban los bienes y dábanle otros castigos 
recios, á los papas que tomaban con alguna mujer, y si había 
pecado contra natura, los quemaban vivos en algunas partes, y 
en otras los ahogaban ó los mataban de otra manera. 

"Capítulo tercero, que trata de las leyes que había en las 
guerras. 

"Cuando algún pueblo se rebelaba, enviaban luego los señores 
de los tres reinos que eran México, Texcooo y Tlacopan, secre- 
tamente á saber si aquella rebelión, si procedía todo el pueblo 
ó solo por mandado y parecer del señor de taL pueblo, y si esta 
rebelión procedía solamente del señor de tal pueblo, enviaban 
los señores de los tres reinos sobre ellos, capitanes y jueces que 
públicamente justiciaban á los señores que se rebelaban y á los 
que eran del mismo parecer. Y si esta rebelión era por parecer 
y voluntad de todo el pueblo, requeríanlos muchas veces á que 
fuesen sujetos como antes y tributasen, y si después de muchas 
veces requeridos no querían sujetarse, entonces dábanles <úertaa 
rodelas y ciertas armas en señal de amenazas, y pregonaban la 
guerra á fuego y á sangre; pero de tal manera, que en cualquier 
tiempo que saliesen de paz los tales rebeldes, cesaba la guerra» 

"Era ley que degollasen á los que en la guerra hacían algnn 
daño á los enemigos sin licencia del capitán, ó acometían antes, 
ó se apartaban de la capitanía. 

"Tenía pena de muerte el que en la guerra quitaba la presa á 
otro. 

"Tenía pena de muerte y de perdimiento de bienes y otras 
muy graves penas, el señor ó principal que en algún baile ó fies- 
ta ó guerra sacaba alguna divisa que fuese como las armas 6 



278 

dÍTÍsas de los señores de México y Texcoco y Tlacopan, que eran 
los tres reyes principales, y algunas veces había guerra sobre 
ello. 

"Hacían pedazos y perdían todos sus bienes y hacían esclavos 
á todos sus parientes, al que era traidor avisando á los enemigos 
en la guerra, avisándoles de lo que se concertaba ó platicaba 
contra ellos. 

"Capítulo cuarto que trata de los hurtos. 

"Hacían esclavo al que era ladrón, si no había gastado lo hur- 
tado, y si lo había gastado, moría por ello, si era cosa de valor. 

"El que en el mercado hurtaba algo, era ley que luego publi- 
camente en el mismo mercado le matasen á palos. 

"Ahorcaban á los que hurtaban cantidad de mazorcas de maíz 

6 arrancaban algunos maizales, excepto si no era de la primera 
ringlera que estaba junto al camino, porque desta tenían los ca- 
minantes licencia de tomar algunas mazorcas para su camino. 

"Era ley y con rigor guardada, que si algún indio vendía por 
esclavo algún niño perdido, que hiciesen esclavo al que lo vendía, 

7 BU hacienda partiesen en dos partes, la una parte daban al 
niño y la otra parte al que lo había comprado, y si los que la 
habían vendido eran más de uno, á todos los hacían esclavos. 

'*Estas son leyes de diversas. 

**Tenían pena de muerte los jueces que hacían alguna relación 
f^a al señor superior, en algún pleito, y asimismo los jueces 
que sentenciaban alguno injustamente. 

"Ahorcaban y muy gravemente castigaban á los hijos que gas- 
taban zfial la hacienda que sus padres les habían dejado, 6 des- 
hacían para gastar mal, ó destruían las armas y joyas ó cosas 
B^iJadas que los padres les habían dejado, y asimismo tenían 
esta pena y castigo los que quedaban por tutores de algunos me- 
nores, si no daban buena cuenta á los hijos de los bienes de sus 
padres difuntos. 

**Tenía pena de muerte el que quitaba ó apartaba los mojones, 
7 términos ó señales de las tierras y heredades. 

'^1 modo que tenían de castigar á sus hijos é hijas, siendo 

mozos, cuando salían viciosos y desobedientes y traviesos, era 

trasquilarlos y traerlos maltratados, y pinchándoles las orejas 

y los muslos y brazos. 

35 



274 

*TEra cosa muy vedada y reprehendida y castigada, el embo- 
rracharse los mancebos hasta que fuesen de cincuenta años, y en 
algunas partes había penas señaladas. 

"Hacían esclavo al que vendía alguna tierra ajena, ó que tu- 
viese depositada sin licencia. 

"Era ley que el esclavo que estaba preso y se soltaba de la 
prisión, y iba á palacio, entrando que entrase en el patio, era 
libre de la servidumbre y como libre podía andar seguro. 

"Otra costumbre entre ellos, que los hijos de los señores y 
hombres ricos, en siendo de siete años poco más ó menos, entra- 
ban en los templos á servir á los ídolos, á donde servían barrien- 
do y haciendo fuego de los templos y salas y patios, y echaban 
los inciensos en los fuegos, y servían á los papaguates, y cuando 
eran negligentes ó traviesos ó desobodi entes, atábanles las ma- 
nos y pies, y punzábanles los muslos con unas púas, y los brazos 
y los pechos, y echábanlos á rodar por la§ gradas abajo de los 
templos pequeños. T más es de saber, que en México, y asimis- 
mo en Texcoco y Tlacopan, había tres Consejos, el primero era 
Consejo de las cosas de guerra; el segundo era adonde había 
cuatro oidores para oír los pleitos de la gente común; el tercero 
era el Consejo donde se averiguaban los pleitos que entre seño- 
res y caballeros se ofrecían, ó entre pueblos sobre linderos ó 
términos, y deste Consejo en ciertas cosas señaladas daban parte 
al señor, que eran como casos reservados á estos reyes y señores 
destos tres reinos que arriba están dichos. 

"Estas son las leyes por las cuales condenaban á alguno á que 
fuese esclavo. 

"Hacían pedazos y perdían todos sus bienes y hacían esclaTos 
á todos sus parientes, al que era traidor avisando á los enemigos 
en la guerra, avisándoles de lo que se conversaba ó platicaba en. 
el real contra ellos. « 

"Hacían esclavo al que había hecho algún hurto en cantidad^ 
si aun no lo había gastado. 

"Otra ley, que si algún indio vendía por esclavo algún niño 
perdido, y así mismo hacían esclavos á. todos los que lo habían 
Tendido si eran muchos. 

"Hacían esclavo al que vendía alguna tierra ajena, ó que tu- 
viese depositada, sin Ucencia. 



275 

'^n algunas partes era ley^ que haoían esclayo al qiie había 
empreñado alguna esclava, cuando la tal moría de parto ó por el 
parto quedaba lisiada. 

'^Hacían esclavos á los que hurtaban cantidad de mazorcas de 
maíz, en los maizales de los templos ó de los señores. 

^Tor otra cosa también hacían esclavos, mas eran arbitrarios; 
mas estas sobredichas eran leyes que ningim juez podía dispen- 
sar en ellas, si no era matando al que los cometía por no hacer- 
los esclavos, y todo esto sobredicho es verdad, porque yo las 
saqué de un libro de sus pinturas, á donde por pinturas están 
escritas estas leyes, en un libro muy auténtico, y porque es ver- 
dad lo firmé de mi nombre. Fecha en Valladolid, á diez del mes 
de Setiembre, año de mil y quinientos y cuarenta y tres años. 
Fr. Andrés de Alobiz." (1) 

La estampa LXXII del Códice Mendocino, (2) indica algunas 
de las penas impuestas á los delincuentes. Los jóvenes del Cal- 
mecac que por la primera vez se embriagaban (2) sufrían una 
pena correccional; la reincidencia (1) traía precisamente la muer- 
te. La embriaguez está simbolizada, por el vaso de madera lleno 
de licor espumoso. La joven educanda (3) muere también por 
haber incurrido en el mismo vicio. 

Conforme á una de las leyes arriba citadas, la libertad para 
embriagarse comenzaba á los cincuenta años; mas según la auto- 
ridad de la estampa esa triste exención empezaba á los setenta 
años (6). Bepugnante prerogativa, fundada tal vez en la difi- 
cultad de llegar á edad tan avanzada, 6 en que los agraciados, 
defendidos por la experiencia, no abusarían de la prerogativa; 
siempre sería triste de ver, en público ó en secreto, el espectá- 
culo inmoral de un anciano ebrio, socorrido por los hijos y nie- 
tos á quienes debía enseñanza y ejemplo. El viejo parece estar 
en algún convite, según indica el xochiü ó ramillete que en la 
mano tiene. Si visto en el anciano indigna, en la anciana causa 
fepulsion: instalada delante de una cántara de pulque (7) toma 
i volujitad, hervida por su hija, sostenida por su nieta, presen- 
tí) JÉ^aXeografíado y copiado de un precioso Códice antiguo, intitulado Libro de 
0x0, en poder del Sr. D. Joaquin García Icazbalceta. Para las leyes mexicanas véan- 
«ej Zorita, breye relación, MS. Mendíeta, lib'. II, cap. XXIX. Torquemada, lib. TTT^ 
ttp. n al VIL Olayigero, tom. 1, pág. 822 y sig. 

(2) Loxd. Eingsboroogh, tom. 1. 



á76 

senciando la fatal escena tm rapaz, que no recibe nna lección 
ejemplar. 

Según las minuciosas investigaciones de Zorita, (1) el viiio no 
podía beberse sin licencia de los señores ó los jueces; se daba á 
los enfermos, á los viejos de más de cincuenta años, á fin de que 
se les calentara la sangre, en cantidad de tres tazas; en las bodas 
podían beber dos tazas los que pasaban de treinta años, j la 
misma cantidad se permitía á los que acarreaban madera j pie- 
dras por ser gran trabajo; se daba á las mujeres en los primeros 
dias que seguían al alumbramiento. En nobles, señores y gente 
de guerra era afrenta embeodarse, y se reputaba infame á quien 
lo hacía. Al borracho, hombre ó mujer, le trasquilaban en el 
tianquiztli, y le derribaban la casa, "porque decían, que el qtie 
"se embeodaba y perdía el seso por ello, no merecía tener casa 
"en pueblo, ni ser contado entre los vecinos de él, y eran priva- 
"dos de los oficios públicos que, tenían y quedaban inhábiles 
'^ara los tener adelante." 

Engáñanse los autores que afirman, que los indios en su infi- 
delidad se entregaban á la embriaguez: "y tomaron ocasión para 
'% decir y creer, porque luego como se ganó la tierra se daban 
"al vino desenfrenadamente, y toldaban esta licencia cuando co- 
"menzó á cesar la autoridad y poder de sus jueces naturales pa- 
'*ra los castigar con la libertad que solían. Y dicen los indios vie- 
"jos que ésta fué la causa por que en esto y en otros vicios y deli- 
**tos tomó cada uno licencia para hacerlo que quería, porque no 
"se dan las justicias de los españoles ttm buena maña como dus 
'jueces en lo averiguar y castigar; y poco á poco se fu^ dismi- 
"nuyendo el autoridad y modo de su justicia, hasta que del todo 
"se vino á consumir y acabar, y con ellos se acabó la buena orden 
"que en todo tenían y su pulicía." 

Las leyes de los pueblos de Anáhuac adolecían de un cará^r 
draconiano. Dirigidas principalmente contra el robo, la inconti- 
nencia y la embriaguez, se prodiga la pena de muerte, en dife- 
rentes formas, y la esclavitud; en algunos casos el destierro, én 
otros la confiscación, raras son las penas corporales, sin que en- 
tre ellas se enumeren los azotes, que sólo se daban á los niños. 
La legislación, como la de todas las naciones no bien civilizadas, 

(1) Breve y Bomaria relación. MS. 



277 

no atendía á las causas exculpantes; ni establecía yerdadera 
proporción entre el crimen y su castigo. La razón debe ser, que 
aquellos legisladores tenían que habérselas con gentes de cer- 
liz dura, acostumbrados á despreciar los dolores físicos, á ver 
con indiferencia y aun desprecio la pérdida de la vida; precisas 
é indispensables .eran penas, que si no ponían miedo en el delin- 
euentOi, fueran eficaces á segregar de la sociedad los miembros 
gangrenados. Fuera de ésto, las leyes revelan un pueblo ade- 
lantado, morigerado y justo; protegían el respeto á la autoridad, 
la familia y los bienes, y en algunos capítulos son muy superio- 
res á los códigos de los bárbaros que invadieron la Europa. 



OAPÉrULO IV. 

JE!sG¡avUiíd,'-Manera8 de e(mstitmr8e,--C(mdüíion de los esclavos, ^Jfodos de ea^n^ 
grdrse la servidumbre,— Esclavos de collera,— Mercado para los escloDos,-— Mercados 
particulares, — TianguiztU. — Metales, — Oro, plateros y joyeros, — Plata, — Plomo, 
— Estaño. — dndbrio, — Cobre, — Laboreo de las minas,— Fieprro, — TecoeaküiU, — 
Obsidiana, — Cerro de las Nanajas, — FaMcadon de los cuchillos, — Diversos objetos, 
— Materiales de construcción, — Adornos de piedra, — Piedras preciosas, — Perlas,'^ 
Conchas, 

LA esclavitud en Anáhuac, á pesar de ser bárbara institneionr 
estaba organizada de una manera menos irracional que en 
Europa. Nuestros escritores de cosas antiguas asignan tres cau- 
8as por las cuales el hombre libre podía constituirse esclavo: la 
guerra, la ley y la voluntad. Propiamente hablando, el prisione- 
ro de guerra no era esclavo; la religión le había destinado para 
víctima de los dioses; ima vez tomado en el campo de batalla, se 
le retenía, es verdad, mas sin hacerle trabajar y, por el contrario, 
regalándole y atendiéndole: su muerte era indudable; pero no 
pasaba por las penas de la servidumbre. La ley y la voluntad 
hacían esclavos; siendo de notar, que en las leyes aztecas no se 
reconocía el bárbaro principio de la legislación romana, el fru- 
to sigue al vientre: porque todo hijo de esclavo nacía libre. (1) 
Esta sola determinación, que hacía imposible trasmitir la heren- 
cia fatal de una en otra generación, era ya un inmenso paso 
moral. 

(1) Torqnemada, lib. XIV, cap. XVI. 



279 

A esta regla general había luia excepción^ admitiendo la auto- 
ridad del padre Sahagan. Dioe que al acercarse el año secular 
cetochUi, temíase por el vulgo que trajera escasez, preyiniéndos'e 
oontra ella, por la reimion de ciertos mantenimientos comidos 
sdlo en casos de necesidad. 'T cuando acontecía la dicha ham- 
1)re, pro sigue, entonces se Tendían por esclavos muchos pobres, 
'^hombres y mujeres, y comprábanlos los ricos que tenían mu- 
"chas proviciones allegadas, y no solamente los dichos pobres se 
''vendían á sí mismos, sino que también vendían á sus hijos y á 
''sus descendientes, y á todo su linaje, y así eran esclavos perpe- 
'toamente, porque decían que esta servidumbre que se cobraba 
"en tal tiempo no tenía remedio para acabarse en algún tiempo, 
"porque sus padres se habían vendido por escapar de la muerte, 
"ó por librar su vida de la última necesidad, y decían que por su 
"colpa les acontecía aquel desastre; porque ellos sabiendo que 
"?enía la dicha hambre, se habían descuidado, y no habían cu^ 
"rado de remedio, y así decían después, que los tales esclavos 
"habían o obrado la dicha servidumbre en el año de cetochtli, y los 
"descendientes que la han heredado de sus antepasados, la cual 
"se decía servidumbre pe;rpetua." (1) 

La ley determinaba los crímenes por los cuales las personas 
libres se tomaban esclavas. Fuera de los casos enumerados en 
8u lugar, tenemos que aumentar los siguientes. El tahúr, que 
jugando bajo su palabra, no pagaba en el plazo estipulado, era 
Tendido judicialmente para satisfacer al acreedor. Si al padre de 
yarios hijos, alguno de ellos salía malo é incorregible, podía ven- 
derle, previa licencia de los jueces, para servir de corrección £ 
los de su especie: el padre estaba obligado á dar un convite, con 
el precio, del cual sólo podían participar él, la madre, los her« 
manos y parientes más próximos; avisábase á los criados no co- 
miesen aquella comida que era precio del hijo, y si á pesar de 
ello la tomaban Uno ó muchos, quedaban esclavos. El que pedía 
prestada cosa de cuantía y jxó la devolvía, era vendido para pa« 
gar á los dueños de los objetos prestados. El homicida de hom-* 
bre que tenía mujer é hijos sufría pena de muerte; mas si la 
esposa del occiso le perdonaba, lé daban á ésta por esclavo. (2) 

(1) Sahagan, tom. n, pág. 258-9. 

(2) P. Ihirán, segundn parte, cap. XX. líS. 



280 

De los que acudían á robar un granero, quien subía á la parte 
superior para sacar por la abertura las mazorcas, quedaba por 
esclavo, recibiendo los demás pena menor. (1) 

Por voluntad se constituía la esclavitud en los casos siguien* 
tes. Los jugadores para dar alimento á su vicio, las mujeres de 
vida alegre, ahuiani, para sustentar su adorno, se vendían por un 
precio determinado, que para los primeros al menos era de oe^ 
qmmiUi, ó sea una carga de veinte mantas; este contrato se bacía 
con la condición de dejarles gozar del precio de la venta, por lo 
eual andaban libres cosa de un año que las mantas les durabasi, 
entrando en seguida á la servidumbre. Bajo estas condicionen 
Tendíanse también los holgazanes Hombres 6 miqeres. Én tieni- 
po de necesidad 6 hambre, el marido y la mujer se concertaban 
para venderse uno á otro, ó bien vendían á uno de sus hijos si 
tenían más de cuatro. Estos muchachos así esclavizados perma»- 
necían en la casa de sus amos por cierto tiempo, después del cual^ 
oon consentimiento del señor, j aun dando todavía algo por pre- 
oio, se les retiraba á descansar, poniendo en su lugar alguno de 
sus hermanos: (2) era una curiosa mutación de condiciones la que 
traía esa sustitución de personas. 

Otro género de servidumbre, tequiyoüy Üacoyotl, había, á que 
daban nombre de huektieÜaUcLcdU^ servidumbre grande ó mayor. 
Oonsistía en que dos ó más casas, precisamente en tiempo de 
hambre, vendían una persona, constituyéndose en la obligación 
de mantenerla siempre como viva, aun cuando muriera, fuera del 
easo en que falleciera en la casa del amo ó le cogiera alguna cosa 
de su propiedad. Esta es la servidumbre mencionada arriba por 
el P. Sahagun, pues en efecto ser hacía perpetua pasando de una 
¿ otra generación, ya que las casas obligadas tenían que mante- 
ner vivo indefinidamente el esclavo, ya para el amo directo, y& 
p»ra sus descendientes. Para que la obligación no pudiera extin- 
guirse, el señor nunca tomaba cosa que de su siervo fuera, ni le 
permitía que en su casa viviera. M año de 1505; que fué de mu^ 
eha hambre, el sabio rey de Texcoco Kezahualpilli, á fin de cor- 
tor de raíz éste abuso introducido y evití^ que por la carestía se 
aumentara, abrogó la ley, quedando libres las casas compróme* 

(1) Torquemada, lib. XIT, cap. XVI. 

(3) Duran, segunda parte, cap. XX. MS. Torquemada, lib. XHÍ, cap. XVI. 



281 

tidas de antigao, j prohibidos tan onerosos contratos. Este buen 
ejemplo fué seguido por Motecnhssoma, cesando desde entonces 
1& servidumbre perpetua. (1) * 

La renta de los esclayos se hacía delante de testigos ancianos, 
de euatro furriba por cada parte, los cuales fijaban el precio y 
estipnlaban los términos del contrato^ Fuera de su estado servil, 
la condición de lo& esclavos era bien tolerable; vivían en las tie- 
rras de sua amos labrando sementeras para éstos y para sí; pres- 
taban en las casas servicios personales como barrer, acarrear n 
agua y leña; recibían buen teato, y pudiendo adquirir peculio, sí 
eran diligentes, se casaban, mantenían casa propia, y aun á su 
tomo compraban esclavos para su servido. (2) Si los siervos eran 
muchachos ó pobres, vivían en la casa del amo formando parte 
de la &milia, dándoles de vestir y de comer. (3) 

Recobrábase la libertad por uno de estos medios. Si estando 
el eselavo en el mercado lograba burlar la vigilancia del amo, 
iioia, pasaba* las bardas del tiamqutzüi y más allá ponía el pié so- 
bre un excremento humano, se presentaba á los jueces en aquella 
forana, y refiriáidoles el caso,, les pedía le librasen del cauti- 
Terio, supuesto estar así determinado por la ley: los magistrado» 
le lavaban todo el cuerpo, poníanle ropas nuevas, le presentaban 
i su amo diciéndole, que aquel se había librado con su industria, 
7 que asistido por la ley había cesado de ser esclavo. Al ver huir 
i su siervo, el señor daba grandes voces á la gente para que le 
detuviesen; mas cuanto mayores voces daba^ tanto más se preoa- 
^íbsx los espectadores de poner estorbo aloque huía, porque la ley 
condenaba por esclavo á toda persona que impedía que un hom- 
bre recobrara su libertad. Si el amo se enamoraba de la esclava, 
ó el ama de un esclavo, y constaba, porque tenían hijos 6 de otra 
manera auténtica, seguíase su matrimonio, saliendo los agra- 
ciados de la condición servil. Quedaba también libre, quien antes 
da la segunda venta podía volver el precio por que había sido 
comprado. (4) Estando con la collera al cuello, si podía meterse 
en el palacio ó casa de los reyes, volvía á su antigua libertad; 
p^ia de ser reducido á servidumbre, ninguno podía atajarle 

(1) Torqnemada, lib. XIV, oap. XVXL Sahagon, tom. n, pág. 808. 

(2) Torquemada, lib. XIV, cap. XVL MotoUma» trat II, oap. Y. 

(3) Torquemada, Ub. XIV, cap. XVIL 

(O P. Darán, segunda parte, oap. XX. MS. 

86 



\ 



282 

los pasoS; fuera del amo ó de bus hijos. Era costumbre entre 
los señores, á su muerte, dar por libres á los esclayos que ha- 
bían hecho señalados servicios: los demás siervos eran de sns 
herederos. (1) 

El señor no podía vender al siervo sin su consentimienta Ce- 
saba este privilegio si el* esclavo era perezoso, mal mirado, vicioso 
6 huía de la casa; entonces el amo le amonestaba una, dos y tres 
veces delante de testigos, y si aun permanecía incorregible, po- 
níale la collera, distintivo de su mala condición, y podía venderte 
á las personas ó en los mercados. ^La collera era una pieza de 
madera, que ajustando al cuello terminaba en dos argollas por la 
parte posterior; por éstas pasaba una vara larga, á cuyos extre- 
mos no pudiera alcanzarse con las manos, ligada á otra segunda 
vara exterior de una manera sólida: la collera servía no solo pa- 
ra distinguir al mal esclavo, sino para impedirle huir entre la 
gente ó penetrar por lugares estrechos. Los compradores de es- 
clavos de collera se informaban del numero de ventas por que 
habían pasado, y si después de cuatro todavía no se enmenda- 
ban, podían ya ser vendidos para el sacrificio. (2) Estos vicio- 
sos incorregibles expiaban sus crímenes, muriendo como repre- 
sentantes de los dioses en las solemnidades religiosas. 

Había dos mercados de esclavos, Azcapotzalco 6 Itzocan. Los 
mercaderes concurrían trayendo hombres, mujeres y niños, ata- 
viados y compuestos con ropas vistosas y los adornos de que 
podían usar; poniéndose cada uno en el lugar señalado, traía un 
tocador de teponazüi, y á su son hacía cantar y bailar á los escla- 
vos, haciéndoles desplegar todas sus habilidades. Los compra- 
dores andaban mirando á todas partes, hasta encontrar una 
mercancía á su gusto; fijados en alguna, se imponían de las con- 
diciones del siervo, desnudábanle para descubrir si tenía imper- 
fección ó enfermedad, le hacían saltar y hacer movimientos. El 
precio consistía generalmente en cuacJitli, más ó menos según la 
pieza, teniéndose en cuenta que los destinados al sacrificio eran 
de mayor precio, supuesto que no debían tener defecto alguno 
personal. Hecho el ajuste, el mercader despojaba de sus galas al 

(1) Torquemada, Ub. XIV, cap. XTII. 

(2) Duran, segunda parte, cap. XX. MS. Torquemada, líb. XTV, cap. XVII. 



283 

eselavo y le entregaba al nueYO dueño, quien estaba obligado á 
Herar ropas para eubrírle. (1) 

La prisión para los esdavos, situada en donde ahora la iglesia 
de San Hipólito, se llamaba petlacaUiy casa de esteras; era una 
galera larga, compuesta de planchas de madera, con una abertu- 
ra superior, la cual metida por ella los presos se cerraba, asegu- 
lándola con una gran losa. 

Había mercados particulares para ciertos objetos. En el de 
CholoUan se trataban joyas, piedras finas y plumas; en Texcoco 
vapaB, jicaras y loza. ^El mercado de los perros estaba en Acul- 
aa^ y subsistió algunos anos después de la conquista. Beunían 
allí los me rcaderes perros de todas clases, para gusto, para sa- 
onfioar á los dioses y para acompañará los difuntos. (2) La car- 
ne de este cuadrúpedo, ya casi extinguido hoy, servía de alimento 
i los pueblos de Anáhuac. 

Los pschteca, propiamente eran los mercaderes del comercio 
por mayor; el comercio al menudeo, destinado á la renta de lo^ 
arieíaotos y al abasto de las poblaciones, tenía lugar en todos los 
poeblos de cierta importancia. Eran afamado^ los mercados de 
Meneo, Texcoco, Tlaxcalla, CholoUan, Tepeyacac, Huexotzinco, 
Xoohimilco y otros, rebajando en importancia en relación al nú- 
laero de habitantes y á su habilidad para las artes. El tianquiztli 
6»|aba colocado en los pueblos delante ó á un lado del teocalli; 
Cfircado de tapia, con sus entradas correspondientes; en cada uno 
había un inwmozfU no muy alto, terminado por una piedra redon- 
da del tamaño de una rodela^ labrada con la figura del sol y al- 
gunos otros 3Ígnos: encima se colocaba la efigie del dios de los 
laercados, á cuyo pié venían las trajinantes á dejar en ofrenda 
algo de lo que traían^ recogido y aprovechado después por los 
sacerdotes. La feria ó- mercado tenía llagar en cada población en 
períodos de cinco, en t cinco dias; llamándoles por eso macuiltian- 
jmzUi; cada lugar tenía señalada la comarca que á él debía acu- 
dir, compuesta de todos los pueblos menores en distancia de 
coatro leguas. ,E1 macuüttanquizíU, un día aquí, el siguiente allá, 
y sucesivamente hasta volver el turno, era un dia de verdadera 
fiesta, no sólo porque los traficantes tenían ocasión de vender 

0) P. Sahagun, tom. I, pág. 33, tom. n, pág. S70. 
(2) Duran, segunda parte, cap. XX. MS. 



284 

sns productos y adquirir lo que les faltaba, sino porque la gente 
acudía regocijada á gozar del solaz de la conoutrenioía. Dos oati- 
sas determinantes había ademas; prevenía la ley que nada pudie- 
ra ser vendido por los caminos, aun cuando fuera con gran pro- 
vecho, y de no concurrir á la feria se seguía el enojo del dios del 
tianquiztli. Ambas determinaciones aparecen interesadas; los bbt 
cerdotes por sus ofrendas, el señor y la comunidad del pueblo, 
porque cada trajinante pagaba un impuesto, cuyo monto se ire- 
partía entre aquellos. (1) 

El mercado principal de México subsistió delante del paIa(áo 
del rey; hecha la conquista de Tlatelolco por Axayacatl, quedó 
trasladado á la plaza conocida ahora por de Santiago, ya del to- 
do abandonada. Según los conquistadores que le vieron, (2) es- 
taba rodeado por todos cuatro lados de portales, y era tan grande 
como dos veces la ciudad de Salamanca, concurriendo diariamen- 
te á comprar y vender de veinte á veinticinco mil personas, y el 
doble en los dias de tianquiztli. Las mercaderías estaban ordena*- 
das por calles; vendíase por cuenta y medida, aunque no vieron 
pesas. Había una buena casa, el (ecpan, donde estaban siempve 
sentados doce jueces, entendiendo en las causas que se ofrecías 
y mandando castigar á los criminales; varios empleados públicog 
iban vigilando por la plaza, inspeccionando las mercancías y que- 
brando las medidas falsas. Sobraban cargadores, que por módico 
precio, transportaban las mercaderías á la casa del comprador. 

Vamos á seguir la enumeración de los objetos, que en la pías» 
registraron los caracterizados testigos, á fin de dar idea de las 
artes, industria y mantenimientos de los méxica: el orden en la 
narración no será el que nosotros quisiéramos, por haber deter- 
minado tomar por guía la carta de Cortés. 

Vendíanse joyas de oro y de plata, de plomo, de latón, de co- 
bre y de estaño. Hé aquí la lista de los metales conocidos por loa 
azteca. ^'Mucho tiempo antes de la llegada de los españoles, dice 
Humboldt, (3) los indígenas de Mádco, así como los del Pe- 
ra, conocieron el uso de varios metales. No se contentaron con 

(1) P. I>Qnín, segnncU partey^^cap. XX. MB. 

(2) Cartas de Cortes en Lorenzana» pág. 102-5. Conquistador anónimo, Doonin. 
de García loazbaloeta, tom. 1. pag. 892. 

(8) Essai politique sor le royanme déla Konrelle Bspagne, Paria, 1811, (om. H, 
pág. 482. 



285 

lo6 que en estado nativo se encuentran en la superficie del suelo, 
prindpalmeiite en el lecho de los rios y en las barrancas cayadas 
por los torrentes, sino que se daban á trabajos subterráneos para 
explotar las yetas, sabiendo oayar galerías, formar pozos de co- 
municación y ventilación, teniendo instrumentos propios para 
atacar la roca. Cortés nos dice en la relación histórica de su ex- 
pedición, que en el gran mercado de Tenochtitlan se vendían oro, 
plata^ cobre, plomo y estaño. Los habitantes de la Tzapoteca y 
del Mixteoapan, (1) provincias que hoy forman parte de la inten- 
dencia de Oaxaca, separaban el oro de los terrenos de aluvión 
por medio del lavado. Aquellos pueblos pagaban el tributo de 
dos maneras; las pepitas ó granos de oro nativo, en sacos de 
enero ó en pequeños cestos tejidos 4e juncos delgados, ó fundido 
el metal en barras. Semejantes éstas á las que se encuentran hoy 
en el comercio, están figuradas en las pinturas mexicanas. En 
los tiempos de Montezuma ya trabajaban los naturales las vetas 
argentíferas de Tlachco (Tasco), en la provincia de Cohuixco, y 
las que atraviesan las montañas de Tzompanco." 

''En todas las grandes ciudades de Anáhuac se fabricaban va- 
sos de oro y de plata, aunque ésta fuese mucho menos estima- 
da por los americanos quetpor los pueblos del antiguo continen- 
te. Al penetrar los españoles por primera vez á Tenochtitlan, no 
podían cansarse de admirar la habilidad de los joyeros mexica- 
nos, entre los cuales se reputaban por más celebres los de Az- 
eapotzalco y üholula: cuando seducido Montezuma por su extre- 
mada credulidad, reconoció en la llegada de los hombres blancos 
y barbados el cumplimiento de las profecías de Quetzalcoatl, ;y 
obligó á la nobleza azteca á prestar homenaje al rey de España, 
la cantidad de metales preciosos ofrecida á Oortés se valuó en 
eantidad de 162,000 pesos de oro. ^'Sin todas las joyas de oro, 
'^ce el Conquistador en su primera carta á Carlos V, y plata, y 
^hzmajes, y piedras y otras muchas cosas de valor, que para 
*^. S. M. yo asigné, y aparté, que podrían valer cien mil duca- 
'^dos, y más suma; las cuales demás de su valor, eran tales y tan 
''maravillosas, que consideradas por su"novedad y extrañeza no 
'tenían precio, ni es de creer que alguno de todos los príncipes 



(1) Principalmente los habitanies de lo0 antlgoosf iteUogcleHaaxyaoao (OazAoa), 
Gpjolapan y Atlaoueohahuayan. 



286 

''del mundo, de quien se tiene noticia, las pudiese tener tales y 
"de tal calidad. T no le parezca á V. A. fabuloso lo que digo, 
''pues es verdad que todas las cosas criadas, así en la tierra co- 
"mo en la mar, de que el dicho Muteczuma pudiese tener cono- 
"cimiento, tenía contrahechas muy al natural, así de oro y plata, 
"como de pedrería y de plumas, en tanta perfección que casi 
"ellas mismas parecían: de las cuales todas me dio para V. A. 
"mucha parte, sin otras que yo le di figuradas y él las mandó 
"hacer de oro, así como imágenes, crucifijos, medallas, joyeles y 
"collares, y otras muchas cosas de las nuestras que les hice con- 
"trafacer. Cupieron asimismo á V. A. del quinto de la plata que 
"se hubo, ciento tantos marcos, los cuales hice labrar á los na- 
"turales de platos grandes y pequeños, y escudillas, y tazas, y 
"cucharas; y lo labraron tan perfecto, como se lo podíamos dar 
"á entender." (1) Leyendo este pasaje se cree escuchar la rela- 
ción de un embajador europeo, enviado á la China ó al Japón. 
T no sería posible acusar de exajerado al general español, con- 
siderando que el emperador Carlos V. podría juzgar con sus 
propios ojos acerca de la perfección de los objetos que le fueron 
mandados. La fundición había hecho progresos considerables 
entre los muyscas, en el reino de Nueva Granada, entre los pe- 
ruanos y los habitantes de Quito. En este ultimo, por muchos 
siglos se conservaron en Caxas Eeales obras preciosas de plate- 
ría americana. Hace pocos años, que por un sistema de econo- 
mía, que pudiera llamarse bárbara, fueron fundidas esas obras 
que probaban, que muchos pueblos del Nuevo continente habían 
alcanzado un grado de civilización, muy superior al que gene- 
ralmente se les atribuye." 

Los méxica sacaban, pues, el oro de las vetas, para cuyo des- 
cubrimiento tenían ciertas reglas eficaces en tiempo de aguas; 
recogíanlo igualmente en los rios y arroyos, lavando las arenas 
en jicaras. (2) La matrícula de tributos, que hace parte del Gód. 
Mendocino, (3) refiere las provincias que pagaban, oro al impe- 
rio de México. Tlapa y su comarca (Lám. 41), "diez tabletas de 
oro, dice el interprete, de cuatro dedos de ancho y de tres coar- 
tas de medir de largo," (núm. 20), y, "veinte jicaras de oro en 

(1) Cartas en Lorenzana, pág. 99. 

(2) B. Saliagon, tom. 8, pág. 808. 

(8) Yéase el Lord. Kingsborough, tom. 1. 



287 

polyo, cada una jicara cabía en ella dos cdmozadas,^^ (núm. 21). 
Para darnos cuenta de la cantidad de oro, sería preciso conocer 
la medida de capacidad llamnda almozada; confesamos nuestra 
ineptitud, al no encontrar la palabra en los libros que consul- 
tamos. No puede ser error por almiidada, que es una superficie; 
ni por (dmozála, cobertor de lana; si se nos permitiera, corregi- 
ríamos álrmierza, "porción de cosa suelta y no líquida que cabe 
en las manos juntas y puestas en forma cóncaya.'* (1) Toaltepec 
daba (lám. 42), cuarenta tejuelos de oro, "del tamaño de una hos- 
tia y del grosor de un dedo" (num. 31 y 32). Coaixtlahuacan, 
(Lám. 45) veinte jicaras de polvo ó pepitas de oro (num. 27). 
Coyolapan (Lám. 46), "veinte tejuelos de oro fino del tamaño de 
mi plato mediano, y de grosor del dedo pulgar" (núm. 17). Tlacli- 
quiauhco (Lám. 47) veinte vasijas con polvo de oro fino (núm. 4), 
Tochtepec (Lám. 48), una rodela de oro, con adornos de lo mis- 
mo (núm. 28), una pieza de oro á manera de ala, para adorno 
del yelmo (núm. 29), "una diadema de oro de esta hechura" 
(núm. 30), "un apretador de oro para la cabeza, de ancho de una 
mano y grueso de un pergamino" (núm. 31), dos sartales de cuen- 
tas de oro, la una con cascabeles (núm. 32 y 33). Así los tributos 
de oro se exigían en grano, en barras fundidas y en piezas labra- 
das. No se hace mención de la plata, ni de los demás metales, 
fuera del cobre. 

Los secretos del arte del joyero, platero y fundidor entre los 
méxica, nos son ahora desconocidos; perdiéronse después de la 
conquista, por desprecio á la habilidad de los vencidos, ó más 
bien por las circunstancias precisas de aquella época de tran- 
sición. El testimonio de Corsés, de Gomara y de otros que vie- 
ron los objetos labrados, no dejan duda acerca de su belleza y 
perfección; las piezas remitidas á España llenaron de admira- 
ción á los curiosos, juzgándolas inimitables los plateros de Se- 
villa. "Para las cosas que dicen de fundición y vaciado, eran 
%uy hábiles, y hacían una joya de oro 6 plata con grandes pri- 
**inores, haciendo mucha ventaja á nuestros plateros españoles, 
^rque fundían un pájaro que se le andaba la cabeza, lengua y 
"las alas, y hacían un mono ú otro animal que se le andaban 
"cabeza, lengua, pies y manos, y en las manos les ponían unas 

(1) Dic. de la lengua castellana. 



288 

'tareyejnelos que parecía bailar con ellos. T lo que más es, que 
''sacaban de la fundición una pieza, la mitad de oro j la mitad 
'de plata, y vaciaban un pece la mitad de las escamas de oro y 
"la mitad de plata, y otros variados, conviene á saber, una esca- 
"ma de oro y otra de plata de que se maravillaron mucho los 
"plateros de España." (1) Cosas son estas que hoy no se fabrican 
en ninguna parte del mundo. 

Pocos de estos primores quedan entre nosotros, exhumados 
en sepulcros y escavaciones. Hemos visto anillos de filigrana 
de fino trabajo, resaltando entre los huecos figuras de dioses, 
símbolos ó adornos. Cuentas labradas esféricas ó esferoidales; 
cascabeles, y aun pequeños idolillos. Muy notable nos pareció 
un busto de Huitzüopochtli, con el morrión remedando la ca- 
beza de una águila y la cimera de un gusto inimitable. 

Los tolteca practicaban este arte, anterior sin duda á ellos, 
atribuyendo el perfeccionamiento á Quetzalcoatl. Los instru- 
mentos de labranza no sabemos fueran otro que el martillo, for- 
mado de piedras duras; conocían los crisoles para fundir el me- 
tal, los moldes para dar forma al artefacto. Lps núm. 24 y 25, 
lám. 71 del Cód. Mendoza representan al platero y su discípulo. 
Sobre un banco se advierte un brasero con fuego, en el cual se 
distingue el símbolo del oro labrado; en una mano tiene el arte- 
sano una varilla para remover el metal, con la otra empuña y lle- 
va á la boca una especie de soplete ó tubo para avivar la com- 
bustión. Humboldt dice: "Según las tradiciones que recogí cerca 
"de Kiobamba, entre los indios del pueblo de Lican, los antiguos 
"habitantes de Quito fundían los minerales de plata, estratifi- 
"cándolos con carbones y soplando el fuego con cañas largas de 
"bambú. Muchos indios se colocaban en círculo alrededor del 
"agujero que encerraba el mineral, de manera que las corrientes 
"de aire salían de muchas cañas á la vez." (2) Procedimiento 
semejante al de los peruanos aparece practicado por los mexica. 

Según nos informa el P. Sahagun, (3) los oficiales que labraban 
oro eran de dos maneras; los unos martilladores; "otros se Ua- 
"man Üatlaliani, que quiere decir que asientan el oro ó alguna 
"cosa en él, ó en la plata, éstos son verdaderos oficiales ó por 

(1) Torqnemada, lib. Xm. cap. XXXIV. Clavigero, tom. 1, pág. 373. 

(2) Ebbbí politiqae, tom. 2, pág. 484, nota 2. 
(8) Hifit de las cosas de NE., tom. 2, pág. 887. 



289 

"otro nombre se llaman ttdteca; pero están divididos en dos par- 
"tes, porqne labran eljoro cada uno de sn manera." El dicciona- 
rio de la lengua mexicana, (1) ofrece diversos nombres para los 
que labran plata, oro, anillos, .vasos y joyas, lo cual parece in- 
dicar, que el arte de la platería estaba dividida en diversos ra- 
mos, practicado cada uno por particulares artesanos. 

Los azteca recogían plomo y estaño en la provincia de Tlfiwíhco 
7 en Itzmiquilpan. El primero era poco apreciado, y del* segun- 
do hemos visto que servía de moneda. Ohilapan y otros puntos 
producían cinabrio, usado^en las pinturas ó escritura, y en em- 
bijarse el cuerpo. 

Sin duda que el cobre es el metal empleado primitivamente 
por el hombre. En México se usó desde muy antiguo. En las 
niinas de Casas grandes, (Chihuahua) fueron encontradas dos 
piezas de cobre; "una tortuga de diez centímetros de largo, y 
'"una lagartija con la cabeza levantada y abierta como para re- 
"dbir un objeto." (2)JPerdiéronse después de encontrados, y no 
podemos hacer juicio de ellos. Coincidencia casual ó verdadero 
punto de relación, es común encontrar tortugas de cobre en los 
antiguos sepulcros de la Huaxteca. Tenemos á la vista la de la 
colección de nuestro amigo el Sr. Chavero; hueca, y con un 
cuerpo suelto interior, sirve como de cascabel; en un extremo 
ofrece ima pequeña argolla para llevarla suspendida; la forman 
Mminas ^obre las cuales, siguiendo el contomo de la figura, se 
afirma un alambre siguiendo las vueltas de una espiral ó for- 
inando curvas de mayor á menor; los labios del cascabel y el 
medio del carapacho ofrecen sobrepuesto un torzal de dos alam- 
bres, mientras otro forma la boca del animal y los adornos del 
frente: ojos y nariz son pequeños trozos esferoidales. Si' el dibujo 
no es correcto, la manufactura es artificiosa, llamando la aten- 
ción el cómo fueron soldadas entre sí las diversas partes. 

Hacíanse de cobre objetos semejantes á los de oro, sin duda 
para adorno de los pobres. Tenemos á la vista anillos macizos y 
de filigrana, que aunque muy atacados por el orin, dejan ver sus 
formas curiosas. Pero el empleo principal de este metal era en 
las hachas, cuyo uso parece estar esparcido hasta muy lejos. 

(1) Diccionario de Molina. 

(2) Exploration minerálógique des régíons mezicaines, por M. E. GoiUemin Ta- 
nyse. Paría, MDCOOLXIX, pág. 176.— Archives, tom. m, pág. 848. 

37 



290 

Durante la expedición del ano 1518 mandada por Juan de Gri* 
jalva^ los barcos arribaron al rio Tonalla^ apellidado entóucea 
San Antonio; los navegantes se dieron á cambiar cuentas de vidrio 
y bujerías por el oro de los naturales. — 'TT después lo supieron 
"los de Guanacualco (Coatzacoalco) é otros pueblos coinarca]io& 
"que rescatábamos, también vinieron ellos con sus piecezuelas, 
"y llevaron cuentas verdes, que aquellos tenían en mucho. Pero 
"demás de aqueste rescate, traían comunmente todos los indios 
"de aquella provincia unas hachas de cobre muy- lucidas, como 
"por gentileza é á manera de armas, con unos cabos de palo muy 
"pintados, y nosotros creímos que eran de oro bajo, é comeuza- 
"mos á rescatar dellas: digo que en tresdias se hubieron más de 
"seiscientas dellas, y estábamos muy contentos con ellas creyen^ 
"do Ü^ue eran de oro bajo, é los indios mucho más con las cuentas; 
"mas todo salió vano, que las hachas eran de cobre é las cuentas 
"un poco de nada." (1) 

Las hachas antiguas de bronce son idénticas por la forma á las 
exhumadas en Dinamarca, conocidas bajo el nombre de ^)aaZs¿av; 
por la liga son iguales á las del Norte y Sud Amério^i. En los 
tiempos históricos, ninguna de las naciones de Anáhuac usó el 
hacha como arma de guerra; los de Coatzacoalco, mencionados 
por Bernal Díaz, las llevaban, como dice el escritor, más por 
gentileza que por otra causa. Empleaban el hacha en la tala de 
los bosques, en el arte de la carpintería y cosas análogas. En las 
pinturas jeroglíficas el hacha es el símbolo del cobre,' y del arte 
del carpintero y del tallador: en las costumbres, servía de resca- 
te á los alumnos de los seminarios. De cobre hicieron puntas de 
flechas y de lanzas, mas no parece les ocurriera nunca formar 
armas semejantes á la espada. 

Abunda el cobre en los Estados de Chihuahua, Durango, Za- 
catecas, San Luis, Jalisco y Michoacan; pero aquellos lugares 
caían fuera de la demarcación del imperio. Los azteca se pro- 
veían del metal en las provincias de ZacatoUan y de Cohuixco, 
Estados actuales de Guerrero y de Oaxaca. Tepecuacuilco da- 
ba en parte de tributo (Lám. 39 del Cód.) cien hachas de cobre, 
(num. 20). Quiauhteopan y su comarca (Lám. 42) cuarenta oas« 
cábeles, coyóUi, grandes de cobre (núm, 19) y ochenta hachas, 

(1) Berna! Díaz, cap. XVI. 



291 

(mim. ^). £1 nombre mexicano del metal es iepunOi; el hacha 
para cortan madera tepmcuauhxexeUmit cuauKÜcUeconi, j para la* 
brarla, ÜaximaítepudlL 

'anchos sabios distinguidos, d^ce Humboldt, (1) aunque ex- 
ia»no8 á los conocimientos químicos, pretendieron que los mexi- 
canos y los peruanos tenían un secreto para templar el cobre, y 
convertirlo en acero. Es indudable que las hachas y otros útiles 
mexicanos eran casi tan coartantes como los instrumentos de ace* 
To; mas esta dureza extraordinaria era debida á la liga de estaño 
y no al temple. Lo que los primeros historiadores de la con- 
quista, llamaron cobix duro ó oortaifte^ semeja al Xolkos de los 
griegos y al 035 de los romanos. Los escultores mexicanos y pe- 
roanos ejecutaban grandes obras en el grünatein y el pórfido 
basáltico más duro. Los joyeros cortaban y perforaban las es- 
laeraldas y otras piedras finas, sirviéndose á la vez de un útil 
de metal y de un polvo silicoso. Traje de Lima un cincel de los 
antiguos peruanos, en el que M. Yauquelin encontró 0,94 de co- 
bre y 0^06 de estaño. Había sido tan bien forjada la liga, que la 
pesantez específica se hizo 8,815, mientras que, según las expe- 
riencias de M. Briche, los químicos no obtienen este máximum 
da dendidad, sino uniendo 16 de estaño á 100 partes de cobre. 
Pareoe que los griegos, para endurecer el cobre, se servían á la 
vez del etstañoy del fierro. También una hacha de los galos, en- 
^xmtrftda en Francia por M. Dupont de Nemours, que corta el 
pajlo como si fuera de acero, sin r.omperse ni embotarse, contie- 
ne según el análisis de M. Yanquelin, 0,87 de cobre, 0,03 de fie- 
rro y 0,09 de estaño." 

£1 cobre no debía su dureza al temple sino á la liga con el es- 
taño. En los análisis mandados practicar en México por el Sr. 
P. Femando Ramírez, los útiles contienen 90 partes de cobre 
por 10 de estaño. Hemos logrado, ver algunos que nos parecen 
einceles, dotados de gran dureza. El cincel sometido al análisis 
por el Sr. D. Gumesindo Mendoza ofrece la densidad de 8,875 y 
ocmtiene 97,87 de cobre y 2,13 de estaño. (2) Las hachas de co- 
bce» al menos las destinadas á las artes, no son de cobre puro, 
pues alguna qne hemos logrado ver presenta los filos duros: de 

(1) Bflsai politique, tom. 2, pág. 485. 

(2) Anales del Museo Nacional, tom. I, pág. 117. 



r 



292 

estas hachas, las que llevan los mangos rectos servían en el cor- 
te de árboles ó faenas análogas, y las de mango recurvo eran 
empleadas en la carpintería: así al menos están diseñadas en el 
Códice de Mendoza. 

En la sesión celebrada el 10 de Setiembre 1877 por el Con- 
greso de los Americanistas en Luxembourg, el Sr. de Helwald 
asentó las dos proposiciones siguientes, contradecidas flojamen- 
te por M. Peterken: 1* En América no se encuentra el cobre en 
estado nativo, más de en la región del Lago Superior. 2* No 
existe en México huella alrana de la explotación de las minas 
de cobre por los indígenas, anterior al descubrimiento de Amé- 
rica. Infiere de aquí, "que pues no tenemos prueba de que el 
cobre haya sido explotado en la América Central, debe admitir- 
se que el cobre que servía para formar el bronce provenía del 
Norte." (1) 

Proposiciones y consecuencia son falsas. A propósito de ésto 
escribió un lluminoso artículo el Sr. D. Jesús Sánchez, del cnal 
tomamos ciertas indicaciones. (2) Contrayéndonos solamente á 
México: "El cobre se encuentra en estado nativo, bajólas formas 
de cobre 'vidrioso y cobre oxidulado, en las minas de Inguaran, 
un poco al Sur del volcan del JoruUo, en San Juan Giietamo en 
la intendencia de Valladolid y en la provincia de Nuevo Méxi- 
co." (3) El Sr. D. Andrés del Kio, en su tratado de Orictognosia 
asienta, que en el criadero de Chihuahua el cobre, "se presenta 
en grandes masas en la superficie." (4) En Zomelahuacan se en- 
cuentra el cobre virgen y también con ley de oro. (5) De estas 
autoridades, que aun pudiéramos aumentar, inferimos rectamen- 
te que el cobre se encuentra en México en estado nativo. Bien, 
podrá objetar el Sr. Helwald, esto prueba que en el actual terri- 
torio de laEepública Mexicana exista el cobre nativo; pero en 
manera alguna demuestra que las antiguas naciones indígenas 
tomaran el metal empleado en sus útiles de estos mantos ó cria- 
deros, totalmente desconocidos para ellas. 

Si de estos lugares tomaban ó no el cobre que usaban, no t^- 

(1) Compte-raendu, tom. I, París, 1878, pág. 51-52. 

(2) Anales del Museo Nacional, tom. I, pág. 387 y 6ig. 

(3) Humboldt, Essai politique, tom. H, pág. 581. 

(4) Filadelfia, 1832. pág. 82. 

(6) Dio. Univ. de Hist y de Geog. 



293 

nemos datos pai'a afirmarlo ni para negarlo. Pero consta en los 
documentos indígenas que Tepecuacuilco y Qaiauhteopan daban 
en tributo objetos de cobre, de lo cual se deduce sin réplica al- 
gima, que en aquellas localidades existía y se beneficiaba el re- 
petido metal sin necesidad de ocurrir al Lago Superior. Ademas^ 
''los pueblos aztecas sacaban antes de la conquista, dice Hum^ 
boldt, el plomo j el estaño de las yetas de Tlachco (Tasco, al 
Noiriie de Ghilpancingo) é Izmiquilpan; el cinabrio que servía de 
color á los pintoras lo tomaban de Chilapan. El cobre era de 
todos los metales el más comunm^te empleado en las artes 
mecánicas. Reemplazaba hasta cierto punto el fierro y el acero. 
Las armas, las hachas, los cinceles, todos los útiles eran hechos 
con el cobre extraído de las montañas de Zacatollan y Oohuix- 
co." (1) No existe la menor duda; los méxica sacaban el cobre de 
ks comarcas que estaban bajo su mando. 

En el mes de Setiembre 1873, al estarse practicando un reco- 
nocimiento en el cerro del Águila, sobre la veta de cobre allí 
existente, al apoyar tmo de los peones con fuerza la barreta so^ 
bre el suelo, ésta se hundió desapareciendo completamente. Pro- 
cedióse á inquirir si era una mina azolvada, resultando de los 
trabtq'oa el descubrimiento de una escavacion de 31^ metros de 
Jazgo, de un metro á metro y medio de profundidad, con una an- 
chura variable entre medio metro y un metro, y en cuyo fondo 
seguía una rica cinta de cobre de unos cuatro á diez centímetros 
de anchura. El Sr. D, Felipe Larrainzar observó con cuidado la 
obra, descubriendo bien pronto no haber huellas del fierro ó de 
la pólvora, que las paredes y el fondo presentaban la acción del 
fuego, mirándose ademas, así el metal como la roca y tej^etate 
ea que arma la veta, resquebrajados y hendidos por muchas 
partes. Al principio no fueron vistos útiles ningunos; mas regis- 
trados los escombros se encontraron 142 mazas de piedra, de ta- 
maños desiguales, en forma de mazos ó cuñas, con los extremos 
desportillados y rotos: aquellas piedras no pertenecían á ningu- 
na de las rocas constitutivas del cerro. Hechas las indagaciones 
eonvenientes no quedó duda alguna; aquella era una veta de co- 
bre trabajada por las antiguas razas indígenas. El .procedimiento 
de extracción quedó también patente; calentada la roca por me- 



l) Essai politiqne, tom. II, pág. 482. 



294 

dio del fuego, bien se la deja enfriar lentamente, ó se vierte agua 
sobre ella para acelerar la operación; matriz y mineral se re- 
vientan ofreciendo resqaebrajadnras, sobre las cuales pueden 
obrar las cuñas, ó los mazos separan á golpes trozos más 6 me- 
nos considerables. Este era en realidad el método que los azteca 
seguían en el laboreo de sus minas, método que podía ser apli- 
cado así á tajo abierto cual se presenta en el cerro del Águila, 
como en galerías cerradas cual áe ofrecen en Tlachco. Debelaos 
las noticias, y el regalo de uno de los mazos de piedra, á la fina 
atención del Sr. D. Felipe Larrainzar. 

"La naturaleza ofrece á los mexicanos, dice Hnmboldt, (1) enor- 
mes masas de hierro y de niquel; esas masas, que se encuentran 
esparcidas sobre la superficie del suelo, son fibrosas, maleables 
y de tan gran tenacidad, que con mucha dificultad se consigne 
separar algimos fragmentos con la ayuda de nuestros útiles de 
acero. El verdadero fierro nativo, al que no puede atribuirse 
un oyígen meteóríco, constantemente mezclado al plomo y al co- 
bre, es infinitamente raro en todas las partes del globo. Por con- 
secuencia, no debe admirar que los mexicanos, como la mayor 
parte de los otros pueblos, al principio de su civilización, se ha- 
yan fijado de preferencia en el cobre y no en el hierro. ¿Mas 
cómo esos mismos americanos, que trataban por el fuego una 
gran cantidad de minerales, no fueron conducidos al descubri- 
miento del fierro por la mezcla de las sustancias combustibles 
con los ocres rojos y amarillos, (2) extremadamente comunes en 
muchas partes de México? Si por el contrario, como me inclino 
á creerlo, este metal les era conocido, ¿cómo no llegaron á apre- 
ciarlo en su justo valor?" 

Nosotros no resolvemos la cuestión; simplemente podremos 
decir, que si es racional suponer que los americanos conocieron 
el fierro, también es evidente que nunca le usaron. Encontramos 
un hecho curioso. "M. Müller, director de la casa de moneda de 
^'Chihuahua, hizo un descubrimiento muy importante en el tem- 
"plo mayor (de Casas Grandes). En una escavacion practicada 
"en una de las cámaras del laberinto, se halló á corta profundi- 

(1) Essai-politíque, tom. II, pág. 484. 

(2) ''El ocre amariUo, Uamado tecozakuUl, servía para la pintura, lo mismo qao el 
dnábrío. El ocre hacía parto de los objetos que componen la lista de tributos de 
Halinaltepec." 



295 

"dad una masa lenticnlar, cincuenta centímetros de diámetro, dé 
''fierro meteórico, envuelta cuidadosamente en estofas semejantes 
"á las que cubren los cadáveres antiguos, en las tumbas de la 
"misma localidad. ¿Este aerolito fué encontrado allí, 6 fué traído 
"de lejos? ¿Los antiguos fueron testigos de su caída? Cierto es 
"que lo miraban como un objeto extraordinario; tal vez celebra- 
"ban su caída como la muerte de un 3ios desconocido, ál que 
"dieron sepulcro en su templo.. En todos tiempos debió referirse 
"una idea supersticiosa á esos trozos de fierro meteórico, que en 
"tan gran número se encuentran en Chihuahua. Probablemente 
"el uso del hierro hubiera comenzado mucho tiempo antes de la 
"conquista de Hernando Cortés, así como el del oro, de la plata 
**y del cobre nativo de las vetas, si esos trozos no hubieran sido 
"objeto de superstición." (1) La mayor parte de estas conclusio- 
nes no se pueden tomar sino como supuestas. 

El ocre amarillo, tecozahuitly servía en las pinturas, y compuesto 
en fo];ma de barniz se usaba en ciertas solemnidades para embi- 
jarse el rostro ó el cuerpo entero. Los méxica tomaban las pie- 
dras, reduciéndolas por el molido á polvo muy fino. (2) Tlalco- 
zautitlan y sus pueblos sujetos (Cód. de Mendoza, lámina 42), 
tributaban veinte cazuelas de este barniz (num. 4). Muy comunes 
8on en nuestro suelo los ocres rojos y amarillos de hermosos co- 
lores, y sus yacimientos presentan señales de las antiguas explo- 
taciones de los indígenas. 

Las naciones de Anáhuac hacían numerosas aplicaciones de la 
obsidiana, llamada por ellos itztli y por los tarascos tzinapu. Se- 
gún los estudios practicados por mi amigo el Sr. D. Mariano 
Barcena, (8) los yacimientos de obsidiana, en nuestro país, se 
encuentran en las formaciones traquíticas. Sus variedades son; 
la dorada, la plateada ó argentina, la negra, la azulada, la verde 
y la roja ó de Pénjamo. "Asociadas á esa roca se hallan en mu- 
"cíias partes la piedra pez y la perlit^i, formando transiciones á 
^'veces insensibles con la primera y aún con los pórfidos traquí- 
"ticos, pues en los cerros vecinos á Cadereyta Méndez, he visto 
"masas de piedra pez salpicada de cristales blancos de riacolita. 

(1) Guillemin Tarayre, Exploration, pág. 17G. 

(2) P. Bahagun, tom. III, pág. 808. 

(3) Las obsidianas de México, en el Minero Mexicano, tom. n, niím. 29, pág. 368. 



296 

^'La obsidiana roja de Péujamó creo que tiene bastantes afinida- 
"des con la retinita, principahnente por su lustre resinoso y por 
"su testura. Cerca de la hacienda de Pateo, en Michocan, existe 
"también otro criadero de obsidiana semejante al de Pénjamo. 
"Me han asegurado últimamente que en un pozo artesiano que 
"están abriendo cerca de Otumba, han encontrado un dique de 
"esa misma roca. La obsidiana negra la he visto en grandes ma- 
"sas en un cerro que está inmediato al pueblo de la Magdalena, 
"en el Estado de Jalisco. Las variedades verdes y agrisadas 
"abundan en otras muchas localidades." 

Becordamos haber visto un trozo de obsidiana con manchas 
blancas, y á este propósito leemos en Sahagun, capitulo I, "de 
las piedras de que se hacen los espejos y navajas," que hay minas 
de donde se sacan; las unas blancas, que pulidas son hermosas, 
sirven de espejo á los señores y hacen la cara muy bien, y "otras 
de metal que son negras cuando las labran y pulen," y deforman 
mucho la imagen. (1) Como los espejos y navajas se sacaban de 
la obsidiana, estas palabras pudieran autorizar á admitir una va- 
riedad blanca. 

"Las minas de obsidiana del Cerro de las navajas, dice Guille- 
"min Tarayre, (2) parecen haber suplido á las necesidades de 
"Anáhuac. Colocada la montaña en ellímite de los otomíes, 
"forma una de las cumbres de la cadena traquítica que de E. á O. 
'se extiende, desde los Órganos de Actopan hasta Tulancingo, en 
"el límite N. del valle de México. 

"Las minas explotadas antiguamente ocupan un espacio de 
"medio kilómetro cuadrado, en una de las pendientes de la mon- 
"taña y al pie del pitón llamado cerro del Jacal, cuya cumbre se 
"eleva 3,121 metros sobre el nivel ^el océano. Dista cerca de líK) 
"kilómetros de México, al N. N. E. Vénse allí una serie de esca- 
vaciones parciales, especie de pozos irregulares, á cuyo rededor 
yacen los fragmentos de la preparación de los trozos y de la fa- 
"bricacion de algunos grandes instrumentos. 

"Se encuentra la masa de obsidiana a muy poca profundidad 
"del suelo, bajo una capa de detritus traquíticos; forma una gran 
"ampolla, hendida en todos sentidos y de tal manera, que los tro- 



(1) P. Sahagun, tom. III, pág. 301. 

(2) Ezploration, pág. 230. 






297 

*^os no presentan dimensiones considerables. |Ofrece la roca 
"muchas variedades de color; la más común es la obsidiana ver- 
**de oscuro, sigue la negra, la morena, y una variedad de reflejos 
"brillantes de hermoso efecto. • 

"Los mineros antiguos no tomaban al acaso los trozos, pues 
"si así hubiera sido disfrutaran la montaña como una cantera. 
'Demuestra el examen del yacimiento, que eran desechados los 
"materiales próximos á la superficie, ó que más bien se les deja- 
"ha en su sitio como inútiles. Las acciones atmosféricas habían 
"alterado sus propiedades vitreas, y se reconoce en efecto en los 
"trozos que están al exterior, que perdieron^ su translucidez y 
"adquirieron cierto grano en la fractura; pasaron' visiblemente 
"del estado vitrio á cierto grado amorfo. 

"Era necesario extraer los trozos de la parte profunda, cual lo 
"indican las escavaciones, algunas de las cuales no están cegadas: 
^^ advierte quilas materias explotables quedaban á corta dis- 
"tancia de la superficie^ aunque al mismo tiempo se nota que 
"otra consideración guiaba al minero, y era la forma natural y 
*la curvatura de las caras del trozo, pues la elección se hacía, 
"no sólo con objeto de aprovechar las formas y dimensiones ac- 
"cidentales en una obra especial, sino juzgar por el sentido de la 
"testura y la naturaleza de la pasta, si por el trabajo se podrían 
«obtener superficies apetecidas. A mayor profundidad es más 
"homogénea la obsidiana, su color se hace negro más acentuado, 
**la testura tiene mayor tenacidad y es más fina, propiedades que 
**permiten la fabricación de pequeños objetos. 

"Muy juntas unas á otras están las escavaciones distinguión- 
"dose en sus formas irregulares, que sólo guiaron al obrero en 
"su trabajo los trozos aprovechables; afectan más la forma indi- 
gnada que la de pozos verticales. A cerca de dos metros bajo la 
"superficie, ofrecen un ensanchamiento no cegado en algunos 
'juntos. 

*Tacen en la superficie las reliquias esparcidas de los trozos 

''preparados, y los embriones de grandes instrumentos, como 

"grandes lanzas y prismas triangulares de que sacaban estiletes 

"ó cuchillos para los eacrificadores. Es probable que los trozos 

"y prismas preparados fueran enviados á las ciudades vecinas, 

"en las cuales tenía lugar la fabricación de los objetos. De este 

"género de trabajo no queda rastro en el Cerro de las Navajas, 

38 



/ 
/ 



298 



í( 



J-* 



mientras en Tulanclngo aparecen numerosos núoíeoí, atestignan- 
"do lo mismo que en Teotihuacan, que todo un barrio dó la ciu- 
"dad debió estar ocupado por cuchilleros, á juzgar por la profu- 
"sion de los restos de su industria." 

Sacaban de la obsidiana cuchillos y navajas, lancetas empleadas 
para sangrar en la cirujía y para sacarse sangre en las peniten- 
cias, y otros útiles cortantes 6 punzantes. "Oficiales tenían y 
tienen de hacer navajas de una cierta piedra negra ó pedernaL 
Y verlas hacer, es una de las cosas que por maravilla se pueden 
ir á ver entre los indios. T hácenlas (si se puede dar á entender) 
de esta manera: siéntanse en el suelo y toman un pediizo de aque- 
lla piedra negra, que es cuasi como azabache, y dura como pe- 
dernal, y es piedra que se puede llamar preciosa, más hermosa 
y reluciente que alabastro y jaspe, tanto que de ella se hace n 
aras y espejos. Aquel pedazo que toman es de^n palmo ó poco 
más largo, y de grueso como Ig. pierna ó poco menos, y rollizo. 
Tiene un palo del grueso de una lanza y largo como tres codos 
ó poco más, y al principio de este palo ponen pegado y bien ata- 
do un trozo de palo de palmo, grueso como el molledo del brazo, 
y algo más, y éste tiene su frente llana y tajada, y sirve este trozo 
para que pese más aquella parte. Juntan ambos pies descalzos 
y con ellos aprietan la piedra con el pecho, y con ambas las ma- 
nos toman el palo que dije era como vara de lanza (que también 
es llano y tajado), y pónenlo á besar con el canto de la frente de 
la piedra (que también es llana y tajada), y entonces aprietan 
hacia el pecho, y luego salta de la piedra una navaja con su pun- 
ta y sus filos de ambas partes, como si de un nabo la quisieran 
formar con un cuchillo muy agudo, ó si como la formasen de 
hierro al fuego, y después en la muela la aguzasen, y últimamente 
le diesen filos en la piedra de afilar. T sacan ellos en un credo 
de estas piedras, en la manera dicha, como veinte ó más navajas* 
Salen éstas cuasi de la misma hechura y forma que las lancetas 
cop que nuestros barberos acostumbran sangrar, salvo que tie- 
nen un lomillo por medio, y hacia las puntas salen graciosamente 
algo combadas." (1) Poco después de la conquista, los españoles 
se rasuraban, y cortaban el pelo con estas navajas; mas como á 



(1) P. Mendieta, lib. IV, cap. XII. Le copia Torquemada, lib. XVII, cap, L Mo- 
tolinia, trat. I, cap. X. 



/ 



299 

cada corte pierden el filo, había necesidad de renovarlas a cada 
paso. 

Para las armas como flechas, lanzas y las piezas del maeuahuitt^ 
el procedimiento era diverso. Se nota que escogido el trozo, se 
le daba forma por medio de la percusión. Otro método debía 
seguirse en la construcción de cuentas de diversas formas, ani- 
males, flores, amuletos, ídolos, lápidas conmemorativas, &c., en 
los cuales llama muchísimo la atención la pureza del contomo, 
nxmca interrumpido por desportilladuras, y el finísimo pulimen- 
to, que aplicado á láminas circulares las dejaba servir de espejos. 
Dos piezas nos han cautivado siempre la atención. Por su her- 
mosura, ciertas máscaras de limpio y correcto dibujo, pulidas y 
acabadas con esmero verdaderamente artístico, horadadas en la 
parte superior, servían para cubrir el rostro de los dioses en al- 
gunas 'solemnidaHes, ó á los difuntos de cierta categoría: por lo 
difícil en la ejecución, los llamados carretes, á causa de la total 
semejanza que presentan con los de madera destinados á devanar 
hilo. El material vitrio y quebradizo quedó reducido al grueso 
de un cartón delgado; los apéndices circulares, pulidos en la cara 
exterior, ofrecen raeduras marcadas en el interior; la regularidad 
de formas hace sospechar, que no fueron labrados á mano sino en 
un tomo, pudiendo ser raídas las superficies cual si fueran de 
madera. 

Las rocas aprovechadas en las construcciones eran la traquita 
anfibólica (chiluca), y el basalto compacto, (recinto); empleóse 
después el conglomerado pomoso (tepetlatl, tepetate), y en segui- 
da la lava escoriosa {tetzontU, tezontle), cuyas canteras en el Pe- 
ñon grande ó de Cortés fueron descubiertas en los tiempos de 
Ahuitzotl. La cal, teneztU, fué conocida desde los tiempos remo- 
tos. Atotonilco acudía al imperio con duatro cientas cargas de 
ella (Cód. lám. 30 num. 24), y Tepeyacac con cuatro mil (lám. 44, 

nóm. 28). 

En traquita, basalto y otras rocas dejaron los méxica obras 
gigantescas, de las cuales se conservan aun la piedra del sol, el 
cuauhxicalli de Tizoc, la estatua colosal de la Omecihuatl ó Ci- 
huacohuatl llamada por Gama la Teoyaomiqui, el fragmento sa- 
cado del atrio de la catedral, y trozos de menor importancia en 
estatuas, animales simbólicos y lápidas conmemorativas. Las 
antiguas pinturas^muestran que esas grandes moles fueron trans- 



300 

4 

portadas de largas distancias, sobre rodillos de madera, tirando 
con cuerdas infinidad de hombres. Pero ellas nada dicen acerca 
de los instrumentos que usaban los canteros para pulir y labrar 
esas sustancias tan duras,.sin el auxilio de los instrumentos de hie- 
rro; atapadas con otras piedras, ó cuando más con ciertos cinceles 
de cobre, como nos lo hace presumir el que tenemos á la vista 
de la colección del Sr. Chavero, es verdaderamente maravilloso 
observar el relieve perfecto, el dibujo fino, la minuciosidad de los 
detalles, por más que no contente la parte artística del diseño. 

A estas rocas reputadas groseras, seguían otras más finas, apre- 
ciables por el pulimento, la semitrasparencia y la variedad de 
colores. Conforme á la clasificación del Sr. Barcena, se encuen- 
tran dioritas, ágatas, ópalos, heliotropos, clorita, litomarga, fel- 
despato, &c. Destinadas para adornos, principalmente en collares, 
son piezas generalmente chicas, planas unas,, curvas la§ otras; 
algunas sólo recibieron una forma regular y perfecto pulimentOi 
aprovechada la figura natural del trozo, mientras no pocas se 
convirtieron en flores, aves, rostros, cabezas, cráneos, idolillos 
y figurillas simbólicas. Todos llevan dos ó más horados laterales, 
ó bien uno longitudinal, destinados al hilo á que estaban suspen- 
didos. Este horado se presenta de dos maneras, en la cónica jr 
en la cilindrica: aquel, muy aparente en las cuenta^ de roca ver- 
de, de formas irregulares, nos parece el más antiguo; éste, evi- 
dentemente moderno como perfección en el arte, es sin disputa 
mejor. Tenemos á la vista para juzgar, de la colección Chavero, 
un cráneo pequeño en cristal de roca, perfectamente pulido, lí- 
neas firmes y correctas, toques maestros y valientes. El horado 
emprendido verticalmente no llegó á ser terminado, aunque el 
artífice lo emprendió por ambos lados opuestos; es cilindrico, de 
unos dos milímetros de diámetro, las paredes sin desportilladu- 
ras aunque no lisas, la base plana. Todo ello indica un instru- 
mento de bronce, sin punta, introducido á golpes sucesivos y 
dando vueltas al mismo tiempo al perforador, ayudado tal vez 
por el agua y alguna arena fina y resistente. 

Venían en lugar preferente las piedras reputadas preciosas. 
Los méxica tenían sus señales para descubrirlas; si al querer sa- 
lir el sol veían en la tierra un humiUo delicado, era señal que ahí 
había criadero de piedras finas, ó algunas estaban allí escondidas: 
si la yerba se conservaba siempre verde en algún lugar, sin duda 



301 

que debajo yacían los dialcMhuitl. Lo cierto es que aquellas pie- 
dras estimadas, las sacaban bien rompiendo las rocas que conte- 
nían dentro las cristalizaciones, bien arrancándolas de las mi- 
nas. (1) El chálchihmtl es un fluoruro de calcium (flourina), verde, 
no muy trasparente y con manchas blancas, usábanle los nobles 
en cuentas ensartadas en hilos, atadas como pulseras, estando 
prohibido por las leyes suntuarias que lo trajeran los plebeyos: 
los españoles lo confundieron con la esmeralda. Había otras es- 
pecies; el queizalchálchihuil, muy verde, transparente y sin man- 
chas; el tUyahtíc, verde con vetas negras. (2) Tepecuacuilco daba 
de tributo cinco sartales de cuentas de chalchihuitl, esféricas ó 
más ó menos esferoidales (Kingsborough, lám'. 39, números 32, 
33, 34, 35 y 36). Coaixtláhuacan dos sartales (lám. 45, números 
21 y 22). Tochtepec cuatro sartas de cuentas medianas (lám. 48, 
números 34, 35, 36 y 37), tres cuentas grandes (números 38, 39 
y 40), tres sartas de cuentas chicas redondas (números 41, 42 y 
43). Xocoíjochco dos sartales de cuentas medianas (lám. 49, nú- 
meros 10 y 11). Cuetlaxtlan una sarta (lám. 15, núm. 21]. Toch- 
pan dos sartales (lám. 54, núm. 26 y 27). 

Las verdaderas esmeraldas se nombraban qKetzálifzÜu Las tur- 
quesas teoxihmñ estaban destinadas exclusivamente á los dioses, 
estando prohibido las usasen los mortales; las redondas se decían 
xiuhtomatli, y las manchadas y de menos valer eran xixitl, Quiauh- 
teopan acudía con una cazuelar de turquesas menudas (lám. 42, 
núm. 17) y Yoaltepec diez mascaritas de turquesas (núm. 22) y 
una piedra en la forma del dibujo (núm. 34). 

El tlapalteoxihntl es propiamente el rubí; el quetzalitzepioUotli 
el ópalo, principalmente cuando tiene las cambiantes de colores 
del arlequin; tehuilotl el cristal de roca. (3) Tochtepec pagaba, 
"veinte piedras de bezote de ámbar claro, con su engaste de oro 
al cabo" (lám. 48, núm. 44), y "veinte piedras de cristal con su 
matiz de azul y engaste de oro", (núm. 45). Los méxica usaban 
pendientes en las orejas y en la nariz; collares, pulseras y ajor- 
cas en brazos y piernas, de sus piedras precioíías, de oro, de 
perlas, de conchas ú objetos vistosos. Los objetos arriba men- 
cionados eran bezotes, tentefl, adorno del labio del cual hablamos 

(1) SahaguJ?, tom. ni, pág. 295-96. 

(2) Sahagun, tom. III, pág. 207-98. 

(3) Sahagun, tom. 3, pfig. 2?)8. 



302 

ya: los pequeños se decían tempilolli y los grandes tenzacaü. Cris- 
tal debe tomarse en sentido del de roca, pues ©1 vidrio no lo 
conocían. Xoconochco contribuía con dos iezotes de ámbar con 
su engaste de oro (lám. 49, núm. 22 y 26). Cuetlaxtlan veinte 
bezotes de berilo (lám. 51, nüm. 25). 

El xiuhmcdlcdiztli parece ser el zafiro; el edetl ó piedra de san- 
gre es roja; el mixtecafetl era una piedra manchada de colores. 
Les era también conocido el mármol aitztli, los tecalis iztacchcd- 
cMhuitl sacados de las canteras de Tecalco, las variedades del 
jaspe y otras varias. (1) El arte del lapidario y del joyero, llegó 
entre los méxica á gran perfección: vesele representado en la 
lám. 72 del Códice, num. 19 y 20. Algunas piezas se distinguen 
por lo regular y hermoso de la forma, y todas por la belleza del 
pulimiento. Esto último conseguían frotando los fósiles con dos 
clases de esmeril; primero con el polvo ó arenilla del pedernal 
molido, ó de unas piedras que traían de Huaxtepec, y después 
con la arena fina de unas pedlrezuelas coloradas y de otros colo- 
res que traían de la provincia de Anáhuac y de Tototepec. (2) 
Hemos dicho que los horados merecen particular mención, y 
crecerá la admiración si ahora añadimos, que sabían hacer aque- 
llos taladros en forma curva. Hemos visto una máscara de obsi- 
diana perforada en el espesor de la parte superior: se habla de 
la existencia de una culebra de piedra enroscada en forma espi- 
ral, agujerada de la boca á la cola siguiendo las inflexiones del 
reptil. 

Cihuatlan contribuía con ochocientas conchas de la mar, (lá- 
mina 40, núm. 25 y 26). Usaban para adornos de Conchitas y ca- 
racoles. Eptli, concha del mar, ciTm, caracolito; pero distinguían 
las conchas de que arriba se habla, así como el coral, bajo la de- 
nominación de tapachtli Conocían igualmente la perla epiollotli 
y la concha en que se encierra ejytatapálcatl Los caracolillos que 
tengo á la vista presentan un horado ó dos circulares, para po- 
der ser ensartados en hilos, ó bien una ranura, en donde el ins- 
trumento que la procticó no dejó señales: la mayor parte están 
cortados verticalmente al eje, faltándoles el remate de la espiral. 
Veo también, perfectamente cortadas, rebanadas completas por 
secciones perpendiculares al eje. 

(1) Sahagun, tom. 8, pág. 299-803. 

(2) Sahagun, tom. 3, pág. 305. 






CAPITULO V. 

Tributot^-^Trajei de los hamiresy de laamttjeres.—Alffodon.—Iíegtien.'^Fiuinas, 
-^Amanteea.-^Aves de ¡turnas finas.--AUmento8, — Maiz, — FiyoL-^Ohian,— 
Hvauhñc.'^CMlii.'-Ol^eto» (HmtestíMes.—Prodtictos del Valle de Méxtoo.—Aves 
aouátícoi.—Peees.—Iianas.-'M a(DayaeaU,"AhvmaU'-Puxi,'-TecuUl(UL-''CV' 
cuUn.--'8(ü,'-Teqy4xquUl--No(MU,'-Tza^poa,'-Fruta^^ y tubéretUos.-' 

Oaeao.—Miel de maguey, —Azúcar, --Miel de abejcu.—MeÜ.—Octll—'Provechúa ea- 
codos del metL-^BeHridas embriagantes, -^Chicha.— Teonacati.'- Yerbas embriagan- 
tes, — Madera,— OUaU.^Pieles curtidas. 

EL tributo consistía en la cantidad de efectos señalada á cada 
provincia conquistada; según los productos de ésta, ó su im- 
portancia en razón de la población y de la industria, así, era la 
cuantía del impuesto. Pagábase, ya sólo dos veces al año, ya tres, 
ya cada ochenta dias ó sean cuatro meses mexicanos, según ha- 
bía pactado la comarca al someterse. El monto total lo repartía 
el señor del país por ciudades y pueblos, y estos por individuos 
ó gremios, aunque lo general era por barrios. El imperio tenía 
sus recaudadores, distinguibles en que llevaban un bastón en la 
una mano y un mosqueador en la otra, los cuales llegado el pla- 
zo exigían, por cuenta y razón, el monto de lo señalado: los pue- 
blos recogíaoi su cuota, llevándola por su cuenta á la capital de 
la provincia, donde se almacenaba en edificios al efecto destina- 
dos. A nadie valía razón ni excusa para exceptuarse del pago; si 
pobre, debía trabajar; si enfermo, se esperaba á que sanaae; los 
exactores perseguían á todos con la mayor crueldad, temendo 



304 

facultad de vender por esclavos á los insolventes. (1) De lo al- 
macenado disponía el rey en cada lugar, ó bien era traído por 
los mismos subditos á la capital á que correspondía, México, Tex- 
coco ó Tlacopan, donde respectivamente se guardaban, á cargo 
de mayordomos principales, quienes por pinturas llevaban cuen- 
ta exacta de las entradas y salidas según órdenes del monarca: 
la falta de probidad de estos empleados era castigada con pena 
de muerte. 

El importe del tributo, los regalos que nobles y pecheros ha- 
cían á los monarcas y los despojos de la guerra, constituían las 
rentas y acrecían las riquezas de los tres señores confederados. 
Pero aquel impuesto por una parte era enorme, y se aumentaba 
con el tributo pagado al señor natural; estaba recargado con los 
servicios personales ya en el pueblo, ya para los nobles, ya para 
la capital de la provincia, de manera que la condición de los ma- 
cehuales era dura, mirando siempre su familia en lá miseria, 
mientras rendía el espíritu en trabajos para él improductivos: 
auméntese el rigor de los exactores del tributo, los malos trata- 
mientos de que eran objeto, el servicio militar á que estaba so- 
metido, y se comprenderá, así las miserias que agobiaban á los 
conquistados, como la impaciencia con que llevaban el yugo de 
la servidumbre. 

En el Códice Mendocino, la matrícula mexicana de tributos la 
forman de la lám. 19 & la 57 inclusive. (2) No parece estar com- 
pleta, pues evidentemente faltan varias de las provincias con- 
quistadas, según consta en los anales. Eegístranse ahí los objetos 
necesarios para vestidos, adornos, alimentos, armas, riquezas, 
juegos; para llenar las necesidades y antojos de la vida. Consti- 
tuyendo las rentas de los Estados, se distribuían entre la casa 
real, sostenimiento del culto y de los sacerdotes, pago de sir- 
vientes y domésticos, recompensas á los guerreros y servidores 
civiles, regalos paya los señores amigos ó extraños, &c. Al contar 
la inmensa cantidad de lo recogido, dos ideas principales se pre- 
sentan. Para cumplir en cada provincia, era preciso que existie- 
ra una muy gran cultura de los campos; producciones sobradas 
que cubriendo las necesidades de los habitantes, dejaran lo sufi- 

(1) Torqnemadft, lib. XTV, cap. Vm. 

(2) Lbrd. Kingsborough, tom. I. 



805 

diente & los impuestos; adelanto en las brtes para producir los 
objetos demandados por el lujo á la industria; población inmen- 
sa que bagara á los contingentes exigidos por la guerra, sin que 
escasearan el labrador en los campos, el oficial en los talleres. 
Así, pues, la suma dé los tributos revela un país próspero y flo- 
reciente, adelantado en civilización, con sobrados recursos para 
llevar sus armas poderosas y extender su dominación sobre un 
iiunenso territorio. La segunda idea es, que bajo esta deslum- 
bradora apariencia se descubre el más espantoso despotismo. 
El rey, los sacerdotes, los nobles, los soldados, las clases privi- 
legiadas vivían en la comodidad y la abundancia; pero los demás, 
atados al suelo, agobiados por el trabajo, con malo y escaso ali- 
mento, vejetaban para sus señores sin recompensa y sin esperan- 
za. Inmensa era la distancia entre el rey y su vasallo; distinta 
la condición entre la capital del imperio y las provincias some- 
tidas. Aquella sociedad se dividía marcadamente entre vencedo- 
res y vencidos; entre señores y esclavos; entre privilegiados po- 
seedores de los bienes de la tierra, é ilotas desheredados, sin otro 
porvenir alhagueño que la muerte, alcanzada en el campo de ba- 
talla ó en el aira de un dios. 

Co*nsistía el traje de los hombres en tres piezas, la manta ó 
iümatlif el maxilatl ó faja, y los caclli ó zapatos. Kíjidas eran las 
leyes snntuariaSj.que no permitían usar al plebeyo más que ropas 
de la pita del maguey, de las fibras de cierta especie de palma ó 
de algodón basto; por el contrario, los nobles vestían de tejidos 
finos de algodón, de colores variados y adornos exquisitos. 

La capa ó manta era una tela cuadrangular, atadas las puntas 
de la parte angosta sobre el pecho ó un hombro, cayendo en de- 
rredor del cuerpo hasta las pantorrillas ó poco más abajo. Las 
mantas de los nobles eran de diversos matices y labores, listadas 
unas, con cenefas y flecos, negras para los sacerdotes, tejidas con 
plumas ó pelo de conejo, cada una según el grado ó categoría de 
la persona que debía. usarla, pues todo estaba prescrito en leyes 
suntuarias. Idea cumplida do su variedad suministra el Códice 
ifendocíno. Aquellos pueblos no eran extraños á la moda, y pa- 
ra bailes y ceremonias estaban destinadas mantas, cada una con 
su nombre y hechura particular. (1) Llevaban los nobles dos ó 



(1) Sahagon, tom. II, pág. 286. 

39 



u 



306 

tres tümatli; y "en invierno se cubren eon una especie de zama- 
rros hechos de una pluma muy fina que parece carmesí, ó como 
nuestros sombreros de pelo, y los tienen encarnados, negros» 
blancos, pardos y amarillos."* (1)J El inaxtlatl, llamado ipor los 
castellanos bragas ó pañetes, lienzo largo y poco ancho comoxm& 
faja, que enrollado al rededor de las caderas, se anudaba dejando 
caer una punta atrás y otra delante, sirviendo para tapar las ver- 
güenzas. Los cacfliy zapatos, sandalias ó cutaras, de donde viene 
la palabra cades, consistían en una suela de piel de venado, de 
varios cueros cosidos, con un talón en la parte posterior; "de 
"entre los dedos salen unas correas anchas que se aseguran en 
"la garganta del pié con unos botones." (2) Llevaban la cabeza 
descubierta, cortado el p^lo según su clase. 

"Las mujeres gastan unas camisas de algodón sin mangas 
"(huipillijy como sobrepellices, largas y anchas llenas de laborea 
"muy finas, con sus franjas ú orlas, que parecen muy bien. Se 
"ponen dos, tres ó cuatro camisas de éstas, todas distintas, y unaa 
"más largas que otras para que asomen por debajo como zagale- 
jos. Usan ademas de la cintura abajo otra suerte do traje (cueitl), 
(y según traduce el diccionario, saya, faldellin, faldillas ó naguas) 
de puro algodón, que les baja hasta los tobillos, asimismo inuy 
"lucido y bien labrado. No usan nada en la cabeza, ni aun en las 
"tierras frias, sino que dejan crecer sus cabellos, que son muy 
"hermosos, aunque por lo general negros ó tirando á castaños; 
"de modo que con este vestido y los cabellos largos y sueltos 
"que les cubren la espalda, parecen muy bien. En las tierras ca- 
"lientes ceresinas al mar, usan unos velos como de redecilla de 
"color leonado." (3) 

Las señoras usaban afeites en el rostro de colorado, amarillo ó 
negro, hecho de incienso quemado con tinta: pintábanse también 
los pies de negro. "Usaban traer los cabellos largos hasta la cin- 
"ta y otras los traían hasta las espaldas, y otras los tenían laicos 
de una y otra parte de las sienes y orejas, y toda la cabeza tras- 
quilada. Otras traían los cabellos torcidos con hilo prieto de 
algodón, y los tocaban á la cabeza, y así lo usan hasta ahora, 
"haciendo de ellos como unos cornezuelos sobre la frente. Otrae^ 

(1) Conquistador anónimo, en Icazbalceta, tom. I, pág. 376. 

(2) Conq. anónimo, pág. 877. Sahagon, tom. II, pág. 290. 

(3) Oonq. anónimo, pág. 377. 



ti 
u 






i 



307 

"tíeneín más largos los cabellos, y cortan ignalmente el cabo de 
"eH6$ por hermosearse, y en torciéndolos y atándolos parecen 
"0éf todos iguales, y otras se trasquilan toda la cabeza. Usaban 
**tambien las mnjeres teñir los cabellos con lodo prieto, ó con 
"una yerba verde que se llama xtuhquüitl, por hacer relucientes 
'los cabellos, á manera de color morado, y también limpian los 
"dientes coij color colorado ó grana: usaban también pintar las 
'*iíianos, el cuello y pecho." (1) 

Conforme á la matrícula de tributos, la mayor parte de las 
provincias pagaban mantas tejidas. Las blancas y corrientes es- 
tán expresadas sin color ninguno en el Códice. Es el símbolo del 
quimüti (quimil, envoltorio, lio), compuesto de veinte mantas; el 
numeral puesto encima indica que se piden cuatrocientos quimiUi 
de cada xílase. La pintura expresa los colores y dibujos que de- 
bían tener, y los dedos que encima algunas veces se ponían, sig- 
nifican que las mantas deben ser de dos, tres, tantas veces délas 
dimensiones comunes cuantos son los dedos dibujados. El qui- 
müK de maxilatl se representaba con su símbolo así como los 
Jimpiflu Las mantas ordinarias de icJdli (ixtle, pita, hilo de ma- 
guey, nequen), están simbolizadas por la espina atravesada de 
mi^ey. De toda especie de mantas, aparecen en la matrícula 
168 qinmüli, lo cual hace subir la cifra á 1.328,000: lios de max- 
üáU nueve, 6 72,000 piezas; cargas de huipiUi doce, ó 96,000 ca- 
misas. Ademas, Cihuatlan pagaba 400 cargas de algodón (Kings- 
borougli, lám. 40, num. 24); Cuauhtochco, 1,600 (lám. 50, números 
10, 11, 12, 13); Atlan, 1,200 (lám. 55, números 8, 9, 10), y Xiuhcoac, 
800 (lám. 57, números 16 y 17), lo que hace un total de 4,000 car- 
gas de algodón en greña. El algodón se indica en las pinturas 
por un fardo formado de peflatl, atado con mecatl (soga, mecate), 
y la flor representativa del producto. 

Algodón, ichcatl. El algodón (Monadelphia polyandria, familia 
délas malvaceas, género Gossypium de L.) es indígena en Amé- 
rica, y su cultivo se conoce desde muy antiguo. Lidígena también 
de la India, Herodoto le menciona describiéndole como planta 
m.o % y Strabon le nombra igualmente hablando de los indios, 
de^Uá pasó su cultivo áJEgipto, (donde le nombraban gossypitm 
J xHoi), á Fersia y á las costas orientales del Mediterráneo: mti- 

(1) Sahagun, tom. II, pág. 809-10. 



308 

clio después pasó á Koma y á Grecia. Los árabes le decían yoo- 
tha j le He varón á España y otras partes de Europa. Se ve, pues, 
que en los tiempos remotos, los europeos no conocían el algodón, 
TÍstiéndose sólo de lino; lo contrario aconteció en América, don- * 
de el uso del lino fué desconocido. 

El intérprete del Códice Mendocino, dice: "Cargas de enegven 
"blando que llaman yzcocotilmatlV Ambas palabras están estro- 
peadas y deben leerse: nequen é iczolilmaili. Esta última se com- 
pone de itzotl, especie de palma y de tilmatli^ manta ó capa, de 
donde se corrobora que los méxica llamaban flequen á los tejidos 
de las fibras del icxotl y de la pita ó {clitli del maguey. El hene- 
quén ó jenequen, es planta textil actualmente cultirada y bene- 
ciada en grande escala en Yucatán, en donde se distinguen hasia 
siete clases, conocidas en la lengua maya con los nombres. CA^Íewi, 
Ydxqtd, Sacqui, Chucumqui, Babqui, Quitaiu^ui y Cajum: la planta 
es de la familia del maguey, y produce un filamento flexible, sua- 
ve y resistente, muy a])reciado en los mercados de Europa. 

Las armaduras enumeradas en la matrícula de tributos llegan 
á 683, cada una con su respectivo chimalli. En algunas se distin- 
gué, eu lo que podríamos llamar visera, una especie de media 
luna de oro. VTambien traían, (los señores) un barbote de chai- 
'^cJáuiu'il engastonado en oro, metido en la barba. También traían 
"estos barbotes hechos de cristal largos, y dentro de ellos unas 
"plumas azules metidas, que las Lacen parecer zafiros. Otras 
"muchas maneras de piedras preciosas traían por barbotes. Te- 
"nían el bezo agujerado, y por allí las traían colgadas, como que 
"salían de dentro de la carne: y también unas medias lunas de 
"oro colgadas en los bezotes. Traían también agujeradas las na- 
"rices los grandes señores, y en los agujeros metidas unas tur- 
"quesas muy finas ú otras piedras preciosas, una de la una parte, 
"y otra de la otra de la nariz." (1) 

Uno de los adornos más preciados eran las plumas finas. Coaix- 
tlahuacan pagaba 800 manojos de plumas de g'tó^oñi (Kingsbo- 
rough, lám. 45, núms. ^3, 24) y un tlálpilloni (núm. 28). Tlalch- 
quiauhco, 400 manojos de plumas verdes (lámina 47, núm. 9). 
Tochtepec, 80 manojos de plumas verdes de quetzalli (lám. 48, 
núm. 46), cuatro piezas de plumas amarillas y verdes (núm^ 50, 

(1) P. Sahagun, tom. II, pág. 289. 



309 

61, 52^ 53), 8,000 manojos de plumas chicas azules (nám. 57), 8,000 
Bumojillos de coloradas (núm. 58) y 8,000 de verdes^ (nám. 59). 
Xoconoclico, 800 manojos de plumas finas azules, (lám, 49 núm. 13, 
16)j 800 de plumas finas coloradas (mims. 16, 17), 800 de verdes 
(noms. 14, 18), 160 pieles preparadas del Jmitzitzilin (nuras. 19, 
23), 800 manojos de plumas finas amarillas (núms. 20, 24) 800 plu- 
mas finas verdes (núms. 21, 25). Cuetlaxtlan, 400 manojos de plu- 
mas verdes finas (lám. 51, núm. 23), y un quetzalpilloni para el 
rey, (núm. 26). Tochpan, veinte talegos de plumas pequeñitas 
(lámina 54, núm. 25). 

En los tiempos de los tolteca usaban para bailes y adornos de 
{dumajes blancos y negros, formados de plumas de gallina, gar- 
sis y ánades. En el reinado de Ahuitzotl trajeron las plumad 
finas, de la provincia de Anáhuac, los mercaderes dichos tecimc" 
nenque, y entonces se introdujeron en el adorno de los señores, y 
los oficiales de plumería, amanteca, se dieron á labrar los mosai- 
cos. ^(1) Las plumas pequeñas eran empleadas en ropas para se- 
ñores, sacerdotes y dioses; las plumas grandes en armaduras, 
eecados, mitras, mosqueadores, &c 

Los amanteca formaban un gremio unido al de los pochteca. 
Siete dioses adoraban, entre ellos dos mujeres, siendo el princi- 
pal Coyotlinahuatl; á los amanteca decían "Iconipixoanimexiti, 
"que quiere decir, los que primeiW poblaron que se Uamaron rhexüi, 
"de donde vino este vocablo México." Hacían dos fiestas solem- 
nes en los meses panquetzaliztli y tlaxochimaco, con sacrificio 
de esclavos y particulares ceremonias. (2) Los que se dedicaban 
Ü mosaico de plumas labraban hermosas figuras de bello perfil, 
con sus colores y sombras tan al natural, como si fueran pinturas. 
Determinado el diseño le repartían entre varios oficiales; cada 
ono ejecutaba su parte sobre un lienzo, tomando las plumitas 
del color y matiz apetecido con unas pinzas, las pegaban unas 
encimadas á otras, con sustancias glutinosas como la del tzautli, 
y una vez acabadas, las reunían para juzgar del efecto. Enmenda- 
dos los defectos, pegaban el todo sobre una tabla de ahtíehued ó 
lámina de cobre, lo bruñían con esmero y quedaba terminada. (3) 

Aquellas obras fueron admiradas por cuantos las vieron. "En 

(1) P. Sahagnn, tom. II, pág. 80G. 

(f) Sahagtm, tom. II, pág. 391 y sig. 

(3) Torquemada, lib. XIII, cap. XXXIV. Olavigero, tom. I, pág. 374. 



310 

Ift Nueva España, dice Acosta, (1) kay copia de píjaros de exce- 
lentes plumas, que de su fineza no se hallan en Europa, eomoae 
puede ver por las imágenes de pluma, que de allá se traen: Us 
cuales con mucha razón son estimadas j causan admiracion^q^e 
de plumas de pájaros se pueda labrar obra tan delioad^ ; ^ 
igual, que no parece sino de colores pintadas; y lo que no pi^ede 
hacer el pincel y los colores de tinte, tienen unos visos mira4iB 
un poco á soslayo tan lindos, tan alegres y vivos, que deleita 
admirablemente. Algunos indios, buenos maestros, reinaban ow 
perfección de pluma lo que ven de pincel, que ninguna ventaja 
les hacen los pintores de España. Al príncipe de España D. Fe- 
lipe dio su maestro tres estampas pequeñitas, como para regÍÜ3- 
tros de diurno, hechas de pluma, y S. A las n^ostró al rey Dop 
Felipe nuestro señor, su padre, y mirándolas dijo: que no había 
visto en figuras tan pequeñas cpsa de mayor primor. Otro cua- 
dro mayor, en que estaba retratado San Francisco recibiendolie 
alegremente la S. de Sixto V, y diciéndole que aquello hacíanlos 
indios de pluma, quiso probarlo trayendo los dedos un poco so- 
bre el cuadro para ver si era pluma aquella, pareciéndgile <»ia 
maravillosa estar tan bien asentada, que la vista no pudiese juz- 
gar si eran colores naturales de plumas, ó si eran artificiales de 
pincel. Los visos que hace lo verde y un naranjado como doradp, 
y otros colores finos, son de extraña hermosura: y mirada la ima- 
gen á otra luz, parecen colores muertos, que es variedad de no- 
tar.'* Después de la conquista cultivóse algún tanto este arte, 
principalmente en Pátzcuaro de Michoaoan; decayó con el tiem- 
pOy estando ahora casi abandonado. Para las fiestas hacían loe 
amanteca sobre esteras, mosaicos de hojas de árboles ó de floree, 
de gusto exquisito y grandioso efecto. 

Las aves que suministraban las plumas finas á los mexioe» 
eran varias. La más estimada y principal era el quetxaUotoU 6 
quetzaUi (pharomachrus mocinno, Llave) llamado ahora quezal ó 
quezale; Curucú en el Brasil, en México, Coas, de la familia de 
los Trogonideos, "representada en México por un gran número 
"de especies, que son los Tragón coUaris, Massena, mexicanMe, m$' 
*1anocephcduSf degana, cUreólus, y probablemente algunos otro^" (2) 

(2) HÍ8i. nat y moral, tom. I, pág. 274. 

(1) La Nattiraleza. Periódico científico de la Sociedad de HiHt. Natural, tom. 2, 
pág. 14. 



311 

Jab plumas de la oola largas, verdes y resplandeoientes son las 
qne yerdaderamente se llalnaban quetzaU% las plumas dál tocado 
de la cabeza^ y laa coloradie^s del cuello y pecho tomaban el nom- 
ine de tzimizoan, las verdes de encima de las alas son ^i^«a{- 
k$iMU. El huiUsitzilin, én Hichoacan tzinízon, chupamirto, pica- 
flor, (fcroquilideos), representadps en el valle y en México pcsr 
muchas especies* El ¿ao^isintfecan, ave acuática de plumas negras. 
Mti^'^kqtíechól 6 teoquechd, acuático tambiet^ El xiuhquechd de 
pkiQías verdes, habitante d^ la provincia de Anáhuac hacia la 
iftaar del Sur (boy Estado de Gruerrero). El zaczum, amarillo, rojo 
* y lecüna^o. El (mcuan, de la provincia d^ Ouextlan y de Miohhua- 
can. El (JialchiuhtotúÜ^ BXiú y verde. El xiuhtototl del ^áhuac en 
Jos pueblos de Tecpaatla^ TlapUpUf^n y Oztotlan, el pecho mo- 
rado, la espalda azuliuerte> lámalas aaul claro, las plumas de la 
Wa ametaladas de verde, azul y n^gro. El xochtíenacaüy del To- 
ionaeapan y de Co^xtilav, ala y cala ametaladas de negro y blan- 
co. El cue^fKtehtotoU, de color leonado. El dototoü^ con las alas 
úiosradl^s. (1) Los ptieblos obligados á dar el tributo de plumas, 
^aban á los pájaros para despojarlos cuidadosamente de sus 
{(alas, ó bien los cazaban con liga 6 redes para no maltratar m 
«npi^ax las pltunillas. Aunque con menos aprecio, empleaban 
las plumas de los papagayos. El tosmene, cuando pequeño, tozíli 
eiuuQdo grandes, de la provincia de Cuextlan; el alo de la misma 
localidad; el cocíio semejcuite al toznene; el quüiton^ pequeño, colo- 
rado y verde; el ÜatctoitccáHi, rojo, amarillo y verde. (2) 

Bumiñietraban los pueblos de las diversas provincias, según 
la cuenia sacada del intérprete del Cód. .2é trojes de maíz, 20 de 
fríjol, 20 de chía y 19 de bledos 6 huauhüi Las trojes eran de 
piedra y mezcla, cuezcomaÜ, Ó de madera cuatihcuezcQmaíl. Lo re- 
inresentado en las pinturas del Códice no es propiamente una 
troje sino una medida usada por los azte^^a para los áridos, j 
sea tal yezél^ilatamixcMuálom. Medida como de celemin ó arro- 
ba." (3) Igncuramos cuál era su capacidad aunque el repetido in- 
tárprete nos informa que en cada troje cabían de cuatro á cinco 
mil fanegas. La avaluación es vaga, y aunque no pierde su ca« 
rácter por tomar el término medio 4,500, resultarán en este su- 

(V) SahR^n, tom. 3, pág. 16C y sig. 
(2) Sahagtm, tom. 8, pág. 170 y aíg. 
(8) Diccionario de líoEoft. 



312 

puesto 108,000 fanegas de maíz, 90,000 de frijol, 90,000 de chía> 
y 85,500 de huauhtlL 

**Cuando Colon descubrió el nuevo mundo, dice D. Luis de la 
Bosa, (1) el maíz se cultivaba enHaity y en este continente des» 
de tiempo inmemorial. ¿Los antiguos habitantes de las Antillas 
tuvieron en algún tiempo comunicaciones con México? ¿Llevaron 
acaso el maíz de este continente á sus islas, ó de ellas vino aque- 
lla planta, ó se bailó silvestre en el continente y en las islas?. . . 
No se sabe qué responder á estas cuestiones. "Cuando los euro- 
''peos descubrieron la América, dice Mr. Humboldt, el zea moáz 
<'(en lengua azteca ÜcloUí, en la de Haity maiz, en quichua cara)^' 
''ya se cultivaba desde la parte más meridional de Chile hasta 
'*Pensilvania. Era tradición en los pueblos aztecas, que los tol- 
"tecas fueron los que introdujeron en México, en el siglo VEE de 
'^nuestra era, el cultivo del maí¿, algodón y pimiento: acaso es-- 
"tos ramos diversos de agricultura ya existían antes de los tol- 
"tecas, y podría muy bien ser que- aquella nación, cuya grande 
"civilización han celebrado todos los historiadores, no hizo más 
"que darles mayor estencion con buen éxito. Hernández nos di* 
"ce que los mismos otomíes, que eran un pueblo errante y bar- 
"baro, sembraban maíz. (2) Por consiguiente el cultivo, de. esta 
"graminea se extendía hasta más allá del rio grande de Santiago, 
"en otro tiempo llamado Tololotlan." Parece que el cultivo del 
maíz ha ejercido una grande influencia en la suerte de México 
desde la más remota antigüedad. Probablemente las diferentes 
razas de hombres que vinieron á poblar este país cultivaban el 
maíz en las comarcas en que descansaban de las fatigas de su 
peregrinación; y verosímilmente abandonaron sus primeras po- 
blaciones (cuyas ruinas subsisten aún), porque la esterilidad de 
aquellos climas no era á propósito para el cultivo de una semi- 
lla, de cuyas cosechas dependía su subsistencia. En las harino- 
sas y antiguas ruinas de la Quemada hemos hallado, entre la 
argamasa de los edificios, olotes de maíz que se pulverizaban al 
tocarlos. Creemos que en los escombros de edificios más antí- 

• 

(1) Memoria sobre el cultÍTO del xnaíz, México, 184G. Fág, 4. 

(2) En la lengua otomí el maíz tbiha, el maíz ancho tiifábViay el maíz fresco <> 
tierno 8aiha\ el maíz picado rtm^áatha, el maíz prieto hetha, la milpa 6 maizal 
huáJ/e. (Vocabulario del idioma otcuní, por Pr. Joaquín Lopes YepeaV 



813 

» 

goos podrán hallarse aún algunos otros vestigios qne comprue- 
ben la antigüedad del cultivo del maíz en México. 

"A más de la tradición que enseña haber venido de la Asia los 
pobladores de este continente, y haber traído & él el maíz, hay 
a^nos otros datos, que hacen más probable esta opinión, sobre 
b que leemos en el Ensayo político de Nueva España, una nota 
que por su ínteres y curiosidad copiamos á la letra: "El Sr. Bo- 
**berto Brown, cuyo nombre es de tanta autoridad ep. las cuestio- 
'^es de la geografía y de la historia de las plantas, considera 
'Iximbien el maíz, el manioc, el capsium (pimiento) y el tabaco 
"como plantas de origen americano, (1) al paso que Crawfurd, en 
'Hm exi;elente obra sobre el Archipiélago de la India, (tom. 1, pág. 
**S66), cree que el maíz, que tiene una denominación (que no se 
"la han dado los extraiqeros), es á saherjagang en malayo, y ja- 
^vanála en sánscrito, (2) se ha cultivado en este archipiélago antes 
"del descubrimiento de la América, ¿Habrán acaso traído los 
"pueblos de raza malaya ó de la gran Polinesia, en tiempos más 
"remotos de la llegada de los europeos, el maíz y el plátano, de 

"la Asia á la América? El aislamiento del género Zea y su 

"gran diferencia de todas las gramíneas que crecen espontánea- 
"mente, son unos hechos muy notables. 

•*En el Asia oriental continental, el maíz no tiene nombre pro- 
"pio; en la lengua china se llama ya-chu-chu, grano de chu, 6 de 
**ya (jade), 6 yumy (arroz) parecido al jade; en lengua japonesa se 
"llama nanhamJiiM^ 6 granos de necubán, y ordinariamente trigo 
"extranjero; en manduhes se llama aikha-chuckn, granos de vidrio 
"de color. En el grande herbario chino que se titula Pen'thsao- 
"hadgmon, que se compuso á mediados del siglo YIII, se dice 
"que el maíz ha sido llevado á la China de los países ocddéixtoles, 
"(Nota manuscrita de Mr. Elaproth). 

**Podía llamar la atención. el ver que el trigOi uno de los cinco 
"granos que cultivavon los chinos desde la más remota antigüe- 
^dad, se halla llamado en su lengua con el nombre mayisée, que 
**eíai corresponde á la pronunciación de maíz; pero es necesario. 
"tener presente que la palabra maíz es una corrupción de mahiz^ 
"usada sólo en Hayti ó Santo Domingo, y que en las costas 



(1) Botony oí Congo, pág. 50. 

(2) AinaUe, Mal. med. oí Hindostán, pág. 218. 



40 






3U 

"opuestas al Asia los nombres de esta gramínea, no tiene ningu- 

"na analogía con el radical may. Entre los seltas y los livonios, 

"mayse significa pan. 
"Insistiremos sobre este punto, porqne creemos hacer trtí seí- 

"vicio á las personas estudiosas, reuniendo en un sólo cuerpo h» 
^datos más curiosos que hemos hallado sobre un objeto enlazado ' 
'con las cuestiones relativas al origen de la primera población 

"de America. 

4 

"Se preguntará acaso, ¿por quilas tribus asiáticas que trajeron 
el maíz al nuevo continente, no trajeron también el trigo y loe 
demás cereales? "Suponiendo, dice Mr. Humboldt, que todos los 
"hombres traen su origen del mismo faronco, acaso podría -admi- 
"tirse que los americanos se han separado, como los atlantes, del 
"resto del género humano, antes que el trigo se cultivase en el 
"llano central del Asia," 

"El Dr. Hernández asegura haber hallado en México una espe- 
cie de maíz silvestre; nosotros dudamos mucho de este hecho, 
por no haberse confirmado con las observaciones de otros botá- 
nicos: Hernández puede haberse equivocado creyendo que sería 
silvestre el maíz que suele nacer y desarrollarse sin cultivo, y al 
que se llama comunmente mostrenco. Este maíz degenera tanto, 
que apenas asemilla, y es muy difícil que su semilla pueda pro- 
pagarse por sí misma. ' 

"Es, pues, dudoso todavía si el maíz es indígena de América^ 
ó si ha sido traído de Asia al nuevo continente." 

Hasta aquí el Sr. de la Bosa. El maíz no sólo era conocido y 
cultivado por las tribus primitivas, sino que ya le usaban como 
alimento en las formas que hoy mii^mo se le dan: comj^mébaloy 
que de las excavaciones que presentan caracteres de remota an- 
tigüedad, se sacan con frecuencia meÜaÜ, metate, ó piedras que 
sirven para moler el maíz y preparar el pan. Los tolteca intro- 
dujeron el uso entre las tribus salvajes y cazadoras; Quetzalcoatl 
dio reglas para mejorar el cidtivo, las cuales aprovechaban los 
«méxica, viniendo á traer la perfección el arado y los instrumen- 
tos de fierro. Consérvanse todavía los nombres mexicanos, que 
no pudieron, por no tenerlos, ser sustituidos por los espanolM. 
De nacido hasta que está un poco crecido, es ÜoctU; la banderilla 
6 flor terminal de la caña, miahttatl; xüotif comenzar á apuntiur la 
mazorca en la caña; añloü, jilote, la mazorca de maáz tierno y por 



316 

oaajar; doti^ elote, la mazorca tierna aunque con los granos coa- 
jados: comía el miahítaü la gente pobre, y ésta j los señores sa 
regalaban con el dotl cocido ó asado. Centliy cinüij el maíz seco 
en mazorca; ya desgranado tlaolli^ ÜayoUi, tlauUi, y no maíz que 
68 nombre tomado de la lengua de las islas, oIqÜ, olote, el cora- 
son de la mazo:|^ca; doizhuatl, eloiotomocJiÜij las hojas que la e¡ar 
vuelven, &q. Distinguían varias especies por los colores. Izta/y 
tlaoüi, maíz blanco, yauhtlaolli, yauíü, maíz negro; cuztictloMUi, 
maíz amarillo; xiuhtoctlauUi, maíz colorado; xuchiceitttaulli, maíiz 
de colores; cuappaclicenüaulli, maíz de color leonado; xiulitootepiüf 
/^oí^-maíz que se lo^a en cincuenta dias, &o. 

£1 maíz constituía la base de la alimentación do nuestros an- 
tepasados, como ahora Jíorma la de las clases pobres. Utilizaba 
el grano en sus diferentes estados, en maneras muy variadail. 
Apuntando sólo las principales, el grano seco, aunque no duro, 
tostado en el comaUi, (1) produce el izquül, esquite; revienta que- 
dando en la iorma de una especie de florecilla, á ^ cual llamabais 
v^miuMÜ en el valle de Tolocan. (2) ^Calentado en agua de cal 
hasta cierto punto, lavado en seguida hasta quitarle el holleja; 
molido en el medaü con agua hasta reducirl(\á pasta consistente 
7 fina, se toman porciones de ésta,^ue comprimidas aptrel^ 
palmas de his manos en manera particular, se enss^eha en forsa^ 
redonda más ó menos delgada; colocada sobre al comal, y voltea 
da por ambos lados, queda confeccionado el ÜaxcaUi, tortilla, como 
le llamaron los castellanos y le decimas ahora. Era entonces .41 
único pan, comido sólo ó en unión de otros alimentos; caliente 
es sabroso, sano y nutritivo; cuando frió se hace desagradable 
La tortilla tostada en el comalli se convierte en totopochüiy (e^i 
Jalisco lleva el nombre de pacholí), que no alterándose en algún 
tiempo, servía de bastimento á caminantes y soldados. Duro el 
grano, tostado y molidp eu seco, da el pinolli, harina de maíz, 
ijue conservando por muchos dias sus propiedades, servía igual- 
mente en guerras y viajes, bien tomado el polvo á puños, bien 
desleido en agua. Cocido y molido en seco, envuelto el producto 

(1) £1 comal es un utensilio redondo, delgado, ligeramente cóncavo, desbarro 
poroío y sin TÍdriar, colbcado Bobre el hogar, ÜecuUU^ v cuando caliente untado con 
uia 4Drifi cantidad de agua de cal, sirre para cocer encima las tortillaa, j otros 
i80t«tás. 

(2) &aba|;un, tom. 3, pág. 180. • 



316 

eñ lag hojas que cubren la mazorca, y cocido en ollas al vapor 
del agua, se obtienen los tamaUi. Cocido y molidoi desleído en 
agua y quitadas las partes gruesas en un cedazo, hervido hasta i 
darle cierta consistencia, rinde el atoUi ó atidli, especie de puches 
llamados por los castellanos mazamorra; es bebida sana y ligera, { 
que hace bien á los enfermos. El pan, los tamcdli j el atulli va- 
riaban en nombres y circunstancias, según los ingredientes que 
se le mezclaban, las formas que recibían y las fiestas á que se 
les destinaba. (1) El maíz está representado en la matricula de 
tributos. 

Frizol como primero se le dijo, frijol como ahora le llamamos, 
en mexicano es e¿/. (Phaseolus vulgaris, leguminosas de L.); ori- 
ginario de America y de la India, cuenta#muchas variedades co- 
nocidas b-ijo los nombres de parraleño, bayo, negro, blanco, ama- 
rillo, pinto 6 manchado de colores: hay especies grandes, frijoles 
gordos, en mexicano ayacotlL Condimentado de diversas mane- 
ras constituía un platillo universal, y hoy mismo tiene consumo 
en las mesas de todas las clases. La baya del etl tierno es el exoÜ^ 
ejote ó judías tiernas. 

Ohian, {Salvia Hispánica según algunos, Salvia cJiiaii conforme 
á D, Pablo de la Llave); hay dos especies, la chianpiizahuac^ ne- 
gra, de la cual se saca un aceite bueno en la pintura; la chianpor 
ilaJiuac, blanca, de mayor tamaoo: la primera, ó ambas mezcla- 
das, puestas á infundir en agua, sueltan mucilago, formando en- 
dulzada una bebida refrijerante. Esta bebida se reputa medici- 
nal, y en nuestra farmacopea se llama á la semilla mucilaginosa, 
anodina, pectoral, demulcente, laxante y que puede suplir con 
ventaja á la zaragatona. Hernández acopió más de veinte nom- 
bres de plantas en cuyos compuestos entra la palabra chian. De 
la misma especie es el chianfzotzolH, "y^ésta es la que sirve tosta- 
"da para hacer alegría cocida con mieL'* (2) Molida la semilla 
en seco forma elchianpínollty harina de chia, que desleída en agua 
es buena de beber. (3) El chianzotzolaiólli era bebida compuesta 
de chian y de maíz. (4) 

(1) Véase para la variedad de alimentos, Sabagan, tom. 1, pág. 121), 184; tom. 2, 
ptfg. 207-808; tom. 8, pág. 118-19, 182. '• 

(2) Vetanconrt, Teatro Mexicano, P. 1, trat. 2, niím. 151. : 
(8) Sahagun, tom. 1, pág. 129. J 
(¿) Clavigero, tom. 1, pág. 892. • / 



317 

La palftbrft hvauMi tradncen los autores y el dic. de Molina» 
bledos. "El hzuitUU, dice Betancourt, (1) ea una semilla como 
^'ajonjolí, dase morada y amarilla de unas matas á manera de 
'^arbolillos con la hoja como de lengua de vaca, da en el pendón 
"de arriba que llaman quautzontli como un plumaje de semilleja 
"muy junta, de elL* se hacen unos tiimalillos que lla9ian tzoales, 
"que son para los naturales de regalo." 'E\cx(,auhtzonÜiy huauson- 
tíü, cómese fresco en diversos guisos. 

Tochpan rentaba 800 cargas de ckilLi (Cód. Mendocino, lám. 
54, núms. 21, 22), Oxitipan. 400 (lám. 56, num. 9), y Xiuh<Joac, 
áOO (lám. 57, núm. 15), en todo 1,600 cargas del producto. El cAí- 
Mj llamado hoy chile (capsicum), entre los peruanos uchu^ fué 
nombrado por los castellanos axiy voz ahitiana, y también pi- 
miento. Originario de Asia y de América, Hernández encontró 
en México varias especies cultivadas que clasificó en siete géne- 
ros: CuauhcliiUiy chilli de árbol; C/nUecpin, chilli pulga, sea por 
su tamaño pequeño ó por la fuerza del picante, con tres especies; 
Tonalchüliy chilli del sol ó del calor, chilli veraniego; ChilcozÜiy 
chilli amarillo; Tzíncuayo, por el escozor que produce al des- 
comerlo; MücMlU, chilli de sementera ó milpan. Las especies cla- 
sificadas hasta hoy llegan á sesenta y una. El capsicum se comía 
yerde ó seco, constituyendo una salsa universal para todas las 
clases; molido formaba la variedad de guisados conocidos bajo 
el nombre genérico de mólli ó mvlli': hoy mismo se le emplea de 
una manera general Salsas y guisos estaban bompuestos ademas 
del chilli, ya con el iomatly tomate, (Physalis) jb» con el xídomatl, 
jitomate, ( Licopcrsicwiii e^identuítiy D. C). 

Fuera de estos renglones, que podremos llamar de primera 
necesidad, aprovechaban una gran variedad de setas ú hongos, 
imnacatl, (2) las yerbas comestibles distinguidas bajo el nombre 
genérico de quiiUl, quelites, (3) diversas raíces, las hojas tiernas 
del42opa¿/t, cáctVrS, asadas ó cocidas, las bayas del mizquitl, -mez- 
quite^ (Mimosa nUotica), &c. Urgidos por la necesidad comían 
una semilla nombrada poluccdJy el popoiaÜ ó maíz descompuesto, 
el xólotzontli ó cabellos de las mazorcas, el raeízólli raeduras ó 

(1) Teatro Mejicano, P. 1, trat. 2, niím. 151. 

(2) Sahagtin, tom. 3, pág. 243. 
(8) Sahagan, tom. 3, pág. 246. 



318 

raspaduras del maguey, nochxochitl 6 flor de la tuna, mexcaütó 
las pencas del maguey cocidas. (1) El miclilnuiuUli^ semilleja 
blanca y menuda, de que se hacían tamalU, ó tostada y molida 
se tomaba desleída en agua miel. De hortalizas y verduras, T^e- 
rros, cebollas, xonacatl; verdolagas, {fzmiquüitl, (Porfulaca rnbris), 
y la yerba epa^zoü, ( Chenojjodium amhrosiodes)y buena para los 
frijoles y empleada en usos medicinales. Gran variedad de cala- 
bazas grandes ó chicas. El chayofli (Sycios edules)^ qtie cocido es . 
dulce, agradable y aguanoso. (2) 

Faltándoles el toro, el carnero, la cabra y el puerco carecían 
de carenes abundantes. Suplíanlas con los animales domésticos y 
por la caza. Aquellos estaban reducidos á las palomas, y al ga- 
llináceo llamado hicexolotl ó fotoluí, apellidado por los castellanos 
huajolote, pavo o gallipavo. Completaba el número el cuadnípe- 
do conocido bajo el nombre de perro. Según Clavigero se enu- 
meraban tres especies: el itzcuhifcpotzotli ó perro jorobado, el te- 
peizcuintli o perro montes, y el xoloitzcidntti, perro paje, mayor 
que los otros, el cuerpo privado de pelo, llevando solo en el ho- 
cico algunas cerdas largas y retorcidas. "Estas tres especies de 
"cuadrúpedos están extinguidas, ó cuando más sólo se conservan 
•'de ellas algunos individuos." (3) Atendiendo á Sahagun, los 
perros de la tierra se decían í?7¿/c/¿z, itzcuintli, xocldocoyotJ, fetlamn 
y telndtzofl, siendo de diferentes tamaños y colores. "Criaban en 
"esta tierra unos perros sin pelo ninguno, continúa diciendo, y 
"si algunos pelos tenían eran muy pocos. Otros perrillos criaban 
"que llamaban xoloitzcidniU, que ningún pelo tenían, y de noche 
"abrigábanlos con mantas para dormir: estos perros no nacen 
"así, sino que de pequeños los untan con resina que se llama 
oxitl, y con esto se les cae el pelo, quedando el cuerpo muy liso. 
Otros dicen que nacen sin pelo, en los pueblos que se llaman 
Teutleco y Tocilan. Hay otros perros que se llaman Ucdchichi^ 
bajuelos, redondillos, son muy buenos de comer." (4) Si no nos 
engañamos, todos estos animales prestaban sus carnes para loa 
convites, después de criarlos y cebarlos con esmero. (5) 

(1) Sahagun, tora. 2, pág. 258. * 

(2) J. B. Pomar, Belacion de TexcooO; par. XXIV. M3. 

(3) Hist antig. tom. 1, pág. 40-1. 

(4) P. Sahagun. tom. UI, pág. 163-4. 

(5) Torquemadaj lib. XI, cap. XXX. 



ii 
ti 

Si 



319 

Enfadoso seria enumerar los cuadrúpedos, aves y peces, toma- 
dos en la caza ó en -la pesca. Los principales de los primeros 
eran el mazatl, venado, (Cervus mexicanus, Gmel); tochtU, conejo, 
(Ijepas sylvaticus, Bachman); ciüi, liebre, (Lepus callo tis, Wag.); 
eoyametl, javalí, (Dicotyles torquatus J. Cuvier); la ardilla, la 
fofeany otros. Entre las aves, la codorniz, zolin, (Oallipepla squam- 
mata, Gray); se consumía en inmenso número como destinada á 
los sacrificios. Los peces eran los tomados en el mar, en los la- 
gos y en los rios. Aprovechaban también algunos animales de 
aspecto repugnante fias culebras y hasta la terrible vívora de 
cascabel^ (Crotalus rhombifer, Latr.) cortándole previamente la 
cabeza; los alacranes, á los cuales quitaban el dardo ponzoñoso; 
la iguana cuauhquetzpalirif (Cyclura pectinata, Wieg, la Cyclura 
acantura, Gray, y la iguana rhinolopha, Wieg), de cuyas espe- 
cies comían así la carne como los huevos; las tortugas, ayotl, de 
agua dulce y de los pozos; algunas hormigas, como las llamadas 
azcamoUiy y las necuojzcatl ú hormigas de miel, á las cuales sé chu- 
pa el abdomen lleno de un licor dulce; las langostas chapolin, y 
principalmente la nombrada acachapolin; (1) los gusanos que se 
crian en el maguey ineocuilin, y los que viven en las mazorcas del 
maíz, &€., &c. 

Los pueblos riberanos de los lagos del valle sacaban de aque- 
llas aguas inmensos provechos. Encerrados por mucho tiempo 
los méxica en los estrechos límites de su isla y urgidos por el 
hambre, sacaron del elemento que les* rodeaba cuantos prove- 
chos pudieron arrrancarle. Como lo más importante, una gran 
Taríedad de patos, canauhtliy distinguidos por los cazadores in- 
dígenas con nombres particulares, (2) garzüs, aztatl, gallinetas y 
aves acuáticas, las cuales abundaban en el invierno para des- 
aparecer en el verano; el gallardo tzüzicuüoil, chichicuilote (Ma- 
croramphus griseus, Leach.]^ encanto de los niños en la estación 
de lluvias. Las aguas salobres no proveían á la alimentación, 
mas las dulces mantenían el amüotl 6 pescado blanco, el xohuüi, 
jTiiles, de los lugares pantanosos; el axdmichi, pesca dillos de are- 
na; el cuitlajoetlaüy chiquillos también, dados como medicina á los 
niños; los michcahuan que se ven como hervir, aparecer y desapa- 

(1) P. Saliagan, tom. m, pág. 225. 

(2) Véase al P. Sahagim, tom. m, pág. 174-82. ' 



320 

recer rápidamente en los manantiales. (1) El curioso axoloU, ojo- 
lote, (Siredon lichenoides) blanco ó negro, objeto de estudio para 
naturales y extranjeros. Las ranas, ctieyatl, (Baña halecina, Ca- 
tesb.); las mayores llamaban tecalatl, habiendo otra especie el 
acacueyetly (Rana Moctezuma, Baird & Gir.); de los huevos de es- 
tos batracios nace el atepocatl, atepocate, renacuajos que se comen 
cocidos ó asados. El acacueyatl son ranillas de los lugares pan- 
tanosos. El acocili^ especie de camaroncillo, que cocido se pone 
colorado, y se comía también tostado. El anenextli larva no sabe- 
mos de cuál insecto; en su metamorfosis son redondos, con cuatro 
pies, ancha la cabeza y de color pardo. ISl michpüi, del* cual 
sabemos lo que del anterior, y el mifpicJdetei que le es análoga 
El izcahuilliy gusano de color rojo, une aparentando no tener ca- 
beza, presenta una cola por ambos extremos; el afopiñariy de co- 
lor oscuro, y el ocuüztac negro,*'que tostado se pone blanco. (2) 

Existe todavía el pequeño insecto llamado axayacaH, y es el 
mismo que los indios venden por las calles como mosco para los 
pájaros: el Sr. D. Pablo de la Llave lo clasificó bajo la denomi- 
nación de AiLuauilea mexicana. "Cogían tan gran cantidad, que 
"tenían para comer, para cebar muchas especies de pájaros y 
"para vender en el mercado. Amasábanlas, y con la pasta hacían 
"unos panes que ponían á cocer en agua con nitro, en hojas de 
"maíz. Esta comida no desagradó á los historiadores españoles 
"que la probaron." (3) Disponían los naturales unos hacecillos 
de tules, sobre los cuales venía la hembra del axayacatl á poner 
los huevos; este es el ahuauilt, usado todavía, y tiene el sabor de 
caviar. Su aspecto es como de arena; visto con el microscopio 
presenta la forma de un verdadero huevo, proporcionado al ani- 
mal que le produce, ofreciendo la mayor parte la abertura por 
donde salió la larva, y todos una depresión. producida en el pun- 
to de apoyo; de manera que propiamente no se aprovechan loe 
huevos, sino el cascaron. 

La larva salida del huevo es un gusanillo blanco, tirando á 
amarillento; recogido en grandes cantidades se prepara entero, 
cocido en hojas de maíz, ó molido, reducido á pasta, se le pone 

(1) Sahagun, tom. III, pág. 202-3. 

(2) P. Sahagun, tom. IH, pág. 203. 

(3) Clavigero. hist. antig., tom. I, pág. 390. 



321 

¡gualmente en las hojas. Entonces se llama puxi, reputándole 
eomo muy alimenticio. 

Agotando los recursos, los méxica, al decir de los autores, co- 
mian hasta la espuma de las aguas. '^Hay unas urronas que se 
''crían sobre el agua, que se llaman tecidtlcUl, son de color de azul 
"claro, después que está bien espeso y grueso; cogenlo, tienden* 
""lo en el suelo sobre ceniza, y después hacen unas tortas de ello, 
"^ tostadas las comen." (1) "En la superficie del a^a de esta 
'1(^ima se crían unos como limos muy molidos, y á cierto tiem- 
'^ del año, que están más cuajados, cógenlos los indios con unas 
"redecillas muy menudas y sácanlos fuera del agua, y sobre la 
"tierra ó arena de la ribera hacen eras de ellos hasta que se se- 
bean, y es la torta que hacen* del grosor de dos dedos, y enjugan 
"el uno cuando llega á tener sazón y estar bien seca, la cual des- 
"pues dé enjuta y seca, la cortan como ladrillos pequeños, lo 
"coiú comen estas gentes por queso, y tiene para ellos muy buen 
"sabor, y es algo saladillo. De esto sacaban mucha cantidad á 
''los mercados, y de otra comida que llaman tecidüatly aunque ya 
"ahora se han perdido estos dos géneros y no parecen, y no sé 
"si lo causa estar los indios hechos ya á nuestras comidas, y no 
"dárseles nada por las suyas." (2) Por último, Clavigero dice: (3) 
"Hacían también uso de una sustancia fangosa que nada en las 
"aguas del lago, secándola al sol, y conservándola para comerla 
'^ guisa de queso, al que se parece mucho en el sabor. Dábanle 
"el nombre de tecuiüatl 6 sea excremento de piedra." 

Del mismo producto se hacían dos preparaciones, llamada la 
una tecmüaü, la otra cucuHn^ palabra traducida en el dice, de Mo« 
Ima, "vascosidad del agua, ó cosa comestible que se cria entre 
"ciertas yerbas del agua." No las traen al mercado, mas los in- 
dios de las riberas los consumen todavía, llamando al segundo 
cMcuZito del agita. Su formación es ésta. La larva del axayacatl, 
para sufrir su transformación, construye con las materias que se 
apropia de las aguas ó con lo que exonera, un nido compuesto 
de innumerables celdillas, semejante en la forma, anque no en 
la consistencia, á algunas esponjas. En circunstancias que nos 
aon desconocidas, los nidos vienen á la superficie del agua, don- 

(1) Sahagon, tom. m, pág. 204. 

(2) Torquemada, lib. XIV, cap. XIV. 

(3) Hlst. antig., tom. I, pág. 390. 



322 

de los indios los recogen y cuecen en hojas de maíz, presentando 
entonces el aspecto de una materia gelatinosa, que debe ser muy 
nutritiva 

Causa asombro, por una parte, las inmensas ventajas que loa 
méxica supieron sacar de un animalillo, tan despreciable al pa- 
recer, diversificando los manjares en el axayacatl, ahuautli, puxi, 
tecuitlatl y cuculin; y por la otra, los millones de individuos 
consumidos por los hombres y los pájaros, sin que esos frágiles 
seres hayan sido exterminados. 

Ocuilla satisfacía 2,000 panes de sal, iztatl, (Kingsborough, 
lám. 36» números 17 al 21), blanca y fina, destinada al gasto de 
los señores de México. Su carácter jeroglífico está representado 
en las láminas. Sacábanla en las costas del agua del mar, sabien- 
do aprovechar las salinas. ''Hay también ñientes de sal viva, que 
''es cosa mjiy de ver los manantiales blancos que están siempre 
"haciendo unas venas muy blancas, que sacada el agua y echada 
"en unas eras pequeñas y encaladas y dándoles el sol, en brere 
"se vuelven en sal." (1) En el valle la explotación de la sal y del 
salitre se practicaba de esta manera. Con las tierras lavadas for- 
maban montones huecos; en el fondo de la cavidad colocaban 
ramas en forma de parrilla, que servía de sustentáculo á un pooo 
de tule, zacate ó simplemente un petate, que recibía la tierra sa- 
Icula sacada de los criaderos. Bajo la parrilla había una perfora- 
ción lateral, recibiendo un carrizo ó penca de maguey que servía 
de llave ó nariz para que el líquido salado escurriera, procedente 
del agua puesta sobre las tierras. Las aguas ó logias se recibían 
en ollas, que se ponían á evaporar. Este aparato rustico era un 
verdadero legiviador ó aparato de desalojamiento, muy econó* 
mico, el cual se carga y descarga á proporción que la tierra está 
lavada. En lo antiguo los habitantes de Coyohuacan se dedica- 
ban á esta industria; la sal que fabricaban era de color de ladriUo, 
amasada en tortas redondas, y no siendo buena de comer se desti* 
naba principalmente á salar carnes. 

Empleaban también para sazonar sus condimentos de tequix- 
quitl, carbonato de sosa natural eflorecente, sesqui-carbonato de 
sosa. EstaF% sales eflorecentes se presentan hacia la estación seca, 
sobre 1 is tierras abandonadas por las aguas del lago. 

(1) líotolinia, trat. m, cap. IX. 



y 



328 

Toca sn lugar á la enumeración de las principales frutas indí- 
genas. Comenzamos por el noehtU^ llamado entre nosotros éuna, 
palabra de la lengua de las islas introducida en la colonia por los 
españoles; es el fruto del nopaüi, cactus, presentándose multitud 
de variedades asi por el color como por la forma; aunque la ma- 
yor parte dulces ó agridulces y jugosos. (1) Son los higos de la* 
dias ó higos chumbos de los escritores antiguos. A este capítulo 
pertenecen el agrio ococonochfli, y la variedad de las pitahayas. 

Bajo el genérico izapotl se comprendían: el chidmpoÜ, chicoza-* 
pote, (zapota achras) que contiene el ckidU, chicle, mascado por 
be mujeres del pueblo. IztadmpoÜ, zapote blanco, (Casimiroa 
edulis) distinguiéndose el oochizteizapotl, porque provoca á dormir. 
Coztz€^fH>Üy zapote amarillo, (Lúcuma salicifolium) con la variedad 
doiominada cntzapotl IlamatzapoÜ, ilama (vieja) anona. Ouauh* 
tiapoüy anona» ZacmUzapoÜ^ chirimoya^ (Anona tripetakb^ Tschuddi; 
An/omB cherimoUa, Baimond) nombre tomado del quiche chiri* 
muya. TliUzapotl 6 TotolcuiÜcUzapoti, zapote prieto, (Diospiros 
ol»eeifolia). TetzorUza^poÜ, tetaapoU, mamey, (Lúcuma mammo- 
eum); mamey es de la lengua de las islas. (2) ^ 

Ihi'ahuacaitt, ahuaeate, (Persea gratissima) distinguían la es- 
peje grande tlaeoccdakuacdU^ y los pequeños qvüahiuxccd'L El 
iexocotty tejocote (Mespilus) sólo es bueno confitado. Las cirue- 
la^ mctofí^xocoÜ, (Bpondias bombín) amarillas ó rojas, grandes ó 
pequeñas; las aioyaxocoÜ se^comían crudas ó cocidas, y hacían 
im pulque embriagante oon ellas. Las guayabas, xalxocotl, (psi- 
ákim pommiferum). El capclin, capulín, (Prunus Capulín) fruto 
al qtie los castellanos llamaron cerezas, con tres especies; el ólo- 
capuUny el taalca^fyuim y el xi¿omacapfdin. (3) McUza¿ly pina, (Bro- 
iBeiia ananas). El cuavJmloÜf huajilote^ (Bhus) cuyo fruto se 
come cocido. El aTnacaptdin 6 moral. 

Terminaremos oon los bulbos y tubérculos. El caamiitl, cebo- 
lla del ooehosoohitiy (Tigridia) de ^sabor dulce. Camotl, camote ó 
la batata europea, (Convolvulus batatas). CuauhcamotlyhneLcaAmo- 
te, (Jatropha manioc). Tlálcacdkuatl^ cacahuate, (Arachis hypo- 
gea), que según Humboldt, **parece h§,ber existido en África y 

(1) P. Sahagun, tom. m, pág. 238. 
<2) Bahagnn, tom. III,,pág. 285. 
(3) Sáhagun, tom. m, pág. 286. 



324 

**A8Ía, especialmente en Cochinchina, mucho tiempo antes del 
"descubrimiento de América." Xícama, catzoüy (Dolichus tube- 
rosus); á esta especie referían la raíz cimatly que sólo se podía 
comer cocida; el tocimatl que cocida se pone amarilla; el camjh 
xoru Comíanse también las partes blandas de la raíz de la espa- 
daña, la del atzatzamóK, del catateztli, del cuecnexqui y del xalto- 
maiL (1) 

Tlaltelolco pagaba cuarenta canastos de cacao molido, cada uno 
de 1,600 almendras, ó sean ^,000 almendras en todo (Kingsbo- 
rough, lám. 19, números 2 y 3). Cihuatlan 80 cargas de cacao en 
grano (lám. 40, núm. 23). Tochtepec, 200 cargas de granos (lám. 48, 
núm. 55). Xoconocho, 200 cargas (lám. 49, números 27 y 29). 
Cuauhtochco, 20 cargas (lám. 50, num. 9). Cuetlaxtlan, 200 car- 
gas (lám. 51, núm. 22). El cacahnaü, cacao, (Theobroma cacao) 
es el fruto del árbol nombrado cacaocítahtdtl Aunque sería bueno 
extendemos en la descripción de esta curiosa planta, ahora no 
nos debemos detener sino en los provechos que de ella sacaban 
los pueblos antiguos. Hernández (2) enumera cuatro especies 
conocidas: el cuauhcacahtiaü, el inecacacahuatl, el ocochicácahtuzfí y 
el tlalcacahtiail, añadiendo una quinta el ciianhpaÜacMlt. Gomian 
las almendras todavía verdes, y las secas en menor cantidad. 
Los granos mayores y logrados servían de moneda, como tene- 
mos dicho. La bebida que con el cacao se preparaba, servida con 
aplauso en banquetes y fiestas, sólo era propia de señores y gente 
rica, pues su costo la ponía fuera del alcance de los pobres» no 
siendo contrahecha. "El cJwcolatey tal como ahora le usamos» no 
"era conocido de los indios: lo que ellos tomaban venía á ser lo 
"que hoy llamamos "cacao frío" ó "espuma de cacao" y que aún 
"se vende en los tianguis ó mercados de los pueblos. Mezclaban 
"con el cacao varias yerbas, especias, chile, miel, agua rosada, 
"granos del jx)clioil ó ceiba, y especialmente maíz. Conocían va- 
"rios métodos para preparar la bebida; pero siempre en frío, y 
"así se tomaba. Lo general era moler el cacao y demás setoillaB, 
"desleir la pasta en agua, separar xma parte y ponerla en mayor 
"cantidad de agua, batir el líquido y pasarle varias veces de un 
"vaso á otro, dejándole caer desde alto, para que formase espu- 

(1) P. Sahagun, toro. III, pág. 240. 

(2) Lib. VI, cap. 87. 



325 

^'in&" (1) En la escritura jeroglífica mexicana» las cargas de cacao 
se expresaban por el determinativo de la almendra. El chiquihuiüp 
cláquilinite, cesto ó canasto, servía para recoger el grano. Son 
redondos próximamente, aunque de base casi cuadrangular, teji- 
dos de tiras de carrizo ú otates, adelgasados y Iíbos. 

Axocopan mandaba 400 cántaros de miel de maguey espesa 
(Kingsborough, lám. 29, num. 27), y Hueipochtla otros 400 cán- 
taros (lám. 31, núm. 26). Tlachco 200 cántaros de miel de abejas 
(lám. 38, números 21 á 30). Tepecuacuilco, 200 cántaros (lám. 39, 
núnero 39 á 48). Tlalcozauhtitlan, 100; Quiauhteopan, 100, é 
igaal cantidad Yoaltepec (lám. 42, números 5, 18, 29). 

En la descripción del mercado de México, dice D. Hernando 
Cortés: ''Venden miel de abejas, y cera, y miel de cañas de maíz, 
"que son tan melosas y dulces como las de azúcar: y miel de 
"unas plantas, que llaman en las otras y estas (2) maguey, que 
"es mny mejor que arrope: y de estas plantas facen azúcar y vino» 
"que así mismo venden." (3) Desde los tiempos de los tolteca 
era conocido el modo de convertir en miel el jugo del maguey, 
luibiendo conservado la historia las aventuras de la bella Xóchitl. 
A lo llamado ahora agtuimiel se decía en mexicano nenecuüt, cq- 
^da hasta la consistencia de jarabe era la miel nevücdüliy neuüd- 
ietzahucííliy jieoidUiÜazaUu La azúcar debió ser una consecuencia 
forzosa de esta preparación; bastaba concentrar el líquido, darle 
consistencia de jarabe espeso, y obtener la cristalización por el 
enfriamiento. 

''Antes de la llegada de los europeos, dice Humboldt, los me- 
"xicanos y los peruanos esprimian el jugo de las cañas del maíz 
"para hacer azúcar. No se conformaban con concentrar el jugo 
"por evaporación, sabían también preparar la azúcar bruta, en- 
*friando el jarabe espeso." (4) ¿Conocían los pueblos de México 
la caña de azúcar? D. Aniceto Ortega, en su Memoria sobre el 
Amndo sacharifera, sacharum de Lineo, Sacharoforum de Nec- 
hent, reunió preciosas noticias acerca de la historia de esta plan- 

<1> leftzbatoeta, diálogos de Cervéntes, pág. 242-48, artíonlo bien intevesante y 
comi^eto. MotoliniA, trat. m, cap. Yin. Acosta, lib. lY. cap. XXIL Toiqaemada, 
üb. XIV, cap. XLn. Clavigero, tom. I, pág. 392. 

(2) Falta aquí la palabra, partes. 

(d> Cartas en Lorencana, pág. 103^. 

(4) fiwd poütíqne, tom. H, pág. 377. 



326 

ta. Los naturalistas disputan todavía si el arando, indígena en 
la Asia j la Ooeanía, lo es también en América; resultando de 
las mejores obserraciones, que esta segunda opinión es la más 
probable. "M. B. Edwards, concillando todas las opiniones bu- 
^^poney que la caña de assucar crecía naturalmente en muchos lu- 
'^gares del nuevo mundo; pero que Cristóbal Oolon, que debía 
^'necesariamente ignorarlo, trajo planta de Canarias en su primer 
''viaje. Esta explicación parece ser la verdadera." La abeja co- 
mún, (Apis mellifera) era conocida de los méxica en el estado 
silvestre: sacaban la cera, aprovechada no sabemos en cuales 
usos. Distinguían la abeja que forma panal en los árboles cueaá- 
cntayoUy de la mimcahnaü que fabrica como la anterior; la pipiyoU 
6 montesa; la tJaletmtl que anida debajo de tierra, el ab6)orro ó 
cdcoüi y el iemoli de mayor tamaño. Miel en general es necuüi;h 
miel de abejas cuauhfiemíli; la miel sacada de las flores xodane- 
chtüi, xochinenectdli, xochimemeyaUotl La miel de las cañas del maíz 
ohhumecvMy necidxqmhuiUi. 

La miel servía en los diversos condimentos de la cocina mexi- 
cana, principalmente en las confecciones del pinoUi, atolli, ohiaii, 
tamalli y cacao. 

Para decir algo respecto de la bebida de aquellos pueblos, es 
preciso detenerse ante la planta que la produce; de ésta han he» 
cho grandes elogios los autores, á fe que merecidos, pues ningu- 
na como ella hace servicios al hombre, ya estando viva, ya eon 
sus despojos cuando muerta. La planta es el metí, (Agave amerioa* 
na); la bebida que produce el octli Ninguna de las dos voces es 
ahora usada; metí fué sustituida por la palabra maguey^ pertene- 
ciente á la lengua de las islas; al octli le dijeron los antiguos 
ptUcrCy convertido ahora en pulqne, que, no es palabra española 
ni mexicana; sino tomada ''de la lengua araucana que se habla en 
"Chile, en la cual, pulque es el nombre general de las bebidas que 
'los indios usan para embriagarse: pero es difícil adivinar odmo 
**pasó este nombre á México." (1) 

Existen diez y nueve especies de agave, con catorce variedades, 
y desde la cultivada llamada fina, hasta la salvaje ó cimarrona, 
cada una presta los servicios á que está destinada; planta verda- 



(1) Clayigero, tom. I, pág. 393, nota. No hemos sabido encontrar la palabtm «a 
el Diccionario de chilenismos por Zorobabel Bodiígues. Saalia^Oy ISTfi. 



327 

derameaie soaud, fué el don más preciado que la Proridencia 
pudo kaoer á los pueblos primitÍTOs. El onltiyo del metí es maj^ 
ntíguo. La loenoion primera que encontramos se refiere á los 
OlmeeabnixtolL ''Estos mismos inyentaron el modo de hacer el 
vino de la tien^u era mnjer la qne oomenssó y supo primero, 
agq^rar los magueyes para sacar la miel de que se hace el vino, 
y llamábase Moaioasl^ y el que halló primero las raíces que echan 
en la ndel se llamaba PcuUñoaíL Los autores del arte de saber 
hacer el pulcro asi como se hace ahora se decían Tepuaslecatl, 
Qoailapanqui, Tliloa, Papatztactzocaca, todos los cuales iuTcn-' 
taron la manera de hacer el pulcre en el monte llamado Chichi^ 
^^Kiií*^; y porque el dicho vino hace espumai también llamaron 
al monte FqpopaoonaÜepetif que quiere decir monte espumoso." (1) 
Esta noticia ya unida á la leyenda de la embriaguez del jefe de 
los ouexteca^ quien por esta causa tuvo que retirarse con sus 
gentes há<na Panuco, es decir, que se refiere á los tiempos pf i- 
mitiYos en que los huasteca estaban establecidos en el interior 
del país. En la primera pintura de la peregrinación azteca cons- 
ta, que los mexi tomaron de los chalca el cultiyo del metí y ex- 
trajeron el octli. Tenemos también la historia de la bella Xóchitl, 
hacia el fifi de la monarquía tolteca. De ello diremos en sus res- 
pectivos lugares. 

Siguiendo á Hernández^ el metí productor del octli se nombra 
llacameü, Teomett (Furcroya odorata, Poiret; Furcroya tuberosa, 
Aitcm; Furcroya cubensis, Haw). Por término medio llega á com« 
plato crecimiento á los diez años; entonces, de las hojas centrales 
afñnadas en forma cónica se alea el qtdoüy bohordo que alcanza 
hasta cinco metros de altura, en cuyo extremo se presentan las 
flores, después las semillas, y muere en seguida: el bohordo seco 
se llama qviocuahuüL Propágase por las semillas, mas también 
por los renuevos que de las raíces en cada individuo brotan. 

Para lograr el octli, luego que el metí se acerca á la inflorecencía 
y antes de que el bohordo se presente, se arranca el cono centnd 
de las hojas, dejando en su lugar una cavidad, en la cual viene á 
recogerse el cambinm, líquido blanqueeíno compuesto de agua, 
asíear y gluten en suspensión: esto es lo que se llama agwi miel. 
Tres veces al dia se extrae el agua miel por medio del (wocoái, 

(1) StliAgim, tom. III, pág. 14S. 



328 

durando la cosecha de cuatro á seis meses; á cada extracoí(ni se 
/aspa la cavidad, la cual se ensancha y profundiza hasta que la 
planta se agota y muere. El agua miel es conducido á las oñci- 
nas, se le deja fermentar, añadiendo una cantidad de otra ya fer- 
mentada, obteniéndose al poco tiempo el octli en estado perfecto. 
Dos clases principales se distinguen, el pulque fino y el Üachique: 
los catadores juzgan á éste inferior á aquel, no obstante que ayu- 
dan la fermentación con las raices de la planta nombrada ocpac- 
/K, remedio ó medicamento del octli. (1) 

Como hemos visto, variados eran los manjares en las comidas 
usadas por los señores; en ellas era común el octli, y mucho más 
en las fiestas y regocijos de los pobres. Castigada severamente 
la embriaguez, reglamentada la cantidad que debía beberse, per- 
mitido el licor en exceso sólo á los ancianos, no por eso dejaba 
de ser de uso general. Los médicos daban ciertas medicinasen 
él; á las mujeres en el dia siguiente al alumbramiento se les ha- 
cía beber un poco. (2) En la fiesta Panquetzaliztli bebían el 
moüaloctli, ú octli azul, porque lo teñían de este cqlor; (3) en la 
fiesta de Atemoztli dábase el vino á las mujeres como si fuera 
prevenido por el rituaL (4) En la fiesta Izcalli al licor tomado le 
daban el nombre particular de texccdcehuüo. (5) Ninguna olla de 
vino nuevo se comenzaba sin ofrecer un tanto en samficio á Ii- 
tlilton. (6) Ometochtli era dios del vino y del fuego; cuando 
echaban el ocpaüi al agua miel y ésta empezando á fermentar hacía 
espuma, encendían braseros, les ponían copal, y zahumaban el 
octli en honra del dios. (7) Componían el pulque con miel, ó 
ehiUi, frutas, yerbas y otros ingredientes, según el gusto ó la 
sazón* 

Entrando en la enumeración de los aprovechamientos del ma- 
guey ó árhol de Jas maravillas^ terminaremos con el líquido, repi- 

(1) Memoria sobre el maguey mcxiciano, por Pedro Blasquez é Ignacio Blasquez, 
Héwx), 1865. 

(8) Tofrqnemada, lib. XIV, cap. X. 

(3) Sahagan, tom. n, pág. 175. 

(4) Sahagmi, tom. n, pág. 179. 

(5) Sahagnn, tom. II, pág. 186. 

(6) Torquemada, lib. VI, cap. XXIX. 

(7) Padre Dnrán, seg. parte, cap. XXII. M8. 



329 

tiendo un poco de lo ya dicho. El agua miel puesta al fuego, **y 
''apuirándolo más el fuego es como miel; y á medio cocer sirve de 
"arrope, y es de buen sabor sano, y á mi parecer es mejor que 
"arropa de uvas." (1) **De este mismo licor hacen buen arrope y 
"miel, aunque la miel no es de tan bueft gusto como la de abejas; 
**pero para guisar de comer dicen que está mejor y es muy sana. 
^También sacan de este licor unos panes pequeños de azúcar, 
**pero ni es tan blanco ni es tan dulce como el nuestro. Asi- 
"mismo hacen de este licor vinagre bueno; unos lo aciertan ó 
''saben hacer mejor que otros." (2) 

Las púas terminales de las hojas servían en las penitencias 
religiosas; se les empleaba como punzones, de clavos en las pa- 
redes y maderas, de alfileres para retener lienzos gruesos; en al- 
gunas especies se arrancan unidas á las fibras de la planta, y 
entonces sirven de aguja é hilo á la vez. Las hojas ó pencas 
fiescas servían á )as molenderas para recibir la masa, á los alha- 
míes para acarrear el barro. ''De estas pencas hechas pedazos, 
Mice MotoUnia, (loco cii), se sirven mucho los maestros aman- 
"tecaÜ, que labran de pluma y oro; y encima de estas pencas ha- 
teen un papel de algodón engrudado, tan delgado como una muy 
"delgada toca; y sobre aquel papel y encima de la penca labran 
'^todos sus dibujos; y es de los principales instrumentos de su 
^•ofiíio. Los pintores y otros oficiales se aprovechan mucho de 
''éstas hojas." Colocadas convenientemente sirven como tejas 
en las habitaciones; sostenidas é inclinadas, sobrepuestas, se 
usaban como arcaduces. 

Las flores son comestiblea El bohordo, asado cuando tierno, 
sSrve de alimento. Con la parte carnosa y blanda de las pencas, 
unida al maíz, se confeccionan las foriiUas de maguey, sabrosas y 
niitritivas; molida esa misma parte, deshecha en agua miel y her- 
vida, rinde una especie de atole que no deja de ser agradable. 
Las pencas de ciertas especies asadas á la lumbre ó más bien en 
barbacoa, en ciertas ocasiones sólo se mascan y chupan, pues el 
hilo impediría tragarlas; "mas si las cabezas están cocidas de 
^uen maestro, dice Motolinia, tienen tan buenas tajadas que 
"muchos españoles lo quieren tanto como buen diacitron." 

(1) Acosta, lib. IV, cap. XXHI. 

(2) Motolinia, trat m, cap. XIX. 

42 



330 

''El modo con que proceden los indígenas para hacer pita, ái*> 
''cen los Sres. Blasquez, es el siguiente: machacan bien las pe»^ 
''cas con pisones, y las ponen á hervir después largo tiempo para 
"que suelten mejor la pulpa ó parenquima. En esta disposioíon 
"las layan en agua jabonosa, y logran con esto que los hilos Uaa- 
"queen muy bien, los ponen á secar en el sol, y hacen á mano 
'%s tejidos gruesos y delgados que necesitan en sus diversas la^ 
''bores del campo." Este es el ichtli ó nequen del que hacíafi 
cordeles rnecoM, mecate, ropas, &c. De las mismas fibras se labra- 
ba papel en muy grandes cantidades. 

"Cuando se capa el maguey, al estirar sus pencas ú hojas tíer- 
"ñas se descubren unos hilillos finos y suaves, y de ellos se forman 
"unas mechas que se usan en vez de yesca. Estas fibras, que scm 
"muy blancas, tienen la finura y fortaleza de la misma seda. Oal- 
"culamos, que sacándolas con cuidado, puede rendir cada mejfóUte 
"(cono de hojas del centro del maguey) muy cerca de media h- 
"bra. Beneficiada y tejida esta sustancia, sería exactamente igual 
"alas telas de seda.'* 

El bohordo seco y leñoso sirve de vigas en las habitaoicHies, 6 
de puntal en los soportales. Las pencas secas son buen oomlHifi- 
tible, y la ceniza es buena para hacer lejía. Las raíces gruesas, 
mecoatl, servían de jabón; del cimiento de las hojaB pequmas se 
hacen escobetas. El tronco seco, desprendidas las pencas, queda 
convertido en asiento cómodo. El meocvüm 6 gusano delmagu^ 
era reputado como una golosina. La goma que las pencas desti- 
lan se tiene por igual á la arábiga; al menos puede sastituirae á 
ella sin peligro. Durante las lluvias, los viajeros encuentran agua 
recogida en la unión de las pencas. * 

Cual si todo esto no fuera bastante, al octli y á la plaata se 
les conceden maravillosas facultades medicinales, en cuya enu- 
meración no entraremos. 

Fabricaban bebidas embrii^antes de las ca£as del maia cuan- 
do la mazorca está en leche, de las palmas y de las pinas. (1) Sn 
la isla de Cuba se hacía un vino con agua, arócar y maíz tostado 
para precipitar la fermentación, al cual daban el nombre de o&i- 
cha. Esta palabra se hizo genérica para expresar las bebidas 
fermentadas sacadas del maíz, y usadas por los pueblos ameri- 

(1) Torquemada, lib. VH, cap. X. OlaTigmro, tom. I, pig, 393. 



331 

«aiKMk fin el Pera se denonúiiaba amibCL Se hacía de divetsos 
modos. ''El más fuerte á modo de oenresai humedeoiendo prime- 
hú el grano de maíz hasta que comienza á brotar, y después co- 
'^ciáBdolo oosEi cierto arden, sale ton recio que á pocos lances de- 
'^REÍba; este llaman en el Pera sora^ y es prohibido por ley, por 
^%m grandes daños que trae emborrachando bravamente." (1) 
Los méxica conocían las bebidas fermentadas de maíz. Los oto- 
míes decían zeydethdf (adulterada aendechó) y los mafisahua fseyré- 
da á una composidon hecha de maíz^ puesto á germinar, seco y 
molidoy hervido después con agua, que hace recordar el método 
empleado para preparar el sorcu La bebida de los otomíes es 
semejante al bier de los antiguos germanos, sólo que éstos utili- 
zaban la cebada en lugar del maíz. (^ 

Los teananacaüf carne divina, hongos divinos, amargos y desa- 
gradables, eran comidos para practicar ciertos actos supersticio- 
sos; tomaban dos ó tres solamente con un poco de miel de abejas. 
Producían nn estado de embriaguez, con alucinaciones de carác- 
ter espantoso. (3) La semilla ókliuhqui, de la planta coatlacoooauh- 
qvi, emborracha y enloquece haciendo ver visiones espantables; 
pax)dfEce los mismos efectos del peyoü^ aunque sólo persistentes 
pcur tres dias. Otras plantas había de la misma especie, usadas 
por los hechiceros para hacer maleficios, (4) 

Xilotepec daba, según el intérprete, ''una águila viva que cada 
''un tributo trayan, unas veces tres, otras cuatro, y otras más ó 
"menos" (Kingsborough, lám. 33, num. 13), Oxitipan estaba á lo 
mismo obligado (lám. 66, núm. 10). 

Guacnauhoan con su comarca proveían de maderas; entregaban 
1,200 vigas grandes, labradas hvjet%(xiyoÜy tahuapctUetÜi^ (lám. 34, 
números 22 á 24); 1,200 tablas hvapoMly huapaUi (números 25 á 27); 
1^200 morillos (números 28 á 30); 1,200 cargas de leña (números 
31 á 30). Todavía hoy se cuenta la leña por issonüi 6 sean 400 le- 
ños» divididos en 20 bultos de 20 palos cada uno: 400 txonüi son 
160,000 leños, subiendo el total á 480,000. 

Tepeyacac, destinados para la guerra de TlaxcaUa, contribuía 

O) Aooeta, Hb. IV, cap. XVI. 

(2) Sendecho, por Gumesmdo Mendoza. BoL de la Soc. de Geog. Segunda épo~ 
tom. II, pág. 25. 
(8) Hotolinia, trat. I, cap. II. 
(4) Sáhagon, tom. m, pág. 241 y sig. 



332 

con 8,000 atados de otkUly otate, (Arando bambos), destinados 
>para astas de lanzas vt otras armas: cada atado era de 20 otates, 
de manera que formaban un total de 80,000 (lám. 44, num. 29), 
y 8,000 atados de otates pequeños destinados para flechas: en 
todo 160,000 piezas (num. 30). También debía presentar 400 pie- 
les curtidas de venado, mazaily con su pelo (núm. 28), así como 
Xoconochco 40 pieles de tigre, oeeldl, (Felis onza, L,) (lám. 49, 
números 28 y 30). 



CAPITULO VI. 

Tabaco.-'PapeL—Xicam. -'l(^MU¿.'-'PetíaU.—aapalU.^Gacaxtli. ^-CoeMniOa."^ 
ÜUL — lÁqyidánibar. — Ámbar amarülo, —Juegos y dheniones. — Tlac/dlí, — Pato^ 
UL-^EjerddúB gimnásUeoa. — Palo del volador.— Poeaia liT%ca,—Poe»ia dramática. 
"ArgttiUctura.— Arquitectura müUar.— Escultura.— Arteé y oficios.— T^edores. 
—A\fareros.—Medid7ia.— Médicos, — TemagcalU. 

SEGÚN el interprete, Tepeyacac y sus pueblos sujetos tributa- 
ban "ocho mil cargas de acayetl^ que son perfumes que usan 
'"por la boca.'' (Eingsboroug, lám. 44 núm. 33). Para decir lo que 
era este objeto, tenemos que entrai* en algunos pormenores. El 
tabaco (Nicotina tabacum, género solanáceas de Jussieu, pentan- 
dría monoginea de Linneo), es originario de América. Los espa- 
ñoles conocieron la planta en Haití ó Santo Domingo, y de ella 
dice Oviedo: (1) "Ysaban los indios desta isla entre otros sus 
'"ricios uno muy malo, que es tomar unas ahumadas, que ellos 
"llaman tabaco^ para salir de sentido. Y esto hacían con el humo 
"de cierta hierva que, á lo que yo he podido entender, es de ca- 
ntidad del beleño; pero no de aquella hechura ó forma, segund 
"su vista, porque esta hierva es un tallo ó pimpollo como quatro 
"ó cinco palmos ó menos de alto y con unas hojas anchas é grue- 
"sas, é blandas é vellosas, y el verdor tira algo á la color de las 
"hojas de la lengua de buey ó buglosa (que llaman los herbola- 
dlos é médicos). Esta hierba que digo, en alguna manera é gé- 

(1) Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, Hist. general y natural de las Indias^ 
Ifaadd, 1851. lib. V, oap. IL 



334 

"ñero es semejante al beleño, la qnal toman de aquesta manera: 
"los caciques é hombres principales tenían unos palillos huecos 
"del tamañojde un xeme ó menos de la groseza del dedo menor, 
"de la mano, y estos cañutos tenían dos cañones respondientes 
"á uno como aquí está pintado (Icím, Vf^. 7'), é todo en una pie- 
"za. Y los dos ponían en las ventanas de las narices e el otro en 
"el humo e hierva que^estaba ardiendo ó quemándose; y estaban 
"muy lisos é bien labrados, y quemaban las hojas de aquella 
"hierva arrebujadas ó envueltas de la manera que los pajes cor- 
" tésanos suelen hechar sus ahumadas: é tomaban el aliento é 
"humo para sí una é dos e tres e más veces, cuanto lo podían 
"porfiar, hasta que quedaban sin sentido grande espacio, tendi- 
"dos en tierra, beodos ó adormidos de un grave y muy pesado 
"sueño. Los indios que no alcanzaban aquellos palillos, tomaban 
"aquel humo con unos cálamos ó cañuelas de carrizos, é á aquel 
"tal instrumento con que toman el humo, ó á las cañuelas que es 
"dicho llaman los indios tabaco, ó no á la hierva ó sueño que les 
"toma (como pensaban algunos). Esta hierva tenían los indios 
"por cosa muy preciada, é la criaban en sus huertos é labranzas 
"para el efecto que es dicho; dándose á entender que este tomar 
"de aquella hierva é zahumerio no tan solamente les era cosa 
"sana, pero muy sancta cosa." Sácase con toda evidencia, que 
los instrumentos para fumar se denominaban tabaco; la planta, 
en lengua ahitiana, es cohiba 6 cojiba. 

Hemos visto que los castellanos introdujeron en México mu- 
chas voces de la lengua de las islas, siendo una de ellas tabaco, 
que, aunque sancionada por la ciencia, no significa en realidad 
lo que debiera. Fumábase en todo el continente americano: los 
peruanos llamaban á la planta sayri. Los méxica distinguían tres 
especies de la planta; el yetl, de hoja larga y el más estimado; el 
picietly de hoja menuda; el cxiauhyetl, poco estimado por ser cima- 
rrón. Fumábase en los convites, en los bailes y en ciertas cere- 
monias profanas ó religiosas. £1 aparato en que se fumaba se 
decía acayetl, caña de yetl ó tabaco, cuando la planta se colocaba 
en un carrizo; y pocyectl, yetl que humea, cuando las hojas esta- 
ban enrolladas sobre sí mismas; de aquí las dos palabras estro- 
peadas de los autores acayotes y poquides. "Estos poquietes ó 
"acayotes, eran unos cañutos de carrizo, de un palmo pooo más 
"ó menos de largo. Estos los rellenaban de una pasta qae hacían 

/ 



836 

"de yerbas aromáticas^ entre las que las más asadas eran las del 
"liqnidambar que llamaban xockicócozot (sic), y el tabaco que en 
"la lengua náhuatl se llama yetl, ó picietl ó quanyetl, segnn las 
''tres especies de ella qme distinguían. Formaban, pues, la pasta 
"de estas yerbas con carbón molido, y rellenando con ella los 
"cañutos les prendían fuego por un lado, y asi los daban á los 
"l^Ttéspedes para que los tuviesen en las manos y gustasen de su 
"buen olor, y así en los principios no eran otra cosa que un per- 
díame pfura el deleite del olfato; pero después en los tiempos 
'•subsecuentes tuvieron otro uso, porque prendiéndoles fuego 
'•por un lado, chupaban por el otro, y tragaban aquel humo. Es- 
"to no sólo les servía de delicia, syio de medicina, porque decían 
"que les fortificaba la cabeza, y les aliviaba cualquier dolor de 
"ella, fortalecía los miembros cansados, hacía expeler la flema, 
"y finalmente le atribuían otras muchas virtudes." (1) Según 
otra autoridad: "Después de comer, los señores solían conciliar 
el 4ueño con el humo del tabaca De esta planta hacían gran uso. 
Empleábanla en emplastos, 6 para fumar, ó en polvo por la na- 
riz. Para fumar ponían en un tubo de caña, ó de otra materia 
más fima» la hoja, con resina de liquidámbar, ó con otras yerbas 
(dorosas. Recibían el humo, apretando el tubo con la boca, y 
tapándose la nariz con la mano, á fin de que pasase más pronta- 
mente al pulmón." (2) . En la matrícula de tributos está repre- 
sentado el dcayetl. 

Cuauhnahuac debía entregar en cada tributo ocho mil rollos 
de papel (Kingsboroug, lám. 25, núm. 11), é igual cantidad Ne- 
popohualco (lám. 27, núm. 16). Cada rollo contenía veinte plie- 
gos, de manera que se pedían 160,000 pliegos á cada comarca, en 
cada uno de los plazos señalados. Era inmensa la cantidad de 
papel consumida por los pueblos de Anáhuac; fuera de los usos 
domésticos y de las artes, sus principales empleos los tenía en las 
cfflEemonias religiosas y en las pinturas jeroglíficas. Al }iablar de 
las diversas fiestas hemos indicado las ofrendas, sacrificios y 
objetos que del papel se hacían; en la del mes Toxcatl se ves- 
tími los sacerdotes con (vmamaocüi de este mismo producto: (3) 
los cadáveres iban protegidos por ciertos papeles mágicos, que 

(1) Veytia, Hist antígoa, tom. m, pág. 49-61. 
m davigero, tom. I, pág. 897. 
<a) T«qa«iiiada, Eb. X, cap. XVI. 



336 

servían para que el alma venciera los malos pasos en el camino 
de la otra vida. 

Fabricábase el artefacto de diversas cosas. ^^Hácesé del metí 
"buen papel; el pliego es tan grande como dos pliegos del nues- 
"tro, y de esto se hace mucho en Tlaxcallan, que corre por gran 
* aparte de la Nueva España. Otros árboles hay de que se hace en 
"tierra caliente, y de éstos se solía gastar gran cantidad; el árbol 
"y el papel se llama amatl, y de este nombre llaman á las cartas 
"y á los libros y al papel amate, aunque el libro su nombre se 
"tiene." (1) Así, los principales elementos para la fabricación del 
papel se tomaban del maguey y del antacuahintí, si bien se em- 
pleaban igualmente el algodón^ las ñbras de la palma llamada 
iczotl y algunos otros textiles. (2) 

Acerca del papel de maguey nos dice Humboldt: (3) "No sólo el 
maguey es la viña de los pueblos aztecas, sino que también pue- 
de reemplazar al cáñamo de Asia y la caña del papel (Cypems 
papyrue) de los egipcios. El papel sobre que pintaban sus figu- 
ras jeroglificas los antiguos mexicanos, estaba hecho de las fibras 
de las hojas del agave, maceradas en agua, pegadas por capas 
como las fibras del Cyperus de Egipto, y de la morera (Bronsso- 
netia) de las islas de la mar del Sur. He traído muchos fragmen- 
tos de manuscritos aztecas escritos sobre papel maguey, de tan 
diverso espesor, que los unos parecen cartón, mientras los otros 
papel de China," 

La fabricación del papel se hacía en efecto, macerando enagua 
por algún tiempo las hojas ó pencas; machácanse después para 
apartar la parte carnosa, quedando sólo los filamentos; ya lim- 
pios se extienden por capas, retenidas por algún pegamento, 
dándoles el grueso que se apetece; después se bruñen, quedando 
listas para entregarlas al comercio. (4) El papel que podemos 
llamar fino, tal cual ahora le observamos es trigueño, terso, lus- 
troso, flexible, un tanto semejante al pergamino: en cuanto al 
grueso, varía hasta el del cartón delgado. Las capas de las fibras 
están estrechamente unidas, y fueron comprimidas de manera 
que presenten una superficie iguaL Los papeles bastos dejan ver 

(1) Motolinia, trat III, cap. XIX. 

(2) Olavigero, tom. I, pág. 367. Boturini, pág. 96 del catálogo. 
(8) Eosai poUtique, tom. U, pág. 422. 

(4) Boturini, pág. 95-6 del catálogo. Blasquez, Mem. del maguey, pág. 27. 



387 

Bobre las caras algunas fibras desprendidas en parte, y en los 
bordes se palpa la segregación de los hilos^ Los pliegos son da 
cÜTWsos tamaños; hay algnno en el Museo Nacional» de una sola 
pieea, de varios onetros de largo. En la fiesta Toxcatl ponían á 
Hiritzik>pochtli en unas andas: '^Delante de estas andas llevaban 
''ima manera de lienzo, hecho de papel, que tenía veinte brazas 
'% largo, ima de ancho, y un dedo de grueso." (1) Esto puede 
dar idea de las dimensiones que podían dar á su artefacto. 

£1 emacuahvdíly árbol de amaÜ 6 pax>el, anacah^lüe hoy, por es- 
tar estropeada la palabra, "conocido también con el nombre de 
"Sirioote y Trompillo, pertenece á la familia de las Borragina- 
"ceas, tribu Cordieas, género Cordia de Plumb, y especie JBois^ 
"rierí de D. C. 

''Es digno de notarse que hacia la época en que vino Hernán- 
dez á estudiar las producciones dé nuestro país, se fabricaba aún 
en Tepoxtlan el papyrus mexicano con el árbol del papel, pues- 
to que nos da en la fabricación de este precioso objeto, esta ex- 
presiva y elegante frase: "Tepoxtlanicis provenit montibus, ubi 
'irequenter interpoUatur ex ea papyrus, fervetque opificum tur- 
"b%" y hierve la multitud de trabajadores: es decir, que aun ha- 
bía actividad en ese comercio del papyrusy que como el de los 
eg^Kiios servía paara escribir en él la historia de los dioses y de 
loa héroes, para adornar laa piras funerales y para hacer vesti- 
dos y cuerdas: en una palabra, lo empleaban en los usos religio- 
sofly políticos y económicos. 

'Tero es indudable que cuando Hernández admiraba la turba 
de trabajadores, ya no se utilizaba nuestro árbol más que en los 
osos económicos, sucediendo aquí lo que dice el naturalista ro- 
mano al hablar del papyrus egipcio: ''después pasó á usos comu- 
nes un objeto del que depende la inmortalidad de los hombres. 

''Hernández concluye dándonos el método que seguían lo3 ar- 
tesanos aztecas para preparar su papyrus, y encontramos en esta 
mampulacion, una semejanza tal con la que usaban los antiguos 
halDÜantes del Nilo, que casi no hay diferencia alguna." (2) 

Oonsta en la relación de Culhuacan por el corregidor Gallego, 



(1) Torqnemada, lib. X, cap. XVL 

(2) £1 anacahuite, por los Sres. D. Qnmesindo Mendoza y D. Alfonso Herrara; la 
NaAnraleza, peritSdico de la Soo. Mex. de Hist nat., tom. 3, pág. 151. 

43 



338 

MS. eu poder del Sr. García Icazbalceta, que en 1580 existía 
ahí una fábrica de papel de maguey. 

Cuauhnalmac estaba también obligada á entregar 2,000 xicaUi, 
cuatrocientas de cada clase de las expresadas en el dibujo (Lord 
Kingsborough, lám. 25, núms. 12 al 16); Nepopualco, otras 2,000 
(lám. 27, núms. 11 á 15);Tlachco, 1,200 amarillas (láin. 38, núms. 
32 á 34); Tepecuacuilco, 1,200 amarillas (lám. 39, núms. 27 á 29); 
Tlapa, 800 tecomates amarillos para beber el cacao (lám. 41, 
núm. 22);'Xoconoclico, 400 vasijas de piedra (lám. 49, núm. 31), 
y 400 de barro para beber cacao (núnu 32). El Diccionario de 
Molina traduce la palabra xicnlliy vaso de calabaza: en efecto, 
servía para beber los líquidos, ya que los móxica no conocían el 
vidrio. Las jicaras se sacan del pericarpio de la Cresceiüia cujeky 
descrita por Hernández y conocida de los antiguos bajo el nom- 
bre de xicalcuahuitl; el fruto es redondo, se le parte en dos mi- 
tades, se le despoja de la pulpa y de la simiente; pintadas.de 
diversos colores y dibujos, barnizada, se entrega al comercio. 
tTsase todavía el vaso, que tiene bonita apariencia, aunque no en 
manera tan general como en lo pasado: de común ahora son 
rojas, distinguiéndose, según se hizo la sección en el fruto, en 
jicara flor, jicara botón y jicara barba. El tecamaü, tecomate, se 
diferencia del xicaUi en tener la boca más estrecha, pues el fruto 
en lugar de partirse por el medio se aprovecha casi todo, y ade- 
mas es más pequeño; sácanse del pericarpio del cuauhteconiaÜ ó 
árbol del tecomate. "De éstas hay muchas y de muchas hechu- 
"ras y maneras, aunque lo ordinario es usar de ellas en su he- 
"chura llana y simple; son vasos muy hermosos y lindos, que de 
"las que llamamos jicaras hay algunas tan grandes y anchas, que 
"no las abraza un hombre; son como fuentes de plata, y en al- 
"gunas ocasiones sirven de lo mismo." (1) 

Cuauhtitlan había de entregar cuatro mil entre tcpalli y petlaü 
(Kingsborough, lám. 28, míms. 23 y 24). Icjxilli, asentadero, se- 
gún el Diccionario de Molina; sillón de respaldo ancho y levan- 
tado, con el asiento del alto de un pié ó poco más. Fetlatl, peta- 
te, estera: tejíanlas de las hojas de la palma ó del tule; de labo- 
res curiosas y colores brillantes, de gran finura algunas veces, 

(1) Torquemada, lib. XIII, cap. XXXIV. 



339 

eran de muy linda apariencia. Servían de aliPombra, lechos, ta- 
pices en las paredes, abrigo para las puertas, &c. (1) 

Tlachco enviaba cuatrocientos canastillos de copalH blanco re- 
finado, y ocho mil pellas de copalli por refinar, envueltas en ho- 
jas de palma. (Kingsborough, lám. 38", nums. 31 y 35). Tepecua- 
cailco, idéntico número de canastillos y de pellas, (lám. 39> núms. 
37 y 38). El copalli fino y refinado estaba consagrado al culto, 
el segundo era empleado en los usos domésticos y sociales. 

Tepeyacac, 'T)oscientos cacaxtles, que son aparejos con que 
"los indios llevan cargas á cuestas & manera de albardas.** Asi 
se expresa el intérprete del Códice. No consta la cantidad en el 
Kingsborough (lám. 44, núm. 34). El cacaxtlí se compone de dos 
maderos verticales, á los cuales van unidos otros paralelos y ho- 
rizontales; sobre la superficie desigual se aseguran los objetos 
que se quieren, ya por medio de otros maderos retenidos por 
cnerdas, ya por una red graesa de pita fuerte; la cara lisa se 
adapta á la espalda, y se detiene el todo por medio de una 
soga que tiene en el medio una parte más ancha, llamada meca- 
poHi, la cual se fija á la frente. Era el aparato antiguo, usado 
todavía hoy, destinado para conducir las cargas. 

Contribuía Coaixtlahuacan con cuarenta talegos de grana, 
(Kingsborough, lám. 45, núms. 25 y 26), Coyolapan, 20 talegos 
(lám. 45, núm. 18) y Tlachquiauhco cinco talegos, (lám. 46 núm. 
8;. La grana ó cochinilla, (Goccus cacti del orden de los he- 
mípteros), era criada con abundancia en los tiempos antiguos 
en el Mixtecapan, entre los tzapoteca, y cerca de CholoUan y de 
Huexotzinco. Era empleada en tintes, y en colores para las pin- 
turas, dando un rojo vivo y hermoso. Ya preparada, los méxica 
le decían ^lochezüi, sangre de nocldli ó de tuna, y entonces era ob- 
jeto de muy considerable comercio. 

Tochtepec pagaba 16,000 pellas de nlli (Kingsborough, lám. 48, 
núms. 47 y 48). El vlli^ ú óUiy hule, goma clástica, es producto del 
tícuahmUy árbol de oUí, (Castilloa elástica, Cervantes; Jatropha 
elástios, Linneo; Siphonia elástica, Persoon; Siphonia cahucbu, 
Beréber; Haevea gmanensis, Aublet; Echites corymbosa, Jac- 
^uieu). No sólo [este árbol produce por incisión el jugo lecho- 

, sino también otras plantas de las familias Euforbiáceas, Ar- 



po 



(1) Torquemada, tona, ü, pág. 488. 



1 



340 

tocárpeas y Apocíneas; los indios del Amazonas conocen la sus- 
tancia bajo el nombre de caukchu. (1) El olcuahuitl es comim en 
Guatemala; los tarascos tienen de lar misma especie el tarcmUxca, 
El oUi, dice un escritor del siglo XVI, "es una goma de un ár- 
bol que se cria en tierra caliente, del cual punzándole salen unas 
gotas blancas, y ayúntanlo tmo con otro, que es cosa que luego 
se cuaja y para negro, asi como pez blanda; y de ésta hacen las 
pelotas con que juegan los indios, que saltan más que las pelo- 
tas de viento de Castilla, y son del mismo tamaño, y un poco 
más prietas: aunque son mucho más pesadas las de esta tierra, 
corren y saltan tanto que parece que traen azogue dentro de sí. 
De este oUi usaban mucho ofrecer á los demonios, así en pape- 
les que quemándolo corrían unas gotas negras y éstas caían so- 
bre papeles, y aquellos papeles con aquellas gotas, y otros con 
gotas de sangre^ ofrecíanlo al demonio: y también ponían de 
aquel olli en los carrillos de los ídolos, que algunos tenían dos 
y tres dedos de costra sobre el rostro, y ellos feos, parecían bien 
figuras del demonio, sucias y feas, y hediondas." (2) Usábase 
también para xmgirse en ciertas solemnidades y en las cosas do- 
mésticas: empleábase igualmente para medicinas contra algunas 
enfermedades y la esterilidad. Del licor blanco, cocido en agua, 
hacían las pelotas para el juego del Üachtli: para fabricar tiras 
elásticas del ancho y grueso que querían, untábanse el cuerpo 
con el líquido, dejábanlo cuajar, y lo despegaban en seguida. 
Derretido al fuego obtenían un aceite empleado contra los males 



(1) £1 árbol del hule, por D. Mauuel M. Yillada: la Naturaleza, tom. JII, pág. 316 
y 8ig. — rjEji carta escrita por el Sr. D. E. Uricoechea al Sr. B. Manuel M. . Altamira- 
no, secretario de la Soc. de Gkog. y Est. se dice: "Noto que en la pág. 156 del tom. I, 
iercera época, se halla la palabra caoutchouo empleada como castellana, cueaaóo la 
palabra puramente americana es eaiucho, que snpoiiía conocida en México. Gaucho 
llamamos la goma elástica en toda aquella parte de la América del Sur en donde se 
produce, y como les será fácil á vdes. ver en los artículos de exportación del Diario 
Oficial -de Colombia. Es cierto que los españoles han escrito cauhchií (Colmeiro), 
cautchuo (BonquiUo), coutchu, cautshu^, <fec., debido á que esos seAores no ftaben 
nada de América, ni leen jamas un libro americano; pero en su misma casa les mos- 
tré en un manuscrito de 1720 (Biblioteca de Gayangos) descriptivo del Peni, el dicho 
vocablo, lo que prueba que no es de hoy su uso. En la próxima edición registrará el 
Diccionario de la Academia 'la palabra castiza caucho, que. yo presenté á mi aproba- 
ción: fué aceptada en una de las sesiones á que asistí." 

(2) Motolinia, en Icazbalcetai pág. 44-5. 



341 

cU pecho. Los reyes y señores mandaban hacer zapatos con las 
soelsB de xdli, y los hacían poner á los trahanes, enanos y cor- 
oobadoB de su palacio, pM>a 'verles dar traspiés y caídas sobre el 
suela "Usan de él los nuestros para encerar capas aguaderas, 
*1i«ohas de ca&axnazo, que son buenas para resistir el agua; pero 
''no para el sol, porque su calor y rayos lo derrite." (1) Así la 
eostumbre de los lienzos hulados en la colonia data, al menos 
de principios del siglo XYII; duraba en 1,690, ya que damos con 
esta noticia correlatira: "del usan los nuestros para encerar las 
''eapas que resisten los aguaceros, pero no para el sol, porque á 
''su calor se derrite." (2) 

Tochtepec, ofrecía cien ollas de liquidámbar (Elingsborough, 
lám. 48, num. 54) y Tlatlauhquitepec ocho mil atados ó envolto- 
rios de lo mismo (lám. 53, núm. 21). El oiíocMocotzociiahuitl, árbol 
de xoddocoizoU 6 liquidámbar, (Liquidámbar asplenifolia, Sty- 
nx; Liquidámbar Styraciflua, Linneo; de la familia de las Amen- 
táceas de Jussieu, Platanáceas de otros, y últimamente Bcdsa- 
BÍfiuas de Eudlicher): es común á la América y á la India. (3) 
La Terina, en mexicano ocotzoü^ xockiocotzotl según su estado, Uqui- 
dámbw, ámbar líquido, lidambar, estoraque líquido. ^'Hállanse 
em estos montes árboles de pimienta, la cual difiere de la de 
Midabar porque no requema tanto ni es tan fina; pero es pimien- 
ta natural más doncel que la otra. También hay árboles de ca- 
nela; la canela es más blanca y más gorda. Hay también muchas 
montañas de árboles de liquidámbar, son hermosos árboles, y 
muchos de ellos muy altos; tienen la hoja como hoja de hiedra; 
el licor que de ellos sacan llaman los españoles liquidámbar, es 
suave en olor, y medicinable en virtud, y de precio entre ios 
indios; los indios de la Nueva España mézclanlo con su propia 
corteza para lo cuajar, que no lo quieren líquido, y hacen unos 
panes envueltos en unas hojas grtmdes: usanlo para olores, y 
también curan con ello algunas enfermedades. Hay dos géneros 
de árboles de que sale y se hace el bálsamo, y de ambos géneros 
se hace mucha cantidad; del un género de estos árboles que se 

(1) Torquemada, lib. XIV, cap. XLUI. 

(2) Veianooort, Teatro mex. Pte. 1, trat. 2, cap. 10, núm. 182. 

(3) liqfddámbar, por D. Manuel Gutiérrez Losada: la Naturaleza, tom. 11, pá* 
9^ 70. 



342 

llaman xiloxocbitl hacen el bálsamo los indios y lo hacían antes 
que los españoles viniesen; éste de los indios es algo más odorí- 
fero, y no torna tan prieto como el- que hacen los españoles; es- 
tos árboles se dan en las riberas de los rios que salen de estos 
montes hacia la mar del Norte, y no á la otra banda, y lo mi^mo 
es de los árboles de donde sacan el liquidámbar, y del que los 
españoles sacan e\ bálsamo; todos se dan á la parte del Norte, 
aunque los árboles del liquidámbar y del bálsamo de loe espa- 
ñoles también los hay en lo alto de los montes. Este bálsamo 
es precioso, y curan y sanan con él muchas enfermedades; hácese 
en pocas partes; yo creo que es la causa que aun no han conoci- 
do los árboles, en especial aquel xiloxochitl, que creo que es el 
mejor, porque está ya esperimentado." (1) Los acayetl se per- 
fumaban uniendo el yetl al liquidámbar. 

Xoconochco remitía dos piezas grandes de ámbar amarillo 
(Kingsborough, lám. 49, núms. 33 y 34). "El ámbar de esta tie- 
rra se llama apozonalli; dicese de esta manera, porque estas pie- 
dras así llamadas [son semejantes á las campanillas ó ampollas 
del agua, cuando le da el sol en saliendo, que parece son ama- 
rillas claras como oro: estas piedras hállanse en mineros en 
montañas. Hay tres maneras de aquellas, la una se llama ámbar 
amarillo, éstas parece que tienen dentro de sí una centella de 
fuego, y son muy hermosas: la segunda se llama tzalapozonáUi^ dí- 
cese así, porque son amarillas con mezcla de verde claro: la ter- 
cera izíacapozoncdliy llámase así porque son amarillas blanqueci- 
nas, no son trasparentes ni muy preciosas." (2) Este producto 
llamado piedra por el sabio cronista franciscano, sabían bienios 
méxica que á veces se presentaba en el mar; así se deduce de la 
palabra apozoncdliy derivada de apozonaUotl, espuma de agua. Her- 
nández distingue dos especies llamando á la una aposdani y á la 
otra ylletre. El ámbar de los méxica, cárabe ó sucino, es la resi- 
na del árbol llamado cuaiüipindlL En el dibujo que le represen- 
ta, el símbolo ail que le distingue es una prueba más de las ideas 
abrigadas por los méxica. 

Aquí termina la enumeración de los objetos demandados en 
tributo por los señores de la triple alianza; si dan idea del des- 

(1) Motolinla, txat. ni,cap. VIIL Torqnemada, lib. XIV. cap. XLIII. 

(2) P. Sahagnn, tom. III, pág. 298. 



343 

potismo qne pesaba sobre los pueblos sojuzgados, sirven tam- 
bién para formar juicio acerca de los adelantos artísticos y ma- 
nnfáctureros de aquellas naciones. 

Tomemos ahora á la estampa 71 del Códice Mendocino, de la 
cnal nos habíamos apartado. Es una especie de enumeración de 
las ocupaciones ó condiciones de las personas, en quienes antes 
no se había fijado. El numero 1 es un mensajero, reconocible 
por el bordón y mosqueador. Los números 2 y 3, representan, 
un maestro repitiendo repetidas veces la lección, que escucha 
atento el discípulo. El 4 representa al cuicamoiin ó músico y 
cantor de profesión: toca con las manos el hiwhíietl, acompañando 
SQ canto; la persona que delante tiene significa el auditorio; en 
medio de las dos figuras se distinguen un maxtlatl, una manta, 
una vasija con tamales, un xochitl ó ramillete y un ojcayeüy obje- 
tos que en regalo recibía el menestral, ya en las calles ya en las 
casas á donde era llamado. Los 9 y 10 marcan el Texcolco 6 ca- 
sa de los obras públicas, á cuya puerta está sentado el j)etlacal- 
catl ó mayordomo; tiene delante dos albañiles, 6 y 13, llorando 
por haber sido reconvenidos por faltas en el trabaja Su profe- 
sión está simbolizada en la coa y el kuacáUi, 5 y 12, destinada 
aquella á remover la tierra, éste á trasportar el escombro. Cas- 
tigada como era la holgazanería, la ley no permitía la mendici- 
dad; exceptuábase el liciado ó estropeado, numero 7, único á 
quien era permitido andar vagando para implorar la caridad 
pública. 

El número 8 recuerdo el jaogador de pelota. En todas las ciu- 
dades y pueblos principales había el tlachtl% generalmente en el 
mercado, de mayor ó menor tamaño, según la importancia del 
edificio. Tenía la forma que representan las pinturas; cercábalo 
una pared de una y media á dos brazas de altura, terminada en 
ahnenas ó figuras de los dioses, pintada la cara interior de ador- 
nos ó pinturas de Ometochtli, patrono de jugadores y borrachos; 
el piso estaba encalado, terso y limpio. El juego tenía lugar á 
lo largo sobre la parte angosta, en cuyas paredes de ambos lados 
babía fijas dos piedras, con un horado capaz solamente de dejar 
pasar la pelota; las partes anchas terminales, daban abrigo á los 
Jugadores. Estos estaban desnudos, cubiertas las vergüenzas con 
el maxtlatl, llevando en las asentaderas nn cuero de venado bas- 
tante fuerte, así como en las manos una especie de guantes. Ja- 



344 

gábase de uno á ano, ó bien por parü&OB, eatipolándose la piarte 
del cuerpo con que se había de recibir la pelota, que de conmn 
solo era con las asentaderas, los cuadriles ó rodilla. La pebta 
vUamalomi era de óUij esférica y muy pesada por grande. Ganá- 
base á determinadas rayas; mas hacía suyo el ju^[o quien logra- 
ba hacer pasar la pelota por el agujero de la piedra que á su 
lado tocaba: este acto de destreza se recibía con mucho aplauso, 
y el feliz jugador tenía derecho á apoderarse de las mantas de 
los espectadores, quienes luego se ponían en huida al medio de 
ruido y algazara. 

Juego no sólo de los plebeyos, sino de gente principal, se le 
tenía en estima. Apostaban según su categoría, desde algunas 
mazorcas de maíz, hasta joyas, plumas y heredades: los vioioeos 
arruinados se jugaban á sí propios, siendo el pacto que si no se 
rescataban á cierto plazo quedaban por perpetuos esclaTOs. Los 
señores jugaban sus fortunas, sus mancebas; veremos que los 
monarcas de México aventuraron alguna vez su reino en el Üach- 
ili, y ventilaron la realidad de un vaticinio á las rayas de una. 
partida. (1) 

Jugaban un juego semejante sd de las damas, con chinas blan- 
cas y negras que se quitaban ó mataban como en el tablera 
Hacían sobre un encalado cierto número de hoyos pequeños, y 
ponían diez pedrezuelas cada uno de los dos jugadores, y tirando 
unas cañas hendidas, ganaban las que caían vuelto lo hueco arri- 
ba, hasta tomar las diez piedras del contrario. El juego más co- 
mún entre el pueblo, seguido con empeño por los tahúres de 
profesión era el patoUi. Tomaba su nombre de los colorines que 
servían de especie de dados. Era una aspa señalada sobre una 
estera con rayas negras de ullí, dividida en cierto número de ca- 
sas; cada uno de los jugadores estaba armado de tres piedrecillas 
azules y de tres colorines sobre los cuales estaban señalados 
puntos blancos á manera de dados; tomados éstos y revueltos en 
la mano, los* puntos ganados se señalaban sobre el aspa con las 
piedras azules, hasta vencer el juego quien las colocaba en las 
casillas felices y convenidas. Bemal Díaz menciona el jtiego del 
tokioque que servía de distracción á Motecuhzomm durante su 



(1) Darán, segonda parte, cap. XXIQ. 1Í8. Torquemada, Hb. XIV, cap. XXL P. 
Bahagon, tom. n, pág. 291^, 216-17. 



345 

oantívidad en el caartel de los castellaoios. Todos estos juegos 
iban acompañados de particuiarea supersticiones. El tla<^li 
era consagrado por los sacerdotes con bendición solemne, y an- 
tes no debía ser usado para sn objeto; las pelotas, los dados, las 
piedrecillas, eran adc^rados como dioses, invocándolos, sgdiumán- 
dolos y ofreciéndoles flores y aun comida; ningún tahúr comen- 
taba una partida sin hacer preces al numen pidiéndole su am- 
paro: en suma, el sentimiento religioso iba unido hasta á los 
aetojei de engaño y superchería. (1) 

Los bárbaros chichimeca solemnizaban sus fiestas luchando 
entre sí, ó combatiendo contra fieras bravas; la costumbre dura- 
ba todavía en los tiempos del rey acolhua Techotlaia, en cuya 
coronación los guerreros lidiaron contra tigres y leones. (2) Ade- 
lantada la civilización, esos ejercicios fueron sustituidos por la 
lucha, la carrera, tirar al blanco con el arco ó el dardo, naciendo 
ademas otros de ligereza y equilibrio. El bailador de la tranca, 
como ahora se le llama, entraba acompañado de siete ú ocho 
vestidos como los huasteca, cantando y bailando; tirábase en el 
suelo de espaldas, levantaba las piernas, y arqueándolas tomaba 
con los pies la tranca que se había puesto hacia la cabeza, ha- 
ó^dola dar vueltas, poner de punta, subir y bajar, sin tocarla 
con otra cosa que con las plantas de los pies. La tranca era de 
nueve á diez palmos de largo, bien gruesa y redonda. (8) A veces 
se ponían dos hombres sobre el palo, guardando el equilibrio á 
ahorcajadas sobre los extremos. 

Comparsas de treinta ó cuarenta personas bailaban al rededor 
del huehuetíi, sostenidos en zancos de dos brazas de alto, hacien- 
do prodigios de equilibrio. Tres hombres subidos uno sobre 
otro, bailaban á compás, el primero sobre el suelo, los otros dos 
sobre los hombros de quienes los sostenían. Tomaban un palo 
en forma de una ^, dos hombres apoyaban en sus hombros los 
extremos inferiores, mientras sobre el superior se ponía de pié 
un tercero, y todos tres se movían y bailaban á concierto. Pues- 
to uno en la posición del bailador del palo, con una sola pierna 

(1) Duran, segunda parte, cap. XXIII. MS. Torquemada, lib. XFV, oap. XIL Qla- 
▼igero, toza. I, pág. 362 y sig. 

(2) Tovquemada, Mb. I, cap. XXV, Hb. II, oap. Vn. 
(S) Mendieta, lib. IV, cap. XH. 

44 



346 

levantada, sobre la planta del pié, la compañía de volatines salta, 
voltea y hace otros mnchos ejercicios. (1) El juego del volador, 
que queda hoy bien diverso y como pálido reflejo del antiguo, 
consistía en un palo grueso, muy alto y derecho, que se hincaba 
fuertemente en tierra; á una pieza en la parte superior estaban 
sujetas cuatro sogas, las cuales pasaban por otros tantos aguje- 
ros, practicados en los extremos dé un bastidor cuadrado, y re- 
matando en una lazada. Las sogas se rodeaban al árbol de ma- 
nera que no mordiese la una sobre la otra, y con tal cuenta que 
las vueltas de los voladores no fueran más ni menos de trece. 
Subíase á lo alto por cuerdas y lazadas; trepaban los que querían 
muy compuestos, con sonajas 6 instrumentos músicos, subiendo 
por tumo á bailar y decir gracias sobre el brevísimo espacio 
superior. Cuando era tiempo, los cuatro principales voladores, 
vestidos como gi'andes aves con las alas tendidas, se ataban á 
los extremos de las sogas; su peso determinaba al bastidor amo- 
verse en dirección opuesta á la en que las sogas estaban enro- 
lladas, produciéndose un movimiento giratorio, que para los 
voladores se iba ensanchando á proporción de la cuerda libre, 
hasta llegar por líltimo al suelo. A la mitad del vuelo, los acom- 
pañantes, que habían permanecido en el bastidor, se escurrían 
por las cuerdas abajo, variando sus juegos gimnásticos. (2) Los 
cuatro voladores significaban los cuatro símbolos de los años, 
que con las trece vueltas formaban los cuatro tlalpilli de que el 
ciclo estaba compuesto. 

Como frutos sazonados de la civilización encontramos la mú- 
sica, el canto y la danza. Debióles seguir de cérea la poesía. 
Consta en efecto que tenían himnos sagrados, cantados á honra 
de los dioses implorando su protección; poesías levantadas re- 
cordando las hazañas de los héroes ó la historia de los pueblos 
y de los príncipes; descriptivas de la caza ó de las ocupaciones 
rurales; morales, y finalmente amorosas. "Los poetas eran más 
numerosos que los arengadores. Sus versos observaban el metro 
y la cadencia. En los fragmentos que aún existen hay versos 
que, en medio de las voces significativas, tienen ciertas interjec- 
ciones ó silabas privadas de significación, que sólo sirven para 



(1) Duran, segunda parte, cap. XXIII, M8. Torqxiemada, lib. XIV, cap. XII. 

(2) Torqnemada, lib. X, cap. XXXVIII. 



347 

ajnstar el metro: mas quizás este era un abuso deque sólo eoha- 
baa mano los poetastros. Bu lenguaje poético era puro, ameno, 
brillante, figurado y lleno de comparaciones con los objetos más 
^adables de la naturaleza, como las flores, loa árboles, los arro- 
jos, &C. En- la poesía era donde con más frecuencia se servían 
de las voces compuestas, y solían ser tan largas que con una so- 
la se formaba un verso de los mayores," (1) 

La poesía era cultivada con amor en la corte de Texcoco. Ne- 
zahuálcoyotl instituyó en sxi palacíon un tribunal, mejor ac€kde- 
mia, que intituló ^e Ciencia y Música. Era una gran sala^ con 
tres tronos para los reyes de Acolhuacan, de México y de Tlaco- 
pan; en el centro había un huehueü; decoraban las paredes trofeos 
é insignias de rica plumería, mirándose también mantas, joyas 
; preseas para hacer regalos. Presidían los reyes coligados; jun- 
tábanse filósofos, poetas y algunos de los más famosos capitanes, 
"que de ordinario estaban cantando los cantos de sus historias, 
''cosas de moralidad, y sentencias." (2) Nezahualcoyol se distin- 
guió como insigne poeta; mucho compuso, reputándose como 
más acabado los|himnos al Dios creador. A nosotros ha llegado 
su oda á la muerte de Tezozomoc, que á ser en realidad suya, 
revela elevación de pensamientos y una tierna y filosófica me- 
lancolía. (3) 

Be vela un alto grado dé cultura que los méxica se dedicaran 
á la poesía dramática. El teatro en que representaban sus dra^ 
ma^ era un terraplén cuadrado, descubierto, situado en la plaza 
del mercado ó en el atrio inferior de algún templo, y bastante 
alto para poder ser visto por todos los espectadores. El que ha- 
bía en la plaza de Tlaltelolco era de piedra y cal, según afirma 
Ck>rtes, y tenían trece pies de alto, y de largo por cada lado trein- 
ta pasos. (4) Para formar idea de las decoraciones y dramas, 
oigamos á otro autor, al describir la fiesta que los mercaderes 
hacían en CholoUan. ''Este templo, dice, tenía un patio mediano, 
donde el dia de su fiesta se hacían/grandes bailes y regocijos, y 
muy graciosos entremeses, para lo cual había en medio de este 
patio un pequeño teatro de á treinta pies en cuadro, curiosamente 

(1) Clavigero, fom. I, pág. o50. 

(2) Ixtliliochitl, Hist. Chicb., cap. XXXVI. MS. 

(3) Doc. para la HÍ8t de México, tercera serie, tom. I, pág. 28tí. 

(4) Clavigero, tom. I, pág. 058. 



348 

encalado, el cual enramaban y aderezaban para aquel dia, con 
toda la policía posible, cercándolo todo de arcos hechos de di« 
Tersidad de flores y plumería, colgando á trechos muchos pájaros, 
conejos y otras cosas apacibles, donde después de haber comido, 
se juntaba toda la gente. Salían los representantes y hacían en- 
tremeses, haciéndose sordos, arromadizos, cojos, ciegos y mancos, 
viniendo á pedir sanidad al ídolo: los sordos respondiendo ade- 
fesios, y los arromadizos tosiendo; los cojos cojeando decían sus 
miserias y quejas, con que hacían reir grandemente al pueblo. 
Otros salían en nombre de las sabandijas: tgios restidos como 
escarabajos, y otros como sapos, y otros como lagartijas, &a, y 
encontrándose allí referían sus oficios, y volviendo cada uno por 
sí, tocaban algunas flautillas, de que gustaban sumamente los 
oyentes, porque eran muy ingeniosas: fingían asimismo muchas 
mariposas y pájaros de muy diversos colores, sacando vestidos 
á los muchachos del templo en aquestas formas,* los «nales sa- 
biéndose en una arboleda, que allí plantaban, loa sacerdotes del 
templo les tiraban con cerbatanas, donde había en defensa de 
los unos, y ofensa de los otros, graciosos dichos, con que entre- 
tenían los circunstantes; lo cual concluido hacían un mitote 6 
baile con todos estos personajes, y se concluía la fiesta; y esto 
acostumbraban hacer en las más principales fiestas." (1) Todo es- 
taba, pues, consagrado á las divinidades, urgiendo el principio 
religioso hasta sobre los actos de solaz de aquellos pueblos. 

Tomando á la estampa del Cód. Mendooino, el núm. 14 repre- 
senta un ladrón ratero, ocupado en extraer algunos objetos del 
peÜacaUi; esta palabra, que significa arca ó baúl, di6 or%Mi á la 
voz petaca. En el 15 el jugador de patóUi; para indicar la desen- 
frenada pasión por este vicio, le pintan- desnudo, por estar apos- 
tando la manta 16. 

17 y 18, el carpintero y su discípulo; 19 y 20, lapidario con su 
aprendiz; 22 y 23, pintor con su oficial; 24 y 26, platero y fundi- 
dor con su ayudante; 26 y 27, los que hacían mosaicos de pluma. 

Acerca de las artes ejercitadas por los nahoa podemos asegu- 
rar, que conocían todas las necesarias para satisfacer sus nece- 
sidades y sus gustos. De algunas se forma juicio, por los objetos 
que todavía podemos sujetar á nuestro examen; de las otras» que 

(1) Aoosta, lib. V, cap. XXX. 



r 



349 

no dejaron rastro, habremos de contentamos con los dichos de 
las personas que vieron las obras. La arquitectura está repre- 
sentada en nuestro país por^multitud de ruinas, derramadas de 
Norte á Sur. Estudiadas con atención se descubre, que no corres- 
ponden á la misma época j ni siquiera á la misma civilización. 
Como en su lugar observaremos, la región austral, tomada del 
Palenque á Copan, ningún punto de contacto presenta con el 
arte mexicano; forma un grupo especial, fuertemente diseñado 
c(m loa caracteres de su fisonomía propia. La región central ó 
habitada por las tribus civilizadas, ya presenta ruinas evidente- 
mente de la última época histórica, ya muestra otras que es du- 
doso pertenezcan á las tribus nahoa; las pirámides de Cholollfm 
y de Teotihuacan, el templo ó palacio de Xochicalco, sin duda 
no fueron obra de tolteca, ni de méxica. Los monumentos de la 
región boreal se han atribuido á las naciones establecidas en el 
viUe de Médco; pero tal supuesto no queda autorizado, ni por el 
itinerario seguido por las tribus emigrantes, ni por los caracte- 
res arquitectónicos de los edificios. 

ISegun esto, la arquitctctura había alcanzado un amplio des- 
arrollo y aun pasado por distintas fases, antes que los tolteca 
llegaran á fundar en ToUan la capital de su monarquía. A esta 
nación, la primera que dejo historia porque traía los medios de 
perpetuarla por la escritura, atribuyen los escritores todos los 
inventos útiles, el principio de las ciencias y de las artes. En 
verdad los tolteca son los introductores de la civilización encon- 
trada en Anáhuac por la conquista española; de ellos aprendie- 
iCHi las tribus bárbaras, tal vez los acolhua, y después los méxi- 
ca; pero es muy dudoso, si no completamente falso, que fueran 
ellos los primitivos inventores, que á ellos se deba cuanto aparece 
grande y notable, que antes de ellos nada existiera ni hubiera 
podido existir. La mayoría de los escritores, no hallando solución 
i los problemaa que se les presentan» les resuelven fácilmente, 
poniéndoles á cuenta de aquella addantada nacicm. 

La metrópoli de la monarquía tolteca fué arrasada por la gue- 
na^ y pocos restos se salvaron de la destrucción. En los tiempos 
eereanos á la conquista española, la ciudad primitiva estaba en 
ninas; mas había señales de las muchas obras construidas: "en- 
'tre las cuales dejaron una que está allí, y hoy en dia se ve, aun- 
'^qne no la acabaron, que se llama quetzcMy que son unos pilares 



íí." 



só- 
bele hd hechura do culebra, que tiene la cabeza eu el suelo por 
"pié, y la cola y los cascabeles de ella tienen arriba- Dejaron 
"también una sierra ó un cerro, que los dichos tulteca comenza- 
"ron á hacer y no la acabaron, y los edificios viejos de sus casas, 
"y el encalado parece hoy día: hállause también hoy cosas suyas 
"primorosamente hechas, conviene á saber, pedazos de olla, ó- 
"de barro, vasos, escudillas y ollas: sácanse también de debajo 
"de la tierra joyas y piedras preciosas, como esmeraldas y tur- 
"quesas finas." (1) Actualmente se encuentran en el moderno 
Tula, un bajo relieve, sobre roca dura, representando dos perso- 
najes, con trajes íí manera de los orientales, diversos de los usa- 
dos por los pueblos posteriores: piedras talladas con grecas y 
labores de buen gusto y correcto dibujo; \\a disco sobre el cual 
se descubren los lineamientos rudimentales de la efigie del sol, 
tal cual la representaron después los mexica. Llaman sobré to- 
do la atención las columnas: son las unas pareadas, monolíticas, 
labrado el fuste en dos porciones con una especie de nudos, lle- 
vando la segunda un festón en la parte inferior; el resto del fuste 
es liso, terminando en lo alto por un adorno que se pudiera lla- 
mar el capitel, é inclinadas hacia adelante en la parte inferior: 
tienen el asi^ecto de algunas columnas egipcias. Las otras están 
formadas por trozos; cilindricas, labradas en la superficie de la- 
bores complicadas, bien complrendidas y firmemente ejecutadas, 
ofrecen una notable particularidad; cada trozo termina en la 
cara superior por un cilindro pequeño, central y sólido, mientras 
la base inferior ofrece una perforación cilindrica, del mismo ta- 
maño; embonando sucesivamente uno en otro, daban mayor es- 
tabilidad á la columna. (2) Todo esto prueba que estaban muy 
adelantados en la construcción, aun cuando no podemos señalar 
el género á que su arquitectura pertenecía. 

Entre los nalioa las habitaciones ofrecían grandes diferencias. 
En los mont^fS y campiñas las chozas de la gente infeliz eran de 
ramas ó carrizos, con cubiertas de yerba ó paja. En los pueblos 
las paredes eran de adobes, ó de piedra y lodo, con los techos 
inclinados á una ó dos aguas, de tejamanil, ó de manojos de za- 



(1) Sahaguu. tom. ni, piíg. 106. 

(2) Kuinas de la antigua Tollan. Boletín de la Soc. de Oeog. y Est. tere, época, 
tom. I, pag. 173 ysig. 



351 . 

cate largo y grueso, ó bien de las pencas del maguey puestas 
como tejas. Las casas de los señores y gente principal eran de 
piedra y cal, las paredes repelladas, bruñidas y blanqueadas; los 
suelos también lisos e iguales; de azotea sostenida sobre vigas 
de fuertes maderas, encalada la superficie superior para impedir, 
la entrada al agua. En México, á causa de la poca estabilidad 
del terreno, se afirmaban los cimientos sobre estacadas hechas 
en jbI suelo, y para defenderse de la humedad levantaban lo sufi- 
ciente los pisos con materiales secos ó interponiendo un espacio 
libre, como todavia hoy se practica. Por temor lí los terremotos 
las viviendas en lo general tenían un solo piso, y en los grandes 
palacios no pasaban de dos. El plano general podría trazarse 
por un paralelógramo, á cuyo rededor estaban las piezas comu- 
nicadas unas con otras, según las necesidades del propietario; 
había huertas y jardines, un oratorio cü/anhccdli :hskño, femazccdli, 
y un granero para las provisiones. (1) 

'^abía y hay todavía en esta ciudad muy hermosas y muy 
buenas casas de señores, tan grandes y con tantas estancias, 
aposentos y jardines, arriba y abajo, que era cosa maravillosa de 
ver. Yo entre más de cuatro veces en una casa del señor princi- 
psíl, sin más fin que el de verla, y siempre andaba yo tanto que 
me cansaba, de modo que nunca llegué á verla toda. Era cos- 
tumbre que á \a, entrada de todas las casas de los señores hubiese 
gradísimas salas y estancias al rededor de un gran patio; pero 
allí había una sala tan grande, que cabían en ella con toda como- 
didad más de tres mil personas. Y era tanta su extensión, que 
en el piso de arriba había un terrado donde treinta homdres á 
caballo pudieran correr cañas como en una plaza." (2) Esto, que 
parecería hipérbole, está confirmado plenamente: en el palacio 
en que fueron alojados los castellanos, la pjrimera vez que á la 
ciudad penetraron, cupieron cómodamente los quinientos expe- 
dicionarios, sus dos mil aliados y servidumbre, y después Mote- 
cuhizoma con su séquito. 

lios grandes palacios remataban en almenas ó figuras; tenía 
comisas y otros adornos arquitectónicos, y sabían fabricaa cier- 
ta especie de arcos y bóvedas, aun cuando Torquemada afirma 

(1^ Torquemada, lib. III, cap. V y XXIII. Mendieta, lib. II, cap. XXIII. Clavi- 
gero, tom. I, pág. 376. 
(2) Ck>iiqTiÍ8tador anónimo, en Icazbalceta, tom. I, pág. 395. 



352 

lo contrario; decoraban los muros con piedras labradas, y "en 
tomo de las puertas y ventanas, á manera de lazos, y en algunos 
edificios había una gran sierpe de piedra, en actitud de morder- 
se la cola, después de haber girado el cuerpo en torno de todas 
las ventanas da la casa." (1) En México se empleaba comxmmen- 
te por piedra de construcción el tetzontliy y no les eran extraños 
el jaspe y el teccdli, del cual dicen usaron alguna vez en láminas 
delgadas como de vidrieras. Los muros eran verticales: refiere 
Clavigero (loco cit.), que algunos pensaron que los méxiea, á se- 
mejanza de los mixteca, levantaban las paredes sosteniéndolas 
por montones de tierra laterales; esto le parece falso. En efecto, 
aun cuando no nos ocurra una autoridad directa, encontramos 
pasajes en que se traslucen los andamios: el hilo á plomo es un 
descubrimiento dejlosjmás sencillos y primitivos. 

Gran lujo de decoración desplegaban los méxica en sus (eocor 
lli. Las capillas del templo mayor: "Son tan bien labradas, así 
'*de cantería, como de madera, que no pueden ser mejor hech^, 
''ni labradas en ninguna parte, porque toda la cantería de dentro 
"de las capillas donde tienen los ídolos, es de imaginería y za- 
"quizamíes: y el maderamiento es to4p de masonería, y muy pin- 
"tados de cosas de monstruos, y otras figuras y labores. Todas 
"estas torres son enterramientos de señores: y las capillas que 
"en ellas tienen, son dedicadas cada una á su ídolo á que tienen 
"devoción." "Hay tres salas dentro de esta gran mezquita, don- 
"de están los principales ídolos, de maravillosa grandeva 7 altn- 
*'ra y de muchas labores y figuras esculpidas, así en la cantería 
"como en el maderamiento." (2) 

Adelantados estaban los méxioa en arquitectura, como se ad- 
vierte por estas descripciones; pero indudablemente no tan ade- 
lantados como algunas de las naciones que les precedieron. No 
dejaron un templo como el de Xochicalco, ni palacios como los 
de Mictlan, ni grandes edificios como los del Palenque, TJxmal 
ó Chichen Itzá. 

"Se entra á ella (la ciudad de México) por tres calzadas altas, 
"de piedi*a y tierra, siendo el ancho de cada una de treinta pasos 
"ó más: una de ellas corre por más de dos leguas de agua hasta 



(1) Clavigero, tom. I, pág. 377. 

(2) Cartas de Oortc%, en Lorenzana, pág. 106. 



363 

'llegar á la ciudad, y la otra por legua y media. Estas dos cal- 
''zadas atraviesan el lago y entran á lo poblado, en cuyo centro 
'Vienen á reunirse, de modo que en realidad son una sola. La 
"otra corre como un cuarto de legua, de la tierra firme á la ciu- 
"dad, y por ella viene de .tres cuartos de legua de distancia, un 
"caño ó arroyo de agua dulce y muy buena. El golpe de agua es 
*iúás grueso que el cuerpo de un liombre> y llega hasta el cen- 
'Hro de la población: de ella beben todos los vecinos. Nace al 
''pié de un cerro donde forma una fuente grande, de la cual la 
"trajeron á la ciudali." (1) Estas obras hidráulicas tenían su im- 
portancia; construidas sobre los lagos, á veces en partes profun- 
das, estaban sostenidas por estacadas firmes, piedra y arena, con 
la superficie plana como la de la mejor calzada europea: corta- 
das por anchos y profundos fosos, que así servían para defensa 
de la ciudad, como de tránsito á las canoas ocupadas en el tráfi- 
co. Dé mucho mayor mérito era el dique construido para defen- 
der á México de las inundaciones; obra colosal que aun subsiste 
en nuestros dias, bien que muy menguada. 

Había caminos públicos que reunían entre sí las poblaciones; 
aunque no siempre demandaban grandes obras, pues estaban 
destinados á viajeros de á pié, la autoridad pública cuidaba ^de . 
ellos, haciéndolos reparar en la estación seca. Pasábanse los rios 
por medio de balsas, canoas, maromas ó puentes colgantes for- 
mados de fuertes y gruesos bejucos, unidos por atravesaños de 
madera y suspendidos á los árboles de ambas riberas: los puen- 
tes de mampostería eran pocos y sobre las corrientes pequeñas. 

lia arquitectura militar estaba en consonancia con la fuerza de 
las armas empleadas. Coi^istía en murallas de piedra seca, de 
ramas y tierra, de adobes ó de piedra y mezcla, con su parapeto 
7 foso: generalmente las puertas de entrada eran dos curvas 
concéntricas. Las ciudades de importancia tenían á veces dos ó 
más recintos fortificados, por otras tantas murallas, completando 
la defensa interior los teocalli y sus patios cercados. En las for- 
tificaciones cuyas ruinas subsisten todavía, se observa que las 
I cortinas siguen el perímetro del lugar, sin atender en apariencia 

Fra circunstancia; en algunas, sin embargo, se descubre cierto 
dio topográfico, y que los obstáculos están aglomerados en 

(1) Conquistador andnimO; en loazbalceta, tom. I, pág. 891. 

• 45 






te 



354 

los sitios más débiles. Formaban también baluartes ó rednctos, 
como el fuerte nombrado Xoloc en las calzadas de México. ^'E asi 
"seguí la diclia calzada, dice D. Hernando Cortés, y á media le- 
ngua antes de llegar al cuerpo de la ciudad de Temixtitan, á la 
"entrada de otra calzada que viene á dar de la tierra firme á esta 
"otra, está un muy fuerte baluarte con dos torres, cercado de 
muro de dos estados, con su pretil almenado por toda la cerca, 
que toma por ambas calzadas, y no tiene mas de dos puertas, 
"^una por do entran y otra por do salen." (1) 

En el ataque de aquellas plazas fortifícíitias, ponían flecheros 
y honderos á desalojar de lejos á los defensores de los muros, 
mientras los asaltantes arrimaban las escalas; formaban con grue- 
sas tablas un ingenio semejante al de la tortuga romana, á fin de 
acercarse á la muralla para abrir la brecha, colmando antes los 
fosos con fagina; sabían también, en los terrenos á propósito, 
abrir minas para penetrar al interior por debajo de las m'urallas. 
En la defensa, conocían las abatidas de piedras, ramas ó árboles; 
defendían el asalto á los muros, ademas de con sus anñas, arro- 
jando sobre el contrario, grandes piedras, gruesas vigas y cuanto 
pudiera ofender. Su empleo era la guerra, y la habían estudiado 
hasta donde sus necesidades alcanzaban. 

Pasando á la escultura, los grandes trozos esculpidos que nos 
quedan no pueden servir para formar acertado juicio acerca de 
la aptitud de los artífices méxica, pues por lo general son bultos 
mitológicos, en que los atributos alegóricos y simbólicos predo- 
minan, presentándose á nuestra vista como deformes é inartís- 
ticos. Sin embargo, se encuentran objetos que revelan gran ade- 
lantamiento 9n e^ arte. La estatua sentada, en el Museo Nacional, 
si está lejos de sostener un paralelo con las obras griegas y 
romanas, ofrece lincamientos firmes, toques vigorosos, buen co- 
nocimiento de la anatomía humana, una cabeza de piedra dura, 
en aquel mismo lugar, está atacada por mano diestra. Las más- 
caras de obsidiana son notables por.la perfección del contomo; 
algunas figurillas de barro poco dejan que desear en cuanto al 
modelado puro y artístico; una máscara de madera es primorosa, 
bajo el aspecto de la expresión del dibujo. 

El estatuario no tenía elementos para llegar á la pesfeccioii; 

(1) Cartas en Lorenzana, pág. 78. 



356 

laltabale el estudio de las ropas eu trajes vistosos y galaixoSi y 
£08 creencias religiosas no le permitían ejercitarse en. el cuerpo 
desnudo^ pues los dioses no se complacían en mostrar sus belle- 
zas plásticas. Pero en cambio, el escultor y el picapedrero su- 
bieron á un punto que nos parece admirable; admirable,, 9Í, 
porque sus relieves en piedras duras son bien acabados, y no 
debe ponerse en olvido qne carecían de instmmentos de hierro. 
Se les objeta el recargo de adornos fsiptásticos; mas esta es cuea- 
tion de gustos, de usos y de creencias. Este sentir no es splp 
imestro. "El que pudiere podrá ver dos fígura§ liechas á lo arfti- 
"guo, en el bosque de Ohapultepec, que son retratos de dos re- 
"yes mexicanos, las cuales están esculpidas en dos piedras duras, 
'acidas en el mismo cerro, la una de muy crecida estatura y la 
"otra no tanto; pero tan enriquecidas de labor de armas y plif- 
"mas á su usanza, que parecen más labradas de cera que de la 
^^materia que son, tan lisas y limpias que no parecen hechas á 
^*mano." (1) "Y no le parezca á V. A. fabuloso lo que digo, pues 
^'es verdad que todas las cosas criadas, así en la tierra x^omo en 
"la mar, de que el dicho Muteczuma pudiese tener conocimiento, 
^'tenía contrahechas muy al natural, así de oro y plata, como de 
'odrería y de plumas, en tanta perfección que casi ellas mismas 
^'parecían.'* (2) Alaban estas palabras no sólo á los plateros y 
fandidores, sino también á los modeladores y oficiales de mosai- 
-co, cuyos trabajos descansaban en la escultura y la pintura. 

Para las obras que llevamos enunciadas eran precisos oficiales 
iJbañiles, arquitectos, ingenieros, escultores, estatuarios, pica- 
pedreros^ carpinteros, entalladores, plateros, fundidores, joyeros, 
l&pidaarios, pintores decoradores, formadores de mpsaico de plu- 
loa: del pintor hablaremos en su lugar, y proseguimos la enume- 
ración de las, otras artes y oficios. 

Bespecto de las telas producidas por los tejedores, era^ de 
algodón, de algodón con plumas ó pelo de conejo, ó de pita u 
otros n;iateriales. "Unas eran gruesas como angeo ó brin; otras 
delga^s y tupidas como rúan, y otras más delgadas á manera 
de toca, y muchas como amaizales moriscos; eran finalmente como 
las querían." (3) "Demás de esto me dio ^1 dicho Muteczuma 

(1) Torqnemada, lib. XIII, cap. XXXIV. 

(2) Cortés, cartas en Lorenzana, pág. 99. 
(8) Torqueznada, tom. n, pág. 488. 



356 

mttclia ropa de la miya, que era tal, qne considerada ser toda de 
algodón y sin seda, en todo el mundo no se podía hacer ni tejer 
otra tal, ni de tantas ni tan diversas y naturales colores ni labo- 
res, en que liabía ropas de hombres y de mujeres muy maravi- 
llosas, y había paramentosjpara camas, que Hechos de seda no 
Ae podían, comparar: é había otros paños como de tapicería que 
"podían servir en salas y en iglesias: había colchas y cobe^res 
de camas, así de pluma como de algodón, de diversos colóreS) 
asimismo muy maravillosas; y otras muchas cosas, que por ser 
tantaá y tales, no lasjsé significar á V. M.*' (1) 

Los alfareros conocían el tomo. Los trastos comunes no te- 
nían vidriado, pues éste le aprendieron después, de los espaiíoles. 
Los vasos finos son de elegantes formas, con una especie de bar- 
niz de un ocre rojo, sobre el cual se ven pinturas de objetos 
simbólicos ó simplemente decorativos. A veces están labrados 
como en relieve, por medio dé patrones de barro cocido, de los 
cuales quedan algunos,^curvos en el frente y con una agarradera 
para manejarlos. [También hay utensilios representando figuras 
grotescas, animales, ó combinaciones caprichosas. Tenemos tres 
vasos procedentes de sepulcros en CholoUan, primorosos por los 
símbolos de los dias del mes que tienen pintados; pinturas de 
tanta firmeza, que á pesar de haber estado bajo tierra, sin duda 
más de cuatro siglos, se conservan frescas como el primer dia. 

Los zapateros hacían los cactli ó sandalias de la pita d^l ma- 
guey; para los principales iban forrados con algodón, y los muy 
finos eran pintados y dorados. Los curtidores adobaban los cue- 
TOB del venado, del tigre y de otros animales, con ó sin el pelo, 
de diversos colores, y tan blandos que parecían tela: prepará- 
banlos también para la escritura. Tenemos indicados ya, los fa- 
bricantes de esteras, de xicalli, de objetos de obsidiana, &c. (2) 

Terminando con la lám. 71 del Cód. Mendocino, dé la persona 
representada en el náméro 21, dice el intérprete que es, **vicioso 
de mala lengua y chismoso." Puede ser, mas á nuestra cuenta es 
el petimetre mexicano; indícanlo el traje cuidado, y las ore- 
jas que le sirven de nombre, radical de los verbos nacazicteca, 
echarse de lado, ai!X)marse á mirar algo, ó nacadüay mirar á otro 

(1) Cartas de Cortóg en Lorenzana, pág, 99-100. 

(2) Para las diversas artes entre los mézica, véase Torquemada, lib, XüJ,,c»oM^ 
lo XXXIV. Mendieta, Hb. IV, cap. XIL . ' 



/ 



367 

coQ: afición. Jóvem baldio que se ooatonea» mira & 1m mTijeins^ coa 
deaoaro, y ea ocioso, parlador y de xoalas costumbrea. I40S Ha- 
rneros 28 y 29 motejan el vicio de la embriaguez. Hombre y mii- 
jfr toman el ocüi, de cuyo uso inmoderado se^signe el aban^oi^Q 
4e todo, cual lo indican el arca abierta, el maíz derramado así 
como los frijoles y la cbia, el cántaro volcado^UeTafinalmeAteal 
robo y I4 muerte marcados por el num. 30. 

En seguimiento de nuestro guía bemos divagado por donde 
nofi condujo; abandonados abora á nuestra voluntad, terx^ina^e- 
mos este capítulo dando idea de la medicina de los naboa. Po^ 
Hernando Cortes, haciendo la descripción del mercado de Mé- 
xico, dice: "Hay calle de arbolarios (Jonde h^y todas. las raíca^ 
"7 yerbas medicij^ales, que en la tierra se hallaiL Hay casas co* 
'^o de boticarios don/le se venden las medicinas hechas, así 
'atables, como ungüentos y emplastos." (1) Bn efecto, los nahoa^ 
Ba^bau principalme¡Qte sus medicinas del reino vegi^tal, bien qvL^ 
entre sus remedios se contaran mucbocí de los reinos animal y 
mineral, A^uella,s drogas se ministraban en forma de infusioixefi( 
j cocimientos de las hojas ó raices^ gomas y resinas en lamedo- 
íes y polvos; cpinidas las carnes de algunos animales; triturado» 
los huesos ó las piedras: tenían también emplastos, ungüentos y 
aceites. En lo relativo ala cirují a, sabían curar acertadamente 
las heridas, componer los miembros dialocados, y sangrar con 
púas de maguey ó lancetas de üztlu 

Los bárbaros chichimeqf no conocían ni aplicaban medicina 
a]|guQa; si .alguien enfermaba, y á los tres ó cuatro dias no sana-^ 
ba» juntábanse los parientes en acuerdo, acabando por meter una 
flecha por la hoya de la garganta al paciente; "y los que ya eran 
^uy viejos ó viejas, los mataban así mismo con flechas, dicien- 
^'do que con aquello les despenaban, porque ya no penasen más 
"en el mundo, y porque no tuviesen ya lástima de ellos, y los 
"enterraban con muy gran regocijo, y les duraban las fiestas del 
"entierro dos ó tres dias con gran baile y canta" (2) Se atribuya 
á los tolteea la enseñanza de los primeros preceptos médicos; de 
aquella nación se trasmitieron á los pueblos nahoa, formándose 
al csk\)Q un. cuerpo de dqc trina fundado en la experiencia y laob-, 

(1) Oarlaft en Lorenzana, pág. 103. 

(2) P. Sáhagun, tom. III, pág. 119. 






358 

Beryacion. Algunos individuos se dedicaban á la profesión mé- 
dica, y oomo generalmente el hijo seguía el ejercicio del padre, 
la ciencia adquirida no se malograba, y aun acrecía durante los 
siglos por medio de las herencias repetidas. Toda la gente del 
campo conocía ademas las yirtudes de las yerbas, ya que estaban 
obligadas á buscarlas para mantenerse 6 curarse. (1) 

Nos figuramos que la ciencia médica no se sostenía por sólo 
la tradición oral, sino que había escritos algunos tratados. Si 
ésto no parece verdadero, sí lo es que en las grandes ciudades 
como México, Texcoco, Tlaxcalla, Oholollan y otras, había hos- 
pitales donde acudían los menesterosos á ser curados áfi sus 
dolencias. (2) De los medicamentos mexicanos algunos aprove- 
chó la Europa, como el liquidámbar, el copal, algunos bálsamos, 
la zarzaparrilla, la purga de Jalapa, &c,; mas, en nuestro humil- 
de concepto, nuestros médicos no han sabido sacar todas las 
ventajas que pudiera proporcionar la ciencia nahoa. Ésta no se 
perdió con la conquista. Felipe II envió á la colonia & su médi- 
co el Dr. Francisco Hernández, quien después de muchos años 
dé estudio, consultando á los herbolarios y médicos indios, pro- 
dujo una obra acerca de los productos naturales de nuestro país, 
en 24 libros y 11 tomos de láminas. Pareciendo muy volumino- 
sa, fué mandada compendiar al médico italiano el Dr. Nardo 
Antonio Becco, quien en efecto la redujo, bajo la revisión del 
Dr. Valle. Una^copia de este manuscrito llego á México y fué 
á parar á manos del religioso dominico Fr. Francisco Ximenez; 
aprovecháronle en sus escritos él Dr. Fr. Agustin Farfan, Juan 
de Barrios, Alonso López de Hinojoso y otros, hasta que com- 
pleto vio, por fin, la luz pública en México, (3) ano 1615. El tra- 

• 

(1) Torquemada, lib. XTV, cap. XIV. 

(2) Torquemada,aib. VHI, cap. XX. 

(8) Qvatro libros de la Katyraleza, y virtvdes de las plantas, y animales que están 
Moetüdos en el yso de Medicina en la Kueaa España, y la Methodo, y correocion, y 
peaparación, qae para adminisiTalIaa, se requiere con lo que el Doctor FranoÍBeo 
Hernández escriuló en .^lengua Ijatina. Muy vtíl para todo género da gente q., yine 
en estancias y pueblos, do no ay Médicos, ni Botica. Traduzido, y aumentados mu- 
chos simples, y Compuestos y otros muchos secretos curativos, por Fr. Francisco 
IQmenez, hijo idel oonuento de S. Domingo de Méxioo, Natural de la Villa de lüms 
del Beyno de Aragón. A Nro B. P. Maestro Fr. Hernando Basan, Prior Protiiiicial 
de la Prouinoia de Sactiago de Mezico,^de la Orden délos Predicadores, y C^athedrá- 
tfeo lubilado de Theologia en la Yniuersidad Beal, £n México, en casa de la Viuda 
de Diego López Daualos. 1615. £n4p 



/ 



359 

tuyo del Dr. Hernández se publico en Boma, 1651, nn tomo folio, 
y es Madrid, 1790, 3 vol. en 4" mr. Queda más por consultar en 
este ramo,«8Í bien se nota estar confundida la verdad de la ob- 
servación con recetas empíricas y noticias vulgares. (1) 

Los médicos aplicaban la verdadera ciencia, .mezclándola con 
prácticas supersticiosas; invocaban á los númenes, pronuncia- 
ban palabras cabalísticas, hacían conjuros; apretaban los miem- 
hros dolientes para extraer el mal, soplaban para ahuyentarlo; y 
uniendo ademas la superchería, chupaban el lugar enfermo afir- 
mando que así sacaban el dolor, en señal de lo cual se extraían 
de la boca espinas, huesos pequeños ó pedacillos de carbón, di- 
ciendo ser aquello lo que causaba la molestia. Creíalo la gente 
ruda, y con tales procedimientos se pensaban mejorados. (2) 
Estos curanderos, que se nombraban teüacuüiquey sacaban gusa- 
nillos de la boca y los ojos, y pedrezuelas de las demás partas 
del cuerpo. Había también adivinos que echaban suertes para 
aogurao: el termino de las enfermedades. Tomaban un puñado, 
de maíces gruesos, y revolviéndolos como dados los tiraban sie- 
te ú ocho veces: si algún grano quedaba enhiesto señal era que 
el enfermo moriría. Tenían un manojo de cuerdas atadas de 
cierta manera, que llamaban mecaÜapouJique; lanzándolo al suelo, 
si las cuerdas quedaban retorcidas ó revueltas señal era de muer- 
te^ mas si una ó muchas quedaban extendida» augurio era de vi- 
da, pues el paciente comenzaba á estirar manos ó pies. Si alguno 
enfermaba de calenturas recias, hacían un perrillo de masa de 
maíz, le pcHiían sobre una penca de maguey y de mañana le co- 
locaban á la orilla del camino; el primero quo«por allí pasara se 
llevaría la enfermedad en los zancajos. Era mal agüero el tem- 
Uar de los párpados y el mucho pestañear. (3) 

Las mujeres practicaban la medicina; exclusivamente estaban 
encargadas de las dolencias de las mujeres grávidas, y presidían 
i la hora del alumbramiento. Ya hemos dicho cómo procedían 
en estos casos, (4) 

(1) P. Sahagon, de las yeibas medioinalds, toxn. d, pá^. 249.81; de las piedras 
medicinaleB, tom. 3, pág. 284-87, «fcc 

p) Torquemada, lib. XHI, cap. XXXV. 

(^) Hendieta^ líb. H, cap. XtX; P. BahaguB, tom. 1, pág. 6; Motolüiia, en Icaz- 
tówta, pág. 130. 

(4) Sahagun tom. 2, pág. 184-5. 



j 



360 

BanábaDse frecuentemente en agua fri% así por gusto ó liigis*- 
ne, como por ciertos preceptos religiosos; no desconocían el nao 
de las aguas termales. Pero el baño característico de los naboa 
era el de vapor, llamado temazcaüi. "El tetnazcalU ó hipoeausto 
mexicano, se fabrica por lo común de ladrillos crudos. Su forma 
es muy semejante á la de los hornos de pan, pero con la diferen- 
cia que el pavimento del temazcalli es algo convexo y más bajo 
que la superficie del suelo, en lugar que el de nuestros hornos es 
llano y elevado, para mayor comodidad del panadero. Su mayor 
diámetro es de cerca de ocho pies, y su mayor elevación de seis. 
Su entrada, semejante también á la boca de un homo, tiene la 
altura suficiente para que un hombre entre de rodillas. En la 
parte opuesta & la entrada hay un hornillo de piedra ó ladrillos, 
con la boca hacia la parte exterior, y con un agujero en la supe- 
rior, para dar salida al humo. La parte en que el hornillo se une 
al hipocausto, la cual tiene dos pies y medio en cuadro, está ce- 
rrada con piedra seca de tetzonili, ó con otra no menos porosa 
que ella. En la parte superior de la bóveda, hay otro agujero 
como el de la hornilla. Tal es la estructura común del temai^ 
calli; pero hay otros que no tienen bóveda ni hornilla, y que se 
reducen á unas pequeñas piezas' cuadrilongas, bien cubiertas y 
defendidas del aire. 

''Lo primero que se hace antes de bañarse es poner dentro 
del temazcalli una estera, en lugar de la cual los españoles po- 
nen un colchón para más comodidad, un jarro de agua, y unas 
yerbas ú hojas de maíz. Después se hace fuego en el hornillo^ 
y se conserva encendido hasta que estén hechas ascua las pie- 
dras de que he hecho mención. El que quiere bañarse entra or- 
dinariamente desnudo, sélo 6 acompañado de un sirviente, si su 
enfermedad lo exije ó así le acomoda. Inmediatamente cierra la 
entrada, dejando un poco abierto el agujero superior, á fin de 
que salga el humo que puede introducirse del hornillo, y cuan- 
do ha salido todo, lo cierra también. Entonces empieza á echar 
agua en la piedra encendida, de la que se alza un denso vapor, 
que va á ocupar la parte superior del temazcalli. Echase en se- 
guida en la estera, y si tiene consigo un sirviente, ¿ste atrae ha- 
cia abajo el vapor con las yerbas ó con el maíz, y con las mismas 
mojadas en el agua del jarro, quQ ya está tibia, gol^toa al exdex- 
mo en todo el cuerpo y sobre todo, en la parte dolorida. Jume- 



361 

dtttamente se presenta un sudor copioso y suave, que se au- 
menta ó disminuye según conviene. Conseguida la deseada eva- 
eaaoion se deja salir el vapor, se abre la puertecilla, y se viste 
el enfermo; ó si no, bien cubierto lo llevan sobre la estera ó so- 
bre el colchón á una pieza inmediata, pues siempre hay alguna, 
habitación en las cercanías del baño." (1) 



t' 



U) €bmgero, tom. 1, pág. 988-9. Sahftnim, totn. 3, pág. 236-7. 

46 



L 



CAPÍTULO VIL 

Organización éodál, —La triple aUanuL-^Otterra florida.'— Orden de ntcesüm.-^ 
Elección. — Undon 'y penitencia.— Proólatnaeion. — Coronación. — Jíobleea.^TlO" 
toani.-'Calpum.'-Tecpantlalli.^PiUaüL'-'Milckifnam.'-TeoUalpan.^ 
lW6plede¡/08.—AffrieuUura.'-Jardinería. — Bosgtm.— Chinampas.^ AcalU í bar* 
cae, — Muebles ¡/{Utimbrado.'-Fieonomia — Deformación del cráneo. — Oorcovadoty 
enanoe,— Jahon, — Cremación. — Posición del cadáver. — Funerales de I09 reyes $ 
señores. 

LA organización social de los pueblos del valle había pasado 
por varias modificaciones, antes de alcanzar la forma en que 
la encontró la conquista española; de las transformaciones snoe- 
sivas da cuenta la. historia, 7 aquí sólo nos ocuparemos en diseñar 
el estado que tenían las principales monarquías. Los méxica, al 
principio de su peregrinación, eran conducidos por sus sacer- 
dotes, quienes compartieron después el mando con jefes guerre- 
ros; metidos en la isla del lago y después de fundado México, 
cambiaron su gobierno oligárquico por el monárquico, eligiendo 
BU primer rey.3 Durante este período fueron esclavos de los te- 
paneca de Azcapotzalco, y tiempo hubo en que tuvieron que con- 
tentar los caprichos más despóticos de su tirano. Hacia enton- 
ces, los aculhua, en cuya civilización habían venido á fundirse 
los bárbaros chichimeca, vieron asesinar á su rey, y usurpar la 
corona al mismo señor de Azcapotzalco. El cuarto rey de Méxi- 
co, Itzcoatl, por sacudir el yugo, y el legítimo heredero de Acol- 
huacan, Nezahualcoyotl, por recobrar el trono de sus padres, se 
pusieron en armas, se confederaron, y sus esfuerzos fueron tan 



i 



363 

frcctuosos, que lograron dejar libre á Tenochtitlan y reconstruir 
h monarquía de Texcoco. Los monarcas yictoriosos destruye- 
ron el reino de Azcapotzalco; mas para no dejar sin representa- 
ción á la tribu tepaneca, erigieron una nueva monarquía, cuya 
capital Tlac(^an le dio nombre. Los tres príncipes se confeder 
raron, ligando sus intereses así en la paz como en la guerra, que- 
dando establecida la triple alianza de México, Texcoco y Tlaco- 
pan, todavía en pié en los últimos tiempos. 

Al formarse la confederación, Tlacopan quedó subordinado á 
sus colegas, ya porque les debía la existencia, ya porque pesaba 
poco sü poderío; y siempre permaneció relegada al último lu- 
gar. Sin duda alguna que Nezahualcoyotl pudo declararse el 
primero en la liga, por^ser dueño de un extenso señorío, porque 
sin su socorro los méxica hubieran sido aniquilados, y porque 
é&loñ estaban entonces reducidos á sólo su ciudad; pero prefirió 
tratar como iguales á sus protegidos, quedando para en adelan- 
te establecido, que los despojos de las conquistas se repartirían, 
dando un quinto á Tlacopan, llevando el resto por partes igua- 
les México y Texcoco. (1) Poco después se hizo t^quel pacto de 
la guerra sagrada ó florida ó de los enemigos de casa, instituida 
para tener siempre víctimas frescas que ofrecer á los dioses; ex- 
traño y particular concierto al que debieron la existencia políti- 
ca la llamada república de Tlaxcalla, y los pequeños señoríos de 
CholoUan y de Huexotzinco. • 

Itzcoatl fué un rey político y guerrero; Nezahualcoyotl filóso- 
fo y organizador. V A cargo de aquel quedó la ^dirección de las 
cosas de la guerra; éste se dedicó al arreglo interior: uno repre- 
sentaba la conquista, el otro la paz. Tal vez por estas diversas 
condiciones, desde que los méxica se pusieron á guerrear en la 
tierra firme; todos los señoríos vencidos con los contingentes de 
la triple alianza, quedaron bajo el dominio deJMEéxico; y sucedió 
esto mismo sin variación durante la serie de señores políticos 
y batalladores [que reinaron en Tenochtitlan, mientras en Tex- 
coco sólo gobernaron Nezahualcoyotl y su hijo Nezahualpilli, 
ambos filósofos y amigos de la civilización. Así fué que, mién- 

0iy Eeta dhídlon por qointas partes parece ser la Terdadera, no obstante las opi- 
nkniies emitidas por algunos autores. Seguimos á Zorita, Breve y sumaria relación; 
mas consiütense Ixtlilxochitl, hist chichim. cap. 82, MS. Yeytia, tom. 8, póg. 164; 
TToorqnemada, lib. II, cap. XL, &a 



, 364 

tras México creció y creció hasta tomar proporciones colosales, 
Texcoco quedó encerrado en sus antiguos límites, si no los vio 
menguados por las pretensiones de su colega; entonces se mar- 
có claramente la preponderancia de los mexica en la parte gae* 
rrera, quedando á los acolhua la palma de la instrucción: por 
eso se ha dicho, que México era la Boma, Texcoco la Atenas de 
Anáhuac. 

A medida que los reyes mexica acrecían su poderío, perdían 
BUS costumbres primitivas y sencillas, adoptando otras mis re* 
finadas, que por grados los iban conduciendo al despotismo. Al 
subir al trono Motecuhzoma H, todo cambió por completo; la 
monarquía estaba en el pináculo de su gloria; Su fuerza no ha- 
llaba resistencia seria en parte alguna, y el monarca, orgulloso 
y tirano por temperamento, se hizo no sólo respetar como señor, 
sino adorar como dios. En Texcoco se empañaba el antiguo lus<' 
fre; Cacama carecía de los tamaños de sus aniecesores; brotó la 
división en la familia real por motivo de la sucesión; el rey acul- 
hua subió al trono pof la ayuda que lé prestó el mexica, notán- 
dose que la importancia de Texcoco se amenguaba, y que las 
pretensiones de Motecuhzoma se convertían en exigencias. 

Para fijar el orden de sucesión en las monarquías de la triple 
alianza, no nos atengamos tanto alo que los autores dicen, cuan- 
to á lo que en realidad pasó. Eü México, Acamapictlí fue elegi- 
do primer rey; le sucedió su hijo Huitzilihuitl, y á éste sus her- 
manos. Chimalpopoca legítimo, é Itzcoatl bastardo por ser h^o 
de una esclava. Siguió Motecuhzoma Ilhuicamina, hijo de Hui- 
zzilihuitl, quien murió sin sucesión masculina; mas teniendo una 
hija, los descendientes de ésta ocuparon el trono, y fueron A:xa- 
yacatl, Tizoc y Ahuitzotl. Motecuhzoma 11 fué hijo de Axayacatl, 
así como su hermano Cüitlahuac que le sucedió; por último, 
Cuauhtemoc fué hijo de AhuitzotL Conforme á ésto, la verdade- 
ra regla es la siguiente: ^'fué costumbre de estos mexicanos en 
'las elecciones que hacían, que fuesen reinando sucesivamente 
"los hermanos unos después de otros, y acabando de reinar el 
"ultimo, entraba en su lugar el hijo del hermano mayor que pri- 
"mero había reinado, que era sobrino de los otros reyes, qué i 
''su padre había sucedida" (1) En Texcoco y Tlacop^a la suoe- 

(1") Torquemada, Jib. II, cap. XYIIL Clavigero, tom. 1, pág. $08. 

' É 



w 



365 



áon tuvo lugar rigorosamente de padres á hijos; mas como los 
reyes tenían multitud de miyeres, el heredero al trono no era 
el primogénito de aquellas uniones, sino el hijo mayor legítimo, 
reptrtado por tal el habido en la esposa legítima ó principal, que 
en Texcoco era siempre una señora de la casa de México. 

Juan Bautista Pomar, en su relación manuscrita de Texcoco, 
pone cosa diversa de lo arriba asentado. Tenemos á Pomar co- 
mo grande autoridad acerca de lo que de su patria escribe; mas 
én este punto no le creemos; así porque va contra la evidencia 
liistorica, como porque acerca de ello desfiguró & sabiendas los 
hechos. En la época en que escribía, 1582, andaba pretendiendo 
la gobernación de Texcoco, como descendiente que era de la ca-^ 
sa real, aunque en línea bastarda, y para apoyar sus pretensio- 
nes puso lo que le convenía. (1) 

En México la elevación al trono teíiía cierta forma electiva; 
aunque estaba determinada y admitida la orden precisa de suce- 
rion, los electores tenían la facultad de escoger entre los candi- 
datos, á quien les parecía más idóneo; por eso Axayacatl reinó 
primero qué su hermano mayor, y Motecuhzoma II fué preferido 
á su primogénito. Hecha la elección, la confirmaban los reyes 
de i^lacopan y de Texcoco en uso de su prerogativa. (2) 

Beuníanse á la eleccioi;i los cuatro electores nombrados, dichos 
tecutlatoqiie, los ancianos llamados dchcacaiihtlv, los soldados vie- 
jos yahuiquihuaqne, y los principales tlamacazque ó papalinaque: 
juntos conferenciaban hasta ponerse de acuerdo acerca de la 
persona. El electo debía ser valiente, ejercitado en las cosas de 
la guerra; prudente y sabio, criado en el Calmecac; g[ue no be- 
biese octliy justo y amigo de los dioses: junto con él nombraban 
cuatro consejeros que le ayudasen á entender en los negocios 
graves del reino. (3) Conocido el resultado de la junta, ratifica- 
do el voto por los reyes aliados, éstos hacían al nombrado un 
rico presente, acudiendo a la capital con el mismo objeto, todos 
los señores de los pueblos amigos ó sometidos. 

Para la unción del nuevo rey, se escogía cuidadosamente un 
dia fausto, según las reglas de su arte adivinatoria. Llegado el 



(1) Torqnemftda, lib. XI, cap. XXVII. 

(2) Zorita, breve y Bumaría relación, MS. 
(8) Bahagan, tom. 2, pág. 318. 



366 

plazo, los señores vestidos con sus insignias, presidiendo los re- 
yes de Texcoco y Tlaeopan por delante, tomaban al electo, qm 
iba desnudo cubierto solo con el maxtlatl, y le conducían al 
templo de Huitzilopochtli; iban en silencio, y llegados á la es- 
calera del teocalli, dos caballeros tomaban por los brazos al 
monarca, subiendo las gradas arriba, donde esperaba el sacer- 
dote mayor, acompañado de los ministros principales. Todos 
hacían la reverencia al dios, tomando polvo de la tierra con el 
dedo mayor de la mano derecha, llevándolo á la boca. El pon- 
tífice teñía de negro el cuerpo del rey, quien se ponía en la pos- 
tura humilde á su usanza, que era en cuclillas; con un hisopo 
de ramas de cedro, sauce, y hojas de caña, le rociaba cuatro ve- 
ces con la agua consagrada, (1) dirigiéndole después un breve 
saludo. Vestíanle después el traje con que los sacerdotes ofre- 
cían el incienso; el xiooUi verde á manera de huipilli de mu- 
jer, pintado con cráneos y huesos, sobre la cara un lienzo verde 
con las mismas pinturas, y sobre la cabeza una igual negra; al 
cuello unas correas coloradas con unas insignias á las puntas; á 
la espalda la calabaza con picietl, terminada en borlas verdes; 
en la mano izquierda la bolsa de lienzo verde, con la pintura de 
cráneos y canillas, llena de copal blanco, y en la mano derecha 
el brasero llamado tlemaitl; calzábanle con cacUi también verdes. 
En aquel arreo iba á incensar al dios, lo cual se advertía al pue- 
blo que desde abajo estaba mii:ando, con las cometas y demás 
instrumentos que entonces tañían los ministros. Terminado este 
acto, el sumo sacerdote tomaba asiento, dirigiendo una exhor- 
tación al electo, en que recordaba la honra que le habían he- 
cho, las obligaciones que contraía, los deberes que debía cum- 
plir, y que sobre todo fuera cuidadoso en las cosas de la guerra 
y en el servicio de los dioses. 

Bespondía otorgando cuanto se le encargaba; le bajabfibn por 
la escalera, á cuyo pié los señores le, esperaban para darle la 



(1) 'Tuvieron también una manera como de agua bendita, y esta bendecía el sa- 
mo sacerdote cuando consagraba la estatua del ídolo Huitzilopochtli en México. 
"que era hecho de masa de todas semillas, amasadas con sangre de niños y niñas 
"que le sacrificaban. Y aquella agua se guardaba en una vasija debajo del altar, y 
«86 -usaba de ella para bendecir ó consagrar al rey cuando se ooronaba; j á los oapi* 
"times generales, cuando se habían de partir á hacer alguna guerra, les daban ¿ be- 
"ber con ciertas ceremonias." Mendieta, pág. 109. 



tí 



367 

obedienoim presentándole en señal de reconocimiento joyas, man- 
tas 7 otros objetos. Acabado ésto, los sacerdotes le conducían al 
TlacochoodcOy situado entre los edificios del patio inferior. Allí 
pasaba cuatro dias continuos, ayunando sin comer más de una 
Tez á medio dia; sacándose sangre en penitencia, incensando á 
Hoitzilopochtli al medio dia y á la media noche, bañándose á 
esta hora en una alberca: los sacerdotes le acompañaban á estas 
eeremonias. Pasados los cuatro dias, la nobleza venia á sacarle, 
llevándole con gran regocijo á su palacio, así como á los cuatro 
consejeros que en la penitencia le habían acompañado. (1) 

Consultado el libro adivinatorio y señalado el dia de la pro- 
clamación, partían mensajeros en todas direcciones á convidará 
los reyes y señores, amigos ó enemigos, quienes concurrían en 
el plazo señalado por sí ó por delegados. Tenían lugar grandes 
iestas y regocijos, en que se prodigaban suculentos convites, 
continuados y grandes bailes, repitiéndose los dones y regalos 
que el rey hacía á los señores, en retomo de los que éstos le ha- 
bían traído. Esta fiesta de la proclamación se llamaba MaMcUoa- 
paca. Cada una de estas ceremonias iba acompañada de aquellas 
largas arengas que los méxica tenían dispuestas, formando el có- 
digo de su intrincado ceremonial. (2) 

Todavía no quedaba terminada aquí la tarea. Para coronarse 
y entrar en el ejercicio pleno de su autoridad, era indispensable 
qué el rey saliera á campaña al frente de su ejército, á fin de 
traer los, prisioneros que debían ser inmolados en la solemnidad. 
Escogíase al intento una provincia rebelada ó por conquistar; 
se ponían los medios de salir victoriosos, y ejército y rey torna- 
ban triunfantes, calculando su dicha por el mayor número de 
oautivoB hechos al enemigo. Las fiestas tenían lugar como las de 
antes, sólo que ahora el rey se i^ostraba magnífico en recompen- 
sar á los guerreros que se habían distinguido en la campaña, 
dándoles dones, insignias ó nuevos grados. (3) Al esplendor de 
los bailes y convites, se unía el cruento espectáculo de los sa- 
crificios y las terribles peripecias de los combates gladiatorios; 

« 

(1) Mendieta, lib. n, cap. XXXVn. Torquemada^ Hjj. XI, cap. XXVIIL P. 8a- 
Jbason, tom. n, pig. 818-20. OaTÍgerp, tom. I, pág. 809. 
(Sy Yéanae estos arengas en Sahagnn, tom. II, pág. 76-118. 
(8) Sáhagon. tom. n, pág. 821-22. 



368 

de manera que, al retirarse los convidados, si iban maravillados 
de la riqueza y del poder de los méxica, llevaban encogido el co- 
razón por los espectáculos de su sangriento culto. 

Seguían en categoría al rey los grandes dignatarios del impe- 
rio por su orden, los sacerdotes, jefes del ejército y magistrados, 
quedando en último término el común del pueblo no condecora- 
do ni distinguido. Respecto de la ciudad primitiva de México, 
las clases sólo estaban divididas en el rey y casa real, los saceS»- 
dotes, los guerreros y la gente menuda; pero las conquistas su- 
cesivas, la absorción de los pueblos de lenguas y usos diversos, 
introdujeron nuevos elementos en la organización social, dando 
principio á una nobleza, distinta en parte de las clases recono- 
cidas, que venía representando por un lado el nacimiento y la 
familia,^ por otro lado la riqueza individual y la propiedad. 

Las tribus establecidas en la tierra, de la misma ó diferente 
filiación, se habían subdividido casi indefinidamente; cadu pe- 
queño territorio tenía propio señor, cada pueblo ofrecía un su- 
perior, ya subordinado á otro, ya independiente. La conquista 
mexicana sujetaba las tribus al pago del tributo y al contingente 
de armas, municiones y soldados para la guerra; pero dejaba i 
los señores naturales su señorío, al pueblo sus usos y costum- 
bres. Tomábanse algunas tierras, ya para que labradas en común 
produjeran renta á la corona, ya para repartir á los guerreros 
que más se habían distinguido. Todos estos jefes se denomina- 
ban Üatoaniy y fueron confundidos por los castellanos con el 
nombre de caciques, palabra tomada de la lengua de las islas. Los 
Üatoani ejercían en su provincia la jurisdicción civil y criminal; 
gobernaban según sus leyes y fueros, y muriendo dejaban el se- 
ñorío á sus hijos ó parientes, si bien se había menester la confir- 
mación dé los reyes de Méxicoi Texcoco ó Tlacopan, según su 
caso. (1) Era la nobleza hereditaria. 

En los tiempos de Motecuhzoma 11 se contaban treinta de 
estos señores de á cien mil vasallos, y tres mil de pueblos y lu- 
gares de menor importancia. Su condición había empeorado en 
el reinado de aquel déspota emperador, pues no sólo estaban 
obligados á tener gasa en la corte para esplendor de ella» aino 
que residían en México cierta parte del año, no podían retiriurae 

(1) Zorita, breve y samaría relación. M8. ' 



369 

sin licencia, y eu este caso dejaban hijo ó hermano en rehenes úb 
que no se alzarían, faltando á la jurada obediencia. (1) 

Las poblaciones fundadas por las tribus recibieron el nombre 
de vil^petl, pueblo, htceicdi^petl, ciudad. Al reunirse los primitivos 
pobladores tomaron para sí cierta extensión de terreno, que por 
lotes fué repartido á las familias. Cambiados los vecinos de unos 
á otros pueblos, en los tiempos de Techotlalla, cada parcialidad 
quedó con sus tierras propias, y los pueblos quedaron subdivi- 
didos en tantos ccdpvlli ó barrios, cuantas las parcialidades eran. 
Cada calpuUi, dividido por calles ó ÜaxüacaUt, defendía la pro- 
piedad de sus terrenos, y evitaba de una manera absoluta la 
mezcla con sus propios vecinos y aun más con los extraños. Las 
Emilias tenedoras de las tierras del calpulli eran usufructuarias: 
heredábanlas sin con tradición de padres á hijos, mas no podían 
enajenaarlas bajo ninguna condición, ni disponer de ellas sino en 
herencia legítima. Si el vecino se pasaba á vivir á otro calpulli 
del mismo pueblo, perdía su lote, y con mayor razón si se tras- 
ladaba á otra vecindad; si dejaba de labrar dos años seguidos, y 
reconvenido hacía lo mismo al siguiente año, perdía igualmente 
Impropiedad. En estos casos y en el de la extinción de la fami- 
lia, las tierras volvían al calpulli, y el principal, con acuerdo de 
W ancianos, las dabaá las nuevas familias formadas. Quien hor 
bU 'recibido un mal lote podía pedir se le cambiara, caso que 
alguno estuviere vacante, y si había lotes de sobra se daban en 
arrendamiento á los del calpulli vecino, mas nunca en donación 
ó venta. Pagaban tributo al tlaioam del pueblo, en los frutos que 
la tierra producía, prestando ademas servicio de hombres y mu- 
jeres. (2) Este linaje de propietarios constituía una nobleza i5 
ckse privilegiada en las poblaciones, presentaba la ventaja de 
flo dejar ir á manos al pueblo^ arraigando los hombres al calpu- 
IH, aunque producía el aislamiento entre los mismos vecinos y 
era motivo de poco adelanto, conduciendo á una inmovilidad ca- 
si absoluta. ^ 

Las tierras de que el rey se apoderaba en las provincias coit^ 
qiistadas y dejaba para sí, tecpanÜáUiy las repartía á ciertos nobles 
llamados iecpanpoukqui 6 tecpanüaca^ gente de palacio 6 recámara 

(1) Toiquemada, lib. U, cap. LXXXIX. 

(2) Zorita, sumaria relación. MS. Torquemada, Ub. XIV, cap. YH, 

47 



370 

del rey: estaban obligados á aderezar los jardines y tener repa- 
radas y limpias las casas reales; no pagaban tribnto, ofreciendo 
tínicamente al señor flores y pájaros en señal Me reconocimiento. 
Poseían las tierras en usufrnto, sin poder disponer de ellas, faera 
<le dejarlas en herencia á sus legítimos sucesores. Si la familia 
se extinguía, ó el propietario incurría en pena ó dejaba el servi- 
cio, la heredad volvía al rey, quien disponía de ella á voluntad. 
£sta nobleza era* muy estimada por el común, por ser la más con- 
junta á la casa real, estar siempre cerca y en guarda del sobera- 
no/7 acompañarle cuando salía de la ciudad. (1) 

De las tierras repartidas por el rey se numeraban tres catego- 
rías. Las que habían cabido en suerte á las personas de la faoú- 
lia real, se conservaban indefinidamente por herencia, sin poderse 
enajenar, formando una especie de mayorazgos; pero las dona- 
ciones que el rey hacía sin esta conJIcion, se podían enajenar 
libremente. Llamábanse estas propiedades pillcdli, tierras de 
nobles, y los poseedores se nomhTahun pipiUzín. La segunda ma- 
nera de pillaUi la constituían las donaciones hechas á los guerre- 
ros en recompensa de sus hazañas: la merced era libre ó con 
oondicion; en el primer caso podían vender las tierras á otros 
nobles, mas nunca á los plebeyos porque por sólo este hecho 
volvían las tierras á la corona; en el segundo caso se icamplia la 
condición, y la heredad se trasmitía de padres á hijos. Llamá- 
banse estos nobles tecquihuay hidalgos ó gente de guerra; no pft^ 
gabán tributo, servían de guardia al soberano, estando listo 
siempre cierto número para servir de enviados, ministros y eje» 
outores de justicia: gozaban de muchas preeminencias, recibiendo 
del rey ración y acostamiento. El tercer género á^pillaüilo ioi» 
maban las tierras que, como á los jueces ó á ciertos empleado! 
públicos, se daban para sostener con lucimiento las cargas del 
empleo, duraba el usufructo el tiempo del cargo y nada más. (3|, 

Cerca de los calpuUi y con obligación á los vecinos de labraM 
las, había tierras destinadas al cultivo, cuyos productos estabaá 
Mcliisivamente dediados al mantenimiento del ejército en tienn 
po de guerra. Llamábanse mUchimaüi^ tierras de guerra; cacam 
müpan ó oacalomiíJt,- sembrados ó heredades de los cuervos. Dw 
la división y aplicación de todas estas propiedades había mapul 

(1) Torquemada, tom. ü, p4g. 546. 

(3) Zorita, sumaria relación. MS.' Torqnemáda, lib. XTV, oap. Vn. 



/ 



371 . 

7 Ubros; las tierras de los oalpulli estaban pintadas de amarillo 
éaOf las de los nobles de encamado» las del rey de pnrpura. (1) 

Para sufragar los gastos del eidto, los teocali! tenían señaladas 
tieiras. Una región era conocida con el nombre de teoiHa^pofrif 
tieira de los dioses, por estar destinada á objetos religiosos. 

liBk propiedad de }a tierra estaba, pues, muy sabdividida. Con 
esta distribución se proveía á la subsistencia del mayor número 
de &milias; pero los bienes así yincnlados estaban como inertes, 
todod los desheredados quedaban faera del pooo movimiento que 
se operaba en aquella sociedad. La suerte de los privilegiados 
esfad)a asegurada, mientras la condición de los macehuaUi ó ple- 
beyos era dura y afanosa. Así pasa todavía, de absoluta necesi- 
dad, aun en las naciones mejor organizadas. Sin embargo, el 
naothuaHi era dueño de su fortuna; tenía delante la milicia y el 
saeerdooio, y con ^valor, talento y virtud, podía encumbrarse á 
k» puestos superiores; quien no progresaba por ser incapaz de 
Indiar contra el trabajo, de su ineptitud debía quejarse y no del 
hado. De los plebeyos, unos ejercitaban las artes mecánicas, 
sacando de sus industrias lo necesario para su sustento, los otros 
n hacían labradores; éstos eran los más desdichados, aunque su 
desdicha provenía del despotismo del gobierno. Los nobles, que 
10 podían cultivar con sus manos las tierras, empleaban á los 
pedieros, ya asignándoles' una ración por su trabajo, ya dando- 
Íes las heredades como en arrendamiento, cobrando en frutos 
determinada renta: esto daba ocupación á millares de brazos y 
iQeguraba la vida á las familias pobres. También los calpuüi da- 
los lotes vacos á los terra^^eros, con término de uno ó dos 
i&os, por cierta cantidad de los frutos de la tierra. Aunque pre- 
nria, esta condición sería llevadera, á no sobrevenir el tributo 
fdido por el conquistador. Gomo plebeyos, de los granos que 
de tres medidas daban una, uno de cada tres de k> que 
fliaban; su trabajo era para el déspota de México; eran escla- 
da la tierra? "y cuando cdmían huevos les parecia que el 
les hacía gran merced, y estaban tan oprimidos, que casi 
les tasaba lo que habían de comer, y lo demás era para el 
feey." {2) El cáncer de aquella sociedad estaba en el orgullo de 
■ix^es» 

(1) Torquemada, tom. II, pág. 546. 
(3) Torqoemada, hb. n, cap. LXXXDL 



372 

La agricultura entretenía gran número de brazos. Careciendo' 
de instrumentos de kierro, del buey, caballo y muía que les aU- 
viaran sus faenas, suplían aquellas faltas por medio de perseve- 
rancia y trabajo. Usaban de la coa para cavar la tierra, del kmdlt 
6 pala para removerla, de hachas de piedra ó de cobre para cor- 
tar los árboles y la maleza; las demás faenas quedaban encomen- 
dadas á la fuerza del hombre, ayudado por las mujeres y los 
niños. La población era mucha, y preciso era aprovechar todo- 
el suelo útil, asi en la llanura como en las laderas de los montes. 
Los campos llenos de matorrales, eran preparados para la siem- 
bra por medio del fuego, quedando libre, sí mismo tiempo que* 
recibía abono con las cenizas. Llegada la buena estación, el 
hombre, después de aflojar la tierra, hacía con la coa agujeros en 
línea recta de un linde al otro, repitiendo la operación por líneas 
paralelas hasta llenar la superficie; la mujer depositaba los gra- 
nos de maíz en el agujero, tapándolo y apretando con el pié Ift 
tierra. Crecida un poco la planta le amontonaban tierra al piér 
cuidaban de arrancar la zizaña, y cogida la cosecha, en común se 
quitaban la^ hojas y desgranaban las mazorcas: depositaban los | 
productos en trojes ó graneros, ya de madera, ya redondos de 
piedra y lodo, con una abertura en la parte superior. 

La experiencia les había enseñado á distinguir las diversas 
calidades de los terrenos, y los cultivos para que eran apropia- 
dos, dando á cada uno nombre particular. (1) Las siembras de 
temporal quedaban aventuradas á la bondad del cielo, á «fin de 
que la lluvia les diera suficiente riego; por eso eran las fiestas á 
los dioses de las aguas y á las otras divinidades protectoras de 
los mantenimientos. Esto era en los terrenos que no eran de re- 
gadío. En efecto, sabían conducir de lejos el líquido beñ^co, 
bien por medio de arcaduces apipüolli, canales 6 acequias apanÜif 
forma^ido extensos sistemas de irrigación, comunes á yarios'pue- 
blos ó particulares. En los lugares propios formaban grandes 
depósitos de agua llovediza ó albef cas tlaquiUicatitl^ llamados ja- 
giíey por los. castellanos, de un nombre de la lengua de las islas. 
Cuando algún terreno se hacía ingrato, le dejaban descansar por 
algunos años, hasta que la maleza de que se cubría daba testí- 
*monio de nueva fertilidad. Todas las heredades estaban Mota- 

(1) P. Sahagnn, tom. IH, pág. 314-1^. 



373 

I 

¿aa. (xm, cercas de piedra seca, formadas con gran arte» ó con 
Tallados de magueyes; los propietarios las reparaban cada año, 
ea el mes Fanquetzaliztli, siguiendo las prescripciones del ri* 
iaaL(l) 

Gastaban apasionadamente del aroma de las flores. Nadie 
podía entrar al palacio ni ver al rey, sin ofrecerle ramilletes; el 
mismo uso había con señores y embajadores; los particulares los 
Oeiraban por gozar, y nunca faltaban en los convites y regocijos 
ds los particulares; formaban parte de las ofrendas del culto, y se^ 
empleaban en el embellecimiento de casas y templos. De aquí 
qu» el cultiyo de las flores fuera universal; abtmdaban los jardi- 
ñas en las habitaciones de los nobles, y los reyes los hacían cul- 
tíiar de una manera particular: los más famosos, según el dicho 
dd los conquistadores, fueron los de México, Texcoco, Itztapala- 
pm y Huaxtepec. Cuidábanse en ellos las flores más preciadas 
oa cada provincia, plantas exóticas traídas de lejos y con acierta 
aclimatadas, yerbas medicinales de las menos comunes. Por el 
laismo orden tenían huertos con árboles frutiJes, CTymtos el clima 
podía producir y sustentar. Los arbolados y bosques les mere- 
úm gran atención. Necesitábanlos para muchos objetos, con* 
tándose entre' ellos que se abrigara y reprodujera la caza, y dar 
abasto al gran consumo de leña que se hacía en los usos comu- 
nes, en las casas reales y en los teocallL En los bosques de la 
propiedad del rey estaba prohibido penetrar para cortar arbola 
6 ramas; en los particulares el corte estaba reglamentado de una 
manera severa,» y por costumbre se hacían plantíos por todas 
partes. Aquellos, dizque bárbaros, tenían mejor policía en este 
ramo que nosotros; ahora que el consumo de leña aumenta con 
las máquinas de vapor, la tala de árboles se verifica sin concier- 
to ni tino: á nuesta vista han desaparecido inmensos arbolados, 
y donde antiguamente se presentaban impenetrables bosques, 
hoy se miran montañas desnudas, surcadas por las lluvias y abra- 
sadas por el sol. 

Bien dicho se está, que la necesidad es madre de la industria, 
ünoerrados los méxica en el perímetro de su isla, faltábales tie- 
rra que cxdtivar; para contentar las exigencias del señor de Az- 
^potzalco, y proveer en seguida á su mantenimiento, inventaron 

(1) Torquemada, Ub. XIH, cap. XXXI y XXXU. davigexo, tom. I^ pág. 34a 



374 

• 

los huertos flotantes ó chinamipa. '^1 modo qué tuvieron enton- 
ces de hacerlo^ y que aun en el día conservan, es bastante sen- 
cillo. Hacen un tejido de varas y raíces de algunas plantas acoi- 
ticas y de otras materias leves, pero capaces de sostener xmida 
la tierra del huerto. Sobre este fundamento colocan ramas lia- 
rás de aquellas mismas plantas y encima el fango que sacan del 
fondo del lago. La figura ordinaria es cuadrilonga: las dimensio- 
nes varían, pero por lo común son, si no me engaño, ocho toesa» 
poco más ó menos de largo, tres de ancho y menos de un pié de 
elevación sobre la superficie del agua. Estos fueron los prime- 
ros campos que tuvieron los mexicanos, después de la fundación 
de su ciudad, y en ellos cultivaban el maíz, el chile, y todas las 
otras plantas necesarias á su sustento. Habiéndose después mul- 
tiplicado excesivamente aquellos campos móviles, los hubo tam- 
bién para jardines de flores y de yerbas aromáticas, que se em- 
pleaban en el culto de los dioses y en el recreo de los magnates* 
Ahora solo se cultivan en ellos flores y toda clase de hortalizaSr 
Todos los dias del año, al salir el sol, se ven llegar por el canal, 
á la gran plaza de aquella capital, innumerables barcos cargados 
de muchas especies de flores y otros vegetales, criados en aque- 
llos huertos. En ellos prosperan todas las plantas maravillosa- 
mente, porque el fango del lago es fértilísimo, y no necesita dd 
agua del cielo. En los huertos' mayores suele haber arbustos, y 
aun una cabana para preservarse el dueño, del sol y de la lluvia. 
Cuando el amo de un huerto ó como ellos dicen, de una cMnam- 
pa, quiere pasar á otro . sitio, ó por alejarse de un vecino perju- 
dicial, ó para aproximarse á su familia, se pone en su barca, y 
con ella sola, si el huerto es pequeño, ó con el auxilio de otras 
si es grande, lo tira á remolque, y lo conduce donde quiere. La 
parte del lago donde están estos jardines es un sitio de recreo, 
. donde los sentidos gozan del más suave de los placeres." (1) Las 
chinampas han disminuido en número; á medida que las aguas 
del lago bajan ó se asolvan las orillas, es preciso llevarlas á lu- 
gares más profundos, pues de lo contrario quedan soldadas y 
firmes sobre el fondo del vaso. 

£1 abastecimiento de la ciudad de México, y el tráfico con los 
pueblos de las márgenes del lago, se hacía por medio de. los 

(1) davigero, tom. I, pág. 830. 



376 

oaiO^ caj»aa de agnA ó canoas. Según un testigo ocular, ''son da 
'^ madero socavado, aunque hay algunas tan grandes que ca* 
'W dentro cómodamente hasta cinco personas/' (1) Admitimos 
k¡ío como evidente^ pero sólo respecto de las canoas pequeñas, 
llamadas ahora chalupas, que navegaban por las calles de agua 
déla ciudad. En cuanto al número: "Había en México muchas 
"acallis ó barcas para servicio de las casas, y otras muchas de 
^'tiratantes que venían con bastimentos á la ciudad, y todos los 
''paeblos de la redonda, que están llenos de barcas, que nunca 
"cesan de entrar y salir á la ciudad, las cuales eran innúmera- 
^'blds. En las calzadas había puentes que fácilmente se podían 
'Uzar; y para guardarse de la parte del agua er^ las barcaa 
"^ue digo, que ei;an sin cuento, porque hervían por la agua y 
''por las calles.'* (2) Según otru buena auto^id^d, acudían tantas 
ttooas al mercado principal, que cubrían el agua." (3) 

Ni todas las canoas podían ser de un madero socavado, ni en 
las mayores cabían solo cinco personas, supuesto que los méxi- 
ea hicieron algunas expediciones mihtares contra los pueblas 
riberanos, dieron combates navales en los lagos y transportaron 
por agua sus ejércitos. La flotilla de los mexica salió á oponerse 
i los bergantines de los castellanos, y sus canoas lograron algu- 
na vez. apoderarse de una de aquellas embarcaciones. Preso Mo- 
tecuhzoma en el cuartel de los blancps, cuando salía á pasea^ 
por el lago, "iba en canoas grandes, que en cada una cabían se- 
"senta hombres." (4) Según se advierte en las pinturas del Cód. 
Mendocino,. eran de fondo plano, sin velas ni timón; manejában- 
las con grandes remos, cuyo extremo se fijaba en el fondo en los 
lagares someros, ó con paletas en las aguas profundas. 

Bespectode la navegación en las costas y rios, tenemos: "Aca- 
Qien esta lengua quiere decir casa hecha sobre agua; con estas 
aa^eg^n por los grandes rios, como son los de la costa, y para 
^m pesquerías y contrataciones; y con éstas salen á la mar, y 
opn las grandes de estas acallis navegan de una isla á otra, y se 
afareveo;! á atravesar algún golfo pequeño. Estas acallis ó barcas 
cada una es de una sola pieza, de un árbol tan grande y tan grue- 

(1) Conquistador anónimo, en Icazbalceta, tom. I, pág. 392. 

(2) Motolinia, pág. 187. 

(3> Torquemada, lib. XIV, cap. XUI. 
(4) Torquemada, lib. IV, cap. LX. 



1 



376 

SO como lo demanda la longitud, y conforme al ancho que le 
pueden dar, que es de lo grueso del árbol de que se haoen, y 
para esto hay sus maestros como en Vizcaya los hay de naTÍos; 
y como los rios se van haciendo mayores cuanto más se aligan 
Á la costa, tanto son mayores estos acallis ó barcas." (1) 

Los objetos que rodean al hombre determinan sus ocupado* 
nes; los méxica, metidos en una isla debieron precisamente con* 
vertirse en nautas. El arte de navegar debió irse perfeccionando 
conforme á las necesidades de aquel pueblo y al grado de pode- 
río que fuü alcanzando. Al principio el pequeño acalli debió s« 
empleado en la pesca, entre los carrizales y lugares cercanos á 
la isla; después debió crecer la canoa para ser empleada en ei 
tráfico con la tierra firme; más adelante hubo que empleax ma- { 
yores barcas onjconquistar las ciudades de las orillas de los la- 
gos, en trasportar los soldados que iban á las conquistas dis- 
tantes, en tener siempre á raya á los pueblos pescadores de 
aquellos litorales. Aumentada la población, convertida México 
en la metrópoli de un gran imperio, el número de los acallis de 
todos portes hubo de crecer en gran cuantía, no siendo increíble 
io que asegura un autor contemporáneo: "están al derredor della 
'^todos los dias del mundo por la dicha laguna sesenta y setenta 
"mil canoas de las grandes, en que vienen provisiones á la cru- 
"dad." (2) Sin embargo, oi arte de navegar no pudo pasar de 
estrechísimos límites, ya que relativamente eran tan cortos aque- 
llos depósitos de aguas tranquilas y estancadas. 

El verdadero adelanto náutico debemos buscarle en los pue- 
blos que habitaban las costas de los mares. "Nada nos dicen los 
^'historiadores del comercio marítimo de los mexicanos. Proba- 
^'blemente no sería de mucha importancia, y sus barcas, qne 
apenas se alejaban de la costa, en uno, y otro mar, serían prin- 
cipalmente empleadas en la pesca." (3) En efecto, mientras 
consta que los pochteca se aventuraban hasta las provincias más 
distantes de Centro América, nada se encuentra acerca Hb las 
expediciones emprendidas por mar: las barcas de la costo de 
México se alejaban poco de la orilla para ir á pescar, apartando^ 

^l) MotoUnia, trat III, cap. X. 

(2) Carta del Licenciado Alonso Zaaro, apud. García IcazbalcetA, Doc. t02n. I, 
pág. 859. 
(8) Clavigero, tom. I, pág. 352. 



ce 



377 

se i las cercanas islas como la de Sacrificios. Sea lo que fuere, 
apdlos acalli debían sermtiy superiores en tamaño á las usadas' 
ea los lagos. Durante la expedición de Juan de Grijalva, 1617; 
— '*^neflido por nuestra navegación, llegamos á un rio grande, que 
ie pusimos por nombre, rio de canoavS, é allí enfrente de lá boéa 
"áel «ugimos; y estando surtos todos tres navios, y estando al- 
"go descaidados, vinieron por el rio dieis y seis canoas muy 
agrandes llenas de indios de guerra, con arcos y flechas y lan* 
"aas, y vanse derechos al navio más pequeño, del cual era capitán 
^'Alm&Bo de Avila, y estaba más llegado á tierra, y dándole una 
"rociada de flechas, que irieron á dos soldados, echaron mano al 
'tevío como que lo querían llevar, y aun cortaron una amarra." (1) 
Aquella costa pertenecía á la provincia del Huaxtecapan, y muy 
jmndes^ A proporción, debían ser. las barca» de los naturales, 
pa^ se atrevieron á salir al encuentro de las naves castellanas. 

Mayores adelantos parece que habían alcanzado los pueblos 
de Yucatán. En las pinturas existentes en una sala de Chichen 
Itíá aparece una embarcación de alto bordo, con los do3 extre*- 
mos recürvos y levantados, conteniendo á lo que se indica una 
iQn&erosa tripulación; diríamos á vista del dibujo, que es una 
embarcación ocupada en el asalto de una población de la costa, 
^os tripulantes roban las casas y arrojan al agua algunos dé 
SE» prisioneros. (2) Si por tan livianos fundamentos nos dejára- 
mos guiar, inferiríamos que los primitivos habitantes de la pe- 
nínsula, los constructores de las grandes maravillas del arte, 
fueron mucho más adelantados en la náutica que sus degenera- 
dos sucesores. 

Aieniendonos á datos más positivos, durante el viaje de D. 
•Ottstobal Oolon, 1502, al descubrir las islas de los Guanajos: — 
''En' habiendo salido á tierra D. Bartolomé Colon, llegó una ca- 
"aoa'ide indios, tan grande como una galera, y de ocho pies de 
"ancho, iba cargada de mercaderías de hacia Poniente, y debía 
"ser de tierra de Yucatán, porque no está de allí sino de treinta 
ieguas ó poco más: traía en medio de la canoa un toldo de es- 
'teras de palma, que en la Nueva España llaman petates: iban 
"dentro de él las mujeres, hijos, hacienda y mercaderías, sin que 

(1) Bemal Díaz, cap. XVL 

(2) Incidents of trayel in Yucatán by John Stephena, vol. n, pág. 810-11 

48 



378 

*'agua de lámar, ni del cielo los pudiese mojar." — ''Eran las mer- 
''oaderías muchas mantas de algodón, muy pintadas y de diver- 
''sos colores y labores, y camisetas sin mangas y sin oaello6, 
''cortas hasta la rodilla y aun menos, también pintadas y labrar 
"das, y almaizares que en Nueva españa llaman mástil coa q^ 
"los hombres cubren sus partes secretas, también pintados y la* 
"brados: muchas espadas de madera, con una canal en los filos 
"y allí pegadas con fortísimo betún é hilo, ciertas navajas de 
"pedernal; hachuelas de cobre para cortar leña, cascabeleB y par 
"tenas, crisoles para fundir el cobre, almendras que llaman ca* 
"cao que en Nueva Espaiía tienen por moneda: su bastimento 
''era pan de maíz y raíces que en Nueva España llaman camotes 
"y en las islas axis, y batatas, y el vino era del mismo maíz que i 
aparecía cerveza. Iban en la canoa veinte y cinco hombrea" &c (1) 
Oumplida descripción de aquel barco mercante que surcaba las 
olas á largas distancias, para ir á traficar en las islas y la costa 
del golfo de Honduras. Sin duda alguna que, por imperfecta que 
se suponga aquella embarcación, ya demuestra cierto adelanto 
en la ciencia de la marinería. 

Volviendo al viaje de Juan de Grijalva, estando sobre la costa 
de Yucatán, queriendo reconocer una población & la que pusie* 
ron por nombre el Gran Cairo: "una mañana, que fueron 4 de 
"Marzo, vimos venir cinco canoas grandes llenas de indios natur 
"rales de aquella población, y venían á remo y vela. Son canoas 
"hechas á manera de artesas, son grandes, de maderos gruesos 
"y cavadas por dentro y está hueco, y todas son de un, madero 
"macizo, y hay muchas dellas en que caben en pie cuarenta y 
"cincuenta indios." (2) Refiriéndose Oviedo al mismo viaje de 
Grijalva, y narrando lo que pasó en lago de Términos, escribe: 
"y en tanto que allí estovieron los chriptianos tomando agua, 
"vieron canoas cada dia atravesar con gente á la vela, que pa- 
"saban á la otra tierra de la Isla Bica ó Yucatán." (3) £}n la 
carta escrita por el regimiento de la Villa Rica de la Veracruz 
al emperador, dándole cuenta de la expedición de D. Hernando 
Cortes encontramos: "Y visto ésto, (el mal tiempo), el capitán 

I 

(1) Herrera, dec. 1, lib. V, cep. V. — Cases, Hist. de Indias, lib. II, cap. XX. 

(2) Bemal Díaz, cap. 11. 

(8) Hist. general y natural, lib. XVII, cap. XVIL 



^ » 



379 

^lna&dd desembarcar (en Ooznmel) toda la otra gente de la ar- 
'^mada, y otro día á medio día vieron nna canoa á la vela hacia 
'te dieha isla." (1) De estas autoridades de los testigos presen-' 
diles 7 de persona por ellos infonnada deducimos, que los ha* 
Mtotes de Yucatán nt^vegaban á vela y remo y se confiaban á 
las olas á largas distancias. No nos parece preciso llamar la 
ataidon acerca de que, el empleo y uso de la vela en las embar- 
eaeiones importa ya un grande adelanto, supuesto que las puede 
oomimiear mayor velocidad economizando las fuerzas de los 
hombres empleadoi^ como remeros. 

Narrando Bemal Diaz las penalidades del viaje de D. Her- 
nando Cortés á las Hibueras, cuenta: '^é yendo por la cost^ del 
'%)rte (Gonzalo de Sandoval), vio que venía por la mar una ca- 
'^loa á remo y á la vela, y se escondió de dia en tm monte, por- 
«que vieron venir la canoa con los indios mercaderes." (2) Según, 
¿ito, el empleo de la vela era conocido también de los navegaúr 
\m del Golfo Dulce. Conocíanla igualmente los del Perú. (3) 

La vida doméstica era tranquila, y á nuestro modo actual de^ 
TOT llena de privaciones. Las puertas y ventanas de las casas 
estabaaoL sólo defendidas por cortinas ó esteras, teniendo en sus 
«rtremos cascabeles ó cuerpecillos sólidos que sonaban al inten* 
tarse la entrada. En las habitaciones de los ricos babía estera^ 
tendidas por el suelo sirviendo de alfombras, y otras esteras finas 
5 pintadas cubriendo las paredes: las casas de los pobres esta- 
ban desnudas. La cama, sobre el suelo, se componía de uno ó 
varios petates sobrepuestos; si el necesitado se tapaba con la 
ropa que le vestía, el poderoso aumentaba alguna colcha para 
abrigarse contra el frío. No había otros asientos que los llama- 
do8 iopaüi; sentábanse sobre la tierra en cuclillas, las mujeres 
«m la« piernas cruzadas ó dobladas. Servíanse las comidas so- 
be esteras y manteles, mas no parece usaran del tenedor y la 
enehara; al primero suplían los dedos, á la segunda los pedazos 
de la tortilla doblados en forma cóncava. Constituía su alumbra- 
do» rajas delgadas del pinp resinoso llamado oootl, encendidas 
por vjx extremo, y fijadas por el otro en lo que podremos llamar 

(1) Cartas y relaciones, en Gayangos, pág. 12. 

(2) Bist. verdadera, cap. CLXXVni. 
(8) Loe navegantes indígenas de la época de la conquista, por A. Niíflsz Ortega, 

Boletín de la Soc. de Geog. Segunda época, tom. IV, pág. 47. 



380 

candeleros; arden poco á poco, dan buena luz, aunque es predao 
separar con frecuencia la parte ya carbonizada, ló que equivale 
á despavilar; pero en cambio producen un humo espeso, que Ite- 
na de hoUin techo y paredes. (1) Esta, para nosotros miseria, 
no nos causa extrañeza. Desde niños estaban criados á la intem- 
perie; de jóvenes pasaban la vida en la aspereza del monasterio; 
de hombres se acostumbraban á las penalidades del campamen* 
to; nada habían menester, fuera de un sitio donde reposar de la 
fatiga, algunos trastos en que tomar el alimento. Fuertes y so- 
brios, bajo un clima benigno, nuestros remilgos hubieran que- 
brantado su salud y amenguado sus bríos. Ademas, dormían & 
la oscuridad y trabajaban á la luz. 

Según las personas que les vieron, aquellos pueblos eran bien 
proporcionados de cuerpo, delgados de carnes, ágiles, buenos 
corredores; negros los ojos, negro el cabello y lacio; el color co- 
brizo, las facciones regulares; aspecto agradable, aunque un tanto 
triste y desconfiado: las mujeres de talla mediana, movimientos 
graciosos; bien agestadas en general, hermosas muchas; de pié 
extremadamente breve. Los sentidos perspicaces, y más ejercita- 
dos la vista y el oído. Afeaban y perdían aquellas dotes naturales, 
IdA mujeres por el uso de algunos afeites; por llevar nacockiU 6 
pendientes muy pesados, que les hacían las orejas deformes; por- 
que las penitencias pedidas por el ritual les dejaban cicatrioes y 
lacras; los hombres por embijarse ^ara salir á la guerra, por dea- 
figurarse el labio, horadándole para llevar el tenteÜ 6 distintivo 
guerrero; porque por los zarcillos y sacrificios, tenían las orejas 
largas, aspadas y con excrecencias. (2) 

En cuanto á la costumbre de deformar el cráneo, para darle 
oierfca prolongación hacia arriba, más ó menos pronunciada, &ih 
contramos, aunque lo contrario se diga, que los mexicanos no la 
practicaban, al menos en los últimos tiempo^. Algunas iribvs 
antiguas dieron á las cabezas d^ los niños, por medio de oiertas 
industrias, una frente cuadrada y plana, empinada de la parte 
posterior; es sabido que en el Peni, la familia real y la noblesca 
gozaban de este privilegio concedido por gracia á las demás <da- 
ses; las figuras representadas en los relieves del Palenque, pa- 

(1) Olavigero, tom. I, pág. 896. 

(2) Torquemada, lib. XIV, cap. XXIV y XXV. 



881 

neeo ppreseniar la misma deformación; algunas tribHis salvajes en 
ks E. TJ. se aplastan háoia atrás la frente; pero como común y 
goieral, no encontramos una autoridad de peso, que atribuya la 
eo6tombre á los pueblos civilizados de México, comenzando por 
k» tolieca. Los cráneos, aunque pocos, que bemos examinado, tie- 
nen los caracteres generales de su raza; si se encuentran otros di- 
TerscSy ó son más antiguos, ó constituyen una singularidad .os- 
teológioa* Verdades que algunos de estos cráneos tienen elfron- 
U deprimido bácia atrás, plano y como cuadrado, mientras la 
parte occipital se abulta un tanto; estas son señales casi infali- 
Ues de que, el despojo perteneció á un individuo de las clases 
menesterosas. Faltos cornos sabemos de bestias de carga, los po- 
nes tenían que «conducir toda clase de objetos: desde tietnos se 
les ponía el peso á la espalda en el cacaxüi, suspendido á la fren- 
te por el mecapalK; enarcado el cuerpo, la cabeza inclinada para 
Imoer el tiro, la constante repetición de la postura y de la pre- 
áoo, acababan por dar al cráneo la forma que se le advierte. 

En general, había pocos lisiados; la vida dura que á los niños 
Be daba, debía hacer perecer á los débiles y enfermizos, salván- 
dose sólo los robustos y bien conformados. Los corcovados, 
enanos ó contrahechos, eran objeto de lástima para el pueblo. 
Solo á los estropeados se permitía implorar la caridad pública. 
Seyes y señores tenían á su lado jorobados y enanos, que les 
servían de bufones como á los nobles europeos de la edad me- 
dia, ó de diversión por su extraño aspecto; les empleaban tam- 
bién en cuidar á sus numerosas concubinas. En cambio, tenían 
el triste privilegio de ser inmolados cuando su señor moría, pa- 
la ir á desempeñar en la otra vida sus funciones. Cortés nos di- 
ee, Imciendo la descripción de los jardines de México: "Tenía 
'^n esta casa un cuarto en que tenía hombres, y mujeres y niños^ 
blancos de su nacimiento en el rostro, y cuerpo, y cabello, y 
*^as y pestañas." Y poco más adelante: "Tenía otra casa den- 
ude tenía muchos hombres y mujeres monstruos, en que había 
^^nanos, corcovados y contrahechos, y otros con otras deformi- 
^'dadesi y cada una manera de monstruos en su cuarto por sL 
*% también había para éstos personas dedicadas^ para tener 
"cargo de ellos." (1) 

(1) Certas de relación en Lorenzana, pág. 112 y 113, 



\ 



382 

Las clases acomodadas eran limpios de su persona. No coso* 
cían el jabón, mas suplían la falta con una raíz y un £ruto. La 
primera es de la planta llamada amolli: "tiene las hojas como 
"espadañas chicas y el tallo blanco, la raíz de esta yerba ^«b eo*- 
"mo jabón para lavar la ropa, y con las delgadas lavan la e&be- 
"za, y también son como morgapara emborracharlos peces." (1) 
El segundo se toma del copál^wcotl dicho también árbol del jaboa. 
"El árbol del jabón, que eu la escritura es herva. fullonum y de 
"las cuentiis, es muy común en Oaxaca, y la Misteca alta, y las 
"islas Españolas y Puerto Eico, echa una fruta como ayellauas 
"que no es para comida sino para alabanza, porque con lo de 
"afuera, jabonea la ropa como se pudiera con el mejor jaban 
"de Castilla; dentro se halla una cuenta negra como garbanzos 
"mayores ó menores, de que se hacen infinitos rosarios, que Ua* 
"man de frutilla, que igualan á los de coyolli; dentro de la cuente 
"tiene una médula tan amarga como la del durazno, é&ta se saca 
"y queda liviana la cuenta y fuerte, porque nunca se quiebra, y 
"del tam iño que quieren hacen las cuentas para rosarios, tantos 
"qu0 pueden dar abasto á toda España" (2) 

Las naciones nahoa conservaban los despojos de sus muertos, 
por la inhumación y por la incineración. El primer método apa* 
rece sin disputa como el más antiguo; para fijar el tiempo en que 
fué introducido el segundo modo, nos faltan datos, pues los su- 
ministrados por los autores aparecen contradictorios. Ocurrien- 
do á las futotes más autorizadas, respecto de los tolteca asegura 
Lctlilxochitl, que los reyes, "enterrábanse amortajados y con sus 
^^signias reales, en los templos de sus falsos dioses." Todos 
los monarcas de aquella dinastía fueron inhumados, hasta el lU- 
timo Topiltzin, quien "mandó quemar su cuerpo, con los ritos y 
"ceremonias que después se usaron, que fué el primero que fué 
"quemado." (3) De los chichimeca asegura Torquemada, á la 

(1) SalMtgan, tom. S, pág. 244. 

(2) VetftiKÍOart, P. 1, T. 2, niím. 184. (^vigero, tom. I, pág. 898. 

(8) Ixtlilxoohitl, primera relación. M8. Veytia» tom. m, pág. 4, reñtíéBásm á 
esta autoridad saca que Topiltzin, ifltimo rey toUeca, inventó este oeremonial, pao 
•n seguida lo contradice, afirmando que ninguna de las tribus usó quemar loa cada- 
Teres, y que si los mexicanos lo practicaron fué después de la muerte de su rey 
HuitzilihuitL De aquí tomd Brasseur de Bourbourg su noticia, para atribuir decidi- 
damente á Topiltzin esta inyencion. 






383 



i»erte de Xolotl, qne fué quemado y sus cenizas recogidas en 
nüa caja labrada de piedra, y aumenta: 'TPodas las ilaciones del 
*^uiido han tenido modos particulares de enterrar los cuerpos 
"de sus difuntos, pero el que estos chiohimecas usaron, fuQ que- 
"marlos." En consecuencin, dice después que fueron reducidos 
á cenizas los cadáveres de Tlotzin y Tlaltecatzin. (1) El cronista 
nacional de la tribu, sostiene en contrario, que Xolotl fué ente- 
rrado en una de las cuevas de su morada; Nopaltzin fué sepulta- 
do en el lugar donde lo estaba su padre; Tlotzin fué conducido 
"á la cueva de su entierro, en donde tenían hecho un hoyo re- 
"dondo, que tenía más de un astado de profundidad; allí lo me- 
'iían y cubrían de tierra:" escribe lo mismo de los demás mo- 
narcas, hasta llegar á Ixtlilxochitl cuyo cadáver fué quemado, 
recogiéndose las cenizas. "Ixtlilxochitl fué el primer emperador 
'*chichimeca, que se enterró con semejantes exequias, que es 
"conforme á los ritos y ceremonias de los tolteca." (2) De los 
máxica es evidente que usaron el sistema de cremación, al me- 
nos desde que fundaron á México. Los mixteca y los tzapoteca 
enterraban ó quemaban los cadáveres, y en el primer caso prac- 
ticaban una especie de embalsamamiento. De todas maneras, la 
inhumación precedió á la incineración. 

En el caso de cremación las cenizas eran recogidas en ollas y 
cántaros, de construcción burda. Sin duda que así se distinguían 
los restos de los pobres ó plebeyos, porque también se encuen- 
tran cajas labradas de piedra, vasos de barro de mucho gusto, y 
ornas funerarias con figuras de dioses y adornos simbólicos, ver- 
daderos esfuerzos de su arte cerámica. En cuanto á la posición 
del cadáver en el sepulcro, lo más auténtico y antiguo que pode- 
mbs presentar es lo relativo á Casas Grandes de Chihuahua. 
'Ijas tumbas ofrecen la forma de cubas de piedra seca; la sección 
"horizontal es una elipse de 1,™50 en el diámetro mayor, por un 
**metro en el menor, y otro de altura. El despojo, envuelto en 
'%na estofa tejida con las fibras apretadas de un vejetal que 
'^cnerda el agave, está en cuclillas como lo indica la figura 
^Xl^kmina 4% número 4). Al rededor se encuentran vasos u obje- 
'*toa de predilección del difunto, como collares, brazaletes, alfa- 

(1) Torquemada, Hb. I, cap. XXXÍV, XLVH; lib. n, cap. VL 

(2) Ixtiüxoohitl, Hist Ohichim. cap. 7, 8, 9 .....19. 



■^—JLJ 



384 

"rería, &c." (1) Esto concuerda con lo que nos dice un testifí 
"presencial. Hacían en la tierra un hoyo revestido de parad 4 
"cal y canto, y en él ponÍ€kn al muerto sentado en una silla. Al 
"lado colocaban su espada y rodela, enterrando también cij^as 
"preseas de oro: yo ayude á sacar de una sepultura cosa de tres 
"mil castellanos. Ponían allí mismo comida y bebida para aJga- 
"nos dias; y si era mujer le dejaban al lado la rueen, el buso y 
"los demás instrumentos do labor, diciendo que alláá donde iba, 
"había de ocuparse en alguna cosa; y que aquella comida era 
"para que se sustentara por el camino. Muchas veces queiftabau 
"los muertos y enterraban las cenizas.*' (2) 

Así, los sepulcros eran elípticos ó circulares, y el cadáver es- 
taba sentado. Las pinturas mexicanas presentan la forma eñ que 
el despojo se ponía: (Véase Códice Mendocino, estampa 45, nu- 
mero 9, y lám. 51, num. 2). La primera es* el símbolo de Mietlan, 
el infierno ó lugar de los muertos. El difunto está sentado, cob 
las piernas dobladas y pegadas al pecho; envuelto en el sudario 
ó paños funerales, se mantiene en aquella posición por medio de 
los lazos, que le ligan los mienbros. Esta era la costumbre udí- 
versal. Llámame por tanto mucho la atención, el sepulcro visto 
por D. Mariano Barcena ea la hacienda de la Lechería, valle de 
México. "Al pié de la falda N. del cerro de Tlaxomulco, dice, 
fueron descubiertas por unos labradores algunas losas de basal- 
to que se hallaban debajo de la tierra vegetal. Levantadas aque- 
llas, se vio que cubrían un sepulcro lleno de tierra y que tendría 
4os metros de largo, dos de profundidad y uno de anchura. Ac- 
tualmente está vacío y puede admirar su regular construocicm y 
su orientación según la línea E. O. Sus paredes están revestidas • 
de piedras unidas por cemento terroso; en la base había losas de ! 
basalto, lo mismo que en sus cabeceras y hacia el medio de los 
lados. En él fondo se encontró un esqueleto casi destruido por 
el tiempo; los huesos se desmoronaban al tocarlos y no fué po* 
fiible conservar ni un fragmento del cráneo. Este se hallaba en 
la cabecera del O., y á su lado se encontraba una gran cantidad 
de polvo de cinabrio, rodajas de micas y vario trastos ó ídolos 
pequeños." (3) El Sr.- Barcena me enseño algunos de los utensi- 

(1) Guiüemin Tarayre, exploration minéralogique. pág. 177. 

(2) Conq. andnimo, en loa^balceta, tom. I, pág. B98. 
(8) Feíiédico **£1 Federalista,'* martes 28 de Kov. de 1875. 



385 

líos BaaadoB de ahí» y no me parecieron ser del gusto azteca; por 
esto y por la poaidon del cadáver, oreo que el sepulcro pertenece 
á raza distinta y más antigua que la nahoa: 

£q capitulo anterior hablamos de los funerales en general; 
diremos ahora lo que corresponde á las particularidades de los 
eatierros de los reyes y señores. Guando el monarca de México 
enfermaba, ponían máscaras á los dioses Huitzilopochtli y Tez- 
catUpoca, sin quitárselas hasta que aquel sanaba ó moría. En 
este evento desgraciado, avisábase ilimediatamente á los reyes, 
amigos y señores sujetos, señalándose el dia en que el entierro 
tendría lugar. En tanto, le tenían en palacio, sobre esteras finas, 
velándole su servidumbre. Congregados los señores con los pa- 
rientes y amigos, cada uno traía ricos regalos de'mantas, plumas, 
rodelas labradas, esclavos y unas banderas pequeñas de papel. 
Lavaban el cuerpo, cortándole de la parte superior de la cabeza 
un mechón de cabellos, que con el que á su nacimiento les qui- 
taban, ponían en una cajita pintada por dentro de figuras de 
dioses. Vestían el cadáver con quince ó veinte mantas finas de 
colores, poniéndole en la boca una piedra de chalchihuitl, que 
decían servirle de corazón, le cubrían el rostro con una máscara, 
le adornaban con joyas y pedrería^ y sobre todo le vestían las 
insignias del dios en cuyo templo debía ser depositado. En esta 
sazón, sacrificaban al esclavo que había tenido el oficio de poner 
lumbre é incienso en los altares que el señor tenía en su casa, á 
ñn de q^e en lo mismo le sirviese en k otra vida. 

La procesión fúnebre se componía de las mujeres, ptoientes y 
amigos del finado, haciendo grandes extremos de dolor y lloran^ 
do: la nobleza llevaba un gran estandarte de papel y las insignias 
reales,, y los sacerdotes acompañantes iban cantando, mas sin 
ayuda de instrumentos músicos. Llegado el cortejo á la puerta 
del patio del teocalli, salía á recibirle el sumo sacerdote acom- 
pañado de sus altos dignatarios, é inmediatamente colocaban el 
cadáver sobre la pira ya dispuesta. Esta estaba colocada al pié 
de la escalera del templo, compuesta de leña resinosa, mezclada 
COA copalli Puesto fuego á la leña, y mientras se quemaba el 
cuerpo, se procedía á sacrificar á las personas que debían acom- 
pañar al difunto en el viaje á la otra vida; éstas eran, alguno ó 
algunas de las mujeres del finado, sus enanos y* corcobados que 

le alegraban, esclavos de su casa, y los ofrecidos por los dolien- 

49 



386 

tes, entre todos los cuales pasaban aveces de doscientos: sacado 
el corazón como en el sacrificio ordinario, los cuerpos eran arro- 
jados á otra pira, cercana á la principal, con sus vestidos y todos 
los preparativos de que para el viaje eran portadcPres. También 
era quemado el perro ó techichi, que, como ya dijimos, servía de 
guía en los senderos del milndo desconocido. Allá iban á tenerle 
palacio y servirle. 

Tenía lugar la cremación al cuarto dia de la muerte; al siguien- 
te recogían de la pira las cenizas, los huesecillos no consumidos 
y el chalchihuitl puesto por corazón, encerrándolo en la caja que 
contenía los cabellos; encima ponían una figura de palo, con litó 
insignias del señor, delante de la cual venían los dolientes á ha- 
cer sus ofrendas: á esta ceremonia' decían qidto7ialtm, que quiere 
decir, dánle buena ventura. Cuatro diaa continuos llevaban ofren- 
das de flores y comida, ante el bulto de la caja y ai lugar de la 
pira, una ó dos veces al dia según quería cada cual, terminando 
este primer período con sacrificar diez ó quince ésclavofe, pues 
durando el viaje incógnito cuatro dias, el ánima iba todavía ca- 
minando y había menester socorro. A los veinte dias matabscn 
aún cuatro ó cinco esclavos; á los sesenta, uno ó dos; á los ochen- 
ta, diez más ó menos; terminajido aquí los sacrificios. Cada año, 
en aniversario, traían ante la caja colocada en el sepulcro ofrenda 
de comida, vino, rosas y acayett, sacrificando codornices, conejos, 
aves y mariposas; pasados cuatro años cesaba en adelante toda 
demostración pública. "Los vivos en esta memoria de los defun- 
"tos, bailaban y se embeodaban, y lloraban acordándose de aquel 
"muerto y de los otros sus defunctos." (1) 

Según otra autoridad: "En la muerte de estas gentes se guar- 
da esta costumbre. Luego que el defunto ha espirado llaman 
ciertas mujeres y hombres que están salariados de público para 
hacer lo siguiente. Toman el cuerpo desnudo sobre las rodillas 
uh hombre ó mujer, y tiénelo abrazado por las espaldas, y allí 
Uéganse otras personas diputadas para lavar al finado, y lávanlo 
muy bien; y llega un hombre con un huso ó palo á manera de 
crenchas de mujeres, y mételo entre los cabellos del defunto 
con ciertas ceremonias, con las cuales divide los dichos cabe- 

(1) Mendieta, lib. n, cap. XL. La copia Torquemada, lib. XIII, cap. XLV, Le 
sigue Clavigero, tom. I, pág. 294. 



387 

Uos en unas partes y otras; y así lavado el defunto con cier- 
tos endines (*) en sus cabellos, vístenlo todo de blanco, mny 
bien vestido, y con el rostro de fuera, y asiéntanlo sobre íina si- 
lla; poniendo sobre su cabeza y sobre todo su cuerpo grandes 
penachos y plumajes de diversos colores y formas; y está así por 
espacio de una hora 6 dos; y pasado este tiempo vienen otras 
mujeres é hombres á manera de los de arriba, y desnudan al de- 
funto todas las ropas blancas y plumajes que tenía, y tómanlo á 
lavar segunda vez como de primero, y vístenlo de vestiduras co- 
loradas con otros penachos que acuden á la misma color, y pó- 
nénle en su silla como de primero por otro tanto espacio de las 
dos horas, y allí hacen cierto planto y lamentación, mayor ó me- 
nor como es la calidad del defunto. Toman tercera vez otras 
mujeres á desnudarle todo lo colorado, ylávanle como de prime- 
ro, y vístenlo todo de negro con plumajes ó penachos negros, y 
llevan todas estas tres maneras de vestiduras al templo con el 
drfonto á enterrar; y estas vestiduras no vuelven á uso humano, 
salvo que quedan á los sacerdotes para servieip del templo/' (1) 
Tal vez se refieran estas ceremonias, & caso particular de clase 6 
dignidad. 

Todos los cadáveres eran quemados; exceptuábanse los de las 
personas muertas ahogadas, de hidropesía y de alguna otra en- 
fermedad. 



C*) "No conozco esta palabra, que parece significar aquí, ungüentos 6 perfumas, 
(1) Carta de Zuazo, en Icazbalceta, tom. I, pág. 365. 



M 



LIBRO III. 



CAPÍTULO I. 

ESCRITÜKA GEBOGLÍFICA. 

NepohtuUtzUzin V quipos, — Origen de Ut escritura jeroglífica. — Escrituras diversas. 
— Son sigilos ¡/no pinturas, — Colores. — TlacuUo. — lAiros. — Bibliotec<ts o arcM- 
'DOS.— Enseñanza. — Las escrituras versaban sobre todas mateHoé, — Disposición ét 
los signos. — Pinturas histMcas.— Escritura sacerdotak'— Perdióse el arte de áeé- 
cifra/r los jeroglíficos. ^Destrucción de las pinturas, — Fundamentos de la historia 
antigua de México,^ Su valor y mitenticidad. — Las pinturas jeroglificas, 

SEGÚN el testimonio de Boturini, antes de la escritura jero- 
glífica fueron nisadas por los pueblos antiguos de México, esas 
cuerdas compuestas de otras pequeñas de. distintos colores, que 
anudadas de diferentes maneras, servían en el Perú para perpe- 
tuar los sucesos, llevar las cuentas administrativas, ¿c, suplien- 
do cumplidamente los oficios de una escritura. Llámanse qquipo 
de la palabra peruana qquipou, de etimología desconocidc^ dán- 
dose el nombre de qquipucamayoc á los oficiales encargados de 
los archivos. Muestras de ellos encontró Boturini en Tlaxcalla, 
carcomidas por el tiempo; en mexicano se nombraban nepohucd- 
tziizin, cordón de cuenta y número, ó cuenta de los sucesos. (1) 

(1) Boturini, Idea de una nuera hist., pág. 85 y ág. Veytia^ Hist ftntíg., tom. I, 
pág. 6. Clavigero, tom. I, pág. 371. 



389 

EBte género de recuerdo desapareció sin duda á la presencia de 
los jeroglíficos. 

''Son quipos unos memoriales ó registros hechos de ramales, 
en que diversos ñudos y diversos colores significan diversas co- 
sas. Es increíble lo que en este modo alcanzaron, porque cuanto 
los libros pueden decir de historias, leyes, ceremonias y cuentas 
de negocios, todo eso suplen los quipo tan puntualmente, que 
admira. Había para tener estos quipos ó memoriales oficiales 
diputados, que se llaman hoy dia Quipo camayo, los cuales eran 
obligados á dar cuenta de cada cosa, como los escribanos públi- 
cos acá, y así se les debía dar entero crédito; porque para diver- 
sos géneros, comO de guerra, de gobierno, de tributos, de cere- 
monias, de tierras había diversos quipos ó ramales; y en cada 
manojo de éstos tantos ñudos, ñudicos é hilillos atados, unos 
colorados, otros verdes, otros azules, otros blancos, y finalmente 
tantas diferencias, que así como nosotros de veinte y cuatro le- 
tras, guisándolas en diferentes maneras, sacamos tanta infinidad 
de vocablos, así éstos de sus ñudos y colores sacaban inumera- 
bles significaciones de cosas." (1) 

"Por una coincidencia singular^ efecto tal vez de la casualidad, 
una escritura análoga existía entre los chinos, en una remota 
antigüedad. Uno de los primeros jefes de aquel gran pueblo, de 
mmilnre Souir^jin^ pasa por haber introducido entre sus compa- 
triotas el uso de las cuerdas anudadas, con cuyo auxilio, no sólo 
podían llevar las cuentas comerciales, sino entender y conocer 
las leyes de la nación y los primeros principios morales. {*) Se 
pretende, que en su origen, japoneses y tibetanos usaron un pro- 
cedimiento análogo. Como quiera que sea, no admira que esa 
smgular invención se encuentre en muchos puntos lejanos en el 
globo, pues antes de la invension de la escritura, todos los pue- 
blos debieron emplear procedimientos de este género para fijar 
sns pensamientos." (2) 

Al llegar del N. los tolteca para fundar la monarquía de Tol- 
Ito, ya traían la escritura jeroglífica, ejercitada en su antigua 

(1) Acósta, Hist. nat. y. moral, liK VI, cap. VHI. ' 

(*) •'Véase respecto de esto la obra ohina intitulada: Kang-kien-i-tchi'loh, lib. I, 

í. 4. (Nota de la redacción)." 
(2^ Notice sur les qquipos des anciens Pérvpiens par M. José Pérez. Revtje Amé- 

ncaine, par León de Rosny, Denxiéme serie, tom. II, pág. 54. 



390 

patria Huhuetlapallan. (1) ¿Fueron ellos los inveatorea, ó k re- 
cibieron de otro pueblo? No sabemos responder á la pr^girnta. 
Si ellos la inventaron, maestra es de ana civilización iiauy avan- 
zada, á que no pudo llegarse sino tras largos siglos de estabilidad 
y adelantos; si de otro pueblo la aprendieron, éste debió encon- 
trarse en circunstancias análogas: de todos modos: algo hay más 
allá de los tolteoa. Tampoco podremos resolver, si el conocimie&to 
era peculiar á la tribu ó común á la raza nahoa, aunque lo e&- 
contremos aplicado por los acolhua desde que se preseixtafon eu 
el valle. La verdad es, que el arte de escribir lo enseñaron los 
tolteca á sus contemporáneos; que después de acabada la monar- 
quía de Tollan, los restos dispersos lo propagaron entre chichi- 
meca y otomíes, llegando á preponderar en Anáhuac. 

De ios mexicanos se dice, que desde el principio de su pere- 
grinación traían sus sabios ó adivinos llamados amoocoaqmf es 
decir, "hombres entendidos en las pinturas antiguas.** Compu- 
sieron la cuenta del tiempo, e inventaron la astrología judiciaría 
y el arte de adivinar los sueños, escribiendo sus relaciones his- 
tóricas, todo lo cual se sabía por las pinturas, ^'que se quemaron 
^'en tiempo del señor de México que se decía Itzcoatl, en cuya 
''época los señores y los principales que había entonces, acorda- 
^'ron y mandaron que se quemasen todas, para que no viniesen á 
'^anos del vulgo y fuesen menospreciadas.'* (2) Hé aquí una dae- 
truccion de pinturas, perpetrada antes que la de los castellanos. 

En las pinturas méxica el dibujo es incorrecto, los contornos, 
angulosos y duros; carecen de términos y gradaciones las figuifts 
puestas en contraste; no siempre guardan proporción las partes 
del mismo objeto: se echan de menos las sombras, siquiera en el 
dintorno; hombres y animales casi siempre de perfil, tienen co- 
locados los ojos cual si estuvieran de £rente; los colores presen- 
tan campos iguales, de tintas brillantes. A pesar.de t£UQia¿os 
defectos, las pinturas rebelan manos firmes y ejeroitadae, cierto 
gusto al disponer algunas figuras; se descubre que el pintor sa- 
crifica la belleza del dibujo y su saber artístico, á la necesidad 
de ganar tiempo. Esos mamarrachos no son la expresión del arte 

(1) Ixtlilxochitl, Hist. Chichimeca y relac. MS. Los autores están contestes en 
este ponto. 

(2) Sahagun, tom. HI, pág. 140-1. • • 



391 

azteca^ ni por ellos puede juzgarse del estado de perfeecion al- 
oaassado por los pintores; no son. pinturas, son signos gráficos 
destinados á despertar ideas, repetidos siempre de la misma ma- 
sera, en consonancia con un sistema convencional y como tal 
practicado. 

En parte por esta razón, no siempre es fácil atinar con los ob- 
jetos representados. Se distinguen fácilmente el hombre, la mu- 
jer, y multitud de otros signos; pero se escapan algunos yestidot, 
adornos, uiensilioe empleados en las faenas dom^ticas, y todos 
los de este genero. No nace ésto de mal desempeño en la pintu- 
ra, sino de que no siempre sabemos lo bastante de los usos y las 
costumbres antiguas. La dificultad sube de punto en los anima- 
les, más mal diseñados en proporción de más pequeños, hacién- 
dose casi insuperable en las plantas, distinguibles por figuras 
convencionales y no por las propias formas. Es que, lo repeti- 
mos^ no son pinturas, sino signos. 

Jjob colores empleados, con pocas excepciones, son el blanco, 
üagro, azul, rojo, verde, amarillo, morado, en intensidades varia- 
bles. £1 ccádiomO) grueso y uniforme, siempre negro; los objetos 
de 8U natural color, aunque no siempre con verdadera exactitud. 
Las carnes de ¿unarillo sucio, para xemedar el tinte cobrizo de 
la raza; se indica la persona muerta 6 enferma, con amarillo pá- 
lida: los troneos de los árboles, las maderas y los taUoe de las 
plantas, también amaríllps, las hojas verdes, los frutos del color 
que piden: el agua azul, y en algunos casos verde, verdes los 
montes^ las flores rojas; los edificios blancos, los trastes de biu'ro 
aanarillo, &c. Si se echan de menos las medias tintas y sombras, 
es porque los colores, así como los contornos, son convenciona- 
les; algo ukás, en muchos casos son elemento en el valor fónico 
de la figura. Siempre que un objeto, en lugar de su color cons- 
tante lleva otro diverso, éste se tiene en cuenta en la descifracion; 
V. g. el mímico tepeÜ va pintado de verde, y suena tq^ec, mas dado 
de xmgro, el sonido cambia en üüíepec^ cerro prieto 6 negro. 

El color rojo sacaban de la grana, - nocheztíí, que se vendía en 
los mercados en forma de panes: de menor clase ^ra el tiapatnez- 
iU ó gramak cenicienta. Con el achioü, achiote, (Bixa Orellana) se 
sacaba color de vermellon, mezclando las flores ó semillas con 
la grasa del cocm aodn. El Jmiticuakuitl, galo de Campeche ó de 
tinte, suministraba un rojo negruzco; revuelto con alumbre el 



392 

color salía claro y hermoso. Colorado &brioaban con las hojas 
del arbusto tezocUl, hervidas con alumbre; también de la planta 
dicha Üaliac. Amarillo claro obtenían del zouxxüaúoccdli; amarillo 
oscuro del ocre llamado teookxhtUÜ, ó del xookipeMi^ tintura de 
flores, que tiene la hoja semejante á la artemisa; naranjado, de 
las hojas del mismo xocMpaUi mezcladas con nitro. Del xiquiM 
6 xiquüipitzahuaCi añil, (Indigotera Argéntea), sacaban ei a^l 
turquí j claro: y del maílálxihuiü el muy fino azul llamado mar 
ÜoHiy 6 los texotU y xocohuic^ azul celeste. Para el blanco aervían 
el tÍMÜ ó tizatlaUij tizate, semejante al blanco de España, y el 
chimaÜizaMj que calcinado queda parecido al yeso. Tinta negra 
hacían del nacazcolotl, huixackiny otros ingredientes, ó de la 
planta llamada tlcdiac; color negro de una tierra fétida, mineral, 
llamada Ücdihiaxnc 6 con el humo del ccoü^ usado todavía. Con el 
amarillo del zacaUaxcalli y el azul del texoHi, unidos al tzaeuM^ 
formaban* el verde oscuro dicho yiapcdU: loa matices del verde 
de las mezclas diversas de amarillo y azul. La grana con alum- 
bre, dan morado. El leonado provenía de la piedra que traían 
de Tlahuic, llamada tecoxtK, molida y revuelta con tzacutü (1) 

Daban consistencia y brillo á los colorea con algunas gomas ú 
resinas; en las pieles preparadas usaban del aceite de chian, f(n> 
mando un barniz con la ^grasa del cocua axin; de preferencia 
empleaban el tzatUti. '^ TzateUi y zazcdic son yerbas glutinosas y 
pegajosas, frías, húmedas y restringeni^s: el é¡íatsÜ{ es raíz de una 
yerba que produce las hojas como las del puerro, los tallos de* 
rochos y las flores que da amarillas tiran á rojas, menores que 
los lirios, nacen en tierras calientes; de asta se hacen polvos pa- 
ra pegar, y se gastan para las pastillas de. boca y de sahumar. . . 
El zaacdic tiene los tallos largos y delgados, las ^ojas largas, la 
fruta á racimos en forma de uvas silve^es, con zarcillos como 
parras, nace en pedregales en los altos de México." (2) Eficaces 
eran los medios de fijar los coloree, supuesto que, después de 
los siglos transcurridos, las pinturas están frescas cual si lleva- 
ran poco tiempo de estar aplicadas al papeL 

Para los escritos eran empleados las diversas clases de papel; 
lienzos de algodón, de pita, de las.fibras de la palma iczotl, y de 

(1) Sahagon, tom. 3, pág. 300-9. Clavigero, tom. 1^ pág. 868. 

(2) Yetanoourt, Teatro Mexicano, P. 1, T. 2, n;ím. 224. 



algunos otros toxiáles: eran de una sola pieza, ó compuestos de 
Itrios fragmentos unidos por medio de costuras. Pintaban tam- 
bién sobre pieles curtidas j preparadas con arte, ya en su for- 
tta natural, ya cortadas en tiras unidas por medio de costuras: 
algunas ]fHeles ofrecen un barniz blanco, sobre el cual está p^s* 
ta la pintuta. 

Los pintores, ÜaeuilOf trasmitíim el arte de padres á hijos: la 
^rofedion presuponía cierto número de conocimientos, de donde 
resultaba que los pintores eran muy. considerados por reyes y 
señores, quienes en multitud de casos les consultaban acerca del 
contenido de las x^inturas. En el Gód. Mendocino el Üacuilo lleva 
en la mano un instrumento parecido al estilo de los romanos; 
ssgun se infiere, era de madera y arralado dé manera que, pu- 
diera conservar la tinta para f(»rmar los contomos. Probable- 
mente conocían algo semejante al pincel, pues de otra manera 
BO 86 entiende cómo daban las tintas sin cortarlas, en campos 
axtoisos. 

Conservábanse los MSS. formados rollos, ó bien plegados 
un dobtoz á la parte inferior, otro á la superior altemativa- 
m^te, con dos tablas en las caras contrapuestas, lo que les 
bada tomar la apariencia de los libros modernos. (1) En Hon- 
duras, *^había unos libros de hojas á su modo encuadernados ó 
^I^IiegadoSy en que tenían los indios sabios la distribución de sus 
'iJempos, y conooimientp de planetas y animales, y otras cosas 
'^natnvales, y sus antiguallas; cosa de grande curiosidad y dili- 
^gexieia." (2) Las pinturas andaban en manos de todos como 
muy comunes; mas había también granded depósitos formados 
por eoénta del Estado, especie de archivos ó bibliotecas, en don- 
de se custodiaban los documentos de la nación. La mayor bi- 
blifiiteea y mejor escuela de escritura ei^m las de Texcoco, se- 
guian en importancia las de México: muchos empleados se ocu- 
paban exclusivamente en copiar las pinturas y tenerlas en arre- 
glo» lios libros, lo mismo que el papel, se llamaban amatl En 
Móxico había un noble, nombrado por el rey, destinado á velar 
8c^d los cronistas. (3) 

(1) Clavigero, tom. 1, pág. 367. 

(2) AcoBta, lib. IV, cap. VII. 

(3) Torquemada, lib. XIV, cap. VI. 

• 50 



394 

La lectura se enseñaba eu los colegios, y los sacerdotes ini- 
ciaban á los mancebos que seguían la vida sacerdotal, en la des- 
oifracion y conocimiento de los libros religiosos. ''Es de saber, 
que tenían los mexicanos grande curiosidad en que los mucha- 
chos tomasen de n\emoría los dichos parlamentos y composi- 
ciones, y para ésto tenían escuelas, y como colegios ó seminarios, 
adonde los ancianos enseñaban á los mozos éstas y otras mudbas 
cosas, que por tradición se conservan tan enteras, como si hu- 
biera escritura de ellas. Especialmente las nacioiies famosas 
hacían á los muchachos' que* se imponían para ser retóricos, y 
usar oficio de oradores, que las i)omasen palabra por palabra; y 
muchas de éstas, cuando vinieron los españoles, y lea enseñEuron 
á escribir y leer nuestra lengua, los mismos indios las escribie- 
ron, como lo testifican hombres graves que las leyeron." (1) La 
lectura era conocimiento corriente entre sacerdotes, nobles y 
letrados.. 

Del testimonio unánime de los escritores, del exán^n de las 
pinturas que hoy pueden ser estudiadas, resulta que los libros 
versaban sobre todos los rabios: historia, peregrin84Ú<nxe6, ge- 
nealogías, códigos civiles V criminales, calendario, mitología, 
arte adivinatoria, astronomía, usos y costumbres, ph^os geo- 
gráficos, topográficos y de ciudades, cuentas y tributos, tie^rras 
y propiedades, pleitos y litigios, cantos é himnos para los dio- 
ses, &C., &c. (2) Fr. Bemardino de Sahagun nos dice, qae ha- 
biendo emprendido por orden de su prelado la obra que com- 
puso, conferenció con los indios entendidos de Tepeopuloo, quie- 
nes, ''todas las cosas que conferimos me las dieron por pinturas, 
"que aquella era la escritura que ellos antiguamente usaban: los 
"gramáticos las declaraban en su lengua, escribiendo la decla- 
"racion al pié de la pintura. Tengo aun ahora estos orj^^- 
"les." (3) Bajo la verdad de tan autorizada persona se pu/ede 
establecer, que la. anotación gráfica de los azteca, era muy aban- 
dante en recursos, supuesto que podía expresar, de una mai»era 

* 

inteligible, cuantas materias abarcó en sus libros el inaprecia- 
ble franciscano. 

(1) Acosta, Ub. VI, cap. VII. 

(2) Torquemada, lib. I, cap. X, XI; lib. II, cap. XUI; Ub. X, cap. XVI; lib XIV, 
cap. VIII. Motolinia, en Icazbalceta, pág. 186. Glayigero, tom. 1, pág. $66, &c,&c. 

(3) Hist. general, tom 1, pág. IV. 



895 

'Tor lo que respecta al orden de representar los años y los 
fioodsosy el pintor podía empezar por el ángulo qne se le anto- 
jase; pero eon esta regla observada constantemente en cuantas 
{rifitiiras lie yisto: ásto es, que «i empezaba por el ángulo supe- 
rior á mano derecha, continuaba hada la iaquierda^ 8i empeza- 
ba como era más común, por el ángulo superior de la izquierda, 
continuaba hacia la derecha, y si en el ángulo inferior de la de- 
fedm, seguia perpendicularmenie hacia arriba; de modo que en 
h parte superior de la tela no pintaban nunca de izquierda á 
dffl^eeha^ ni en el inferi<^ de derecha á izquierda; ni subían por 
la isquierda, ni bajaban por el ladp opuesto. Sabido este méto- 
do es fácil conocer á primera vista donde empe^ba la serie de 
los años en una pintura histáriea*" (1) 

No contradecimos estas aeeTeraeiones, mas aumentaremos al- 
guna observación. En los círculos de los ccdendarios, los signos 
corren de derecha á izquierda, y este uso parece prevalecer. Se 
presentan, sin embaído, excepciones á las reglas generales. De 
lasaos estampas publicadas por el Sr. D. Femando Bamírez, 
en ei Atias de Ghtrcía Cubas, la primera comienza á la derecha, 
8%uiendo á la izquierda de una manera irregular, adelantando 
por la superficie del papel y pasando sin otra regla, á lo que pa- 
leee, que aprovechar el eoípwdo; la segimda presenta la narra- 
'oion de izquierda á derecha, y las anotaciones cronológicaa en 
columnas verticales, sucediándose alteoms^vamente de arriba 
abajo y al contraria La historia sincrónica de Tepechpan está 
dispuesta en dos líneas horizontales, de izquierda á derecha. 

Contrayéndonos á las pinturas históricas, en que hemos pre- 
tendido ejercitamos, diremos lo que hemos creído entender. La 
iósioria, tiatolloíl, cual ha llegado á nuestros dias, consta en pin^ 
toras, Üacuüoüi, ilacHÜólMli, que contienen ya un hecho aislado, 
ya un periodo de mayor ó menor duración; bien una crónica en- 
tera ó la serie de los reyes de una nación. Sabemos que al pin- 
tor se decía Üacmlo; al cronista se llamaba xinMl<icuüo, pintor de 
años 6 por años. Contienen la relación de los sucesos, acompa- 
ñadas ó no da anotaciones cronológicas. Las primeras solo se 
diferencian de las segundas, en la falta délas fechas; son por és- 
to de menor aprecio, no pasando de simples tlacuüólU. has ero- 

(1) Clayigero, tom. 1, pág. 370-1. 



396 

nológioas, cexiuhÜajOuiloUi, pintura 6 historia año por año> cexMr 
araaüy papel ó historia año por año; ofrecen dos madreadas di** 
visiones. En la una, los ciclos van anotados con el símbolo dá 
xinhmólpiU!, y los años por medio de puntos: ésto deja la crcoio» 
logia imperfecta y á veces algo oscura. En la otra división, los 
signos cronográficos se suceden con toda regularidad, suminis* 
trando el tipo perfecto de esta escritura. 

De la disposición de las pinturas, uo se saca una regla g^ie: 
ral absoluta. Se les encuentra dispuestas como las páginas de 
un libro, en grupos separados y completos; ó sobre la misma sn^ 
perfície afectan la forma de columnas verticalee, con leotura de 
alto á bajo, enlazados los años con las figuras; ó en líneas ho- 
rizontales, ó en una sola prolongada; ó en grupos aislados; ó eo- 
mo en ciertos itinerarios, revolviendo en todas díreecionj^. Ge- 
neralmente, las figuras tienen vuelto el rostro hacia el lado para 
donde sigue la lectura: en un solo grupo, las personas miran bi- 
cia el punto principal de la pintura, ó están Ireinte á frente ex- 
plicando las relaciones ó el enlace que entre sí tienen: muchos 
objetos rodeando otro central, indican que éste es el fin piinm- 
pal de la leyenda, al cual están los demás subordinados. En<jk>6 
demás casos, el mismo asunto determina la posición y las aotí- 
tudes de los individuos, según el efecto que el piniror quiso pro- 
ducir en la imaginación. La serie cronológica, es guía infalible 
para seguir sin titubear una narración extensa. 

Gama, competente autoridad en la materia, asegura que exis- 
tían, "tres especies de historia, la vulgar ^ la cronólógioa y la odefi- 
"¿6 y ntUdógica.'^ Poco más adelante continúa: "Entre los mis- 
mos sacerdotes habíannos (y éstos eran los más dupersticiosos), 
^de quienes era peculiar la^ tercera especie de historia. Ellos lle- 
vaban la memoria del origen de sus dioses, de los tiempos en 
que nacieron sus principales capitanes y caudillos que suponían 
haberse convertido en tales; sus acontecimientos, sus transfof- 
maciones, y todo lo demás que tenía relación con su mitología, 
cuyas fábulas estaban historiadas en sus pinturas, de que ellos 
mismos eran los autores. A estos pertenecía tamlnen el asentar 
las fiestas rituales, formar el Tonalamatl, y dar las respuestas 
en los negocios que les consultaban como oráculo de sus dioses. 
Eran éstos los astrólogos judiciarios, que levantaban figura^ &xr- 
maban sus temas celestes, y pronósticos genetlíaoos sobre laven- 



397 

tttM^ los luuHdoB: pmtabain sos libros qne lliimabau Teoamox- 
tíi con dertos símboloB y gerogUficos que solo ellos entendían, . 
én que estaban cifrados los más ocultos arcanos y misterios de 
8ü falsa religión. De estos libros zángano se ha encontrado» de- 
bieron de quemarlos todos los primeros religiosos qne vinieron 
á predicar el santo erangelio, 6 los escondieron aquellos sacer- 
dotes qne quedaron yíyos después de la conquista, de modo que 
no^'itim parecido jamas; por lo que de esta especie de historia 
nada diremos. En cuanto á sus símbolos y caracteres, basta pa- 
ra conocer la gran dificultad que había para entenderlos el saber 
que estaba reservado á solo los sacerdotes su formación é inte- 
ligencia." (1) 

Fuera de que no existe ningún documento de efite género, pues 
hoy tenemos los publicados por Lord Eongaborongh, es. de toda 
etidencia y así consta en los autores y en las pinturas del Oód. 
Mendociüo, que los sacerdotes tenían bajo su exclusivo cargo 
i0 tocante al culto y religión, la astronomía y el cálculo para 
predecir el futuro: también es verdad, que los símbolos de aque- 
lla escritura solo de ellos eran conocidos. De aquí nace la oues- 
tídi) si ''los sacerdotes usaban de caracteres simbólicos ocultos, 
^^pftíta representar los misterios de la religión." (2) Como en to- 
(ias las cosas humanas, niéganlo unos, ácéptanlo otros. Por nues- 
tra parte, aunque con fundamento lo sospechamos, no podríamos 
sin temeridad afirmar, no sabiéndolo bien, que existieran dos 
gáieros diversos de escritura; la sacerdotal, sagrada y oculta, y 
la vulgar ó comuiL* Pero adoptando que la manera de escribir 
faeza la misma; supuesto que la escritura mitológica es simbóli- 
C8^ que los símbolos son generalmente arbitrarios;, que quien 
no conoce el valor del signo no puede interpretarlo; que los sa- 
cerdotes se reservaban el conocimiento de aquellos caracteres; 
qué 0Ólo iniciaban en la lectura á quienes seguían la carrera sa- 
eeidotal; se sigue naturalmente, que los sacerdotes usaban de 
ana escritura fuera del conocimiento del vulgo. 

En cuanto á la importancia que tengan y aprecio que deba 
haoeroe de los jeroglíficos astecas, las opiniones son variables. 
Wilson determina ex cátedra, que las pinturas son obra de los 

(1) OaaiA, déscdpoion de las dos piedias. Mádco, 1832. Segunda parte, pág. 81. 
(2> Pveflcott, C<mq. de Máúco, edio. de Cnnrplido, 1844. Tom. I, pág. 67. 



398 

frailes. Uuos dicen, que no pasan de escritura pintada; otros se 
ñjan en que, los símbolos son sólo figurativos, expresando un 
estado incipiente del arte: éstos, los comparan á los logogrifos; 
aquellos, les dan la importancia de los rebtis pintados. Pva 
Prescott, "los jeroglíficos servían de una especie de estenografía, 
"ó colección de notas más significativas en realidad, de lo que pa- 
"recían interpretadas literalmente, y la reunión de éstas, tradicio- 
''nes orales y escritas, constituía lo que se puede llamarla literár 
"tura de los aztecas." (1) Copiamos arriba el juicio de SahagUD, 
El Sr. obispo Gasas, asegurando que vio las pinturas, aumenta: 
"Aunque no tenían escritura como nosotros, empero tenífui sus 
"figuras y caracteres, que todas las cosas que querían significa- 
"ban; y destas sus libros grandes por tan agudo y sutil artificio, 
"que podríamos decir que nuestras letras en aquello ik> les hi* 
"cieron ventaja." (2) "Porque tenían sus figuras y jeroglíficos con 
que pintaban las cosas' en esta forma, que las cosas que tenían 
figura las ponían con sus propias imágenes, y para las oosaA que 
no había imagen propia, tenían otros caracteres significativos 4Íe 
aquello, y con este modo figuraban cuanto querían, y para me- 
moria del tiempo en que acaecía cada cosa, tenían aquelle^ rae- 
das pintadas, que cada una de ellas tenía un siglo, que er^ 62 
años." (3) 

"Porque tenían para cada género sus escritores, unos que tra^ 
taban de los anales, poniendo por su orden las cosas que acae- 
cían en cada un año, con dia, mes y hora; otros tenían á su oaargo 
las genealogías y descendencias de los reyes, y señores y personas 
de linaje, asentando por cuenta y razón los que nacían, y borraban 
los que morían cbn la misma cuenta; unos tenían cuidado de lae 
pinturas de los términos, límites y mojoneras de las ciudades, 
provincias, pueblos y lugares, y de las suertes y repartimiento 
de las tierras de cuyas eran y á quién pertenecían; óteos, de losli- 
* bros y las leyes, ritos y ceremonias que usaban en su infidelidad^ 
y los sacerdotes de los templos, de sus idolatrías y modo de fs 
doctrina idolátrica, y de las fiestas de sus falsos dioses, y calen- 
darios; y finalmente los filósofos y sabios que tenían entre ellos, 

(1) Hist. de la conquista, tom. I, pág. 69. Edic. de Cumplido. 

(2) ffiflt. apologética. MS., cap. COXXXV. 

(3) Acosta, Ub. VI, cap. VII. 



399 

estoba á sn catgo el pintar todas las ciencias que sabían y alcan^ 
zaban, y enseñar de memoria todos los cantos qne conservabaii, 
sas ciencias -e historias." (1) El mismo cronista asegura, que pa- 
ra quienes la entendían, la escritura jeroglífica era tan dará como 
nvueáras letras. Torquemada repite, en los capítulos antes citados, 
qire eran "letras reales de cosas pintadas," y que lo que afirma 
está tomado "de las mismas historias mexicanas y tetzcucanas, 
"que son las que sigo en este discurso, y las que tengo en mi 
"poder." 

Comparando estas diversas autoridades observaremos, que las 
personas más cercanas á los tieíupos de la conquista ó las que 
aparecen como más entendidas en la cuestión, son ItS que pro- 
nancian juicios más favorables acerca de la escritura azteca: es 
lógico, los jueces más competentes pronuncian fallos más funda- 
dos. Una consecuencia se desprende naturalmente; la escritura 
gráfica de los nahoa era capaa de expresar las cosas materiales 
7 las abstractas. La interpretación de aquellos caracteres es des- 
coi^eida para nosotros; ignoramos de todo punto esa lectura 
de corrido de los signos, cual si fueran letras; no estamos muy 
versados en el idioma, y todas estas causas reunidas determinan, 
que no podamos acertar, cual se debiera, al formar juicio en esta 
materia. Pero debemos huir del ejemplo de quienes no atinando 
en cosa oscura, la dan por inútil ó absurda, para ocultar la pro- 
pia incapacidad. 

Las pinturas sufrieron constante persecución. Como decimos 
en otro lugar, el rey Itzco^tl mandó destruir las relaciones anti- 
guas, porque no llegasen á noticia del vulgo y fuesen menospre- 
eiadas. Los aliados tlaxcalteca, al ocupar en compañía de los 
castellanos la ciudad de Texcoco, destruyeron la biblioteca de 
aquella monarquía. Al quedar arrasada la capital por los espa- 
ñolea y sus amigos, perecieron las bibliotecas de México, los 
depósitos de MSS. conservados en los teocalli, y los documentos 
que guardaban los particulares. Más tarde las pérdidas se hicie- 
ron mayores; "porque los indios antiguos escondieron estos pa- 
peles porque no se los quitasen los españoles, cuando les entraron 
la ciudad y tierras, y se quedaron perdidos por muerte de los 
que las escondieron, ó porque los religiosos y obispo primero 

(1) Iitiikochitl, hist. chichim. Prólogo MS. • 



400 • 

D. Juan de Zumárraga los quemaron, con otros muchos, de ma- 
cha importancia p&ra saber las cosas antiguas de esta tierra, 
porque como todas ellas eram figuras y tí&racteres, que represen- 
taban animales racionales é irracionales, yerbas, árboles, piedras, 
montes, agua, sierras y otras cosas de este tono, entendieron que 
era demostración de superstición idolátrica; y así quemaron 
cuantos pudieron haber á las manos, que á no haber sido diligen- 
tes algunos indios curiosos, en esconder parte de estos papeles y 
historias, no hubiera ahora de ellos, aun la noticia que tene- 
mos." (1) Comprendemos la necesidad en que se vieron aquellos 
buenos misioneros y su prelado para destruir los objetos perte- 
necientes al idolátrico culto; no los censuramos, sabiéndonos co- 
locar en las condiciones del tiempo y de las circunstancias; sin 
embargo, duélenos mucho aquellas destrucciones en que pere- 
cieron los tesoros científicos de un pueblo. Justicia sea hecha. 
Ijos mismos religiosos perseguidores, cuando supieron distinguir 
el escrito dogmático, del histórico y del científico, fueron los 
primeros que se apresuraron á aprovechar aquellos papeles, for- 
mando primorosas relaciones que hoy sirven de recro y de en- 
señeamiento. MSS. infortunados. En los siglos subsecuentes, por 
motivo del desden con que ercm vistos, muchos fueron consumi- 
dos por la humedad y la polilla. Hoy mismo, en que la codicia 
se sobrepone al deseo de saber y al patriotismo, las raras pin- 
turas que se descubren toman camino al extranjero, en manos de 
persona más curioas ó entendidas. 

Brota espontáneamente la observación de que, si las pinturas 
antiguas perecieron, y ademas, es desconocida su lectura, de nin- 
gún provecho pueden ser para la historia esos confusos dibujos 
que en nuestros dias circulan, tal vez con señales de ser apócri- 
fos. Vamos á responder; mas como ésto mereciera una lai^a y 
esmerada disertación, y ésta no sea la sazón de intentarla, ha- 
bremos de contentamos con pocas palabras respectivaQiente, y 
con someras indicaciones, ya históricas, ya bibliográficas. 

Fácil es de comprender que, al entregar al fuego las bibliote- 
cas de México y de Texcoco, ^ los papeles en poder de los parti- 
culares, no pudo hacerse lo mismo en todas las ciudades; los 
indios se apresuraron á esconder aqueUos documentos que en 

(1) Torqueij^ada, Jib. III, cap. VI. 



401 

sa poder estaban, loa ocultaron cuidadosamente, y aunque esto 
mismo haya sido causa de que muchos se extraviaran, no pocos 
al fin se salvaron del cataclismo. Los mismos autores del mal, 
como acabamos de decir, conocieron bien pronto su error, dedi- 
cándose inmediatamente á reparar el daño causado; los religiosos 
86 dieron á buscar las pinturas existentes, y en lugar de destruir- 
las. las estudiaron ó interpretaron. recogi;ndo la ^adición de los 
inteligentes, consultando con los entendidos y fijando en lengua 
castellana las observaciones cosechadas. A su ejemplo, los indí- 
genas, sacudiendo un tanto el miedo, hacían copias de las anti- 
guas pinturas, poní miles, los que sabían escribir, los caracteres 
fonéticos castellanos, ya solo los nombres á los grupos jeroglí- 
ficos, ya comentarios é interpretaciones completas en su idioma; 
ya^ en fin, escribieron relaciones en que estaba recogida la tra- 
dición méxica. 

Contrayéndonos á las pinturas publicadas, que conocemos, se 
presenta en primer término la inapreciable y magnífica colección 
del Lord Elingsborough, digna de las alabanzas de la fama. En 
ellas se contienen, relativas á la historia política de México, tres 
pie2as principales. El Cód. Mendocino, llamado así por haberle 
mandado hacer el primer virey de la colonia, el muy ilustrado 
D. Antonio de Mendoza: escrito por pintores mexicanos, inter- 
pretado por loa tlacuüo que aun sobrevivían, trasladada la des- 
dfracion méxica por buenos intérpretes castellanos, el documen- 
to es auténtico, fehaciente, digno de todo crédito. Las dos pintu- 
ras de las peregrinaciones aztecas, t][ue han visto la luz pública 
varias veces, en diversas formas, siendo la edición más estimada 
la del Sr. D. Femando Bamírez, por ir acompañadas las láminas 
de eruditas explicaciones: los originales antiguos, verdaderos, 
irrecusables, existen todavía. En París han sido litografiados, 
de la colección de Mr. Aubin, antes de Boturini, el Tonalamatl, 
la historia sincrónica de Tepechpan y de México, y en f ac-símile 
un M8. anónimo del siglo XVI, en figuras, y con la interpreta- 
ción en mexicano. Debe enumerarse con aprecio, la colección 
pul)licada en París, de las estampas relativas á los viajes de Du- 
paix. Otras de menor importancia en varios libros y relaciones. 

Para la historía política de Texcoco, presenta el Kingsborough 

dos documentos culminantes; los Códices Telleriano Bemense, y 

Vaticano, ambos con explicaciones: en ellos va mezclada la his- 

51 



402 

toria de México, como accidental, y no formando el asunto pri- 
mero, que pertenece á la monarquía Acolhua. De la coleccioB 
Anbin, el Mapa Tlotzin y el Mapa Quinatzin, que llevan junto á 
las figuras textos explicativos mexicanos. 

No son pocos los escritores indígenas, más ó menos cercanos 
a la conquista: (1) si mucho se ha perdido de lo que escribieron, 
quedannos todavía bastante. De lo más precioso es sin duda la 
obra de un anónimo del siglo XVI, quien escribió en mexicano; 
tradújola al castellano el jesuíta Juan Tovar, y esta traducción 
fué aprovechada al pió de la letra, ó con cortas variantes, por el 
P. Acosta en su Hist. natural y moral de las Indias, en la parte 
relativa á México. El mismo MS. sirvió á los escritores nacio- 
nales Duran y Tezozomoc, para tejer sus obras respectivas, si 
bien exornadas con mayor número de noticias, hasta haberse 
hecho muy más grandes que el original. (2) Bajo el título, Ana- 
les antiguos de México y sus contornos, compiló el Sr. Bamírez 
26 piezas entre fragmentos y relaciones antiguas, en castellano 
ó en mexicano y con su respectiva traducción; son de autores 
indígenas. (3) Quedan al comercio literario, la obra de Ohimal- 
pain, la historia de Tlaxcalla de Diego Muñoz Oamargo, la rela- 
ción de Texcoco de Juan Bautista Pomar, y otras de menos 
cuantía. 

Una de las fuentes más puras para la historiar de los tolteca, 
chichimeca y acolhua, se encuentra en las relaciones é historia 
chichimeca de D. Fernando de Alva Ixtlilxochitl. Sacadas de las 
pinturas antiguas que obraron en poder de sus antepasados; 
consultadas las relaciones escritas por los cronistas de su nación; 
oido el parecer de los sabios ancianos que aun conservaban las 
tradiciones de la patria, á quienes hizo Certificar á 18 de No- 
viembre de 1608, que todo estaba conforme con los primitivos 

(1) Véase Clavigero, tom. 1, pág. XVII. Ixtlilxochitl, Hist. Chichim. y Belaciones, 
haciendo mérito de las pinturas e' historias que le sirvieron. Boturini, Catálogo del 
Museo, hist. indiano, al fin de su obra. 

(2) Descubrió este MS. el Sr. D. Femando Bamírez, en la biblioteca de S. Fran- 
cisco. Está acompañado de láminas; la letra es del siglo XVI, y parece ser la traduc- 
ción misma del P. Juan Tovar. Tenemos copia autorizada, y citaremos el documento 
bajo el título, Códice Bamírez, en honra de quien le conservó. 

(3) Véase el catálogo de los dos vol. MSS. en los Apuntes para un catálogo de es- 
critores en lenguas indígenas de México, por Joaquin García Icazbalceta. Tenemos 
copia de los documentos. 



403 

documentos; sus escritos tienen el sello más anténtico, snpnesto 
qne se fundan en las pinturas jeroglificas, en historias escritas 
j en la tradición contemporánea. (1) Amargas crítica^ se han 
hecho de las obras de este autor, por la desigualdad de sus re- 
laciones, y principalmente por la confusión que su cronología 
presenta. El cargo es verdadero; al mismo síml^plo cronográfioo 
mexicano, atribuye distintas correspondencias éñ la serie de los 
años vulgares, resultando cómputos imposibles de ser puestos 
de acuerdo. La explicación es obvia: Ixtlilxochitl verídico y pun- 
tual enia narración de los sucesos, no pudo alcanzar cumpli- 
damente la confrontación de los calendarios azteca y juliano: en 
cada relación se atuvo á cálculo distinto, y sólo vino á medio 
atinar en la historia chichimeca. El remedio es bien sencillo; 
tomar tablas de correspondencia exacta, y partiendo de una fe- 
cha conocida y bien determinada atribuir á cada anotación grá- 
fica, que son. ciertas y no varían, el año de nuestra era que en 
realidad le corresponda. Veytia, que bebió en Ixtlilxochítl, re- 
formó los trabajos de su maestro, aunque por rumbo diverso del 
que indicamos, presentando con pocas excepciones la verdadera 
cronología de la Historia Chichimeca. 

De los trabajos de los religiosos tenemos dos relaciones, es- 
critas á pedimento de Doña Isabel, hija de Motecuhzoma, con 
presencia de las pinturas antiguas, que aparecían manchadas con 
la sangre del sacrificio. La hermosa crónica de Fray Toribio 
Motolinia, abundante y puntual en lo relativo á las costumbres, 
lleva cortas noticias acerca de las tribus de Anáhuac y de los 
reyes de México, en la epístola proemial al conde de Benavente. 
Fr. Gerónimo de Mendieta, que indica haber aprovechado los 
trabajos del P. Olmos, perdidos hoy para nosotros. Todos estos 
escritores, más ó menos próximos á la conquista, disfrutaron de 
las pinturas, vieron con sus ojos las ruinas del destrozado imperio, 
recof^eron las tradiciones aztecas en puras fuentes. Por la con- 
formidad en la genealogía de los reyes de México, aparecen for- 
mando como la escuela primitiva; tuvieron k la vista una pintura 
semejante á la del Vaticano, discordando en los tres primeros 
reinados, concordando bien en los demás. Mendieta es una 



(1) Notas y esclarecimientos, por D. José Femando Bamírez, en la historia de la 
conquista por Prescot, edic. de Cumplido, tom. 2, pág. 3. 



404: 

excepción en la parte cronológica, pues sigue al pie de la letra el 
Cód. Mendocino, errando donde el intérprete yerra. A este gru- 
po debemos agregar á Francisco López de Gomara, bien infor- 
mado en general de estas primeras doctrinas; pero diminuto y 
trunco en la cronología. 

La magnífica obra de Fr. Bernardino de Sahagun, es una de 
las fuentes más caracterizadas de nuestra historia antigua. Exac- 
to 7 extenso en las costumbres, solo consagró á las dinastías de 
los reyes los cap. I al V, del lib. VIII. Su cronología se aleja en 
lo absoluto de la adoptada por la escuela anterior, que le debía 
ser conocida, arrojando fechas imposibles de concordar: presu- 
mimos que esta parte de la obra ha sufrido en las copias serias 
alteraciones. Nos afirma en esta opinión, encontrar en las rela- 
ciones franciscanas una firmada, Fr. Bernardino franciscano, (1) 
que en nuestro concepto pertenece á Sahagun, y cuya cronología 
de los reyes mexicanos es casi exactamente igual á las del P. 
Mendieta y Cód. Mendocino. 

Fr. Diego Duran pertenece, como ya indicamos, a la escuela 
del Anónimo ó Cód. Bamírez: sus datos cronológicos van acor- 
des con las pinturas Vaticana y Telleriana en lo relativo á los 
tres primeros reyes de México, adoptando para los siguientes 
los datos del Cód. de Mendoza. Acosta es también el Anónimo; 
comete el error imperdonable de colocar en el trono de México, A 
Tízoc antes de Axayacatl, con lo cual y con los primeros reinados 
trabuca completamente los cómputos. El cronista Antonio de He- 
rrera tiene por asunto principal tratar de lo^ hechos de los caste- 
llanos en América, mereciendo grande estima, pues disfrutó de 
abundantes y auténticos documentos; de la historia antigua de Mé- 
xico trató en la dec. III, lib. 11, cap,«Xná XVI, en la cual siguió á 
Gomara, copiando con sus arreos al P. José de Acosta en lo re- 
lativo á los reyes mexicanos. Enrico Martínez, en lo poco que 
trata de la historia de México, toma por guía al P. Acosta, no 
sin hacerle algunas modificaciones. Gemelli Careri, que en Mé- 
xico conoció y trató á D. Carlos de Sigüenzay Góngora, sigue no 
obstante al P. Acosta en la genealogía de los monarcas. 

La Monarquía Indiana de Fr. Juan de Torquemada, es la pri- 
mera obra completa acerca de nuestra historia antigua: de inten- 

(1) Los originales de eBtas relaciones, recogidas en un Códice antiguo del siglo 
XYI, están en poder del Sr. D. Joaquia García Icazbalceta. 



405 

• 

to colosal^ abarca todos los ramos que constituyen la civilización 
de los pueblos primitivos. Se le critica, de plagiario, de difuso, 
7 de estar erizado de citas provenidas de una erudición indiges- 
ta; de poco tino al disfrutar los materiales; de adoptar consejas 
absurdas y relaciones maravillosas. Torquemada aprovechó los 
trabajos de sus antecesores Olmos, Mendieta, Sahagun, <&c., co- 
piando al pié de la letra, como suyos, párrafos y aun capítulos 
enteros; de aquí el cargo de plagiario. Para disculparle, es de 
notar, que en varios pasajes de sus libros confiesa, dos y más 
veces repetido, que las obras de aquellos autores le sirven de 
guía y en ellos bebe sus doctrinas; con estas advertencias, ya no 
le pareció necesario señalar en cada ocasión lo que de otros se 
tomaba: descuido será, mas no mala fe. Se dilata en referir los 
hechos, mezcla la relación con reminiscencias no siempre con- 
gruentes, cada cuestión la toma ábovo, al mismo propósito acu- 
mula las autoridades del Evangelio y de los Santos Padres de la 
Iglesia, con la de los poetas é historiadores paganos; estos acha- 
ques no son suyos, son de su tiempo; los escritores de su época» 
hacían el mismo alarde de erudición. Consejas y absurdos eran 
moneda corriente de su siglo. Cargo serio es sin duda el que 
resulta de las contradicciones observadas, acerca de la misma 
materia en dos capítulos distintos; poco cuidado indica, mas tam- 
bi^i son lunares casi indispensables en obras de tan largo aliento. 
La Monarquía Indiana está formada* con los materiales antiguos, 
consultando las pinturas indias, recogiendo en cuanto posible la 
tradición, rastreando las bibliotecas para tomar documentos nue- 
vos, en fin, es el resultado de largas meditaciones, de investiga- 
ciones minuciosas, de un deseo inmenso de acierto. Defectos 
tiene; apetecemos ver la obra humana que no los presente. En 
cambio, ningún acopio igual ha sido formado de tan curiosos 
documentos; es un arsenal al que es preciso acudir para proveer- 
se de noticias; nadie podrá dispensarse de consultar el libro, 
cuando trate de escribir las cosas de México. Su cronología di- 
fiere de la de los autores á quienes copió, apareciendo que formó 
la suya de propia cuenta; en los tres primeros reinados es con- 
fuso, al llegar á los tiempos modernos se fija y aclara, hasta to- 
mar el camino verdadero; deja truncas algunas fechas, vacila en 
otras. 
Fr. Agustín Vetancourt es en el fondo Torquemada, su sistema 



406 

cronológico el de su amigo Sigüenza. D. Carlos de Sigüenza y 
Góngora, de quien tenemos una relación cronológica de los me- 
xicanos, que conforma bien con el Cód. de Mendoza; es el sólo 
autor, (otros después le copiaron), que señale con dia, mes y año, 
el advenimiento al trono de los reyes tenochca. El P. Francisco 
Javier Clavigero es de la escuela histórica de Torquemada. No- 
table es la historia antigua por juiciosa y bien ideada; el estilo 
ameno, la narración fácil; toca en las disertaciones cuestiones 
difíciles, con acierto y valentía; es de los primeros que sale fren- 
te á frente en defensa de los americanos ultrajados; escudriña la 
geografía azteca, estudia las ciencias naturales: sin disputa, va 
al frente de los escritores filosóficos de México. En su cronología, 
intento seguirá Sigüenza; tal vez habría adoptado la del Cód. de 
Mendoza, que le fue familiar; pero extraviado por la fecha de la 
dedicación del templo mayor, se entregó á supuestos más ó menos 
arbitrarios, se extravió, ó hizo cómputos de propia cosecha. Si- 
guen á Clavigero y á Vey tia, D. José María Koa Barcena, D. Fran- 
cisco -Carbajal Espinosa. 

Los artícxdos de Alejandro de Humboldt acerca de antigüeda- 
des mexicanas, insertos en su obra Vnes des CordiUeres, en general 
están bien comprendidos; apreciables por la fluidez del estilo, lo 
luminoso de las reflexiones y notable erudición, merecen ser con- 
sultados en muchos casos. Humboldt contribuyó poderosamente 
á dar á conocer nuestro país en el extranjero, y se le debe consi- 
derar como el principal mantenedor de la idea, de la semejanza 
de la civilización azteca con la de los pueblos de Asia. Formó un 
compendio cronológico, cuyos fundamentos ignoramos. 

D. Carlos María Bustamante, en los libros que escribió acerca 
de historia antigua, copia á Yeytia y á Ixtlilxochitl. Las tablas 
cronológicas contenidas en la obra intitulada ''Tezcuco en los úl- 
timos tiempos de si|s antiguos reyes," son mixtas y abigarradas, 
compuestas por las de Vey tia, Ixtlilxochitl y Clavigero. La corres- 
pondencia entre los años mexicanos y de nuestra era, sólo es exac- 
ta en parte, pues consultaba á la vez las buenas tablas cronológi- 
cas de Clavigero, con las erradas que atribuye á Boturini. 

El último escritor de nota es Brasseur de Bourbourg. Estu- 
dioso, erudito, investigador;, se pierde por una ardiente imagina- 
ción, se extravía por poca madurez en el pensamiento: amigo de 
novedades, de hipótesis insostenibles, de descubrimientos fan- 



407 

tásticos y maravillosos, ha confundido, ha pervertido la historia 
de México. 

Tales son ahora los fundamentos de la historia antigua de Mé- 
xico. Pinturas originales y copias; relaciones de ambos pueblos, 
vencido y vencedor; trabajando de consuno, la clase sacerdotal, 
las autoridades mismas de la colonia por repetidas veces, y los 
particulares. Fáltannos mucho por nombrar de pequeños traba- 
jos. ¿Qué autoridad puede concederse á todo ello? Ya lo ha di- 
cho el Sr. D. Fernando Ramírez respondiendo á las dudas de 
Prescoti 

"La historia mexicana, como la de todos los otros pueblos, se 
forñía de esas dos clases de noticias: en las unas se describen los 
usos, costumbres y creencias dominantes que dan el tipo de la 
nación; y en las otras la vida pública y privada de sus hombres 
célebres, allende los otros hechos que interesan á la masa de la 
comunidad y que'constituyen el ser y vida de las sociedades. En 
cuanto á las primeras, repito lo que antes he dicho, que ningu- 
na de las historias conocidas puede sostener el paralelo con las 
nuestras; porque ni Aulio Gelio, ni Macrobio, ni Petronio, ni 
otro ninguno de los que emprendieron describir las costumbres 
privadas de los pueblos que conocieron, presentan en apoyo de 
su fé datos tan auténticos ni fidedignos como los que ministran 
nuestros cronistas, especialmente el diligentísimo padre Saha- 
gun. 

"Por lo que toca á biografías y á sucesos, me parece que no 
pueden considerarse como mejor autentizados los contenidos en 
las historias griegas y romanas, que los que memoran Ixtlilxo- 
chitl, Tezozomoo, Veytia y otros muchos que han bebido en fuen- 
tes nada desemejantes á las en qtie bebieron Herodoto ó Dioni- 
sio de Halicamaso; ni creo que los grandes hechos de Alejandro, 
referidos por Quinto Curcib ó por Arriano, sean más dignos de 
fé que los de Netzahualcóyotl ó cualquiera otro de nuestros re- 
yes, trasmitidos & la posteridad por sus compatriotas ó descen- 
dientes. Nada digo de las inciertas tradiciones de los Asirlos, 
Medos y Persas, ni de las nebulosas dinastías de los Egipcios, 
cuya memoria todavía se busca en las ruinas de sus ciudades y 
de sns sepulcros." (1) 

(1) Notas y aclaraciones, pág. 8-9. 



408 

Queda todavía en pié la cuestión, de la lectura de las^ páginas 
jeroglíficas; en ella vamos á ocuparnos. El Oód. Mendocino tiene 
interpretación autentica, ejecutada por personas competentes, 
mandada hacer por el virey D. Antonio de Mendoza. Los G<Sdi'- 
ces Vaticano y Telleriano Bemense están también interpretados, 
si bien en tiempos posteriores. He aquí puntos más ó menos 
seguros de partida, nociones preciosas para servir de base en las 
investigaciones. Sabagun, Torquemada, Ixtliloxochitl, Siguenza, 
supieron leer la escritura jeroglífica, mas nada escribieron aceroa 
de ello. Acosta dejó únicamente sucintas noticias. (1) El simbo- 
lismo del padre Kircher sirvió de poco. (2) Burgoa, refiriéndose 
á los pueblos de Oaxaca, escribe: ''Entre la barbaridad de estas 
naciones se hallaron muchos libros á su modo, en hojas ó telas 
de especiales cortezas de árboles que se hallaban en tierras ca- 
lientes, y las curtían y aderezaban á modo de pergaminos de ana 
tercia, poco más ó menos de ancho, y unas tras otras las surcían 
y pegaban en una pieza tan larga como la habían menester, don- 
de todas sus historias escribían con nnos caracteres tan abrevia- 
dos, que una sola plana expresaban el lugar, sitio, provincia^ año, 
mes y dia, con todos los demás nombres de dioses, ceremonias y 
sacrificios, ó victorias que habían celebrado y tenido, y para esto 
á los hijos de los señores, y á los que escogían para su sacerdo- 
cio eítseñaban é instruían desde su niñez, haciéndoles decorar 
aquellos caracteres, y tomar de memoria las historias, y destos 
mismos instrumentos he tenido en mis manos, y oídolos explicar 
á algunos viejos con bastante admiración, y solían poner estos 
papeles ó como tablas de cosmografía, pegados á lo largo en las 
salas de los señores, por grandeza y vanidad, preciándose de tra- 
tar en sus juntan y visitas de aquellas materias." (3) Así, en el 
segundo tercio del siglo XVII, aun se conservaba en Oaxaca el 
conocimiento primitivo de la escritura jeroglífica. 

Sigue un largo período en que los estudios de nuestra histo- 
ria fueron olvidados. Lorenzo Boturini Benaducci vino á darles 
poderoso impulso, reuniendo aquella rica y preciosa colección 
de documentos, que por el gobierno colonial le fué quitada. 
Triste fue la suerte de ese tesoro. En parte ó en todo sirvió á 

(1) Hist. nat. y moral, lib. VI, cap. VII. 

(2) Athan. Kircher, (Edipus ^gyptiacus, pág. 28-36. 

(8) Palestra historial, por Fr. F/ancisco de Burgoa, Me'zicO; 1670, fol. 89. 



/ 



409 

D. Mariano Yeytia; á la mnerte saya, pasó la colección á la se- 
(nretaría del virreinato, en donde la humedad, los ratones j los 
cariosos, la cercenaron á porfía: Gama y el P. Fichardo la dis- 
frutaron, sacando copias de pinturas y manuscritos. Llerados 
los restos á la biblioteca de la universidad, sufrieron tales me- 
noscabos, <^ue casi se redujeron á nada; pusiéronse los residuos 
en el Museo Nacional, para sufrir nueva merma. Mr. Aubin nos 
informa de lo que alcanzó, y cuanto de ello tiene en su colección 
particular en Paris. 

Los jesuitas expatriados en Italia, engañaron lad horas de tedio 
oou el dulce recuerdo de las cosas de la patria. Despertábase el 
deseo de descifrar las pinturas jeroglíficas, y Clavigero, en su 
historia antigua, (l)daba la ''Explicación de las figuras oscuras." 
Lino Fábrega interpretó el códice jeroglífico de Veletri, existeur 
te en el Museo Borgiano; (2) existió el MS. en la biblioteca de la 
Universidad, citado por Humboldt en sus Yues des Cordilléres, 
k) aprovechó Zoega en su tratado de Origine et usu OMiscorum. 
Pedro Josó Márquez se ejercitó en describir la pirámide de Pa- 
pantla y las ruinas de Xochicalco. (3) 

Toca el lugar preferente, en materia de descifracion jeroglífica, 
á la obra de D. Antonio de León y Gama. (4) Trabajo serio, con- 
cienzudo, erudito; es el fundamento de la escuela que, habiendo 
perdido la tradición antigua, busca por comparaciones é induc- 
ciones descubrir el sentido de los caracteres móxica. Lo publi- 
cado fué sólo el compendio de una obra voluminosa, hoy com- 
pletamente desaparecida. Atacado por el distinguido D. José 
Antonio Álzate y Bamírez, verdad sea dicha, con más encono y 
envidia que saber. Gama tuvo que escribir la segunda parte. Es- 
te modesto sabio reunió una buena colección de pinturas y ma- 
nuBoritos, que á su muerte pasó á manos del presbítero filipense 
D. José Pichardo. 

Pichardo siguió á Gama en el amor á las pinturas, si bien no 

(1) Tom. I, pág. 416 y sig. 

(2) Códice Messicano. MS. 

(8) Dne Antiolii Monumenti di Architettnra Messicana ühistrati da D. Pietro Már- 
quez, Boma, 1804. 

(4) Descripción de las dos piedras, &c., México, MDGOXGII. Publicada después 
con ía segunda parte, México, 1882. 

52 



410 

conocemos el fruto de sus estudios, Humboldt nos dice: (1) "La 
biblioteca de la Universidad de México no contiene pinturas je- 
roglíficas originales; no encontré más de algunas copias lineales, 
sin colores, ejecutadas con poco cuidado. Hoy, la colección más 
rica y hermosa de la capital, es la de D. José Antonio Pichardo, 
miembro de la congregación de San Felipe NerL La casa de ese 
hombre instruido y laborioso fué para mí, lo que la casa de Si- 
güenza para el viajero Gemelli. El P. Pichardo ha sacrificado su 
pequeña fortuna euj reunir pinturas aztecas, y en hacer copiar 
las que no podía adquirir: su amigo Gama, autor de muchas me- 
morias astronómicas, le legó lo más curioso que poseía de pin- 
turas jeroglíficas. De esta manera, así en el nuevo continente, 
como casi en todas partes, simples particulares y los menos ricos, 
saben reunir y conservar los objetos, que deberían fijar la aten- 
ción de los gobiernos." De aquí adquirió Humboldt las pinturas 
existentes en la biblioteca de Berlín. Muerto Pichardo, la co- 
lección pasó á manos del Dr. D. José Vicente Sánchez; algo pasó 
al Museo Nacional, desapareciendo lo demás, para ir á aumentar 
las adquisiciones de los particulares en Europa. Siempre el mis- 
mo punible descuido, la misma vergonzosa indiferencia. 

Veytia y Clavigero, por amor religioso, se esforzaron en con- 
cordar la cronología y las tradiciones de los pueblos de México, 
con la Biblia. Humboldt siguió el mismo sistema, que cuadraba 
á su opinión del origen asiático de los nahoa. Estas opixiiones, 
reunidas al mismo fin, aunque partiendo de puntos tal vez opues- 
tos, han influido poderosamente en dirigir las indagaciones 
del mundo científico en esta dirección, no en todos casos muy 
acertada. 

Pasábansenos dos indicaciones. La una es relativa al Lie. D. 
José Ignacio Borunda. "Dícese que Borunda escribió una clave 
general para la interpretación de los jeroglíficos mexicanos, y 
que su MS. le fué recogido y enviado á España por la autoridad 
eclesiástica, con motivo de las ruidosas controversias á que dio 
lugar al famoso sermón del Dr. Mier, sobre la aparición de Nues- 
tra Señora de Guadalupe." (2) La otra pertenece á las cartas de 
D. Hernando Cortés, publicadas por el Sr. arzobispo D. Fran- 

(1) Vues des Ck)rdiUéres, tom. I, pag. 228-20. 

(2) Dice. Univ. de hist. y de geogr. Art. Borunda. 



/ 



{ 



411 

cisco Antonio Lorenzana, (1) en cuya obra se encuentra copiada 
la matrícula de tributos del Cód. de Mendoza: en breves palabras 
diremos, las láminas son infieles, las interpretaciones infelices. 

En nuestros tiempos, quien se ha llevado la palma en los es- 
tudios arqueológicos é interpretación de los jeroglíficos, es sin 
disputa el Sr. D. José Femando Eamírez; de juicio recto y pro- 
fundo, versado en el conocimiento dé los idiomas indígenas, con 
una de las mejores bibliotecas que de México se haya reunido, 
sus obras dan clara luz acerca de ciertos puntos, siendo sus con- 
clusiones muy dignas de seguirse y. aplicarse. En materia de 
descifracion, avanzó muy más que ninguno de sus antecesores. (2) 
El Lie. D. Alfredo Chavero ha practicado ensayos en este ra- 
mo, (3) que sin duda no serán loa últimos debidos á su laborio- 
sidad. Cultivan este estudio mis buenos amigos los Sres. D. 
Gumesindo Mendoza y D. Jesús Sánchez. (Muy distinguido me- 
xicanista, aunque mucho más versado en las cosas del siglo XVI, 
es el muy conocido literato D. Joaquin García Icazbalceta). 

Del extranjero, ha llegado á nuestras manos como notable, el 
trabajo de Mr. J. M. A Aubin, intitulado: "Mémoire sur la pein- 
ture didactique et Tecriture figurative des anciens mexicains;" (4) 
contiene curiosas observaciones, algunas apreciaciones felices, y 
hace honra á su autor. Brasseur de Borbourg le copia tan sólo. 

Tales son los elementos reunidos: si hemos sabido aprovechar- 
los^ para hacerlos al mismo tiempo progresar, juzgúelo el lector. 
Ko es trabajo acabado, mucho menos definitivo; pero, si no nos 
engañamos, es un paso más hacia ese fin desconocido que vamos 
persiguiendo. 



(1) Hist de Nueva España, escrita por su esclarecido conquistador, &c. Máxi- 
c®, 1770. 

(2) Kotas y esclarecimientos: Descripción de cuatro láminas monumentales, en 
la conquista por Prescott, tom. n. Los dos cuadros histórico-jerogliñcos, en el 
Atlas de García Cubas. Antigüedades mexicanas conservadas en el Museo Nacional, 
una lámina y texto explicativo, <fec. 

(3) Piedra llamada del calendario, lápida conmemorativa. 

(4) Revue Américaine, et. Oriéntale. Paris. 



CAPÍTULO II. 

Escritura ge) oglifica,—- Tradición. — Origen d^ la escritura. — Caracteres mi77UC09 6 
figurativos. — Simbólicos ó trópicos. — Ideográficos. — Fonéticos, — Reglas gramática' 
les del meximno. — Las proposiciones. — El izin revej*e7icial, — Composición de las 
palabras. "Valor fónico de los caracteres, — Singular y plural. -^Género, — Deri- 
vados. 

EN la infancia de los pueblos, cuando comienzan á recorrer 
el camino de la civilización y carecen de medios adecuados 
para perpetuar las cosas que más les importan, encalcan á la 
memoria ciertas relaciones, conteniendo, ja la procedencia de la 
tribu y las hazañas rematadas por sus hombres distinguidos, ya 
las reglas de conducta establecidas por los legisladores: ora el 
principio de los dioses con las enseñanzas ó los beneficios de 
ellos recibidos; bien los resultados de la experiencia aplicados á 
sus artes nacientes. Esas relaciones se impregnan, digámoslo 
así, del carácter del pueblo que las compone; y sea que se pre- 
senten como el esfuerzo de una poesía, más ó menos artificiosa, 
ó como la simple expresión de un recuerdo, más ó menos claio, 
lo cierto es que, esas leyendas encierran el saber alcanzado por 
los hombres entendidos de la tribu, forman el tesoro de las doc- 
trinas y de las creencias adoptadas por la comunidad, son la sa- 
ma de sus nociones históricas. En determinadas ocasiones pu- 
blicas ó religiosas, en el seno de la familia y al amor del hogar, 
los sabidores de las relaciones las repiten al concurso, oautírando 



^ 



413 

la imaginación y excitando el ingenio de aquellas gentes senci- 
llas: j á fuerza de oírlas se graban en la memoria de los oyentes, 
pasan sucesiyamente de padres á hijos, quedando establecida la 
tradición. 

A medida que transcurre el tiempo y el pueblo se civiliza, las 
relaciones tradicionales se hacen más largas y artificiosas; un 
solo hombre es incapaz de abarcarlas todas en la memoria, sien-- 
do indispensable subdividirlas en grupos ó ramos, profesado 
cada uno por las personas á quienes de preferencia importan. 
La tradición oral presenta graves inconvenientes: de la mejor 
buena fe, ahora ó mañana, cada repetidor olvida un pormenor, 
altera un nombre, suprime una fecha, cambia una palabra ó ima 
frase mudando el sentido primitivo: los sucesos recientes, por 
más importantes, se retienen con gran cantidad de pormenores;^ 
mas á medida que de la actual época se alejan, se descoloran y 
descaman, se condensan, se reducen á breves enunciados, lle- 
gando finalmente á una embrollada oscuridad, desfigurados y 
divididos por lagunas que los privan de una razonable ilación. 
Los poetas se^poderan de las leyendas heroicas y los sacerdo- 
tes de las relaciones místicas: por admiración y por respeto, 
cuando no intervenga alguna causa bastarda, poetas y sacerdo- 
tes trasforman aquellas composiciones candidas y aun verídicas 
en otras místicas, alegóricas, impenetrables, con su cortejo de 
hechos sobrenaturales y de estupendos prodigios. Así se per- 
vierte la tradición, y á través de los siglos las cosas más auten- 
ticas toman las formas de lo maravilloso y lo fantástico. 

Ya más adelantada la nación reconoce los inconvenientes de 
este sistema trunco é imperfecto; pulsa las dificultades, ya de 
formar, ya de consultar los archivos ambulantes de los hombres 
instruidos; y para no perder nada de sus recuerdos, concibe la 
idea de fijar el cumulo de los conocimientos adquiridos, de una 
manera permanente, clara, al alcance de la multitud. Los prime- 
ros ensayos de este género fueron los orígenes de la escritura; 
de ese arte maravilloso que pone patente á los ojos lo que pasa 
en el entendimiento. 

La idea primera que debió presentarse para consignar un he- 
cho, fue sin duda la de reproducirle, de copiarle sobre una ma- 
teria fácil de transportar, ó sobre un objeto duro que por su na- 
turaleza pudiera resistir á las injurias del tiempo y de los hom- 



1» 



V 



414 

bres: la pintura y la escultura debieron ser, sin lo que tienen de 
artístico, los orígenes de la escritura. — "El primer medio que 
La debido ocurrir á la mente, dice el Sr. D. José Fernando Ra- 
mírez, es la pintura del hecho que se quería perpetuar, repro- 
duciéndose en el lienzo ó en el papel con todos sus pormenores. 
Así es, que si se trataba de conservar el recuerdo de la destruc- 
ción de un pueblo por la guerra, se pintarían hombres peleando, 
mujeres y niños pasados á cuchillo, y casas incendiadas. . 

"Como un tal medio de historiar era sumamente lento y labo-^ 
rioso, se pensó en simplificarlo; mas ésto no debió haceríse de 
una vez, sino que el pintor comenzaría por omitir algunos ras- 
gos hasta llegar & la total supresión de las figuras de detalle. 
Por consiguiente, el hecho que nos sirve de ejemplo, se repre- 
sentaría entonces con la imagen de un guerrero que tiene asido 
á otro por los cabellos, á la manera de los que se ven en los re- 
lieves de la piedra llamada de los sacrificios; ó también colocan- 
do aquel mismo guerrero, de pié y armado sobre el jeroglífico 
que representara el asiento de la tribu sometida. 

"En la vida de los pueblos medio civilizados, la guerra y las 
conquistas son los sucesos más importantes y dignos de recuer- 
do; de aquí es, que cuando aquellas se multiplicaban dentro de un 
breve período, el trabajo del historiador crecía en la misma pro- 
porción sin utilidad y sin interés. Pensóse entonces e¿ una nue- 
va simplificación, y ésta se hizo como se ve repetidamente en los 
anales aztecas, pintando la efigie de un guerrero y de un escudo 
de armas en el centro de varios signos simbólicos que represen- 
tan el nombre y número de otros tantos pueblos. El ^odo signi- 
ficaba que aquel guerrero los había subyugado por fuerza de 
armas." (1) 

Las observaciones del Sr. Bamírez son exactas. La represen- 
tación minuciosa del acontecimiento debió ser el primer esfuer- 
zo de la mente para darle perpetuidad; siguióse el compendiar 
la pintura suprimiendo cuanto fuera superfino, sin perder por 
ello la semejanza apetecida; paso tras paso se fué simplificando 
el dibujo, hasta dejarle únicamente lo indispensable para res- 
ponder á la idea que se pretendía reproducir. Fácilmente se ad- 
vierte que el procedimiento, para llegar del primero al último 



(1) Notas y aclaraciones, Prescott, tom. II, Apéndice, pág. 13-14. 



A# 



415 

término, hubo de costar repetidos esfuerzos al entendimiento, en 
períodos de tiempo indeterminados; y que, dar algunos pasos 
adelante, era labor de trabajos lentos y dificultosos. 

La transformación sufrida por el cuadro en conjunto, la sufría 
igualmente cada uno de los objetos elementales. Cn árbol, por 
ejemplo, estaría copiado con iiodos sus pormenores en las pin- 
turas primitivas, á la manera en que le representa un paisajista 
en nuestros dias: cansados los pintores de perder el tiempo en 
tanta minuciosidad, fueron corñpendiando el contorno hasta de- 
jarle en una forma fácil, sin que por ello dejara el árbol de ser 
reconocible, llegando así sucesivamente hasta que los trazos co- 
rrespondieron más á una figura convencional que al retrato del 
árbol mismo. Cada objeto á su turno, al alcanzar su última tras- 
formacion, cambió de valor para los pintojres; semejantes dibu- 
jos no formaban necesariamente parte de un cuadro determinado, 
del cual no pudieran estar separados; se tornaron componentes, 
con valor propio cada uno, aplicados á distintas combinaciones; 
de simples representaciones pasaron á ser caracteres fijos, ele- 
mentos de la escritura. 

Ya como elementos gráficos recibieron aun modificaciones, es- 
pecie de abreviaturas comd las admitidas en nuestra escritura 
fonética. La más aparente es la que admite la cabeza sola de un 
ser en representación del ser mismo; así uii hombre, un cuadrú- 
pedo, una ave, van expresados por la cabeza de cada uno res- 
pectivamente. 

Los pueblos inventores de la escritura de México siguieron 
sin duda el camino que acabamos de indicar, ó más bien, les he- 
mos trazado su itinerario por los puntos que les hemos visto re- 
correr. La escritura nahoa ofrece una cantidad muy considera- 
ble de signos, copia de los objetos naturales ó artificiales, los 
cuales indican el estado incipiente del arte de escribir, corres- 
ponden á los orígenes de la escritura, forman el medio más im- 
perfecto de perpetuar los sucesos. 

L Esta primera serie de signos ó caracteres recibió el nombre 
de mímicos 6 figurativos. Les han llamado también kiríclógicos ó 
figurativos porque expresan la palabra con la pintura de la cosa 
misma. Bescherelle define lavozkiriologique: ^^Peinture des idees 
par les seides images des óbjets visibles.'' Deriva la palabra de las 
griegas hirios, propio, ylogosy lenguaje. Representan simplemen- 



fjl 



4ie 

te el objeto, sin otra idea asociada. La figura de un hombre, de 
una casa, solo traen al entendimiento las ideas de hombre y de 
casa en general, sin relación de tiempo, de lugar, de nacionali- 
dad, de uso, <&c. Ademas, no caben en esta primera serie más de 
los signos que expresan cosas materiales ó artificiales, visibles, 
de contomos fijos, inyariables á la simple inspección. 

Encontraremos en esta sección todas las cosas conocidas de 
los nahoa. 

I. Algunos cuerpos celestes como cUlcdin, estrella. 

II. El hombre y la mujer, de diversas edades y condiciones, 
en diversas actitudes, ejecutando multitud de faenas. 

lU. Miembros aislados de los hombres ó de los animales. 

IV. Cuadrúpedos salvajes ó domésticos. Ocdotl tigre, citli lie- 
bre, coyotl coyote, tochtli conejo, mazatl venado, tecuani bestia 
feroz, ayotochüi armadillo, quimichin ratón, ^pcUl zorrillo, cozamor 
lofl comadreja, coyametl jabalí y el terrible akuitzotl présago de 
desgracias, &c.: délos cuadrúpedos domésticos solo encontramos 
el itzcuinñi, chichi 6 techichi, perro mexicano. 

V. Cuadrumanos; ozotnatli, mono. 

VI. Beptiles ú otra especie de animales, siendo la principal 
la coatí 6 cohuaü, culebra ó serpiente, bajo varios aspectos y con 
distintas denominaciones: ciietzpalin lagartija, cueyatl rana, tama" 
zolin zapo, ayoÜ tortuga, <fec. 

VII. Aves diversas. Tototl pájara en general; cuaiiMi águila, 
qtietzolli ave así llamada; tziiiacan murciélago, cozcaciumhtli aura 
ó rey de los zopilotes, zolin codorniz, huilotl paloma, tecolotl teco- 
lote ó buho, aziatl garza, molotl gorrión, caccdoÜ cuervo, toziU pa- 
pagayo amarillo, huitzitzilin colibrí, cocotli tórtola, &c., de las de 
corral totolin 6 huexdoÜ guajolote ó pavo. 

Vm. Peces: ttiichin^ pez en general y algunos pocos en par- 
ticular. 

IX. Ciertos insectos, como ozcatl hormiga, cJutpdin langos- 
ta, ocidlin gusano, xicoü jicote ó abejorro, cdotl escorpión ó ala- 
crán, <fec. 

X. Arboles, plantas, flores, frutos, semillas y gomas. SuextíA 
sauz, acaJtl caña de carrizo, metí maguey, fiopalli nopal, nochüi 
tuna, mizquitl mezquite, xochiü flor en general, copalli por goma 
en general 6 por cierta clase de incienso para zahumar, ióüin tu- 
le, juncia ó espadaña, Üoxioil jaríUa ó vardasca, capulín árbol y 



417 

frtito del mi&mo nombre, ocoü ocote, tzapotí zapote por el árbol y 
por el fmto, ckían chía, packtli heno, xocmochtU tuna agria, xaccUl 
zacate 6 pasto, huixachin huisache, cacahuatt cacao, otlcUl otate^ 
akuaü encina, epaizoa epazote, xorñetl saúco, icííotí palma, chiUi 
chile ó pimiento, amoUi yerba que sirve de jabón, &c., &a 

XL Prendas del vestido 6 adornos. Í7actóí sandalias ó zapatos, 
üuiíl phuna pequeña, coyoSí cascabel, maocOal bragas ó faja que 
servía para cubrir las vergüenzas, huip^i camisa de mujer, tur 
rmxüi manta que servia de capa^ cueiü refajo ó enaguas, cozoatl 
gargantilla, mcochüi orejeras ó pendientes, tenteü bezote ó piedra 
para adornar el labio, &q. 

XII. Muebles, armas é insignias. Ghimaüi escudo, mitl flecha, 
ichcáhuipiUi armadura de algodón colchado, teyaodiichihucdizíli ar- 
madura, HahmdóOi arco, tiacochiU dardo, macuahuiO, espada me- 
xieana, temdthñ honda, pwmhóloüi porra, topUli lanza, icpaUi silla, 
jje^íaf? estera, topiUi especie de corona real, quecholU borla de plu- 
ma finai, &o. 

XTTT . Utensilios. XicaUi jicara ó vaso para beber, hmizomiü 
aguja, mcdacatl malacate 6 huso, chiquihmü cesto, comcdli comal, 
cGWJírt escudilla 6 plato, iezcatl espejo, acaydl cañuto para fumar, 
comiü olla, &c. 

XIV. Edificios y construcciones. Xacálli choza, ienamitl cerca 
ó muro, ieocaUi 6 teopan templo, calli casa, tecpan palacio, ilachtli 
juego de pelota, acaUi canoa, acaxitl alberca, &c. 

XV. Instrumentos músicos, de las artes y de los oficios. ITue- 
hueü especie de atambor, teponaztU tambor de madera, ayacacliüi 
sonaja, coatt coa, tlaximcdtepuzilí hacho, para labrar madera, &c. 

AVI. Objetos anómalos. 

Multitud de otros objetos se encuentran reproducidos en las 
pinturas, con menor ó mayor dificultad reconocibles, según el 
gfado de perfección en el dibujó: se presentan óon solo el pelcñl 
negro, sin soínbras de ninguna clase, ó si están iluminados, con 
campos de tintas iguales sin graduaciones ni matices. 

n. Comenzando el arte de la escritura por reproducir por me- 
dio de copias los objetos existentes en la naturaleza, ningún 
obstáculo serio pudo encontrar el pintor; mas á poco observar 
debió encoijtrarse con otro orden de objetos, que si bien son 
materiales, no ofrecen siempre una figura determinada, v. g., el 

53 



418 

ftgua que toma las formas del recipiente qjie la contiene; la pie- 
dra de contornos fijos en cada trozo particular y de formas múl* 
tiples en lo general; el cielo con su variable aspecto; el viento 
cuyos efectos y contacto se sienten, pero que no se ve. En éstos 
y en los casos análogos la pintura no podía tomax el retrato; pero 
como había menester el mencionar aquellos objetos, la necesidad, . 
madre de la industria, determinó la invención de un signo con- 
vencional, dispuesto para recordar á la mente el nombre y la 
idea á que estaba referido. El paso de los caracteres mímicos^ 
los de esta segunda clase no pudo ser dado de una manera vio- 
lenta, le fueron preparando los mismos signos figurativos. En la 
escritura mexicana d árbd presenta forma determinada; en el 
idioma nahoa cuahtdü significa árbol y madera; aprovechando 
ambas acepciones, el signo mímico representa árbcl en general, 
y algunas veces como signo convencional representa la madera. 
Ademas, como las cosas inanimadas carecen de plural, el carác- 
ter sirve para expresar así uno como muchos árboles, alendo 
también signo convencional de floresta ó bosque. Más tcMlavía: 
como el dibujo sólo dice árbol en general, cuando se ofreció re- 
producir un árbol de especie determinada como el capulin, el 
ocote, la encina, &c., se hizo pteciso acudir al arbitrio, bien de 
distinguirlos por los frutos que producen, bien colocándoles una 
señal determinada para ser á primera vista reconocibles: con el 
capulin y con otros siguieron el primer sistema, con el ocote y. 
con la encina el segundo. 

Belativamente estos procedimientos son obvios, y fueron pre- 
parando el camino á otros más complicados, y por último á los 
más diñciles, fundándose en inducciones me^atas ó inmediata& 
Al andar el hombre sobre la tierra blanda, deja impresa la planta 
del pió desnudo; esta planta ó huella despertó las ideas de cajxii- 
no, movimiento, traslación, dirección, huida, &c, y se tomó para 
signo convencional de cada una de estas ideas. La lengua es *el 
órgano principal y aparente para producir el habla; se tomó una 
lengua ó vírgula para expresar la palabra, el mando, el conTe- 
nio, &c. El canto es una habla producida con mayor esfuerzo y 
adornada con inflexiones agradables; una lengua ó vírgula de 
mayor tamaño de la que expresa el habla y con dibujos orna- 
mentales, fué admitida para representar el cantar. Sin duda faé 
éste un paso ajigantado en el camino de la escritura^ con el que 



y_ 



419 

86 acercó á la perfección, aumentando sus recursos para fijar los 
pensamientos. 

A esta segunda clase de signos, llamamos trópicos ó simbóltcos. 
líos fundamos en esta autoridad. — "Pronto debió sentirse la in- 
suficiencia de este primer medio; trazando la figura de un hom- 
bre no se indicaba particularmente un individuo, sucediendo lo 
mismo con las figuras de lugar. La necesidad de distinguir los 
individuos creó el uso de otra clase de signos, cada uno de los 
cuales fué particular á un hombre ó lugar; estos signos fueron 
tomados de las cualidades físicas de los individuos ó de la se- 
mejanza con objetos materiales; y como no eran propiamente 
figurativos, no fueron sino simbólicos, y por esto se les llama 
caracteres trópicos 6 simhóUcoSs auxiliados de los caracteres figu- 
rados 7 enipleados con ellos simultáneamente: á este grado lle- 
garon los mexicanos y de aquí no pasaron." (1) 

Con todo el respeto debido á tan buen escritor, observamos: 
que los mexicanos alcanzaron los signos simbólicos, es evidente; 
que de aquí no pasaron, no es exacto. 

Admitimos la denominación de Champollion Figoac en sentido 
más lato, supuesto que para nosotros son signos sirribóiicos 6 tro- 
píeos j no solo los que sirven para distinguir entre sí á los indi- 
vidnos y á los lugares, sino para marcar los objetos materiales 
que no tienen figura definida. La diferencia entre éstos y los 
signos mímicos ó figurativos queda establecida por su propia 
naturaleza: el dibujo que representa un tocMi, como signo figu- 
raüro, no despierta otra idea que la del animal mismo, y puede 
ser leído, digamos asi, en todos los idiomas, ya que quien quie- 
ra qne le mire pronunciará en la lengua que hable, conejo. Ko 
sucede lo mismo con los caracteres simbólicos; la figura conven- 
cional no trae á la mente idea ninguna, hasta que se le atribuye 
a%ana semejanza más ó monos remota con un objeto conocido, 
y entonces significará lo que bien parezca al observador: el sj^n- 
tído Terdadero solo le alcanza quien sabe el valor convencional. 
Es decir, para leer un carácter simbólico es preciso estar en la 
confidencia, saber y aceptar el significado que al inventor plugo 
darle. !Bii los caracteres trópicos no hay que buscar siempre su 
formación ideoli^ca; no es Mcil, de común, atinar con la razón 

(1) Champollion Figeao, hist. de Egipto. 



420 

que motivó el invento. Dos pintores formarán idénticos los sig- 
nos mímicos: producirán de continuo caracteres simbólicos di- 
versos. 

Los símbolos tomaron nacimiento de multitud de órdenes de 
ideas. Admitido un signo, por semejanzas más ó menos aparen- 
tes, dio nacimiento á los correlativos de su especie; de aÜ agua, 
se derivaron atoyaÜ rio, améllayi fuente, atezcatl charco, hueiatl 
mar, £c. La necesidad de dar á conocer el material de que un 
objeto está formado, reúne un carácter simbólico con un mímico, 
expresando las ideas compuestas tecoxciü fuente de piedra, tmor 
mitl cerca de piedra, tecaUi casa de piedra, &c. A veces se forman 
los derivados de las diversas formas tomadas por el mismo ob- 
jeto; á veces por la semejanza de otros objetos materiales: en la 
mayor parte de los casos el invento parece arbitrario, supuesto 
que el símbolo es un objeto desconocido en Ja naturaleza, pre- 
sentando las apariencias de ideal ó de, fantástico. 

IIL Expresados los objetos naturales ó artificiales de forma 
determinada, y los objetos naturales de forma indeterminada, la 
escritura debió intentar el reproducir por medio de signos las 
acciones y pasiones, las ideas, las cosas abstractas. Nació de 
aquí la tercera clase de caracteres á los cuales llamamos eniffmi- 
ticos ó ideográficoSy que son dibujos naturales representativos de 
ideas. 

"Inmenso era el campo que dar había, escribe OhampoUion 
Figeac, de la representación de estos objetos físicos á la represen- 
tación de laaideas metafísicas; pero los pueblos del antiguo mundo 
lo Salvaron. Ellos expresaron por signos esooritos Dioa^ alma y las 
de las humanas pasiones; pero estos signos fueron arbitrarios y en 
cierto modo convencionales, aunque provenidos de analogías más 
ó menos verdaderas entre el mundo físico y él moral; así el león se 
tomó para expres&r la idea fuerza. Esta nueva especie de signos 
U^miidos enigmáticos SLgtegSkáoB á las dos clases primeras de figu- 
rados y simbólicos, fueron inventados y usados por los egipcios 
y chinos, resultando que el sistema de estos tres elementos de 
escritura era enteramente ideográfico^ es decir, compuesto de sig- 
nos que expresaban directamente la idea de los objetos j no los so- 
nidos de las palabras que designaban esos mismos objetos. Esta 
clase de escritura era también un dibujo ó pintura, puesto que 



421 

la fidelidad de su significado dependía del trazo de cada objeto 
qne debía estar representado." (1) 

Escuchemos ahora al Sr. D. José Femando Bamírez, quien 
directamente se dirije á nuestro particular objeto. — 'Tero la di- 
ficultad subía hasta un punto que parecía invencible cuando se 
trataba de representar objetos difíciles de reproducir exactamen- 
te por la pintura^ tales como la tierra» el agua» el aire^ &a» y so- 
bre iodo las ideas abstractas, como las del movimiento j su 
dirección, el habla, &c., que muchas veces serían necesarias en 
la pintura para dar su complemento á la narración del suceso 
cuja memoria se quería conservar. Tal dificultad sólo podía ven* 
cerse recurriendo á los símbolos, es decir, á la invención de tma 
figura convencional que por sí sola representase aquel objeto ó 

binacion con algunos szgnos figurativos, representaba no sólo un 
objeto, sino un pensapiiento entero. Así los mexicanos con el 
signo OUin, que s^ifica movimierUOf colocado sobre el símbolo 
representativo de la tierra, expresaban exactamente la idea de 
terremoto, j también la del número de veces que se había repe- 
tido; con sólo duplicar ó triplicar el signo. La idea del curso ó 
dirección que llevan los objetos puestos en movimiento, se re- 
presentaba por la huella del pió desnudo; la del habla por una 
figurilla á manera de lengua, inmediata á la boca de un rostro 
humano. La del bautismo se expresó, por los primeros de nuesr 
tros indígenas cristianos, de una manera tan sencilla como clara: 
figuraban á un religioso con un jarrito en la mano, iQvantado á 
la altura de la cabeza del catecúmeno, j cubriendo parte de óste 
con el símbolo del agua. A esta especie de escritura se dio el 
nombre de ideográfica, por componerse de signos figurativos y 
simbólicos, que expresan directamente la idea de los objetos y 
de las cosas cuyas formas no es posible reproducir por medio de 
la pintura»" (2) 

lios caracteres* enigmáticos é ideográficos, por su naturaleza 
san también simbólicos: la diferencia entre ambos consiste en 
que, aquellos representan ideas, óstos objetos materiales de for- 
ma indetorininada. Tomaron origen de diversas fuentes. 

(1) Obajupoillon Figeao, hist. de Egipto. 
(3) Kotas y aolaraoieneS; pág^ 14*15. 



422 

I. Por sinécdoque; pintando la parte por el todo. Dijimos que 
en los jeroglíficos mexicanos es frecuente colocar la cabeza de 
un ser viviente por el ser mismo; pero en este caso, si hay sim- 
bolismo, debe tenerse más bien como una abreviatura del carác- 
ter mímico. Mas no podrá negarse que es carácter enigmático 
por sinécdoque el que se encuentra repetido en el Códice de 
Mendoza, compuesto de un chimoIU, escudo, debajo del cual aso- 
ma un manojo de flechas, miü; los caracteres mímicos de que 
está compuesto el grupo jeroglífico expresan las ideas, guerra y 
batalla: si se unen los sonidos arrojados por la pintura obten- 
dríamos mttlchimaUty metáfora que en la lengua mexicana quiere 
decir, guerra, batalla: el grupo no sólo es ideográfico, sino hasta 
fonético. La frase aü tlachimóBiy expresada gráficamente por el 
agua y por el incendio, es también metáfora mexicana que da á 
entender, guerra, batalla. El chimaüi presentando en vez de las 
flechas un macuahmtl, tiene el significado de yaoyoü, igualmente 
guerra, batalla, significando también, enemigo. Bodeado el gru- 
po jeroglífico por la huella del pié humano, da á entender que la 
guerra se hizo por todos los pueblos comarcanos. En los jero- 
glíficos egipcios, dos brazos armados de un escudo y de una es- 
pada significan ejército y combate. 

IL Por metonimia, pintando la causa por el efecto, el efecto 
por la causa, ó el instrumento por la obra producida. A esta 
clase pertenecen el ciclo expresado por los maderos que servían 
para encender el fuego nuevo; el año simbolizadp por la yerba; 
la idea Dios expresada por el símbolo del sol; los útiles de la 
pintura tomados para representar la escritura y al pintor, &c 

TTT, Por metáfora; adoptando generalmente un carácter figu- 
rativo ó simbólico para expresar la idea, por medio de semejan- 
zas perceptibles las unas, arbitrarias ó supuestas las otras entre 
el signo y la idea concebida. Así el tigre, oodoü, y el águila^ 
cuoMhÜi, significan el valor y los guerreros distinguidos en el ejér- 
cito; el símbolo xihuitl responde á la idea de, cosa preciosa; las 
plumas del quetzalli dicen, cosa fina ó apreciable, &c. 

lY. Por enigmas; empleando para r^resentar la idea uia figu- 
ra fantástica á veces, de pura convención siempre, que no tiene 
semejanza en la naturaleza sino de muy remoto y que proBenta 
relaciones con la idea traídas de muy l^os. Tales son el simbó- 



423 

lioo Tlaloc dieiendo la Uayia y el buen tiempo, y la generalidad 
de las figuras mitológicas, &c. 

De la formación de estos signos se infiere, que un carácter 
figurativo puede en algunos casos conyertirse en simbólico y en 
enigmático; no siempre podrá verificarse la recíproca. Aíly v. g., 
siempre será trópico y jamas mímico; ocdotl pasa algunas veces 
á ser enigmático. 

y. ''Los oaracleres^^de la tercera clase, que es la más impor- 
tante, dice Ch^mpollion en su Gramática egipcia^ supuesto que 
los signos que la componen son de uso más frecuente que el de 
las dos primeras clases en los textos jeroglíficos de todas las épo- 
c^, han recibido la cali^caoion dQ/onétioos, porque representan 
en realidad, no ideas, sino sonidos ó pronunciaciones." — "El mé- 
todo fonético procede por la notación de las voces y de las artí- 
culaciones expresadas aisladamente, por me^io de caracteres par- 
ticulares y no por la anotación de las süabas. La serie de los 
signos fonéticos constituye un verdsrdero al/abelo y no un süaba- 
rio.'* — "Considerados en su forma material, los caracteres foné- 
ticos nacieron, así como los figurativos y los trópicos, de las 
imágenes de los objetos físicos más ó menos expresos." — "El 
principio fundamental del método fonético consistía, en repre- 
sentar una voz ó una articulación por la imitación de un objeto 
físico, cuyo nombre en la lengua .egipcia hablada, tuviese por 
inicial la voz ó la articulación que se trataba de expresar." 

Se ha repetido que la escritura mexicana no pasaba de una 
escritura pintada, y encontramos que contiene signos ideográfi- 
cos. Ñipase que tenga algo de fonética, y nos figuramos que la 
negativa no se puede tomar en sentido absoluto. Si se nos pre- 
gunta si conocemos una serie de signos que representen exclusi- 
vamente sonidos ó articulaciones de las voces habladas, respon- 
deremos resueltamente, no. *La escritura mexicana^ tal cual hoy la 
conocemos^ no presenta un alfabeto, ni mucho menos un alfabeto 
fonético regular; pero ofrece signos, perfectamente reconocibles 
entre las tres categorías anteriores, á los cuales puede sin impro- 
piedad llamarse fonéticos, por llenar estas circunstancias: L Be- 
pieseatan en todos los casos en que se les encuentran, no ideas 
aoBo sonidos 6 pronunciaciones. U Semejantes á los caracteres 
mímicos, simbólicos y enigmáticos, son imágenes de objetos ñsi- 
eos. HL Sirven para expresar en la lengua mexicana hablada» la 



424 

TOZÓ la articulación que se pretende anotar. IV. A^ veces los 
objetos físicos, en la lengua mexicana hablada, tienen por inicial 
la voz ó la articulación que se pretende anotar. No se pida que 
estas doctrinas, acomodadas por Ohampollion á la escritura egip- 
cia, cuadren sin discrepancia á la escritura mexicana* 

Sin duda que los signos fonéticos, que ' creemos percibir, no 
forman un sistema completo que conozcamos, por medio del cual 
pudieran ser escritas las palabras; suministran á Teces sonidos 
simples ó literales, á veces sonidos compuestos silábicos ó poli- 
silábicos. El sistema á que pertenecen no se había fijado comple- 
tamente. Las cuatro categorías de signos se encuentran confusa- 
mente mezcladas, sin tomar un rumbo determinado y firme. Es 
que, cuando la civilización europea pasó al nuevo mundo y ex- 
tinguió la civilización nahoa, la escritura estaba en su áltimo 
período de elaboración; comenzando por la representación de los 
objetos, había tenido tiempo para la expresión de las ideas, 7 se 
ocupaba entonces en perfeccionarse queriendo encontrar los ca- 
racteres fonéticos. La escritura mexicana fué sorprendida en este 
trabajo, el que no le fué posible terminar. 

Echando una ojeada sobre la pintura eh general, las cuatro 
especies de signos de que acabamos de hablar colistituyen los 
elementos de la escritura jeroglífica de los pueblos de Anáhuac 
cual hoy la conocemos. Destinados para expresar las ideas con- 
cebidas en lengua mexicana, están formados según la índole de 
este idioma; la forma, la composición, la lectura, fueron deter- 
minadas precisamente por el sistema de interpretación á que 
debían sujetarse. Infiérese rectamente, que los jeroglíficos mexi- 
canos no deben ser examinados ni entendidos, sino según los 
preceptos gramaticales del nahoa. Las pinturas son una lengua 
escrita. 

Si lo acabado de expresar es verdadero, importa decir algunas 
palabras acerca de ciertaá reglas gramaticales de la lengua me- 
xicana, á las cuales tendremos que ocurrir con frecuencia: ooiria- 
das á veces, á veces extractadas de las gramáticas, las referire- 
mos únicamente á la lectura y formación de las voces, en cuanto 
tengan atingencia con nuestra labor. Es el objeto, etitar repe- 
ticiones inútiles, ya que muchas ocasiones tendremos que invo- 
car unas mismas doctrinas. 

El alfabeto mexicano se compone de las siguientes letras: a, c» 



». 



425 

eh^ e, h, iy 1, m, n, o, p, q, t, n, %, y, z, tz. Suenan todas como en 
castellano, con estas dós excepciones: 1*, la x se pronuncia como 
la sh inglesa en el pronombre ske; 2*i & falta de un signo parti- 
cular Be juntan las dos letras tzá fin de representar un fuerte 
sonido lingual dental, del cual carece el castellano; pero que se 
sople por las articulaciones unidas de las dos consonantes: ne- 
cesíia la t02 tiva. Equirale la fe á la /> del idioma maya^ 

Siguiendo la índole del castellano, la o suena suare con las vo- 
cales e, i, y fuerte con las a, o, ii; por esta causa los gramáticos 
dieron á la primera el nombre de e éva^^ y á la segunda el de 
c fuerte. Para orbtener el sonido blando usaban de la p, no admi- 
tiendo palabra alguna con z inicial. Esta coie^tumbre en boga du- 
rante el siglo XYI, determinó que el mejor Yocabulario mexica- 
no que poseemos, el del F. Molina, no contenga tocos emx>ejsan- 
do con Zy quedando mencladas en la o las TOces con esta letra 
inicial y con la ^ (cedilla). AboMdo este signo en la actual es- 
critura, se emplea la z en todos los casos de pronunciación sua- 
ve con las a, o, tf, dejando la c para los sonidos fuertes con las 
mismas letras. 

El abecedario mexicano carece de eSe; cuando se encuentran 
dos des unidas, como en la palabra ccM^ la una ele forma arti- 
culación inversa con la vocal que le antecede, miénl^as que la 
otra ele la forma directa con la vocal que la sigue: en el ejemplo 
actual leeríamos cal-lL 

Catorce palabras presenta el Vocabulario de Molina escritas, 
con h inicial. La h es aspirada cuando le precede la t« ó se en- 
cuentra al fin de una palabra. Antiguamente se confundieron el 
valor y uso de las letras &, v, ú, usándose promiscuamente, de 
donde resultaron las denominaciones ya no admitidas de u vch 
coi y de V consonante. Siguiendo esta doctrina el P. Molina, es- 
cribe muchas voces con v inicial y la conserva en la composición 
de las palabras. Ya en el siglo XYIII estaba abandonada la cos- 
tumbre, y por eso dice la gramática de Aldama y Guevara: "A 
'^ n consonante, ningún varón la pronuncia como en español 
''(las mujeres sí): sino que le dan un sonido muy semejante al 
''que tiene el hu dé esta voz española, hueco. Para que el lector 

sepa cuando es consonMite^ usan muchos autores (y usaré yo) 

anteponerle A. Ni el Vocabulario ni otros autores ponen distin- 

"tivo alguno: y todos usan este carácter u, aunque sea conscman- 

54 



"; 



426 

*^te; 7 así te daré esta regla: es consonante la que estuviere en- 
'^tre dos vocales: y la que fuere la primera letra de la \oz, por- 
"que no hay voz que empiece con u vocaL v. g. en veve (senex) 
'^ambas son consonantes; pero ya dije que yo escribiré así, htíe- 

Respecto de la o, asegura la misma gramática: "Ala o.pronun- 
'^cian tan oscuramente que parece tt. De aquí j^ace que donde 
"unos autores escriben o, escriben otros U* v^g* teoU^teñíl, (Dios), 
^^mochi^ muchi^ (todo), (latoani, Üatuani^ (Benqr), Yo escribiré o; 
"pero sirva dicha noticia para que si no hallar^ en el Yocabu- 
"lario la voz escrita con o, la busques escrita coiau.'' (2) 

La ¿ se une frecuentemente con la Z aaí en articulación inversa 
como en directa; en el primer caso suena como . en las palabras 
castellanas Atlas, Atlántico; en el segundo la ti toma un sonido 
compuesto cual si se pronunciara ÜCt sonando confusa ú oscu- 
ra la e. Por regla general, no se con^c^rr a la t e^tre dos eles; 
cuando en la composición de las palabras resxdta la combinación 
m, desaparece la t quedando únicamente U,. sin que cambie el 
significado de la voz. 

Según tenemos observado, de una manera invariable todo nom- 
bre de lugar ó geográfico va a£gado con una preposición, de aquí 
la necesidad de indicar alguna cosa respecto de su valor y uso. 
Las preposiciones que se juntan con nombres, sin estar de ellas 
separadas son: 

L C, significa, en y dentro: se une á los nombres acabados en 
ti, los cuales cambian estas letras finales por la c; ühuioatl, cielo, 
ühuicac, en ó dentro del cielo. 

n. Co, sinónimo de c, que^e pone con las palabras terminadas 
tliy li, in. Ejemplos: tianqidzUi, mercado, tianqnizco, en ó dentro 
del mercado; acálU, canoa ó nave, aoalco,-^n 6 dentro de la caiM>a; 
capvlin, el árbol que da la fruta de este nombre, capvico, en el 
capulín. 

Se exceptúan de las reglas anteriores los monaaílabos acaba- 
dos en ^ á los cuales no se les pone c ni oo, fuera de ÜeÜj fuc^go, 
que hace íleoo, en ó dentro del fuego. 

m y lY. Nálf ncdoa, del otro lado,;de la otra banda. Se com- 
ponen con aü, agua, 0^02^0^ rio, y algunas pocas más. Anal 6 

(1) JUdama 7 Oaevara, niim. 9. 

(2) Aldama 7 Gueraxa, nüm. 8. 



427 

analco, del otro lado del agua; atoyanalco, del otro lado del rio. Se 
imen también con algunos verbos. 

V y VL Pa y copay en. AtenÜi, orilla del agua (de oü, agua, y 
de t&nÜXy labio ú orilla), atempa 6 aiencopay en la orilla del agua. 
En ciertos casos equivale á, con, y de, 

lias preposiciones que se juntan á nombres ó á pronombres 
poserivos, unidas ó separadas de ellos, son: 

L Patij en, sobre. Pe (lálUy tierra, sale tlalpcm, en ó sobre la 
tierra; en algunos compuestos significa también, en tiempo. 

n. Tlan, junto, debirjo, entre, cerca, en, &c CoM, culebra, 
oocáUm, junto, debajo, «fec, la culebra: afí, agua, oHkiny en el agua. 
En composición va imida generalmente ó más bien en muchos 
casos á la partícula ti, llamada por los gramátícos ligadura ó li- 
gatura, colocada por eufonía, sin que quite ó aumente nada á la 
significación. TletiÜaUy entre el fuego; cuemhtíüan, junto á la ar- 
boleda; cehmlottílan, debajo de la sombra; ttaUany debajo de la 
tierra. Esta última palabra está compuesta de ÜaUi, tierra, con la 
preposición; debería escribirse ÜaUíany mas 'por la regla que su- 
prime la t entre dos eles, queda la forma correcta ÜaUan. 

TTT- Cay toma la ligatura U en los nombres óon los cuales se 
compone, y vale, con, 6 explica la causa de la acción; tetica con 
piedrit; cuauhJticay con palo. 

lY. Techy quiere decir en, ó indica cosa junta con otra; recibe 
la lif^tura U. TepcmÜi, pared, tepcmtüechy en la pared. Significa 
igualmente cíe, acercay en cuyo caso va unida á las partículas jpa 
y copa. 

Y. ijTmci lo mismo que Aocta, contra; generalmente toma con 
los nombres las partículas pa y copa; ühuicacpahuic ó ühuico/cco' 
paJmCy hacia el cielo. 

"Vlr Tzalariy equivalente á entre: cuauhtzcdany entre árboles; 
catttxdafiy entre casas; t^eézalany entre montes. Si á estos com- 
puestos se aumenta la sílaba tli (de la palabra cüi, camino), se 
obtiene' ctuttiktsxdanUiy senda 6 camino entre los árboles; cáUza- 
¡asnUiy senda ó camino entre las casas; tepetzalanüiy senda ó cami- 
no entre los cerros. 

YIL Nqpantía, en medio. IVaíwepanfla, en medio de la tierra; 
yókuabúpañiílay la media noche; cwmhnepardUiy en medio de los ár- 
boles 6 del bosque. 
YUL Nahuacy junto, en compañía, cerca: Cna'uhnahuae, cerca 



428 

ó junto de los árboles; tepe^váhuac^ junto al monte: calnahuac^ jun- 
to á la casa. Es sinónimo de tloc "Destas dos preposiciones thc 
''j nahiia se forman dos nombres de Dios Üocque j nahmque. 
''Aquel apud quem sunt omnia, ó qui est iuxta omnia." 

IX. Icpacy suena tanto como sobre, encima^ j se compone oon 
la ligatura ti: cuauJdicpac, sobre el árbol 6 los árboles; tepetiqpoc^ 
sobre el cerro; tialticpac^ sobre la tierra. Uniendo á esta últiaia 
palabra la silaba tli^ tendríamos tiáUicpcUU^ el orbe de la tierra. 

Xf Xly XTT y XTTT. Ixco, ixpan, iixpampc^ ixüa», preposiciauAS 
que se derivan de ixílif superfioiej cara 6 haz de alguna cosa, j 
se forman de la radical ¿i; y de otra preposicioui de manera que 
son preposiciones compuestas. Con ellas no pierdan la Ü final 
los pocos nombres con que se juntan* 

Ixco, en la superficie, encima: atlixco^ en la superficie del agua; 
tlatxcOf en la delantera. 

Ixpcm, delante, en presencia, encima: iep^liocpan, encima, en la 
superficie del cerro. 

Lc/pampa^ que oon la partícula pan significa movimiento; ma> 
pampcUichcdoa, huyes de mi presencia. 

IcÜQM 6 ixtloy delante de los ojos: sin<Snimo de iocpan. 

Xiy y XV. Itio é itec¡ derivados de itiü 6 üeÜ^ vientre, y dan á 
entender, dentro, en lo interior: cálitic, dentro de la casa; aMtict 
dentro del agua. Las palabras terminadas en A no pierden las 
letras ;finales al unírseles estas preposiciones: se exceptúa '¿6petí, 
cerro, que hace tepeitic, dentro del cerro. 

XVL TzirMan, abajo, debajo: atzinüan debajo del agua. 

XVil. Tepotzco, detras, á las espaldas: caUepotzco, detrás^ de la 
casa. 

XVI [ 1. GuiÜapan, sinónimo de tepotzco, — ''Coippónese de mi- 
'^tlapantU, que perdiendo su final queda en pan por prepos.ícion, 
''jporque si quitada la final queda partíctda que sea preposicioTiy $io se 
^'añade otra.'' — ^Téngase presente esta regla que es iipportante. 

XIX. Can, expresa, el lugar en que la acción se verifica^ 

XX. "CAÍ, significa lo mismo que inferius, de más abajo^ v. g. 
"de tepeü por el cerro, y tenÜi, ladera, sale, tepeteniU, que es un 
"barrio, que quiere decir, en la orilla 6 ladera del cerro de más 
"abajo. Tlatenohi, es un pueblo donde están dos laderas, y en la 
"de más abajo llamaron tlatenchi 6 íUdchí, tuvieron por. adverbio 
"que significa lo contrario de acó, hacia arriba; pero es de fioBi, 



429 

"por la tierra, ycM. Tkdchí, más abajo- del suelo, y con huic, ha- 
"cía, Üodchilmic'' 

XXI. TlUy significa abundancia de la cosa expresada por el 
nombre ^ que va unida. Las voces terminadas en ti 6 tli pierden 
estas letras finales para recibir en su lugar el Üa: de tetl^ piedra; 
de Xóchitl, flor; de cTiauhÜi, águila, se forman tetla, en donde abun- 
dan piedraá, pedregal; xochitta, eñ donde abundan flores, jar- 
din; cuauhtla, en donde abundan las águilas. Los nombres aca- 
bados en huitl cambian esta terminación por la^e uhtla; cuahuitl^ 
áíbol, madera, hace c2¿a?íMa, lugar abundante en árboles, flores- 
ta. Los terminados en K, ín, raudan la terminación en ía, (tenien- 
do en cuenta la supresión de la t entre dos eles); así, ccoíK, are- 
na, se convierte en xaRa, donde abunda, la arena, arenal; zotdin, 
palma, forma zotólla, palmar. 8i al final in no precede í, no cam- 
bia la terminación, añadiéndose lisamente el Üa; v. g. tecpin, pul- 
ga, tecpinilay en donde abundan pulgas, pulguero. 

En cuanto á las preposiciones observaremos con Monlau: (1) 
— 'Todas las preposicíf/nes, en todas las lenguas no son más que 
**restos de nombres que tuvieron, en su origen, su valor y uso 
'•propios, y que luego fueron destinadas al uso prepositivo. — To- 
'*das ellas también son expresivas' de hgar, de situación en el 
'^espaciOy situación absoluta ó relativa: examínense una por una 
"y se verá, con efecto, que todas expresan arriba, abajo, enfrente, 
"Oidentro, afuera, encima, delante, detrae, entre, cd través, departe á 
**paTte, de acá, de allá, de, que es decir, ideas de loccJidad*'* 

Para el mexicano tienen lugar completo estas observaciones. 
Las partículas prepositivas, simples ó compuestas, son restos de 
palabras de significación propia en la lengua, trasformadas des- 
pués en preposiciones, con acepción diversa de la que al princi- 
pio tuvieron. Así can viene de cavüi, carrillo; pan de pantU, ban- 
dera; apan, de apantli, acequia; ñan, de üantli, dientes; tía, de Üa- 
tu, tio, hermano dé padre 6 madre; tzdan, de tzcdaniU, en compo- 
sición, senda 6 camino; c síncopa de co, y así de las demás. De 
las compuestas ixco, ixpan, ixpampa, ixtla, ixtlan, se derivan de 
¡xfti, cara ó faz; tfic é itec, de itiil6 iteñ, vientre; feputzco, de tepotz- 
tli, espalda; cuifíapan, de anUlapanqui, espalda; <fec. Todas ellas 
expresan absoluta 6 relativamente, un lugar en el espacio, razón 

(1) Vocabulario gramatical de la lengua castellana. Madrid, 1870. Pág. 1G5. 



430 

por la cual fueron eseogidas para afijar loa nombres geográficos, 
precisando ideas de localidad. 

Las preposiciones se ponen siempre al fin de las palabras: ra- 
zón por la cual algunos gramáticos las han llamado posposicio- 
nes. Pueden colocarse juntas ó separadas del nombre á que se 
refieren; pero en los nombres de lugar invariablemente sirven de 
afijo. Para unir las preposiciones no se atiende á si el nombre 
tiene ó no plural; sólo se tiene en cuenta la terminación de la voz 
en singular. (1) 

Existen diversas clases de preposiciones, y: — "Muchas de ellas 
"son indiferentes para equivaler á estas españolas, cl, de, en, por, 
"según corresponde en español á la acción del verbo que las ri- 
"ge. • • .Se te hará difícil que se pueda entender lo que se habla, 
"siendo equívocas muchas de las preposiciones; pero el uso te lo 
"hará fácil; y considera que también en las españolas y en las 
"latinas hay muchas equívocas.*' 

La manera de afijar el nombre de lugar es muy sencillo: la ul- 
tima voz de las que entran en composición pierde la sílaba ¿nal 
ó las letras finales, tomando en su lugar la preposición que le 
corresponde, conforme á las reglas antes expresadas. 

Existen algunos verbales terminados en layan, ayan, dtc, que 
hacen oficios de preposiciones y significan lugar, 

^'Tzintli y tzin, denotan reverencia ó cortesía (para eso se osan 
"comunmente); amor ó aprecio, lástima ó compasión de la perso- 
'^na ú objeto, con quien ó de quien se habla; y así sólo se usan 
"cuando el que habla se quiere mo8tr|tr reverente, cortas, amo- 
'^oso, compasivo, ú apreciador de la persona ú objeto de quien 
"ó con quien se habla; y ya por la materia de que se habla^ 6 ya 
"por otras circunstancias, se conoce si al poner dichas finales es 
"por modo de cortesía, ó por amor, &c." (2) — ^En las locuciones 
reverenciales, principalmente las dirigidas á Dios, la partícula 
tzin toma la preposición co, y en la forma tunco constituye el final 
de las palabras. TzinÜi y su síncopa tzin son una misma oosa: 
por algo que podríamos llamar una aberración del mexicano y 
conforme al Vocabulario de Molina, tzxntíi significa, "el ojo del 
salvohonor," es decir, aniis; y su radical tzin se emplea para de- 



(1) Aldaiúa y Oueyar», niím. 364-6G. 

(2) Aldaxna y Guevara, mün. 36. 



y 



/ 
/ 

/ 
í 



431 

notar la reverencia, el amor, el aprecio, la compasión, y la cor- 
tesía. Encuéntrase el compuesto tzinco afijando algunos nombres 
geográficos; entonces, no significa amor, reverencia, &c., sino, 
atrcíSy detras f á la espalda^ j de una manera figurada, en la parte 
inferior^ no faltando persona, como Vetancourt en su Teatro Me- 
xicano, que traduzca la palabra tzinco por, d principio ó alprin- 
dpioy al comenzar algmia cosa^ En la forma acabada de mencionar 
tzinco es un compuesto; pero sólo el tsdn^ al final de los nombres 
de persona, siempre es reverencial. 

Forman el fondo de la lengua mexicana un numero considera- 
ble de palabras radicales, con significación fija y determinada, en 
las cuales abundan las voces simples y monosilábicas: de éstas 
y de otras que presentan una estructura más complicada se for- 
man indefinidamente voces compuestas, más bien frases, que 
concretan en su significado todas las ideas expresadas por los 
componentes. De aquí que el idioma no sólo sea expresivo y nu- 
meroso, sino que se preste constantemente á que la inteligencia 
le adapte á sus necesidades y caprichos, expresando los pensa- 
mientos más complicados de la manera más flexible. 

Las reglas pa!ra la formación de las palabras, que á nuestro 
propósito cuadran, están basadas en el precepto de que, en la 
composición no deben entrar más de tres elementos, á no ser en 
las voces destinadas á la poesía y á los asuntos sagrados, en cu- 
yos casos se permiten frases con multiplicados componentes. 

Si resulta el compuesto de dos nombres sustantivos, el prime- 
ro pierde las letras finales ó la última sílaba, quedando íntegro 
el segundo. La colocación no es arbitraria, supuesto que el pri- 
mer nombre es el calificativo del segundo; de donde se infiere 
que la traducción comienza por el nombre final; poniendo el an- 
terior en genitivo. Con las voces teotl^ Dios, y tlaioUt, discurso ó 
palabras, se forma teoSatólU, palabras de Dios ó palabras divinas: 
de tdlt piedra, y de oofft, casa, sale tecaUi, casa de piedra; si se es- 
cribiera catíeU la