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Full text of "Historia de Cristóbal Colon y de sus viajes : escrita en Francés segun documentos auténticos sacados de España é Italia"

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II. 



HISTORIA 



DE 



CRISTÓBAL COLON 

Y 

DE SUS VIAJES, 

ESCRITA EN FKANCÉS 

SEGTJN DOCUMENTOS AUTÉNTICOS SACADOS 

DE ESPAÑA t ITALIA, 

POB 

ROSELLY DE LORGUES, 

Y 

TRADUCIDA EN ESPAÑOL 

POR 

3s^jíL:Ri:A.isro j""cr3D:E:Ri-A.s. 



TOMO II. 



CÁDIZ. 

EDUARDO GAUTIER, EDITOR. 

CALLE DE SAN FRANCISCO, 25. 
1863. 






IMPRENTA Y LITO'iRAFIl DE Ll REVISTA MÉDICA, 

CALLE DE LA. BOMBA, NÍTMERO 1. 
1863. 



irik0 tmm. 



235123 



CAPITULO I. 



I. 



El 30 de Mayo de 1498 se dieron á la vela en el 
puerto de Sanlúcar de Barrameda seis carabelas, á las 
ordenes del almirante, que mandó zarpar invocando la 
Santísima Trinidad^ y haciendo voto de imponer tan 
augusto nombre á la primera tierra que descubriese.^ 

Ya no eran islas las que buscaba Colon, ya no iba 
con propósito de sondar en las inmediaciones de la gran 
isla de Cuba, que se suponia ser el principio de las In- 
dias, sino que se hacia á la mar con ánimo de interro- 
gar los desconocidos espacios del Océano al mediodía, 
y partia resuelto en busca de un nuevo continente, cu- 
ya existencia presentía su intuición bajo una latitud mas 
avanzada, hacia occidente. Sus esperanzas igualaban casi 

1. Cristóbal Colon. "Partí en nombre de la Santísima Trinidad, 
Miércoles 30 de Mayo, de la viUa de San Lucar." Eeladon del tercer 
viaje, dirijida d los reyea católicos. 

2. Oviedo y Valdes. Historia natural 11 jeneral de las Indias, lib. 
III. cap. III. 



• • • .e c • 
»■••••« • 



— 8— 

en este viaje á la importancia de su primer clescubri- 
miento.i 

Mandó hacer rumbo primeramente al S. con el ob- 
jeto de evitar una flota francesa que cruzaba á la sazón 
á la altura del cabo de S. Vicente:^ el 7 de Junio echó 
el ancla en la bahia de Porto-Santo, donde oyó misa, se 
proveyó de leña y agua y salió para Madera, cuyo go- 
bernador y mayor parte de sus habitantes, que de anti- 
guo lo conocian, lo recibieron con gran pompa. Per- 
maneció allí seis dias, é hizo víveres y azúcar prieto que 
se compraba á precios bastante módicos. Pué luego á 
la Gomera y después continuó su viaje. 

Sin cesar preocupado de las necesidades de la colo- 
nia, apenas llegado el almirante á la inmediación de 
la isla del Pierro despachó directamente para la Espa- 
ñola tres bajeles á las órdenes de su cuñado don Pedro 
de Arana, de su primo el jenoves Juan Antonio Colon 
y de Alonso Sánchez Carvajal, señalándoles el camino 
mejor y mas corto que debían tomar. El mando de la flo- 
tilla lo tendrían por turno uno cada semana. 

Hecho esto. Colon con los otros tres buques hizo 

rumbo hacia la zona tórrida '^en nombre de la Santísima 
Trinidad.''^ 

Un ataque de gota, que, al cuarto día de la invasión, 
se agravó con calentura, vino á poner el colmo á su fa- 
tiga; pero la enerjia de su voluntad dominó la violencia 
del dolor y no cesó por ello de dirijir en persona la na- 
vegación.^ Cuando hubieron montado la estéril isla de 
Bella- Vista, refujio de los portugueses leprosos, (Miér- 

1. "Una empresa tan importante y gloriosa en su dia como el pri- 
raer descubrimiento'"— Muñoz. Historia del nuevo mundo, lib. vl. 
§23. 

2. Herrera dice que esta escuadra era portuguesa; pero Las Casas 
asegura que era francesa, y la misma relación de Colon no deja márjen 
á dudar en este punto.' 

3. Herrera. Historia jener al de las Indias Occidentales, Década 1. 
lib. III. cap. IX. 

4. Femando Colombo. Vita deW Amiraglio, cap. LXV. 



coles 4 de Julio), el almirante se inclinó al S. E. Desde, 
el dia 27 de Junio no liabian podido observarse las es- 
trellas, ni tomar la altura; que tan densa estaba la bru- 
ma, pero Colon prosiguió en la misma derrota a pesar 
de que la fuerza dq las corrientes que se dirijian al N. 
y al N. E. retardaba de una manera penosa la marcha. 
El 7 de Julio aun estaba el almirante á la vista del Fier- 
ro y deseoso de sostener el rumbo indicado hasta llegar 
á la línea equinoccial, desde donde hubiera tomado la vuel- 
ta de la tielTa firme de las Indias, al occidente. 

Pronto aparecieron yerbas iguales á las que tanto 
alarmaron á las tripulaciones en el primer viaje de des- 
cubrimientos, y- no bien se avanzaron ciento veinte le- 
guas al S. E., el 13 de Juho, bajo el paralelo de Sierra 
Leona, calmó repentinamente el viento, las olas queda- 
ron tersas como un espejo y las vel^s inmóviles y vacias, 
colgando de las vergas: ni el mas leve soplo de brisa 
rizaba el inmenso mar y los buques parecian estar pre- 
sos por un poder superior en una dilatada lámina de 
plata: añádase á esto un calor sofocante y un sol abra- 
sador y se comprenderá si tan terribles sensaciones no 
enervarían el cuerpo y no abatirían el espíritu de los 
marineros. Hallábanse en la todavía desconocida re- 
jion de las calmas, acerca de la cual los forjadores de 
cuentos hacían á bordo tantas y tan siniestras rela- 
ciones. 

El primer día, un Sol que ni el mas leve vapor en- 
tibiaba encandescia, por decirlo así, cuanto se alcanzaba 
con la vista, todo quemaba, y el alquitrán perdía su con- 
sistencia. Felizmente al otro dia densas nubes cubrieron 
el cielo, y cayó de rato en rato un aguacero de gruesas 
gotas; pero no era bastante para mitigar el calor, que 
continuaba lo mismo y bajo cuya influencia, unida á la 
humedad, se alteraban los víveres mas que de paso; las 
salazones se corrompían; la manteca se derretía como si 
estuviese al fuego; el trigo se arrugaba y parecía cocer- 
se, y las duelas de las barricas se comprimían, los flejes 



—lo- 
se soltaban y el contenido se vertía por las aberturas. ^ 
Sin embargo del peligro era tan sofocante la calor que 
"no habia nadie que osase descender debajo de cubierta 
k remediar la vasija y mantenimientos/'^ Duró esta si- 
tuación ocho dias, pero si la falta de viento impidió evi- 
tarla, el almirante se dirijió como de costumbre á Dios que 
de tantos riesgos lo habia libertado. Recordó que siempre 
que habia pasado á cien leguas al O. de las Azores por 
el punto designado en la famosa línea de demarcación 
pontificia, habia esperimentado un gran cambio en la tem- 
peratura, y según esto dijo que, '^resolvió, si placia á 
nuestro Señor enviarle viento y tiempo propicio para sa- 
lir de los sitios en que se hallaba, no avanzar mas ha- 
cia el mediodia, ni retroceder, sino inclinarse á po- 
niente hasta que hubiera vuelto á encontrar el tempe- 
ramento que observa en el paralelo de la islas Cana- 
rias, y entonces ir mas al S. Y que quiso el soberano 
Señor, al cabo de ocho dias, otorgarle un buen vien- 
to de E. y que auxiliado por él se dirijió á poniente.'' 
Los acaecimientos confirmaron la conjetura cosmográfica 
del almirante, pues adelantando al O. halló la dulce y 
serena atmósfera que siempre, en el indicado meridia- 
no, refrijeró su fatigado pecho. "Por espacio de diezisiete 
dias. Dios nuestro Señor me dio buen viento," pero las 
provisiones estaban averiadas y en su mayor parte in- 
servibles, la vasijeria del vino vacia y de la del agua solo 
quedaba un barril en cada uno de los tres buques. En pe- 
ligro de morir de sed, no obstante el dolor que le causaba 
apartarse de su camino, mandó gobernar al N. en de- 
manda de las islas Caribes, esperando tomar en ellas ví- 
veres y carenar su escuadrilla. La desolación de los tri- 

1. Fernando Colon. HiHoria del almirante, cap. LXV. — Muñoz. 
Historia, del nuevo mundo, lib. VI. 

2. "Y entre en tanto ardor y tan grande que creí que se me que- 
masen les navios y jente, que todo un golpe vino á tan desordenado, 
míe no había persona que osase descender debajo de cubierta ;i reme- 
diar la vasija j mantenimientos etc."— Crist<Sbal Colon, Belacion del 
tercer maje dtrijida á Inxreyeif católicos. 



—11— 

pillantes era espantosa cuando en medio de las mas pa- 
vorosas y sonibrias imajiuaciones, á eso de las doce de 
la mañana del 31 de Julio, un marinero de Huelva lla- 
mado Alonso Pérez Nizzardo, criado del almirante, ha- 
biendo subido por casualidad á una gavia, vio dibujarse 
á occidente tres cumbres de montaña que parecian es- 
tar imidas en su base. 

Era la tierra deseada! 

Debia hallarse á una distancia de (juince le.guas;^ y 
por una prodijiosa singularidad, desde lejos, figuraba 
representar misteriosamente el emblema de la Santísima 
Trinidad, y recordar á Colon su promesa de imponer 
tan hermoso nombre á la primer tierra que descubriese. 



II. 



Las estrañas circunstancias de este descubrimiento 
y las tres cumbres, pareciendo salir de la misma mon- 
taña, y recordando de una manera tan exacta el voto 
del almirante de imponer el augusto nombre de Trinidad 
á la primera tierra que encontrara, han sorprendido á^ 
los cronistas contemporáneos y á los historiógrafos rea- 
les. Pedro Mártir de Angleria, al hacer referencia al 
decaimiento de los marineros, sumerjidos en lúgubres 
imajinaciones y atormentados por la sed, habla de la 
grande alegría que entre ellos escitó la repentina apa- 



1. Fernando Colon. Historia del aliyúraate, cap. LXV. 



—12— 

ricion de las tres elevadas montañas;^ Oviedo dice que 
la isla de la Trinidad fué llamada así 'aporque el almi- 
rante habia decidido poner este nombre á la primera 
tierra que descubriese, y por que vio tres montes a 
la misma hora muy próximos unos deotros/'^ Herrera, en 
dos de sus escritos sobre las Indias occidentales, Jiace 
constar la estraña coincidencia que hubo entre la pro- 
mesa de Colon y la aparición de la tierra desconocida 
con estas palabras: '^El marinero de la gavia divisó tres 
cumbres, Je suerte que el nombre de la isla estaba en 
perfecto acuerdo con el voto del almirante/'^ Muñoz que 
tuvo ante los ojos documentos y relaciones, cuyo para- 
dero se ignora hoy, menciona que Colon atribuyó este 
hallazgo á un señalado favor de la divina majestad,^ y 
que tenia por milagrosas las circunstancias de tiempo 
y lugar y el aspecto de las tres montañas, hallazgo en 
tan íntima conformidad con su proyecto de consagrar 
á la Santísima Trinidad el primer territorio que encon- 
trara. 

En su relación oficial el almirante esplica á SS. AA. 
sucintamente, con su sencillez sublime las penosas cir- 
cunstancias en las cuales plugo á la providencia venir 
en su socorro, y se limita á escribir las siguientes pa- 
labras: ''Y como su alta Inajestad haya siempre usado 
de misericordia conmigo por acrecentamiento, subió un 
marinero á la gavia y vido al poniente tres montañas 



1. "Nauta quídam speculator tres montes altíssimos sublatis prse lae, 
titia ad coelum vocibus se conspicere proclamat." — -Petri Martyris An- 
glerii, Occanece Decadis primee, lib. sextus. 

2. Oviedo y Valdes. Historia natural y jeneral de las Indias, lib. 
III. cap. III.— Traducción de Juan Poleur, ayuda de camarade Fran- 
cisco 1. 

3. Herrera. Descripción de las Indias Occidentales que se llaman 
Jioy nuevo mundo, cap. VII, p. 16. — Edic. de Amsterdan, 1622. 

4. El presente atribuyó á un señalado beneficio de Dios, mirando 
como niila<íroso el tiempo, el modo y la vista de tres cumbres, etc."..— 
Muñoz. Historia del nuevo mundo, lib. VI. § 23. 



—13- 

juntas ^. Rezcimos el Salce Pujina y otras oraciones en 
acción de gracias á nuestro Señor/' 

En seguida, el almirante, cesando de singlar hacia 
el N., tomó el rumbo de la tierra que le habia sido mos- 
trada y la llamó Trinidad en cutnplimiento del voto que 
hizo al partirse de las playas de Sanlucar de Barrame- 
da. A la /¿ora de completas, llegó á un cabo que por su 
forma quiso ponerle por nombre Punta de la Galera, y en 
el quedivisó un ancón, rodeado de terrenos cultivados, de 
exuberante y balsámica vejetacion, que recordaban la 
huerta de Valencia en la primavera, y salpicados de ca- 
banas; pero, á su pesar, no pudo quedarse en él en ra- 
zón á que las anclas no mordían el fondo. Dirijióse, 
pues, á lo largo de la costa, al mediodía, y á unas cinco 
leguas, habiendo encontrado ancladero se detuvo y lle- 
nó de agua una pipa. 

Al dia siguiente, 1.° de Agosto de 1498, se dieron 
á la vela, costeando para busí^ar un puerto donde care- 
nar una de las carabelas, componer la vasijeria y hacer 
aguada y pertrechos de boca. Llegados que fueron a un 
promontorio que Colon llamó Cabo de Arena, distin- 
guióse una bahia cómoda, y los marineros saltaron en 
tierra para reposar de sus fatigas. Y vieron huellas de 
hombres y de brutos de patahendida, y utensilios de 
pesca; pero ni un ser humano, ni de las bestias mas que 
una y esa muerta: era una especie de gamo muy cono- 
cido en aquella isla. Según su invariable, costumbre, Co- 
lon hizo clavar una cruz elevada en la orilla, donde glori- 
ficó el sagrado nombre de Jesu-Cristo; circunstancia es 
esta que omiten Las Casas y el cura de los Palacios, pero 
que se demuestra con las propias palabras del almirante 
en su relación á los reyes católicos.^ 

1. Sin duda por modestia no dijo el almirante en esta ocasión que 
el marinero favorecido con este primer aspecto era Alonso Pérez Niz- 
zardo, criado suyo. 

2. "Y en todo cabo mando plantar una alta cruz, y á toda la jente 
que hallo notifico, etc." — Belacion del terca' viaje dinjida á los reyes 
católicos. 



—14— 

El dia 2, llegó á la parte del E. una etubarcacion tri- 
pulada por veinticuatro hombres, jóvenes todos, armados 
de arcos, flechas y broqueles, la cabeza cubierta con pa- 
ñuelos de algodón, pintados de diversos colores, y en- 
torno de la cintura otra tira de lo mismo, á guisa de 
nagüeta corta. Sus cabellos eran negros, largos y cor- 
tados, casi á la moda española, y su cutis mas blanca 
que la de los insulares vistos hasta entonces. Así que la 
canoa estuvo á poCo trecho se detuvieron los remeros 
y llamaron con grandes voces á los de la capitana, que 
no los comprendieron; mas, hízoles el almirante señal 
de que se acercaran pues la desconfianza parecia domi- 
narlos. Durante mas de dos horas quedaron observan- 
do I03 buques desde lejos, y si á veces se aproximaban 
para examinar los espejos, las palanganas de metal, las 
corazas relucientes y otros objetos de mucho brillo que 
sacaban los españoles para atraerlos, apenas lo hacian, 
se alejaban de repente. Quiso Colon en esto conquistar- 
los por medio de un espectáculo divertido, y al efecto 
reunió sobre la toldilla de proa á los marineros mas mo- 
zos para que bailaran al son de la flauta y del tambo- 
ril.. Pero no bien repararon en la danza los insulares 
cuando, dejando á un lado los remos, pusieron mano á 
las armas y comenzaron el ataque; que, según su cos- 
tumbre de preludiar las batallas con bailes guerreros, 
hablan tomado el alegre ejercicio de los estranjeros por 
manifestación hostil y aceptado el pretendido reto. A tan 
brusca agresión contestó el virey con dos ballestazos 
que fueron muy suficientes para moderar el impulso de 
los naturales, que se ampararon detras de la popa de la 
carabela mas inmediata, cuyo piloto tuvo el arrojo de 
saltar en su canoa para regalar con un justillo y un gor- 
ro escarlata al que parecia ser jefe. Hiciéronle los indios 
señas de que fuese á tierra, que le darian cuanto desea- 
ra, y se dirijieron hacia la orilla como en ademan de aguar- 
darlo; pero no atreviéndose el marinero á tanto sin per- 
miso del almirante, y habiendo pasado á la Capitana con 



—15— 

objeto de pedírselo, apenas lo vieron los insulares entrar 
en el buque donde se liabia bailado, sospechosos de al- 
guna traición se lanzaron en su barquichuelo y huyeron 
á todo remo.^ 

Al avanzar algún tanto, notíS el almirante entre la 
Trinidad y una tierra vecina que supuso ser isla, una 
violenta corriente acompañada de un ruido desconocido 
hasta entonces por lo espantoso. "El agua, dijo 61, iba 
de levante á poniente con tanta impetuosidad como el 
Guadalquivir cuando se sale de madre;'' y al ver que la 
dirección de E. á O. era continua, sin interrupción y 
con una rapidez de dos millas y media por hora'*^ temió 
formalmente no poder ir mas adelante á causa de 
los bajos que indicaba el estruendo, ni retroceder por la 
fuerza de la corriente. Mientras que á una hora muy 
avanzada de la noche el insomnio, la inquietud y el deseo 
de observar lo retenian sobre la cubierta de su carabela, 
á pesar de la oftalmía que lo aquejaba, oyó de repente 
un rujido terrible que salia de la parte del mediodía, v 
después de haberse detenido á examinar con la mas gran- 
de ansiedad el espacio, vio que una inmensa masa de 
agua, formando una montaña tan alta como los palos 
del buque, avanzaba en su dirección, acompañada del 
horrísono concierto de las otras corrientes. Sin embar- 
go, hundióse como por ensalmo la eminencia levantando 
la carabela y ganó la embocadura del canal donde lu- 
chó por algún espacio con la corriente opuesta. Todos 
se creyeron perdidos sin remedio. Tanto efecto causó 
en el almirante la proximidad del peligro que muchas 
semanas después se resentía aun de sus penosas impre- 
sioties.^ Al (lia siguiente hizo sondar el sitio por las cha- 
lupas, que hallaron de seis á siete brazas y reconocieron 



1. Cristóbal Colon. Relación del tercer viaje dirijida d los reyes 
eatólicos. 

2. Anotación hidrográfica de Navarrete. 

3. Cuando dictaba á su secretario la relación para los reyes. 



—16 



lina doble corriente: una para entrar y otra para salir. 
"Plugo al señor darme viento favorable, dice Colon, y 
atravesé por el centro de la embocadura; logrado lo cual 
volví ti gozar de reposo/^ Puso por nombre á tan peli- 
groso paso el de Boca del Dragón. 



III. 



Es cosa jeneralmente admitida que el primer punto 
del nuevo continente que divisó Cristóbal Colon, fué la 
costa de Paria, y este es un error refutado de antema- 
no por el mismo almirante en su relación á los reyes 
católicos. 

No carecerá de interés el que establezcamos ahora 
de una manera escrupulosa el primer sitio del nuevo 
mundo que se ofreció á las ávidas miradas de los euro- 
peos, y podremos hacerlo tanto mejor cuanto que, gra- 
cias á la relación del virey sobre su tercer viaje, no que- 
da ningún jenero de duda acerca de cual fuera. 

Antes de desembocar por el terrible paso, llamado 
por él Boca del Dragón, Colon tenia á su dere- 
cha, un poco hacia la proa de su buque, el último cabo 
occidental de la Trinidad, y á la izquierda, de popa á 
proa, el estremo superior del Delta del Orinoco, rio in- 
menso que sale al Atlántico por siete grandes bocas y 
cuarenta pequeñas, en una estension de cincuenta le- 
guas próximamente, produciendo con sus vueltas y re- 
vueltas islas de mas ó menos consideración, cubiertas de 
un follaje espeso, nervudo y abundantísimo, en las cua- 



—ir- 
les, sobre nopales que sumerjeii sus ramas en el agua 
salada, de en medio de bosquecillos de tamarindos, de 
gigantescos cañaverales • y de heléchos arborescentes se 
elevan anacardos, mauricias, palmeras de abanico y aca- 
cias cargadas de dorados racimos, mezcladas con lianas 
sarmentosas y plantas frutales que tornan los parajes en 
que vejetan en cavernas, impenetrables- á la vista del 
hombre y á los rayos del Sol. Era imposible no tomar 
por islas aquellas porciones de terreno á la sazón me- 
dio anegadas, formando canales sin número y entre las 
que ninguna corriente regular indica el desagüe de un 
rio, sino al contrario, porque tan pronto los remolinos 
como los vientos forman falsas corrientes y las hacen su- 
bir en vez de bajar. La uniformidad de las prodijiosas 
producciones de estas islas las hace tan parecidas unas 
á otras que frecuentemente los Guaraonios,i acostum- 
brados á navegar por el archipiélago que llevamos des- 
crito, y en el cual habitan, se pierden en su verdadero la- 
berinto.^ 

Sobre estas montañas de verde que parecen salir de 
las aguas y que se elevan hasta limitar el horizonte, posó 
primero sus ojos el almirante, y á pesar de que ningún 
indicio pudo hacerle suponer que la tierra en que se apo- 
yaban estuviera cortada en porciones por la embocadura 
de un rio, esperimentaba en si algo nuevo, estraño é 
inesplicable acerca de su naturaleza, pues lejos de dar 
un nombre colectivo á los islotes, designa el lugar con 
el de Tierra de Gracia, porque la sola gracia de Dios 
lo habia guiado allí; y no habló nada de islas en esta 



1. C* est improprement que plusieurs écrivains donnent a ees in- 
digénes le nom de Guaranis. Les Indiens Guaranis sont au Paraguay. 
Les Guaraoüns différent des Guaranis par la langue et les moeurs au- 
tant que par la contrée qu'ils occupent. — Dauxion-Lavaysse, Voyage 
aux Ues de Trinidad, de Tabago, de la Marguerite et dans diverses 
parties de Venezuela, 1. 1, p. 3. 

2. Depons, Voyage a la partie oriéntale de la Terre Ferme dans 
VAmérique méridionale, tom. III. p. 26^4. 

3 



—18— 

parte de su relación. Se observa, pues, que, no obstante 
las apariencias, no tenia por cosa muy cierta el que fue- 
ra un verdadero archipiélago. 

El primer paraje del nuevo continente que llamó 
necesariamente la atención del virej de las Indias, cuan- 
do quiso doblar la punta de Jeacos para reconocer la 
costa interior de la Trinidad, está comprendido entre el 
cabo del Morro y el del Hedió, en el Delta del Orinoco. 

En las inflexiones montuosas de la orilla las palme- 
ras, los piraguaos de lisas estipas lujosamente coronadas 
de penachos, los bombajes, entrelazados con las flores 
de oro de los banisteros, las pasifloras, las vainillas, con- 
fundidas con convólvulos carmesí, los panchupanes de in- 
finitos ramilletes de flores blancas, y sobre todo, los ci- 
rios, las raquetas y los cactus cilindricos prestaban al 
terreno una fisonomia tranquila en estremo, diferente 
de la del fauno de las islas. Si se agrega á esto los ra- 
cimos de fruto de formidables nopaleras, los vejetales 
puntiagudos de hojas sajitadas, el matiz verde oscuro, 
el tono ennegrecido de los pezones, la fuerza, el vigor 
de las plantas mas insignificantes, y el azul del cielo, mas 
profundo, indicando nuevas condiciones de existencia, 
se tendrá una débil idea del carácter jigantesco déla re- 
jion y del aspecto de su vejetacion colosal. Algo inmen- 
so y poderoso penetró la intuición del revelador del glo- 
bo con su vista, pues conoció que no se hallaba bajo la 
influencia predominante de la humedad salitrosa; que 
la del mar cedia ante la abundancia del agua dulce, y 
que, al fin,*tocaba la tierra firme. 

Como aquella perspectiva de uniforme follaje no le 
ofrecia ningún punto de reconocimiento, buscó por otro 
lado, y, después de haber bordeado por la costa interior 
de la Trinidad, divisó á la distancia de doce leguas al 
N. E. la cresta de un promontorio que suponia ser una 
prolongación de la tierra de Gracia, como así era en 
efecto. Hizo sacar agua del mar y la encontró de desagra- 
dable gusto para bebería. Inclinóse á esta parte y sintió 



—19— 

que una muy fuerte corriente lo impelía al E.N.E., y 
al acercarse reconoció cerca del cabo Lapa una embo- 
cadura mas estrecha aun que la de la Boca del Dragón-, 
el ruido y ajitacion de las olas no era menor. Viró de 
bordo y siguió la costa occidental, tanto con el objeto 
de encontrar otra salida, como con el de comunicar con 
los habitantes del pais. Cuanto mas avanzaba, mas grato 
iba siendo el sabor del agua. Asi que se divisaron ter- 
renos desmontados y cultivados mandó á Pedro de 
Terreros con un destacamento para reconocerlos, el cual 
vio veredas abiertas, fuego, pescado, una casa sin techo 
y multitud de monos; pero ningún ser viviente. Prosi- 
guió el almirante costeando ocho leguas mas y de nue- 
vo hizo saltar jente en tierra. Hallaron huertas escelen- 
tes, mucha tierra en cultivo, árboles cargados de frutas 
suculentas y de cierta clase de uva; mas no pudieron 
dar con un indíjena. Estos, por razón del ejercicio obli- 
gado de sus principales sentidos, desde la mas tierna 
infancia adquirían tal superioridad en el alcance de la 
vista y del oido y sutileza del olfato, que divisaban á 
los estranjeros antes de ser notados, y oian sus pasos y 
reconocian sus huellas, evitando así su encuentro: por 
eso lo mismo en tierra de Gracia que en la isla de la 
Trinidad no pudieron los españoles lograr cojer uno. 

Era Domingo aquel día, y Colon dispuso celebrar- 
lo en la nueva tierra, de la que hizo tomar posesión en 
la forma acostumbrada. Erijióse una gran cruz^ en un 
lugar culminante de la ribera, y el sagrado nombre del 
redentor resonó sobre el suelo desconocido. En esta ce- 
remonia representó al virey su honrado mayordomo, 
el capitán Pedro de Terreros ,2 pues el malestar que le 
producía la oftalmía lo forzaba á permanecer encerra- 
do en su cámara. El primer europeo que asentó la 



1. "Una gran Cruz hincada en tierra." — Deposición de Hernando 
Pacheco en el 8? interrogatorio. Pleito. Prohanzas del almirante. 

2. Muñoz. Historia del nuevo mundo, lib. VI. § 26. 



—so- 
planta en el nuevo continente fué, pues, Pedro de Ter- 
reros, y el segundo, Andrés del Corral. 

Al siguiente, Lunes 6 de Agosto, ordenó Colon se 
bordeara inmediato á la costa: una pequeña canoa tri- 
pulada por cinco indios pasó por la proa de la carabe- 
la m Correo, que por su reducido tamaño y poco cala- 
do podia aproximarse mucho mas que sus compañeras. 
El oficial les hizo señas, llamándolos y dándoles á en- 
tender qne quería ir con ellos á la playa; lo compren- 
dieron los naturales y se acercaron al costado con áni- 
mo de recibirlo en su frájil esquife; mas el español sal- 
tó de manera que lo volcó, y cuando los indios pro- 
curaban ganar la orilla á nado los marineros se hablan 
arrojado al agua y les cortaban la retirada: cociéronlos 
á todos salvo uno, y los condujeron á presencia del al- 
mirante.^ 

Eran robustos y bien proporcionados y su color re- 
cordaba su oríjen. Dióles Colon bujerías, terrones de 
azúcar y cascabeles, lo que los colmó de alegría, y des- 
pués los despidió. Según lo habia previsto, los indíje- 
nas, enterados del buen tratamiento de que fueran ob- 
jeto sus compatriotas, acudieron presurosos á la orilla, 
deseando todos venir á bordo. Traian en presente.- pan, 
agua deliciosa, un cierto brevaje verde, una especie de 
vino, carcajes, arcos y hasta flechas envenenadas: consi- 
deraban con indescribible asombro á los españoles, los 
miraban con curiosidad, olfateaban con sensual preste- 
za sus vestidos, sus chalupas y las bagatelas que reci- 
bían,^ y decian que los estranjeros tenian buen olor.^ 

Al otro dia, á ocho leguas de aquel lugar, hacia oc- 
cidente, el almirante vio el cabo de la Aguja, cuya cam- 
piña er.i magnífica y cuya playa estaba muy poblada. 



1 Herrera. Kistoria jeneral de los viajes y conquistas de los 
españoles en las Indias occidentales, Decada X^ íib. III. cap. IX. 

2 Muñoz. Historia del nuevo mundo, Lib. VI. §.27. 

3 Herrera. Historia jeneral de los viajes y conquistas de los 
españoles en las Indias occidentales, Década 1. lib. III. cap. XI. 



—21— 

"Mande anclar, dice Colon, para recrearme contemplan- 
do tan hermosa tierra, su verdura y sus moradores» ^ 
Pero solo á hurtadillas, por decirlo así, podia echar 
Colon una mirada sobre la opulenta rejion, pues su oftal- 
mia no le peruiitia salir de la cámara. Interrogaba y le 
describian; y como por las apreciaciones de otros for- 
maba su juicio, pareciendo delicioso el sitio lo llamó 
Los Jardines. En esto, vinieron muchos indios á su- 
pUcarle de parte de su rey bajase á tierra, y no pudo 
acceder al convite: su aparente indiferencia duplicó la 
curiosidad; y al '^observar que no hacia alto en ellos, 
se trasladaron en número infinito á los bajeles.» Eran 
de estatura elevada y cabellos negros y flexibles, que sq 
ocultaban á medias en una tela do brillo con que ceñian 
la cabeza: los hombres no usaban mas ropaje que un pa- 
ñuelo atado alrededor de la cintura, y las mujeres lo mis- 
mo, pero mas largo. Las canoas de los jefes eran grandes 
y lijeras y estaban mejor construidas y con mas comodi- 
dad que las de los otros indios, pues tenian en medio una 
camareta donde iban con sus esposas. La mayor parte de 
ellos se adornaban el cuello con planchas de oro del tama- 
ño de una herradura, y parecian orgullosos de su adorno, 
aunque no hubo ninguno que nS lo cediera gustoso por 
una campanilla: vieron se también mujeres con braza- 
letes de perlas finas, "que hicieron abrir los ojos á los 
castellanos.// 2 Apuró Colon cuantos recursos estuvie- 
ron á su arbitrio para inquirir de qué lugar estraian el 
oro, y todos le indicaban una tierra muy elevada, á corta 
distancia, hacia poniente; pero, sin embargo, le aconse- 
jaban no fuera, porque sus habitantes eran antropófagos. 
Preguntóles dónde recojian las perlas y le señalaron tam- 
bién á poniente y al norte; mas, aunque su deseo de re- 
conocer por sí mismo aquellos parajes era grande, debió 

1 Cristóbal Colon. Relación del tercer viaje, dirijida á los reyes 
católicos. 

2 Herrera. Historiajeneral de los viajes y conquistas délos Cas- 
tellanos en las Indias occidentales, Decada 1. lib. III. cap. XI. 



"*' »>•) 

iC.W 

renunciar á él en atención á que las apremiantes necesi- 
dades de la colonia lo traían inquieto, y que los víveres 
que conducia para los de la Española iban averiándose 
cada vez mas. Tampoco la carabela que mandaba, por 
su mucho calado, era apropósito para esploraciones de 
aquel jénero, y su salud rendida con las continuas viji- 
lias, y sus ojos en un estado cercano á la ceguera le hacian 
sentir la necesidad de llegar cuanto antes á la Española, 
desde la cual enviarla á su hermano don Bartolomé á la 
prosecución de las descubiertas. 

Dio Colon orden de hacer rumbo á poniente, y 
, lo mantuvo hasta que quedaron en tres brazas de 
agua. Ancló allí, y despachó mas adelante á M Correo 
para que reconociera si el paso estaba franco. Llegó M 
Correo ala mitad de un gran golfo que rodeaban cuatro 
golfos mas pequeños, en los que desaguaban muchos rios: 
el Paria, el Guarapiche, el Eantasima, el Cacao y el Ca- 
ripe, y por todas partes halló cinco brazas de fondo. El 
agua era en estremo dulce, tanto, que dijo Colon no ha- 
berla bebido nunca semejante. Puso á esta especie de 
mar interior el nombre de Golfo de las Perlas, que es 
el llamado de Paria. Esperaba dar con un estrecho al 
N., porque ni por el mediodía, ni por poniente había sa- 
lida; pero quedó cercado por todas partes por la tierra,y el 
11 de Agosto, levando anclas, desando el camino que 
trajo, para intentar echarse fuera por entre el cabo Paria 
y la isla de la Trinidad, peligroso paso al E. N. E. que, 
con tanta prudencia, evitó el 5 de Agosto. Y lo arrastra- 
ban con tal ímpetu las corrientes de aquel lado que no 
pudo volver á ganar las orillas de los Jardines, que tanto 
hubiera deseado ver de nuevo. Por do quiera corría el 
agua cristalina y de buen beber. 

Logró al día siguiente echar el ancla junto al cabo 
de Paria, en un puerto que denominó de los Monos, á 
causa de la abundancia que había de los tales cuadruma- 
nos en los árboles vecinos, y quedó en el para santificar 
el Domingo y con propósito de zarpar el Lunes y fran- 
quear la temible angostura. 



-23— 



IV. 



Acercáronse el Lunes al estrecho. 

La estremidad N. E. de la isla de la Trinidad no está 
precisamente de frente al !S. O. del cabo Paria, pues en- 
tre la punta de la isla y la de la tierra firme hay muchas 
islas, que no dejan entre sí mas que salidas impractica- 
bles á los buques; pero entre la mayor de estas islas y el 
continente americano se abre un paso ancho, de cosa de 
legua y media, y el único que puede aventurarse' menos 
inconsideradamente para desembocar en el mar Caribe. 
Sin embargo, en los meses de Julio y Agosto la abundan- 
cia de las lluvias y el desbordamiento de los grandes rios 
que desembocan en el golfo de Paria, dan á las corrientes 
de agua dulce un impulso terrible. Esta masa se estrella 
contra las islas que se oponen ásu camino, y de su lucha 
con las olas del mar resulta un estrépito semejante al de 
los hervideros y escollos. 

Si para entraren esa verdadera mar interior, que se lla- 
ma golfo de Paria, hubo menester Colon del auxilio de Ja 
divina providencia, su socorro no le fué menos necesario 
para salir, así, insistiremos acerca de sus detalles, que nun- 
ca se han dado con exactitud, á pesar de que el verídico 
Herrera reconoció que en el desemboque en la mar Cari- 
be, "sufrió mas el almirante que en la Boca del Dragón, 



cuando entró en el golfo; y que el peligro fue mayor to- 
davía/' 1 

Poco antes del mediodía, se hallaban las carabelas 
próximas al paso. Un espantoso desconcierto se advertia 
en las olas: el agua fluvial, impelida al mar, pugnaba 
con la salada que la marea empujaba con toda su fuerza 
á la entrada del golfo, y las ondas se ajitaban con tal so- 
berbia que se levantaban en '^montañas tan altas y con tan 
pavoroso estruendo que hacian temblar de horror á los 
mas decididos de á bordo.// Por lo cual conjeturó Colon 
que "los lechos de la corriente, y las colinas de agua 
que salian y entraban en aquellos caños con ruido tan 
formidable, provenían del choque del agua dulce oponién- 
dose á la entrada de la del mar, y de la del mar oponiéndo- 
se á 1^ salida de la dulce/''^ Por falta de viento no podían 
contar los navegantes con el auxiho de las velas, y con 
razón temían ser arrojados por las corrientes contra los 
bajos y quedar destruidos entre las rocas de las dos ori- 
llas. En este aprieto confesó el virey que, si conseguían 
escapar podrían decir con sobrado motivo que habían sido 
libertados de la boca del Dragón, "por lo cual quedó 
este nombre á aquel sitio.// ^ 

A pesar de la inminencia del peligro, aprovechando 
el almirante los soplos de una brisa de tierra, hizo avan- 
zar las carabelas, y "no bien hubieron entrado en aque- 
lla especie de desfiladero, el viento amainó completamen- 
te, y estuvieron á punto de ir á estrellarse con los peñascos/'^ 
No invocó el virey en vano á su divino protector; que en 
la hora de mas peligro lo acornó el altísimo. Arreció el 
viento, el agua dulce se hinchó, se dilató y alzó furiosa 

1 Herrera. Historia jeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales, Decada 1. íib. III. cap. XI. 

2 Cristóbal Colon. Relación del tercer viaje dirijida á los reyes 
católicos. 

3 Herrera. Historia jeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales, Decada 1. íib. III. cap. XI. 

4 Washington Irving. Vida y viajes de Cristóbal Colon, Lib. X 
cap. III. 



—es- 
como "una montaña; mas plugo al fin al señor que al 
vencerá la salada los pusiese fuera''. El poder del vien- 
to fué el medio de su salvación; pero tal era la seguridad 
de Colon y su confianza en ''la misericordia del que todo 
lo puede/' que en aquel momento solemne se ocupaba 
tranquilamente en las observaciones hidrográficas. Y acos- 
tumbrado á los prodijios del favor celestial ni aun mencio- 
na este socorro maravilloso, y se limita á dejar consignadas 
sus observaciones con la heroica sencillez que lo caracte- 
riza, diciendo: ^^salí porla embocadura del N. y hallé que 
el agua dulce tenia la victoria, y cuando hube pasado, 
cosa que se llevó á efecto por infljijo del viento, estando 
yo en la cumbre de una de las colinas líquidas, noté que, 
en los lechos de la corriente, el agua de la parte interior 
era dulce y la de la esterior salada."^ Durante este 
sondeo, comenzaron á volver en sí de su consternación 
los marineros. 

Así que sus tres carabelas hubieron franqueado la 
espumosa boca del Dragón, manifestó el virey pública- 
mente su reconocimiento, "dando infinitas gracias al se- 
ñor que lo había libertado de los peligros del abismo."^ 

Hizo rumbo al N. O., reconoció la costa interior 
de Paria, y señaló, en frente del cabo de los Tres Picos, 
las tres islas que llamó de Los Testigos, sin duda en alu- 
sión á los tres milagrosos acontecimientos de aquel tercer 
viaje, emprendido en nombre de la Santísima Trinidad. 
En seguida, dejando al N. O. dos islas mas lejanas, á 
las que puso, en honra de la santa vírjen, Concepción y 
Asunción, llegó á la Margarita, verdadera joya de la na- 
turaleza, isla jevestida de suntuosas galas, rica y favore- 
cida en los productos de su suelo y del mar que la cir- 
cunda, y cubierta de cabanas. ^ Luego pasó á Cuba- 

1 Cristóbal Colon. Relación del tercer viaje dirijida d los reyes 
católicos. 

2 Colon dadas infinitas gracias al señor que le Labia librado, etc. 
Muñoz. Historia del nuevo mundo lib. VI. § 29. 

3 Herrera. Jlistoriajeneral de los viajes etc. Decada I. lib. III. 
cap. XI. Hoy la Margarita, totalmente despojada de sus bosques ha 

4 



—26— 

gua, islote vecino, árido y triste, mas desde entonces, cé- 
lebre por la pesca de sus perlas. 

Seducido por sus descubrimientos habría prosegui- 
do Colon su viaje y entrado en el golfo de Venezuela, pa- 
sando por la costa de Caracas, mas allá de Cumana, cuyo 
horizonte, eternamente puro y diáfano, ofrece á la admi- 
ración del hombre, en la perpetua tranquilidad de sus 
noches, muchas constelaciones de ambos mundos, y reú- 
ne en los límites aéreos del antiguo hemisferio las sor- 
presas del cielo austral. De alli se divisan, como embutidos 
en el horizonte del N. los astros familiares á Europa: el 
Carrito, la Lira, Arturo, Sirio, Casiope y Orion, mientras 
que en los campos del espacio lucen las estrellas zenita- 
les del Águila y del Serpentario, la espléndida Nave, la 
Corona y la no menos magnífica Cruz del Sur, y se de- 
jan adivinar á lo lejos, como un vapor sublime, las Nubes 
Magallánicas. Pero tuvo que renunciar á ellos porque la 
corrupción disminuía por horas los víveres que habia 
embarcado á su bordo, á costa de tanto trabajo. Su casi 
completa ceguera no le dejaba hacer observaciones, no 
podia tampoco sacar de su viaje nociones exactas, y cor- 
ría peligro la salud de los tripulantes si se prolongaba el 
reconocimiento del nuevo continente. Resolvió, pues, po- 
ner la proa en demanda de la Española. 



perdido su frescura j belleza. Cultívase el algodón y la caña dulce en 
sus tierras mas fértiles; lo demás parece triste y estéril. 



CAPITULO IL 



1. 



En ninguna de sus esploraciones habia observado Co- 
lon cosas tan estrañas como aquellas, cuyas causas se es- 
forzaba al presente en investigar. Sobreponiéndose á las 
convulsivas contracciones de sus párpados, inflamados 
con la oftalmía, desañando la luz del dia, dominando el 
poder del insomnio y las dolorosas punzadas de la gota, 
habia, en efecto, intentado interrogar con una mirada 
aquella grandiosa é imponente naturaleza. Las cualida- 
des del terreno, la riqueza, el lujo, la magnificencia de 
la vejetacion, la color de los indíjenas que no eran ne- 
gros como los de África bajo el mismo paralelo, la sua- 
vidad, la dulzura del clima, la trasparencia y la limpi- 
dez del cielo, el cambio de las constelaciones, el movi- 
miento, la njitacion, el ímpetu de las olas, la dirección de 
las corrientes, la abundancia del agua dulce enmedio 
del mar, hacían surjir en su imajinacion un tropel de 
ideas. 

Por ciertos rasgos de fisonomía cósmica que hubie- 
ran pasado desapercibidos para cualquiera otro observa- 
dor habia ya conocido una de las grandes divisiones jeo- 
gráficas del globo y la parte opima de uno de los princi- 
pales continentes. Y por el solo convencimiento de sus 
percepciones espontáneas y confusas impresiones, que 



—28 — 

no habria podido definir si se lo hubiera propuesto, co- 
nocia que la parte de la tierra en que se hallaba entonces 
era mas elevada que aquella de que habia salido; le pa- 
recia haber subido por la mar cual si fuera una montaña; 
y afirmaba haberse acercado á la parte mas alta del 
mundo. 

Este sencillo aserto sobrepujaba con toda la elevación 
del genio á las lecciones de la ciencia contemporánea; 
Colon marchaba por la senda de un gran descubri- 
miento cosmográfico: el crecimiento ecuatorial. 

En el documento que dirijió á SS. AA. con el nom- 
bre de relación dijo el virey de una manera terminante 
que se creia que la tierra era redonda; pero que por lo 
que él habia visto, conjeturaba que no era perfectamente 
esférica y que mas parecia "una pera que fuese toda muy 
redonda, salvo allí donde tiene elpezon,^ cuya prominen- 
cia está naturalmente ii^as inmediata al cielo. En efecto, 
el crecimiento ecuatorial, es de unos veintiún kilómetros,^ 
poco mas ó menos cinco veces mayor altura que el 
monte Blanco: de suerte que esta parte del mundo se in- 
terna mas profundamente en las rejiones etéreas. 

Añadió Colon que, Aristóteles, colocaba el punto mas 
culminante de la tierra bajo el polo Antartico, y que otros 
sabios lo hablan combatido y querían, por el contrario, 
que la espresada prominencia existiera en el Ártico, pero 
que él tenia por cierto que el crecimiento del globo se 
verificaba hacia el Ecuador. Y al mismo tiempo que com- 
prendía y disimulaba el error de sus antepasados, en 
razón á que no pudieron tener noticias de lo que él aca- 
baba de descubrir, y declaraba no estar en ánimo de 
pronunciar acerca de la constitución jeodésica del otro 
hemisferio porque no lo habia visitado, en lo tocante al que 



' 1 Tercer viaje de Cristóbal Colon. Colección de los viajes y descu- 
brimientos etc. ioxño \. 

2 Humboldt, Cosmos, Essai d' une descnption physiqíie du monde 
t. I. p. 159. 



—29— 

nos ocupa, daba testimonio de que su foriua era, no 
esférica como una bola, sino como una pera muy redon- 
da, salvo en la estremidad donde tiene el cabo. Y no sa- 
tisfecho aun, escojia imájenes mas sensibles y exactas 
del crecimiento, y de la pequeña alteración que debia 
producir en el conjunto de lafisonomiadelglobo.^ 

Con harta lijereza ha criticado Mr. de Ilumboldt, tan- 
tas veces repetido por los biógrafos de Colon, la opinión 
del grande hombre en lo tocante á la figura de la tierra, 
y pretendido que la concebia en forma de pera, lo cual 
seria por demás ridículo. Este aserto, desgraciadamente 
tan acreditado, es de todo punto falso, pues no pudiendo 
Colon, para demostrar con la debida exactitud su pensa- 
miento, elejir un objeto perfectamente redondo como una 
pelota ó una naranja, escojió una pera, y téngase presen- 
te que no se trata de una pera oblonga ni ovalada, sino 
de una pera toda iimy redonda salvo allí donde tiejie el 
jjezon. Y de manera tan clara se reflejaba en su mente 
la idea del crecimiento ecuatorial que determinó los ras- 
gos jeodésicos de su forma diciendo que, aquella eleva- 
ción no la producia un saliente repentino de la tierra por 
aquella parte, ni era un brusco y penoso accidente del 
suelo, sino que procedia de muy lejos, de donde venia en 
progresión imperceptible; lo cual es verdad. 

Del descubrimiento referido, avanzó Colon algunos 
pasos mas por el sendero de la ciencia, esforzándose en 
reconocer el carácter histórico de la rejion. Y como si hu- 
biese admitido el principio ñilosófico alemán de que la tier- 
ra es la profecía de la historia, buscó cuál pudiera ser el 
destino de un pais tan distinto de los que habia recorrido y 
que describían los viajeros; y estando el mas inmediato al 
cielo, y de consiguiente, recibiendo el primero los rayos 



1 O como quien tiene una pelota muy redonda, y en un lugar de 
ella fuese como una teta de mujer allí puesta, y que esta parte deste 
pezón sea la mas alta-e mas propinca al cielo." Tercer viajé de Cristo- 
bal Colon. 



—30— 

del Solj.se preguntó si la sublime elevación en que se ha- 
llaba y su dulcísima temperatura no indicaban la primer 
mansión del primer hombre: el paraiso. No dice haber ha- 
llado el sitio del jardin de las delicias; pero supone que 
debe estar en el punto mas alto del crecimiento ecuato- 
rial "adonde no puede llegar nadie, salvo por voluntad 
divina,// 1 y lo que mas le induce á creerlo es el jigantesco 
rio, cuyo inmenso volumen era incomparable con los has- 
ta entonces conocidos, y que, bastante poderoso para en- 
dulzar el agua salada á distancia tan grande de la ribera, 
le hacia presumir fuera uno de los cuatro que cruzaban 
el paraiso terrenal, y de que habla la Sagrada Escritura. 



II. 



Dos miembros de la Academia de Ciencias, en Paris 
y en Berlín, han hecho desgraciadamente mofa de que 
Colon creyera en el paraiso terrenal. Pero no vemos noso- 
tros que hubiese materia para despreciar al hombre gran- 
de en una conjetura, á la sazón muy racional y motivada, 
porque cerca de las dos terceras partes del mundo esta- 
ban por descubrir, y nada indicaba que no se pudiese 
hallar el paraiso. Colon no pertenecía ni en lo mas míni- 
fno á la escuela racionalista y naturalista de la moderna 
filosofía; creía con fe ardiente é implícita en lo que la 
Iglesia catóhca enseña, y así, no dudaba de la existencia 
del paraiso terrenal. Suponiendo á esta rejion sobre la 
morada de las razas humanas, era lójico pensar que no 

2 Tercer viaje de Cristóbal Colon. 



—31— 

hubiera sido destruida, como lo demás del dominio del 
hombre, por las aguas del diluvio, y que hubiese quedado 
intacta al través de los siglos como el primer dia de su 
creación. Los teólogos y los sabios de la edad media su- 
ponian al paraiso, según las palabras de la traducción de 
los Setenta, situado en la parte mas oriental del Asia, y 
como la tierra firme era á los ojos de Colon el principio 
del Oriente, podia racionalmente pensar en descubrir las 
rejiones vecinas del paraiso. Y ademas, la persuasión del 
virey, que por otra parte no la manifiesta sino como una 
sospecha, está mucho mejor basada que la opinión mas 
jeneralmente admitida en su época, con respecto á la pri- 
mera mansión del hombre, pues al recordar que unos lo 
habian colocado en las fuentes del Nilo en Etiopia, y 
otros en las islas Afortunadas, y que san Isidoro, Beda, Es- 
trabon, el maestro de la historia escolástica, san Ambro- 
sio (fec. están acordes en ponerlo en la parte de oriente,^ 
en cuanto á él, confiesa no haber hallado nunca en los 
escritores griegos y latinos, la menor indicación exacta 
sobre el caso, mientras que las nuevas influencias de los 
cielos, de las aguas, de la tierra y aquella prominencia y 
aquel rio sin segundo le parecian conformes con la mas 
digna opinión del jardin de delicias. 

Después de Colon, un célebre viajero llamado Amé- 
rico Vespucio pensó también que estaba situado en la 
misma rejion, y dice que debe encontrarse allí, si es cier- 
to que en el mundo hay algún paraiso terrestre, (se nel 
mondo é alcun paradiso terrestre). Ninguno de los his- 
toriadores españoles ha visto en la docta conjetura de 
Cristóbal Colon un motivo de burla. Gomara, Herrera, 
Delrius, Acosta, Casaneus y Maluenda han discutido con 

1 "Algunos le ponían allí donde son las fuentes del Nilo en Etio- 
pia.... algunos jentiles quisieron decir por argumentos, que él era en las 
islas fortunatas que son las Canarias, etc. San Isidoro y Beda y Strabo 
y el maestro de la historia escolástica y san Ambrosio y Scoto, y todos 
los sanos teólogos conciertan quel paraiso terrenal es en el oriente.— 
Tercer viaje de Cris'tóbnl Colon. 



stíriedíid el caso, y Solorzano, el gran juriscoiisiüto de las 
Indias, espresa que, ''no se puede negar que, consideran- 
do la temperatura y casi perpetua primavera de L^s mas 
de estas provincias, merezcan sino el nombre de Paraíso, 
el de huerto de deleite ó de las alabanzas del Tempe, Cam- 
pos Elíseos, &c."i Washington Irving se ha manifestado 
mas justo en lo tocante á esto que Mr. de Humboldt. 
'Tos hombres de saber en el silencio y la tranquilidad de 
su biblioteca, sobre todo en la época presente, en que la 
ciencia no arriesga nada y se apoya en hechos positivos, 
podrán sonreír de tales visiones: pero no debe olvidarse 
que á la sazón se apoyaban en las hipótesis de los filósofos 
mas ernditos de su tiempo,// dice el escritor americano.^ 

Cualquiera que fuese la magnitud del error de Colon 
en lo tocante al paraíso terrestre, lo injenioso de sus de- 
ducciones suplía, con sobrada amplitud, ala imperfección 
de sus cálculos. De lo que el habia descubierto no era 
posible inferir secuelas mas estensas que las suyas; y sus 
fallos sobre las cosas presentes ó aparentes, aunque des- 
conocidas aun, estuvieron siempre basados en hechos cos- 
mográficos y profundas consideraciones. 

Al ver una masa de agua dulce semejante, producida 
por un rio, infirió Colon que, si aquel rio no descendía 
del paraíso terrestre, tenia necesariamente un curso muy 
dilatado, y, siendo así, debía provenir de una tierra in- 
mensa, situada al mediodía, y de la cual no se tenían da- 
tos.* Navarrete se ve en la necesidad de convenir en ello 
diciendo, que ''esta reflexión persuadió á el almirante de 
que aquella tierra era la tierra firme.// Por la calidad del 
agua del mar, reconoció Colon la cantidad de agua dul- 
ce del rio, y calculó su corriente; por la corriente, la esten- 
sion de la tierra, y por ella el carácter jeográfico del suelo 
que, no pudíendo ser una isla era un continente. 

Mas aun: desde aquel momento, el revelador del globo 

1 Solorzano y Pereyra. Política indiana, lib. I. cap. IV. §. 4. 

2 Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colon,\vo. X. cap. IV. 



—33— 

conoció que habia llegado á una tierra de la cual Europa 
no poseia el menor indicio.^ Esto prueba que no se creia 
en Asia, sino en un continente del todo nuevo hasta 
entonces. 

Colon acababa de señalar el nuevo mundo. 

Y así como en la calidad del agua habia el almirante 
adivinado el carácter de la tierra, en el movimiento de las 
olas adivinó también una de las leyes jenerales del globo: 
el gran rio del Océano, ó sea corriente ecuatorial. Afir- 
mó que las aguas del mar se mueven como los cielos de 
oriente á occidente,^ es decir, eu sentido inverso á la tier- 
ra que jira de occidente á oriente; que en aquella altura 
meridional la marcha del rio pelásjico se precipitaba, por- 
que en el mismo dia de nuestra señora de Agosto, fiesta 
de la patrona de los mares, entre la hora de la misa y la 
de completas salvó con una brisa floja, una distancia de 
sesenta y cuatro leguas marinas, y atribuyó á este rápi- 
do movimiento la dislocación de la isla de la Trinidad 
que, en otro tiempo, formaba parte del continente, y el 
estado de numerosas islas. En apoyo de su opinión, se- 
ñalaba la configuración jeneral de las islas de la mar Ca- 
ribe, orientadas todas en igual sentido, uniformemente 
anchas deponiente á levante y de N.O. á S.E., y angos- 
tas por el contrario del N. al S. y del N. al S.E., recono- 
ciéndose haber sido carcomidas por la violencia de la 
corriente pelásjica.^ 



1. "Y creo esta tierra que agora mandaron descubrir vuestras Al- 
tezas sea grandísima; y haya otras muchas en el Austro de que jamás 
se hobo noticia." 

2. "Muy conocido tengo que las aguas de la mar llevan su curso 
de oriente a occidente con los cielos."— Tercer viaje de Cristóbal 
Colon. 

3. "Y por esto han comido tanta parte de la tierra porque por eso 
son acá tantas islas, y ellas mismas hacen desto testimonio, porque to* 
das auna mano son largas deponiente á levante, etc....'*— Tercer viaje 
de Cristóbal Colon. 

5 



—34— 



III. 



Durante el viaje que vamos describiendo, y en el 
cual el almirante acababa de hallar tantas cosas en tan 
poco tiempo (del 1."^ al 18 de Agosto,) su razón se mani- 
fiesta superior á sus descubrimientos, debiendo mas á la 
fecundidad de su espíritu que á la marcha de sus cara- 
belas. Lo que abarca con su mirada es insignificante, si 
se le compara con lo que alcanza su intuición. Cristóbal 
Colon, doblegado bajo el yugo del sufrimiento y casi cie- 
go, lo vio todo y lo observó todo objetiva y subjetiva- 
mente: la tierra, sus producciones, su verdor; el aire, su 
calidad, su influencia, su temperatura; y así, como lo 
pensó antes de su partida, la espedicion que iba á co- 
menzar en nombre de la Santísima Trinidad, no fué me- 
nos importante que su primera -empresa, pues tornaba 
después de haber consumado la pacífica conquista de tres 
grandes verdades, de tres hechos cosmográficos para 
siempre útiles á las ciencias, á saber: 

La existencia del nuevo continente. 

El crecimiento ecuatorial, y 

La gran corriente oceánica. 

El menor de los antedichos descubrimientos hubiera 
bastado por sí solo para dar fama inmortal á un hom- 
bre. Ademas de la espresada revelación de las grandes 
leyes del globo, de los conocimientos capitales para el 



—35— 

porvenir del saber humano, se admiran, multiplicados 
por su injenio, cálculos interesantes y preciosos para la 
ciencia. 

Aparte de las adquisiciones que habia hecho en be- 
neficio de la humanidad, el revelador del globo, poseia 
desde aquel entonces una certidumbre científica que, 
aun cuando no se apoyaba todavía en ningún testimo- 
nio, ni en ninguna observación, no estaba por eso esta- 
blecida con menos solidez en su espíritu. Y sabia, sin 
que pudiera decirse cómo, que de la otra parte de la 
gran tierra de donde manaba íiquel inmenso rio se ha- 
llaba de nuevo el Océano. Sí, lo sabia, porque lo afirma- 
ba: mas adelante lo probaremos. 

En medio de las terribles pruebas á que lo sometía 
su dolor físico, percibía el almirante, en lo profundo de 
su reflexión, ráfagas de luz repentinas; pero fecundiza- 
das por el poder, del cual viene toda luz y don perfecto. 
Colon entreveía mas de lo que decía. 

Y era tanta la importancia de su tercer viaje, que 
no restaba ya ningún gran descubrimiento posible; el 
mensajero de la cruz no dejaba á las jeneracíones futu- 
ras sino muy pocos y, gracias á él, quedaba el mundo 
entero abierto á la investigación del hombre. Desde ha- 
ce tres siglos, nadie ha encontrado en las leyes de la 
naturaleza nada mas estenso, profundo y fundamental 
para la ciencia; desde hace tres siglos, nadie ha hecho 
en un viaje tantas adquisiciones intelectuales. 

Es digno de notar que la relación del almirante so- 
bre su tercer empresa, tan comentada y criticada por 
cierto corrillo, no fué un documento elaborado con re- 
poso y tranquilidad, en el silencioso retiro de un ga- 
binete de estudio, sino una verdadera improvisación, re- 
dactada en la mar, pues postrado en una litera de su 
camarote la dicto á uno de sus dos secretarios: Diego 
de Alvarado ó Bernardo de Ibarra. Sin embargo de que 
lleva el sello de la improvisación, adornado con las ga- 
las de una imajínacion fecunda, rica, poderosa, se haría 



—se- 
de notar la sólida erudición de su autor,^ si el saber no 
desapareciera completamente en presencia de la grande- 
za de la síntesis, de la inmensidad de las miras, de la 
profundidad de las revelaciones y de las nuevas consi- 
deraciones ofrecidas en ella á la meditación de sus con- 
temporáneos. Este documento contiene pruebas muy po- 
sitivas de que fué redactándose en la travesía de la Mar- 
gáritaj^á la Española. 



IV. 



Habíase orientado el almirante en dirección recta á 
Santo Domingo, ciudad que don J3artolomé debia ha- 
ber hecho edificar durante su ausencia; pero las cor- 
rientes y los vientos de E. lo arrastraron mas allá, y 
cuando creía tocar el puerto en la boca del Ozama, se 
halló delante de la pequeña isla de la Beata.^ Sorpren- 
dióse en un principio del yerro de su cálculo; mas al 
cabo encontró en él la prueba y la confirmación de su 
descubrimiento de la gran corriente ^elásjica. Temeroso 
de permanecer por mas tiempo detenido por el viento 
contrario y la fuerza de la corriente, envió una embar- 



1. En este escrito cita Colon, por acaso y sin pensar siquiera en 
la erudición que revela á las Santas Escrituras, la Historia Romana, 
Ptolomeo, Estrabon, San Ambrosio, Beda, San Isidoro, Scott, Nico- 
lás de Lyra, Averrohés, Aristóteles, Séneca, el cardenal Pedro de 
Ailly, San Agustin, ellibro de Esdras, Francisco de MairOnes, etc. 



—37— 

cacion á la orilla para buscar un indljena que se hiciera 
cargo de llevar, atravesando las montañas, un mensaje 
al adelantado; y prosiguió en demanda del puerto. Po- 
cos dias después avistó una carabela que maniobraba 
para alcanzarlo; en ella venia don Bartolomé que acu- 
día cariñoso á su encuentro. Y por cierto que mas que 
nunca necesitaba de su lealtad y abnegación! Desde su 
salida de las islas de Cabo Verde, el almirante, devora- 
do por la ñebre, postrado por la gota, y martirizado 
por una oftalmia de las mas dolorosas, no disfrutó ni un 
momento de descanso en su largo padecer; y al llegar 
pálido, consumido, casi ciego, anhelando reposo para el 
cuerpo y el espíritu, la ingratitud y el crimen que du- 
rante su ausencia pusieron la isla trocada en un vol- 
can, no iban á consentirle ni una hora de quietud y 
sosiego reparador. 

Ya recibía malas nuevas el heraldo de la cruz, anun- 
cio de los trabajos, presajio de las tribulaciones y pe- 
nosas pruebas que el lapidario de Burgos le predijo ani- 
mosamente. 



CAPITULO III 



Para mejor comprender en qué circunstancias volvia 
Colon á empuñar las riendas de su gobierno, echemos 
una ojeada sobre los acontecimientos sobrevenidos en la 
Española durante su ausencia, (de 10 de Marzo de 1496 
al 30 de Agosto de 1498.) 

El almirante al partir de la isla, habia prometido á 
los colonos el envió de prontos socorros, y en efecto, las 
tres carabelas, comandadas por Pero Alonso Niño, ha- 
bian sido cargadas de víveres; pero, tanto á consecuen- 
cia de los abusos de las oficinas de la marina para su pro- 
visión, como del poco cuidado tenido con ellos en la tra- 
vesía, la mayor parte quedó inservible. De consiguiente, 
fué casi inútil este primer socorro. Desde entonces hasta 
el dia en que el virey inquieto de la situación de la Es- 
pañola, para esperar la conclusión del armamento de las 
seis carabelas destinadas á su tercera espedicion, hizo sa- 
lir bajo las órdenes de Pedro Coronel las dos que primero 
quedaron rematadas, hablan transcurrido catorce meses^ 
sin que los desgraciados habitantes de la colonia hubieran 



1. " Que pasados mas de catorce meses de su partida no habia 

cumplido la palabra de mandarles socorro." — Muñoz. Misto ria del 
nu^vo mundo, lib. VI. § 10. 



—39— 

recibido nuevas de la metrópoli; los cuales, creyéndose 
olvidados, culpaban á el almirante de su abandono. Sus 
utensilios y ropas se habian destrozado; y como no con- 
taban sino con un reducido número de trabajadores, 
carpinteros y campesinos, y nopodian fabricar ni los úti- 
les mas indispensables, las humillaciones se unian á la 
miseria y al abatimiento. Los fanfarrones y revoltosos 
hidalgos y los segundones, venidos con el objeto de acu- 
mular oro, se llenaban de indignación al verse trocados 
en mendigos, los vestidos remendados de colores diver- 
sos, y reducidos finalmente á cubrirse las carnes de ma- 
hon y algodón tejido por los insulares. Su exasperación 
se habia cambiado en aborrecimiento; achacaban al vi- 
rey todos los males que padecian, al beato y hablador 
jenoves que ninguna pena se tomaba por los nobles hi- 
jos de Castilla, y maldecian á los reyes por haberlos 
puesto bajo las órdenes del estranjero; que atraidos á 
la Española por la codicia del precioso metal, su espe- 
ranza habia quedado frustrada, no obstante el descubri- 
miento de las minas de Hayna, por no permitirles el ade- 
lantado trabajar en ellas. 

Merece ser esplicada esta medida, tanto mas cuanto 
que el almirante anhelaba con tal ardor encontrarlas. 

Viendo Cristóbal Colon que los avaros hambrientos 
que lo siguieron en su segundo viaje, habian caido so- 
bre la Española como una plaga, tiranizando á los in- 
dios, quitándoles sus cortas cantidades de oro, y vio- 
lando todas las leyes del cristianismo y de la humani- 
dad, se horrorizó de que concurrieran á su obra, y no 
quiso que manos impuras tocasen aquel metal, que él iba 
á ofrecer á Jesu-Cristo, y por medio del cual esperaba 
libertar un dia su sepulcro venerado. Deseaba Colon 
que brazos inocentes tan solo fueran los que estrajesen 
de las entrañas del suelo este puro homenaje de la fé; y 
así como en la ley antigua para la construcción del 
tabernáculo y confección de los ornamentos del gran 
sacerdote, debian elejirse obreros animados del espíritu 



de sabidnriaj^ el revelador del globo esperaba que sola- 
mente los verdaderos cristianos tuviesen la dicha de 
cooperar á un acto tan superior de piedad católica. 

Aun antes de la llegada de los españoles atribuian 
al orólos indíjelias cierto valor. Viajaban para procu- 
rárselo, lo compraban entre ellos por medio de cambios 
y hacian ciertas ceremonias supersticiosas para descu- 
brir sus mejores criaderos. Durante los veinte dias que 
precedian á sus trabajos se separaban de sus mujeres,^ 
y vivian en la castidad y mortificación, imponiéndose 
ciertos ayunos.3 Aprovechóse el almirante de la costum- 
bre descrita, y dijo de una manera terminante á los pe- 
rezosos, hambrientos de oro, venidos á la Española en 
la persuasión de satisfacer hasta la saciedad su apetito, 
que fuera vergonzoso entre cristianos hacer menos por 
adquirirlo que los indios idólatras y salvajes, y no colo- 
car su busca bajo la protección especial del Señor, aña- 
diéndoles que, con el fin de utilizar doblemente sus fa- 
tigas, debian, antes de comenzar la tarea, cesar en sus 
violencias y atropellos, abandonar su vida disoluta, con- 
fesar sus faltas, quedar contritos, ponerse en estado de 
gracia, ser continentes, ayunar y hacer penitencia; que, 
reconciUados así con Dios, sus trabajos serian bendeci- 
dos, y con mas abundancia obtendrían los bienes tem- 
porales.^' Y no autorizó para la esplotacion de las minas 
sino á aquellos cuya regularidad de costumbres se jus- 
tificaba por los sacerdotes de la colonia. 

Hirió en* lo mas hondo del corazón á los altivos y 



1. ExoDi, cap. XXXV. V. 31, 35. 

2. Oviedo y V aldes. Historia natural y jeneral de las Indias^ lib. 
V.cap.III. ^ 

3. Los indíjenas de la costa de Veragua, cerca del itsmo de Pana- 
má, decían también que descubrían el oro íjfuardando abstinencia y se- 
parándose de la compañia de las mujeres. Fernando Colon. Vida del 
almirante, cap. XCI v . 

4. "Geste saincteté toutefois'n'étoit pas agréable a tous. Car qiiant 
aux femmes, aucuns disoient qu'ils en étoient plus separes que les In- 
diens, parce qu'elles étoient en Espagne; et quant aux jeúnes, que plu- 



—41— 

pendencieros hidalgos, engañadores de mujeres y tira- 
nos de los indios, que no pudieron embarcarse con el 
comisario rejio Aguado, esta medida; mas esperaron que 
en ausencia del almirante, su hermano don Bartolomé, 
menos escrupuloso, les concederia permiso de ir á las 
minas. Pero el adelantado se circunscribió á cumplir 
estrictamente las instrucciones del virey. 

Aumentóse el desengaño con la miseria, y el descon- 
tento de dia en dia, á medida que las ropas iban cayendo 
en pedazos. La bien calculada neglijencia de las ofici- 
nas de la marina conseguia su objeto, pues impedir 
el aprovisionamiento de la Española, era provocar la 
insurrección, dando á la fuerza numérica el auxilio de 
la miseria y de la desesperación. Jactábanse de que, 
agriando los ánimos y exasperando el orgullo castella- 
no, seria imposible el gobierno del adelantado; pero don 
Bartolomé valia la mitad que su hermano, y la multi- 
tud de tropiezos y peligros solo le ol)ligaba á redoblar 
su enerjía y actividad. Do quiera se presentaba era pre- 
ciso obedecer; así es que, no obstante la penuria y la 
mala voluntad jeneral, se habian levantado una forta- 
leza cerca de las miñas de Hayna y bautizado con el 
nombre de San Cristóbal, otro castillo en la orilla de- 
recha del Ozama y llamado Santo Domingo, y bajo la 
protección de sus baterias construidose casas perfecta- 
mente alineadas formando un pueblo que ya era la resi- 
dencia del gobierno. Todo esto quedaba hecho conforme 
á las instrucciones del almirante, traidas de Cádiz por el 
piloto Pero Alonso Niño, que á su vuelta á España ha- 
bla conducido los trescientos prisioneros de guerra in- 
dios, que donosamente llamó carga de oro, pensando en 
er producto de su venta. 

sieurs clirétieiis mouroient de faimetne mangeoient queracines et au- 
tres mauvaises viandes. Et touchant la confession, que l'Eglise ne les 
contraignoit qu'une fois Tan, h. Paques. Que Dieu ne leur demandoit 
davantage, et qu'il devoit suffire á FAmiral."— Oviedo y Valdes. His- 
toria natural y jeneral de las Indias, lib. V. cap. III. Traducción de 
Juan Poleur, ayuda de cámara de Francisco I. 

6 



—42— 

Si bien toda la parte de la isla visitada por los es- 
pañoles podia considerarse como sometida, la mas occi- 
dental, igualmente apartada de la Isabela y de Santo 
Domingo por una distancia de mas de sesenta leguas, 
ocupadas por bosques y montañas, el estado de Jara- 
gua, conservaba su independencia. Este reino, en el cual 
gobernaba el gran cacique Behechio, no atentaba, pero 
tampoco reconocia á la autoridad castellana. Después 
de la prisión del Señor de la Casa de Oro, su mujer, la 
célebre Anacaona,^ se habia refujiado al lado de su her- 
mano Behechio, en cuyo espíritu las gracias y supe- 
rioridad de intelijencia de la hermosa viuda tenian gran 
ascendiente; y se atribuia la inmovilidad del cacique á 
la influencia de Anacaona cuyas elevadas inchnaciones la 
predisponian en favor de los españoles. Sin embargo, 
creyó don Bartolomé no deber diferir por mas tiempo la 
sumisión de este reino, el único que no hubiese todavia 
reconocido la soberania de Castilla. Como á las venta- 
jas de no dejar tal ejemplo de independencia á los ca- 
ciques sometidos, se agregaba un motivo de ocupar útil- 
mente en la disciplina á unos hombres que la falta de 
trabajo corrompía y qae miraban con horror las faenas 
manuales, marchó el adelantado hacia Jaragua, dispues- 
to á la guerra, pero sin desearla y finjiendo una escur- 
sion topográfica. Behechio, hombre muy susceptible en 
su orgullo, á la primer noticia de que iba á ser visitado, 
puso sobre las armas cerca de cuarenta mil guerreros 
que, fraccionados en escuadras, y protejidos por la es- 
pesura de los árboles, seguian sin ser vistos la marcha 
de los españoles; mas pronto aconsejado por su hermana, 
la célebre Anacaona, retiró sus tropas. 

1. Conformándonos con la ortografía jeneralmente adoptada, lla- 
mamos Anacoana á esta célebre reyna; pero su nombre debería es- 
cribirse como se pronunciaba: Anacaona, que significaba Flor de 
Oro en lenguaje indíjena, y se componía de las dos palabras: Ana, Jlor, 
Caona, oro fino.* 

* Nosotros hemos preferido esto último, y así, siempre que sea 

{)reciso nombrar ;' la poética viuda del Señor de la Casa de Oro, la 
lamaremos Anacaona. N. del T. 



43- 



n. 



No solamente era la reyna Anacaona el primer poe- 
ta de la isla, sino que constituia, por decirlo así, su 
mas suave y deliciosa poesia. Su persona, su vida, sus 
conceptos, eran encantadores: inspiraba antes de estar 
inspirada. Debíansela baladas y bailes y poesias recita- 
das ó cantadas, enriquecidas con pasos coreográficos, 
realzados con pantomimas; su fama literaria hacia na- 
cionales los areytos que inventaba; y todos los sobera- 
nos de la «isla eran sus tributarios en materia de coreo- 
grafía. Reyna del ceremonial, de la lengua, de los jue- 
gos y de los placeres, habia hecho adoptar la etique- 
ta de su corte, puesto en moda sus galas, sus muebles 
y sus flores favoritas. Y su palacio abundaba en uten- 
silios elegantes, coquetas frivolidades, frájiles instrumen- 
tos y pequeñas obras maestras del arte indíjena, como 
verbi gracia: cestas caladas, calabazas cinceladas y pin- 
tadas, telas teñidas de colores vivos, taburetes esbeltos 
y lijeros, aereas hamacas, estraños abanicos, máscaras 
adornadas de oro, y aderezos de conchas y caracoles me- 
nudos. Tenia también una especie de servicio de mesa, 
en el cual entraban finos manteles de algodón bordados 
de flores, y á guisa de servilletas hojas aromáticas. ^ 

Santuario del buen gusto, abierto á todas horas á 
lo nuevo, el palacio de Anacaona, perfumado de gratos 

1. Ramusio, Delle navigationi e tñaggi. BaQcolte, vol. III. fol. 9. 



_44— 

olores, poblado de pájaros y albergando en su recinto 
multitud de jóvenes y alegres vírjenes, resonaba con fre- 
cuencia en armoniosos acentos. El influjo que la viuda 
del señor de la Casa de Oro ejercia en todos los sobera- 
nos,^ así como la preponderancia de sus ideas, prueban 
que, en medio de los bosquejos literarios, de los injeniosos 
pasatiempos que su jenio inventivo patrocinaba, existian 
en ella dotes elevadas y sólidas. Entre unos pueblos en 
que el respeto á la costumbre dejeneraba en culto, su 
amor á la novedad, unido al éxito que obtenia en su in- 
troducción, manifiestan un conocimiento y un tan fácil ma- 
nejo de los espíritus, que dan testimonio de su recono- 
cida superioridad. El comunicativo carácter de esta rey- 
na la impelía naturalmente hacia el camino de la civili- 
zación. Parecerá en estremo atrevida la fecundidad de 
su imajinacion, si se advierte la soledad y aislamiento 
en que se hallaba su intelijencia. 

No podemos ocuparnos de la mujer que formaba la 
mas notable individualidad de Haiti, sin rendir justicia 
á su talento, á su grandeza relativa, y á la simpatía que 
la inclinaba en favor de aquellos estranjeros, que habían 
venido á ser ya un motivo de inquietud y espanto para 
el resto de los señores isleños. Hasta su cruel calumnia- 
dor, Oviedo, se vé en la necesidad de confesar que '^era 
de gran injenio, y sabia hacerse servir, reverenciar y te- 
mer de los suyos;^ y que después de la muerte de su ma- 
rido y de su hermano fué obedecida y acatada tanto ó 
mas que ellos mismos.'^ Un miembro de la compañía de 
Jesús, decía, ateniéndose á notas redactadas en Santo 
Domingo: '^Era Anacaona mujer dotada de cualidades 
superiores con mucho á su nación y á su sexo; y no sola- 
mente no participaba de los sentimientos de su esposo 
contra los españoles, sino que los apreciaba y tenia 

1. Emile Ñau, Histoire des Caciques d'JELaiti, obra escrita en 
Santo Domingo é impresa en Puerto Príncipe en 1855 en 4? 

2. Oviedo y Valdes. Historia natural y jener al de las Indias oc- 
cidentales, lib, V. cap. III. Traducción de Juan Poleur. 



—en- 
grandes deseos de que fueran sus vecinos :'^i y el proto- 
notario apostólico, Pedro Mártir de Angleria, lo mismo 
que los historiógrafos de España, Herrera y Muñoz, se 
ocupan de sus nobles prendas y eminentes cualidades;^ 
y todos á una en cuanto á sus elevados pensamientos, 
reconocen con el docto secretario del senado de Vene- 
cia, Giambattista Ramusio, que en Anacaona, iban reu- 
nidas la gracia, el injenio, el encanto y el predominio.^ 

Guando don Bartolomé hubo llegado á la parte del 
reino de Jaragua en que lo aguardaba Behechio, á la 
frente de un considerable número de guerreros, le pre- 
guntó el objeto de su venida. Y como el adelantado le 
protestara de lo pacífico de sus intenciones, el cacique 
despachó correos á su hermana, anunciándole la visita 
del caudillo español, para que pudiera prepararse á re- 
cibirlo. 

A medida que los castellanos iban acercándose á la 
residencia real, iba también haciéndose sentir el influjo 
de la misteriosa princesa. Los caciques de los estados 
que atravesaban enviaban víveres en abundancia, y no 
satisfechos aun venían á rendir homenaje al huésped de 
su soberano; y al aproximarse á la agreste capital de Ja- 
ragua una multitud tímida y curiosa salió al encuentro 
de las tropas. En ella venían los empleados y oficiales 
de la corte con los distintivos de sus dignidades, prece- 
diendo á graciosos grupos de muchachas bellísimas, que, 
marchaban en orden, y sirviendo de comparsas á un coro 
de treinta vírjenes, engalanadas de flores, la frente ceñi- 
da con cintillos, y en las manos ondulosas palmas que en- 
trelazaban, formando arcadas, haces y gavillas, conforme 



1. El'P. Charlevoix. Sistoire de Saint -Domincfue, lib. II. p. 147. 

2. Estos dos historiógrafos la llaman: "La insigne Anacaona 

Mujer prudente y entendida Famosa heroina, etc. lib. III. cap. VI. 

Muñoz, 1. 1, lib. VI. § 6, 10 y 11. 

3" "Alia bellezza s'aggiungeva l'ingegno e piaccevolozza per le 
quali cose era di tanta autorita che la governava, etc." — Bamusio. 
JDelle navigazionc viaggiy BaccoUe, vol. III, fol. 9, verso. 



—46— 

á la cadencia del areyto, que acompasaban al danzar 
qon las armonías de su canto. Tan maravillosa y poética 
escena representada bajo la§ magníficas cúpulas de aque- 
llos robustos, copudos y perfumados árboles, cerca del 
lago misterioso de Jaragua, y en medio de los bosques, 
parecía realizar para los españoles las mas risueñas imá- 
jenes mitolójicas, con la diferencia de ser mayor el nú- 
mero ,de las musas y de las gracias, y de que las ninfas 
y hamadriadas de aquellos sitios encantadores hubieran 
querido aumentar su coreografía. Al llegar cerca del ade- 
lantado cada una de estas terpsícores, por su turno, hin- 
caba una rodilla en tierra y ponia á sus pies un ramo 
en señal de gloria y rendimiento. ^ 

Detras de estos grupos seductores, en el centro de 
un coro de canéforas, venia en un cojín de flores la reyna 
idolatrada, el orgullo y el amor de aquellas rejíones, la 
ilustre Anacaona, rodeada de su corte y conducida en 
hombros de seis jentíles hombres en un palanquín abier- 
to, formado de follaje. La neglijente dignidad de su per- 
■^ona revelaba su nobleza; su mirada, la fascinación que 
ejercía, y la espresion de su rostro infundía deseos de 
someterse á la dulce esclavitud de su autoridad. En ella 
se personificaba la tierna y dulce poesía y el brillo des- 
lumbrador de las Antillas. Convencida de su poder, des- 
deñaba la viuda del Señor de la Casa de Oro los atri- 
butos esteriores de la soberanía y traía en vez de dia- 
dema real, una corona de flores; y flores tan solo para 
collar, brazaletes y cínturon.^ Sobre el bruñido negro 
ébano de su cabellera se esmaltaban blancas flores mez- 
cladas de zarzarosas, y como también su primoroso ce- 
ñidor iba recamado de ellas, hubiérase dicho que, así 



1. "Y al fin entregan sus ramos al adelantado, dobladas las rodi- 
llas en señal de reverencia."— Muñoz. Sistoria del nuevo mundo, lib. 
Vi. §6. 

2. "In testa, al eolio e braccia havenda girlande di flori rossi e 
bianclii odoratissimi." — Kamusio. Delle navigazioni eviaggi, RaccoUe^ 
vol. III. fol. 9. verso. 



—47— 

como era su nombre Flor de Oro, Anacaona era la 
rey na de las flores. Su belleza superaba, á pesar de es- 
to, á sus gracias, porque, esceptuando á su cuñada Gua- 
nahattabenechena, verdadero fenómeno de seducción, co- 
mo ninguna otra admirada y recordada por los habitan- 
tes de la isla,^ antes y después de aquella época, no ha 
habido otra hija de las Antillas que fuera comparable 
á la reyna Anacaona. Así fué que su aspecto sedujo á 
los españoles. Al llegar la hermosa viuda cerca de las 
tropas se apeó de su litera, saludó al adelantado con 
jentil donaire y lo guió á la estancia que al efecto le 
había hecho preparar. 

Pasó don Bartolomé dos dias al lado de Behechio, 
colmado de agasajos y de honores, y disfrutando de fes- 
tines espléndidos, del espectáculo de los mas dramáti^ 
eos areytos y hasta de un simulacro de batalla á la' 
usanza del pais. 

En medio de estas diversiones y alegrías, en una 
conversación amistosa con el cacique, promovió el ade- 
lantado con esquisito tacto la idea de pagar un tributo 
á los reyes católicos, en cambio de su protección; y co- 
mo no se conocían minas auríferas en los estados de 
Behechio, don Bartolomé allanó todas las dificultades, 
aceptando en tributo víveres; lo cual no era en manera 
alguna oneroso para Jaragua. Hecho esto partió el her- 
mano del almirante, maravillado de la noble Anacaona, 
y dejando á su corte bajo la mas favorable impresión y 
sinceras disposiciones hacia los castellanos. 



1 '*Gruánaíiattabeileclienam aíunt pai^em nuUam in universa ín- 
sula habuissc pulcliritudine." — Petri Martyris Anglerii, Oceanece De- 
cadis tertice, liher nonus, fol. 68. 



-~48— 



III. 



Prosiguiendo su escursion, visitó don Bartolomé las 
minas de Cibao, é inspeccionó la Vega y la Isabela ave- 
riguando que la carencia de objetos necesarios, prin- 
cipalmente la insuficiencia de los alimentos, predisponia 
á los castellanos á las enfermedades que los diezmaban. 
Y para procurarles al menos víveres en abundancia sin 
gravar mucho á los naturales, los acantonó en pequeños 
destacamentos en las aldehuelas mejor abastecidas. Pero 
en vez de hacer todo lo mas lijero posible su hoapedaje 
forzado en los pueblos de los indios y de atraérselos con 
su buen comportamiento para aficionarlos á la relijion 
cristiana, les hicieron aborrecer hasta su solo nombre. 

Todos los esfuerzos evanjélicos del franciscano Juan 
Bergoñon y del hermano Román Pane no habian dado 
mas resultado todavia que la conversión de una sola fa- 
milia compuesta de dieziseis individuos, cuyo jefe, lla- 
mado Guaycavanú,^ fué bautizado con el nombre de Juan 
Mateo. Y aunque el gran cacique Guarionex- daba fran- 
ca hospitalidad á los misioneros, los veia con placer, 
habia aprendido nuestros principales dogmas, sabia el 
Pater y hacia recitar á su servidumbre el credo, como 



1. "Entró el primero como mas instruido G-uaycarami, recibien* 
do con el bautismo el nombre de Juan Mateo." — Muñoz, ffistoria 



del nuevo mundo, lib. VI. § 8. 



—49— 

un cierto pilludo, de apellido Barahona, á quien acojió 
en su cabana, suponiéndole caballero, le í>edujo y arre- 
bató su esposa predilecta, encolerizado contra el cris- 
tianismo á causa de los cristianos, repugnó una relijion 
que no sabia impedir semejante atropello de las leyes 
mas santas. 

Perdida toda esperanza, se alejaron los misioneros 
de su residencia. 

Mas la injuria inferida al cacique mas grande de la is- 
la, fué vivamente sentida por sus caciques subalternos. 
Sus vecinos, cuyos vasallos vivian oprimidos de un modo 
indigno, se le presentaron; que Guarionex era por su 
nacimiento el mas noble y el principal de los reyes de 
la Española, y con encarecidos ruegos le pidieron desem- 
barazara el territorio de aquellos tiranos estranjeros, ya 
que á la sazón se hallaban dispersos y macilentos. Hay 
que advertir que era este cacique de carácter poco beli- 
coso, y que sobre todo le parecia difícil el éxito de una 
lucha contra unos hombres que ademas de sus cortantes 
espadas, manejaban el rayo con tanta presteza, y tenian 
por auxiliares briosos corceles y perros sanguinarios. No 
opinaba pues por la guerra, y proponía medios dilato- 
rios; pero como sus caciques inferiores y sus primeros 
feudatarios se hablan inflamado de un tan patriótico fue- 
go, que le pusieron en la disyuntiva de empuñar las ar- 
mas inmediatamente, ó de ser considerado como traidor 
é indigno de su pueblo y despojado de la corona, Gua- 
rionex, tuvo que doblar la cerviz á la voluntad de la na- 
ción, y ya á la cabeza de quince mil guerreros iba á unir- 
se secretamente á otras tropas en los bosques de las in- 
mediaciones de la Vega, cuando el adelantado, noticioso 
de la trama, reunió con prisa los soldados que se halla- 
ban en disposición de salir al combate y al cabo de una 
marcha durante la noche, llegó de improviso al campo 
de Guarionex. Su prontitud é ímpetu, así como la habi- 
Hdad de su táctica pusieron presto en derrota al nume- 
roso ejército enemigo, logrando además apoderarse de los 

7 



—so- 
principales caciques promovedores de la conjuración y 
entre elk)s de] desgraciado Guarionex, que antes de ser 
su primera víctima habia sido su primer adversario. 

Confiados en la generosidad del hermano del grande 
almirante, los subditos de Guarionex, que á la sazón 
sin duda, se acusaban de su desventura, vinieron á su- 
plicar al adelantado les devolviera su rey. Mas como no 
podia acojerse la demanda, se reunieron en número de 
unos cinco mil y sin mas armas que sus lamentos y pla- 
ñidos se agruparon en torno de la tienda que habitaba 
Guarionex, y de esta suerte pasaron noches y dias dan- 
do tristísimas quejas; que ellos, no teniendo modo de res- 
catar á su señor le probaban al menos su amor y su 
lealtad con tales testimonios de desconsuelo. Condolido 
al fin don Bartolomé de su pesadumbre y tal vez tam- 
bién importunado de sus lamentaciones, no sintiéndose 
con fuerzas para continuar fomentando una tan natural 
afiiccion, no queriendo tampoco castigar con la mu^erte 
á un prisionero que habia sido impulsado al combate 
de la manera referida, para tornar de repente en júbilo 
el abatimiento del pueblo indio puso en libertad á su 
magnánimo monarca. Y uniendo la justicia á la clemen- 
cia, dispuso que se ejecutaran los dos caciques, primeros 
instigadores de la revuelta, y que fuera reducido á pri- 
sión el Barahona que infirió el ultraje á Guarionex. El 
castigo impuesto al libertino español, ejemplar que puso 
en zozobra al resto de hambrientos seductores y tiranue- 
los de la raza indíjena, puso también en fermentación la 
hez de lo^ colonos, los hombres viciosos, los imitadores, 
aunque no tan osados, de Barahona, y concibieron un 
odio en estremo violento al adelantado. 

.Como poco tiempo después llegaran unos mensa- 
jeros de Behechio á decir á don Bartolomé que los 
tributos impuestos á su señor estaban prontos, y como 
su transporte por tierra hubiera sido una carga^cien ve- 
ces mas dura y penosa que la contribución misma, dis- 
puso el adelantado partiese en su busca una carabela 



—si- 
en la cual se constituyó con la idea de que así queda- 
rían mas arraigadas las buenas relaciones ya estableci- 
das con el rey de Jaragua. 

Don Bartolomé fué recibido con el mismo ceremo- 
nial que en su primer visita, y Behechio y Anacaona 
manifestaron una verdadera satisfacción en volverá ver- 
lo. Lo colmaron de' atenciones, agasajos, presentes y 
festejos; y Anacaona, entusiasta de lo nuevo, y deseosa 
de conocer las maravillas de los estranjeros, manifestó 
interés por visitar la carabela; que hasta aquel entonces 
no habia visto ningún bajel europeo. Al efecto mandó 
su hermano que se armaran dos grandes canoas escul- 
pidas y dadas de colores, una para la reyna viuda y sus 
mujeres, y otra para él y sus oficiales; pero habiendo don 
Bartolomé puesto á las órdenes de Anacaona su chalu- 
pa, prefirió esta embarcarse con él. 

En el momento en que la lancha acostó la carabela, 
hizo la artillería la salva prescrita por la ordenanza en 
honor de los soberanos, y al estruendo, cayeron como 
muertos los indios en las canoas, y la hermosa Anacao- 
na que instintivamente se refujió entre los brazos del 
adelantado, tranquilizada por él con un movimiento de 
cariñosa protección, se rió de su espanto, subió á bor- 
do en compañía de su hermano, y consideró con indes- 
cribible sorpresa la distribución interior del buque. Hi- 
zo á todos don Bartolomé multitud de presentes, de an- 
temano prevenidos para el caso, mandó algunas manio- 
bras, entre ellas la de virar y alejarse de la costa, y lue- 
go condujo á la reyna á la playa en su chalupa por en- 
tre las nubes de humo que con estrépito vomitaban los 
cañones; lo cual, ahora, en lugar de infundirla pavor ha- 
lagaba su orgullo. Y cuando el hermano del almirante 
se despidió del cacique, Anacaona manifestó por ello 
un vivo sentimiento, se esforzó por detenerlo, y no le 
dejó partir sino con promesa previa de tornar á Ja- 
ragua. 

Algunos escritores españoles, interesados en caluní- 



—52— 

niar á esta noble mujer, han mirado de reojo sus rela- 
ciones con don Bartolomé Colon. Pero por mas que la 
belleza, la majestad innata de Anacaona, el agreste en- 
canto de su morada, donde sus areytos y coreografía 
mantenian una infantil elegancia, y daban á su corte 
una picante orijinalidad, interesaran á don Bartolomé, 
y la viuda del señor de la Casa de Oro , fuera la 
única mujer de las Antillas que mereciera cautivar su 
atención, el adelantado no sintió jamás por ella otra 
cosa que amistad y solo la dio pruebas de esa cor- 
tesania de que cualquier caballero se hubiera heclio 
un deber si no hubiese sido un atractivo. Que sin 
elevarse tanto en cosas de piedad , como el almiran- 
te, participaba su hermano de su ñrmeza de prin- 
cipios y regularidad de costumbres y siempre apo- 
yaba con propios ejemplos la autoridad de sus man- 
datos. 



IV. 



Mientras que el adelantado conducia en su carabe- 
la las provisiones que iban á dar alguii consuelo al des- 
fallecimiento de la dispersa colonia y hacer que de nue- 
vo se reunieran sus miembros, habíanse aprovechado de 
su ausencia varios descontentos para derribar su auto- 
ridad y apoderarse de la isla. El que se proclamó su 
caudillo era un antiguo familiar del almirante, elevado 
por él á la dignidad de alcalde mayor de la colonia, y 
llamado Francisco Roldan. 



—53— 

Después de la partida del comisario rejio Juan 
Aguado, con el cual habia tenido secretas intelijencias, 
andaba Roldan caviloso con la idea de apoderarse del 
gobierno de la colonia; que Aguado, habiendo descubier- 
to en él los signos característicos de un traidor, lo ini- 
ció en la malevolencia de las oficinas de Sevilla, y mas 
particularmente en la aversión que profesaba a el almi- 
rante don Juan de Ponseca, favorito del rey Temando. 
Sabia que Pedro Margarit y los desertores coaligados 
contra Colon no hablan recibido a su vuelta a España 
ningún castigo; y tranquilo con la seguridad de un 
apoyo en el caso de que sus manejos contra el almi- 
rante, su bienhechor, obtuvieran feliz resultado, princi- 
pió desde aquel entonces á procurarse armas y caba- 
llos y a formarse un partido. Pretendía ser la única au- 
toridad de la isla; no reconocía la del adelantado, y de- 
cía que su nombramiento escedia á las facultades otor- 
gadas al virey, y que SS. A A. no lo hablan sancionado; 
pues tenia noticia por sus relaciones con la jente de la 
marina, que Pernando el católico, á instigación del obis- 
po Ponseca, se ofuscó en lo del título conferido por el 
uno al otro hermano. Y para interesar en su causa a los 
indíjenas y hacerlos partícipes de sus quejas contra el 
adelantado, se manifestó en estremo indignado de que 
don Bartolomé fuese a hacer transportar a Castilla los in- 
dios del territorio de la Concepción cojidos con las ar- 
mas en la mano en ocasión del levantamiento. Pinjióse 
abogado de los indíjenas, y declaró que en su cali- 
dad de alcalde mayor no podia consentir en semejante 
deportación sin previa formación de causa, aparte de ser 
tan contraria a las bien conocidas intenciones de la reyna 
que tanto protejia á sus ruievos vasallos. Así pues, en 
nombre de la humanidad y del respeto debido á las le- 
yes, se insurreccionaba Roldan contra una autoridad 
usurpada y una violación del derecho natural Hombre 
no menos astuto que resuelto, tomó por pretexto para 
sublevarse la circunstancia de haber hecho entrar don 



—54-^ 

Diego Colon en el puerto pequeño, en lugar de de- 
jarla en la rada como de costumbre, la carabela; lo que 
probaba que no queria que se pudiese tornar á España. 
Como se vé el pretesto de la presente rebelión nada te- 
nia de nuevo, pues era el mismo que tuvo la de Bernal 
Diaz de Pisa y la de Pedro Margarit y compañeros, es 
decir, el deseo de volver á la patria. 

En efecto, instruido del proyecto don Diego, habia 
hecho entrar en el puerto la carabela, para mejor pro- 
veer á su defensa durante la noche; y para halagar la va- 
nidad del alcalde conspirador, lo encargó de conducir 
cuarenta soldados al distrito de la Concepción, con el ob- 
jeto de que mantuvieran el orden. Mas, apenas se sin- 
tió Roldan apoyado con esta fuerza, su audacia igualó 
á su ingratitud, y, arrancándose de una vez la máscara, 
atacó á mano armada el arsenal, y lo saqueó, como igual- 
mente los reales almacenes al grito de '''¡viva el rey!'' y 
no abandonó la población mas que para engrosar su 
partido en el campo. 

El comandante del fuerte de la Magdalena, que se 
hallaba personalmente obligado á Cristóbal Colon, el 
traidor Diego de Escobar, se unió á Roldan con los su- 
yos y ensayó el modo de arrastrar en su revuelta una 
escuadra de treinta hombres, mandada por el capitán 
Garcia de Barrantes; pero este valiente militar, previen- 
do la inmediata deserción de sus soldados, asediados por 
los emisarios de Roldan, la incomunicó de una manera 
severa, para mejor preservarla de su peHgroso contacto. 
Roldan con esto se trasladó al fuerte de la Concepción, 
imajinando reclutar su pequeño presidio; mas tampoco 
su comandante Miguel Ballester, veterano esclavo de la 
ordenanza militar, quiso franquearle la entrada, y no sa- 
tisfecho aun previno de lo que pasaba al adelantado, 
instándole á retirarse á su lado á la Concepción; que Ba- 
llester conocia la débil defensa que podría presentar la 
Isabela, y el plan decidido de Roldan de asesinar á don 
Bartolomé, único obstáculo de su ambición. Los rebel- 



—65— 

des, confiando en la impunidad, en razón á que, deciaii 
ellos, el nombramiento del adelantado, sieudo como era 
nulo, su autoridad no era sino una usurpación, entraron 
á saco las cabanas de los naturales y hasta la granja 
real. En poco tiempo llevaron la desolación por todos 
los distritos; y los pocos colonos laboriosos de la isla, 
asaltados y vejados por sus compatriotas que querían 
enrolarlos por fuerza en las fibs de los insurrectos, aban- 
donaron sus trabajos, así como los indios, exasperados 
con los vejámenes de los que recorrían los bosques, ce- 
saron de cultivar; de suerte que, el primer fruto de la 
revolución fué el empeoramiento de los males. Entonces 
los rebeldes se arrojaron, como los buitres sobre la car- 
ne, en el estado de Jaragua, donde la hospitalidad de 
Anacaona dispensó tan franca, jenerosa y dulce acojida 
á los castellanos. 

Mas poco tiempo después, los insurrectos, entrega- 
dos á sí mismos se sintieron agoviados bajo el peso de 
su independencia, y se fraccionaron en cuatro bandas 
principales, teniendo á su cabeza á Diego de Escobar, 
Pedro Riquelme, Adrián de Mojica y Pedro Gamez, quie- 
nes por lo pronto aceptaban la autoridad de Roldan. Sin 
embargo, ajitados estos hombres de vagos temores, luego 
de haber tenido lugar la primera satisfacción de saciar 
sus malos instintos, comprendiendo que aquella violación 
de todos los deberes no podría ser estable, hubieran de- 
seado someterse de nuevo al imperio de la obediencia, 
pero sin sufrir el castigo de sus crímenes. 

Mientras que los partidarios de Roldan paseaban 
por las costas de Jaragaa sus vicios y distraían el tedio 
que enjendra la saciedad, vieron con sorpresa dibujar- 
se tres velas en el horizonte: eran las tres carabelas que 
el almirante había destacado de su escuadra en las islas 
Canarias, para que en el mas breve espacio llegaran á 
la colonia, bajo las ordenes de Pedro de Arana, de Juan 
Antonio Colon y Alonso Sánchez de Carvajal. 

Echado que hubieron las anclas, tuviéronse por per- 



—56— 

didos los revoltosos, creyendo que fuerzas imponentes 
venían con ánimo de hacerles dar cuenta de sus vejacio- 
nes. Pero á la primera ojeada, comprendió Roldan que 
los buques traian viaje largo, sin duda por haberse es- 
traviado en su camino, y que de contado se ignoraban á 
bordo los recientes sucesos. Por lo tanto se atrevió á 
presentarse como encargado por don Bartolomé de vi- 
jilar aquella tierra, y en- razón á la penuria que sufrían 
los colonos á pedir armas y mantenimientos á los tres 
capitanes para su jente, en lo cual se apresuraron á com- 
placerle. Puso así Roldan á sus secuaces en comunica- 
ción con los tripulantes, y aquellos ponderaron á estos 
la vida cómoda y sensual que hacían en Jaragua, con- 
citándolos á desertar. Tarde fué cuando se apercibie- 
ron los comandantes de los espresados manejos, pero con 
todo, vijilaron á la marinería, y Alonso de Carvajal, 
esperanzado de poder traer á buen fin al traidor Rol- 
dan, se apersonó con él. Mas Roldan protestó de su amor 
á el almirante y le dijo que solo se había levantado con- 
tra don Bartolomé, y que hasta había redactado una car- 
ta con destino á su antiguo amo, cuya respuesta esperaba 
con impaciencia. 

Los tres capitanes reunidos en consejo, reconociendo 
que los vientos y las corrientes podían retardar aun por 
algún espacio la llegada de las carabelas á Santo Do- 
mingo, acordaron desembarcar bajo las órdenes de Juan 
Antonio Colon los trabajadores traídos á sueldo, y que 
así prosiguieran su marcha hasta Santo Domingo, con 
el objeto de ahorrar víveres y tiempo. Pero no bien hu- 
bieron saltado en tierra estos hombres, que eran cuaren- 
ta, perfectamente armados y provistos, se pasaron á la 
banda de Roldan, salvo siete á quienes los malos conse- 
jos no pudieron conseguir apartar de su deber.^ No obs- 
tante, con tan corto puñado de valientes, se atrevió Juan 



1. " Colon con solo seis ó siete de quarenta que eran fué á recon- 
venir á Roldan."— Muñoz. Sutoria del nuevo mundo, lib. VI. § 40. 



—57— 

Antonio Colon, verdaderamente digno de su ilustre fa- 
milia, á ir en busca de Roldan, para hacerle presente la 
enormidad de su falta para con el virey su bienhechor, 
los monarcas sus señores y la colonia de que era alcal- 
de mayor. Su elocuencia quedó sin fruto, y entonces 
tornó á su carabela con los siete que habian perma- 
necido fieles, y se dio á la vela en demanda de Santo 
Domingo, juijto con el noble Pedro de Arana, cuñado 
del almirante, mientras que Carvajal aguardaba unos 
dias mas sobre las anclas, con intención dé probar el 
último esfuerzo sobre los rebeldes. 

Alonso Sánchez de Carvajal era persona que bajo la 
rudeza militar de las formas, escondia lo esquisito de su 
tacto diplomático. Así sucedió que, prescindiendo de las 
razones de corazón y de conciencia, y no considerando 
la cuestión mas que bajo el punto de vista material, 
señaló al alcalde mayor lo grave y peligroso de su posi- 
ción; le hizo entender que con haber nombrado los re- 
yes adelantado de Indias á don Bartolomé, su princi- 
pal agravio se desvanecía; que el almirante, próximo á 
llegar con tres naves, tenia con las tripulaciones de los 
seis buques, y la jente de Miguel Ballester, reunida á 
la de Gracia de Barrantes, fuerzas sobradas para hacer- 
se obedecer; y que valia mas que ya que ocupaba el 
primer cargo de la isla y disponía al presente de cierto 
número de parciales, se aprovechara de la ocasión para 
obtener una amnistía con ventajosas condiciones, que no 
esponerse á una batalla, cuyas consecuencias, cuales- 
quiera que fuesen, le serian funestas. De tal modo ha- 
blaba Carvajal que parecía un mediador con simpatías 
por la causa de Roldan. Y como sus cortas relaciones 
con los insurjentes le hicieron concebir de él la mas favo- 
rable opinión, le indicó que en todo caso, le importa- 
ba irse acercando á Santo Domingo para tratar con mas 
comodidad en el momento oportuno. En efecto, los 
rebeldes, divididos en cuatro partidas; se dirijieron se- 
paradamente sobre Bonao, donde el íntimo amigo de 



-58— 

Roldan, Pedro de Riquelme, habla traído el producto 
de sus rapiñas y poseía dilatados dominios. 

Alonso Sánchez de Carvajal, después de mandar sa- 
lir su carabela al cuidado de un teniente, para Santo Do- 
mingo, se trasladó por tierra al mismo punto, escoltado 
por un destacamento de los sublevados que querían pro- 
tejer de un ataque de los indios al hombre que mira- 
ban como á un ájente muy suyo, y no ló dejaron hasta 
llegar á los alrededores de la plaza. 



CAPITULO IV. 



I. 



Apenas llegado, dirijió el almirante á los colonos una 
proclama, sancionando todos los actos administrativos 
del adelantado, y señalando el levantamiento de Roldan 
como causa de la penuria jeneral. 

Al presentarse Alonso Sánchez al virey le manifestó 
el ánimo en que Roldan se hallaba, sin ocultarle lo mas 
mínimo de cuanto ofrecia de inquietadora la fuerza que 
tenia á sus órdenes. Según él, era menester usar de dul- 
zura y de medios conciliadores, puesto que se carecia 
de los elementos necesarios para obrar de una manera 
enérjica; que las tripulaciones que habia conducido el 
almirante se encontraban en gran parte sufriendo las 
consecuencias del viaje y la impresión del nuevo clima, y 
que entre los antiguos colonos, unos, padecian de nostal- 
gias, y les pesaba la vida, otros, eran amigos de los revol- 
tosos, y todos estaban desilusionados de un pais, en el cual 
no los detenia sino la imposibilidad de abandonarlo. Con 
el fin de conciliar los ánimos y atemperarlos, mandó el 
almirante pubHcar el permiso de que cualquiera que qui- 
siese tornar á Castilla en los cinco buques que se dispo- 
nían al efecto, pudiera hacerlo. Y al mismo tiempo comi- 
sionó al comandante del fuerte de la Concepción, Mi- 



—60— 

guel Ballester, para que tuviese una entrevista con Rol- 
dan, que habia plantado su tienda por aquella parte, y 
le prometiera, en su nombre, olvido de lo pasado, y has- 
ta, si lo exijia, darle lo prometido por escrito, para que 
libremente pudiera volver á Santo Domingo. 

Habiendo sabido algunos dias mas tarde Ballester, 
que los rebeldes estaban reunidos en Bonao se consti- 
tuyó allí, donde los encontró llenos de arrogancia é irres- 
petuosos en sumo grado hacia el almirante, lloldan 
despreciaba la gracia que se le ofrecía, y replicaba con 
altanería que no la aceptaba, y que no solo no habia 
menester de ella , sino que por el contrario , podia, 
como mejor le pluguiera, sostener ó dar en tierra con 
la autoridad del mismo virey. Y afectando una indigna- 
ción de hombre honrado, declaró, no querer oir hablar 
de proposiciones de ningún jénero mientras no se le hu- 
biera dado cuenta de los desgraciados indios, arrebata- 
dos del distrito de la Concepción; que en la ventajosa 
posición en que se encontraba no le convenia escuchar 
propuesta que no fuese en su provecho; y que en todo 
caso no tratarla con otra persona que con Alonso Sán- 
chez de Carvajal, que era hombre de bien. 

Tanto encomio y deferencia hicieron dudar de la 
fidelidad de Carvajal; acumuláronse sospechas en núme- 
ro considerable, acusósele de estar en secreta intelijencia 
con los rebeldes; trájose á cuento que les habia facilita- 
do víveres y pertrechos de guerra; que, cuando tuvo á 
Roldan en su carabela, en vez de hacerlo prisionero, 
lo alojó y festejó por espacio de dos dias enteros; y lue- 
go, que habia venido de Jaragua escoltado por la ban- 
da de Gamez, hasta las cercanías de Santo Domingo; 
y que el mismo dia de su llegada, se ocupó en escribir 
á varios de los insurrectos reunidos en Bonao. Pero, á 
pesar de lo grave de tales suposiciones, no puso Colon 
en duda por un momento la lealtad de Alonso Sánchez, 
y lejos de dar oídos á su séquito, que le instaba no em- 
plearlo mas, él conociendo la hidalguía de su carácter, 



—61— 

se dirijió con su habitual jenerosidad al fraHco diplo- 
mático, y después de manifestarle que aun cuando las 
apariencias lo acusaban él le conservaba su buena vo- 
luntad, lo encargó de proseguir la comenzada nego- 
ciación. 

En su consecuencia tornó Carvajal de nuevo al cam- 
po de los rebeldes, los cuales, tanto mas altaneros cuan- 
to mas débil veian al gobierno, no quisieron escucharle, 
aun cuando era el mediador de su agrado, porque decian 
que se presentaba sin traer los prisioneros indios, prime- 
ra condición de s\i avenencia. Sin embargo, Carvajal ob- 
tuvo, gracias á sus anteriores relaciones, permiso para con- 
ferenciar con el jefe de la horda, y le entregó una carta 
del almirante, en que su alma se reflejaba en el estilo 
claro y sencillo de como corazón, en que estaba escrita. 

Tenemos un verdadero placer en reproducirla ín- 
tegra. 

'^Mi primer cuidado al llegar á esta capital, querido 
' amigo, decia, después de abrazar á mi hermano fué pre- 
guntar por vos, pues no ignoráis que luego de mi fami- 
lia, habéis ocupado de antiguo en mi corazón un lugar 
muy preferente; y tanto he contado siempre con el vues- 
tro, que nunca dejé de tener en vos ilimitada confianza. 
Inferid de esto el dolor y la congoja que me causaria 
la nueva de que andabais enojado con las personas que 
en el mundo me tocan de mas cerca y me son mas ca- 
ras. Consoláronme, no obstante, con decirme que aguar- 
dabais mi vuelta con impaciencia, y lisonjéeme entonces 
con la esperanza de que permanecíais fiel á vuestros 
primeros sentimienios hacia mí, y prometíame que ape- 
nas fueseis sabedor de mi arribo, me os uniríais presu- 
roso; mas, no viéndoos parecer, y creyendo que recela- 
bais algún resentimiento de parte mia, os envié á Balles- 
ter para daros por su mediación cuantas garantías pu- 
dierais apetecer, y en verdad que el mal éxito del paso 
ha echado el colmo á mi copa de amargura. Porque, 
¿decidme, Roldan, de qué, de dónde dimana esa descon- 



—62— ^ 

fianza que os inspiro ahora? En fin, me habéis pedido 
á Carvajal, y os lo envió; abridle vuestro corazón, indi- 
eadle de una manera clara, precisa, lo que esté en mi 
mano hacer para reconquistar en vuestro pecho la con- 
fianza perdida; pero, por cuanto hay de mas sagrado, 
tened en cuenta lo que debéis á la patria, á los reyes 
nuestros soberanos y señores, á Dios, á vos mismo. Rol- 
dan; velad por vuestra honra, juzgad mas sanamente de 
las cosas que lo habéis hecho hasta aquí; contemplad 
atento el abismo que os estáis abriendo, y deteneos en 
vuestro camino, y no persistáis en tan desesperado pro- 
pósito. Os he presentado á S.S. A. A. como el hombre 
en quien pueden aquí depositar mas confianza; mi ho- 
nor y el vuestro perderían sus quilates si testimonio tan 
ventajoso quedara desmentido con vuestra conducta, 
daos, pues, priesa á tornaros en quien fuisteis. Suspen- 
do la salida de los buques, que se hallan listos para le- 
var anclas, en la espera de que, con una pronta y com- 
pleta sumisión, me devolvereis la libertad de repetir á 
los reyes, cuanto bueno de vos les he dicho. Que Dios 
os tenga en su santa guarda. "^ 

Un lenguaje tan propio para tranquilizar, y una bon- 
dad tan persuasiva, surtieron su efecto, y ya Roldan, Mo- 
jica y Gamez estaban disponiéndose para montar á ca- 
ballo y partir en busca del virey, acompañados de Car- 
vajal, cuando, los rebeldes, apercibidos del caso, se opu- 
sieron á ello, manifestando á sus jefes que nada se con- 
certaría sin su anuencia, jurando que de haber arreglo 
seria por escrito y de común acuerdo. 

Invitados á ello por Alonso Sánchez Carvajal, pu- 
sieron sus condiciones; pero eran tan duras y humillantes 
que mas parecían una befa del gobierno; eran lo que 
podía esperarse de semejante gavilla de malvados. 

El bizarro Miguel Ballester, que se había agregado 



1. Traducción del P. Charlevoix en su Kistoire de Saint-Domin- 
^ae. 1. 1, lib. IV. 



—63— 

á Carvajal, reconoció como él que aquellos bandidos so- 
lo buscaban un medio de prolongar la impunidad de 
su tirania, ejercida á costa de los desventurados indios, 
cuyos defensores se llamaban; y escribió en su conse- 
cuencia á el almirante rogándole que á toda costa hi- 
ciera un tratado con ellos, pues la plaga de la revolu- 
ción cundia y se propagaba de una manera solapada, y 
temia que hasta su corta escuadra, cercenada ya por va- 
rias deserciones, se pasara entera á los insurrectos. Des- 
graciadamente estaban sus advertencias y sospechas muy 
fundadas! 

Habiendo querido Colon saber la fuerza total de que 
podia echar mano en caso necesario para oponerse á los 
levantados, dispuso pasar una revista á todos los habi- 
tantes de Santo Domingo. Debian presentarse armados 
y tal vez por esto circuló la noticia de que el objeto de 
la revista era una marcha repentina sobre Bonao. Solo 
setenta hombres acudieron á la orden, y aun esos no 
podian llamarse efectivos para la guerra, pues los habia 
desmontados, sin armas, apenas entrados en convalecen- 
cia ó en vísperas de caer enfermos; y del resto, mas de 
la mitad eran ó parientes ó de iguales hábitos é incli- 
naciones que los revoltosos. 1 Comprendió el virey que 
una lucha con tales elementos solo servirla para disipar 
el último resto de su autoridad, y que la moderación 
se hacia tan indispensable, como necesario el aguardar 
con sabias contemporizaciones á que cualquier evento 
permitiera reconstituir el poder. 

Ofreció Colon en seguida conceder una licencia de 
embarque á cuantos desearan volver á Castilla. Cinco 
carabelas habia preparadas para darse á la vela, y en ellas 
se encontraban los indios prisioneros del último levan- 
tamiento. Por espacio de tres semanas demoró su sali- 
da con ánimo de que partieran con aquellos rebeldes que 
maldecían la isla, y consideraban su estada allí como el 

1. Las Casas. Historia de las Indias, lib. I. ca^. CXXXIII. Ma. 



-64- 



mas atroz de lo5 tormentos; pero ninguno, de los qne 
antes andaban tan ansiosos y solícitos por hallar tér- 
mino á su destierro pensaba en la hora presente en atra- 
vesar los mares, y así, el 18 de Octubre, se dio la orden 
de zarpar. 



II. 



Por estos buques envió Colon á los reyes la relación 
de su descubrimiento de la tierra firme, con la carta 
jeográfica del viaje, y la marítima del camino que habia 
de seguirse para llegar á la costa de Paria. Como aun 
adolecía de las consecuencias de su pftalmia, dictó el des- 
pacho al secretario Bartolomé de Ibarra.^ 

Remitió también á la reyna, con un caballero Ha- 
llado Arroyal,^ ciento setenta perlas,^ escojidas entre las 
mas bellas, y algunas alhajas de oro que habia procu- 
rado en el nuevo continente, diciéndole, como asimismo 
á su esposo, que eran las primeras perlas que llegaban 
de occidente. Y se proponía hacer continuar sus descu- 
brimientos de tierra firme por don Bartolomé, con tres 
naves, así que la presencia del adelantado y la de las 

1. Pleyto. — Probanzas del almirante, Pregunta XIIL Deposi- 
ción de Bernardo de Ibarra. 

2. Oviedo y Yaldes. Historia natural i] jen eral de las Indias, lib. 
III. cap. VI. 

3 Herrera. Sistoria jeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en la^ Indias occidentales, Decada 1. íib. III. cap. XV. 



. —es- 
tripulaciones no fuera necesaria en la Española á causa 
de las turbulencias ocasionadas por Roldan. 

El almirante, en un informe privado acerca de los 
asuntos de la colonia, esponia en su triste desnudez los 
acontecimientos sobrevenidos durante su ausencia, y de- 
cia que, sin embargo de que todo parecia perdido, por- 
que, en medio de las turbulencias y facciones, ño se cul- 
tivaban los campos, ni se pagaban los tributos, y de que 
el libertinaje de los españoles rebeldes, que vivian sin 
fe ni freno, subyugando á los indios, robándoles hasta 
sus mujeres y matándolos por mera complacencia, in- 
fida perniciosamente sobre los castellanos que quedaban 
fieles, los cuales, no por ser menos crueles, eran menos 
cobardes y perezosos, faltos de temor de Dios, políga- 
mos y esclavizadores de indíjenas, podrían las cosas en- 
trar en orden, si conteniendo S.S. A. A. con su protec- 
ción los efectos de la envidia á sus empresas, los oficia- 
les de las oficinas de Sevilla se abstenian de disfamar 
las Indias, y de retardar el despacho de los negocios y 
los^ envios de buques, como lo hicieron con su escuadra, 
de lo que resulto tan grave perjuicio para la colonia. 
Pero no habia partido de Sevilla la chispa que habia en- 
cendido tamaña hoguera en las Indias. 

Colon, después de haber indicado con sinceridad el 
mal, señalaba los remedios oportunos. 

Debia prorogarse por uno ó dos años mas la facultad 
concedida á los colonos de ocupar en su servicio á los 
naturales aprisionados en la guerra; y como salvo las ro- 
pas y el vino, que era preciso traer de España, el resto 
de los objetos indispensables para la vida iba á sacarse 
del suelo, y preparaba, por medio del trabajo de los in- 
dios grandes cosechas de casave, alimento á que ya los 
castellanos se habian acostumbrado; que las patatas y 
otras diversas raices, conocidas con el nombre jenérico 
de ajes, abundaban; que eran muchas las riberas y fa- 
bulosas las pescas que podrían hacerse; que los pollos y 
cerdos se multiplicaban con prontitud; que los útias, de 

9 



—66— 

sabor mas suculento que los conejos, eran tantos que 
un perro, guiado por un hombre, cojia quince ó veinte 
diarios, y que las subsistencias todas estaban asegura- 
das, no le quedaba mas que esforzarse en conseguir que 
los cristianos vivieran como tales. 

Para lograr la realización de esta idea, se proponia 
devolver á Castilla, en cada retorno de naves, cincuenta 
hombres de los de corazón viciado y espíritu indomable 
que se reemplazarían con igual número de labradores 
honrados. Al mismo tiempo se harían venir de España 
relijiosos de mérito para trabajar en la conversión de los 
naturales, y mas principalmente para reformar las rela- 
jadas costumbres de los cristianos, indignos de tan her- 
moso nombre. 1 Y para facilitar la misión espiritual de 
los sacerdotes, pedia un alcalde hábil, versado en la 
ciencia del derecho y acostumbrado á ser administrador 
de justicia, sin la cual, anadia, los sacerdotes alcanzaran 
poco fruto; é insistía en que fuese español, porque los 
malcontentos se quejaban de su rigor, y decian que, 
como jenoves, no ahorraba la sangre de los castellanos. 

Mas una manera tan franca de esponer el mal, y de 
señalar los medios de curarlo, en lo cual se nota á la 
vez la rectitud de intenciones, la penetración, y la au- 
toridad de la esperiencia, se acojió y apreció mal en la 
corte. 



1. "Que vengan relijiosos d« virtud así para la conversión de los 
isleños, como principalmente para la reforma de las costumbres estra- 
gadas de los españoles." — Muñoz, Historia del nu^vo mundo, lib. 
VI, § 44, 



— «7— 



III. 



Después de la salida de las carabelas, manifestó 
Roldan deseos de acercarse al virey y complacerlo en 
adelante, y al efecto, demandó un salvoconducto, que 
una vez en su mano, se trasladó á Santo Domingo. Pero 
su conducta dio motivo á pensar que no habia venido 
mas que para atraer á su partido algunos de los que per- 
manecian fieles, pues afectando aires de altivez y tono 
amenazador con los funcionarios agregados á su antiguo 
amo, puso condiciones exorbitantes, no quiso admitir 
ninguna de las que le proponia Colon, y con pretesto de 
(^ue debia deliberar antes con sus compañeros se volvió 
á Bonao. 

El 6 de Noviembre trasmitió Roldan al virey unos 
artículos inaceptables, como parecía reconocerlo él mis- 
mo, declarando que no habia podido conseguir menos 
de sus compañeros. A pesar de lo peligroso de la situa- 
. cion, mantuvo el almirante su dignidad, negándose á fir-- 
mar un convenio tan ofensivo, bien que al mismo tiempo 
publicó un bando ofreciendo el olvido de lo pasado, viaje 
gratis á España y libranzas para el pago de sus sueldos 
á cuantos partidarios de Roldan se presentaran antes del 
fin del mes; mientras que aquellos que persistiesen en 
su estravio serian abandonados al rigor de la ley. Hecho 
lo que precede, despachó al animoso Carvajal, en com- 
pañía del mayordomo Diego de Salamanca, portador de 



—68— 

los poderes para tratar, y de la ampliación de la amnistía. 
Pero al llegar á la Concepción encontráronla sitiada por 
las hordas de Roldan, las cuales, no siéndoles posible 
tomarla por asalto procuraban rendirla por hambre y 
sed.^ Fijóse la amnistía en las puertas del castillo, y aun- 
que solo sirvió al pronto de pávulo á las risotadas y re- 
truécanos de los rebeldes,^ al cabo de muchas pláticas 
se redactó un convenio, (17 de Noviembre,) que seria so- 
metido á la ratificación del virey, entre los jefes de las 
bandas y Carvajal, auxiliado por Salamanca. 

Quedaba estipulado: 

1.° Que Roldan y sus partidarios se embarcarían 
para España en el puerto de Jaragua en dos buques, 
que deberían aprovisionarse y aparejar en el término de 
cincuenta días. 

2.° Que se les daría un certificado- de buen com- 
portamiento , y una orden para percibir los sueldos 
caídos. 

3.° Que se les restituirían ciertas propiedades se- 
cuestradas, entre otras, una manada de trescientos cin- 
cuenta cerdos á Roldan; y 

4.° Que se permitiría á cada uno para su servicio 
varios indios, que, si venían en ello, podrían llevar á 
Castilla, con facultad de que fuesen de preferencia las 
mujeres que, ó hablan hecho madres, ó estaban en vís- 
peras de serlo. 

Al firmar este pacto el día 21 de Noviembre, le agre- 
gó Colon una nueva gracia para los partidarios de Rol- 
dan: la de permanecer, si les placía, en la isla, á costa 
del erario, ó recibir una cédula de vecindad, lo que im- 
plicaba concesión gratuita de terreno para sembrar y edi- 
ficar, y el préstamo de cierto número de naturales para 
ejecutar los trabajos. Era esta medida un gran elemento 



li Fernando Colon. Historia del almirante, cap. LXXXIX. 
2. "De que los rebeldes hicieron grande mofa." — Muñoz. Historia 
del nuevo mtmdo, lib. VI. § 46. 



—69— 

de prosperidad para la colonia; pero en aguellos momen- 
tos parecian los rebeldes impacientes por marchar, y así, 
se pudieron en camino de Jaragua. La capitulación an- 
tes citada obligó á suspender al adelantado el viaje que 
debia hacer para proseguir el descubrimiento de Paria, 
y asegurar el comercio de las perlas; lo cual contrarió 
en ^stremo al virey, pues no le quedaban mas que tres 
naves en estado de ir á España, y era con las que con- 
taba para la proyectada espedicion. Además, las muni- 
ciones de boca, como bastaban apenas para el pasaje de 
los insurrectos, con mas razón habia que desistir á lo 
de esplorar la costa firme del nuevo continente. 

Sin embargo, con la salida de los facciosos, iba á 
recibir el almirante una mas que mediana compensación 
de su disgusto, porque ya podia ocuparse de la colonia, 
restablecer en ella el orden, cuidar de la recaudación de 
los tributos, estender el cultivo de la tierra y la crian- 
za de ganados, atender á la esplotacion de las minas, 
y mejorar la suerte y condición de los españoles en la 
isla. Sin pérdida de tiempo encomendó á su mas joven 
hermano, el modesto y piadoso don Diego, la goberna- 
ción de Santo Domingo, y partió, acompañado de don 
Bartolomé, para visitar el interior de la Española. 

Cuando las carabelas estuvieron á punto de darse á 
la mar, escribió Colon á SS. AA. invocando su justicia, 
esponiéndoles lo difícil de las circunstancias , en que 
para mantener la paz, habia firmado el convenio con 
los insurjentes que carecía de medios de combatir ; y 
les rogaba, en nombre de su autoridad suprema, iio re- 
conocieran unos compromisos que tan contra su volun- 
tad contrajera, bajo la presión del alzamiento, y que 
eran nulos por haber carecido de libertad de acción una 
de las partes y de leal cumplimiento la otra. Y de con- 
siguiente, les supHcaba mandasen prender y castigar al 
traidor Roldan y á su gavilla, y en particular tratar con 
rigor á los malhechores que, deportados para merecer su 
gracia, se sublevaron apenas desembarcados, pasándose 



—70— 

al enemigo con armas y bagajes. Pedíales también Co- 
lon que diesen órdenes de quitar á los levantados el oro 
que llevaban, según se decia, en grandes cantidades, 
como asimismo, apartarlos de las mujeres que habían 
forzado a seguirlos y entre las que iban muchas hijas 
de caciques. 

Pué confiada la carta aun oficial, cuya lealtad y afi- 
ción conocía. 



CAPITULO V. 



I. 



Muy creído estaba el almirante de que los rebeldes 
habían partido para España; mas estos juzgaron que 
les seria más conveniente el no hacerlo; que la vida que 
llevaban en el estado de Jaragua les placía por lo ame- 
na. Y pretestando que los buques no habían llegado en 
el plazo convenido de cincuenta días, y que estaban 
mal provistos y peor abastecidos, rehusaron embarcarse 
los facciosos. Verdad es que las carabelas no arribaron 
á Jaragua hasta principios de Abril; pero también es 
cierto que sufrieron grandes temporales y averias que 
las habían obligado á carenarse. 

Así las cosas, esplícó el almirante en una carta á 
los jefes de la rebelión la demora inevitable, carta que 
solo sirvió de asunto nuevo á mas ultrajes y burlas; lo 
que visto por Carvajal, le probó que seria inútil discu- 
tir con tan voluntariosos voluntarios, y así no insistió lo 
mas mínimo en exijir la ejecución del pacto, limitándo- 
se á que diera testimonio del caso el notario Francisco 
de Carai, y á compadecer á Roldan por el poco domi- 
nio que ya le quedaba sobre su jente. 

Hecho esto, se despidió de él con la mayor frialdad. 
Quiso Roldan acompañarlo por cortesía á distancia de 
media legua; montaron ambos á caballo, y cuando es- 



—72— 

tuvieron bien intrincados en el bosque, el alcalde cons- 
pirador que iba taciturno y como reflexionando en lo di- 
ficultoso de manejar á hombres ingobernables, le dijo 
de repente que estaba convencido de lo sano de sus 
consejos; que se le bacia tarde el apagar la tea de la 
discordia; que anhelaba tener una vista con el virey, y 
que si se le facilitaba un nuevo salvoconducto, pasarla 
á proponer un* arreglo honesto y conveniente en todos 
conceptos; pero que para el mejor éxito del negocio era 
preciso guardar mucho el secreto. Metió Carvajal al oir 
esto espuelas á su caballo, y entró lleno de alegría en 
Santo Domingo. Dióle Colon en seguida el salvocon- 
ducto; y para que los rebeldes confiaran mas en él, ga- 
rantizaron con su firma su inviolabilidad,^ durante la ne- 
gociación, los capitanes de mar Carvajal, Coronel y Pe- 
dro Terreros, y Alonso Malaver, Diego de Alvarado y 
Rafael Cataneo, hidalgos de cuenta. No podemos al lle- 
gar aquí por menos de mencionar, que entre los fir- 
mantes se hallaba un cumplido cristiano y caballero, de 
nombre Cristóbal Rodríguez, y apellidado la lengua, en 
razón á haber sido el primer castellano que habló la 
lengua principal de Haiti. Habíalo Colon animado mu- 
cho para que persistiese en su estudio,^ y Rodríguez, 
con una constancia igual á su desinterés, prestó grandes 
servicios al gobierno de la isla, espuso frecuentemente 
su vida en medio de los indíjenas, y vino á ser, como 
imtérprete, un auxiliar celoso de los hermanos de la ór- 
den Seráfica. 

Poco después, Cristóbal Colon, siguiendo el ejemplo 
del buen pastor que busca las ovejas descarriadas, salió 
en persona al encuentro de Roldan y dio con él en el 
puerto de Azua. Mas lejos de ablandarse su corazón, con 
una bondad á la cual había perdido el derecho, subió á 



1. Muñoz. Historia del nuevo mundo, t. I. lib. VI. § 49. 

2. Herrera. Ilistoriajene^vil de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales, Decada 1. lib. III. cap. VlII. 



—73— 

la carabela que mandaba el almirante y presentó con 
altivez sus condiciones, como si fuera vencedor. Com- 
prometíase en ellas a deponer las armas mediante las si- 
guientes cláusulas: 

Primera. — Su reposición en el oficio de alcalde ma- 
yor, cargo que se haria inamovible. 

Segunda. — Dando' una proclama, en la que se de- 
clarase que las diferencias sobrevenidas habian sido el 
fruto de la malevolencia y de falsas noticias. 

Tercera. — Espulsando de la isla, y deportando acto 
continuo á España á quince individuos que se reservaba 
nombrar. 

Cuarta. — Conceder el derecho de residencia, con las 
ventajas anexas á él, á cada uno de los suyos. 

A pesar de lo exorbitante de tales pretensiones, por 
amor á la paz, vino en ellas el virey. En seguida pasó 
á tierra Roldan para someter á sus compañeros las ba- 
ses del tratado, y por espacio de dos dias se ajitaron y 
revolvieron aquellos espíritus turbulentos, discutiendo y 
debatiendo sus artículos, hasta que al fin los agravaron 
con tan escesivas condiciones, que solo citar la última 
de ellas bastará para dar una idea de las demas: era 
que, dado el caso de que el gobernador contraviniese á 
cualquiera de las estipulaciones, tendrían el derecho de 
reunirse y de obtener su ejecución del modo que tuvie- 
sen por mas oportuno y eficaz. No obstante ser esto el 
colmo, de la insolencia y del insulto. Colon, cediendo á 
la imperiosa ley de la necesidad, sancionó con su firma 
un pacto que tanto lo ultrajaba, si bien modificándolo 
algo, con añadir que mientras ellos obedeciesen las ór- 
denes de los reyes, las suyas, y las de los funcionarios 
establecidos por él, consentía en todo. Esta condición 
espresa, que le parecía su último refujio, el áncora de 
salvación de su autoridad, la hizo poner bajo el mismo 
sobre en que remitía á Roldan el nombramiento de al- 
calde mayor; pero el revoltoso caudillo, al leerla, se le- 
vantó de su asiento, y con la mayor insolencia, mandó 

10 



—74— 

que se borraran aquellas palabras, y, apelando á la bru- 
talidad de sus cómplices, amenazó con hacer ahorcar á 
quien osara contradecirle. El almirante tuvo que some- 
terse de nuevo al yugo de la voluntad de su antiguo 
servidor, ahora ingrato y rebelde. 

Apenas conseguia el virey calmar con su mesura y 
mansedumbre la imponderable arrogancia de la traición 
en triunfo, pues por todas partes, aun en presencia 
suya, se presentaba Roldan como la única autoridad 
verdadera de la isla. Rodeado siempre en Santo Do- 
mingo de malcontentos y adversarios declarados del al- 
mirante y su famiha, ofendia, molestaba y amenazaba 
con descaro á cuantos rehusaron entrar en su partido; 
y forzó al bueno de Rodrigo Pérez, á renunciar su car- 
go de teniente de alcalde, solo porque quiso investir 
con él á su mas íntimo cómplice, Pedro Riquelme, es- 
tablecido en Bonao, con la segunda intenciv^^n de hacer- 
se fuerte allí. 

Estremécese de indignación el historiador y su ma- 
no tiembla al narrar tamaños ultrajes. Y la tristeza y el 
dolor de que se siente poseído igualan á su justa có- 
lera, cuando contempla al revelador del nuevo mundo, 
al héroe cristiano en la dura necesidad de transijir con 
seres tan miserables; reducido á aceptar las condiciones 
de un servidor ingrato hasta rayar en bárbaro, y ame- 
nazado en su poder y existencia por hidalgos sin hi- 
dalguía, soldados sin disciplina, trabajadores hambrien- 
tos y presidiarios, á quienes él había facilitado los me- 
dios de lograr por sí mismos su rehabilitación! 

Para colmo de infortunio, en lugar del apoyo eficaz 
que aguardaba de los reyes, recibió una respuesta es- 
crita bajo la inspiración de don Juan de Eonseca, en 
cuyos términos ambiguos se advertían muy equívocas 
disposiciones. Decíasele que SS. A A. habían recibido 
sus cartas, y que en cuanto á la sublevación de Roldan, 
como era el caso grave, lo examinarían con atención y 
presteza y pondrían remedio. Evidentemente, su exac- 



—75— 

ta y cabal relación no liabia convencido á los reyes, y 
sí prevalecido en su espíritu las denuncias calumniosas. 
La superioridad de sus miras, sus prodijios, sus peligros, 
sus fatigas, sus esfuerzos todos para el engrandecimien- 
to y gloria de España nada pesaban ya, pues no po- 
dían contrabalancear las hablillas de hombres viles y 
perversos. Bastaba acusarlo para ser bien acojido. ¿Y no 
supérala injusticia de la corte á la ciega animosidad de 
los rebeldes, seres toscos y vulgares? Colon, pues, sa- 
crificaba en vano sus días y los de sus hermanos en pro- 
vecho de la corona de Castilla, sin conseguir inspirar á 
los reyes aquella noble confianza de que tan digno era, 
y que hubiera sido la primer recompensa para un tan 
elevado corazón. 

El convencimiento de lo que llevamos dicho, que hu- 
biera bastado para paralizar otra voluntad que la suya, 
no le impidió proseguir en sus planes reorganizadores. 
Procuró primero granjearse por medio de la dulzura y 
los intereses materiales á los antiguos compañeros de 
Roldan, concediéndoles tierras para cultivo; pero repar- 
tiéndolas de tal modo que, las rebeldes se encontrasen 
diseminados en una gran estension, muy separados unos 
de otros y á mucha distancia de las habitaciones ya le- 
vantadas. Eormó una compañía, compuesta de hombres 
escojídos, cuya fidelidad no estaba menos probada que 
su moderación y valor, con el objeto de que pudiera ser- 
vir para cobrar los tributos de los indios, mantener en 
paz á los españoles y reprimir desde su oríjen los estra- 
vios de estos. Y se dispuso á purgar la colonia de los 
malcontentos incorrejíbles, qué, á ningún precio querían 
trabajar, entre otros á los quince individuos, cuyo inso- 
portable y díscolo carácter señaló el mismo Tioldan.* 

Encargó Colon k los dos alcaldes García de Barran- 
tes y Miguel Ballester, de pasar á Castilla para apoyar 
en la corte sus demandas acerca del rejimen interior de 
la colonia; y á fin ád que pudieran ilustrar á SS. AA. 
con respecto á la insurrección de Rx)ldan, y á la urjen- 



—re- 
cia de las medidas que habia debido tomar, les entre- 
gó las actuaciones y procedimientos comenzados contra 
los rebeldes desde su vuelta. También insistía de nuevo 
el almirante en lo del envió de un alcalde íntegro é ins- 
truido, que acabara con las acusaciones contra su rigor 
y dureza. 

Muchos descontentos aprovecharon esta partida, y 
se embarcaron llevándose consigo mujeres indias, en su 
mayor parte madres, ó á punto de serlo, y de una ma- 
nera clandestina, porción de esclavos cada uno, los cua- 
les, aparte de ir forzados, iban en contravención á las 
órdenes espresas del almirante. 



II. 



Antes de la salida de las carabelas llegaron nuevas 
inquietadoras de la estremidad N.O. de la Española: 
preparábase un levantamiento jeneral. Los ciguayenos, 
mas belicosos y mas impacientes del peso del yugo es- 
tranjero que el resto de los insulares, se habian alzado 
en armas. Despachó el almirante contra ellos, y con gran 
prisa, al adelantado, con todas las fuerzas disponibles. 

Y mientras que su hermano se separaba de él para 
someter las tribus insurrectas, y Santo Domingo queda- 
ba casi sin medios de defensa, una noticia mas grave 
aun que la rebelión vino de la j)arte opuesta de la isla: 
cuatro carabelas acababan de anclar en el puerto de 



■ —11— 

Yaquinio, á las ordenes de Alonso de Ojeda, antes adicto 
á el almirante y á la sazón hechura de Eonseca. Violan- 
do los privilegios concedidos por los reyes á Cristóbal 
Colon, fue á la costa de Paria y al golfo de las Perlas 
y volvia con oro y esclavos; y su temeridad, exaltada 
con la protección que le dispensaba el obispo ordenador 
de la marina le inspiró la idea de precipitar la caida de 
Colon, apoderándose del poder y de su persona. Ofre- 
ció á los españoles que vivian en los alrededores de Ya- 
quimo libertarlos de la tiranía de los Colones, preten- 
diendo que, caldos en desgracia con el rey, sin mas apo- 
yo en la corte que el de la reyna, cuya salud decaia des- 
de la perdida de su hijo, y no daba esperanzas de resta- 
blecerse ya en adelante, su protector don Juan de Fon- 
seca seria la única verdadera autoridad de las Indias. 
También se dijo con poderes para tomar con Carvajal 
las riendas del gobierno provisional de la isla;i y pro- 
puso pagar sus atrasos á cuantos quisieran marchar con 
él sobre Santo Domingo. 

Los antiguos compañeros de Roldan, incapaces de 
desperdiciar una ocasión ds revolucionarse, aplaudieron 
la oferta, y Ojeda, reunidos que tuvo á los mas audaces 
enemigos de la tranquilidad, quiso forzar á que lo si- 
guieran á los colonos pacíficos ó menos presurosos, y 
atacó de una manera brusca, durante la noche, sus ha- 
bitaciones. 

Cuando llegaron á oidos de Colon noticias tan aflic- 
tivas, se hallaba sin tropas disponibles, y hasta dudoso 
de la fidelidad de la escasa guarnición de Santo Do - 
mingo; lo cual aumentaba su inquietud. Ningún recur- 
so le quedaba para afrontar tantos peligros, comprimir 
el alzamiento de los indios, hacerse respetar de los 
antiguos rebeldes, y rechazar las agresiones venidas 

1. "El se ostentó con todo el favor del obispo Fonseca, arbitro en 
los negocios de las Indias; y finjió tener provisiones j)ara tomar parte 
en el mando do la colonia junto con Carvajal."— Muñoz, Ristoriá del 
nuevo mundo, lib. VI. § 53. 



—ra- 
lle ultramar. En tal estremo era tal vez su único re- 
curso el primero de los peligros, y seguramente, la últi- 
]ua (le las humillaciones, que consistía en ponerse bajo 
Ift ])rotcecion del traidor lloldan. Pero ¿cómo dudar de 
que desde su entrevista, el alcalde mayor y Ojeda, hom- 
bres de carácter igual cu lo violento y lo ambicioso, 
no se concertaran para derrocar el ))oder lejitimo, ysu- 
])lantarlo? La deserción se habia declarado entre los su- 
bordinados del almirante, y uno tras otro, todos lo aban- 
donaban en la inminencia del peligro. 

En este refresco de enemigos, que venían a reani- 
mar el mal sofocado fuego de la revolución, y á dar con- 
sistencia al levantamiento indijena, rcconocia el virey las 
inspiraciones secretas de las oficinas de Sevilla; y recor- 
dando la inquietud de la corte, la perenne malevolencia 
de don Fernando, cuya diplonuicia no habia podido nun- 
ca encubrir; viendo á su autoridad sin apoyo en Espa- 
ña, sin respeto en la isla, y sin fuerza ejecutiva, y su 
vida y la de sus hermanos continuamente amenazada 
por bandidos habituados al crimen; y comprendiendo su 
aislamiento y su impotencia de consiguiente, la desven- 
tura de los indíjenas, á los que hacian repugnar el cris- 
tianismo los escesos de los cristianos impios, se sintió 
en gran manera hastiado do los hond)res. Y entonces, 
humillado hasta lo. sumo, y vacilante bajo el peso de 
tantas aflicciones, se apoderó de aquel alma noble, je- 
nerosa, inmensa, que dominó el espanto, el temor y los 
peligros, uiía mortal congoja. 

Era el dia aniversario del nacimiento del salvador, 
(25 de Diciembre do 1 199).^ 

El valor de Colon hasta ese dia invencible, decayó 
repentinamente; su pecho se estremeció con la ¡dea de 
la muerte que se le destinaba; solo quedó en el el ins- 



1. "II giorao di Natalo dol 1109 havondoini tul to il mondo abban- 
donaUí. fu assalito congiiorra da imliani e da cattivi cri.sliahi...." — Fer- 
nando Oolombo. lita dcIV Áinmh'a;ilio. rnpit. T/XXXTV. 



—79— 

tinto de la conservación, y por la vez primera pensó en 
guardar su vida. Resolvió, pues, el revelador del nuevo 
mundo, escapar en una carabela con sus hermanos, al 
través del Océano, á la cólera de sus enemigos. Pero en 
medio de los siniestros temores qíie preocupaban á sus 
oficiales y de las terribles angustias de su corazón, no 
invocó en vano á su divina majestad, ^ y la mano que ya 
tantas veces le habia mostrado su vijilante protección, 
se estendió en su socorro. Dios se dignó á hablar á su 
servidor atribulado, y una voz de lo alto le dijo: "¡Oh 
hombre de poca fe! levántate; ¿á quien temes? ¿no estoy 
yo aqui? Anímate y no te abandones á la tristeza ni al 
temor, que á todo proveeré yo."^ 



III. 



En efecto, conforme al misterioso anuncio del auxi- 
liar divino, cambiaron de aspecto, repentinamente, las 
cosas, sin esfuerzo y aun sin iniciativa de su parte; y an- 
tes de la espiración del dia supo que se habian descu- 
bierto minas de oro de fabulosa riqueza. Ademas, Rol- 
dan, lejos de querer participar del poder con Ojeda, no 

1. "Casi á punto de desesperar, recurrió al auxilio de Dios, y fué 
consolado milaf^rosamente." — Muñoz. Historia del nuevo mundo, lib. 
VI. g 56. 

2. "Mi soccorse all' hora Nostro Signore, dicendomi, ó huomo 
di poca fide non haver paura, io sonó."— Fernando Colombo. Vita 
delV Ammíraglio, capit. LXXXIV. 



-so- 
pensó sino en rechazar de la isla á un tan peligroso ri- 
val. La lucha entre ambos adversarios, dignos el uno del 
otro por su audacia, su astucia y su fuerza física, fue 
'muy viva, y al fin, tras una serie de incidentes curiosos 
y dramáticos. Roldan obligó a Ojeda, el protejido com- 
prometedor de las oficinas de Sevilla, á reembarcarse. 
La facilidad con que Ojeda habia reclutado partida- 
rios entre los antiguos insurrectos, hizo reflexionar seria- 
mente á Roldan y le inspiró el deseo de apoyar en lo 
sucesivo de una manera franca la autoridad del virey, de 
la cual dimanaba la fuerza de la suya. Pero desde que 
sus ex-cómplices lo vieron asegurar la ejecución de las 
órdenes del almirante, y trabajar por el restablecimiento 
de la tranquilidad, le tomaron un odio encarnizado. 

Así las cosas, un joven hidalgo llamado Fernando de 
Guevara, primo de Adrián de Mójica, que habia sido 
uno de los capitanes de la revuelta de Roldan, vino a 
Jaragua para embarcarse en los buques de Ojeda, por- 
que el almirante lo habia desterrado de la isla, a causa 
del escándalo que daban en Santo Domingo sus depra- 
vadas costumbres; pero, como cuando llegó ya habian 
partido las carabelas del turbulento favorito de Fonse- 
ca, permitióle Roldan permanecer en Jaragua, hasta que 
el almirante hubiera decidido de su suerte. Guevara, 
aprovechándose de las gracias de su persona, y esplotan- 
do su elegancia, se habia hecho admitir en la corte de 
la reyna Anacaona y atrevídose hasta á pretender la mano 
de su hija, la joven Higuanamota, Y después de haber 
conquistado el corazón déla encantadora princesa, obtuvo 
el consentimiento de su madre á una unión que, á lo 
que parecía, deseaba lejitimar con el sacramento de la 
Iglesia. Mas, bien fuera que Roldan, como dice Las 
Casas, estuviese prendado de Higuanamota, bien que 
no creyera formal la promesa del cínico libertino, bien 
que no debiera permitir en la precaria situación de 
Guevara, un enlace que hubiera dado alguna importan- 
cia política á quien estaba penado por el virey, le man- 



—si- 
do abandonar incontinenti el lugar donde, provisional- 
mente, habia elejido domicilio. 

No obstante la orden, cautivado el hidalgo por las 
gracias de Higuanamota, no podia separarse de los si- 
tios en que vivia, y Roldan, sabedor de su desobedien- 
cia, lo mandó comparecer ante sí y lo reprendió con se- 
veridad, echándole en cara el abuso que hacia de la 
confianza de una mujer tan superior como la reyna Ana- 
caona, deslealtad que no perdonaría el almirante. Rogó 
y suplicó Guevara lo dejasen en Jaragua; pero como 
Roldan permaneció inflexible, afectó resignación. Mas 
sabedor el alcalde de que en vez de obedecer, Guevara 
se habia escondido en el palacio mismo de la reyna, y 
que habia enviado á buscar un sacerdote para bautizar 
á su prometida, le mandó abandonar en el acto los esta- 
dos de Jaragua é ir á presentarse en persona al virey para 
pedirle sus órdenes. Lejos de cumplir el presuntuoso 
hidalgo esta resolucioii, respondió con amenazas, y tra- 
mó con algunos malcontentos una conjuración contra la 
vida de Roldan, y convinieron en apoderarse de su 
persona por sorpresa y arrancarle los ojos. Precisamente 
el alcalde, á la sazón padeciendo de oftalmia, nunca sa- 
lla de su cuarto, é informado del proyecto, comprendió 
que un golpe de mano vigoroso podria tan solo evitar 
una nueva revuelta; y así, espidió un mandato de pri- 
sión contra Guevara y sus siete consortes, los cuales fue- 
ron estraidos del mismo palacio de ^Luacaona ya su 
vista, y todos ocho con grillos, enviados á la cindadela 
de Santo Domingo. 

Al saber Adrián de Mojica el arresto de su primo, 
de antiguo cómplice de Roldan, se tornó en su mas fu- 
rioso adversario y salió presuroso para Bonao, punto de 
reunión de los antiguos rebeldes, donde habitaba Pe- 
dro de Riquelme, el mas íntimo amigo de Roldan. No 
fué difícil á Mojica sublevar los residentes en Bonao y 
hasta arrastrar en la revuelta al mismo Riquelme, en 
quien eonfiab«a tanto Roldan que lo habia nombrado te- 

11 



—82— 

niente de alcalde. Encontróse, pues, el pariente de Gue- 
vara á la cabeza de una fuerte columna, formada de 
liombres llenos de audacia. Y no solo querían libertar 
á Guevara y deshacerse de Roldan, al que miraban como 
á traidor, sino también dar la muerte al yirey. 

Instruido Roldan de su proposito les siguió la pis- 
ta sin que ellos lo sospecharan, y cuando tuvo en su 
mano todos los cabos de la trama, en ocasión de ha- 
llarse reunidos los principales conspiradores en el lugar 
de la cita, que creian perfectamente secreto, él, hombre 
atrevido, robusto y muy diestro en el manejo de las 
armas, llegó de repente con siete criados y tres solda- 
dos resueltos, y entrando de improviso en el conciliá- 
bulo se apoderó de Mojica y de algunos de sus cómpli- 
ces, remitiéndolos con cadenas á la cindadela de Santo 
Domingo. 

Sin pérdida de momento envió la sumaria del ar- 
resto á el almirante, y le pidió sus órdenes. 

Ocupado estaba el virey en las fortificaciones de la 
Concepción, y quedó con esta novedad tan aflijido co- 
mo embarazado. Habíase prometido "no tocar el cabe- 
llo á nadie, " y "llorando "^ respondió á el alcalde, que 
puesto que sin motivo habian hecho una nueva tenta- 
tiva de rebelarse tenia que hacer justicia de su delito, 
conforme á las leyes del reyno. En su consecuencia, 
instruyó Roldan inmediatamente la causa, y Adrián de 
Mojica, como instigador, fué condenado á la pena capi- 
tal, y sus secuaces, según su grado de culpabilidad, á 
la de destierro ó presidio. Tuvo lugar la ejecución de 
Mojica en los baluartes de la cindadela. A la vista del 
supHcio el fanfarrón hidalgo, sobrecojido de miedo y 
esperando sin duda que vinieran sus antiguos amigos 
á libertarlo del estremo que lo aguardaba, no prestaba 

i 

1. "Yo tenia propuesto en mí no tocar el cabello á nadie, y á 
este por su ingratitud con lágrimas no se pudo guardar, así como yo 
lo tenia pensado." — Carta del almirante al ama el eJ príncipe don 
Juan. 



- —83-- 

oidos á su confesor, para ganar tiempo y retardar la 
hora postrera; mas Roldan, indignado de su cobardía hi- 
zo que lo arrojaran por el pretil al foso.i En cuanto á 
Guevara, el alcalde mayor lo tuvo preso hasta el 13 de 
Junio, en que lo envió, vijilado por Gonzalo el Blanco, 
á la disposición del almirante, que se hallaba todavía 
en la Concepción. Los contumaces condenados eran por 
lo regular hombres perdidos; y el adelantado por una 
parte, y el alcalde por otra los perseguían sin descanso, 
y hacian poner por obra las sentencias en el mismo si- 
tio en que los sorprendían: iban con un sacerdote, y de 
esta manera podían al menos aquellos criminales confe- 
sarse y recibir la absolución. 

La prontitud del castigo, la inflexibilidad del alcal- 
de mayor, y su acatamiento á los menores deseos del vi- 
rey, intimidaron á los revoltosos, que tomaron la fuga; 
con lo cual se tranquilizaron los hombres de bien; los 
indíjenas volvieron á la obediencia de Castilla; tornaron 
á pagarse los tributos; los colonos pacíficos pudieron em- 
prender los grandes trabajos de agricultura que patro- 
cinaba el almirante; se multiplicaban las plantaciones; 
se acrecentaban los rebaños, y renacía el reposo y la ti'an- 
quilidad en toda la isla, hasta el punto de que un espa- 
ñol podía atravesarla en completa seguridad, aun sin ar- 
mas. Cierto número de indios empezaba ya á vestirse y 
vivir á la europea, y á pedir el agua del bautismo. Lo- 
grábase con mas facilidad vencer su antigua costumbre 
de habitar en cabanas aisladas, y agruparlos en aldeas, 
siendo así mas cómodo instruirlos en la relijion cristia- 
na. Todo sonreía en la naciente colonia. Tanto es esto 
cierto que el almirante estaba seguro de que antes de 



1. Aprovechándose de la equivocación de Herrera ha desnatu- 
ralizado completamente cierta escuela estos hechos, atribuyéndolos 
á Colon, á la sazón ausente, y que no los conoció sino para lamen - 
í arlos. Y hemos debido hacerlos constar aquí, con arreglo á la ver- 
dad, y no se^un una versión contra la que protestaban de antemano 
los testimonios de Colon y de su hijo don Fernando. 



tres años, solo las rentas de la corona nioiitarian, á lo 
menos, á sesenta millones anuales. Cinco años después 
cscediaii de cien millones. 

Pero ya, á impulsos de las oficinas de Sevilla, se lia- 
l)ia preparado un acontecimiento que debia cambiar el 
destino de los indios, acibarar las mas dulces esperanzas 
de Cristóbal Colon, apartar del yugo del Evanjelio á 
los hijos de los bosques y entregar su raza á la desespe- 
ración y al esterminio. 



CAPITULO VL 



Para poder apreciar con mas exactitud la causa del 
suceso que vamos á describir, convendrá que nos trasla- 
demos al momento en que Cristóbal Colon salia para 
su tercer viaje. 

El insulto que le habia inferido Jimeno de Bribiesca 
fué premiado con el ascenso al oficio de pagador jene- 
ral de la marina; que don Juan de Fonseca recompen- 
saba, como servicios prestados á la corona, las animosi- 
dades contra los Colones. Lo atrevido de sus ataques 
prueba lo mucho que contaba con el apoyo de una ele- 
vada influencia, cuya mala voluntad hacia Colon á nadie 
se üscureoia. El rey Fernando envidiaba la celebridad 
del grande hombre, y tenia celos de la gran opinión y 
respeto afectuoso que le profesaba su esposa. La cons- 
tante confianza de Isabel exasperaba su egoista suscep- 
tibilidad; y como desde el año de 1496 le habia disgus- 
tado la concesión del título de virey á un estranjero, por 
considerarlo en menoscabo de la majestad de su propia 
corona, minea en sus cartas le daba mas nombte que el 
de almirante de las Indias, omitiendo con astuto pro- 
pósito los de virey y gobernador perpetuo. 

T;a iioticin del descubrimiento de In tierra fírnic, ht\ 



' —86— 

profundas observaciones de Colon acerca de aquellas re- 
jiones ignoradas, y el envió de las perlas, de los velos 
pintados y de las joyas de oro, procedentes de allí, hablan 
contentado mucho á Isabel; pero no contestó por sí mis- 
ma; y como encargó de hacerlo al obispo ordenador, 
este, al acusar al virey la recepción de sus cartas y rela- 
ciones, le reprendió por no haber informado mas pronto 
á SS. A A. de la rebelión ; á la cual, hubieran, decia, 
remediado prontamente. 

En cuanto á don Fernando, no hallaba que los resul- 
tados de tales espediciones hubiesen, hasta entonces, 
cubierto los desembolsos del erario, y ademas de no ver 
en la persona del almirante más que im motivo de gas- 
tos inútiles, daba con gusto oidos á sus acusadores. 

Los descontentos venidos por su voluntad o despedi- 
dos de la Española, esparcían en Sevilla las calumnias 
que los cortesanos de Roldan habían confeccionado con- 
tra los Colones; y es innegable que un ínteres idéntico 
•los ajitaba, y que parecían obedecer á secretas instruc- 
ciones. En Sevilla era donde debían percibir sus suel- 
dos atrasados, porque allí solamente podían efectuarse 
los pagos para los gastos coloniales; pero por su negati- 
va ó insinuaciones, las oficinas decidieron á unos cin- 
cuenta de aquellos perezosos á encaminarse á Granada 
para pedirlos al rey. Y se atrevieron los impúdicos per- 
sonajes á apostarse en los patios de la Alhambra, á es- 
perar la salida de S. Á., para hostigarle con sus inter- 
pelaciones y demandarle á voces que les pagara.^ Un día 
tuvieron el atrevimiento de comprar una carga de uvas 
y de comerlas al pié de las ventanas de Fernando, di- 
ciendo en alta voz, que, gracias á la ingratitud del rey 
y del almirante, aquel era el único alimento permitido 
á su pobreza; y si por desgracia los hijos de Colon, á 



1. "Se il Ré Cattolico usciva füori tutti lo circondavario e toglie- 
vanlo in mezzo, gridando "paga paga." — Fernando Colombo. Vtfa 
delV Ammiraglio, cap. LXXaV. 



—87— 

quienes su empleo de pajes de la reyna obligaba á atra- 
vesar los patios del alcázar, se presentaban, la turba de 
holgazanes ponia los gritos en el cielo y los perseguia 
con denuestos de este jaez: '^Esos son los hijos del almi- 
rante de los mosquitos, del que ha encontrado las tier- 
ras de vanidad y engaño, para desgracia y sepultura de 
los caballeros castellanos!''^ 

La estraña paciencia del rey con reclamaciones tan 
insolentes, la libertad permitida á los reclamantes de 
acampar en el patio de palacio para que estuvieran al 
acecho de las salidas del monarca, de ordinario poco 
sufrido, y la repetición de los insultos dice bastante cla- 
ro que el astuto Fernando, disimulado hasta en las mas 
íntimas interioridades de famiha, tenia algún interés en 
sufrir tales ultrajes. Dejaba que los clamores y lamen- 
taciones llegaran á un estremo que nadie pudiera igno- 
rarlos; ya resonaban en las habitaciones de su esposa, 
pero él necesitaba de un escándalo para destruir la con- 
fianza y la admiración de Isabel. 

Quejas pregonadas de semejante modo, no era fácil 
pasaran desapercibidas, y en efecto, la reyna hizo averi- 
guaciones, por las que resultó que los hidalgos se dolian 
de la miseria en que los habia sumido el almirante, des- 
pués de haberlos agoviado bajo el peso de infinitos ma- 
los tratos; que le achacaban sus enfermedades y su po- 
breza; que lo acusaban de querer acabar con todos los 
verdaderos hidalgos, para que no teniendo á sus órdenes 
sino á jente vaga y maleante, le fuera fácil levantarla 
contra los reyes, y declararse soberano independiente;- 
que, con este objeto, habia tomado sus medidas de acuer- 

1. "Gridavano fino el cielo, e ci perseguitavano dicendo "ecco i 
figliacoli dcir Ammiraglio de' mosciolini, di colui che ha tróvate terre 
di vanita e d'inganno por sepultura e miseria de' gentiluomini easti- 
gliani."— Fcrnapdo Colombo. Vita delV Ammiraglio, cap. LXXXV. 

2. "Cominciarono adunque questi nobili á publicare per tutta la 
corte, come Colombo é suo fratello trovandosi richissimi, si volevano 
deír isole impatrovire e farsi Signori di tutti i paesi ritíovati." — Gi- 
rolarao Benzoni. La Historia del Nuovo Mondo, lib. I. fol. 23 verso. 



—88— 

do con ciertos caciques; que prohibia trabajar en las mi- 
nas por temor de que se conocieran demasiado pronto 
las riquezas que guardaban y que él reservaba para sí; 
que esa fué la causa de que en un principio ocultara el 
criadero de las perlas, cosa que no se decidió á mencio- 
nar hasta que hubo sabido que su descubrimiento cun- 
dia por el público; que su avaricia solo igualaba á su 
soberbia; que se recreaba en humillar á los españoles, 
principalmente siendo castellanos; que durante la esca- 
sez, si lepedian permiso para ir á buscar comida, lo con- 
cedía, y acto continuo negaba haber dado la autoriza- 
ción, y por ello, sin piedad, los ahorcaba; y por último, 
que habia impedido á los sacerdotes administrar el agua 
del bautismo á los indios, que ellos juzgaban capaces de 
recibirla, porque prefería esclavizarlos á cristianizarlos. 

Eran estas acusaciones tan graves, y de tal manera 
opuestas al carácter de Colon, que su mismo peso las 
hundia, y como tampoco ninguna se formulo por escrito 
y apoyó con firmas conocidas, la rey na no paró mucho 
en ellas su atención. 

Pero si el almirante habia dirijido una relación cir- 
cunstanciada sobre la revuelta de Roldan, este también 
habia enviado á sus amigos de Sevilla apuntes sobre lo 
mismo, en los que todos los actos de la administración 
del adelantado y de su hermano el almirante, que Jos 
aprobó á su vuelta, se presentaban desnaturalizados con 
singular esmero y habilidad, y de tal modo que, aun 
prescindiendo de la gran parte de animosidad y exaje- 
racion que contenían, no quedaba por eso peor estal)le- 
cida la gravedad de la situación. El almirante lo confe- 
saba con pedir un alcalde y un jefe de contabiHdad; y 
tanto mas lo acusaban las apariencias, cuanto que el 
principal motor del alzamiento era un elejido suyo, y que 
le debia favores; pero que en su calidad de alcalde ma- 
yor no pudo soportar mas los actos de tiranía y vio- 
lencia cometidos ante sus ojos. Los ánimos estaban dis- 
puestos á creer fácilmente en la acusación, porque se 



—89-^ 

decia que antes de su salida de Sanlúcar, Colon, en el 
puerto, y casi á la vista de los reyes, probó su carácter 
violento y brutal maltratando á un individuo; ademas el 
haber nombrado á Roldan, que tantas dificultades crea- 
ba á la sazón patentizíaba su impericia administrativa, 
así como su terquedad, su opinión acerca de la esclavi- 
tud de los indios , á pesar de las formales resolucio* 
nes de la rey na. Hacíase, pues, necesario, para remediar 
el mal, nombrar un comisario instructor, majistrado de 
saber que fuera, conforme á los deseos del almirante, 
á hacer justicia, empezando por informar contra los re- 
beldes; que durante sus dilijencias se descubrirían, sin 
duda alguna, las causas del mal, y entonces se conven- 
dría en los medios de curarlo. 

Dióse la reyna á tan sabio parecer. 

Y en verdad que el enviar un juez ilustrado hubie- 
ra sido un beneficio para la colonia, pero desgraciada- 
mente, en lugar de un jurisconsulto como pidió Colon, 
elijieron para majistrado á un militar: el comendador 
don Francisco de Bobadüla, que gozaba de la estimación 
del obispo Fonseca, y de gran crédito en la corte. Sin 
duda fué objetada su incompetencia por Isabel, puesto 
que en lugar de una real provisión, que lo hubiera nom- 
brado alcalde mayor de la isla, no recibió, por el de- 
creto de 21 de Marzo de 1499 mas que una comisión 
especial de informar acerca de las turbulencias sobre- 
venidas en la Española, de proceder contra los que se 
hubieran levantado contra el almirante, de reducirlos á 
prisión,! de secuestrar sus bienes, y de juzgar á los pre- 
sentes ó contumaces, en lo civil y criminal, con todo el 
rigor de las leyes. 

Hasta aquí no presentaba mal aspecto el negocio. 
Pero como importaba mucho á los que querían aniqui- 
lar la autoridad de Colon el convertir esta comisión es- 



1. Comisión al comendador Francisco de Bób&áiWa,— Colección 
•dmUmática. Documentos n? CXXVII. 

12 



—90— 

pecial en título definitivo, y que en último resultado les 
permitiera desposeerlo, después de dos meses de influir 
e intrigar de una manera muy embozada, y durante los 
cuales fueron minando en el ánimo de la reyna el as- 
cendiente que sobre él supo tomar Colon, lograron ha- 
cer admitir la hipótesis de que, si desgraciadamente el 
resultado de las informaciones del comisario rejio pre- 
sentaba la prueba de la incapacidad administrativa del 
almirante, y la justificación ó escusa de la revuelta de 
Roldan, convendría proveer, sin dilación , á tan apre- 
miantes necesidades, y reparar males tan inveterados . 
De suerte que, el nombramiento de Bobadilla para el 
gobierno de las Indias, pareció haber quedado prepara- 
do para el caso en que se juzgara indispensable el re- 
emplazo del virey; y en su consecuencia, el 21 de Ma- 
yo inmediato, se confirió en una real orden al comen- 
dador.i Y temiendo que Colon alegara sus privilejios y 
tratados con la corona de Castilla, que le aseguraban la 
gobernación perpetua de los paises por él descubiertos, 
y procurase hacerlos valer con las fuerzas de que dispo- 
nía, mandóse á él y á sus hermanos, por cédula de igual 
fecha, entregaran á Bobadilla las fortalezas, castillos, 
buques, armas, pertrechos, mantenimientos, caballos, ga- 
nados^ y cuanto hubiera de la pertenencia de SS. AA. 
Mas aunque Isabel hubiese sido insidiosamente im- 
pulsada á suponer posible la eventualidad del relevo de 
Colon, y desde luego á firmar los decretos que eran su 
consecuencia necesaria, no se obtuvo sin emplear para 
ello nuevos esfuerzos, la carta de creencia que se soli- 
citaba para el comendador, carta que autorizaba á Bo- 
badilla para obrar á su antojo, y ponerse de un solo gol- 
pe en posesión del gobierno de las Indias. Cinco dias 
de vacilaciones y de lucha interior transcurrieron antes 
de que las maniobras de don Juan de Fon seca, ocul- 



1. Colección diplomática. Documentos n? CXXVIII. 

2. ídem • ídem n? CXXIX. 



—91— 

tamente secundado por una elevada influencia, arranca- 
ran á la lealtad de Isabel la firma del documento^ que 
abandonaba á Cristóbal Colon á merced del comendador. 
Pero no obstante el asentimiento dado á las pretensio- 
nes administrativas que parecía deber sujerir la pruden- 
cia, la noble reyna no concedió la ampliación del nom- 
bramiento de Bobadilla, y transcurrió mas de un afio 
antes de que permitiera poner en ejecución una medida 
de desconfianza, contra la que protestaba su jeneroso 
corazón; que el afecto de Isabel al grande hombre no 
fué menos firme que constante y pertinaz el odio de sus 
enemigos, y ella se prometia siempre recibir alguna 
nueva favorable que restableciera su crédito. 

Todos los escritores haH afirmado equivocadamente 
que lo que hizo perder la gracia de la reyna á Colon 
fué la llegada de las dos carabelas que traian de la Es- 
pañola los descontentos y criminales, acompañados de 
multitud de esclavos; y este es uno de los muchos er- 
rores de los biógrafos, que procede de la manera super- 
ficial y poco escrupulosa con que se ha tratado en to- 
das épocas la historia del revelador del nuevo mundo. 

Las medidas tomadas contra Colon llevaron las fe- 
chas de 21 de Marzo y 21 y 26 de Mayo de 1499; 
mientras que el arribo de las dos carabelas, cargadas de 
esclavos, no tuvo lugar sino á fines de año, es decir, en 
Diciembre de 1499. De consiguiente, no fué el envió de 
un cargo de hombres el que pudo motivar las disposi- 
ciones concertadas mas de seis meses antes. Y no se 
crea que el hecho de remitir esclavos á Castilla consti- 
tuia una violación de las órdenes de los reyes, que si 
bien estaba prohibido someter á ese yugo á indios dis- 
puestos á convertirse y á los indíjenas pacíficos, era lí- 
cito esclavizar y trasportar á España á los que hubieran 
tomado parte en la muerte de un castellano, como asi- 



1. Cakta de creencia.— De Madrid á 26 de Mayo de 1499. Co- 
Icccion diplomática, n? CXXX. 



—92— 

mismo á los prisioneros cojidos con las armas en la ma- 
no; y ya en 18 de Octubre de 1498 habia Colon remi- 
tido cierto número de prisioneros sin que se le recri- 
minara por ello. 

Cierto es que la reyna, como madre adoptiva de lo& 
indios, era opuesta á toda medida rigorosa que les con- 
cerniese, y que los protejia, y que repugnaba la esclavi- 
tud, tan contraria á la igualdad cristiana; pero no por 
eso desconocía la necesidad de la esclavitud como me- 
dio de intimidación y represión. 

En los momentos en que de las oficinas de Sevilla 
partia un grito de indignación contra el almirante por 
haber permitido á los españoles traer esclavos legales con- 
sigo, previo su libre consentimiento, el protejido del obis- 
po ordenador, Alonso de Ojeda,i verificaba con la mayor 
tranquilidad, á la vista de aquellos tiernos filántropos, 
la venta de los desgraciados indios de Puerto Rico que, 
sin darle lugar á tal estremo, arrebató de sus hogares, 
como verdadero pirata. Durante esta esplosion de vir- 
tud, firmó la reyna, en la misma ciudad, (5 de Junio 
de 1500) con el notario navegante Rodrigo de Bastidas, 
un contrato, por el cual, se reservaba la cuarta parte de 
los esclavos^ que tuviera ocasión de hacer. Ya preceden- 
temente habia mandado S. A. entregar al capitán Juan 
de Lezcano cincuenta indios, escojidos entre los de veinte 
á cuarenta años, para que sirvieran de remeros en las 
galeras;^ y mas tarde, adoptando de un modo franco la 
idea de Colon, autorizó, en decreto del dia 80 de Octu- 
bre de 1503, á sus vasallos de las Indias, á esclavizar 

1. La conducta de Ojeda , impune robador de hombres, era 
tan opuesta á la humanidad, que el capellán de su escuadrilla, no 
pudiendo soportar el espectáculo de sus latrocinios , se huyó y se 
ocultó en los bosques de la Española, hasta que se partieron sus ca- 
rabelas. Herrera. Historia jener al de las Indias occidentales. Dé- 
cada I. lib. IV. cap. IV. 

2. Asiento con Redyrigo de Bastidas. Hejist. del archivo de Ind. 
en Sevilla. 

3. Orden del 13 de Enero de hi9Q.— Suplemento primero d la co- 
lección diplomática, n? XXXIII. 



—93— 

á cuantos caníbales pudieran haber á las manos, con fa- 
cultad de venderlos y comprarlos sin incurrir en falta 
alguna, porque, decia, '^trasladándolos á nuestra tierra, 
y teniéndolos los cristianos á su servicio, con mas faci- 
lidad se convertirán á nuestra santa fe católica/^i Así, 
pues, no debe buscarse la causa de la desgracia de Co- 
lon en la remesa de esclavos de Diciembre de 1499; re- 
mesa que tampoco hizo él, y contra la que tomó pre- 
cauciones. Lo que perdió al virey, fué la ida de Isabel 
á Sevilla. 

Si se esceptua al honrado Francisco de Pinelo, teso- 
rero, á quien su aislamiento condenaba al silencio, en 
Sevilla, todos los funcionarios superiores de la marina y 
de las colonias, apoyados por la burocracia entera, no 
tenían mas que una voz para condenar á el almirante 
de las Indias. Y era tan compacta la acusación, la opi- 
nión publica estaba tan fuertemente pronunciada, y se 
insinuaba y cundía de tal suerte en las relaciones y en 
el personal administrativo, que sofocó la defensa que hu- 
bieran presentado el valiente Ballester y García de Bar- 
rantes. Hasta la reyna concluyó por ceder al número, y 
Eonseca triunfó, quedando Colon condenado sin haber 
sido oido, y juzgado por las declaraciones de sus ene- 
migos. 

Logróse probar á la reyna que el almirante, mofán- 
dose de la libertad de los indios, habia regalado á cada 
castellano uno ó muchos indíjenas libres é inocentes, 
para reducirlos á dinero, vendiéndolos en los mercados 
de Andalucía, lo que indignó de tal manera el alma je- 
nerosa de Isabel que, dicen, esclamó: '''¿Con qué derecho 
dispone así de mis subditos Colon? ¿quién le ha dado 
permiso para liberalidades de semejante especie?'^ Y acto 
continuo hizo pubhcar en Sevilla, Granada y otras ciu- 
dades "que bajo pena de muerte," cuantos habían reci- 



1 . Provisión par'a poder cautivar d los caníbales rebeldes. — A p én " 

DICE A LA COLECCIÓN DIPLOMÁTICA, 11? XVII. 



—94— 

bido esclavos del almirante los devolvieran, para remi- 
tirlos á su patria, encargando al mismo tiempo al guar- 
da de su persona Pedro de Torres,^ y á algunos oficia- 
les mas, de recibir á aquellos desgraciados y enviarlos en 
seguida al comendador Bobadilla para embarcarlos. El 
mayordomo del arzobispo de Toledo tuvo á veintiuno en 
depósito: otros quisieron permanecer con los que los ha- 
bian traido, y particularmente una muchacha, estable- 
cida en la casa de Diego de Escobar, que manifestó su 
voluntad de no salir de Castilla, ni tornar á las Indias.^ 

Se comprende la santa cólera que infundiría á Isa- 
bel la sola idea de semejante violación de los mas sagra- 
dos derechos; pero ¿cómo pudo admitir que fuera cul- 
pable de ellos Colon, cuando habia leido en su alma he- 
roica como en un libro? Su error no puede esplicarse 
sino por la infernal astucia de los enemigos del virey, 
que, sin duda, llevaron su audacia al estremo de confec- 
cionar pruebas palpables del crimen que le imputaban. 

Colon habia dado á cada español que volvia un es- 
clavo para su servicio, escojido entre los legales, esto es, 
entre los que, en virtud del derecho á la sazón estable- 
cido, á consecuencia de haber participado en las matan- 
zas de los cristianos, 6 en las revoluciones, se hallaban 
reducidos ala esclavitud, y en su lugar les habia con- 
cedido las mujeres que se les hubiesen unido con un 
lazo natural. Pero lejos de regalar indios libres á unos 
españoles hacia los cuales no podia tener simpatias, es- 
tipuló terminantemente en el tratado que ratificó en 21 
de Noviembre de 1498, que '^no embarcarían ningún 
esclavo de viva fuerza. " Y distaba tanto de disponer de 
los indios libres para venderlos, que escribia á SS. AA. 
por los buques que trasportaban los esclavos, suplicán- 
doles mandaran quitarlos á los viciosos y rebeldes que 



1. Orden de 20 de Juuio de 1500. — Colección DirLOMÁTiCA- 
Documentos, n. CXXXIV. 

3. Nota al documento n. 131 de la Colección diplomática. 



—95— 

Jos llevaban, como también el oro, en atención á'qne 
los convenios que le habian obligado á firmar eran nu- 
los por haberlos derogado ellos los primeros, y á que 
SS. AA. no estaban comprometidos con &us compromi- 
sos. Así es que, si los colonos traian esclavos libres, era 
en violación de las órdenes del almirante. A pesar de 
esto, se atrevieron á propalar que las ventas de esclavos 
se verificaban en conformidad á sus instrucciones. 

Rodeada Isabel de enemigos de Colon, que ocul- 
taban su mala voluntad bajo las formas mas hipócritas, 
asediada por do quiera, oscureciéronse á su alta pene- 
tración las asechanzas, y á la desgracia sucedió el des- 
afecto, y el reemplazo del virey suspendido durante mas 
de un año, decidióse en definitiva. 

Desde aquel instante nada de cuanto habia pedido 
Colon se le otorgó; y hasta se negaron á enviarle su hijo 
don Diego, cuya compañia deseaba y al que quería ir 
acostumbrando á los negocios y preparando para el go- 
bierno que debia desempeñar un dia, conforme á las ca- 
pitulaciones del 17 de Abril de 1492, firmadas en Santa 
Fe, y al título que se le espidió en Granada el 30 del 
mismo mes y año; que ya se le consideraba como des- 
poseído de su cargo, y se anulaban de hecho los con- 
venios que obligaban para con él á la corona castellana. 

'Violando los privilejios del almirante, concedieron 
los reyes una licencia á Rodrigo de Bastidas para des- 
cubrir en las Indias occidentales; quince días después 
se dio al comendador Alonso Velez de Mendoza otra 
autorización igual, y por su contenido, se observa, que 
los derechos de Cristóbal Guerra y Alonso de Ojeda, 
se pusieron al nivel de los de Cristóbal Colon.^ Reco- 
mendóse espresamente en 30 de Mayo á Bobadilla que 
exijiera el abono por el almirante, de las pagas que re* 
conociera deber ser á su cargo; diéronsele pliegos fir- 



1. Capitulación hecha en el nombre de los señores reyes católicos. 
Colección diplomática, n? CXXXV. 



— ge- 
niados en blanco por los reyes, para que los llenara co- 
mo mejor fuera de su agrado; para su séquito se nom- 
braron veinticinco personas á costa del tesoro, y en ca- 
lidad de escribano á Gómez de Uibera; que en la mente 
de los oficinistas de Sevilla, y con secreto beneplácito 
del rey, estaba ya nombrado gobernador. Los indios se 
pusieron en una pequeña carabela, que llevaba las mu- 
niciones, al cuidado de los frailes franciscanos Juan de 
Trasiera, Juan Francés, y Juan Bermejo, que acompa- 
ñaban al P. Alfonso de Viso, benedictino, y á dos reli- 
jiosos mas. El comendador se instaló a bordo de otra 
carabela llamada La Gorda. A fines de Junio se hicie- 
ron á la mar los dos bajeles con rumbo á la Española. 



CAPITULO VIL 



I. 



Mientras que el almirante, confiando en la sabiduría 
de la reyna y en la justicia de su causa, veia renacer en 
la isla el orden y la tranquilidad, y se ocupaba asidua- 
mente en agrandar la fortaleza de la Concepción, de la 
cual su talento de injeniero hacia un verdadero fuerte 
de primera clase, un Lunes por la mañana, (23 de Agos- 
to,) avistáronse desde Santo Domingo dos carabelas, que 
pugnaban con la brisa de tierra y bordeaban á distan- 
cia de una legua, para ganar la embocadura del Ozama. 

ím ajinando don Diego Colon que aquellas carabelas 
traerían á su sobrino, el hijo mayor del almirante, que 
deseaba mucho su venida, despachó en &eguida en de- 
manda de los buques una embarcación para informarse 
de si en efecto venia á bordo. Acostó la lancha á la 
Gorda, y cuando su patrón preguntó quién era el co- 
mandante, Bobadilla, apoyándose en la borda, respondió 
que él; que se llamaba el comendador don Prancisco de 
Bobadilla;! que en calidad de comisario rejio, llevaba el 
encargo de juzgar á los rebeldes, y que don Diego no 

1. Herrera. Historia jener al de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias Occidentales. Década 1. lib. 1 V . cap. VIII. 

13 



~-98— 

se habia embarcado. Lo cual dicho, tornó á la orilla la 
canoa. 

Estendióse prontamente la noticia y llenó de pavor 
á los antiguos insurrectos. 

Serian las diez de la mañana cuando amainó el vien- 
to, y las dos carabelas entraron en la rada. Apenas an- 
cladas, percibió el comendador á corta distancia dos hor- 
cas con dos cuerpos pendiendo de ellas; no era menester 
mas para justificar en su ánimo las acusaciones de cruel- 
dad lanzadas contra el almirante. Poco tardaron en ir 
(i la Gorda la mayor parte de los funcionarios á presen- 
tar sus homenajes al enviado de los reyes, que decidió 
no saltar en tierra hasta el dia siguiente. 

En efecto, el Martes, acompañado de su séquito y 
del estado mayor, se trasladó directamente á la iglesia, 
donde ya se hallaban don Diego Colon y Eodrigo Pérez, 
repuesto en su cargo de teniente de alcalde desde la 
deserción de Pedro Riquelme. Al concluirse la misa, en 
la sriisma puerta del templo, hizo Bobadilla que, ante 
ílon Diego y demás asistentes, leyera Gómez de Ribera, 
el real mandato en que se le conferia la comisión de in- 
formar acerca de las turbulencias que habian tenido lu- 
gar en" la isla. Y al terminarse esta requirió á Colon y 
á Ptodrigo Pérez, don Francisco, en virtud de los pode- 
res que ya conocian, para que le entregaran los presos 
detenidos en la ciudadela, entre otros á Fernando de 
Guevara, Pedro Riquelme y tres mas que se decia es- 
taban condenados á la última pena. 

Contestóle don Diego que el virey tenia provisiones 
y títulos superiores á su comisión, como se lo probaria 
en tiempo y lugar oportunos; que en su ausencia no po- 
dia él obedecer á semejante requisitoria; y le suplicó le 
facilitara copia de sus títulos para espedirla á el almi- 
rante, d(3 quien todo dependia en aquella tierra. A esto 
dijo Bobadilla que, puesto que no tenia ninguna facul- 
tad de obrar, era inútil entregarle la copia que pedia, y 
que no tardaría mucho en hacer valer otra autoridad 



—99— 

que la de juez, porque tenia derecho de mandar á to- 
dos, hasta al mismo almirante. 

El Miércoles por la mañana, al salir de misa, se de- 
tuvo de nuevo francisco de Bobadilla en el umbral del 
templo y mandó leer al escribano Ribera la real orden 
de 21 de Mayo de 1499, que le conferia el gobierno y 
judicatura de las islas y tierra firme de las Indias, y pres- 
cribia á todos los subditos reconocimiento y obediencia. 
En seguida prestó el nuevo gobernador el juramento de 
costumbre; é intimó á don Diego y á Rodrigo Pérez pu- 
sieran en sus manos á los prisioneros; mas estos le con- 
testaron que si bien acatarian cuantas disposiciones to- 
mara en nombre de los reyes, en ausencia del almirante 
nada podian hacer sin las instrucciones de quien su tí- 
tulo de virey habia investido de poderes perpetuos y su- 
periores á los suyos. 

Pero, como la mayor parte de los concurrentes, los 
empleados sobre todo, dieran muestras de participar de 
esta confianza, y no creer sin reserva en los títulos que 
iban publicados, impuso silencio Bobadilla é liizo leer 
al escribano la orden de SS. AA. firmada en igual fe- 
cha, y que prescribía á el almirante y á sus hermanos, 
así como á cuantos dependieran de su autoridad, le en- 
tregasen las fortalezas, castillos, almacenes públicos, ar- 
mas, provisiones, caballos, rebaños y todo lo que perte- 
iieciese á la corona. Una disposición tan imperiosa pare- 
ció empezar á someterle el auditorio, y él, con el ob- 
jeto de atraerse en seguida la benevolencia del pueblo, 
añadió que tenia otra publicación mas que hacer. 

La multitud escuchaba con estmordinaria curiosidad! 

Entonces, el escribano leyó la cédula entregada por 
los reyes al comendador el 30 de Mayo precedente, para 
que, en su vista, averiguase las sumas que resultara en 
deber el almirante y le obligara á pagarlas, y como 
la mayor parte de los oyentes eran acreedores, escitó 
la nueva el mayor contento, y concilio los ánimos en fa- 
vor del enviado. A la sazón, contando ya con el apoyo 



—100— 

de la multitud, intimó á Colon y á Pérez la entrega de 
los presos, con las piezas de sus causas respectivas, di- 
ciendo por conclusión que si de buen grado no se le da- 
ban sabria tomarlos á la fuerza. 

Don Diego, por toda respuesta, repitió lo que de 
antemano habia dicho, y al oirlo Bobadilla se dirijió con 
aire marcial á la fortaleza, escoltado por los suyos y 
acompañado de la demás jente. Tenia el castillo por al- 
caide á Miguel Diaz, el caballero aragonés que, en otro 
tiempo al servicio de don Bartolomé, hubo de fugarse 
á consecuencia de cierto duelo á la usanza catalana, y 
que conquistó el corazón de la cacica Catalina, que le 
reveló la existencia de criaderos auríferos en las raárje- 
nes del Ozama. Conociendo Diaz las intenciones del co- 
mendador redoblaba su vijilancia, así es que á su llega- 
da al pie de los muros, las puertas estaban cerradas y 
él en persona en el adarve. Bobadilla, luego de haber 
hecho repetir la lectura de sus poderes, intimó al caste- 
llano la entrega de los prisioneros; mas como á la de- 
manda que este le hizo de examinarlos y exijirle copia, 
contestara el comendador que no quería contemporizar 
por evitar un ajusticiamiento, y que le pusiera en pose- 
sión de los presos, replicóle Diaz que siendo alcaide por 
el almirante que había conquistado aquellas islas, aguar- 
daria sus instrucciones. Tal firmeza no dejó al comisa- 
rio la menor esperanza de seducirlo, y se retiró por lo 
pronto para preparar el ataque del castillo. 

Dispuso al efecto que desembarcaran los marineros 
de las dos carabelas, los unió á los veinticinco hombres 
que traia consigo, juntó en un instante á los militares 
esparcidos en la ciudad, convocó á los quejosos de Colon, 
y seguido de este grueso de malcontentos, vino á poner 
sitio á la fortaleza, que no tenia de fuerte mas que el 
nombre. Formó sus columnas de ataque bajo el cañón 
de la muralla que permaneció mudo, y dio denodada- 
mente la orden de atacar. 

La primera compañía que se lanzó de una manera 



—101— 

vigorosa sobre la puerta principal, la imprimió tan recia 
sacudida que desgonzada, tronchados sus cerrojos, sal- 
tada su cerradura, cedió y dejó franco el paso, mientras 
que por otra parte se ponian escalas y se comenzaba im 
inútil asalto, puesto que ya habia entrada libre. Duran- 
te este simulacro solo dos hombres se presentaron en el 
adarve, espada en mano, dispuestos á la pelea: el cas- 
tellano y Diego de Alvarado, secretario del almirante. 
Entró en la cindadela el gobernador con gran estrépito, 
y en el mismo punto mandó que los prisioneros que 
se habian hallado encerrados en una sala, con grillos, se 
le trajeran, y previo un sucinto interrogatorio, sin que 
constara por escrito, los encargó á la vijilancia del al- 
guacil Juan de Espinosa. 

De allí corrió á emprender una conquista mas fácil 
aun; la de la propia casa del virey, que ya no habia 
menester de ella, decia, porque iba á enviarlo á España 
con sus hermanos, cargados de cadenas.^ Tomó posesión 
de todo el menaje, regalo personal de Isabel; se apode- 
ró de la vajilla, de la ropa blanca, de los caballos, de los 
vestidos, armas, perlas y joyas; cojió cuanto numerario 
habia y cuanto metal aurífero encontró en lingotes ó 
polvo, sin testigos, ni comprobación, ni inventario; hizo 
desaparecer pepitas de oro preciosas, muestras de ob- 
jetos raros, que el almirante reservaba para presentar á 
SS. AA., granos de singular tamaño, parecidos á hue- 
vos de ánades, y una cadena de oro de veinte marcos 
de peso. Las curiosidades ele mineralojia, las conchas y 
caracoles estraños, las colecciones de vejetales que en 
fuerza de su perseverancia habia reunido en sus viajes, 
los idolillos, los recuerdos relijiosos que recibiera, todo 
fué saqueado por el avaro y brutal comisario; y hasta 
las notas y observaciones debidas á su sagacidad, los 
cálculos de su fecundo injenio, sus cartas, sus apuntes 

1. Cristóbal Colon. — "Y publicó que á mime habia de enviar en 
fierros, y ámis hermanos." — Carta del almirante al ama del prín- 
cipe DON JUAN. 






—102- 

científicos,^ los desahogos de su piedad, las mas íntimas 
confidencias de su corazón sublime, las escudriñó y man- 
cho con su vista el calumniador Bobadilla. Confiscó cual 
lejitimos despojos los secretos del jenio, y arrancó de los 
legajos pertenecientes á la administración cuantas prue- 
bas hubieran bastado para confundir á los delatores de 
Colon.2 

Y, al mismo tiempo, el nuevo gobernador, para inau- 
gurar su toma de posesión con un golpe que deslum- 
brase, hizo publicar el permiso concedido por veinte años 
á todos los habitantes de la isla para esplotar las minas 
de oro. Y en lugar de mantener la tercera parte de los 
productos en favor de la corona, como Colon, redujo á 
la undécima los derechos del tesoro. De esta manera, 
con su primera medida, si bien se aseguraba una gran 
popularidad, cercenaba en machos millones las rentas de 
la colonia; y al crear la fortuna de algunos particulares, 
echaba sobre Castilla una pesada carga. 



II. 



Así las cosas, un mensajero de don Diego Colon 
sorprendió al almirante en medio de las sólidas fortifica- 



1. Herrera. Ilistoriajeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Decada 1. lib. IV. cap. IX. 

2. Cristóbal Colon. — "Y aquellas que mas me liabian de aprove- 
char en mi disculpa, esas tenia mas ocultas." — Carta del almirante 
al ama del príncipe don Juan. 



—103- 

ciones que levantaba en la Concepción. Pero como en 
las primeras noticias todo estaba confuso y oscuro, pen- 
só Colon al pronto que aquel enviado de que le habla- 
ban, infatuado con sus poderes, como Juan de Aguado, 
los exajeraba; y no hallando en su conciencia nada que 
motivara tanto rigor de parte de los reyes, faltóle poco, 
para creer que Bobadilla habia falsificado los documen- 
tos que ostentaba para imponer á los crédulos, y á seme- 
janza de Ojeda, volver á encender un fuego que tanto 
costó sofocar. No obstante, con el objeto de estar mas 
inmediato al teatro de los sucesos y mejor informado 
de los asuntos de Santo Domingo, se dirijió á Bonao, 
que por dias iba creciendo en importancia. Allí supo 
mas pormenores y en su consecuencia, escribió á Boba- 
dilla felicitándolo por su llegada á la isla, é invitándolo 
ano tomar medidas importantes sin haber estudiado las 
localidades; y le indicaba que deseoso como estaba de 
trasladarse á Castilla, pondria presto en sus manos las 
riendas del gobierno, y le facilitarla cuantos datos y an- 
tecedentes pudiera necesitar. El comendador no se dig- 
nó contestarle, y permaneció en el silencio de quien odia 
ó desprecia al enemigo vencido. Mas en desquite, feli- 
citó al antiguo rebelde Roldan, y le remitió un despacho 
confirmándolo en su cargo de alcalde mayor. Muchos 
de los principales cómplices de la rebelión, contra los 
cuales mandaba proceder la cédala del 21 de Mayo de 
1499, recibieron también empleos, cuyos nombramien- 
tos iban estendidos en los pliegos que firmaron en blan- 
co los reyes. 

Transcurrieron algunos dias y Bonao vio llegar á un 
alcalde, enviado por el nuevo gobernador, que publicó 
la ampliación de sus poderes y ordenó á los habitantes 
le prestaran obediencia. Lo que no bien fué oido por 
el almirante, protestó en su presencia, diciendo que sus 
títulos de virey y de gobernador perpetuo no podían 
quedar anulados por las provisiones dadas á Bobadilla, 
y que el nombramiento del comisario rejio solo era valí- 



—104— 

do para la administración de justicia, y requirió á los 
concurrentes para que continuaran prestándole obedien- 
cia en lo sucesivo como hasta entonces. 

Sin embargo, si bien el comendador' se habia apo- 
derado de una manera pirática de la casa del virey y de 
cuanto contenia, no estaba del todo tranquilo, en razón 
á que el almirante contaba con oficiales decididos, ejer- 
cia gran influjo sobre los caciques, su hermano don Bar- 
tolomé se hallaba en Jaragua al frente de soldados fie- 
les, y corria la voz en Santo Domingo de que Colon iba 
á verificar un movimiento jeneral en la isla. Y como en 
virtud de sus capitulaciones con la soberana católica era 
virey y gobernador jeneral perpetuo de las Indias, y 
ninguna orden podia buenamente destruir sus privile- 
jios, y tenia derecho de sostenerse por la fuerza de las 
armas, temeroso Bobadilla de que Colon rechazase con la 
punta de la espada la cédula espedida por la ingratitud 
de Fernando y el error de Isabel, juzgó prudente em- 
plear medios de persuasión y dulzura para enderezarle 
á su propósito. 

Conocidas la piedad de Colon y el afecto con que 
miraba la orden de San Francisco, imajinó el comenda- 
dor que el mejor medianero para el caso seria un fran- 
ciscano, y en su consecuencia, suplicó el 7 de Setiembre 
al P. Juan de Trasiera,! que vino encargado, por dispo- 
sición de la reyna, de los indios devueltos á la Españo- 
la, se dirijiera á Bonao en busca suya, le notificase su 
desgracia, y le mostrase la carta de creencia dada á él 
por SS. AA. No pudo el sacerdote rehusar tan triste 
cometido; partió, y apenas llegado, refirió al virey lo su- 
cedido en Sevilla, y lo que acababa de pasar en Santo 
Domingo; y para convencerlo de la realidad de los he- 
chos, que mas parecían una penosa pesadilla, le hizo ver 



1. "Per un Fra Giovanni della serra á 7 di Setiembre gli mando 
una regal lettera." — Fernando Colombo, Vita delV Ammiraglio, cap. 
LXXXV. 



lu carta, cuyo terrible laconismo disipábala incertidum- 
bre y ahorraba las esplicaciones. 

Era este su siniestro contenido: 

'^Don Cristóbal Colon, nuestro almirante de la mar 
océana; hemos encargado al comendador Francisco de 
Bobadilla, portador de la presente, de deciros de parte 
nuestra ciertas cosas de que está comisionado, y os pe- 
dimos le deis entero crédito, y obréis en su confor- 
midad/' 

El papel traia la firma del rey y de la rey na, y la 
contrafirma del secretario Miguel Pérez de Almazan.i 
No habia nada que dudar, los reyes rompian los conve- 
nios hechos con él, violaban su palabra, su firma, y dis- 
ponian de cargos y privilejios que eran propiedad suya, 
que pertenecían á su descendencia. SS. AA. lo casti- 
gaban así antes de informarse, antes de permitirle la 
menor justificación, contra todas las reglas del decoro, 
contra razón, contra equidad, y sin la mas leve sombra 
de falta por su parte. En los primeros instantes, en pre- 
sencia de tamaña iniquidad, que hubiera bastado para 
dar al traste con la razón de cualquier otro mortal, que- 
dó Colon sumido en un abismo de tristeza, y cubrióse 
su rostro de rubor, se avergonzó por sus reyes; pero, si 
los soberanos sofocaban la voz del agradecimiento, si ol- 
vidaban sus promesas y violaban su palabra, él, respe- 
taba sus juramentos. Resolvió, pues, no quebrantar la 
obediencia y dar cristianamente el ejemplo de la sumi- 
sión y respeto á la autoridad, aun siendo injusta. Lo 
que le oprimía el corazón, era que aquella Isabel tan 
grande, tan jenerosa, tan pura, tan sublime siempre, se 
hubiera dejado sorprender por los enemigos de su glo- 
ria; y mas sufria por ella que por sí. 

Colon, con el objeto de no escitar la soberbia del 
nuevo gobernador, tomó el camino de Santo Domingo 



1. Colección diplomática.- Documentos, n. CXXX- 

14 



—106— 

á caballo, sin escolta, y casi sin criados,! sin mas tahalí 
que el cordón de San Francisco, ni mas armas que su 
breviario, y de esta manera, entre las oraciones, la poe- 
sía de los salmos y la contemplación de la naturaleza 
equinoccial, plenamente resignado á la voluntad de su di- 
vino maestro fué al encuentro de su enemigo el precur- 
sor del Evanjelio en el nuevo mundo. Apenas advirtie- 
ron á Bobadilla de su proximidad, mandó prender á su 
hermano don Die^o y encerrarlo en una carabela, con 
grillos, sin decirle la causa, ni menos observar la mas 
trivial forma de justicia. Y cuando llegó don Cristóbal 
para saludarlo, rehusando este su visita, hizo hacer con 
él lo propio que con don Diego, y aprisionarlo en la for- 
taleza con hierros en los pies. No puso resistencia el al- 
mirante y siguió humilde á los satélites de Bobadilla 
que lo conduelan al castillo. Mas al tratarse de trabar 
con grillos aquellos pies que hablan conducido á Casti- 
lla á la conquista del nuevo mundo, todos los corazones 
se indignaron; entre los oficiales y guardas del goberna- 
dor, ninguno se sintió con fuerzas para obedecer medida 
tan abominable; el dolor comprimido ahogaba la voz en 
las gargantas de los testigos, que maldecían en sus aden- 
tros su servil y abyecta obediencia; la serenidad y repo- 
so del héroe infundía doloroso respeto, y las cadenas, 
aunque traídas á su presencia, yacian sobre el suelo, 
sin que nadie osara tocarlas; que ante ultraje tal, hasta 
los mismos carceleros retrocedían, como ante la idea de 
una profanación, de un sacrilejio. Las bárbaras órdenes 
del gobernador no podian, pues, llevarse á efecto, cuan- 
do vino á ofrecerse alegremente para consumar esta in- 
famia, no un satélite del comendador, ó un indio estú- 
pido ó rencoroso, sino un criado de la casa del almi- 
rante, su propio cocinero, que echó sobre su nombre 
un sello de infamia al martillear sonriendo y con impú- 



1. "Y luego partí asi como le dije muy solo." — Cristóbal Colon. 
Carta del almirante al ama del principe don Juan. 



—107— 

dica presteza las cadenas de su amo. Las Casas lo cono- 
cia, y se llamaba Espinosa. ^ 

No supo el almirante mejor que su hemiano don 
Diego la causa de su mal tratamiento. Teníasele inco- 
municado de una manera muy rigorosa, nadie podia verlo 
ni hablarle, y solo Bobadilla le envió quien le dijera es- 
cribiese á su hermano el adelantado avisándole se guar- 
dara de hacer ajusticiará los condenados á muerte, que 
existian en su poder, en una prisión subterránea en Ja- 
ragua, y prescribiéndole volver sin tropa á Santo Do- 
mingo. Vino Colon en ello; exhortó á don Bartolomé 
á someterse dócilmente á las órdenes dadas en nombre 
de los reyes, le instó á que no atormentara su imajina- 
cion buscando el motivo de su prisión, y le aseguró que 
volverían juntos á Castilla y que una vez allí, se repara- 
ría el mal inferido. Como siempre el adelantado, lleno de 
deferencia á los deseos del almirante, dimitió su coman- 
dancia y tomó el camino de Santo Domingo. Apenas 
entrado en la población se le pusieron grillos y se le re- 
legó á otra carabela; y así quedaron los tres hermanos 
aislados, sin saber uno de otro, incomunicados, y en la 
mas completa desnudez. 

El almirante no tenia mas que las lijeras ropas que 
vestía en el momento en que lo arrestaron; que Boba- 
dilla se había apoderado de todos sus vestidos, incluso 
su sayo.2 De suerte que le fué menester sufrir casi '^des- 
nudo en cuerpo'^ y sobre el banco de piedra de su ca- 
labozo el frío de las noches, los dolores del rehumatis- 
mo y las punzadas de la gota. Su ahmento se componía 
de desperdicios, y en verdad que para que un marino 

1. Las Casas. Historia de las Indias: lib. 1. cap. CVIII. Ms. 

2. Cristóbal Colon. Carta á los reyes católicos en Jamaica el 7 i}e 
Julio de 1503.— El sayo es una especie de sobretodo muy largo, sin 
botones ni ojales, que baja basta media pierna, y constituye el traje 
particular de los campesinos españoles. Esta sola palabra, sayo, parece 
una nueva prueba de la humildad del almirante y de su vestido, y 
manifiesta que, cuando no llevaba el hábito franciscano, procuraba 
cubrirse con prendas que se le asemejaran por la forma y el color. 



—108— 

enoaiiecido en el mar y habituado á las privaciones se 
quejara de su ración, debiaser esta bien nauseabunda.* 
Mientras que Colon sufría ''muy malos tratamien- 
tos/''! sin saber aun de qué crímenes se le acusaba, con- 
cluyo Bobadilla por donde hubiera debido comenzar al 
poner la planta en la Española: abrió una sumaria so- 
bre las turbulencias que habian estallado en la isla.2 
Pero, en lugar de reducir á prisión, según las órdenes 
de la reyna, á los que se habian sublevado contra el al- 
mirante y sus hermanos, invirtiendo el sentido de sus 
instrucciones, llamó á todos los rebeldes, los facciosos, 
los criminales y reos que habia puesto en libertad, para 
que declarasen contra él, el adelantado y hasta el pací- 
fico don Diego. Gon la convocación de aquellos hom- 
bres sin fe, se disipó el involuntario interés que habia 
escitado el atropello cometido en la persona del virey; 
y todos los que su penetración y amor á la justicia tur- 
bó en sus rapiñas, conducta licenciosa, tiranía contra los 
indios ó malversaciones, comenzaron á formular sus que- 
jas. Hubo emulación en el odio y porfía en disfamar. Se- 
ñalóse por su impudencia el director del hospital, Die- 
go Ortiz, quien, como Colon en su solicitud por los en- 
fermos, vijilaba la calidad de los víveres, de los medica- 
mentos, empleo del material y de los abastos, y hacia 

* ¡Qué prueba tan dolorosa de la falacia, y de la ruindad de su 
corazón ofreció el rey católico en esta circunstancia! ¡Qué mancha tan 
negra echó con sus propias manos sobre su inmerecido renombre de 
grande con este solo hecho! Porque, no hay que dudarlo, él fué el ins- 

Íirador del atropello. Y así como, incitado por la envidia relegó á 
jojá al gran capitán déla época, al inmortal Gonzalo de Córdoba, que 
puso en sus sienes la hermosa corona de Ñapóles, descendió de su tro- 
no para dar la mano á hombres indignos como el obispo Fonseca, y 
constituirse en ájente de sus arteros proyectos, para liundir á Colon áT 
todo trance, aunque siempre recatándose de una manera astuta, encu- 
bierta y tenebrosa como su corazón. Pero ya á los principios de este 
libro dijimos que fué uno de sus achaques pagar en moneda falsa á 
aquellos de sus vasallos que merecían premios de mas valia. 

N. del T. 

1. Palabras^ de Cristóbal Colon, "desnudo en cuerpo; con muy 
mal tratamienlo."— C/íff/Vo ?/ último viaje de Colon-. 

2. Femando CíjIoii. ]'iía dcll' Anuiiirac//io, cap. LXXXVI. 



—109— 

comprobar las cuentas, no satisfecho con los pasquines 
injuriosos que fijaba en las esquinas de Santo Domingo 
redactó un libelo contra el almirante, y leyó en público 
las venenosas elucubraciones de su animosidad. 

La orijinalidad de su sátira mordaz, y tal vez la au- 
dacia de sus calumnias; pero principalmente la disposi- 
ción de su auditorio, le merecieron jeneral aplauso. Acon- 
teció lo que suele en casos análogos; el buen éxito en- i 
jendró rivales, y á poco, cada uno fué llegando con una 
obra parecida. Regocijóse de ello en gran manera el co- 
mendador, que así conseguia, con el solo curso de los 
sucesos, estender contra el virey las mas negras y tene- 
brosas acusaciones, mientras este, en su pureza é inte- 
gridad, ni sospechaba que aun en el infierno^ se forja- 
ran parecidas. Con un poco menos de prevención y de 
familiaridad con la mentira, hubieran reconocido los 
calumniadores que, á fuerza de exajerar, se hablan 
apartado de su propósito; pero cuando la vista se turba 
en un acceso de cólera, ni calcula distancias ni mide 
proporciones. Hubieran creido los partidarios del réji- 
men de Bobadilla que su triunfo era incompleto si no 
lo presenciaban los Colones, y guiados por la pasión acu- 
dían á dar rienda suelta á su alegría á los adarves de 
la fortaleza en que estaba preso el virey, y á tocar trom- 
pas, clarines y timbales en torno de las carabelas en que 
se hallaban encadenados sus hermanos.^ 

Entretanto, el procedimiento contra los Colones, pro- 
seguía; todos se ocupaban de sus iniquidades, iniquida- 
des que los acusados ignoraban, así como el motivo 
de su prisión, pues no se les liabia comunicado nin- 
gún auto, y continuaban como el primer dia; que el go- 
bernador habia prohibido bajo pena de la vida hablar ^ 
con ellos. 



1 . Cristóbal Colon. — "Que al infierno nunca se supo de las seme- 
jantes"." — Carta del almiranle al ama del prhuñpe don Juan. 
•^. reinando Colon. V/\'a dell' Ainmira,qlio, i-ap. JJÍXXVl' 



— lio— 

Cuando hubo parecido que la sumaria cOntenia con- 
tra los Colones pruebas suficientes de todo linaje de 
crímenes, salvo la menor falta contra la castidad, re- 
solvió Bobadilla enviarlos al obispo Ponseca ó á su ami- 
go Gonzalo Gómez Cervantes, de Cádiz. Y para garan- 
tizarse de la estricta ejecución de sus mandatos, elijió 
un joven oficial, llamado Alonso de Vallejo, venido con 
• él de España, sobrino de Cervantes, y protejido y fami- 
liar del ordenador de la marina, en cuya casa se habia 
criado.^ 

Siniestras y lúgubres imajinaciones inquietaban la 
mente del virey, porque á no dudarlo, aquel desprecio 
á las fórmulas judiciales, aquel rigoroso secreto, aquel 
tratamiento inhumano, eran de tan funesto augurio que 
no se atrevia á preveer cuál seria el desenlace del aten- 
tado cometido con su persona. Y por esa razón en el 
momento en que, sumido en las tinieblas de su silencio- 
so calabozo, percibió ruido de pisadas y de armas, no 
dudó de que llegaban para asesinarlo ó conducirlo al 
patíbulo, y al reconocer en el que marchaba al frente 
del piquete á un favorito del obispo, á Vallejo, á quien 
habia visto en Sevilla, creyó que su hora postrera iba á 
sonar, y le dijo con tristeza: "A dónde me llevas? Vallejo. 
A bordo de líf Gorda que va á zarpar, voy á conducir 
a su señoría, le contestó el marino; pero dudando Co- 
lon todavía y temiendo que por un resto de humanidad 
lo engañase el oficial, le replicó; Vallejo, ¿es verdad lo 
que me dices? Y Vallejo que á pesar de sus protectores, 
era un cumplido caballero, le respondió: Juro á su seño- 
ría, por su vida, que lo llevo á la carabela para embar- 
carse. "2 El acento de franqueza del oficial tranquilizó al 
virey, que se sintió aliviado de un peso enorme, pues ya 
se le habían humedecido los ojos de dolor, temiendo ser 



1. Herrera. Hisioriajeneral de los viajes y conquistas délos Cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Decada 1. lib. IV. cap. X. 

3. Las Cas'ds. Historia de las Indias, lib. I. cap. CLXXX. Ms. 



—111— 

ejecutado, como habia sido aprisionado, es decir, sin pro- 
cedimiento, sin ser oido, y legar así luego á sus hijos el 
oprobio que de ello hubiera resultado, y con el que ha- 
brían salpicado de cieno su memoria sus enemigos. 

Quedó Colon instalado á bordo de la Gorda con sus 
dos hermanos, todos con grillos. 

La voluminosa sumaria formada contra ellos, se con- 
fió á principios de Octubre al cuidado de Algiso de Va- 
llejo, capitán, y de Andrés Martin, maestre de la cara- 
bela, la cu-al levó anclas y dio las velas al viento en se- 
guida.. 

No obstante que Vallejo, como sobrino de Cervantes 
y protejido de Fonseca, poseia la completa confianza del 
comendador, era en el fondo un hombre de honor, se- 
gún Las Casas, que lo conocía con intimidad y lo repu- 
taba muy su. amigo. Dotado, pues, don Alonso, de sen- 
timientos hidalgos, sufria interiormente de ver tan mal 
parado al maestro de todos los navegantes, al vencedor 
de la mar Tenebrosa, cuya dulce y tranquila dignidad, 
en medio de tantos sinsabores, bastaba para desmentir 
las odiosas imputaciones lanzadas contra su gloria desde 
algunas semanas hacia. El maestre de la Goieda, el viejo 
marino Andrés Martin, participaba en silencio de las 
mismas simpatías de su joven capitán. Así es que, ape- 
nas se perdió de vista el puerto, se acercaron ambos res- 
petuosamente á el almirante, suplicándole les permitiera 
desembarazarle de los grillos;! pero Colon, que no se 
avergonzaba de llevarlos por sí, sino por sus reyes, en- 
grandecido por la injusticia y purificado por la persecu- 
ción, rehusó el alivio que ofrecian á sus males; que no 
quería, ni aun á tal distancia, en la libertad del Océano 
y bajo la responsabilidad del capitán, contravenir las ór- 
denes de un apoderado de sus monarcas. Y sin embar- 
go de la sujeción penosa, de las molestias y de los su- 

1. "Quantumque poi in mare.... volesse trarre i ferri ali' Ammira- 
glio, á che egli non consentí mai...." — Fernando Colombo, Vita, 
delV Ammiraglio, cap. LXXXVI. 



—112— 

frimientos que ocasionaban á sus miembros doloridos 
aquellas pesadas cadenas, las conservó, no reconociendo 
^no en los reyes, puesto que en su nombre se le habían 
remachado, la facultad de limarlas. 

El discípulo del Evanjelio no profirió una queja, ni 
pronunció una palabra de amargura, ni menos formuló 
protesta contra la violencia que con él se ejercía, y lo in- 
digno é infame de los tratos á que lo sometían, sino ca- 
lló, porque con su silencio quiso dar ejemplo de obedien- 
cia cristiana á la autoridad lejítima, aun en el caso de 
que proceda de una manera equivocada ó abusiva. Mas, 
si bien no dirijió ninguna representación á los sobera- 
nos, referente á las malas artes de que era víctima, des- 
ahogó al menos su corazón en una carta a la virtuosa 
amiga de la reyna, doña Juana de la Torre, nodriza que 
había sido del infante don Juan. 

Para evitar un yerro histórico, creemos oportuno es- 
plícar aquí de qué modo se halló esta doña Juana real 
y verdaderamente nodriza del príncipe de Asturias, en- 
tonces, cuando el título de ama, tan eminente y envi- 
diado por la grandeza, pertenecía de derecho á la mas 
noble y dietínguída de las mujeres del rey no. 

Debiendo la educación comenzar en la cuna, porque 
jeneralmente las primeras impresiones influyen sobre el 
resto de la vida, estaba admitido en España que la mu- 
jer mas inmediata á la reyna por la antigüedad de su 
linaje, lustre ;de su rango é ilustración y virtud diera 
el primer alimento y tuviera los primeros cuidados con 
el heredero de la corona. 

Así, pues, cuando el Martes 30 de Junio de 1478, 
nació en Sevilla el infante don Juan, el primer acto 
de la reyna Isabel fué nombrar oficialmente para nodri- 
za á la mas noble matrona de las Españas,i esposa del 

1. "La cual declaró luego aya del príncipe, que llaman comun- 
mente ama, (durando este estdo antiguo) á doña María de G-uzman." 
Ortiz de Zúñiga. Anales eclesiásticos y seculares de la muy nohle y 
mny leal ciudad de Sevilla, lib. XII, año 1478. :i TI. p. 383. 



—lis- 
ilustre Pedro de Ayala, y tia de don Juan de Guzman, 
heredero del ducado de Medina Sidouia. 

Descendia doña Maria de ese antiguo tronco de 
los Guzmánes que timbró sus proezas de la edad me- 
dia, con la gloria de dar á la Iglesia en Santo Domin- 
go el campeón de la valiente milicia de la orden de 
predicadores, y que en nuestros días ha dotado á la 
Francia con un tipo tan seductor como inimitable de 
las gracias soberanas, en la persona de su majestad la 
emperatriz Eujenia. 

Lo mismo que la nodriza del príncipe, la dama de* 
signada para madrina del rejio vastago era oriunda de 
las mas poderosas casas de Castilla, pues en ocasión de 
acristianar á don Juan, de quien iban á ser padrinos su 
santidad el papa, el rey de Francia, la república de Ve- 
necia y el reyno castellano representados por el nuncio 
apostólico, el conde de Beauniont, el plenipotenciario 
de Venecia y el gran condestable don Pedro Fernandez 
de Velasco, no se halló en la nobleza de ambos reynos., 
otra señora posible para tan honroso cargo que doña 
Leonor de Ribera y Mendoza, duquesa de Medina Sido- 
nia^ igualmente unida por la sangre de sus abuelos í 
doña Eujenia de Montijo, condesa de Teba y empera- 
triz de los franceses. 

Evidentemente, en su elevada posición, con sus obli- 
gaciones y reales entroncamientos, no podia la nodriza 
sujetarse con regularidad á los deberes de su cometido, 
y al aceptar las prerogativas y privilejios anexos á él lo 
hizo para devolver en esplendor lo que recibia en hon- 
ra. Y apenas hubo cumplido con las exijencias de la eti- 
queta, y probado su deferencia y respeto á la suprema 
autoridad, realzando con su presencia las grandes so- 
lemnidades que con motivo de tan fausto suceso tuvie- 

1. "Pueron padrinos el Nuncio del Pontífice, el embajador de 
Venecia, el condestable don Pedro de Velasco, el conde de Beaumont, 
y madrina sola, la duquesa de Medina Sidonia, doña Leonor de Ri- 
bera y Mendoza."— Andrés Bernaldez. Histona de los reyei (xttálicos'. 

15 



&^'MgQr:Mm%'^' Propia corié,'á site'tííi!i(llid^-(9iá 
s^is castillos. HiáKááe', ^üe§;^lieébsái^b;^ate|)iiésí d^rii^/i^i 
"oñc&l-S^'ltóitópba/ÜBa'qué Ib'fué^^ La 

"M^'^^ íiibráiés •rés'^tóridiíííl 'de'la^ 

%ribi4.^^^^ herrííaña' dé su secreta- 

^^Téíl^ y^ dé^Mtonio 'dé'ídi*t;es;^llevád(iypcir 

el 'álmMtite a la Espátibla én ¿ti segundo viaje, íiié'lk 
favorecida , por Isabel /¿? católica para sustituirla' en-' % 
;^it|íí'Mi(Sdaií 'qü&'énvídt^^^ 'amistad dé dofia! Jua- 
'j¡ÍsiW Ilizo mas adelante indispensable para la-'^épíá, 
'qitó'bolmo de favores á ella y ^ á siíis hijbs.^ . ';'^í ^''^ 

■V^^lia elevación -dé áíiiiiip y 'la jiiedad dé^dbn 
"y puede también que su amor á' k liáttííafe^í'^éf le- 
ntecieron la afjectuosii simpatía ,y lá''tíofifiáii*y'd'é (I)5l'étt. 
TF^''é^ti^tóüyc('¿n' su noticia; primero; til '^idgutefefeclti - 

^fttí^'^s^i-aMíd^^^ W^^émál^'''^ ^^ i ^'^^^"^'^ ^^^• 
,.80íivo'£ ¡^ouíiiii 'A) jjxüiíioií iii w) uümi qs oíí .oogfifsV sb • 

fiflob 6ijp o-o'im ogQ'iííóíí ííiií xrííiíj oídiaoq fi-roñog mió 

-obí8 ijfííbííM ob msupnb jiRobnolAvínedíH ob 'lonosJ 

ii eobíJÓH '¿u'¿ ob 07^fí/j8 n[ -loq í^bmu oíaomíojj'ot ^mi 

-fí'ísqífío Y /jdsT ob xiasbnoa .oiiíüoM 9b,BÍfi9Ííja\fíob 

.«asooíffi'ñ 80Í sb sixt 

-iído ?Aí^ ffoo jioí0í8oq ñbñi^M?. nh ,9Ínom9.ta3bÍ7S 

lísi'iboff /][ BÍboq ofí ,?íOÍíí6ímnoííoTÍíío gaÍBS'i y gaíioiofíg 

^obrJSíííoo rj?í ab g9í9d3b '^o[ h bíibhñbi'oo'i rioo 98ifiÍ9ÍJT8 

oí lü /i 80X9ffR eoii'jíívi'fq y^ gfiYÍÍG'go'i'yíq ^d 'Mqsofi li? y 

-noíf íío tóídíooT oííp oí 'fobfíofqgo m '[0YÍoY9b íi'íjjq ojírrí 

-iio ni oj) wifonoiizo í-ijí m.)v ohiíqmi.") (xíi/íwf^nnoífG Y ni 
r.rrro-rBste ,C(arfa,;que íendriamos^un verdadero placer eii 

AT^PÍPtoP^r entera, relinosamente, revela en el, mas atto 

-0«i?JJ 17101*:.' /-íjj j;! J¡' , •'* :, \ .' xi\C>i C;^:. . ■• i: ' -.íi.-i'íOlj/íl 

frado el carácter provideínciaLv la misión sobrehumana 

eí) ioí)í5CK^!íír'> ío ^-j-jíiíhíc/i í-)í> <í'-)!!;! / í;» k^Ji^'^^V 't^'V^i^'í" , .J^.. -. 
<tnora.wiví«OírroB^^a,.,eBpedidíi,en .Granatla ei, 31. de,. 4.gosío ige .•14u5>,Yle 
•ili^bi^ conati^iido . la i-ey na \m\ xeiita , dq sesenta nnl ínarave ílis^; y 
.vdespues de su muer {:« di,óá su bija uii doto 4^v millón y._med,íp de 
maravedís, hallándoge en Alcalá de Henares el 11 de Julio dé l'SO'S. 



—115— 



Xjo qiie^ primero se desprende de su contenido son 
las 'ráfagas liípdihbsás 'de¡ su ektóbtttaLhfeidad/te''fc'á'réh¿lál. 
compfta'd^a^^^ 

'áe'iosi latítWs' de su c()rá^'6ri, V 4tl^"íió*'ób*átárit'é lá'Ví- 
v¿ka V rapidez con qlielá rddálétó/^^ÜM V)^lte' Mkri 
ffaestómpo eiielíái'síiió ^ué'aí coiltí'Mb;;iá fá^'^álli^^^ 
do, siri' saDérlo, dé pensamientos ¿üblimés; háálá tal pupt¿ 
qiiél liay algo de lo infíñitó' eiíi sú títíiítfeñídíiíXi'^fétí^á 
esce^€ á cuanto pujdiéramos decir, y el ultrajé 'inféríídilfe 
'es Íncálqü]at)íep puesto que debe ptóporcldñki'sé'. á'servi- 
^cíos;^' iíó'iienen précibi 'j^^'^'éim^g^l'^^^^^ 
en\el escelénte'ytiló de sü ¿áíta^ qlie él qué ÍÚ' escribe 
Vs 'un'ciístianQ inspirát|ó, qué habla con la inientíid^á 

■á^'i^á- K6iii|)r^;'aé=tííáf: ^'"'^'^^'/'i, '^ ^^: ^^*;'^^'^; ''v^i "'^^ 

'''^^ I^No^ebnp^ í Cólí^'délUéU^n^Mó 

'que* a losdebíiás nVortaleá, ni considera está^ádvéj^sidád 
como' im;ftecfó pürtoéhüe ■ indivídiláli ' cbrtib f á/^bofisfe^ 
cüencia dé liiia ■Kbstilidad dé' persoíi ás 6 'dé páí-tido, Í¿iiib 
que repoi^oce en lo que le sucede, la lucha delíiitiildo 
contra; 'eí espíritu de* 1^ ' íél '''& \ és .üná -nbvédátí; ^íce, el 
'qlie me'lqtíeje del ip\irido,^ti habitó de tna.ltrátármé'd'átk 
de aníiffub;''Ml "éóinbateá W háidádd,i y á'todoé ref- 

sHii hastláj eí^i^pséiitc:; 'érí'iq^ué 'dé' ^á^^m^^y^'m^ 

'VMb. arnías] ni' icói)séjB¿,'-p^^ ctüélídiad mb tMb 

'echadp al'^^fe'í'^'Péro,' te tóás \^'áfondb ^^M- 
rezca a los 'ójóé '¿Jeí;iii;útído, ' xio flaíjüéa éUdiscijiuló' del 
' véWb;' j^' cpMiiüá: ''La' esperanza eii áíjuéí ' qué' ^nds * fija 
ffeadb' íiib ácbrrb V rile sostiene; qiie siempre' sti'^ápéyo 




y me dij( 

i3'é pbcá.fé,' álbté (jüe yo soy, ilb hayas nfiiedb!''^ Ue- 
' cuerda a 1a virtuosa dbña Juariá qué ha' ;sidb' *ébitíb' ító- 
"¿dsMo á^ i'énii'''de'fttéra''á servir álbs réyefe Cón'la'rtíé- 

itii i.(;.\i;iii> I niiüiíi.-íliiii i!) i; (icM n( j m cyuí )l >;: ninr»!) 

1. Palabras de Colon. Carta alampa del príncipe don Juan. 

2. Carta del almirante al ama deljpríncipe don Juan, 



—116— 

jor voluntad, y á tributarles servicios inauditos/' "Dios, 
prosigue, rae hizo mensajero del nuevo cielo y de la nue- 
va tierra de que habla en el Apocalipsis por boca de San 
Juan, después de haber hablado de ella por la de Isaias, 
y me mostró el paraje donde debia encontrarla. En to- 
dos hubo incredulidad, y á la reyna mi señora dio dello 
el espíritu de intelijencia y esfuerzo grande, y la hizo de 
todo (el nuevo mundo) heredera, como á cara y muy 
amada hija/' 

Xa reacción en contra suya de la opinión pública, 
y las violentas medidas que ponen el sello al desprecio 
y á la ingratitud, no lo desconciertan, porque sabe que 
los negocios que ha dirijido ''son de aquellos que no pue- 
den por menos de ir ganando diariamente en la estima- 
ción de los hombres/' Y aunque se habia llegado á un 
estremo, que hasta los mas viles y miserables se creian 
con derecho á ultrajarlo "gracias á Dios se contará al- 
gún dia en el mundo, esclama, á quien puede no con- 
sentillo/'l 

¿La protección de qué autoridad sino es la del pon- 
tificado invoca aquí el heraldo de la cruz? ¿Quién sino 
el sucesor del príncipe de los apóstoles, autor de la do- 
nación hecha á los reyes catóhcos, es el que puede opo- 
nerse á la violación de sus derechos, á la injusticia, bajo 
cuyo peso se halla? Solamente á él pertenecía abogar 
esta causa, protejer con sus rayos al revelador del glo- 
bo, é impedir que el mensajero de la Iglesia, bajo aque- 
llos nuevos cielos, sucumbiera á las astucias de la iniqui- 
dad, á los artificios de la felonía real. Los vínculos es- 
trechos que ligaban la misión del patriarca de los mares 
a los intereses apostólicos de la santa sede le hacían na- 
turalmente esperanzarse en su socorro. Sin embargo, no 
insiste en tal eventualidad, ni toma ningún partido, ni 
forma ningún plan, ni se disculpa de nada, no sabiendo 
de que se le acusa, ni procura de antemano rechazar ini - 

1. C<wt<^ <^^l almirante al ama del príncipe don Juan, 



—117— 

putaciones que no puede apreciaren su justo valor, puesto 
que nada ha hecho que merezca ser reprendido; presu- 
me sí, que se le argüirá con que empleó formas viciadas, 
con que hubo irregularidades en su administración, por 
que ejecutó cosas sin precedente ó fuera de las costum- 
bres de la burocracia, pero á eso responde que ''no debe 
juzgársele como á un gobernador enviado á una ciudad 
ó provincia administrada con regularidad, y donde á las 
leyes existentes puede darse rigoroso cumphmiento, sin 
peHgro de la cosa pubHca/' Y al establecer su posición 
dice: 'To debo ser juzgado como un capitán enviado de 
España para conquistar en las Indias á una nación nu- 
merosa y guerrera, cuyas costumbres y relijion están del 
todo opuestas á las nuestras, y cuyos hijos viven dise- 
minados por las alturas, y donde no hay grandes pobla- 
ciones, ni tratados políticos." Pero ni una palabra que 
aluda á la reyna. Diríase que sabe de qué manera la 
han inducido al error. Hasta omite hacer memoria de 
cierta añeja calumnia de sus enemigos. 

Que cristiano! 

Habíanle destituido, ultrajado, y puesto grillos, que 
llevaba en aquellos momentos; sus carnes estaban ma- 
gulladas; y no obstante, tan violento y repentino revés 
de la fortuna, la espoliacion temeraria de que era víc- 
tima, la secreta enemistad del rey, la involuntaria com- 
phcidad de la reyna, el triunfo de sus perseguidores, no 
logran quebrantar, ni aun hacer vacilar su perseverancia, 
ni el peso de tanta desgracia consigue hacerle doblar 
la cerviz, ni abatir su pluma, pues escribe con altivez al 
concluir su epístola á doña Juana: ''Dios nuestro señor 
está con sus fuerzas y saber como solia, y castiga en to- 
do cabo, en especial la ingratitud de injurias/'^ 



X. Carta del almirante al ama del príncipe dan lÍHCiih 



v1 ! 

,^H\mu/ >iHiíriol oí-ííqitr, ')¡)|, {{,,', miü^ií^ :)\ '.^; <)njrj>; 'hh 
•K»j jM)r»ín,i;ífffi,„í,í: „;. „) ;r,l,;;ÍHTnífííi'mi oíIííiÍ ^)íij) iun 

<^ííli{ r)t)!fí>h /;,í)iíl)rfi;lií;^of íío') í{í)iri iriinííubK iii-)íff/ím( o, 

iíñi-)i«o(j líH -ir* DÍfíiíj^') \n { _\i;'w!í!n(í jirio*) jíÍ oh o'f2iiJ^(| 
•)l) oí,nÍ7ii') fíníirjíDifir í>/fío-)oí)íCiVií|/!'>^ ofhí) (/Y" ^riih 
-ffirífni,),¿fí .í.íiíí i: ;^r.i{)i{f ^-.mÍ ío íntxiíipíio) injuj nniuifjíl 

.pjlénto^|<^^^^^ almirante 1q daba yieMós propiGios tthb'y 
,í)ti:o,!^|?(,, pues ' ^u Vía^^^ ¡fué úrio de! íóS'tnás'qtii-tos'V'^á- 
pid^s (júe Jídsta epíb)^ liabiári héého 'délas Tñdiá^: 
salieron las carabelas éh' Octubre de Sáíitb DóniiñgB''y 
entraron en la baiiia dé Cádiz el 20 dé'Nóvíéinbré/'A 




j!:]9S;j^i^ j¡:|0 bien llegaba la r , . ^ 

maestre, Anld^es Márf in, [ de ' e-nViái*' en ' secreto á ferm'riá- 
(|^ a un ihbp:ibre dé coñpánzá para qué líeVafeé la carta 

^ epnta ¡ por Cblbn á '^oñaí Juana déToríéá,' "nodriza' del 
infante doíi Juab,'jg^ué allí sé hallaba á la'Sa¿bri la Corté; 

iíi.íW- tan éfibaz ét 'mensajero q^üé se 'a¿lelajitó''á lós'dtís- 

lpac]íioS| y süra^iía reinitidbá por BobádilláV Felikñreiita 
P^ra Colon ^ Gmiíada no -era ' Sevilla; y la¡ hostilidad ' bu- 
rocrática y animosidades locarles lio teiiiMí estráViád^ la 
opinión ¡en la ciüdá.d del Dkrró y d^l Jéilil Corilb ' éri la 
del Guadalquivir. ' Eii ¡tornó de 1a Alhambira, la ' Con- 
quista de la fe católica, se conservaba intacta la gloria 
del gran porta-cruz de la Iglesia, y cualesquiera que 

1. P. Charievoix. Mistoire de Saint Dominffue, lih. III. 



de¿a'díé^*áti 'dbi*¿i'^/d'réííUeídO!de''stt'tr¡ttiíf(!yláiÍH:(V^^^ 
'ákl'''úiV ■priWét^ ■ 'dtó(Íubri*Hient(i,' qm adbimrmí ' t^mfeicá 
'life ^ínifeti^ftiáttíeá;' infdíiáiéi'ím itíiátíime 'mdígiiaci(pní nconJ- 
'tféi'tíh %^tH¡&¡ qtie' 'pai»ecia etóble^apiena^íy <en';Cádip, 
'd8ñdfe'iC5Íoíl y sus heímai^í/s, ¿báftypme M^& *órdéneá de 
«BóbadiÜfelí ' ábábabkti' déf 'seir éiítfe^ádds > '• ál ' ¡cpitrejidot < • de 
Jerez; Gdíi¿aloG(í>méz'¡'CétWntes,^ ami^gp de> ¡Ponséda;, 
^réjiróbíábh, él públtó^ó' de' un- lüod^ ¿evdroUabaá'ol'ateiif- 
t^dó: íftiiéríisy" \4 qíier debió ^¿sa)F^h^í#MB6raa€iní>'dfaj^ 
reynaj'^^^^^'^ ^"^^^ í>í> obuíí^í) (>"íf>í)i;f)-io7 bh y jjiíf;L»');>'iM(] •>( 
• (^^ l^pénéis>^dófiá JÍLitóa1fteb>tJ0diíunload(>^á/la^í^^ 
'^árt^^dél;áteiratíté;,-^b la pe- 

~íi^tí*á ' ^*n* 'ñé^r ' píófulidó. PoeoB itístawteá despKieé salja 
'^áé^^'Oi'aftíEtdííl titt cdrréi^'^traorditíaíió'kíbíií&dfeuííá' 00P- 
4aMé§^de!''poíí#éh Irb^tad á; los Góloiieá. -«LtíegOí^Qli- 
'lifó^Is^abieil 'ál' viréy; jüiáta^^ 

^•?kiJ4o%(](Mlfe'tífénsa tó óptíesta^'á w^ 'sen^iiíftentos/Jiy 
^^tf tó*^"¿ftklfn^í§eMiáil lastimaídos ¡éft mi''íperBí6ttía);{^^ W- 
"léí-ábfífi^Sát'eaffcaS'dé s^*^ a^lta estiinaMé'» >y detefencm^ple 
^tñvitábp' áítrábfódáí^éio tMS p3í¿n$í) qtieí'teíñíiekíposí*- 
^He; áTáí^^'díteí ^'^lé-^iíAiáti^ iinalibwízá^^íde^ do¿ ínril 
"(Méadbé'#^oíé','& ílA' 4é í^e püdtópai yepamriík!feáifefti|a 

YdáifiiK"^^ ^^^^^ '^^^4' ifo>^f>'^oo na oh «08Íík]iííí íoI •iimí'íqa'í 




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" idí^* «dé iá' áriimófeidád y del ¡ddib ' qu^ ípmfeáabaiu ^ á i eli al- 
-ftlf^áiitfe ^étt^> Memigóy, ' pttes'lóSí i a*^¿(^ J^'éébésq d©T«¡fl- 

ciados en arabos docitMmite^'''estabáií'en taíi! sbieítía 
' BfM'sibi^ 'boíl ' d' ndble ^ teííipera»ien to y eleyactón 1 cris - 

tiana de Colon, que, virtuosamente rechazados por la 
í€Óiera.de la reynn, vinieron á tierra.en cuanto pu ser en 
^élllós'íos OÍOS: y no toínó á tr^.tiar$e del proceso y á&lm 

atropellos hasta ef ftja eív..4^^q^ftí^l^^''^^^^^^l^'VdestltuclO|l 

y castigo de Bobadilla. .iU 'Jii ,invmvmoa-\ivv)ti'ó '«i^ 



—120— 

El 17 de Diciembre recibieron los reyes á Colon 
acompañado de sus hermanos, en audiencia solemne, y 
lo acojieron con las muestras mas satisfactorias de cari- 
ño, al par que en estremo resentidos de los insultos de 
que habia sido objeto. Mas como esta primera entre- 
vista de etiqueta con SS. A A. no era otra cosa que una 
'reparación pública del ultraje inferido en nombre suyo 
al hombre á quien tanto debian,i pasados unos dias, lla- 
mó doña Isabel al virey á su cámara para tener una 
esplicacion completa de las causas de la animosidad que 
le perseguia y del verdadero estado de las- Indias. 

Presentóse solo el revelador de la creación, y la rey - 
na, á su aspecto, recordando el indigno tratamiento de 
que habia sido víctima en nombre suyo, sintió estreme- 
cerse hasta las fibras mas secretas de su pecho, y se le 
agolparon las lágrimas á los ojos. Colon, al notar la 
emoción de que se hallaba poseida su idolatrada sobera- 
na; emoción en que iban mezclados la ternura y 'el do- 
lor, procuró, pero en vano, encontrar una palabra para 
acusar ó defenderse; que su alma dulce y virjinal, á pe- 
sar del trascufso de los años, re frij erada y fortalecida 
Xíon la eterna fragancia y lozanía de sus impresiones, no 
pudo alentar una palabra; y el que recibió siempre inal- 
terable los reveses de la fortuna, quedo sin fuerzas para 
reprimir los impulsos de su corazón por mas tiempo, y 
dejó escapar por los ojos el tesoro que rebosaba en 
él. Reyna y subdito lloraron á la vez sin proferir mas 
que sollozos, hasta que al fin, dando tregua al llanto y 
á la muda elocuencia del coloquio de sus almas, confun- 
dió el patriarca de los mares con breves razones el siste- 
ma completo de sus acusadores. 

Las lágrimas de la reyna fueron un bálsamo conso- 



1. L'Amiral parla peu en présence du Roí, qu'il aavait bien 
n'étre pas dans ses intéréts, mais ayant été admis quelques jours 
apres á une audience particuliere de laE-eine...., il toucha jusqu' aux 
larmes le coeur de cette bonne princesse. — El P. Charlevoix, Histoire 
de Saint- Domingue, lib. III. 



—m— 

lador para el espíritu del héroe. Le prometió Isabel no 
dejar impune su ofensa, enderezar la justicia y reinte- 
grarlo en el ejercicio de sus funciones; pero sin embar- 
go, no convenia devolverle inmediatamente el gobierno 
de la Española á causa de las violentas enemistades conci- 
tadas en contra suya, para no crearle nuevas dificulta- 
des. A poco de esta audiencia dirijió Colon á los sobe- 
ranos una queja en forma contra los actos tiránicos per- 
petrados por el comendador, poniendo de relieve los vi- 
cios y graves daños que resultarían de la nueva admi- 
nistración; y casi al mismo tiempo, con la idea de inte- 
resar en su reclamación á algunos personajes que for- 
maban parte del consejo de los reyes, redactó una nota, 
cuyo borrador, escrito de su puño, nos ha sido feliz- 
mente conservado. - 

No contiene la nota en cuestión una sola frase de 
efecto, ni arreglada conforme á la oratoria, ni á la des- 
treza diplomática; adviértese sí en ella que es el mensa- 
jero de la cruz el que habla. Recuerda que ha venido 
voluntariamente á ofrecer á España la conquista de las 
Indias, y que la dio la preferencia cuando Francia, Ingla- 
terra y Portugal estaban decididas á emprender la es- 
pedicion. '^Entonces nuestro redentor, añade, me pre- 
paró el camino, y puse bajo el cetro de SS. AA. tierras 
mas grandes que el África y lá Europa, y donde hay 
razón de pensar que la Santa Iglesia prosperará mucho. 
En siete años hice yo esta conquista por voluntad divina,^ 
y en los momentos en que aguardaba obtener recom- 
pensas y reposo, me vi repentinamente aprisionado y 
cargado de cadenas en desdoro de mi honra y del me- 
jor servicio de los reyes,'^ etc. Suplica á los individuos 
del consejo, que en su calidad de '^fidelísimos cristianos,'' 
examinen todos sus tratados con la corona, consideren 

1. Carta de Cristóbal Colon á los miembros del consejo, afines 
de 1500. La orijinal visada por él historiógrafo don Martin Fernandez 
de Navarrete. 

16 



—122— 

como ha venido de tan lejos á servir á SS. A A., cómo 
ha dejado mujer^ é fijos, condenándose á no verlos casi 
nunca, para mejor cumplir su cometido, y atiendan á 
que, en premio de tanto esfuerzo ha sido, en el invierno 
de su vida, despojado de su dignidad y de sus dere- 
chos, sin miramiento de justicia ni misericordia. Y te- 
meroso de que se comprenda mal el sentido de esta úl- 
tima palabra prosigue así: '^Dije misericordia, y non se 
entienda de S. A. porque no tiene culpa/'^ 

En cuanto á la memoria en que justificaba su admi- 
nistración, no hay duda que contenia hechos concluyen - 
tes y consideraciones de importancia; pues de sus re- 
sultas, y no obstante el influjo de las oficinas de Sevi- 
lla, las principales innovaciones del comendador fueron 
anuladas y restablecidos con todo vigor los reglamentos 
de Colon, como lo prueban muchas reales órdenes. 

Y á la par que reconocian los reyes, de una mane- 
ra tan auténtica, la sabiduria administrativa de Colon, 
no juzgaban prudente despacharlo para la Española sin 
haber antes apaciguado la fermentación de los ánimos, 
exaltados contra él, y decidieron nombrar, en reemplazo 
de Bobadilla, un gobernador interino encargado de la 
gobernación de las Indias por espacio de dos años so- 
lamente; plazo que parecía ser bastante para disipar las 
facciones, borrar las huellas de la enemistad y res- 
tablecer la regularidad en todos los resortes administra- 
tivos. Era, decian, en interés del almirante por lo que 
principalmente se adoptaba la medida. 

No hay que dudar de la sinceridad de Isabel al pro- 
meter á Colon reintegrarlo en su honorífico puesto; pero 
su astuto marido habia resuelto en secreto arrebatarle 
para siempre, ademas del vireynato, el gobierno de las 



1. Copia literal del borrador escrito de mano de Colon. Colección 
diplomática, documentos n. CXXXVII. 

2. Copia literal del borrador escrito de mano de Colon. Coleccio7i 
diplomática, documentos, n. CXXXVII. 



—123— 



Indias, y todo fue combinándose para este objeto desde 
aquel entonces. \ 



II. 



Al considerar la animosidad de los colonos de la 
Española contra el virey y los propósitos reservados del 
rey de no darle su gobierno, han imajinado la mayor 
parte de los historiadores que, real y positivamente, no 
estaba destinado Colon, mal que le pesara á su injenio, 
á rejir hombres; que existia en él alguna causa que lo 
incapacitaba para la administración. 

En el sistema de los escritores que niegan toda ac- 
ción providencial sobre la humanidad, y discurren que 
el solo progreso de la navegación portuguesa hubiera 
necesariamente acarreado la descubierta de un conti- 
nente situado al O. de Europa, no ha podido prescindú' 
Colon de cometer faltas como gobernador por lo mismo 
que no podia poseer todas las cuaUdades, y que, ''en ra- 
zón á esas mismas dotes no era adecuado á un puesto 
tan difícil/'^ Pero, recordando los dones superiores que 
derramó el todopoderoso sobre el heraldo de la cruz, y 
sus eminentes cualidades, superadas por sus virtudes; 
los que saben que en el cristiano, con el amor de Dios 
y el del prójimo, la misericordia corona la justicia, no 



1. Washington Irving. Vida ^viajes de Cristóbal Colon. Hum- 
boldt. Examen, crítico de la historia de la jeograjia etc. etc. 



—124— 

dudaran de que, un ser en el cual concurrían tan gran 
copia de facultades escelentes, de aptitudes tan diver- 
sas, y una penetración tan viva, unida á un espíritu pe- 
netrante y observador, á la esperiencia y á una calma 
y perseverancia tan probadas, fuese idóneo para admi- 
nistrar de una manera útil y provechosa las tierras que 
habia descubierto. 

Lejos de poner en tela de juicio la capacidad admi- 
nistrativa de Colon, seria menester, por el contrario, és- 
trañarse de que en medio de una superioridad como 
la suya, careciera de esta circunstancia. Sin embargo, 
sus biógrafos, no hallando en él la menor desperfeccion, 
ni como cristiano, ni como navegante, cansados tal vez 
de verse en la necesidad de prodigarle siempre alaban- 
zas, creyeron, al par que variar de metro, dar una prue- 
ba de imparcialidad escrupulosa, criticando ciertas me- 
didas de su administración, y calcularon conseguir su 
propósito de censurarlo, aunque blanda y ambiguamente, 
apoyando ciertas frases de su antiguo enemigo Ovie- 
do en dos pasages de Las Casas, por cierto neutraliza- 
dos por el mismo escritor en otras partes de su manus- 
crito. Hasta entonces se habían limitado los historiado- 
res de Colon á dudas y tímidas reticencias y conjetu- 
ras; pero sin entrar jamas de un modo franco en el 
examen de los supuestos agravios; que las acusaciones 
contra el gobierno de Colon no tomaron cuerpo, en rea- 
Hdad, hasta que se lo dio el apasionado Navarrete que 
animó á la escuela protestante, y con ella al gran Hum- 
boldt. Pero, gracias á el último, las oscuras y tortuosas 
insinuaciones del académico español, estas imputaciones, 
tan confusas como la calumnia que se avergüenza de sí 
misma, se establecen, se fijan, se articulan con claridad 
y quedan desde luego en disposición de discutirse. Y 
son de tal naturaleza, que, aim al examinarlas despo- 
jadas de los ambajes y artificios con que procuran exor- 
narlas sus narradores, asombran por su gravedad. 

Acúsase formalmente á Colon: l."^ de dureza, in- 



—125— 

flexibilidad y crueldad; ¿."^ de alentador á la libertad de 
los indios, recomendados á su protección por la reyna, y 
3.° de impericia é incapacidad administrativa. 

Comprobemos primero el mas enorme de los tres 
cargos: el de crueldad. 

Sobre todo manifestó Colon, dicen, su cruel severi- 
dad en tiempo de la conjuración de Bernal Diaz de 
Pisa; en sus instrucciones escritas al comandante Mar- 
garit, y con motivo de la ejecución de Adrián de Mo- 
jica, llevada á cabo con un suplicio ilegal. 

Examinemos los hechos. 

Bernal Diaz de Pisa tramó contra la colonia una 
empresa criminal, cuyo proyecto, escrito de su puño, se 
encontró sobre su persona. El crimen era innegable, 
y sin embargo. Colon, en lugar de hacer, como podia, 
juzgar y ejecutar al jefe de la conjuración se contentó 
con enviarlo á España. 

He aquí la manera que tiene Washington Irving de 
apreciar este suceso. 

"El almirante se condujo con ejemplar moderación. 
Por respeto á la categoría y empleo de Diaz se abstuvo 
de imponerle ningún castigo personal, pero lo mandó á 
bordo de uno de los buques para que se le procesase en 
España, en vista de la sumaria de su delito y del sedi- 
cioso documento que se le habia hallado. A los cabeci- 
llas inferiores los castigó según el grado de su culpabi- 
lidad; pero no con el rigor que merecia la ofensa... Las 
medidas que tomó, aunque necesarias para la seguridad 
jeneral, y tan suaves y blandas como fué posible, se 
tacharon de actos arbitrarios, y parecieron dictadas por 
un espíritu de venganza. "^ 

Porque era estranjero parecía á los castellanos inso- 
portable la autoridad del virey, á pesar de su modera- 
ción, dice el P. Charlevoix en su Historia de Santo Do- 



1. Washington Irving. Historia de la vida y viajes de Cristóbal 
Colon, lib. VI. cap. VIII. 



—126— 

m.ingo\ y "este acto de justicia, en apariencia tan nece- 
sario, y en el que se observaron todas las formalidades 
con tanta exactitud, le malquistó con la multitud, y 
fué de funestísimas consecuencias para él y toda su fa- 
milia. "1 Desde aquella época se le reputó de cruel é in- 
humano, y sus adversarios lo acusaron de imponer por 
mero capricho 'los castigos corporales mas rigorosos 
á la jente de baja calidad, y de ultrajar á los caballe- 
ros castellanos; pero se guardaron, prosigue Washington 
Irving, de hablar de las exijencias que habian dado 
márjen á aquellos trabajos estraordinarios, ni del ocio y 
libertinaje de la jeneralidad, tan dignos de represión y 
castigo, ni de las cabalas sediciosas de las personas de 
cuenta, tratadas mas con blandura que con inflexi- 
bihdad. "^ 

En cuanto á las instrucciones dadas al comandante 
Pedro Margarit, como han sido publicadas por el go- 
bierno español en la colección diplomática, hemos po- 
dido apreciarlas por nosotros mismos; y, lo decimos con 
sinceridad, lo que mas principalmente ha llamado nues- 
tra atención en ellas es la esquisita sagacidad con que 
Colon adivinó las costumbres particulares de los pue- 
blos nacientes. No parece sino que los habia goberna- 
do desde su juventud. 

Sin embargo, la filantropia de Hurnboldt se siente 
indignada de un recurso contra los ladrones, recomen- 
dado por el almirante en el contesto de las citadas ad- 
mirables instrucciones. 

Pero, las penas varian según los tiempos y lugares; y 
el exijir su atenuación, su dulce y suave uniformidad, los 
esmeros y cuidados que la frenolojia y la filantropia pro- 
testante reclaman hoy para los criminales, es un delirio 
de los modernos ideólogos. En la época del descubri- 

1. El P. Charlovoix. Histoire de SainUDomingue, lib. II. p. 119. 
en 4. 

2. Washinj^ton Irviní?. Historia de Cristóbal Colon, lib. VIII. 
cap. VIII. 



—127— 

miento, los españoles y los indios principalmente, no 
guardaban al delito tantas consideraciones. En medio 
de la abundancia y comodidad de vivir que la natu- 
raleza les habia proporcionado, miraban los pueblos de 
las Antillas al robo como á una odiosa perversidad; y 
atendiendo á que no podia escusar la falta la necesidad, 
la castigaban de una manera horrible. He aquí lo que 
sobre esto dice el autor de la Historia natural de las In- 
dias, que se informó en los mismos lugares: '^El pecado 
mas grande y abominado de los habitantes de esta isla 
era el hurto. Porque si á alguno se le cojia en fragranté, 
por pequeña é insignificante cosa que fuera la hurtada, 
lo empalaban vivo, de la suerte que dicen se hace en 
Turquia, y lo dejaban así hasta que exhalaba el alma.'^^ 

Tal era la aversión en que el robo se tenia en Haiti, 
refiere el P. Charlevoix, que ''al culpado se le empala- 
ba, de cualquier condición ó jerarquía que fuera, y se 
le dejaba espuesto á la vista de todo el mundo; y esta- 
ba prohibido interceder por él. Tanta severidad habia 
producido el efecto deseado.''^ 

Pero animados con la paciencia de los españoles que, 
al principio, reían de su ansia por las bujerías de Euro- 
pa, y no hacían alto en los robos de poca monta, mu- 
chos, á quienes el temor del castigo hubiera contenido 
para no hurtar á sus compatriotas, se decidieron á sa- 
quear sus huéspedes. Colon dispuso entonces se castigara 
á los ladrones. Pero en lugar de imponerles el suplicio 
á que hubieran sido condenados entre ellos, ¡la estaca! 
cien veces peor que la horca y que la rueda, sustituyó 
tan bárbara pena con otra que, sin atentar ala vida, des- 
pués de un dolor pasajero, dejara una señal duradera, 
con el fin de que el culpado, con su solo aspecto sirvie- 
se por do quiera de ejemplo é intimidación: reducíase á 



1. Oviedo y Valdes. Historia natural y jener al de las Indias oc 
f dentales, lib. V. cap. III. Traducción de Juan Poleur. 

2. El P. Charlevoix. Histoire de Saint-Domingue, lib . 1 . p. 48, 49 . 



—128— 

practicar una incisión en la estremidad de la nariz 6 de 
las orejas, y era el término medio de la que para casos 
análogos se prescribia en el código de Valencia,^ y en 
el de la Santa Hermandad. ^ En España, en caso de reinci- 
dencia se condenaba á muerte.* Mas, como en un pue- 
blo en el que el deseo de engalanarse, la vanidad, obli- 
gaba á sufrir con el tatuaje de ciertas partes del cuerpo 
dolores mucho mas intensos y agudos que los que pu- 
diera producir la sajadura de las orejas ó nariz, y los 
azotes no hubieran sido bastante para castigo. Colon 
tuvo que aplicar á los indios la pena dispuesta en Cas- 
tilla para los reincidentes.^ Y aun así era mas suave que 
la prescripta en el código criminal indíjena; y sin em- 
bargo de haber merecido tanta humanidad las bendi- 
ciones de los insulares y sido su admiración, ha escan- 
dalizado á la filantrópica gazmoñería de cierta escuela.** 
La acusación de crueldad con que se pretende dar 
en rostro al virey, parece, ademas, quedar plenamente 



1. Código de Valencia. — Tarazona. Instituciones del fueeo y 

PEIVILEJIOS DEL EEINO DE VALENCIA, t. VIII, p. 396. 

2. Rosseeuw-Saint Hilaire. Historia de España, lib. XVIII. 

* Y aun sin Uegar ese caso, pues, como se observa en el fuero de 
Cáceres, incurría en la pena capital "todo Home que uvas furtare de 
noche ó qual cosa se quisiere." Y si bien por el de Baeza no se con- 
denaba á muerte al culpado, se le sometia á castigos dolorosos, tales 
como la pérdida de las orejas y de los ojos; y según el de Placencia 
al robador de despojos de guerra se deshonraba y ponia en cruz, tras- 
quilado y con las orejas cortadas. 

N.delT. 

3. "Quibus deinde furto gravius iterum coesis aures amputan- 
tur." — Luici Marini Siculi. De rebus Hispanice, lib. XIX. 

** Y en verdad que está bien aplicada la calificación de filantró- 
pica gazmoñería á la de los finjídos sentimientos humanitarios que, 
con afectada unción bíbKca é hipócritas lamentaciones invoca la es- 
cuela protestante, pues sus discípulos, los que tantas y tantas veces 
han protestado contra los castigos y malos tratamientos impuestos por 
los españoles á los africanos en sus posesiones de ultramar, han verti- 
do mas sangre en sus colonias, inventado torturas mas abominables, 
perpetrado crímenes mas nefandos y llevado á cabo proyectos mas 
horrorosos, que los que hubieran podido imajinar siquiera, en momen- 
tos de frenesí, los conquistadores castellanos. 

No exajeramos en nuestro aserto, porque, pasando por alto las 
pavorosas escenas de que diariamente son teatro las islas Jónicas, 



—129— . ' 

justificada ron las circunstancias de la ejecución de 
Adrián de Mojica. 

Recordemos de una manera sucinta el hecho. 

Después de su última sublevación, fué sorprendido 
y preso Adrián de Mojica en un conciliábulo nocturno 
con sus principales cómplices, por el alcalde mayor Rol- 
dan. Escribió entonces este á el almirante, ocupado de 
muchas semanas atrás en la construcción del fuerte de 
la Concepción, pidiéndole sus ordenes, y su respuesta 
se contrajo á decirle que, habiendo tenido lugar aquel 
nuevo levantamiento sin motivo alguno, y debiendo pro- 
ducir su impunidad perniciosos efectos, debia hacerse 
justicia, conforme á las leyes del reino. En su conse- 
cuencia, mandó Roldan instruir la causa de Mojica y 
consortes. 

Condenó la sentencia á Mojica a la pena de muerto, 
como jefe de la conjuración, y á sus compañeros, según 
su grado de culpabilidad, á prisión perpetua ó tempo- 
ral. En los momentos de la ejecución se envió un sa- 
cerdote íi Mojica, quien, así como hasta aquel trance 
habia sido fanfarrón é insolente, viendo que, á pesar 
de su nobleza y de sus amigos, iba á descargarse sobre 
su cabeza la espada de la ley, se sobrecojió de miedo, 
y, buscando el modo de ganar tiempo, rehusaba con- 
fesarse. Condujéroule, no obstante, al glacis de la cin- 
dadela, el sacerdote exhortándolo y él negándose siem- 
pre á prestarle oidos para retardar el instante supremo. 
Pero informado Roldan de su astucia, é indignado de 
tal cobardia, después (k^ tanta arrogancia, mandó atar 



puestas solo bajo la protección de la Gran Bretaña, y el cabo de 
Buena Esperanza, y coDcretándonos al Hindostán, vemos, no allá en 
el siglo Xy, sino cw ])leno sif^lo XIX, que el pueblo que pretende 
marchar á la cabeza de la humanidad, guiándola por el sendero del 
progreso, con la antorcha de la civilización en la mano, es el mismo 
que en su guerra co'n los indos ha eclipsado con su barbarie y su ini- 
quidad á la de las hordas de Atila, 

X. i\o\ T. 

17 . 



—130— 

la cuerda á una de las ahuenas y arrojav al condenado 
por la muralla. 

Este acto de brutalidad tan en armonía con el na- 
tural violento y soberbio de Roldan, hace estremecer 
a un pecho cristiano con su dureza. La snpresion del 
sacramento, último consuelo del moribundo, oprime el 
corazón. Por desgracia el historiógrafo real Herrera, i-c- 
gülarmente exacto y juicioso, estraviándose, al llegar á 
este punto, ha imputado á el virey, á la sazón ausente 
de Santo Domingo, el arresto y desatentada ejecución 
del perturbador Mojica. Los cronistas posteriores han 
reproducido el error, y todos lo repiten de buena fe, sin 
el mas leve examen. 

Mas; si Navarrete, Washington Irving y Humboldt 
se han afanado por acreditarlo, nosotros vamos á desen- 
mascararlo, y por ello, cuantos aman la gloria de Co- 
lon y buscan la verdad histórica^ nos quedaran agrade- 
cidos. 

Desde luego el carácter del hombre, el del hecho, 
las circunstancias del tiempo y lugar, las reglas de la 
etiqueta y del decoro, y las disposiciones materiales prue- 
ban el error de Herrera. Dice él mismo que el almi- 
rante estaba en la Concepción cuando tuvo lugar la re- 
vuelta de Mojica, y es exacto, pues Colon gustaba del 
sitio, cabecera de la magnífica llanura de Vega Real, 
donde disfrutaba de risueñas y seductoras perspectivas. 
En su segundo viaje, habia erijido en ella, mientras no 
podia construir una iglesia, una gran cruz, al pié de la 
cual recibia invisibles consuelos, y que, es cosa sabida, 
permaneci(S por mucho tiempo favorecida con numerosos 
prodijios^ y virtudes divinas: el heraldo de la cruz se 
complacia en habitar en la Concepción por causas mis- 
teriosas. 

Poco tiempo antes, con motivo de la captura de Fer- 



1. Oviedo y Vcldf's. Jfisinr/a nahiral y ¡cunera! de las Indias, 
.III, cap. V. 



—131— 

liando de Guevara, primo de Mojica, pidió líoldau or- 
denes al virey, que le respondió remitiera el aprehendi- 
do á Santo Domingo; y algo mas adelante, por la pri- 
sión de Mojica, aconteció lo propio, y contestó como se 
ha visto. Trasladóse, pues, á Mojica, para ser juzgado, á 
Santo Domingo, como también á su cómplice Pedro Ri- 
quelme, ex-alcalde de Bonao; que ]io se podia de un 
modo conveniente proceder en la Concepción contra los 
rebeldes, por no tener á su lado el almirante mas perso- 
nas que los trabajadores del fuerte, que se construia por 
sus planos, y un puesto de caballeria. Así es que, en el 
asiento del gobierno y en las prisiones de la ciudadela 
fueron encerrados, interrogados y juzgados los revolto- 
sos, como asimismo llevada á término la sentencia. El 
atrevido golpe de mano que puso á Mojica, durante la 
noche, en poder de Roldan, no pudo haberse intentado 
})orel almirante, ni convenia á su dignidad y oficio. Y 
si Colon hubiera venido en persona á sorprender el con- 
ciliábulo, ¿cómo es imajinable siquiera que no tomara 
de la guarni'^ion del fuerte mas de tres soldados, ade- 
mas de los siete criados de que anteriormente hemos ha- 
blado? Por el contrario, tan pequeño guarismo se espli- 
ca topográficamente por la posición del alcalde, que se 
encontraba en el campo, lejos de puntos guarnecidos. 
Por lo que antecede, y no olvidando que el almirante no 
se movia apenas de la Concepción hacia muchos meses, 
aseguramos que. Herrera, si bien no faltó á la verdad 
(le los sucesos faltó á la verdad de los nombres. El es- 
crupuloso historiador don Eernando al rectificar nombres 
y fechas, y dejar á cada uno la parte que le cupo en los 
acontecimientos, prueba la ausencia del almirante,! ha- 
bla de su correspondencia con el alcalde mayor sobre 
los confinados, y menciona el procedimiento instmido 
con arreglo á la ley en Santo Domingo, y seguido de la 
ejecución del jefe principal de la trama. Y como entre 

1. Fcrnaado Coloa. Vifa dclVÁiniitiraglio, cap. LXXXIV. 



—132— 

s 

el dicho contradictorio de Herrera y el a:<i rio circuiís- 
tanciado de don Fernando no hay lugar á djida, repetire- 
mos las palabras de don Eustaquio Fernandez de Navar- 
rete, al refutar con lealtad á su abuelo, '^que, en cuestiones 
como estas en que el afecto filial no ha podido ladear la 
pluma de don Fernando, su relación debe ser la mas 
verídica/'J^ Mas aun, ¿hubiera un hombre de piedad tan 
acrisolada como Colon permitido ciue, con rigor casi impío, 
se privara á un moribundo del sacramento, su consuelo 
último y única esperanza? El virey se liabia "prometi- 
do no tocar nunca á un cabello de sus administrados," 
y jamas en sus espediciones marítimas mandó compare- 
cer á un hombre ante vm consejo de guerra, ni firmó- 
una sentencia de muerte, y cuando escribió á Roldan 
para que formarse causa á Mojica lo hizo "llorando " de 
sentimiento y dolor, aunque la necesidad le parecia tan 
imperiosa que, con "su hermano no hiciera menos si lo 
quisieía matar y robar el señorío que su rey y rey na le 
tenían dado en guarda/'^ Agregúese á esto que Colon 
manifiesta terminantemente en su carta á hi nodriza del 
príncipe de Asturias que Roldan prendió por sí á Mo- 
jica ya parte de su cuadrilla, y (pie los ajustició sin que 
él lo proveyera;-^ pues, sin duda, el vindicativo alcalde, 
conociendo su mansedumbre cristiana, temió un sobre- 
seimiento indefinido, ó una conmutación de pena lo 
evitó con la rapidez de la ejecución. 

Debemos hacer constar también, que, al entrar Co- 
lon en tantos pormenores no pudo suj)oner la imputa- 
ción postuma lanzada contra él por lo de Mojica, y que 
si se lamentaba de su muerte era porque se habia li- 
sonjeado con la evanjélica esperanza de que, bnjo su go- 
bierno, no se derramaría sangre; y que, como el alcnlde 
que habia firmado y hecho cumplir la sentencia des- 



1. Don Eustaquio Kernanclez de Navarrete. Colección de D 
mentas inéditos para la Jtisforia de España, tomo XVI. p. 524 

2. Carta del almirante al ama del príncipe don Juan. 

3. Ibid. 



^UCtl' 



133— 



cinpefuiba tüclavia el mismo cargo, y los testigos y ajen- 
tes de la autoridad viviaii, y la sainaría, autos y proce- 
dimientos se conservaban en el archivo, si realmente 
como menciona Herrera, contra toda verosimilitud, hu- 
biera Colon prendido y hecho juzgar y ejecutar á Mo- 
jica ¿se habría atrevido á atribuir este triple papel á 
Roldan ([ue, en aquellos momentos era alcalde, pues Bo- 
brtdílla le dej(5 en el pleno ejercicio de su cargo? 

En lo que respecta a la acusación de no haber rcs- 
()etado la libertad de los indios, y haber hecho de arpie- 
lla parte de sus administrados nn objeto de tráfico, se 
desploma al impnlso del mas lijero examen. 

En las costumbres de su época no era h esclavitud 
lo que hoy nos parece. El caballero cojído en la guerra 
pertenecía al que lo había forzado á rendirse, y no que- 
daba libre hasta (pie pagaba su rescate. Después de 
lo de Pavia, Erancisco I fué* de Carlos V. Dulcificada 
por el cristianismo, carecía entre los españoles la escla- 
vitud del repugnante sello (pie le ha impreso el fauatis- 
nio de los musulmanes y el inhumano orgullo de los 
plantadores americanos.* Ya bajo el reinado de D. En- 
riípie III se veían en Sevilla esclavos negros tratados con 
el mayor cariño;i luego de la toma de Málaga, los Re- 



* Aquí es preciso liaeer una diferencia. Es preciso distinguir en- 
tre el esclavo de las colonias españolas, y el esclavo de los estados del 
Sur de la Union Americana, pues en las primeras, como dijo Lamar- 
tine en la sesión de la cámara de los diputados en Paris el 23 de Abril 
de 1835, menester es confesarlo en honor de una religión que se inter- 
pone en nombre de Dios entre el amo y el esclavo para moderar la ti- 
ranía del uno y dulcijicar la resignación del otro, la esclavitud xo 
ES MAS QUE UNA PALABiiA; mientras que d.^sgraciadamente en los se- 
gundos, añadimos nosotros, dorido falta ese poderoso regulador de las 
acciones humanas; donde á los golpes repetidos del libre examen se ha 
ido progresando de una manera i^w palpahle, tau material, el esclavo ca- 
rece de apoyo, está solo, es una cosa que vive, y que no tiene mas media- 
nero entre su amo y el que el látigo, ni mas desahogo que la desespe- 
ración, ni mas anhelo que la muerte. 

N. delT. 

1. Navarretc. Colección de los viifjcs >j dcscubriniicnlos, etc., m- 
Iroduccioii, § XIX. 



—134— 

yes Católicos regalaron á las reyíias de Ñapóles y Por- 
tugal cierto número de muchachas, eiejidas entre las 
mas bellas, y los mismos sobeíanos enviaron al papa 
Inocencio VIH, con magníficos presentes, cien esclavos 
escojidos,! que aceptó el pontífice, pero que, en menos 
de un año, los convirtió al cristianismo con la influencia 
augusta de su bondad, y llegó á confiar en tal estremo 
en su fidelidad, que los incorporó á su guardia.2 

No bien llegado Colon entre los caribes, comprendió 
que la dulzura y exhortaciones serian ineficaces con unas 
tribus desnaturalizadas, desobedientes al orden provi- 
dencial, y que no conocían otra ley que la violencia; y pi- 
dió la autorización de reducir á cautiverio á la raza an- 
tropófaga, con el objeto de arrancarla sus feroces hábi- 
tos, trasplantarla, y enseñarle con la lengua castellana 
el Evanjelio, único preservativo que podia defenderla de 
upa completa destrucción. Por un esceso de filantropía 
se le contestó que tratara á los caníbales como á los de- 
mas indios;-^ pero, como los hechos justificaron la de- 
manda del almirante, vieronse, pasado algún tiempo, los 
filántropos de las oficinas de Sevilla, en la necesidad de 
exijir la aplicación de las medidas propuestas por el en 
un principio.^ 

Colon, al trasladar á Castilla los indios declarados 
esclavos legales, no consideraba el precio de su venta 
como el valor del hombre, sino como el valor de su tra- 
bajo. Y tal esclavitud, temperada por la dulzura cris- 
tiana, no era en realidad otra cosa que el usufructo del 
trabajo del indio culpado de participación en una revuel- 
ta ó en el asesinato de im español. 

1. Ortiz de Ziiñiga. Anales erlesiásticos y aecularei de la muy nu- 
ble 1/ muy leal ciudad de Seoilla, lib. XII, í'ol. \ú\. 

2. Kosseeuw Saiut-Hilaire. Histoirc tV Espagnc, 1. V. lib. XVlll . 
cap. II. p. 400. 

3. Memorial que para los reyes caiólieos dio el almiraute don 
Cristóbal Colon en la ciudad Isabela. -jffc.v/>MCíítf de los reyes al mar- 
jen de cada capitulo. 

4. Apéndice á la colección diplomática, uúm. XVII.— IIejiste. 

DKL SELLO DE COllTE li.N Sl3IA>'t'A¿. 



—las- 
Lejos de reducir íí esclavitud á los indios pacífi- 
cos. Colon se constituia en su defensor, y hacia respetar 
sus personas, familias y propiedades; por lo cual los 
aventureros pervertidos, hambrientos y rapaces de la 
í]spafio]a, se coaUgaron en su contra. Y mientras que en 
la corte resonaban los ecos de los falsos plañidos de h)s 
oftcinistas de Sevilla, lamentándose de la pretendida 
crueldad del almirante con los indios, los castellanos de 
la Española escribian a su patria, que no permitia que 
los naturales fueran sometidos á los cristianos. El mis- 
mo Humboldt ha hecho notar esta contradicción. i Co- 
lon, pues, no aconsejo mas que la esclavitud de los antro- 
pófagos; y, aunque su consejo era saludable, jamas aten- 
tó á la libertad de los indios pacíficos. 

La ignorancia y la animosidad han imputado tam- 
bién al virey haber organizado la esclavitud de los indí- 
jenas, estableciendo el sistema de los repartimientos, 6 
sea distribución de servicios, y el trabajo de las minas; 
pero es un doble error: calumnia y anacronismo. 

En primer lugar. Colon no poseyó nunca un solo in- 
dio áfuer de esclavo;^ en segvmdo, es preciso tener pre- 
sente que no podia reducirse á esclavo al indio bauti- 
zado; y en tercero, que el virey no permitia ir á las minas 
ni á los españoles, sin ciertas condiciones relijiosas. Du- 
rante su administración no se obligó una vez á los natu- 
rales á estraer oro de la tierra, porque, respetando el 
sistema de gobierno estal)lecido entre ellos, no quiso 
trastornar por ninguna causad orden existente, y privar 



1. Humboldt. examen critico de la historia de la jeograjia del 
nuevo continente, t. III. sección 2. p. 282, 

2. Colomb n'eut pas uu aeul esclave; raais revoque omonaateur 
de la marina, premier aut?ur de toutes les oalomuies rcpandues eontre 
lili, eu poRsédait en tonta propriété denx cents, dont un noble fran- 
ciscain, le cardinal Ximenes, l'obligea dése dessaisir.— El P. Char- 
levoix, Bistoire de Haint-3ominriue, lib. Y. p. 337, en 4. Después de 
la retirada del cardenal ministró, don Juan de Fonseca importunó 
rey y se hizo devolver esta propiedad anticristiana. 



—136- 

é 
á los caciques de sus vasallos naturales. Y solo cuando á 
consecuencia de revpluciones ó maldades, debia castigar 
á los reyezuelos, hiego de haber hecho algunos ejempla- 
res, en lugar de trasportarlos a Castilla, conforme á de- 
recho, les imponia ciertos prestamos en favor de la colo- 
nia, que se reducian á proveerla de un número de hom- 
bres que trabajaban para el gobierno en obras de utilidad 
pública, uno ó dos dias á la semana. 

Hubo ocasiones en que el ahnirante propuso susti- 
tuir el tributo con esta clase de servicios, lo cual acepta- 
ban con entera libertad los caciques, y cumplian exi- 
jiéndolo por sí mismos de sus vasallos, que no por ayu- 
dar gratis á los españoles dejaban de pertenecer á sus 
señores. Y no solo no resentían con el trabajo periódico 
su dependencia y su libertad, sino que se acostumbra- 
ban á vivir reunidos, y así, en mas estrechas relaciones 
con los europeos, &e ,vencia un gran obstáculo para su 
entrada en el gremio de los fieles. 

Esto distaba tanto de la esclavitud como los présta- 
mos comunales de hoy, de ser una carga afrentosa. Pero 
los gobernadores que sucedieron al virey, desnaturali- 
zando el principio y el objeto de los servicios, lo=^ torna- 
roa pronto en carga; la carga en esclavitiul, y la esclavi- 
tud en destrucción de la raza indíjena. Bobadilla y su 
sncesor fueron los organizadores del sistema de los re- 
partimientos, tan funesto para los haitianos que, Colon, 
lejos de consentirlo, lo deploro. 

La única acusación fundada que hayan lanzado con- 
tra el sus enemigos, consiste en su formal oposición al 
bautismo de los indios. Sin duda parecerá estraño que 
el mensajero de la salud, que plantaba cruces por do 
quiera y convidaba á los indíjenas á venerarlas, los re- 
chazara de la Iglesia cuando manifestaban deseos de 
entrar en ella; pero, sin embargo, nada es mas cierto. 

Multitud de indios, incitados por el cebo de la nove- 
dad, su infantil inclinación á iuiitaí^lo todo, y principal- 
meute, por Jas^ inmnnidades concedidas á los conversóos, 



—137— 

sin tener la mas leve noción del cristianismo, demanda- 
ban ser bautizados, del mismo modo que hubieran pedi- 
do un jubón ó una gorra. Opúsose entonces el almirante 
con la mayor enerjia á la condescendencia de ciertos 
eclesiásticos, cuyo proselitismo, demasiado induljente, 
favorecía el pretenso movimiento relijioso, y que con el 
anhelo de acrecentar con prontitud su rebaño, acristia- 
naban naturales, sin mas preparación que su deseo de 
ser cristianos. Por piedad, pues, impedia el abuso del 
sacramento, es decir, su profanación; que por lo demás 
su manera de tratar á los indíjenas fué siempre pateríial, 
no viendo en los hijos de los bosques sino á hermanos 
suyos en Jesucristo, y amándolos jenéricamente por ha- 
berlos descubierto para incorporarlos á la Iglesia. 

• El amoroso y contemplativo carácter de Colon lo 
conducia á la dulzura y á la induljencia; y si publicó 
bandos severos, lo hizo para pro tejer la vida y hasta la 
honra de los indíjenas que ciertos españoles escarne- 
cian. La llamada crueldad de Colon no fué otra cosa 
que la justicia puesta al servicio de la fraternidad cris- 
tiana. 

Menester es decirlo, en su odio, los enemigos del al- 
mirante, se gozaban en atribuirle todas las medidas to- 
madas por su hermano el adelantado. 

D. Bartolomé, recto y justo; pero penetrado de lo 
útil que era, y de su ascendiente sobre los licenciosos, 
hambrientos y fanfarrones, no se cuidaba de dulcificar 
con esplicaciones verbales y suavidad de formas el exac- 
to cumplimiento de sus órdenes, sino que marchaba im- 
pávido por su camino, abatiendo á diestro y siniestro el 
orgullo de los arrogantes hidalgos, sin parar mientes en 
su enojo, y obhgándolos á bajar la impúdica cerviz á la 
lejítima autoridad de su hermano el virey. Según Las 
Casas, la justa severidad del adelantado fué la causa pri- 
mordial de las acusaciones de crueldad, lanzadas con 
tanta persistencia contra Colon;i y, no obstante, como 

2. Las Casas. Historia de las Indias, lib. I. cap. XXIX; Ms. 

18 



—138--^ 

confiesa D. Eustaquio Navarrete, "es una verdad que 
toda esta severidad hacia falta, pues no se sabe como 
hubiera podido gobernarse de otro modo jente tan re- 
voltosa y díscola, "i 

Lejos de haber sido censurada por la corte su ruda 
conducta con sus administrados, fué Colon, al contrario, 
acusado de demasiado blando y conciliador; y en las 
instrucciones entregadas á su sucesor en audiencia so- 
lemne, en presencia de los reyes, le recomendaba el con- 
sejero D. Antonio de Ponseca, hermano del obispo or- 
denador de la marina, temeroso de que le aconteciera lo 
propio que á el almirante, castigara en su orijen cual- 
quier revuelta, é hiriera como el rayo 2 

Se vé, pues, que las acusaciones dirigidas á Colon 
son sombras que se desvanecen al irlas á tocar. Pero, 
tenemos aun que refutar la creencia jeneral en que se 
está de la impericia administrativa del virey. En esto, la 
acusación es en estremo ambigua y oscura, pues no pue- 
de aducir un solo hecho con exactitud. 

Objétase á la capacidad del almirante su proposi- 
ción de colonizar la Española con criminales y su malha- 
dada elección de Roldan para el oficio de alcalde mayor 
de la isla; y, equitativamente, la idea de reclutar colonos 
en cárceles y presidios no debe atribuirse á él, sino á la 
imperiosa ley de la necesidad. Y en efecto, que una me- 
dida tal manifiesta de una manera bastante clara el pe- 
)ioso estremo á que se estaba reducido. No debe echar- 
se en olvido que en los momentos en que se produjo la 
referida propuesta, estaban los ánimos tan prevenidos en 
contra de las Indias, que ninguna recompensa hubiera 
decidido á un castellano á embarcarse para ellas; que 
una estada de dos años en la Española parecía compen- 



1. Don Eustaquio Fernandez de Navarrete. Noticias de don Bar- 
iolomé Colon. Colección de documentos inéditos, tomo XVI. 
p. 527. 

2. Herrera. Historia jeneral de las conquistas y viajes de los cas- 
tellanos en las Lidias Occidentales. Década 1. lib. lY. cap. XIII. 



—139— 

sar la pena capital; que, ademas, era una cuestión de 
vida ó muerte para la colonia; y que también las esclu- 
siones designadas por Colon, en las que se esceptuaban 
los malhechores mas delincuentes, daba marjen á espe- 
rar que aquel rejimen penitenciario i)rodujera buenos 
resultados. Y es de creer que, si los deportados no hu- 
biesen desembarcado en pésimas circunstancias en medio 
de los rebeldes, cuyo mal ejemplo y peores sujestiones 
despertaron sus depravados instintos, no habria habido 
razón para lamentar su envió. La necesidad de abrir las 
prisiones para poblar la Española es mas un cargo para 
los castellanos que para Colon, porque, en lo que á el 
respecta, se advierte que, á pesar de tan duro estremo, 
que dicho sea de paso, no le desconcertó, no se descui- 
dó un instante en salvar la colonización católica del nue- 
vo mundo, y que mejor que abandonarla, buscó los ele- 
mentos de cultura y civilización por otro sendero que el 
que las ideas y costumbres de su época tenian abierto. 
No dijo como un elocuente girondino: "Perezcan las co- 
lonias mejor que los principios; " y como sabia habituar- 
se á todo y á todos, aceptó las peripecias y continua lu- 
cha con hombres ingratos y perversos, mas bien que 
dejar estinguirse el jérmen de lá fé católica que habia 
esparcido por las nuevas rej iones. Hoy, la rápida pros- 
peridad de Australia, y el primer ensayo de Francia en 
la Guayra parecen justificar el estraordinario atrevimien- 
to de las esperanzas de Colon. 

Lo que fué de su elección, siempre fué escelente. La 
conducta criminal de Roldan no prueba la falta de buen 
juicio del virey, porque, habiendo sido de las personas 
de su servicio, tuvo mas de una ocasión de apreciar su 
amor á la legalidad y su aptitud para lo contencioso y 
judicial. Por eso lo nombró primero alcalde, empleo 
.que desempeñó con gran satisfacción de la colonia y 
luego lo elevó á la dignidad de alcalde mayor, lo 
cual era al mismo tiempo una recom[)ensa y im estí- 
mulo para comportarse bien. Y si mas tarde la ambi- 



—140— 

cion lo aguijoneó y lo volvió ingrato y traidor, no por 
eso su talento y especialidad quedaron menos justifica- 
dos: no debe, pues, hacerse á Colon responsable del 
desagradecimiento de un hombre á quien habia colmado 
de beneficios y honrado con el título de amigo. 

Lo declaramos francamente, hemos buscado, pero no 
podido hallar errores, ni defectos en el injenio adminis- 
trativo de Colon. Y no pretendemos tan solo que durante 
su administración, no cometió falta alguna, sino que lo 
afirmamos de una manera terminante, lo sostenemos con 
la conciencia de lo que hacemos, y lo manifestamos así 
en nombre de la sinceridad de nuestras investigaciones, 
de la magnitud de nuestros trabajos, del leal homenaje á 
que tiene derecho la verdad, y del interés que inspira el 
heroísmo calumniado. 

Nunca hubo que desempeñar un gobierno mas arduo 
que el de Colon, pues se movía en un espacio descono- 
cido, careciendo hasta de los mas triviales precedentes 
administrativos, y sin cesar entorpecido por las dificulta- 
des del clima, de la hijiene, de las antiguas costumbres, 
y nuevas necesidades, de los perennes conflictos de los 
hidalgos y los indíjenas, de las sospechas, de la descon- 
fianza, de los brutales apetitos, de la insubordinación ó 
indisciplina, erijidos en estado normal, y de las pedan- 
tescas pretensiones de la burocracia de Sevilla, con sus 
formas inaplicables á las exijencias de un réjimen de 
todo punto nuevo. 

A pesar de esto. Colon no cometió la menor falta. 
Es verdad que no era infalible; pero también lo es que 
no faltó. La protección del Señor se estendió á sus 
obras; y si en su cuerpo sufría. Dios lo premiaba en sus 
trabajos, porque ni una sola de sus instituciones contenia 
el jermen te un vicio, el motivo de un trastorno, la cau- 
sa de una dificultad para una época por venir. Del mis- 
mo modo que no se descubren vicios en un santo, no se 
encuentra un defecto en su gobernación, y esto fue por- 
que no tuvo en cuenta su elevación personal, ni el en- 



—141— 

grandecimiento de su casa, ni la riqueza de sus hijos, 
sino la gloria de Jesucristo, la dilatación de Castilla, la 
civilización cristiana, la buena administración de las In- 
dias, y la esplotacion de las fuentes de riqueza de aque- 
llas tierras, con las mejores condiciones y de la manera 
que mas beneficio reportara al pueblo. Convencido de 
que su obra seria eterna, no sacrificó nunca Colon á lo 
presente los recursos de lo venidero. 

Para manifestar todo lo que pensamos, diremos que 
no nos sorprende absolutamente el no tropezar con fal- 
tas ni en su administración, ni en su vida pública,' y que 
lo que sí nos estrañaria seria el hallarlas en quien era 
tan completo; descubrir algo ilójico, algo fuera de lugar 
en un cristiano que vivia en presencia de Dios y que 
abrigaba en su corazón siempre una gratitud inmensa, 
infinita por los favores que sobre él derramaba la divina 
majestad. 

Sus misteriosas obligaciones, sus comunicaciones con 
el orden sobrenatural, son precisamente los rasgos que 
distinguen á Colon, que lo diferencian del resto de los 
administradores, y que hacen de su vida enseñanza me- 
morable. Pero, conformándonos 'con la humildad francis- 
cana de que nunca salió Colon para defenderse nos limi- 
tamos á rechazar la calumnia, cuando pudiéramos, por 
el contrario, poner de relieve su casi fenomenal capacidad 
en materias administrativas. 

La práctica y rectitud de su buen sentido le fué se- 
ñalando siempre la oportunidad de las medidas, asi como 
los medios mas sencillos y directos de ponerlas en eje- 
cución. Cada detalle de su administración revela la fuer- 
za de unidad del conjunto, y el conjunto la ciencia de 
los detalles; cosa que conceptuaba Napoleón I como la 
mas rara é importante, lo mismo en la paz que en la 
guerra. Colon tenia siempre presente aquellas palabras 
de la Escritura: "Quien descuida las pequeneces caerá 
poco apoco. " Porqué,pues, discutir los actos de sugobier- 
no si los hechos hablan mas alto que las interpretaciones? 



—142— 

Cuando, después de haber descubierto el nuevo 
continente, volvia enfermo á la Española, á poco de 
la insurrección de los naturales, de la revuelta de los 
castellanos, que despreciaban cuanto emanaba de él, y 
de la deserción de sus subordinados, se encontraba sin 
tropas, sin dinero, sin apoyo moral, en suma, en una 
posición desesperada, y, sin embargo, supo, con diestms 
concesiones, y hábiles contemporizaciones, dominar de 
la fuerza, desarmar al crimen, restablecer la autoridad 
y la seguridad publica, organizar la producción é inau- 
gurar una era de prosperidad en la isla. Si esto no es 
capacidad administrativa, que se nos esplique tamaño 
prodijio, y se nos designe su verdadero nombre! 

¿Cómo dudar de las relevantes dotes administrativas 
de Colon, al verlo trasformarse repentinamente y á me- 
dida que las necesidades lo reclamaron, de hombre de 
mar en agricultor, arquitecto, injeniero militar y civil, 
economista, y ser una especialidad como agrónomo y 
majistrado? Todas las cuahdades mas eminentes, indis- 
pensables á los fundadores de colonias, que, con harta 
frecuencia, tienen que proveer á mucho con poco, y por 
un tránsito azaroso llegar á un termino feliz, las poseia 
en grado superior el virey de las Indias. 

A pesar de su santa sed de oro, no bien se encon- 
tró Colon instituido gobernador de los nuevos paises, 
lejos de prestar una preferente atención á las minas y á 
los procedimientos metalíirjicos, se contrajo de una ma- 
nera casi esclusiva al cultivo de la tierra, base funda- 
mental y último objeto de toda colonización de impor- 
tancia. 

Con el nombre de Granja Real, habia establecido 
una granja modelo, en la cual se conservaban, con toda 
la pureza de su raza, animales reproductores de cada 
especie; y por su inspiración se hacian plantaciones y 
tenian lugar ensayos de aclimatación y horticultura. Y 
comprendiendo que era preciso renunciar al réjinien eu- 
ropeo y adoptar la hijiene de loa naturales, se esforzaba 



—143»-- 

por habituar á los colonizadores á los alimentos de los 
indíjenas. En esto escedió su penetración á las caras lec- 
ciones de la esperiencia, queriendo que pudieran, llega- 
do el caso, prescindir de la metrópoli para vivir, y de- 
volverla mas de lo que recibieran de ella. En vez de 
célibes ansiosos de oro, incapaces de aficionarse al ter- 
reno para cultivarlo, y que no supieran sino trastornar* 
lo y dar al traste con todo, no gustaba de admitir sino 
hombres casados, laboriosos, amigos de Li agricultura, 
con el objeto de que unos se dedicaran al desmonte y 
la labranza, otros á abrir acequias^ y desecar pantanos 
y otros, en fin, al pastoreo de los ganados. 

Para igualar los productos agrícolas y la esplotacion 
de las minas auríferas, estableció con la mas exacta equi- 
dad los derechos del fisco sobre los trabajadores; dere- 
cho que consistía en los buscadores de oro, en la ter- 
cera parte de su recolección, y que satisfacían con la me- 
jor voluntad. Así, sin agoviar al contribuyente enrique- 
cía el tesoro en lugar de empobrecerlo, como hizo Bo- 
badilla, sacrificando el ínteres de la reyna á una efímera 
popularidad. Y temiendo que los habitantes de la Es- 
pañola se aficionaran á los pleitos y procedimientos con 
la venida de esos lejistas cavilosos que inventan las cau- 
sas, envenenan siempre las reclamaciones, y atizan el 
fuego de la discordia sobre los límites, servicios, entra- 
das y salidas y cañerias de las fincas, y hacen surjir di- 
ferencias del modo mas artificioso, prohibió á los abo- 
gados, procuradores y demás jente de la curia abordar 
á la isla,2 así como lo había hecho con los estranjeros 
y los herejes. 

La confirmación oficial de la superioridad adminis- 
trativa del almirante existe aun en las instrucciones je- 



1. Cédula para que Fernando de Zafra husque veinte hombres 
de campo y otro que sepa hacer acequias. Colección diplomática. Do- 
cumentos *n. XXIII. 

2. El P. Cliarlevoix. JüsloWe de Sainf-Donr/'nf/ue, lib. III. p. 141, 
142, en 4. 



—144— 

neraks del 23 de Abril de 1497 dadas por los reyes 
al gobernador de las Indias para la población de las 
islas y tierra firme; las cuales, verdadero resumen de 
las ideas de Colon, prueban que aquel hombre, criado 
en la mar, encontró, no obstante esto, los medios de 
protejer los intereses de los ausentes y^elos herederos 
lejanos, como también las formas jurí cucas que mejor 
pudieran garantizar todos los derechos. Tanto es así 
que, en el citado documento, se remiten SS. A A. á la 
memoria del virey, y la reproducen in extenso en esa 
parte. 1 

Ademas, hay un hecho que prueba irrefragablemente 
las altas cualidades de Colon y su idoneidad para la go- 
bernación de los pueblos, á saber: el restablecimiento, 
en su primer vigor y estado, por la fuerza de las cosas, 
de todas sus disposiciones y reglamentos coloniales, que 
antes hablan sido censurados y anulados por la corte, 
haciendo de este modo justiciad sus pensamientos, mien- 
tras su persona era objeto de luia crítica de mala ley 
y de acusaciones calumniosas. 

Reasumiendo: 

Queda probado hasta la saciedad que en la admi- 
nistración del almirante no se halla una falta, y que pa- 
recía incarnada en él la ciencia de gobernar, porque, no 
habiendo podido adquirir con el estudio, ni aun sus mas 
lijeros principios á causa de sus continuas navegaciones, 
no ideó jamas cosa que la desmintiera. 

Fué, pues, contra los hechos, contra la evidencia, 
contra la justicia y contra la razón, acusado de imperi- 
cia administrativa; pero la envidia necesitaba de un pre- 
testo para ocultar su pasión, y se parapetó tras él fin- 



1. Nos parece que se debe guardar la forma que está en el ca- 
pítulo de vuestro memorial, que sobre esto nos distes que es el siguien- 
te. "Muchos estranjeros é naturales son muertos en las Indias, etc.." 
— Instrucción de los señores reyes católicos al almirante para la pobla- 
ción de las islas y tierra firme. — Colección diplomática. Documento 



—145— 

jieiidose guardadora de los intereses públicos. 

El rey don Fernando, cauteloso y sutil, y presumien- 
do tanto de habilidad gubernamental como de astucia 
política ni amaba á Colon por su saber, ni á las co- 
lonias por su distancia; que el receloso monarca temia 
ver debilitada su autoridad, teniendo el Océano de por 
medio, y ios resultados inmediatos constituían el prin- 
cipal objeto de sus esperanzas; y si bien su tesoro no 
habia aventurado una blanca en el asunto, le dolian los 
compromisos contraidos por Castilla de sostener un es- 
tablecimiento cuyos resultados no guardaban proporción 
con los ensueños ambiciosos, ni con la necesidad de re- 
cursos que tenia para llevar á cabo sus proyectos sobre 
Italia. ''Consideraba el nuevo mundo como ajeno, y no 
lo estimaba sino por lo que rendia;''i y tan indiferente 
le era la suerte que pudiera caberle, como indiferente y 
estraño/ué á su descubrimiento. Después de haberse, 
por un momento, envanecido de Colon, miraba con ojos 
de envidia su inmensa celebridad, y le hacia sombra la 
encumbrada posición creada al marino jenoves por los 
tratados que le conferian y aseguraban para lo futuro 
un gobierno á parte. 

Y como cuanto mas se estén dian los descubrimien- 
tos mas se ensanchaban los derechos de Colon, los ene- 
migos del hombre grande, los funcionarios superiores 
de la marina, el ordenador Fonseca, el veedor Soria y 
el pagador jeneral Jimeno úe Bribiesca, sabedores de 
las imajinaciones que preocupaban al rey, y su secreto 
aborrecimiento á la persona del almirante, alimentaban 
en su espíritu la idea de, que el título de virey despres- 
tijiaba á la corona. Púsose por obra todo cuanto tendie- 
se á anular de hecho los dictados y franquicias que po- 
seía, y á barrenar á las claras las capitulaciones conve- 
nidas con él, y ratificadas con todas las fórmulas lega- 
les. Sin embargo, menester es reconocerlo, la ingratitud 



1. José Qnintaua. 

19 



—146— 

y la mala voluntad del rnoimroa no entraron por tanto 
en tamaña iniquidad, como el egoismo y animadversión 
de las oficinas de Sevilla. El odio de don Juan de Fon - 
seca pesó mas en la balanza que el desamor y ruines ce- 
los de Fernando el católico. 



III. 



Siendo cosa resuelta, el reemplazo provisional de Co- 
lon en el gobierno délas Indias, de acuerdo con Isabel, 
á quien se habia persuadido de la prudencia de la me- 
dida, dirijióse con maestria la elección de la reyna y re- 
cayó en un personaje bien quisto en la corte, íntimo del 
ordenador jeneral de la marina, honrado con el aprecio 
del rey, y cuyas maneras graves y circunspectas, en ar- 
monia con la elegancia de su lenguaje, inspiraban, na- 
turalmente, consideración y respeto. Era comendador de 
Larez, y se llamaba don Nicolás de Ovando. 

Concedióse al gobernador, en apariencia interino, 
aunque definitivo en el ánimo del rey, un séquito nun- 
ca visto y una magnifica flota de treinta y dos velas, 
que el obispo Fonseca, Bribiesca y Gonzalo Gómez de 
Cervantes, á la sazón establecido en Sevilla, dejaron, con 
inusitada actividad, en disposición de darse á la vela, en 
menos de seis meses. Si Colon hubiera podido descen- 
der á dar entrada en su pecho á la envidia, no habria 
mirado sin disgusto ni sospechas semejante aparato guer- 
rero y alarde de fuerzas concedido á un interino. Ade- 



—117— 

mas, el veedor de la marina que, en otra ocasión, se 
negó á dar pasaje gratuito á un solo criado del almiran- 
te, no objetó ahora la menor dificultad para facilitarlo 
á los diez guardias de á caballo y . doce de á pié de 
Ovando, que llevaba consigo oficiales de alta categoría 
y se rodeaba de un aparato que, el virey, no se hubiera 
atrevido ni á imajinar siquiera. Sin duda que al gober- 
nador transitorio se le protejia de muy diverso modo 
que al gobernador titulado, perpetuo y hereditario. 



IV. 



Pero la desconfianza y los celos vulgares no tenian 
fácil entrada en el gran corazón del virey, y así, mien- 
tras se preparaba el armamento de la flota, retirado en 
un solitario albergue y entregado al estudio y á la ora- 
ción habia perdido de vista desde la elevada cima de 
las contemplaciones divinas las intrigas de la corte y las 
míseras ajitaciones del mundo: una ambición mas atre- 
vida hacia palpitar su pecho. No le bastaba haber des- 
cubierto el nuevo continente, la costa firme; necesitaba 
recibir el premio de sus trabajos; y como las glorias hu- 
manas eran impotentes para ello, aguardaba de mas alto 
la recompensa. 

Esperaba Colon que, poniendo su divina majestad 
el colmo á sus favores, se dignara reservarle la conquista 
del santo sepulcro, hasta entonces negada á los denoda- 
dos esfuerzos de los cruzados. 



-148— 

Sabido es que tal fué el anhelo constante del virey, 
y después de su tercer viaje, por el cual habia aumen- 
tado con una mitad mas el espacio de la tierra, se le ha- 
cia tarde el momento de poner por obra su heroico pro- 
yecto. Y tanto en el convento de sus amigos los fran- 
ciscanos de Granada, como en el pintoresco monasterio 
de los de Zubia, erijido en el teatro dh la guerra en 
memoria de la escaramuza de la reyna,i y desde donde 
abarcaba, á un tiempo, la vista, la hermosa Vega, ma- 
ravilla de la vejetacion europea, y la Alhambra y el Al- 
baicin, prodijios de la arquitectura morisca, vivia en 
la intimidad de lá suma anjélica, en la sociedad de 
los maestros de la teolojia, alimentándose deliciosamente 
coii el estudio de las Santas Escrituras, aspirando en 
las revelaciones de los profetas y en los elevados cantos 
de los salmistas el exotérico perfume que exhalan, y procu- 
rando descubrir hasta en el fondo de las imájenes apoca- 
lípticas algunos pasajes, destellos luminosos que creia' 
debian aclarar la cuestión de los santos lugares, llamar 
la atención de los reyes católicos é inclinarlos á tan glo- 
riosa empresa. 

A veces, en los intervalos que le dejaban sus investi- 
gaciones, electrizado por la poesia de Israel y los mag- 
níficos himnos de la Iglesia romana, hacia también por 
desahogar en versos las emociones de su piedad. Poeta 
por las sensaciones de su alma, lo era, ademas, por la 
manera de espresarlas aun en la lengua de su patria 
adoptiva. 

Desgraciadamente se han perdido aquellas estancias 
cristianas de Cristóbal Colon, cuyos últimos vestijios 
existen, escritos á la ventura, en el croquis de su tra- 
bajo sobre las profecías. ^ Su metro es grave y solemne 



1. La única batalla formal qiio tuvo lugar cu la Vega de Gra- 
nada, durante el sitio de la ciudad, se empeñó repentinamente con mo- 
tivo de un paseo de la reyna doña Isabel por el cerro de Zubia. Ape - 
Uidóse el choque Escaramuza de la reyna. 

2. Desgraciadamente ia paráfrasis del Meimn'afc naris-sima /na. 



-J49- • . • ^ 

como el jenio cristiano, y abunda en pensamientos que 
revelan lo desengañado del mundo que se hallaba su 
autor, lo profundo y arraigado de su fe y una lójica di- 
vina. Su trozo mas estenso tiene por asunto los fines del 
hombre, y luego, en seis estrofas, empezada cada una 
con una palabra latina, desenvuelve la máxima católica: 
"Memorare nomssima tua, et non pecabis in (Eternum!' 
Estas seis estrofas rebosan la grandeza é inflexibilidad 
de nuestros dogmas, y abundan en esas hondas impre- 
siones, sed ardiente del paraiso y horror al pecado que, 
tan naturales son á las almas santas. Si en un idioma 
(pie tan tarde fué el suyo y que no comenzó á balbu- 
cear hasta la edad de cuarenta y nueve años se mostró 
Colon poeta, ¿qué acentos tan armoniosos no habría des- 
pedido en el de Dante y Tasso, la dulce habla de su 
juventud? 

Nos parece digno de atención esta circunstancia que 
concurrió en Colon en su infortunio y su vejez, pues 
grandes injenios y grandes santos, escribieron también 
poesías en sus últimos años. La juventud comienza me- 
trificando y la ancianidad torna á la poesia, como en 
busca de xm consuelo, pero esta vuelta á la poesia, lo 
mismo que á la música, reflejo de la eterna adolescen- 
cia del alma, parece ser la recompensa esclusiva de quien 
ha encanecido en la práctica de la virtud. Para no pre- 
sentar mas que un ejemplo, diremos que, el gran Bos- 
suet, poco antes de su muerte, gustaba de traducir en 
verso francés los salmos de David. A dos siglos de dis- 
tancia estos dos hombres sublimes esperimentaron la 
misma necesidad y buscaron en la misma fuente el mis- 
mo consuelo. 

Durante cerca de siete meses, de concierto con va- 



el principio de una oda sobre el nacimiento de San Juan Bautista ti- 
tulada: Gozos del nacimiento de San Juan Bautista, después una es- 
tancia referente á los deberes del cristiano y algunos versos mas, es- 
parcidos por las liojas del Libro de las profecías componen únicamente 
]o que Jiasta nosotros ha llegado de las pocsias de Cristóbal Colon. 



—150— 

rios sabios relijiosos, de los mas versados en las letras 
sagradas, se ocupó Colon en compulsar la Escritura y 
los autores eclesiásticos con el objeto de reunir los di- 
ferentes testos y de indicar las interpretaciones que se 
adaptaban á los hechos á que el habia dado ejecu- 
ción, así como los pasajes aplicables al sepulcro del 
Salvador, y cuando le pareció que su trabajo estaba 
completo, envió (13 de Setiembre de 1501) una copia 
á un docto teólogo de Sevilla, llamado Fr. Gaspar Gor- 
ricio, de la cartuja de las Cuevas, para que lo exami- 
nara y lo enriqueciera en caso necesario. 

Este precioso manuscrito, destinado á los reyes ca- 
tólicos, se ha perdido; su borrador formaba un tomo 
en folio de ochenta y cuatro hojas, con este título: Co- 
lecciofi de las profecías sobre la reconquista de Jerusalen 
fj el descubrimiento de las Indias. Humboldt no ha te- 
nido reparo en llamar á este trabajo '^bosquejo de la es- 
travagante obra de las profecías'^ y hasta lo ha califica- 
do de "profecías paganas y bíblicas/'^ La omnipoten- 
cia de su nombre ha hecho que se acepte un juicio 
que tiende á desprestijiar á Colon en el ánimo de los 
lectores eruditos; pero, nosotros, que no podemos dar 
asentimiento á tal sentencia, decretada sin justicia y 
sin mas previo examen de los documentos, haremos cons- 
tar que, mientras reconoce que ''la obra estravagante'' 
no es mas que un croquis, conviene en que muchos re- 
lijiosos ayudaron á Colon en su trabajo. 

Y en efecto, el fragmento impreso ''de la obra estra- 
vagante" que ha recorrido Humboldt no es sino un cro- 
quis, una especie de borrador, escrito, en parte, por 
otra mano que la del almirante, y que viene á ser el bos- 
quejo informe de un pensamiento no coordinado, pues 
los pasajes recojidos, las autoridades diversamente clasi- 
ficadas no están unidas por el razonamiento, y presen- 



1, Huiuboldt. Examen crítico ik la /liaior'ui 'le h( jcoffriifia del 
mieüo vontinetüe, t. I. p. 102. 



—151 — 

tan no mas que un montón de materiales. ¿Y siendo co- 
mo es asi, podrá juzgarse sanamente de una obra por 
fragmentos y borradores, abreviados y truncados por 
catorce mutilaciones? Los sabios sacerdotes que ayu- 
daron á Colon en su trabajo, no lo conceptuaron estra- 
vagante. El profundo teólogo de la cartuja de Sevilla lo 
poseyó íntegro, es decir, acabado y completado con las 
catorce pajinas, que, una mano criminal, arrancó por en- 
tonces del croquis, único ejemplar que nos haya que- 
dado, las cuales debieron constituir la parte mas impor- 
tante del trabajo, como convienen Muñoz y Nav^rrete;! 
y por haberlo conocido cabal fué por lo que concibió 
de él una opinión muy distinta de la de Humboldt. 

El sabio cartujo dirijió muchas cartas a el grande 
almirante sobre este asunto, y apenas hubo recibido y 
leido su manuscrito le envió una diciéndole que se apli- 
caría con tanto mas gusto á complacerlo cuanto que con 
ello '^se enseñaria, y despertaría su entendimiento en 
cosa tan salutífera, consolatoria, admonitoria y provoca- 
tiva al servicio de nuestro señor Dios,^ y al pro é honra 
de sus reyes é de toda la relijion cristiana/^ Y después 
de haber examinado concienzudamente la obra confesó' 
no serle posible agregar sino muy poco, porque ya Co- 
lon habia recojido la flor de todas las autoridades, sen- 
tencias, palabras y profecías contenidas en las Santas Es- 
crituras y los glosadores. Pero no obstante conocer que 
le quedaba poco que espigar, se entregó á su tarea con 
unción edificante é interior consuelo, elevándose á las 
miras jenerosas del contemplador de la creación, y rogó 
á Dios iluminara el camino de sus investigaciones para 



1. "Pero le faltan catorce hojas que han cortado, y es factible 
fuese lo mejor de la obra."— iVb¿a d la colección del manuscrito enan- 
cado hecha por el historiógrafo real en Sevilla el 14 de Marzo de 
1784. 

2. Respuesta del P. D. Fray Gaspar Gorricio. Colección diplo- 
mática. Docamcnto n. CXL. 



^152— 

poder corresponder '^á los santos deseos'^^ de su señoría 
el virey. 

En el trabajo de Colon sobre las profecías, como solo 
tenia por objeto la emancipación de los santos lugares, 
no insistió acerca de las ventajas de la conquista. Los 
reyes conocian su proyecto, pues les habia hablado de 
él antes de salir para su primera espedicion y mas ade- 
lante, á la vuelta del segundo viaje y en ocasión de mar- 
char á la descubierta del nuevo continente. Empero 
como se fundaba en la autoridad de los libros santos 
para acreditar el fin, esclusivamente relijioso, de la espe- 
dicion propuesta, establecia primero, á manera de prefa- 
cio á su escrito, ciertos principios de una buena interpre- 
tación de las Escrituras, tomados de San Agustin, Santo 
Tomás, San Isidoro y Gerson. Después, entrando en ma- 
teria, recordaba el modo maravilloso con que fué esco- 
jido para dar cumplimiento á muchas palabras de los 
profetas, particularmente las de Isaias, relativas á las na- 
ciones situadas en los confines del globo. 

A. pesar de la multitud de sus enemigos que ace- 
chaban todas las ocasiones de perderlo, y de la vijilan- 
ciá de la Inquisición, á la sazón tan afanosa en reprimir 
el pensamiento mas trivial que se manifestara de dudo- 
sa ortodoxia católica, escribía Colon injenuamente que 
la Santísima Trinidad le inspiró la primer idea de su 
empresa; que el redentor, es decir, el verbo hecho car- 
ne, le mostró el camino; que nuestro señor, manifes- 
tándose propicio á su deseo, le habia hecho merced del 
espíritu de intelijencia; que le habia ''abierto en se- 
guida el entendimiento'' de una manera palpable y dá- 
dole la fuerza necesaria para la ejecución de todo,^ re- 



1. "E-ogando á nuestro Señor que cumpla quod locutus est per 
08 PropJietarum, y plega á su infinita clemencia de lo asi hacer, y lle- 
var los santos deseos de V. S." — Respuesta del P. D. Fray Gaspar 
Gorricio. 

2. Carta del almirante al rey y á la reyna, — Libro de las Pro- 
fecías, fol. IV. 



—153— 

conociendo al propio tiempo que en su hallazgo solo le 
sirvieron las ciencias y las matemáticas de muy endeble 
apoyo, y que de Dios únicamente recibió la inspiración 
y el ánimo para llevarla á cabo. 

Es indudable que quien se despoje de la pasión lio 
encontrará ni exajeraciones, ni "estravagancias'' en el 
trabajo sobre las profecias. Nosotros hemos admirado 
en él la erudición y la majestad unidas á la sencillez y 
claridad del razonamiento; que en lo que respecta al fon- 
do de la obra, Colon comprobaba un hecho señalado ya 
hacia seis años por el ilustre lapidario de Burgos, don 
Jaime Ferrer, y reconocido, con el trascurso del tiempo, 
por filósofos cristianos, teólogos, obispos y príncipes de 
la Iglesia, de un mérito eminente. 

El servidor de Dios, esforzándose por penetrar todos 
los secretos del globo, y midiendo el celo de los hom- 
bres por el suyo esperaba, ya que habia aproximado 
á las rej iones lejanas, que el nombre del Salvador fuera 
llevado en triunfo por toda la tierra. Y en el ardor de 
su fé, deducía resueltamente de este resultado evaujé- 
lico que todas las naciones se convertirían al cristianis- 
mo, y que, una vez los pueblos rejidos por el mismo 
pastor y la misma ley, se acercarla la fin del mundo; 
que su espíritu investigador, después de haber ensan- 
chado el espacio, intentaba conquistar las nociones del 
tiempo futuro y designar la época en que concluiría la 
vida del globo.*^ Apoyándose en la opinión de San Agus- 
tín, admitida por muchos teólogos, y en particular por 
el cardenal Pedro de Ailly, que el mundo debia concluir 
en el sétimo millar de años, á contar desde la creación 
del hombre, habia supuesto, según los cálculos del r^ 
don Alfonso, que la duración del mundo no debia ser 
mas que de ciento cincuenta y cinco años, y que, de 
consiguiente, iban á atropellarse los sucesos y á presen- 
ciarse por la nueva jeneracion los signos precursores del 
tremendo día. 

En sus escritos, el gbate Joaquín de Calabria, repu- 

20 



—154— 

tado durante su vida de profeta y santo, y celebrado 
por el Dante y San Vicente Ferrer y San Bernardino de 
Siena, en algunos de sus sermones, y Pedro el venera- 
ble, abad de Cluny, habian representado como próxima 
la fin del mundo, y el último, hecho cálculos de proba- 
bilidad sobre la época en que ocurriría. El bienaventu- 
rado ermitaño Telesforo, no temió designar el terríble 
dia, á pesar de decir que el señor podia disponerlo de 
otra suerte. El sabio astrónomo, cardenal Nicolás de 
Cuza se ocupó también del caso, y así, empapado Colon 
en las ideas del docto Pedro de Ailly sobre la estincion 
del mahometismo y la venida del Antecristo, buscaba 
á su vez el modo de basar en cálculos la hora postrera 
del universo, bien que, sin estenderse apenas en las 
probabilidades, ni hacer de la posibiHdad la piedra an- 
gular de su razonamiento. 

El cumplimiento de las profecías, la infalibilidad 
de la palabra de Dios, tal es el punto de partida de su 
demostración. "Nuestro redentor dijo que antes de la 
consumación deste mundo se habrá de cumplir todo lo 
que estaba escrito por los profetas,"! esclama, y de 
aquí, por una serie de razonamientos, que la muti- 
lación de catorce pajinas nos impide apreciar, infiere 
\a, necesidad de libertar presto el Santo Sepulcro, no 
con el objeto de asegurar á España una ventaja po- 
lítica, sino con .el de donarlo á la Iglesia católica. 

Lo que ambicionaba el discípulo del verbo era, res- 
catando del dominio de los infieles la tierra de los 
milagros, reunir Jerusalen á Roma; entregar el sepul- 
cro del Salvador al sucesor del príncipe de los apósto- 
les, y d^ esta suerte la Palestina se hubiera unido 
á la Santa Sede, con el mismo lazo que unió la Je- 
rusalen antigua con la moderna y el antiguo con 
el nuevo testamento. Habríanse agregado los santos lu- 



1. Libro de las profecías, fól. IV, Caria del almirante al rey y d 
la reyna. 



—155— 

garcs al dominio de San Pedro, como heredamiento de 
sus derechos de primojenitura apostóHca, y la cuestión 
de los santos lugares, ese nudo gordiano de los intereses 
relijiosos de los tiempos por venir, se hubiera desata- 
do con el oro del nuevo mundo, ó cortado con la espada 
de su revelador, y no habria servido en la actualidad de 
pretesto á la ambición de los cismáticos griegos ó rusos 
que se atreven á llamarse de la Iglesia ortodoxa. No se 
habrían visto naciones separadas de la comunión roma- 
na, ni gobiernos protestantes y panteistas acudir llenos 
de audacia á disputarse, como una parte de la lejítima 
paterna, privilejios que por los derechos de una posesión 
antigua, por los del martirio y de la caballería pertene- 
cen solo á la Iglesia católica, apostólica, romana, y lue- 
go de ella á la Francia, su primojenita. 

Calculó Colon que, con el producto de sus derechos 
del décimo y octavo, podría acometer la empresa, y 
combinó su presupuesto de modo que le fuera dable le- 
vantar, en dos veces, un ejército de cien mil infantes y 
diez mil caballos;! pero en los momentos mismos en que 
se entregaba á tan piadosos proyectos, no recibia de sus 
rentas ni lo bastante para componer su capa. Los dos 
mil ducados que lá reyna le habia mandado entregar en 
Cádiz se habian invertido, tanto en gastos suyos como 
del adelantado. Necesitaba sostener en Córdoba el mo- 
desto ajuar de su mujer doña Beatriz, á su hermano don 
Diego, que m^anifestaba deseos de separarse para siem- 
pre del mundo, y ademas, como por su doble carácter 
de virey y de grande almirante estaba obligado á vivir 
con cieito boato, y á mantener un número de oficiales 
y criados, y llevaba mas de un año de permanencia en 
España, se habian apurado sus recursos. 



1 "Que donde á siete años jo le pagaría cincuenta mil de pie y 
cinco mil de caballo en la conquista dcUa, y donde á cinco años otros 
cincuenta mil de pie y otros cinco mil do caballo, que serian diez mil 
de caballo ó cicu mil de pie para esto." — Carta del almirante Colon 
á Su Santidad. 



--156— 

Cuando se recuerda la severidad de principios de 
Colon, su método, su orden, su economia, no se conci- 
be, ni aun tomando en cuenta sus gastos escepcionales, 
que se hallara tan desprovisto de metálico; pero nos- 
otros no dudamos de que su celo por los hospitales y 
amor á los pobres, los amigos de Dios, hubieran con- 
tribuido particularmente á su repentina indijencia, así 
como tampoco de que, contando con sus rentas, á la sa- 
zón caidas, y que ascenderían á mas de ocho mil duca- 
dos, satisfaciera su agradecimiento y piedad, devol- 
viendo á la familia franciscana en Granada lo que en 
otra época recibió de ella en la Rábida. 

Empero como no percibió aquel año las cantidades 
que se le adeudaban en la Española y la primer remesa 
de cuatro mil ducados no se hizo hasta el 2 de Agosto 
de 1 502, carecía, absolutamente, de recursos, y el que 
habia dado á la corona un territorio cien veces mas es- 
tenso que Castilla, no poseia un palmo de tierra, ni te- 
cho bajo que albergarse, y vivia en una posada, care- 
ciendo de medios con que "pagar el escote, "i y lo que 
ei*a peor para su ardiente caridad, "sin una blanca para 
el ofertorio'^ cuando estaba en la iglesia.2 Solo por es- 
te motivo se quejó de su miseria, solo el no poder ofre- 
cer á la Iglesia y á los pobres le hizo lamentarse de 
su desnudez; que por lo demás, no paró mientes en una 
miseria que lo forzaba á quedar oscurecido y rebajaba 
la dignidad de sus títulos, pues para él la pobreza no 
era penosa sino por el desconsuelo que causaba á los 
pobres que no tenia medios de socorrer. 

Las malas voces estendidas sobre la colonia impedían 
que Colon recibiera sus atrasos. Su mala situación y su 
falta de crédito y de influjo gubernamental eran noto- 
rios en Castilla y en el estranjero, como lo espresa ima 



1 Cristóbal Coiou. Carla á lob- yt^t/cs cu (olióos, Jec/iaikc tn la Ju' 
niaica. el 7 de Julio de tóOS. 
2. Jbidevi. 



_157— 

carta del secretario de la embajada veneciana en Espa- 
ña, en la cual, se precia de haberse hecho "grande ami- 
go suyo/^ y se ocupa de su bondad inagotable, y de 
que en medio de sus tribulaciones y secretas congojas 
hacia componer por pilotos de Palos para Domingo Ma- 
lipiero un mapa de gran tamaño,i representando todas 
las tierras descubiertas en las Indias. 

Los grandes que gradúan sus acciones á la tempera- 
tura de la corte, habian abandonado al viejo marino, cu- 
ya soledad solo turbaban los franciscanos 2 y algunos 
sabios estranjeros. Comprendió entonces que el que se 
dedica á todos no tiene agradecimiento individual; que 
después de haber servido á todo el mundo, parece no 
haberse servido á nadie, y que nadie se cree servido; lo 
cual le recordó el proverbio italiano que dice: '^Chi serve 
al comune, non serve nessuno/^ 

Aliviado del peso de los negocios se entregaba con 
mas anchura y libertad á Dios; é impulsos sublimes ele- 
vaban su alma con mas frecuencia á las alturas inescni- 
tables de la conversación celestial. El contemplador del 
verbo encontraba en su forzada holganza consoladoras 
compensaciones, y la ingratitud del rey, la injusticia de 
la opinión pública no conseguian otra cosa de él que 
irlo apartando mas y mas de los intereses temporales, e 
imj)eliéndolo, como al apóstol de las naciones, el bienaven^ 
turado admirador de lo invisible, San Pablo, á vivir* 
solo en Cristo, y á no ambicionar otra ciencia, que Jesús 
muei-to en la Cruz. 



1 Carta de Angelo Trivigiano fecha 21 de Agosto 1601.— Morelli, 
Lettcra rarÍ8sima, p. 44. 

2 Humboldt reconoce que Colon vivia en Granada en amislad cou 
los frauciscauos. — Examen vHf/ico de Jm hidoria de la cfcograjia del 
nuevo continente. 1. III, § 2, p. 258. 



CAPITULO IX. 



I. 



Lejos de pensar en descansar al fin de sus trabajos 
marítimos y de su lucha contra la malevolencia de los 
hombres, impaciente Colon del reposo en que se halla- 
ba porque recaía en perjuicio del catolicismo, ofreció 
á la rey na, durante el gobierno interino de Ovando, pro- 
seguir sin tregua, sus descubrimientos. 

Los modernos historiadores, apreciando con arreglo 
á los intereses humanos el móvil de este cristiano ejem- 
plar, han atribuido su propuesta al temor de verse so- 
brepujado por sus pequeños rivales, los grandes mari- 
neros de España y de Portugal que se habían lanzado 
por la estela de sus naves, y cuyos nombres pregona- 
ba la fama; y con la envidia, la emulación náutica y la 
ambición esplican el celo que lo abrasaba y lo impelía, 
mal que le pesara á sus años y dolencias, contraídas en 
la mar, á penetrar los arcanos de la parte del globo en- 
vuelta aun en las tinieblas. Este es un error, una interpre- 
tación en todo contraria á la realidad, una consecuencia 
lójica de las preocupaciones en que se aferran estos escri- 
tores al tratar de aquel hombre desinteresado y de fe, por- 
que podemos afirmar de luia manera terminante que á la 



—159— 

sazón no se hacia ilusiones de la corte el virey, ni es|}era- 
ba mas favores y riquezas; y que tan solo para glori- 
ficar al redentor y llevar al resto del mundo el estan- 
darte de la cruz, completando así su obra de descubri- 
mientos, fué por lo que quiso ponerse en camino como 
lo prueban las siguientes palabras que escribió á SS. AA. 
durante la espedicion: '^No vine yo este viaje á navegar 
por ganar honra ni hacienda, esto es cierto, porque es- 
taba ya la esperanza de todo ello muerta/^^ 

Habiendo encontrado el nuevo mundo, y creyendo 
que la primera parte de su misión se habia cumplido, 
le parecia que aun le quedaba el resto, y que tenia que 
dar la vuelta al globo y conquistar el santo sepulcro, 
para que, de este modo, después de haber mostrado el 
signo de la salvación á pueblos hasta entonces ignora- 
dos, pudieran con libertad ir á depositar sus ofrendas 
al pié de la urna venerada, y queria abrirles el paso an- 
tes de partirse de la vida terrenal. 

Una secreta atracción se unia á su fervor relijio- 
so para impulsarlo á surcar de nuevo los mares: el pla- 
cer de contemplar sitios desconocidos de la tierra; que 
la nieve de los años en nada habia enfriado su juvenil 
entusiasmo por la naturaleza, y no podia, de consiguien- 
te, saciarse de admirar la creación y de elevar su alma 
al creador. Ningún hombre habia recorrido tanta esten- 
sion de mares y costas, y á medida que mas veia y mas 
dilatadas iban siendo sus nociones de las magnificencias 
del verbo, mas ancha y profunda era la huella que de- 
jaban en su mente. 

En tierra, mientras descansaba, no bien su injenio 
cesaba de investigar lo desconocido y que no necesita- 
ba de aguzarse para sorprender alguna gran ley del 
universo, su espíritu meditador se extasiaba en delicio- 
sas contemplaciones: y cuando en el silencio y soledad de 



1. Carta de Cristóbal Colon á los reyes católicos fechada en la 
Jamaica en 7 de Julio de 1503. 



—160— 

su retiro, en los intervalos de sus plegarias, se reconcen- 
traba en sí mismo, despertábanse sus recuerdos, y sur- 
jian del fondo de su memoria y le parecía escuchar en 
los ecos de su alma, las sonoras armonías de la poesía 
ecuatorial, ó los cadenciosos susurros de los céfiros ali- 
sios, ó los graves acentos de las melodías pelásjícas, re- 
flejándose en ella desde las melancólicas brumas del 
Océano Jermánico y los tersos hielos del polo, hasta las 
seductoras bellezas de las Antillas y la majestuosa her- 
mosura de la flora equinoccial: las islas Afortunadas, las 
Azores, el archipiélago de Cabo-Verde, el grandioso as- 
pecto de la tierra firme, la magnificencia del Orinoco, el 
golfo de las Perlas, el cielo deslumbrador de la Trini- 
dad, las constelaciones australes, cuanto sus ojos habían 
visto, en suma, cuanto su Intuición había adivinado, se 
enlazaba con lo que entreveía su esperanza. Sus in- 
mensas investigaciones se presentaban de un golpe, si-" 
multáneamente, en un solo grupo, en su visión, desarro- 
llándose al mismo tiempo su comprensión del creador 
de una manera sublime, y elevándose á la altura de 
aquel indescribible infinito. 

Y como Dios se había dignado conservarle, á pesar 
de sus años, sus fatigas y trabajos de espíritu y de cuer- 
po toda la viveza de emociones de la juventud, Colon, 
al par que le daba gracias por su bondad, apreciaba 
dignamente este beneficio del alma, señorío del jenio 
cristiano que ningún monarca podía restrím'ír ni echar 
por tierra. Tanta era su modestia y humildad que le 
parecía que gozo y satisfacción tan dulces no las 
< merecía un pecador como él; y como precisamente son 
los mejores cristianos los menos contentos dé sí mis- 
mos, escribía á SS. AÁ. con candor edificante, recor- 
dando los favores que sobre él había derramado el altí- 
simo: ''Entré casi niño en el mar, para dedicarme á la 
navegación y he continuado hasta hoy. Carrera es esta 
que impele al que la sigue á querer penetrar los secre- 
tos deste mundo.... Aunque soy pecador gravísimo, la 



—161— 

piedad y misericovdia de nuestro Señor, siempre que yo 
íie llamado por ellas, me ha cubierto todo: consolación 
suavísima he fallado en echar todo mi cuidado á con- 
templar su maravilloso conspecto/'i 

Y en efecto que tan vasta contemplación, cuyo pri- 
vilejio ninguno, salvo el virey, disfrutaba entonces en 
la tierra, constituia el goce mas grande del admirador 
del verbo divino. Su pura satisfacción no es un don que 
indistintamente se reparte á las criaturas mortales, pues 
los seres de natural grosero, é instintos carnales, avaros 
y materiales apenas la conciben, y, no obstante la per- 
fección de los sentidos, la animalidad no la conoce. Las 
sensaciones de casto placer que se esperimentan con la 
contemplación parecen participar de lo infinito, y el im- 
pío y el incrédulo no las han clasificado en la nómina 
de sus deleites. ' 

¡Qué prodijio!; en medio de las maravillas de la Al- 
hambra brotó una ráfaga de luz del injenio de Colon, 
que, iluminándole el espacio y lo desconocido, le dejó 
ver, entre las dos grandes divisiones del nuevo conti- 
nente, una angostura que debia servirles de medio de 
comunicación, solo que, en su intuición misteriosa, to- 
maba por un estrecho un itsmo. Hablaba de ^n estre- 
cho de mar, cuando no existia sino un estrecho de tier- 
ra, y mostraba á Isabel sobre la carta incompleta del 
mundo inesplorado el lugar en que se debia encontrar 
y por el cual podría pasarse al Asia, indicándolo con 
exactitud asombrosa. López de Gomara menciona que 
buscaba un estrecho de que habia hablado á los 
reyes para trasladarse al otro lado de la mar y cor- 
tar la línea equinoccial;^ Herrera testifica que an- 

1. "Mas s'inganno nell' intenderlo, perciocehe ei non pensava 
che fosse stretto di stíettura di térra, come gli altri sonó, ma di mari, 
che passasse come bocea di un mare all' altro."— Fernando Colombo, 
Vita delV Ammiraglio, cap. CX. 

2. Francisco López de Gomara. Historia de las Indias, cap. El 
cuarto viaje, p. IV.— Obra escrita en 1552, impresa en Medina del 
Campo, por Guillermo de Millis. 



—les- 
tes de partir anunció c[ue creía dar con él á la altura 
del puerto del Retrete,^ cerca del Nombre de Dios, pun- 
tos totalmente desconocidos, y que descubrió algunos 
meses adelante; Las Casas dice que pensaba que debia 
estar inmediato á Nombre de Dios; Benzoni atirma que 
iba en derechura á buscarlo;^ Washington Irving reco- 
noce que '^conjeturaba que su situación era hacia el 
itsmo de Darien/'^ En efecto, allí está el estrecho de tier- 
ra que une las grandes rejiones del nuevo continente. 

Aprobado que fué por Isabel el propósito de su al- 
mirante, propósito que cautivó su atención, cuidó el ins- 
pirado nauta de los preparativos de su empresa. Habien- 
do pedido permiso de llevar en su compañia á su hijo 
don Fernando, paje de la reyna, joven dotado de bellas 
prendas, y cuya sociedad endulzaria én cierto modo la 
continua separación de su familia que le imponia su co- 
metido, Isabel, previsora y maternal siempre, no solo 
vino gustosa en ello, sino que dispuso se le dotara con 
el sueldo de oficial de mar, acumulando, durante su au- 
sencia, su paga de paje en la de su hermano mayor.^ 

Trasladóse en seguida Colon á Sevilla para dispo- 
ner los aprestos del viaje; y aunque se entregaba con 
una confianza ilimitada á la divina providencia, no de- 
jaba por eso de tomar las precauciones que dicta la 
humana prudencia. Logró á fuerza de instancias que el 
adelantado lo acompañase en la espedicion; que el va- 
liente marino, desengañado de la corte, cercano á esa 
edad en que el reposo y la tranquihdad son una recom- 

1. Herrera. Historia jeneral de Ioé viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias Occidentales. Década 1. lib. V . cap. I. 

2. "E-icercar lo stretto ch' entra nel mai'e di mezzogiorno " — 

Girolamo Benzoni. La Istoria del Mondo Nouvo, lib. I. fol. 28. 

3. Washington Irving. Historia de la vida y viajes de Cristéhal 
Colon, lib. XIV, cap. V. t. III. p. 155. 

4. "E SS. A A. prometieron al almirante su padre que le serian 
pagados al dicbo don Diego, porque dicho don Fernando iba en su 
compañia en servicio de SS. AA." — Partida de pago hecJio por el te- 
sorero de SS. AA. — Suplemento primero á la colección diplomática, 
n. LVII. 



—163— 

pensa, y no participando del entusiasmo católico del al- 
mirante, se mostraba poco dispuesto á esporierse á los 
azares de una empresa de aquel jénero.^ Sin embargo, 
al considerar la vejez de su hermano, su abatimiento 
físico, que la enerjia de su voluntad le impedia sentir 
á él mismo, recordando de qué suerte habia tornado de 
sus dos últimas esploraciones, y comprendiendo que po- 
dria serle necesario, sacrificó de nuevo en aras del amor 
fraternal su gusto, la necesidad que. tenia de. sosiego, y 
el propósito hecho de no servir mas á un gobierno tan 
ingrato, y consintió en embarcarse. 

En cuanto á don Diego, la tremenda injusticia co- 
metida con el virey, y la prueba á que lo sometiera la 
maldad de los hombres, pareció fijarlo en su vocación, 
y resuelto á separarse de la corte y del mundo para no 
servir mas que á la Iglesia en adelante, abrazó el estado 
sacerdotal, después de haber observado la vida de un 
relijioso en medio de los afanes y cuidados de la gober- 
nación de la Española. 



II. 



Desde la muerte de su compatriota el papa Inocen- 
cio VIII no se habia puesto Colon en relaciones con su 
sucesor en el trono del príncipe de los apóstoles. Asi es 

1. "Porq[Uc lo truje contra su grado." — Carta de Cristóbal Co- 
Ton á los reyes católicos, escrita en la Jamaica el 7 de Julio 1503. 



—164—. 

que, al disponerse para su cuarto viaje, cjue debia ser 
el complemento de sus espediciones, escribió el heraldo 
de la cruz al jefe de la Iglesia para darle cuenta de su 
silencio, de sus acciones y de sus proyectos, y pedirle su 
cooperación protectora. 

A juzgar por el noble y familiar estilo de esta car- 
ta, diríase que un augusto parentesco unia la misión de 
Cristóbal á los destinos del catolicismo, pues se advierte 
en ella la confianza del hijo que habla con su padre. Aun- 
que seglar, casado y padre de familia, demanda Colon 
á el papa, naturalmente y sin exponer sus títulos, una 
delegación de su autoridad espiritual del mismo modo 
que hubiera podido hacerlo un verdadero legado de la 
santa sede: impetra del soberano pontífice un breve que 
prescriba á todos los jefes de las órdenes relijiosas le 
permitan escojer en sus conventos, para hacerlos misio- 
neros apostólicos, á seis relijiosos que se reserva desig- 
nar por sí ó por medio de apoderado, y á cuya partida 
no pueda oponerse ninguna jurisdicción, bien sea ecle- 
siástica ó civil: quiere que á su vuelta á los conventos 
se reciba y trate á estos sacerdotes no solo como si no los 
hubieran dejado, sino hasta con mas favor, si así lo me- 
recen sus obras, y apoya la petición de los evanjeh- 
zadores añadiendo: 'Torque yo espero en nuestro Se- 
ñor de divulgar su santo nombre y Evanjelio en el uni- 
verso.'^i 

No permitiéndonos la mucha estension del docu- 
mento reproducirlo in-extenso, lo estractaremos. 

Decia primero Colon que desde que partió para su 
primer descubrimiento habia proyectado ir á su vuelta 
á presentar en persona á su santidad la relación de su 
empresa; pero que las pretensiones de Portugal lo ha- 
bían obUgado á disponer con prisa su segundo viaje, lo 
que le habia impedido poner en ejecución su idea; 



1. Carta del almirante Colon á aa santidad. — Colección diplo- 
mática. Documento n. CXLV. 



—165— 

después, hablaba de su tercer viaje hacia el S. O., du- 
rante el cual, habia encontrado tierra inmensa y el agua 
del mar, dulce; y anadia que fuera para su alma una gran 
delectación el que al fin pudiera acercarse á su santidad 
con la historia de sus descubrimientos, escrita por él 
con ese objeto y redactada '^en la forma y manera de los 
Comentarios de Cesar ¡'^ desde el primer dia hasta aquel, 
en que se preparaba á hacer, en nombre de la Santísi- 
ma Trinidad, un viaje que redundaría en su gloria y 
honra; declarando que el objeto á que iban encaminados 
sus esfuerzos le daba alivio y hacia que no temiera Jos 
peligros, ni tuviera en cuenta los trabajos y diversos jé- 
neros de muerte que en sus espediciones anteriores tu- 
vo que arrostrar '^con poco agradecimiento del mundo/'^ 

Confiaba el revelador de la creación al jefe de la 
Iglesia el íntimo propósito de su deseo, en medio de sus 
descubrimientos; que habia intentado su empresa con el 
ánimo de emplear los beneficios que de ello le resulta- 
ran en restituir el santo sepulcro á la Iglesia católica; 
que apenas llegado á aquellas nuevas rejiones escribió 
á los reyes que, antes de siete años, levantaría cincuenta 
mil infantes y cinco mil caballos, duplicando su número 
cinco años después, quedando así un ejército de cien 
mil peones y diez mil jinetes; que nuestro señor le ha- 
bía dado por esperiencia la prueba de que bastaría para 
el caso con sus rentas; pero que ''Satanás lo habia des- 
torbado y con sus fuerzas puéstolo en términos que no 
hubiera efecto.... que por muy cierto se veia que era ma- 
licia del enemigo y porque non viniese á luz tan santo 
propósito;''^ y que el gobierno de las Indias se le habia 
quitado de una manera violenta. 

El borrador que poseemos de esta carta, dictada por 



1. Carta del almirante Colon d sio santidad. — Colección diplo- 
mática.. Documento, n. CXLV. 

2. Ibidem. 

3. Ibidem. 



—166— 

el almirante al joven don Fernando, su hijo, está por 
concluir; pero no puede dudarse de que lo haya sido, y 
formado parte de la remesa que encargó hacer á Roma 
á Francisco de Rivarol, pues tenemos una prueba im- 
plícita de ello. 

Mientras preparaba lo necesario para su partida re- 
dactó Colon una memoria para su hijo mayor, don Die- 
go, en la que esponia la razón de sus derechos, enume- 
raba sus títulos é indicaba los medios de hacerlos valer. 
Su precaución descubría sus temores. Conocía la mala 
voluntad del rey, y recelando que en ausencia suya ó 
después de su muerte,, si sobrevenía en remotas tierras, 
añadieran á los atropellos perpetrados la espolíacíon cla- 
ra y manifiesta, que le robasen los títulos y pergaminos 
de sus privilejios, los confió á sus fieles amigos los frai- 
les, depositándolos, en copia, en sus conventos. Al mis- 
mo tiempo que tomaba estas medidas de prudencia es- 
cribía á los reyes para recomendar á su benevolencia 
sus hijos y hermanos, si sucumbía en la demanda. Como 
también en aquella carta se traslucía su inquietud, Isa- 
bel, á la sazón en Valencia de las Torres, le contestó para 
tranquíHzarlo junto con el rey su esposo, de una mane- 
ra muy deferente, y en términos llenos de consideración 
estraor diñaría, inusitada, aun tratándose de los mas ele- 
vados personajes. Le recordaban SS. AA. el dolor pro- 
fundo que les había causado la nueva de su encarcela- 
miento; aflicción de que toda la corte había sido testi- 
go; le prometían hacer por el mucho mas de lo que men- 
cionaban sus privilejios, y le renovaban la esperanza de 
poner en posesión de sus títulos, carg-os y dignidades, 
faltando el, á su primojénito don Diego.^ 

No obstante las rejías promesas, prosiguió Colon to- 
mando sus medidas para precaverse de la hostilidad pa- 
laciega. Confió al jurisconsulto Nicolás Oderigo, emba- 
jador de la república de Jénova, una copia de sus pri- 

1. Fernando Colon. Vita delV Ammiraglio, cap. LXXXVIII. 



—167— 

vilejios, que guardaba en un sólido cofre, depositado en 
la Cartuja de las Cuevas, en Sevilla. Hubiera querido 
poder colocar todas sus capitulaciones, convenios y tra- 
tados con la corona de Castilla en una caja de corcho 
forrada decera,i y sumerjirla en la cisterna del convento 
para mejor preservarlos de las pesquisas de sus enemi- 
gos. Y no solamente dio al diplomático jenoves testimo- 
nio de sus títulos, sino que agregó al legajo la carta que 
SS. A A. le dirijieron con fecha 14 de Marzo, desde Va- 
lencia de las Torres, y que acababa de recibir,^ supli- 
cando á su compatriota informara en secreto á su hijo 
don Diego del lugar en que se pusiera el depósito.^ 

Y no satisfecho todavia, temeroso de los manejos de 
sus adversarios contra cuanto concernia á su nombre, 
á sus derechos, á sus honores, remitió á sus amigos, 
los franciscanos y Jerónimos, duplicados de sus pactos 
con los reyes católicos. Hecho lo cual se ocupó sin des- 
canso de los preparativos de marcha. 

Como en los mejores dias de su poética mocedad, 
rebosando esperanza é inquebrantable fortaleza iba Co- 
lon á lanzarse á los peligros del mar. Y no lo hacia para 
servir á un rey ingrato, y cuya sorda hostiUdad conocia 
demasiado, sino para sacrificarse de antemano en aras 
de la humanidad. Ni las dulzuras del hogar doméstico, 
que no liabia gustado aun en los años que contaba de 
vida, ni la edad, ni las dolencias, ni el resentirse de una 
antigua herida, ni los sufrimientos á que se vio someti- 
do en la última esploracion, bastaron para contenerlo. 
Al contrario, amenazado por la vejez, hacíasele tarde el 
cumplir su cometido. Solo por medio de trabajos mas 
prodijiosos todavia imajinaba que podría romper los obs- 



1. Carta autógrafa del almirante don Cristóbal Colon al J?. P. 
Gaspar y de la Cartuja de Se-villa. 

2. Carta de Cristóbal Colon á Messire Nicolás Oderigo.—Co- 
DICE Colombo-Ameeicano, p. 322. 

3. Carta familiar de don Cristóbal Colón.— Coleccios diplo- 
mática, n. CXLVI. 



—168— 

tíiciüos que suscitaba la corte, y llegar á su objeto de- 
finitivo, la emancipación del santo sepulcro. A la sazón," 
descubierta ya la tierra firme, le parecia que si lograba 
franquear el estrecho que debia existir hacia el centro 
de aquel nuevo continente, nada se opondría á su cir- 
cunnavegación, y que volvería á España por el Asia y 
la costa africana. Contando para el logro de su atrevido 
proyecto con el auxilio providencial, que lo habia soste- 
nido en los momentos mas críticos, se lanzaba, pues, a 
los setenta y seis años, ardiendo en juvenil entusiasmo, 
en busca de lo desconocido, con ánimo de arrancarle de 
una vez el misterioso velo. 



r 



rte mxio. 



CAPÍTULO 1 



I. 



Obligados á estractar en dos volúmenes la historia 
de este hombre inmenso vamos concretándonos á los 
principales acontecimientos de su vida, omitiendo, por 
necesidad, cuantos pormenores no le sean personales. 
No vacilamos un instante en sacrificar el estilo al laco- 
nismo, sin tener en cuenta mas que la brevedad, reasu- 
miendo, por decirlo así, nuestras frases, y amenudo nues- 
tros pensamientos, y prescindiendo voluntariamente de 
toda forma literaria. Sin pena nos oiremos calificar de 
áridos y exiguos, siempre que logremos, no obstante los 
estrechos límites del cuadro que nos hemos trazado,^ re- 
producir los principales rasgos de tan vasta existencia. 

Tanto como nos ha sido posible, hemos huido déla 
fascinación que naturalmente debia ejercer en nosotros tan 
g rande, tan maravilloso, tan sublime asunto, y constante- 



1. La historia de Wasliington Irving tan iacompleta como ajena 
al carácter de Colon, cuenta cuatro volúmenes en 8? Humboldt ha 
consagrado cinco volúmenes en 8? á esta biografía bajo el título de 
Examen crítico de la historia de la jeog rafia del nuevo continente. . 



—172— 

mente evitado que el historiador sustituya á la historia, y 
que el narrador esparza en campo tan feraz y dilatado 
como es la instructiva biografía del patriarca de los ma- 
res, ni aun aquellas consideraciones filosóficas que con 
mejor oportunidad hubieran podido deducirse de ella. 

Pero, entiéndase esto bien: no debe atribuirse nues- 
tra brevedad sino á la falta de espacio donde estender- 
nos, y, ademas, téngase presente que hasta las aseve- 
raciones secundarias, los hechos accesorios, y mas insig- 
nificantes detalles que vamos mencionando, son la sin- 
cera manifestación de la mas exacta y rigorosa espresion 
histórica, y que no hay un nombre, ni una fecha que no 
hayamos comprobado con la mayor escrupulosidad y 
cuya plena responsabilidad no aceptemos. 

La cuarta espedicion del almirante ha sido, de to- 
das sus empresas, la menos considerada, sin embargo 
4e ser á sus ojos 'la mas noble y provechosa,'''^ llegan- 
do muchos escritores al punto de ignorarla completa - 
mente.2 Mas hoy, para restaurar en su primitiva ver- 
dad la relación de tan jigantesca empresa, aparte del tes- 
timonio de los historiógrafos reales de España, poseemos 
cuatro relaciones contemporáneas que fueron redactadas 
por testigos y actores principales de aquel viaje memo- 
rable, el último de Colon. Es la primera la del almi- 
rante, dirijida, en forma de carta, á los reyes católicos; 
la segunda, la historia que don Fernando escribió, auxi- 
liándose ya de sus recuerdos, ya de las notas de su pa- 
dre; la tercera, el resumen de los dramáticos incidentes 
de aquella campaña que hizo Diego Méndez, honrado 
marino, muy considerado por el almirante; y la última 
la nota y el diario de un enemigo de Colon, el escriba - 



1. Cristóbal Colon. Carta á los reyes católicos, fechada en la Ja- 
maica el 7 de Julio 1503. 

2. Mas de diez escritores franceses que han hablado de Colon de 
una manera accidental perdiendo de vista á el almirante después del 
descubrimiento de la tierra firme y de su prisión, parecen ignorar 
de todo punto el cuarto viaje. 



—173- 



no Diego de Porras. Ninguna otra espedicion marítima 
de la época á que nos referimos proporciona tantos de- 
talles circunstanciados, ni se apoya en documentos de 
la calidad de los que vamos á aducir, ni ofrece seme- 
jantes garantias de veracidad á la historia. 



II. 



El almirante habia hecho con tres carabelas sus tres 
primeros viajes; pero, al emprender el cuarto, pidió cua- 
tro naos, abastecidas para dos años, porque calculaba 
después de haber descubierto el estrecho que lo hubiera 
conducido del Atlántico á el grande Océano, dar la 
vuelta al mundo, volviendo por el mar de Asia y la costa 
de África. Era esta la primera tentativa oficial de cir- 
cunnavegación que se hubiera producido bajo el Sol des- 
de que flotó un bajel sobre las aguas. 

Para una espedicion de la naturaleza de la que se 
trataba quiso el almirante elejir su jente, escojer sus ví- 
veres y preparar sus medios de defensa; y así, dio á las 
oficinas de Sevilla las dimensiones de sus bajeles: el 
mas grande seria de setenta toneladas y de cincuenta 
el mas pequeño. 

En su vista, el ordenador de la marina, hizo fletar 
cuatro carabelas que estaban amarradas cerca de los mue- 
lles de Sevilla. Preparáronlas para darse á la vela, y el 



—174— 

3 de Abril de 1502 bajaron por el Guadalquivir con di- 
rección á la Puebla Vieja. 1 Queriendo presenciarlos tra- 
bajos y activarlos, marchó el adelantado con las naves, 
y las condujo en seguida á Cádiz para proceder á su 
aparejo, mientras el virey se ocupaba de las municiones 
y del alistamiento; que con el poco auxilio que le pres- 
taron las oficinas de Sevilla necesitó hacerlo todo por 
sí, hasta tal punto, que tuvo que renunciar á otros cui- 
dados y quedó rendido* de cansancio.^ Al fin, un Miér- 
coles por la mañana, salió para Cádiz con el objeto de 
completar el armamento de la flotilla, llevando en su com- 
pañía á su segundo hijo don Fernando, á la sazón de 
trece años de edad y paje de Isabel la Católica, 

Verificada la inspección de las tripulaciones, enar- 
boló Cristóbal Colon su pabellón de almirante en la ca- 
rabela de setenta toneladas que llamó Capitana. La se- 
gunda en tamaño se llamaba Santiago de Palos, la ter- 
cera Gallega y la mas pequeña VizcaÍ7ia.^ 

Esceptuando los hermanos Francisco y Diego de 
Porras que habia aceptado por pura condescendencia con 
el tesorero real Morales, habia escojido su estado mayor, 
formándolo principalmente de oficiales propios para ta- 
maña empresa y en su mayor parte educados en la gran 
escuela de sus precedentes navegaciones. No es fácil, 
pues, comprender cómo entre aquellos marinos se encon- 
traba el médico con que habían dotado á la escuadri- 
lla las oficinas de Sevilla, pues era cierto curandero, en 
otro tiempo boticario en Valencia, nombrado Bernal, 
hombre perverso, cuya asistencia temían los enfermos, 
y que, al decir del almirante, hubiera merecido cien ve- 



1. Cartas del almirante. — Carta autógrafa del almirante don, 
Oristóhal Colon dirijida el 4 de Abril 1502 al R. P. don Gaspar Gor- 
riciOf á la Cartuja de Sevilla. 

2. Carta autógrafa del almirante al JR. F. Cartujo don Gaspar 
Gorricio. 

3. Enlacien de la jente é navios que llevó á descubrir el almi- 
rante don Cristóbal Coioví. — Cuarto y ultimo v?aje de Colon. 



—175— 

ees ser hecho cuartos^ para hacer justicia á sus obras. 

Sin contar los oficiales de su casa y cuatro intér- 
pretes, conduela Colon á bordo de los cuatro pequeños 
buques ciento cincuenta hombres. Con este puñado de 
jente partia con ánimo de dar la vuelta al mundo, y 
de defenderse de las agresiones que pudieran sobreve- 
nir de los pueblos desconocidos, en que fuera menester 
renovar los víveres y reparar las averias. Mas, como la 
necesidad de visitar todas las costas, de entrar en to- 
das las bahias y golfos para buscar el estrecho, le obli- 
gaba á no emplear sino buques pequeños, y habia que- 
rido aumentar la fuerza de sus naves con la calidad de 
sus tripulantes, merece mencionarse la distribución que 
de ellos hizo. 

Tuvo la Capitana por comandante al capitán de ban- 
dera del almirante, Diego Tristan, verdadero tipo de ma- 
rino, que poseia en grado muy superior el instinto de 
su profesión y los deberes inherentes á ella. Fueron bajo 
sus órdenes el piloto mayor de la flota, Juan Sánchez; 
los pilotos Santiago María Cabrera, Pedro de Umbria 
y Martin de los Reyes. El almirante tomó por ayudan- 
tes al capitán Guillermo Ginoves y al teniente Francisco 
Ruiz, hermano del piloto Sánchez Ruiz, que navegó en 
el primer viaje, y ademas del maestre Ambrosio Sán- 
chez, y de su digno contramaestre Antón Donato lle- 
vaba consigo á dos oficiales en clase de escuderos. La 
tripulación se componía de catorce marineros de pri- 
mera clase y veinte novicios, del artillero Mateo, de 
Juan Barba, y Martin Arrieza, toneleros, de un carpin- 
tero de oríjen francés, del calafate Domingo, apelUdado 
el Vizcaino,y de cuatro trompeteros. ^ También se en- 

» 

1, Carta auto ff rafa del almirante á su hijo mayor don Diego, 
fechada en Sevilla el 20 de Diciembre 1504. 

2. En el rol de las tripulaciones Diego de Porras no inscribió 
sino dos, Juan de Cuellar y Gonzalo de Salazar, pero habia cuando 
menos cuatro conforme al uso establecido por el almirantazgo. Ademas 
el apunte secretamente tomado por el notario de la espedicion no era 
un documento oficial sino una noticia escrita de memoria para su use 



—176— 

contraban á bordo un indio de la Española que debia 
servir de intérprete y tres españoles entendidos en la 
lengua arábiga. Asimismo hay razones para creer que 
el jenoves J.uan Antonio Colon estuviera en la Capitana 
con el almirante y su hijo. 

Dióse el mando del Santiago de Palos al mayor de 
los Porras, recomendado por el tesorero real. A el lado 
de este oñcial, tan incapaz como arrogante, multiplicó 
el virey los buenos consejeros é influencias poniendo 
en su buque al secretario en jefe de la flota, antiguo 
escudero suyo, Diego Méndez, que era á un tiempo con- 
sumado marinero, soldado intrépido, fervoroso cristiano 
y servidor leal, y que ganó en el curso de aquella cam- 
paña el grado de capitán de navio, blasones y el título 
de caballero. Acompañábanlo muchos oficiales adictos 
á Colon, á saber: los dos hermanos Andrea y Battista 
Ginoves, Francisco de Tarrios, Juan Jacome y Pedro 
Gentil, mayordomo del almirante. Francisco Bermudez, 
maestre y su contramaestre Pero Gómez, eran dos cum- 
plidos marinos. Contaba el Santiago once marineros de 
primera clase, catorce novicios, un calafate, un tal Juan 
de Noya, maestro tonelero de Sevilla, un carpintero, y 
por primer artillero á un diestro armero de Milán, lla- 
mado Bartolomé. Colon invistió con el oficio de nota- 
rio de la escuadra á Diego de Porras, que se trasladó 
á la carabela de su hermano. 

La Gallega, bajel grande, pesado y defectuoso en 
su arboladura, fletado solamente á razón de ocho mil 
trescientos treinta y tres maravedis mensuales, cuando 
el Santiago costaba diez mil, se confió por el almirante 
al fiel capitán Pedro de Terreros, primer europeo que 
puso el pié en el nuevo contrnente y que tuvo la insig- 



y con miras hostiles á el alrnirant3; que Diego de Porras no estaba 
en el caso de poseer semejarite documento. Y así sin embargo de re- 
conocer su importancia estamos en el caso de señalar los errores y 
muchas omisiones que contiene que han dejado pasar desapercibidas 
los biógrafos de Colon. 



— 177-— 

lio honra de representar al virey eu la tierra firme. Los 
maestre y contramaestre Juan Quintero y Alonso Ra- 
motí, ambos paleños, eran vigorosos hombres de mar. 
Dotaban á la nave nueve marineros escojidos, catorce 
novicios ó mozos, y ademas un oficial suplente, el señor 
Camacho, pariente cercano del capitán; en todo treinta 
tripulantes. 1 

A la Vizcaína, la mas pequeña de las cuatro cara- 
belas, que debia sondar los pasos, entrar en los anco- 
nes, reconocer las orillas, y que no llevaba mas que vein- 
ticinco hombres, incluso los oficiales, á fin de compen- 
sar la cantidad de su tripulación con su calidad, la dio 
ocho marineros de primera clase, fuertes, robustos y es- 
perimentados, agregándoles doce novicios ó mozos, lle- 
nos de emulación, y entre los que se hallaba un paje 
llamado Cheulco. Colocó á la cabeza de esta resuelta y 
florida jente, á un noble compatriota suyo, Bartolomé 
Fieschi, digno de mandarla, y "sujeto en quien concur- 
rían grandes prendas, " puso á sus órdenes inmediatas 
á un teniente de probada fideHdad, nombrado Juan Pa- 
san, jenoves también, enrolado como escudero, y que 
debia ser plenamente secundado por el maestre Juan 
Pérez y el contramaestre Martin de Fuenterrabia. Para 
auxiliar con algún recurso moral á la nave, que tan es- 
puesta estaba á encontrarse separada del resto de la flo- 
ta, dispuso que se instalara en ella el único sacerdote 
que habia conseguido embarcar, el celoso franciscano 
P. Alejandro. 

Quedó á bordo de cada buque su tripulación, pronta 
á darse á la vela, pero el viento soplaba del S. y tenia 
enclavados los bajeles en la rada de Cádiz. Durante esta 
forzada inmovilidad, una embarcación, que el mismo 
elemento que impedia la salida del puerto, habia im- 



1. En su rol de la tripulación de la Gallega el escribano Diego 
de Porras no asienta mas que veintiocho; pero es porque ha olvidado 
los dos pilotos y el lombardo Sebastian. 

¿O 



, —178— 

pelido con gran rapidez (i las costas de Europa, trajo la 
nueva de que los moros estaban sitiando la fortaleza 
lusitana de Arcilla, en la costa de Marruecos; y no bien 
lo entendió el almirante, cumplido caballero de la cruz, 
que sin parar mientes en el viento contrario, mandó le- 
var anclas al son de trompetas, conforme á lo dispuesto 
para los almirantes de Castilla,^ y "salió con él en so- 
corro de los portugueses, llegando con prontitud al punto 
atacado. "^ 

Bastó el aspecto de las velas Españolas para poner 
en desatentada fuga á los moros que también habian en- 
contrado una vigorosa defensa, en la que el gobernador 
pagó como bueno su tributo de sangre, recibiendo en 
los baluartes una honrosa herida. Envióle el almirante 
su hijo, su hermano y los capitanes de la escuadra para 
felicitarlo en su nombre y ofrecerle sus servicios. Dis- 
pensó el gobernador la mas lisonjera acojida á la dipu- 
tación, colmó de caricias al joven don Fern'^ndo y en- 
vió, para dar las gracias á su padre, á sus primeros ofi- 
ciales, entre los cuales se hallaban algunos que tenian 
el honor de ser allegados suyos por parentesco con su 
primera mujer doña Eehpa Monis de Perestrello.^ 

Prosiguió Colon su rumbo el mismo dia; y como 
para recompensar su celo y dilijencia el viento se tornó 
favorable. "Nuestro Señor me dio en seguida un tiem- 
po tan bueno que llegué aquí en cuatro dias, " escribió 
de la gran Canaria, donde se detuvo para renovar el 
agua, hacer leña y, sin duda, también una barrica de 
cogucho. En esta carta, dirijida al R. P. Gorricio, de 
la cartuja de las Cuevas de Sevilla, le recomendaba el 
negocio de que lo habia encargado para Roma, daba 
gracias á Dios de que toda su jente gozase de salud y 



1. En cumplimiento de la ordenanza del almirantazgo de Castilla 
de 1430 dada por don Fadrique. 

2. Carta de Cristóbal Colon fechada en la Gran Canaria y di- 
rijida al R. P. Gaspar el 24 de Abril de 1502. 

3. Femando Colombo.— Fíía delV Ammiraglio, e. LXXXVIll. 



—179- 

Ic anunciaba que iba á hacer su viaje en nombre de la 
Santísima Trinidad y que esperaba de ella la victoria;^ 
esta espresion militante indica su pensamiento único. 
Colon veia en el fondo de todas las contrariedades que- 
habian retardado el cumplimiento de su obra la lucha 
del espíritu del mundo con el espíritu de la Iglesia, cuyo 
campeón era, y que su vida venia siendo un combate 
sin tregua ni descanso contra el príncipe del mundo, de 
quien esperaba triunfar á la postre. Concluia su epís- 
tola recomendándose á las oraciones del padre prior y 
de toda la comunidad.^ 

El 25 de Mayo, por la tarde, partió Colon en nom- 
bre de la Santísima Trinidad. 

El tiempo estaba magnífico y la brisa impulsaba á 
la escuadrilla de una manera tan constante que, sin dar 
una virada, alcanzó en diez y seis días el grupo de las 
Caribes y tocó en Santa Lucia, de donde el almirante 
hizo rumbo á la Martinica, en la que ancló para reno- 
var agua, leña, víveres, lavar la ropa y solazarse bajo 
sus frondosas y verdes arboledas. Así se pasaron tres 
dias, y transcurridos 'que fueron singló la escuadrilla en 
demanda de la isla de San Juan, hoy Puerto Rico, cos- 
teando la encantadora curva formada por este archipié- 
lago que va escalonándose de la Granada á las grandes 
Antillas, y parece prolongarse por los grupos de Baha- 
nia hasta las inmediaciones de la Florida. A pesar de 
serles conocidas aquellas alturas estaban admirados los 
tripulantes del conjunto armonioso de la luz, de la tier- 
ra y del agua: impelíalos sobre la superficie del mar el 
aire perfumado; y la feracidad de las riberas, tempera- 
das por una suave y dulce atmósfera, aumentaba á 
tal punto su encanto que les parecía el viaje una escur- 
sion de placer. 

Quería el almirante dirijirse de la isla de San Juan 



1. Cartas del almirante al B. P. Fray Gaspar. 

2. Cartas del almirante al B. P. Fra?/ Gaspar . 



—180— 

al puerto de Santo Domingo con ei objeto de dejar allí 
la correspondencia de que se habia encargado, y cam- 
biar la Gallega por uno de los treinta y dos buques que 
sabia debian volver á España bajo las ordenes de su an- 
tiguo teniente Antonio de Torres, porque, sin embargo 
del buen tiempo, se habia advertido en la navegación 
su pesadez, (tanto que, los demás, tenian que acortar 
velas para no dejarlo por la popa,) condiciones tormento- 
sas, y poca firmeza en la arboladura á causa de que no en- 
traba lo bastante en la carena. En su consecuencia, llega- 
da que fué la flota á una legua de distancia de Santo 
Domingo echó el ancla, y Colon mandó á tierra al mis- 
mo capitán de la Gallega, Pedro de Terreros, para que 
manifestara al gobernador la necesidad en que se halla- 
ba de que lo proveyese con otro bajel de los que iban 
á zarpar, ó bien permitiera la compra de una carabela 
que el almirante pagaría de su peculio. También debia 
Terreros demandarle de parte de Colon licencia para 
refujiarse en la bahia con sus cuatro buques, para po- 
nerse al abrigo de una violenta tempestad que preveía 
estar próxima á estallar. 

El gobernador, que habia recibido con respecto á 
Colon instrucciones particulares délos reyes; que, en el 
paquete mismo que este le trasmitió, tenia una copia 
de las que SS. AA. le dieron acerca del itinerario, y 
que sabia estarle prohibido recalar en la Española, ob- 
jetó la orden espresa de los monarcas. Bien es verdad, 
que el caso de reparar averias y huir de una tormenta 
no se prevenía; pero, no obstante, hubiera podido Ovan- 
do, sin duda, acceder á la súplica, si no hubiese temido 
desagradar a los soberanos, y, principalmente, malquis- 
tarse con las oficinas de Sevilla, También puede ser que 
no estuviera convencido de la urjencia de deshacerse de 
una nave que contaba dos meses escasos de viaje. En 
lo que toca á la inminencia de la tempestad, la sereni- 
dad del cielo, el brillo del sol, y la tranquíHdad de las 
olas, la hacían pasar en aquel entonces por una chanza; 



—181— 

y no solo no vino en otorgar á Colon lo del bajel que 
solicitaba, mas le "prohibió saltar en tierra y hasta gua- 
recerse en la rada. " 

Denegadas las peticiones del almirante, tornó Ter- 
reros á la Cajpita7ia para dar cuenta á su jefe del resul- 
tado infructuoso de su misión; y al trasladarse á bordo 
pudo contar en la bahia treinta y cuatro buques ancla- 
dos, con pabellón de partenza, que era los que compo- 
nian la flota que debia traer á España Torres, y á la 
que se habian reunido dos carabelas compradas por el 
escribano navegante Rodrigo de Bastidas. 

Mas fácil es concebir que espresar la indignación 
de que se poseyó el grande hombre al verse rechazado 
de "la tierra y puertos que por voluntad de Dios ganó 
á España, sudando sangre; "^ no encontrando auxilio de 
ninguna especie en una isla de la cual era virey y go- 
bernador perpetuo, quedando, de consiguiente, á merced 
de los desencadenados elementos y luego forzado á pro- 
seguir su interrumpida navegación con buque inútil para 
el caso. Esta negativa, tan contraria á las leyes de la 
humanidad y los usos de la mar, difundió la consterna- 
ción por las tripulaciones, que se lamentaban de hallar- 
se á las órdenes de un hombre á quien un rigor tan 
desmedido parecia poner fuera del derecho natural. Y 
particularmente los numerosos marinos de Sevilla y sus 
alrededores, penetrados de las malas disposiciones que 
sustentaban contra Colon las oficinas de la marina, se 
creyeron en gravísimo peligro, deduciendo de la repulsa 
de Ovando muy terribles consecuencias. 

Pero, por mas profunda que fuera la indignación 
que causó al virey la crueldad de aquella negativa, 
sus instintos humanitarios y caridad cristiana pu- 
dieron mas que su justo resentimiento, y despachó un 
nuevo mensajero á Ovando para decirle que ya que lo 



1. Carta d los rei/es vatóliQOs fechada en la Jamaica el 1 de Ju- 
lio de 1503. 



—182— 

privaba de un asilo, á pesar de la necesidad que de 61 te- 
nia, tanto para reparar su escuadra como para salvarse 
en el momento supremo de una catástrofe, portándose 
con una rijidez que pensaba no estar conforme con las 
intenciones de SS. AA., al menos dilatara la salida de 
la flota que se disponia á darse á la vela, no permi- 
tiéndola zarpar antes de ocho dias,i porque el huracán 
habia de estenderse hasta remotos parajes; que en lo 
que á él concernia iba, sin pérdida de momento, á bus- 
car abrigo. 

No obstante estar persuadido el gobernador de que 
lo qne deseaba el almirante era encontrar un pretesto 
para hacerse ver en la ciudad como carecia de nociones 
de náutica y su prudencia lo inclinaba á no desdeñar 
advertencias provechosas, convocó un consejo de oficia- 
les al que asistieron todos los de la escuadra con su ca- 
pitán jeneral Antonio de Torres. Menester es confesar- 
lo, como ni la mas leve apariencia atmosférica venia en 
apoyo de lo previsto por el almirante, quedó resuelto 
no demorar la partida. Y los marinos, al ver la pu- 
reza y tersura del cielo, rieron é hicieron mofa del vati- 
cinio del patriarca de los mares, cahficándolo de fúnebre 
y "falso profeta, "2 y tal vez de viejo desatinado. 

En estremo entorpecido con el mal estado de la Ga- 
llega, no se ocurrió á Colon otro medio de ahviarlo que el 
de darla el mejor capitán, confiriendo su mando superior 
á su hermano don Bartolomé, hombre fecundo en recur- 
sos, y en seguida enderezó su rumbo á lo largo de la 
costa vecina. A poco descubrió un ancón bastante res- 
guardado, por cuyo motivo lo bautizó con el nombre de 
Puerto Escondido, y en el que, después de echar el an- 
cla, tomó sus medidas para recibir la tempestad, y con 
tanta presteza que parecia verla avanzar por el horizonte. 



1. Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio, c. LXXXVIII. 

2. Herrera. Historia jeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Década 1. lib. V. cap. II. 



—183- 



III. 



El buen estado del mar, el esplendor del cielo, k 
suavidad del ambiente, todo sonreia á los que debian 
partir, y que, al cabo de una tan larga ausencia de la pa- 
tria y de la familia suspiraban por la vuelta. Con arre- 
glo á las órdenes de la reyna, habia espedido Ovando 
licencia de embarque á los rebeldes conocidos, que en 
su gran mayoría no anhelaban otra cosa, puesto que ya 
poseian cantidades de oro suficientes para hacer que con 
su peso se inclinara en su favor la balanza de los 
jueces. 

Habiáseles distribuido en número de quinientos, en 
varias carabelas. Bobadilla, el gobernador destituido, que 
se consolaba de su desgracia con las pepitas de oro que lle- 
vaba tomó plaza en la Capitana, donde también Roldan, 
destituido con él y llamado á dar cuenta de su alzamien- 
to, habia reunido las sumas de oro que, empleando cuan- 
tos ardides y malas artes son imajinables, robó durante 
la revuelta. Embarcáronse asimismo en esta carabela 
cien mil pesos, procedentes de las rentas de la corona, 
y, con jeneral pesadumbre de los habitantes de Santo 
Domingo, la famosa pepita, el fragmento de oro natu- 
ral de mayor tamaño de que jamas se haya hecho men- 
ción en la historia. Esta pepita que fué tocada por mas 
de mil manos,! y admirada y deseada por cuantos la 
♦ 

1. "Globum cum mille amplius homines viderunt atque attrecta- 
verunt." — Petri Martyris Anglerii. Oceaneoe Decadis primw, liber de- 
cimus, fol. 24 § D. 



—184— 

vieron pesaba, según un testimonio auténtico, "tres mil 
seiscientos pesos " 4e los que deduciendo, al decir de 
los peritos en la materia, trescientos de piedra y desper- 
dicio, restaban "tres mil trescientos de oro puro, "i Ade- 
mas, se estivaron á su lado por los rebeldes cien mil pe- 
sos de oro fundido y marcado, y gran copia de granos 
de no escaso calibre, para enseñarlos en España. Nun- 
ca se habia visto, de una vez, cantidad de oro tan es- 
traordinaria. 

Otra porción de riquezas, igualmente adquiridas en 
menoscabo de la justicia y de la humanidad, á costa de 
la sangre y de la vida de multitud de desgraciados in- 
dios, se amontonó en las bodegas de las carabelas res- 
tantes. 

Terminados los aprestos y embarques dio el capitán 
jeneral la señal de partida, y la flota, poniendo sus ve- 
las al viento, se alejó de una manera majestuosa de las 
orillas del Ozama, con rumbo directo al S. E. para do- 
blar el cabo de la Espada, bajo la isla de Saona, y lue- 
go de haber montado el promontorio del Engaño, ganar 
mar ancha. 

Todo iba en popa, como suele decirse; mas, apenas 
llegaron, llevados por una suave brisa á la altura del 
cabo Rafael, cosa de ocho leguas de camino, el viento 
amainó, y pocos instantes después comenzaron á pre- 
sentarse signos inquietadores: anublóse la trasparencia 



1. Oviedo y Valdes. Historia natural y jeneral de las Indias 
occidentales lib. III, cap. VII. La cifra de Oviedo nos parece ser 
exacta porque este cronista oficial fué interventor de la fundición de 
monedas de oro en las Indias. Se ocupó mucho en referir exactamente 
el valor de esta pepita-fenómeno, y dice que si en su memoria escrita 
en Toledo el año de 1525 designó la cifra tres mil doscientos faé por- 
que no tuvo á la vista sus notas ni su diario; pero que, á la sazón, al 
escribir su historia estaba en los lugares mismos y poseia el testimo- 
nio de los que habian visto este grano que pesaba un poco mas de 
tres mil seiscientos, incluso la piedi'a.* # 

* En lo propio conviene también Herrera, en su Historia de las 
Indias, lib. v . cap. II. 

N. del T. 



-185— 

del cielo, la luz del dia palideció; el Océano quedo in- 
móvil, triste, opaco, y el aire tardo, pesado, denso, so- 
focante. Ya no liabia duda para los pilotos espertos: 
aquello era los preludios del huracán. 

Estaban á vista de la tierra y no podian ampararse 
en ella, pues ni el mas leve soplo chocaba con las velas 
que pendían de las vergas tan rectas y fijas que pare- 
cian clavadas en bastidores. El Atlántico, empañado y 
blanquinoso, permanecía terso como las planchas de un 
féretro de plomo. No era ya posible volver á puerto, ni 
escapar del peligro de las costas lanzándose á alta mar, 
y en tal aprieto, sin duda hubo mas de un piloto de los 
que hicieron mofa del aviso de Colon, que hubiera que- 
rido, siguiendo los consejos de su esperiencia, no haber 
abandonado el muelle de Santo Domingo; mas, ay! que 
ya era demasiado tarde, y ningún poder humano servia 
á la sazón. 

Siguió el golpe al amago. 

Una ondulación formidable desniveló la llanura, y 
las olas, tras algunas oscilaciones se levantaron negras, 
espumosas, soberbias, dando pavorosos rujidos y vomi- 
tando las arenas de su seno contra los costados de la 
formidable flota que, tan presto la azotaba con sus pa- 
los y la embestía con sus proas, como corría desatinada 
entre los silbidos del viento, chocándose, hendiéndose 
y haciéndose pedazos. Una espesa bruma vino á cargar 
mas de sombra aquella escena de desolación y horrores, 
en que, con dificultad, se oian, en los intervalos que de- 
jaba el inmenso grito de la tempestad, las bocinas de 
mando de los que vivian y los lastimeros plañidos de 
los que en tan terrible hora exhalaban el alma tras in- 
describibles agonías. 

Parte de las navfes se abrieron, dando salida <í los 
tesoros que encerraban; otras pugnaron con impotentes 
maniobras; y la Capitana, repleta de oro, sin embargo 
de su sohdez, después de haber sido juguete de la tor- 
menta, fué pasto de los abismos que la obsorbieron con 

24 



—186— 

sus riquezas y tripulantes, de los que nadie se salvó. 
Mas de venitiseis carabelas, henchidas del precioso me- 
tal, fruto délas rapiñas cometidas con los indios, se des- 
barataron y sumerjieron, y otras, lleyadas mas al in- 
terior del Océano y arrastradas á paralelos descono- 
cidos, perecieron á mayor distancia, al cabo de mas pro- 
longadas angustias y de mayores esfuerzos de deses- 
peración. 

De aquella poderosa escuadra no volvió á la Espa- 
ñola mas que dos ó tres cascos muy mal parados, mien- 
tras que el mas pequeño, trabajado y frájil, nombrado 
La Aguja, prosiguió su rumbo á Europa, '^conducien- 
do todo el caudal del almirante, que consistía en cua- 
tro mil pesos; y fué el primero que, como por voluntad 
de Dios,i llegó á Castilla/' Los buques que volvieron á 
carenarse á la Española llevaban á la jente mas menu^ 
da y pobre, y solo habia entre ella un hidalgo: el escri- 
bano piloto Rodrigo de Bastidas, que ''era un hombre 
bueno,''^ y á quien Bobadilla habia perseguido también 
de una manera inhumana. 

En tan tremendo dia sucumbieron, sin esceptuarse 
uno, los traidores, los calumniadores, los enemigos acér- 
rimos de Colon; "en él, dice un historiógrafo real, perdió 
la vida Erancisco de Bobadilla, el que envió á el almirante 
y á sus hermanos con grillos, sin acusarlo, ni darle lu- 
gar á defenderse; en él el rebelde Erancisco Roldan y mu- 
chos de sus cómplices, cuando se alzaron contra los re- 
yes y el almirante, cuyo pan hablan comido, y que tira- 
nizaron á los indios; en él también el cacique Guario- 
nex, que rehusó pertinazmente el Evanjelio, y los cien 
mil pesos con el grano de oro de fabulosa magnitud;''^ 



1. Herrera. Historia jener al délos viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Década 1. íib. V . cap. II. p. 337. 

2. Rafael Maria Baralt, Resumen de la historia de Venezuela, t. 
I. cap. VIL p. 132. 

3. Herrera. Historia jeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Decada 1. lib. V. cap. II. 



—187— 

todo se perdió; que las furiosas olas se tragaron á la 
vez, junto con las riquezas á sus inicuos poseedores "en 
número de mas de mil y quinientos hombres /^^ 

¿Pero, que acontecia entretanto al virey en puerto 
Escondido? Confiaba en Dios y dejaba bramar la tor- 
menta. 

Durante el dia, las cuatro carabelas resistieron al 
viento y á la mar; pero la tempestad fué terrible du- 
rante la noche, y las naves se separaron entonces. En 
medio de la oscuridad garraron del puerto tres bajeles, 
quedando firme sobre las anclas solo la Capitana. Cada 
uno de ellos escapó por un lado,^ sin dar á sus tripu- 
lantes mas esperanza que la muerte, ni mas amparo que 
el de la cólera de los elementos. La Gallet/a, á cuyo bor- 
do se encontraba, felizmente, el adelantado, perdió su 
chalupa, y para recuperarla faltó poco para que zozo- 
brase, hasta que tras penosas tentativas se tuvo que re- 
nunciar á ello. Mas, si las tres carabelas sufrieron ave- 
rias considerables y destrozo en sus aparejos, y pérdidas 
en sus víveres, la de Colon, '^abalumada a maravilla, co- 
mo él mismo refiere, nuestro Señoría salvó, que no hubo 
daño de una paja. '^^ 

Luego de haber sido bien castigadas por el huracán 
por espacio de muchos dias, se reunieron las cuatro na- 
ves en el puerto de Azua, en un Domingo,^ como para 
que juntos celebrasen los marinos la festividad y dieran 
gracias á Dios por su protección manifiesta. Las circuns- 
tancias de este inesperado encuentro sorprendieron al 
virey, á pesar de lo habituado que estaba á las bonda« 
des del altísimo. 



1. Oviedo y Valdcs. Historia iiatural y jencral de las Indias oc- 
cidentales, lib, III. cap. TX. 

2. '"La notte con grandissima oscurita si partirono tre navigli 
della siia compagnia, ciascun per lo suo camino." — Fernando Colom- 
bo, Vita, delV Ammiraglio, cap. LXXXVIII. 

3. Carta á los reyes católicos fechada en la Jamaica énT de Ju- 
lio de 1503. 

4. Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio, cap. LXXXVIII. 



—188— 

Castástrofe fué la que acabamos de narrar que no 
se consideró como mero siniestro marítimo, y en la que 
todos los escritores contemporáneos, sin escepcion, han 
visto un castigo providencial, mirándolo sobrecojidos de 
respeto y horror: que tan clara y trasparente se mani- 
festó á la sazón la justicia del cielo. 

Si el discernimiento, por decirlo así, de la tempes- 
tad, que separó el justo del culpable, y con golpes tre- 
mendos hundió en los abismos al malvado con sus espe- 
ranzas, ilusiones y riquezas, acumuladas á costa de su al- 
ma; si el paso franqueado en lo mas horroroso del hu- 
racán al reducido tesoro del almirante, colocado con 
dañada intención en la peor de las naves, y que la con 
dujo sola á través del Atlántico al puerto de su desti- 
no, nos llenan de asombro, el asombro se torna en estupor 
al pensar en la protección que en los mismos instantes (Je- 
fendia la persona y la escuadra del virey en las aguas de 
las Antillas, pues los cuatro buques de que constaba que- 
daron igualmente preservados así en la costa como en 
ancha mar; La Gallega que antes peligraba al impulso 
de una ola, resiste ahora como una roca al de una bor- 
rasca deshecha; y la Capitana no pierde ni un hombre, 
ni un ancla, ni un cabo, ni una tabla, ni recibe el me- 
nor daño. 

El carácter verdaderamente sobrenatural de este su- 
ceso causó en España sensación profunda; y lo singular 
de sus circunstancias, lo inmenso de la pérdida y el 
duelo de mas de quinientas familias, imprimieron á sus 
detalles una lúgubre y eterna notoriedad. La reyna 
hizo á Ovando un doble cargo por su doble repulsa á 
Colon, cuando le advirtió de la inminencia del peligro, 
y cuando le demandó un asilo;i el rey lamentó el oro 

1. "Muclio sintieron los reyes la pérdida de la flota porque lo ma- 
nifestaron públicamente.... Dijeron á Nicolás de Ovando que les habia 
disgustado la negativa dada al almirante en la difícil circunstancia en 
que se hallaba, y el no haber querido seguir su consejo deteniendo 
la flota algunos dias mas."— Herrera. Historia Jeneral de los viajes y 
conquistas etc. Década 1. lib. V. cap. XII. 



—189— 

fundido y sobre todo la pepita, hasta el dia sin semejante, 
y la isla conservó la memoria de la catástrofe, por lar- 
go espacio, con los mas vivos colores. El archicronó- 
grafo imperial Oviedo que residiíS en ella y conversó 
con testigos oculares se maravilló de su carácter provi- 
dencial, y en tres partes distintas de su Historia natural 
se ocupa de la flota perdida por haberse desdeñado el 
aviso del almirante.^ El milanes Girolamo Benzo- 
ni, que fué á la Española cuarenta años después del 
suceso y pudo oir á algunos testigos oculares, no puede 
menos de ver en él el cumplimiento de una sentencia fir- 
mada por la mano del todopoderoso;^ y el castigo de los 
rebeldes y la destrucción del fruto de sus execrables di- 
lapidaciones le parecen un ejemplo saludable presen- 
tado á la faz del mundo, y una gran lección de filoso- 
fía histórica. 



IV. 



La predicción del almirante, sus terribles efectos, la 
inmunidad concedida al pequeño tesoro del mensajero 
de la cruz, al través del Atlántico, v la conservación de 



1. "....Qui furciit perdiis pour nc point avoir cru ne prins cou- 
seil de rAmiral." — Oviedo y Valdes. Historia natural y jeneral de 
las Indias, traducción do Juan Poleur. — Oviedo vuelve sobre esto eu 
los cap. VII, IX, X. del tercer libro de su historia. 

2. Benzoni. — "Qui é da notare quanto la giustizia di Dio permct- 
te per castigare la malignita de gli uomini é conKiderarc che tutti i 
nostri tesori é le nostro richezze nell' quali tanta fidanza abbiaino, 
iutto sonó sorni o ombre false, etc." — La historia del Nuovo Mondo, 
libr. I. fogl. XXIV. Venezia, 1572. 



—190— 

sus cuatro bajeles en la mas Caribe, así como la escep- 
cion hecha á su carabela de ser la única que, durante 
el pavoroso tumulto de las olas, quedase libre de fati- 
gas y averias, son hechos que justifican testigos ocula- 
res, documentos auténticos y la unánime conformidad 
de los historiadores, y que no es posible poner hoy en 
litijio. 

Y, cosa digna de consignarse!, nadie se ha aventu- 
rado nunca á atribuir este encadenamiento de circuns- 
tancias á la casualidad, esa dilijente abogada de todo lo 
difícil, de todo lo arduo, y á la que jeneralmente, se con- 
decora con todo lo imprevisto y estraordinario, desde 
el momento en que la razón no halla una esphcacion 
que la satisfaga. 

Fuera inútil empresa el esplicar naturalmente aquel 
acontecimiento formidable! ¡En vano seria esforzarse por 
atribuirlo á la habilidad consumada, á la luminosa es- 
periencia del almirante! Porque predicciones de esta na- 
turaleza se elevan á terreno mas alto que el de los he- 
chos de la observación y de la práctica. Interróguense 
sino los hombres especiales, los marineros, y mejor que 
otros contestaran que es imposible hacer semejantes pro- 
fecías con el auxilio de la ciencia náutica. El sabio Ara- 
go, no solo no creia en la posibilidad de presajiar ima 
tempestad, mas aun el adivinarla antes de la llegada de 
los signos precm sores. Ademas, vamos á reproducir tes- 
tualmente lo que, con referencia á la predicción de Co- 
lon, ha escrito un oficial superior de la armada, director 
que fué del Colejio Naval, y autor del Marinero per- 
fecto y del Diccionario de marina de vela y de vapor. 

'^Creemos estar bien fundados al negar la infalibili- 
dad absoluta de un- hombre, de un instrumento mete- 
reolójico, de un dato probable, de un indicio precursor, 
en lo que atafie á predicciones y anuncios acerca del 
tiempo que puede hacer, no solo con dos dias de anti- 
cipación, pero ni con dos horas siquiera. Que Colon, por 
ejemplo, en aquella circunstancia, huljiera observado 



—191— 

que las nubes de las rejiones superiores tenian una mar- 
cha bastante pronunciada hacia la de las nubes mas pró- 
ximas á la tierra; que hubiera notado que los vientos 
alisios amainaban; que, por intervalos, las brisas del O. 
tomaban cuerpo, ó cualquiera otra indicación práctica, 
y que juzgase prudente tomar sus precauciones y gua- 
recerse, fácilmente lo concebimos, tanto mas, cuanto 
que, como marino consumado, acostumbraba Colon, lo 
mismo que todos los jefes prudentes, á ocuparse siem- 
pre mucho de su rumbo, de su nave, del estado del cielo 
y de las continjencias que pudieran sobrevenir. Pero 
en lo que respecta á manifestar de una manera pública 
que debia estallar una tormenta dos dias después, cree- 
mos que es cosa fuera del alcance de las facultades hu- 
manas, y que ni Colon, ni nadie en el mundo pudo nun- 
ca predecir con certidumbre/^^ 

También nosotros estamos convencidos de que tal 
profecía '^está fuera del alcance de las facultades huma- 
nas;'^ y por eso es, precisamente, por lo que el anuncio 
oficial de Colon al gobernador Ovando, y su consejo de 
no dejar salir la escuadra, dado con insistencia, dos dias 
antes del huracán, nos parece revestido de un carácter 
prodijioso, adaptado á aquel castigo de la providencia. 
Y como las circunstancias del hecho no dejan márjen 
á la casualidad, Humboldt y Washington Irving, es- 
critores racionalistas, menospreci adores del orden so- 
brenatural, no se han atrevido á hacerla intervenir en 



1. Bonnefoux- Vie de ChristopJie Colomb, p. 363, 364. 

2. Humboldt ha tratado en una nota de tiznar en cierto modo la 
piadosa opinión de Las Casas y de Fernando Colon. Por su parte pre- 
tende Washington Irving que si los culpables quedaron castigados 
participó de su suerte el inocente cacique Guarionex, confundiéndose 
así, en la pena, el inocente y el culpacto. Pero nosotros observaremos, 
primero que bajo el punto de vista católico, semejante obiecion ca- 
rece de fundamento; y después que, Guarionex siempre sordo á la pa- 
labra evanjélica, hartas veces perdonado por Colon y el adelantado, 
ingrato con ellos, provocador de asesinatos y cómplice de los revolu- 
cionados, no puede, ni aun á los ojos de los hombres aparecer sin 
culpa. 



—192— 

esta ocasión, ni á aventiirav una interpretación amolda- 
da á su sistema. 

¡Cuánta sagacidad uo reveló la tormenta, dejando 
libre el camino al mas frájil de los buques, que iba condu- 
ciendo caudales del almirante, y contentándose con ave- 
riar las naves de Bastidas, mientras devoraba con ansia 
inestinguible, después de haberlas destrozado, á las só- 
lidas carabelas restantes, cargadas de hombres perver- 
sos y de riquezas que destilaban sangre! jQué acierto en 
el huracán que respetó la Capitana, en que flotaba el 
pabellón del mensajero de la cruz, hasta el punto de no 
inferirla el mas leve daño,^ y dejarla en el puerto sobre 
sus amarras, en ocasión en que hacia garrar y arrojaba 
á mar ancha á los otros bajeles y los ponia en grave 
aprieto, cual si fuera su propósito señalar con la dife- 
rencia del tratamiento, la diferencia de su destino, y po- 
ner mas patente la especial protección que la dispen- 
saba! 

¡Y qué pensar del buen tiempo, que se diria de acuer- 
do con la tormenta á fin de reunir al lado de la Capi- 
tana, en un Domingo, en el mismo punto, á las naves 
dispersas y perdidas de vista en el espacio, como para 
permitir á los nautas solemnizar el dia, conforme á la 
piadosa costumbre del heraldo de la cruz? 

¿Son, por ventura, estas asombrosas providencias 
obra de la casualidad? No. Pero, si lo son, estuvo tan 
injeniosa en sus combinaciones, tan trascendental en sus 
cálculos, se apartó tanto de lo accidental, de lo impre- 
visto, que apenas se la conoce, y de puro trocada no se 
parece á sí misma. 

Los enemigos de Colon, sorprendidos de la inmuni- 
nidad que preservaba á sus bienes y equipajes, y vien- 
do de que manera, instantáneamente, quedó vengado de 



1. Cartas á los reyes ci fálteos e>ierila en la Jamaica ci 7 de Ju- 
lio 1503. 



—193— 

sus perseguidores, atribuyeron a su poder iiiájico la ter- 
rible jornada.^ 

Cuando, recordando la suma piedad de Colon, in- 
ventor y donador de aquella tierra en que habia planta- 
do la cruz, se aproximan con la mente sus jigantescos 
trabajos, sus sagrados derechos, sus puras intenciones, 
y se llega al atentado cometido contra él por los ingra- 
tos, los rebeldes y el comisario de un poder engañado, 
arracanda de su gobierno, arrojando en una prisión, car- 
gando de grillos y desterrando de la isla al mensajero de 
la salud, se siente oprimirse el corazón, y se reconoce en 
ello una gran lección dada al mundo; porque así como la 
sabiduría del creador se revela' por medio délas maravi- 
llas de sus obras, la eterna gobernación de la divina pro- 
videncia se muestra visible á nuestros ojos en hechos se- 
mejantes. 

No debe olvidarse tampoco la evanjélicajenerosidad 
del consejo de Colon. Luego de la negativa, espresada 
de modo tan acre por Ovando, el almirante le despachó 
un mensajero, no Con la esperanza de enderezarlo á me- 
jor camino hacia su persona, sino con el anhelo de salvar 
á sus enemigos del mismo riesgo á que lo esponian, y de 
preservar la flota de una destrucción inminente. Parece 
que, en su misericordia, la providencia dispuso que se 
diera aquel aviso á los culpados, como última prueba á 
la inflexibilidad de su corazón. Pero aquellos hombres 
avaros, codiciosos, impúdicos, una vez enriquecidos, te- 
nían sed de la patria, y se les hacían siglos los dias que 
tardaban en llegar á Castilla para gozar del fruto de sus 
vejaciones y robos, tanto mas cuanto que, como su pasa- 
do estaba lejitimado con el oro esperaban merecer, sin 
duda, los favores con que el influjo de don Juan de Fon- ' 
seca premiaría su desamor al almirante. Así es que des- 
preciaron la advertencia del patriarca del Océano y con- 

] Fernando Colon. Historia del almirante don Cri/ttÓhaJ Colon. 
cap. LXXXVIII. 

;25 



—194— 

testaron con carcajadas de incredulidad y mofa á aquel 
acto de magnanimidad cristiana. Y después de haberle 
hecho apurar hasta las lieces el cáHz de la amargura; des- 
pués de haberlo salpicado con el cieno de sus calumnias 
cuando era su jefe, veian con repugnante alegría á sus 
buques rechazados de la tierra que habia descubierto. 
La presencia del justo hubiera turbado sus culpables 
ilusiones, y no queriendo nada de él, ni aun los consejos. 
Jos rechazaron como á su persona en la época en que fué 
virey, y dijeron al servidor de Dios lo qne el impío de 
los antiguos tiempos dijo al señor mismo: '^Apártate de 
núr^ i 

La ingratitud puso el colmo á la in quidad; pero el 
todopoderoso cegó á los soberbios. 

Y el ánjel del señor mandó á la tempestad y se cum- 
plió el castigo. 

El piadoso historiador del almirante, don Fernando 
Colon, informado de cada una de las circunstancias de 
tan intelij ente siniestro, afirma estar convencido de que 
"fué providencia divina, porque silos rebeldes hubieran 
llegado á Castilla, jamás habrían sido' castigados según 
merecían sus delitos, antes bien, porque eran favorecidos 
del obispo, hubiesen recibido muchos favores y gracias. "2 
Este acto de justicia divinal, comprobado con documentos 
oficiales, notas y testimonios de historiógrafos reales, que 
tuvo efecto en el segundo año de la era del renacimiento, 
en la época en que tomó vuelo la imprenta, se desarro- 
lló la literatura en España, y se difundieron las luces del 
progreso y de las investigaciones de la crítica, parece 
venir á probar y hacer creíbles' á los mas pertinaces in- 
crédulos los milagros del Antiguo Testamento; á demos- 
trar de una manera incontestable la intervención, palpa- 
ble á veces, del soberano de los cíelos en las cosas de la 

1. Recede a nobis, scientiam viarum tuarum nolumus.^— Job. 
cap. XXI, V. 14. 

2. Fernando Colon.' ffistoria del almirante don Cristóbal Colon, 
cap. LXXXYIII. 



—195— 

tierra, y á corroborar los castigos temporales impuestos á 
los pueblos rejidos por la antigua ley, que mencionan los 
libros santos, que ratifican las mas elevadas tradiciones 
del oriente, y que la profana antigüedad conservó con 
indeleble recuerdo. 

Ni en tiempo de los patriarcas, ni después de la sali- 
da de Ejipto de la tribu de Jacob, bajo los jueces y los 
reyes, se presentó á los mortales un signo mas evidente 
de la cólera de Dios que aquel. 

Y sin embargo, el hombre en favor de quien pareció 
verificarse este juicio divino, semejante á la sazón al pro- 
feta que advertía á los nacidos para darles tiempo de ar- 
repentirse, no solo no aludió en vida á su aviso des- 
preciado, sino que ignoró por algún tiempo el prodijio 
que se liabia operado y en el que desempeñó un papel 
tan conforme á su carácter de mensajero de la salud. Pe- 
ro cuando dos años adelante conoció todos los pormeno- 
res de la catástrofe, la llamó con su verdadero nombre, 
milagro, é hizo observar al rey que '^gran tiempo hacia que 
Dios nuestro señor no mostraba uno tan público.''^ 

El cataclismo que inauguró de una manera tan ter- 
rible la cuarta campaña de esploracion del almirante 
sorprendió y maravilló á los contemporáneos por lo enor- 
me de sus consecuencias; pero en el fondo, por milagro- 
so que fuera no es para nosotros mas estraordinario que 
ciertas circunstancias de sus viajes precedentes. 

El hecho de augurar la tormenta no se ofrece á nues- 
tros ojos con circunstancias tan asombrosas como el de 
anunciar la tierra, marcando el dia y casi la hora de su 
descubrimiento, en la noche del 11 de octubre de 1492, 
en ocasión de hallarse todavía á veintiuna leguas de dis- 
tancia, y de no existir el mas leve indicio de su vecindad, 
ni aun para la vista masesperimentada. Ni este debe pa- 



1. Carta dd almirante don Cristóbal Colon pidiendo^ al reí/ cató- 
tólico nombre á su, hijo don. DleQo.-j.tara sucederle, e^c— Suplem. pri- 
mor, á la cülci'ciua diplom. n. C* VI. 



—196— 

recer mas estraño que el de la promesa hecha, á las tri- 
pulaciones, exasperadas ya con el hambre y prontas {\ 
deshacei'se por un medio violento de los indios, de que 
pasadas tres singladuras,! divisarian el cabo de San Vi- 
cente, como así fué en efecto. Ni es menos grande y ad- 
mirable el descubrí]' Ja isla de la Trinidad, y presentár- 
sele con el signo del nombre que la destinaba antes de 
salir de España. 

Pero en la navegación cuya historia vamos á narrar, 
lo estraordinario se enlaza tan estrechamente con lo pro- 
dijioso, y lo prodijioso se une, se liga, se identifica de una 
manera tal con el heraldo de la cruz, que nos familiari- 
za por fuerza con ello. Y si bien es cierto que las leyes 
del orden jeneral no se interrumpieron en provecho de 
Colon, y que no pudo evitar ni los pehgros, ni los sufri- 
mientos, también es verdad que el modo como venció los 
mayores y mas graves riesgos, y la confianza que mani- 
festaba, no pueden esplicarse sin fé en un auxiliar invi- 
sible, en la protección de una fuerza sobrenatural. Y, lo 
dechnos con la sinceridad que enjendra una convicción 
íntima, profunda y arraigada, quien no cree en lo sobre- 
natural, quien no cree en lo que se eleva sobre el nivel 
del orden común, no puede comprender á Colon. 



IV. 



Pasó el almirante algunos dias en Azua |)ara que des- 
cansaran sus tripulaciones de los trabajos pasados, y ha- 
cer ciertos reparos en la naves que garraron. Referíanse 

1. Véase cu el primer tomo las p. 123 y 421. 



-197- . . 

los marineros y pilotos los recíprocos peligros porque lia- 
bian atravesado y las maniobras que tuvieron que ejecu- 
tar para salir sin mas daño del aprieto, y así se consola- 
ban de los males propios; pero ninguno estaba tranquilo 
al pensar en la suerte que hubiera' cabido á la flota, par- 
tida contra el parecer del almirante. De allí se dio á la ve- 
la la escuadrilla en demanda de Yaquimo para, en su 
puerto, aguardar que afirmara el tieirqjo. 

Y como el 14 de Julio pareciera la mar en buen es- 
tado encaminóse al S. el almirante; pero el viento cayó, 
y las corrientes lo llevaron sobre la Jamaica, á los cayos 
de Morant, pequeñas islas arenosas donde se proveyó de 
agua dulce, haciendo practicar hoyos. Prosiguió la calma, 
y la impetuosidad de las corrientes lo arrastró al grupo 
de innumerables islotes que rodea la costa S. O. de 
Cuba, que descubrió en su segundo viaje, y llamó Jar- 
dines de la Reyna, en cuya altura como le cargase un 
norte fresco, gobernó resueltamente al mediodía, hacia la 
parte de la tierra firme en que imajinaba encontrar el 
estrecho. 

Se mantenía al S. cuarto al S. 0.;i pero fue contra- 
riado eii su derrota, casi en seguida, por el estado estra- 
ño de la temperatura. El cielo estaba encapotado, el sol 
permanecía cubierto, y las estrellas ao se dejaban ver; y 
á pesar de la fuerza y de la variación de los vientos, sen- 
tía que la mar oponía á su marcha una fuerza constante, 
si bien irregular en su violencia. Chubascos frecuentes 
inundaban las cubiertas de sus carabelas, y á menudo 
partían relámpagos del horizonte que lo iluminaban to- 
do: era preciso poseer en tan alto grado como Colon la 
fuerza de voluntad y la enerjia para no alterar el rumbo, 
pues ;í veces el enrarecimiento de la borrasca lo forzaba 
á huir á palo seco, ó á ponerse á la capa, y entonces, en 
ima noche, perdia el corto camino adelantado de una ma- 



1. Fué la vía cfcl Sur cuarta al sur ueste. — Diana del escribano 
Diego de Porras. 



. —198— 

ñera penosa por espacio de muchos días. Mientras, el can- 
sancio, los desvelos, la humedad, complicada con el frió 
intenso y el calor sofocante, daban al traste con el áni- 
mo de las tripulaciones. 

La fe ardiente de Colon se sobreponia sola á las con- 
trariedades que por do quiera surjian; y con el pensa- 
miento fijo, enclavado en su objeto, no se detenia en con- 
tar los obstáculos. Comenzaba á pesar sobre él el sesen- 
ta y siete avo año de su vida, sin que lo notara apenas; 
que lo esquisito de sus sentidos en nada se habia debi- 
litado, y no obstante sus padecimientos rehumáticos su 
cuerpo permanecia erguido y firme, sosteniendo con no- 
table gallardia su majestuosa cabeza, coronada con esa 
blanca y reluciente diadema de honor de que habia la sa- 
grada escritíira, y bajo la cual, partia de sus ojos una mi- 
rada suave y serena, impregnada de un fluido amoroso y 
tierno, que tenia algo de evanjélico y esparcia por el 
contorno de su rostro, no muy padecido con sus traba- 
j os de mar, sus prolongadas tribulaciones, su indomable 
actividad y las injusticias de que era víctima su persona, 
u na luz dulcísima. A medida que avanzaba en edad, 
avanzaba también en perfección cristiana. Y con sus an- 
chos y holgados hábitos de franciscano y la maravillosa 
dignidad de su continente, no era posible mirarlo sin re- 
cordar ima de esas imájenes de los patriarcas 6 de los 
profetas de cjue creemos formarnos idea leyendo los libros 
santos. Húbiérasele tomado por \m rey pastor, trasporta- 
do dé la Idumea ola Mesopotamia alas llanuras del At- 
lántico. 

Se habían identificado, por decirlo así, sus altos y 
nobles pensamientos con sus facciones, y esto las impri- 
mía un sello de valor mortificado, de piadosa, de ascéti- 
ca caballerosidad. Y se advertía al mismo tiempo que la 
santidad, la grandeza, en este almirante, cuya boca no 
insultó jamas á nadie, ni profirió una palabra brutal, y 
que para afirmar, testificar 6 ' amenazar no empleó 
nunca mas juramento que el siguiente: "¡Por san Fer- 



—1^9— 

liando! "1 y que á pesar de la' viveza de su jeuio, no 
'^maldijo " las contrariedades de á bordo 6 de la atmós- 
fera, ni las maniobras, ni mucho menos los marineros, co- 
mo es antiquísima costumbre entre lajentedemar. 

Penetrado siempre de la santidad de su fin, de la im- 
portancia del deber, y del mérito de la obediencia, ad- 
vertía de su falta á los desobedientes, amenazaba con 
abandonar á sus propias fuerzas ál que se obstinaba en 
practicar el mal, ó por negligencia cometía alguna falta 
en su deber; y como era Dios el único objeto de sus pen- 
samientos y obras, cuando mandaba alguna maniobra 
ó exijía algún nuevo trabajo decía: "Se lo debemos 
á Dios,'' 2 y se esforzaba en inculcar en sus espíritus las 
nociones del deber, cosa de que la mayor parte no se cui- 
daba apenas; y dando el primero el ejemplo de lo que re- 
comendaba á sus inferiores de todas graduaciones, cuan- 
to peor era el tiempo, mas permanecía en medio de la 
tripulación, animándola y sosteniéndola con la vista 6 la 
palabra. De esta suerte si bien no los sustraía, porque 
tampoco estaba en su mano, á las intemperies de aquellas 
alturas desconocidas, á lo menos compartía con ellos las 
fatigas; y ni los dolores de la gota que se le agregaban á 
los sufrimientos comunes eran bastantes á doblegar, ni 
aun á entibiar la perseverancia cristiana que lo alentaba. 

Para colmo de desdicha, al salir del puerto de Yaquí- 
1110, enfermó gravemente y ''llegó fartas veces á la muer- 
te; " mas con la conciencia de su responsabilidad y del 
fin de su espedícion, sobreponiéndose al aniquilamiento 
de sus fuerzas, hizo construir una "camarilla" sobre la 
cubierta; y así, desde su litera dirijia el rumbo,^ prosi- 
guiendo su lucha jigantea y desproporcionada con las 
fuerzas de un cielo siempre encapotado y de una mar 

' 1. lo giuro che mai non lo sentí ginrare altro giuramento, che 
per san Femando. Vita delV Ammiraglio, cap. IV. 

2. Herrera. Historia jener al de las conquistas y viajes de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Década primera, lib. VI. cap. XV. 

3. Cuarto y último viaje de Colon. 



—200— 

desconocida. '^Sus marineros, cansados de combatir crní 
los elementos, demandaban descansar en Jamaica, ola 
Española, cosa que cualquiera otro hubiera hecho sin 
aguardar á que se lo pidieran; pero como nadie sabia riie-. 
jor que el pugnar con los obstáculos, se mantuvo firme, 
reanimó h la jente y aguardo el viento favorable que llego 
a la postre/^i 

Entonces se descubrió, á poca distancia, en direc- 
ción del mediodia, una isla cercada de porción de islotes: 
era Guanaja, situada como centinela avanzado del golfo 
de Honduras. Mandó Colon reconocerla, y acto continuo 
el adelantado se embarcó con un fuerte destacamento en 
dos chalupas y ganó tierra. Vieron abundancia de pinos 
semejantes á los de las Antillas, y notaron huellas de civi- 
, lizacion, pues hallaron crisoles destinados á fundir cobre, 
algunos de cuyos fragmentos pareciendo á los marineros 
partículas de oro, los escondieron en sus bolsillos. 

En esto repararon en una especie de galera veneciana, 
ancha de unos ocho pies, muy larga y constniida de una 
sola pieza, que abordaba á la orilla. Su cámara, en forma 
de góndola, cubierta con hojas de palmera, artística- 
mente colocadas é impenetrables á la lluvia, venia rebo- 
sando mercancías: piezas de algodón, coberteras, camise- 
tas, hachas de cobre, espadas mejicanas, vasos de tierra 
y granos de cacao. El adelantado entró con sus dos cha- 
lupas á la galera, una por cada flanco, se apoderó de ella 
sin esperimentar la menor resistencia y condujo á la Ca- 
pitaña á los que la montaban. 2 Habia entre ellos muje- 
res vestidas con unas cubiertas de algodón, con las cua- 
les se envolvían con mucho recato y honestidad, y veinti- 
cinco hombres sin mas ropaje que ceñidores. No dieron 
muestras de temor al encontrarse en poder de los estran- 
jeros. Colon los trató con el mayor afecto, procuró, aun- 



1. P. Cbarlevoix. Histoire de Saini-Domingve, t. J. lib. IV 
p. 237. 

2. Fernando Colon. Vita delV Ammiraglio, cap. LXXXIX. 



—201— 

que en vano, aprovechar la ciencia de sus intérpretes, 
para recabar de ellos algunas noticias; mas, comprendió, 
no obstante, que venian de Yucatán, pais rico y cnltivado. 
Dispuso que se tomara por via de mueslrü de vnrcs oh- 
jetos de su comercio, y distribuyéndoles en cambio cus- 
cábeles y otras bujerías de Europa, con lo que quedaron 
en estrerao satisfechos, los devolvió á su canoa, conser- 
vando solo, para intérprete, á un viejo llamado Guiumbé, 
que hubo de antojársele ser intelijente y esperto en lo de 
navegar por las costas. 



26 



CAPITULO 11. 



De la isla de Guanaja se dirijió el almirante al S. en 
busca de la tierra firme que avisto cerca de un cabo cu- 
bierto de árboles, cargados de una clase de manzanas de 
hueso esponjoso, que los indíjenas llamaban caxinas, y 
que él nombró así. No bien lo hubieron doblado, tornó 
á comenzar la tempestad, y frecuentes chubascos y fuer- 
tes rachadas de viento volvieron á trabajar de nuevo á la 
escuadrilla. Sin embargo, el Domingo 14 de Agosto, vís- 
pera de la Ascensión, el almirante, imposibilitado de 
abandonar el lecho, mandó á tierra al adelantado con el 
estado mayor y las tripulaciones para asistir al santo sa- 
crificio de la misa, que celebró el padre Alejandro; y aun- 
que no pudo procederse á la toma de posesión por haber 
sido necesario ganar apresuradamente las carabelas y re- 
comenzar el combate contra los elementos, el dia 1 7 du- 
rante una clara, desembarcaron á quince leguas del cabo, 
á orillas de un rio, y tuvo lugar la ceremonia, erijiéndo- 
se en la forma acostumbrada una gran cruz. En memo- 
ria de estas circunstancias se puso al rio el nombre de 
Posesión. 

Navegaba la escuadrilla contra viento siempre y á 



—203— 

vista de la costa. Conforme á las órdenes del almirante, 
la pequeña carabela de cincuenta toneladas, Vizcaína, 
se acercaba cuanto mas podia á la costa, y entraba en 
todos los golfos y ancones de cierta anchura por temor 
de pasar de largo y no descubrir el estrecho por el cual 
imajinaba Colon ganar las mares de levante, las Indias 
orientales; '^Nunca de la costa desta tierra se apartó un 
dia, é todas las noches venia á surjir junto con tierra: la 
la costa es bien temerosa, ó lo fizo parecer ser aquel año, 
muy tempestuoso, de muchas aguas é tormenta de cie- 
lo,''i escribia el notario Diego de Porras, comprobando, 
sin conocer el alcance de su observación, con que vigilan- 
cia tan constante estudiaba Colon la configuración del 
nuevo continente. Y anadia las siguientes palabras con 
tono despreciativo y de soberbia: '^Iba contino viendo la 
tierra, como quien parte del cabo de San Vicente hasta 
el cabo de Tinisterre, viendo contino la costa/^2 y en efec- 
to, si hubieran navegado en'kltamar ni habrían esperimen- 
tado la mitad de las fatigas, ni corrido la cuarta parte de 
los peligros á que los esponia aquella navegación por ri- 
beras desconocidas. Mas era necesario ir cerca de tierra 
para descubrir el estrecho. 

El tiempo no cesaba de trabajar á los tripulantes y 
á los buques: las lluvias, en estremo copiosas, la ajitacion 
de las olas y las corrientes contrarias no les permitian un 
momento de descanso desde que salieron de los Jardines 
de la rey na, si bien á veces tomaban tierra por algunas 
horas en parajes dados con el fin de observar los habi- 
tantes y las producciones. Vieron así pueblos que habla- 
ban diversos idiomas, que á penas comprendia el viejo 
interprete Guiumbé: unos, tatuados en diferentes partes 
del cuerpo, lucian sobre sus miembros figuras de leopar- 
dos y de ciervos; otros, vestian camisolas y corazas de al- 



1. Diego de Porras. Relación del viaje é de la tierra agora nueva- 
mente descubierta por el almirante don Cristóbal Colon. 

2. Ibidem. 



—204— 

godon estampado; y muchos se adornaban la cabeza con 
un mechón de áspero cabello. En los dias de ceremonia, es- 
te se pintarrajaba el rostro de negro, aquel de rojo; estos 
se trazaban líneas en la frente, aquellos se embadurna- 
ban de un color oscuro alrededor de los ojos. Tan estra- 
ña y caprichosa compostura llenó de admiración al joven 
don Femando, que treinta años adelante escribia: "To- 
dos ellos creen coii tales modas andar singularmente 
hermosos, y no están sino horribles como diablos, "i 

Avanzando al E. hallaron tribus en que los hombres 
en completa desnudez, se alimentaban de pescado crudo 
y carne, y cuya feroz mirada y repugnantes facciones re- 
velaban lo rudo y brutal de sus costumbres. Al verlos 
hizo observar el intérprete sus instintos antropófagos. 
Mas al'E. se topó con unasjentes que llamaban la aten- 
ción por la magnitud y separación de sus orejas, pues 
hombres y mujeres exajeraban su fealdad practicándose 
en ellas un agujero, ancho lo^'bastante para que cupiese 
un huevo, y embutiéndose luego, en el hueco, un hueso 
ó guijarro. Esta singularidad mereció al sitio la designa- 
ción de Costa de la Oreja. 

Pero las mencionadas observaciones eran casuales y 
cortas, porque el tiempo proseguía molestando á los na- 
vegantes. Lámar, siempre por la proa, obligaba á traba- 
jos continuos: lejos dé despejarse, el cielo parecía redo- 
blar su cólera é inclemencia; los marineros sucumbían 
al cansancio; la fuerza de los vientos, la violencia de las 
olas y la falta de sol abatían los espíritus mas firmes; 
las lluvias incesantes hablan podrido las velas que se ri- 
faban en pedazos; habíanse perdido anclas, aparejos, lan- 
chas y la mejor parte de los víveres; se multiplicaban las 
vias de agua; y tal era la gravedad de la situación, que á 
cada chubasco se creían perdidos. La tripulación de la 

1. Fernando Colon. La vie de Cristofle Colomb et la découverte 
qiCil a faite des Indes occidentales, vulgairement appelées le Nouveau, 
Monde. Traducción del provenzal Oatolendy, i. lí. cap. XXVIII. — 
Por Claudio Barbin. 1681. 



—206— 

Vizcaína se preparó á recibir la muerte, administrándo- 
la el P. Alejandro los últimos sacramentos, y el resto de 
los marinos, que carecian de los auxilios de la Iglesia, y 
estaban convencidos de la inminencia del peligro, implo-^ 
raban el perdón de sus faltas y se confesaÍDan entre ellos; 
y no hubo uno, grande ó pequeño, que no hiciera un vo- 
to particular, ó no prometiera alguna peregrinación. i 
Entre los criados del almirante ofrecieron muchos abra- 
zar la vida monástica si se salvaban de aquel aprieto. 

Estas escenas de desolación se repitieron con harta 
frecuencia en las lúgubres ocasiones en que desahogó su 
cólera el Océano. Cdon mismo confiesa cuanto lastima- 
ba el corazón semejante angustia. '^Otras tormentas se 
han visto; mas no durar tanto ni con tanto espanto. Mu- 
chos esmorecieron harto y muchas veces que teniamos por 
esforzados, "2 dice en su carta á los reyes, fechada en la 
Jamaica. Pero lo que mas le dolia era el haber espuesto á 
su joven hijo á tamaños sufrimientos, y el tener á bordo 
del peor buque á su hermano don Bartolomé, que tan 
poco deseo manifestó de embarcarse, y que solo consin- 
tió en acompañarlo por obediencia. Y al par que se echa- 
ba en cara su desgracia, pensaba amargamente en su 
primojénito, que habia quedado en España, y que se en- 
contraría huérfano y tal vez despojado de los honores y 
privilejios que le aseguraba su mayorazgo. Eelizmente, le- 
jos de poner el colmo á sus aflicciones con su propio do- 
lor, don Eernando lo consolaba y desplegaba una enerjia 
increible en sus cortos años. Tanto es así que dijo su pa- 
dre: "Nuestro señor le dio tal esfuerzo que él avivaba á 
los otros, y en las obras hacia como si hubiera navegado 
ochenta años, y él me consolaba. "^ 

Aparte de los rigores atmosféricos, necesitaba com - 



1 Cristóbal Colon. Carta d los reyes católicos, fechada en la Jü' 
maica el 7 de Julio de 1303. 

2. Ibidem. * 

3, Ihidem. . 



—206— 

batir una fuerza constante y regular, á saber, la masa de 
agua que afluía en sentido inverso al rumbo que conser- 
vaba, y que con mucha propiedad comparó á un rio ma- 
•rino. Era la gran corriente ecuatorial ó pelásjica que de 
suerte tan maravillosa habia descubierto y comprobado 
en su viaje preqedente, y que oponia tanta resistencia que 
en una navegación sostenida de sesenta dias, con difi- 
cultad pudo salvar ana distancia de setenta leguas, i has- 
ta que al fin, á fuerza de perseverancia, alcanzó el 14 de 
Setiembre un promontorio que avanzaba del E. al medio- 
día, y tras el cual encontró la mar en cierto modo bonan- 
cible y viento fresco. En nombre de las tripulaciones dio 
Colon gracias al Señor por el repentino alivio de sus ma- 
les, y en prueba de ello llamó al cabo de Gracias á Dios, 
apellido que conserva hoy todavía. 

Allí se despidió con regalos al intérprete Guiumbe, 
que también habia participado de los apuros de los de- 
mas, y pareció quedar muy satisfecho de la munificencia 
del almirante. 

Sin desviarse de su propósito de esplorar las riberas 
y buscar el estrecho, seguía Colon por la costa de Mos- 
quitos; pero como sus carabelas necesitaban carenarse, 
los aparejos de reparos y los marineros de reposo, iba á 
la descubierta de paraje conveniente. Y siendo de mu- 
cha urjencia, el hacer lefia y aguada, el Sábado 17 de 
Setiembre se detuvieron en la embocadura de un ancho 
rio, por el que subieron para aprovisionarse, las canoas de 
la Capitana y delsi Vizcaína. Cuandolasdos embarcaciones 
hubieron hecho su cargo, volvieron en demanda de las ca- 
rabelas; mas en esto, un poderoso golpe de mar, rechazó 
la corriente que traia dirección contraria, y en el violen- 
to choque que se produjo quedaron envueltas las lanchas. 



1. Pedro Martyr justifica con un error la violencia de esta cor- 
riente. — Tantam scribit vim fuisse oppositi torrentis oceani, quod die- 
bus quadraginta leguas vix potuerit septuaginta percurrere.'/ Petri 
Martyris, Oceaneoe Decadis (ertice, liber quartus, fogl. XLIX, § D. 



—sor- 
La de la Vizcaína, de construcción lijera, zozobro, y no 
obstante la destreza del resuelto contramaestre Martin de 
Fuenterrabia y del oficial Miguel de Lariaga, ninguno 
de los que la tripulaban tornó á salir. La de la Capitana 
llegó sola con su cargamento. Aquella pérdida fué muy 
sentida por todos y principalmente por Colon, que afliji- 
do llamó al sitio rio del Desastre. 



II. 



Esta disminución de brazos en la Vizcaina forzó á 
debilitar el personal de las otras carabelas, que ya era 
apenas suficiente para maniobrar, en razón á hallarse to- 
dos estenuados con dos meses de trabajos incesantes. 
Por dicha, el Domingo 25 de Setiembre, se divisó entre 
la pequeña isla de Quiribi y la tierra firme, un anclade- 
ro de buenas condiciones, situado enfrente de una pe- 
queña aldea nombrada Carriari, que ofrecia perspectiva 
deliciosa. Un rio llevaba frescura á su opulenta vejeta- 
cion, engalanada con las joyas de mas brillo de la natu- 
raleza equinoccial. La hermosura del cielo, la magnificen- 
cia del paraje y las balsámicas emanaciones de sus plan- 
tas dieron nuevas fuerzas al almirante, que se estasiaba 
contemplándolo todo con la vehemente curiosidad de su 
espíritu y la embriaguez del poeta. 

Hallado que fué un lugar aparente para proceder á la 
carena, el mismo dia de la llegada se comenzó á calafa- 
tear las vias de agua, á componer el aparejo, y á orear y 



—208— 

secar las provisiones que la temperatura y el agua del 
mar habian averiado. Y era tal el cansancio de los mari- 
neros que preferían guardar las hamacas que divertirse 
en la ribera. Al dia siguiente prohibió Colon la bajada á 
tierra, con lo cual, los indíjenas, que se habian reunido 
en la playa armados con sus flechas, venablos de madera 
petrificada y mazas ó macanas, para oponerse á la inva- 
sión de los estranjeros, viendo que no salian de sus bu- 
ques y que no daban muestras de hacer alto en sus beli- 
cosos aprestos, desistieron de su actitud amenazadora. La 
curiosidad pudo mas entonces que la desconfianza; y fue- 
ron acercándose al mar, haciendo señales de paz, y mos- 
trando á los españoles coberteras de algodón, camisolas 
y armas, hasta que algunos mas atrevidos se arrojaron al 
agua y vinieron á proponer trueques. Pero el almirante, 
queriendo darles una idea elevada de la clase de hués- 
pedes que eran los españoles, no dio licencia de traficar; 
regaló á los indios con aquellas bujerias^ que tanto los 
deslumhraban, y no aceptó una hilacha en cambio. Los 
de Carriari hicieron señas á los de España para que acu- 
dieran á la orilla; pero como sus invitaciones y ruegos 
fueron desatendidos, se reunieron en consejo; y ya fuera 
que su orgullo se resintiese de la no admisión de sus pre- 
sentes, ya que imajinaran ser esto una prueba de descon- 
fianza hacia sus personas, acordaron no aceptar á su vez 
los regalos de los desconocidos, y en su consecuencia hi- 
cieron un montón con ellos y los dejaron sobre la arena. 
El Miércoles por la mañana saltaron en tierra los marine- 
ros con licencia de Colon, y el primer objeto en que nota- 
ron fué la pila de bagatelas europeas. i 

Con el objeto de obligar á los estranjeros misteriosos 
á desembarcar, y queriendo primero atraerse su confian- 
za los de Carriari despacharon un anciano con una espe- 
cie de bandera parlamentaria, puesta al estremo de un 
palo y llevando en presente al almirante dos muchachas 

1. Femando Colon. Vita delV Ammiraglio, cap. XCI, 



. —209— 

imiy engalanadas y secretamente provistas tle polvos má- 
jicos. La mayor apenas frisaba en los once años y ambas 
mostraban '^tan poca vergüenza que hubiera sido difícil 
que las aventajaran mujeres perdidas/' Las puso en una 
chalupa que volvia de la aguada y suplicó á los marinos 
las condujeran á las carabelas, donde el almirante las dio 
vestidos y varias bagatelas, las hizo servir de comer, y 
por la tarde las devolvió, si bien por haberse encontrado 
la playa solitaria hubo que tornarlas abordo. Tomó el 
almirante sus medidas para que pasasen una noche tran- 
quila, y por la mañana las devolvió á tierra; pero una ho- 
ra después, habiendo vuelto á la orilla las canoas, las dos 
jóvenes, acompañadas de numerosos testigos, entregaron 
cuanto hablan recibido. 

Al otro dia bajó á tierra el adelantado para tomar 
lenguas acerca de la rejion, y dos notables de la vecindad 
se adelantaron antes que hubiera salido de la lancha, lo 
alzaron respetuosamente en sus brazos y lo condujeron 
á un banco de césped. Hízoles don Bartolomé multitud 
de preguntas á las cuales respondieron con la mejor vo- 
luntad, y temiendo no poder recordarlas todas con exac- 
titud mandó al secretario en jefe de la flota, Diego Mén- 
dez, las escribiera en el acto. Mas así que los indios vie- 
ron trazar sobre el papel caracteres negros, sospecharon 
algún májico artificio, y amedrentados, huyeron como de 
gravísimo pehgro, imajinando neutrahzar el maleficio ar- 
rojando sobre sus cabezas, en dirección á los españoles 
unos polvos que, en efecto, el viento iaipelia hacia ellos;i 
que en su orguUosa susceptibilidad y corrupción parecía 
ser este pueblo muy dado á la superchería. Los habitan- 
tes de la costa usaban tahsmanes, tenian adivinos, nigro- 
mánticos que reputaban muy peligrosos,^ practicaban el 
embalsamiento, erijian túmulos á los muertos, adornaban 
sus sepulcros de esculturas representando figuras de ani- 



1. Fernando Colon. Vita delV Ammiraglio, cap. XLÍ. 
3. Cuarto y último viaje de Colon. 

27 



_210— 

males é informes retratos de los finados, y ejecutaban 
con bastante perfección ciertos objetos artísticos. 

Así que estuvo terminada la reparación de las carabe- 
las el almirante, antes de aparejar, tomó en calidad de in- 
térpretes dos indios, y aflijidos sus padres con el cautive- 
rio á que los suponian reducidos enviaron á cuatro de 
su tribu para tratar del rescate á cuyo fin traían gran 
cantidad de pedrería. El almirante dispuso se les dieran 
regalos; pero que no se devolviesen los demandados. Los 
delegados refirieron lo sucedido y entonces fué grande el 
embarazo entre aquellas pobres jentes que no sabían ya 
lo que ofrecer al gran jefe de los estranjeros. Y como las 
piedras no habían dado resultado y su presente de las 
muchachas había sido rehusado anteriormente, imajína- 
ron ofrecer en cambio de sus compatriotas dos marrani- 
llos salvajes en estremo ariscos, llamados jo^mw^ que Co- 
lon recibió gustoso y pagó con nuevos objetos; pero no H- 
bertando á los intérpretes. 

El Miércoles 5 de Octubre levó anclas el almirante 
y se dirijió al S. sin perder de vista la orilla, á lo largo 
de la costa de Mosquitos, conocida hoy por Costa Ri- 
ca en razón á la abundancia y riqueza de sus minas de 
plata y oro. Entró luego en un golfo cortado por muchas 
islas, que formaban entre sí pequeños canales, profundos 
y sin escollos, en las que los árboles jigantes de las orillas 
estendían sus ramas á estraordínaria altura y las cruza- 
ban, dejando bajo sus copas una bóveda capaz de con- 
tener los buques con toda su arboladura, y cuya sombra, 
frescura y delicioso ambiente recreaban á los marine- 
ros desde á bordo; llamábase el golfo bahía de Caraba- 

1. iiBegaren que así se llama adonde estaba. Enfel idioma de aque- 
lla tierra los llamaban hegares ó pecares, de que nosotros hemos hecKo 
pécaris. Según el ilustre Cuvier este jénero de cerdos difiere de los 
puercos //por un orificio glanduloso abierto sobre el lomo, por defensas 
cortas y rectas que no salen de la boca y por la falta de rabo y de un 
dedo interno en la pata trasera.'/ Cuviee. Annotations au quatrieme 
voy age de Christcyphe Colomh, traduit par. MM. de Vemeuil et de La 
Boquettey memh^es de V Académie royale espagnole d'Jiistoire. 



—211— 

ro, y hoy se conoce en las cartas por el nombre de bahía 
del Almirante. 

Al saltar en tierra vieron los españoles veinte canoas 
varadas, cuyos tripulantes se divertian por los bosques; 
iban desnudos y llevaban al cuello placas de oro. Disi- 
póse su temor cuando hubieron divisado á los intérpretes, 
é invitados por ellos, cambió uno de los insulares un es- 
pejo de oro por tres cascabeles. Aquí fué, donde después 
de Cajinas, se halló metal fino de esta clase, i 

Una abundancia fabulosa favorecía con sus dones 
aquella tierra: los peces, las aves, la caza, las raices, los 
granos, los árboles frutales y las flores, se encontraban en 
la mayor abundancia. El almirante sin ceder á la seduc- 
ción de tantas bellezas, quiso penetrar hasta el interior 
del golfo, descubriendo un terreno muy accidentado y 
sembrado de habitaciones construidas en los puntos cul- 
minantes. En unas canoas llenas de indios que se avista- 
ron, observaron los navegantes que traían los naturales 
adornado el cuello con láminas de oro; pero que en vez 
de trocarlas gustosos, á la manera de los insulares, las 
daban una gran importancia y se negaban á desprenderse 
de ellas. También traían en la cabeza diademas de pluma 
y de garras de animales. Interrogólos Colon acerca de la 
naturaleza del pais y de los lugares circunvecinos y supo 
que estraian el oro de una tierra situada al me.diodia. 

Habiendo entrado las carabelas por otra rada de 
grandes dimensiones, nombrada hoy laguna de Chiriqui, 
el almirante se procuró nuevas noticias que ratificaron 
las ya recibidas. Se alejó entonces de estos sitios y pasó 
á mar ancha para navegar con mas libertad, aunque sin 
dejar de atender cuidadosamente á la costa, y después de 
haber seguido el mismo rumbo por espacio de doce leguas 
vio la embocadura de un rio, y despachó las embarcacio- 
nes con el objeto de practicar un reconocimiento. Al 



1. Diego de Porras. Relación del viaje éde la tierra agora nueva- 
mente descubierta por el almirante don Cristóbal Colon. 



—212— 

acercarse á la playa, percibieron los españoles un golpe 
de indijenas de unos doscientos, armados en guerra, y 
que venian á oponerse á su desembarque, mientras que 
con trompas* marinas y tambores de madera atronaban 
los bosques, convocando á mas defensores. A medida que 
se acercaban los de Castilla, los indios parecian venir 
mas furiosos á su encuentro, mascando y escupiendo 
yerbas en señal de desprecio, y entrándose por el agua 
hasta la cintura para tirar con mejor acierto y de mas 
cerca sus dardos y venablos. Conforme á las instruccio- 
nes del almirante los españoles sufrieron con calma estos 
insultos, contestándolos únicamente con señales de paz. 
Poco á poco fueron sosegándose, y concluyeron por tro- 
car diez y siete espejitos de oro por algunos cascabeles, 
cuyo sonido les placia en estremo. i Por la tarde volvieron, 
á las carabelas los espedicionarios, tornando al otro dia 
á tierra, para proseguir los cambios; y al saltar de las ca- 
noas encontraron á los indíjenas subidos en los árboles 
donde habian pasado la noche temerosos de ser sorpren- 
didos. Los llamaron v se abstuvieron de contestar; los es- 
pañoles por su parte se mantuvieron inmóviles en las em- 
barcaciones; y los riberanos, interpretando la calma por 
cobardia resolvieron deshacerse de tan importunos hués- 
pedes, tañendo las trompas y disparándoles una lluvia de 
flechas. Los españoles, para contenerlos, lanzaron un ba- 
iles tazo é hicieron un disparo de artillería, cuya detona- 
ción produjo tal asombro entre ellos que se les cayeron 
las armas de las manos y huyeron á todo correr á lo mas 
intrincado de los bosques. Entonces desembarcaron solo 
cuatro de los de Colon, los llamaron, acudieron sumisos 
y cambiaron tres espejos; tampoco traian mas, en razón 
á haber venido preparados no mas que para el combate. 
De este punto avanzó la flotilla hacia el E. y al pa- 
sar por Cobrava divisó cinco grandes aldeas asentadas 
cerca de los rios, y en las que se adquirieron mas ante- 

1. Fernando Colon. Tifa delV Ammiraglio, cap. XCII. 



ceden tes sobre el oro, pues se supo que los indios lo es- 
traian en Veragua y que Veragua no estaba lejos. Los 
intérpretes aseguraban que allá concluia la tierra aurí- 
fera. 



III. 



Cualquier hombre aficionado á la grandeza, sabiendo 
que la posesión de las minas le habia de volver el favor 
de la corte y cerrar la boca de sus enemigos no habria 
tenido cuidado mas apremiante que el de reconocer en 
seguida aquella tierra, tan fecunda en oro, tomar posesión 
de ella en la forma solemne y volverse á España para 
tornar con fuerzas suficientes y proceder á la ocupación 
del pais. Pero Colon, completamente abstraido con la 
idea de descubrir el estrecho, no quiso retroceder por 
unas minas que consideraba ya como adquiridas, y par- 
tió, no obstante copiosos y continuos aguaceros, para pro- 
seguir su viaje y encontrar el estrecho deseado. 

Se hallaba precisamente en la altura, que en Grana- 
da, bajo las bóvedas de la Alhambra, designó ser aquella 
que le franquearía el paso para llevar ala mar delmediodia 
la enseña de la salud, y así, hacia seguir por la Vizcaína 
las menores sinuosidades del terreno. Estaba en el litoral 
de Chagres, y buscaba de una manera ansiosa el estrecho 
en frente de Panamá, á la sazón desconocido. Presentía 
Colon ése punto jeográfico, objeto de tantos votos inútiles 
desde hace mas de tres siglos y medio, y que los jeólogos 



—214— ' 

de Francia, Inglaterra y Prusia han estudiado tan pro- 
fundamente. Y se obstinaba en descubrirlo allí, donde, á 
pesar de no existir lo exijen y demandan todavía las ne- 
cesidades de la civilización; y lo buscaba en los parajes 
que, una configuración particular, parece haber prepa- 
rado para la división de las dos grandes rejiones del con- 
tinente americano. Diríase que la naturaleza se detuvo 
repentinamente en su obra por mandato de Dios, y que 
reservó á la humanidad la apertura de este paso, como 
prodijio de su injenio y último término de su poder. Co- 
lon inquiría, pues, el estrecho, no á la estremidad de las 
rejiones australes en que se halla, sino donde debía estar 
y donde estará un día; que el revelador del globo, vino á 
señalar su sitio. 



IV. 



No habiendo encontrado Colon el estrecho en Cha- 
gres prosiguió buscándolo, porque también podía hallar- 
se mas lejos. Siguió la costa al E. y el 2 de Noviembre, 
después de pasar por entre dos isletas, fué aechar el an- 
cla en un puerto cómodo y seguro, rodeado de terrenos 
cultivados, animados por viviendas de graciosa forma, es- 
paciosas, y hasta pintadas^ algunas. Arboles frutales for- 
maban verjeles en torno délas habitaciones, que recibían 
sombra de magníficas palmeras y suave aroma de las ana- 

1 Femando Colon. Vita delV Ammiraglio, cap. XCII. 



—2X5— 

lias y vainillas. Colon dio á aquel puerto el nombre de 
Bello. Los indios de los alrededores trajeron gran canti- 
dad de frutas y de algodón tejido; pero, salvo un jefe y 
siete notables de cuyas narices pendían reducidas látioi- 
nas de oro, nadie poseia de este metal. Su adorno con- 
sistía en pintarse de rojo; que solo el jefe se reservaba el 
color negro. Desgraciadamente los continuos chubascos 
empañaron tan delicioso é indescribible cuadro, y de sus 
resultas tuvieron que permanecer en la rada las carabe- 
las por espacio de siete dias. Al fin el Miércoles 9 de 
Noviembre, sin embargo del mal cariz del cielo se dieron 
á la vela para continuar la esploracion de la costa. 

Costeaban, sin saberlo, el itsmo de Panamá. 

Detras de las montañas que limitaban su vista se es- 
tendia el Océano Pacífico; y cual si hubiera oido el mur- 
mullo del gran mar, se obstinaba Colon en descubrir un 
paso que lo llevase á él. Luchando con el viento logró al- 
canzar el cabo Nombre de Dios; pero una vez allí le aco- 
metieron de tal manera los elementos que debió echar el 
ancla en el mas inmediato refujio. 

Escojió entre islas un abrigo sobre la costa, que esta- 
ba bien cultivada y proporcionaba frutos y particular- 
mente maiz en tanta abundancia, que lo llamó puerto de 
las Provisiones. Se mantuvieron en él hasta el 23 de No^ 
viembre, en cuyo dia partieron continuando el reconoci- 
miento de las costas. En una tierra nombrada Guaigua 
se presentaron mas de trescientos indíjenas que traian 
joyas de oro y vituallas para hacer cambios; mas Colon, 
afanoso de llegar al estrecho, no se detuvo, si bien la vio- 
lencia del tiempo lo forzó á entrar en el primer puerto que 
vio. Era un ancón estrecho, cuya boca, mas estrecha aun, 
no presentaba otra ventaja que la de amortiguar la fuer- 
za de las olas, y en el cual estaban las carabelas tan próxi- 
mas á tierra que, de un salto desde a bordo, salvaban la 
distancia los marineros. Las cercanías eran llanas y descu- 
biertas por falta de árboles, y las plantas acuáticas y los 
herbazales abundaban en cocodrilos que iban á descansar 



—216— 

sobre el limo y despedían un olor fuertemente almizclado. 
Durante nueve dias retuvo el temporal á la flota en aquel 
sitio que llamó el almirante el Retrete. 

Los naturales, dulces y confiados, acudieron trayendo 
víveres y adornos de oro, y trataron de una manera muy 
familiar en los cambios, que el almirante hacia vijilar con 
mucho esmero. Por desgracia, favorecidos por la disposi- 
ción del terreno, se escaparon una noche varios marine- 
ros, burlando la vijilancia de los oficiales, fueron á las 
cabanas en que hablan sido acojidos con tan buena hos- 
pitalidad durante el' dia, y con sus galanterías y rapaci- 
dad exasperaron á los naturales, que á su vez vinieron á 
embestir á las carabelas. Hizo Colon lo posible por evi- 
tar la efusión de sangre, y procuró apaciguarlos, aunque 
en vano, pues crecían en aborrecimiento á medida que 
Col#n aumentaba en dulzura. Quiso intimidarlos con un 
cañonazo sin bala; pero ellos, familiarizados con el es- 
truendo aun mas pavoroso del trueno, respondieron á la 
descarga con insultos, golpeando la tierra y los árboles 
inmediatos con sus mazas. Visto lo cual, con grande sen- 
timiento suyo, mandó al artillero Mateo que les hiciese 
puntería, y así que espitementaron los efectos del dispa- 
ro huyeron despavoridos á guarecerse detras de las mon- 
tañas. 



CAPrrULO TIT 



Vientos aseladores continuaban castigando á los es- 
pedicionarios. Hacia cuatro meses que, con cortas inter- 
rupciones, desde cerca del cabo de Gracias á Dios, chu- 
bascos, lluvias y mares gruesas habian apurado las fuer- 
zas morales y físicas de los tripulantes. Los capitanes y 
la maestranza lo mismo que la marinería clamaban por 
volver directamente á Castilla; pero el almirante cuya vo- 
luntad no flaqueó nunca en presencia de los obstáculos, 
y que habia concluido por concebir dudas acerca de la 
exacta posición del estrecho y por comprender que tal 
vez, no obstante las fundadas probabilidades de sus cál- 
culos, aquel paso abierto por la naturaleza podía estar 
situado bajo una latitud mucho mas meridional, hacia 
las tierras que dijo existían en la parte austral del glo- 
bo, considerando el estado de su persona, de sus mu- 
niciones averiadas y de sus buques, que las bromas, en 
número infinito, taladraban de la quilla á la línea de 
flotación, si bien resolvió retroceder, fué para dirijirse á 
Veragua, acerca de cuyas minas de oro había recibido 
noticias y pormenores que parecían fabulosos. 

En efecto, el Lunes 5 de l^iciembre, salió del Retrete 

28 



—318— 

con rumbo al O., en demanda de Veragua, y alcanzó á 
Puerto Bello, donde pasó la noche. Al día siguiente, no 
obstante el viento contrario, prosiguió la ruta, cambián- 
dose á poco la brisa al E., cosa que habia esperado por 
espacio de tres meses. Hízole esto pensar en apro- 
vecharla, á pesar de lo quebrantados que se hallaban 
sus buques; pero tuvo que desistir de la idea, por- 
que no bien hubo hecho cuatro leguas, ráfagas con- 
tinuas impidieron mantener rumbo, cualquiera que fue- 
se, y necesitó volver á Puerto Bello para esperar el 
buen tiempo; mas, en el momento de entrar en la 
rada, una violenta borrasca lo rechazó; las olas eran 
tan altas, y tan violentas las sacudidas que no se sabia 
como gobernar: en este aprieto cayó de nuevo enfer- 
mo y una de sus antiguas heridas se abrió, y por es- 
pacio de nueve dias perdieron los suyos la esperan- 
za de consérvalo á la vida.i Los chubascos y vento- 
leras impedian igualmente entrar en puerto que ganar 
mar ancha, y así las carabelas luchaban entre el peligro de 
ser sumerjidas y el de destrozarse contra los escollos que 
ocultaba la ajitacion de las aguas. ■ 

Sin embargo, los pilotos y marineros, que creian haber 
apurado en esta espedicion todos los rigores del mar, no 
habian esperimentado todavía una verdadera tormenta 
oceánica. Sabida cosa es hoy, que bajo las latitudes in- 
tertropicales, hacia el sitio de la gran corriente ecuato- 
rial, los fenómenos meteorolójicos llegan á un grado de 
fuerza, de brillo y de majestad desconocido en nuestras 
rejiónes. Aveces la interrumpida línea de los relámpagos 
atraviesa el horizonte todo; el sonido de los truenos es 
aterrador; la elevación de las olas, raya en lo fabuloso, 
y el Océano manifiesta lo formidable y grandioso de su 
poder soberano. 

Juguete de las olas, tan presto estaban las carabelas 



2. Cristóbal Colon. Carta á los reyes católicos, fechada en la Ja- 
maica, el 7 de Julio de 1503. » 



—219— 

en las cimas que se levantaban, como en los abismos 
que se abrian bajo sus quillas; ''jamas vieron ojos la mar 
tan alta, fea y hecha espuma/'^ El cielo rebozado en nu- 
bes rojaS', cargadas de electricidad, estaba pesado y sofo- 
cante: á cada momento pavorosos relámpagos desgarra- 
ban la lúgubre cortina é inflamaban el vidrioso horizon- 
te; los ojos de los marineros no podian sufrir su fulgor y 
se cerrabaD;2 el aire parecía incandescido; los sacudimien- 
tos que las impetuosas ondas imprimían á los bajeles ha- 
cían crujir sus cascos y arboladuras, y á cada instante se 
hubiera creido que iban á sumerjirse; la color encarnada 
délas nubes se reflejaba en aquella mar ''que semejaba 
ser de sangre, herviendo como caldera por gran fuego, 
dice el mismo Cristóbal Colon, y el cielo jamas fué visto 
taiL espantoso, pues un dia con la noche ardió como 
forno. "'^ Durante veinticuatro horas se respiró fuego. 
Rayos globulares, cuya luz siniestra duraba muchos se- 
gundos, se seguían los unos á los otros, sin cesar, y era tal 
su foco, que, á pesar de su debilidad y postración, se le- 
vantaba á menudo de la litera el almirante para ver si le 
habla consumido el velamen y arboladura de la nave. 

Mas no era este todo el peligro, pues á medida que 
redobló el fuego del cielo, las carabelas fueron dejando 
de divisarse, y separadas y cubiertas con muros y bóve- 
das de agua, al oir las detonaciones que seguían á los 
relámpagos creían los navegantes de cada nave que los 
de una sus compañeras disparaban toda su artillería, pi- 
diendo auxilio al zozobrar.^ 

En medio de este desorden de la naturaleza la lluvia 
cala gruesa y de una manera impetuosa, tanto, que con- 
cluyó por apagar la hoguera que chispeaba en la atmós- 
fera, y prosiguió, sin cesar, en ocho dias, "compacta co- 



1. Cuarto y último viaje de Colon. 

2. Fernando Colon. Vita delV Ammiraglio, cap. XCIV. 

3. Cuarto y último Viaje de Colon. 

4. P. Cliarlcvoix. Histoíre de Saint-Domingue, lib. IV. p. 241 



en 4? 



— 220— 

mo si la vaciaran á cántaros desde lo alto: "i no debia lla- 
marse aquello lluvia, sino segundo diluvio. Los marine- 
ros se sentian tan rendidos que anhelaban morir para li- 
bertarse de tales sufrimientos, 2 y entonces fué, cuando, 
estenuado con las fatigas que \e ocasionaban las incesan- 
tes borrascas, sucumbió elP. Alejandro, siendo así el pri- 
mer sacerdote que haya perecido en el Océano, en cum- 
plimiento de su ministerio evanjélico, un franciscano; que 
las primicias gloriosas de fin semejante parecían tocar de 
derecho á la orden Seráfica. 

Mientras se verificaba la tremenda revolución pelásjica 
que hemos descrito, una de las carabelas fué arrebatada 
á distancia considerable, y si bien logró echar un ancla y 
mantenerse firme sobre ella, al cabo, una fuerte ventole- 
ra le barrió la lancha grande, y, para no perecer, tuvo^u 
tripulación que cortar con presteza las amarras,^ quedan- 
do el buque tres dias á merced de la tormenta. Para col- 
mo de desgracia, los marineros se mareaban, y como el 
invsomnio, el cansancio y el temor concluyeron por sumir- 
los en profundo abatimiento, la imájen del naufrajio se 
les presentaba con los mas vivos colores tras aquel cata- 
clismo, en que %a hablan perdido los navios, por dos 
veces, las barcas, anclas y cuerdas, y que los tenia abier- 
tos y sin velas. "^ Una sola cosa estraña al llegar aquí, y 
es, como dice el P. Charlevoix, que aquellos buques en 
que no se tenían por seguros en mar tranquilo, resistie- 
ran tan largo espacio al redoblado empuje desemejante 
sacudimiento. 5 

No obstante la furia de los elementos, aun no se ha- 
bía desahogado la cólera del Océano; después de tantos 
peligros, aun no habia llegado el peligro mas temible, el 

1. Herrera. Mialoria general délos viajes y coiKiaistas de los cas- 
tcUauus en las Indias occidentales. Década primera, lib. V, cap. IX. 

2. Cuarto y úl fimo viaje de Colon. 

3. Fernando Colon. Vita dclV Ammiraglio, cap. XCIV. 

4. Cuarto y últimn viaje de Colon. 

5. P. Cliarlevoix. Hrsfoire de Saint- Domingue, lib. ÍV. p. 241- 
en 4?. 



—221— 

peligro supremo, la nueva prueba á que tenían que so- 
meterse los infortunados esploradores. 

■ El Martes. 13 de Diciembre de 1502, mientras que 
el almirante agonizaba en su lecho de dolores, un grito 
desgarrador partió de una de las carabelas, y repetido 
en seguida por las demás, fué á resonar en el alma del 
moribundo, que se estremeció y abrió los ojos. 

¡Qué espectáculo tan horroroso se presentó á la 
vista! 

En un punto del espacio, ajitada la mar por un mo- 
vimiento jiratorio, é hinchándose con las olas que atraia 
á su centro, se levantaba como una montaña, mientras 
que pardos y densos nubarrones, descendiendo en cono 
vuelto se estén dian en busca del torbellino acuático, que 
á su vez se alzaba palpitante hacia ellas, como querien- 
do tocarlas. Entrambas monstruosidades se unieron de 
repente con un espantoso beso y se confundieron en 
forma de X, dando vueltas. Aquello era, dice el histo- 
riador de Santo Domingo '^una de esas pompas ó trom- 
bas marinas, que la jente de á bordo llama fronks, que 
tan poco se conocian á la sazón, y que desde entonces 
han dado al traste con tantos bajeles.'^ i Un áspero sil- 
bido precedía al resuello fatal que arrojaba sobre las ca- 
rabelas esta fantasma, á la sazón sin nombre en nuestras 
lenguas, y que es lamas espantosa manifestación de esas 
tormentas infernales á que el oriente dio el mismo nom- 
bre del espíritu del mal: Tifón. ;Desgraciado del buque 
que encuentra en su camino! 

Al grito de desesperación de sus marineros , se 
reanimó el orrande hombre. En la inminencia de una 
catástrofe se alzó de su litera, recuperó su antigua 
fortaleza, salió á la cubierta y vio que se acerca- 
ba el coloso, absorbiendo el mar. El fenómeno era 
desconocido, y no le lialló remedio; que el arte nada 



1. P. ChaTlevoix. Histoire de Saint. Domíngue, lib. IV. p. 211 
en 4? 



—222— 

podia en contra suya, tanto menos cuanto que hubiera 
sido vano esfuerzo el tratar de gobernar. 

En seguida sospechó el adorador del verbo, en 
tatl formidable ostentación de las fuerzas de la na- 
turaleza, alguna maniobra satánica. Y si bien, temeroso 
de usurpar atribuciones del sacerdocio, no pudo conjurar 
las potencias del aire, al acordarse de qu^ era jefe de una 
espedicion cristiana, y que su fin era santo, quiso, á su 
manera, intimar al espíritu de las tinieblas que le fran- 
quera el paso. Hizo que en el acto se encendieran velas 
benditas en los faroles, y se enarbolára la bandera real 
de la espedicion; ciñó la espada sobre el cordón de San 
Francisco; tomó en las manos el libro de los Evanjelios, 
y de pié, enfrente de la tromba que avanzaba, leyó la 
sublime afirmación con que empieza el Evanjelio del dis- 
cípulo querido de Jesús, san Juan, hijo adoptivo de la 
Vírjen María. 

Y esforzándose para dominar con su voz el rujido de 
la tormenta, dijo al Tifón el mensajero de la salud: 

En el principio era el verbo, y el verbo era con Dios, 
y el verbo era Dios. 

Este era en el principio con Dios. 

Todas las cosas fueron hechas por él: y nada de lo 
que fué hecho se hizo sin él. 

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hom- 
bres: 

Y la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas 
no la comprendieron. 

En el mundo estaba, y el mundo por él fué hecho, y 
no le conoció el mundo. 

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 

Mas á cuantos le recibieron, dióles poder de ser he- 
chos hijos de Dios, á aquellos que creen en su nombre: 
Los cuales son nacidos no de sangre, ni de voluntad 
de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios. 

Y el \Q>vho ff te hecho carne, y habitó entre nosotros. 
Entonces, en nombre del divino verbo, redentor 



—223— 

nuestro, cuya palabra calmaba los vientos y las aguas, 
mandó Cristóbal Colon á la tromba, de una manera im- 
perativa, desviarse de aquellos que, hechor hijos de Dios, 
llevaban la cruz á las estremidades de la tierra y navega- 
ban bajo lo invocación de la Santísima Trinidad. Luego, 
sacando su espada lleno de fe, trazó en el aire con 
ella la señal de la cruz, y describió en torno suyo un cír- 
culo acerado corno si real y positivamente cortara la trom- 
ba, i Y en efecto, ¡oh prodijio! la tromba, que se dirijia 
en busca de las carabelas, atrayendo en un negro her- 
videro las olas, pareció oblicuarse, pasó entre los buques 
medio zozobrados, se alejó bramando, espumosa, sober- 
bia, desconcertad;!, y fué á perderse en la tumultuosa 
inmensidad del Atlántico. ^ 

La repentina huida del fenómeno destructor pare- 
ció al almirante un nuevo favor de su divina majestad; 
en cuanto á los demás, '^creyeron haber sido preservados 
por virtud celestial. " ^ 

'^La misma piedad que le habia hecho recurrir á 
Dios para ser defendido, le impidió dudar de que le de- 
biera la salvación en tales circunstancias.'^ ^ El caso es 
que la tromba pasó cerca de la Capitana-, que á falta de 
recursos náuticos recitó el principio del Evanjelio de 
san Juan, que hizo con su acero ademan de cortarla, ^ y 



1. De aquí proviene la idea, que se estendió primero entre lo3 ma- 
rinos, de que se preservaban de las trombas cortándolas con un sable 
y recitando el Evanjelio de San Juan. En su traducción de la vida de 
Cristóbal Colon, menciona esto candidamente el provenzal Catolendy, 
y dice en una nota marjinal, hablando de la tromba: Se preservado 
ella cortándola con un cuchillo y el Evanjelio de San Juan. La vie de 
Cñstojle Colomh, segunda parte, cap. XXXII, en 12, impreso en la 
oficina de Claudio Barbin, en 1681. 

2. Las Casas. Historia de las Indias, lib. II. cap. XXIV. Ms. 

3. Herrera. Historia jener al de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Década 1. íib. v . cap. IX. 

4j. P. Charlevoix. Histoire de Saint-Domingue, lib. IV p. 242. 

5. //Manica che il martedi á 13 di decembre passo fra i navigli, la 
quale se non tagliavano dicendo l'Evangelio di san Giovanni, non é 
dubbiocheannegava chiunque coito ellaliavesse."— Fernando Colombo. 
Vita detV Ammiraglio. cap. XCIV. 



—224— 

que ella se apartó quebrantada y vota y desapareció en 
lontananza. 

No pudiendo el protestante Washington Irving ob- 
jetar lo mas mínimo contra la autoridad del hecho, para 
debilitar el efecto de tan milagroso acontecimiento, atri- 
buye á resolución colectiva de las tripulíiciones la obra 
que fue de propia inspiración del almirante, diciendo: 
"Cuando vieron los desesperados marineros avanzar há- 
(íia ellos la tromba, conociendo que iiingun esfuerzo hu- 
mano podia salvarlos del peligro, se pusieron á recitar 
pasajes del Evanjelio de San Juan. La tromba pr.só por 
entre los bajeles, sin causarles mal alguno, y los azora- 
dos marinos atribuyeron su salvación á la eficacia mila- 
grosa de las palabras de la escritura.'^ l 

En vano ha intentado Washington Irving oscurecer 
con el plural la iniciativa espontánea de Colon, y hacer 
desaparecer la acción del admirador del verbo, pues el 
mismo hecho protesta contra ello y le opone obstáculos 
morales y físicos que lo imposibilitan ¿Cómo podian los 
tripulantes de las carabelas convenir en los medios de 
combatir la tromba, estando separadas las naves por la 
espantosa ajitacion de las olas, siéndoles apenas dado 
entreverse al través del vapor del agua y las espumas, 
y aim menos oirse de unas á otras? ¿Cómo^ pues, poner- 
se de acuerdo en la elección del Evanjelista, y de los pa- 
sajes considerados capaces de conjurar el peligro? Qué, 
en su marcha veloz y violenta, ¿dejaba tiempo el torbelli- 
no para deliberar? ¿Cómo y de quién aconsejarse enton- 
ces? Ademas de esto, en ninguna de las cuatro carabe- 
las poseian los marineros ejemplares del antiguo ni del 
nuevo testamento; que el uso de las BibHas no se ha in- 
troducido en el pueblo sino con el protestantismo, y has- 
ta la presente el español no lo ha adoptado. Washington 
Irving, en la mas completa ignorancia del dogma cató- 



1. Washington Irving. Historia de Cristohal Colon, lib, XV'. 
cap. VI. t. III. p. 211. 



-225— 

lico, olvida que en Castilla nadie tenia fe supersticiosa 
en el poder del testo sagrado, en su eficacia taumatur- 
ga; y no considera la imposibilidad de que se ocurriese 
á un piloto, un recurso tan singular y estraño á la náu- 
tica, y al mismo tiempo, tan atrevido bajo el punto de 
vista religioso, como ni tampoco que lo mas que podrian 
hacer los navegantes seria recitar algunas oraciones de 
la liturjia, propias del momento. Para recurrir á las 
palabras del discípulo querido, y eiejir aquella subli- 
me declaración del precursor del verbo, era preciso 
estar muy adelantado en la senda de los conocimientos 
divinos, encontrarse casi á la altura de aquella intui- 
ción sobrehumana, merecer la protección del cielo, ser 
agradable á los ojos del Señor y, en una palabra, lla- 
marse Cristóbal Colon. Todas las almas católicas pen- 
saran como nosotros, y ningún espíritu grave y juicioso 
creerá en el inadmisible plural de Washington Irving, 
porque los milagros no se hacen jeneralmenté en co- 
mandita. 



11. 



No bien hubo desaparecido la tromba, amainó la tor- 
menta, el impulso de las olas decayó, se estinguió el 
viento, y poco á poco, pareció volver en sí de su cólera 
el Océano. 

Pero los marineros, en su mayor parte enfermos, es- 
taban exhaustos y no tenian fuer/aspara la maniobra. Con- 

29 



—226— 

siderando los trabajos y fatigas á que hubieron de doble- 
garse los navegantes, y á las que no habria podido con- 
tinuar resistiendo la mas vigorosa constitución, Herrera 
ve en esta calma un acto de la divina misericordia, y di- 
ce de una manera positiva, que Dios se la concedió para 
conservarlos á la vida.i Y, en efecto, la bonanza les dio 
un descanso saludable y necesario, si bien para reponer 
sus fuerzas no tenían sino víveres corrompidos é insufi- 
cientes. 

Sin embargo de la tranquilidad del aire, no reapare- 
cia la Umpidez del cielo, el horizonte permanecia empa- 
ñado, y una luz verdosa se derramaba en la moviente 
llanura, por la cual asomaban de vez en cuando las ne- 
gras aletas de los tiburones. Presto, como si hubieran si- 
do convidados á un banquete acudieron presurosos estos 
tigres de la mar, que jeneralmente van aislados, en nú- 
mero considerable, y comenzaron á dar vueltas en torno 
de las carabelas. Pareció á los marineros de funesto pre- 
sajio la reunión; pero el almirante los reanimó; y como 
carecían de provisiones frescas, con ayuda de ganchos y 
garfios, coii pedazos de carne podrida y hasta de trapos 
colorados, pescaron á mas de uno de los importunos ron- 
dadores. El joven don Pernando, para quien era aquello 
de todo punto nuevo, conservó en la memoria sus diver- 
sos accidentes, y así, nos refiere que vio estraer del vien- 
tre de un tiburón tortugas de cuatro pies de diámetro, 
que, lejos de estar muertas, vivieron tadavia mucho tiem- 
po á bordo de la Capitana; que del de otro, sacaron los 
marineros la cabeza de uno de los de á bordo que se ha- 
bía caído al mar, y que él habia engullido sin escrú- 
pulo; y que por repugnante que fuera la carne de tan as- 
querosos y temibles cetáceos el hambre hallaba en ella un 
mas que mediano recurso,^ porque después de ocho me- 

1. Herrera. Sutoria jeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales, Década prim. lib. V, cap. IX. 

2. "Ora quautunque alcuni gli havessero per maraugurio, ed altri 
per eattivo pesce, tiitti non dimeno lor faceramo honore, per la pe- 



—227— 

ses de mar y de todos los contratiempos que habían es- 
perimentado, la carne ahumada y salada se había corrom- 
pido; las harinas, alteradas por la humedad manaban 
gusanos, y la galleta estaba de tal modo enmohecida, que 
los marineros no se atrevían á comer la sopa, '^por la can- 
tidad de anímales que salían de ella y se cocían á la par/^l 
Unos se llevaban los alimentos á la boca cerrando los ojos, 
para que sus estómagos no se resistieran á recibirlos, y 
otros aguardaban á la noche para no ver el infecto comes- 
tible á que habían quedado reducidos.'^ En medio de tal' 
penuria, y no obstante sus dolores y enfermedad, '^no se 
trataba mejor el almirante que el último grumete. "^ 

El sábado 1 7 de Diciembre, lograron los espedicíona- 
rios alcanzar un puerto estrecho y largo, en cuya cerca- 
nía divisaron una aldea construida sobre árboles. Los ha- 
bitantes edificaban así sus cabanas, para evitar las sor- 
presas nocturnas, pues andaban en guerra con sus veci- 
nos. Allí ancló la flotilla, y descansó la tripulación por 
espacio de tres días. 

El Martes, habiendo parecido favorable el tiempo, 
desplegaron sus remendadas velas y saheron á la mar; 
mas apenas hubo transcurrido un corto espacio se levan- 
tó un viento contrarío que los obligó á refujiarse en la 
rada mas inmediata para esperar á que se amortiguase 
, su cólera. Engañados por las apariencias volvieron á sa- 
lir al cuarto día con brisa favorable, pero que también 
se cambió al cabo de pocas leguas, llegando á.ser tal su 
violencia que, mal que le pesara á la obstinación de los 
pilotos, que por aquella vez estaban picados, fué menes- 
ter ampararse de un ancón en el que por ventura encon- 



nuria clie di vettovaglie havevano.// — Fernando Colombo. Vita delV 
Ammiraglio, cap. XCIV. 

1. Herrera. Historia general de las Indias, J)éc2í,^di^x\m. lib. V. 
cap. IX. 

2. "lo vidi molti, i quali aspettavano la notte per manglar la 
maz Zamora e non vederci i vermi cke v'erano.'' — Fernando Colombo. 
Vita delV Ammiraglio, cap. XCIV. 

3. P. C\¡idiV\Q\o\%. Histoire de Saiiit-Domingue,\\h, IV. 



—228— 

traron buen aiicoraje, y donde los carpinteros y cala- 
fates, carenaron la Gallega y ocurrieron á varias vias de 
agua de la's demás naves, se procuraron cierta cantidad 
de maiz, y renovaron la aguada. 

El año nuevo alcanzó á las carabelas allí. El 3 de 
Enero de 1503, sin embargo de la lluvia y del viento de 
proa, procuró la flota tornar á su camino, y luchando con 
todo su poder, logró penetrar el 6, fiesta de los reyes, en 
un rio (pie el almirante, en honor de la Epifanía, llamó 
de Bethléem, ó, abreviando, Belén. Los indíjenas lo de- 
nominaban Yebra, y no distaba mas de una legua de la 
ribera de Veragua, tierra de las minas de oro. De Puer- 
to Bello á Veragua hay treinta leguas, y para salvarlas se 
había invertido cerca de un mes de trabajos y padeci- 
mientos. Va\ memoria de lo cual, puso el almirante á es- 
ta parte del litoral el nombre de Costa de las Contrarie- 
dades. 1 

Despachó jente Colon para que sondase el rio de Ve- 
ragua; pero no encontraron fondo suficiente, mientras 
el de Belén contaba cuatro brazas á la boca. Quedaron, 
pues, en el, sobre las anclas, y el almirante, sin voluntad 
de hacerlas levar, porque un día mas tarde que hubiera 
llegado, ya no habria podido entrar. El mismo lo corrobo- 
ra con las siguientes palabras*. ''El dia de la Epifanía lle- 
gué á A^eragua sin aliento, y allí me hizo descubrir 
nuestro señor un rio y un buen puerto, en el que pene- 
tró con dificultad, y al siguiente comenzó de nuevo la tor- 
íneuta. Si hubiera estado fuera no me hubiese sido posi- 
l)Ie hacerlo á causa del banco.'' ^ 

A orillas del rio Belén se asentaba una aldea india, 



1. "Por todos estos temporales tan contrarios y diversos, que pa- 
rece que Jiunca hombres navegantes padecieron en tan poco camino; 
como de Portobelo á Veragua otros tales. Llamó á aquella costa la 
costa de los contrastes; ^ el almirante en todo esto tiempo padecia do- 
ores de gota y sobre ello estos otros trabajos; y la jente también iba 
enferma." Herrerji. Historia de las Indias oceiOerifales, etc. Década 
priui. lib. V. <'.Hp. I X. 

2. Ci'.artu jf í'l(im') fiüjí de Co/o/i. 



—229— 

cuyos moradores empuñaron las armas no bien divisaron 
á los estranjeros. Apaciguados que fueron, obtuviéronse, 
aunque con cierto trabajo, noticias, pero no muy esten- 
sas, de la situación do las minas; y al otro dia una canoa 
armada en guerra paso al rio de Veragua. Los naturales 
hicieron alarde de oponerse al desembarco, mas, el anti- 
guo escudero de Colon, Diego Méndez, que hablaba al- 
gún tanto el indio, les hizo entender que no traian otro 
objeto que el de hacer trueques, con lo cual se tranquili- 
zaron y cambiaron veinte espejos de oro por bujerías de 
Europa. 

El 12 de Enero, remontó el adelantado con las lan- 
chas el rio, hasta la residencia del jefe de la rejion, que 
se titulaba Quibian. Tenia su cabana en una pequeña 
eminencia y sabedor de la visita de don Bartolomé, le 
salió al encuentro. En la entrevista, que fué amistosa, 
dio el Quibian las joyas de oro que traia consigo, y re- 
cibió en presente varios objetos que tuvo en mucha esti- 
ma. Ambos se separaron mutuamente satisfechos. Lleva- 
do por la curiosidad á Belén, al dia siguiente, el Qui- 
bian, mereció del almirante la mas favorable acojida, y 
le enseñó las carabelas, sosteniendo los dos la plática por 
señas, mientras su séquito trocaba espejos de oro por cas- 
cabeles. En esto, sin duda hubo de ocurrírseie alguna 
sospecha y partió de una manera brusca. 

Después de cuantos riesgos y contratiempos habia 
esperimentado el almirante, le quedaba aun otro peligro 
en el puerto. 

El 24 de Enero, en ocasión que una tempestad pavo- 
rosa azotaba el Océano y que todos los de la escuadra de- 
bían conceptuarse seguros por estar al abrigo en Belén, 
de repente, sin causa visible, se hinchó el rio y con tan 
estraordinaria violencia que rompió, como si fueran hilos 
las amarras, y lanzó unas contra otras las carabelas. La 
Capitana embistió con tanta furia á la Gallega que le 
hizo serias averias, entre ellas la de troncharle el palo de 
mesana. Estas dos naves fueron tropezando ya con una, ya 



—230— 

con otra orilla, juguetes del desbordamiento é impetuo- 
sidad de las aguas y solo "por un favor especial de Dios 
no se desbarataron sus cascos, "i Colon, en su carta á los 
reyes católicos, reconoció que el caso fué grave, pues con 
motivo de haber estado sus naves á punto de ser arreba- 
tadas dice: "Y cierto las vi en mayor peligro que nunca, " 
para luego añadir con injenuidad y tierna modestia: "Re- 
medió nuestro Señor como siempre fizo/'^ Pero ¿de dón- 
de pro venia aquella imprevista revolución? El almirante 
la atribuyó no á las continuas lluvias, que hubieran pro- 
ducido una crecida progresiva del rio, sino á una causa 
repentina, instantánea, á una tempestad inmensa, horri- 
ble, que habia estallado en el centro del pais en la cade- 
na de prominentes montañas, cuyas cimas estaban en- 
vueltas en nubes, que iban en dirección de N. á O., y á 
las cuales habia impuesto el nombre de San Cristóbal. 
Lo cual ha quedado plenamente justificado por la espe- 
riencia. 

Del 6 de Enero al 14 de Febrero permaneció llovien- 
do sin cesar, comp dice Colon, y no tuvo una sola oca- 
sión de penetrar en el interior de las tierras, ni de hacer 
ninguna clase de reparos. Mas, sin embargo de la lluvia, 
el adelantado, á la cabeza de setenta hombres, practicó 
un reconocimiento internándose, y llegó hasta la man- 
sión del Quibian, quien, con graciosas maneras le fué al 
encuentro, convenientemente escoltado. Al siguiente dia, 
conducido por ties guias que le habia dado el artero 
Quibian, para salvar cuatro leguas de distancia necesitó 
pasar cuarenta y tres veces á vado*^ un rio, á cuya orilla 
durmieron la inmediata noche. A. la otra mañana, á co- 
sa de una legua, encontraron mineral aurífero en la su- 
perficie del suelo. Los guias llevaron asimismo al ade- 

1. Herrera. Sístoria jeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Década prim. lib. V. cap. X. 

2. Cristóbal Colon. Carta escrita á los rejes católicos fechada en 
la Jamaica en 7 de Julio de 150:^. 

3. Fernando Colombo» Vita deirAnimi rae/lio, cai>, XCV. 



—231— ^ 

lantado a una muy elevada montaña y le mostraron ter- 
renos que se estendian al horizonte, asegurándole que no 
solo en aquella rejion sino á veinte jornadas de marcha, 
en dirección á poniente, existian minas del precioso me- 
tal. Y como nombraban las ciudades y aldeas en que con 
mas abundancia se hallaba, súpose entonces que el Qui- 
bian habia hecho conducir á los españoles á las minas de 
un cacique, enemigo suyo, para ponerlo en un aprieto 
con los estranjeros, y no á las suyas cuyos criaderos ha- 
bia ocultado. 

Luego de haber dado cuenta de su misión, volvió 
á partir el adelantado el Jueves 16 de Febrero, siguiendo 
la costa, á la frente de un destacamento de cincuenta y 
nueve hombres, acompañados de las embarcaciones. Así 
recorrió una parte del litoral de Urira, y obtuvo provi- 
siones y espejos de oro, con gran copia de los cuales, ad- 
quiridos por medio de los cambios, tornó á las cárabe-, 
las. Apesar de esto, dio por resultado la escursion de 
don Bartolomé, probar, que los terrenos auríferos mas 
ricos eran de Veragua. 

Resolvió el almirante, ya que el estado de sus naves 
le impedia en aquella campaña proseguir en busca del 
estrecho, establecer en aquel punto un puesto militar que 
sirviese al mismo tiempo de factoría para la trata del oro, 
mientras él fuera directamente á Castilla en busca de re- 
fuerzos y abastecimientos. Al efecto hizo considerables 
regalos al Quibian para que no se ofuscara al pronto con la 
fundación del establecimiento en su tierra; escojió un sitio 
algo elevado próximo al rio y á un kilómetro déla em- 
bocadura; mandó desembarcar ochenta hombres, bajo 
las órdenes del adelantado, que construyeron casas de 
madera con techumbre de palma, y de un modo sólido 
un gran almacén que debia contener algunas municiones 
de boca y guerra, legumbres secas, vino, aceite, vinagre, 
pertrechos de campaña, armas y cañones; y después de 
dejarles la GalUga tan bien provista como fué posible, se 
dispuso á zarpar;^ pero á las lluvias incesantes y á las 



^ —232- 

inii 11 ilación es había sucedido la sequia; el rio habia baja- 
do de un modo considerable, y la arena, impelida por 
las olas, formaba á la entrada una barra imposible de 
franquear, pues no tenia mas que media braza de agua. 
No quedaba mas partido que tomar que el de la confor- 
midad y la paciencia, y Colon esperó que las lluvias, tan 
maldecidas por sus marineros y á la sazón tan deseadas, 
vinieran a libertarlos del bloqueo. 



íir. 



Sin embargo, viendo el Quibian que se establecía en 
su territorio nada menos que un puesto militar, resolvió 
caer de improviso sobre los estranjeros y quemarles los 
bajeles. Paralo cual, disimulando astutamente sus inten- 
ciones, reunió sus tropas para, en apariencia, ir a pelear 
con el cacique de Cobrava Aurira, con el cual acababa 
de tener un choque del que salió" herido en un muslo. Por 
ventura, mientras preparaba su agresión, á la vista de 
los confiados españoles, ¿i bordo del Santiago de Palos 
observaba un hombre atentamente las idas y venidas de 
los indíjenas. 

Llegó á representar este hombre un papel demasia- 
do principal en la espedicion que vamos narrando y en 
la suerte del almirante para que no le concedamos aqui 
un lugar preferente, al que por otra parte le hubiera tam- 
bién dado derecho la nobleza de su corazón, si sus virtu- 
des lio hubiesen echpsado su demiedo y bizarría: era 



—238— 

de Segura y se llamaba Diego Méndez. Tiempos atraSj 
seducido por la admiración que le infundió el almirante 
se agregó á él en calidad de voluntario, lo acompaño 
en el primer descubrimiento, llegó á ser escudero suyo, 
y con este oficio lo siguió en el segundo y tercer viaje, 
hasta que habiendo reconocido Colon su mérito lo nom- 
bró secretario jeneral de la flota, colocándolo á bordo 
del Santiago de Falos, para equilibrar con sus buenas 
prendas las malas cualidades de su capitán francisco 
de Porras. 

Diego Méndez vino en busca del almirante y le di- 
jo: "Señor, esas jentes que han pasado por aquí en traje 
de guerra, aunque dicen que van á reunirse con los de 
Veragua para marchar contra los de Cobrava Aurira, yo 
pienso, por el contrario, que es para quemar nuestros 
buques y asesinarnos á todos, "i 

Lo cual oido por el almirante lo encargó de vijilar á 
los indios; y sin perder momento armó Diego Méndez una 
lancha y siguió la costa de Veragua, con ánimo de reco- 
nocer el campo enemigo. Una legua escasa habría boga- 
do cuando halló reunidos á mas de mil guerreros, bien 
provistos de vituallas y brevajes;^ ganó la orilla y se atre- 
vió á ir solo á su encuentro. Ofrecióles acompañarlos á la 
guerra con su canoa, mas como ellos lo rehusaran pretes- 
tando ser inútil, tornó á su lancha y quedó toda la no- 
che á la mira. Aquella era la designada para consu- 
mar su proyecto; pero viendo que hablan sido descubier- 
tos sus planes, tomaron el partido de volver á Veragua, 
mientras el intrépido Méndez se dirijia á la Capitana 
para dar cuenta de lo sucedido á Colon "que, como el 
dice, lo apreció en mucho.'^ 

Animado por el buen éxito de su primer ensayo y 
por los elojios del almirante, que para él eran de un va- 



1. Relación hecha por Diego Méndez de algunos aconiecimientos 
del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 

2. Ibidem. 

30 



—234— 

lor éstraordinario se ofreció el bizarro segurano, poniendo 
el colmo á. su decisión y temeridad, á ir á espiar el cam- 
pamento indíjena. Empero, como meditaba una estrata- 
jema, necesitaba llevar consigo un compañero, y lo tuvo 
porque nada produce mejores resultados que la audacia. 
Un joven oficial de la Vizcaína, llamado Rodrigo de Esco- 
bar quiso ser de la partida. Puesto ya en camino, encon- 
tró Diego Méndez dos canoas de indios estranjeros,y supo 
de sus bocas que el proyecto, desconcertado por su pre- 
sencia, se ejecutaría durante la noche, pasados dos dias. Y 
como les instara para que lo condujesen á Veragua en sus 
esquifes, mediante una razonable cantidad de bujerías, lo 
disuadieron de su idea "aconsejándole que de ninguna 
manera fuese, porque estuviera cierto que en llegando lo 
matarían, junto con el que traia á su lado, "i Solo á fuer- 
za de instancias consiguió que lo desembarcaran en fren- 
te de las aldeas. Al acercarse, los guerreros del Quibian 
le cerraron el camino de su habitación"; pero habiéndose 
finjido médico y dicho que como tal venia á curar la he- 
rída de su jefe, apoyado que hubo sus palabras con va- 
rios regalos, le abrieron paso. 

La mansión del Quibian, situada en un terraplén, en 
la cumbre de un cerro, ocupaba el centro de una plaza 
adornada con las calaveras de trescientos vencidos. Sin 
retroceder á la vista de tan bárbaros trofeos, avanzó Die- 
go Méndez en dirección al palacio; y al reparar en su 
persona, un grupo de mujeres y de niños que habia sen- 
tados á la puerta se levantaron y entraron dando gran- 
des gritos. Y sin embargo de esto y de la repentina lle- 
gada de un hijo del Quibian que venia frenético y rodea- 
do de salvajes con armas, encontró Diego Méndez el mo- 
do de observar la plaza y retirarse sin un rasguño. 

A consecuencia de la relación de Diego Méndez, 
quedó resuelta la prisión del Quibian y de sus capitanes, 



1. Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos 
del último viaje, etc. 



—235— 

y el adelantado con el cargo de ejecutarla. Al efecto to- 
mó don Bartolomé consigo ochenta hombres, que de dos 
en dos lo siguieron hasta alguna distancia de la mansión 
del Quibian, ocultándose entre los árboles. Luego se ade- 
lantó, acompañado no mas que de cinco de los suyos, pe- 
netró en la fortaleza del jefe, se apoderó de él, y disparó 
un arcabuz, señal á que acudieron los emboscados espa- 
ñoles, asegurando con cuerdas á sus servidores y parien- 
tes que, como él, se miraban atónitos. 

Lanzaban los vasallos del cacique j émidos lastimeros 
y suplicaban al adelantado le devolviese la libertad, ofre^ 
ciéndole por su rescate un tesoro que decian existia 
oculto en un bosque inmediato; pero el caudillo nada 
quiso oir, ni tampoco tenia un momento que perder, pa- 
ra evitar que la tribu se aglomerase y esto acarreara una 
coalición sangrienta. 

Trasladaron los cautivos á las embarcaciones; y el 
Quibian se puso bajo la guarda del primer teniente, ó 
sea piloto jeneral de la flota, el hercúleo Juan Sánchez, 
quien, á las reiteradas recomendaciones del adelantado, 
contestó con tono fanfarrón, que respondia de su preso 
y consentirla, si se le escapaba, que le arrancasen la bar- 
ba pelo á pelo. Dicho lo cual, tomó al Quibian, fuerte- 
mente atado, lo puso en el fondo de la lancha, lo sujetó 
ademas aun banco, y comenzó á bajar por el rio, pues 
ya iba entrando la noohe. Mas, como se quejara de un mo- 
do lastimero de sus ligaduras el indio, y Sánchez, ba- 
jo su áspera corteza no careciera de sentimientos huma- 
nitarios, aflojó los cordeles, y desató el que lo amarraba 
al banco de los remeros, contentándose con tenerlo, por 
un estremo, en 1^ mano. Seguia el prisionero atentamente 
todos los movimientos del piloto, y aprovechándose de 
un momento en que miraba á otra parte, se lanzó de un 
salto al agua, sumerjió cual una piedra y desapareció, dan- 
do al traste con Juan Sánchez, que habia soltado el cabo al 
impulso de su caida. El indio, acostumbrado á zambullir, 
nadó entre dos aguas, y se escapó sin que nadie pudiera 



—236— 

ver en medio de la oscuridad lo que fuese de el. Este in- 
cidente hizo que se redoblara la vijilancia con los prisio- 
neros restantes que se condujeron alas carabelas. 

Después de haber dispuesto el embarque del Qui- 
bian y de los suyos, persiguió el adelantado al ejército 
indio, pero como se dispersó por bosques impenetrables, 
tuvo que limitarse á ejercer los derechos de conquista en 
la mansión del jefe. No abundaba el oro en la estancia de 
aquel soberano, señor de las minas mas ricas que hasta 
entonces se conocian, pues no encontró en ella mas que 
seis grandes espejos, dos coronas, muchas placas peque- 
ñas de oro puro, y veintitrés joyas del mismo metal, pero 
de poca ley. i El todo ascenderia á trescientos escudos 
de valor;2 y cuando el adelantado lo entregó al almiran- 
te, este para recompensar su habilidad en haber evitado 
la efusión de sangre, después de deducir la parte perte- 
neciente al real tesoro, le dio ima de las dos coronas, á 
guisa de recuerdo de su inocente victoria, y repartió el 
resto entre los hombres que le acompañaron. 

Sobrevinieron entonces abundantes lluvias, y hu- 
bieran perinitido sacar las naves de la embocadura, á no 
haber estado tan alta la barra que no pudieron, á pesar 
de su poco calado, salvarla sin haberse procedido antes á 
descargarlas. Púsose todo lo que contenian en la orilla, 
y así que estuvieron del otro lado, se invirtieron muchos 
dias en transportarlo de nuevo á bordo con las lanchas, 
y estivarlo de manera conveniente. Habia echado el an- 
cla el almirante á una legua de la embocadura, y aguar- 
daba un viento propicio para tomar el rumbo de la Espa- 
ñola, de donde hubiera enviado á la pequeña guarnición 
refuerzos y víveres, antes de darse á la vela, definitiva- 
mente, para Castilla, mientras, el Quibian, que habia 



1. Inventario de lo tomado hecho por el notario Diego de Porras. 
Relación del oro que trajo el adelantado de Veragua, cuando itajo pre- 
so al cacique y ciertas piezas de guaní. 

2. El P. Ch&úevoix.. Sistoire de Saint-Domingue, lih. IV. paj. 
244 en 4? 



—237— 



salido de las olas, la noche de su fuga, como un ti- 
burón, y deslizádose hasta llegar á las diseminadas vi- 
viendas de su pueblo, escitaba el odio de sus guerreros 
contra los españoles, y oculto entre la maleza acechaba 
sus movimientos y preparaba en secreto su venganza. 



í 



CAPITULO IV. 



El dia 6 de Abril, como el almirante se ocupara de 
los últimos preparativos de marcha, cerca de sesenta 
hombres de la guarnición fueron á las carabelas para 
dar la última despedida á sus cam aradas. En esto dis- 
puso Colon que se renovara la provisión de agua y de 
leña, y al efecto partió la lancha grande de la Capitana 
bajo las órdenes del capitán de bandera Diego Tristan, 
en persona, llevando de remeros á Pedro Rodríguez, Pe- 
dro Iñaga y Gonzalo Rodríguez, y á los novicios Juan y 
Alonso de Miranda, el último, criado del primer piloto, 
Juan Sánchez, al tonelero sevillano Juan de Noya, á los 
calafates Domingo Durana y Domingo el vizcaíno, que 
debian llenar la piperia y proveer á las composturas, y á 
dos marineros mas, que juntos con el artillero Mateo, 
eran los tres que iban armados. 

Mientras que la chalupa se dirijia á la embocadura 
del río, con intención de internarse por él lo suficiente 
para llegar al sitio en que el agua dulce no estuviera 
mezclada con la salobre, los veinte hombres que habian 
quedado con don Bartolomé andaban deseminados en to- 
das direcciones;, unos en la ribera, otros con Diego 



—239— 

Méndez, en las barracas, y así de los demás. Lo cual 
notado por el Quibian, aprovechándose de aquella mo- 
mentánea disminución de fuerzas, hizo circunvalar el 
campo de los españoles, ''con mas de cuatrocientos 
guerreros, armados con sus flechas y mazas/' Dieron 
tres gritos acompasados, y felizmente con ellos, el tiem- 
po necesario á los castellanos para poner mano á las es- 
padas. Comenzó el combate con una lluvia de flechas y 
dardos, y á la primer descarga cayeron al suelo heridos 
cinco ó seis españoles, cerca de las barracas, y muerto 
el contramaestre de la Gallega, Alonso Ramón. Ani- 
mados con el buen éxito, despreciaron los mas osados 
los venablos, y vinieron con sus mazas sobre el puñado 
de estranjeros cuyo temple desconocian aun; "pero ni 
uno de ellos tornó, dice un actor principal de la traje- 
dia, porque con nuestros aceros les podamos brazos y 
piernas y los acabamos.'^i Diezinueve salvajes perdieron 
así la vida entre los españoles. Tamaña desgracia espar- 
ció el terror por aquella jente, que el adelantado, provisto 
de una lanza, azotaba de una manera despreciativa, 
aunque herido de un dardo, pues no paró mientes en 
ello. Retiráronse al fin los indios á los bosques, desde los 
que arrojaban impunemente sus flechas. Los marineros 
Bartolomé García, JuHan Martínez y Juan Rodríguez, y 
los novicios Dionisio y Bartolomé Ramírez, Alonso de 
la Calle y Juan Badronji quedaron fuera de combate, 
cubiertos de heridas, en su mayor parte mortales, y con 
esto, reducido el destacamento á trece hombres; puña- 
do de valientes que animaba el adelantado. Solo un 
combatiente abandonó su puesto, y acobardado dio 
á todo correr huyendo del peligro, sin que fuera bas- 
tante á detenerlo el haberlo llamado Diego Méndez, 
á quien contestaba sin aflojar el paso, que quería po- 
ner á buen recaudo la vida; pero, digámoslo pres- 



1. Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos 
del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 



_240— ' 

to, no era español, sino lombardo, y se llamaba Bas- 
tiano.i 

Entonces llegó la chalupa de la Capitana al teatro 
del combate, y todos los españoles imploraron su auxi- 
lio; pero Tristan, esclavo de su consigna no se arri- 
mó atierra, temeroso también de que sus compañeros, 
arrojándose á la vez en la lancha, la hicieran zozobrar, 
accidente que hubiera podido ser de funestas conse- 
cuencias para el almirante, y tuvo valor para resistir 
á los ruegos^ de la maestranza y permanecer mudo 
espectador de la lucha que tornaba á comenzar, pues 
los indios que hablan salido de nuevo de los bosques, 
volvían con ánimo de acabar en aquella ocasión con 
los estranjeros. Pero los castellai^os, entusiasmados con 
don Bartolomé y Diego Méndez, los rechazaron con 
vigor tan estraordinario á sus habitaciones, que no 
repitieron el ataque. La pelea duró tres horas, y solo 
cuando hubo concluido se ocupó el adelantado de su 
herida. 

A la sazón Diego Méndez, gran conocedor de las 
estratajemas de los indíjenas, previno á Diego Tris- 
tan del peligro que corria si remontaba el rio mien- 
tras los guerreros permanecieran reunidos y ocultos en 
las yerbas de la orilla, pues acechaban sin ser vistos to- 
dos sus movimientos y podian en un momento dado 
acometerle con su flotilla de canoas. Pero el capitán de 
bandera quiso á toda costa ejecutar los órdenes recibi- 
das y continuó animosamente su camino hasta un lu- 
gar en que el agua ya dulce servia para su objeto, y 
en el cual se aproximaban mucho las dos orillas, y los ár- 
boles jigantescos que crecían en ambas estendian sus 

1. "Al lombardo chiamato Bastiano, fuggendo furiosamente per 
ascondersi in una casa, disse Diego Méndez torna, torna, in dietro 
Bastiano! ove vai?" — Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio. 
cap. XCVIII. 

2. "Essendo egli dimandato ed anco da alcuni ripreso del non 
daré aiuto a cristiani..." — Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio, 
cap. XCVIII. 



—241— 

brazos, unos hacia otros, como si biiscáran el modo de 
enlazarse. 

Cuando se preparaban á saltar en tierra oyóse soni- 
do de caracoles en dirección de los bosques, y poco des- 
pués se vio salir de todas las sinuosidades del rio ca- 
noas montadas cada una por tres indios, un remero y 
dos arqueros, provistos de dardos y flechas. En el ac- 
to quedo cercada la chalupa y heridos á la vez casi to- 
dos sus tripulantes, por ún diluvio de flechas que cayó 
sobre ellos desde las canoas y riberas. No contaba 
la lancha mas que tres hombres armados que, con tan 
repentino ataque, gritos horribles y número ilimitado 
de enemigos parecieron quedar sin movimiento. Es- 
citábalos Diego Tristan, dando pruebas de una sangre 
fria prodijiosa, y aunque herido también se portó con 
heroísmo hasta que un venablo se le clavó en el ojo de- 
recho y atravesándole la órbita le dejó muerto. El to- 
nelero Juan Noya, no obstante hallarse herido, se arrojó 
al rio, y nadando entre dos aguas consiguió escaparse 
y llegar al campamento español; donde refirió el suceso, 
que dejó á los castellanos sumidos en la mayor conster- 
nación, y que viéndose i educidos á tan corto número, 
casi todos heridos y además rodeados de pueblos sal- 
vajes que les profesaban odio implacable, se precipitaron 
á la carabela y quisieron huir sin comunicarlo al ade- 
lantado, cuya inflexibilidad conocían; mas el agua no 
estaba bastante alta j no pudieron sacar del rio a la 
Gallega, teniendo, por fuerza, que volver á su puesto 
peligroso. 

Por la noche llegó con la jente que habia ido á des- 
pedirse la chalupa de la Gallega, y enterados que fue- 
ron de las refriegas de aquel dia, desearon ir á la Cajji- 
tana á pedir al almirante los socorriera y llevara con- 
sigo; pero la violencia del mar les impidió franquear 
la embocadura, y pura colmo de aflicción, la corriente 
arrastró á sus ojos los cadáveres de sus infortunados 
compatriotas, cruelmente mutilada j.^ por los indios. 

31 



—242— 

Atraidos por la rápida putrefacción propia de aquel cli- 
ma, hambrientos buitres y voraces cuervos, hicieron un 
festin de sus infelices cuerpos, dando grandes muestras 
de alegría, batiendo las alas y lanzando graznidos. 

Animados con la toma de la chalupa tornaron los 
indios á hostilizar el campamento español, y como la 
abimdante vejetacion que lo rodeaba les permitía acer- 
carse sin ser notados, lo inquietaban á cada paso con 
s US trompas, tambores de madera y descompasadas vo- 
ces, obligando así á los estranjeros á estar constante- 
mente sobre aviso para contenerlos. El adelantado con 
el objeto de proveer á la situación, estableció el puesto 
en un llano descubierto, en el que hizo con tablas, tierra 
y pipas una especie de reducto, en cuyo centro se pusie- 
ron las municiones de boca y guerra y dos falconetes de 
de latón, apuntando á los sitios mas espuestos, que 
mantuvieron al enemigo á distancia respetuosa. Sin 
embargo, estaban los españoles bloqueados, por decirlo 
así, en su baluarte. 



II. 



Por su parte esperi mentaba el almirante mortales 
inquietudes. Diez dias iban transcurridos esperando la 
vuelta de la chalupa, pero en vano. Y si bien, presin- 
tiendo alguna desgracia habia enviado muchas veces la 
canoa, perfectamente armada, para que fuera en su bus- 



—24S— 

ca y trajera nuevas del campo, la fuerza de la resaca, á 
la embocadura, la habia impedido acercarse á tierra, y 
solo habia vuelto á la Capitana á costa de grandes es- 
fuerzos y corriendo graves peligros. 

Mas, aunque carecian de noticias de la chalupa y de 
la factoría, todos abrigaban la esperanza de que, á cau- 
sa de los cincuenta prisioneros que se conservaban en 
rehenes á bordo del Santiago de Palos ^ los indíjenas no 
atacarían el campamento. Por las tardes se encerraban 
los indios en el entrepuente de proa, cuya escotilla 'se 
aseguraba con cadenas y candado, y sobre la cual dor- 
mian, ademas, varios marineros, sin embargo de que 
estaba la boca á una altura bastante elevada para que no 
pudieran alcanzarla los indijenas. Pero una noche, en vez 
de pasar la cadena y cerrar el candado, se contentaron 
los marineros con estender los cois sobre la escotilla, 
cosa que, observada por los naturales, amontonaron sin 
ruido las piedras que servian de lastre, subieron sobre 
ellas, y apenas hubieron llegado al nivel de la escotilla, á 
una señal convenida y por un esfuerzo simultáneo, le- 
vantaron con sus espaldas la tapa, de manera tan brus- 
ca y repentina que, dando al traste con los guar- 
dias, mientras se cerci(jraron de lo que pasaba, tuvo 
lugar la mayor parte de los indios de arrojarse por la 
obra muerta, Y como los que no habian podido saltar 
en el primer pronto fueron lanzados al entrepuente con 
ayuda del resto de la tripulación y cerrados por los 
mismos pilotos, al dia siguiente, cuando se abrió la es- 
cotilla para renovar -su atmósfera y dar la ración á los 
prisioneros, ninguno se halló vivo; que, sin escepcion 
se habian estrangulado, desesperados, con restos de jar- 
cia que hallaron en la bodega. 

Cubrióse de sombra el ya harto triste cuadro que 
presentaba la situación con la mortandad de los indios 
y la fuga de sus compañeros, que inspirando serios 
temores de que hiciesen atacar el establecimiento, escitó , 
al mismo tiempo á varios tripulantes á imitar el ejemplo 



—244— 

de los salvajes que habían desafiado la violencia de las 
olas; y Pedro de Ledesma, sevillano, primer marinero 
de la Vizcaína se ofreció para ir á tierra, si el almirante 
lo hacia llevar en la lancha hasta las inmediaciones de 
la resaca, en las que lo aguardarla. Gracias á sus mús- 
culos de bronce y al poder de sus pulmones, ganó la 
orilla y llegó inesperadamente al establecimiento espa- 
ñol, en el que fué recibido con la alegría que un liber- 
tador. Le refirieron el funesto combate del dia 6 de 
Abril y la catástrofe de Tristan; vio á Noya, su com- 
pañero, y único que salió con vida del trance, y todos le 
dijeron intercediera con el almirante para que los sa- 
case de allí, porque, si los dejaba en costa tan abomi- 
nable, se embarcarían en la Gallega, aunque estuviese 
casi podrida, y se abandonarían á merced de las olas, 
mejor que caer vivos en manos de los salvajes, que, á no 
dudarlo, les tenian reservados suplicios horribles. 

Pedro de Ledesma volvió á marchar encargado de 
un mensaje verbal del adelantado, y braceando vigorosa- 
mente llegó á donde lo esperaba la lancha. Conducido 
que fué á la presencia del almirante, este, para recom- 
pensar de una manera digna su valor ejemplar, lo elevó 
incontinenti' al rango de oficial.! 



1. Washington Irving, Humboldt y todos los demás historiado- 
res de Colon, designan unánimes á Pedro de Ledesma por el título de 
piloto desde la salida de Cádiz, y este es un error evidente, porque 
no debió su ascenso mas que á la jenerosidad del almirante. Hasta 
que no tuvo lugar su promoción estuvo inscrito en el rol de tripulan- 
tes de la Vizcaína en calidad de primer marinero; y ni su nombre ni 
otro alguno parecido constaba en la lista de la plana mayor. Andando 
el tiempo, no satisfecho Ledesma con el dictado de piloto, se dio el 
de capitán de la Vizcaína, como se vé en las siguientes palabras de 
la información del fiscal hecha en Sevilla, á 18 de Marzo de 1513. 
"Pedro de Ledesma, piloto, declaró que fué en el viaje por capitán y 
piloto del navio Vizcaíno." Pleito, Probanzas del fiscal, pregunta IX. 



-345- 



III. 



La relación de Ledesma puso á Colon en una per- 
plejidad horrible. Veia espuestos á los hombres que 
tenia en tierra, y no podia socorrerlos; veia á su herma- 
no herido, teniendo bajo sus órdenes á un destacamen- 
to cercenado por la muerte, exaltado por la desespera- 
ción, pronto á sublevarse, y rodeado por una multitud 
de furiosos salvajes; veia á las tres carabelas mache- 
teando, casi sobre las mismas anclas, y que resentidas y 
haciendo agua por todas las costuras no resistirían qui- 
zas á la primera tormenta que sobreviniese; que los tri- 
pulantes se entregaban á siniestros temores; que los ca- 
pitanes, completamente desmoralizados, lloraban á lá- 
grima viva; que la mar continuaba soberbia y el cielo 
sombrío é inclemente; que, él mismo, en el parasismo 
de sus dolores, adolecía de una fiebre ardiente; veia, 
en suma, en torno suyo, no mas que desolación y an- 
gustia. 

En medio de tantas añicciones, hizo Cristóbal Co- 
lon un esfuerzo para subir á la cofa del palo mayor, y 
ver si desde allí descubría algún signo, algún indicio 
saludable. Y se volvió á los cuatro puntos del horizon- 
te, llamando á los vientos en su socorro. Pero solo le 
respondió la voz de las olas con su lúgubre acento. En- 
tonces, cediendo al peso de su tristeza, se abatió, como 
en otros tiempos el profeta caido bajo el enebro del 
desierto, y que, con el corazón lacerado, demandaba al 



—246— 

Señor lo quitara del mando. No obstante, Colon^ no 
murmuró, ni manifestó ningún deseo; que su abati- 
miento era demasiado grande para exhalarse en pala- 
bras: jimio en el fondo de su corazón, y una transición 
insensible lo llevó de la vijilia al sueño, sin distraer la 
mente de aquella idea. Y la aflicción asediaba su alma 
adormecida, cuando distinguió ''una voz compasiva,'^ 
cuyas palabras, llenas de ese enérjico laconismo, vigor y 
grandeza innatos en el carácter español, vamos á trans- 
cribir con la mayor escrupulosidad, 
Decia la voz: 

. "O! ESTULTO Y TARDO Á CREER Y Á SERVIR Á TU 

Dios, Dios DE todos! qué hizo Él mas por Moyses 
ó POR David su siervo? Desquk naciste siempre él 

TUVO DE TÍ MUY GRAN CARGO. CUANDO TE VIDO EN EDAD 
DE QUE ÉL FUÉ CONTENTO, MARAVILLOSAMENTE HIZO 
SONAR TU NOMBRE EN LA TIERRA. LaS InDIAS, QUE SON 
PARTE DEL MUNDO, TAN RICAS, TE LAS DlÓ POR TUYAS: 
TÚ LAS REPARTISTE ADONDE TE PLUGO, 1 TE DlÓ PODER 
PARA ELLO. De LOS ATAMIENTOS DE LA MAR OcÉANA 
QUE ESTABAN CERRADOS CON CADENAS TAN FUERTES, 
TE DIO LAS LLAVES; Y FUISTE OBEDECIDO EN TANTAS 
TIERRAS, Y DE LOS CRISTIANOS COBRASTE TAN HONRADA 
FAMA. Qué HIZO EL MAS ALTO PUEBLO DE ISRAEL 
CUANDO LE SACÓ DE EjIPTO? NI POR DaVID, QUE DE 
PASTOR HIZO REY EN JUDEA? TÓRNATE Á ÉL, Y CONOSCE 
YA TU YERRO: SU MISERICORDIA ES INFINITA: TU VEJEZ 
NO IMPEDIRÁ Á TODA COSA GRANDE: MUCHAS HEREDADES 
TIENE ÉL GRANDÍSIMAS. AbRAHAM PASABA DE CIEN 
AÑOS CUANDO ENJENDRÓ Á IsSAC, NI SaRA ERA MOZA. 
TÚ LLAMAS POR SOCORRO INCIERTO: RESPONDE, QUIEN 
TE HA AFLUIDO TANTO Y TANTAS VECES, DiOS Ó EL 
MUNDO? LOS PRIVILEGIOS Y PROMESAS QUE DA DiOS, 
NO LOS QUEBRANTA, NI DICE DESPUÉS DE HABER RECI- 
BIDO EL SERVICIO QUE SU INTENCIÓN NO ERA ESTA, Y 
QUE SE ENTENDÍA DE OTRA MANERA, NI DA MARTIRIOS 
POR DAR COLOR Á LA FUERZA: ÉL VA AL PIÉ DE LA 



—247— 

LETRA: TODO LO QUE RL PROMETE CUMPLE CON ACRES- 
CENTAMIENTO. EsTO ES USO? DlCHO TENGO LO QUE TU 
CRIADOR HA HECHO POR TÍ Y HACE CON TODOS. AhORA 
MEDIO MUESTRA EL GALARDÓN DE ESTOS AFANES Y PE- 
LIGROS QUE HAS PASADO SIRVIENDO Á OTROS." 

Estaba, dice Colon, medio muerto, al oir esto, y no 
supe hallar la menor respuesta á palabras tan verdade- 
ras; no pude sino llorar mis errores. El que rae habla- 
ba, quien quiera que fuese, concluyó diciendo: /'No te- 
mas, confia; todas estas tribulaciones están escritas en 
piedra mármol, y no sin causa. " 

Al llegar aquí nos detenemos; porque la admiración 
-suspende nuestra pluma, y al transcribir estas espresio- 
nes, repetidas por el mismo Colon con su encantadora 
injenuidad, quedamos sobrecojidos de indefinible res- 
peto. El lenguaje de esta visión brilla como un reflejo 
del Horeb ó del Sinaí, y se cree oir dentro del pecho 
el monólogo misterioso que justificaba la providencia á 
los ojos de su enviado. La narración de tan consoladora 
plática celestial, de tan sublimes interrogaciones i y re- 
velaciones íntimas, escede á toda comparación moderna, 
y es preciso retroceder á los cedros del Líbano, ' á las 
palmeras de los profetas, y buscar en las profecías sa- 
gradas del Jordán, para encontrar una enerjía semejan- 
te en poder y grandeza. ¡Quien oyó jamas en la mar 
palabras tan majestuosas y graves! ¿Se concibe siquiera 
un lenguaje tan digno, elevado y solemne y al mismo 

1 Ticknor, en su importante Hist. de la literatura Española, 1. 1, 
p. 219, al ocuparse de este sublime discurso no puede menos de decir 
que su estilo vigoroso, y al mismo tiempo tierno y selitimental en su- 
mo grado no tienen rival en ningún escrito contemporáneo; pero, si 
bien nos complace el consignar aquí tan acertado juicio, nos duele 
que la misma pluma'haya trazado en una de las muchas y eruditas 
notas con que enriquece la obra citada las siguientes frases: El que 
quiera hablar de Colon como se debe, y conocer lo mas noble y ele- 
vado de su carácter, cometerá un descuido imperdonable si no lee 
las reflexiones que sobre él hace Alejandro Humboldten su Examen 

crítico de la Hist. de la Geografía del Nuevo Continente Nadie ha 

comprendido el carácter de Colon como él etc. 

N. del T. 



—248— 

tiempo tan sencillo? Lo decimos con M. de Villemain: 
Es menester cerrar el siglo XV con esta visión sublime, 
á la que nada falta, ni el injenio, ni el entusiasmo, ni 
la desgracia de un gran hombre. i 

Pero sin embargo de reconocer la elevación y poesía 
de estas inimitables frases, la escuela protestante quiere 
ver en ellas el arte de la astucia ó el delirio de un ca- 
lenturiento. Y sospechando de la sinceridad de la vi- 
sión reduce el relato del almirante á un arreglo hábil- 
mente concebido para dar una lección indirecta al rey 
don Fernando, que violaba sus compromisos con él. 

No descenderemos á discutir esta odiosa imputa- 
ción, porque nos bastará disiparla con la luz de .un 
solo hecho. Tanto menos fundamento hay para ver 
aquí una lección indirecta á los soberanos de Castilla 
cuanto que, en la misma carta en que menciona lo de 
la visión, el almirante no busca ningún rodeo para re- 
cordar á los reyes católicos la manera ofensiva é injusta 
con que se le despojó de su gobierno, reclamar la repo- 
sición en el ejercicio de sus poderes, dignidades y ho- 
nores, y demandar, para complemento de aquella obra 
de justicia, el castigo de sus enemigos; todo esto es muy 
claro y recto, y no contiene, en nuestro concepto, ni 
alusión directa, ni indirecta. Y, en verdad que la obli- 
cua no era la línea que seguía Colon, ni las formas apo- 
lojéticas ó ficticias entraron jamás en su modo de decir. 

¿Cuándo la impostifra y el disimulo inspiraron lo 
sublime? ¿Háse visto alguna vez que semejante grandeza 
de imájenes, revistiese la mentira y le asegurase los ho- 
menajes, los encomios y la admiración de los hom- 
bres? ¿Quién puede dudar de la realidad de esta visión, 
sino quien niega rotundamente lo sobrenatural, y la ac- 
ción divina en la humanidad? ¡Ciegos sin ventura, pri- 
vados de la vista interior, faltos del sentimiento relijio- 
so, esencia de la razón humana! Quien admite la revela- 

1 Villemain: Tablean de la litérature au moyen age, tome II. 



—349— 

cioii, cree en las apariciones con que fueron favorecidos 
los patriarcas, en la inspiración de los profetas, en los 
consuelos invisibles de los mártires, en los prodijios 
operados por los santos. Y no duda, ni remotamente, 
de la visión de que habla Cristóbal; que un lenguaje 
tal, se repite, no se inventa. 

Pero, aun desdeñando la intervención divina, la voz 
que realmente solo escuchó Colon, en medio del estré- 
pito de la tormenta, no deja motivo á los incrédulos 
para poner en litijio la rectitud del almirante. Porque, 
es evidente, en el sueño de su luminosa intelijencia, el 
pensamiento cristiano, con su forma bíblica de imájenes, 
debia subsistir, permaneciendo Colon el mismo hasta en 
su letargo. Y si la visión no fué mas que un sueño pro- 
fundo, el sueño, al menos, era proporcionado á el alma 
del revelador del globo, sublime como su injenio, noble 
como sus intenciones; y durante el cual, o^ó palabras 
dignas de su alma, capaces de vigorizar su abatido co- 
razón y de permanecer para siempre grabadas en su 
memoria. 

Lo que refiere Colon aconteció mientras dormia; y 
no fué precisamente una visión á manera de la del padre 
de los creyentes ó de Israel, abuelo de las doce tribus; 
ni fué tampoco un viento como el que se ajitó sobre el 
profeta de la desolación; fué una voz. Colon no refiere 
lo que sintió ó vio, sino sencillamente lo que oyó: Fides 
ecc ándito' 

¿De dónde provenia aquella voz y á quien pertene- 
cia? El servidor de Dios no lo dice, sin duda por modes- 
tia; se contrae á esponer el hecho con una discreción lle- 
na de respetuosa gratitud; y sin designar el ser compa- 
sivo que lo consoló, añade-. Quien quiera que fuese; pero 
ya las palabras que preceden á la frase citada, habian 
impreso á esta confidencia el sello de la veracidad cris- 
tiana. 

En presencia de aquel que le hablaba, descubriéndo- 
le su propio corazón, recordándole las munificencias pro- 

32 



—250— 

videnciales, la elección y la predilección celestial de que 
era objeto, mostrándole la desinteresada bondad del crea- 
dor, que nada le debia, en parangón con la ingratitud de 
aquellos que le debian tanto, estaba Colon casi muerto. 
Y confiesa que nada podia responder, y que no hizo si- 
no llorar sus errores. Entonces, así como acontece á los 
justos en sus arrobamientos, á los amigos de Dios en 
sus éxtasis, temblando de amor, lamentó su debilidad y 
sus imperfecciones, que llama errores; y hubiera que- 
rido ser puro cual la luz para conceptuarse menos in- 
digno del sol de la justicia, el señor Dios. Al través de 
su laconismo se lee claro su pensamiento; y quien haya 
profundizado en los estudios psicolójicos, reconocerá en 
él la fuerza esperimental de lo verdadero y un criterio 
infalible de sinceridad. 

Verdaderamente que las combinaciones de la astu- 
cia y de la ambición frustrada no hubieran descubierto 
aquella imájen, ni menos inventado aquella sensación 
del alma cristiana bajo el peso glorioso y terrible de un 
favor celestial. Semejantes ideas no pertenecen al orden de 
la composición diplomática; que así no se confeccionan 
las notas para vengar agravios de corte á corte. 

Tornemos á la narración. 

Cuando el almirante salió de su abatimiento, se sin- 
tió fortificado. Pero el tiempo proseguia azaroso, y por 
espacio de nueve dias tuvo que someterse su constancia 
á nuevas pruebas, hasta que al fin calmó la mar. Entre 
tanto el fiel Diego Méndez en su doble caHdad de pri- 
mer secretario de la nota y de comisario de la marina, 
habia combinado los medios de unirse al almirante con la 
mayor presteza, sacrificando los menos objetos posibles. 
Al efecto, empleó cuatro dias en hacer, con las velas inú- 
tiles de la Gallega, sacos en los cuales puso la galleta que 
quedaba; luego se apoderó de dos canoas de los indios, las 
aferró una con otra fuertemente, construyó, con tablas, 
una cubierta sobie la que colocó la pólvora, el bizcocho, 
los útiles, y las bagatelas que servia para los cambios, hizo 



-251— 

atar con cabos á la popa de las embarcaciones los bar- 
riles de vino, aceite y vinagre, y así que hubo reposa- 
do un tanto la mar, la lancha de la Gallega remada por 
los mas vigorosos marineros, remolcó el material y lo 
llevó á las carabelas, volviendo después, sucesivamente, 
á buscar cuanto fuera embarcable, por siete veces, y de- 
jándolo todo transportado. Adeniás tuvo el valor de per- 
manecer en tierra con cinco hombres de guarda para 
que nada se perdiese inútilmente, y de no dirijirse á 
bordo sino cuando todo quedó en salvo. Habiase saca- 
do de la Gallega cuanto contenia capaz de aprovechar- 
se, y el casco taladrado por las bromas y sentido y que- 
brantado en todas direcciones se abandonó en el rio. 
Recibiéronse con imponderable contento los compa- 
ñeros, que se habian creido perdidos, por sus camaradas 
de la escuadrilla; y el almirante afectuoso con sus ser- 
vidores y entusiasta de los que cumplian con su deber, 
manifestó de una manera publica su agradecimiento á 
Diego Méndez, pues durante su alocución lo abrazó y 
besó repetidas ocasiones,! nombrándolo, en seguida su 
capitán de pabellón, dándole el mando de la Capitana 
y complaciéndose en multiplicar en su persona las prue- 
bas de confianza con que le honraba, y que tanto me- 
recia. 



IV. 



A fines de Abril, en la noche del santo dia de Pas- 
cua, dio el almirante, en nombre de la Santísima Trini- 
dad, la orden de zarpar. 

1 Relación hecha por Diego Méndez, de algunos acontecimien- 
tos del líltimo viaje del almirante don Cristóbal Colon, 



—252— 

Y las tres carabelas desplegaron sus gastados lien- 
zos, y pusieron el rumbo á la Española á donde impor- 
taba ir lo mas presto posible á carenar y abastecerse. 

La persistencia del mal tiempo, aquella increible su- 
cesión de tempestades, apuraba las fuerzas de los mari- 
neros, y aterraba sus imajinaciones. Los pilotos no ha- 
llaban ya ninguna esplicacion á tan pertinaces rigores; 
y mientras los tripulantes creian que los muchos máji- 
eos de la costa habian hecho uso de sus artes tenebro- 
sas para desviar á las naves de ella y hacerlas perecer, 
los moradores de las tierras visitadas por las carabelas 
atribulan á la venida de los desconocidos aquellas conti- 
nuas perturbaciones y desórdenes de la naturaleza; y 
habrían dado cuanto poseían en el mundo porque los es- 
tranjeros no se detuvieran una hora en su pais.i Pero 
Colon veia en la conjuración délos elementos contra sus 
buques un esfuerzo supremo del enemigo de la salud 
para oponerse al cumplimiento de sus votos. 

No puede negarse que en este viaje, emprendido para 
abrir paso á la cruz en la inmensidad del Océano y traerla 
á Europa por la circunnavegación del globo, se esperi- 
mentó en los vientos, en las aguas, en los meteoros acuo- 
sos é ígneos, una violenta y escepcional oposición, y que 
la continuada lucha del almirante, fué el ejemplo mas 
grande de la constancia humana contra fuerzas que es- 
cedieron de una manera tan terrible á los recursos del 
hombre. Nunca habian oido hablar de tales peligros ma- 
rítimos los mas viejos marineros, ni jamas habian sopor- 
tado carabelas el empuje de olas tan poderosas, ni sos- 
tenido tan reiterados ataques. Tan no se habia visto aun 
obstinación semejante en la cólera del Océano, que el 
enemigo secreto de Colon, el notario Diego de Porras, 
que en su relación procuraba siempre atenuar las difi- 
cultades del viaje, con el objeto de manifestar que las 



1 Cristóbal Colon. Carta dios reyes católicos, fechada en la Ja- 
maica el 7 de Julio de 1503. 



—253— 

disposiciones tomadas por el almirante eran el resultado 
de meros caprichos, tuvo que conceder, que sobrevinie- 
ron contrariedades estraordinariasA La inclemencia del 
aire, la verdadera hostilidad de los elementos impresio- 
naron profundamente al joven don Fernando; y aunque 
mostraba sobrado valor acongojaba á su padre la idea 
del riesgo á que lo habia espuesto. Mas tarde, después 
de haber surcado muchas veces el Atlántico, cuando es- 
cribió su historia, en época en que una esperiencia de 
treinta años habia modificado sus ideas cosmográficas, 
le parecia imposible lo que le sobrevino en aquella cam- 
paña, y desconfiando de sus propios recuerdos y teme- 
roso de incurrir en las exajeraciones de una imajinacion 
adolescente consultó la relación de un oficial con quien 
navegó,^ encontró en ella la justificación de sus prime- 
ras impresiones. 

Advertíase algo insólito, formidable y agresivo en 
el carácter de aquellos sacudimientos, de aquellos com- 
bates pelásjicos, de aquellas incesantes variaciones de 
viento, contrarias siempre al rumbo de Colon, que 
tanto le impedían avanzar como volver atrás, por el 
litoral, y que parecían combinarse para forzarlo á echar- 
se á mar ancha, y apartarse de una vez de la nueva 
tierra. El historiógrafo real Herrera, admirado tam- 
bién de un acontecimiento que era inaudito en los 
anales del Océano, dice en su historia jeneral de los 
viajes: '^Sallan de un puerto, y no parecia sino que 
de industria el viento contrario los estaba esperando 
como tras una esquina para resistirlos. Volvían con 



1 "La costa es bien temerosa ó lo fizo parescer aquel año muy 
tempestuoso, de muchas aguas é tormentas del cielo." — Diego de 
Porras. Relación del viaje é de la tierra agora nuevamente descubier- 
ta, por el almirante don Cristóbal Colon. 

2 "E fu ció cosa tanta strana e non mai piú veduta, che io 
non avrei replicato tante mutationi, se oltra 1' essermi trovato pre- 
sente, non r avessi vedulo scritto da Diego Méndez... II quale an- 
cora scrisse questo viaggio" — Fernando Colombo. Vitd del Ammira- 
fflio, cap. XCIV. 



—254— 

la fuerza de él laácia el oriente, y cuando no se ca- 
taban venia otro que los volvía impetuosamente al po- 
niente: y esto tantas y tan diversas veces, que no sa- 
bia el almirante ni los que con él andaban qué se 
decir ni hacer/^i Es un hecho que de entonces acá, 
ninguna esploracion marítima en el resto del globo, 
ningún viaje posterior por las mismas alturas ha sufrido 
tan crueles contratiempos. Vencidos los mal-ineros por 
la fuerza invisible, contra la cual luchaba el heraldo 
de la cruz, aniquilados por los vómitos, á consecuen- 
cia del mareo, y en perenne sobresalto por el furor de las 
olas que á cada momento los amenazaban tragar se 
quebrantaron muchas robustas constituciones, y mas 
de una se destruyó para siempre. 

Pero las naves estaban en peor disposición toda- 
via que sus tripulantes, pues sus bodegas se hablan 
convertido en hervideros de agua que corrompían las 
provisiones. 

A pesar de todo Colon, no pudiendo resignarse á 
la idea de que el estrecho no existiese en las latitu- 
des en que se hallaba, queria prosegir buscándolo, 
y no obstante el parecer contrario de los pilotos y el 
temor de los marineros mandó poner el rumbo al E. 
en lugar de seguir al N.; y como las disputas de los 
oficiales acerca de la derrota tenida y la que debia 
seguirse, que cada uno estimaba con arreglo á las car- 
tas que habia formado, habrían acarreado graves des- 
órdenes y ocasionando mas perturbación en los áni- 
mos, con la autoridad que le era propia, recojió los 
mapas á los pilotos é impuso silencio á todos.2 Y 

1 Herrera. Mistoria general de los viajes^ conquistcts de los cas. 
tellanos en las Indias occidentales. Década í, lib. IV, cap. IX. 

2 Acusa Mr. Huraboldt al almirante de liaber abusado de su au- 
toridad para apoderarse de los planos de los pilotos, y quedar así due- 
ño absoluto del camino por donde podia llegarse á estas nuevas re- 
giones. Pero el testimonio de un enemigo de Colon, el escribano Die- 
go de Porras, sirve para darle un mentís, con solo manifestar cuál era 
el estado de los ánimos á bordo, y basta para justificar la prudente 



—255— 

aunque á treinta leguas de camino fué indispensable 
abandonar la Vizcaína ^ en razón á la mucha agua que 
hacia, y repartir su dotación entre la Capitana j el 
Santiago de Palos, no torció Colon su rumbo, sino 
que pasando á la altura del puerto del Retrete, atra- 
vesó el grupo de las islas de Barbas, perteneciente á 
el cacique Pocorosa, se acercó de nuevo á tierra, fran- 
queó el cabo de San Blas, y avanzó diez leguas mas 
al O. 

Habituado á los favores de la divina providencia 
que tantas veces lo habia sostenido y preservado, pro- 
seguía el almirante su esploracion con sus maltratados 
buques y escasos víveres, cuando el 1.° de Mayo, justa- 
mente alarmados los pilotos con lo difícil de la situación, 
le manifestaron el estado de las naves y el abatimiento 
de los marineros, estenuados en fuerza de las privacio- 
nes y trabajos. Insistieron todos, y Colon dispuso po- 
ner el rumbo en derechura al N. Por espacio de dos 
dias se disfrutó de buen viento. Temían los oficiales 
haber sido arrastrados al E. del archipiélago Caribe, y 
el almirante por su parte haber sido llevado al O. del 
cal o de San Miguel, como así fué.i 

El 2 de Mayo alcanzó Colon dos islas tan cubiertas 
de tortugas que les puso este nombre. Las corrien- 
tes y los vientos contrarios los impelieron de nuevo á 
los bajos de los Jardines de la Reina, sin embargo de 
quvo habia tomado sus medidas para evitarlos; y la vio- 
lencia del mar lo forzó á retroceder y mantenerse á la 
capa, no cesando un solo instante de dar á las bom- 



medida de Colon. "Los marineros, dice, no traían ya carta de nave- 
gar que se les habia el almirante tomado á todos: se decian que el 
yerro que se hizo al principio habia causado gran desconcierto en el 
des. ..brir." Diego de Porras. Relación del viaje é de la tierra agora 
nuevamente descubierta por el almirante don Cristóbal Colon. 

1 "E ancor che tutti i piloti, dicessero che noi saressimo passati 
al levanto delle isole de Caribi, V Ammiraglio non dimeno temea di 
non poter pur prendere la Spagnuola; il che se verifico."— Fernando 
Colombo. Vitta delV Ammiraglio, cap. C. 



—256— 

bas. En ocasión tan critica, hallándose sin mas provisio- 
nes de boca que un poco de galleta, ajo, aceite y vina- 
gre, los asaltó una tempestad. 

Perdió el almirante una en pos de otra, en pocas 
horas, tres anclas; y á media noche faltaron los cabos 
del Santiago de Palos y vino á dar con tal violencia su 
casco sobre el de la Capitana que le destrozó la popa, 
quedando muy mal parada en la proa, y '^siendo mara- 
villa que no se acabasen de hacer rajas/^i La mar si- 
guió en mal estado por espacio de seis dias, al cabo de 
los cuales volvió á su comenzada derrota el almirante, 
'''con pérdida de todas sus áncoras, en naves agujereadas 
como panales de cera, y con tripulaciones completamen- 
te desmoralizadas/' Llegó á Macaca, en la costa de 
Cuba, para descansar y procurarse algunos víveres, y de 
allí intentó ganar la Española, mas el viento y las cor- 
rientes lo arrojaron mucho mas abajo. Y era tanta el 
agua que entraba en las bodegas que ni bombas, ni 
calderas bastaban para apurarla,^ cuando tornó á enco- 
lerizarse la tempestad. El Santiago de Palos necesitó 
arrojarse en seguida en un puerto, y la Capitana si 
bien no quiso hacer lo propio, ''sus tripulantes ya no 
sabían á qué santo encomendarse, pues sus fuerazs é 
industria no podían dominar el agua que ya tocaba al 
combés. "3 Colon lo ha dicho: La nave se me anegó, y 
milagrosamente me trajo Nuestro Señor á tierra. ^ 

El 23 de Junio, al romper el alba, la Capitana y se- 
guida del Santiago de Palos, fué llevada á la costa N. 
de la Jamaica, á un puerto abrigado, pero sin jente y 

1 Cristóbal Colon. — Carta d los reí/es católicos, fechada en la 
Jamaica el 7 de Julio de 1503. 

2 "Di giorno e di notte non lasciavamo di seccar l'acqua in 
ciascuno di essi con tré trombe; delle quali se si rompeva alcuna era 
dimestiere, mentre si acconciava, clie le caldiere supplissero e 1' uffi- 
cio delle trombe facessero." Fernando Colomb. Vitta delV Ammira- 
glio, cap. C. 

3 Herrera. Sistoria general de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Década I, lib. VI, cap. II. 

4 Cristóbal Colon. Carta á los reyes católicos fechada en la Ja- 
maica el 7 de Julio de 1503. 



—257— 

hasta privado de agua dulce. Era víspera de la fiesta 
de San Juan Bautista, y los navegantes la celebraron, 
observando forzosamente el ejemplo del predicador del 
ayuno. 

Al dia siguiente, arrostrando peligros sin cuento, 
siguieron la costa en busca de un refujio mas al E., y 
en efecto reconoció el almirante hacia el centro de la 
parte N. de la isla,l la niagníñca rada que habia visto 
en ocasión de su descubrimiento de la Jamaica, anco- 
raje cómodo y seguro, rodeado de paisajes encantadores 
y que en el primer impulso de su admiración nombró 
Santa Gloria,^ porque la armonia de las obras del Crea- 
dor se manifestaba en ella con indescribible magnificen- 
cia, y su alma relijiosa esperimentaba en la delicia de 
su contemplación una felicidad que le parecia como un 
reflejo de la de los elejidos. 

Tan risueña y hospitalaria tierra contenia muchos 
habitantes y abundaba en todo lo necesario á la vida. 
No fué Colon el único en considerar en este suceso una 
gracia particular del Señor, que su capitán de pabellón, 
el bizarro Diego Méndez, lo tuvo por un acto de mise- 
ricordia divina; y al ocuparse de la llegada del almirante 
á Jamaica, el historiógrafo Herrera dice que, "con su 
encuentro fué grandemente favorecido de Dios. " ^ Y en 
verdad que no podia verificarse un encallamiento en una 
costa que brindara con mejores recursos. Parecia haber 
sido escojida de propósito. 

La bahía de Santa Gloria se encontraba defendida 
del choque de la gran corriente de E. á O. por las líneas 
de la costa, que á derecha é izquierda amortiguaban 
el empuje de las olas, quebrantadas ya á lo lejos por el 

1 *'E1 puerto que se diz de Santa Gloria, que es casi en el me- 
dio de la parte septentrional. Cristóbal Colon." Nota puesta en la hoja 
LIX del Libro de las profecías. 

2 Andrés Bernaldez. Historia de los reyes Católicos, cap.- 
C.XXV, Ms. 

3 Herrera. Historia general de las conquistas y viajes de los caS' 
tellanos en las Indias occidentales. Década I, lib. VI, cap. III. 

33 



—258— 

promontorio Fiat á poniente, y el cabo Drax á levante, l 
El amurallamiento, por decirlo así, de la costa, guarneci- 
da de maderas de un modo espléndido, la libraban del 
azote de los vientos. A2:aas vivas v frescas corrian al 
E. por tres rios cubiertos de grata sombra, y frutas de 
todas clases, en mucho superiores á las de las otras is- 
las, abundaban en las inmediaciones. La aldea de Mai- 
ma, distante apenas un cuarto de legua, coronaba un 
gracioso ribazo. 

Mandó el almirante proceder ala varadura del San- 
tiago de Falos\ que sin embargo de estar la Capitana 
llena de agua hasta la cubierta, y todos asombrados de 
que no se hubiera ido á fondo aun, parece que Colon 
queria ensayar el medio de volverla á la mar, pues no 
tomó ninguna providencia respecto á ella, ni dio la or- 
den de vararla sino al cabo de muchos dias, cuando se 
hubo convencido de "que seria tentar a Dios desear ir 
mas lejos con una nave que no gobernaba y que flotaba 
por milagro.2 

Aferróse entonces la Capitana á babor del Santia- 
go, unióse á él con fuertes tablones, y con todos los 
palos á la sazón inútiles y clavazón interior que se logró 
aprovechar se levantaron a popa y á proa de ambas 
carabelas varias barracas que se cubrieron de paja. Lo 
cual hecho, prohibió salir de á bordo el almirante a las 
tripulaciones á fín de prevenir desavenencias con los na- 
turales. 

Distribuida que hubo sido la última ración de ga- 
lleta y vino por el capitán de pabellón Diego Méndez, 
que, á pesar de su título puramente honorífico, era el 

1 Yéase la gran carta de la isla levantada por orden del gobierno 
inglés. — Map. of Jamaica, in the colonial office and Admiralty. — By 
Joíin Arrowsmitli. 

2 En los últimos apuntes del diario de Diego de Porras, á pesar 
de la notoria equivocación del nombre del mes, se viene en conoci- 
miento, por las fechas y los nombres de los dias, del lugar en que se 
verificó el naufrajio, y que la Capitana no fué sacrificada sino muclioi 
dias después que el Santiago de Palos. 



—259— 

encargado por el almirante del reparto de los víveres, 
se vieron en presencia del hambre. En tan lúgubre si- 
tuación nadie se atrevió á pedir permiso para bajar á 
tierra á procurarse abastos; pero la fe y la intrepidez 
del leal escudero de Colon brillaron de nuevo, ofrecién- 
dose al almirante á hacerlo. 

En su consecuencia, tomando una espada, y ha- 
ciéndose acompañar por tres hombres animosos ganó 
la orilla. Sin duda que si hubiera dado con indíje- 
nas tan belicosos como los del rio Belén habria pere- 
cido; mas como él mismo escribe "plugo á Dios que 
hallara la jente tan mansa que no le hicieron mal, 
antes se holgaron con él y le dieron de comer de 
buena voluntad.'^i 

Concertóse el capitán Méndez con 'el cacique de 
Aguacabilda para la provisión diaria de cierta canti- 
dad de pescado, aves, utias y pan de casave, que se 
pagaria con cascabeles, peines, cuchillos, anzuelos y 
cuentas azules con las que, los indios, formaban co- 
llares, y despachó en seguida á uno de los españoles 
para que lo participara á el almirante, é hiciera re- 
cibir y abonar el valor de las vituallas. Trasladóse 
luego á tres leguas de distancia, convino también con 
otro cacique, envió á Colon el aviso con otro espa- 
ñol, y continuando en su camino, llegó á la cabana 
del gran cacique de Huareo, á trece leguas de Santa 
Gloria. El jefe lo acojió perfectamente, y como le pro- 
metiera las remesas cotidianas de mantenimientos que 
solicitaba v le entrep;ara en el acto cuanto le deman- 
dó, lo comunicó á Colon por medio de su tercer com- 
pañero. 

Confiando en Dios que tantas veces habia mani- 
festado su protección á su amo, y acorrídolo á él mis- 
mos en trances difíciles, se aventuró á quedar solo, 



l Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos 
del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 



—260— 

é intrincarse en la parte oriental de la isla. Y fué bien 
inspirado, porque se entró por las tierras del cacique 
Ameyro, que simpatizó con el, cambió su nombre con 
el suyo, vino en venderle una escelente canoa, y ade- 
más le prestó seis remeros para conducirlo con toda 
comodidad á donde mejor fuera de su grado. Méndez 
agradecido le regaló una fuente pequeña de latón que 
traia para su uso, un jubón, y una de las dos camisas 
que poseia en aquel momento. Hecho esto, cargó la 
canoa con los víveres, y se dirijió á fuerza de remos 
en busca de las carabelas, que, "al tiempo de acostar- 
las él, no tenían un pan que comer .'^i 

Amenazadas por el hambre las tripulaciones, aco- 
jieron con transportes de alegría al valiente Diego 
Méndez, y Colon lo estrechó paternalmente entre sus 
brazos, é hizo de nuevo públicos elojios de su nuevo 
servicio. Su jeneroso corazón, tan grande para la gra- 
titud, sabia estimar de una manera digna la abnega- 
ción de su celoso servidor. Y no se satisfacía con ad- 
mirarlo sint) que "daba, como refiere el mismo Mén- 
dez, gracias á Dios que lo había llevado y traído en 
salvamento de tanta jente salvaje.''^ 

Desde aquel día acudieron con regularidad los in- 
dios cargados de provisiones; y Colon, para descanso 
de Méndez, designó á dos dignos oficiales que aten- 
dieran á los trueques. Mas , como gran número de 
canoas estrañas á las aldeas de los caciques visitados 
por el capitán de pabellón, vinieran también con abas- 
tos, la competencia hizo establecer una especie de pre- 
cío corriente. Así, por dos hermosas utias se daba un 
cabillo de agujetas, por una cesta de pan de casave, 
algunas cuentas de vidrio azul, y por armas y utensi- 
lios, cascabeles; que las tijeras, espejillos y gorros grana 
se reservaban para regalar á los magnates. 

1. jRelacion hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos 
del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 

2, Tbidem. 



CAPITULO V, 



I. 



La magnificencia del paraje, la abundancia de víveres 
y las amistosas disposiciones de los indíjenas no seduje- 
ron, sin embargo, al almirante porque, gran conocedor de 
la movilidad de ánimo de los salvajes, y de su profundo 
disimulo y belicosos instintos l sabia* muy bien que tan 
risueña perspectiva podia nublarse de un momento á 
otro. Y, en efecto, nada hubiera sido mas fácil á los na- 
turales, en caso de sublevarse, que sitiar por hambre á 
los españoles en sms pontones ó quemárselos, porque 
poseian importantes flotillas de canoas, y, ademas, los 
marineros de Colon, de resultas de los continuos tra- 
bajos á que los sometió el azarosísimo viaje que acaba- 
ban de rendir, estaban faltos de enerjía. Agregúese á 
esto que no habia forma de poner á flote las naves, ni 
de construir otras, porque, ni se contaban brazos bas- 
tantes para tal empresa, ni habia un carpintero, por- 
que todos sucumbieron en el funesto dia 6 de Abril. 

Colon se hallaba, pues, en la situación de un náu- 



1 En su segundo viaje cuando vino á Jamaica, antes y después 
de su esploracion de la costa meridional de Cuba. 



—262— 

frago, pero ni en mar ni en tierra, á causa del vara- 
miento, espuesto á la vecindad de los indios, y privado 
de los recursos que tiene, para el navegante, la mar an- 
cha, reducido, en suma, á la inmovilidad y á la impo- 
.tencia. ¡Triste y desconsolada posición! Se hacia menes- 
ter socorro; pero, de qué manera obtenerlo? ¿por dónde 
y de quién valerse para poner en noticia de la reyna el 
descubrimiento de las minas de oro de Veragua, y la 
existencia de un mar inesplorado de la otra parte del 
nuevo continente? sin tener chalupa ni embarcación de 
ninguna clase, capaz de emprender el viaje de Jamaica 
á Española por un mar tan soberbio, y luchando contra 
las corrientes y vientos del E. que, con frecuencia, obli- 
gan á los bajeles bien tripulados y provistos á soste- 
ner el combate mas de un mes. Para el vencedor de la 
mar Tenebrosa era esta situación casi humillante y lo 
contristaba, á lo que contribuia, no poco, su larga pri- 
vación de los Sacramentos de la Iglesia i y de los con- 
suelos espirituales, y el verse en aquel ignorado y re- 
moto destierro, cuyo término próximo ó lejano que no 
preveia iba á demorar el rescate de los santos luga- 
res, anhelo de su piadoso corazón. 

En tamaño aprieto escribió a los reyes católicos la 
relación de su viaje, demandándoles auxilio para salir 
de donde estaba, junto con su jente. 

Debe parecer sobre manera estraño el que Colon 
preparase un mensaje, no obstante la imposibilidad de 
hacerlo llegar á su destino, y en verdad que es empre- 
sa que nadie en su lugar hubiera imajinado siquiera, 
porque el medio de trasmitirlo no se podia comprender 
en lo humano. Tanto es así, que, apesar de lo habitua- 
do que se hallaba á los favores de su divina majestad, 
decia en su carta á SS. AA. que, "si lo lograba seria un 
milagro. 2" 

1 Cristóbal Colon. Carta á los reyes católicos, escrita en la Ja- 
maica el 7 de Julio de 1503. 

2 Cuarto viaje de Cristóbal Colon. Traducción de los señorea 
Verneuil y de la Éoqnette, de la Eeal Academia de la Historia. 



—263— 

Y, en efecto, milagrosamente, llego la carta á po- 
der de los reyes. 

Esta carta, por largo tiempo relegada al olvido, y 
que fué impresa en España, l causó hace cuarenta y 
cinco años gran sensación en las sociedades científicas: 
Venecia, Bassano, Pisa, Florencia, Jénova, Turin, Mi- 
lán, Pavía, Roma y París se ocuparon de ella; y el sa- 
bio Morelli, bibliotecario en Venecia, la mandó reim- 
primir, acompañada de notas, con el título de: Lettera 
rarissima. 

No es menos notable el escrito en cuestión bajo 
el punto de vista de los hechos marítimos, que del de 
los descubrimientos, y del de los sucesos narrados, que 
del de las observaciones recojidas; interesa además por 
lo crítico de las circunstancias en que Colon lo redac- 
tó y por la manera singular que empleó para remitirlo; 
que en cuanto a su contenido ni es carta, ni relación, ni 
resumen de viaje, sino una comunicación del revelador 
del globo á los reyes Católicos. 

A la siempre noble* sencillez del almii'ante se une 
en la carta precitada no sabemos qué de patético, tier- 
no, patriarcal, superior y divino que parece ser la con- 
sagración suprema de la virtud por la desgracia; co- 
mo cuantos escritos se conocen de Colon es fluido y es- 
pontáneo , y al injenio que revela da realce el modo 
de decir de aquel cristiano en prueba tan terrible. 
Sin embargo, no se presenta ya el heraldo de la cruz 
con tanto amor á la creación como en sus anteriores 
relaciones, porque, después que una mano rival, la del 
implacable Eonseca, quedó con el cargo de responderle, 
diríase que quería preservar de profanaciones las confi- 

1 Pernando Colon afirma que se imprimió; y en su Biblioteca 
Occidental, dice León Pinelo, que se hizo en 4?, y que el original pa- 
só á manos de don Lorenzo Eamirez de Prado: el impreso se vendia 
en la tienda de libros de Juan de Saldierna. En Italia, Constanzo 
Bainera, de Brescia, la tradujo, y se imprimió en Yenecia en 1505 
viyiendo todavía Colon. Morelli la dio nueva vida en 1810, al reim 
primirla bajo el título de: Lettera rarissima. 



—264— 

dencias de su pasión por la naturaleza y de su inestin- 
guible entusiasmo por las bellezas del Verbo; se traslu- 
ce su desaliento en sus palabras, no porque siente de- 
caer sus fuerzas bajo el peso del tiempo, que el hom- 
bre de deseos no duda de la providencia ni de sí mis- 
mo, sino porque adivina que la salud de la reina, mi- 
nada por los pesares, vá á entregar á los consejeros de 
Fernando los negocios de las Indias, y en su conse- 
cuencia calla ó estracta ciertos pormenores; y obrando 
cual jefe de una empresa cristiana, al presentir que vá 
á medírsele con el rasero del espíritu mundano y to- 
do el rigor del odio popular contiene en su corazón 
los impulsos relijiosos. 

Refiere primero el almirante los azares y sufrimien- 
tos inauditos de su viaje, anuncia la existencia del 
Océano, del otro lado de la tierra descubierta, men- 
ciona las minas de oro de Veragua y de las rej iones 
vecinas, y al estenderse, particularmente, sobre este 
hallazgo que sabe es el objeto único de los deseos del 
rey, añade: ''Yo tengo en mas esta negociación y mi- 
nas con esta escala y señorío que todo lo otro que 
está hecho en las Indi as /'l 

Antes de hablar de sí mismo, se ocupa de las ne- 
cesidades de sus tripulaciones y llama en favor de 
ellas la atención de los reyes, asegurando que nunca 
habrá traído nadie á España mejores nuevas que su 
jente. La desnudez de aquellos que servían y sufrían, 
le hace recordar que los que desertaron de la colonia, 
huyendo el trabajo y calumniando su administración, 
habían recibido empleos, lo que, dice, es muy dañoso 
ejemplo. Esta falta de justicia lo conduce á la falta de 
celo que advertia por la restauración del santo sepul- 
cro, idea fija de su vida; y por un resto de dignidad 
cristiana parece no querer volver á ocuparse de un 



2 Cristóbal Colon. Carta d los reyes católicos, fechada en Ja- 
maica el 7 de Julio de 1503. 



—265— 

proyecto sacrificado por la ambición de Fernando á 
dudosas conquistas en Italia, ni llamarlo por su nom- 
bre, ni mencionarlo en fuerza de lo conocido que es 
de los reyes; pero sin embargo, como su pensamiento 
se alimentaba con el pan cuotidiano de las Santas 
Escrituras, lo espone bajo la forma de una figura bíbli- 
ca, dando á la cuestión de los Santos lugares, mientras 
esperan su libertad, la imájen del Salvador, aguardan- 
do, con los brazos abiertos, durante todo el dia, al 
pueblo incrédulo, i con las siguientes palabras: '''El 
otro negocio famosísimo está con los brazos abiertos 
llamando: estrangero ha sido fasta hora/^ 2 

Diremos de paso que esta magnífica figura, á to- 
das luces inspirada por el príncipe profeta Isaías, ha 
pasado desapercibida por los biógrafos de Colon; nin- 
guno de ellos ha comprendido su significado, y lo pro- 
pio ha acontecido en Erancia é Italia á los editores y 
traductores de la Lettera rarissima, pues ni unos ni otros 
acertaron en cual pudiera ser el importante negocio que, 
en vano, aguardaba siempre con los brazos estendi- 
dos. 3 

A continuación de la idea mencionada, que para 

1 "Expandí manus meas tota die ad populum incredulum qui 
graditur in via non boná post cogitationes suas." Isdioe cap. LXV. 

2 Cristóbal Colon. Carta d los reyes Católicos fechada en la Ja- 
maica el 7 de Julio de 1503. 

3 La figura empleada por Colon como era completamente ininteli- 
jibleá los traductores, abandonaron estos el texto á su pretendida oscu- 
ridad é hicieron la versión mas caprichosa que pueda imajinarse. Los se- 
ñores Yerneuil y la Roquette, traductores del orijinal, y ambos de la 
B/cal Academia Española de la Historia, han interpretado este pasaje con 
las siguientes palabras: "El otro negocio es muy importante y exije que 
se ocupen de él, sin pérdida de tiempo; ya que hast^|||íioy no se ha 
pensado en él." El traductor de La lettera rarissima se ha afanado 
menos todavía por encontrar su verdadero sentido, y^; dice así en la 
versión italiana: "En qué se fundan mis enemigos qi^é se atreven á 
darme en rostro, diciendo que soy estranjero?" No hiy duda de que 
este modo de traducir es estraño de todo punto á la verdad, y de con- 
siguiente, censurable; pero hablando con la franqueza que nos es pro- 
pia, diremos que los traductores de acabos testos si no comprendieron 
ni sospecharon el sentido de las palabaas de Colon fué por lo muy 
distantes que se hallaban de su carácter relijioso. 

84 



—266— 

no deshonrarla, quisiera no haber espnesto al despre- 
cio ó á las eternas demoras de la corte, conociendo el 
revelador del globo que le será menester libertar con 
sus solos recursos, sin el auxilio de don Fernando, el 
santo sepulcro, pide lo que se le devenga, como si se le 
debiera al mismo Dios, diciendo: "Es justo dar á Dios 
lo que es suyo; " reclama la restitución de sus bienes y 
de sus honores, y el castigo de los que lo han roba- 
do y calumniado, y al obrar asi, añade, "quedará á Es- 
paña gloriosa memoria con la de VV. AA. de agrade- 
cidos y justos príncipes." l 

Aunque su razón y su equidad no se sintieran me- 
nos ofendidas que su corazón por el modo con que se 
habian premiado sus servicios, no solo no se advierten 
en su queja amargas reticencias, ni palabras irónicas 
sino que se disculpa de haber despertado recuerdos 
que hubiera deseado guardar en silencio. Pero la justi- 
cia y la ingratitud tenidas con el lo condolieron de 
su propia suerte; el carácter épico de sus desgracias, 
la jigantesca poesia de sus padecimientos marítimos, 
la iniquidad de que fué víctima, sin duda incompara- 
ble, después de la de los judíos con el salvador, lo tras- 
portaron á los tiempos por venir, y al colocarse en el 
punto de vista de la posteridad, laméntase y se lastima 
del destino mortal de Cristóbal Colon, esclamando: "He 
llorado fasta aquí á otros: haya misericordia agora el 

cielo, y llore por mí la tierra llore por mí quien 

tiene caridad, verdad y justicia"! 2 Así, no es á Casti- 
lla, no es á Europa á quienes convida á llorar por 
él el mensajero de la cruz; sino al mundo entero que ha 
descubierto:' "¡Que la tierra llore por mí"! ¿Qué mor- 
tal se atrevió jamás á emplear un lenguaje semejante? 
Lo sublime de la queja corresponde á su infortunio sin 
ejemplo. ¿Qué poeta, qué profeta, qué héroe del Evan- 

1 Cristóbal Colon. Carta á los reyes católicos fechada en la Ja- 
maica el 7 de Julio de 1503. 

2 . Ibidem, 



—267— 

jelio, usó, al hablar de sí rnisnio, mas atrevidas y po- 
derosas iinájenes, y revistió con mas majestad los acen- 
tos que se escaparan de su pecho? Verdaderamente 
es aquí donde se conoce que el estilo es el homhre\ por- 
que la grandeza, la sencillez, la tristeza y la audacia 
se armonizan de tal suerte que parecen una sola vibra- 
ción del alma. "El abandono con que está escrita esta 
carta, dice el ilustre Humboldt, su estraña amalgama 
de fuerza y debilidad, de humildad tierna y orgullo, 
nos inician, por decirlo así, en los secretos y en los 
combates interiores de la gran alma de Colon " i 

Al escribir su carta el almirante anunciaba que la 
enviaría por medio de los indios; y, en efecto, piratas 
temerarios se lanzaban á veces con sus canoas á con- 
siderables distancias, siguiendo ciertas corrientes y ha- 
ciendo escala en diversas costas; pero como ninguno 
había entre ellos bastante insensato y despreciador de 
la vida para querer pasar en derechura de Jamaica 
á Haití, afrontando corrientes y vientos continuos del 
E, ppr ningún precio hubo indíjena que se prestara 
á luchar con lo imposible y arrostrar con su piragua 
una corriente de cuarenta leguas de anchura, con vien- 
to, casi siempre, por la proa. 

Y el mensaje quedó sin mensajero. 

Mejor que los demás conocia Colon estas dificulta- 
des y peligros, y de consiguiente, la imposibihdad de sal- 
var cuarenta leguas de mar, contra viento y corriente 
en las frájiles embarcaciones de los salvajes, en lo cual 
veia mil probabihdades de muerte por una de buen 
éxito. Durante nueve días, Colon, á solas con su con- 
ciencia, permaneció en presencia de Dios, consultando 
su divina voluntad; y al fin se decidió á saber lo que 
el altísimo, como dice Pedro Mártir, había resuelto i 
con respecto á él. 

1 Humboldt. Histoire de la geograpMe dn Nouveau Continent, 
t. III. section II, p. 239. 

2 "Quid de se Deus cogitet, statuit experiri." — Petri Martiris 
Anglerii. Oceanece Decadis terüoe, lib. IV. fol. 52 recto. 



—268— 

Sin duda que solamente un cristiano, preparado y 
dispuesto á los sufrimientos, un hombre de corazón 
fuerte, que hiciera á Dios el sacrificio de su vida, in- 
molándose por la salud de todos sus compañeros, era 
el único que podia intentar tamaña empresa. ¿Pero, 
cuál seria la jenerosa víctima? Difícil hubiera sido bus- 
carla, pues Colon no creía capaz de tanto heroísmo 
sino á su antiguo escudero, el capitán de pabellón 
Diego Méndez, oficial educado en su escuela íntima, 
que amaba á Dios, á la ciencia y al almirante, su jefe, 
y á quien no ligaban á la tierra lazos mundanos. Al 
día décimo llamólo Colon á una plática, que estuvo en 
secreto por e&pacio de treinta y tres años, y que no 
se divulgó por Méndez hasta el 19 de Julio de 1536, 
en el acta solemne de sus últimas disposiciones.! La 
grandeza de alma que requería un asunto tan delica- 
do, y lo grave de las circunstancias en que se encon- 
traban, dan á el misterioso coloquio un ínteres estraor- 
dinario. 

He aquí las palabras que Colon dirijió á Méndez, 
á solas con él, sin mas testigo que Dios: 

''Hijo mío, ni uno de los que aquí están, salvo vos 
y yo, cree én el pehgro en que vivimos, por razón de 
nuestro corto número y del infinito de los salvajes, 
cuyo carácter es voluble y caprichoso, y que cuando 
se les antoje venir sobré nosotros á quemarnos en nues- 
tros dos bajeles, en los que hemos fabricado casas de 
paja, podrán fácilmente hacerlo desde tieiTa y tornar- 
nos pavesas á todos. El arreglo que con ellos habéis 
hecho para que nos provean, si bien hoy lo cumplen 
con la mejor voluntad, mañana, tal vez, no les conven- 

1 Este testamento ológrafo que consta de 13 páginas se escribió 
en Valladolid y fué depositado en la escribania de Fernán Pérez, se- 
cretario de S. A. y notario de cámara, el 26 del mismo mes á presen- 
cia de siete testigos, todos de la servidumbre de la vireina de las In- 
dias doña Maria de Toledo. Merece notarse que el primero de estos 
siete caballeros era Diego de Arana, sobrino de Beatriz Enriquez y 
emparentado por casamiento con la vireina. 



—269— 

ga, y no será estraño que nada nos traigan; y como 
no nos hallamos en posición de forzarlos, tendremos 
que someternos á su capricho. He imajinado un medio 
para sahr del aprieto, decidme si os place; consiste en 
que alguien se aventure en la canoa que comprasteis, 
para trasladarse á la Española y procurarse una nave, 
en donde nos salvemos de la triste situación en que 
nos miramos. Dadme vuestra ppinion.'^i 

Diego Méndez respondió: '^Bien veo, señor, el riesgo 
que corremos, que, por cierto, es mas grande de lo que 
podría calcularse; pero tengo el proyecto de pasar de 
aquí á la isla Española con una embarcación tan redu- 
cida como la canoa, no solo por muy difícil, sino lo que 
es mas, por imposible; y no sé quien se ose aventurar á 
pehgro tan notorio ^ cual es el de atravesar un golfo de 
cuarenta leguas entre islas, en que la mar está tan so- 
berbia. " 

Hubo un momento de silencio. 

Colon nada replicó, porque tampoco tenia nada que 
objetar. No se trataba de razonar, sino de sacrificarse; y 
su mirada, su actitud, decían bastante á su escudero 
que á él, hombre de fé y de valor, que había esperimen- 
tado la bondad de Dios, tocaba ofrecerse de nuevo en 
aras de la salvación común. 

Comprendiólo Méndez, y respondiendo al pensa- 
miento de su caudillo, dijo: 

"He espuesto mi vida en muchas ocasiones por sal- 
var la vuestra, señor, y la de todas las personas que vi- 
ven con vos, y Dios me ha salvado milagrosamente. A 
pesar de mi conducta, no han faltado murmuradores 
que hayan dicho que siempre me confiaban aquellas em- 
presas en que había gran cosecha de lauros que cojer, 
cuando había entre ellos otros capaces de ejecutarlas tan 
bien como yo. Por esto, creo que será conveniente que 

1 Testamento ológrafo de Diego Méndez, fechado en Valladolid 
el 19 de Junio de 1536. 

2 Ibidem. 



--í¿70-~ 

vuestra señoría los haga llamar á todos y les proponga 
el caso, para ver si hay alguno que quiera salir á viaje, 
que lo dudo, y si rehusan, arriesgaré mi vida por vues- 
tro servicio como otras veces/' 

Al dia siguiente, se reunieron todos los oficiales en 
consejo. Cuando se hubieron sentado, en semicírculo, 
alrededor del almirante, este, les propuso lo de mandar 
una canoa á la Española. En el primer pronto, queda- 
ron mudos de sorpresa, y repuestos que fueron de ella, 
representaron varios que tal proposición no era factible, 
porque no se podia llevar á cabo semejante travesía. 

Entonces Méndez se levanto y dijo: 

"Señor: una vida tengo, no mas, yo la quiero aven- 
turar por servicio de vuestra señoría y por el bien de 
todos los que aquí están, porque tengo esperanza en 
Nuestro Señor, que vista la intención con que yo lo 
hago, me librará como otras muchas veces lo ha he- 
cho. " 1 

Lo cual oido por el almirante, se alzó de su asiento, 
su fué hacia el capitán, lo abrazó, y en su espansiva ad- 
miración, lo besó en las mejillas, esclamando: "Bien sa- 
bia yo que no había aquí ninguno que osase tomar esta 
empresa sino vos. « 2 y después de haber premiado 
así al militar, dirijiéndose al cristiano, añadió con su 
poderosa fé, secreto de su grandeza: "Confio firmemente 
en que Dios, Nuestro Señor, permitirá que salgáis ven- 
cedor de los peligros que vais á correr, cual en otras 
ocasiones. " 

Sin embargo de su confianza en la bondad divina, 
no descuidó Diego Méndez la menor precaución de 
cuantas aconsejaba la prudencia humana. Hizo poner 
en seco la canoa, volverla, colocarla una quilla y un 
pequeño palo, cubrirla á popa y á proa con fuertes ta- 
blas, calafatearla de una manera prolija, ensebarla y al- 

1 Relación Tiecha por Diego Méndez, de algunos acontecimientos 
del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 

2 Ibidem, 



—271— 

quitranarla, y abastecerla con municiones de boca para 
ocho personas. Luego, recibido que hubo los despachos 
del almirante y sus piadosas exhortaciones, se lanzó á la 
mar con seis remeros indios y un español, á quien se- 
dujo su audacia. 

Antes de llegar á la punta oriental de la isla, ne- 
cesitaba recorrer treinta y cinco leguas de costas, desa- 
fiar las ventoleras de tierra, la impetuosidad de las cor- 
rientes, y arrostrar hasta peligros desconocidos, tales 
como el de ser sorprendido por una ñotilla de piratas 
que se apoderasen de su persona. Pero, dice él. Dios 
me libró milagrosamente; i y sin dejarse intimidar por 
el imprevisto suceso, prosiguió su rumbo y alcanzó la 
estremidad de la isla. 

Muy tranquilo esperaba allí el enviado de Colon á 
que la mar, á la sazón ajitada, se calmara, para poder 
continuar el interrumpido viaje, cuando los indios de la 
vecindad se conjuraron con ánimo de matarlo y apode- 
rarse, así de la canoa como de lo que contenia. 

Habíanse ya hecho con él, y llevádolo al interior, 
á tres leguas de la playa, y echaban suertes para que 
los jugadores que perdiesen la partida se hicieran cargo 
de su asesinato; mas permitió el sefior que Méndez en- 
tendiera su proyecto, y logrando burlar su vijilancia, 
escapase, reconociese la senda y encontrase su esquifé. 
Como el viento fuera propicio, desplegó velas el intré- 
pido marino y tornó á la bahía de Santa Gloria, condu- 
ciendo salvos sus despachos al almirante. "Y contóle, 
escribe él mismo en su Relación, todo lo sucedido, y có- 
mo Dios, milagrosamente, me habia librado de las ma- 
nos de aquellos salvajes.2 "Regocijóse en gran manera 
su señoría de mi vuelta, y me preguntó si acometeria 
de nuevo mi espedicion. " Demás está decir que Mén- 
dez contestó por la afirmativa, si bien pidió que un 

1 JRelacion hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos 
del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 

2 Ihidem. 



—272— 

destacamento armado lo escoltara hasta que él hubiera 
podido alejarse de la punta oriental de la isla llamada 
Aomaquique. Puso Colon á disposición suya setenta 
hombres á las órdenes del adelantado, los cuales no de- 
bían abandonar la punta nombrada sino tres dias des- 
pués de su partida. 

El valor de Méndez excitó una noble emulación, y 
el capitán de la Vizcaína, Bartolomé Pieschi, de ilustre 
sangre y admirador de Colon, aunque compatriota su- 
yo, se ofreció á traerle nuevas de la llegada de Diego 
Méndez á la Española. Para protejerlos de los indios, al- 
gunos mas se atrevieron entonces á seguirlos, y se pre- 
paró una segunda canoa. En cada esquife entraron, aparte 
de Méndez y de Fieschi, seis españoles, escojidos por 
ambos, y diez indios para los remos. Se convino en que 
luego de haber tocado en la Española, Pieschi se volve- 
ría para informar al almirante de su feliz llegada, mien- 
tras que Méndez proseguiría con la carta para el gober- 
nador, y una vez entregada y despachada para Jamaica 
una carabela bien provista, se dirijiriá á España men- 
sajero de los despachos que iban con sobre á los reyes. 



II. 



Las dos canoas, vogando de conserva y costeando 
la orilla, por la cual marchaba el destacamento manda- 
do por don Bartolomé, llegaron, no sin dificultad, á la 
punta Aomaquique, donde permanecieron cuatro dias, 
esperando que la mar calmara. Y" como pareciera en- 



—273— 

tónces que las olas se habían adormecido, Diego Méndez 
se prosternó y oro, se recomendó á la misericordia di- 
vina, y particularmente á Nuestra Señora de Antigoa, 
y se despidió del adelantado. Humedeciéronse los ojos 
de todos en aquel momento supremo, y los españoles de 
la escolta, conmovidos con el espectáculo de tamaño sa- 
crificio, vertieron copiosísimas lágrimas, l Lastimera fue 
la separación. Pero el enviado del almirante, sin dejar- 
se ablandar por tales muestras de dolor, fortalecido con 
las palabras de su jefe: "Confio en que Dios Nuestro 
Señor os hará vencer de los peligros que os amenazan 
cual otras veces,./ se alejó de la costa, queriendo apro- 
vechar la bonanza, cosa rara en tan caprichosa rejion. 

Navegaba al E., cuarto al S. Los remeros hacian 
cuanto podian, pero como ni un soplo rizaba la tersa 
superficie azul del mar, el caloi^ y la sed los molesta- 
ban estraordinariamente, y para refrescarse y descansar 
se arrojaban de tiempo en tiempo al agua, y asian los 
remos por turno. Quejábanse de la sed, y los capita- 
nes, para aplacársela, no les escaseaban las calabazas 
de agua; en lo que anduvieron el primer dia dema- 
siado compasivos. 2 

Por la tarde se perdió de vista la tierra. 

Pa;'a evitar sorpresas hicieron guardia los espa- 
ñoles en cada canoa. A la mañana siguiente se halla- 
ban en estremo fatigados. El calor aumentó con el dia, 
y los ren eros exhaustos y sedientos, caian bajo sus ban- 
cos. Méndez y Eieschi que hablan reservado dos bar- 
riles de la codiciada bebida, cuando los veian desfa- 
llecer, les repartían algunos sorbos, y los alentaban con 
la esperanza de llegar presto á la pequeña isla de Na- 
vasa. Cuya idea reanimaba á los abatidos marineros 
que temían haberla dejado á un lado. 

Vino la noche, y fué sofocante. Los vogadores, ya 

1 Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos 
del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 

2 Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio, cap. CV. 

35 



. . • —274— 

sii) fuerza, dejaban caer los remos, y yacían inmóviles en 
el fondo de las chalupas. El mas débil espiró en nie- 
dio de los horrorosos tormentos de la sed; y se tiró al 
mar su cadáver. 

Al otro dia hicieron el último esfuerzo; pero el sol 
los abrasaba, se llenaban la boca- de agua salada para 
mitigar el ardor que los consumia, y no hacian sino 
acrecentarlo. Y entró de nuevo la noche sin descu- 
brir la isla prometida, infundiendo en todos los corazo- 
nes profunda tristeza. Perdida la esperanza, se prepa- 
raron á morir. 

Solo el enviado de Colon, confiando en Dios, no 
desesperaba. En esto salió la luna por el N; y Méndez, 
que sin cesar interrogaba el espacio observó que una 
línea oscura y rota ocultaba la parte inferior de su dis- 
co. Y calculando que una masa opaca se interponía en 
la lontananza entre el astro y las canoas, i dio gracias 
al señor por haberlo socorrido con aquel signo celestial, 
y despertó el celo de sus marineros, que no soltaron los 
remos hasta el amanecer, en que alcanzaron á Navasa. 

Era una isla baja, árida y de cosa de media legua 
de circuito. La formaban peñascos y carecía de agua, 
de árboles y plantas. Pero afortunadamente en los hue- 
cos de las piedras había agua de las últimas lluvias, y 
todos dieron gracias á Dios por su misericordia. 2 Al 
notar Méndez la poca estension y altura de Navasa 
comprendió que si sus ojos no se hubieran fijado sobre 
la luna en un momento dado, habrían pasado lejos de 
ella, sin distinguirla, y perdidose irremisiblemente en 
la inmensidad de las olas. Saboreáronse los viajeros con 



1 "Concesse lor gratia che in tempo di tanto bisogno Diego Mén- 
dez air apparir della luna vedesse, che uscia sopra térra, percioche 
un' isoleta copria la luna á guisa di ecclissi. Ne in altro mode havreb- 
bono potuto vederla." — Fernando Colombo. — Vita delV Ammiraglio^ 
cap. CV. 

2 "Smontati adunque in essa ove meglio potettero, tutti resero 
molte gratie á Uio di tanto soccorso." — Femando Colombo, Vita 
delV Ammiraglio, cap. CV. 



el agua det ciélofpero álgíinós españoles/ á pesar de lais 
recomendaciones de los oficiales, bebieron con esceso, 
hasta ponerse enfermos; y de los remeros, varios lo hi- 
cieron tan sin medida que se sofocaron y murieron. 

Reposado que hubieron pocas horas, Méndez, y 
Fieschi tornaron á sus canoas, no sin hacer llenar antes 
de agua los barriles y las calabazas. Remaron la noche 
entera, y al otro dia ganaron tierra en el cabo de S. 
Miguel, hoy de Tiburón, en una hermosa playa, á la 
que acudió en seguida gran golpe de indios de la ve- 
cindad con abundancia de víveres l 

Después de permanecer dos dias allí con el obje- 
to de reponer las gastadas fuerzas, Méndez tomó á suel- 
do seis remeros indíjenas; que los de Jamaica estabífn 
imposibilitados de continuar sirviendo, y se dirijió á 
Santo Domingo, distante todavía ciento treinta leguas. 
Cuando hubo hecho cuarenta al través de los mayores 
peligros, pues esta parte de la isla no se hallaba toda- 
vía sometida, y era sitio en que solían abundar los an- 
tropófagos, entró en el puerto de Azua, donde el comen- 
dador Gallego, que administraba el distrito, le dijo que 
el gobernador jeneral Ovando estaba en Jaragua, á cin- 
cuenta leguas al interior. Abandonó entonces su canoa, 
y marchó sin perder momento en su basca, encaminán- 
dose solo y á pie por entre tribus independientes ú ofen- 
didas, altas montañas, ríos de rápida corriente, y bos- 
ques intrincados que parecían desafiar su heroísmo du- 
rante su trayecto, hacinando los obstáculos. No le ate- 
morizó tampoco la soledad; pues confiando en Dios, y 
acordándose de su jefe resistió, lo mismo á los riesgos 
verdaderos que á las fantasmas de la imajinacion. 

No bien se hubo separado de Diego Méndez deseó 
Bartolomé Fieschi volverse para notificar al almirante 
la llegada de sus despachos á la Española, pero tal era 



1 Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimien- 
tos del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 



--376— 

el cansancio de indios y españoles, que no pudo resol- 
verlos á seguirlo;^ que por ningún precio querían arros- 
trar de nuevo en canoa un viaje semejante, cuyo éxito 
tomaban por milagro en que no seria prudente confiar 
dos veces; y consideraban tan maravillosa aquella tra- 
vesía verificada en tres dias y tres noches, como la con- 
servación del profeta Joñas por igual espacio en el vien- 
tre de la ballena. 2 Forzoso le fué, pues, al intrépido ca- 
ballero aguardar la nave que Diego iMendez liabia ido 
á solicitar del gobernador. 



III. 



Siempre encastillados á bordo de las dos carabelas, 
tenian los marineros y pilotos los ojos fijos en el N., es- 
perando impacientes la vuelta del capitán Eieschi. Mu- 
chas semanas liabian trascurrido en inútil espectativa; y 
la inñuencia de aquella nueva temperatura, la alimenta- 
ción vejetal á que se veian reducidos, la falta de vinos y 
de cordiales, tras los inauditos trabajos que hablan su- 
frido en una navegación sin ejemplo, comenzaron á mi- 
nar á los mas débiles; ^ y cierto número de tripulantes 
entró en el hospital. 

1 Fernando Colon. Vita delV Ammiraglio, cap. CV. 

2 Parea loro appunto elie Dio gli havesse liberati dal ventre 
della Balena corrispondendo i tre di e le tre notti alia figura del 
profeta Gioná. — Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio. tap. C V. 

3 Oviedo y Valdes. Historia natural y jeneral do las indias, 
lib. III. cap. IX. 



—277— 

Anubló las frentes esta circunstancia, y agrió mas 
los ánimos, harto exasperados ya con las privaciones, lo 
dudoso del porvenir, el aislamiento y la inmovilidad á 
que por fuerza estaban sometulos; inmovilidad absoluta 
porque ni aun podian divertirse con los juegos de azar, 
por estar prohibidos en la ordenanza de la marina cas- 
tellana. 1 Pero aunque así no fuera, ¿de qué les habrían 
servido los dados ó los naipes; en ocasión en que no te- 
nían para las apuestas un vaso de vino ó aguardiente? 
No habia maniobras en que ocuparse, ni mucho menos 
ejercicio de velas ó de fuego; y dos centinelas colocadas 
en las cubiertas de popa bastaban para la guarda de tan 
enojosa rechision. La belleza seductora de la rada, dig- 
na de sil nombre, reflejo terrenal de la gloria del Crea- 
dor, ningún sentimiento despertaba en sus almas ava- 
rientas y materiales, que, hastiadas á consecuencia del 
reposo, padre de la pereza, á su vez madre de todos los 
vicios, hacian en secreto comentarios acerca de su si- 
tuación. 

No habrán olvidado nuestros lectores que las cuatro 
carabelas de la espedicion fueron fletadas en Sevilla, y 
que los que las tripulaban pertenecían en su mayor par- 
te á este puerto. El almirante habia escojido todos sus 
oficiales, á escepcion de los dos hermanos Francisco y 
Diego de Porras, sevillanos también, y que le recomen- 
dó con gran empeño el tesorero Morales. Cediendo á 
sus instancias había nombrado al uno capitán del San- 
tiago de Falos y al otro escribano de la escuadra; pero 
eran tales que dejaremos á Colon retratarlos moralm en- 
te. "Ningunos de ellos, dice, poseía las dotes que re- 
querían sus oficios. Pero yo cerré los ojos por amor á 
quien me los dio. En las Indias se manifestaron de dia 
en día mas envanecidos de su posición; les perdoné in- 



1 Castigándose en veinte clias de. prisión y la pérdida del dinero 
en los marineros, con cuarenta dias de arresto en los oficiales, y cien 
palos en los remeros. Ordenanzas del almirantazgo de Castilla de 
1430, axt. 34. 



—278— 

finidad de faltas que habría castigado á un pariente mió, 
y que por cierto merecian otra pena que reprensión 
de boca. "1 Y lejos de haber quedado convertidos con 
una induljencia tan paternal, resolvieron ambos Porras 
inmortalizarse y conquistar una posición brillante á cos- 
ta de la honra y de la misma vida de su bienhechor. 
Para lo cual contaban con la impunidad que les propor- 
cionaría la influencia de su hermana, reputada por la 
mas singular hermosura de Sevilla, y el crédito del te- 
sorero Morales, que vivia en su esclavitud. 

Atrajéronse los Porras fácilmente á los maríneros y 
novicios sevillanos, que se envanecian de trabar relacio- 
nes con caballeros de su ciudad natal; y el corpulento 
y grosero Ledesma, olvidando el rápido ascenso que de- 
bía al almirante, y el piloto mayor, que sin embargo de 
ser de Cádiz se habia adherído á los de Sevilla, el Juan 
Sánchez que dejó escapar al Qiiibian encomendado á su 
vijilancia, después de sus muchas fanfarronadas,^ des- 
contento de su pasada desgracia, y creyendo enmendar- 
la con un crimen se asociaron á la conjuración. Escep- 
tuando estos dos oficiales, no lograron los Porras ganar 
mas en el estado mayor, aunque sí en la maestranza y 
marinería á cuanto contaba de mas robusto y osado, á 
saber: el tonelero Juan de Noy a, el armero Juan Bar- 
ba, consumado espadachín, Gonzalo Gallego, y Francis- 
co Córdoba, que hablan sido desertores, Andrés y mu- 
chos otros, todos de Sevilla ó sus inmediaciones. Esta 
trama fué urdiéndose de una manera lenta y silenciosa 
á bordo, con el objeto de ser mas secreta. Sus afihados 
conocían el espíritu que animaba á las oficinas de la 
marina con respecto á Colon. 

Decian los Porras por lo bajo que el almirante los 



1 Cartas de don Cristóbal Colon á su hijo don Diego, en Sevilla 
d 21 de "Noviembre de 1504. 

2 Con su jactancia habitual habia dicho que consentiría, si se le 
fugaba el Quibian, en que le arrancasen la barba, pelo á pelo. Las 
Casas. Miit. de las Indias, lib. II. c. XXV, Ms. 



: —279— 

detenia miserablemente acuartelados en las podridas na- 
ves para estar acompañado y con guardia, pues lo lisbian 
desterrado y no podia volver á Castilla; que hasta en la 
isla Española le estaba prohibido residir; que habia des- 
pachado para España á sus hechuras Méndez y Eieschi 
para mover á los reyes, y que sin duda alguna iban á 
ser todos sacrificados en aras dé su interés personal. Y 
prosiguieron paso á paso minando su autoridad y pres- 
tigio, recordando el modo con que trataban en las ofici- 
nas de Sevilla al jenoves, y el cómo Roldan lo forzó a 
reponerlo en su empleo. Por otra parte, ninguno de los 
sevillanos debia ignorar los manejos de que era objeto 
Colon, y las molestias y humillaciones sin cuento que le 
habian impuesto. Comprendieron que el odio del orde- 
nador jeneral y la belleza de la hermana de los Por- 
ras, 1 abogarian en favor suyo y conseguirían el perdón 
de su partida; y aun llegaron á lisonjearse de que me- 
diante sus acusaciones, entendiendo la corte que nadie 
podia vivir con el estranjero, libertará de él á la nación 
española. 2 En cuanto á lo demás, descansaban en la 
buena acojida que les dispensaría Ovando apenas arri- 
baran á Santo Domingo, pues siendo un cumplido ca- 
ballero, y enemigo de Colon, recibiría gran contento al 
saber que quedaba abandonado de cuantos lo rodeaban, 
como merecía. 

Diego de Porras que jamas se habia embarcado has- 
ta entonces hallaba razones náuticas para justificar su 
rebelión demostrando que el almirante en lugar de ve- 
nir neciamente á Jamaica pudo muy bien ir del cabo de 
la Cruz á la Española; y que las últimas averias de las 
carabelas así como el varamiento en aquel maldito puer- 
to eran la consecuencia de sus desaciertos y capri- 



1 "Hallarían al obispo don Juan de Ponseca, que les faToreceria 

Ír aun al tesorero Morales, el cual tenia por dama una hermana de 
08 Porras." — Fernando Colon. Historia del almirante don Cristóbal 
Colon, cap. CII. 

1 El P. Charlevoix. Sistoire de Saint-Domingue. lib. IV. p. 248. 



—280— 

chos. 1 No obstante, como no estaba en lo posible lle- 
var á efecto la partida sin canoas, sin armas, sin obje- 
tos de cambio, y evidentemente no se obtendria tales 
cosas mas que por la fuerza, es decir, en batalla con los 
adictos, lo cual seria un partido estremo, se convino 
aguardar la terminación del año que iba corriendo, y sino 
llegaba para entonces ninguna nueva, desde el 2 de 
Enero se apoderarian de las cosas necesarias y partirían 
para la Española. 

Entre tanto el almirante ocupado de los enfermos y 
solicito y cariñoso con aquellos que liabia conducido al 
descubrimiento del estrecho, padecía ademas grandes 
dolencias y sus achaques lo forzaban á yacer en su le- 
cho, casi baldado; pero acostumbrado á sufrir y de muy 
antiguo á resignarse, no manifestaba impaciencia ni des- 
aliento. Sus corazonadas le daban por seguro que Mén- 
dez habia llegado con felicidad; y como por otra parte 
sabia que el noble Eieschi habria vuelto, á haber estado 
en su mano, y la negativa que de una manera tan dura 
le espresó Ovando de acojerlo en el momento del peli- 
gro le prometia poca presteza en socorrerlo en su des- 
gracia, no le estrañaba la tardanza. Y su absoluta su- 
misión á la voluntad divina y su pleno asentimiento á 
cuanto emanara de ella, ahuyentaba de su mente las ajja- 
sionadas é irritantes imajinaciones que bullian en las 
cabezas de muchos de los suyos. 

' Mal que les pesara, el secreto que se prometieron los 
revoltosos, sus trazas y palabras acerbas comprometian 
sus hostiles proyectos, pues ya hablan trascendido algo, si 
bien de un modo vago, y se sabia que varios andaban des- 
contentos. Mas, aunque el almirante habia reunido mu- 
chas veces en consejo á todos sus oficiales para pregun- 
tarles si sabian el medio de sahr de tan apretada situa- 
ción, pues en cuanto á él, ignorándolo, era de parecer 

1 Esta acusación se lee en su diario. "La causa desta ida á la 
Jamaica no hay quien la sepa, mas de querello jacer." Relación del 
viaje é de la tierra agora nuevamente descubierta por el almirante. 



-281— 

de esperar con firmeza y confianza, á pesar del mucho 
tiempo transcurrido, casi todos los pilotos fueron de su 
.modo de pensar, y ni los mismos Porras tuvieron que 
objetar al plan de su jefe. 

Halna llegado el año de 1504. 

Tenia el alaiirante por costumbre dedicar á Dios el 
primer dia de cada año. El siguiente 2 de Enero, era el 
señalado por los rebeldes para obrar, y tomaron las ar- 
mas. Erancisco de Porras, elejido cabeza de la subleva- 
ción, se presentó de una manera grosera en la cámara 
del almirante, á quien sus dolores retenian inmóvil en su 
litera , y con tono provocativo le dijo: 'Tarece almi- 
rante que su señoría no piensa volver pronto á Castilla 
y que ha resuelto hacernos perecer aquí,''' Sorprendió á 
Colon este principio tanto, como, según su pintoresca 
imájen, '^si los rayos del sol cansaran tinieblas,"! y aloir 
tan insolentes palabras, dudando de lo qué podia haber 
sobrevenido, respondióle con moderación y cortesía que 
debia conocer la imposibilidad de trasladarse á la Espa- 
ñola sin bajeles y no ignorar que los habia pedido al go- 
bernador; que mas que á otro alguno le interesaba no 
permanecer en semejante sitio; que en las circunstancias 
graves no habia querido nunca decidir lo mas mínimo 
sin consultar á sus oficiales; que los habia reunido con 
frecuencia para deliberar sobre este asunto; y que si ha- 
bia descubierto algún espediente, recibirla comento en 
convocar espresamente al consejo para con»unicarle su 
proposición. A lo cual replicó Porras con tono burlesco 
y descomedidos ademanes, que no era ocasión ni habia 
lugar para discursos, y que se embarcara en el acto, ó 
quedara con Dios. Dicho esto le volvió la espalda, y sa- 
lió gritando á sus compañeros de Sevilla que se habían 
acercado: "Parto para Castilla; quien me ame que me 
siga.'^ Y en el acto dijeron todos: ¡Yo! ¡Yo! ; se despar- 



1 Cartas de don Cristóbal Colon á su hijo don Diego. — Carta de 
21 de Noviembre de 1504, 

36 



—282— 

ramaron por las barracas, el armero Juan Barba se atre- 
vió á tirar del sable contra los del almirante , y los 
sevillanos entraron á saco en el arsenal, donde estaban 
colocados los objetos de cambio, y tomaron las mercan- 
cias y utensilios que les convinieron á la voz de ¡Casti- 
lla!, mientras los otros, escitados por los Porras clama- 
ban: ¡Que mueran! jQue mueran!, y los irresolutos pre- 
guntaban: Señor almirante, qué haremos nosotros? 

En medio de tan horrible confusión, el almirante, im- 
pedido como se hallaba, procuró salir de su cama, cayó, 
se levantó de nuevo, y aunque tornó á caer, persistió en 
su deseo de presentarse á los tumultuados; pero su hijo, 
sus oficiales y sus escueleros lo tomaron en brazos y lo 
devolvieron al lecho, l Durante esta escena, el adelan- 
tado habia empuñado una alabarda, y colocádose á la 
entrada de la cámara para cerrarla á los rebeldes, si bien 
luego los oficiales y criados de su 4iermano lo conduje- 
ron á su lado, y obligaron á los Porras á retirarse, no 
sin advertirles que ya que se les dejaba hacer cuanto 
les placia fuera prudente se marcharan antes de ser cau- 
sa de la muerte del almirante, cosa por la que, segura- 
mente, serian castigados 2 con la mayor severidad por la 
reina. Apoderáronse entonces los conjurados de las ca- 
noas que Colon compró á los indios, tanto para servirse 
de ellas como para privarlos así de un medio de atacar 
las barracas, y partieron victoriosos. El buen éxito en- 
grosó su partido, y era de ver como iban á porfía á 
quien reuniria primero sus ropas y tomaria sitio en los 
esquifes. Llegaron los de Porras á cuarenta y ocho hom- 
bres, y no permanecieron fieles á Colon mas que algu- 
nos oficiales, su servidumbre y los enfermos, que se en- 
tregaban á la desesperación, creyéndose abandonados. 

Al saber Colon el desconsuelo de los pacientes se 



1 Herrera. Sistoria jeneral de los viajes, etc. en las Indias occi' 
dentales. Década I. lib. vi. cap. V. 

2 Las Casas. Historia de las Indias, lib. II. cap. XXXII. Ms. 



—383— 

hizo conducir á la enfermeria para alentarlos y hablar- 
les de Dios, que prueba á los mortales con las tribula- 
ciones, convencerlos á que pusieran en él su confianza, 
y prometerles que presto remediaría su situación. Tomó 
también sus medidas para que los desgraciados recibie- 
ran buena asistencia. 

Sostenido por sus criados pasaba Colon todos los 
dias á la barraca transformada en hospital, y permane- 
cia con los enfermos informándose de su estado, cuidán- 
dolos, distrayéndolos y consolándolos particularmente. 
Y con el fin de despertar el celo del médico y de los 
enfermeros, se ocupaba de los remedios y pócimas; y 
con sus propias manos, doloridas por el rehuma, '^ven- 
daba á los pacientes.'^ 1 Su afán y constancia fueron ben- 
decidos por el Señor, á quien invocaba sin cesar en favor 
de aquella pobre jente, 2 pues no solo no murió nin- 
guno, sino que al cabo de poco tiempo á todos se habia 
dado de alta. ^ Esta maravillosa cura, la asiduidad y vi- 
jilancia de Colon en el servicio médico y su examen de 
las medicinas irritaron de una manera profunda al bo- 
ticario Bernal. ^ Y desde aquel momento surjió para el 
almirante en las carabelas otro peligro, grave, y de di- 
versa especie que el ejendrado por la presunción y alta- 
nería de los Porras, y la ruidosa animosidad del círculo 
de Sevilla. 



i 



1 Herrera. Sistoria jeneral de los viajes y conquistas de los caste- 
llanos en las Indias occidentales. Década I. lib. VI. cap. "VI. 

2 Siguiendo el consejo del Eclesiástico á los médicos. — Eccli. cap. 
XXXIII. vers. 14. 

3 Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio. cap. CII. 

4 Poco después de esto, recayeron fundadas sospechas de haber 
envenenado con sus pócimas á dos hombres que le estorbaban. Carta 
ádon Diego Colon, fechada en Sevilla, á 29 de Diciembre de 1504. 



CAPITULO VI. 



I. 



Francisco de Porras, acompañado de su horda, se- 
guía el camino que habia tomado Diego Méndez, y á 
su paso robaba y maltrataba á los indios, diciéndoles 
que el almirante les pagaria, y que si lo rehusaba lo 
mataran; asegurándoles que no tenian otro medio de 
librarse de sus manos, porque proyectaba esterminarlos, 
como ya lo habia hecho con otros. No bien llegados al 
cabo Aomaquique, los rebeldes pusieron víveres, agua y 
mercancias en las canoas, tomaron remeros indios , y 
partieron en demanda de la Española. 

Pero apenas habían navegado cuatro leguas, cuando 
las olas comenzaron á ajitarse y el viento á ponerse con- 
trario. Amainó con esto su audacia y quisieron volver á 
tierra; mas el agua entraba en las canoas y amenazaba dar 
con ellas al traste. Para aliviar de peso las embarcaciones 
echaron primero al mar sus pacotillas, después sus equi- 
pajes, no conservando mas que las armas y los mante- 
nimientos^ y por último, como arreciara el mal tiempo 
resolvieron deshacerse de una parte de los remeros, y 



—285— 

mataron á puñaladas á algunos de estos desdichados.! 
Lo cual visto por sus compañeros, les infundió tal espan- 
to que muchos se arrojaron al agua, conñados en su cos- 
tumbre de nadar; pero no les valió el espediente, porque 
después de haberse sostenido un tanto sobre las olas, 
el cansancio los arrastró al rededor de las canoas, pi- 
diendo solamente la gracia de que les dejaran apoyar 
las manos para reponerse. "Y en vez de hacer esta obra 
de caridad, les cortaban la muñecas con sus espadas " 6 
y los dejaban ahogarse. Alcanzaron, al fin, la orilla lo 
rebeldes. 

Llegados que fueron, dehberaron acerca del partido 
que habia de tomarse; unos querían ir á Cuba y de allí 
pasar á la Española; otros tornar á las carabelas y aca- 
bar de saquear cuanto contenian de armas y municio- 
nes; los que hablan seguido á los rebeldes en el últi- 
mo momento, proponían volver á la obediencia del al- 
mirante; y la mayoría decidió probar de nuevo el paso 
á la Española, escojiendo mejor tiempo. 

Esperaron mas de mes y medio á que la mar re- 
posara. Mientras tanto arruinaban y saqueaban las tier- 
ras circunvecinas. Hubo un momento que se juzgó pro- 
picio y lo aprovecharon para salir; pero así que se apar- 
taron de la costa, las olas se ensoberbecieron, y con gran 
trabajo pudieron alcanzar la playa de que salieron. 

Transcurrió otro plazo , y augurando bien del es- 
tado del mar , se reembarcaron, resueltos á franquear 
el difícil paso, si bien la cólera de los elementos, alar- 
mando sus criminales conciencias, los forzó por tercera 
vez á desistir de su plan. No obstante su lucha, no pu- 
dieron los rebeldes traspasar la distancia recorrida en la 
primera espedicion, y se tuvieron por muy felices en 



1 Femando Colombo. Vita delV Ammiraglio. cap. CU. 

2 Herrera. Historia general de las conquistas y viajes de los cas- 
tellanos en las Indiüs occidentales. Década I, lib. VI, cap. VI. 



—286-- 

cojer tierra.i Renunciando entonces á un propósito que 
ya les pareció quimérico, y no dudando de que Méndez y 
Fieschi hubieran sucumbido,^ abandonaron las canoas 
y se dedicaron á recorrer la isla, como verdaderos ban- 
didos, yendo de una en otra cabana, despojando y vio- 
lentando á los indíjenas. 



It. 



Mantenia el almirante con su prudencia las buenas 
relaciones con los indios, que seguian trayendo víveres 
en abundancia. Pero empezaron íi manifestarse poco á 
poco exijentes en los trueques, y ya fuera que cediesen 
á las escitaciones de los rebeldes, ya que los robos per- 
petrados por estos hubieran cambiado sus amistosas 
disposiciones para con todos, cesaron de repente de pro- 
veer las carabelas. Semejarte interrupción escitó gran- 
de inquietud en sus tripulantes, pues como no podían 
entrar tierra adentro para tomar por hi fuerza lo que no 
les daban de grado, por temor de dejar espuestos á un 
conflicto a Colon y á los convalecientes, y los abastos se 
habian apurado, la idea de perecer de hambre acudió 
amenazadora y terrible á los infelices y ya amedrenta- 

1 "Si steltero in quella populatione di Aomaquique piu di un 
mese, aspettando il tetiipo e distniggendo il paese. roí, venuta la 
calma, toruarono ad iuvarcarsi dice altre volte; ma non fccero nulla 

perhavere i venti contrarii. Per la qual cosa essendo disperati 

etc." — Femando Colombo. Vita delVAmmiraglio. cap. CII. 

2. El P. Charle roix. Histoire de Saint-Domingue , lib. IV. 
paj. 251. 



—287— 

dos náufragos, quitándoles hasta la mas levo y remota 
esperanza de salvación. 

En tan horroroso trance solo Colon, conservando un 
resto de ella, invocó, como siempre, al señor, y nomo 
de costumbre, no en vano. 

En estas circunstancias tuvo lugar la predicción tan 
conocida del eclipse, y que diferentes escritores han ar- 
reglado de \n manera mas conveniente para que fuese 
digna compañera del cuento del huevo puesto de 
pie sobre una mesa. Sin embargo, entre las dos anéc- 
dotas existe toda la diferencia que hay entre la fábula 
y la verdad. La historieta del huevo es un cuento, y el 
cuento dtil eclipse predicho, una historieta. Lejos de nos- 
otros el poner en tela de juicio la predicción astronó- 
mica; á lo que únicamente vamos á concretarnos es á 
rectificar ciertos accesorios, y sobre todo las palabras 
atribuidas á Colon con tal motivo. 

Háse dicho, y por cierto nmy de lijero, que habiendo 
calculado el almirante un eclipse, convocó á los indios á 
pretesto de un espectáculo y les anunció que su Dios 
estaba irritado contra ellos porque le rehusaban los ví- 
veres; que de allí á tres dias verian que la luna, al salir, 
se inyectaba en tintas rojas y luego ennegrecia en se- 
ñal de los castigos que iban á caer sobre ellos; que en 
el momento del eclipse, los espantados indios suplicaron 
al almirante calmara la cólera de su Dios, ofreciéndole 
proveerlo en adelante, y que entonces Colon se encerró 
en su cámara prudentemente, finjió hablar á su señor, 
y saliendo un poco antes de la termhiacion del eclipse 
íes dijo que habia obtenido la gracia que le demanda- 
ban. Tan toipey grosero proceder, que bien puede ca- 
lificarse de verdadero escamoteo relijioso, es una manera 
de esplotar la credulidad de los salvajes y de poner en 
juego el nombre de Dios, que la consideramos absolu- 
tamente incompatible con el casi evanjélico carácter de 
Colon. 

En primer lugar, obsérvese bien, las palabras que 



—288-- 

los escritores han puesto en boca de Colon, no son de 
ningún modo testuales, porque no han podido serlo. Sus 
contemporáneos, don Fernando, Méndez, Oviedo, Las 
Casas, no recojieron sus mismas palabras. Fernando Co- 
lon, único testigo, á la sazón de quince años de edad, 
no tomó nota de ellas, y además, como narró este su- 
ceso mas de veintinueve años después de acaecido, nada 
hay de estraño que olvidara los términos de que hizo 
uso el almirante. Méndez estaba ausente, y solo pasa- 
dos treinta y dos años del caso escribió lo que oyó de- 
cir. Oviedo no tuvo conocimiento de él sino de un mo- 
do indirecto, y sabida cosa es que, voluntariamente, be- 
bia en la fuente de los enemigos de Colon, y que por 
otra parte no lo refirió sino transcurridos veinticinco años 
del eclipse en cuestión. Por último, Las Casas, que se 
ocupaba á la edad de ochenta y cuatro años de su His- 
toria de las Indias, no la remató hasta pasados cincuen- 
ta y tres de la muerte del almirante. Es claro, pues, que 
ni unos ni otros han tomado de boca de Colon las pa- 
labras que le atribuyen; y que de cuantas versiones se 
conocen, la del testigo don Fernando merece ser la pre- 
ferente; advirtiendo, no obstante, que los traductores de 
la obra del hijo de Colon, cuyo orijinal se ha perdido, 
han cometido inexactitudes en la versión. En la esencia, 
en el hecho principal, la relación de los cuatro escrito- 
res contemporáneos nos parece digna de crédito. Están 
acordes en esto, y solo faltan en lo de hacer representar 
á Colon un papel, y emplear un lenguaje antipático á 
su naturaleza, lo cual se esplica con la distancia que se- 
para el acontecimiento de su descripción. Por eso, cuan- 
do los historiadores han referido como una picante no- 
vedad aquel espediente nstronómico, con el fin de pre- 
sentarnos una prueba del jenio creador de Colon, le han 
atribuido con la mejor buena fé el lenguaje que ellos, 
en lugar suyo, habrian tenido. 

Restablezcamos , en fin , las circunstancias de es- 
te suceso, y devolvámosles su verdadera fisonomía. 



—289— 

Cuando por mediación de Diego Méndez hizo Cris- 
tóbal Colon con los caciques de los alrededores el con- 
venio para el abastecimiento de las carabelas á precios 
convencionales, les dijo que su señor Dios le habia he- 
cho llegar allí, y que allí permanecería hasta que fuera 
su voluntad el sacarlo. Se presentó, pues, conforme lo 
exijia su verdadero carácter, como huésped de la provi- 
dencia, y retuvo á bordo las tripulaciones, únicamente 
para preservar de su codicia á los hospitalarios rivera- 
nos. Por esc, en el momento en que, á pesar de las pre- 
cauciones de su vijilancia, violando los indíjenas sus pro- 
mesas, quisieron reducir al hambre á los náufragos, no 
viendo Colon en lo humano recursos para evitar un caso 
tan estremo, invocó el auxiHo del todopoderoso, que en 
lugar de asistirlo con un milagro material, como á los 
patriarcas y profetas de la ley antigua, y enviarle maná 
ó codornices, le sujirió una idea: socorrió á su servidor 
con una noción tomada del orden científico, y pertene- 
ciente á la arquitectura celestial; le inspiró! un medio 
que jamás se habia empleado desde el principio de la 
historia, y en el que nunca hubiera pensado por sí mis- 
mo el almirante; le recordó que, al cabo de tres dias ha- 
bría un eclipse de Luna. De esta suerte, el signo por el 
cual se libertó Diego Méndez de la horrible muerte del 
sediento, debía salvar del hambre á Cristóbal Colon. Y 
como en tan angustiosas circunstancias, cada vez que el 
mensajero de la cruz se ponía en oración, suplicando al 
señor que lo acorriera, se presentaba en su mente la 
imagen del eclipse, reconoció que por su medio debía 
evitar la catástrofe que amenazaba. Dios le mostró el 
objeto, y su injenio le proveyó de los medios de utili- 
zarlo. 

Imajinó Colon servirse del fenómeno de un modo 

1 Percioclie Dio mai non abbandona colui, che gli si raccommanda, 
come facea l'Ammiraglio, lo a\^erti del modo che dovea ottenere por 
provedersi del tutto." — Fernando Colombo, Vita delV Ammiraqlio. 
Cap. CU. 

37 



—290— 

que, al par que le asegurase los mantenimientos de que 
tanto habia menester, manifestara á los indígenas la su- 
perioridad del Dios de los cristianos sobre sus Zemés. 
Al efecto mandó un intérprete de Haili á los caziques 
para invitarlos á un gran espectáculo que darían los es- 
tranjeros al dia siguiente, y como lo previo, acudieron 
en tropel. Dióles entonces en rostro con su infidelidad y 
dureza; les recordó que era su huésped por voluntad de 
Dios; y les dijo que el mismo Dios que habia permitido 
á sus enviados llegar felizmente á Haiti, habia por el 
contrario agitado la mar, yrechazado así las tentativas de 
los que se sublevaron contra é\,^ añadiéndoles que su 
divino señor conocía su proyecto de hacer morir de ham- 
bre á los estranjeros, á pesar de su compromiso de pro • 
veer las naves; que infaliblemente aquel que recompensa 
á los buenos y castiga á los culpados estaba irritadocon 
sus criminales intei^tos; y que para probarles la preemi- 
nencia de los servidores de su Dios con respecto á sus 
Zemés les iba á anunciar lo que losboutis ignoraban, lo 
que no sabían sus Zemés, esto es, que aquella noche 2 
al salir la luna, verían que el astro enrojecía, á pesar 
de la tranquilidad del cielo, y que luego se oscurecía 
y les negaba la luz. 

Dicho lo cual, se partieron los indios, conturbados 
unos pocos, y haciendo mofa del caso los mas. 3 

Mas no bien llegó la noche, el color sanguinolento 
de la luna dio al traste con el ánimo de los mas decidi- 
dos, que apenas vieron que sus tintas se cargaban, lan- 
zaron lastimeros plañidos, y se precipitaron eu tropel á 
las carabelas, agobiados de cestas repletas de provisio- 
nes, rogando al almirante apaciguara la cólera de su 
Dios, y prometiéndole traer en lo sucesivo, sin interrup- 

1 El P. Charlevoix -HVsíoeVe de Saint- Domingiíe. Kb. IV. p. 251. 

2 Conocía Colon demasiado la voleidad de los salvajes para anun- 
ciarles el eclipse con tres dias de anticipación, como dicen la mayor 
parte de los historiadores. Por eso no se lo predijo sino en el mismo 
dia y pocas horas antes de verificarse. 

3 Fernando Colombo. Vita (lell^Ammimglto. Cap. CIII. 



—291— 

cion, los abastos. A sus instancias contestó Colon que 
iba á hablar á su señor, y en efecto, se retiró á su cá- 
mara. Para quien comprende el carácter del mensajero 
de la Cruz, debe estar fuera de duda que pidió á su di- 
vina majestad por ellos, para que preparase sus ojos á la 
pura luz del Evanjelio, les inspirase sentimientos dulces 
y humanos, y apartara de sus cabezas los males queha- 
bian caido sobre los indíjenas de la Española. 

Mientras tanto fue totalizándose el eclipse y á la par 
creciendo el terror de los indios reunidos en la orilla, co- 
mo lo demostraban sus lamentos y los gritos con que 
demandaban á los españoles conmiseración. 

Llegaba á su término el fenómeno celeste, cuando 
el almirante, concluida su plegaria, salió de su cámara 
y dijo á los caciques que habia hablado de ellos á su 
Dios, y que, habiendo oido su promesa de tratar bien á 
los cristianos, y de abastecerlos, y estando ellos en cum- 
plirlo, quedaba satisfecho. Les anunció que los eclipses, 
objeto de espanto en la mayor parte de los pueblos 
idólatras, no era para los servidores de Jesu-Cristo un 
presajio amenazador, y que presto la luna se despoja- 
ría de su velo y reapareceria blanca y pura con su na- 
tural belleza. No descuidó el almirante la ocasión que 
se le presentaba de enseñar á los indígenas el signo de 
la salvación, y de inspirarles ese saludable temor de 
Dios, que es el pincipio de la sabiduría. Con -esto, dié- 
ronle gracias por su intercesión los caciques, y se reti- 
raron alabando al Dios de los cristiatios,! del que no 
volvieron á hablar sino con muestras de profundo res- 
peto. En adelante enviaron con exactitud los víveres, 
que continuaron pagándoseles con escrupulosidad en 
objetos de cambio. 



1 "Essi rendevaiio molte gratie aU"Ammiraglio, e lodavano il suo 
I)io... lodando continuamente il Dio de "cristiani." — Fernando Colom- 
bo. — Vita deirAmmt'raf/lio. cap. CIII. 



-292— 



lil. 



Diez meses iban transcurridos desde que las tripu- 
laciones de las dos carabelas baradas en aquella mag- 
nífica bahía esperaban salir de su destierro; ya hasta 
los mas optimistas de entre los pilotos desesperaban, y 
considerándose perdidos, se consolaban con el triste pen* 
samiento de vender caras sus vidas, cuando se apurasen 
las bujerías con que se proveian de víveres. Pero á pe- 
sar de la modestia de Colon, los favores que tantas veces 
habia recibido de su divina majestad le daban una gran 
confianza en su bondad; y sabiendo que en la tierra, lo 
mismo que el resto del universo, nada se verifica sin 
su permiso, se esforzaba en adivinar cuál pudiera ser el 
objeto de la interrupción de su empresa, y de donde 
provendría la causa de tan dilatada permanencia, com- 
pletamente inútil á la gloria de Dios y á la salvación de 
las almas. 

Y si al darse cuenta de las contrariedades infernales 
que padeció en su navegación, creia entrever el tenebro- 
so origen de su persecución sin ejemplo, también encon- 
traba que, después de haberlo sometido á tan rudas 
pruebas, el señor habia venido en su auxilio; y que, sin 
embargo de lo encarnizado de la lucha, le habia permi-^ 
tido plantar la cruz en diversos parajes del nuevo conti- 
nente, y conducido á naufragar, de una manera milagro- 
sa, atravesando una distancia de setecientas millas, y 
pugnando con las ensoberbecidas olas, hasta ponerlo en 



—293— 

lugar seguro, y en el que era práctico. Mas, á la sazón, 
por qué parecía olvidarlo el señor? 

Mucho preocupaba á Colon su situación estraña, y 
nos hallamos en el caso de afirmarlo, pues si bien nin- 
guno de los historiadores contemporáneos ha dicho nada 
de ello, ni aun él mismo en su relación, tuvo un confi- 
dente en medio de sus soHtarias pesquisas, no encon- 
trando en quien desahogarse, que, al cabo de tres siglos 
nos ha revelado su pensamiento fijo, su preocupación, 
en la ansiedad de su destierro. Este confidente fué el 
borrador del Libro de las Profecías, que habia llevado 
consigo, junto con otras pocas obras, compañeras inse- 
parables de sus viajes, entre las que se hallaba el Imago 
mundi ^ del sabio cardenal Pedro de Ailly, y que era 
su favorito. 

Por las revelaciones postumas del Libro de las Pro- 
fecías, se vé como por un cristal que su alma permane- 
cía siendo joven y poética, sin embargo de los años y de 
los sufrimientos que agobiaban su cuerpo, porque en 
verso era como se hablaba á sí mismo el revelador del 
Globo, preguntándose, cuál podía ser la causa de tan 
prolongada espatríacion? 2 Y su perspicacia en las cosas 



1 En este ejemplar del Imago Mundi, del cual nunca se separaba 
Colon en sus viajes, parece que existe con las anotaciones de su puño 
en la Biblioteca Colombina, fundada en Sevilla por su hijo D. Fer- 
nando. En las notas y documentos justificativos del primer de la His- 
toria jeneraldel Brasil, cita su autor el señor de Yarniiaghen algunas 
de ellas, y motivando, juiciosamente, su opinión sobre el origen del li- 
bro, dice: "Chegamos a convencer-nos de que essas notas marginaes 
bemque escriptas em lettra muito mais muida para poupar as margen, 
sao do proprio punho de Colombo, e nao de seo irmáo, como julgon 
com Las Casas o señor Wasbiagton Irving. Historia Geral do Brazil. 
Notas ao tomo primero. 

2 En la hoja Lxxvn del Lihro de las Profecías, se leen estos dos 
versos de mano de Colon: 

Qual sea la causa de tanto destierro 
Por mil prolongado y mas de quinientos. 

El historiógrafo D. J. Bta. Muñoz puso al pié: Es de letra del Al- 
mirante. Colee, diplom. p. 272. 



—294— 

celestiales, su fe mas que su injenio, buscaba la solución 
de este problema divino! 

Ocho meses hacia que Diego Méndez habia salido, 
y no se tenian nuevas de la Española, por lo que, escep- 
to el almirante, cierto de su feliz llegada, nadie conser- 
vaba la mas leve esperanza de aquella parte, tanto me- 
nos cuanto que, aun admitiendo el milagro de que Mén- 
dez hubiera desembarcado en la costa de la Española, 
del cabo de San Miguel á Santo Domingo todavía le 
quedaban mas de cien leguas de terreno montañoso y ás- 
pero. Así los ánimos, un rumor que de propio intento 
estendia entre los indíjenas la cuadrilla de Porras acabó 
de descorazonar á los compañeros de Colon: pretendían 
haber visto zozobrar un bajel, arrastrado por las corrien- 
tes hacia el S. Esplotando entonces este malestar el mé- 
dico Bernal, que aborrecía al almirante con la vehemen- 
cia con que el crimen aborrece á la virtud, se atrajo i á 
un escudero de la CapHana, llamado Alonso de Zamo- 
ra, á un aspirante del Saiitiago de Palos, Pedro Villa- 
toro, que habían estado enfermos, y á un tal Gonzalo 
Camacho, natural de Sevilla, y á quien su parentesco 
con el honrado Pedro de Terreros, mayordomo de Co- 
lon, hubiera debido preservar de su estravío. 

Para que Colon apurase hasta las heces el cáliz de 
la amargura, fué precisamente entre los hombres á quie- 
nes asistió con sus esmeros y medicinas morales donde 
se fraguó en secreto una segunda conjuración, mas te- 
mible que la primera. Cediendo á las instigaciones de 
Bernal, resolvieron los antiguos pacientes, desesperados 
de su situación, apoderarse de las canoas de servicio y 
de cuanto había á bordo, y asesinar al almirante, que 
los puso en tan lamentable estado. Nada traslucia 
del tenebroso proyecto, si bien Colon no dudaba de la 
existencia del pehgro, ni la divina providencia olvida- 
ba á su servidor. 

1 Cristóbal Colon. Carta del almirunte á 8H hijo don Dieyo, fe- 
chada en Sepila el 29 de Diciembre de 1504. 



—295— 

"Dios proveyó'^i como dice Herrera. Habíase fijado 
dia; y en su noche, era cuando debia estallar la revuel- 
ta de los enfermos; mas, pocas horas antes del momen- 
to designado, á la caída de la tarde,'^ se avistó al N. E- 
avanzando sobre las olas, como una aparición, las ve- 
las de una pequeña carabela, que se acercó y dejó caer 
las anclas á cierta distancia de las barracas. Su presen- 
cia hizo abortar el crimen. 



IV. 



Para esplicar cómo llegaba tan tarde el socorro de 
Ovando, menester nos será remontarnos al arribo de 
los dos mensajeros del almirante á la Española. 

El auxilio divino que protejió á Méndez en su na- 
vegación, lo condujo sano y salvo, á través de monta- 
ñas erizadas de obstáculos y de enemigos, hasta el lu- 
gar en que se encontraba el gobernador jeneral, ocupa- 
do de una visita militar en la parte central del estado 
de Jaragua. Con todo el fuego de su alma espuso el dig- 
no capitán á Ovando la gravedad de los peligros que 
asediaban á Colon y á las tripulaciones; y no descuidó 
nada de cuanto pudiera interesarlo para que, con mas 
prontitud, los socorriera. Pero el gobernador, no obs- 
tante acojer con galantería al bravo Méndez, pareció 
no dar mucha importancia á su relato; y sospechando 

1 Historia jeneral de los viajes y conquista de los castellanos en las 
Indias occidentales. Década I.-'' lib. YI cap. YII. 

2 Mas vedendo Nostro Signore il gran pericolo che all'Ammira- 
glio soprastava, da questa segonda seditione, gli^piacque di remediarvi 

con la venuta di nn caravellone " — Fern'ando Colombo. Vita 

delV Ammiraglio, cap. CIV. 



—296— 

hubiera una segunda intención en lo del naufrajio, cal- 
culó que aquel aprieto habia sido preparado por el al- 
mirante, para proporcionarse un pretesto plausible de 
venir á la isla Española, i y no tomó por el momento 
resolución alguna. Valiéndose de diferentes medios 
dilatorios, conservó á Méndez á su lado, en apariencia 
por no quererlo esponer á los peligros de un camino de 
setenta leguas, por un pais inseguro; pero en realidad 
con el fin de quitarle los medios de comunicarse con los 
partidarios del almirante, ^sí es que, cuando el fiel 
Diego Méndez volvia á la carga, recordando la triste 
situación de su jefe, y ofrecía fletar á su costa, una ca- 
rabela que le llevase víveres y lo condujera á Castilla, 
Ovando respondía que ciertamente nada deseaba tanto 
como sacarlo del sitio en que sufria; pero que hacia fal- 
ta para ello tener buques, cosa que, por desgracia, no 
se encontraba en los puertos de la isla. Y en efecto, iba 
transcurrido un año sin una entrada. 2 Entre tanto con- 
tinuaba el gobernador su marcha par la tierra de Ja- 
ragua. 

líl estado de Jaragua, el mas estenso y considerable 
de los cinco reinos de Haiti, pertenecía como ya diji- 
mos, á Behechio. Con motivo de se muerte habia pasa- 
do la corona á las sienes de su hermana, la célebre Ana- 
caona; que la joven viuda de Behechio, la incomparable 
Guanahattabenechena, hermosura la mas arrogante de 
que se hubiera tenido memoria en aquellas islas, con ar- 
reglo á los usos del pais, fué sepultada viva con sus me- 
jores galas^ y dos mujeres de su servicio.^ Quedaba, 

1 El P. Cliarlevoix. Histoire de Saint- Domingue, !ib. IV. 

2 Relación hecha por Diego Méndez de algunos acontecimientos 
del último viaje del almirante JD. Cristóbal Colon. 

3 "Secum sua mordlia sibi que viventi gratos ornatos sepelivit." — 
Petri Martyris Anglerii. Oceanece. Decadis tertioe. liber nonus. fol. 
LXIII. 

4 "Deux de ses femines entrérent toutes vives avec lui, non pas 
tant par l'amour qn'elles lui portoient que par forcé et accomplirent 
ees infernales obséques et funérailles pour observer la coutume qui 
n'otoit point genérale dans toute l'ile." — Oviedo y Valdés. Histoire 



—297— 
pues, Anacaona sin rival en belleza y poder, y reco- 
nocida su elegante supremacía por los grandes y peque- 
ños soberanos de la isla, que adoraban su persona y ve- 
neraban sus mandatos; porque Anacaona era la personi- 
ficación de la poesía de los insulares, el modelo de las 
gracias, y el primer objeto sublime accesible á sus en- 
tendimientos. 

En esto, ciertos cómplices de Roldan que se habian 
sustraído á la orden de embarque para España, y que 
obtuvieron terrenos en el reparto que se hizo en el es- 
tado de Jaragua, donde cometían horribles escesos, 
imajinando conciliarse al gobernador y anticiparse á las 
quejas que de sus iniquidades |podrian llegarle, escri- 
bieron repetidas veces que los indios se aprestaban á un 
levantamiento. Y Ovando que había resuelto, á imita- 
ción del almirante, ir á examinar por sí mismo los hom- 
bres y las cosas, y comprimir á los indíjenas, l-eprimien- 
do á la par los abusos de los españoles, montó á caballo 
y partió, acompañado, por lo que pudiera sobrevenir, 
de trescientos infantes y setenta jinetes. Y como se anun- 
ciara diciendo que venía á cobrar los tributos y á visi- 
tar á una princesa que siempre se había manifestado be- 
névola con los castellanos, avisó en seguida Anacaona á 
todos los caciques para que se reunieran en su residen- 
cia con gran pompa á fin de rendir homenaje al gober- 
nador. Ella por su parte le salió al encuentro, precedida 
y seguida de un notable cortejo, en el que los coros y 
los bailes de su invención, alternados con grupos de se- 
ñores revestidos de sus mas lujosos ornamentos, iban 
mezclados con canéforas, que perfumaban el ambiente 
con sus flores y guirnaldas. ^ Hizo ejecutar por treinta 



naturelle et genérale des Indes, lib. Y. cap. III. Traduction de Juan 
Poleur, ayiida de cámara de Francisco I. 

1 Femando Denis, en su Ismael Ben Kdizar^ lia retratado admira- 
blemente las costumbres de Haití y el carácter poético de la reyna, y 
á pesar de su forma novelesca, la realidad de la observación es tan no- 
toria en este estudio local que lo coloca muy por cima, en importan- 
cia V exactitud, de la Historie des Caciques d'Haiti, par rar. E. Nan. 

38 



—298— 

cpri^tag una danza nuev^, 1^ dan^a virginal, en aue no 
figuraban ni hombre, ni mujeres casadas sino aonce- 
llas.i Luego, el gobernador y su séquito quedaron ins- 
talados en las habitaciones preparadas al efecto, sirvién- 
doseles comidas de estraordinaria abundancia. Muchos 
dias se pasaron en diversiones, en que no podian los 
ojos cansarse de contemplar el buen gusto que reina- 
ría en la corte salvaje.2 Pero los antiguos cómplices de 
Roldan se turbaron al ver que elríjido comendador cedia 
también á los encantos de Anacaona, y reiteraron sus 
instancias para persuadirlo de que aquel recibimiento 
ocultaba la parte mas odiosa de sus pérfidos intentos. 
El ánimo inquieto y receloso de Ovando aceptó fá- 
cilmente esta idei, y para anticiparse á la supuesta re- 
vuelta de los indios discurrió un ardid abominable. Ha- 
bían los naturales obsequiado á los estranjeros con sus 
juegos, y de ello se aprovechó el gobernador para llevar 
á cabo su pensamiento, convidándolos á su vez á pre- 
senciar los ejercicios de equitación de los españoles. Se- 
ñaló el domingo inmediato .para la fiesta é invitó á la 
reina de Jaragua para que asistiera, insinuándola al pro- 
pio tiempo que seria digno de su majestad el ir acompa- 
ñada de toda la nobleza. La sala en que se reunía la cor- 
te india daba sobre la plaza donde debía verificarse la 
justa, y consistía en una estancia abierta, cuyotecho des- 
cansaba en gran número de pilares. Anacaona, la 
siempre bella flor de oro, poética y seductora como en la 
época en que el caballeresco adelantado rendía homena- 
je al poder de sus gracias, realzadas con el lijero tinte de 
melancolía que les habia impreso los pesares causados á 
su hija Higuenemota por Fernando de Guevara, ocupó 
con esta el lugar que la correspondía, es decir, el pre- 
ferente entre los primeros caciques, impacientes ya por 
ver en la palestra á los caballeros. 

1 Oviedo y Valdés. Historia natMral y jeyíeral de las India&j lib. V. 
cap. I. 

2 El P. Charlevoix. Hisimre de Saint Bmning^te. Lib. YI. p. 232. 



—299— 

Hiciéronse aguardar los españoles. Entre tanto, pe- 
lotones de infantería, fueron cubriendo las avenidas de 
la plaza, y Ovando se distraía jugando al tejo con calma 
imperturbable, no obstante haber convenido con los su- 
yos en que apenas se llevara la mano á su cruz de Al- 
cántara,! jinetes y peones aconieterian á la multitud. 
Cuando todas las salidas quedaron cerradas, montó el 
gobernador en su caballo y se presentó á la frente de su 
escuadrón que hizo algunas evoluciones. Sacando des- 
pués su espada y lo mismo los demás jinetes, cosa que 
sobresaltó un tanto el corazón de la reina, dio la señal, y 
entonces, cargando la caballería sobre los espantados in- 
dios, mientras la infantería les cortaba la retirada, se 
tornó el palenque en matadero. Mujeres, niños, ancia- 
nos, todos, en suma, quedaron contusos, hollados, heridos 
ó muertos; y la sala en que se encontraba Anacaona 
cercada por la caballería, se cambió en prisión para los 
caciques. Solo salió de ella Flor de oro;'^ pero maltrata- 
da de una manera lastimosa y fuertemente atada. Amar- 
róse á ochenta y cuatro señores-^ á los postes de la ha- 
bitación, y se les sometió á la tortura para que decla- 
rasen acerca de la ])retendida trama, y tomada acta de 
las falsas confesiones que arrancáronlos dolores del tor- 
mento, se prendió fuego al sitio y perecieron abrasados. 
Lo propio aconteció con la capital de Jaragua, que de- 
vorada por las llamas desapareció en pocas horas, con- 
virtiéndose así la risueña corte de Anacaona en un lo- 
dazal de cenizas y sangre. 

En premio de su confianza, de su hospitalidad y de 
su resignación vio la sin ventura Anacaona que las ca- 
denas del cautivo remplazaban á sus guirnaldas de flo- 
res- que por los testimonios arrancados en el tormento la 



1 Herrera. Miatoria j^eneral de los viajes y conquistas de los ouste- 
llanos en las Indias occidentales. Década l.'^ lib. vi, cap. IV. 

2 Ibid. IMd. Década 1.% lib. VI, cap. VI. 

B Relucion hecha por Dier/o Méndez de algunos aconté&hni&fíios del 
último viaje del Almirante don Cristóbal Cohn. 



— soo— 

conducían á Santo Domingo como á un vil delincuente; 
y que allí, con las declaraciones de los caciques, auxilia- 
das de las acusaciones de los bandidos, cuyas tropelías 
y desenfrenos sufrió tan largo espacio, la juzgaban, si- 
guiendo los trámites de un proceso risible. Y fué con- 
denada á morir en público en la horca! Así pereció la 
noble y hospitalaria Anacaona, la poética y gloriosa rei- 
na de Haiti. 

Hasta que Ovando hubo cometido este acto de bar- 
barie no cedió á las instancias de Diego Méndez. Solo 
cuando los indios exasperados huían en todas direccio- 
nes, y saciaban su justo enojo en venganzas aisladas, 
permitió el gobernador al capitán mensajero, trasladar- 
se á Santo Domingo como deseaba; que aparte de las 
probabilidades de morir á que lo esponía entonces, no 
temia que el fiel escudero pudiera socorrer á su amo, no 
habiendo tenido lugar ningún arribo de buques. Pero 
Méndez no vaciló, y partió a pié, e hizo las setenta le- 
guas^ de camino bajo la guarda de aquel que ya otras 
veces lo habia protejido. 



Conocíaseen Santo Domingo el abandono en que ya- 
cía el padecido almirante, pues el noble Fieschi y los doce 

1 Relación hecha por Diego Méndez, de algunos acontecimientos 
del último viaje del almirante don Cristóbal Colon. 



—301— 

españoles venidos en las canoas hablan estendido por di- 
versos lugares de la isla la nueva del varamiento en la Ja- 
maica. Sin embargo, cuandoDiegoMendezhuboentrega- 
do al bizarro Sánchez de Carvajal, comisionado de Colon, 
la carta que no se habia atrevido á remitirle, y Martin 
González, panadero de la marina, Diego Salcedo, antiguo 
escudero del al pairan te, y Diego de Salamanca, mayordo- 
mo que habia sido del mismo, supieron que haciasiete me- 
ses que el gobernador, informado del naufragio del almi- 
rante, no habia dado ninguna orden para socorrerlo, no 
pudieron menos de manifestar su indignación portan cri- 
minal abandono. Porque no obstan te las apasionadasacu- 
saciones acumuladas contra Colon por los envidiosos de 
su gloria y los rebeldes á su poder, su injenio, sus vir- 
tudes, su afabilidad le atraían la voluntad de cuantos eran 
de su servidumbre. Por otra parte, su naufragio en una 
costa no sometida, al cabo de una navegación tan glo- 
riosa por sus descubrimientos y tan desastrosa para su 
persona hacia que su infortunio escitara la mas viva 
simpatía entre la jente marinera. Muchas personas no- 
tables, hasta funcionarios públicos, tales como el alcalde 
mayor de la isla, doctor Maldonado, le profesaban gran 
estimación; y luego, Miguel Diaz, ex-alcaide de la for- 
taleza, Juan Velazquez, García de Barrantes, y el de- 
nodado Malaver le eran adictos; y Cristóbal García de 
Palos, y el joven Bartolomé Las Casas, que mas adelan- 
te se inmortalizó por su amor á los indios, le debían fa- 
vores personales; y Jerónimo Grimaldi, yBriones y otros 
muchos, venidos para colonizar real y verdaderamente 
aquella tierra, honraban al ser superior que la habiá 
descubierto y dado á España. 

Entre los moradores mas influyentes de Santo Do- 
mingo, se señalaba un piloto llamado Bartolomé Roldan 
que tuvo la honra de acompañar á Colon en su primer 
viaje, y que, habiendo trabajado con éxito en las minas 
y adquirido gran riqueza, sus instintos industriales la 
aumentaron de una manera considerable, pues acababa 



—802— 

de construir en las cuatro principales calles de la ciudad 
toda una acera deedificiosi para venderlos ó alquilarlos. 
La sola idea de que hacia siete meses que su almirante 
se hallaba varado en una costa salvaje y abandonado, su- 
blevaba su corazón; y como sus relaciones con los tra- 
bajadores y con sus numerosos inquilinos le daban gran 
crédito, la opinión pública se afectó en el mas alto gra- 
do. Los frailes de San Erancisco ya que no podian ir en 
socorro del revelador del globo, rogaban á Dios sostu- 
viera su paciencia en la ruda prueba á que estaba so- 
metida, y diariamente pedian en público á los fieles, 
unieran sus plegarias á las deellos.^ El celo délos bue- 
nos religiosos, que no temia reprender desde lo alto del 
pulpito, la ingratitud habida con el almirante, levanta- 
ba h voz con ánimo y solemnidad contra tamaño olvido. 

La indiferencia de Ovando era injustificable, porque 
si le faltaba una carabela bastante grande para traer á 
los náufragos, podia, cuando menos, enviarles provisio- 
nes y esperanza, por uno de los bergantines que se ocu- 
paban en el servicio costanero de la Española; y por- 
que si no hubiera impedido marchar á Méndez, este 
habría tenido tiempo de construir una falúa y despa- 
charla para Santa Gloría paratranquiUzar al almirante. 

Sin embargo, habiase manifestado tan fuerte ájente 
la opinión pública que, para satisfacerla, anunció el go- 
bernador la sahda de un bergantín para Jamaica. Pero 
¿á quién confió su mando? A un oficial de tierra. Y ¿qué 
oficial eligió? El enemigo mas decidido que tuvo el al- 
mirante en la Española. Las provisiones y fresco fueron 
proporcionadas á los sentimientos del gobernador hacia 
Colon; para ciento treinta hombres^ mandaba medio 

1 Herrera. Historia g«twral de los viajes y cotiqimtas tle los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Década I, lib. Y, cap. lY. 

2 Las Casas, testigo ocular y aimcular de esto, lo afirma. Los re- 
Ujiosos h¿bian partido de España con Ovando en 13 de Febrero de 
1502; pera na podian ol\T.dar que la Iglesia debia á Colon el Nuevo 
Mundo. Jlistoria de. las Indias, lib. II, cap. XXXY. 

o- Ovando ignoraba entonces la revc^ucimide losP(»i'as y su d^- 



—308— 

celtio salado y un barril de vino. Prohibióse al oficial 
comunicar oon las carabelas, llevar ó traer de sus tri- 
pulantes cartas ni paquetes, y hablar con ellos,^ pues 
únicamente debia entregar á Colon la carta y el obse- 
quio del gobernador y volverse en seguida. El óJio de 
su envfado garantizaba á Ovando de la puntual obser- 
vancia de sus instrucciones. 



VI. 



Como no se habia tocado auní la retreta cuando se 
presentó el bergantin en la bahía de Santa Gloria, ha- 
bian visto todos los españoles con alegría y duda ú 
mismo tiempo que la reducida nave, en vez de acercar- 
se, echaba el ancla á cierta distancia. 

Puso en el agua su chalupa el bergantin, que avan- 
zó á la Capitana y pidieron un cabo sus marmeros, y da- 
do que le fué, aferraron á él un barril de vino y medio 
cerdo salado, que los de Colon izaron á bordo. Des- 



sercion con armas j bagajes, y sabia que quedaban ciento treinta hom- 
bres en las carabelas por lo que dijo Méndez. El cual, en su relación 
habla, es cierto, de 230, pero sin duda por error, porque al ajustarías 
cuentas de las pérdidas sufridas en Mío del Desastre y Belén j de los 
14 españolea que fueron en canoas á Española, se vé que solo queda- 
ban 130 en Santa Gloria. 

1 Herrera. Historia jeneral de los viajes y conquistas de los cas- 
tellanos en las Indias occidentales. Década I, libro v I., cap. YII. 



—304— 

pues, el oficial puso en la punta de un bichero un plie- 
go para el almirante, y asi lo alargó, apartándose de la 
carabela apenas lo hubieron recibido, y aguantándose 
apartado. Habló entonces en voz alta, y al reconocerla, 
quedaron estupefactos varios de la Capitana', era la del 
traidor Diego de Escobar, el comandante del fuerte de 
la Magdalena, que mientras el almirante descubría el 
nuevo continente se habia levantado contra él, y pasá- 
dose á Roldan con los suyos. Su presencia allí era una 
contravención á las órdenes de la reyna, que disponían 
que todos los antiguos rebeldes se remitieran á Castilla, 
y la comisión que le habia conferido el gobernador 
constituía una grave ofensa á el almirante. 

No obstante esto, Colon sahó de su cámara y se pre- 
sentó sobre cubierta. Escobar le gritó que el goberna- 
dor sentia no tener en puerto un buque bastante capaz 
para recojerlo y sacarlo de allí con todos los suyos; que 
se cuidaba de sus intereses; que apenas fuera posible, se 
acudiría para rescatarlo de aquella cautividad, y que se 
ofrecía á llevar á Santo Domingo su respuesta, sí le pla- 
cía escribirla inmediatamente, pues el bergantín debia 
hacerse á la vela en el acto. En efecto, Colon acusó re- 
cibo de su mensaje á Ovando, recomendando á sus bue- 
nos oficios á Méndez y á Eieschi; y asegurándole que 
no los habia enviado con otro objeto que el de avisarle 
de su desgracia y pedirle auxilio. Le participaba tam- 
bién la revuelta de Porras, cosa que hacia mas grave su 
situación; y terminaba encomendándose á su diligencia. 

Mientras tanto la canoa permaneció inmóvil; y aun- 
que los pilotos de las carabelas hicieron algunas pregun- 
tas á los remeros, estos guardaban silencio, en obedien- 
cia á su consigna. Así que el despacho del almirante 
pasó á manos de Escobar, bogó su jente con brio hacia 
el bergantín, que sin perder momento levó anclas y 
puso todas sus velas al viento para, aprovechar laleve 
brisa de tierra, cuyos perfumados soplos se sentían de 
vez en cuando. 



Parécenos oportuno, ya que en el capítulo que pre- 
cede se ocupa el autor del libro de las Profecías y del 
Imago mundi, decir algunas breves palabras acerca de 
una obra que existe en la célebre biblioteca Colombina 
de Sevilla, en la cual fué descubierta por los años de 
1857, gracias á la incansable laboriosidad de su ilus- 
trado bibliotecario, D. José María Fernandez y Velas- 
co. Es esta un precioso ejemplar, perfectamente con- 
servado, de la Historia rerum ubique gestarum, cum lo- 
corum descriptione non finita Asia minor incipit-. Vene- 
tiis MCCCCXXVII; debida á la pluma del Pontífice 
Pío II, conocido en la república literaria bajo el nom- 
bre de Eneas Silvio Piccolonimi. Da mas realce á este 
libro el haber pertenecido á Cristóbal Colon, y verse 
en él ampliados unas veces y rectificados otras los dis- 
cursos de uno de los varones mas claros de su época, 
por el mas grande que han producido los siglos. Los 
anchos márjenes del Eneas Silvio se hallan en su ma- 
yor parte cubiertos de llamadas y anotaciones de mano 
del almirante, y seria muy del caso que una persona 
docta en el idioma del Lacio hiciese un concienzudo 
estudio de ellas. Por nuestra parte nos gloriamos de 
ser los primeros que se hayan ocupado del antedicho 
libro, dando á conocer el estado en que se halla. 

N. del T. 



39 



CAPITULO VIL 



Cuando los marineros al despertarse no vieron ya 
al bergantín, creyeron haber soñado. Y las circunstan- 
cias de aquella entrada y salida nocturna, lo mismo 
que la actitud reservada y el mutismo de los remeros 
de la lancha, parecieron á los oficiales que no habían 
dormido, sospechosas y de funesto augurio. El mensaje 
de Ovando, traído por un traidor, por un enemigo no- 
torio de Colon, tenia para ellos un significado amena- 
zador, é inferían que el gobernador no estaba en ánimo 
de salvarlos á causa de su aversión al almirante. Para 
tranquilizarlos, Colon finjió la mas completa satisfac- 
ción, y esplicó la repentina salida de Diego de Esco- 
bar con el deseo -de conducirles á la mayor brevedad 
las suspiradas carabelas. 

En realidad, Ovando, no había enviado al traidor 
Escobar sino para ver si el almirante podría con sus 
propios recursos salir algún día de donde estaba.l Pero 
el interés que escitaba su desgracia y las calorosas pro- 
testas de los relijiosos de San Francisco lo pusieron en 
la necesidad de no contrariar por mas tiempo los es- 

1. Fernando Colombo, Vita delV Ammiraglio, cap. CIV. 



—308— 

fuerzos de Diego Méndez para socorrer los náufragos 
y hasta aparentar deseos de ir en persona á rescatarlos. 

En los sentimientos de paternidad adoptiva que 
animaban al almirante hacia todos sus subordinados, 
sufria interiormente al considerar una parte desús ma- 
rineros y oficiales separados de él. Los miraba como á 
hijos estraviados; y esperando enderezarlos por buen 
camino y ahorrar así á los infelices indios los disgustos 
y los daños que sufrían, prometiéndoles la pronta vuelta 
á España, les ofreció el perdón de sus faltas, siempre que 
tornasen á las carabelas sin tardanza. Para probarles 
que habia recibido noticias de la Española, les remitió 
un pedazo de cerdo y una medida de vino,i y escojió 
para mensajeros á dos hombres de mérito, que preci- 
samente habian sostenido relaciones con los Porras. 
Cuando se presentaron los enviados en el campo de los 
rebeldes, Porras vino á su encuentro y les habló apar- 
te, para que su jente no oyera sus proposiciones, de te- 
mor que no las' aceptaran, pero no obstante su cautela, 
supieron que Diego Méndez habia llegado á la Espa- 
ñola, y que por dias se aguardaban las naves. 

Después, conferenció Porras con sus principales 
cómplices y les dijo que Colon era un hombre cruel, 
con lo cual no hacia sino repetir la eterna calumnia de 
que, desde la época de Margarit y del P. Boil, echaban 
mano todos los rebeldes para autorizar sus crímenes. 
Añadióles que no era posible confiar en su palabra; que 
Roldan, que tan bien lo conocía, jamas se dejó seducir 
por sus hermosas promesas, y que concluyó por hacerle 
trasladar á Castilla con grillos. Concluida su arenga 
respondió á los enviados del almirante que sus compa- 
ñeros no admitían su proposición; que solo accedían á 
que, caso de llegar dos carabelas, se instalasen en una, 
y si no venia mas de una, embarcarse en ella, dejando 



1. Herrera. Historia jeneral de los viajes y conquistas de los 
castellanos en las Indias occidentales. Década 1.» lib. vi, cap. VII. 



—aco- 
la mitad del buque á la disposición del almirante; y 
que, puesto que habian perdido parte de sus ropas en 
la mar, (cuando intentaron trasladarse en canoas á la 
Española,) esperaban que su señoría les diese otras.l 
Y como le hicieran observar los negociadores que no 
eran sus proposiciones aceptables, les replicó que to- 
maría por la fuerza lo que no le otorgaran de grado, y 
despidió á entrambos oficiales. 

Así las cosas, temeroso Porras de que la promesa 
del perdón, y la de la próxima partida, influyera en 
algunos de su banda, y se volvieran á las carabelas, 
negó la venida del bergantín, diciéndoles, que lo de la 
nave aparecida era una ilusión operada por Colon, cosa 
en que estaba muy diestro por ser gran nigromántico,^ 
pues de lo contrario si se hubiera presentado en reali- 
dad un buque, él se habría trasladado en seguida á su 
bordo con su hijo y su hermano para poner á buen re- 
caudo sus vidas en lugar de consumirse de una manera 
vergonzosa en las barracas. De lo cual quedaron con- 
vencidos aquellos desalmados, incapaces de compren- 
der la nobleza del almirante y la jenerosidad de su 
mensaje; y llevaron su barbarie al estremo de consen- 
tir en lo que su caudillo les propuso, á saber: "apode- 
rarse de la persona de Colon, y de cuanto se contenia 
en las naves. "^ 

En efecto, conducidos por Porras, se acercaron los 
rebeldes á la bahía de Santa Gloria, poniendo sus cuar- 
teles en la aldea de Maima.^ Componíase la insolente 
banda, y sin motivo, encolerizada, de sevillanos en su 
mayor parte; era la verdadera representación de los se- 
cuaces de Eonseca. En las carabelas no se la conocía 

1. Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio, cap. CVI. 

2. Las Casas, Historia de las Indias, lib. II cap. XXXV. Ms. 

3. Herrera. Historia general de los viajes y conquistas de los 
castellanos en las Indias occidentales. Década I."* lib. Yl. cap. VII. 

4. Ad una popolatione d'Indiani che si cliiamava Maima, doye 
poi i cristiani fabricarono una popolatione che nomarono Siviglia. 
Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio, cap. C VII. 



—310— 

por otro nombre que por el de Sevilla-, en razón á que 
se habia formado, menos por influjo personal de Por- 
ras, que por las hostiles predisposiciones de sus com- 
patriotas. Por ese motivo, también, se sustituyó el nom- 
bre de Maima con el de Sevilla, y aun hoy mismo, cuan- 
do todas las antiguas designaciones españolas han des- 
aparecido de la Jamaica, víctima de la Inglaterra, el 
signiñcativo nombre de Sevilla subsiste, por una es- 
cepcion, en medio de los británicos, cual si se quisiera 
perpetuar la memoria de los dolores y persecuciones 
que padeció el almirante en la hermosa rada de Santa 
Gloria, llamada después de don Cristóbal. 

Ocupada que tuvo Porras la posición de Sevilla, dis- 
tante de la ribera cosa de un kilómetro, se atrevió á 
retar para combate personal al almirante. "Colon es- 
taba tan enfermo á la sazón que no abandonaba el le- 
cho. "1 Indignóse de tanta insolencia y se estremeció 
de justa cólera al saber que los revoltosos iban á venir 
sobre él; pero, sin embargo, recomendó espresamente 
al adelantado que ofreciera annistía á cuantos depu- 
sieran las armas. 

En presencia del peligro, reunió don Bartolomé á 
los tripulantes. 

Desgraciadamente, muchos eran antiguos enfermos, 
y otros, hombres de estudio, oficiales de mas espíritu 
que pujanza. Dióles buenas armaduras, y creyó acer- 
tado salir al encuentro del enemigo. Llegado que fué 
á un cerro, á un tiro de ballesta distante de Sevilla, con 
arreglo á sus instrucciones, despachó á los rebeldes don 
Bartolomé, los dos oficiales con quienes antes habían 
conferenciado, los mismos que Porras, sin querer oír, 
despidió espada en mano. Contando los rebeldes por 
su parte con los hombres mas corpulentos, fuertes y 
ejercitados en el manejo de las armas, miraban con lás- 



1. El P. Charlevoix, JEListoire de SainUDomingue, lib. IV. p. 
254 en 4? 



—311- 

tima á los caballeros y á los convalecientes que preten- 
dían medirse con ellos. Solo temian á uno, al adelan- 
tado, y ya tenían convenido el leunir contra él sus co- 
munes esfuerzos. Los seis mas vigorosos de la partida 
habían jurado matarlo,^ y debían arrojarse sobre él á 
un tiempo. 

Conociendo el adelantado que se acercaba el mo- 
mento del choque, reanimo con breves, pero bien sen- 
tidas palabras, el ardor de los suyos, y les recomendó 
que cumplieran con su deber como él con el suyo. En 
esto, los de Porras se arrojaron de una manera repen- 
tina y furiosa sobre el destacamento de don Bartolomé, 
gritando: ¡Matad! jmatad! y los seis colosos se lanzaron 
á la vez contra el adelantado, quien al primer choque, 
dejó tendido en el suelo y cadáver, al pendenciero Juan 
Barba, maestro armero de la Capitana y el primero que 
desenvainó la espada el día del alzamiento; dio al traste 
con el piloto mayor Juan Sánchez, é hirió en dos par- 
tes, de dos golpes de jigante á Pedro de Ledesma. En 
un instante, quedaron fuera de combate seis campeo- 
nes. Visto lo cual por Erancisco de Porras, atacó mas 
de cerca á don Bartolomé y le tiró un tajo tan violento, 
que hendió su broquel, entrándose hasta la guarda; pero, 
aunque herido en la mano, el adelantado se le abrazó, 
esforzándose en derribarlo; y como durante la lucha 
recibiera su adversario heridas que lo pusieron fuera 
de combate, quedó prisionero. El adelantado continuó 
en la batalla. Con la muerte de los mas vaHentes, se 
atemorizaron los restantes y tomaron la fuga, y el ade- 
lantado iba á perseguirlos cuando sus oficiales le hi- 
cieron presente, que los indios, hasta entonces espec- 
tadores del combate, podrían atacarlos, no bien los vie- 
ran separados y rendidos de cansancio.2 Don Bartolo- 
mé volvió á las carabelas con los prisioneros que había 

1. Herrera. Historia general de las Indias occidentales. Déca- 
da 1.* lib. VI. cap. XI. 

2. Fernando Colombo. Vita delV Ammiraglio, cap. C Vil. 



—312— 

hecho y los presentó á el almirante, quien dio gracias 
á su hermano; pero, sobre todo, al Señor, "teniendo 
por cierto que él lo habia libertado de la muerte /''^ 

Esta victoria no costó mas que dos heridas á los 
hombres del almirante: don Bartolomé curó bastante 
pronto de la suya; pero por desgracia el bizarro capi- 
tán de la Gallega, Pedro de Terreros, antiguo mayor- 
domo del virey, habia sido alcanzado en la ingle, y no 
obstante los afanes del almirante, sucumbió al cabo de 
pocos dias. El leal Terreros, indignado, sin duda, con 
la conducta de su pariente, el escudero Camacho, que 
tomó parte en la conspiración del médico Bernal, re- 
vocó el testamento que habia hecho en favor suyo, du- 
rante aquella campaña, y legó sus bienes á otros pa- 
rientes lejanos. 2 

Sin jefe, los rebeldes pidieron capitulación, com- 
prometiéndose con ju!ramento y grandes imprecaciones 
á obedecer á el almirante en lo futuro. Y Colon se 
dignó perdonarlos, conservando solamente en calidad de 
prisionero, en su carabela, á Francisco de Porras: á los 
demás revoltosos, bajo las órdenes de un capitán de su 
confianza, probablemente Pedro Coronel, los acanto- 
naron en la isla para evitar las coaliciones que hubie- 
ron podido estallar si hubiesen entrado en las barracas. 



II 



Mas de un año habia trascurrido cuando, con in- 
describible contento de las tripulaciones, entraron dos 

1. Herrera. Historia general de las Indias occidentales. Déca- 
da 1.^ lib. VI. cap. XI. 

2. Cristóbal Colon. Carta á su hijo don Diego, fechada en Se- 
villa á 29 de Diciembre de 1504. 



—sis- 
carabelas en la bahía de Santa Gloria. Venían bajo las 
ordenes de un fabricante de jabón de laEspañola,! lia-, 
mado Diego de Salcedo, escudero que fué en la casa de; 
Colon, que á su lado adquirió cierta esperiencia en las 
cosas de la mar, y que, á causa de su tranco hacia 
cinco años que estaba establecido en Santo Domingo; 
no obstante lo cual no vacilo en dejar sus negocios des- 
de el momento en que se trató de ir en socorro del vi- 
rey, su antiguo amo. La primera de estas carabelas 
habia sido fletada por el infatigable Diego Méndez y 
"cargada de víveres, tales como pan, carne de cerdo, 
de carnero y frutas. "^ La segunda lo fué por el gober-j 
nador Ovando, á quien la opinión púbUca forzaba á 
manifestar buena voluntad, mal que le pesara, y que 
temeroso de ser adelantado por Méndez, confió también 
á Salcedo la conducta del buque. Apenas las dos ca- 
rabelas hubieron salido de la rada de Santo Domingo, 
Diego Méndez que, á la par habia fletado otro bajel, 
se partió para Castilla con Bartolomé Pieschi, para dar 
cuenta á SS. A A. del cuarto viaje del almirante. 

Colon, después de dar gracias al Señor por su mi- 
sericordia, subió á la carabela tomada á su costa con 
sus oficiales y los que le fueron fieles. Los partidarios 
de Porras, pasaron á la carabela despachada por el go- 
bernador. Al fin, el 28 de Junio, aban donaron las na- 
ves la bahía de Santa Gloria en la que tantos peligros 
y socorros misteriosos, y tantos sufrimientos y consue- 
los invisibles, abatieron y elevaron, unos en pos de 
otros, el corazón mas grande del mundo. 
* La lucha que habia sostenido el almirante contra 
las olas, durante el curso de aquel viaje, desde la hora 



1. Queriendo recompesar lo3 servicios prestados por Diego Sal- 
cedo al gobierno de la Española, le liabia el virey concedido á pe- 
tición suya en 3 de Agosto de 1409 el privilejio de la venta del ja- 
bón en las Indias. Colección diplomática, docum, número CXXXI. 

2. Cuarto y último viaje de Colon. 'Relación hecha por Diego 
Méndez de alqnnofi acovtecimientn.<t efe. 

40 



-314- 

solemne en que profetizó la tempestad, volviu á empe- 
zar apenas hubo zarpado, y la violencia del viento, com- 
binada con la de las corrientes, le detuvo mas de un 
mes en la travesía. Cosa digna de notarse: con sus ve- 
las y sus espertos marineros, necesitó estar por espacio 
de mas de treinta dias, maniobrando continuamente, 
para franquear un espacio que, por misericordia divi- 
na, salvó su mensajero Diego Méndez, al remo y en ca- 
noas, en cuatro dias! 

No obstante los adelantos náuticos de nuestra épo- 
ca, del estudio hidrográfico de aquellas alturas, y auxi- 
liados por una esperiencia secular, no se hallaria hoy 
un oficial de marina, desde el simple guardia á el je- 
neral que, á trueque de un reyno, quisiera intentar el 
paso de Jamaica á Haiti con las condiciones que lo hizo 
Diego Méndez. No es posible dudarlo, durante la cuarta 
espedicion de Cristóbal, lo prodijioso se encuentra sin 
cesar, y se comprende cuanta razón tenia él en decir 
á los reyes católicos al referirles cosas tan extraordi- 
narias: 

"¿Quién creyera lo que yo aquí escribo? " Sin em- 
bargo de añadir á renglón seguido; "Digo que de cien 

PARTES NO HE DICHO LA UNA EN ESTA LETRA. LoS qUC 

fueron con el almirante lo atestigüen."! 

Logró alcanzar Colon, tras penosos esfuerzos la pe- 
queña isla de la Beata, y desde ella avisó por tierra 
lú gobernador, continuando luego su navegación hasta 
echar el ancla, el 13 de Agosto, en la bahía de Santo 
Domingo. 

1. Carta á los Meyes católicos, fechada en la Jamaica, el 7 de 
Julio de 1503. Los Sres. Yerneuil y de la Koqnette, miembros am- 
bos déla Eeal Academia de la Historia, dicen: "Es bastante estraño 
que Colon hable así de sí mismo" es decir, en tercera persona. Por 
nuestra parte no esperimentamos la estrañeza de estos Sres., porque 
esta manera de decir nos prueba, por el contrario su sinceridad. Co- 
lon habia escrito para el papa sus viajes, á la manera de los Comen- 
tarios de César, es decir, en tercera persona; y en aquellos momen- 
tos completaba su trabajo con la historia de su cuarta espedicion. 
(íQué tiene, pues, de estraño que k causa de la costumbre se le es- 
capara esta frasea 



—315— 

El gobernador, con grande aparato y acompañado 
de todos los funcionarios y iiabitantes notables de la 
ciudad, salió á recibir á Cristóbal Colon, que fué ob- 
jeto de las mas sinceras muestras de respeto de parte 
del público. La jente marinera honraba en su persona 
al navegante incomparable; los franciscanos al mensa- 
jero de la salvación, al precursor de sus futuras pre- 
dicaciones; y el pueblo a la personificación del infortunio. 
Ovando instaló á el almirante en el palacio del gobierno 
y lo festejó con banquetes y regocijos. 

A pesar de tan buenas relaciones aparentes. Colon 
sabia reducir á su justo valor las demostraciones de 
Ovando. Por su parte, Ovando no podia convencerse 
de que el almirante no procurase influir en la isla, es- 
perando ser repuesto en su cargo, en razón á que su 
nombramiento limitaba á dos años el ejercicio de su 
empleo. 

Poco tardó en querer probar á Colon, que él era 
en realidad el gobernador de la Española. Suscitó al 
efecto una cuestión de competencia, y pretendió cono- 
cer en la revuelta de los Porj-as, alegando que habia 
tenido lugar en territorio de su jurisdicción, y exijien- 
do la entrega de Francisco de Porras, detenido á bor- 
do de la carabela, tras la primera declaración lo hizo 
poner en libertad, sin abrir sumaria, sin escribir un 
papel-.l y, no satisfecho todavía, habló de encarcelar y 
formar causa á los que tomaron las armas en defensa 
del almirante. 2 Con lo cual, decia Ovando, no hacia 
sino defender los intereses de la buena justicia y aten- 
der al sostenimiento de los derechos del trobierno, con- 
tra los que no debian prevalecer los del almirantazgo. 
Colon, resuelto á ser víctima de las mayores iniquida- 
des, primero que ocasionar el mas lijero trastorno 



1. Cristóbal Colon. Carta d su lujo don Diego, fechada en Se- 
villa d 21 de noüiemhre de 1504. Cartas del almirante. 

2. Fernando Colombo. Vita dclV AmmiragUo; cap. CVII. 



—316— 

en líi colonia, se contrajo á representarle sonríen - 
, do,l con la tranquilidad que dá la resignación cris- 
tiana, y de que tan penetrado estaba, cuan ilusoria 
seria la autoridad de un almirante si no tuviera fa- 
cultades de castigar una rebelión que estallara en su 
propio buque. 

Aquellos miserables partidarios de Porras ^ que 
/no liabian desertado al llegar, pidieron volver á 
España, y desprovistos de todo jénero de recursos, sin 
ropas que vestir, solicitaban pasaje en algún buque. 
El almirante, que luego de su revolución hubiera po- 
dido dejarlos bajo la guarda del gobernador, y embar- 
carse solo con sus allegados y oficiales en la carabela, 
con tanta mas razón cuanto que un buque no tenia ca- 
i bida para todos, considerando lo que hablan padecido 
jen su esploracion por las costas de la tierra firme se 
apiado de sus crímenes, ó, como el decia, de su enfer- 
medad moral, y creyó "que fuera gran cargo de con- 
ciencia los dejar y desampararlos. "'^ Destinó, pues, para 
ellos la nave que se carenaba, y compró de su peculio 
otra en la que se trasladarla á España con su familia, 
servidumbre y amigos. 

Para cubrir este esceso de gastos se hizo rendir 
cuentas de las sumas que se le adeudaban, que, según 
cálculos aproximados que hablan hecho sus adictos, se 
elevarían á un total de once mil castellanos; pero no se 
le entregaron mas de cuatro -rail. Con tal motivo tuvo 
un violento altercado con el gobernador; mas, como co- 
nociera que Ovando le tendía asechanzas en el curso 
de la disputa, se las destruyó con sagacidad y pruden- 
cia; dándose, desde aquel momento, gran priesa en la 
reparación de la carabela, porque permanecer en Santo 
Domingo en la casa de un enemigo tan artificioso y 

1 . Disimulaba y no hacia sino reir. Herrera . Historia general de 
las Indias etc. Década 1.' lib. VI. cap. XII. 

2. Carta del almirante d su hijo du7i Dierjo fechada en Sevilla 
d Vi de Diciembre de 1506. 



—317— 

astuto se le híicia insoportable. Añádase á eso que su 
posición era de las mas falsas; que no podia manifestar 
sus designios, ni dar un consejo, ni espresar de una 
manera franca su pensamiento; que se hallaba en el 
caso de desconfiar de todo y de todos; que s6 veia á0-» 
parado de la administración de un pais del cual era do- 
nador, y virey y gobernador perpetuo; y que, por últi- 
mo, contemplaba ensangrentada y sin colonos la mag-^ 
nífica isla á que quiso llevar la civilización y la dignii' 
dad del cristianismo. ' 

La gran alma del mensajero de la cruz fluctuaba 
en un mar de amarguras. 

De los cinco reinos, de ios grandes vasallos, de ios 
numerosos caciques de la Española, nada subsistia. 
Hasta la reina Anacaona, la flor de oro, la encantadora 
soberana de Haiti, la de fama esclarecida, la niusa vi- 
sible délas mas poéticas rej iones, la que era á untierii-i 
po la Ejeria, la Clio, y la Talía de las Antillas, habiá 
desaparecido, y la tortura, la ignominia y la muerte pa- 
gad ola ^u jenerosa confianza y réjia esplendidez con 
los de Castilla. Con ella cesaron los cantos, las gracio- 
sas danzas, los juegos cómicos y la alegría: que ya so^ 
bre las diezmadas y esparcidas tribus no estendian su 
poder sino el terror y la desolación. 

A las matanzas de Jaragua y á la de Higuey, ha- 
bia sucedido los tranquilos y cuotidianos homicidios 
(|ue se cometían, recargando 'de trabajo en las minas á 
los indíjenas. 

Porque apenas Bobadilla hubo puesto los grillos á 
Colon, protector de los indios, cuando estos seres sin 
ventura, que engañados por los rebeldes, se regocijaron 
de su infortunio, se vieron sometidos á un rigoroso em- 
padronamiento, arrancados á la tutela dé sus caciques 
y distribuidos entre los colonos á quienes pertenecían 
de hecho en completa propiedad. Entonces, por la pri- 
mera vez, se encontraron sujetos y con la obligación 
de trabajar con regularidad en las minas; que en la 



—318— 

práctica, la protección cristiana del sistema de los re- 
partimientos se tornó en dura é insoportable esclavitud. 

Las órdenes ulteriores trasmitidas á Ovando por la 
reina con objeto de dulcificar la suerte de los indios 
quedaron pronto olvidadas; y pretestando que los indios 
eran naturalmente inclinados á la pereza y á los vicios 
mas odiosos, y que seria saludable á sus almas familia- 
rizarlos con el trabajo, se les distribuyó en cuadrillas ó 
por categorías á españoles insaciables, venidos á la isla 
no para poblarla, sino para esplotarla, y que, con inicua 
barbarie no permitian el mas insignificante reposo á los 
desgraciados puestos en sus manos. Avaros sin medi- 
da los forzaban á trabajar continuamente; y mientras 
que su codicia se negaba á darles el alimento necesario, 
ellos, separados de sus mujeres, de sus hijos, arranca- 
dos á todas sus costumbres, debian, so pena de muer- 
te, seguir á sus amos á las lejanas escursiones á que los 
impelia su sed de oro. El descubrimiento de un placer, 
era para los indios una sentencia funesta, y cada mina 
se tornaba para ellos en un sepulcro. Los trabajado- 
res sucumbían de hambre y de cansancio, y así encon- 
traban la muerte en las escavaciones como en los bos- 
ques en que los perseguían implacables cazadores de 
hombres. La desolación, el espanto, el hambre y los 
trabajos los diezmaban diariamente, y la muerte segaba 
con su guadaña tribus enteras. 

Emigraban aldeas y pueblos en masa, perseguidos 
como bestias feroces por perros y caballeros, otros has- 
tiados de la vida se libertaban de tanta tiranía con el 
suicidio, y las enfermedades remataban la obra comen- 
zada por la iniquidad. Estas calamidades, angustias y 
crímenes, fríamente ejecutados, oprimían el corazón del 
almirante; que no eran duelos lo que él se prometió al 
descubrir las indias, y amaba á los Inocentes hijos de 
aquella tierra y habla recibido el don de adivinarlos y 
subyugarlos por su ascendiente personal. Por eso ver- 
tieron lágrimas la primera vez que se separó de ellos 



—319— 

en líi Navidad, y en Santa Gloria también lloraron su 
partida. Pero, por desgracia, nada podía hacer en su 
favor á la sazón; su única esperanza descansaba en la 
justicia de la reina, y de la noble Isabel venia una parte 
y no pequeña de sus dolores, porque las últimas noti- 
cias llegadas de Castilla anunciaban que la estrella res- 
plandeciente de la nación Española se estinguia en su 
ocaso. Lo cual traspasaba el corazón del almirante. 

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III. 



Con arreglo á las ordenes de su hermano, apresu- 
raba el adelantado los preparativos de marcha. 

Al fin, el 12 de Setiembre, después de despedirse 
del gobernador y de los mas honrados colonos, subió 
el almirante con sus araigo.^, oficiales y servidumbre á 
bordo de la carabela que habia comprado. En la otra, 
recientemente carenada, se acomodaron los marineros 
que quisieron volver á España: la mandaba don Bar- 
tolomé. 

Apenas se habrían alejado dos leguas,y estando aun 
á la vista del puerto, un imprevisto chubasco rompió el 
palo mayor del buque de Colon, hendiéndolo hasta la 
quilla;! pero lejos de arribar, para componerlo, el al- 
mirante se traslado en seguida con su séquito á la nave 
del adelantado y continuó el viaje, mientras que la ca- 

1. Fernando Colonibo. Vlfa delV Ammiraplio, cap. CVII. 



— 320 " 

rebela inaltratada tornaba á Santo Domingo. El viaje 
fue bastante bueup mientra^ se navegó pov las Antillas, 
ípas asi que hubieron salido de sus latitudes, la mar 
se ajitó, y durante upa horrorosa tempestad, recayó el 
almirante, ^tacado de su rehumatismo articular, que- 
d^pdo como paralizado en su camarote. 

Habia vuelto á empezar la lucha con los vientos y 
las ^gua^. 

El sábado, 9 de Octubre, tras una violenta borras- 
ca, en ocasión que los elementos hablan cedido de su 
furor, una repentina rachada partió el palo mayor por 
cuatro sitios. Los consejos del almirante, dados desde 
su lecho, y la industria del adelantado remediaron el 
accidente, y el árbol fué cortado, asegur-adas las unio- 
nes con tablas del castillo de popa, y aferrado todo con 
cabos. 

V Pocos dias después, otra tormenta, rompió el palo 
de mesana. Restaban todavía setecientas leguas de ca- 
mino, y en lugar de esforzarse por ganar las Azores 
para reparar las averias y cambiar la arboladura, como 
hubiera hecho todo capitán prudente. Colon, habituado 
á los auxilios dej Altísimo no pareció parar mientes en 
e\ nuevo siniestro. Sus dolores no le dejaban reposo 
alguno; y como, además, sombríos presentimientos aji- 
taban &u espíritu, se le hacia tarde estar cerca de la 
^eina. Continuó, pues, derechamente, su rumbo á Cas- 
tilla. El resto del viaje fué, sin cesar, dificultoso y abun- 
dante en peligros, hasta que al cabo, de tempestad en 
tempestad, llegó "por permiso de Dios, "i al puerto de 
Sanlucar de Barrameda el 7 de Noviembre. 



1. Herrera. Historia general de los viajes efr., en la.^ India.' 
cidentales. Década i.' lib. VI, cap. XII. 



CAPITULO VIH. 



I. 



La natural alegría que rebosa en el pecho del ma- 
rino cuando, tras los peligros de una larga navegación 
vuelve á ver la patria, quedó reprimida en el instante 
con la tristeza pública. El ánjel protector de Castilla, 
la reina idolatrada, Isabel la católica, en suma, sucum- 
bia á una lenta enfermedad. 

No obstante su ardiente deseo de trasladarse en el 
acto á Medina del Campo, á la sazón residencia de la 
corte, tuvo el almirante que detenerse en Sevilla, foco 
de sus adversarios. Sus dolencias le forzaron á hospe- 
darse en un mesón; que hasta los escasos amigos que 
contaba en la ciudad se hallaban ausentes, y su fiel ad- 
mirador el sabio teólogo Er. Gaspar Gorricio habia aban- 
donado, si bien por poco tiempo, la cartuja de las Cue- 
vas. El tiempo triste y sombrío como los ánimos, agra- 
vaba la situación del que vivia alejado, como un es- 
tranjero, en el pueblo que, por su causa, se habia torna- 
do en centro de los negocios coloniales, pues durante 
su ausencia las oficinas de la marina habían recibido su 
completa organización, y el almirantazgo de las Indias 
formaba un verdadero ministerio de marina y ultra- 
mar, cuya dirección estaba en manos del implacable 

41 



—322— 

Fonseca. Designábase este ministerio con el nombre 
de Casa de la Contratación. 

Así pues, Colon, que se habia prometido descansar 
de sus trabajos y cuidados al llegar á Europa, se veia, 
á pesar suyo, en medio de sus perseguidores. Además, 
los marinos que por lástima trajo á España á su costa 
y entre los cuales se contaban muchos rebeldes, no pu- 
diendo obtener de Fonseca el pago de sus atrasos y 
conociendo su jenerosidad lo importunaban con sus re- 
clamaciones, persuadidos de que no se olvidarla de ha- 
cerlas valer. Así las cosas, é imposibilitado Colon de 
abandonar su lecho de dolores y de escribir sin gran 
dificultad , supo que los emisarios de sus enemigos, los 
revoltosos que habian atentado á su vida, eran bien re- 
cibidos en la corte á la que iban con prolijos afeites 
y "barbas de poca vergüenza, "i como él dice, á maqui- 
nar contra su persona, mientras los procesos que se les 
formaron quedaron en el buque, que apenas sahdo del 
puerto hubo de volver á Santo Domingo para carenar- 
se. Colon escribió entonces á los reyes para informarlos 
de lo pasado, y asimismo al tesorero Morales, á quien, 
temiendo prestase oidos á las calumnias de los Porras, 
remitió copia de los juramentos por los cuales, los re- 
beldes, al solicitar su perdón, se comprometieron á obe- 
decerle en adelante. También se dirijió al doctor Án- 
gulo y al licenciado Zapata, secretario de SS. A A. para 
atenuar el efecto de las acusaciones de los Porras. 

Añadíase á los padecimientos físicos del almirante 
el dolor moral mas intenso que pudiera lastimar su co- 
razón, y era, que sucumbía á un mal incurable la mu- 
jer heroica que lo comprendió, lo adivinó y se hizo su 
protectora y amiga; y ni podia hablarle ni escribirle en 
aquel momento terrible, ni se atrevía á hacerse pre- 
sente á su memoria, en la que por otra parte confiaba. 



1. Cartas de don Cristóbal Colon d su hijo don Diego. Fecha en 
Sevilla á 21 de Noviembre 1504. 



—323- 

Tampoco tenia ya cerca de Isabel á la virtuosa doña 
Juana de la Torre que hubiera sido la única persona, 
tal vez, que habria tenido ánimo bastante para hablar 
de él á S. A en tales dias. Todas las semanas llegaban 
á Sevilla, correos de la corte, y las noticias que traian 
afectaban el ánimo del grande hombre, de tal manera, 
que, son sus palabras "le encrespaban los cabellos, "i 

Mas ¡ay! que en el momento del desembarque de 
Colon todas las esperanzas se habian perdido ya. 

Habitaba la reina en Medina del Campo cuando 
esperimentó los primeros síntomas de una enfermedad, 
cuyos progresos, declarada que fué, ya no se detuvieron. 
Atribuíanlo unos á irritación vajinal^ ocasionada por 
las molestias de la equitación durante la guerra, y otros 
á los disgustos que le causó la pérdida sucesiva del in- 
fante don Juan, de su hija mayor doña Isabel, de su 
nieto don Miguel, y á los disturbios domésticos que 
tan desgraciada hicieron á su hija doña Juana, casada 
con el archiduque Fehpe el hermoso; pero nosotros 
creemos que todas estas causas reunidas orijinaron y 
agravaron de una manera cruel su posición. 3 Y aunque 
su enérjica voluntad cedió algún tanto á la pérdida de 
fuerzas físicas, y le fué preciso suspender una parte de 
sus trabajos ordinarios, consagraba aun todos los dias 
muchas horas á los negocios de su reino. En este es- 
tado recibió la carta del almirante escrita el 7 de Julio 
de 1503 en la Jamaica, y traída milagrosamente por 
Diego Méndez á Castilla. 

Pero la reina no había esperado la llegada del bi- 
zarro escudero para ocuparse del almirante, y, en tanto 
que yacia abandonado en una remota costa, le probaba 

1. Cartas de don Cristóbal Colon d su hijo don Diego. 1.° de 
Diciemhre de 1508. 

2. "Putridum et verecumdum ulcus quod ex assiduis ad grana- 
tara equitationibus contraxisse aiunt." Alvar Gómez de Castro, De 
rehus gestis Francisci Ximenii, lib. III, fol. 47. 

3. Lucio Marineo, Las cosas memorables de la España; lib. 
XXI. 



—324— ' 

la constancia de su memoria, nombrando guarda de su 
persona á su hijo mayor con un sueldo de cincuenta 
mil maravedis al año;i poco después escribió dos veces 
al gobernador Ovando para que protejiera los derechos 
del almirante^ conforme á las capitulaciones de Santa 
Eé, y mas adelante concedió á su hermano, el eclesiás- 
tico don Diego, cartas de naturaleza para poderlo in- 
vestir con algún beneficio.^ 

Quiso Isabel admitir á su presencia al piadoso y 
leal servidor del almirante, y oyó los pormenores de 
aquella navegación, contra la cual parecía haberse com- 
binado el poder de los elementos, última lucha del re- 
velador del globo contra las fuerzas de la naturaleza; 
espedicion sin igual por los peligros y sufrimientos y 
en la que le acometió la atmósfera con todos sus rigo- 
res y el mar con todos sus peligros: escuchó la relación 
del descubrimiento de las minas de oro de Veragua y 
de la obstinada perquisición del estrecho que no se ha- 
bia encontrado por falta de bajeles en estado de conti- 
nuar esplorando las costas; pero cuya apertura en un 
paraje mas lejano, confirmaba la existencia reconocida 
de nuevo, de un mar de la otra parte de la tierra fir- 
me. Supo asiuiismo de boca del noble escudero el es- 
tado de la colonia en que habia pasado nueve meses 
contra su voluntad; y también las matanzas de Jara- 
gua y de Higuey, la esclavitud á que el trabajo de las 
minas servia de pretesto, y el fin lamentable de la poé- 
tica, noble y hospitalaria reina Anacaona. Llenóse de 
amargura su corazón con tan horribles detalles, y rebo- 
sando indignación dijo al presidente del consejo de jus- 

1. Nombramiento de contino á don Diego Colon. Aechiv. de 
Simancas; lib. de continos. Letra C. 

2. Carta de la reina al comendador Ovando, fecha en Segovia 
á 27 días del mes de Noviembre de 1503. Documentos diplomáticos. 
núm. CLII. 

3. Naturáfeza de Reinos á don Diego Colon hermano del almi- 
rante. Registrado en, el JReal Archivo de Simancas, en el sello de 

Corte. 



—325— 

ticia, al hablarle de Ovando; "yo vos le haré tomar una 
residencia cual nunca fué tomada, "i 

Para recompensar la fidelidad del valeroso Diego 
Méndez^ que Colon habia hecho capitán, quiso enno- 
blecerlo y le dio por armas blasones que perpetuaron 
el recuerdo de su heroismo. 

Presto el cambio de semblante de Isabel inquietó 
á la corte. Pero como para el tratamiento de una en- 
fermedad cuya causa era interna y orgánica, las consul- 
tas de la medicina tuvieron que ser siempre verbales, 
pues su estremado pudor no consintió jamas el uso de 
las esploraciones quirurjicas acostumbradas, y necesa- 
rias en su posición, los recursos del arte no fueron sino 
accesorios; y una vez declarada duró cien dias en pro- 
gresivo aumento.^ 

La solicitud de la nación por su soberana fué es- 
tremada: veiase en las iglesias el pueblo dirijir sus ple- 
garias al cielo;'* imponíanse ayunos, hacíanse novenas, 
ofrecíase el Santo Sacrificio y se vertían por los caste- 
llanos copiosas lágrimas, porque la reina era el honor, 
la gloria, la éjida, la esperanza de cada familia; perso- 
nificaba la delegación del poder divino de los monar- 
cas, y en el imperio inmaculado de su nombre reasu- 
mía la autoridad maternal de la corona. Enternecida 



1. Herrera. Historia general de los viajes y conquistas etc., en 
las Indias occidentales. Década 1. lib. IV., cap. IV. 

2. Diepo Méndez nos dará una prueba del recelo é injusticia 
con que trata cierta escuela todo ]o que atañe al catolicismo. No 
atreviéndose Humboldt á calificar de loco á este cristiano heroico, 
que salvó tres veces la espedicion, durante aquella memorable cam- 

Eaña, se contenta con llamarlo: "un homme bizarre." Pero, ¿por qué 
í dá este nombre? Porque es admirablemente singular y singular- 
mente sublime. Humboldt. Examen critique etc. t. III, p. 239. 

3. Historia Palentina. — Por el continuador anónimo del obis- 
po don Hodrigo Sánchez de Arévalo. 

4. "Quibus diebus cum omnes suae domus equites, sacerdotes, 
et totius Hispaniee populi per omaes ecclesias sacrificiis orationibus, 
jejuniis et lachrymis pro ejus salute profusis Deum optimum máxi- 
mum deprecarentur... etc." Lucio Marineus Siculus, De rebus Eis' 
jpanicB memorahilibus, lib. XXI. 



—326— 

Isabel con la iniciativa tomada por sus vasallos no se 
opuso á sus piadosos deseos; pero cuando hubo reco- 
nocido la ineficacia de sus votos no quiso que se im- 
portunara al cielo con sus súplicas, y dando el ejemplo 
de la mas completa resignación á la voluntad del Altí- 
simo, dispuso que cesaran las rogativas públicas por su 
curación, y manifestó solo deseos de que se rogase á 
Dios por la salud de su alma. 

Como generalmente acontece en tales casos, en este 
periodo tomó la enfermedad el carácter hidrópico^ que 
viene á ser entonces su modo de terminar. La reina es- 
perimentaba una repugnancia invencible á toda clase 
de alimentos; se sentia devorada por una sed insacia- 
ble;2 y la exacerbación de los sufrimientos locales no 
disminuía en lo mas mínimo los dolores que esperiraen- 
taba en todas las articulaciones. 

Tres dias antes de su muerte añadió Isabel un co- 
dicilo á su testamento, redactado el 12 de Octubre pre- 
cedente, en el cual, pudorosa, hizo preveer y prohibir 
para su cuerpo el embalsamamiento que precede al 
entierro de los soberanos, pues no quería que ni aun 
la muerte abrogara aquella ley de recato y honestidad 
que fué la casta regla de su vida; y humilde, prohibió 
también se le consagrara un sepulcro suntuoso. 

Circulaba en la corte la noticia de que Isabel ha- 
bía hecho prometer al rey la destitución y castigo de 
Ovando, que se había bañado en la sangre de los in- 
dios, protejer aquellos pueblos lejanos que tanto deseó 
someter al dulce dominio de la cruz y reintegrar en 
sus derechos, títulos y gobierno á el almirante, y así era 



1. Sparsus esfc illi humor per venas, paulatim labitur in hidropi- 
siam. Nec deserit illam febris intra rcedulam jam delapsa." Petri 
Martyris Anglerii, Opus Epistolarum, liber decimus septimus. Epist. 
CCLXXIII. 

2. "Die noctuque perpetuum est potus immoderatum deside- 
rium, cibi vero nausea." Petri Martyris Anglerii, Opus Epístola- 
rum, Ibidem. 



—327— 

en efecto. Pero deciase al mismo tiempo en Sevilla que 
S. A. habia hablado de Colon en su testamento,^ y era 
falso, porque motivos de prudencia le impusieron un si- 
lencio que, daba testimonio de la fidelidad de su me- 
moria, lejos de acusarla de olvidadiza. En provecho de 
Colon se abstuvo de disponer lo mas mínimo á su fa- 
vor, pues le conocia bastantes enemigos y temia fuese 
á aumentar su número la mala voluntad que le profe- 
saba su marido; que la ausencia de Colon ni le defen- 
día de los tiros de la envidia, ni embotaba sus empon- 
zoñadas saetas. 

Mientras que Colon esponia su vida por Castilla, 
en el momento mismo en que varaba en la Jamaica, 
sintiéndose apoyadas las oficinas de Sevilla por una ele- 
vada persona, pidieron á la reina, á la sazón impedida 
por sus dolencias, despachase con igual prontitud que 
otras veces los negocios de ultramar, designando cerca 
de su persona á alguna de confianza, á la cual se diriji- 
rian para lo tocante á la administi ación de las Indias 
y empresas de las mares de occidente. Una car- 
ta, fechada en Alcalá el 5 de Julio de 1503, en res- 
puesta á las oficinas de marina, manifiesta las importu- 
nidades y exijencias de los perseguidores del grande 
hombre que apoyaban diariamente á competidores y 
á estranjeros en violación de los derechos y tratados del 
almirante; y sin admitirlos, señaló la reina para recibir 
este jénero de comunicaciones á Ruiz de Castañeda, 
secretario del real despacho.^ 

Al fin, conociendo Isabel que su hora postrera se 
acercaba, hizo que la vistieran con el hábito de la or- 
den de San rrancisco,^ cuya regla observaba de mu- 
chos años atrás, y así recibió con todo el ardor de su 

1. Carta del almirante don Cristóbal Colon ásti hijo don Diego. 

2. Colección de documentos inéditos para la Historia de España. 
Tomo XIII, p. 496. 

3. ''Cojuí? Corpus habitu sancti Francisci reconditum auimam 
Deo reddidit." Lucias Marienus Siculus, De rehus Hispanice tnemo' 
rahilibiís, liber. XXI, de Isabelia) regina) morte. 



—328— 

piedad el Santo Viático. Permaneció su fisonomía en 
sus últimos momentos con la misma dulce espresion de 
siempre; la majestad real y la gracia femenil no solo no 
la abandonaban, sino que perraanecian unidas en su le- 
cho de muerte, y la postración de sus miembros, el 
abatimiento de su cuerpo, torturado de una manera tan 
secreta, y la languidez con que se cerraban sus ojos ha- 
cian su agonia semejante al sueño de la tumba. Cuan- 
do la llevaron los últimos socorros de la Iglesia para 
el consuelo de los enfermos: la estremaucion, su inmo- 
vilidad era completa; mas al ir á descubrirle .los pies 
para imponerles los santos óleos, un estremecimiento 
repentino ajitó á la moribunda: era que el pudor se so- 
breponía al aniquilamiento: hizo un ademan y se in- 
corporó para cubrir y retirar aquellos miembrosl que 
salvo su marido, nadie, ni aun sus damas, vieron en 
completa desnudez. 

La lucha contra la destrucción duró todavía algu- 
nas horas, hasta que el martes, 26 de Noviembre^ de 
1504, á las doce de la mañana,^ voló á los cielos el al- 
ma de la que fué en la tierra un dechado de virtud. 

Con ella se eclipsó la gloria y la felicidad de las 
Españas.* 

1. "Non erit silentio proetereundum tatam fuisse in ea lionesti 
tatis et pudicitiae copiam, quod et dum unctionem extremam reci- 
peret, etsi jam semianiínis esset, pedem nudum in quo unctio pone- 
retur, nulli etiam alcun familiari ñeque raulieri ostendi pateretur... 
etc." Historia Palentina. "Cuya honestidad fué tanta hasta que el 
alma se le queria salir, que cuando le daban la extremaunción no 
consintió que le descubriesen el pié,.., etc." Las cosas memorables 
de la España. 

2. "Obiit autem Hispaniarum máximum decus in oppido me- 
thyna campi, die vigésimo sexto novembris anno millesimo quin gen- 
tesimo quarto." Lucii Marinei Siculi, De rebus Hispaniae, lib. XXI. 

3. Hemos querido fijar minuciosamente el dia y hora de su fa- 
llecimiento para quitar la incertidumbre que ocasionan las distintas 
fechas, en las cuales se pone este acontecimiento por acreditados 
historiadores. Lucio Marineo era capellán de S. A. el rey, y Pedro 
de Torres, hermano de doña Juana, nodriza del infante, habia sido 
de la servidumbre. Y éase Apuntamientos de Pedro de Torres. Bib. 
Eeal, núm. 96, fól. 10. 

* Véase nuestra Isabel la Católica^ p. 65 y siguientes. N. del T. 



-339— 



II. 



Durante este tiempo sufría el almirante crueles an- 
gustias y se estremecía con la idea de perder á la reina 
que era el alma de los descubrimientos, la abogada de 
las Indias, la protectora de la verdad y de la justicia, 
la imájen de lo hermoso y de lo bueno, y el bello ideal 
de la majestad del trono; y hacia votos á la Santísima 
Trinidadi por la conservación de sus días. 

Apenas llegado á Sevilla había concertado Cristó- 
bal Colon el modo de ir á Medina del Campo. Impo- 
sibilitado de soportar el paso del caballo y las intem- 
peries, imajinó hacerse trasladar á brazos. Pero como 
una silla de manos de las dimensiones ordinarias no 
podía convenir á su estado, para evitar demoras resol- 
vió; que tan grande era su afán de hacer el viaje, em- 
prenderlo en la litera de un muerto, en la que se traje- 
ron los restos del cardenal Hurtado de Mendoza, últi- 
mo arzobispo de Sevilla. En su consecuencia suplicó al 
cabildo se sirviera prestársela en razón á que sus do- 
lencias no le permitían hacer el viaje de otro modo. 
Tuvo el cabildo, como se vé en los archivos de la Ca- 
tedral, una junta el 26 de Noviembre de 1504 para de- 
liberar acerca de la petición del almirante de las In- 

1. "Plega á la Santa Trinidad de dar salud á la reina nuestra 
Señora." Carta de don Cristóbal Colon á su hijo don Diego. En 
Sevilla 1? de Diciembre de 1504. 

42 



—330— 

dias,i pero no obstante su deseo de coraplacerle, como 
la notoria pobreza de Colon no aseguraba á los señores 
canónigos de los deterioros que pudiera esperimentar 
la litera en el camino, no consintieron hacer el présta- 
mo sino bajo la condición de que el asistente de Sevi- 
lla, Francisco Pinelo, tesorero de la marina, se obligase 
personalmente á devolverla á la Catedral en buen es- 
tado.2 

Proyectaba entonces Colon tomar el camino mas 
largo, es verdad; pero también el mas cómodo: la anti- 
gua via romana, llamada de la Plata, y que de Mérida 
conduce á Salamanca. Mas no pudo ponerse en mar- 
cha porque la agravación de sus males y el rigor desa- 
costumbrado de la estación le impidieron dejar el lecho. 

Se sabe por la misma correspondencia del almirante 
que llegaban todas las semanas á Sevilla correos de la 
corte con noticias de la augusta paciente; pero sin em- 
bargo, el 3 de Diciembre ignoraba todavía la calami- 
dad sobrevenida, pues disponia la marcha de su her- 
mano don Bartolomé, de su hijo don Pernando y del 
buen Carvajal, y pedia á Dios por el restablecimiento 
de la reina, cuando ya debia de haber recibido en el 
cielo el premio de sus obras inmortales. 

Unia al almirante con Isabel la Católica un vín- 
culo de simpatía recíproca y superior, arraigada pro- 
fundamente y fortalecida y desarrollada con su mutuo 
entusiasmo por la naturaleza, fecundada con el calor 
de la fé, y vivificada en Cristo, su principio y fin fun- 
damental. A.SÍ es que al recibir la funesta nueva, el do- 
lor y la aflicción que sufrió solo son comparables al de 
un padre que ve morir á su hija única; porque con 

1. "Este dia mandaron sus mercedes que se preste al almirante 
Colon las andas en que se trujo el cuerpo del señor cardenal don 
Diego Hurtado de Mendoza." Archivo de la contaduría de la santa 
Iglesia de Sevilla. Colección diplomática, núm. CLIV. 

2. "E se toma una cédula de Francisco Pinelo qué asegure de 
las volver á esta iglesia, sai: as" Archivo de la contaduría de la santa 
Iglesia de Sevilla. Colección diplomática, nxim. CLIV. 



—331— 

Isabel perdía no solo á su reina sino á una incompara- 
ble amiga. Isabel amaba con filial ternura y honraba 
con respetuosa deferencia al ser superior que Dios le 
habia enviado, contemplaba en él sus propias cualida- 
des, es decir, sus eminentes virtudes, admiraba su mo- 
destia, su sencillez de santo y su poético candor, 
y solamente ella veia claro su grandeza, solo ella es- 
perimentaba el respeto que impónia su misión provi- 
dencial, porque, salvo algunos seres privilejiados, entre 
los cuales se contaban varios obispos y relijiosos, el 
resto de los españoles no lo consideraba mas que como 
un alto funcionario de marina que servia á la coro- 
na en ultramar, ó como un almirante, esplorador de 
mares poco conocidos, y al que su oríjen jenoves ha- 
cia siempre un tanto sospechoso; solo ella habia apo- 
yado sus planes y su administración á despecho de las 
oficinas de Sevilla, de los cortesanos, de los consejeros, 
de la opinión pública, del mismo rey, y no habia ce- 
dido mas que en una ocasión á las apariencias: que era 
preciso que la imperfección humana, que la debilidad 
de la mujer, apareciese, siquiera como un relámpago en 
el curso de aquella amistad sin igual, si bien supo re- 
parar su falta vertiendo en secreto lágrimas de dolor y 
pesar profundos por la desgracia en que, sin voluntad, 
fué cómplice. Pero para el alma ardiente de #olon 
aquel momento no habia existido. Para él siempre fué 
la incomparable Isabel el tipo de la purez?, de la cons- 
tancia y de la fidelidad á la palabra, y la esencia de 
las gracias y de la poesia de la humanidad.! ¿A 

1. La Francia, tan hospitalaria para los nombres gloriosos, y 
tan amante de la justicia histórica no conoce cual se debe la vida de 
la noble Isabel. Somo8,^sin embargo, acreedores á Mr.' Ferdinand 
Denis, autor de las Crónicas caballerescas de España, de una muy 
importante biografía de la reina católica, publicada hace algunos 
años en la Mevista de París. Después de este hermoso trabajo, no- 
table por todos conceptos, los juicios del sabio abate Eohrbacher, 
autor de la Historia general de la Iglesia, y los de Mr. Eossew- 
Saint-Hilaire, autor de la Historia de España, componían lo que 
poseia la Francia de mas completo sobre la vida de Isabel, cuando 



• —332— 

quién cotnunicaria en adelante las impresiones de sus 
viajes? ¿Para quién emprendería nuevos descubrimien- 
tos? ¿Quién le seguiría ya en ellos con la imajinacion 
y le agradeceria sus trabajos? ¿Quién vendría en su au- 
xilio para realizar el objeto final de sus esperan- 
zas: la redención del sepulcro de nuestro Señor? Por 
eso, cuando se hubo penetrado de que su desgracia era 
inevitable, de que la reina habia muerto, su dolor in- 
menso le abismó en un silencio profundo, y no procuró 
espresar lo inespresable. Únicamente se sabe que sus 
padecimientos físicos se agravaron de un modo cruel, 
pues él, que tan lacónico y conciso se manifestaba en 
lo que concernía á su persona, confesó en su primera 
carta á su hijo, que hacia gran esfuerzo para escribirle 
á causa del "mal horrible" que le aquejaba.^ 

También el mas ilustre guerrero de España, el cé- 
lebre Gran Capitán, Gonzalo Pernandez de Córdoba es- 
taba traspasado de dolor, y por su rostro, tostado con 
el sol de Italia, rodaban copiosas lágrimas que la 
muerte de Isabel habia llenado su pecho de indeci- 
ble aflicción. 2 El elegante latino Pedro Mártir, escri- 

el ilustre padre Ventura de Raúlica, con justicia apellidado el Bos- 
suet italiano, ha popularizado en ella la gloria de esta gran soberana, 
por medio de un libro monumental. 

ItsumeinsL católica tenia naturalmente su asiento señalado entre 
los mírelos de grandeza y piedad, que, con tanta magnificencia, es- 
ponia á nuestra contemplación el libro intitulado La mujer católica. 
El maestro de los oradores italianos, que también es el primero de 
los predicadores franceses, y no tiene mas émulo que el célebre do- 
minico Lacordaire, hombre único en su j enero, no ha mucho tan 
admirable por su elocuencia como al presente por ^su silencio el E. 
P, V. de Itaúlica, usando de la autoridad que le es propia, ha de- 
mostrado la superioridad de la reina Isabel sobre su marido, y el 
maravilloso papel que le reservó la providencia en el descubrimiento 
del Nuevo Mundo; reducido á su verdadero valor á Fernando el 
Católico, distinguido la verdadera causa de su forma, é indicando 
sucintamente por medio de apreciaciones llenas de profundidad el 
carácter de ese rey, que no fué grande sino con Isabel y por Isabel. 
Nuestros lectores podrán formarse mas cabal idea de Isabel leyendo 
la grande obra intitulada La mujer católica. 

^ 1 . Memoria escrita de puño del almirante para su hijo don Diego . 

2. "Nec multis inde diebus Regina fate concessit, incredebili 
cum dolore atque jacturá Gonsalvi." Paulus Jovius. Vitm illustro- 
rum virorum, lol. 275. 



—333— 

bia al arzobispo de Granada; "Mi diestra desfallece; 

pero hago un esfuerzo para escribir La reina 

ha exhalado el alma inmensa que habitaba en su cuer- 
po, haciéndolo un tesoro de virtudes! El mundo ha per- 
dido su ornamento mas precioso y hasta hoy sin ejem- 
plar! "1 

Apenas Isabel, emblema de honor, de unión y de 
confianza desapareció del mundo, tornó á presentarse 
de nuevo el espíritu de la discordia; la desconfianza y 
el descontento batieron sus alas en las elevadas rejio- 
nes de la corte, preocupando los ánimos é inquietando 
á los hombres pacíficos y previsores. El maquiavelismo 
se apoderó de la política, los envidiosos y los hipócritas 
levantaron la cabeza, los buenos y los justos se mira- 
ron con recelo, y entretanto en los campos se presentía 
una calamidad. 

Grandes alteraciones, verdaderos desórdenes atmos- 
féricos señalaron aquella época de duelo; negros nubar- 
rones se acumulaban en el horizonte; lluvias incesantes 
desgarraban las tierras, destruían los caminos y lo inun- 
daban todo, pudriendo las semillas; lo que acasionó un 
hambre jeneral. El ataúd de la reina, al ser llevado á 
Granada, conforme á su voluntad, estuvo á pique de 
ser arrebatado por las aguas; y el capellán del rey en- 
cargado de dirijir el convoi fúnebre, dice que, jamas se 
conoció un llover parecido, y que mas de una vez 
corrió peligro su vida durante el viaje.^ Las car- 
tas del almirante mencionan el mal estado del mar 
á la sazón, que no dejaba salir los buques de Sanlu- 
car, y que el desbordamiento del Guadalquivir anegó 

1. " Caditmitri pro dolore dextera. Cogor lamen scriberc... ani- 
mam illam ingentem insignem, preciare gestis optimam !Regina ex- 
halavit. Orbata est terrae facies mirabili ornamento, inaudito hac- 
tenus..." Petri Martyris Anglerii, Opus Epistolarum, liber decimus 
septimus. Epist. CCLXXVIII. 

2 En su primera carta del año 1505 habla Pedro Martyr de este 
jeneral trastorno en la atmósfera: " Catlorum illa rabies inaudita.^* — ■ 
Petri Martyris Anglerii, Opus Upistolarum, liber decimus septimus. 
Epist. CCLXXIX. 



—334— 

á Sevilla. 1 La miseria, las disensiones, el hambre y la 
relajación de la justicia, dieron presto testimonio de que 
Isabel no era ya. España estuvo á pique de caer en el 
caos, y su territorio de dividirse. 

Pero, volvamos al almirante, y contraigámonos solo 
á la parte de los sucesos referidos que le toca. 



III, 



Una gran debilidad en las manos aquejaba á Colon 
desde que desembarcó; y como no le era posible soste- 
ner la pluma durante el dia, necesitaba ocupar gran 
parte de la noche en el despacho de su corresponden- 
cia. Aun en tan triste estado es admirable su actividad. 

Porque sabedor á su llegada de que el soberano pon- 
tífice Julio II, se quejaba de no recibir de él nuevas de 
las Indias, hizo al jefe de la Iglesia una relación de sus 
descubrimientos. Mas temiendo que sus comunicacio- 
nes oficiosas con la corte pontificia diesen márjen á 
nuevas acusaciones, antes de remitir este documento á 
Roma, creyó prudente dar una copia de él al rey y otra 
al nuevo arzobispo de Sevilla, el dominico Eray Diego 
de Deza, amigo suyo, y en otro tiempo su defensor en 
la célebre junta de Salamanca. 

Pero lo que admira mas que su fuerza moral y su 
paciencia en medio de las pruebas a que se hallaba 
sometido, es la jenerosidad de su carácter y la perfec- 
ción evanjélica de su caridad, que le impulsó á tomar 
bajo su protección á los marineros que habia traido, y 
de los cuales una parte conspiró contra su vida. No 

1 Viernes 13 de Diciembre de 1504. — Cartas de don Cristóbal Co- 
lon á su hijo don Diego. 



—335— 

se limito á perdonarlos, y proporcionarles los medios de 
tornar á la patria, distrayendo mil y doscientos caste- 
llanos de la suma que percibió en Santo Domingo, sino 
que al entrar en Sevilla, en su primera carta, recomendó 
á la solicitud de los reyes aquellos hombres á quienes se 
les debian atrasos y tenian gran necesidad de recibirlos. 
Ademas, algunos dias después, recordaba á la corte su 
pobreza y desnudez; el 28 de Noviembre instaba á su 
hijo hablara por ellos; i y sin temor de ser importuno 
por su insistencia, el 1 ° de Diciembre volvió á ocuparse 
en favor suyo. 

Y como las oficinas, á pesar de las lamentaciones de 
los marineros y de las súplicas de sus familias, no los 
satisfacían, en el momento en que no podia enviar mas 
de ciento cincuenta ducados á su hijo y le advertia 
tuviese mesura en gastar aquella suma, hacia, no obs- 
tante la estrechez de sus recursos, un adelanto á estos 
ingratos. Después, cuando ellos, cansados de suplicar en 
vano se decidieron á dirijirse al mismo rey, les dio una 
carta para el arzobispo de Sevilla, encargó á su hijo, á su 
hermano don Bartolomé y á Carvajal, que los auxilia- 
ran con sus consejos y dilijencia?, 'aporque así era ra- 
zón; bien que entre ellos hubiese que mas merecían 
castigo que mercedes,'^ como decia él mismo aludiendo 
á los revoltosos,^ y reiteró á don Diego la recomen- 
dación de apoyarlos con todo su poder, "porque era 
razón y obra de misericordia, porque jamas nadie ganó 
dineros con tantos pehgros y penas, y que haya fecho 
tan grande servicio como este; "^ llevando su caridad y 
solicitud al punto de mandar á la corte, á Diego Mén- 
dez, las nóminas de pago. 

Pero la enerjia de estas reclamaciones en nombre 
de la humanidad y de la justicia, no podia emplearlas 

1 En Sevilla á 28 de Noviembre. 

2 Cartas de don Cristóbal Colon á su hijo don Diego á 29 de Di- 
ciembre de 1504. 

3 Ibidem, ibidem. 



—336— 

en su favor, y así se limitó á recordar sus servicios y los 
compromisos contraidos por la corona con él, es decir, 
á lo que su situación le permitió. Apenas llegado á 
Sevilla, escribió á los reyes para anunciarles su vuelta 
y tomar sus órdenes, con cuyo motivo el rey Fernando 
dijo á su primojénito don Diego palabras muy dul- 
ces y lisonjeras, que el joven guardia creyó sinceras 
con la sencillez de su corazón y las trasmitió á su 
padre. Sin embargo. Colon á su despacho unió una 
memoria en forma de '^carta muy estensa " acerca de 
la administración de las Indias, y en la que esponia 
en su realidad la situación de la colonia, el oríjen de 
los males y el modo de remediarlos, y no recibió nin- 
guna respuesta. 

Tornó á escribir y le aconteció lo propio. 

El 12 de Diciembre dirijió otra carta al rey, y no 
se sabe que tuviera mejor suerte que las precedentes. 

Mas como la desgracia que acababa de sobrevenir 
á España, podia haber hecho perder de vista sus misi- 
vas, el almirante no dedujo de tan estraño silencio en- 
fadosas consecuencias, y menudeó las cartas á su hijo 
don Diego para que obtuviera una contestación; pero 
fué en vano. 

A pesar del silencio del rey, como supiera por al- 
guno de las oficinas de Sevilla, probablemente Eran- 
cisco Pinelo, que se iban á erijir tres obispados en 
las Indiasi solicitó el favor de seroido antes de que se 
tomase resolución sobre ello. Tampoco recibió res- 
puesta. 

En Diciembre escribió otra vez á su hijo; pero no 
se hizo alto en el deseo del almirante, y la voz pública 
le hizo saber que las presentaciones habian tenido lu- 
gar y habian sido admitidas en la forma ordinaria. En- 
tonces pidió que, al menos, se retardara la salida de los 
obispos'-^ hasta que él hubiera hablado al rey: era el 18 

1 Carta de Colon de 1." de Diciembre de 1504. 

2 Cartas de don Cristóbal Colon á su hijo don Diego. 



—sar- 
de Enero. Sin duda este paso hubiera sido inútil á no 
haber dependido mas que de la corte, porque el mis- 
mo dia trajo á Sevilla un correo para trasmitirlas al 
gobernador de la Española nuevas instrucciones, cuyo 
contenido ignoraba Colon. Pero mientras que yacia 
enfermo, desgraciado y pobre en la ciudad calumnia- 
dora, convertida para él en nueva Cedar,i el jefe de 
la Iglesia, que no olvidaba la autoridad del heraldo 
de la cruz, estrañó que en aquella creación de obis- 
pados, motivada por los rápidos progresos de la con- 
versión de los indijenas, el virey de las Indias no 
hubiera emitido su opinión, ni aun fuera mencionado. 
Este silencio de Colon y sobre Colon, pareció sospe- 
choso al cruciferario del catolicismo. Y como en la cor- 
te-pontificia no se ignoraba ni la envidia ni las perse- 
cuciones de que era objeto el almirante, la erección 
de un arzobispado y dos obispados á un tiempo para 
responder á las necesidades respectivas de tres centros 
de población, causó algunas dudas en la cancillería ro- 
mana. Los tres prelados propuestos ofrecían incontes- 
tablemente todas las garantías deseables de piedad y 
de ortodoxia, pues eran el franciscano García de Pa- 
dilla, el doctor Pedro de Deza, sobrino del dominico 
arzobispo de Sevilla y el licenciado Alonso Manza, ca- 
nónigo de Salamanca. 2 Así, pues, la elección fué con- 
firmada por la Santa Sede, pero, sin embargo, con su 
prudencia habitual no despachó las bulas hasta poseer 
mas amplios informes; y de esta suerte la corte de Ro- 
ma atendió á los deseos del almirante, desairados por 
el rey católico, cual si fuera conocedora de ellos; y los 
obispos no salieron para su destino. 

Si Colon insistía tanto en dar su parecer acerca de 
la creación de los obispos, era porque la gloria de Dios 

1 Heu mihi quia incolatus meus prolongatus est! Habitavi cum 
habitantibus Cedar. — Psalm. CXIX. 

2 El primero para Lares, el segundo para Jaragua, y el tercero 
para Concepción. — Charlevoix, Histoire etc., lib. V, p. 310, in 4." 

43 



—338— 

y el honor del Soberano Pontífice lo llenaban de pia- 
dosa inquietud, conociendo que se abusaba de la dis- 
tancia para inducir en error al santo padre y hacer 
útil á fines mundanos su sagrada autoridad. Circuns- 
tancia es esta que nunca han hecho notar los historia- 
dores y que merece nos ocupemos de ella. 

Esperando aumentar la importancia de su gobierno 
y dar á la Española un esplendor que sirviera á sus 
miras ulteriores, habia imajinado Ovando solicitar la 
creación de un arzobispado y dos obispados en la is- 
la; ademas de que el solo hecho de la creación justifi- 
caría suficientemente su celo relijioso y habilidad 
administrativa. Así, pues, pedia la erección del arzobis- 
pado de Jaragua, teniendo por sufragáneos al obispado 
de Lares y al de la Concepción. 

Ovando tenia un interés particular en hacer erijir 
en silla episcopal á la aldea de Lares, fundada bajo sus 
auspicios, y que contaría unos sesenta habitantes, por- 
que por este medio se prometía atraer á ella colonos y 
eternizar su empresa. En cuanto al de la Concepción, 
en que se habían reunido sobre ciento cincuenta indi- 
viduos, protejidos por la sólida fortaleza levantada por 
el almirante, el obispo no hubiera tenido motivo de 
quejarse de su residencia, pues se le daba el nombre de 
ciudad,el sitio era saludable y seguro, y podía tranquila- 
mente dedicarse á sus tareas y vivir garantido de los 
ataques de sus futuros diocesanos. Por lo que toca al 
arzobispado, parecía mas natural establecerlo en Santo 
Domingo, capital de la colonia, que poseía una cin- 
dadela y un puerto militar, y contenia el mayor número 
de habitantes de la isla. Mas, aunque Ovando hubiera 
deseado la erección en Santo Domingo de una silla 
arzobispal que diera mas lustre á su gobierno, su ca- 
rácter aiiibicioso y dominante le hacia temer la pre- 
sencia de una autoridad superior é independíente que 
hubiera podido limitar y censurar en ciertos puntos su 
acción; y por lo tanto propuso establecer el arzobispa- 



—sao- 
do en Jaragua, lugar separado de la capital por se- 
tenta leguas de distancia, al través de montes y de 
valles, sin camino abierto, sin habitaciones y sin ha- 
bitantes posibles. Jaragua! dolorosa imájen, horrible 
recuerdo que no hubiera debido despertar jamás 
Ovando! pueblo incendiado después de haber sido 
pasados á cuchillo sus moradores! montón de ruinas, 
lodazal de sangre y cenizas, silencioso desierto! Un ar- 
zobispado en Jaragua era entonces tan útil á las nece- 
sidades relijiosas de las almas, como lo seria hoy en el 
bosque de Bondy, en Sierra-Nevada ó en las lagunas 
Pontinas. 

Y sin embargo, semejante proposición habia sido 
examinada, meditada y aprobada por don Juan de 
Fonseca, director de los asuntos coloniales. He aquí có- 
mo este obispo nominal organizaba el servicio de Dios 
en la Española! Pero aun hay mas: se habia atrevido 
á decir que el cristianismo hacia grandes progresos en 
las Indias, porque la idolatría iba disminuyendo por 
días. Y en verdad que disminuía la idolatría, pero era 
porque los idólatras sucumbían; porque después de 
las matanzas, de las ejecuciones en masa y de los 
asesinatos particulares y arbitrarios, los trabajos de las 
minas precipitaban la destrucción de los indíjenas; y 
así, poco á poco, iba concluyendo el idolismo, pero sin 
que por eso la relijion de Jesucristo ganase una sola 
alma. Ahora se comprenderá por qué se recataban de 
Colon, y por qué los traficantes sin. pudor y los fauto- 
res de iniquidades espirituales, huían de la luz de su 
penetrante mirada. 

Pero sus observaciones se cooaunicaron de su parte 
de un modo secreto al nuncio apostólico. Y no se con- 
cretó á esto solo la sohcitud del heraldo de la cruz; que 
á pesar de sus apuros pecuniarios hizo un esfuerzo su- 
premo, auxiliado por las firmas de Francisco Ribarol, 
Francisco Grimaldi y Francisco Doria, y las acepta- 
ciones de Pantaleone y Agostino Italiano, que solían 



—340— 

poner á su disposición su crédito,* y consiguió reunir 
los medios para verificar un viaje á Roma, cuyo come- 
tido encargó á su hermano el adelantado, que debia 
dirijirse á la capital de la cristiandad con un mensaje 
para su jefe. Don Bartolomé, dispuesto siempre á com- 
placer al almirante, partió para su destino con pretes- 
to de visitar su patria, por no escitar sospechas y hacer 
rápidamente el trayecto. En 1505 se hallaba en Roma 
donde redactó la historia del primer viaje de Cristóbal 
Colon, acompañada de una carta de sus descubrimien- 
tos, que regaló á un sabio canónigo de San Juan de 
Letran, quien á su vez obsequió con ella al ilustrado 
Alejandro Zorzi,^ de Venecia, amigo suyo, y autor de 
la Baccolta, formada bajo sus auspicios: menciónase 
esta particularidad en un ejemplar del Mondo Nuovo, 
existente en la biblioteca Magliabecchi. 

La permanencia del adelantado en la ciudad eter- 
na no fué dilatada, pues habiendo salido de Sevilla á 
fines de Enero de 1505, antes del mes de Diciembre 
estaba de vuelta en Esparta. Sin embargo, el objeto 
de su viaje se realizó, puesto que el Santo Padre se 
negó á espedir los breves, y que todas las instancias 
del embajador español fueron inútiles, prevaleciendo 
en el ánimo del Soberano Pontífice el aviso confiden- 
cial de Colon sobre los deseos de la corona de Castilla 
y la habilidad de la diplomacia. La confirmación de los 
tres obispos quedó en suspenso, y así transcurrieron 
muchos años, hasta que al cabo tuvo el gobierno espa- 
ñol que hacer en el asunto las modificaciones que se 
contenían en el proyecto confidencial sometido por Co- 
lon al Santo Padre: la pretensión del quimérico arzo- 
bispado de Jaragua se desestimó, y la dignidad de ar. 



1 Véanse las cartas del almirante á su hijo, 13 y 29 de Diciem- 
bre de 1504. 

2 Parece que el trabajo de don Bartolomé se intituló, bien por el 
donatario, bien por Alejandro Zorzi: Una informazione di Bartolomeo 
Colombo delle navigazioni di Ponente e Garban nel Mondo Nuovo. 



—341— 

zobispo no se conoció en largos años en la isla Espa- 
ñola, i 

El frió escesivo molestaba al almirante y exaspera- 
ba sus dolencias. También le tenia inquieto el mal es- 
tado de sus intereses. Sabia que unas carabelas pro- 
cedentes de la Española y que los temporales habian 
forzado á guarecerse en la rada de Lisboa, traian oro, 
pero ni un grano para él, cuando calculaba que de sus 
derechos le correspondían sesenta mil pesos,2 que el 
gobernador debia haber mandado separar. Por eso, al 
escribir á su hijo el 21 de Diciembre le decia: "Es ne- 
cesario poner buen recaudo en los dineros fasta que sus 
Altezas nos den ley y asiento.'''^ 

No es difícil trabajo esplicar los apuros pecuniarios 
del almirante. Ademas de sus gastos en la posada, ne- 
cesitaba sostener en la corte á sus dos hijos, á don 
Bartolomé, y á sus enviados Méndez, Carvajal y Jeró- 
nimo, que tampoco recibian sus pagas. Debíasele á la 
sazón á don Diego, su primojénito, veinte y cinco mil 
maravedís, de sueldos atrasados como guarda de Sus 
Altezas, y cincuenta y nueve mil ochocientos sesenta 
de lo que le pertenecia por su hermano. Al adelantado 
se le adeudaban doscientos sesenta y un mil seiscien- 
tos sesenta y cinco maravedís,^ y á don Fernando se- 
senta mil. Comprenderase ahora la ansiedad del almi- 
rante, obligado á hacer frente á tantas necesidades,^ si 

1 Mas tarde el rey propuso este nuevo arreglo, que fué aprobado 
por el papa: suprimir la metrópoli de Jaragua y erijir á Santo Domin- 
go, Concepción y Puerto Rico en sufragáneos de Sevilla, quedando los 
antiguos prelados. — Charlevoix. Histoire, lib. V, p. 310, in 4." 

2 No se vio nunca igual maldad, pues sesenta mil pesos dejados 
por mí habian desaparecido. — Carta del almirante á don Diego Colon 
á 18 de Enero de 1505. 

3 Carta de Colon á don Diego ^ fechada en Sevilla el 21 de Di- 
ciemh'e de 1504. 

4 Partido de paga hecho á don Bartolomé Colon. — Suplemento 
primero á la colección diplomática n.° LX. 

5 Sin embargo, cuando se verificó el pago en 1506, según los do- 
cumentos comprobados por Muñoz, Femando no percibió sino 31.750 
mrs., y el adelantado 52.916. — Nota al documento n.° CLIV, de la 
Colee, dip. — Parece que el almirante debia pagar la mitad de estas su- 
mas, y que las oficinas de Sevilla lo hicieron valer. 



bien * no eran suficientes ellas y sus padecimientos á 
destemplar su dulce carácter, su buena voluntad y sus 
simpatías por cuanto le parecía digno de estimación. 

Al dia siguiente de la partida de Diego Méndez 
para la corte, recibió Colon la visita de Amérigo Ves- 
pucio, que, llamado por el rey para negocios de mari- 
na, venia á tomar sus órdenes, es decir, con pretesto 
de manifestársele respetuoso, á pedirle algunas cartas de 
recomendación. Ya sabemos que Amérigo Vespucio, 
primer dependiente de su compatriota el florentino 
Juanoto Berardi, se hastió del comercio y se dedicó al 
estudio de la cosmografía, así que sus pláticas con el 
almirante despertaron en él el noble deseo de saber. 
Y aunque habia hecho con Alonso de Ojeda y el piloto 
Juan de la Cosa un viaje á Tierra Firme, auxiliado con 
las cartas de Colon, cuya copia le entregó alevosamente 
el obispo ordenador, don Juan de Fonseca, el almiran- 
te no hizo alto en su mas ó menos directa participa- 
ción en tamaña felonía, solo vio que habia navegado, 
observado y sufrido sin gran provecho para sus inte- 
reses; y como en sus anteriores relaciones con Vespu- 
cio, este, se mostró "siempre de una manera muy de- 
corosa, sin querer profundizar mas lo conceptuó ''mu- 
cho hombre de bien,''i admitió sus ofrecimientos, y lo 
recomendó á su hijo don Diego. 

Cinco dias después volvía el almirante á escribir á 
su hijo para interesarlo, así como á Méndez, en obte- 
ner el perdón de dos hombres, perseguidos criminal- 
mente, poniendo la súplica entre las que se presenta- 
ban al rey en la semana santa,^ época de real indulto. 
La carta en que dice esto es la última que haya lle- 
gado hasta nosotros de cuantas dirijió Colon á don 



1 Carta de Cristóbal Colon á don Diego, — De Sevilla el 5 de Fe- 
brero de 1505. 

2 Ten forma que Diego Méndez ponga esta dicha petición con las 
otras en la Semana Santa que se da á Su Alteza de perdón. — De Sevilla 
el 25 de Febrero de 1505. 



—343— 

Diego de8de Sevilla, y la única que fuera toda escritíi 
de su puño. n 

Conociendo el almirante á principios de Enero de 
1505 que la malquerencia de la corte le dejaba ya 
pocas esperanzas de conseguir se le hiciera completa 
justicia, y entendiendo que tal vez su persona era el 
obstáculo que se oponia á la realización de sus deseos, 
imajinó presentar y hacer admitir al monarca su pri- 
mojénito don Diego, como sucesor suyo en todos sus 
títulos, privilejios y derechos, en virtud de los acuer- 
dos habidos con la corona en la Vega de Granada, fir- 
mados por los dos reyes, y ratificados por los mismos 
en dos ocasiones, del modo mas solemne. Aconsejado 
por su padre, elevó don Diego un memorial al rey ca- 
tólico, recordándole los servicios que aquel tenia pres- 
tados, y las promesas que S. A. le habia hecho de viva 
voz y por escrito, y rogándole se dignara reponerlo en 
su gobierno y en el pleno ejercicio de sus prerogativas, 
porque así se debía á la justicia, á su nombre, y para 
, descargo de la conciencia de la reina, empeñada en el 
caso. Y concluía don Diego pidiéndole que, al menos, 
con arreglo á las estipulaciones, se le nombrase en el 
lugar y empleo de su padre, y se le enviara á Indias, 
dándole directamente, sí lo estimaba oportuno, consé- 
jelos que lo ilustrasen con su saber. ^ 

Don Diego no recibió respuesta. 

Y creyendo el almirante que provenia este vsilencio 
de alguna irregularidad de forma en la presentación y 
que gustaría S. A. de recibir de él mismo la espresion 
de su deseo, le escribió una carta breve, firme y res- 
petuosa, en la cual, invocando los derechos escritos en 
sus tratados, le recordaba que habia sido arrancado 
injustamente de su gobierno, injusticia que fué visi- 
blemente castigada por Dios en la persona de su au- 
tor y de sus cómplices, y le suphcaba invistiese á su 

1 Memorial de don Diego Colon — Las Casas, Historia de las In- 
dias, lib. II, cap. XXXVII, fol, 115. 



—344— 

hijo don Diego con la gobernación de las Indias. Pero 
por desgracia, Colon, con el objeto de enternecer al 
rey y apresurar el despacho del negocio, anadia que 
pensaba que las dilaciones que sufria eran la causa 
principal de la estraña y dolorosa enfermedad que le 
tenia como tullido. ^ 

Esta declaración fué la sentencia del almirante, 
porque por alto que estuviera colocado Fernando el ca- 
tólico no dejaba pasar nada desapercibido, aparte de 
que sus cavilosidades se adivinaban y servían con un 
tacto diabólico. Desde entonces el sistema de parsimo- 
nia que debia seguirse con Cristóbal Colon, quedó tra- 
zado por indicación del mismo. 

^ Como se preveía, su carta no fué contestada. 

Impaciente por presentarse en la corte el almiran- 
te, y halagándose con la idea de que de viva voz acti- 
varla sus asuntos, renunció al fúnebre y dispendioso 
viaje que imajinó hacer eu una camilla, y como el tiempo 
habia mejorado, creyó poder soportar el paso de una mu- 
la,ya que el de un caballo era demasiado penoso para 
su padecido cuerpo. Ya el 29 de Noviembre escribió á 
su hijo pidiéndole obtuviera del rey un permiso para 
trasladarse á la corte en una mula,^ cosa que prohibía 
una cédula de 1494. ^ Don Diego obtuvo la Hcencia, 
que se firmó en la ciudad de Toro el 23 de Febre- 
ro^ del año siguiente. Sin embargo, acrecentadas sus 

1 Carta del almirante don Cristóbal Colon^ pidiendo al rey católi- 
co. — Suplem. primer, á la Colee, diplom. n." LYl, 

2 Carta del almirante don Cristóbal Colon á don Diego. — En Se- 
villa á 29 de Diciembre. 

3 A causa de la comodidad que proporcionaban las' muías se des- 
cuidó completamente la cria de caballos en Castilla, y el ejército se vio 
en las últimas guerras reducido á la mitad de jinetes. Por lo cual, una 
ordenanza de 1494 prohibió el uso de muías á todos, salvo á las mu- 
jeres y al clero; y otra posterior, fecha de Granada, á 20 de Enero, re- 
novó la prohibición. — Andrés Bemaldez, Historia de los reyes católi- 
cos, cap. CXXXIY. MS.; y Ramirez, Libro de Praa7náticas, 1503, 
fol. 284. 

4 Por la presente vos doy licencia para que podáis andar en muía 
ensillada é enfrenada por cualesquier parte destos reinos, etc. — Cédula 
rejistrada en el real ai-chivo, libros de la cámara. 



—345— 

crueles dolencias con el disgusto de tantas demoras y 
con haber sobrevenido malos tiempos, no pudo hacer 
uso de la autorización, y pasó la cuaresma en Sevilla, 
baldado, sin que eso obstara para que disminuyese en 
lo mas mínimo sus penitencias, pues observaba de 
una manera rigorosa el ayuno cuadragesimal, y seguía 
exactamente la regla de la orden seráfica. 

La dulce influencia de la primavera mejoró su es- 
tado, y en el mes de Mayo, en compañía de su hermano 
el adelantado, y montado en una muía, tomó el camino 
de Segovia, á la sazón residencia de la corte. Mas era 
tal todavía su debilidad, que al llegar al estremo del 
camino de la Plata cayó enfermo en Salamanca. El fiel 
Diego Méndez voló á su encuentro para verle y pro- 
digarle sus cuidados.! Al cabo, tras algunas etapas 
ocasionadas por la gravedad de sus dolencias, consi- 
guió Colon concluir su viaje. 

Acojiólo el rey con su habitual cortesanía y ciertas 
apariencias de atención, pero no lo trató conforme á su 
rango, como envida de Isabel. Oyó con paciencia el relato 
de su peligrosa navegación, y con interés el de la descu- 
bierta de las minas de Veragua,y le dejó referir su nau- 
frajio forzado en la Jamaica, el abandono en que lo había 
dejado el gobernador de la Española, la revuelta de los 
Porras, y las injurias y desaires sufridos en Santo Do- 
mingo, sin darle otro consuelo que palabras afables; 
pero de cuya escasa sinceridad no podía dudar el ex- 
perimentado almirante. S. A. ponderó el ínteres que 
se tomaba por su persona, y el respeto que le merecían 
sus antiguos, é indisputables privílejíos: pero encontró 
el modo de concluir la audiencia, no solo sin decidir 
nada, sino sin prometer lo mas mínimo. 

Transcurridos algunos días, creyó Colon deber re- 
cordar al rey los servicios que había prestado. Fernan- 
do le respondió con estremada cortesía que no eran para 

1 Testamento olóqrafo de Diego Méndez. 

44 



—346— 

olvidados; mas la frialdad del tono neutralizaba el efec- 
to de las frases; y su aire de monarca, tomado de pro- 
pósito para contenerlo en los límites de una respetuosa 
reserva y evitar así cualquier pregunta directa que lo 
condujera á una franca esplicacion, dejan entrever las 
verdaderas intenciones del rey. El cual, después de 
hablarle mucho de la gota y del rehumatismo, y de 
recomendarle, ante todo, que se cuidara mucho, é in- 
dicarle los mejores físicos, lo despidió de la manera 
mas cortés. 

Si semejante modo de tratar como á un viejo im- 
bécil al revelador del globo, parecía á Fernando muy 
donosa destreza, lo que tenia de cruel debió lastimar 
profundamente el corazón de Colon, quien, aunque 
permaneció por espacio de algunos dias abstraído en 
su soledad y ofreciendo á Dios estas secretas ofensas, 
al cabo procuró poner ante los ojos del rey en pocas 
palabras el objeto de su reclamación. 

Lejos de abatirse por la indiferencia y el desden que 
le manifestaba la corte, y á pesar de que siempre evi- 
taba cuanto podía el recordar el carácter sobrehumano 
de su descubrimiento, y los favores con que el Señor 
lo había honrado, habló muy alto en su carta al prín- 
cipe, y llamó en ella por su verdadero nombre á las 
cosas que finjian ignorar. El recuerdo de los prodi- 
jios á que dio cima y la conciencia de sus derechos, 
violados juntamente con la justicia, imprimen á su es- 
tilo una fuerza, grandeza y majestad tales, que no po- 
demos resistir al deseo de copiar al pie de la letra el 
principio de esta carta, magnífica por su laconismo y 
elegante sencillez. Es como sigue: 

"Muy alto y poderoso rey. 

"Dios nuestro Señor milagrosamente me envió acá 
porque yo sirviese á V. A. Dije milagrosamente por- 
que fui á aportar á Portugal, adonde el rey de allí en- 
tendía en el descubrir mas que otro: él le atajó la vis- 
ta, oído y todos los sentidos, que en catorce años no le 



—347— 

pude hacer entender lo que yo dije. También dije mi- 
lagrosamente, porque hobe cartas de ruego de tres 
príncipes, que la reyna, que Dios haya, vido; y se las 
leyó el doctor Villalon...."! 

Anadia el almirante que, por la grandeza de sus 
servicios y las utilidades que de los mismos debian re- 
sultar, todos creyeron que Su Alteza le honraría, ma- 
nifestándole su afecto de una manera eficaz; tanto 
mas, cuanto que con esto, no haria sino cumplir lo que 
se le prometió de palabra, y garantizó él, por escrito, 
bajo su firma. 

Contestó Fernando que bien veia lo que traian las 
Indias, y que merecía todos los favores que le hablan 
sido hechos, mas que, como su petición era un tanto 
ambigua, pues trataba á un tiempo de títulos, de go- 
bierno, de derechos pecuniarios, de revisión de cuen- 
tas, de arreglo de atrasos, en una palabra, de cosas ca- 
si litijiosas, seria conveniente escojer un hombre capaz 
para esta especie de arbitraje. Aceptó el almirante la 
proposición, y suplicó á S. A. se dignara confiar el ne- 
gocio al nuevo arzobispo de Sevilla, don Diego de De- 
za, en lo que vino el rey. Sin embargo, especificó Co- 
lon clara y exactamente que la cuestión que él sometía 
á la apreciación de otro, se reduela á lo que tocaba á 
las rentas y al importe total de los derechos sobre los 
objetos esportados de las Indias y de las mercancías 
importadas, pues en lo de sus títulos y gobierno no 
admitía discusión por estar tan terminantes sus diplo- 
mas. Parece que el arzobispo de Sevilla no aceptó el' 
cargo, bien porque creyese que su amistad hacia Colon 
lo había de hacer algo parcial en sus decisiones, bien 
porque su modestia le impidiera pronunciar como ar- 
bitro entre su soberano y el virey de las Indias. 

Al cabo de cierto tiempo, tornó el almirante á su- 
plicar al rey que recordara sus servicios, trabajos é in- 

1 Cai'ta del almirante clon Cristóbal Colon al rey católico. — Su- 
plemento primero á la Colección diplomática, n.° LYIII. 



—348— 

merecida suspensión; que se hallaba privado del ejer- 
cicio de sus derechos y gobierno sin haber sido acusa- 
do, interrogado, ni defendido; que se le castigaba sin 
previa sentencia; que se le habian puesto grillos sin 
eaberse la causa; y que SS. AA., al espresarle de viva 
voz y por escrito lo mucho que sintieron tan cruel tra- 
tamiento, le prometieron reponerlo en su poder y dig- 
nidades. 

Don Fernando, lejos de manifestarse con deseos de 
resistir clara ó encubiertamente á estas solicitudes, re- 
conocia la justicia que las dictaba, y parecia darle ánimo 
para quejarse de lo que le pasaba; pero tampoco hacia 
mas. Siempre que el almirante se presentaba en la 
corte, lo acojia con estremada benevolencia, escuchaba 
atento sus instancias, y le respondia de la manera mas 
afectuosa y lisonjera; y cuando Colon volvia á la carga, 
tornaba S. A. á las buenas palabras y á darle alguna 
esperanza; pero no por eso medraba en sus preten- 
siones. 

Al cabo, viendo que sus derechos carecian de fuer- 
za, puesto que no encontraba el menor medio de ha- 
cerlos valer, quiso entregarse á la jenerosidad del rey, 
y le dijo, para evitar las demoras de un litijio, que fi- 
jara por sí de la manera que tuviese por conveniente 
lo que le pertenecia, porque estaba estenuado por los 
trabajos y enfermedades, y se le hacia tarde el mo- 
mento de ver concluida la diferencia para poder reti- 
rarse á una soledad donde morir en .paz 

Mas don Fernando le contestó con mucha urbani- 
dad que no pensaba privarse todavía de sus buenos 
servicios, que estaba en satisfacerlo, que no le era po- 
sible olvidar que las Indias se le debían, y que espe- 
raba, no solo concederle cuanto le tocase lejítimamente 
en virtud de sus privilejios, sino recompensarlo además 
con haciendas del patrimonio real, i 

1 Herrera. Historia jeneral de los viajes y conquitas de los caste- 
llanos en las Indias occidentales. — Decada 1*. lib. VI, cap. XIV. 



—349— 

Después de tan formales promesas, manifestar la 
mas leve duda hubiera parecido una ofensa. Era pre- 
ciso callar y esperar. Por otra parte, si bien apenas 
muerta Isabel los grandes íio le hacian caso, le per- 
manecia fiel su antiguo amigo Pr. Diego de Deza, y 
merecia mucha consideración y cariño al ilustre fran- 
ciscano Jiménez de Cisneros,i cardenal arzobispo de 
Toledo. Así es que Colon cohservaba un resto de es- 
peranza tanto por esto como porque á veces creia con 
su habitual buena fe en las capciosas palabras de Fer- 
nando; que su noble corazón no podia persuadirse de 
que existiera quien sostuviese por tan largo tiempo se- 
mejante disimulo, é hiciera tal desprecio de los mas 
sagrados derechos. 

Tras esto, como quiera que había sido la reina la 
que estuvo comprometida con el almirante, pareció del 
caso someter sus reclamaciones al Consejo de los Des- 
cargos instituido para atender al cumplimiento de las 
intenciones y de las obligaciones testamentarias de los 
soberanos. Ocupóse, en efecto, el consejo, con bastan- 
te regularidad del negocio; pero in virtiendo sobrado 
lugar en el examen de los autos, en discutirlos y en 
deliberar sin resolver. Hubiérase dicho que resigna- 
ba su competencia, ó que paralizaba secretamente su 
acción una mano poderosa; no parecia sino que en Se- 
govia se ajitaba el mismo espíritu mahgno que en 
Sevilla, y que la atmósfera estaba ya inficionada en 
las márjenes del Eresma como en las del Betis. 

Transcurrido cierto tiempo consiguió el almirante 
que el Consejo volviera á ocuparse de su negocio; mas 
no fué sino para tornar á las dilaciones, pues la corte 
estaba muy dividida con respecto á la reclamación. 
Cual hombres de sano corazón que eran, el cardenal 
Jiménez y el arzobispo de Sevilla, no admitían que 
se buscasen medios de eludir los compromisos contrai- 

1 Herrera. Historia jeneral de las Lidias occidentales, — Deca- 
da 1.% lib. VII, cap. XIV. 



—aso- 
dos con Cristóbal Colon; y aunque el peso y autori- 
dad de tan graves y eminentes prelados iba poniendo 
de su parte á todos los temerosos de Dios, como quie- 
ra que en torno de S. A. el rey, estaban en mayoría 
los cortesanos nobles, y para ellos la razón de estado 
era primero que cualesquiera otras consideraciones 
privadas de conciencia, y decian, se oponia esta al 
cumplimiento de lo pactado en 17 de Abril de 1492, 
á pesar de las ratificaciones, á causa de que la recom- 
pensa pedida, excedia á los servicios hechos, ademas 
de no ser conveniente hacer tan poderoso á un simple 
particular, á un estrangero sobre todo,i el Consejo 
de los Descargos no se pronunció de modo alguno. 

A todas luces la causa de esto era la secreta inter- 
vención que en el asunto tenia D. Fernando; ^pero Co- 
lon, no pudiendo suponerlo siquiera, imajinó que, tal 
vez, por ser negocio de gran importancia, no quería 
S. A. cargar con la responsabilidad de resolverlo en 
momentos en que iba á llegar su hija doña Juana, he- 
redera del trono de Castilla, en compañía de su espo- 
so el archiduque D. Felipe de Austria; y así, llevó 
con paciencia su nuevo tropiezo. Sin embargo, no des- 
perdiciaba las ocasiones que se le presentaban de re- 
cordar al rey lo injustamente que se le privaba de su go- 
bierno y rentas, y lo indigno é inicuo del proceder que, 
con él, tuvo el comendador Bobadilla, proceder que, 
de hecho, se sancionaba en la corte. 

Por su parte, el hijo del almirante, D. Diego, re- 
cordaba también al soberano la petición que le tenia 
hecha para que lo invistiera con el gobierno heredita- 
rio de las Indias, que de derecho le pertenecía en vir- 
tud de los tratados, cuyas copias presentaba. Nunca 
dejaba S. A. sin respuesta estas cosas, y lo hacia con 
gran exactitud. Además, así en las audiencias como 
en las pláticas, siempre hacia mucho gasto de halague- 

1 El P. Charlevoix: Histoire de Saint-Domingue, libro IV, en 4." 



—351— 

ñas palabras y de protestas de benevolencia; y no solo 
no manifestaba enojo por la insistencia del padre y del 
hijo, sino que, lejos de eso, cuanto mas le menudeaban 
en sus reclamaciones, tanto mas favorablemente res- 
pondia. Así es que, á pesar de que nada se concluia, 
no podian quejarse los Colones de la cordial é invaria- 
ble acojida que siempre les dispensaba. 

Esperando un fallo, que no sé daba por temor de 
contrariar las intenciones del rey, se fueron agotando 
los recursos pecuniarios del almirante, á lo cual contri- 
buyó el que las naves venidas de la Española no 
trajeran para él ni una onza de plata, en razón á que 
su apoderado, temeroso, y con mucho fundamento, de es- 
citar la cólera de Ovando, no se atrevía^ á hacer valer 
de una manera enérjica derechos que se disputaban y 
desconocian. Por esto, no alcanzando sus medios á 
sostener por mas tiempo el gasto que, por su posición 
en la corte, necesitaba hacer, se partió para Valladolid, 
donde el rey no hizo sino una estancia pasajera. Mas, 
para colmo de desdicha, otra dolencia vino á juntarse 
con los tormentos de la gota que proseguía, son sus 
palabras, "trabajándolo sin misericordia. "^ 

Entonces D. Fernando, que sin aparentar lo mas 
mínimo observaba con grande interés la decaden- 
cia de las fuerzas del almirante, y sus apuros pe- 
cuniarios, conceptuando llegado el momento oportuno, 
le hizo proponer que renunciase á sus privilejios y acep- 
tase en cambio un estado en Castilla: el feudo de Car- 
rion de los Condes, con una pensión además, sobre el 
real tesoro; pero Colon rechazó con desprecio una ofer- 
ta, con la cual se habían esperanzado seducir su po- 
breza. Y tan inflexible á pesar de su abatimiento, mi- 
seria y enfermedades como en la época en que, fuerte 
con su sola esperanza, obhgó á la corte en la Vega de 

1 Nadie se atreve á reclamar para mí en este pais. Curta del al- 
mirante á D. Diego Colon á l.« de Diciembre de 1504. 

2 Palabras de Cristóbal Colon. 



— asa- 
Granada á venir en sus peticiones, no quiso menos- 
cabar sus maltratados privilejios, y guardó el silen- 
cio de la indignación, limitándose á clamar al cielo 
contra tamaña iniquidad. 

Desde su lecho, escribió Colon á su antiguo defen- 
sor en la Junta de Salamanca, Pr. Diego de Deza, á 
la sazón arzobispo de Sevilla, y que habia permanecido 
siempre en buena amistad con él, y desahogó en su 
pecho su dolor con la moderación y el laconismo de 
quien está familiarizado con el sufrimiento. 'Tarece 
que su alteza, le dijo, no juzga oportuno cumplir lo 
que él y la reina (que santa gloria goce) me prometie- 
ron bajo su palabra y firma. Luchar contra su volun- 
tad seria lo mismo que contra el viento. Hé hecho lo 
que debia hacer, que lo encomiendo á Dios que siem- 
pre me ha sido propicio en mis aflicciones. " 

De esta suerte, el hombre que en aquellos momen- 
tos hacia de la nación española el reino mas rico y po- 
deroso de la cristiandad, no tenia ni una teja á cuya 
sombra poner su cabeza, ni cama en que dormir sino 
alquilada, ni mas caudal para vivir que lo que le pres- 
taban para pagar los gastos del mesón. 

Pero no bastaba esta miseria á la tácita animosidad 
del rey, que, tras de haberlo privado de sus rentas, que- 
ría despojarlo de sus títulos y honores. Pero se pregun- 
tará, ¿qué faltas habia cometido Colon? ¿de qué se le po- 
dia acusar? Ninguna y de nada; puesto que no se le for- 
muló el mas leve cargo, ni tampoco los historiadores 
han descubierto cosa alguna en este respecto. Y no 
podia menos de ser así; porque, preguntaremos nosotros 
á nuestra vez; ¿su obediencia no igualó á su celo? ¿su 
celo á su prudencia? ¿su prudencia á su fidelidad? ¿su 
fidelidad á su rendimiento? Y aun después de su vuel- 
ta, después que perdió á su amiga, á su apoyo, á su rei- 
na, ¿se absorbió en el dolor en deservicio del rey? ¿No 
conservó al ingrato monarca la misma lealtad, la misma 
afición que su esposa le hubiera deseado? 



—353— 

Tenemos acerca de esto una prueba de cuya sin- 
ceridad no puede sospecharse, porque consiste en un 
documento privado, en una carta familiar escrita en los 
instantes mismos en que, anonadado por la muerte de 
la reina, trazaba á su hijo mayor, á la sazón colocado 
cerca de D. Fernando, la línea de conducta que debia 
seguir. El interés de aquellos consejos se duplica por 
razón de las circunstancias en que los daba. He aquí 
como habló el padre al hijo: 

''Ahora, lo primero es encomendar fervorosamente 
á Dios el aluia de la reyna, nuestra señora. Su vida 
fué siempre católica y santa, y pronta á todas las cosas 
de su santo servicio, y por esto se debe creer que está 
en su santa gloria, y fuera del deseo deste áspero y 
fatigoso mundo.* 

Después, lo que me importa mas que todas las 
otras cosas, es procurar hacer continuos esfuerzos en el 
mejor servicio del rey, nuestro señor, y trabajar para 
ahorrarle disgustos. Su alteza es la cabeza de la cris- 
tiandad: ved el proverbio que diz: cuando la cabeza 
duele, todos los miembros duelen. Ansí que todos los 
buenos cristianos deben suplicar por su larga vida y 
salud, y los que somos obligados á le servir, mas que 
otros, debemos ayudar á esto con grande estudio y di- 
ligencia.'^ 2 ^ 

¿Al través de estas advertencias del almirante no 
se percibe su alma? ¿No son propias de un" sumiso, 
sincero y leal vasallo? 

Pero, qué importaba á Fernando la fidelidad de 
Colon? Para él, político profundo, el interés era la 
única regla del corazón; y ni suponía en otro una je- 
nerosidad de que no se sentía capaz, ni perdonaba á 
quien le fuera superior; pero lo que mas le ofuscaba, lo 
que lo hacia implacable con el almirante, era su gloria 

1 Cartas de D. Cristóbal Colon. Memorial de letra del al- 
mirante. 

2 Ibidem Tbidem. 

45 



—351— 

y su grandeza; y así, para D. Fernando, ningún servi- 
cio que le prestara Colon, podia equivaler ala impor- 
tancia que habia adquirido. Habíalo visto el monar- 
ca pobre y oscuro, solicitando el honor de ser presenta- 
do á él y á su esposa, pidiendo ser creído, y que, tras 
siete años de importunar, ganó, en menos de ocho me- 
ses, el vireinato de una rejion mas dilatada que Es- 
paña, y mereció ser tratado como soberano por el jefe 
de la Iglesia, la corte de Portugal, la de Castilla y las 
demás potencias católicas. 

Al ver que con tanta ingratitud se pagaban servi- 
cios tan considerables, la mente contristada del his- 
toriador quisiera descubrir algún hecho que atenuase la 
odiosidad que inspira semejante conducta. En efecto, 
preciso será decir, en descargo de Fernando, que, ade- 
más de la instintiva antipatía que lo alejaba de Colon, 
temía que el progreso de los descubrimientos y la pros- 
peridad de las Colonias diesen por resultado al virey 
español de las Indias un poder é importancia desme- 
didos, y que, merced á la distancia y á la posesión de 
inmensos tesoros, concibiese y realizase la idea de 
emanciparse de la metrópoli, constituyendo un estado 
independiente y rival de Castilla. Pero, si bien el 
acrecentamiento continuado de territorio que hacia 
preveer la serie no interruuipida de descubrimientos, 
hubiera podido infundir, naturalmente, á cualquier 
otro monarca los mismos cuidados, no quedaba Fernan- 
do, por el solo hecho de sospechar ó desconfiar de lo fu- 
turo, exento de sus compromisos y palabra real. Porque 
en primer lugar, como ni las faltas, ni los delitos, ni los 
crímenes se suponen, es imposible, obrando en justicia, 
castigarlos sin que á la sentencia preceda la prueba; y 
en segundo, como aun concediendo la hipótesis de la 
emancipación no constituía esta peligro inmediato para 
la existencia de la metrópoli, no podia alegarse por el 
^rey la necesidad suprema de la salud pública, esa le- 
jítima razón de estado que permite suspender, resol- 



I 



— 355 — 

ver ó quebrantar todo compromiso contrario á la ley 
de su propia conservación. Si de la ejecución de los 
convenios ó capitulaciones habidas entre la corona y el 
almirante, resultaban para éste enormes ventajas, es- 
tas eran proporcionadas á los beneficios que repor- 
taba Cast lia. Esa feliz eventualidad, á la sazón ob- 
jeto de asombro y recelo, la calculó perfectamente 
Colon cuan'do propuso sus condiciones: la corte se alar- 
maba á la sazón y se asustaba de ellas; pero él nada 
estrañaba: todas sus promesas no solo se habian rea 
lizado sino acrecido, pues habia descubierto mas de lo 
que buscó, y dado á los reyes mas de lo que les ofreció 
y ellos esperaban. Por eso la violación de las obliga- 
ciones de la corona para con él, el olvido da la pala- 
bra y firma real son injustificables. Y por grande 
que sea nuestra induljen-jia, la conducta de Fernando, 
nos entristece. Ese desden á la justicia en quien ocu- 
pa el trono oprime el corazón, y esa resolución de no 
cumplir sus compromisos por la razón de que parcelan 
escesivo? indigna á los hombres de bien, porque la 
mala fe, cuanto mas alto está quien da pruebas de 
ella, es mas degradante. Fernando, por haber preme- 
ditado la ruina de Colon, y querido prevalerse luego 
de la pobreza y desamparo en que lo habia sumi- 
do para consumar sus criminales intentos, no tiene per- 
don en el tribunal de la historia. 

La deslealtad de Fernando debia indignará Colon 
tanto como su ingratitud, porque, no obstante el si- 
lencio á que le obligaba su modestia, harto compren- ^ 
dia la grandeza de su obra, y, de consiguiente, de sus' 
servicios. Cierta escuela, á la que pertenecen la mayor 
parte de los biógrafos del almirante, repite ciegamente 
que este murió sin sospechar siquiera la importancia 
de sus descubrimientos, y que tuvo hasta el fin el 
nuevo continente por la costa de Asia. Lo cual, 
mal que le pese á Mr. Humboldt es un error com- 
pleto y manifiesto. Porque es preciso tener en cuen- 



—356— 

ta que Colon dio el nombre de India á las tierras 
descubiertas con el fin de interesar en la empresa 
á la corte, en razón á que las Indias pasaban enton- 
ces por las tierras mas ricas del mundo en especería, 
perlas, oro y diamantes. Fernando Colon dice esto 
terminantemente^ y otros contemporáneos suyos lo 
confirman en todas sus partes. 2 Agregúese á esto 
que el almirante, desde su tercer viage, designaba un 
territorio del que nunca jamas habia oido hablar; y 
como nadie habia aun dado la vuelta á Cuba, ni se 
dio hasta muchos años después de la muerte de Co- 
lon, y se tenia la isla por continente, muy bien 
pudo el virey, participar de la misma opinión y creer 
que aquella tierra era la prolongación de la costa 
de África, avanzando al E. y llegando á la mar de 
las Antillas. 3 Ni esto perjudica lo mas mínimo á la 
exactitud de sus cálculos sobre la existencia del Nue- 
vo Continente, pues en ocasión de su tercera empre- 
sa, no solo conoció y comprendió que la Tierra Firme 
era un continente, sino que el Océano la rodeaba. 

La lójica de los hechos es mas fuerte que la de los 
historiadores, y sin gran trabajo vence siempre de sus 
esfuerzos y sutilezas. 

Hemos dicho antes y lo repetimos ahora que, desde 
la época de su tercer viaje sabia Colon que el Nuevo 
continente no era el Asia, y además añadiremos ahora, 
que el Océano lo circunvalaba con sus aguas, puesto 
que, antes de emprender la cuarta espedicion, habló 
de un estrecho que se proponía descubrir, de un pa- 
so que lo hubiese conducido á ese mar del otro lado 
del istmo de Panamá. 



1 Femando Colon. Vida del almirante. Cap. VI. 

2 Juan de Torquemada, la Monarquía indiana, lib. I. cap. VII. 
.3 Dos años pasados de la muerte del almirante, el rey Fernando 

dio la orden de esplorar las costas de Cuba para que al ñn, se su- 
piera si era continente ó isla. Sebastian de Ocampo recibió comisión 
para ello. Herrera. Historia general de las Indias &c. Decada I, 
libro VII, cap. I. 



—357— 

Esta es una verdad, basada en las propias pala- 
bras de Colon, el testimonio de sus enemigos y 
la jeneralidad de los escritores de su tiempo. Porque, 
sabida cosa es, que hallándose en Granada, anunció 
la existencia del Océano al rededor del nuevo con- 
tinente; y si bien en su carta del 7 de Julio de 1503 
hablaba de Ciguare y Ganges, y repetia las denomi- 
naciones dadas por los indíjenas, conformándose con 
las ideas á la sazón admitidas, inteligibles y únicas, 
no por eso creia haber dado con el Asia, puesto que, 
á pesar de verse reducido á emplear la palabra India, 
ó por prudencia, ó no atreviéndose, ó no queriendo 
crear una por sí para imponerla á tierra tan vasta, 
sobradamente sabia que el soberano señor le habia 
abierto las puertas de lo que era de todo punto des- 
conocido al Mundo Antiguo. Tan clara idea tenia 
Colon de su descubrimiento, y tan convencido estaba 
de que aquello no era el Asia, que indicó la mane- 
ra como la mar lo rodeaba y trazó la posición jeo- 
gráfica de Veragua con respecto á las tierras situa- 
das en la orilla opuesta del Océano, diciendo que 
era la misma de Tortosa con Fuenterrabía, y de Pisa 
con Venecia.i 

Si durante algún tiempo hubiera podido Colon 
creer que realmente habia llegado á las Indias, sus 
postreras espediciones le habrían servido para rectifi- 
car y fijar sus ideas acerca de la importancia de sus 
descubrimientos, y de consiguiente nada estaba ya 
oscuro después de la cuarta espedicion.2 Y como 
aquella intuición poderosa que le habia hecho adi- 
vinar la existencia de un estrecho entre las dos divi- 
siones del Nuevo Continente y presentir la posición 
que convenia á las grandes comunicaciones de los pue- 

1 Cristóbal Colon. Carta á los reyes católicoSj escrita en la Ja- 
maica el 7 de Julio de 1503. 

2 Herrera. Historia general de las Indias occidentales. Déca- 
da I, Hb. VI, cap. VI. 



—358— 

blos en los siglos por venir, ie demostraba con la ma- 
yor evidencia lo inmenso de sus descubrimientos, tenia 
la convicción de que nunca se hubiese cometido con 
ningún hombre injusticia mas grande. ¡Por la donación 
apostólica de la Santa Sede y la Linea de demarcación 
papal, de que él, secretamente, habia sido causa, que- 
dó Castilla poseedora de la mitad del globo, y le ne- 
gaba sus derechos, sus títulos, sus honores y hasta el 
sustento! ¡No tenia en este mundo mas recurso que sus 
rentas y se las hacia desaparecer, quedando así redu- 
cido el que tanto ^habia hecho por España, á deber, á 
la confianza ó á la lástima de algunos compatriotas, el 
pan de cada diaü! 

¿Y cuánto no debia sufrir al ver que la emancipa- 
ción del Santo Sepulcro, deseo desesperado de su vida, 
tenia que abandonarse, cuando todo parecía estar pron- 
to para ser realizado, en razón á que el oro abundaba 
entonces y que cada bajel que llegaba prometía para 
el viaje próximo aportar riquezas mas considerables? 

Pero no obstante de que nada traían para él, ni la 
mas leve queja formuló, sufriendo tantas y tan repeti- 
das ofensas é injusticias con ejemplar paciencia y man- 
sedumbre, y ocultando en lo mas íntimo de su cora- 
zón la tristeza que lo aflijia, ofreció sus amarguras á 
aquel cuya cruz habia llevado á los confines de la 
tierra. ¿Presenta la historia un ejemplo semejante de re- 
signación en la desgracia al que ei? estas circunstancias 
nos ofrece Colon? ¿No deja entrever su conducta algo 
mas que la virtud? La filosofía es tan impotente para es- 
plicar como para infundir un sosiego, una calma, una 
tranquilidad tan sublime. Pero el patriarca del Océa- 
no tenia siempre fijos sus ojos er\ la imájen del reden- 
tor, recordívba que nuestro divino maestro, al traerá la 
humanidad algo mas que un nuevo mundo, la verdad 
y la vida, había sido calumniado, perseguido, ma- 
niatado, azotado, escarnecido, burlado de la mul- 
titud, y condenado después al último suplicio, á pe- 



—359— 

sar de su inocencia manifiesta y reconocida, y por 
eso, á su imitación, el mensajero de la salud, compri- 
mia sus dolores y perdonaba á sus enemigos,* 

En la segunda semana de Abril supo el almirante 
que el rey se habia trasladado con la corte á la Coru- 
ña para recibir á su hija, á la sazón reina, la cual ve- 
nia juntamente con su marido D. Felipe, á tomar pose- 
sión de la corona de Castilla. Un destello de esperanza 
brilló entonces sobre el lecho de dolor en que yacia 
Colon; y creyendo encontrar en la hija de Isabel algo 
de aquella cariñosa justicia de que siempre le dio prue- 
b.^s la incomparable matrona, le escribió para escu- 
sarse de ir á su encuentro, y encargó á el adelantado 
llevase el pliego, cuyo sobre ibadirijidoá ella ya Fe- 
lipe. 

Resplandece en esta carta, sobre todo, su resigna- 
ción en la voluntad divina. Les dice que plugo á nues- 
tro Señor privarlo del placer de ir á su encuentro y 
de dirijir por sí mismo el rumbo de las naves que los 
habian traido; les da por cierto que, á pesar de los 
males que en aquellos momentos lo aquejan sin pie- 
dad, podrá rendirles servicios incomparables; y luego, 
aludiendo á la muerte de Isabel y alas mudanzas so- 
brevenidas á consecuencia suya, añade: Estos reve- 
sados tiempos, ó otras angustias en que yo he sido puesto, 
contra tanta razón, me han llevado á gran estremo-, á 
esta causa no he podido ir á vuestras altezas ni mi 
hijo,^ y concluye manifestando aguarda ser repuesto en 

* El distinguido escritor italiano Conde TuUio Dándolo, que no 
bien apareció la presente obra en Paris, se apresuró á traducirla en 
la dulce y armoniosa lengua del Tasso y Ariosto, no puede por 
menos, al hacerse cargo de este, trozo en una carta á su autor que 
sirve de introducción al pripier tomo, que decirle: ''Vuestro libro 
es digno de colocarse en la cabecera del cristiano moribundo, porque 
os habéis servido de Colon para elevar las almas al redentor.... bende- 
cido seáis por ello " Sentimos, al copiar esta hermosa frase, que el 

Conde TuUio Dándolo nos haya privado del gusto de inventarla. 

N. DEL T. 

1 Calata del almirante B. Cristóbal Colon á los reyes D. Felipe y 
doña Juana. Suplem. primer, ala colección diplomat., n." LXII. 



— 360— 

sus honores y estado, conforme á las capitulaciones ha- 
bidas entre él v el monarca de Castilla. La fecha de esta 
carta era del dia 1.° de Mayo; y como la reina y su 
consorte llegaron el 7 á la Coruña, el adelantado no 
pudo entregarla sino al cabo de algunos dias. Los sobe- 
ranos acojieron con benevolencia la solicitud y prome- 
tieron hacer justicia. ^ Poco después el enviado tornó 
á participar á Colon la buena nueva; pero durante este 
tiempo su enfermedad habia hecho irremediables estra- 
gos. 



1 Herrera. Historia jefiei^al de los viajes y conquistas de los castella- 
nos en las Indias occidentales. Década 1.^ lib. VI, cap. LIV. 



CAPITULO IX. 



Cuando, para descubrir el estrecho, no vaciló Cris- 
tóbal Colon en lanzarse de nuevo al mar, no obstante 
contar sesenta y seis años de edad j cuarenta de ma- 
rino, se mostró no menos heroico que al partirse para 
su primer empresa. Porque, como quiera que, en sus 
anteriores espediciones, habia padecido larga y tenaz- 
mente de oftalmías y rehumas, en esta que era la cuar- 
ta no debia prometerse mejor ventura. Y así fué, en 
efecto, pues se vio aquejado de privaciones y fatigas sin 
número, á las cuales sucumbieron muchos jóvenes de 
gran robustez, y délas que, su mismo hermano, el ade- 
lantado, á pesar de su vigorosa constitución, se resen- 
tía aun mucho después de hallarse de vuelta en Es- 
paña, i Agregúese á esto, el que^ una de sus heridas se 
abrió, y que dolorosas hinchazones le atormentaban 
pies y manos. Pero sobre todos sus males, el mas gra- 
ve para el, si bien con tranquilidad aparente y mesura 
de palabras lo encubría, estaba uno: la perdida de la 
reina, cuya muerte habia abierto en su pecho tan honda 
herida que por ella se le escapaba, gota á gota, la fuen- 
te de su vida. 

No era esta, sin embargo, la única de sus tor 
turas morales, pues además de la que le causaba la in* 
gratitud de Fernando, proceder que como cristiano 

1 Cartas de Cristóbal Colon á su hijo D. Diego. 

40 



— 8Í)2— 

perdonaba, le aflijia sin cesar el recuerdo de aquellas 
apartadas tierras que fué á descubrir un dia en el nom- 
bre de Jesucristo, de aquellos pueblos, antes tan feli- 
ces, que él ambicionó traer al rebaño de los fieles, á 
los que mostró el primero é hizo adorar el signo de la 
redención, y que entonces se destruian con insensata 
barbarie. Sentíase martirizado en los indios el revela- 
dor del Nuevo Mundo, en los tormentos impuestos á 
sus tribus, y en los suplicios á que se sometían aque- 
llos infortunados que morian maldiciendo la relijion 
sublime que aspiró que amasen. 

En medio de todos sus dolores físicos, de su aba- 
timiento, de su pobreza y humillación, el almirante, 
habia encomendado la suerte de sus hijos en manos de 
la divina providencia, y podido desechar de sí cuanto 
hacía de su persona y derechos el monarca; pero nada 
le hubiera hecho olvidar los desgraciados indios, ni 
disminuir la fiebre de indignación que lo dominaba. 
¿Qué palabras para consolar tal aflicción? ¿Cómo tran- 
quilizar la pena que tenia su asiento en las entrañas 
del discípulo del verbo; cómo dulcificar, al menos, su 
agonía moral, dolor inmenso, proporcionado á un pue- 
blo entero y multiphcado por cada uno de los que for- 
maban la raza desgraciada cuyo fin preveía, y cuyo es- 
tertor parecía resonarle en los oídos? 

Para prolongar algun tanto la vida del almirante, 
hubiera sido preciso poder resucitar á la grande Isa- 
bel, y cerrar de seguida la sangrienta llaga de las In- 
dias;i pero después de tantos males y dolores sin 

1 Debemos no echar en olvido que, el conde de Falloux lia sido el úni- 
co, entre los numerosos historiadores de Colon, que haya puesto el de- 
do en esa llaga del corazón. En la Histoire de Saint Pie V, este 
noble defensor del catolicismo ha indicado la causa oculta de su dolor. 
Reconócese al primer golpe de vista en este punto, el tacto, la seguri- 
dad, y la justa apreciación, realzadas por un estilo vigoroso y elegante, 
cualidades todas distintivas de la grandeza y elocuencia que debia ma- 
nifestar Mr. de Falloux en la peor época de nuestra última República, 
á cuyas circunstancias ha debido la justa fama de ser la única, inne- 
gable y cabal superioridad que puso de manifiesto la revolución de 
1848. Digamos de paso que el único ingenio producido por la repú- 
blica no fué republicano. 



—sea- 
cuento como lo aquejaban, parecía cosa de milagro el 
que ya su espíritu no se hubiese despojado de su ves- 
tidura mortal, tanto mas, cuanto que, su misma 
sensibilidad, su compasión de los sufrimientos ajenos 
era una de las partes que mas habian contribuido á 
ponerlo en aquel trance. Así fué que, comprendiendo 
que ningún poder humano era ya bastante para repa- 
rar su gastado organismo, volvió á leer su testamento, 
y no hallando en él cosa que debiera cambiarse, quiso 
depositarlo. ^ 

Un deber de conciencia nos obliga á detenernos al- 
gún tanto en el examen de este testimonio de su úl- 
tima voluntad, que ha sido ocasión de las mas teme- 
rarias acusaciones contra la pureza de tan gran servi- 
dor de Dios. 

Irving pretende que, "la víspera de su muerte, re- 
dactó un codicilo definitivo en debida forma/^ y, lue- 
go,añade: 'Una cláusula de este testamento encomien- 
da el cuidado de D. Diego á Beatriz Enriquez, madre 
de su hijo natural D. Fernando. Sus relaciones con 
ella, como quiera que nunca estuvieron sancionadas 
por el vínculo del matrimonio, ya fuese á causa de esto, 
ó ya que tuviese remordimientos por. haberla desaten- 
dido, parece ser que en sus postreros instantes se sin- 
tió muy conmovido con este motivo, "i 

Desde Galeani Napione, acrimoniosamente comen- 
tado por Spotorno, comentado á su vez por D. Martin 
Navarrete, Washington Irving y el docto Humboldt, 
seguidos de toda la escuela protestante, ninguno de. 
los biógrafos de Colon ha dejado de reproducir con la 
mayor puntualidad lo del dolor que causaba al almiran- 
te en sus postreros momentos la memoria de Beatriz 
Enriquez, y de indicar en prueba "de su viva compun- 
ción " su último codicilo, escrito "la víspera de su muer- 
te,» es decir, el 19 de Mayo de 1506. 

1 Washin^^ton Irving. líistona de ¡a vida y viajes de Cristóha 
Colon. Titulo IV, lib. XVIII, cap. IV, pág. 37. 



—364- 

No podemos consentir por mas tiempo que hasta 
en su agonía se calumnie al revelador del globo. Tiem- 
po es ya de poner término á semejante falsificación de 
los hechos, nacida de un imperdonable trueque de fe- 
chas; y apoyados en la verdad no vacilamos en calificar 
de grosero error "la compunción del virey en sus últi- 
mas horas, " y en afirmar que no hizo ninguna disposi- 
ción testamentaria "la víspera de morir, " y que, el 
"codicilo definitivo y en forma que se pretende hecho 
v'un dia antes de su fallecimiento", esto es, en 19 de 
Mayo de 1506, databa ya de cuatro años. 

El último codicilo de Colon, "escrito de su puño, 
fechado á 1.° de Abril de 1502" y depositado en po- 
der del R. P. Fr. Gaspar Gorrico, de la Cartuja, antes 
de su partida para el último viaje, fué, á su vuelta, ra- 
tificado, como él mismo lo declaró. Y en prueba de su 
constante voluntad lo reprodujo, otra vez de su mano, 
en 25 de Agosto de 1505, solo que, viendo acercarse 
su fin, deseoso de revestirlo de un carácter auténtico, 
lo puso, con todas las formalidades requeridas, en ma- 
nos del notario Pedro de Hinojedo, escribano de la 
cámara real, y nombró en calidad de albaceas á su hijo 
mayor don Diego, á su hermano don Bartolomé y á 
Juan de Porras, tesorero mayor de Vizcaya; lo cual tu- 
vo lugar el 19 de Mayo de 1506, ante los testigos Gas- 
par de la Misericordia y el bachiller Mirueña, ambos 
vecinos de Valladolid, y, además, de siete personas de 
su servicio, á saber: Bartolomé Eieschi, su noble com- 
patriota, Alvaro Pej'ez, Juan de Espinosa, Andrés y 
Fernando de Vargas, Francisco Manuel y Femando 
Martínez. 1 



1 Testigos que ñieron presentes, llamados é rogados á todo lo que 
diclio es de suso, el Bachiller Andrés Mizueña é Gaspar de la Miseri- 
cordia, vecinos desta dicha villa de A^'alladolid, é Bartolomé de Tresco, 
é Alvaro Pérez, é Juan Despinosa, é Andrea é Hernando de Yargas, é 
Francisco Manuel, 6 Fernán Martínez, criados del dicho S. Almiran- 
te. Testamento y codicilo del Almirante 'etc. Colee, dipl. docum. 
u.«CLVIII. 



— 365— . 

Para poder apreciar rectamente el sentido de las 
palabras breves y sobreentendidas de Colon con res- 
pecto á Beatriz, la rectificación de estas fechas es in- 
dispensable, porque, el intervalo que separa la del tes- 
tamento de la del acta de depósito, liace inadmisible 
la calumniosa interpretación que se ha dado á el pesar 
que manifestó el almirante. 

Ahora bien, ya que hemos restablecido las fechas 
por su orden, hagamos lo propio con los hechos y da- 
remos á las palabras del testamento su verdadero sen- 
tido. 

En su último codicilo de 1.° de Abril de 1502, 
vuelto a copiar de mano propia i el 25 de Agosto de 
1505, y archivado en 19 de Mayo de 1506, se ocupa, 
en efecto, el virey de su compañera Beatriz Enriquez; 
pero de un modo que, muy lejos de manifestar re- 
mordimientos, como se ha dicho, solo prueba dehcade- 
za de corazón. 

Recuérdense las circunstancias en que se verificó el 
matrimonio de Colon con la ilustre cordobesa. A pesar 
de su elevado nacimiento, Beatriz, en la flor de su vi- 
da, llena de atractivos, dio su mano á Colon, ya enca- 
necido, estranjero, pobre, desconocido, desdeñado á 
causa de la increíble grandeza de sus pensamientos, 
que no aportaba al matrimonio sino su injenio y un 
proyecto rechazado por tres gobiernos, y que en lugar 
de apoyo y protección solo encontraba incredulidad y 
desprecio. Ella arrostró la oposición de su familia, de 
sus amigas, la opinión y el ridículo, esperimentando 
un goce secreto con cada uno de estos sacrificios que 
por voluntad se impuso; y, sin embargo, su marido, á 
poco de serlo, se aleja de Córdoba, y no vuelve á ella 
casi nunca. ¿Por qué? Porque Colon no se pertenecía, 
porque se debia á la Providencia, porque el mejor ser- 
vicio de SS. AA. que él hacia por la gloria de Dios y 

1 Declaración del escribano de cámara Pedro do Hinoyedo etc. 
Colee, dipl. dociim. CTíYIII. 



—366— 

aumento de su Iglesia, lo tenían como en cadenas, por- 
que en aras del bien del mundo, no vacilaba sacrificar 
su felicidad doméstica. Así como los profetas se apar- 
taban de sus mujeres y de sus hijos para ir á las na- 
ciones á estender la buena nueva, Colon, se desataba 
de los lazos de la felicidad doméstica y olvidaba la que 
se había prometido, para trabajar únicamente por el en- 
grandecimiento de nuestro dominio terrestre, descu- 
briendo la totalidad de la creación, para llevar el signo de 
la Cruz á los pueblos desconocidos, para preparar la 
senda del Evangelio, y, con el producto de sus trabajos 
rescatar de manos de infieles el sepulcro del Redentor. 
No obstante, en el momento de partir para su últi- 
ma espedicion, la mas atrevida y peligrosa d^ su vida, 
al redactar su testamento, recordando los grandes sa- 
crificios, el amor sumiso de Beatriz, el abandono en que, 
por dilatados años la tuvo y que, en la institución del 
mayorazgo, no le había señalado para su viudez renta 
alguna, sintió el mas vivo pesar, y temió aparecer in- 
grato, haber realmente olvidado á la que se sacrificó á 
él y por él en la hora de sus tribulaciones, y cuya inje- 
niosa ternura se complació en mitigar sus angustias y 
dolores, no conciliando así lo que debia á su compañe- 
ra con lo que debia á Dios. Ya no era posible modifi- 
car en el fondo la institución del mayorazgo, por ser 
conocida de los reyes y de la santa sede, en favor de 
Beatriz, que nada solicitaba, ni quería, cuyo silencio y 
resignación eran iguales á la nobleza de su primer 
amor, v fuéle forzoso limitarse, en consecuencia, á reco- 
mendarla á su heredero universal en términos que hi- 
cieran doblemente obligatoria su voluntad, para tran- 
quilidad de su conciencia, como él dice. Y como no 
creia oportuno consignar de cuánto le era deudor y 
por qué pesaba tanto sobre su corazón este deber se lí- 
limitó á dsoír: "La razón dello non es lícito de la escri- 
bir aquí. "^ 

1 Ultimo ; itículo del testamento escrito y vuelto á copiar de mano 
de Colon á 25 de Agosto de 1505. Colee, dipl. docum. n." CLVIII. 



—867— 

En estas palabras, Napione, Spotorno y Navarrcte, 
tan estraños á la historia de Colon, como al conoci- 
miento del corazón humano, creyeron poseer la prueba 
de relaciones ilícitas,i y atribuyeron su pesar á la po- 
sición equívoca en que se hallaba con respecto á Bea- 
triz. Washington Irving, sin osar contradecirlos, opi- 
na como ellos, bien que no resueltamente. 

Lo ridículo de tal interpretación salta á la vista 
menos perspicaz, porque, si el motivo de decir que no 
era lícito espresar allí la causa de ello, hubiese sido el 
que se supone. Colon, ¿habría consignado que Beatriz 
Enriquez era madre de don Fernando?, porque desde 
el momento en que declaraba la maternidad de Bea- 
triz, nada podia ocultar ya acerca de la naturaleza de 
sus relaciones con ella. No hay duda, pues, de que la 
reserva de Colon no concierne á esta maternidad de 
que tan sin rebozo habla en otro lugar; de que no exis- 
te ningún misterio, después de una declaración tan ter- 
minante; y de que la reticencia del testador no es rela- 
lativa al oríjen de su segundo hijo. 

Los mismos escritores que han visto en estas pala- 
bras la confesión de una falta, arrancada á la concien- 
cia en el momento terrible de morir, olvidaron la fecha 
del testamento, confundieron su texto con el acta del 
depósito, que se hizo cuatro años después por Colon, 
la víspera de su fallecimiento; y en unas palabras que, 
por no comprender el sublime carácter de quien las es- 
cribía, no pudieron alcanzar el sentido, concluyeron 
que hubo relaciones ilejítimas y rtmordimientos de 
conciencia en la hora postrera. No bastó para dete- 
nerlos la diferencia de las fechas. Pero no nos deten- 
dremos aquí á desvanecer su ciega obstinación, sino 



1 Navarrete creyó bajo su palabra á Spotorno, quien creyó á Na- 
pione, el cual se referia á las miserables astucias de un procurador que 
no dudó en manejar toda clase de armas para no perder su pleito: el li- 
cenciado Luis de la Palma y Freitas. Pleitos de. los descetidientes de 
Colon. 



—368— 

que nos limitaremos á decir, apoyados en las pruebas 
que dimos en las primeras pajinas de este libro, ^ que 
el matrimonio de Colon con doña Beatriz Enriquez, de- 
mostrado por una multitud de inducciones lójicas y 
papeles diversos, reconocido por sus descendientes, los 
árboles jenealójicos, las tradiciones de familia, fué de- 
clarado por él, de su puño y letra, cinco años, cuatro 
meses y diez y ocho dias antes de verificar el consabido 
depósito la "víspera de su muerte" en un escrito que, 
felizmente, ha llegado hasta nosotros. En el cual, Co- 
lon, llama á Beatriz su mujer, y espresa la causa de su 
separación, de ella.^ Además, el artículo invocado con- 
tra Beatriz ofrece una nueva prueba de la lejitimidad 
de su hijo; porque si ella no hubiera sido mujer lejíti- 
ma del almirante, este ¿no habria encomendado el pa- 
go de su viudedad á su hijo don Fernando que hereda- 
ba millón y medio, mejor que á don Diego, fruto de 
otra unión? Claro es que Colon la dejó espresamente 
á D. Diego, como primojénito, para que la renta de la 
viuda del virey de las Indias se pagase por el sucesor 
y continuador de sus títulos y privilejios. 

Perdónesenos la brevedad de nuestra respuesta á la 
última calumnia de los últimos historiadores de Colon, 
y que de paso, recordemos que semejante acusación no 
se ocurrió nunca á sus perseguidores, ni en vida saya, 
ni mientras duró la línea directa de sus descendientes; 
que al sistema de falsa crítica y vana erudición es á 
quien se debe. 

Para comprender y juzgar el carácter de Colon has- 
ta la última hora, es su testamento de gran interés: las 
fechas no son menos significativas en él que las pala- 
bras, porque atestiguan de su invariable firmeza. Lo 

1 Tomo I. Introducción. 

2 "Dejé mujer y fijos que jamás vi por ello." Carta de Cristóbal 
Colon al Consejo, escrita á Jines del año 1500. El borrador de esta 
carta todo de mano del almirante ha llegado hasta nosotros y su auten- 
ticidad ha sido reconocida implícita y esplícitamente por los historió- 
grafos Muñoz y Navarreto. Colee, dipl. l)ocum. n." CXXXVII. 



—369— 

que escrilúó en 1501, antes de la última empresa, lo 
confirmó en 1505, y lo sancionó de nuevo en 1506, en 
el acta de depósito, hecha "la víspera de su muerte. " 
En esta constancia se revelan aquella fuerza de volun- 
tad y claridad de entendimiento que la producia y ali- 
mentaba. En esta consagración de su postrer acuerdo 
se justifica y autoriza lo que, de una manera un tanto 
imperativa, hemos afirmado del candor sublime y del 
natural bondadoso é inspirado de Colon, y se vé que 
nada exajeramos al calificarlo de inspirado del cielo, 
é inñamado de la gloria del verbo divino, sabiendo so- 
meter su ciencia á su fe, y su injenio á la humildad 
cristiana. 

No hay hipócritas en el instante de apartarse de la 
vida: no hay finjiraiento ni doblez cuando falta poco 
para pisar el dintel de la eternidad; por eso son tanto 
mas dignas de fijar la atención las palabras escritas en 
el acta de depósito del testamento de Colon, pues con 
ellas el revelador del globo probaba por última vez el 
carácter sobrehumano de sus hechos; reiteraba lo que 
la ingratitud de la corte le habia forzado á escribir al 
rey y a sus consejeros cuando dijo: "Por la voluntad 
de Dios nuestro Señor di yo á SS. AA. las Indias co- 
mo cosa que era mia; "^ y se ocupaba una vez mas de 
la famosa línea de demarcación, no de la línea caute- 
losa convenida en congreso por enviados de Castilla y 
Portugal, y acerca de la que siempre guardó silencio 
respetuoso, si bien nunca pareció tenerla en cuenta, ni 
quiso mencionar por considerarla tal vez como una 
ofensa á la sede apostólica; mas de aquella línea traza- 
da por el soberano Pontífice con asistencia del Sacro 
Colejio que, arrancando de un polo iba á concluir en 
el otro, pasando á cien leguas de las Azores^ y de las 

1 Testamento y codicilo del Almirante don Cristóbal Colon otorga- 
do en Yalladolid. Colección diplom. Docum. n° CLYIII. 

2 Testamento y codicilo del almirante don Cristóbal Colon, otorgado 
en Valladolid. CoUccion diplomática^ docum, w." CLVIII. 

47 



-370— 



islas de Cabo Verde, y que permanecerá siendo siem- 
pre, hasta para los mas incrédulos, como uno de los 
grandes prodijios del espíritu humano, y testimonio 
de la infalible inspiración del pontificado. 



IL 



Terminada que fué la lectura de este documento, 
y que los testigos con él escribano Pedro de Hinojedo, 
lo hubieron firmado. Colon pidió una pluma. 

Además de que verbalmente, habia el virey reco- 
mendado á su hijo mayor que proveyese en sus nece- 
sidades á sus fieles servidores, tales como Carvajal y 
Gerónimo, y de su promesa al heroico Diego Méndez 
de un cargo de importancia y confianza en la Españo- 
la,i en aquel momento supremo quiso, agradecido, de- 
jar un postrer recuerdo á algunos hombres de los cua- 
les recibió favores en los primeros años que vivió en 
Portugal. Y como quiera que muchos, entre ellos, ha- 
blan fallecido, transfirió á sus hijos ó herederos esta 
prueba de buena y afectuosa memoria, añadiendo una 
nota á su testamento, y escribiendo, en seguida, de su 
puño y letra sus nombres y los legados. 

Así, pues, á los herederos de Gerónimo del Puerto, 
padre del canciller de Jénova, veinte ducados de oro; 
á Vazo Antonio, mercader de la misma ciudad, esta- 
blecido en Lisboa, dos mil y quinientos reis; á los he- 

1 Testamento de puño de Diego Méndez, hecho en \9 de Junio 
de 1536. 



—371— 

rederos de otro mercader, también de Jen ova, Luis 
Centurión Escoto, setenta y cinco ducados de oro; á 
los sucesores del jenovés Pablo de Negro, cien duca- 
dos de oro, y á un pobre judío de Lisboa que habitaba 
próximo á la puerta de la Judería, medio marco de pla- 
ta. Luego, llevando al estremo su delicadeza, espresó 
que se les habia de entregar estos legados "en tal for- 
ma que no supieran quien se los mandaba dar. "i 

Al fin, cuando hubo devuelto al escribano el acta 
testamentaria, apartó su mente de los objetos terrena- 
les, y cesó de pensar en los intereses del mundo y de 
la famiha para concretarse á Dios, 

Obedeciendo á una ley jeneral de la fisiolojia y 
de la historia humana, tienden las cosas á rematar de la 
propia suerte que han comenzado. Por eso el ;iiismo 
misterio que rodea y nos encubre el oríjen de Cris- 
tóbal Colon, envuelve su fin. Pocos detalles se con- 
servan acerca de esto; pero, no obstante, el sabio ca- 
nónigo de Placencia, Pietro María Campi,^ que logró 
reunir sobre la muerte del héroe cristiano datos exac- 
tos que se preparaba á publicar cuando sobrevino la 
suya, halló en ellos fundamento para poder aseverar que 
su muerte fue la de un predestinado, el digno fin y 
remate de una vida de apóstol y de mártir. ^ 

Aunque faltan documentos detallados sobre la úl- 
tima faz de astro tan luminoso en el orden de las inte- 
lijencias, es, sin embargo, posible restablecer con bas- 
tante exactitud sus circunstancias mas notables. Pácil 
cosa es comprender lo que en aquellos tiempos seria una 
posada, y representarse en ella la habitación del almi- 
rante del Océano. En la cual solo adornaba las desnu- 
das paredes las cadenas que le puso Bobadilla, y que 
el conservaba siempre á la vista á la manera que los 

1 Memoria ó apuntación á continuación del codicilo de mano ¡yvopia 
del almirante. Colección diplomática. Docum. n.° CLVIII. 

2 Pietro María Campi. Historia Eclesiástica de Placencia, parte 
tercera, p. 225. 



—372— 

capitanes victoriosos de la antigua Roma guardaban 
las coronas cívicas y murales obtenidas en premio de 
su valor y pericia.^ Allí, pues, aquel que mereció tan- 
tos favores del cielo, á quien Dios suscitó para des- 
correr el velo que ocultaba á la humanidad el resto del 
globo, yacia olvidado de los grandes y del pueblo en 
la hora postrera. A pesar de todo, la firmeza de su es- 
píritu y la limpidez y penetración de su pensamiento 
permanecían tan cabales y sin menoscabo como en la 
época de sus viajes. 

Conforme á la costumbre de su tiempo y á su pia- 
dosa inclinación, vistió el hábito de la Orden Tercera 
de San Francisco, traje con el cual, la gran Isabel qui- 
so también devolver á Dios el alma que de él recibió. 
Sus dos hijos, sus oficiales, y algunos padres francisca- 
nos de su amistad, enternecidos y consolados con las 
palabras del ardiente discípulo del Verbo, asistían á 
esta postrera lucha de su vigorosa naturaleza con la 
muerte. Terminadas que fueron sus exhortaciones, de- 
seó por última vez, recib r á su Dios dignamente, por 
medio del sacramento de la penitencia;^ y ni el menor 
orgullo por sus obras, ni el mas leve reflejo de su glo- 
ria vinieron con tentación importuna á turbar la tran- 
quihdad y reposo de ocasión tan solemne; porque así 
como la humilde ropa franciscana vestía su cuerpo, así 
taitibien la humildad de la Orden llenaba su corazón. 

Y al ver, colgando de las tristes paredes de su vi- 
vienda, las cadenas, la única positiva recompensa que 
merecieron sus trabajos sobrehumanos, temeroso, tal 
vez, de que su aspecto, cuando ya él no existiese, irrita- 
ra el corazón de sus hijos contra la corte, para quitar- 
les aquella prueba de la ingratitud del monarca dis- 
puso que fuesen enterradas con él.^ Después de ha- 

1 Fernando Colon. Vida del Almirante, cap. LXXXVI. 

2 Historia Jenej'al de las Indias occidentales. Década 1.=^ lib. VI. 
cap. XY. 

3 "lo gli vidi sempre in camera cotui feni; i quali volle clie con le 
sue ossa íbssero sepolti." — Fernando Colon, Vida del Almirante, cap. 
LXXXVI. 



—373— 

berse dado á sí mismo esta prueba de la sinceridad de 
su perdón de las ofensas, y seguro de que no guarda- 
ba ni la mas leve sombra de resentimiento en el pecho, 
confesó y fué absuelto; que el señor, en su infinita mi- 
sericordia liabia permitido que á pesar de los estragos 
del mal y de la estremada debilidad de su cuerpo, los 
órganos de su intelijencia no padeciesen lo mas míni- 
mo, para que así no quedase privado del pan de los 
ánjeles el contemplador de la creación, en su hora 
postrera. 

Habia llegado una de las grandes fiestas del catO" 
licismo, el aniversario de aquel dia en que el hijo del 
hombre, después de terminar la obra de la redención 
y de instituir su Iglesia, subió á la gloria de su padre. 

Viéndose el almirante cerca del puerto de la eter- 
nidad, pidió el viático. ¡Qué espectáculo debió de ofre- 
cer entonces su habitación! ¡El enviado del todopode- 
roso, el ardiente adorador del Verbo, por quien todo 
ha sido hecho, recibiendo la visita del Verbo divino, 
bajo el símbolo eucarístico! ¡Qué felicidad, qué con- 
suelo tan dulce debió penetrar en el pecho de aquel 
hombre de fé, al prosternarse á la llegada de su Señor! 
El Salvador divino que lee en los corazones, sabia 
cuanto deseó siempre la libertad de su Santo Sepul- 
cro, la gloria de su nombre en todas las partes de la 
tierra, y la perseverancia de sus aspiraciones y esfuer* 
zos en tan sagrado propósito. 

Así es que, á pesar del temor que toda criatura 
debe sentir al acercarse á la majestad del autor de la 
vida, Cristóbal Colon estaba tranquilo y lleno de espe- 
ranza. Pocos momentos antes de espirar pidió la Es- 
tremauncion;! y como se mantenía clara y tranquila su 
intelijencia, siguió las oraciones que se decían por él; 
repitió sus responsos, y escuchó humildemente al sa- 
cerdote que le encomendaba el alma. Al fin, tras una 

1 HeiTera. Sistoria jeneral de las Indian occidentales. Década 1.' 
Ub. YI. cap. XY, 



-374— 

i egülar agonía, en la hora de las doce de la mañana 
el discípulo del verbo dirjiió al Padre Supremo las 
mismas palabras que profirió el Salvador al morir en 
la cruz: ''Dios mió, en tus manos encomiendo mi es- 
píritu",! y espiró. 

Era el 20 de Mayo de 1506, dia de la Ascen- 
sión.* 



III. 



Así como en tiempo de las persecuciones de la 
Iglesia se daba sepultura á los mártires en las catacum- 
bas, juntamente con vasos lacrimatorios y la imájen de 
los instrumentos del suplicio, las cadenas con que la 
ingratitud aprisionó de pies y manos al mensajero de 
la cruz bajaron con él á la tierra. En seguida los pa- 
dres franciscanos acompañaron el cuerpo á la catedral, 
donde se celebró con grande modestia el funeral; y des- 
pués de concluida la ceremonia lo depositaron en las 
cuevas de su convento de la observancia. De esta ma- 

1 "Y diclio estas últimas palabras: In maniis tuas Domine com- 
mendo spiritum 9neum" — Femando Colon. Historia del almirante 
Cristóbal Colon, cap. CVIII. 

* Fallecimiento de don Cristóbal Colon en España, en Yalladolid, 
después de cuatro viajes alas Indias, 1506. Yace en la Iglesia mayor 
de Sevilla. Fué don Cristóbal Colon varón de gran capacidad, de altos 
pensamientos, de grande confianza en la providencia de Dios, fácil en 
perdonar injurias, paciente en los trabajos, fidelísimo á los Reyes 
Católicos, muy devoto y católico cristiano, confesaba y comulgaba á 
menudo, enemigo de blasfemias, devoto de nuestra Señora, y de San 
Francisco, gran celador de la conversión de los Indios. Claudio Cle- 
mente. Tablas Cronológicas, p. 167 y 168. 

N. del T. 



—ara- 
nera, Colon, que debió su primer hospedaje en Espa- 
ña á la Orden Seráfica, recibió, también de ella, el úl- 
timo. Pocos dias habian transcurrido, y ya nadie en 
Valladolid, escepto la familia franciscana, pensaba en 
tan doloroso suceso; y puede asegurarse que mas sen- 
sación causaria hoy, en cualquier lugar, la muerte 
del alcalde, que ocasionó á la sazón en toda España la 
pérdida del hombre que duplicó el espacio de la crea- 
ción. Ni el historiógrafo real, Pedro Mártir de Angle- 
ria, que en otra época se preciaba tanto y tan justamen- 
te del trato familiar^ que, con él, tenia, se dignó ocu- 
par de su enfermedad y fin, bien que cuando este ocur- 
rió se hallase muy próximo á Valladolid, en Villafran- 
ca de Valcázar. Otro^ tanto aconteció con los redacto- 
res del Cronicón,'^ que consignaban en él hasta las co- 
sas mas triviales y de menos cuenta. 

La gran nueva, la principal ocupación del momen- 
to era la llegada de la princesa doña Juana con su ga- 
lán esposo el archiduque D. Eelipe. Y como prestaba 
asunto para todas las conversaciones las querellas que 
se suscitaban entre ambos esposos, por la frialdad del 
marido, y la mal recompensada ternura de la amorosa 
hija de Isabel; y además se afirmaba que los pesares 
habian comenzado á alterar la razón, sin disminuir la 
llama de su amor; que el rey D. Eernando aborrecia á 
su yerno, y que este por su parte lo detestaba, y luego 
se veiala corte ajitada y dividida en intrigas y parti- 
dos, el nombre de Colon quedó relegado al mas com- 
pleto olvido. Y si á lo dicho se agrega que en una cé- 
dula del rey, del dia 2 de Junio de 1506, catorce pa- 
sados de la muerte del almirante, S. A., al disponer 
que se remitiesen á su hijo mayor D. Diego el oro y 

1 "Scripsit enim ad me Prgefectus ipse marinus cui sum intima fa- 
miliaritate devinctus." — Petri Martyris Anglerii, oceaneoB Decadi pri- 
mcB, liher secundus. 

2 El Cronicón de Valladolid que principia en 1333 y concluj^e en 
1539, mencionando hasta las mayores trivialidades pasa en süencio la 
muerte de Colon, ocurrida en 1506. 



-áre- 
los objetos de su pertenencia,^ no mando escribir una 
sola de esas palabras que sabe inspirar, ya que no el 
agradecimiento, la buena educación, se verá mas cía-- 
ramente el desprecio en que se le tenia. 

Tan poco notada fué su muerte en Castilla que, 
años después, varias obras publicadas en el extrange- 
ro hablaban de él como si viviese. Pero Roma velaba 
por su gloria, y protejía del olvido el nombre preclaro 
é inmortal del revelador de la creación. 

Siete años habian transcurrido, y á medida que se 
estendian los descubrimientos se iba haciendo cada 
vez mas evidente la importancia de las obras de Co- 
lon, hasta que, al fin, comprendiendo el viejo D. Fer- 
nando, que, ni las calumnias, ni la injusticia, podian 
prevalecer sobre ellas, deseoso de tranquilizar su con- 
ciencia ó de engañar la opinión pública, determinó de 
borrar en cierto modo el recuerdo de su mal compor- 
tamiento y adquirir de esta manera fama de monarca 
jeneroso, mandando que se le hiciesen, á costa de la 
corona, solemnes honras, y que Castilla concediese dos 
varas de tierra para su sepulcro al hombre que la en- 
riqueció con la mitad del globo. 

En efecto, en el año de 1513 se turbó la fúnebre 
soledad de Cristóbal Colon, á consecuencia de una 
real orden que disponia fuesen sacados sus restos del 
convento de Franciscanos de la Observancia de Valla- 
dolid y trasladados con gran pompa a Sevilla, en cuya 
magnífica catedral debian tener lugar unas honras so- 
lemnes. No hay duda de que los altos funcionarios 
de marina, y los empleados de la casa de Contratación, 
aquellos que pusieron todo su esmero en impedir que 
llevase á feliz término sus nobles deseos, aquellos que 
vertieron la hiél de las ofensas é injurias sobre su cora- 
zón, que acortaron su vida y denigraron su fama, 
asistirían, vestidos de ropas de duelo, con maneras hi- 

1 Colección diplomática. — Documentos diplomáticos, n." CLIX. 



—877— 

pócritas, apropiadas a la circunstancia, y ocuparían lu- 
gar preferente al rededor de su catafalco. ¡Estraña ce- 
remonia, preparada por el autor de su muerte, y ce- 
lebrada con el concurso de los principales cómplices 
de su asesinato moral! ¡Consorcio sacrilego de la pie- 
dad y el odio! 

jJamás en templo alguno de la tierra fueron objeto 
de tanta solemnidad despojos mas gloriosos; pero tam- 
bién aquellas honras eran la única recompensa que 
recibia del mundo el que lo duplicó! ¡En vida mereció 
cadenas y amarguras sin cuento, después de muerto, 
al menos, rezaron por el sus enemigos! 

Terminada la ceremonia, llevaron sus amigos, los 
cartujos, el ataúd al otro lado del rio Guadalquivir, y 
lo depositaron en su pacífico retiro de Santa María, no 
entre los sepulcros de los señores de Alcalá, como equi- 
vocadamente dice el analista de Sevilla, sino en un lu- 
gar de nueva construcción,* que mandó hacer en la 
capilla de Cristo, Er. Diego de Lujan, al pie njismo del 
altar. 

De esta suerte quedó el almirante bajo la guarda y 
protección de los piadosos monjes que tanto le amaron 
en vida, y entre los cuales gustaba de reposar su espí- 
ritu; y allí permaneció dormido en el Señor hasta el 
año de 1526. En cuya época volvieron á resonar las 
bóvedas de su sepulcro, y se colocó á su lado el cadá- 
ver de su heredero D. Diego, de quien, al fin, habían 
logrado deshacerse también los mismos que acabaron 
con su padre. 

* Pasteriormente se lian construido también en este ediñeio ocho 
hornos de primera cochura para loza ñna, seis de ladrillos y uno de ye- 
so. Además ha tenido que sufrir algunas modificaciones exijidas por los 
adelantos de la época. Para dar una lijera idea de ella diremos que en 
la nave de la iglesia se hallan los tornos para dar forma á toda clase de 
vajillas y servicios; de esta suerte la civilización moderna, sin perder un 
átomo de su carácter, ha sabido conciliar sus exijencias con la grandio- 
sidad, solidez y belleza con que le brindan desde la primera hora de la 
Desamortización tantos monumentos de la civilización antigua. 

íí. del T. 

48 



—378— 

Después, tras un olvidode diez años, fueron sacados 
los restos de Colon de la Cartuja, y trasladados á bordo 
de una carabela. De esta suerte el hombre que primero 
franqueo los espacios del Océano, inflamado de santa 
esperanza, y el que primero lo surcó cargado de cade- 
nas, fué el primero que debió atraversarlo en un ataúd 
para volver con ellas al mismo sitio en que se le pu- 
sieron. 

Durante el año de 1536, el cuerpo de Colon, fué, 
pues, trasladado de Castilla á Santo Domingo, la ciu- 
dad edificada por su mandato, y á la cual habia dado 
por armas, además de la torre y el león de Isabel, la 
cruz y la llave, emblema del catolicismo;^ quedando 
depositado en una bóveda del santuario de la catedral, 
á la derecha del altar mayor. 

Luego transcurrieron doscientos setenta años, y 
llegó á ser tal el abandono y olvido en que se dejaron 
los gloriosos despojos del almirante, que en 1770 se 
ignoraba en la isla el lugar en que estaban, hasta que 
un francés, Mr. Moreau de Saint-Merry, tuvo la for- 
tuna de descubrirlos en la catedral y de restaurar el 
sepulcro.2 Habia tenido lugar entre los hombres nu- 
merosos acontecimientos, así en la mar como en la tier- 
ra, cuando un -tratado concluido con Francia, aseo;uró 
a esta en 1795, la posesión definitiva de la Española; 
y no queriendo España abandonar á los nuevos pose- 
sores de la isla la célebre reliquia, se decidió su exhu- 
mación y traslación á Cuba por la iniciativa del j ene- 
ral de la Armada, don Gabriel de Aristizabal. En su 
consecuencia el 20 de Diciembre de 1795 se reunieron 



1 Si bien Ovando cambió la situación de Santo I)omingo con noto- 
rio perjuicio de los verdaderos intereses de la colonia, tanto los habitan- 
tes como una gran parte de los materiales de la nueva ciudad provenían 
de la antigua y formaban la continuación de la que fundó el adelantado 
conforme á las órdenes de Cristóbal Colon. 

2 Annales ynaritimes et coloniales, tom. IX, p. 342, 1." serie. — 
"n retrouva dans une église de Santo- Domingo le tombeau de Chris- 
tophe Colomb dontles habitants du pays ignoraient l'existence." 



—379— 

en la catedral las autoridades civiles y militares de la 
colonia, y ante ellas se abrió la bóveda, donde se ha- 
llaron fragmentos de un ataúd de plomo, mezclados de 
huesos y polvo; los cuales fueron piadosamente reco- 
jidos y depositados en un cofre de plomo dorado, con 
cerradura, y cubierto además ''de terciopelo, guarne- 
cido de galón y flecos de oro. "1 Provisionalmente se 
le colocó en un catafalco colgado de negro, ante el 
cual, los franciscanos, fieles á su antigua amistad vela- 
ron y dijeron misa. 

Al otro dia el gobernador de Santo Domingo, y las 
oficialidades de mar y tierra, juntos con los funciona- 
rios y notables de la ciudad, se reunieron eif la iglesia 
donde el arzobispo D. Er. Fernando Portillo y Torres, 
acompañado de su cabildo,^ de ios padres francisca- 
nos, dominicos y de la Merced, ofició una misa solem- 
ne, y pronunció la oración fúnebre del virey de las In- 
dias.*^ 

A las cuatro de la tarde tuvo lugar la traslación á 
bordo del bergantin de guerra Descubierta, la cual 
participó de la pompa militar y de la relijiosa: hubié- 
rase dicho que era la marcha triunfal de las reliquias de 
un santo, al ver la manera como la Iglesia honraba al 
mensajero de la cruz, al primer cristiano que publicó el 
nombre de Jesu-Cristo en aquella isla. Las banderas 
iban cubiertas de crespón negro y formaban con la co- 
mitiva detrás del ataúd, que era llevado por turno por 

1 "La caja es de largo y ancho como de inedia vara y de alto una 
tercia: y se trasladó á un ataúd forrado de terciopelo negro, guarnecido 
de galón y flecos do oro." — Extracto de ¡as noticias que comunicarQn al 
gahierno los qefes y autoridades^ eíc. —Colección diplomática, n." 
CLXXVII. 

2 La primatie des ludes, d'abord unie á l'arclievéclié de Séville, 
avait été ensuite transportée a San-Domingo qui fut érigé en archevé- 
ché, avec arcliidiaconat et chapitre, composé de quatorze chanoines.— - 
Cliarlevoix, Jlistoire de Saint- Domingue, lib. VI. 

3 "Se cantó solemnemente vigilia y misa de difuntos, predicando 
después el mismo Sr. Arzobispo." — Extracto de las noticias que comu- 
nicaron al (fohierno los gefes y autoridades etc. — Colección diplomática, 
n.° CLXXVII. 



—380— 

las personas de mas cuenta de la colonia, mientras las 
baterías de la fortaleza disparaban á intervalos con 
los buques de la rada que, además cruzaron los mas- 
teleros en demostración de duelo. Llegados que fue- 
ron al pie de las niurallas se detuvieron los acompa- 
ñantes; el clero cantó los últimos responsos á la vista, 
del mar, á orillas del Ozama; la cindadela saludó con 
quince cañonazos, y al bajar la caja á la canoa de la 
Descubierta, el arzobispo puso en manos del capitán je- 
neral la llave que la cerraba. ^ 

El bergantín zarpó en seguida, y se dirijió á la 
bahía de Ochoa, donde estaba anclado el navio San 
Lorenzo qae, al recibir el precioso depósito, se dio á 
la vela con rumbo á la Habana, á donde arribó el 
dia 15 de Enero de 1796, y en cuya ciudad se lia- 
bian preparado nuevos honores á los restos del héroe 
délos mares. 

Recibióselos, en efecto, con toda la pompa posible. 
Tres filas de chalupas y canoas los acompañaron al 
desembarcadero, en medio del estruendo de la artille- 
ría de todos los fuertes y buques de guerra. El capi- 
tán jeneral de Cuba y todos los funcionarios superio- 
res de la isla aguardaban en la escala para recibir la 
caja y conducirla entre las tropas formadas á la plaza 
Mayor, en la cual se colocó sobre un magnífico carro 
fúnebre, y tuvo lugar la entrega. Profunda emoción 
cristiana sobrecojió en aquel instante todos los cora- 
zones, porque, como con intención marcada lo demues- 
tra el acta, en aquel mismo paraje se dijo la primera 
misa cuando se echaron los cimientos de la ciudad. 
Después se encaminaron procesionalmente á la cate- 
dral, donde ofició el arzobispo, y en seguida, quedaron 
depositados los despojos en el presbiterio á la derecha, 

1 "En seguida el gobernador capitán jeneral tomó la llave del ataúd 
de mano del Sr. Arzobispo y la entregó al Sr. comandante de la arma- 
da para que la entregase al Sr. gobernador de la Habana." — Colección 
diplomática^ n. CLXXVII. 



— e381 — 

presenciando el acto todas las notabilidades de la isla, 
en medio del mas profundo y relijioso silencio. 

Este aparato guerrero y relijioso, en que tomaban 
parte con afán piadoso las masas del pueblo, las tropas 
de mar y tierra, las autoridades, civiles y las corporacio- 
ciones relijiosas, no era tanto un testimonio de reco- 
nocimiento tributado á la revelación del nuevo mundo, 
cuanto un hoiiaenaje '''á la memoria del héroe cristia- 
no que, habiendo descubierto aquella isla, plantó el 
primero allí la señal de la cruz, y propago entre sus 
naturales la fe de Jesu- Cristo /^^ 

Adviértese en las exhumaciones sucesivas de Co- 
lon, que, ni aun con la vida, terminaron para él las 
ajitaciones y mudanzas de su destino; y que, así como 
pidió cuatro veces asilo á la familia franciscana, y 
realizó cuatro espediciones de descubrimientos, su 
cuerpo buscó cuatro veces sepultura. ¡Diríase que lo 
prodijioso le sobrevivió, para que, ni aun en la muer- 
te, fuese parecido á los demás hombres! 



1 Estracto &c. ibid. 



CAPITULO X. 



I. 



Hasta el presente, sin detenernos á examinar filo- 
sóficamente los hechos de la vida de Colon, nos hemos 
concretado á narrar los principales. Ahora conside- 
rémoslos en conjunto. 

Pero en vano intentaríamos aplicar á Cristóbal 
Colon los nuevos principios de lá escuela racionalista 
pura, fundadora de la filosofía de la historia, y con- 
tener nuestras apreciaciones en las sistemáticas re- 
glas de la moderna biogiafía, igualmente inspiradas 
por ella. La vida de Colon es de todo punto impo- 
sible someterla á esta norma pedantesca, porque 
es su contradicción, y porque, además, la imperiosa 
de la escuela racionalista pura solo pueden acatarla 
esos escritores que se creen filósofos por que son ári- 
dos de estilo, carecen de atrevimiento, y van su cami- 
no negando siempre, no afirmando jamás y dudando 
perpetuamente. La historia del inventor del Nuevo- 
Mundo no puede empequeñecerse hasta el punto de 
entrar en ese sistema, verdadero lecho de Procusto, á 
cuya medida se quieren reducir todas las cualidades 
humanas, aun cuando sea á costa de las mas crueles 
mutilaciones, y dislocando los sucesos mejor estableci- 
dos. 

En manera alguna podemos admitir la opinión de 
Navarrete así fundada, cuando, al juzgar á Colon, dice 



—asa- 
que "SUS defectos fueron lo propio de la naturaleza hu- 
mana, y probablemente el resultado de la educación 
que recibió, carrera que abrazó y patria en que nació, 
en la cual, el tráfico constituía el principal ramo de ri- 
queza tanto pública como particular;"! porque no 
creemos en la transmisión de las buenas ó malas cua- 
lidades de un pueblo á los individuos que lo forman, 
pues en ese caso cada parte adolecerla del mismo ca- 
rácter y predisposición del todo. La esperiencia des- 
miente esta vulgaridad, considerada en abstracto, y 
descendiendo á pormenores ninguna tendencia de tra- 
ficante se advierte en los actos de la vida de Colon. 

Tampoco aceptamos la opinión de Washington Ir- 
ving, basada en el mismo sistema: "Los grandes hom- 
bres son un compuesto de flaquezas y virtudes; su 
grandeza tiene su principal oríjen de la lucha que sos- 
tienen con las imperfecciones de su carácter, y sus 
mas nobles acciones son á veces resultado del choque 
de opuestas cualidades. "^ 

Con semejante método jamas se podría escribir la 
vida de un santo, sobre todo si fué de injénio, si pensó 
ú obró en circunstancias críticas y en un puesto ele- 
vado; porque, siendo así, debió, naturalmente, cometer 
flaquezas, manifestar defectos, puesto que, en el hecho 
de ser hombre es una mezcla de virtudes y flaquezas. 
La escuela de la filosofía de la historia no admite nun- 
ca que un hombre sea diferente de los demás en el 



1 Navarrete supone en Colon el instinto mercantil, la proverbial 
sutileza de los jenoveses, de que habla Humboldt; pero Colon ni comer- 
ció, ni poseyó jamás, ni en ning-im acto de su vida descendió á sutilizar, 
porque la sutileza no es otra cosa que la falsedad aforrada y esta no es 
la armadura de los fuertes: Armaturafortium. Yéase Navarrete. Co- 
lección &c. Introd. § LVII. 

2 Es como decir que la flaqueza es madi'e de la enerjía, la debi- 
lidad de la bravural ¿Pero, cómo es posible que el choque de cualida- 
des opuestas á las acciones nobles, y que forzosamente ha de dar por 
resultado el vicio, pueda enjendrarla virtud? Obsérvese pues, á qué ab- 
surdos se remonta el moderno sistema biográfico, y de qué insensateces 
se pagan los adeptos de la escuela racionalista. 



principio de su carácter é inclinaciones, solo que estas 
cualidades, malas 6 buenas, sean mas pronunciadas 
unas que otras, según los rasgos que distinguen su 
individualidad. Por eso, no pudiendo esplicar huma- 
namente la sublimidad del lenguaje de Colon, en la vi- 
sión de Veragua, asombrado de la dicción majestuosa 
del viejo marinero, antes que reconocer en ella la gran- 
deza de su alma, se atreve Humboldt á emitir la si- 
guiente estraña opinión: "La elocuencia de las>alnias 
incultas, arrojadas en medio de una civilización avan- 
zada, es como la de los tiempos primitivos. Cuando se 
sorprende en hombres superiores y de gran teiaplj de 
coi'azon; pero poco familiarizados con las riquezas de 
una lengua, y de las cuales se sirven en uno de esos 
arranques impetuosos que, por su misma violencia y 
espontaneidad, se oponen al libre trabajo de la imaji- 
nacion, se vé que tienen esa tinta poética propia de la 
elocuencia de los tiempos antiguos. " i De lo cual se 
infiere naturalmente que, cualquier hombre de cora- 
zón, y poco práctico en elCastellano, puede en un caso 
análogo, tener el mismo lenguaje de Colon! 

El escrito mas reciente que ha visto la luz en Fran- 
cia, sobre el almirante, es también una prueba de tan 
sistemática manera de apreciar los hombres. En un 
estenso y erudito libro, el sabio director de la Nueva 
Biografía Jeneral, Dr. Hoefer, dice: "Los grandes 
injenios, como los demás mortales, participan ante to- 
do, de la naturaleza humana y de la época en que vi- 
ven, y los historiadores, cuando consideran lo pasado 
por el prisma de lo presente nos dan una idea muy 
falsa de ellos. Por eso nos representan á Colon como 
inspirado del deseo glorioso de servir á la humanidad, 
mientras que, nunca tuvo semejante ambición, suce- 
diéndole en esto como á Gutemberg y Schoeífer, sus 
contemporáneos, que vendían por manuscritos los pri- 
meros libros impresos. 

1 Humboldt. Examen critique &c. L. III, p. 240 y 241. 



—385— 

"Colon, antes de lanzarse al Océano, cuidó de es- 
tipular para sí y sus herederos un tratado ventajoso: 
he aquí el hombre. Su inmediato deseo, era el de lle- 
var la fe católica hasta los antípodas y arrancar el San- 
to Sepulcro de manos de los infieles: he ahí el espíritu 
del siglo. "1 

Según esto, Cristóbal Colon no fué otra cosa que el 
reflejo, la encarnación de las ideas de su época. 

La observación de los hechos, y la imparciahdad 
histórica, lo mismo que la doctrina católica reducen á 
la nada tales teorías. La historia de la Iglesia des- 
miente en cada una de sus páijnas tan pretensiosas y 
absolutas afirmaciones. Porque si bien es cierto que 
ningún hombre puede evitar completamente el influjo 
de las ideas que predominan en su época y en. cuyo' 
foco vive, y asimilarse tan solo aquello que es verda- 
dero cuando respira el error, y manifestarse siempre 
grande cuando está en perpetuo contacto con la bajeza, 
también lo es que la Divina Providencia, esa fuerza in- 
visible que guia los hombres apesar de su resistencia, 
obra sobre ciertas almas y parece modificar la natura- 
leza. Auxihado así, el hombre, se apodera de cosas 
á las cuales no se le creia destinado naturalmente, pues 
ni su educación, ni su ciencia adquirida, ni su tacto 
podían prometérselas. Bastaría recordar solamente. al 
sublime San Juan evanjehsta, hombre sin educación y 
-sin principios literarios, para echar por tierra el sis- 
tema de la moderna filosofía de la historia. ¿Qué se 
percibe en San Juan, el hijo de la luz, el discípulo 
querido de Jesús, de las ideas judaicas ó romanas de 
su tiempo? ¿A qué época de la literatura, y á qué es- 
cuela pertenecen sus colegas, Jos redactores del Evan- 
jelio, obra sin ejemplo y sin imitación posible, tan de- 
semejante á las producciones de las lenguas antiguas 



1 Entrega 103, art. Colon. Fennin Didodt editor. * 

* "Cristóbal Colon, arrastrando por las calles de Sevilla el cordón 

49 



-_386— 

como á las tradiciones del docto Oriente, y sin embar- 
go tan comprensible á todos y maravilloso. ¡Que se 
nos diga cual fué el modelo de tan singular jénero de 
exposicioa histórica, de narración tan candorosa al par 
de convincente por el sello de verdad que lleva impre- 
so, lo injénuo de las imájenes, y el atractivo incompa- 
rable de la divinidad! 

Procediendo con arreglo á su teoría no puede la 
escuela racionalista esplicar el Evanjelio, ni tampoco 
sus propagadores, los apóstoles y mártires, los héroes, 
en fin, que admiramos en la historia de la Iglesia, li- 
bido que nos ofrece diez y ocho siglos de observación, 
de esperiencia, de vida activa y bienhechora, que ocu- 
pa un lugar tan preferente en el mundo, que forma 
parte tan principal en la constitución de las naciones 
europeas, que es una tradición eterna, y la negación 
de los principios de la filosofía de la historia. Porque 
de jeneracion en jeneracion, durante el discurso de 
mil ochocientos años, la Iglesia ha producido hombres 
admirables y perfectos, perfectamente dignos de ala- 
banza que han justificado aquellas memorables pala- 
bras: "Dios es admirable en sus santos; " y estos hom- 
bres perfectos, .estos santos, para llamarlos por su nom- 
,bre glorioso, nos parecen, lo mismo que la Iglesia, im- 
posibles de esplicar por la filosofía de la historia, la 
cual, para darse razón de aquellos hechos, cuyos feli- 
ces resultados escapan á los cálculos de la ciencia, y á 
las meditaciones de los sabios, se ve obligada á echar 
mano de la casualidad, negando, para ello, el sobrena- 
tural influjo de la providencia, sin que, además, le 
arredre el temor de incurrir en contradicciones, de 
sacar de quicio las leyes de la razón, y de dar en tier- 

de San Francisco, y destinando para los gastos de la guerra contra los 
infieles de Asia el oro qne se prometia hallar en el Nuevo Mundo, y ha- 
ciendo votos para que las tierras que iba á descubrir no fuesen nunca 
holladas por otras plantas que las de un cristiano, católico, apostóKco, 
romano, es el verdadero tipo del carácter español de aquella época." 

Ticknor. Historia de la literatura española^ t. 1. pág. 480 y 481. 
Traducción de Gayangos y Vedia. N. del T. 



-387— 

ra con las reglas de lo justo y las nociones de lo be- 
llo. La moderna filosofía de la historia no es otra cosa, 
para decirlo de una vez, que el fatalismo aplicado á la 
narración de los sucesos del mundo. 

Los escritores imbuidos de este sistema, para so- 
meter á Colon á su teoría, aceptan complacientes cuan- 
tas calumnias y errores pueden contribuir á rebajarlo 
y ponerlo al nivel de los otros hombres. Por eso lo 
acusan! de ingratitud, de vanidad pueril, de ignoran- 
cia, de avaricia, de falsedad, de amancebamiento y de 
entusiasmo relijioso, lo cual es, á sus ojos, el mayor 
de sus defectos y debilidades. Sin embargo, el irresis- 
tible poder de la verdad los vence hasta el estremo de 
hacerles admirar su paciencia, su enerjia, su inaltera- 
ble virtud, su desinterés y su magnanimidad; de mo- 
do que, apesar de su sistema, Colon puede ser todavía 
uti prodijio de grandeza moral, puesto que reúne to- 
das esas condiciones. Pero ninguno de esos escritores 
presiente el carácter providencial de Colon,- ni parece 
reconocer su misión cristiana. 

Digámoslo por última vez, ese sistema de filosofía, 
concebido en Alemania, amamantado por el protestan- 
tismo, é introducido y aclimatado en Prancia durante 

1 Humboldt califica á Colon de ingrato con Martin Alonso Pin- 
zón, y lo acusa de ^^ odiar con disimulo al jefe de esta familia, á la 
cual tanto debia." Examen critique de Vhistoire de la yéographie du 
nouveau continente t. III § 2, pág. 180, 81. En prueba de este odio 
por tanto tiempo disimulado (por tanto que solo se manifestó por medio 
de la clemencia y el olvido), dice que, el Almirante cometió la ruindad 
de imponer el nombre de rio de la Gracia á aquel á el cual Martin 
Alonso dio su nombre y "Uegó diez y seis dias antes que Colon." Pero 
el Sr. de Humboldt se olvida, tal vez, que Martin Alonso llegó al rio 
por deserción, doblemente criminal puesto que abandonó á su jefe para 
dedicarse al tráfico del oro, y no se cuidó de carenar su buque que tan- 
to lo necesitaba. ¿Podia el almirante permitir que se consagrase con 
el nombre de Martin Alonso, un rio que recordaba un crimen? ¿Cuán- 
do se ha visto imponer el nombre de un desertor á una tierra descubier- 
ta? Colon llamó al rio, de la Grracia, sin duda |porque allí hizo gracia 
á Martin Alonso del castigo que merecía por su. traición, y á tal punto 
llevó su magnanimidad, que no puso en noticia de los reyes el crimen 
de su oficial. Esta conducta del almirante es admirable, y, sin embar- 
go, Humboldt lo acusa! 



—388— 

los primeros años de la Restauración, no puede, en 
manera alguna, adaptarse al descubrimiento del Nuevo 
Mundo, ni tampoco á la vida de su revelador. Porque 
por mas empeño que pongan sus partidarios en empe- 
queñecer los hombres y dislocar los sucesos, lo sobre- 
natural brilla, y hace imposible oscurecer el esplen- 
dor de la Providencia con las tinieblas de la casuahdad. 

Cristóbal Colon, el apóstol de la cruz, el mensaje- 
ro del catolicismo, el hombre que, por excelencia, rea- 
sumió las ideas y el fervor militante de la edad media, 
no puede ser comprendido y apreciado sino por los ca- 
tólicos, y en manera alguna por los incrédulos. 

Colon es un ser escepcional, que no puede compa- 
rarse con ninguno de los grandes personajes de la 
historia. 



II. 



Mucho se equivocan aquellos que, después de ha- 
ber leido los Santos Evanjelios y los hechos de los 
apóstoles, creen conocer la historia completa de nues- 
tro señor Jesucristo. Porque su discípulo querido, al 
concluir de referirnos la vida del divino maestro, dice 
claramente que hizo algo mas, y que los libros que so- 
bre ello se escribiesen llenarían el mundo, y, porque, 
además, la sola razón indica, de una manera clara y 
evidente, que los sucesos narrados por los Evanjelistas 
no pueden abarcar con la debida estension, no ya la 
vida entera de Jesus; pero ni aun los tres años de su 
predicación y enseñanza. 

Del mismo modo, los que crean haber leido aquí 
la vida completa del discípulo de Jesucristo, Cristóbal 
Colon, se equivocan, porque Colon ha hecho, ha dicho 
y ha escrito infinitas cosas que no serán nunca repe- 



—389— 

tidas, leídas ni conocidas de los hombres. Colon no 
gustaba de entrar en detalles, y decia que no traslada- 
ba al papel ni la centésima parte de lo que le sucedia. 
Nosotros hemos tenido mas de una vez, ocasión de 
comprender esta verdad. 

Agregúese á esto la mala voluntad de sus contem- 
poráneos, y la pasión de que se hallaban poseidos los 
historiadores españoles, particularmente los de la épo- 
ca de Fernando el católico y de su nieto Carlos V., 
los cuales, por temor de incurrir en el desagrado real 
tocaron muy por encima cuanto concernia á Cristóbal 
Colon. Llegóse á decir que, en realidad, él nada ha- 
bía descubierto, y que, el descubrimiento de América 
fué cosa fácil y de antiguo .prevista. Damián Goes, en 
su jenealojia de España, ni aun se toma el trabajo de 
nombrar á Colon, cuando trata del descubrimiento 
del Nuevo Mundo; Juan Vaseus, docto hebraico y 
jurisconsulto que habia venido á Sevilla á ruegos de 
Nicolás Clenard y de Fernando Colon, al ocuparse, en 
el prefacio de las Crónicas Españolas del Nuevo Mun- 
do, ni siquiera se acuerda del nombre de su descu- 
bridor. Y á tal estremo llegaba el olvido y la indife- 
rencia de que era víctima, que el proto-notario Pedro 
Mártir, creyó deber protestar contra ella y dejar con- 
signado en sus Décadas Oceánicas^ que él había sido 
el primer descubridor de las tierras de ultramar. ^ 

En pos de los afiliados do la Contratación de Se- 
villa, venían los cortesanos que no gustaban de ver 
que un estranjero hubiese adquirido con el dinero de 
Castilla tanta gloria, y que buscaban en todas ocasio- 
nes el modo de rebajar el mérito y la importancia de 
sus empresas para estarle menos obhgados. Luego 
seguían los hombres de estado de Aragón, los que así- 

1 Defraudare virum et admittere seelus mihi viderer inexpiabi- 
le, si labores toleratos, si curas ejus perpessas, si denique descrimina 
qua3 subivit ea navigatione, silentio preterii-em. — Petri Martyris, Oc- 
cean<e í^~ Decadis III^ líber IV. 



—390— 

dos todavía á las antiguas tradiciones, se habían opues- 
to sistemáticamente á la espedicion por considerar 
quiméricas, estériles y ruinosas tales conquistas, y que 
no podían perdonarle el mentís que les dió.i Y si á es- 
ta mayoría de hombres de reconocida importancia 
se une los palaciegos ansiosos de adivinar la enemiga 
del rey, se comprenderá mas fácilmente que los histo- 
riadores contemporáneos de Colon, sobre todo los cro- 
nistas, debían de estar llenos de animosidad contra él. 
La pasión que, todavía, advertimos, al cabo de tres si- 
glos, en don Martin Fernandez de Navarrete, su ma- 
nera de juzgar á los enemigos de Colon, la timidez 
con que los califica, la debiUdad con que los justifica, 
nos dice bastante claro cuanto se temió decir la verdad, 
y cuanta prevención ha habido contra este grande 
hombre. 

He aquí de qué manera el archícronísta imperial 
Oviedo juzga al miserable comendador Bobadilla, que 
tuvo la osadía de poner grillos á Colon. 

"Determinaron SS. AA. mandar un caballero, an- 
tiguo servidor de su casa, para gobernador de la isla, 
hombre por cierto muy honrado y relijioso, cuyo nom- 
bre era don Francisco de Bobadilla, de la orden de 
Calatrava: el cual no bien hubo lles-ado á la ciudad 
hizo prender al almirante, á don Bartolomé y á don 
Santiago Colon, sus hermanos, y con grillos los em- 
barcó á cada uno en un buque diferente. De esta ma- 
nera vinieron á España y fueron entregados al corre- 
gidor de Cádiz, en cuyas manos permanecieron hasta 
que SS. A A. dispusieron otra cosa. Dicen algunos 
que los reyes no habían mandado al comendador Bo- 
badilla prender al almirante, y que él solo fué á la Espa- 
ñola para tomar residencia é informarse de la rebelión 
de Roldan y sus compañeros. Sin embargo, fuese ó no 
por mandado de SS. AA., lo cierto es que él mandó 
prender á los Colones y los despachó para España, 

1 Colon. Relación á los reyes í^t. sohre el tercer viaje. 



-391 — 

continuando en la isla de gobernador, cargo que des- 
empeñó en buena paz y justicia hasta el año 1502 
en que fué relevado y recibió la orden de venir á Es- 
paña. "1 

Al dar cuenta de estos tratamientos que no pue- 
den menos de indignar á los hombres jenerosos, Ovie- 
do no tiene una palabra de simpatia para Colon ni de 
censura para Bobadilla; y tan incaliñcable insensibili- 
dad, é induljencia no menos incalificable hacia un acto 
que indignará á la posteridad, manifiesta suficiente- 
mente la secreta antipatia del castellano Valdés con- 
tra el jenoves Cristóbal Colon. 

Pero si se desea otra prueba de la pasión de Ovie- 
do, escuchemos su juicio sobre el hipócrita y sangui- 
nario Ovando, que en medio de una fiesta hizo ase- 
sinar á la indefensa población de Jaragua, y con la 
apariencia judicial encubrió su inicuo proceder con la 
hermosa reina de Haiti, la noble Anacoana. 

"He oido decir á muchos testigos dignos de fe, y 
también á otros muchos que aun viven, que jamas hu- 
bo en las Indias un hombre que le haya escedido en 
la realización de aquellas cosas oportunas al buen go- 
bierno de las mismas, ni que reuniese como él todas las 
condiciones que hacen apreciables á los que ejercen 
cargos públicos 

'Torque era muy devoto, buen cristiano, limosne- 
ro, caritativo, con los pobres, dulce y cortés con todo 
el mundo; pero con los malos era tan rigoroso como 
debia. Favorecedor de los humildes y necesitados, se- 
vero con los soberbios y altaneros, y castigador de los 
que faltaban á la ley; pero con temperancia y modera- 
ción, supo gobernar la isla en buena paz y justicia, 
haciéndose amar y temer de todos. Además, protejia 
muy especialmente á los indios, sin dejar de ser por éso 

1 Histoire naturelle et genérale des Indes, lib. III, cap. VI. 
Traducción de Juan Poleur. * 

* Nosotros hemos traducido de la traducción. — N. del T. 



—392— 

un padre para todos los cristianos que militaban bajo 
su mando. 

'^Daba buen ejemplo con su vida como caballero 
relijioso que era y de gran prudencia y saber/^i 

Cuando se halla que un hombre como el comen- 
dador Ovando '^era buen cristiano, hmosnero, caritativo, 
dulce y cortés con todos'^, es preciso, por oposición 
manifestarse severo y hasta injusto con el justo; porque 
quien alaba el crimen que triunfa no puede condole- 
cerse de la virtud escarnecida. 

No habrán olvidado nuestros lectores el astuto 
proceder de Ovando con respecto á Colon, después de 
su naufrajio en la Jamaica, y los disgustos y agravios 
con que lo mortificó mientras lo tuvo en su casa. No 
obstante, Oviedo calla todas las ofensas que sufrió el 
almirante; pero no se descuida en presentarnos al co- 
mendador festejándolo hast?\ el momento de su parti- 
da.2 

El último y mas violento calumniador de Colon en 
España, J). Martin Fernandez de Nav arrete, hace tam- 
bién el elojio de Bobadilla; y para acreditar la opinión 
de Oviedo, se apoya en el testimonio del P. Las Casas, 
que dice '^no haber jamás oido cosa ofensiva para él, 
ni aun después de su separación y de su muerte.'^ ^ 
Luego dá tormento al sentido de lo que dice Oviedo 
para poder acusar á Colon de faltas ocultas que eran 
la causa secreta del castigo que los reyes le imponían, 
y añade que SS. A A. lo trataron con afecto y lo per- 
donaron! No es posible llevar mas lejos la impuden- 
cia y la mala voluntad. 

Oviedo, sin embargo, no habla ni de favor ni de 
gracia; y si bien dá cuenta de la opinión de los enemi- 
gos del almirante, dice á renglón seguido y como cor- 

1 Oviedo y Valdes. Histoire naturelle &c., traducción de Poleur, 
lib. III, c. XII. 

2 0\áedo y Valdes. Historia natural &c., lib. III, cap. IX. 

3 Las Casas. Historia general de las Indias^ lib. II, cap. YI. 



—393— 

rectivo: "Lo mas cierto de todo es que nunca han 
faltado los murmuradores y envidiosos en el mundo, 
principalmente en esta tierra que, tan lejana está del 
rey. "i Navarrete formula un cargo contra Colon por 
haberse acercado á Santo Domingo en su cuarto viaje, 
cuando buscaba el modo de cambiar 6 carenar la 
Gallega, y dice: "El almirante apesar de esta insinua- 
ción de SS. AA., insinuación que le hicieron con tan- 
ta dulzura y solo como un consejo, cuando hubieran 
podido prohibírselo terminantemente, se presentó sin 
embargo, en la Española y quiso abordar. "^ 

Es evidente que, para encubrir las faltas del rey 
D. Eernando y hacer menos odiosos los escesos come- 
tidos en la conquista de las Indias, los escritores del 
gobierno español, han desnaturalizado sistemáticamen- 
te la historia de Colon, rebajando y calumniando á los 
indíjenas mas dignos de interés, tales como el noble y 
fiel Guacanagari,^ y la injeniosa Anacoana, dos de los 
soberanos que dispensaron mejor acojida á los de Cas- 
tilla, difundiendo, á falta de otra cosa, contra el al- 
mirante, insinuaciones mahciosas acerca de. su carácter, 
y omitiendo, de propósito, los detalles edificantes de 
su vida, que hubieran revelado toda su grandeza cris- 
tiana y puesto mas en claro el inicuo proceder de D. 
Eernando. Esta parte de la historia de Colon, que 
puede llamarse espiritual, la calló por un exceso de mo- 
destia su hijo, y jamás se ha ocupado de ella ningún 
biógrafo; todos la han desdeñado, hasta el punto que, 
el cronista imperial Oviedo por quien tenemos detalles 
circunstanciados acerca de la muerte de D. Diego, pri- 
mojénito del almirante, apenas indica la fecha de la 
suya. Pero, ¿cómo se hubiera atrevido el historiador 
oficial á hablar de un virey á quien se negaba su títu- 

1 Oviedo y Valdés. Histoire naturelle 8fc. lib. III, cap. VI. 

2 Navaxrete. Viajes 8fc. t. I, introducción § LXIII. 

3 W. Irving reconoce que "Ovando ha denigrado á este príncipe." 
Historia de la vida y viajes de Colon, lib. YIII, cap. VIII. 

50 



lo, de un almirante despojado de su escnadi'a, de un 
j^ohernadoi- jeneral privado de su gobierno? 

Sin embargo, la suprema pureza de Colon, la gran- 
deza casi sobrehumana de sus hechos, y la influencia 
que adquirió en los nuevos destinos de la nación, hizo 
confesar á estos parciales escritores que la antigüe- 
dad hubiera erijido templos al semidiós que des- 
cubrió el Nuevo Muudo; que merecía una estatua de 
oro macizo por haber llevado la fe católica á las Indias 
y contribuido tanto á difundir en ellas la relijion del 
crucificado,! y de esta manera, aunque sin atreverse a 
declararlo francamente, reconocieron la misión apostó- 
lica de Cristóbal Colon. 

Tan vergonzoso silencio nos impone el deber de 
manifestar todo cuanto esperaban ocultarnos, de re- 
conocer claramente el carácter especial de Colon, de 
establecer, de xuia vez para siempre, el papel que le 
designó la divina providencia, y de enumerar las seña- 
les de amor celestial con que el altísimo lo distinguió 
de los demás hombres. 



IT. 



Para comprender y juzgar mejor la vida pública 
de Colon, nada es mas oportuno que examinar primero 
su vida privada. Penetremos, pues, en su hogar, y por 
un instante retrocedamos á Jenova. 

El rasgo mas característico de Colon, el que cons- 

tiye, por decirlo así, su fisonomía moral, y que de la 

cuna al sepulcro, conserva indeleble toda la vida, es 

el sentimiento del deber. 

. El amor á sus padres es para el niño el primero de 

1 Oviedo y YaJdcs. Historia cSv. lih. VI, cap. YIII. 



todos los deberes: debe amarlos antes de conocer á Dios; 
así aiiK) Colon á los suyos. Mas adelante, cuando 
ya fue hombro, hizo cuantos esfuerzos son imajinables 
con el fin de aliviar su pobreza; aseguro su vejez antes 
de arriesgar su vida en la primera espedicion; envió al 
venerable Donjingo las primicias de su l)ienestar; cuan- 
do el señor lo llamo á sí, conservo piadosamente su 
memoria, unida á la do su honrada madre, que lo 
enseño á amar y servir á Dios; impuso el nombre de su 
})adre á la capital de la Española; y como ni el tiempo 
resfrió su amor filial, ni la edad, ni los azares, ni los 
trabajos, ni los cuidados de la paternidad, lo dismi- 
nuyeron, á los setenta años de edad dio una prueba de 
ello fundando misas para ser aplicadas en sufrajio de 
las almas de los que le dieron la vida. 

No profesaba el almirante menos cariño á sus 
hermanos; y estos le correspondían con amor, respeto 
y lealtad. Al recomendar á su primojénito que fuese 
bueno para su hermano menor I). Fernando, sujeto 
dotado de las mejores cualidades, le decía: "Diez her- 
manos no serian mucho para tí; yo de mí se decir que 
jamás he tenido mejores amigos á derecha é izquier- 
da que mis hermanos."^ Pero tampoco hubo un her- 
mano mas previsor, ni mas agradecido que lo fue Colon 
con los suyos, porque su solicitud por ellos se advierte 
hasta en sus relaciones oficiales con los reyes: al ins- 
tituir el mayorazgo cuidó de asegurarles su porvenir 
dando disposiciones que, tal vez, no tengan ejemplo, así 
como tampoco los olvidó al redactar su testamento, en 
el cual nombró primer albacea á 1). Bartolomé. De- 
nlas está decir cuanto encomendó á sus hijos que fíle- 
se n respetuosos y adictos á ellos. 

El sacrificio de las afecciones de ,su corazón que 
hizo el almirante á la causa de la Iglesia nos impide 
juzgarlo como esposo. Su vida conyugal fué una per- 
[)étua privación de felicidad doméstica, porque del ma- 

1 Ctn-fns (Jel ah)n'rfinf:e á I). T)i*'v«, «•arta del 1." de Dit'icmbve 
de 1-504. 



—396— 

trimonio, en cambio de los cuidados y afanes que oca- 
siona, apenas si disfrutó de las dulces compensaciones 
y del reposo de la familia. Pero, ¿cómo dudar que 
fuese un buen esposo, cuando se mostró tan buen padre? 

El hombre cuya juventud maduró, luchando con los 
elementos en el Mediterráneo, tenia para su hijo mayor 
D. Diego entrañas verdaderamente maternales, y lo tra- 
taba con el cariño que D.* Felipa le hubiera'tenido. No 
menos predilección le merecia D. Fernando, como se ad- 
vierte en la complacencia con que hablaba de él á SS. 
AA. y en la eficacia con que lo recomendaba á su her- 
mano mayor. 

Esta buena voluntad de Colon para cuantos com- 
ponían su familia se hacia estensiva á las demás per- 
sonas que lo rodeaban. La igualdad y constancia de 
su carácter, su mansedumbre, su dulzura, su recta jus- 
ticia, el dominio que tpnia sobre sí mismo para repri- 
mir, sus impaciencias, el modo paternal con que trata- 
ba á su servidumbre le granjeó el afecto de cuantos co- 
mieron su pan. Solamente uno fué ingrato, y bueno se- 
rá decirlo, este, ni era soldado, ni marinero, ni noble, 
sino un lejista intruso, el alcalde mayor Koldan, quien 
sin embargo, pareció, al fin, reconocer su falta y mal 
proceder con su bienhechor. Por lo tocante á los de- 
más familiares y comensales suyos, todos conservaron 
una especie de culto por su buena memoria. 

Muchos han hecho laboriosos esfuerzos para inves- 
tigar la causa que determinó á Colon á descubrir un 
continente desconocido, pensando algunos que tenia 
conocimientos matemáticos superiores á los de su si- 
glo, que él fué quien usó primero del astrolabio y cua- 
drante, atribuyendo otros á los versos casi sibilinos de 
una trajedia de Séneca, intitulada Medea^ grande 

1 Venient annis 

SEeeula seris, quibus Oceanus 

Vincula rerum laxet, et ingerís 

Pateat tellus, Typhisque novos 

Detegat orbes, nec sit terris 

Ultima Thule Medea, acto II, v. 371. 



—397— 

influencia en su ánimo, y también á determinados au- 
tores de la antigüedad. 

Pero estas suposiciones, con las cuales se han con- 
formado todos hasta hoy no pueden resistir á la discu- 
sión. Porque, en primer lugar, los instrumentos náuti- 
cos conocidos por Colon eran familiares á todos los 
marinos de su tiempo, y mucho antes de que él na- 
ciese, estaba en uso corriente la brújula, el astrolabio y 
el sextante. No menos inexacta es la suposición de sus 
grandes conocimientos matemáticos. Humboldt lo acu- 
sa de impericia y de haber hecho malas observaciones 
estando próximo á las Azores, y halla que "no se habia 
familiarizado, como la mayor parte de los marinos de 
nuestros dias, sino con la práctica de los métodos de 
observaciones, sin estudiar suficientemente las bases 
sobre las cuales descansan." ^ No se debe, pues, atri- 
buir á las matemáticas la idea y la enérjica voluntad 
de Colon, sino á otra causa que él mismo confiesa con 
singular naturalidad y sencillez. 

Mucha importancia se ha querido, también, dar á 
los versos de la Medea en razón á encontrarse estos 
copiados por dos veces de mano del almirante, á pesar 
de que nada prueba que ejerciesen el menor influjo en 
su ánimo. Antes, el papel en que los escribió y dijo 
algo sobre ellos dá testimonio de lo contrario, por- 
que estos versos, en los cuales nadie habia fijado la 
atención sino después del descubrimiento, se hallan en 
ti borrador del Libro de las Profecías, y de consiguien- 
te transcritos allí con posterioridad, no solo al primer 
viaje sino al cuarto, esto es, cuando estuvo en la Ja- 
maica con sus carabelas varadas. Tampoco podian te- 
ner los versos de \?íMedca ningún sentido antes de la 
empresa de Colon; esta se lo dio maravilloso, sino nin- 
guno hubiera hecho alto en ellos. 2 En el mismo error 

1 Humboldt. Examen critique ^ <^c., t. III, pág. 20. 

2 En la notable publicación titulada: Les voyageurs anciens et 
modernes, Mr. E. Charton, ha distinguido con mucha sagacidad que 



—398— 

se incurriria atribuyendo una acción determinante a 
fragmentos de autores que otros, como Colon, pudie- 
ron haber compulsado. Ciertas ideas de Eratóstenes 
y Posidonio, mencionadas por Estrabon, las palabras 
del TJmeo de Platón sobre la Atlántida, alp^unas ideas 
cosmográficas de Aristóteles acerca de la forma y cor- 
ta estension de la tierra, varias noticias jeográücas de 
los árabes, la obra de Alberto Magno, titulada: Liher 
cosmcc/rapMcus, la de Roger Bacon {Opus majits) asi 
(;omo la del cardenal Pedro de Ailly (Jmafjo Mumli) 
fueron conocidas y examinadas, y sin embargo no pu- 
dieron convencer tantas autoridades, ni traer á ningu- 
no al partido de Colon; y cuando en la junta de Sa-. 
lamanca tuvo quien lo apoyase, no fué por cierto un 
cosmógrafo su abogado sino un teólogo, el fraile domi- 
nico Deza. 

Por otra parte, la ciencia solo hubiera servido, en 
aquel entonces, para estraviar á Colon, porque carecia 
de antecedentes positivos y seguros, oponía conjeturas 
á conjeturas, sin que la autoridad de la esperiencia 
pudiese poner fin al debate, discordaba en lo tocante 
á la forma v estension de la tierra, v el único dato en 
el cual se pudiese apoyar Colon, relativamente á la 
estension de la masa acuosa del globo, era un error 
manifiesto, y todo lo contrario de cuanto las observa- 
ciones posteriores nos demuestran. 

Mientras que unos creian cirios antípodas, otros los 
negaban; pero de tal modo que, aun después de la 
nuierte de Colon, todavía muchos sabios impugnaban 
esa creencia, y aun se burlaban de ella, como dice 
Herrera en su Historia ih ^ Jas Indias} añadiendo 
que, los pretendidos esclarecinnentos que algunos pien- 
san encontrar en determinados pasajes de los antiguos, 

los versos citados no tmieron la influencia que se dice en el ímimo de (-o- 
lon, yf[ue, antes q^ue él, ningimo los tuvo en mucha cuenta. Voj/of/et/rs 
anciens et modernos, t. III, pág. 85. 
1 Década I, lib. I, cap. líl. 



—399— 

acerca de lii existenciu de tierras descouocidas eran 
demasiado inciertos y oscuros y casi fuera del alcauce 
humano, antes de que el descubrimiento les hubiese 
dado la claridad y el sentido cpie, después, se les atri^.-. 
buye. 

Del propio modo las disertaciones de los biógrafos 
eíicaminadas á esclarecer el oríjen del proyecto que 
tuvo Colon de descubrir la otra mitad del globo nos 
parecen insuficientes, desprovistas de autoridad é in- 
capaces de convencer. ¿En qué se fundan? ¿A qué 
conducen esas investigaciones que solo prueban erudi- 
ción, y que tanto se apartan de la verdad? ¿Quién 
mejor que el virey podrá decirnos el oríjen de su inspi- 
ración? Oigámoslo, pues. Esa idea sublime no se la su- 
jirió ni la meditación, ni las matemáticas, ni las esfe- 
ras, sino que brot(S en su imajinacion espontáneamen- 
te: "nuestro señor, con mano palpable le abrió el en- 
tendimiento, dándole á conocer que era hacedero 
navegar de Oriente á Occidente "^ Esta idea que pri- 
niero se le mostraba como un punto luminoso, fué, poco 
á poco, adquiriendo, merced al influjo de una profunda 
meditación, njayores proporciones y perfecta lucidez; en 
su apoyo vino la lectura de los autores antiguos, y en- 
tonces, hallo Colon en ellos lo que el común de los hom- 
bres no habia podido vislumbrar; pero seria una quime- 
ra pretender que á esto solo debió aquella inquebranta- 
ble convicción que supo resistir á diez y ocho años de 
dudas, de repulsas y hasta de burlas y desprecios. 

Colon ni fué cosmógrafo, ni astrónomo, ni jeógra- 
ib, ni físico, ni botánico, ni jamas perteneció á ningu- 
na comisión científica, ni académica, y, sin embargo, 
la penetrante sagacidad de sus observaciones le per- 
mitió alcanzar las grandes verdades cosmográficas, y 
ocupar un puesto en la historia del progreso de las 
ciencias del que nadie podrá desposeerlo. En nues- 

1 Cristóbal Colon. Libro de los Profecías, í'ol. IV. 



—400— 

tros dias, el sabio universal, Humboldt, á quien sus 
admiradores han apellidado el '^Aristóteles moderno/' 
no puede menos de admirarlo, á su vez, al verlo '^con- 
servar en medio de tantos cuidados materiales y mi- 
nuciosos que resfrian el alma y empequeñecen el cora- 
zón, un amor profundo y poético por la majestad de 
la naturaleza." "Lo que caracteriza á Colon, prosigue, 
es la estraordinaria penetración con que se apoderaba 
de los fenómenos del mundo esterior; por cuya circuns- 
tancia bien puede asegurarse que fué tan notable co- 
mo intrépido navegante. Porque bajo un nuevo cielo 
y en un nuevo mundo, ni la configuración de las tier- 
ras, ni el aspecto de los vejetales, ni las costumbres de 
los animales, ni la distribución del calor, según la in- 
fluencia de la lonjitud, ni las corrientes pelásjicas, ni 
las variaciones del magnetismo terrestre, nada se ocul- 
ta á su sagacidad!... No se limita á recojer hechos 
aislados, sino que los combina y busca la relación que 
tienen entre sí, elevándose, á veces, con atrevido vue- 
lo para descubrir las leyes jenerales que rijen el mun- 
do ñsico.'^i Falto, como se hallaba, de los instrumen- 
tos y del auxilio de la moderna esperiencia no se 
contenia por eso: las influencias atmosféricas, la di- 
rección de las corrientes, las plantas marinas, la diversa 
densidad de las aguas, el principio de las divisiones 
climatéricas, su relación con la diferencia de los me- 
ridianos, todos los secretos entonces imponentes y gra- 
ves eran objeto de sus afanes. A su contemplación y 
estudio de los fenómenos del mundo esterior somos deu- 
dores de una serie de grandes é incomparables descu- 
brimientos científicos. No espondremos aquí por falta 
de lugar sus juicios atrevidos sobre todos, concretándo- 
nos únicamente á enumerar las principales que son 
siete, á saber: 

1. La influencia que ejerce la longitud en la 
declinación de la aguja imantada. 

1 Humboldt, Examen critique ¿^-c., t. III, j^g. 16, 20 y 25. 



-401- 

2.** La inflexión que esperimentan las líneas iso- 
termas siguiendo el trazado de las curbas, desde las cos- 
tas occidentales de Europa, hasta las orientales del 
Nuevo Mundo. 

3.° La situación del banco de fuco flotante 
en el océano Atlántico, donde se acojen, se preparan 
y se forman los peces destinados á servirnos de ali- 
mento. 

4."* La dirección jeneral de la corriente de los 
mares tropicales. 

5.^ Las causas jeolójicas de la configuración del 
archipiélago de las Antillas. 

6.** La mayor elevación del ecuador, que implica 
el aplanamiento de los polos. 

7.° El equilibrio continental del Globo, que ni 
aun se suponia. 

Así, pues, además del descubrimiento del Nuevo 
Mundo, debe la humanidad á Cristóbal Colon estos 
siete, de los cuales el menor hubiera bastado para ilus- 
trar una Academia. Ninguna parte, como ya hemos 
dicho, tuvo la ciencia en estas conquistas, sino que 
fueron la recompensa merecida de la constancia y de la 
observación. Pero si la ciencia para nada intervino en 
ello, como lo afirman todos los sabios con Humboldt, 
¿quién le reveló unos secretos que hasta entonces ha- 
bían escapado á las investigaciones humanas? Colon 
no hizo ningún descubrimiento encerrado en el estu- 
dio ó el laboratorio, sino sobre el terreno, instantánea- 
mente, allí mismo donde hacia la observación. A falta 
de estudios físicos, ponía tanto empeño en sus inves- 
tigaciones, le animaba un deseo tan vivo de penetrar 
los misterios de la naturaleza, le auxiliaba tanto la fe 
para comprender las leyes del Creador, y la relación 
de estas con la ilnídad cósmica de nuestro planeta, era 
tan perfecto contemplador del verbo, suplicaba á Dios 
tan humilde y fervorosamente que lo auxiliase y condu- 
jese, que su imajinacion, estimulada con el deseo y la 

51 



—402— 

curiosidad y fortalecida con el estudio y la práctica de 
las cosas divinas alcanzaba mas, y mas exactamente que 
hubiera podido hacerlo sin otro auxiUo que el de la 
ciencia. 

Ningún hombre amó la naturaleza con amor mas 
vehemente y perfecto. La tranquila limpidez del cielo 
no es comparable á la pura delectación de su ánimo 
cuando se esforzaba en arrancar algún secreto á la 
creación; santo é inefable placer que solo puede sentir 
un alma verdaderamente relijiosa. Las tintas de la 
atmósfera y de la mar, las refracciones luminosas, las 
escamas de los peces, las hojas de los árboles, la forma 
de las plantas desconocidas, el plumaje de las aves, la 
ramificación de los vejetales acuáticos, el perfume y 
temperatura de los bosques, los acentos melodiosos del 
ruiseñor de los trópicos, las emanaciones del mar, el 
melancólico acento del grillo, el canto monótono de las 
ranas, la intensidad del aire, las graves salmodias del 
Atlántico; ora el silencio de las llanuras, ora el mujido 
del Océano, todo es para Colon asunto digno de estu- 
dio, y todo es considerado y medido en su alma como 
partes harmoniosas de un conjunto divino. 

En ningún viajero ni poeta se advierte un amor 
mas verdadero y candoroso de las obras de Dios que 
en el almirante. Distingüese, además, de los poetas y 
naturalistas en que manifiesta la observación del natu- 
rahsta sin dejar de ser poeta, y la dulzura del poeta 
unida á la sagacidad del naturalista; el éxtasis que le 
produce la impresión de tantas novedades tan bellas 
no es parte para impedirle sus observaciones de cos- 
mógrafo; y -así, mientras se deleita con los perfumes y 
las harmonías del Nuevo Mundo, su imajinacion busca 
con afán la manera de resolver los problemas capita- 
les que se desprenden de su conquista colosal. 

Amaba Colon mas principalmente á la naturaleza 
á causa del creador, y sin cesar veia al divino arquitec- 
to, reflejándose en sus obras inmortales. De esta 



—403— 

man0rft, ^n vez de disminuir con los años su afición 
á la naturaleza, aumentaba como la verdadera amistad, 
y se hacia mas íntima é inseparable de sus esploracio- 
nes. Del propio modo acrecentaba su agradecimien- 
to al Soberano Señor, pudiendo decirse que cuanto 
mas conocia la creación, mas amaba al creador y mas 
deseaba servirlo, y que su injenio, remontándose en 
alas de la fe, consideraba á la humanidad predestinada 
á fines inmortales y se habituaba á la bondad de Dios, 
En su entusiasmo no se advierte la duda mas leve, y 
sus creencias son firmes, completas, absolutas, porque 
une las cosas visibles á su principio invisible, siguiendo 
la doctrina catóHca, única verdadera fiJosofia. Si en 
sus primeras esploraciones, por apoyarse demasiado, 
tal vez, en la ciencia, cometió algún error, cayó en al- 
guna duda, la esperiencía y la observación los disipa- 
ron; si en un piincipio, para combatir la opinión de 
aquellos que consideraban á la tierra llana y estendida 
hasta lo infinito, dijo, comparando nuestro planeta á 
las demás creaciones de Dios: ''Este mundo no es 
tan grande como lo piensa el vulgo; digo que este 
mundo es poca cosa,'' es porque tenia en tan poco lo 
descubierto, relativamente á lo que podría descubrir 
que lo estimaba en la centésima parte de lo que aun 
quedaba por esplorar. 

Las pruebas escritas que han llegado hasta rjosotros 
del superior injenio de Colon no son, por desgracia, 
muy estensas, porque solo forman una parte pequeña 
de lo que redactó. De su numerosa correspondencia 
con la reina, el protonotario apostólico, Pedro Mártir 
y otros muchos personajes, y relijiosos notables solo nos 
quedan diez y seis cartas, á menos que se dé este nom- 
bre á los fragmentos epistolares que hay esparcidos en 
varios documentos. La historia de sus cuatro espedi- 
ciones redactada para el Sumo Pontífice en la forma 
de los Comentarios de J. César, se ha perdido, corrien- 
do la misma suerte la relación de su segundo viaje á 



—404— 

los reyes católicos. Sus notas, sus cartas jeográficas, 
que el cura de los Palacios, Las Casas y D. Fernando 
tuvieron á la vista han desaparecido; las observaciones 
que redactó, después de rendido su tercer viaje, refe- 
rentes á la cosmografía y la historia natural, que le fue- 
ron arrebatadas con iodos sus papeles porBobadilla, el 
26 de Agosto de 1500, cuando el comendador allanó 
su casa, jamás se le restituyeron, pues parece que ha- 
llándose en la nave capitana^ que pereció durante la 
tempestad desaparecieron con ella; absolutamente se 
ignora lo que ha »ido del libro de l,as Profecías que 
Colon dio á la reina, y no tenemos de él sino el bor- 
rador, y ese mutilado por una mano criminal. Sin 
embargo de esto, y con el solo auxilio de los escritos 
del almirante que han podi4o salvarse del naufrajio 
del olvido, emitiremos nuestra opinión acerca de su 
mérito é importancia literaria. 

En primer lugar lo que caracteriza el estilo de Co- 
lon es la espontaneidad, el laconismo, la enerjía, la 
falta completa de arreglo y de método espositivo; en 
sus escritos afluyen las ideas con abundancia, se sien- 
te el impulso simultáneo de los pensamientos, y se 
nota que quisiera decirlo todo de una vez; de aquí 
proviene, que en algunos pasajes, sea un tanto difuso 
y oscuro en apariencia, sin que por eso deje de ser ele- 
vado, profundo y sintético á la manera de San Pablo. 
En su estilo como en sus costumbres es sobrio, y vá 
siempre sin ambajes ni rodeos prefiriendo el camino 
mas corto; y es tan grande su descuido que hasta 
las relaciones que dirijia á los reyes llevan impre- 
so el sello de la improvisación. Nunca redacto, co- 
mo almirante, un parte con reposo y tranquilidad, 
y al leerlos diriase que los dictaban varios hombres, 
porque hablaba al mismo tiempo como marino, misio- 
nero y naturalista. Sin embargo, cuando se dirijia á 

1 El almirante se quejaba de no haber podido recuperar nunca 
aquellos papeles de que "como un pirata" se apoderó Bobadilla. 



—405— 

SS. AA. bajo el solo concepto de jefe del gobierno co- 
lonial, se manifestaba metódico, lacónico, instructivo y 
admirable. Esa relación íntima que existe entre el 
estilo y el carácter del hombre, se advierte de una 
manera palpable en los escritos del almirante. Colon 
reasume, ó pasa en silencio sus mas íntimas emociones; 
pero no intenta siquiera describir lo que es indes- 
cribible. Cómo un hombre colocado en medio de la 
inmensidad del Océano, se siente sobrecojido de su 
grandeza y sin fuerzas para describir aquello que lo 
rodea, que vé y que toca, así Colon, que descendía á 
ocuparse hasta del canto de los grillos y del perfume 
de las plantas, se abstiene de trasladar al papel las sen- 
saciones de su alma, en la cual se reflejaba la majes- 
tad de las grandes obras del creador. Solo durante 
su postrera espedicion hizo descripciones, 'y brotó en 
ellas Ja poesía, como la fosforescencia de las olas, 
al trazar con mano maestra el cuadro de tempes- 
tades no conocidas en Europa, y su lucha contra 
los elementos. Puede muy bien decirse que en estos 
casos es un modelo del j enero descriptivo y terrible, 
apesar de que, por naturaleza, es conciso y breve como 
lo es siempre el jenio, y de que las palabras solo le 
sirven para vestir ideas y pensamientos de un vigor ex- 
traordinario, pero que no tienen por sí mismas ningún 
mérito. No se hallará, pues, en él un estilo hmado y 
elegante, sino natural, grande como el Océano, y como 
él obedeciendo á una fuerza secreta. Compréndese 
que este hombre ha vivido ante los ojos de Dios, y 
que sus facultades se han desarrollado en medio de la 
mas grande manifestación divina de lo infinito que sea 
perceptible á nuestros sentidos: el mar! El mar, uno 
en todo el globo, y, sin embargo, tan diverso en su 
inmutable unidad; el mar, ante el cual se absorbe el 
hombre en la contemplación, que hace enmudecer al 
poeta, palidecer al filósofo, y temblar al despreocupa- 
do, fecundizó eljénio de Colon, y transformó, bajo el 



—406— 

sol brillante de los trópicos, su audacia en reflexión; y 
de sus convicciones, inspiradas por el verbo divino, 
dimanó aquella enerjía que ni la fuerza del tiempo, ni 
la debilidad de los hombres pudieron hacer vacilar. 

Un contemplador del catolicismo, no ha podido 
por menos que admirarse al descubrir en Colon ines- 
peradas dotes de escritor, y dice: "El Diario del al- 
mirante tiene, en su laconismo, no sé qué de misterio- 
so, de sublime y de relijioso como el grande Océano, 
en medio del cual se fué redactando. "^ Después de 
alabarlo en algunas cosas, Mr. de Humboldt, para no 
apartarse de su sistema de humillarlo, critica su estilo y 
la medida de sus versos; pero á esta infundada opinión 
opondremos el peso de la mas competente é incontes- 
table autoridad contemporánea en materia de gusto y 
sana literatura. Hé aquí las palabras de Mr. Ville- 
main: "No vacilo en decir que este estranjero, que no 
aprendió la lengua española sino ya entrado en años, 
cuando pretendia regalar á la península el Nuevo Mun- 
do, fué, en su siglo, el hombre mas elocuente de Es- 
paña. Consistía esto en la grandeza de sus pensa- 
mientos que le hacían espresarse con palabras sublimes 
y principalmente en su entusiasmo. Spiritus Dei fe- 
rebatur super aquas. Las formas esteriores del arte, 
los períodos rotundos y bien construidos abundaban 
en las crónicas españolas; pero, con él, tuvo princi- 
pio lo sublime- y sencillo al mismo tiempo en la gran- 
deza.» 2 

Como su jénio, parece elevarse el estilo de Colon 
con los años, porque su escrito mas notable es de poco 
tiempo anterior á la época de su fallecimiento, y en él 
se advierte, sin embargo, el fuego de la poesía y de la 
juventud, y la constante virilidad del alma, libertan - 

1 Edgar Quinet. Discours prononcé an Collége de France, en 
1843. 

2 ViUemain. Tablean de la littérature an moyen age. t. II, pág. 
392, 



—407— 

dose de las leyes del tiempo y de la influencia de la 
vejez. El ardor de la piedad, la lozania de la inspi- 
ración se revelan todavia al fin de su cuarto viaje, 
durante la desastrosa campaña de 1503. Libertado 
milagrosamente de un naufrajio, al parecer inevitable, 
con su nave destrozada, casi zozobrando, forzado á bus- 
car, á todo trance, un puerto, en lucha con el hambre 
y los ataques de la gota, lejos de ceder al abatimiento 
jeneral solemnizó, lleno de tranquilidad, con la Iglesia 
católica, la fiesta de San Juan Bautista, y durante los 
ayunos y abstinencias á que tuvo que someterse por 
la falta de víveres, celebró en verso el nacimiento del 
bienaventurado precursor del Mesías. Esta inspira- 
ción es, sin duda, el único ejemplo de composición li- 
Hteraria que haya tenido lugar en semejantes circuns- 
tancias. 

¡Qué idea no da de la tranquilidad de espíritu y 
de la piedad de Colon ese pacífico canto del alma cris- 
tiana, dominando los dolores de la carne, y no pensan- 
do sino en participar, á tan remota distancia, del re- 
gocijo de la Iglesia católica en semejante día, y en ce- 
lebrar el natalicio del bienaventurado S. Juan, que se 
estremeció en las entrañas de su madre á la voz de la 
Vírjen en cuyo seno iba el salvador del mundo! Las 
circunstancias de tiempo y lugar no son menos edifi- 
cantes que el asunto de la inspiración, así que el tier- 
no interés que infunde aumenta el encanto de su 
injenuidad. 



IV. 



Si Colon se hubiese concretado á descubrir tierras, 
se podría, al mismo tiempo que reconocer la grande- 



—408— 

za de su jenio, considerarlo únicamente como marino 
cosmógrafo; pero sus viajes están ligados de una ma- 
nera tal á su vida privada, á su fe; y su carácter apos- 
tólico domina de tal modo sus actos oficiales que seria 
injusto pretender juzgarlo, haciendo abstracción del 
sentimiento relijioso, principio y fin de su vida públi- 
ca. Tal vez causará estrañeza que, después de haber 
puesto de relieve sus escelentes cualidades, no hayamos 
investigado, con la severa probidad que requiere la 
historia, la parte flaca de su carácter para oponerla á 
sus virtudes; pero en vano hemos auscultado su cora- 
zón, en vano lo hemos examinado bajo todos aspectos, 
porque no hemos podido descubrir en él una falta vo- 
luntaria, ni un error, ni una flaqueza. Tampoco nos 
ha causado la mas leve sorpresa* esta falta absoluta de 
inclinaciones ó de acciones censurables durante toda 
su vida, por la razón de que no se hallan vicios ni 
defectos en los santos. Jeneralmente entre los gran- 
des hombres los defectos inherentes á nuestra natu- 
raleza son siempre perceptibles, aun cuando aparezcan 
mitigados por su jenerosidad, la esfera elevada en que 
viven, el respeto á la opinión, ó el temor á la posteri- 
dad, no así entre los héroes del Evanjelio que apare- 
cen siempre sin defectos ni flaquezas, purificados, ele- 
vados, ennoblecidos por el amor, porque en fuerza de 
su constante imitación del divino modelo, llegan á mo- 
dificar su propia naturaleza en cuanto lo permite nues- 
tra humanidad. 

Para decirlo de una vez, Colon, no tuvo ninguna 
de las virtudes, ni tampoco ninguno de los vicios del 
mundo, y podemos, por muchas y muy graves razones 
considerarlo como un santo. 

Los biógrafos que, para obedecer á las exijencia's 
del sistema de filosofía histórica han hecho penosos es- 
fuerzos y emitido erróneas suposiciones para dejar es- 
tablecido que Colon tuvo defectos, no han podido citar 
uno solo, ni apoyarse en un ejemplo, ni presentar una 



—409— 

prueba; y todos, unos en pos de otros, cediendo á la 
fuerza de la verdad, han concluido por hacer un elojio 
tan completo de sus virtudes que neutraliza el veneno 
de su crítica. Nosotros, á nuestra vez, perseverare- 
mos en el primer propósito de ir derechamente al fin, 
sin detenernos á hacer esa prolija é innecesaria aup- 
tosia. 



V. 



Puede muy bien decirse que, á causa de una ínti- 
ma solidaridad, la pureza del hombre privado garanti- 
za la dignidad y la irreprochable conducta del hombre 
público. Por esa razón, después de haber visto al al- 
mirante practicar tan exactamente la justicia y la equi- 
dad en el seno de la familia, se espera verle observar 
el deber con no menos rigor, cuando á las obligaciones 
morales se una la responsabilidad política. 

En la elevada posición en que se colocó de un solo 
paso, revestido en la triple dignidad de almirante, 
gobernador jeneral y virey, siempre se manifestó dig- 
no de ocuparla, y durante su administración ninguno 
le acusó de parcialidad, escepto los altivos hidalgos 
castellanos, perseguidores de los indios, y que se que- 
jaban de lo mucho que protejía á los indíjenas; porque 
Colon, el discípulo del Evanjelio, que no distinguía 
entre nobles y plebeyos para practicar la justicia, había 
establecido una completa igualdad ante la ley. Ya he- 
mos demostrado en el capítulo VIII de este volumen, 
que su administración estuvo exenta de errores, por 
tanto, no volveremos á entrar en detalles sobre ella, y 
nos limitaremos á ir enumerando Jos hechos capitales. 

Su negativa de admitir un principado por el temor 

52 



—410— 

de que sus adelantos particulares lo distrajesen de sus 
deberes públicos, demuestra, mejor cuanto pudiera de- 
cirse su gran desinterés. 

Siendo almirante del Océano, virey y gobernador 
perpetuo de las Indias jamas olvidó la obediencia^ 
y se sometió á las órdenes de un simple comisario de 
los reyes, en fuerza de su respeto á la autoridad lejíti- 
ma, visible delegación de Dios. 

Constantemente practicó la igualdad y la abnega- 
ción en los casos desgraciados, y nunca, ni en mar ni 
en tierra, quiso prevalerse del menor de sus derechos 
para tratarse mejor que sus marineros cuando estos 
sufrian escaseces. 

Sus medidas administrativas no presentan ese ca- 
rácter provisional, esa ciega sumisión á la urjencia que 
sirve de norma á la mayor parte de los actos de la 
autoridad en la práctica de los negocios. Así es que 
no sacrificó á lo presente los intereses de lo porvenir, 
porque además, sabia que los actos administrativos 
duran mas que el administrador, y que el porvenir es- 
tá contenido en lo presente; y como jamas ambicionó 
ni popularidad ni favor en palacio, ni las injusticias, 
ni la ingratitud lo hicieron variar de conducta, per- 
severó hasta el fin, ocupándose con igual empeño de 
los intereses de la corona que de los de particulares. 

Apesar de que la letra de sus capitulaciones con 
los reyes le daba derecho á defender con las armas el 
gobierno perpetuo de que se vio despojado, y su vi- 
reynato de las Indias que ningún decreto posterior 
podia proscribir legalmente, dio un gran ejemplo de 
obediencia cristiana sometiéndose á la lejítima auto- 
ridad; respetó, en todas sus partes su juramento, y no 
se consideró desligado de él por la injusticia de otro. 
Después de habérsele puesto cadenas, no pidió rehabili- 
tación pública, ni menos conservó rencor, ni buscó el 
modo de vengarse de los reyes, antes al contrario, pro- 
curó emplearse de nuevo en su servicio, y cuando 



—411- 

murió Isabel la Católica recomendó á su hijo que re- 
doblase sus esfuerzos en el servicio de D. Fernando y 
procurase aliviarle del peso de los negocios. 

Su actividad, esmero, previsión, firmeza y rectitud 
en las cosas que le estaban cometidas, su respeto ha- 
cia el poder, hasta cuando con él fué inicuo, la pro- 
tección que dispensó á los débiles y abatidos, á los 
marineros que participaron de sus trabajos, su agrade- 
cimiento á los que le fueron fieles, hacen de Colon un 
dechado de virtudes públicas. 

Ofrécese Colon á los hombres del mundo como un 
ejemplo, porque en la relijion está el secreto de su 
virtud, de sus acciones, y de su fuerza. Un santo pa- 
rece no servir de modelo sino á los cristianos mas pu- 
ros; un obispo, un fundador de órdenes monásticas, un 
misionero, no parece ofrecerse en ejemplo sino á ecle- 
siásticos, diríase que el claustro ó el santuario son 
los imicos que puedan aprovecharse de su historia, por 
eso la divina providencia ha creido útil poner ante los 
ojos de los hombres un seglar, un funcionario público 
según el Evanjelio, porque no hay duda de que Colon 
ocupando una tan elevada jerarquía sirve principal- 
mente de enseñanza á los altos funcionarios y hasta á 
los mismos reyes. 

No hay duda de que su vida ofrece fecundas y pre- 
ciosas enseñanzas. En ella podran aprender los su- 
bordinados á sufrir con resignación y valor los malos 
procederes, las injusticias de que sean víctimas en el 
ejercicio de sus empleos; verán claramente que el méri- 
to puede no ser recompensado; pero también que, 
como la falta de justicia por parte délos superiores no 
altera en lo mas mínimo los deberes del subordinado, 
Colon sufre, mas no se rebela. El cristiano verá en estas 
pruebas un medio de reformarse y rescatar, con la re- 
signación en la voluntad divina, la cual tiene dulzuras 
que no conoce el espíritu del mundo, las faltas secre- 
tas cometidas contra el Señor. 



—412— 

Porque si Cristóbal Colon, apoyándose en el es- 
tricto derecho, en el testo de sus capitulaciones con la 
corona de Castilla, se hubiese sublevado y rechazado 
con las armas á los comisarios réjios, á los Aguados, 
Bobadillas y Ovandos que se proponían despojarlo y 
desposeerlo; si alzándose con la isla Española se hu- 
biera proclamado independiente, su fin habría sido el 
de un hombre vulgar; la grandeza y poesía de sus 
trabajos hubieran quedado para siempre oscurecidos 
con semejante conducta; el interés, el respeto, la 
admiración que infunde su tierna memoria se habrían 
desvanecido desde hace mucho tiempo; la radiante au- 
reola que ciñó á su frente venerable una serie de in- 
fortunios soportados con santidad no continuaría ilu- 
minándola. 

Al considerar tan mal recompensados tan altos 
servicios, y conculcados tan claros derechos, aprende 
el hombre á soportar con menos trabajo las injusticias 
y las ofensas del público ó de los superiores; porque, 
en efecto, bien poca cosa es la injusticia de un gobier- 
no, de una municipalidad, ó de un jefe respecto á 
un particular, á un empleado, ó á un oficial cuando se 
piensa en los servicios que prestó Colon! ¡Quién se 
atreverá á quejarse de contrariedades ni vejaciones, 
cuando recuerde lo que él sufrió sin proferir una que- 
ja! Y quien se remonte á investigar la causa de su 
fortaleza de alma, y de su tranquilidad de espíritu 
hallará que su conocimiento del corazón humano, y de 
las debilidades y flaquezas de nuestra naturaleza, el 
elevado concepto que tenia de Dios y de la bondad 
divina, su deseo de perdonar para serlo á su vez, lo 
convencido que se hallaba de la instabilidad de las 
cosas humanas y de cuan transitorias son las grande- 
zas de la tierra era lo que lo sostenía en sus tribula- 
ciones, y daba aliento para soportar con paciencia 
las iniquidades de la vida presente y esperar resigna- 
do y tranquilo en la bondad y justicia del todo-po- 
deroso. 



—413— 



VIL 



Hemos visto ya en Cristóbal (Jolón un hombre 
dotado de virtud perfecta y de absoluta pureza de 
corazón; cuya grandeza moral es de todo punto mayor 
que la de los tipos mas célebres de la antigüedad, y 
no menor que la de las mas nobles figuras de los hé- 
roes formados por el Evanjelio. Sin embargo, esto 
no es bastante, porque para poder juzgar con la debi- 
da exactitud á Colon, es preciso hacer un estudio pro- 
fundo de su carácter, y entonces, al examinarlo com- 
pletamente, abarcando de una mirada los hechos y los 
sucesos mas principales de su carrera no se puede por 
menos de reconocer que su carácter público en harmo- 
nía con su carácter privado, ofrece el tipo de la misión 
relijiosa y del mandato evaiijéhco, y que, como con 
tanta justicia lo ha dicho el ilustre P. Ventura de 
Ráulica: Colon es el hombre de la Iglesia} En efec- 
to. Colon pertenece á la Iglesia con mas derecho que 
á la marina. A pesar de sus cargos y empleos, mas 
vivia como relijioso que como seglar. No bien pisa 
la tierra española, donde hablan de hallar eco sus pa- 
labras, porque así lo tenia dispuesto la divina providen- 
cia para premiar á Isabel la Católica, es milagrosamente 
conducido á un convento, en el cual se prepara para 
dar cumplimiento .á su misión. Allí solo traba estre- 
cha amistad con eclesiásticos. En la corte donde lo 
introduce un antiguo nuncio apostólico, monseñor An- 
tonio Geraldini, si se esceptúa la reina y el gran carde- 
nal no halla sino incredulidad y oposición. En la junta 
de Salamanca la desconfianza ó el desprecio responden 

1 Cristo/oro Colombo rivendicato alia Chiesa. Manifestó, 1855. 



—414— 

á sus palabras, y solamente lo apoya un hombre: Fr. 
Diego de Deza, esto es, un sacerdote, un teólogo; y á 
su vez los dominicos lo alojan, lo asisten y lo socorren. 
Cuando, harto de esperar quiere partirse de España, 
un relijioso lo detiene, y va en busca de la reina, lo 
hace volver, y rematando con sus oraciones lo que ha- 
bia principiado con sus ruegos, consigue convencer á 
Isabel. Hay que advertir, también, que el principal 
objeto que se propuso la reina fué la salvación de los 
pueblos indios. Al monasterio de la Rábida, á 
donde primero llegó y fué socorrido, vuelve para pre- 
pararse á su espedicion, no con el compás y el mapa- 
mundi, sino con la penitencia, la oración, y la medita- 
ción de las cosas divinas. La empresa toma el carác- 
ter relijioso de su orijen y de su fin: da el nombre 
de la Virgen Maria á su carabela, en árbol a en ella la 
cruz, y se da á la vela un Viernes, invocando á Ntro. 
Señor Jesu- Cristo. En nombre, también, de Jesu- 
cristo, toma posesión de su descubrimiento; para hon- 
rar al redentor planta cruces ei^ todas las tierras donde 
desembarca; y después de haber proclamado sobre las 
aguas la gloria del Verbo, estiende el nombre de Jesús 
en los virjenes bosques de los archipiélagos y en las 
riberas del Nuevo Mundo. Merced á su ardiente pie- 
dad los hijos de las islas y de los bosques saludaron 
el simbolo de nuestra libertad y bienaventuranza eter- 
na, y á su imitación se prosternaron, voluntariamente, 
de rodillas ante ese emblema cuyo significado ignora- 
ban; pero cuyo misterioso ascendiente esperimentaban 
ya. El fué quien primero llevó la cruz á la nueva 
tierra. El fué el precursor délas misiones, el heraldo 
del catolicismo, el nuncio del pontificado en aquellos 
remotos paises. El fué quien primero concibió la idea 
de fundar un seminario de misiones estranjeras, do- 
tándolo de su peculio particular.^ Dá acasion á la 

1 Eu la institución de sn mayorazgo, 22 de Febrero de 1498, iiii- 
ponia Colon ;i pu heredero la carg-a de fundar en la isla española cuatro 



—415— 

Santa Sede de mostrar el espíritu de infalible sa- 
biduría, perpetuo inspirador de la Iglesia y de pro- 
bar de una manera evidente que el pontificado, le- 
jos de anatematizar á los que admitian la existencia 
del Nuevo Continente, como tanto han repetido los 
escritores del siglo XVIII, enaltecía á su descubridor, 
y consignaba acerca de la forma y dimensiones del 
globo una opinión mucho mas atrevida, exacta y sa- 
gaz que todos los cosmógrafos y sabios de la época. 
Léjcs de secularizarse, por decirlo así, después de su 
descubrimiento y de gozar de su triunfo, no aspira 
sino á emprender nuevas esploraciones, para proclamar 
en tierras mas remotas el nombre de nuestro divino 
redentor. Hace, con la regularidad de un sacerdote 
el oficio de los franciscanos; en ValladoUd, en Grana- 
da, en todas partes se aloja en sus conventos; y des- 
pués de los hermanos de la Orden Seráfica no tiene 
intimidad sino con los Dominicos, los Cartujos, los Je- 
rónimos, los eclesiásticos, en fin, de vida edificante, los 
hombres sencillos que pasan sirviendo á Dios; pero 
nunca con los grandes y palaciegos; de modo que pa- 
recía un verdadero relijioso, un fiel observante de la 
orden tercera. 

Los viajes siguientes de Colon no tuvieron mas 
objeto que la difusión del Evanjelio, y como todos 

cátedras de teolojía para enseñar misioneros que se dedicasen á la con- 
versión de los indios. La falta de cumplimiento á las capitulaciones 
por parte del gobierno impidió la realización de su deseo. Sin embar- 
go, tres siglos y medio después, el patriotismo de un genovés ilustre, 
dio cumpluniento á la piadosa voluntad de Colon. El Excmo. Sr. mar- 
qués Brignole Sale ha íimdado en Jénova, en el barrio de San Teo- 
doro, un Seminario de misiones estranjeras, pero en una escala tan 
grande que, bien puede asegurarse que pocos soberanos habrían conce- 
bido un establecimiento de tamaña importancia. Este Seminario con- 
tará perpétuameníe, y cuando menos, veinte y cuatro discípulos y cin- 
co profesores, hermanos de San Vicente de Paul. Los jóvenes misione- 
ros están á las órdenes de la Propaganda para llevar la luz del Evan- 
gelio á las cuatro partes del mundo. 

La ilustre compañera del marqués. Señora Artemisa Negrone, se 
asoció á su esposo para contribuir á tan piadosa fundación, y por esta 
causa lleva el Sominario el nombre ácCo/kgío Brignole- Sak-Negrojie. 



—416— 

sus descubrimientos, desde entonces, no fueron sino la 
ejecución de su plan, puede muy bien decirse que, 
gracias á él, el sacrificio perpetuo de la nueva ley, 
anunciada y profetizada en la ley antigua, quedó real 
y verdaderamente establecido en la tierra. Porque 
mientras el canto de vísperas y completas anuncia la 
declinación del dia en nuestra Europa, el de maitines 
saluda la venida del nuevo sol en otras rejiones; y 
mientras la noche rebosa en sus sombras nuestro hemis- 
ferio, se celebra el augusto sacrificio en los Andes y 
las islas del Pacífico, renovándose, así, á todas las ho- 
ras del dia y de la noche, la inmolación de la victima 
celestial en ambos mundos, é iluminando el sol, cons- 
tantemente, las ceremonias de la Iglesia de Jesucristo, 
cuya poderosa unidad resplandece, por esta causa, de 
un modo esclusivo, pues sola en la tierra ofrece el 
magnífico espectáculo de una perpetua aspiración ha- 
cia el cielo, tan continuada é inalterable como la vida 
orgánica, la respiración de las plantas, ó la rotación 
de la tierra. 

Después de haber descubierto la totalidad de nues- 
tro planeta para que en ella brillase el emblema de la 
salud, no tuvo el mensajero de la cruz, sino un deseo: 
el de rescatar el Santo Sepulcro, para franquearlo á 
todas las naciones, y entregarlo en propiedad á la Sede 
Apostólica. A preservar de las desmembraciones que 
pudiera ocurrir á este futuro patrimonio de ia Santa 
Sede, se reducen todas sus inquietudes y afanes tempo- 
rales; y su costumbre de recurrir en los casos difíciles 
á la Santa Sede, los poderes espirituales que de ella 
solicita, los servicios que se ofrece á prestarle, la con- 
sideración que le demuestra el pontificado, la confian- 
za que le inspira, tanto con respecto á la famosa línea 
de demarcación, como en lo tocante al arreglo de las 
sillas episcopales de Indias, y su gran deseo de recibir 
de él relaciones frecuentes, parecen confirmar de una 
manera tácita el carácter de legado apostólico de que 



-417- 

se muestra revestido en sus actos é intenciones. Su 
piedad ejemplar, su confianza en Dios, el brillo de su 
rango, la humildad de su vida, sus inauditas desgra- 
cias y sus incomparables servicios lo diferencian del 
resto de los hombres, hasta el punto de que no halla- 
mos ninguno, desde el principio del mundo, que haya 
dado cumplimiento á una obra tan considerable. Agre- 
gúese á esto que la dulzura evanjélica de los medios 
de que se valió estuvo siempre en armonía con la san- 
tidad del objeto, y que, sin derramar una gota de 
sangre, ni hacer llorar una lágrima duplicó el espacio 
de la creación y abrió á la ciencia ihmitados horizontes. 
No hay duda que Dios elijió á su siervo Cristóbal 
Colon para ser su mensajero en el Nuevo Mundo. 
Porque, desde la cuna, recibió la impresión Je un se- 
llo misterioso. Colon pertenece á la época del renaci- 
miento que nos es tan familiar, y, sin embargo, parece 
participar de la existencia de los santos civilizadores de 
la edad media, y permanece rodeado de una maravillo- 
sa aureola, á pesar de las prosaicas acusaciones de sus 
enemigos, la exactitud de los testimonios y la autenti- 
cidad de los documentos contemporáneos. Colon se 
reveló en la época del gran progreso literario, de las 
universidades y de la imprenta en España, fue causa 
del establecimiento de las escuelas de náutica, de las 
comisiones de hidrografía, del desarrollo de 1h marina, 
y, no obstante, su majestuosa grandeza parece elevar- 
lo sobre el nivel de la historia para trasportarlo á las 
edades nebulosas de la mitolojía y de la epopeya, tan 
cierto es que la grandeza que se desprende de los la- 
zos terrenales lleva en sí misma el jérmen de la subli- 
midad, y la sublimidad la poesía. Por lo mismo que 
Colon, elejido de Dios, estaba llamado á dar cumpli- 
miento á un designio de la divina providencia, se ad- 
vierte en él el selíodela elección divina en medio del 
positivismo de los detalles y de los empleos diferentes en 
que se ocupó; señal ínísteriosa que no lia ui aba la aten - 

53 



418— 



cion á primera vista á los hombres vulgares; pero 
que las almas cristianas podian fácilmente descubrir. 



VII. 



En la historia primitiva del catolicismo, que una no in- 
terrumpida narración conduce hasta la cuna del mun- 
do, se advierte, por la espresa voluntad de la providen- 
cia que los patriarcas y profetas recibieron, al nacer, 
nombres que simbolizaban el carácter ó el papel que de- 
bian representar. Del propio modo, cuando tuvo lu- 
gar el establecimiento del Evanjelio vemos, también, 
que, sin escepcion, los primeros cooperadores escojidos 
por Jesús, llevan nombres emblemáticos de sus mi- 
siones. 

Antes de que el Divino institutor de los hombres 
manifestase su doctrina, el precursor Juan Bautista, 
descendiente de la famiHa sacerdotal Je Abia, llevaba 
en el desierto el nombre significativo que le fué im- 
puesto por una autoridad sobrenatural,^ apesar de la 
oposición de sus parientes que todos querian darle el 
de Zacarías, como su padre, y repugnaban el de Juan, 
porque ninguno lo habia tenido en la familia.2 El 
nombre de Juan, Johannes, espresa la verdadera pie- 
dad, la gracia, la misericordia que debía de anunciar 
á los hombres aquel que preparaba las vias del Señor. 

1 "Ait autem ángelus, ne timeas Zacharia! quoniam exaudita 
est deprecatio tua, et uxor tua Elisabeth pariet tibi filium, et vocabis 
nomen ejus Joannem." Evany, Luc. cap. I, v. 61. 

2 "Y le dijeron á ella no hay en tu linage quien tal nombre ten- 
ga." San Lúeas, cap. I, v. 61. 



—419— 

Bectas facite semitas ejus. El primero de los evanje- 
listas se llamó Levi, hijo de Alpheo; pero Jesucristo, 
al llamarlo para que lo siguiese, le dio el nombre de 
Mateo, que espresa, al mismo tiempo, el don volunta- 
rio y el agradecimiento al favor.i Y para no multipli- 
car los ejemplos, citaremos uno solo, el del príncipe 
de los apóstoles, jefe He la Iglesia, San Pedro. 

Cuando lo vio, por primera vez, el Divino Maestro, 
echando, en compañía de su hermano, sus redes en la 
mar de Galilea, se llamaba Simón Barjona, nombres 
ambos que, reunidos, tenían un interesante significa- 
do. Díjole Jesús que dejase allí sus redes, que él lo 
haría pescador de hombres, y, al punto, con una obe- 
diencia tan sumisa como candorosa, abandona sus re- 
des, esto es, su medio de vivir, y apesar de ser casado 
y de tener á su cargo á la madre de su mujer, sigue á 
Cristo, sin vacilar, sin cuidarse de la manera como 
proveerá á la subsistencia de su familia. Pues bien, 
tan sencilla confianza, tan pronta obediencia, indicio 
de la rectitud de corazón y de la sencillez y lealtad 
que caracterizan al príncipe de los apóstoles, es- 
taban maravillosamente simbolizadas por su nombre 
de Simón Barjona, porque, en hebreo-siriaco Simón 
quiere áQoivx-.Qmen obedece, y Barjona: Hijo de la palo- 
ma. Así, pues, de antemano, el nombre de este oscu- 
ro pescador de Galilea espresaba la obediencia y la 
sencillez, y presajiaba también la primojenitura, porque 
la paloma la simbohza.2 Pero, á estos dos nombres 
añadió el tercero, el Divino Maestro, para completar el 
emblema de su destino, y lo llamó Cepha que, en Si- 
rio vale Pedro^ es decir, la piedra fundamental. Y 
es tan grande el poder del nombre que, después de 
haberle dicho: Tu te llamarás Pedro, tu vocaberis Ce- 

1 Mateo, en Sirio, vale tante como Quien se dá. 

2 La paloma, emblema del paciñco mensaje, recuerdo del arca de 
Noé, era por su antigüedad el emblema de la primojenitura, y, por esta 
razón, la colocaban en sus estandartes los Asinos, el primojénito de lo§ 
pueblos, de quien descendia Juda por Arphaxad. 

3 Joan, cap. I, v. 42. 



—420— 

phas, añadió nuestro redentor: Y sobre esta piedra 
edificaré mi Iglesia, ei super hanc petram adijicabo 
Ecclessinm meam,^ 

No debe, pues, parecer estrafio que el hombre es- 
cojido por Dios para duplicar el espacio de la tierra, 
reunir á los pueblos que, mutuamente, se ignoraban 3^ 
llevar el Evanjelio á las naciones desconocidas, ofrezca, 
también, en su nombre algunas acepciones misteriosas 
ó simbólicas. 

En los primeros dias de su vida, el primojénito del 
cardador Colombo fué llevado á bautizarse á la cumbre 
donde se eleva la iglesia consagrada al primer mártir, 
San Esteban, y en ella recibió un nombre que, unido 
á su patronímico era el mas apropiado á la misión que 
debia cnmpliren el mundo. Porque su apellido Co- 
lombo espresa, al mismo tiempo, la pureza, la inocen- 
cia, la sencillez del corazón, el mensaje sobre las aguas, 
el mensaje pacífico, el mensaje divino, la pronta llega- 
da, la buena nueva, la tierra descubierta, la navega- 
ción, el jénio marítimo, el fundamento de todo bajel; 
la quilla.2 A este apellido tan simbólico, la Iglesia 
unió el nombre de Christophorus, es decir, quien lleva 
á Cristo, quien trasporta la Cruz, quien difunde la luz 
del Evanjelio. Y, cuando, después de su llegada á 
España, para españolizar su apellido, lo abrevió, llamán- 
dose Colon, apesar de haberlo así empobrecido, es tan 
grande su fuerza orijinal que representa la idea de los 
viajes, de la agricultura en Ultramar, de las colonias, 
de las emigraciones lejanas, y por tal motivo, lejos de 
mutilar la figura simbólica de su nombre la dilató, y 
caracterizó mas profundamente. 

Todo es singular y estraño en su vida; porque 



1 Math., cap. XVI, v. 18. • 

2 Antiguamente se llamaba en Italia: Coloniha la quilla de \o?. 
buques; y en el tratado de construcciones navales de Bartolomés Cres- 
centio se halla todavía empleado. A. Jal, Archeáloqie navale^ t. IT 
üáír. 198. 



—421— 

después de haberlo visto sometido á oscuros y rudos 
trabajos en su juventud, cuando llega el dia designado 
por la providencia lo hallarnos Grande Almirante del 
océano, gobernador perpetuo y virey de las Indias, y acla- 
mado como taj en tierras situadas mas allá de la famo- 
sa Mar Tenebrosa, por aquellas tripulaciones que dos 
dias antes querían arrojarlo al agua, y que entonces 
se le humillaban y prestaban juramento de obediencia. 

Consideremos, ahora, en conjunto, los principales 
accidentes de la vida de Colon. 

El blanco velamen de sus tres carabelas sobre las 
ondas azules del mar, recuerda las tres palomas {co- 
lornba) blancas en campo de azur de sus armas de fa- 
milia, llevando por divisa los tres nombres de las tres 
virtudes teologales; su primera es pedición, maravillosa 
y rápida, y cuya vuelta lo fué mas todavía; la miste- 
riosa relación que hubo entre el viernes y los sucesos 
de esta empresa en honor de la cruz; el gozo que pro- 
porciono á su anciano padre la fama del descubrimien- 
to, y que vino á ser como una recompensa de su piedad 
filial; sus tres primeros viajes verificados en ¿frí'^ buques 
en nombre de la trinidad; la serie de sus descubriíiiien- 
tos, compuesta de cuatro espediciones marítimas; su 
admisión en la familia franciscana que le valió ser 
huésped, cuatro veces, de la orden seráfica en la Rábi- 
bida, luego sus cuatro viajes postumos para descubrir 
ese reposo fúnebre que, durante su vida, pedia el Dante 
á los franciscanos de Corvo; la visible protección que 
le dispenso el Señor durante sus jigantescos trabajos; 
las grandes conquistas científicas debidas á este hom- 
bre que los modernos doctores escluyen del rango de 
los doctos; el privilejio divino de que disfrutó cuanto le 
pertenecía, ó iba en su nombre; las iniquidades y los 
tormentos que sufrió con tanta paciencia; los sinsabo- 
res y amarguras que le proporcionaron aquellos mis- 
mos á quienes mas sirvió; su majestuosa vejez, la vi- 
goroííii poesía de su intelijencia, que resistió al tiempo 



—422— 

y al infortunio, y, en fin, su lucida agonia y su muerte 
en el dia aniversario de la Ascensión, todas estas cir- 
cunstancias, no diferencian á Colon de todos los demás 
hombres grandes que recuerda la historia? 

No por ser singulares y estraños estos hechos dejan 
de ser verdaderos, y, sin embargo, aquellos que los 
vieron y coadyuvaron á ellos, sus cooperadores, ni los 
han comprendido, ni han parado mientes en ellos. Ni 
tampoco podia ser de otra manera, porque los ofici- 
nistas de la Contratación, y el miserable Fonseca, 
hombres sin piedad, eran ineptos para el caso, y no 
conocian que sus malos procederes solo servian para 
ensalzar y engrandecer á su inocente enemigo, y que 
lo glorificaban á los ojos de la posteridad cuando creian 
haberlo humillado y abatido á los del rey. Empero, 
para ser justos, fuerza es reconocer que cristianos de 
gran mérito, como el cardenal Cisneros y el síbio do- 
minico Deza, entreveian el sello misterioso de su desti- 
ao. Otros, que vivian lejos de la corte, también se 
hallaban en ese caso, y en este número debemos com- 
prender al noble lapidario de Burgos, y á mucho.^ teó- 
logos y glosadores españoles que se han maravillado de 
la relación mistica que existe entre los actos de Colon 
y ciertas palabras de los libros sagrados. Reconoce el 
P. Acosta que varios pasajes de Isaias, entre otros el 
capitulo LXVI pueden aplicarse al descubrimiento de 
las Indias y dice: "Varios autores doctísimos declaran 
que todo este capitulo se entiende de las Indias. " ^ 
El cardenal de Verona, el gran Valerio, exaltaba impli- 
citamente, en su libro De Consolatione, la misión del 
heraldo de la Cruz; y Maluenda, Tomás Bozio, Fr. 
Basilio Fonce de León, Botero, el P. Tomás de Jesús, 
Soiorzano, Herrera, todos los que han estudiado de- 
tenida y concienzudamente la época han quedado per- 
suadidos de la misión conferida por Dios al almirante, 

1 Historia natural y moral de las Indias, lib. I, cap. XV. 



—423— 

no sin admirarse y sorprenderse de que sus bajeles y 
hasta sus blasones hayan sido anunciados por el prín- 
cipe profeta. Nueve son los pasajes de las Santas Es- 
crituras que pueden apHcarse claramente á la des- 
cubierta del Nuevo Mundo, El transcurso del tiem- 
po ha servido para poner mas de manifiesto esta rela- 
ción y esclarecer sus aplicaciones, particularmente en 
lo que respecta á los destinos del pueblo americano, 
como se advierte leyendo desde el versículo 12 en el 
capítulo LX de Isaías, en el que, después de haber 
espuesto las cosas sorprendentes que contienen los cua- 
tro versículos anteriores, pronuncia el profeta acerca 
de las naciones de Ultramar que no practiquen el cul- 
to divino estas terribles palabras: "Pueblos y reinos- 
perecerán." Y como el anuncio de tan terrible castigo 
no concernia á una época próxima, añade estas pala- 
bras del Altísimo: "Yo que soy el Señor ejecutaré to- 
do esto en su tiempo,» es decir, en la época prefijada 
en los eternos decretos. i A las almas jenerosas, pene- 
tradas de la verdad divina no parecerá en manera al- 
guna extraño que la misión del revelador del globo, 
suceso que, de una manera tan profunda debía de 
modificar las condiciones futuras de la humanidad ha- 
ya sido demostrada al profeta á quien fué revelado el 
Mesías. A los hombres que no quieren remontarse á 
tanta altura y exijen testimonios mas recientes les di- 
remos que, además de los documentos escritos existe 
aun en nuestros dias la prueba de un anuncio olvi- 
(iado, de un misterioso presentimiento del pueblo re- 
lativo á la misión del almirante, y, con lealtad les ad- 
vertimos que, sin Colon, la misteriosa figura que vamos 
á demostrarles quedarla inesplicable. 



1 Isaiai, cap. LX, v. 12. 



424- 



VTII. 



A las revelaciones de Israel ha sucedido una pro- 
fecía cuyo autor, oríjen, fecha y lengua se ignoran; pero 
que, no obstante, una no interrumpida tradición ha traí- 
do hasta nosotros. Esta profecía misteriosa, sin texto es- 
crito, sin autor conocido, que salió sin saberse de dónde, 
como los rumores que conmovieron al pueblo rouiano 
antes del nacimiento del Salvador, se produjo bajo la 
forma de una tradición anónima, colectiva, tal vez, pe- 
ro altamente popular. 

Esta tradición se personificó por medio de las 
artes, se colocó en los templos de Antioquia y de 
Bizancio, en las antiguas iglesias de estilo romano, y 
de estas pasó á los monasterios, á las abadias, 
hasta á las catedrales góticas, en pintura y escultura á 
un tiempo; y una piadosa creencia hizo adoptar, co- 
mo conmemoración de lo pasado, tan simbólica imá- 
jen del porvenir. Hablamos de la efijie colosal de San 
Cristóbal y de su ley.uda popular. Convendrá tener 
presente, que San Cristóbal era el patrono del revela- 
dor del globo. Ahora, narremos la historia verdade- 
ra de este santo para mejor apreciar en seguida el 
significado de sus atributos. 

Ofero, de nación Sirio, era un pagano de atletica 
estatura, una especie de Goliath, orgulloso de su fuer- 
za y que no quería servir sino al mas poderoso rey 
de la tierra. A causa de haber sido testigo de un 
milagro se convirtió al cristianismo, y en el ardor de 
su fe, 10 quiso recibir otro nombre que el de Porta- 



—425— 

Cristo, esto es, Christophorus. Bautizólo San Babylas, 
obispo de Antiochía, y Cristóbal predicó la palabra de 
Cristo en su tierra, junto á la Palestina, y en muchas 
otras partes del Asia menor, viajando siempre, ocupa- 
do en difundir el Evanjelio, hasta el momento en que, 
reducido á prisión por los emisarios de la idolatría, 
durante la persecución del emperador Decio, selló con 
su sangre la cruz que, tan denodadamente, llevó en 
vida. 

Poco tardó en celebrarse su martirio en el Oriente; 
y ios coptos, lo mismo que los griegos, le rindieron 
culto. San Ambrosio lo preconizó, y de esta suerte se 
halla en los mas antiguos martirolojios. Constantino- 
pla tuvo en otro tiempo dos iglesias á ó) dedicadas; el 
breviario mozárabe, atribuido á San Isidoro de Sevilla 
lo menciona; en la época de San Gregorio Magno ha- 
bía en Sicilia un monasterio bajo su advocación; en el 
siglo séptimo, Toledo y otras ciudades de España, po- 
seian reliquias del mártir, y en Paris, la parroquia de 
su nombre, era una de las mas antiguas de la ciudad. 

Nada mas auténtico y exacto que esta historia de 
San Cristóbal; nada mas cíerto que la antigüedad del 
culto que se le tributa desde el siglo IV de la Iglesia; 
y sin embargo, si nos detenemos á considerar de qué 
manera principió á honrarlo la piedad de los fieles, no 
hallaremos la mas mínima relación entre los actos 
apostóhcos de su vida y los atributos con los cuales 
se le representa. Su efijie es la de un santo de colo- 
sal estatura, cuya actitud no espresa ciertamente ni 
doctrina, ni penitencia, ni martirio, porque ni parece 
orar, ni hablar, ni sufrir. Tampoco está inmóvil; que 
marcha al través de las aguas, llevando á Jesús niño so- 
bre sus espaldas. Ciertamente que, en esta imájen del 
confesor de la fé, nada recuerda el apostolado ni el 
martirio; y que, como así no puede atribuirse esa re- 
presentación á los acontecimientos de la vida del santo 
üo hay duda que se refiere á su nombre, al cual, en vir- 

54 



—426— 

tud de su simbolismo, se ha dado una espresion que, no 
pudiendo reícrirse á lo pasado, fuerza es considerar 
que se refiere á lo futuro. Implica esto necesariamente 
la existencia de una profecía, largo tiempo en olvido, 
de un misterioso anuncio cuyo oríjen se ignora en la 
actualidad; pero sobre el cual se ha tallado el tipo de 
San Cristóbal, como primero lo representó el Oriente 
y después lo conserva el mediodía de la Europa cris- 
tiana. De aquí puede, muy bien, inferirse que esta 
profecía fué, tal vez, contemporánea del martirio de 
San Cristóbal, y que su imájen seo la reprodi^c- 
cion literal, esculpida, de la profecía en que el pri- 
mero que tomo el nombre de Porta-Cristo anunció 
el tiempo en el cual un grande hombre, que se lla- 
mase Cristóbal, trasportaría real y verdaderamente 
la ley de Jesucristo á través de la mar océana, espli- 
cándose así como, al dar el jenio oriental al santo 
mártir el emblema del santo viajero prometido lo ro- 
vistió de las formas de un hombre de proporciones co- 
losales, en relación con lo jigantesco de su obra. Por 
una escepcion sin ejemplo en la iconografía sagrada y 
los usos del culto, adoptó la piedad popular estos em- 
blemáticos atributos del porvenir; y la Iglesia dio asilo 
á las colosales figuras de San Cristóbal que represen- 
taban el futí- 10 apostolado de un grande hombre que 
llevaría á Cristo. Es pues evidente, primero que una 
misteriosa tradición ha dado oríjen á esta figura sim- 
bóKca que anuncia lo futuro, en vez de recordar lo pa- 
sado; que para ello la ha despojado de todos los re- 
cuerdos de la vida apostólica y de la palma del marti- 
rio, representándola únicamente en donde jamás estu- 
vo, es decir, en la mar, y en la actitud de atravesar- 
lo, cuando es sabido que no evanjelizó sino en la tier- 
ra; y segundo que, á causa de haberse perdido la tra- 
dición de esta profecía, oríjen de la figura colosal de 
San Cristódal, se ha compuesto con posterioridad so- 
bre la misn ;; efijie una piadosa leyenda, que ha su- 



—427— 

fr i do alteraciones y recibido las variantes exijidas por el 
tiempo y lugar. Es, también, positivo que en el Oriente 
tuvo principio esta tradición, y que alH se levantaron las 
j)rimeras iglesias y estatuas dedicadas á San Cristól)al. 

"eainos, ahora, deque modo se nos representó pri- 
mero á San Cristóbal, y cómo ha esculpido su nombre 
el cincel iconográfico de los estatuarios. Siempre se re- 
presenta á San Cristóbal bajo la forma de un jigante 
con el niño Jesús sobre las espaldas, pasando el mar 
con el agua hasta las rodillas, y apoyado en el tronco 
de un árbol frondoso, con hojas y raices. Descompon- 
gamos este emblema, y las partes nos darán el signi- 
ficado del conjunto. Este santo de formas colosales es 
un gran cristano, un héroe del catolicismo; lleva al otro 
lado del mar á Jesús niño, es decir, la aurora del Evanjc- 
Mo á la nueva tierra. El niño tiene en In mano la esfe- 
ra del mundo superada déla cruz: esta esferoicidad del 
globo reasume de antemano el sistema completo del 
descubrimiento, y la cruz puesta sobre el anuncia la 
efusión del Evanjelio por todos los pueblos. El jigante 
católico, con la frente ceñida de la aureola, indicio de 
la santidad, se apoya, al atravesar las aguas, en un 
tronco de árbol floreciente, cargado de hojas y frutas 
que recuerda la vara florida de Aaron, la raiz de Jesé, 
el tronco del árbol santo, el madero en que se redimió al 
mundo. Este árbol tiene en la copa pahuas de dátil, 
características del Oriente, y al pie raices, iraájen de 
la trasplantación, del nuevo cultivo. Ademas, la anti- 
gua divisa de San Cristóbal, que espresa la bondad 
del apóstol y la buena nueva de que es portador, y 
que dice: Qui fe mane vident, nockirno tempore rident, 
implica el movimiento futuro, el viaje por venir, y no 
puede en manera alguna referirse á lo pasado. 

Con el trascurso del tiempo, después de las irrup- 
ciones (ie los vándalos y arríanos, se hizo esta estatua 
de difícil intelijencia á muchas jentes, y con tal motivo 
se ideó en Alemania y en otros países del norte una 



—428- 

leyenda que pudiese esplicar la figura y estuviese en 
relación con la vida del santo. Fué, después, modifi- 
cándose los accesorios de la efijie; en lugar de un mi- 
sionero llevando á Cristo, se imajinó un hermitaño 
ocupado en trasladar viajeros al través de un torren- 
te; y como tal empleo en una época en que tan pocos 
puentes existian para la comodidad de los peregrinos, 
podia ser de verdadera utilidad, se ha hecho de San 
Cristóbal, á causa de la robustez de sus espaldas, el 
precursor de los constructores de puentes, que se de- 
dicaban modestamente á este trabajo, siguiendo el 
ejemplo del joven pastor San Benezet, á quien el con- 
dado veneciano debió el puente de Avignon. También 
se dice que Jesu-Cristo, para probarlo, fué una noche 
en su busca en forma de niño, y le pidió que lo pasase 
al otro lado del torrente, y que el santo, algo contra- 
riado de que lo incomodasen en aquella hora, lo tomó 
sobre los hombros, reconociendo en el peso enorme y 
progresivo de la criatura que llevaba al señor del mun- 
do. La misteriosa tradición, al llegar á los bosques de 
la Jermania y á las brumosas orillas del norte, tomó 
el carácter de una leyenda vulgar, de una anécdota 
cristiana hecha para distraer las veladas del invierno: 
el mar se trasformó en rio; San Cristóbal lo cruza con 
el niño á cuestas; en una de las orillas hay un hermitaño 
con algunas reliquias en la mano, y cerca de la hermi- 
ta, y en la otra orilla un alemán á caballo que se dirijo 
al molino, cuya rueda hidráulica se vé. Esta última 
versión de la leyenda tudesca ha sido reproducida, por 
medio de la pintura, en una multitud de iglesias del 
norte, en las orillas del Rhin, en Baviera, Béljica, Ale- 
mania y el centro de Francia; y no ha mucho la hemos 
hallado en Borgoña entre las pinturas murales del co- 
ro, en la antigua abadia de los Benedictinos de San 
Sena, una de las que mejor se conservan de la edad 
media. Tan jeneíalizada se hallaba en Europa esta fi- 
gura, símbolo de una leyenda piadosa, que fué asunto 



—429— 

del mas antiguo grabado de madera que haya llegado 
hasta nosotros, con fecha. La estampa que se conserva 
en la biblioteca imperial en la sección de grabados lle- 
va la fecha de 1423, y nos ha parecido copia fiel del 
fresco de la abadia de San Sena, reproducido con niuy 
cortas alteraciones en la mayor parte de las iglesias 
del norte. Pero no es en el norte donde se debe bus- 
car la exacta pintura del coloso San Cristóbal sino en 
el mediodía, próximo al país de donde es orijinarií): 
allí es donde se halla el verdadero jigante con el niño 
Jesús sobre los hombros, pasando el mar con el agua 
hasta la cintura, llevando á guisa de bastón, el árbol 
místico que va á trasplantar, ó la cruz que traslada á 
la otra orilla: y de tal manera está revestido de sus 
atributos de misionero que, pendiente de la cintura, 
tiene la calabaza. Entre todas las naciones católicas 
España fué la principal en multiphcar las efijies, capi- 
llas é iglesias de San Cristóbal, y puede asegurarse que 
ninguna otra nación posee de tan antiguo, ni en tantos 
altares reliquias del mártir, ni elevó tan grandes esta- 
tuas al santo que debia pasar el mar. Agregúese á esto 
una antigua tradición que se remonta al siglo XII y 
que el almirante recordó después de su tercer viaje, i la 
cual señalaba á España como predestinada á dar cum- 
plimiento á una gran misión relijiosa. También en su 
Historia natural y moral de las Indias^ el P. Acosta, 
cuyo talento profundo y jeneralizador ha sido reconocido 
por Humboldt, dice que '^habia sido profetizado, de 
muy antiguo que el nuevo mundo debia de ser con- 
vertido á Jesu-Cristo por la nación española/^ ¿No es 
singular y estraño que se designase para esta obra 
evanjélica á un pueblo situado entre las montañas y el 
mar,y que, de consiguiente, no podia estenderse sino por 
el Océano, para difundir la luz de la verdad mas allá de 

1 "El abad Joachin Calabrés dijo que habia de salir de España 
quién habia dé reedificar la casa del monte Sion." Libro de las Pro- 
fecías, fol. IV. 



-430— 

hmar tenebrosa? En efecto, de España, donde tanto se 
había honrado á San Crist(5bal, partió el mensajero de 
la Buena Nueva, llevando la cruz al otro lado del mar. 
Y es tan natural y sencillo el ver en la misión católica del 
íiliniranto laesplicacion de lañgura emblemática de San 
Cristóbal, que el primer jeógrafo de la época del des- 
cubrimiento, Juan de la Cosa, reconocido como tal por 
la reina Isabel,^ al dibujar la carta del nuevo mundo, y 
mostrar así el moderno progreso jeográfico debido á 
Colon, en vez de poner el nombre del vencedor de la 
MAR TENiíBiiosA, pintó la figura simbólica del santo, 
con el niño Jesús sobre sus hombros, porque, á sus 
ojos, la predicción contenida en esta relijiosa imájen 
se habia realizado al fin.2 Es también de notar que, 
después de verificado el descubrimiento, las estatuas 
que se hacen de San Cristóbal no son tan colosales, ni 
tan numerosas sus capillas, y que si bien es cierto que 
se conservan las existentes es muy raro que se erijan 
luievas bajo su advocación. Esto debe atribuirse á 
que la efijie ha recibido su esplicacion. Puédese ya, 
pues, devolver al mártir de la Siria la palma de su 
triunfo, la corona de su victoria; que solo nos queda 
en 6i el mártir de. Jesu-Cristo, y el autor ó la causa de 
la misteriosa profecía que Colon, el revelador del globo, 
recibió encargo de cumplir. 

1 La reina católica, en una carta fechada en Alcalá el 5 de Julio 
de 1003, decia designando á. Juan de la Cosa: "Creo que lo sabrá hacer 
mejor que otro alguno." Archivo de Simancas. Legajo de la Cámara, 
n.°XLIL 

2 Esta preciosa carta trazada p(U' Juan de la Cosa en el Puerto 
de Santa María, el año 1500, y que poseia Mr. Walkenaer, ha sido 
recuperada por el gobierno español. Mr. de Ilumboldt ha publicado 
una copia en la última edición de su Historia de la Geografía del 
Nuevo Continente^ j en ella so vé la imájen de San Cristóbal después 
de haber pasado el mar con el niño Jesús. Mr. T. Denis cree que Juan 
de la Cosa se propuso reproducir en el rostro del Santo las facciones 
de Colon. Nosotros también somos de su opinión, y tenemos que lo 
propio sucedia al editor de Herrera, porque el retrato grabado por Bou- 
ttats que adorna su edición de 1628 no parece ser sino una copia en 
tamaño grande de la miniatura de San Cristóbal en la carta de Juan 
de la Cosa. 



--431 



IX. 



No debe juzgarse á Colon corno se juzgaria al em- 
perador Enrique lll, á Cromwell, 6 á Federico el Gran- 
de: por el estudio de los hechos de su vida; porque una 
serie de acontecimientos estraordinarios, un concurso 
de maravillosas coincidencias, forman parte de sus em- 
presas de navegante, de sus actos administrativos, y 
porque la naturaleza de su injenio, y su carácter relijioso 
io ligan mas al cielo que á la tierra. El contemplador 
del Verbo, el heraldo de la cruz, el que se prometió li- 
bertar el Santo Sepulcro, lleva en todos sus actos el sello 
de su apostolado; el embajador de Dios á las naciones 
desconocidas, se distingue de los demás hombres por 
el carácter augusto de su misión divina. Se compren- 
de que algo misterioso y sublime se mezcla y confunde 
con su vida, y se vé que lo dramático y lo poético for- 
man parte de su existencia, y que, cuanto le atañe se 
ennoblece; sus tribulaciones y congojas por su persis- 
tencia, tanto pertenecen al dominio de la epopeya co- 
mo al do la historia; sus dolores se inmortalizan, y los 
miserables, ingratos y envidiosos cuya insignificancia 
misma destinaba al olvido, se com memoran en la his- 
toria por el solo hecho de haberse encarnizado con el 
heraldo de la cruz, para que sus nombres pasen á la 
posteridad cubiertos de infamia. Pero también aque- 
llos que le sirvieron lealmente ganaron á su contacto 
la inmortalidad, y sus nombres no podrán ser borrados 
de los anales del mundo. Todo cuanto es de él 6 por 
él, se convierte en útil y glorioso: los títulos de noble- 



--432— 

za conferidos á sus hermanos no los engrandece tanto 
como el nombre de hermanos de Colon: su fiel es- 
cudero Diego Méndez obtiene también cédula de 
nobleza; pero es mas ilustre aun por la admiración que 
infunde en los corazones jenerosos: su mayordomo, Pe- 
dro de Terreros, es herido mortalmente en su defensa; 
pero antes alcanza la inmortalidad, porque Colon le 
reserva la gloria de ser el primero que pise el Nuevo 
Continente; su intérprete indio, triste idólatra rescata- 
do por el bautismo, el lacayo Diego, casa con la her- 
mana del mas noble de los soberanos de Haiti: su in- 
térprete castellano, Cristóbal Rodríguez, (a) La Len- 
gua, adquiere gran importancia: sus criados llegan á 
ser oficiales, sus oficiales navegantes, sus primeros pi- 
lotos alcanzan hacerse célebres; otros ocupan puestos 
de confianza ú honrosos empleos, como Sánchez de 
Carvajal que fué nombrado guardia de la persona, 
mientras su compatriota Bartolomé Fieschi asocia 
su nombre á la gloria imperecedera de su postrer es- 
pedición. Si no hubiese tenido relaciones con el almi- 
rante, ¿quién recordaria al jurisconsulto Nicolás Odé- 
rigo, por mas que hubiese sido enviado de la Serenísi- 
ma República? ¿Ni habría pasado los Pirineos la fama 
del jeneroso dominico Diego de Deza, y del sabio teó- 
logo Fr. Gaspar Gorrico? Después de haber hecho un 
papel brillante en la corte ilustrada de Isabel la Cató- 
lica ¿no estaría hoy olvidado el nombre de Pedro Már- 
tir de Angleria, si no se hubiese ocupado de Cristóbal 
Colon? Lo propio habria sucedido con el médico Gar- 
cía Hernández, de Palos, y el doctor Chanca, de Se- 
villa, si su fé y confianza en él no los hiciera seguirle á 
las rejiones del Nuevo Mundo, como Juanoto Berar- 
di, á quien de corredor de buques convirtió en cosmó- 
grafo, y Auiérigo Vespucci, que de tenedor de hbros 
hizo casi un rival. Del propio modo, por haber acojido 
jenerosamente al pobre viajero, cuando llegó casi des- 
fallecido á las puertas de la Rábida, la Orden Seráfica 



-433- 

que solo ambiciona el privilejio de la humildad^ se 
vio investida de los honores mas altos y participó, hasta 
el fin, de la gloria del descubrimiento, recibiendo los 
hijos de San Francisco el premio de los valientes. El, 
primer sacerdote que celebró el santo sacrificio de la 
misa sobre el Océano, el primero que pisó la nueva 
tierra, el primer relijioso que admiró la naturaleza en 
Cuba, en la Jamaica, en los jardines de la Reina y del 
Evanjelista, y el primero que predicó en indio el 
nombre del señor, y promulgó la ley de Jesucristo y 
la autoridad de la santa Iglesia católica, apostólica 
romana, fueron franciscanos. También la Orden Seráfi- 
ca tuvo la gloria de administrar el primer bautismo, 
de erijir el primer convento y de dar el primer prelado 
á la Española, así como de su orden salió el primer 
mártir del apostolado en el Océano. 

Apesar de haber figurado Colon en la escena del 
mundo al principiar el renacimiento, nada tiene djC su 
época, antes al contrario, se adelanta á ella por la in- 
tuición y la ciencia; así como sufé completa, implícita 
y ferviente, revestida del carácter militante y caballe- 
resco es de la edad media, al propio tiempo que partí- 
cipa ta ito de las cosas primitivas y fundamentales del 
Catolicismo, que mas parece un héroe del Evanjelio, 
^ un profeta, un patriarca que un paladín de Palestina. 
En vano la literatura profana, resucitada por me- 
dio de la imprenta, seduce los injenios de Italia y 
Erancia, invade á Castilla, tienta á los mismos sabios de 
la ciudad eterna con sus alusiones mitolójicas, el men- 
sajero de la cruz no transijo con el error, ni se permite 
la mas leve concesión al espíritu de la época; y en sus 
relaciones con los propagadores del helenismo y de la 
bella latinidad continua siendo lo que era en su infan- 
cia, en Jénova, y despuesen la mar, es decir, el discípulo 
del puro catolicismo. Este respeto á su fé, esta ortodo- 
xia de su lenguaje dice mejor que todos los comentarios 
hasta qué punto se hallaba penetrado el discípulo del 

06 



* -434— 

Evanjelio, del sentido de las cosas divinas, y cuan gran- 
de era el convencimiento que tenia de su misión provi- 
dencial, para la que nq parece sino que Dios se compla- 
ció en señalarlo desde su nacimiento á semejanza de 
aquellos héroes á quienes llamó por su nombre. Nunca 
se compara este discípulo déla cruz con los grandes hom- 
bres de Grecia y Roma, con las celebridades, en fin, de 
la antigüedad profana, y si asimila su destino a algún 
otro alude á los varones del Antiguo y Nuevo Testa- 
mento: una vez parece fundar la firmeza de su fe, lo atre- 
vido de su empresa en el ejemplo de San Pedro, y dos 
veces compara las gracias con que su divina majestad 
lo habia colmado, á los favores que recibieron Moisés y 
David; pero particularmente á la misión del lejislador 
de los hebreos es á la que él comparaba la suya. Era 
fundado este parangón, por lo demás ajeno de toda va- 
nidad personal? Aun cuando nos falta espacio para 
examinar de la manera debida punto tan arduo, dire- 
mos en primer lugar que, entre el almirante y el jefe 
del apostolado existen ciertos rasgos esteriores de se- 
mejanza. Porque, si bien en lenguas diferentes, uno y 
otro tuvieron el mismo nombre patronímico: San Pe- 
dro era hijo de Barjona, esto es, Paloma, y Cristóbal 
de Colombo, Columba, esto es, paloma; uno y otro vi- 
vieron primero del producto déla mar; el primero reci- 
bió de Cristo un nombre que significaba que llevaría 
la Iglesia, el segundo recibió de la Iglesia un nombre 
que significaba que llevaría á Cristo; Pedro repre- 
sentaba la firmeza de la base, la inmutabilidad del fun- 
damento; Cristóbal la dilatación de los dominios de la 
Iglesia, la propaganda de la Cruz. 

Además , si consideramos los puntos de con- 
tacto mas esenciales que existen entre el destino de 
Colon y el de Moisés, aparecerá que estos dos hom- 
bres estraordinarios dieron cumplimiento á misio- 
nes providenciales. La de Moisés la sostiene la Iglesia 
católica, y la reconocen tanto los judíos como los cris- 



-435— 

tianos; la de Colon la sostiene la evidencia, y algún dia 
será reconocida por todos los hombres de buena fe. En 
el tiempo señalado por la divina providencia, esto es, 
mil y quinientos años antes de Jesucristo, Moisés re- 
constituye el pueblo de Dios, debilitado por la esclavi- 
tud, establece la doctrina verdadera, el culto del Dios 
único y aisla á su pueblo, para mejor preservarlo del 
contajio de la idolatría En el tiempo señalado por la 
Providencia, rail y quinientos años después de Jesucris- 
to, dilata Colon los términos de la tierra, acerca á las 
naciones, y extiende el dominio de la Iglesia. Entram- 
bos llevaban nombres en estremo simbólicos. Entram- 
bos tenian cuarenta años cuando principiaron á ejecu- 
tar el mandato divino. Moisés se separó de Sófora, su 
esposa, para ocuparse de su misión; Cristóbal vivió lejos 
de Beatriz para cumplirla suya. El mar se abrió para 
dar paso á Moisés, y templó sus rigores al paso de las 
naves de Colon. Moisés llevaba una ley nueva, la ley 
de la alianza al pueblo escojido; Colon llevaba la rueva 
ley, la ley de gracia á las naciones llamadas. Elpriaie- 
ro aplicaba la ley temporal con inflexible rigor; el se- 
gundo la ley de gracia, de misericordia, de caridad. 
Moisés triunfó con el signo de la Cruz^ de los obs- 
táculos que le oponian los hombres y la naturaleza, 
y Colon de sí propio y de los demás con el sagrado em- 
blema que llevaba, lo mismo en su corazón que en su 
nombre, y que tenia en las manos al pisar las fronteras 
del Nuevo Mundo. Ambos enviados del altísimo reci- 
bieron señales visibles de la protección y asistencia 
divina, y faeron auxiliados de una manera sobrenatural 
y proporcionada á la diferencia de tiempos y lugares. 
En recompensa de sus peligros, de sus grandes tral)ajos 
y de la libertad que alcanzó para su pueblo, Moisés 
sufrió amenazas, conspiraciones, tumultos, y hasta la 
deserción de sus mas allegados; en premio del acrecen - 

1 Figurándola con las manos levantadas en la montaña, y en el tao 
en que colocó la serpiente de bronce. 



—436— 

tamiento que proporcionó á España, de las riquezas que 
le dio, de los adelantos y progresos de que fué causa, Co- 
lon tuvo que sufrir rebeliones, deserciones, destitución , 
cadenas,miseria y calumnias. Moisés deseaba ver á Dios, 
así como habia tenido la dicha inefable de oirle y ha- 
blarle; Colon ambicionaba descubrir las maravillas de 
sus obras, conocerlo por medio de ellas, así como 
sentía en sí su omnipresencia. Moisés aspiraba á con- 
ducir su pueblo á la tierra prometida; Colon á facilitar 
á las naciones el acceso al Santo Sepulcro. Ni el uno ni 
el otro alcanzaran el objeto de sus afanes; pero sus nom- 
bres se perpetuaran hasta la consumación de los siglos. 
Las maravillas realizadas en favor de Colon, y testi- 
ficadas por la historia contribuyen á hacer creibles, hasta 
á los filósofos de buena fe, los milagros de que fué obje- 
to el pueblo de Dios en una época en que los signos 
materiales y decisivos reemplazaban la autoridad de la 
palabra de gracia y de amor, que, después, se mani- 
festó en el Evanjelio. Lo colosal de sus trabajos y 
empresas , lo atrevido de sus investigaciones , las es- 
trañas coincidencias y los signos tan palpables del 
auxilio que recibió de lo alto, y la majestuosa enerjía de 
su lenguaje lo hacen remontarse á la edad heroica de los 
tiempos primitivos; y parecería una figura emblemática 
si su ternura evanjélica y ardiente catolicismo no lo 
acercasen tanto á nosotros. Colon, en medio de sus fun- 
ciones administrativas y marítimas, y de la multitud 
de negocios diferentes que lo rodeaba y que, á las veces, 
absorben la vida entera de un hombre, sin dejar á su 
alma ni un instante para ocuparse de las cosas eternas, 
no cesó de obrar como si estuviese en la presencia de 
Dios. Por esta causa escedió su virtud del nivel de las 
fuerzas humanas, y pudo elevarse, y mantenerse en 
esa altura en que la gracia de Dios solamente sos- 
tiene la flaqueza y debilidad de los mortales. Así 
pues, al analizar la vida del Heraldo de la Cruz, some- 
tiendo al análisis de una crítica escrupulosa sus hechos 



—437— 

é intenciones, se llega forzosamente á reconocer en él 
una virtud tan sólida y arraigada que parece formar 
parte de su misma sustancia; pero, de tal modo, que en 
vez de calificarla con el prodigado nombre de virtud, 
mueve á darle el de Santidad. 

No han llegado al cielo todos los santos por la misma 
via, porque así como hay muchas mansiones en el reyno 
celestial, así también, hay muchos caminos para alcan- 
zarlo. 

Viviendo en el siglo, no podia el almirante limitarse 
á la oración, á los oficios del coro, á las mortificaciones, 
al perfeccionamiento interior, en fin, como los eclesiásti- 
cos, pero se esforzó en imitar su espíritu de abnegación, 
su celo por el servicio de Dios, y el bien del prójimo en 
el ejercicio de sus cargos públicos, hasta un punto tal 
que, mas de una vez, se vieron comprometidas su auto- 
ridad y su vida por la evanjélica mansedumbre á que 
siempre quiso circunscribirse, aun en medio de graví- 
simos peligros, sin que nunca, por inminentes que fue- 
sen hiciera derramar una gota de sangre; Colon, antes 
de dominar á los demás quiso dominarse á sí mismo; y 
su imperio sobre la impetuosidad natural de su carácter 
prueba la perseverancia con que se combatía. Pué dulce 
y humilde de corazón, demostrándolo especialmente á 
la vuelta de su primer viaje, cuando lejos de atribuirse 
algún mérito por ello, solo manifestó estrañeza de ha- 
berlo realizado con tanta facilidad, y atribuyó al Señor 
su victoria, llegando á ser tan grande su modestia que 
nunca quiso imponer su nombre á ninguna tierra ni 
bajel, en tanto que sus tenientes daban los suyos á sus 
carabelas. 1 Pero en lo que mas se advierte su evanjé- 
lica dulzura es en la manera como trataba á sus infe- 
riores, según el mundo, con los cuales es notorio que 
departía familiarmente á ejemplo del divino maestro 
con los niños. Los enfermos eran para él objeto de 

1 Entre otros Vicente Yañez Pinzón, 



-438- 

especial predilección; y llevaba á tal estremo el olvido 
de las ofensas,! el perdón á sus enemigos que abogaba, 
sufría y pagaba por ellos. Su adhesión inquebrantable 
á la fé católica, y su previsora solicitud por el pontifi- 
cado no tuvieron rival, ni aun entre los miembros de la 
santa Iglesia Romana; y en medio de la indiferencia con 
que miraba su gloria personal, en tanto que descuidaba 
escribir y dar á la estampa, con el objeto de trasmitirla 
á la posteridad, la historia de sus descubrimientos, re- 
dactaba espresamente para el soberano pontífice la rela- 
ción de sus cristianas espediciones. Bueno será tener 
en cuenta que esto no lo hizo Colon por ningún rey, 
para comprender mejor que nunca le movieron consi- 
deraciones humanas. El grande y ardiente deseo que 
tuvo Colon de libertar el Santo Sepulcro para que todas 
las naciones de la tierra honrasen la tumba del Salvador, 
¿no es propio de un héroe del Evanjelio? Sus nobles 
proyectos y conquistas ni alteraron el fervor de su de- 
voción á la santísima Vírjen, de cuyoculto era devotísimo, 
ni tampoco entibiaron su amor filial á San Prancisco, el 
glorioso fundador de la orden que le dio el j)rimer socor- 
ro y el primer asilo; y si les testimonios de s" rclijiosidad 
y pureza no estuviesen tan patentes en todos los hechos 
de su vida ejemplar, sus relaciones familiares con los mas 
doctos y piadosos eclesiásticos de su tiempo bastaría para 
demostrar el estado de perfección en el cual pedia á Dios 
la gracia deservirlo. Y este conjunto de aspiraciones, 
de cálculos desinteresados, de empresas cristianas, de 
acciones piadosas forma un concierto de tal naturaleza 
que no es posible hallar en la vida del siglo otro cris- 
tiano tan grande por la fé, la constancia en la adver- 
sidad y la resignación en la voluntad suprema. 

1 Hé aquí la manera que Colon tenia de censurar á aquellos que, 
con sus manejos, entorpecían sus espediciones: "Q,ue Nuestro Señor per- 
done á los que contrarían y han contrariado tan provechosa empresa, 
y se oponen á que se lleve á. buen fin." Relación del tercer viaje á los 
reyes católicos . Traducción francesa de los Sres. Yerneuil y la Ro- 
quette. 



-439— 

Pero lo que demuest ra con mas claridad todavía que 
el revelador del globo no era solamente un hombre ele- 
jido por Dios para descubrir el Nuevo Mundo, sino que, 
.agradable á los ojos del Señor, caminaba con paso firme 
por la senda estrecha, es que terminada su misión, con- 
tinuo socorriéndolo. Los favores celestiales se multi- 
plican con los trabajos del Heraldo de la Cruz; cuanto 
mas avanza en años, mas adelanta en perfección y mas 
se dejan sentir en él los auxilios divinos; y esta acción 
cooperadora de la divina providencia no solo es mani- 
fiesta á Colon, mas también á cuantos la observen con 
ojos hechos para la luz. Y á medida que, robustecido 
por el favor del cielo, se siente capaz de grandes sufri- 
mientos^, vienen sobni él en gran número, multiplicados 
y proporcionados á su grandeza de alma, sin que por 
muchos y repetidos que sean le arranquen una queja. 
Su ánimo para sufrir, inmenso como su amor, su tran- 
quilidad de espíritu, inalterable hasta el portrer mo- 
mento, su anjélico reposo en la agonía, sus palabras al 
altísimo, antes de morir, el principio prodijioso y el fin 
edificante de su vida, todas estas cosas juntas ¿no pa- 
recen indicar en Colon un predestinado? Ademas 
Colon poseyó de una manera visible las tres virtudes 
teologales, practicó sin interrupción las cuatro virtudes 
cardinales, y pareció gozar de los siete dones del Espí- 
ritu Santo; en él hallamos á Dios admirable, como 
siempre lo es en sus santos; y seria difícil suponer que 
el adorador en espíritu y en verdad, el contemplador 
del verbo, el hombre de misericordia que perdonaba á 
sus enemigos, hasta á sus verdugos, que vivió pobre en 
medio de las riquezas que, á tan poca costa, hubiera 
podido atesorar, que el heraldo del rey de los cielos, 
objeto de tantas mercedes de Dios, no se halle entre 
sus elejidos en la gloria, después de haberlo sido tan 
evidentemente en la tierra. 



440- 



X. 



A no haber leído los capítulos anteriores, y solo te- 
niendo en cuenta el presente diríase que tratamos déla 
historia de un bienaventurado, de un santo. Acerca de 
esto, hace largos años que nuestra opinión, espresada 
con gran claridad en la obra que publicamos bajo el 
titulo de La Cruz en ambos mundos, se ha fortalecido y 
confirmado, merced al estudio especial que hemos hecho 
de su época y de su carácter, y que nos permite consi- 
derarlo digno del mayor respeto, ya que sin la autori- 
zación de la Iglesia no nos atrevamos á decir de la 
veneración de los cristianos, si bien tenemos el ín- 
timo convencimiento de que, Cristóbal Colon fué un 
Santo.* 

Advertimos, sin embargo, que aquí se emplea la 
palabra Santo del único modo que la puede usar un 
católico al aplicarla á quien no ha sido canonizado por 
la Iglesia, esto es, como figura retórica, y á falta de una 
espresion mas exacta; y que, cuando decimos, que, 
Cristóbal Colon es Santo, entendemos por ello que 
el mensajero de la cruz se halla, como personaje 
histórico, en la posición de un héroe del Évanjelio, 
de un gran servidor de la Iglesia, acerca de cuyos 
méritos esta no ha pronunciado fallo alguno. Muchos 
grandes prelados, mártires, fundadores de órdenes reli- 
jiosas y santos ilustres han penrianecido temporalmente 
en situación análoga, esperando el dia de su canoni- 
zación. Tal vez se sorprendan y escandalicen al- 
gunos del atrevimiento de nuestras palabras; pero á 

* Nuestra opinión ha sido siempre esta misma. Véase nuestro 
prefacio al tomo primero, y nuestra Vida de Isabel la Católica, 

N. delT, 



—441— 

los que tal cosa suceda, podemos decir de una manera 
terminante que no estrañaran ni al augusto jefe 
de la cristiandad, ni á los príncipes de la Iglesia. Por- 
que cuando no ha mucho, en Roma, exaltamos la pu- 
reza de Colon, y le tributamos grandes alabanzas, nues- 
tra voz fué benévolamente acojida en las elevadas rejio- 
nes del pontificado. El inmortal Pió IX, el primer 
pontífice que haya surcado el Océano y vivido en las 
tierras descubiertas por Colon, conoce su profunda 
piedad, su misión providencial y las simpatías de la 
Santa Sede por su gloria; el Sacro Colejio lo honra; y 
el recuerdo de su nombre famoso se conserva en la Ciu- 
dad Eterna, que no puede olvidar estuvo en relaciones 
epistolares con tres papas sucesivos; que después de su 
muerte otros tres papas: León X, Gregorio XIV" é Ino- 
cencio IX aceptaron las dedicatorias de libros, en 
los c lales se trataba del espíritu divino que llenaba á 
Colon; que, á ejemplo de los pontífices protejió su 
fama los cardenales, y que estos, en diversos tiempos 
supieron inspirar y recompensar los poemas que publicó 
la Italia en el ojio del cristiano esclarecido que á la sazón 
casi no conocía el mundo. También los franciscanos 
de Roma han dado asilo á su esclarecida memoria; y no 
parece sino que la amistad que en vida, le profesó el 
P. Marchena se trasmitió á toda la Orden Seráfica. Ade- 
mas de lo«í franciscanos, los Menores conventuales, los 
padres de la Observancia, los Capuchinos y Dominicos 
le permanecen fieles, y no seria difícil hallar, entre estos 
últimos, mas de un' Fr. Diego de Deza para defenderla, 
empezando por su vicario jeneral en Francia, el M. R. 
P. Jandel. 

Así, pues, no vacilamos en repetirlo: el Heraldo de 
la Cruz ocupa respecto á la Iglesia la posición espectante 
de un bienaventurado, antes de su canonización. Y 
llegará sin duda, un dia, en que la virtud superior que 
' Dios hizo brillar en el Mensajero de la Salud, sea pro- 
clamada solemnemente por el Vicario de Jesucristo, 

56 



^-442— 

añadiendo la Iglesia un título á los nombres tan mara- 
villosos y significativos que llevaba el elejido de la Pro- 
videncia:. A la Iglesia toca, en tiempo oportuno, decidir 
en su sabiduría acerca de este punto. La aureola de la 
santidad seria la única corona digna de ceñir la frente 
venerable del patriarca del Océano, 

Mas, no faltará quien diga: un Santo hace milagros, 
los milagros son, por excelencia, los signos de la san- 
tidad, y Colon no los ha hecho. A esto contestaremos: 
ademas de los prodijios á que dio cumplimiento en vida, 
ha hecho milagros después de muerto; y no dudamos 
en manera alguna de que, en circunstancias dadas, y 
autorizado para ello, pueda, al cabo de tres siglos, hacer 
otros nuevos. 

XI. 

A principios de Abril de 1495 visitó Colon, por se- 
gunda vez, en la Española, los llanos de Vega Real, en 
los cuales el año anterior, admirado y sorprendido de su 
hermosura^ bendijo á Dios y le dio gracias al frente de 
sus tropas por haberle mostrado el camino de lugar tan 
delicioso. Después de la sumisión de Guarionex, sobe- 
rano de aquel territorio, alcanzó el almirante en las 
capitulaciones que se hicieron autorización para cons- 
truir una fortaleza á la entrada de la Vega; y queriendo 
al mismo tiempo rendir allí homenaje al signo de la re- 
dención, dispuso que 'el capitán Alonso de Valencia 
fuese con veinte hombres, de mar^ los mas de ellos, y 
abatiese un árbol de magníficas proporciones que había 
escojido, para formar con él una Cruz de hasta diez y 
ocho ó veinte palmos de altura. La cual fué plantada, 
por mano del mismo Almirante, en una colina al pié de 
las montañas que dominan mejor y por el punto mas 
pintoresco la Vega Real. 

1 Tomo 1.° libro II, cap. 3.° 

2 Oviedo y Valdes, Historia natural de las Indias^ lib. III, cap. V, 



—443^ 

Colon aplicó luego su innato talento de injeniero á 
la construcción de la fortaleza, que debia ser de impor- 
tancia bajo el punto de vista estratéjico entendido por 
él; y con este motivo residió algún tiempo en aquel 
sitio, á el cual habia impuesto el nombre de la In- 
maculada Concepción, con el que también se desig- 
nó la fortaleza y toda la comarca. Mientras duraban 
los trabajos, como no tenia á su lado ningún sacerdote. 
Colon iba diariamente dos veces á hacer sus oraciones 
al pié de la Cruz, con los operarios y soldados; y así 
comoel salmista buscaba al Señor y admiraba sus obras 
en medio de lanochei así, también, el almirante solia 
encaminarse en dirección de la colina á la incierta luz 
de las estrellas, y al pié de la Cruz, emblema de la eter- 
nidad, se abismaba en contemplaciones inefables a la 
vista de los astros, que gravitando armoniosamente en 
el éter, hacían en su espíritu el efecto de una melodía 
de coros celestiales. Su intuición de las cosas místi- 
cas se dilataba, sin duda, protejida por aquel signo 
que, con fé y piedad tan sinceras habían puesto sus 
manos. Recordamos en la historia que el inmortal es- 
pañol san Ignacio de Loyola, hallándose en oración 
al pié de una cruz, colocada en el camino de Manresa 
á Barcelona, "vió con tan gran claridad cuanto habia 
conocido de la relijion que las verdades de la fé le pa- 
recieron ya evidentísimas.// 2 Algo muy semejante de- 
bia acontecer á Colon en la Vega, cuando tanta predi- 
lección le mostraba, apesar de la vida molesta de cam- 
pamento que necesariamente hacia en ella. De todos 
los puntos de la isla fué siempre la Concepción el que 
mas le agradó y en el que vivió mas largo tiempo: 
allí no tenia ni familia, ni sociedad, ni comodidades 
de ninguna especie; pero en cambio recibía sublimes 
compensaciones. Por eso le vemos volver a la Concep- 

1 Psal. 118. 

2 El P. Bouhours. Vie de Saint Ignace. lib. I, páj. 39, edición 
en 4." francés. 



—444— 

cioíi apenas regresa de su tercer viaje, y tranquiliza 
las turbulencias movidas por Roldan, pasando en la 
Vega largos meses consecutivos hasta que desembarca 
Bobadilla para destituirlo. Y como en aquellos sitios, 
según dice él mismo, habia invocado á la Santísima 
Trinidad, quiso consagrarlos con la erección de una 
iglesia en la que debian celebrarse tres misas diarias: 
la primera en honor de la Santísima Trinidad, la se- 
gunda de la Inmaculada Concepción y la tercera por 
los difuntos.! Después, cuando el revelador del glo- 
bo, en recompensa de sus nuevos descubrimientos 
quedó privado de su gobierno y prisionero, los caste- 
llanos, á su ejemplo, continuaron acudiendo á orar al 
pié de su cruz, que implorada un dia con gran fe, hizo 
el milagro de curar á unos calenturientos que la toca- 
ron. Cundió la nueva del prodijio por toda la co- 
marca, acudieron otros cristianos enfermos, y no pocos 
sanaron; por lo cual fué llamada la verdadera cruz, 
para diferenciarla de las otras cruces que no hacían 
milagros. Su nombre y maravillas se estendió entre 
indios y españoles; y aquellos, oprimidos por estos 
desde la llegada del nuevo gobernador Bobadilla, al 
comprender la veneración de sus dominadores hacia 
este signo sagrado, para herirlos en el corazón resol- 
vieron destruirlo. Al efecto acudieron en gran núme- 
ro al lugar de la cruz, ataron á su tronco cuerdas de 
bejuco, y se "esforzaron por arrancarla, tirando de 
ella; pero jamás la pudieron mover de aquel lugar.» 2 
Humillados por ello intentaron destruirla con el fuego: 
allegaron durante la noche multitud de haces de leña 
seca, los apilaron al rededor de la cruz, y cuando ya 
la sobrepujaban en altura, les prendieron fuego. Es- 
talló el incendio con violencia estraordinaria, desapa- 

1 Testamento y codicilo del almirante etc. Valladolid, 19 de Ma- 
yo de 1506. 

2 Oviedo y Valdés, Historia natural y jeneral &c., lib. III, ca- 
pítulo y. 



—445— 

reciendo la cruz en medio de un torbellino de lla- 
mas y humo, con lo cual, se dieron los idólatras por 
satisfechos, y se retiraron con sus sacerdotes, los hoJm- 
Ü8\ pero, al siguiente dia, no bien amaneció, pudie- 
ron ver que la cruz permanecía entera y perfectamen- 
te conservada, elevándose majestuosa sobre un mon- 
tón de tibia ceniza. La cruz iiada habia perdido de 
su color natural, "como no fuese al pié, que estaba 
un poco ennegrecido, cual si se le hubiese aplicado 
una luz. "4 Aterrados los indios, entonces, del poder 
milagroso de la cruz, huyeron, temiendo algún castigo, 
por que ya la consideraban cosa celestial; pero la có- 
lera de sus bohutis los hizo volver á la carga, y armados 
de sus hachas de piedra, y de los cuchillos que se ha- 
bian proporcionado en los trueques con los de Casti- 
lla, vinieron de nuevo sobre la cruz. Mas la madera 
les opuso una resistencia inesperada é increíble, y 
además notaron que, no bien habían cortado un trozo, 
se reponia,2 y tenían que comenzar de nuevo su tra- 
bajo. Entonces cedieron de su empeño, y se prosterna- 
ron confundidí s, adorándola.'*^ 

Hay que agregar á estos prodijios otro perma- 
nente y visible á todos, y cuya evidencia se aumentaba 
cada año: el de la conservación perfecta de la madera 
de la cruz, sin estar cubierta del menor preservativo 
contra la influencia de la humedad y del calor estre- 
mos, cuya transición es tan rápida en aquel clima, y 
tan nociva. Cincuenta y ocho años después de ha- 
berse plantado en Vega Real permanecía la cruz del 
almirante en el mismo ser que el prÍQier dia. No me- 
nos que esto sorprendía á los isleños el verla de pié y 



1 El P. Charlevoix. Histoire de Saint Domingue, t. 1. libro YI, 
pajina 479. 

2 Ibid, Ibid t. 1. lib. YI página 479. 

3 " la miraron con acatamiento y respeto y se humillaron á 

ella de ahí adelante." Oviedo y Yaldés, Historia <^c., lib. III, ca- 
pítulo Y. 



-446— 

respetada de los huracanes y las trombas, ^ cuando los 
árboles y aun las casas caian por tierra á su alre- 
dedor. 

La relación de estos prodijios, y las curas mila- 
grosas atraian al sitio de la Verdadera cruz gran nú 
mero de colonos, que invocándola iban en peregrina- 
ción á visitarla; muchos cortaban con sus cuchillos 
pedazos del tronco, y siempre continuaba repitiéndose 
el prodijio de la renovación; estos fragmentos los po- 
nían en relicarios, y se llevaban á las demás partes 
de la Española, alas colonias del Nuevo-Mundo y has- 
ta á Castilla, "permitiendo el señor que sucediese en 
prueba del agrado con que miraba la piedad de los 
fieles, lo que habia hecho para confundir la sacrilega 
empresa de los indios: y así, durante muchos años, 
aunque continuaron cortando pedazos, la cruz no dis- 
minuyó.» 2 

Un milagro tan permanente, curas tan numero- 
sas y tan grande concurso de peregrinos en la 
Concepción, dieron á la fama de la Verdadera cruz 
notoriedad inmensa; y como la humana flaqueza se 
muestra siempre, parece ser que algunos clérigos, 
esplotando la piedad de los fieles, recibían cuantiosas 
ofrendas destinadas á la Verdadera cruz; pero no las 
aplicaban con arreglo á la intención de los peregrinos. 
No bien tuvo noticia del hecho el emperador Car- 
los V, mandó que el tesorero del obispo de la Con- 
cepción cuidase de invertir las sumas percibidas para 
la Verdadera Cruz en la manera y forma espresadas 
por sus donatarios; y en el año de 1525, para hon- 
rarla también, por su parte, dispuso se tomase, du- 
rante cuatro años, la cantidad de veinte mil marave- 
dís de lo de las penas aplicadas á su cámara, para 

1 "Así por sus milagros como porque jamás se pudrió ni cayó 
por ninguna tormenta de agua ni viento." Oviedo y Yaldés, Histo- 
ria &c. lib. III, cap. V. 

2 El P. Charlevoix. Historia citada, t. I, lib. VI, pag. 480. 



—447— 

ayudar á que el lugar donde estaba la Santísima Cruz 
se tuviese con mas decencia y devoción,// 1 supli- 
cando después "al papa que, para conservar y acre- 
centar la devoción de fieles cristianos, concediese 
alguna induljencia para los que la visitasen y ofre- 
ciesen alguna limosna.// 2 Pero como en la carta del 
emperador no se hacia mención del heraldo de la 
cruz, y se hablaba solo de una cruz que se habia 
plantado cerca de la Concepción, el pontífice, en su 
prudencia, no se dio prisa por acceder á los deseos 
de S. M.; porque la Santa Sede y los teólogos en 
jeneral no tienen gran confianza en los prodijios ope- 
rados por indeterminada persona, ni tampoco creen 
en milagros hechos por varios, y porque el mérito y el 
poder que reconocen é invocan los filósofos alemanes 
racionalistas á la partícula se que gozó de tanto 
crédito entre los escritores del siglo pasado, no está 
reconocido aun en Roma. En efecto, en la historia 
del Antiguo Testamento no vemos un solo milagro 
anónimo, y lo propio acontece en la historia primi- 
tiva del apostolado, advirtiéndose que, cuando por 
causas reservadas en los secretos de la divina providen- 
cia el milagro llega á verificarse por varios, el nom- 
bre y calidad de esos hombres jamás se oculta, ni es 
un misterio: el plural puede siempre descomponerse 
en singulares distintos. Pueden ser los hijos de Aa- 
ron, los sacerdotes ó los profetas, los apóstoles ó los 
discípulos, los santos, las corporaciones relijiosas, he- 
rederas de su espíritu; pero nunca el público, la mul- 
titud, la partícula se^ quien produzca el milagro; 
porque si el Señor concede á una reunión de fieles, 
que le rezan en comunidad aquello que le pide, no 
por eso confiere un poder milagroso al anónimo. Dios 
hace, entonces, milagros para ellos, no ^por eilos; esto 

1 Herrera. Historia jeneral de las Indias occidentales, década III, 
Hb. VIII, cap. X. 

2 Ibid. Ibid. Ibid. 



es lo que concede. Es indudable que se han visto mi- 
lagros producidos en tal capilla ó cual altar, sin que 
nadie haya podido comprobar la causa, es decir, la 
ocasión personal, ni saber á los méritos de quién atri- 
buir el favor recibido, pero, no lo es menos que, habi- 
tualmente, se alcanzan por uno los milagros que apro- 
vechan á muchos. Sea de esto lo que fuere, Roma es- 
peró con prudencia datos mas exactos y extensos, y, 
tal vez, quiso dejar al tiempo que comprobase los pro- 
dijios realizados por la Verdadera cruz. Pero los nue- 
vos descubrimientos de la América, las conquistas de 
Méjico y el Perú, las espediciones de los portugueses 
en la América meridional é Indias orientales, hicieron 
que España descuidase algún tanto su primera colonia. 
Agregúese á esto que en los años sucesivos una causa 
del todo desconocida hizo cesar el prodijio de la reno- 
vación de la madera; lo cual unido á la piadosa costum- 
bre de cortar fragmentos de ella los peregrinos hizo que 
fuese disminuyendo en tamaño cada dia. Sin embargo, 
su contacto continuaba operando milagros. Entonces, 
para protejerla de los peregrinos, dispuso el obispo de 
la Concepción que se trasladase procesionalmente á su 
catedral, donde fué colocada en una capilla, en la mis- 
ma que se hallaba por los años de 1535, cuando el 
cronista imperial Oviedo y Valdes, á la sazón gober- 
nador de la cindadela de Santo Domingo, escribía en 
ella el tercer libro de la Historia natural de las Indias. 
Veinte y nueve años después (1553) un terrible tem- 
blor de tierra destruyó casi en su totalidad la Concep- 
ción, viniendo al suelo todos los edificios de piedra, in- 
cluso la catedral. Solo uno pudo resistir: la capilla en 
que se conservábala Verdadera cruz. Observóse, tam- 
bién, que ninguno de los habitantes que tenian, fuese 
sobre si ó en sus casas, partículas de la verdadera 
cruz, recibió la mas leve lesión, por mas que, algunos 
se hallasen, pasado el accidente, bajo las ruinas. ^ Y 

1 El P, Charbvoix, HUtoire de Saint Domingue^ t. I, lib. VI, 
pág. 480, 



—449— 

¡cosa singular! los primeros amigos del heraldo de la 
cruz, los P.P. franciscanos, que so hallaban en su igle- 
sia en el momento de principiar el temblor, quedaron 
envueltos en los escombros; pero no recibieron mal 
alguno, y ¡cosa no menos estraña y notable! la sola 
casa que permaneció en pié, fué el convento de San 
Erancisco, cayos relijiosos poseían una partícula de 
la Verdadera cruz de la Concepción; y en la época en 
que el P. Juan Bautista Le Pers tomaba en los luga- 
res mismos las notas que sirvieron al P. Charlevoix pa- 
ra escribir su Historia de Santo Domingo, aun se veia 
solo, dominando una ciudad derruida, el priyilejiado 
monasterio. 

Pasado el desastre, aquella parte de los habitantes 
que pudo salvarse de él se diseminó por las inmedia- 
ciones, estableciéndose los que no quisieron alejarse 
mucho de la Concepción, en un punto situado á dos 
leguas, al S. E., y que llamaron la Vega. ¿Qué fué de 
la Verdadera Cruz, entonces? Nadie lo sabe. El terri- 
ble trastorno que sufrió la localidad cambió todas las 
condiciones de existencia del país, y la sede episcopal 
de la Concepción fué suprimida é incorporada á la de 
Santo Domingo. Además, el desarrollo que fueron ad- 
quiriendo las colonias del üarien y de Castilla de oro, 
y el descubrimiento de las minas de Méjico y el Perú, 
distrajeron, á causa de su importancia, la atencioy del 
Consejo de Indias, y la Española quedó casi abando- 
nada á sí misma. Entonces, aprovechándose los ingle- 
ses de esta neglijencia, cayeron sobre ella y arruinaron 
á la capital,! y los franceses por su parte, se posesio- 
naron de algunos puntos de la isla sin pedir permiso; 
llegando á tal extremo el abandono en que la madre 
patria la dejó que no despachaba para ella sino un ga« 
león cada tres años! El abuso y la codicia de las auto- 
ridades locales tomó tanto cuerpo que llegó á darse el 



En 1 586, Doake, destruyó gran parte de Sto. Domingo. 

57 



—450— 

casó de que el gobernador, de acuerdo con los princi- 
pales funcionarios, comprase los cargos de estos bajeles, 
antes de anclar, para revenderlos al por menor á precios 
exorbitantes, de cuyas resultas las pobres jentes apenas 
tenian lo necesario para cubrir su desnudez, y fué pre- 
ciso, en las aldeas de mucho vecindario, que se dijesen 
misas durante la noche las fiestas de guardar, para 
que los cristianos, envueltos en las tinieblas, no tuvieran 
que avergonzarse unos de otros. En medio del desor- 
den y malestar de semejante situación, y siempre con 
el temor de algún golpe de mano, intentado por los in- 
gleses, holandeses y franceses que se establecian á su 
placer en las partes mas convenientes, perjudicando á 
los colonos españoles, las comunicaciones con el inte- 
rior de la isla acabaron por interrumpirse. Así no es 
extraño que haya llegado á no saberse el destino que 
cupo á la cruz del almirante, tanto menos cuanto que, 
en el mismo Sto. Domingo, se olvido con el tiempo el 
sitio de la sepultura de Colon. Tampoco nos sorprende 
que la relación que existe entre la misión del almirante 
y la cruz que plantó en la Vega haya pasado desaper- 
cibida para unos hombres que perdieron de vista la 
que habia entre él y su descubrimiento, y que, con 
la mejor fé, hablaron de ella en plural lo mismo que de 
la cruz. Porque ¿quién se hubiera determinado, en 
tiempo de Ovando, á recordar el nombre de Colon á 
proposito de los milagros de la cruz? Des[)ues, la ex- 
tremada modestia de su heredero, Don Diego, las di- 
ficultades que le creaba el odio, y el temor de dar pá- 
bulo á las calumnias de sus enemigos le impidieron 
mezclar su nombre á la fama de los prodijios atribui- 
dos á la cruz puesta por su padre. Esto no obsta para 
que los milagros de la Verdadera Cruz sean una verdad 
innegable, y tan autorizada y evidente que, en prueba 
del respeto y veneración que infunde, vemos imponer el 
hermoso nombre de Vera Cruz á una ciudad del Nue- 
vo Continente. Porque el nombre de esta ciudad no 



—451— 

reconoce mas orijen sino el recuerdo de la Vera Cruz 
de la Ooncepcion. Dicen algunos historiadores que 
Hernán Cortés llamó así á Villa Rica á causa de ha- 
ber desembarcado en ella un Viernes Santo; pero en 
tal Ciso, si hubiese querido consagrar el recuerdo del 
dia de su llegada, la hubiera puesto: Ave Crux, ó Ve- 
¿cilla Regis, y no precisauícnte el de Vera Cruz con 
el cual designaron siempre los colonos de Haiti la 
única cruz de la isla que operaba milagros. Los cuales 
no es posible negar, ni menos que la cruz fuese plan- 
tada por el almirante, cosa en que conviene su enemi- 
go Valdes, y el clérigo López de Gomara, i Pero los 
habitantes de la isla disfrutaban de los beneficios mila- 
grosos de la cruz sin acordarse de Colon, así como se 
utilizaba la metrópoli de las Indias sin agradecérselas; 
y juzgaba el almirante con tanta exactitud las calum- 
nias extendidas contra su fama que bien podia decir 
en una carta al ama del príncipe Don eJuan: "Tal re- 
putación me han creado que si hago construir iglesias 
y hospitales, se dirá que son cuevas para ladrones. " Sin 
embargo, bueno será dejarlo consignado, los primeros 
que con solo tocar la cruz, recobraron la salud eran 
precisamente aquellos que, honraban el madero á cu- 
yo pié gustaba meditar el almirante, y que sin pen- 
sarlo, tal vez, veneraban su memoria, al mismo tiempo 
que la cruz. La existencia y los milagros de la cruz 
de la Vega es, pues, un hecho evidente que no dá már- 
jen á la (luda, y su desaparición posterior no puede 
perjudicar en lo mas mínimo á su realidad histórica. 
¡Cuántas reliquias glor'osas, objeto dü la mas autori- 
zada veneración han desaparecido también con el tras- 
curso de los siglos! 

Abrigamos lafiruie esperanza de que llegará un dia 
en que la Santidad del Heraldo de la cruz surjirá de 
la hi;ítoria, y recibirá del pontificado la sanción nece- 
saria para que sea venerada por los hombres. 

1 Gomara. Hist. de las Indias, cap. XXXVI. 



—452— 



XII. 



Es tan grande la importancia de la historia de Cris- 
tóbal Colon que, aun obstinándose en desconocer su 
carácter providencial, ofrece con su vida muy elevadas 
lecciones bajo el punto de vista filosófico. Reducido á 
su sola personalidad, es el revelador del Globo ines- 
plicable, misterioso y grande, como todo lo que no 
es terrenal Su vida ofrece una práctica enseñanza de 
humana sabiduría y de resignación admirable. El hom- 
bre que dio cima á la obra mas importante de la hu- 
manidad fue también objeto de las mayores ingratitu- 
des, despreciado antes de realizar su empresa, admira- 
do después, por un momento, aborrecido, luego, y 
destituido y aprisionado, y si bien tarda poco en recu- 
perar su libertad, queda, ya para siempre castigado sin 
culpa con la enemiga d-el rey; en vano añade uno en 
pos de otro, nuevos territorios a los que ya ha dado 
á España, porque está en contra suya la opinión y to- 
dos lo abandonan por seguir la corriente del monarca; 
y así se vé al hombre que ha hecho de Castilla la na- 
ción mas poderosa del universo, languidecer en la os- 
curidad y la pobreza, sufriendo á un tiempo física y 
moralmente, y muriendo sin que nadie se interese ni 
conduela de su estado. Y en medio de tanto infortu- 
nio ni una queja sale de sus labios. Un tipo como el 
de Colon no lo hubiera podido concebir la antigüedad; 
solo el cristianismo es capaz de crearlo y compren- 
derlo. 

El ejemplo de Colon nos manifiesta que, aun do- 
minando sus pasiones, cumpliendo con amor todos sus 
deberes y poniendo al servicio de la mejor causa la mas 
sostenida sabiduría, ninguno se exime en este mundo 
de las tribulaciones de la vida; y que el jenio, la gloria, 
la sublimidad no son partes que preservan de las ace- 



—453— 

radas saetas de la maledicencia, ni la virtud y los dea- 
nes del señor emancipan al hombre de su condición 
terrenal; que, á pesar de los consejos de la mas clara 
prudencia no es posible no ya libertarse, pero ni aun 
alejar de sí las injusticias; que el tiempo inexorable 
nos agobia y quebranta en su marcha constante hacia 
la eternidad; que el curso de los sucesos entibia nues- 
tras mas firmes resoluciones y gasta nuestras fuerzas; 
y que, á las veces, nos vemos obligados á hacer aquello 
que deseábamos evitar, sin poder evitar lo que no que- 
riamos hacer. El ejemplo de Colon nos enseña, también, 
que nadie alcanza en esta vida el colmo de sus deseos. 
Así vemos en su historia que él, que duplicó el espacio 
de la tierra, no pudo ver realizados sus propósitos. 
Colon alimentaba tres nobles pensamientos; descu- 
brir el Nuevo Mundo, dar la vuelta al globo, y liber- 
tar el Santo Sepulcro. De estas tres aspiraciones de 
su corazón, apenas sí alcanzó la primera; porque, si 
bien es cierto que descubrió el Nuevo Mun rio, no 
tuvo la satisfacción de darle su nombre, sino que se 
vio usurpar esa gloria por un hombre que nada habia 
hecho. 

El cúmulo de dificultades que necesitó vencer Co- 
lon para dar cumplimiento á su obra, parece reno- 
varse en nuestros dias para impedir qus se le haga 
cumphda justicia. Han desaparecido de los archivos 
importantísimos documentos, otros, como el libro de 
las Profecías han sido mutilados, y la invasión fran- 
cesa en tiempo de Napoleón ha sido causa de dolorosos 
latrocinios. Por otra parte el sabio canónigo de Pla- 
sencia, Campi, murió cuando iba á dar á la estampa 
la relación edificante de los postreros momentos de 
Colon, y sus preciosos manuscritos han desaparecido 
por la incuria ó la ignorancia de sus herederos. Hasta 
la rehabilitación material de los rasgos de su fisono- 
mía encuentra dificultades de diversos jéneros, por es- 
tar infestada la Europa y especialmente la Italia de 



--454— 

mil pretensos retratos del héroe, á cual mas fantásti- 
co, innoble é inverosimil,* y Jénova que quiso levan- 
tar á la memoria de su hijo un monumento digno 
de él y de su maternal entusiasmo, lleva gastados, 
desde 1846, sumas inmensas sin conseguirlo, porque 
las enfermedades y la muerte han venido siempre á 
privarla de los eminentes artistas á quienes habia con- 
fiado los trabajos. Nosotros mismos cuántas dificulta- 
des no hemos tenido que vencer para llegar á esta 
pajina! 

Por un efecto natural de las relaciones que unían á 
los destinos del Catolicismo el corazón sacerdotal y 
el jénio apostólico de Colon, el clero que fué el conso- 
lador de sus infortunios, continuó siendo el defensor 
de su gloria. Diríase que, adelantándose á su época, 
conipreiídia el clero que la causa del almirante era la 
suya propia y qué haciéndole justicia se honraba á 
sí mismo. En efecto, la vida de Colon hace resplande- 
cer la superioridad del catolicismo, porque en ella se 
advierte el contacto de lo sobrenatural con el hom- 
bre, y con ella se comprende que, sin el socorro de la 
gracia, no hubiera podido descubrirse el Nuevo Mun- 
do. Además su vida justifica al pontificado de las 
acusaciones que formularon contra ellos enciclopedis- 
tas al tratar especialmente de su pretendida persecu- 
ción contra Galileo, pues no siendo la rotación de la 
tierra mas peligrosa para la ortodoxia de la fé que su 
esferoicidad, admitida en principio y en hecho por el 
papa Alejandro VI, esta, debia, por razón natural, con- 
ducir á aquella. Si un pontífice, auxiliado de su infa- 
libilidad, habia reconocido en 1493 la forma esférica 
del globo, en el hecho de trazar la famosa línea de de- 
marcación', si otro,i en el siglo XVI, al admitir la de- 
dicatoria del libro titulado: De Revolutionibiis orbiiim 



* Sin salir de nuestro pais, véase el que Luis Felipe regaló á la 
Biblioteca Colombina de Sevilla. N. del T. 

1 Paulo III. 



—455— 

coelestiuniy sancionaba la base de las ideas de Koppér- 
nico ¿cómo es posible que, en el siglo XVII, después 
de los notables progresos hechos en la astronomía, 
merced á la invención del telescopio, persiguiese la 
Santa Sede á Galileo por su doctrina del movimiento 
de la tierra? Las medidas de que fué objeto Galileo 
tuvieron, pues, por causa circunstancias personales; 
y la confianza que manifestó el pontificado á Colon re- 
futa de antemano las imputaciones de los enciclope- 
distas: Galileo no hizo mas que presentar de una ma- 
nera mas tanjible la demostración, evidentísima ya, de 
la redondez del globo. 

El estudio de la vida de Colon, provechoso á to- 
dos, lo será mas todavía á los cristianos. Porque, al 
considerar el conjunto de sus hechos de peregrino, de 
apóstol y de mártir, y su poderosa intelijencia, pene- 
trada de Dios hasta el punto de sufrirlo todo sin pro- 
ferir una queja, se siente el hombre lleno de respeto, 
é inclinado á creer con docilidad y á amar sin reserva, 
reconoce que se eleva sobre el nivel de las imperfec- 
ciones y de las virtudes terrenales, y para decirlo de 
una vez, que llega á los dominios de la santidad. 

Al leer el resumen de su vida, escrito por su hijo 
D, Fernando, se comprende que se hallaba poseído de 
relijiosa emoción al hacerlo, á causa de lo que descu- 
bría en las notas de su padre, y que su gran modes- 
tia le ha impedido decirnos. La narración termina 
con estas palabras que reasumen su sentido: Laus Beo. 



—457- 



AMI60S POSTUMOS DE COLON 



Después de tres siglos de indiferencia, el hombre 
que, durante el trascurso de su vida, no tuvo por ami- 
gos fieles sino dos frailes, cuenta á la sazón, en todos 
los estados católicos, grandes simpatías. Así como una 
madre nunca se engaña acerca de sus hijos, reconoce 
sus méritos, los ama y les conserva en su corazón un 
lugar preferente aun cuando todos los abandonen, la 
Santa Sede ha conservado su antigua y tierna solici- 
tud por la fama de su querido hijo, Cristóbal Colon; 
é imitados los Papas por los cardenales han logrado 
impedir que la Italia misma se olvidase de haber sido 
cuna del héroe del Evanjelio. 

Por esa razón, al terminar esta biografía, vamos á 
inscribir, á manera de epitafio, los nombres de sus 
principales admiradores. De esta manera los futuros 
amigos de Colon conocerán á los que les han pre- 
cedido. 

Por la triple obligación del agradecimiento, del 
respeto y de la verdad, debemos nombrar primero 
entre todos los amigos que cuenta en la actualidad 
Critóbal Colon á 

S. S. el Papa Pió IX, luego le siguen: (i) 
El Emmo. Sr. Cardenal Pietro Marini, 
El Emmo. y Rmo. Sr. Cardenal de Andrea, 
El lílmmo. Sr, Cardenal Ferreti, 
El Emmo. Sr. Cardenal Altieri, 
El Emmo. y Rmo. Sr. Cardenal Biunelli, 
El Emmo. Sr. Cardenal Fransoni, prefecto de la 
Propaganda, 

(1) Iremos enumerando los nombres de los amigos de Colon, 
sin tomar en cuenta la jerarquía para dar preferencias. 

58 



—458— • 

ElEmino. Sr. Cardenal Fieschi, 

El Emmo. Sr. Cardenal Macchi, decano del Sacro 
Colejio, 

El Emmo. Sr. Cardenal Patrizzi, 

El Emmo. Sr, Cardenal Morichini, 

El Emmo. Sr. Cardenal Bofondi, 

El Emmo. Sr. Cardenal Wiseman, 

El Emmo. Sr. Cardenal Amat, 

El Emmo. Sr. Cardenal Riario Sforza, 

El Emmo. Sr. Cardenal Gande, 

El Emmo. Sr. Cardenal Justo de Recanati, 

El M. R. P. Jandel, procurador jeneral de los 
Dominicos, 

El M. R. P. Gualerni, jeneral de los Menores 
conventuales, 

El M. R. P. Lorenzo da Brisighella, predicador 
apostólico, 

El M. R. P. Alfonso de Ruinill}^ definidor jene- 
ral de los Capuchinos, 

El M. R. P. Bernardino da Terentino, secretario 
jeneral de'los Observantes, 

El M. R. P. Villefort, secretario de la Compañía 
de Jesús, 

El M. R. P. secretario jeneral de los Menores 
conventuales. 

El M. R. P. Eilippo Rossi, 

El M. R. P. Eélix, 

El M. R. P. Vaure, que en el Convento de los 
Santos Apóstoles proclamó las glorias de Colon, 

El M. R. P. Cerino, uno de los hombres mas sa- 
bios que encierra la ciudad eterna. 

En el Piamonte hallamos: 

El cardenal Charvaz, arzobispo de Jénova; los se- 
ñores Lorenzo Pareto, Vincenzo Ricci, Giacinto Vivia- 
ni, Luigi Bartolomeo Migone y Pietro Elena, indivi- 
duos de la comisión encargada de levantar un monu- 
mento al almirante, y los cantores de su gloria Lorenzo 
Costa y Enrique Bixio, 



—459— 

El Excnio. Sr. marqués Antonio Brignole Sale, 

El Excmo. y Rmo. Sr. Billet, arzobispo de Cliani- 
bery, 

El Excmo. Sr. Marongio, arzobispo de Cagliari, 

El conde Tullio Dándolo, 

El M. R P. Ventura de Raulica, 

En España vemos iniciado el pensamiento de la 
restauración de la Rábida por SS. AA, RR. los Sere- 
nísimos Sres. infantes Duques de Montpensier, y S. M. 
la reina Amelia, y cantada su gloria por las Sras. doña 
Dolores de Molina, y doña Antonia Diaz y Fernan- 
dez; y por los Sres. D. Juan Manuel Alvarez, D. Fran- 
cisco Rodríguez Zapata, D. José Fernandez Espino, 
D. A. Magariños Cervantes, D. José de Benavides, 
D. Demetrio de los Rios, D. Fernando de Gabriel y 
Apodaca, D. Tomás de Reina y Reina, D. Arístides 
Pongilioni, D. Narciso Campillo, y D. Juan José Bue- 
no. Debeímos también consignar aquí el nombre de 
Mr. A. de Latour que, tan doctamente, ha escrito 
acerca de D. Fernando Colon, (i) 

En Francia el primer amigo de la memoria de Co- 
lon es una mujer esclarecida, colocada en tan elevado 
rango, que no se hace necesario la nombremos en esta 
pajina para que se comprenda quien es. 

Le siguen el conde de Falloux, Mr. de Saucet, ex- 
ministro; el ilustre Mr. Guizot, el conde de Salvandy, 
Mr. de Lourdoneix, Mr. de Riancey, Mr. Gandy, el 
barnn G. de Flotte, Mr, L. Roche, Mr. Barbey d'Au- 
revilly, el conde G. de Saffray, el abate Cadoret, Mr. 
Gauttier de Claubry, Mr. F. Denis, el R. P. Lacordai- 
re, el cardenal arzobispo de Lyon, monseñor de Bo- 
nald; el cardenal Mathieu, arzobispo de Besanzon; el 



(1) Es para nosotros un deber muy grato dejar consi/rnado 
en una nota la simpatía y el respeto que profesa á la memoria de 
Cristóbal Co'ou, el venerable Cardenal de Tarancon, arzobispo de 
Sevilla: simpatia y respeto que nos ha manifestado d? palabra re- 
petidas veces. N. del T. 



—460— 

arzobispo Burdeos, el cardenal Donnet; monseñor 
Guibert, arzobispo de Tours; monseñor Sibour, arzo- 
bispo de París; monseñor Chalandon, de Aix; monse- 
ñor Jolly, de Sens; monseñor Jherphanion, de Alby; 
monseñor de Prilly, obispo de Chalons; monseñor de 
Garsignies, de Soissons; monseñor de Morlhon, de 
Puy; monseñor Roess, de Strasburgo; monseñor de 
Mazenod, de Marsella; monseñor Doney, de Montaii- 
ban; monseñor Croizier, de Rhodez; monseñor Thi- 
bault, de Montpellier; monseñor Menjaud, de Nancy; 
monseñor Ghatrousse, de Valence; monseñor Pallu du 
Pare, de Blois; monseñor Angebanlt, de Angers; mon- 
señor Lameluc, de Aire; monseñor Gignoux, de Beau- 
vais; monseñor Wicart, de Laval; monseñor Dreux- 
Breze, de Moulins; monseñor Caverot, de Saint-Dié; 
monseñor Casamelli d'Istria, de Ajaccio; monseñor 
Bonnamie, arzobispo de Calcedonia, y monseñor Tir- 
marche, obispo de Arras. 

No debemos olvidar, tampoco, aquellos de sus ami- 
gos que nos han precedido en la eternidad, y así, consig- 
naremos el nombre del inmortal arzobispo de París, 
monseñor Affre, que pereció víctima de nuestras dis- 
cordias civiles. Dejemos también * inscritos los nom- 
bres del cardenal Lambruschini, del cardenal Pornari, 
de monseñor Garibaldi, nuncio en París, y del sabio 
cardenal Angelo Mai, infatigable descifrador de los 
palimpsestos, y autor de una multitud de importantes 
descubrimientos históricos. 

Al terminar este libro nos complacemos en colocar 
como una corona de flores sobre la fama de Colon, el 
nombre augusto de la emperatriz Eujenia, para quien 
es tan cara la memoria del inmortal revelador del 
Nuevo Mundo. 



FIN DEL TOMO II Y ULTIMO. 



índice. 



LIBRO TERCERO. 



CAPITULO I. 

Paginas. 
El almirante, en su viaje de descubrimiento de la Tierra firme, 
esperimenta las calmas de la zona tórrida. Peligros y pade- 
cimientos d,e la navegación. Hállase la Trinidad. La Tierra 
firme. Carácter del Nuevo Continente 7. 



CAPITULO II. 



Inducciones científicas del almii*ante. Sus ideas respecto al pa- 
raíso terrenal. Sus descubrimientos científicos 27. 



CAPITULO III. 



"Vuelta de Colon á la Española. Acontecimientos desastrosos 
curridos durante su ausencia. La reyna Anacoana j su corte. 
Revueltas y deserción de los deportados. . , 38. 



CAPITULO IV. 



Proclama del almirante á los rebeldes; promesas de perdón. De- 
serción de las tropas. No se puede apelar á la fuerza. Tiene 
que sufrir humillaciones y que hacer acuerdo con los re- 
beldes 59. 



CAPITULO V. 

Cómo el jefe de los rebeldes no pudo hacerse respetar de ellos. 
Alzamiento de los Indios. Llegada de Ojeda para dar mas 



—462— 

fuerza á la revuelta. De cómo favoreció á Colon la Divina 
Providencia, cuando ya estaba á punto de huir. Sumisión vo- 
luntaria del jefe de los rebeldes. Restablécese el orden . . 71. 



CAPITULO VI. 



Los enemigos de Colon en Sevilla. Intrigas. Animosidad del 
rey Don Fernando. Hácese que la reyna reemplace á Colon 
con el comendador Bobadüla 85. 



CAPITULO VIL 



Llegada del comendador á Santo Domingo. Pone sitio á la cin- 
dadela y la toma, como también se apodera de la casa y me- 
naje de Colon, durante su ausencia. Prisión del almirante y 
de sus hermanos. Envíanles á España con grillos .... O" 



CAPITULO VIII. 



Indignación de la Reyna al saber el atropello cometido con el 
almirante. Llega este á la corte. La audiencia pública y la 
privada. Destitución de Bobadilla. Colon se ocupa del rescate 
del Santo Sepulcro 118. 



CAPITULO IX. 



Colon quiere proseguir sus descubrimientos. Antes de partir, 
indica en la carta el itsmo de Panamá. Escribe al Padre 
Santo. Precauciones que toma contra el rey 158. 



LIBRO Cüá^ETO. 

CAPITULO I. 



Pártese Colon con cuatro bajeles. El gobernador de la Española 
le niega la entrada en puerto. Colon predice una tempestad y 



—463— 

todos se burlan de su pronóstico. La tempestad sobreviene y 
destruye la flota española. Sálvase Colon con sus buques. . 171. 



CAPITULO II. 

La Tierra Arme. Contrariedades. El rio del desastre. Búscase el 
estrecho. El itsmo de Panamá. El cabo Nombre de Dios. . 202. 



CAPITULO III. 



Lucha de Colon con los elementos. Tempestades. La tromba. Los 
caimanes. Sufrimientos de la tripulación. Mal estado de los 
buques. Establecimiento del Rio Belén 217. 



CAPITULO IV. 

Ataque de los naturales. Son asesinados algunos españoles. La 
fuerza de la resaca impide á Colon favorecer á los suyos. Su 
dolor. Vision misteriosa. Se reembarcan los españoles. Las ca- .' 
rabelas varan en la Jamaica 238. 



CAPITULO V. 



Colon escribe á los reyes una carta sin saber como la hará lle- 
gar á sus manos. Decisión de Méndez. Alzamiento de los Por- 
ras. La camarilla sevillana. Deserción 261. 



CAPITULO VI. 



Conducta de los pronunciados. Escitan á los indijenas contra el 
almirante. Apuro de los Españoles. Predicción del eclipse. 
Los indios traen provisiones. Llegada de un espia de la Es- 
pañola 284. 



CAPITULO VIL 
Ataque de los rebeldes. El adelantado los derrota y hace pri- 



■ ^':'n - —464— 

sionero á uniefe. Al cabo de muchos meses recibe socorro el 
almirante. Vuelve á la Española y en seguida á Castilla. . 307. 



CAPITULO VIH. 



Enfermedad y muerte de Isabel. Sufrimientos y pobreza del al- 
mirante. Desde su lecho, deshace una intriga urdida en Roma 
por Don J. de Fonseca. Desoye el rey sus reclamaciones. . 321. 



CAPITULO IX. 



Agrávanse los padecimientos de Colon. Cierra su testamento. 
Error de los historiadores respecto á Beatriz. Recibe Colon 
los últimos Sacramentos. Muere. Viajes postumos del almi- 
rante 361, 



CAPITULO X. 



Vida privada de Colon. Su carácter providencial. Leyenda de 
San Cristóbal. Paralelo entre Colon y Moisés. Santidad de 
Cristóbal Colon. Müagros de una cruz puesta por él . . . 382. 



AMIGOS POSTUMOS DE COLON 457. 




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