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HISTORIA CRÍTICA
LITERATURA ESPAÑOLA,
HISTORIA CRITICA
LITERATURA ESPAÑOLA,
DON JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS.
INDIVIDUO DE NUMERO DE LAS REALES ACADEMIAS DE LA HISTORIA Y NOBLES
ARTES DE SA> FERNANDO , DECANO DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL, ETC.
TOMO Y.
MADRID:
IMPRENTA Á CARGO DE JOSÉ FERNANDEZ CANCELA.
Calle del Fomento, 13, principal.
1864.
Es propiedad del autor, quien se reserva
el derecho de traducción y de extracto.
ADVERTENCIA.
• Historiado en el precedente volumen el tercer período , que
asignábamos en la Introducción general de la presente obra al
desarrollo de las letras patrias, tócanos ahora estudiar con la
circunspección y el detenimiento que de suyo solicita, el cuarto
de los expresados períodos , que no es en verdad menos intere-
sante, al contemplar el gran cuadro de la civilización castellana,
si bien ofrece más reducidas dimensiones. Comprende desde la
catástrofe del rey don Pedro hasta el fallecimiento de Enri-
que III , realizándose en él nuevas y peregrinas transformaciones
de aquel arte, que hablan ilustrado los preclaros nombres de Al-
fonso X y Sancho IV, de don Juan, hijo del infante don Manuel,
y del Archipreste de Hita.
El primer fenómeno intelectual y literario que demanda en
efecto maduro examen, mediado el siglo XIV, es la represen-
tación que logran en nuestra literatura las ficciones caballeres-
cas. Al considerar su aparición, éranos sin duda necesario in-
vestigar sus orígenes, tomando en cuenta los opuestos sistemas
que sobre el particular mihtan en el campo de las letras; recono-
cer su legitimidad y fijar las leyes de su existencia allí donde la
constitución social, la política y las costumbres habían hecho po-
sible su desarrollo; determinar sus peculiares caracteres desde el
punto en que hallan en el arte la idealización que las perpetúa y
engrandece; y trazar, por último, la senda vaga, indecisa y mal-
segura que siguen en las producciones de nuestros ingenios,
ora insinuándose en los poemas heróico-eruditos de una manera
ocasional é indirecta, ora tomando plaza en las crónicas naciona-
les á vueltas de los hechos realmente ciertos, ó bien imprimien-
do su espíritu en las leyes que atañen á las clases privilegiadas,
y produciendo, cual mediata consecuencia, no insignificante efec-
to en las instituciones positivas de la caballería española.
YI
• Este momento, harto significativo en la historia nacional,
porque tiene extrecha y visible correspondencia en las esferas
de la política nacida del escándalo de Montiel, no podia dejar de
reflejarse en las letras, y se reflejó por cierto de un modo ine-
quívoco y positivo. El noble cuento del emperador Carlos May-
nesde Roma et de la buena enperatriz Seuilla, su muger, sabro-
sa ficción que hallaba al propio tiempo eco en los pueblos del
Norte, y el cuento muy fermoso del emperador Ottas de Roma
et de la infante Florencia, su fija, et del buen cauallero Esme-
re ^ leyenda piadosa y romancesca por extremo, con otras va-
rias invenciones de la musa caballeresca, emanadas ya del ciclo
bretón, ya del carlowingio, abrieron y facilitaron el camino al
ingenio español para crear el Amadis de Gaula, modelo y fuente,
dentro y fuera de la Península Ibérica de otros muchos libros de
caballerías y estimados poemas , así como padre afortunado de
larga progenie de paladines.
Con esta singular transformación del arte erudito, la cual no
anulaba las conquistas anteriores de la literatura castellana , por
más que iba á contribuir á extraviar, andando el'tiempo, los ins-
tintos de la muchedumbre, pervirtiendo al par, y más inmedia-
tamente, en los doctos el criterio histórico ; se inicia también en
las regiones de la poesía una innovación de alta y aun no bien
quilatada transcendencia, como que de ella provienen y en ella
arraigan profundamente las innovaciones sucesivas, que llevan tjl
arte á la tan aplaudida y definitiva revolución de Garcilaso. Tal
era la introducción déla alegoría dantesca, que iba á cons-
tituir nueva y afortunada escuela en el parnaso castellano, no sin
que hallara contradicción y enérgica protesta en otras escuelas ,
que lo hablan hasta aquella sazón señoreado. Averiguar la oca-
sión y el instante en que esta influencia, que se derramaba de
igual modo á todas las literaturas meridionales, penetra en nues-
tra patria; designar aquella parte del territorio español, donde
dicha novedad pudo insinuarse sin resistencia; examinar y pon-
derar los elementos que se le oponen en la España Central, te-
niendo por intérpretes inteligencias muy privilegiadas ; seguir
1 Véanse estos Cuentos á las pág-s. 344 y 391 del presente volumen.
YII
sus progresos, y verla cundir á nuestras regiones orientales y
occidentales con abundantes frutos; mirarla refluyendo al cen-
tro de la Península, para luchar de nuevo con las escuelas domi-
nantes, llevando su influjo y su predominio á las siguientes eda-
des... asunto era, en verdad, digno de largas meditaciones, á
las cuales no podíamos renunciar sin grave falta.
Y no sólo han fijado nuestra atención , dentro del referido
período, las manifestaciones indicadas. La historia y la elocuen-
cia vulgares tienen también notables cultivadores; y generali-
zándose su estudio á todas las comarcas, donde es el romance
castellano habla de la muchedumbre, parecen preludiar desde
esta época el no lejano predominio de la civilización de la Espa-
ña Central sobre las extremidades de la Península. Mas no deja
la historia de experimentar notables contradicciones, cuyo exa-
men cumplía en gran manera al conocimiento de sus progresos.'
Inclinada desde muy temprano á la investigación de la antigüe-
dad, había aspirado á poseer todos sus tesoros; pero no bien lle-
gaba á la mitad del siglo XIV , logrando las versiones de Tito
Livio y Yalerio Máximo, cuando sorprendida por las ideas caba-
llerescas, vióse de pronto adulterada con todo linaje de fábulas y
fantásticas invenciones, no perdonadas las mismas crónicas na-
cionales. Era de mucho efecto el apreciar debidamente las cau-
sas de este conflicto, de que sólo pudo salir triunfante la histo-
ria, merced á la dignidad personal de los que se consagraron en
reinados posteriores á su cultivo; pero al reconocer semejante
desarrollo, interesaba también determinar la progresiva elabo-
ración de las formas narrativas , cualquiera que fuese el fin es-
pecial y el asunto de las obras históricas. La Crónica de las Fa-
zañas de los filósofos, y la primera parte de la Troyana, nos
advertían respecto de este punto, que no carecieron de modelos
las Generaciones é Semblanzas, ni los demás libros sus semejan-
tes: las arengas y canciones de Livio y de Salustio, una y otra
vez imitadas, nos preludiaban, comunicando interés y movimien-
to dramático á la exposición, el genio histórico de Mendoza,
de Mariana y de Meló.
Fiel á sus tradiciones aparecía la elocuencia sagrada. Mien-
tras era mayor el olvido de los deberes religiosos y morales en
VIII
prelados y magnates , sacerdotes y caballeros, más enérgica se
mostraba la condenación de los vicios, y con mayor eficacia la
santiflcacion de las virtudes, exigiendo en consecuencia de nos-
otros todo esmero el examen de los monumentos consagrados á
perpetuar los nobles esfuerzos de un fray Pedro Pascual y un
fray Jacobo de Benavente. Desconocidos eran del todo en la re-
pública de las letras; pero su ignorancia no debia seguir autori-
zando el error de los que suponían que hasta el siglo XYI no
existe la elocuencia sagrada, como si fuera posible subir á la al-
teza de los Granadas y Leones, sin los insignes ejemplos de una
larga vida, favorecida por las instituciones religiosas de la edad
media y alimentada por la vivificadora savia de las creencias. El
estudio que en el presente volumen exponemos, nos vindica al
mediar del siglo XIV, de aquel injusto agravio , mostrando que
las obras de don Pedro Gómez de Albornoz y don Pedro de Luna,
son otros tantos eslabones en la cadena de la tradición, que á
dicha no llega jamás á romperse.
Bajo cuatro diversos aspectos se ofrecía pues en el período,
á cuyo desarrollo consagramos el presente volumen, la historia
de nuestras letras. Todos eran en nuestro sentir por extremo in-
teresantes y todos exigían de nosotros igual solicitud y anhelo;
porque sin quilatar debidamente la significación y recíproca in-
fluencia de los elementos que revelan, era de todo punto impo-
sible el asignar á cada uno la representación legítima que alcan-
zan en el sucesivo desenvolvimiento de la civilización española.
Nuestro deber nos imponía por tanto la indeclinable tarea de mos-
trar este camino, si habiamos de salir del caos en que se hablan
perdido otros historiadores, estableciendo al par la cronología de
las ideas y de los hechos, de tal manera que no pareciese ya pe-
regrino, forzado y contradictorio lo que era natural, espontáneo
y consecuente. No hay para qué observar que ahora, como
siempre, hemos ambicionado vivamente el acierto, porque esto
pueden suponerlo nuestros lectores, sin tildarnos de pretencio-
sos. Así nos fuera dado asegurar de igual suerte, que en tan
difícil senda no hemos hallado invencibles obstáculos.
HISTORIA CRITICA
LITERATURA ESPAÑOLA.
11/ PARTE-SUBCICLO IL'
Tomo v.
CAPITULO I.
NUEVAS TRANSFORM/^CIONES DEL ARTE ERUDITO.
Aparición del elemento caballeresco en la literatura española. — Origen
del sistema poético que lo desarrolla. — Distintas y contradictorias teorías
sobre este punto. — Teoría de los arabistas.— Sus contradicciones. — Teoría
clásica: su apoyo en las tradiciones latinas. — No es suficiente para resol-
ver el problema propuesto. — Teoría indo-germánica: sus fundamentos
históricos. — Verdaderos elementos constitutivos de la poesía caballeresca.
—El feudalismo.— Su espíritu: sus fines políticos.— Protesta del sentimien-
to de libertad contra este opresor sistema: su personificación en el arte.
— Naciones en que florece espontáneamente la literatura caballeresca. —
División de sus ficciones: el ciclo bretón : el ciclo carlowingio. — Obras
principales que producen. — Su desemejanza con las del . arte español. —
Conócenlas los eruditos: monumentos que lo revelan. — Los poemas; las
crónicas: las leyes. — Momento favorable para tomar cuerpo en la litera-
tura castellana. — Venida de ingleses y franceses á mediados del siglo XIV.
— Efecto déla misma en la política y en las letras. -^Aparición del arte
alegórico. — Influencia de ln'Divina Commedia: Micer Francisco Imperial.
— Repugnancia de los eruditos á esta innovación. — Pero López de Ayala.
— Inclínase este á la imitación clásica, al escribir la historia uaciouaL— ^
Triple modificación del arte. — Resumen.
Domina en la historia de los pueblos y fija de continuo las leyes
accidentales de su existencia y de su cultura el fj-ecuente roce y
comercio de las diversas nacionalidades que reciben vida y se
desarrollan en el transcurso de los tiempos, ya sea el referido
contacto hijo de la paz, ya de la guerra. Masaste hecho notabi-
lísimo y trascendental, cualquiera que sea el punto de vista bajo
que se estudie, ni llega á producir sazonados frutos en un solo
dia, ni se revela nunca en las esferas del arle, sin dar una y otra
4 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPA5J0LA.
vez claras señales de su iniciación y desenvolvimiento. Y será
tanto más laboriosa y lenta; habrá menester de tanto mayor es^
pació para realizarse la expresada manifestación, cuanto sean
más vivos y enérgicos los instintos del pueblo sobre que ha de
reflejar la indicada influencia y más desemejantes á su vida po-
sitiva los gérmenes que hayan de fructificar en su seno. Pero
hay más: ese movimiento vago, indeterminado, latente acaso
para los mismos cultivadores del arte, bien que real, progresivo
y lógico para la historia y la filosofía, aunque inherente á la vida
intelectual, como la marea al Océano, quedaría las más veces sin
efectos visibles, á no venir á completa granazón por medio de
otro fenómeno social, que conmueva á deshora los fundamentos
de la república. Llega este momento supremo para las letras es-
pañolas, al clavarse, bajo las tiendas de Beltran Du-Guesclin, el
puñal fratricida del bastardo de Trastamara en el pecho del rey
don Pedro; y mientras aquellos vengativos hermanos renuevan
ante los muros de Montiel el sangriento y afrentoso drama de
Eteocle y Polinice; mientras con el auxilio de extrañas y merce-
narias huestes, pone don Enrique sobre sus sienes la corona del
Rey Sabio, arraigan en el campo de la literatura española, con
fuerza desusada, plantas nacidas en lejano suelo, quitados de
pronto los obstáculos que se hablan opuesto á su aclimatación y
cultivo.
Ninguno de nuestros lectores habrá dejado de comprender
que hablamos del doble movimiento literario ya indicado en los
últimos capítulos del primer subciclo, y más principalmente del
que se refiere al género de literatura universalmente designado
con el título de libros de cahallerias. Nuevo orden de ideas y de
sentimientos, nueva materia poética y nueva máquina literaria,
en gran modo distintos unos y otras de cuanto habia ofrecido á
nuestra contemplación el arte que brota espontáneamente en el
seno de nuestra cultura, vienen ahora á ser interpretados y ex-
puestos por la lengua de Castilla. El mundo exterior, animado á
la voz del poeta, ofrece á vista de los lectores nuevo y sorpren-
dente espectáculo : espantables gigantes, á cuyo poder titánico y
brutal se rinden comarcas'elíteras, yermadas por la ferocidad de
semejantes dominadores ; horribles y repugnantes enanos, cuya
II. PAUTE, CAP. I. NVEVAS TRANSE. DEL AP.TE ERUDITO. O
ingénita malicia y extremada astucia los pone en perpetua guer-
ra con la humanidad que enciende con la bienandanza sus insa-
ciables odios; monstruosos dragones, dotados de inteligencia
para guardar en misteriosas cavernas tímidas vírgenes ó malha-
dadas princesas; pérfidos ó cobardes encantadores, que envidio-
sos de la agena felicidad, aprisionan con sus artes damas y caba-
lleros, ejecutando en ellos crueles venganzas; genios y hadas
bienhechores, que ya elevándose del seno de las ondas, ya mo-
rando en las solitarias grutas de la marina ó en la aspereza de las
montañas, predicen lo futuro y escriben, al nacer, en la frente de
los caballeros las portentosas proezas de su vida, siendo en toda
ella sus guias y ángeles tutelares ; islas, alccázares y lagos en-
cantados, que entierran en su recinto nunca imaginadas mara-
villas; fuentes, filtros y bálsamos, que trastornan las mentes y
los corazones, alterando á la vista los objetos, trocando en odio
o amor profundo las más débiles pasiones, y restituyendo á la
lozanía de la juventud la ancianidad decrépita; talismanes, espe-
jos y conjuros, á cuya virtud se humilla la naturaleza, rompien-
do el armonioso concierto de sus eternas leyes y poblando el es-
pacio de sierpes, trasgos y vestiglos; caballos, escudos, lanzas,
espadas y cuernos, sometidos al influjo de irresistibles encantos,
é instrumentos de altas é inconcebibles victorias; y finalmente ca-
balleros predestinados, á quienes suben la fortuna y el esfuerzo
de sus corazones desde la última pobreza á la sublimidad de la
púrpura hé aquí el fastuoso aparato que iba á desplegarse á
los ojos de nuestros mayores en vario, i)intoresco y deslumbrador
conjunto, para examinar no menos fantásticas y peregrinas his-
torias, á las cuales daba levantado y constante interés lo inespe-
rado de las peripecias y lo dramático de las situaciones.
¿De dónde venia pues ese nuevo sistema poético llamado á
producir en los anales de las letras españolas una de sus más
trascendentales transformaciones?... ¿En qué Hteratura se liabia
desarrollado antes de penetrar en la castellana?... ¿De qué modo
se verifica ese cambio en el gusto de nuestros escritores y en
qué esfera se realiza?... ¿Domina de una manei'a absoluta en to-
das las manifestaciones del arte, ó divide su imperio con otras
influencias, ya presentidas y que debían por tanto hallar cierta
o HISTORIA CRÍTICA Dlí LA LITERATURA ESPA5Í0LA.
satisfacción en el campo de la poesía y de la historia?... Cues-
tiones son todas de no exigua importancia para la crítica ; mas
no de solución tan fácil que puedan ser tratadas en breves ren-
glones, bien que hayan procurado respecto de las primeras mos-
trarnos el camino muy insignes escritores extraños. El mismo
anhelo de la verdad que en unos reconocemos y el afán que en
otros resplandece por sustentar teorías originales, han servido
de obstáculo á la verdadera ilustración de esta materia, engen-
drando al par diversas opiniones, ni todas admisibles por com-
pleto, ni dignas todas do ser igualmente desechadas.
A tres pueden y deben, no obstante, reducirse las principa-
les teorías de los que han intentado descubrir las primitivas
fuentes del sistema poético, desarrollado en la literatura caba-
lleresca. Primera: la que señala su origen en la de los árabes.
Segunda: la que descubre sus primitivos gérmenes en las obras
de la antigüedad clásica. Tercera : la que apelando á las ense-
ñanzas de la historia, se precia de hallar los referidos elementos
en las naciones del Norte. Examinemos con imparcial sobriedad
estas contradictorias opiniones í.
Achaque- general de la eradioiou ha sido en cierta época (y
achaque de que todavía no ha llegado á convalecer) el designar
al pueblo y civilización de los Califas cual fuente obligada de todo
desarrollo filosófico, artístico y literario, operado durante la
edad-medía. Enmudeciendo ante la autoridad de los que procla-
maban tales descubrimientos, renunciaron, con no poco daño de
la historia, á la investigación de la verdad aquellas privilegiadas
inteligencias que hubieran podido ilustrarla; y no fué por cierto
más afortunada la crítica literaria en orden á los orígenes de la
poesía, que constituye el mundo caballeresco. A la hteratura
arábiga pasaron desde la persa tan maravillosas ficciones, comu-
1 No juzg-amos del todo ocioso el consignar aquí que siendo para nos-
otros incidentales todas estas cuestiones, no tenemos por acertado darles
aquella extensión que en otro caso rcclamarian por su importancia. Sin em-
barco, es de todo punto imposible el dejar de tomarlas en consideración, si
hemos de ol)tcner el fruto apetecido de nuestras invcstig-aciones relativas á
la aparición de la poesía y literatura caballerescas en la lileralura y poesía
españolas.
H.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 7
nicándose á España con la dominación sarracena, y extendiéndo-
se desde la Península á las demás naciones de Europa. Sobre
este hecho, no demostrado, se ha erigido pues el sistema que
pretende en uno y otro sentido explicar el nacimiento de aquella
rica y varia literatura. Llevando al centro de las nacionalidades
del continente esos elementos extraños á su civilización, los con-
naturaliza primero en la antigua Arraorica ó Bretaña, y los tras-
porta después á Inglaterra, haciéndoles echar duraderas raices
en el país de Gales y á poco andar en el de Cornualla, deposita-
rios ambos de iguales tradiciones y regidos con frecuencia por
las mismas leyes i. Un monumento, al parecer irrecusable, se
presenta en comprobación de estas afirmaciones: la crónica latina
de Monmouth, traducida del bretón por el benedictino Gofredo,
antes de subir á la cátedra episcopal de Asaph en 1151; libro
formado de diferentes fragmentos, escritos en lengua vulgar des-
de el YII al IX siglo 2.
Indudable es que en esta renombrada crónica aparece ya
parte de aquel sistema poético que tiene después extraordinario
incremento en los libros de caballerías, llamados á constituir el
ciclo bretón, narrándose también las hazañas que conquistan al
rey Artús la envidiada gloria de ser el primero de los paladines
de la Tabla Redonda. Los gigantes de aterrador aspecto é in-
1 El autor y propagador de esta teoría fué el inglés Tomás Warton en
su History of english poetnj , from the cióse ofthe eleventh to the commen-
cement of the eighteenth (Londres, 1775), donde consagra una disertación
entera á investigar the orígin of romantic fiction in Europe (t. I, al prin-
cipio). Mr. de Ginguené extracta ésta disertación en el cap. III, 11.^ Par-
te de su Hist. litter. d'Italie, t. IV.
2 Warton asegura que los MSS. sobre que se fundó la Crónica de
Monmouth estaljan en efecto eii lengua bretona ó armoricana, llevando el
título de Bruty-Brenhined. Hallólos en 1100 Gualtero ó Walter, entendido
diácono de Oxford, que viajaba á la sazón en Francia, y llevándolos á In-
glaterra, los comunicó tiempos adelante á Godofrcdo de Monmouth, así lla-
mado por ser arcediano de su Iglesia, al cual han designado algunos auto-
tores (Roquefort Flamirecourt, État de la poésie frauQüise dans les XII
et XIII siécles. III.* Parte, cap. I ), con el nombre de Godofredo Artur. — ■
La última aserción del texto se halla en la pág. 9 del t. I. de la Ilisloria
de Warton.
8 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPANOLA.
contrastable poderlo, reservados para enaltecer con su inespera-
da humillación los triunfos de los caballeros ; los dragones mara-
villosos, cuyos terribles combates llenan de pavor los corazones
más esforzados; los portentosos encantamientos y las misteriosas
y enigmáticas profecías de Merlin, en que se mencionan leones,
sierpes y vestiglos, consultándose el no entendido canto de las
aves, cual seguro oráculo ; las sorprendentes metamorfosis pro-
ducidas por este encantador, en virtud de filtros, brevages ó
yerbas mágicas ; y por último, aquel valor intrépido é irreflexivo
que ni conoce el peligro, ni se dobla al infortunio, ni cede á la
invencible ley de la fuerza..., todos estos gérmenes existen en
efecto en la Crónica de Monmouth, anunciando que han de tener
en breve notable desarrollo i.
Mas no porque reconozcamos dichas circunstancias, será po-
sible admitir la consecuencia que pretenden sacar de ellas los
partidarios de la teoría arábiga: cuando afirman, como un hecho
indubitable, que las obras bretonas, sobre que la expresada cró-
nica se funda, fueron escritas desde el siglo YII, olvidaron lasti-
mosamente que no aparecieron los soldados de Tariq y de Muza
hasta el siglo YIII al frente de la antigua Europa, no siendo por
tanto imaginable que trajeran al seno de la misma elementos
que antes de su venida se reflejaban ya en las producciones del
arte y que hablan necesitado de largo tiempo para vivir en las
tradiciones populares 2. Ni anduvieron más cuerdos, al suponer
1 Puede consultarse lo que dicen sobre este punto los citados Warton,
Ginguené y Roquefort, y con ellos Mr. de la Hue en su DiscrtciHon sur
Bobert Wace, inserta en el t. XII de las Memorias Arqueológicas de la
Academia de Caen; Mr. Mallet en su Introduction á la Historia de Dina-
marca, y Mr Graber de Hemsó en su Saggio Istorico, que mencionaremos
después. La crónica apellidada de Monmouth, aunque plagada de ficciones,
ofrecía no obstante cierto sentido histórico, comprendiendo la genealogía de
los príncipes galeses (\velches) desde el troyano Bruto hasta Cadwalladér,
que alcanza al siglo VII, Fué impresa en 1508 y 1517 en Paris (fól. y 4.°)
con el título siguiente : Britanniae utriusque regum et principum origo
et gesta insignia ab Galfrido vionernutensi ex antiquissimis Britannici
scrmonis monumentis in latínum traducía.
2 El indicado Warton atribuye no escaso valor en esta suerte de mito-
logía romántica á las enormes piedras que existen en Irlanda y Escocia, y
II.* PAUTE, CAP. I. MEYAS TRANSE. DEL ARTE ERUDITO. 9
que el expresado sistema habia fructificado en la España cristia-
na, antes de salvar los Pirineos para comunicar su aliento á
otras literaturas ; pues no solamente dejaban en completa oscu-
ridad el camino que llevaron aquellas ficciones, al verificar el in-
dicado tránsito, sino que ni apuntaron siquiera en qué monu-
mentos del arte español habían dado señales de vida; requisito
sin el cual venia por el suelo toda hipótesis, quedando despojada
del racional fundamento de la historia. Verdad es que era esto
de todo punto imposible: la literatura española, ya en su mani-
festación latino-eclesiástica, ya en la vulgar, no posee antes del
siglo XIV monumento alguno que se asemeje á la Crónica de
Monmouth, careciendo de apoyo aquella aventurada opinión, no
más consistente por cierto, al referirse al ciclo carloicingio.
Es la crónica del arzobispo Turpin, compuesta en sentir da
los más doctos críticos por un monje del siglo XI, la base ge-
neralmente conocida de cuantos poemas ensalzan el valor y la
fama de Cárlo-Magno y de sus doce Pares ' . La analogía de sus
ficciones con las fábulas de los libros arábigos (dicen unos) no
puede ser más sensible: la historia del Emperador y de Roldan
(añaden otros) fué llevada de España á Francia, antes de ser es-
que seg-un las tradiciones populares estaban dotadas de cierta virtud mági-
ca : supónelas ya trasportadas por gigantes de las costas de África, ya
por los encantamientos de Merlin. Aunque el sentido popular, viciado algún
tanto, buscase la explicación del respeto que le inspiraban dichas piedras,
en accidentes sobrenaturales^ no es posible dudar que ese respeto es heredi-
tario en las regiones de Gaula y Cornualla, y nacido del verdadero objeto,
á que estuvieron primitivamente consagrados dichos monumentos. Todo el
mundo sabe ya que esas piedras encantadas fueron altares, piras y templos
de los antiguos celtas, distinguiéndose, según sus diversas aplicaciones, con
los nombres de men-hires, dólmenes, alineamientos, piedras giratorias ú
horadadas, etc. Por manera que, cualquiera que fuese la trasformacion ex-
perimentada en la estimación del vulgo por este linage de tradiciones, siem-
pre habrá necesidad de confesar que no reconocen su origen entre los ára-
bes, quienes nada tuvieron que ver con aquellos países.
1 La Crónica de Turpin ó Tilpin se supuso escrita en el siglo IX; pero
nadie ignora ya que sólo apareció durante el Xí, con el nombre supuesto
de aquel arzobispo, que jamás existió en la Iglesia de Francia. La autori-
dad de Voltaire ha sido de mucho peso en esta disquisición crítica (Essai
sur les Moeiirs ct Vcsprit des nalions, 1. II, cap. XYj.
10 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
crita por el famoso arzobispo de Rheims * : las maravillas de las
hadas, la creación de los gigantes invulnerables, la invención de
las armas encantadas y de los mágicos talismanes (observan
estos) corresponden de lleno á la poesía del Oriente : la crónica
fabulosa de Tur pin y la no menos peregrina de Monmouth (ase-
guran aquellos) son el fundamento de todos los poemas de la
caballería ^. En ellas (prosiguen) aparecieron por vez primera
los caracteres principales y las fundamentales ficciones que han
ministrado tan abundante materia á este linage de composiciones
poéticas. Ningún libro liabia hablado antes en Europa de gigan-
tes y encantadores, de dragones y fantásticos vestiglos ; y pro-
viniendo sin duda todas estas novedades de una misma fuente,
fuerza es convenir en que sólo pudieron derivarse de la literatu-
ra oriental, representada por los árabes ^.
El procedimiento parece lógico, una vez admitido el princi-
1 El celebrado prior de Vig-eois, muerto en el último tercio del siglo XII,
afirmó que la referida Crónica, ó al menos el ejemplar que él vio por vez
primera, era originario de España ; y esta aseveración, á que daba cierto
peso la misma antigüedad, ha sido motivo de largas disputas, declarándose
Analmente la cuestión de todo punto insoluble (Roquefort, De la ])oésie
franQoise dans les sueles XII et XIII, pág. 137). Lo admirable, en nuestro
concepto, es que se haya suscitado.
2 Dado que todas estas maravillas reconocieran por única fuente las re-
giones orientales, ¿ seria posible concluir en buena crítica que sólo se co-
municaron á Europa por medio de los árabes?... Adelante veremos cuan in-
fundado es semejante aserto, que desvanece por otra parte la misma historia
de la civilización arábiga en nuestro suelo. En cuanto á serlas crónicas re-
feridas la única base de las ficciones caballerescas, recordaremos aquí las
historias romancescas de Thelesin y Melkin, aducidas por el célebre Huet
en su Origine des Romans, para refutar la opinión del docto Saumaise, uno
de los más entusiastas arabistas. Ambas historias contenían los hechos y em-
presas del rey Artús y de los caballeros de la Tabla Tíedoíirfa; y aunque no
está comprobada su existencia, prueba el indicado testimonio que no fué
para todos los escritores tan clara, como pretendieron los partidarios de la
influencia árabe, la cuestión que daban ya por resuelta.
3 Ginguenc, Ilist. litt. d'Italie, Parte II, cap. III. Sin embargo de apa-
recer inclinado á este sistema, vacila no poco al qullalar los hechos en que
se fundan los contrarios, limitándose en consecuencia al mero oficio de ex-
positor.
II.* PARTE, CAP. I. MEYAS TRANSE. DEL ARTE ERUDITO. 11
pió; mas sobre no apoyarse en uno de esos hechos que cierran
el camino á toda discusión, no sabemos hasta qué punto podrá
resistir la prueba de la teoría, que acudiendo á las venerables
tradiciones de la antigüedad clásica, niega virtaalmente cuantas
hipótesis ofendan la continuidad moral de la historia. ¿Por qué
cerráis los ojos á las obras del arte homérico y á la historia y
mitología greco-romana, para no ver en ella esas ficciones, cuyo
origen oscurecéis con las nieblas de vuestros gratuitos siste-
mas?... ¿Habláis de terribles gigantes? Pues ningunos pueden
poner más espanto en el ánimo de los hombres que aquellos, de
quienes se dijo que osaron levantar el Pelion sobre el Osa, para
arrojar á los dioses del Olimpo ; ningunos han recibido mayor
fama en las producciones del arte que Polifemo y Caco, que Ty-
cio y Anteo. ¿Tratáis de magos y encantadores?... Pues recor-
dad las maravillas obradas por Circe y Calypso, Medea y Tyre-
sias. ¿De monstruos y dragones?... El Cancerbero y la Hidra de
Lerna, la Serpiente Pyton y la Esfinge Tebana, el Dragón de las
Hespérides y el del Bellocino de Oro, los Centauros y el Mino-
tauro os dirán hasta qué punto llegó la fantasía de los poetas
griegos en este linage de creaciones. ¿De escudos terribles, de
armas encantadas?... Traed á la memoria la egida de Minerva,
los escudos de Aquiles y de Eneas, la lanza del hijo de Peleo y
las flechas de Filoctetes. ¿De héroes invulnerables?... Aquiles
sólo puede recibir la muerte por el talón, así como Ferragús
sólo puede ser herido en el ombligo; Eneas camina entre las fle-
chas griegas y las llamas que devoran la mísera Ilion, sin que
llamas ni flechas puedan causarle enojo ; Messapo, prole de Nep-
tuno, es superior al hierro y al fuego. ¿Ponderáis finalmente las
profecías de Merlin?... Comparad, sin embargo, con ellas los
oráculos de las Sibilas ^.... Héaquí (prosiguen los partidarios de
1 Esta enumeración es susceptible de extenso desarrollo desde las
transformaciones de Júpiter hasta las de Proteo y Glauco. La mitología,
sistema completo y altamente hermanado con la ciencia del mundo anti-
guo, no se borró de la memoria de los hombres tan fácilmente como se ha
supuesto, así como no pudo borrarse la noción de la misma ciencia, por
grande que fuera la oscuridad de la barbarie. San Isidoro en España, Beda
en Inglaterra y los académicos de Cirio-Magno en Francia atcslie-uan
12 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
la teoría clásica) cómo antes de que se escribieran las famosas
crónicas de Monmoulh y de Tiirpin existían en el seno de la so-
ciedad europea todas esas ficciones que sirvieron de fundamento
al sistema poético desarrollado en los libros de caballerías.
En el siglo Xí, en que estos nacieron (replican sin embargo
los arabistas), yacian en olvido profundo Homero y Virgilio; no
poseia Europa manuscritos del poeta griego, y los del poeta lati-
no estaban envueltos en el polvo de las bibliotecas de algunos
conventos, no frecuentadas de los eruditos ^. Pero aun cuando
este aserto pudiera admitirse, dando por sentado lo que no es
histórico ni simplemente verosímil, á saber, que liabia llegado á
borrarse del todo la tradición docta de la literatura clásica ; aun
cuando semejante afirmación se establezca, al tratar de libros es-
critos precisamente en lengua latina, todavía conviene reparar
en que, trasmitidas de edad en edad las supersticiones del mun-
do antiguo, y con ellas todas las artes goé ticas, según en varios
pasages va demostrado, no es propio de críticos que aspiren al
título de filósofos el desconocer que debían vivir en la memoria
de las gentes todas esas ficciones creadas por la fábula, por más
que la distancia y la oscuridad de los tiempos las alterasen y
desfiguraran. Y cuando los mismos sostenedores de la teoría que
esta verdad. Los que juzgan que la edad-media cortó con el mundo antig-uo
toda comunicación, niegan las leyes morales de la historia y hacen im-
posible toda explicación filosófica de aquel maravilloso movimiento intelec-
tual, conocido con el nombre de Renacimiento. Ni ¿cómo se comprenderla
por otra parte la existencia de ciertos poemas, meramente clásicos por su
asunto, aun en la literatura del Norte? ¿Qué sig-nificaria por ejemplo la
Eneida de Enrique de Veldekc, la Guerra de Troya de Conrado de Wurz-
hourg y más adelante las Mclhamoriiliosis de Alberto de Halberstadt?...
Verdad es que al negar absolutamente las tradicionos clásicas en la edad-
media, se ha perdido de vista que la Crónica de Monmouth y el Román du
Brut, que citaremos después, fundan toda su narración en la venida á In-
glaterra de un hijo de Ascanio, nieto por tanto del piadoso Eneas, cantado
por Virgilio.
1 Puede admitirse este aserto respecto del cantor de Aquiles, aun cuan-
do nunca con la excesiva latitud que le dá Ginguené, á quien principal-
mente aludimos {Hist litt de Ital., t. IV, cap. cit.): no así en lo tocante á
Virgilio, por grandes que fueran las tinieblas do los siglos X y XI en or-
den á las letras latinas.
U.* PARTE, CAP. I. MIKVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. lo
súlo concede á los árabes la trasmisión de los expresados elemen-
tos, confiesan paladinamente que antes de pasar á las dos cróni-
cas latinas, ícnian ya cuerpo y valor en las obras de la muche-
dumbre, no será ilógica ni aventurada conjetura la que apoyada
en el natural desenvolvimiento de la historia, conceda á la tradi-
ción clásica cierta intervención en el nacimiento de aquel sistema
poético.
Decimos cierta intervención, porque así como es para nosotros
insuficiente la teoría de los filo-arábigos, para explicar satisfac-
toriamente este fenómeno literario, así también carece de fuerza
y de eficacia para llegar al mismo fin la de los clasicistas, aun-
que no podamos negar que esos elementos heredados del antiguo
mundo podian nuevamente combinarse para dar vida, aun bajo
distintas leyes, á las producciones de la fantasía. Mas no bastan-
do por sí solos á formar un sistema tan completo como el que se
revela en los libros caballerescos, necesario es volver la vista á
distinta fuente, saliéndonos al encuentro la teoría de los que la
han hallado en los pueblos del Norte. Grande aparato de erudi-
ción histórica y etnográfica despliegan estos ^, para exponer su
opinión, remontándose á los tiempos del famoso rey del Ponto y
del más celebrado Odino (Sigge Fridulfson), y partiendo de las
conquistas llevadas á cabo por este legislador asiático en la Ru-
sia europea,' en las regiones septentrionales y occidentales de
la Germanía y en Dinamarca, Suecia y Noruega -. Odino, gran
1 Consúltoso sobre este punto el muy aprcciable Cuadro de la litera-
tura del Norte (Tablean etc. Paris 1S53) de Mr. F. G. Eichhoff, Sólo des-
pués de contar muchas obras escritas bajo la pauta de este excelente libro,
podrá lleg-arse á pronunciar la última palabra en cuestiones de oríg-cnes.
El fundamento capital de ella estriba en los estudios etnográficos.
2 Warton, que según va notado, es uno de los más disting-uidos parti-
darios de la influencia arábig-a, toma sin embargo en cuenta estos hechos,
llegando á resolver que lejos de destruir su primitiva teoría, la apoyan y
esclarecen, por reconocer las ficciones de árabes y escandinavos, que vamos
á indicar, un mismo origen en las regiones del Asia. Si esto es asi, claro
parece que lo mismo podria decirse de las ficciones mitológicas; y constan-
do que los pueblos del Norte tienen verdadero contacto histórico con las
naciones en que florece el sistema poético de que tratamos, no hay para
qué martirizarse en buscar, como peregrino, lo que al cabo llega á ser propio.
14 HISTORIA CniTiCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sacerdote, discreto cultivador de las letras, gobernador sobrio y
justo, logró introducir en todas aquellas comarcas, con honda
veneración de los naturales, la religión de sus mayores, modificó
la aspereza de sus rudas costumbres, y no sólo les hizo adoptar
el culto y las leyes, sino también la lengua ^.
Era natural consecuencia de todos estos hechos que las ideas,
las tradiciones y los sentimientos del pueblo de Odino echasen
profundas raices entre los escandinavos, por más que el referido
conquistador y sus sucesores procurasen no lastimar sus institu-
ciones primitivas 2. Creian los compatriotas de aquel príncipe
que presidian al nacimiento y ulterior destino de los hombres
ciertas hadas (walkyris); y admitían igualmente la mediación de
los genios de luz (alfes), habitadores de la región celeste y de los
genios negros (hales, sombras) que moraban en la tierra. Un
dragón alado y negro, de tremendas garras é insaciables fauces,
devoraba los cuerpos de los infelices que morían en pecado : es-
pantosos gigantes (iotes ó iotum) dominaban las montanas ; as-
tutos enanos (dverges) guardaban las cavernas, haciendo unos
y otros perpetua guerra á los hombres. Semejantes creencias,
canonizadas por el respeto del fanatismo que rodea el nombre de
Odino ^, arraigan con los demás dogmas de aquella región orí-
1 El efecto producido por la conquista de Odino en las reg-ioncs del
Norte, ha sido compendiado por el docto Eichhoff en estas palabras: «Do-
sminando, al parecer de los escandinavos, toda la tierra, rodeado de los
»Ases ó jefes divinizados que forman su cortejo celeste, vencedor de los ge-
«nios malhechores, aunque sin tregua amenazado por ellos; — resume en sí
«respecto de los expresados pueblos, el heroísmo que afronta los obstáculos,
»]a perseverancia, que los domina, y sobre todo la discreción, que los evita.
(Tableau, pág'. 36). La gratitud de los vencidos eleva al vencedor á la es-
fera de la divinidad, circunstancia que hace realizable la influencia inusi-
tada que los historiadores le conceden. No se olvide que lo último que pue-
de perder un pueblo, es la lengua hablada por sus mayores.
2 Esta opinión apunta Mr. Gráberg en su Saggio Istorico sugli scaldi ó
antichi poeti scandinavi {Visa. ISll), fundándose en muy valederas razo-
nes (pág. 47 y 48). Todo convence de que Odino era un conquistador ex-
traordinario.
3 Mr. Eichhoff observa que la voz IVodan, cuya raíz odh ó wuth pe-
netra en todos los dialectos germánicos, y cuya significación es la de pen-
samiento, acerca á Odino al Boudha de los indios, genio de la sabiduría.
II.'' PARTE, CAP. I. NXEVAS TRAXSF. DEL ARTE ERUDITO. 15
ginaria del Asia, en el suelo del Norte, derramándose en breve
á la mayor parte de las regiones germánicas. Allí encarnan en
las primitivas tradiciones, y comunicándoles especial colorido,
animan por largo tiempo el harpa del poeta (skaldo), mezclándo-
se á los recuerdos heroicos é infundiendo nuevo espíritu á los
guerreros. AUi se connaturalizan y robustecen con las supersti-
ciones populares, que se reflejan enérgicamente en los cantos
del Edda ^ ; y al mismo tiempo que empieza á disiparlas la luz
del Evangelio, aparecen á la faz de las demás naciones, conduci-
das á Inglaterra por la espada de los sajones y daneses, llevadas
á Francia por las falanges de los normandos. Poco después reco-
gía Semundo Sigfuson las últimas reliquias del arte inspirado
por los dioses de Odino, levantando á la antigua cultura del Nor-
te el sencillo y grandioso monumento, donde se hallan escritos
con duraderos caracteres los nombres de Thor, Balder y Freyr 2.
llamado así del verbo ¿)í<rf/i, concebir. Aproxinaado por esto nuevo camino
á la divinidad, viene á ser el centro de aquella especie de mitología, cuyas
principales ficciones, en la relación poética Cjue vamos estableciendo, que-
dan ya indicadas.
1 Desde el primer canto de este peregrino y misterioso libro, que es la
volopsá ó visión de Vala, manera de Génesis del pueblo escandinavo, se
encuentra ya el vario aparato de enanos, que nacen de la sangre de Brimer
(estr. XII y siguientes) y de Dvalin (estr. XYII) ; de hadas^ entre quienes
resplandecen Skulda, Skogel, Gunar, Hildar y Gondel, consagradas al
príncipe de los combates (estr. XXIV); de magas, tales como Gulvege, que-
mada tres y más veces y protectora siempre de la raza de los malvados
(est. XXV y XXVI); de gigantes, entre los cuales es notable la vieja Gygur,
habitadora de la selva de hierro (estr. XXXVlí); de serpientes y dragones,
tales como Yorraungand y Nidhogre (est. XLV y LlI); y finalmente, de pa-
lacios de oro, gallos encantados, perros, águilas, rios, árboles y otras mil
creaciones de la fantasía, tipos todos que derivados, según notaremos, á ci-
vilizaciones más occidentales, pudieron tener notable influencia en el des-
arrollo del sistema poético, adoptado por la literatura caballeresca.
2 Sigfuson existió por los años de 1100 y fué designado con el nombre
de Sabio. Fugitivas á Irlanda las reliquias de los antiguos escandinavos,
refúgianse en aquella isla solitaria los sacerdotes del culto odínico, que
conservaban las primitivas tradiciones: propagada al cabo la luz del Evan-
gelio por San Bonifacio, San Anscario y sus discípulos hasta el centro de
dicha isla (siglo XI), hallan los dogmas escandinavos su último intérprete en
Semundo, quien escribiendo las cartas religiosas, liga a la posteridad el me-
IG mSTOUIA CRÍTICA DE LA LITÉRATUUA ESPAÑOLA.
Por esta doble senda, que parte de un mismo punto, se de-
rivan, pues, en sentir de muy doctos escritores, á las Islas bri-
tánicas y á la Francia del siglo X las peregrinas ficciones, que
toman carta de naturaleza en la antigua Bretaña, y que animan-
do las historias fabulosas reunidas por él obispo de San Asaph
en su famosa crónica, se transfieren al suelo de Gales y á las co-
marcas de Gornualla, engendrando en una y otra parte los poe-
mas de la caballería. Sin duda es este sistema el que más pare-
ce acordarse con la ley histórica y providencial que preside los
destinos de la humanidad en el progresivo desarrollo de su múl-
tiple y complicada cultura; aquellos elementos poéticos, aquellas
misteriosas tradiciones que se hallaban amenazadas de muerte
en el suelo, en que fructificaron por largos siglos, carcterizando
ia religión y las costumbres, — venian ahora á fecundar nuevas
civilizaciones, sometiéndose á los fines ulteriores de las mismas.
Sin embargo, por más vitalidad y energía que trajeran todas
estas ficciones, por grande que fuese la sensación que produjeron
en el ánimo de los pueblos, á cuyo seno eran trasportadas, poco
ó muy pasajero efecto hubieran logrado en las esferas del arte,
á no hallar en cierto modo preparado el terreno por el recuerdo
Vago, pero constante, de otra mitología, cuyas divinidades y fun-
damentos, si bien se mostraban en lo exterior desemejantes á los
de la religión de Odino, ofrecían notable armonía y unidad en el
fondo í. Pudieron de este modo hermanarse, para conspirar á un
raorable libro que recibe el nombre de Edda (ley sagrada). Véase el citado
Eichhoff, pág-. 42.
1 «La cosmogonía y loa genios elementales que sirven para figurar la
«creación (dice el docto Eichhoff), nos parecen remontarse, así entre los
1» germanos como entre los celtas, entre los romanos como entre los griegos,
»á la más apartada antigüedad, á. las tradiciones primitivas de Asia im-
wportadas por los primeros colonos» (pág. 34). Partiendo de este principio,
establece notables analogías entre los diversos sistemas tcogónicos de grie-
gos, romanos, celtas, germanos y escandinavos, mostrando así los lazos que
unen el antiguo simbolismo oriental y las divinidades astronómicas de la
India, la Asiria y el Egipto con las de Grecia y Roma, no menos que con
las de los germanos, celtas, vendas é iberos. Esta correspondencia interior
de los espíritus, aunque interceptada á menudo por las grandes catástrofes
de la humanidad y por la irresistible fuerza de los tiempos, no por eso ca-
Il/ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSE. DEL ARTE ERUDITO. 17
mismo fin, los ricos y variados elementos que legó al morir el
arte clásico á las generaciones de la edad-media y los elementos
que traídos del Norte, refrescaban esa misma tradición con nue-
vos gérmenes de vida. La teoría de los clasicistas, más funda-
mental , más histórica que la de los partidarios de la influencia
omnímoda de los árabes, se enlaza estrechamente con el sistema
de los que atribuyen á los normandos, daneses y sajones directa
participación en el desarrollo de la poesía caballeresca *.
Mas dados ya todos esos elementos y admitida la fusión de
todas esas ficciones, que aumenta y multiplica la juvenil fantasía
de los pueblos que los i-eciben, ¿podia decirse que estaba forma-
do el sistema poético, revelado por los libros de caballerías?....
Cualquiera que fuese el brillo y la riqueza de esa manera de mi-
tología, que contribuye á crear la máquina exterior del arte,
jamás hubiera llegado á producir verdadero sistema literario,
sin hallarse subordinada á principios fecundos, capaces de en-
cerrar en sí y revelar vigorosamente el espíritu y la vida inte-
rior de la sociedad, en cuyo seno iba aquel á manifestarse. La
poesía caballeresca tiene su más firme apoyo en el feudalismo.
tluca y desaparece del todo, dando en un dia determinado sorprendentes re-
sultados, cuya explicación seria absolutamente imposible, sin acudir á las
fuentes primitivas de la historia, reconstruyendo las mismas tradiciones por
medio déla ciencia etnog-ráfica y la filológica. Así debe suceder, en nuestro
sentir respecto de las investigaciones que vamos indicando.
1 La cohorte, distinguida por cierto, de los arabistas, ha sido reforzada
por no escaso número de críticos, que reparando en la absoluta falta de
pruebas con que se exponía aquel sistema, han apelado á las Cruzadas para
darle nueva luz y mayor autoridad. No queremos plaza de arbitrarios en el
estudio de la historia, cualesquiera que sean sus relaciones con la civiliza-
ción; pero si pudieron las Cruzadas tener alguna influencia en el perfeccio-
namiento, ó mejor dicho, en el acopio de los elementos que constituyen la
máquina literaria de la poesía caballeresca, no se olvide que ya antes de
emprenderse la primera de aquellas expediciones se hallaba fundamental-
mente organizado el sistema feudal, base principalísima, conforme á conti-
nuación veremos, de aquella literatura, y que no sólo se habían consumado
las conquistas de sajones y daneses, sino también las famosas expediciones
de los normandos, tomando estos asiento en las regiones occidentales. El
influjo de las Cruzadas no pudo en consecuencia ser primitivo, como parece
indicarlo el empeño de los que las citan al propósiío.
Tomo v. 2
18 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
Nacido este del centro de la barbarie é hijo por una parte del
valor individual y por otra del total olvido de las ideas del dere-
cho y de la organización militar que reciben las nuevas comar-
cas, en que es dividido por los pueblos del Norte el imperio de
los Césares romanos, tiene su origen en los beneficios militares
creados para defensa de las fronteras ; beneficios que hubieron
de distinguirse con los títulos de ducados, marcas, condados y
baronías ^. Ensayado acaso por vez primera entre los lombar-
dos, comprimidos al par sobre las orillas del Pó por los empera-
dores de Oriente y por los pueblos septentrionales, que iban ca-
yendo sucesivamente sobre el centro de Europa, propagábase en
breve este sistema á las regiones de la Germánia, donde hallaba
incremento en las mismas costumbres, y extendíase también en-
1 Entre las teorías más ó menos brillantes que se han inventado para
explicar el origen del feudalismo, llama nuestra atención la que expone el
disting-uido Mr, Guizot en su Historia general de la civilizacio7i europea.
«Establécese (escribe) el señor feudal en un paraje solitario, ya en la cima
»de un monte, ya en el centro de una selva : allí construye su morada que
«rodea de altos y gruesos muros: enciérranse con él su muger, sus hijos y
«acaso algunos hombres libres que carecen de bienes de fortuna y gozan
»de su especial aprecio. Alrededor ó á los pies de este castillo se agrupa
«una corta población de colonos ó de siervos que cultivan las tierras de su
«señor: en medio de este pueblo coloca la religión una iglesia y lleva á ella
»un sacerdote. En los primeros tiempos del régimen feudal este sacerdote
«es á la vez capellán del castillo y cura del pueblo: dia vendrá en que se
«separen estos dos caracteres y en que el pueblo tenga un sacerdote que se
«albergue junto al atrio de su iglesia. Hé aquí el origen y creación de ese
«nuevo estado, el elemento primordial del feudalismo.» Hasta aquí Guizot.
Pero semejante teoría, si halaga por un momento la imaginación, no satis-
face la razón histórica. El feudalismo es un hecho de fuerza, y como tal sólo
debe buscarse en la fuerza su verdadero origen : así únicamente debe ser
considerado como inmediata y natural consecuencia de la organización guer-
rera que recibe Europa, á efecto de las sucesivas invasiones de los pueblos
septentrionales ; y ya existan en el seno de la antigua sociedad gérmenes
más ó menos sensibles, como pretenden algunos, ya los traigan los pueblos
germanos, ya se desarrollen de este ó del otro modo, siempre habrá de re-
ferirse su manifestación en el seno del continente europeo á la constitución
indicada, no siendo posible su establecimiento y desarrollo por otra senda,
ni habiendo otra manera más racional y sencilla de explicar este fenómeno^
político de los tiempos medios.
ri.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 19
tre los francos, apareciendo ya grandemente robustecido al co-
menzar del siglo VIIÍ.
Ni tardó mucho en ser adoptado en las demás naciones de
Europa, siendo en verdad digno de^notarse que al reunir Cárlo-
Magno bajo un mismo cetro la mayor parte de ellas, lejos de
destruirlo, como parecía demandarlo la política del imperio, con-
tribuyera, bien que indirectamente, á fomentarlo. La debilidad
de los sucesores de este gran príncipe, y sobre todo las vergon-
zosas discordias de los hijos de Ludovico Pió, á que pone desas-
troso fm la batalla de Fontenay [845], trocaron aquella consti-
tución militar en instrumento de bárbara anarquía, establecién-
dose de hecho y de derecho el feudalismo, y rompiéndose del
todo, ó siendo enteramente ilusorios los lazos del señorío y va-
sallaje, que hablan existido hasta entonces entre los magnates y
los reyes. «Vióse cada réííno de Europa (dice al propósito un es-
»critor respetable) dividido y subdividido en inmenso número de
«pequeñas soberanías, subordinadas unas á otras en la aparien-
»cia, pero que realmente no reconocían ni para obedecer ni para
"mandar otro principio que la fuerza y el atrevimiento. Los pue-
»blos estaban esclavizados; los reyes sin poder; las guerras en-
»tre barones grandes y pequeños eran continuas: la anarquía
«perpetua. En Inglaterra conservaron los reyes más influencia;
«porque Guillermo el Conquistador la dividió en gran número de
«baronías, y siendo cada una pequeña, ningún barón pudo igua-
«larse con el monarca ni en autoridad ni en riquezas. Pero el
«resto de Europa estaba sumerjido en el más lastimoso desór-
«den. A este sistema de cosas, á esta perpetua descomposición
«del poder soberano, á esta anarquía universal, á esta combina-
«cion de fuerzas débiles que obraban sin concierto, ni régimen,
«dan los publicistas el nombre de gobierno feudal. Su siglo de
«oro fué desde el reinado de Ludovico Pió hasta el de San Luis,
«época muy difícil de estudiar, pero muy importante, porque en
«ella está contenida la suerte ulterior de las naciones moder-
»nas 1.
1 Don Alberto Lista y Aragón, Memoria sobre el feudalismo en España,
Revista Universal, t. II, pág-. 7.
20 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Erigido el feudalismo en poder, á nombre de la libertad y de
la independencia de unos pocos, fué pues el más duro instrumen-
to de la opresión, egercida impunemente por el fuerte y el pode-
roso sobre el menesteroso y el débil. Sólo era ley el capricho: la
seguridad pública y la seguridad doméstica existían únicamente
en la fuerza. Pero esta ley de hierro y de violeiicia debia al cabo
hallar en la tierra antídoto y correctivo : almas elevadas y gene-
rosas, que reprenden y condenan en secreto tan cruda opresión,
exaltadas por el doloroso espectáculo de la virtud y de la inocen-
cia, torpemente vilipendiadas, se alzan en medio de la universal
servidumbre para rechazar tamaños desmanes. Un solo camino
existia para llegar al término presentido : era la fuerza la fuente
única, la única fórmula de derecho respecto del feudalismo : la
fuerza debia por tanto ser empleada para dar cima á tan noble
y meritoria empresa : la ley del hierroisólo podia ser rebatida
por el hierro, y lo fué. lié aquí cómo nace y se desarrolla el sen-
timiento caballeresco; cómo se forma y organiza aquella resis-
tencia armada que, santificada por la religión, recibe el nombre
de caballería, y que ofreciéndose en holocausto por la libertad
de los hombres, se prepara desde su cuna á sufrir todas las
amarguras y á arrostrar todas las contradiciones, hasta lograr la
emancipación de los débiles y oprimidos.
Protesta tan noble como enérgica debia ser altamente popu-
lar en todas las regiones que gemían bajo el yugo del feudalis-
mo, tendiendo irresistiblemente á enconti'ar la expresión más
adecuada en la literatura de aquellos mismos pueblos. La poesía
caballeresca surgió espontáneamente para satisfacer esta necesi-
dad imperiosa : la caballería era una religión, y su sacerdocio el
egercicio de todas las virtudes : el caballero que merecía por ex-
celencia este nombre, tipo de perfecciones: la fé de su creencia
pura y ardiente, como el celo de la justicia que armaba su dies-
tra; su palabra inviolable; su abnegación profunda; su valor in-
vencible; su amor casto é inextinguible, como la llama de su fé.
Tan altas virtudes le encumbran sobre todos los príncipes y los
reyes de la tierra, haciéndole merecedor del cetro y de la coro-
na: su espada desata los encantos, postra la soberbia de los gi-
gantes, quebranta los formidables dragones, auyenta los vestí-
II.* PARTE, CAÍ'. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 21
glos : las liadas misteriosas, que han arrullado los sueños de su
infancia, vigilan de continuo sobre su vida, dominadas de aquella
fuerza superior, que dirige los destinos de los seres privilegia-
dos; y en una palabra, el mundo de las ficciones y de las mara-
villas es el teatro de su bravura, rodeándole con fantástica au-
reola y engrandeciéndole con el tesoro de las tradiciones populares
la universal gratitud de los oprimidos , que ven en sus victorias
el triunfo de la virtud, y le proclaman en |su entusiasmo ampa-
rador de los desvalidos, escudo de los huérfanos i.
Esta sublime idealización de la caballería, semejante en sus
efectos á la idealización histórica del heroísmo de los caudillos es-
pañoles, es pues el único lazo capaz de unir los diversos elemen-
tos, que han ido acumulando en el seno de Europa los distintos
pueblos que fijan en ella sus moradas. El sentimiento, que hace
brotar tan bella y generosa creación en mitad del caos de la edad-
media, nace directa é inmediatamente del estado de la sociedad
y obedece las leyes históricas de su natural progreso : por eso el
arte que la revela es popular, y sus multiplicadas producciones
llevan tras sí el aplauso de la muchedumbre : por eso, existieran
ó nó las crónicas de Turpin y de Monmouth, hubiera logrado
inevitable desenvolvimiento en las regiones, donde imperaba el
feudalismo con todo el aparato de la fuerza; por eso, en fin, no
tuvo, no pudo tener la misma importancia en aquellas naciones,
donde causas sin duda providenciales establecían en la sociedad
cierta manera de equilibrio, y donde podía el pechero de hoy
elevarse mañana, por medio de su valor ó de su virtud, á la silla
de sus magnates -.
1 iVo será fuera de sazón el manifestar que hay algunos poemas ó libros
de caballerías, donde bastardean algún tanto los caracteres generales del
caballero, en especial respecto de la pasión del amor. Tal sucede por ejem-
plo en Tristan do Leonis y Lanzarote del Lago. Pero obsérvese que en
estos casos, verdaderamente excepcionales, ceden los caballeros á cierta ley
fatal, superior á toda fuerza humana, no alterando la fisonomía general del
tipa, creado por la fantasía popular é idealizado por el arte.
2 Notando esta capital diferencia el más celebrado crítico francés de
nuestros dias (el ecléctico Villemain), y considerando las dos grandes fami-
lias de héroes, nacidas de las hazañas de Cárlo-Magno 'y de las ejecutadas
por los normandos, imagina otra tercera española, á que da por raiz y ca-
22 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Que esto es así, lo prueba con exuberancia de datos irrecu-
sables la historia de las letras. El siglo de oro del feudalismo es
también el siglo de oro de la poesía y literatura caballeresca; y
ya provengan de la crónica de Monmouth y de la de Turpin, ya
de las tradiciones, cuentos y cantos populares, aparecen los poe-
mas que representan aquella gran lucha entre el sentimiento de
la libertad y el hecho de la opresión, divididos en dos ramas
principales adheridas á, las dos grandes fuentes de tan peregri-
nas ficciones: tales son las ramas designadas arriba con los títu-
los de ciclo bretón y ciclo carlowingio ^.
beza Ruy Diaz de Vivar (Tablean de la litterature du Moyen-age, 1. 1, lec-
ción VII). Villemain determina sin embargo con cierta claridad ios diferen-
tes caracteres de los caudillos españoles y de los héroes fantásticos de la
caballería, manifestando que debe considerarse en los primeros la grandeza
del hombre, mientras domina respecto de los segundos la magnitud de los
sucesos. Esta observación era sin duda suficiente para apartarle de la frágil
teoría que establece: los héroes españoles viven en la historia y para la
historia; piensan, sienten y obran como todos los paladines de la cruz; as-
piran al fin común del pueblo y de la civilización castellana, habiendo por
tanto entre ellos y los de los ciclos fabulosos la distancia que media entre
la optación irrealizable de una sociedad que anhela el bien é idealiza el
instrumento, creado por su fantasía para lograrlo, y el vivo deseo del triun-
fo sobre los enemigos de la patria y de la religión, realizado á menudo por
todos los ciudadanos con la fuerza de las armas. El orden de ideas que unos
y otros personages representan, no puede ser más distinto. Pero aunque no
fuera tal la desemejanza ¿dónde están los sucesores del Cid, que constituyen
en la literatura castellana esa familia de héroes semejante á la de los pala-
dines del rey Artús ó de Cárlo-Magno?... Si lejos de esto Villemain hubiera
dicho, al reconocer los diferentes caracteres de unos y otros, que la apari-
ción de los libros de caballerías produce cierta reacción en el sentimiento
patriótico de los castellanos, según notaremos en lugar oportuno, no hubie-
se logrado la gloria de inventar una nueva teoría; pero se huljiera acercado
á la verdad histórica.
1 Algunos críticos alemanes, y entre ellos el distinguido Mr. Pischon en
su Leitfaden der Deutschen Litcratur (Berlín 1836), estableciendo una cla-
sificación completa de los poemas épicos de la edad-media, los dividen en
seis series ó ciclos principales, á saber: ciclos legendarios, sagrado y pro-
fano, ciclo greco-romano, ciclo franco-romano, ciclo británico y ciclo ger-
mánico. Como notarán los lectores, los ciclos franco-romano y británico
corresponden en esta clasificación á los que representan fuera de España la
literatura caballeresca. Al darles el título de ciclo bretón y ciclo carloicingio ,
nos acomodamos al uso general y constante de los más autorizados escritures.
11.^ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSE. DEL ARTE ETUDITO. 23
Tiene el primero por fundamento la existencia del rey Artús,
último soberano de los bretones insulares, que en una buena
parte del siglo VI [517 á 542] hizo heroicos esfuerzos para de-
fender la independencia de su patria contra la invasión de los sa-
jones. Ligada á su historia, que difunde entre los truveras el
poema de Bruto, escrito por Roberto "Wace [1155], aparece la
del encantador Merlin, hijo de una virgen y del príncipe de las
tinieblas ; y enlázanse con ambas las no menos peregrinas y ori-
ginales de Lanzarote del Lago y de Tristan, sobrinos de tan
renombrado monarca, y la de Joseph Arimathea y de Perceval
de Gttula, dando las últimas origen á la serie de poemas [que
tienen por objeto el Santo-Graal y su Demanda; libros que
constituyen en realidad un segundo ciclo, ofreciendo cumphda
razón de la caballería religiosa i. Compuestos ó traducidos casi
todos durante el reinado de Enrique II de Inglaterra [1154 á
1189], reconocen por autores á diferentes poetas protegidos por
el mismo Enrique, y más de una vez asociados para llevar á cabo
los mandatos de aquel monarca 2. De su corte pasa á la poesía
1 Mr. Fauriel en su Wist. de la poes. provéngale afirma expresamente
que en la milicia religiosa del Gn'al hay una alusión manifiesta á la milicia
de los Templarios. «El objeto, el carácter religioso, el nombre todo se rela-
nciona (dice) entre esta última caballería y la caballería ideal del Graal,
Dhabiendo no poca dificultad en comprender la ficción de la una, si se hace
íabstraccion de la existencia real de la otra» (t. II, cap. XXX, pág-. 439).
Aceptamos esta opinión, por parecemos tanto más exacta cuanto que sin
reconocer la expresada correspondencia entre el mundo real y el mundo
ideal, creado por la poesía caballeresca, sería incompleta la manifestación
del arte. La caballería de la Ig-lesia, institución histórica, que viene á se-
gundar el noble, generoso y trascendental pensamiento generador de la
caballería profana, tal como lo dejamos expuesto, debia tener y tuvo en
efecto digna representación en las producciones de la literatura, engendra-
da por aquel mismo pensamiento ; debiendo observarse que ya en los pri-
meros poemas, que ofrecen la historia del Santo-Graal, tales como las de José
de Arimathea y el Perceval de Gaula, ya en los derivados de ellos, tales
como el Titurel y el Perceval de Wolfram, domina siempre el sentimiento
religioso á toda otra idea, personificándose de una manera digna y elevada
aquella vida de austeras privaciones y de pruebas sublimes, que distingue
en todas partes á las Ordenes militares.
2 Los autores ó traductores referidos son : Lúeas de Gast, que trasladó
el libro de Tristan y comenzó el del Santo Graal [1170 á 1180]; Gasse-le-
24 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITEnATURA ESPAÑOLA.
propiamente francesa la historia de Tristan, enriquecida por
Cristiano de Troya [H91], y tras ella cobran no menor fama las
demás ficciones de la Tabla Redonda en todo el siglo XIII i.
Igual preponderancia y nombradla estaban reservadas al ci-
clo carlowinyio. Dudan los más doctos investigadores sobre la
prioridad de uno y otro, inclinándose no pocos á dar la preferen-
cia al bretón, por hallar en los más antiguos poemas del carlo-
wingio frecuentes alusiones á los caballeros de la corte del rey
Artús; observación de no poco valer en este linage de tareas.
Como quiera, cumple principalmente á nuestro intento el consig-
nar que es Cárlo-Magno (y con él sus doce Pares) el héroe fun-
damental de los poemas y libros de la rama carloim'ngia, resul^
tando de las distintas épocas que constituyen su vida, otras tantas
series de historias caballerescas, en que tienen lugar algunos de
sus ascendientes y no pocos de sus sucesores. A cinco grupos
de acontecimientos capitales pueden no obstante reducirse dichas
series: 1 ." El que forma la historia preliminar de Cárlo-Magno
con la de su padre y abuelos: 2.° El que se refiere á su infancia
y á su juventud: 3.° El que abraza las expediciones fabulosas á
Constantinopla y Roma: 4.° El que atañe á la historia de Es-
paña, á que pone fin la sangrienta rota de Ronces valles; y 5.° El
que encierra las guerras sostenidas contra los sarracenos de la
Blond, que tomó porte en dichos trabajos; Gualtero Map, que puso en fran-
cés el Lanzarote del Lago,' Roberto y Helis de Borrón, que prosiguieron la
traducción de las historias de Joscph de Arimathca, del Santo Graal y de
Mcrlin, publicando además Helís el libro de Palamedes por sí solo, y asor
ciándosc á Rusticiano de Pisa para dar cima á las obras que llevan su nom-
bre. Estas son: el Bruto, puesto de verso en prosa y el Meliadus, padre de
Tristan, el más famoso de los poemas ó libros bretones (Roquefort, De la
•poes. franc. III.* Parte, cap. I, pág', 149 y'siguientcs), de que según obserr
va Fauriel se conocen hasta siete diferentes redacciones (t. II de su Hist. de
la poés. proiK pág-. 425).
I El citado Mr. Fauriel seríala el período de 1100 á 1300 como la época
floreciente de la literatura caballeresca, manifestando que abrigaba la con-
vicción de que algunos de los más célebres poemas ó libros de la Tabla Re-
donda eran ya muy conocidos en 1150 (t. lí, pág. 323 de la referida obra).
Todo convence de la exactitud de las observaciones que vamos haciendo,
con el propósito de aplicarlas á nuestra historia literaria.
II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 23
Península Ibérica en defensa del territorio cristiano ^, Como se
ve claramente, caen bajo esta división todas las historias, deriva-
das de la tantas veces citada de Turpin, enlazándose estrecha-
mente con ellas las colaterales de Los cuatro hijos de Aymon,
Reynaldo de Montalhan, Maugis de Aigremonf, Ogier el Da-
nés, Beuves de Aigremonf, Ganiier de Naníeuil, Aymerico de
Narhona y otras muchas, escritas en el siglo XII y llegadas á su
mayor reputación durante el XIII ''■.
Impertinencia reprensible seria pues la de dudar, en vista
de este doble y completo desarrollo de la literatura caballeres-
ca ^, respecto de los pueblos en que tiene su cuna y adquiere
su natural perfeccionamiento. Gloria es esta que nadie osará dis-
putar con entera justicia á la nación britana, reconociendo aun
mayores merecimientos en la francesa, si bien conviene sentar
1 Añadimos á esta clasificación establecida por Fauriel, el primer miem-
bro que comprende las historias de Berta y Pepino, Flores y Blanca Flor,
ó Buovo'de Ánfora, etc., alg^unas de las cuales constituyen por separado
interesantes, aunque descosidas, narraciones.
2 La mayor parte de los autores de los poemas ó libros del ciclo carlo-
wing-io pertenecen al siglo XIII. Adans ó Adenez, autor del Cleomacles y do
las Mocedades (Enfances) de Ogiero el Danés, de Aymerico de Narbona
y de Berta y Pepino, florece en la corte de Felipe el Atrevido; Giraldino de
Amiens, que prosiguió la última historia con la de Cárlo-Magno , hijo de
Berta, vivia á fines de aquella centuria y principios de la sig^uiente. Lo
mismo sucede á Huon de Villeneuve, que escribió el Reynaldo de Montal-
han y el Garnier de Nanteuü, de que son ramas otros diferentes poemas,
y á quien se atribuyen los Cuatro hijos de Aymon, novela íntimamente
enlazada con la historia del Reynaldo de Montalban, uno de los cuatro per-
sonag-es indicados con aquel título. De cualquier modo no puede estar más
comprobado en la literatura francesa el desarrollo de la caballeresca.
3 El docto Mr. Fauriel establece una tercera categoría de poemas caba-
llerescos, adherida al ciclo carlowingio, si bien con sig-nificacion histórica
. más directa y enlazada con los pueblos del Mediodia de Francia. Son los
principales poemas de esta serie el Guillermo de Orange, Gerardo de Ro-
s'ellon, y otros que habian sido antes colocados entre los poemas mixtos al
lado del Caballero del Cisne, Gerardo de la Violeta, Garin el Loherano etc.
Conste sin embargo que el espíritu que anima dichos libros, como enseña la
bellísima historia de Gerardo de Rosellon, siendo no menos poético que el
de los de caballería, propiamente dichos, está más conforme con la vida
real del pueblo, naciendo de sus más caras tradiciones históricas.
26 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?$OLA.
que estaba reservado á otras naciones, así en la edad-media como
en los tiempos modernos, el recoger el granado fruto de aquel
arte, cuya riqueza é importancia histórica dejamos reconocidas.
Los nombres de Gotfrido de Strasbourg, poeta sentimental y re-
ligioso por excelencia, y de Wolfram d'Eschenbach, cantor elo-
cuente y erudito, tienen señalado lugar en la historia de las letras
alemanas * : el caballero Boyardo y el esclarecido Ariosto dotan
á la poesía, ennoblecida por el Dante, de no perecederos monu-
mentos ^: Cervantes, el inflexible perseguidor de los libros de
caballerías, sublima la literatura castellana con la inmortal crea-
ción del Quijote.
Lejano del suelo de la España Central, distante de la esfera
en que se habia formado el carácter español y en que habia flo-
recido su heroísmo, no puede causarnos maravilla que no se re-
flejara en la vida real, interpretada por los cantos populares, ni
dominase en la esfera de la erudición, espejo indirecto, pero fiel,
de la actualidad histórica de Castilla, el arte que produce esos
multiplicados monumentos. Y no porque dejaran de ser conocidos
de los poetas castellanos y aun de los mismos historiadores : no
porque el pueblo español careciese de toda noticia de los hechos
positivos y aun fabulosos, sobre que se habia levantado parte
muy principal de aquel grandioso edificio ; sino porque á pesar
de los juglares propios ó extraños que propalaban entre el vulgo
algunas aventuras de Carlo-Magno y de los suyos, asociadas di-
recta ó indirectamente á las proezas del héroe popular Bernardo
1 Gotfrido enriqueció la literatura alemana con la historia de Tristan y
de Isolda, á que dio un interés altamente eleg^iaco: Wolfram, el príncipe
de los minncsinger , aclimató en ella con el Titurel y el Perceval, la mara-
vilosa fábula del Santo Graal, levantándola á las esferas de la verdadera
poesía. La infancia del hijo de Gamurct, su 'aparición en el mundo caballe-
resco y sus primeras empresas son altamente ideales y de originalidad ex-
tremada. Recuérdese lo que indicamos sobre este punto, hablando del Libro
del Infa7ite, debido á don Juan Manuel (II." Parte, cap. XVllI).
2 El Orlando Innamorato y el Orlando furioso. No se olvide que an-
tes de llegar á este punto y desde la mitad del siglo XIV habia producido la
literatura italiana algunas obras caballerescas, entre las cuales deben citar-
se / Reali de Francia, Bouvo d'Anlona, La Spagna y otros, que adelan-
te mencionaremos.
II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEl, ARTE ERUDITO. 27
del Carpió *: á pesar de que los historiadores y poetas doctos se
ufanasen, mostrando serles familiares aquellos libros; y finalmen-
te, á pesar de la singular consagración histórica que habia reci-
bido la crónica de Turpin, al ser declarada por Calixto II relación
auténtica de los sucesos que narraba [1122], ofendía virtualmen-
te á la nacionalidad ibérica, encaminada sin tregua á los altos
fines de la reconquista, todo aquel vano aparato de gigantes y
enanos, hadas y genios, dragones y encantadores, habiéndose
menester largo espacio para saborear su lectura, y mayor todavía
para que el anhelo de la imitación abriese las puertas de la lite-
ratura castellana á semejante linaje de ficciones.
Los síntomas de esa tendencia erudita y de esa oposición del
sentimiento patriótico que se pagaba sólo de sus propios héroes,
cuyo valor y cuyas virtudes acrisolaban é idealizaban al par los
conflictos de una guerra dos veces santa, aparecen sin embargo
con extremada claridad en las producciones de la poesía y de la
historia, descubriendo con no menor exactitud que iba la htera-
tura caballeresca haciendo paulatinos, bien que seguros progre-
sos, en la estimación de los eruditos. Documentos irrecusables
de esta verdad hallamos desde los primeros dias del siglo XIII:
Gonzalo de Berceo en la Vida de San Millan compara, y aun
antepone, el valor del rey don Ramiro, vencedor de Clavijo, á
1 Repárese bien en esta relación de los cantos de los juglares que men-»
Clonaban á Cárlo-Magno y de los que enaltecian la indomable bravura de
Bernardo. Como insinúa el docto Wolf en su erudita Introducción á la,
Primavera y Flor de Romances, que dio años atrás á la estampa (Berlin
1S56), los vestigios délos primitivos romances del héroe de Roncesvalles,
que más se conforman con las tradiciones carlowlng-ias, muestran que al pa-
so que no eran estas desconocidas, necesitaban subordinarse al interés na-
cional para ser alg-un tanto estimadas. De aquí provino el que estos can-
tores se fig-urascn á Bernardo de la estirpe privilegiada de Carlos, haciéndo-
le primo do don Bueso, é ingcriéndolo por tanto en la familia de los Doce
Pares. Así el héroe español, igual por la sangre á los del ciclo carlowingio
y excediéndoles en el valor, lograba sin igual estima entre la muchedum--
bre, que se enorgullecía con su memoria; así también, sobrepuesto al inte-
rés de la leyenda el interés de la actualidad poética de Castilla, eran domi-
nados los elementos de la literatura caballeresca por la grande representa-
ción histórica de los caudillos cristianos.
28 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAS'OLA.
lá bravura de Roldan y de Oliveros ^ : Juan Lorenzo Segura
arma al joven Alejandro de encantado acero, vistiéndole una
camisa, fadada con la doble virtud de rechazar toda traición é in-
temperancia amorosa h el autor del Poema de Ferran Gonsal-
ves sublima el esfuerzo de este caudillo, asemejándole á Cárlo-
Magno y Roldan, Oliveros y Reinaldo, Teryn y don Ogiero,
Baldovinos y Guardabuey ^ : don Rodrigo Ximenez de Rada,
aunque desechando las conquistas fabulosas del emperador refe-
rido, consigna la famosa rota de Roncesvalles, sin olvidar al ha-
zañoso Rolando * : el Rey Sabio enlaza á su Grande et General
Estoria la muy renombrada de Bruto é ingiere en la de Espanna
las romancescas aventuras de Mayneto y Galiana, y no desecha
la historia del rey Marsilío, atribuyendo á todas cierta importan-
1 Bercco dice:
412 El rey don Remiro, | un noble caballero.
Que nol vezrien d'esfuereo | Roldan, nin Olivero.
2 Juan Lorenzo Segura escribe:
S9 Fecieron la camisa | (lúas failas cuna mar,
Dléronie dos bondades I por bien las acabar:
Quiquier que la vestiese [ fuesse siempre leial,
Kt nunqua lo podiesse | la luxuria templar.
90 Fizo la otra fada | tercera el briai:
Quando la ouo fecho, | dióse un grant sinal;
Quiquier que lo vesliesse | fuesse siempre leal;
Frió nía calentura 1 nunqual fcciesse mal.
:} Hablando Fernán González de la perseverancia y abnegación del ver-
dadero héroe, observa:
351 Carlos et Baldobinos, | Roldan el don Ojero,
Teryn et Gualdabuey [ et Bernald et Olivero,
Torpyn et don Rinaldos 1 et el gascón Anglero,
Ector et Salamon | et el otro su companero.
3j2 Estos et otros mucbos | que vos é nombrados
Sy tan buenos non fueran, | oy serien olvidados:
Serán los buenos fechos | fasta la Un contados, etc.
4 Lib. IV, cap. X. De Bebus Ilispaniae geslis. Respecto de las conquis-
tas de Cario Magno dice en el mismo capítulo: «Nonnulli, histrionum fabu-
iilis inhaerentes, fcrunt Carolum civilates plurimas, castra et oppida in Ilis-
«paniis acquisisse». Se ve que al mediar el siglo XIH iban cundiendo aun
•Mitre el vulgo las ficciones caballerescas.
II. '^ PAUTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ETÜDITO. 29
cia, no concedida antes á la de C<árlo Magno por el arzobispo don
Rodrigo * : los traductores de la Conquista de Ultramar, sobre
transferir la historia de Flores y Blanca Flor, y la no menos
interesante de Maijnelo y de sus pérfidos hermanos, reproducen
casi íntegra la del Caballero del Cisne, manifestando así que ya
al terminar la expresada centuria, no sólo eran conocidos de
nuestros eruditos los libros de los ciclos Bretón y Carlowingio,
sino también los poemas que tenían por asunto otro género de
ficciones ^. Y no son menos fehacientes los testimonios que nos
ofrecen las obras del siglo XIV : el Archipreste de Hita pondera
los amores de los clérigos de Tala vera, diciendo que les eran sus
amigas más ñeles que Blanca Flor á Flores y á Isolda Tristan ^r
el ingenioso y pintoresco Ramón de Muntaner iguala el denuedo
1 Estoria de Espanna, III.* Parte, caps. V y X de la edición de Ocam-
po. En la Grande et general Estoria se extractan de la referida crónica de
Monmouth, á que da el rey el título do Estoria de las Bretañas, todas las
proezas atribuidas al hijo de Silvio, no olvidadas tampoco las historias de
Corineo y Locrino, de doña Guendolonea y Mandan, Porex y Flérex, Belmo
y Brenio etc. (11.* Parte, fól. 323, III.^, fól. 98, IV.% fól. 112 de los códi-
ces Y. j. 7, 9 y 11 de la Bibl. del Escor),
2 El poema del Caballero del Cisne, de que se hubo de sacar la referida
historia, lleva por título Le Chevalier au Cygne et Godeffroid de Bouillon,
y ha sido impreso en Bruselas [1S54] por Mr. le Barón de Reiffenberg- y
Mr. A. Borírnet. Fué conionzado por cierto poeta llamado Renax ó Renault
y terminado por Gaudon de Douay; y decimos que este poema debió servir
al autor castellano de la Crónica de Ultramar, porque hasta el sig-lo XIV
no fué traducido en prosa. Y aunque el erudito Ticknor opina que habien-
do acabado Douay todo el poema en 1300, cía posible que los capítulos del
Caballero del Cisne se ingiriesen, al imprimirse la Gran Conquista, no es
en nuestro juicio obstáculo la referida fecha; pues que al componerse en la
última década del sig-lo XIII la obra española bajo los auspicios de don San-
cho IV, habia ya escrito Renault la parte principal del mencionado poema,
que es en suma la extractada en la Crónica ó Gran Conquista. Ticknor tro-
pieza en esta dificultad, por haber atribuido dicha obra al Rey Sabio (Véa-
se el cap. XIII de la II.* Parte).
3 Dice el Archipreste, en Ijoca del Tesorero de Talavera, hablando de
su amig-a Teresa:
Um Nunca fué tan leal I Blanca Flor á Flores,
Niñees agora Tristan | á lodos sus amores.
50 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
de don Fernando de Aragón al coraje del conde de Anglería, re-
cuerda las fiestas caballerescas de la corle del rey Artús, al narrar
el celebrado torneo de Figueras, en que desplegó Alfonso IV ex-
traordinaria magnificencia y alude en diversas ocasiones á. las
aventuras de Gofredo y Brunesinda, Ginebra y Lanzarote del
Lago 1 : el casi popular Rodrigo Yañez en su Poema de Al fon"
so XI, dominado del espíritu que iba cundiendo en sus dias y que
hemos visto ya tomar grande incremento con la Crónica Troya-
na, traida al castellano y al gallego, para educación de don Pe-
dro de Castilla, paga en fin más cumplido tributo á esta influen-
cia extraña, valiéndose de la fama de Merlin para profetizar la
muerte de don Juan el Tuerto y el maravilloso triunfo del Salado
y comparando el valor del rey castellano al esfuerzo del celebra-
do Pepino 2.
1 Caps. 147 y 161 déla Crónica. Mr. Fauriel alega otras citas en el
t. IIl, pág-s. 95 y 98 de su Histoire de la poésie provéngale.
2 La profecía relativa al fracaso del infante don Juan, acaecido en
Toro, á que el sabidor Merlin llama Fuente del vino: se halla narrado aquel
atentado al principio de lo que existe de la Historia en coplas redondillas,
analizada en el capitulo XXI de la II.'' Parte, 1. Subciclo.
Dice así:
.4questo dixo Merlin
El propheta del Oriente:
Dixo: el león d'España
De ssangre fará camino;
(Matará) al lobo de la montaña
Dentro en la Fuente del vino.
Non lo quiso más declarar
Merlin el de gran saber;
Yo lo quiero apaladinar,
Como lo puedan entender.
El león d'España
Fué el buen rey ciertamente;
El lobo de la montaña
Fué don Joban, el su pariente.
Et el rrcy quando era niño
Mato á don Joban el Tuerto.
Toro es la Fuente del vino,
A dó don Juan fué muerto.
(Ful. 9 vto.)
Más interesante la que se refiere á la victoria de Tarifa, síg-uese también
á la narración de tan memorable ^batalla. Yañez supone que un sabio
n.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRAXSF. DEL ARTE ERUDITO. 51
Sensible é indubitable era pues el progreso que hacia en la
estimación de los doctos la narración de las proezas y aventuras
de los caballeros de Cárlo-Magno y del rey Artús, apareciendo
todavía más digno de consideración este fenómeno, al reparar
en que habia penetrado el espíritu romancesco hasta en las mis-
mas leyes. El código de las Siete Partidas, escrito al mediar el
siglo XIII y promulgado en 1548, poniendo de relieve el fm di-
dáctico á que su autor aspiraba, consigna que los caballeros «por
maestro, llamado don Antón, muy amigo de Merlin, obtiene la rebelación
indicada, diciendo:
Este maestro sabldor
Assi le fué preguntar:
• —Don Merlin, por el mi amor,
Sepadesme declarar
La profecía de España
Que yo querría saber
Por vos alguna fazaña
De lo que se ;\ de fazer.
(Fól, 62 r.)
La profecía ocupa treinta y seis redondillas, número ig-ual al de las ya
publicadas del expresado poema, y termina con las en que se declara el
nombre del autor, según vimos en el capítulo referido, añadiendo :
Copras de muy buen íablar,
Segund dijo Merlin;
Agora quiero contar
Del rey de Benamarin.
Aludiendo al rey Pepino, dice, al describir la indicada batalla del Salado:
Nin Pepinos, rey de Francia,
Con la su caballería
Non fizo mayor matanza
De la que fué aquel día.
(Fól. 51.)
Antes, testificando de nuevo la fama que todavía gozaba el Poema de
Alexandre, había dicho al ponderar la bravura del rey :
De aqueste fincó nesijia
África syn toda falla;
Alexandre, rrey de Grecia
Non flrió mejor batalla.
(Fól. id.)
52 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
>>que se esforcasen más, tenien por cosa aguisada que los que
«ouiessen amigas que las ementasen en las lides , por que
»)les cresciesen más los coracones et oviessen mayor vergüenza
»de errar»; y admitida la gerarquía de la orden caballeresca,
decia al tratar de las honras que le pertenecían de derecho: «Et
«aun ha otra onra el ques caballero : que después que lo fuesse,
»puede llegar á onra de emperador ó de rey, et ante non lo po-
»drie seer» K No estaba en verdad esta creencia en las costum-
bres, ni en la constitución política de los españoles de la recon-
quista: su historia no presentaba ejemplo alguno de caballero,
que hubiera subido al solio por sus merecimientos personales; y
sin embargo dicha ley era respetada por Alfonso XI, al mediar
el siglo XIV, edad en que á pesar de las protestas populares que
alguna vez formula la poesía ^, sólo esperaba la literatura de los
Rolandos y Tristanes un momento decisivo para tener repre-
sentación, con obras dignas de estima, en la literatura de los
Cides y Fernán González.
Justo parece reparar no obstante en que no carecían de algún
fundamento en nuestra propia nacionalidad las ideas caballeres-
cas. Bien que dirigida por el mismo espíritu de la reconquista k
fin diverso que en extrañas naciones, había echado ya profundas
raices en nuestro suelo la institución de la caballería. Las órde-
1 II. ^^ Partida, lib. XXI, leyes 22 y 23.
2 El P. Ariz en sus Grandezas de Avila insería los siguientes versos:
Cantan de Olivero | c cniílan de Roldan
E non (la Zurraquin ¡ que fué liucn barragan;
Cantan de Roldan | é cantan de Olivero
E non de Zurraquin | que fué buen caballero.
Estos versos que existen en un antig-uo Cronicón de Avila, se suponen can-
lados por los años de 1107; pero sin crítica alg'una, bastando para conven-
cernos de ello el recordar los del Poema, escritos medio siglo después. Aten-
diendo al espíritu que revelan, no menos que á su estructura y al estado de
la leng'ua, los creemos compuestos en época en que el sentimiento de la li-
teratura caballeresca se habia generalizado hasta el punto de excitar una
protesta del sentimiento popular á favor de los antiguos héroes nacionales.
y en este caso dicho se está que sólo pudieron producirse desde la segunda
mitad del siglo XIV en adelante.
II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSE. DEL ARTE ERUDITO. 55
lies militares de Calatrava, Santiago y Alcántara % las no me-
nos celebradas del Templo y de Montesa ^ guardaban en su
historia heroicas hazañas, dignas del más alto aplauso ; aquellos
guerreros que vistiendo la cogulla y viviendo una vida de verda-
dera abnegación, refrenaban do continuo la pujanza sarracena en
castillos y plazas fronterizas, no llevaban por cierto á cabo aven-
turas tan estupendas como las atribuidas á los Roldanes y Olive-
ros, Lanzarotes y Tristanes: ni peleaban con sierpes, dragones
y vestiglos , ni rompian el encantamiento de reinas y princesas
oprimidas, ni descendían al fondo de los lagos para aposentarse
en palacios de cristal, ni obedecían ciegamente el misterioso po-
der de talismanes y amuletos. Su enseña era el pendón de la pa-
tria; sobre su pecho brillaba la cruz del Nazareno, y animados
de un solo pensamiento, peleaban por la libertad de su pueblo
contra el enemigo de su Dios, fiando en su divina protección y
en el brío de sus diestras el éxito de las batallas. Dominado de
este sentimiento, instituía el Rey Sabio la Orden de Santa Ma-
ría; mas al fundar semejante rehgion caballeresca, no podía es-
quivar el influjo de las ideas que iban cobrando extraordinario
dominio en toda Europa; y quien recibía las narraciones de las
crónicas de Monmouth y de Turpin con cierto valor histórico;
quien se habia declarado desde su juventud paladín de la Virgen
María, llegando al punto de infundir en sus Cantigas á la devo-
ción pura y ardiente que le profesaba, cierto no sé qué de amor
romancesco ; quien á semejanza de los héroes bretones y carlo-
v\ringios, tenia por bien que el caballero invocase, al entrar en
lid, el nombre de su dama; y finalmente quien no le negaba la
aptitud de ganar imperios y coronas, admitía, al establecer aque-
lla singular milicia, el elemento caballeresco, que iba á tener en
la próxima centuria mayor aplicación aun á las mismas leyes de
la caballería ^.
Alfonso XI creaba en 1530 la Orden de la Y anda: llegado
el momento de dictar los cánones á que debia ajustarse, no sola-
1 Creadas en 115S, 1175 y 1273.
2 La primera establecida en 1118, ó introducida en 1134: la seg'unda
creada en 1311 por don Jaime II en sustitución de aquella.
3 La Orden de Santa María fué estatuida de 12.52 á 1260.
Tomo v. 5
54 HISTOKIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?!OLA.
mente sentaba como principio y base de su fundación que «pres-
» ciaba Dios la orden de caballería más que ninguna de las otras
«órdenes, por que se defflende la su ffé et el mundo por ella»:
declarando al par que «todo el que fuere de buena uentura et se
touiere por caballero...., deue faser mucho por honrar la caua-
lleria et por la leuar adelante» i, imponía á los caballeros el
triple deber de «ser leales á su señor et amar lealmente á
aquella en quien pusiesen su coracon et tenerse por caualleros
más que otros para faser más altas caballerías -. Preceptos
indeclinables eran para los caballeros de la Vanda el no decir
mentira, el no ser alabanciosos, el hablar mesurados y el abs-
tenerse de usar palabras torpes ó malsonantes : todas estas vir-
tudes debian subir de punto, al referirse á las damas. Deber es
del caballero (escribía el legislador) «señaladamente que non
«diga ningún degrauio contra ninguna dueña, nin contra nin-
»guna donsella fijadalgo, aunque ella sea contra él, por que ay
«algunas dellas á las veses ariscas. Et otrosy (anadia) que quan-
» do alguna dueña ó alguna donsella fijadalgo viniese á la corte
«del rrey á se querellar de algún desaguisado, que le hayan fe-
»cho, que los caballeros de la Vanda ó cualesquier dellos que la
«pongan ante el rrey, por que pueda mostrar su derecho. Et aun
»si conpliese, que rrasone por ella, porque aya complimiento de
«derecho. Et aun demás del rrasonar, que faga lo que el rrey
«fallare con su corte que debe faser, por que ella aya todo su
«derecho» ^.
Llegaba pues á establecerse como principio aplicable á la vi-
da práctica del caballero, aunque en el reducido círculo de aque-
lla nueva orden ^ lo que sólo existió antes en la ideahzacion
del sentimiento caballeresco, debida al arte de extrañas naciones.
1 Cód. déla Bibl. Escur. Z. ij., 14, fól. 97 V.
2 Id. id. 9S.
3 Id., id., fól. 98 V. y 99 r.
4 Los Caballeros de la Vanda, creados y armados perdón Alfonso XI,
fueron sólo cincuenta y siete, según consta del catálogo que acompaña al
código de sus constituciones, custodiado en la Biblioteca del Escorial. Bue-
no será notar que los caballeros debian ser mancebos (esto es, solteros) al
recibir dicha Orden.
II.* PARTE, CAP, I. NUEVA3 TRAX3F. DEL ARTE ERUDITO. 55
No apadrinando doncellas malfadadas que buscaban amparo y
defensa por las encrucijadas de los caminos, provocando así ma-
yores entuertos y desmanes, sino tomando bajo su tutela y salva-
guardia las dueñas y doncellas fijasdalgo que hablan recibido al-
guna injuria y constituyéndose en sus abogados, y si menester
lo hablan, en sus paladines, iban á ejercer los de la Vanda el
ministerio de la caballería. Mas al reducir á ley y traducir don
Alfonso, el último, en tal manera estas ideas romancescas, nin-
guna duda podia ya abrigarse de que tenian ganada en el ánimo
de poderosos y discretos grande predilección y preponderancia,
esperando únicamente un instante favorable para tomar plaza
en la literatura castellana.
Aquel instante supremo queda antes de ahora indicado : diez
y ocho años de guerras y trastornos [1350 á 1368], en que llega
á olvidarse dolorosamente el alto y noble fin á que tendía la civi-
lización española, al realizar la difícil empresa de la reconquista,
amortiguando el entusiasmo público y enervando en consecuen-
cia el espíritu nacional, abren las puertas de la Península á la
influencia de extrañas naciones, que muestran el temple de su
acero, probado otras veces contra la morisma ^, en el palenque
de nuestras discordias. Favorecía las pretensiones del Bastardo
de Trastamara, ya porque anhelase vengar las injurias de Blan-
ca de Borbon, ya porque intentara ofrecer nuevo teatro á la ra-
paz bravura de los aventureros que capitaneaba, el renombrado
Beltran Du-Guesclin, caudillo acariciado por la victoria, amaes-
trado por la experiencia y docto por demás en el arte de ganar
amigos. Nacido en la antigua Bretaña, centro de las tradiciones
romancescas, habla manifestado desde la primera juventud ex-
tremada predilección á todo linage de empresas que realizaran
en cierto modo las ficciones del mundo de la caballería : su valor
1 Prescindiendo de otras machas empresas, en que habían tomado no
pocos guerreros ingleses y franceses la insig-nia del cruzado, para combatir
en los ejércitos castellanos contra las falanges sarracenas, no debe olvidarse
que acudieron con buen golpe de soldados al cerco de Aljeciras, por más
que los rindieran las fatigas y abandonasen al rey don Alfonso antes de dar
cima á tan gloriosa conquista. Como quiera, es probable que dejasen en la
Península algunas más semillas caballerescas.
56 HISTOniA CRÍTICA DE L.\ LITERATURA ESPAÑOLA.
ora prodigioso, como el de los Róldanos y Oliveros; su largueza,
de príncipe ; sus aspiraciones llegaban al punto de pretender que
su espada decidiera de la suerte de los imperios : Castilla apare-
cía á sus ojos como una de aquellas regiones, creadas por la fan-
tasía de los poetas de su patria, juzgándose tal vez el caballero
hien fadado, en cuyas manos estaba el dar ó quitar la corona,
sublimada por los Alfonsos i .
Al lado del rey don Pedro, ya una vez arrojado de sus legí-
timos dominios por la espada de los aventureros, se kabia puesto
el príncipe de Gales, conocido en los fastos de la edad-media con
el título de Principe Negro. Pagándose de ser espejo de caba-
lleros, tenia por religioso deber el ejercicio de las virtudes que
constituian el credo de aquella esclarecida milicia: terrible en
las batallas, como afable y delicado en los salones; fuerte é infle-
xible con el poderoso como benéfico y magnánimo con el débil y
el vencido, traia el hijo de Eduardo III frescos todavía en sus
sienes los envidiados laureles de Poitiers , gloriosa jornada que
rinde á sus plantas la pujanza de Juan I, con la flor de la caba-
llería francesa. No venia, como Beltran Du-Guesclin, á derribar
un trono: la hidalguía de sus sentimientos, la rectitud de sus
ideas armaban su diestra en defensa del príncipe desheredado
por la traición y la fortuna, reputando cual digna empresa del
caballero que habia rehusado sentarse á la mesa de su prisionero
el rey de Francia, la de restablecer en las sienes del rey don
Pedro la diadema de sus mayores. Los nombres preclaros de Ar-
manac, Lebrech y Lancaster, inscritos en las banderas de sus
vencedoras legiones, enaltecían también aquel generoso empeño,
obligándole grandemente á no mancillar los timbres, con que aca-
baba de ennoblecerlos.
1 Es digno de notarse que el nombre de Beltran Du-Guesclin adquirió, en
virtud de las hazañas llevadas á cabo antes y después de su venida á la
Península Ibérica, tan alta reputación que sólo fué comparable á los Rolda-
nes y Oliveros. Y tanto era así, que al darse á luz el Triunfo de los Nue-
ve presQÍados de la fama, no se creyó completo el número de los que me-
recian el lauro de contarse al lado de Alejandro, el Rey Artús y Cárlo-
Magno, sin incluir «al famoso cauallcro Beltran de Guesclin, condestable
que fué de Francia y duque de Molinay». De este personaje y de los ?imcüc
j)resQÍados hablaremos oportunamente.
11.'' PARTE, CAP. I. NVEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 57
Era el suelo de Castilla el campo en que iban á chocar aque-
llas dos caballerescas naciones, rivales de antiguo y más que
nunca encarnizadas : la batalla de Nájera, próspera para las ar-
mas inglesas, hacia al Principe Negro arbitro del reino: la infi-
delidad de Montiel, lejano ya el de Gales del territorio español,
daba el trono de Alfonso XI al bastardo de Trastamara; y forza-
do Enrique II á colmar las esperanzas de sus ayudadores y á le-
gitimar la deslealtad de los vasallos del rey don Pedro, que en
una y otra ocasión abandonaron sus legítimos pendones, abria
los tesoros de la corona para derramarlos sobre propios y extra-
ños ; y mientras se despojaba en gran manera de aquella autori- ,
dad que tantos sacrificios y sinsabores habia costado á los más
ilustres monarcas, engrandecía á los aventureros de Beltran du-
Guesclin, halagando en parte sus instintos feudales y realizando
los sueños de grandeza, que tal vez hablan formado al recordar
las maravillosas aventuras del mundo caballeresco. Este retroce-
so sensible en las vias de la política, propiamente española ; este
predominio dado en la corte y el Estado á la nobleza de Castilla
y sobre todo á los capitanes franceses que hermanándose con los
proceres españoles, tomaron asiento en la Península, debia pro-
ducir naturalmente visible modificación en el gusto y aun en las
costumbres de las clases privilegiadas, inclinándolas á recibir
con aplauso cuanto halaga el amor patrio de los que habían com-
partido con ellas las privaciones de la guerra y los peligros del
campamento. Por tradición y por respeto, por inclinación y por
orgullo formaban las obras de la literatura caballeresca las deli-
cias de aquellos milites que veían en su propia fortuna realizadas
las imaginaciones de sus antiguos poetas ; y allanado por este
medio el camino, cerrado hasta entonces por el sentimiento de la
nacionalidad castellana, aquel arte que en el largo espacio de
siglo y medio habia reflejado indirecta y débilmente el mundo de
la caballería, tal como lo creara la literatura britano-franca, no
se receló de prestar sus formas de expresión á las ficciones de la
indicada literatura, aspirando sin embargo á someterlas á las le-
yes que reglan su propia existencia *.
1 El tantas veces mencionado Mr. Georg^e Ticknor, sólo concede la intro-
ducción de los libros de caballerías en la literatura española, durante el si-
58 HISTORIA CUlTICA DE LA LITEH ATURA ESPAÑOLA.
De esta forma eran pues recibidas las mencionadas creacio-
nes, no indiferentes por cierto á la nobleza castellana en la sin-
gular situación en que los acontecimientos la hablan colocado.
Porque téngase muy en cuenta: demás de representarse la idea-
lidad de la vida guerrera, ensalzábase en los libros de caballerías
el valor personal que tan alta preponderancia adquiere en aquel
siglo de revueltas, canonizándose en consecuencia los esfuerzos
anárquicos del individualismo señorial contra la idea unitaria del
derecho común, que germinaba ya en el seno de la sociedad y
que aun no desarrollada por completo, debia lograr, al caer de
la siguiente centuria, el más decisivo triunfo. Lo que en las re-
giones agobiadas bajo el peso del feudalismo era enérgica protes-
ta contra la opresión erigida en sistema ; lo que habia nacido
para idealizar esa misma protesta, no teniendo ninguna relación
inmediata con el pueblo castellano, venia á favorecer ú halagar
al menos las eternas pretensiones de las clases elevadas, únicas
que podian allegar los libros de caballerías, y saborear por tan-
to sus peregrinas y maravillosas narraciones. Hé aquí holgada-
mente explicado cómo los poemas, que al aparecer por vez pri-
mera, ei'an recitados con extraordinario aplauso en las plazas
públicas de Bretaña y Normandía, no habiendo jóvenes ni ciegos
que no los conservaran en la memoria \ fueron únicamente
manjar aceptable para los poderosos y eruditos, al penetrar en
la literatura castellana: esta consideración basta para comprender
cómo dominados ya por los reyes los esfuerzos individuales de la
grandeza, caen en desprecio de la misma los libros de caballe-
ólo XY (cap. XI de la I.^ Época), asegurando (tque en un principio ni se tra-
dujeron ni se metrificaron.» En el siguiente capítulo veremos con el examen
de las primeras obras que entre nosotros produce la imitación romancesca
liasta qué punto son exactas ambas afirmaciones.
1 Alfredo de Béverloy que escribió al mediar el siglo XII un compendio
de la Crónica de Monmouth, poniéndole un prólogo latino, decia hablando
de la Historia de Bruto, cabeza y fundamento de la misma: «Era tenido
«por hombre sin educación el que no la conocia : los jóvenes la sabían de
«coro y la recitaban con gran contentamiento. Hallándome entre ellos, me
»avergoncé alguna vez de mi ignorancia» (Roquefort, III. ^ Parte, cap. I).
Con el mismo entusiasmo fueron recibidas la mayor parte de las narraciones
caballerescas.
11.^ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRAXSF. DEL ARTE ERUDITO. 39
rías, hallando entonces acogida en la muchedumbre, sobre cuyo
cuello comienza á gravitar la coyunda del despotismo ^.
Este movimiento de las letras, en que refleja el arte tal vez
con excesivo colorido, pero con cierta fidelidad histórica, el esta-
do de los espíritus, al consumarse la catástrofe de Montiel, no
era por cierto único al declinar el siglo XIV. Animada la poesía
desde los tiempos del Rey Sabio de cierta aspiración lírica, que
se revela grandemente en el Poema del Archipreste de Hita, no
menos que en sus Cantigas á la Yírgen y que tendría sin duda
amplia confirmación en el Libro de los Cantares de don Juan Ma-
nuel, conforme nos persuade su título, ha aparecido á nuestros
ojos durante el reinado de don Pedro ensanchando la esfera de
sus conquistas y dando, digámoslo así, carta de naturaleza á
aquella musa cortesana que, afectando apasionados amores, iba á
establecer su imperio en el parnaso castellano. No otra cosa nos
enseñan la Danza de la Muerte y las poesías de Pero González
de Mendoza, escritas durante la juventud de este celebrado mag-
nate ; pero si careciéramos de esos importantes testimonios para
iniciar el estudio de la notabilísima transformación que ofrece la
poesía castellana en la segunda mitad de la centuria que histo-
riamos, no por ello seria lícito suponer que puede aquella man-
tenerse agena á toda influencia, aun cuando sólo reparásemos en
la ya reconocida y quilatada de los libros caballerescos. La exa-
geración habitual y el refinamiento amanerado, no sólo de la
pasión erótica, sino de su expresión artística, síntomas eran más
que verosímiles de que labraban entre los cultivadores de la poe-
sía erudita las ideas del mundo romancesco, y de que á la tierna,
simpática, respetuosa y pura adhesión amorosa que hemos reco-
nocido en el Cid y en Fernán González comenzaba á sustituir el
mentido lisongear exterior de la galantería.
Pero sobre todos estos caracteres, cuyo sucesivo desenvolvi-
miento nos toca determinar con el juicio de los monumentos lite-
rarios, iban á resplandecer otros más decisivos respecto de las
1 Sólo de esta manera puede explicarse cómo obtuvo Cervantes el pro-
digioso efecto del Quijote: á su tiempo daremos á punto de tal importancia
literaria la extensión que realmente pide, para ser bien tratado.
40 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
formas de expresión, llegando á fructificar en nuestro parnaso
ciertos gérmenes artísticos, cuya aparición dejamos ya consigna-
da i. El arte que desde la Era de Alfonso X habiasido esencial-
mente didáctico-smbólico, exornábase ahora con todas las galas
y preseas de la alegoría; y esta fastuosa forma que, si es con-
veniente decirlo así, centellea en las obras del siglo XIII, y va
tomando mayor brillo en las de la primera mitad del XIV, llega
á dominar exclusivamente, al caer de aquella centuria, en las
producciones de los ingenios castellanos, conservando la supre-
macía en todo lo restante de la edad-media.
, Ninguna forma literaria habia alcanzado hasta entonces con-
sagración más digna ni elevada : ya la recibiesen los trovadores
proveníales de la literatura arábiga, aserto más fácil de confe-
sar que de reducir á demostración histórica ; ya proviniese del
arte homérico, más oscurecido que ignorado hasta fines del si-
glo XIII, no puede negarse que arraiga en la literatura italiana
desde los primeros dias de su existencia, elevándose á la consi-
deración de verdadero sistema literario en brazos del inspirado
cantor de Beatriz, cuyo terrífico acento iba á conmover profun-
damente el vacilante espíritu de Europa. Dante escribe la Divina
Commedia. La alegoría en la ciudad del dolor, en la mansión de
la esperanza y en la morada de la beatitud constituye la gran
máquina de este inmortal poema: el Infierno, el Purgatorio, el
Paraíso descubren á sus ojos inmensos tesoros de poesía que
sólo pueden ser revelados bajo formas alegóricas. El pintor de
Francesca di Rímini y del conde Ugolino congrega por este me-
dio en un mismo cuadro y bosqueja con un mismo colorido hé-
roes y personages de diversos siglos, creencias y civilizaciones:
la fábula mitológica y la historia sagrada y profana le ofrecen
al par el tributo de sus ejemplos y enseñanzas: el tiempo y el
espacio se condensan y resumen bajo las varoniles huellas de su
peregrino pincel; y la alegoría, lazo constante de aquellas mis-
teriosas y terribles visiones, lo es asimismo de la prodigiosa
unidad interior que sublima la idea generadora de la Divina
1 Véanse los capítulos XVI y XIX de la 11. =» Parte, t. IV.
11.'^ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 41
Commedia. De esta manera lo que hasta aquel instante había
contribuido por acaso á dar mayor frescura á las descripciones
de una poesía, heredada de los trovadores y acaudalada en par-
te con las reliquias de las letras clásicas, truécase en luz, vida y
alma de la creación más grande que había producido la edad-
media y que iba á transformar el arte en todas las naciones me-
ridionales ^.
La influencia, inevitable para todos los pueblos que habían
recibido ya de Italia algunos gérmenes de cultura, y asociada
extrechamente al renacimiento clásico que personifica el amante
de Beatriz, al confesarse discípulo de Yirgilio, iba á penetrar
en la literatura española, acaso con mayor fuerza que en otra
alguna, por apoyarse en el frecuente comercio intelectual que
desde los tiempos de Alfonso YIII mediaba entre ambas Penín-
sulas. Muy claro se había mostrado, al mediar el siglo, esta ma-
nera de consorcio, á que de dia en día parecían inclinarse más
nuestros eruditos 2; y proclamada universalraente la Divina
Commedia como una maravilla del arte, y recitada públicamente
y explicada en las principales ciudades de Italia 3, llegó el mo-
mento en que uno de aquellos ingenios que se preciaban de se-
guir las huellas del Dante, pasó á España, y tomando en ella
carta de naturaleza, ensayó el revelar en lengua castellana las
misteriosas visiones del mundo alegórico, llevándose tras sí la
1 En la Parto V.' de la Vida del Marqués de Santillana manifestamos
que habíamos dado á esta de nuestra historia la debida consideración res-
pecto del arte alegórico. La aceptación que parecieron tener entre los críti-
cos y eruditos nacionales y extrang-eros las ideas allí apuntadas, ha sido
para nosotros cierta g-arantía de acierto.
2 Véase el capítulo XIX de la 11,^ Parte y en él principalmente cuanto
decimos sobre El Regimiento de los Principes, compilado por Fray Juan
García.
3 No solamente Florencia, que pretendió lavarse de las injusticias co-
metidas contra el Dante, confiando á Boccacio la cátedra pública, erigida
para explicar la Divina Commedia, sino, lo que es más notable, Bolonia,
Pisa, Venecia y Plasencia decretaron también, al declinar el segundo tercio
del siglo XIV, el establecimiento de otras nuevas cátedras con el mismo ob-
jeto, sentando en ellas á los más renombrados retóricos (Gingucné, Hist,
Litt. d'Italie, t. I. págs. 470 y 71).
42 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍÍOLA.
admiración de los poetas andaluces, que se declararon desde lue-
go ardientes partidarios del arte dantesco.
Cómo esta innovación trascendental se verifica entre aquellos
ingenios, cuyas obras empezaban á dar testimonio de que debia
renacer en el suelo de la Bética la esclarecida musa de Silio, Lu-
cano y Columela, y cómo se propaga al suelo de Castilla hasta
dominar absolutamente en todas las producciones de la poesía,
asuntos son á que daremos la extensión conveniente en lugares
oportunos. Conste ahora que esa novedad, lejos de ser unánime-
mente recibida, halla cierta contradicción en el sentimiento na-
cional, como lo halló más tarde la revolución de Garcilaso, y que
se personifica en uno de los más claros varones que ilustran la
España del siglo XIV. Y para que este fenómeno literario fuese
todavía más notable, el señalado escritor á que aludimos, al mis-
mo tiempo que mostraba desdeñar la influencia dantesca; al mis-
mo tiempo que pretendía conservar las tradiciones del parnaso
español, cultivando los metros de Berceo y del Archipreste de
Hita y recogiendo las últimas flores del arte didáctico-simbólico,
pugnaba por dotar á nuestra historia de la severidad y grandeza
que admiraba en los libros clásicos, trayendo á Castilla el pincel
de Tito Livio. Arrastrado al cabo en los postreros días de su
vida por la común corriente, contribuía también al triunfo de la
escuela provenzal y aun del arte alegórico, hermanándose con
los innovadores. Era el primero de estos el geno vés Micer Fran-
cisco Imperial, «morador y estante en Sevilla» ^; llamábase el
1 Los eruditos anotadores del Cancionero de Baena (pág. 665 col. 2)
niegan que Micer Francisco Imperial ejerció en la poesía castellana la in-
fluencia que le atribuimos, por juzgar que el «género italiano» era antes co-
nocido en España. Mr, Ticknor asegura por el contrario, al hablar del mar-
ques de Santillana {Hist. de la literatura csp., I.^ Ep. cap. XIX), quedaba
aquel «por vez primera á conocer el gusto italiano en la Península Ibérica.»
Mientras estos escritores se ponen de acuerdo, no será malo traer á la memo-
ria de los lectores el estudio hecho hasta aquí sobre los monumentos de la
poesía erudita, única en que pudo reflejarse dicho genero; y como antes de
Imperial sólo hayamos podido señalar indeterminados gérmenes de la ale-
goría y con él y sus obras veamos ya por completo el desarrollo del arte
dantesco en nuestro suelo ; como la literatura italiana, ó mejor dicho su
poesía, no pudo comunicar á ninguna otro carácter particular hasta apare-
II.* PARTE, CAP. I. MEYAS TRANSF. DEI. ARTK ERUDITO. 43
ilustre escritor, que preludia con su ejemplo la oposición de Cas-
tillejo y de Silvestre íi la introducción de los metros toscanos,
Pero López de Ayala.
Vario y complicado, pero interesante y no sin novedad es el
espectáculo que ofrece á la crítica la historia literaria desde la
segunda mitad del siglo XIV. Abierta la Península á las distintas
influencias que dejamos indicadas, crúzanse y fúndense en su
poesía y en su literatura multiplicados elementos; revelando, tal
vez con mayor claridad que nunca, la tendencia constante del arte
erudito, en sus diversas manifestaciones, á recojer dentro de si
y hacer suyos los despojos de las demás hteraturas, que se acer-
can á la esfera de su actividad en momentos determinados. Mas
ya lo hemos dicho : ni se operan, ni salen al exterior, para tener
representación y vida, este linage de fenómenos, sin la prepara-
ción correspondiente; y prueba de que se acercaba el dia en que
fuese cumplidero el triple cambio ya reconocido, es el estudio
hecho por nosotros en el anterior volumen. En él hemos visto
desarrollarse, llegar á decadencia y pugnar por sostener su im-
perio aquella forma literaria, que trae al seno de la civilización
española el esclarecido monarca, á quien saludamos con el re-
nombre de Sabio : en él hemos descubierto una y otra vez las se-
millas que iban cayendo en el no ingrato suelo de las letras,
señalando al par el camino que traían y la suerte en que arraiga-
ban "I : en él por último hemos procurado explicar cómo, en
tanto que no esquivan nuestros ingenios el recibir las lecciones
y aun las obras de otros pueblos, les comunican también sus
conquistas intelectuales, apareciendo evidente que sin un Pedro
Alfonso, un Infante don Fadrique, un rey don Sancho y un don
cer la Divina Commedia, que rompe la cadena de las imitaciones pro-
vénzales, no parece quedar duda de que es aventurado el aserto de los
anotadores del Cancionero, así como tampoco la abrigamos de que el histo-
riador ang-lo-americano desconoció las obras de Micer Francisco Imperial, al
asentar la afirmación mencionada. Al examinar las obras del poeta geno--
vés, veremos plenamente confirmados estos hechos (Véase también lo que
sobre el particular dijimos en la V.* Parte de la Vida del marques de San-
tillana que precede á sus Obras (Madrid 1S52, pág-. CXYl).
1 Véanse ios capítulos correspondientes del anterior volumen.
4 i HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA??OLA.
Juan Manuel, ni hubiera logrado Boccacio la gloria de sus Cien
Novelas, ni saboreado Chaucer el aplauso de sus Cuentos. ¿Qué
mucho pues que esperásemos el instante de nuevas transforma-
ciones, cuando conociamos ya en parte los elementos que debian
producirlas?....
Restábanos sólo fijar la ocasión y la manera en que llegan á
realizarse ; y no otro ha sido el objeto y principal fm del presen-
te capitulo, como que sin esta importante investigación seria del
todo imposible el dar un solo paso en la exposición de la historia,
ni quilatar debidamente el valor respectivo de las expresadas
transformaciones. Sobre tres puntos capitales hemos llamado la
atención de los lectores. Primero: sobre la introducción en nues-
tra literatura de las ficciones caballerescas, que infunden tam-
bién cierto colorido á las producciones de la poesía. Segundo:
sobre la aclimatación del arte alegórico, que altera exterior é in-
teriormente las leyes de su existencia. Tercero: sobre la aparición
del elemento clásico en las composiciones históricas, que da nue-
vo y más seguro curso á semejantes especulaciones. El movi-
miento es palmario y no carece de gloria para nuestros ingenios
en todas tres vias. Deber es nuestro estudiar con toda madurez
los monumentos en que se manifiesta, á fin de apreciar de un
modo exacto los diversos matices y caracteres, que en cada des-?
arrollo va sucesivamente presentándonos.
Entremos pues en tan peregrina materia.
CAPITULO II.
PRIMEROS MONUMENTOS CASTELLANOS
DE LA LITERATURA CABALLERESCA.
Diferentes formas literarias con que aparecen. — La poesía. — Los Votos
del Pavón. — ^Idea de este poema, deducida de monumentos del siglo XIIL
— Su argumento. — Versiones en prosa de otros libros caballerescos. —
Peregrina forma en que llegan á nuestros dias. — El Noble cuento del enpc-
rador Churlos Maynes de P.roma et de la buena enpcratriz Sevilla. — Su
examen. — La Estoria del Rrey Guillerme de Inglat ierra. — El Cuento
muy fermoso del Enperador Ottas et de la Infante Florencia, su fija. —
Análisis del mismo. — El Fermoso cuento de una sancta cnperatriz que
ovo en Rroma. — Noticia de otras versiones relativas á uno y otro ciclo
caballeresco. — Aspiración de la literatura castellana á producir obras
originales en este sentido. — El Amadis de Gaula. — Época en que fué es-
crito. — Elementos que lo constituyen. — Nacionalidad que refleja: en las
creencias; en los sentimientos; en las costumbres. — Breve idea de su ar-
gumento. ^Caracteres principales de su estilo y lenguaje.— Resumen.
Considerando el triple desarrollo de las letras españolas du-
rante la segunda mitad del siglo XIV, tal como lo dejamos apun-
tado, llámannos sobre todo la atención, así por lo peregrino de
su origen y por el momento en que aparecen, como por la in-
fluencia que logran adelante los primeros monumentos del arte
caballeresco, trasmitidos á nuestros dias. No caeremos nosotros,
al verificar semejante investigación, en el error, ya cometido
por algún escritor coetáneo, de clasificarlos entre las produccio-
nes de la literatura popular, en la acepción critica de esta pala-
4G HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA EáPAÑOLA.
bra ^: filiados naturalmente en la docta, en ella arraigan al cor-
rer de aquella edad; por ella se trasmiten á los siglos futuros,
cualesquiera que sean después las transformaciones que experi-
menten, y al penetrar en nuestro suelo, ora adoptan las formas
cultivadas de antiguo por la poesía herúico-erudita, ora consei-
van la estructura narrativa de sus originales, aspirando muy
luego á tomar el colorido de las creencias y de las costumbres y
á legitimar en tal suerte su existencia.
No es hoy tan fácil, como deseáramos, el determinar cuál de
las formas indicadas tuvo la prioridad histórica: siguiendo la ley
más general y constante á que se sujeta el arte en el progreso
de sus variadas manifestaciones, razón habría sin embargo para
suponer que debió adelantarse la poesía á ensayar la imitación,
hipótesi que tiene también legítimo fundamento en los hechos.
Cita el celebrado marqués de Santillana, mencionado el famoso
Poema de Alexandre, y antes del hbro del Archipreste de Hi-
1 Mr. George Ticknor forma cuatro diferentes grupos de las composi-
ciones «populares en su origen y carácter y que en vez de proceder de las
clases elevadas de la sociedad, son miradas por ellas con desden y despre-
cio.» Constitúyenlos: 1.° Los romances: 2.° Las crónicas: 3,° Los libros de
caballerías: 4.° El teatro. Prescindiendo de lo que son y significan las cró-
nicas, escritas casi todas por reyes, prelados y magnates, y cuyo valor é
importancia liemos procurado quilatar antes de ahora, conviene advertir
que el tercer extremo de la expresada clasificación es inadmisible. Los li-
bros de caballerías fueron, y debieron ser populares allí donde nacieron,
como fruto espontáneo de la civilización, como natural resultado de las cos-
tumbres políticas y sociales que representan: al transferirse á España, ni
fructifican entre la indocta muchedumbre, ni halagan sus instintos^ ni cum-
plen á sus intereses ¿cómo pues ha de colocarlos la crítica en la misma ca-
tegoría de los romances y del teatro?... Si en el siglo XVI llegan á ser pa-
trimonio de las clases menos ilustradas, si llamados los doctos al cultivo del
arte en diverso terreno, los rechazan cual engendros monstruosos, no por
esto se han de cerrar los ojos a la investigación histórica, llegando á con-
fundir entre sí cosas que jamás pueden ser unas, y olvidando al par las
más sencillas nociones de crítica. Uno y otro fenómeno, esto es: la aparición
de los libros de caballerías en nuestra literatura y su repudio por la gente
docta y prohijación por la popular, tienen explicación cumplida en el estu-
dio de la civilización castellana: del primer punto habrán ya juzgado los
lectores; sobre el segundo formarán entero y claro concepto, al llegar al si-
glo XVI.
II." PARTE, CAP. II. PRIM. MON, CAST. DE LA LIT. CAB. 47
la, Otro poema, á que dá título de Los votos del Pavón ^, obra
perdida por desgracia de nuestras letras y que bastarla sin du-
da para resolver cuantas en la presente investigación pudieran
abrigarse. llénenla ciertos escritores por «continuación de la
historia de Alejandro» ^^ y declaran otros que no es posible
averiguar «qué obra es, qué contiene, quién es su autor, ni el
tiempo en que fué escrita» ^. A la verdad, no son guias infali-
bles, ni ministran luz bastante en la materia la seguridad 'no
comprobada de los primeros, ni la vacilación excesiva de los se-
gundos; y cuando en monumentos del siglo XIII y de tal impor-
tancia como la Conquista de Ultramar, ya antes de ahora exa-
minada ^, hallamos inequívoco testimonio y noticia clara y con-
creta de lo que en nuestra literatura se entendió por Votos del
Pavón, justo nos parece consignar que no ha sido todavía este
punto debidamente ilustrado.
Los Votos del Pavón, lejos de proseguir la historia del hé-
roe de Macedonia, lejos de carecer de importancia en la de las
letras españolas, cual una y otra vez se ha afirmado, contienen
una parte muy interesante de la trama romancesca de la vida de
Carlo-Magno, y prueban , al revestirse de las formas poéticas
cultivadas en Castilla, la predilección con que fueron en ella
1 Carta al Condestable de Portugal: «Entre nosotros (dice) usóse pri-
meramente el metro en assaz formas: asy como el Libro de Alixandre, Los
Votos del Pavón, é aun el libro del Archipreste de Hita» (Núm. XIV).
2 Habiendo manifestado Mr. Fauchet en sus Orígenes de la lengua y
poesia francesa (ed. de París 1781, pág-. 88) que el Román du Paon era
una «continuación de las hazañas de Alejandro, noticia que repitieron des-
pués Quadrio y otros; aseg-urando que existia el MS. en la Biblioteca Impe-
rial con el título de Les veux du Paon d'Alexandre, han supuesto algunos
críticos modernos que el poema castellano, como traducción de dicha obra,
debia contener el mismo argumento (Ticknor I.** Época, cap. IV). Mas aun-
que no puede negarse la existencia del libj-o citado por Fauchet y descrito
en producciones más recientes {Mem. et extr. des MSS. de la Bibl. Nac,
t. V, pág. 118), nos parecerá siempre aventurado el asegurar que sea tal
el asunto del poema citado por el Marqués de Santillana. Abajo exponemos
las razones en que fundamos esta opinión.
3 Sánchez, Colección dePoes. casi., t. I, pág. 99.
4 Il.a Parte, t. I.
43 niSTorjA crítica de la literatura española.
recibidas las hazañas de los caballeros carlowingios. Refiérense
las aventuras, comprendidas bajo aquella singular denomina-
ción, á la infancia y juventud del afortunado hijo de Berta,
correspondiendo por tanto á la segunda serie de narraciones
que constituyen la base principal del referido ciclo, según que-
da ya notado *, y que se distinguen en multiplicados libros con
el título de Historia de Maynete.
Berta, hija de Flores y Blanca Flor, reyes de Almería en
España, es desposada con Pepino, el de los grandes fechos, lle-
vando consigo á, Francia el aya (ama) que la habia criado: in-
juriada esta por cierta ofensa, resuélvese á tomar de ella cruda
venganza; y teniendo acaso una hija de extremada semejanza á la
esposa de Pepino, acusa á la verdadera Berta de haber atentado
contra la vida de la reina, dignidad que atribuyen á su hija, lo-
grando sorprender y engañar al monarca, que dicta sentencia de
muerte contra su propia esposa. A dos escuderos da orden el aya
vengativa de ejecutar aquel tremendo fallo, imponiéndoles el
deber de presentarle el corazón de la princesa; pero llegados íi
la floresta, que iba á ser teatro de tanta crueldad, duélense am-
bos de la desolada hermosura; y sacando el corazón á un perro
que llevaban consigo, déjanla atada á un árbol, despojada de sus
vestiduras y suelto sobre la espalda su cabello. En tan extraña
manera hallóla el guarda de aquel monte (montanero), é infor-
mado por ella de su desgracia, desatóla y llevóla consigo á su
casa, mandando á su mujer y á dos hijas de la misma edad dé
la reina que la honrasen y agasajaran. AUi permaneció Berta
largo tiempo, pasando plaza de villana y siendo, tenida por hija
del montanero, hasta que trascurridos tres años, fué á caza el
rey Pepino, hospedándose en la morada del guarda, quien des-
pués de haberle ofrecido abundantes manjares, le hizo servir
sabrosas frutas por aquellas tres doncellas, que le daban nom-
bre de padre. Sorprendido quedó Pepino, al contemplar la be-
lleza de Berta, y segunda vez enamorado de sus gracias, exigió
y obtuvo del montanero que la condujese á su cámara aquella
noche, proyecto en que vino sin dificultad la reina, ganosa de
1 Véase el capítulo anterior.
II.* PARTE, CAP. JI. PRIM. MOX. CAST. DE LA LIT. CAD. 49
recobrar el cariño de su esposo. Nació de esta singular aventu-
ra el renombrado Cárlos-Maynete, el bueuo; pero lejano de la
corte y más todavía de la corona, hubiéronse menester nue-
vas aventuras para que alcanzase la herencia legítima de sus
mayores.
Muerto entre tanto el rey Flores, persuadía Blanca Flor á
sus vasallos á que recibiesen por soberano al famoso Pepino; lo-
grado lo cual, dij'igíase á Francia, alentando la dulce esperanza
de extrechar en sus brazos á la desdichada Berta, á quien su-
ponía en el colmo de la ventura. Grande fué el desconcierto que
su presencia produjo en el aya criminal y en su cómphce hija,
esquivando una y otra vez la inevitable entrevista de la usurpa-
dora y de la madre de la verdadera reina; mas vencido todo
obstáculo, llegaba al cabo Blanca Flor á romper la urdimbre de
la impostura, reconociendo que no era Berta la muger que hon-
raba Pepino como á reina, y obteniendo que confesada la mal-
dad y descubierto el paradero de su hija y nieto Carlos Mayne-
te, fuese castigada la principal culpable, disponiéndose el rey á
hacer recibir por heredero de la corona á su legítimo hijo. El
fallecimiento inesperado de Blanca Flor, cuya amorosa fidelidad
á Flores, su marido, resalta aun en los últimos instantes de su
vida, y el más desventurado del rey Pepino, dejaron á Carlos en
completa orfandad, apoderados como estaban del reino los bas-
tardos, en quienes ardía cada vez con mayor fuerza el anhelo de
la venganza: solos Morante y Mayugot, leales caballeros elegi-
dos por el rey Pepino para crianza y educación de Maynete, ve-
laban por su vida, esperando elevarlo algún día al ambicionado
trono.
Temíanlo así los bastardos, y subiendo cada día los quilates
del no disimulado rencor , buscaban sin tregua los caminos de
perderle, ya exasperando su natural altivo y fogoso con menos-
precios, ya forzándole á ejercer oficios, en que podía alcanzarle
pública deshonra. «Acónteselo (dice la Conquista de Ultramar)
«que ellos o vieron su consejo por la Nauidad que á la fiesta de
"cinquesma que aula de venir, que fiziesen en medio de una
«montaña, do avia unos prados muy fermosos et grandes, un
"juego que usaran los franceses antiguamente que llamauan Ta-
ToMo V. 4
50 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
»¿/« Redonda. Et este juego se fazía desta manera: ponian
«tiendas en derredor unas cabe otras, asi como corral redondo,
»et allí dentro estañan los caualleros armados et tenían los ca-
«uallos cobiertos de señales; et departe de fuera de las tiendas
afazian poyos en derredor, en que se ponian sus escudos et sus
"yelmos, et arrimauan las langas; et estañan con ellos dueñas et
«donzellas et sus mugeres et sus parientes; et todos los omes on-
wrados de la tierra venian allí et toda la otra cavalleria, et pa-
»rauan sus tiendas en derredor de aquellas otras quanlo una
«grant carrera de cauallo. Et el cauallero de los de fuera que
«quisiese justar, armarse ya et cubrirla su cauallo de sus seña-
»les et yria á aquel palenque et daria con el cuento de la lanca
»en un escudo daquellos; et luego saldría el señor del escudo de
«dentro del corral et rogarla á. aquella dueña ó donzella quél
«oviese allí traído, que le ponga el yelmo en la cabeca et que le
»dé el escudo et la lanca; et ella fazerlo ha assi. Et después,
«que gelo ovier dado, caualgará el cauallero en su cauallo et
»yrá justar con el otro. El si cayere el de fuera, avrá el de den-
«tro su cauallo et las armas, et dará el preso á la dueña ó 4 la
«donzella que alli truxiere, et ella soltarlo liá por lo que touiere
«por bien. Mas si cayere el de dentro de las tiendas, avria el
»otro el cauallo et las armas, et aquella dueña ó doncella toma-
«rá, aquellas armas que traya el que derriba et darle ha otras
«quales quisiere; pero en antes que le ponga el yelmo, abragar-
»lo há et besarlo há, et todo aquel año llamarse há su caualle-
»ro de ella et avrá, dé fazer armas por su amor et traer aquellas
«armas quella le dá, et non las otras quél ante traya.»
«Este juego inventaron los omes antiguos de Inglatierra et
»en Alemana et en Francia, para saber bien justar et ferir de la
«langa, asi como en el torneo para ferir de espada, et saber so-
«frir las armas en las grandes priesas. Et este juego de la Ta-
cóla Redonda dura ocho días ó quinze, segunt que aquellos que
»lo fazen pueden sofrír la costa. Et há este nombre, porque un
«día ante que se partan, ponen mesas de parte de dentro de
«aquellas tiendas á la redonda et comen allí todos aquel dia lo
«mejor que pueden et porque aquellas mesas son assi puestas
»en derredor, Uámanle el juego de la Tabla Redonda: que non
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. M0.\. CAST. DE LA LIT. CAB. 51
• por la otra que fué en tiempo del rey Artús. Et fazen aun otra
«cosa aquel d¡a: ante que levanten las mesas, mandan á una
»donzelia, la más fermosa que aliy oviere, que traya un pavón
»assado, saluo el pescuego et la cola que dexauan entero con
»sus péñolas; et sábenlo fazer de manera que traya la cabera al-
ocada et la rueda toda fecha; et métenlo en un asador sobro un
«tajadero de plata, et tráelo aquella donzella ante todas aquellas
«mesas, et anda diziendo á cada cauallero qué es lo que promete
«de fazer á aquel pavón. Et cada uno lo que prometiere, halo
«de complir et de tener aquel año en todas maneras, et sy lo
«non fiziere, gelo terna por tan mal como si fiziesse una grant
«traycion. Et después á aquellos que prometen, dilnles á comer
«sendas tajadas de aquel pavón et van su camino. Et desta ma-
«nera se acaba el juego de la Tabla Redonda. El tal juego como
«este ouieron su coQsejo los nietos del ama que lo fiziessen en
»un llano en aquella montaña que era cerca de un castiello que
«auia y que tenian ellos ^.
Para humillar á Maynete, forzándolo á un rompimiento de
que pudiera surgir su ruina, oblíganle pues sus hermanos á
desempeñar en la Tabla Redonda el oficio de doncella, tomando
los votos que hacian al pavón los caballeros. Por consejo de
Mayugot y de Morante disimula el príncipe el enojo que tal bur-
la produce en su pecho; mas llegado el momento de la fiesta y
asegurado de algunos caballeros sus parciales, arroja al rostro
de Doys, que era el menor de los bastardos, el misterioso /;ayow,
trabándose luego por una parte y otra recia contienda, de que
sólo escaparon los nietos de la esclava de Berta, acogiéndose al
castillo inmediato que se tenia por suyo. Maynete entre tanto,
receloso del poder de sus enemigos, busca asilo en el ducado de
Borgoña, y se determina después á pasar á España para tomar
posesión del reino de su abuelo Flores, teniendo la desventura
de hallarlo sometido á los sarracenos. La empresa de rescatarlo,
aprovechando las discordias de los reyes de Zaragoza y Córdo-
ba, y la no menos romancesca de los amores de Halia (Galiana)
1 Conquista de Ultramar, CAj). XLIII, fól. 122 v. y siguientes hasta
el 31.
52 HISTORIA cniTiriA de la literatura española.
hija de Ilixem, rey de Toledo, detienen á Carlos por largo tiem-
po lejos de su patria: al cabo apoderado de los tesoros del tole-
dano y solicitado de los magnates franceses, entra en los domi-
nios de su padre; y al frente de «muy grant caualleria,» acomete
y vence á los bastardos y se corona rey de Francia y Alemania.
Los votos, hechos por Carlos Maynete en" la fiesta del pavón,
estaban felizmente cumplidos.
Ahora bien: existiendo desde fines del siglo XIII en la lite-
ratura española esta leyenda caballeresca, que tan fundamental
y estrechamente se enlaza con las historias del ciclo carlowingio;
aplaudida por extremo entre los doctos la obra en que se contie-
ne ¿no ha de parecemos por demás aventurado el suponer que
Los votos del Pavón completaban la historia del vencedor de
Darío, cuando se estaba operando en el arte la singular transfor-
mación que dejamos estudiada?... Lo que parece verosímil, lo
que se halla favorecido por todas las leyes de sana crítica, cual-
quiera que fuese la fortuna de los poemas, de que se supone de-
rivada la obra referida "•, es que el citado poema tuvo por asun-
to la serie de aventuras arriba consignadas, ó cuando menos
una parte principal de las que nacian de Los Votos del Pavón,
en que se dá á Maynete intervención tan directa. No otra cosa
persuade la natural avidez, con que acogían los discretos cuan-
tas relaciones, cuentos é historias les ponían de manifiesto el
mundo de la caballería, fin privilegiado á la sazón de todas las
especulaciones y conquistas del arte erudito. Y cuando no bas-
1 Aludimos claramente ala manera en que pudo ser recibido por nues-
trps eruditos el lioman du Paon, citado por Fauchet: su aplauso, si lo ob-
tuvo, no oscurecía en modo alguno la tradición caballeresca que dejamos
consignada: antes al contrario, considerados el curso de las ideas y el esta-
do de las letras, y notando que había tomado plaza en la historia nacional
la referida leyenda, adoptada en parte por el Rey Sabio en su Estoria de
Espanna (IV.* ParteJ, justo y racional parece concluir, como lo hacemos
en el texto, que el autor de los Votos del Pavón redujo á forma poética
la tradición referida, pudiendo añadir a los que se han perdido en conje-
turas, con un distinguido poeta de nuestros dias:
Os vais tras las apariencias
cuando üay un testigo, y bueno?—
II,* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAD. 53
taran tan obvias consideraciones para admitir, como hipótesi
bien fundada, que la poesía española se anticipó á revestir de
sus formas épico-heróicas las historias caballerescas y en espe-
cial Los Votos del Pavón, la existencia de otros monumentos
análogos traídos por aquella edad á la prosa de Castilla, contri-
buirla sin duda á robustecerla y autorizarla.
Antes de ahora hemos observado que ya proviniese de la
peregrina historia de Guido de Colona, ya de los libros poéticos
de la literatura francesa *, fué traida á lengua castellana y ga-
llega durante la juventud del rey don Pedro la Crónica Troya-
na. Libro en realidad de caballerías, si bien no exento de pre-
tensiones históricas, iniciase y fomenta con él la lectura de
aquel linage de ficciones, sintiéndose á poco andar la necesi-
dad de reemplazarla con la de otras obras, ligadas más directa-
mente á las maravillosas aventuras de los héroes carlowingios,
no desechados tampoco lus renombrados caudillos de la Tabla
Redonda. De esta verdad, hasta ahora no reconocida, deponen
varias producciones, cuyos títulos jamás han figurado en la his-
toria de las letras. Hácenlas dignas de singular aprecio, demás
de la importancia que les dá la época en que son escritas y de la
forma en que aparecen, la no menos interesante circunstancia
de referirse no sólo á las historias de uno y otro ciclo, sino tam-
bién á un tercer género de narraciones caballerescas que habia
ya producido notables creaciones, abarcando al par las leyendas
piadosas de los primeros siglos del cristianismo. Conservadas
con el depósito de las tradiciones religiosas y hermanadas con
las vidas de los santos, muestran de un modo inequívoco que
no infundían recelo alguno á la feliz credulidad de nuestros ma-
yores y que sobre alcanzar, al transferirse al lenguaje de Casti-
lla, la estima de los discretos, estaban asimismo destinadas á
ganar el respeto de los devotos 2.
1 Véase el cap. XIX de la II.* Parte.
2 Las leyendas, de "que á continuación hablamos, existen en un códice,
folio mayor, escrito en pergamino á dos columnas, á fines del siglo XIV ó
principios del XV, y señalado con el título de Flos Sanctorum. Tiene la
marca h. j. 12, y demás de los libros ;í que nos referimos, encierra los trata-
dos siguientes: 1.° Vida de Sancta María Magdalena, ful. 1.^; 2.° Estoria
54 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
DisUngiieiise estos peregrinos libros con el nombre genéri-
co de cuentos y llevan los que se han trasmitido á nuestros días
los siguientes epígrafes: 1." «Aquí comienza un noble cuento del
nenperador Charlos Maynes de Rroma et de la buena enperatriz
«Sevilla, su muf/er.» 2.° Aquí comienca la «estona del rrejj Gui-
»llerme de Inglatierran etc. 3.° Aquí comienza el cuento muy
fermoso del enperador Ottas etde la infante Florencia su fija et
del buen cauallero Esmere: 4.° Aquí comienca un fermoso cuen-
to de una sancta enperatriz que ovo en Broma et de su casti-
dat» 1. Leidos estos títulos, no puede caber duda alguna res-
pecto del origen de semejantes obras; pero deben reputarse cual
meras traducciones?... Dado que desconociéramos la libertad, de
de Santa María Egipciaca, íól. 7.°; 3.° Estoria del emperador Constan-
tino, fól. 14 V.; 4.° ídem de un cavallero Placidias que fué después cris-
tiano et ovo nonbre Eustagio, fól. 23 v. Constando el códice de 152 fojas,
dicho se está que ocupan su mayor parte los libros caballerescos, en cuyo
examen entramos, los cuales fueron considerados por el colector de tan pe-
regrinas obras como otras tantas leyendas piadosas. Verdad es que al pro-
ceder de esta suerte, no sólo obedecía á la ing^énua credulidad del siglo, sino
que aceptaba en cierto modo la singular consagración que habia dado la
Iglesia á la caballería. Esta idea habia logrado ya satisfacción en el arte,
como la habia tenido en la historia ; y no era por cierto maravilla que los
elegidos y canonizados por el universal sentimiento, cuya idealidad refleja-
ban, vinieran al cabo á ser elevados á la estimación de los santos. Sólo de
esta manera, y recordando la genuina representación de la caballería, es
posible comprender tan singular maridaje, que en otro sentido no pasaría
de ser una extravagancia. El códice á que nos referimos, es quizá el com-
prendido en el núm. 46 de la Biblioteca de la Reina Católica, con el título
de: Estoria de los Santos, que se hubo de trocar al ponerle nuevas cubier-
tas por el más erudito de Flos Sanctorum, arriba indicado. Clemencin nada
dijo acerca de este libro.
1 El orden que estos cuatro cuentos guardan en el códice, es: 1.° Esto-
ria del rey Guillclme de Inglatierra , que al folio 52 empieza : « Discn las
estorias de Inglatierra que un rrey ovo, que ovo nombre rey Guillclme etc.;
2.° El Fermoso cuento de Ottas etc. que comienza: «Bien oystcs en cuen-
tos et en romances que de todas las cibdades del mundo Troya fué la ma-
yor», fól. 48.; 3.° El de Una santa enperatriz fól 99. ; y 4.° El de Charlos
Mayncs y Sevilla , que al fól. 124 da principio en esta forma: ((Señores,
agora cscuchat et oyredes un cuento maravilloso que dcve ser oydo, ansy
como fallamos en la estoria >j.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DK LA LIT. CAB. 55
que los escritores de la edad-media hacian alarde en toda suer-
te de versiones, la ingenuidad y frescura del estilo y lenguaje y
el color especial que toma de las creencias y costumbres la mis-
ma narración, nos dirian claramente que no se contentó con el
simple lauro de traductor el que las trajo al idioma castellano.
De observar es no obstante que, fiel á los originales que le ser-
vían de norma, conservó, tal vez con mayor exactitud de lo que
permitía el genio de la lengua, los nombres propios de personas
y lugares, dejando asi indubitables vestigios del camino que
traian las mencionadas leyendas. Extractos unas de más volu-
minosos libros, compendios otras de abultadas historias; ya en-
riquecidas de pinturas y descripciones, que revelan los esfuerzos
hechos por el arte español en épocas anteriores, ya exornadas
de extrañas joyas y preseas, ningunos monumentos hallamos en
la segunda mitad del siglo XIV más propios y adecuados para
dar á conocer cómo se realiza en la literatura castellana la trans-
formación caballeresca. Este convencimiento, hijo del largo exa-
men que de tales obras tenemos hecho, nos mueve pues á ofre-
cer aquí á nuestros lectores breve análisis de las mismas, no sin
consignar primero que es ya en extremo difícil, aun con el
auxilio de extrañas literaturas, el señalar las relaciones particu-
lares y exteriores de cada una de ellas.
Enlazado con las narraciones del ciclo carlowingio, según vá
insinuado arriba, llámanos en primer lugar la atención el Noble
cuento del enperador Charlos Maijnes de Rroma et de la bue-
na enperatriz Sevilla su muger, que á diferencia de Los Votos
del Pavón, abraza cierta serie de sucesos relativos á la edad
provecta del héroe i. Dando inequívoco testimonio del estado
1 La existencia de esta obra desvanece el error generalmente seguido
de que no se halla rastro alguno hasta principios del siglo XVI «en la litera-
tura castellana de las leyendas relativas al emperador Carlo-Magno y sus
doce Pares» ( Gayangos, Discurso preliminar al Amadis de Gaula, edic.
de Rivadeneira 1857), Verdad es que este aserto no puede resistir la luz
que arrojan los monumentos hasta ahora citados, ni los testimonios que en
igual concepto aduciremos adelante. Sobre la misma leyenda y otro no me-
nos peregrino libro acaba de dar á luz el docto don Fernando Wolf , tantas
veces citado, un curioso trabajo que lleva el siguiente título : Uber Dic bie-
56 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en que se hallaba la literatura española, al ser trasladado á
nuestra lengua, anunciase con un fin altamente didáctico: «Se-
» ñores (dice al comenzar), agora escuchat, et oyredes un cuento
«maravilloso que deue ser oydo, asy como fallamos en la esto-
»ria, para tomar ome ende fazaña [egemplo] de non creer tan
»ayna las cosas que oyer, fasta que sepa ende la verdal et. para
»non dexar nunca alto ome nin alta dueña sin guarda». Sobre
esta moralidad, adaptable en parte ci todos los tiempos y en par-
te adecuada á las costumbres y vida social de la edad-media,
gira todo el argumento. Celebraba Carlos con su esposa Sevilla
en el monasterio de Sant Donís gran fiesta caballeresca, cuan-
do aparece en su corte un enano «tal que de más laida catadura
»non saberia ome fablar». «Él era (prosigue) gordo et negro et
«becudo et auia la catadura muy mala et los ojos pequeños et
«enconados et la cabeca muy grande et las narices llanas et las
«ventanas dellas muy anchas et los orejas pequeñas et los cabe-
«llos erizados et los bracos et las manos bellosas, como osso et
«canos, las piernas tuertas, los pies galindos et resquebrados.
«Atal era el enano como oydes». Presentado este pcrsonage,
tan fresca y vigorosamente descrito i, al emperador, es recibi-
do á su servicio, no sospechando que de tan vil figura sólo po-
dían nacer maldades.
den Wiederanfgefundenen Niederlandischen volksbucher von dcr Küni-
ginn Sibille und von Huon von Bordeaux (Sobre los dos libros popula-
res holandeses nuevamente hallados, acerca de la reina Sebilla y de Huon
de Burdeos). De su examen resulta que tanto el libro castellano como el
holandés, reconocen su origen en un antiguo poema francés, dado en parte á
luz por el docto Barón de Reifenberg, bien que difieran en algunos porme-
nores que sucesivamente notaremos, juzgando Wolf que entre la versión
holandesa y el original ha mediado tal vez una segunda redacción en pro-
sa. La Historia de la Reyna Sevilla, dada á luz en 1532 y 1551 (Sevilla
y Burgos) y antes de ahora examinada por el indicado Wolf, se aparta aun
más de la primitiva versión castellana que esta de la holandesa. El entendi-
do bibliotecario de Viena ofrece, al comenzar su opúsculo, una circunstan-
ciada descripción de esta preciosidad bibliográfica, debida en su concepto á
las prensas de Guillermo Vosterman 6 Vorstorman, que floreció en Amberes
cual maestro de impresores, de 1500 á 1544.
I La versión holandesa presenta este raro personaje casi con las mis-
mas palabras.
n/ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAR. 57
Restituido á la ciudad de París, dispuso Cíiiios una partida
de caza, saliendo al monte con todos sus caballeros, mientras
dormia la emperatriz en la regia cámara. Llegado el dia, y no
osando despertarla, bajan sus doncellas y cobijeras á un jardin
inmediato para tejer una guirnalda de llores, con que exornar
la frente de la hermosa Sevilla; ocasión que espía y piensa ver
lograda el enano para saciar los carnales deseos que la belleza
de su señora habia encendido en su menguado pecho. Iba ya á
poner sus torpes labios en el rostro de la emperatriz, cuando
abriendo esta los ojos y certificada, por declaración del mismo
enano, de su loco propósito, castígale por su propia mano hasta
ensangrentarle y forzarle á pedir perdón de su atrevimiento. Al
volver Carlos de la caza, pregunta al enano la causa de las he-
ridas que lleva en el semblante; y determinado, como estaba,
tomar cruel venganza de la reina, rcs{ióndele que ha caído for-
tuitamente de un andamio, alejando así toda sospecha.
Satánico era el plan que entre tanto habia trazado. Introdu-
cido ocultamente en la Cámara imperial, acecha el instante en
que se levanta Carlos para aoyr las horas» en la iglesia de San-
ta Maria, y metiéndose con la emperatriz en el lecho, bien que
cuidando de no desporlarla, duérmese en tal sitio, hasta que
pasados los maitines, torna el emperador á su palacio, llenán-
dole de admiración y de ira aquel deshonroso espectáculo. Cie-
go de enojo, coavoca á sus magnates, entre quienes se conta-
ban los del linage de los traidores Galalon y Macayre ^ ; y aten-
tos siempre á saciar sus rencores, aconséjanle que mande que-
mar á Sevilla y al enano; sentencia que piensan luego ejecutar,
conduciéndolos á la hoguera. «Ella ovo muy grant espanto del
»fuego que vio fuerte, et do vio el rey, coraencole á dar muy
1 El testo castellano dice: «Entonces estavan ya los traidores del linaje
de Galalon Aloris et Foucaus, Goubaus de Piedralada et Sansón et Amag-uins
et Macayre, el traydor de la dulce palabra et de los fechos amargos, » En
la versión holandesa se lee : « Hier y was teghenwoordich dat g-heslechte
der veraders te weten Galaon, Alorones, Fanones, Robert van Breedanste-
ne, Sampson de Mag-re , 3Iacaris de Schoone van sprakcn, quaet van wer-
Ivon» (cap. III J. Fuera de los variantes que advertimos en los nombres, no
puede haber mayor semejanza en la narración.
58 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
«grandes vozes: — Señor, mercet por aquel Dios que se dexó
» prender muerte en la uera cruz, por su pueblo salvar: yo ssó
«preñada de vos; esto non puede ser negado. Por el amor de
»Dios, Señor, facetme guardar fasta que sea libre: después man-
«datme echar en un gran fuego, ó desmembrar toda. Et assy
»como Dios sabe que yo nunca fuy en este fecho, de que uos me
»fazedes retar, assy me libre ende él del peligro en que ssó. Des-
»pues que esto ouo dicho (continua el cuento), tornóse contra
«Oriente et dio muy grandes vozes et dixo: — Ayl rica ciudat
»de Constantinopla, en uos fuy criada á muy grant viciol Ay!
»mi Padre et mi Madre, non sabedes vos oy nada desta mi grant
«coita!... Gloriosa Sancta Maria! ¿et qué será, desta mesquina
»que ha tal tuerto?... ¿Ha de ser destroyda et quemada?... Et
»cómo quier que de mi sea, auet mercet desta criatura, que en
»mi trayo, que sse non pierda» *.
A estas palabras mandó el emperador que la desnudasen, lo
cual no pudo menos de producir duelo y clamor general, asi
en los nobles como en la inmensa muchedumbre que presencia-
ba aquella escena. Conmovido el emperador, oyó de nuevo á sus
consejeros, quienes subyugados por Macayre, le inclinan á des-
terrar á la emperatriz, mientras interrogado de nuevo el enano,
la acusa de haber tomado la iniciativa en crimen tan feo, calum-
nia que paga, como cómplice, en la hoguera. Carlos confia á
uno de sus caballeros, llamado Auberí de Mondisdier, el cum-
plimiento de la nueva sentencia pronunciada contra Sevilla, á la
cual amonesta que vaya á pedir perdón de sus pecados al Padre
Santo (Apostóligo); y en tanto que emperatriz y caballero se
alejan de Páris, armado de todas armas y sobre poderoso corcel
sale el pérfido Macayre en su busca, determinado á darles muer-
te. En lucha desigual sucumbe Auberí, dando tiempo á que la
desventurada Sevilla logre salvarse, invocando el nombre de
Santa María; y al lado del cadáver del fiel caballero queda, cual
generoso guardián, un valiente galgo, que no solamente mues-
tra su lealtad durante la refriega, sino que está destinado á des-
1 Párrafos V y VI del cód. cscurialense.
11.^ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 59
empeñar parle principalísima en la historia de la infeliz Se-
villa 1.
Caminando esta toda la noche, depárale la Providencia á la
mañana un leñador, que dolido de su cuita y enojado contra el
rey y los cortesanos, prométele llevarla á Constantinopla, donde
reinaba el emperador Richarte, su padre, quien no dejarla sin
enmienda tan inmerecido agravio. Barroquer, que tal se llama-
ba el leñador, abandonando su familia, emprende el viaje á que
se habia ofrecido, dirigiéndose á Uugria, al mismo tiempo que
vuelto á París el traidor Macayre, redoblaba los tiros de la ca-
lumnia, asegurando que Auberí de Mondisdier habia deshonrado
á la emperatriz, con lo cual crecia más y más la indignación de
Carlos. A la mesa de este emperador se hallaba sentado el asesi-
no de Auberí, cuando vencido del hambre, penetra el galgo fiel
en la cámara regia y reparando en el traidor, lánzase sobre él,
trabándole fuertemente del cuello : maltratado y perseguido de
los palaciegos, suelta la presa, arrebata un pan de la mesa im-
perial y parte corriendo al bosque, dejando á todos admirados y
deseoso á Carlos de saber su paradero. No esperó largo tiempo:
al siguiente dia apareció el galgo de nuevo en el palacio, donde
tal vez hubiera muerto á manos de los deudos de Macayre, si
ayudado de otros caballeros, no lo amparase el duque don Ay-
mes, llevándolo ante el monarca, á quien manifiesta la sospecha
que habia concebido contra su favorito, aconsejándole que manda-
se seguir al perro, que animado de sobrenatural instinto, pare-
cía pedir justicia al emperador, ya lanzando tristes ahullidos, ya
tirándole del manto, como para persuadirle á que le acompañara.
Decidido á hacerlo con varios caballeros de su corte, de cuyo
número se exime el artero Macayre, llegan á una fuente, donde
habia el galgo enterrado el cadáver de Auberí, siendo grande la
admiración que en el ánimo de Carlos produce aquel descubri-
1 En el libro holandés no loma el galgo parte en la refriega; pero es
perseguido por Macayre aquí y en el palacio, según después nos dice la ver-
sión castellana, que analizamos. En esta se antepone el episodio del duelo
entre el galgo y Macayre al recibimiento que hacen á la reina y á Barro-
quer los payeses úngaros, narrado antes en la primera (Cap. IX).
60 HISTORIA CIIÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
miento y no menor la indignación de sus proceres, quienes con-
ducen el cuerpo del caballero con fúnebre pompa á la ciudad de
París, dándole honrosa sepultura. Prendía el emperador al mis-
mo tiempo al sospechoso Macayre, y convocando sus doce Pares,
pedíales consejo sobre tan extraordinario caso. En esta asamblea,
pintada con notable naturalidad y sencillez, resuélvese, no sin
oposición por parte de Galalon y los suyos, que entre en lid el
presunto asesino, armado de un escudo redondo y de un palo de
un codo, con el galgo de Auberí, lo cual aprueba el monarca,
mandando que se ejecute. El duque don Aymes mueve á los do-
ce Pares á esta singular resolución, narrándoles un curioso y
bello apólogo, en que se enaltece la fidelidad de los perros ; apó-
logo cuya importancia literaria no puede ocultarse á los lecto-
res 1.
1 El apúlog^o empleado por el duque don Aymes, no existe en el libro
holandés, circunstancia de mucho peso en nuestros estudios, pues mues-
tra de un modo inequívoco la influencia que, al ceder el puesto á otras
formas literarias, ejerce en ellos la didáctico-simbólica, cuyo desarrollo
dejamos plenamente reconocido. El indicado enxen.plo está concebido
en estos términos:
«Mucho leal es el amor del can: esto oy probar: ning-uno non puede fal-
»sar lo que ende dixo Merlin; ante es gran verdat lo que ende profetisó.
«Onde aveno asy que César el enperador de Rroma lo tenia en presión: et
«este fué aquel que fizo las carreras por el monte Pavés. Un dia fizo venir
»ante sy á Merlin, por lo probar de su sseso et díxole: Merlin, yo te man-
ado assy como amas tu cuerpo que tú trayas ante mi corte tu joglar et tu
«sieruo et tu amigo et tu enemigo. — Señor, dixo Merlin, yo uos los traeré
«delante, sy los yo puedo fallar.— Señores, dixo el duque don Aymes, uer-
»dat fué que el enperador tiró de presión á Merlin, et él fuese á su casa et
stomó su muger et su fijo et su asno et su can, el tróxolos á la corte antel
«emperador et díxole: Señor, vedes aquí lo que me demandastes: catad,
«esta es mi muger que tanto es fermosa et de que me uiene mi alegría et
«mi solaz el á quien digo todas mis poridades; mas pero si me viene algu-
«na enfcrmedat ya por ella non seré confortado; et sy acaesciese asy que
«yo oviese muerto dos omes, por que deviese seer enforcado et ninguno
«non lo sopiesc, fueras ella solamente, sy con ella oviese alguna saña et la
«feríese mal, luego me descobriría: et por esto digo queste es mi enemigo,
»ca tal manera há la muger: asi diz la otoridat. Señor, vedes aquí mi fijo:
«este es toda mi vida et mi alegría et mi salut. Quando el niño es pequenno,
«lanío lo ama el padre et tanlo se paga de lo que diz que non ha cosa de que se
I!.* PAUTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 61
Señalado el campo, escúsase Macayre de pelear con un per-
ro, pretestando la honra de su familia * ; pero inflexible Carlos y
aconsejado el traidor por sus deudos, que le ofrecen rebelarse y
ponerle en el trono, empieza aquella peregrina batalla, logrando
el galgo ensangrentar el rostro del favorito, en cambio de muy
rudos golpes. Dudoso aparecía el éxito, cuando otro de los trai-
dores, llamado Galeran, tio de Macayre, entra armado en el pa-
lenque, dando al perro una lanzada é intentando acabarle. Mas
frustrada su alevosía por la autoridad del emperador, que ofrece
cien libras á, quien se apodere de su persona, prosigúese el com-
bate hasta confesarse vencido el asesino de Auberí, á cuyo se-
pulcro (monimiento) se acoge el galgo, obtenida la victoria, ne-
gándose después á tomar alimento y muriendo al cabo, como
»tanto pag'uejtiin de que tal alegría aya; et pof ende le faz quanto él quíer:
»mas después que es ya grande, non dá por el padre nada et ante querría
»que fuese muerto que uiuo, en tal que le fincase todo su aver: tal costum-
Dbre há el niño. Señor, vedes aquí mi asno que es todo dessouado: certas
D aqueste es mi siervo, ca tomo el palo et la vara et dóle g-randes feridas efc
i»quanto le más dó, tanto es más obediente; des y eoho la carga encima del
»et liéuala por ende mejor: tal costumbre há el asno, esta es la verdat.
«Señor, vedes aquí mi can: este es mi amigo: que non he otro que me tanto
Dame, ca si lo ñero mucho, aunque lo dexe por muerto, tanto que lo llame,
iiluego se uiene para mi muy ledo et afalágame et esle ende bien: tal ma-
»nera es la del can. Ora sé uerdaderamente dixo César que sabedes mucho;
»et por ende quiero seades quito de la presión et que vayades á buena uen-
)utura, ca bien lo meresc^edes. Et Merlin gelo gradcsció mucho et fué su uia
«para su tierra.»
Nótase pues que la expresada forma simbólica queda ya en nuestra li-
teratura como un simple medio de manifestación; circunstancia que se cum-
plía al par en otras meridionales: en la italiana por ejemplo ofrecen los
poemas caballerescos repetidas pruebas: t'ulci en su Margante Magglore
(cant. IX, st. 20 y 73, y cant. XIII, st. 31) y Bello en su Mambria-
no (Cants. III y YIII, X, st. 7, 8 y 5) y otros ingieren cuentos, fábulas y
apólogos, con el mismo intento que el trasladado arriba. No es para des-
preciada la observación de valerse el traductor ó refundidor castellano de
la erudición romancesca.
1 Macayre celebra por el contrario en la versión holandesa el juicio de
los doce Pares, porque juzga segura la victoria sobre el can de Auberí (ca-
pítulo XIIj.
62 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
espejo de fidelidad, junto á la tumba de su dueño, donde es en-
terrado por mandato del monarca *.
Terminado este raro episodio, no sin ejemplo en la literatura
caballeresca, torna el narrador á la emperatriz, que guiada por
Barroquer, llega á Urmesa, ciudad muy principal de Ungría,
hallando asilo entre una honrada familia del estado llano [bur-
gueses] , que dolido de su hermosura y desamparo, y venido el
momento del parto, asístela y prodígale todo linage de consuelos
con extremada solicitud y ternura 2. Daba Sevilla á luz un her-
moso niño, en cuya espalda se dibujaba una cruz roja; y llevado
á las fuentes del bautismo por el leal Barroquer, veíale acaso el
rey de Ungría, moviéndole á tomarle por ahijado la narración de
su infortunio. Luis, que este nombre recibe el infante, crece al
lado de Barroquer, aliviando los sinsabores y dolencias de su
madre con sus infantiles caricias, hasta que entrado ya en la ju-
ventud, es llevado á la corte del úngaro, donde se educa en las
artes de la caballería; y restablecida algún tanto Sevilla, resuel-
ven todos proseguir su viaje á Constantinopla ^. A esta ciudad
se encaminaban, cuando son asaltados en un monte por una ga-
1 En toda esta parte aparece la versión holandesa más descargada que
la castellana y más aun que la Historia de Sevilla, dada á luz en el si-
glo XVI. En la primera es condenado Macaris á ser azotado y colgado de
una estaca (cap. XIII): en la segunda manda el emperador «echar á Macay-
»re una cuerda á la garganta et á Galeran, ssu tio, otrossy et liarlos á dos
ucauallos; et fizólos rastrar por toda la ciudat.»
2 En la leyenda holandesa, que según hemos notado, antepone parte
de estos sucesos, es recibida la reina entre las burlas de los aldeanos y
burgeses de Videnmium, contrastando este recibimiento con el silencio que
guarda Barroquer, al escucharlas (cap. IX). Como vemos, esta escena es
mucho más sencilla en la versión castellana.
3 Hemos indicado que ambas leyendas reconocen un mismo origen en
los fragmentos del antiguo poema, publicado por el barón Reiffenberg; y
esta convicción, nacida de la naturaleza misma del asunto, adquiere com-
pleta fuerza al comparar las escenas que vamos mencionando. Josarán, hués-
ped de Sevilla y de Barroquer, tiene dos hijas: la mayor que es de extre-
mada hermosura, y lleva en la versión holandesa el nombre de Belisarta y en
la castellana el de Elifanle, enamorada tiernamente de Luis, procura evitar
que se aparte de su lado, ofreciéndole felicidad duradera, si se casa con
ella: esta situación, pintada en una y otra leyenda con extremada senci-
II.* PARTE, CAP. II. PRni. MON. CAST. DE LA LIT. CAD. 65
billa do ladrones, cuyo capitán se prenda de la hermosura de la
reina; pero Barroquer y Luis pelean tan valerosamente contra
Ucz é ingenuidad, tiene su modelo en los siguientes versos del expresado
poema (pág. 613):
Li borjois et deux filies, moult belles et plesant,
L'aisnée \int á luí, si le vet acolant.
— Sire, frans damoiseax, entendez mon semblant,
Aleve nous [vos] avons en norri, bel enfaiit,
Qant venistes céans, vos n'aviez noiant
Var [ouquel], vostre peres, qui á le poli ferrant,
Amena nostre dame, sacbois, moult povrement;
Vos nous avons serví moult encéablement.
8'or Tolies estre sages, mar iréit en avant;
Mes prenés-mol á férae, je 11 voil et demant.
Looys, biax dons frere, entendés ma proiere.
Aves merci de moi, ne suis pas losengiere.
—Bale, dit Looys» je me vois míe arriére.
Bele ests de facón et de cors et de cbiére;
Et je suls povrcs enfent, si n'ai bois ni riviére, ^
N'ai terre ne avoir qu vaille une estriviére
Et ma dame est malade, ansi cora fust en biére.
Et Var (ouquel), mes peres, qui á la brace flére,
Ma dame sert moult bien et de bone maniere ;
Vos peres ra'a norrl et mostré bele cbiére,
Etsl n'ct onc du mien vaillant nue lasniére;
Mis se Diex m'amendoit qui íis ciel et luraiére.
Je li vendrai á double, trop me fet bele cbiére.
Rales-vos-an pucele, ne soiés pas laniére;
Gardas vo pucelage; trop me sembles legére.
Veamos este pasage en nuestra leyenda:
«El burgués auia dos fijas niñas et fermosas, et la mayor avia nombre
«Elifante, que era más bella; et esta amaua mucho al donzel et decíale a me-
»nudo en poridat: — Buen donzel, nos vos criamos muy bien et muy vicíosa-
»mente, et uos bien sabedes que vuestro padre traxo aquí á vuestra madre
«muy pobremente, et uos sodes muy pobre conpaña; et sy quísierdes ser
j>sabidor, non yredes de aquí adelante; mas tomadme por muger et sercdes
«rico para sienpre, que vos non fallesQecera cosa, ca bien sabedes que non
xha cosa en el mundo que tanto ame como á vos. — Dueña, dixo Loys, vos
»sodes muy fermosa á marauilla et muy rica et yo muy pobre, que non hé
«ninguna cosa nin mi madre otrossy: que non há ningún consejo sy non mi
«padre Barroquer que la sirve. Et vuestro padre me crió muy bien por su
«mesura, que nunca por mí ouo nada; mas sy me Dios llegase ende á tien-
*po, yo le daría ende buen gualardon. Mas guardatuos, amiga, que tal
»cosa non me digades, nin vos lo entienda ninguno». — Aunque simplifica-
da, nadie desconocerá los rasgos que la escena española conserva de la
6 i HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA5Í0LA.
los salteadores que no sólo dan muerte á los más, sino que rin-
den á Griomoart, su caudillo, bien que perdonándole la vida.
Allí saben que hay en la misma montaña una ermita, en que ha-
cia vida penitente un hermano del emperador de Constantinopla;
y llegados á su presencia, movido el anciano de la afrenta y do-
lor de su sobrina, abandona la soledad para tomar de nuevo las
armas, con ánimo de vengarla ^; empresa en que intenta obli-
gar no sólo á los caballeros del imperio bizantino, sino también
al mismo Papa.
Mientras el venerable ermitaño congrega numerosas huestes
contra el descuidado Carlos, dirígese Barroquer á París ^ en
trage de peregrino [palmero], hallando al emperador orillas del
Sena y dándole abultada noticia de la expedición que para en-
mendar la injuria hecha á Sevilla, se preparaba. Con inteligente
perspicacia repara al mismo tiempo el estado en que se encuen-
tra la ciudad, introduce en el ánimo del monarca dudas y des-
confianzas respecto de sus favoritos, y ofreciéndosele cual exce-
lente domador de caballos, se apodera del que el rey montaba,
fugándose al campo del infante Luis, á quien lo entrega, acon-
sejándole que moviendo su ejército, caiga de improviso sobre el
de su padre, seguro de la victoria. Tomado el consejo, y sor-
francesa, dándonos tal estudio á' conocer perfectamente la manera en que
este y los demás libros, que en el presente capítulo mencionamos, fueron
traidos á lengua de Castilla. No difiere más la versión holandesa.
1 El antiguo poema francés es en toda esta parte más rico en porme-
nores que las leyendas holandesa y castellana, especialmente respecto del
reconocimiento de Sevilla por su anciano tio; peripecia que aparece no obs-
tante discretamente preparada en el libro español. Sentimos no poder tras-
ladar aquí tan interesantes pasag-es; pero remitimos á nuestros lectores á las
Ilustraciones del presente volumen, donde recogemos y damos á luz estas
joyas preciosas de la literatura del siglo XIV.
2 Debemos advertir que Barroquer, antes do pasar á la corte, visita á
su mujer é hijos en la villa de Emaus (Manes dice la Htstoria de Sevilla),
disfrazado de peregrino, siendo reconocido por su asno antes de descubrirse
á su familia; circunstancia que se omite en la versión holandesa y que tra-
yendo á la memoria el perro de Ulises y el asno de Sancho, nos señala
una relación más entre la leyenda castellana y el primitivo poema francés,
donde existe ya este gracioso incidente.
[I.* PARTE, CAP. H. PRIM. MON. CASI. DE LA LIP. CAR. 65
prendidos los franceses, se encierran desanimados en el castillo
de Altafoja, haciendo no obstante algunas salidas sobre el cam-
pamento enemigo ': en una cae en sus manos Barroqtier, siendo
condenado á pagar en la horca las pasadas burlas ; mas cuando
ni los ruegos del duque don Aymes, ni la relación de los servi-
cios hechos á la emperatriz pueden aplacar la saña de Carlos, y
ya en poder de los deudos del traidor Macayre, aguarda sólo para
morir la venida de la nueva aurora, ofrécese á rescatarle Grio-
moart, pagando así con salvar la vida de Barroquer la que habia
recibido de su clemencia. Usando oficio de encantador, sácale del
poder de los franceses con no poca alegría del príncipe Luis y
de su madi-e, lo cual exaspera grandemente al emperador y en-
ciende más y más la comenzada lucha 2.
1 Los accidentes de todos estos pasages .varían no poco en ambas ver-
siones, y una y otra aparecen más sencillas que la edición castellana de la
Historia de Sevilla. El asedio de Altafoja se narra también en la Canción
de Gesta de Aspremont; pero con referencia á Galalon, el más calificado do
los traidores que figuran en tales narraciones romancescas del ciclo carlo-
ving-io:
....d'AutefoiUe en fa li dus Grifón
Ensemble ó lui fu ses íis Canelón,
Qui de Rollant fist puis la traíson, etc.
2 En la leyenda primitiva aparece desde luego el bandido Griomoart
como extremado en las artes de encantamiento. Necesitando de un asno pa-
ra conducir las viandas que ha adquirido, después de su vencimiento por el
infante Luis, á quien sirve, hállalo á la entrada de un prado y quiere com-
prarlo: dirigiéndose á un aldeano, su dueño,
Sire, disl Grimoart, ¿cest asne me vendes?
Et Gil U respondit:— Por noiant en parles,
Je n'aprandrole mié tut quanque vos aves.—
Quant Grimoart l'oy qu'il n*est á poi desvés,
Envers l'asne s'anvait, de luí est acoles.
En l'oreille li disl un encliantemens tés
Qui li asnes s'andort, a la terre est verses:
Grimoart prant son asne, n'i est plus arestés
Le peine mist de desús et le poissons deles
Et le barit de vln, dont 11 estolt tronssés,
Puis sesi l'aguillon, trols fois s'est cries:
— Het avant, Dlex aie!.... etc.
No es pues maravilla que empleando análogos medios, liberte á Barroquer
de la saña de Carlos.
Tomo v. 5
06 HISTORIA CÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
A punto de venir nuevamente íi las manos, interviene el
Apostóligo en aquellas desavenencias, mostrando á la reina y al
infante que lejos de forzar, como vencedores, la voluntad de
Carlos, era deber suyo ablandar su corazón con el ruego; piado-
so y cristiano consejo, que seguido por todos, produjo el resul-
tado que el Sumo Pontífice habia predicho. Carlos Maynes, ven-
cido del amor de esposo y de padre, recibió á Sevilla y il Luis
con los brazos abiertos; y olvidadas las antiguas injurias con el
castigo de los traidores y el premio de los leales, volvió ¡i Paris
en medio de las bendiciones y plácemes de su pueblo, desposan-
do luego á su hijo con Blanca Flor, primogénita de Almerique
de Narbona, y haciéndolo jurar heredero de la imperial dia-
dema ^ .
1 La Historia de Sevilla anuncia ya todos estos hechos desde que nar-
ra un encuentro que supone entre las huestes de Luis y de Ayinerico, con-
de de Narijona : este se pasa al príncipe y le ofrece su hija Blanca Flor por
esposa. Aymerico es una de aquellas figuras que aparecen en la corte de
Ludovico Pío, como la del duque de Naymes (el cuento dice don Ayraes)
en la de Cárlo-Mag-no: en el notabilísimo poema de Guillermo, el Chato,
por ejemplo, cuando llega este á Paris para solicitar el socorro que ha me-
nester su ciudad de Orange, apretada por los sarracenos, halla al conde con
su esposa Ermengauda al lado del trono, siendo el principal ornato de
aquella corte. Respecto de Blanca Flor, que figura en dicho poema, como
tal esposa de Ludovico y es colmada de injurias y denuestos por Guiller-
mo, su hermano, debemos notar que el expresado nombre determina en los
libros caballerescos muy distintos personages. Ya hemos visto, al mencio-
nar la leyenda de los Votos del Pavón, que Blanca Flor era española, rau-
ger de Flores, rey de Almería, y abuela de Cárlos-Maynete, debiendo
añadir que esta es la tradición del libro que con nombre de ambos se im-
primió varias veces durante el siglo XVI, como en su lugar veremos. Boc-
cacio que hubo sin duda de conocer una tradición distinta, hace en su Fi—
locopo, primer libro caballeresco que escribe en prosa, que Florio y Bian-
ca Fiore sean hijos, aquel de Félix, rey moro de Sevilla, y esta de Quin-
to Lelio Africano, que yendo en romería a Compostela, es muerto por el
rey, quedando en poder de este y ya en cinta su muger Julia Topazia.
Florio y Bianca Fiore nacen en un mismo dia; se crian juntos y se aman
tiernamente; pero sabido esto por el rey, procura poner término á tal pa-
sión, separando á los jóvenes. De aquí nacen las muy singulares aventu-
ras del Filocopo, que terminan con el matrimonio de los amantes, su res-
titución á Sevilla y la conversión al cristianismo de sus vasallos. Como se
II.'' PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DÉ LA LIT. CAR. G7
Tal es en suma el Noble cuento del Emperador Chárlos
Maynes de Roma et de la buena emperatriz Sevilla. Distinta es-
ta peregrina narración de la leyenda que dá á dicha princesa
origen mahometano, haciéndola hija de Hixem, rey de Toledo,
y condenándola á perpetua esterilidad ' , derívase como va in-
sinuado, de un antiguo poema francés, que ya directamente, ya
por medio de una segunda redacción en prosa, se comunica á,
diversas naciones de Europa, tomando plaza en sus literaturas 2.
No es por cierto la castellana la última que la recibe, si bien sólo
en el siglo XVI llega á adquirir cierta popularidad, merced al
movimiento literario que oportunamente explicaremos. Sírvenos
ahora para comprender con entera claridad el modo y forma en
qUe se acomodan al gusto, á, las costumbres y á, las creencias de
advierte, el proceso de la narración insiste siempre aqui, como en los Votos,
ch la fidelidad de Blanca Flor, virtud que no se le reconoce en el poema
de Guillermo el Chato. Quadrio juzgó que el libro de Boccacio habia dado
origen al de Flores y Blanca Flor; pero por ignorar la leyenda de la Cró-
nica de Ultramar, muy anterior al discípulo de Petrarca.
1 En la Crónica de Ultramar, tantas veces mencionada, leemos dcs-
jiues de referir las fabulosas aventuras que Carlo-Magno llevó á cabo en
Toledo: «Después que tornó cristiana á la infanta (Galiana), le puso por
«nombre Sevilla ct caso con ella... Mucho fué aquella reyna Sevilla buena
«dueña et sancta et mucho la amó el rey Carlos; mas non quiso Dios que
«della oviesse fijos» (Cap. XLIII, fól. 131, col. 1.^}. El mismo nombre dio
después á la hija de Getcdim, rey de Saxoña (Sansueña); y de esta princesa
hay también diferentes tradiciones romancescas (Wolf, Uber die Beideii Wie-
deraufgefandenen, etc., pág. 104). Con el argumento de la leyenda que
dejamos examinada, bien que tomado sin duda de la Historia de Sevilla,
impresa en 1532, existe la Comedia famosa': Los Carboneros de Francia
y reina Sevilla, atribuida no con seguro fundamento á Francisco de Rojas
En ella figura también Blanca Flor, y hace el Conde de Maganza el pa-
pel de Macayre, dándose al enano el nombre de Teodoro, á Barroquer el
de Lauro, é introduciéndose además otros personajes análogos á los que
juegan eh la primitiva leyenda.
2 La prueba más eficaz de este aserto existe en el libro holandés, á
que nos hemos referido en notas anteriores, siendo para nosotros evidente
la progenitura que indicamos aquí respecto de ambas redacciones. La ho-
landesa, según notó Wolf, se halla compartida en veinte y tres capítulos.
V.n el códice español sólo aparecen divididos los párrafos y no siempre con-
forme á la materia que encierran.
G8 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nuestros mayores las maravillosas leyendas del mundo caballe-
resco, y cómo empiezan ii ganar la estimación de los discretos
las peregrinas historias del ciclo carlowingio. Cierto es en ver-
dad que son acogidas con igual aprecio las relaciones bretonas,
según lo prueba en el siglo XIV la ya citada Estoria del Rey
Guillermo de ]nf/la(ierra, que ampliada también, como el Noble
cuento de Chorlos 3Iaynes, debia alcanzar dos centurias adelante
extraordinario aplauso 1 . Las aventuras y singulares vicisitudes
de aquel príncipe y de su, esposa Graciana, y las no menos sor-
prendentes de Lobel y de Maryn, sus hijos, coronados de felicí-
simo éxito, no podían dejar de interesar grandemente en una
época en que eran verosímiles los más altos portentos, allanando
la fé religiosa el camino y disipando con fuerza irresistible todo
iinage de dudas. Mas fijando particularmente nuestras miradas
en los monumentos arriba mencionados, lícito juzgamos ipanifes-
tar que debió merecer la preferencia el Cuento muy fermoso del
Emperador Ollas el de la Infanta Florencia, su fija, así como
excitará hoy mayor interés en cuantos acierten á saborear su
lectura.
Distante igualmente de uno y otro ciclo caballeresco, tiende
en la versión castellana, como el Cuento de Chorlos Maynes, á
un fm didáctico, con el premio de la virtud y el castigo del vicio.
Garsir, emperador de Constantinopla, sabe que Ottas, empera-
dor de Roma, tiene una hija llamada Florencia, de tan extrema-
da belleza como honestidad; y codiciando su posesión, envíale un
mensagero pidiéndola por esposa ; mas con el expreso mandato
l Ea 1526 se duba á luz en Toledo con csle titula: «Chrónica del rey
«don Guillenno, rey de Inglaterra é duque de Angeos et de la reyna doña
))Bcrta, su muger; é de como por revelación de un ángel le fué mandado
»que dexase el reyno é ducado é anduviese desterrado et de las extrañas
«aventuras que andando por el mundo le auino (sic)». Esta edición no debió '
ser la primera, por cuanto en el mismo título se anadia: Agora nuevamen-
te impreso. También las prensas de Dominico Robertis daban á luz el
año de 1553 en Sevilla tan singular leyenda, muy poco o nada conocida de
nuestros más entendidos bibliófilos, por más que en el siglo XVI fuese fa-
miliar á todo linagc de lectores. Esta circunstancia nos hace aquí sensible
la imposibilidad de ofrecer detenido análisis de la primitiva versión cas-
tellana. Véanse no obstante las Ilustraciones.
II.'' PAUTE, CAP. II. PRIM. .MON. CAST. DE LA LIT. CAÍ!. 09
ÚG amenazarle con la guerra, dada la eventualidad de' la negati-
va. Enojado escuchó el anciano Ottas la altanera embajada de
Garsir, y consultados sus magnates, replicó á tal demanda, acep-
tando aquella manera de reto. Con poderosa armada se dio Gar-
sir á la vela, al saber la respuesta del romano, aportando en bre-
ve, bien que no sin peligro de naufragio, á las costas de Salerno,
y moviendo al punto su ejército contra Olifante, fuerte ciudad,
asentada á seis leguas de Roma. Convocados entre tanto sus pro-
ceres y caballeros, prepárase Ottas para salir al campo; y apenas
hablan las huestes de Garsir avistado la ciudad, cuando es aco-
metido el real de los griegos por dos paladines desconocidos,
caudillo cada cual de veinte caballeros, que bastan á infundir
verdadero terror en el ánimo de los invasores. Eran aquellos hi-
jos del rey de Ungría, que muerto su padre y arrojados del rei-
no por la impiedad de su madre que habia dado mano y corona
á otro, venían resueltos á favorecer á Ottas contra la violencia
de Garsir, ganosos de merecer al par el amor de la hermosa
Florencia. Precedidos por el aplauso de la victoria, preséntanse
ambos hermanos, Miles y Esmere, al emperador, quien no sola-
mente los acoje con extremado cariño, sino que les ruega acep-
ten distinguido asiento en el banquete que daba á sus caballeros,
como para inaugurar la próxima campaña.
En medio de la corte romana apareció á los ojos de Florencia
e^ valeroso Esmere, cual tipo de belleza, así como la fama de su
valor lo habia pintado ya en su mente, cual modelo de la caballe-
ría. «Él era grande et membrudo et muy bien tajado : catana
»muy fermoso et era blanco como flor de lis, et tan bien colora-
ndo que era maraviella. Los ojos avia verdes, las sobrecejas bien
«puestas; cabellos de color de oro; ancho era de espaldas et
«delgado en la cinta.» Dominada de tan gallarda y varonil pre-
sencia, siente brotar en su pecho la llama de amor, haciendo ar-
dientes votos, por el logro de la dulce esperanza, en aquel mo-
mento concebida i. Ottas, llegada la hora de partir contra los
1 Debemos notar que la pintura de Florencia está hecha con igual fres-
cura y gracia:
«Esta Florencia de que uos fablo... (dice) quando legó á cdal de quince
70 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
griegos, promete la corona imperial y la mano de su hija al afor-
tunado caballero que más bravura ostente en las batallas, re-
suelto á dar él mismo ejemplo de valor, como soldado, Al frente
de los suyos, embiste á Garsir poij inusitado esfuerzo, y trabada
la pelea entre ambos monarcas, caen los dos en tierra al rudo
choque de las picas, mostrándose no obstante la victoria favora-
ble al romano, que cercado de improviso por innumerables guer-
reros, hubiera perdido la vida, si el arrojo de Esmere no le sa-
cara de tan apretado lance. Roma iba á quedar libre de enemigos,
cuando una saeta, disparada por oscura mano, traspasa las sie-
nes de Ottas, que tenia acaso levantado el yelmo, y rodeado Es-
mere de nuevos y más numerosos combatientes, sucumbe al fm,
siendo presentado al bizantino, cual principal trofeo del triunfo.
Grande fué el luto de la ciudad y la amargura de Florencia,
al saber el desventurado fm de Ottas. Los griegos se adelantan
al propio tiempo sobre Roma, y asediándola estrechamente, la
reducen al último extremo: para salvarla, resuélvese Florencia á
tomar esposo, eligiendo á Miles, muerto ya según voz pública el
valerosísimo Esmere. Prendado de su esfuerzo y de su gentile-
za, habíale puesto sin embargo el emperador Garsir en libertad;
y vuelto á Roma entre las aclamaciones del pueblo, desbarataba
su presencia el casi realizado proyecto que iba á ceñir á las sie^
nes de Miles la imperial corona. Esmere, recibido como liber-
tador y escudo de la nación romana, es revestido de la púrpurp,
y ungido con el óleo santo; mas la enamorada Florencia, ante-r
poniendo el deber de reina á la felicidad de esposa, le impone la
obligación de pelear hasta vencer al enemigo de la patria, único
xanios foé (an bella ct tan cortés et laa bien cnsennada que cu todo el
) inundo non le sabian par. Ya do las cscripturas nin de las cstorias nin-
«g-uno norr sabia más; de la harpa ct de uiola et de otras estrumcnlus nin-
»g-uno non fué mas maestre. Et con todo esto le diera Dios tal donayre
«que non se abondauan las g-entes de oyr su palabra, onde ella era mocho
«ahondada et mocho conplida. El su parecer et el su donayre en el mundo
»non le fallauan par: asi que desian aquellos que la afemenciauan, que
«desque Dios formara á Adam et Eva que tan bella criatura non nascicra
);synon una que nunca ouo par nin aucrá.» Los demás retratos participan
de igual sencillez y gracia.
II.* PARTE, CAP. 11. PRIM. MON. CAST. UE LA LIT. CAÍ!. 71
instante en que hará suya la flor de su juventud y belleza. Con
esta esperanza, sale Esmere al campo, combate, vence y persigue
á los griegos, forzándolos á embarcarse; y apoderado de gran
número de bajeles, forma la resolución de llevarles la guerra á
su propio imperio, para lo cual encomienda la guarda de Roma
y la custodia de Florencia á Miles, su hermano, con otros dos
caballeros, Samson y Agravain, distinguidos entre los magnates
romanos por su valor y riquezas.
Llegada juzgó Miles la hora de vengar el desaire antes re-
cibido; y no bien se habia separado de Esmere, cuando trazaba
horrible traición para despojarle del imperio y de la esposa. Só-
lo halló obstáculo á su pérfido intento en Samson y Agravain;
pero muerto el primero en la demanda, sucumbió el segundo al
criminal propósito de Miles, quien para lograrlo mejor, manda-
ba poner en fúnebres andas el cadáver de Samson, echando voz
de que era el de Esmere, noticia que iba llevando por todas par-
tes verdadero dolor y que producía en Roma el más profundo
llanto. Agravain descubría, sin embargo, aquella trama al pon-
tífice (Apostóhgo); y cuando se tenia Miles por seguro de su
maldad, era sorprendido y encarcelado en el alcázar regio, re-
novándose la general alegría, al saberse las victorias de Esme-
re. Penetrando este en Constantinopla, habia vencido entre tan-
to á Garsir en su propio palacio, reconociéndole el anciano mo-
narca como á natural señor, al rendirle su espada: con él tor-
naba á Roma, recordando los triunfos de los antiguos Césares,
y sabedora Florencia de su venida, manda, para evitarle eno-
jos, sacar á Miles de la prisión en que le tenia, ordenándole que
salga al frente de la nobleza á recibir á su victorioso hermano.
Mal pagaba el traidor esta generosidad: al avistar á Esmere,
fíngese maltratado de Florencia, porque entregada esta á torpes
amores con Agravain, habia pretendido castigar en él tal des-
honra; y en el instante en que el leal caballero, lleno de alegría,
corre á felicitar á su rey, se vé acometido por el impostor, sos-
pechando Esmere á vista de semejante saña que habia algo de
siniestro en el proceder de Miles. La declaración del calumnia-
do Agravain, convence al emperador de la protervia de su her-
mano, resolviéndole á darle muerte; Garsir se interpone sin em-
72 HISTORIA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
bargo y suspendida la ira del injuriado príncipe, logra el per-
don del criminal, á quien manda Esmere volver á Roma.
Con nueva perfidia respondía allí á tanta clemencia: mintien-
do celo y cariño, induce á la confiada Florencia á salir en busca
de su esposo, y apartándola insensiblemente de su comitiva,
condúcela á. espesa montaña, por la cual camina tres dias, sin
tomar descanso, hasta llegará una ermita, ensangrentándose
en el anciano que moraba en ella y reduciéndola á cenizas, por-
que se habia condolido aquel de la dolorida reina. Consumado
este crimen, intenta mancillar su honestidad; mas dominado
por la extraordinaria virtud de una piedra preciosa que llevaba
en el cinto Florencia, pierde al tocarla las fuerzas corporales,
no pudieiido dar cima á sus torpes deseos; é irritado contra la
infeliz doncella, azótala cruelmente con punzantes abrojos, col-
gándola de los cabellos á un árbol para más saborear su inicua
venganza. Avino acaso que Tessin, señor de un castillo, que
señoreaba aquellos montes, saliera á caza con sus caballeros y
que persiguiendo estos á un venado, pasaran por aquel sitio:
cobarde, como cruel, huyó Miles despavorido al acercarse los
cazadores; y movido de piedad á lan desusado espectáculo, man-
daba Tessin descolgar á la casi exánime Florencia, llevándola á
su castillo, donde recobraba la salud, merced á los solícitos cui-
dados de la esposa é hija del noble caballero. Mas no se vio li-
bre de nuevas desventuras. Macayre, vasallo de Tessin, concibe
ardiente pasión por ella, y siendo deshonrosamente desprecia-
do 1, forma el infame propósito de tomar cruda venganza. Pa-
ra ejecutarla, ocúltase en la cámara en que dormían Florencia y
Beatriz, hija del castellano, y en el silencio de la noche degüella
á la última, poniendo en la diestra de la extrangera el arma en-
sangrentada. Aquejado Tessin de feroz sueño, salta entre tanto
1 Es de notar la circunstancia de llevar aquí, como en el Cuento de
Churlos Maynes et de Sebilla, el nombre de Macayre un personag-e que
hace oficio de traidor. Esto prueba el común origen de las leyendas que
examinamos, ó cuando menos que fué el mismo el traductor castellano de
ellas. A esta creencia nos inducen todos los accidentes especiales del códice
escurialense, formado con un solo propósito, así como también todos los ca-
racteres literarios que las avaloran.
11.^ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAIi. 75
de su lecho, corre al de Beatriz, y halla á la tierna virgen cu-
bierta de sangre, viendo en manos de Florencia el arma que la
habia despojado de la vida. Acusada del asesinato y condenada
á la hoguera, tenia ya perdida la infeliz reina toda esperanza de
salvación, cuando enterneeido Tessin de sus lamentos y juzgán-
dola incapaz de tan inicua conducta, mandaba ponerla en liber-
tad, arrojándola no obstante de sus dominios i.
Caminando dos dias á la ventura, encuentra Florencia una
ciudad, á cuyas puertas iban á ahorcar un ladrón, terror de la
comarca: á tal espectáculo se conduele del bandido, y recibida
con singular agasajo por el señor de la referida ciudad, pídele y
obtiene la vida de Clarenbaut, que tal es el nombre del crimi-
nal, tomándole por palafrenero. Pero Qste acto de' caridad sólo
acarrea á la triste Florencia nuevos infortunios: Clarenbaut, ce-
diendo á sus antiguos hábitos, engaña á la reina, prometiéndo-
le llevarla á tierra santa y vendiéndola en realidad al capitán de
un grueso navio, llamado Estoc, que burlando á su vez la in-
grata codicia del bandido, le entrega un saco de plomo, en lugar
del oro que le habia prometido. Prendado Estoc de la belleza de
Florencia y teniéndola por suya, intenta ya en alta mar manci-
t Este episodio forma la Patraña veikte y lna de las que incluyó
Juan de Timoneda en su Patrakuelo, mostrando semejante coincidencia que
el Fermoso cuento de don Ottas et Florencia lleg-ó con cierta estimación
al sig-lo XVI. En la Patraña referida lleva Florencia el nombre de Ge-
roncia, Esmere el de Marcelo, Miles el de Pompeo, Tessin el de Marqués
de Delia, Macayre el de Fabricio (que es hermano del Marqués), y asi de
los restantes. — Marcelo, acusada Geroncia por su hermano, la manda ma-
tar en un bosque sin oiría, dancLo este cacarg-o á dos lacayos suyos, llama-
dos Lobaton y Robledo: el primero quiere mancillar a Geroncia, y el se-
gundo muere en su defensa; mas cuando Lobaton está á punto de lograr sus
carnales deseos, sobreviene el marqués, salvando á Geroncia de aquella
infamia. — Rechazado después Fabricio, mata á un sobrino suyo y esconde
el cuchillo entre las faldas de Geroncia, que ha trocado su nombre por el
de Clariquea. Condenada esta al fueg-o, debe á la piedad de la marquesa la
vida, siendo conducida en cambio á una isla desierta (Desafortunada) en
que morian de hambre los que eran condenados á muerte. Timoneda sigue
en lo demás la narración del Fermoso Cuento, con variantes análogas á
las ya indicadas.
74 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
llar su pureza; mas roto de repente el mástil y combatida la na-
ve por furiosas olas, vióse forzado á abandonar la que juzgaba
ya segura presa, arreciando la borrasca al punto de abrirse en
dos el navio, salvándose milagrosamente la reina y el capitán,
bien que de muy diverso modo. Florencia es arrojada á una pla-
ya, donde descubre una abadía, cuyas campanas se tañen á su
llegada, y renunciando á los sinsabores y esperanzas del mundo,
toma en aquel monasterio el hábito religioso. Armada de una
piedra milagrosa y vencida de la caridad, sana en Belrepaire, que
tal nombre lleva el monasterio * , todo linage de dolencias, vir-
tud que le gana el amor de las monjas y la admiración de la co-
marca. Esmere tiene entre tanto guerra con el rey de Pulla y le
vence; pero herido en la cabeza por una flecha, cuyo hierro no
hablan osado extraerle los más doctos físicos, no sólo vive tris-
te, sino que padece dolorosas enagenaciones. La fama de lamon-
ja de Belrepaire le trae pues á este monasterio : á él acude tam-
bién el traidor Miles, castigado por Dios con repugnante lepra,
la más afrentosa dolencia de los tiempos medios; y con ellos
vienen Macayre, Estoc, Tessin, su esposa, y Clarenbaut, aque-
jados cada cual de distinto padecimiento. Congregados todos por
la reina, oblígales á referir sus respectivas historias y á confe-
sar sus crímenes, preparación sin la cual carecía de eficacia la
milagrosa piedra; y narradas sus desventuras por boca de sus
perseguidores, dá principio á la obra de sanar los enfermos por
su propio esposo, descubriéndosele después; peripecia que pro-
duce grande admiración en el ánimo de Esmere y mayor espan-
to en los traidores. Castigados estos con la hoguera y recom-
pensados largamente Tessin y su mujer, restitúyense á Roma
Esmere y Florencia, gozando felices del imperio.
Hé aquí la no sencilla urdimbre de aventuras que forman el
1 E ntre los muchos rasg-os que nos recuerdan, al leer este raro libro,
otras producciones caballerescas, debemos citar el nombre de Belrepaire ó
BcU-repaire. En el famoso Libro de Perceval, dejado por este el castillo
de Gurneman, pasa á la ciudad de Belrepaire, cabeza del reino de Con-
duiramor, situada como el monasterio del Cuento de don Ottas, en una
pintoresca playa. Esta semejanza de sitios c identidad de nombres no son
para despreciadas, al tratarse de obras como las que examinamos.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 75
Cuento muy fennoso del Emperador Olías et de la Infante
Vtorencia, su fija, et del cauallero Esmere. No tan rico de
episodios, muy semejante en la terminación y de no menor inte-
rés para nuestros estudios por referirse á la historia de los pri-
meros siglos del cristianismo, señalando esta nueva relación de
la literatura caballeresca, es el Fermoso Cuento de una Sánela
Emperatriz que ovo en Roma * . Bien quisiéramos exponer
aquí su argumento para recreo de los lectores ; mas forzados de
la itre vedad, cúmplenos sólo dejar consignado que asi como las
obras, cuyo asunto vá expuesto, contribuye á determinar la for-
ma en que van tomado carta de naturaleza estas leyendas en la
literatura castellana, mientras otros libros, más conocidos hoy, lle-
gan á hacerse familiares entre los doctos, merced á más ó menos
fieles traducciones. Testimonio de esta verdad histórica nos
ofrecen los poetas de la misma edad que estudiamos : Pero Ló-
pez de Ayala, Pero Ferrús, Alfonso Alvarez de Yillasandino,
Fray Migir y otros notables trovadores de la segunda mitad del
siglo XIV hacen en efecto frecuentes alusiones á las historias de
uno y otro ciclo; y como consta por irrecusables testimonios que
existieron en la lengua castellana en todo el siguiente ^, razón
1 La inclinación que llevaban los estudios, no podia dejar de refle-
jarse en las producciones caballerescas, por más que dominara en el arte el
espíritu de las mismas. Así se explica que llegaran á ser héroes verdade-
ramente romancescos los personajes más renombrados de la antigüedad
clásica, cuyo conocimiento iba perfeccionándose cada dia al paso que la ci-
vilización adelantaba en las vias del Renacimiento; y solo así puede com-
prenderse el prodigioso éxito que, aun operado este, logran los elementos y
ficciones de la caballería. De tan importante materia hablaremos oportuna-
mente con mayor espacio.
2 El Archipreste de Talavera, que floreció al mediar del mismo siglo,
después de citar á Alejandro, Antioco y Aníbal, menciona con igual apre-
cio á Tristan de Leonis y Lan::arote del Lago (Vi(;ios de las malas mu-
geres et complixiones de los ornes, Parte IV. ^, cap. VI); Fernán Pérez de
Guzman habla de Merlin, como de personaje muy conocido ya en España
(Mar de Historias, fól. 96 v.) por sus profecías, habiéndose después dado
estas á la estampa (Burgos 149S) con este título: El Baladro del sabio Mer-
lin, con sus profectas (Tipog. Esp., pág. 285); y en los catálogos de los
libros de la Reina Católica, publicados por Clemencin, consta que existían
76 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
hay para juzgar que al mencionar los expresados vates los libros
de Lanzar ote del Lago y de Merlin, de Tristan y de don Galas,
del rey Ban y de Enrique de Oliva, no olvidando los del famo-
sísimo rey Artús, ni los de Cario- Magno y su renombrada
Pairid, hubieron todas estas obras de ser traídas al lenguaje
vulgar, en cuyo único supuesto dejaban de ser impertinentes las
referidas citas ^.
en su cámara: 1.'' Un Libro de Merlin (en romance) «que fabla de Jusepe
i»dc Arimatia»: 2.° La IIÍ.* Parte de la Demanda del Sarito Grial (en ro-
mance): 3.° La Historia de Langarote del Lugo (en romance) (Véanse los
núilieros 142, 143 y 144 de dicho catálogo). En 1414 consta asimismo que
se acabó de escribir un códice que encierra la II." y III. '"* Parte del Lanzaro-
Ic (Bibl. Nac. Aa. 103) y en 1440 se custodiaba en la librería que los con-
des de Bcna vente tenian en el castillo de aquel título, una «Bibria conpli-
»da en romance, con un poco del Libro de Merlinn (Saez, Monedas de En-
rique IV y Clemencin, Elogio de la Reina Católica, pág-. 460). Tambjen
Diez Gamez en su Victorial de Caballeros, fól. 29 y 30, menciona las Pro-
fecias de Merlin de tal manera que no deja duda de ser ya libro vulgar en
Castilla. — Fernán Pérez de Guzman daba no obstante á entender en su
Mar de Historias citado, que al escribirlo, no se habia puesto aun en caste-
llano la Demanda del Santo Grial, por estas palabras : «Esta historia non
«se falla en latin, sinon en francés é dízese que algunos nobles la escriiiie-
ron» (Cap. XCVl, fól, 43 v., edición de Valladolid, 1511).
1 Las alusiones que, según vimos en el capítulo precedente, se habían
hecho en los libros castellanos, respecto de los caballerescos, determinaban
sin duda el conocimiento que los eruditos iban teniendo de aquel género de
ficciones : las citas que ahora se repiten con excesiva frecuencia y en com-
posiciones poéticas, cuyo éxito se fiaba por lo común á una lectura rápida
y pasajera, indican que esos libros andaban ya en manos de todos y por
consecuencia en lengua tal que todos pudiesen comprenderlos. López de
Ayala dice que oyó muchas veces libros de devaneos, citando entre ellos el
Lanzarote (Rimado del Palacio, sobre los sentidos). Ferrus, dirigiéndose al
mismo Ayala, para recomendarle la vida de la sierra, le dice [Canc. de
Baena, pág. 337):
Rey Artur et don Galas
Don Lancarote et Tristan
Carlo.'í Magno, don Rroldan
otros muy nobles asas
Por l¡is tales asperezas.
Non menguaron sus proezas,
Segunt en los libros yus.
II.'' PARTE, CAP. II. PHIM. MÜN. CAST. DE LA LIT. CAR. 77
Mas ya ([iio poi' desgracia no existan ú nu hayan llegado (i
nuestras manos todas estas primeras versiones de los libros caba-
Alvarcz de Villasainlino, hablando con Alfonso Sánchez do Jaén, íe
dcnuesta, dicióndolc (Id. pag-. 124):
Por Yos non ilirán de los esleydos
De casa del rey do Ban de Magús, ele.
hiiperial oscrlhía (pág-. 243 de mismo Cancionero):
Del linage del rey Ban
Ley el de mucUos señores,
Et otros, y de Trislan
Que fencsíió por amores, etc.
Y contando después el nacimiento de don Juan 11, no sólo lo atribuyo
la magnificencia de Carlo-Magno y sus doce Pares (pág. 201)^ sino que
le desea el estado del noble Galaz (pág. 220), añadiendo respecto del
amor:
Todos los amores que ouieron Arcbilles,
Paris et Troylos de las sus señores.
Tristan, Lanzarote de las muy gentiles
Sus enamoradas et muy de valores.
Él et sumuger ayan [los] mayores
Que los de París et los de Yiana...
E más que Tristan sea salidor, etc-
Lo mismo vemos en las poesías de Fray Migir y Bartolomé García de
Córdoba, que escriben á la muerte de Enrique IIÍ y al nacimiento de don
Juan, y no otra cosa nos dice el citado Villasandino, en orden á otras ficcio-
nes. Hablando de la generosidad de una abadesa con el adelantado Per Afán,
observa que le
.... Sserá carylaliva
Desque Enrrique, fi de Oliva,
Salga de ser encantado.
Esta leyenda, que se anuda á la historia de Carlo-Magno por los episo-
dios de Ildegarda y de Sibila ó Scbilla, reconociendo su orígcn^, según ha
mostrado el docto Svend Grundtvig, en una de las tradiciones contenidas
en Karla-magnus-laga, era por tanto conocida en Castilla durante la segun-
da mitad del siglo XIV y fue al cabo impresa, sin duda con algunas altera-
ciones, bajo este título: Historia de Enrique, fi de Oliva, rey de Iherusalén,
78 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
Uerescos, poseemos afortunadamente un monumento de tal impor-
tancia en la literatura española y fuera de ella, que basta él solo
para determinar el camino que hicieron aquellas historias hasta
aclimatarse en nuestro suelo, manifestando al par que sin la ela-
boración que dejamos indicada, jamás hubiera llegado á existir
producción semejante. Hablamos de la Historia del esforzado é
virtuoso caballero Ámadís de Gaula, la más celebrada y mejor
escrita de todas las narraciones romancescas, fuente y raiz de
numerosa prole de sabrosas y entretenidas ficciones, recreo y
pasatiempo de esclarecidos poetas y repúblicos i. Su aparición
en la literatura castellana, más natural de lo que vulgarmente se
ha supuesto, explica de una manera satisfactoria la transforma-
ción operada en el gusto de los eruditos, porque reflejando los
elementos constitutivos de la literatura, á que dio vida el mundo
de la caballería, estriba igualmente en las leyendas del ciclo
bretón y del ciclo carlowingio. Esta circunstancia, que á carecer
de otras prendas, seria suficiente para que la crítica fijase en él
sus miradas, incítanos á inquirir la antigüedad del libro de
emperador de Constant inopia (Sevilla 1498). El erudito Wolf ha publicado
un curioso extracto, sobre el cual recae el trabajo del entendido Svend
Grundtvi^ (Uber die Beiden Wiederanfgefundenen, etc., pág 86). En orden
á Merlin, cuya celebridad llega al extremo, se repiten de tal suerte las citas
y alusiones á sus profecías y se glosan estas con tal insistencia {Cancionero
de Baena, núm. 199), que no parece lícito dudar de que el famoso Baladro,
citado en la nota anterior, estaba ya en castellano en la segunda mitad de la
centuria que historiamos. Como naturalmente advertirán los lectores, cobran
mayor fuerza todas estas conjeturas, al tomar en consideración los datos que
la preinserta nota contiene.
1 Cervantes lo declara «como el mejor de todos los libres que de este
género se hablan compuesto y vínico en su arte» {Don .Quijote, Parte I,
cap. 6); siendo muy de notarse, según refiere don Francisco de Portugal en
su Arte de la Galantería (p. 71, ed. 1682), que don Diego Hurtado de
Mendoza, tan esclarecido poeta como docto historiador, enviado por emba-
jador á Roma, llevase únicamente en su portamanteo un Amadis de Gaula
y una Celestina, «de quien (añade Portugal) dijo alguno que les hallaba
mas sustancia que á las Epístolas de S. Pablo.» Adelante veremos el juicio
que sobre el mismo libro tenia formado el autor del Diálogo de las Len-
guas.
II.* PARTE, CAP. II. PRni. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 79
Amñdís; investigación no tan difícil hoy, acopiados por la eru-
dición los datos que pueden ilustrarla ^. Y si nos fuere dado
señalar con su auxilio y con la exactitud que este linage de ta-
reas consiente, el momento en que las letras castellanas produ-
cen obra tan aplaudida, no será ya lícito dudar de la significa-
ción que alcanza en su historia, comparado con los monumentos
arriba examinados.
Al formar la Real Academia de la Lengua el catálogo de au-
toridades, que precede á su gran Diccionario, colocaba entre
las producciones del siglo XV el libro de Amadís de Gaula ^,
y más adelante, un historiador respetable declaraba, sin mos-
trar duda alguna, que al ser escrito el Conde Lttcanor, se ha-
llaba ya el Amadís en manos de todo el mundo ^; pero antes
de manifestarse estas opiniones habíase trabado y sostenido lar-
ga controversia entre franceses, portugueses y españoles sobre
la legítima nacionalidad literaria de aquel libro. ¿Cuál de estos
pareceres y pretensiones se apoya en más sóhdos fundamen-
tos?... Refiriéndonos á la cuestión dd originalidad, para tratar
después la cronológica, lícito nos será advertir ante todo que
siendo los portugueses los que más empeño han puesto en reca-
barla para sí, la misma contradicción de sus escritores llega á
hacerla sospechosa.
Según el testimonio de antiguos cronistas, era el Amadís
de Gaula producción de un hidalgo, nacido en Oporto, á quien
don Juan I dio la orden de caballería en vísperas del triunfo de
Aljubarrota: llamábase Vasco de Lobeira y pasó en Yélves la
1 La rectitud que mueve nuestra pluma nos obliga á declarar aquí, para
honra suya, que nos valemos de las eruditas observaciones, con que don
Pascual Gayangos ha ilustrado este punto en su Discurso sobre los libros
de caballerías, que precede a la nueva edición del Amadís {Bibl. de auto-
res españoles, t. XL), modificando en su vista alguna parte de este mismo
capítulo. Y nos complacemos en hacer esta declaración con tanto más mo-
tivo cuanto que no siempre hemos estado acordes con las opiniones de este
laborioso académico.
2 T. I, pág. LXXXV.
3 Bouterweck, trad. cast. de Cortina y Mollinedo, pág. 7.
80 HISTORIA CKÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Última parte de su vida hasta que en 1403 fallece K Otros
escritores, preciados de muy doctos entre sus compatriotas,
sostienen al contrario que fué traducido el Amadís de lengua
francesa por un Pedro Lobeiro, escribano de Yélves, obede-
ciendo el mandato del infante don Pedro, el de las siete Parti-
das 2; habiéndose generalizado por último en el siglo XVI la
opinión de que era debido al infante don Fernando, hijo de
don Alfonso, á quien se habia concedido también alguna inter-
vención en el mismo asunto ^. No siendo pues una y cons-
tante la opinión de los escritores portugueses, racional creemos
poner en duda la autoridad de sus respectivos asertos en orden
á la originalidad del Amadís por algunos de ellos reclamada pa-
ra sus ingenios. Ni han logrado los franceses más claro galar-
dón en esta manera de lid, por más que hayamos de adjudicar-
les la palma de la originalidad respecto de las producciones que
dejamos examinadas y de otras muchas, que en lugar oportuno
citaremos. Los argumentos alegados una y otra vez para pro-
1 Boutcrweck siguiendo á don Nicolás Antonio (Bibl. Vet. t. lí,
pág. 105), observaba que Basco de Lobeira escribia á fines del siglo XIII y
pareció haber vivido hasta el año 1325 (Trad. cast. pág, 11), Igual opinión
expuesta con mayor seguridad, manifestó después Sismonde de Sismondi,
añadiendo que escribió Lobeira «en espagnol les quatrc premiers livres de
l'Amadis» (Hist. de la litt. du Midi, t. III, pág. 221, ed. 1S29). La autori-
dad de estos historiadores ha llevado tras sí el voto de los más que tratan
estas materias, corriente en que se dejó arrastrar el erudito Ticknor, si bien
adelantando un siglo entero la existencia de Lobeira. «El Amadís (con-
cluye) es un libro portugués, escrito antes del año 1400, y su verdadero
autor el caballero Vasco de Lobeira (Primera, ep., cap. XI). Ticknor reco-
nocía sin embargo los hechos aducidos en el texto, tomados de la Crónica
del Conde Pedro de Metieses, escrita en 1454 por el Archivero de Portugal,
Gómez Eanes de Azurara (Colee, de lib. inéd. de Hist. Portug. Lisboa 1792).
Adelante notaremos la fragilidad de estas opiniones.
2 Cardoso, Agiologio Lusitano, t. I, pág. 410.
3 Don Luis Zapata, Memorias de los Zapatas, MS. de la Biblioteca
Nacional. En este libro consta que el don Luis oyó decir en Lisboa, por los
años de 1550, á la Infanta doña Catalina, biznieta del citado Infante don
Alfonso, que era don Fernando, quien habia compuesto el libro de Amadis
(Gayangos, Discurso sobre los libros de caballerías, pág. XXII).
II.' PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 81
bar que es el Amadís de Gaula mera traducción de una antigua
leyenda, escrita en el dialecto de Picardia, no han recibido aun
tal conflrraacion histórica que pueden inclinar la balanza del la-
do allá del Pirineo i.
Antes de que las referidas crónicas portuguesas, compuestas
al mediar del siglo XV, apuntasen por vez primera la especie de
que era el hidalgo Vasco de Lobeira autor del Amadís, gozaba
ya esta obra de no escasa celebridad en la literatura castellana.
Mencionóla el gran Canciller Pero López de Ayala con referen-
cia á su juventud, en que se pagaba de
oyr muchas vegadas
Libros de devaneos et mentiras probadas,
Amadís, Langarote et burlas assacadas, etc. 2.
y teniendo en cuenta que nace este personaje al expirar el pri-
iner tercio del siglo que historiamos, distinguiéndose ya en los
disturbios de Castilla desde loCO, cual veremos adelante, no ha-
bría en verdad grande inconveniente en suponerla escrita antes
del referido año. Y no es sólo este el testimonio que nos induce
á dar crédito á tal hipótesi: dirigiéndose al dicho Pero López el
celebrado Pero Ferrús, uno de los trovadores más antiguos del
siglo XIV, decíale, al recomendarle con numerosos ejemplos la
frugalidad y loable abnegación de la vida del campamento, que
1 Esta opinión fué expuesta en su Essai sur les romans por el eru-
dito Huet, á quien siguió Mr. de Tressau en el discurso preliminar de su
Extrait d'Amadis, ampliándola con las noticias que en 1543 daba Nicolás
d'Herberay (al traducirlo á lengua francesa) sobre la existencia de manus-
critos en el antiguo dialecto de Picardia, de que hablan sacado los espa-
ñoles la referida historia. Pero el entendido Ginguené resuelve esta cuestión,
manifestando «que cet Amadís picard doit n'avoir été que celui de Gorrée
(él personage de quien habla Huet); traduit de l'ancien espagnol (Hist.
Litt. d'Italie, t. V. pág. 63). No parecerá impertinente notar que Bernardo
Tasso, padre del gran Torcuato, al ponerlo en lengua y metro italiano^
apuntó la idea de que habia sido primitivamente escrito en Inglaterra, dic-
tamen que sin alegar probanza alguna, han abrazado otros escritores.
2 Rimado del Palacio: Abusos de los cinco sentidos. Del oido,
copl. 162. Ticknor imprimió: e burlas á sacadas, lo cual no hace sentido.
Tomo v. 6
82 HISTORIA CRÍTICA DR LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nunca habia esquivado el hermoso Amadís lluvias ni ventiscas,
para cobrar fama de leal y valiente, según hallaría en tres li-
bros que encerraban su historia ^: á la misma se referian*)asi al
propio tiempo Imperial y Yillasandino, con otros poetas de la se-
gunda mitad del siglo, no cabiendo por tanto duda en que si no
apareció antes de la sesta decena ya indicada, era muy conocida
de los discretos durante el reinado de Enrique II 2.
Ahora bien: como consta por declaración de los cronistas por-
tugueses que atribuyeron á Vasco de Lobeira la composición del
Amadís de Gaula, que fué aquel hidalgo protejido por el infante
don Alfonso de Portugal, nacido en 1370; como á instancias del
referido príncipe se introducen en la obra algunas modificaciones
sobre un texto más antiguo, en especial respecto de la aventura
de Sobradisa y de la niña Briolanja; y como se asegura final-
mente, para elogio de Lobeira, que fué armado este caballero en
1 Dice el indicado poeta.
Amadis el muy ferraoso
Las Huvias et las ventyscas
Nunca las falló aryscas.
Por leal ser et famoso:
Sus proezas fallaredes
En tres libros et diredes
Que le de Dios santo poso.
*
2 Cancionero deBaena, págs. 45, 167, 204, 243. Villasandino presenta
al rey Lisuarte, padre de Oriana, como el tipo de príncipes que repartían
reinos y riquezas. En su habitual estrechez, pregunta
Si le cumple sofrir
* Fasta qu'el grant Lysuarte
Le faga rey ó le (arle;
lo cual prueba que era generalmente conocida la pintura que hace el antor
del Amadis de la fantástica corte de aquel Monarca. El mismo concepto
revela Pero Ferrús cuando, al celebrar á su amiga, dice :
Nunca fué Rrey Lysuarte
De riquezas tan bastado
Como yo, nin tan pagado
Fué Rroldan con Durandarte.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAÍ!. 85
1585, circunstancia en que se le supone todavia en la juventud,
es evidente que existió en Castilla y mereció el común aplauso
de los entendidos una redacción del Amadís, anterior d la por-
tuguesa, cuya autenticidad no ha podido por otra parte ser com-
probada *.
Galardón propio de la literatura castellana es, en nuestro jui-
cio, la composición del Amadís de Gaula''^, tronco de otras
1 La especie de que existió el supuesto original de Lobeira «em casa
d'Aveiro», nació en los ((Poemas Lusitanos do doutor Antonio íerreira».
dados á luz en Lisboa el año 159S. A la página 72 de los mismos hay dos so-
netos, uno escrito en lenguaje antiguo, dirijido al indicado Vasco, á quien
apellida autor del Amadís, y otro en que se refiere á la modificación que hizo
en su obra, por mandato del Infante don Alfonso, según advertimos en el
texto. Dio á estos sonetos, que sólo prueban cuál érala opinión de Ferreira,
excesiva estimación el dicho de nuestro don Nicolás Antonio, quien declaró
«haber visto como apostilla del soneto una peregrina nota, en que se afirmaba
vaquel hecho: Hujus autographum lusitanum exstare penes dynastas avei-
»renses notatum inveni in quadam notula, quae post Antonii Ferreirac lusi-
»tani poetae opera edita est» (Bibl. Vet., t. II, lib. Vil, cap. 7). Atribuido
equivocadamente el soneto referido al Infante don Antonio de Portugal
(Soutey, pról. al Amadis, t. I, ed. de Londres, 12.°) tomó alguna consisten-
cia la noticia hallada por don Nicolás Antonio; pero como observa don
Pascual Gayangos. no existiendo dicha nota en la edición de 159S, y ha-
llándose en la reimpresión hecha en 1772, hay razón para creer que fué
puesta después, y carece por tanto de la autoridad que se le ha atribuido.
Nadie ha podido decir que ha visto el códice del Amadís, conservado en la
librería de los duques de Aveiro.
2 Esta opinión pareció abrigar el erudito- Quadrio, cuando observó que
el Amadis habia sido escrito originariamente en antiguo lenguaje castella-
no; pero empeñado en atribuir á los sarracenos una influencia injustificada
en nuestra cultura, añadió que era debido á un mahometano, nacido cu
África (Mauritania) y que pasaba por mágico y fue al cabo cristiano, lo
cual le ha desautorizado entre los críticos modernos (Storia é Ragion d'ogni
poesía, t. VI, pág. 520 y 521). El erudito Sarmiento, que según hemos ad-
vertido antes de ahora, formó grande empeño en dar á Galicia omnímoda
influencia en el desarrollo de la literatura nacional, nos dejó inédita una
disertación, en que presintiendo que el Amadis era producción de españo-
les, llega hasta suponer que si Vasco de Lobeira lo escribió, era gallego.
En la duda, expone algunas conjeturas sobre si pudo ser compuesto por
Vasco Pérez de Camoeris, Pero López de Ayala, don Alfonso de Cartagena,
84 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
muchas ficciones caballerescas propiamente españolas ; mas no
por esto olvidemos las observaciones arriba indicadas. Todos los
elementos romancescos que constituyen tan peregrina historia;
el mundo verdaderamente fantástico en que la acción se realiza,
las no esperadas y sobrenaturales aventuras que forman sus
multiplicados episodios, la intervención activa de magas y gigan-
tes, la realización de maravillosos encantamientos..., todo ofrece
en ella claros vestigios de una imitación deliberada é inteligen-
te, que apoyándose alternativamente en los libros bretones y
en las leyendas carlowingias , aspira á fundar en el suelo espa-
ñol nueva serie de narraciones y nueva familia de héroes.
Nada hay en el Aniadís que deje de recordar en este sentido
las fuentes de que en realidad se deriva, autorizando en cierto
modo la teoría de los que le han tenido por refundición de cró-
nicas caballerescas, desgraciadamente perdidas para la historia
ó García Ordoñez de Montalvo. Cuanto dice sobre el primero es gratuito y
no más fundado lo que indica respecto del secundo, cuyo Rimado del Pala-
cio no tuvo en cuenta: en cuanto al Obispo de Búrg-os, pudo inducirle á
tenerlo como autor del Amadis la circunstancia de dar el Cartagena^ que
figura en el Cancionero general, el nombre de Oriana á su amiga, Pero
esto sólo prueba que considerada la amante de Yellenebros como tipo de
fidelidad, usó Cartagena dicho nombre por antonomasia y porque no que-
ria descubrir el verdadero de su dama. El libro de Amadis existia mucho
antes y lograba grande aplauso entre los eruditos; y lo persuade, demás de
los datos ya alegados, el muy peregrino que antes de ahora hemos expues-
to: en el sepulcro del gran maestre de Santiago, don Lorenzo Suarez de
Figueroa, muerto en 1409, hay á los pies de la estatua yacente un perro,
de cuyo pecho pende un escudo y en el collar que lo rodea se lee repetida-
mente: Amadis, Amadis (Sevilla Pintoresca: La iglesia de la Universidad
literaria, pág. 236). Este nombre, atribuido al gozquecillo, tal vez como
signo de fidelidad, demuestra palmariamente cuan grande era la populari-
dad que gozaba la obra de que tratamos á principios del siglo XV, popula-
ridad que no pudo adquirir en un dia, robusteciendo todo la opinión de la
antigüedad que le atribuimos. No terminaremos esta nota, sin indicar que
llega á nuestros manos con el titulo De I' Amadis de Gaula et son influen-
ce sur les moeurs et la litterature au XVI et au XVII siécle, un apreciado
opúsculo dado á luz por Mr. Eugenio Baret, en el cual se concede á dicho
libro la misma antigüedad, sosteniendo la imposibilidad de ser originaria-
mente obra de Lobeira.
II. PARTE, CAP. II. PRIM. íMON. CAST. DE LA LIT, CAB. 85
'iteraria ' : las costumbres que en general retrata, aunque en
demasía exageradas, lejos de ser como en otras producciones ar-
1 Demás de las citas y alusiones expresas, que hallamos en el Amadis,
lales como las que se refieren al Santo Grial, á Tristan y Lanzarote, con-
tenidas en el libro cuarto, añadido tal vez por Ordoñez de Montalvo (capí-
fulos 4S y 49) nos da el autor conocimiento desde las primeras páginas de
que le era familiar la historia del «muy virtuoso rey Artúr que fué el me-
jor rey de los que allí (en Bretaña) reinaron» (cap. I dellib. 1), reflejándo-
se en el pensamiento y la composición de toda la obra el mismo conoci-
miento respecto de otros libros caballerescos. La primera idea generadora
del Amadis es la fidelidad del amor que se profesan por toda la vida los
dos amantes, fidelidad que le sirve de purificación y de talismán para ven-
cer todo obstáculo y encantamiento, como sucede en la Isla Firme: esta idea,
llevada así al extremo, se deriva sin duda de la historia de Tristan y tal
vez con mayor exactitud de la de Flores y Blanca-Flor, espejos de enamo-
rados; y tan clara es la semejanza, que apenas hay poeta del siglo XIV que
al encomiar la constancia y verdadera ternura del amor, deje de citar igual-
mente, cual modelos, aquellas famosísimas parejas. Micer Francisco Imperial,
cantando por ejemplo el nacimiento de don Juan II, le deseaba más felices
amores (Canc. de Baena, pág. 204)
Que los de Paris et los de Vyana
Et de Araadís é los de Oriana
Et que los de Blanca-Flor et Flores,
En otra composición, hablando de diversos caballeros, hacia cumplido
elogio de ellos (Id., pág. 243).
Et otrosy de Tristan
Que fenesció por amores
De Amadis et Blanca et Flores, etc.
Y pasando á la exposición, nadie habrá, que deje de reconocer en la corle
del Rey Lisuarte un trasunto de la del Rey Artús, con todo el aparato de
la caballería, así como tampoco á nadie se oscurecerá que el modelo del
encantador Arcalaus, autor de todos los siniestros y traiciones que sg opo-
nen á la ventura de los dos amantes, es el Tablanfe de Ricamonte, que en
el Poema de Jofre y Brunesinda, ejerce sus maléficas artes para saciar,
como Arcalaus, sus pérfidas inclinaciones. Los castillos de ambos encanta-
dores aparecen poblados de pobres víctimas, que aguardan al caballero pre-
destinado para romper sus cadenas. Fuera de estas analogías, relativas á la
textura de la fábula, se notan otras muchas en los pormenores, entre las cua-
les citaremos por ejemplo el episodio de la princesa Briolanja muy seme-
8G HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tistícas las practicadas por nuestros mayores, son las costumbres
nacidas del feudalismo : por todas partes aparecen régulos que
hacen gala de arbitrariedad é independencia; por todas partes
se hallan erigidos en ley el capricho y la fuerza, habiendo ape-
nas un castillo , donde no llore entre cadenas , ó víctima de in-
vencibles arles, alguna desgraciada doncella ó algún malfadado
caballero, k cada paso se ven por las encrucijadas de los cami-
nos damas doloridas que buscan el amparo de los caballeros,
huérfanas oprimidas que anhelan para su defensa la espada de
un generoso paladín , ó activas mensageras de princesas , reyes,
ó emperadores, expuestas al ludibrio de los malhechores y á los
torpes excesos de los licenciosos.
Mas si en los elementos constitutivos del sistema caballeres-
co, si en las líneas generales que describen el edificio del Ama-
dís de Gaidci reconocemos el estigma de extrañas literaturas, no
por esto cerraremos los ojos á cuanto nos muestra en él la irre-
sistible influencia de la civilización española, cuya vivífica actua-
lidad domina en todas las obras del arte. Creencias, sentimien-
tos, costumbres, reflejan interiormente en los personages de tan
jante al de la reina Conduiramor del Perceval; el reconocimiento de Amadís
y Galaor, del todo igual al de Feravís y Perceval en dicho poema ; el de la
aventura de Antebon, Branduefa y Galaor, tomado visiblemente de la His-
toria de Jofre y Brunesinda, y los diferentes desafíos hechos a Lisuarte en
su misma corte, los cuales recuerdan muy parecidas escenas de los libros
del Rey Artús, Perceval, Joffre y Brunesinda, etc. Aun respecto de las
formas de expresión puede decirse que no olvidó el autor del Amadis los
ejemplos de la literatura caballeresca: al pintarse en el Tristan de Leonis
el efecto de la bebida que Brangicna ministra al referido caballero y á la
hermosísima ísea, ó Isolda (como dicen varios poetas del siglo XV), se dice:
«Tristan fist sa volonté de la belle Iseult et lui tolut le dous nom de pucelle.»
Con rtfás honestidad y gracia se describe en el libro español análoga situa-
ción, indicando el mismo efecto por estas palabras: «Assi que se puede bien
wdezir que en aquella verde yerua, encima de aquel manto, más por gracia
))y comedimiento de Oriana que por la desenvoltura ni osadía de Amadís,
»fué hecha dueña la más hermosa doncella del mundo» (Libro I, cap. 35).
Este examen pudiera llevarse al extremo en el triple concepto referido;
pero no lo juzgamos aquí necesario, por ser bastantes las indicaciones he-
chas, para demostrar la exactitud de nuestros asertos.
II.* PAUTE, CAP. II. PRIM. MON, CAST. DE LA LIT. CAÍ!. 87
singular leyenda el espíritu y la manera de ser de los castella-
nos de los siglos XIII y XIV , no desechada en esta peregrina
pintura la idealización del genio y carácter nacional, debida á la
poesía heroica.
Los héroes del Amadís llevan, como los caudillos de la cruz,
al más alto punto la exaltación del sentimiento religioso: pelean
unos sin tregua por su Dios y su patria ; acometen otros las
más difíciles empresas y ponen su vida en continuo riesgo y
latiga en nombre de Dios y de la razón ' ; aquellos reciben de
mano de los obispos, que siguen los ejércitos de sus reyes,
la absolución de sus pecados en el solemne instante de entrar
en lid con los sarracenos ; estos confiesan devotamente sus culpas
á los pies de venerables ermitaños y aun de otros caballeros
sus iguales en el momento de arrostrar difíciles y sobrenatu-
rales aventuras: para los héroes reales de la poesía nacional, ta-
les como Fernán González y el Cid Campeador, es ley suprema
la palabra empeñada; para los paladines del Amadís es el jura-
mento el más fií-me lazo de la vida, constituyendo entera servi-
dumbre .
Animado de tales creencias y sentimientos, se eleva el_ aman-
te de Oriana á las más altas regiones de la idealidad caballeres-
ca, sintiéndose poseído de singular pasión amorosa y sacrifican-
do cuanto existe en la tierra al objeto de su cariño. Ni la tierna
solicitud de Elisena, su madre, ni el respeto que le inspira Pe-
rlón, su padre, son bastantes á entibiar un punto su anhelo ni
á detenerle en Gaula, al ser reconocido como tal hijo por aque-
llos, tras largos infortunios: la heredera de Lisuarte vive en la
gran Bretaña y hacia ella le arrastra, cual poderoso imán, la
fuerza superior de sus amores. Única, ardiente, inestinguible es
por tanto la pasión que Amadís profesa á su hermosísima
Oriana, no decayendo ni aun después de su logro, como no de-
cae ni se amortigua con el tiempo la pura adhesión de Fernán
1 Galaor, hermano de Amadís, inaugura sus hazañas combatiendo al
gigante Albadan, diciéndolc al ser despreciado por el jayán orgulloso: «Tú
Mserás vencido é muerto con lo que yo traygo en mi ayuda : que es Dios y
»la Razón» (Lib. I, cap. XII).
88 HISTORIA crítica 1)E LA LITERATURA ESPAÑOLA.
González á la infanta doña Sancha, ni del Cid á doña Ximena.
Lástima es que á estos rasgos interesantes del carácter del héroe
no corresponda la pintura de la muger, acercándola al tipo con-
sagrado ya por la musa española : las damas que figuran en el
Amadís, aunque idealizadas por la exaltada imaginación de los
caballeros, aunque acatadas con tal respeto que raya á veces en
idolatría, son demasiado fáciles para con sus amantes; y no sólo
acontece esto con las doncellas de encrucijada que van en bus-
ca de aventuras, sino con las más esclarecidas princesas, con
Elisena y Aldava, con Olinda, Brandueta y Oriana. Pagadas es-
tas de la fama de invencibles que gozan Perion y Agrages, Ga-
laor y Amadís, sobre corresponder benévolamente á sus amo-'
res, llegan también á solicitarlos; circunstancia que las separa
de la muger histórica y poética de Castilla, asemejándolas á las
demás heroínas romancescas.
Pero si no triunfó del todo el espíritu de la nacionalidad
española, al pretender asimilar á si y hacer suyos los caracteres
que brillan en el Amadís, pugnó sin embargo con igual briQ
por reflejarse en las costumbres ea cuanto lo consentia la na^
turaleza del asunto. Esta observación, ya antes anunciada, se
confirma principalmente, al reconocer la vida política que presu-=
pone el autor en las fantásticas regiones, á donde lleva sus per«
sonajes. Al lograr, por ejemplo, el rey Perion la inesperada
dicha de hallar en el vencedor del tirano Abies al hijo de su
primer amor que lloraba perdido desde su nacimiento, « manda
llegar cortes» de su reino, para que le reconozcan sus vasallos
cual legítimo heredero, manifestándose en la ingenuidad y llaneza
de la narración que ni el autor imagina ni los lectores pueden
concebir en otra forma una ceremonia tan frecuente en los do-
minios castellanos ''. Más adelante el muy cumplido entre reyes
y caballeros, el famoso Lisuarte, príncipe que rige sus Estados
á la manera del rey Artús « hace cortes en Londres », para
buen gobierno de sus vasallos, siendo estas «las mas honradas...
(jue nunca en la gran Bretaña se fizieron» ^.
1 Véase cl cap. X del lib. 1.
2 Oapíliilo XXIX del mismo libro.
11.^ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE I,A LIT. CAO. 89
Y no es menos digno de notarse cnanto se refiere á la vida
de la caballería: el reto que hace Olivas ante el rey Lisuarte
al duque de Bristoya «que á un su cormano le matara aleue»,
aunque refleja el origen feudal de esta costumbre, por su forma
especial y por la manera de ser aceptado, recuerda el célebre
duelo de Toledo y Carrion, narrado en el Poema del Cid, tra-
yendo al par á la memoria la ley de Partida que reglaba este
linage de contiendas ^ : el empeño de Angriote de Estravaus,
que defendía contra todo caballero en la angostura de un valle
« que ninguno tenia mas fermosa amiga » que lo era Grovone-
sa, su amada, nos recuerda asimismo el Paso de Pay.o Paez, y
como que parece preludiar el más renombrado de Suero de Qui-
ñones 2.
Todas estas y otras muchas semejanzas en las creencias, en
los sentimientos y en las costumbres determinan pues la mane-
ra cómo iban penetrando en la literatura española las ficciones
romancescas y señalan la forma en que se operaba la inevitable
fusión de los elementos caballerescos y los elementos históricos,
para producir en edades futuras obras más propias y origina-
les. No es en verdad indigno de este título el Amadis de Gaula
en el sentido arriba indicado, superando en ciertas dotes á las
mismas producciones que le sirvieron de modelo. Ninguna le
excede en la riqueza de la inventiva, ni en la variedad prodigio-
sa de los episodios: muy pocas ofrecen en la lectura el mismo
interés, por más que encierre en realidad diversas historias,
comprendiéndose las de Amadis y Galaor, Florestan y Agra-
ges, héroes de primer orden, en la primitiva redacción, ya aplau-
dida durante la segunda mitad del siglo XIV ^.
1 Véase el cap. II de nuestra 11.^ Parte, t. III, y el título XI de la
Partida VIL El desafio de Olivas se narra en el cap. XXIX del libro I del
Amadis.
2 Capítulo XVII, del libro I.°— Del Paso Honroso de Suero de Quiño-
nes hablaremos mas adelante.
3 Amadis, Galaor y Florestan son todos tres hijos del rey Perion de
Gaula, que tienen en este concepto no pocos puntos de contacto con el re-
nombrado Aymon, señor de Montalvan, cuyos cuatro hijos son héroes prin-
cipales en las historias del ciclo carlowingio. A la de los tres paladines de
90 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
La exuberancia de accidentes que nacen unos de otros con
excesiva frecuencia y no siempre con la holgura que habrían
menester para desarrollarse convenientemente , cruzándose á.
menudo é interrumpiendo una vez y otra la narración principal,
así como la extraordinaria extensión de los tres libros mencio-
nados, nos obligarían á dar inmoderado bulto al presente capí-
tulo, sí nos decidiéramos á exponer aquí el prolijo estudio que
sobre el Amadís tenemos hecho. Impreso, traducido é imitado
repetidas veces ^, conocido en todos tiempos de nuestros erudi-
Gaula, cuya unidad estriba principalmente en aquel lazo de la sangre, se
une la de Agrajes, modelo de fidelidad respecto de los tres hermanos y liga-
do á la gloria de la familia por muy próximo parentesco. Estos cuatro per-
sonajes, en quienes insiste esencialmente la acción de la novela, perte-
necieron pues á la primitiva relación , como bases indispensables de la
misma.
1 Cervantes se aventuró á decir que es el Amadis de Gavia el pri-
mer libro de caballerías que se imprimió en España (Don Quijote, Par-
te I, cap. 6j. Sin embargo, no ha podido comprobarse la noticia dada por
Barbosa Machado en su Biblioteca lusitana artículo: Vasco de Lobeira, sobre
una edición hecha en Salamanca el año de 1510, y por tanto posteriora la
publicación de otros libros caballerescos. La primera conocida es de 1519 y
tras ella se hicieron hasta doce que nosotros podamos afirmar, en la forma
siguiente: Sevilla, 1526; Id., 1531; Venecia, 1533; Sevilla, 1535; Id., 1539;
Medina del Campo, 1545; Sevilla, 1547; Lobayna, 1552; Salamanca, 1575;
Sevilla, 1575; Alcalá de Henares, 1586; Sevilla, 1586. Nótese que la mi-
tad de estas ediciones salieron en Sevilla de las famosísimas prensas de Ja-
cobo Cromberger, Alonso de la Barrera y Hernando Diaz, debiéndose las
restantes á los no menos celebrados Villaquiran y Castro, Lasseno, Porto-
naris, Junta y Alonso Mata. Respecto de las traducciones, citaremos, -como
más conocidas, la francesa de Nicolás de Herberay, dada á la estampa
de 1540 á 1543, y la italiana, impresa en 1557. Antes de aparecer la últi-
ma se habia ocupado Bernardo Tasso ( 1 540) en poner en verso su Amadis,
que apareció en 1560, logrando extraordinario éxito; y sin duda hubo de
preceder á todas estas versiones, más ó menos conformes con el libro espa-
ñol, tal como lo pulilicó Montalvo, otra de pocos citada, y cuyo examen, á
ser hoy posible, resolverla satisfactoriamente la mayor parte de las cuestio-
nes que dejamos tocadas. Hablamos de la traducción hebrea, ó tal vez me-
ramente rabínica , que cita el entendido Wolfio con el título de D^TpN
r\7"!N5 n y que declaró haber visto en la escogida librería de Oppcnhei-
mer: si, lo que no aparece descabellado, esta versión se hizo antes de la
II.;'' PARTE, CAP. II. PRDI. MON. CAST. DE LA LIT. CAI5. 91
tos, no llevará á mal el discreto lector que apartándonos de lo
practicado respecto do los cuentos de Churlos Maynes y del Em-
perador Ollas, peregrinos hasta ahora en la historia de nues-
tras letras, nos limitemos á una brevísima idea de su complicado
argumento.
La historia de Amadís, conforme se deduce de cuanto lleva-
mos observado, es, y no podia dejar de serlo, naciendo de los
elementos y en las circunstancias reconocidas, absolutamente
fantástica. Perion, rey de Gaula, pasa á la corte de Garinter,
que lo es de la Pequeña Bretaña, enamorándose de él la hermo-
sa Ehsena, hija de aquel -príncipe; y aventurándose á penetrar
en la estancia, donde dormia, le hace dueño de su belleza con
la jurada esperanza de que ha de ser su esposo. De esta aventu-
ra es fruto Amadís: venido al mundo en ausencia de Perion y
deseando evitar su deshonra, mándale Elisena arrojar dentro de
un arca (en que pone un pergamino con su nombre, un anillo y
la espada de Perion) al mar que baña los muros de su palacio.
Hallado en medio de las olas por Gandalés, piadoso caballero de
Escocia, llévale acaso á la corte del rey Languines, donde com-
padecida de su orfandad, le educa la reina (qu& era su tia), dis-
tinguiéndole con el título de Doncel del mar, que denota su mis-
terioso origen.
Perion habia entre tanto cumplido su palabra á Elisena,
teniendo en ella otro hijo llamado Galaor, el cual es robado al
llegar á los dos años por el gigante Bandalac, para hacerle ins-
trumento de su venganza contra Albadan, tirano que le tenia
edición de Montalvo, su importancia es de mucho bulto en la historia de
nuestras letras. Lástima es que Wolfio no diese extracto de su argumento,
para comprender si constaba de los tres libros, que mencionó Pero Ferrús ó
de los cuatro hoy conocidos. En orden á las imitaciones, que produce el
Amadis, deben tenerse presentes los catorce libros que forman su larga y
caballeresca descendencia, comprendiendo desde las Sergas do Esplandian
hasta la historia de Peñalva que cierra la serie de aventuras de Amadís y
narra su muerte (Don Nicolás Antonio, Bibl. Nova, t. 11^ pág-. 4Ü4). El ya
citado don Pascual Gayang-os los incluye en su Catálogo de los libros de
caballerías, que precede á su edición del Amadis, segunda de las hechas
en nuestros tiempos.
92 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
usurpada la Peña de Bailares. El rey Lisuarte de la Gran
Bretaña, volvía á su reino por este tiempo desde Dinamarca,
trayendo consigo á Brisena, su esposa, y á Oriana, su hija: lle-
gado á la corte de Languines, deja en ella á la infanta, cuya sin
par hermosura y discreción vencen el corazón de Amadís, que
no solamente la sirve , como caballero, obedeciendo á la reina,
sino que la idolatra cual amante, jurándole amor eterno. Para
hacerse digno de su cariño, y ya armado caballero por su mismo
padre, á ruegos de Oriana y de Mabilia, su prima, parte de la
corte de Languines, en busca de aventuras, inaugurando sus
prodigiosas hazañas con la destrucción del rey Abies, que opri-
mía á tuerto los dominios de Perion, su padre.
Tras estos preliminares, que descubren ya en parte los dife-
rentes hilos de la trama novelesca del Amadís, empieza la his-
toria de los dos hermanos que, empeñados acaso en lid singular,
se reconocen como tales en el temple de sus aceros, recibiendo
Galaor la orden de caballería de manos de Amadís, al terminar
aquella terrible lucha. Protegidos ambos por la poderosa Urgan-
da, la Desconocida, cuyo nombre ha inmortalizado la pluma de
Cervantes; armados de espadas prodigiosas, siguen cada cual
rumbo diverso, cobrando por todas partes envidiada nombradla.
Grandes y temerosas aventuras de gigantes hasta aquel punto
invencibles, de tiranos domados, de princesas y doncellas resca-
tadas del poder de pérfidos opresores; altas y nunca imaginadas
empresas, á cuyo logro oponen todas sus artes malévolos en-
cantadores, entre los cuales figura en primer término el venga-
tivo Archalaus, imitación palpable del Tablante de Rícamon-
te ^; sorprendentes peripecias, que ya elevan hasta el solio á
los paladines, ya los sujetan á las terribles pruebas de la ínsula
Firme y de la Peña Pobre; batallas, desafios, favores y desde-
nes, que ora levantan á los caballeros al colmo de la felicidad,
ora los hunden en mortal tristeza y amargura... hé aquí .los
obstáculos que se oponen al logro pacífico de los amores de
Amadís y de Oriana, y que llevándole, como á Galaor, Agrajes
1 Véase lo dicho en la ñola 1, pág. 85,
11.'' PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 95
y Florestal!, por las regiones de Francia, Inglaterra, Alemania,
Grecia, Romanía, Turquía y otras imaginarias, subliman su va-
lor y su lealtad, haciéndole al cabo digno de la hija del rey Li-
suarte. Con el casamiento del héroe principal y la destrucción
de los encantamientos que hablan acibarado hasta aquel instante
su vida, termina, pues, la Historia del esforzado é virtuoso
caballero Amadís de Gaula, tal como ha llegado á nuestros dias
en el lenguaje de Castilla ^.
Añadida y desfigurada por la solicitud de su editor, no pue-
den hoy señalarse con la seguridad conveniente todas y cada
una de las alteraciones, que experimentó la redacción primiti-
va, ni es posible asegurar tampoco hasta qué punto se valió el
1 El cuarto libro del Amaclis acaba con la rara aventura del rey Li-
suarte en que viene este á poder del encantador Arcalaus; nueva que lle-
gada á oídos de los amigos y aliados de Amadís, los lleva en busca del hé-
roe que reinaba pacíficamente en la ínsula Firme, ofreciéndose todos a
Oriana para rescatar á su padre. — Urganda la Desconocida, que habia pre-
dicho aquel suceso, se aparece á los príncipes y señores allí congregados^
hace armar caballero por mano del gigante Balan al joven Esplandian, á
quien estaba reservada la aventura de dar libertad á su abuelo, y condú-
cele por via's sobrenaturales lejos de la indicada ínsula Firme, dejando en
ella á Amadís y los suyos y amonestándoles que esperen tranquilos el fin
de aquella empresa. Se vé por tanto que el de los Quatro libros del Ama-
dís de Gaula no es el término de su historia, quedando inauguradas las
portentosas hazañas de Esplandian, cuya prosecución promete cl autor, re-
firiéndose á las aventuras de Leonorina, hija del emperador de Grecia, por
estas palabras: como adelante uos será contado. Esta promesa cumplió
García Ordoñez de Montalvo con la publicación de las Sergas de Esplan-
dian, anunciada ya desde el prólogo del Amadís; circunstancia que unida
á la declaración de que corrigió y enmendó los tres primeros libros tradu-
ciendo el cuarto, nos induce á creer, según va insinuado en el texto, que
fué aquella obra del mismo Montalvo. Cervantes, siguiendo la costumbre de
los autores de semejantes libros, decia que el Quijote era traducido de ma-
nuscritos árabes. — Así se comprenden también las palabras de Pero Ferrús,
quien al citar los tres libros que existían en su tiempo, desea á Amadís san-
to poso (Véasela nota oportuna): cl libro tercero le deja en efecto (después
de mibcr rescatado á Oriana del poder de los romanos, á quienes Lisuarle la
entregaj camino de la ínsula Firme, donde se propone esperar el término de
aquella ruidosa aventura; por manera que nada está más lejos de x\madís
en esta situación que el reposo, á que Ferrús alude.
di HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
editor referido de la versión portuguesa, que pareció tener pre-
sente al dar á luz los cuatro libros de que en la actualidad se
compone i. La sencillez, el excesivo candor y la infantil credu-
lidad que se revelan en la narración de los maravillosos imposi-
bles que en ella se acumulan; la ingenuidad nativa de las des-
cripciones y el vigoroso y á veces apacible colorido que anima
sus romancescas escenas, ya pinte las dulzuras y tormentos del
amor, ya los gallardos lances y arriesgados empeños de la ca-
ballería; el sabor arcaico de los medios expositivos, de la dic-
ción y de la frase, especialmente en los tres primeros libros,
harto diferentes en este punto del último, todo contribuye no
obstante á persuadirnos de que no hubo de ser peregrina á Gar-
cía Ordoñez de Montalvo la antigua Historia de Amadís, conoci-
da y con tanta frecuencia mencionada por los más notables poe-
tas de la segunda mitad del siglo XIV. Sin duda es debida á
esta circunstancia esa manera de consagración que lleva tras si
tan renombrada leyenda, habida universalmente, como el pri-
mero y el mejor de todos los libros de caballerías: los orna-
1 El pasage, á que antes nos hemos referido y de que habkmos aquí,
relativo á la aventura de la niña Briolanja, en que Amadís resiste sus cari-
cias, está concebida en estos términos; «El señor Infante don Alonso de
«Portugal, aviendo piedad desta fermosa doncella, de otra guisa lo mandó
«poner: en esto hizo todo lo que su merced fué servido, mas no aquello que
» en efecto de sus amores se escrevia. De otra guisa se cuentan estos amores
«que. con mas razón á ello dar fe se deue etc.» (lih. II, cap. XL).— ^Y lue-
»go se añade en el XLIII: «Todo lo que más desto en el libro primero se dice
»de los amores de Amadís et dcsta hermosa reyna, fué acrecentado (como
«ya se os dixo), y por como supérfluo y vano se dexara de recontar, pues
«que no hace al caso: antes esto no verdadero contradiría y dañaría lo
«que con más razón aquesta grande historia adelante os contará.» Es pues
evidente que Montalvo, conoció una redacción en que habiu intervenido don
Alfonso de Portugal, acaso la atribuida á Lobcira; pero también lo parece
que hubo de tener noticia de otra^ donde se conservaba más fichnentc el ca-
rácter caballeresco de Amadís, que reconocía por base capital la fidelidad de
sus amores respecto de Oriana; pues sólo con este conocimiento podía ri^ia-
zar como contradictorio, supéfluo y vano, el episodio de los amores de la
niña Briolanja, ingerido en la versión portuguesa. IN'ótese además cuanto
observamos en el texto respecto de este punto.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. PE LA LIT. CAB. 95
tos del siglo XVI no oscurecen ni desnaturalizan del todo las
peregrinas facciones del héroe creado por la imaginación de
la edad-media, ni el atildamiento exterior que recibe entonces
el habla castellana, llegada á su mayor altura, es bastante
á borrar del Amadís el sello de otros tiempos, lo cual le ha
ganado la estimación de los doctos, considerándole como uno
de los más respetables monumentos en la historia de nuestra
lengua i.
Pero el mayoi- precio de la de Amadís de Gaula consiste, se-
gún habrán juzgado ya los lectores, en su relación con los de-
mas libros caballerescos del siglo XIV y en el instante en que
aparece. Hija de aquella noble aspiración que en todas las civi-
lizaciones conduce al arte desde la simple imitación á una tran-
siccion espontánea y de esta á un estado de propiedad y de na-
tural engrandecimiento, hace patente á las miradas de la critica
que no sólo se habia obrado la transformación del arte en el sen-
tido que mostramos en el capítulo precedente, sino que prosi-
guiendo por la misma via, aspiró éste muy luego á tener vida y
representación, logrando la única originalidad que le consentía
el círculo en que se desarrollaba, hd. poesía, guia y maestra en
toda suerte de progreso intelectual, dá el primer paso, indican-
do el camino que debia seguir la novela caballeresca, sometién-
dola al fln intencional y práctico que habia procurado realizar
1 El renombrado Juan de Valdés en su Diálogo de las Lenguas, no so-
lamente lo considera como á los refranes, cual monumento de gran precio
en la historia del habla castellana, sino que declara terminantemente «que
deben leerla todos los que quieran aprender nuestra lengua» (Mayans Orí-
genes de la leng. cast., t. II, pág-. 163j. «Espejo de la gramática española
y modelo del decir» fué también apellidado (ed. de Yenecia, 1533) durante
el siglo de oro de nuestra literatura; elogio que no ha desmerecido después,
y confirmó la Real Academia de la Lengua, desig-nándole como una de las
autoridades de su gran Diccionario. Justo es decir que el aplauso de los
doctos coloca á Montalvo entre los primeros hablistas, ya que no podamos
adjudicarle la gloria que concedió Torcuato Tasso al autor primitivo del
Amadis, declarando que era esta historia la más hermosa y útil de cuantas
exislian en su clase (Apol. della Gierusal. Líber.). Ginguené y otros escrito-
res modernos la cahfican de brillante c interesante fábula.
93 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
hasta aquella sazón el apólogo ^. Las versiones, ó mejor dicho,
las refundiciones dejos libros bretones y carlowingios y aun de
aquella tercer raza de caballeros, que personifica el valerosísi-
mo Esmere en el Fennoso cuento del emperador Ottas, indican
que el anhelo de la posesión cunde y se generaliza, como se ex-
tiende y arraiga entre los eruditos el afán de nuevas conquistas
literarias, y preparan el terreno á más propio cultivo. La apari-
ción del Amadís de Gaida, obra levantada con los despojos de
extraños monumentos, trabados entre sí con los lazos de las
creencias y de las costumbres de nuestros mayores, fija por
último el momento de aquella singular aspiración; fenómeno
que precipita el estado político de la Península Ibérica y favore-
cen al par el desarrollo, á que habia llegado fuera la literatu-
ra caballeresca ^ y los notabilísimos progresos hechos por la
española.
i Véase el tomo anterior, en que estudiamos el completo desarrollo de
esta forma.
2 Digno es de notarse que al propio tiempo que recibía incremento en
nuestra literatura ía idea romancesca, representada por los libros de caba-
llerías, trascendía también á otras naciones, tomando cuerpo en la italiana
con repetidas traducciones, consideradas hoy como otros tantos monumen-
tos de aquella rica leng^ua. Tales son / Reali di FraiiQia, Bouvo d'Antonat
la Spagna y la Regina Ancroja, libros en que se emplean las formas de pro-
sa y metro, y que en sentir de respetados historiadores pertenecen á la pri-
mera mitad del siglo XIV. Mediado ya este, reciben cierta consag-racion eru-
dita todas estas ficciones con la autoridad que les comunica Juan de Bocca-
cio, al escribir El Filocopo, El Constante y la Fiammeta, preparando así la
época de los Pulci y los Bello, precursora de la más gloriosa de Boyardo
y de Ariosto. Conveniente nos parece advertir que al estudiar estos poemas,
hallamos frecuentes rasgos que pudieron ser imitados del libro de Amadis,
si ya no reconocen el mismo origen. Pulci, por ejemplo, en su Margante
Maggiore y Boyardo en su Orlando Inamorato hacen pelear á Roldan y
Reinaldo, que se hallan fortuitamente en medio de sus aventuras : en el pri-
mer caso se separan, conociéndose; en el segundo se interpone Angélica
para libertar a Reinaldo, como liberta Urganda, la Desconocida, al joven
Galaor, cuando mide este sus armas con las incontrastables de Amádi's;
siendo en uno y otro caso muy semejantes la situación y en el segundo idén-
tica (Véase el cap. XXII del lib. I, y en los poemas citados los cantos XXVI I
y XX).
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAÍ?. 97
Que estos progresos no se limitan al mediar del siglo XIV á
las ficciünes de la caballería, queda ya asentado en el anterior
capítulo: estudiemos, pues, en el siguiente la forma en que se
insinúan en la esfera de las letras y las contradicciones que ex-
perimentan en el tradicional respeto de los doctos.
T03I0 V.
CAPITULO III.
PROTEXTA DEL SENTIMIENTO NACIONAL
CONTRA LA INNOVACIÓN ALEGÓRICA*
Causas legítimas de esta manifestación. — Personificación de la misma
por medio de la poesía — Pero López de Ayala. — Su vida. — -Su autori-
dad en el Estado. — Sus obras literarias. — Sus traducciones. — Contradic-
ción entré el Ayala erudito é historiador y el Ayala poeta. — Razón filo-
sófica de este hecho. — Rimado del Palacio. — Protesta moral y literaria
que encierra — Su examen expositivo. — Censura de las costumbres coe-
táneas:— ^en el alto y bajo clero, en sus reyes, príncipes y magnates; — en
las demás clases de la sociedad. — Circunstancias en que es escrito este
singular poema. — Caracteres de sus formas artísticas y de lenguaje. —
Las Crónicas.— ^Imitación latina. — Imposibilidad de lograr cumplido
fruto de ella. — Dotes literarias que distinguen á Ayala, como historia-
dor. — Su predilección á la forma dramática, cual medio expositivo. — Al-
gún ejemplo de pinturas directas. — Cultiva Pero López el estudio de
las antigüedades genealógicas. — La Historia de su Linage. — Idea de la
misma. — Escribe otras obras de recreación. — El Libro de Cetrerda: su
análisis.— Algunas muestras de su estilo.— Consideraciones generales
sobre la doble representación de Ayala en la historia de las letras es-
pañolas. — Resumen.
Difícilmente se opera en la historia del arte cambio alguno que
altere sustancial ni formalmente sus condiciones de existencia,
sin que produzca desde luego legítima y enérgica protexta. Esta
ley, que tiene constante cumplimiento respecto de la política, la
cual emplea repetidas veces las armas de la poesía, para lograr
100 lIISTOniA CRÍTICA Í)F. LA LIinUATURA E.SPAÑOLA.
el fin indicado, era virtual y expresamente obedecida, mediando
ya el siglo XIV, dentro de la esfera misma de las letras. Y no
puede en verdad maravillarnos que esto sucediera: cuando do-
minados por el incentivo de la novedad y deslumhrados por la
riqueza de extraña^ creaciones, se inclinan los espíritus vulga-
res á la imitación, olvidando los propios tesoros ó teniendo en
menos las producciones del ingenio nacional, — deber es de los
varones generosos que fundan la gloria de la patria en sus he-
roicos recuerdos y que rinden por tanto el tributo de su respeto
á las obras de sus mayores, el arrimar los hombros al amena-
zado edificio de las letras, por débil que sea la esperanza de con-
jurar su ruina.
En dos sentidos diferentes comenzaba á realizarse, según de-
jamos advertido, la indicada transformación del arte: en el terre-
no de las narraciones históricas, con la introducción, ya quilata-
da por nosotros, de las ficciones caballerescas, que dotan á la
literatura casteüana de las formas y del sentimiento de la novela;
en el dominio de la poesía, con la preponderancia que logra la
manifestación alegórica sobre todas las formas anteriormente
cultivadas, avasallados los ingenios castellanos por los vivísimos
resplandores que despedía desde las cumbres del parnaso cris-
tiano el sol de la Divina Coinmedia. Favorecidas por los aconte-^
cimientos de la política que habían derrocado la dinastía de San-
cho IV, con visible alteración de las costunlbres, no hallaban las
ficciones caballerescas notable contradicción en el suelo de Cas-
tilla, conforme queda en el anterior capítulo demostrado: repug-
nande tal vez á los que se habían criado en la escuela didácti-
co-simbólica el fastuoso aparato de la alegoría; pareciéndoles
sin duda excesivo el lujo de las formas artísticas de que aquella
se reviste, vuelven los ojos á las antiguas producciones de la
musa castellana, para contraponer su espíritu y su forma á la
innovación, preludiando así la peregrina lucha que dos siglos
adelante sostienen los anti-petrarquistas, al rechazar la docta
imitación de Garcilaso.
Pero la expresada pretexta no iba á ser apoyada por ingenios
vulgares, ni formulada tampoco, como otras veces había suce-
dido, en el retiro de la vida monástica. En la misma corte de
II.'' I'AUIE, CAP. III. PUOTEXTA CONillA LA 1>N. ALKCÓlí. 101
Castilla, entre los más renombrados ingenios, que se preciaban
de poseer las maravillas del arte alegórico, y por uno de los más
respetados magnates y dignatarios del Estado era dada á luz
la obra, en que aparecía consignada, no siendo posible en con-
secuencia tenerla por desorientada y fortuita. Era el poeta Pero
López de Ayala, gran Canciller de Castilla, é insigne historiador
de cuatro diferentes reinados: intitulábase la producción indicada
Rimado del. Palacio, poema que reflejando eficazmente la actua-
lidad social y política de la nación, cumplía también á otros ele-
vados fines del arte, revelándonos las aspiraciones internas del
autor en la mayor parte de su larga \ida. • í:oi íjiIí'.í'j
No careció esta en verdad de contradicciones é infortunios:
nacido en 1552, de ilustre familia alavesa, antes y después en-
lazada con la regia estirpe de Aragón y de Castilla i, heredó de
su padre el amor á las letras que habia de distinguirle entre sus
coetáneos, acrecentándolo sin duda la ilustrada solicitud del car-
denal don Pedro Gómez Barroso, su tío, cuya alta significación en
la historia del arte dejamos ya oportunamente consignada -. Alec-
cionado al par en la escuela de la caballería, de la suerte que nos
ha mostrado la docta pluma de don Juan Manuel '", llegaba Pero
López al reinado de don Pedro, siendo recibido entre sus donce-
les hasta 1554, en que le vemos contarse como tal en la casa del
Infante don Fernando de Aragón, marqués de Tortosa '^. Yol-
viendo á poco al servicio del rey y levantadas en el reino las
1 Los más autorizados gencalogislas traen el oríg-cn de la casa de Aya-
la del Infante don Vela de Aragón y del conde don Rubix, nieto de Alfon-
so V de León, é hijo de la Infanta doña Jimena. De doña Inés de Ayala,
hija de Fernán Pérez y hermana del Canciller mayor, desciende don Fer-
nando V, el Católico, heredando de ella los señoríos de Casarrubios y Arro-
yomolinos con las casas de Toledo, que hoy son convento de Santa Isabel.
Los entronques con la rama de Pero López de Ayala, han sido también
puestos en claro por el entendido don Luis de Salazar en sus Glorias de la
casa Farncse (pág-. 5G5 á la 599 j.
2 Recuérdese el capítulo XlV de la lí.* Parte, t. lY.
3 Cap. Xdl de la 11.'' Parte.
4 Zurita, Enmiendas y Advertencias á la Crónica del Rey don Pedro,
pág. 92.
102 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
afrentosas revueltas que tienen cabo con el asesinato de Montiel,
mantúvose fiel á sus banderas, señalándose en las g-uerras de
Aragón, como capitán de la flota que en 1359 corría los mares de
Valencia y Cataluña con gran terror de sus puertos y estrago de
sus armadas, y obteniendo en pago de su acreditado valor el al-
guacilazgo mayor de Toledo ^ .
Con la misma devoción prosiguió al lado de aquel principe,
de quien fuera siempre bien quisto, hasta que desconcertado por
la súbita invasión del conde de Trastamara, que ayudado de los
aventureros franceses, se aclamaba rey en Calahorra, huía don
Pedro con desusado pavor de la capital de Castilla, poniendo los
ojos en Inglaterra para buscar ayudadores. En aquel momento
supremo, volvíanle la espalda sus más leales vasallos, y aun sus
propios deudos, contándose entre los primeros Fernán Pérez de
Ayala y su hijo Pero López; extraña conducta que si puede te-
ner disculpa respecto del último en el afecto y la obediencia filial,
amenguaba entonces la fidelidad del caballero y ha comprometido
la integridad del historiador en los siglos futuros -.
Ya en el partido de don Enrique, era investido con las insig-
nias de la Orden de la Yanda y creado alférez mayor de la mis-
1 Crónica del Rey don Pedro, año X, capíts. XI y XIV; año XI. ", ca-
pítulo XXI.
2 La declaración hecha por el mismo Ayala en el cap. IV del año XVII.°
de la Crónica del Bey don Pedro de que al salir este príncipe de Burgos el
año de 1366 iba en su compañía, destruyo plenamente la afirmación de al-
gunos escritores, relativa á haber sido incluido en las listas de proscripción
ó sentencias que dio don Pedro contra los prófugos y rebeldes de Almazan
y Bubierca en los años de 1359 y 1363. Ayala dice: «Et fueron con el rey
«don Pedro estonce don Martin López de Córdoba, maestre de Alcántara, é
» Iñigo López de Orozco, et Pero Goncalez de Mendoca, et Pero López de
»Ayala»j etc. Y añade respecto de su padre: «Et vino á él don Ferrand Pe-
»rez de Ayala, el qual cstaua por su mandado en Castilfabit, que ganara el
»rey en Aragón» etc. Al terminar el capítulo, escribe estas significativas pa-
labras, que revelan su conducta y la de su padre, al ver la perplejidad y
aun el terror de don Pedro. «Et de tal guisa iban. ya los fechos que todos los
»más que del se partían, auian su acuerdo de non volver más á él.» Los
dos Ayalas fueron en efecto de los más que de él se partieron, siendo vero-
símil que no pasaran de Toledo en esta ocasión.
II.'' PAUTE, CAP. III. PROTEXTA COMRA LA INX. ALEGÚK. 105
raa; y cuando auxiliado el rey don Pedro del Príncipe Negro,
tornaba á pisar el suelo de Castilla y parecía decidirse á su favor
en los campos de Nájera aquella escandalosa contienda, llevaba
Ayala en la pelea el respetado pendón de la expresada caballe-
ría, teniendo la desgracia de caer prisionero en manos de los in-
gleses, de donde sale meses adelante, merced al crecido rescate
que daba por él su familia ^. Repuesto en tanto el de Trastamara,
entrábase de nuevo en el reino, no reparando hasta la ciudad
de Burgos, que le abria segunda vez las puertas y en la cual se
le incorporaba Pero López; y partía con igual diligencia sobre
Toledo y Sevilla, en cuyo camino le detiene, al comenzar el año
1569, la mala estrella del rey don Pedro, que pone á los pies
del bastardo de Alfonso XI el trono de Castilla y arrebata mise-
rablemente la vida al legítimo soberano. Al desgarrar Enrique
por segunda vez ^ el manto real , para repartirlo entre sus par-
ciales, tocaban á Pero López la Puebla de Arciniaga y la Torre
del valle de Orozco, siéndole al par confirmada la posesión del
1 El hecho de la prisión lo atestigua el mismo Ayala en los capítu-
los IV y XII de la Crónica del rey don Pedro, año XVIII, bastando esta
confesión para desvanecer el error de los que afirman que se retiró de la
batalla con don Enrique {^Reij don Pedro defendido, fól. 78). Que obtuvo la
libertad por medio de un crecido rescate, lo probó ya don Nicolás Anto-
nio (Bibliotheca Vetus) y lo confirma el erudito Floranes (Vida litera-
ria del Canciller mayor de Castilla don Pero López de Ayala) : que no
permaneció en la prisión hasta la muerte de don Pedro, como equivocada-
mente dice Ticknor (Hist. de la liter. esp., I.^ Ep.% cap. IX), lo persuade
la circunstancia de haber prestado á don Enrique en el mes de octubre
de 1367 un señalado servicio en la ciudad de Búrg-os, según refiere él mis-
mo en su Crónica Abreviada y comprobó Zurita en sus Enmiendas (pá§^i-
na 244). Está pues fuera- de toda duda el aserto que en este lugar asenta-
mos, no indiferente por cierto, al tratar de las obras poéticas de Ayala, se-
gún después veremos.
2 El primer reparto de las mercedes que han hecho famoso el reinado
de Enrif|ue II, se hizo por éste, al coronarse rey en las Huelgas de Bur-
gos en 1366. Véase el capítulo VII del año XVII de la Crónica del rey
don Pedro y se comprenderá hasta qué punto llegó, en especial con los ex-
trangeros, esta funesta largueza.
104 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
valle de Llodio, adquirido de doña Leonor de Guzman en 1549
por Fernán Pérez de Ayala • .
Ni se limitaron á estas las mercedes que recibió Ayala del
rey don Enrique: recobrada en 1373 de los navarros la villa de
Victoria, y habiéndose menester para su gobierno persona de au-
toridad y discreción, nombrábale, entrado ya el año de 1374, al-
calde mayor y merino de la misma, acreditándose Pero López en
uno y otro cargo de recto juez y hábil repúblico. Muerta entre
tanto su madre doña Elvira de Cevallos y abrazada por su padre
la vida religiosa en la Orden de predicadores, confirmábale don
Enrique en el Estado de Ayala, mayorazgo fundado dos años
antes por el citado don Fernán Pérez, elevándole al expirar el de
1373 á la alcaldía mayor de Toledo, dignidad grandemente am-
bicionada en aquellos tiempos y vacante á la sazón por muerte
de don Gómez Manrique, primado de las Españas -. Nuevo tes-
timonio de distinción dábale después nombrándole de su consejo
y enviándole, como embajador suyo, á la corte del Rey de Aragón
para concertar las diferencias que hablan provocado el desafio
de Juan Ramírez de Arellano; y tan á placer de ambos monarcas
se hubo Ayala en el asunto que no sólo mereció los elogios del
aragonés sino también el público aplauso de don Enrique, quien
parecía vincular en sus hijos el amor que al alcalde mayor de
Toledo profesaba ^ .
No bien ascendido al trono, mostrábale don Juan I aquella
predilección, confirmándole con mano liberal cuantas honras y
donaciones habia obtenido de su padre, y nombrándole al propio
tiempo juez mayor en el ruidoso pleito, largos años atrás susci-
tado, sobre las encomiendas de abadía y monasterios. ^. A 22
1 Florancs, Vida literaria del Canciller mayor de Castilla, publicada
por Salváy Baranda en los Documentos inéditos, t. XIX, página 104 y si-
guientes.
2 Salazar de Mendoza, Dignidades secidares, fól. 34 v.
3 Fernán Pérez de Guzman afirmaba en sus Generaciones et semblan-
zas que fué Ayala «del Consejo de Enrique segundo, é muy amado déh
(Cap. YII).
4 España sagrada, t. XYIll, pág. ISl, de la segunda edición.
II."* PARTE, CAP. III. PUOTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 105
de diciembre de 1580 dictaba Pero López de Ayala, en unión
con los oidores Juan Martinez de Rojas, Alvar Martínez y Pedro
Fernandez, sentencia definitiva, restableciendo la justicia; y tan
pagado quedó el rey don Juan d^ este y los demás servicios de-
bidos á su lealtad é inteligencia, que en el siguiente año le otor-
gaba por privilegio rodado la villa y aldeas de Salvatierra de
Álava, autorizándole para instituir sucesores en la forma que
más le agradase *. Pocos meses después le enviaba á Carlos Yí
de Francia, para ofrecerle su amistad; y hallándole Pero López
ocupado en guerra contra ingleses y flamencos, servíale tan efi-
cazmente con su consejo en la famosa batalla de Rosebeck que no
sólo mereció la honra de que le nombrase su camarero, sino que
le concedió durante su vida y la de su hijo mayor, Fernán Pérez
de Ayala, mil francos de oro anuales [1582].
Con tales distinciones y mercedes restituyóse á Castilla el
alcalde mayor de Toledo, creciendo por extremo su reputación y
autoridad en la corte, y recibiendo del rey don Juan nuevas se-
ñales del afecto, con que siempre le habia favorecido ^. Pagábale
Ayala, esmerándose en procurar el bien público y el lustre de la
corona, de que fué buena prueba el saludable consejo que en 1585
daba á don Juan en Sevilla, inclinándole á mostrarse clemente
con su inquieto hermano el conde de Gijon; consejo no menos
digno de aplauso, por el fin político á que se dirijia que por la
erudición histórica en que se fundaba, revelando ya al renom-
brado cronista. Mas próximo estaba el momento en que debia
acrisolar Pero López su lealtad y valor con uno de aquellos lie-
1 El privilegio referido está fechado a 22 de junio en la ciudad de Za-
mora.
2 La predilección de don Juan respecto de Ayala lleg-aba hasta la in-
justicia: muerto en Lisboa de la epidemia que la aflige en 1384 un caba-
llero castellano, llamado Ochoa de Muñatoncs, otorgaba el rey el monaste-
rio de San Juan de Muguiz, San Román de Ciérbana, el puerto de San Martin
de Somorroslro y otras posesiones que aquel tenia de la corona, á Pero
López; pero oponiéndose á esta donación doña IMencia de la Casa, en nom-
I)re de doüa Teresa Muñalones, hija legítima del difunto, fue Icgalmciitc
revocada.
106 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
chos que enaltecen la memoria de los guerreros de Castilla: de-
terminado don Juan á tomar posesión de Portugal, cuya corona
le disputaba el maestre de Avís, fundado más bien en el aplauso
popular que en el propio derecho, tornaba en julio de 1385 á
penetrar en aquel reino, de donde le habia arrojado en el año
anterior mortífera epidemia.
Al mediar agosto se avistaban ambos ejércitos en los contor-
nos de Aljubarrota: solicitado por Ñuño Alvarez de Pereira, con-
destable de Portugal, para tratar de un honesto avenimiento, halló
López de Ayala ocasión de reconocer la posición ventajosa que
tenia el campo de los portugueses, y vuelto á los reales castella-
nos, aconsejaba al rey que esquivase hasta la menor escaramuza
en aquel lugar, si estimaba en algo su reputación y la salud de sus
soldados i. Prudente pareció á los caudillos de madura expe-
riencia el consejo: achacáronlo á temor los jóvenes, y trabada
por ellos la pelea, hallaban en su derrota merecido castigo á su
vana é indiscreta jactancia. Mientras el rey don Juan, recibiendo
el sacrificio que le hacia de su vida Pero González de Mendoza,
salía del campo de batalla en el caballo de aquel héroe, — acosado
por todas parles, cubierto de heridas y golpeado hasta el punto
de perder dientes y muelas, caia Pero López de Ayala en i>oder
de los enemigos, abrazado al pendón de la Vanda, no sin que,
aun postradas sus fuerzas, les infundiese respeto.
Quince meses le tuvieron cargado de hierros y en muy es-
trecha y dura prisión en el castillo de Oviedes 2. La calidad de
1 Al narrar Ayala este suceso, calla su nombre y el de otro caballero
que le acompañú; pero en la Crónica del Condestable referido, consta que
el y Diego Alvarez fueron los dos caballeros que tuvieron la entrevista con
Pereira. Los demás accidentes se refieren en la Crónica de don Juan I.
2 Don José Antonio Conde, en un Informe presentado á la Real Aca-
demia de la Lengua sobre el Rimado del Palacio, afirmaba que Ayala es-
tuvo preso en Portugal por el espacio de treinta meses; pero sin alegar
prueba que justifique dicho aserto. Seguimos en este punto al erudito Flo-
ranes, quien observa que en 1366 fué Pero López padrino de pila del Ba-
chiller Fernán Gómez de Cibdad-Real {Vida literaria^ pág. 120), en cuyo
caso no pudo permanecer en Oviedes los dos años y medio apuntados por
II.'* PARTE, CAP. III. PROTEXTA COXTRA LA INX. ALEGÓR. 107
SU persona, el no vulgar ejemplo de su valor y la misma predi-
lección con que le distinguia el rey de Castilla, dificultaban gran-
demente su rescate. Ajustado por último en treinta mil doblas
de oro, pagaba doña Leonor de Guzman, su esposa, veinte mil
en el acto de alcanzar la libertad, dejando en rehenes á su pri-
mogénito Fernán Pérez, mientras allegaba las restantes. Los re-
yes de Francia y de Castilla, el maestre de Calatrava don Gon-
zalo Nuñez de Guzman y otros caballeros principales del reino,
apresuráronse entonces á contribuir con no despreciables sumas
á desempeñar al alcalde mayor de Toledo; y restituido á su pa-
tria y familia, en tanto que muerto ya su padre, tomaba posesión
y ponia orden en todos sus estados, era investido por el rey
don Juan con los cargos de copero y camarero mayor, manifes-
tando el alto precio que daba á sus servicios K
No fueron en verdad de escasa importancia los que le hacia
después en el asunto de Lancaster, á quien era enviado una y
otra vez, como embajador, hasta llevar á cabo los tratados que
aseguraron la paz y concordia entre los descendientes del rey
don Pedro y del bastardo don Enrique. Pero donde más brilla-
ron la fidelidad que debia á la corona y la nobleza de su carácter
fué sin duda en las Cortes de Guadalajara [1590]: empeñado don
Juan en apellidarse rey de Portugal, habia ideado el descabella-
Conde. — Ticknor observa por el contrario que este seg-undo cautiverio no
fué tan larg-Q ni tan penoso como el que sufrió en Inglaterra {Hist. de la
lit. esp., Ep. I.^, cap. IX), sobre lo cual deben verse las notas oportunas
del presente capítulo. Ayala estuvo en una jaula de hierro, según dice el
mismo en la Historia de su casa, observando que murió 'su padre «se-
yondo absenté su fijo Pero López é metido en jaula de hierro en Alju-
1)arrota)j.
1 Salazar, Advertencias Históricas, pág-. 113. Sobre la forma del res-
cate observa Conde que «se ajustó en treinta mil doblas de oro y fué por él
»[Ayala] su mujer, que pag-ó de contado las veinte rail, dejando en rehe-
)»nes por el resto á su hijo mayor Hernán Pérez: las cuales diez mil doblas
«del resto (prosigue) pagó el rey don Juan I de Castilla y el rey de Fran-
Mcia dio diez rail francos de oro, contribuyendo para dicho rescate don Gon-
wzalo Kuñez de Guzman, maestre de Calatrava, primo do doña Leonor, y
» otros grandes señores)*.
108 . HISTORIA CÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
do proyecto de abdicar en su hijo don Enrique el reino de Cas-
tilla, reservándose ios de Andalucía y Murcia con el Señorío
de Vizcaya. Juzgaba así que, aplacados los portugueses, para
quienes la posibilidad de unirse en una sola cabeza ambas coro-
nas, habia sido pretexto á la rebelión, abandonarían luego la
causa del de Avís, declarándosele sus vasallos. Comunicado el
pensamiento al consejo, alzábase entre todos Pero López de Aya-
la; y posponiendo toda lisonja, con entereza digna de quien me-
dia de una sola ojeada todos los desastres que habia de acarrear
tan menguado intento, con aquella seguridad de quien tenia en
la historia repetidos y elocuentes ejemplos de lo que eran y
significaban semejantes desmembraciones, desaprobó en un dis-
curso, lleno de grandes máximas políticas y morales, las trazas
poco felices del rey, quien tomando primero á irreverencia la li-
bertad de Ayala y deponiendo después su infundado enojo, pe-
díale perdón de haber dudado de su fidelidad y olvidaba al par su
descabellada empresa.
La desastrada muerte de este príncipe «que ovo siempre en
»sus fechos muy pequeña ventura», llamaba á Pero López por
voto de las Cortes de Madrid á intervenir más directamente en
la gobernación del Estado, formando parle del consejo de regen-
cia, durante la minoridad de Enrique IIL En 1392 ajustaba tre-^
guas con Portugal, auxiliado al efecto del obispo de Sigüeuza y
del doctor Antón Sánchez: determinado el rey en el siguiente á
tomar sobre sí el peso de la república, retirábase Ayala á sus
posesiones de Álava, para descansar en el seno de su familia y
en la dulce paz de las letras de las inquietudes de la corte. Cua-
tro años vivió en sus Estados, dando repetidos testimonios de la
piedad que le animaba *: é investido en el de 1498 con el título de
Canciller mayor de Castilla, cargo de que era exonerado el arzo-
bispo de Santiago, don Juan García Manrique, tornaba á la corte,
1 En 1396 dotó á la iglesia de San Juan de Quijana del retablo ma-
yor y frontales del mismo, según consta de la inscripción que mandó poner,
ya terminados, siguiendo el ejemplo de su padre. De otras obras pias dejó
también testimonio en la historia de su casa.
II.* PAKTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA IXN. ALEGÚR. 109
logrando al par que sus hijos Fernán Pérez y Pedro López fue-
sen honrados por el rey con los empleos de merino 'mayor de
Guipúzcoa y alcalde mayor de Toledo, cargo que él habia hasta
entonces, por sí ó por sus tenientes, desempeñado *. Con general
aplauso y autoridad sirvió Ayala la cancillería mayor del reino,
de cuyas tareas se desquitaba con el cultivo de las letras, du-
rante el estío, en el monasterio de San Miguel del Monte, retiro
agradable cercano á ]Miranda de Ebro, en que habia labrado có-
modas habitaciones al intento ^^. Aquejado de continuas dolen-
cias, pasaba de esta vida el rey don Enrique el 25 de diciembre
de 1406, dando al morir inequívocas pruebas de la estimación,
con que veia á Pero López; y ya fuese que este se sobrecojiera al
1 El M. Santótis en la Vida de don Pablo de Santa María, que pre-
cede á \A edición del Scrutinium Scripturarum (Búrg-os, 1591, pág^i-
na 36) apuntó que ejerció Ayala la cancillería mayor durante el reinado
de don Juan I: Tiknor, yendo más adelante, asegura que obtuvo este ele-
vado cargo bajo Enrique II (Ut supraj Habiendo probado el erudito don
Luis de Salazar en su Historia de la casa de Lara (i. I, lib. V) que Maria-
na, Arg-ote de Molina y Gil González Dávila anticiparon el desnaturamien-
to del arzobispo don Juan Garcia Manrique por término de dos años, y
constando por privilegios irrecusables que ejerció el arzobispo la cancille-
ría hasta 20 de Mayo de 1398, en que autorizó con su firma la confirma-
ción que hizo don Enrique ÍII al conde don Enrique Manuel de las villas de
Monte Alegre y Meneses, no hay arbitrio humano para poner antes de esta
fecha el nombramiento de Ayala. Pero lo notable de todo, y lo que prueba
que Santótis y Ticknor procedieron sin conocimiento de causa, es que al
narrar Pero López en el cap. IIl del año XIV de la Crónica de Enrique II
la muerte de este príncipe, no sólo cita, como presente á tal suceso, á don
Juan Garcia Manrique, obispo á la sazón de Sigüenza, Canciller mayor de
Castilla, sino que pone en su boca las siguientes palabras, dirigidas al rey:
Señor ¿en qué logar uos niandades enterrar?... Et dixo : — En la mi capilla
que fice en Toledoa, etc. — ¿Sabría Ayala si habia ó no recibido en 1379 la
dignidad que en todo el reinado de don Juan I ejerció Manrique y que sólo
perdió por su voluntario destierro de Castilla?... En cuanto al nombramien-
to de los hijos de Ayala para los cargos que él desempeñaba, consta por
los capítulos de las paces ajustadas en 1402 con Portugal, en que figuran ya
con los títulos indicados en el texto.
2 Sigiienza, Historia de la Orden de Sa7i Gerónimo, t. II, pá-
gina 17.5.
no HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
recibir semejante noticia, ya que le agobiaran sus antiguos pa-
decimientos y sus años, murió pocos meses después, á la edad de
setenta y cinco, en la ciudad de Calahorra, siendo sepultado en
el monasterio de Quijana, fundación de sus padres K
Tal es el compendio que nos es dado hacer de la vida del
Gran Canciller de Castilla. Imposible parece en verdad que en
medio de tantas guerras y revueltas, cargado de tantas y tan
altas obligaciones, tuviese tiempo y placer para consagrarse al
cultivo de las letras con la afición y perseverancia que revelan
todos sus escritos. Pero estas cualidades raras en todos tiempos,
caraterizan de continuo á, nuestros más esclarecidos ingenios de
la edad-media; y así como hemos admirado la actividad prodi-
giosa del Rey Sabio, asi como apenas hemos podido dar crédito á
la historia, al ponernos esta de relieve la inteligente y fecunda
laboriosidad de don Juan Manuel, así también nos sorprenden la
devoción y anhelo, con que Pero López de Ayala rinde el tributo
de su talento en aras de la ilustración de su patria, distinguién-
dose al par como poeta y filósofo, como historiador y moralista.
«Por avisar é ennoblecer la gente é nación de Castilla (escribía
»uno de sus sucesores) fizo romanzar de latín en el lenguaje cas-
"tellano algunas corónicas y estorias que nunca antes del fueron
«vista ni conoscidas en Castilla» ^. A todas las fuentes que re-
conocía la erudición de aquella edad, llegaba en efecto Pero Ló-
pez de Ayala para dar cabo á tan generoso intento: respetando la
tradíccion dé los estudios latino-eclesiásticos, traía al habla vul-
gar el libro del Sumo Bien de Isidoro de Sevilla ^, sacaba de
1 Floranes se inclina á creer que el fallecimiento de Ayala fué antes
del 16 de abril, en que aparece ya como Canciller mayor de Castilla, don
Pablo de Santa Maria, firmando como tal la cédula expedida en Seg-ovia^
para que los arrendadores de las rentas reales no pusiesen guardas á la
ciudad de Búrg-os (Salazar, Casa de Lara, t. I, pcíg-. 416). El hecho no ad-
mite duda.
2 Don Pedro López de Ayala, su nieto, que en 1442 escribió una Re-
lación Fidelísima del linage de Ayala.
3, De esta peregrina traducción existe en la Biblioteca del Escorial un
precioso códice en folio con la marca C.. ij. 19, de letra del siglo XV y
exornado de rúbricas c iniciales de colores. Compóncsc de 109 folios, en
que se leen hasta ciento cuarenta capítulos, que encierran los tres libros
11.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 111
los Morales de Job, debidos á Gregorio Magno, preciado rami-
llete de flores y sentencias ^ , y hacía castellana la aplaudida
De Summo Bono ó de Sententiis, como comprueban simplemente los epí-
grafes del primero y del último. San Isidoro dijo en el libro 1°: Quod Deus
siimmus ct incoimnutabilis sit, y terminaba con el siguiente del 3.er li-
bro: De metu mortis. Con aquella libertad característica de los traductores
de la edad-media escribía Ayala: Cap. I. Del soberano bien: Cap. CXL. De
la saluda deste mundo. Comparados unos y otros capítulos, resulta que
Ayala embebió tres del original en los ciento cuarenta de su versión: Esta
empieza: «Soberano bien Dios es, ca es syn mudamiento et syn corrompi-
»miento ninguno» etc. Y acaba: «Aquellos non debemos llorar que el pa-
urayso congrand alegria los rrescibe en sy. Explicit Isídorus de Summo Bo-
MUG. Deo gratias.» Ni don Nicolás Antonio ni Pérez Bayer conocieron este
códice (Vid. Bibl. Vet., lib. X, cap. I).
1 En la citada Biblioteca Escurialense se custodia bajo la mar-
ca b. ij. 7 un códice en folio, escrito en papel, de hermosa letra del si-
glo XV, con las rúbricas y las iniciales de encarnado. Consta de 105 fojas
y en la primera se lee: Flores de Morales de Job; é es una colección de
sentencias, entresacadas de los mismos Morales de sa7i Gregorio é pues-
tas en castellano por don Pero López de Ayala. Conforme a esta declara-
ción^ no debe la obra de Ayala confundirse con otras traducciones más com-
pletas de los Morales de San Gregorio, hechas asimismo en la edad-
media y tal vez posteriores á la de Ayala, según el testimonio de Fernán
Pérez de Guzman {Generaciones é semblanzas, cap. Yll), De estas versiones
de los Morales hay en el Escorial hasta seis diversos MSS., señala-
dos b. ij. 6-; b. ij, 8-; b. ij. 10-; b. ij. 11-; b. ij. 12, y b. j. S.— Las Fío-
res de Ayala comienzan de este modo: «Este libro es llamado Flores de
»los Morales de Job, que son dichos de muchos buenos enxemplos et de
1» buenas doctrinas para bien biuir espiritualmente et moral et onesta-
«mente.» Y termina: «Non tan solamente para guardar la salud que
«tenemos, tomamos melesinas; mas aun las tomamos, porque la salud
«que ya tenemos cobrada, non la perdamos.» — Acabadas las Flores de los
Morales, se lee una breve selección de Dichos de Sabios (fól. 103 al 105),
tomada de las más numerosas que dos siglos antes^ cual ya saben los lec-
tores, comenzaron á ser conocidas en lengua castellana. En la última foja
está finalmente, puesto asimismo en lengua vulgar el elogio de los mis-
mos Morales, debido á Domingo Brixiente. Tampoco tuvieron conocimiento
de este MS. don Nicolás Antonio ni su erudito anotador. Debe advertirse
que casi al propio tiempo que hacia el Canciller esta selección de los Mo-
rales, los ponía en lengua toscana el florentino Zanobi da Strada, circuns-
tancia que prueba el grande aplauso que alcanzó aquella obra de San Gre-
gorio en la edad-media (Ginguené, Hist. Litt. d'Italie, t. III, pág. IGSj.
112 HISTORIA CUÍTICA DE LA LITERATURA ESPANOLA.
Vision de Severino Boecio ' : levantando sus miradas á la anti-
güedad clásica, aspiraba á hacer familiares entre los eruditos de
Castilla las decadas de Tito Livio hasta aquel tiempo descubier-
tas ^: admirando por último los esfuerzos que desde el siglo
1 En la preciosa Biblioteca del Marqués de Santillana, que dimos á
Conocer en la edición de sus Obras (pág-s. 191 y siguientes) y hoy existe
unida á la del señor duque de Osuna, se guarda un códice fól. menor pa-
pel, escrito á una sola columna, con g-losas marg-inales y la marca Plut. V,
lit. N. núm. 29, cuyo título es el siguiente: Libro de la Consolación de
Boecio romano, et comienga una carta de Rmj López Davalas al que lo
romanQÓ. No consta el nombre; pero considerando el lenguaje- respetuoso
que emplea el favorito de Enrique III, al decir : «Pensé con singular afec-
«lion rogar á vos que trabajascdes en traer á nuestra lengua vulg-ar la Con-
iiSolaQion del sancto doctor Severino, que por nombre propio es llamado
«Boecio» etc.; y teniendo presente que á ninguno de sus coetáneos convenia
tanto como al Canciller mayor de Castilla, cuya autoridad en aquella corte
ya conocemos, hay razón para creer que es esta la traducción de Ayala
hasta ahora reputada como perdida. Conveniente parece observar que, es
muy distinta do otra hecha anteriormente, do la cual decia el Condestable
López Dávalos: «Como quier que yo hé leydo este libro romanzado por el
» famoso maestro Nicolás, non es de mí entendido ansy como quería: et creo
»que sea este por falta de mi ingenio é aun pienso faserme alg-un estorbo
«estar mezclado el testo con glosas, lo qual me trae una g-ranl escuri-
»dat». — Sin duda hablaba de la versión de Fraij Nicolás de Treveth, de que
hay un ejemplar en la Bibl. Escur., cód. h. ij, 16, el cual encierra hasta
el folio 74, en que principia el libro de Boecio, la Vida de San Gerónimo '
sacada de la de Eusebio. La versión, en que figura Ruy López Dávalos,
está hecha verso á verso, y no ha sido examinada hasta nuestros dias por
ningún bibliógrafo.
2 De las decadas de Tito Livio hemos reconocido varios códices: cinco
en la Biblioteca del Escorial y dos en la del señor duque de Osuna. Están
unos y otros en fól. mayor, y encierran sólo la I.'', II.* y IV. ^ Decada, re-
pitiéndose, sobre todo en los MSS. de Osuna, algunos libros. Los códices del
Escorial tienen la marca g-j.-l y 2.-g-j.l0, 11 y 12: los de Osuna Plut. U,
lit. N, n.° 4 y 5. — Según nos advierte Ayala, hizo esta versión por mandato
de Enrique III, nombrado ya su Canciller mayor [139S á 1406]: «Me man-
»dastes (dice) que trasladasse un libro que es escripto por un Istoriador an-
»tigo et famoso, del qual face mención San Hierónimo en el prólogo de la
«Biblia, loando la su alia manera de fablar, el cual es llamado Titus Li-
y>vius. Et plógovos que lo tornase en el linguage de Castiella; el qual eslava
«en latin por bocávulos ignotos et oscuros». — Por manifestación del mismo
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. H5
anterior hacían los más claros varones de Italia por restablecer
en la memoria de las gentes el recuerdo histórico del antiguo
mundOj repetía la traducción de la Historia Troijana de Guido
de Colonna, y enriquecía la patria literatura con el libro de la
Caída de Príncipes de Juan de Boccacio * .
Canciller^ se sabe que tuvo presente para su trabajo la versión que pocoá
años antes hizo á lengua francesa, por mandato del rey Juan el benedic-
tino Pedro Bercheur ó Berchoire (Berchorius ó Berthorius). Los códices de
Osuna fueron trasladados de otros más antiguos por disposición del marqués
de Santillana ("V. sus Obras, pág:. 620); ios del Escorial fueron escritos por
los pendolistas Benito de Salamanca y Pedro de Búr§:os, en los años de
1453. — Parécenos bien advertir aquí que ha sido también atribuida á Ayala
una traducción de Valerio Máximo; pero sin dar razón alguna del códice
que la debió contener, y que nosotros tampoco hemos hallado, por más
grande que ha sido nuestra diligencia.
1 La Caida de Principes se dio á luz en Sevilla en 1495 por Menardo
Ungut Alemán y Lancalao Polono, con este título: Juaii Bocado. Caida
de Principes, traducida de latín al castellano por don Pedro López de
Ayala y continuada por don Alfonso Garda (¡Méndez, Typographid esp.^,
pág. 200). En efecto, el Canciller Ayala tradujo solamente los oclio pri-
meros libros De cassibus virorum et foeminarum illustrium «fasta la mei-
»tad del capítulo que fabla del rey Artús de Ingalaterra, que es dicha Gran
«Bretaña é de Morderete, su fijo». «Dende en adelante (prosigue Juan Alfon-
so de Zamora, secretario de don Juan II) romanzó el dicho Dean [don Al-
fonso García de Santa María ó de Cartagena], él diciendo é yo escribien-
do» (Prólogo á dicha edición). Por manera que los dos últimos libros per-
tenecen á este famosísimo converso, de quien más largamente hablaremos en
lugar oportuno. De la Caida de Principes hemos examinado varios MSS.:
los principales son, el señalado en la Bibl. del Escorial e, iij. 7 y el
más completó que perteneció á la librería de don Manuel Marti nez Vascu-
ñana, procedente de la casa de los Palomeques, y que posee^ cuando esto
escribimos, don Blas Hernández, del comercio de libros de Toledo. Este
precioso códice, puestas ya las rúbricas de los capítulos, empieza: «Muchas
veces et por muy luengo tiempo fué mi estudio et mi trabajo por faser algu-
nas obras ét.las escribir, por que fuesen á bien et á prouecho de la repúbli-
ca» etc. Por el del Escorial consta que se «acabó de romanzar» el 30 de
setiembre 1422. Le faltan algunos folios al principio y al fin. Respecto de
la Crónica Troyana debe recordarse nuestro cap. XIX de la 11.^ Parte»
T. IV, resultando de todo lo expuesto que no es esta una de las obras que por
vez primera trajo Ayala al idioma de Castilla. No se olvide no obstanle
Tomo v. 8
H4 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Notable era bajo tan varios aspectos el anhelo con que acudía
López de Ayala á segundar el movimiento literario, iniciado ya
en tiempos anteriores, llegando al punto de merecer el título de
innovador, con relación á los estudios históricos, y siendo digno
de singular alabanza ixir la solicitud con que procuró poseer las
más celebradas producciones de los ingenios que florecían en
otros pueblos. Su reputación estendida entre los renombrados
varones de Italia hasta el punto de hacerle partícipe, á poco de
darse á luz, de las obras más aplaudidas, hacíale acepto á los
ojos del Pontífice romano, quien no esquiva el dirijirle amistosa
y docta correspondencia ^. Y sin embargo este magnate que
así recibía la luz del progreso intelectual y que acaso más que
ningún otro escritor de su tiempo se inclinaba á seguir las hue-
llas de sus coetáneos, Petrarca y Boccacio, en la noble empresa
del Renacimiento, negábase á formar coro con los admiradores
del Dante, rechazando como cultivador de las musas castellanas,
las pintorescas ficciones del arte alegórico, que cobraba en su
tiempo extraordinaria preponderancia entre los vates españoles.
¿Cuál podia ser la causa de tan peregrina contradicción entre
el Pero López de Ayala erudito é historiador, y el Pero López de
Ayala poeta?.. Fijando nuestras miradas en el carácter del gran
Canciller de Castilla, tal como le retratan los escritores de su épo-
ca, y reparando en que si bien era de «dulce condición» y trato,
pagábase de ser hombre «de grand consciencia» y temeroso de
Dios, prefiriendo en sus estudios la filosofía moral y mostrando
que la Crónica Troyana fué de grande efecto en orden al desarrollo de las
ideas caballerescas y no insignificante respecto de los estudios de la histo-
ria antigua. Nosotros no podemos decir con Ticknor que el Canciller perdió
el tiempo empleado en tales trabajos.
1 Entre las preciosidades que enriquecen la Biblioteca Toletana, existe
un volumen con el titulo de Petri Blesii Epistolae, en el cual se leen varias
cartas de Clemente Yll á los Reyes de Castilla y entre ellas una dirigida á
Pero López de Ayala, altamente satisfactoria para este magnate, cuya ilus-
tración y talento reconoce y elogia el Pontífice. De esta epístola se hace
mención en un curioso MS., intitulado: Memorial de los libros de Toledo,
obra del siglo XVI y conservado en la Biblioteca de Escorial, L. j. 13, fo-
lio 113.
n/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA IXX. ALEGÚK. 115
«grand discreción en la práctica del mundo» i, no podrá en
modo alguno causarnos maravilla que hermanados en él carácter,
piedad y ciencia, diese constantemente á sus ideas cierta gra-
vedad y trascendencia, aspirando á fin útil é inmediato en todas
sus aplicaciones. Brindábale grandemente á ello el estado uni-
versal de las costumbres y muy en especial el que presentaba
Castilla, agitada por intestinos disturbios y contagiadas con todos
los vicios las clases de aquella sociedad mal regida. La rectitud
de sus intenciones y el deseo del bien común, le movian á pro-
curar la enmienda, señalando á sus compatriotas el camino de
la virtud : poseia ya de antiguo la literatura castellana las for-
mas didácticas que al mediar el siglo XIV hablan llegado á su
mayor desarrollo; ofrecíale también la métrica española no des-
preciables ejemplos en los más autorizados poetas, entre quienes
brillaba con igual propósito el renombrado Archipreste de Hita; y
convencido sin duda de que para obrar el bien no habia menester
renunciar á su propia nacionalidad poética, decidíase Pero López
de Ayala á favor de la tradiccion literaria de nuestro primitivo
parnaso, buscando tal vez en lo respetable de las formas nueva
autoridad á sus versos, que aparecían por tanto contrapuestos á
los escritos á la sazón por todos los trovadores castellanos.
Por tal senda llegaba pues el Canciller mayor á formular la
doble protesta moral y literaria que encierra el Rimado del Pala-
cio, poema de muchos citado, de muy pocos leido y de ninguno
examinado bajo las relaciones críticas y filosóficas en que hoy lo
consideramos 2. Alfonso X, Sancho IV, el esclarecido Cardenal
1 Fernán Pérez de Guzman Generaciones et Semblanzas cap. VII.
2 Los traductores de BouterWeck publicaron desde la pág. 138 del único
volumen que dieron á luz numerosos extractos del Rimado del Palacio;
pero sin exponer juicio alg^uno sobre el mismo. Don Nicolás Antonio, Velaz-
quez, Sarmiento, Sánchez, Quintana, Gil y Zarate, Lafuente, Sismondi,
Viardot, Puibusque, Ticknor, Clarús, Lemcke y otros muchos escritores na-
cionales y extrang-eros, manifestando unos no haber conocido el libro del
Canciller y formando otros más ó menos aceptables juicios, tampoco han
llegado á fijar la que en nuestro concepto debe considerarse como verdade-
ra representación de López de Ayala en el parnaso castellano. En esta difí-
116 HISTORIA crítica de la literatura española.
Barroso, tio, cual sabemos, del mismo Ayala, el príncipe don Juan
Manuel, Juan Ruiz y tantos otros cultivadores del arte didáctico-
simbólico, como dejamos ya estudiados, le ministraban abundante
y luminosa doctrina: Gonzalo de Berceo y cuantos poetas le imi-
taron, al consagrar la quaderna vía á los cantos de la musa he-
róico-erudita, le mostraban en sus producciones una forma ar-
tística grave, severa, cual con venia á lo trascendental y sobrio
del intento á que aspiraba; y con tal devoción y respeto siguió
las huellas de unos y otros, empeñado en dar cima al pensa-
miento social y político, generador del Rimado del Palacio, que
no sólo merece ser inscrito por tal concepto entre los sucesores
del Rey Sabio, sino que debe también ser reputado como el úl-
timo discípulo de la escuela poética, que hacen famosa los libros
de Apolonio, Alexandre y Fernán González, y cuyo decadente
imperio habia procurado sostener en la primera mitad del siglo
el ya recordado Archipreste de Hita. Al comenzar Pero López su
poema, confesaba y aun hacía alarde de esta filiación, diciendo:
1 En el nombre de Dios j que es uno Trinidat,
Padre, fijo et espíritu | sancto en simple unidat,
Eguales en la gloria | eternal maiestat,
Et los tres ayuntados | en la divinidat, etc. I.
Personificadas en el Gran Canciller la protesta de la moral y
la protesta del arte, cumplíale desarrollar la idea que le inspira
el Rimado del Palacio, bajo muy diversos sentidos. No era sólo
el cáncer de la política la plaga que infestaba el cuerpo del Es-
cil tarea entramos con la desconfianza de log:rar cumplido acierto : mas con
la evidencia de que el Rimado del Palacio, dig-no de maduro estudio bajo
diversas fases, no lia sido aun debidamente quilatado.
1 Esta y las once estrofas siguientes faltan en el códice de la Biblioteca
del Escorial que describiremos adelante. La tomamos de la copia que man-
dó hacer en el pasado siglo la Real Academia Española del códice que po-
seía el conde de Campo Alange, cuyo examen debimos á la bondad del
llorado académico, nuestro difunto amigo, don José de la Revilla. Véanse
respecto de las invocaciones los cap. V, VI, VII y XVI de la 11.^ Parle.
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA COMRA LA INN. ALEGÚR. 117
lado: olvidados á un tiempo sus deberes por los que debían diri-
jir las conciencias y los que gobernaban los pueblos, cualquiera
que fuese su gerarquía; pervertidas todas las nociones de la jus-
ticia y de la virtud, así entre las clases elevadas como entre las
humildes, forzoso era á Pero López de Ayala asestar igualmente
sus tiros contra todos los vicios, sin que pudieran embotar sus
aceros ni la magostad, ni el poder, ni las riquezas, bajo cuyo
manto se cobijaban. Contraída esta obligación, que hacían más
sagrada la reconocida dignidad del poeta y su alta posición en la
corte, armábase de tan extraordinaria energía que, haciendo pa-
lidecer las sentidas quejas de Rabí don Sem Tob y oscureciendo
los picantes cuadros de la Danza de la Muerte, tendríamos hoy
por inverosímiles muchos de los trazados por su indignada musa,
á no servirnos de fiadores la misma verdad de la histopía y la
creciente reputación que logra, publicado ya su poema, el Gran
Canciller de Castilla. Pero no carecían todos estos cuadros de
preparación conveniente: concebida ya la idea y medido el alcan-
ce de aquel azote que iba á herir tal vez con excesiva crudeza
á grandes y pequeños , ofrecíase Pero López como primera
víctima expiatoria en aras de la moral, confesándose el más in-
digno de los pecadores y cargando sobre sí cuantas culpas tenían
origen en el olvido y menosprecio de la doctrina cristiana.
Creyendo en agüeros, sueños, estornudos y predicciones as-
trológicas; jurando maliciosamente por muy vanas cosas y
quebrantando los votos hechos en sus grandes cuitas; em-
pleando en fiestas y cacerías, con fatiga de sus ornes el sus
bestias, y poniendo su corazón en burlas y mentiras, los días
consagrados al culto religioso; causando frecuentes enojos á sus
padres, ya desobedeciendo sus mandatos, ya teniéndoles pe-
queña reverencia; matando, infamando y abandonando al ham-
briento que le demandaba pan; atestiguando en falso contra
vivos y muertos; codiciando los bienes y la muger agena; os-
tentando soberbia de rey, con despojo y vejación de sus vasa-
llos; entristeciéndose del bien del prójimo y gozándose en su
mal; dejándose llevar á menudo de la ira, y ofendiendo á Dios
con más frecuencia, mientras más desdeñaba toda obra de mise-
ricordia y pensaba sólo en el torpe halago de los sentidos..., por
118 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
todas estas vías y bajo todos estos conceptos se declaraba Pero
López de Ayala merecedor de la perdición eterna, inaugurando
con tan solemne confesión su Rimado del Palacio ^.
A merced de tal salvo conducto, cuya legitimidad no ponian
en duda sus coetáneos y cuya eficacia comprendemos con facili-
dad, al considerar el ascendiente que tenia en aquella sociedad
el elemento religioso, entraba el Gran Canciller en el laberinto
de los vicios y profundas dolencias que la traian aquejada. La
primer desdicha de la edad en que vive, el primer escándalo que
la desmoraliza, existe en la misma cabeza del cristianismo, pro-
pagándose á todos los extremos del cuerpo social con mortal es-
trago; por que
191. Si la cabeca duele, todo el cuerpo es doliente.
Trocada la pobreza del pescador en fastuosa opulencia, olvi-
1 La confesión pública con que Ayala inaugura el Rimado, se con-
tiene desde la estrofa VII. ^ á la CXC.'', lo que persuade de la importancia
que daba á sus propias culpas quien iba á mostrarse severo reprensor de las
agenas. El análisis en que entramos, probará que no le faltó valor para tal
empresa. El docto don Fernando José Wolf sospechó encontrar cierta seme-
janza entre el comienzo de esta confesión y la cantiga que Bohl de Faber
publicó en su Floresta con el núm. 5 del t. I. Clarús se inclina á creer que
pertenece á las poesías que hizo Ayala, después de terminado el verdadero
poema (tomo I^ pág. 443): y no sin razón, pues que no sólo declara el poeta
que al escribir dicha cantiga estaba preso, lo cual equivale á decir que la
hizo dada la batalla de Aljubarrrota, según adelante comprobaremos, sino
que las puso después del cantar que empieza (cap. 754):
Tristura et cuidado
Son conmigo toda via etc.
comenzando con estos versos que no copió Fabor (cap. 762):
Señor, tú no me olvides; que yago muy penado
En fierros el cadenas et en cárcel encerrado.
La repugnancia que muestra Clarús á adoptar la conjetura de Wolf^
fundada en la diferente ordenación de metros y rimas (pues que Ayala
abandona en dicha cantiga la quadernavia), queda plenamente justificada.
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INX. ALEGÚR. 119
dada la santidad y mansedumbre de los antiguos tiempos, era la
silla del Vicario de Dios asaltada por la procacidad ó la osadía,
afligiendo por tanto á la Iglesia católica miserable cisma. A tal
espectáculo exclama el poeta:
197 Ea el tiempo muy sancto [ non podia auer
Uno que este estado | se treuiesse tener:
Agora ¡mal pecado!... | y al' podredes ver^
Do se dan á puñadas | quién podrá Papa ser.
Con vigorosos rasgos pinta las malas artes empleadas, para
dolor del cristianismo, en las elecciones de los Sumos Pontífices;
y al describir los bandos y parcialidades que á consecuencia de
las mismas agitaban á la sazón el Occidente, prorumpia de este
modo:
204 Los príncipes que de vieran | tal caso adobar,
Con sus buenas maneras | que pudieran tractar.
Tomaron luego bandos | et fuéronse armar,
Unos llaman ¡Sansueña! \ et otros ¡Trasfalgar!...
El orgullo de los vanos sahidores y la codiciosa soberbia de
los que se tenian por más poderosos, hablan reducido la Iglesia
al punto de faser sudores de sangre, siendo escarnio y befa de
moros y judíos. Ayala fia y espera únicamente en
212 El que dixo á Sanct Pedro: — Tú íe non fallesgerá;
pero deseoso de la paz, si bien confesándose orne simple et non
letrado, propone para la resolución canónica del cisma la cele-
bración de un Concilio. Recogiéndose después á contemplar el
estado del clero español, crece su indignación á tal punto que,
sólo recordando la pintura que nos habia hecho ya del mismo
fray Jacobo de Benavente "•, nos es posible comprenderla. Este
pasage es altamente digno de ser conocido en la historia de
1 "Véase el cap. XIX de la 11.^ Parte.
120 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍÑOLA.
las letras españolas: el Gran Canciller decia, hablando de los
Obispos:
216 Mas los nuestros perlados | qvie nos tienen en cura,
Assaz han á faser | por nuestra desventura:
Cohechar los sus subditos | sin ninguna mesura,
Et olvidar conscien^ia | et la sancta escriptura.
217 Los unos son muy ñacos | en lo que han de regir,
Los otros regurosos | muy fuertes de sofrir;
Non toman tempramiento | cómmo deuen veuir;
Aman al cuerpo mucho; ] nunca cuy dan morir.
21 S Desque la dignidat, | una vez han cobrado.
De ordenar la Eglesia | toman poco coibdado;
En cómmo serán ricos | más cuy dan ¡mal pecado!
Non curan de cómo esto ¡ les será demandado.
Fijando luego sus miradas en el bajo clero, proseguía:
Cuál los ministros tienen | el que por nos mm'ió,
Vergüenza es de decirlo | quien esta cosa uió.
220 Unos prestes lo tractan ] que verlo es pavor,
Et tómanlo en las manos | sin ningunt buen amor,
Sin estar confesados | et aun (que es lo peor)
Que tienen cada noche | consigo otra dolor.
222 Quando van á ordenarse | tanta llevan de plata,
Luego pasan la esamen | syn ninguna barata;
Ca nunca el obispo I por tales cosas cata:
Luego les dan las letras | con su sello et su data.
223 Non saben las palabras | de la consagración,
Nin curan de saber ] nin lo han á coragon;
Si puede auer tres perros, | un galgo et un furon
Clérigo del aldea | tiene que es infancon.
226 Si estos son ministros, | sónlo de Satanás,
Ca nunca buenas obras | tú facer les verás:
Gran cabana de fijos [ siempre les fallarás
Derredor de su fuego: que nunca y cabrás.
Il/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÚR. 121
224 Luego los feligreses ¡ la catan casamiento
De alguna su vecina, | ¡mal pecado! non miento;
Et nunca por tal fecho [ res(;iben escarmiento,
Ca el señor obispo | ferido es de atal viento.
225 Palabras del bautismo | et quales deuen ser
Uno entre ^iento dellos | non las quiere saber.
227 En toda el aldea | non ha tan apostada
Como la su manceba ] et tan bien afeytada:
Quando él canta misa | ella dá el oblada,
Et anda ¡mal pecado! | tal orden bellacada.
229 Perlados sus eglesias [ deuian gobernar;
Por cobdicia del mundo, | allí quieren morar^
Et ayudan reuoluer | el regno á más andar,
Como reuuelven tordos | el pobre palomar l.
El cuadro es en verdad terrible, excediendo en la fuerza del
colorido las picantes pinturas del ArchipresLe de Hita. ¿Se aven-
turaria el Canciller Mayor de Castilla, cuando lo trazaba, á pa-
sar plaza de mentiroso?... — Con la misma energía y entereza
con el mismo anhelo del bien que le llevaba á condenar en tal
manera la relajación lastimosa del clero, volvíase después contra
los poderes de la tierra, para condenar en reyes, príncipes y
magnates la arbitrariedad y la tiranía. Eran los reyes de la na-
turaleza délos demás hombres, y sólo podia distinguirlos de
ellos el noble ejercicio de la justicia:
235. Este nombre de rey [ de bien regir desciende:
Quien há buena ventura | bien assy lo entiende;
El que bien á su pueblo | gobierna et defiende
Este es rey verdadero; | tírese el otro dende.
1 Parte de estas estrofas fueron dadas á luz por nuestro docto amigo el
duque de Rivas en las notas al Canto X.° de su aplaudido poema el Moro
Expósito: también en el cap. V, del Ensayo II de nuestros Estudios sobre
los judíos de España pusimos algunas de ellas.
122 HISTORIA CRÍTICA l)E LA LITERATURA ESPAÑOLA.
236 De un padre et de una madre | todos descendemos;
Una naturaleíja j ellos et nos avernos;
De bevir et morir | por una ley tenemos,
Salvo que obediengia | de les tener deuemos.
En tal forma entra el Canciller á considerar el «goberna-
miento de la república», tropezando desde luego en los privados
del rey, bajo cuya mano estaban al par la salud de los huérfa-
nos y viudas, la riqueza de los pueblos, vejados cada diacon nue-
vos pechos, y las rentas de la corona mermadas por su codicia
ó distraidas á torpes usos. Nadie con más conocimiento de cau-
sa podia denunciar las arbitrariedades de los favoritos, ni sus
intrigas y cohechos, causándonos placer y sorpresa al propio
tiempo la fidelidad, con que revela la intervención otorgada por
los gobernantes á los cobradores judíos
244 que están aparejados
Para beber la sangre de los pueblos cuytados.
Concertados con aquellos arrendadores de las rentas públi-
cas, polilla verdadera del Estado, y atentos sólo á sus ile-
gítimos medros, procuran persuadir al rey de que es interés su-
yo el adjudicárselas:
249 Digen luego al rrey: — Por gierto uos tenedes
Judíos seruidores [ et mercet les fasedes,
Et uos puyan las rentas | por gima las paredes:
Otorgárgelas, Señor; | ca buen recabdo abredes.
250 Señor (dicen judios) | serviglo uos faremos;
Tres cuentos más que antaño | por ellas uos daremos;
Et buenos fiadores | llanos uos prometemos,
Con estas condiciones, j que escriptas uos traemos.
251 Aquellas condiciones | Dios sabe cuáles son...
Para el pueblo mesquino | negras, como carbón.
— Señor (dicen privados) | faredes grand ragon
De les dar estas rentas | et encima galardón.
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓR. 125
252 Dige luego el rrey: | «A mi plaze de grado
De les fazer mercet: | que mucho han puyado
Ogaño las mis rentas». | Et non cata el cuytado
Que toda esta sangre | sale de su costado!. . i
Esta lastimosa pintura del caos, en que yacía la administra-
ción de las rentas del Estado, tiene complemento en las violen-
cias cometidas en su exacción, doradas con el servicio del rey, á
quien venden al par que lisonjean sus privados, oscureciendo á
sus ojos toda verdad y haciéndole aparecer como enemigo de
toda justicia. La travesura y venalidad de los validos, que
atienden sólo al engrandecimiento suyo y de sus familias en muy
contados dias, mueven el ánimo del Gran Canciller á comparar-
los con los mercaderes; linage de gente que olvidada de Dios y
de su alma, y teniendo por oficio la mentira, el engaño y el lo-
gro, vive avezada al perjurio, fecha cofradía con todos los dia-
blos. Al trazar este cuadro, salpicado de vigorosas pinceladas y
de gran precio bajo la relación interesante de las costumbres,
por encerrar notables documentos para la historia indumentaria
de Castilla "2, crece la indignación de Pero López hasta rayar
1 Los eruditos Asso y Manuel dieron á luz este interesante episodio en
éi Discurso sóbrelos judíos, puesto al final de su edición del Ordenamiento
de Alcalá, págs. 14S y 149. También lo reprodujimos nosotros en el cap. III
del Ensayo I de los Estudios sobre los judíos, bien que copiándolo del có-
dice Escurialense.
2 Y aun la historia de las relaciones comerciales que á la sazón tenia
la Península con los más renombrados mercados de Europa halla en este
episodio curiosos comprobantes. Las escarlatas de Brujas (Bruselas), las se-
das y paños de Roan, los brocados de Malinas y otras ricas telas que bus-
caba la opulencia de nuestros mayores en países extraños, eran objeto de
la excesiva codicia de los mercaderes, cuya rapacidad enciende la indig-
nación de Ayala. El docto investigador que se consagre á trazar la historia
de nuestro comercio en la edad media, le agradecerá sin duda que dejara
consignados estos hechos, así como el crítico y el filósofo pueden tomarlos
])or base para conocer el espíritu de aquellos dias.
124 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en el epigrama. Para acabar el retrato repugnante, pero verídi-
co, de los mercaderes, decia:
310 Fasen escuras las tiendas | et poca lumbre les dan;
Por Bruxas muestran Y])ré \ et por MeUina Roan,
Los paños violetas | bermejos paresgerán;
Al contar de los dineros, | las finiestras abrirán.
Tras las falacias de los mercaderes, repara el poeta en los le-
trados que tienen con el dinero sus más finos amores, trazando
con extremada fidelidad y frescura el cuadro de los enredos y
ficciones, de que se valen para empeñar en desastrosos pleitos á
los simples é incautos; artes que, sea dicho de paso, no han cal-
do todavía en olvido. El Canciller supone uno de esos pleiteantes
tímidos, pero apegados á lo que entienden que es su derecho, el
cual se presenta á un bachiller en decretos para pedirle consejo:
en veinte capítulos de las Cleraentinas y Decretales se halla con-
tradicha la pretensión y sólo uno la favorece; pero el bachiller,
que, según su medida, es uno de los más doctos del reino y que ha
consumido la herencia de sus padres en libros, le asegura que
obtendrá el fruto de sus deseos, pidiéndole desde luego veinte
doblas para rescatar un libro que tiene «en la villa empeñado, >i
porque sin él es imposible dar paso en la demanda. A punto de
abandonarla está el pleiteante, al escuchar la del bachiller: mas
tocándole este en la honra, le fuerza á entrar en contienda,
alargándose el pleito en tal manera que agotado el caudal y ven-
didos los paños y muebles para acudir á las costas, llega al más
alto punto su desesperación, al verse aniquilado y vencido. Im-
pertérrito el bachiller, le persuade no obstante que apele ante el
rey de la injusta sentencia; y pidiéndole muía, capa y mil reales
para el viage, se dirige á la corte, dejando al miserable cliente
hundido en la miseria. Tal era el ejemplo ofrecido á la continua
por los que tenian obligación de procurar la justicia: los que de-
bían administrarla, olvidados de que
3Í2 .... es virtud | atan noble et loada
Que castiga los malos | et ha la tierra poblada;
y desconociendo que
11." PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA IXN. ALEGUR. 125
247 Por el rey matar ornes j non le llaman jusfágiero,
Cá seria nombre falso, [ cá impío es carnicero;
Cá la muy noble justicia | nombre tiene verdadero;
El sol es de medio dia; | de la mañana lugero;
no solamente se manchaban con el pecado de la crueldad, rasgo
en que sin duda alude el Canciller á la época del rey don Pedro,
sino que caian en el crimen de la venalidad que llegaba á envile-
cerlos. Las siguientes estrofas revelan con triste verdad el esta^
do en que se hallaba la justicia:
350 Si touiere el malfechor | alguna cosa que dar,
Luego fallo veinte leyes, | con que le puedo ayudar,
Et digo luego: — Amigos, | aquí mucho es decuydar
Si deue morir este ome ] ó si deue escapar.
351 Si vá dando ó prometiendo [ algo al adelantado,
Alongarse há su pleito | fasta que sea espiado;
Et después en una noche | porque non fué bien guardado,
Fuyóse de la cadena; | nunca rastro le han fallado.
352 Si el cuytado es muy pobre | et non tiene algún cabdal.
Non le valdrán las Partidas | nin ninguna decretal;
¡Crucifige! ¡Crucifige!.. | todos disen por el tal;
Cá es ladrón manifiesto | et meresge mucho mal.
Al compás de la justicia y de la administración de las rentas
del Estado anda la administración y la justicia de los municipios:
alcaldes, regidores, escribanos, cuantos intervienen en la cosa
pública, cuantos logran alguna representación judicial, curan
sólo de enriquecer en un dia, sin que los arredre la infamia do
sus nombres ni el legítimo temor del castigo. El hombre honra-
do, sencillo siempre y fácil de engañar, cae á menudo en las
redes qne le tiende el malvado; idea que hace más sensible el
Canciller por medio de este breve apólogo:
381 ün orne vá por camino, [ solo et sin compañía;
Llégasele un ladrón, [ diciendo: — Señor, quería
Ser y vuestro compañero | et muy bien vos serviría;
Dise el simple: — A mi piase; | nunca vi tan buen dia.
120 HISTOniA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
382 El tiempo fué ya pasado | et muy bien lo aseguró;
El otro del se fía; | nunca del resgeló:
Con muía et con los paños, | desque dormido lo vio,
El ladrón se vá camino; | el cuytado allí fincó.
De estas escenas, en que se retratan las vejaciones, á. que vi-
ven sujetos los moradores de villas y de aldeas, pasa el poeta á
considerar los fechos del palacio, de que toma título el poema.
La descripción de estos fechos es en suma interesante y dramá-
tica. Ayala flnge que un antiguo servidor del rey, criado en su
corte, se ha visto forzado á salir de ella por algún tiempo para
cuidar de su casa: á su vuelta halla caido el bando á que perte-
necía y mudados los porteros, que le niegan la entrada en pala-
cio, siéndole én extremo difícil ver y hablar al rey, lo cual lo-
graba antes con frecuencia. Apelando al cohecho, y no sin propia
humillación, alcanza la entrada apetecida, á punto que saliendo
el rey de su consejo, se acerca á él con ánimo de presentár-
sele; mas desconociéndole ya el monarca, le vuelve las espaldas,
pidiendo á sus reposteros la ceüa. El antiguo palaciego hace un
esfuerzo, se llega al rey, como quien vá á morir, y manifestán-
dole que es su vasallo, que viniendo aparejado á la guerra, habia
ya tres meses que no recibía sueldo alguno y que tenia perdidas
sus bestias y empeñadas sus armas, obtiene sólo por respuesta
que le remita uno de los privados á los contadores que avian
carga de librar tales fechos. Mientras los porteros acuden á él
para solicitar la paga convenida, vacila el burlado palaciego res-
pecto del partido que debe tomar; y aconsejado por los mismos
porteros, cae al cabo en la cuenta de que únicamente podrá sal-
var aquella quiebra con el cebo del oro. Al propósito se hace pe-»
disecuo de uno de los privados, y lograda oportuna ocasión, le
comunica sus cuitas, rogándole que cobrados sus averes, le deje
por cortesía lo que fuere servido. Título de pariente le dá en
púbhco desde aquel instante el privado, y puesto de acuerdo con
los contadores, no menos venales que él, envíale á los mismos,
no sin recabar antes para sí la muía del mísero pretendiente. Los
contadores tienen en Valladolid los libros de caja, por lo cual no
pueden luego despacharle; pero esta nueva dificultad es vencida
11.^ PAUTE, CAP. III. PRUTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 127
con poner en sus manos el cobro de aquel servicio, y el estafado
acreedor es remitido á un Juan Nuuez, tesorero en Extremadura
quien le recibe con verdadera burla, manifestándole que lejos de
tener dinero de los contadores, le adeudan estos crecidas cantil
dades. Desesperado, al verse juguete de los oficiales reales, pide
testimonio por ante escribano de la negativa del tesorero; y ya se
disponía á partir de nuevo para la corte, cuando se le aparece un
judío en su posada, proponiéndole la venta de sus créditos^ único
medio posible de recoger alguna parte de los ya mermados ha-
beres.
No otras son las vicisitudes de los que toman vida de pala-
ciegos, alcanzando al mismo rey, si no la instabilidad que persi-
gue á los privados, al menos una opresión muy superior á la
pompa y grandeza que les rodea. Al fijar en él sus miradas, ex-
clama el Canciller:
476 Los reyes et los príncipes, | maguer sean generes,
Assaz passan en el mundo ¡ de cuy tas et dolores:
Sufren de cada dia | de todos sus seruidores
Que los ponen en enojo | fasta que tienen sudores.
477 En una ora del dia | nunca le dan vagar
Porque cada uno tiene ( los sus fechos de librar;
El uno lo ha dexado; ) el otro lo vá tomar.
Como si algún maleficio | ouiesse de confesar.
478 Non ha rincón en palacio | do non sea apretado,
Maguer Señor le dicen [ assaz anda aquexado:
Tales cosas le piden | que conviene forzado
Que les diga mentiras, | que nunca ovo asmado.
479 Con él son á comer [ todos en derredor;
Paresce que allí tienen | preso un malfechor:
Por tal cabo allí llega | que non puede peor
El que trae la vianda | dentro en el tajador.
Ostigado en tal manera, celado por físicos y capellanes, na
pudiendo llevar á la boca un solo bocado, sin que sea contado de
trescientos ornes, llégale antes de terminar la comida, un men-
128 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sagero con la nueva del levantamiento de una ciudad; y mientras
se dispone á pasar á su cámara para arbitrar el remedio, asáltale
su tesorero, diciéndole que está de todo punto exhausto el era-
rio; preséntansele sus caballeros, pidiéndole las soldadas de la
gente de guerra, con la amenaza de que se irán á buscar de co-^
mer, sin saber dónde; y llega por último un concejo, impetrando
á gritos la protección soberana contra los que roban sus ganados
y sus panes, subiendo la ferocidad hasta el punto de intimidarlos
con devorar sus hijos y quemar sus moradas. El poeta dice en
tal situación:
490 Anda el rey en esto | en derredor callado.
Pares Qe ques un toro | que anda agarrochado!...
Amigos (dis á todos), ( yo lo veré de grado. —
¡Dios sabe cúmmo el tiene I su corazón foliado!..
Para acudir al remedio de estos y otros males no menos apre-
miantes, convoca el rey las Cortes del reino, con el triste pre-
sentimiento para los pueblos de que pasados tres meses, caerán
en desuso las leyes que en ellas se promulguen, y de que
504 Dende adelante robe j quien más pudier á osadas.
Aun no ha despedido á los prelados, caballeros y procurado-
res, cuando recibe otro mensagero, el cual le hace saber que un
rey su vecino, se prepara á entrar en sus Estados en son de guer-
ra. Grande es la alegría de los caballeros que ven lograda en ella
la esperanza de su propio engrandecimiento: el rey quiere sin
embargo consultar su Consejo; pero con tan mala estrella como
desacuerdo en los pareceres. Por voto de los letrados debe apu-
rarse, antes de tomar las armas, la cuestión de derecho; para
los prelados sería mengua que cayese baldón alguno sobre el
reino y, cueste lo que costare, se ofrecen á ayudar al rey en la
guerra, aunque vendan los sombreros traídos de Aviñon; los ca-
balleros responden de su fidelidad con la de sus propios linages;
los hombres de las villas claman por la paz y piden al príncipe
que medite más detenidamente asunto de tal importancia.
II. ** PARTE, CAP. m. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓlt. 129
512 El rey es muy mangebo | et la guerra querría
Cobdicia probar armas | et uer caballería:
De sueldo no se acuerda, | nin qué le costaría ;
Quien le aconseja guerra | mejor le paresgia.
La VOZ de guerra sale pues del Consejo, y mientras de uno á
otro confín del reino sólo se oye el ruido de armas y caballos,
mientras fatigan los astilleros y atarazanas los constructores de
barcos y galeras, y se aprestan los ingenieros de Burgos y los
pedreros á trazar máquinas y á forjar municiones, crece entre
el pueblo otro más hondo clamor con los nuevos pechos, derra-
mas y alcabalas que los hunden en la miseria, al paso que les
arrancan tal vez para siempre sus propios hijos. Próspero ó adver-
so el fln de la guerra, tal es para la nación su triste resultado,
levantándose en su vista el Gran Canciller á considerar los bie-
nes que trae consigo la conservación de la paz, porque
527 Esta fase venir | el pobre á grand altesa:
La pas fase ueuir | al rico en su riquesa;
Esta castiga al malo, | sin ninguna peresa;
Esta faze al bueno | durar su fortalesa.
52S Los reys que pas amaren, | su regno poblarán,
Los moradores del | asi enriquesgerán:
A los sus enemigos | con pas espantarán;
Thesoros bien ganados | con esta allegarán.
A largas consideraciones sobre los demás bienes que traen
consigo la paz y la justicia en el «gobernamiento de la repúbli-
ca», se entrega después el Canciller, no olvidando la integridad
de los jueces y la verdadera grandeza y magostad de los reyes,
cuyo poder se conoce en nueve cosas ^ , ni menos el saludable
1 Esta pintura empieza en la estrofa 603 del siguiente modo:
Nueve cosas yo fallo | con las que tu uerás
El grant poder del rey | que tu coiioscerás:
Las tres dende muy luefies | tierras entenderás;
Las seis son en el regno | que las aquí saLrás.
Tomo v. 9
130 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
concierto y mutuo respeto de las potestades civil y eclesiástica.
Al llegar á este punto, parece terminar el poema. Revelándonos
no obstante la triste situación en que se halla, al componer esta
parte de su obra, proseguía Ayala:
705 Quando esto escribía, | estaba muy aquexado
De muchas graues penas | et de mucho cuydado;
Con muy grandes gemidos | á Dios era tornado,
Rogándol' que quisiesse | acorrer al cuytado.
Pero López de Ayala yacía en efecto en una prisión oscura,
cargado de hierros y sin esperanza de lograr la ansiada libertad:
vencido del dolor, creíase olvidado de los suyos en tierra extraña,
elevando á Dios ardientes plegarias para que le sacase de aquella
tribulación, y poniendo por medianera á la Virgen María, cuya
piedad y misericordia invoca una y otra vez en bellos y sentidos
cantares. ¡Qué prisión era esta, en que padecia tan dura soledad
el alcalde mayor de Toledo?... Ateniéndose al epígrafe de uno
de los códices del Rimado, se ha dado por cierto que prisionero
de los ingleses en Nájera, compuso estos pasages y aun todo el
libro bajo el dominio del Príncipe Negro * ; mas sabiendo que
Las tres primeras consisten en la magnificencia de las embajadas, en
la pulcritud y elegancia de las cartas mensag-eras, y en la excelencia y
buena fábrica de la moneda. Las restantes estriban en que tenga bien mu-
radas y defendidas sus ciudades, en que sean sus palacios y alcázares muy
nobles y fermosos; en que sus oficiales sean honrados, jueces, merinos y
adelantados íntegros y justicieros; en que labre ricas capillas, dotándolas de
ornamentos y buenos capellanes; en que asistan á su Consejo ancianos,
caballeros, prelados, hombres buenos, doctores y letrados de probada hon-
radez, y finalmente, en que su casa, mesa y cámara ostenten verdadera
magnificencia, viéndose al par sus puertas ubres de gente baldía. Algo de
esto halló el Canciller en los libros indo-orientales, traídos á lengua vulgar
desde la época del Rey Sabio y puestos sucesivamente en contribución por
el rey don Sancho, Maestre Pedro y don Juan Manuel, conforme han visto
ya los lectores.
1 El códice que poseyó la casa de Campo Alange, de que se sacó la
copia de la Academia, tenia en efecto el siguiente título: <iEste libro fiso el
honrado caballero Pero López de Ayala, estando preso en Inglaterra, é
llámase el libro de Palacio. v Según observó Sánchez, que logró haberle
II.'' PARTE, CAP. III. PROTEXTA COMRA LA IX.V. ALEGÓR. 151
sólo estuvo en su poder breves meses, y reparando en que aun
no rescatado de la prisión, en que escribe los versos trascritos,
alude á la muerte de su padre, acaecida en 1585, no queda ya
duda alguna de que esta parte del Rimado fué escrita en el cas-
tillo de Oviedes, en donde le encerraron los portugueses tras la
batalla de AJjubarrota '. Ayala, poseído de profunda amargu-
á las manos, era un volumen en 4.°, escrito en papel, ya ealrado el si-
glo XV; pero como este erudito pareció sospechar, no pudo ser puesto dicho
epígrafe por el autor, sin que olvidase su propia historia. Careciendo de la
primera foja el MS. del Escorial, que es asimismo un tomo en cuarto ma-
yor, escrito en papel durante la primera mitad del expresado siglo, y que
tiene la marca h. i. 19-, no es posible determinar hasta qué punto llegó la
libertad del pendolista que trasladó el de Campo Alange, al poner dicho
título. Pero que Ayala no estuvo preso en Inglaterra el tiempo que se su-
pone lo dejamos ya probado con testimonios irrecusables, siendo muy vero-
símil que en los pocos meses de su primera cautividad no pasase de Bayo-
na, á donde llevó el Príncipe Negro sus prisioneros, y donde logró Beltran
Duguesclin la libertad, conforme después veremos. Debe tenerse en cuenta
que en dicha edad pertenecía á la corona de Inglaterra la ciudad expresa-
da, por lo cual pudo emplearse dicho nombre en sentido figurado.
39 Respecto del tiempo y la forma en que compuso López de Ayala su
Rimado, manifestamos hace años cierta opinión, que en virtud de nuevos
estudios admite algunas modificaciones. Indicábamos, en efecto, al dar á
conocer en el Semanario Pintoresco español (1S47, pág. 411 y sigs.) al-
gunos códices del Escorial, que dicho poema había sido escrito en gran par-
te durante la prisión de Ayala y que restituido este á España, se ocupó en
ordenar y compaginar las diferentes composiciones, de que ya constaba.
«Al verificarlo (añadíamos) procuró sin duda enlazarlas entre sí, y para
» conseguirlo hubo de añadir algunas estrofas intermedias, intercalando y
«citando algunos hechos históricos, sin notar que de esta manera alteraba
»la exactitud de sus relaciones y daba motivo á dudar de la certeza de sus
«palabras». Examinada con mayor detenimiento la cuestión y con presencia
de todos los datos que nos ministra el Rim,ado y los muy copiosos que hemos
reunido para la vida del Canciller, tenemos por cierto: 1.° — Que la primera
parte de la expresada obra, aquella que en realidad constituye el verdadero
poema, abrazando desde la confesión de Ayala hasta determinar el extrecho
consorcio que debe existir entre la potestad civil y la religiosa^ para bien del
Estado, estaba escrita antes de 13S5, y acaso antes de 13S3: 2.° Que todo
lo relativo á la prisión festr. 704 á 784 exclusive) fué compuesto en el
castillo de Oviedes, durante los quince meses que Ayala vivió allí entre
cadenas; 3.° Que lo restante del Rimado, en que dá ya cuenta de haber
152 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ra, pero alentado siempre de piadosísima esperanza, rompe en
aquella soledad el hilo de las meditaciones morales y políticas que
recobrado su libertad, según en el texto advertiremos, fué debido á los úl-
timos años de su vida y añadido al poema sucesivamente, — Fundamos el
primer aserto en dos importantes observaciones, á saber: 1.^ En que no se
hace mención de la cautividad una vez sola en las 704 estrofas que
completan el pensamiento fundamental, desenvuelto en el Rimado: 2.^ En
que la única fecha que en toda la referida parte se cita, es la de 1380, ma-
nifestando claramente el Canciller que no se habia dictado la ley que en
las Cortes de Segovia (1383) sustituyó á la Era del César el NasQimiento de
Cristo, «lo cual fué muy bien fecho et plogo á todos dello», (Crónica de
DON Juan I, cap. VI del año V), cuando al hablar de las nueve cosas en que
se conoce al rey decía :
606. La segunda si veen | su carta mensajera
En nota bien fermosa, ( palabra verdadera.
En buena forma escripia | et con fermosa cera,
Cerrada, bien sellada, | con día mes et era.
Apoyamos la segunda deducción, en que dada la batalla de Aljubarrota
en 14 de agosto de 1385, permaneció en la cárcel de Oviedes Pero López
de Ayala hasta noviembre del siguiente año; y muerto su padre á fines del
anterior [15 de octubre] ya entrado en los 80, aludia á su fallecimiento, al
dirigirse á las monjas de Quijana, para que interpusiesen sus oraciones,
á fin de lograr su libertad, del siguiente modo:
757 Señoras, vos las dueñas | que por mi y tenedes
Oración á la Vírger», I por mi la saludedes
Que me libre et rae tire | de entre estas paredes.
Do viuo muy quexado, ( segunt que uos sabedes.
758 Dios por la su gracia | me quiera otorgar
Que pueda con servicio | siempre galardonar
A vos et al raonesterio 1 et muchas gracias dar;
Lo que mi Padre liso ] muy mas acrecentar.
Ayala cumplió esta promesa en 1396, conforme prueba la nota de la pá-
gina 108 del presente capítulo, no habiendo duda en que estas estrofas y
todas las que se refieren después á la prisión se escribieron en 1386. — Res-
pecto del último punto, son prueba eficacísima las estrofas 784 y 785 que
ponemos á continuación j'en el texto y de no menor bulto la declaración que
hace el mismo Ayala, al escribir en la copla 811:
Oy son veynte et cinco años conplidos
Que por mal pecado comencó la cisma;
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 133
le habia inspirado el mundo, y procura mitigar sus dolores, acu-
diendo al sentimiento religioso como única fuente de consuelo.
Al levantar á Dios sus fervorosas súplicas, al solicitar la media-
ción de la Virgen, no es ya el Gran Canciller el poeta didáctico,
que condenando la corrupción de las costumbres, llega á esgri-
mir el azote de la sátira: su voz toma el acento apasionado de la
poesía lírica, como que sólo atiende á revelar el sentimiento in-
terior que le anima; sus versos pierden la monótona austeridad
de la quaderna via, y obedeciendo sus rimas el movimiento apa-
sionado de los metros menores ó de arte real, crúzanse en agra-
dable consorcio, recordando ya las cantigas del Rey Sabio, ya
las del Archipreste de Hita. Acaso, más tierno, aunque no menos
afligido que Juan Ruiz cuando las escribe ', acierta á comuni-
carles mayor frescura y gracia, confesándose, como Alfonso X,
devoto y constante trovador de la Yirgen -. Sirvan de prueba
pues constando, como el mismo Canciller expresaba en la copla 794, que el
cisma empezó en 1378, es evidente que en 1403 escribia esta postrera parte
del Rimado, á que añadió después hasta 590 estrofas. De esta demostración se
deduce otra prueba concluyente, en orden á no haber sido escrito ni el todo
ni parte del poema de Ayala durante su prisión en poder del Príncipe Ne-
gro: la batalla de Nájera se dio en abril de 1367; el cisma provino once
años después de la elección de Urbano VI; Ayala hace mención de tamaño
escándalo desde la estrofa 190, acabada su confesión, proponiendo en la
215 1a celebración de un Concilio para darla paz á la Iglesia. — Ahora
bien: ó Ayala hablaba movido de espíritu profético, ó el Rimado del Pa-
lacio fué comenzado después de 1378. Esta deducción nos parece indes-
tructible y basta á desbaratar cuanto se ha dicho, fundándose en el falso
epígrafe del códice que fué de la librería de Campo Alanje.
1 Recuérdese cuanto dijimos sobre el particular en el cap. XVI de
la II.* Parte. Ayala es sejnejante en esto a Fray Luis de León, Céspedes,
Mendoza, Cervantes y otros muchos ing'enios españoles. En la ternura apa-
sionada con que habla á la Vírg-en, se parece más que á otro alg'uno al can-
tor de la Noche Serena.
2 Así lo consigna él mismo en la copla 861 del. Rimado, di-
ciendo:
Siempre placer tomé I por toda la mi vida
Escribir loores | á esta señora coraplida.
El buen Canciller obedecía, al consagrar sus cantos á la Madre de Dios,
al sentimiento altamente religioso, que habia dado vida desde su cuna á la
154 HisiouiA crítica de la literatura española.
las siguientes estrofas, dirigidas íi Santa María la Blanca, fa-
mosa Imagen venerada en Toledo:
746 Señora mia, muy í'ranca.
Por ti cuydo yr muy (;edo
Seruir tu imagen Blanca
De la Eglesia de Toledo.
747 Quando me ueo quexado,
A tí fago mis clamores,
Et luego so confortado
De todos grandes dolores.
En tí son los mis amores
Efc serán con esperanga
Que me tires tribuíanla
Et me sirua muy más gedo.
Señora mia muy franca, etc.
Siempre oue deuocion
En la tu noble figura,
A quien fago oragion,
Quando yo siento tristura.
De mi quieres auer cura
Pues espero perdonanga
Por tí, et en olvidanga
Non me dexes yaser quedo.
Señora mia, etc. i .
musa cristiana, y que reflejándose en los himnos latino-eclesiásticos, sirvió
de base á la poesía española. Berceo, el Rey Sabio, el Archipreste de Hita...
todos los poetas castellanos de verdadero mérito responden á este llama-
miento de la devoción universal de nuestros mayores, bien que dando al
amor divino, que celebran en sus cantos, cierta expresión caballeresca y
aun profana, hija de las costumbres y de las creencias generales de aque-
llos dias, lo cual sucede también al Canciller mayor de Castilla. Verdad es
que esta manera de sentir el amor divino de la Virgen se propaga á tiempos
posteriores y arraiga entre los primeros poetas de nuestro Siglo de oro,
conforme oportunamente mostraremos.
1 La devoción del Canciller no se limitaba á una sola de las advoca-
ciones de la Madre de Dios: sus canciones y súplicas se dirigen al par á
las imágenes que se veneran en los santuarios de Rocamador, Guadalupe,
Monserrate y Toledo (Santa Maria la Blanca), ofreciendo ir á cada uno de
ellos en romería. En la copla 741 decía á la Virgen, por ejemplo:
II.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 135
Libertado de la prisión por los medios ya conocidos de los lec-
tores, consigna el Canciller la gratitud que debe al cielo, excla-
mando:
784 A Dios di muchas gracias \ que por su piedat
En estas mis grandes priesas [ muestsa su caridat;
Libróme de presión | et de la crueldat
Que pasé mucho tiempo | por mi mucha maldat.
785 Libróme de la cárcel | et de dura presión;
Gradésgolo á Dios ] que oyó mi deuocion,
Et tórneme á él, | faciendo mi oragion
Que me quiso acorrer | et darme contrición,
Al dejar el castillo de Oviedes, halla sin embargo agitada la
cristiandad por el terrible cisma que la traia conturbada. Tal ex-
Si de aqui tú me libras, | siempre te loaré;
Las tus casas muy sánelas I yo las vesitaré,
Monserrat et Guadalupe | et allí te serviré;
Aleando á ti las manos I muchas gracias daré.
En la 744 anadia:
Otrosi prometí | luego mi romería
^ A la Imagen Blanca | de la Virgen María
Que estaua en Toledo | et que allí me ofrecería
Con mis joyas et donas, | según que yo decía.
Los cantares se repiten, lograda la libertad del poeta, leyéndose en-
tre los últimos el ya citado á Santa Maña la Blanca y los que em-
piezan:
1 Señora, estrella lusiente (estrof. 830).
2 Señora, con liumildat (estrof. 842).
3 La tu noble esperanca (estrof. 863).
Es de notarse que según expresa Ayala, escribió crecido número de can-
tigas en esta época de su vida, sy quier fasta ciento (estr. 827) y que las
hizo retirado de la corte, después de fijar la fecha de 1403, conforme va
advertido. En la estrofa 829 dice al lector para disculpar la rudeza de sus
vérseles, que vivia en montañas, pareciendo indudable que alude á su re-
sidencia en el monasterio de, San Miguel del Monte, donde como sabemos
pasó los estíos en los últimos años de su vida.
136 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
pectáculo vuelve á despertar en él las ideas ya expresadas, al co-
menzar el Rimado, respecto de la necesidad de un Concilio, pa-
reciendo preludiar los dos que pusieron término á los males que
lamenta. Sobre este punto escribe é inserta un largo dictado,
compuesto en octavas de arte ó maestría mayor, en el cual exci-
tando á los príncipes cristianos para que procuren la paz de la
Iglesia, se dirige más principalmente al rey de Castilla, mostrán-
dole la nesesidad de que abrevie embajadas, tratos y vanas ra-
zones, á fin de llegar pronto al término apetecido ^. Sin duda
el poco fruto de sus instancias le aleja del terreno práctico de la
política, y acogiéndose al de la moral, recuerda que ba menester
armarse de paciencia para conllevar los sinsabores de la vida, to-
mando el alto ejemplo que le ofrece la de Job, cuyos Morales,
debidos á la pluma de San Gregorio, eran conocidos por él en la
lengua de Castilla ^. Glosando pues y moralizando sobre aquel
1 El referido dictado empieza en la estrofa 794 de este modo;
La nao de Sanct Pedro | pasa grant tormenta,
Que non aura dalla I para la ir acorrer, etc.
Las estrofas á que especialmente nos referimos, fueron publicadas por
los traductores de Boulterwek (pág. 150) y tienen los números 820 á 824-
Al terminar, dice al rey:
Señor, abreviat | las vanas rasones
Et aya la Eglesia | de vos este don.
Que non la lastimen [ falsas ocasiones,
Nin pase su lienpo | en tanto baldón.
Ayala habla aquí visiblemente con Enrique III y trata del segundo cis-
ma, promovido por la elección de don Pedro de Luna, hecha en 1394. En
13S1 habia sido reconocido solemnemente por Castilla, como leg-ítimo Vica-
rio de Cristo, el ya citado Clemente VII.
2 Véase la nota de la página 111. Después de mostrar en la estro-
fa 869 que en sus ratos de ocio se consagraba siempre á la lectura,
anadia:
870 Non podría yo atante | á Dios agradescer
Quantos bienes rescibo, | Sin yo los merescer;
Fallé libros Morales \ que fuera componer
San Gregorio Papa, 1 el qual yo fuy leer, etc.
11.^ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INX. ALEGÓR. 157
aplaudido libro, llega el Gran Canciller al fin de su Rimado del
Palacio, no sin que amplié á menudo la doctrina asentada en la
primera parte del poema i y trace nuevos cuadros, dignos de
los ya citados. Al tratar del efecto que produce la muerte, pro-
rumpe en estos notables versos:
;.Qué fué estonce del rico ( et de su poderio;
De la su vana gloria | et orgulloso brío'/...
Todo es ya pasado | et corrió como rio,
Et de todo el su pensar J fincó el mucho frió.
¿Dó están los muchos años | que avernos durado
En este mundo malo | mesquino et lazrado?...
Dó los nobles vestidos | de paño muy onrado?
Dó las copas et vasos | de metal muy presciado? ..
¿Dó están las heredades | et las grandes posadas.
Las villas et castillos, | las torres almenadas,
Las cabanas de obejas, | las vacas muchiguadas.
Los caballos soberbios | de las sillas doradas?...
Los fijos plasenteros | et el mucho ganado
La muger muy amada, | el thesoro allegado
Los parientes et hermanos | que 1' tenian com panado?.,.
En una cueua muy mala | todos le han dexado.
Bajo todos aspectos es pues el Rimado del Palacio viva
protesta contra las costumbres del siglo XIV, edad en que agi-
tan y conturban á la humanidad altas esperanzas y vituperables
extravíos. Tal vez, dominado de la indignación que excitan en
su pecho el universal olvido de los deberes y el uso continuo del
pecado, infunde á sus descripciones y pinturas excesiva severi-
dad, cargando la mano en el colorido. Mas si pudo Ayala exage-
rar los accidentes y perfiles, no por esto ha de ser tildado demal-
1 Para convencimiento de los lectores, citaremos la estrofa 13 18, en
que habla de la nobleza y dice:
La natura á todos | iguales nos engendró;
Mas nuestro fallimiento I ansy nos apartó, etc.
158 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITKRATUUA ESPAÑOLA.
diciente, mereciendo por el contrario el aplauso de la posteri-
dad el noble desinterés y la ejemplar abnegación, con que hace
ministerio de la parte más granada de sus dias la reprensión de
los vigios, sin que le arredre la elevación de las personas ni de
las clases, en quienes descubre el cáncer que amenaza devorar
á la sociedad española ^ .
Avaloran los más vigorosos y picantes cuadros aquella parte
del Rimado, que constituye en realidad el poema y fué escri-
ta antes de la famosa batalla de Aljubarrota; faltando desde este
punto la verdadera unidad del objeto, por más que haga el
Canciller interesante su prisión, al narrar sus cuitas y procure
dulcificarlas con los graciosos himnos á la Yírgen. Ni se enlaza
con mayor propiedad al principal asunto del poema cuanto
añade el Canciller, recobrada ya su libertad; lo cual ha sido
causa de que las moralidades y ejemplos, tomados de la vida de
Job, se hayan designado como obra distinta, aun por los escri-
tores que más se preciaron de conocer las de Ayala 2.
1 Sánchez manifiesta que «hablando Ayala del estado eclesiástico y
Dsccular, se dejó arrebatar de un celo extraordinario ó de algún mal humor
sque le dominaba, que no perdonó ni á las supremas potestades» (Colee.
de poes. cast., t. I, págs. 109 y 110). En efecto, el autor del Rimado apa-
rece arrebatado por el celo de la verdad y de la virtud, cayendo en mal
humor, al verlas tan mal paradas y perseguidas en sus dias. La autoridad
de sus palabras fué tan grande como la fidelidad histórica de los cuadros
por él bosquejados, y nunca es más digno de loa un poeta que cuando
pinta ó dice la verdad, pospuesto todo temor que apoque sus inspiraciones.
A esta exactitud de Ayala es debido el que, aun sin conocer del todo el Ri-
mado, uno de los más notables escritores alemanes, manifieste que le cua-
dra el título de Espejo de su tiempo (Clarús. t. I, pág. 434).
2 Tal sucede al erudito Floranes, quien en la Vida literaria del Canci-
ller que dejamos citada, después de mencionar el Rimado, con el título de
la.s Maneras de Palacio, y de hablar de otra composición dirigida á Alfonso
Sánchez Talavera, observaba: «Lloró también por todo un volumen de bas-
iitante extensión sus pecados, los daños del cisma presente, las calamidades
»y miserias del hombre, llevando por guía el sagrado libro de Job, que
«después expuso parafrásticamente» (Colección de Documentos inéditos,
t. XIX, pág. 184). Verdad es que Floranes declaró antes (pag. 119), que
no conocía del Rimado sino los fragmentos publicados por Asso y Manuel,
suponiéndolo todo él escrito en 1385 en la prisión de Oviedes.
II.'* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA liVN. ALEGÓR. 159
Pero estos defectos literarios del Rimado del Palacio, hi-
jos indudablemente de la azarosa inquietud del poeta, no des-
virtúan en modo alguno la idea generadora del mismo poema,
como no deslustran sus multiplicadas bellezas, ni oscurecen la
representación que hemos designado al Gran Canciller en la
historia de las letras castellanas. Al emplear la ya olvidada me-
trificación heróico-erudita, para dar á sus advertencias el vene-
rable aspecto de la antigüedad; al revestirlas de la forma didác-
tica y enriquecerlas con las fructuosas lecciones del apólogo ^,
no solamente rendia el tributo de su respeto á la tradición del
arte de Berceo y del Archipreste de Hita, sino que aparecía en
contradicción con los innovadores de su tiempo, inclinados hasta
el punto que veremos en breve, á la imitación italiana. Este an-
helo y generoso empeño trasciende también al estilo y lengua-
je del Rimado, imprimiéndoles cierto sabor arcaico, peregrino
ya respecto de las producciones de sus coetáneos y más nota-
ble todavía, cuando se repara en el esmero, que pone el mismo
Pero López , al cultivar el habla de Castilla en sus obras his-
tóricas 2.
1 Demás del apólogo que dejamos copiado, insertó Ayala otros tomados
de las vidas de los santos y aun de la Sagrada Escritura, en que se mostró
muy docto. Pueden servir de ejemplo el contenido en las estrofas 558, etc.,
que es la parábola del orgulloso, que narra el Evangelio y que es muy se-
mejante en sus fines morales al cuento de Doña Trufana del Conde Luca-
nor, y el comprendido desde la copla 564 hasta la 573, que refiere el mi-
lagro obrado por S. Nicolás, con un padre que tenia tres hijas, á punto de
perderse, y recomienda eficacísimamente la confianza que debe tenerse en
la Providencia. Sentimos no poder trasladarlos. El último ejemplo lo men-
ciona también el Dante en el canto XX del Purgatorio.
2 Justo nos parece notar respecto de los versos empleados por el Canci-
ller, expccialmente en aquella parte del Rimado del Palacio que constituye
el verdadero poema didáctico y en la que imita los Morales de Job, que si-
guiendo la antigua y primitiva tradición de la métrica heróico-erúdila, al-
ternó los octonarios, ó de diez y seis sílabas, con los pentámetros, ó de ca-
torce, no desechando tampoco los exámetros de quince, cuya aplicación
dejamos reconocida en diversos pasages de la presente obra. Al proceder
de esta manera, no pecó Ayala de ignorancia, como han dado á entender
los que condenan sus versos por irregularidad y rudeza. Sin el propósito
140 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Cierto es que, al escribirlas, cedia el Canciller á otro pen-
samiento de verdadero progreso intelectual, levantando sus mira-
das á la gran literatura latina, cuyas olvidadas reliquias, remo-
vidas en el suelo de Italia por el cisne de Valclusa y sus doctos
discípulos, empezaban á iluminar los horizontes del Renacimien-
to. La elevación de su carácter, la severidad de sus principios
y la madurez de su talento le llevaban al estudio de la histo-
ria: Tito Livio, que habia encendido en el pecho de Petrarca
profundo respeto hacia la antigüedad romana, le infunde tan
alta admiración que no contento con saborear sus pintorescas
narraciones en lengua latina, quiere también que lo posean en
la castellana sus compatriotas. Al traducirlo, no solamente se
familiariza con el brillante estilo del padre de. la historia roma-
na, sino que penetrando las grandes máximas del arte narrati-
vo, llevado por Livio á extremada perfección, abriga el deseo de
realizarlas, enriqueciendo la patria literatura.
Ofrecíale en verdad materia abundante y propia de un grande
historiador la apoca en que florece : habíase consumado en ella
la ruina de la dinastía fundada por Sancho IV sobre el usurpado
trono de Alfonso X, levantándose ahora el solio de un príncipe
bastardo sobre el cadáver del rey don Pedro, cuyos derechos
legitimaron en su padre los triunfos del Salado y de Algeciras.
(le conservar la tradición artística y sin el conocimiento de esa misma tra-
dición, no hubiera podido aspirar á trasmitirla á la posteridad, contrapo-
niéndola á las innovaciones que se autorizaban en su tiempo; y no es lícito
creer que el juez elegido pos los más afamados trovadores para decidir, co-
mo después advertiremos, de la excelencia de sus poesías, desconociese los
más sencillos rudimentos del arte. La misma acusación pudiera dirigirse
contra el Archipreste de Hita, pero con igual injusticia y falta de criterio.
En cuanto á los arcaísmos de estilo y de lenguaje, debemos notar que, de-
más de los que naturalmente provienen de la imitación de las formas lite-
rarias, se hallan no pocos relativos á la dicción, los cuales puede señalar
fácilmente en la lectura todo el que tenga hecho el paladar á la de los mo-
numentos de la edad media: tampoco dejará de advertir los que respectan á
la acepción sucesiva que tienen ciertas voces, punto de no escasa importan-
cia en la historia de las lenguas. Juzgamos impertinentes los ejemplos, co-
piados ya tantos pasages del Rimado.
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA IXN. ALEGÓR. 141
De larga y encarnizada contienda, cuyos horrores se reproducen
bajo multiplicados aspectos, había sido espectador y víctima el
pueblo castellano : al arrimo de las parcialidades que ambiciona-
ban el dominio del Estado, se agitaban altos y trascendentales
intereses, reproduciéndose con mayor fuerza que nunca la gran
lucha social y política, que ensangrienta una y otra vez los ana-
les de la edad-media. Corrompidas las costumbres en medio de
tanto estrago; mezclados en las discordias civiles, que agriaban
con su ejemplo los que tenían cargo de la paz y de la religión;
vencidos de sórdida venalidad los que debían egercer con celo
incorruptible la justicia, tomaba aquel extraordinario cuadro
grandes dimensiones , apareciendo digno del vigoroso pincel de
Tácito.
No alcanzó el Canciller Pero López de Ayala á imprimirle, en
su Crónica del Rey don Pedro, aquella terrible profundidad
que caracteriza los Anales del biógrafo de Agrícola, porque no
podía decir, como él: procul causas habeo; y por más que en el
Rimado del Palacio, se elevase sobre todos los intereses de la
tierra, ganando reputación de austero moralista, — al tomar pla-
za de historiador, érale forzoso recordar que había sido parte y
espectador de los sucesos que narra, no pudiendo por tanto co-
locarse á la distancia conveniente para contemplar la grandeza
del cuadro, en que se dibujaba también su figura. Falto pues de
punto de vista, desde el cual abarcase de una sola mirada el
vario conjunto de aquel difícil y complicadísimo período; dominado
á pesar suyo por el espíritu y el interés de la clase, á que perte-
necía; llevado finalmente del ejemplo de los cronistas que le pre-
cedieron, utilizaba el del rey don Pedro sus estudios de Tito Livio
bajo la relación simplemente literaria, y fijándose en los porme-
nores, exponíalos con inusitada brillantez, bien que revistiéndo-
los á veces de tal colorido que han llegado á tenerle por sospe-
choso y parcial no pocos escritores nacionales *.
1 No es en verdad escaso el número de escritores que han mostrado
estas dudas^ desde que fué retocado en ig-ual sentido el Memorial del des-
pensero de la reina doña Leonor, según veremos en breve: todos ó casi
142 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Verdad es que esta acusación se funda más principalmente
en la conducta de Pero López de Ayala, como vasallo que aban-^
dona á su rey que en los hechos por él narrados en la Cró-
nica de don Pedro : comprobados estos en su mayor parte por
nuestros más doctos historiadores, no es ya lícito poner en duda
la honradez y veracidad del cronista, cualquiera que sea el jui-
cio que forme la crítica sobre las causas que los produjeron y
su trascendental representación en la historia de la civilización
española i. Ni de la sevicia de los que han exagerado la cruel-
dad del hijo de Alfonso XI, ni de las acaloradas defensas par-
ciales que aquella ha producido, puede ser responsable el Gran
Canciller de Castilla.
todos se han fundado después en el testimonio ¡nteresatísimo de don Fran-
cisco de Castilla, tercer nieto no leg-ftimo del rey don Pedro, que en un poe-
ma escrito en 1517 y titulado: Práctica de las virtudes de los buenos reyes
de España, que mencionaremos oportunamente, atendió a vindicar la memo-
ria de su progenitor, escribiendo aquellos famosos versos que empiezan:
El gran rey don Pedro | que el vulgo reprueba.
Por selle enemigo ( quien bizo su historia, etc.
Apoyado por el interés de su sobrino don Dieg-o de Castilla, deán do To-
ledo en 1570, y seg'undado, con poca sinceridad y no grande amor de lo
cierto, por el doctor Pisa (Descripción é Historia de Toledo, L. lY, c. 24);
por el maestro Fernando de Ávila (Arbitro entre el Marte francés y las vin-
dicias Gálicas, pág-. 55), por el entendido Ximena {Anales eclesiásticos y
seglares de Jaén, pág. 357), por Alvia de Castro {Memorial político por la
ciudad de Logroño, págs. 4S y 49), Berganza {Antigüedades de España,
t. II, pág. 207) y otros muchos, llegó á hacerse moda la tarea de acusar á
Ayala de calumniador, moviendo al cabo al erudito Floranes á salir en su
defensa con la Vida literaria del Canciller, donde si se excedió á menudo
en las alabanzas, se mostró celoso de la verdad, desvaneciendo los errores
de unos y la poca sinceridad de otros. Los argumentos y las pruebas de
Floranes han sido reproducidos con nueva y mayor fuerza lógica, en varios
artículos, dados á luz por don Antonio Ferrer del Rio en la Revista española
de ambos mundos, (t. IV, págs. 5, 129 y 257).
1 Yeáse el discurso preliminar, que puso Zurita á sus Enmiendas y ad-
vertencias á las Coránicas de Ayala, reproducido por Llaguno y Amírola
al frente de su edición de la del rey don Pedro.
II.* PARTE, CAP. III. PUOTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 145
Sin que fuese el primero de los cronistas castellanos, como
ha dicho aventuradamente un renombrado escritor de nuestros
dias 1, era pues el primero que tomando directamente por mo-
delo un historiador de la antigüedad clásica, realizaba, como
cultivador de la historia nacional, las aspiraciones de los erudi-
tos hacia el estudio del mundo antiguo, ya iniciado en la lite-
ratura castellana bajo diferentes aspectos 2. Ayala escribe, de-
más de la Crónica del Rey don Pedro, las de don Enrique 11,
don Juan 1 y don Enrique 111, en cuyas meritorias vigilias
llega á sorprenderle la muerte ^: en todas estas obras es claro,
conciso, elegante más que otro alguno de los escritores de su
tiempo: en todas resplandece el decoro de la narración, la pureza
y frescura del lenguage ^, la sencillez del estilo, sin que asome
1 Villemain: este crítico, tan celebrado de sus compatriotas, pone á
Pero López de Ayala como el primero de los cronistas castellanos, desco-
nociendo todo el desarrollo histórico que hasta la época del Canciller habia
tenido nuestra literatura (Tablean de la Litterature au moyen age,
lect. XVI). El error es de tal bulto que no ha menester ser refutado, después
de loé estudios que llevamos hechos.
2 En orden á los estudios históricos, juzgamos oportuno recordar cuanto
observamos, respecto de su inclinación al conocimiento de la antigüedad,
en el cap. XfX de la lí parte.
3 De la Crónica de Enrique III sólo llegó á componer los seis primeros
años, habiéndola dejado incompleta «por ocupación, de vejez ó por la do-
lencia de que finó», según expresa Alvar García de Santa María en el pró-
logo de la de don Juan II. En varios MSS. se suplió lo restante del reinado
hasta la muerte del referido don Enrique; pero con simple carácter de apun-
tamientos anuales, como puede verse en la edición de Llaguno (págs. 582 y
sigs.). De aquí provino sin duda que algunos escritores, y entre ellos Juan
Pérez de Vargas en su Nobiliario, juzgasen que el Canciller llegó en sus cró-
nicas hasta el fin de dicho reinado, lo cual sustentó Ramírez de Prado en la
dedicatoria de las Emiendas de Zurita. Aun cuando esto no pueda demos-
trarse, es indudable que el propósito de Ayala fué acabar la obra empeza-
da, y que sólo la muerte desbarató su intento.
4 Debemos advertir no obstante que hallamos en las crónicas algunos
galicismos que denotan, desde luego que no se vio libre el Canciller de la
influencia de los libros franceses que de continuo leia, ni del trato que tuvo
con los aventureros y aun con los cortesanos de Carlos IV. Entre otros mu-
144 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en ella ni aun remotamente aquella pedantesca afectación, que
algún tiempo después caracteriza la prosa de los más notables
escritores castellanos, que se precian de imitar en sus produc-
ciones las elegancias latinas.
Dotes son estas que han ilustrado el nombre del Gran Canci-
ller, conquistándole el constante aplauso de nuestros eruditos
y la consideración de los extraños ^; pero si avaloran todas las
crónicas de Ayala, en ninguna brilla tanto como en la del Rey
don Pedro el noble empeño de aclimatar en la literatura patria
el florido pincel de Tito Livio, empresa que heredan de sus ma-
nos nuestros más esclarecidos historiadores. Animado aquel tur-
bulento reinado por el interés de las grandes catástrofes que en
él se consuman, fué dado al Canciller, siguiendo las huellas del
historiador de Roma, dar á conocer y bosquejar el carácter de
los numerosos personages, que figuran en su historia, por medio
de arengas y de cartas, muchas veces oportunas y escritas siem-
pre con loable sobriedad y maduro juicio. El Principe Negro,
chos ejemplos que pudiéramos citar, bastarán las voces rendición por res-
cate, finanza por hacienda, etc., tomados visiblemente de rengon y de
finan ge.
1 El dilig:ente Floranes enumera al final de la Vida literaria del Can-
ciller los escritores que le elogiaron hasta fines del siglo XVIÍ, catálogo
que pudiera fácilmente duplicarse desde aquella fecha. Compréndense en el
mismo hasta treinta y tres autores, entre quienes figuran los respetabilísi-
mos nombres de Alvar García de Santa María, Fernán Pérez de Guzman, el
Marqués de Santillana, Marineo Sículo, Garibay, Ambrosio de Morales,
Mariana, Santotis, Colmenares, Pellicer, don Nicolás Antonio y Ortiz de Zú-
ñiga. De todos estos testimonios parécenos muy digno de tenerse en cuenta,
por la naturaleza de su autor, el debido á Marineo Sículo: «Fuit (dice)
«praeterea et liberalium artium atque disciplinarum omnium percupidus
«Philosophiae namque et historiarura libros libentissime lectitabat, et ma-
))xime Titum Livium, aliosque libros qui de romanorum rebus gestis sua-
«vissime scripti fuerunt. ídem moralis philosophiae et divi Gregorii ele-
wgantíssima opera semper in manibus habebat» (De fíebus Hispaniae
Memorabilibus, lid. XXIII, fol. 151). Respecto de otros escritores extraños
notaremos, que desde Bouterweck hasta Ticknor, apenas se hallará uno que
no le tribute análogos elogios , como cronista y cultivador de la prosa
castellana.
II. * PARTE, CAP. III. PROTRXTA CONTRA LA INN, ALEGÓ15. 145
Beltrandu-Guesclin y los principales caballeros que militan, ya en
el campo del rey don Pedro, ya en el de don Enrique, revelan por
los discursos que pone en sus bocas el historiador y por las
epístolas que dirigen á sus amigos y á sus adversarios, las ideas
caballerescas y el espíritu aventurero que los animan, producien-
do singular contraste con la gravedad de los españoles.
Sin duda esta forma expositiva, altamente dramática y reser-
vada en los tiempos modernos más principalmente para la novela,
era ocasionada al abuso, al ser imitada de los sucesores de
Ayala; más lícito es observar que al seguir el ejemplo de Livio,
así en la Crónica del rey don Pedro, como en las de don Enri-
qiie y sus herederos, no llega este artificio literario á deslustrar
la sencillez de la narración, contribuyendo en cambio á delinear
con más vigor y exactitud los caracteres históricos. Para prueba
de esta observación, trasladaremos aquí el pasage, en que nos
refiere la gallarda y caballeresca porfía, habida entre el Príncipe
Negro y Beltran du-Guesclin sobre el rescate del último, preso
en la batalla de Nájera.
«Después que fué preso (dice el Canciller), fizóle mucha onra; et
wquando partió de Castilla, leíaólo consigo á Burdeus. Et estando allí,
wMosen Beltran fizo decir al Príncipe que fuesse su mercet de le mandar
»poner á rendición; ca non complía á su servigio estar él así en la pre-
wsion et que mejor era levar del lo que pediese pagar. Et el Príncipe
wouo su consejo que por quanto Mosen Beltran era muy buen cauallero
Mque seria mejor, durando la guerra de Francia et de Inglaterra, que es-
wtoviese preso et que mas valia perder la cobdicia de lo que podia mon-
Mtar su rendición que librarle. Et fizóle dar esta respuesta al dicho Mo-
))sen Beltran; et cuando Mosen Beltran lo oyó, dixo así al cauallero que
«esto le dixo de parte del Príncipe: — «Dezit á mi señor el Príncipe que
wyo tengo que me faze Dios et él muy grant gragia, entre otras muchas
))onras que yo oue en este mundo de cauallería, que mi langa sea tan
«temida que yaga en presión durante las guerras entre Francia et In-
wglaterra, et non por ál. Et pues así es, yo tengo por onrada mi presión
«más que la mi delibranga: et que sea gierto que yo gelo tengo en merget
))muy señalada, ca todos aquellos que lo oyeren et sopieren, ternáu que
))rescibo dende muy grant onra. Et el bien et prez de caualleria en esto
))vá; cá la vida ayna pasa.
»Et el cauallero dixo al Príncipe todas estas razones que Mosen Bel-
wtran dixera, et el Príncipe pensó en ello et dixo: — Verdad dige: it et
Htornat á él et dicilde qvie á mi place de le poner á rendición et que
Tomo v. 10
146 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
))la contia que él dará por sí, que sea tanta quanta él quisiere, et más
«non le demandaré: et si una sola paja promete por sí que por tanto
))le otorgo su delibranza». — Et la entengion del Príncipe era esta: que
»si Mosen Beltran dixesse que por cinco francos quería salir de pre-
wsion, que más non le demandasse, ca por quanto menos saliesse, menos
))onra leuaua ; et que entendiese Mosen Beltran que non le detenía el
«Príncipe por otro temor que del ouiesen los ingleses et quél podia bien
«escusar sus dineros. Et el cauallero tornó á Mosen Beltran et díxole:
— «Mi Señor el Príncipe, vos envia decir que su voluntad es que vos
wseades libre de la presión et que vuestra finanza sea tanta contia quan-
»ta vos quisieredes et dixeredes, et que más non pagaredes, aunque
))más non prometades que una paja de las que están en tierra. Et que
))esto sea luego». Et Mosen Beltran entendió bien la entencion delPrin-
Bcipe, et dixo: — «Yo le hé en merget á mi Señor el Príncipe lo que me
wenvia á degir; et pues si así es, yo quiero nombrar la contia de mi fi-
«nanza»,
))Et todos coibdaban que se poruía en alguna pequeña contia, ca Mo-
))sen Beltran non auía en el mundo si non el cuerpo, Et dixo Mosen
«Beltran así: — Pues que mi Señor el Príncipe es así franco contra mí,
»et non quiere de mí salvo lo que yo nombrare de finanza, decidle que,
«maguer só pobre cauallero de contia de oro et de monedas, pero que con
«esfuerzo de mis amigos yo le daré cien mili francos de oro por mi cuer-
«poet que desto le daré buenos recabdos«. — Et el cauallero del Príncipe
«tornó á él muy maravillado et díxole: — «Señor, Mosen Beltran es rendi-
»do á su uoluntat et ha nombrado su finanza.» — Et el Príncipe le pre-
«guntó — ¿Qué contia?... Et el cauallero le dixo: — «Señor, Mosen Beltran
«dice que uos tiene en merget todo lo que le enviastes dezir en razón de
«su finanza; et dice que como quier que él sea pobre cauallero en oro et
«en moneda, empero que con esfuerzo de sus parientes et amigos él vos
«dará cient mili francos de oro por su persona et que desto vos dará bue-
«nos recabdos». — Et el Príncipe fué marauillado, primeramente del
«grand coragon de Mosen Beltran, otrosí dónde podría auer tanta con-
«tía, etc.» í.
Nadie habrá que, leyendo este pasage, no forme cabal idea
de los diversos caracteres del Príncipe Negro y del aventurero
du-Guesclin, tal vez con mayor seguridad que si el historiador
se hubiese detenido largamente en la pintura de uno y otro.
Mas no por que se inclinase Ayala á este género de descripcio-
1 Crónica del Rey don Pedro, cap. XVIII del Año XVIII.
Il/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓK. 147
nes, desconocía el arte de bosquejar directamente los personajes
que en su narración figuraban: los ejemplos no escasean en las
cuatro crónicas; pero sin apartar la vista de la del Rey don Pe-
dro ni del mismo principe, bien puede presentarse, cual modelo
de enérgica y elegante concisión, el retrato que encierran estas
breves líneas:
«Fué don Pedro asaz grande de cuerpo et blanco et rubio et ceceaba
))un poco en la fabla. Era muy cazador de aves. Fué muy sofridor de
«trabajos. Era muy temprado et bien acostumbrado en el comer et be-
wber. Dormía poco et amó mucho mugeres. Fué muy trabajador en guer-
))ras. Fué cobdigioso de allegar tesoros et joyas tanto que se falló des-
))pues de su muerte que valieron las joyas de su cámara treinta cuentos
wen piedras preciosas et aljófar et baxilla de oro et de plata et en paños
»de oro et otros apostamientos, etc. i.
Quien en tan contados rasgos transferia la figura, los afectos
y las costumbres de un personage de la magnitud del rey don
Pedro, no era ciertamente indigno de la empresa que había
echado sobre sus hombros, al cultivar la historia patria. Críticos
hay sin embargo para quienes, al ser comparadas sus crónicas
con la Estoria de Espanna del Rey Sabio, escrita un siglo an-
tes, «carecen del encanto de aquella poética credulidad que se
complace más bien en las dudosas tradicciones de gloria que en
los hechos más auténticos» ^. Pero no dirigiremos nosotros car-
go alguno al Canciller, por no haber impreso en sus obras histó- .
ricas el sello tradicional que distingue los primitivos monumen-
tos de nuestra Hteratura y que resplandece en las Estorias de
Alfonso X: llamado á la vida actual de Castilla por la importan-
cia de los sucesos que acaecen á su vista; abierto ya con las cró-
nicas de los cuatro últimos reyes, y en especial con la del con-
quistador de Algeciras, el camino que debía seguirse respecto
de la historia contemporánea, no era lícito á Pero López alterar
í Id. cap. VIII del año XX y último.
2 Ticknor, I.* Época, cap. IX.
148 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍÑOLA.
el espíritu de los hechos por él narrados y conocidos general-
mente por sus lectores.
La exposición histórica habia perdido en verdad no pequeña
parte del atractivo é interés que le comunicaban las relaciones,
hijas de las creencias y de los sentimientos de la muchedumbre;
pero en cambio cobraba mayor autoridad y riqueza en los por-
menores , circunstancias ambas que se cumplen en las Crónicas
del Canciller, á quien por otra parte no puede negarse el cono-
cimiento de la antigua historia de Castilla. Demuéstranlo así los
primeros caj^tulos de la del Rey don Pedro y las diferentes
arengas ó discursos, que pone en boca de los principales perso-
najes de la misma y de las tres siguientes, documentos en que no
sólo hace gala de razonable caudal histórico, sino de claro y pro-
fundo juicio "•.
1 Véase el cap. V del Año VII de la Crónica de don Juan I, y el no
menos notable del año VIII de dicha Crónica, señalado con elnúm. X. Son
asimismo dignos de mención los capítulos I, XIV, XVII, XVIII y XIX de la
del Rey don Pedro, si bien abundan en notables errores, relativos á las anti-
güedades españolas, de que tratan. Debemos advertir aquí que en orden á es-
tos pasag-es es conveniente consultar los códices originales, así como también
respecto de todas las crónicas de Ayala. Cierto es que después de la edición
de Llaguno, quien tuvo presentes los más notables MSS. del Escorial y el
que habia sido propiedad de Zurita, recobraron las historias del Canciller
casi toda su primitiva pureza, enmendados los desaciertos cometidos por los
antiguos editores ; pero aun así y todo parecercános siempre acertado el con-
sultar los códices más antiguos, á fin de formar cabal idea de ciertos acci-
dentes de estilo y de lenguage, que imprimen verdadero carácter á las obras
de la edad-media. Si el docto Conde hubiera hecho este detenido examen,
no habría caído, al escribir el Informe arriba mencionado, en el error de dar
por obra de Ayala la Continuación (como él dice) de la Crónica de Espa-
ña, ni la Traducción de la crónica del Arzobispo don Rodrigo y sus adi-
ciones hasta don Sancho; obra que es sin duda la Crónica general de Cas-
tilla, ya antes examinada. En cambio hubiera reconocido, con Zurita, la
existencia de la Crónica Abreviada, tan útil para la ilustración de la que
aquel docto historiador apellida Vulgar y tan semejante á ella en todas las
dotes y condiciones literarias, que brillan en Ayala. Demás de los códices
que cita Llaguno, no son indiferentes los marcados en el Escorial X. ij. 1
y X. ij. 5 respecto de las Crónicas de Juan I y Enrique III.
11.^ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. J49
Mas si todavía pudiera dudarse de este aserto, bastaría á
confirmarlo, por lo que respecta á la antigua historia de Casti-
lla, la que el mismo Canciller escribió en 1398 del linage de
Aijala et de las generaciones de los señores que fueron del, obra
en que conducido por el interés de familia, se remonta á la ir-
rupción sarracena para teger sus genealogías K Seguía al escri-
birla, el intento ya manifestado por su padre, quien «como era
»tan grand cauallero et tan entendido et mesurado en todos sus
«fechos, et se pagaba de decir bien et apuestamente, et otrosí
»de alcancar noticias de letras et de estorias de cosas nobles et
«grandes que en el mundo oviessen pasado...., fuera siempre en
«imaginación de aueriguar los fechos de sus pasados et la prez
«et la onra que ovieran alcancado, et quáles auian ellos seydo
«desde el primero, et qué cosas nobles flcieron en sus tiempos et
«cómo los cataron los reyes sus señores et quál estado et parien-
«tes allegaron».
Para dar cima á esta idea, había puesto Fernán Pérez de
Ayala «en romance de su tiempo» cierta «antigua esci'iptura»,
debida á don San Yelazquez, «un muy grand cauallero de los de
Ayala» ; y armado de ella y allegando otras «escripturas, in-
quisiciones ciertas et relatos de los passados » , acometía Pero
López la empresa de escribir la Historia de su casa, que le ha
ganado alta reputación entre los genealogístas, y le asegura en
realidad puesto muy señalado entre los cultivadores de las an-
tigüedades españolas. El Gran Canciller de Castilla mostrábase
por demás pagado del asunto, «cá avedes de saber (decía) que
«grande cosa. Dios loado, fué antiguamente este linage de los
«de Ayala; et muchos altos señores et nobles generaciones et
«buenas, también de Castilla como de otras partidas, estiman
«auer comienco de él, por ser él tan antiguo et los sus fechos
«muy notables«. Respetando esta declaración, que tanto halagaba
el orgullo aristocrático de Pero López, lícito será no obstante ob-
servar que nadie hasta su tiempo había ilustrado, como él, la es-
1 Floranes, Vich literaria del Canciller, Parte 111/'', pág. 455.
150 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tirpe y nombre de Ayala; pudiendo decirse con entera justicia
que se llevó irás sí antes y después toda la gloria de su linage,
por su esclarecido talento y por el mérito de sus producciones
literarias.
Una de las más interesantes que salieron de su pluma y que
no ha visto aun la luz pública, es el Libro de Cetrería, escrito
en 1386 durante su enojosa prisión en el castillo de Oviedes, y
dirigido al obispo de Burgos, don Gonzalo de Mena, su parien-
te, y maestro en esta peregrina arte ^. Y decimos de las más
interesantes, porque refiriéndose á una de las costumbres más
pintorescas y generalmente recibidas entre los magnates de la
edad-media, atesora curiosas noticias que en vano buscaríamos
en estos monumentos, las cuales son del más grande efecto para
comprender parte no despreciable de la vida de nuestros mayo-
res. Siguiendo las huellas del Rey Sabio y de don Juan Manuel,
á quien expresamente cita repetidas veces 2, muestra que escri-
be «una pequeña obra para egercicio de los omes, por los tirar
»de ocio et malos pensamientos, et que puedan auer entre los sus
»enojos et cuidados algund plazer et recreamiento sin peccado». .
1 En algunos MSS. se loe el nombre de don Gonzalo de Nieva; pero
con error de copia. Don Gonzalo de Mena, á quien llama Cartagena Gundü
salvus Tertius, cognomento de Vargas, y otros apellidan también Rodas, fué
elevado á la de Burgos desde la silla calagurritana en dicho año de 138G,
ó fines del anterior (Florez, Esp. Sagrada, t. XXVI, pág. 364 y siguientes):
por manera que constando de la dedicatoria que «Pero López de Ayala, su
humil pariente et servidor» lo escribió «en la grand coyta et qucxa» que
tenia «en la prisión do estaba (do esto, dice), no puede haber duda en que
el Libro de Cetrería fué compuesto en los diez meses y medio de dicho
año, que permaneció en el cautiverio de Aljubarrota.
2 Para prueba de que aprovechó Ayala las observaciones de don Juan
Manuel, á quien conoció tal vez siendo muchacho, pues contaba cuando
falleció aquel príncipe quince años (y no como dice Ticknor cincuen~
ta, Trad. cast. t. I, pág. 187), citaremos los siguientes palabras: «Deciadou
»Johan Manuel, fijo del Infante don Manuel et señor de Yillena, que fué
»muy grand señor et era muy cacador et muy sotil en esta sciencia de las
«aves, que grand differcncia avia de querer cacar a ser sabidor dcUo en las
xrogir et facer los aves» (cap. I). Esta idea se halla cu efecto on el Libro
de la Ca^a, antes de ahora examinado.
Il/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA COMRA LA INN. ALEGÓR. 151
Para componerla, consultó los escritos que «departían de las
aves», y tomando de ellos lo que «más cierto falló» y concer-
tando las «opiniones de los cazadores» con la experiencia que
«deste fecho probó et vio et aprendió, así de los plumajes como
«naturas et condiciones de las aves», dividió el Libro de la Ce-
trería en cuarenta y siete capítulos ^ , en los cuales expuso
las reglas que debían observarse, ya en la cría de azores, fal-
coues, gavilanes, esmerejones y alcotanes, ya en la elección y
enseñanza de los falcones, baharies, tagarotes, gerifaltes, sacres,
borníes y alfaneques, ya finalmente en el cuidado de sus enfer-
medades y de sus raudas.
Magnificencia de señores era el tener aves y cazar con ellas
en el campo: este ejercicio desterraba el ocio y fortificaba el
cuerpo, preparándolo para las fatigas de la guerra: apenas se
contaba en Castilla y fuera de ella personage digno de respeto
que no pudiera pasar por extremado en tal arte, complaciéndose
1 No todos los códices que hemos consultado, ofrecen la misma divi-
sión, lo cual es sin duda efecto de la poca exactitud de los trasladadores.
En la Biblioteca Nacional se custodian hasta tres MSS. de este precioso li-
bro, señalados L. 149, L. 176 y L. 197, y todos tres difieren en este pun-
to. El más completo es sin duda el L. 149, que sirvió tal vez á don Blas
Nassarre (á quien perteneció el 197) para reponer algunas lagunas que en
el mismo existían, seg-un declara en nota puesta en 1734. Al final de estos
dos códices hay otro tratado, que es una especie de colección de aforismos
ó máximas sobre volatería con este título: «Esto es lo que han menester
»los falcones et las aues para ferlos al ayre, quando ome los ha bravos et
^salvages.» — Los referidos MSS. están en papel y son copias muy posterio-
res á Ayala. No sabemos el paradero de los códices que Sánchez (Poesías
Castellanas, t. I, pág. 107) vio en las librerías de Campo Alange y de Lla-
guno. La Academia de la Historia guarda un estimable ejemplar en su bi-
blioteca: en la del Escorial hemos registrado el que lleva la marca U. ij. 19,
que trata en seis libros de Cetrería, dando á conocer toda ralea de falco-
nes, su cria, su enseñanza, alimento, suertes de caza en que se emplean, sus
enfermedades y física (curación) de los mismos. Es un tomo en folio, escri-
to en papel ceptí, á dos columnas, de letra del siglo XV; pero muy distin-
to en su redacción de los libros de don Juan Manuel y de Ayala, y no se-
mejante al de Juan de Fagunt, falconero de don Juan II, que adelante reco-
noceremos.
152 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
el Gran Canciller en mencionar expresamente aquellos que lo-
graban mayor fama de graneles cazadores: «Primeramente (de-
«cia haber conocido) en Francia á don Phelipe, fijo del Rey de
«Francia, duque de Burguña et conde de Flandes et de Artoys,
»et al conde de Franquera villa; et en Aragón al vizconde de Illa
»et á don Pedro Jordán de Urries, mayordomo mayor del rey
»de Aragón, et á, don Pedro Fernandez de Ixar, i'ico-ome. Et en
«Castilla que dixo (de la caza) á don Juan, fijo del Infante don
«Manuel, señor de Villena, et á don Gonzalo de Mena, obispo de
«Burgos et á don Enrique Enriquez, et á don Juan Alonso de
«Guzman, et á Remir Lorenco, comendador de Calatrava, et á
«Garcia Alonso de Vega, cauallero de Toledo, et á Johan Marti-
«nez de Yillazan, alguacil mayor del rey, et á don Fernán Gómez
«de Albornoz, comendador de Montalban; et lo que dixeron dos
«falconeros, el uno del rey don Fernando de Portugal, que de-
»zian Pedro Minino, et el otro Pedro Fernandez, falconero del
«rey don Pedro», que los acreditaba asimismo de muy peritos
en aquella arte ^.
Con la experiencia de todos estos insignes cazadores de aves
y su propia experiencia, logró pues el prisionero Ayala escribir
un libro, útil para aquellos de sus coetáneos que se egercitaban
1 Cap. I. Respecto de otros famosos cazadores y falcones son muy cu-
riosas las noticias que nos ha conservado Ayala. Hablando de los tiempos
de don Pedro de Castilla, decia: «Yo vi al rey don Pedro un falcou baharí
»et mallorquíque le llamaban Donzella; et traíalo un su falconero quelUa-
»raaban Alfonso Méndez... Et yo vi un baharí sardo del rey don Pedro, que
«tenia Ruy González de Illescas, comendador de Santiago, que era su fal-
«conero... et vi al rey don Pedro un targarote quel traia un falconero quel
«dezian Juan Criado, et llamaban al falcon Botafuego (cap. III). Yo vi al
>;rey don Pedro un torzuelo que fuera de Garcilaso de la Vega, et Uamavan
»al falcon Pristalejo (cap. VI). Vi en casa del rey don Pedro un alfaneque
«torcuelo muy pequeño que llamaban Picafigo» (cap. VII). Para ponderar
el valor de los falcones, observaba: — «A mi acaesció comprar dellos (délos
»brabancones) en Paris, et los falconeros que me los vendieron, venirse
«conmigo á Castilla con sus soldadas». Sólo se comprende esto, al saber
que un nebli pollo altanero costaba cuarenta francos de oro, sesenta un
garcero y hasta setenta y más los que habian mudado (cap VIII).
II. '^ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÚR. 155
en semejante recreación y no menos provechoso para los que
atiendan en nuestros dias al sabroso estudio de las costumbres
de la edad-media. Por él se comprende fácil é íntegramente la
alta significación y valor que tuvieron entre nuestros padres todo
linage de falcones, el casi fabuloso esmero con que los cuidaban,
haciéndolos dormir en sus mismas cámaras y al lado de sus pro-
pios lechos, la singular atención con que los educaban, la más
eficaz aun con que acudían á prevenir ó á curar sus enferme-
dades. Parte esencialísima era para todo buen cazador el conocer
perfectamente las señales que acreditaban la buena ralea de los
falcones; y siguiendo en este punto el ejemplo de don Juan Ma-
nuel, ponia el Gran Canciller de Castilla no poco empeño en de-
terminarlas, manifestando cuan holgadamente brotaban de su
pluma tales descripciones. Hablando de los neblíes y baharíes,
escribía:
«Solamente al neblí et al baharí llaman falcones et gentiles; ca han
))las manos grandes et los dedos delgados, et en su talle son mwj genti-
wles, que han cabegas más primas et las palmas en las puntas mejor sa-
»cadas et las colas mas cortas et más derribadas en las espaldas^ et más
«apercibidos et más ardidos et de mayor esfuerzo. Et sus gobernamientos
»son más delicados que los otros que dicho avemos, et quieren ser gober-
))nados de mejores viandas et ser siempre traydos muy bien en manos,
»por el grande orgullo que han; et non sosiegan mucho en la alcándara
wet son de muy grand coracon. Et los gerifaltes et sacres et bornís et al-
))faneques son de otros talles et fagtiones en los cuerpos; et las colas han
»más luengas et la cabecas grandes et las manos más gruesas et los de-
))dos más anchos et más cortos: et sufren mejor, aunque les den et gouier-
Mnen de más gruesas uiandas; como quier que de qualquier plumaje que
«sea el ave, si le dieredes buenas viandas et sea bien traydo, siempre lo
«fallarás en el su volar et cacar et estar más sano
«Falcones neblí s a y (prosigue) que an lo blanco mucho et muy blanco
«et lo al'grís; et son estos falcones blancos en Francia falcones de damas
»(qüe quiere decir de dueñas); et son muy fermosos et muy dulges de fa-
»zer et de muy buen talante. Et han el plumaje muy bueno et non tan
«brozno como los otros plumajes, et han las colas más luengas, et sa-
«len buenos garceros. Et átales falcones et atal plumaje suelen en Casti-
«lla llamarlos los falconeros et cagadores doncellas et en Francia lláman-
«los blanchautes. Otrossy falcones neblís hay que el su plumaje es ruvio
«et la pinta gruesa, et son de grandes cuerpos, et salen muy buenos alta-
«neros et garceros. Otros falcones ñy que de su plumaje son como pardos
154 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAfíOLA.
))et la cabe^ia pintada, et la pinta orlada de amarillo; et son falcones es-
y pesos et de buenas factiones et mucho esplumados et llámanlos en Cas-
Mtilla átales como estos coronados
))Otros falcones áy que su plumaie es auer una pinta menuda et del-
Mgada et mucha et como amarilla, et á estos llaman en Castilla gorzaleros,
))et comunmente son falcones menudos : et estos son muy boUipiosos et
»uan siempre á las zaleas et á las palomas et son de poco sosiego. Átales
»como estos cárganlos de cascabeles fasta que vayan asosegando, et destos
«salen buenos altaneros. Otros falcones áy que han el plumaje como
})prieto et son llamados roquetes, et son duros de fager; pero dánse á bien
wet salen muy buenos altaneros et garceros et grueros» i .
Igual frescura y exactitud comunicaba Pero López de Ayala á
todas las descripciones que encierra el Libido de Cetrería, osten-
tando aquella fuerza de observación y aquella docta sencillez, que
tanto brillan en sus obras históricas. De su estilo y lenguaje ha-
brán juzgado ya los lectores por los pasages trascritos, notando
que tiene siempre, cual prendas del mayor precio, la claridad y la
concisión, dotes en que no halla entre sus coetáneos verdaderos
competidores. Verdad es que tampoco pueden reconocérsele ri-
vales respecto de la doble representación que alcanza en la histo-
ria de las letras españolas: ya le estudiemos como poeta, contem-
plándole adherido á la antigua escuela de los castellanos y em-
peñado en sostener el brillo de la quaderna via ^ y del arte
1 Capítulo II.
2 No es para olvidada en la historia de las letras españolas la circuns-
tancia de ser Ayala el último de los poetas que emplea los versos octona-
rios y los pentámetros, combinados en la forma indicada. Tan en desuso
habían ya caído en su tiempo que él mismo les da el nombre de vérseles
de antiguo rrimar cuando habla con los trovadores de la corte, seg-un ma-
nifestamos en las Ilustraciones de la I.^ Parte y se comprueba, al leer la
composición señalada con el núm. 518 en el Cancionero de Baena, frag-
mento que empieza en el Rimado con la copla 1291 y termina en la 129S.
Esta observación nos trac á la memoria la opinión que los traductores de
Ticknor han manifestado (t. IV, pág- 419) respecto de un punto que guar-
da grande analogía con el presente. Contradiciendo lo asentado por el mis-
mo autor, aseguran que el Poema de Josef ó Yusuf íué escrito á mediados
del siglo XVt, fundándose en que «un pueblo vencido y sujeto á otro más
poderoso, conserva la lengua propia ó adoptiva lija y estacionaria, sin ade-
11.'' PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÚR. 155
dí'dáctico-simbóUco; ya le consideremos como historiador, vién-
dole esforzarse en hacer conocido en el suelo de Castilla el arte
narrativo de Tito Livio, que ensaya en sus c?'ónicas, -siempre
encontramos en él una verdadera entidad literaria, revelándose
lautar y conservando por mucho tiempo su tipo primitivo». Que hay en este
aserto cierta verdad histórica, no lo negaremos nosotros; pero que pueda
sacarse de él la consecuencia pretendida, lo tenemos por imposible y con-
trario á todas las leyes de sana crítica. Demos que el lenguaje hablado por
los moriscos ó vasallos mudejares del siglo XVI fuese el mismo que en
el XIII hablaron nuestros mayores (lo cual está contradicho, para todo el
que lea, por las obras que dichos traductores publican). Y las máximas ar-
tísticas, en que la metrificación y las formas literarias estriban, ¿por qué
sendero llegaron á los moriscos?... Imitaron?... Nadie cultivaba en el si-
glo XVI el arte de Berceo. Inventaron?... Cuando metrificación y forma li-
teraria existen en nuestro parnaso por derecho propio desde principios da
la XIII.* centuria, seria absurdo el ^ponerlo simplemente. Conservaron la
tradición artística, recibida de antiguo?... Luego ya hablan seguido las
huellas de nuestros primitivos poetas, cultivando las mismas formas por
ellos adoptadas. Acepten los traductores de Ticknor la consecuencia que
más les plazca; y recuerden que otro pueblo supeditado al español por lar-
gos siglos, arrojado de la Península ciento diez y ocho años antes que el
musulmán, conserva en el destierro la lengua de Castilla y cultiva el arte
de nuestros antepasados. Ni una composición siquiera escribieron los poetas
del proscripto pueblo hebreo, fuera de España^ en versos de quaderna via:
hiciéronlos de arte mayor, de arte real, de once y siete silabas, adoptando
la metrificación toscana, que habia llegado á tomar cart^ de naturaleza en
nuestro parnaso, y siguiendo así el movimiento y progreso del arte: ale-
jandrinos rimados, al modo de Berceo, nunca los escribieron. Este aserto
no tiene por base vagas conjeturas: es histórico. Ahora bien : ¿debe aplicar-
se al pueblo musulmán diferente criterio que al judio?... Vuelvan los tra-
ductores á leer el poema de Muhaniad Rabadán, que con título de Discurso
de luz, etc., insertan desde la pág. 274 de dicho tomo; compárenlo con el
citado de Yusuf, y notando que fué aquel. escrito en 1603, según Rabadán
declara, advertirán fácilmente que ó la lengua y el arte hablan hecho en-
tre los vencidos mahometanos prodigiosos progresos en el breve trascurso
de medio siglo, ó su teoría es de todo punto inadmisible. Lo mismo deci-
mos respecto del poema en Alabanza de Mahoma, que dan á luz desde la
pág. 32" á la 330 inclusive, aunque es visiblemente muy posterior al de
Yusuf, que examinamos en el cap. VII de la II.* Parte. Adelante volvere-
mos á tocar este punto bajo otras relaciones.
136 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en uno y otro concepto la elevación de su carácter y la integridad
de su conciencia y poniendo de relieve bajo una y otra relación
el estado moral y político de la sociedad en que florece.
El noble Canciller de Castilla no abruma, cual Boccacio á sus
compatriotas bajo el peso del ridículo, ni se mofa de la corte ro-
mana, ni escarnece á los ministros de la religión, pintando con
sarcástica ironía sus extravíos y debilidades: tampoco lanza des-
de el fondo de la prisión, á que le reducen su lealtad y su lierois-
mo, punzantes diatribas y maliciosas, bien que á veces delicadas,
sátiras, como lo bace Carlos de Orleans, que prisionero en la
famosa batalla de Azincourt [1415], llora su cautividad en In-
glaterra por el espacio de 25 años ^ No es festivo, disfuso y
1 El tantas veces citado Mr. George Ticknor manifiesta que descubre
cierta semejanza entre Ayala y el duque de Orleans, cuyo talento poético
era bastante parecido (I." Época, cap< V del título I). A la verdad no po-
demos admitir aseveración semejante, bajo ning-nna de las relaciones en que
dos poetas pueden ser comparados. Si se atiende al genio característico de
cada cual, Ayala es grave, apasionado de la virtud, dado á las meditacio-
nes morales y religiosas, todo lo cual desarrolla en él aquel sentido alta-
mente didáctico, que anima sus versos: el mismo anhelo del bien le hace
severo, exigente y nada tolerante con los vicios, que plagan la sociedad de
sus dias: la idea elevada de la virtud y de la religión le infunde cierta no-
ble osadía, que le lleva á desdeñar la humana grandeza, esgrimiendo su
azote contra todas las gerarquías sociales del orden civil y del orden ecle-
siástico. El duque'de Orleans es por el contrario ligero, alegre, malicioso y
burlador hasta el extremo de emplear contra sí propio el aguijón de la sá-
tira, no perdonando su vis epigramática ni aun al mundo de la caballería,
á que por su educación y sus inclinaciones pertenece: desde el fondo de
su prisión se rie de cuanto pasa fuera de ella; y ni los desastres y
miserias do Francia arrancan de su lira acentos de profundo dolor ni
ayes de ardiente patriotismo, ni le indigna la corrupción de sus coetáneos,
ni se juzga obligado á mostrarles el camino del bien con noble y desinte-
resada energía. Mientras Ayala invoca en su encierro la protección de la
Virgen, el duque de Orleans recuerda los felices dias de su juventud y el
sol de la Francia, llegando entre tanto á olvidar la dureza de sus cadenas.
— El uno es la expresión más adecuada del genio y carácter de la poesía
castellana: el otro personifica grandemente la índole y carácter de la poesía
francesa. Pero no es menor la diferencia respecto de la significación artísti-
ca de cada uno: el castellano, ya lo dejamos probado, es el último culli-
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 157
auecdótico á la manera de Froissart, ni se detiene, como Juan
Villani, en instructivas investigaciones que alejan á veces al
lector del cuadro que el historiador florentino se propone bos-
quejar, por grande que sea el anhelo de la verdad que le dis-
tingue.
Atento al fin trascendental del pensamiento que le anima, habla
como poeta, el lenguaje de la verdad, sin que enmudezca su acen-
to al temor de los peligros que puedan nacer de sus palabras, ni
se entibie el celo de su virtud al dolor, que inspiren en su pecho
los mismos cuadros por él trazados: semejante á don Juan Manuel,
quiere Ayala producir el bien por el bien, y parte, aun más di-
rectamente que el nieto del Rey Sabio, á lograrlo. Por eso mien-
tras el 'autor del Libido de Patronio prefiere la forma simbólica,
se inclina Pero López á la didáctica, sin que renuncie al uso del
apólogo, como saben ya los lectores i : por eso, adoptado aquel
punto de vista, ha menester ser grave, severo é inflexible con los
vicios que infestan todas las clases de la sociedad, y su voz se
alza en nombre de la moral y de la religión, para recordar á
grandes y pequeños sus extravíos y sus deberes .
Fijas sus miradas, como historiador, en el fin trascendental
de la historia que reconoce en las arengas y discursos pronun-
vador del arte didáctico-simbólico y revela en sus versos la protesta del
sentimiento nacional contra la innovación alegórica : el francés pertenece
de lleno á la escuela que se inicia y triunfa en su parnaso con el Román
de la Rose, y que según observa cuerdamente Villemain, dominaba en to-
das las literaturas meridionales durante la primera mitad del siglo XV.
¿Qué hay pues de común entre uno y otro? El hecho de la prisión. Mas con
la diferencia de que Ayala sólo estuvo bajo poder del Príncipe Negro con-
tados meses, cuando el duque de Orlenas pasó en Inglaterra gran parte de
su vida. La crítica de Ticknor no fué esta vez tan afortunada como de con-
tinuo aspira á serlo.
1 Es notable que, asi como otros historiadores de su tiempo, que daremos
á conocer en breve, usó también Ayala del apólogo en sus Crónicas. Entre
otros ejemplos mencionaremos la carta de Benahatin, en que ingiere el del
Pastor y su ganado, donde conforme apunta Clarús, mostró acaso con ma-
yor fijeza é intencionalidad que en el Rimado el espíritu didáctico que le
animaba (Cró«., cap. XXU del año XVIII; Clarús t. I. pág. 447).
158 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ciados por los personajes que en las cuatro crónicas figuran, si
no le es dado reflejar de lleno el estado de la civilización castella-
na, ni alcanza á revelar el espíritu y las tendencias é intereses
rivales y contradictorios, que se desarrollan y pugnan desespera-
damente durante el reinado del rey don Pedro, — mostró al menos
que no carecía de la cordura y penetrante sagacidad del verda-
dero repúblico, y que impasible ante los hechos que examina,
ni le asustaba su magnitud, ni le extraviaba el peligro de su
escándalo.
Tomando pues bajo uno y otro punto de vista el arte que cul-
tiva, en sus más altas relaciones; revistiendo las ideas que le
animan, de las formas más adecuadas, en su juicio, para obtener
el fin por él apetecido, ganaba el Gran Canciller de Castilla ele-
vada y propia representación en la historia de las letras, perso-
nificando dignamente y de la suerte que dejamos comprobado, la
protesta de las musas castellanas contra las extrañas influencias
que dominaban plenamente en nuestro Parnaso. Pero ya también
lo hemos advertido: el mismo poeta que obedeciendo al senti-
miento patriótico, rechazaba formal y virtualmente toda inno-
vación artística, al escribir su Rimado del Palacio, cedia al
cabo á las novedades introducidas en la poesía castellana durante
su vida; y elegido por arbitro y juez de las controversias y certá-
menes poéticos de los trovadores cortesanos, pagaba el tributo
de su aquiescencia y aun de su aprobación al cambio, realizado á
su vista por los partidarios de la escuela alegórica, á que ser-
via de pauta y principal fundamento la imitación de la Divina
Commedia ^.
1 Deben tenerse presentes los números 305, 421, 422, 517, 518 y 525
del Cancionero de Baena, en que ya directa ya indirectamente se mencio-
na a Pero López de Ayala con el aditamento del Viejo, sin duda para dis-
tinguirlo de su segundo hijo, que llevaba el mismo nombre. En dichas com-
posiciones aparece como juez entre varios trovadores de la corte de Enri-
que m, ó toma parte en aquella manera de pleitos poéticos, que tan del
gusto de la- corte llegaron á ser á fines del siglo XIV y primera mitad
del XV. Siempre es respetado y considerado como más digno; y aunque en
realidad no hay composición alguna suya, en que sea parte principal la
II.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 159
Llegados á punto de tal importancia en la historia de la lite-
ratura española, suspendemos aquí nuestras no fáciles tareas pa-
ra proseguirlas en el siguiente capítulo.
alegoría, adopta el leng-uaje de los demás trovadores y se esmera en me-
trificar por el arte que ellos lo verifican. El docto y malogrado Puibusqqe,
al considerar sin duda esta situación de Ayala, manifiesta que no pudo do-
minar el movimiento literario de su época (Hist. comp. des litters. espagn.
et frang, tomo I, pág-. 115); pero el Canciller Mayor de Castilla, mas bien
que á dominarlo, se dirig-ió á restituirlo á la primitiva senda, recorrida ya
por la antigua musa castellana, por lo cual* no obtuvo, no pudo obtener,
artísticamente hablando, resultado alguno favorable del ejemplo dado en
sus versos, y sobre todo en el Rimado del Palacio.
CAPITULO IV.
INTRODUCCIÓN DE LA ALEGORÍA DANTESCA
EN LA POESÍA ESPAÑOLA.
Estado de la poesía ea ia segunda mitad del siglo XIV. — Olvido de los
cantos históricos. — Desnaturalización del sentimiento poético entre los eru-
ditos. — La imitación. — Preferencia de la forma alegórica. — No era esta
forma nueva ni peregrina en nuestro sUelo. — Es cultivada en lá literatura
clásica. — Derívase á la cristiana. — Boecio. — Imitánle los ingenios españo-
les. — Isidoro de Sevilla; — Paulo Enmeritense; — Valerio; — Pedro Compos-
telano.— Refléjase en la poesía vulgar. — Berceo; — Juan Lorenzo;— Juan
Ruiz,etc. — Acógenla los trovadores provenzales. — Cunde á las literaturas
francesa é italiana. — Aparición de la Divina Commedia. Su efecto é influ-
jo en las naciones meridionales. — Es recibida en todas la alegoría como
forma literaria. — Carácter de la musa castellana, al operarse esta inno-
vación.— Pero Ferrús; — Alfonso Alvarez Villasandino; — Perafan de
Rivera; — El Arcediano de Toro; — Garci Fernandez de Gerena. — Éxito
de la Divina Commedia en nuestro suelo. — Miger Francisco Impe-
rial. — Su patria y sus estudios. — Fija su residencia en Sevilla. — Sus
obras. — Análisis de su Dezir á las syete Virtudes. — Doble imitación del
Dante. — Triunfo de la escuela alegórica entre los ingenios andaluces. —
Ruy Paez de Rivera. — Examen de sus principales poesías. — Efectos que
produce en las mismas la imitación dantesca. — Dotes peculiares de este y
los demás ingenios andaluces. — Diferencia entre estos y los castellanos. —
Propágase á los últimos la escuela alegórica. — Resumen.
bi del largo estudio que llevamos hecho puede deducirse,
cual ley constante de crítica literaria, la íntima relación y per-
fecta armonía entre la sociedad y el arte que esta cultiva, nunca
con más razón pudo conflrmarse este principio que, al ser apli-
cado á la literatura castellana durante la segunda mitad del
Tomo v. \\
162 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
siglo XIV. Y no porque la poesía que florece en dicha edad, re-
presente de una manera activa y directa las creencias populares:
no porque refleje viva y enérgicamente el pensamiento 'grande y
trascendental, que habia guiado la civilización española desde el
triunfo de Covadonga hasta la expugnación de Algeciras; sino
porque, á pesar de haberse roto, acaso para siempre, en las es-
feras de la erudición los extrechos lazos que ligaron hasta en-
tonces las producciones del arte con los sentimientos religiosos,
políticos y guerreros, que daban vida y carácter á la nacionali-
dad castellana, revelaban las musas con entera fidelidad y propio
colorido la actualidad moral y aun material de aquel pueblo,
apartado de improviso de los altos fines á que lo encaminaba la
ley superior de su peregrina cultura.
Espejo directo de la sociedad, regida por el débil cetro de
Enrique II y de sus sucesores, era el Rimado del Palacio, fruto
del buen sentido y de la granada experiencia del Canciller Mayor
de Castilla; su estudio nos ha enseñado á discernir que lejos de
proseguirse por la dinastía del bastardo de Trastamara la gran-
de obra de la reconquista, pensamiento y necesidad suprema de
las monarquías nacidas al grito de independencia y de religión, —
olvidada la guerra santa, en que se purificaban de todas sus culpas
grandes y pequeños, gozaban los moros granadinos de larga paz
y de saludable holgura, vueltas las armas de los cristianos con-
tra el seno de la patria, que despedazaban crudamente las dis-
cordias civiles ^
Ahogada en el estruendo de luchas fratricidas la voz del
deber; apagado el entusiasmo popular; perdido el ejemplo de
1 Tratando expresamente de este punto, escribía López de Ayala en su
Rimado respecto de los caballeros de su tiempo:
338 Olvidado han los moros | et les guerras faser,
Ca en otras tierras llanas, | assaz ay que comer:
Unos son ya capitanes | et otros se envian correr;
Sobre los pobres sin culpa | se acostumbran mantener.
339 Los xripstianos lián guerras; | moros eslúa folgado», ele.
Il/ PARTE, CAP. IV, INiíl. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 165
las grandes empresas que hacían hidalgo al pechero y le-
vantaban al hidalgo á la gerarquía de los proceres; — mientras
pugnaban algunos discretos por contraponer á la gloria ficticia
de los héroes caballerescos la gloria verdadera de los antiguos
héroes nacionales '^, enmudecía del todo la musa heróico-erudita
de los castellanos; y ni se repetían los cantos históricos del Sa-
lado y de Tarifa, ni se reproducían tampoco los primitivos can-
tares de gesta que tan alta celebridad hablan dado á los paladi-
nes del cristianismo.
El influjo fatal de lo presente parecía tener encadena-
das las esperanzas de lo porvenir, borrando de la memoria
el noble y fecundo recuerdo de lo pasado. Nuevas ideas, nue-
vas aspiraciones hablan nacido en el mundo de la caballería
y de la nobleza, que para daño propio se mostraba por vez pri-
mera en cierto modo divorciada del pueblo, halagados á deshora
los instintos feudales que habla rechazado constantemente el ge-
nio de nuestra cultura. Nuevas costumbres, nuevos sentimientos
habían penetrado en el seno de aquella sociedad cortesana, que
menospreciando el duradero brillo de las grandes proezas, lleva-
das á cabo por sus mayores, se iba tras las fantásticas ficciones
creadas por extrañas literaturas, recojiendo al cabo en el desas-
tre de Aljubarrota, vergonzoso borrón de la honra castellana, el
legítimo fruto de su desvanecimiento y de su molicie ^. Nuevo
\ Véase lo que sobre esto decimos en el capítulo sig-uiente.
2 Entre los monumentos históricos que nos pintan cuan g-rande fué para
Castilla la afrenta de esta batalla, merece muy preferente lugar un libro del
todo desconocido de nuestros literatos, que con título de Divina Retribu-
ción sobre la cuida de España, etc., se guarda original en la Biblioteca
Escurialense, marcado líl. Y. 1. En esta crónica que abraza desde el de-
sastre de Aljubarrota hasta el triunfo de Olmedo (Toro), se asegura que los
caballeros de Castilla vistieron luto en todo aquel tiempo, en señal de due-
lo, y que sólo cuando el rey don Fernando, victorioso ya de los portugue-
ses, entró en Toledo (1476), se «quitó destos rregnos el duelo et luyto de las
«vestiduras, de que el rrey don Johan el primero et los del rregno se bes-
ticron» (cap. XV). A tal punto habia llegado la decadencia castellana al
final del sisrlo XIV.
164 HISTOKIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
gusto literario dominaba por último entre los que se preciaban
de entendidos, como natural consecuencia de tantas alteracio-
nes, que reflejadas á un tiempo en las obras del arte, descubrían
por ellas la verdadera situación de la corte de los Enriques y de
los Juanes ^.
En aquel mundo artificial, cambiada la materia poética, y
desnaturalizadas las fuentes de la inspiración, no era posible que
viviese la antigua musa de Castilla: faltos los ingenios de verda^
dera ocupación patriótica, é inclinado por su propia naturaleza
á ensanchar el límite de sus conquistas, volvióse el arte erudito
á buscar nuevas preseas en ágenos parnasos, no contentándole
ya las galas del apólogo, que traídas á la literatura española por
los esfuerzos del Rey Sabio, habían fecundado todas las meri-
dionales. La imitación fué, y no podía menos de ser, el único
medio empleado por la poesía para lograr el fin á que forzada-
mente aspiraba: por ella se habia abierto á la contemplación de
los caballeros todo un mundo de ficciones, antes desconocido: por
ella hallaron asilo entre los vates castellanos las reliquias de
la fastuosa poética de los trovadores, cultivadas no sin esmero
desde la época de Alfonso X, y reabilitadas, aun bajo el aspecto
de la idea, desde el reinado del único don Pedro 2. Con estas
allegadizas medras se acaudalaba la musa de los doctos, osten-
tando en sus producciones el sello de aquella doble imitación,
cuando el ejemplo de otras literaturas vino á infundirle el deseo
de poseer sus más preciadas joyas. Éralo á la sazón la alegoría,
llevada al más alto desarrollo por el vate inmortal de Florencia;
y la alegoría fué recibida con aplauso universal en el parnaso
castellano.
Mas no se entienda que semejante forma era del todo pere-
1 Esta situación se refleja más directamente sin duda en la poesía po-
pular^ que pierde en esta época su primitivo carácter, llegando á olvidaren
parte los héroes nacionales, como observó nuestro docto amig-o don Agustín
Duran, y tendremos ocasión de notar oportunamente, al tratar de la refe-
rida poesía bajo todas sus fases y relaciones. Véanse al propósito el capítu-
lo XXIII de la II.* Parte ciclo I y el I de la presente.
2 Capítulo XXII de la II.'' Parto.
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 163
grina á las letras españolas, ni había tampoco nacido en las lite-
raturas de la edad-media. Prescindiendo de los pueblos indo-
orientales, en que tiene reconocida existencia, fué también cul-
tivada en la antigüedad clásica por griegos y latinos, cual figura
de pensamiento, á que daba Quintiliano el nombre de Inversión,
porque mostraba una significación en las palabras y otra en el
sentido ^, y habia ya enriquecido con innumerables bellezas la
gran literatura homérica, cuando destruido el poder romano, fué
aquella arrastrada también en su espantosa ruina. Al consumar-
se tandolorosa catástrofe, y señoreados en las provincias de Ita-
lia los ostrogodos deTeodorico, quien en el desvanecimiento de su
no esperada fortuna, llegó á reputarse cual legítimo restaurador
del Imperio, un cónsul romano que irrita con su noble ingenuidad
la soberbia del bárbaro, escribe en los calabozos de Pavía un li-
bro memorable, donde halla la alegoría nuevo y feliz desenvol-
vimiento.
Severino Boecio era cristiano, habia nacido poeta , y en-
tre los hierros de su prisión trazaba el peregrino poema De
Comolatione. Agobiado allí bajo el peso del infortunio, invoca el
auxilio de las Musas, quienes respondiendo á su demanda , le ro-
dean en su triste cautividad, inspirándole cantos elegiacos. Una
mujer de venerable continente, de penetrante mirada, lozana to-
davía, bien que marcada con el sello de larga edad, de varia es-
tatura, pues que ora parecia hermanarse con la de los hombres,
ora tocaba al cielo con su cabeza y ora en fin penetraba en el
mismo cielo, se le aparece en aquel instante. Era la Filosofía.
A su presencia se retiran las Musas, más aptas para entristecer
el alma que para fortificarla contra los golpes de la desgracia; y
ocupando su lugar, restituye poco á poco al corazón del poeta,
por medio de saludables discursos, la paz interior de que le ha-
bían despojado las sinrazones de los hombres. La alegoría, pues,
animando la más bella é interesante producción de Anicio Man-
lio Torcuato, se erigía en forma artística, destinada á vivir en la
1 «Allegoria dicitur Inversio, quutn aliud verbis, aliud seiisu oslen-
dilur» (Calep. Dic. Eptaling, pág-. 63).
166 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
literatura cristiana, cuyos más esclarecidos cultivadores reciben
con hondo respeto la consoladora doctrina, rodeada de la sublime
aureola del martirio ' .
Y no fueron por cierto los ingenios españoles los últimos en
seguir las huellas de Boecio. El ilustre Isidoro de Sevilla, cuya
grande influencia en la civilización de los tiempos medios hemos
intentado quilatar antes de ahora, escribia bajo la misma pauta el
notabilísimo diálogo que intitula Synonma, dando cuerpo porrae^
dio de la alegoría á la Razón humana, que alumbrada por la luz
de la Filosofía y déla Religión, viene asacar al Hombre del cieno
inmundo de los vicios ^. Atento á trazar la Vida del niño Augus-
to, introduce en ella Paulo Emeritense místicas visiones y perso-
nages alegóricos, que animan con extraordinaria fuerza de colo-
rido los breves é interesantes cuadros debidos á su pintoresca
pluma ^. Arrebatado Valerio de ardiente fé y nutrido su espíritu
con la lectura de los sagrados libros, se eleva en alas de su lozana
fantasía á las regiones celestiales, ya conducido por blancas pa^
lomas, ya guiado por hermosísimos ángeles de candidas y es-
plendentes vestiduras, descubriendo á la humanidad un mundo
desconocido, que sólo podia ser revelado bajo formas alegóri-
cas ^.
Algunos siglos adelante, cuando iba ya reponiéndose la
nación española de la gran quiebra del Guadalete y aspiraba la
1 La muerte de Anicio Manlio Severino Boecio es uno de los borrones
que afean la figura de Teodorico y maniñeslan el género de barbarie que
habia caido sobre Europa. Después de haberle mandado dar cordel en la
frente hasta saltarle los ojos y de haberle casi despedazado con otros no me-
nos terribles tormentos, fué azotado por mano del verdugo, expirando en tan
espantoso suplicio (Anonym. ad amic. Marcel., 1693). La memoria del
martirio cundió con tal respeto á las edades siguientes que, según hemos
visto ya, Boecio fué constantemente designado con el título del Satito Doc-
tor. No se olvide, para el estudio en que entramos, que su libro De Co7iso-
latione era traducido al castellano por el Canciller Ayala en la última parle
del siglo XIV. Adelante mencionaremos otras versiones.
2 Véase el cap. X de la L* parte, pág. 443, etc, del t. I.
3 Cap. IX de la I.^ parte, pág. 410 del t. I.
4 T. I, cap. IX, pág. 414.
11. "^ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 167
literatura latino-eclesiástica á reconquistar sus perdidos fueros,
ensayaba Pedro Compostelano aquella forma literaria en más an-
cha esfera, si bien recordando en la disposición y aun en el título
de su obra la tan aplaudida de Boecio. Su poema De Consolatio-
ne Radoms, personificando al Mundo y á, la Naturaleza, á las
Artes Liberales y á las Virtudes, á la Carne, á la Lujuria y á la
Avaricia i, mostraba claramente que, ya se fundara en la tra-
dición latina, ya se fecundase con el estudio de uno y otro Tes-
tamento , en que brillaban con vivo resplandor las terribles
Visiones de Ezequiel y las maravillosas fantasías del Apocalipsi,
ya en fin se desarrollara con el ejemplo de los árabes, como pre-
tenden algunos modernos críticos -, habia recibido aquella for-
ma literaria en el suelo español no despreciable cultivo, no sien-
do por tanto maravilla que, formada la lengua vulgar, se reflejase
también en las producciones del nuevo arte, á que esta sirvió de
instrumento.
Contadas son, no obstante, las ocasiones en que se revistie-
1 T. II, cap. XIV, pág. 244.
2 Tal es la opinión del muy renombrado crítico Mr. de Villcmain,
quien en su Cuadro de la literatura de la edad-media llegó á sentar que
los «españoles cristianos que no se habían convertido al Corara, se convir-
tieron á la ciencia y á la poesía oriental», etc., (Lecc. XV). No opina así
Mr. Dozy en sus ya citadas Investigaciones, siendo muy probable que á to-
car especialmente la cuestión de la forma alegórica, hubiera aparecido muy
distante de Villemain. Que los árabes conocieron la alegoría no seremos
nosotros quienes lo pongamos en duda; pero que la cultivaran como forma
literaria, propiamente hablando, no podemos concederlo; y por tanto no es
lícito asegurar que la transfiriese su imitación á la literatura castellana,
con la exageración que Villemain manifiesta en cuanto se refiere á esta
parte de sus estudios. Esta observación nuestra es tanto más desinteresada
cuanto que ya habrán podido apreciar los lectores, que si no atribuimos á
la literatura árabe la injustificada influencia que se le ha concedido en los
orígenes de la española, no le hemos negado el galardón de haberla enri-
quecido con las creaciones del arte didáctico-simbólico, merced á los ilus-
trados esfuerzos del Rey Sabio. Como respecto de la alegoría, considerada
ya cual forma literaria, no hallamos monumento alguno que traiga su pro-
cedencia de los árabes, no podemos hacer igual afirmación, sin tomar aquí
plaza de ligeros.
168 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?«OLA.
ron las musas de Castilla de la forma alegórica. Rasgos brillan-
tes, y aun cuadros descritos con notable originalidad y frescura,
habia ofrecido Berceo en la Vida de Santo Domingo, en los Mi-
lagros de Nuestra Señora y en la Vida de Santa Oria ^ Juan
Lorenzo Segura habia manifestado, al pintar el escudo de Aqui-
Ics y la tienda de Alejandro, y al describir las mansiones infer-
nales, que no le eran peregrinas sus galas ^ : ostentábalas tam-
bién el autor del Poema de Fernán González, al representar, bajo
la figura de una sierpe de fuego, á Luzbel, terror de los cristia-
nos ^ ; y enriquecido ya el parnaso español con la imitación de
la poesía provenzal, conforme nos advirtieron oportunamente las
producciones del Rey Sabio, y casi un siglo después las del Ar-
chipreste de Hita, tomaban en el poema de Juan Ruiz mayor bri-
llo y extensión, constituyendo ya sabrosos y cumplidos epi-
1 Dignas son de tenerse presentes la Vision de las tres coronas, que di-
mos ya á conocer en el capítulo V de la II.* Parte, pág-. 260 ; la Introduc-
ción tan celebrada de los Milagros, en que pinta un prado, poblado de
flores bien olientes, frescos veneros y hermosas arboledas que representan
á la Virgen, los Evangelios, las oraciones y los milagros que se propone re-
ferir; y las repetidas Visiones de Santa Oria, parte en que no parecía sino
que estaba adivinando el arte de Alighieri. Véase el citado capítulo de la
11.^ Parte.
2 La pintura del Escudo se contiene desde la copla 610 del Poema de
Alexandre; la de la Tienda de este héroe desde la 2391, en que empieza
la descripción alegórica de los meses del año; la del infierno desde la 2170.
En el infierno, tal como lo concibe Juan Lorenzo Segura, se ven personifi-
cadas y teniendo el dominio de una parte de la ciudad de las eternas tinie'
bras (Dante dijo después la ciudad del eterno dolor), bajo el imperio de la
Soberbia, la Avaricia, la Codicia, la Ambición (á quien sirven como mi-
nistros los logros., furtos, rapiñas y engaños), la Envidia (que reconoce
por hijos las maldiciones, las írisíezas y las traiciones); la Ira (que ali-
menta sin cesar al Odio), la Lujuria (servida de los adulterios, los forni-
cios y la sodomía); la Gula, á quien tienen glotonería y beodez por señora,
y la Pereza (Acidia), fuente de no menos repugnantes vicios. Todas estas
personificaciones muestran que no era peregrino á la musa de Juan Lorenzo
el conocimiento de la alegoría, como forma literaria, capaz de ulterior des-
arrollo. Véase también lo que respecto de este punto decimos en el capí-
tulo IV de la II.* Parte.
3 Véase el cap. Vil de la II.* Parte, pág. 358.
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 169
sodios. Aventurado, y más que aventurado inexacto, sería eí
apuntar siquiera que fué la forma alegórica desconocida de los
ingenios castellanos que florecen antes de la primera mitad del
siglo XIV; pero si no es lícito olvidar los ejemplos, en que se
acredita su cultivo y se vislumbra tal vez el desarrollo que debia
alcanzar en breve, hasta constituir una verdadera escuela litera-
ria, ilustrada por los más esclarecidos varones de nuestro sue-
lo, — tampoco será prudente dejar de consignar en la historia del
arte que este desarrollo se opera en extrañas literaturas, deri-
vándose á la castellana, cuando podia ya fructificar, como tal es-
cuela, en nuestra descaminada poesía.
Muy apegada se habia mostrado la provenzal desde su cuna
á este género de ornatos, siendo familiares las ficciones, en que
figuran bajo el traje alegórico la Lealtad, el Amor, el Honor,
la Franqueza, etc., á casi todos los trovadores que logran en
las Cortes ó tribunales de Amor verdadero aplauso y nombra-
día 1. De la lemosina pasaba la misma ficción á la literatura
francesa y más tarde acaso á la italiana, si ya no es que nació
en ambos pueblos de la imitación de las letras clásicas; y mien-
tras en el suelo destinado por la Providencia á dar vida á la obra
del Renacimiento, primero los trovadores ítalo-provenzales, y
más tarde los poetas sicilianos y del continente, ensayaban las
1 Tan g-eneral Ueg'a á hacerse la alegoría, que hasta en los cuentos ó
novellas constituye con frecuencia la forma expositiva empleada por los tro-
vadores. Pero Vidal por ejemplo nos ofrece entre otras una composición de
este género, en que supone que caminando ses^uido de sus caballeros y
donceles, halla á un caballero de hermoso aspecto y gallardo continente, vi-
goroso, de procer estatura y vestido con la mayor magnificencia, el cual
lleva consigo una dama mil veces más bella, cabalgando ambos palafrenes
ricamente enjaezados y de tan varios colores que no tenían dos miembros ó
partes de su cuerpo de igual pelo ó matiz. Seguíanlos un escudero y una
doncella, notables por su ornato y extremada belleza. El caballero princi-
pal representa al Amor, la dama á la Merced, la doncella al Pudor y el
escudero á la Lealtad, que abandonan la corte del rey de Castilla, donde
no reciben ya la honra que en otros dias. Se vé pues que la alegoría se
amoldaba en la lira de los trovadores al ministerio de la sátira, lo cual
prueba cuan familiar era entre ellos su cultivo.
170 msToniA crítica de la literatlip.a espaísola.
formas alegóricas, connaturalizábanse estas entre los truveras
hasta producir el famoso Román de la Rose, código de aquella
escuela artificiosa y sutil, llamada á tener el imperio de la poe-
sía en las naciones meridionales por el espacio de dos siglos *.
Apenas ofrece, en efecto, la historia de las letras italianas un
nombre digno de estima, cuya musa no se inclinara á seguir
los cánones de la expresada escuela desde que el renombrado
Rambaldo de Vaqueiras transfiere al Monferrato el arte de los
trovadores, ponderando la gallardía y donosura de su Bel Ca-
valier ^^ hasta que Bruneto Latino presenta ya en su TessorC"
to. elevada la alegoría á extraordinario perfeccionamiento 5.
1 El Román de la Rose fué comenzado en el siglo XIII por Guillermo
Lorrís y terminado en el XIV por Juan de Meung. El sentido de este singu-
lar poema es esencialmente satírico: la forma que reviste, propiamente ale-
górica. En él aparecen personificados la Hermosura, el Amor, la Piedad,
la Franqueza, La Buena Acogida, el Peligro, el Falso-Semblante (la fal-
sía), la Mala-boca (maledicencia), etc., virtudes y vicios que tanta influen-
cia tienen en la vida. Una y otra obra, esto es, el poema y su continuación,
fueron conocidos en Castilla, si no á fines del siglo XIV, al menos en la
primera mitad del XV^ pues que el Marqués de Santillana los cita en su
Carta al Condestable y todavía se conservan los códices que poseyó de am-
bos libros en la Biblioteca del Duque de Osuna (Véase nuestra edición de
las Obras del Marqués de Santillana, págs. 620 y 624).
2 Entre otras composiciones de Rambaldo de Vaqueiras que pudiéramos
citar al propósito, no es posible olvidar la que intitula Lo Carros, en la
cual recordando cierta manera de juego caballeresco, usual en el Monferra-
to, supone que las damas de Berceil, aquejadas por los Ce/os, asaltan el car-
ro defendido por Beatriz, su Bel Cavalier, obteniendo esta cumplida victo-
ria. Tratándose de Rambaldo de Vaqueiras y de su influencia en la poesía
italiana, no parece impertinente el indicar que fué este el primer trovador
que empleó la lengua vulgar de Italia, como se prueba con la tensón ó
disputa que tiene con una genovesa (Millot, Hist. des Trobads.; art.: Ram-
baud de Vaqueiras). Rambaldo escribió esta poesía á fines del siglo XII.
3 La acción del Tessoreto, que más de un escritor ha juzgado equivo-
cadamente como un compendio del libro del Tesoro, dado a conocer antes
de ahora (11.^ parte, cap. XIII), es muy semejante, sobre lodo en la intro-
ducción, á la que desarrolló después el inmortal discípulo de Bruneto. Vol-
viendo esle de Castilla, a donde habia pasado para solicitar el favor de Al-
fonso X contra los gibelinos, sabe al llegar á las faldas del Pirineo, que los
II.* PAUTE, CAP. IV, INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 171
Acercábase el instante en que sublimada por el más alto y
peregrino ingenio de la edad-media, iba á fecundar de nuevo
aquella forma literaria todos los parnasos meridionales. La Di-
güelfos han sido vencidos y desterrados de Florencia. Agobiado por el dolor
dice:
Pensando á capo chino
Perdí il gran camino,
Et tenní aUa traversa
D'una selva diversa.
Tornado en sí, se encuentra al pié de una montaña, viendo al par multi-
tud de animales de toda especie, flores, árboles, yerbas, frutos, metales,
piedras preciosas, perlas y otros mil y mil objetos. Todos nacen, viven,
mueren, se reproducen y multiplican a la voz de una matrona, que ya pa-
rece tocar al cielo con su cabeza, ya ensancha su seno en tal manera que
puede extrechar al mundo entre sus brazos. Era la Naturaleza. Bruneto osa
dirig-irle algunas preguntas, á las cuales replica, manifestando que impera
sobre todos los seres, obedeciendo á Dios que la há criado, cuyos precep-
tos trasmite y ejecuta. Prosiguiendo, le expone los misterios de la creación
y la reproducción, le recuerda la caida del ángel y la del hombre, fuente
de todos los males que afligen á la humanidad, deduciendo de estos hechos
altas consideraciones y enseñanzas. Al cabo le muestra el camino que debe
seguir en la selva y los que debe esquivar. Tres se ofrecerán á su vista: en
el primero hallará á la Filosofía y á las Virtudes, sus hermanas; en el se-
gundo á los Vicios, sus contrarios; en el tercero al Dios de Amor, con su
corte y sus atributos. En este momento le abandona, y
Or vá maestro Brunetto
Por un santieri stretto,
Cercando di videre
Et loccare et sapero
Cío' clie gil é destínalo...
En efecto, halla cuanto le habia indicado la Naturaleza, deteniéndose
en la descripción de las Virtudes y los Vicios, conversando largamente con
Ovidio, á quien pinta poniendo en verso los hechos de amor, y descubrien-
do por último á Tolomeo con blanco viso y barba grande, que le explica
los fenómenos del cielo como maestro di strolomia, etc. La alegoría toma-
ba ya en el Tesoretto aquel sentido moral y aquella importancia científica,
que ostentó más adelante al mayor grado de perfeccionamiento, comuni-
cándose á todas las literaturas que, según notaremos, recibieron la escuela
dantesca.
172 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
vina Commedia aparece en el italiano : la luz de la alegoría,
brillando con nunca vistos resplandores, se refleja al par en las
mansiones del eterno dolor, en el albergue consolador de la
esperanza, y en la morada de la beatitud eterna. Por ella se con-
densan los tiempos y se congregan en un mismo espacio los hé-
roes de cien pueblos y generaciones: por ella reciben espanto-
sos y perdurables castigos los más grandes criminales que han
afrentado á la humanidad, sin que la gerarquía á que los ha le-
vantado el mundo, ni la dignidad y consagración de sus perso-
nas y de sus nombres templen un solo instante el rigor de la in-
flexible ley, á que sus vicios y sus pecados los sujetan.
Cuanto existe en la ciudad doliente, cuanto contempla el dis-
cípulo de Virgilio en la prodigiosa montaña del Purgatorio, todo
se halla cubierto de aquel velo misterioso, que envolviendo las pe-
renales amarguras de los hombres, oculta al par las más recóndi-
tas profundidades de la ciencia de Dios, revelando no obstante los
inagotables tesoros de su misericordia y de su gracia. Al tocar el
poeta con planta venturosa las vírgenes regiones del paraíso
terrenal, transforma la alegoría á sus ojos todo lo creado: Beatriz,
emblema de la ciencia divina y objeto constante de santo y pu-
ro amor, aparece en nube de flores, que derraman los ángeles
sobre el carro místico de la Iglesia, donde, representada su do-
ble naturaleza, se muestra el Hijo del Eterno, rodeado de los
cuatro Evangelistas y de las sietes Virtudes i. Por oculto po-
der, que recibe de la Primera Esencia, conduce Beatriz al vate
florentino de planeta en planeta, hasta llegar á la celestial Je-
rusalem, para ocupar la silla de luz que le está destinada, con-
fiando la guia de su amado á un anciano venerable y radiante
de gloria, durante el resto de su viage.
San Bernardo le enseña en efecto á admirar el triunfo
de María, asentada en la cima del primer círculo de la ro-
sa , que figura la inmortal Jerusalem , y obtiene de la ma-
dre del Verbo que le sea permitido contemplar la fuente de
1 Canto XXIX del Purgatorio. Esta visión alegórica es una de las más
bellas de la Divina Commedia.
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 173
la eterna beatitud; pero deslumhrado el Dante á tan subli-
me é inefable espectáculo, sólo acierta á indicar que ha crei-
do ver tres círculos de igual magnitud, bien que de diversos
colores, en el segundo de los cuales ha pensado descubrir una
figura humana. Ante este misterio que es sin duda el más alto
que puede concebir la mente del poeta; ante esta maravillosa
alegoría, la más elevada de cuantas era dado expresar al arte
cristiano, inclina el amante de Beatriz la inspirada frente, po-
niendo término á su desusado canto y sometiendo su voluntad á
la de aquel Primer Amor, k cuyo querer se mueven las estre-
llas y los astros.
Una forma literaria, á cuyo influjo giraba tan complicada y
sublime máquina poética, encerrando en mil y mil cuadros de
admirable estructura todas las galas de una fantasía verdadera-
mente creadora, no podia dejar de- producir extraordinario entu-
siasmo entre los ingenios eruditos. La Divina Commedia avasalla
al par todas las inteligencias y se ofrece á todos los cultivadores
del arte en las regiones meridionales de Europa, como el más
acabado modelo. — Florencia, Bolonia, Pisa, Venecia y Plasen-
cia instituyen cátedras públicas para explicarla, cabiendo la
honra de inaugurar aquella difícil tarea al celebrado autor de
11 Deccamerone *: imítanla al propio tiempo Fazio degli Uberti
en su Bittamondo, Frezzi da Foligno en su Quadriregno, Ar-
menino Bolones en su Istoria Fiorita ^ ; y mientras el renom-
1 El decreto que instituyó en Florencia la referida cátedra, lleva la fe-
cha de 9 de agosto de 1373; — en Bolonia comenzaron las explicaciones
en 1375; — en Pisa en 13S5; — en Plasencia en 1398, época en que Vene-
cia tomaba igual acuerdo. Los primeros expositores que en estas ciudades
tuvo la Divina Commedia, fueron en el orden indicado: Benvenutto de
Rambaldi da Imola, que escribió un largo comentario; Fr. di Bartolo da
Buti; Filippo da Reg-gio y Gabriel Squaro (Tiraboschi, t. V, pág. 39S).
2 Los poemas de Uberti y Frezzi han sido una y otra vez examinados
por los críticos: no así el de Armenino, apenas mencionado hasta ahora. Po-
seyólo el docto Marqués de Santillana en su selecta librería, que dimos á
conocer en sus Obras fpágs. 592 y siguientes), donde en el articulo opor-
tuno hicimos un breve análisis del mismo (págs. 597 y 98). Para conocí-
174 riISTORIA CRITICA DE LA LITEIIATÜUA ESPAÑOLA.
brado cantor de Laura, que sólo llega á conocerla en los últi-
mos años de su vida, se lisongeaba tal vez en sus Triumphi con
la idea de emular sus aplaudidas bellezas, apresurábanse tam-
bién á tomarla por norma y pauta de sus producciones los poe-
tas castellanos que florecen en los reinados de Juan I y Enri-
que III, traida al suelo español por un ingenio que nacido en
Italia, «meresció en estas partes del Occaso el premio de la
wtriunplial é laurea guirlanda» , llevando por excelencia el ti-
tulo, no de trovador ó decidor, sino el más elevado de poeta ^.
Tal hizo el distinguido Micer Francisco Imperial, cuyo nombre
hemos consignado en igual sentido, al comenzar el presente vo-
lumen ^.
Notable era en verdad el movimiento de las musas españolas,
cuando se inicia y triunfa en nuestro parnaso la innovación ale-
górico-danlesca. Pero ya lo dejamos repetidamente insinuado:
mientras se iba de dia en dia ensanchando el círculo de la erudi-
ción, reservada en siglos anteriores á las escuelas clericales;
mientras cundia entre todas las clases de la sociedad aquel noble
estímulo de ilustración, que trastocando en cierta manera el ór-
miento de nuestros lectores no juzg-amos fuera de propósito notar que el
poeta se supone transportado á una selva, donde se le aparece una matrona,
á quien dá el nombre de Piorita, la cual le sirve de g-uía en la extraila
pereg-rinacion que emprende por la montaña de la historia. A su vista,
pasado un rio que dá vuelta á la montaña, se muestran los poetas y los hé-
roes de la antigüedad, desde los tiempos más remotos, recorriendo asi to-
das las épocas y conmemorando todos los pueblos hasta trazar el cuadro de
la grandeza romana. Este poema se terminó en 1329, como consta en el
precioso códice que existe hoy en la biblioteca de Osuna, P. II, lit. M. nú-
mero 8, antiguo. Como advertimos en las Obras del Marques de Santilla-
na, está escrito en prosa y verso.
1 Marqués de Santillana, Carta al Condestable, párrafo XVII.
2 Véase el cap. I. Ya antes habiamos dado á imperial esta legítima re-
presentación en la historia de la poesía española, al publicar la Vida y
Escritos del Marqués de Santillana, con que ilustramos sus Obras (pági-
nas CXV y CXVI de la misma). Los anotadorcs del Cancionero de Bae-
na le negaron toda inttuencia en nuestro parnaso; pero después veremos
con cuan poco fundamento.
II.* I'ARTlí, CAP. IV. INTIl. DE LA ALEGOUÍA DANTESCA. 175
den de la educación y de los estudios, despojaba á las enseñanzas
de la füosofía y de la historia de la sobriedad conveniente para
llegar á fructuosa madurez; y mientras arrojado de su verdadero
cauce, se desvanecía el sentimiento estético del pueblo castella-
no, ambicionando al par las galas y preseas debidas á extrañas
literaturas, — mostrábanse los poetas de la España central infi-
cionados de todos los vicios que traen consigo la pedantería y el
anticipado refinamiento de una cultura imitadora.
Ni era ya para ellos el amor, fuente y vida de todo ar-
te, aquella adhesión pura y agena de toda inverosímil hipér-
bole , que habia brillado con sin igual verdad y pureza en
los primitivos cantares de la musa nacional; ni encerraban
sus canciones y dezires los tesoros de fé y de piedad, que
en no' lejanos dias "la hablan engrandecido ; ni reflejaban la
llama del fuego patrio, que habia iluminado las grandes figu-
ras del héroe de Vivar y de Bernardo del Carpió, de Fernán
González y de Alfonso XI.
Muestra de lo que iba siendo la musa erudita de los cas-
tellanos, inclinada cada vez más al cultivo de la poesia lírica,
eran desde el reinado del Rey don Pedro las obras de don Pero
González de Mendoza, escritas en la juventud de este procer,
que sella en el desastre de Aljubarrota con su propia vida la
acrisolada lealtad de sus abuelos, conforme en su lugar oportu-
namente consignamos * . Ganaban mayor lustre y se acaudalaban
con nuevos primores las formas artísticas: cobraban también ma-
yor flexibilidad y riqueza las formas de lenguaje, por más que sólo
se haya reconocido hasta ahora este adelantamiento en los tiem-
pos de don Juan II ^ ; pero en cambio faltaban la sencillez y na-
1 Véase el capítulo XX de la If.* Parte.
2 Este es el común sentir de la crítica, sin exceptuar los escritores que
han tratado con mayor detenimiento, en los últimos años, de literatura es-
pañola. El examen de los poetas que florecen en la segunda mitad del si-
glo XIV, justifica plenamente nuestra observación, que autorizan además
las doctas palabras del marqués de Sanlillana, relativas á la corte de don
Enrique III, que expondremos oportunamente. Los que sin reparar en los
176 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
turalidad, la concisión y brío de la expresión, caracterizando to-
das las producciones amatorias cierta galantería cortesana, que
se extremaba con el inoportuno ejemplo de los héroes de la anti-
güedad y de los paladines de la caballería, y resaltando en las
historias la lisonjera facilidad del poeta palaciego, cuya inspira-
ción, nacida en el favor de las antesalas de proceres ó reyes,
ni estriba en las creencias populares, ni se aumenta del entusias-
mo que engendran en grandes y pequeños las altas empresas,
llevadas á feliz remate en nombre y para bien de la patria.
Esta enseñanza debemos al estudio de las poesías de Pero
Ferrús y de Alfonso Alvarez de Villasandino, de Perafan de Ri-
vera y del Arcediano de Toro, de Garci Fernandez de Gerena y
de otros diferentes ingenios de la corte de Enrique II y Juan I.
Es el más antiguo de todos, por confesión de Villasandino, el
castellano Pero Ferrús, que hubo sin duda de florecer en parte
del reinado de don Pedro *, abrazando todo el de Enrique II,
según persuade la composición escrita á la muerte de aquel
príncipe. Breve es el número de las obras trasmitidas hasta nos-
otros ^ : cümplense sin embargo en las que existen todas las
observaciones que llevamos expuestas; y ya elogie la belleza de su
amiga, confesándose más enamorado que Lisuarte y que Roldan,
anteponiéndola, en pedantesco paralelo, á Yénus y Palas, á Po-
líxena y Elena, á Briseyda y Dido, á Ginebra é Isolda, y dando-
ing-enios de esta época, supusieron que sólo ofrecía una gran laguna litera-
ria, desconocieron de todo punto la historia del arte.
1 Esto se deduce de las palabras de Alfonso Alvarez de Villasandino,
quien viviendo en la corte de Enrique II, decía á Alfonso Sánchez de Jaén,
denostando sus versos:
Ya en su tiempo don Pero Ferrús
Fizo dezires mucho más polidos
Que non estos vestros laydos é fallydos, etc.
{Canc. de Baena, núm. 124, pág. 124).
2 Tienen en el Cancionero de Buena los números 301, 302, 304
y 305.
II.* PARTE, CAP. IV. INTP.. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 177
le el nombre de Belaguisa, á usanza de los trovadores í; ya se
burle de los ritos y ceremonias de los Rabbíes de Alcalá, exci-
tando la vis poética de los mismos, quienes le replican en igual
género de metros, declarando que no aventajan los ruiseñores en
el vergel los cánticos matinales, con que saludan á su Dios 2-
ya en fin celebre al bastardo de Trastamara, ponderando en él
aquella largueza tan fatal para Castilla y le equipare á los gran-
des reyes pasados, exagerando sus dotes de gobierno y sus es-
casas virtudes bélicas hasta presentarle cual digno del renombre
de conqueridor, que el universal aplauso de sus vasallos habia
dado al debelador de Algeciras, — siempre aparece como partida-
rio de la escuela provenzal, que habia logrado entre los cortesa-
nos excesiva preponderancia. El amor por él pintado, lejos de
revelar una pasión verdadera, se funda en una colección de tér-
minos artificiales, que ni determinan situación alguna de la vida,
ni reflejan ninguna de aquellas cualidades, bastantes á formar un
carácter poético: el sentimiento patrio que se traduce á sus ver-
sos, lejos de personificar el noble y generoso anhelo de la prospe-
ridad pública, se encamina á prevenir con los no merecidos elo-
1 Los anotadores del Cancionero de Baena observaron que Belaguisa
debia ser la heroína de alg^un libro de caballerías desconocido, ó tal vez
palabra compuesta por el autor de bella y guisa (Notas, pág-. 677, col. 1).
Nosotros juzgamos lo último, y damos alguna importancia á este particu-
lar, porque como vá en el texto insinuado, determina al punto que lleg-aba
la imitación de los trovadores. Estos apellidaban á. sus damas con frecuen-
cia Bel-vezer, Bel-donayre, Bel-cavallier, Bel-Semhlant, etc., como nos
enseñan las obras de Bernardo de Ventadour, Rambaldo de Vaqueiras,
y otros muchos de los más renombrados cultivadores de la poesía le-
mosina.
2 Los rabíes de Alcalá usan la lengua de Castilla con la misma soltu-
ra que Pero Ferrús, no desmereciendo tampoco los metros por ellos emplea-
dos de los de aquel afamado trovador. Téngase presente esta observación
para más adelante, en que examinando las poesías de otros judíos y sarra-
cenos, mostraremos cómo se amoldan unos y otros á los progresos de me-
trificación y lengua, contra lo qué han asegurado los traductores de Ticknor,
al pretender fijar la época de ciertos poemas aljamiados. Véase la nota de la
página 154 del anterior capítulo.
Tomo v. 12
178 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
gios del rey muerto el favor, que espera en la magnificencia del
rey vivo ^ .
Análogo juicio puede y debe formarse respecto de Alfonso
Alvarez de Villasandino, apellidado también de lUescas y de
Toledo 2. Concedióle el docto marqués de Santillana título de
grand decidor, añadiendo que podia repetirse respecto de él
«aquello que en loor de Ovidio un grand estoriador describe, con-
1 Esta misma intención descubrimos en la composición que dirig-e Fcr-
rús á Pero López de Ayala, señalada en el Cancionero de Baena con el nú-
mero 305. Después de elogiar sobre manera á los héroes de la antig-üedad,
comenzando por los fabulosos y siguiendo por los grieg-os, troyanos, carta-
gineses y hebreos, no sin mezclar los paladines caballerescos, menciona á
los caudillos y reyes españoles que más se distinguieron por su va-
lor en la obra de la reconquista, diciendo respecto del bastardo de Al-
fonso XI:
Don Enrryque, rrey de España,
Que por esfuerce et por sesso
Todo el mundo tovo en peso, etc.
Sólo suponiendo que Ferrús habia recibido extremada protección de En-
rique II, puede tener disculpa este adulatorio lenguaje, que por desgracia
se hizo harto común entre los trovadores que le suceden, como notaremos
adelante.
2 Esta circunstancia hace creer que Alfonso Alvarez era natural de Vi-
llasandino, siendo heredado en Illescas y morando á menudo en Toledo. De
lo primero persuade la seguridad con que alude á dicho pueblo, tratando
de su naturaleza: de lo segundo nos convence su propia declaración, con-
tenida en estos versos, dirigidos á don Sancho de Rojas (Número 160 del
Cancionero de Baena):
Por non padescer á tuerto,
Vendo todo, á furao muerto,
Quanto ove heredado
En Illescas é aun comprado.—
De lo tercero deponen las frecuentes alusiones, que hace á su residencia en
la imperial ciudad, debiendo advertirse que no otra es la denominación que
lleva en diversos Cancioneros del siglo XV, tales como el de Hijar, el de
la Biblioteca patrimonial de S. M. que daremos á conocer en breve, y el de
la Imperial de Paris, de que poseemos multitud de producciones inéditas.
11." PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA 170
«viene á saber: que todos sus motes é palabras eran metro» ''.
— «Esmalte é lus é espejo é corona é monarca de todos los poetas
»é trovadores, maestro é patrón del arte poética» le apellidaba
repetidamente Juan Alfonso de Baena, al copiar sus numerosas
composiciones en el famoso Cancionero, á que prestó nombre ^.
Tuviéronle en grande estima sus coetáneos, y solicitáronle, para
que elogiase por ellos á sus damas y amigas, magnates tan es-
clarecidos como el conde de Buelna don Pero Niño, y el ade-
lantado Pero Manrique '^. Con cierta vanagloria llegaba él mis-
mo á reputarse verdadero maestro y oráculo de toda poesía,
escribiendo al par cantigas á la Virgen, loores á los reyes, li-
sonjas á sus mancebas •*, y elogios á las damas más ilustres,
1 Carta al Condestable, núm. XVII. El Marqués le dio el apellido de
Illescas.
2 Baena añade que Dios «puso en él gracia infusa», manifestando así
hasta qué punto llegaban la fama de Alfonso Alvarez y la hipérbole de sus
alabanzas (Véase el epígrafe de sus cantigas en dicho Cancionero).
3 Son las composiciones que llevan en el expresado Cancionero los nú-
raeros 8, 10 y 32 que empiezan, la que hizo para Manrique:
Señora, flor de azucena:
las que escribió por ruego del conde, para loor de doña Beatriz, su mugcr,
y cuando el infante don Hernando la prendió:
1.' La que siempre obedescí.
2.' Fasta aquí passé fortuna, etc.
4 Fueron estas doña Juana de Sossa y doña María de Cárcamo, obse-
quiadas ambas por el rey don Enrique, el Viejo (el II), quien ya que no
pudo en otra cosa, imitó en esto, y no sin creces, á su padre don Alfonso.
— Villasandino se mostró tan pródigo en las alabanzas de doña Juana que,
al escribir la cantiga que empieza: Acabada fermosura, le dijo don Enri-
que que pues le habia dado aquel nombre «que ya non fallaría más loores
que decir della». En el Cancionero de Baena existen sin embargo hasta
quince cantigas, demás de la indicada, algunas de las cuales fueron sin du-
da escritas después, mostrando todas cuan versado estaba Alfonso Alvarez
en el lenguaje de las lisonjas y cuan fácilmente se inspiraba por cuenta de
180 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
entre las cuales, haciendo oficio de galanteador, prefirió á la in-
fanta dona Leonor de Castilla, reina de Navarra desde 1375 ^.
En su afán de requerir de amores á cuantas bellas contem-
plaba, iba hasta el punto de tomar por dama la que habia sido
antes combleza de Enrique II, manifestándose á poco andar tan
prendido en las redes de una beldad sarracena que no vacilaba
en asegurarle que «pornía por ella en condición su alma pecado-
ra» ^. Armado entre tanto caballero por el expresado príncipe,
otro. Tienen todas en el Cancionero los números 11, 12, 13, 15, 16, 17,
18, 19, 20, 23, 43, 45, 48, 49, 50 y 51.— Doña María de' Cárcamo, menos
favorecida sin duda, aunque no menos halagada, pues que la apellida luz
de parayso y linda estrella, manifestando que la serviría (don Enrique)
como rey, ora vena muerte ó vida, sólo tiene una cantig-a, desig-nada
con el número 24.
1 Se conservan en el Cancionero citado cuatro composiciones que
se refieren á doña Leonor, designadas con los números 25, 26, 27, 41 y 46.
La primera es un diálogo entre el cuerpo y el corazón, en que uno y otro
se lamentan de los dolores que amor les causa; la segunda es la despedida
de doña Leonor, á tiempo de partir á Navarra; la tercera es cierta manera
de súplica que el poeta dirige á la Infanta para que le mande curar lasjla-
gas de amor; la cuarta tiene por objeto el celebrar la belleza de «unas
lindas doncellas et damas que andavan con la reyna de Navarra», de una
de las cuales se confiesa enamorado; la quinta es en fin un elogio directo
de doña Leonor, ya reina. Estas cantigas, como las anteriores, están escri-
tas, ya en gallego, ya en castellano.
2 Lo primero se deduce de algunas de las cantigas, citadas en la nota
penúltima, tal como la que señalada en el Cancionero con el núm. 45,
comienza:
De grant cuita sofridor
Foy é só, siempre seré, etc.
que según se expresa en su epígrafe, fué escrita por «amor é loor de doña
Juana de Sossa, por que le diera lugar é manera á que la pudiesse loar é
amar é obedecer é servir». De lo segundo nos da testimonio otra cantiga,
que se ha impreso en el referido Cancionero, como prosecución de la que
lleva el núm. 31 (pág. 33) y tiene este estrivillo:
Quien (le lynda se enamora.
Atender deve perdón,
En caso que sea mora.
11.'' PARTE, CAP. IV. INTU. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 181
colmado de bienes y mercedes, é investido con las ambicionadas
insignias de la Vanda, que le ganó sin duda su pericia en las ar-
tes de la guerra *, consignaba Villasandino en sus composicio-
nes el fallecimiento del referido soberano, colmándole de elo-
gios [1579], la muerte de la reina doña Juana [1381], la de
doña Leonor [1582], el desastre de don Juan I, su esposo [1590],
y más adelante lloraba con otros muchos poetas el temprano fin
de Enrique III [1406].
En efecto, la belleza que en esta obra es aplaudida, viene de lynage de
Agar y de la lynia de Ismael, dotada por Mahoma de alvos pechos de cris-
tal y de tal fermosura que la non podía decir el poeta. Este motejaba
después, ó lo habia hecho ya, á Garci Fernandez de Gerena, por sus amores
con una juglaia mora, seg-un veremos en breve.
1 Quejándose al rey Enrique 111 del mal tratamiento que le daban otros
poetas más jóvenes, refiérele su vida, manifestándole que obtuvo desde su
juventud del rey su abuelo honras que mantenia y mantendría (que man-
tengo é manterné), añadiendo:
El qual por quien rogare
Quel quiera Dios perdonar,
Me dio su vanda et collar.
Y luego:
Por este señor cobré
Orden de caballería
E con grand franqueza un día
Me casó con quien cassé.
Deste rescebi é tomé
Muchos bienes é mercedes;
Pues en su corle ya vedes
Sí perdí ó si gané:
Sabe Dios corarao é porqué.
Dios y todo el que lea las cantigas laudatorias de doña Juana de Sossa y
doña María de Cárcamo. — En cuanto á la pericia militar de Villasandino,
parecen acreditarla los siguientes versos de Fr, Pedro de Colunga, al supli-
carle que le declarase «algunas figuras oscuras del Apocalipsis)'.
Señor Alfonso Álvarez^ grant sabio perfeto
En todo fablar de lynda poetria;
Estrenuo en armas é en caballería,
En rregir compañas, sin algún defeto, etc.
182 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Llegaba así á edad avanzada; y aunque gastada su salud y
consumida su hacienda al vuelco de los dados, de que era muy
devoto, no por eso le abandonó su genio poético, ya tomando
parte y aun promoviendo aquellas lides artísticas que tan del
gusto de la corte se hablan hecho, al terminar el siglo XIV;
ya lanzando picantes sátiras contra los contadores y oficiales
reales que eran obstáculo al logro de las continuas demandas
pecuniarias, con que abrumaba á reyes, infantes y magnates;
ya en fin halagando los encontrados intereses de los últimos,
con burla, á veces poco decorosa, de sus elevados adversa-
rios ^.
1 Entre las sátiras más ó menos embozadas que fulmina á veces Villa-
sandino, deben recordarse las que dirije al Cardenal don Pedro de Frias,
valiéndose de las profecías de Merlin, que tanta fama habian logrado entre
los eruditos desde mediados del siglo. En ellas se levanta alguna vez á la
verdadera región del sentimiento patriótico. En la que lleva por ejemplo el
núm. 97 del Cancionero de Baena, leemos estos rasgos que pintan el esta-
do de la corte de Castilla, bajo la privanza del Cardenal referido:
Non prescian al bueno | , sinoii al nialjyn;
Falla el leal | ¡as puertas cerradas:
Las obras del cuerdo | son menospreciadas
E tienen al loco | por grant palazin.
Non facen mención | de Benamarin
Nin de las conquistas | del rey don Ferrando,
E tienen los armas | guarnidas de oryn;
Prescíanse mucho | de rropas brosladas, etc.
Las composiciones señaladas con los números 115 y 116 son de tan in-
trincado sentido que sólo para los que vivieron en aquella edad y recibie-
ron, como un hecho de feliz augurio, la caída del Cardenal, pudieran ser
inteligibles. Otras sátiras escribió más adelante contra los palaciegos que
eran obstáculo á la largueza del joven Condestable don Alvaro de Luna ó
de don Juan II, á quienes ya viejo, cano, calvyllo, y lleno el rostro de
arrugas y el cuerpo de bidmas de socrocio, demandaba vistuario y dine-
neros cada dia, cometiendo á veces censurables bajezas. Entre estas sátiras
es notable la marcada con el núm. 202, no sólo por darnos á conocer que
no falta á Villasandino cierto humor satírico en los últimos años de su
vida [1424], sino porque nos descubre las vejaciones y desprecios de que
fué víctima, doliéndose á menudo de que sus «cantares no tenían ya
dono ni sal» (Núm. 200 del Cancionero de Baena).
11. '^ PAUTE, CAP. IV. INTK. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 183
Tal fué é hizo Villasandino. Por su educación literaria, cuyos
perfiles eruditos ostenta en frecuente y no oportuno alarde; por
la escuela poética, en que desde luego se filia;" por su humor y
su carácter, fáciles á toda lisonja é inclinados á usar de la ven-
ganza; por su poca fijeza y fidelidad en el amor, intemperancia
que tiene el merecido castigo en su segundo matrimonio*; y
úllimamente por la soltura y poco recato de sus costumbres, que
alguna vez se transfiere á su lenguage ^, ofrece Alfonso Ál-
varez de lUescas en la historia de la literatura española la ima-
gen de los antiguos trovadores provenzales, que hicieron, como
él, oficio y ministerio de su vida el cultivo de la gaya sciencia ^.
l La canlig-a núin. 6 del Cancionero citado dá testimonio de que «la
)j postrimera esposa que ovo, que avia nombre doña Mayor,» no fué para Vi-
llasandino «fermosura tan syn erranca» como cantó al celebrar sus bodas
(núm. 5): «repisso del casamiento, más la quisiera tener por comadre que
);por mujer, segund la mala vida que en uno avian, por ^elos et vejez et
«flaco garañón» {Canc, pág. 16).
2 Véanse los dezires que van designados con los núms. 104 y 184 en
dicho Cancionero.
3 Para que fuese más completa esta semejanza, el poeta que habia reci-
bido honras y honores de los reyes de Castilla, preciándose de ser quisto é
amado de ellos (núm. 184 del Canc.) y de ser hidalg-o de dos lanzas (núme-
ro 73), recibió hasta cuatro veces del cabildo de Sevilla la suma de cien do-
blas por otras tantas cantigas, escritas para ser cantadas por juglares el dia
de Navidad. Todas son laudatorias de la capital de Andalucía, poniendo sus
excelencias sobre las de cuantas ciudades tenían á la sazón merecida fa-
ma, en lo cual seguía la norma de los antiguos trovadores, para quienes era
la hipérbole familiarísima. Esta manera de rebajar los ponderados frutos de
su musa, que en tiempo del Rey Sabio le hubiera clasificado entre los que
se envilecían por oficio, llegó en su vejez al extremo, dando á sus poesías
el carácter de los cantares de ciegos y mendigos. El núm. 219 del Cancio-
nero recuerda en efecto los que ya conocen los lectores debidos al Archi-
preste de Hita (11.^ Parte, cap. XXIII, pág. 533): tiene este estrivillo:
Señores, para el camino
Dat al de Villasandino.
No es tampoco para olvidada la circunstancia de haber sido dos veces
184 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Sus numerosas poesías pueden contribuir á esclarecer con muy
curiosos pormenores la historia anecdótica, ó como se dice en el
lenguage culto de nuestros dias, la crónica escandalosa de la
corte de Castilla, durante los reinados de Enrique II, Juan I,
Enrique III, y parte del de Juan II: en ellas se aprende á cono-
cer también el desarrollo que tienen las formas artísticas en la
segunda mitad del siglo XIV, empleados por Villasandino cuan-
tos metros lo habían sido antes y ensayando otros nuevos, que
enriquecía con variadas y fastuosas combinaciones, rímicas : en
ellas pueden y deben apreciarse los notables progresos, que
iba haciendo la lengua castellana, acaudalado el dialecto poé-
tico con frases, giros y maneras de decir antes desconocidas,
y no olvidada tampoco la dicción que es generalmente esme-
rada *.
Rretj de la faba, dignidad grotesca que solicitó por la tercera vez, diciendo
fnúm. 204):
Yo fuy rey, syn ser Infante,
Dos vegadas en Castilla;
Mas mi coyta é mi manzilla
Es por non sser espetante
Para el año de adelante
D'aver la tercera silla.
El monje de Montaudon, famosísimo por su humor cáustico entre los
trovadores, fué también rey del Puy (Millot., Hist. des troubadours, art.
Montaudon; Fauriel, Histoire de laPoés. provenp. t. II, pág. 192).
1 De buen grado pondríamos aquí algunas muestras de las poesías de
■Villasandino: en la imposibilidad de hacerlo con la extensión que deseára-
mos, citaremos la bella cantiga que ocupa en el Cancionero el núm. 44,
notable por la soltura y gracia de la versificación, no menos que por la fres-
cura y corrección de la frase. Empieza :
Vysso enamoroso.
Duélete de mi,
Pues vivo pensoso.
Deseando á ty, etc.
En esta y otras varias poesías de Villasandino hallamos las mismas do-
tes, que hicieron después célebre el nombre del marqués de Santillana, como
autor de las tan aplaudidas serranillas.
II.* PAUTE, CAP. IV. IMR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 185
Mas si le concedemos de buen grado este galardón respec-
to de las formas exteriores, justo es observar que no descubri-
mos en Alfonso Alvarez, fuera de la prodigiosa facilidad que el
marqués de Santillana le concede, ninguna de aquellas dotes
que constituyen al verdadero ingenio, dándole elevada y legí-
tima representación en la historia del arte. Su patriotismo se
nutre, como el de Pero Ferrús, de esperanzas cortesanas: sólo
se despierta en él ó cuando ha recibido alguna ofensa, ó cuando
no halla la gracia que solicita, aquel sentido moral que daba
tan alto precio á la musa de Pero López de Ayala ; y si alguna
vez, dominado del sentimiento religioso, dirige sus cantigas á la
Virgen María, resalta en ellas lo humano sobre lo divino, por
más que se vanagloriase de que alguna era bastante á libertarle
de la condenación eterna •.
Ni ofrecen por cierto distintos caracteres Perafan de Ribera
y el Arcediano de Toro. Si no es lícito despojar del título de
poeta al noble adelantado de Andalucía, patriarca de aquella
ilustre familia que se distingue por su amor á las letras y á sus
cultivadores, tampoco merece alto galardón en nuestro parnaso.
Una sola composición, y esta adjudicada con ciertas dudas, co-
nocemos de dicho ingenio, más propia para mostrar que no era
amigo de dádivas excesivas que para hacer alarde de su talen-
to poético. Rechazaba en ella la petición de Alvarez de Illescas,
que parecía tomarle por padrino de sus desdichadas bodas, y
versificábala con notable soltura al uso de los que seguían la
escuela de los trovadores -. Con mayor aplauso escribía el Ar-
1 La cantiga á que aludimos, es la segunda del Cancionero de Baena
y tiene este estribóte ó estribillo:
virgen digna de alabanca,
En ti es mi esperanca.
El mérito literario de esta cantiga está muy lejos de lo que juzgaba
Villasandino.
2 Es el decir que lleva el núni. 113 en el tantas veces citado Cancio-
nero: en su epígrafe se lee que «algunos decian que la fizo por rruego del
dicho adelantado (Ribera) Ferran Pérez Guzman;;.
186 HISTÜUIA CKITICA \)E LA LHEUATLKA ESPAÑOLA.
cediano, que lograba después ser conmemorado por el ilustre mar-
qués de Santillana, citando expresamente las composiciones que
le ganaron la estima de los eruditos '. De rendido y fiel enamo-
rado, hasta morir ai golpe de los desdenes de su dama, se pre-
ciaba en todas las poesías que han llegado á nuestras manos,
escritas como otras muchas de Yillasandino en el dialecto galle-
go, tan de moda entre los ingenios de la corte, como apuntamos
en otro lugar y notó el celebrado autor de la famosa Carta al
Condestable '^. Mas no por confesarse tan apasionado, y retirar-
se del mundo, al ver malogrado su amor, y hacer testamento,
al sentirse morir ^, respondió la musa del buen Arcediano á los
1 Cuando dimos á luz las Obras del Marqués de Santillana, abrigába-
mos la esperanza de averiguar el nombre de este famoso Arcediano: las
personas, á quienes en Toro y Zamora teníamos dado dicho encargo, nada
han podido adelantar en esta investigación; y aunque no es imposible que
algún dia se tropieze con los documentos inútilmente buscados hasta ahora,
cúmplenos decir que sólo sabemos de cierto lo que nos advirtió el expresa-
do marqués en el núm. XVII de su Carta al Condestable. El Arcediano
floreció en tiempo del rey don Johan 1. — Véase no obstante el núm. CXIV
de la Biblioteca del Marqués al final de sus citadas Obras.
2 Núm. XIV.
3 Esta composición del Testamento no la citó el Marqués de Santillana.
Tiene en el Cancionero el núm. 316, está en versos de maestría mayor, y
comienza;
Poys que me velo á morte chegado, etc.
Entre los legados que vá haciendo, dice:
A miña loa arte de lindo trobar
Mando á Lope de Porto-Carreyro,
poeta coetáneo suyo, no mencionado por el Marqués, á quien debió tener
en mucha estima, como tal trovador, pues que añade que le hace este lega-
do de su arte,
Porque sabrá della muy beu usar.
Demás de las composiciones que citó don Iñigo López de Mendoza, se Icen
n." PARTE, CAP. IV. INTK. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. j 87
acentos del verdadero dolor, así como tampoco habia sentido el
estímulo del amor verdadero. Primoroso en el arte de metrificar
y de rimar, cual lo eranVillasandino y los demás trovadores, de
quienes se despide en su fingida cuita ^, nada hallamos en sus
obras que nos revele las altas aspiraciones de la civilización
castellana, ni la originalidad de su carácter, avassillado por el
espíritu de escuela, como el de sus más señalados coetáneos.
Más original que el Arcediano se mostró sin duda Garci
Fernandez de Gerena, merced á muy especiales circunstancias
de su vida. Honrado desde su juventud con cierta estimación y
privanza en el palacio de don .Juan I, pedia al rey por muger,
llevado de ciega codicia, «una juglara que avia sido mora,
pensando que ella avia mucho tesoro». Otorgósela don Juan;
en el Cancionero de Baena (núms. 311, 312, 315) las cantig-as que em-
piezan:
—Por Deus Mesura.
—En muy forte pensamento.
—Ora me conven este mundo lexar.—
La que empieza:
Crueldat et trocamento,
no aparece entre ellas, y sí adjudicada con el núm. 18 á Villasandino. Es-
ta equivocación de Juan Alfonso de Baena, prueba que siendo una la es-
cuela poética del Arcediano y del caballero de la Yanda, se confundian ya al
mediar el siglo XV, las composiciones gallegas de ambos.
1 Despidiéndose en la composición A Deus, Amor, á Deus, el rey, de
todos sus amigos, dice el Arcediano:
A Deus, amigos señores,
Que muyto amé;
A Deus, os troliadores.
Con quen troLé, etc.
Estas palabras no dejan duda alguna de que eran numerosos los trovado-
res de la corte de don Juan I, mostrando al par el género de poesías que
cultivaban, trabando juntos, esto es: cantando de una misma suerte y por
una misma arle.
188 HISTÜUIA ClllTlCA Üt; LA LlTEHATLlíA tSI'A.ÑOLA.
pero apartándole desde aquel punto de su lado. Esta repulsa, el
desengaño de la soñada riqueza y el general menosprecio que
atrajo sobre su persona aquella desusada y desigual unión, hu-
bieron de moverle á prorumpir en estériles lamentos, que pen-
só tal vez hacer interesantes, mezclándolos al universal de Cas-
tilla «después de la batalla de Aljubarrota».
La deshonra que juzgó cubrir con los tesoros de la juglaresa,
le echó al cabo la corte y aun de la sociedad, retrayéndose con
su mujer á una ermita, cercana á Gerena, donde pasó algún tiem-
po en simulada y al parecer fervorosa penitencia, ya componiendo
devotas cantigas en alabanza de Dios, ya tomando á la Virgen por
su intercesora. Al fin le arrancaba su índole versátil de aquel re-
tiro, y fingiendo «que iva en rromeria á lerusalem», embarcóse
en Sevilla con la juglaresa, dirigiéndose á Málaga y pasando de
allí á Granada, para renegar la fé de sus mayores y abrazar el
mahometismo. Trece años vivió en tierra de moros, olvidado de
su patria y encenagado en liviandades con una hermana de su
mujer, hasta que cansado sin duda de andar errante, tornóse á
Castilla [1401], más cargado de hijos de lo que su pobreza con-
sentía, mendigando la caridad ó excitando la indignación de sus
antiguos amigos, que motejaban su vejez con el infamante dicta-
do de apóstata ^ .
Fácilmente se alcanza que las obras poéticas, fuente de se-
mejantes noticias biográficas, debían tener alguna originalidad,
aun cuando fuese esta nacida en parte de la misma extravagan-
cia de la vida del poeta. Es Garci Fernandez uno de aquellos
ingenios, á quienes concede el cielo imaginación lozana y pin-
toresca: sus poesías que no carecen de pensamientos profundos
y alguna vez elevados, muestran que le era familiar el conoci-
miento de las formas artísticas de la escuela provenzal y que
1 Villasandino, en la composición que lleva el núm. 107 del Cancio-
nero, le hace cierta especie de inventario de las cosas que habia ganado,
al renegar la ley de Jesucristo. Es obra no sin gracejo, pero de poca auto-
ridad en quien ponia en peligro su alma, por amor de una mora. Véase la
nota de la pág. ISO.
II.* PARTK, CAP. IV. 1NTI5. DE LA ALEf.ORIA DANTESCA. 180
dominado por influjo más favorable íi la nacionalidad castellana,
hubiera podido levantarse á más alta esfera. Pero descaminado,
como todos sus contemporáneos, y sujeto más que todos á los
raros accidentes de una vida borrascosa, en que llegó natural-
mente á embotarse el sentimiento patriótico, ni pensó siquiera
en consagrar su musa á la gran causa de la civilización españo-
la, ni pudo hablar otro lenguaje que el ya convenido en el círcu-
lo artificial de los que se apellidaban trovadores, ni revelar tam-
poco otra individualidad poética que la reflejada exteriormente
en sus propias vicisitudes. Garci Fernandez de Gerena, aunque
no con la variedad de Villasandino, daba no obstante á conocer
el progreso de las formas artísticas y de lenguaje, mereciendo
en este concepto no despreciable lugar en la historia de la poe-
sía castellana ^ .
En igual sentido aparecían cuantos profesaron la gnya scien-
cia durante los reinados de Enrique II y Juan I, en cuya corte
obtenían los juglares privilegios y exenciones únicamente con-
cedidos, antes de aquel tiempo, á los primeros personajes de la
república 2. Privaba entre los eruditos aquel arte que dejó de
existir un largo siglo habia en el suelo que le dio nombre; y
1 Entre las composiciones de Gerena es notable la cantiga «que fiso en
loores de Santa Maria», la cual tiene este estrivillo."
virgen flor, de espina,
Syenipre te serví:
Sancta cosa e dina,
Rruega á Dios por mí.—
En ella, como en todas, resaltan las dotes que le dejamos reconocidas.
2 Concediendo el rey en privilegio de 9 de abril de 1398, dado en el
monasterio de Pelayos, ciertas inmunidades y exención de pechos y derra-
mas á los oficiales reales, incluye entre ellos y como tales los considera «á
sus falconeros et menestriles, et al su trompero et joglares et copero». La
merced referida era para siempre jamás, imponiendo la pena de diez mil
maravedís á todo el que fuese contra ella, y mandando que fuesen de-
vueltos á todos los dichos oficiales los pechos y derramas que de ellos se hu-
biesen recibido.
100 ÍIISTOniA CRÍTICA DE LA I,ITEnAT[RA ESPASOLA.
mientras Alfonso González de Castro ^ y otros muchos que se
extremaron en su cultivo, pugnaban por trasmitirlo á la poste-
ridad, comenzó á alborear en los horizontes del Parnaso caste-
llano el astro de la Divina Commedia que habia eclipsado ya en
el suelo de Italia la estrella de los trovadores.
No alcanza Micer Francisco Imperial éxito tan cumplido como
el cantor de Beatriz: que ni podia esto esperarse de quien imitaba,
ni le habia dotado la Providencia de aquel talento prodigioso, ni de
aquella maravillosa imaginación, con que le plugo enriquecer al
prófugo inmortal de Florencia. Su obra, mucho más modesta y
de muy más reducidas proporciones respecto del arte, intrínseca-
mente considerado, no dfejaba de ser trascendental en orden á la
poesía castellana, que falta á la sazón de verdadero norte y de
fin propio, acogia sin restricción alguna y pretendía hacer suya
la alegoria dantesca, al verla resplandecer en las producciones
del ilustrado poeta que la transferia al suelo de España. Mas
digno es de notarse, por su especial importancia en la historia
de nuestras letras, que esta innovación, destinada á triunfar así
1 Don Iñigo López de Mendoza cita íl este poeta antes que al Arcediano de
Toro; pero según notamos en las Obras del Marqués (Biblioteca, núme-
ro XXII), es muy posible que viviese hasta entrado el siglo XV, á lo cual
se inclina don Francisco de Torres en su Historia de Guadalajara, de
donde era natural, manifestando que vivia en 1415. Rades de Andrada
menciona en 13S5 un frey Alonso González de Castro, comendador de Ca-
latrava {Crón. de las tres Órdenes, fól. 65), hecho que no debió ignorar don
Iñigo López, quien á haber sido dos diferentes personages, hubiera procurado
distinguirlos de algún modo. Sea como quiera, al citarle en este lugar,
le consideramos como discípulo de la escuela provenzal, fundándonos en una
de las canciones que menciona el marqués y que Alfonso de Baena adjudicó
equivocadamente á Macías. Esta cantiga que tiene el núm. 309 en el Can-
cionero, comienza:
Con tan alto poderío,
Amor nunca fué juntado, ele,
y aparece animada do cierto sentido alegórico, bien que muy distante do la
escuela dantesca.
11.* PARTE, CAP. IV. INTU. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 191
en las comarcas donde se hablaba el idioma de Castilla como en
las que conservaban todavía sus nativos dialectos, se inicia y
echa vividoras raices en el suelo de xVndalucía.
Oriundo Micer Francisco Imperial de una ilustre familia de
Genova, en la cual habia residido más de una vez la primera
dignidad de aquella república, y natural de la misma ciudad,
cuyo mayor poder consistía en la actividad y extensión de su
comercio, trájole sin duda á la Península Ibérica Jácome ó Jaime
Imperial, su padre, famoso mercader de joyas que se avecinda-
ba en Sevilla durante el reinado de don Pedro ^. Hallábase en-
tonces Micer Francisco en su primera juventud: su amor á las
letras, y sobre todo á la poesía , le habia hecho iniciarse en el
conocimiento de los vates griegos y latinos, que más alto re-
nombre hablan logrado en la antigüedad clásica: Homero, Yir-
giüo, Horacio, Lucano, cuantos poetas, merced á los esfuerzos
de Petrarca y sus discípulos, comenzaban á ser estimados por
sus producciones, cuyas bellezas habían sido antes más presen-
tidas que justamente quilatadas, le eran familiares -. Su edu-
cación literaria se habia formado no obstante en aquellos mo-
mentos en que la gloria de la Divina Commedia y el aplauso de
su inspirado autor llenaban todos los ángulos de Italia: domi-
1 En el testamento del rey don Pedro, dado á luz al final de su Cróni^
ca, se cita en efecto á Jácome Imperial, como tal mercader de joyas. Ha-
blando de las que legaba á su hija Constanza, deciar el rey: «El otro alha-
j)yate es el que compró Martin Yañez por mi mandado aqui en Sevilla, que
Mtraxo de Granada Jaimes Emperial, en que ha cinco balaxes», etc. (pági-
na 562j. Que Micer Francisco nació en Genova consta del encabezamiento
que llevan sus poesías fpág-. 197 del Cancionero), siendo muy de notar la
circunstancia de haber conservado toda su vida el título de MÍQer, propio de
la lengua italiana, bien que aplicado también de antiguo entre los catala-
nes y aragoneses, manifestando así la influencia que de la patria de Pe-
trarca habían recibido,
2 imperial daba razón de sus estudios clásicos, cuando decía:
En muchos libros ley
Horaero, Virgilio, Dante,
Boecio, Lucaii, des y
En Ovidio de Amante, ole.
192 HISTORIA crítica de la literathiía española.
nado por aquella gran reputación, seducido por la sublimidad y
belleza de aquellos cantos que se repetian al par en los alcáza-
res de los príncipes y en las tiendas de los mercaderes, en los
talleres del artesano y en las plazas públicas i, dábale la pre-
ferencia entre todos los grandes maestros del arte; y consagra-
do á su constante estudio, aspiraba á poseer los medios artísti-
cos y literarios, á que el cantor de Beatriz habia dado tan des-
usada perfección, y se resolvía á ensayarlos en el habla caste-
llana.
No era en verdad la empresa de Miger Francisco Imperial
una de aquellas, para cuyo logro basta sólo la voluntad de quien
las acomete. — Aunque más trabajada de lo que vulgarmente se
ha creído, contaba la lengua que ilustran Alfonso X y San-
cho IV, escasas tentativas para dotar al Parnaso español de los
metros endecasílabos: el mismo Rey Sabio en el dialecto gallego,
en que escribe sus Cantigas, el Archipreste de Hita en alguno
de sus himnos á la Virgen y el príncipe don Juan Manuel en
los dísticos [viessos] de los apólogos , que componen el Conde
Lucanor, y tal vez en su Libro de los Cantares, desdi-
chadamente perdido para la historia literaria, hablan inten-
tado aclimatarlos, tal vez á ejemplo de los trovadores; pe-
ro no seguido el suyo ó seguido con menos empeño y perse-
verancia de lo que se habían menester para lograr éxito cum-
plido, fueron de poco fruto sus esfuerzos, dejando esta gloria, si
tal puede llamarse, á otros más afortunados.
Ni era tampoco fácil tarea la de amoldar á la referida metrili-
cacion el dialecto poético del parnaso castellano, existente ya en
aquella edad, por más que se haya dicho lo contrario, suponiendo
que sólo llega á formarse en los tiempos de Juan de Mena -. Im-
1 Véase la nota 86 del capítulo XVIII de la 11.^ Parte.
2 Esta opinión ha g-eneralizado en nuestros días la autoridad del docto
don Alberto Lista y Aragón, en sus Ensayos literarios y críticos (t. II,
Del lenguaje poético, art. II). Mas á pesar del gran respeto con que pronun-
ciamos siempre el nombre de este varón esclarecido, debemos notar aqui
que siendo desconocidos en su tiempo los poetas de que tratamos, no le fué
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 195
portantes modificaciones, hijas de la misma naturaleza de la in-
novación, debia pues experimentar la dicción poética para ajus-
tarse al estilo y metro que habia sublimado el Dante; y unidas
una y otra dificultad á la no menos considerable de tomar por
instrumento una lengua no aprendida en la cuna, hacíase alta-
mente meritoria y no muy fácil y segura la empresa del poeta
genovés, que intentaba dotar á la literatura castellana de las galas
de la alegoría dantesca, mientras hallaba racional disculpa su po-
ca fortuna, al dar cima á semejante empresa.
Desgraciadamente no poseemos hoy todas las poesías, escri-
tas por Micer Francisco Imperial con el indicado propósito ; mas
entre las que han llegado á nuestros dias, cual muestra de su
talento y para justificación de las palabras del docto marqués de
Santillana, se cuenta una composición de tal entidad, así por su
naturaleza como por sus formas, que nada nos deja que desear,
respecto del fin á que aspiraba y de los medios empleados para
alcanzarlo. Hablamos de la que en el Cancionero de Baena es
designada, no con entera propiedad, con el titulo de Desir á las
syete Virtudes ^ Imperial, teniendo siempre delante de sí la
simpática imagen del amante de Beatriz y no cayéndosele de las
manos la Divina Commedia, no sólo se confiesa en la citada pro-
ducción su admirador y discípulo, sino que poniendo al Dante en
el mismo lugar que este habia dado á Virgilio, se complace en
recibir del gran poeta el nombre de Hijo, dándole el de Maestro
y Sumo Sadio, y bebiendo en su inmortal epopeya inspiración y
doctrina.
Pero sobre ser el Besir á las syete Virtudes en su es-^
tructura general una imitación tan palpable de la Divina Com-
posible formar cabal juicio respecto del dialecto poético empleado por los
mismos. En cuanto á la diferencia que existia entre dicho lenguaje y el
prosaico, no se olvide que aquel respetable maestro confesó ing-enuamente
que desconocía el Conde Lucanor (id., id., pág-. 206), y que por tanto no
alcanzó á quilatar su mérito literario, así como tampoco pudo apreciar nin-
guna de las obras del siglo XIV que dejamos juzgadas.
I Mejor seria Vysion de las syete virtudes y de los syete vigios. Tiene
en dicho Cancionero el núm, 250.
Tomo v. 13
194 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
media, apenas hay en él pasage alguno que no tenga su origi-
nal en el Purgatorio ó en el Paraiso, partes á que por su mis-
ma índole principalmente se refiere. Micer Francisco Imperial,
no llegado todavía á la cumbre de su vida *, se dirige al des-
puntar la aurora á un verde prado, donde al lado de cristalina
fuente contempla un florido rosal, sintiéndose, al aproximarse (l
él, poseído de grave sueño, que no embargaba no obstante su
fantasía. Para decir á los hombres lo que en tal sueno se le re-
presenta, invoca el auxilio de Apolo, siendo esta la vez prime-
ra que en lengua castellana era solicitado el favor de aquella
deidad gentílica. Imperial imitaba aquí y seguia con singular
fidelidad la invocación, que hace el Dante en^ el canto I del Pa-
raíso: el vate florentino habia exclamado :
O buono Apollo, all' ultimo lavoro
Fammi del tuo valor si fatto vaso
Come dimandi á dar l'amato alloro.
Entra nel petto mió, e spira tue,
Sí come quando Marsía traesti
Della vagina della membra sue.
O divina virtú, se mi ti presti
Tanto, che l'ombra del beato regno
Segnata nel mió capo io manifesti.
Su imitador decia:
Sumo Apolo, á tí me encomiendo:
Ayúdame tú con suma sapiencia
Que en este sueño que escrevir atiendo
Del ver non sea al desir defyrencia,
1 El poeta dice: De la mi edat aun no en el ssomo, imitación palpable
de: Nel mezzo del cammin di nostra vita, con que empieza la Divina Com-
media. Observando que antes de 1394 escribió varias composiciones^ ya al-
gún tanto olvidado de la imitación dantesca, tales como las que sedirijen a
la manceba de don Alfonso de Guzman , muerto en dicho año (Canc. de
Baena, núms. 238 y 239) es muy probable que compusiera este decir en
la referida centuria, rayando ya en los cuarenta años. Aun no en el ssomo
de su edat, como dice.
11.* PARTE, CAP. IV. IMR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 195
Entra ea mis pechos; espira tu ciencia,
Como en los pechos de Febo espiraste,
Cuando á Marsía sus miembros sacaste-
De la su vayna por la tu excelencia.
¡O suma luS;, que tanto te aleaste
Del concepto mortal, á mi memoria
Eepresta un poco lo que me mostraste
E faz mi lengua tanto meritoria!... etc.
Terminaba la invocación, en que manifiesta que así como á
veces sigue á una breve centella inmenso fuego, así también
puede seguir á su inspiración otra que luzca en Castilla con
más duraderos resplandores, entra pues en la descripción del
prado misterioso, donde dormia, trasunto del que pinta el aman-
te de Beatriz en el YII canto del Purgatorio. A su vista apare-
cen aquellas estrellas non visle mai, que se mostraron á su maes-
tro, al llegar á las regiones de la Esperanza ^ : siguiendo su
luz, dá en un arroyo que le conduce á un hermoso jardin, defen-
dido por un muro de esmeralda, coronado de olorosos jazmines y
rodeado del mismo arroyo, cuyas cristalinas aguas producían, al
formar dulce cascada, la más apacible música. Ninguna entrada
habia descubierto, pareciéndole imposible penetrar en tal recin-
to, cuando divisó una puerta de rubí, la cual se bajaba para dar-
le paso, como un puente levadizo. Al pisar aquella venturosa
tierra, blanqueaban, como el armiño, sus vestiduras; y vuelto á
la mano derecha creia ver sobre la yerba las huellas de humana
planta, cuyo rastro le lleva hasta un rosal, tras el cual mira le-
vantarse un hombre, que le saluda cortesmente. Hé aquí cómo le
describe:
Era en [su] vista benigno é suave
E en color era la su vestidura
Cenisa ó tierra que seca se cave 2;
Barba é cabello alvo sin mesura.
1 Purg-atorio, Canto I.
2 Estos dos versos son casi literal traducción de los sig-uicntes, en que
describió Dante el trage que vestia el ángel que g-uarda la puerta del Pur-
gatorio (cant. IX):
Genere, o térra, che seca si caví
D'un color fora col suo vestimento, etc.—
i 96 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Traya un libro de poca escriptura,
Escripto todo con oro muy fino,
E comenzava. En medio del camino,
E del laurel corona é gentura.
De grant abtoridad avia semblante,
De poeta de grant exgelenQia,
Onde omilde enclinéme delante,
Fasyéndole devida reverengia;
Et díxele con toda obediencia:
«Afectuosamente á vos me ofresco
Et maguer tanto de vos non meresco,
Ssea mi guya vuestra alta cyengia» i .
El Dante, que no otro es el aparecido, se le ofrece en efecto
por guía, llevándole de la mano hacia las estrellas misteriosas,
mas no bien habían andado cien pasos, cuando resuenan en sus
oídos «voces angelicales é mussycado canto», á que responden
otras muchas con los himnos de Manet in charifate, — Ci^edo in
Deum, — Spera in Beo, percibiéndose entre los rosales más cer-
canos una dulce voz que decía:
....Qualquier que el mi nombre demanda,
Ssepa por gierto que me llamo Lya,
E cojo flores, por faser guirlanda,
Commo costumbre ál alva del dia» -.
1 En esta aparición y pintura total del Dante hallamos notable seme-
janza con la de Catón de Utica, contenida en el citado canto del Purgato-
rio. Aunque Imperial recordó algunos rasgos del retrato, que hace Alighieri
de su propia persona en varios pasajes de la Divina Commcdia, no olvi-
dando el trage que vestia en su fantástica peregrinación, conservó algunas
pinceladas de las que animan la fisonomía del Uticense. Dante escribía:
Vidi presso di me un veglio solo,
Degno di tanta reverenza in ■vista
Che piü non dee á padre alcun ügliuolo.
Langa la barba é de piel bianco mista
Portava á suoi capegll simigliante.
2 Los anotadores del Cancionero de Baena dicen sobre este pasage:
«Lia es el nombre de una hermana de Raquel que fué después muger de
11.^ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DAiNTESCA. 197
Absorto Imperial d, tanta maravilla, sacábale el Dante de
aquella suerte de arrobamiento, manifestándole que hablan lle-
gado ya al rosal que florece en medio del prado, desde el cual se
contemplaban las siete estrellas. Formaban las tres primeras bri-
llador triángulo y describían las segundas, que se parecían más
lejanas, no menos esplendoroso quadrángulo: unas y otras te-
nían en el centro la imagen de hermosísimas matronas, cuyas
sienes ceñían bellas coronas de oro, representándose en los rayos
de todas gallardas doncellas, exornadas de vistosas guirnaldas.
De color de llama viva eran las primeras, y más blancas que
la blanca nieve las segundas, entonando unas y otras perenne
cántico de alabanza á Dios con tal pureza y honestidad que no po-
dían ser reveladas por el poeta. Descríbelas éste después indivi-
dualmente por boca del cantor de Beatriz, resultando ser las Vir-
tudes Teologales y las Cardinales: de la Caridad nacían como
otros tantos rayos, la Concordia, la Paz, la Piedad, la Compa-
sión, la Misericordia, la Benignidad, la Templanza, la Libertad,
la Mansedumbre y la Guerra: de la Fe, que se ostentaba abra-
zada á un árbol de doce ramas ^, la Mundicia (Pureza), la Casti-
dad, la Reverencia, el Afecto, la Religión, la Firmeza, la Obedien-
cia y la Herencia (Tradición): de la Esperanza la Fiuzia (Gon-
»Jacob; mas en este lugar parece aludirse á algún personaje mitológico que
»nos es desconocido» (Notas, pág. 670). Lástima fué que no reparasen en
que Imperial iba siguiendo las huellas del Dante, para ver que los versos
trasladados son traducción casi literal de los que pone el cantor florentino en
boca de Lia, al representar en ella la vida activa, ya en el paraíso terre-
nal. El discípulo de Virgilio habia manifestado que Lia, hermana de Ra-
quel^ en quien personifica la vida contemplativa, andaba cogiendo flores,
y decia cantando :
Sappia qualunque '1 mió nome dimanda
Ch'io mi son Lia é vo movendo 'ntorno
Le baile mani á farmi una guirlanda.
Hasta la rima copió aquí Imperial, no siendo por tanto ni mitológico,
ni desconocido el personage, á que alude.
1 Bella representación alegórica de Jesu-Cristo y los doce apóstoles.
198 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
fianza), el Apetito, el Amor, el Deseo, la Certidumbre y el Espe-
rar. Tenia por hijas la Justicia el Juicio, la Verdad, la Lealtad,
la Corrección, la Persuasión, la Igualdad y la Ley: reconocíanse
cual derivadas de la Fortaleza la Magnanimidad, la Magnificen-
cia, la Seguranza, la Paciencia, la Mansedumbre, la Grandeza y
la Perseverancia: dependían de la Prudencia la Providencia ^, el
Comprender, el Enseñamiento, la Cautela, la Solicitud y el Aca-
tamiento: y obedecían á la Templanza, como á madre, la Conti-
nencia, la Castidad, la Limpieza, la Sobriedad, la Vergüenza, el
Templamiento, la Honestidad, y la Jliimüdad que desprecia las
grandezas del mundo. Dante declara á Imperial, terminada aque-
lla descripción, en que explica su propia visión de las virtudes ^^
que de nada le aprovecharla la vista de las siete estrellas, sin
conocer á la Discreción, madre de las mismas, mostrándosela al
propio tiempo apartada de todas, cubierto el rostro de blanco ve-
lo, vestida de gris y entonando los mismos himnos que las demás
cantaban:
Yo ende miro et vi dueña polida,
Só velo alvo et de gris vestida,
Tener del canto la tenor con ellas.
Perplejo y vencido de la novedad quedó Imperial, meditando
en la visión que tenia delante, hasta que la voz del amante de
Beatriz, cumpliendo el piadoso ministerio que esta habia desem-
1 La voz providencia está aquí usada cii la acepción que le dieron los
latinos y el mismo Dante repetidas veces. Cicerón decía: «Ea virtus ingenii
sad bona dilig-enda, reiicienda contraria, ex providendo est apéllala provi-
»dencia» (De legibuslib. /.)• Imperial quiso pues representar con este nom-
bre ese noble atributo de la Prudencia.
2 Es muy digna, de notarse la conformidad de Imperial y de los primeros
comentadores del Dante respecto de la representación de las cuatro estrellas
del paraíso. Esto nos induce á creer que si no le eran familiares los comenta-
rios deBoccacio, Benvenutto de Imola, etc., que ven en ellas el emblema de
las virtudes, interpretaba sin duda el sentimiento y creencia universal de
cuantos saboreaban en Italia las bellezas de la Divina Commedia. De todos
modos daba á conocer Micer Francisco el grande estudio que tenia hecho de
la misma.
II." PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA 199
peñado con él en su viaje al Empíreo, vino á desvanecer las
dudas que le asaltaban. Dante le dice:
En un muy claro vidro [bien] plomado
Non se vería tan bien tu figura,
Commo en tu vista veo tu cuydado
Que te tien ocupado sin mesura i .
El inspirado maestro le da á conocer la naturaleza de las Vir-
tudes y la influencia que ejercen sobre los mortales; y advirtien-
1 Todo este pasage nos recuerda otros varios del Paraíso, en que Dante
nos pinta igual situación respecto de Beatriz, su guia: en el canto I leemos,
manifestada le sorpresa que causa al poeta la presencia del sol:
Onde ella clie, vedea me si cora' io,
Ad acquietarmi l'animo commosso;
Fría ch' io á dimaudar la bocea aprio, etc.
En el canto IV trazaba análoga situación, diciendo después de mostrar
la perplejidad del poeta, en orden á la beatitud de las almas que moraban
en la luna:
lo mi lacea; ma'i mió disir dipinto
M'era nel \iso, e'l dimandar con ello
Piu caldo assai, che per parlar distinto.
Beatriz dice:
...lo veggio ben come ti tira
Uno et altro dissio, si clie tua cura
Se estessa lega di clie fuor non spira, etc.
Imperial, mostrando nuevas dudas, según nos dirá el análisis, anadia:
E yo que nueva sed me aquexava
En mí decia, maguera callaua:
A mi conviene que desate un nudo:
¿Mas qué sserá, que fuertemente dubdo
Que mi pregunta á este sabio graua?
E quando el poeta bien entendió
Mi tímido querer que non se abria,
Tornando al su tablar, ardil me dio, etc.
La imitación no puede ser más palpable.
200 HISTORIA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
do que Imperial revuelve en su mente el deseo de saber por qué
no alumbra á Castilla la benéfica luz de tan prodigiosas estren-
uas, satisfácele con estas palabras:
... A esto respondo, mi fijo amigo,
Que esta lumbre v'iedan las serpientes,
Las que vinieron, si bien has en mientes,
Fasta el arroyo, muj juntas contigo.
Contigo estaban fasta aquella ora
Que vigte el agua de la clara fuente, etc.
Eran las expresadas serpientes representación de los vicios.
Dante descubre á Imperial las propiedades de cada una, desig-
nándolas por sus propios nombres *; y terminada la descripción,
exclama:
El fedor dellas, fijo, ciertamente
El ayre turba tanto syn mesura
En nostro regno que la fermosura
De aquestas dueñas non vée la gente.
Pronunciadas estas palabras, aparece el cantor florentino
animado de santa indignación , dirigiendo enérgico apostrofe
contra la ciudad más noble y escogida del reino, la cual se ha-
bia convertido en guarida de todas las indicadas serpientes. ¿Qué
ciudad era esta?... Imperial imita aquí y aun traduce en parte
la sátira que lanza sobre Italia, y en especial contra Florencia,
su respetado maestro, al contemplar en el VI Canto del Purga-
torio la singular efusión, con que se abrazan Virgilio y Sordelo de
Mantua, al reconocerse compatriotas 2. ¿Era que, recordando la
1 Debemos notar que las cinco estancias en que se hace la pintura de
los vicios, bajo la alegoría de las siete serpientes, se hallan en la edición
del Cancionero de Baena tan plagadas de errores que no es fácil seguir ni
aun el sentido gramatical de la frase. Proviene esto sin duda de no haber
podido consultar los editores sino un sólo MS., en que lució el pendolista
su ignorancia más de lo que solian hacerlo los trasladadores de los siglos
medios.
2 De buen grado copiaríamos aquí para que hicieran por sí la compara-
ción nuestros lectores, los pasagcs de la Divina Commcdia y del Decir á
11.'" PARTE, CAP. IV. INTR. UE LA ALEGORÍA DANTESCA. 201
ojeriza que abrigó el Dante toda su vida contra su ingrata patria,
procuró Micer Francisco transferir á sus versos este rasgo so-
bresaliente de su carácter, ó ya que pretendiese comparar á Se-
villa, ciudad tan principal y tan elogiada en sus mismas produc-
ciones, con la desvanecida Florencia? A lo primero parece incli-
narnos la circunstancia de ser maestro y discípulo italianos y
usar de la expresión nostro regno, al referirse al efecto produ-
cido por los vicios: de lo segundo pudiera deponer la misma
ilación de las ideas y sobre todo la referencia, ya notada, á los
males que aflijian á Castilla y la condición de ser Imperial estan-
te et morador en la capital de Andalucía.
Sea como quiera, el Dante pone fin á su razonamiento,
anunciando severos castigos á la ciudad pecaminosa, con el fu-
turo reinado de la Justicia; y vuelto de nuevo á Micer Francisco,
advierte en su semblante que no liabia quedado del todo satis-
fecho, animándole á que repita sus preguntas. El discípulo pro-
rumpe :
. . . . — Declárame, lus mia,
Cómo esta lumbre viedan las serpientes,
Cómo con ellas, segunt fases mientes,
Vine al arroyo, ca yo non las vya.
las syete Virtudes, á que nos referimos. No omitiremos algunos rasgos;
Dante pinta irónicamente la volubilidad de los florentinos, diciendo:
Atene et Lacedemonia, che fenno
Le antiGhe leggi, éfuron si civili
Fecero al viver bene un picciol cenno.
Verso di te, che fai tanto sotili
Provediraente ch'á mezzo Novembre
Mon giunge quel che tu d'Ottobre fllí.
Imperial le ¡mita de este modo:
Cicerón Fahricio
E los que en Roma fueron tan ceviles,
Al bien veulr non fecieron un quicio
A par de tus oficiales gentiles
Que facen tan discretos é sotiles
Proveimientos que á medio Febrero
Non llegan sanos los del mes de Enero,
Tanto que alcancen altos sus cobiles.
202 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAiÑOLA.
Alighieri le maníiesta que no le había sido dable el recono-
cerlas, por tener velada la virtud visiva hasta llegará la cristalina
fuente del vergel misterioso, asegurándole al par con nueva ex-
plicación, que los vicios de los hombres tenian oscurecido en
la tierra el brillo y resplandor de las Virtudes celestiales. Com-
prendida por Micer Francisco esta doctrina, resonaron en sus
oidos dulcísimos cantos que se elevaban de las rosas del santo
rosal, á cuyo lado estaba, percibiendo entre ellos los himnos
Gratia Maria, ave, — Ecce ancilla y — Salve Regina; portento
superior á su razón y cuya inteligencia solícita del amante de
Beatriz, que le replica de este modo:
. , . . Fijo, non tomes espanto;
Ca están en estas rosas Sei'afines
Dominaciones, Tronos, Cherubines:
Mas non lo vedes, que te ocupa el manto 1.
Un viento semejante al que acaricia en mayo las flores, al
quebrar el alba, se mueve al terminarse el cántico de alabanza
á la Virgen María, despertando en aquel instante el poeta, que
halla en sus manos la Divina Commedia, abierta por el capítu-
lo Vil del Purgatorio ^.
1 Conveniente juzgamos advertir que Imperial recordaba en este pasaje
el canto XXVIII del Paraíso, donde en nueve círculos de luz contempló el
Dante los coros de Ang-eles, Serafines, Querubines, Tronos, Dominacio-
nes etc., — bien que colocándolos entre los rosales del verde é fiorioto pra-
to, en que purg-aban su pecado los que vivieron con el ánimo ocúpalo in
signorie é stati.
2 Imperial dice:
. . . Fallé en mis roanos ú Dante abierto,
En el capitul que la Virgen salva.
Este capítulo es el mencionado en el texto. La Salve de la Virgen, á
que se alude, el Salve Regina entonado por los príncipes y reyes, que
moraban en el florido prado, mencionado arriba. Los versos á que especial-
11.^ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 205
Tal es el Desir á las syele Virtudes, composición altamente
alegórica y por extremo dantesca, que vino á mostrarse en el
parnaso castellano como una doble innovación relativa á la for-
ma literaria y á las formas artísticas. Mostraba en ella Micer
Francisco Imperial que era la Divina Commedia fuente cauda-
losa de inspiraciones y dechado de bellezas, presentándola como
tal á los que se preciaban de discretos y acreditando entre ellos,
con sus frecuentes imitaciones, aquel gusto y especial estilo que
tanto aplauso habian merecido en el suelo de Italia.
Casi todas las obras de Imperial reconocían en efecto la mis-
ma pauta: alegórico era al cantar sus amores, suponiéndose de
continuo trasportado por sobrehumana virtud á vistosas flores-
tas, donde se le aparecían hermosas matronas y doncellas, que
disparándole agudos dardos, le llevaban cautivo í; alegórico,
al pintar los atributos de la Castidad, la Fumildad, la Pacien-
cia y la Lealtad, que eligen por juez á la Filosofía para quilatar
sus excelencias ^•, y alegórico en fin, y devoto imitador del Dan-
te, de quien toma imágenes, símiles y pensamientos, al celebrar
el natalicio del Príncipe don Juan en su ingeniosa Vision de los
siete Planetas, citada expresamente por el ilustre marqués de
Santíllana ^.
mente se refiere Micer Francisco en todo el final de su Dezir, son estos:
Non avea pur natura ivi dipinto
Ma di soavilá di mille odori
Vi facea un incógnito indistinto.
Sa/re, Regina, in sul verde, e'n su'fiorl
Quindi seder cantando anime vidi, <
Clie per la valle non parean di fuori, etc.
1 Véase el Decir, publicado por los anotadores del Cancionero de Fae-
na, pág-. 666, tomándolo del MS. de la Biblioteca Patrimonial (fól. 155),
cancionero que daremos á conocer en breve.
2 Véase el núm, 242 del Cancionero de Baena.
3 Núm. XVII de la Carta al Condestable. Las alusiones al Dante son
en este famoso decir tan frecuentes como claras. Después de invocar el
auxilio de Apolo, para eclipsar la visión de los siete planetas, representados
204 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
No eran sin embargo las dotes de Francisco Imperial de tan
levantado precio que bastasen á imponer por completo la innova-
ción por él acometida , viéndose al cabo forzado á recibir para
sus propias obras la metrificación de arte mayor y de arte real,
tan ejercitadas por los ingenios españoles, — mientras parecía ir
•olvidando la que en su juventud habia aprendido, y ensayado
bajo la alegoría de Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y Luna,
dice al pintar el efecto que produjo el cuento de Júpiter:
Non vlrto Aligher tan grant assosiego,
En el escuro limbo esperimentado.
En el gran colegio del maestro griego, etc.
Este colegio que preside Aristóteles, il maestro di color che é sanno, lo
pone el Dante en el canto IV del Infierno, y en él brillan Demócrito, Dió-
genes, Anaxágoras, Thales, etc. En otro lugar añade:
Tanta alegría non mostró en el viso
Al poeta jurista, teólogo Dante
Beatris en el cielo, commo quando quiso
Rassonar el sol. — etc.—
Donde se refiere el canto XXXI del Paraíso, en que ocupando Beatriz
la silla que goza en la inmortal Jerusaleni, y brillando con nuevos resplan-
dores, se vuelve á mirar á su amado, animada de celestial sonrisa. Pintan-
do después la Fortuna, tomaba los principales atributos del canto VII del
Infierno, en que hace Alighieri la descripción más bella y original de
aquella deidad, sometida ya á la luz superior de colui, lo cui saver tutto
trasgende. En la Divina Commedia dice Virgilio, por ejemplo, retratando
á la Fortuna, que Dios la ordenó como
general ministra e duce
Che permutasse k lempo li ben vani
Di gente en gente e d'uno in altro sangue
Oltre la ditenslon de senni umani.
Imperial ponia en boca de la misma Fortuna que todos los bienes hu-
manales estaban sujetos á su influjo, añadiendo:
De unos en otros los vuelvo é traspasso.
De llnage en linage, de gentes en gentes
En un solo puerto é muy passo á passo.
II.* PARTE, C.\P. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 205
después en el idiüma de Castilla K Mas, si por no encontrar
imitadores ó por no contradecir obstinadamente los cánones de
nuestro parnaso, intentó acomodarse el discípulo del Dante á la
versificación generalmente cultivada, no por eso dejaron de pro-
ducir sus esfuerzos el fruto deseado respecto de la escuela ale-
górica y aun del gusto literario que representaba, señalándose
entre los que abrazan una y otra los más floridos ingenios que
honraban á la sazón el nombre de Sevilla.
Distinguíanse en el suelo de Andalucía, como apasionados de
la musa erudita y partidarios de la escuela provenzal que impe-
raba entre los, poetas de la corte, los jurados Diego Martínez de
Medina y Alfonso Yidal, tenidos ambos por muy discretos y en-
tendidos en letras ^; y no gozaban de menor fama los religiosos
Fray Pedro Imperial, hermano de Micer Francisco, Fray Alfonso
de la Monja, Fray Lope del Monte, Fray Diego de Valencia y Fray
Bartolomé García de Córdova ^, prometiendo sin duda más sa-
zonados frutos otros más jóvenes ingenios, entre quienes logra-
ban cierta nombradla el cordobés Gómez Pérez Patino ^, y los
sevillanos Gonzalo Martínez de Medina, hermano de Diego, y
Fernando Manuel de Lando, cuyas producciones examinaremos
en lugar oportuno.
1 Es digno de notarse que así como en el Dezyr á las syete Virtudes,
son contados los versos de doce sílabas, debidos acaso á la ig-norancia del
trasladador, abundan en las demás poesías de Imperial los de once, ya sáfi-
cos, ya propios, ya more toscano, prueba evidente de lo arraigada que esta-
ba en él la educación literaria recibida en Italia y del grande esfuerzo que
hacia para adoptar el sistema dominante en Castilla. Fácil nos sería el copiar
aquí versos felicísimos que hicieran palpable esta observación; mas algo he-
mos de dejar á la curiosidad de nuestros lectores, á quienes remitimos á las
Ilustraciones que dedicamos al referido Decir de las Syete Virtudes.
2 Pueden verse las poesías que poseemos de uno y otro en el Cancionero
de Baena: las del primero en los números 233, 235, 323, 325 al 329: las
del segundo en el 236.
3 Véanse en dicho Cancionero los números 246, 282, 117, 273, 324,
326, 328, 345 al 350;— 35,— 118, 473 al 528;— 228— etc. En dichas com-
posiciones se ofrecen algunos datos curiosos sobre la vida de estos poetas.
4 Núms. 351 á 356 del Cancionero.
206 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍÑOLA.
Descubríanse en las obras de todos estos poetas, á pesar
de su filiación lemosina, dotes especiales que los separaban en
cierto modo de los trovadores de Castilla: exornábanlas mayor
pulcritud y regularidad en las formas artísticas; avalorábalas
más escogido y pintoresco lenguage; dábanles mayor riqueza
y gala ciertos accidentes descriptivos, que revelando ya una na-
turaleza lozana, varia y risueña, ponían al par de manifiesto que
la literatura ennoblecida por el Rey Sabio no liabia sido planta
estéril en las fértiles comarcas arrancadas al poder sarraceno
por la espada de San Fernando. Pero esta diferencia, percepti-
ble sin duda á toda crítica ilustrada, iba á aparecer de mayor
bulto, al arraigar en el suelo de Sevilla el arte dantesco entre
los imitadores de Micer Francisco Imperial. Ninguno habia os-
tentado basta aquel momento más brillantes facultades poéticas
que Ruy Paez de Ribera y ninguno llevó á más alto punto el
entusiasmo que tan peregrina innovación le inspira.
Vastago al parecer de la antiquísima é ilustre familia de Ri-
bera, ya antes mencionada, liacíase estimar Ruy Paez entre los
ingenios sevillanos por «ome muy sabio é entendido», no sin que
su fama cundiese también á los de la corte, quienes recibían
«todas las cosas que él ordenaba cual bien fechas é bien apun-
«tadas» 1. Deponían en efecto á su favor los discretos dezires,
1 Esto deducimos del cncabeíamiento de sus poesías en el citado Coh-
cionero (núni. 2S8 del mismo). Por lo demás nada hemos podido averiguar
de Ruy Paez, sino que floreció á fines del sig-lo XIV y principios del XV,
en que brillaba por sus riquezas y su poder la familia de los Riberas en
la capital de Andalucía. Los anotadores del Cancionero de Baena, indica-
ron que pudo ser hijo de Payo, quien lo era de Perafan; pero esto no con-
cierta ni con la edad que suponen sus obras, ni con el lugar en que florece.
De los epitafios que tiene en Sevilla aquella noble familia (trasladados de la
Iglesia de Santa María de las Cuevas á la de la Universidad) nada resulta
respecto de Ruy Paez ; mas del modo en que una y otra vez habla de los
Riberas en sus composiciones puede deducirse que se honraba de pertene-
cer á dicha familia. Salazar de Castro, que da noticia en varios pasages de
sus entronques con la de Lara, nada dice tampoco de este poeta, cuya cla_
ridad de ingenio le hacia digno de ser más conocido.
II.'* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 207
tlirijidos á Enrique III, presentándole como partidario de la
escuela provenzal *, cuando muerto este príncipe, al comenzar
el siglo XV, daba á conocer que se habia filiado también en la
dantesca, no siendo el decir, escrito con tal propósito, el pri-
mer ensayo debido al anhelo de contarse entre sus imitadores.
Antes sin duda de esta época era celebrada de los doctos la
ingeniosa composición, que bajo el título de Proceso que ovieron
en uno la Bolencia é la Vejez é el Destiero é la Probesa, in-
sertó el judino Baena en su ya citado Cancionero '^i en ella
procuraba Ribera poner de relieve los males que traian á la hu-
manidad, tanto las flaquezas inherentes á su perecedera consti-
tución como los que provienen de la sociedad y de las preocupa-
ciones que la avasallan; y para alcanzar el efecto apetecido, no
halló medio más eficaz que el de la forma alegórica, que el ejem-
plo de Imperial autorizaba. Ruy Paez se finge trasportado á un
valle, asiento del terror, que describe con estas breves y enér-
gicas pinceladas:
En un espantable, | cruel, temeroso
Valle oscuro, muy fondo, aborrido,
Acerca de un lago | ferviente, espantoso,
Turbio, muy triste, | mortal, dolorido
Oy quatro dueñas, | fasiendo roydo,
Estar departiendo [ á muy grant porfía,
Por cual d'ellas ante | el omme podía
^Seer en el mundo [ jamás destroydo.
Receloso de que pudiera serle imputado á vileza el no dar
cabo á semejante aventura, penetra en el valle, llegando al lago
no sin grave disgusto; y contemplando á su orilla las cuatro
dueñas, en quienes se representaban la Bolencia y la Vejez, el
Bestierro y la Pobreza, las describe del siguiente modo:
Miré sus personas | qué gestos avian,
E vilas llorosas I é tan doloridas
1 Son los que tienen en el Cancionero de Baena los núms. 295 y 296,
2 Es el núm, 290.
208 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Que ningún plazer | consigo tenian,
Vestidas de duelo^ | las caras rompidas.
Coronas d'esparto^ | é sogas ceñidas,
Descalcas é rrotas | é descabelladas
E tristes amargas | é desconsoladas,
E huérfanas, solas, ] cujtadas, perdidas.
Lleno de pavor á tal espectáculo, bien que deseoso de aliviar
su duelo, pregúntales la causa, sabiendo por ellas que jamás
tendría fin ni mejoría aquella tristeza y que empeñadas á la sa-
zón en determinar cuál de las cuatro era más perjudicial al hom-
bre, ninguna cedia á las otras, reclamando para sí la preferencia.
Todas convienen sin embargo en tomarle por juez en semejante
querella; y abierto el singular proceso, alega cada cual sus fa-
tales merecimientos, dando principio la Dolencia á exposición
tan original y peregrina. Por ella pierde el hombre salud, her-
mosura, fortaleza, seso, donaire, ciencia y discreción; por ella
cambian las facciones del rostro, se muda el color, se truecan
las inclinaciones, y los objetos antes apacibles y risueños pro-
ducen en el ánimo devorador hastío:
Por mi todo cuerpo | es desnaturado.
Los ojos sumidos, | nariz afilada,
La barvilla aguda | é el cuello delgado,
Angostos los pechos, | la cara chupada,
El vientre finchado, | la pierna delgada.
Las rodillas gruesas, | los muslos delgados,
Los brazos muy luengos | é descoyuntados,
Costillas salidas, [ oreja colgada, etc.
Ponderados los males que al hombre acarrea de contínuOj
júzgase la Dolencia muy superior á sus tres émulas-, la Vejez,
primera que le replica, intenta sin embargo probar que no es
menos dañosa al hombre, haciendo larga muestra de los acha-
ques, sinsabores y angustias que le prodiga, siendo todos pos-
treros y sin enmienda. El Destierro reclama también para sí
aquella poco grata supremacía, mostrando que por él vive el
hombre triste con grant maldición, y desesperado, lejos de su
patria y viendo siempre rostros desconocidos. Toca Tmalmente
II.* PAUTE, CAP. IV. INTR, DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 209
SU turno á la Pobreza; y el poeta que contemplaba cada dia el
menosprecio y vilipendio que hallan en el mundo aquellos á
quienes deja de su mano la instable fortuna, mirando á la conti-
nua levantados á la cumbre del poder y colmados de honras
mundanales á los que sin reparar en el camino, logran amontonar
el oro ^, — infunde tal aliento y comunica tal colorido á sus
palabras que llega á inclinar á su favor la balanza en tan raro y
difícil proceso. La Pobreza es la última de las calamidades: tras
humillar y envilecer al "hombre, le abre con mano despiadada las
puertas del crimen, poniéndole en contradicción con la misma
naturaleza:
Tan grande et esquiva | es mi fortaleza
Et muy cruel pena | é fiera dolor
Que yo prevalesco | á Naturaleza
E soy muy contraria | al grant Criador:
Ca lo que crió | el nostro Señor
Alegre, fermoso, | de gentil aseo,
Seyendo muy pobre, | lo fago yo feo.
Triste et amargo, | syn otra dulzor.
Oprin;údo bajo el peso de horrible maldición, ni logra el po-
bre la justicia de ser oído, ni alcanza la dicha de la compasión,
viviendo por tanto en odioso apartamiento del mundo y en desde-
ñoso olvida de Dios, desposeído de toda risueña y consoladora
esperanza. En vida tal muere muerte abarrida, y su alma deses-
perada halla sólo perdurable condenación, en pago á los dolores
de que anduvo cargada en la tierra. Con títulos tan valederos no
podía dejar la Pobreza de obtener la victoria en aquel pleijto
más negro que pez; y Ruy Paez de Rivera, pues que de ella de-
pendían muerte, dolor, tormento é infierno, pronuncia el fallo en
su favor, fundándole en la amarga experiencia que le ofrecía la
1 Esta idea pareció preocuparle tanto que escribió además otro dezir,
«recontando todos los trabajos é ang-ustias é dolores», deque puede el hom-
bre ser aflijido, en el cual declara que «non falló cosa alg-una que se eg-ua-
«lase con el dolor é quebranto de la mucha pobreza». — Es el señalado con
clnúm. 291 del Cancionero.
Tomo v. 14
210 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sociedad, en quien tenían puesta perpetua dominación la rapaci-
dad y la codicia.
No era sin embargo la doctrina aquí asentada tan religiosa
como pedia el sentimiento cristiano que animaba á nuestros
mayores , pudiendo conducir fácilmente al más desgarrador
excepticismo ; pero ni es lícito atribuir Ruy Paez intención
semejante, ni debe causarnos maravilla su desconsoladora con-
sideración sobre la pobreza, cuando en los versos de tan emi-
nente repúblico y tan piadoso caballero, como el Canciller Pero
López de Ayala, hemos visto reflejarse la misma creencia; acu-
sación que recae de lleno sobre la sociedad, presa á la sazón de
una moral torcida, fuente de la prematura corrupción que la
contaminaba. La identidad de miras en uno y otro poeta prueba
que el mal existia con desmedidas proporciones, no pudiendo
metios de ser reflejado por el arte, cualquiera que fuese la forma
literaria por él empleada: la alegoría se mostraba en Ruy Paez
de Ribera fiel á sus conocidos é inmediatos orígenes: el Dante
habia sido azote cruel y sangriento de cuantos vicios, errores,
preocupaciones y tiranías avasallaban á la humanidad, al mos-
trarse en medio de la barbarie armado de Id,. Divina Commedia.
De estos asuntos morales, tan hermanados con el arte alegó-
rico, pasaba Ribera á la consideración del estado, político de Cas-
tilla, para consignar de una manera pública y solemne las dulces
esperanzas que concibieron grandes y pequeños, al empuñar las
riendas del gobierno, tras el prematuro fallecimiento de Enri-
que III, su generoso hermano, el infante don Fernando. — Anun-
ciada esta esperanza (que templa en cierto modo el dolor de tan
sensible pérdida) en el dezir ya mencionado, que animan también
las ficciones de la alegoría *, celebra el poeta el nuevo reinado
1 Es el núm. 2S9. — Ribera finge que es transportado á un valle de olyoso
é suave verdor, donde junio á una clara fuente oye grandes clamores;
siendo conducido después por una hermosa doncella, doneguil é garrida,
cortés é graciosa á un estenso prado, en cuyo centro se levantaban tres ca-
deras (sillas) sobre rico estrado, cubiertas y coronadas de guirnaldas y
paños de seda de varios colores. En la primera silla aparecía un tierno
Il/ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 211
de la templanza y la justicia, inaugurado por el noble Infante y
por la reina doña Catalina, dando á luz su muy aplaudido Pro-
ceso entre la Soberbia é la 3Iesicra. A diferencia de lo que hemos
visto en la anteriormente examinada, dominan en esta composi-
ción las imágenes apacibles y risueñas, que nacen de su misma
idea generadora, revelándose desde los primeros versos;
En uu deleytoso | vergel espaciado,
Estando folgando | á muy grant sabor,
Vy dos donsellas | de muy grant valor
Estar departiendo | en un verde prado.
La una vestía j velut colorado;
De uu robín fino ) guirlanda traía
E en su diestra mano | espada tenía
Bien clara, lusiente, | el fierro delgado.
La otra vestía | una hopa landa
De un imple rico, | con su penna vera,
Broslada de plata | en alta manera;
E en su cabeca | traya guirlanda
De muy rico aljófar | é fina esmeranda, etc.
Ribera se acerca respetuosamente á las doncellas, y sabe por
confesión de las mismas que es la primera representación de la
Soberbia, dependiendo de ella otras seis que personifican la Lu-
juria, la Gula, la Envidia, la Codicia, la Vanagloria y la Aci-
dia (la Pereza), á cuyo cortejo pertenece también la Avaricia,
última encarnación de los pecados que dan muerte al alma. La
príncipe; en la seg-unda una dolorida matrona; en la tercera un g-entil ca-
ballero. Al rededor de estas sillas y fija la vista en el guerrero, hay in-
mensa muchedumbre de nobles, que en medio 5e su dolor, le saludan cual
nuncio de ventura y como restaurador de la nobleza. Ribera lleno de admi-
ración, pregunta á la doncella si es sueño ó visión lo que está viendo, y
sabe de sus labios, que la dueña dolorida es la reina doña Catalina, el prin-
cipe niño don Juan y el g-uerrero^ que tenia delante una gran csjmda agu-
da de amas las "partes, don Fernando, el de Antequera. Así pues mezclaba
Ruy Paez el dolor y la esperanza, al llorar la muerte de Enrique III.
212 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
humanidad entera es esclava de la Soberbia, cuya satánica arro-
gancia se pinta en este bello rasgo:
Por mí fué venido ) el Ángel de luz
.A poblar el fondo | abismo infernal.
La segunda doncella es Mesura: con ella viven la Paz, la
Concordia, la Bondad, el Temor, la Misericordia, el Amor, la
Paciencia y la Caridad, deseosas del bien y abandonadas de los
grandes señores de la tierra. Escarnecidas en las cortes de los
reyes, buscan en ásperas montañas solitaria morada, durante el
dia, partiendo del yermo con las sombras de la noche para tentar
fortuna en nuevas ciudades, de donde los arroja, al amanecer, la
vergonzosa corrupción que en todas partes domina. En este mo-
mento se muestra á los ojos de Ribera otra doncella de grave as-
pecto y colosal estatura, armada su diestra de dos espadas y
ostentando en la siniestra un peso. Al contemplarla, salúdala
Mesura, con profunda humildad , mientras Soberbia se retira
llena de sobresalto. Era la Justicia : ante ella expone la Mesura,
por si y á nombre de sus hijas, cuantas injurias y desmanes ha-
bía recibido en el espacio de cuarenta años ^, de manos de la
Soberbia y sus allegadas; replicando esta á semejante acusación
que habia prescrito el derecho de Mesura, pues que hablan rei-
nado principes de gran natura hasta aquel tiempo, sin que fue-
se inquietada en su absoluto imperio. Rebate la Mesura esta ile-
gítima disculpa, manifestando á la Justicia que es llegado el dia
en que
. . Pues que al señor | Dios plugo elegir
Al niño yuocente | por rrey de Castilla;
De todo el reynado | pecado é mansilla
Conviene, Señora, | á vos espelir.
1 Ribera escribe esta poesía en 140G, de modo que rebajando á esta fe-
cha los cuarenta y seis años de que habla, resulla que desde 1366, en que
empezaron las g-uerras fratricidas que tienen fin en el escándalo deJMonliel»
habia sido la Mesura víctima de la Soberbia en Castilla.
II.* PAUTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 213
Amor, Temor y Buen Seso, deben en consecuencia dester-
rar á Codicia y Avaricia, que destruían y aniquilaban cruelmen-
te los pueblos mesquinos, poniendo escándalo en todas las gen-
tes: bajo la salvaguardia de la Justicia debian prosperar la Paz y
la Concordia, preparando risueño y venturoso porvenir al niño
rey, á cuyo lado brillaban, como dos flores de singular fragan-
cia, al Infante don Fernando y la reina doña Catalina. La So-
berbia se confiesa vencida, y refrenado su orgullo, es condenada
á perpetuo destierro, tomando la Justicia en su protección y
guarda á don Juan de Castilla y encomendando su crianza y edu-
cación á todas las virtudes,
Porque rresplandezca^ | asy commo lumbre,
El sol rresplandece | entre las estrellas.
No podia ser más claro y terminante el empeño de Ruy Paez
de Ribera, al seguir las huellas de Micer Francisco Imperial en
la imitación del arte dantesco. La índole y especial carácter de
las visiones que finge su fantasía, la manera de disponer una y
otra vez la escena, y hasta la filiación que establece generalmente
y con particularidad en esta composición, respecto de las virtu-
des y los vicios, todo dá á conocer la identidad de las fuentes,
en que ambos se inspiran, sin que pueda abrigarse duda de que
tuvo Imperial el lauro de la iniciativa en este peregrino desar-
rollo de la poesía castellana.
Pruébalo así, demás de la aseveración del docto marqués de
Santillana que dio al ilustre genovés el titulo de maestro, al se-^
ñalarle imitadores i, la notabilísima circunstancia de reflejarse
en las producciones de Imperial más direc