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HISTORIA CRÍTICA
LITERATURA ESPAÑOLA,
HISTORIA CRITICA
LITERATURA ESPAÑOLA,
DON JOSÉ AMADOR DE LOS RÍOS.
INDIVIDUO DE NUMERO DE LAS REALES ACADEMIAS DE LA HISTORIA Y NOBLES
ARTES DE SA> FERNANDO , DECANO DE LA FACULTAD DE FILOSOFÍA Y LETRAS
DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL, ETC.
TOMO Y.
MADRID:
IMPRENTA Á CARGO DE JOSÉ FERNANDEZ CANCELA.
Calle del Fomento, 13, principal.
1864.
Es propiedad del autor, quien se reserva
el derecho de traducción y de extracto.
ADVERTENCIA.
• Historiado en el precedente volumen el tercer período , que
asignábamos en la Introducción general de la presente obra al
desarrollo de las letras patrias, tócanos ahora estudiar con la
circunspección y el detenimiento que de suyo solicita, el cuarto
de los expresados períodos , que no es en verdad menos intere-
sante, al contemplar el gran cuadro de la civilización castellana,
si bien ofrece más reducidas dimensiones. Comprende desde la
catástrofe del rey don Pedro hasta el fallecimiento de Enri-
que III , realizándose en él nuevas y peregrinas transformaciones
de aquel arte, que hablan ilustrado los preclaros nombres de Al-
fonso X y Sancho IV, de don Juan, hijo del infante don Manuel,
y del Archipreste de Hita.
El primer fenómeno intelectual y literario que demanda en
efecto maduro examen, mediado el siglo XIV, es la represen-
tación que logran en nuestra literatura las ficciones caballeres-
cas. Al considerar su aparición, éranos sin duda necesario in-
vestigar sus orígenes, tomando en cuenta los opuestos sistemas
que sobre el particular mihtan en el campo de las letras; recono-
cer su legitimidad y fijar las leyes de su existencia allí donde la
constitución social, la política y las costumbres habían hecho po-
sible su desarrollo; determinar sus peculiares caracteres desde el
punto en que hallan en el arte la idealización que las perpetúa y
engrandece; y trazar, por último, la senda vaga, indecisa y mal-
segura que siguen en las producciones de nuestros ingenios,
ora insinuándose en los poemas heróico-eruditos de una manera
ocasional é indirecta, ora tomando plaza en las crónicas naciona-
les á vueltas de los hechos realmente ciertos, ó bien imprimien-
do su espíritu en las leyes que atañen á las clases privilegiadas,
y produciendo, cual mediata consecuencia, no insignificante efec-
to en las instituciones positivas de la caballería española.
YI
• Este momento, harto significativo en la historia nacional,
porque tiene extrecha y visible correspondencia en las esferas
de la política nacida del escándalo de Montiel, no podia dejar de
reflejarse en las letras, y se reflejó por cierto de un modo ine-
quívoco y positivo. El noble cuento del emperador Carlos May-
nesde Roma et de la buena enperatriz Seuilla, su muger, sabro-
sa ficción que hallaba al propio tiempo eco en los pueblos del
Norte, y el cuento muy fermoso del emperador Ottas de Roma
et de la infante Florencia, su fija, et del buen cauallero Esme-
re ^ leyenda piadosa y romancesca por extremo, con otras va-
rias invenciones de la musa caballeresca, emanadas ya del ciclo
bretón, ya del carlowingio, abrieron y facilitaron el camino al
ingenio español para crear el Amadis de Gaula, modelo y fuente,
dentro y fuera de la Península Ibérica de otros muchos libros de
caballerías y estimados poemas , así como padre afortunado de
larga progenie de paladines.
Con esta singular transformación del arte erudito, la cual no
anulaba las conquistas anteriores de la literatura castellana , por
más que iba á contribuir á extraviar, andando el'tiempo, los ins-
tintos de la muchedumbre, pervirtiendo al par, y más inmedia-
tamente, en los doctos el criterio histórico ; se inicia también en
las regiones de la poesía una innovación de alta y aun no bien
quilatada transcendencia, como que de ella provienen y en ella
arraigan profundamente las innovaciones sucesivas, que llevan tjl
arte á la tan aplaudida y definitiva revolución de Garcilaso. Tal
era la introducción déla alegoría dantesca, que iba á cons-
tituir nueva y afortunada escuela en el parnaso castellano, no sin
que hallara contradicción y enérgica protesta en otras escuelas ,
que lo hablan hasta aquella sazón señoreado. Averiguar la oca-
sión y el instante en que esta influencia, que se derramaba de
igual modo á todas las literaturas meridionales, penetra en nues-
tra patria; designar aquella parte del territorio español, donde
dicha novedad pudo insinuarse sin resistencia; examinar y pon-
derar los elementos que se le oponen en la España Central, te-
niendo por intérpretes inteligencias muy privilegiadas ; seguir
1 Véanse estos Cuentos á las pág-s. 344 y 391 del presente volumen.
YII
sus progresos, y verla cundir á nuestras regiones orientales y
occidentales con abundantes frutos; mirarla refluyendo al cen-
tro de la Península, para luchar de nuevo con las escuelas domi-
nantes, llevando su influjo y su predominio á las siguientes eda-
des... asunto era, en verdad, digno de largas meditaciones, á
las cuales no podíamos renunciar sin grave falta.
Y no sólo han fijado nuestra atención , dentro del referido
período, las manifestaciones indicadas. La historia y la elocuen-
cia vulgares tienen también notables cultivadores; y generali-
zándose su estudio á todas las comarcas, donde es el romance
castellano habla de la muchedumbre, parecen preludiar desde
esta época el no lejano predominio de la civilización de la Espa-
ña Central sobre las extremidades de la Península. Mas no deja
la historia de experimentar notables contradicciones, cuyo exa-
men cumplía en gran manera al conocimiento de sus progresos.'
Inclinada desde muy temprano á la investigación de la antigüe-
dad, había aspirado á poseer todos sus tesoros; pero no bien lle-
gaba á la mitad del siglo XIV , logrando las versiones de Tito
Livio y Yalerio Máximo, cuando sorprendida por las ideas caba-
llerescas, vióse de pronto adulterada con todo linaje de fábulas y
fantásticas invenciones, no perdonadas las mismas crónicas na-
cionales. Era de mucho efecto el apreciar debidamente las cau-
sas de este conflicto, de que sólo pudo salir triunfante la histo-
ria, merced á la dignidad personal de los que se consagraron en
reinados posteriores á su cultivo; pero al reconocer semejante
desarrollo, interesaba también determinar la progresiva elabo-
ración de las formas narrativas , cualquiera que fuese el fin es-
pecial y el asunto de las obras históricas. La Crónica de las Fa-
zañas de los filósofos, y la primera parte de la Troyana, nos
advertían respecto de este punto, que no carecieron de modelos
las Generaciones é Semblanzas, ni los demás libros sus semejan-
tes: las arengas y canciones de Livio y de Salustio, una y otra
vez imitadas, nos preludiaban, comunicando interés y movimien-
to dramático á la exposición, el genio histórico de Mendoza,
de Mariana y de Meló.
Fiel á sus tradiciones aparecía la elocuencia sagrada. Mien-
tras era mayor el olvido de los deberes religiosos y morales en
VIII
prelados y magnates , sacerdotes y caballeros, más enérgica se
mostraba la condenación de los vicios, y con mayor eficacia la
santiflcacion de las virtudes, exigiendo en consecuencia de nos-
otros todo esmero el examen de los monumentos consagrados á
perpetuar los nobles esfuerzos de un fray Pedro Pascual y un
fray Jacobo de Benavente. Desconocidos eran del todo en la re-
pública de las letras; pero su ignorancia no debia seguir autori-
zando el error de los que suponían que hasta el siglo XYI no
existe la elocuencia sagrada, como si fuera posible subir á la al-
teza de los Granadas y Leones, sin los insignes ejemplos de una
larga vida, favorecida por las instituciones religiosas de la edad
media y alimentada por la vivificadora savia de las creencias. El
estudio que en el presente volumen exponemos, nos vindica al
mediar del siglo XIV, de aquel injusto agravio , mostrando que
las obras de don Pedro Gómez de Albornoz y don Pedro de Luna,
son otros tantos eslabones en la cadena de la tradición, que á
dicha no llega jamás á romperse.
Bajo cuatro diversos aspectos se ofrecía pues en el período,
á cuyo desarrollo consagramos el presente volumen, la historia
de nuestras letras. Todos eran en nuestro sentir por extremo in-
teresantes y todos exigían de nosotros igual solicitud y anhelo;
porque sin quilatar debidamente la significación y recíproca in-
fluencia de los elementos que revelan, era de todo punto impo-
sible el asignar á cada uno la representación legítima que alcan-
zan en el sucesivo desenvolvimiento de la civilización española.
Nuestro deber nos imponía por tanto la indeclinable tarea de mos-
trar este camino, si habiamos de salir del caos en que se hablan
perdido otros historiadores, estableciendo al par la cronología de
las ideas y de los hechos, de tal manera que no pareciese ya pe-
regrino, forzado y contradictorio lo que era natural, espontáneo
y consecuente. No hay para qué observar que ahora, como
siempre, hemos ambicionado vivamente el acierto, porque esto
pueden suponerlo nuestros lectores, sin tildarnos de pretencio-
sos. Así nos fuera dado asegurar de igual suerte, que en tan
difícil senda no hemos hallado invencibles obstáculos.
HISTORIA CRITICA
LITERATURA ESPAÑOLA.
11/ PARTE-SUBCICLO IL'
Tomo v.
CAPITULO I.
NUEVAS TRANSFORM/^CIONES DEL ARTE ERUDITO.
Aparición del elemento caballeresco en la literatura española. — Origen
del sistema poético que lo desarrolla. — Distintas y contradictorias teorías
sobre este punto. — Teoría de los arabistas.— Sus contradicciones. — Teoría
clásica: su apoyo en las tradiciones latinas. — No es suficiente para resol-
ver el problema propuesto. — Teoría indo-germánica: sus fundamentos
históricos. — Verdaderos elementos constitutivos de la poesía caballeresca.
—El feudalismo.— Su espíritu: sus fines políticos.— Protesta del sentimien-
to de libertad contra este opresor sistema: su personificación en el arte.
— Naciones en que florece espontáneamente la literatura caballeresca. —
División de sus ficciones: el ciclo bretón : el ciclo carlowingio. — Obras
principales que producen. — Su desemejanza con las del . arte español. —
Conócenlas los eruditos: monumentos que lo revelan. — Los poemas; las
crónicas: las leyes. — Momento favorable para tomar cuerpo en la litera-
tura castellana. — Venida de ingleses y franceses á mediados del siglo XIV.
— Efecto déla misma en la política y en las letras. -^Aparición del arte
alegórico. — Influencia de ln'Divina Commedia: Micer Francisco Imperial.
— Repugnancia de los eruditos á esta innovación. — Pero López de Ayala.
— Inclínase este á la imitación clásica, al escribir la historia uaciouaL— ^
Triple modificación del arte. — Resumen.
Domina en la historia de los pueblos y fija de continuo las leyes
accidentales de su existencia y de su cultura el fj-ecuente roce y
comercio de las diversas nacionalidades que reciben vida y se
desarrollan en el transcurso de los tiempos, ya sea el referido
contacto hijo de la paz, ya de la guerra. Masaste hecho notabi-
lísimo y trascendental, cualquiera que sea el punto de vista bajo
que se estudie, ni llega á producir sazonados frutos en un solo
dia, ni se revela nunca en las esferas del arle, sin dar una y otra
4 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPA5J0LA.
vez claras señales de su iniciación y desenvolvimiento. Y será
tanto más laboriosa y lenta; habrá menester de tanto mayor es^
pació para realizarse la expresada manifestación, cuanto sean
más vivos y enérgicos los instintos del pueblo sobre que ha de
reflejar la indicada influencia y más desemejantes á su vida po-
sitiva los gérmenes que hayan de fructificar en su seno. Pero
hay más: ese movimiento vago, indeterminado, latente acaso
para los mismos cultivadores del arte, bien que real, progresivo
y lógico para la historia y la filosofía, aunque inherente á la vida
intelectual, como la marea al Océano, quedaría las más veces sin
efectos visibles, á no venir á completa granazón por medio de
otro fenómeno social, que conmueva á deshora los fundamentos
de la república. Llega este momento supremo para las letras es-
pañolas, al clavarse, bajo las tiendas de Beltran Du-Guesclin, el
puñal fratricida del bastardo de Trastamara en el pecho del rey
don Pedro; y mientras aquellos vengativos hermanos renuevan
ante los muros de Montiel el sangriento y afrentoso drama de
Eteocle y Polinice; mientras con el auxilio de extrañas y merce-
narias huestes, pone don Enrique sobre sus sienes la corona del
Rey Sabio, arraigan en el campo de la literatura española, con
fuerza desusada, plantas nacidas en lejano suelo, quitados de
pronto los obstáculos que se hablan opuesto á su aclimatación y
cultivo.
Ninguno de nuestros lectores habrá dejado de comprender
que hablamos del doble movimiento literario ya indicado en los
últimos capítulos del primer subciclo, y más principalmente del
que se refiere al género de literatura universalmente designado
con el título de libros de cahallerias. Nuevo orden de ideas y de
sentimientos, nueva materia poética y nueva máquina literaria,
en gran modo distintos unos y otras de cuanto habia ofrecido á
nuestra contemplación el arte que brota espontáneamente en el
seno de nuestra cultura, vienen ahora á ser interpretados y ex-
puestos por la lengua de Castilla. El mundo exterior, animado á
la voz del poeta, ofrece á vista de los lectores nuevo y sorpren-
dente espectáculo : espantables gigantes, á cuyo poder titánico y
brutal se rinden comarcas'elíteras, yermadas por la ferocidad de
semejantes dominadores ; horribles y repugnantes enanos, cuya
II. PAUTE, CAP. I. NVEVAS TRANSE. DEL AP.TE ERUDITO. O
ingénita malicia y extremada astucia los pone en perpetua guer-
ra con la humanidad que enciende con la bienandanza sus insa-
ciables odios; monstruosos dragones, dotados de inteligencia
para guardar en misteriosas cavernas tímidas vírgenes ó malha-
dadas princesas; pérfidos ó cobardes encantadores, que envidio-
sos de la agena felicidad, aprisionan con sus artes damas y caba-
lleros, ejecutando en ellos crueles venganzas; genios y hadas
bienhechores, que ya elevándose del seno de las ondas, ya mo-
rando en las solitarias grutas de la marina ó en la aspereza de las
montañas, predicen lo futuro y escriben, al nacer, en la frente de
los caballeros las portentosas proezas de su vida, siendo en toda
ella sus guias y ángeles tutelares ; islas, alccázares y lagos en-
cantados, que entierran en su recinto nunca imaginadas mara-
villas; fuentes, filtros y bálsamos, que trastornan las mentes y
los corazones, alterando á la vista los objetos, trocando en odio
o amor profundo las más débiles pasiones, y restituyendo á la
lozanía de la juventud la ancianidad decrépita; talismanes, espe-
jos y conjuros, á cuya virtud se humilla la naturaleza, rompien-
do el armonioso concierto de sus eternas leyes y poblando el es-
pacio de sierpes, trasgos y vestiglos; caballos, escudos, lanzas,
espadas y cuernos, sometidos al influjo de irresistibles encantos,
é instrumentos de altas é inconcebibles victorias; y finalmente ca-
balleros predestinados, á quienes suben la fortuna y el esfuerzo
de sus corazones desde la última pobreza á la sublimidad de la
púrpura hé aquí el fastuoso aparato que iba á desplegarse á
los ojos de nuestros mayores en vario, i)intoresco y deslumbrador
conjunto, para examinar no menos fantásticas y peregrinas his-
torias, á las cuales daba levantado y constante interés lo inespe-
rado de las peripecias y lo dramático de las situaciones.
¿De dónde venia pues ese nuevo sistema poético llamado á
producir en los anales de las letras españolas una de sus más
trascendentales transformaciones?... ¿En qué Hteratura se liabia
desarrollado antes de penetrar en la castellana?... ¿De qué modo
se verifica ese cambio en el gusto de nuestros escritores y en
qué esfera se realiza?... ¿Domina de una manei'a absoluta en to-
das las manifestaciones del arte, ó divide su imperio con otras
influencias, ya presentidas y que debían por tanto hallar cierta
o HISTORIA CRÍTICA Dlí LA LITERATURA ESPA5Í0LA.
satisfacción en el campo de la poesía y de la historia?... Cues-
tiones son todas de no exigua importancia para la crítica ; mas
no de solución tan fácil que puedan ser tratadas en breves ren-
glones, bien que hayan procurado respecto de las primeras mos-
trarnos el camino muy insignes escritores extraños. El mismo
anhelo de la verdad que en unos reconocemos y el afán que en
otros resplandece por sustentar teorías originales, han servido
de obstáculo á la verdadera ilustración de esta materia, engen-
drando al par diversas opiniones, ni todas admisibles por com-
pleto, ni dignas todas do ser igualmente desechadas.
A tres pueden y deben, no obstante, reducirse las principa-
les teorías de los que han intentado descubrir las primitivas
fuentes del sistema poético, desarrollado en la literatura caba-
lleresca. Primera: la que señala su origen en la de los árabes.
Segunda: la que descubre sus primitivos gérmenes en las obras
de la antigüedad clásica. Tercera : la que apelando á las ense-
ñanzas de la historia, se precia de hallar los referidos elementos
en las naciones del Norte. Examinemos con imparcial sobriedad
estas contradictorias opiniones í.
Achaque- general de la eradioiou ha sido en cierta época (y
achaque de que todavía no ha llegado á convalecer) el designar
al pueblo y civilización de los Califas cual fuente obligada de todo
desarrollo filosófico, artístico y literario, operado durante la
edad-medía. Enmudeciendo ante la autoridad de los que procla-
maban tales descubrimientos, renunciaron, con no poco daño de
la historia, á la investigación de la verdad aquellas privilegiadas
inteligencias que hubieran podido ilustrarla; y no fué por cierto
más afortunada la crítica literaria en orden á los orígenes de la
poesía, que constituye el mundo caballeresco. A la hteratura
arábiga pasaron desde la persa tan maravillosas ficciones, comu-
1 No juzg-amos del todo ocioso el consignar aquí que siendo para nos-
otros incidentales todas estas cuestiones, no tenemos por acertado darles
aquella extensión que en otro caso rcclamarian por su importancia. Sin em-
barco, es de todo punto imposible el dejar de tomarlas en consideración, si
hemos de ol)tcner el fruto apetecido de nuestras invcstig-aciones relativas á
la aparición de la poesía y literatura caballerescas en la lileralura y poesía
españolas.
H.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 7
nicándose á España con la dominación sarracena, y extendiéndo-
se desde la Península á las demás naciones de Europa. Sobre
este hecho, no demostrado, se ha erigido pues el sistema que
pretende en uno y otro sentido explicar el nacimiento de aquella
rica y varia literatura. Llevando al centro de las nacionalidades
del continente esos elementos extraños á su civilización, los con-
naturaliza primero en la antigua Arraorica ó Bretaña, y los tras-
porta después á Inglaterra, haciéndoles echar duraderas raices
en el país de Gales y á poco andar en el de Cornualla, deposita-
rios ambos de iguales tradiciones y regidos con frecuencia por
las mismas leyes i. Un monumento, al parecer irrecusable, se
presenta en comprobación de estas afirmaciones: la crónica latina
de Monmouth, traducida del bretón por el benedictino Gofredo,
antes de subir á la cátedra episcopal de Asaph en 1151; libro
formado de diferentes fragmentos, escritos en lengua vulgar des-
de el YII al IX siglo 2.
Indudable es que en esta renombrada crónica aparece ya
parte de aquel sistema poético que tiene después extraordinario
incremento en los libros de caballerías, llamados á constituir el
ciclo bretón, narrándose también las hazañas que conquistan al
rey Artús la envidiada gloria de ser el primero de los paladines
de la Tabla Redonda. Los gigantes de aterrador aspecto é in-
1 El autor y propagador de esta teoría fué el inglés Tomás Warton en
su History of english poetnj , from the cióse ofthe eleventh to the commen-
cement of the eighteenth (Londres, 1775), donde consagra una disertación
entera á investigar the orígin of romantic fiction in Europe (t. I, al prin-
cipio). Mr. de Ginguené extracta ésta disertación en el cap. III, 11.^ Par-
te de su Hist. litter. d'Italie, t. IV.
2 Warton asegura que los MSS. sobre que se fundó la Crónica de
Monmouth estaljan en efecto eii lengua bretona ó armoricana, llevando el
título de Bruty-Brenhined. Hallólos en 1100 Gualtero ó Walter, entendido
diácono de Oxford, que viajaba á la sazón en Francia, y llevándolos á In-
glaterra, los comunicó tiempos adelante á Godofrcdo de Monmouth, así lla-
mado por ser arcediano de su Iglesia, al cual han designado algunos auto-
tores (Roquefort Flamirecourt, État de la poésie frauQüise dans les XII
et XIII siécles. III.* Parte, cap. I ), con el nombre de Godofredo Artur. — ■
La última aserción del texto se halla en la pág. 9 del t. I. de la Ilisloria
de Warton.
8 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPANOLA.
contrastable poderlo, reservados para enaltecer con su inespera-
da humillación los triunfos de los caballeros ; los dragones mara-
villosos, cuyos terribles combates llenan de pavor los corazones
más esforzados; los portentosos encantamientos y las misteriosas
y enigmáticas profecías de Merlin, en que se mencionan leones,
sierpes y vestiglos, consultándose el no entendido canto de las
aves, cual seguro oráculo ; las sorprendentes metamorfosis pro-
ducidas por este encantador, en virtud de filtros, brevages ó
yerbas mágicas ; y por último, aquel valor intrépido é irreflexivo
que ni conoce el peligro, ni se dobla al infortunio, ni cede á la
invencible ley de la fuerza..., todos estos gérmenes existen en
efecto en la Crónica de Monmouth, anunciando que han de tener
en breve notable desarrollo i.
Mas no porque reconozcamos dichas circunstancias, será po-
sible admitir la consecuencia que pretenden sacar de ellas los
partidarios de la teoría arábiga: cuando afirman, como un hecho
indubitable, que las obras bretonas, sobre que la expresada cró-
nica se funda, fueron escritas desde el siglo YII, olvidaron lasti-
mosamente que no aparecieron los soldados de Tariq y de Muza
hasta el siglo YIII al frente de la antigua Europa, no siendo por
tanto imaginable que trajeran al seno de la misma elementos
que antes de su venida se reflejaban ya en las producciones del
arte y que hablan necesitado de largo tiempo para vivir en las
tradiciones populares 2. Ni anduvieron más cuerdos, al suponer
1 Puede consultarse lo que dicen sobre este punto los citados Warton,
Ginguené y Roquefort, y con ellos Mr. de la Hue en su DiscrtciHon sur
Bobert Wace, inserta en el t. XII de las Memorias Arqueológicas de la
Academia de Caen; Mr. Mallet en su Introduction á la Historia de Dina-
marca, y Mr Graber de Hemsó en su Saggio Istorico, que mencionaremos
después. La crónica apellidada de Monmouth, aunque plagada de ficciones,
ofrecía no obstante cierto sentido histórico, comprendiendo la genealogía de
los príncipes galeses (\velches) desde el troyano Bruto hasta Cadwalladér,
que alcanza al siglo VII, Fué impresa en 1508 y 1517 en Paris (fól. y 4.°)
con el título siguiente : Britanniae utriusque regum et principum origo
et gesta insignia ab Galfrido vionernutensi ex antiquissimis Britannici
scrmonis monumentis in latínum traducía.
2 El indicado Warton atribuye no escaso valor en esta suerte de mito-
logía romántica á las enormes piedras que existen en Irlanda y Escocia, y
II.* PAUTE, CAP. I. MEYAS TRANSE. DEL ARTE ERUDITO. 9
que el expresado sistema habia fructificado en la España cristia-
na, antes de salvar los Pirineos para comunicar su aliento á
otras literaturas ; pues no solamente dejaban en completa oscu-
ridad el camino que llevaron aquellas ficciones, al verificar el in-
dicado tránsito, sino que ni apuntaron siquiera en qué monu-
mentos del arte español habían dado señales de vida; requisito
sin el cual venia por el suelo toda hipótesis, quedando despojada
del racional fundamento de la historia. Verdad es que era esto
de todo punto imposible: la literatura española, ya en su mani-
festación latino-eclesiástica, ya en la vulgar, no posee antes del
siglo XIV monumento alguno que se asemeje á la Crónica de
Monmouth, careciendo de apoyo aquella aventurada opinión, no
más consistente por cierto, al referirse al ciclo carloicingio.
Es la crónica del arzobispo Turpin, compuesta en sentir da
los más doctos críticos por un monje del siglo XI, la base ge-
neralmente conocida de cuantos poemas ensalzan el valor y la
fama de Cárlo-Magno y de sus doce Pares ' . La analogía de sus
ficciones con las fábulas de los libros arábigos (dicen unos) no
puede ser más sensible: la historia del Emperador y de Roldan
(añaden otros) fué llevada de España á Francia, antes de ser es-
que seg-un las tradiciones populares estaban dotadas de cierta virtud mági-
ca : supónelas ya trasportadas por gigantes de las costas de África, ya
por los encantamientos de Merlin. Aunque el sentido popular, viciado algún
tanto, buscase la explicación del respeto que le inspiraban dichas piedras,
en accidentes sobrenaturales^ no es posible dudar que ese respeto es heredi-
tario en las regiones de Gaula y Cornualla, y nacido del verdadero objeto,
á que estuvieron primitivamente consagrados dichos monumentos. Todo el
mundo sabe ya que esas piedras encantadas fueron altares, piras y templos
de los antiguos celtas, distinguiéndose, según sus diversas aplicaciones, con
los nombres de men-hires, dólmenes, alineamientos, piedras giratorias ú
horadadas, etc. Por manera que, cualquiera que fuese la trasformacion ex-
perimentada en la estimación del vulgo por este linage de tradiciones, siem-
pre habrá necesidad de confesar que no reconocen su origen entre los ára-
bes, quienes nada tuvieron que ver con aquellos países.
1 La Crónica de Turpin ó Tilpin se supuso escrita en el siglo IX; pero
nadie ignora ya que sólo apareció durante el Xí, con el nombre supuesto
de aquel arzobispo, que jamás existió en la Iglesia de Francia. La autori-
dad de Voltaire ha sido de mucho peso en esta disquisición crítica (Essai
sur les Moeiirs ct Vcsprit des nalions, 1. II, cap. XYj.
10 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
crita por el famoso arzobispo de Rheims * : las maravillas de las
hadas, la creación de los gigantes invulnerables, la invención de
las armas encantadas y de los mágicos talismanes (observan
estos) corresponden de lleno á la poesía del Oriente : la crónica
fabulosa de Tur pin y la no menos peregrina de Monmouth (ase-
guran aquellos) son el fundamento de todos los poemas de la
caballería ^. En ellas (prosiguen) aparecieron por vez primera
los caracteres principales y las fundamentales ficciones que han
ministrado tan abundante materia á este linage de composiciones
poéticas. Ningún libro liabia hablado antes en Europa de gigan-
tes y encantadores, de dragones y fantásticos vestiglos ; y pro-
viniendo sin duda todas estas novedades de una misma fuente,
fuerza es convenir en que sólo pudieron derivarse de la literatu-
ra oriental, representada por los árabes ^.
El procedimiento parece lógico, una vez admitido el princi-
1 El celebrado prior de Vig-eois, muerto en el último tercio del siglo XII,
afirmó que la referida Crónica, ó al menos el ejemplar que él vio por vez
primera, era originario de España ; y esta aseveración, á que daba cierto
peso la misma antigüedad, ha sido motivo de largas disputas, declarándose
Analmente la cuestión de todo punto insoluble (Roquefort, De la ])oésie
franQoise dans les sueles XII et XIII, pág. 137). Lo admirable, en nuestro
concepto, es que se haya suscitado.
2 Dado que todas estas maravillas reconocieran por única fuente las re-
giones orientales, ¿ seria posible concluir en buena crítica que sólo se co-
municaron á Europa por medio de los árabes?... Adelante veremos cuan in-
fundado es semejante aserto, que desvanece por otra parte la misma historia
de la civilización arábiga en nuestro suelo. En cuanto á serlas crónicas re-
feridas la única base de las ficciones caballerescas, recordaremos aquí las
historias romancescas de Thelesin y Melkin, aducidas por el célebre Huet
en su Origine des Romans, para refutar la opinión del docto Saumaise, uno
de los más entusiastas arabistas. Ambas historias contenían los hechos y em-
presas del rey Artús y de los caballeros de la Tabla Tíedoíirfa; y aunque no
está comprobada su existencia, prueba el indicado testimonio que no fué
para todos los escritores tan clara, como pretendieron los partidarios de la
influencia árabe, la cuestión que daban ya por resuelta.
3 Ginguenc, Ilist. litt. d'Italie, Parte II, cap. III. Sin embargo de apa-
recer inclinado á este sistema, vacila no poco al qullalar los hechos en que
se fundan los contrarios, limitándose en consecuencia al mero oficio de ex-
positor.
II.* PARTE, CAP. I. MEYAS TRANSE. DEL ARTE ERUDITO. 11
pió; mas sobre no apoyarse en uno de esos hechos que cierran
el camino á toda discusión, no sabemos hasta qué punto podrá
resistir la prueba de la teoría, que acudiendo á las venerables
tradiciones de la antigüedad clásica, niega virtaalmente cuantas
hipótesis ofendan la continuidad moral de la historia. ¿Por qué
cerráis los ojos á las obras del arte homérico y á la historia y
mitología greco-romana, para no ver en ella esas ficciones, cuyo
origen oscurecéis con las nieblas de vuestros gratuitos siste-
mas?... ¿Habláis de terribles gigantes? Pues ningunos pueden
poner más espanto en el ánimo de los hombres que aquellos, de
quienes se dijo que osaron levantar el Pelion sobre el Osa, para
arrojar á los dioses del Olimpo ; ningunos han recibido mayor
fama en las producciones del arte que Polifemo y Caco, que Ty-
cio y Anteo. ¿Tratáis de magos y encantadores?... Pues recor-
dad las maravillas obradas por Circe y Calypso, Medea y Tyre-
sias. ¿De monstruos y dragones?... El Cancerbero y la Hidra de
Lerna, la Serpiente Pyton y la Esfinge Tebana, el Dragón de las
Hespérides y el del Bellocino de Oro, los Centauros y el Mino-
tauro os dirán hasta qué punto llegó la fantasía de los poetas
griegos en este linage de creaciones. ¿De escudos terribles, de
armas encantadas?... Traed á la memoria la egida de Minerva,
los escudos de Aquiles y de Eneas, la lanza del hijo de Peleo y
las flechas de Filoctetes. ¿De héroes invulnerables?... Aquiles
sólo puede recibir la muerte por el talón, así como Ferragús
sólo puede ser herido en el ombligo; Eneas camina entre las fle-
chas griegas y las llamas que devoran la mísera Ilion, sin que
llamas ni flechas puedan causarle enojo ; Messapo, prole de Nep-
tuno, es superior al hierro y al fuego. ¿Ponderáis finalmente las
profecías de Merlin?... Comparad, sin embargo, con ellas los
oráculos de las Sibilas ^.... Héaquí (prosiguen los partidarios de
1 Esta enumeración es susceptible de extenso desarrollo desde las
transformaciones de Júpiter hasta las de Proteo y Glauco. La mitología,
sistema completo y altamente hermanado con la ciencia del mundo anti-
guo, no se borró de la memoria de los hombres tan fácilmente como se ha
supuesto, así como no pudo borrarse la noción de la misma ciencia, por
grande que fuera la oscuridad de la barbarie. San Isidoro en España, Beda
en Inglaterra y los académicos de Cirio-Magno en Francia atcslie-uan
12 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
la teoría clásica) cómo antes de que se escribieran las famosas
crónicas de Monmoulh y de Tiirpin existían en el seno de la so-
ciedad europea todas esas ficciones que sirvieron de fundamento
al sistema poético desarrollado en los libros de caballerías.
En el siglo Xí, en que estos nacieron (replican sin embargo
los arabistas), yacian en olvido profundo Homero y Virgilio; no
poseia Europa manuscritos del poeta griego, y los del poeta lati-
no estaban envueltos en el polvo de las bibliotecas de algunos
conventos, no frecuentadas de los eruditos ^. Pero aun cuando
este aserto pudiera admitirse, dando por sentado lo que no es
histórico ni simplemente verosímil, á saber, que liabia llegado á
borrarse del todo la tradición docta de la literatura clásica ; aun
cuando semejante afirmación se establezca, al tratar de libros es-
critos precisamente en lengua latina, todavía conviene reparar
en que, trasmitidas de edad en edad las supersticiones del mun-
do antiguo, y con ellas todas las artes goé ticas, según en varios
pasages va demostrado, no es propio de críticos que aspiren al
título de filósofos el desconocer que debían vivir en la memoria
de las gentes todas esas ficciones creadas por la fábula, por más
que la distancia y la oscuridad de los tiempos las alterasen y
desfiguraran. Y cuando los mismos sostenedores de la teoría que
esta verdad. Los que juzgan que la edad-media cortó con el mundo antig-uo
toda comunicación, niegan las leyes morales de la historia y hacen im-
posible toda explicación filosófica de aquel maravilloso movimiento intelec-
tual, conocido con el nombre de Renacimiento. Ni ¿cómo se comprenderla
por otra parte la existencia de ciertos poemas, meramente clásicos por su
asunto, aun en la literatura del Norte? ¿Qué sig-nificaria por ejemplo la
Eneida de Enrique de Veldekc, la Guerra de Troya de Conrado de Wurz-
hourg y más adelante las Mclhamoriiliosis de Alberto de Halberstadt?...
Verdad es que al negar absolutamente las tradicionos clásicas en la edad-
media, se ha perdido de vista que la Crónica de Monmouth y el Román du
Brut, que citaremos después, fundan toda su narración en la venida á In-
glaterra de un hijo de Ascanio, nieto por tanto del piadoso Eneas, cantado
por Virgilio.
1 Puede admitirse este aserto respecto del cantor de Aquiles, aun cuan-
do nunca con la excesiva latitud que le dá Ginguené, á quien principal-
mente aludimos {Hist litt de Ital., t. IV, cap. cit.): no así en lo tocante á
Virgilio, por grandes que fueran las tinieblas do los siglos X y XI en or-
den á las letras latinas.
U.* PARTE, CAP. I. MIKVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. lo
súlo concede á los árabes la trasmisión de los expresados elemen-
tos, confiesan paladinamente que antes de pasar á las dos cróni-
cas latinas, ícnian ya cuerpo y valor en las obras de la muche-
dumbre, no será ilógica ni aventurada conjetura la que apoyada
en el natural desenvolvimiento de la historia, conceda á la tradi-
ción clásica cierta intervención en el nacimiento de aquel sistema
poético.
Decimos cierta intervención, porque así como es para nosotros
insuficiente la teoría de los filo-arábigos, para explicar satisfac-
toriamente este fenómeno literario, así también carece de fuerza
y de eficacia para llegar al mismo fin la de los clasicistas, aun-
que no podamos negar que esos elementos heredados del antiguo
mundo podian nuevamente combinarse para dar vida, aun bajo
distintas leyes, á las producciones de la fantasía. Mas no bastan-
do por sí solos á formar un sistema tan completo como el que se
revela en los libros caballerescos, necesario es volver la vista á
distinta fuente, saliéndonos al encuentro la teoría de los que la
han hallado en los pueblos del Norte. Grande aparato de erudi-
ción histórica y etnográfica despliegan estos ^, para exponer su
opinión, remontándose á los tiempos del famoso rey del Ponto y
del más celebrado Odino (Sigge Fridulfson), y partiendo de las
conquistas llevadas á cabo por este legislador asiático en la Ru-
sia europea,' en las regiones septentrionales y occidentales de
la Germanía y en Dinamarca, Suecia y Noruega -. Odino, gran
1 Consúltoso sobre este punto el muy aprcciable Cuadro de la litera-
tura del Norte (Tablean etc. Paris 1S53) de Mr. F. G. Eichhoff, Sólo des-
pués de contar muchas obras escritas bajo la pauta de este excelente libro,
podrá lleg-arse á pronunciar la última palabra en cuestiones de oríg-cnes.
El fundamento capital de ella estriba en los estudios etnográficos.
2 Warton, que según va notado, es uno de los más disting-uidos parti-
darios de la influencia arábig-a, toma sin embargo en cuenta estos hechos,
llegando á resolver que lejos de destruir su primitiva teoría, la apoyan y
esclarecen, por reconocer las ficciones de árabes y escandinavos, que vamos
á indicar, un mismo origen en las regiones del Asia. Si esto es asi, claro
parece que lo mismo podria decirse de las ficciones mitológicas; y constan-
do que los pueblos del Norte tienen verdadero contacto histórico con las
naciones en que florece el sistema poético de que tratamos, no hay para
qué martirizarse en buscar, como peregrino, lo que al cabo llega á ser propio.
14 HISTORIA CniTiCA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sacerdote, discreto cultivador de las letras, gobernador sobrio y
justo, logró introducir en todas aquellas comarcas, con honda
veneración de los naturales, la religión de sus mayores, modificó
la aspereza de sus rudas costumbres, y no sólo les hizo adoptar
el culto y las leyes, sino también la lengua ^.
Era natural consecuencia de todos estos hechos que las ideas,
las tradiciones y los sentimientos del pueblo de Odino echasen
profundas raices entre los escandinavos, por más que el referido
conquistador y sus sucesores procurasen no lastimar sus institu-
ciones primitivas 2. Creian los compatriotas de aquel príncipe
que presidian al nacimiento y ulterior destino de los hombres
ciertas hadas (walkyris); y admitían igualmente la mediación de
los genios de luz (alfes), habitadores de la región celeste y de los
genios negros (hales, sombras) que moraban en la tierra. Un
dragón alado y negro, de tremendas garras é insaciables fauces,
devoraba los cuerpos de los infelices que morían en pecado : es-
pantosos gigantes (iotes ó iotum) dominaban las montanas ; as-
tutos enanos (dverges) guardaban las cavernas, haciendo unos
y otros perpetua guerra á los hombres. Semejantes creencias,
canonizadas por el respeto del fanatismo que rodea el nombre de
Odino ^, arraigan con los demás dogmas de aquella región orí-
1 El efecto producido por la conquista de Odino en las reg-ioncs del
Norte, ha sido compendiado por el docto Eichhoff en estas palabras: «Do-
sminando, al parecer de los escandinavos, toda la tierra, rodeado de los
»Ases ó jefes divinizados que forman su cortejo celeste, vencedor de los ge-
«nios malhechores, aunque sin tregua amenazado por ellos; — resume en sí
«respecto de los expresados pueblos, el heroísmo que afronta los obstáculos,
»]a perseverancia, que los domina, y sobre todo la discreción, que los evita.
(Tableau, pág'. 36). La gratitud de los vencidos eleva al vencedor á la es-
fera de la divinidad, circunstancia que hace realizable la influencia inusi-
tada que los historiadores le conceden. No se olvide que lo último que pue-
de perder un pueblo, es la lengua hablada por sus mayores.
2 Esta opinión apunta Mr. Gráberg en su Saggio Istorico sugli scaldi ó
antichi poeti scandinavi {Visa. ISll), fundándose en muy valederas razo-
nes (pág. 47 y 48). Todo convence de que Odino era un conquistador ex-
traordinario.
3 Mr. Eichhoff observa que la voz IVodan, cuya raíz odh ó wuth pe-
netra en todos los dialectos germánicos, y cuya significación es la de pen-
samiento, acerca á Odino al Boudha de los indios, genio de la sabiduría.
II.'' PARTE, CAP. I. NXEVAS TRAXSF. DEL ARTE ERUDITO. 15
ginaria del Asia, en el suelo del Norte, derramándose en breve
á la mayor parte de las regiones germánicas. Allí encarnan en
las primitivas tradiciones, y comunicándoles especial colorido,
animan por largo tiempo el harpa del poeta (skaldo), mezclándo-
se á los recuerdos heroicos é infundiendo nuevo espíritu á los
guerreros. AUi se connaturalizan y robustecen con las supersti-
ciones populares, que se reflejan enérgicamente en los cantos
del Edda ^ ; y al mismo tiempo que empieza á disiparlas la luz
del Evangelio, aparecen á la faz de las demás naciones, conduci-
das á Inglaterra por la espada de los sajones y daneses, llevadas
á Francia por las falanges de los normandos. Poco después reco-
gía Semundo Sigfuson las últimas reliquias del arte inspirado
por los dioses de Odino, levantando á la antigua cultura del Nor-
te el sencillo y grandioso monumento, donde se hallan escritos
con duraderos caracteres los nombres de Thor, Balder y Freyr 2.
llamado así del verbo ¿)í<rf/i, concebir. Aproxinaado por esto nuevo camino
á la divinidad, viene á ser el centro de aquella especie de mitología, cuyas
principales ficciones, en la relación poética Cjue vamos estableciendo, que-
dan ya indicadas.
1 Desde el primer canto de este peregrino y misterioso libro, que es la
volopsá ó visión de Vala, manera de Génesis del pueblo escandinavo, se
encuentra ya el vario aparato de enanos, que nacen de la sangre de Brimer
(estr. XII y siguientes) y de Dvalin (estr. XYII) ; de hadas^ entre quienes
resplandecen Skulda, Skogel, Gunar, Hildar y Gondel, consagradas al
príncipe de los combates (estr. XXIV); de magas, tales como Gulvege, que-
mada tres y más veces y protectora siempre de la raza de los malvados
(est. XXV y XXVI); de gigantes, entre los cuales es notable la vieja Gygur,
habitadora de la selva de hierro (estr. XXXVlí); de serpientes y dragones,
tales como Yorraungand y Nidhogre (est. XLV y LlI); y finalmente, de pa-
lacios de oro, gallos encantados, perros, águilas, rios, árboles y otras mil
creaciones de la fantasía, tipos todos que derivados, según notaremos, á ci-
vilizaciones más occidentales, pudieron tener notable influencia en el des-
arrollo del sistema poético, adoptado por la literatura caballeresca.
2 Sigfuson existió por los años de 1100 y fué designado con el nombre
de Sabio. Fugitivas á Irlanda las reliquias de los antiguos escandinavos,
refúgianse en aquella isla solitaria los sacerdotes del culto odínico, que
conservaban las primitivas tradiciones: propagada al cabo la luz del Evan-
gelio por San Bonifacio, San Anscario y sus discípulos hasta el centro de
dicha isla (siglo XI), hallan los dogmas escandinavos su último intérprete en
Semundo, quien escribiendo las cartas religiosas, liga a la posteridad el me-
IG mSTOUIA CRÍTICA DE LA LITÉRATUUA ESPAÑOLA.
Por esta doble senda, que parte de un mismo punto, se de-
rivan, pues, en sentir de muy doctos escritores, á las Islas bri-
tánicas y á la Francia del siglo X las peregrinas ficciones, que
toman carta de naturaleza en la antigua Bretaña, y que animan-
do las historias fabulosas reunidas por él obispo de San Asaph
en su famosa crónica, se transfieren al suelo de Gales y á las co-
marcas de Gornualla, engendrando en una y otra parte los poe-
mas de la caballería. Sin duda es este sistema el que más pare-
ce acordarse con la ley histórica y providencial que preside los
destinos de la humanidad en el progresivo desarrollo de su múl-
tiple y complicada cultura; aquellos elementos poéticos, aquellas
misteriosas tradiciones que se hallaban amenazadas de muerte
en el suelo, en que fructificaron por largos siglos, carcterizando
ia religión y las costumbres, — venian ahora á fecundar nuevas
civilizaciones, sometiéndose á los fines ulteriores de las mismas.
Sin embargo, por más vitalidad y energía que trajeran todas
estas ficciones, por grande que fuese la sensación que produjeron
en el ánimo de los pueblos, á cuyo seno eran trasportadas, poco
ó muy pasajero efecto hubieran logrado en las esferas del arte,
á no hallar en cierto modo preparado el terreno por el recuerdo
Vago, pero constante, de otra mitología, cuyas divinidades y fun-
damentos, si bien se mostraban en lo exterior desemejantes á los
de la religión de Odino, ofrecían notable armonía y unidad en el
fondo í. Pudieron de este modo hermanarse, para conspirar á un
raorable libro que recibe el nombre de Edda (ley sagrada). Véase el citado
Eichhoff, pág-. 42.
1 «La cosmogonía y loa genios elementales que sirven para figurar la
«creación (dice el docto Eichhoff), nos parecen remontarse, así entre los
1» germanos como entre los celtas, entre los romanos como entre los griegos,
»á la más apartada antigüedad, á. las tradiciones primitivas de Asia im-
wportadas por los primeros colonos» (pág. 34). Partiendo de este principio,
establece notables analogías entre los diversos sistemas tcogónicos de grie-
gos, romanos, celtas, germanos y escandinavos, mostrando así los lazos que
unen el antiguo simbolismo oriental y las divinidades astronómicas de la
India, la Asiria y el Egipto con las de Grecia y Roma, no menos que con
las de los germanos, celtas, vendas é iberos. Esta correspondencia interior
de los espíritus, aunque interceptada á menudo por las grandes catástrofes
de la humanidad y por la irresistible fuerza de los tiempos, no por eso ca-
Il/ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSE. DEL ARTE ERUDITO. 17
mismo fin, los ricos y variados elementos que legó al morir el
arte clásico á las generaciones de la edad-media y los elementos
que traídos del Norte, refrescaban esa misma tradición con nue-
vos gérmenes de vida. La teoría de los clasicistas, más funda-
mental , más histórica que la de los partidarios de la influencia
omnímoda de los árabes, se enlaza estrechamente con el sistema
de los que atribuyen á los normandos, daneses y sajones directa
participación en el desarrollo de la poesía caballeresca *.
Mas dados ya todos esos elementos y admitida la fusión de
todas esas ficciones, que aumenta y multiplica la juvenil fantasía
de los pueblos que los i-eciben, ¿podia decirse que estaba forma-
do el sistema poético, revelado por los libros de caballerías?....
Cualquiera que fuese el brillo y la riqueza de esa manera de mi-
tología, que contribuye á crear la máquina exterior del arte,
jamás hubiera llegado á producir verdadero sistema literario,
sin hallarse subordinada á principios fecundos, capaces de en-
cerrar en sí y revelar vigorosamente el espíritu y la vida inte-
rior de la sociedad, en cuyo seno iba aquel á manifestarse. La
poesía caballeresca tiene su más firme apoyo en el feudalismo.
tluca y desaparece del todo, dando en un dia determinado sorprendentes re-
sultados, cuya explicación seria absolutamente imposible, sin acudir á las
fuentes primitivas de la historia, reconstruyendo las mismas tradiciones por
medio déla ciencia etnog-ráfica y la filológica. Así debe suceder, en nuestro
sentir respecto de las investigaciones que vamos indicando.
1 La cohorte, distinguida por cierto, de los arabistas, ha sido reforzada
por no escaso número de críticos, que reparando en la absoluta falta de
pruebas con que se exponía aquel sistema, han apelado á las Cruzadas para
darle nueva luz y mayor autoridad. No queremos plaza de arbitrarios en el
estudio de la historia, cualesquiera que sean sus relaciones con la civiliza-
ción; pero si pudieron las Cruzadas tener alguna influencia en el perfeccio-
namiento, ó mejor dicho, en el acopio de los elementos que constituyen la
máquina literaria de la poesía caballeresca, no se olvide que ya antes de
emprenderse la primera de aquellas expediciones se hallaba fundamental-
mente organizado el sistema feudal, base principalísima, conforme á conti-
nuación veremos, de aquella literatura, y que no sólo se habían consumado
las conquistas de sajones y daneses, sino también las famosas expediciones
de los normandos, tomando estos asiento en las regiones occidentales. El
influjo de las Cruzadas no pudo en consecuencia ser primitivo, como parece
indicarlo el empeño de los que las citan al propósiío.
Tomo v. 2
18 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
Nacido este del centro de la barbarie é hijo por una parte del
valor individual y por otra del total olvido de las ideas del dere-
cho y de la organización militar que reciben las nuevas comar-
cas, en que es dividido por los pueblos del Norte el imperio de
los Césares romanos, tiene su origen en los beneficios militares
creados para defensa de las fronteras ; beneficios que hubieron
de distinguirse con los títulos de ducados, marcas, condados y
baronías ^. Ensayado acaso por vez primera entre los lombar-
dos, comprimidos al par sobre las orillas del Pó por los empera-
dores de Oriente y por los pueblos septentrionales, que iban ca-
yendo sucesivamente sobre el centro de Europa, propagábase en
breve este sistema á las regiones de la Germánia, donde hallaba
incremento en las mismas costumbres, y extendíase también en-
1 Entre las teorías más ó menos brillantes que se han inventado para
explicar el origen del feudalismo, llama nuestra atención la que expone el
disting-uido Mr, Guizot en su Historia general de la civilizacio7i europea.
«Establécese (escribe) el señor feudal en un paraje solitario, ya en la cima
»de un monte, ya en el centro de una selva : allí construye su morada que
«rodea de altos y gruesos muros: enciérranse con él su muger, sus hijos y
«acaso algunos hombres libres que carecen de bienes de fortuna y gozan
»de su especial aprecio. Alrededor ó á los pies de este castillo se agrupa
«una corta población de colonos ó de siervos que cultivan las tierras de su
«señor: en medio de este pueblo coloca la religión una iglesia y lleva á ella
»un sacerdote. En los primeros tiempos del régimen feudal este sacerdote
«es á la vez capellán del castillo y cura del pueblo: dia vendrá en que se
«separen estos dos caracteres y en que el pueblo tenga un sacerdote que se
«albergue junto al atrio de su iglesia. Hé aquí el origen y creación de ese
«nuevo estado, el elemento primordial del feudalismo.» Hasta aquí Guizot.
Pero semejante teoría, si halaga por un momento la imaginación, no satis-
face la razón histórica. El feudalismo es un hecho de fuerza, y como tal sólo
debe buscarse en la fuerza su verdadero origen : así únicamente debe ser
considerado como inmediata y natural consecuencia de la organización guer-
rera que recibe Europa, á efecto de las sucesivas invasiones de los pueblos
septentrionales ; y ya existan en el seno de la antigua sociedad gérmenes
más ó menos sensibles, como pretenden algunos, ya los traigan los pueblos
germanos, ya se desarrollen de este ó del otro modo, siempre habrá de re-
ferirse su manifestación en el seno del continente europeo á la constitución
indicada, no siendo posible su establecimiento y desarrollo por otra senda,
ni habiendo otra manera más racional y sencilla de explicar este fenómeno^
político de los tiempos medios.
ri.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 19
tre los francos, apareciendo ya grandemente robustecido al co-
menzar del siglo VIIÍ.
Ni tardó mucho en ser adoptado en las demás naciones de
Europa, siendo en verdad digno de^notarse que al reunir Cárlo-
Magno bajo un mismo cetro la mayor parte de ellas, lejos de
destruirlo, como parecía demandarlo la política del imperio, con-
tribuyera, bien que indirectamente, á fomentarlo. La debilidad
de los sucesores de este gran príncipe, y sobre todo las vergon-
zosas discordias de los hijos de Ludovico Pió, á que pone desas-
troso fm la batalla de Fontenay [845], trocaron aquella consti-
tución militar en instrumento de bárbara anarquía, establecién-
dose de hecho y de derecho el feudalismo, y rompiéndose del
todo, ó siendo enteramente ilusorios los lazos del señorío y va-
sallaje, que hablan existido hasta entonces entre los magnates y
los reyes. «Vióse cada réííno de Europa (dice al propósito un es-
»critor respetable) dividido y subdividido en inmenso número de
«pequeñas soberanías, subordinadas unas á otras en la aparien-
»cia, pero que realmente no reconocían ni para obedecer ni para
"mandar otro principio que la fuerza y el atrevimiento. Los pue-
»blos estaban esclavizados; los reyes sin poder; las guerras en-
»tre barones grandes y pequeños eran continuas: la anarquía
«perpetua. En Inglaterra conservaron los reyes más influencia;
«porque Guillermo el Conquistador la dividió en gran número de
«baronías, y siendo cada una pequeña, ningún barón pudo igua-
«larse con el monarca ni en autoridad ni en riquezas. Pero el
«resto de Europa estaba sumerjido en el más lastimoso desór-
«den. A este sistema de cosas, á esta perpetua descomposición
«del poder soberano, á esta anarquía universal, á esta combina-
«cion de fuerzas débiles que obraban sin concierto, ni régimen,
«dan los publicistas el nombre de gobierno feudal. Su siglo de
«oro fué desde el reinado de Ludovico Pió hasta el de San Luis,
«época muy difícil de estudiar, pero muy importante, porque en
«ella está contenida la suerte ulterior de las naciones moder-
»nas 1.
1 Don Alberto Lista y Aragón, Memoria sobre el feudalismo en España,
Revista Universal, t. II, pág-. 7.
20 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Erigido el feudalismo en poder, á nombre de la libertad y de
la independencia de unos pocos, fué pues el más duro instrumen-
to de la opresión, egercida impunemente por el fuerte y el pode-
roso sobre el menesteroso y el débil. Sólo era ley el capricho: la
seguridad pública y la seguridad doméstica existían únicamente
en la fuerza. Pero esta ley de hierro y de violeiicia debia al cabo
hallar en la tierra antídoto y correctivo : almas elevadas y gene-
rosas, que reprenden y condenan en secreto tan cruda opresión,
exaltadas por el doloroso espectáculo de la virtud y de la inocen-
cia, torpemente vilipendiadas, se alzan en medio de la universal
servidumbre para rechazar tamaños desmanes. Un solo camino
existia para llegar al término presentido : era la fuerza la fuente
única, la única fórmula de derecho respecto del feudalismo : la
fuerza debia por tanto ser empleada para dar cima á tan noble
y meritoria empresa : la ley del hierroisólo podia ser rebatida
por el hierro, y lo fué. lié aquí cómo nace y se desarrolla el sen-
timiento caballeresco; cómo se forma y organiza aquella resis-
tencia armada que, santificada por la religión, recibe el nombre
de caballería, y que ofreciéndose en holocausto por la libertad
de los hombres, se prepara desde su cuna á sufrir todas las
amarguras y á arrostrar todas las contradiciones, hasta lograr la
emancipación de los débiles y oprimidos.
Protesta tan noble como enérgica debia ser altamente popu-
lar en todas las regiones que gemían bajo el yugo del feudalis-
mo, tendiendo irresistiblemente á enconti'ar la expresión más
adecuada en la literatura de aquellos mismos pueblos. La poesía
caballeresca surgió espontáneamente para satisfacer esta necesi-
dad imperiosa : la caballería era una religión, y su sacerdocio el
egercicio de todas las virtudes : el caballero que merecía por ex-
celencia este nombre, tipo de perfecciones: la fé de su creencia
pura y ardiente, como el celo de la justicia que armaba su dies-
tra; su palabra inviolable; su abnegación profunda; su valor in-
vencible; su amor casto é inextinguible, como la llama de su fé.
Tan altas virtudes le encumbran sobre todos los príncipes y los
reyes de la tierra, haciéndole merecedor del cetro y de la coro-
na: su espada desata los encantos, postra la soberbia de los gi-
gantes, quebranta los formidables dragones, auyenta los vestí-
II.* PARTE, CAÍ'. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 21
glos : las liadas misteriosas, que han arrullado los sueños de su
infancia, vigilan de continuo sobre su vida, dominadas de aquella
fuerza superior, que dirige los destinos de los seres privilegia-
dos; y en una palabra, el mundo de las ficciones y de las mara-
villas es el teatro de su bravura, rodeándole con fantástica au-
reola y engrandeciéndole con el tesoro de las tradiciones populares
la universal gratitud de los oprimidos , que ven en sus victorias
el triunfo de la virtud, y le proclaman en |su entusiasmo ampa-
rador de los desvalidos, escudo de los huérfanos i.
Esta sublime idealización de la caballería, semejante en sus
efectos á la idealización histórica del heroísmo de los caudillos es-
pañoles, es pues el único lazo capaz de unir los diversos elemen-
tos, que han ido acumulando en el seno de Europa los distintos
pueblos que fijan en ella sus moradas. El sentimiento, que hace
brotar tan bella y generosa creación en mitad del caos de la edad-
media, nace directa é inmediatamente del estado de la sociedad
y obedece las leyes históricas de su natural progreso : por eso el
arte que la revela es popular, y sus multiplicadas producciones
llevan tras sí el aplauso de la muchedumbre : por eso, existieran
ó nó las crónicas de Turpin y de Monmouth, hubiera logrado
inevitable desenvolvimiento en las regiones, donde imperaba el
feudalismo con todo el aparato de la fuerza; por eso, en fin, no
tuvo, no pudo tener la misma importancia en aquellas naciones,
donde causas sin duda providenciales establecían en la sociedad
cierta manera de equilibrio, y donde podía el pechero de hoy
elevarse mañana, por medio de su valor ó de su virtud, á la silla
de sus magnates -.
1 iVo será fuera de sazón el manifestar que hay algunos poemas ó libros
de caballerías, donde bastardean algún tanto los caracteres generales del
caballero, en especial respecto de la pasión del amor. Tal sucede por ejem-
plo en Tristan do Leonis y Lanzarote del Lago. Pero obsérvese que en
estos casos, verdaderamente excepcionales, ceden los caballeros á cierta ley
fatal, superior á toda fuerza humana, no alterando la fisonomía general del
tipa, creado por la fantasía popular é idealizado por el arte.
2 Notando esta capital diferencia el más celebrado crítico francés de
nuestros dias (el ecléctico Villemain), y considerando las dos grandes fami-
lias de héroes, nacidas de las hazañas de Cárlo-Magno 'y de las ejecutadas
por los normandos, imagina otra tercera española, á que da por raiz y ca-
22 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Que esto es así, lo prueba con exuberancia de datos irrecu-
sables la historia de las letras. El siglo de oro del feudalismo es
también el siglo de oro de la poesía y literatura caballeresca; y
ya provengan de la crónica de Monmouth y de la de Turpin, ya
de las tradiciones, cuentos y cantos populares, aparecen los poe-
mas que representan aquella gran lucha entre el sentimiento de
la libertad y el hecho de la opresión, divididos en dos ramas
principales adheridas á, las dos grandes fuentes de tan peregri-
nas ficciones: tales son las ramas designadas arriba con los títu-
los de ciclo bretón y ciclo carlowingio ^.
beza Ruy Diaz de Vivar (Tablean de la litterature du Moyen-age, 1. 1, lec-
ción VII). Villemain determina sin embargo con cierta claridad ios diferen-
tes caracteres de los caudillos españoles y de los héroes fantásticos de la
caballería, manifestando que debe considerarse en los primeros la grandeza
del hombre, mientras domina respecto de los segundos la magnitud de los
sucesos. Esta observación era sin duda suficiente para apartarle de la frágil
teoría que establece: los héroes españoles viven en la historia y para la
historia; piensan, sienten y obran como todos los paladines de la cruz; as-
piran al fin común del pueblo y de la civilización castellana, habiendo por
tanto entre ellos y los de los ciclos fabulosos la distancia que media entre
la optación irrealizable de una sociedad que anhela el bien é idealiza el
instrumento, creado por su fantasía para lograrlo, y el vivo deseo del triun-
fo sobre los enemigos de la patria y de la religión, realizado á menudo por
todos los ciudadanos con la fuerza de las armas. El orden de ideas que unos
y otros personages representan, no puede ser más distinto. Pero aunque no
fuera tal la desemejanza ¿dónde están los sucesores del Cid, que constituyen
en la literatura castellana esa familia de héroes semejante á la de los pala-
dines del rey Artús ó de Cárlo-Magno?... Si lejos de esto Villemain hubiera
dicho, al reconocer los diferentes caracteres de unos y otros, que la apari-
ción de los libros de caballerías produce cierta reacción en el sentimiento
patriótico de los castellanos, según notaremos en lugar oportuno, no hubie-
se logrado la gloria de inventar una nueva teoría; pero se huljiera acercado
á la verdad histórica.
1 Algunos críticos alemanes, y entre ellos el distinguido Mr. Pischon en
su Leitfaden der Deutschen Litcratur (Berlín 1836), estableciendo una cla-
sificación completa de los poemas épicos de la edad-media, los dividen en
seis series ó ciclos principales, á saber: ciclos legendarios, sagrado y pro-
fano, ciclo greco-romano, ciclo franco-romano, ciclo británico y ciclo ger-
mánico. Como notarán los lectores, los ciclos franco-romano y británico
corresponden en esta clasificación á los que representan fuera de España la
literatura caballeresca. Al darles el título de ciclo bretón y ciclo carloicingio ,
nos acomodamos al uso general y constante de los más autorizados escritures.
11.^ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSE. DEL ARTE ETUDITO. 23
Tiene el primero por fundamento la existencia del rey Artús,
último soberano de los bretones insulares, que en una buena
parte del siglo VI [517 á 542] hizo heroicos esfuerzos para de-
fender la independencia de su patria contra la invasión de los sa-
jones. Ligada á su historia, que difunde entre los truveras el
poema de Bruto, escrito por Roberto "Wace [1155], aparece la
del encantador Merlin, hijo de una virgen y del príncipe de las
tinieblas ; y enlázanse con ambas las no menos peregrinas y ori-
ginales de Lanzarote del Lago y de Tristan, sobrinos de tan
renombrado monarca, y la de Joseph Arimathea y de Perceval
de Gttula, dando las últimas origen á la serie de poemas [que
tienen por objeto el Santo-Graal y su Demanda; libros que
constituyen en realidad un segundo ciclo, ofreciendo cumphda
razón de la caballería religiosa i. Compuestos ó traducidos casi
todos durante el reinado de Enrique II de Inglaterra [1154 á
1189], reconocen por autores á diferentes poetas protegidos por
el mismo Enrique, y más de una vez asociados para llevar á cabo
los mandatos de aquel monarca 2. De su corte pasa á la poesía
1 Mr. Fauriel en su Wist. de la poes. provéngale afirma expresamente
que en la milicia religiosa del Gn'al hay una alusión manifiesta á la milicia
de los Templarios. «El objeto, el carácter religioso, el nombre todo se rela-
nciona (dice) entre esta última caballería y la caballería ideal del Graal,
Dhabiendo no poca dificultad en comprender la ficción de la una, si se hace
íabstraccion de la existencia real de la otra» (t. II, cap. XXX, pág-. 439).
Aceptamos esta opinión, por parecemos tanto más exacta cuanto que sin
reconocer la expresada correspondencia entre el mundo real y el mundo
ideal, creado por la poesía caballeresca, sería incompleta la manifestación
del arte. La caballería de la Ig-lesia, institución histórica, que viene á se-
gundar el noble, generoso y trascendental pensamiento generador de la
caballería profana, tal como lo dejamos expuesto, debia tener y tuvo en
efecto digna representación en las producciones de la literatura, engendra-
da por aquel mismo pensamiento ; debiendo observarse que ya en los pri-
meros poemas, que ofrecen la historia del Santo-Graal, tales como las de José
de Arimathea y el Perceval de Gaula, ya en los derivados de ellos, tales
como el Titurel y el Perceval de Wolfram, domina siempre el sentimiento
religioso á toda otra idea, personificándose de una manera digna y elevada
aquella vida de austeras privaciones y de pruebas sublimes, que distingue
en todas partes á las Ordenes militares.
2 Los autores ó traductores referidos son : Lúeas de Gast, que trasladó
el libro de Tristan y comenzó el del Santo Graal [1170 á 1180]; Gasse-le-
24 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITEnATURA ESPAÑOLA.
propiamente francesa la historia de Tristan, enriquecida por
Cristiano de Troya [H91], y tras ella cobran no menor fama las
demás ficciones de la Tabla Redonda en todo el siglo XIII i.
Igual preponderancia y nombradla estaban reservadas al ci-
clo carlowinyio. Dudan los más doctos investigadores sobre la
prioridad de uno y otro, inclinándose no pocos á dar la preferen-
cia al bretón, por hallar en los más antiguos poemas del carlo-
wingio frecuentes alusiones á los caballeros de la corte del rey
Artús; observación de no poco valer en este linage de tareas.
Como quiera, cumple principalmente á nuestro intento el consig-
nar que es Cárlo-Magno (y con él sus doce Pares) el héroe fun-
damental de los poemas y libros de la rama carloim'ngia, resul^
tando de las distintas épocas que constituyen su vida, otras tantas
series de historias caballerescas, en que tienen lugar algunos de
sus ascendientes y no pocos de sus sucesores. A cinco grupos
de acontecimientos capitales pueden no obstante reducirse dichas
series: 1 ." El que forma la historia preliminar de Cárlo-Magno
con la de su padre y abuelos: 2.° El que se refiere á su infancia
y á su juventud: 3.° El que abraza las expediciones fabulosas á
Constantinopla y Roma: 4.° El que atañe á la historia de Es-
paña, á que pone fin la sangrienta rota de Ronces valles; y 5.° El
que encierra las guerras sostenidas contra los sarracenos de la
Blond, que tomó porte en dichos trabajos; Gualtero Map, que puso en fran-
cés el Lanzarote del Lago,' Roberto y Helis de Borrón, que prosiguieron la
traducción de las historias de Joscph de Arimathca, del Santo Graal y de
Mcrlin, publicando además Helís el libro de Palamedes por sí solo, y asor
ciándosc á Rusticiano de Pisa para dar cima á las obras que llevan su nom-
bre. Estas son: el Bruto, puesto de verso en prosa y el Meliadus, padre de
Tristan, el más famoso de los poemas ó libros bretones (Roquefort, De la
•poes. franc. III.* Parte, cap. I, pág', 149 y'siguientcs), de que según obserr
va Fauriel se conocen hasta siete diferentes redacciones (t. II de su Hist. de
la poés. proiK pág-. 425).
I El citado Mr. Fauriel seríala el período de 1100 á 1300 como la época
floreciente de la literatura caballeresca, manifestando que abrigaba la con-
vicción de que algunos de los más célebres poemas ó libros de la Tabla Re-
donda eran ya muy conocidos en 1150 (t. lí, pág. 323 de la referida obra).
Todo convence de la exactitud de las observaciones que vamos haciendo,
con el propósito de aplicarlas á nuestra historia literaria.
II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 23
Península Ibérica en defensa del territorio cristiano ^, Como se
ve claramente, caen bajo esta división todas las historias, deriva-
das de la tantas veces citada de Turpin, enlazándose estrecha-
mente con ellas las colaterales de Los cuatro hijos de Aymon,
Reynaldo de Montalhan, Maugis de Aigremonf, Ogier el Da-
nés, Beuves de Aigremonf, Ganiier de Naníeuil, Aymerico de
Narhona y otras muchas, escritas en el siglo XII y llegadas á su
mayor reputación durante el XIII ''■.
Impertinencia reprensible seria pues la de dudar, en vista
de este doble y completo desarrollo de la literatura caballeres-
ca ^, respecto de los pueblos en que tiene su cuna y adquiere
su natural perfeccionamiento. Gloria es esta que nadie osará dis-
putar con entera justicia á la nación britana, reconociendo aun
mayores merecimientos en la francesa, si bien conviene sentar
1 Añadimos á esta clasificación establecida por Fauriel, el primer miem-
bro que comprende las historias de Berta y Pepino, Flores y Blanca Flor,
ó Buovo'de Ánfora, etc., alg^unas de las cuales constituyen por separado
interesantes, aunque descosidas, narraciones.
2 La mayor parte de los autores de los poemas ó libros del ciclo carlo-
wing-io pertenecen al siglo XIII. Adans ó Adenez, autor del Cleomacles y do
las Mocedades (Enfances) de Ogiero el Danés, de Aymerico de Narbona
y de Berta y Pepino, florece en la corte de Felipe el Atrevido; Giraldino de
Amiens, que prosiguió la última historia con la de Cárlo-Magno , hijo de
Berta, vivia á fines de aquella centuria y principios de la sig^uiente. Lo
mismo sucede á Huon de Villeneuve, que escribió el Reynaldo de Montal-
han y el Garnier de Nanteuü, de que son ramas otros diferentes poemas,
y á quien se atribuyen los Cuatro hijos de Aymon, novela íntimamente
enlazada con la historia del Reynaldo de Montalban, uno de los cuatro per-
sonag-es indicados con aquel título. De cualquier modo no puede estar más
comprobado en la literatura francesa el desarrollo de la caballeresca.
3 El docto Mr. Fauriel establece una tercera categoría de poemas caba-
llerescos, adherida al ciclo carlowingio, si bien con sig-nificacion histórica
. más directa y enlazada con los pueblos del Mediodia de Francia. Son los
principales poemas de esta serie el Guillermo de Orange, Gerardo de Ro-
s'ellon, y otros que habian sido antes colocados entre los poemas mixtos al
lado del Caballero del Cisne, Gerardo de la Violeta, Garin el Loherano etc.
Conste sin embargo que el espíritu que anima dichos libros, como enseña la
bellísima historia de Gerardo de Rosellon, siendo no menos poético que el
de los de caballería, propiamente dichos, está más conforme con la vida
real del pueblo, naciendo de sus más caras tradiciones históricas.
26 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?$OLA.
que estaba reservado á otras naciones, así en la edad-media como
en los tiempos modernos, el recoger el granado fruto de aquel
arte, cuya riqueza é importancia histórica dejamos reconocidas.
Los nombres de Gotfrido de Strasbourg, poeta sentimental y re-
ligioso por excelencia, y de Wolfram d'Eschenbach, cantor elo-
cuente y erudito, tienen señalado lugar en la historia de las letras
alemanas * : el caballero Boyardo y el esclarecido Ariosto dotan
á la poesía, ennoblecida por el Dante, de no perecederos monu-
mentos ^: Cervantes, el inflexible perseguidor de los libros de
caballerías, sublima la literatura castellana con la inmortal crea-
ción del Quijote.
Lejano del suelo de la España Central, distante de la esfera
en que se habia formado el carácter español y en que habia flo-
recido su heroísmo, no puede causarnos maravilla que no se re-
flejara en la vida real, interpretada por los cantos populares, ni
dominase en la esfera de la erudición, espejo indirecto, pero fiel,
de la actualidad histórica de Castilla, el arte que produce esos
multiplicados monumentos. Y no porque dejaran de ser conocidos
de los poetas castellanos y aun de los mismos historiadores : no
porque el pueblo español careciese de toda noticia de los hechos
positivos y aun fabulosos, sobre que se habia levantado parte
muy principal de aquel grandioso edificio ; sino porque á pesar
de los juglares propios ó extraños que propalaban entre el vulgo
algunas aventuras de Carlo-Magno y de los suyos, asociadas di-
recta ó indirectamente á las proezas del héroe popular Bernardo
1 Gotfrido enriqueció la literatura alemana con la historia de Tristan y
de Isolda, á que dio un interés altamente eleg^iaco: Wolfram, el príncipe
de los minncsinger , aclimató en ella con el Titurel y el Perceval, la mara-
vilosa fábula del Santo Graal, levantándola á las esferas de la verdadera
poesía. La infancia del hijo de Gamurct, su 'aparición en el mundo caballe-
resco y sus primeras empresas son altamente ideales y de originalidad ex-
tremada. Recuérdese lo que indicamos sobre este punto, hablando del Libro
del Infa7ite, debido á don Juan Manuel (II." Parte, cap. XVllI).
2 El Orlando Innamorato y el Orlando furioso. No se olvide que an-
tes de llegar á este punto y desde la mitad del siglo XIV habia producido la
literatura italiana algunas obras caballerescas, entre las cuales deben citar-
se / Reali de Francia, Bouvo d'Anlona, La Spagna y otros, que adelan-
te mencionaremos.
II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEl, ARTE ERUDITO. 27
del Carpió *: á pesar de que los historiadores y poetas doctos se
ufanasen, mostrando serles familiares aquellos libros; y finalmen-
te, á pesar de la singular consagración histórica que habia reci-
bido la crónica de Turpin, al ser declarada por Calixto II relación
auténtica de los sucesos que narraba [1122], ofendía virtualmen-
te á la nacionalidad ibérica, encaminada sin tregua á los altos
fines de la reconquista, todo aquel vano aparato de gigantes y
enanos, hadas y genios, dragones y encantadores, habiéndose
menester largo espacio para saborear su lectura, y mayor todavía
para que el anhelo de la imitación abriese las puertas de la lite-
ratura castellana á semejante linaje de ficciones.
Los síntomas de esa tendencia erudita y de esa oposición del
sentimiento patriótico que se pagaba sólo de sus propios héroes,
cuyo valor y cuyas virtudes acrisolaban é idealizaban al par los
conflictos de una guerra dos veces santa, aparecen sin embargo
con extremada claridad en las producciones de la poesía y de la
historia, descubriendo con no menor exactitud que iba la htera-
tura caballeresca haciendo paulatinos, bien que seguros progre-
sos, en la estimación de los eruditos. Documentos irrecusables
de esta verdad hallamos desde los primeros dias del siglo XIII:
Gonzalo de Berceo en la Vida de San Millan compara, y aun
antepone, el valor del rey don Ramiro, vencedor de Clavijo, á
1 Repárese bien en esta relación de los cantos de los juglares que men-»
Clonaban á Cárlo-Magno y de los que enaltecian la indomable bravura de
Bernardo. Como insinúa el docto Wolf en su erudita Introducción á la,
Primavera y Flor de Romances, que dio años atrás á la estampa (Berlin
1S56), los vestigios délos primitivos romances del héroe de Roncesvalles,
que más se conforman con las tradiciones carlowlng-ias, muestran que al pa-
so que no eran estas desconocidas, necesitaban subordinarse al interés na-
cional para ser alg-un tanto estimadas. De aquí provino el que estos can-
tores se fig-urascn á Bernardo de la estirpe privilegiada de Carlos, haciéndo-
le primo do don Bueso, é ingcriéndolo por tanto en la familia de los Doce
Pares. Así el héroe español, igual por la sangre á los del ciclo carlowingio
y excediéndoles en el valor, lograba sin igual estima entre la muchedum--
bre, que se enorgullecía con su memoria; así también, sobrepuesto al inte-
rés de la leyenda el interés de la actualidad poética de Castilla, eran domi-
nados los elementos de la literatura caballeresca por la grande representa-
ción histórica de los caudillos cristianos.
28 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAS'OLA.
lá bravura de Roldan y de Oliveros ^ : Juan Lorenzo Segura
arma al joven Alejandro de encantado acero, vistiéndole una
camisa, fadada con la doble virtud de rechazar toda traición é in-
temperancia amorosa h el autor del Poema de Ferran Gonsal-
ves sublima el esfuerzo de este caudillo, asemejándole á Cárlo-
Magno y Roldan, Oliveros y Reinaldo, Teryn y don Ogiero,
Baldovinos y Guardabuey ^ : don Rodrigo Ximenez de Rada,
aunque desechando las conquistas fabulosas del emperador refe-
rido, consigna la famosa rota de Roncesvalles, sin olvidar al ha-
zañoso Rolando * : el Rey Sabio enlaza á su Grande et General
Estoria la muy renombrada de Bruto é ingiere en la de Espanna
las romancescas aventuras de Mayneto y Galiana, y no desecha
la historia del rey Marsilío, atribuyendo á todas cierta importan-
1 Bercco dice:
412 El rey don Remiro, | un noble caballero.
Que nol vezrien d'esfuereo | Roldan, nin Olivero.
2 Juan Lorenzo Segura escribe:
S9 Fecieron la camisa | (lúas failas cuna mar,
Dléronie dos bondades I por bien las acabar:
Quiquier que la vestiese [ fuesse siempre leial,
Kt nunqua lo podiesse | la luxuria templar.
90 Fizo la otra fada | tercera el briai:
Quando la ouo fecho, | dióse un grant sinal;
Quiquier que lo vesliesse | fuesse siempre leal;
Frió nía calentura 1 nunqual fcciesse mal.
:} Hablando Fernán González de la perseverancia y abnegación del ver-
dadero héroe, observa:
351 Carlos et Baldobinos, | Roldan el don Ojero,
Teryn et Gualdabuey [ et Bernald et Olivero,
Torpyn et don Rinaldos 1 et el gascón Anglero,
Ector et Salamon | et el otro su companero.
3j2 Estos et otros mucbos | que vos é nombrados
Sy tan buenos non fueran, | oy serien olvidados:
Serán los buenos fechos | fasta la Un contados, etc.
4 Lib. IV, cap. X. De Bebus Ilispaniae geslis. Respecto de las conquis-
tas de Cario Magno dice en el mismo capítulo: «Nonnulli, histrionum fabu-
iilis inhaerentes, fcrunt Carolum civilates plurimas, castra et oppida in Ilis-
«paniis acquisisse». Se ve que al mediar el siglo XIH iban cundiendo aun
•Mitre el vulgo las ficciones caballerescas.
II. '^ PAUTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ETÜDITO. 29
cia, no concedida antes á la de C<árlo Magno por el arzobispo don
Rodrigo * : los traductores de la Conquista de Ultramar, sobre
transferir la historia de Flores y Blanca Flor, y la no menos
interesante de Maijnelo y de sus pérfidos hermanos, reproducen
casi íntegra la del Caballero del Cisne, manifestando así que ya
al terminar la expresada centuria, no sólo eran conocidos de
nuestros eruditos los libros de los ciclos Bretón y Carlowingio,
sino también los poemas que tenían por asunto otro género de
ficciones ^. Y no son menos fehacientes los testimonios que nos
ofrecen las obras del siglo XIV : el Archipreste de Hita pondera
los amores de los clérigos de Tala vera, diciendo que les eran sus
amigas más ñeles que Blanca Flor á Flores y á Isolda Tristan ^r
el ingenioso y pintoresco Ramón de Muntaner iguala el denuedo
1 Estoria de Espanna, III.* Parte, caps. V y X de la edición de Ocam-
po. En la Grande et general Estoria se extractan de la referida crónica de
Monmouth, á que da el rey el título do Estoria de las Bretañas, todas las
proezas atribuidas al hijo de Silvio, no olvidadas tampoco las historias de
Corineo y Locrino, de doña Guendolonea y Mandan, Porex y Flérex, Belmo
y Brenio etc. (11.* Parte, fól. 323, III.^, fól. 98, IV.% fól. 112 de los códi-
ces Y. j. 7, 9 y 11 de la Bibl. del Escor),
2 El poema del Caballero del Cisne, de que se hubo de sacar la referida
historia, lleva por título Le Chevalier au Cygne et Godeffroid de Bouillon,
y ha sido impreso en Bruselas [1S54] por Mr. le Barón de Reiffenberg- y
Mr. A. Borírnet. Fué conionzado por cierto poeta llamado Renax ó Renault
y terminado por Gaudon de Douay; y decimos que este poema debió servir
al autor castellano de la Crónica de Ultramar, porque hasta el sig-lo XIV
no fué traducido en prosa. Y aunque el erudito Ticknor opina que habien-
do acabado Douay todo el poema en 1300, cía posible que los capítulos del
Caballero del Cisne se ingiriesen, al imprimirse la Gran Conquista, no es
en nuestro juicio obstáculo la referida fecha; pues que al componerse en la
última década del sig-lo XIII la obra española bajo los auspicios de don San-
cho IV, habia ya escrito Renault la parte principal del mencionado poema,
que es en suma la extractada en la Crónica ó Gran Conquista. Ticknor tro-
pieza en esta dificultad, por haber atribuido dicha obra al Rey Sabio (Véa-
se el cap. XIII de la II.* Parte).
3 Dice el Archipreste, en Ijoca del Tesorero de Talavera, hablando de
su amig-a Teresa:
Um Nunca fué tan leal I Blanca Flor á Flores,
Niñees agora Tristan | á lodos sus amores.
50 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
de don Fernando de Aragón al coraje del conde de Anglería, re-
cuerda las fiestas caballerescas de la corle del rey Artús, al narrar
el celebrado torneo de Figueras, en que desplegó Alfonso IV ex-
traordinaria magnificencia y alude en diversas ocasiones á. las
aventuras de Gofredo y Brunesinda, Ginebra y Lanzarote del
Lago 1 : el casi popular Rodrigo Yañez en su Poema de Al fon"
so XI, dominado del espíritu que iba cundiendo en sus dias y que
hemos visto ya tomar grande incremento con la Crónica Troya-
na, traida al castellano y al gallego, para educación de don Pe-
dro de Castilla, paga en fin más cumplido tributo á esta influen-
cia extraña, valiéndose de la fama de Merlin para profetizar la
muerte de don Juan el Tuerto y el maravilloso triunfo del Salado
y comparando el valor del rey castellano al esfuerzo del celebra-
do Pepino 2.
1 Caps. 147 y 161 déla Crónica. Mr. Fauriel alega otras citas en el
t. IIl, pág-s. 95 y 98 de su Histoire de la poésie provéngale.
2 La profecía relativa al fracaso del infante don Juan, acaecido en
Toro, á que el sabidor Merlin llama Fuente del vino: se halla narrado aquel
atentado al principio de lo que existe de la Historia en coplas redondillas,
analizada en el capitulo XXI de la II.'' Parte, 1. Subciclo.
Dice así:
.4questo dixo Merlin
El propheta del Oriente:
Dixo: el león d'España
De ssangre fará camino;
(Matará) al lobo de la montaña
Dentro en la Fuente del vino.
Non lo quiso más declarar
Merlin el de gran saber;
Yo lo quiero apaladinar,
Como lo puedan entender.
El león d'España
Fué el buen rey ciertamente;
El lobo de la montaña
Fué don Joban, el su pariente.
Et el rrcy quando era niño
Mato á don Joban el Tuerto.
Toro es la Fuente del vino,
A dó don Juan fué muerto.
(Ful. 9 vto.)
Más interesante la que se refiere á la victoria de Tarifa, síg-uese también
á la narración de tan memorable ^batalla. Yañez supone que un sabio
n.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRAXSF. DEL ARTE ERUDITO. 51
Sensible é indubitable era pues el progreso que hacia en la
estimación de los doctos la narración de las proezas y aventuras
de los caballeros de Cárlo-Magno y del rey Artús, apareciendo
todavía más digno de consideración este fenómeno, al reparar
en que habia penetrado el espíritu romancesco hasta en las mis-
mas leyes. El código de las Siete Partidas, escrito al mediar el
siglo XIII y promulgado en 1548, poniendo de relieve el fm di-
dáctico á que su autor aspiraba, consigna que los caballeros «por
maestro, llamado don Antón, muy amigo de Merlin, obtiene la rebelación
indicada, diciendo:
Este maestro sabldor
Assi le fué preguntar:
• —Don Merlin, por el mi amor,
Sepadesme declarar
La profecía de España
Que yo querría saber
Por vos alguna fazaña
De lo que se ;\ de fazer.
(Fól, 62 r.)
La profecía ocupa treinta y seis redondillas, número ig-ual al de las ya
publicadas del expresado poema, y termina con las en que se declara el
nombre del autor, según vimos en el capítulo referido, añadiendo :
Copras de muy buen íablar,
Segund dijo Merlin;
Agora quiero contar
Del rey de Benamarin.
Aludiendo al rey Pepino, dice, al describir la indicada batalla del Salado:
Nin Pepinos, rey de Francia,
Con la su caballería
Non fizo mayor matanza
De la que fué aquel día.
(Fól. 51.)
Antes, testificando de nuevo la fama que todavía gozaba el Poema de
Alexandre, había dicho al ponderar la bravura del rey :
De aqueste fincó nesijia
África syn toda falla;
Alexandre, rrey de Grecia
Non flrió mejor batalla.
(Fól. id.)
52 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
>>que se esforcasen más, tenien por cosa aguisada que los que
«ouiessen amigas que las ementasen en las lides , por que
»)les cresciesen más los coracones et oviessen mayor vergüenza
»de errar»; y admitida la gerarquía de la orden caballeresca,
decia al tratar de las honras que le pertenecían de derecho: «Et
«aun ha otra onra el ques caballero : que después que lo fuesse,
»puede llegar á onra de emperador ó de rey, et ante non lo po-
»drie seer» K No estaba en verdad esta creencia en las costum-
bres, ni en la constitución política de los españoles de la recon-
quista: su historia no presentaba ejemplo alguno de caballero,
que hubiera subido al solio por sus merecimientos personales; y
sin embargo dicha ley era respetada por Alfonso XI, al mediar
el siglo XIV, edad en que á pesar de las protestas populares que
alguna vez formula la poesía ^, sólo esperaba la literatura de los
Rolandos y Tristanes un momento decisivo para tener repre-
sentación, con obras dignas de estima, en la literatura de los
Cides y Fernán González.
Justo parece reparar no obstante en que no carecían de algún
fundamento en nuestra propia nacionalidad las ideas caballeres-
cas. Bien que dirigida por el mismo espíritu de la reconquista k
fin diverso que en extrañas naciones, había echado ya profundas
raices en nuestro suelo la institución de la caballería. Las órde-
1 II. ^^ Partida, lib. XXI, leyes 22 y 23.
2 El P. Ariz en sus Grandezas de Avila insería los siguientes versos:
Cantan de Olivero | c cniílan de Roldan
E non (la Zurraquin ¡ que fué liucn barragan;
Cantan de Roldan | é cantan de Olivero
E non de Zurraquin | que fué buen caballero.
Estos versos que existen en un antig-uo Cronicón de Avila, se suponen can-
lados por los años de 1107; pero sin crítica alg'una, bastando para conven-
cernos de ello el recordar los del Poema, escritos medio siglo después. Aten-
diendo al espíritu que revelan, no menos que á su estructura y al estado de
la leng'ua, los creemos compuestos en época en que el sentimiento de la li-
teratura caballeresca se habia generalizado hasta el punto de excitar una
protesta del sentimiento popular á favor de los antiguos héroes nacionales.
y en este caso dicho se está que sólo pudieron producirse desde la segunda
mitad del siglo XIV en adelante.
II.* PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSE. DEL ARTE ERUDITO. 55
lies militares de Calatrava, Santiago y Alcántara % las no me-
nos celebradas del Templo y de Montesa ^ guardaban en su
historia heroicas hazañas, dignas del más alto aplauso ; aquellos
guerreros que vistiendo la cogulla y viviendo una vida de verda-
dera abnegación, refrenaban do continuo la pujanza sarracena en
castillos y plazas fronterizas, no llevaban por cierto á cabo aven-
turas tan estupendas como las atribuidas á los Roldanes y Olive-
ros, Lanzarotes y Tristanes: ni peleaban con sierpes, dragones
y vestiglos , ni rompian el encantamiento de reinas y princesas
oprimidas, ni descendían al fondo de los lagos para aposentarse
en palacios de cristal, ni obedecían ciegamente el misterioso po-
der de talismanes y amuletos. Su enseña era el pendón de la pa-
tria; sobre su pecho brillaba la cruz del Nazareno, y animados
de un solo pensamiento, peleaban por la libertad de su pueblo
contra el enemigo de su Dios, fiando en su divina protección y
en el brío de sus diestras el éxito de las batallas. Dominado de
este sentimiento, instituía el Rey Sabio la Orden de Santa Ma-
ría; mas al fundar semejante rehgion caballeresca, no podía es-
quivar el influjo de las ideas que iban cobrando extraordinario
dominio en toda Europa; y quien recibía las narraciones de las
crónicas de Monmouth y de Turpin con cierto valor histórico;
quien se habia declarado desde su juventud paladín de la Virgen
María, llegando al punto de infundir en sus Cantigas á la devo-
ción pura y ardiente que le profesaba, cierto no sé qué de amor
romancesco ; quien á semejanza de los héroes bretones y carlo-
v\ringios, tenia por bien que el caballero invocase, al entrar en
lid, el nombre de su dama; y finalmente quien no le negaba la
aptitud de ganar imperios y coronas, admitía, al establecer aque-
lla singular milicia, el elemento caballeresco, que iba á tener en
la próxima centuria mayor aplicación aun á las mismas leyes de
la caballería ^.
Alfonso XI creaba en 1530 la Orden de la Y anda: llegado
el momento de dictar los cánones á que debia ajustarse, no sola-
1 Creadas en 115S, 1175 y 1273.
2 La primera establecida en 1118, ó introducida en 1134: la seg'unda
creada en 1311 por don Jaime II en sustitución de aquella.
3 La Orden de Santa María fué estatuida de 12.52 á 1260.
Tomo v. 5
54 HISTOKIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?!OLA.
mente sentaba como principio y base de su fundación que «pres-
» ciaba Dios la orden de caballería más que ninguna de las otras
«órdenes, por que se defflende la su ffé et el mundo por ella»:
declarando al par que «todo el que fuere de buena uentura et se
touiere por caballero...., deue faser mucho por honrar la caua-
lleria et por la leuar adelante» i, imponía á los caballeros el
triple deber de «ser leales á su señor et amar lealmente á
aquella en quien pusiesen su coracon et tenerse por caualleros
más que otros para faser más altas caballerías -. Preceptos
indeclinables eran para los caballeros de la Vanda el no decir
mentira, el no ser alabanciosos, el hablar mesurados y el abs-
tenerse de usar palabras torpes ó malsonantes : todas estas vir-
tudes debian subir de punto, al referirse á las damas. Deber es
del caballero (escribía el legislador) «señaladamente que non
«diga ningún degrauio contra ninguna dueña, nin contra nin-
»guna donsella fijadalgo, aunque ella sea contra él, por que ay
«algunas dellas á las veses ariscas. Et otrosy (anadia) que quan-
» do alguna dueña ó alguna donsella fijadalgo viniese á la corte
«del rrey á se querellar de algún desaguisado, que le hayan fe-
»cho, que los caballeros de la Vanda ó cualesquier dellos que la
«pongan ante el rrey, por que pueda mostrar su derecho. Et aun
»si conpliese, que rrasone por ella, porque aya complimiento de
«derecho. Et aun demás del rrasonar, que faga lo que el rrey
«fallare con su corte que debe faser, por que ella aya todo su
«derecho» ^.
Llegaba pues á establecerse como principio aplicable á la vi-
da práctica del caballero, aunque en el reducido círculo de aque-
lla nueva orden ^ lo que sólo existió antes en la ideahzacion
del sentimiento caballeresco, debida al arte de extrañas naciones.
1 Cód. déla Bibl. Escur. Z. ij., 14, fól. 97 V.
2 Id. id. 9S.
3 Id., id., fól. 98 V. y 99 r.
4 Los Caballeros de la Vanda, creados y armados perdón Alfonso XI,
fueron sólo cincuenta y siete, según consta del catálogo que acompaña al
código de sus constituciones, custodiado en la Biblioteca del Escorial. Bue-
no será notar que los caballeros debian ser mancebos (esto es, solteros) al
recibir dicha Orden.
II.* PARTE, CAP, I. NUEVA3 TRAX3F. DEL ARTE ERUDITO. 55
No apadrinando doncellas malfadadas que buscaban amparo y
defensa por las encrucijadas de los caminos, provocando así ma-
yores entuertos y desmanes, sino tomando bajo su tutela y salva-
guardia las dueñas y doncellas fijasdalgo que hablan recibido al-
guna injuria y constituyéndose en sus abogados, y si menester
lo hablan, en sus paladines, iban á ejercer los de la Vanda el
ministerio de la caballería. Mas al reducir á ley y traducir don
Alfonso, el último, en tal manera estas ideas romancescas, nin-
guna duda podia ya abrigarse de que tenian ganada en el ánimo
de poderosos y discretos grande predilección y preponderancia,
esperando únicamente un instante favorable para tomar plaza
en la literatura castellana.
Aquel instante supremo queda antes de ahora indicado : diez
y ocho años de guerras y trastornos [1350 á 1368], en que llega
á olvidarse dolorosamente el alto y noble fin á que tendía la civi-
lización española, al realizar la difícil empresa de la reconquista,
amortiguando el entusiasmo público y enervando en consecuen-
cia el espíritu nacional, abren las puertas de la Península á la
influencia de extrañas naciones, que muestran el temple de su
acero, probado otras veces contra la morisma ^, en el palenque
de nuestras discordias. Favorecía las pretensiones del Bastardo
de Trastamara, ya porque anhelase vengar las injurias de Blan-
ca de Borbon, ya porque intentara ofrecer nuevo teatro á la ra-
paz bravura de los aventureros que capitaneaba, el renombrado
Beltran Du-Guesclin, caudillo acariciado por la victoria, amaes-
trado por la experiencia y docto por demás en el arte de ganar
amigos. Nacido en la antigua Bretaña, centro de las tradiciones
romancescas, habla manifestado desde la primera juventud ex-
tremada predilección á todo linage de empresas que realizaran
en cierto modo las ficciones del mundo de la caballería : su valor
1 Prescindiendo de otras machas empresas, en que habían tomado no
pocos guerreros ingleses y franceses la insig-nia del cruzado, para combatir
en los ejércitos castellanos contra las falanges sarracenas, no debe olvidarse
que acudieron con buen golpe de soldados al cerco de Aljeciras, por más
que los rindieran las fatigas y abandonasen al rey don Alfonso antes de dar
cima á tan gloriosa conquista. Como quiera, es probable que dejasen en la
Península algunas más semillas caballerescas.
56 HISTOniA CRÍTICA DE L.\ LITERATURA ESPAÑOLA.
ora prodigioso, como el de los Róldanos y Oliveros; su largueza,
de príncipe ; sus aspiraciones llegaban al punto de pretender que
su espada decidiera de la suerte de los imperios : Castilla apare-
cía á sus ojos como una de aquellas regiones, creadas por la fan-
tasía de los poetas de su patria, juzgándose tal vez el caballero
hien fadado, en cuyas manos estaba el dar ó quitar la corona,
sublimada por los Alfonsos i .
Al lado del rey don Pedro, ya una vez arrojado de sus legí-
timos dominios por la espada de los aventureros, se kabia puesto
el príncipe de Gales, conocido en los fastos de la edad-media con
el título de Principe Negro. Pagándose de ser espejo de caba-
lleros, tenia por religioso deber el ejercicio de las virtudes que
constituian el credo de aquella esclarecida milicia: terrible en
las batallas, como afable y delicado en los salones; fuerte é infle-
xible con el poderoso como benéfico y magnánimo con el débil y
el vencido, traia el hijo de Eduardo III frescos todavía en sus
sienes los envidiados laureles de Poitiers , gloriosa jornada que
rinde á sus plantas la pujanza de Juan I, con la flor de la caba-
llería francesa. No venia, como Beltran Du-Guesclin, á derribar
un trono: la hidalguía de sus sentimientos, la rectitud de sus
ideas armaban su diestra en defensa del príncipe desheredado
por la traición y la fortuna, reputando cual digna empresa del
caballero que habia rehusado sentarse á la mesa de su prisionero
el rey de Francia, la de restablecer en las sienes del rey don
Pedro la diadema de sus mayores. Los nombres preclaros de Ar-
manac, Lebrech y Lancaster, inscritos en las banderas de sus
vencedoras legiones, enaltecían también aquel generoso empeño,
obligándole grandemente á no mancillar los timbres, con que aca-
baba de ennoblecerlos.
1 Es digno de notarse que el nombre de Beltran Du-Guesclin adquirió, en
virtud de las hazañas llevadas á cabo antes y después de su venida á la
Península Ibérica, tan alta reputación que sólo fué comparable á los Rolda-
nes y Oliveros. Y tanto era así, que al darse á luz el Triunfo de los Nue-
ve presQÍados de la fama, no se creyó completo el número de los que me-
recian el lauro de contarse al lado de Alejandro, el Rey Artús y Cárlo-
Magno, sin incluir «al famoso cauallcro Beltran de Guesclin, condestable
que fué de Francia y duque de Molinay». De este personaje y de los ?imcüc
j)resQÍados hablaremos oportunamente.
11.'' PARTE, CAP. I. NVEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 57
Era el suelo de Castilla el campo en que iban á chocar aque-
llas dos caballerescas naciones, rivales de antiguo y más que
nunca encarnizadas : la batalla de Nájera, próspera para las ar-
mas inglesas, hacia al Principe Negro arbitro del reino: la infi-
delidad de Montiel, lejano ya el de Gales del territorio español,
daba el trono de Alfonso XI al bastardo de Trastamara; y forza-
do Enrique II á colmar las esperanzas de sus ayudadores y á le-
gitimar la deslealtad de los vasallos del rey don Pedro, que en
una y otra ocasión abandonaron sus legítimos pendones, abria
los tesoros de la corona para derramarlos sobre propios y extra-
ños ; y mientras se despojaba en gran manera de aquella autori- ,
dad que tantos sacrificios y sinsabores habia costado á los más
ilustres monarcas, engrandecía á los aventureros de Beltran du-
Guesclin, halagando en parte sus instintos feudales y realizando
los sueños de grandeza, que tal vez hablan formado al recordar
las maravillosas aventuras del mundo caballeresco. Este retroce-
so sensible en las vias de la política, propiamente española ; este
predominio dado en la corte y el Estado á la nobleza de Castilla
y sobre todo á los capitanes franceses que hermanándose con los
proceres españoles, tomaron asiento en la Península, debia pro-
ducir naturalmente visible modificación en el gusto y aun en las
costumbres de las clases privilegiadas, inclinándolas á recibir
con aplauso cuanto halaga el amor patrio de los que habían com-
partido con ellas las privaciones de la guerra y los peligros del
campamento. Por tradición y por respeto, por inclinación y por
orgullo formaban las obras de la literatura caballeresca las deli-
cias de aquellos milites que veían en su propia fortuna realizadas
las imaginaciones de sus antiguos poetas ; y allanado por este
medio el camino, cerrado hasta entonces por el sentimiento de la
nacionalidad castellana, aquel arte que en el largo espacio de
siglo y medio habia reflejado indirecta y débilmente el mundo de
la caballería, tal como lo creara la literatura britano-franca, no
se receló de prestar sus formas de expresión á las ficciones de la
indicada literatura, aspirando sin embargo á someterlas á las le-
yes que reglan su propia existencia *.
1 El tantas veces mencionado Mr. Georg^e Ticknor, sólo concede la intro-
ducción de los libros de caballerías en la literatura española, durante el si-
58 HISTORIA CUlTICA DE LA LITEH ATURA ESPAÑOLA.
De esta forma eran pues recibidas las mencionadas creacio-
nes, no indiferentes por cierto á la nobleza castellana en la sin-
gular situación en que los acontecimientos la hablan colocado.
Porque téngase muy en cuenta: demás de representarse la idea-
lidad de la vida guerrera, ensalzábase en los libros de caballerías
el valor personal que tan alta preponderancia adquiere en aquel
siglo de revueltas, canonizándose en consecuencia los esfuerzos
anárquicos del individualismo señorial contra la idea unitaria del
derecho común, que germinaba ya en el seno de la sociedad y
que aun no desarrollada por completo, debia lograr, al caer de
la siguiente centuria, el más decisivo triunfo. Lo que en las re-
giones agobiadas bajo el peso del feudalismo era enérgica protes-
ta contra la opresión erigida en sistema ; lo que habia nacido
para idealizar esa misma protesta, no teniendo ninguna relación
inmediata con el pueblo castellano, venia á favorecer ú halagar
al menos las eternas pretensiones de las clases elevadas, únicas
que podian allegar los libros de caballerías, y saborear por tan-
to sus peregrinas y maravillosas narraciones. Hé aquí holgada-
mente explicado cómo los poemas, que al aparecer por vez pri-
mera, ei'an recitados con extraordinario aplauso en las plazas
públicas de Bretaña y Normandía, no habiendo jóvenes ni ciegos
que no los conservaran en la memoria \ fueron únicamente
manjar aceptable para los poderosos y eruditos, al penetrar en
la literatura castellana: esta consideración basta para comprender
cómo dominados ya por los reyes los esfuerzos individuales de la
grandeza, caen en desprecio de la misma los libros de caballe-
ólo XY (cap. XI de la I.^ Época), asegurando (tque en un principio ni se tra-
dujeron ni se metrificaron.» En el siguiente capítulo veremos con el examen
de las primeras obras que entre nosotros produce la imitación romancesca
liasta qué punto son exactas ambas afirmaciones.
1 Alfredo de Béverloy que escribió al mediar el siglo XII un compendio
de la Crónica de Monmouth, poniéndole un prólogo latino, decia hablando
de la Historia de Bruto, cabeza y fundamento de la misma: «Era tenido
«por hombre sin educación el que no la conocia : los jóvenes la sabían de
«coro y la recitaban con gran contentamiento. Hallándome entre ellos, me
»avergoncé alguna vez de mi ignorancia» (Roquefort, III. ^ Parte, cap. I).
Con el mismo entusiasmo fueron recibidas la mayor parte de las narraciones
caballerescas.
11.^ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRAXSF. DEL ARTE ERUDITO. 39
rías, hallando entonces acogida en la muchedumbre, sobre cuyo
cuello comienza á gravitar la coyunda del despotismo ^.
Este movimiento de las letras, en que refleja el arte tal vez
con excesivo colorido, pero con cierta fidelidad histórica, el esta-
do de los espíritus, al consumarse la catástrofe de Montiel, no
era por cierto único al declinar el siglo XIV. Animada la poesía
desde los tiempos del Rey Sabio de cierta aspiración lírica, que
se revela grandemente en el Poema del Archipreste de Hita, no
menos que en sus Cantigas á la Yírgen y que tendría sin duda
amplia confirmación en el Libro de los Cantares de don Juan Ma-
nuel, conforme nos persuade su título, ha aparecido á nuestros
ojos durante el reinado de don Pedro ensanchando la esfera de
sus conquistas y dando, digámoslo así, carta de naturaleza á
aquella musa cortesana que, afectando apasionados amores, iba á
establecer su imperio en el parnaso castellano. No otra cosa nos
enseñan la Danza de la Muerte y las poesías de Pero González
de Mendoza, escritas durante la juventud de este celebrado mag-
nate ; pero si careciéramos de esos importantes testimonios para
iniciar el estudio de la notabilísima transformación que ofrece la
poesía castellana en la segunda mitad de la centuria que histo-
riamos, no por ello seria lícito suponer que puede aquella man-
tenerse agena á toda influencia, aun cuando sólo reparásemos en
la ya reconocida y quilatada de los libros caballerescos. La exa-
geración habitual y el refinamiento amanerado, no sólo de la
pasión erótica, sino de su expresión artística, síntomas eran más
que verosímiles de que labraban entre los cultivadores de la poe-
sía erudita las ideas del mundo romancesco, y de que á la tierna,
simpática, respetuosa y pura adhesión amorosa que hemos reco-
nocido en el Cid y en Fernán González comenzaba á sustituir el
mentido lisongear exterior de la galantería.
Pero sobre todos estos caracteres, cuyo sucesivo desenvolvi-
miento nos toca determinar con el juicio de los monumentos lite-
rarios, iban á resplandecer otros más decisivos respecto de las
1 Sólo de esta manera puede explicarse cómo obtuvo Cervantes el pro-
digioso efecto del Quijote: á su tiempo daremos á punto de tal importancia
literaria la extensión que realmente pide, para ser bien tratado.
40 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
formas de expresión, llegando á fructificar en nuestro parnaso
ciertos gérmenes artísticos, cuya aparición dejamos ya consigna-
da i. El arte que desde la Era de Alfonso X habiasido esencial-
mente didáctico-smbólico, exornábase ahora con todas las galas
y preseas de la alegoría; y esta fastuosa forma que, si es con-
veniente decirlo así, centellea en las obras del siglo XIII, y va
tomando mayor brillo en las de la primera mitad del XIV, llega
á dominar exclusivamente, al caer de aquella centuria, en las
producciones de los ingenios castellanos, conservando la supre-
macía en todo lo restante de la edad-media.
, Ninguna forma literaria habia alcanzado hasta entonces con-
sagración más digna ni elevada : ya la recibiesen los trovadores
proveníales de la literatura arábiga, aserto más fácil de confe-
sar que de reducir á demostración histórica ; ya proviniese del
arte homérico, más oscurecido que ignorado hasta fines del si-
glo XIII, no puede negarse que arraiga en la literatura italiana
desde los primeros dias de su existencia, elevándose á la consi-
deración de verdadero sistema literario en brazos del inspirado
cantor de Beatriz, cuyo terrífico acento iba á conmover profun-
damente el vacilante espíritu de Europa. Dante escribe la Divina
Commedia. La alegoría en la ciudad del dolor, en la mansión de
la esperanza y en la morada de la beatitud constituye la gran
máquina de este inmortal poema: el Infierno, el Purgatorio, el
Paraíso descubren á sus ojos inmensos tesoros de poesía que
sólo pueden ser revelados bajo formas alegóricas. El pintor de
Francesca di Rímini y del conde Ugolino congrega por este me-
dio en un mismo cuadro y bosqueja con un mismo colorido hé-
roes y personages de diversos siglos, creencias y civilizaciones:
la fábula mitológica y la historia sagrada y profana le ofrecen
al par el tributo de sus ejemplos y enseñanzas: el tiempo y el
espacio se condensan y resumen bajo las varoniles huellas de su
peregrino pincel; y la alegoría, lazo constante de aquellas mis-
teriosas y terribles visiones, lo es asimismo de la prodigiosa
unidad interior que sublima la idea generadora de la Divina
1 Véanse los capítulos XVI y XIX de la 11. =» Parte, t. IV.
11.'^ PARTE, CAP. I. NUEVAS TRANSF. DEL ARTE ERUDITO. 41
Commedia. De esta manera lo que hasta aquel instante había
contribuido por acaso á dar mayor frescura á las descripciones
de una poesía, heredada de los trovadores y acaudalada en par-
te con las reliquias de las letras clásicas, truécase en luz, vida y
alma de la creación más grande que había producido la edad-
media y que iba á transformar el arte en todas las naciones me-
ridionales ^.
La influencia, inevitable para todos los pueblos que habían
recibido ya de Italia algunos gérmenes de cultura, y asociada
extrechamente al renacimiento clásico que personifica el amante
de Beatriz, al confesarse discípulo de Yirgilio, iba á penetrar
en la literatura española, acaso con mayor fuerza que en otra
alguna, por apoyarse en el frecuente comercio intelectual que
desde los tiempos de Alfonso YIII mediaba entre ambas Penín-
sulas. Muy claro se había mostrado, al mediar el siglo, esta ma-
nera de consorcio, á que de dia en día parecían inclinarse más
nuestros eruditos 2; y proclamada universalraente la Divina
Commedia como una maravilla del arte, y recitada públicamente
y explicada en las principales ciudades de Italia 3, llegó el mo-
mento en que uno de aquellos ingenios que se preciaban de se-
guir las huellas del Dante, pasó á España, y tomando en ella
carta de naturaleza, ensayó el revelar en lengua castellana las
misteriosas visiones del mundo alegórico, llevándose tras sí la
1 En la Parto V.' de la Vida del Marqués de Santillana manifestamos
que habíamos dado á esta de nuestra historia la debida consideración res-
pecto del arte alegórico. La aceptación que parecieron tener entre los críti-
cos y eruditos nacionales y extrang-eros las ideas allí apuntadas, ha sido
para nosotros cierta g-arantía de acierto.
2 Véase el capítulo XIX de la 11,^ Parte y en él principalmente cuanto
decimos sobre El Regimiento de los Principes, compilado por Fray Juan
García.
3 No solamente Florencia, que pretendió lavarse de las injusticias co-
metidas contra el Dante, confiando á Boccacio la cátedra pública, erigida
para explicar la Divina Commedia, sino, lo que es más notable, Bolonia,
Pisa, Venecia y Plasencia decretaron también, al declinar el segundo tercio
del siglo XIV, el establecimiento de otras nuevas cátedras con el mismo ob-
jeto, sentando en ellas á los más renombrados retóricos (Gingucné, Hist,
Litt. d'Italie, t. I. págs. 470 y 71).
42 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÍÍOLA.
admiración de los poetas andaluces, que se declararon desde lue-
go ardientes partidarios del arte dantesco.
Cómo esta innovación trascendental se verifica entre aquellos
ingenios, cuyas obras empezaban á dar testimonio de que debia
renacer en el suelo de la Bética la esclarecida musa de Silio, Lu-
cano y Columela, y cómo se propaga al suelo de Castilla hasta
dominar absolutamente en todas las producciones de la poesía,
asuntos son á que daremos la extensión conveniente en lugares
oportunos. Conste ahora que esa novedad, lejos de ser unánime-
mente recibida, halla cierta contradicción en el sentimiento na-
cional, como lo halló más tarde la revolución de Garcilaso, y que
se personifica en uno de los más claros varones que ilustran la
España del siglo XIV. Y para que este fenómeno literario fuese
todavía más notable, el señalado escritor á que aludimos, al mis-
mo tiempo que mostraba desdeñar la influencia dantesca; al mis-
mo tiempo que pretendía conservar las tradiciones del parnaso
español, cultivando los metros de Berceo y del Archipreste de
Hita y recogiendo las últimas flores del arte didáctico-simbólico,
pugnaba por dotar á nuestra historia de la severidad y grandeza
que admiraba en los libros clásicos, trayendo á Castilla el pincel
de Tito Livio. Arrastrado al cabo en los postreros días de su
vida por la común corriente, contribuía también al triunfo de la
escuela provenzal y aun del arte alegórico, hermanándose con
los innovadores. Era el primero de estos el geno vés Micer Fran-
cisco Imperial, «morador y estante en Sevilla» ^; llamábase el
1 Los eruditos anotadores del Cancionero de Baena (pág. 665 col. 2)
niegan que Micer Francisco Imperial ejerció en la poesía castellana la in-
fluencia que le atribuimos, por juzgar que el «género italiano» era antes co-
nocido en España. Mr, Ticknor asegura por el contrario, al hablar del mar-
ques de Santillana {Hist. de la literatura csp., I.^ Ep. cap. XIX), quedaba
aquel «por vez primera á conocer el gusto italiano en la Península Ibérica.»
Mientras estos escritores se ponen de acuerdo, no será malo traer á la memo-
ria de los lectores el estudio hecho hasta aquí sobre los monumentos de la
poesía erudita, única en que pudo reflejarse dicho genero; y como antes de
Imperial sólo hayamos podido señalar indeterminados gérmenes de la ale-
goría y con él y sus obras veamos ya por completo el desarrollo del arte
dantesco en nuestro suelo ; como la literatura italiana, ó mejor dicho su
poesía, no pudo comunicar á ninguna otro carácter particular hasta apare-
II.* PARTE, CAP. I. MEYAS TRANSF. DEI. ARTK ERUDITO. 43
ilustre escritor, que preludia con su ejemplo la oposición de Cas-
tillejo y de Silvestre íi la introducción de los metros toscanos,
Pero López de Ayala.
Vario y complicado, pero interesante y no sin novedad es el
espectáculo que ofrece á la crítica la historia literaria desde la
segunda mitad del siglo XIV. Abierta la Península á las distintas
influencias que dejamos indicadas, crúzanse y fúndense en su
poesía y en su literatura multiplicados elementos; revelando, tal
vez con mayor claridad que nunca, la tendencia constante del arte
erudito, en sus diversas manifestaciones, á recojer dentro de si
y hacer suyos los despojos de las demás hteraturas, que se acer-
can á la esfera de su actividad en momentos determinados. Mas
ya lo hemos dicho : ni se operan, ni salen al exterior, para tener
representación y vida, este linage de fenómenos, sin la prepara-
ción correspondiente; y prueba de que se acercaba el dia en que
fuese cumplidero el triple cambio ya reconocido, es el estudio
hecho por nosotros en el anterior volumen. En él hemos visto
desarrollarse, llegar á decadencia y pugnar por sostener su im-
perio aquella forma literaria, que trae al seno de la civilización
española el esclarecido monarca, á quien saludamos con el re-
nombre de Sabio : en él hemos descubierto una y otra vez las se-
millas que iban cayendo en el no ingrato suelo de las letras,
señalando al par el camino que traían y la suerte en que arraiga-
ban "I : en él por último hemos procurado explicar cómo, en
tanto que no esquivan nuestros ingenios el recibir las lecciones
y aun las obras de otros pueblos, les comunican también sus
conquistas intelectuales, apareciendo evidente que sin un Pedro
Alfonso, un Infante don Fadrique, un rey don Sancho y un don
cer la Divina Commedia, que rompe la cadena de las imitaciones pro-
vénzales, no parece quedar duda de que es aventurado el aserto de los
anotadores del Cancionero, así como tampoco la abrigamos de que el histo-
riador ang-lo-americano desconoció las obras de Micer Francisco Imperial, al
asentar la afirmación mencionada. Al examinar las obras del poeta geno--
vés, veremos plenamente confirmados estos hechos (Véase también lo que
sobre el particular dijimos en la V.* Parte de la Vida del marques de San-
tillana que precede á sus Obras (Madrid 1S52, pág-. CXYl).
1 Véanse ios capítulos correspondientes del anterior volumen.
4 i HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA??OLA.
Juan Manuel, ni hubiera logrado Boccacio la gloria de sus Cien
Novelas, ni saboreado Chaucer el aplauso de sus Cuentos. ¿Qué
mucho pues que esperásemos el instante de nuevas transforma-
ciones, cuando conociamos ya en parte los elementos que debian
producirlas?....
Restábanos sólo fijar la ocasión y la manera en que llegan á
realizarse ; y no otro ha sido el objeto y principal fm del presen-
te capitulo, como que sin esta importante investigación seria del
todo imposible el dar un solo paso en la exposición de la historia,
ni quilatar debidamente el valor respectivo de las expresadas
transformaciones. Sobre tres puntos capitales hemos llamado la
atención de los lectores. Primero: sobre la introducción en nues-
tra literatura de las ficciones caballerescas, que infunden tam-
bién cierto colorido á las producciones de la poesía. Segundo:
sobre la aclimatación del arte alegórico, que altera exterior é in-
teriormente las leyes de su existencia. Tercero: sobre la aparición
del elemento clásico en las composiciones históricas, que da nue-
vo y más seguro curso á semejantes especulaciones. El movi-
miento es palmario y no carece de gloria para nuestros ingenios
en todas tres vias. Deber es nuestro estudiar con toda madurez
los monumentos en que se manifiesta, á fin de apreciar de un
modo exacto los diversos matices y caracteres, que en cada des-?
arrollo va sucesivamente presentándonos.
Entremos pues en tan peregrina materia.
CAPITULO II.
PRIMEROS MONUMENTOS CASTELLANOS
DE LA LITERATURA CABALLERESCA.
Diferentes formas literarias con que aparecen. — La poesía. — Los Votos
del Pavón. — ^Idea de este poema, deducida de monumentos del siglo XIIL
— Su argumento. — Versiones en prosa de otros libros caballerescos. —
Peregrina forma en que llegan á nuestros dias. — El Noble cuento del enpc-
rador Churlos Maynes de P.roma et de la buena enpcratriz Sevilla. — Su
examen. — La Estoria del Rrey Guillerme de Inglat ierra. — El Cuento
muy fermoso del Enperador Ottas et de la Infante Florencia, su fija. —
Análisis del mismo. — El Fermoso cuento de una sancta cnperatriz que
ovo en Rroma. — Noticia de otras versiones relativas á uno y otro ciclo
caballeresco. — Aspiración de la literatura castellana á producir obras
originales en este sentido. — El Amadis de Gaula. — Época en que fué es-
crito. — Elementos que lo constituyen. — Nacionalidad que refleja: en las
creencias; en los sentimientos; en las costumbres. — Breve idea de su ar-
gumento. ^Caracteres principales de su estilo y lenguaje.— Resumen.
Considerando el triple desarrollo de las letras españolas du-
rante la segunda mitad del siglo XIV, tal como lo dejamos apun-
tado, llámannos sobre todo la atención, así por lo peregrino de
su origen y por el momento en que aparecen, como por la in-
fluencia que logran adelante los primeros monumentos del arte
caballeresco, trasmitidos á nuestros dias. No caeremos nosotros,
al verificar semejante investigación, en el error, ya cometido
por algún escritor coetáneo, de clasificarlos entre las produccio-
nes de la literatura popular, en la acepción critica de esta pala-
4G HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA EáPAÑOLA.
bra ^: filiados naturalmente en la docta, en ella arraigan al cor-
rer de aquella edad; por ella se trasmiten á los siglos futuros,
cualesquiera que sean después las transformaciones que experi-
menten, y al penetrar en nuestro suelo, ora adoptan las formas
cultivadas de antiguo por la poesía herúico-erudita, ora consei-
van la estructura narrativa de sus originales, aspirando muy
luego á tomar el colorido de las creencias y de las costumbres y
á legitimar en tal suerte su existencia.
No es hoy tan fácil, como deseáramos, el determinar cuál de
las formas indicadas tuvo la prioridad histórica: siguiendo la ley
más general y constante á que se sujeta el arte en el progreso
de sus variadas manifestaciones, razón habría sin embargo para
suponer que debió adelantarse la poesía á ensayar la imitación,
hipótesi que tiene también legítimo fundamento en los hechos.
Cita el celebrado marqués de Santillana, mencionado el famoso
Poema de Alexandre, y antes del hbro del Archipreste de Hi-
1 Mr. George Ticknor forma cuatro diferentes grupos de las composi-
ciones «populares en su origen y carácter y que en vez de proceder de las
clases elevadas de la sociedad, son miradas por ellas con desden y despre-
cio.» Constitúyenlos: 1.° Los romances: 2.° Las crónicas: 3,° Los libros de
caballerías: 4.° El teatro. Prescindiendo de lo que son y significan las cró-
nicas, escritas casi todas por reyes, prelados y magnates, y cuyo valor é
importancia liemos procurado quilatar antes de ahora, conviene advertir
que el tercer extremo de la expresada clasificación es inadmisible. Los li-
bros de caballerías fueron, y debieron ser populares allí donde nacieron,
como fruto espontáneo de la civilización, como natural resultado de las cos-
tumbres políticas y sociales que representan: al transferirse á España, ni
fructifican entre la indocta muchedumbre, ni halagan sus instintos^ ni cum-
plen á sus intereses ¿cómo pues ha de colocarlos la crítica en la misma ca-
tegoría de los romances y del teatro?... Si en el siglo XVI llegan á ser pa-
trimonio de las clases menos ilustradas, si llamados los doctos al cultivo del
arte en diverso terreno, los rechazan cual engendros monstruosos, no por
esto se han de cerrar los ojos a la investigación histórica, llegando á con-
fundir entre sí cosas que jamás pueden ser unas, y olvidando al par las
más sencillas nociones de crítica. Uno y otro fenómeno, esto es: la aparición
de los libros de caballerías en nuestra literatura y su repudio por la gente
docta y prohijación por la popular, tienen explicación cumplida en el estu-
dio de la civilización castellana: del primer punto habrán ya juzgado los
lectores; sobre el segundo formarán entero y claro concepto, al llegar al si-
glo XVI.
II." PARTE, CAP. II. PRIM. MON, CAST. DE LA LIT. CAB. 47
la, Otro poema, á que dá título de Los votos del Pavón ^, obra
perdida por desgracia de nuestras letras y que bastarla sin du-
da para resolver cuantas en la presente investigación pudieran
abrigarse. llénenla ciertos escritores por «continuación de la
historia de Alejandro» ^^ y declaran otros que no es posible
averiguar «qué obra es, qué contiene, quién es su autor, ni el
tiempo en que fué escrita» ^. A la verdad, no son guias infali-
bles, ni ministran luz bastante en la materia la seguridad 'no
comprobada de los primeros, ni la vacilación excesiva de los se-
gundos; y cuando en monumentos del siglo XIII y de tal impor-
tancia como la Conquista de Ultramar, ya antes de ahora exa-
minada ^, hallamos inequívoco testimonio y noticia clara y con-
creta de lo que en nuestra literatura se entendió por Votos del
Pavón, justo nos parece consignar que no ha sido todavía este
punto debidamente ilustrado.
Los Votos del Pavón, lejos de proseguir la historia del hé-
roe de Macedonia, lejos de carecer de importancia en la de las
letras españolas, cual una y otra vez se ha afirmado, contienen
una parte muy interesante de la trama romancesca de la vida de
Carlo-Magno, y prueban , al revestirse de las formas poéticas
cultivadas en Castilla, la predilección con que fueron en ella
1 Carta al Condestable de Portugal: «Entre nosotros (dice) usóse pri-
meramente el metro en assaz formas: asy como el Libro de Alixandre, Los
Votos del Pavón, é aun el libro del Archipreste de Hita» (Núm. XIV).
2 Habiendo manifestado Mr. Fauchet en sus Orígenes de la lengua y
poesia francesa (ed. de París 1781, pág-. 88) que el Román du Paon era
una «continuación de las hazañas de Alejandro, noticia que repitieron des-
pués Quadrio y otros; aseg-urando que existia el MS. en la Biblioteca Impe-
rial con el título de Les veux du Paon d'Alexandre, han supuesto algunos
críticos modernos que el poema castellano, como traducción de dicha obra,
debia contener el mismo argumento (Ticknor I.** Época, cap. IV). Mas aun-
que no puede negarse la existencia del libj-o citado por Fauchet y descrito
en producciones más recientes {Mem. et extr. des MSS. de la Bibl. Nac,
t. V, pág. 118), nos parecerá siempre aventurado el asegurar que sea tal
el asunto del poema citado por el Marqués de Santillana. Abajo exponemos
las razones en que fundamos esta opinión.
3 Sánchez, Colección dePoes. casi., t. I, pág. 99.
4 Il.a Parte, t. I.
43 niSTorjA crítica de la literatura española.
recibidas las hazañas de los caballeros carlowingios. Refiérense
las aventuras, comprendidas bajo aquella singular denomina-
ción, á la infancia y juventud del afortunado hijo de Berta,
correspondiendo por tanto á la segunda serie de narraciones
que constituyen la base principal del referido ciclo, según que-
da ya notado *, y que se distinguen en multiplicados libros con
el título de Historia de Maynete.
Berta, hija de Flores y Blanca Flor, reyes de Almería en
España, es desposada con Pepino, el de los grandes fechos, lle-
vando consigo á, Francia el aya (ama) que la habia criado: in-
juriada esta por cierta ofensa, resuélvese á tomar de ella cruda
venganza; y teniendo acaso una hija de extremada semejanza á la
esposa de Pepino, acusa á la verdadera Berta de haber atentado
contra la vida de la reina, dignidad que atribuyen á su hija, lo-
grando sorprender y engañar al monarca, que dicta sentencia de
muerte contra su propia esposa. A dos escuderos da orden el aya
vengativa de ejecutar aquel tremendo fallo, imponiéndoles el
deber de presentarle el corazón de la princesa; pero llegados íi
la floresta, que iba á ser teatro de tanta crueldad, duélense am-
bos de la desolada hermosura; y sacando el corazón á un perro
que llevaban consigo, déjanla atada á un árbol, despojada de sus
vestiduras y suelto sobre la espalda su cabello. En tan extraña
manera hallóla el guarda de aquel monte (montanero), é infor-
mado por ella de su desgracia, desatóla y llevóla consigo á su
casa, mandando á su mujer y á dos hijas de la misma edad dé
la reina que la honrasen y agasajaran. AUi permaneció Berta
largo tiempo, pasando plaza de villana y siendo, tenida por hija
del montanero, hasta que trascurridos tres años, fué á caza el
rey Pepino, hospedándose en la morada del guarda, quien des-
pués de haberle ofrecido abundantes manjares, le hizo servir
sabrosas frutas por aquellas tres doncellas, que le daban nom-
bre de padre. Sorprendido quedó Pepino, al contemplar la be-
lleza de Berta, y segunda vez enamorado de sus gracias, exigió
y obtuvo del montanero que la condujese á su cámara aquella
noche, proyecto en que vino sin dificultad la reina, ganosa de
1 Véase el capítulo anterior.
II.* PARTE, CAP. JI. PRIM. MOX. CAST. DE LA LIT. CAD. 49
recobrar el cariño de su esposo. Nació de esta singular aventu-
ra el renombrado Cárlos-Maynete, el bueuo; pero lejano de la
corte y más todavía de la corona, hubiéronse menester nue-
vas aventuras para que alcanzase la herencia legítima de sus
mayores.
Muerto entre tanto el rey Flores, persuadía Blanca Flor á
sus vasallos á que recibiesen por soberano al famoso Pepino; lo-
grado lo cual, dij'igíase á Francia, alentando la dulce esperanza
de extrechar en sus brazos á la desdichada Berta, á quien su-
ponía en el colmo de la ventura. Grande fué el desconcierto que
su presencia produjo en el aya criminal y en su cómphce hija,
esquivando una y otra vez la inevitable entrevista de la usurpa-
dora y de la madre de la verdadera reina; mas vencido todo
obstáculo, llegaba al cabo Blanca Flor á romper la urdimbre de
la impostura, reconociendo que no era Berta la muger que hon-
raba Pepino como á reina, y obteniendo que confesada la mal-
dad y descubierto el paradero de su hija y nieto Carlos Mayne-
te, fuese castigada la principal culpable, disponiéndose el rey á
hacer recibir por heredero de la corona á su legítimo hijo. El
fallecimiento inesperado de Blanca Flor, cuya amorosa fidelidad
á Flores, su marido, resalta aun en los últimos instantes de su
vida, y el más desventurado del rey Pepino, dejaron á Carlos en
completa orfandad, apoderados como estaban del reino los bas-
tardos, en quienes ardía cada vez con mayor fuerza el anhelo de
la venganza: solos Morante y Mayugot, leales caballeros elegi-
dos por el rey Pepino para crianza y educación de Maynete, ve-
laban por su vida, esperando elevarlo algún día al ambicionado
trono.
Temíanlo así los bastardos, y subiendo cada día los quilates
del no disimulado rencor , buscaban sin tregua los caminos de
perderle, ya exasperando su natural altivo y fogoso con menos-
precios, ya forzándole á ejercer oficios, en que podía alcanzarle
pública deshonra. «Acónteselo (dice la Conquista de Ultramar)
«que ellos o vieron su consejo por la Nauidad que á la fiesta de
"cinquesma que aula de venir, que fiziesen en medio de una
«montaña, do avia unos prados muy fermosos et grandes, un
"juego que usaran los franceses antiguamente que llamauan Ta-
ToMo V. 4
50 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
»¿/« Redonda. Et este juego se fazía desta manera: ponian
«tiendas en derredor unas cabe otras, asi como corral redondo,
»et allí dentro estañan los caualleros armados et tenían los ca-
«uallos cobiertos de señales; et departe de fuera de las tiendas
afazian poyos en derredor, en que se ponian sus escudos et sus
"yelmos, et arrimauan las langas; et estañan con ellos dueñas et
«donzellas et sus mugeres et sus parientes; et todos los omes on-
wrados de la tierra venian allí et toda la otra cavalleria, et pa-
»rauan sus tiendas en derredor de aquellas otras quanlo una
«grant carrera de cauallo. Et el cauallero de los de fuera que
«quisiese justar, armarse ya et cubrirla su cauallo de sus seña-
»les et yria á aquel palenque et daria con el cuento de la lanca
»en un escudo daquellos; et luego saldría el señor del escudo de
«dentro del corral et rogarla á. aquella dueña ó donzella quél
«oviese allí traído, que le ponga el yelmo en la cabeca et que le
»dé el escudo et la lanca; et ella fazerlo ha assi. Et después,
«que gelo ovier dado, caualgará el cauallero en su cauallo et
»yrá justar con el otro. El si cayere el de fuera, avrá el de den-
«tro su cauallo et las armas, et dará el preso á la dueña ó 4 la
«donzella que alli truxiere, et ella soltarlo liá por lo que touiere
«por bien. Mas si cayere el de dentro de las tiendas, avria el
»otro el cauallo et las armas, et aquella dueña ó doncella toma-
«rá, aquellas armas que traya el que derriba et darle ha otras
«quales quisiere; pero en antes que le ponga el yelmo, abragar-
»lo há et besarlo há, et todo aquel año llamarse há su caualle-
»ro de ella et avrá, dé fazer armas por su amor et traer aquellas
«armas quella le dá, et non las otras quél ante traya.»
«Este juego inventaron los omes antiguos de Inglatierra et
»en Alemana et en Francia, para saber bien justar et ferir de la
«langa, asi como en el torneo para ferir de espada, et saber so-
«frir las armas en las grandes priesas. Et este juego de la Ta-
cóla Redonda dura ocho días ó quinze, segunt que aquellos que
»lo fazen pueden sofrír la costa. Et há este nombre, porque un
«día ante que se partan, ponen mesas de parte de dentro de
«aquellas tiendas á la redonda et comen allí todos aquel dia lo
«mejor que pueden et porque aquellas mesas son assi puestas
»en derredor, Uámanle el juego de la Tabla Redonda: que non
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. M0.\. CAST. DE LA LIT. CAB. 51
• por la otra que fué en tiempo del rey Artús. Et fazen aun otra
«cosa aquel d¡a: ante que levanten las mesas, mandan á una
»donzelia, la más fermosa que aliy oviere, que traya un pavón
»assado, saluo el pescuego et la cola que dexauan entero con
»sus péñolas; et sábenlo fazer de manera que traya la cabera al-
ocada et la rueda toda fecha; et métenlo en un asador sobro un
«tajadero de plata, et tráelo aquella donzella ante todas aquellas
«mesas, et anda diziendo á cada cauallero qué es lo que promete
«de fazer á aquel pavón. Et cada uno lo que prometiere, halo
«de complir et de tener aquel año en todas maneras, et sy lo
«non fiziere, gelo terna por tan mal como si fiziesse una grant
«traycion. Et después á aquellos que prometen, dilnles á comer
«sendas tajadas de aquel pavón et van su camino. Et desta ma-
«nera se acaba el juego de la Tabla Redonda. El tal juego como
«este ouieron su coQsejo los nietos del ama que lo fiziessen en
»un llano en aquella montaña que era cerca de un castiello que
«auia y que tenian ellos ^.
Para humillar á Maynete, forzándolo á un rompimiento de
que pudiera surgir su ruina, oblíganle pues sus hermanos á
desempeñar en la Tabla Redonda el oficio de doncella, tomando
los votos que hacian al pavón los caballeros. Por consejo de
Mayugot y de Morante disimula el príncipe el enojo que tal bur-
la produce en su pecho; mas llegado el momento de la fiesta y
asegurado de algunos caballeros sus parciales, arroja al rostro
de Doys, que era el menor de los bastardos, el misterioso /;ayow,
trabándose luego por una parte y otra recia contienda, de que
sólo escaparon los nietos de la esclava de Berta, acogiéndose al
castillo inmediato que se tenia por suyo. Maynete entre tanto,
receloso del poder de sus enemigos, busca asilo en el ducado de
Borgoña, y se determina después á pasar á España para tomar
posesión del reino de su abuelo Flores, teniendo la desventura
de hallarlo sometido á los sarracenos. La empresa de rescatarlo,
aprovechando las discordias de los reyes de Zaragoza y Córdo-
ba, y la no menos romancesca de los amores de Halia (Galiana)
1 Conquista de Ultramar, CAj). XLIII, fól. 122 v. y siguientes hasta
el 31.
52 HISTORIA cniTiriA de la literatura española.
hija de Ilixem, rey de Toledo, detienen á Carlos por largo tiem-
po lejos de su patria: al cabo apoderado de los tesoros del tole-
dano y solicitado de los magnates franceses, entra en los domi-
nios de su padre; y al frente de «muy grant caualleria,» acomete
y vence á los bastardos y se corona rey de Francia y Alemania.
Los votos, hechos por Carlos Maynete en" la fiesta del pavón,
estaban felizmente cumplidos.
Ahora bien: existiendo desde fines del siglo XIII en la lite-
ratura española esta leyenda caballeresca, que tan fundamental
y estrechamente se enlaza con las historias del ciclo carlowingio;
aplaudida por extremo entre los doctos la obra en que se contie-
ne ¿no ha de parecemos por demás aventurado el suponer que
Los votos del Pavón completaban la historia del vencedor de
Darío, cuando se estaba operando en el arte la singular transfor-
mación que dejamos estudiada?... Lo que parece verosímil, lo
que se halla favorecido por todas las leyes de sana crítica, cual-
quiera que fuese la fortuna de los poemas, de que se supone de-
rivada la obra referida "•, es que el citado poema tuvo por asun-
to la serie de aventuras arriba consignadas, ó cuando menos
una parte principal de las que nacian de Los Votos del Pavón,
en que se dá á Maynete intervención tan directa. No otra cosa
persuade la natural avidez, con que acogían los discretos cuan-
tas relaciones, cuentos é historias les ponían de manifiesto el
mundo de la caballería, fin privilegiado á la sazón de todas las
especulaciones y conquistas del arte erudito. Y cuando no bas-
1 Aludimos claramente ala manera en que pudo ser recibido por nues-
trps eruditos el lioman du Paon, citado por Fauchet: su aplauso, si lo ob-
tuvo, no oscurecía en modo alguno la tradición caballeresca que dejamos
consignada: antes al contrario, considerados el curso de las ideas y el esta-
do de las letras, y notando que había tomado plaza en la historia nacional
la referida leyenda, adoptada en parte por el Rey Sabio en su Estoria de
Espanna (IV.* ParteJ, justo y racional parece concluir, como lo hacemos
en el texto, que el autor de los Votos del Pavón redujo á forma poética
la tradición referida, pudiendo añadir a los que se han perdido en conje-
turas, con un distinguido poeta de nuestros dias:
Os vais tras las apariencias
cuando üay un testigo, y bueno?—
II,* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAD. 53
taran tan obvias consideraciones para admitir, como hipótesi
bien fundada, que la poesía española se anticipó á revestir de
sus formas épico-heróicas las historias caballerescas y en espe-
cial Los Votos del Pavón, la existencia de otros monumentos
análogos traídos por aquella edad á la prosa de Castilla, contri-
buirla sin duda á robustecerla y autorizarla.
Antes de ahora hemos observado que ya proviniese de la
peregrina historia de Guido de Colona, ya de los libros poéticos
de la literatura francesa *, fué traida á lengua castellana y ga-
llega durante la juventud del rey don Pedro la Crónica Troya-
na. Libro en realidad de caballerías, si bien no exento de pre-
tensiones históricas, iniciase y fomenta con él la lectura de
aquel linage de ficciones, sintiéndose á poco andar la necesi-
dad de reemplazarla con la de otras obras, ligadas más directa-
mente á las maravillosas aventuras de los héroes carlowingios,
no desechados tampoco lus renombrados caudillos de la Tabla
Redonda. De esta verdad, hasta ahora no reconocida, deponen
varias producciones, cuyos títulos jamás han figurado en la his-
toria de las letras. Hácenlas dignas de singular aprecio, demás
de la importancia que les dá la época en que son escritas y de la
forma en que aparecen, la no menos interesante circunstancia
de referirse no sólo á las historias de uno y otro ciclo, sino tam-
bién á un tercer género de narraciones caballerescas que habia
ya producido notables creaciones, abarcando al par las leyendas
piadosas de los primeros siglos del cristianismo. Conservadas
con el depósito de las tradiciones religiosas y hermanadas con
las vidas de los santos, muestran de un modo inequívoco que
no infundían recelo alguno á la feliz credulidad de nuestros ma-
yores y que sobre alcanzar, al transferirse al lenguaje de Casti-
lla, la estima de los discretos, estaban asimismo destinadas á
ganar el respeto de los devotos 2.
1 Véase el cap. XIX de la II.* Parte.
2 Las leyendas, de "que á continuación hablamos, existen en un códice,
folio mayor, escrito en pergamino á dos columnas, á fines del siglo XIV ó
principios del XV, y señalado con el título de Flos Sanctorum. Tiene la
marca h. j. 12, y demás de los libros ;í que nos referimos, encierra los trata-
dos siguientes: 1.° Vida de Sancta María Magdalena, ful. 1.^; 2.° Estoria
54 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
DisUngiieiise estos peregrinos libros con el nombre genéri-
co de cuentos y llevan los que se han trasmitido á nuestros días
los siguientes epígrafes: 1." «Aquí comienza un noble cuento del
nenperador Charlos Maynes de Rroma et de la buena enperatriz
«Sevilla, su muf/er.» 2.° Aquí comienca la «estona del rrejj Gui-
»llerme de Inglatierran etc. 3.° Aquí comienza el cuento muy
fermoso del enperador Ottas etde la infante Florencia su fija et
del buen cauallero Esmere: 4.° Aquí comienca un fermoso cuen-
to de una sancta enperatriz que ovo en Broma et de su casti-
dat» 1. Leidos estos títulos, no puede caber duda alguna res-
pecto del origen de semejantes obras; pero deben reputarse cual
meras traducciones?... Dado que desconociéramos la libertad, de
de Santa María Egipciaca, íól. 7.°; 3.° Estoria del emperador Constan-
tino, fól. 14 V.; 4.° ídem de un cavallero Placidias que fué después cris-
tiano et ovo nonbre Eustagio, fól. 23 v. Constando el códice de 152 fojas,
dicho se está que ocupan su mayor parte los libros caballerescos, en cuyo
examen entramos, los cuales fueron considerados por el colector de tan pe-
regrinas obras como otras tantas leyendas piadosas. Verdad es que al pro-
ceder de esta suerte, no sólo obedecía á la ing^énua credulidad del siglo, sino
que aceptaba en cierto modo la singular consagración que habia dado la
Iglesia á la caballería. Esta idea habia logrado ya satisfacción en el arte,
como la habia tenido en la historia ; y no era por cierto maravilla que los
elegidos y canonizados por el universal sentimiento, cuya idealidad refleja-
ban, vinieran al cabo á ser elevados á la estimación de los santos. Sólo de
esta manera, y recordando la genuina representación de la caballería, es
posible comprender tan singular maridaje, que en otro sentido no pasaría
de ser una extravagancia. El códice á que nos referimos, es quizá el com-
prendido en el núm. 46 de la Biblioteca de la Reina Católica, con el título
de: Estoria de los Santos, que se hubo de trocar al ponerle nuevas cubier-
tas por el más erudito de Flos Sanctorum, arriba indicado. Clemencin nada
dijo acerca de este libro.
1 El orden que estos cuatro cuentos guardan en el códice, es: 1.° Esto-
ria del rey Guillclme de Inglatierra , que al folio 52 empieza : « Discn las
estorias de Inglatierra que un rrey ovo, que ovo nombre rey Guillclme etc.;
2.° El Fermoso cuento de Ottas etc. que comienza: «Bien oystcs en cuen-
tos et en romances que de todas las cibdades del mundo Troya fué la ma-
yor», fól. 48.; 3.° El de Una santa enperatriz fól 99. ; y 4.° El de Charlos
Mayncs y Sevilla , que al fól. 124 da principio en esta forma: ((Señores,
agora cscuchat et oyredes un cuento maravilloso que dcve ser oydo, ansy
como fallamos en la estoria >j.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DK LA LIT. CAB. 55
que los escritores de la edad-media hacian alarde en toda suer-
te de versiones, la ingenuidad y frescura del estilo y lenguaje y
el color especial que toma de las creencias y costumbres la mis-
ma narración, nos dirian claramente que no se contentó con el
simple lauro de traductor el que las trajo al idioma castellano.
De observar es no obstante que, fiel á los originales que le ser-
vían de norma, conservó, tal vez con mayor exactitud de lo que
permitía el genio de la lengua, los nombres propios de personas
y lugares, dejando asi indubitables vestigios del camino que
traian las mencionadas leyendas. Extractos unas de más volu-
minosos libros, compendios otras de abultadas historias; ya en-
riquecidas de pinturas y descripciones, que revelan los esfuerzos
hechos por el arte español en épocas anteriores, ya exornadas
de extrañas joyas y preseas, ningunos monumentos hallamos en
la segunda mitad del siglo XIV más propios y adecuados para
dar á conocer cómo se realiza en la literatura castellana la trans-
formación caballeresca. Este convencimiento, hijo del largo exa-
men que de tales obras tenemos hecho, nos mueve pues á ofre-
cer aquí á nuestros lectores breve análisis de las mismas, no sin
consignar primero que es ya en extremo difícil, aun con el
auxilio de extrañas literaturas, el señalar las relaciones particu-
lares y exteriores de cada una de ellas.
Enlazado con las narraciones del ciclo carlowingio, según vá
insinuado arriba, llámanos en primer lugar la atención el Noble
cuento del enperador Charlos Maijnes de Rroma et de la bue-
na enperatriz Sevilla su muger, que á diferencia de Los Votos
del Pavón, abraza cierta serie de sucesos relativos á la edad
provecta del héroe i. Dando inequívoco testimonio del estado
1 La existencia de esta obra desvanece el error generalmente seguido
de que no se halla rastro alguno hasta principios del siglo XVI «en la litera-
tura castellana de las leyendas relativas al emperador Carlo-Magno y sus
doce Pares» ( Gayangos, Discurso preliminar al Amadis de Gaula, edic.
de Rivadeneira 1857), Verdad es que este aserto no puede resistir la luz
que arrojan los monumentos hasta ahora citados, ni los testimonios que en
igual concepto aduciremos adelante. Sobre la misma leyenda y otro no me-
nos peregrino libro acaba de dar á luz el docto don Fernando Wolf , tantas
veces citado, un curioso trabajo que lleva el siguiente título : Uber Dic bie-
56 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en que se hallaba la literatura española, al ser trasladado á
nuestra lengua, anunciase con un fin altamente didáctico: «Se-
» ñores (dice al comenzar), agora escuchat, et oyredes un cuento
«maravilloso que deue ser oydo, asy como fallamos en la esto-
»ria, para tomar ome ende fazaña [egemplo] de non creer tan
»ayna las cosas que oyer, fasta que sepa ende la verdal et. para
»non dexar nunca alto ome nin alta dueña sin guarda». Sobre
esta moralidad, adaptable en parte ci todos los tiempos y en par-
te adecuada á las costumbres y vida social de la edad-media,
gira todo el argumento. Celebraba Carlos con su esposa Sevilla
en el monasterio de Sant Donís gran fiesta caballeresca, cuan-
do aparece en su corte un enano «tal que de más laida catadura
»non saberia ome fablar». «Él era (prosigue) gordo et negro et
«becudo et auia la catadura muy mala et los ojos pequeños et
«enconados et la cabeca muy grande et las narices llanas et las
«ventanas dellas muy anchas et los orejas pequeñas et los cabe-
«llos erizados et los bracos et las manos bellosas, como osso et
«canos, las piernas tuertas, los pies galindos et resquebrados.
«Atal era el enano como oydes». Presentado este pcrsonage,
tan fresca y vigorosamente descrito i, al emperador, es recibi-
do á su servicio, no sospechando que de tan vil figura sólo po-
dían nacer maldades.
den Wiederanfgefundenen Niederlandischen volksbucher von dcr Küni-
ginn Sibille und von Huon von Bordeaux (Sobre los dos libros popula-
res holandeses nuevamente hallados, acerca de la reina Sebilla y de Huon
de Burdeos). De su examen resulta que tanto el libro castellano como el
holandés, reconocen su origen en un antiguo poema francés, dado en parte á
luz por el docto Barón de Reifenberg, bien que difieran en algunos porme-
nores que sucesivamente notaremos, juzgando Wolf que entre la versión
holandesa y el original ha mediado tal vez una segunda redacción en pro-
sa. La Historia de la Reyna Sevilla, dada á luz en 1532 y 1551 (Sevilla
y Burgos) y antes de ahora examinada por el indicado Wolf, se aparta aun
más de la primitiva versión castellana que esta de la holandesa. El entendi-
do bibliotecario de Viena ofrece, al comenzar su opúsculo, una circunstan-
ciada descripción de esta preciosidad bibliográfica, debida en su concepto á
las prensas de Guillermo Vosterman 6 Vorstorman, que floreció en Amberes
cual maestro de impresores, de 1500 á 1544.
I La versión holandesa presenta este raro personaje casi con las mis-
mas palabras.
n/ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAR. 57
Restituido á la ciudad de París, dispuso Cíiiios una partida
de caza, saliendo al monte con todos sus caballeros, mientras
dormia la emperatriz en la regia cámara. Llegado el dia, y no
osando despertarla, bajan sus doncellas y cobijeras á un jardin
inmediato para tejer una guirnalda de llores, con que exornar
la frente de la hermosa Sevilla; ocasión que espía y piensa ver
lograda el enano para saciar los carnales deseos que la belleza
de su señora habia encendido en su menguado pecho. Iba ya á
poner sus torpes labios en el rostro de la emperatriz, cuando
abriendo esta los ojos y certificada, por declaración del mismo
enano, de su loco propósito, castígale por su propia mano hasta
ensangrentarle y forzarle á pedir perdón de su atrevimiento. Al
volver Carlos de la caza, pregunta al enano la causa de las he-
ridas que lleva en el semblante; y determinado, como estaba,
tomar cruel venganza de la reina, rcs{ióndele que ha caído for-
tuitamente de un andamio, alejando así toda sospecha.
Satánico era el plan que entre tanto habia trazado. Introdu-
cido ocultamente en la Cámara imperial, acecha el instante en
que se levanta Carlos para aoyr las horas» en la iglesia de San-
ta Maria, y metiéndose con la emperatriz en el lecho, bien que
cuidando de no desporlarla, duérmese en tal sitio, hasta que
pasados los maitines, torna el emperador á su palacio, llenán-
dole de admiración y de ira aquel deshonroso espectáculo. Cie-
go de enojo, coavoca á sus magnates, entre quienes se conta-
ban los del linage de los traidores Galalon y Macayre ^ ; y aten-
tos siempre á saciar sus rencores, aconséjanle que mande que-
mar á Sevilla y al enano; sentencia que piensan luego ejecutar,
conduciéndolos á la hoguera. «Ella ovo muy grant espanto del
»fuego que vio fuerte, et do vio el rey, coraencole á dar muy
1 El testo castellano dice: «Entonces estavan ya los traidores del linaje
de Galalon Aloris et Foucaus, Goubaus de Piedralada et Sansón et Amag-uins
et Macayre, el traydor de la dulce palabra et de los fechos amargos, » En
la versión holandesa se lee : « Hier y was teghenwoordich dat g-heslechte
der veraders te weten Galaon, Alorones, Fanones, Robert van Breedanste-
ne, Sampson de Mag-re , 3Iacaris de Schoone van sprakcn, quaet van wer-
Ivon» (cap. III J. Fuera de los variantes que advertimos en los nombres, no
puede haber mayor semejanza en la narración.
58 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
«grandes vozes: — Señor, mercet por aquel Dios que se dexó
» prender muerte en la uera cruz, por su pueblo salvar: yo ssó
«preñada de vos; esto non puede ser negado. Por el amor de
»Dios, Señor, facetme guardar fasta que sea libre: después man-
«datme echar en un gran fuego, ó desmembrar toda. Et assy
»como Dios sabe que yo nunca fuy en este fecho, de que uos me
»fazedes retar, assy me libre ende él del peligro en que ssó. Des-
»pues que esto ouo dicho (continua el cuento), tornóse contra
«Oriente et dio muy grandes vozes et dixo: — Ayl rica ciudat
»de Constantinopla, en uos fuy criada á muy grant viciol Ay!
»mi Padre et mi Madre, non sabedes vos oy nada desta mi grant
«coita!... Gloriosa Sancta Maria! ¿et qué será, desta mesquina
»que ha tal tuerto?... ¿Ha de ser destroyda et quemada?... Et
»cómo quier que de mi sea, auet mercet desta criatura, que en
»mi trayo, que sse non pierda» *.
A estas palabras mandó el emperador que la desnudasen, lo
cual no pudo menos de producir duelo y clamor general, asi
en los nobles como en la inmensa muchedumbre que presencia-
ba aquella escena. Conmovido el emperador, oyó de nuevo á sus
consejeros, quienes subyugados por Macayre, le inclinan á des-
terrar á la emperatriz, mientras interrogado de nuevo el enano,
la acusa de haber tomado la iniciativa en crimen tan feo, calum-
nia que paga, como cómplice, en la hoguera. Carlos confia á
uno de sus caballeros, llamado Auberí de Mondisdier, el cum-
plimiento de la nueva sentencia pronunciada contra Sevilla, á la
cual amonesta que vaya á pedir perdón de sus pecados al Padre
Santo (Apostóligo); y en tanto que emperatriz y caballero se
alejan de Páris, armado de todas armas y sobre poderoso corcel
sale el pérfido Macayre en su busca, determinado á darles muer-
te. En lucha desigual sucumbe Auberí, dando tiempo á que la
desventurada Sevilla logre salvarse, invocando el nombre de
Santa María; y al lado del cadáver del fiel caballero queda, cual
generoso guardián, un valiente galgo, que no solamente mues-
tra su lealtad durante la refriega, sino que está destinado á des-
1 Párrafos V y VI del cód. cscurialense.
11.^ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 59
empeñar parle principalísima en la historia de la infeliz Se-
villa 1.
Caminando esta toda la noche, depárale la Providencia á la
mañana un leñador, que dolido de su cuita y enojado contra el
rey y los cortesanos, prométele llevarla á Constantinopla, donde
reinaba el emperador Richarte, su padre, quien no dejarla sin
enmienda tan inmerecido agravio. Barroquer, que tal se llama-
ba el leñador, abandonando su familia, emprende el viaje á que
se habia ofrecido, dirigiéndose á Uugria, al mismo tiempo que
vuelto á París el traidor Macayre, redoblaba los tiros de la ca-
lumnia, asegurando que Auberí de Mondisdier habia deshonrado
á la emperatriz, con lo cual crecia más y más la indignación de
Carlos. A la mesa de este emperador se hallaba sentado el asesi-
no de Auberí, cuando vencido del hambre, penetra el galgo fiel
en la cámara regia y reparando en el traidor, lánzase sobre él,
trabándole fuertemente del cuello : maltratado y perseguido de
los palaciegos, suelta la presa, arrebata un pan de la mesa im-
perial y parte corriendo al bosque, dejando á todos admirados y
deseoso á Carlos de saber su paradero. No esperó largo tiempo:
al siguiente dia apareció el galgo de nuevo en el palacio, donde
tal vez hubiera muerto á manos de los deudos de Macayre, si
ayudado de otros caballeros, no lo amparase el duque don Ay-
mes, llevándolo ante el monarca, á quien manifiesta la sospecha
que habia concebido contra su favorito, aconsejándole que manda-
se seguir al perro, que animado de sobrenatural instinto, pare-
cía pedir justicia al emperador, ya lanzando tristes ahullidos, ya
tirándole del manto, como para persuadirle á que le acompañara.
Decidido á hacerlo con varios caballeros de su corte, de cuyo
número se exime el artero Macayre, llegan á una fuente, donde
habia el galgo enterrado el cadáver de Auberí, siendo grande la
admiración que en el ánimo de Carlos produce aquel descubri-
1 En el libro holandés no loma el galgo parte en la refriega; pero es
perseguido por Macayre aquí y en el palacio, según después nos dice la ver-
sión castellana, que analizamos. En esta se antepone el episodio del duelo
entre el galgo y Macayre al recibimiento que hacen á la reina y á Barro-
quer los payeses úngaros, narrado antes en la primera (Cap. IX).
60 HISTORIA CIIÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
miento y no menor la indignación de sus proceres, quienes con-
ducen el cuerpo del caballero con fúnebre pompa á la ciudad de
París, dándole honrosa sepultura. Prendía el emperador al mis-
mo tiempo al sospechoso Macayre, y convocando sus doce Pares,
pedíales consejo sobre tan extraordinario caso. En esta asamblea,
pintada con notable naturalidad y sencillez, resuélvese, no sin
oposición por parte de Galalon y los suyos, que entre en lid el
presunto asesino, armado de un escudo redondo y de un palo de
un codo, con el galgo de Auberí, lo cual aprueba el monarca,
mandando que se ejecute. El duque don Aymes mueve á los do-
ce Pares á esta singular resolución, narrándoles un curioso y
bello apólogo, en que se enaltece la fidelidad de los perros ; apó-
logo cuya importancia literaria no puede ocultarse á los lecto-
res 1.
1 El apúlog^o empleado por el duque don Aymes, no existe en el libro
holandés, circunstancia de mucho peso en nuestros estudios, pues mues-
tra de un modo inequívoco la influencia que, al ceder el puesto á otras
formas literarias, ejerce en ellos la didáctico-simbólica, cuyo desarrollo
dejamos plenamente reconocido. El indicado enxen.plo está concebido
en estos términos:
«Mucho leal es el amor del can: esto oy probar: ning-uno non puede fal-
»sar lo que ende dixo Merlin; ante es gran verdat lo que ende profetisó.
«Onde aveno asy que César el enperador de Rroma lo tenia en presión: et
«este fué aquel que fizo las carreras por el monte Pavés. Un dia fizo venir
»ante sy á Merlin, por lo probar de su sseso et díxole: Merlin, yo te man-
ado assy como amas tu cuerpo que tú trayas ante mi corte tu joglar et tu
«sieruo et tu amigo et tu enemigo. — Señor, dixo Merlin, yo uos los traeré
«delante, sy los yo puedo fallar.— Señores, dixo el duque don Aymes, uer-
»dat fué que el enperador tiró de presión á Merlin, et él fuese á su casa et
stomó su muger et su fijo et su asno et su can, el tróxolos á la corte antel
«emperador et díxole: Señor, vedes aquí lo que me demandastes: catad,
«esta es mi muger que tanto es fermosa et de que me uiene mi alegría et
«mi solaz el á quien digo todas mis poridades; mas pero si me viene algu-
«na enfcrmedat ya por ella non seré confortado; et sy acaesciese asy que
«yo oviese muerto dos omes, por que deviese seer enforcado et ninguno
«non lo sopiesc, fueras ella solamente, sy con ella oviese alguna saña et la
«feríese mal, luego me descobriría: et por esto digo queste es mi enemigo,
»ca tal manera há la muger: asi diz la otoridat. Señor, vedes aquí mi fijo:
«este es toda mi vida et mi alegría et mi salut. Quando el niño es pequenno,
«lanío lo ama el padre et tanlo se paga de lo que diz que non ha cosa de que se
I!.* PAUTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 61
Señalado el campo, escúsase Macayre de pelear con un per-
ro, pretestando la honra de su familia * ; pero inflexible Carlos y
aconsejado el traidor por sus deudos, que le ofrecen rebelarse y
ponerle en el trono, empieza aquella peregrina batalla, logrando
el galgo ensangrentar el rostro del favorito, en cambio de muy
rudos golpes. Dudoso aparecía el éxito, cuando otro de los trai-
dores, llamado Galeran, tio de Macayre, entra armado en el pa-
lenque, dando al perro una lanzada é intentando acabarle. Mas
frustrada su alevosía por la autoridad del emperador, que ofrece
cien libras á, quien se apodere de su persona, prosigúese el com-
bate hasta confesarse vencido el asesino de Auberí, á cuyo se-
pulcro (monimiento) se acoge el galgo, obtenida la victoria, ne-
gándose después á tomar alimento y muriendo al cabo, como
»tanto pag'uejtiin de que tal alegría aya; et pof ende le faz quanto él quíer:
»mas después que es ya grande, non dá por el padre nada et ante querría
»que fuese muerto que uiuo, en tal que le fincase todo su aver: tal costum-
Dbre há el niño. Señor, vedes aquí mi asno que es todo dessouado: certas
D aqueste es mi siervo, ca tomo el palo et la vara et dóle g-randes feridas efc
i»quanto le más dó, tanto es más obediente; des y eoho la carga encima del
»et liéuala por ende mejor: tal costumbre há el asno, esta es la verdat.
«Señor, vedes aquí mi can: este es mi amigo: que non he otro que me tanto
Dame, ca si lo ñero mucho, aunque lo dexe por muerto, tanto que lo llame,
iiluego se uiene para mi muy ledo et afalágame et esle ende bien: tal ma-
»nera es la del can. Ora sé uerdaderamente dixo César que sabedes mucho;
»et por ende quiero seades quito de la presión et que vayades á buena uen-
)utura, ca bien lo meresc^edes. Et Merlin gelo gradcsció mucho et fué su uia
«para su tierra.»
Nótase pues que la expresada forma simbólica queda ya en nuestra li-
teratura como un simple medio de manifestación; circunstancia que se cum-
plía al par en otras meridionales: en la italiana por ejemplo ofrecen los
poemas caballerescos repetidas pruebas: t'ulci en su Margante Magglore
(cant. IX, st. 20 y 73, y cant. XIII, st. 31) y Bello en su Mambria-
no (Cants. III y YIII, X, st. 7, 8 y 5) y otros ingieren cuentos, fábulas y
apólogos, con el mismo intento que el trasladado arriba. No es para des-
preciada la observación de valerse el traductor ó refundidor castellano de
la erudición romancesca.
1 Macayre celebra por el contrario en la versión holandesa el juicio de
los doce Pares, porque juzga segura la victoria sobre el can de Auberí (ca-
pítulo XIIj.
62 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
espejo de fidelidad, junto á la tumba de su dueño, donde es en-
terrado por mandato del monarca *.
Terminado este raro episodio, no sin ejemplo en la literatura
caballeresca, torna el narrador á la emperatriz, que guiada por
Barroquer, llega á Urmesa, ciudad muy principal de Ungría,
hallando asilo entre una honrada familia del estado llano [bur-
gueses] , que dolido de su hermosura y desamparo, y venido el
momento del parto, asístela y prodígale todo linage de consuelos
con extremada solicitud y ternura 2. Daba Sevilla á luz un her-
moso niño, en cuya espalda se dibujaba una cruz roja; y llevado
á las fuentes del bautismo por el leal Barroquer, veíale acaso el
rey de Ungría, moviéndole á tomarle por ahijado la narración de
su infortunio. Luis, que este nombre recibe el infante, crece al
lado de Barroquer, aliviando los sinsabores y dolencias de su
madre con sus infantiles caricias, hasta que entrado ya en la ju-
ventud, es llevado á la corte del úngaro, donde se educa en las
artes de la caballería; y restablecida algún tanto Sevilla, resuel-
ven todos proseguir su viaje á Constantinopla ^. A esta ciudad
se encaminaban, cuando son asaltados en un monte por una ga-
1 En toda esta parte aparece la versión holandesa más descargada que
la castellana y más aun que la Historia de Sevilla, dada á luz en el si-
glo XVI. En la primera es condenado Macaris á ser azotado y colgado de
una estaca (cap. XIII): en la segunda manda el emperador «echar á Macay-
»re una cuerda á la garganta et á Galeran, ssu tio, otrossy et liarlos á dos
ucauallos; et fizólos rastrar por toda la ciudat.»
2 En la leyenda holandesa, que según hemos notado, antepone parte
de estos sucesos, es recibida la reina entre las burlas de los aldeanos y
burgeses de Videnmium, contrastando este recibimiento con el silencio que
guarda Barroquer, al escucharlas (cap. IX). Como vemos, esta escena es
mucho más sencilla en la versión castellana.
3 Hemos indicado que ambas leyendas reconocen un mismo origen en
los fragmentos del antiguo poema, publicado por el barón Reiffenberg; y
esta convicción, nacida de la naturaleza misma del asunto, adquiere com-
pleta fuerza al comparar las escenas que vamos mencionando. Josarán, hués-
ped de Sevilla y de Barroquer, tiene dos hijas: la mayor que es de extre-
mada hermosura, y lleva en la versión holandesa el nombre de Belisarta y en
la castellana el de Elifanle, enamorada tiernamente de Luis, procura evitar
que se aparte de su lado, ofreciéndole felicidad duradera, si se casa con
ella: esta situación, pintada en una y otra leyenda con extremada senci-
II.* PARTE, CAP. II. PRni. MON. CAST. DE LA LIT. CAD. 65
billa do ladrones, cuyo capitán se prenda de la hermosura de la
reina; pero Barroquer y Luis pelean tan valerosamente contra
Ucz é ingenuidad, tiene su modelo en los siguientes versos del expresado
poema (pág. 613):
Li borjois et deux filies, moult belles et plesant,
L'aisnée \int á luí, si le vet acolant.
— Sire, frans damoiseax, entendez mon semblant,
Aleve nous [vos] avons en norri, bel enfaiit,
Qant venistes céans, vos n'aviez noiant
Var [ouquel], vostre peres, qui á le poli ferrant,
Amena nostre dame, sacbois, moult povrement;
Vos nous avons serví moult encéablement.
8'or Tolies estre sages, mar iréit en avant;
Mes prenés-mol á férae, je 11 voil et demant.
Looys, biax dons frere, entendés ma proiere.
Aves merci de moi, ne suis pas losengiere.
—Bale, dit Looys» je me vois míe arriére.
Bele ests de facón et de cors et de cbiére;
Et je suls povrcs enfent, si n'ai bois ni riviére, ^
N'ai terre ne avoir qu vaille une estriviére
Et ma dame est malade, ansi cora fust en biére.
Et Var (ouquel), mes peres, qui á la brace flére,
Ma dame sert moult bien et de bone maniere ;
Vos peres ra'a norrl et mostré bele cbiére,
Etsl n'ct onc du mien vaillant nue lasniére;
Mis se Diex m'amendoit qui íis ciel et luraiére.
Je li vendrai á double, trop me fet bele cbiére.
Rales-vos-an pucele, ne soiés pas laniére;
Gardas vo pucelage; trop me sembles legére.
Veamos este pasage en nuestra leyenda:
«El burgués auia dos fijas niñas et fermosas, et la mayor avia nombre
«Elifante, que era más bella; et esta amaua mucho al donzel et decíale a me-
»nudo en poridat: — Buen donzel, nos vos criamos muy bien et muy vicíosa-
»mente, et uos bien sabedes que vuestro padre traxo aquí á vuestra madre
«muy pobremente, et uos sodes muy pobre conpaña; et sy quísierdes ser
j>sabidor, non yredes de aquí adelante; mas tomadme por muger et sercdes
«rico para sienpre, que vos non fallesQecera cosa, ca bien sabedes que non
xha cosa en el mundo que tanto ame como á vos. — Dueña, dixo Loys, vos
»sodes muy fermosa á marauilla et muy rica et yo muy pobre, que non hé
«ninguna cosa nin mi madre otrossy: que non há ningún consejo sy non mi
«padre Barroquer que la sirve. Et vuestro padre me crió muy bien por su
«mesura, que nunca por mí ouo nada; mas sy me Dios llegase ende á tien-
*po, yo le daría ende buen gualardon. Mas guardatuos, amiga, que tal
»cosa non me digades, nin vos lo entienda ninguno». — Aunque simplifica-
da, nadie desconocerá los rasgos que la escena española conserva de la
6 i HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA5Í0LA.
los salteadores que no sólo dan muerte á los más, sino que rin-
den á Griomoart, su caudillo, bien que perdonándole la vida.
Allí saben que hay en la misma montaña una ermita, en que ha-
cia vida penitente un hermano del emperador de Constantinopla;
y llegados á su presencia, movido el anciano de la afrenta y do-
lor de su sobrina, abandona la soledad para tomar de nuevo las
armas, con ánimo de vengarla ^; empresa en que intenta obli-
gar no sólo á los caballeros del imperio bizantino, sino también
al mismo Papa.
Mientras el venerable ermitaño congrega numerosas huestes
contra el descuidado Carlos, dirígese Barroquer á París ^ en
trage de peregrino [palmero], hallando al emperador orillas del
Sena y dándole abultada noticia de la expedición que para en-
mendar la injuria hecha á Sevilla, se preparaba. Con inteligente
perspicacia repara al mismo tiempo el estado en que se encuen-
tra la ciudad, introduce en el ánimo del monarca dudas y des-
confianzas respecto de sus favoritos, y ofreciéndosele cual exce-
lente domador de caballos, se apodera del que el rey montaba,
fugándose al campo del infante Luis, á quien lo entrega, acon-
sejándole que moviendo su ejército, caiga de improviso sobre el
de su padre, seguro de la victoria. Tomado el consejo, y sor-
francesa, dándonos tal estudio á' conocer perfectamente la manera en que
este y los demás libros, que en el presente capítulo mencionamos, fueron
traidos á lengua de Castilla. No difiere más la versión holandesa.
1 El antiguo poema francés es en toda esta parte más rico en porme-
nores que las leyendas holandesa y castellana, especialmente respecto del
reconocimiento de Sevilla por su anciano tio; peripecia que aparece no obs-
tante discretamente preparada en el libro español. Sentimos no poder tras-
ladar aquí tan interesantes pasag-es; pero remitimos á nuestros lectores á las
Ilustraciones del presente volumen, donde recogemos y damos á luz estas
joyas preciosas de la literatura del siglo XIV.
2 Debemos advertir que Barroquer, antes do pasar á la corte, visita á
su mujer é hijos en la villa de Emaus (Manes dice la Htstoria de Sevilla),
disfrazado de peregrino, siendo reconocido por su asno antes de descubrirse
á su familia; circunstancia que se omite en la versión holandesa y que tra-
yendo á la memoria el perro de Ulises y el asno de Sancho, nos señala
una relación más entre la leyenda castellana y el primitivo poema francés,
donde existe ya este gracioso incidente.
[I.* PARTE, CAP. H. PRIM. MON. CASI. DE LA LIP. CAR. 65
prendidos los franceses, se encierran desanimados en el castillo
de Altafoja, haciendo no obstante algunas salidas sobre el cam-
pamento enemigo ': en una cae en sus manos Barroqtier, siendo
condenado á pagar en la horca las pasadas burlas ; mas cuando
ni los ruegos del duque don Aymes, ni la relación de los servi-
cios hechos á la emperatriz pueden aplacar la saña de Carlos, y
ya en poder de los deudos del traidor Macayre, aguarda sólo para
morir la venida de la nueva aurora, ofrécese á rescatarle Grio-
moart, pagando así con salvar la vida de Barroquer la que habia
recibido de su clemencia. Usando oficio de encantador, sácale del
poder de los franceses con no poca alegría del príncipe Luis y
de su madi-e, lo cual exaspera grandemente al emperador y en-
ciende más y más la comenzada lucha 2.
1 Los accidentes de todos estos pasages .varían no poco en ambas ver-
siones, y una y otra aparecen más sencillas que la edición castellana de la
Historia de Sevilla. El asedio de Altafoja se narra también en la Canción
de Gesta de Aspremont; pero con referencia á Galalon, el más calificado do
los traidores que figuran en tales narraciones romancescas del ciclo carlo-
ving-io:
....d'AutefoiUe en fa li dus Grifón
Ensemble ó lui fu ses íis Canelón,
Qui de Rollant fist puis la traíson, etc.
2 En la leyenda primitiva aparece desde luego el bandido Griomoart
como extremado en las artes de encantamiento. Necesitando de un asno pa-
ra conducir las viandas que ha adquirido, después de su vencimiento por el
infante Luis, á quien sirve, hállalo á la entrada de un prado y quiere com-
prarlo: dirigiéndose á un aldeano, su dueño,
Sire, disl Grimoart, ¿cest asne me vendes?
Et Gil U respondit:— Por noiant en parles,
Je n'aprandrole mié tut quanque vos aves.—
Quant Grimoart l'oy qu'il n*est á poi desvés,
Envers l'asne s'anvait, de luí est acoles.
En l'oreille li disl un encliantemens tés
Qui li asnes s'andort, a la terre est verses:
Grimoart prant son asne, n'i est plus arestés
Le peine mist de desús et le poissons deles
Et le barit de vln, dont 11 estolt tronssés,
Puis sesi l'aguillon, trols fois s'est cries:
— Het avant, Dlex aie!.... etc.
No es pues maravilla que empleando análogos medios, liberte á Barroquer
de la saña de Carlos.
Tomo v. 5
06 HISTORIA CÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
A punto de venir nuevamente íi las manos, interviene el
Apostóligo en aquellas desavenencias, mostrando á la reina y al
infante que lejos de forzar, como vencedores, la voluntad de
Carlos, era deber suyo ablandar su corazón con el ruego; piado-
so y cristiano consejo, que seguido por todos, produjo el resul-
tado que el Sumo Pontífice habia predicho. Carlos Maynes, ven-
cido del amor de esposo y de padre, recibió á Sevilla y il Luis
con los brazos abiertos; y olvidadas las antiguas injurias con el
castigo de los traidores y el premio de los leales, volvió ¡i Paris
en medio de las bendiciones y plácemes de su pueblo, desposan-
do luego á su hijo con Blanca Flor, primogénita de Almerique
de Narbona, y haciéndolo jurar heredero de la imperial dia-
dema ^ .
1 La Historia de Sevilla anuncia ya todos estos hechos desde que nar-
ra un encuentro que supone entre las huestes de Luis y de Ayinerico, con-
de de Narijona : este se pasa al príncipe y le ofrece su hija Blanca Flor por
esposa. Aymerico es una de aquellas figuras que aparecen en la corte de
Ludovico Pío, como la del duque de Naymes (el cuento dice don Ayraes)
en la de Cárlo-Mag-no: en el notabilísimo poema de Guillermo, el Chato,
por ejemplo, cuando llega este á Paris para solicitar el socorro que ha me-
nester su ciudad de Orange, apretada por los sarracenos, halla al conde con
su esposa Ermengauda al lado del trono, siendo el principal ornato de
aquella corte. Respecto de Blanca Flor, que figura en dicho poema, como
tal esposa de Ludovico y es colmada de injurias y denuestos por Guiller-
mo, su hermano, debemos notar que el expresado nombre determina en los
libros caballerescos muy distintos personages. Ya hemos visto, al mencio-
nar la leyenda de los Votos del Pavón, que Blanca Flor era española, rau-
ger de Flores, rey de Almería, y abuela de Cárlos-Maynete, debiendo
añadir que esta es la tradición del libro que con nombre de ambos se im-
primió varias veces durante el siglo XVI, como en su lugar veremos. Boc-
cacio que hubo sin duda de conocer una tradición distinta, hace en su Fi—
locopo, primer libro caballeresco que escribe en prosa, que Florio y Bian-
ca Fiore sean hijos, aquel de Félix, rey moro de Sevilla, y esta de Quin-
to Lelio Africano, que yendo en romería a Compostela, es muerto por el
rey, quedando en poder de este y ya en cinta su muger Julia Topazia.
Florio y Bianca Fiore nacen en un mismo dia; se crian juntos y se aman
tiernamente; pero sabido esto por el rey, procura poner término á tal pa-
sión, separando á los jóvenes. De aquí nacen las muy singulares aventu-
ras del Filocopo, que terminan con el matrimonio de los amantes, su res-
titución á Sevilla y la conversión al cristianismo de sus vasallos. Como se
II.'' PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DÉ LA LIT. CAR. G7
Tal es en suma el Noble cuento del Emperador Chárlos
Maynes de Roma et de la buena emperatriz Sevilla. Distinta es-
ta peregrina narración de la leyenda que dá á dicha princesa
origen mahometano, haciéndola hija de Hixem, rey de Toledo,
y condenándola á perpetua esterilidad ' , derívase como va in-
sinuado, de un antiguo poema francés, que ya directamente, ya
por medio de una segunda redacción en prosa, se comunica á,
diversas naciones de Europa, tomando plaza en sus literaturas 2.
No es por cierto la castellana la última que la recibe, si bien sólo
en el siglo XVI llega á adquirir cierta popularidad, merced al
movimiento literario que oportunamente explicaremos. Sírvenos
ahora para comprender con entera claridad el modo y forma en
qUe se acomodan al gusto, á, las costumbres y á, las creencias de
advierte, el proceso de la narración insiste siempre aqui, como en los Votos,
ch la fidelidad de Blanca Flor, virtud que no se le reconoce en el poema
de Guillermo el Chato. Quadrio juzgó que el libro de Boccacio habia dado
origen al de Flores y Blanca Flor; pero por ignorar la leyenda de la Cró-
nica de Ultramar, muy anterior al discípulo de Petrarca.
1 En la Crónica de Ultramar, tantas veces mencionada, leemos dcs-
jiues de referir las fabulosas aventuras que Carlo-Magno llevó á cabo en
Toledo: «Después que tornó cristiana á la infanta (Galiana), le puso por
«nombre Sevilla ct caso con ella... Mucho fué aquella reyna Sevilla buena
«dueña et sancta et mucho la amó el rey Carlos; mas non quiso Dios que
«della oviesse fijos» (Cap. XLIII, fól. 131, col. 1.^}. El mismo nombre dio
después á la hija de Getcdim, rey de Saxoña (Sansueña); y de esta princesa
hay también diferentes tradiciones romancescas (Wolf, Uber die Beideii Wie-
deraufgefandenen, etc., pág. 104). Con el argumento de la leyenda que
dejamos examinada, bien que tomado sin duda de la Historia de Sevilla,
impresa en 1532, existe la Comedia famosa': Los Carboneros de Francia
y reina Sevilla, atribuida no con seguro fundamento á Francisco de Rojas
En ella figura también Blanca Flor, y hace el Conde de Maganza el pa-
pel de Macayre, dándose al enano el nombre de Teodoro, á Barroquer el
de Lauro, é introduciéndose además otros personajes análogos á los que
juegan eh la primitiva leyenda.
2 La prueba más eficaz de este aserto existe en el libro holandés, á
que nos hemos referido en notas anteriores, siendo para nosotros evidente
la progenitura que indicamos aquí respecto de ambas redacciones. La ho-
landesa, según notó Wolf, se halla compartida en veinte y tres capítulos.
V.n el códice español sólo aparecen divididos los párrafos y no siempre con-
forme á la materia que encierran.
G8 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nuestros mayores las maravillosas leyendas del mundo caballe-
resco, y cómo empiezan ii ganar la estimación de los discretos
las peregrinas historias del ciclo carlowingio. Cierto es en ver-
dad que son acogidas con igual aprecio las relaciones bretonas,
según lo prueba en el siglo XIV la ya citada Estoria del Rey
Guillermo de ]nf/la(ierra, que ampliada también, como el Noble
cuento de Chorlos 3Iaynes, debia alcanzar dos centurias adelante
extraordinario aplauso 1 . Las aventuras y singulares vicisitudes
de aquel príncipe y de su, esposa Graciana, y las no menos sor-
prendentes de Lobel y de Maryn, sus hijos, coronados de felicí-
simo éxito, no podían dejar de interesar grandemente en una
época en que eran verosímiles los más altos portentos, allanando
la fé religiosa el camino y disipando con fuerza irresistible todo
iinage de dudas. Mas fijando particularmente nuestras miradas
en los monumentos arriba mencionados, lícito juzgamos ipanifes-
tar que debió merecer la preferencia el Cuento muy fermoso del
Emperador Ollas el de la Infanta Florencia, su fija, así como
excitará hoy mayor interés en cuantos acierten á saborear su
lectura.
Distante igualmente de uno y otro ciclo caballeresco, tiende
en la versión castellana, como el Cuento de Chorlos Maynes, á
un fm didáctico, con el premio de la virtud y el castigo del vicio.
Garsir, emperador de Constantinopla, sabe que Ottas, empera-
dor de Roma, tiene una hija llamada Florencia, de tan extrema-
da belleza como honestidad; y codiciando su posesión, envíale un
mensagero pidiéndola por esposa ; mas con el expreso mandato
l Ea 1526 se duba á luz en Toledo con csle titula: «Chrónica del rey
«don Guillenno, rey de Inglaterra é duque de Angeos et de la reyna doña
))Bcrta, su muger; é de como por revelación de un ángel le fué mandado
»que dexase el reyno é ducado é anduviese desterrado et de las extrañas
«aventuras que andando por el mundo le auino (sic)». Esta edición no debió '
ser la primera, por cuanto en el mismo título se anadia: Agora nuevamen-
te impreso. También las prensas de Dominico Robertis daban á luz el
año de 1553 en Sevilla tan singular leyenda, muy poco o nada conocida de
nuestros más entendidos bibliófilos, por más que en el siglo XVI fuese fa-
miliar á todo linagc de lectores. Esta circunstancia nos hace aquí sensible
la imposibilidad de ofrecer detenido análisis de la primitiva versión cas-
tellana. Véanse no obstante las Ilustraciones.
II.'' PAUTE, CAP. II. PRIM. .MON. CAST. DE LA LIT. CAÍ!. 09
ÚG amenazarle con la guerra, dada la eventualidad de' la negati-
va. Enojado escuchó el anciano Ottas la altanera embajada de
Garsir, y consultados sus magnates, replicó á tal demanda, acep-
tando aquella manera de reto. Con poderosa armada se dio Gar-
sir á la vela, al saber la respuesta del romano, aportando en bre-
ve, bien que no sin peligro de naufragio, á las costas de Salerno,
y moviendo al punto su ejército contra Olifante, fuerte ciudad,
asentada á seis leguas de Roma. Convocados entre tanto sus pro-
ceres y caballeros, prepárase Ottas para salir al campo; y apenas
hablan las huestes de Garsir avistado la ciudad, cuando es aco-
metido el real de los griegos por dos paladines desconocidos,
caudillo cada cual de veinte caballeros, que bastan á infundir
verdadero terror en el ánimo de los invasores. Eran aquellos hi-
jos del rey de Ungría, que muerto su padre y arrojados del rei-
no por la impiedad de su madre que habia dado mano y corona
á otro, venían resueltos á favorecer á Ottas contra la violencia
de Garsir, ganosos de merecer al par el amor de la hermosa
Florencia. Precedidos por el aplauso de la victoria, preséntanse
ambos hermanos, Miles y Esmere, al emperador, quien no sola-
mente los acoje con extremado cariño, sino que les ruega acep-
ten distinguido asiento en el banquete que daba á sus caballeros,
como para inaugurar la próxima campaña.
En medio de la corte romana apareció á los ojos de Florencia
e^ valeroso Esmere, cual tipo de belleza, así como la fama de su
valor lo habia pintado ya en su mente, cual modelo de la caballe-
ría. «Él era grande et membrudo et muy bien tajado : catana
»muy fermoso et era blanco como flor de lis, et tan bien colora-
ndo que era maraviella. Los ojos avia verdes, las sobrecejas bien
«puestas; cabellos de color de oro; ancho era de espaldas et
«delgado en la cinta.» Dominada de tan gallarda y varonil pre-
sencia, siente brotar en su pecho la llama de amor, haciendo ar-
dientes votos, por el logro de la dulce esperanza, en aquel mo-
mento concebida i. Ottas, llegada la hora de partir contra los
1 Debemos notar que la pintura de Florencia está hecha con igual fres-
cura y gracia:
«Esta Florencia de que uos fablo... (dice) quando legó á cdal de quince
70 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPASOLA.
griegos, promete la corona imperial y la mano de su hija al afor-
tunado caballero que más bravura ostente en las batallas, re-
suelto á dar él mismo ejemplo de valor, como soldado, Al frente
de los suyos, embiste á Garsir poij inusitado esfuerzo, y trabada
la pelea entre ambos monarcas, caen los dos en tierra al rudo
choque de las picas, mostrándose no obstante la victoria favora-
ble al romano, que cercado de improviso por innumerables guer-
reros, hubiera perdido la vida, si el arrojo de Esmere no le sa-
cara de tan apretado lance. Roma iba á quedar libre de enemigos,
cuando una saeta, disparada por oscura mano, traspasa las sie-
nes de Ottas, que tenia acaso levantado el yelmo, y rodeado Es-
mere de nuevos y más numerosos combatientes, sucumbe al fm,
siendo presentado al bizantino, cual principal trofeo del triunfo.
Grande fué el luto de la ciudad y la amargura de Florencia,
al saber el desventurado fm de Ottas. Los griegos se adelantan
al propio tiempo sobre Roma, y asediándola estrechamente, la
reducen al último extremo: para salvarla, resuélvese Florencia á
tomar esposo, eligiendo á Miles, muerto ya según voz pública el
valerosísimo Esmere. Prendado de su esfuerzo y de su gentile-
za, habíale puesto sin embargo el emperador Garsir en libertad;
y vuelto á Roma entre las aclamaciones del pueblo, desbarataba
su presencia el casi realizado proyecto que iba á ceñir á las sie^
nes de Miles la imperial corona. Esmere, recibido como liber-
tador y escudo de la nación romana, es revestido de la púrpurp,
y ungido con el óleo santo; mas la enamorada Florencia, ante-r
poniendo el deber de reina á la felicidad de esposa, le impone la
obligación de pelear hasta vencer al enemigo de la patria, único
xanios foé (an bella ct tan cortés et laa bien cnsennada que cu todo el
) inundo non le sabian par. Ya do las cscripturas nin de las cstorias nin-
«g-uno norr sabia más; de la harpa ct de uiola et de otras estrumcnlus nin-
»g-uno non fué mas maestre. Et con todo esto le diera Dios tal donayre
«que non se abondauan las g-entes de oyr su palabra, onde ella era mocho
«ahondada et mocho conplida. El su parecer et el su donayre en el mundo
»non le fallauan par: asi que desian aquellos que la afemenciauan, que
«desque Dios formara á Adam et Eva que tan bella criatura non nascicra
);synon una que nunca ouo par nin aucrá.» Los demás retratos participan
de igual sencillez y gracia.
II.* PARTE, CAP. 11. PRIM. MON. CAST. UE LA LIT. CAÍ!. 71
instante en que hará suya la flor de su juventud y belleza. Con
esta esperanza, sale Esmere al campo, combate, vence y persigue
á los griegos, forzándolos á embarcarse; y apoderado de gran
número de bajeles, forma la resolución de llevarles la guerra á
su propio imperio, para lo cual encomienda la guarda de Roma
y la custodia de Florencia á Miles, su hermano, con otros dos
caballeros, Samson y Agravain, distinguidos entre los magnates
romanos por su valor y riquezas.
Llegada juzgó Miles la hora de vengar el desaire antes re-
cibido; y no bien se habia separado de Esmere, cuando trazaba
horrible traición para despojarle del imperio y de la esposa. Só-
lo halló obstáculo á su pérfido intento en Samson y Agravain;
pero muerto el primero en la demanda, sucumbió el segundo al
criminal propósito de Miles, quien para lograrlo mejor, manda-
ba poner en fúnebres andas el cadáver de Samson, echando voz
de que era el de Esmere, noticia que iba llevando por todas par-
tes verdadero dolor y que producía en Roma el más profundo
llanto. Agravain descubría, sin embargo, aquella trama al pon-
tífice (Apostóhgo); y cuando se tenia Miles por seguro de su
maldad, era sorprendido y encarcelado en el alcázar regio, re-
novándose la general alegría, al saberse las victorias de Esme-
re. Penetrando este en Constantinopla, habia vencido entre tan-
to á Garsir en su propio palacio, reconociéndole el anciano mo-
narca como á natural señor, al rendirle su espada: con él tor-
naba á Roma, recordando los triunfos de los antiguos Césares,
y sabedora Florencia de su venida, manda, para evitarle eno-
jos, sacar á Miles de la prisión en que le tenia, ordenándole que
salga al frente de la nobleza á recibir á su victorioso hermano.
Mal pagaba el traidor esta generosidad: al avistar á Esmere,
fíngese maltratado de Florencia, porque entregada esta á torpes
amores con Agravain, habia pretendido castigar en él tal des-
honra; y en el instante en que el leal caballero, lleno de alegría,
corre á felicitar á su rey, se vé acometido por el impostor, sos-
pechando Esmere á vista de semejante saña que habia algo de
siniestro en el proceder de Miles. La declaración del calumnia-
do Agravain, convence al emperador de la protervia de su her-
mano, resolviéndole á darle muerte; Garsir se interpone sin em-
72 HISTORIA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
bargo y suspendida la ira del injuriado príncipe, logra el per-
don del criminal, á quien manda Esmere volver á Roma.
Con nueva perfidia respondía allí á tanta clemencia: mintien-
do celo y cariño, induce á la confiada Florencia á salir en busca
de su esposo, y apartándola insensiblemente de su comitiva,
condúcela á. espesa montaña, por la cual camina tres dias, sin
tomar descanso, hasta llegará una ermita, ensangrentándose
en el anciano que moraba en ella y reduciéndola á cenizas, por-
que se habia condolido aquel de la dolorida reina. Consumado
este crimen, intenta mancillar su honestidad; mas dominado
por la extraordinaria virtud de una piedra preciosa que llevaba
en el cinto Florencia, pierde al tocarla las fuerzas corporales,
no pudieiido dar cima á sus torpes deseos; é irritado contra la
infeliz doncella, azótala cruelmente con punzantes abrojos, col-
gándola de los cabellos á un árbol para más saborear su inicua
venganza. Avino acaso que Tessin, señor de un castillo, que
señoreaba aquellos montes, saliera á caza con sus caballeros y
que persiguiendo estos á un venado, pasaran por aquel sitio:
cobarde, como cruel, huyó Miles despavorido al acercarse los
cazadores; y movido de piedad á lan desusado espectáculo, man-
daba Tessin descolgar á la casi exánime Florencia, llevándola á
su castillo, donde recobraba la salud, merced á los solícitos cui-
dados de la esposa é hija del noble caballero. Mas no se vio li-
bre de nuevas desventuras. Macayre, vasallo de Tessin, concibe
ardiente pasión por ella, y siendo deshonrosamente desprecia-
do 1, forma el infame propósito de tomar cruda venganza. Pa-
ra ejecutarla, ocúltase en la cámara en que dormían Florencia y
Beatriz, hija del castellano, y en el silencio de la noche degüella
á la última, poniendo en la diestra de la extrangera el arma en-
sangrentada. Aquejado Tessin de feroz sueño, salta entre tanto
1 Es de notar la circunstancia de llevar aquí, como en el Cuento de
Churlos Maynes et de Sebilla, el nombre de Macayre un personag-e que
hace oficio de traidor. Esto prueba el común origen de las leyendas que
examinamos, ó cuando menos que fué el mismo el traductor castellano de
ellas. A esta creencia nos inducen todos los accidentes especiales del códice
escurialense, formado con un solo propósito, así como también todos los ca-
racteres literarios que las avaloran.
11.^ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAIi. 75
de su lecho, corre al de Beatriz, y halla á la tierna virgen cu-
bierta de sangre, viendo en manos de Florencia el arma que la
habia despojado de la vida. Acusada del asesinato y condenada
á la hoguera, tenia ya perdida la infeliz reina toda esperanza de
salvación, cuando enterneeido Tessin de sus lamentos y juzgán-
dola incapaz de tan inicua conducta, mandaba ponerla en liber-
tad, arrojándola no obstante de sus dominios i.
Caminando dos dias á la ventura, encuentra Florencia una
ciudad, á cuyas puertas iban á ahorcar un ladrón, terror de la
comarca: á tal espectáculo se conduele del bandido, y recibida
con singular agasajo por el señor de la referida ciudad, pídele y
obtiene la vida de Clarenbaut, que tal es el nombre del crimi-
nal, tomándole por palafrenero. Pero Qste acto de' caridad sólo
acarrea á la triste Florencia nuevos infortunios: Clarenbaut, ce-
diendo á sus antiguos hábitos, engaña á la reina, prometiéndo-
le llevarla á tierra santa y vendiéndola en realidad al capitán de
un grueso navio, llamado Estoc, que burlando á su vez la in-
grata codicia del bandido, le entrega un saco de plomo, en lugar
del oro que le habia prometido. Prendado Estoc de la belleza de
Florencia y teniéndola por suya, intenta ya en alta mar manci-
t Este episodio forma la Patraña veikte y lna de las que incluyó
Juan de Timoneda en su Patrakuelo, mostrando semejante coincidencia que
el Fermoso cuento de don Ottas et Florencia lleg-ó con cierta estimación
al sig-lo XVI. En la Patraña referida lleva Florencia el nombre de Ge-
roncia, Esmere el de Marcelo, Miles el de Pompeo, Tessin el de Marqués
de Delia, Macayre el de Fabricio (que es hermano del Marqués), y asi de
los restantes. — Marcelo, acusada Geroncia por su hermano, la manda ma-
tar en un bosque sin oiría, dancLo este cacarg-o á dos lacayos suyos, llama-
dos Lobaton y Robledo: el primero quiere mancillar a Geroncia, y el se-
gundo muere en su defensa; mas cuando Lobaton está á punto de lograr sus
carnales deseos, sobreviene el marqués, salvando á Geroncia de aquella
infamia. — Rechazado después Fabricio, mata á un sobrino suyo y esconde
el cuchillo entre las faldas de Geroncia, que ha trocado su nombre por el
de Clariquea. Condenada esta al fueg-o, debe á la piedad de la marquesa la
vida, siendo conducida en cambio á una isla desierta (Desafortunada) en
que morian de hambre los que eran condenados á muerte. Timoneda sigue
en lo demás la narración del Fermoso Cuento, con variantes análogas á
las ya indicadas.
74 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
llar su pureza; mas roto de repente el mástil y combatida la na-
ve por furiosas olas, vióse forzado á abandonar la que juzgaba
ya segura presa, arreciando la borrasca al punto de abrirse en
dos el navio, salvándose milagrosamente la reina y el capitán,
bien que de muy diverso modo. Florencia es arrojada á una pla-
ya, donde descubre una abadía, cuyas campanas se tañen á su
llegada, y renunciando á los sinsabores y esperanzas del mundo,
toma en aquel monasterio el hábito religioso. Armada de una
piedra milagrosa y vencida de la caridad, sana en Belrepaire, que
tal nombre lleva el monasterio * , todo linage de dolencias, vir-
tud que le gana el amor de las monjas y la admiración de la co-
marca. Esmere tiene entre tanto guerra con el rey de Pulla y le
vence; pero herido en la cabeza por una flecha, cuyo hierro no
hablan osado extraerle los más doctos físicos, no sólo vive tris-
te, sino que padece dolorosas enagenaciones. La fama de lamon-
ja de Belrepaire le trae pues á este monasterio : á él acude tam-
bién el traidor Miles, castigado por Dios con repugnante lepra,
la más afrentosa dolencia de los tiempos medios; y con ellos
vienen Macayre, Estoc, Tessin, su esposa, y Clarenbaut, aque-
jados cada cual de distinto padecimiento. Congregados todos por
la reina, oblígales á referir sus respectivas historias y á confe-
sar sus crímenes, preparación sin la cual carecía de eficacia la
milagrosa piedra; y narradas sus desventuras por boca de sus
perseguidores, dá principio á la obra de sanar los enfermos por
su propio esposo, descubriéndosele después; peripecia que pro-
duce grande admiración en el ánimo de Esmere y mayor espan-
to en los traidores. Castigados estos con la hoguera y recom-
pensados largamente Tessin y su mujer, restitúyense á Roma
Esmere y Florencia, gozando felices del imperio.
Hé aquí la no sencilla urdimbre de aventuras que forman el
1 E ntre los muchos rasg-os que nos recuerdan, al leer este raro libro,
otras producciones caballerescas, debemos citar el nombre de Belrepaire ó
BcU-repaire. En el famoso Libro de Perceval, dejado por este el castillo
de Gurneman, pasa á la ciudad de Belrepaire, cabeza del reino de Con-
duiramor, situada como el monasterio del Cuento de don Ottas, en una
pintoresca playa. Esta semejanza de sitios c identidad de nombres no son
para despreciadas, al tratarse de obras como las que examinamos.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 75
Cuento muy fennoso del Emperador Olías et de la Infante
Vtorencia, su fija, et del cauallero Esmere. No tan rico de
episodios, muy semejante en la terminación y de no menor inte-
rés para nuestros estudios por referirse á la historia de los pri-
meros siglos del cristianismo, señalando esta nueva relación de
la literatura caballeresca, es el Fermoso Cuento de una Sánela
Emperatriz que ovo en Roma * . Bien quisiéramos exponer
aquí su argumento para recreo de los lectores ; mas forzados de
la itre vedad, cúmplenos sólo dejar consignado que asi como las
obras, cuyo asunto vá expuesto, contribuye á determinar la for-
ma en que van tomado carta de naturaleza estas leyendas en la
literatura castellana, mientras otros libros, más conocidos hoy, lle-
gan á hacerse familiares entre los doctos, merced á más ó menos
fieles traducciones. Testimonio de esta verdad histórica nos
ofrecen los poetas de la misma edad que estudiamos : Pero Ló-
pez de Ayala, Pero Ferrús, Alfonso Alvarez de Yillasandino,
Fray Migir y otros notables trovadores de la segunda mitad del
siglo XIV hacen en efecto frecuentes alusiones á las historias de
uno y otro ciclo; y como consta por irrecusables testimonios que
existieron en la lengua castellana en todo el siguiente ^, razón
1 La inclinación que llevaban los estudios, no podia dejar de refle-
jarse en las producciones caballerescas, por más que dominara en el arte el
espíritu de las mismas. Así se explica que llegaran á ser héroes verdade-
ramente romancescos los personajes más renombrados de la antigüedad
clásica, cuyo conocimiento iba perfeccionándose cada dia al paso que la ci-
vilización adelantaba en las vias del Renacimiento; y solo así puede com-
prenderse el prodigioso éxito que, aun operado este, logran los elementos y
ficciones de la caballería. De tan importante materia hablaremos oportuna-
mente con mayor espacio.
2 El Archipreste de Talavera, que floreció al mediar del mismo siglo,
después de citar á Alejandro, Antioco y Aníbal, menciona con igual apre-
cio á Tristan de Leonis y Lan::arote del Lago (Vi(;ios de las malas mu-
geres et complixiones de los ornes, Parte IV. ^, cap. VI); Fernán Pérez de
Guzman habla de Merlin, como de personaje muy conocido ya en España
(Mar de Historias, fól. 96 v.) por sus profecías, habiéndose después dado
estas á la estampa (Burgos 149S) con este título: El Baladro del sabio Mer-
lin, con sus profectas (Tipog. Esp., pág. 285); y en los catálogos de los
libros de la Reina Católica, publicados por Clemencin, consta que existían
76 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
hay para juzgar que al mencionar los expresados vates los libros
de Lanzar ote del Lago y de Merlin, de Tristan y de don Galas,
del rey Ban y de Enrique de Oliva, no olvidando los del famo-
sísimo rey Artús, ni los de Cario- Magno y su renombrada
Pairid, hubieron todas estas obras de ser traídas al lenguaje
vulgar, en cuyo único supuesto dejaban de ser impertinentes las
referidas citas ^.
en su cámara: 1.'' Un Libro de Merlin (en romance) «que fabla de Jusepe
i»dc Arimatia»: 2.° La IIÍ.* Parte de la Demanda del Sarito Grial (en ro-
mance): 3.° La Historia de Langarote del Lugo (en romance) (Véanse los
núilieros 142, 143 y 144 de dicho catálogo). En 1414 consta asimismo que
se acabó de escribir un códice que encierra la II." y III. '"* Parte del Lanzaro-
Ic (Bibl. Nac. Aa. 103) y en 1440 se custodiaba en la librería que los con-
des de Bcna vente tenian en el castillo de aquel título, una «Bibria conpli-
»da en romance, con un poco del Libro de Merlinn (Saez, Monedas de En-
rique IV y Clemencin, Elogio de la Reina Católica, pág-. 460). Tambjen
Diez Gamez en su Victorial de Caballeros, fól. 29 y 30, menciona las Pro-
fecias de Merlin de tal manera que no deja duda de ser ya libro vulgar en
Castilla. — Fernán Pérez de Guzman daba no obstante á entender en su
Mar de Historias citado, que al escribirlo, no se habia puesto aun en caste-
llano la Demanda del Santo Grial, por estas palabras : «Esta historia non
«se falla en latin, sinon en francés é dízese que algunos nobles la escriiiie-
ron» (Cap. XCVl, fól, 43 v., edición de Valladolid, 1511).
1 Las alusiones que, según vimos en el capítulo precedente, se habían
hecho en los libros castellanos, respecto de los caballerescos, determinaban
sin duda el conocimiento que los eruditos iban teniendo de aquel género de
ficciones : las citas que ahora se repiten con excesiva frecuencia y en com-
posiciones poéticas, cuyo éxito se fiaba por lo común á una lectura rápida
y pasajera, indican que esos libros andaban ya en manos de todos y por
consecuencia en lengua tal que todos pudiesen comprenderlos. López de
Ayala dice que oyó muchas veces libros de devaneos, citando entre ellos el
Lanzarote (Rimado del Palacio, sobre los sentidos). Ferrus, dirigiéndose al
mismo Ayala, para recomendarle la vida de la sierra, le dice [Canc. de
Baena, pág. 337):
Rey Artur et don Galas
Don Lancarote et Tristan
Carlo.'í Magno, don Rroldan
otros muy nobles asas
Por l¡is tales asperezas.
Non menguaron sus proezas,
Segunt en los libros yus.
II.'' PARTE, CAP. II. PHIM. MÜN. CAST. DE LA LIT. CAR. 77
Mas ya ([iio poi' desgracia no existan ú nu hayan llegado (i
nuestras manos todas estas primeras versiones de los libros caba-
Alvarcz de Villasainlino, hablando con Alfonso Sánchez do Jaén, íe
dcnuesta, dicióndolc (Id. pag-. 124):
Por Yos non ilirán de los esleydos
De casa del rey do Ban de Magús, ele.
hiiperial oscrlhía (pág-. 243 de mismo Cancionero):
Del linage del rey Ban
Ley el de mucUos señores,
Et otros, y de Trislan
Que fencsíió por amores, etc.
Y contando después el nacimiento de don Juan 11, no sólo lo atribuyo
la magnificencia de Carlo-Magno y sus doce Pares (pág. 201)^ sino que
le desea el estado del noble Galaz (pág. 220), añadiendo respecto del
amor:
Todos los amores que ouieron Arcbilles,
Paris et Troylos de las sus señores.
Tristan, Lanzarote de las muy gentiles
Sus enamoradas et muy de valores.
Él et sumuger ayan [los] mayores
Que los de París et los de Yiana...
E más que Tristan sea salidor, etc-
Lo mismo vemos en las poesías de Fray Migir y Bartolomé García de
Córdoba, que escriben á la muerte de Enrique IIÍ y al nacimiento de don
Juan, y no otra cosa nos dice el citado Villasandino, en orden á otras ficcio-
nes. Hablando de la generosidad de una abadesa con el adelantado Per Afán,
observa que le
.... Sserá carylaliva
Desque Enrrique, fi de Oliva,
Salga de ser encantado.
Esta leyenda, que se anuda á la historia de Carlo-Magno por los episo-
dios de Ildegarda y de Sibila ó Scbilla, reconociendo su orígcn^, según ha
mostrado el docto Svend Grundtvig, en una de las tradiciones contenidas
en Karla-magnus-laga, era por tanto conocida en Castilla durante la segun-
da mitad del siglo XIV y fue al cabo impresa, sin duda con algunas altera-
ciones, bajo este título: Historia de Enrique, fi de Oliva, rey de Iherusalén,
78 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPA?50LA.
Uerescos, poseemos afortunadamente un monumento de tal impor-
tancia en la literatura española y fuera de ella, que basta él solo
para determinar el camino que hicieron aquellas historias hasta
aclimatarse en nuestro suelo, manifestando al par que sin la ela-
boración que dejamos indicada, jamás hubiera llegado á existir
producción semejante. Hablamos de la Historia del esforzado é
virtuoso caballero Ámadís de Gaula, la más celebrada y mejor
escrita de todas las narraciones romancescas, fuente y raiz de
numerosa prole de sabrosas y entretenidas ficciones, recreo y
pasatiempo de esclarecidos poetas y repúblicos i. Su aparición
en la literatura castellana, más natural de lo que vulgarmente se
ha supuesto, explica de una manera satisfactoria la transforma-
ción operada en el gusto de los eruditos, porque reflejando los
elementos constitutivos de la literatura, á que dio vida el mundo
de la caballería, estriba igualmente en las leyendas del ciclo
bretón y del ciclo carlowingio. Esta circunstancia, que á carecer
de otras prendas, seria suficiente para que la crítica fijase en él
sus miradas, incítanos á inquirir la antigüedad del libro de
emperador de Constant inopia (Sevilla 1498). El erudito Wolf ha publicado
un curioso extracto, sobre el cual recae el trabajo del entendido Svend
Grundtvi^ (Uber die Beiden Wiederanfgefundenen, etc., pág 86). En orden
á Merlin, cuya celebridad llega al extremo, se repiten de tal suerte las citas
y alusiones á sus profecías y se glosan estas con tal insistencia {Cancionero
de Baena, núm. 199), que no parece lícito dudar de que el famoso Baladro,
citado en la nota anterior, estaba ya en castellano en la segunda mitad de la
centuria que historiamos. Como naturalmente advertirán los lectores, cobran
mayor fuerza todas estas conjeturas, al tomar en consideración los datos que
la preinserta nota contiene.
1 Cervantes lo declara «como el mejor de todos los libres que de este
género se hablan compuesto y vínico en su arte» {Don .Quijote, Parte I,
cap. 6); siendo muy de notarse, según refiere don Francisco de Portugal en
su Arte de la Galantería (p. 71, ed. 1682), que don Diego Hurtado de
Mendoza, tan esclarecido poeta como docto historiador, enviado por emba-
jador á Roma, llevase únicamente en su portamanteo un Amadis de Gaula
y una Celestina, «de quien (añade Portugal) dijo alguno que les hallaba
mas sustancia que á las Epístolas de S. Pablo.» Adelante veremos el juicio
que sobre el mismo libro tenia formado el autor del Diálogo de las Len-
guas.
II.* PARTE, CAP. II. PRni. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 79
Amñdís; investigación no tan difícil hoy, acopiados por la eru-
dición los datos que pueden ilustrarla ^. Y si nos fuere dado
señalar con su auxilio y con la exactitud que este linage de ta-
reas consiente, el momento en que las letras castellanas produ-
cen obra tan aplaudida, no será ya lícito dudar de la significa-
ción que alcanza en su historia, comparado con los monumentos
arriba examinados.
Al formar la Real Academia de la Lengua el catálogo de au-
toridades, que precede á su gran Diccionario, colocaba entre
las producciones del siglo XV el libro de Amadís de Gaula ^,
y más adelante, un historiador respetable declaraba, sin mos-
trar duda alguna, que al ser escrito el Conde Lttcanor, se ha-
llaba ya el Amadís en manos de todo el mundo ^; pero antes
de manifestarse estas opiniones habíase trabado y sostenido lar-
ga controversia entre franceses, portugueses y españoles sobre
la legítima nacionalidad literaria de aquel libro. ¿Cuál de estos
pareceres y pretensiones se apoya en más sóhdos fundamen-
tos?... Refiriéndonos á la cuestión dd originalidad, para tratar
después la cronológica, lícito nos será advertir ante todo que
siendo los portugueses los que más empeño han puesto en reca-
barla para sí, la misma contradicción de sus escritores llega á
hacerla sospechosa.
Según el testimonio de antiguos cronistas, era el Amadís
de Gaula producción de un hidalgo, nacido en Oporto, á quien
don Juan I dio la orden de caballería en vísperas del triunfo de
Aljubarrota: llamábase Vasco de Lobeira y pasó en Yélves la
1 La rectitud que mueve nuestra pluma nos obliga á declarar aquí, para
honra suya, que nos valemos de las eruditas observaciones, con que don
Pascual Gayangos ha ilustrado este punto en su Discurso sobre los libros
de caballerías, que precede a la nueva edición del Amadís {Bibl. de auto-
res españoles, t. XL), modificando en su vista alguna parte de este mismo
capítulo. Y nos complacemos en hacer esta declaración con tanto más mo-
tivo cuanto que no siempre hemos estado acordes con las opiniones de este
laborioso académico.
2 T. I, pág. LXXXV.
3 Bouterweck, trad. cast. de Cortina y Mollinedo, pág. 7.
80 HISTORIA CKÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Última parte de su vida hasta que en 1403 fallece K Otros
escritores, preciados de muy doctos entre sus compatriotas,
sostienen al contrario que fué traducido el Amadís de lengua
francesa por un Pedro Lobeiro, escribano de Yélves, obede-
ciendo el mandato del infante don Pedro, el de las siete Parti-
das 2; habiéndose generalizado por último en el siglo XVI la
opinión de que era debido al infante don Fernando, hijo de
don Alfonso, á quien se habia concedido también alguna inter-
vención en el mismo asunto ^. No siendo pues una y cons-
tante la opinión de los escritores portugueses, racional creemos
poner en duda la autoridad de sus respectivos asertos en orden
á la originalidad del Amadís por algunos de ellos reclamada pa-
ra sus ingenios. Ni han logrado los franceses más claro galar-
dón en esta manera de lid, por más que hayamos de adjudicar-
les la palma de la originalidad respecto de las producciones que
dejamos examinadas y de otras muchas, que en lugar oportuno
citaremos. Los argumentos alegados una y otra vez para pro-
1 Boutcrweck siguiendo á don Nicolás Antonio (Bibl. Vet. t. lí,
pág. 105), observaba que Basco de Lobeira escribia á fines del siglo XIII y
pareció haber vivido hasta el año 1325 (Trad. cast. pág, 11), Igual opinión
expuesta con mayor seguridad, manifestó después Sismonde de Sismondi,
añadiendo que escribió Lobeira «en espagnol les quatrc premiers livres de
l'Amadis» (Hist. de la litt. du Midi, t. III, pág. 221, ed. 1S29). La autori-
dad de estos historiadores ha llevado tras sí el voto de los más que tratan
estas materias, corriente en que se dejó arrastrar el erudito Ticknor, si bien
adelantando un siglo entero la existencia de Lobeira. «El Amadís (con-
cluye) es un libro portugués, escrito antes del año 1400, y su verdadero
autor el caballero Vasco de Lobeira (Primera, ep., cap. XI). Ticknor reco-
nocía sin embargo los hechos aducidos en el texto, tomados de la Crónica
del Conde Pedro de Metieses, escrita en 1454 por el Archivero de Portugal,
Gómez Eanes de Azurara (Colee, de lib. inéd. de Hist. Portug. Lisboa 1792).
Adelante notaremos la fragilidad de estas opiniones.
2 Cardoso, Agiologio Lusitano, t. I, pág. 410.
3 Don Luis Zapata, Memorias de los Zapatas, MS. de la Biblioteca
Nacional. En este libro consta que el don Luis oyó decir en Lisboa, por los
años de 1550, á la Infanta doña Catalina, biznieta del citado Infante don
Alfonso, que era don Fernando, quien habia compuesto el libro de Amadis
(Gayangos, Discurso sobre los libros de caballerías, pág. XXII).
II.' PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 81
bar que es el Amadís de Gaula mera traducción de una antigua
leyenda, escrita en el dialecto de Picardia, no han recibido aun
tal conflrraacion histórica que pueden inclinar la balanza del la-
do allá del Pirineo i.
Antes de que las referidas crónicas portuguesas, compuestas
al mediar del siglo XV, apuntasen por vez primera la especie de
que era el hidalgo Vasco de Lobeira autor del Amadís, gozaba
ya esta obra de no escasa celebridad en la literatura castellana.
Mencionóla el gran Canciller Pero López de Ayala con referen-
cia á su juventud, en que se pagaba de
oyr muchas vegadas
Libros de devaneos et mentiras probadas,
Amadís, Langarote et burlas assacadas, etc. 2.
y teniendo en cuenta que nace este personaje al expirar el pri-
iner tercio del siglo que historiamos, distinguiéndose ya en los
disturbios de Castilla desde loCO, cual veremos adelante, no ha-
bría en verdad grande inconveniente en suponerla escrita antes
del referido año. Y no es sólo este el testimonio que nos induce
á dar crédito á tal hipótesi: dirigiéndose al dicho Pero López el
celebrado Pero Ferrús, uno de los trovadores más antiguos del
siglo XIV, decíale, al recomendarle con numerosos ejemplos la
frugalidad y loable abnegación de la vida del campamento, que
1 Esta opinión fué expuesta en su Essai sur les romans por el eru-
dito Huet, á quien siguió Mr. de Tressau en el discurso preliminar de su
Extrait d'Amadis, ampliándola con las noticias que en 1543 daba Nicolás
d'Herberay (al traducirlo á lengua francesa) sobre la existencia de manus-
critos en el antiguo dialecto de Picardia, de que hablan sacado los espa-
ñoles la referida historia. Pero el entendido Ginguené resuelve esta cuestión,
manifestando «que cet Amadís picard doit n'avoir été que celui de Gorrée
(él personage de quien habla Huet); traduit de l'ancien espagnol (Hist.
Litt. d'Italie, t. V. pág. 63). No parecerá impertinente notar que Bernardo
Tasso, padre del gran Torcuato, al ponerlo en lengua y metro italiano^
apuntó la idea de que habia sido primitivamente escrito en Inglaterra, dic-
tamen que sin alegar probanza alguna, han abrazado otros escritores.
2 Rimado del Palacio: Abusos de los cinco sentidos. Del oido,
copl. 162. Ticknor imprimió: e burlas á sacadas, lo cual no hace sentido.
Tomo v. 6
82 HISTORIA CRÍTICA DR LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nunca habia esquivado el hermoso Amadís lluvias ni ventiscas,
para cobrar fama de leal y valiente, según hallaría en tres li-
bros que encerraban su historia ^: á la misma se referian*)asi al
propio tiempo Imperial y Yillasandino, con otros poetas de la se-
gunda mitad del siglo, no cabiendo por tanto duda en que si no
apareció antes de la sesta decena ya indicada, era muy conocida
de los discretos durante el reinado de Enrique II 2.
Ahora bien: como consta por declaración de los cronistas por-
tugueses que atribuyeron á Vasco de Lobeira la composición del
Amadís de Gaula, que fué aquel hidalgo protejido por el infante
don Alfonso de Portugal, nacido en 1370; como á instancias del
referido príncipe se introducen en la obra algunas modificaciones
sobre un texto más antiguo, en especial respecto de la aventura
de Sobradisa y de la niña Briolanja; y como se asegura final-
mente, para elogio de Lobeira, que fué armado este caballero en
1 Dice el indicado poeta.
Amadis el muy ferraoso
Las Huvias et las ventyscas
Nunca las falló aryscas.
Por leal ser et famoso:
Sus proezas fallaredes
En tres libros et diredes
Que le de Dios santo poso.
*
2 Cancionero deBaena, págs. 45, 167, 204, 243. Villasandino presenta
al rey Lisuarte, padre de Oriana, como el tipo de príncipes que repartían
reinos y riquezas. En su habitual estrechez, pregunta
Si le cumple sofrir
* Fasta qu'el grant Lysuarte
Le faga rey ó le (arle;
lo cual prueba que era generalmente conocida la pintura que hace el antor
del Amadis de la fantástica corte de aquel Monarca. El mismo concepto
revela Pero Ferrús cuando, al celebrar á su amiga, dice :
Nunca fué Rrey Lysuarte
De riquezas tan bastado
Como yo, nin tan pagado
Fué Rroldan con Durandarte.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAÍ!. 85
1585, circunstancia en que se le supone todavia en la juventud,
es evidente que existió en Castilla y mereció el común aplauso
de los entendidos una redacción del Amadís, anterior d la por-
tuguesa, cuya autenticidad no ha podido por otra parte ser com-
probada *.
Galardón propio de la literatura castellana es, en nuestro jui-
cio, la composición del Amadís de Gaula''^, tronco de otras
1 La especie de que existió el supuesto original de Lobeira «em casa
d'Aveiro», nació en los ((Poemas Lusitanos do doutor Antonio íerreira».
dados á luz en Lisboa el año 159S. A la página 72 de los mismos hay dos so-
netos, uno escrito en lenguaje antiguo, dirijido al indicado Vasco, á quien
apellida autor del Amadís, y otro en que se refiere á la modificación que hizo
en su obra, por mandato del Infante don Alfonso, según advertimos en el
texto. Dio á estos sonetos, que sólo prueban cuál érala opinión de Ferreira,
excesiva estimación el dicho de nuestro don Nicolás Antonio, quien declaró
«haber visto como apostilla del soneto una peregrina nota, en que se afirmaba
vaquel hecho: Hujus autographum lusitanum exstare penes dynastas avei-
»renses notatum inveni in quadam notula, quae post Antonii Ferreirac lusi-
»tani poetae opera edita est» (Bibl. Vet., t. II, lib. Vil, cap. 7). Atribuido
equivocadamente el soneto referido al Infante don Antonio de Portugal
(Soutey, pról. al Amadis, t. I, ed. de Londres, 12.°) tomó alguna consisten-
cia la noticia hallada por don Nicolás Antonio; pero como observa don
Pascual Gayangos. no existiendo dicha nota en la edición de 159S, y ha-
llándose en la reimpresión hecha en 1772, hay razón para creer que fué
puesta después, y carece por tanto de la autoridad que se le ha atribuido.
Nadie ha podido decir que ha visto el códice del Amadís, conservado en la
librería de los duques de Aveiro.
2 Esta opinión pareció abrigar el erudito- Quadrio, cuando observó que
el Amadis habia sido escrito originariamente en antiguo lenguaje castella-
no; pero empeñado en atribuir á los sarracenos una influencia injustificada
en nuestra cultura, añadió que era debido á un mahometano, nacido cu
África (Mauritania) y que pasaba por mágico y fue al cabo cristiano, lo
cual le ha desautorizado entre los críticos modernos (Storia é Ragion d'ogni
poesía, t. VI, pág. 520 y 521). El erudito Sarmiento, que según hemos ad-
vertido antes de ahora, formó grande empeño en dar á Galicia omnímoda
influencia en el desarrollo de la literatura nacional, nos dejó inédita una
disertación, en que presintiendo que el Amadis era producción de españo-
les, llega hasta suponer que si Vasco de Lobeira lo escribió, era gallego.
En la duda, expone algunas conjeturas sobre si pudo ser compuesto por
Vasco Pérez de Camoeris, Pero López de Ayala, don Alfonso de Cartagena,
84 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
muchas ficciones caballerescas propiamente españolas ; mas no
por esto olvidemos las observaciones arriba indicadas. Todos los
elementos romancescos que constituyen tan peregrina historia;
el mundo verdaderamente fantástico en que la acción se realiza,
las no esperadas y sobrenaturales aventuras que forman sus
multiplicados episodios, la intervención activa de magas y gigan-
tes, la realización de maravillosos encantamientos..., todo ofrece
en ella claros vestigios de una imitación deliberada é inteligen-
te, que apoyándose alternativamente en los libros bretones y
en las leyendas carlowingias , aspira á fundar en el suelo espa-
ñol nueva serie de narraciones y nueva familia de héroes.
Nada hay en el Aniadís que deje de recordar en este sentido
las fuentes de que en realidad se deriva, autorizando en cierto
modo la teoría de los que le han tenido por refundición de cró-
nicas caballerescas, desgraciadamente perdidas para la historia
ó García Ordoñez de Montalvo. Cuanto dice sobre el primero es gratuito y
no más fundado lo que indica respecto del secundo, cuyo Rimado del Pala-
cio no tuvo en cuenta: en cuanto al Obispo de Búrg-os, pudo inducirle á
tenerlo como autor del Amadis la circunstancia de dar el Cartagena^ que
figura en el Cancionero general, el nombre de Oriana á su amiga, Pero
esto sólo prueba que considerada la amante de Yellenebros como tipo de
fidelidad, usó Cartagena dicho nombre por antonomasia y porque no que-
ria descubrir el verdadero de su dama. El libro de Amadis existia mucho
antes y lograba grande aplauso entre los eruditos; y lo persuade, demás de
los datos ya alegados, el muy peregrino que antes de ahora hemos expues-
to: en el sepulcro del gran maestre de Santiago, don Lorenzo Suarez de
Figueroa, muerto en 1409, hay á los pies de la estatua yacente un perro,
de cuyo pecho pende un escudo y en el collar que lo rodea se lee repetida-
mente: Amadis, Amadis (Sevilla Pintoresca: La iglesia de la Universidad
literaria, pág. 236). Este nombre, atribuido al gozquecillo, tal vez como
signo de fidelidad, demuestra palmariamente cuan grande era la populari-
dad que gozaba la obra de que tratamos á principios del siglo XV, popula-
ridad que no pudo adquirir en un dia, robusteciendo todo la opinión de la
antigüedad que le atribuimos. No terminaremos esta nota, sin indicar que
llega á nuestros manos con el titulo De I' Amadis de Gaula et son influen-
ce sur les moeurs et la litterature au XVI et au XVII siécle, un apreciado
opúsculo dado á luz por Mr. Eugenio Baret, en el cual se concede á dicho
libro la misma antigüedad, sosteniendo la imposibilidad de ser originaria-
mente obra de Lobeira.
II. PARTE, CAP. II. PRIM. íMON. CAST. DE LA LIT, CAB. 85
'iteraria ' : las costumbres que en general retrata, aunque en
demasía exageradas, lejos de ser como en otras producciones ar-
1 Demás de las citas y alusiones expresas, que hallamos en el Amadis,
lales como las que se refieren al Santo Grial, á Tristan y Lanzarote, con-
tenidas en el libro cuarto, añadido tal vez por Ordoñez de Montalvo (capí-
fulos 4S y 49) nos da el autor conocimiento desde las primeras páginas de
que le era familiar la historia del «muy virtuoso rey Artúr que fué el me-
jor rey de los que allí (en Bretaña) reinaron» (cap. I dellib. 1), reflejándo-
se en el pensamiento y la composición de toda la obra el mismo conoci-
miento respecto de otros libros caballerescos. La primera idea generadora
del Amadis es la fidelidad del amor que se profesan por toda la vida los
dos amantes, fidelidad que le sirve de purificación y de talismán para ven-
cer todo obstáculo y encantamiento, como sucede en la Isla Firme: esta idea,
llevada así al extremo, se deriva sin duda de la historia de Tristan y tal
vez con mayor exactitud de la de Flores y Blanca-Flor, espejos de enamo-
rados; y tan clara es la semejanza, que apenas hay poeta del siglo XIV que
al encomiar la constancia y verdadera ternura del amor, deje de citar igual-
mente, cual modelos, aquellas famosísimas parejas. Micer Francisco Imperial,
cantando por ejemplo el nacimiento de don Juan II, le deseaba más felices
amores (Canc. de Baena, pág. 204)
Que los de Paris et los de Vyana
Et de Araadís é los de Oriana
Et que los de Blanca-Flor et Flores,
En otra composición, hablando de diversos caballeros, hacia cumplido
elogio de ellos (Id., pág. 243).
Et otrosy de Tristan
Que fenesció por amores
De Amadis et Blanca et Flores, etc.
Y pasando á la exposición, nadie habrá, que deje de reconocer en la corle
del Rey Lisuarte un trasunto de la del Rey Artús, con todo el aparato de
la caballería, así como tampoco á nadie se oscurecerá que el modelo del
encantador Arcalaus, autor de todos los siniestros y traiciones que sg opo-
nen á la ventura de los dos amantes, es el Tablanfe de Ricamonte, que en
el Poema de Jofre y Brunesinda, ejerce sus maléficas artes para saciar,
como Arcalaus, sus pérfidas inclinaciones. Los castillos de ambos encanta-
dores aparecen poblados de pobres víctimas, que aguardan al caballero pre-
destinado para romper sus cadenas. Fuera de estas analogías, relativas á la
textura de la fábula, se notan otras muchas en los pormenores, entre las cua-
les citaremos por ejemplo el episodio de la princesa Briolanja muy seme-
8G HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tistícas las practicadas por nuestros mayores, son las costumbres
nacidas del feudalismo : por todas partes aparecen régulos que
hacen gala de arbitrariedad é independencia; por todas partes
se hallan erigidos en ley el capricho y la fuerza, habiendo ape-
nas un castillo , donde no llore entre cadenas , ó víctima de in-
vencibles arles, alguna desgraciada doncella ó algún malfadado
caballero, k cada paso se ven por las encrucijadas de los cami-
nos damas doloridas que buscan el amparo de los caballeros,
huérfanas oprimidas que anhelan para su defensa la espada de
un generoso paladín , ó activas mensageras de princesas , reyes,
ó emperadores, expuestas al ludibrio de los malhechores y á los
torpes excesos de los licenciosos.
Mas si en los elementos constitutivos del sistema caballeres-
co, si en las líneas generales que describen el edificio del Ama-
dís de Gaidci reconocemos el estigma de extrañas literaturas, no
por esto cerraremos los ojos á cuanto nos muestra en él la irre-
sistible influencia de la civilización española, cuya vivífica actua-
lidad domina en todas las obras del arte. Creencias, sentimien-
tos, costumbres, reflejan interiormente en los personages de tan
jante al de la reina Conduiramor del Perceval; el reconocimiento de Amadís
y Galaor, del todo igual al de Feravís y Perceval en dicho poema ; el de la
aventura de Antebon, Branduefa y Galaor, tomado visiblemente de la His-
toria de Jofre y Brunesinda, y los diferentes desafíos hechos a Lisuarte en
su misma corte, los cuales recuerdan muy parecidas escenas de los libros
del Rey Artús, Perceval, Joffre y Brunesinda, etc. Aun respecto de las
formas de expresión puede decirse que no olvidó el autor del Amadis los
ejemplos de la literatura caballeresca: al pintarse en el Tristan de Leonis
el efecto de la bebida que Brangicna ministra al referido caballero y á la
hermosísima ísea, ó Isolda (como dicen varios poetas del siglo XV), se dice:
«Tristan fist sa volonté de la belle Iseult et lui tolut le dous nom de pucelle.»
Con rtfás honestidad y gracia se describe en el libro español análoga situa-
ción, indicando el mismo efecto por estas palabras: «Assi que se puede bien
wdezir que en aquella verde yerua, encima de aquel manto, más por gracia
))y comedimiento de Oriana que por la desenvoltura ni osadía de Amadís,
»fué hecha dueña la más hermosa doncella del mundo» (Libro I, cap. 35).
Este examen pudiera llevarse al extremo en el triple concepto referido;
pero no lo juzgamos aquí necesario, por ser bastantes las indicaciones he-
chas, para demostrar la exactitud de nuestros asertos.
II.* PAUTE, CAP. II. PRIM. MON, CAST. DE LA LIT. CAÍ!. 87
singular leyenda el espíritu y la manera de ser de los castella-
nos de los siglos XIII y XIV , no desechada en esta peregrina
pintura la idealización del genio y carácter nacional, debida á la
poesía heroica.
Los héroes del Amadís llevan, como los caudillos de la cruz,
al más alto punto la exaltación del sentimiento religioso: pelean
unos sin tregua por su Dios y su patria ; acometen otros las
más difíciles empresas y ponen su vida en continuo riesgo y
latiga en nombre de Dios y de la razón ' ; aquellos reciben de
mano de los obispos, que siguen los ejércitos de sus reyes,
la absolución de sus pecados en el solemne instante de entrar
en lid con los sarracenos ; estos confiesan devotamente sus culpas
á los pies de venerables ermitaños y aun de otros caballeros
sus iguales en el momento de arrostrar difíciles y sobrenatu-
rales aventuras: para los héroes reales de la poesía nacional, ta-
les como Fernán González y el Cid Campeador, es ley suprema
la palabra empeñada; para los paladines del Amadís es el jura-
mento el más fií-me lazo de la vida, constituyendo entera servi-
dumbre .
Animado de tales creencias y sentimientos, se eleva el_ aman-
te de Oriana á las más altas regiones de la idealidad caballeres-
ca, sintiéndose poseído de singular pasión amorosa y sacrifican-
do cuanto existe en la tierra al objeto de su cariño. Ni la tierna
solicitud de Elisena, su madre, ni el respeto que le inspira Pe-
rlón, su padre, son bastantes á entibiar un punto su anhelo ni
á detenerle en Gaula, al ser reconocido como tal hijo por aque-
llos, tras largos infortunios: la heredera de Lisuarte vive en la
gran Bretaña y hacia ella le arrastra, cual poderoso imán, la
fuerza superior de sus amores. Única, ardiente, inestinguible es
por tanto la pasión que Amadís profesa á su hermosísima
Oriana, no decayendo ni aun después de su logro, como no de-
cae ni se amortigua con el tiempo la pura adhesión de Fernán
1 Galaor, hermano de Amadís, inaugura sus hazañas combatiendo al
gigante Albadan, diciéndolc al ser despreciado por el jayán orgulloso: «Tú
Mserás vencido é muerto con lo que yo traygo en mi ayuda : que es Dios y
»la Razón» (Lib. I, cap. XII).
88 HISTORIA crítica 1)E LA LITERATURA ESPAÑOLA.
González á la infanta doña Sancha, ni del Cid á doña Ximena.
Lástima es que á estos rasgos interesantes del carácter del héroe
no corresponda la pintura de la muger, acercándola al tipo con-
sagrado ya por la musa española : las damas que figuran en el
Amadís, aunque idealizadas por la exaltada imaginación de los
caballeros, aunque acatadas con tal respeto que raya á veces en
idolatría, son demasiado fáciles para con sus amantes; y no sólo
acontece esto con las doncellas de encrucijada que van en bus-
ca de aventuras, sino con las más esclarecidas princesas, con
Elisena y Aldava, con Olinda, Brandueta y Oriana. Pagadas es-
tas de la fama de invencibles que gozan Perion y Agrages, Ga-
laor y Amadís, sobre corresponder benévolamente á sus amo-'
res, llegan también á solicitarlos; circunstancia que las separa
de la muger histórica y poética de Castilla, asemejándolas á las
demás heroínas romancescas.
Pero si no triunfó del todo el espíritu de la nacionalidad
española, al pretender asimilar á si y hacer suyos los caracteres
que brillan en el Amadís, pugnó sin embargo con igual briQ
por reflejarse en las costumbres ea cuanto lo consentia la na^
turaleza del asunto. Esta observación, ya antes anunciada, se
confirma principalmente, al reconocer la vida política que presu-=
pone el autor en las fantásticas regiones, á donde lleva sus per«
sonajes. Al lograr, por ejemplo, el rey Perion la inesperada
dicha de hallar en el vencedor del tirano Abies al hijo de su
primer amor que lloraba perdido desde su nacimiento, « manda
llegar cortes» de su reino, para que le reconozcan sus vasallos
cual legítimo heredero, manifestándose en la ingenuidad y llaneza
de la narración que ni el autor imagina ni los lectores pueden
concebir en otra forma una ceremonia tan frecuente en los do-
minios castellanos ''. Más adelante el muy cumplido entre reyes
y caballeros, el famoso Lisuarte, príncipe que rige sus Estados
á la manera del rey Artús « hace cortes en Londres », para
buen gobierno de sus vasallos, siendo estas «las mas honradas...
(jue nunca en la gran Bretaña se fizieron» ^.
1 Véase cl cap. X del lib. 1.
2 Oapíliilo XXIX del mismo libro.
11.^ PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE I,A LIT. CAO. 89
Y no es menos digno de notarse cnanto se refiere á la vida
de la caballería: el reto que hace Olivas ante el rey Lisuarte
al duque de Bristoya «que á un su cormano le matara aleue»,
aunque refleja el origen feudal de esta costumbre, por su forma
especial y por la manera de ser aceptado, recuerda el célebre
duelo de Toledo y Carrion, narrado en el Poema del Cid, tra-
yendo al par á la memoria la ley de Partida que reglaba este
linage de contiendas ^ : el empeño de Angriote de Estravaus,
que defendía contra todo caballero en la angostura de un valle
« que ninguno tenia mas fermosa amiga » que lo era Grovone-
sa, su amada, nos recuerda asimismo el Paso de Pay.o Paez, y
como que parece preludiar el más renombrado de Suero de Qui-
ñones 2.
Todas estas y otras muchas semejanzas en las creencias, en
los sentimientos y en las costumbres determinan pues la mane-
ra cómo iban penetrando en la literatura española las ficciones
romancescas y señalan la forma en que se operaba la inevitable
fusión de los elementos caballerescos y los elementos históricos,
para producir en edades futuras obras más propias y origina-
les. No es en verdad indigno de este título el Amadis de Gaula
en el sentido arriba indicado, superando en ciertas dotes á las
mismas producciones que le sirvieron de modelo. Ninguna le
excede en la riqueza de la inventiva, ni en la variedad prodigio-
sa de los episodios: muy pocas ofrecen en la lectura el mismo
interés, por más que encierre en realidad diversas historias,
comprendiéndose las de Amadis y Galaor, Florestan y Agra-
ges, héroes de primer orden, en la primitiva redacción, ya aplau-
dida durante la segunda mitad del siglo XIV ^.
1 Véase el cap. II de nuestra 11.^ Parte, t. III, y el título XI de la
Partida VIL El desafio de Olivas se narra en el cap. XXIX del libro I del
Amadis.
2 Capítulo XVII, del libro I.°— Del Paso Honroso de Suero de Quiño-
nes hablaremos mas adelante.
3 Amadis, Galaor y Florestan son todos tres hijos del rey Perion de
Gaula, que tienen en este concepto no pocos puntos de contacto con el re-
nombrado Aymon, señor de Montalvan, cuyos cuatro hijos son héroes prin-
cipales en las historias del ciclo carlowingio. A la de los tres paladines de
90 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
La exuberancia de accidentes que nacen unos de otros con
excesiva frecuencia y no siempre con la holgura que habrían
menester para desarrollarse convenientemente , cruzándose á.
menudo é interrumpiendo una vez y otra la narración principal,
así como la extraordinaria extensión de los tres libros mencio-
nados, nos obligarían á dar inmoderado bulto al presente capí-
tulo, sí nos decidiéramos á exponer aquí el prolijo estudio que
sobre el Amadís tenemos hecho. Impreso, traducido é imitado
repetidas veces ^, conocido en todos tiempos de nuestros erudi-
Gaula, cuya unidad estriba principalmente en aquel lazo de la sangre, se
une la de Agrajes, modelo de fidelidad respecto de los tres hermanos y liga-
do á la gloria de la familia por muy próximo parentesco. Estos cuatro per-
sonajes, en quienes insiste esencialmente la acción de la novela, perte-
necieron pues á la primitiva relación , como bases indispensables de la
misma.
1 Cervantes se aventuró á decir que es el Amadis de Gavia el pri-
mer libro de caballerías que se imprimió en España (Don Quijote, Par-
te I, cap. 6j. Sin embargo, no ha podido comprobarse la noticia dada por
Barbosa Machado en su Biblioteca lusitana artículo: Vasco de Lobeira, sobre
una edición hecha en Salamanca el año de 1510, y por tanto posteriora la
publicación de otros libros caballerescos. La primera conocida es de 1519 y
tras ella se hicieron hasta doce que nosotros podamos afirmar, en la forma
siguiente: Sevilla, 1526; Id., 1531; Venecia, 1533; Sevilla, 1535; Id., 1539;
Medina del Campo, 1545; Sevilla, 1547; Lobayna, 1552; Salamanca, 1575;
Sevilla, 1575; Alcalá de Henares, 1586; Sevilla, 1586. Nótese que la mi-
tad de estas ediciones salieron en Sevilla de las famosísimas prensas de Ja-
cobo Cromberger, Alonso de la Barrera y Hernando Diaz, debiéndose las
restantes á los no menos celebrados Villaquiran y Castro, Lasseno, Porto-
naris, Junta y Alonso Mata. Respecto de las traducciones, citaremos, -como
más conocidas, la francesa de Nicolás de Herberay, dada á la estampa
de 1540 á 1543, y la italiana, impresa en 1557. Antes de aparecer la últi-
ma se habia ocupado Bernardo Tasso ( 1 540) en poner en verso su Amadis,
que apareció en 1560, logrando extraordinario éxito; y sin duda hubo de
preceder á todas estas versiones, más ó menos conformes con el libro espa-
ñol, tal como lo pulilicó Montalvo, otra de pocos citada, y cuyo examen, á
ser hoy posible, resolverla satisfactoriamente la mayor parte de las cuestio-
nes que dejamos tocadas. Hablamos de la traducción hebrea, ó tal vez me-
ramente rabínica , que cita el entendido Wolfio con el título de D^TpN
r\7"!N5 n y que declaró haber visto en la escogida librería de Oppcnhei-
mer: si, lo que no aparece descabellado, esta versión se hizo antes de la
II.;'' PARTE, CAP. II. PRDI. MON. CAST. DE LA LIT. CAI5. 91
tos, no llevará á mal el discreto lector que apartándonos de lo
practicado respecto do los cuentos de Churlos Maynes y del Em-
perador Ollas, peregrinos hasta ahora en la historia de nues-
tras letras, nos limitemos á una brevísima idea de su complicado
argumento.
La historia de Amadís, conforme se deduce de cuanto lleva-
mos observado, es, y no podia dejar de serlo, naciendo de los
elementos y en las circunstancias reconocidas, absolutamente
fantástica. Perion, rey de Gaula, pasa á la corte de Garinter,
que lo es de la Pequeña Bretaña, enamorándose de él la hermo-
sa Ehsena, hija de aquel -príncipe; y aventurándose á penetrar
en la estancia, donde dormia, le hace dueño de su belleza con
la jurada esperanza de que ha de ser su esposo. De esta aventu-
ra es fruto Amadís: venido al mundo en ausencia de Perion y
deseando evitar su deshonra, mándale Elisena arrojar dentro de
un arca (en que pone un pergamino con su nombre, un anillo y
la espada de Perion) al mar que baña los muros de su palacio.
Hallado en medio de las olas por Gandalés, piadoso caballero de
Escocia, llévale acaso á la corte del rey Languines, donde com-
padecida de su orfandad, le educa la reina (qu& era su tia), dis-
tinguiéndole con el título de Doncel del mar, que denota su mis-
terioso origen.
Perion habia entre tanto cumplido su palabra á Elisena,
teniendo en ella otro hijo llamado Galaor, el cual es robado al
llegar á los dos años por el gigante Bandalac, para hacerle ins-
trumento de su venganza contra Albadan, tirano que le tenia
edición de Montalvo, su importancia es de mucho bulto en la historia de
nuestras letras. Lástima es que Wolfio no diese extracto de su argumento,
para comprender si constaba de los tres libros, que mencionó Pero Ferrús ó
de los cuatro hoy conocidos. En orden á las imitaciones, que produce el
Amadis, deben tenerse presentes los catorce libros que forman su larga y
caballeresca descendencia, comprendiendo desde las Sergas do Esplandian
hasta la historia de Peñalva que cierra la serie de aventuras de Amadís y
narra su muerte (Don Nicolás Antonio, Bibl. Nova, t. 11^ pág-. 4Ü4). El ya
citado don Pascual Gayang-os los incluye en su Catálogo de los libros de
caballerías, que precede á su edición del Amadis, segunda de las hechas
en nuestros tiempos.
92 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
usurpada la Peña de Bailares. El rey Lisuarte de la Gran
Bretaña, volvía á su reino por este tiempo desde Dinamarca,
trayendo consigo á Brisena, su esposa, y á Oriana, su hija: lle-
gado á la corte de Languines, deja en ella á la infanta, cuya sin
par hermosura y discreción vencen el corazón de Amadís, que
no solamente la sirve , como caballero, obedeciendo á la reina,
sino que la idolatra cual amante, jurándole amor eterno. Para
hacerse digno de su cariño, y ya armado caballero por su mismo
padre, á ruegos de Oriana y de Mabilia, su prima, parte de la
corte de Languines, en busca de aventuras, inaugurando sus
prodigiosas hazañas con la destrucción del rey Abies, que opri-
mía á tuerto los dominios de Perion, su padre.
Tras estos preliminares, que descubren ya en parte los dife-
rentes hilos de la trama novelesca del Amadís, empieza la his-
toria de los dos hermanos que, empeñados acaso en lid singular,
se reconocen como tales en el temple de sus aceros, recibiendo
Galaor la orden de caballería de manos de Amadís, al terminar
aquella terrible lucha. Protegidos ambos por la poderosa Urgan-
da, la Desconocida, cuyo nombre ha inmortalizado la pluma de
Cervantes; armados de espadas prodigiosas, siguen cada cual
rumbo diverso, cobrando por todas partes envidiada nombradla.
Grandes y temerosas aventuras de gigantes hasta aquel punto
invencibles, de tiranos domados, de princesas y doncellas resca-
tadas del poder de pérfidos opresores; altas y nunca imaginadas
empresas, á cuyo logro oponen todas sus artes malévolos en-
cantadores, entre los cuales figura en primer término el venga-
tivo Archalaus, imitación palpable del Tablante de Rícamon-
te ^; sorprendentes peripecias, que ya elevan hasta el solio á
los paladines, ya los sujetan á las terribles pruebas de la ínsula
Firme y de la Peña Pobre; batallas, desafios, favores y desde-
nes, que ora levantan á los caballeros al colmo de la felicidad,
ora los hunden en mortal tristeza y amargura... hé aquí .los
obstáculos que se oponen al logro pacífico de los amores de
Amadís y de Oriana, y que llevándole, como á Galaor, Agrajes
1 Véase lo dicho en la ñola 1, pág. 85,
11.'' PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAB. 95
y Florestal!, por las regiones de Francia, Inglaterra, Alemania,
Grecia, Romanía, Turquía y otras imaginarias, subliman su va-
lor y su lealtad, haciéndole al cabo digno de la hija del rey Li-
suarte. Con el casamiento del héroe principal y la destrucción
de los encantamientos que hablan acibarado hasta aquel instante
su vida, termina, pues, la Historia del esforzado é virtuoso
caballero Amadís de Gaula, tal como ha llegado á nuestros dias
en el lenguaje de Castilla ^.
Añadida y desfigurada por la solicitud de su editor, no pue-
den hoy señalarse con la seguridad conveniente todas y cada
una de las alteraciones, que experimentó la redacción primiti-
va, ni es posible asegurar tampoco hasta qué punto se valió el
1 El cuarto libro del Amaclis acaba con la rara aventura del rey Li-
suarte en que viene este á poder del encantador Arcalaus; nueva que lle-
gada á oídos de los amigos y aliados de Amadís, los lleva en busca del hé-
roe que reinaba pacíficamente en la ínsula Firme, ofreciéndose todos a
Oriana para rescatar á su padre. — Urganda la Desconocida, que habia pre-
dicho aquel suceso, se aparece á los príncipes y señores allí congregados^
hace armar caballero por mano del gigante Balan al joven Esplandian, á
quien estaba reservada la aventura de dar libertad á su abuelo, y condú-
cele por via's sobrenaturales lejos de la indicada ínsula Firme, dejando en
ella á Amadís y los suyos y amonestándoles que esperen tranquilos el fin
de aquella empresa. Se vé por tanto que el de los Quatro libros del Ama-
dís de Gaula no es el término de su historia, quedando inauguradas las
portentosas hazañas de Esplandian, cuya prosecución promete cl autor, re-
firiéndose á las aventuras de Leonorina, hija del emperador de Grecia, por
estas palabras: como adelante uos será contado. Esta promesa cumplió
García Ordoñez de Montalvo con la publicación de las Sergas de Esplan-
dian, anunciada ya desde el prólogo del Amadís; circunstancia que unida
á la declaración de que corrigió y enmendó los tres primeros libros tradu-
ciendo el cuarto, nos induce á creer, según va insinuado en el texto, que
fué aquella obra del mismo Montalvo. Cervantes, siguiendo la costumbre de
los autores de semejantes libros, decia que el Quijote era traducido de ma-
nuscritos árabes. — Así se comprenden también las palabras de Pero Ferrús,
quien al citar los tres libros que existían en su tiempo, desea á Amadís san-
to poso (Véasela nota oportuna): cl libro tercero le deja en efecto (después
de mibcr rescatado á Oriana del poder de los romanos, á quienes Lisuarle la
entregaj camino de la ínsula Firme, donde se propone esperar el término de
aquella ruidosa aventura; por manera que nada está más lejos de x\madís
en esta situación que el reposo, á que Ferrús alude.
di HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
editor referido de la versión portuguesa, que pareció tener pre-
sente al dar á luz los cuatro libros de que en la actualidad se
compone i. La sencillez, el excesivo candor y la infantil credu-
lidad que se revelan en la narración de los maravillosos imposi-
bles que en ella se acumulan; la ingenuidad nativa de las des-
cripciones y el vigoroso y á veces apacible colorido que anima
sus romancescas escenas, ya pinte las dulzuras y tormentos del
amor, ya los gallardos lances y arriesgados empeños de la ca-
ballería; el sabor arcaico de los medios expositivos, de la dic-
ción y de la frase, especialmente en los tres primeros libros,
harto diferentes en este punto del último, todo contribuye no
obstante á persuadirnos de que no hubo de ser peregrina á Gar-
cía Ordoñez de Montalvo la antigua Historia de Amadís, conoci-
da y con tanta frecuencia mencionada por los más notables poe-
tas de la segunda mitad del siglo XIV. Sin duda es debida á
esta circunstancia esa manera de consagración que lleva tras si
tan renombrada leyenda, habida universalmente, como el pri-
mero y el mejor de todos los libros de caballerías: los orna-
1 El pasage, á que antes nos hemos referido y de que habkmos aquí,
relativo á la aventura de la niña Briolanja, en que Amadís resiste sus cari-
cias, está concebida en estos términos; «El señor Infante don Alonso de
«Portugal, aviendo piedad desta fermosa doncella, de otra guisa lo mandó
«poner: en esto hizo todo lo que su merced fué servido, mas no aquello que
» en efecto de sus amores se escrevia. De otra guisa se cuentan estos amores
«que. con mas razón á ello dar fe se deue etc.» (lih. II, cap. XL).— ^Y lue-
»go se añade en el XLIII: «Todo lo que más desto en el libro primero se dice
»de los amores de Amadís et dcsta hermosa reyna, fué acrecentado (como
«ya se os dixo), y por como supérfluo y vano se dexara de recontar, pues
«que no hace al caso: antes esto no verdadero contradiría y dañaría lo
«que con más razón aquesta grande historia adelante os contará.» Es pues
evidente que Montalvo, conoció una redacción en que habiu intervenido don
Alfonso de Portugal, acaso la atribuida á Lobcira; pero también lo parece
que hubo de tener noticia de otra^ donde se conservaba más fichnentc el ca-
rácter caballeresco de Amadís, que reconocía por base capital la fidelidad de
sus amores respecto de Oriana; pues sólo con este conocimiento podía ri^ia-
zar como contradictorio, supéfluo y vano, el episodio de los amores de la
niña Briolanja, ingerido en la versión portuguesa. IN'ótese además cuanto
observamos en el texto respecto de este punto.
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. PE LA LIT. CAB. 95
tos del siglo XVI no oscurecen ni desnaturalizan del todo las
peregrinas facciones del héroe creado por la imaginación de
la edad-media, ni el atildamiento exterior que recibe entonces
el habla castellana, llegada á su mayor altura, es bastante
á borrar del Amadís el sello de otros tiempos, lo cual le ha
ganado la estimación de los doctos, considerándole como uno
de los más respetables monumentos en la historia de nuestra
lengua i.
Pero el mayoi- precio de la de Amadís de Gaula consiste, se-
gún habrán juzgado ya los lectores, en su relación con los de-
mas libros caballerescos del siglo XIV y en el instante en que
aparece. Hija de aquella noble aspiración que en todas las civi-
lizaciones conduce al arte desde la simple imitación á una tran-
siccion espontánea y de esta á un estado de propiedad y de na-
tural engrandecimiento, hace patente á las miradas de la critica
que no sólo se habia obrado la transformación del arte en el sen-
tido que mostramos en el capítulo precedente, sino que prosi-
guiendo por la misma via, aspiró éste muy luego á tener vida y
representación, logrando la única originalidad que le consentía
el círculo en que se desarrollaba, hd. poesía, guia y maestra en
toda suerte de progreso intelectual, dá el primer paso, indican-
do el camino que debia seguir la novela caballeresca, sometién-
dola al fln intencional y práctico que habia procurado realizar
1 El renombrado Juan de Valdés en su Diálogo de las Lenguas, no so-
lamente lo considera como á los refranes, cual monumento de gran precio
en la historia del habla castellana, sino que declara terminantemente «que
deben leerla todos los que quieran aprender nuestra lengua» (Mayans Orí-
genes de la leng. cast., t. II, pág-. 163j. «Espejo de la gramática española
y modelo del decir» fué también apellidado (ed. de Yenecia, 1533) durante
el siglo de oro de nuestra literatura; elogio que no ha desmerecido después,
y confirmó la Real Academia de la Lengua, desig-nándole como una de las
autoridades de su gran Diccionario. Justo es decir que el aplauso de los
doctos coloca á Montalvo entre los primeros hablistas, ya que no podamos
adjudicarle la gloria que concedió Torcuato Tasso al autor primitivo del
Amadis, declarando que era esta historia la más hermosa y útil de cuantas
exislian en su clase (Apol. della Gierusal. Líber.). Ginguené y otros escrito-
res modernos la cahfican de brillante c interesante fábula.
93 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
hasta aquella sazón el apólogo ^. Las versiones, ó mejor dicho,
las refundiciones dejos libros bretones y carlowingios y aun de
aquella tercer raza de caballeros, que personifica el valerosísi-
mo Esmere en el Fennoso cuento del emperador Ottas, indican
que el anhelo de la posesión cunde y se generaliza, como se ex-
tiende y arraiga entre los eruditos el afán de nuevas conquistas
literarias, y preparan el terreno á más propio cultivo. La apari-
ción del Amadís de Gaida, obra levantada con los despojos de
extraños monumentos, trabados entre sí con los lazos de las
creencias y de las costumbres de nuestros mayores, fija por
último el momento de aquella singular aspiración; fenómeno
que precipita el estado político de la Península Ibérica y favore-
cen al par el desarrollo, á que habia llegado fuera la literatu-
ra caballeresca ^ y los notabilísimos progresos hechos por la
española.
i Véase el tomo anterior, en que estudiamos el completo desarrollo de
esta forma.
2 Digno es de notarse que al propio tiempo que recibía incremento en
nuestra literatura ía idea romancesca, representada por los libros de caba-
llerías, trascendía también á otras naciones, tomando cuerpo en la italiana
con repetidas traducciones, consideradas hoy como otros tantos monumen-
tos de aquella rica leng^ua. Tales son / Reali di FraiiQia, Bouvo d'Antonat
la Spagna y la Regina Ancroja, libros en que se emplean las formas de pro-
sa y metro, y que en sentir de respetados historiadores pertenecen á la pri-
mera mitad del siglo XIV. Mediado ya este, reciben cierta consag-racion eru-
dita todas estas ficciones con la autoridad que les comunica Juan de Bocca-
cio, al escribir El Filocopo, El Constante y la Fiammeta, preparando así la
época de los Pulci y los Bello, precursora de la más gloriosa de Boyardo
y de Ariosto. Conveniente nos parece advertir que al estudiar estos poemas,
hallamos frecuentes rasgos que pudieron ser imitados del libro de Amadis,
si ya no reconocen el mismo origen. Pulci, por ejemplo, en su Margante
Maggiore y Boyardo en su Orlando Inamorato hacen pelear á Roldan y
Reinaldo, que se hallan fortuitamente en medio de sus aventuras : en el pri-
mer caso se separan, conociéndose; en el segundo se interpone Angélica
para libertar a Reinaldo, como liberta Urganda, la Desconocida, al joven
Galaor, cuando mide este sus armas con las incontrastables de Amádi's;
siendo en uno y otro caso muy semejantes la situación y en el segundo idén-
tica (Véase el cap. XXII del lib. I, y en los poemas citados los cantos XXVI I
y XX).
II.* PARTE, CAP. II. PRIM. MON. CAST. DE LA LIT. CAÍ?. 97
Que estos progresos no se limitan al mediar del siglo XIV á
las ficciünes de la caballería, queda ya asentado en el anterior
capítulo: estudiemos, pues, en el siguiente la forma en que se
insinúan en la esfera de las letras y las contradicciones que ex-
perimentan en el tradicional respeto de los doctos.
T03I0 V.
CAPITULO III.
PROTEXTA DEL SENTIMIENTO NACIONAL
CONTRA LA INNOVACIÓN ALEGÓRICA*
Causas legítimas de esta manifestación. — Personificación de la misma
por medio de la poesía — Pero López de Ayala. — Su vida. — -Su autori-
dad en el Estado. — Sus obras literarias. — Sus traducciones. — Contradic-
ción entré el Ayala erudito é historiador y el Ayala poeta. — Razón filo-
sófica de este hecho. — Rimado del Palacio. — Protesta moral y literaria
que encierra — Su examen expositivo. — Censura de las costumbres coe-
táneas:— ^en el alto y bajo clero, en sus reyes, príncipes y magnates; — en
las demás clases de la sociedad. — Circunstancias en que es escrito este
singular poema. — Caracteres de sus formas artísticas y de lenguaje. —
Las Crónicas.— ^Imitación latina. — Imposibilidad de lograr cumplido
fruto de ella. — Dotes literarias que distinguen á Ayala, como historia-
dor. — Su predilección á la forma dramática, cual medio expositivo. — Al-
gún ejemplo de pinturas directas. — Cultiva Pero López el estudio de
las antigüedades genealógicas. — La Historia de su Linage. — Idea de la
misma. — Escribe otras obras de recreación. — El Libro de Cetrerda: su
análisis.— Algunas muestras de su estilo.— Consideraciones generales
sobre la doble representación de Ayala en la historia de las letras es-
pañolas. — Resumen.
Difícilmente se opera en la historia del arte cambio alguno que
altere sustancial ni formalmente sus condiciones de existencia,
sin que produzca desde luego legítima y enérgica protexta. Esta
ley, que tiene constante cumplimiento respecto de la política, la
cual emplea repetidas veces las armas de la poesía, para lograr
100 lIISTOniA CRÍTICA Í)F. LA LIinUATURA E.SPAÑOLA.
el fin indicado, era virtual y expresamente obedecida, mediando
ya el siglo XIV, dentro de la esfera misma de las letras. Y no
puede en verdad maravillarnos que esto sucediera: cuando do-
minados por el incentivo de la novedad y deslumhrados por la
riqueza de extraña^ creaciones, se inclinan los espíritus vulga-
res á la imitación, olvidando los propios tesoros ó teniendo en
menos las producciones del ingenio nacional, — deber es de los
varones generosos que fundan la gloria de la patria en sus he-
roicos recuerdos y que rinden por tanto el tributo de su respeto
á las obras de sus mayores, el arrimar los hombros al amena-
zado edificio de las letras, por débil que sea la esperanza de con-
jurar su ruina.
En dos sentidos diferentes comenzaba á realizarse, según de-
jamos advertido, la indicada transformación del arte: en el terre-
no de las narraciones históricas, con la introducción, ya quilata-
da por nosotros, de las ficciones caballerescas, que dotan á la
literatura casteüana de las formas y del sentimiento de la novela;
en el dominio de la poesía, con la preponderancia que logra la
manifestación alegórica sobre todas las formas anteriormente
cultivadas, avasallados los ingenios castellanos por los vivísimos
resplandores que despedía desde las cumbres del parnaso cris-
tiano el sol de la Divina Coinmedia. Favorecidas por los aconte-^
cimientos de la política que habían derrocado la dinastía de San-
cho IV, con visible alteración de las costunlbres, no hallaban las
ficciones caballerescas notable contradicción en el suelo de Cas-
tilla, conforme queda en el anterior capítulo demostrado: repug-
nande tal vez á los que se habían criado en la escuela didácti-
co-simbólica el fastuoso aparato de la alegoría; pareciéndoles
sin duda excesivo el lujo de las formas artísticas de que aquella
se reviste, vuelven los ojos á las antiguas producciones de la
musa castellana, para contraponer su espíritu y su forma á la
innovación, preludiando así la peregrina lucha que dos siglos
adelante sostienen los anti-petrarquistas, al rechazar la docta
imitación de Garcilaso.
Pero la expresada pretexta no iba á ser apoyada por ingenios
vulgares, ni formulada tampoco, como otras veces había suce-
dido, en el retiro de la vida monástica. En la misma corte de
II.'' I'AUIE, CAP. III. PUOTEXTA CONillA LA 1>N. ALKCÓlí. 101
Castilla, entre los más renombrados ingenios, que se preciaban
de poseer las maravillas del arte alegórico, y por uno de los más
respetados magnates y dignatarios del Estado era dada á luz
la obra, en que aparecía consignada, no siendo posible en con-
secuencia tenerla por desorientada y fortuita. Era el poeta Pero
López de Ayala, gran Canciller de Castilla, é insigne historiador
de cuatro diferentes reinados: intitulábase la producción indicada
Rimado del. Palacio, poema que reflejando eficazmente la actua-
lidad social y política de la nación, cumplía también á otros ele-
vados fines del arte, revelándonos las aspiraciones internas del
autor en la mayor parte de su larga \ida. • í:oi íjiIí'.í'j
No careció esta en verdad de contradicciones é infortunios:
nacido en 1552, de ilustre familia alavesa, antes y después en-
lazada con la regia estirpe de Aragón y de Castilla i, heredó de
su padre el amor á las letras que habia de distinguirle entre sus
coetáneos, acrecentándolo sin duda la ilustrada solicitud del car-
denal don Pedro Gómez Barroso, su tío, cuya alta significación en
la historia del arte dejamos ya oportunamente consignada -. Alec-
cionado al par en la escuela de la caballería, de la suerte que nos
ha mostrado la docta pluma de don Juan Manuel '", llegaba Pero
López al reinado de don Pedro, siendo recibido entre sus donce-
les hasta 1554, en que le vemos contarse como tal en la casa del
Infante don Fernando de Aragón, marqués de Tortosa '^. Yol-
viendo á poco al servicio del rey y levantadas en el reino las
1 Los más autorizados gencalogislas traen el oríg-cn de la casa de Aya-
la del Infante don Vela de Aragón y del conde don Rubix, nieto de Alfon-
so V de León, é hijo de la Infanta doña Jimena. De doña Inés de Ayala,
hija de Fernán Pérez y hermana del Canciller mayor, desciende don Fer-
nando V, el Católico, heredando de ella los señoríos de Casarrubios y Arro-
yomolinos con las casas de Toledo, que hoy son convento de Santa Isabel.
Los entronques con la rama de Pero López de Ayala, han sido también
puestos en claro por el entendido don Luis de Salazar en sus Glorias de la
casa Farncse (pág-. 5G5 á la 599 j.
2 Recuérdese el capítulo XlV de la lí.* Parte, t. lY.
3 Cap. Xdl de la 11.'' Parte.
4 Zurita, Enmiendas y Advertencias á la Crónica del Rey don Pedro,
pág. 92.
102 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
afrentosas revueltas que tienen cabo con el asesinato de Montiel,
mantúvose fiel á sus banderas, señalándose en las g-uerras de
Aragón, como capitán de la flota que en 1359 corría los mares de
Valencia y Cataluña con gran terror de sus puertos y estrago de
sus armadas, y obteniendo en pago de su acreditado valor el al-
guacilazgo mayor de Toledo ^ .
Con la misma devoción prosiguió al lado de aquel principe,
de quien fuera siempre bien quisto, hasta que desconcertado por
la súbita invasión del conde de Trastamara, que ayudado de los
aventureros franceses, se aclamaba rey en Calahorra, huía don
Pedro con desusado pavor de la capital de Castilla, poniendo los
ojos en Inglaterra para buscar ayudadores. En aquel momento
supremo, volvíanle la espalda sus más leales vasallos, y aun sus
propios deudos, contándose entre los primeros Fernán Pérez de
Ayala y su hijo Pero López; extraña conducta que si puede te-
ner disculpa respecto del último en el afecto y la obediencia filial,
amenguaba entonces la fidelidad del caballero y ha comprometido
la integridad del historiador en los siglos futuros -.
Ya en el partido de don Enrique, era investido con las insig-
nias de la Orden de la Yanda y creado alférez mayor de la mis-
1 Crónica del Rey don Pedro, año X, capíts. XI y XIV; año XI. ", ca-
pítulo XXI.
2 La declaración hecha por el mismo Ayala en el cap. IV del año XVII.°
de la Crónica del Bey don Pedro de que al salir este príncipe de Burgos el
año de 1366 iba en su compañía, destruyo plenamente la afirmación de al-
gunos escritores, relativa á haber sido incluido en las listas de proscripción
ó sentencias que dio don Pedro contra los prófugos y rebeldes de Almazan
y Bubierca en los años de 1359 y 1363. Ayala dice: «Et fueron con el rey
«don Pedro estonce don Martin López de Córdoba, maestre de Alcántara, é
» Iñigo López de Orozco, et Pero Goncalez de Mendoca, et Pero López de
»Ayala»j etc. Y añade respecto de su padre: «Et vino á él don Ferrand Pe-
»rez de Ayala, el qual cstaua por su mandado en Castilfabit, que ganara el
»rey en Aragón» etc. Al terminar el capítulo, escribe estas significativas pa-
labras, que revelan su conducta y la de su padre, al ver la perplejidad y
aun el terror de don Pedro. «Et de tal guisa iban. ya los fechos que todos los
»más que del se partían, auian su acuerdo de non volver más á él.» Los
dos Ayalas fueron en efecto de los más que de él se partieron, siendo vero-
símil que no pasaran de Toledo en esta ocasión.
II.'' PAUTE, CAP. III. PROTEXTA COMRA LA INX. ALEGÚK. 105
raa; y cuando auxiliado el rey don Pedro del Príncipe Negro,
tornaba á pisar el suelo de Castilla y parecía decidirse á su favor
en los campos de Nájera aquella escandalosa contienda, llevaba
Ayala en la pelea el respetado pendón de la expresada caballe-
ría, teniendo la desgracia de caer prisionero en manos de los in-
gleses, de donde sale meses adelante, merced al crecido rescate
que daba por él su familia ^. Repuesto en tanto el de Trastamara,
entrábase de nuevo en el reino, no reparando hasta la ciudad
de Burgos, que le abria segunda vez las puertas y en la cual se
le incorporaba Pero López; y partía con igual diligencia sobre
Toledo y Sevilla, en cuyo camino le detiene, al comenzar el año
1569, la mala estrella del rey don Pedro, que pone á los pies
del bastardo de Alfonso XI el trono de Castilla y arrebata mise-
rablemente la vida al legítimo soberano. Al desgarrar Enrique
por segunda vez ^ el manto real , para repartirlo entre sus par-
ciales, tocaban á Pero López la Puebla de Arciniaga y la Torre
del valle de Orozco, siéndole al par confirmada la posesión del
1 El hecho de la prisión lo atestigua el mismo Ayala en los capítu-
los IV y XII de la Crónica del rey don Pedro, año XVIII, bastando esta
confesión para desvanecer el error de los que afirman que se retiró de la
batalla con don Enrique {^Reij don Pedro defendido, fól. 78). Que obtuvo la
libertad por medio de un crecido rescate, lo probó ya don Nicolás Anto-
nio (Bibliotheca Vetus) y lo confirma el erudito Floranes (Vida litera-
ria del Canciller mayor de Castilla don Pero López de Ayala) : que no
permaneció en la prisión hasta la muerte de don Pedro, como equivocada-
mente dice Ticknor (Hist. de la liter. esp., I.^ Ep.% cap. IX), lo persuade
la circunstancia de haber prestado á don Enrique en el mes de octubre
de 1367 un señalado servicio en la ciudad de Búrg-os, según refiere él mis-
mo en su Crónica Abreviada y comprobó Zurita en sus Enmiendas (pá§^i-
na 244). Está pues fuera- de toda duda el aserto que en este lugar asenta-
mos, no indiferente por cierto, al tratar de las obras poéticas de Ayala, se-
gún después veremos.
2 El primer reparto de las mercedes que han hecho famoso el reinado
de Enrif|ue II, se hizo por éste, al coronarse rey en las Huelgas de Bur-
gos en 1366. Véase el capítulo VII del año XVII de la Crónica del rey
don Pedro y se comprenderá hasta qué punto llegó, en especial con los ex-
trangeros, esta funesta largueza.
104 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
valle de Llodio, adquirido de doña Leonor de Guzman en 1549
por Fernán Pérez de Ayala • .
Ni se limitaron á estas las mercedes que recibió Ayala del
rey don Enrique: recobrada en 1373 de los navarros la villa de
Victoria, y habiéndose menester para su gobierno persona de au-
toridad y discreción, nombrábale, entrado ya el año de 1374, al-
calde mayor y merino de la misma, acreditándose Pero López en
uno y otro cargo de recto juez y hábil repúblico. Muerta entre
tanto su madre doña Elvira de Cevallos y abrazada por su padre
la vida religiosa en la Orden de predicadores, confirmábale don
Enrique en el Estado de Ayala, mayorazgo fundado dos años
antes por el citado don Fernán Pérez, elevándole al expirar el de
1373 á la alcaldía mayor de Toledo, dignidad grandemente am-
bicionada en aquellos tiempos y vacante á la sazón por muerte
de don Gómez Manrique, primado de las Españas -. Nuevo tes-
timonio de distinción dábale después nombrándole de su consejo
y enviándole, como embajador suyo, á la corte del Rey de Aragón
para concertar las diferencias que hablan provocado el desafio
de Juan Ramírez de Arellano; y tan á placer de ambos monarcas
se hubo Ayala en el asunto que no sólo mereció los elogios del
aragonés sino también el público aplauso de don Enrique, quien
parecía vincular en sus hijos el amor que al alcalde mayor de
Toledo profesaba ^ .
No bien ascendido al trono, mostrábale don Juan I aquella
predilección, confirmándole con mano liberal cuantas honras y
donaciones habia obtenido de su padre, y nombrándole al propio
tiempo juez mayor en el ruidoso pleito, largos años atrás susci-
tado, sobre las encomiendas de abadía y monasterios. ^. A 22
1 Florancs, Vida literaria del Canciller mayor de Castilla, publicada
por Salváy Baranda en los Documentos inéditos, t. XIX, página 104 y si-
guientes.
2 Salazar de Mendoza, Dignidades secidares, fól. 34 v.
3 Fernán Pérez de Guzman afirmaba en sus Generaciones et semblan-
zas que fué Ayala «del Consejo de Enrique segundo, é muy amado déh
(Cap. YII).
4 España sagrada, t. XYIll, pág. ISl, de la segunda edición.
II."* PARTE, CAP. III. PUOTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 105
de diciembre de 1580 dictaba Pero López de Ayala, en unión
con los oidores Juan Martinez de Rojas, Alvar Martínez y Pedro
Fernandez, sentencia definitiva, restableciendo la justicia; y tan
pagado quedó el rey don Juan d^ este y los demás servicios de-
bidos á su lealtad é inteligencia, que en el siguiente año le otor-
gaba por privilegio rodado la villa y aldeas de Salvatierra de
Álava, autorizándole para instituir sucesores en la forma que
más le agradase *. Pocos meses después le enviaba á Carlos Yí
de Francia, para ofrecerle su amistad; y hallándole Pero López
ocupado en guerra contra ingleses y flamencos, servíale tan efi-
cazmente con su consejo en la famosa batalla de Rosebeck que no
sólo mereció la honra de que le nombrase su camarero, sino que
le concedió durante su vida y la de su hijo mayor, Fernán Pérez
de Ayala, mil francos de oro anuales [1582].
Con tales distinciones y mercedes restituyóse á Castilla el
alcalde mayor de Toledo, creciendo por extremo su reputación y
autoridad en la corte, y recibiendo del rey don Juan nuevas se-
ñales del afecto, con que siempre le habia favorecido ^. Pagábale
Ayala, esmerándose en procurar el bien público y el lustre de la
corona, de que fué buena prueba el saludable consejo que en 1585
daba á don Juan en Sevilla, inclinándole á mostrarse clemente
con su inquieto hermano el conde de Gijon; consejo no menos
digno de aplauso, por el fin político á que se dirijia que por la
erudición histórica en que se fundaba, revelando ya al renom-
brado cronista. Mas próximo estaba el momento en que debia
acrisolar Pero López su lealtad y valor con uno de aquellos lie-
1 El privilegio referido está fechado a 22 de junio en la ciudad de Za-
mora.
2 La predilección de don Juan respecto de Ayala lleg-aba hasta la in-
justicia: muerto en Lisboa de la epidemia que la aflige en 1384 un caba-
llero castellano, llamado Ochoa de Muñatoncs, otorgaba el rey el monaste-
rio de San Juan de Muguiz, San Román de Ciérbana, el puerto de San Martin
de Somorroslro y otras posesiones que aquel tenia de la corona, á Pero
López; pero oponiéndose á esta donación doña IMencia de la Casa, en nom-
I)re de doüa Teresa Muñalones, hija legítima del difunto, fue Icgalmciitc
revocada.
106 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
chos que enaltecen la memoria de los guerreros de Castilla: de-
terminado don Juan á tomar posesión de Portugal, cuya corona
le disputaba el maestre de Avís, fundado más bien en el aplauso
popular que en el propio derecho, tornaba en julio de 1385 á
penetrar en aquel reino, de donde le habia arrojado en el año
anterior mortífera epidemia.
Al mediar agosto se avistaban ambos ejércitos en los contor-
nos de Aljubarrota: solicitado por Ñuño Alvarez de Pereira, con-
destable de Portugal, para tratar de un honesto avenimiento, halló
López de Ayala ocasión de reconocer la posición ventajosa que
tenia el campo de los portugueses, y vuelto á los reales castella-
nos, aconsejaba al rey que esquivase hasta la menor escaramuza
en aquel lugar, si estimaba en algo su reputación y la salud de sus
soldados i. Prudente pareció á los caudillos de madura expe-
riencia el consejo: achacáronlo á temor los jóvenes, y trabada
por ellos la pelea, hallaban en su derrota merecido castigo á su
vana é indiscreta jactancia. Mientras el rey don Juan, recibiendo
el sacrificio que le hacia de su vida Pero González de Mendoza,
salía del campo de batalla en el caballo de aquel héroe, — acosado
por todas parles, cubierto de heridas y golpeado hasta el punto
de perder dientes y muelas, caia Pero López de Ayala en i>oder
de los enemigos, abrazado al pendón de la Vanda, no sin que,
aun postradas sus fuerzas, les infundiese respeto.
Quince meses le tuvieron cargado de hierros y en muy es-
trecha y dura prisión en el castillo de Oviedes 2. La calidad de
1 Al narrar Ayala este suceso, calla su nombre y el de otro caballero
que le acompañú; pero en la Crónica del Condestable referido, consta que
el y Diego Alvarez fueron los dos caballeros que tuvieron la entrevista con
Pereira. Los demás accidentes se refieren en la Crónica de don Juan I.
2 Don José Antonio Conde, en un Informe presentado á la Real Aca-
demia de la Lengua sobre el Rimado del Palacio, afirmaba que Ayala es-
tuvo preso en Portugal por el espacio de treinta meses; pero sin alegar
prueba que justifique dicho aserto. Seguimos en este punto al erudito Flo-
ranes, quien observa que en 1366 fué Pero López padrino de pila del Ba-
chiller Fernán Gómez de Cibdad-Real {Vida literaria^ pág. 120), en cuyo
caso no pudo permanecer en Oviedes los dos años y medio apuntados por
II.'* PARTE, CAP. III. PROTEXTA COXTRA LA INX. ALEGÓR. 107
SU persona, el no vulgar ejemplo de su valor y la misma predi-
lección con que le distinguia el rey de Castilla, dificultaban gran-
demente su rescate. Ajustado por último en treinta mil doblas
de oro, pagaba doña Leonor de Guzman, su esposa, veinte mil
en el acto de alcanzar la libertad, dejando en rehenes á su pri-
mogénito Fernán Pérez, mientras allegaba las restantes. Los re-
yes de Francia y de Castilla, el maestre de Calatrava don Gon-
zalo Nuñez de Guzman y otros caballeros principales del reino,
apresuráronse entonces á contribuir con no despreciables sumas
á desempeñar al alcalde mayor de Toledo; y restituido á su pa-
tria y familia, en tanto que muerto ya su padre, tomaba posesión
y ponia orden en todos sus estados, era investido por el rey
don Juan con los cargos de copero y camarero mayor, manifes-
tando el alto precio que daba á sus servicios K
No fueron en verdad de escasa importancia los que le hacia
después en el asunto de Lancaster, á quien era enviado una y
otra vez, como embajador, hasta llevar á cabo los tratados que
aseguraron la paz y concordia entre los descendientes del rey
don Pedro y del bastardo don Enrique. Pero donde más brilla-
ron la fidelidad que debia á la corona y la nobleza de su carácter
fué sin duda en las Cortes de Guadalajara [1590]: empeñado don
Juan en apellidarse rey de Portugal, habia ideado el descabella-
Conde. — Ticknor observa por el contrario que este seg-undo cautiverio no
fué tan larg-Q ni tan penoso como el que sufrió en Inglaterra {Hist. de la
lit. esp., Ep. I.^, cap. IX), sobre lo cual deben verse las notas oportunas
del presente capítulo. Ayala estuvo en una jaula de hierro, según dice el
mismo en la Historia de su casa, observando que murió 'su padre «se-
yondo absenté su fijo Pero López é metido en jaula de hierro en Alju-
1)arrota)j.
1 Salazar, Advertencias Históricas, pág-. 113. Sobre la forma del res-
cate observa Conde que «se ajustó en treinta mil doblas de oro y fué por él
»[Ayala] su mujer, que pag-ó de contado las veinte rail, dejando en rehe-
)»nes por el resto á su hijo mayor Hernán Pérez: las cuales diez mil doblas
«del resto (prosigue) pagó el rey don Juan I de Castilla y el rey de Fran-
Mcia dio diez rail francos de oro, contribuyendo para dicho rescate don Gon-
wzalo Kuñez de Guzman, maestre de Calatrava, primo do doña Leonor, y
» otros grandes señores)*.
108 . HISTORIA CÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
do proyecto de abdicar en su hijo don Enrique el reino de Cas-
tilla, reservándose ios de Andalucía y Murcia con el Señorío
de Vizcaya. Juzgaba así que, aplacados los portugueses, para
quienes la posibilidad de unirse en una sola cabeza ambas coro-
nas, habia sido pretexto á la rebelión, abandonarían luego la
causa del de Avís, declarándosele sus vasallos. Comunicado el
pensamiento al consejo, alzábase entre todos Pero López de Aya-
la; y posponiendo toda lisonja, con entereza digna de quien me-
dia de una sola ojeada todos los desastres que habia de acarrear
tan menguado intento, con aquella seguridad de quien tenia en
la historia repetidos y elocuentes ejemplos de lo que eran y
significaban semejantes desmembraciones, desaprobó en un dis-
curso, lleno de grandes máximas políticas y morales, las trazas
poco felices del rey, quien tomando primero á irreverencia la li-
bertad de Ayala y deponiendo después su infundado enojo, pe-
díale perdón de haber dudado de su fidelidad y olvidaba al par su
descabellada empresa.
La desastrada muerte de este príncipe «que ovo siempre en
»sus fechos muy pequeña ventura», llamaba á Pero López por
voto de las Cortes de Madrid á intervenir más directamente en
la gobernación del Estado, formando parle del consejo de regen-
cia, durante la minoridad de Enrique IIL En 1392 ajustaba tre-^
guas con Portugal, auxiliado al efecto del obispo de Sigüeuza y
del doctor Antón Sánchez: determinado el rey en el siguiente á
tomar sobre sí el peso de la república, retirábase Ayala á sus
posesiones de Álava, para descansar en el seno de su familia y
en la dulce paz de las letras de las inquietudes de la corte. Cua-
tro años vivió en sus Estados, dando repetidos testimonios de la
piedad que le animaba *: é investido en el de 1498 con el título de
Canciller mayor de Castilla, cargo de que era exonerado el arzo-
bispo de Santiago, don Juan García Manrique, tornaba á la corte,
1 En 1396 dotó á la iglesia de San Juan de Quijana del retablo ma-
yor y frontales del mismo, según consta de la inscripción que mandó poner,
ya terminados, siguiendo el ejemplo de su padre. De otras obras pias dejó
también testimonio en la historia de su casa.
II.* PAKTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA IXN. ALEGÚR. 109
logrando al par que sus hijos Fernán Pérez y Pedro López fue-
sen honrados por el rey con los empleos de merino 'mayor de
Guipúzcoa y alcalde mayor de Toledo, cargo que él habia hasta
entonces, por sí ó por sus tenientes, desempeñado *. Con general
aplauso y autoridad sirvió Ayala la cancillería mayor del reino,
de cuyas tareas se desquitaba con el cultivo de las letras, du-
rante el estío, en el monasterio de San Miguel del Monte, retiro
agradable cercano á ]Miranda de Ebro, en que habia labrado có-
modas habitaciones al intento ^^. Aquejado de continuas dolen-
cias, pasaba de esta vida el rey don Enrique el 25 de diciembre
de 1406, dando al morir inequívocas pruebas de la estimación,
con que veia á Pero López; y ya fuese que este se sobrecojiera al
1 El M. Santótis en la Vida de don Pablo de Santa María, que pre-
cede á \A edición del Scrutinium Scripturarum (Búrg-os, 1591, pág^i-
na 36) apuntó que ejerció Ayala la cancillería mayor durante el reinado
de don Juan I: Tiknor, yendo más adelante, asegura que obtuvo este ele-
vado cargo bajo Enrique II (Ut supraj Habiendo probado el erudito don
Luis de Salazar en su Historia de la casa de Lara (i. I, lib. V) que Maria-
na, Arg-ote de Molina y Gil González Dávila anticiparon el desnaturamien-
to del arzobispo don Juan Garcia Manrique por término de dos años, y
constando por privilegios irrecusables que ejerció el arzobispo la cancille-
ría hasta 20 de Mayo de 1398, en que autorizó con su firma la confirma-
ción que hizo don Enrique ÍII al conde don Enrique Manuel de las villas de
Monte Alegre y Meneses, no hay arbitrio humano para poner antes de esta
fecha el nombramiento de Ayala. Pero lo notable de todo, y lo que prueba
que Santótis y Ticknor procedieron sin conocimiento de causa, es que al
narrar Pero López en el cap. IIl del año XIV de la Crónica de Enrique II
la muerte de este príncipe, no sólo cita, como presente á tal suceso, á don
Juan Garcia Manrique, obispo á la sazón de Sigüenza, Canciller mayor de
Castilla, sino que pone en su boca las siguientes palabras, dirigidas al rey:
Señor ¿en qué logar uos niandades enterrar?... Et dixo : — En la mi capilla
que fice en Toledoa, etc. — ¿Sabría Ayala si habia ó no recibido en 1379 la
dignidad que en todo el reinado de don Juan I ejerció Manrique y que sólo
perdió por su voluntario destierro de Castilla?... En cuanto al nombramien-
to de los hijos de Ayala para los cargos que él desempeñaba, consta por
los capítulos de las paces ajustadas en 1402 con Portugal, en que figuran ya
con los títulos indicados en el texto.
2 Sigiienza, Historia de la Orden de Sa7i Gerónimo, t. II, pá-
gina 17.5.
no HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
recibir semejante noticia, ya que le agobiaran sus antiguos pa-
decimientos y sus años, murió pocos meses después, á la edad de
setenta y cinco, en la ciudad de Calahorra, siendo sepultado en
el monasterio de Quijana, fundación de sus padres K
Tal es el compendio que nos es dado hacer de la vida del
Gran Canciller de Castilla. Imposible parece en verdad que en
medio de tantas guerras y revueltas, cargado de tantas y tan
altas obligaciones, tuviese tiempo y placer para consagrarse al
cultivo de las letras con la afición y perseverancia que revelan
todos sus escritos. Pero estas cualidades raras en todos tiempos,
caraterizan de continuo á, nuestros más esclarecidos ingenios de
la edad-media; y así como hemos admirado la actividad prodi-
giosa del Rey Sabio, asi como apenas hemos podido dar crédito á
la historia, al ponernos esta de relieve la inteligente y fecunda
laboriosidad de don Juan Manuel, así también nos sorprenden la
devoción y anhelo, con que Pero López de Ayala rinde el tributo
de su talento en aras de la ilustración de su patria, distinguién-
dose al par como poeta y filósofo, como historiador y moralista.
«Por avisar é ennoblecer la gente é nación de Castilla (escribía
»uno de sus sucesores) fizo romanzar de latín en el lenguaje cas-
"tellano algunas corónicas y estorias que nunca antes del fueron
«vista ni conoscidas en Castilla» ^. A todas las fuentes que re-
conocía la erudición de aquella edad, llegaba en efecto Pero Ló-
pez de Ayala para dar cabo á tan generoso intento: respetando la
tradíccion dé los estudios latino-eclesiásticos, traía al habla vul-
gar el libro del Sumo Bien de Isidoro de Sevilla ^, sacaba de
1 Floranes se inclina á creer que el fallecimiento de Ayala fué antes
del 16 de abril, en que aparece ya como Canciller mayor de Castilla, don
Pablo de Santa Maria, firmando como tal la cédula expedida en Seg-ovia^
para que los arrendadores de las rentas reales no pusiesen guardas á la
ciudad de Búrg-os (Salazar, Casa de Lara, t. I, pcíg-. 416). El hecho no ad-
mite duda.
2 Don Pedro López de Ayala, su nieto, que en 1442 escribió una Re-
lación Fidelísima del linage de Ayala.
3, De esta peregrina traducción existe en la Biblioteca del Escorial un
precioso códice en folio con la marca C.. ij. 19, de letra del siglo XV y
exornado de rúbricas c iniciales de colores. Compóncsc de 109 folios, en
que se leen hasta ciento cuarenta capítulos, que encierran los tres libros
11.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 111
los Morales de Job, debidos á Gregorio Magno, preciado rami-
llete de flores y sentencias ^ , y hacía castellana la aplaudida
De Summo Bono ó de Sententiis, como comprueban simplemente los epí-
grafes del primero y del último. San Isidoro dijo en el libro 1°: Quod Deus
siimmus ct incoimnutabilis sit, y terminaba con el siguiente del 3.er li-
bro: De metu mortis. Con aquella libertad característica de los traductores
de la edad-media escribía Ayala: Cap. I. Del soberano bien: Cap. CXL. De
la saluda deste mundo. Comparados unos y otros capítulos, resulta que
Ayala embebió tres del original en los ciento cuarenta de su versión: Esta
empieza: «Soberano bien Dios es, ca es syn mudamiento et syn corrompi-
»miento ninguno» etc. Y acaba: «Aquellos non debemos llorar que el pa-
urayso congrand alegria los rrescibe en sy. Explicit Isídorus de Summo Bo-
MUG. Deo gratias.» Ni don Nicolás Antonio ni Pérez Bayer conocieron este
códice (Vid. Bibl. Vet., lib. X, cap. I).
1 En la citada Biblioteca Escurialense se custodia bajo la mar-
ca b. ij. 7 un códice en folio, escrito en papel, de hermosa letra del si-
glo XV, con las rúbricas y las iniciales de encarnado. Consta de 105 fojas
y en la primera se lee: Flores de Morales de Job; é es una colección de
sentencias, entresacadas de los mismos Morales de sa7i Gregorio é pues-
tas en castellano por don Pero López de Ayala. Conforme a esta declara-
ción^ no debe la obra de Ayala confundirse con otras traducciones más com-
pletas de los Morales de San Gregorio, hechas asimismo en la edad-
media y tal vez posteriores á la de Ayala, según el testimonio de Fernán
Pérez de Guzman {Generaciones é semblanzas, cap. Yll), De estas versiones
de los Morales hay en el Escorial hasta seis diversos MSS., señala-
dos b. ij. 6-; b. ij, 8-; b. ij. 10-; b. ij. 11-; b. ij. 12, y b. j. S.— Las Fío-
res de Ayala comienzan de este modo: «Este libro es llamado Flores de
»los Morales de Job, que son dichos de muchos buenos enxemplos et de
1» buenas doctrinas para bien biuir espiritualmente et moral et onesta-
«mente.» Y termina: «Non tan solamente para guardar la salud que
«tenemos, tomamos melesinas; mas aun las tomamos, porque la salud
«que ya tenemos cobrada, non la perdamos.» — Acabadas las Flores de los
Morales, se lee una breve selección de Dichos de Sabios (fól. 103 al 105),
tomada de las más numerosas que dos siglos antes^ cual ya saben los lec-
tores, comenzaron á ser conocidas en lengua castellana. En la última foja
está finalmente, puesto asimismo en lengua vulgar el elogio de los mis-
mos Morales, debido á Domingo Brixiente. Tampoco tuvieron conocimiento
de este MS. don Nicolás Antonio ni su erudito anotador. Debe advertirse
que casi al propio tiempo que hacia el Canciller esta selección de los Mo-
rales, los ponía en lengua toscana el florentino Zanobi da Strada, circuns-
tancia que prueba el grande aplauso que alcanzó aquella obra de San Gre-
gorio en la edad-media (Ginguené, Hist. Litt. d'Italie, t. III, pág. IGSj.
112 HISTORIA CUÍTICA DE LA LITERATURA ESPANOLA.
Vision de Severino Boecio ' : levantando sus miradas á la anti-
güedad clásica, aspiraba á hacer familiares entre los eruditos de
Castilla las decadas de Tito Livio hasta aquel tiempo descubier-
tas ^: admirando por último los esfuerzos que desde el siglo
1 En la preciosa Biblioteca del Marqués de Santillana, que dimos á
Conocer en la edición de sus Obras (pág-s. 191 y siguientes) y hoy existe
unida á la del señor duque de Osuna, se guarda un códice fól. menor pa-
pel, escrito á una sola columna, con g-losas marg-inales y la marca Plut. V,
lit. N. núm. 29, cuyo título es el siguiente: Libro de la Consolación de
Boecio romano, et comienga una carta de Rmj López Davalas al que lo
romanQÓ. No consta el nombre; pero considerando el lenguaje- respetuoso
que emplea el favorito de Enrique III, al decir : «Pensé con singular afec-
«lion rogar á vos que trabajascdes en traer á nuestra lengua vulg-ar la Con-
iiSolaQion del sancto doctor Severino, que por nombre propio es llamado
«Boecio» etc.; y teniendo presente que á ninguno de sus coetáneos convenia
tanto como al Canciller mayor de Castilla, cuya autoridad en aquella corte
ya conocemos, hay razón para creer que es esta la traducción de Ayala
hasta ahora reputada como perdida. Conveniente parece observar que, es
muy distinta do otra hecha anteriormente, do la cual decia el Condestable
López Dávalos: «Como quier que yo hé leydo este libro romanzado por el
» famoso maestro Nicolás, non es de mí entendido ansy como quería: et creo
»que sea este por falta de mi ingenio é aun pienso faserme alg-un estorbo
«estar mezclado el testo con glosas, lo qual me trae una g-ranl escuri-
»dat». — Sin duda hablaba de la versión de Fraij Nicolás de Treveth, de que
hay un ejemplar en la Bibl. Escur., cód. h. ij, 16, el cual encierra hasta
el folio 74, en que principia el libro de Boecio, la Vida de San Gerónimo '
sacada de la de Eusebio. La versión, en que figura Ruy López Dávalos,
está hecha verso á verso, y no ha sido examinada hasta nuestros dias por
ningún bibliógrafo.
2 De las decadas de Tito Livio hemos reconocido varios códices: cinco
en la Biblioteca del Escorial y dos en la del señor duque de Osuna. Están
unos y otros en fól. mayor, y encierran sólo la I.'', II.* y IV. ^ Decada, re-
pitiéndose, sobre todo en los MSS. de Osuna, algunos libros. Los códices del
Escorial tienen la marca g-j.-l y 2.-g-j.l0, 11 y 12: los de Osuna Plut. U,
lit. N, n.° 4 y 5. — Según nos advierte Ayala, hizo esta versión por mandato
de Enrique III, nombrado ya su Canciller mayor [139S á 1406]: «Me man-
»dastes (dice) que trasladasse un libro que es escripto por un Istoriador an-
»tigo et famoso, del qual face mención San Hierónimo en el prólogo de la
«Biblia, loando la su alia manera de fablar, el cual es llamado Titus Li-
y>vius. Et plógovos que lo tornase en el linguage de Castiella; el qual eslava
«en latin por bocávulos ignotos et oscuros». — Por manifestación del mismo
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. H5
anterior hacían los más claros varones de Italia por restablecer
en la memoria de las gentes el recuerdo histórico del antiguo
mundOj repetía la traducción de la Historia Troijana de Guido
de Colonna, y enriquecía la patria literatura con el libro de la
Caída de Príncipes de Juan de Boccacio * .
Canciller^ se sabe que tuvo presente para su trabajo la versión que pocoá
años antes hizo á lengua francesa, por mandato del rey Juan el benedic-
tino Pedro Bercheur ó Berchoire (Berchorius ó Berthorius). Los códices de
Osuna fueron trasladados de otros más antiguos por disposición del marqués
de Santillana ("V. sus Obras, pág:. 620); ios del Escorial fueron escritos por
los pendolistas Benito de Salamanca y Pedro de Búr§:os, en los años de
1453. — Parécenos bien advertir aquí que ha sido también atribuida á Ayala
una traducción de Valerio Máximo; pero sin dar razón alguna del códice
que la debió contener, y que nosotros tampoco hemos hallado, por más
grande que ha sido nuestra diligencia.
1 La Caida de Principes se dio á luz en Sevilla en 1495 por Menardo
Ungut Alemán y Lancalao Polono, con este título: Juaii Bocado. Caida
de Principes, traducida de latín al castellano por don Pedro López de
Ayala y continuada por don Alfonso Garda (¡Méndez, Typographid esp.^,
pág. 200). En efecto, el Canciller Ayala tradujo solamente los oclio pri-
meros libros De cassibus virorum et foeminarum illustrium «fasta la mei-
»tad del capítulo que fabla del rey Artús de Ingalaterra, que es dicha Gran
«Bretaña é de Morderete, su fijo». «Dende en adelante (prosigue Juan Alfon-
so de Zamora, secretario de don Juan II) romanzó el dicho Dean [don Al-
fonso García de Santa María ó de Cartagena], él diciendo é yo escribien-
do» (Prólogo á dicha edición). Por manera que los dos últimos libros per-
tenecen á este famosísimo converso, de quien más largamente hablaremos en
lugar oportuno. De la Caida de Principes hemos examinado varios MSS.:
los principales son, el señalado en la Bibl. del Escorial e, iij. 7 y el
más completó que perteneció á la librería de don Manuel Marti nez Vascu-
ñana, procedente de la casa de los Palomeques, y que posee^ cuando esto
escribimos, don Blas Hernández, del comercio de libros de Toledo. Este
precioso códice, puestas ya las rúbricas de los capítulos, empieza: «Muchas
veces et por muy luengo tiempo fué mi estudio et mi trabajo por faser algu-
nas obras ét.las escribir, por que fuesen á bien et á prouecho de la repúbli-
ca» etc. Por el del Escorial consta que se «acabó de romanzar» el 30 de
setiembre 1422. Le faltan algunos folios al principio y al fin. Respecto de
la Crónica Troyana debe recordarse nuestro cap. XIX de la 11.^ Parte»
T. IV, resultando de todo lo expuesto que no es esta una de las obras que por
vez primera trajo Ayala al idioma de Castilla. No se olvide no obstanle
Tomo v. 8
H4 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Notable era bajo tan varios aspectos el anhelo con que acudía
López de Ayala á segundar el movimiento literario, iniciado ya
en tiempos anteriores, llegando al punto de merecer el título de
innovador, con relación á los estudios históricos, y siendo digno
de singular alabanza ixir la solicitud con que procuró poseer las
más celebradas producciones de los ingenios que florecían en
otros pueblos. Su reputación estendida entre los renombrados
varones de Italia hasta el punto de hacerle partícipe, á poco de
darse á luz, de las obras más aplaudidas, hacíale acepto á los
ojos del Pontífice romano, quien no esquiva el dirijirle amistosa
y docta correspondencia ^. Y sin embargo este magnate que
así recibía la luz del progreso intelectual y que acaso más que
ningún otro escritor de su tiempo se inclinaba á seguir las hue-
llas de sus coetáneos, Petrarca y Boccacio, en la noble empresa
del Renacimiento, negábase á formar coro con los admiradores
del Dante, rechazando como cultivador de las musas castellanas,
las pintorescas ficciones del arte alegórico, que cobraba en su
tiempo extraordinaria preponderancia entre los vates españoles.
¿Cuál podia ser la causa de tan peregrina contradicción entre
el Pero López de Ayala erudito é historiador, y el Pero López de
Ayala poeta?.. Fijando nuestras miradas en el carácter del gran
Canciller de Castilla, tal como le retratan los escritores de su épo-
ca, y reparando en que si bien era de «dulce condición» y trato,
pagábase de ser hombre «de grand consciencia» y temeroso de
Dios, prefiriendo en sus estudios la filosofía moral y mostrando
que la Crónica Troyana fué de grande efecto en orden al desarrollo de las
ideas caballerescas y no insignificante respecto de los estudios de la histo-
ria antigua. Nosotros no podemos decir con Ticknor que el Canciller perdió
el tiempo empleado en tales trabajos.
1 Entre las preciosidades que enriquecen la Biblioteca Toletana, existe
un volumen con el titulo de Petri Blesii Epistolae, en el cual se leen varias
cartas de Clemente Yll á los Reyes de Castilla y entre ellas una dirigida á
Pero López de Ayala, altamente satisfactoria para este magnate, cuya ilus-
tración y talento reconoce y elogia el Pontífice. De esta epístola se hace
mención en un curioso MS., intitulado: Memorial de los libros de Toledo,
obra del siglo XVI y conservado en la Biblioteca de Escorial, L. j. 13, fo-
lio 113.
n/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA IXX. ALEGÚK. 115
«grand discreción en la práctica del mundo» i, no podrá en
modo alguno causarnos maravilla que hermanados en él carácter,
piedad y ciencia, diese constantemente á sus ideas cierta gra-
vedad y trascendencia, aspirando á fin útil é inmediato en todas
sus aplicaciones. Brindábale grandemente á ello el estado uni-
versal de las costumbres y muy en especial el que presentaba
Castilla, agitada por intestinos disturbios y contagiadas con todos
los vicios las clases de aquella sociedad mal regida. La rectitud
de sus intenciones y el deseo del bien común, le movian á pro-
curar la enmienda, señalando á sus compatriotas el camino de
la virtud : poseia ya de antiguo la literatura castellana las for-
mas didácticas que al mediar el siglo XIV hablan llegado á su
mayor desarrollo; ofrecíale también la métrica española no des-
preciables ejemplos en los más autorizados poetas, entre quienes
brillaba con igual propósito el renombrado Archipreste de Hita; y
convencido sin duda de que para obrar el bien no habia menester
renunciar á su propia nacionalidad poética, decidíase Pero López
de Ayala á favor de la tradiccion literaria de nuestro primitivo
parnaso, buscando tal vez en lo respetable de las formas nueva
autoridad á sus versos, que aparecían por tanto contrapuestos á
los escritos á la sazón por todos los trovadores castellanos.
Por tal senda llegaba pues el Canciller mayor á formular la
doble protesta moral y literaria que encierra el Rimado del Pala-
cio, poema de muchos citado, de muy pocos leido y de ninguno
examinado bajo las relaciones críticas y filosóficas en que hoy lo
consideramos 2. Alfonso X, Sancho IV, el esclarecido Cardenal
1 Fernán Pérez de Guzman Generaciones et Semblanzas cap. VII.
2 Los traductores de BouterWeck publicaron desde la pág. 138 del único
volumen que dieron á luz numerosos extractos del Rimado del Palacio;
pero sin exponer juicio alg^uno sobre el mismo. Don Nicolás Antonio, Velaz-
quez, Sarmiento, Sánchez, Quintana, Gil y Zarate, Lafuente, Sismondi,
Viardot, Puibusque, Ticknor, Clarús, Lemcke y otros muchos escritores na-
cionales y extrang-eros, manifestando unos no haber conocido el libro del
Canciller y formando otros más ó menos aceptables juicios, tampoco han
llegado á fijar la que en nuestro concepto debe considerarse como verdade-
ra representación de López de Ayala en el parnaso castellano. En esta difí-
116 HISTORIA crítica de la literatura española.
Barroso, tio, cual sabemos, del mismo Ayala, el príncipe don Juan
Manuel, Juan Ruiz y tantos otros cultivadores del arte didáctico-
simbólico, como dejamos ya estudiados, le ministraban abundante
y luminosa doctrina: Gonzalo de Berceo y cuantos poetas le imi-
taron, al consagrar la quaderna vía á los cantos de la musa he-
róico-erudita, le mostraban en sus producciones una forma ar-
tística grave, severa, cual con venia á lo trascendental y sobrio
del intento á que aspiraba; y con tal devoción y respeto siguió
las huellas de unos y otros, empeñado en dar cima al pensa-
miento social y político, generador del Rimado del Palacio, que
no sólo merece ser inscrito por tal concepto entre los sucesores
del Rey Sabio, sino que debe también ser reputado como el úl-
timo discípulo de la escuela poética, que hacen famosa los libros
de Apolonio, Alexandre y Fernán González, y cuyo decadente
imperio habia procurado sostener en la primera mitad del siglo
el ya recordado Archipreste de Hita. Al comenzar Pero López su
poema, confesaba y aun hacía alarde de esta filiación, diciendo:
1 En el nombre de Dios j que es uno Trinidat,
Padre, fijo et espíritu | sancto en simple unidat,
Eguales en la gloria | eternal maiestat,
Et los tres ayuntados | en la divinidat, etc. I.
Personificadas en el Gran Canciller la protesta de la moral y
la protesta del arte, cumplíale desarrollar la idea que le inspira
el Rimado del Palacio, bajo muy diversos sentidos. No era sólo
el cáncer de la política la plaga que infestaba el cuerpo del Es-
cil tarea entramos con la desconfianza de log:rar cumplido acierto : mas con
la evidencia de que el Rimado del Palacio, dig-no de maduro estudio bajo
diversas fases, no lia sido aun debidamente quilatado.
1 Esta y las once estrofas siguientes faltan en el códice de la Biblioteca
del Escorial que describiremos adelante. La tomamos de la copia que man-
dó hacer en el pasado siglo la Real Academia Española del códice que po-
seía el conde de Campo Alange, cuyo examen debimos á la bondad del
llorado académico, nuestro difunto amigo, don José de la Revilla. Véanse
respecto de las invocaciones los cap. V, VI, VII y XVI de la 11.^ Parle.
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA COMRA LA INN. ALEGÚR. 117
lado: olvidados á un tiempo sus deberes por los que debían diri-
jir las conciencias y los que gobernaban los pueblos, cualquiera
que fuese su gerarquía; pervertidas todas las nociones de la jus-
ticia y de la virtud, así entre las clases elevadas como entre las
humildes, forzoso era á Pero López de Ayala asestar igualmente
sus tiros contra todos los vicios, sin que pudieran embotar sus
aceros ni la magostad, ni el poder, ni las riquezas, bajo cuyo
manto se cobijaban. Contraída esta obligación, que hacían más
sagrada la reconocida dignidad del poeta y su alta posición en la
corte, armábase de tan extraordinaria energía que, haciendo pa-
lidecer las sentidas quejas de Rabí don Sem Tob y oscureciendo
los picantes cuadros de la Danza de la Muerte, tendríamos hoy
por inverosímiles muchos de los trazados por su indignada musa,
á no servirnos de fiadores la misma verdad de la histopía y la
creciente reputación que logra, publicado ya su poema, el Gran
Canciller de Castilla. Pero no carecían todos estos cuadros de
preparación conveniente: concebida ya la idea y medido el alcan-
ce de aquel azote que iba á herir tal vez con excesiva crudeza
á grandes y pequeños , ofrecíase Pero López como primera
víctima expiatoria en aras de la moral, confesándose el más in-
digno de los pecadores y cargando sobre sí cuantas culpas tenían
origen en el olvido y menosprecio de la doctrina cristiana.
Creyendo en agüeros, sueños, estornudos y predicciones as-
trológicas; jurando maliciosamente por muy vanas cosas y
quebrantando los votos hechos en sus grandes cuitas; em-
pleando en fiestas y cacerías, con fatiga de sus ornes el sus
bestias, y poniendo su corazón en burlas y mentiras, los días
consagrados al culto religioso; causando frecuentes enojos á sus
padres, ya desobedeciendo sus mandatos, ya teniéndoles pe-
queña reverencia; matando, infamando y abandonando al ham-
briento que le demandaba pan; atestiguando en falso contra
vivos y muertos; codiciando los bienes y la muger agena; os-
tentando soberbia de rey, con despojo y vejación de sus vasa-
llos; entristeciéndose del bien del prójimo y gozándose en su
mal; dejándose llevar á menudo de la ira, y ofendiendo á Dios
con más frecuencia, mientras más desdeñaba toda obra de mise-
ricordia y pensaba sólo en el torpe halago de los sentidos..., por
118 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
todas estas vías y bajo todos estos conceptos se declaraba Pero
López de Ayala merecedor de la perdición eterna, inaugurando
con tan solemne confesión su Rimado del Palacio ^.
A merced de tal salvo conducto, cuya legitimidad no ponian
en duda sus coetáneos y cuya eficacia comprendemos con facili-
dad, al considerar el ascendiente que tenia en aquella sociedad
el elemento religioso, entraba el Gran Canciller en el laberinto
de los vicios y profundas dolencias que la traian aquejada. La
primer desdicha de la edad en que vive, el primer escándalo que
la desmoraliza, existe en la misma cabeza del cristianismo, pro-
pagándose á todos los extremos del cuerpo social con mortal es-
trago; por que
191. Si la cabeca duele, todo el cuerpo es doliente.
Trocada la pobreza del pescador en fastuosa opulencia, olvi-
1 La confesión pública con que Ayala inaugura el Rimado, se con-
tiene desde la estrofa VII. ^ á la CXC.'', lo que persuade de la importancia
que daba á sus propias culpas quien iba á mostrarse severo reprensor de las
agenas. El análisis en que entramos, probará que no le faltó valor para tal
empresa. El docto don Fernando José Wolf sospechó encontrar cierta seme-
janza entre el comienzo de esta confesión y la cantiga que Bohl de Faber
publicó en su Floresta con el núm. 5 del t. I. Clarús se inclina á creer que
pertenece á las poesías que hizo Ayala, después de terminado el verdadero
poema (tomo I^ pág. 443): y no sin razón, pues que no sólo declara el poeta
que al escribir dicha cantiga estaba preso, lo cual equivale á decir que la
hizo dada la batalla de Aljubarrrota, según adelante comprobaremos, sino
que las puso después del cantar que empieza (cap. 754):
Tristura et cuidado
Son conmigo toda via etc.
comenzando con estos versos que no copió Fabor (cap. 762):
Señor, tú no me olvides; que yago muy penado
En fierros el cadenas et en cárcel encerrado.
La repugnancia que muestra Clarús á adoptar la conjetura de Wolf^
fundada en la diferente ordenación de metros y rimas (pues que Ayala
abandona en dicha cantiga la quadernavia), queda plenamente justificada.
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INX. ALEGÚR. 119
dada la santidad y mansedumbre de los antiguos tiempos, era la
silla del Vicario de Dios asaltada por la procacidad ó la osadía,
afligiendo por tanto á la Iglesia católica miserable cisma. A tal
espectáculo exclama el poeta:
197 Ea el tiempo muy sancto [ non podia auer
Uno que este estado | se treuiesse tener:
Agora ¡mal pecado!... | y al' podredes ver^
Do se dan á puñadas | quién podrá Papa ser.
Con vigorosos rasgos pinta las malas artes empleadas, para
dolor del cristianismo, en las elecciones de los Sumos Pontífices;
y al describir los bandos y parcialidades que á consecuencia de
las mismas agitaban á la sazón el Occidente, prorumpia de este
modo:
204 Los príncipes que de vieran | tal caso adobar,
Con sus buenas maneras | que pudieran tractar.
Tomaron luego bandos | et fuéronse armar,
Unos llaman ¡Sansueña! \ et otros ¡Trasfalgar!...
El orgullo de los vanos sahidores y la codiciosa soberbia de
los que se tenian por más poderosos, hablan reducido la Iglesia
al punto de faser sudores de sangre, siendo escarnio y befa de
moros y judíos. Ayala fia y espera únicamente en
212 El que dixo á Sanct Pedro: — Tú íe non fallesgerá;
pero deseoso de la paz, si bien confesándose orne simple et non
letrado, propone para la resolución canónica del cisma la cele-
bración de un Concilio. Recogiéndose después á contemplar el
estado del clero español, crece su indignación á tal punto que,
sólo recordando la pintura que nos habia hecho ya del mismo
fray Jacobo de Benavente "•, nos es posible comprenderla. Este
pasage es altamente digno de ser conocido en la historia de
1 "Véase el cap. XIX de la 11.^ Parte.
120 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍÑOLA.
las letras españolas: el Gran Canciller decia, hablando de los
Obispos:
216 Mas los nuestros perlados | qvie nos tienen en cura,
Assaz han á faser | por nuestra desventura:
Cohechar los sus subditos | sin ninguna mesura,
Et olvidar conscien^ia | et la sancta escriptura.
217 Los unos son muy ñacos | en lo que han de regir,
Los otros regurosos | muy fuertes de sofrir;
Non toman tempramiento | cómmo deuen veuir;
Aman al cuerpo mucho; ] nunca cuy dan morir.
21 S Desque la dignidat, | una vez han cobrado.
De ordenar la Eglesia | toman poco coibdado;
En cómmo serán ricos | más cuy dan ¡mal pecado!
Non curan de cómo esto ¡ les será demandado.
Fijando luego sus miradas en el bajo clero, proseguía:
Cuál los ministros tienen | el que por nos mm'ió,
Vergüenza es de decirlo | quien esta cosa uió.
220 Unos prestes lo tractan ] que verlo es pavor,
Et tómanlo en las manos | sin ningunt buen amor,
Sin estar confesados | et aun (que es lo peor)
Que tienen cada noche | consigo otra dolor.
222 Quando van á ordenarse | tanta llevan de plata,
Luego pasan la esamen | syn ninguna barata;
Ca nunca el obispo I por tales cosas cata:
Luego les dan las letras | con su sello et su data.
223 Non saben las palabras | de la consagración,
Nin curan de saber ] nin lo han á coragon;
Si puede auer tres perros, | un galgo et un furon
Clérigo del aldea | tiene que es infancon.
226 Si estos son ministros, | sónlo de Satanás,
Ca nunca buenas obras | tú facer les verás:
Gran cabana de fijos [ siempre les fallarás
Derredor de su fuego: que nunca y cabrás.
Il/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÚR. 121
224 Luego los feligreses ¡ la catan casamiento
De alguna su vecina, | ¡mal pecado! non miento;
Et nunca por tal fecho [ res(;iben escarmiento,
Ca el señor obispo | ferido es de atal viento.
225 Palabras del bautismo | et quales deuen ser
Uno entre ^iento dellos | non las quiere saber.
227 En toda el aldea | non ha tan apostada
Como la su manceba ] et tan bien afeytada:
Quando él canta misa | ella dá el oblada,
Et anda ¡mal pecado! | tal orden bellacada.
229 Perlados sus eglesias [ deuian gobernar;
Por cobdicia del mundo, | allí quieren morar^
Et ayudan reuoluer | el regno á más andar,
Como reuuelven tordos | el pobre palomar l.
El cuadro es en verdad terrible, excediendo en la fuerza del
colorido las picantes pinturas del ArchipresLe de Hita. ¿Se aven-
turaria el Canciller Mayor de Castilla, cuando lo trazaba, á pa-
sar plaza de mentiroso?... — Con la misma energía y entereza
con el mismo anhelo del bien que le llevaba á condenar en tal
manera la relajación lastimosa del clero, volvíase después contra
los poderes de la tierra, para condenar en reyes, príncipes y
magnates la arbitrariedad y la tiranía. Eran los reyes de la na-
turaleza délos demás hombres, y sólo podia distinguirlos de
ellos el noble ejercicio de la justicia:
235. Este nombre de rey [ de bien regir desciende:
Quien há buena ventura | bien assy lo entiende;
El que bien á su pueblo | gobierna et defiende
Este es rey verdadero; | tírese el otro dende.
1 Parte de estas estrofas fueron dadas á luz por nuestro docto amigo el
duque de Rivas en las notas al Canto X.° de su aplaudido poema el Moro
Expósito: también en el cap. V, del Ensayo II de nuestros Estudios sobre
los judíos de España pusimos algunas de ellas.
122 HISTORIA CRÍTICA l)E LA LITERATURA ESPAÑOLA.
236 De un padre et de una madre | todos descendemos;
Una naturaleíja j ellos et nos avernos;
De bevir et morir | por una ley tenemos,
Salvo que obediengia | de les tener deuemos.
En tal forma entra el Canciller á considerar el «goberna-
miento de la república», tropezando desde luego en los privados
del rey, bajo cuya mano estaban al par la salud de los huérfa-
nos y viudas, la riqueza de los pueblos, vejados cada diacon nue-
vos pechos, y las rentas de la corona mermadas por su codicia
ó distraidas á torpes usos. Nadie con más conocimiento de cau-
sa podia denunciar las arbitrariedades de los favoritos, ni sus
intrigas y cohechos, causándonos placer y sorpresa al propio
tiempo la fidelidad, con que revela la intervención otorgada por
los gobernantes á los cobradores judíos
244 que están aparejados
Para beber la sangre de los pueblos cuytados.
Concertados con aquellos arrendadores de las rentas públi-
cas, polilla verdadera del Estado, y atentos sólo á sus ile-
gítimos medros, procuran persuadir al rey de que es interés su-
yo el adjudicárselas:
249 Digen luego al rrey: — Por gierto uos tenedes
Judíos seruidores [ et mercet les fasedes,
Et uos puyan las rentas | por gima las paredes:
Otorgárgelas, Señor; | ca buen recabdo abredes.
250 Señor (dicen judios) | serviglo uos faremos;
Tres cuentos más que antaño | por ellas uos daremos;
Et buenos fiadores | llanos uos prometemos,
Con estas condiciones, j que escriptas uos traemos.
251 Aquellas condiciones | Dios sabe cuáles son...
Para el pueblo mesquino | negras, como carbón.
— Señor (dicen privados) | faredes grand ragon
De les dar estas rentas | et encima galardón.
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓR. 125
252 Dige luego el rrey: | «A mi plaze de grado
De les fazer mercet: | que mucho han puyado
Ogaño las mis rentas». | Et non cata el cuytado
Que toda esta sangre | sale de su costado!. . i
Esta lastimosa pintura del caos, en que yacía la administra-
ción de las rentas del Estado, tiene complemento en las violen-
cias cometidas en su exacción, doradas con el servicio del rey, á
quien venden al par que lisonjean sus privados, oscureciendo á
sus ojos toda verdad y haciéndole aparecer como enemigo de
toda justicia. La travesura y venalidad de los validos, que
atienden sólo al engrandecimiento suyo y de sus familias en muy
contados dias, mueven el ánimo del Gran Canciller á comparar-
los con los mercaderes; linage de gente que olvidada de Dios y
de su alma, y teniendo por oficio la mentira, el engaño y el lo-
gro, vive avezada al perjurio, fecha cofradía con todos los dia-
blos. Al trazar este cuadro, salpicado de vigorosas pinceladas y
de gran precio bajo la relación interesante de las costumbres,
por encerrar notables documentos para la historia indumentaria
de Castilla "2, crece la indignación de Pero López hasta rayar
1 Los eruditos Asso y Manuel dieron á luz este interesante episodio en
éi Discurso sóbrelos judíos, puesto al final de su edición del Ordenamiento
de Alcalá, págs. 14S y 149. También lo reprodujimos nosotros en el cap. III
del Ensayo I de los Estudios sobre los judíos, bien que copiándolo del có-
dice Escurialense.
2 Y aun la historia de las relaciones comerciales que á la sazón tenia
la Península con los más renombrados mercados de Europa halla en este
episodio curiosos comprobantes. Las escarlatas de Brujas (Bruselas), las se-
das y paños de Roan, los brocados de Malinas y otras ricas telas que bus-
caba la opulencia de nuestros mayores en países extraños, eran objeto de
la excesiva codicia de los mercaderes, cuya rapacidad enciende la indig-
nación de Ayala. El docto investigador que se consagre á trazar la historia
de nuestro comercio en la edad media, le agradecerá sin duda que dejara
consignados estos hechos, así como el crítico y el filósofo pueden tomarlos
])or base para conocer el espíritu de aquellos dias.
124 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en el epigrama. Para acabar el retrato repugnante, pero verídi-
co, de los mercaderes, decia:
310 Fasen escuras las tiendas | et poca lumbre les dan;
Por Bruxas muestran Y])ré \ et por MeUina Roan,
Los paños violetas | bermejos paresgerán;
Al contar de los dineros, | las finiestras abrirán.
Tras las falacias de los mercaderes, repara el poeta en los le-
trados que tienen con el dinero sus más finos amores, trazando
con extremada fidelidad y frescura el cuadro de los enredos y
ficciones, de que se valen para empeñar en desastrosos pleitos á
los simples é incautos; artes que, sea dicho de paso, no han cal-
do todavía en olvido. El Canciller supone uno de esos pleiteantes
tímidos, pero apegados á lo que entienden que es su derecho, el
cual se presenta á un bachiller en decretos para pedirle consejo:
en veinte capítulos de las Cleraentinas y Decretales se halla con-
tradicha la pretensión y sólo uno la favorece; pero el bachiller,
que, según su medida, es uno de los más doctos del reino y que ha
consumido la herencia de sus padres en libros, le asegura que
obtendrá el fruto de sus deseos, pidiéndole desde luego veinte
doblas para rescatar un libro que tiene «en la villa empeñado, >i
porque sin él es imposible dar paso en la demanda. A punto de
abandonarla está el pleiteante, al escuchar la del bachiller: mas
tocándole este en la honra, le fuerza á entrar en contienda,
alargándose el pleito en tal manera que agotado el caudal y ven-
didos los paños y muebles para acudir á las costas, llega al más
alto punto su desesperación, al verse aniquilado y vencido. Im-
pertérrito el bachiller, le persuade no obstante que apele ante el
rey de la injusta sentencia; y pidiéndole muía, capa y mil reales
para el viage, se dirige á la corte, dejando al miserable cliente
hundido en la miseria. Tal era el ejemplo ofrecido á la continua
por los que tenian obligación de procurar la justicia: los que de-
bían administrarla, olvidados de que
3Í2 .... es virtud | atan noble et loada
Que castiga los malos | et ha la tierra poblada;
y desconociendo que
11." PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA IXN. ALEGUR. 125
247 Por el rey matar ornes j non le llaman jusfágiero,
Cá seria nombre falso, [ cá impío es carnicero;
Cá la muy noble justicia | nombre tiene verdadero;
El sol es de medio dia; | de la mañana lugero;
no solamente se manchaban con el pecado de la crueldad, rasgo
en que sin duda alude el Canciller á la época del rey don Pedro,
sino que caian en el crimen de la venalidad que llegaba á envile-
cerlos. Las siguientes estrofas revelan con triste verdad el esta^
do en que se hallaba la justicia:
350 Si touiere el malfechor | alguna cosa que dar,
Luego fallo veinte leyes, | con que le puedo ayudar,
Et digo luego: — Amigos, | aquí mucho es decuydar
Si deue morir este ome ] ó si deue escapar.
351 Si vá dando ó prometiendo [ algo al adelantado,
Alongarse há su pleito | fasta que sea espiado;
Et después en una noche | porque non fué bien guardado,
Fuyóse de la cadena; | nunca rastro le han fallado.
352 Si el cuytado es muy pobre | et non tiene algún cabdal.
Non le valdrán las Partidas | nin ninguna decretal;
¡Crucifige! ¡Crucifige!.. | todos disen por el tal;
Cá es ladrón manifiesto | et meresge mucho mal.
Al compás de la justicia y de la administración de las rentas
del Estado anda la administración y la justicia de los municipios:
alcaldes, regidores, escribanos, cuantos intervienen en la cosa
pública, cuantos logran alguna representación judicial, curan
sólo de enriquecer en un dia, sin que los arredre la infamia do
sus nombres ni el legítimo temor del castigo. El hombre honra-
do, sencillo siempre y fácil de engañar, cae á menudo en las
redes qne le tiende el malvado; idea que hace más sensible el
Canciller por medio de este breve apólogo:
381 ün orne vá por camino, [ solo et sin compañía;
Llégasele un ladrón, [ diciendo: — Señor, quería
Ser y vuestro compañero | et muy bien vos serviría;
Dise el simple: — A mi piase; | nunca vi tan buen dia.
120 HISTOniA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
382 El tiempo fué ya pasado | et muy bien lo aseguró;
El otro del se fía; | nunca del resgeló:
Con muía et con los paños, | desque dormido lo vio,
El ladrón se vá camino; | el cuytado allí fincó.
De estas escenas, en que se retratan las vejaciones, á. que vi-
ven sujetos los moradores de villas y de aldeas, pasa el poeta á
considerar los fechos del palacio, de que toma título el poema.
La descripción de estos fechos es en suma interesante y dramá-
tica. Ayala flnge que un antiguo servidor del rey, criado en su
corte, se ha visto forzado á salir de ella por algún tiempo para
cuidar de su casa: á su vuelta halla caido el bando á que perte-
necía y mudados los porteros, que le niegan la entrada en pala-
cio, siéndole én extremo difícil ver y hablar al rey, lo cual lo-
graba antes con frecuencia. Apelando al cohecho, y no sin propia
humillación, alcanza la entrada apetecida, á punto que saliendo
el rey de su consejo, se acerca á él con ánimo de presentár-
sele; mas desconociéndole ya el monarca, le vuelve las espaldas,
pidiendo á sus reposteros la ceüa. El antiguo palaciego hace un
esfuerzo, se llega al rey, como quien vá á morir, y manifestán-
dole que es su vasallo, que viniendo aparejado á la guerra, habia
ya tres meses que no recibía sueldo alguno y que tenia perdidas
sus bestias y empeñadas sus armas, obtiene sólo por respuesta
que le remita uno de los privados á los contadores que avian
carga de librar tales fechos. Mientras los porteros acuden á él
para solicitar la paga convenida, vacila el burlado palaciego res-
pecto del partido que debe tomar; y aconsejado por los mismos
porteros, cae al cabo en la cuenta de que únicamente podrá sal-
var aquella quiebra con el cebo del oro. Al propósito se hace pe-»
disecuo de uno de los privados, y lograda oportuna ocasión, le
comunica sus cuitas, rogándole que cobrados sus averes, le deje
por cortesía lo que fuere servido. Título de pariente le dá en
púbhco desde aquel instante el privado, y puesto de acuerdo con
los contadores, no menos venales que él, envíale á los mismos,
no sin recabar antes para sí la muía del mísero pretendiente. Los
contadores tienen en Valladolid los libros de caja, por lo cual no
pueden luego despacharle; pero esta nueva dificultad es vencida
11.^ PAUTE, CAP. III. PRUTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 127
con poner en sus manos el cobro de aquel servicio, y el estafado
acreedor es remitido á un Juan Nuuez, tesorero en Extremadura
quien le recibe con verdadera burla, manifestándole que lejos de
tener dinero de los contadores, le adeudan estos crecidas cantil
dades. Desesperado, al verse juguete de los oficiales reales, pide
testimonio por ante escribano de la negativa del tesorero; y ya se
disponía á partir de nuevo para la corte, cuando se le aparece un
judío en su posada, proponiéndole la venta de sus créditos^ único
medio posible de recoger alguna parte de los ya mermados ha-
beres.
No otras son las vicisitudes de los que toman vida de pala-
ciegos, alcanzando al mismo rey, si no la instabilidad que persi-
gue á los privados, al menos una opresión muy superior á la
pompa y grandeza que les rodea. Al fijar en él sus miradas, ex-
clama el Canciller:
476 Los reyes et los príncipes, | maguer sean generes,
Assaz passan en el mundo ¡ de cuy tas et dolores:
Sufren de cada dia | de todos sus seruidores
Que los ponen en enojo | fasta que tienen sudores.
477 En una ora del dia | nunca le dan vagar
Porque cada uno tiene ( los sus fechos de librar;
El uno lo ha dexado; ) el otro lo vá tomar.
Como si algún maleficio | ouiesse de confesar.
478 Non ha rincón en palacio | do non sea apretado,
Maguer Señor le dicen [ assaz anda aquexado:
Tales cosas le piden | que conviene forzado
Que les diga mentiras, | que nunca ovo asmado.
479 Con él son á comer [ todos en derredor;
Paresce que allí tienen | preso un malfechor:
Por tal cabo allí llega | que non puede peor
El que trae la vianda | dentro en el tajador.
Ostigado en tal manera, celado por físicos y capellanes, na
pudiendo llevar á la boca un solo bocado, sin que sea contado de
trescientos ornes, llégale antes de terminar la comida, un men-
128 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sagero con la nueva del levantamiento de una ciudad; y mientras
se dispone á pasar á su cámara para arbitrar el remedio, asáltale
su tesorero, diciéndole que está de todo punto exhausto el era-
rio; preséntansele sus caballeros, pidiéndole las soldadas de la
gente de guerra, con la amenaza de que se irán á buscar de co-^
mer, sin saber dónde; y llega por último un concejo, impetrando
á gritos la protección soberana contra los que roban sus ganados
y sus panes, subiendo la ferocidad hasta el punto de intimidarlos
con devorar sus hijos y quemar sus moradas. El poeta dice en
tal situación:
490 Anda el rey en esto | en derredor callado.
Pares Qe ques un toro | que anda agarrochado!...
Amigos (dis á todos), ( yo lo veré de grado. —
¡Dios sabe cúmmo el tiene I su corazón foliado!..
Para acudir al remedio de estos y otros males no menos apre-
miantes, convoca el rey las Cortes del reino, con el triste pre-
sentimiento para los pueblos de que pasados tres meses, caerán
en desuso las leyes que en ellas se promulguen, y de que
504 Dende adelante robe j quien más pudier á osadas.
Aun no ha despedido á los prelados, caballeros y procurado-
res, cuando recibe otro mensagero, el cual le hace saber que un
rey su vecino, se prepara á entrar en sus Estados en son de guer-
ra. Grande es la alegría de los caballeros que ven lograda en ella
la esperanza de su propio engrandecimiento: el rey quiere sin
embargo consultar su Consejo; pero con tan mala estrella como
desacuerdo en los pareceres. Por voto de los letrados debe apu-
rarse, antes de tomar las armas, la cuestión de derecho; para
los prelados sería mengua que cayese baldón alguno sobre el
reino y, cueste lo que costare, se ofrecen á ayudar al rey en la
guerra, aunque vendan los sombreros traídos de Aviñon; los ca-
balleros responden de su fidelidad con la de sus propios linages;
los hombres de las villas claman por la paz y piden al príncipe
que medite más detenidamente asunto de tal importancia.
II. ** PARTE, CAP. m. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALECÓlt. 129
512 El rey es muy mangebo | et la guerra querría
Cobdicia probar armas | et uer caballería:
De sueldo no se acuerda, | nin qué le costaría ;
Quien le aconseja guerra | mejor le paresgia.
La VOZ de guerra sale pues del Consejo, y mientras de uno á
otro confín del reino sólo se oye el ruido de armas y caballos,
mientras fatigan los astilleros y atarazanas los constructores de
barcos y galeras, y se aprestan los ingenieros de Burgos y los
pedreros á trazar máquinas y á forjar municiones, crece entre
el pueblo otro más hondo clamor con los nuevos pechos, derra-
mas y alcabalas que los hunden en la miseria, al paso que les
arrancan tal vez para siempre sus propios hijos. Próspero ó adver-
so el fln de la guerra, tal es para la nación su triste resultado,
levantándose en su vista el Gran Canciller á considerar los bie-
nes que trae consigo la conservación de la paz, porque
527 Esta fase venir | el pobre á grand altesa:
La pas fase ueuir | al rico en su riquesa;
Esta castiga al malo, | sin ninguna peresa;
Esta faze al bueno | durar su fortalesa.
52S Los reys que pas amaren, | su regno poblarán,
Los moradores del | asi enriquesgerán:
A los sus enemigos | con pas espantarán;
Thesoros bien ganados | con esta allegarán.
A largas consideraciones sobre los demás bienes que traen
consigo la paz y la justicia en el «gobernamiento de la repúbli-
ca», se entrega después el Canciller, no olvidando la integridad
de los jueces y la verdadera grandeza y magostad de los reyes,
cuyo poder se conoce en nueve cosas ^ , ni menos el saludable
1 Esta pintura empieza en la estrofa 603 del siguiente modo:
Nueve cosas yo fallo | con las que tu uerás
El grant poder del rey | que tu coiioscerás:
Las tres dende muy luefies | tierras entenderás;
Las seis son en el regno | que las aquí saLrás.
Tomo v. 9
130 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
concierto y mutuo respeto de las potestades civil y eclesiástica.
Al llegar á este punto, parece terminar el poema. Revelándonos
no obstante la triste situación en que se halla, al componer esta
parte de su obra, proseguía Ayala:
705 Quando esto escribía, | estaba muy aquexado
De muchas graues penas | et de mucho cuydado;
Con muy grandes gemidos | á Dios era tornado,
Rogándol' que quisiesse | acorrer al cuytado.
Pero López de Ayala yacía en efecto en una prisión oscura,
cargado de hierros y sin esperanza de lograr la ansiada libertad:
vencido del dolor, creíase olvidado de los suyos en tierra extraña,
elevando á Dios ardientes plegarias para que le sacase de aquella
tribulación, y poniendo por medianera á la Virgen María, cuya
piedad y misericordia invoca una y otra vez en bellos y sentidos
cantares. ¡Qué prisión era esta, en que padecia tan dura soledad
el alcalde mayor de Toledo?... Ateniéndose al epígrafe de uno
de los códices del Rimado, se ha dado por cierto que prisionero
de los ingleses en Nájera, compuso estos pasages y aun todo el
libro bajo el dominio del Príncipe Negro * ; mas sabiendo que
Las tres primeras consisten en la magnificencia de las embajadas, en
la pulcritud y elegancia de las cartas mensag-eras, y en la excelencia y
buena fábrica de la moneda. Las restantes estriban en que tenga bien mu-
radas y defendidas sus ciudades, en que sean sus palacios y alcázares muy
nobles y fermosos; en que sus oficiales sean honrados, jueces, merinos y
adelantados íntegros y justicieros; en que labre ricas capillas, dotándolas de
ornamentos y buenos capellanes; en que asistan á su Consejo ancianos,
caballeros, prelados, hombres buenos, doctores y letrados de probada hon-
radez, y finalmente, en que su casa, mesa y cámara ostenten verdadera
magnificencia, viéndose al par sus puertas ubres de gente baldía. Algo de
esto halló el Canciller en los libros indo-orientales, traídos á lengua vulgar
desde la época del Rey Sabio y puestos sucesivamente en contribución por
el rey don Sancho, Maestre Pedro y don Juan Manuel, conforme han visto
ya los lectores.
1 El códice que poseyó la casa de Campo Alange, de que se sacó la
copia de la Academia, tenia en efecto el siguiente título: <iEste libro fiso el
honrado caballero Pero López de Ayala, estando preso en Inglaterra, é
llámase el libro de Palacio. v Según observó Sánchez, que logró haberle
II.'' PARTE, CAP. III. PROTEXTA COMRA LA IX.V. ALEGÓR. 151
sólo estuvo en su poder breves meses, y reparando en que aun
no rescatado de la prisión, en que escribe los versos trascritos,
alude á la muerte de su padre, acaecida en 1585, no queda ya
duda alguna de que esta parte del Rimado fué escrita en el cas-
tillo de Oviedes, en donde le encerraron los portugueses tras la
batalla de AJjubarrota '. Ayala, poseído de profunda amargu-
á las manos, era un volumen en 4.°, escrito en papel, ya ealrado el si-
glo XV; pero como este erudito pareció sospechar, no pudo ser puesto dicho
epígrafe por el autor, sin que olvidase su propia historia. Careciendo de la
primera foja el MS. del Escorial, que es asimismo un tomo en cuarto ma-
yor, escrito en papel durante la primera mitad del expresado siglo, y que
tiene la marca h. i. 19-, no es posible determinar hasta qué punto llegó la
libertad del pendolista que trasladó el de Campo Alange, al poner dicho
título. Pero que Ayala no estuvo preso en Inglaterra el tiempo que se su-
pone lo dejamos ya probado con testimonios irrecusables, siendo muy vero-
símil que en los pocos meses de su primera cautividad no pasase de Bayo-
na, á donde llevó el Príncipe Negro sus prisioneros, y donde logró Beltran
Duguesclin la libertad, conforme después veremos. Debe tenerse en cuenta
que en dicha edad pertenecía á la corona de Inglaterra la ciudad expresa-
da, por lo cual pudo emplearse dicho nombre en sentido figurado.
39 Respecto del tiempo y la forma en que compuso López de Ayala su
Rimado, manifestamos hace años cierta opinión, que en virtud de nuevos
estudios admite algunas modificaciones. Indicábamos, en efecto, al dar á
conocer en el Semanario Pintoresco español (1S47, pág. 411 y sigs.) al-
gunos códices del Escorial, que dicho poema había sido escrito en gran par-
te durante la prisión de Ayala y que restituido este á España, se ocupó en
ordenar y compaginar las diferentes composiciones, de que ya constaba.
«Al verificarlo (añadíamos) procuró sin duda enlazarlas entre sí, y para
» conseguirlo hubo de añadir algunas estrofas intermedias, intercalando y
«citando algunos hechos históricos, sin notar que de esta manera alteraba
»la exactitud de sus relaciones y daba motivo á dudar de la certeza de sus
«palabras». Examinada con mayor detenimiento la cuestión y con presencia
de todos los datos que nos ministra el Rim,ado y los muy copiosos que hemos
reunido para la vida del Canciller, tenemos por cierto: 1.° — Que la primera
parte de la expresada obra, aquella que en realidad constituye el verdadero
poema, abrazando desde la confesión de Ayala hasta determinar el extrecho
consorcio que debe existir entre la potestad civil y la religiosa^ para bien del
Estado, estaba escrita antes de 13S5, y acaso antes de 13S3: 2.° Que todo
lo relativo á la prisión festr. 704 á 784 exclusive) fué compuesto en el
castillo de Oviedes, durante los quince meses que Ayala vivió allí entre
cadenas; 3.° Que lo restante del Rimado, en que dá ya cuenta de haber
152 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ra, pero alentado siempre de piadosísima esperanza, rompe en
aquella soledad el hilo de las meditaciones morales y políticas que
recobrado su libertad, según en el texto advertiremos, fué debido á los úl-
timos años de su vida y añadido al poema sucesivamente, — Fundamos el
primer aserto en dos importantes observaciones, á saber: 1.^ En que no se
hace mención de la cautividad una vez sola en las 704 estrofas que
completan el pensamiento fundamental, desenvuelto en el Rimado: 2.^ En
que la única fecha que en toda la referida parte se cita, es la de 1380, ma-
nifestando claramente el Canciller que no se habia dictado la ley que en
las Cortes de Segovia (1383) sustituyó á la Era del César el NasQimiento de
Cristo, «lo cual fué muy bien fecho et plogo á todos dello», (Crónica de
DON Juan I, cap. VI del año V), cuando al hablar de las nueve cosas en que
se conoce al rey decía :
606. La segunda si veen | su carta mensajera
En nota bien fermosa, ( palabra verdadera.
En buena forma escripia | et con fermosa cera,
Cerrada, bien sellada, | con día mes et era.
Apoyamos la segunda deducción, en que dada la batalla de Aljubarrota
en 14 de agosto de 1385, permaneció en la cárcel de Oviedes Pero López
de Ayala hasta noviembre del siguiente año; y muerto su padre á fines del
anterior [15 de octubre] ya entrado en los 80, aludia á su fallecimiento, al
dirigirse á las monjas de Quijana, para que interpusiesen sus oraciones,
á fin de lograr su libertad, del siguiente modo:
757 Señoras, vos las dueñas | que por mi y tenedes
Oración á la Vírger», I por mi la saludedes
Que me libre et rae tire | de entre estas paredes.
Do viuo muy quexado, ( segunt que uos sabedes.
758 Dios por la su gracia | me quiera otorgar
Que pueda con servicio | siempre galardonar
A vos et al raonesterio 1 et muchas gracias dar;
Lo que mi Padre liso ] muy mas acrecentar.
Ayala cumplió esta promesa en 1396, conforme prueba la nota de la pá-
gina 108 del presente capítulo, no habiendo duda en que estas estrofas y
todas las que se refieren después á la prisión se escribieron en 1386. — Res-
pecto del último punto, son prueba eficacísima las estrofas 784 y 785 que
ponemos á continuación j'en el texto y de no menor bulto la declaración que
hace el mismo Ayala, al escribir en la copla 811:
Oy son veynte et cinco años conplidos
Que por mal pecado comencó la cisma;
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 133
le habia inspirado el mundo, y procura mitigar sus dolores, acu-
diendo al sentimiento religioso como única fuente de consuelo.
Al levantar á Dios sus fervorosas súplicas, al solicitar la media-
ción de la Virgen, no es ya el Gran Canciller el poeta didáctico,
que condenando la corrupción de las costumbres, llega á esgri-
mir el azote de la sátira: su voz toma el acento apasionado de la
poesía lírica, como que sólo atiende á revelar el sentimiento in-
terior que le anima; sus versos pierden la monótona austeridad
de la quaderna via, y obedeciendo sus rimas el movimiento apa-
sionado de los metros menores ó de arte real, crúzanse en agra-
dable consorcio, recordando ya las cantigas del Rey Sabio, ya
las del Archipreste de Hita. Acaso, más tierno, aunque no menos
afligido que Juan Ruiz cuando las escribe ', acierta á comuni-
carles mayor frescura y gracia, confesándose, como Alfonso X,
devoto y constante trovador de la Yirgen -. Sirvan de prueba
pues constando, como el mismo Canciller expresaba en la copla 794, que el
cisma empezó en 1378, es evidente que en 1403 escribia esta postrera parte
del Rimado, á que añadió después hasta 590 estrofas. De esta demostración se
deduce otra prueba concluyente, en orden á no haber sido escrito ni el todo
ni parte del poema de Ayala durante su prisión en poder del Príncipe Ne-
gro: la batalla de Nájera se dio en abril de 1367; el cisma provino once
años después de la elección de Urbano VI; Ayala hace mención de tamaño
escándalo desde la estrofa 190, acabada su confesión, proponiendo en la
215 1a celebración de un Concilio para darla paz á la Iglesia. — Ahora
bien: ó Ayala hablaba movido de espíritu profético, ó el Rimado del Pa-
lacio fué comenzado después de 1378. Esta deducción nos parece indes-
tructible y basta á desbaratar cuanto se ha dicho, fundándose en el falso
epígrafe del códice que fué de la librería de Campo Alanje.
1 Recuérdese cuanto dijimos sobre el particular en el cap. XVI de
la II.* Parte. Ayala es sejnejante en esto a Fray Luis de León, Céspedes,
Mendoza, Cervantes y otros muchos ing'enios españoles. En la ternura apa-
sionada con que habla á la Vírg-en, se parece más que á otro alg'uno al can-
tor de la Noche Serena.
2 Así lo consigna él mismo en la copla 861 del. Rimado, di-
ciendo:
Siempre placer tomé I por toda la mi vida
Escribir loores | á esta señora coraplida.
El buen Canciller obedecía, al consagrar sus cantos á la Madre de Dios,
al sentimiento altamente religioso, que habia dado vida desde su cuna á la
154 HisiouiA crítica de la literatura española.
las siguientes estrofas, dirigidas íi Santa María la Blanca, fa-
mosa Imagen venerada en Toledo:
746 Señora mia, muy í'ranca.
Por ti cuydo yr muy (;edo
Seruir tu imagen Blanca
De la Eglesia de Toledo.
747 Quando me ueo quexado,
A tí fago mis clamores,
Et luego so confortado
De todos grandes dolores.
En tí son los mis amores
Efc serán con esperanga
Que me tires tribuíanla
Et me sirua muy más gedo.
Señora mia muy franca, etc.
Siempre oue deuocion
En la tu noble figura,
A quien fago oragion,
Quando yo siento tristura.
De mi quieres auer cura
Pues espero perdonanga
Por tí, et en olvidanga
Non me dexes yaser quedo.
Señora mia, etc. i .
musa cristiana, y que reflejándose en los himnos latino-eclesiásticos, sirvió
de base á la poesía española. Berceo, el Rey Sabio, el Archipreste de Hita...
todos los poetas castellanos de verdadero mérito responden á este llama-
miento de la devoción universal de nuestros mayores, bien que dando al
amor divino, que celebran en sus cantos, cierta expresión caballeresca y
aun profana, hija de las costumbres y de las creencias generales de aque-
llos dias, lo cual sucede también al Canciller mayor de Castilla. Verdad es
que esta manera de sentir el amor divino de la Virgen se propaga á tiempos
posteriores y arraiga entre los primeros poetas de nuestro Siglo de oro,
conforme oportunamente mostraremos.
1 La devoción del Canciller no se limitaba á una sola de las advoca-
ciones de la Madre de Dios: sus canciones y súplicas se dirigen al par á
las imágenes que se veneran en los santuarios de Rocamador, Guadalupe,
Monserrate y Toledo (Santa Maria la Blanca), ofreciendo ir á cada uno de
ellos en romería. En la copla 741 decía á la Virgen, por ejemplo:
II.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 135
Libertado de la prisión por los medios ya conocidos de los lec-
tores, consigna el Canciller la gratitud que debe al cielo, excla-
mando:
784 A Dios di muchas gracias \ que por su piedat
En estas mis grandes priesas [ muestsa su caridat;
Libróme de presión | et de la crueldat
Que pasé mucho tiempo | por mi mucha maldat.
785 Libróme de la cárcel | et de dura presión;
Gradésgolo á Dios ] que oyó mi deuocion,
Et tórneme á él, | faciendo mi oragion
Que me quiso acorrer | et darme contrición,
Al dejar el castillo de Oviedes, halla sin embargo agitada la
cristiandad por el terrible cisma que la traia conturbada. Tal ex-
Si de aqui tú me libras, | siempre te loaré;
Las tus casas muy sánelas I yo las vesitaré,
Monserrat et Guadalupe | et allí te serviré;
Aleando á ti las manos I muchas gracias daré.
En la 744 anadia:
Otrosi prometí | luego mi romería
^ A la Imagen Blanca | de la Virgen María
Que estaua en Toledo | et que allí me ofrecería
Con mis joyas et donas, | según que yo decía.
Los cantares se repiten, lograda la libertad del poeta, leyéndose en-
tre los últimos el ya citado á Santa Maña la Blanca y los que em-
piezan:
1 Señora, estrella lusiente (estrof. 830).
2 Señora, con liumildat (estrof. 842).
3 La tu noble esperanca (estrof. 863).
Es de notarse que según expresa Ayala, escribió crecido número de can-
tigas en esta época de su vida, sy quier fasta ciento (estr. 827) y que las
hizo retirado de la corte, después de fijar la fecha de 1403, conforme va
advertido. En la estrofa 829 dice al lector para disculpar la rudeza de sus
vérseles, que vivia en montañas, pareciendo indudable que alude á su re-
sidencia en el monasterio de, San Miguel del Monte, donde como sabemos
pasó los estíos en los últimos años de su vida.
136 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
pectáculo vuelve á despertar en él las ideas ya expresadas, al co-
menzar el Rimado, respecto de la necesidad de un Concilio, pa-
reciendo preludiar los dos que pusieron término á los males que
lamenta. Sobre este punto escribe é inserta un largo dictado,
compuesto en octavas de arte ó maestría mayor, en el cual exci-
tando á los príncipes cristianos para que procuren la paz de la
Iglesia, se dirige más principalmente al rey de Castilla, mostrán-
dole la nesesidad de que abrevie embajadas, tratos y vanas ra-
zones, á fin de llegar pronto al término apetecido ^. Sin duda
el poco fruto de sus instancias le aleja del terreno práctico de la
política, y acogiéndose al de la moral, recuerda que ba menester
armarse de paciencia para conllevar los sinsabores de la vida, to-
mando el alto ejemplo que le ofrece la de Job, cuyos Morales,
debidos á la pluma de San Gregorio, eran conocidos por él en la
lengua de Castilla ^. Glosando pues y moralizando sobre aquel
1 El referido dictado empieza en la estrofa 794 de este modo;
La nao de Sanct Pedro | pasa grant tormenta,
Que non aura dalla I para la ir acorrer, etc.
Las estrofas á que especialmente nos referimos, fueron publicadas por
los traductores de Boulterwek (pág. 150) y tienen los números 820 á 824-
Al terminar, dice al rey:
Señor, abreviat | las vanas rasones
Et aya la Eglesia | de vos este don.
Que non la lastimen [ falsas ocasiones,
Nin pase su lienpo | en tanto baldón.
Ayala habla aquí visiblemente con Enrique III y trata del segundo cis-
ma, promovido por la elección de don Pedro de Luna, hecha en 1394. En
13S1 habia sido reconocido solemnemente por Castilla, como leg-ítimo Vica-
rio de Cristo, el ya citado Clemente VII.
2 Véase la nota de la página 111. Después de mostrar en la estro-
fa 869 que en sus ratos de ocio se consagraba siempre á la lectura,
anadia:
870 Non podría yo atante | á Dios agradescer
Quantos bienes rescibo, | Sin yo los merescer;
Fallé libros Morales \ que fuera componer
San Gregorio Papa, 1 el qual yo fuy leer, etc.
11.^ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INX. ALEGÓR. 157
aplaudido libro, llega el Gran Canciller al fin de su Rimado del
Palacio, no sin que amplié á menudo la doctrina asentada en la
primera parte del poema i y trace nuevos cuadros, dignos de
los ya citados. Al tratar del efecto que produce la muerte, pro-
rumpe en estos notables versos:
;.Qué fué estonce del rico ( et de su poderio;
De la su vana gloria | et orgulloso brío'/...
Todo es ya pasado | et corrió como rio,
Et de todo el su pensar J fincó el mucho frió.
¿Dó están los muchos años | que avernos durado
En este mundo malo | mesquino et lazrado?...
Dó los nobles vestidos | de paño muy onrado?
Dó las copas et vasos | de metal muy presciado? ..
¿Dó están las heredades | et las grandes posadas.
Las villas et castillos, | las torres almenadas,
Las cabanas de obejas, | las vacas muchiguadas.
Los caballos soberbios | de las sillas doradas?...
Los fijos plasenteros | et el mucho ganado
La muger muy amada, | el thesoro allegado
Los parientes et hermanos | que 1' tenian com panado?.,.
En una cueua muy mala | todos le han dexado.
Bajo todos aspectos es pues el Rimado del Palacio viva
protesta contra las costumbres del siglo XIV, edad en que agi-
tan y conturban á la humanidad altas esperanzas y vituperables
extravíos. Tal vez, dominado de la indignación que excitan en
su pecho el universal olvido de los deberes y el uso continuo del
pecado, infunde á sus descripciones y pinturas excesiva severi-
dad, cargando la mano en el colorido. Mas si pudo Ayala exage-
rar los accidentes y perfiles, no por esto ha de ser tildado demal-
1 Para convencimiento de los lectores, citaremos la estrofa 13 18, en
que habla de la nobleza y dice:
La natura á todos | iguales nos engendró;
Mas nuestro fallimiento I ansy nos apartó, etc.
158 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITKRATUUA ESPAÑOLA.
diciente, mereciendo por el contrario el aplauso de la posteri-
dad el noble desinterés y la ejemplar abnegación, con que hace
ministerio de la parte más granada de sus dias la reprensión de
los vigios, sin que le arredre la elevación de las personas ni de
las clases, en quienes descubre el cáncer que amenaza devorar
á la sociedad española ^ .
Avaloran los más vigorosos y picantes cuadros aquella parte
del Rimado, que constituye en realidad el poema y fué escri-
ta antes de la famosa batalla de Aljubarrota; faltando desde este
punto la verdadera unidad del objeto, por más que haga el
Canciller interesante su prisión, al narrar sus cuitas y procure
dulcificarlas con los graciosos himnos á la Yírgen. Ni se enlaza
con mayor propiedad al principal asunto del poema cuanto
añade el Canciller, recobrada ya su libertad; lo cual ha sido
causa de que las moralidades y ejemplos, tomados de la vida de
Job, se hayan designado como obra distinta, aun por los escri-
tores que más se preciaron de conocer las de Ayala 2.
1 Sánchez manifiesta que «hablando Ayala del estado eclesiástico y
Dsccular, se dejó arrebatar de un celo extraordinario ó de algún mal humor
sque le dominaba, que no perdonó ni á las supremas potestades» (Colee.
de poes. cast., t. I, págs. 109 y 110). En efecto, el autor del Rimado apa-
rece arrebatado por el celo de la verdad y de la virtud, cayendo en mal
humor, al verlas tan mal paradas y perseguidas en sus dias. La autoridad
de sus palabras fué tan grande como la fidelidad histórica de los cuadros
por él bosquejados, y nunca es más digno de loa un poeta que cuando
pinta ó dice la verdad, pospuesto todo temor que apoque sus inspiraciones.
A esta exactitud de Ayala es debido el que, aun sin conocer del todo el Ri-
mado, uno de los más notables escritores alemanes, manifieste que le cua-
dra el título de Espejo de su tiempo (Clarús. t. I, pág. 434).
2 Tal sucede al erudito Floranes, quien en la Vida literaria del Canci-
ller que dejamos citada, después de mencionar el Rimado, con el título de
la.s Maneras de Palacio, y de hablar de otra composición dirigida á Alfonso
Sánchez Talavera, observaba: «Lloró también por todo un volumen de bas-
iitante extensión sus pecados, los daños del cisma presente, las calamidades
»y miserias del hombre, llevando por guía el sagrado libro de Job, que
«después expuso parafrásticamente» (Colección de Documentos inéditos,
t. XIX, pág. 184). Verdad es que Floranes declaró antes (pag. 119), que
no conocía del Rimado sino los fragmentos publicados por Asso y Manuel,
suponiéndolo todo él escrito en 1385 en la prisión de Oviedes.
II.'* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA liVN. ALEGÓR. 159
Pero estos defectos literarios del Rimado del Palacio, hi-
jos indudablemente de la azarosa inquietud del poeta, no des-
virtúan en modo alguno la idea generadora del mismo poema,
como no deslustran sus multiplicadas bellezas, ni oscurecen la
representación que hemos designado al Gran Canciller en la
historia de las letras castellanas. Al emplear la ya olvidada me-
trificación heróico-erudita, para dar á sus advertencias el vene-
rable aspecto de la antigüedad; al revestirlas de la forma didác-
tica y enriquecerlas con las fructuosas lecciones del apólogo ^,
no solamente rendia el tributo de su respeto á la tradición del
arte de Berceo y del Archipreste de Hita, sino que aparecía en
contradicción con los innovadores de su tiempo, inclinados hasta
el punto que veremos en breve, á la imitación italiana. Este an-
helo y generoso empeño trasciende también al estilo y lengua-
je del Rimado, imprimiéndoles cierto sabor arcaico, peregrino
ya respecto de las producciones de sus coetáneos y más nota-
ble todavía, cuando se repara en el esmero, que pone el mismo
Pero López , al cultivar el habla de Castilla en sus obras his-
tóricas 2.
1 Demás del apólogo que dejamos copiado, insertó Ayala otros tomados
de las vidas de los santos y aun de la Sagrada Escritura, en que se mostró
muy docto. Pueden servir de ejemplo el contenido en las estrofas 558, etc.,
que es la parábola del orgulloso, que narra el Evangelio y que es muy se-
mejante en sus fines morales al cuento de Doña Trufana del Conde Luca-
nor, y el comprendido desde la copla 564 hasta la 573, que refiere el mi-
lagro obrado por S. Nicolás, con un padre que tenia tres hijas, á punto de
perderse, y recomienda eficacísimamente la confianza que debe tenerse en
la Providencia. Sentimos no poder trasladarlos. El último ejemplo lo men-
ciona también el Dante en el canto XX del Purgatorio.
2 Justo nos parece notar respecto de los versos empleados por el Canci-
ller, expccialmente en aquella parte del Rimado del Palacio que constituye
el verdadero poema didáctico y en la que imita los Morales de Job, que si-
guiendo la antigua y primitiva tradición de la métrica heróico-erúdila, al-
ternó los octonarios, ó de diez y seis sílabas, con los pentámetros, ó de ca-
torce, no desechando tampoco los exámetros de quince, cuya aplicación
dejamos reconocida en diversos pasages de la presente obra. Al proceder
de esta manera, no pecó Ayala de ignorancia, como han dado á entender
los que condenan sus versos por irregularidad y rudeza. Sin el propósito
140 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Cierto es que, al escribirlas, cedia el Canciller á otro pen-
samiento de verdadero progreso intelectual, levantando sus mira-
das á la gran literatura latina, cuyas olvidadas reliquias, remo-
vidas en el suelo de Italia por el cisne de Valclusa y sus doctos
discípulos, empezaban á iluminar los horizontes del Renacimien-
to. La elevación de su carácter, la severidad de sus principios
y la madurez de su talento le llevaban al estudio de la histo-
ria: Tito Livio, que habia encendido en el pecho de Petrarca
profundo respeto hacia la antigüedad romana, le infunde tan
alta admiración que no contento con saborear sus pintorescas
narraciones en lengua latina, quiere también que lo posean en
la castellana sus compatriotas. Al traducirlo, no solamente se
familiariza con el brillante estilo del padre de. la historia roma-
na, sino que penetrando las grandes máximas del arte narrati-
vo, llevado por Livio á extremada perfección, abriga el deseo de
realizarlas, enriqueciendo la patria literatura.
Ofrecíale en verdad materia abundante y propia de un grande
historiador la apoca en que florece : habíase consumado en ella
la ruina de la dinastía fundada por Sancho IV sobre el usurpado
trono de Alfonso X, levantándose ahora el solio de un príncipe
bastardo sobre el cadáver del rey don Pedro, cuyos derechos
legitimaron en su padre los triunfos del Salado y de Algeciras.
(le conservar la tradición artística y sin el conocimiento de esa misma tra-
dición, no hubiera podido aspirar á trasmitirla á la posteridad, contrapo-
niéndola á las innovaciones que se autorizaban en su tiempo; y no es lícito
creer que el juez elegido pos los más afamados trovadores para decidir, co-
mo después advertiremos, de la excelencia de sus poesías, desconociese los
más sencillos rudimentos del arte. La misma acusación pudiera dirigirse
contra el Archipreste de Hita, pero con igual injusticia y falta de criterio.
En cuanto á los arcaísmos de estilo y de lenguaje, debemos notar que, de-
más de los que naturalmente provienen de la imitación de las formas lite-
rarias, se hallan no pocos relativos á la dicción, los cuales puede señalar
fácilmente en la lectura todo el que tenga hecho el paladar á la de los mo-
numentos de la edad media: tampoco dejará de advertir los que respectan á
la acepción sucesiva que tienen ciertas voces, punto de no escasa importan-
cia en la historia de las lenguas. Juzgamos impertinentes los ejemplos, co-
piados ya tantos pasages del Rimado.
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA IXN. ALEGÓR. 141
De larga y encarnizada contienda, cuyos horrores se reproducen
bajo multiplicados aspectos, había sido espectador y víctima el
pueblo castellano : al arrimo de las parcialidades que ambiciona-
ban el dominio del Estado, se agitaban altos y trascendentales
intereses, reproduciéndose con mayor fuerza que nunca la gran
lucha social y política, que ensangrienta una y otra vez los ana-
les de la edad-media. Corrompidas las costumbres en medio de
tanto estrago; mezclados en las discordias civiles, que agriaban
con su ejemplo los que tenían cargo de la paz y de la religión;
vencidos de sórdida venalidad los que debían egercer con celo
incorruptible la justicia, tomaba aquel extraordinario cuadro
grandes dimensiones , apareciendo digno del vigoroso pincel de
Tácito.
No alcanzó el Canciller Pero López de Ayala á imprimirle, en
su Crónica del Rey don Pedro, aquella terrible profundidad
que caracteriza los Anales del biógrafo de Agrícola, porque no
podía decir, como él: procul causas habeo; y por más que en el
Rimado del Palacio, se elevase sobre todos los intereses de la
tierra, ganando reputación de austero moralista, — al tomar pla-
za de historiador, érale forzoso recordar que había sido parte y
espectador de los sucesos que narra, no pudiendo por tanto co-
locarse á la distancia conveniente para contemplar la grandeza
del cuadro, en que se dibujaba también su figura. Falto pues de
punto de vista, desde el cual abarcase de una sola mirada el
vario conjunto de aquel difícil y complicadísimo período; dominado
á pesar suyo por el espíritu y el interés de la clase, á que perte-
necía; llevado finalmente del ejemplo de los cronistas que le pre-
cedieron, utilizaba el del rey don Pedro sus estudios de Tito Livio
bajo la relación simplemente literaria, y fijándose en los porme-
nores, exponíalos con inusitada brillantez, bien que revistiéndo-
los á veces de tal colorido que han llegado á tenerle por sospe-
choso y parcial no pocos escritores nacionales *.
1 No es en verdad escaso el número de escritores que han mostrado
estas dudas^ desde que fué retocado en ig-ual sentido el Memorial del des-
pensero de la reina doña Leonor, según veremos en breve: todos ó casi
142 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Verdad es que esta acusación se funda más principalmente
en la conducta de Pero López de Ayala, como vasallo que aban-^
dona á su rey que en los hechos por él narrados en la Cró-
nica de don Pedro : comprobados estos en su mayor parte por
nuestros más doctos historiadores, no es ya lícito poner en duda
la honradez y veracidad del cronista, cualquiera que sea el jui-
cio que forme la crítica sobre las causas que los produjeron y
su trascendental representación en la historia de la civilización
española i. Ni de la sevicia de los que han exagerado la cruel-
dad del hijo de Alfonso XI, ni de las acaloradas defensas par-
ciales que aquella ha producido, puede ser responsable el Gran
Canciller de Castilla.
todos se han fundado después en el testimonio ¡nteresatísimo de don Fran-
cisco de Castilla, tercer nieto no leg-ftimo del rey don Pedro, que en un poe-
ma escrito en 1517 y titulado: Práctica de las virtudes de los buenos reyes
de España, que mencionaremos oportunamente, atendió a vindicar la memo-
ria de su progenitor, escribiendo aquellos famosos versos que empiezan:
El gran rey don Pedro | que el vulgo reprueba.
Por selle enemigo ( quien bizo su historia, etc.
Apoyado por el interés de su sobrino don Dieg-o de Castilla, deán do To-
ledo en 1570, y seg'undado, con poca sinceridad y no grande amor de lo
cierto, por el doctor Pisa (Descripción é Historia de Toledo, L. lY, c. 24);
por el maestro Fernando de Ávila (Arbitro entre el Marte francés y las vin-
dicias Gálicas, pág-. 55), por el entendido Ximena {Anales eclesiásticos y
seglares de Jaén, pág. 357), por Alvia de Castro {Memorial político por la
ciudad de Logroño, págs. 4S y 49), Berganza {Antigüedades de España,
t. II, pág. 207) y otros muchos, llegó á hacerse moda la tarea de acusar á
Ayala de calumniador, moviendo al cabo al erudito Floranes á salir en su
defensa con la Vida literaria del Canciller, donde si se excedió á menudo
en las alabanzas, se mostró celoso de la verdad, desvaneciendo los errores
de unos y la poca sinceridad de otros. Los argumentos y las pruebas de
Floranes han sido reproducidos con nueva y mayor fuerza lógica, en varios
artículos, dados á luz por don Antonio Ferrer del Rio en la Revista española
de ambos mundos, (t. IV, págs. 5, 129 y 257).
1 Yeáse el discurso preliminar, que puso Zurita á sus Enmiendas y ad-
vertencias á las Coránicas de Ayala, reproducido por Llaguno y Amírola
al frente de su edición de la del rey don Pedro.
II.* PARTE, CAP. III. PUOTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 145
Sin que fuese el primero de los cronistas castellanos, como
ha dicho aventuradamente un renombrado escritor de nuestros
dias 1, era pues el primero que tomando directamente por mo-
delo un historiador de la antigüedad clásica, realizaba, como
cultivador de la historia nacional, las aspiraciones de los erudi-
tos hacia el estudio del mundo antiguo, ya iniciado en la lite-
ratura castellana bajo diferentes aspectos 2. Ayala escribe, de-
más de la Crónica del Rey don Pedro, las de don Enrique 11,
don Juan 1 y don Enrique 111, en cuyas meritorias vigilias
llega á sorprenderle la muerte ^: en todas estas obras es claro,
conciso, elegante más que otro alguno de los escritores de su
tiempo: en todas resplandece el decoro de la narración, la pureza
y frescura del lenguage ^, la sencillez del estilo, sin que asome
1 Villemain: este crítico, tan celebrado de sus compatriotas, pone á
Pero López de Ayala como el primero de los cronistas castellanos, desco-
nociendo todo el desarrollo histórico que hasta la época del Canciller habia
tenido nuestra literatura (Tablean de la Litterature au moyen age,
lect. XVI). El error es de tal bulto que no ha menester ser refutado, después
de loé estudios que llevamos hechos.
2 En orden á los estudios históricos, juzgamos oportuno recordar cuanto
observamos, respecto de su inclinación al conocimiento de la antigüedad,
en el cap. XfX de la lí parte.
3 De la Crónica de Enrique III sólo llegó á componer los seis primeros
años, habiéndola dejado incompleta «por ocupación, de vejez ó por la do-
lencia de que finó», según expresa Alvar García de Santa María en el pró-
logo de la de don Juan II. En varios MSS. se suplió lo restante del reinado
hasta la muerte del referido don Enrique; pero con simple carácter de apun-
tamientos anuales, como puede verse en la edición de Llaguno (págs. 582 y
sigs.). De aquí provino sin duda que algunos escritores, y entre ellos Juan
Pérez de Vargas en su Nobiliario, juzgasen que el Canciller llegó en sus cró-
nicas hasta el fin de dicho reinado, lo cual sustentó Ramírez de Prado en la
dedicatoria de las Emiendas de Zurita. Aun cuando esto no pueda demos-
trarse, es indudable que el propósito de Ayala fué acabar la obra empeza-
da, y que sólo la muerte desbarató su intento.
4 Debemos advertir no obstante que hallamos en las crónicas algunos
galicismos que denotan, desde luego que no se vio libre el Canciller de la
influencia de los libros franceses que de continuo leia, ni del trato que tuvo
con los aventureros y aun con los cortesanos de Carlos IV. Entre otros mu-
144 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en ella ni aun remotamente aquella pedantesca afectación, que
algún tiempo después caracteriza la prosa de los más notables
escritores castellanos, que se precian de imitar en sus produc-
ciones las elegancias latinas.
Dotes son estas que han ilustrado el nombre del Gran Canci-
ller, conquistándole el constante aplauso de nuestros eruditos
y la consideración de los extraños ^; pero si avaloran todas las
crónicas de Ayala, en ninguna brilla tanto como en la del Rey
don Pedro el noble empeño de aclimatar en la literatura patria
el florido pincel de Tito Livio, empresa que heredan de sus ma-
nos nuestros más esclarecidos historiadores. Animado aquel tur-
bulento reinado por el interés de las grandes catástrofes que en
él se consuman, fué dado al Canciller, siguiendo las huellas del
historiador de Roma, dar á conocer y bosquejar el carácter de
los numerosos personages, que figuran en su historia, por medio
de arengas y de cartas, muchas veces oportunas y escritas siem-
pre con loable sobriedad y maduro juicio. El Principe Negro,
chos ejemplos que pudiéramos citar, bastarán las voces rendición por res-
cate, finanza por hacienda, etc., tomados visiblemente de rengon y de
finan ge.
1 El dilig:ente Floranes enumera al final de la Vida literaria del Can-
ciller los escritores que le elogiaron hasta fines del siglo XVIÍ, catálogo
que pudiera fácilmente duplicarse desde aquella fecha. Compréndense en el
mismo hasta treinta y tres autores, entre quienes figuran los respetabilísi-
mos nombres de Alvar García de Santa María, Fernán Pérez de Guzman, el
Marqués de Santillana, Marineo Sículo, Garibay, Ambrosio de Morales,
Mariana, Santotis, Colmenares, Pellicer, don Nicolás Antonio y Ortiz de Zú-
ñiga. De todos estos testimonios parécenos muy digno de tenerse en cuenta,
por la naturaleza de su autor, el debido á Marineo Sículo: «Fuit (dice)
«praeterea et liberalium artium atque disciplinarum omnium percupidus
«Philosophiae namque et historiarura libros libentissime lectitabat, et ma-
))xime Titum Livium, aliosque libros qui de romanorum rebus gestis sua-
«vissime scripti fuerunt. ídem moralis philosophiae et divi Gregorii ele-
wgantíssima opera semper in manibus habebat» (De fíebus Hispaniae
Memorabilibus, lid. XXIII, fol. 151). Respecto de otros escritores extraños
notaremos, que desde Bouterweck hasta Ticknor, apenas se hallará uno que
no le tribute análogos elogios , como cronista y cultivador de la prosa
castellana.
II. * PARTE, CAP. III. PROTRXTA CONTRA LA INN, ALEGÓ15. 145
Beltrandu-Guesclin y los principales caballeros que militan, ya en
el campo del rey don Pedro, ya en el de don Enrique, revelan por
los discursos que pone en sus bocas el historiador y por las
epístolas que dirigen á sus amigos y á sus adversarios, las ideas
caballerescas y el espíritu aventurero que los animan, producien-
do singular contraste con la gravedad de los españoles.
Sin duda esta forma expositiva, altamente dramática y reser-
vada en los tiempos modernos más principalmente para la novela,
era ocasionada al abuso, al ser imitada de los sucesores de
Ayala; más lícito es observar que al seguir el ejemplo de Livio,
así en la Crónica del rey don Pedro, como en las de don Enri-
qiie y sus herederos, no llega este artificio literario á deslustrar
la sencillez de la narración, contribuyendo en cambio á delinear
con más vigor y exactitud los caracteres históricos. Para prueba
de esta observación, trasladaremos aquí el pasage, en que nos
refiere la gallarda y caballeresca porfía, habida entre el Príncipe
Negro y Beltran du-Guesclin sobre el rescate del último, preso
en la batalla de Nájera.
«Después que fué preso (dice el Canciller), fizóle mucha onra; et
wquando partió de Castilla, leíaólo consigo á Burdeus. Et estando allí,
wMosen Beltran fizo decir al Príncipe que fuesse su mercet de le mandar
»poner á rendición; ca non complía á su servigio estar él así en la pre-
wsion et que mejor era levar del lo que pediese pagar. Et el Príncipe
wouo su consejo que por quanto Mosen Beltran era muy buen cauallero
Mque seria mejor, durando la guerra de Francia et de Inglaterra, que es-
wtoviese preso et que mas valia perder la cobdicia de lo que podia mon-
Mtar su rendición que librarle. Et fizóle dar esta respuesta al dicho Mo-
))sen Beltran; et cuando Mosen Beltran lo oyó, dixo así al cauallero que
«esto le dixo de parte del Príncipe: — «Dezit á mi señor el Príncipe que
wyo tengo que me faze Dios et él muy grant gragia, entre otras muchas
))onras que yo oue en este mundo de cauallería, que mi langa sea tan
«temida que yaga en presión durante las guerras entre Francia et In-
wglaterra, et non por ál. Et pues así es, yo tengo por onrada mi presión
«más que la mi delibranga: et que sea gierto que yo gelo tengo en merget
))muy señalada, ca todos aquellos que lo oyeren et sopieren, ternáu que
))rescibo dende muy grant onra. Et el bien et prez de caualleria en esto
))vá; cá la vida ayna pasa.
»Et el cauallero dixo al Príncipe todas estas razones que Mosen Bel-
wtran dixera, et el Príncipe pensó en ello et dixo: — Verdad dige: it et
Htornat á él et dicilde qvie á mi place de le poner á rendición et que
Tomo v. 10
146 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
))la contia que él dará por sí, que sea tanta quanta él quisiere, et más
«non le demandaré: et si una sola paja promete por sí que por tanto
))le otorgo su delibranza». — Et la entengion del Príncipe era esta: que
»si Mosen Beltran dixesse que por cinco francos quería salir de pre-
wsion, que más non le demandasse, ca por quanto menos saliesse, menos
))onra leuaua ; et que entendiese Mosen Beltran que non le detenía el
«Príncipe por otro temor que del ouiesen los ingleses et quél podia bien
«escusar sus dineros. Et el cauallero tornó á Mosen Beltran et díxole:
— «Mi Señor el Príncipe, vos envia decir que su voluntad es que vos
wseades libre de la presión et que vuestra finanza sea tanta contia quan-
»ta vos quisieredes et dixeredes, et que más non pagaredes, aunque
))más non prometades que una paja de las que están en tierra. Et que
))esto sea luego». Et Mosen Beltran entendió bien la entencion delPrin-
Bcipe, et dixo: — «Yo le hé en merget á mi Señor el Príncipe lo que me
wenvia á degir; et pues si así es, yo quiero nombrar la contia de mi fi-
«nanza»,
))Et todos coibdaban que se poruía en alguna pequeña contia, ca Mo-
))sen Beltran non auía en el mundo si non el cuerpo, Et dixo Mosen
«Beltran así: — Pues que mi Señor el Príncipe es así franco contra mí,
»et non quiere de mí salvo lo que yo nombrare de finanza, decidle que,
«maguer só pobre cauallero de contia de oro et de monedas, pero que con
«esfuerzo de mis amigos yo le daré cien mili francos de oro por mi cuer-
«poet que desto le daré buenos recabdos«. — Et el cauallero del Príncipe
«tornó á él muy maravillado et díxole: — «Señor, Mosen Beltran es rendi-
»do á su uoluntat et ha nombrado su finanza.» — Et el Príncipe le pre-
«guntó — ¿Qué contia?... Et el cauallero le dixo: — «Señor, Mosen Beltran
«dice que uos tiene en merget todo lo que le enviastes dezir en razón de
«su finanza; et dice que como quier que él sea pobre cauallero en oro et
«en moneda, empero que con esfuerzo de sus parientes et amigos él vos
«dará cient mili francos de oro por su persona et que desto vos dará bue-
«nos recabdos». — Et el Príncipe fué marauillado, primeramente del
«grand coragon de Mosen Beltran, otrosí dónde podría auer tanta con-
«tía, etc.» í.
Nadie habrá que, leyendo este pasage, no forme cabal idea
de los diversos caracteres del Príncipe Negro y del aventurero
du-Guesclin, tal vez con mayor seguridad que si el historiador
se hubiese detenido largamente en la pintura de uno y otro.
Mas no por que se inclinase Ayala á este género de descripcio-
1 Crónica del Rey don Pedro, cap. XVIII del Año XVIII.
Il/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓK. 147
nes, desconocía el arte de bosquejar directamente los personajes
que en su narración figuraban: los ejemplos no escasean en las
cuatro crónicas; pero sin apartar la vista de la del Rey don Pe-
dro ni del mismo principe, bien puede presentarse, cual modelo
de enérgica y elegante concisión, el retrato que encierran estas
breves líneas:
«Fué don Pedro asaz grande de cuerpo et blanco et rubio et ceceaba
))un poco en la fabla. Era muy cazador de aves. Fué muy sofridor de
«trabajos. Era muy temprado et bien acostumbrado en el comer et be-
wber. Dormía poco et amó mucho mugeres. Fué muy trabajador en guer-
))ras. Fué cobdigioso de allegar tesoros et joyas tanto que se falló des-
))pues de su muerte que valieron las joyas de su cámara treinta cuentos
wen piedras preciosas et aljófar et baxilla de oro et de plata et en paños
»de oro et otros apostamientos, etc. i.
Quien en tan contados rasgos transferia la figura, los afectos
y las costumbres de un personage de la magnitud del rey don
Pedro, no era ciertamente indigno de la empresa que había
echado sobre sus hombros, al cultivar la historia patria. Críticos
hay sin embargo para quienes, al ser comparadas sus crónicas
con la Estoria de Espanna del Rey Sabio, escrita un siglo an-
tes, «carecen del encanto de aquella poética credulidad que se
complace más bien en las dudosas tradicciones de gloria que en
los hechos más auténticos» ^. Pero no dirigiremos nosotros car-
go alguno al Canciller, por no haber impreso en sus obras histó- .
ricas el sello tradicional que distingue los primitivos monumen-
tos de nuestra Hteratura y que resplandece en las Estorias de
Alfonso X: llamado á la vida actual de Castilla por la importan-
cia de los sucesos que acaecen á su vista; abierto ya con las cró-
nicas de los cuatro últimos reyes, y en especial con la del con-
quistador de Algeciras, el camino que debía seguirse respecto
de la historia contemporánea, no era lícito á Pero López alterar
í Id. cap. VIII del año XX y último.
2 Ticknor, I.* Época, cap. IX.
148 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍÑOLA.
el espíritu de los hechos por él narrados y conocidos general-
mente por sus lectores.
La exposición histórica habia perdido en verdad no pequeña
parte del atractivo é interés que le comunicaban las relaciones,
hijas de las creencias y de los sentimientos de la muchedumbre;
pero en cambio cobraba mayor autoridad y riqueza en los por-
menores , circunstancias ambas que se cumplen en las Crónicas
del Canciller, á quien por otra parte no puede negarse el cono-
cimiento de la antigua historia de Castilla. Demuéstranlo así los
primeros caj^tulos de la del Rey don Pedro y las diferentes
arengas ó discursos, que pone en boca de los principales perso-
najes de la misma y de las tres siguientes, documentos en que no
sólo hace gala de razonable caudal histórico, sino de claro y pro-
fundo juicio "•.
1 Véase el cap. V del Año VII de la Crónica de don Juan I, y el no
menos notable del año VIII de dicha Crónica, señalado con elnúm. X. Son
asimismo dignos de mención los capítulos I, XIV, XVII, XVIII y XIX de la
del Rey don Pedro, si bien abundan en notables errores, relativos á las anti-
güedades españolas, de que tratan. Debemos advertir aquí que en orden á es-
tos pasag-es es conveniente consultar los códices originales, así como también
respecto de todas las crónicas de Ayala. Cierto es que después de la edición
de Llaguno, quien tuvo presentes los más notables MSS. del Escorial y el
que habia sido propiedad de Zurita, recobraron las historias del Canciller
casi toda su primitiva pureza, enmendados los desaciertos cometidos por los
antiguos editores ; pero aun así y todo parecercános siempre acertado el con-
sultar los códices más antiguos, á fin de formar cabal idea de ciertos acci-
dentes de estilo y de lenguage, que imprimen verdadero carácter á las obras
de la edad-media. Si el docto Conde hubiera hecho este detenido examen,
no habría caído, al escribir el Informe arriba mencionado, en el error de dar
por obra de Ayala la Continuación (como él dice) de la Crónica de Espa-
ña, ni la Traducción de la crónica del Arzobispo don Rodrigo y sus adi-
ciones hasta don Sancho; obra que es sin duda la Crónica general de Cas-
tilla, ya antes examinada. En cambio hubiera reconocido, con Zurita, la
existencia de la Crónica Abreviada, tan útil para la ilustración de la que
aquel docto historiador apellida Vulgar y tan semejante á ella en todas las
dotes y condiciones literarias, que brillan en Ayala. Demás de los códices
que cita Llaguno, no son indiferentes los marcados en el Escorial X. ij. 1
y X. ij. 5 respecto de las Crónicas de Juan I y Enrique III.
11.^ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. J49
Mas si todavía pudiera dudarse de este aserto, bastaría á
confirmarlo, por lo que respecta á la antigua historia de Casti-
lla, la que el mismo Canciller escribió en 1398 del linage de
Aijala et de las generaciones de los señores que fueron del, obra
en que conducido por el interés de familia, se remonta á la ir-
rupción sarracena para teger sus genealogías K Seguía al escri-
birla, el intento ya manifestado por su padre, quien «como era
»tan grand cauallero et tan entendido et mesurado en todos sus
«fechos, et se pagaba de decir bien et apuestamente, et otrosí
»de alcancar noticias de letras et de estorias de cosas nobles et
«grandes que en el mundo oviessen pasado...., fuera siempre en
«imaginación de aueriguar los fechos de sus pasados et la prez
«et la onra que ovieran alcancado, et quáles auian ellos seydo
«desde el primero, et qué cosas nobles flcieron en sus tiempos et
«cómo los cataron los reyes sus señores et quál estado et parien-
«tes allegaron».
Para dar cima á esta idea, había puesto Fernán Pérez de
Ayala «en romance de su tiempo» cierta «antigua esci'iptura»,
debida á don San Yelazquez, «un muy grand cauallero de los de
Ayala» ; y armado de ella y allegando otras «escripturas, in-
quisiciones ciertas et relatos de los passados » , acometía Pero
López la empresa de escribir la Historia de su casa, que le ha
ganado alta reputación entre los genealogístas, y le asegura en
realidad puesto muy señalado entre los cultivadores de las an-
tigüedades españolas. El Gran Canciller de Castilla mostrábase
por demás pagado del asunto, «cá avedes de saber (decía) que
«grande cosa. Dios loado, fué antiguamente este linage de los
«de Ayala; et muchos altos señores et nobles generaciones et
«buenas, también de Castilla como de otras partidas, estiman
«auer comienco de él, por ser él tan antiguo et los sus fechos
«muy notables«. Respetando esta declaración, que tanto halagaba
el orgullo aristocrático de Pero López, lícito será no obstante ob-
servar que nadie hasta su tiempo había ilustrado, como él, la es-
1 Floranes, Vich literaria del Canciller, Parte 111/'', pág. 455.
150 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tirpe y nombre de Ayala; pudiendo decirse con entera justicia
que se llevó irás sí antes y después toda la gloria de su linage,
por su esclarecido talento y por el mérito de sus producciones
literarias.
Una de las más interesantes que salieron de su pluma y que
no ha visto aun la luz pública, es el Libro de Cetrería, escrito
en 1386 durante su enojosa prisión en el castillo de Oviedes, y
dirigido al obispo de Burgos, don Gonzalo de Mena, su parien-
te, y maestro en esta peregrina arte ^. Y decimos de las más
interesantes, porque refiriéndose á una de las costumbres más
pintorescas y generalmente recibidas entre los magnates de la
edad-media, atesora curiosas noticias que en vano buscaríamos
en estos monumentos, las cuales son del más grande efecto para
comprender parte no despreciable de la vida de nuestros mayo-
res. Siguiendo las huellas del Rey Sabio y de don Juan Manuel,
á quien expresamente cita repetidas veces 2, muestra que escri-
be «una pequeña obra para egercicio de los omes, por los tirar
»de ocio et malos pensamientos, et que puedan auer entre los sus
»enojos et cuidados algund plazer et recreamiento sin peccado». .
1 En algunos MSS. se loe el nombre de don Gonzalo de Nieva; pero
con error de copia. Don Gonzalo de Mena, á quien llama Cartagena Gundü
salvus Tertius, cognomento de Vargas, y otros apellidan también Rodas, fué
elevado á la de Burgos desde la silla calagurritana en dicho año de 138G,
ó fines del anterior (Florez, Esp. Sagrada, t. XXVI, pág. 364 y siguientes):
por manera que constando de la dedicatoria que «Pero López de Ayala, su
humil pariente et servidor» lo escribió «en la grand coyta et qucxa» que
tenia «en la prisión do estaba (do esto, dice), no puede haber duda en que
el Libro de Cetrería fué compuesto en los diez meses y medio de dicho
año, que permaneció en el cautiverio de Aljubarrota.
2 Para prueba de que aprovechó Ayala las observaciones de don Juan
Manuel, á quien conoció tal vez siendo muchacho, pues contaba cuando
falleció aquel príncipe quince años (y no como dice Ticknor cincuen~
ta, Trad. cast. t. I, pág. 187), citaremos los siguientes palabras: «Deciadou
»Johan Manuel, fijo del Infante don Manuel et señor de Yillena, que fué
»muy grand señor et era muy cacador et muy sotil en esta sciencia de las
«aves, que grand differcncia avia de querer cacar a ser sabidor dcUo en las
xrogir et facer los aves» (cap. I). Esta idea se halla cu efecto on el Libro
de la Ca^a, antes de ahora examinado.
Il/ PARTE, CAP. III. PROTEXTA COMRA LA INN. ALEGÓR. 151
Para componerla, consultó los escritos que «departían de las
aves», y tomando de ellos lo que «más cierto falló» y concer-
tando las «opiniones de los cazadores» con la experiencia que
«deste fecho probó et vio et aprendió, así de los plumajes como
«naturas et condiciones de las aves», dividió el Libro de la Ce-
trería en cuarenta y siete capítulos ^ , en los cuales expuso
las reglas que debían observarse, ya en la cría de azores, fal-
coues, gavilanes, esmerejones y alcotanes, ya en la elección y
enseñanza de los falcones, baharies, tagarotes, gerifaltes, sacres,
borníes y alfaneques, ya finalmente en el cuidado de sus enfer-
medades y de sus raudas.
Magnificencia de señores era el tener aves y cazar con ellas
en el campo: este ejercicio desterraba el ocio y fortificaba el
cuerpo, preparándolo para las fatigas de la guerra: apenas se
contaba en Castilla y fuera de ella personage digno de respeto
que no pudiera pasar por extremado en tal arte, complaciéndose
1 No todos los códices que hemos consultado, ofrecen la misma divi-
sión, lo cual es sin duda efecto de la poca exactitud de los trasladadores.
En la Biblioteca Nacional se custodian hasta tres MSS. de este precioso li-
bro, señalados L. 149, L. 176 y L. 197, y todos tres difieren en este pun-
to. El más completo es sin duda el L. 149, que sirvió tal vez á don Blas
Nassarre (á quien perteneció el 197) para reponer algunas lagunas que en
el mismo existían, seg-un declara en nota puesta en 1734. Al final de estos
dos códices hay otro tratado, que es una especie de colección de aforismos
ó máximas sobre volatería con este título: «Esto es lo que han menester
»los falcones et las aues para ferlos al ayre, quando ome los ha bravos et
^salvages.» — Los referidos MSS. están en papel y son copias muy posterio-
res á Ayala. No sabemos el paradero de los códices que Sánchez (Poesías
Castellanas, t. I, pág. 107) vio en las librerías de Campo Alange y de Lla-
guno. La Academia de la Historia guarda un estimable ejemplar en su bi-
blioteca: en la del Escorial hemos registrado el que lleva la marca U. ij. 19,
que trata en seis libros de Cetrería, dando á conocer toda ralea de falco-
nes, su cria, su enseñanza, alimento, suertes de caza en que se emplean, sus
enfermedades y física (curación) de los mismos. Es un tomo en folio, escri-
to en papel ceptí, á dos columnas, de letra del siglo XV; pero muy distin-
to en su redacción de los libros de don Juan Manuel y de Ayala, y no se-
mejante al de Juan de Fagunt, falconero de don Juan II, que adelante reco-
noceremos.
152 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
el Gran Canciller en mencionar expresamente aquellos que lo-
graban mayor fama de graneles cazadores: «Primeramente (de-
«cia haber conocido) en Francia á don Phelipe, fijo del Rey de
«Francia, duque de Burguña et conde de Flandes et de Artoys,
»et al conde de Franquera villa; et en Aragón al vizconde de Illa
»et á don Pedro Jordán de Urries, mayordomo mayor del rey
»de Aragón, et á, don Pedro Fernandez de Ixar, i'ico-ome. Et en
«Castilla que dixo (de la caza) á don Juan, fijo del Infante don
«Manuel, señor de Villena, et á don Gonzalo de Mena, obispo de
«Burgos et á don Enrique Enriquez, et á don Juan Alonso de
«Guzman, et á Remir Lorenco, comendador de Calatrava, et á
«Garcia Alonso de Vega, cauallero de Toledo, et á Johan Marti-
«nez de Yillazan, alguacil mayor del rey, et á don Fernán Gómez
«de Albornoz, comendador de Montalban; et lo que dixeron dos
«falconeros, el uno del rey don Fernando de Portugal, que de-
»zian Pedro Minino, et el otro Pedro Fernandez, falconero del
«rey don Pedro», que los acreditaba asimismo de muy peritos
en aquella arte ^.
Con la experiencia de todos estos insignes cazadores de aves
y su propia experiencia, logró pues el prisionero Ayala escribir
un libro, útil para aquellos de sus coetáneos que se egercitaban
1 Cap. I. Respecto de otros famosos cazadores y falcones son muy cu-
riosas las noticias que nos ha conservado Ayala. Hablando de los tiempos
de don Pedro de Castilla, decia: «Yo vi al rey don Pedro un falcou baharí
»et mallorquíque le llamaban Donzella; et traíalo un su falconero quelUa-
»raaban Alfonso Méndez... Et yo vi un baharí sardo del rey don Pedro, que
«tenia Ruy González de Illescas, comendador de Santiago, que era su fal-
«conero... et vi al rey don Pedro un targarote quel traia un falconero quel
«dezian Juan Criado, et llamaban al falcon Botafuego (cap. III). Yo vi al
>;rey don Pedro un torzuelo que fuera de Garcilaso de la Vega, et Uamavan
»al falcon Pristalejo (cap. VI). Vi en casa del rey don Pedro un alfaneque
«torcuelo muy pequeño que llamaban Picafigo» (cap. VII). Para ponderar
el valor de los falcones, observaba: — «A mi acaesció comprar dellos (délos
»brabancones) en Paris, et los falconeros que me los vendieron, venirse
«conmigo á Castilla con sus soldadas». Sólo se comprende esto, al saber
que un nebli pollo altanero costaba cuarenta francos de oro, sesenta un
garcero y hasta setenta y más los que habian mudado (cap VIII).
II. '^ PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÚR. 155
en semejante recreación y no menos provechoso para los que
atiendan en nuestros dias al sabroso estudio de las costumbres
de la edad-media. Por él se comprende fácil é íntegramente la
alta significación y valor que tuvieron entre nuestros padres todo
linage de falcones, el casi fabuloso esmero con que los cuidaban,
haciéndolos dormir en sus mismas cámaras y al lado de sus pro-
pios lechos, la singular atención con que los educaban, la más
eficaz aun con que acudían á prevenir ó á curar sus enferme-
dades. Parte esencialísima era para todo buen cazador el conocer
perfectamente las señales que acreditaban la buena ralea de los
falcones; y siguiendo en este punto el ejemplo de don Juan Ma-
nuel, ponia el Gran Canciller de Castilla no poco empeño en de-
terminarlas, manifestando cuan holgadamente brotaban de su
pluma tales descripciones. Hablando de los neblíes y baharíes,
escribía:
«Solamente al neblí et al baharí llaman falcones et gentiles; ca han
))las manos grandes et los dedos delgados, et en su talle son mwj genti-
wles, que han cabegas más primas et las palmas en las puntas mejor sa-
»cadas et las colas mas cortas et más derribadas en las espaldas^ et más
«apercibidos et más ardidos et de mayor esfuerzo. Et sus gobernamientos
»son más delicados que los otros que dicho avemos, et quieren ser gober-
))nados de mejores viandas et ser siempre traydos muy bien en manos,
»por el grande orgullo que han; et non sosiegan mucho en la alcándara
wet son de muy grand coracon. Et los gerifaltes et sacres et bornís et al-
))faneques son de otros talles et fagtiones en los cuerpos; et las colas han
»más luengas et la cabecas grandes et las manos más gruesas et los de-
))dos más anchos et más cortos: et sufren mejor, aunque les den et gouier-
Mnen de más gruesas uiandas; como quier que de qualquier plumaje que
«sea el ave, si le dieredes buenas viandas et sea bien traydo, siempre lo
«fallarás en el su volar et cacar et estar más sano
«Falcones neblí s a y (prosigue) que an lo blanco mucho et muy blanco
«et lo al'grís; et son estos falcones blancos en Francia falcones de damas
»(qüe quiere decir de dueñas); et son muy fermosos et muy dulges de fa-
»zer et de muy buen talante. Et han el plumaje muy bueno et non tan
«brozno como los otros plumajes, et han las colas más luengas, et sa-
«len buenos garceros. Et átales falcones et atal plumaje suelen en Casti-
«lla llamarlos los falconeros et cagadores doncellas et en Francia lláman-
«los blanchautes. Otrossy falcones neblís hay que el su plumaje es ruvio
«et la pinta gruesa, et son de grandes cuerpos, et salen muy buenos alta-
«neros et garceros. Otros falcones ñy que de su plumaje son como pardos
154 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAfíOLA.
))et la cabe^ia pintada, et la pinta orlada de amarillo; et son falcones es-
y pesos et de buenas factiones et mucho esplumados et llámanlos en Cas-
Mtilla átales como estos coronados
))Otros falcones áy que su plumaie es auer una pinta menuda et del-
Mgada et mucha et como amarilla, et á estos llaman en Castilla gorzaleros,
))et comunmente son falcones menudos : et estos son muy boUipiosos et
»uan siempre á las zaleas et á las palomas et son de poco sosiego. Átales
»como estos cárganlos de cascabeles fasta que vayan asosegando, et destos
«salen buenos altaneros. Otros falcones áy que han el plumaje como
})prieto et son llamados roquetes, et son duros de fager; pero dánse á bien
wet salen muy buenos altaneros et garceros et grueros» i .
Igual frescura y exactitud comunicaba Pero López de Ayala á
todas las descripciones que encierra el Libido de Cetrería, osten-
tando aquella fuerza de observación y aquella docta sencillez, que
tanto brillan en sus obras históricas. De su estilo y lenguaje ha-
brán juzgado ya los lectores por los pasages trascritos, notando
que tiene siempre, cual prendas del mayor precio, la claridad y la
concisión, dotes en que no halla entre sus coetáneos verdaderos
competidores. Verdad es que tampoco pueden reconocérsele ri-
vales respecto de la doble representación que alcanza en la histo-
ria de las letras españolas: ya le estudiemos como poeta, contem-
plándole adherido á la antigua escuela de los castellanos y em-
peñado en sostener el brillo de la quaderna via ^ y del arte
1 Capítulo II.
2 No es para olvidada en la historia de las letras españolas la circuns-
tancia de ser Ayala el último de los poetas que emplea los versos octona-
rios y los pentámetros, combinados en la forma indicada. Tan en desuso
habían ya caído en su tiempo que él mismo les da el nombre de vérseles
de antiguo rrimar cuando habla con los trovadores de la corte, seg-un ma-
nifestamos en las Ilustraciones de la I.^ Parte y se comprueba, al leer la
composición señalada con el núm. 518 en el Cancionero de Baena, frag-
mento que empieza en el Rimado con la copla 1291 y termina en la 129S.
Esta observación nos trac á la memoria la opinión que los traductores de
Ticknor han manifestado (t. IV, pág- 419) respecto de un punto que guar-
da grande analogía con el presente. Contradiciendo lo asentado por el mis-
mo autor, aseguran que el Poema de Josef ó Yusuf íué escrito á mediados
del siglo XVt, fundándose en que «un pueblo vencido y sujeto á otro más
poderoso, conserva la lengua propia ó adoptiva lija y estacionaria, sin ade-
11.'' PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÚR. 155
dí'dáctico-simbóUco; ya le consideremos como historiador, vién-
dole esforzarse en hacer conocido en el suelo de Castilla el arte
narrativo de Tito Livio, que ensaya en sus c?'ónicas, -siempre
encontramos en él una verdadera entidad literaria, revelándose
lautar y conservando por mucho tiempo su tipo primitivo». Que hay en este
aserto cierta verdad histórica, no lo negaremos nosotros; pero que pueda
sacarse de él la consecuencia pretendida, lo tenemos por imposible y con-
trario á todas las leyes de sana crítica. Demos que el lenguaje hablado por
los moriscos ó vasallos mudejares del siglo XVI fuese el mismo que en
el XIII hablaron nuestros mayores (lo cual está contradicho, para todo el
que lea, por las obras que dichos traductores publican). Y las máximas ar-
tísticas, en que la metrificación y las formas literarias estriban, ¿por qué
sendero llegaron á los moriscos?... Imitaron?... Nadie cultivaba en el si-
glo XVI el arte de Berceo. Inventaron?... Cuando metrificación y forma li-
teraria existen en nuestro parnaso por derecho propio desde principios da
la XIII.* centuria, seria absurdo el ^ponerlo simplemente. Conservaron la
tradición artística, recibida de antiguo?... Luego ya hablan seguido las
huellas de nuestros primitivos poetas, cultivando las mismas formas por
ellos adoptadas. Acepten los traductores de Ticknor la consecuencia que
más les plazca; y recuerden que otro pueblo supeditado al español por lar-
gos siglos, arrojado de la Península ciento diez y ocho años antes que el
musulmán, conserva en el destierro la lengua de Castilla y cultiva el arte
de nuestros antepasados. Ni una composición siquiera escribieron los poetas
del proscripto pueblo hebreo, fuera de España^ en versos de quaderna via:
hiciéronlos de arte mayor, de arte real, de once y siete silabas, adoptando
la metrificación toscana, que habia llegado á tomar cart^ de naturaleza en
nuestro parnaso, y siguiendo así el movimiento y progreso del arte: ale-
jandrinos rimados, al modo de Berceo, nunca los escribieron. Este aserto
no tiene por base vagas conjeturas: es histórico. Ahora bien : ¿debe aplicar-
se al pueblo musulmán diferente criterio que al judio?... Vuelvan los tra-
ductores á leer el poema de Muhaniad Rabadán, que con título de Discurso
de luz, etc., insertan desde la pág. 274 de dicho tomo; compárenlo con el
citado de Yusuf, y notando que fué aquel. escrito en 1603, según Rabadán
declara, advertirán fácilmente que ó la lengua y el arte hablan hecho en-
tre los vencidos mahometanos prodigiosos progresos en el breve trascurso
de medio siglo, ó su teoría es de todo punto inadmisible. Lo mismo deci-
mos respecto del poema en Alabanza de Mahoma, que dan á luz desde la
pág. 32" á la 330 inclusive, aunque es visiblemente muy posterior al de
Yusuf, que examinamos en el cap. VII de la II.* Parte. Adelante volvere-
mos á tocar este punto bajo otras relaciones.
136 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
en uno y otro concepto la elevación de su carácter y la integridad
de su conciencia y poniendo de relieve bajo una y otra relación
el estado moral y político de la sociedad en que florece.
El noble Canciller de Castilla no abruma, cual Boccacio á sus
compatriotas bajo el peso del ridículo, ni se mofa de la corte ro-
mana, ni escarnece á los ministros de la religión, pintando con
sarcástica ironía sus extravíos y debilidades: tampoco lanza des-
de el fondo de la prisión, á que le reducen su lealtad y su lierois-
mo, punzantes diatribas y maliciosas, bien que á veces delicadas,
sátiras, como lo bace Carlos de Orleans, que prisionero en la
famosa batalla de Azincourt [1415], llora su cautividad en In-
glaterra por el espacio de 25 años ^ No es festivo, disfuso y
1 El tantas veces citado Mr. George Ticknor manifiesta que descubre
cierta semejanza entre Ayala y el duque de Orleans, cuyo talento poético
era bastante parecido (I." Época, cap< V del título I). A la verdad no po-
demos admitir aseveración semejante, bajo ning-nna de las relaciones en que
dos poetas pueden ser comparados. Si se atiende al genio característico de
cada cual, Ayala es grave, apasionado de la virtud, dado á las meditacio-
nes morales y religiosas, todo lo cual desarrolla en él aquel sentido alta-
mente didáctico, que anima sus versos: el mismo anhelo del bien le hace
severo, exigente y nada tolerante con los vicios, que plagan la sociedad de
sus dias: la idea elevada de la virtud y de la religión le infunde cierta no-
ble osadía, que le lleva á desdeñar la humana grandeza, esgrimiendo su
azote contra todas las gerarquías sociales del orden civil y del orden ecle-
siástico. El duque'de Orleans es por el contrario ligero, alegre, malicioso y
burlador hasta el extremo de emplear contra sí propio el aguijón de la sá-
tira, no perdonando su vis epigramática ni aun al mundo de la caballería,
á que por su educación y sus inclinaciones pertenece: desde el fondo de
su prisión se rie de cuanto pasa fuera de ella; y ni los desastres y
miserias do Francia arrancan de su lira acentos de profundo dolor ni
ayes de ardiente patriotismo, ni le indigna la corrupción de sus coetáneos,
ni se juzga obligado á mostrarles el camino del bien con noble y desinte-
resada energía. Mientras Ayala invoca en su encierro la protección de la
Virgen, el duque de Orleans recuerda los felices dias de su juventud y el
sol de la Francia, llegando entre tanto á olvidar la dureza de sus cadenas.
— El uno es la expresión más adecuada del genio y carácter de la poesía
castellana: el otro personifica grandemente la índole y carácter de la poesía
francesa. Pero no es menor la diferencia respecto de la significación artísti-
ca de cada uno: el castellano, ya lo dejamos probado, es el último culli-
II.* PARTE, CAP. III. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 157
auecdótico á la manera de Froissart, ni se detiene, como Juan
Villani, en instructivas investigaciones que alejan á veces al
lector del cuadro que el historiador florentino se propone bos-
quejar, por grande que sea el anhelo de la verdad que le dis-
tingue.
Atento al fin trascendental del pensamiento que le anima, habla
como poeta, el lenguaje de la verdad, sin que enmudezca su acen-
to al temor de los peligros que puedan nacer de sus palabras, ni
se entibie el celo de su virtud al dolor, que inspiren en su pecho
los mismos cuadros por él trazados: semejante á don Juan Manuel,
quiere Ayala producir el bien por el bien, y parte, aun más di-
rectamente que el nieto del Rey Sabio, á lograrlo. Por eso mien-
tras el 'autor del Libido de Patronio prefiere la forma simbólica,
se inclina Pero López á la didáctica, sin que renuncie al uso del
apólogo, como saben ya los lectores i : por eso, adoptado aquel
punto de vista, ha menester ser grave, severo é inflexible con los
vicios que infestan todas las clases de la sociedad, y su voz se
alza en nombre de la moral y de la religión, para recordar á
grandes y pequeños sus extravíos y sus deberes .
Fijas sus miradas, como historiador, en el fin trascendental
de la historia que reconoce en las arengas y discursos pronun-
vador del arte didáctico-simbólico y revela en sus versos la protesta del
sentimiento nacional contra la innovación alegórica : el francés pertenece
de lleno á la escuela que se inicia y triunfa en su parnaso con el Román
de la Rose, y que según observa cuerdamente Villemain, dominaba en to-
das las literaturas meridionales durante la primera mitad del siglo XV.
¿Qué hay pues de común entre uno y otro? El hecho de la prisión. Mas con
la diferencia de que Ayala sólo estuvo bajo poder del Príncipe Negro con-
tados meses, cuando el duque de Orlenas pasó en Inglaterra gran parte de
su vida. La crítica de Ticknor no fué esta vez tan afortunada como de con-
tinuo aspira á serlo.
1 Es notable que, asi como otros historiadores de su tiempo, que daremos
á conocer en breve, usó también Ayala del apólogo en sus Crónicas. Entre
otros ejemplos mencionaremos la carta de Benahatin, en que ingiere el del
Pastor y su ganado, donde conforme apunta Clarús, mostró acaso con ma-
yor fijeza é intencionalidad que en el Rimado el espíritu didáctico que le
animaba (Cró«., cap. XXU del año XVIII; Clarús t. I. pág. 447).
158 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ciados por los personajes que en las cuatro crónicas figuran, si
no le es dado reflejar de lleno el estado de la civilización castella-
na, ni alcanza á revelar el espíritu y las tendencias é intereses
rivales y contradictorios, que se desarrollan y pugnan desespera-
damente durante el reinado del rey don Pedro, — mostró al menos
que no carecía de la cordura y penetrante sagacidad del verda-
dero repúblico, y que impasible ante los hechos que examina,
ni le asustaba su magnitud, ni le extraviaba el peligro de su
escándalo.
Tomando pues bajo uno y otro punto de vista el arte que cul-
tiva, en sus más altas relaciones; revistiendo las ideas que le
animan, de las formas más adecuadas, en su juicio, para obtener
el fin por él apetecido, ganaba el Gran Canciller de Castilla ele-
vada y propia representación en la historia de las letras, perso-
nificando dignamente y de la suerte que dejamos comprobado, la
protesta de las musas castellanas contra las extrañas influencias
que dominaban plenamente en nuestro Parnaso. Pero ya también
lo hemos advertido: el mismo poeta que obedeciendo al senti-
miento patriótico, rechazaba formal y virtualmente toda inno-
vación artística, al escribir su Rimado del Palacio, cedia al
cabo á las novedades introducidas en la poesía castellana durante
su vida; y elegido por arbitro y juez de las controversias y certá-
menes poéticos de los trovadores cortesanos, pagaba el tributo
de su aquiescencia y aun de su aprobación al cambio, realizado á
su vista por los partidarios de la escuela alegórica, á que ser-
via de pauta y principal fundamento la imitación de la Divina
Commedia ^.
1 Deben tenerse presentes los números 305, 421, 422, 517, 518 y 525
del Cancionero de Baena, en que ya directa ya indirectamente se mencio-
na a Pero López de Ayala con el aditamento del Viejo, sin duda para dis-
tinguirlo de su segundo hijo, que llevaba el mismo nombre. En dichas com-
posiciones aparece como juez entre varios trovadores de la corte de Enri-
que m, ó toma parte en aquella manera de pleitos poéticos, que tan del
gusto de la- corte llegaron á ser á fines del siglo XIV y primera mitad
del XV. Siempre es respetado y considerado como más digno; y aunque en
realidad no hay composición alguna suya, en que sea parte principal la
II.* PARTE, CAP. 111. PROTEXTA CONTRA LA INN. ALEGÓR. 159
Llegados á punto de tal importancia en la historia de la lite-
ratura española, suspendemos aquí nuestras no fáciles tareas pa-
ra proseguirlas en el siguiente capítulo.
alegoría, adopta el leng-uaje de los demás trovadores y se esmera en me-
trificar por el arte que ellos lo verifican. El docto y malogrado Puibusqqe,
al considerar sin duda esta situación de Ayala, manifiesta que no pudo do-
minar el movimiento literario de su época (Hist. comp. des litters. espagn.
et frang, tomo I, pág-. 115); pero el Canciller Mayor de Castilla, mas bien
que á dominarlo, se dirig-ió á restituirlo á la primitiva senda, recorrida ya
por la antigua musa castellana, por lo cual* no obtuvo, no pudo obtener,
artísticamente hablando, resultado alguno favorable del ejemplo dado en
sus versos, y sobre todo en el Rimado del Palacio.
CAPITULO IV.
INTRODUCCIÓN DE LA ALEGORÍA DANTESCA
EN LA POESÍA ESPAÑOLA.
Estado de la poesía ea ia segunda mitad del siglo XIV. — Olvido de los
cantos históricos. — Desnaturalización del sentimiento poético entre los eru-
ditos. — La imitación. — Preferencia de la forma alegórica. — No era esta
forma nueva ni peregrina en nuestro sUelo. — Es cultivada en lá literatura
clásica. — Derívase á la cristiana. — Boecio. — Imitánle los ingenios españo-
les. — Isidoro de Sevilla; — Paulo Enmeritense; — Valerio; — Pedro Compos-
telano.— Refléjase en la poesía vulgar. — Berceo; — Juan Lorenzo;— Juan
Ruiz,etc. — Acógenla los trovadores provenzales. — Cunde á las literaturas
francesa é italiana. — Aparición de la Divina Commedia. Su efecto é influ-
jo en las naciones meridionales. — Es recibida en todas la alegoría como
forma literaria. — Carácter de la musa castellana, al operarse esta inno-
vación.— Pero Ferrús; — Alfonso Alvarez Villasandino; — Perafan de
Rivera; — El Arcediano de Toro; — Garci Fernandez de Gerena. — Éxito
de la Divina Commedia en nuestro suelo. — Miger Francisco Impe-
rial. — Su patria y sus estudios. — Fija su residencia en Sevilla. — Sus
obras. — Análisis de su Dezir á las syete Virtudes. — Doble imitación del
Dante. — Triunfo de la escuela alegórica entre los ingenios andaluces. —
Ruy Paez de Rivera. — Examen de sus principales poesías. — Efectos que
produce en las mismas la imitación dantesca. — Dotes peculiares de este y
los demás ingenios andaluces. — Diferencia entre estos y los castellanos. —
Propágase á los últimos la escuela alegórica. — Resumen.
bi del largo estudio que llevamos hecho puede deducirse,
cual ley constante de crítica literaria, la íntima relación y per-
fecta armonía entre la sociedad y el arte que esta cultiva, nunca
con más razón pudo conflrmarse este principio que, al ser apli-
cado á la literatura castellana durante la segunda mitad del
Tomo v. \\
162 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
siglo XIV. Y no porque la poesía que florece en dicha edad, re-
presente de una manera activa y directa las creencias populares:
no porque refleje viva y enérgicamente el pensamiento 'grande y
trascendental, que habia guiado la civilización española desde el
triunfo de Covadonga hasta la expugnación de Algeciras; sino
porque, á pesar de haberse roto, acaso para siempre, en las es-
feras de la erudición los extrechos lazos que ligaron hasta en-
tonces las producciones del arte con los sentimientos religiosos,
políticos y guerreros, que daban vida y carácter á la nacionali-
dad castellana, revelaban las musas con entera fidelidad y propio
colorido la actualidad moral y aun material de aquel pueblo,
apartado de improviso de los altos fines á que lo encaminaba la
ley superior de su peregrina cultura.
Espejo directo de la sociedad, regida por el débil cetro de
Enrique II y de sus sucesores, era el Rimado del Palacio, fruto
del buen sentido y de la granada experiencia del Canciller Mayor
de Castilla; su estudio nos ha enseñado á discernir que lejos de
proseguirse por la dinastía del bastardo de Trastamara la gran-
de obra de la reconquista, pensamiento y necesidad suprema de
las monarquías nacidas al grito de independencia y de religión, —
olvidada la guerra santa, en que se purificaban de todas sus culpas
grandes y pequeños, gozaban los moros granadinos de larga paz
y de saludable holgura, vueltas las armas de los cristianos con-
tra el seno de la patria, que despedazaban crudamente las dis-
cordias civiles ^
Ahogada en el estruendo de luchas fratricidas la voz del
deber; apagado el entusiasmo popular; perdido el ejemplo de
1 Tratando expresamente de este punto, escribía López de Ayala en su
Rimado respecto de los caballeros de su tiempo:
338 Olvidado han los moros | et les guerras faser,
Ca en otras tierras llanas, | assaz ay que comer:
Unos son ya capitanes | et otros se envian correr;
Sobre los pobres sin culpa | se acostumbran mantener.
339 Los xripstianos lián guerras; | moros eslúa folgado», ele.
Il/ PARTE, CAP. IV, INiíl. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 165
las grandes empresas que hacían hidalgo al pechero y le-
vantaban al hidalgo á la gerarquía de los proceres; — mientras
pugnaban algunos discretos por contraponer á la gloria ficticia
de los héroes caballerescos la gloria verdadera de los antiguos
héroes nacionales '^, enmudecía del todo la musa heróico-erudita
de los castellanos; y ni se repetían los cantos históricos del Sa-
lado y de Tarifa, ni se reproducían tampoco los primitivos can-
tares de gesta que tan alta celebridad hablan dado á los paladi-
nes del cristianismo.
El influjo fatal de lo presente parecía tener encadena-
das las esperanzas de lo porvenir, borrando de la memoria
el noble y fecundo recuerdo de lo pasado. Nuevas ideas, nue-
vas aspiraciones hablan nacido en el mundo de la caballería
y de la nobleza, que para daño propio se mostraba por vez pri-
mera en cierto modo divorciada del pueblo, halagados á deshora
los instintos feudales que habla rechazado constantemente el ge-
nio de nuestra cultura. Nuevas costumbres, nuevos sentimientos
habían penetrado en el seno de aquella sociedad cortesana, que
menospreciando el duradero brillo de las grandes proezas, lleva-
das á cabo por sus mayores, se iba tras las fantásticas ficciones
creadas por extrañas literaturas, recojiendo al cabo en el desas-
tre de Aljubarrota, vergonzoso borrón de la honra castellana, el
legítimo fruto de su desvanecimiento y de su molicie ^. Nuevo
\ Véase lo que sobre esto decimos en el capítulo sig-uiente.
2 Entre los monumentos históricos que nos pintan cuan g-rande fué para
Castilla la afrenta de esta batalla, merece muy preferente lugar un libro del
todo desconocido de nuestros literatos, que con título de Divina Retribu-
ción sobre la cuida de España, etc., se guarda original en la Biblioteca
Escurialense, marcado líl. Y. 1. En esta crónica que abraza desde el de-
sastre de Aljubarrota hasta el triunfo de Olmedo (Toro), se asegura que los
caballeros de Castilla vistieron luto en todo aquel tiempo, en señal de due-
lo, y que sólo cuando el rey don Fernando, victorioso ya de los portugue-
ses, entró en Toledo (1476), se «quitó destos rregnos el duelo et luyto de las
«vestiduras, de que el rrey don Johan el primero et los del rregno se bes-
ticron» (cap. XV). A tal punto habia llegado la decadencia castellana al
final del sisrlo XIV.
164 HISTOKIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
gusto literario dominaba por último entre los que se preciaban
de entendidos, como natural consecuencia de tantas alteracio-
nes, que reflejadas á un tiempo en las obras del arte, descubrían
por ellas la verdadera situación de la corte de los Enriques y de
los Juanes ^.
En aquel mundo artificial, cambiada la materia poética, y
desnaturalizadas las fuentes de la inspiración, no era posible que
viviese la antigua musa de Castilla: faltos los ingenios de verda^
dera ocupación patriótica, é inclinado por su propia naturaleza
á ensanchar el límite de sus conquistas, volvióse el arte erudito
á buscar nuevas preseas en ágenos parnasos, no contentándole
ya las galas del apólogo, que traídas á la literatura española por
los esfuerzos del Rey Sabio, habían fecundado todas las meri-
dionales. La imitación fué, y no podía menos de ser, el único
medio empleado por la poesía para lograr el fin á que forzada-
mente aspiraba: por ella se habia abierto á la contemplación de
los caballeros todo un mundo de ficciones, antes desconocido: por
ella hallaron asilo entre los vates castellanos las reliquias de
la fastuosa poética de los trovadores, cultivadas no sin esmero
desde la época de Alfonso X, y reabilitadas, aun bajo el aspecto
de la idea, desde el reinado del único don Pedro 2. Con estas
allegadizas medras se acaudalaba la musa de los doctos, osten-
tando en sus producciones el sello de aquella doble imitación,
cuando el ejemplo de otras literaturas vino á infundirle el deseo
de poseer sus más preciadas joyas. Éralo á la sazón la alegoría,
llevada al más alto desarrollo por el vate inmortal de Florencia;
y la alegoría fué recibida con aplauso universal en el parnaso
castellano.
Mas no se entienda que semejante forma era del todo pere-
1 Esta situación se refleja más directamente sin duda en la poesía po-
pular^ que pierde en esta época su primitivo carácter, llegando á olvidaren
parte los héroes nacionales, como observó nuestro docto amig-o don Agustín
Duran, y tendremos ocasión de notar oportunamente, al tratar de la refe-
rida poesía bajo todas sus fases y relaciones. Véanse al propósito el capítu-
lo XXIII de la II.* Parte ciclo I y el I de la presente.
2 Capítulo XXII de la II.'' Parto.
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 163
grina á las letras españolas, ni había tampoco nacido en las lite-
raturas de la edad-media. Prescindiendo de los pueblos indo-
orientales, en que tiene reconocida existencia, fué también cul-
tivada en la antigüedad clásica por griegos y latinos, cual figura
de pensamiento, á que daba Quintiliano el nombre de Inversión,
porque mostraba una significación en las palabras y otra en el
sentido ^, y habia ya enriquecido con innumerables bellezas la
gran literatura homérica, cuando destruido el poder romano, fué
aquella arrastrada también en su espantosa ruina. Al consumar-
se tandolorosa catástrofe, y señoreados en las provincias de Ita-
lia los ostrogodos deTeodorico, quien en el desvanecimiento de su
no esperada fortuna, llegó á reputarse cual legítimo restaurador
del Imperio, un cónsul romano que irrita con su noble ingenuidad
la soberbia del bárbaro, escribe en los calabozos de Pavía un li-
bro memorable, donde halla la alegoría nuevo y feliz desenvol-
vimiento.
Severino Boecio era cristiano, habia nacido poeta , y en-
tre los hierros de su prisión trazaba el peregrino poema De
Comolatione. Agobiado allí bajo el peso del infortunio, invoca el
auxilio de las Musas, quienes respondiendo á su demanda , le ro-
dean en su triste cautividad, inspirándole cantos elegiacos. Una
mujer de venerable continente, de penetrante mirada, lozana to-
davía, bien que marcada con el sello de larga edad, de varia es-
tatura, pues que ora parecia hermanarse con la de los hombres,
ora tocaba al cielo con su cabeza y ora en fin penetraba en el
mismo cielo, se le aparece en aquel instante. Era la Filosofía.
A su presencia se retiran las Musas, más aptas para entristecer
el alma que para fortificarla contra los golpes de la desgracia; y
ocupando su lugar, restituye poco á poco al corazón del poeta,
por medio de saludables discursos, la paz interior de que le ha-
bían despojado las sinrazones de los hombres. La alegoría, pues,
animando la más bella é interesante producción de Anicio Man-
lio Torcuato, se erigía en forma artística, destinada á vivir en la
1 «Allegoria dicitur Inversio, quutn aliud verbis, aliud seiisu oslen-
dilur» (Calep. Dic. Eptaling, pág-. 63).
166 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
literatura cristiana, cuyos más esclarecidos cultivadores reciben
con hondo respeto la consoladora doctrina, rodeada de la sublime
aureola del martirio ' .
Y no fueron por cierto los ingenios españoles los últimos en
seguir las huellas de Boecio. El ilustre Isidoro de Sevilla, cuya
grande influencia en la civilización de los tiempos medios hemos
intentado quilatar antes de ahora, escribia bajo la misma pauta el
notabilísimo diálogo que intitula Synonma, dando cuerpo porrae^
dio de la alegoría á la Razón humana, que alumbrada por la luz
de la Filosofía y déla Religión, viene asacar al Hombre del cieno
inmundo de los vicios ^. Atento á trazar la Vida del niño Augus-
to, introduce en ella Paulo Emeritense místicas visiones y perso-
nages alegóricos, que animan con extraordinaria fuerza de colo-
rido los breves é interesantes cuadros debidos á su pintoresca
pluma ^. Arrebatado Valerio de ardiente fé y nutrido su espíritu
con la lectura de los sagrados libros, se eleva en alas de su lozana
fantasía á las regiones celestiales, ya conducido por blancas pa^
lomas, ya guiado por hermosísimos ángeles de candidas y es-
plendentes vestiduras, descubriendo á la humanidad un mundo
desconocido, que sólo podia ser revelado bajo formas alegóri-
cas ^.
Algunos siglos adelante, cuando iba ya reponiéndose la
nación española de la gran quiebra del Guadalete y aspiraba la
1 La muerte de Anicio Manlio Severino Boecio es uno de los borrones
que afean la figura de Teodorico y maniñeslan el género de barbarie que
habia caido sobre Europa. Después de haberle mandado dar cordel en la
frente hasta saltarle los ojos y de haberle casi despedazado con otros no me-
nos terribles tormentos, fué azotado por mano del verdugo, expirando en tan
espantoso suplicio (Anonym. ad amic. Marcel., 1693). La memoria del
martirio cundió con tal respeto á las edades siguientes que, según hemos
visto ya, Boecio fué constantemente designado con el título del Satito Doc-
tor. No se olvide, para el estudio en que entramos, que su libro De Co7iso-
latione era traducido al castellano por el Canciller Ayala en la última parle
del siglo XIV. Adelante mencionaremos otras versiones.
2 Véase el cap. X de la L* parte, pág. 443, etc, del t. I.
3 Cap. IX de la I.^ parte, pág. 410 del t. I.
4 T. I, cap. IX, pág. 414.
11. "^ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 167
literatura latino-eclesiástica á reconquistar sus perdidos fueros,
ensayaba Pedro Compostelano aquella forma literaria en más an-
cha esfera, si bien recordando en la disposición y aun en el título
de su obra la tan aplaudida de Boecio. Su poema De Consolatio-
ne Radoms, personificando al Mundo y á, la Naturaleza, á las
Artes Liberales y á las Virtudes, á la Carne, á la Lujuria y á la
Avaricia i, mostraba claramente que, ya se fundara en la tra-
dición latina, ya se fecundase con el estudio de uno y otro Tes-
tamento , en que brillaban con vivo resplandor las terribles
Visiones de Ezequiel y las maravillosas fantasías del Apocalipsi,
ya en fin se desarrollara con el ejemplo de los árabes, como pre-
tenden algunos modernos críticos -, habia recibido aquella for-
ma literaria en el suelo español no despreciable cultivo, no sien-
do por tanto maravilla que, formada la lengua vulgar, se reflejase
también en las producciones del nuevo arte, á que esta sirvió de
instrumento.
Contadas son, no obstante, las ocasiones en que se revistie-
1 T. II, cap. XIV, pág. 244.
2 Tal es la opinión del muy renombrado crítico Mr. de Villcmain,
quien en su Cuadro de la literatura de la edad-media llegó á sentar que
los «españoles cristianos que no se habían convertido al Corara, se convir-
tieron á la ciencia y á la poesía oriental», etc., (Lecc. XV). No opina así
Mr. Dozy en sus ya citadas Investigaciones, siendo muy probable que á to-
car especialmente la cuestión de la forma alegórica, hubiera aparecido muy
distante de Villemain. Que los árabes conocieron la alegoría no seremos
nosotros quienes lo pongamos en duda; pero que la cultivaran como forma
literaria, propiamente hablando, no podemos concederlo; y por tanto no es
lícito asegurar que la transfiriese su imitación á la literatura castellana,
con la exageración que Villemain manifiesta en cuanto se refiere á esta
parte de sus estudios. Esta observación nuestra es tanto más desinteresada
cuanto que ya habrán podido apreciar los lectores, que si no atribuimos á
la literatura árabe la injustificada influencia que se le ha concedido en los
orígenes de la española, no le hemos negado el galardón de haberla enri-
quecido con las creaciones del arte didáctico-simbólico, merced á los ilus-
trados esfuerzos del Rey Sabio. Como respecto de la alegoría, considerada
ya cual forma literaria, no hallamos monumento alguno que traiga su pro-
cedencia de los árabes, no podemos hacer igual afirmación, sin tomar aquí
plaza de ligeros.
168 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPA?«OLA.
ron las musas de Castilla de la forma alegórica. Rasgos brillan-
tes, y aun cuadros descritos con notable originalidad y frescura,
habia ofrecido Berceo en la Vida de Santo Domingo, en los Mi-
lagros de Nuestra Señora y en la Vida de Santa Oria ^ Juan
Lorenzo Segura habia manifestado, al pintar el escudo de Aqui-
Ics y la tienda de Alejandro, y al describir las mansiones infer-
nales, que no le eran peregrinas sus galas ^ : ostentábalas tam-
bién el autor del Poema de Fernán González, al representar, bajo
la figura de una sierpe de fuego, á Luzbel, terror de los cristia-
nos ^ ; y enriquecido ya el parnaso español con la imitación de
la poesía provenzal, conforme nos advirtieron oportunamente las
producciones del Rey Sabio, y casi un siglo después las del Ar-
chipreste de Hita, tomaban en el poema de Juan Ruiz mayor bri-
llo y extensión, constituyendo ya sabrosos y cumplidos epi-
1 Dignas son de tenerse presentes la Vision de las tres coronas, que di-
mos ya á conocer en el capítulo V de la II.* Parte, pág-. 260 ; la Introduc-
ción tan celebrada de los Milagros, en que pinta un prado, poblado de
flores bien olientes, frescos veneros y hermosas arboledas que representan
á la Virgen, los Evangelios, las oraciones y los milagros que se propone re-
ferir; y las repetidas Visiones de Santa Oria, parte en que no parecía sino
que estaba adivinando el arte de Alighieri. Véase el citado capítulo de la
11.^ Parte.
2 La pintura del Escudo se contiene desde la copla 610 del Poema de
Alexandre; la de la Tienda de este héroe desde la 2391, en que empieza
la descripción alegórica de los meses del año; la del infierno desde la 2170.
En el infierno, tal como lo concibe Juan Lorenzo Segura, se ven personifi-
cadas y teniendo el dominio de una parte de la ciudad de las eternas tinie'
bras (Dante dijo después la ciudad del eterno dolor), bajo el imperio de la
Soberbia, la Avaricia, la Codicia, la Ambición (á quien sirven como mi-
nistros los logros., furtos, rapiñas y engaños), la Envidia (que reconoce
por hijos las maldiciones, las írisíezas y las traiciones); la Ira (que ali-
menta sin cesar al Odio), la Lujuria (servida de los adulterios, los forni-
cios y la sodomía); la Gula, á quien tienen glotonería y beodez por señora,
y la Pereza (Acidia), fuente de no menos repugnantes vicios. Todas estas
personificaciones muestran que no era peregrino á la musa de Juan Lorenzo
el conocimiento de la alegoría, como forma literaria, capaz de ulterior des-
arrollo. Véase también lo que respecto de este punto decimos en el capí-
tulo IV de la II.* Parte.
3 Véase el cap. Vil de la II.* Parte, pág. 358.
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 169
sodios. Aventurado, y más que aventurado inexacto, sería eí
apuntar siquiera que fué la forma alegórica desconocida de los
ingenios castellanos que florecen antes de la primera mitad del
siglo XIV; pero si no es lícito olvidar los ejemplos, en que se
acredita su cultivo y se vislumbra tal vez el desarrollo que debia
alcanzar en breve, hasta constituir una verdadera escuela litera-
ria, ilustrada por los más esclarecidos varones de nuestro sue-
lo, — tampoco será prudente dejar de consignar en la historia del
arte que este desarrollo se opera en extrañas literaturas, deri-
vándose á la castellana, cuando podia ya fructificar, como tal es-
cuela, en nuestra descaminada poesía.
Muy apegada se habia mostrado la provenzal desde su cuna
á este género de ornatos, siendo familiares las ficciones, en que
figuran bajo el traje alegórico la Lealtad, el Amor, el Honor,
la Franqueza, etc., á casi todos los trovadores que logran en
las Cortes ó tribunales de Amor verdadero aplauso y nombra-
día 1. De la lemosina pasaba la misma ficción á la literatura
francesa y más tarde acaso á la italiana, si ya no es que nació
en ambos pueblos de la imitación de las letras clásicas; y mien-
tras en el suelo destinado por la Providencia á dar vida á la obra
del Renacimiento, primero los trovadores ítalo-provenzales, y
más tarde los poetas sicilianos y del continente, ensayaban las
1 Tan g-eneral Ueg'a á hacerse la alegoría, que hasta en los cuentos ó
novellas constituye con frecuencia la forma expositiva empleada por los tro-
vadores. Pero Vidal por ejemplo nos ofrece entre otras una composición de
este género, en que supone que caminando ses^uido de sus caballeros y
donceles, halla á un caballero de hermoso aspecto y gallardo continente, vi-
goroso, de procer estatura y vestido con la mayor magnificencia, el cual
lleva consigo una dama mil veces más bella, cabalgando ambos palafrenes
ricamente enjaezados y de tan varios colores que no tenían dos miembros ó
partes de su cuerpo de igual pelo ó matiz. Seguíanlos un escudero y una
doncella, notables por su ornato y extremada belleza. El caballero princi-
pal representa al Amor, la dama á la Merced, la doncella al Pudor y el
escudero á la Lealtad, que abandonan la corte del rey de Castilla, donde
no reciben ya la honra que en otros dias. Se vé pues que la alegoría se
amoldaba en la lira de los trovadores al ministerio de la sátira, lo cual
prueba cuan familiar era entre ellos su cultivo.
170 msToniA crítica de la literatlip.a espaísola.
formas alegóricas, connaturalizábanse estas entre los truveras
hasta producir el famoso Román de la Rose, código de aquella
escuela artificiosa y sutil, llamada á tener el imperio de la poe-
sía en las naciones meridionales por el espacio de dos siglos *.
Apenas ofrece, en efecto, la historia de las letras italianas un
nombre digno de estima, cuya musa no se inclinara á seguir
los cánones de la expresada escuela desde que el renombrado
Rambaldo de Vaqueiras transfiere al Monferrato el arte de los
trovadores, ponderando la gallardía y donosura de su Bel Ca-
valier ^^ hasta que Bruneto Latino presenta ya en su TessorC"
to. elevada la alegoría á extraordinario perfeccionamiento 5.
1 El Román de la Rose fué comenzado en el siglo XIII por Guillermo
Lorrís y terminado en el XIV por Juan de Meung. El sentido de este singu-
lar poema es esencialmente satírico: la forma que reviste, propiamente ale-
górica. En él aparecen personificados la Hermosura, el Amor, la Piedad,
la Franqueza, La Buena Acogida, el Peligro, el Falso-Semblante (la fal-
sía), la Mala-boca (maledicencia), etc., virtudes y vicios que tanta influen-
cia tienen en la vida. Una y otra obra, esto es, el poema y su continuación,
fueron conocidos en Castilla, si no á fines del siglo XIV, al menos en la
primera mitad del XV^ pues que el Marqués de Santillana los cita en su
Carta al Condestable y todavía se conservan los códices que poseyó de am-
bos libros en la Biblioteca del Duque de Osuna (Véase nuestra edición de
las Obras del Marqués de Santillana, págs. 620 y 624).
2 Entre otras composiciones de Rambaldo de Vaqueiras que pudiéramos
citar al propósito, no es posible olvidar la que intitula Lo Carros, en la
cual recordando cierta manera de juego caballeresco, usual en el Monferra-
to, supone que las damas de Berceil, aquejadas por los Ce/os, asaltan el car-
ro defendido por Beatriz, su Bel Cavalier, obteniendo esta cumplida victo-
ria. Tratándose de Rambaldo de Vaqueiras y de su influencia en la poesía
italiana, no parece impertinente el indicar que fué este el primer trovador
que empleó la lengua vulgar de Italia, como se prueba con la tensón ó
disputa que tiene con una genovesa (Millot, Hist. des Trobads.; art.: Ram-
baud de Vaqueiras). Rambaldo escribió esta poesía á fines del siglo XII.
3 La acción del Tessoreto, que más de un escritor ha juzgado equivo-
cadamente como un compendio del libro del Tesoro, dado a conocer antes
de ahora (11.^ parte, cap. XIII), es muy semejante, sobre lodo en la intro-
ducción, á la que desarrolló después el inmortal discípulo de Bruneto. Vol-
viendo esle de Castilla, a donde habia pasado para solicitar el favor de Al-
fonso X contra los gibelinos, sabe al llegar á las faldas del Pirineo, que los
II.* PAUTE, CAP. IV, INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 171
Acercábase el instante en que sublimada por el más alto y
peregrino ingenio de la edad-media, iba á fecundar de nuevo
aquella forma literaria todos los parnasos meridionales. La Di-
güelfos han sido vencidos y desterrados de Florencia. Agobiado por el dolor
dice:
Pensando á capo chino
Perdí il gran camino,
Et tenní aUa traversa
D'una selva diversa.
Tornado en sí, se encuentra al pié de una montaña, viendo al par multi-
tud de animales de toda especie, flores, árboles, yerbas, frutos, metales,
piedras preciosas, perlas y otros mil y mil objetos. Todos nacen, viven,
mueren, se reproducen y multiplican a la voz de una matrona, que ya pa-
rece tocar al cielo con su cabeza, ya ensancha su seno en tal manera que
puede extrechar al mundo entre sus brazos. Era la Naturaleza. Bruneto osa
dirig-irle algunas preguntas, á las cuales replica, manifestando que impera
sobre todos los seres, obedeciendo á Dios que la há criado, cuyos precep-
tos trasmite y ejecuta. Prosiguiendo, le expone los misterios de la creación
y la reproducción, le recuerda la caida del ángel y la del hombre, fuente
de todos los males que afligen á la humanidad, deduciendo de estos hechos
altas consideraciones y enseñanzas. Al cabo le muestra el camino que debe
seguir en la selva y los que debe esquivar. Tres se ofrecerán á su vista: en
el primero hallará á la Filosofía y á las Virtudes, sus hermanas; en el se-
gundo á los Vicios, sus contrarios; en el tercero al Dios de Amor, con su
corte y sus atributos. En este momento le abandona, y
Or vá maestro Brunetto
Por un santieri stretto,
Cercando di videre
Et loccare et sapero
Cío' clie gil é destínalo...
En efecto, halla cuanto le habia indicado la Naturaleza, deteniéndose
en la descripción de las Virtudes y los Vicios, conversando largamente con
Ovidio, á quien pinta poniendo en verso los hechos de amor, y descubrien-
do por último á Tolomeo con blanco viso y barba grande, que le explica
los fenómenos del cielo como maestro di strolomia, etc. La alegoría toma-
ba ya en el Tesoretto aquel sentido moral y aquella importancia científica,
que ostentó más adelante al mayor grado de perfeccionamiento, comuni-
cándose á todas las literaturas que, según notaremos, recibieron la escuela
dantesca.
172 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
vina Commedia aparece en el italiano : la luz de la alegoría,
brillando con nunca vistos resplandores, se refleja al par en las
mansiones del eterno dolor, en el albergue consolador de la
esperanza, y en la morada de la beatitud eterna. Por ella se con-
densan los tiempos y se congregan en un mismo espacio los hé-
roes de cien pueblos y generaciones: por ella reciben espanto-
sos y perdurables castigos los más grandes criminales que han
afrentado á la humanidad, sin que la gerarquía á que los ha le-
vantado el mundo, ni la dignidad y consagración de sus perso-
nas y de sus nombres templen un solo instante el rigor de la in-
flexible ley, á que sus vicios y sus pecados los sujetan.
Cuanto existe en la ciudad doliente, cuanto contempla el dis-
cípulo de Virgilio en la prodigiosa montaña del Purgatorio, todo
se halla cubierto de aquel velo misterioso, que envolviendo las pe-
renales amarguras de los hombres, oculta al par las más recóndi-
tas profundidades de la ciencia de Dios, revelando no obstante los
inagotables tesoros de su misericordia y de su gracia. Al tocar el
poeta con planta venturosa las vírgenes regiones del paraíso
terrenal, transforma la alegoría á sus ojos todo lo creado: Beatriz,
emblema de la ciencia divina y objeto constante de santo y pu-
ro amor, aparece en nube de flores, que derraman los ángeles
sobre el carro místico de la Iglesia, donde, representada su do-
ble naturaleza, se muestra el Hijo del Eterno, rodeado de los
cuatro Evangelistas y de las sietes Virtudes i. Por oculto po-
der, que recibe de la Primera Esencia, conduce Beatriz al vate
florentino de planeta en planeta, hasta llegar á la celestial Je-
rusalem, para ocupar la silla de luz que le está destinada, con-
fiando la guia de su amado á un anciano venerable y radiante
de gloria, durante el resto de su viage.
San Bernardo le enseña en efecto á admirar el triunfo
de María, asentada en la cima del primer círculo de la ro-
sa , que figura la inmortal Jerusalem , y obtiene de la ma-
dre del Verbo que le sea permitido contemplar la fuente de
1 Canto XXIX del Purgatorio. Esta visión alegórica es una de las más
bellas de la Divina Commedia.
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 173
la eterna beatitud; pero deslumhrado el Dante á tan subli-
me é inefable espectáculo, sólo acierta á indicar que ha crei-
do ver tres círculos de igual magnitud, bien que de diversos
colores, en el segundo de los cuales ha pensado descubrir una
figura humana. Ante este misterio que es sin duda el más alto
que puede concebir la mente del poeta; ante esta maravillosa
alegoría, la más elevada de cuantas era dado expresar al arte
cristiano, inclina el amante de Beatriz la inspirada frente, po-
niendo término á su desusado canto y sometiendo su voluntad á
la de aquel Primer Amor, k cuyo querer se mueven las estre-
llas y los astros.
Una forma literaria, á cuyo influjo giraba tan complicada y
sublime máquina poética, encerrando en mil y mil cuadros de
admirable estructura todas las galas de una fantasía verdadera-
mente creadora, no podia dejar de- producir extraordinario entu-
siasmo entre los ingenios eruditos. La Divina Commedia avasalla
al par todas las inteligencias y se ofrece á todos los cultivadores
del arte en las regiones meridionales de Europa, como el más
acabado modelo. — Florencia, Bolonia, Pisa, Venecia y Plasen-
cia instituyen cátedras públicas para explicarla, cabiendo la
honra de inaugurar aquella difícil tarea al celebrado autor de
11 Deccamerone *: imítanla al propio tiempo Fazio degli Uberti
en su Bittamondo, Frezzi da Foligno en su Quadriregno, Ar-
menino Bolones en su Istoria Fiorita ^ ; y mientras el renom-
1 El decreto que instituyó en Florencia la referida cátedra, lleva la fe-
cha de 9 de agosto de 1373; — en Bolonia comenzaron las explicaciones
en 1375; — en Pisa en 13S5; — en Plasencia en 1398, época en que Vene-
cia tomaba igual acuerdo. Los primeros expositores que en estas ciudades
tuvo la Divina Commedia, fueron en el orden indicado: Benvenutto de
Rambaldi da Imola, que escribió un largo comentario; Fr. di Bartolo da
Buti; Filippo da Reg-gio y Gabriel Squaro (Tiraboschi, t. V, pág. 39S).
2 Los poemas de Uberti y Frezzi han sido una y otra vez examinados
por los críticos: no así el de Armenino, apenas mencionado hasta ahora. Po-
seyólo el docto Marqués de Santillana en su selecta librería, que dimos á
conocer en sus Obras fpágs. 592 y siguientes), donde en el articulo opor-
tuno hicimos un breve análisis del mismo (págs. 597 y 98). Para conocí-
174 riISTORIA CRITICA DE LA LITEIIATÜUA ESPAÑOLA.
brado cantor de Laura, que sólo llega á conocerla en los últi-
mos años de su vida, se lisongeaba tal vez en sus Triumphi con
la idea de emular sus aplaudidas bellezas, apresurábanse tam-
bién á tomarla por norma y pauta de sus producciones los poe-
tas castellanos que florecen en los reinados de Juan I y Enri-
que III, traida al suelo español por un ingenio que nacido en
Italia, «meresció en estas partes del Occaso el premio de la
wtriunplial é laurea guirlanda» , llevando por excelencia el ti-
tulo, no de trovador ó decidor, sino el más elevado de poeta ^.
Tal hizo el distinguido Micer Francisco Imperial, cuyo nombre
hemos consignado en igual sentido, al comenzar el presente vo-
lumen ^.
Notable era en verdad el movimiento de las musas españolas,
cuando se inicia y triunfa en nuestro parnaso la innovación ale-
górico-danlesca. Pero ya lo dejamos repetidamente insinuado:
mientras se iba de dia en dia ensanchando el círculo de la erudi-
ción, reservada en siglos anteriores á las escuelas clericales;
mientras cundia entre todas las clases de la sociedad aquel noble
estímulo de ilustración, que trastocando en cierta manera el ór-
miento de nuestros lectores no juzg-amos fuera de propósito notar que el
poeta se supone transportado á una selva, donde se le aparece una matrona,
á quien dá el nombre de Piorita, la cual le sirve de g-uía en la extraila
pereg-rinacion que emprende por la montaña de la historia. A su vista,
pasado un rio que dá vuelta á la montaña, se muestran los poetas y los hé-
roes de la antigüedad, desde los tiempos más remotos, recorriendo asi to-
das las épocas y conmemorando todos los pueblos hasta trazar el cuadro de
la grandeza romana. Este poema se terminó en 1329, como consta en el
precioso códice que existe hoy en la biblioteca de Osuna, P. II, lit. M. nú-
mero 8, antiguo. Como advertimos en las Obras del Marques de Santilla-
na, está escrito en prosa y verso.
1 Marqués de Santillana, Carta al Condestable, párrafo XVII.
2 Véase el cap. I. Ya antes habiamos dado á imperial esta legítima re-
presentación en la historia de la poesía española, al publicar la Vida y
Escritos del Marqués de Santillana, con que ilustramos sus Obras (pági-
nas CXV y CXVI de la misma). Los anotadorcs del Cancionero de Bae-
na le negaron toda inttuencia en nuestro parnaso; pero después veremos
con cuan poco fundamento.
II.* I'ARTlí, CAP. IV. INTIl. DE LA ALEGOUÍA DANTESCA. 175
den de la educación y de los estudios, despojaba á las enseñanzas
de la füosofía y de la historia de la sobriedad conveniente para
llegar á fructuosa madurez; y mientras arrojado de su verdadero
cauce, se desvanecía el sentimiento estético del pueblo castella-
no, ambicionando al par las galas y preseas debidas á extrañas
literaturas, — mostrábanse los poetas de la España central infi-
cionados de todos los vicios que traen consigo la pedantería y el
anticipado refinamiento de una cultura imitadora.
Ni era ya para ellos el amor, fuente y vida de todo ar-
te, aquella adhesión pura y agena de toda inverosímil hipér-
bole , que habia brillado con sin igual verdad y pureza en
los primitivos cantares de la musa nacional; ni encerraban
sus canciones y dezires los tesoros de fé y de piedad, que
en no' lejanos dias "la hablan engrandecido ; ni reflejaban la
llama del fuego patrio, que habia iluminado las grandes figu-
ras del héroe de Vivar y de Bernardo del Carpió, de Fernán
González y de Alfonso XI.
Muestra de lo que iba siendo la musa erudita de los cas-
tellanos, inclinada cada vez más al cultivo de la poesia lírica,
eran desde el reinado del Rey don Pedro las obras de don Pero
González de Mendoza, escritas en la juventud de este procer,
que sella en el desastre de Aljubarrota con su propia vida la
acrisolada lealtad de sus abuelos, conforme en su lugar oportu-
namente consignamos * . Ganaban mayor lustre y se acaudalaban
con nuevos primores las formas artísticas: cobraban también ma-
yor flexibilidad y riqueza las formas de lenguaje, por más que sólo
se haya reconocido hasta ahora este adelantamiento en los tiem-
pos de don Juan II ^ ; pero en cambio faltaban la sencillez y na-
1 Véase el capítulo XX de la If.* Parte.
2 Este es el común sentir de la crítica, sin exceptuar los escritores que
han tratado con mayor detenimiento, en los últimos años, de literatura es-
pañola. El examen de los poetas que florecen en la segunda mitad del si-
glo XIV, justifica plenamente nuestra observación, que autorizan además
las doctas palabras del marqués de Sanlillana, relativas á la corte de don
Enrique III, que expondremos oportunamente. Los que sin reparar en los
176 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
turalidad, la concisión y brío de la expresión, caracterizando to-
das las producciones amatorias cierta galantería cortesana, que
se extremaba con el inoportuno ejemplo de los héroes de la anti-
güedad y de los paladines de la caballería, y resaltando en las
historias la lisonjera facilidad del poeta palaciego, cuya inspira-
ción, nacida en el favor de las antesalas de proceres ó reyes,
ni estriba en las creencias populares, ni se aumenta del entusias-
mo que engendran en grandes y pequeños las altas empresas,
llevadas á feliz remate en nombre y para bien de la patria.
Esta enseñanza debemos al estudio de las poesías de Pero
Ferrús y de Alfonso Alvarez de Villasandino, de Perafan de Ri-
vera y del Arcediano de Toro, de Garci Fernandez de Gerena y
de otros diferentes ingenios de la corte de Enrique II y Juan I.
Es el más antiguo de todos, por confesión de Villasandino, el
castellano Pero Ferrús, que hubo sin duda de florecer en parte
del reinado de don Pedro *, abrazando todo el de Enrique II,
según persuade la composición escrita á la muerte de aquel
príncipe. Breve es el número de las obras trasmitidas hasta nos-
otros ^ : cümplense sin embargo en las que existen todas las
observaciones que llevamos expuestas; y ya elogie la belleza de su
amiga, confesándose más enamorado que Lisuarte y que Roldan,
anteponiéndola, en pedantesco paralelo, á Yénus y Palas, á Po-
líxena y Elena, á Briseyda y Dido, á Ginebra é Isolda, y dando-
ing-enios de esta época, supusieron que sólo ofrecía una gran laguna litera-
ria, desconocieron de todo punto la historia del arte.
1 Esto se deduce de las palabras de Alfonso Alvarez de Villasandino,
quien viviendo en la corte de Enrique II, decía á Alfonso Sánchez de Jaén,
denostando sus versos:
Ya en su tiempo don Pero Ferrús
Fizo dezires mucho más polidos
Que non estos vestros laydos é fallydos, etc.
{Canc. de Baena, núm. 124, pág. 124).
2 Tienen en el Cancionero de Buena los números 301, 302, 304
y 305.
II.* PARTE, CAP. IV. INTP.. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 177
le el nombre de Belaguisa, á usanza de los trovadores í; ya se
burle de los ritos y ceremonias de los Rabbíes de Alcalá, exci-
tando la vis poética de los mismos, quienes le replican en igual
género de metros, declarando que no aventajan los ruiseñores en
el vergel los cánticos matinales, con que saludan á su Dios 2-
ya en fin celebre al bastardo de Trastamara, ponderando en él
aquella largueza tan fatal para Castilla y le equipare á los gran-
des reyes pasados, exagerando sus dotes de gobierno y sus es-
casas virtudes bélicas hasta presentarle cual digno del renombre
de conqueridor, que el universal aplauso de sus vasallos habia
dado al debelador de Algeciras, — siempre aparece como partida-
rio de la escuela provenzal, que habia logrado entre los cortesa-
nos excesiva preponderancia. El amor por él pintado, lejos de
revelar una pasión verdadera, se funda en una colección de tér-
minos artificiales, que ni determinan situación alguna de la vida,
ni reflejan ninguna de aquellas cualidades, bastantes á formar un
carácter poético: el sentimiento patrio que se traduce á sus ver-
sos, lejos de personificar el noble y generoso anhelo de la prospe-
ridad pública, se encamina á prevenir con los no merecidos elo-
1 Los anotadores del Cancionero de Baena observaron que Belaguisa
debia ser la heroína de alg^un libro de caballerías desconocido, ó tal vez
palabra compuesta por el autor de bella y guisa (Notas, pág-. 677, col. 1).
Nosotros juzgamos lo último, y damos alguna importancia á este particu-
lar, porque como vá en el texto insinuado, determina al punto que lleg-aba
la imitación de los trovadores. Estos apellidaban á. sus damas con frecuen-
cia Bel-vezer, Bel-donayre, Bel-cavallier, Bel-Semhlant, etc., como nos
enseñan las obras de Bernardo de Ventadour, Rambaldo de Vaqueiras,
y otros muchos de los más renombrados cultivadores de la poesía le-
mosina.
2 Los rabíes de Alcalá usan la lengua de Castilla con la misma soltu-
ra que Pero Ferrús, no desmereciendo tampoco los metros por ellos emplea-
dos de los de aquel afamado trovador. Téngase presente esta observación
para más adelante, en que examinando las poesías de otros judíos y sarra-
cenos, mostraremos cómo se amoldan unos y otros á los progresos de me-
trificación y lengua, contra lo qué han asegurado los traductores de Ticknor,
al pretender fijar la época de ciertos poemas aljamiados. Véase la nota de la
página 154 del anterior capítulo.
Tomo v. 12
178 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
gios del rey muerto el favor, que espera en la magnificencia del
rey vivo ^ .
Análogo juicio puede y debe formarse respecto de Alfonso
Alvarez de Villasandino, apellidado también de lUescas y de
Toledo 2. Concedióle el docto marqués de Santillana título de
grand decidor, añadiendo que podia repetirse respecto de él
«aquello que en loor de Ovidio un grand estoriador describe, con-
1 Esta misma intención descubrimos en la composición que dirig-e Fcr-
rús á Pero López de Ayala, señalada en el Cancionero de Baena con el nú-
mero 305. Después de elogiar sobre manera á los héroes de la antig-üedad,
comenzando por los fabulosos y siguiendo por los grieg-os, troyanos, carta-
gineses y hebreos, no sin mezclar los paladines caballerescos, menciona á
los caudillos y reyes españoles que más se distinguieron por su va-
lor en la obra de la reconquista, diciendo respecto del bastardo de Al-
fonso XI:
Don Enrryque, rrey de España,
Que por esfuerce et por sesso
Todo el mundo tovo en peso, etc.
Sólo suponiendo que Ferrús habia recibido extremada protección de En-
rique II, puede tener disculpa este adulatorio lenguaje, que por desgracia
se hizo harto común entre los trovadores que le suceden, como notaremos
adelante.
2 Esta circunstancia hace creer que Alfonso Alvarez era natural de Vi-
llasandino, siendo heredado en Illescas y morando á menudo en Toledo. De
lo primero persuade la seguridad con que alude á dicho pueblo, tratando
de su naturaleza: de lo segundo nos convence su propia declaración, con-
tenida en estos versos, dirigidos á don Sancho de Rojas (Número 160 del
Cancionero de Baena):
Por non padescer á tuerto,
Vendo todo, á furao muerto,
Quanto ove heredado
En Illescas é aun comprado.—
De lo tercero deponen las frecuentes alusiones, que hace á su residencia en
la imperial ciudad, debiendo advertirse que no otra es la denominación que
lleva en diversos Cancioneros del siglo XV, tales como el de Hijar, el de
la Biblioteca patrimonial de S. M. que daremos á conocer en breve, y el de
la Imperial de Paris, de que poseemos multitud de producciones inéditas.
11." PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA 170
«viene á saber: que todos sus motes é palabras eran metro» ''.
— «Esmalte é lus é espejo é corona é monarca de todos los poetas
»é trovadores, maestro é patrón del arte poética» le apellidaba
repetidamente Juan Alfonso de Baena, al copiar sus numerosas
composiciones en el famoso Cancionero, á que prestó nombre ^.
Tuviéronle en grande estima sus coetáneos, y solicitáronle, para
que elogiase por ellos á sus damas y amigas, magnates tan es-
clarecidos como el conde de Buelna don Pero Niño, y el ade-
lantado Pero Manrique '^. Con cierta vanagloria llegaba él mis-
mo á reputarse verdadero maestro y oráculo de toda poesía,
escribiendo al par cantigas á la Virgen, loores á los reyes, li-
sonjas á sus mancebas •*, y elogios á las damas más ilustres,
1 Carta al Condestable, núm. XVII. El Marqués le dio el apellido de
Illescas.
2 Baena añade que Dios «puso en él gracia infusa», manifestando así
hasta qué punto llegaban la fama de Alfonso Alvarez y la hipérbole de sus
alabanzas (Véase el epígrafe de sus cantigas en dicho Cancionero).
3 Son las composiciones que llevan en el expresado Cancionero los nú-
raeros 8, 10 y 32 que empiezan, la que hizo para Manrique:
Señora, flor de azucena:
las que escribió por ruego del conde, para loor de doña Beatriz, su mugcr,
y cuando el infante don Hernando la prendió:
1.' La que siempre obedescí.
2.' Fasta aquí passé fortuna, etc.
4 Fueron estas doña Juana de Sossa y doña María de Cárcamo, obse-
quiadas ambas por el rey don Enrique, el Viejo (el II), quien ya que no
pudo en otra cosa, imitó en esto, y no sin creces, á su padre don Alfonso.
— Villasandino se mostró tan pródigo en las alabanzas de doña Juana que,
al escribir la cantiga que empieza: Acabada fermosura, le dijo don Enri-
que que pues le habia dado aquel nombre «que ya non fallaría más loores
que decir della». En el Cancionero de Baena existen sin embargo hasta
quince cantigas, demás de la indicada, algunas de las cuales fueron sin du-
da escritas después, mostrando todas cuan versado estaba Alfonso Alvarez
en el lenguaje de las lisonjas y cuan fácilmente se inspiraba por cuenta de
180 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
entre las cuales, haciendo oficio de galanteador, prefirió á la in-
fanta dona Leonor de Castilla, reina de Navarra desde 1375 ^.
En su afán de requerir de amores á cuantas bellas contem-
plaba, iba hasta el punto de tomar por dama la que habia sido
antes combleza de Enrique II, manifestándose á poco andar tan
prendido en las redes de una beldad sarracena que no vacilaba
en asegurarle que «pornía por ella en condición su alma pecado-
ra» ^. Armado entre tanto caballero por el expresado príncipe,
otro. Tienen todas en el Cancionero los números 11, 12, 13, 15, 16, 17,
18, 19, 20, 23, 43, 45, 48, 49, 50 y 51.— Doña María de' Cárcamo, menos
favorecida sin duda, aunque no menos halagada, pues que la apellida luz
de parayso y linda estrella, manifestando que la serviría (don Enrique)
como rey, ora vena muerte ó vida, sólo tiene una cantig-a, desig-nada
con el número 24.
1 Se conservan en el Cancionero citado cuatro composiciones que
se refieren á doña Leonor, designadas con los números 25, 26, 27, 41 y 46.
La primera es un diálogo entre el cuerpo y el corazón, en que uno y otro
se lamentan de los dolores que amor les causa; la segunda es la despedida
de doña Leonor, á tiempo de partir á Navarra; la tercera es cierta manera
de súplica que el poeta dirige á la Infanta para que le mande curar lasjla-
gas de amor; la cuarta tiene por objeto el celebrar la belleza de «unas
lindas doncellas et damas que andavan con la reyna de Navarra», de una
de las cuales se confiesa enamorado; la quinta es en fin un elogio directo
de doña Leonor, ya reina. Estas cantigas, como las anteriores, están escri-
tas, ya en gallego, ya en castellano.
2 Lo primero se deduce de algunas de las cantigas, citadas en la nota
penúltima, tal como la que señalada en el Cancionero con el núm. 45,
comienza:
De grant cuita sofridor
Foy é só, siempre seré, etc.
que según se expresa en su epígrafe, fué escrita por «amor é loor de doña
Juana de Sossa, por que le diera lugar é manera á que la pudiesse loar é
amar é obedecer é servir». De lo segundo nos da testimonio otra cantiga,
que se ha impreso en el referido Cancionero, como prosecución de la que
lleva el núm. 31 (pág. 33) y tiene este estrivillo:
Quien (le lynda se enamora.
Atender deve perdón,
En caso que sea mora.
11.'' PARTE, CAP. IV. INTU. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 181
colmado de bienes y mercedes, é investido con las ambicionadas
insignias de la Vanda, que le ganó sin duda su pericia en las ar-
tes de la guerra *, consignaba Villasandino en sus composicio-
nes el fallecimiento del referido soberano, colmándole de elo-
gios [1579], la muerte de la reina doña Juana [1381], la de
doña Leonor [1582], el desastre de don Juan I, su esposo [1590],
y más adelante lloraba con otros muchos poetas el temprano fin
de Enrique III [1406].
En efecto, la belleza que en esta obra es aplaudida, viene de lynage de
Agar y de la lynia de Ismael, dotada por Mahoma de alvos pechos de cris-
tal y de tal fermosura que la non podía decir el poeta. Este motejaba
después, ó lo habia hecho ya, á Garci Fernandez de Gerena, por sus amores
con una juglaia mora, seg-un veremos en breve.
1 Quejándose al rey Enrique 111 del mal tratamiento que le daban otros
poetas más jóvenes, refiérele su vida, manifestándole que obtuvo desde su
juventud del rey su abuelo honras que mantenia y mantendría (que man-
tengo é manterné), añadiendo:
El qual por quien rogare
Quel quiera Dios perdonar,
Me dio su vanda et collar.
Y luego:
Por este señor cobré
Orden de caballería
E con grand franqueza un día
Me casó con quien cassé.
Deste rescebi é tomé
Muchos bienes é mercedes;
Pues en su corle ya vedes
Sí perdí ó si gané:
Sabe Dios corarao é porqué.
Dios y todo el que lea las cantigas laudatorias de doña Juana de Sossa y
doña María de Cárcamo. — En cuanto á la pericia militar de Villasandino,
parecen acreditarla los siguientes versos de Fr, Pedro de Colunga, al supli-
carle que le declarase «algunas figuras oscuras del Apocalipsis)'.
Señor Alfonso Álvarez^ grant sabio perfeto
En todo fablar de lynda poetria;
Estrenuo en armas é en caballería,
En rregir compañas, sin algún defeto, etc.
182 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Llegaba así á edad avanzada; y aunque gastada su salud y
consumida su hacienda al vuelco de los dados, de que era muy
devoto, no por eso le abandonó su genio poético, ya tomando
parte y aun promoviendo aquellas lides artísticas que tan del
gusto de la corte se hablan hecho, al terminar el siglo XIV;
ya lanzando picantes sátiras contra los contadores y oficiales
reales que eran obstáculo al logro de las continuas demandas
pecuniarias, con que abrumaba á reyes, infantes y magnates;
ya en fin halagando los encontrados intereses de los últimos,
con burla, á veces poco decorosa, de sus elevados adversa-
rios ^.
1 Entre las sátiras más ó menos embozadas que fulmina á veces Villa-
sandino, deben recordarse las que dirije al Cardenal don Pedro de Frias,
valiéndose de las profecías de Merlin, que tanta fama habian logrado entre
los eruditos desde mediados del siglo. En ellas se levanta alguna vez á la
verdadera región del sentimiento patriótico. En la que lleva por ejemplo el
núm. 97 del Cancionero de Baena, leemos estos rasgos que pintan el esta-
do de la corte de Castilla, bajo la privanza del Cardenal referido:
Non prescian al bueno | , sinoii al nialjyn;
Falla el leal | ¡as puertas cerradas:
Las obras del cuerdo | son menospreciadas
E tienen al loco | por grant palazin.
Non facen mención | de Benamarin
Nin de las conquistas | del rey don Ferrando,
E tienen los armas | guarnidas de oryn;
Prescíanse mucho | de rropas brosladas, etc.
Las composiciones señaladas con los números 115 y 116 son de tan in-
trincado sentido que sólo para los que vivieron en aquella edad y recibie-
ron, como un hecho de feliz augurio, la caída del Cardenal, pudieran ser
inteligibles. Otras sátiras escribió más adelante contra los palaciegos que
eran obstáculo á la largueza del joven Condestable don Alvaro de Luna ó
de don Juan II, á quienes ya viejo, cano, calvyllo, y lleno el rostro de
arrugas y el cuerpo de bidmas de socrocio, demandaba vistuario y dine-
neros cada dia, cometiendo á veces censurables bajezas. Entre estas sátiras
es notable la marcada con el núm. 202, no sólo por darnos á conocer que
no falta á Villasandino cierto humor satírico en los últimos años de su
vida [1424], sino porque nos descubre las vejaciones y desprecios de que
fué víctima, doliéndose á menudo de que sus «cantares no tenían ya
dono ni sal» (Núm. 200 del Cancionero de Baena).
11. '^ PAUTE, CAP. IV. INTK. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 183
Tal fué é hizo Villasandino. Por su educación literaria, cuyos
perfiles eruditos ostenta en frecuente y no oportuno alarde; por
la escuela poética, en que desde luego se filia;" por su humor y
su carácter, fáciles á toda lisonja é inclinados á usar de la ven-
ganza; por su poca fijeza y fidelidad en el amor, intemperancia
que tiene el merecido castigo en su segundo matrimonio*; y
úllimamente por la soltura y poco recato de sus costumbres, que
alguna vez se transfiere á su lenguage ^, ofrece Alfonso Ál-
varez de lUescas en la historia de la literatura española la ima-
gen de los antiguos trovadores provenzales, que hicieron, como
él, oficio y ministerio de su vida el cultivo de la gaya sciencia ^.
l La canlig-a núin. 6 del Cancionero citado dá testimonio de que «la
)j postrimera esposa que ovo, que avia nombre doña Mayor,» no fué para Vi-
llasandino «fermosura tan syn erranca» como cantó al celebrar sus bodas
(núm. 5): «repisso del casamiento, más la quisiera tener por comadre que
);por mujer, segund la mala vida que en uno avian, por ^elos et vejez et
«flaco garañón» {Canc, pág. 16).
2 Véanse los dezires que van designados con los núms. 104 y 184 en
dicho Cancionero.
3 Para que fuese más completa esta semejanza, el poeta que habia reci-
bido honras y honores de los reyes de Castilla, preciándose de ser quisto é
amado de ellos (núm. 184 del Canc.) y de ser hidalg-o de dos lanzas (núme-
ro 73), recibió hasta cuatro veces del cabildo de Sevilla la suma de cien do-
blas por otras tantas cantigas, escritas para ser cantadas por juglares el dia
de Navidad. Todas son laudatorias de la capital de Andalucía, poniendo sus
excelencias sobre las de cuantas ciudades tenían á la sazón merecida fa-
ma, en lo cual seguía la norma de los antiguos trovadores, para quienes era
la hipérbole familiarísima. Esta manera de rebajar los ponderados frutos de
su musa, que en tiempo del Rey Sabio le hubiera clasificado entre los que
se envilecían por oficio, llegó en su vejez al extremo, dando á sus poesías
el carácter de los cantares de ciegos y mendigos. El núm. 219 del Cancio-
nero recuerda en efecto los que ya conocen los lectores debidos al Archi-
preste de Hita (11.^ Parte, cap. XXIII, pág. 533): tiene este estrivillo:
Señores, para el camino
Dat al de Villasandino.
No es tampoco para olvidada la circunstancia de haber sido dos veces
184 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Sus numerosas poesías pueden contribuir á esclarecer con muy
curiosos pormenores la historia anecdótica, ó como se dice en el
lenguage culto de nuestros dias, la crónica escandalosa de la
corte de Castilla, durante los reinados de Enrique II, Juan I,
Enrique III, y parte del de Juan II: en ellas se aprende á cono-
cer también el desarrollo que tienen las formas artísticas en la
segunda mitad del siglo XIV, empleados por Villasandino cuan-
tos metros lo habían sido antes y ensayando otros nuevos, que
enriquecía con variadas y fastuosas combinaciones, rímicas : en
ellas pueden y deben apreciarse los notables progresos, que
iba haciendo la lengua castellana, acaudalado el dialecto poé-
tico con frases, giros y maneras de decir antes desconocidas,
y no olvidada tampoco la dicción que es generalmente esme-
rada *.
Rretj de la faba, dignidad grotesca que solicitó por la tercera vez, diciendo
fnúm. 204):
Yo fuy rey, syn ser Infante,
Dos vegadas en Castilla;
Mas mi coyta é mi manzilla
Es por non sser espetante
Para el año de adelante
D'aver la tercera silla.
El monje de Montaudon, famosísimo por su humor cáustico entre los
trovadores, fué también rey del Puy (Millot., Hist. des troubadours, art.
Montaudon; Fauriel, Histoire de laPoés. provenp. t. II, pág. 192).
1 De buen grado pondríamos aquí algunas muestras de las poesías de
■Villasandino: en la imposibilidad de hacerlo con la extensión que deseára-
mos, citaremos la bella cantiga que ocupa en el Cancionero el núm. 44,
notable por la soltura y gracia de la versificación, no menos que por la fres-
cura y corrección de la frase. Empieza :
Vysso enamoroso.
Duélete de mi,
Pues vivo pensoso.
Deseando á ty, etc.
En esta y otras varias poesías de Villasandino hallamos las mismas do-
tes, que hicieron después célebre el nombre del marqués de Santillana, como
autor de las tan aplaudidas serranillas.
II.* PAUTE, CAP. IV. IMR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 185
Mas si le concedemos de buen grado este galardón respec-
to de las formas exteriores, justo es observar que no descubri-
mos en Alfonso Alvarez, fuera de la prodigiosa facilidad que el
marqués de Santillana le concede, ninguna de aquellas dotes
que constituyen al verdadero ingenio, dándole elevada y legí-
tima representación en la historia del arte. Su patriotismo se
nutre, como el de Pero Ferrús, de esperanzas cortesanas: sólo
se despierta en él ó cuando ha recibido alguna ofensa, ó cuando
no halla la gracia que solicita, aquel sentido moral que daba
tan alto precio á la musa de Pero López de Ayala ; y si alguna
vez, dominado del sentimiento religioso, dirige sus cantigas á la
Virgen María, resalta en ellas lo humano sobre lo divino, por
más que se vanagloriase de que alguna era bastante á libertarle
de la condenación eterna •.
Ni ofrecen por cierto distintos caracteres Perafan de Ribera
y el Arcediano de Toro. Si no es lícito despojar del título de
poeta al noble adelantado de Andalucía, patriarca de aquella
ilustre familia que se distingue por su amor á las letras y á sus
cultivadores, tampoco merece alto galardón en nuestro parnaso.
Una sola composición, y esta adjudicada con ciertas dudas, co-
nocemos de dicho ingenio, más propia para mostrar que no era
amigo de dádivas excesivas que para hacer alarde de su talen-
to poético. Rechazaba en ella la petición de Alvarez de Illescas,
que parecía tomarle por padrino de sus desdichadas bodas, y
versificábala con notable soltura al uso de los que seguían la
escuela de los trovadores -. Con mayor aplauso escribía el Ar-
1 La cantiga á que aludimos, es la segunda del Cancionero de Baena
y tiene este estribóte ó estribillo:
virgen digna de alabanca,
En ti es mi esperanca.
El mérito literario de esta cantiga está muy lejos de lo que juzgaba
Villasandino.
2 Es el decir que lleva el núni. 113 en el tantas veces citado Cancio-
nero: en su epígrafe se lee que «algunos decian que la fizo por rruego del
dicho adelantado (Ribera) Ferran Pérez Guzman;;.
186 HISTÜUIA CKITICA \)E LA LHEUATLKA ESPAÑOLA.
cediano, que lograba después ser conmemorado por el ilustre mar-
qués de Santillana, citando expresamente las composiciones que
le ganaron la estima de los eruditos '. De rendido y fiel enamo-
rado, hasta morir ai golpe de los desdenes de su dama, se pre-
ciaba en todas las poesías que han llegado á nuestras manos,
escritas como otras muchas de Yillasandino en el dialecto galle-
go, tan de moda entre los ingenios de la corte, como apuntamos
en otro lugar y notó el celebrado autor de la famosa Carta al
Condestable '^. Mas no por confesarse tan apasionado, y retirar-
se del mundo, al ver malogrado su amor, y hacer testamento,
al sentirse morir ^, respondió la musa del buen Arcediano á los
1 Cuando dimos á luz las Obras del Marqués de Santillana, abrigába-
mos la esperanza de averiguar el nombre de este famoso Arcediano: las
personas, á quienes en Toro y Zamora teníamos dado dicho encargo, nada
han podido adelantar en esta investigación; y aunque no es imposible que
algún dia se tropieze con los documentos inútilmente buscados hasta ahora,
cúmplenos decir que sólo sabemos de cierto lo que nos advirtió el expresa-
do marqués en el núm. XVII de su Carta al Condestable. El Arcediano
floreció en tiempo del rey don Johan 1. — Véase no obstante el núm. CXIV
de la Biblioteca del Marqués al final de sus citadas Obras.
2 Núm. XIV.
3 Esta composición del Testamento no la citó el Marqués de Santillana.
Tiene en el Cancionero el núm. 316, está en versos de maestría mayor, y
comienza;
Poys que me velo á morte chegado, etc.
Entre los legados que vá haciendo, dice:
A miña loa arte de lindo trobar
Mando á Lope de Porto-Carreyro,
poeta coetáneo suyo, no mencionado por el Marqués, á quien debió tener
en mucha estima, como tal trovador, pues que añade que le hace este lega-
do de su arte,
Porque sabrá della muy beu usar.
Demás de las composiciones que citó don Iñigo López de Mendoza, se Icen
n." PARTE, CAP. IV. INTK. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. j 87
acentos del verdadero dolor, así como tampoco habia sentido el
estímulo del amor verdadero. Primoroso en el arte de metrificar
y de rimar, cual lo eranVillasandino y los demás trovadores, de
quienes se despide en su fingida cuita ^, nada hallamos en sus
obras que nos revele las altas aspiraciones de la civilización
castellana, ni la originalidad de su carácter, avassillado por el
espíritu de escuela, como el de sus más señalados coetáneos.
Más original que el Arcediano se mostró sin duda Garci
Fernandez de Gerena, merced á muy especiales circunstancias
de su vida. Honrado desde su juventud con cierta estimación y
privanza en el palacio de don .Juan I, pedia al rey por muger,
llevado de ciega codicia, «una juglara que avia sido mora,
pensando que ella avia mucho tesoro». Otorgósela don Juan;
en el Cancionero de Baena (núms. 311, 312, 315) las cantig-as que em-
piezan:
—Por Deus Mesura.
—En muy forte pensamento.
—Ora me conven este mundo lexar.—
La que empieza:
Crueldat et trocamento,
no aparece entre ellas, y sí adjudicada con el núm. 18 á Villasandino. Es-
ta equivocación de Juan Alfonso de Baena, prueba que siendo una la es-
cuela poética del Arcediano y del caballero de la Yanda, se confundian ya al
mediar el siglo XV, las composiciones gallegas de ambos.
1 Despidiéndose en la composición A Deus, Amor, á Deus, el rey, de
todos sus amigos, dice el Arcediano:
A Deus, amigos señores,
Que muyto amé;
A Deus, os troliadores.
Con quen troLé, etc.
Estas palabras no dejan duda alguna de que eran numerosos los trovado-
res de la corte de don Juan I, mostrando al par el género de poesías que
cultivaban, trabando juntos, esto es: cantando de una misma suerte y por
una misma arle.
188 HISTÜUIA ClllTlCA Üt; LA LlTEHATLlíA tSI'A.ÑOLA.
pero apartándole desde aquel punto de su lado. Esta repulsa, el
desengaño de la soñada riqueza y el general menosprecio que
atrajo sobre su persona aquella desusada y desigual unión, hu-
bieron de moverle á prorumpir en estériles lamentos, que pen-
só tal vez hacer interesantes, mezclándolos al universal de Cas-
tilla «después de la batalla de Aljubarrota».
La deshonra que juzgó cubrir con los tesoros de la juglaresa,
le echó al cabo la corte y aun de la sociedad, retrayéndose con
su mujer á una ermita, cercana á Gerena, donde pasó algún tiem-
po en simulada y al parecer fervorosa penitencia, ya componiendo
devotas cantigas en alabanza de Dios, ya tomando á la Virgen por
su intercesora. Al fin le arrancaba su índole versátil de aquel re-
tiro, y fingiendo «que iva en rromeria á lerusalem», embarcóse
en Sevilla con la juglaresa, dirigiéndose á Málaga y pasando de
allí á Granada, para renegar la fé de sus mayores y abrazar el
mahometismo. Trece años vivió en tierra de moros, olvidado de
su patria y encenagado en liviandades con una hermana de su
mujer, hasta que cansado sin duda de andar errante, tornóse á
Castilla [1401], más cargado de hijos de lo que su pobreza con-
sentía, mendigando la caridad ó excitando la indignación de sus
antiguos amigos, que motejaban su vejez con el infamante dicta-
do de apóstata ^ .
Fácilmente se alcanza que las obras poéticas, fuente de se-
mejantes noticias biográficas, debían tener alguna originalidad,
aun cuando fuese esta nacida en parte de la misma extravagan-
cia de la vida del poeta. Es Garci Fernandez uno de aquellos
ingenios, á quienes concede el cielo imaginación lozana y pin-
toresca: sus poesías que no carecen de pensamientos profundos
y alguna vez elevados, muestran que le era familiar el conoci-
miento de las formas artísticas de la escuela provenzal y que
1 Villasandino, en la composición que lleva el núm. 107 del Cancio-
nero, le hace cierta especie de inventario de las cosas que habia ganado,
al renegar la ley de Jesucristo. Es obra no sin gracejo, pero de poca auto-
ridad en quien ponia en peligro su alma, por amor de una mora. Véase la
nota de la pág. ISO.
II.* PARTK, CAP. IV. 1NTI5. DE LA ALEf.ORIA DANTESCA. 180
dominado por influjo más favorable íi la nacionalidad castellana,
hubiera podido levantarse á más alta esfera. Pero descaminado,
como todos sus contemporáneos, y sujeto más que todos á los
raros accidentes de una vida borrascosa, en que llegó natural-
mente á embotarse el sentimiento patriótico, ni pensó siquiera
en consagrar su musa á la gran causa de la civilización españo-
la, ni pudo hablar otro lenguaje que el ya convenido en el círcu-
lo artificial de los que se apellidaban trovadores, ni revelar tam-
poco otra individualidad poética que la reflejada exteriormente
en sus propias vicisitudes. Garci Fernandez de Gerena, aunque
no con la variedad de Villasandino, daba no obstante á conocer
el progreso de las formas artísticas y de lenguaje, mereciendo
en este concepto no despreciable lugar en la historia de la poe-
sía castellana ^ .
En igual sentido aparecían cuantos profesaron la gnya scien-
cia durante los reinados de Enrique II y Juan I, en cuya corte
obtenían los juglares privilegios y exenciones únicamente con-
cedidos, antes de aquel tiempo, á los primeros personajes de la
república 2. Privaba entre los eruditos aquel arte que dejó de
existir un largo siglo habia en el suelo que le dio nombre; y
1 Entre las composiciones de Gerena es notable la cantiga «que fiso en
loores de Santa Maria», la cual tiene este estrivillo."
virgen flor, de espina,
Syenipre te serví:
Sancta cosa e dina,
Rruega á Dios por mí.—
En ella, como en todas, resaltan las dotes que le dejamos reconocidas.
2 Concediendo el rey en privilegio de 9 de abril de 1398, dado en el
monasterio de Pelayos, ciertas inmunidades y exención de pechos y derra-
mas á los oficiales reales, incluye entre ellos y como tales los considera «á
sus falconeros et menestriles, et al su trompero et joglares et copero». La
merced referida era para siempre jamás, imponiendo la pena de diez mil
maravedís á todo el que fuese contra ella, y mandando que fuesen de-
vueltos á todos los dichos oficiales los pechos y derramas que de ellos se hu-
biesen recibido.
100 ÍIISTOniA CRÍTICA DE LA I,ITEnAT[RA ESPASOLA.
mientras Alfonso González de Castro ^ y otros muchos que se
extremaron en su cultivo, pugnaban por trasmitirlo á la poste-
ridad, comenzó á alborear en los horizontes del Parnaso caste-
llano el astro de la Divina Commedia que habia eclipsado ya en
el suelo de Italia la estrella de los trovadores.
No alcanza Micer Francisco Imperial éxito tan cumplido como
el cantor de Beatriz: que ni podia esto esperarse de quien imitaba,
ni le habia dotado la Providencia de aquel talento prodigioso, ni de
aquella maravillosa imaginación, con que le plugo enriquecer al
prófugo inmortal de Florencia. Su obra, mucho más modesta y
de muy más reducidas proporciones respecto del arte, intrínseca-
mente considerado, no dfejaba de ser trascendental en orden á la
poesía castellana, que falta á la sazón de verdadero norte y de
fin propio, acogia sin restricción alguna y pretendía hacer suya
la alegoria dantesca, al verla resplandecer en las producciones
del ilustrado poeta que la transferia al suelo de España. Mas
digno es de notarse, por su especial importancia en la historia
de nuestras letras, que esta innovación, destinada á triunfar así
1 Don Iñigo López de Mendoza cita íl este poeta antes que al Arcediano de
Toro; pero según notamos en las Obras del Marqués (Biblioteca, núme-
ro XXII), es muy posible que viviese hasta entrado el siglo XV, á lo cual
se inclina don Francisco de Torres en su Historia de Guadalajara, de
donde era natural, manifestando que vivia en 1415. Rades de Andrada
menciona en 13S5 un frey Alonso González de Castro, comendador de Ca-
latrava {Crón. de las tres Órdenes, fól. 65), hecho que no debió ignorar don
Iñigo López, quien á haber sido dos diferentes personages, hubiera procurado
distinguirlos de algún modo. Sea como quiera, al citarle en este lugar,
le consideramos como discípulo de la escuela provenzal, fundándonos en una
de las canciones que menciona el marqués y que Alfonso de Baena adjudicó
equivocadamente á Macías. Esta cantiga que tiene el núm. 309 en el Can-
cionero, comienza:
Con tan alto poderío,
Amor nunca fué juntado, ele,
y aparece animada do cierto sentido alegórico, bien que muy distante do la
escuela dantesca.
11.* PARTE, CAP. IV. INTU. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 191
en las comarcas donde se hablaba el idioma de Castilla como en
las que conservaban todavía sus nativos dialectos, se inicia y
echa vividoras raices en el suelo de xVndalucía.
Oriundo Micer Francisco Imperial de una ilustre familia de
Genova, en la cual habia residido más de una vez la primera
dignidad de aquella república, y natural de la misma ciudad,
cuyo mayor poder consistía en la actividad y extensión de su
comercio, trájole sin duda á la Península Ibérica Jácome ó Jaime
Imperial, su padre, famoso mercader de joyas que se avecinda-
ba en Sevilla durante el reinado de don Pedro ^. Hallábase en-
tonces Micer Francisco en su primera juventud: su amor á las
letras, y sobre todo á la poesía , le habia hecho iniciarse en el
conocimiento de los vates griegos y latinos, que más alto re-
nombre hablan logrado en la antigüedad clásica: Homero, Yir-
giüo, Horacio, Lucano, cuantos poetas, merced á los esfuerzos
de Petrarca y sus discípulos, comenzaban á ser estimados por
sus producciones, cuyas bellezas habían sido antes más presen-
tidas que justamente quilatadas, le eran familiares -. Su edu-
cación literaria se habia formado no obstante en aquellos mo-
mentos en que la gloria de la Divina Commedia y el aplauso de
su inspirado autor llenaban todos los ángulos de Italia: domi-
1 En el testamento del rey don Pedro, dado á luz al final de su Cróni^
ca, se cita en efecto á Jácome Imperial, como tal mercader de joyas. Ha-
blando de las que legaba á su hija Constanza, deciar el rey: «El otro alha-
j)yate es el que compró Martin Yañez por mi mandado aqui en Sevilla, que
Mtraxo de Granada Jaimes Emperial, en que ha cinco balaxes», etc. (pági-
na 562j. Que Micer Francisco nació en Genova consta del encabezamiento
que llevan sus poesías fpág-. 197 del Cancionero), siendo muy de notar la
circunstancia de haber conservado toda su vida el título de MÍQer, propio de
la lengua italiana, bien que aplicado también de antiguo entre los catala-
nes y aragoneses, manifestando así la influencia que de la patria de Pe-
trarca habían recibido,
2 imperial daba razón de sus estudios clásicos, cuando decía:
En muchos libros ley
Horaero, Virgilio, Dante,
Boecio, Lucaii, des y
En Ovidio de Amante, ole.
192 HISTORIA crítica de la literathiía española.
nado por aquella gran reputación, seducido por la sublimidad y
belleza de aquellos cantos que se repetian al par en los alcáza-
res de los príncipes y en las tiendas de los mercaderes, en los
talleres del artesano y en las plazas públicas i, dábale la pre-
ferencia entre todos los grandes maestros del arte; y consagra-
do á su constante estudio, aspiraba á poseer los medios artísti-
cos y literarios, á que el cantor de Beatriz habia dado tan des-
usada perfección, y se resolvía á ensayarlos en el habla caste-
llana.
No era en verdad la empresa de Miger Francisco Imperial
una de aquellas, para cuyo logro basta sólo la voluntad de quien
las acomete. — Aunque más trabajada de lo que vulgarmente se
ha creído, contaba la lengua que ilustran Alfonso X y San-
cho IV, escasas tentativas para dotar al Parnaso español de los
metros endecasílabos: el mismo Rey Sabio en el dialecto gallego,
en que escribe sus Cantigas, el Archipreste de Hita en alguno
de sus himnos á la Virgen y el príncipe don Juan Manuel en
los dísticos [viessos] de los apólogos , que componen el Conde
Lucanor, y tal vez en su Libro de los Cantares, desdi-
chadamente perdido para la historia literaria, hablan inten-
tado aclimatarlos, tal vez á ejemplo de los trovadores; pe-
ro no seguido el suyo ó seguido con menos empeño y perse-
verancia de lo que se habían menester para lograr éxito cum-
plido, fueron de poco fruto sus esfuerzos, dejando esta gloria, si
tal puede llamarse, á otros más afortunados.
Ni era tampoco fácil tarea la de amoldar á la referida metrili-
cacion el dialecto poético del parnaso castellano, existente ya en
aquella edad, por más que se haya dicho lo contrario, suponiendo
que sólo llega á formarse en los tiempos de Juan de Mena -. Im-
1 Véase la nota 86 del capítulo XVIII de la 11.^ Parte.
2 Esta opinión ha g-eneralizado en nuestros días la autoridad del docto
don Alberto Lista y Aragón, en sus Ensayos literarios y críticos (t. II,
Del lenguaje poético, art. II). Mas á pesar del gran respeto con que pronun-
ciamos siempre el nombre de este varón esclarecido, debemos notar aqui
que siendo desconocidos en su tiempo los poetas de que tratamos, no le fué
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 195
portantes modificaciones, hijas de la misma naturaleza de la in-
novación, debia pues experimentar la dicción poética para ajus-
tarse al estilo y metro que habia sublimado el Dante; y unidas
una y otra dificultad á la no menos considerable de tomar por
instrumento una lengua no aprendida en la cuna, hacíase alta-
mente meritoria y no muy fácil y segura la empresa del poeta
genovés, que intentaba dotar á la literatura castellana de las galas
de la alegoría dantesca, mientras hallaba racional disculpa su po-
ca fortuna, al dar cima á semejante empresa.
Desgraciadamente no poseemos hoy todas las poesías, escri-
tas por Micer Francisco Imperial con el indicado propósito ; mas
entre las que han llegado á nuestros dias, cual muestra de su
talento y para justificación de las palabras del docto marqués de
Santillana, se cuenta una composición de tal entidad, así por su
naturaleza como por sus formas, que nada nos deja que desear,
respecto del fin á que aspiraba y de los medios empleados para
alcanzarlo. Hablamos de la que en el Cancionero de Baena es
designada, no con entera propiedad, con el titulo de Desir á las
syete Virtudes ^ Imperial, teniendo siempre delante de sí la
simpática imagen del amante de Beatriz y no cayéndosele de las
manos la Divina Commedia, no sólo se confiesa en la citada pro-
ducción su admirador y discípulo, sino que poniendo al Dante en
el mismo lugar que este habia dado á Virgilio, se complace en
recibir del gran poeta el nombre de Hijo, dándole el de Maestro
y Sumo Sadio, y bebiendo en su inmortal epopeya inspiración y
doctrina.
Pero sobre ser el Besir á las syete Virtudes en su es-^
tructura general una imitación tan palpable de la Divina Com-
posible formar cabal juicio respecto del dialecto poético empleado por los
mismos. En cuanto á la diferencia que existia entre dicho lenguaje y el
prosaico, no se olvide que aquel respetable maestro confesó ing-enuamente
que desconocía el Conde Lucanor (id., id., pág-. 206), y que por tanto no
alcanzó á quilatar su mérito literario, así como tampoco pudo apreciar nin-
guna de las obras del siglo XIV que dejamos juzgadas.
I Mejor seria Vysion de las syete virtudes y de los syete vigios. Tiene
en dicho Cancionero el núm, 250.
Tomo v. 13
194 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
media, apenas hay en él pasage alguno que no tenga su origi-
nal en el Purgatorio ó en el Paraiso, partes á que por su mis-
ma índole principalmente se refiere. Micer Francisco Imperial,
no llegado todavía á la cumbre de su vida *, se dirige al des-
puntar la aurora á un verde prado, donde al lado de cristalina
fuente contempla un florido rosal, sintiéndose, al aproximarse (l
él, poseído de grave sueño, que no embargaba no obstante su
fantasía. Para decir á los hombres lo que en tal sueno se le re-
presenta, invoca el auxilio de Apolo, siendo esta la vez prime-
ra que en lengua castellana era solicitado el favor de aquella
deidad gentílica. Imperial imitaba aquí y seguia con singular
fidelidad la invocación, que hace el Dante en^ el canto I del Pa-
raíso: el vate florentino habia exclamado :
O buono Apollo, all' ultimo lavoro
Fammi del tuo valor si fatto vaso
Come dimandi á dar l'amato alloro.
Entra nel petto mió, e spira tue,
Sí come quando Marsía traesti
Della vagina della membra sue.
O divina virtú, se mi ti presti
Tanto, che l'ombra del beato regno
Segnata nel mió capo io manifesti.
Su imitador decia:
Sumo Apolo, á tí me encomiendo:
Ayúdame tú con suma sapiencia
Que en este sueño que escrevir atiendo
Del ver non sea al desir defyrencia,
1 El poeta dice: De la mi edat aun no en el ssomo, imitación palpable
de: Nel mezzo del cammin di nostra vita, con que empieza la Divina Com-
media. Observando que antes de 1394 escribió varias composiciones^ ya al-
gún tanto olvidado de la imitación dantesca, tales como las que sedirijen a
la manceba de don Alfonso de Guzman , muerto en dicho año (Canc. de
Baena, núms. 238 y 239) es muy probable que compusiera este decir en
la referida centuria, rayando ya en los cuarenta años. Aun no en el ssomo
de su edat, como dice.
11.* PARTE, CAP. IV. IMR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 195
Entra ea mis pechos; espira tu ciencia,
Como en los pechos de Febo espiraste,
Cuando á Marsía sus miembros sacaste-
De la su vayna por la tu excelencia.
¡O suma luS;, que tanto te aleaste
Del concepto mortal, á mi memoria
Eepresta un poco lo que me mostraste
E faz mi lengua tanto meritoria!... etc.
Terminaba la invocación, en que manifiesta que así como á
veces sigue á una breve centella inmenso fuego, así también
puede seguir á su inspiración otra que luzca en Castilla con
más duraderos resplandores, entra pues en la descripción del
prado misterioso, donde dormia, trasunto del que pinta el aman-
te de Beatriz en el YII canto del Purgatorio. A su vista apare-
cen aquellas estrellas non visle mai, que se mostraron á su maes-
tro, al llegar á las regiones de la Esperanza ^ : siguiendo su
luz, dá en un arroyo que le conduce á un hermoso jardin, defen-
dido por un muro de esmeralda, coronado de olorosos jazmines y
rodeado del mismo arroyo, cuyas cristalinas aguas producían, al
formar dulce cascada, la más apacible música. Ninguna entrada
habia descubierto, pareciéndole imposible penetrar en tal recin-
to, cuando divisó una puerta de rubí, la cual se bajaba para dar-
le paso, como un puente levadizo. Al pisar aquella venturosa
tierra, blanqueaban, como el armiño, sus vestiduras; y vuelto á
la mano derecha creia ver sobre la yerba las huellas de humana
planta, cuyo rastro le lleva hasta un rosal, tras el cual mira le-
vantarse un hombre, que le saluda cortesmente. Hé aquí cómo le
describe:
Era en [su] vista benigno é suave
E en color era la su vestidura
Cenisa ó tierra que seca se cave 2;
Barba é cabello alvo sin mesura.
1 Purg-atorio, Canto I.
2 Estos dos versos son casi literal traducción de los sig-uicntes, en que
describió Dante el trage que vestia el ángel que g-uarda la puerta del Pur-
gatorio (cant. IX):
Genere, o térra, che seca si caví
D'un color fora col suo vestimento, etc.—
i 96 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Traya un libro de poca escriptura,
Escripto todo con oro muy fino,
E comenzava. En medio del camino,
E del laurel corona é gentura.
De grant abtoridad avia semblante,
De poeta de grant exgelenQia,
Onde omilde enclinéme delante,
Fasyéndole devida reverengia;
Et díxele con toda obediencia:
«Afectuosamente á vos me ofresco
Et maguer tanto de vos non meresco,
Ssea mi guya vuestra alta cyengia» i .
El Dante, que no otro es el aparecido, se le ofrece en efecto
por guía, llevándole de la mano hacia las estrellas misteriosas,
mas no bien habían andado cien pasos, cuando resuenan en sus
oídos «voces angelicales é mussycado canto», á que responden
otras muchas con los himnos de Manet in charifate, — Ci^edo in
Deum, — Spera in Beo, percibiéndose entre los rosales más cer-
canos una dulce voz que decía:
....Qualquier que el mi nombre demanda,
Ssepa por gierto que me llamo Lya,
E cojo flores, por faser guirlanda,
Commo costumbre ál alva del dia» -.
1 En esta aparición y pintura total del Dante hallamos notable seme-
janza con la de Catón de Utica, contenida en el citado canto del Purgato-
rio. Aunque Imperial recordó algunos rasgos del retrato, que hace Alighieri
de su propia persona en varios pasajes de la Divina Commcdia, no olvi-
dando el trage que vestia en su fantástica peregrinación, conservó algunas
pinceladas de las que animan la fisonomía del Uticense. Dante escribía:
Vidi presso di me un veglio solo,
Degno di tanta reverenza in ■vista
Che piü non dee á padre alcun ügliuolo.
Langa la barba é de piel bianco mista
Portava á suoi capegll simigliante.
2 Los anotadores del Cancionero de Baena dicen sobre este pasage:
«Lia es el nombre de una hermana de Raquel que fué después muger de
11.^ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DAiNTESCA. 197
Absorto Imperial d, tanta maravilla, sacábale el Dante de
aquella suerte de arrobamiento, manifestándole que hablan lle-
gado ya al rosal que florece en medio del prado, desde el cual se
contemplaban las siete estrellas. Formaban las tres primeras bri-
llador triángulo y describían las segundas, que se parecían más
lejanas, no menos esplendoroso quadrángulo: unas y otras te-
nían en el centro la imagen de hermosísimas matronas, cuyas
sienes ceñían bellas coronas de oro, representándose en los rayos
de todas gallardas doncellas, exornadas de vistosas guirnaldas.
De color de llama viva eran las primeras, y más blancas que
la blanca nieve las segundas, entonando unas y otras perenne
cántico de alabanza á Dios con tal pureza y honestidad que no po-
dían ser reveladas por el poeta. Descríbelas éste después indivi-
dualmente por boca del cantor de Beatriz, resultando ser las Vir-
tudes Teologales y las Cardinales: de la Caridad nacían como
otros tantos rayos, la Concordia, la Paz, la Piedad, la Compa-
sión, la Misericordia, la Benignidad, la Templanza, la Libertad,
la Mansedumbre y la Guerra: de la Fe, que se ostentaba abra-
zada á un árbol de doce ramas ^, la Mundicia (Pureza), la Casti-
dad, la Reverencia, el Afecto, la Religión, la Firmeza, la Obedien-
cia y la Herencia (Tradición): de la Esperanza la Fiuzia (Gon-
»Jacob; mas en este lugar parece aludirse á algún personaje mitológico que
»nos es desconocido» (Notas, pág. 670). Lástima fué que no reparasen en
que Imperial iba siguiendo las huellas del Dante, para ver que los versos
trasladados son traducción casi literal de los que pone el cantor florentino en
boca de Lia, al representar en ella la vida activa, ya en el paraíso terre-
nal. El discípulo de Virgilio habia manifestado que Lia, hermana de Ra-
quel^ en quien personifica la vida contemplativa, andaba cogiendo flores,
y decia cantando :
Sappia qualunque '1 mió nome dimanda
Ch'io mi son Lia é vo movendo 'ntorno
Le baile mani á farmi una guirlanda.
Hasta la rima copió aquí Imperial, no siendo por tanto ni mitológico,
ni desconocido el personage, á que alude.
1 Bella representación alegórica de Jesu-Cristo y los doce apóstoles.
198 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
fianza), el Apetito, el Amor, el Deseo, la Certidumbre y el Espe-
rar. Tenia por hijas la Justicia el Juicio, la Verdad, la Lealtad,
la Corrección, la Persuasión, la Igualdad y la Ley: reconocíanse
cual derivadas de la Fortaleza la Magnanimidad, la Magnificen-
cia, la Seguranza, la Paciencia, la Mansedumbre, la Grandeza y
la Perseverancia: dependían de la Prudencia la Providencia ^, el
Comprender, el Enseñamiento, la Cautela, la Solicitud y el Aca-
tamiento: y obedecían á la Templanza, como á madre, la Conti-
nencia, la Castidad, la Limpieza, la Sobriedad, la Vergüenza, el
Templamiento, la Honestidad, y la Jliimüdad que desprecia las
grandezas del mundo. Dante declara á Imperial, terminada aque-
lla descripción, en que explica su propia visión de las virtudes ^^
que de nada le aprovecharla la vista de las siete estrellas, sin
conocer á la Discreción, madre de las mismas, mostrándosela al
propio tiempo apartada de todas, cubierto el rostro de blanco ve-
lo, vestida de gris y entonando los mismos himnos que las demás
cantaban:
Yo ende miro et vi dueña polida,
Só velo alvo et de gris vestida,
Tener del canto la tenor con ellas.
Perplejo y vencido de la novedad quedó Imperial, meditando
en la visión que tenia delante, hasta que la voz del amante de
Beatriz, cumpliendo el piadoso ministerio que esta habia desem-
1 La voz providencia está aquí usada cii la acepción que le dieron los
latinos y el mismo Dante repetidas veces. Cicerón decía: «Ea virtus ingenii
sad bona dilig-enda, reiicienda contraria, ex providendo est apéllala provi-
»dencia» (De legibuslib. /.)• Imperial quiso pues representar con este nom-
bre ese noble atributo de la Prudencia.
2 Es muy digna, de notarse la conformidad de Imperial y de los primeros
comentadores del Dante respecto de la representación de las cuatro estrellas
del paraíso. Esto nos induce á creer que si no le eran familiares los comenta-
rios deBoccacio, Benvenutto de Imola, etc., que ven en ellas el emblema de
las virtudes, interpretaba sin duda el sentimiento y creencia universal de
cuantos saboreaban en Italia las bellezas de la Divina Commedia. De todos
modos daba á conocer Micer Francisco el grande estudio que tenia hecho de
la misma.
II." PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA 199
peñado con él en su viaje al Empíreo, vino á desvanecer las
dudas que le asaltaban. Dante le dice:
En un muy claro vidro [bien] plomado
Non se vería tan bien tu figura,
Commo en tu vista veo tu cuydado
Que te tien ocupado sin mesura i .
El inspirado maestro le da á conocer la naturaleza de las Vir-
tudes y la influencia que ejercen sobre los mortales; y advirtien-
1 Todo este pasage nos recuerda otros varios del Paraíso, en que Dante
nos pinta igual situación respecto de Beatriz, su guia: en el canto I leemos,
manifestada le sorpresa que causa al poeta la presencia del sol:
Onde ella clie, vedea me si cora' io,
Ad acquietarmi l'animo commosso;
Fría ch' io á dimaudar la bocea aprio, etc.
En el canto IV trazaba análoga situación, diciendo después de mostrar
la perplejidad del poeta, en orden á la beatitud de las almas que moraban
en la luna:
lo mi lacea; ma'i mió disir dipinto
M'era nel \iso, e'l dimandar con ello
Piu caldo assai, che per parlar distinto.
Beatriz dice:
...lo veggio ben come ti tira
Uno et altro dissio, si clie tua cura
Se estessa lega di clie fuor non spira, etc.
Imperial, mostrando nuevas dudas, según nos dirá el análisis, anadia:
E yo que nueva sed me aquexava
En mí decia, maguera callaua:
A mi conviene que desate un nudo:
¿Mas qué sserá, que fuertemente dubdo
Que mi pregunta á este sabio graua?
E quando el poeta bien entendió
Mi tímido querer que non se abria,
Tornando al su tablar, ardil me dio, etc.
La imitación no puede ser más palpable.
200 HISTORIA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
do que Imperial revuelve en su mente el deseo de saber por qué
no alumbra á Castilla la benéfica luz de tan prodigiosas estren-
uas, satisfácele con estas palabras:
... A esto respondo, mi fijo amigo,
Que esta lumbre v'iedan las serpientes,
Las que vinieron, si bien has en mientes,
Fasta el arroyo, muj juntas contigo.
Contigo estaban fasta aquella ora
Que vigte el agua de la clara fuente, etc.
Eran las expresadas serpientes representación de los vicios.
Dante descubre á Imperial las propiedades de cada una, desig-
nándolas por sus propios nombres *; y terminada la descripción,
exclama:
El fedor dellas, fijo, ciertamente
El ayre turba tanto syn mesura
En nostro regno que la fermosura
De aquestas dueñas non vée la gente.
Pronunciadas estas palabras, aparece el cantor florentino
animado de santa indignación , dirigiendo enérgico apostrofe
contra la ciudad más noble y escogida del reino, la cual se ha-
bia convertido en guarida de todas las indicadas serpientes. ¿Qué
ciudad era esta?... Imperial imita aquí y aun traduce en parte
la sátira que lanza sobre Italia, y en especial contra Florencia,
su respetado maestro, al contemplar en el VI Canto del Purga-
torio la singular efusión, con que se abrazan Virgilio y Sordelo de
Mantua, al reconocerse compatriotas 2. ¿Era que, recordando la
1 Debemos notar que las cinco estancias en que se hace la pintura de
los vicios, bajo la alegoría de las siete serpientes, se hallan en la edición
del Cancionero de Baena tan plagadas de errores que no es fácil seguir ni
aun el sentido gramatical de la frase. Proviene esto sin duda de no haber
podido consultar los editores sino un sólo MS., en que lució el pendolista
su ignorancia más de lo que solian hacerlo los trasladadores de los siglos
medios.
2 De buen grado copiaríamos aquí para que hicieran por sí la compara-
ción nuestros lectores, los pasagcs de la Divina Commcdia y del Decir á
11.'" PARTE, CAP. IV. INTR. UE LA ALEGORÍA DANTESCA. 201
ojeriza que abrigó el Dante toda su vida contra su ingrata patria,
procuró Micer Francisco transferir á sus versos este rasgo so-
bresaliente de su carácter, ó ya que pretendiese comparar á Se-
villa, ciudad tan principal y tan elogiada en sus mismas produc-
ciones, con la desvanecida Florencia? A lo primero parece incli-
narnos la circunstancia de ser maestro y discípulo italianos y
usar de la expresión nostro regno, al referirse al efecto produ-
cido por los vicios: de lo segundo pudiera deponer la misma
ilación de las ideas y sobre todo la referencia, ya notada, á los
males que aflijian á Castilla y la condición de ser Imperial estan-
te et morador en la capital de Andalucía.
Sea como quiera, el Dante pone fin á su razonamiento,
anunciando severos castigos á la ciudad pecaminosa, con el fu-
turo reinado de la Justicia; y vuelto de nuevo á Micer Francisco,
advierte en su semblante que no liabia quedado del todo satis-
fecho, animándole á que repita sus preguntas. El discípulo pro-
rumpe :
. . . . — Declárame, lus mia,
Cómo esta lumbre viedan las serpientes,
Cómo con ellas, segunt fases mientes,
Vine al arroyo, ca yo non las vya.
las syete Virtudes, á que nos referimos. No omitiremos algunos rasgos;
Dante pinta irónicamente la volubilidad de los florentinos, diciendo:
Atene et Lacedemonia, che fenno
Le antiGhe leggi, éfuron si civili
Fecero al viver bene un picciol cenno.
Verso di te, che fai tanto sotili
Provediraente ch'á mezzo Novembre
Mon giunge quel che tu d'Ottobre fllí.
Imperial le ¡mita de este modo:
Cicerón Fahricio
E los que en Roma fueron tan ceviles,
Al bien veulr non fecieron un quicio
A par de tus oficiales gentiles
Que facen tan discretos é sotiles
Proveimientos que á medio Febrero
Non llegan sanos los del mes de Enero,
Tanto que alcancen altos sus cobiles.
202 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAiÑOLA.
Alighieri le maníiesta que no le había sido dable el recono-
cerlas, por tener velada la virtud visiva hasta llegará la cristalina
fuente del vergel misterioso, asegurándole al par con nueva ex-
plicación, que los vicios de los hombres tenian oscurecido en
la tierra el brillo y resplandor de las Virtudes celestiales. Com-
prendida por Micer Francisco esta doctrina, resonaron en sus
oidos dulcísimos cantos que se elevaban de las rosas del santo
rosal, á cuyo lado estaba, percibiendo entre ellos los himnos
Gratia Maria, ave, — Ecce ancilla y — Salve Regina; portento
superior á su razón y cuya inteligencia solícita del amante de
Beatriz, que le replica de este modo:
. , . . Fijo, non tomes espanto;
Ca están en estas rosas Sei'afines
Dominaciones, Tronos, Cherubines:
Mas non lo vedes, que te ocupa el manto 1.
Un viento semejante al que acaricia en mayo las flores, al
quebrar el alba, se mueve al terminarse el cántico de alabanza
á la Virgen María, despertando en aquel instante el poeta, que
halla en sus manos la Divina Commedia, abierta por el capítu-
lo Vil del Purgatorio ^.
1 Conveniente juzgamos advertir que Imperial recordaba en este pasaje
el canto XXVIII del Paraíso, donde en nueve círculos de luz contempló el
Dante los coros de Ang-eles, Serafines, Querubines, Tronos, Dominacio-
nes etc., — bien que colocándolos entre los rosales del verde é fiorioto pra-
to, en que purg-aban su pecado los que vivieron con el ánimo ocúpalo in
signorie é stati.
2 Imperial dice:
. . . Fallé en mis roanos ú Dante abierto,
En el capitul que la Virgen salva.
Este capítulo es el mencionado en el texto. La Salve de la Virgen, á
que se alude, el Salve Regina entonado por los príncipes y reyes, que
moraban en el florido prado, mencionado arriba. Los versos á que especial-
11.^ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 205
Tal es el Desir á las syele Virtudes, composición altamente
alegórica y por extremo dantesca, que vino á mostrarse en el
parnaso castellano como una doble innovación relativa á la for-
ma literaria y á las formas artísticas. Mostraba en ella Micer
Francisco Imperial que era la Divina Commedia fuente cauda-
losa de inspiraciones y dechado de bellezas, presentándola como
tal á los que se preciaban de discretos y acreditando entre ellos,
con sus frecuentes imitaciones, aquel gusto y especial estilo que
tanto aplauso habian merecido en el suelo de Italia.
Casi todas las obras de Imperial reconocían en efecto la mis-
ma pauta: alegórico era al cantar sus amores, suponiéndose de
continuo trasportado por sobrehumana virtud á vistosas flores-
tas, donde se le aparecían hermosas matronas y doncellas, que
disparándole agudos dardos, le llevaban cautivo í; alegórico,
al pintar los atributos de la Castidad, la Fumildad, la Pacien-
cia y la Lealtad, que eligen por juez á la Filosofía para quilatar
sus excelencias ^•, y alegórico en fin, y devoto imitador del Dan-
te, de quien toma imágenes, símiles y pensamientos, al celebrar
el natalicio del Príncipe don Juan en su ingeniosa Vision de los
siete Planetas, citada expresamente por el ilustre marqués de
Santíllana ^.
mente se refiere Micer Francisco en todo el final de su Dezir, son estos:
Non avea pur natura ivi dipinto
Ma di soavilá di mille odori
Vi facea un incógnito indistinto.
Sa/re, Regina, in sul verde, e'n su'fiorl
Quindi seder cantando anime vidi, <
Clie per la valle non parean di fuori, etc.
1 Véase el Decir, publicado por los anotadores del Cancionero de Fae-
na, pág-. 666, tomándolo del MS. de la Biblioteca Patrimonial (fól. 155),
cancionero que daremos á conocer en breve.
2 Véase el núm, 242 del Cancionero de Baena.
3 Núm. XVII de la Carta al Condestable. Las alusiones al Dante son
en este famoso decir tan frecuentes como claras. Después de invocar el
auxilio de Apolo, para eclipsar la visión de los siete planetas, representados
204 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
No eran sin embargo las dotes de Francisco Imperial de tan
levantado precio que bastasen á imponer por completo la innova-
ción por él acometida , viéndose al cabo forzado á recibir para
sus propias obras la metrificación de arte mayor y de arte real,
tan ejercitadas por los ingenios españoles, — mientras parecía ir
•olvidando la que en su juventud habia aprendido, y ensayado
bajo la alegoría de Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y Luna,
dice al pintar el efecto que produjo el cuento de Júpiter:
Non vlrto Aligher tan grant assosiego,
En el escuro limbo esperimentado.
En el gran colegio del maestro griego, etc.
Este colegio que preside Aristóteles, il maestro di color che é sanno, lo
pone el Dante en el canto IV del Infierno, y en él brillan Demócrito, Dió-
genes, Anaxágoras, Thales, etc. En otro lugar añade:
Tanta alegría non mostró en el viso
Al poeta jurista, teólogo Dante
Beatris en el cielo, commo quando quiso
Rassonar el sol. — etc.—
Donde se refiere el canto XXXI del Paraíso, en que ocupando Beatriz
la silla que goza en la inmortal Jerusaleni, y brillando con nuevos resplan-
dores, se vuelve á mirar á su amado, animada de celestial sonrisa. Pintan-
do después la Fortuna, tomaba los principales atributos del canto VII del
Infierno, en que hace Alighieri la descripción más bella y original de
aquella deidad, sometida ya á la luz superior de colui, lo cui saver tutto
trasgende. En la Divina Commedia dice Virgilio, por ejemplo, retratando
á la Fortuna, que Dios la ordenó como
general ministra e duce
Che permutasse k lempo li ben vani
Di gente en gente e d'uno in altro sangue
Oltre la ditenslon de senni umani.
Imperial ponia en boca de la misma Fortuna que todos los bienes hu-
manales estaban sujetos á su influjo, añadiendo:
De unos en otros los vuelvo é traspasso.
De llnage en linage, de gentes en gentes
En un solo puerto é muy passo á passo.
II.* PARTE, C.\P. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 205
después en el idiüma de Castilla K Mas, si por no encontrar
imitadores ó por no contradecir obstinadamente los cánones de
nuestro parnaso, intentó acomodarse el discípulo del Dante á la
versificación generalmente cultivada, no por eso dejaron de pro-
ducir sus esfuerzos el fruto deseado respecto de la escuela ale-
górica y aun del gusto literario que representaba, señalándose
entre los que abrazan una y otra los más floridos ingenios que
honraban á la sazón el nombre de Sevilla.
Distinguíanse en el suelo de Andalucía, como apasionados de
la musa erudita y partidarios de la escuela provenzal que impe-
raba entre los, poetas de la corte, los jurados Diego Martínez de
Medina y Alfonso Yidal, tenidos ambos por muy discretos y en-
tendidos en letras ^; y no gozaban de menor fama los religiosos
Fray Pedro Imperial, hermano de Micer Francisco, Fray Alfonso
de la Monja, Fray Lope del Monte, Fray Diego de Valencia y Fray
Bartolomé García de Córdova ^, prometiendo sin duda más sa-
zonados frutos otros más jóvenes ingenios, entre quienes logra-
ban cierta nombradla el cordobés Gómez Pérez Patino ^, y los
sevillanos Gonzalo Martínez de Medina, hermano de Diego, y
Fernando Manuel de Lando, cuyas producciones examinaremos
en lugar oportuno.
1 Es digno de notarse que así como en el Dezyr á las syete Virtudes,
son contados los versos de doce sílabas, debidos acaso á la ig-norancia del
trasladador, abundan en las demás poesías de Imperial los de once, ya sáfi-
cos, ya propios, ya more toscano, prueba evidente de lo arraigada que esta-
ba en él la educación literaria recibida en Italia y del grande esfuerzo que
hacia para adoptar el sistema dominante en Castilla. Fácil nos sería el copiar
aquí versos felicísimos que hicieran palpable esta observación; mas algo he-
mos de dejar á la curiosidad de nuestros lectores, á quienes remitimos á las
Ilustraciones que dedicamos al referido Decir de las Syete Virtudes.
2 Pueden verse las poesías que poseemos de uno y otro en el Cancionero
de Baena: las del primero en los números 233, 235, 323, 325 al 329: las
del segundo en el 236.
3 Véanse en dicho Cancionero los números 246, 282, 117, 273, 324,
326, 328, 345 al 350;— 35,— 118, 473 al 528;— 228— etc. En dichas com-
posiciones se ofrecen algunos datos curiosos sobre la vida de estos poetas.
4 Núms. 351 á 356 del Cancionero.
206 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍÑOLA.
Descubríanse en las obras de todos estos poetas, á pesar
de su filiación lemosina, dotes especiales que los separaban en
cierto modo de los trovadores de Castilla: exornábanlas mayor
pulcritud y regularidad en las formas artísticas; avalorábalas
más escogido y pintoresco lenguage; dábanles mayor riqueza
y gala ciertos accidentes descriptivos, que revelando ya una na-
turaleza lozana, varia y risueña, ponían al par de manifiesto que
la literatura ennoblecida por el Rey Sabio no liabia sido planta
estéril en las fértiles comarcas arrancadas al poder sarraceno
por la espada de San Fernando. Pero esta diferencia, percepti-
ble sin duda á toda crítica ilustrada, iba á aparecer de mayor
bulto, al arraigar en el suelo de Sevilla el arte dantesco entre
los imitadores de Micer Francisco Imperial. Ninguno habia os-
tentado basta aquel momento más brillantes facultades poéticas
que Ruy Paez de Ribera y ninguno llevó á más alto punto el
entusiasmo que tan peregrina innovación le inspira.
Vastago al parecer de la antiquísima é ilustre familia de Ri-
bera, ya antes mencionada, liacíase estimar Ruy Paez entre los
ingenios sevillanos por «ome muy sabio é entendido», no sin que
su fama cundiese también á los de la corte, quienes recibían
«todas las cosas que él ordenaba cual bien fechas é bien apun-
«tadas» 1. Deponían en efecto á su favor los discretos dezires,
1 Esto deducimos del cncabeíamiento de sus poesías en el citado Coh-
cionero (núni. 2S8 del mismo). Por lo demás nada hemos podido averiguar
de Ruy Paez, sino que floreció á fines del sig-lo XIV y principios del XV,
en que brillaba por sus riquezas y su poder la familia de los Riberas en
la capital de Andalucía. Los anotadores del Cancionero de Baena, indica-
ron que pudo ser hijo de Payo, quien lo era de Perafan; pero esto no con-
cierta ni con la edad que suponen sus obras, ni con el lugar en que florece.
De los epitafios que tiene en Sevilla aquella noble familia (trasladados de la
Iglesia de Santa María de las Cuevas á la de la Universidad) nada resulta
respecto de Ruy Paez ; mas del modo en que una y otra vez habla de los
Riberas en sus composiciones puede deducirse que se honraba de pertene-
cer á dicha familia. Salazar de Castro, que da noticia en varios pasages de
sus entronques con la de Lara, nada dice tampoco de este poeta, cuya cla_
ridad de ingenio le hacia digno de ser más conocido.
II.'* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 207
tlirijidos á Enrique III, presentándole como partidario de la
escuela provenzal *, cuando muerto este príncipe, al comenzar
el siglo XV, daba á conocer que se habia filiado también en la
dantesca, no siendo el decir, escrito con tal propósito, el pri-
mer ensayo debido al anhelo de contarse entre sus imitadores.
Antes sin duda de esta época era celebrada de los doctos la
ingeniosa composición, que bajo el título de Proceso que ovieron
en uno la Bolencia é la Vejez é el Destiero é la Probesa, in-
sertó el judino Baena en su ya citado Cancionero '^i en ella
procuraba Ribera poner de relieve los males que traian á la hu-
manidad, tanto las flaquezas inherentes á su perecedera consti-
tución como los que provienen de la sociedad y de las preocupa-
ciones que la avasallan; y para alcanzar el efecto apetecido, no
halló medio más eficaz que el de la forma alegórica, que el ejem-
plo de Imperial autorizaba. Ruy Paez se finge trasportado á un
valle, asiento del terror, que describe con estas breves y enér-
gicas pinceladas:
En un espantable, | cruel, temeroso
Valle oscuro, muy fondo, aborrido,
Acerca de un lago | ferviente, espantoso,
Turbio, muy triste, | mortal, dolorido
Oy quatro dueñas, | fasiendo roydo,
Estar departiendo [ á muy grant porfía,
Por cual d'ellas ante | el omme podía
^Seer en el mundo [ jamás destroydo.
Receloso de que pudiera serle imputado á vileza el no dar
cabo á semejante aventura, penetra en el valle, llegando al lago
no sin grave disgusto; y contemplando á su orilla las cuatro
dueñas, en quienes se representaban la Bolencia y la Vejez, el
Bestierro y la Pobreza, las describe del siguiente modo:
Miré sus personas | qué gestos avian,
E vilas llorosas I é tan doloridas
1 Son los que tienen en el Cancionero de Baena los núms. 295 y 296,
2 Es el núm, 290.
208 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Que ningún plazer | consigo tenian,
Vestidas de duelo^ | las caras rompidas.
Coronas d'esparto^ | é sogas ceñidas,
Descalcas é rrotas | é descabelladas
E tristes amargas | é desconsoladas,
E huérfanas, solas, ] cujtadas, perdidas.
Lleno de pavor á tal espectáculo, bien que deseoso de aliviar
su duelo, pregúntales la causa, sabiendo por ellas que jamás
tendría fin ni mejoría aquella tristeza y que empeñadas á la sa-
zón en determinar cuál de las cuatro era más perjudicial al hom-
bre, ninguna cedia á las otras, reclamando para sí la preferencia.
Todas convienen sin embargo en tomarle por juez en semejante
querella; y abierto el singular proceso, alega cada cual sus fa-
tales merecimientos, dando principio la Dolencia á exposición
tan original y peregrina. Por ella pierde el hombre salud, her-
mosura, fortaleza, seso, donaire, ciencia y discreción; por ella
cambian las facciones del rostro, se muda el color, se truecan
las inclinaciones, y los objetos antes apacibles y risueños pro-
ducen en el ánimo devorador hastío:
Por mi todo cuerpo | es desnaturado.
Los ojos sumidos, | nariz afilada,
La barvilla aguda | é el cuello delgado,
Angostos los pechos, | la cara chupada,
El vientre finchado, | la pierna delgada.
Las rodillas gruesas, | los muslos delgados,
Los brazos muy luengos | é descoyuntados,
Costillas salidas, [ oreja colgada, etc.
Ponderados los males que al hombre acarrea de contínuOj
júzgase la Dolencia muy superior á sus tres émulas-, la Vejez,
primera que le replica, intenta sin embargo probar que no es
menos dañosa al hombre, haciendo larga muestra de los acha-
ques, sinsabores y angustias que le prodiga, siendo todos pos-
treros y sin enmienda. El Destierro reclama también para sí
aquella poco grata supremacía, mostrando que por él vive el
hombre triste con grant maldición, y desesperado, lejos de su
patria y viendo siempre rostros desconocidos. Toca Tmalmente
II.* PAUTE, CAP. IV. INTR, DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 209
SU turno á la Pobreza; y el poeta que contemplaba cada dia el
menosprecio y vilipendio que hallan en el mundo aquellos á
quienes deja de su mano la instable fortuna, mirando á la conti-
nua levantados á la cumbre del poder y colmados de honras
mundanales á los que sin reparar en el camino, logran amontonar
el oro ^, — infunde tal aliento y comunica tal colorido á sus
palabras que llega á inclinar á su favor la balanza en tan raro y
difícil proceso. La Pobreza es la última de las calamidades: tras
humillar y envilecer al "hombre, le abre con mano despiadada las
puertas del crimen, poniéndole en contradicción con la misma
naturaleza:
Tan grande et esquiva | es mi fortaleza
Et muy cruel pena | é fiera dolor
Que yo prevalesco | á Naturaleza
E soy muy contraria | al grant Criador:
Ca lo que crió | el nostro Señor
Alegre, fermoso, | de gentil aseo,
Seyendo muy pobre, | lo fago yo feo.
Triste et amargo, | syn otra dulzor.
Oprin;údo bajo el peso de horrible maldición, ni logra el po-
bre la justicia de ser oído, ni alcanza la dicha de la compasión,
viviendo por tanto en odioso apartamiento del mundo y en desde-
ñoso olvida de Dios, desposeído de toda risueña y consoladora
esperanza. En vida tal muere muerte abarrida, y su alma deses-
perada halla sólo perdurable condenación, en pago á los dolores
de que anduvo cargada en la tierra. Con títulos tan valederos no
podía dejar la Pobreza de obtener la victoria en aquel pleijto
más negro que pez; y Ruy Paez de Rivera, pues que de ella de-
pendían muerte, dolor, tormento é infierno, pronuncia el fallo en
su favor, fundándole en la amarga experiencia que le ofrecía la
1 Esta idea pareció preocuparle tanto que escribió además otro dezir,
«recontando todos los trabajos é ang-ustias é dolores», deque puede el hom-
bre ser aflijido, en el cual declara que «non falló cosa alg-una que se eg-ua-
«lase con el dolor é quebranto de la mucha pobreza». — Es el señalado con
clnúm. 291 del Cancionero.
Tomo v. 14
210 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sociedad, en quien tenían puesta perpetua dominación la rapaci-
dad y la codicia.
No era sin embargo la doctrina aquí asentada tan religiosa
como pedia el sentimiento cristiano que animaba á nuestros
mayores , pudiendo conducir fácilmente al más desgarrador
excepticismo ; pero ni es lícito atribuir Ruy Paez intención
semejante, ni debe causarnos maravilla su desconsoladora con-
sideración sobre la pobreza, cuando en los versos de tan emi-
nente repúblico y tan piadoso caballero, como el Canciller Pero
López de Ayala, hemos visto reflejarse la misma creencia; acu-
sación que recae de lleno sobre la sociedad, presa á la sazón de
una moral torcida, fuente de la prematura corrupción que la
contaminaba. La identidad de miras en uno y otro poeta prueba
que el mal existia con desmedidas proporciones, no pudiendo
metios de ser reflejado por el arte, cualquiera que fuese la forma
literaria por él empleada: la alegoría se mostraba en Ruy Paez
de Ribera fiel á sus conocidos é inmediatos orígenes: el Dante
habia sido azote cruel y sangriento de cuantos vicios, errores,
preocupaciones y tiranías avasallaban á la humanidad, al mos-
trarse en medio de la barbarie armado de Id,. Divina Commedia.
De estos asuntos morales, tan hermanados con el arte alegó-
rico, pasaba Ribera á la consideración del estado, político de Cas-
tilla, para consignar de una manera pública y solemne las dulces
esperanzas que concibieron grandes y pequeños, al empuñar las
riendas del gobierno, tras el prematuro fallecimiento de Enri-
que III, su generoso hermano, el infante don Fernando. — Anun-
ciada esta esperanza (que templa en cierto modo el dolor de tan
sensible pérdida) en el dezir ya mencionado, que animan también
las ficciones de la alegoría *, celebra el poeta el nuevo reinado
1 Es el núm. 2S9. — Ribera finge que es transportado á un valle de olyoso
é suave verdor, donde junio á una clara fuente oye grandes clamores;
siendo conducido después por una hermosa doncella, doneguil é garrida,
cortés é graciosa á un estenso prado, en cuyo centro se levantaban tres ca-
deras (sillas) sobre rico estrado, cubiertas y coronadas de guirnaldas y
paños de seda de varios colores. En la primera silla aparecía un tierno
Il/ PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 211
de la templanza y la justicia, inaugurado por el noble Infante y
por la reina doña Catalina, dando á luz su muy aplaudido Pro-
ceso entre la Soberbia é la 3Iesicra. A diferencia de lo que hemos
visto en la anteriormente examinada, dominan en esta composi-
ción las imágenes apacibles y risueñas, que nacen de su misma
idea generadora, revelándose desde los primeros versos;
En uu deleytoso | vergel espaciado,
Estando folgando | á muy grant sabor,
Vy dos donsellas | de muy grant valor
Estar departiendo | en un verde prado.
La una vestía j velut colorado;
De uu robín fino ) guirlanda traía
E en su diestra mano | espada tenía
Bien clara, lusiente, | el fierro delgado.
La otra vestía | una hopa landa
De un imple rico, | con su penna vera,
Broslada de plata | en alta manera;
E en su cabeca | traya guirlanda
De muy rico aljófar | é fina esmeranda, etc.
Ribera se acerca respetuosamente á las doncellas, y sabe por
confesión de las mismas que es la primera representación de la
Soberbia, dependiendo de ella otras seis que personifican la Lu-
juria, la Gula, la Envidia, la Codicia, la Vanagloria y la Aci-
dia (la Pereza), á cuyo cortejo pertenece también la Avaricia,
última encarnación de los pecados que dan muerte al alma. La
príncipe; en la seg-unda una dolorida matrona; en la tercera un g-entil ca-
ballero. Al rededor de estas sillas y fija la vista en el guerrero, hay in-
mensa muchedumbre de nobles, que en medio 5e su dolor, le saludan cual
nuncio de ventura y como restaurador de la nobleza. Ribera lleno de admi-
ración, pregunta á la doncella si es sueño ó visión lo que está viendo, y
sabe de sus labios, que la dueña dolorida es la reina doña Catalina, el prin-
cipe niño don Juan y el g-uerrero^ que tenia delante una gran csjmda agu-
da de amas las "partes, don Fernando, el de Antequera. Así pues mezclaba
Ruy Paez el dolor y la esperanza, al llorar la muerte de Enrique III.
212 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
humanidad entera es esclava de la Soberbia, cuya satánica arro-
gancia se pinta en este bello rasgo:
Por mí fué venido ) el Ángel de luz
.A poblar el fondo | abismo infernal.
La segunda doncella es Mesura: con ella viven la Paz, la
Concordia, la Bondad, el Temor, la Misericordia, el Amor, la
Paciencia y la Caridad, deseosas del bien y abandonadas de los
grandes señores de la tierra. Escarnecidas en las cortes de los
reyes, buscan en ásperas montañas solitaria morada, durante el
dia, partiendo del yermo con las sombras de la noche para tentar
fortuna en nuevas ciudades, de donde los arroja, al amanecer, la
vergonzosa corrupción que en todas partes domina. En este mo-
mento se muestra á los ojos de Ribera otra doncella de grave as-
pecto y colosal estatura, armada su diestra de dos espadas y
ostentando en la siniestra un peso. Al contemplarla, salúdala
Mesura, con profunda humildad , mientras Soberbia se retira
llena de sobresalto. Era la Justicia : ante ella expone la Mesura,
por si y á nombre de sus hijas, cuantas injurias y desmanes ha-
bía recibido en el espacio de cuarenta años ^, de manos de la
Soberbia y sus allegadas; replicando esta á semejante acusación
que habia prescrito el derecho de Mesura, pues que hablan rei-
nado principes de gran natura hasta aquel tiempo, sin que fue-
se inquietada en su absoluto imperio. Rebate la Mesura esta ile-
gítima disculpa, manifestando á la Justicia que es llegado el dia
en que
. . Pues que al señor | Dios plugo elegir
Al niño yuocente | por rrey de Castilla;
De todo el reynado | pecado é mansilla
Conviene, Señora, | á vos espelir.
1 Ribera escribe esta poesía en 140G, de modo que rebajando á esta fe-
cha los cuarenta y seis años de que habla, resulla que desde 1366, en que
empezaron las g-uerras fratricidas que tienen fin en el escándalo deJMonliel»
habia sido la Mesura víctima de la Soberbia en Castilla.
II.* PAUTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 213
Amor, Temor y Buen Seso, deben en consecuencia dester-
rar á Codicia y Avaricia, que destruían y aniquilaban cruelmen-
te los pueblos mesquinos, poniendo escándalo en todas las gen-
tes: bajo la salvaguardia de la Justicia debian prosperar la Paz y
la Concordia, preparando risueño y venturoso porvenir al niño
rey, á cuyo lado brillaban, como dos flores de singular fragan-
cia, al Infante don Fernando y la reina doña Catalina. La So-
berbia se confiesa vencida, y refrenado su orgullo, es condenada
á perpetuo destierro, tomando la Justicia en su protección y
guarda á don Juan de Castilla y encomendando su crianza y edu-
cación á todas las virtudes,
Porque rresplandezca^ | asy commo lumbre,
El sol rresplandece | entre las estrellas.
No podia ser más claro y terminante el empeño de Ruy Paez
de Ribera, al seguir las huellas de Micer Francisco Imperial en
la imitación del arte dantesco. La índole y especial carácter de
las visiones que finge su fantasía, la manera de disponer una y
otra vez la escena, y hasta la filiación que establece generalmente
y con particularidad en esta composición, respecto de las virtu-
des y los vicios, todo dá á conocer la identidad de las fuentes,
en que ambos se inspiran, sin que pueda abrigarse duda de que
tuvo Imperial el lauro de la iniciativa en este peregrino desar-
rollo de la poesía castellana.
Pruébalo así, demás de la aseveración del docto marqués de
Santillana que dio al ilustre genovés el titulo de maestro, al se-^
ñalarle imitadores i, la notabilísima circunstancia de reflejarse
en las producciones de Imperial más directamente las ideas,
los pensamientos, los símiles y aun las formas artísticas de la
Divina Commedia, mostrándose en las de Ribera que, recibida
ya la imitación alegórica, propendía esta á vivir con la vida del
arte español, que habia infundido su propio aliento á cuantas
formas literarias fueron cultivadas por los ingenios de Castillla.
Carta al Condestable, núm, XIX, que tendremos adelante presente.
214 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Ni es esta la única observación importante que debemos á
las poesías de aquel distinguido sevillano: el ejemplo del es-
tilo y uso moderno, según lo apellidaba el mismo Dante *, no
podia ser estéril en el suelo, donde tuvieron por admiradores y
discípulos las musas clásicas á un Silio Itálico y un Columela;
y ensayada la imitación por Micer Francisco, así respecto de
las formas literarias y artísticas como de las formas de lengua-
ge, si no fué .dado á Ribera segundar sus pasos en orden á
los metros toscanos, abandonada la empresa por Imperial, — no
por esto dejó. de fructificar la imitación tocante al estilo poético,
acaudalándose notablemente el dialecto de las musas con vo-
ces, frases y maneras de decir, peregrinas antes en nuestro
parnaso.
Justo parece consignar sin embargo que no cayó Ribera en
los frecuentes italianismos cometidos por Imperial, resplande-
ciendo por el contrario en sus poesías ciertas dotes que si bien
pueden perfeccionarse con el ejemplo de buenos maestros, jamás
se conquistarán, imitando. En ninguno de los poetas sevillanos
de fines del siglo XIV brillan tanto como en Ruy Paez aquellas
galas naturales que hablan comenzado á exornar las obras de los
ingenios andaluces, dándonos cabal idea de la singular resurrec-
ción del espíritu nacional, tal como se habia mostrado desde la
antigüedad más remota, á medida que el suelo español se iba re-
cobrando de la dominación sarracena. No podia en efecto ser más
eficaz la confirmación de la doctrina que oportunamente asenta-
mos, al estudiar las producciones de los escritores y esclarecidos
vates que envia áRoma la Península Ibérica en los dias del Impe-
rio: aquella notabilísima personificación del ingenio español que
hemos contemplado con iguales caracteres, ya en las creaciones
de los Sénecas y Marciales, ya en las obras de los Prudencios y
Draconcios, ya finalmente en las de los Ildefonsos y Julianes, de
los Eulogios y los Alvaros '^, vuelve á tener realidad en las poe-
1 Infierno, cant. I; Purgatorio, cant. XXVI.
2 Primera parte, caps. I al IX inclusive.
II.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 215
sías de los trovadores entre quienes florece Ribera, revelando
desde entonces la existencia histórica de las dos principales es-
cuelas, en que se iba á dividir en siglos futuros el campo de las
letras.
Era este hecho tanto más digno de maduro examen, por más
que no haya sido todavía reconocido por la crítica *, cuanto
1 Es notable el desden con que han visto los críticos estos desarrollos
de la poesía espaííola en la edad-media : semejantes á los escritores de ar-
tes, para quienes sólo mereció el nombre de gótico cuanto se construyó
desde la caída del Imperio romano hasta la época del Renacimiento, nin-
guna diferencia hallaron entro las producciones debidas a los ing-eriios
castellanos del sig-lo XIV, que por otra parte condenaban á esterilidad tan
repugnante como inverosímil. — Pero si la misma naturaleza de sus estudios
no les consintió señalar los diferentes desarrollos del arte, es mucho más
digno de repararse que historiadores extrangeros de nuestros dias.cuya seve-
ridad llega alguna vez hasta el punto de negar el sentido crítico á los escrito,
res españoles, no hayan consignado la innovación aíe^iórica, como dejaron sin
explicación las transformaciones artísticas que la precedieron. Aludimos aquí
muy principalmente el anglo-americano Ticknor, quien no sólo desconoció
este desarrollo de la poesía castellana, pasando en silencio los primeros
cultivadores de la alegoría, sino que llegó á cometer el inexplicable ana-
cronismo de colocar á Micer Francisco Imperial entre los poetas de mediados
del siglo XV, después de Juan de Mena y del Marqués de Santillana, sin
notar una sola de las relaciones que tienen sus poesías cou el arte alegórico
y sobre todo con la Divina Comniedia. Verdad es que lo primero hizo tam-
bién respecto de Villasandino y otros, probando una vez más que no era su
cronología literaria la más ajustada á la verdad histórica {Hist. de la litcr.
csp., I. ^ época, cap. XX). Pero lo notable es que dominados tal vez por la
autoridad de Ticknor, llegaron los anotadores del Cancionero de Baena á
despojar á Imperial del legítimo galardón de haber introducido en el parnaso
español el estilo (el género dicen con poca propiedad) italiano, oponiéndose á
Mr. de Puibusque, único escritor que habia apuntado esta idea {Hist. de la
litter, combar., i. I, cap. lí, pág. 95). Este errror^que procuramos desvane-
cer, al trazar la Vida del Marqués de Santillana, á quien Ticknor atribuyó
con no mayor fundamento dicha gloria, queda en plena evidencia con la
exposición histórica que llevamos hecha. La opinión de los referidos ano-
tadores, contradictoria de la de Ticknor (en orden á ía introducción de la
alegoría) no es más verdadera que la del indicado escritor respecto de la
influencia de Micer Francisco Imperial y de su significación, como discípulo
del Dante, según saben ya los lectores. La indicación de Mr. Puibusque re-
cibe de nuestro estudio la confirmación más cumplida.
216 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
más cercana estaba, según arriba insinuamos, la época de la
conquista de Córdoba y Sevilla, poderosas ciudades destinadas
á ejercer, por medio de sus hijos, alta y trascendental influen-
cia en la suerte de las musas españolas. Pero lo que más debe
sorprender á cuantos se precien de entendidos en nuestra historia
literaria, es el considerar cómo una vez reconocido el hecho, no
se interrumpe ya la tradición de ambas escuelas, siendo tan
constantes, cual diversos entre si los caracteres que cada una
ofrece al estudio de la filosofía ^. Mientras los ingenios caste-
llanos se muestran graves y severos, como el cielo que cobija
sus valles y sus extendidas llanuras; mientras, á pesar de la pos-
tración á que los conduce una política extraviada y débil, exha-
lan acaso melancólicos acentos ó prorumpen en himnos religio-
sos y alguna vez patrióticos, — exaltados los poetas andaluces al
espectáculo sorprendente y magestuoso de aquella naturaleza,
que poblaba los valles de verdes olivos y aromáticos naranjos y
limoneros, y que perfumaba los prados con bosques de rosas
y jazmines, convertíanse á todas partes para recoger inspiracio-
nes; y guiados primero por la musa del cantor de Beatriz y con-
ducidos más adelante por el genio de la antigüedad clásica y el
genio de la Biblia, logran transferir á sus cantos aquella misma
pompa y riqueza, con que plugo al cielo dotar tan envidiadas
regiones, JVo parecía sino que al ser estas recobradas por las
armas cristianas del poder de la morisma, se restituía á su suelo
el mismo espíritu que animó un día á Séneca y Lucano, á Sillo y
Columela.
Tal enseñanza debemos al examen de las poesías de Ruy
Paez de Ribera, ora le consideremos como imitador del ilustre
genovés que trajo á nuestra Península el arte dantesco, ora le
estudiemos con relación á los demás poetas castellanos que en
su tiempo florecen. Abundante y rico más que ninguno otro en
las descripciones, enaltece su inventiva con las galas de una ima-
1 En el núm. 1082 de la España (1851), dando á conocer el Cancione-
ro de Baena, expusimos algunas observaciones sobre este importantísimo
punto de la historia literaria: adelante iremos explanando y confirmando
estas Indicaciones en lugar oportuno.
II.'* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 217
ginacion lozana y risueña, por más que siga las huellas de la
imitación, mostrándose iniciado ya en el difícil arte de comuni-
car á la palabra la dulzura de las medias tintas que infunden
inusitada armonía á todos sus cuadros: dueño del instrumento
que emplea, su ñ'ase es limpia, flexible, decorosa y casi siempre
poética, y no menos escojida su dicción, distando en tal manera
de la dicción y de la frase usadas á la sazón por el Gran Canci-
ller Ayala, que solo constando de un modo irrefragable, puede
admitirse la coexistencia de ambos escritores *.
Segundando con semejantes dotes la empresa de Micer Fran-
cisco Imperial, era indudable que no podiaser esta estéril: la ale-
goría dantesca, desdeñada, ya que no contrariada, por el autor
del Rimado del Palacio, llegaba á cobrar tanto aplauso entre los
eruditos que no sólo los ingenios de Sevilla, tales como fray Die-
go de Valencia, Diego Martínez de Medina y Ferrant Manuel de
Lando, sino también el famosísimo Alfonso Alvarez de Yillasan-
dino, de quien dijimos arriba que representaba en nuestra his-
toria á los antiguos trovadores pro vénzales, se ensayó en su cul-
tivo 2. Que este se eleva á su mayor desarrollo durante el
siglo XY, á cuyas puertas nos hallamos, lo habrá de probar con
1 Véase lo que dejamos dicho respecto del tiempo, en que fué escrita la
última parte del Rimado del Palacio, pág. 131, en la nota que equivoca-
damente lleva el núm. 3^ en vez de 1.
2 Es digno de citarse el dezir, que Villasandino compuso al fallecimien-
to de don Enrique III (1406), en que se valió en efecto de la alegoría, ex-
poniendo una visión que ovo en figura de revelación, esto es more dan-
tesco. Tres dueñas doloridas y cubiertas de luto se le aparecen: una traía
corona de esparto, como la Pobreza pintada por Ribera; otra una espada
rota y orinienta', otra una cruz de palo. La primera representaba á la rei-
na doña Catalina', la segunda á la Justicia ; la tercera la Iglesia de Toledo,
todas tres viudas de su buen esposo. El poeta las consuela, diciendo á doña
Catalina que quedaba casada moralraente con su hijo don Juan, á la Justi-
cia con el Infante don Fernando, y á la Iglesia que loase al primero y to-
mase al segundo. Este decir tiene el núm. 34 del Cancionero. Fray Diego de
Valencia siguió también las huellas de Imperial tan estrictamente que no
vaciló en tomar por modelo para el dezir que hizo al Nacimiento de don
Juan II, el que escribió aquel con el mismo propósito, declarando «que en
algunos lugares le retrató». Es el núm. 227 de dicho Cancionero.
218 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
toda evidencia el estudio de los poetas de la corte de don Juan 11
y aun el de los que en más cercanos dias se precian de hablar
el lenguaje de las musas: el ilustre don Enrique de Aragón y
el renombrado marqués de Santillana daban con el peso de su
grande autoridad levantada estima á aquella maravillosa forma
literaria, que producia en la lira de Juan de Mena las fantásticas
visiones del Lahijrintho y las más temerosas de Los Doce triun-
fos de los apóstoles en la del cartujano Juan Padilla que alcanza
al siglo XYI, según oportunamente mostraremos.
El triunfo de la alegoría dantesca no anulaba sin embargo
á la escuela provenzal, asi como las ficciones caballerescas que
suceden á la manifestación del arte didáctico-smbólico, no ahogan
los gérmenes de vida que deposita este en nuestra literatura;
gérmenes que debian fructificar aun en medio del conflicto de
encontradas aspiraciones y tendencias. La escuela délos trovado-
res, prestándose á la artificial interpretación de los fáciles y pa-
sajeros amores de los cortesanos; haciendo alarde de un lenguaje
convencional, aunque exteriormente apasionado; y sirviendo de
instrumento, como en los primitivos Tribunales de Amor * á aque-
llas lides intelectuales que tan de moda estuvieron en los últimos
dias del siglo XIV y en la primera mitad del XV, refiriéndose ya
á la teología y á la moral, ya á la política y á la galantería, estaba
llamada, como la dantesca, á tener su mayor desarrollo entre
los ingenios de la corte de Juan II de Castilla,
Antes de que llegara á natural granazón aquella poesía, que
desde los tiempos del Rey Sabio pugnaba por señorear nuestro
parnaso, debia recibir no obstante nuevas modificaciones, cuyo
origen no radicaba ya en la gaya sciencia: mientras el arte de
Alighieri era trasportado al suelo de Andalucía y acogido allí
con general entusiasmo, iniciábase en las regiones orientales de
nuestra Península la imitación de otro gran poeta italiano, á quien
el voto unánime de doctos é ignorantes daba el cetro de la poesía
1 Rayiiuoard, Des troiibadours el des Cours d'Amour, pág. Vil y si-
guientes.
11.* PARTE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 219
lírica. Petrarca, que en sus dulces y melancólicas canciones y en
sus bellísimos sonetos habia inmortalizado el nombre de Laura,
creando una poética, que distaba igualmente de la -seguida por
los vates latinos y por los ti'ovadores, era considerado cual per-
fecto modelo por los ingenios catalanes, que se apartaban cada dia
de la primitiva escuela provenzal, reflejando más de lleno el alto
y trascendental sentimiento de la nacionalidad española.
Cómo esta influencia se inicia, y asociada á la dantesca,
llega á producir las obras de Ansias March, Mossen Jorde de
San Jordi y Mossen Febrer, y cómo se comunica á la España
Central, formando singular maridaje con todos los elementos
literarios, acaudalados ya por nuestros mayores, ó acojidos de
nuevo...., materia es de no fácil exposición y que demanda es-
pecial desenvolvimiento. Pero no sería posible comprender el
mutuo enlace ni las particulares relaciones de las diversas ideas
que van sucesivamente apareciendo en el estadio de las letras
españolas, para exigir más ó menos legítima representación,
y faltaríamos. por, otra parte á las leyes más fundamentales de
la cronología, si no atendiésemos primero á estudiar el desaiTollo
que tienen, al declinar el siglo XIV, otras manifestaciones del
arte, entre las cuales alcanzan preferente lugar la historia y la
elocuencia,
Hé aquí, pues, la tarea, á que nos proponemos consagrar el
siguiente capítulo.
CAPITULO V.
LA ELOCUENCIA Y LA HISTORIA A FINES DEL SIGLO XIV.
Alto ministerio de la elocuencia sagrada. — Cultivadores castellanos. —
Don Pedro Gómez de Albornoz, arzobispo de Sevilla. — Su [Libro de la
Justicia de la Vida espiritual. — Examen del mismo, — Carácter de su
elocuencia. — Cultivadores aragoneses. — Don Pedro de Luna. — Su li-
bro de las Consolaciones de la vida humana. — Fin trascendental de la
elocuencia sagrada. — La historia. — Cronistas aragoneses. — Don frey
Johan Ferrandez de Heredia.- — La Grant Chrónica de Espanya. — Crú-
nica de los Conquistadores. — Flor de las ystorias de Orient. — Juicio de
estas obras. — Elementos literarios que en ellas se reflejan. — El Libro de
Marco Polo. — Cronistas navarros. — Fray Garcia Eug-ui, obispo de Ba-
yona. — La Crónica de los fechos de España. — Comparación de esta y de
las crónicas de Heredia: en los fines históricos — en el estilo y lenguaje.
— Cronistas castellanos. — Johan de Alfaro. — Su Crónica de don Juan I.
— Johan Rodríguez de Cuenca. — El Sumario de los Reyes de España. —
Tradiciones que refleja el Sumario. — Pedro Corral. — La Genealogía de
los Godos ó Crónica del Rey don Rodrigo. — Juicio de Pérez Guzman so-
bre la misma. —Fuentes literarias en que Pedro Corral se inspira. — Re-
presentación de su libro en el desarrollo de la literatura castellana. —
La Crónica de las faQañas de los filósofos. — Su importancia y utilidad en
el progreso de los estudios históricos. — Ruy González de Clavijo. — Su
viaje. — Efectos morales del mismo. — Pretexta del sentimiento nacional
contra la apoteosis, concedida en la historia al elemento caballeresco.
A medida que adelantamos en la exposición de la historia litera-
ria, cautivan nuestra atención nuevas manifestaciones del arte,
ó vemos segundadas con notable esfuerzo las ya reconocidas, y
cuyas condiciones de existencia no estaban expuestas á fáciles
222 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
cambios, ni podian ceder al primer impulso de extrañas litera-
turas. Cierto es que no eran ni podian ser numerosas estas mani-
festaciones, ensanchándose cada dia la esfera de la erudición con
Quevas conquistas, conforme á las leyes á que estaba sujeto desde
su cuna el arte de los doctos. Mas por lo mismo que dando cuenta
de los sacudimientos políticos y cediendo al inevitable influjo del
comercio de otras naciones, se acaudalaba la patria literatura con
extrañas formas y peregrinas ideas, es más interesante el estu-
dio de aquellos monumentos, en que reflejándose ó acrisolándose
los más altos sentimientos de la sociedad, parecía conservarse el
depósito de las tradiciones y con mayor pureza el de las creencias
religiosas , ya sirviendo de noble despertador al amortiguado
patriotismo, ó ya de saludable antídoto á la corrupción de las
costumbres.
No se dudará que aludimos á las producciones de la historia
y más principalmente á las de la elocuencia sagrada, único géne-
ro de oratoria que podia tener vida propia en el siglo XIV, y cu-
yo noble ministerio era doblemente útil en aquellos días. Pene-
trando la poesía en el corazón de la sociedad, habia mostrado,
con mayor exactitud que la historia, las dolencias que la aflijian
y aun el doloroso cáncer que la devoraba: trazado con vigoroso
pincel el triste cuadro de aquella prematura corrupción, llenaba
la musa castellana los más elevados fines de su existencia, expo-
niéndolo á la execración de las gentes. La elocuencia sagrada,
recordando la doctrina evangélica y convidando á practicarla á
cuantos tenían olvidados sus deberes, ofrecía á todos por el con-
trario el bálsamo consolador de la esperanza; y atenta á labrar
de nuevo los despedazados vínculos de la fraternidad y del amor,
enseñaba á perdonar las ofensas, borrando su memoria con el se-
llo de los beneficios.
Confiados estaban pues estos sublimes intereses de la socie-
dad y de la religión á los "generosos varones, que limpios de
conciencia y superiores á las vanidades del mundo que señorea-
ban á la muchedumbre de clero y pueblo, llegaban á las purísi-
mas fuentes de las sagradas escrituras, para templar en ellas el
acero de su palabra y ofrecerse después á la pelea con seguridad
de la victoria.
n." PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 225
Cumplido habia desde su cuna la elocuencia sagrada, que tie-
ne por instrumento la lengua de Castilla, tan levantados fines:
fray Pedro Pascual, aquel piadoso mártir de Cristo que en el
primer dia del siglo XIV sella con su sangre en las mazmorras
de Granada la sinceridad de su creencia, habla y difunde la doc-
trina del Salvador para fortalecer á los que yacen en cautiverio,
mostrando k sus opresores la falsedad de su ley ^: Alfonso de
Yalladolid, llamado á la luz del cristianismo desde la oscuridad
judaica, convence á los rabinos del error en que viven, abrien-
do á su vista el camino de la verdad evangélica ^i fray Jaco-
bo de Benavente, hijo de aquella meritoria' milicia que habia re-
novado en el siglo XIII los tiempos apostólicos, inculcando en
todas las gerarquías sociales el santo temor de Dios y exponien-
do los fundamentos de la doctrina cristiana, afea y reprende,
cual otro San Bernardo, los extravíos de monjes, sacerdotes y
prelados, contra los cuales habia lanzado la sátira agudos y ace-
rados tiros ^. Para fortalecer y defender la grey católica, ex-
puesta en el infortunio á las tentaciones y peligros de la aposta-
sía; para quilatar la verdad y probar el cumplimiento de las divi-
nas escrituras; para cimentar de nuevo las salutíferas enseñan-
zas del Evangelio, y limpiar de la cizaña de las mundanales pom-
pas y vanidades la herencia del Salvador, habia pues hablado la
elocuencia sagrada en la lengua del Rey Sabio. Consecuente con
el principio que le dio vida, y fiel á la tradición que la alimen-
taba, debia encaminar á igual meta todos sus pasos; convicción
que producen en nuestro ánimo cuantos monumentos han llegado
á nuestros dias de la segunda mitad del siglo XIV.
Es sin duda uno de los varones más notables, que en esta
edad cultivan tan elevada oratoria, don Pedro Gómez de Albor-
noz, segundo entre los arzobispos de Sevilla que se distinguen
con aquel nombre. Hijo de Fernaii Gómez de Albornoz, comen-
dador de Montalvan, vio la luz primera en la ciudad de Cuen-
1 Véase If.^ Parte, cap. XIII. del primer Subciclo.
2 II.=» Parte, cap. XIV. de id.
3 Id., cap. XIX. de id.
224 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ca por los años de 1550, criándose al cuidado y bajo los auspicios
de su ilustre tio don Gil Alvarez de Albornoz, uno de los más
esclarecidos prelados que honran la mitra de Toledo. Elevado el
arzobispo al capelo en 1350, llevábale consigo, iniciado ya en el
estudio de las disciplinas liberales; y encargado á poco de redu-
cir la Italia á la obediencia de la Santa Sede, quiso también que le
siguiera, deseoso de que en la celebrada Uni wrsidad de Bolonia se
aplicase al conocimiento de los cánones. Lograba el generoso pre-
lado, cuyo valor heroico había resplandecido en el Salado y en
Algeciras al lado de Alfonso XI, pacificar la revuelta Italia; y pa-
ra dar prueba de su ilustración, fundaba el año de 1564 en la
Universidad mencionada el renombrado Colegio de los españoles,
en el cual daba señalado lugar á su sobrino ^.
Desde 25 de setiembre de 1353 se habia contado sin embar-
go el futuro arzobispo de Sevilla entre los escolares de Bolonia,
dando quince dias adelante principio al estudio de las decretales
bajo la dirección del aplaudido Paulo de Lia, reputado á la sazón
por una de las lumbreras del derecho canónico. Ocho años con-
sumió don Pedro en aquellos estudios; y resuelto en 1561 á
1 La funJacion del Coleg-io español en Bolonia es sin duda uno de los
hechos que más honran la memoria de don Gil de Albornoz, enlazando es-
trechamente la civilización española á la italiana, que tanta influencia habia
comenzado á ejercer en el Renacimiento de las letras clásicas. Llamados á
frecuentar las aulas, en que por vez primera se dieron á conocer en lengua
vulgar los preceptos de la elocuencia latina, creció en los españoles el res-
pelo y devoción á la antigüedad, no siendo maravilla que no olvidada, aun
entre las mayores nieblas de la edad-media, la gran literatura representada
por Cicerón y Virgilio, viniesen en breve á reflejarse con nuevo y mayor
brillo en la castellana los vivos resplandores de sus admirables monumen-
tos. Oportuno será tener presente que al establecer Albornoz el referido Co-
legio, habian florecido ya Petrarca y Boccacio, dejando en Juan de Rávena,
y en otros ciento, dignos imitadores cjue trasmiten su amor á las letras clá-
sicas á un Leonar^lo de Arezzo, un Poggio Florentino, un Lorenzo Valla, á
quienes debe el Renacimiento grandes servicios y señalados triunfos. En
breve tendremos ocasión de notar los efectos de este nuevo comercio litera-
rio bajo diversas relaciones, demás de las ya indicadas en anteriores capí-
tulos.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 225
abrazar la carrera eclesiástica, recibía en los idus de Abril de ma-
nos del Obispo de Segovia la orden, corona y grados, y en 28
de julio siguiente era laureado con los insignias de doctor; cere-
monia que se veriflcaba en la iglesia de San Pedro de Bolonia, te-
niendo por compañero á Pedro de Toledo, obispo que fué des-
pués en la de Osma. Alo de Marzo de 1562 era Alvarez de
Albornoz ordenado subdiácono en la capilla de Rocapapal por fray
Juan, obispo de Ancona; y al comenzar el año académico de 1365
alcanzaba la honra no vulgar de ser designado para reemplazar
en la cátedra de decretales á su antiguo maestro.
Con gloria suya y del nombre castellano leyó por el espacio
de seis cursos en la Universidad, que habia creado, digámoslo
asi, aquella ciencia, y que se ufanaba con ser madre de tan seña-
lados varones como un Eugenio IV y un Raymundo de Peñafort,
insigne catalán digno de grande y duradero elogio. Cundía la re-
putación de don Pedro hasta la corte pontificia; y ya fuera que
Urbano V quisiese premiar en él los señalados servicios del Car-
denal don Gil, muerto en 1567, ya que atendiera á sus propios
merecimientos, elevábalo en 4 de junio de 1569 á la silla epis-
copal de Lisboa. No habia cantado misa Alvarez de Albornoz,
juzgándose tal vez indigno de los últimos grados del sacerdocio;
pero administrado aquel sacramento por su amigo don Pedro de
Toledo, que ejercía ya la dignidad episcopal, era consagrado en
los postreros dias de setiembre por el Cardenal Grimaldo, her-
mano del Pontífice y su legado en Italia.
Permanecía don Pedro en Bolonia, cuando muerto Urba-
no V, subía á la suprema cátedra de la Iglesia Gregorio XI, y
deseando honrar su ciencia y su virtud, creábalo en 1571 Car-
denal, con título de Santa Práxedes, encomendándole en 9 de
julio el arzobispado de Sevilla K Dos meses después se restituía
1 Debemos estas noticias al curioso memorial que escribió el Arzobispo
de su propia vida, y que utilizó ya en su Teatro Eclesiástico el diligente
Gil González Davila, t. II, pág-. 57. Guárdase este singular monumento en
la biblioteca toletana, tantas veces citada por nosotros. Dávila no tuvo no-
ticia del libro que dá al ArzobispQ lugar no despreciable en la historia de
la elocuencia española, como á continuación verán los lectores.
Tomo v. 15
226 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
á España el nuevo Cardenal-arzobispo, y tomada posesión de su
silla, consagrábase de lleno al cuidado de sus ovejas, visitando
detenidamente los pueblos de la diócesi y poniendo por su pro-
pia mano pronta y eficaz enmienda en aquellos males y arraiga-
dos abusos, que vivamente la estaban demandando. No eran to-
dos los vicios que halló don Pedro, así en el clero como en sus
feligreses, de tal naturaleza que cedieran fácilmente á la correc-
ción del momento : habíalos en unos, nacidos de la relajación
universal de la disciplina; abundaban en otros, como hijos de la
ignorancia; y para restablecer en los primeros el espíritu evan-
gélico, en que debia estribar la pureza de las costumbres y des-
terrar de los segundos los errores y supersticiones que afeaban
y corrompían la creencia, juzgó el celoso y docto arzobispo que
no habia remedio más eficaz que la misma doctrina dolorosa-
mente olvidada. Exponerla pues en tal forma que llegase á bri-
llar con igual fuerza y esplendor en todas las inteligencias,
siendo para unas salutífera triaca y sirviendo á otras de guía y
norte seguro, obra era altamente meritoria, verdaderamente
apostólica y digna en sumo 'grado de quien habia coronado sus
sienes con el lauro de la ciencia, ganando título de maestro en
la primera Universidad del cristianismo.
A este fin se encaminaba don Pedro, al escribir su Libro de
la justicia de la vida espiritual et perfección de la Eglesia mi-
litante 1. Semejantes los prelados á los ángeles superiores «que
1 Este raro monumento se custodia en la Biblioteca Escurialense con tí-
tulo de: Confesionario y la marca a. iiij. 11. Es un volumen, en 4.°^ escrito
en papel, de letra de la seg-unda mitad del siglo XV. En la biblioteca Na-
cional existe asimismo, sig-nado BB. 136 é intitulado: Tratado Espiritual,
bien que alternando con otros libros morales (aunque no todos de igual na-
turaleza), que debieron formar colección con c\, en el orden siguiente, según
se deduce del folio I.°: Libro del Arzobispo de Sevilla, — El libro del Vergel
de Consolagion, — El libro de Sant-Bernaldo, — El libro de Bartolo, — El
libro del Cauallero Afar..1 — El libro de Calila et Digna, — El libro que fi-
zo Maestro Juan contra los Judíos,— El libro de los sermones de fray Vi-
cente. Terminado el libro del arzobispo.don Pedro II, con la exposición de
los pecados mortales, se ponen en este códice algunas advertencias para el
II.' PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 227
«dan lumbre á los inferiores, porque han más complida et per-
wfecta la notigia de las cosas divinales, deuen enfermar et nu-
»drirlos pueblos á su regimiento sometidos; et por que los la-
»bios del sacerdote guardan la ciencia (anadia), por esto yo don
«Pedro, segundo arcobispo deste nombre de la santa eglesia de
«la muy noble cibdat de Seuilla, como quier que indigno et in-
«suflciente et de poco saber, pero por que ssó puesto á enformar
«et gouernar de cibo spiritual los pueblos á mí encomendados,
«fiando et aviendo esperanca en aquel que de pescadores et de
«ediotas fiso sabidores et lumbre para alumbrar todo el mundo,
» — en nombre et á onrra de la santa Trenidat et salud et pro-
«vecho de las ánimas de los ynorantes et simples ornes que
«me son subditos et inferiores, de los quales yo deuo dar cuenta
»á Dios el dia del juysio,penssé breue et claramente poner en es-
»te volumen, primero: Los mandamientos de la ley, con alguna
«instrucion de algunas cosas que son contra ellos. Segundo: Los
«dose ó segund otros catorce (que todo es uno) artículos de la
«fé. Tercio: Los siete sacramentos déla Iglesia. Quarto: Las siete
«obras de misericordia corporales et otras siete espirituales. Et
«á postre porné los siete pecados mortales con algunas de sus
«especies» K Limitábase el intento del virtuoso arzobispo á ex-
buen confesor, y más adelante un elogio no completo de la vida monástica.
Antes de comenzar el referido tratado, se lee una epístola dirigida por el
uhad Juan de Raclie á San Juan Climaco, y en las últimas fojas la declara-
ción que hizo don Juan, obispo de Burgos, de los dias festivos del año. En
la postrera foja se halla un índice incompleto de varios enxiemplos mila-
grosos, que debieron entrar en esta compilación, ahora desmembrada y
falta de tan preciosas joyas literarias, como van notadas. De todo se saca
en claro, tenidos además en cuéntalos caracteres paleográficos do este MS.,
que hubo de ser formado en la segunda mitad del siglo XV.
1 Fol. 1.° V. y fól. 2°. — El epígrafe general del libro anuncia ya el
mismo propósito por estas palabras: (lEn el nombre de Dios. Aquí se co-
smienca un libro notable et Santíssimo tractado, compuesto et ordenado por
sel muy denoto pastor en la eglesia de Dios, don Pedro Segundo deste
«nombre, arzobispo de la muy noble cibdat de Seuilla; el qual partió en
«cinco especias, en que se contiene toda la Justigia de la vida spiritual de
«todos los ornes et la perfection de la eglesia militante et la onestad de la
228 ÍÍISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
poner la doctrina cristiana á la contemplación de sus descarria-
das ovejas, convencido de que bastaba la aplicación de sus pre-
ceptos á cortar el cáncer de la corrupción, desvaneciendo al
propio tiempo las nieblas de la superstición y de la ignorancia.
No habia menester en tal concepto de esfuerzo alguno para
dar forma á su libro. De la explicación recta é ilustrada de los
mandamientos de la ley de Dios, surgía naturalmente la conde-
nación de todos los errores, vicios y preocupaciones que infes-
taban la sociedad, naciendo con igual virtud el antidoto: los ar-
tículos de la fé, doctamente comentados, fijaban y reduelan á
sus verdaderos límites los fundamentos de la creencia: señalaban
los sacramentos de la iglesia las mutuas relaciones de sacerdo-
tes y fieles, mostrando á unos y otros la parte á que debia contri-
buir para la obra de perfección á que estaban llamados: enseña-
ban las obras de misericordia á reconocer los lazos de fraterni-
dad y de amor que unen en una familia y con un fin único á
cuantos profesan la fé de Cristo; y descubriendo por último á
los ojos de todos los precipicios y abismos, en que tropezaba y
caía la vana soberbia de los hombres, retrataban los pecados
mortales toda su criminosa deformidad, trazando la senda que
puede conducir al no frecuentado albergue de la felicidad terre-
na, y preservarnos de una eternidad de dolores.
Legítima era la correspondencia que existia entre el pensa-
miento que dio vida al libro del piadoso Cardenal y su forma ex-
positiva; pero al afamado profesor de Bolonia, al docto maestro
de la ciencia canónica no le fué dado, al exponer la doctrina cris-
tiana, reducirse á la esfera de los conocimientos y de la ilustra-
ción de su clero y pueblo; y haciendo alarde de la grande erudi-
ción por él atesorada, no acertó á comunicar á su obra aquella
sencillez propia de la palabra evangélica, plagándola por el con-
trario de embarazosas citas, que si bien podían contestar á los
eruditos, cuyo paladar estaba hecho á este género de manjares,
nada ó muy poco anadian á la convicción producida en el ánimo
Dvida corporal para guarda de non pecar. La primera es de los mandamien-
»tos de Dios,» etc., etc.
11." PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 229
de la muchedumbre por la fuerza misma de la doctrina. Las Sa-
gradas Escrituras, los Santos Padres y Expositores, los decreta-
listas y glosadores de más alta reputación eran en sumo grado
familiares á don Pedro: acostumbrado á valerse de su autoridad
en la cátedra y cediendo al propio tiempo á la común corriente
de los estudios, ocultaba tras ella muy á menudo su propia per-
sonalidad y desvirtuaba sus importantes lecciones, desposeyén-
dolas del interés directo é inmediato, á que principalmente aspi-
raba su libro ^.
Mas no por esto olvidaba el arzobispo de Sevilla el blanco,
donde tenia puestas sus miradas: antes bien con celo y amor
verdaderos, con ilustración y energía desacostumbradas pene-
traba en el intricado laberinto .de los errores, vicios, agüeros,
supersticiones y extravíos, de que adolecían sus coetáneos, lle-
gando al punto de señalar y perseguir no pocos de los que pin-
tando las costumbres de sus feligreses, eran únicamente pecu-
liares al suelo de Andalucía y determinaban el roce y comercio
de aquellos moradores con los sarracenos ^. Bajo esta relación
histórica, íntimamente hermanada con el fm moral y religioso de
la elocuencia sagrada, es el Libro de la justicia de la vida espi-
ritual de singular precio é importancia. Arsenal abundantísimo
de curiosas y peregrinas noticias, relativas á todas las clases y
1 De notar es la preferencia que dá don Pedro en este sentido á los mo-
ralistas y más aun á los decretalistas italianos, haciendo sus nombres fa-
miliares á los lectores españoles. Entre todos cita con suma frecuencia á
Pedro Lombardo, designado en toda la edad-media con el nombre de MaeS'
tro de las sentencias.
2 Condenando en la exposición del primer Mandamiento las supersticio-
nes idolátricas, decia: «Alg-unas se guardan en Seuilla asy como los que
«echan ascuas en el mortero ó los que escantan los ojos con granos de tri-
»go et otras semejantes cosas» (fol. YI, v.). Y antes habia escrito: «Es otra
«especia de ydolatria de algunos que acomiendan las bestias perdidas (de
»los quales avemos muchos fallado en este arcobispado) con palabras vanas
»et de escarnio». — Refiriéndose en otro lugar al pecado de la gula, daba
esta curiosas noticias locales: «Solias faser mucho por uino de Asnalcacar
uet de Trigueros....? Conténtate agora de lo de la Renconada, » etc. (fo-
lio Ixxxiij).
250 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍS'OLA.
gerarquías de la sociedad como á todas las dolencias y achaques
que la afligen, traza en él felicísimos cuadros ó ya salpica la ex-
posición de rasgos vigorosos y característicos, esgrimiendo el
azote de su reprobación sobre cuantos en cualquier concepto
ofenden la ley de Dios y producen criminales escándalos. Desde
fines del siglo anterior habían sido ya reprobadas las falsas
creencias de fados et ventura por la piadosa elocuencia de Fray
Pedro Pascual i; don Pedro Gómez de Albornoz exclama contra
esta gentílica pestilencia:
«Especie de ydolatria [es] la de algunos que por astrología quieren
wadevinar de las cosas futuras et disen que las planetas et cuerpos celes-
))tiales han nesgesaria influencia en los cuerpos inferiores que son en la
«tierra, et asy judgan que el que násce en una costella(;ion averá bien et
»sy en otra, mal. Et estos pecan gravemente, por que subtraen et tiran
«nuestras obras de raagnificeuQia et de servicio de Dios. Ca ssy esto
wfuesse verdat que los que nas^en só diverssas costellagiones de negesidat
))ayan de faser buenas obras ó malas, como ellos disen, non avriamos
«libre arbitrio para obrar bien ó mal, et nuestras obras serian fechas
«por violencia et fuerza et non serian dignas de premio nin de pena, asy
«como non lo son las obras de las animabas brutas; lo cual es falso et
«contra la ffé. Esto prueba Sant Agustin en el Libro de la hoclrina
ncristiana, disiendo que tanto mal incurre et gana quien demanda conse-
»jo á los astrólogos sobre lo que há de faser ó ha de venir que vá libre
«et torna sieruo, porque ellos le disen que es sieruo de Mercurio ó de
«Júpiter ó de otra planeta, só la influencia de la qual disen que nasgió
«et segund su señorío de aquella planeta, deue aver bien ó mal. Et es
«falso lo que disen^ porque Jacob efc Esau fueron en uno en el vientre de
«su madre et nasQieron só una costellagion, mas como dise la Escriptura,
«á Jacob vinieron las cosas bien et prósperas et á Esau mal et diver-
«sas» 2.
Conveniente juzgamos recordar que mientras en tal manera
reprobaba el arzobispo de Sevilla esta gentílica superstición,
proseguía egerciendo poderoso influjo en los más ilustrados va-
rones de Francia y de Italia •*. Del mismo celo se mostraba ani-
1 Véase el cap. XIV do la II.* Parte, pág. 78 del t. III.
2 Primer Mandamiento, fol. V.
3 Es censurada con razón cierta manera de frenesí astrológico que inva-
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 231
mado don Pedro Gómez de Albornoz contra los que caían en el
pecado de idolatría, creyendo en sueños, estoi'nudos, suertes,
encantamientos, maleficios y conjuros satánicos; y lamentándose
una y otra vez del excesivo fausto que ambicionaban los sacer-
dotes y prelados, «espendiendo en malos usos el patrimonio del
Crucíflxo»^ con oficio y nombre de «robadores de los pobres
«que morían de frió et de fambre», echaba en cara á los grandes
de la tierra el menosprecio y desamparo en que tenían á los
desvalidos. A llegar á este punto, exclamaba:
«Diseel Evangelio: Quando fases conbites, llama á los pobres é á los
))flacos é álos ciegos et á los coxos et serás beato: aunque ellos non te lo
))pueden remunerar, Dios te remunerara en la resurrección de los justos.
))Esto fase contra los rricos, que fasen con grandes thesoros et despensas
«muchos combates á loor et vanagloria del mundo, et non han piedat de
»los pobres; ca les paresge que lo que diesen á los pobres les menguaría^
«et non es verdat. Ca aquello es lo que los faría ricos en este mundo et
))en el otro, do regibiráu por uno ciento. Et sy bien considerares, con lo
wque dan á comer a dos caualleros, fartarian á veynte pobres. Quisiesse
))Dios que tales como aquestos touiessen que les contesgiera lo que con-
))tcsQÍó á aquel rrico goloso, de quien Dios fabla en el Evangelio: que
wcomia espléndidamente et en abundancia et dexaba estar al pobre Láza-
»ro á la puerta, muriendo de fambre; mas muertos amos, el rrico et el
dio la Corto de Carlos V de Francia, llamando á París los más afamados
soñadores italianos. Entre estos logró grande reputación Tomás de Pisa,
émulo del muy celebrado Andalone del Ñero, y levantado por aquel rey, á
quien sus compatriotas dan título de Sabio, á las mayores honras del Esta-
do, Otros muchos astrólogos italianos pasaron á Francia, llamados de este
mismo cebo y reclamo (Tiraboschi, t. V. lib. II), dando lastimoso testimonio
de que, cuando un príncipe recompensa la locura, aumenta el número de los
locos (Gingucné, t. III, cap. XVII). Digno era pues de toda alabanza el
ilustre prelado español que tan enérgicamente rechazaba la influencia as-
trológica, de que no llegaron después á verse libres tan claros talentos como
un Marsilio Ficino, etc. — Pero bien será notar que la credulidad de otros
prelados, no ágenos por cierto al desarrollo de las ciencias en nuestro sue-
lo, dio aliento casi un siglo después á estas vanidades astrológicas, apare-
ciendo en 1463 el Defensorio de la astrologia d los principes é caualle-
ros, fy'osdalgo é nobles destinado, libro en que se intentaba canonizar
aquellos y otros delirios no menos reprensibles.
232 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
«pobre, al pobresciello Lázaro leuaron los ángeles á parayso et al rrico
«los diablos al infierno» i.
Reparando después en Io3 estragos que causaba en el mundo
la soberbia, prorumpia:
«Esfca soberuia es asy mala bestia que echó á los malos ángeles del
))QÍelo, et de ángeles fiso diablos. Esta echó á Adán, nuestro padre, del
«parayso. Esta trasmudó al rey Nabucodonosor en bestia. Esta mala
«bestia non perdona á ninguno: á los perlados fiere; á los rricos fase
«túmidos, á los religiosos engaña; á los ornes §iega, que se non co-
Bnoscan lo que son. Esta es aquella olla ferviente que vido Geremías,
«en la qual se copien los príncipes et los pastores de las tiniebras, que
«seguien los bienes temporales et eran caladores de las riquezas: los
«quales cobdi^ian las primeras cáthedras, los primeros asentamientos en
«las signagogas et ser saludados en el mercado et llamados maestros.
«Esta olla atiende el diablo, quando fincha et pone viento en los coraco-
«nes de los omes á querer las cosas altas ó atribuyendo á sy lo que non
»áy en ellos» 2.
Con dolor grande contempla los demás pecados, subiendo de
punto su indignación, al considerar cuánta era en clérigos y se-
glares la falta de castidad y de pureza:
«¡Mal pecado!... (decia de los primeros) algunos quiera Dios que non
«sean muchos, non se guardan.... Torpe cosa es desirlo; mas muy más
«torpe faserlo... et como quier que non se deua faser, pues que se fase,
«dígase: que es que el sacerdote, que es dicho ángel et puede, lo que non
«puede el ángel, faser del pan et del uiuo carne et sangre del nuestro Se-
«ñor Ihu. Xpo., tiene de noche en la cama la mala muger et de dia ofres-
«Qe en el altar al fijo de la Virgen!!. Son algunos que me dirán: — Peca-
«dores somos, mas como quier que tengamos mugeres en casa et gerca de
«casa, teñámoslas para servicio, mas non para pecado«. Yo te digo que
«puede esto ser verdad; mas tus vesiuos nin yo non lo creemos, por que
«San Gerónimo dise asy: — Estar con muger et non conoscer muger, ma-
«yor miraglo es que rresucitar un muerto. Et tú non puedes rresucitar
«un muerto que es menos ¿et quieres que te crea lo que es más?... Cada
1 Exposición de las Obras de Misericordia corporales, fol. xliiij.
2 Siete Pecados mortales, pecado de la soberbia, fol. xlvii, v,
xlviii, r.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 233
))dia está el costado della con el tuyo en la mesa, et su cama et la tuya
i)en la cámara; tus ojos á los ojos della en la labia; tus manos con las
«suyas en la obra... ¿et dísesme que non pecas? Puesto que á Dios seas
«continente, yo hé grand sospecha de ty: palabras son de San Gerónimo.
«Por ende sigamos al apóstol, etc. i.
No de otra manera, ni con fin menos alto y trascendental
condenaba don Pedro Gómez de Albornoz todos los vicios de su
época, cualquiera que fuese el lugar y la clase en que se alber-
garan 2. Superior á cuanto le rodea, al egercer el santo minis-
terio del episcopado; sincero en sus nobles aspiraciones, al em-
plear la palabra apostólica, manifiesta no poca amargura, al fijar
sus miradas en el espectáculo que le ofrece la sociedad, siendo
en consecuencia tanto más digno de elogio cuanto es mayor su
energía en la abominación de los crímenes.
No es sin embargo su elocuencia tan arrebatada y fogosa
como la del dominicano fray Jacobo de Benavente, ni tan in-
cisiva como la del ignorado autor del Espéculo de los legos: de
más dulce carácter, de más templada austeridad, efecto sin
duda del paternal egercicio de la enseñanza, atiende á curar las
llagas del mal, sin añadir á su propio dolor nuevos dolores,
bien que jamás le abandona el generoso celo de la verdad, anhe-
lando, con entera fé en la doctrina, limpiar de toda maleza y ci-
zaña el campo encomendado á su cultivo. Lástima fué para Se-
villa que la misma claridad de su nombre no le dejara gozar
largamente de tan ilustre prelado: llamado á la corte romana
por la solicitud del Pontífice, pasaba á Aviñon en los primeros
1 Del pecado de luxuria, fól. Ixiiij, r. y v.
2 La integ^ridad de don Pedro de Albornoz y la sinceridad de su noble
intento resplandecen sobre todo, al referirse al clero, cuya corrupción le
duele más que otra alguna. Hablando de la obstinación en el pecado, ex-
clama: «En este pecado fallé yo muchos clérig'os, uisitando, que me de-
»sien: — ¿Cómo dexaré esta mug-er, en que tengo tantos fijos? Et otros de-
ssien: — Siruióme veynte et cinco ó treynta annos ¿cómo la dexaré....? Non
»la puedo dexar». — Et átales como estos están ansy ostinados et.endures-
Dcidos en su malicia que non curan de Dios nin de las penas del infierno)
»las quales non escaparán, sean ciertos....!» (fól. Ixxxv, r.)
234 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
meses de 1574, y de esta vida el dia 2 de julio. La Iglesia lloró
en él la pérdida de uno de sus más sabios doctores y maestros;
España uno de sus mejores hijos; la elocuencia sagrada, que
tiene por instrumento el habla de Castilla, uno de sus más no-
tables propagadores.
Distinguíase á la sazón, como tal, otro varón respetable,
que dado primero á los estudios del derecho civil, se consagraba
después á la carrera eclesiástica, ganando reputación de docto en
teología y decretales. — En Montpeller se ejercitaba durante al-
gunos años, leyendo derecho con honra suya y de su patria; y
siendo elevado sucesivamente á las dignidades de arcediano de
Zaragoza, paborde de Valencia y cardenal de la Santa Iglesia
romana [1573], cundían tanto su autoridad y buena fama que
muerto Clemente YII, le ponían en la silla pontificia el 28 de
setiembre de 1394. Nadie podrá desconocer en estos breves ras-
gos á don Pedro de Luna, designado entre los sucesores del
pescador con nombre de Benedicto XIII y apellidado en la histo-
ria con título de antipapa. Enlazada su vida por más de un
concepto á los principales acontecimientos de la segunda mitad
del siglo XIY y primera del siguiente, lograba también este es-
clarecido aragonés lugar señalado en la república de las letras:
contábanse entre las muestras de su erudición, como canonista,
varios tratados latinos, escritos antes de ceñir la tiai'a *; pero
si le hacían estimable de los doctos, ni tenían la importancia, ni
ofrecían el interés que su libro intitulado Consolaciones de la
vida humana, obra compuesta antes de recibir el capelo, la cual
basta sin duda para concederle no exiguo galardón, como culti-
vador de la elocuencia sagrada ^.
1 Los más notables son: Petri de Suma tractatus adversus Concilium
Písanum (Bib. Escur. II, L. 17). — De horis canonicis dicendis {B\b. Nac.
A. 103). — Constitittiones Archiep. Tarrac. (C. 73 deid.,editae 1391). — De
fotestate Summi Pontificü et Concilii. Don Nicolás Antonio y en tiempos
más recientes el obispo Amat, que coloca á don Pedro de Luna, no sabemos
por qué razón, en las Memorias para el Diccionario critico de escritores
catalanes, fpág-. 34S), citan alguna otra obra del mismo carácter.
2 El códice que encierra este apreciable libro se guarda en la Biblioteca
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 235
Una observación de conocida trascendencia ocurrirá sin duda
á nuestros lectores, al llegar á este punto. ¿Cómo (dirán acaso)
siendo aragonés, pudo señalarse don Pedro de Luna entre los
escritores castellanos?... Esta pregunta que nos han dirijido
con frecuencia hombres no ayunos por cierto en el estudio de
nuestra historia literaria, queda en verdad plenamente satisfe-
cha, al recordar cuanto llevamos dicho sobre los orígenes de los
romances hablados en la Península Ibérica, y sobre la diferente
locahdad representada por los primeros monumentos de la poesía
escrita, que adoptan por instrumento plástico la lengua formada
y desarrollada en la España Central i. Aragón, lo mismo que la
mayor parte de Navarra, habla esta lengua; y cuando el ejemplo
y la fama de los ingenios, nacidos en Castilla, estimulan á sus
hijos para aspirar al lauro de las letras, no puede maravillarnos
que en una y otra comarca aparezcan oradores, historiadores y
poetas que enlazando sus propios timbres con los de los poetas,
historiadores y oradores castellanos, contribuyan á enriquecer
del Escorial, III Y 7: es un volumen cuarto mayor, escrito en papel y letra de
la primera mitad del sijlo XV. Empieza con el siguiente epfg-rafe: «Aquí
«comienca el prólogo en el libro délas Consolaciones de la Vida Humana,
))cl qual compuso el muy Santo in Xpo. Padre señor, el Papa Benedicto trese-
»no, ques llamado don Pedro de Luna, antes del sumo Pontificado: el qual
«libro contiene consolaciones et remedios convenientes para contra quales-
»qu¡er tribulacionfes et tristesas, angustias et aduersidades que á los onbres
»por qualquier causa ó rrason puedan venir en tanto que moren en este mi-
«serable ualle de miserias et trabajos». — Al folio 5S vuelto termina el li-
bro, expresándose las mismas circunstancias y dándose á entender que esta
copia se sacó, viviendo aún don Alvaro de Luna, á quien se intitula «muy
«magnífico virtuoso et noble señor, cauallero muy prouado ct uertuoso en
))las armas, muy fiel et esforcado condestable de Castilla et maestre de San-
Mtiago». — En el fol. 59 comienca otro tratado místico, que se intitula: Di-
vina consolación de las ánimas y se dice «fecho por un glorioso doctor.»
Alcanza al fol. 84 vuelto, en que da fin el MS. El tratado que analizamos,
ha sido mucho tiempo después de escritos estos capítulos, incluido en el to-
mo de Prosistas anteriores al siglo X\^, por la diligencia de don Pascual
Gayangos, uno de los más constantes colaboradores de la Biblioteca de au-
tores españoles.
1 Segunda Parte, caps. Vil, pág. 387 del t. III.
256 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
la literatura llamada á representar la gran nacionalidad española,
anticipándose en esta forma y preparando en cierto modo las
trasformaciones de la política.
Dejaremos en breve ampliamente confirmado este aserto en
orden á la poesía, demostrando su exactitud en este mismo ca-
pítulo respecto de la historia; y por lo que atañe al libro de las
Consolaciones de la vida humana, que ahora consideramos cual
brillante muestra de la elocuencia, cultivada en la edad que exa-
minamos por los prelados aragoneses, bien será, consignar que
favorecieron á su autor notables circunstancias para dar á la
lengua empleada en dicho libro mayor perfección que la alcan-
zada á la sazón por sus compatriotas ^. Desde su primera juven-
tud habia tenido trato y comunicación con los principales mag-
nates de Castilla; y cuando su hermano mayor, don Juan Mar-
tínez de Luna, recibía en su castillo de lUueca á don Enrique de
Trastamara, vencido en Nájera, no solamente se complacía don
Pedro en favorecer sus pretensiones, sino que á punto de «par-
»tir para el estudio, todo el dinero que tenia para la su partida,
«diólo al rey don Enrique, entendiendo que non podía ser des-
»pendído en mejor estudio que en reparar á tan grand rey é se-
»ñor, que con tanta fortuna et nescesidad á su casa avia aporta-
»do» ^. El futuro Pontífice parecía preludiar en tal manera la
protección y amparo que hallaba años adelante en los descen-
dientes de don Enrique, y daba al propio tiempo claro testimo-
nio de aquella singular afición, que hacia á su familia tomar car-
ta de naturaleza en el suelo de Castilla ^.
1 Debemos advertir aquí que esta duda de los modernos eruditos no
ocurrió á don Nicolás Antonio, quien aun sin examinar las Consolaciones
en romance, decia: «Potuit ergo liber ab eo [Pctro de Luna] scriptus ver-
nácula forsan linguá, transferri, vel ab eo, vel ab alio in Latinam [Bi-
bliotheca Vetus., lib. X, cap. III). Obsérvese que la leng-ua vernácula, á
que se alude, es la castellana.
2 Crónica de don Alvaro de Luna. tit. lí, pág-. 8.
3 Véase el título I.° de la citada Crónica de don Alvaro, en que se
mencionan todos los personajes que en tiempo del Maestre habían llegado,
así en lo eclesiástico como en lo civil, á los más altos cargos de la monar-
n.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 257
No se nos haga pues extraño el que don Pedro de Luna,
bajo cuyos auspicios florecen otros escritores dignos de aplauso,
cultívase la lengua del Rey Sabio, cual instrumento propio y ap-
to para el egercicio de la elocuencia sagrada. Su libro de las
Consolaciones de la Vida Humana era en gran manera notable
bajo el triple aspecto de la idea, de la forma literaria y del len-
guaje. Como expresaba ya desde las primeras líneas, «conside-
«radas las tribulaciones deste mundo et las muchas causas et
«ocasiones de las turbaciones, pensó de infinitas consolaciones,
«contenidas encubiertamente en las escripturas, algunas dellas
«recoger en escriptos en qualquier obra que estuviesen» ; y así
como Boecio hizo su Consolaron de la Philosophia entre cade-
nas, asi también escribía don Pedro de Luna «en cierta seme-
«janza de destierro de los que impugnauan la justicia et esso
«mismo la obediencia de la romana santa Eglesia».
Intentaba por tanto restablecer en el ánimo de grandes y pe-
queños el principio de autoridad, dolorosaraente rebajado en me-
dio del cisma que escandalizaba al cristianismo, llevando al pro-
pio tiempo la paz á todas las conciencias ; y esta generosa idea,
que le ponia en las sienes el birrete cardenalicio, levantándole
por último á la silla pontificia, daba á su libro señalado ascen-
diente y prestigio, obligándole á fijar sus miradas en todas las
gerarquías sociales. En quince partidas distribuía «los remedios
«convenibles de las consolaciones contra las cosas que conturban
»á los onbres)); y deteniéndose á considerar individualmente los
estados del mundo, aplicaba á todas y á cada una de las situacio-
nes de la vida la doctrina de los antiguos filósofos y de los Santos
Padres, mostrando, al hacer semejante alarde de erudición, cierta
sobriedad y cordura, si bien deslustraba alguna vez las excelen-
tes dotes oratorias que en todo el libro resplandecen, entrecortan-
do con las frecuentes citas, sus más vivos y pintorescos pasages.
Del mérito de don Pedro de Luna, como escritor sagrado, no'
podria formarse cabal juicio, sin conocer alguna muestra de las
quia castellana. Entre ellos llegaron á distinguirse hasta cinco arzobispos,
un copero mayor del rey y un prior de la Orden de San Juan.
258 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPANOLA.
Consolaciones. Pintando la tribulación por sus efectos, dice:
«Ciertamente la tribulagion engrandesge el coraron del onbre, para
»resQebir grandes dones de Dios: ca ansy commo el martiello del platero
»fase estender la plata debaxo de su mano, de la cual entiende la su copa
))obrar, ansy giertamente el platero fabricador de toda criatura entiende
))estender tu coragon por las tribulaciones, por que piieda él poner muchos
wdones et bienes spirituales, por que el coraron tuyo sea copa preciosa
))de muy preciosas et muy sanctas rreliquias de Iho. Xpo. á solas et demos-
))tracion de los que quedan en este mundo. La tribulación á manera de
«agua tempra el vino del alegría temporal, por que non enpesca á la cabe-
))ca flaca, esto es al ánima del onbre spiritual^ por mengua de entendi-
wmiento ó por otro algund deffeto. Et aun la tribulación á manera de
wagua, affoga los enemig-os spirituales, esto es : a los pecados» 1.
Encareciendo la piedad y la mansedumbre, exclama :
))Bendicha es aquella ánima, la humildat de la qual confonde la sober-
»bia del otro; la pagiengia de la qual apaga la yra del otro; la obidiencia
»de la qual maltrahe ocultamente la peresa del otro; el fervor de la qual
«despierta la cobardía del otro; la gracia de la consolación et yluminacion
»de la qual alumbra el ojo del coraron del próximo, turbado con grant
«yra. Et mejor es que non aquel que al su hermano triste et turbado non
»tan solamiente non le consuela para le leuantar, mas aun le ayuda pa-
«ra derrocar, ansy como aquel que vee la paret encunante para caer non
))la enderesga para leuantar, mas tuergela más para derrocar. Et ansy
»fasen algunos, disiendo dan dottrina: á los que andan derecho, por fal-
»sos conseiosconseian, por que fag-an torger, et esfuerzan, por traherlos á
«muerte» 2.
Atento al fin principal de su libro, recuerda don Pedro de
Luna á cada cual de los estados de los hombres sus deberes mo-
rales y religiosos : veamos cómo, valiéndose de la doctrina y au-
toridad de los Padres, hace gala de su erudición, al tratar de las
obligaciones de los prelados :
«Si entendieses los dichos de los santos doctores, non te dolerías de la
«priuacion de la perlasía. Et non es marauilla; ca muchas veces sentencias
1 Lib. II, cap. I.°, fól. 9.
2 Lib. IV, cap. 4.°
II.*^ PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 259
«terribles son leydas contra los perlados et presidentes. Onde dise Grisós-.
wtomo:- Los perlados, por la altesa de la dignidat, enun mesmo peccado
))más o-ravemente peccan que los subditos suyos. Et dise Sant Hierónimo:
»Más gravemente peccan los perlados que los pueblos, et por ende son más
«cruamente atormentados. Onde dise Sant Grigorio: Los perlados deuen sa-
))ber que sy cometen peccados, tantas muertes han á padesger quantos en-
Mxiemplos dieron de perdición á los sus subditos. Et dise Sant Bernaldo: A
«más graue et más peligrosa debda son Qbligados los que an á dar rason et
«cuenta de muchas ánimas. Onbre ¿por qué cobdirias aquello, lo qual avi-
»do, muy muchas veses vernás en confussion et pessamiento? Ciertamiente
))las malas costumbres de los servidores muy mucho faseu desuiar á los
Msenyores. Onde dise Sant Grisóstorao: Ansy como quando vees el árbol
«que tiene las fojas secas, entiendes que algún defetto está en sus rayeres,
«ansy quando vieres el pueblo mal acostumbrado, entiende quel sager-
«docio non está sano. Onde dise Sant Ambrosio: En el effeto de la correp-
«tion conosQerás el deffetto del corregidor. Et dise: Para qué vos teng-o de
«castig-ar?. . . Cómmo uos podedes á mí por mal palabra reprehender?. . . Nin
«aun por aquesto el Obispo non es escusado de corregir al pueblo; ca se-
«gund dise Beda, Dios demandará al pastor los peccados de las sus
«oveias» 1.
En tal forma empleaba el futuro Benedicto XIII la erudición
eclesiástica y no de otra suerte contribuia al esclarecimiento de
la elocuencia sagrada, que tenia por intérprete la lengua vulgar,
un siglo después designada con el nombre de española. Fiel
depositarla de la doctrina evangélica, sobre cuyo principal fun-
damento descansaba á, la sazón la sociedad, representaba la elo-
cuencia los intereses más altos y transcendentales de la misma y
aunque viviendo en la religión una vida común al mundo cristia-
no, reflejaba en la condenación de las supersticiones y extravíos
del pueblo y de sus pastores la manera de ser interior y particu-
lar de nuestros abuelos, bosquejando, con más exacto y vario
pincel que la historia, sus multiplicadas costumbres. Yno sea esto
decir que no estuviera también confiado á la historia el interés
constante y duradero de la sociedad, cual maestra y espejo de la
vida; mas por la misma pendiente que traía de antiguo la erudi-
ción histórica, pendiente que aumentaba desde la mitad del siglo,
1 Lib. V.
240 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ensanchando el campo de las especulaciones con la noción de
la antigüedad, bien que todavía vaga é imperfecta ^, si conser-
vaba en las crónicas de los reyes y aun de los magnates parte
de su primitivo candor nacional, pugnaba por señorear el mundo
antiguo, que iba siendo de día en dia más conocido de los pueblos
meridionales, ó ya se acostaba á las maravillosas ficciones de la
caballería, abusando ciegamente de la credulidad excesiva de la
indocta muchedumbre.
Tiene en uno y otro concepto egemplos no para olvidados, si
bien todavía no bien reconocidos, la historia literaria de la se-
gunda mitad del siglo XIV; y es en verdad digno de notarse
que no se limita ya, según arriba insinuamos, al suelo castellano,
hecho característico que demuestra la natural é inevitable influen-
cia ejercida por la España Central en las comarcas, que de anti-
guo hablaban con leves modificaciones, el mismo idioma ^. Lugar
distinguido lograba entre los ingenios aragoneses don frey Juan
Fernandez de Heredia, ilustre vastago de una de las más podero-
sas familias de aquel reino, la cual, no cuenta este solo hijo en-
tre los cultivadores de las letras. Inscrito Heredia en la Orden
Hospitalaria de San Juan de Jerusalem, había ganado desde su
juventud reputación de entendido y gallardo caballero, subiendo
1 Téng-ase muy en cuenta la progresión que hemos ido señalando en
este linag'e de tareas desde los tiempos de don Alfonso X, que fué el pri-
mero á empezar en el sig-lo XÍII la meritoria obra de descorrer el velo que
envolvía en oscuras tinieblas el mundo antiguo: no llamada nuestra lite-
ratura á dar cima á esta empresa, reservada principalmente á la italiana,
justo es observar que ni le era dado caminar con planta segura por una
senda desconocida, ni pudo evitar los extravíos á que su inexperiencia ha-
bía de exponerla, extravíos de que no se vio tampoco libre la historia culti-
vada por los Compagni y los Yillani. El sazonado y recto conocimiento de
la antigüedad clásica sólo podia alcanzarse después de grandes esfuerzos y
afortunados descubrimientos, debidos á la filologia y á la arqueología : el
anhelo de conocerla vive siempre en todos los pueblos, que derivan de ella
su cultura. Adelante veremos cómo llegan á disiparse las tinieblas, que
en el siglo, á cuyo fin tocamos, aumentaron considerablemente en las esfe-
ras de la historia las ficciones de la caballería.
2 Véase el Apéndice núm. III de la I.^ Parte.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 241
con general aplauso á los primeros oficios de la expresada milicia.
Gran prior de Aragón, Castellano de Amposta, Gobernador de
Aviñon y del condado Venaissin, Gran prior de Castilla y de San
Gil, tales eran los cargos á que le elevaron sus prendas y en que
se habia acrisolado su fama de sabio y justiciero, cuando en 1380
le ponia el voto universal de sus hermanos en la primera silla de
aquella ínclita Orden. Gobernábala, con honra suya y lustre de
sus caballeros, por el espacio de diez y nueve años y ocho meses,
pasando de esta vida en 1599, ya en muy avanzada edad, no sin
llevar tras sí el llanto y las bendiciones de sus vasallos y de sus
milites ^.
Mas la justa nombradla del caballero crecía en gran manera
con el merecido lauro del cultivador de las letras. Acatando la
gloria de los héroes, que habían dado fama imperecedera al nom-
bre español, quiere Heredia quilatar sus hazañas, y acopia con
diligente solicitud cuanto se habia escrito sobre la Península
Ibérica, así en la antigüedad como en los tiempos medios: allega-
dos aquellos tesoros, excita su entusiasmo el noble ejemplo del
Rey Sabio, convidándole con análoga empresa á la realizada res-
pecto de la historia nacional por el preclaro monarca de Castilla;
y nace en su mente el pensamiento de la Grant Chróm'ca, ó
Isíon'a de Espanya. Pero no se limitan sus deseos al horizonte
de la historia patria: gastadas su juventud y aun su virilidad en
largos viages, que habían despertado en su pecho el anhelo de
conocer los grandes acaecimientos de apartadas edades y regio-
nes, dirijo también sus miradas á los héroes extraños de más
alto renombre y concibe la idea de la Crónica de los Conquista-
dores, completando el cuadro que iba á ofrecer en ella á la
contemplación de sus compatriotas con la Flor de las Istorias de
Oriente.
Contribuía de tal suerte el Gran Maestre de San Juan al
1 Histoire des Cheval. Hosp. de Saint Jean de Jerusalem, por Verdot,
lomo II, lib. V; — Véase también el núrn. XXXVII de la Biblioteca del
marqués de Santillana en la edición que hicimos de sus Obras, pági-
na G07(1S52).
Tomo v. 16
242 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
desarrollo de la historia en el doble sentido en que se habia
manifestado esta desde la mitad del siglo; y ya respondiendo
hidalgamente al llamamiento, hecho por el Rey don Alfonso al
espíritu de nacionalidad en su Estoria de Espamia, llamamiento
que parecía preludiar la futura unidad de la monarquía, ya obede-
ciendo li ley universal que habia empezado á dirigir todos los es-
tudios de los doctos hacia las vías del Renacmienío; ya en fin ce-
diendo al incentivo de peregrinas novedades, que abrian á la
imaginación de grandes y pequeños un mundo enteramente des-
conocido, mostrábase asociado al progresivo movimiento de la
civilización, revelando al par altas dotes personales que tienen
contados, bien que insignes ejemplos, en la historia de la cultura
española.
No andaban sin embargo acordes los deseos y el sentido críti-
co de don Frey Juan Ferrandez de Heredia. Si era su intento, al
compilar ala Graní Chrónica de los Reyes el príncipes de Spa-
nya, que las sus virtudes et caballerías non fuessen olvidadas, mas
retenidas et nombradas et otrosí loadas en los juicios et lenguas
de los hombres por siempre jamás» •; si tuvo presentes, con-
1 La Grant Chrónica ó Istoria de Espanya, se custodia, entre los
libros que fueron del docto Marqués de Santillana, en la selecta librería
del duque de Osuna, conforme dijimos en el lugar citado de las Obras del
referido Marqués (pág-. G06). — Compónesede tres partes, contenida cadacual
en un grueso volumen de hermosa vitela, escritos todos á dos columnas, de
hermosa letra, y exornados de iniciales de colores. Al frente de cada volu-
men se vé el retrato del Gran Maestre, prolijamente miniado, circunstancia
que se repite en las demás obras que llevan el nombre de Heredia, siendo
prueba fehaciente de su autenticidad. En la primera foja del tomo primero
leemos: »Esta es la grant et verdadera Istoria de Espanya, según se tro-
»ba en las ystorias de Claudio Tolomeo et segunt se troba en los YII li-
ebres de la General Istoria (no la de España) que el rey don Alfonso de
jíCastiella, que fué esleydo emperador de fioma, compiló» etc. — Al final di-
ce: «Aquí fenesge la primera partida de lá Grant Crónica de Espanya,com-
»pilada de diversos libros et ystorias por el muyt reverent en Xpo. Padre et
«Senyor don Johan Ferrandez de Eredia, por la gracia de Dios de la santa
«casa del Espital de Sant Johan de Jhrlm., maestro humil,et guardador de
)j1os pobres de Xpo. La qual crónica de mandado de dicho senyor yo Ál-
«var Pérez de Sevilla, canónigo en la cathcdral iglesia de Jahen escrebí
II.'' PARTE, CAP. V. ELOG. É HíST. A FINES DEL SIG. XIV. 245
forme queda indicado, los historiadores conocidos en su tiempo,
que ya directa ya indirectamente habian tratado de las cosas de
España i, — no alcanzo á trazar un plan razonado, ni menos á
separar lo fabuloso de lo cierto, cayendo en los extravíos, de que
tampoco se habia visto libre el Rey Sabio respecto de los tiempos
primitivos ^.
Con la venida y dominación de los appellinos, á quienes arro-
ja Hércules del territorio peninsular, asentando en él su impe-
rio, comienza la primera de las tres partes que componen la
Grant Chrónica: prosiguiendo con las gestas de Ulises y de Bru-
to, hijo de Silvio, llega en el cuarto de sus catorce libros á los
«fechos del grant et invencible Anibal»; y deteniéndose en las
guerras de los tres Escipiones más de lo que podia convenir á
»de mi propia mano. Et fué acabada en Avinyon á XIII dias del mes de
«Jenero el anyo del nascimiento de nuestro senyor M.CCC et LXXXV».
1 Demás de las obras ya indicadas, cita Hercdia las «ystorias de Éren-
les et de Ispan et de Pirous», manifestando que eran libros especiales, y
más determinadamente á Tito Livio, Lelio Ennio, Lelio Marcio, Claudio,
Valerio, Orosio, Eulropio, Salustio, Plutarco, Lucano , César, Petreyo,
Afranio, Sileno fgricg-o), Justino, Isidoro, Sulpicio, el Pacense (Isidoro me-
nor), Juan de Verona, Paulo Diácono, Turpin, Guillermo de Ausserre, Bel-
vais (Vicente Beauvais), Hugo de Floriach, don Lúeas de Tuy y el arzo-
bispo don Rodrigo, «que fué caguero en escrebir las ystorias» latinas. —
Todo este aparato histórico nos dá á conocer el empeño, con que Heredia
acometió la ardua empresa de su Grant Crónica.
2 Cúmplenos advertir sin embargo que los descubrimientos arqueológi-
cos hechos en nuestros dias imprimen cierto carácter de autenticidad á las
maravillosas y desautorizadas leyendas, relativas á los primeros poblado-
res de la Península Pirenaica, llamando sobre ellas la atención de los doc-
tos. El sepulcro hallado en los últimos años en Tarragona, que ha ejercita-
do por mucho tiempo la erudición de los arqueólogos nacionales y extran-
jeros, teméndole unos por auténtico, declarándole otros apócrifo, es sin
duda uno de los monumentos que abren de nuevo la tela histórica a las
investigaciones relativas á tan lejanos tiempos, siendo acaso posible que
llegue dia en que figuren, no como patrañas ridiculas, y sí como hechos
más que probables, la venida de los appellinos, almunices ú otras gen-
tes, cuyos npmbres provocan hoy la desdeñosa sonrisa de los eruditos.
De la arqueología, la filología y la etnografía debe esperarse mucho res-
pecto de los tiempos primitivos de la historia de España.
244 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
una historia general ^, ingiere en ella la yugurtina, tal como
la refiere Salustio, y narradas las hazañas de Quinto Sertorio y
los memorables triunfos de César, salta al «nacimiento de los go-
dos et videgodos», apunta las expediciones de los partos y longo-
bardos, y reparando por último en el reinado «del glorioso rey
Bamba de los videgodos», lamenta «la destruycion de Espanya»,
punto en que termina la primera parte de su Isíoria ^.
No se ha trasmitido hasta nosotros la segunda, cayo interés
debió ser grande respecto de la corona de Aragón, declarando He-
redia que se habia servido para escribirla de los libros de los «aba-
des de San Johan de la Penya, en que se contenían los fechos» de
aquel reino y aun los relativos al de Navarra ^. Probable es que
entre estos monumentos contara el Maestre de San Juan la Cróni-
ca de los Reyes de Aragón, escrita en latin por Fray Pedro Marsi-
lio ó Marñlo, mongede aquella casa, y puesta ya en lengua vulgar,
cuando se compilaba la Grant Chróníca. La de los Reyes de Ara-
(jon, de sumo interés por lo peregrino de las noticias que encierra
y más todavía por lo característico del lenguage, muestra de los
varios matices con que aparece el hablado en aquel reino, hubo
sin duda de ser grandemente útil al diligente escritor que aspira-
1 Conságrales los libros V, YI y VII.
2 La Lamentagion fecha -por la Destruycion de Espanya et perdiítion
del grant et noble linage de los videgodos ocupa el final del libro XIV y
último de la primera parte de la Grant Chróníca, compuesta en su totali-
dad de más de setecientos capítulos, en la forma siguiente: Lib. I. Desde
Tubal á la espulsion de los apellinas, 5; libro 11^ desde la venida de Hércu-
les á su muerte, 41; libro III, las gestas y viajes de Ulises, con la estoria
de Bruto, 13; lib. IV Gestas del grant et invencible Anibal, 35; lib. V Ges-
tas de Publio Cornelio Scipion 10; lib. VI Gestas del grant Scipion Africa-
no, 49; lib. VII Gestas de Pub. Scipion, Segundo Africano, 36; lib. VIII
Gestas de Yugurta, 91; lib. IX Fechos de Q. Sertorio, 10; lib. X*Gestas et
memorables fechos de Julio César, 90;' lib. XI. Del nascimiento délos godos
ct videgodos, 185; lib, XII Gestas de los partos; lib. XIII Gestas de los lon-
gobardos (subdivididas en 6 partidas), 94; lib. XIV Gestas et memorables
lechos del glorioso rey Wamba de los videgodos, 43. La expresada lamen-
tación es casi traslado de la del Rey Sabio, ya conocida de jiuestros lec-
tores (II.* Parte, cap. Xlj.
3 Prólogo de la Grant /¿¿Oí'i'a, ya citado.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 245
ba áteger la historia de su patria con la historia de Castilla i.
Ceñida exclusivamente á la de Alfonso XI la tercera parte de su
Chrónica, dábale fin con el famoso asedio y toma de Algeciras, lo
cual nos lleva á sospechar que abarcando la segunda hasta la
muerte de Fernando IV, comprendía también el reinado de don
Jaime II de Aragón, según manifestamos antes de ahora '^..
1 Asi lo persuade la terminante declaración de Heredia. En cuanto á la
versión de la Chrónica deMarsilio conviene advertir que no debe esta obra
confundirse con las memorias latinas que durante el reinado de don Jai-
me II escribió Fray Pedro Marsilio, dominicano catalán, ya mencionado
por nosotros (11.^ Parte, cap. XV) y muy elogiado de Amat en su Diccio-
nario, pág. 37S. — El fray Pedro Marsilio ó IMarfilo, á quien ahora aludimos,
fué monge de San Juan de la Peña, y escribió la historia de los reyes de
Aragón, tomándola ah ovo, pues que empieza con la noticia de Túbal, co-
mo todos los que escribían á la sazón historias g^enerales. De su versión he-
mos examinado dos códices, uno en el Escorial y otro en Madrid. — La
Real Academia de la Historia posee también copia de ella.
2 Obras del Marqués de Santillana, Biblioteca, n.° XXXVII. Toda esta
tercera parte de la Grant Crónica es un estrado de la de Alfonso XI,
á la cual se refiere con mucha frecuencia, diciendo al mencionar al rey:
ñSegunt su ystoria lo conta; segunt se troba en su ystoria, etc. — Consta
de doscientos ochenta y tres capítulos, teniendo la empresa trescientos cua-
renta y dos. Como se vé, sólo existen ya el primero y el último volumen de
la Gmnt Historia, siendo por tanto muy notable el error en que cayó el
entendido don Pedro José Pidal, cuando aseguró en su Discurso prelimi-
nar al Cancionero de Baena (p. LXXXIV) que se guardaban en la Bi-
blioteca de Osuna seis tomos de la misma Crhónica, ¡poniendo en uno de
ellos el texto árabe con caracteres comunes de la Elegia ci la 'pérdida de
Valencia asediada por el Cid, cuya versión castellana insertó el Rey Sa-
bio en su Estoria (Véase 11.^ Parte, cap. II). El volumen en que la indicada
elegia se contiene, ofrece la marca P. I., lit. M., n.° 7, y fué escrito por
mandado de don Iñigo López de Mendoza, ya Marqués de Santillana, j lo
acredita el tener sus armas y empresas: tal como lo fizo después de 144.5,
en la primera foja, de igual manera que todos los códices que se escribieron
desde entonces bajo sus auspicios; de modo que ni formó nunca parte de la
Ystoria de Heredia ni es tan antiguo como supusieron los traductores de
Ticknor, al afirmar, con más acierto, que era un códice de la Crónica Ge-
neral, á que realmente pertenece (t. I, pág. 515). Esto debió notar el docto
Señor Pidal con sólo haber leido algunas cláusulas, comparando el lenguaje
con el empleado por Heredia. El error fue tan adelante que tuvo también
246 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
No era pues dudoso el propósito de don Frey Juan Ferrandez
de Heredia, pareciéndonos digno de notarse que al seguir las hue-
llas del Rey Sabio, ora porque á ello le indujera la imitación li-
teraria, ora porque obrase en él espontáneamente el convenci-
miento de que estaba Castilla llamada á ser representante y lazo
común de la nacionalidad española, fijara en ella más principal-
mente sus miradas, olvidando al cabo el reino de Aragón en la úl-
tima parte de su obra. Pero si por una ú otra consideración cedia
en la Grant Chrónica el interés de la localidad al sentimiento pa-
triótico, que buscaba más ancha esfera en los horizontes de la Pe-
nínsula, no por esto decae el precio extraordinario, que recibe de
la misma localidad y que basta á infundirle propio y determinado
carácter. Bien se entenderá que hablamos del estilo y más espe-
cialmente del lenguaje empleado por el Maestre, lenguaje más
aragonés que el usado en las Consolaciones de la Vida Humana,
sembrado, como el de la traducción de Marsilio, de voces de
conocida procedencia catalana y aun provenzal, y algo diverso en
consecuencia de la lengua literaria de los castellanos. Estas
condiciones, típicas de la Grant Chrónica ó Istoria de Espanya,
no pueden sin embargo ser convenientemente apreciadas, sin al-
gún egemplo. Veamos la descripción que hace de la tercer bata-
lla «que huvo Scipion con los de Lucena» (Numancia), pasage
que nos consentirá al propio tiempo reconocer la escuela históri-
ca, en que Heredia militaba:
«Quando uino otro día en la manyana, los caualleros et los peyones
))de LuQena se armaron et sallieron de lur ciudat et pasaron lures licas
«(fosos) et fueron en el campo de la batalla delant las tiendas de los roma-
))nos, bien amonestados et bien exortados por lures mayores á faser todo
»bien, et todos de una uolontat hó por vencer^ lió por morir con grant
«esperanca de hauer vittoria. Et quando uino que los romanos vidieron
))los de LuQena en el campo, armáronse todos apresuradamente, caualle-
»ros et peyones^ et uinieron al campo con ellos muyt cruelmente, los unos
el Señor Pldal por Crhónica del Maestre un traslado de las Tres de Tobar,
hecho sin duda para su servicio, y acaso los dos volúmenes de la Crónica
de los Conquistadores, que en breve examinaremos.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 247
))et los otros con grant esperanca de aver vittoria. Et quando vino á ora
))de tercia, los de Lugena comentaron á ferir en los romanos tan uigorosa-
))ment que les ficieron voluer las espaldas et los fazicn tornar luyendo
))contra lures tiendas: et la ora los romanos, mucho espauodornidos,ya non
»esperauan hauer uittoria en aquella batalla, et fué entre ellos grant do-
))lor por el grant dapno et por la grant deshonor que regebian.
■ Mas del todo habrien estados uencidos por los de Lucena, sy non por el
))Consul Sgipion que les uino al delant, el qual los reffrenó de lur fuyda et
wdiziéndoles muchas páranlas de reprehensión, diziéndoles: — ¡O caualle-
»ros!... ¿Por qué fuyedes?... Et non sabedes que en Lugena son muertos,
))todos los buenos caualleros et los fuertes onbres que solien seyer en las
«batallas passadas,et aqviellas reliquias que son romanidas son muertas de
))fambre et lures bragos non han ninguna ^fuerga, et son más sombras de
))onbres que non onbres?.., ¿Qué uos dirán en Roma los otros caualleros
))quando tornedes?... Que sodes estados vengidos por sombras de onbres,
),'ansy como los canes que sespantan por la sombra. Et dirán que sodes
))dichos caualleros temerosos et fugitivos, et non ardidos caualleros ro-
wmanos!!.. Yo yré et metermehé entra la furor de la fortalega de los ene-
wmigos... Guardat que onor será á uosotros que fuyedes!.. — Et con aques-
))tas paraulas et con que tomaua algunos de las cabegas et giráuales las
«caras contra los enemigos et dizialcs: — Aquesta es la uia de la victoria
«et non 3e fuyr entra las tiendas»; et con todas aquestas paraulas et con
))la grant uergüenza que hubieron, tornaron con Sgipion en la batalla et
«firieron aspramente en los de Lugena; et por la grant virtut de Sgipion
«los romanos ouieron lo millor de la batalla» i.
1 Lib. Vil — (carece de número de capítulos y folios). — Para que los
lectores formen juicio comparativo del lenguaje de Heredia y el de la ver-
sión de Marsilio, trascribiremos aquí algunas líneas de la última.' — 'Contada
la ruina de España, dice: «Feyta la dita persecution ó conquista, los cliris-
«tianos que de la batalla ó persecución pedieron escapar, se derramaron et
)^fuyeron enta las montaynas de Sobrar ve et de Rivagorza de Aragón, de
i)Lerroca, de Artide, de Ordoya, de Vizcaya, de Álava, de Asturias, do fe-
«zieron muytos castillos é otras muytas fuerzas, do se pudieren receptar et
))(lcffender de los moros. Et todas aquestas tierras fincaron en poder de cliris-
» llanos que ningún tiempo las pudieron posedir.Et los que finaron en Astu-
))rias fecieron Rey á Pelayo, segunt en las Corónicas de Castilla es conteni-
)h1o, por que aquí solament de los reyes de Aragón et de Navarra enten-
«djcmos tractar, por que muy tiempos fueron unos, segunt veredes,» etc. —
En el Icnguage de Heredia descubrimos ciertos elementos extraños, que dan
á conocer la influencia del suelo, donde se escribe su Grant Ystoria de Es-
pa7i7ja: este de la versión ofrece en cambio rasgos de mayor antigüedad,
y uno y otro caracterizan al romance aragonés, hablado en el siglo XIV,
248 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Dicho se está que las demás producciones de Ferrandez de
Heredia ofrecen los mismos caracteres en orden al estilo y len-
guaje. La Crónica de los Conquistadores consta de dos partes,
contenida cada cual en un grueso volumen ^ «Los emperadores,
«reyes, monarchas príncipes et illustres uarones... más famosos
»et uirtuosos, que se troba que ayan senoreyado et conquerido
«reynos, tierras et prouincias por diversas partidas del mundo»,
ministran con sus vidas abundante materia de estudio y de aplau-
so al respetable Maestre, «que siempre lohó et alabó los fechos
»de los grandes conqueridores et príncipes»; y dedicada la pri-
mera á los que hablan florecido en las regiones orientales, entre
quienes dá la preferencia á los emperadores bizantinos, consagra
la segunda parte á los que tienen por teatro de sus hazañas él
mundo occidental, poniéndole digna corona con las prodigiosas
conquistas de Fernando III y Jaime I, levantados ya por el res-
peto y gratitud de Aragón y Castilla á la apoteosis de los liéroes.
César, Antonio, Octaviano, Tiberio, Trajano, Alejandro, Se-
vero, Constantino, Teodosio, Atila, Teodorico, Alboyno,- Carlos
Marte], Cárlo-Magno, Tariq y Muza son los principales caudillos
que despiertan su admiración ^ y que mayor interés podian inspi-
rar á los pueblos meridionales en el siglo XIY. Mas si los juzga lle-
1 Se custodian en la Biblioteca del duque de Osuna P. í. lit. M, n.° 5
y 6, como restos de la del Marqués de Santillana (Véanse sus Obras, Bi-
blioteca, n.° XXXVII, pág-, G06): — están escritos en rica vitela, osten-
tando en la primera foja el retrato del Maestre, pero son de menor tamaño
que los dos códices de la Grant Chrónica, por lo cual debió advertir el
señor Pidal, ya que no se detuviese á examinarlos, que formaban obra dis-
tinta, no siendo verosímil que quien tanta magnificencia desplegaba, al dis-
poner dichos MSS, consintiera esta irregularidad de tamaños en los volú-
menes de una misma obra.
2 Oportuno juzgamos notar que el Maestre de San Juan colocaba al
lado de don Jaime 1° y de San Fernando al famoso Genghiskan (Cangiscan),
reconociendo en él uno de los primeros conquistadores de la edad-media.
La primera noticia de este capitán debió sin duda tomarla del Libro de
Marco Polo (cap. Y), quien en 1271 (cuarenta años antes déla muerte de
Genghiskan) visitaba su imperio y narraba sus grandes victorias. Adelante
volveremos á tocar lo relativo á este importante libro, en el juicio litera-
rio del Gran Maestre.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 249
redia merecedores de alabanza por su valor y sus virtudes, no por
esto renuncia á señalar y á vituperar cuerdamente los vicios y
aun los crímenes que empañaron su gloria, valiéndose al propó-
sito de aquellos medios que el arte le presentaba para hacer más
perceptible su juicio. Al narrar por ejemplo la muerte de Teodo-
rico, príncipe amado primero, merced á su generosidad y tole-
rancia, y aborrecido en los últimos dias de su vida por su cruel-
dad sanguinaria, condenaba enérgicamente su tiranía, compa-
rándola con la feroz rapacidad del león, elegido rey de las cuadrú-
pedos. Esta doctrina -ponia el Maestre de resalto, ingiriendo la
siguiente Faida ó exiemplo del cierno, que nos recuerda uno de
los más donosos apólogos del Archipreste de Hita:
«Aprés que las bestias huuieron esleydo al león por lur rey et senyor,
))Coronáronlo, et fecho aquello, uinieron todos delant del por sainarlo et
«por fazerle reverengia et homenatge; et mucho sesforgó cadascuna por
Mtodo su poder de seruirlo et de fazerle onor ansj como á lur senyor.
»Entre las otras uino el QÍeruo con sus grandes banyas qui le estañan muy
))bien: et era muyt bello et era muyt grosso et de grand facción, et agi-
MnoyóUose devant del rey por fazerle reneren^ia, como fazian todas las
MOtras. El león aula grand fambre, et quando lo uido tan bello et tan
))grosso, vínole en volnntat que lo comiesse. Ansy que estando el cierno
«aginyollado delant del león, alargó las arpas de delant et prísolo por los
«cuernos, por comerlo allí et por fartarse en él. Mas el Qieruo, uidiendo
«aquello, tiróse muyt reciament atrás quanto pudo, assy que sacó sus
«cuernos dentre las manos del león; et luego como le fué escapado, fuyó
«cuanto más pudo a los montes grandes et largos questauan en torno de
«alli. Quando el gieruo se ende fué foydo, el león sabet que ende ouo
«grant despecho et fincó muyt sanyoso et pleno de grant yra, et tal sem-
«blant fazia que todas las bestias que le estañan deuant, anien grant
«panor. Assy que se planyó muyt malament á las otras bestias del cicr-
«uo, et menacólo muy fuertement et mandó á las otras bestias que lo
«gercassen en todas maneras et feziessen que gelo adugiessen delant.»
Las bestias tienen por justa la demanda del león y tomado su
acuerdo, envían el raposo para que persuada al ciervo su vuel-
ta ala corte: hállale en una selva espesa, y después de salu-
darle afable y cortesmente, le dice:
«En uerdat, amigo, mucho me desplace de nuestro mal et de nuestro
«enoyo: que bien só cierto que non auedes tan grant culpa como se dize
250 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
«de uos en la cort; mas bien so despagado porque aun uos venistes; que
»todo onbre piensa que qualquiera mala cosa tenedes pensada de fazer,
))et por uentura uos nunqua lo pensastes. El cierno aquella uegada res-
))puso que nunqua auia él pensado nengun mal nin danyo del rey, nin
»de su cort: antes dixo él: — Yo me deuo planyr de la grant crueldat et
wuillania que el" león me quiso fazer, yo seyendo sin culpa de nenguna
wcosa que fuesse contra él; car aginyollándome devant del, por fazerle
))reuerencia, me ensayó de prender et retenerme por los cuernos por co-
wmerme; por gierto grant crueldat et mala cosa ensayó de fazer^ peor que
Mnunqua nengun prínces nin nengun senyor del mundo á nengun uasa-
))llo suyo. — Et, amigo, dixo el raposo, á aquella ora non pensedes uos
»que el león lo fiziesse por aquesso que uos dezides : daquesto seyet bien
Hcierto. Antes lo fazía por fazeruos onor, como adaquel qui amaua, car
wquando uos aginyoUastes devant del que dezides que uos priso por uues-
Mtros cuernos, non lo fizo synon que uos querría dar paz et besarvos en
))la boca en senyal de grant amor que uos auia».
El ciervo engañado por las palabras del raposo, vuelve á la
corte y al arrodillarse anle el león, le echa este las zarpas al
cuello, dándole muerte con sus ungías. Al repartirlo entre las
fieras, echa de menos el corazón que habia robado el raposo, el
cual preso y puesto á cuestión de tormento, exclama:
«;Ay^ cuytado de mí!... como só, tengo grant pena et grant dolor á tuer-
))to manifiesto, et non só oydo! ¡A nuestro senyor Dios!.. Et ¿porqué me
«demandan que diga lo que non sey, aquello onde non só culpable...?
))Car razón natural demuestra manifiestamente que el cierno non auia
))corazon nenguno; car cierto es que si él ouiesse ovido corazón, non auria
»tornado aqui, nin auría uenido otra uegada á las manos del león. Mem-
»brarle deuie cómo auie estado preso la otra uegada primera por los
«cuernos de su cabeza, et cómo por foj'r auia escapado de la muerte; pe-
wrosi ouiesse coracon, cierto es que auria dubdado de retornarse á meter
«otra uegada á periglo de muerte. Pues que una uegada era ende esca-
«pado , deuiera de auer guardado que non y ouiesse venido por cosa del
«mundo» l.
1 11.^ Parte, fól. 144 al 14S. — Los capítulos carecen de numeración,
por lo cual preferimos el folio. El apólogo del Archipreste de Hita, que es
virtualmente el mismo, se contiene desde las coplas 866 á la 877 inclusive
de su Poema bajo el título: «Zíeí castigo que el argiprestc dá á las due-
ñas, etc.» — Comienza con estos versos:
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 251
Autorizaba asi la narración el apólogo , que tan cumplido
desarrollo habia tenido en la España Central, no sin que de igual
suerte contribuyeran á fecundar la doctrina que el Gran Maestre
de San Juan se proponia 'deducir de la Crónica de los Conquis-
tadores, las demás formas literarias, cultivadas á la sazón por
los eruditos. Pero si no olvidaba en tan notable libro el fln y
ministerio de la historia, atendía sin duda á hermanarlos con los
de la rehgion en la Flor de las Ystorias de Oriente, manifestando
que era debida á las escrituras la perpetuidad de la memoria de
las cosas pasadas, con el «conoscimiento et discreción en las es-
deuenideras»; y declarando al par que las contenidas en esta
obra «podrían con el favor de Dios redundar en muyt grant pro-
vecho et ensalcamiento de la fé católica» i. En dos partes prin-
cipales dividía Heredia la Flor de las Ystorias. La primera que
lleva más especialmente dicho título, trataba de los reinos y tier-
ras del Oriente, dando razón de su respectiva situación geográ-
Dueñas, avet oreias I oit buena lición;
Entendet hien las fahlas, J et guardaruos del varón,
Guardatvos non vos contesca | como con el león
Al asno sin oreias, é sin su coracon, etc.
En vez del «s/zo puso Heredia el ciervo, suprimiendo el accidente de
las orejas, que no juzgó necesario para obtener el mismo efecto.
1 El códice de la Flor de las Ystorias de Oriente existe en la Biblio-
teca del Escorial, marcado Z. j. 2. — Consta de 312 fóls.; está escrito en vi-
tela á dos columnas de clara y hermosa letra, igual á los códices anterior-
mente citados. Contiene demás do los tratados que en el texto menciona-
mos, 1.°: Monestagion de los ricos-onhres et monestagion de los onhres
pobres (fól. 105); 2.° El Libro De Secreto Secretorum, el qual compuso el
grant Aristóteles (fól. 254). — El primero de estos tratados 63 cierta manera
de catecismo moral para la vida, ya en próspera ya en adversa fortuna:
acabado se lee: «Ferdinandus Metinensis vocatur qui escripsit, bencdica-
tur». — Este Fernando de Medina copió también la Crónica de los Conquis-
tadores, compitiendo con Alvar Pérez de Sevilla, que puso en limpio la
Grant Ystoria. En la Flor de las de Oriente se halla el retrato de Heredia,
miniado de la misma mano que pintó los de los otros códices; expresándose
que es obra suya con estas palabras: «El reverent en Xpo. Padre et senyor
«don Fray Jhoan Deredia, maestro de la Orden de Sant lohan de Herusalen...
»mandó screvir aquesti present libro, etc.»
252 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
fica, de las gentes que en ellos habitaban y de sus costumbres,
ritos y ceremonias, no sin exponer la sucesión de los empera-
dores, reyes y príncipes que los habían señoreado y «los mu-
damientos y guerras que entre ellos erali esdeuenidos».
Referíase la segunda á la Tierra Santa, teniendo por base y fun-
damento la Grant conquista de Ultramar i , y encerrando uno
de los monumentos más preciosos que en este linage de obras
produjo la edad media. Tal era en efecto el Libro de Marco
Polo, ciudadano de Venecia ^^ cuyas portentosas narracio-
nes que emulaban las maravillas del mundo caballeresco, alen-
tando el espíritu aventurero de nuestros mayores, prepararon
los dos más grandes descubrimientos geográficos que ilustran la
historia de la Península Ibérica en los tiempos modernos. Tarea
por demás interesante seria la de poner en claro si debieron
Vasco de Gama y Cristóbal Colon la primera idea de sus expe-
diciones á la versión del Libro de Blarco Polo, hecha por He-
redia; y si por ventura diese resultado afirmativo, no dejaría de
causarnos admiración el valor profético de las palabras del ilus-
trado maestre: ningún suceso más provechoso ni de mayor en-
salzamiento para la fé católica que los descubrimientos del Cabo
de Buena-Esperanza y del Nuevo-Mundo.
Dos redacciones, ambas originales, bien "que de mérito diver-
so, pudieron servir de texto para esta versión del Libro de Mar-
co Polo ^; mas sea cual fuere su procedencia, bien será advertir
1 Heredia dice con frecuencia, refiriendo los hechos de las cruzadas y
toma de Jerusalen: «Asy como se cuenta en el libro de las Ystorias de la
Conquista de la tierra sancta,y> etc.; Trábase en la Ystoria de la Conquista
de Ultramar, etc.» El famoso libro traido á nuestra lengua por mandado de
Sancho IV, dio algunos materiales para componer el que lleva por título
Libro Ultramarino, de que hablaremos después.
2 Este precioso monumento se contiene desde el fól. 58 al 104 inclusive.
3 La primera fué escrita por Rusticiano de Pisa, famoso ya por haber
compilado algunos libros de caballerías del ciclo bretón, entre los cuales se
contaba el Lanzarote del Lago, cuya seductora lectura produjo el crimen
de Francesca de Rimini, pintado por el Dante {Inf. cant. V). Rusticiano,
prisionero de ios venecianos en 1298 con Marco Polo, oyó de boca de este
sus extraordinarios viages y los quiso legar á la posteridad, escribiéndolos.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 255
que hubo su egemplo de producir cierto efecto saludable en la
república de nuestras letras, pues que no fué la única relación de
largos y sabrosos viages hecha por aquellos días, según en breve
notaremos. Descritas aquellas fértiles regiones no solamente con
la novedad que tenia de suyo lo peregrino de sus costumbres, ri-
tos y ceremonias, sino también con la gala y frescura de una
imaginación rica y juvenil, consérvase en la traducción de Here-
dia el rudo y primitivo encanto del original, llamando al propio
tiempo la atención de la crítica el colorido especial que recibe
del dialecto [castellano-aragonés], en que se halla escrita.
Védanos el temor de ser difusos al trascribir aquí algunos pa-
sages, conocida ya, por los arriba copiados, la índole caracterís-
tica del lenguaje empleado por el docto Maestre de San Juan en
todas las obras que llevan su nombre. El Libro de Marco Polo
forma sin embargo la parte principal de la Flor de las Ystorias de
Oriente y dando levantada idea del noble anhelo, que animaba al
autor de la Grant Chrónica y de la Crónica de los Conquistado-
res en el cultivo de la historia, á que se inclinan con preferencia
los espíritus elevados, completa dignamente el cuadro de sus
meritorias producciones. Lástima es que ignorado absolutamente
de los eruditos, duerma todavía en el polvo de nuestras bibliote-
cas un libro, que tanta honra puede conquistar al nombre espa-
ñol, con verdadera gloria de don Frey Juan Ferrandez de He-
redia ^.
La- segunda redacción fué debida á Tibaldo de Cepoy, quien pasando á Ita-
lia en 1307, por mandato de Carlos de Valois, para adquirir noticias sobro
el Oriente, rectificaba el libro de Rusticiano á presencia de Marco Polo y
lo reduela á más castigado y correcto lenguaje. Una y otra redacción están
en lengua francesa, siendo hoy muy difícil resolver, por la libertad con
que se hacían á la sazón todo linaje de versiones, cuál pudo ser preferida
por el Maestre de San Juan.
1 Lástima es en verdad que un libro que tanta influencia pudo tenor
en los dos grandes acontecimientos que dejamos citados arriba, permanezca
de todo punto ignorado, habiéndose dado á luz otras versiones latinas, ve-
necianas ó toscanas, mucho más modernas é incompletas. Gran servicio se
prestarla á la historia de los descubrimientos marítimos, publicando, co-
mentando é ilustrando ol Libro de Marco Polo', y ya que nosotros no po-
254 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
No ha logrado figurar tampoco en las obras críticas que tra-
tan de nuestra literatura, otro prelado, merecedor de señalado
lugar en su historia, aun cuando sea únicamente bajo el aspecto
del lenguaje. Citóle ya no obstante con elogio, bien que muy de
pasada, Gerónimo de Zurita, como cultivador de la historia pa-
tria en las cosas de Navarra ^ ; y por fortuna se ha trasmitido
á nuestros dias su Crónica de los fechos subcedidos en España
dende sus primeros señores fasta el rey Alfonso XI, á que alu-
día el historiador aragonés, para ministrarnos cabal idea de la
lengua hablada y escrita en dicha comarca y de la parte que to-
maron ios ingenios navarros en el desarrollo de la cultura nacional
en la segunda mitad del siglo XIV. — Fray García de Eugui, obis-
po de Bayona, que no otro es el referido personaje, autorizado por
su saber y sus virtudes en la corte de Carlos el Noble, cuyo
confesor era, acometía pues la empresa de trazar una historia
general de España, «segunt se truebapor scripto en diversos
libros antigos», si bien reduciéndola á breve compendio 2. Ha-
bían los sabios dividido «todos los tiempos pasados, después que
Dios formó á Adam, en YI hedades»; y deseando el obispo ga-
demos consagrarnos a estas tareas, ni contamos con medios para dar á la
estampa esta y otras mil joyas de nuestra literatura, no será mal que exci-
temos aquí el celo de la Dirección de Hidrografía, á quien realmente cumple
el llevar á cabo este linage de publicaciones. "Véanse las Ilustraciones de
este volumen.
1 Enmiendas á las Crónicas de Ayala, prólogo.: Crón. del Rey don
Pedro, ed. de Llaguno, pág. XVIII. Es de notar que sólo hay en el libro
del autor citado, como después veremos, un catálogo de los reyes navarros:
lo principal de su historia se refiere á la España Central, por lo cual no fué
tan exacta, cual de costumbre, la cita de Zurita.
2 Dos códices hemos examinado de esta Crónica. El primero existe en
la Bibloteca Nacional, signado F. 113. y fué propiedad de Zurita: el segun-
do en la del Escorial con la marca: X ij 22. Este pertenece al siglo XV:
aquel al XVI: ambos tienen el siguiente encabezamiento : «Estas Crónicas
y> (Canónicas dice en el MS. del Escorial) fizo escribir el reverent en Jhu.
))Xpo. padre don Fray García de Euguí, obispo de Bayona, de los fechos que
xfucron fechos antiguamente en Spanya, segunt se trueba por scripto en di-
i>uersos libros anligos, etc. etc. — Cita uno y otro MS. Pérez Bayer en sus
Notas á la Biblioth. Vet., lib, IX, cap. VII.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 255
liar reputación do entendido, ajustábase á esta división, que ex-
plica en el prólogo, dando principio á su crónica con la pobla-
ción del mundo por los hijos de Noé, pauta generalmente se-
guida de los historiógrafos escolásticos en todas las naciones
meridionales.
Con las fábulas y vulgares tradiciones sobre la fundación de
Toledo, coetánea de Abraham y asiento de Hércules, cuyas vic-
torias encomia, empieza la narración que constituye en las tres
primeras edades la más peregrina urdimbre de anacronismos,
mezclando multitud de hechos y noticias inconexas é impertinen-
tes hasta llegar á las guerras púnicas, época á que pone fin la
destrucción de Cartago y la muerte de Escipion, el Africano.
No guarda Fray García mayor orden, al referir los sucesos com-
prendidos en la cuarta y quinta edad, observando el extraño
método de retrotraer la relación á los tiempos primitivos, lo cual
la hace por demás difícil y penosa ^ Alguna mayor regularidad
cobra, al tocar la dominación romana; pero pasa por ella tan de
ligero que apenas deja espacio para recordar las altas proezas
del heroísmo español, ni menos para comprender la grandeza
del pueblo-rey, ora bajo los estandartes de la República, ora
bajo las águilas del Imperio. Cierto es que no llaman más lar-
gamente su atención las invasiones de los bárbaros, ni menos la
historia de los reyes visigodos, ni de los Concilios toledanos, de-
teniéndose únicamente, al mencionar á Wamba, príncipe que
goza en la edad media de extraordinario crédito, merced sin du-
da á la historia de San Julián, ó tal vez á la famosa división
eclesiástica que se le atribuye.
El obispo de Bayona, contada la muerte de Egica, pone cin-
co reyes, cuyos nombres suenan por vez primera en la crono-
logía de los visigodos, mostrando que era llegado el instante
de crear á placer personages históricos, así como nacían en la
1 Narrada la fundación de Cartagena por Elisa Dido, expone los fechos
de Span: acabada la tercera edad con la muerte de Scipion Afriano, empie-
za la cuarta con la historia de David; la quinta da principio con la transmi-
gración de Babilonia, etc. — Semejante procedimiento no puede ser más con-
trario á la natural ilación de los sucesos históricos.
256 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
imaginación los héroes caballerescos: Cintlos, Candos, Nundos,
Redros y Fredros, monarcas eran soberbios y crueles que ha-
blan usurpado la corona, preparando el calamitoso reinado de
Wúm (Obticia) y el más desastroso de don Rodrigo, al cual no
falta ninguna de las fantásticas invenciones del palacio y cueva
encantada, que tomaban casi al mismo tiempo en la España Cen-
tral colosales dimensiones •.
Al desastre de Guadalete sigue la conocida lamentación de
España, repetida desde los tiempos del arzobispo don Rodrigo
por todos los historiadores y cronistas. El noble alzamiento de
don Pelayo encabeza el breve epítome de los reyes cristianos de
la monarquía asturiana y leonesa; y explicado el nacimiento del
condado de Castilla, continua la exposición de los sucesos más
notables que van dando fuerza al espíritu nacional, teniendo por
guia la Estoria de Espanna del Rey Sabio 2. Al reinado de Fer-
nando III, viene por último el obispo de Bayona, no sin elogiar
sobre manera la buena memoria de doña Berenguela (Belengue-
ra): las grandes conquistas del Rey Santo excitan por breves mo-
mentos su entusiasmo patriótico; pero dejado al fallecimiento de
aquel héroe el faro historial que le ilumina, entra en el reinado
de Alfonso X, plagando la narración de incoherentes patrañas,
nacidas en la malquerencia y la admiración, que engendran la
sabiduría de aquel príncipe y la ignorancia de sus coetáneos. Más
seguras son las noticias de Fray García de Euguí respecto de
don Sancho IV y de su hijo, ofreciendo verdadero interés las
relativas al reinado de Alfonso XI, cuyas últimas victorias aplau-
de, insertando cierta manera de catálogo de los reyes, señores
y capitanes extrangeros que le ayudan en la inmortal empresa
1 Véase el examen que á continuación hacemos de la Crónica del Rey
don Rodrigo.
2 Esta influencia no puede desconocerse sobre todo desde el reinado
de Alfonso YI en adelante. El obispo decia sin embargo, al narrar los últi-
mos años de Fernando III: «Fasta aquí escribió el arzobispo don Rodrigo en
«el anyo que andana la Era en mil doscientos et ochenta et uno, á los
«vcynte et cinco anyos que reinaua el rey don Ferrando et á los treynta et
Dtres anyos qucl fuera arzobispo», etc. etc. (fól. IGS del cód. de Madrid). —
II." PAI^TE, CAP. IV. INTR. DE LA ALEGORÍA DANTESCA. 237
de Algeciras. Una goiealogía de los i'eyes de Navarra desde
Iñigo Arista hasta don Carlos, «fijo de la reina doña Johana»,
cierra la Crónica de los fechos de Espanna, que termina en la
Era de 1427 [1589] ^.
Notable es en verdad la doble circunstancia que la asemeja
á la Ystoria del Maestrq de San Juan, manifestando que uno y
otro se hablan valido, ya de las Crónicas de Tovar, ya de la Ge-
neral de Castilla, para escribir el reinado del último Alfonso ^,
y que en ambos dominaba el mismo presentimiento histórico de la
supremacía, que iba á ostentar en breve la España Central sobre
todos los extremos de la Península, fundando la unidad nacional
por tantos siglos codiciada. Pero si Fray García de Euguí cede,
tal vez á pesar suyo, al influjo de esta idea trascendental, no
por eso descubre un criterio j á cuya luz se desvanezcan los erro-
res que plagan su libro, subiendo de punto su credulidad en
cuanto atañe á las maravillosas consejas abrigadas por la mu-
chedumbre y no reparando en contribuir á viciar el sentido his-
tórico respecto de épocas y personages harto cercanos á la edad
en que escribe. Un siglo solo se contaba desde el fallecimiento
del Rey Sabio, viviendo el fruto de su doctrina y el respeto de
su nombre en la mente, en el corazón y en la enseñanza de los
doctos, cuando el obispo de Bayona que le debía los aciertos de su
Crónica, le pintaba del siguiente modo:
((Auino assi queste rey don Alfonso cuydaua saber mucho et un dia
))dixo en público que ssi él ouiesse estado con Dios, quando formó el mun-
))do que mellor sería hordenado que non es. Et esto pessó mucho á nues-
))tro. Senyor Dios et sinon que la Vírg-en Sancta Maria rogaua á
»Dios por él, luego auria estado perdido. Et cuentan algunas ysto-
»rias que hun santo home veno en aquel tiempo al Infant don Manuel,
1 Podemos fijar la época en que Euguí escribe teniendo presente que
hablando de don Enrique íl y de su esposa doña Juana, observa que «estos
«ovieron un fijo que ovo nombre don Johan et una fija que le dezian doíía
sLeonor, reyna de Navarra que oy es» — ffól. 129 del Cód. Escur,).
2 De Heredia lo sabemos por declaración propia: de Eug-uí puede afir-
marse, considerando la procedencia y exactitud de las noticias que en esta
parte extracta.
Tomo v. 17
258 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
«hermano del dicho rey, et díxole que su hermano el rey don Alfonso avia
«pecado contra Dios: que si non por la deuocion que auia en la Virgen
«Santa María et quella rogaua á Dios por él, luego seria perdido, et que
»si s'arrepentiesse, Dios auerle hía merged. Et luego este infant don Ma-
«nuel fuesse para Sebilia, do era este rey don Alfonso, et fabló con él
))muy largamente deste fecho et el dicho rey don Alfonso repúsole que
«non se repentia de lo que dicho auia et que aun la hora lo dizía. Et
«nuestro Senyor Dios la hora dióle cierta maldición, que turasse, segunt
«algunas scripturas dizen fasta el séptimo genoUo suyo, et que dalli
«ante más non eredase los rey nos, mas que los ouiese uno que uernia de
«la parte de Oriente; que en su uida sería desposedido él de los reynos.
«et assí fué« i.
No hay para qué detenernos ahora á refutar estas invencio-
nes, cuyo origen y repugnante inverosimiütud quedan en lugar
propio reconocidos ^. Demás de caracterizar la crítica histórica del
confesor de Carlos, el Noble, sirve no obstante este peregrino
pasage para apreciar hasta qué punto era natural en Navarra la
lengua de Castilla y cómo al declinar el siglo XIY, obedeciendo
la ley común que preside al desarrollo de la cultura española, la
emplean los ingenios navarros cual digno y propio instrumento
literario. Curioso es también comparar el estilo de Fray García de
Euguí con el de don Frey Juan Ferrandez de Heredia: mientras
aparece el primero más conforme con el de los escritores caste-
llanos, así como el lenguage menos cargado de voces extrañas,
hay en la frase del Maestre más variedad y riqueza de colorido,
si bien la misma libertad en distribuir las tintas y lo nativo de
los colores hacen el cuadro con sobrada frecuencia en demasía
abigarrado.
Verdad es que esta diferencia nace, fuera de los accidentes
locales y de las dotes personales del escritor, de la naturaleza
especial de la materia por ambos tratada; y aunque el obispo de
1 Fól. 128, V. — Eug-ui conocía sin duda la Crónica de don Pedro IV
de Aragón, en que según notamos al tratar del Rey Sabio (IP Parte, capí-
tulo IX, pág. 449) se recogió por vez primera esta calumnia histórica, muy
repetida en todo el siglo XV.
2 Véase el cap. IX de esta 11.^ Parte, Primer Subciclo, t. III, págs. 448
y siguientes.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É IIIST. A FINES DEL SIG. XIV. 259
Bayona, con más credulidad de rapsoda que juicio de historiador,
teje una larga serie de cuentos, llévale el Maestre inmensa ven-
taja al recojer, principalmente en la Crónica de los Conquista-
dores y en la Flor de las Ystorias de Orient, las bizarras nar-
raciones de aquellas ignoradas edades y comarcas, valiéndose,
como vá probado, de diversas formas literarias y acercándose
cada vez más á las fantásticas creaciones del mundo caballe-
resco.
Y no dejaban de inclinarse al mismo sendero los trabajos
históricos, hechos en la España Central á fines de la centu-
ria XIV.* y en los primeros dias de la siguiente. Por más que el
celebrado Canciller López de Ayala intentara infundir á la historia
nacional cierta severa rigidez y noble imparcialidad, templadas por
la imitación artística de los escritores clásicos, y en particular de'
Tito Livio, su incansable afán de enriquecer la literatura patria,
habia contribuido á impulsar, con la versión de la Crónica
Troyana, la creciente afición á lo extraordinario y maravilloso,
produciendo su ejemplo en este punto análogo resultado al que
daba su protesta contra el arte alegórico en las esferas del patrio
parnaso.
Tuvo sin embargo el interés de actualidad, ya que no el
particular de* los reyes, celosos intérpretes, que procurasen fijar
los hechos coetáneos: para que quedasen «en la membranza
«común et fuesen enxiemplo de obras buenas», escribía Johan
de Alfaro, hidalgo de la corte de don Juan I, «las nota-
bles fazañas de este magnífico et muy virtuoso et bien aventura-
do rey», mostrándose una y otra vez cual testigo presencial de
los sucesos que narra, y comunicando por tanto á su Crónica
singular interés y verdadero colorido *. No abarcó Alfaro todo
1 Dieron á conocer está Crónica de don Juan I los traductores de Bou-
tterwek, de quienes el alemán Clarús tomó las noticias que pone en su
Cuadro de la literatura española de la edad media, (t. lí, pág-ina 4G1 y
siguientes). — Lástima fué que los referidos traductores, que tanto empeño
mostraron en los extractos de otras producciones, sólo copiaran de este libro
alg-unas líneas (pág-. 258). Las que insertan, si no ofrecen entera idea de la
Crónica, bastan sin embargo para quilatar su estilo y leng-uage.
260 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
el reinado de aquel príncipe, suspendiendo su relación en el de-
sastre de Aljubarrota, que llenó de amargo luto á Castilla, lo
cual nos induce á creer que se apartó de su primer intento en el
mismo año de 1385, si ya no es que le sorprendió la muerte en
aquella meritoria tarea i. Más cuidadoso del estilo y lenguaje
que el común de los escritores de su tiempo, manifiéstanos Johan
de Alfaro que no careció de buen gusto, hijo sin duda de no des-
preciable educación literaria; y aunque no tiene la enérgica se-
veridad de Ayala ni la variedad pintoresca de otros cronistas
posteriores, es merecedor de estima aun bajo el simple aspecto
de las formas. Veamos, para formar concepto de su estilo, có-
mo expone los precedentes de la desastrosa jornada de Alju-
barrota.
«Abastarle debiera á la gente del rey el vencimiento , segund que fué
«ganada la vuelta de la cibdad. Mas como el rey ovo auisacion que el dé
))Portogal avía ánimo de tornarse , et por bien claras palabras assí lo
«avía mostrado, por ende tovo por mengua non fazer el conseio de los
wcaualleros mancebos que con él eran et muchos otros que avían el auan-
«guarda, maguer que el maestre et Alfon de Villagar^ia et Diago Gómez
«et Pero Pereyra et Rodrigo Chacón, el viejo, et el señor de Castro-Xeriz,
»et el adelantado Manrique et Joan Duarte et Juan de Eobledo et Pedro
«de Sant Llórente et Joan de Ric, el de Francia , fablaroh ende con el
«rey et dixéronle que Su Merced ordenasse de non combatir los de Por-
«togal ; ca la gente del rey et las mesnadas dellos avían grand lassitud et
«sería grant daño, si se retrayessen. Et el rey non gelocoibdando, arre-
«metió el cauallo et siguiéronle todos en aquel fecho» etc. etc.
Pocos ayudadores tuvo sin embargo en tan útil y modesta
1 La Crónica abrazaba en consecuencia el período de seis años [1279
á 1385]: es un volumen de setenta y dos fojas, escrito en pergamino con
mucho lujo paleojráfico, en cuya primera pág-ina se lee: «Aquí comienca
i»la estoria que escribió Johan de Alfaro. — Porque los fechos de los onies
xqueden en la membran9a común et sean enxienplo de buenas obras etc. etc.
» — intenté escrebir las notables fazañas del nuestro magnífico et muy vir-
i>tuoso et bien aventurado rey don Johan, segund sus fechos et acaescimien-
tos, ele. í.
II. ** PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV, ' 261
empresa. Los que aspiraban á consignar los hechos presentes,
dominados al par del anhelo de aparecer doctos y del espíritu
romancesco que habia invadido la sociedad de la suerte que de-
jamos notado, ó ya obedeciendo aquel secreto y misterioso im-
pulso que mueve las plumas de Ferrandez de Ileredia y de Eu-
guí á trazar la historia general de España, tomando por base la
de Castilla, tienen por objeto de sus tareas la referida historia,
ya desde los tiempos más remotos, ya desde el reinado de don
Pelayo ^ Cuéntase entre estos cultivadores, cuyos esfuerzos
veremos repetidos en varios conceptos durante el siglo XV,
Juan Rodríguez de Cuenca, despensero mayor de la reina doña
Leonor, esposa de don Juan 1 2. De su mano es el compendio
1 El entendido Llag-uno en la advertencia á su edición del Sumario
de los Reyes de España atribuyó la redacción de este y los demás compen-
dios históricos que ofrece en aquel tiempo la literatura española, á la difi-
cultad de adquirir y conservar las obras completas, y al deseo do instruirse
en la historia de los reinados anteriores, formando resúmenes que sirvie-
sen de auxilio á la memoria. Esta idea acepta y aun da como suya el ya
referido Clarús (loco citato, pág-. 459), sin advertir que tiene aquel hecho
un oríg-en y una explicación más filosófica en el desarrollo de los estudios
históricos, cualquiera que sea su carácter en la expresada época. ¿Como ex-
plicará sino la aparición del Mar de Historias, de la Atalaya de Crónicas,
del Valerio de las Historias, la Suma de Crónicas, el Anacephaleosis, el
Paralipomenon Hispaniae y tantos otros libros de igual naturaleza debi-
dos á varones muy doctos y que por tanto no podían pasar plaza (sobre to-
do escribiendo en latin) de simples abreviadores?.. ¿Qué significación ten-
drían los poemas históricos de igual índole, y en especial Las Edades del
Mundo, escritas por el sabio don Pablo de Santa María?.. Los compendios
á que nos referimos, siguen la misma ley de las obras de mayor extensión,
tales como las Chrónicas de Heredia, y reflejan vivamente el común
deseo de contemplar en un solo cuadro la historia universal y muy espe-
cialmente la de toda la Península, obedeciendo así á otra necesidad más
alta y trascendental de la civilización española, á que iba á servir en breve
de lazo y ceíitro común la nacionalidad de Castilla.
2 El oficio consta por declaración del mismo autor en el cap. XLtI del
Sumario: la averiguación del nombre fué debida al docto marqués de Mon-
dejar en su Corrupción de Crónicas (v. 9,181 de la Bibl, Nae.) y en sus
Memorias de don Alonso el Sabio, pág. 90, de donde lo tomaron Llaguno
y cuantos han hablado después del Sumario referido. Conveniente nos pa-
262 HISTORIA CnÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
que intitula Sumario de los Iteyes de España, el cual empieza
con el héroe de Covadonga y termina -en vida de don Enri-
que III, de quien sólo hace un breve elogio, declarando que ha-
bla «puesto sus regnos en temor de justicia, qual nunca en nin-
»gun tiempo de los reyes de Castilla et de León; por lo qual
«(observa) es muy amado é muy loado de todos los pueblos
»de los sus regnos et también de los ^ regnos comarcanos» i.
Ligeras son asimismo las noticias que ofrece de los demás reyes
en todo el Sumario, si bien se detiene algún tanto en los que son
para él de mayor estima, tales como don Fruela, don Alfonso el
Casto y Ramiro I en la primitiva monarquía asturiana, y don Fer-
nando el Mayor, Sancho el Fuerte, Alfonso YII el Emperador, y
Fernando III, el Santo, en la castellana, despojando en su relación
de la importancia que tienen realmente á un don Alfonso X, don
Sancho IV y don Alfonso XI, sin duda porque en sus Corónicas
especiales estaban «contados por menudo los grandes fechos é co-
sas quellos fecieron» 2. No hace Rodríguez de Cuenca la misma
prevención respecto de los reyes don Pedro, don Enrique II y don
Juan I, y sin embargo se limita á condenar simplemente el rei-
nado del primogénito del último Alfonso, narrando la anécdota del
judio Aben Zarzal, que recuerda las cartas del Benahatin inser-
tas por el Canciller Ayala en su Crónica ^, y á elogiar á los
rece advertir que el dilig'ente Llag-uno limpió el texto del Sumario de los
aditamentos que al mediar el siglo XV, hubo de ponerle algún curioso, por
lo cual es su edición de sumo precio (Madrid 1781). Los referidos adita-
mentos aparecen al pié del texto por via de notas bibliográficas. No termi-
naremos esta, sin apuntar que en algunas memorias del reinado de don
Enrique III se menciona como su «capellán é cronista» un Fernán Nuñez
de Cuenca, hijo de Alvar Nuñez, «criado de la casa del rey» ; pero si es-
cribió parte de su historia, no ha llegado á nuestras manos, ni dá muestra
ni noticia de ella escritor alguno, que sepamos.
1 Cap. XLIII.
2 Caps. XXXVI, XXXVII, XXXVIII y XXXIX. Las cláusulas á que alu-
dimos, no pueden ser más terminantes ni repetidas.
3 Véanse el cap. XXII del año XVIII y el III del XX. La anécdota de
Aben Zarzal, de cuya certeza atestigua Rodriguez de Cuenca con don
Moseh Aben Zarzal, físico de Enrique III, cuando escribe, disculpa ingenio-
samente la vanidad de los juicios astrológicos.
11." PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIY. 265
dos segundos, de quienes se muestra particularmente obligado.
No carece el Sumario, á pesar de su mortificante brevedad,
de algunas anécdotas y tradiciones, no recogidas antes en otras
historias, las cuales contribuyen á darle cierta novedad é inte-
rés, mostrando el propósito que tuvo el Despensero de doña
Leonor, al escribirlo. «Cosas especiales de las que en tiempo de
»los quarenta reyes comprendidos en el Sumario acaescieron»,
eran á juicio de Juan Rodríguez el razonamiento que hizo Rami-
ro I en la última hora á su hijo Ordoño I, pasage en que brilla
grandemente el espíritu didáctico que animaba á las letras caste-
llanas 1; la querella de Fernando el Mayor contra el Eontifice y
el Emperador, que intentaba someter á tributo el nuevo reino de
Castilla, punto en que se reflejan con notable energía las creen-
cias populares y las tradiciones consignadas en los poemas ó
cantares del Cid -; la partición del reino por el mismo soberano,
hecha á instancias y por mandato de San Isidoro, que le aparece
en sueños ^; el asesinato de don Sancho ante los muros de Zamo-
ra, pintado ya con el colorido de los romances •^; el juicio, fallo
y escarmiento hecho por Alfonso YII en la persona de un infan-
zón gallego, que habia vejado á un labrador, rasgo característico
del poder de los monarcas de Castilla en toda la edad me-
dia ^; y otros acaecimientos de igual naturaleza, más ó menos
confirmados por los cronistas é historiadores. Estas circuns-
1 Cap. X. La lectura de este razonamiento trae á la memoria el Libro
de los Consejos et Castigos de don Sancho IV, como recuerda el de los
Conseios et consejeros de don Pedro Barroso, y el de los Castigos et con-
seios de don Juan Manuel, en sus lugares propios examinados.
2 Cap. XXIV, Todo lo relativo á este punto está visiblemente tomado
de la llamada Crónica rimada ó Leyenda de las Mocedades del Cid, sien-
do esta una prueba más del poco acierto, con que imaginó Ticknor que dicha
leyenda habla nacido en el siglo XV.
3 Cap. XXIV al final.
4 Cap. XXV.
5 Cap. XXVIII. El deseo de no ser difusos nos veda el trasladar aquí
este peregrino juicio, en que resplandece la justicia de los reyes, amparan-
do á los pecheros y menesterosos contra la rapacidad desapoderada de los
fuertes.
264 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tancias que dan indudablemente cierto precio al Sumario de los
Reyes de España, no siempre se hallan realzadas por las cuali-
dades del estilo: la narración corre á menudo con facilidad y
soltura; el lenguage es generalmente sencillo; pero aun cuando
despojado de ociosos adornos, ni tiene el nervio y brillo que
caracterizan á la mayor parte de los cronistas de reinados particu-
lares, ni la severidad que imprime su coetáneo Ayala á la nar-
ración, inclinándose con harta frecuencia más al panegírico que
al juicio histórico.
De esta vaguedad de estilo, llevada no obstante al mismo ex-
tremo de incertidumbre en que se muestra la narración, adolecía
otro linage de crónicas de las cuales puede señalarse como tipo
y modelo la que lleva por título en los códices del tiempo: Genea-
logía de los Godos con la destrmjcion de España y fué impresa,
en su mayor parte, con el de: Crónica del Rey don Rodrigo etc ^
Era su autor Pedro del Corral, quien pareció darle nombre de
Crónica Sarracina, despertando á tal punto, con sus fabulosas
narraciones, la indignación de los hombres de gravedad y juicio
que hizo prorumpir á Fernán Pérez de Guzman en estas notabi-
lísimas palabras: «Algunos (escribía) que se entremeten de es-
«crevir et notar las antigüedades, son onbres de poca vergüenza,
»et más les place relatar cosas estrañas et maravillosas que uer-
«daderas et ciertas, creyendo que non será ávida por notable la
«ystoria que non contare cosas muy grandes et graves de creer,
»ansi que sean más dignas de marauilla que de fée, como en
1 Asi apareció en 1511, contándose otras muchas ediciones en todo el
siglo XVI y parte del siguiente. Nosotros liemos examinado diferentes códi-
ces, y entre ellos el signado en la Biblioteca Nacional con la marca F. 89,
que consta de 505 folios mayores^ y el que en la del Escorial se regis-
tra X. I. 12, escrito asimismo en folio y muy digno de estima por las ra-
zones que Veremos. El códice de Madrid tiene este epígrafe^ demás del tí-
tulo citado en el texto: «Este libro es la ystoria del rrey don Rodrigo con
»la genealogía de los rreyes godos et de su comien9o, de dónde vinieron et
»assy mesmo desdel comiendo de la primera población d'España, segunt lo
«cuenta el arzobispo don Rrodrigo desde la edificación de la torre de Babi-
»lonia fasta dar en la Corónica del rrey don Rodrigo. Et aqui se cuentan en
»cl principio parte de los trabajos de Ercoles ct de cómo ueno en Es-
»paña.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 265
«nuestros tiempos^ fizo un liviano et presunptuoso onbre, Ua-
»mado Pedro Corral en una que llamó Corónica Sarracina, que
»más propiamente se puede llamar trufa ó mentira paladina.
»Por lo qual si al presente tiempo se practicasse en Castilla aquel
«muy notable et útil officio que en el tiempo antiguo que Roma
'•usaba de grant policía et civilidat, el qual sellamava Censoría,
»que avia poder de examinar et corregir las costumbres de los
«cibdadanos, él fuera bien digno de áspero castigo: ca si por
«falsar un contrato de pequeña contía de moneda, meresce el es-
«criuano grant pena ¿quánto más el coronista que falsifica los
«notables et memorables fechos, dando fama et renombre á los
«que non lo merescieron et tirándolo á los que con grandes pe-
«ligros de sus personas et expensas de sus faciendas, en defen-
«sion de su ley et seruicio de su rey et utilidad de su república
«et onor de su linage, ficieron notables actos»?... -. Fallo es este
que, honrando sobre manera el talento de Fernán Pérez y des-
cubriendo un sentido histórico de alta trascendencia, logra ente-
ra confirmación respecto de la Crónica del Rey don Rodrigo ó
Genealogía de los Reyes godos, con la destruycion de España.
1 En el códice del Escorial dice: otros tiempos.
2 Mar de Historias, prólog^o de la III. ^ Parte, intitulada: Generaciones
et semblanzas. Galindez Carvajal en sus Adiciones Genealógicas, añadió al
citar la Crónica Sarracina: «Otros la llaman del rey don Rodrigo». El
juicio del señor de Batres lo confirmó el sabio Ambrosio de Morales^ dicien-
do: «La corónica que vulgarmente anda con título de La Destruycion de
vEspaña ó del Rey don Rodrigo, se tiene entre todos los que algo entien-
»den por cosa fingida y fabulosa, teniéndose por cierto ser esta obra aque-
»lla, de quien Fernán Pérez de Guzman (dando las causas porque muchas
aveces les falta el crédito á las historias) dize estas palabras: Algunos que
»se entremeten, etc., etc. y copia hasta trufa ó mentira paladina {Chróni-
y>ca general, lib. XII, cap. LXIV); — De notar es que otro escritor no des-
Dpreciable, copiando un largo fragmento de la Genealogía de los Godos ó
líCrónica del rey don Rodrigo, observa: «Esto es lo que dize aquella Coró-
snica, cuyo autor fué Pedro del Corral; y aunque algunos no la tienen por
))verdadera, en muchas cosas lo es» (Bernabé Moreno de Vargas, Historia
de Mérida, lib. I, pág. 13). En efecto, la crónica MS.* es verdadera en
lo que toma del arzobispo Ximenez de Rada, relativo á la cronología de los
reyes godos, y en lo que se refiere á la historia de la reconquista hasta el
reinado de don Enrique III, según abajo notamos. Posible es que Moreno de
Vargas aludiese á una ú otra parte.
266 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.-
Limitándose la primera parte á exponer la sucesión de los
principes visigodos, conforme la cuenta del arzobispo don Ro-
drigo, llegábase á la elección del último de aquellos monarcas,
punto en que empieza realmente el verdadero asunto de la Cró-
nica. Los grandes y prelados exigen al rey don Rodrigo jura-
mento de que ha de gobernar sus pueblos con justicia, dicién-
dole: «Et sy contra algunas cosas destas pasaredes. Dios vos sea
»en contrario en todas las cosas que comencaredes et touierdes
»en coracon de faser, et fallescanuos las manos et el coracon et
»las armas et las fuercas en las batallas que fueredes, et vuestra
«gente sea vengida et muerta de muchos á pocos et todas vues-
»tras tierras vengan en señorío de nuestros enemigos, sy esto
«non conplieredes, et desid: — Amen». — Este juramento, cuyas
fatídicas palabras han de resonar continuamente en los oidos del
desapoderado príncipe que lleva al despeñadero la monarquía vi-
sigoda, constituye pues el lazo de la singular y fantástica serie de
ficciones que forman la Crónica Sarracina. La corte del rey don
Rodrigo, vencedor de Sancho y Elier, hijos de Acosta que aspi-
raban al cetro, es el reflejo de las cortes caballerescas de Artús y .
Lisuarte: celebradas sus bodas con la princesa Eliata, hija del rey
moro de África, en la ciudad de Paliosa, teatro por largos dias de
fiestas y torneos, trasládase á Toledo, para echar un candado á la
famosa Cueva de Hércules, cuyos prodigios hacen públicos su
curiosidad é intemperancia, mientras prepara su coronación con
desusadas ceremonias.
A la fama de tal magnificencia acuden los más celebrados
príncipes y caballeros: don Reliarte de Francia, varios príncipes
de Alemania y con ellos un rey y cuatro duques de Polonia, dos
marqueses de Lombardía, tres alcaldes de Roma, un hermano
del Emperador de Constantinopla, acompañado de tres condes,
muchos caballeros de la Turquía y de la Setia^ y finalmente un
hijo del rey de Inglaterra, á quien sirven numerosos hidalgos, —
llegan á tomar parte en los regocijos, en que hacen gala de su
hermosura y valor las más apuestas damas y gallardos paladines '.
1 Debemos advertir que en todo lo concerniente á las justas y torneos,
celebrados en la corte de don Rodrig-o, se atuvo Corral á las descripciones
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 267
La noticia de la muerte del rey de África, acaecida al venir
á las fiestas de Toledo, turba de repente la alegría general; y
mientras Eliata se retira á, llorar la desdicha de su padre, se
presenta en la corte Lembrot, hermano del duque de Lorena
difunto, demandando á la viuda el ducado que no puede poseer,
por no haber guardado castidad en el término de dos años: la
duquesa comparece, y abierto juicio, ofrécesele por campeón
Sacarus, uno de los principales magnates de don Rodrigo, y con
él Alraerique y Agreses, quienes- acuden al emplazamiento de
Lembrot, en defensa de la calumniada dueña.
A semejante exposición meramente romancesca, se enlazan
tal multitud de episodios de igual naturaleza que enmarañan
grandemente la narración, en que aparece de todo punto aho-
gado el interés histórico. Mientras don Rodrigo se desvanece
en los saraos y banquetes, donde logra reunir «la flor de la
caballería é la ferraosura»; mientras nacen y se desarrollan
en su corte raros y extremados amoríos, tales como los del du-
que de Orliens y Medea, y los del marqués de Lombardia Mig.er
Tristane y Relinda; mientras Sacarus y sus compañeros dan
muerte en el juicio del hierro él Lembrot y sus valedores, de-
de los libros caballerescos, cuya influencia so hace sensible en las costum-
bres de la nobleza castellana en toda la primera mitad del siglo XV. Las
cuadrillas de los justadores tenían unas por capitanes á Sacarus, Arasus,
Abertus, Accasus y Yuapo, y otras á Arditus, Garnido, Galastras, Polus
y Mag-ués. — Los caballeros más notables, que aspiran á la joya ofrecida
por la reina al mejor justador, son: Polus, Orpas, Brelisanus, Abrin, Agre-
ses, Elistranus, Abrestes, Frisol, Gudian, Leño y otros. Como se advierte,
estos nombres^ por su formación y naturaleza, están revelando el mismo
origen, debiendo notarse que algunos suenan ya en la Crónica Troyana.
Lo mismo decimos respecto de las damas: Elacilda, hermana del rey Ro-
drigo; Belinda, su sobrina; Cava, hija de don Julián; Lixbraynda, her-
mana de Sacarus; Sevilla, hija de Polus; Medea, hija del rey Acosta; Tar-
siana, hija de Tomedo; Lucena, hija del rey Antator; Gracinda, Dol y
otras muchas que lucen su hermosura y gallardía en torneos y saraos, nos
traen á la memoria las heroinas de las ficciones bretonas y carlovingias , y
aun las de otros poemas famosos en nuestro parnaso, y ya estudiados por
nosotros. Todo prueba que Pedro del Corral tenia gran lectura en estos li-
bros, tan de moda ya en aquel tiempo.
268 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
fendiendo después en el castillo de Algarete el paso del vado, á
estilo de Lorena, pelea el conde don Julián contra los moros de
África, alcanzando cumplida victoria, que dá nuevo pábulo á las
alegrías de la corte, y desahogo á Pedro del Corral para tejer
más peregrinas aventuras, las cuales ofrecen por resultado la
muerte alevosa de Sacarus, Melcar, Almeríque, Agreses y otros
muchos caballeros, dechado de la caballería toledana.
La fatal tentación de don Rodrigo, al ver á la Cava desnuda
en su jardín con otras doncellas de Ehata, y la faciUdad de la
hija del conde don Julián, «que si ella quisiera dar voces bien
fuera oyda de la reyna», truecan del todo el aspecto de las cosas,
comenzando á cumplirse la predicción de la Cueva de Hércules
y el fatídico juramento hecho por el último rey godo. El enojo
de don Julián trae á la Península las falanges de Tariq y de
Muza, no sin haber burlado antes la credulidad de don Rodrigo,
haciéndole quemar todas las armas que había en el reino, y au-
torizarle para dar muerte á cuantos tuviese por sospechosos. El
resultado de su traición es el mismo que ya conocemos por todas
las crónicas: Corral, dando aquí como en todo el libro, suelta á
su fantasía, ingiere sin embargo sueños y visiones que hacen
más terrible la catástrofe de Guadalete i, de donde saca á don
Rodrigo la voz de un ermitaño, quien acompañándole en los úl-
timos instantes de su vida, trasmite á la posteridad su me-
moria 2.
1 Trabada la lid, que se parte hasta siete veces, tiene el rey don Ro-
drigo una terrible visión alegórica. Aparécesele primero un hermitaño y
después un caballero, un monge negro y una dotizella: el ermitaño perso-
nifica la Codicia, el caballero, la Soberbia, el monge, la Avaricia, la don-
cella, la Luxuria, pecados todos que habian perseguido al rey, y que aho-
ra vienen á desengañarlo, prediciéndole su afrenta y su ruina. Antes se
habia presentado ya al infante don Sancho, hijo de Witiza, un horrible
vestiglo, para anunciarle el funesto fin de los visigodos y de su rey don Ro-
drigo (Capit. 299 del cód, de Madrid). En todas estas visiones se reconoce
palpablemente el influjo del arte alegórico, que iba logrando extremada
fortuna entre los eruditos.
2 El autor supone que el ermitaño, á quien es dado contemplar la pe-
nitencia de don Rodrigo, refiere á Eleastres ó Alastras todo lo que ha vis-
to, mandándole que lo callase hasta su muerte: «el qual secreto (dice) en
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. k FINES DEL SIG. XIV. 269
Tras el llanto de ílliata, á que se mezclan fatídicos sueños
sobre la cautividad que la amenaza, siguiendo las huellas del
moro Ar-Razi, ya conocido desde principios del siglo i, pinta
Corral los estragos producidos por los ejércitos sarracenos,
reparando por último en don Pelayo, á quien pone en León,
echando los fundamentos de la reconquista. Breve como el de
Juan Rodríguez de Cuenca, es el epítome en que esta se com-
prende, si bien alcanza hasta los tiempos de don -Enrique III y
señala el autor con título de Coránicas cada uno de los ca-
pítulos en que se narra un reinado, de la misma suerte que lo
hace con la genealogía de los reyes visigodos. Aunque no care-
cen de alguna utilidad las Coránicas de don Juan I y de don
Enrique, su hijo, vivo aun cuando la obra de Corral se termi-
na -, no se han menester grandes esfuerzos para advertir que
«quanto bivio fue goardado et esso mismo el libro desta estoria de la guisa
vque oydo lo avedes, que grand tiempo passó de la grand destroycion, et
i>e« breve tiempo de nosotros paresció este libro (Cap. 312 del cód. de Ma-
drid). — A semejanza de la Crónica Troyana , fingió también otro autor,
llamado Carestes, que supuso proseguir la historia en tiempo de Alfonso
el Católico, y de allí en adelante siguió al arzobispo y al Rey Sabio, no sin
dar rienda á su fantasía en más de un pasage. — Este artificio se hizo co-
mún á los libros de caballerías y sus imitaciones.
1 Véase el cap. XX de la II.* Parte, tomo IV.
2 El referido códice del Escorial, señalado X. I. 12, que es el más anti-
guo de la Crónica del rey don Rodrigo y casi contemporáneo de su autor,
hace mención de don Fernando, como infante de Castilla, de don Enrique,
como de persona viva , y lo mismo del almirante don Diego Hurtado de
Mendoza, padre del marqués de Santillana. Constando que este magnate
fallece en julio de 1404, es indudable que Pedro del Corral tenia ya termi-
nada en aquel año su Crónica, siendo muy verosímil que la empezara al-
gunos antes, atendidas su estension y la lectura que requerían sus ficcio-
nes. — Esto explica perfectamente la declaración de Fernán Pérez de Guz-
man, quien en el juicio arriba trasladado^ habla de la Crónica como de cosa
muy conocida; convenciéndonos del error en que cayó Tícknor (Hist. de
la liter. esp., I.* ép., cap. X) al suponer que «fué la última escrita en el
siglo XV)>. Bien se advierte que no tuvo noticia este autor de ninguno de
los MSS. citados, pues que el epígrafe del Escurialense bastaba á fijar de otro
modo la época en que Corral escribe. Hablando de don Rodrigo, se anadia
en el expresado epígrafe; aDespues del se recuentan en esta corónica todos
270 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍíOLA.
todo lo sacrificó á la historia del rey don Rodrigo, inspirada por
el afán de «relatar cosas extrañas é maravillosas», pagando así
excesivo tributo al inconsiderado espíritu de novedades que do-
minaba en su tiempo, y que invadiendo el campo de la historia,
debia producir tanto mayores extravíos cuanto fuese menor la
ilustración y juicio de los que siguieran aquel movimiento.
La Crónica Sarracina ó del Rey don Rodrigo, en cuanto
concierne al reinado de este desventurado monarca, es un libro
de caballerías, que por el carácter y forma de las aventuras que
encierra, por el enlace de los episodios que parecen exornarlo,
y por la naturaleza misma de la narración, manifiesta palpable-
mente que Pedro del Corral escribía bajo la impresión de la lec-
tura de los libros de caballerías y muy en especial de las ficcio-
nes del ciclo bretón, en que se había formado también el gusto
del autor de Amadís de Gaula. Natural era que no poseyendo
Corral las estimables dotes que enaltecen tan singular monumen-
to, tampoco acertará á dar á su estilo y lenguaje el precio que
en este punto avalora el Libro de Amadís, quedando sólo como
distintivo de la Crónica Sarracina, el desconcierto é ignoran-
cia de sus narraciones, las cuales señalan y determinan el torcido
sesgo que, por las causas ya indicadas, habían llegado á tomar
los estudios históricos.
No es en verdad indiferente bajo este concepto otro libro,
aun ño tenido en cuenta por los críticos, y que así como la Cró-
nica de Corral, puede ser considerado cual modelo entre los de su
género. Tal es la obra titulada: Vidas é dichos de los philóso-
phos antiguos ó Corónica de las facañas de los filósofos, cuya
influencia no sólo alcanzó en el sentido de la doctrina á los más
distinguidos ingenios de la primera mitad del siglo XV, entre los
cuales tuvo señalado lugar el docto marqués de Santillana ^,
«los otros reyes, que ovo en Castilla desde el rrey don Pelayo fasta el rrey
«don Enrique, el tercero, fijo del rrey don Johan, que murió en Alcalá la
«Real, ansi cómo regnaron unos en pos de otros».
1 Obras del Marqués de Santillana; — su Vida, pág-. CXIX; su Bibliote-
ca ^ núm, XLIV.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É IIIST. Á FINES DEL SIG. XIV. 271
sino que trascendió también, con provecho de las letras, al campo
de la historia, en el concepto de la forma.
Era la Crónica de las facañas ^e los filósofos copiosísima
colección de biografías de los oradores, historiadores, filósofos y
poetas de la antigüedad ^ , donde se hablan recogido todas las
tradicciones y consejas de la edad media que daban á muchos de
los referidos personajes cierto valor é interés, ya presentándolos
cual sabios nigromantes, ya como extremados encantadores, á
costa de la verdad histórica. Mas á pesar de que preponderen en
este peregrino libro las ficciones, nacidas en la oscuridad de los
siglos medios, cumple observar que debieron ser de no escasa
importancia su aparición y su estudio en una época en que todas
las miradas se volvían al antiguo mundo, consignándose en él con
cierto respeto los nombres de los más celebrados varones de la
antigüedad griega y latina, y exponiéndose con singular venera-
ción sus dichos y sentencias, con lo cual debía crecernaturalmente
el anhelo que empezaba á mostrar ya la erudición de poseer y qui-
latar sus propias producciones.
Difícil es hoy discernir con todo acierto si merece el compi-
lador de la Coránica de las facañas de los filósofos título de
autor, ó sólo le corresponde el simple lauro de haberla ti'aido al
castellano. Pudieran tal vez persuadirnos de lo primero las pala-
bras, con que la encabeza. «La uida é las costumbres de los
» vicios filósofos queriendo tractar (dice), trabajé por recoUegir
» muchas cosas daquellas que yo fallé escriptas de los antiguos
«autores é en libros diuersos esparcidas; et en este pequeño
«libro enxerí las respuestas notables é dichos elegantes daque-
«llos filósofos; las quales podrán aprouechar á consolación de los
«leyentes é información de las costumbres». Conocido era no obs-
tante en la república de las letras el libro De vita et moribus
philosophorim et po'étarmn, escrito sin duda con presencia del
1 El cód. que hemos examinado y se custodia en la Biblioteca Escuria-
lense, h, iij-1, contiene hasta ciento veinte biografías: Floranes dice haber
visto otro, de que faltaban cuatro. El códice referido es el mismo que en-
cierra el libro intitulado : Poridat de Paridades, de que hablamos al tratar
del Rey Sabio.
272 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
tratado De Rerum natura, del inglés Alejandro Nekan; y aun
cuando la Corónica de las fazañas no guarda el orden de los
capítulos, ni conserva todas las biografías del libro latino ^, jus-
to nos parece reconocer que hubo de tenerlo por dechado el es-
critor que á fines del siglo XIV enriquecía con aquella singular
producción la literatura castellana.
De cualquier modo no rebajarla esta derivación la importan-
cia de la Corónica, en su relación literaria: ninguna obra históri-
ca, fuera de las vidas de los santos que hablan empezado á la sa-
zón á escribirse en lengua vulgar 2, ostentaba la forma biográ-
fica; y pues que se muestra por vez primera en las Vidas de los
pMlósophos, y tiene muy luego tan afortunados cultivadores,
como el autor de las Generaciones y Semblanzas, bien asentará
decir que no fué su aparición insignificante ni estéril. su ejemplo
en el desenvolvimiento de los estudios históricos. Mas para que
se comprenda con mayor exactitud cómo pudo esto realizarse,
trasladaremos aquí alguna de las pinturas que se hacen de los
personages comprendidos en la Corónica. Oigamos la que se de-
dica al debelador de Cartagro.
*o'
«Aqueste (Cipion) en tanto grado fué ornado de buenas costumbres
«que se lee aver seydo piadoso contra su madre et liberal contra sus
))hermanas, et bueno contra los suyos et justo contra todos. Cuenta del
«Valerio que después de la vitoria, auida en España que commo Cipion
«fuese de ueyute é syete anuos que fue por príncipe del pueblo romano
«en África, a donde tomó á Car lago et ouo grant uitoria de los africanos
«et entre los otros catiuos que uenieron á su poderío, los quales tenia
«encerrados en la cíbdat de Cartago, tenia una moga rica et fermosa, la
«qual era desposada con un mangebo generoso daquella gibdat: la qual
«Cipion dio á sus parientes et á su esposo guardada et sin corrompí-
«miento et tornó el oro que le auían dado por rredencíon de la moga á
«vueltas de grant dote, que le dio para su cassamiento. Por la qual
1 En efecto, este acaba con la biografía de Séneca, y en el códice cas-
tellano leemos después las de Quintiliano, Plutarco, Plinio, Tholomeo,
Trogo Pompeo y Porphirio.
2 Son notables demás de las Vidas de santos que encierra el códi-
ce h, j. 13, entre las cuales se cuentan las historias de la Reina Sevilla y
del Emperador Ollas, antes examinadas, las que se contienen en el MS,
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 275
))Contiuen9.ia et manificenfia de Cipion toda la gente daquella tierra que
»por ventura en otra manera se detouiera et rebellara, toda se dio al
«pueblo romano».
El anhelo de conocer la antigüedad clásica, cuyos famosos
historiadores y poetas iban ya siendo transferidos á la lengua
del Rey Sabio ', y la no despreciable sobriedad con que en esta
y otras muchas biografías se apuntaban los más brillantes rasgos
de heroicidad y de virtud, contrastan sin embargo con las extra-
ñas descripciones y retratos de otros pei'sonages, entre quienes
merece especial mención el autor de las Geórgicas y de la Enei-
da 2. Virgilio, iniciado desde la juventud en la quiromancia y
consumado nigromante, ya en edad madura libertaba á Ñapóles
de horrible plaga de moscas y sanguijuelas, fabricando el musco-
eneas y una sanguijuela de oro encantada, «fasia un huerto que
nunca en él llovia», y edificaba una carnicería de tal virtud que
«nunca en ella carne se podía podrir» , con otras maravillosas artes
é invenciones de tan singulares y no vistos efectos que no sin razón
el vulgo de los lectores debia considerarle como el primero de los
magos del mundo pagano. La credulidad, que alteraba y corrom-
pía las fuentes históricas del modo que dejamos notado, dando en-
trada á todo linage de prodigios y encantamientos y desechando en
parte los héroes reales, para prohijar los paladines de la caballería,
no podia en manera alguna rechazar estas extraviadas ficciones;
y la Crónica de las Fasañas de los filósofos, á la cual no es líci-
tlesignado en la Biblioteca del Marqués de Santillana con el núm. L. Este
códice es de le Ira del siglo XV ad finem y se compone de cuarenta bio-
grafías. En el Escorial hemos examinado otroMS. (h. ij. 14), «fecho y aca-
»bado en el año del Señor de mil e quatrocientos e veynte et syete años»
que en 322 folios á dos columnas guarda asimismo número considerable,
empezando con San Andrés y terminando con San Hilario. Se vé pues que
iniciado este linage de obras históricas, tuvo su natural desarrollo, cuya
confirmación ofreceremos en lugar oportuno.
1 Véase en este punto lo que decimos en el cap. lil del II subciclo de
esta II.* Parte, y lo que añadimos en el VII, al tocar de nuevo esta materia.
2 Narrada la vida fabulosa de Virgilio, tal como indicamos á continua-
ción, se lee: «Este escreuió los libros de las Giórgicas et las Eneydas et
biuió cincuenta et tres años».
Tomo v. 18
274 HISTORIA CRITICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
to negar cierta saludable influencia en el sentido que va indicado,
venia en esta relación á imprimir nuevo impulso al pernicioso
desarrollo de los estudios históricos , pagados cada vez más de
«lo más digno de maravilla que de fée» , según la exacta expre-
sión del docto señor de Batres.
Un libro, cuyo valor es hoy debidamente quilatado y cuyas
peregrinas narraciones fueron puestas largo tiempo en duda *,
venia al comenzar del siglo XV á exaltar la imaginación de
grandes y pequeños, haciendo en cierto modo realizables los
sueños de la caballería. El celoso Maestre de San Juan daba á
conocer en la penúltima decena de la centuria anterior el por-
tentoso Libido de Marco Polo 2. Sus admirables relaciones de
las cosas de Oriente, hablan recibido extraordinario valor con
las inauditas hazañas, á que estaba dando cima el renombrado y
magnífico Timur-Bec (Tamorlan), el más intrépido y afortuna-
do de los conquistadores de la edad-media. Dominado Enrique III
del mismo espíritu aventurero que tan general influencia tenia
en su edad y pagado de las altas proezas de aquel guerrero que,
trocando el cayado por la espada, habia llegado á oscurecer la
gloria de los más grandes capitanes, enviábale en 1402 cortés
embajada, para felicitarle por sus triunfos. Recibidos con be-
nevolencia, presenciaban Payo Gómez y Hernán Sánchez en las
llanuras de Angury el gran desastre de Bayaceto, que enaltecía
sobre todos sus enemigos el poderío de Timur; y agasajados por
1 Mariana, Hist. gen. de Esp., lib. XIX, cap. 11.
2 Grande aplauso debía alcanzar también entre los entendidos otro li-
bro, ya arriba citado que tenia por objeto la geog'rafía de la Tierra Santa
y narraba brevemente lo más sustancial de su historia desde la época de
la primera cruzada hasta el año de 1360, fecha que cita el autor como in-
mediata á la en que escribe. Llamábase el Libro Ultramarino y pudo te-
ner acaso por modelo el Itinerarium Syriacum de Petrarca, si bien, como
indicamos, desde el libro V en adelante trata de la historia de aquellas re-
giones, dando á conocer las instituciones que allí llevaron las Cruzadas: de
las Ordenes del Hospital, Temple y Teutónica da el dicho libro V muy cu-
riosas noticias (fóls. 223, — 227, — 232). — El Libro Ultramarino se custodia
en la Biblioteca Nacional J. 70: es un vol, f. m., escrito en papel, á una
columna y de letra de principios del sig-lo XV: corapónese de 294 folios.
II.* PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIY. 275
éste, volvían á Castilla, trayendo en presente á don Enrique,
entre otras joyas de sumo precio, dos hermosas doncellas apri-
sionadas en dicha batalla ^ .
No quiso el rey de Castilla ser vencido en cortesía por el
bárbaro; y en 22 de mayo de 1405 salian del Puerto de Santa
María nuevos mensajeros, para darle mayores muestras de
amistad, contándose entre los elegidos Ruy González de Clavijo,
caballero madrileño, camarero del mismo rey, á cuya corte se
restituia en 24 de marzo de 1406, trayéndole el más estimable
presente de cuantos podia á la sazón solicitar el deseo respecto de
tan apartadas regiones. Tal era en verdad el Itinerario de
aquel extraordinario viaje, dado casi dos siglos adelante á luz
bajo el no muy adecuado título de Vida y hazañas del gran
Tamorlan, con la descripción de las tierras de su imperio y
señorio -.
Parte no pequeña de estas regiones y muchas otras del
Oriente, no visitadas por Clavijo, eran ya conocidas por el Libro
de Marco Polo. El camarero de Enrique III, con espíritu más
culto que el ciudadano de Venecia, con instinto más delicado,
y fijas constantemente sus miradas en el decoro de su nación y de
su rey, no daba sin embargo menos interés á su viaje, excedien-
do en mucho su pintoresca narración á la del afamado Micer
1 Fueron doña Ang^clina de Grecia, celebrada por Imperial en aquella
composición que empieza:
Gran sosiego et mansedumbre,
Fermosura et dulce ayre,—
y doña Maria Gómez, su hermana, y mug-cr que fué de Payo Gómez, uno de
los embajadores que las trageron á España. — Doña Angelina casó con el se-
g-oviano Diego González de Contreras.
2 Publicólo así por vez primera Argote de Molina en 1582, con un bre-
ve discurro preliminar: en 17S2 lo reimprimió Llaguno con el mismo títu-
lo; pero aunque da á conocer alguna parte de las hazaüas de Timur-Bec,
no olvida lo relativo á los reyes y príncipes de las regiones que visita, pu-
diendo en consecuencia tomar título, con igual razón, de cualquiera de ellos.
Clavijo hizo en realidad un Itinerario, como verán nuestros lectores.
270 HISTORIA crítica de la literatura española.
Milione ^. Dando la vuelta á la España oriental, dirijíase Cla-
vijo á las Islas del archipiélago helénico, saludando al pasar las
ruinas venerables de la renombrada Troya, y penetrando en
Constantinopla. El espectáculo de los monumentos que guardaba
todavía en su seno la capital de aquel decadente imperio, exci-
ta la atención de Clavijo, llevándole á consignar en su libro
muy curiosas noticias para la historia de las artes 2.
Dejada la ciudad de Constantino, no sin trabajo y frecuente
riesgo de la vida, llegaban los embajadores castellanos á la fa-
mosa Trapisonda, cuyo emperador, tributario de Timur-Bec, los
acogía benévolamente. De allí pasaban, por tierra, adelante, y
coa hartas vejaciones y peligros lograban ponerse en la rica y
populosa ciudad de SoUania, donde los estaba esperando Miaxa
Mirassá, primogénito de Timur, quedando atrás las no menos
celebradas Arsinga, cuyos muros riega el Eufrates; Calmarin,
poblada por Noé después del diluvio; Hoy, envidiada por sus
huertas y jardines, y Turis, competidora de SoUania en su con-
tratación y comercio. Atravesando la Persia, la Media y la Oraza-
nia, largo trayecto en que admiraban las ciudades de Teherán,
Damogan, Vascal, lágaro, Nixaor, fíassegur, Maxaque, An-
coy, Vacq y otras no menos famosas, hallaban los embajadores
al temido y anciano Timur-Bec en la riquísima de Samarcante,
(Samarcanda), cabeza de aquel dilatado imperio, siendo agasa-
jados por el emperador y los suyos á la usanza y con la rara
magnificencia de tan apartadas regiones.
1 Este nombre dieron sus compalriotas á Mareo Polo, porque contaba
siempre á millonadas (Paulino Paris, Nouvclles ñecherchcs sur Marco Po-
lo, pág-. 8).
2 Xas iglesias de San Juan de la Piedra, de Santa Maria de Perebeli-
no, de la Cherna y de la Dissetria, y sobre todas la basílica de Santa So-
fía, que revela hoy á la contemplación de los arqueólogos toda la riqueza
del arte bizantino, despertaron en el viajero español elevados y generosos
pensamientos que exaltó más y más el examen de las reliquias, guardadas
en todos estos templos por la piedad cristiana. Las obras de mosaico [mu-
sáyca], tan características del referido arte, llamaron grandemente su aten-
ción, siendo por esta causa su viaje un documento de sumo precio en la
historia de la arquitectura.
n." PARTE, CAP. V. ELOC. K HIST. Á FINES DEL SlG. XIV. 277
La inesperada muerte de Timur dejó á Clavijo y sus compa-
ñeros sin la respuesta que esperaban para su rey, forzándolos,
mal su grado, á tomar arrebatadamente la vuelta de Turis, don-
de hablan de ser despachados por Homar Mirassá, teniendo allí
el fatal privilegio de presenciar los primeros síntomas de la des-
trucción del imperio más grande que habia existido desde los
tiempos de Alexandro. No sin vejaciones, robos y amenazas, de
que fueron también víctimas otros embajadores de Babilonia y
de Turquía, pudieron los castellanos restituirse á Trebisonda,
donde ganaron acaso una nave de genoveses que los condujo á
Pera; y tocando en Galipoli, IVo, Venecia y Mesina, túvolos el
mar por algún tiempo encerrados en Gaeta, hasta que abonanza-
do el tiempo, pasaron á Genova y Saona, y de allí con grandes y
peligrosas tormentas se dirigieron á Sanlúcar de Barrameda,
saltando en tierra y encaminándose á Alcalá de Henares, donde
tenia la corte el rey don Enrique ^.
Largo, difícil y angustioso habia sido el viaje: animada su
relación con frecuentes anécdotas históricas de no escaso interés
y salpicada de cuadros de costumbres, en que brillaba el sello de
la verdad, descubriendo, con maravilla de los lectores, la vida
de aquellos imperios hasta entonces desconocidos, lograba Cla-
vijo atraer sobre su libro la admiración de los hidalgos castella-
nos. Su estilo, aunque llano é ingenuo, no carecía de atracti-
vos: su lenguaje, aunque natural, era noble y urbano: sus pin-
turas, especialmente las relativas á los monumentos artísticos,
ofrecían cierta gracia y originalidad, siendo este el primer mo-
1 Baena, en sus Hijos ilustres de Madrid, t. IV. °, pág. 302, dice que
Clavijo volvió solo de la embajada; pero con error, porque únicamente mu-
rió en el viag'e Gómez de Salazar, tornando con Ruy González fray Alon-
so; Paez de Sancta María, que era el tercero de los embajadores. — Baena
perdió de vista que el mismo Clavijo terminó su Itinerario con estas pala-
bras: «Et lunes veinte é quatro dias del mes de marzo del año del Señor
de 1406 años los dichos señores embajadores llog-aron al dicho rey de Cas-
tilla, é falláronlo en Alcalá de Henares». — Clavijo vivió hasta 1412 y fué
sepultado en San Francisco de Madrid; pero no halló después de muerto la
gratitud que merecían sus huenas obras, y los frailes le derribaron el se-
pulcro, sin que se sepa hoy el paradero de sus huesos.
278 HISTORIA crítica de la literatura española.
délo que presentaba la literatura española en tal linaje de pro-
ducciones.
Bajo todos aspectos era pues notable el presente que Ruy
González de Ciavijo hacia al rey don Enrique III: lo peregrino
de sus relatos, aunque ajustado honradamente á la verdad, vino
sin embargo á encender más y más el espíritu aventurero, á que
habían dado extraviado impulso, respecto de los estudios histó-
ricos, las ficciones de la caballería, llamando al cabo la atención
de los hombres de verdadera ilustración, á quienes repugna-
ban tan fabulosas invenciones. Cierto es que mientras en esta
forma perdía su cauce natural el sentimiento histórico, no habia
faltado quien animado de leal patriotismo, procurase despertar
en la imaginación de los que se preciaban de entendidos la me-
moria de los antiguos héroes de Castilla. La Crónica de Fernán
González, sacada de la Estoria de Espanna del Rey Sabio; la de
los Siete Infantes de Lar a, que reconoce el mismo origen; la de
Los fechos del Cid Buy Diez, epitome deducido sin duda de la
Crónica General de Castilla, bien que acaudalado al par con
varias tradicciones, consignadas ya en los cantos populares; la
Vida ó historia de Fernando III, calcada asimismo sobre la
narración de Alfonso X, tantas veces abreviada ^ , obras eran
1 Son varios los códices de principios y mediados del siglo XV, que
hemos tenido ocasión de examinar, en que se contienen ya por separado la
mayor parle de estas crónicas, que fueron después impresas á fines del mis-
mo siglo ó principios del XVI; la de Fernán González que se dice sacada
de un MS. antiguo de Arlanza, y de que hizo ya mención como de histo-
ria especial el docto autor de las Generaciones y semblanzas, capítu-
lo XII), tiene en la Bibl. Escurial. varios ejemplares, y en especial el sig-
nado V. ij. 8 — y fué impresa en dicho siglo: — la de los Infantes de Lara
tuvo tal popularidad que llegó á correr en manos de todos dentro de aquella
misma centuria: — la de los Fechos del Cid fué dada á luz en 1498: /a de San
Fernando, tenida por algunos doctos como anterior á la Crónica General
ó Estoria de Espanna de su hijo, se publicó enmendada por Diego López
Santaella en 1551 (Sevilla por Robertis) y se reimprimió diez y seis años
después (Medina del Campo, por Francisco del Canto). Todos estos libros
merecen pues llamar la atención de la crítica, porque no sólo en los últi-
mos dias del siglo XIV y en todo el XV, sino también durante el XVI dis-
putaron a los libros de caballerías el predominio del aura popular, no de-
11." PARTE, CAP. V. ELOC. É HIST. A FINES DEL SIG. XIV. 279
todas que refrescaban el recuerdo de los grandes hechos de la
reconquista.
Contraponiendo la idealidad de los héroes nacionales á la
idealidad de los paladines de ambos ciclos caballerescos, daban
en verdad cumplido testimonio de que si estaba algún tanto
adormecido, no habia muerto por ventura aquel generoso espíritu
que se levantaba, al mediar del siglo, en brazos de la poesía y de
la historia, para solemnizar los triunfos del Salado y de Algeci-
ras. Mas esta evocación de los antiguos héroes castellanos no era
bastante á imprimir nuevo y más severo carácter á los estudios
históricos, por lo mismo que estaba reducida, literariamente ha-
blando, á la simple desmembración de las referidas crónicas ge-
nerales, habiéndose menester de nuevos esfuerzos para prose-
guir la obra de Pero López de Ayala que sólo podia realizarse
en el sentido de actualidad, reservada á más granados tiempos
la rectificación de los hechos adulterados por el interés, tergiver-
sados por la credulidad, ó abultados por el crédulo entusiasmo
patriótico.
Debían pues tener los estudios históricos cierto correctivo; y
lo hallaron realmente en la primera mitad del siglo XV, volvien-
do á reflejar el interés y la vida de la nación; ministerio que si-
guen ejerciendo, como en tiempos anteriores y con fidelidad ex-
tremada, las producciones de la elocuencia. Cultivada esta exclu-
sivamente por el sacerdocio, puede tal vez extraviarse en las no
frecuentadas regiones de la erudición; pero fijas sus miradas en
la moral, intérprete constante de la doctrina cristiana, no le es
dado fantasear un mundo distinto del que está llamada á mode-
rar con sus lecciones, revelando por tanto con suma verdad y
propio colorido todas las dolencias que aflijen á la sociedad, y
aplicándoles saludable triaca.
jando que se amortig-uara el sentimiento patriótico, Justo es declarar que
solo en este sentido tienen precio en la historia de nuestra cultura; pues
aunque en alguna, como sucede en la de los Fechos del Cid, penetran nue-
vos elementos populares, traidos de las primeras fuentes de nuestra nacio-
nalidad (Véase en el cap. II de la 11.^ Parte, t. III, la nota 1.'' de la pág. 71),
todavía debe consignarse, cual lo hacemos en el texto, que no tienen real in-
fluencia, formal y literariamente hablando, en los estudios históricos.
280 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Esta enseñanza veremos en breve comprobada de nuevo, de-
mostrando al par que hermanadas elocuencia y poesía, son am-
bas claro espejo de la vida interior del pueblo castellano, pinta-
das por ellas con igual exactitud sus costumbres. Considerados
ya los caracteres de elocuencia é historia en los últimos dias del
siglo XIV, — detengámonos entre tanto á estudiar por algunos
instantes el triple movimiento que á la sazón llevaba la poesía,
para comprender debidamente cómo se comunica á la época de
don Juan II, logrando en su corte cumplido y sorprendente des-
arrollo.
CAPITULO VI.
LA POESÍA ERUDITA Á FINES DEL SIGLO XIV
Y PRINCIPIOS DEL XV.
Triple desarrollo de la misma. — Influencia del pueblo hebreo. — Ilustres
conversos de esta época. — Carácter de sus estudios respecto de la poesía.
— Escuela cortesana ó provenzal — Protección de los magnates á los tro-
vadores. — Cultivan asimismo la gaya sgiengia. — Don Diego Furtado de
Mendoza. — Sus poesías. — Don Alfonso Enriquez. — Sus canciones y deci-
res. — Don Pedro Velez de Guevara. — Sus cantigas y decires. — El du-
que don Fadrique. — Alguna muestra de sus poesías. — Caracteres de
estos poetas. — Escuela alegórica. — Trascendencia moral de la misma. —
Imitadores de Imperial y Payo de Ribera. — La visión de un ermitaño, —
Pedro Patino y el sevillano Diego de Medina. — Gonzalo Martínez de
Medina. — índole especial de este poeta. — La escuela alegórica en la cor-
te de Castilla. — El sevillano Ferran Manuel de Lando.— Contradícenle
Villasandino y el converso Juan Alfonso de Baena. — Carácter particular
de sus decires. — Efecto que produce la dantesca respecto de la escuela
provenzal-cortesana. — Ferrant Sánchez Talavera. — Sus obras. — Elegía
á la muerte del Almirante Ruy Díaz de Mendoza. — Escuela didáctica.
— Condiciones con que aparece. — Pablo de Santa María. — Las Edades
trovadas: fin, carácter y mérito de este poema. — La forma didáctica como
intérprete de las ciencias. — El Maestre Diego de Cobos. — Su Cirugía Ri-
mada. — Naturaleza y forma de este libro. — Otros poetas de esta edad. —
Resumen.
«Desde el tiempo del rey don Enrique, de gloriosa memoria,
«padre del rey nuestro señor, é fasta estos nuestros tiempos,
»se comencó á elevar más esta sciencia [de la poesía] é con ma-
»yor elegancia». Estas palabras del tantas veces aplaudido mar-
282 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
qués de Santillana ^, aunque no bien quilatadas por la crítica,
sirven no solamente de comprobación al estudio que llevamos
hecho, mostrando que no fueron desconocidas al docto magnate
las novedades que trajo Imperial al parnaso castellano, sino que
abren camino á nuevas investigaciones, imponiendo al historia-
dor el indeclinable deber de señalar los pasos dados por la poe-
sía de los eruditos, antes de florecer en la corte de don Juan II.
La alegoría dantesca, acogida por los trovadores de Sevilla,
comparte desde esta época el dominio del arte y sostiene venta-
josa rivalidad con la escuela didáctica y la escuela provenzal,
abanderadas, al caer del siglo XIV, en Pero López de Ayala y
Alfonso Alvarez de Villansandino. Tres eran por tanto, si cabe
decirlo así, las sectas poéticas que aparecían en la república li-
teraria, durante el reinado de don Enrique y la tutoría de doña
Catalina, quien no acoje en verdad con menos distinción que su
esposo y su cuñado, el infante de Antequera, á los cultivadores
de las ciencias y de las letras.
Mas no eran estos elementos, cuyo individual desarrollo he-
mos procurado explicar, considerándolos como natural y suce-
siva herencia de unas y otras edades, los únicos que á fines del
siglo XIY y á principios del XV debían reflejar la poesía y la
cultura de los castellanos. Una raza, tan activa é inteligente como
odiada y perseguida; la raza hebrea que en medio de sus tribu-
laciones y desastres habia pagado constantemente á la civiliza-
ción española el tributo de sus ciencias y de sus letras ^, venia
también á contribuir á tan extraordinario movimiento ; preludio
del que ofrece la corte de don Juan II y llega á su colmo bajo el
cetro de los Reyes Católicos. Doloroso era en verdad que no se
lograra esta singular conquista sin que el hierro y el fuego,
movidos por el ciego impulso del fanatismo, aniquilaran las más
1 Obras del Marqués de Santillana, €arta al Condestable de Portugal,
número XVII.
2 Véanse con csle proposito los seis primeros capítulos del Ensayo II de
nuestros Estudios sobre los Judíos y en la presente obra el IX, XII, XIV
y XXII del primer Subciclo do esta II.* Parle, sin olvidar el XIV de la 1.*,
en que tratamos del celebrado converso, Pedro Alfonso.
11." PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINE» DEL SIG. XIV. 283
poderosas aljamas, ensangrentando las más ricas y populosas
ciudades de toda la Península Ibérica.
Al repetido clamoreo de Hernán Martínez, arcediano de Ecija,
que produce ya víctimas numerosas desde 1588, se agita en junio
de 1591 la ciudad de Sevilla, siendo ineficaces para contener el
furor de la muchedumbre amenazas y castigos: asaltada la jude-
ría, caen al golpe exterminador ancianos, niños y mujeres, sin
que halle piedad la inocencia, ni alcance el dolor misericordia.
Cundia en breve el fuego de la persecución á la vecina Córdoba,
y propagado con prodigiosa rapidez á Toledo y Burgos, salta-
ba á los reinos de Aragón y Navarra, donde Valencia y Barce-
lona, Tudela y Pamplona eran miserable teatro de aquella uni-
versal matanza, que hollando todos los derechos, escarnecía la
doctrina del Salvador, con verdadera afrenta del cristianismo i.
En valde el Consejo de Gobierno, estatuido por don Juan I
para protejer la minoridad de su hijo don Enrique, atiende á so-
focar aquella rebelión, condenada por las leyes de Castilla: en
valde don Juan, el Amador de toda gentileza, aplica con mano
severa el castigo de la horca y del tajo á los que habían quebran-
tado los fueros de Aragón, al consumar tan repugnantes críme-
nes; y en valde acude por último Carlos el Noble, á reprimir la
furia de los navarros, vengando á la humanidad ofendida. La
industria, el comercio, la agricultura, todas las artes que recibían
impulso de la inteligente actividad de los hebreos, vienen en un
solo día "á espantosa decadencia; y desiertas las alcanas, donde
se hacinaban los productos del Oriente y del Occidente, donde
competían las sedas de Persía y Damasco, las pieles de Tafilete y
las joyerías de los árabes, tenían enorme quiebra las rentas rea-
les y las rentas del clero y de la nobleza, produciéndose una
verdadera conturbación en el Estado 2.
De este gran desastre de la raza hebrea, cuyos estragos al-
canzaban también al pueblo cristiano, — por uno de esos inexpli-
cables misterios de la Providencia, iba á obtener la cultura de
1 Puede consultarse para, mayor conocimiento el cap. IV del primer En-
sayo de nuestros Estudios sobre los Judios, ya citados .
2 Id., id., id.
284 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
nuestros padres no poca utilidad y gloria. Ya fuese que el temor
de nuevas y más sangrientas catástrofes venciera la repugnancia
á recibir el bautismo; ya que la inspirada voz de un nuevo após-
tol, que se levanta en medio de tantos horrores para suspender
la ira de los cristianos y escudar á la desdichada grey, alumbra-
ra sus mentes con la luz del Evangelio i, es lo cierto que los
más ilustrados rabinos de Aragón y de Castilla abrazan en aquel
angustioso momento la religión del Crucificado, pugnando tam-
bién por traer al gremio de la Iglesia á la raza descreida.
Mientras Fray Vicente Ferrer, — aquel infatigable coge-
dor de mies divina, apellidado por grandes y pequeños Ángel
de la Apocalipsi, y saludado por los judios como salva-
dor, — recorre las principales ciudades de España [1391 á 1407],
y llevando la fé en el corazón y la persuasión en los labios, con
elocuencia ardiente, vigorosa é inflexible, como la doctrina que
predicaba y defendía, arrancaba al judaismo prodigioso número
de conversos ^, — deseosos de contribuir á obra tan alta y meri-
toria, esforzábanse los más doctos neófitos en llevar la convic-
ción al ánimo de los que entre sus antiguos correligionarios se
preciaban de sabidores, ostentando, como acontece de continuo
en casos análogos, excesivo éelo para acreditar la sinceridad de
su conversión y la lealtad de sus palabras ^.
1 Id. id. id. — San Vicente Ferrer inauguró su misión, verdaderamente
apostólica, el dia 8 de junio de 1391, en medio de los horrores que presen-
ció Valencia, incendiadas las tiendas del alcana, saqueadas las casas y de-
gollados en todas partes los míseros judíos. Su voz refrenó las irasdel po-
pulacho, y abrió las puertas del bautismo á los aflijidos hebreos (Brevia-
rio de Valencia, año citado, ed. de 1533).
2 El judío Rabbí Isahalí Cardoso en sus Excelencias de los Hebreos con-
fiesa que el número de los conversos QH^DÜD (maschumedimj excedió
en Arag-on , Valencia , Cataluña y Mallorca de quince mil almas, siendo
muy probable que aun fuese mayor en las provincias de Castilla : en Tole-
do sólo, donde todavía se conserva en Santiago del Arrabal el pulpito,
desde el cual dirigió su palabra á la muchedumbre , convirtió en un dia
mas de cuatro mil, quedando reducida al cristianismo la principal sinago-
ga de aquella metrópoli (Toledo Pintoresca, pág. 276).
3 Algunos fueron hasta el extremo de canonizar las matanzas ejecuta-
das en sus compatriotas, buscándoles disculpa en sus excesos; y el celebra-
11." PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 285
Numerosa es la pléyada de varones respetables que vienen por
aquel poco frecuentado camino á enriquecer con los tesoros de su
ing-enio y de su ciencia la creciente civilización española. Dos
que alcanzaban en Aragón y Castilla grande autoridad entre los
más señalados rabinos, siendo de los primeros á renunciar la
ley mosaica, estaban sin embargo llamados á ejercer extraordi-
naria influencia respecto de sus compatriotas, mereciendo el
aplauso y consideración de los cristianos. Jehosuah Halorqui,
que recibe en el bautismo el nombre de Gerónimo de Santa Fé,
y Selemoh ffalevi, que toma el de Pablo de Santa María. Ora
entrando con denodadp pecho en el terreno de la controversia; ora
empleando solícitos el ruego y la persuasión, y ora en fin descu-
briendo á vista de los contumaces todos los errores y contradic-
ciones de la doctrina talmúdica, segundaban estos preclaros va-
rones la obra de Fray Vicente y ganaban para Sí el título de de-
fensores de la ley de Cristo, mientras los señalaban los incrédu-
los con nombre de blasfemadores ^.
Hallaba el primero protección en la corte aragonesa y más
principalmente en la de Benedicto XIII, quien satisfecho de su
sabiduría y de su prudencia, no solamente le confiaba la salud
de su cuerpo, sino que convocaba en Tortosa, ya entrado el
siglo XV, el renombrado concilio á que asistían los rabinos de las
aljamas de Aragón y Cataluña, cabiendo al pontífice la fortuna
de ver reducidos al cristianismo la mayor parte de aquellos ce-
lebrados doctores ^. Tenia el segundo no menos favorable aco-
do Pablo Burgensei de quien hablamos á continuación , no vaciló en dar á
Hernán Martínez , fanático promovedor de estas persecuciones , el título de
Santo. La Iglesia no lo ha calificado de igual suerte (Estud. hisls. polits.
y liferar. sobre los judíos de Esparta, Ensayo I , cap. IV.°).
1 Id. , id. , id.
2 Doce fueron los rabinos que abjuraron el judaismo en el concilio de
Tortosa, abrazando por convencimiento propio la religión cristiana. Tales
fueron: R. Abuganda, R. Aoun, R. Benastruc Abenabed, R. Astruch el Le-
vita , Rabbí Josué Messíc, R. Mathatías, R. Yidael Benveniste, R. Todros,
R. Gerona, R. Saúl Mime, R. Salomón Isahak, y Mosseh Zarachias Levita,
De los catorce que el mismo Gerónimo de Santa Fé menciona, sólo R. Joseph
Albo y R. Ferrer se negaron á todo convencimiento. No así los judíos de las
286 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
gida en la corte de Enrique III: frisando ya con los cuarenta
años [1590], cuando se apartó de su raza, pasaba á París, en
cuya escuela recibía el grado de doctor en sagrada Teología, y
abrazando la carrera eclesiástica, obtenía primero el arcedianat'o
de Treviño con un pingüe canonicato en Sevilla [1599], y electo
después obispo de Cartagena [1402], subía por último á la silla
de Burgos [1414]. Dábale don Enrique lugar señalado en su
Consejo, y poniendo á su cuidado, ya en los últimos días de su
vida, la educación del príncipe don Juan, designábale como su-
cesor de Pero López de Ayala en la alta dignidad de Canciller
Mayor de Castilla ^.
Al ejemplo y á la autoridad de uno y otro converso, se unió
la incontrastable fuerza de la doctrina: don Pablo de Santa María
escribió con título de Scrutinium Scripturarum un insigne li-
bro, constantemente aplaudido de los doctos, para convencer á
sus compatriotas de que se habían cumplido las santas profecías,
«provando por fuertes et vivas razones ser venido el Mexias é
«aquel ser Dios y Hombre» '^•. Gerónimo de Santa Fé, cosechado
por su elocuencia en el Concilio de Tortosa el abundante fruto
aljamas de Calatayud, Daroca, Fraga, Barbastro , Alcañiz, Caspe, More-
Ua, Lérida , Alcolea, Gerona y Tamarite , que en su mayor parte recibie-
roa las aguas del bautismo con puro corazón, pasando de cinco mil los
convertidos; ultra quinqué milla, escribe el referido Santa Fé (Estudios
citados, Ensayo I , cap. V, y Ensayo II , cap. YII).
1 Don Pablo de Santa María fué investido en vida de Ayala con el títu-
lo de Canciller del Príncipe don Juan , su discípulo. El Rey don Enrique III
le instituyó testamentario, diciendo en este documento, otorg-ado en 24 de
diciembre de 1406, respecto de la Cancillería mayor del reino: «E por
).quanto yo fice mercet del officio de la chancellaría mayor del Príncipe á
«don Pablo , obispo de Cartagena, é segunl esta ordenanca lo deue ser Pe-
«ro López de Ayala, que agora es mi Chanciller Mayor, mando que el officio
»dc Chanciller mayor, que lo aya Pero López de Ayala; pero vacando el
Motro officio, quiero y es mi voluntad que aya el dicho officio el dicho obis-
poi>. etc. Ayala murió, como sabemos, pocos meses después que el rey: de
modo que don Pablo no esperó largo tiempo la efectividad de tan elevado
cargo.
2 Fernán Pérez de Guzman, Mar de Historias. — Generaciones é sem-
blancas, cap. XXVI.
11.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 287
de la conversión de numerosos rabinos y aljamas enteras, ponía
en la lengua de la muchedumbre sus oraciones, á fm de que fue-
se más general y duradero el efecto de aquel señalado triunfo ^.
Sígnenlos en breve muy distinguidos varones: tras don Pablo, á
quien la pública fama designa con nombre del Burgense, vienen
al gremio de la Iglesia, Alvar García, su hermano, y sus hi-
jos Gonzalo, Alfonso y Pedro, contándose al par entre los neó-
fitos Maestre Juan de Toledo, el Viejo, Garci Alvarez de Alar-
con, Andrés Beltrán, Alfonso de Espina y otros muchos quienes
como estos, debían ilustrar, ya cual oradores y controversistas,
ya cual historiadores y poetas, el largo reinado de don Juan II.
Acaudalándose pues en esta forma la civilización española á
fines del siglo XIV y principios del siglo XV con nuevos tesoros
de las letras hebraicas, grandemente cultivadas por todos estos
escritores, imposible era que dejara de refiejarse su influjo en el
parnaso castellano. Cierto parece que sometidos los conversos,
entonces como siempre, á la ley superior que dá vida á la nacio-
nalidad que los absorbe, hubieron de seguir el mismo impulso
que llevaban la poesía y literatura en el suelo de Castilla; mas
el espíritu tradicional que anima en todas edades las letras ra-
bínicas, y lo que es no menos importante, la especial situación
en que los colocaba el estado religioso que casi todos abrazaron,
debía conservar alguna parte del genio oriental; y no borrados
del todo sus propíos sentimientos, que excitaba la habitual lec-
tura de los libros sagrados, natural era que genio y sentimientos
brillaran también en sus nuevas producciones. Así pues, aquel
elemento bíblico, recibido en la elocuencia y en la poesía cris-
tiana desde los primeros tiempos de la Iglesia, y una y otra vez
refrescado en el conflicto de las agitaciones y trastornos de la
edad media, venia á comunicar á las obras de los oradores y
poetas que hablaban la lengua de la España Central, cierto sabor
1 Adelante volveremos á hablar de este tratado. Santa Fé , demás de
escribir en latin un libro sobre el concilio de Tortosa, compuso otros dos
Contra el talmud, y sus aberraciones. El más notable es el que lleva por
título Ilebreo-ma.ttis (azote de los hebreos) (Estudios sobre los Judíos),
Ensayo 11 , cap. Vil).
288 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
extraordinario, si bien no era á la sazón bastante á crear, en
cuanto á poesía, ninguna forma literaria, ni á infundir siquiera
nueva fisonomía á las existentes.
Devotos los ingenios de Castilla, ya de una, ya de otra de
las tres escuelas arriba mencionadas, mientras se filiaban los
conversos en la puramente didáctica, más conforme con sus an-
tiguos hábitos y sus recientes deberes, proseguian imitando las
visiones del Dante, ó ya recordaban el ejemplo de los que ha-
bían tomado por modelos las poesías eróticas de los trovadores.
A este linage de producciones daban la preferencia los vates de
la corte, que hallaban notable protección en príncipes, prelados
y magnates. Fama de liceos y perpetuas academias gozaban en
verdad las casas y palacios de un don Pedro Tenorio, arzobispo
de Toledo ^; un Ruy López Dávalos, condestable de Castila 2; un
don Alfonso Enriquez, adelantado mayor de León y tio del rey;
un don Diego Furtado de Mendoza, almirante mayor de la Mar ^,
1 El citado Fernán Pérez de Guzraan , decía de don Pedro Tenorio, que
«traía grande compaña de letrados cerca de sí , de cuya sciencia él se apro-
«vechaba mucho en los grandes fechos. Entre los otros (anadia) eran don
«Gonzalo, obispo de Segovia , que fizo la Pelegrina , et don Vicente Arias
«obispo de Palencia (glosador del Fuero), é don Juan de lUescas é su hcr-
«mano que fué obispo de Burgos, é Juan Alonso de Madrit, que fué un
«grande é famoso doctor in utroque» (cap, XIII de las Generaciones). Gon-
zalo Fernandez de Oviedo consagra á Tenorio señalado lugar en sus Quin-
quagenas , por la ilustrada protección que concede á las letras, la cual es
también extensiva á las artes.
2 Como dejamos notado , el buen Condestable de quien dijo Pérez de
Guzman «que todos los fechos del reino eran en su mano» (Gener, capí-
tulo V), no solamente protegió á los que cultivaban las letras, dándoles
lugar y honra en la corte , sino que procurando traer al habla de Castilla
los más célebres autores latinos, hizo traducir los libros de Boecio (cap. III
del presente volumen) y llevó siempre consigo en los tiempos de su privan-
za muy discretos varones y atildados ingenios. Pagóse de conocer perfec-
tamente el árabe, haciendo alarde de no necesitar lengua para su ejército:
así, narrando un cronista coetáneo la campana de Setenil, en que mostró
su grande esfuerzo , decia : «Et el Condestable fabló arábigo et llamó al Ca-
dí etc. (Crónica de don Pero Niño, lib. II, cap. XLII del impreso, LVI
del MS.).
3 Don Diego, sobre conservar y trasmitir muy aumentados á su hijo ol
II.* PARTE, CAP. Vr. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 289
y un don Fadrique de Castro, duque de Arjona ^. En ellas
hacían gala de discreción los más aplaudidos cantores de aque-
llos dias, no sin que algunos de tan entendidos Mecenas ambi-
cionaran también el lauro de la gaija spencia. Atención muy
especial merecen entre todos- los ya citados don Alfonso, don
Diego y don Fadrique, no siendo para olvidados don Pedro
Velez de Guevara, don Pedro de Luna, arzobispo de Toledo ^.,'
y los celebrados Mariscales Iñigo de Estúñiga y Pero García de
Perrera ^, á quienes igualan en poética nombradla otros muy
ilustres caballeros.
marqués de Santillana, los preciosos libros que habían logrado reunir su
padre Pero González y su suegro, Garcil'aso de la Vega, se pagó mucho de
honrar a los doctos é ingeniosos, y como dice Hernán Pérez de Guzman,
«tenia gran casa de caballeros é de escuderos» (Geiier. cap IX). Hasta su
médico (físico), que era de raza sarracena, se esmeró en el cultivo de la
poesía, según luego notaremos.
1 Obras del Marqués de Santillana , Carta al Condestable, n.° XIX.
2 El aragonés don Pedro de Luna, tío del Condestable don Alvaro , y
su primer protector , tiene en el Cancionero de Baena una composición,
núm. 1540, eu que replica á Alfonso Alvarez de Villasandino, quien como
de costumbre, le pide , no dineros ni oficio;
Mas (le trigo y de echada (dice)
Señor noble , vos demando;
Sy rae dades vino blando ,
La raercet será doblada.
El arzobispo , después de manifestarle que no busque trujamán para
hablarle, porque lo era muy honroso recibir sus cartas y versos [vestro re-
frán], le dá lo que demanda y añade qué lo hace,
Por ser don Pedro de Luna
E por la alta tribuna,
En que el mundo nos otea.
Don Pedro se muestra versificador entendido , si en realidad es suya
esta obra.
3 Aunque los Mariscales suenan principalmente durante el reinado de
don Juan II, figuran ya en los primeros veinte años del siglo, tomándolos
Villasandino por jueces en sus querellas poéticas, — Esto vemos en los nú-
meros 200 y 203 del Cancionero de Baena, que empiezan:
1.' Alto rey, al Mariscal
2.'' Algunos profacarán.
Tú.MO V. ■ 19
290 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
No era don Diego Fiirtado de Mendoza el primer ingenio que
honraba á su familia: ya antes de ahora hemos recordado las
breves cláusulas que el marqués de Santillana, su hijo, consa-
gró á la buena memoria de Pero González, padre del Almirante
y examinado también algunas de- las poesías que terminante-
mente le adjudica 1. Escritas en su primera juventud, pudimos
reconocer por ellas que no carecía de sentimiento poético el no-
ble alavés, que daba en Aljubarrota su propia vida por salvar la
de su rey, y que fdiado en la escuela provenzal, notablemente
autorizada con las imitaciones del Archipreste de Hita, era uno
de los primeros trovadores, á quienes iba á cuadrar el título
de cortesano. El mismo carácter ofrecen pues las producciones
del Almirante, contrastando grandemente con las dotes perso-
nales que le atribuyen sus coetáneos, y no pareciendo sino que
al solicitar Pero González en aquel momento supremo la protec-
ción de don Juan I para su hijo Diagoie 2, le imponía la obliga-
ción de seguir sus huellas, como alumno de las musas. «Fué
«este Almirante (escribía Fernán Pérez de Guzman, su primo)
«pequeño de cuerpo y descolorido del rostro: la nariz un poco
»roma; pero de bueno é gracioso semblante, é segund el cuerpo
«assaz de buena fuerca. Ombre de muy sótil engenio, bien ra-
«conado, muy gracioso en su decir, osado et atrevido en su fa-
»blar tanto que el rey don Enrique, el tercero, se quexava de la
»su soltura et atreuimíento» ^.
También Juan Alfonso de Baena hace mención de los Mariscales y traba
con ellos reñida contienda poética, al presentarse en la corte , tomando por
juez á Pero López de Ayala: de modo que si fuera este el Canciller y no su
hijo, del mismo nombre , alcalde mayor de Toledo desde 1402*, habría ra-
zón para suponer que antes de 1407 gozaban aquellos no escasa reputación
de trovadores. En el expresado Cancionero tienen, Estúñiga los números
418 y 576: García 423 y 577: todas estas composiciones son reqüestas, j
las últimas de uno y otro contra Fernán Pérez de Guzman,
1 Véase el cap. XXII de la 11,^ Parte.
2 Al morir su padre, contaba don Diego veintiún años, habiendo naci-
do en 1364: en el famoso romance, en que se narra este memorable sacri-
ficio de la leal castellana , le dá el nombro de Diagoie, diciendo al rey :
A Diagole os encomiendo, etc.
3 Fernán Pérez de Guzman, Generaciones 6 Semblanzas , cap. 'IX.
I
II.'' PARTE, CAP. VI. P0E3. EP.UD. AFINES DEL SIG. XIV. 291
Natural parecía que personaje de tales prendas se inclinara
á los asuntos graves, propios del alto ministerio que ejercía en
la gobernación del Estado, ó ya á la moral filosofía más fácil-
mente que á las inspiraciones breves y pasajeras del amor, sin
pagarse de atildado galanteador y refinado poeta erótico ; mas
«pluguiéronle mucho las mugeres» y su «muy sotíl engenio» y
su «muy gracioso decir», sirviéronle, al pulsar el laúd de los
trovadores, para grangearse más bien el aplauso y cariño de
las damas que la admiración de los eruditos ó el respeto de los
repúblicos.
Corto número de las producciones del Almirante don Diego
Furtado de Mendoza ha llegado á nuestros dias, siendo muy
digno de repararse el que no hiciera de ellas mención alguna su
hijo ^. Las que nosotros conocemos, testifican no obstante que
se ejercitó con fortuna en los diferentes géneros de composicio-
nes que constituían á la sazón la poesía lírico-erótica, ensayan-
do ciertas combinaciones métricas, de que no hallamos ejemplos
anteriores en nuestro parnaso, y aun dando cierto desahogo á
1 El silencio del marqués, personaje tan dado á los estudios graves,
como después advertiremos , pudo sin duda provenir de la misma natura-
leza de las obras poéticas del Almirante : quien sólo por obedecer al ruego
del Condestable de Portugal , reeogia de los Cancioneros ágenos las obras
amorosas escritas en su juventud, no juzgándolas «dignas de memorable
«registro (Obras del marqués de Santillana, Carta al Cond. , n.° I), na-
tural era que tuviese reparo en presentar á su padre, cuyo nombre pronun-
cia siempre con gran respeto , como un almivarado poeta que sólo sabia
decir aquellas cosas que ya no «debian placerle» , cuando escribe la ex-
presada carta. Las poesías del Almirante , que hoy poseemos, se conservan
en un precioso MS., custodiado en la Biblioteca Patrimonial de S. M., signa-
do A. VII. 3, del cual nos valimos al dar á luz las Obras de su hijo don
Iñigo López de Mendoza (Apénd. IV , pág. CLXIV). Este códice (decíamos)
debió formarse á mediados del siglo XV y acaso antes de 1445, pues que
no se halla nombrado todavía don Iñigo con el título de marqués, que obtu-
vo en dicho año, siendo probable que fuese uno de los libros, donde «fizo
buscar las canciones ó decires, compuestos en su juventud, para remitirlos
al Condestable de Portugal», ya citado. Consta de 17S fojas útiles, papel, y
aunque de bella escritura, no es de gran lujo. Fue traído del Colegio de San
Bartolomé de Salamanca , al extinguirse los Mayores.
292
HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
SU musa con algunos ingeniosos" desenfados, que lograron ade-
lante exagerada estimación entre los discretos • . Para conocer
y apreciar debidamente al Almirante de Castilla, dentro de la
escuela poética en que aparece filiado, lícito juzgamos exponer
algunas muestras de las referidas producciones. Yeamos cómo
se lamenta de la inconstancia de su dama, en esta canción:
Fuerza hé de contemplar
é cujdar con grant dolor
por qué puse mió amor
en quien me quiere oluidar.
Mi cuydado es maginar
é pensar en lo passado,
como triste namorado
que me quise namorar.
Si me fage desdonar
placer m'á ser desdonado
et jamás non ser ganado^
si me non quiere ganar.
Dubdanga.
Si amor es el que se parle
con desvio,
desafio
qu'en mí non aura mas parte ^.
Adicto á aquella suerte de composiciones, apellidadas por los
provenzales pastorelas ó vaqueiras, designadas por el Archi-
preste de Hita con título de cánticas de serrana y denomina-
das por su padre, Pero González, simplemente serranas, y por
su hijo, Iñigo López, serranillas, hacía don Diego algunos ensa-
1 La primera composición, que vemos en ol expresado MS., es una es-
pecie de interrogatorio, semejante a los aplaudidos Perqués que hallamos
en tiempos más cercanos. Citóla don Pedro Pidal (Discur. freliin. al Canc.
de Baena), y empieza asi (fol. 1.° del cód) :
Pues non quiero andar en corte,
Nin lo tengo por desseo,
Quiero fer un devaneo,
Con que aya algún deporte, etc.
2 Folio lio.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. EfíLD. Á FINES DEL SIG. XIV. 293
yos en su cultivo, de que puede ser ejemplo la siguiente, que
encierra un pensamiento epigramático:
ün dia desta semana,
partiendo de mi ostal,
vi pasar gentil serrana,
que en mi vida non vi tal.
Pregúntele do venía
ó á qué tierras passaua :
díxome que caminaua
al Prior de Rascafría,
á facer donde solia
penitencia en la solana,
por dexar uida mundana
é tod' pecado mortal i.
Más delicado , más gracioso en el decir , para valemos de
la ya repetida frase de Fernán Pérez , es sin duda en otro li-
naje de obras poéticas , que animadas de extraordinario movi-
miento , acompañaron al baile en todo el siglo XV , haciendo en
cierta manera el oficio de las baladas italianas, en los salones de
los magnates -. Tales eran los cossaníes , de que por su mis-
ma naturaleza y por el objeto á que se destinaban , se han tras-
mitido á nuestros dias contadísimos modelos. El que dedica el Al-
mirante á simbolizar el árbol del amor , siendo muy del gusto de
aquellos dias, merece por su idea y por su formas artísticas,
ser conocido de los lectores. Helo aquí :
A aquel árbol , que mueve la foxa^
,algo se le antoxa.
1 Folio 7,
2 Entre otros testimonios que pudiéramos citar, parécenos de importan-
cia la Crónica del Condestable Miguel Lúeas de Iranzu , en la cual refi-
riéndose las excesivas y fastuosas fiestas, con que divertía su pequenez la
corle de Enrique IV, se dice á menudo que «liubo muchas danzas, bayles
¿ cossantes», en que se oian las más delicadas voces. Esto prueba que se
cantaban en coro con música y con baile. — Sobre el nombre sólo puede
conjeturarse que acaso se deriva de la voz coso (plaza)^ viniendo esta com
posición de la poesía popular.
294 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Aquel árbol del bel mirar
face de manyera flores quiere dar :
algo se le antoxa.
Aquel árbol del bel veyer
faQe de manyera quiere florecer :
algo se le antoxa.
Fage de manyera flores quiere dar :
ya se demuestra ; salidlas mirar:
algo se le antoxa.
Fage de manyera quiere florecer:
ya se demuestra ; salidlas á ver:
algo se le antoxa.
Ya se demuestra ; salidlas mirar:
Vengan las damas las fructas cortar:
algo se le antoxa i .
Preciábase pues el Almirante de Castilla de cultivar la poe-
sía, tal como la hablan recibido los partidarios de la escuela
provenzal, bien que enriqueciéndola con nuevos primores. — No
bajo otra forma la conocieron los trovadores de su casa, entre
quienes se distinguían su hermano Iñigo López, señor de Relio;
García de Pedraza, hijo-dalgo y escudero muy bien recibido en
la corte, y el maestro Mahomad-el-Xartosse , su físico, que go-
zaba reputación de gran letrado. Breves cláusulas amatorias han
llegado á nosotros del señor de Relio, á quien vemos figurar
después en las disensiones promovidas contra doña Leonor de la
Vega y su hijo, muerto ya el Almirante^: más numerosas
son las poesías de Pedraza , apareciendo algunas dirijidas al
mismo don Diego Furtado , aplaudido por él como conservador
1 Folio 6, vuelto.
2 Iñig-o López se apoderó en efecto de los palacios de Guadalajara el
año de 1405; pero dos adelante le obligaba doña Leonor á reconocer el dere-
cho y propiedad de su hijo, confesando el atropello anteriormente cometido
(Vida del marqués de SantUlana, pág-. XV de sus Obras). En el referido
Cancionero MS. tiene una canción, que comienza:
Mis oxos fueron á ver
Fermosura tan estranya,
'y parte de una serranilla , compuesta por diferentes trovadores.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 295
de la paz, mientras alternan otras con las del señor de Relio, ó
ya se intitulan á otros personajes que florecen después en la cor-
te de don Juan II ^: sólo poseemos una composición ^del maestro
Mahomad ; pero por alternar con las de otros trovadores de muy
ilustre prosapia y nombradla , así como por revelarnos la parte
que la raza mudejar tomaba en el cultivo de la lengua y poesía
castellanas , es este documento de no poco precio , mereciendo
especial mención en la historia de las letras ^.
1 El indicado decir empieza (al fol. 15 del cód. descrito arriba):
Buen Senyor, Diego Furtado,
lie la paz conservador, etc.
Pedraza tiene en el expresado MS. hasta doce canciones y decires, de-
más del ya citado , reconociéndose por ellos que alcanzó buena parte del
reinado de don Juan II. Algunas canciones, como por ejemplo la que co-
mienza:
Fernando, senyor sabet, etc.
están dedicadas á Fernando de Sandoval, que casó en 1427 con doña Jua-
na Manrique, hija del Adelantado Pero, y vivía aun en 1457. Todas son
amorosas y las que á él se refieren escritas durante la juventud de aquel
procer. — Al fól. 12 leemos la serranilla citada en la nota anterior , cuyo
primer verso dice :
De Lozoya á Navafria, etc.
Dudamos si el Iñigo López que aquí fig-ura con Pedraza , es el Señor de
Relio ó su sobrino.
2 No solamente la metrificación, la rima y la lengua siguen en esta
producción de Mahomad las leyes generales de la poesía erudita, sino que
la idea y el asunto de ella son enteramente característicos y propios del
movimiento que iba aquella tomando , según después explicaremos. Maho-
mah se mezcla en la cuestión teológica sobre 2}reci'íos y predestinados, que
promueve Ferrant Sánchez Tala vera , y ventilan tan señalados poetas como
el Canciller Ayala , Imperial y Ferrant Manuel de Lando, cuya significa-
ción determinaremos en breve. La obra a que aludimos, lleva en el Cancio-
nero de Baena el n° h'22 , declarando el colector que «es muy ssotil e
bien letradamente fundada, non embargante que non vá guardada el arte
«de trobar— «(pág. 564). Empieza del siguiente modo:
Preguntador de cara pregunta,
Conviene vos seer muy bien dispuesto, etc.
296 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
De cualquier modo, asociados estos y otros ingenios bajo los
auspicios del Almirante, que «tenia grande casa de caballeros y
escuderos», según nos declara su docto primo, era aquel digno
del doble lauro, que ganan después sus nobles sucesores, á
quienes deja con su heredada ilustración el más floreciente es-
tado de cuantos existían á la sazón en Castilla. Lástima fué en
verdad que la muerte le sorprendiera, cuando rayaba apenas en
los cuarenta años i.
De más larga edad pasó de esta vida el egregio don Alfonso
Enriquez, hijo del maestre don Fadrique y marido de doña Jua-
na de Mendoza, la Rica Hembra, y como tal cuñado de don
Diego. Nacido en 1554, llegaba á conocer cinco reyes de Casti-
lla, hasta el año de 4429 en que fallece, gozando con los tres úl-
timos de grande autoridad, la cual empleaba en favorecer y ayu-
dar á los que «eran del linaje real é non tenian tanta estado».
Era don Alfonso «hombre de mediana altura, blanco é rojo, espe-
»so en el cuerpo: la razón breve é corta; pero discreto é atentado;
«asaz gracioso en su decir: entendía más que decia. Tenia hon-
«rada casa; ponia buena mesa» '^, y se pagaba en extremo de
ser reputado por buen galanteador, achaque de que no tuvo cura
ni aun en la vejez, siendo objeto de sarcás ticos epigramas ^.
Su estudio convence del error en que han caido los traductores de Tick-
nor, afirmando que no siguió entre los mudejares su curso natural el des-
envolvimiento de la lengua y de las formas poéticas (Véase el capítu-
lo III del presente volumen).
1 Obras del marqués deSantülana, Vida, pág. Xí.
2 Pérez de Guzman, Generaciones é Semblanzas, cap. VI.
3 Entre las trovas publicadas al final del Centón Epistolario, leemos
ciertos versos dirigidos al Almirante, en que se hace burla de sus excesos,
aludiéndose á la predicación de fray Pedro de Villacreces , hermano del
obispo don Juan y que ganó fama de docto á fines del siglo XIV y princi-
pios del XV. Los versos empiezan :
El viejo que quiere mozo
é sobrado con mujeres
parecer,
El goco le cae en pozo,
ca más duelos que placeres
vá á tener,— etc.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 297
Alcanzó en su juventud fama de esmerado trüvador, cultivando
la poesía á la manera de los imitadores de la escuela provenzal,
y valiéndose de sus versos para lamentar las esquiveces de doña
Juana su muger, vencidas sólo de un accidente que no tiene
otro ejemplo en la historia de Castilla ^. Don Alfonso, ufano de
haber puesto su amor en tal Hembra, le dirijia una y otra can-
ción, haciendo gala de constancia y aun declarando que no per-
día la esperanza de ser por ella amado. En una de estas compo-
siciones le decia:
Dicen que fago follía,
Mi senyora, en vos servir;
Pues la peor parte es mía,
Deuénmelo consentir.
Bien veio que es [grant] locura
Amar é non ser amado;
Mas, segund Dios é ventura,
Nas^e tod'ombre fadado.
Si de mi es ordenado
Que yo sierua por'tal uía,
Al menos puedo dezir
Sieruo gentil senyoría .
Y prosiguiendo la misma idea, anadia después en otra can-
ción, á que pone titulo de Defeita:
A quien plaze que uos sierua
Seré, senyora, obligado;
A los otros do mal grado.
1 Cuéntase por Galindez Carbajal^ en su Addicion á las Generaciones é
Semblanzas, que desesperado don Alonso de luchar en vano con la esqui-
vez de doña Juana, ó movido de simulada cólera , puso airado su mano en
el rostro de la dama; y aquella varonil matrona que no habia cedido á los
ruegos de don Juan I, ni á las importunaciones de su amante, fiel á la me-
moria de su primer esposo don Die^'o Goniez Manrique, porque no se dije-
ra que hombre que no fuese su marido habia tenido tal osadía, se redujo
lueg-o al matrimonio (Salazar, Hist. de la casa de Lara, lib. VIII). En
los últimos años los renombrados don Aureliano Fernandez-Guerra y don
Manuel Tamayo dieron al teatro con este argumento un interesante drama,
muy aplaudido del público.
298 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Quiero ver quien cansará,
Maldezir ó Bienservir:
Maldczir sabrá dezir;
Bienservir porfiará.
Siempre se me membrará
Este enxeniplo quanto uiua;
Porfía mata ttenado,
Que non montero cansado i .
Sin duda en esta época hizo también don Alfonso el Tes-
tamento y la Crida de Amor, composiciones ambas en que se
muestra tan aprisionado en sus cadenas como enojado contra
los falsos amadores; temas que debian ser una y otra vez glosa-
dos por los poetas de Castilla 2. Hay en todas estas canciones y
decires, aunque resalta en ellos aquella exagerada expresión del
sentimiento que llega por último á pervertirlo, cierta ingenuidad
que nace de la misma situación del trovador, cuyos cantos no
hallaban la ambicionada recompensa. Pero alcanzada la mano de
la desdeñosa Rica-Hembra, y no extinguido en el Adelantado
mayor de León el juvenil afán de los galanteos, ya sea que fiel á
la ilustre dama que le dio tanta y tan esclarecida descenden-
cia ^, procurase consignar en sus versos aquella felicidad, ya
que dirijiese sus cantos á otras más fáciles bellezas, — es digno
de advertirse que su exageración sube de punto, manifestando
1 Cancionero Vil, A. 3. de la Bibl. Patrim. de S. M., fól. 34 vuelto.
2 La Crida que empieza : «Esta es la justicia — que el amor manda
facer)) etc, se lee al fól. 141 vuelto del expresado Cancionero: el Testa-
mento al fól. 147 id. — Sospechamos que la última composición se ha atri-
buido equivocadamente á don Alfonso, pues que se inserta en ella la estrofi-
Ua 1.* de la canción de Macías, que empieza: Amor cruel et brioso etc.; y
aunque el Almirante alcanzó la trág-ica muerto de este enamorado, fijada
por Sarmiento algunos años antes que la de don Enrique de Aragón, cuyo
doncel era, todavía debería suponerse que la escribió en avanzada edad,
bien que esto no se opone á su carácter poético, según dejamos advertido.
3 Tuvo en ella doce hijos , tres varones y nueve hembras: don Fadrique
el mayor fué abuelo de don Fernando el Católico; y de su descendencia
vienen los duques de Toscana y la casa de Saboya, etc. — (Salazar, Casa de
lara, lib. VIH).
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 299
que no eran fruto de la verdadera inspiración aquellos atildados
cantares.
Llámanos entre todos la atención, probando que la alegoría
dantesca y la erudición clásica, que traia esta consigo, iban ga-
nando terreno en la estimación de los partidarios de la escuela
provenzal, el Razonamiento que fizo consigo mesmo y que con
mayor propiedad pudiéramos apellidar Vergel del pensamiento. —
El poeta finje que se ve trasportado á un liermoso jardín, donde
árboles, flores y fruto eran símbolo de amor y tenían morada los
que le abrigaban sin tiento ni medida. Comenzaba del siguiente
modo:
Por la muy áspera uía
De passiones caminando,
En tin vergel reposando
Me fallé estar en un dia.
El vergel del pensamiento
Es este vergel llamado;
El qual fué hedificado
Para quien ama sin tiento.
Sus árboles son porfía
Et las flores esperanza;
El fructo grant alegría;
El ortelano es andanza l .
Conociendo por medio de una inscripción grabada por sotil
arte en una piedra, el lugar donde se halla, y juzgándose digno
de aver cavida en el vergel, laméntase largamente de su mal
pagado amor en ingenioso y alambicado monólogo [razonamiento]
hasta que se le aparecen Palas, Yénus y Cupido; deidades, cuya
protección solicita, obteniendo el perdón de las dos primeras, si
bien no puede recabar gracia del dios de Amor, que le impone
1 Fól. 72 V. del códice arriba citado. En el señalado con el n.° 7819 de
la Biblioteca imperial de Paris se atribuye á un Alfonso Rodríguez ; pero
parece error del copiante.
300 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÍSOLA.
la merecida penitencia *. — Cosa es fácil de notar que si hay en
esta y las demás composiciones de don Alfonso Enriquez alguna
verdad de situación, respecto á sus amores con doña Juana de
Mendoza, no solamente se hallan á inmensa distancia de la ex-
pontánea expresión del sentimiento, característica de la poesía
erótica, sino que en valde buscaríamos en ellas al poderoso
magnate, nieto de reyes, que investido con la dignidad de Almi-
rante mayor de la Mar, tras la muerte de don Ruy Diaz de Men-
doza, tuvo antes y después extraordinaria influencia en los des-
tinos de Castilla. Ünicamente ha llegado á nuestros dias una
producción, bien que dudosamente adjudicada á don Alfonso, en
la cual brilla un sentido moral más elevado ^i todas le presen-
tan, sin embargo, como un poeta de corte, que habla ya aquel
lenguaje artificial, llevado en breve al más alto punto de refina-
miento.
En otra esfera contemplamos á don Pero Yelez de Guevara,
tío del marqués de Santillana, «gracioso y noble caballero que
» escribió gentiles decires é canciones» ^. Hijo de don Beltran
1 Termina asi:
Et la muy grant excelencia
De los dos me perdonó:
El tercer me dixo; Nó
Passarás sin penitencia.
2 Hablamos del desir, que empieza :
¿Qué se fiso lo passado ?
¡ Válrae Dios, qué falso mundo ! etc.
En el Cancionero VIL A. 3, de la Biblioteca Patrimonial de S. M. se
halla al folio 144 atribuido á Alfonso Alvarez de Yillasandino, y con este
nombre lo insertaron en sus notas (pág. 642) los publicadores del Cancio-
nero de Baena. En el códice 7S24 de la Biblioteca Imperial de París, folio
94 v.° existe, según copia que debemos á la inteligente solicitud del claro
historiador Conde de Circourt , como obra de don Alonso Enriquez, no ca-
biendo duda, por el lenguaje, las ideas y alusiones al estado de las costum-
bres, de que fué escrito en el primer tercio del siglo XV, cosa confesada por
los compiladores de ambos Cancioneros, cualquiera que sea el autor entre
los dos ingenios mencionados.
3 Obras, Carla al Condestable, u.° XVllI.
II.'' PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 501
de Guevara, señor de Oñate, y de doña Mencía de Avala, contá-
base entre la primera nobleza de Castilla, emparentando con la
familia real/ al contraer matrimonio con doña Isabel, bija del
conde don Tello, que lo era del rey don Alfonso XI. Obligado
asi con nuevos deberes, esmerábase en el servicio de la corona,
concurriendo con sus vasallos ála desdichada guerra de Portu-
gal, que tenia fin en el desastre de Aljubarrota, peleando como
bueno y esforzado en tan sangrienta jornada. Su lealtad le ga-
naba en Sevilla algunos oficios de importancia; pero malquistado
en la corte con algunos palaciegos y no bien amistado con el re-
gimiento de la capital de Andalucía, vióse desposeído de dichos
oficios y perseguido y acosado ante el rey por sus enemigos,
desamparándole «todos los señores é amigos que él tenia» en pa-
lacio; acontecimientos que lamentaba en sus versos, no sin os-
tentar cierta resignación que honra sobremanera su carácter "•.
Muerto en los postreros dias de 1406 el rey don Enrique, á cu-
yos favoritos parecía referirse en los indicados decires, hacia no
obstante coro con los poetas de la corte, doliéndose de la pérdida
por demás temprana del monarca, y sacando de ella fructuosos
avisos ^. Su devoción á la Virgen, tan característica de los in-
genios españoles, le inclinaba entre tanto á consagrarle diferen-
tes cantigas, en que la elije por abogada y protectora en medio
de sus tribulaciones, confiando en que no habia de faltarle su
amparo á la hora de la muerte ^.
Obsérvase pues al reparar en todas estas circunstancias,
deducidas de las mismas obras poéticas de Velez de Guevara,
que aparece éste animado de más graves sentimientos que sus
ya mencionados deudos, habiendo mayor consonancia entre sus
producciones y los accidentes particulares de su vida. Impetran-
do la gracia de la Madre de Dios, exclamaba:
Syempre fué la tu costumbre
Kresponder á quien te llama,
1 Cancionero de Baena, nums. 320 y 321.
2 Id., id., núm. 36.
3 Id., id., núms. 317 y 318.
302 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA,
Et catar á quien te ama,
Con ojos de mansedumbre:
¡O más clara que la lumbre,
Lus et puerta de perdón,
Santa sobre quantas sson,
Sey conmigo toda vya!...
Y refinénclose más particularmente á las persecuciones, de
que era víctima, decía en otra de las citadas cantigas:
Estrella de alegría,
Corona de parayso,
Vuelve tu fermoso vyso
Contra mi, Señora mia;
Ca sobejo cada día
, Sufro cuytas et pauor
Con espanto é grant temor
Deste mundo rrefertero.
Elevando sus miradas al Hacedor Supremo en la hora de su
tribulación, prorumpia en estas palabras:
Señor, oluidando | tu nombre benditto^
Puse mi fianga | en quien non deuia:
Por malos amigos | pensé de ser quito
De muchos cuydados, | en que yo bivía.
He vysto et prouado | la su compañía,
Et quanto me monta [ todo lo servido:
Entyendo de todos | que hé rre^ibido
Las gra^yas é onrras | que yo auer deuíaü...
Al dolerse de la muerte del rey don Enrique, pintaba así el
efecto general que aquella produce, y el particular estado de su
ánimo:
El fuese su uya, | dexóuos con duelo,
Con mucha mansylla | todos denegridos:
De lágrimas bivas [ cobrimos el suelo!..
A Dios enojauan | nostros alaridos!...
Qué le aprouechan | bozes nin roydos?, .
Esto conturbado | mucho más que suelo,
Quando tales cosas oyen mis oydos...
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. K FINES DEL SIC. XIV. 503
Mas no por esto deja de pertenecer Yelez de Guevara á la
misma escuela que don Diego Hurtado y don Alfonso Enriquez.
Cita el marqués de Santillana como uno de sus más celebrados
decires el que supone comenzar, diciendo Jullio Cesar el afor-
tunado 1; y esta composición , que en realidad dedica á ponde-
rar la fermosura de Madama Juana de Nauarra -, presenta á
Guevara, haciendo uso de aquel lenguaje por extremo hiperbó-
lico y gala de aquella indigesta y pedantesca erudición, ostenta-
das por Villasandino y sus discípulos, y exageradas al más alto
punto en todo el siglo XV. Rasgos epigramáticos de la misma Ín-
dole que los de otros poetas cortesanos hallamos también en el
decir escrito contra Sancha Carrillo, dueña noble la más vieja,
fea y pobre del palacio del Infante don Fernando '': por manera
que si en las poesías que tienen directa relación con la vida de
don Pero, se aparta éste en la intención moral algún tanto de los
raeros cultivadores de la gaya sciencia *, luego que trata aná-
1 Obras, Carta al Condestable, núm. XVIII de nuestra edición, pues no
existe en la de Sánchez. Debemos notar que este verso es el primero de la
2." estrofa del dezir que á continuación citamos y no completo, pues dice:
Pero Julio César, el afortunado.
Esto nos persuade de que aquí , como en otros 'pasages, citó do memo-
ria el docto Marqués de Santillana.
2 Cancionero de Baena, n.° 319. El dezir comienza:
Conviene que diga ( de la buena vista
Que en Roncesvalles | vy estar un dya etc.
3 Id., id., núm, 322. Empieza:
Sancha Gárrulo, | si voso talante, etc.
y estcá escrita en dialecto gallego, empleado alguna vez por los trovadores
cortesanos, conforme saben ya los lectores.
4 Comenzamos á emplear esta denominación en la época en que los
trovadores de Castilla la admiten, evitando así el anacronismo, en que ge-
neralmente se ha caldo, aplicándola á los primitivos trovadores provenza-
les. Las Cortes ó Tribunales de Amor, la Gaya sgienQia y los Juegos flo-
rales determinan tres distintas y lejanas épocas, que no pueden confundirse,
304 HISTORIA crítica de la literatura española.
logos asuntos, no puede desconocerse la semejanza. La forma
literaria sobre todo ofrece los mismos caracteres, si bien se dejan
ya entrever como en los versos de don Alfonso Enriquez, algu-
nos matices de la escuela dantesca i.
No sucede asi en las composiciones que poseemos del magní-
fico duque don Fadrique, calificadas por el docto marqués de
Santillana con nombre de <-<assaz gentiles canciones é decires» ^.
Enamorado á la manera del Almirante, su suegro, y del Adelan-
tado mayor de León, «plógole mucho la sciencia» del trovar que
le facilitaba la estima y los favores de las damas; y la cultivó tal
como aquellos esclarecidos magnates. Sus canciones, escritas sin
duda en la juventud, no dan en modo alguno á conocer al procer
ambicioso y arrogante que llevó los títulos de conde de Trasta-
mara y duque de Arjona y obtuvo en Castilla, durante el reinado
de Enrique III y la minoridad de don Juan II, tan alto poderío
que encargado éste de la gobernación, no sólo hubo de ponerle
á raya sino que terminó por encerrarle en el castillo de Peñafiel,
donde pasó al cabo de esta vida ^. Todas las producciones que
sin manifiesta ig-norancia de la historia. Notaremos en breve la significación
de la gaya SQien^ia ó gay saber en la de nuestras letras.
1 Principalmente en el sentido moral que esta escuela comunica á la
poesía lírica de los castellanos, según abajo expondremos.
2 Obras, Carta al Condestable, n.° XIX.
3 De la fidelidad de don Fadrique parece ser mal testigo aquel romance
viejo, que empieza.
De vos, el duque de Arjona,
grandes querellas me dan, etc.
Fué preso en 1429, como consta en la Crónica de don Juan II, y murió
en el siguiente. Tuvo con doña Leonor de la Vega y después con su hijo,
el marqués de Santillana, muchas diputas y altercaciones, según manifesta-
mos en la Vida, que precede á las Obras del último. Era nieto del maestro
don Fadrique é hijo de don Pedro conde de Trastamara, Condestable de
Castilla; casó con doña Aldonza de Mendoza, hija del primer matrimonio
del Almirante don Diego, por lo cual le dio el citado marqués el nombre de
hermano. La Crónica de don Juan dice que este sintió mucho su muerte
(cap, Xin de dicho año), «por el debdo que con él había», pues era dos
veces sobrino suyo; pero esto no impidió que diese al saberla, los pueblos
de Arjona y Arjonilla á don Fadrique de Luna, hijo del rey don Martin de
Sicilia, con perjuicio de doña Aldonza.
Il/ PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 505
hoy conocemos de don Fadrique son simplemente eróticas, y á
leerlas sin nombre de autor, nadie se atreverla á adjudicárselas,
por más que aparezcan sometidas á las condiciones comunes á las
poesías de los imitadores de la escuela provenzal á fines del si-
glo XIV. Para muestra de todas y para que sea dable á nuestros
lectores confirmar el juicio que dejamos expuesto, copiaremos
aquí una de estas «gentiles canciones», — en la cual se descubre
cierto desenfado, que puede servir de barómetro al sentimiento
amoroso del buen duque:
Non sé por qué me corredes :
Mal fafedes.
Vuestro es mi coracon,
Puesto en la vestra presión ;
Et non sé por quál ragon
M'aborresQedes.
Siempre uos serví leal,
Non catando bien, nin mal :
Si uos querés facer al,
Non me catedes i.
Tenia don Fadrique «en su casa grandes trovadores, espe-
cialmente Fernán Rodríguez Puerto Carrero, Juan de Gayoso y
1 Códice de la Biblioteca Patrimonial, VII, A. 3, fól. 8, vto. Demás de
esta composición hay otras dos de ig-ual carácter, fóls. 79 y 85 vueltos, que
empiezan:
1*. Quien, por servir, vos enoxa, etc.
2.* Tanto só enoxoso, etc.
En la segunda hace gala del mismo desenfado que hallamos en la tras-
a. diciendo de su nersona:
crita, diciendo de su persona:
Só muy desdonado
Feo é porfiado
Para enamorado:
Yet quién rae querrá!..
Tengo muy mal gesto:
De lo ál non só preslo.etc.
En unas y otras usó el colector los títulos de conde y duque, para desig-
nar á don Fadrique.
Tomo v. 20
306 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Alfonso de Morana» "•, los cuales, atentos á lisonjear sus afi-
ciones, hubieron de seguir sus huellas, filiándose en la escuela
de los trovadores, como persuaden las poesías que de los mis-
mos guardan algunos Cancioneros ^. Con ellos alternaban, se-
ñalados por jueces en las contiendas poéticas y tenidos en buen
predicamento, los mariscales Estúñiga y Perrera, ya citados, y
otros muchos ingenios que eran más adelante ornamento de la
corte de don Juan II, bien que no faltaron en ella trovadores
que los motejaran de viejos y les echasen en cara el haber ya
olvidado los primores del arte de la poetría ^, que tienen en
1 Obras del Marqués de Santillana, Carta al Condestable, n." XIX.
2 En el de Bacna tiene Morana el núm. 270 que da principio :
En la muy aUa cadera, etc.
y Sánchez puso en sus Notas, pág'. 214, otra composición que tiene este bor-
dón ó estrivillo:
A la una, á las dos:
Alaylan, á quien da más.
Mi moté vendo por Dios,
Rematarle lié oy ó crás
Alaylan, á quien dá más.
De Juan de Gayóse hace mención el tantas veces citado Alfonso Alvarez
de Villasandino, quien siendo maltratado de los palaciegos, dirigió al rey
un dezir, quejándose de ellos (núm. 202 del Cancionero de Baena), y
para defensa del mismo escribió otro por vía de desfecha (núm. 203), en
que asegura que no se contarian entre sus detractores, con el hegue de
Baena:
.... Juan de Gayos
Nin Morana, fio en Dios;
Que juntos aquestos dos
Lo bien fecho loarán.
Se vé pues que uno y otro gozaban crédito de entendidos y de Impar-
ciales en los primeros años del siglo XV. De Portocarrero sólo tenemos va-
gas noticias.
3 El número de los trovadores que en 1435 calificaba de viejos Juan de
Valladolid, apellidado también Juan Poeta, de quien adelante hablaremos,
asciende á veintiocho y son los siguientes: — Casales, Juan García de Soria;
don Pedro Ponce de León; el conde de Medellin; el obispo de Palencia [don
ll/ PARTE, CAP. VI. P0E3. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 507
verdad muy pocos aumentos en todo el siglo, conforme después
advertiremos. Ajustábanse todos estos metrificadores á las leyes
del gaij saber, que habia acreditado y seguia autorizando con su
ejemplo Alfonso Alvarez de Villasandino; y señoreada la escuela
provenzal del parnaso cortesano, no tenian en él precio alguno
las bellezas qne nacian de otro sistema artístico, siendo al par
menospreciados cuantos osaban separarse de aquella senda.
Explica esta observación la poco favorable acogida que en su
primera juventud hallaba en la coi'te Juan Alfonso de Baena, á
quien el noble Diego de Estúuiga denostaba con excesiva dureza,
por haberse atrevido á contender con los Mariscales, manifestán-
dole que era tenido en poco entre los ingenios palaciegos, por no
usarse en su tierra el trovar, pues que «non era todo parlar como
en Macarena» ■•. Pero ya conocen nuestros lectores la innovación
Gutierre Gómez de Toledo]; el arzobispo de Sevilla, doa Diego de Anaya;
don Lope de Mendoza, arzobispo de Santiag-o; don Rodrigo de Luna, prior
de San Juan; el maestre de Calatrava [don Luis González do Guzman];
Garcí Sánchez de Alvarado; el Alcayde Viejo (de los donceles?., era Diego
Fernardez de Córdova que murió de ochenta años); el conde Pero Niño;
Pero Carrillo, copero del rey; Gómez García de Hoyos; el obispo de Ca-
lahorra [don Diego López de Zúñiga]; Pero López de Padilla; don Lope
Barrientos, obispo de Cuenca; Pero López de Ayala [el mozo]; el Rey de
Armas de Castilla [Portugal?]; Pero Carrillo, falconero mayor del Rey; el
Padre del mismo Davihuelo [á quien satiriza Villasandino]; Mosen Miró
[Catalán]; Pero Ruyz de la Carrera; Gil González [Dávila?,.]; Pero Manuel
[conde de Montealegre?..]; Soto, maestre-sala del rey; Ferran Cordiller
[catalán]; Alfon Ferrandez de Mesa, registrador del Rey; y Juan Al-
fonso de Baena. — Hemos fijado el año de 1435, porque investido en él
don Rodrigo de Luna con la dignidad de Prior de San Juan, con que el de
Valladolid le intitula, y muerto don Diego de Anaya en el arzobispado de
Sevilla el de 1437, no puede salirse de estos dos años {Hist. del Colegio de
San Bartolomé de Salamanca, pág. 75; Zúñiga, Anales de Sevilla, pági-
ñas 323 y 324; Chrónica de don Juan II, año 1437). Dé algunos de estos
poetas daremos más circunstanciadas noticias en sus propios lugares.
1 Cancionero de Baena, n." 424. Dudamos si este Estúñiga ó Zúñiga,
que sale en defensa de los Mariscales, es el Justicia Mayor de Castilla,
«orne de buen seso, que en pocas palabras facia grandes conclusiones» y
que se distinguía como «buen amigo á sus amigos» {Generaciones é Sem-
blanzas, cap. VIII). Sin embargo, las cualidades que le atribuye Fernán Pe-
508 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
literaria que habia introducido entre los poetas andaluces Micer
Francisco Imperial, logrando tan felices imitadores como un Ruy
Paez de Ribera, un fray Diego de Valencia, un Diego Martínez
de Medina y otros, mientras no desdeñaban del todo sus noveda-
des ciertos poetas jóvenes de la corte, llamados á ejercer gran-
de influencia en el parnaso castellano en toda la primera mitad
del siglo XVI.
Micer Francisco Imperial no habia traido solamente á la poe-
sía andaluza la alegoría dantesca : con ella penetraba también
en nuestro suelo aquel anhelo de verdadera ciencia que brillaba
en las páginas inmortales de la Divina Commedia y aquel genero-
so deseo del bien y noble celo de la justicia que elevaban el alma
del Dante sobre las miserias del mundo, encendiendo con fre-
cuencia su indignación contra sus envilecidos compatriotas. Este
doble sentido moral, alcanzado en parte, aunque en diverso con--
cepto, por la musa didáctica de Ayala, no podia ser reflejado por
la escuela simplemente erótica de los trovadores. Discutía esta
alguna vez, siguiendo su primitivo impulso, sobre las excelencias
metafísicas del amor; pero no habia tenido aliento para remon-
tarse á las esferas de la moral, ni menos para elevarse á las di-
fíciles regiones de la teología.
Abre Imperial este camino, tomando por guia á su ilustrado
maestro; y en tanto que los teólogos, dejada la austeridad del
claustro, no reparan en hacer á las musas intérpretes de la cien-
cia de Dios, velada hasta entonces á las miradas profanas, cultivan
los menos sabios la moral filosofía, consignando en sus versos el
rez,la época en que se escribe la precitada composición y la circunstancia de
no ser ya jiombrado entre los poetas viejos de la corte por Juan de Vallado-
lid, cuando sabemos que fallece en 1417, nos mueven á sospechar que pue-
de ser en efecto el Diego López de Stúñiga, «acepto é allegado» á los reyes
de Castilla, que florecen en su tiempo. La expresada requesta empieza :
Sy vos fallastes la vena, etc.
1 Aludimos principalmente á Fernán Pérez de Guzman, cuya reputación
se iguala á la de los más esclarecidos ingenios de Castilla en la primera mi-
tad del siglo XV (Véase en el tomo siguiente el cap. VIII).
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERLD. A FINES DEL SlG. XIV. 509
menosprecio de las mentidas grandezas de la tierra y condenando
la corrupción de las costumbres con la hidalga y meritoria
franqueza, bien que no con el encono que descubrimos en las
bellísimas sátiras de Alighieri. La imitación de este gran poeta,
iniciada por aquel ilustre genovés y segundada por los ingenios
andaluces, no sólo dotaba pues á la literatura española de la
forma alegóiñca, sublimada en la Dimna Commedia, sino que le
infundía también nuevo espíritu, encaminándola á más levanta-
dos fmes, cuyo logro estaba reservado á los más señalados poe-
tas del siglo XY.
Antes de que esto pudiera suceder, debia la imitación pro-
ducir no despreciables frutos, en el doble concepto ya indicado,
extendiendo su influjo á todo el parnaso castellano y venciendo
por tanto las. contradicciones que se oponían á su adopción, como
escuela poética. Los ya citados Diego Martínez de Medina y fray
Diego de Valencia, el cordobés Pero González de Uceda, fray
Alfonso de la Monja, fray Lope del Monte, y sobre todos Gonzalo
Martínez de Medina, veinticuatro de Sevilla, hermano de Diego y
«omme muy sotíl é intrincado en muchas cosas é buscador de
muy sotiles invenciones» i, eran llamados á contribuir con sus
esfuerzos intelectuales á obra tan plausible, bajo su aspecto mo-
1 Ortiz de Zúñigfa dá en sus Anales repetidas noticias de la antigua y
nobilísima familia de los Martinez de Medina, enlazada con las principales
casas de Andalucía. Dieg'O y Gonzalo eran hijos de Nicolás Martínez^ teso-
rero mayor de Andalucía, y de doña Beatriz López de Roelas: el primero,
que se disting-uió entre los jurados de Sevilla, disgustado de las va-
nidades del mundo, tomó el hábito de San Gerónimo en Guadalupe, á
fines del XIV ó principios del siglo XV, y se contó en 1413 entre los
fundadores del monasterio de Buena-Vlsta, cuyo edificio es hoy uno de los
más nobles ornamentos de la capital de Andalucía. — Respecto del segun-
do son muy escasas las noticias biográficas, sabiéndose sólo lo que nos dice
Baena en su Cancionero y deducimos de algunas composiciones del mismo
Gonzalo y de otros paisanos suyos. Ferran Manuel de Lando le llama escude-
ro y gentil sevillano, y añadiendo que no entiende sus clezires, si bien lle-
vaba ya hechos más de cincuenta, le invita á que vaya á dar puja á alguna
renta, dejando el pleyto de la poesía {Cancionero, n.'^ 2S0), en lo cual alude
sin duda al oficio de su padre. Los lectores verán cuan injusto y contrario
á sus propios intereses de escuela fué, al hablar así, Manuel de Lando.
310 HISTORIA CnÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ral, siguiendo las huellas de Imperial y Paez de Ribera, bien que
no abrazando con tanto calor» como ellos, la alegoría dantesca.
Aplauso singular gozaba entre los doctos 'la Vision de un ermi-
taño, escrita en 1582 y sometida ya á esta forma literaria i : en
ella contendían el Alma y el Cuerpo hasta quedar triunfante la
primera con el auxilio de un ángel, enviado por Dios para sal-
varla 2. Al verse libre de la eterna condenación, prorumpe en
duros reproches contra las males artes y vanidades del mundo,
contra la inconstancia de sus favores y grandezas y contra la
ignorancia y desvanecimiento de los que fian vanamente en sus
falsos halagos :
que puesto que sean ¡ assaz abastantes
de mucha rriqueza | é grant senuorio,
todo es niebla, | viento é rocío
que passa et corre | por sus temperantes 3,
De ello ofrecían en verdad elocuentes ejemplos los últimos
1 Observamos que en las poesías escritas en sig'los anteriores sobre este
tema (Véase el cap. I de la 11.^ Parte) no se adopta, como aquí, la forma
alegórica: el poeta duerme y se vé trasportado á un valle fondo, escuro;
el alma venturosa que contiende con el cuerpo, está simbolizada en un ave
blanca, como anuncio de su futura felicidad , mientras las almas hundidas
ya en el vicio, se ven personificadas en cuervos, milanos y mochuelos, ma-
nifestándose que las nobles y generosas son gerifaltes, neblíes etc. — Que fué
escrita esta obra en 13S2 lo prueban los cuatro primeros versos:
Después de la prima | la ora passada,
En el mes de Enero | la nocbe primera,
En CCCG e veynte | durante la Era,
Estando acostaílo j allá en mi posada, etc.
No hay duda en que no se escribió después, porque en 13S3 se cambió
el cuento de la Era en las Cortes de Segovia.
2 Es notable la relación que hay entre este accidente de la VisÍ07i de
un Ermitaño y el bello episodio que Dante pone en uno de los cantos del Pa-
raíso, narrando la salvación de Bounaccorso de Montcfeltro, muerto en la
batalla de Campaldino. Allí, como aquí, acude un ángel en socorro del alma
que se vé casi en las garras de Luzbel, y allí, como aquí, mira éste frustra-
das sus esperanzas por la infinita misericordia del Altísimo, que se apiada
de ün momento de fé y de arrepentimiento. La imitación parece manifiesta,
bien que el imitador quede á larga distancia de lo imitado.
3 Estrofa XYII. Toda la Vision fué impresa años atrás por el erudito
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 311
(lias del siglo XIV, elevados á la cumbre del poder y de la fortuna
y derrocados con general escándalo personajes que tenían por
seguro haber fijado su clavo. El desvanecimiento y liviandad de
los que no conocian «á si nin á su estado», condenaba Gómez Pé-
rez Patino, declarando que
Tiempo viene de reyr,
Tiempo viene de llorar ;
Otro viene para dar
Et otro para pedir i .
y manifestando con igual oportunidad que
Quien es todo suyo, [ et quiere catar
Maneras átales | por que se enajene,
Es grand derecho | que muera et que pene 2.
Por sentencias oscuras y sutiles había revelado el franciscano
fray Lope del Monte la instabilidad de los favores de los corte-
sanos, fijando sus miradas en uno de los más notables acaeci-
mientos de la historia contemporánea ^ ; y sin duda á vista de
semejantes lecciones el noble jurado de Sevilla Diego Martínez de
don Juan Barthe , individuo de la Academia de la Historia ; pero con nota-
bles defectos, sin duda por no haber conocido más que el 1\[S. del Escorial.
Demás de este hemos examinado , y el señor Ochoa menciona en su Catá-
logo (pág. 479), el señalado en la Biblioteca Imperial de París con el núme-
ro 7225, en cuyo folio 176 empieza la indicada poesía ; pero sólo contiene
diez y seis coplas de las veinte y cinco, de que toda la Vision se compone.
1 Esta composición fué dirig'ida á doña Leonor López de Córdoba, hija
de Martin López, Maestre de Calatrava, deg^oUado en Sevilla, cuando esta
dama que todo lo podia en la privanza de la reina doña Catalina, fué echa-
da de la corte [1411]. Tiene en el Cancionero de Baena el núm. 352: la
antecedente es al mismo asunto. Pérez Patino fué criado del obispo de Bur-
gos, don Juan de Villacreces, muerto en 1403 {Esp.^ Sagrada, XXYl,
cap. 4) , y era tenido por «buen gramático é lógico é buen filósofo é theo-
lógico é mecánico en las otras artes».
2 Cancionero de Baena, núm. 355.
3 Aludimos al dezir que hizo «quando el Rey don Enrique apartó de su
«corte al Condestable viejo é llegó á su privanca el Cardenal de España,
»cl qual dezir es muy fondo é muy escuro de entender». Lleva el núm. 34S
del Cancionero, y fué escrito de 1396 a 1403.
312 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Medina, que «era un orne muy onrado et muy discrepto é bien
«entendido, asi en letras é todas ciencias como en estilo é prác-
)>tica del mundo» y que acababa por tomar la cogulla de San
Gerónimo, desdeñando honras y riquezas, apostrofaba al amor
mundanal, diciendo:
. . . Non fallará | en ty otro proviecho
Qualquier que te sigue 1 nin otro plaser,
Synon andar siempre | cuytado, mal trecho,
Perdiendo su ffama, | su sseso et aver i.
Con más aliento que todos dirijíase Gonzalo Martínez de
Medina, arrostrando el peligro de ser tenido «por muy ardiente
é suelto de lengua», contra la creciente corrupción de Castilla,
exclamando con denodado y aun profetice espíritu :
¡Ah, guay de la tierra, ( do lo tal conteste,
Que bien es posible | de ser destroydaü
Que non será villa, | nin cibdat, nin casa,
A donde non aya | Güelfos, Gebelinos!..,
Non avrá quien ose | seguir el arado :
Que todo será en flamas ardientes!!... 2.
El miserable espectáculo que tiene delante de sus ojos, le
conmueve hasta el punto de levantar á Dios sus ardientes plega-
rias, prorumpiendo en esta forma :
¡Oh Incomparable !... | la tu deidat
¿Cómmo consiente ] tanta corrupción .
1 Es el núm. 331 del citado Cancionero. Baena lo repitió después, tras-
trocando las coplas, diciendo que era un dezir contra el amor y atribuyén-
dolo á Ferran Sánchez Talavera, en el núm. 533. Diego de Medina escribió
varias poesías en este mismo sentido y en el religioso, haciendo al citado
Fray López del Monte , Fraile de san Pablo de Sevilla, varias preguntas
teológicas, que muestran la disposición que tenia para abrazar la vida mo-
nástica. Véase el dicho Cancionero desde la pág. 355 á la 369 y la nota
de la pág. 309 de este capítulo.
2 Cancionero ele Baena^ núm. 333.
11.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 515
Atantos delitos^ | yerros et maldat,
Engaños, sofjsmaSj | mentiras, traygion,
Gruesas, cobdi^ias | efc fornicación,
Artes et la^os | et endusimientos,
Quebrantos de fé | é de juramentos,
Et males estraños | syn comparación?...
Ni el santo respeto de las leyes divinas, ni el material temor de
las humanas sirven de freno á la soltura y general licencia, triun-
fantes la soberbia, la mentira, la maldad, la vanagloria y la ava-
ricia, y pospuestas y olvidadas la justicia, la verdad, la bondad,
la caridad y la castidad, con visible adulteración de todas las
virtudes. La voz del Omnipotente resuena en los oídos del poeta,
para revelarle que la infinita bondad á todos cobija igualmente,
porque dice el Eterno :
Yo envié mi Fijo | con grand piedat,
Que del humanal | fuesse rredencion...
Yo espero á todos | fasta la su fin,
Por que conozcan | mi g-rant señorío ;
Et assy al flaco | commo al palagin
Di para salvarse | egual alvedrío... i.
El anhelo del bien le lleva á considerar cuan desordenada y
arbitraria anda la justicia en la corte de los reyes cristianos,
cargada de alcaldes, notarios y oidores que dan tormento á las
leyes, mientras en tierra de moros libra un solo juez lo civil y lo
criminal, sin más glosadores ni intérpretes que «discreción é
buena doctrina». Un solo rasgo, en que Gonzalo de Medina nos
da á conocer el efecto de tan viciosa administración de justicia,
basta para pintar aquella corte, bosquejada también de mano
maestra por la musa de Ayala 2.
Qualquiera oueia | que vien deserrada,
Aquí la acometen | por diversas partes
1 Irl; id, núm. 335. Obsérvase cuan lejano estaba Gonzalo de Medina
de la absurda preocupación del hado, hora y ventura, reflejando en estos
versos la doctrina, defendida por nuestros oradores sagrados y enderezada
contra las extravagancias astrológicas.
2 Véase el cap. III del presente volumen.
514 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Cient mili engaños^ | maligias é artes,
Fasta que la fasen | yr bien trasquilada.
Comparando esta rapiña y orguUosa venalidad con la flaqueza
y frajilidad de los bienes mundanales, anadia :
Non es seguranza | en cosa que sea !. ..
Que todo es ensueño | e flor que peresce :
El rico, el pobre, ] quando bien se otea,
Conosce que es viento | é pura sande^e..
El viento de la codicia trastorna sin embargo el juicio de la
razón, y agitado por el espíritu de Luzbel, arrastra y precipita en
profunda sima á los mortales, sin respetar calidad, orden ni
estado.
Papas, cardenales, obispos, perlados
ya de Dios | non han remembranca!...
Et de luxuria, | soberbia, cobdi^ia,
Engaños, sofismas, ] mentiras, malicia,
Abonda el mundo, ( por su mala usanga 1.
Et de vestiduras | muy enper'iales
Arrean sus cuerpos | con grand uanagloria ;
Et sus paramentos, | baxillas rreales
Bien se podrían | poner en estoria,
E seguir los rreyes j en toda su gloria;
Mas las ovejas | que han á gobernar
Del todo las dexan [ al lobo levar
E non fasen deltas | ninguna mem-oria.
Ya por dineros [ uenden los perdones.
Que deuían ser dados | por mérito puro ;
Nin han dignidades | los sanctos uarones
Por sus elecciones | [aquesto vos juro],
Salvo al que lieva | el florin maduro, etc.
1 Debemos notar, y sin duda lo habrán ya advertido los lectores, que
este poeta y todos los que imitan en uno ú otro sentido á Micer Francisco
Imperial ingieren en sus composiciones muchos versos endecasílabos, en
los cuales aparecen acentuadas g-eneralmente las sílabas cuarta y octava,
conslituyemlo verdaderos sáneos. Los endecasílabos de Imperial reconocen
la misma ley, como puede comprobar su examen.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 315
Guardaban el mismo compás los oficios y dignidades tempo-
¡■ales, andando «ciego tras ciego y loco tras loco», hasta dar en
el abismo de la muerte, que iguala «los que visten oro é visten
camuña», ministrando al par la elocuente y aterradora lección,
con frecuencia olvidada por los hombres de que
. . . este mundo, | mesquino, cuitado,
Es menos que fumo, | é polvo d'arista i.
Con la misma enérgica franqueza insiste Medina en condenar
las glorias mundanas, ora apelando á la historia y á la fábula, al
modo que lo habia hecho el Dante, para hacer más certeros sus
tiros contra el orgullo y la tiranía 2; ora aprovechando los suce-
sos desastrosos y la muerte de los magnates más encumbrados,
para reprender la soberbia de los vivos, ante cuyos ojos pone la
severidad de la divina justicia ^; ora dando, una y otra vez, sa-
ludables é ingenuos consejos á los que no escarmentados por las
agenas desdichas, escalaban el poder, suponiéndolo durade-
1 Cancionero de Baena, núm. 340. Este interesante dezir lo rccog-ió
después en su Cancionero, sin nombre de autor, y con dos coplas de menos
(XXVI; son XXVIII) Fernán Martínez de Burgos [1465]. El erudito Flora-
nes no supo tampoco á quién atribuirle (Mein, de Alfonso VIII , apén-
dice XVI), al describir dicho Cancionero. Los publicadores del de Baena,
perdiendo de vista el carácter de esta composición, le añadieron hasta siete
estrofas más , que en realidad constituyen la pregunta relativa al dezir
que sig-ue, como demuestran la materia, el tono y hasta la identidad de
los consonantes y número de coplas. Lástima es que no sea este solo el er-
ror de igual naturaleza que tiene la edición del Cancionero. En las poesías
de Gonzalo de Medina hay algunas estrofas trastrocadas, lo cual destruye
lastimosamente el sentido é ilación de las ideas en ciertos pasajes.
2 Id., id., núm. 337. Este dezir fué escrito en 1418, antes de morir
doña Catalina.
3 Id., id., núm. 338 en que píntala muerte de Diego López de Estúui-
ga y Juan deVelasco (1417 y 1418), exclamando, al recordar sus desa-
fueros:
¿Qué pro les touo [ la grand tiranía
Nin los tesoros | tan mal allegados,
Mentiras é artes, | engaños, falsías
£t los otros altos I tan desordenados?...
516 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ro ^. El hidalgo poeta sevillano, para quien tan poco valia el
lisonjero halago de las riquezas y para quien sólo era respetable
el austero acento de la verdad, augurando ya en sus decires la
profunda y melancólica inspiracioij de Rioja ^, apostrofaba con
frecuencia á sus coetáneos, diciendo:
Catad que ante Dios j non ay poderoso!...
Que todo se juzga 1 por alta potencia!...
1 Id., id., núm. 339. Fué este dezir compuesto al subir á la privanza
Juan Furtado, el mozo, esto es; de 1412, en que sustituyó al infante don
Juan en la Mayordonia mayor del rey joven, hasta 1419, en que le vemos
en la cumbre del favor con el referido monarca {Crónica, año XII, capítu-
lo XXIII y aiíoXIX, cap. X).
2 Nos referimos principalmente á la Epístola Moral á Fabio: medidas
la distancia de dos sig-los y la alta y profunda inspiración del cantor de las
flores, no habrá en efecto quien no le recuerde, al leer en Gonzalo Martínez
de Medina, demás de los pensamientos ya citados^ estos y otros semejantes.
Dirig-iéndose á Dios:
Es la soberbia ] en grand abundancia,
E tu justicia I del todo cayda!...
Pintando la gracia divina y el orgullo de los hombres:
Al viejo dá vida, | muerte al niño en cuna...
A los soberbios | priva su potencia,—
Ponderando la brevedad de nuestro vivir y los peligros que nos rodean:
Non más que rocío | procede la vida.—
Todo lo passado | non paresce nada,
Satvo lo presente | en que nos fallamos;
Cada dia passa | una grand jornada
De la nuestra vida | que tanto buscamos.
De laso en laso é de foya en foya
Imos corriendo fasta la grand sima.
Ciego tras ciego é loco tras loco
Así andamos^ corriendo fortuna, etc.
Nótese de paso que casi todos estos versos son sáneos, como los de Im-
perial,
11." PARTE, CAP. Vr. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 517
Abrid bien las puertas | de vuestra congien^ia!...
Amat la justicia, | verdad et derecho...
Desde Lucifer | fasta el Papa Juan
Podedes leer | estrannas cay das,
Segund las estorias ¡ vos lo contarán,
Et por Juan Bocearlo [ vos son repetidas !... i.
Y en otro lugar anadia :
Quita delante ] tus ojos el velo
De la vanidat | que así te engaña !...
Junta con Dios | tu amor et tu celo
Et faz de virtudes | segura cabana ! 2.
Un rayo de esperanza divisa Gonzalo Martínez, al empuñar
don Juan II, tras larga minoridad, el cetro de los Alfonsos (1419).
Su musa prorumpe en cierta manera de himno, en que convida
á España entera á gozar de la alegría, que inunda su pecho, ma-
nifestando que Jiislicia, Prudencia, Seso y Templanza le escu-
dan y hacen morada con el nuevo soberano, y prediciéndole inau-
ditos triunfos. Exaltado noblemente el sentimiento patriótico del
poeta, veia ya segura la ruina de los sarracenos y volar los pen-
dones de Castilla por apartados mares y regiones : dirigiendo su
voz á pueblos^ magnates y caballeros, decia:
Gozen e tomen | las altas conquistas ;
Apuren los mares, | los moros venciendo :
A todas las tierras | que dellos son vystas
Ellos le sigan, | assaz conqueriendo.
En Jerusalem | su sUla poniendo,
Resgiba corona | de alto Enperador;
1 Cancionero de Baena, núm. 338. Los IX libros De Cassibus Virorum et
foeminarum Uluslrium habían sido ya puestos en su mayor parte en caste-
llano por Ayala, seg-un dejamos con oportunidad advertido. Don Alonso de
Cartag-ena romanzó en 1422, durante su embajada en Portug-al, parte del
penúltimo y todo el último, libro; por manera que escrito este dezir, «quando
murieron Diego López é Juan de Velasco» (1417 y 141 S), es indudable que
Gonzalo de Medina se refería aquí al original latino de Boccacio.
2 Id., id., núm. 337.
318 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
E allí se goze | con nuestro Señor,
A las sus manos ¡ el alma rrindiendo 1.
Mientras en tal manera brillaba entre los poetas sevillanos el
alto sentido moral de la escuela dantesca , hacía ostentación de
sus primores en la corte de Enrique líl y de doña Catalina un
^'iiohle caballero, policio en trovar», designado por el ilustre
marqués de Santillana como el más devoto imitador de Micer
Francisco Imperial, su maestro 2. Era este Ferran Manuel de
Lando, hijo de Juan Manuel, hidalgo de Sevilla, quien ganoso de
labrar su fortuna, le enviaba muy joven á la corte, donde era
bien recibido de la nobleza, logrando plaza de doncel del niño
rey don Juan y con el tiempo la estima de la reina tutora ^.
Llamado el Infante de Antequera al trono de Aragón por el com-
promiso de Caspe, designábale doña Catalina, con otro caballero,
para llevar al nuevo rey, que era jurado en Zaragoza, la diadema
ceñida por su padre don Juan I, al coronarse rey de Castilla *.
Acudia á tan grande solemnidad la flor de la nobleza castellana,
y contábase entre los trovadores atraídos por la magnificencia de
don Fernando, el anciano Alfonso Alvarez de Yillasandino, quien
no olvidada la costumbre de pedir, demandaba al rey en albricias
una hopa, como dulce soldada, para contar la estoria de la co-
ronación, fiesta de tan alto estado que non se fallaba en escrip-
1 Id., id., man. 335. — Este notable dezir empieza:
Alégrate agora, | la muy noble España,
E mira tu rey | tan muy deseado, etc.
2 Carta al Condestable de Portugal, núm. XIX. «Imito (dice) más que
ning^uno otro á Micer Francisco imperial».
3 Debe notarse aquí que ya desde antes de 1407, figura Ferran Manuel
entre ios trovadores de la corte^ tomando parte en las cuestiones ó lides
poéticas de más dificultad é importancia, y hombreándose con López de
Ayala, el Viejo, y aun con su propio maestro Imperial. Esto se prueba, al
leer la repuesta dada á Fernán Sánchez Talavcra sobre la disputa de los
predestinados j iirecitos, que adelante mencionaremos; y si, como parece
racional, gozaba al componerla de cierta reputación en la corte, es eviden-
te que alcanzó en ella buena parte del reinado de don Enrique.
4 Crónica de don Juan 11, añu 1414, cap. XI.
II.* PARTE, CAP. VI. P0E3. ERUD. Á FINES DEL Slfi. XIV. 519
tura *: Manuel Ferran, cobrando allí también fama de gentil
trovador, intercedia por Yillasandino, haciendo que el rey aña-
diera á la hopa una muía muy fermosa é muy garrida, é invi-
tando al anciano poeta á que celebrara en sus versos tan alta
ceremonia ^. Pero si generosa era en si esta conducta del men-
sajero de doña Catalina, más lo parecerá conociendo el antago-
nismo y guerra poética, que habían existido y aun existieron
adelante entre ambos.
Era el joven sevillano hombre de gentil continente, de noble
semblante, discreto en el decir y tan pronto como agudo en sus
réplicas. Uníanse á estas dotes naturales, que le ganaban desde
luego admiradores y envidiosos, la reputación que traia de atil-
dado trovador y alto poeta, docto en la lengua latina y sobre
todo iniciado en aquella escuela que desechando ó teniendo en
poco las leyes de la provenzal, habia reconocido en Sevilla por
maestro á Micer Francisco Imperial y por fuente de inspiraciones
la Divina Commedia. Tal vez, pagado con exceso de esta novedad
y más confiado en su ingenio de lo que debiera, achaque sin duda
de sus cortos años, hizo Ferran Manuel inmoderada ostentación
de sus versos , menospreciando á los poetas de la corte, entre
quienes tenia gi*an crédito, cual oportunamente indicamos, el
precitado Alfonso Alvarez de Yillasandino. Picado este de la jac-
tancia del doncel y deseoso de salir á la defensa del arte, en que
tantas invenciones graciosas y dulces de oir habia hecho, hubo
de tildarle de simple é ignorante, acusación á que replicó muy
luego Manuel de Lando, manifestándole que los rudos corazones
eclipsaban á veces á los más sanctos doctores, y que acaso sa-
bían más que él los que reputaba por simples, pues que Dios
habia puesto en todos los hombres sus gracias y mercedes ■*.
1 Cartc'onero de Bacna, muii. fiG.
2 Id., id., n.°67. — Comienza esta composición:
Lyndo poeta onorable,
Esperad con giant firmeza, ele.
3 Id., id., n.° 253.
520 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Yarias respuestas dio Villasandino á esta composición [reqües-
ta], considerada como formal provocación poética, trabándose una
lucha, por demás larga y enojosa, en que ni tuvo Alvarez la
emplanza y circunspección que pedian sus canas, ni guardó Ma-
nuel á estas el respeto debido. El antiguo y siempre honrado
sahidor declaraba que lo tendrían por mendigo , si cerraba su
casa por un nuem trovador, cuyas obras desconocía, esperando
del novel cavallero cada dia alguna cuestión fermosa ó fea, si
bien como discípulo de Francisco Imperial, sospechaba á qué es-
cuela debian pertenecer sus producciones ^ . Vista ya alguna de
ellas, no solamente le echaba en cara el que pretendiese en edad
tan temprana subir tan alto, teniéndose por muy sahidor, sino
que le denostaba también por haberse atrevido á cultivar la poe-
sía, ignorando el arte que enseñaba las reglas del lay y el deslay,
del cor y el discor, del mansobre doble y sencillo, del encade-
nado y el lexaprende, de la maestría mayor de bervo partido
y de la maestría de macho y fembra. Hasta el punto de acusarle
de que habla osado reprender al mismo Dante, á quien Ferrant
Manuel miraba en realidad con religioso respeto, llegaba la oje-
riza del viejo Villasandino -; calificaciones todas nada benévolas,
1 Id., id , núm 253. — La declaración de Villasandino no pueda ser más
terminante, respecto de la escuela de Ferran Manuel, diciéndole al poner
fin á una de las respuestas, de que hablamos :
Pues cefiides la correa
De Francisco Imperial,
Veslra arte tal ó qual,
Ya sé de que pié coxquea.
Estas palabras concuerdan perfectamente con las citadas arriba del mar-
qués de Santillana (nota 2 de la página 31S) ; y si, como persuaden , fué
osta composición escrita á poco de presentarse Lando en la corte, dándose
á conocer como poeta, parece demostrado que precedió en algunos años al
de 1407, habida consideración á lo observado en la nota 3 de dicha página.
2 Id., id., núm. 255. — Textualmente dice Villasandino :
A Dante el poeta | grant componedor
Me disen, amigo, | que reprehendistes:
Sy esto es verdal, | en poco tovistes
Lo que el mundo tiene | por de grant valor, etc.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD, Á FINES DEL SIG. XIV. 521
que recaían principalmente sobre la escuela de Imperial y eran
algún tiempo adelante terminantemente desaprobadas por el mar-
qués de Santillana K
El ejemplo dado por el patriarca de la escuela provenzal, tuvo
imitador en el converso Juan Alfonso de Baena, quien si bien
no gozaba en la corte la reputación alcanzada por Alfonso Alva-
rez, iba á vincular su nombre en la historia de las letras, com-
pilando algunos años después su Cancionero. Para que se publi-
cara su ciencia de grant maravilla en la corte castellana 2, y ya
cargándole de elogios, en que se trasluce alguna parte de ironía^,
ya motejándole de haber leido poetas en luna menguante y dán-
dole el ofensivo y malicioso consejo de que se avise y guie por los
aforismos del cantor de Beatriz ^, empeñaba Baena con Ferran
Se advierte que cuando Villasandino escribía estas palabras, era todavía
Lando muy poco conocido en la corte como poeta, y que no alcanzaba con él
la familiaridad que indican otros decires, tales como el escrito en 1414^ ya
citado.
1 El marqués observa: «Fizo asy mesmo algunas invectivas contra Alon-
»so Alvares, de diversas maneras é bien ordenadas» (núm. XIX de la Car-
ta al Condestable.
2 Cancionero de Baena, núm, 359. — Las palabras del converso dicen:
Fferrand Manuel, | porque se publique
La vuestra sciencia [ de grant maravilla
En esta grant corte | del Rrey de Castilla,
Conviene toreado | que alguno voe pique, etc.
3 Véanse en prueba de ello estos versos, con que empieza el núm. 369
del Cancionero :
Al muy Ilustrado, J sotyl, dominante
Que saca las cosas, | ffondo del abismo;
Al rrymico, pronto | muy más que gracismo;
En todas las artes | maestro bastante, etc.
4 Sin abandonar la misma controversia le decía en efecto en la replica-
cion, que tiene el núm. 371 en el Cancionero :
Lyndo fidalgo, | en luna menguante
Leystes poetas, | segunt que sofismo :
Por ende avisatvos | por el inforisrao
Del alto poeta, [ rectórico Dante, etc.
Es en verdad curioso el ver cómo Villasandino y Baena acusan á Ma-
ToMO V. 21
322 HISTORIA crítica de la literatura española.
Manuel cierta manera de lid poética, discreta y llena de ingenio
unas veces, ocasionada otras á insultos y groseros dicterios, y
útil solo para reconocer y apreciar hoy la doble contradicción que
experimenta Lando, al mostrarse entre los trovadores de Castilla.
Mientras el mordaz converso, exagerando las acusaciones de Yi-
llasandino, no repara en escribir que era el arte del sevillano Ma-
nuel borruna , desdonada, muy salobre, pobre, y de madera flaca,
siéndole desconocida la maestría de mansobre, y los demás pri-
mores de la escuela provenzal , replicábale este , ostentándose
personalmente modesto y comedido y tomando para si el nombre
de simple discípulo, si bien un tanto arrogante y grandemente
pagado respecto de la escuela por él representada K
No se mostraba con todos ni en toda ocasión tan moderado,
V iniendo alguna vez á las manos para enseñar cortesanía á sus
adversarios ^ : á estos y á todos los poetas seglares y religiosos
de grant discreción invitaba sin embargo á entrar en la que se
nucí, ya de crig-irse en corrector, ya de haber olvidado las reglas del arte
del inmortal florentino, á quien miraba cual supremo maestro. El tiro es
en uno y otro caso intencionado, pero injusto.
1 Los versos á que aludimos, dicen (núm. 372 del Cancionero) :
De todas seténelas | seyendo distante,
Deciplo so synple, \ pessado, ygnoraiíte;
Mas porque mi obra | triunfe adelante,
Calal que si ahro, | mi rica muleta
Por arte profunda | solyl é muy rreta,
A vuestro argumento | seré reprobante.
2 En la edición del Cancionero de Baena, hecha por el Sr. Ochoa, se
anota como falta en el Códice de dicha colección la poesía que debió ocupar
el núm. 271; pero se conserva el epígrafe, del cual resulta que Ferran
Manuel llegó á los cabezones con Alfonso de Morana por desmesura de un
moro, criado ó cautivo del referido Morana. Contrasta es(e hecho con la
templanza y moderación que guarda Manuel, al contender sobre varios
puntos morales y teológicos con sus paisanos fray Lope del Monte, que le
da los títulos de noble cauallero y diestro trovador, y fray Alfonso de la
Monja, que le apellida caballero honrado de alto saber: á uno y otro habla
con'el mayor respeto, confesándose sim'ple é ignorante y manifestando que
sabia mucho menos de quanto demostraba (núms. 272, 274, 2S1, 283).
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 323
tenia á la sazón por digna liza del ingenio, proponiéndoles al par
diversas é intrincadas cuestiones, que declaraban desde luego sú
filiación poética. Con tal propósito interrogaba:
¿Dónde pronungian | los sanctos juglares
Loores divinos [ de consolación,
Al muy alto Rrey | sin comparación,
A quien establecen | tan dulces cantares?...-
Pregunto otrosí | ¿ en quáles lugares
Está la Fortuna, ] e faze mansión
E qué qualidat | ha su complysion,
O qué forma tiene | su symple vysion?... i.
Estas preguntas, hechas con cierta jactancia y que sólo po-
dían satisfacer, en el sentido que solicitaba Lando, los que estu-
vieran ejercitados en el estudio de la Divina Commedia, queda-
ron sin contestación, dando sin duda motivo á que disgustado de
aquel silencio, manifestara á fray Lope del Monte, su antiguo y
muy respetado amigo, con quien dilucida arduas cuestiones teo-
lógicas y de filosofía moral, que
Muchos letrados ] é frayles faldudos
Metrifican prossas | de ynota color ;
Mas non tienen gracia, | que es uertut mayor,
E fablan syn orden, | commo tartamudos 2.
Desentendiéndose al cabo de semejantes querellas, tan del
gusto de la época como ineficaces para revelar las verdaderas
dotes del ingenio, llamábanle la atención, como á su compatriota
Gonzalo de Medina, los desórdenes y catástrofes, las vanidades y
desengaños de que era teatro la corte de Castilla; y fijando sus
miradas en aquel noble é inspirado apóstol, que amparando bajo
su manto á la grey judaica, enseñaba á los cristianos á menospre-
ciar el poder y las riquezas, consagrábale los acentos de su mu-
sa, porque según el efecto maravilloso de su palabra ,
Vi^da alunbrado | de gracia divina.
1 Cancionero, núm. 268.
2 Id., id., núm. 274.
524 HISTORIA CRÍTICA BE LA LITERATURA ESPA?ÍOLA.
Dominada de la soberbia y del orgullo, esclava de la malicia,
olvidada de su Dios y presa de menguadas supersticiones, apare-
cía la grey cristiana, cuando se oyó en Castilla la voz consola-
dora de fray Vicente Ferrer, que desvaneciendo las dudas y os-
curidades de la ignorancia, mostraba á todos el camino de la
perfección, reanudando los lazos de amor que hablan roto odios y
venganzas. Su elocuencia, decia Manuel de Lando refiriéndose á
las preocupaciones del vulgo,
Condena é destruye | las artes dañosas
De los ade vinos | é falsos profetas,
Mostrando que synos, | cursos é planetas
A Dios obedesQen | en todas las cosas.
Hermanado con su evangélica doctrina el eficacísimo ejemplo
de su virtud, que no carecía sin embargo de incrédulos ^, no
vacilaba por último el joven poeta sevillano en adjudicarle la do-
ble palma de la santidad y de la ciencia, exclamando :
Tan bien de letrado [ comrao de astinente
católico, Jynpio | é sancta persona
Mi synple juysio | le dá la corona, etc 2.
Lástima que no disiparan aquellas enseñanzas las tormentas
que levantaba la ambición, consejera en todo el siglo XV de gran-
des crímenes!! Ferran Manuel de. Lando, á quien tal vez favore-
cía la privanza de su prima, Inés de Torres, sucesora de Leonor
López de Córdoba y como ella odiada grandemente por la nobleza
1 Son notables estas palabras de Forran Manuel, al proposito;
Non me quieran mal | algunos señores.
Letrados é sabios I que son en Castilla...
Antes revoquen | sus viles errores
Los que contra él | fueren retratantes, etc.
2 Cancionero de Baena, núm. 287. Si como parece probable, este dezir
sabiamente ordenado fué escrito durante la permanencia de San Vicente
e.n Castilla, puode fijarse tal vez en el año de 1407
II.* PARTE, CAP. VI. POES. EUUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 523
de Castilla, veia con sorpresa su caída y reclusión, así como el
destierro de Juan Alvarez de Osorio, aliado de aquella dama; y
lleno de enojo contra las inconstancias de la Fortuna, la apostro-
faba una y otra vez, brillando no obstante en sus versos el noble
sentimiento de la justicia.
Cessa, Fortuna, | ressa la tu rueda;
Cessa tu obra I cruel et dañable...
El mundo se pierde | por ty cada dia
E van ya las cosas | en declina(;ion :
Padesgen los lyndos j fydalgosque son,
E biven los vyles | en grant alegría...
Y anadia con escéptico desconsuelo :
Jamás non podemos | vencer tu porfía
Por vías, engenios, | maneras, nin artes;
Ca tienes tu trono | en todas las partes ,
E faces tus fechos | con grant ossadía l .
No estaba por cierto fundada esta doctrina en la del libre
albedrío. enseñaida. por el cristianismo: Ferran Manuel recordaba
aquí la pintura de la Fortuna, hecha por el Dante ; pero contra-
diciéndose y exagerando su aplicación, peligro que hablan sabido
evitar Gonzalo de Medina y Micer Francisco Imperial, y del cual
no se vieron exentos los poetas más renombrados de la corte de
don Juan II 2. Su celebrado doncel recomendaba, á pesar de todo
1 Id., id., nútns. 277 y 278. La Crónica de don Juan II pone la caida
de Inés de Torres y Juan Alvarez de Osorio en 1416 (cap. X); por manera
que ambos dezires hubieron de escribirse en dicho año.
2 De Imperial hemos visto oportunamente cómo se ajustaba á la pin-
tura de la Fortuna hecha por el Dante: Gonzalo de Medina abrigaba la
misma ¡dea, diciendo de los hombres :
Segunt que los traxo | la alta Fortuna
De baxo sobieron i é d'alto cayeron,
Por se mostrar [ non ser siempre una.
Mas sobre todos [ la gracia divina
Face et desface, | trasmuda potencias
Muestra sus obras | é raagnificencias, etc.
326 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAiÑOLA.
la sobriedad y la templanza, recouociendo que no estaba cifrada
la felicidad humana en el ciego voltear de la Fortuna. En este
sentido decia :
. . Al que la gragia I divina lo llama,
Viua en el medio | lugar de prudencia,
Ca segunt que vemos | por esperyencjia,
De más alto cae | quien más s'encarama.
Tales son los principales caracteres de las obras poéticas de
Ferran Manuel, llegadas á nuestros dias. En ninguna aparece el
arle alegórico, tal como lo habían ensayado su maestro Imperial
y Paez de Ribera, por carecer sin duda de aquella poderosa y
rica fantasía que daba sensible representación á los objetos mo-
rales, prestándoles vida en bellas creaciones, donde campeaban
las galas de la poesía descriptiva, sublimada por la musa del
Dante. Mas ya fuese que la expresada forma animara sus prime-
ras composiciones escritas en la corte, ya que el mismo sentido
moral que en la mayor parte de las conservadas resplandece y
el menosprecio de las reglas de la poética provenzal le pusieran
en contradicción con los trovadores de Castilla, — es lo cierto que
Ferran Manuel fué, conforme vá advertido, grandemente hos-
tilizado por los de mayor autoridad, pareciendo preludiar seme-
jante lucha la que en tiempos más cercanos provoca la aparición
de don Luis de Góngora y don Juan de Jáuregui en el parnaso de
la España Central, cual representantes del genio andaluz y de la
escuela sevillana *. Así como Góngora, contradicho y aun es-
carnecido primero, lograba al cabo imponer las novedades cul-
teranas á los poetas de Castilla, y así como Jáuregui, abandona-
En otro lugar tocaremos de nuevo este punto, tomada en cuenta la in-
fluencia clásica.
1 La contraposición de las dos escuelas sevillana y castellana se con-
signa en dos opúsculos que caracterizan la época de Herrera y de Jáuregui.
Las notas de Prete Jacopin contra las Anotaciones de Garcilaso y el Contra-
Jáuregui, opúsculos no publicados todavía y el segundo tan desconocido
como advertimos en la Introducción general. De ellos haremos mención
oportunamente.
11.' PAUTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIC. XIY. 527
da al postre la imitación de Herrera, seguía los extravíos por el
combatidos, — recibieron los primeros impugnadores de Lando
la influencia dantesca, cual nos enseña claramente el estudio de
Alvarez de Yillasandino ^; y mientras perdía el contrariado don-
cel alguna parte de su primitivo entusiasmo por la forma alegó-
rica, extendía esta su imperio entre los trovadores cortesanos,
destinada á recibir de ellos en no lejanos dias su más completo
desarrollo.
Uno de los primeros á seguir esta senda fué sin duda el hi-
dalgo Ferran Sánchez Talavera, esmerado trovador de la corte
de Enrique III, que abandonando los vanos amoríos y devaneos
del mundo, vestía el hábito de Calatrava, obteniendo al cabo la
dignidad de Comendador, con que le cita el marqués de Santi-
llana, al afirmar que «compuso assaz buenos decires» 2. En él
hallamos, si cabe decirlo así, dos diferentes poetas: el cantor
amoroso de la escuela provenzal, que celebra la belleza de su da-
ma y se duele de sus desdenes en rebuscados dezires é ingenio-
sos diálogos, escritos en verdad con cierta gracia y donosura,
y el meditador grave y circunspecto que ora contempla la pe-
quenez y decrepitud de los bienes terrenos, viendo pasar cual
leve sombra la vida de los poderosos, ora vuelve sus miradas á
los misterios de la religión, procurando desatar, con la ayuda de
los doctos, las dudas que le asaltan. Lícito juzgamos citar, para
comprobación de lo primero, el fresco, suelto y gracioso diálogo,
hecho |7or contemplación de su linda enamorada, en que leemos:
El — . . . Dios vos mantenga
Ella — .... Muy bien venga •
El que non venir deuía
El — Véovos estar ufana,
Pues que ansy vos rasonades —
Ella — A la fé, bien lo creados:
1 Véase lo dicho en el cap. IV del presente volumen.
2 Carta del Condestable, núm. XVIII. Hemos escrito aquí, como alli,
Talavera en vez de Calavera, seg-un algunos hicieron, porque no sólo lo
hallamos así en códices y primitivas ediciones^ sino porque reputamos gro-
sero error paleográfico el haber confundido la C con la T, por mucha que sea
su semejanza en la escritura de las siglos XIV y XV.
328 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Que de vuestro mal soy sana.
El — E pues al que bien afana,
¿Qué galardón le daredes?
Ella — Yt, amigo: que tenedes
La cabera muy liviana...
El — Mucho vos veo ser flaca.
Ella — Non curedes de la vaca,
Que no avedes de comer.
El — Sería ledo en vos ver
Bien alegre et plasentera —
Ella — Yt: que non só la primera
Que fué loca en vos creer — i.
Prueba de los segundos son los decires en que Sánchez Ta-
layera promueve difíciles cuestiones teológicas, llamándonos la
atención el dirigido á Pero López de Ayala, el Yiejo, y encami-
nado á dilucidar la doctrina recibida por la Iglesia sobre predes-
tinados y precitos ^ . Ayala, Fray Diego de Valencia , Fray
Alfonso de Medina, bachiller en teología y monje de Guadalu-
pe ^, Micer Francisco Imperial, que toma • siempre por guía á
Dante y á Beatriz; Mahomad-el-Kartossí, ya antes mencionado;
Garcí Alvarez de Alarcon, escribano del rey, y uno de los más
distinguidos conversos del judaismo •*; y Ferran Manuel de
Lando, que recuerda algunos rasgos de la Divina Commedia,
todos replican á Ferran Sánchez, haciendo gala de erudion y de
1 Núm. 537 del Cancionero de Baena. Es también notable el siguiente
número, en que se contiene otro diáloe^o en versos de arte mayor, de igual
carácter, escrito sin duda antes de dexar el 'palacio é el venir de la corte é
tomar el abito. El núm. 534 es un dezir contra clAmor, que se ajusta á la
mismas leyes de la poética provenzal.
2 Cancionero, núm. 517.
3 Núm. 520. ¿Seria este Medina pariente de Diego Marlinez, profeso
en el mismo monasterio de Guadalupe?...
4 Núm. 523. Alarcon aparece como escribano (secretario-amanuense)
del rey : según Zurita, tuvo activa y eficacísima parte, con Andrés Beltran
y Gerónimo de Santa Fé, en la conversión de las aljamas de Tortosa, Daro-
ca, etc., en 1412, ejerciendo grande influencia en los rabinos del Concilio
de Tortosa (Estudios sobre los Judíos, Ensayo I, cap. V).
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 529
ingenio, si bien no deja de aconsejarle el más autorizado, como
teólogo, que se aparte de contender sobre esta ciencia:
Ca es muy más fonda | que la poetría,
E caos es su nombre | é lag-o profundo "l.
Ni merecen olvidarse tampoco, por igual razón, los decires,
en que trata de las vanas maneras del mundo, bien condenan-
do la insaciable ambición é injusticia de los hombres, bien do-
liéndose de la mala suerte, que le cobija, la cual compara con la
de otros muchos menos dignos y afortunados, prorumpiendo en
esta dolorosa y epigramática sentencia:
Azores grajean | et los cuervos ca^an!..
Ferrant Sánchez supone en una de estas composiciones que,
hundido en su dolor y despecho, oye una voz dulce y sabrosa,
que le asegura haber llegado al cielo su querella y que en nom-
bre de Dios le persuade á desdeñar honras, poderes y riquezas,
amando sólo la virtud y abrazándose de la pobreza, que habia
tenido al Hijo de Dios por compañero treinta y dos años.
Pobresa es folgura, [ lus é claridat,
Señora esenta [ et puerto seguro:
Riquesa es sierva | et valle escuro,
Trabajo, tormento | de grant ceguedat,
Sobervia é ira, | sañoso león,
Cobdigia, avaricia, | fambriento dragón.
Desden, vanagloria, | orgullo, baldón
Engaño, mentira, | cruel falsedat, 2.
Semejante doctrina, que santifica el dolor, aliviando los sin-
sabores de la vida y dando rumbo y norte seguro á la esperanza,
mitiga la aflicción de su ánimo, llevándole á comtemplar la infi-
nita grandeza y sabiduría del Criador, cuyas obras son incompren-
sibles para la flaca razón humana. La temprana muerte de Ruy
Diaz de Mendoza, Almirante Mayor de la mar, hijo de Juan Fur-
1 Núm. 528 del (Jancionero de Baena.
2 Núm. 529 de id.
550 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
lado, el Yiejo, le mueve asimismo á considerar la frágil pequenez
del mundanal orgullo y de sus mentidos placeres, invitando á los
poderosos á despojarse de las honras del cuerpo y á guarecerse
en la virtud; porque tal era la conturbación y tantos los pecados
de los hombres que habia sin duda llegado el momento de cum-
plirse las profecías del hijo de Amos y del lastimoso Jeremías.
Anticipándose al simpático Jorge Manrique^ al llorar sobre la
tumba del joven procer, cuya
. . . grant fama | fasta en Leuante
Sonaua en proesa | é en toda verdat,
miraba desvanecerse á su vista todas las pompas de la tierra,
exclamando:
Pues ¿dó los imperios | é dó los poderes,
E rreinos é rrentas, | é los señoríos?..
¿A dó los orgullos^ | las famas é bríos,
A dó las empresas ] á dó los traheres?
¿A dó las sgien^ias, | á dó los saberes...
A dó los maestros | de la poetría?..
¿A dó los rrymares | de grant maestría,
A dó los cantares, | á dó los tañeres?..
¿A dó los thesoros ) vasallos, semientes?..
A dó los firmalles] é piedras preciosas?
A dó el aljófar, | possadas costosas,
A dó el algalia [ é aguas olientes?..
¿A dó paños de oro, | cadenas lusientes,
A dó los collares | é las jarreteras,
A dó penas grisses, | á do penas veras,
A dó las ssonajas | que van retinentes?.. etc. i.
1 Núni. 530 de id. — Fué escrita en 1406., si bien el erudito Floranes
pone la muerte de Rui Diaz en 140S. Los anotadores del Cancionero de Bue-
na suponen que este dezir no pudo ser escrito por Talavera, por entender
que el Rui Diaz expresado es el mismo que en 1440 mantuvo en Valladolid
una justa de hierro, viviendo aun en 1453, cuando fué preso don Alvaro
de Luna (pág. 099). — Todo el error consiste en haber equivocado á Juan
Hurtado de Mendoza, el Viejo, ayo del rey Enrique III, con Juan Furtado,
el Mozo, Mayordomo Mayor de don Juan II (de 1412 á 1426), desconociendo
que el Ruy Diaz llorado por Talavera era priniogcnilo del Viejo y por tanto
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 531
Claro, visible era pues el camino que tomaba la poesía erudi-
ta de Castilla, al recibir en su seno durante los primeros dias
del siglo XV los gérmenes de vida fecundados por la Divina
Commedia. Dos hechos memorables, el nacimiento del príncipe
don Juan y la muerte del Rey don Enrique, habían despertado
el sentimiento patriótico de los poetas cortesanos, embebecidos á
la sazón en amorosas é insustanciables querellas, contribuyendo
á generalizar aquel generoso espíritu, aquel alto sentido moral
que aparecía íntimamente ligado con la forma alegórica, tras-
portada á Castilla por el sevillano Ferran Manuel de Lando.
Fray Diego de Valencia, cuyos aplaudidos decires, -merecen hoy
la especial estimación de la crítica ^; el geronimitano Fray
tio del Ruy Diaz de la justa. El primero pasó de esta vida de su dolencia
antes que su j)adre, con sentimiento universal de los castellanos, porque
«era ome mucho fazedor de todas cosas»: tan bien quisto fué del rey don
Enrique Id que «le fizo almirante^ por falles^imiento del almirante don Diego
Furtado de Mendoza» (López García Salazar, lib. XIX, cap. 42): sustitu-
yóle en el carg-o don Alfonso Enriquez, según demostramos en otra oca-
sión (Obras del Marqués de Santillana, Vida, pág. XXXIII). No hay pues
razón para quitar á Sánchez Talavera esta poesía, que se halla también cou
su nombre en el Cancionero de Martínez de Burgos (Mem. de Alfonso VIH,
Apéndice XVI, pág. CXXXVI).
1 Gozó también en su tiempo de gran crédito, porque «era muy grant
«letrado et grant maestro en todas las artes liberales é otrosí era muy grant
«físico, estrólogo et mecánico tanto é tan mucho que non se falló otro tan
«fundado en todas sciencias» (pág. 509 del Cancionero). Se distinguió co-
mo uno de los primeros en seguir las huellas de Imperial, y tiene no pocos
dezires escritos con gracia y soltura. Dudamos cuál fué su patria; pero no
falta razón para creer que fué Valencia de don Juan en la Extremadura, y
sabemos por sus obras que pasó alguna parte de su vida en Sevilla y des-
pués en León, cuyas tierras y moradores no le agradaron mucho, como expre-
sa en una bella letrilla á sus montañas, en que leemos estrofas como estas:
Leche e manteca
Es el tu gobierno ;
Carne de sal seca;.
Naves en y\ierno.
Mucho frío é tierno,
Poco pan é duro;
De vino maduro
Eres deseosa.
352 HISTORIA crítica de la literatura española.
Migir, el converso Juan Alfonso de Baena; el ya citado don Pedro
Yelez de Guevara; Fray Bartolomé García de Córdoba; don Mos-
seh Aben Zarzal, físico del Rey don Enrique, ya siguiendo las
huellas de Alvarez de Yillasandino, ya imitando las imitaciones
de Imperial, respondían todos á aquella suerte de llamamiento,
manifestando, al consignar su dolor y al dar rienda suelta á su
esperanza, que si yacia decaído en medio de la inacción y del re-
finamiento cortesano el noble espíritu de la nacionalidad españo-
la, no se hablan apagado del todo sus_ cenizas. — Hasta el judio
don Mosseh hacía votos por la futura grandeza del príncipe de
Castilla, augurándole inusitados triunfos que rindieran á sus
plantas el último baluarte de los sarracenos, y le hicieran respe-
tado y temido en lejanas regiones ^
Pero aquel alto sentimiento histórico que sólo anima los can-
tos de las musas, cuando excitado el entusiasmo de grandes y
pequeños á vista de ínclitas proezas, domina un pensamiento
único y vive un solo deseo en el ánimo de la muchedumbre, no
podia brillar en las obras de los eruditos, Cualquiera que fuese
la escuela en que estuviesen filiados. Y sin embargo, en medio
del choque y pugna de la escuela, provenzal y de la alegórica,
arriba bosquejados, aspiraba la didáctica é deducir de la historia
En las tus cocinas
Há pocos adobos;
Más comes ceslnas
Que ovejas é lobos.
En íuercas é robos
Mucho bien avienes;
En todos los bienes
Lassa, perecosa, etc.
Muchas de sus cantigas, escritas sin duda entes de tomar el hábito, son
amorosas: en ellas observamos igual espíritu que en las de Sánchez Ta-
layera, del mismo género.
I Es el núm.' 230. Dice al terminar: •
Navarra con la Gascueña
Tremerán con grant vergüeña;
El reyno de Portogal
Et Granada otro que tal.
Fasta allende la Cerdeña.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 333
SUS advertencias y lecciones. Militaban por su carácter, en este
campo los conversos hebreos, y distinguíase entre todos el re-
nombrado Pablo de Santa María, elegido por Enrique III y por
la reina doña Catalina para dirijir la educación y enseñanza del
futuro soberano ^
Fructuosos catecismos políticos y morales, fecundados por
la forma simbólica, hablan sido escritos hasta entonces para
crianza de los príncipes: siendo ahora el más alto deleite de mag-
nates y caballeros la lectura «de las crónicas de los fechos pasa-
dos»; dominando universalmente aquel anhelo de conocer la anti-
güedad que impulsaba los estudios por la doble senda que deja-
mos reconocida, natural era que el docto obispo de Burgos, al
paso que le iniciaba en el conocimiento de las artes liberales -,
intentase también poner delante de los ojos del príncipe don
Juan los ejemplos de la historia, á fm de prepararle más digna-
mente á la gobernación del Estado. Con este propósito escribe
pues y presenta á la reina doña Catalina las Edades trovadas,
poema una y otra vez atribuido sin fundamento alguno al mar-
qués de Santillana ^, y que abrazando todas cosas que ovo et
acaescieron desde que Adam foé formado hasta el nacimiento
de don Juan II, encerraba la historia entera de la humanidad en
breve compendio, el cual se componía sin embargo de trescientas
treinta y ocho octavas de arte mayor, según testifican los más
autorizados códices *. -
1 Crónica de do7i Juan 11, año 1420, cap. 43. — España Sagrada;
t. XXVI, p. 377.
2 Don Alfonso de Cartagena, Cinco Libros de Séneca, cdic. de Se-
villa, 1491, cap. I.
3 Sánchez , Notas á la Carta del Condestable, p. XLIV y siguientes;
Bouterweck, Trad., cast., págr. 181; Ochoa, Rimas Inéditas, pág. 105. —
La autenticidad dé las Edades trovadas, como obra de Pablo de Santa Ma-
ría, fué demostrada por nosotros en los Estudios sobre los Judíos de Espa-
ña, Ensayo H, cap. 7, y más ampliamente en el apéndice Y á la Vida del
Marqués de Santillana, que precede a nuestra edición de sus Obras (pági-
na CLXXII y siguientes).
4 Trescientas veinte y dos contenia sólo el MS., de que se valió el Se-
ñor Ochoa y trescientas treinta y tres el conocido por Sánchez: por manera
que ni uno ni otro lograron un códice completo. Seis diferentes hemos exa-
3d4 historia crítica de la literatura española.
Manifestábase Pablo de Santa María en las Edades trovadas
dotado de no vulgares conocimientos históricos; y aunque no le
era dado, al exponer los hechos con un fin meramente didáctico,
emplear las galas propias de otro linaje de producciones; aun-
que ceñido estrictamente á la verdad histórica, distinta en gran
manera de la verdad poética, no pudo -dar á su obra la textura y
forma de un verdadero poema, mostró que no se habia apagado
aun en él aquella imaginación oriental, patrimonio del pueblo
hebreo que tanto enriquecia y animaba las producciones del arte.
No es sin embargo el obispo de Burgos tan atildado y gracioso
en el decir como los partidarios de la Q^cnúo. provenzal, ni tan
rico en imágenes y colores como los sectarios de la alegórica.
Formado su gusto en el siglo XIV; devoto de la tradición lite-
raria que habia personificado Pero López de Ayala, y atento á lo-
grar el fruto de la enseñanza á que aspiraba, limitábase á expo-
ner con orden y claridad los acontecimientos más notables, des-
pojándolos, por la misma variedad y extensión del cuadro por él
trazado, de aquellos accidentes extraordinarios que podian con-
tribuir á realzar la ficción poética.
Causa ha sido esto de que algún escritor de nuestros dias
haya negado á las Edades trovadas aun aquellas dotes que prin-
cipalmente las caracterizan, asegurando que son «árida reseña
»de los hechos pertenecientes á los tiempos bíblicos, sacados
«puntualmente de la Vulgata y seguida de una relación crono-
«lógica de los reyes de España», donde no se descubre erudi-
minado nosotros, de cuyo cotejo se deduce el número de estrofas indicado en
el texto: — 1.° Los señalados en la Biblioteca Escurialense con las marcas
h, ij. 22 y X. jj. 17: aquel tiene por título Las siete edades del mundo élos
principes que en ellas han gobernado: este Las siete edades del mundo, y
está intitulado, con una larg:a é impertinente glosa, al rey don Enrique IV.
— 2.° El de la Biblioteca Complutense E. I. caj. 2, núm. 17, ant, — 3.° Los
de la Biblioteca Nacional, signados G. 151 y M. — Y 4.° La copia sacada del
códice de San Juan de la Peña por el Académico don Joaquín Trag-g-ia. —
Los MSS. h. ij 22 y Complutense son coetáneos y están escritos, el primero
en papel y vitela, y el segundo, que fué del Cardenal Cisneros, en grueso
papel. — Véase la descripción de los restantes en el apéndice á la Vida del
Marqués de Santillana, citado arriba (pág. CLXXV).
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 555
clon ni fantasía ^ . Pero á pesar de las circunstancias y condicio-
nes especiales que en don Pablo de Santa María concurren; á pe-
sar de las razones que le aconsejan toda sobriedad y templanza,
al escribir como poeta didáctico, — no solamente nos parece in-
justo el despojarle del lauro ganado por su erudición, sino que
tenemos por infundado el negarle toda virtud y lumbre poética.
Como observamos antes de ahora, el docto Canciller de Cas-
tilla , versado más que otro alguno de los prelados de su tiempo
en el estudio de la biblia hebrea , pudo interpretar en las Eda-
des troteadas , é interpretó en efecto, muchos pasages de la his-
toria sagrada con arreglo al texto original ^, y enlazó cuerda y
oportunamente la misma historia con la de los pueblos del anti-
guo mundo, no olvidando la parte que en ella tuvieron los impe-
rios de Grecia y ÍRoma. Las maravillosas conquistas del último,
en cuyos más prósperos dias nace el Hijo del Eterno; su deca-
dencia, precipitada por la irrupción espantosa de los bárbaros,
que someten á su coyunda y envuelven en sangre y fuego la Pe-
nínsula Ibérica; la fundación de la monarquía visigoda, durante
la cual florescen en altas sciencias muy doctos varones; la apa-
rición de Mahoma, ¡yrofeta de las morenas, cuyos sectarios des-
truyen en España el poderío de los godos; el levantamiento de
Asturias y la prosecución de la reconquista, obra no terminada
aun, al escribirse \^?> Edades trovadas, — todos estos grandes su-
cesos son tomados en cuenta por el obispo de Burgos y exorna-
dos con tal copia de noticias, peregrinas al comenzar el siglo XY,
que no sin notoria injusticia podrá disputársele el merecido ga-
lardón de erudito en la ciencia histórica, así como ocupaba á la
sazón el primer lugar de los moralistas y teólogos. De su mérito
como versificador y aun poeta, será bien que juzguen los lecto-
res: narrada la creación y hecho el primer hombre á la semblan-
1 Ochoa, Revista Hispa no -Americana.
2 Por ejemplo el l'.sn \T1 T.Nn 1W , sea luz et fué luz que -pone en
el prólogo. — Hay además muy peregrinas noticias, relativas al pueblo he-
breo y a los libros sagrados, que sólo podia conocerlas, al comenzar el si-
glo XV, quien estuviera iniciado en la ciencia de los tradicioneros y tal-
mudistas.
556 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
za divina, para que todas las cosas le acatasen como rey, añar
dia don Pablo:
Criado fué el orne, | por que non pecasse,
Del limo de tierra, | como el Sennor quiso;
Et púsole luego | dentro el parayso.
Para lo labrar | et que lo guardasse.
Et dióle de fructas, | assaz que tomasse,
Si non d'^aquel árbol | de sabiduría,
Del qual, si comiesse, | luego en esse dia
Juró que de muerte | jamás escapasse.
En tanto que assy | constante estuviera
En él non moraua | enganno, nin dolo,
Et dixo: — «No es bien | que el orne esté solo,
Mas que le fagamos | una compannera».
Et luego el Sennor | grant suenno pussiera
En Adam el orne | primero engendrado,
Et tomó costiella | del un su costado,
De la qual formó | la mugier primera. — ,
Eva, tentada por Luzbel, induce al primer padre á, quebran-
tar el mandamiento de Dios; y llamado Adam por la voz del Al-
tísimo, huye á esconder su vergüenza, desnudo ya de la gracia:
¿Que fué, dixo Dios, | por que tú temiesses
De estar en logar | que yo te mandé?..
¿Qué después, al tiempo | que yo te llamé,
Buscastes, corriendo, | donde te escondiesses?..
¿Quién te dixo que | desnudo stuviesses,
O quién te mostró ] estar despojado,
Sinon que coraistes | del fructo vedado,
Del qual yo mandé ] que nunca comiesses? — i.
«Yersificacion un tanto armoniosa y fácil, soltura y natura-
«lidad á veces en la narración, verdad no pocas en el colorido y
» en las imágenes, fuerza en la dicción que es con frecuencia sen-
«cilla... estas son (decíamos hace algunos años) las prendas que
«hallarán los inteligentes en las Edades trovadas, si bien ofre-
1 Véase el cap. VII del Ensayo II do nuestros Estudios sobre los Ju-
díos, donde nos fué posible dar mayor extensión á eslas citas.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. Á FINES DEL SIG. XIV. 557
»cen con frecuencia palabras y frases demasiado triviales y ras-
«treras» ^; achaque padecido á la sazón aun por los más atil-
dados poetas cortesanos y prueba evidente de que no se habia
formado todavía aquel gusto, que sabe discernir entre el dialecto
poético y el lenguage común, señalando las diferencias que los
separan. Cierto es también que no todo el poema de Pablo, el Bur-
gense, ostenta las mismas dotes artísticas, notándose no poca de-
sigualdad, respecto de la metrificación, lo cual era sin duda hijo
de la extensión de la obra y de la necesidad de amoldar á la
narración nombres y sucesos que no todos obedecían á las leyes
prosódicas, si bien eran de todo punto indispensables al fin di-
dáctico de las Edades trovadas '^. Justo será repetir que, á
ser otro el propósito, no hubiera dejado el Canciller de lograr
mayor perfección artística, así como la exposición y enlace de
los hechos muestran que su erudición histórica reconocía por
norte único la enseñanza, sometida al general impulso que hablan
recibido aquellos estudios, al terminar el siglo XIV.
Y n'o era sólo esta manifestación de la forma didáctica la
que debia registrar la historia de las letras castellanas, al co-
menzar la XY.'' centuria. Vinculada ya en ellas, tras los repeti-
dos ensayos que bajo la relación moral y política hemos examina-
do, al trazar el desarrollo del arte simbólico, llegaba el instante
en que los hombres consagrados al cultivo de las ciencias, aspi-
rasen á hacer conocidas y populares sus conquistas, empleando
al efecto aquella forma de exposición poética. Como el primero
que en este sentido se* vale de tan eficaz medio, debemos citar á
Maestre Diego de Cobos, médico y cirujano de gran nombradla y
1 Id., id., pág. 3-Í6.
2 No se olvide que este poema fué presentado á la reina doña Catali-
na: el prólog-o comienza en el MS. del Escorial h. ij, 22 del modo siguien-
te: «Entre otras obras que á vuestra Magestad, muy poderosa princesa é
ailustrísima Reyna é Sennora, avian seydo presentadas , so breve compen-
»dio de escriptura una copilacion, cassi repertorio de algunas estorias á
«Vuestra Alteza pensé dirigir». Es pues evidente que el intento de don Pa-
blo era el de la enseñanza de la historia universal, cediendo al impulso
que traian ya estos estudios. El suyo fué llevado á cabo antes de 14 IS, en
que pasó de esta vida la reina gobernadora de Castilla,
Tomo y. 22
538 msToniA crítica de la literatura espaNola.
autor de varios tratados quirúrgicos , que componían todos una
obra principal con título de Cirugía Rimada. No se ha conser-
vado, ó al menos no hemos podido nosotros haber á las manos
íntegra, producción tan interesante en los anales de la medicina
española: tenemos sin embargo á la vista el segundo tratado,
primero de la cirugía, «el qual es de las apostemas, segund uni-
versal et particular fablamiento», y fué terminado en 20 de mayo
de 1412 «.
Divídelo el Maestre Cobos en veinte y siete capítulos, en que
va proponiendo las diferentes especies de enfermedades de-
signadas bajo aquel nombre y los particulares tratamientos
de cada una; y atento á producir el fm didáctico por él de-
seado y recordando sin duda la famosa Medicina Salerniíana,
aplaudida y seguida por los escolásticos, escribía su libro en
versos pareados que formaban cierta manera de dísticos, fáciles
de conservar en la memoria. No lo es tanto el de reducirlos á
una ley constante de metrificacioft^ lo cual manifiesta que sí con-
cibió Cobos el útil pensamiento de generalizar sus observaciones
médicas y quirúrgicas en bien de la muchedumbre, no poseía
los medios del arte para realizar esta idea con verdadera honra
literaria. Sus versos, que tienden á sujetarse á las cuatro ca-
1 Biblioteca Nacional, L. 119. Es un volumen folio menor^ papel, es-
crito en 1493 por un Juanico de Arrucuriaga, y que se ha conservado
con el título de El Cántico de Cobos. Tiene por epígrafe: «Aquí comienza
el seg-undo trabtado que se sigue al [el] primero* en la Cirugia Rimada que
compuso Maestre Diego de Covo, médico et cirugiano,» etc. — Empieza el
prólogo:
Después del loor | de Dios por loaniiento
Por mi fecho sin número [ é sin araíjamlento
Aqui comienca | en las apostemas tratar
En quanto pudiera | la mi fuerca bastar, etc.
Al final loemos:
A veynie días de mayo | fue el fenescimiento,
Año de mil ó quatrocientos | é doce del nascimtento
Del nuestro Salvador Iliu Xpo. é Señor del mundo
Para alcanzar este presente éel segundo
llegnante la muy católica criatura
Don Joban que Dios cunpla de gracia é de buena ventura.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. AFINES DEL SIG. XIV. 559
delicias de la maestría mayor, adolecen á menudo de falla y
sobra de sílabas, contándose muchos de once y de trece; des-
igualdad que hace hoy desagradable la lectura, induciéndonos á
creer que más que á seguir el Maestre Diego las huellas de los
eruditos, se dirigió en su Cirugía Rimada á imitar el popular
y didáctico artificio de los refranes, adoptando su espontánea y
genial estructura ^.
Sea como quiera, digna juzgamos de ser notada esta inchna-
cion de la ciencia á revestirse de las formas poéticas, porque su
examen contribuye necesariamente á completar el cuadro que
ofrece el arte á nuestros miradas en los momentos de tomar don
Juan II las riendas del Estado [1419]. Con propio colorido y no
dudosos caracteres habian aparecido en efecto, al expirar el si-
glo XIV, las tres escuelas artísticas que pugnan por señorear
el parnaso castellano y comienzan muy luego á trocar entre sí
galas y preseas, cediendo á la alegórica la provenzal y la didác-
tica la mayor parte dé su imperio. Más adecuada al estado de la
cultura española, más rica y fastuosa en sus maravillosas ficcio-
nes, y grandemente autorizada por la universal reputación del
Dante, habíanse filiado bajo sus banderas, desde el punto en que
son aquellas conocidas, los más granados ingenios que florecen
en Castilla, apareciendo ya evidente que no estaba lejano el dia
en que llegara á su más cabal desarrollo. No otra cosa nos en-
seña en verdad el estudio del reinado de don Juan II, que perso-
nifican y caracterizan, bajo esta importante faz de las letras, tan
esclarecidos varones como un don Enrique de Aragón y un Fer-
nán Pérez de Guzman* un Juan de Mena y un marqués de Santi-
llana. Tarea más fácil y cumplidera será para nosotros el expre-
sado estudio, reconocidos ya los antecedentes históricos de aque-
lla época, que han intentado bosquejar algunos críticos, sin la
preparación conveniente 2. Ninguna duda nos será lícito abrigar,
1 Recuérdeso lo observado en la Ilustración de la I.'' Parte, t, II,
página 319. — De la oslructura métrica de la Cirugía Rimada, aunque pla-
cada de errores por el copiante Arrucuriaga, puede juzg-arse por la cita de
la nota anterior, aun en el sentido aquí indicado.
2 Contamos entre estos al anglo-amoricano Ticknor y al alemán Lem-
340 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
recordando cuanto llevamos expuesto, ni sobre las formas litera-
rias, ni sobre las formas artísticas, acaudaladas antes de termi-
nar el segundo lustro del siglo XV con todos los tildes y primores
que se han considerado hasta ahora como nacidos en la corte del
precitado monarca ^ .
Mas no cumple sólo á la historia de la literatura formar el
numerosísimo catálogo de los trovadores que ilustran aquel largo
cke. El primero trata de alguno de los poetas incluidos en este capítulo,
después de mediado el sig-lo y de hablar de Mena, Santillana, etc.: — el se-
gundo, aunque con más luz, supone que es Iñigo López el primero que si-
gue el movimiento alegórico, error en que no hubiera caído con leer dete-
nidamente la última parte de la Vida del Marqués, que precede á nuestra
edición de sus Obras.
1 Como han tenido ocasión de notar los lectores, no solamente cono-
cían y aplicaban á sus obras los trovadores de fines del siglo XIV y princi-
pios del XV las leyes de la maestría mayor y menor, de los encade-
nados, del dexa-prende j del mansobrc, de que nos habla el Marqués de
Santillana {Carta al Condestable, núm. XIV), sino que les eran también
familiares las reglas del lay y el deslay, del cor y el discor, de la maestría
de macho y fembra y del mansohre doble y sencillo, diferenciándose gran-
demente todos estos primores del arte comuna ó libre de todo artificio de
aquel género. Algunas de estas galas artísticas, como la del dexa-prende,
por ejemplo, habían sido ya ensayadas desde la época del Archipreste de
Hita. La maestría mayor como dijimos antes de ahora (i.* Parte, Ilustra-
ción III.*, pág. 444) — abrazaba los versos largos; la menor ó real, los cortos;
el dexaprende, consistía en repetir en el primer vers» de cada estrofa el úl-
timo de la anterior; el encadenado en trabar las rimas finales de manera que
alternasen en toda la composición con la misma regularidad y orden ; el
mansobre en repetir en los hemistiquios y finales 3e cada verso la rima, per-
fil que se aumentaba aun fuera del hemistiquio, siendo entonces doble; el
arte de macho y fembra determinaba la condición de los consonantes por
medio de las vocales: amigo, amiga, castigo, castiga, abrigo, abriga, digo,
diga, etc., eran rimas de macho é fembra {Cancionero de Baena, núm. 143),
La maestría de verbo partido, recuerdo del jen parti de los trovaclores,
ofrecía no despreciables ensayos del diálogo: era mayor y menor, conforme
la naturaleza del metro empleado al efecto. Hallándose pues ejercitados to-
dos estos primores por los poetas de Castilla en la época que historiamos,
¿cómo hemos de atribuir su aclimatación en nuestro parnaso ala época de
don Juan 11?,. Otros timbres y merecimientos tiene dicho reinado y dicho
rey para figurar en la historia de las letras españolas, y á reconocerlos nos
dirijiremos en el tomo siguiente.
II.* PARTE, CAP. VI. POES. ERUD. A FINES DEL SIG. XIV. 341
reinado, tan combatido de civiles discordias como enriquecido
de fiestas cortesanas y caballerescos simulacros. Durante aquel
laborioso período, perdido casi enteramente para la grande obra
de la reconquista, se congregan, acopian y asimilan en el suelo
castellano y se propagan á toda España muchos y muy preciosos
elementos, que preparando otras épocas literarias, iban á tener
notable influencia en la civilización ulterior de la Península, co-
municando no pequeña parte de su vitalidad á las mismas obras
de los ingenios, que exornan la corte del hijo de doña Catalina.
Determinar cómo y en qué momentos van apareciendo ; fijar
sus relaciones y caracteres; adjudicar á cada uno la parte que
real y legítimamente le corresponde para producir sus naturales
frutos, trabajo es en verdad tanto más difícil cuanto que no ha
llegado todavía á intentarse. Pero no por lo difícil nos será lícito
renunciar á su realización, empeñados en dar cima á la grande
empresa que hemos echado sobre nuestros hombros.
A semejante fin aspiraremos por tanto en el tomo y capí-
tulos siguientes.
ILUSTRACIONES.
SOBRE LOS PRIMEROS MONUMENTOS CASTELLANOS
DE LA LITERATURA CABALLERESCA.
Hemos ofrecido en el capítulo II del presente volumen dar á
conocer los preciosos cuentos, que ya proviniendo de las narracio-
nes caballerescas del ciclo carlowingio, ya enlazándose en algún
modo con las crónicas bretonas, llegan á tomar plaza en la litera-
tura española durante la segunda mitad del siglo XIY. El estudio,
que en su lugar expusimos, tanto respecto de la representación y
valor de estas singulares producciones, como de sus formas lite-
rarias, nos excusa ahora de todo comentario. Ni hemos tampoco
menester dar aquí menuda cuenta del códice, en que á dicha se
conservan, cuando en las páginas 53 y 54 queda ya descrito con
toda exactitud, y como cumplía á nuestro principal intento.
Bástenos ahora indicar que, al dar á luz por vez primera es-
tas preciosas joyas de nuestra edad-media, sobre responder á una
necesidad literaria, de todo el mundo reconocida, procuramos
también satisfacer los deseos de muy doctos críticos nacionales
y extrangeros, quienes no contentos con haberlos consignado una
y otra vez en sus obras, nos han suplicado también repetidamen-
344 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
te que los incluyésemos en nuestras Ilustraciones. Tal vez no
podríamos satisfacer este generoso anhelo, si la misma naturale-
za de la materia histórica y la más propia división de las épocas
literarias que vamos estudiando, no lo consintiera. Por dicha,
el período comprendido en el presente volumen, que es sin duda
uno de los más interesantes de nuestra historia, por los diferen-
tes elementos y transformaciones que ofrece, no se prestaba á
larg-os desarrollos; y esta circunstancia, favorable al intento de
ampliar las Ilustraciones, nos brindaba la ocasión de sacar á
luz tan peregrinos cuentos.
Aprovechárnosla pues gustosos, en la convicción de que lejos
de merecer la desaprobación de los hombres doctos, ganaremos
su indulgente benevolencia.
I.
Aqui comicnQa vn noble cuento del enperador Carlos Maijnes, de Rroma,
é de la buena enperatriz Seuilla, su miíger.
(Folio 124.)
I. Señores, agora ascuchat é oyredes uu cuento marauilloso, que deue
ser oydo asy como fallamos en la estoria, para tomar ende orne fazaña
de non creer tan ayna las cosas que oyer, fasta que sepa ende la verdat,
é para non dexar nunca alto omme nin alta dueña sin guarda. Vn día
aueno quel grant enperador Carlos Maynes fazia su grant fiesta en el mo-
nesterio real de Sant Donís de Francia, é dó seya en su palacio é mu-
chos altos ornes con él. E la enperatriz Seuilla, su muger, seya cabo él
que mucho era buena dueña cortés, é enseñada, é de marauillosa beldat.
Entonce llegó vn enano en un mulo mucho andador, é deció, é entró por
el palacio, é fué ante el rey ; el enano era tal que de mas laida catadura
non saberla ome fablar. El era gordo, é negro, e bezudo, é auia la cata-
dura muy mala, é los ojos pequennos, é enconados, é la cabera muy
grande, é las narizes llanas, é las ventanas dellas muy anchas, é las ore-
jas pequennas, é los cabellos erizados, é los bra(;o3 é las manos vellosas,
como osso, é canos; las piernas tuertas, los pies galindos, é resquebrados.
Atal era el enano como oydes ; e comencé á dar grandes bozes en su
lenguaje, é á dezir: — Dios salve el rey Carlos, é la reyna, é todos sus pri-
uados. — Amigo^ dixo el rey, bien seades venido; mucho me plaze con vus-
co é fazer vos he mucho bien, ssy conmigo quisierdes fincar, ca semejades,
11.* PARTE, ILUSTRACIONES. 345
muy estraño orne. — Señor, dixo él, grandes mergedes, é yo seruirvos he á
toda vuestra voluntat. Entonce se asentó antel el rey; mas Dios lo confon-
da. Por él fueron después muchos cabellos mesados, é muchas palmas ba-
tidas, é muchos escudos quebrados, é muchos caualleros muertos é tolli-
dos, é la rey na fué juzgada á muerte, é Francia destruida grant parte;
asi como oiredes por aquel enano traydor, que Dios confonda. Toda
aquella noche fezieron grant fiesta é grant alegría fasta otro dia á la ma-
ñana: espediéronse los altos ommes del rey, é los caballeros, é fuéronse á
sus logares, cada uno do auia de yr, é el enperador se tornó á la ciudat
de Paris, que es de alli una grant legua, é luengament estouo alli con su
muger que amaua m^icho.
II. Un dia se leuantó el rey de su lecho grant mañana é enbió por sus
monteros, é díxoles que^e guisasen de yr a cagar, ca ya quería yr á mon-
tería por auer sabor de ssy; é ellos fezieron ssu mandado é desque metie-
ron los canes en las traillas é ovieron todo guisado, el rey caualgó , é
fuese á la floresta, é leuantaron un gieruo, é ssoltáronle los canes, é el
rey cogió en pos del, é corrió conél todo aquel dia por montes é por ribe-
ras. Agora dexa el cuento de fablar del rey, é de su caga é torna á la
rey na.
III. DesqiTe sse el rey salió de la cámara, fincó la rey na en ssu lecho é
adormegióse, é dormía tan fieramente que semejaua que en toda la noche
cosa non dormiera. E las donzellas é las couigeras se salieron é dexáronla
sola, é fincó la puerta abierta, é fuéronse á una fuent muy buena que
nagia en la huerta á lauar sus manos é sus rostros; é desque lañaron ssus
manos é sus rostros, é folgaron por ese vergel, comengaron de coger
flores é rrosas para ssus guyrlandas, segunt costunbre de aquella tierra; é
do la reyna dormía asy sin guarda, ahé aquel enano que entró é non
vio ninguno en la casa, é cató de una parte é de otra, é non vio sy
non la Reina que yacía dormiendo en el lecho, que bien paresgia la
mas bella cosa del mundo; é el enano se llegó á ella, é comengó de le
parar mientes : desque la cató grant piega, dixo que en buena ora nas-
giera quien della pudiese auer su plazer, é llegóse mas al lecho é pensó
que aunque cuidase ser muerto ó desmembrado, que la besaría. Entonge
sse fué contra ella; mas aquella ora despertó la reyna, que auia dormido
assaz, et comengó de alimpiar sus ojos et cató á derredor de ssy por la
cama, et non uió omme nin muger, sy non al enano que vio junto al
lecho, et dixole: — Enano ¿qué demandas tú ó quién te mahdó aquí entrar'^
mucho eres osado. — Señora, dixo el enano, por Dios aved merget de mí.
Ca sy vuestro amor non hé, muerto só et prendavos de mí piadat, et
yo faré quanto vos quisierdes. La Eeyna lo ascuchó bien, pero que toda
la ssangre sse le voluió en el cuerpo, et cerró el puño, et apretólo bien,
é dióle tal puñada en los dientes que le quebró ende tres, asy que gelos
fizo caer en la boca: de sy púxolo et dio con él en tierra, et saltóle sobre
el vientre asy que lo quebró todo. Et el enano le comengó á pedyr mer-
3Í6 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
(}e\., et quando le pudo escapar, comengó de yr fuyendo, et fuesse por la
puerta^ su mano en su boca por los dientes que avia quebrados, jurando
cfc deziendo contra ssy : que en mal punto la reyna aquello feziera, ssy
él pudiese, que ella lo comprarla caramente. Contra ora de viespras sse
tornó el rey de caga con sus monteros et troxieron un grant gieruo. Et
desque sse asentó á la mesa, pregunto por su enano que se feziera del
que non venia antél, asi como solía. Entonce lo fueron buscar, et desque lo
troxieron, ssentose delant el rey, ssu mano en las quixadas et la cabega
baxa. — Dime, dixo el rey, qué ouiste, ó quién te paro tal? Non sse quien te
ferió, mas mal te jogó ; dime quién te lo fizo, et yo te daré buen derecho.
Señor, dixo el enano, si Dios me ayude, cay en na andamio, de guissa
que me fery mal en el rostro et me quebró un diente, de que me pesa
___^ mucho; et el Key le dixo: — Certas enano, et á mi faz.
IV. Desque el Rey comió et las mesas fueron aleadas, quando la no-
che veno, .el rey se fué á su cámara^ et echóse con la reyna ; mas agora
ascuchat que fué á pensar el traydor del enano que Dios destruya, que
nunca otra tal traycion basteció vn solo omme, como él basteció á la rey-
na. Tanto que la noche Uegó, entró ascusadamente en la cámara et fuese
meter tras la cortina et ascondiose y et yogó guardado; de guisa, que
nunca ende ninguno sopo parte : después que se el rey echó con su mu-
ger. saliéronse aquellas que la cámara avian de guardar et cerraron bien
las puertas, et el rey adormegió como estaua cansado de la caca; ct
quando tanieron á los matines, despertó et pensó que yria oyr las oras á
la eglesia de Sancta María, et fizo llamar diez caualleros que fuesen con él.
Agora ascuchat del enano, que Dios maldiga, lo que fizo : después que
él vio que el rey era y do á la eglesia, ssalió detras la cortina muy paso,
et fuese derechamente al lecho de la reyna, et pensó que antes querría
prender muerte que la non escarnegiese, et algo el cobertor et metióse
entre el lecho; mas aueno que la reyna yazia tornada de la otra parte;
pero non la osaua tañer, et comemgó de pensar cómo faria della ssu
talante, et en este pensar duró mucho et dormióse fasta que el rey tor-
nó de la eglesia con sus caualleros; et era ya el ssol salido, é desque en-
tró en el palacio, fuese derechamente á la cámara solo, muy paso. Et des-
que fué antel lecho de la reina, que yua ver muy de buenamente,
erguyó el cobertor de que yazia cobierta, et vio el enano yazer cabo
ella. Quando esto vio el enperador, todo el coragon le estremegió, et ouo
tan grant pesar que non poderla omme con verdat dubdar que mucho esta-
ua de mal talant. — Ay mosquino, dixo él ¿cómo me este corascon non quie-
bra?... Señor Dios, quien sse enfuzia jamás en muger, et por el amor de la
mia jamás nunca otro creeré. Entongo sse salió de la cámara, et llamó su
coupañía á grant priesa; ellos uenieron muy corriendo. — Vasallos, dixo el
enperador : ved que grant onta, quién cuy dará que nunca mi muger esto
jiensaria que amase tal figura, que nunca tan laida catadura nagió
de madre? Maldita sea la ora en que ella nagió. Entongo sse fué al le-
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 547
cho, et ceñió ssu espada que y tenia, et dixo á sus omnies que sse llega-
sen, et desque fueron llegados, díxoles él : Juzgádmela desta grant onta
que me fezo, como aya ende ssu gualardon. Entonce estañan y los traido-
res del linage de Galalon, Aloris et Foucans, Goubaus de Piedralada, et
Sansón, et Amaguins, et Macaire, el traydor de la dulce palabra et de los
lechos ariiargos. Estos andauan siempre contra el rey-, asechando cómo
bastirían encobiertament su mal é su onta ; et Macaire el traydor adelan-
tóse ante los otros, et erguyó el cobertor, et quando aquello vio, signóse
de la marauilla que ende ouo, et comencó á llorar muy fierament, que
entendiese el rey que le pesaua mucho : et quando vio al rey tan brauo,
et con talant de fazer matar la rey na, dio muy grandes bozes al rey, et
dixo que la reyna devia ser quemada, como muger que era prouada en
tal traición.
V. Desque los tray dores juzgaron que la reyna fuese luego quemada, el
rey mandó fazer luego muy grant fuego en el campo de París, et desque
fué fecho de leña et de espinas et de cardos et de huesos, Macaire et
aquellos á quien fué mandado, tomaron la reyna et el enano, et sacáronlos
de la villa, et leuaronlos allá, mas la reyna yva con tal coita et con tal
pesar qual podedes entender. Entohge los tray dores comencaron de aten-
der el fuego, et llegaron y la enperatriz Seuilla, é desnudáronla de un
brial de paño de oro, que fuera fecho en Ultramar. Ella ouo muy grant
espanto del fuego que vio fuerte, et do vio el rey, comenzóle á dar muy
grandes voces. — Señor, mercet por aquel Dios que se dexó prender muer-
te en la veracruz por su pueblo sainar ; yo ssó preñada de uos: esto non
puede ser negado. Por el amor de Dios, señor^ facetme guardar fasta
que sea libre; después mandatme echar en un grant fuego, ó desmen-
brar toda. Et asi como Dios sabe que yo nunca fize este fecho, de que
me uos fazedes retar, asi me libre ende él del peligro en .que ssó.
VI. Después que esto ouo dicho, tornóse contra Oriente, et dio muy
grandes vozes et dixo : — Ay rica ciudat de Constantinoplal ... en uos fuy
criada á muy grant vicio: ay mi padre et mi madre!... non sabedes vos oy
nada desta mi grant coita. Gloriosa Sancta María, et qué será desta mes-
quina que á tal tuerto ha de ser destroida et quemada?... Et como quier
que de mí sea, aved meríjet desta criatura que en mí tray o que sse non
pierda. Entonce el rey mandó tender vn tapete antel fuego, et mandó
leuar y la reyna, et que la assentasen y et la desnudasen del todo sy
non de la camisa, et luego fué fecho. Agora la guarde aquel Señor que
nació de la Virgen Sancta María, que non sea destruida nin dañada, Et
do sseya asi en el tapete la mas bella rosa que podia ser, porque seya
amarilla por el grant miedo que auia, et ya cató la muy grant gente
que vio á derredor de ssy, de la otra parte el fuego fiero et muy espan-
toso, et dixo : — Señores, yo veo aquí mi muerte: ruego uos por aquel Se-
ñor que todo el mundo tiene en poder, sy vos erré en alguna cosa de
que mi alma sea en culpa, que me perdonedes: que nuestro Señor en el
5Í8 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
dia del juigio vos dé ende buen galardón. Los ricos ommes et el pueblo
oyeron asj fablar la enperatriz, comenzaron á facer por ella muy grant
duelo, et tirar cabellos, et batir palmas, et dar muy grandes bozes, et
llorar muy fieramente dueñas et donzellas et toda la otra gente ; mas
tanto dubdauan al rey, que ssolamente no le osauan fablar, nin mercet
pedir. Et el rey dixo á las guardas : — Ora tomad esta dueña, ca tal coita
hé en el coraron, que aun non la puedo catar ; et ellos trauaron de ella, et
erguyéronla por los braQos et liáronle las manos tan tosté, et pusiéronle
vn paño ante los ojos; et ella quando'esto vio, comentó á llamar á muy
grandes bozes: — Sancta María, Virgen gloriosa et Madre, que en ty tro-
xiste tu fijo et tu padre, quando veno el mundo saluar: Señora, catadme
de vuestros piadosos ojos, et saluad mi alma, ca el cuerpo en grant peli-
gro está. A aquella ora llegó el duque Almerique ct Guyllemer de Esco-
cia, et Gaufer de Ultramar, Almerique de Narbona, et el muy buen don
Aymes, et decieron á pié et echáronse en inojos ante el enperador, et pe-
diéronle mercet et dixieron: — Señor, derecho enperador, fazet agora asi
como vos consejaremos; fazetla echar de la tierra, ca ella es preñada de
uos, et cerca de su término. Ca ssi la criatura peresciese, todo el oro del
mundo non nos guardarla que non- dixiessen que nos diéramos falso
""^. juyzio. — Certas, dixo el enperador, non ssé que y faga; mas fazet venir el
enano, é fablaré con él ante vos, et saberedes la cosa, como fué dicha et
fecha.
VIL Entongo fueron por el enano, et traxiéronlo una cuerda á la gar-
ganta et las manos atadas, et los traydores se llegaron á él á la oreja, allá
do fueron por él, et consejáronle que todauia feziese la reyna quemar, et
que ellos lo guardarían, et lo farian rico de oro et de plata. Et el enano
les otorgó que faria toda su voluntad; et quando llegó ante el Rey, fué
mviy hardido et muy esforzado. — Enano, dixo el rey, guárdate que me non
niegues nada; dime como te osaste echar con la reina. — Señor, dixo el
enano , por el cuerpo de Sant Donís, yo non uos mentiría, por cuydar
ser por ende desmenbrado, et ella me fizo venir anoche et entrar en la
cámara, et yazer y, et tanto que uos fuestes á la eglesia, mandóme venir
-^v'para ssy, et (jertas pesóme ende, mas non osé ál facer.— Oid que mara-
villa!... dixo el enperador, et de pesar non lo pudo mas oyr, et mandó dar
con él en el fuego, que la carne fuese quemada, et la alma leuasen los
diablos. — Amigos, dixo el rey á don Aymes é á los otros ommes buenos
qufi por ella rogaron, fazer quiero lo que me rogastes: yd, desatarla
reyna, é vestidla de sus ricos paños, ca non querría que fuesse vergoño-
sament. Quando esto oyeron, todos ouieron grant plazer et gradeciéron-
gelo mucho.
VIII. Dueña, dixo el Rey, para aquel Señor que en ssy es Trinidat ¿por
qué me avedes escarnecido? Sy aun ovieredes muerto mi padre et todo
mi linage , non uos faria mal , tal voluntad me veno , mas agora luego
vos salid de mi tierra. Ca si de mañana vos aqui fallo, para aquella
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 349
xhristiandad que tengo, yo vos íaré destruyr, que vos non guardaran ende
quantos en el mundo binen. — Señor, dixo la reyna, por Dios merget, et
¿dó yrá esta catiua, quando se de nos partier, que yo non sé camino ni sen-
dero? Et que seria de mi cuerpo catino et de la criatura que traygo en mi?
Dueña, dixo el rey, yo non sé qué será ; mas salir vos convien de toda
mi tierra, é Dios vos guiará et guardará, seg-unt como vos merecistes. El
enperador cató en derredor de ssy, et vio vu cauallero en quien se fiava
mucho que Uamauan Aubery de Mondisder, que era muy buen cauallero
de armas et muy leal , et de muy buenas mañas. — Aubery, dixo el rey,
llegat vos acá, ca yr vos cdnvien con esta dueña. Et guardatla fasta fue-
ra de la grant floresta, et desque salier della, coger se ha por el grant
camino, et yrse ha derechament al Apostóligo et mauefestarle há sus
pecados, et fará dellos penitencia, ca mucho fué ciega et astrosa, quando
echó el enano consigo. — Señor, dixo Aubery, yo faré vuestro mandado.
Entongo pusieron la reyna sobre una muía mucho andador, ensell'ada et
enfrenada de muy rico guarnimento, et Aubery de Mondisder caualgó en
su cauallo , et leuó consigo un galgo grande , et muy bien fecho que ca-
riciaua de pequenno , et que amana mucho, et nunca lo del podian par-
tir; et non seria tan grande la priesa, quando caualgaua ó andana á
monte, que lo siempre non aguardase. Entónge fué Aubery á la dueña, et
díxole: — Señora andat, pues que lo el rey manda, et guyar vos he, et ella
dixo, llorando luucho de los ojos et del corascon : Fazer meló convien
queriendo ó non. Et el rey quando la vio ir , comengó á llorar de pia-
dat, mas ella quando le paró mientes, á pocas non cayó de la muía en
tierra.
IX. Asy se yua la reyna et Aubery con ella que non leuaua sy non su
espada ginta, et su galgo , et andaron beinte é cuatro leguas . Entonces
fallaron una muy fermosa fuente en vn muy buen prado entre unos ár-
boles, et muchas yernas á derredor : así que el logar era muy sabroso, et
Aubery degio allí la dueña, por íblgar et por bever del ag-ua,et él que la
vio llorar mucho, díxole: — Dueña, por Dios confortad uos, ca nuestro Se-
ñor nos puede bien ayudar. Et quien en él ha fianga, su vida será saina.
Ay coitada, dixo ella, ;_et qué será agora de mí, quando uos de mi partie-
redes, ó para do yre? Ca yo non sé para do vaya. Et así seyvan fablan-
do, ante la fuent, et Aubery de Mondisder auia della grant duelo
et gran piadat; mas agora vos dexaremos de fablar de la dueña, et de
Aubery de Mondisder , et tornar uos he á íablar del Enperador Carlos,
X. Grant pesar ovo él de su mug-er que fizo echar de la tierra, et otro-
sí fezieron por ella muy grant duelo en la giudat ; mas por se confortar,
mandó poner la mesa engima del campo, por comer con sus caualleros et
con su compaña ; et desque el rey se asentó á comer, Macaire el traydor
de linage de los traydores que esto estaua aguardando, quando aquello
vio, defurtóse et salió del palacio, et fuesse á su posada, et armóse, et
mandó ensellar su cauallo , et cavalgó muy tosté, et fué su carrera, en
350 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAfíOLA.
pos la Eaperatriz, efc juró que si le estorbasse Aubery de Mondisder, que
la quisiese toller, que le cortarla la cabeza, et que faria della su volun-
tad. Assi se fue el traydor, á furto como ladrón, quantomas podia yr, et
desque ando cuanta piega, vio yr ante ssy la reyna et Aubeiy, que ca-
nalgfl,ran ya et yuan su carrera; et tanto que los vio, luego los conosnió, et
desque los fue alcanzando, dióles bozes, et dixo : —Estad quedos. Et Au-
bery quando aquello vio, cuydó que venia con algunt mandado del En-
pcrador, et paróse só un árbol por oyr lo que queria dezir, et Macaire el
traydor, pensó que metería espanto á Aubery, et que le averia de dexar
la dueña, et dixo de tanto que á él llegó :— Aubery, para aquel Dios que.
priso muerte en cruz, ssy me esta dueña non dexas, et te non vas tu car_
rera, que tú prenderás aquí muerte á mis manos ; ca toda esta langa me-
teré por ty: mas déxamela, et baratarás bien, et yo faré della mi plazer.
Quando esto oyó Aubery, toda la sangre se le boluió en el cuerpo et dixo:
Nuestro Señor guarde ende la reyna por la su grant piadat, et la ponga
en saluo. Macaire, dixo él., ssy Dios vos vala, qué es lo qué dezides ó qué
pensades?... fariades vos onta al rey de su muger, aunque pudiesedes?..,
Et él respondió: — Luego lo veredes, et por ende vos digo que me dexedes
la reyna , ca mas non la levaredes, et que yo faré della lo que me qui-
siere; et si la dexar non queredes, vos lo conpraredes bien. Aubery, dixo
la reyna, por Dios avet de mi piadat et defendetme deste traydor, etpor
buena fe ante lo yo querría ver rrastrar á cola de cauallo que mi Señor
el rey nunca por él prender vergüeña. Quando esto oyó Macaire á pocas
non ensandeció, et ñrió el cauallo de las espuelas, et blandió la langa que
tenia del fierro muy agudo, et dexóse ir á Aubery, por lo ferir con ella.
Quando lo. Aubery vio venir con tal guisa, ssacó la espada de la bayna, ct
desvióse , et dióle tal espadada en la langa que le fizo della dos partes.
Et Macaire dexó caer lo que le fincó de la langa en tierra , et sacó la es-
pada de la bayna : él estaba bien armado, mas Aubery non auia ningu-
na armadura; pero por esto non se dexó de defender quanto pudo . Et Ma-
caire le dio un golpe tal en la espalda seniestra, que gela derribó, et del
golpe degio el brago, et cortóle los nervios et las venas. Et quando se
Aubery sentió tan mal ferido, dixo á Dios: — Señor, aved merget de mí:
Santa María Señora, agorredme que non pierda mi alma, et salvat á
esta dueña que non sea escarnida , nin el rey desonrado.
XI. Mucho fue coitadocon grant pesar Aubery, quando se sentió lla-
gado, ca la sangre se leyuá tan fierament que todo ende era sangriento et
goteaua en tierra . Quando aquello vio la reyna, dio vn grito con pauor
et dixo: — Santa María, Señora acerredme; et dio de las correas á la muía
et metióse por el monte , et comengó de fuyr quanto la muía podia an-
dar. Entre tanto acá los caualleros conbatíanse á las espadas, ca Aubery
non se quiso dexar vencer al otro fasta la nuierte: ante se defendió tanto
cjue bien averia la dueña andadas quatro millas, al andar que yua. Tanto
se conbatieron anbos los caualleros que Macaire le dio vn golpe desgre-
11.* PARTE, ILUSTRACIONES. 551
mir por la anca que gela cortó toda con la pierna. Quando Aubery se
sentió tan mal llagado, dio un baladro de muy grant dolor: quando lo
el su galgo oyó, erguyo la cabegá ; et fue en grant coita, quando vio á
su Señor tan mal trecho, et de que se le yua la sangre tan fierament,
et dexóse yr muy sañudo á Macaire, et lanzóse á él, et travúle en el
vientre de la pierna con los dientes que avía mucho agudos que le non
valió y la brafonera que le non pusiese bien los dientes por la pierna,
que la sangre cayó ende la yerua, et de como era grande et menbrudo, de
pocas ouiera de dar con él en tierra. Et Macaire cuydó le dar con la es-
pada; mas el can con miedo del abrió la boca, et comenQÓ de fuyr, et Ma-
caire en pos él, et el galgo con coita metióse en el monte. Gran pesar ouo
el traydor, porque non matara el galgo ; et Macaire tornó a ferir á Aube-
ry de tal golpe de la espada por cima de la cabega, que lo llagó á muer-
te, et dexóle caer en tierra. Dios a^a meríjet de su alma; et allí do yazia
dixo á Macaire así como pudo. — Ay traydor, maldita sea tu alma, ca á
grant tuerto me as muerto. Dios prenda ende uenganga. Et dixo mas:
Ay Señor, Dios padre poderoso, pido vos por merget que ayades piadat de
lili alma; et luego se partió el alma del, et el traydor de Macaire fuéle al
• cauallo et matólo , et eso mesmo feciera al galgo, ssy pudiera^ mas fuyóle
al monte , por tanto le escapó. Desque Macaire ouo fecho todo esto, non
(juiso mas tardar, et fue buscar la reyna , et pensó que faria en ella to-
da su noluntad, et después- que le cortarla la cabe?.-, con su espada; mas
Dios non touo por bien que la él fallase, ca mucho se alongara de alli en
quanto se combatieran; mucho la buscó el traydor de una parte et de
otra; mas quando vio que la non podia fallar, tal pesar ende ouo que á
pocas non raviaua, Et desque vio que non podia della saber parte, pugnó
de se tornar á la ciudat et llegó y grant noche andada , et fuese á su
posada, et fizóse desarmar, mas nunca descobrió á ninguno cosa de lo
que fiziera . Mas Aubery que yacia muerto cabo de la fuente , oyd del su
can lo que fizo. Quando vio su Señor muerto, comenzó de ladrar et de
aullar, et de facer la mayor coita por él que nunca fizo can por Señor;
et comentó á cabar con las vñas , et á facer cueva en que lo metiese; et
lamíale las llagas muy piadosamente et tal manera fazia que non ha en
el mundo omme que lo viese á quien se ende grant duelo, et grant piadat
non tomase. Asi lo guardaua todo el dia de las aves, et toda la noche de
las bestias del monte, donde au.ia y muchas que gelo non comiesen, nin
tañiesen: asi guardó el can su señor toda la noche, que nunca bestia se
llegó á él, nin aue; et quando veno la mañana, ovo muy grant tambre,
mas por amor de su señor non quiso yr buscar cosa que comiese. Agora
vos dexaré de fablar de Aubery et de su buen galgo, et tornarnos he á
fabíar de la reyna.
XII. Toda la noche caualgó la mesquina por la floresta, que nunca que-
dó que andar, et tan grant pauor auia de Macaire que nunca le veno sue-
ño al ojo; et yua dando á la muía quanto podia, ca siempre cuydaua del
352 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
traydor que corría en pos ella . Aquesto era en el tienpo de pascua de
Eesuregion; et quando veno la mañana, salió fuera del mont, et desque
se vio en el llano, comentó á llorar mucho de los ojos é del coraron, et
dixo con muy grant coita: — ¡ Ay Dios Señor, et para do yré ! En esto que
se ella estaua asi coitando, cató, et vio venir un grant villano fiero con-
tra ssy por un camino que yua por y, et su saya corta et mal fecha de
vn burel, et la cabera por lauar, et los cabellos enrri^ados, et el vn ojo
avia mas verde que vn azzor pollo, et el otro mas negro que la pez; las
sobrecejas auia muy luengas, de los dientes non es de fablar, ca non eran
sinon como de puerco montes; los bracos et las piernas avia mny luen-
gas, et un pié leuaua cal(;ado et otro descalco, por yr mas ligero, et ssy
le diesen á comer quanto él quesiese non averia mas fuert omme en toda
la tierra, ni mas arreziado: et ante ssi traya vn asno cargado de leña, e*
él leuaua su aguijón en la mano con 'que lo tañía ; et quando cató et vio
la reyna, comencó de menear la cabega, et dio tan grant boz que toda la
floresta ende retenió, etdixo: — Venid adelant. Dios que buen encontrado
fallé para mi cuerpo solazar!... Quando esto oyó la reyna, toda la color
perdió; pero esforzóse et llamólo, et dixole muy omildosament: — Buen
amigo, Dios vos ssalue: ¿poderme ya en vos fiar? Ora me decit, amigo,
¿á qué parte ydes? — Dueña, dixo él, et vos qué avedes y de adobar? mas
quáles diablos vos fezieron leuantar tan de mañana? Bien semejados mu-
jer de dinero ó de meaja, quando asi ydes- sola sin omme del mundo
pequenno nin grande, et certas seméjame grant daño, ca de mas fermosa
dueña que vos non oy fablar, nin avn de la reina Seuilla, que era tan
fermosa dueña que el rey fizo quemar anoche en el llano de Salomón,
mártir: mucho fizo y mal fecho; Dios lo maldiga, ca mayor foUonía non
poderla fazer. Quando le esto oyó la reyna, comentó de llorar muy fiera-
ment. Dueña, dixo el villano, para el cuerpo de Dios, mucho fué y villa-
no el rey Carlos que tan buena reina quemó, é tan sabidor, que fasta
9ima de Oriente non avia otra tal á mi cuydar; et sy vos troxiesedes con
vusco caualleros et conpaña et non andasedes asi llorosa et mal trecha,
vos la semejaríades muy bien por buena fé. — Amigo, dixo la reyna, desto
non dubdedes, ca yo sso esa de que vos fablades; et verdat fué eso de
que vos dezides; ca el rey mandó fazer grant fuego, . en que me quema-
sen, et leuantóme tal blasmo de que yo non avia culpa, et quemada me
ouiera por el consejo de Macaire, que Dios destruya, et de otros; mas
Dios me guardó ende por la su sancta piadat, que sabia que non avia y
culpa, et púsole en voluntad que lo non feziese, et mandó que me saliese
de su tierra, por tal condición que ssi me después y nunca fallase, qtie
me feziese matar, que ál y non oviese: de si fizóme guardar por la flo-
resta á un su cauallero bueno, et que me guiase, que auia nonbi-e Au-
bery de Mondisder, et que él amaua mucho. Et Macaire el traydor veno
en pos nos, armado de todas armas en ssu cauallo, et quesiérarae escar-
nir ; mas Aubery pugnó de me defender, mas á la ^ima matólo Macaire.
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 353
Et quando yo vi quel pleito yua assy, metyme por este mont, ét co-
mencé de fuyr quanto pude, et non sé para do vaya; et so muy coitada,
ca ando preñada; et por Dios, omme bueno, consejadme oy si uos plaze,
et tomad estos mis paños et mi muía, et fazet dello vuestra propiedat.
Quando esto oyó el villano, aleó la cabega, et feria los dientes vnos
con otros, et comentó de ferir de un puño en otro, et después dio de las
manos en sucabegaet tiró sus cabellos, et dixo: — Dueña, non temades;
ca para aquel Dios que nació en Betlem de la Virgen Sancta María por
su plazer, que ya non yredes sin mí una legua de tierra, que yo nonvaya
con vusco á toda vuestra voluntat : et de aquí uos juro que non vaya
mas én pos este asno, nin torne veer á mi muger nin á mis fijos; et leuar
uos he derechamente á la rica ciudat de Constantinopla al enperador Ri-
charte, vuestro padre, que quando sopier las nuevas de uos, et de vues-
tro mal^ sé que enbiará en Francia ssus gentes et su hueste; et si Carlos
non quisier fazer su voluntad de uos rescebir por muger, asi como antes
érades, ssé que será grant destroimiento en Francia. ¡Ay Dios, dixo la
reyna, que formaste Adán et Eua, onde todos defendemos, Sseñor, acór-
reme et échame desta tormenta et liéuame á logar, do sea en saluo!
XIII. Asi dixo la reyna, como vos oydes, et el villano le dixo: — Dueña,
non vos desmayedes: yo he mi muger é mis fijos en una fiudat, donde so
natural et guarecia por esto que vos vedes, é desto gouernaua mi con-
panna; mas por vos quiero desamparar la muger é los fijos, por yr
con vusco et vos seruir, et á vos conueruá de yr por extrañas tierras
fasta que seades libre de la criatura que en vos traedes, et darlo hemos
y á crias, et quando fuer grande yr se ha á Constantinopla, et nos yrnos
hemos luego al enperador, vuestro padre, á Grecia donde es Señor; et
quando sopier vuestra facienda, sé que auerá ende muy grant pesar;
et desque el niño fuer de edat, ssy fuere de buen coraron, darle ha su
poder et por auentura aun será rey de Francia, sy á Dios plaze. Et la
reyna dixo que Dios le diese ende buen grado de lo que le prometía:
Agora me dcQÍt amigo, dixo ella ¿cómoavedes vos nombre? Et él respon-
dió: — A mí dizen Barroquer. Certas dixo la reyna, el nombre es muy es-
traño; mas vos me semejades omme bueno, et asi lo seredes, si Dios qui-
siere que me vos tengades. fé et lealtad: et como yo cuido en buena ora
vos fuestes nado, ca yo vos faré muy rico et muy bien andante. Dueña,
dixo Barroquer, grandes mercedes agora me decides. Amigo, dixo ella, sa-
bedes cerca de aquí villa ó castiello do pudiésemos fallar que comiése-
mos?... ca yó he muy grant fanbre, que ya dos dias ha que non comy;
etdaredes este mi manto por dineros, et venderedesla muía que ayamos
que despender por do fuéremos, ssy lo asi touieredes por bien. Dueña, dixo
Barroquer, aqui ante nos hay un hurguete muy bueno, que llaman Leyn:
vayamos allá derechament et y comeredes que uos ahonde. Buena
ventura vos de Dios, dixo la reyna. Asy se fué la reyna, et Barroquer
con ella; et la bestia de Barroquer se tornó para la posada, asi como yua
Tomo v. 23
554 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA,
cargada de leña; mas cuando la su mugler vio fue mucho espantada, ca
ouo pauor que alguno matara á Barroquer, ssu marido, en el monte, ó
que lo prendiera el que guardaua el monte, et comengó á dar grandes
baladres con su fijo, et á llorar mucho, mas la reyna et Baroquer llega-
ron á Leyn después del medio dia, et entrando en la villa fallaron mu-
chos burgueses que preguntaron á Barroquer dónde andauan ; mas el
abaxaua la cabega et pasaua por ellos et la dueña en pos él, et tales y
auia que le dezian: — Villano, non lo niegues ¿dónde fallaste tan fermosa
dueña ó dó la tomaste? Et la dueña les dezia : — Señores, por Dios non di-
gades villanía^ ca él es mi marido: vome con él. Por buena fe, dezian ellos,
asi fezo grant diablura, quien á tal villano dio tan fermosa mugeri Mas
Barroquer non dezia nada, synon baxaua la cabega et dexaba á cada uno
dezir su villanía; et fuéronse á una posada de cabo de la calgada, et Bar-
roquer rogó mucho á un burgués que y falló que los albergase aquella
noche, et faria grant cortesía, et el burgués respondió et dixo á la dueña:
—Amiga yo non sé quién vos sodes ni de quál linage; mas he de vos grant
piadat en mi coragon, et por ende aueredes la posada á vuestra volun-
tad, que vos non costara una meaja. Quando Barroquer esto oyó, gra-
degiógelo mucho, et entonye degendieron, et el huésped que era sabidor
et cortés, guysóles muy bien de comer; et desque comieron quanto quisie-
ron, el huésped que era omme bueno et de buena parte, llamó á Barro-
quer et preguntóle en poridat, et dixole: — Amigo, por la fé que deues á
Dios ¿es esta dueña tu muger?... Señor, dixo Barroquer, yo no vos nega-
ré la verdat por aquel Dios que el mundo fizo, porque vos tengo por
omme bueno et leal. Ella non es mi mujer, bien vos lo juro; ante es
una dueña de luenga tierra, et yo sso su omme. Et ymos nos á Eoma;
mas ymos muy pobres de despensa. — Amigo, dixo el huésped, ncjn
vos desmayedes, ca Dios vos dará consejo. Et fezieron echar la due-
ña en una cama en un lecho muy bueno, do dormió aquella noche muy
bien fasta en la mañana. Entonce llamó Barroquer á la puerta et des-
pertóla.
XIV. Desque la reyna despertó et se bestió é aparejó et abrió la puer-
ta, llamó á Barroquer, et dixole: — Yo he grant pauor del rey, et ssy el
sopier que yo aqui sso, facer me ha matar por su bravura. — Dueña, dixo
Barroquer, non temades, ca si Carlos agora aqui llegase, ante me yo de-
xaria matar que vos dexar mal traer, aunque cuydase y ser todo des-
fecho; mas aved en Dios buena esperanga, ca de mañana moueremos de
aqui sin mas tardar. — Barroquer, dixo la dueña, agora me entendet; yo
sso preñada para cedo, commo yo cuydo, et por Dios fazet en manera
que nos vamos et dat esta mi muía con su guarnimento por dineros, que
despendamos por las tierras por do fuéremos, et compradme un palal'ren
rafez, en que yo vaya. —Señora, dixo Barroquer, como vos mandardes; et
vendió luego la muía con aquella rica silla que traya et dieron el manto
de la reyna por uu palafrén, en que ella fuese; et conpróle un tabardo,
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 555
et espediéronse del huésped que los comendó á Dios, efc caualgó con ellos
una pieca: et desy, et espedióse dellos. Ora los guye Nuestro Sennor.
XV. Agora se va Barroquer et la reyna con él, que Dios guarde de
mal; mas de las jornadas que fezieron yo non vos las sé contar, mas pasa-
ron por Veré et desy por la Abadía, et fuéronse albergar al castiello de
Terrui, et otro dia grant mañana caualgaron et fuéronse á la noble ciudat
de Eenis: desy pasaron Campaña, et pasaron á Musa en una barca, des-
pués en Ardaña et á ora de cunpletas llegaron á Bullón, et pasaron la
puent et fuéronse' albergar á la abadía, de Sanct Eomacle; otro dia grant
mañana saliéronse dende, et tomaron su camino et pasaron el mont et
la tierra gasea et fueron remanescer á Ays de la Capilla, et de alli se
fueron á la buena ciudat de Colonia, et estudieron y tres dias : desy
pasaron el rio que llaman Rin en una galea, et preguntaron por el ca-
mino de Ungria, et enseñárongelo et fuéronse por él. Agora vos dexare-
mos de fablar de la reyna et de Barroquer, et fablar vos hemos de
Carlos, que fincara en Paris triste et coitado él et toda su compaña, por
razón de la reyna.
XVI. El rey que era en Paris et muy grant conpaña de altos ommes con
él, cató un dia por el palacio, et non vio á Aubery de Mondisder, et dixo:
— Por Dios ¿qué se fizo de Aubery que non veno? De grado lo querría
veer, por saber nuevas de la reyna ó para do fué. Ella mereció de yr en tal
priesa: mas quesiera auer perdida esta ciudat para siempre que ella
ouiese errado tan mal contra nos; mas sofrir nos conviene, pues que
asi,aveno: mas llamad á Aubery et saberé la verdat de la reyna qué fizo.
Quandp Macaire esto entendió, toda la sangre se le boluió en el cuerpo,
et después veno antel rey, et díxole:— Señor, á mí dixieron que Aubery
estouo mal contra uos, ca se salió con la reyna por fazer della su vo-
luntad, assi la leuaua como vna soldadera. Quando el enperador esto
oyó, ouo ende grant pesar. — Macaire, dixo el enperador ¿ dizes me tú
ende verdat que Aubery me desonró asy? — Señor, dixo él, jamás nunca
lo veredes en toda vuestra vida par mi fé: et Señor, sabed que él no ha
talant de tornar nunca á Paris.
XVII. Desto que dixo Macaire al enperador ouo él tan grant pesar et
juró para Dios que le feziera á su imagen^ que si Aubery cogiese en la ma-
no que lo faria morir de muerte desonrrada, ca bien entendía que le fe-
ziera Aubery muy grant onta, segunt como dezia Macaire, el follón; mas
el otro yazia muerto cabo de la fuente, que este traydor matara que lo
mezclaua et el su galgo antél, que lo aguardaua de las aues et de las bes-
tias que lo non comiesen; mas comia el cauallo que yazia y muerto. Quatro
dias et quatro noches guardó el can su señor, que non comió uin beuió,
et era ya tan laso que marauilla; et leuantóse á grant pena de cabo su se-
ñor, et arrencó de la yerua con sus manos et con los dientes, et cobriólo
con ella, et tanto lo coito la fambre que se fué contra París por el
camino derechamente, et llegó y á ora de medio dia; et fuese al palacio
336 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
derechament. Et aveno asi que el rey sseya yantando, et muchos
ommes buenos con él, et Macaire acostárase ^erca del rey, et decíale
que muy mal le avia errado Aubery, que se fuera con la reyna por es-
trañas tierras. — Macaire, dixo el rey, mucho he dello grant pesar; mas
para aquel ^eñor que priso muerte en cruz, yo faré buscar por cada lugar
do sopiere que se fueron, et si á Dios plugier que lo fallen et lo trayan á mi
poder, todo el oro del mundo non lo guarirá que non sea arrastrado ó
quemado, que lo non dexaria por cosa del mundo. A aquella ora entró
el galgo en el palacio, et las gentes lo comentaron á catar; mas el galgo
tanto que vio á Macaire, dexóse correr á él, et trauóle por detrás en la
espalda seniestra et puso bien los dientes por él, et rroyólo muy mal;
et Macaire dio muy grant baladro, quando se sentió llagado, et el enpera-
dor et los .caualleros fueron desto muy marauillados , et erguyéronse
algunos et dixieron: — Matad aquel can; et comentaron de le lanzar palos
et dé lo ferir muy mal; et él dexó á Macaire et comentó á fuyr quanto
pudo por el palacio, et al salir echó la boca en un pan de la mesa et
fuese con él contra la floresta por do veniera, á aquella parte do su se-
ñor dexara yazer muerto, con su pan en la boca, et echóse cabo él, et
comentó á comer su pan, que se le fizo muy poco, ca mucho avia grant
fambre. Mas mal coitado fincó Macaire de la mordedura del can, cá
mucho lo royó mal; et elenperador, que fué ende marauillado, dixo con-
tra los caualleros: — Amigos, ¿vistes nunca tal maraviella? Este era el buen
galgo que Aubery de aquí leuó consigo: yo non sé donde se veno, nin
á quél logar se vá; mas del querría yo saber dó es. — Non vos coitedes^ se-
ñor , dixo el duque don Aymes , ca non tardará mucho que lo non se-
pamos por este can mesmo, que se non puede encobrir; mas curen entre-
tanto de Macaire, ca mal lo royó aquel can.
XVIII. Agora oyd del galgo, que yazia cabo su señor, lo que fizo otro
día de mañana. Quando lo coito la fambre, erguyóse, et fuese contra Paris;
et desque pasó la puente et entró por la villa, los burgueses lo comenr,a-
ron á catar que lo conoscian, et dixieron: — ¿Por Dios dónde viene este can,
ca este es el galgo de Aubery?. . Et quisieron lo tomar, mas non podieron, ca
el galgo comencó de correr, et fuese contra el palacio^ et desque entró den-
tro vio ser el rey et Macaire fablando en poridat ; mas quando Macaire
vio el galgo, ouo del muy grant miedo, et levantóse, et comengó de fuyr.
Quando quatro de sus parientes que y estañan vieron esto, dexáronse yr
al can con palos et con piedras; mas don Aymes que esto vio, dióles bo-
zes, et díxoles: — Dexaldo, dexaldo!... yo vos digo de parte del rey que le
non fagades mal. Quando ellos esto oyeron, fueron muy sañudos , et
dixieron: — Señor, dexadnos este can que veedes llagó á Macaire muy mal
en la espalda: — Amigos, dixo el Duque, non lo culpedes; bien sabe el can
donde viene este desamor , ó de viejo ó de nuevo. Et el conde don Ay-
mes de Bayuera que era muy preciado , et mucho entendido , tomó el
galgo por el cuello, et diólo á Gaufredo que era padre d'Ougel, que lo
II.* PARTE, ILüSTRACl'ONES. 357
guardase, et el can estouo con él de buena mente. Quando Macaire esto
vio, OVIO muy grant pesai^ et y estauan con él entonce sus parientes que
Dios maldiga mal; Ingres et Erui, et Baton, et Berenguer, et Focaire, et
Aloris, et Beari, et Brecher, et Grifez de Altafolla, et Alait deMonpan-
ter, que quisieran matar al can de grado y. Quando el buen duque don
Aymes esto vio-, comentó á dar baladres et metió bozes á Erechart de Nor-
mandía, et á Jufre, et a Ougel, et á Terrilar de Nois, et á Beraje de Mon-
disder, et al viejo Simón de Pulla et á Galí'er Despolica. — Barones, dixo
el duque, ruegovos por Dios que nos ayudedes á guardar este galgo; et
ellos respondieron que de todo en todo lo farian. Entonce trauaron del can
et leñáronlo ante el enperador, et fincaron los inojos ante él, et el duque
don Aymes lo tenia por el cuello et fabló primero, et dixo:— Señor empe-
rador, mucho me marauillo de las grandes bondades que en vos soliades
aver: vos me soliades amar et llamar á vuestros grandes consejos et á los
f;randes pleitos, et en las vuestras guerras yo solia ser%l primero: ago-
ra veo que me non amades nin preciades; yo non vos lo quiero mas enco-
brir; mas guardat vos de traydores que assaz menester es, — Don Aymes,
dixo el emperador^ yo non me puedo ende guardar, si me Dios non guar-
da, que ha ende el poder. — Yo le pido por mer^et, dixo don Aymes, que
uos guarde de todo mal; mas Señor, agora me-entendet,sy vos plaze por
el amor de Dios : aquí non ha cauallero nin escudero nin clérigo nin ser-
uiente, á quien este galgo mal quiera fazer, sy non á Macaire, este vues-
tro privado; et sé que Aubery, su señor, á quien vos mandastes guiar la
reyna, quando fue echada de vuestra tierra, que este can fué con él, que
tanto mas ha de un año siempre andana con él que lo non podían del qui-
tar; et Señor, por vuestra mer^et fa^et agora una cosa: que caualguedes
en un buen cauallo, et saldremos con vusco fasta cient caualleros, et ire-
mos en pos el galgo, et veremos do nos leuará; et así me ayude Dios, que
todo el mundo tiene en poder, como yo cuydo que Macaire ha muerto á
Aubery de Mondisder , el vuestro leal cauallero, tan preciado et tan
bueno. Quando esto oyó Macaire, fué muy sañudo.
Mucho pesó á Macaire quando esto ouo dicho el duque don Aymes,
et díxole: — Mejor lo diriades. Señor, si vos quisieredes; et sy vos non
fuesedes de tan gran linaje, como sodes, yo daria luego agora mis galas
contra uos que nunca fiz esto que me vos aponedes nin sol non me veno
á coracon. Don Aymes dexó entonce el galgo et el can se fue luego para
el rey, et asentóse antél, et comengó de aullar et de se coitar , así que
bien entendían que se querellava, et travo con los dientes en el manto
del rey que tenia cobierto , et tirana por él et fazia semblant que lo que-
ría leñar contra la floresta á aquella parte, do su señor yazia muerto.
Quando el rey esto vio, tomóse á llorar de piadat et demandó luego su
cauallo et troxiérongelo y, et el enperador caualgó que non tardó mas,
et el duque don Aymes con él, et Ougel el Senescal , et muchos ommes
buenos; mas Macaire el traydor non quiso yr allá: ante fincó en la ciudat
558 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
sañudo et con grant pesar, amenazando mucho al duque don Aymes él
et todo su linaje; mas el duque non daría por ende dos nuezas.
XX. En tal guisa se fué el enperador, et sus ommes buenos con él, et
caualft'aron fasta en la floresta, et galgo yua delant que fazia muy fie-
ro senblante de los guyar , et de los leuar á la floresta que nunca
se detono, et fuese por el camino que sabia que yua derecho á la
fuent, dó su señor yazia muerto. Et todos iban en pos él , et desque
llegó á su señor descobriólo de la yerua que sobre él echara. Quan-
do esto vio el enperador et los que con él andauan, fueron esmarridos, et
él degió primero, et quando conosgió que aquel era Aubery de Mon-
disder, comengó á llorar, et á facer el mayor duelo del mundo: — Ami-
gos, dixo el enperador, esto non puede ser negado: vedes aquí Aubery
do yaze muerto, á qui yo mandé que guardase la rey na et la guiase.
Yo non ssé della do se fué; mas dixiéronme que Macaire fuei'a en pos ellos,
solo sin compaña* muy ascusament. Et yo cuydo que este lo ha muerto;
mas para aqviel Señor que todo el mundo fizo, que esta traycion non sea
tan encobierta que la yo non faga descobrir; et si sse Macayre ende non
se puede sainar, non escapará que por ende non sea enforcado. Enton(;e
comengaron á facer tan grande duelo por Aubery que maraviilla; ca mu-
cho lo pregiauan todos de «seso ; et de lealtad , et de cortesía.
XXI. Et desque fizieron por el muy grant duelo quanto piega, fezieron
fazer unas andas que echaron á dos cauallos, et pusieron y Aubery, et le-
váronle á la ciudat. Et quando entraron con él en la villa, veriades tan
grant duelo de dueñas et de burguesas, et de otras gentes , que non ha
en el mundo omme de tan duro corasgon que por él no llorase. Asy lo
levaron á la iglesia de Sancta María, et desque le dexieron la misa et
el cuerpo fue enterrado, el rey tomó el galgo et leuólo consigo et fizólo
muy bien guardar, et mandóle dar muy bien de comer; mas el can
sienpre auUaua et facía duelo, et el rey fizo prender á Macaire entre
tanto. Et otro clia mandó llamar sus ommes et fue con ellos oyr misa á la
eglesia de Sancta María; et desque tornó á su palacio, asentóse triste con
muy grant pesar, et dixo á sus priuados: — Varones, por Dios vos ruego que
me judguedes que deuo fazer en pleito de Aubery de Mondisder, á quien
yo di la reyna que era mi muger, que la guardase fasta que fuese en
saluo , et ninguno non sabe della nueuas dó es yda. Et yo mandé pren-
der á Macaire por pleito del galgo que sse non dexó yr á otro en todo el
palagio, de tantos como estauan, sy á él solo non. Et por ende me semeja
que alguna culpa y ha^ que el can no quier á otro roer, si aquel non.' — Se-
ñor, dixo el duque don Aymes, yo uos consejaré lo que y fagades. — Para
Dios, dixo el emperador, mucho me plaz. Entonce se erguyó el duque don
Aymes, et llamó losdoze Pares ssó un árbol. Kicharte de JNormandia, el
Jufre, et Ougel, et Terrin Lardenois, et Berart de Mondisder, et Simón
el Viejo de Pulla, et Gaufer Despoliga, et Salomón de Bretaña, et mu-
chos otros ommes buenos; et desque fueron á parte, Galalon de Belcai-
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 559
re fabló primero, . que era pariente de Macaire^ efc auia grant sabor de
lo ayudar. — Señores, dixo él, mucho nos debe pesar, que el rey quiera
fazer jugdar de crimen de muerte á Macaire, ca diz que él mató á Au-
bery de Mondisder, mas por Dios ¿cómo puede él esto saber? Mas bien
cuydo que non há en esta corte cauallero, nin escudero, nin otro omme
bueno, que contra Macaire desto osase dar su gaje, por se conbatir con
él. Ssy el can quiere roer á Macaire, non es marauilla, ca lo ferió él muy
mal, et por ende se querría el can vengar; mas ssy me quisier des creer, nos
yremos al rey, et dezirle hemos que dexe á Macaire estar en paz que
fizo prender, et que le non faga mal nin onta, cá él es de alto linaje , et
de muy buenos caualleros, et muy fiero, et mucho orgulloso; et si le
tuerto feziese, grant mal ende poderla venir; mas quítelo de todo, et
finque en paz: este es el mejor consejo que el omme poderla dar.
XXII. Qaando los ricos ommes oyeron asi fablar á Galalon, non osaron
y ál dezir, porque era de muy alto linaje, et muy poderoso; mas el duque
don Aymes sse erguyó entonces, et dio bozes, et dixo: — Varones, oydme
lo que uos quiero dezir: Galalon saberá muy bien un buen consejo dar;
mas pero otro consejo auemos aqui menester de auer,. de guisa que non
cayamos en vergüenza del rey: vos bien sabedes que quando el rey echó
su muger de su tierra, que la dio á Aubery de Mondisder que la guarda-
se: onde aquel que lo mató ha fecha grant onta al rey, et grant yerro.
Et quando él mouió de aqui con la reyna, leuó consigo este galgo, por-
que lo amaua mucho. Mucho leal es el amor del can, esto oy prouar:
ninguno non puede falsar lo que ende dixo Merlin: ante es grant verdat
lo que ende profetizó. Onde aveno asi que César el enperador de Koma lo
tenia en prisión; et este fué aquel que fizo las carreras por el monte Paués.
Un dia fizo venir ante ssy á Merlin por lo prouar de su sseso, et díxole:
— Merlin, yo te mando assi como amas tu cuerpo, que tu trayas ante mi
corte tu joglar, et tu sieruo, et tu amigo, et tu enemigo. — Señor, dixo
Merlin, yo vos los traeré delante, sy los yo puedo fallar. Señores, dixo
el duque don Aymes, verdat fué que el enperador tiró de presión á Mer-
lin, et él fuese á su casa, et tomó su muger, et su fijo, et su asno, et su
can, et tróxolos á la corte ante el enperador, et dixole: — Señor vedes aqui
lo que me demandastes: catad, esta es mi muger que tanto es fermosa,
et de que me viene mi alegría, et mi solaz, et á quien digo mis purida-
des; mas pero si me viene alguna enfermedat, ya por ella non seré confor-
tado; et si acaesciese asi que yo oviese muerto dos ommes, porque debie-
se ser enforcado, et ninguno non lo sóplese fueras ella solamente, si con
ella oviese alguna saña, et la feríese mal, luego me descobriría; et por
esto digo que este es mi enemigo, ca tai manera ha la muger; asi diz la
otoridat. — Señor, vedes aqui mi fijo: este es toda mi vida, et mi alegría
et mi salut. Quando el niño es pequeño, tanto lo ama el padre, et tanto
se paga de lo que diz que non ha cosa de que se tanto pague, ni de que
tal alegría aya, et por ende le faz quanto él quiere; mas después que es
560 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ya grande, non da por el padre nada, et ante querría que fuese muerto
que biuo, en tal que le fincase todo su auer: tal costunbre ha el niño.
Señor, vedes aqui mi asno que es todo dessouado: jertas aqueste es mi
sLeruo, cá tomo el palo et la vara, et dóle grandes feridas et quanto le
mas dó tanto es mas obediente; desí echo la carga encima del, et liéuala
por ende mejor; tal costunbre ha el asno; esta es la verdat. — Señor, ve-
des aqui mi can, este es mi amigo que non hé otro que me tanto ame; ca
ssi lo fiero mucho, aunque lo dexe por jnuerto, tanto que lo llame, luego
se viene para mi muy ledo, et afalágame et esle ende bien: tal manera es
la del can. — Ora sé verdaderamente, dixo César, que sabedes mucho, et
por ende quiero seades quito de la presión, et que vayades á buena ven-
tura^ cá bien lo meresgedes; et Merlin gelo grádeselo mucho et fué su via
para su tierra. — Señores, dixo el duque don Aymes, por esto podedes en-
tender que grant amor há el can á su señor verdaderament, et por ende
deue ser Macaire rebtado de traycion, et enforcado, si le prouado fuer. Asi
fabló el duque don Aymes, como vos conté. — Varones, dixo él, ora oyd lo
que quiero dezir, porque de parte de Aubery non há omme de su linaje
nin estrafio que contra Macaire osase entrar en canpo, porque veo que el
su galgo asi muere por se lanzar en él, yo diré aqui lo dexásemos con él,
en tal manera que Macaire esté á pié en un llano con él, et tenga un es-
cudo redondo en el brago, et en la mano vn palo de un codo de luengo,
et conbátase con él lo mejor que pudier; et si lo venciere, por ende ve-
remos que non ha y culpa, et sea quito; et si lo vencier el can, yo digo
giertament que él mató á Aubery. Este es el mejor consejo que yo ssé
dar, que no ssé otro; porque se tanbien pueda prouar. Et si Macaire fuer
vencido, aya ende tal gualardon como mereció de tal fecho que lo faga
el rey justigiar, como deue. Quando esto entendieron los ricos-ommes, er-
guyéronse, et llegáronse á él, et gradesciérongelo, et dixieron que dixie-
ra'bien, et que Dios le diese buena andanca por quanto dezia, et que así
fuese como él deuisaua. Entonce se fueron todos ante el rey, et don Ay-
mes le contó todo quanto dixieran de cómmo se avian de conbatir el can
et Macaire en canpo, et el rey lo otorgó de grado. Desque este pleito
fué deuisado, el rey fizo tirar de presión á Macaire, et traerlo ante ssí et
deuisole el juizio que dieran los ommes buenos de su corte con don Ay-
mes. Quando esto Macaire oyó, fué ende muy ledo, et gradeciólo mucho
al rey, ca touo que por alli seria libre; mas Dios que es conplido de ver-
dat que niinca raentió nin mentirá, et que dá á cada uno commo merece,
ó muerte ó vida, non se le oluida cosa.
XXIII. Otro dia de mañana tanto que se el sol levantó, levantóse Ma-
caire, et fuese con piega de caualleros et de conpaña para el rey, et tanto
que lo el rey vio, díxole: — Macaire, vos bien sabedes que sienpre vos amé
mucho por vos, et por vuestro linaje bueno, onde venides. Et dixiéronme
que judgara mi corte vn jvizio que yo non puedo esquivar : que porque
Aubery non ha cauallero, nin otro omme que se con vusco osase conba-
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 561
tir en canpo, que uos coaviene conbatir con aquel su galgo por tal con-
dición, que TOS tengades un escudo redondo et un bastón de un cobdo,
et si vos vencieredes el can, fincaredes quito de aquella traición que vos
ponen de Aubery de Mondisder, que yo tanto amaua, et de que tan granfc
pesar he de su muerte; mas si vos sodes vengido, sabet verdaderamente
que yo faré de vos justicia, quál deue ser fecha de quien tal fecho faz. — Se-
ñor^ dice Macaire, Dios lo sabe que Aubery nunca me erró, nin me mató
liermano, nin pariente, por qué desamor con él oviese; et desta batalla vos
dó ende grandes mercedes ; mas de sse conbatir con un can vn caualle-
ro muj valiente, non semeja guisado; et agora me degit por Dios, señor,
¿non semeja grant onfa et grant villanía de me conbatir con vn can en
canpo? — Non, dixo el enperador, pues que assy es judgado de los que
han de judgar la corte et el reyno; mas yd vos guisar. — Quando Macai-
re esto entendió, todo el coraron le tremió, et quisiera ser de grado
alien mar, ssi quier enel rejno de Ssuria; et tanto gana quien faz follia
contra Dios, et contra derecho. Entonces se partió de alli Macaire con su
conpaña, et fuese armar; asi como fué deuisado, de un bastón de vn
cobdo, et de un escudo redondo muy fuerte et muy bien fecho; et sus
parientes le disieron que se non espantase de cosa, nin dubdase al can
quanto una paja. — Ssy se dexare correr á vos^ datle tal ferida en la oreja
que dedes con él muerto en tierra, et si vos por aventura troxier mal,
luego vos acorrerán de la parte de Galalon, vuestro tio. — Bien decides,
dixo Macaire.
XXIV. Macaire fizo y venirlos de su parte, todos muy bien guisados,
paralo acorrer, ssi le menester fuese, et andana y vn traydor de muy
grande nonbradía, Gonbaut avia nombre de Piedralada : aquel llamó li
jMacaire, et díxole en porida't : — Amigo Macaire, aquesto es bien sabida
cosa, que aquel galgo non poderá durar contra vos, et desque lo vos ma-
tardes, averemos todos grande alegría, et ayuntarnos hemos entonce todos
í'i desora, et matemos á Carlos que tantas viltancas nos há fechas por to-
da su tierra, et séale bien arrepentida la muerte de Galalon, que era nues-
tro pariente, que se me nunca oluidará; et la reyna de Francia su mu-
ger preñada la echó él de su tierra, que jamas el fijo y nunca tornará,
et sy y entra perderla la cabeca: et vos seredes señor de toda la tierra, que
pese a quien pesar, ó que le plega. — Gonbaut, dixo Macaire, aquí ha bue-
na racon, et si yo biuo luengamente, en buen punto lo cuydastes; mas
í'il taja Dios en el cielo. Entonce salió el rey de su palagio, et mandó
que la batalla fuese luego guysada ; et fizo y meter á Macaire, et el
galgo. — Macaire, dixo el rey, peños há menester que me dedes. — Señor,
dixo él, esto non puedo esquivar; et el traydor se tornó, et llamó áBe-
renguer, et Oriebaut Dorion, et Foraut, et Koger Sansón, et Amagin
Aston, et Berenguer, que eran parientes de Galalon. — Amigos, dixo
Macaire, entrat en peños por mí: este rey vos quier, et yo vos ruego en-
de: yo só vuestro pariente, et deuedes me ayudar, que me non deuedes fa-
562 FlISTORTA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
lle^er fasta la muerte. Et ellos dixieron que asy lo farian. Entonce
fueron al rey, et dixiéronle:— Señor, bienqueremos entrar por él en fia-
doria de los cuerpos et de los averes. Et el rey dixo que asi los recibi-
rla. Entonce fizo ti'aer el galgo á Ougel, que lo tenia por el cuello: desy
mandó el rey dar pregón que non oviese y tan ardido que sol nin pala-
bra dixiesse, por cosa que oyese, só pena de perder uno de los mlenbros;
mas bien poderla omme creer, que á dur fincó en Paris omme nin mu-
ger, clérigfo, nin lego, nin religioso, que al canpo non saliese uer la bata-
lla. Et el rey mandó en la plaga estender un tapete, et fizo y poner la
arca de las reliquias de SanEsteuan. — Macaire, dixo el obispo, id besar
aquellas santas reliquias, et asi seredes mas seguro de vuestro fecho aca-
bar. — Señor, dixo Macaire, por buena fé non y besarla, nin ruego á Dios
que contra vn can me ayude. Asi dixo el malandante; mas no ouo omme
en el canpo que lo oyese que se non santiguase, et que non dixese que
malandante fuese et tnalapreso encentra el galgo, asy commo le tenia
tuerto. Entontje fezieron leuar las reliquias á la eglesia, pues vieron que
Macaire non se les quisiera omillar, nin llegarse á ellas; mas él metió
bozes á los guardias que le feziesen venir el can al canpo, et si lo non
matase del primer golpe que se non preciarla un dinero; et Gaufre te di-
xo: — Vos lo averedes tan tosté. Entonce dexó yr el galgo, et comenQÓle
de gritar, et dixo: — Ora te vee, et Dios que sofrió en su cuerpo la langa-
da et «er puesto en cruz, asi como te tú conbates por tu señor derechamen-
te que te tanto amaua, asi te dexe él matar á Macaire, et vengar tu señor.
XXV. Assi fabló Gaufre, como vos oydes; mas mucho fué ledo el
can, quando lo soltaron, et sacudióse tres vezes: desy dexóse yr al canpo
á vista de toda la gente, et do vio á Macaire que lo conosgió bien, fue-
se d él, lo mas rezio que pudo yr. Et antes que el traydor se oviesse apa-
rejado nin se cobriese del escudo, nin alease el palo contra suso, le trauó
el galgo en el vientre con los dientes, que auia mucho agudos, et mor-
diólo mal. Quando esto vio el traydor, á pocas no fué sandio, et algo su
bastón, que era fuerte, et quadrado, et dio tal ferida al galgo entre la
fruente et las narizes que dio con él tendido en el prado, asi que la
sangre salió del. Quando el galgo se sentió tan mal feí'ido, erguyóse tos-
te, et fué muy sañudo. Mucho fué catada la batalla del galgo et de Ma-
caire de las gentes todas de la plaga, et de los muros que eran cobiertos;
et todos rogauan á Dios que el mundo formara, que ayudase al galgo, si
derecho tenia, et que el traydor fuese enforoíido por la garganta. Et Ma-
caire se dexó correr al galgo, ca ferir lo cuydara del bastón; mas el galgo
le trauó en la garganta de tal guisa que dio con él en tierra, et la
tárjale cayó déla mano. Quando esto vieron las gentes que á derre-
dor estauan, loaron mucho á Dios, ca asy cayó Macaire en tierra;. mas
ssy tosté él non se leuantara, pudiera ser mal erroso. Et el galgo se
asañó de que se vio ferido, et cató al traydor, et arremetióse á él, et tra-
vóle en el rostro asi que las narizes le leuó, et lo paró mal. Quando es-
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 565
to sentió el traydor, á pocas non fué sandio, et con desesperamieuto dio
bozes á sus parientes que lo acorriesen, ca sy non luego seria comido.
Desque ellos esto oyeron, dexáronse correr con sus espadas; mas el rey
se leviantó efc dióles bozes et dixo que se non meciesen, ca para aquel
Señor que muerte prendiera en la vera cruz, que el primero que diese
al galgo, que seria rastrado. Quando aquello oyeron los traydores, torná-
ronse; mas grandes baladros daua Macaire, ca mucho era mal tresnado
en el rostro, asy que toda la boca tenia? llena de sangre, de guisa que non
podia resollar; pero dexóse correr al galgo con coita, mas el galgo se
desuió de la otra parte, et tsauóle en el puño, et apretóg-elo tan de rezio
con los dientes que le fizo caer el bastón de la mano.
XXVI. Mucho fué el traydor coitado, quando se sentió tan maltrecho
de la mano , onde le corria la sangre , pero después tomó el palo , et dio
al can grandes feridas con él , mas mucho estaua maltrecho de la sangre,
que perdia mucha. Mas grant duelo fazian por él los traydores de sus
parientes , et Galeran de Belcaire , un traydor malo, llamó de los otros
do avia giento, ó mas, et díxoles: — Varones, grant pesar hé de nuestro
pariente Macaire que veo tan malandante , et vos asy deviades fazer, el
si él fuer vencido por un can, todo nuestro linage ende será desonrado;
;.más sabedes lo que pensé?... Yo me armaré tosté, et subiré en mi caua-
llo, et leuaré mi lan(;a en la mano, et yré acorrer á Macaire; ca yo ma-
taré el galgo que nos há escarnidos ; mas si me el rey pudier prender^
prometedle por mí mili marcos, et muchos paños de seda, et él tomarlos
há de buena mente; et asi será Macaire acorrido, et redimirse há, et el
galgo será muerto. — Et todos dixieron que decia bien, et gradeciérongelo
mucho, ca mucho se dolian de Macaire en quán mal estaua su pleito,
et dezian que en buen punto él fuera nado , si lo librase. Entonce se
tornó Galeran, et fizóse bien armar , et caualgó en su cauallo , et aguj^jó
sin detenencia, et pasó por la priesa de la gente que falló delante, et fa-
zíanle carrera , et dexóse correr al can , et dióle una lanzada que le pasó
la lanQa por ambas las piernas de guisa que la lauca ferió en tierra, et
(|uebró en dos partes, onde pesó mucho á él , et tiró la espada de la bay-
na por matar el can ; mas el galgo tomóse á fuyr, et metióse por entre la
gente, por guarecer. Quando Carlos vio esto, fué muy sañudo^ et metió
bozes á las g-uardas que si aquel dexasen yr, que los non fallase en toda
su tierra , ca ssi los y podiese fallar , que los mandarla meter en presión,
donde jamas non salirian , et qualquier que lo tomase, et gelo metie-
se en la mano , que le daria cient libras. Quién viese aquella ora bur-
gueses decer de los muros , et la mesnada del rey cogerse á los cauallos,
et salir escuderos, et servientes con armas, et con porras, et con visar-
mas, et otrosi los ribaldos lanzar palos et piedras , bien entenderla que
querrían ganar los dineros que el rey prometiera, á quien lo tomase. Mas
el traydor pugnó de aguyjar , et de sse salir quanto lo podia leuar el ca-
uallo ; mas tantos corrían en pos él, et asi lo enbargarou, et lo encerraron
364 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
entre sy, que lo presieron. Et á tanto aqui viene un villano grande, et
fiero que traja en la mano una grant piedra , et dexóse yr á él , et dióle
tal ferida con ella en los costados de trauieso que dio con él del cauallo
en tierra, et matáralo, ssi gelo non tollieran. Et á tanto llegó el rey ante
que lo levantasen de tierra, et fizo luego dar el aver al villano, de que
después fué rico , et bien andante. Et otro ssi llegaron y luego los del li-
nage de Macaire que dixieron al rey: — SeTior, bien sabet que nos nunca
sopimos parte de Galeran, quando se armo para acorrer á Macaire que
uos tenedes preso: ssi él fizo foUia, Señor, fazer uos vuestra merget; pren-
det aver por él, et rienda se uos. Et el emperador les defendió que nun-
ca y fablasen jamás: que para aquel Señor que muerte priso en cruz,
dixo él, que non prenderla por él el mayor aver del mvindo: que ante non
fuese rastrado, et después enforcado por la garganta, commo ladrón, et
traydor. Entonce mandó que lo guardasen bien; desy tornóse al canpo.
XXVII. Mucho fué el traidor coitado á desmesura por el conde Ga-
leran que era preso, que era su tio; et todos ssus parientes, los grandes
et los pequeños, estañan en el canpo, et las guardas estañan otrossi ar-
madas; et el duque don Aymes tenia el galgo por el cuello, et las guar-
das le dezian que lo ssoltase. Entonce soltó el duque el galgo, et díxole:
— Vete; á Dios te acomiendo que faga que te ñengues de aquel que le tu
sseñor mató, et que muestre y su miragio por la su sancta merget. Et el
galgo sse dexó correr á Macaire muy sañudo, ca mucho lo desamaua.
Quando Macaire vio venir el can, tomó su bastón, et cuy dolo ferir; mas
el galgo se desuió, et salió en trauieso, et non lo pudo ferir, et dio tal fe-
rida del bastón en tierra que mas de un palmo lo puso por ella; et el gal-
go andóle á derredor, et asechó de quál parte lo poderla coger. Et
Nuestro Señor, por mostrar y su miragio, lo quiso ayudar que prendiese
veng-auQa de Aubery de Mondisder, su señor, que le él matara á traycion
en el monte; et tanto ando assechando que le fué trauar en la garganta,
ante que le uviese á dar con el bastón , et tóuolo quedo, como un pue-
co, que se non pudo librar dél^ cá non era derecho, cá se non oluidó á
Nuestro Señor la traycion que él feziera; mas quando vio el traydor que
lo non podia mas durar, comencó de llamar á las guardas , et pedir
mercet al rey.
XXVIII. A tanto ahé el rey do viene; et Guyllemer d'Escocia, et Ou-
gel, et Lardenois, et Goufre d'Ultramar, et Almerique de Narbona, et el
bueno de don Aymes, et Bernalt de Brunbant, et todos los doze Pares
fueron al galgo por gelo quitar , mas á muy grant pena la podian partir
del: — Señores, dixo Macaire, por Dios, fazetme oyr; yo bien veo que so
muerto, do ál non há; mas si me quisiese el enperador perdonar este yer-
ro, yo le diria toda la verdat, pues que non puedo guarir. — Certas, dixo
el Enperador, non lo faria por tu peso de oro que te non faga arrastrar.
— Señor, dixo el traydor, bien veo que so muerto, et que non puedo es-
capar, et quiero vos mauefestar la verdat. Quando vos diestes á Aubery
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 365
de Mondisder la rey na á guardar, et que la guyase, yo fui en pos ellos
por tomar la reyna, mas Aubery me la defendió, et llagúelo muy mal,
ca él era desarmado, con mi espada en la espalda. Quando lo vio la rey-
na todo ssangriento, comencó de sse yr fuyendo por guarir por la ñores-
ta, así que la nunca después pude veer por quanto la pude buscar. Así
me ayude aquel Señor que el mundo tiene en poder, que nunca y mas
ouo. Et fallóme mal de lo que fize á Aubery, et non es marauiella de lo
comprender. Señor, agora l'acet de mi lo que vos quisierdes. — Certas, dixo
el enperador, non ssé lo que diga; mas bien sé que de traygion non se
puede omme guardar. Grant pesar ouo el enperador, quando le esto oyó
contar, et el duque clon Aymes dixo á muy grandes bozes á guisa de bue-
no: — ¿Oystes deste malo cómo se sopo eucobrir?... Certas, pues que él
mató á Aubery de Mondisder, bienmeresee penado traydor:--Ay! buen
fidalgo, dixo el enperador ¿por quál vos prouastes? Ora se puede enten-
der que de grant traycion vos acusaua este can. — Entongo mandó echar
á Macaire una cuerda á la garganta, et á Galeran, ssu tio, btrossy, et
liarlos á dos cauallos, et fizólos rastrar por toda la ciudat, ca tal gualar-
don merescen los.traydores. Desy el emperador mandó muy bien guar-
dar el galgo por amor de Aubery que él amaua mucho ; mas el galgo se
fué al monimento do lo viera enterrar, et echóse sobre él et dexóse mor-
rer de duelo, et de pesar. Allí veriades llorar mucha gente de piadat, et
el rey qvie fuera en pos él, et muchos ommes Iruenos con él, et comencá-
ronlo á catar, et ovieron ende todos grant pesar: dessy mandólo el rey en-
liolver en un paño de seda muy bueno, et fizólo soterrar en cabo del re-
miterio de aquella parte do yazia su señor. Ora vos dexaremos de faljlar
del enperador et del g"algo, et fablar vos hemos de la reyna, que Dios
ayude, que sse yua derechamente á Constantinopla, et Barroquer con
ella, sin mas de conpaña.
XXIX. Desque pasaron el rio de Ryn et fueron de la otra parte, en-
traron en Ungria et fuéronse derechamente á Urmesa, una muy buena
ciudat, et posaron en casa de un rico burgués que avia su muger muy
buena et de buena vida, que fezieron muy bien seruir la reyna. Mas
quando veno á la media noche, llególe el tienpo de parir, et ella comen-
cé de baladrar et de llamar Señora Santa Maria que la acorriese. Tanto
baladró la reyna que la dueña se espertó et fuese para ella et leuó con-
sigo tres mug-eres que la ayudasen á su parto, et tanto trabajó la dueña
fasta que Dios quiso que ouo un niño, muy bella criatura, que fué des-
pués rey de Francia, asy como cuenta la estoria. Et desque la reyna fué
liltre del niño, las dueñas lo enbol vieron en un paño de seda muy bien,
et leñáronlo luego á Barroquer; ot tanto que lo él vio, tomólo luego entre
sus brazos, et comenzó mucho á llorar, et desenbolviólo et fallóle una
cruz en las espaldas mas vermeja que rosa de prado. — Ay Dios, dixo
Barroquer, por la tú bondat tú da proeza á este niño que tanto es pe-
quenna criatura, porque aun sea señor de Francia que es su reyno.
566 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Quando el dia apareció bel et claro, el burgués que era orne bueno,
veno ver la reyna et sainóla muy omildosamente et díxole: — Dueña,
conuiene que lieuen este niño á la eglesia et que sea baptizado. — Señor,
dixo la reyna, sea como vos mandardes et Dios vos agradesca el bien
et la onra que me vos feziestes. Et Barroqiier tomó el niño en los bra-
cos, et leuólo á la eglesia, et el huéspet et sumuger con él. Mas agora
oyt la ventura que le Dios fué dar. El rey de Ungria que avia tienpo
que moraua en aquella ciudat, leuantárase de mañana por yr á caga con
su conpaña, et caualgó et topó en la rúa con la huéspeda que preciaua
mucho, et díxole: — ¿Qué es eso que y leuades? — Señor, dixo ella, un
niño que ha poco que nagió, que es fijo de una dueña de muy luenga
tierra, et ayer á la noche la albergamos por el amor de Dios; et deman-
damos padrinos que lo tornen xristiano. Et el rey dixo: — Non yredes
mas por esto, ca yo quiero ser su padrino, et criarlo hé. — Señor, dixo la
huéspeda. Dios vos dé ende buen gualardon. Entonge se fueron á la
eglesia, et"paráronse á derredor de la pila, et el rey tomó el niño en las
manos, et católo, et quando le vio la cruz en las espaldas , omillóse
contra la tierra. ^-Ay Señor Dios, dixo el rey, bien veo que de alto lo-
gar es este niño, et fijo es de algún líueu rey coronado. Entonge llamó el
rey el burgués, á quien dezian Joserant, et díxole :-^Guardat bien este
niño, ca por ventura aun por él seredes ensalcados. — Señor, dixo el
clérigo: ¿cómo auerá nombre? — Lois, dixo el rey, le llamen: bien sé que
fijo es de rey; et por ende quiero que aya nombre, como yo, por tal plei-
to que Dios le dé onra et bondat.
XXX. Después que el niño fué baptizado, el rey le mandó dar gient
libras, et dixo al huésped que quando el niño fuese tamaño que pediese
andar, que lo leuase á la corte, et que lo faria tener onradamente, et dar-
le ya quanto oviese menester, paños, et dineros, et palafrenes. Desy es-
pedióse de aquella compaña, et el huespede se tornó a su casa, et Barro-
quer contó á su señora la reyna, cómmo el rey era padrino de su fijo, et
que él lo tomará con sus manos en la pila. Quando esto la dueña enten-
dió, sospiró mucho et tomóse á llorar, et dixo: — Ay Señor Dios, á quán
magno tuerto me echó mi señor, el rey de Francia, por el enano traydor
que me cuydára escarnir. Mucho feziera nuestro Señor bien, que es ssin
pecado, que feziese saber al rey et á los ommes buenos cómo me trayó
aquel falso; mas después que ovier mucho mal endurado, ssi plazer de
Dios fuer, él me vengará, ssi lo por bien ouier : en él he yo mi esperan-
(;a, et darme ha después onra, si le ploguyer, ca fol esquíen se desespe-
ra por coita que aya. Tal es rico á la mañana que á las viespras non
há nada, et tal es pobre que sol non. ha nada ni vn pan que coma, á qui
da Dios mas que há menester: assí vá de ventura. Mucho avia la reyna
grant pesar de que era echada en estraña tierra, do no veya amigo nin
pariente, Qt ementaua á Carlos, et su franqueza. — Mesrjuina, dixolarey-
na; cómo só echada en grant pobreza! Ssi yo de buena ventura fuese, en
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 567
Paris deuia yo agora yazer en la raia muy rica cámara, bien encortinada
et en el mió muy rico lecho, et ser aguardada, et acompañada de dueñas
et de donzellas,et aver caualleros, et semientes que me serviesen. Maravi-
llóme cómmo Dios non há de mí piadat; mas élfa^a de mí lodo su plazcr, ct
á él me acomiendo de todo mi coragon, et ruégele que aya de mí merget,
ca mucho só mal doliente. Et de' aquel parto que ally ouo, priso una tal
enfermedat que le duró diez años que se nunca leuantó del lecho: mucha
sofría de coila, etde trabajo, et el huésped, et su muger sse entremecian
de le fazer quanto podían fazer; et Barroquer pugnaua en seruir al bur-
gués á su voluntad en sus cauallos, et en las cosas de su casa. En grant
dolor et en grant, coita yogó la reyna Sevilla todo aquel pleito, et el niño
cregió en aquel tiempo tanto que fué muy fermoso donzel; et Barroquer
le dixo: — Fijo, ¿sabedes lo que vos digo?.. El rey que es de esta tierra, es
vuestro padrino, ca él vos sacó de fuente, et quando esto fué, díxonos que
quando íüesedes tal que pudiesedes caualgar , que vos leñásemos á su cor-
te. — Padre, diso el donzel, á mi plaze mucho, si mi madre quisier, que
es doliente j. mas ya me semeja, padre, que guarege, loado á Dios. Desy
fuéronlo dezir d la reyna, et quando lo ella oyó, ouo ende grant plazer,
et llamó á Joserant, su huésped, et díxole:— Buen amigo, yo vos rueg-o-
que me presentedes mi fijo al rey, et vaya con vusco Barroquer que nos
lo lieue. — Dueña, dixo el huésped, yo faré vuestro -mandado de buena
mente. Entonce leuaron el niño á la corte, et desque fueron antel rey,
omiUárongele mucho, et dixieron: — Señor rey, aquel Dios que vos fizo,
vos dé vida, et salut. El rey los resgibió muy bien, et preguntóles á que
venían, et dixo á Joserant: — ¿Há vos ese niño alguna cosa? Sí, dixo él, es
mi afijado, et vuestro otrosí, et vedes aquí Barroquer, su padre, así como
yo creo, et como él diz. Et el rey cató a Barroquer, ensonrrey endose, por
que le vio feo, et de fuerte catadura, et que lo non semejaua el mogo en
alguna cosa. — Joserant, dixo el rey, grandes gragias de mi afijado que me
y veno, tan luengamente et tan l^ien, et vos averedes ende buen galar-
dón, si yo biuo. Et el rey llamó entonge un su omme mucho onrado que
auia nombre Elynant et díxole: — Mandamos vos que ayades este donzel en
guai'da, et que lo enseñedes á buenas maneras, et á todas aquellas cosas
que á cauallero conviene saber, et axedrez, et tablas, Et él dixo que lo
fariade grado, et así lo figo después: cá mas sopo ende que otro que su-
piesen en su tienpo; et el niño fingá con él, et yua á menudo ver á su ma-
dre, et el burgués et su muger guardauan et seruian la dueña mucho onra-
damente, et fazíanle quanto ella quería. El- burgués avia dos fijas niñas
et fermosas, et la mayor avia nombre Elifanta, que era mas bella, et
ésta amaua mucho al donzel, et decíale á menudo en poridat: — Buen don-
zel, nos vos criamos muy bien, et muy viciosamente, et vos bien sabe-
des que vuestro padre Barroquer traxo aquí á vuestra madre muy pobre-
mente, et vos sodes, muy pobre conpaña, et si quisierdes ser sabidor,
non yredes de aquí adelante; mas tomadme por muger, et seredes rico
568 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
para sieiipre que vos non fallacerá cosa; ca bien saberles que non bá cosa
en el mundo que tanto ame comino á vos. — Dueña, dixo Loys, vos sodes
muy fermosa á maraviella, et muy rica, et yo muy pobre que non he
ninguna cosa, nin mi madre otrossi que non ha ningunt consejo, si
non mi padre Barroquer que la sirue; et vuestro padre me crió muy bien
por su mesura, que nunca por mi ouo nada; mas sy me Dios llegase
ende á tiempo, yo le daria ende buen gualardon; mas guardat uos, amiga,
que tal cosa non me digades nin vos lo entienda ninguno. Quando esto
oyó la doncella, mucho fué desmayada, et. perdió la color, et fué mucho
coitada de amor del douzel; mas el donzel que desto non avia cura, yvase
para el rey, et seruia antél, et dáuale Dios tal donayre contra él, et con-
tra todos que lo amauan mucho, et salió tan bofordador, et tan conpa-
ñero, et tan cortés que todos lo preciauan mucho . Et desque Barro-
quer vio la dueña guarida, fué á ella, et díxole llorando: — Señora, nos
avernos aquí mucho morado: por Dios, pues que sodes guarida á la mer-
Qet de Dios, et vuestro fijo es ya grande , et fermoso, pugnemos de nos
yr de aquí, et sea bien, et llegaremos á Constantinopla al enperador vues-
tro padre; et quiero fazer saber á vuestro fijo, si lo por bien tovierdes,
que es fijo de Carlos, rey de Francia, et ssé que auerá grant pesar de la
villanía que el rey contra vos fizo, que vos echó de su tierra á tan grant
tuerto, por mezcla de los traydores que Dios maldiga. Et la dueña res-
pondió: — Barroquer, yo faré lo que me vos loades. Entonce llamó la
dueña á su fijo Loys, et díxole: — Amigo fijo, ssy vos quisiésedes, yo me
querría yr de aquí para Constantinopla, do mora mi padre et mi madre
et mi linage que son muy ricos, et muy onrados. — Señora, dixo el don-
zel, yo presto só para fazer lo que vos mandardes: ya agora querría que
fuésemos fuera de aquí.
XXXI. Entonce fezieron saber al huespet, et á la huéspeda que sse
querían yr, et la liuéspeda le dixo: — Dueña, vedes aqui vuestro fi joque
es fermoso et bueno: certas que yo lo amo mucho que es mi afijado, ct
bien cuydo, et asi me lo diz el coraron, que aun dende me veruábien.
Pues que asi es que vos yr queredes, tomad de mis dineros quantos me-
nester ayades. — Dueña, dixo Barroquer, grandes mer^edes^ ssy yo biuo
luengamente^ quanto bien vos feziestes, todo vos será bien gualardona-
do, sy Dios quisier. Entonce troxieron á la dueña una muleta; et el
donzel se fué al rey et espedióse del: desy tornóse, et fuese con su
madre; et Barroquer yua delante, su sonbrero en la cabega, et su
bordón grande et bien ferrado fieramente: mucho era grande el vi-
llano á desmesura, et mucho arreziado ; et de como era grande, et
fuerte, et feo, Loys que lo cató, tomóse á reyr. Desta guisa entra-
ron en su camino, et andaron tanto fasta que llegaron á vn monte que
avia siete leguas de ancho et otro tanto de luengo, do non avia villa
nin poblado, mas de una ermita, mucho metida en el monte; et en el
monte andauan doze ladrones que fazian grant mal, et grant muerte en
Il/ PARTE, ILUSTRACIONES. 369
los que pasaban por el camino; et Barroquer, que vio el monte verde; et
las aues cantar por los ramos á grant sabor de ssy, por sabor del buen
tienpo et por alegrar á su señora, comencó de yv cantando á muy grant
voz, asi que el monte ende reteñía muy lueñe. Quando los ladrones lo
oyeron, llegáronse al camino, et el mayoral dellos que avia nonbre Pur-
genait llamó sus conpañeros, et díxoles: — Amigos, yo non sé quien es aquel
que canta; mas grant foUia me semeja que ha fecha, quando tan cerca de
nos se tomó á cantar, ca le non guarirá todo el oro de Francia que non
prenda agora muerte. Entonge se guisaron todos, et sacaron las espadas
de las baynas, que trayan sobarcadas, et estovieron asechando: atau/o
vieron á Barroquer et á la reyna et su fijo Loys; mas quando el cabdillo
de los ladrones vio la dueña tan fermosa, cobdicióla mucho, ca bien la
semejó la mas feí'mosa dueña que nunca viera; et dixo passo á sus conpa-
ñeros: — Por Dios mucho nos aveno bien, ca aquella aueré yo, et después
darla hé á todos, et el donzel et el villano matémoslos. Entonge dieron to-
dos bozes: — ¡Ay don viejo! que en mal punto uos tomastesá cantar, ca per-
deredes por ende la cabega, et nos faremos de la dueña nuestro plazer. —
Tanto que Loys esto entendió, tiró luego la espada de la bayna, et Barro-
quer que esto vio, díx»le: — Fijo, non vos desmayados: certas yo non los
precio una nuez, ca non son cosa; et tomó el bordón con anbas las manos,
et algólo, et dio tal ferida con él al primero que ante ssy cogió en la tiesta
que le fizo salir los ojos de la cabega; desy ferió luego á otro, que lo me-
tió muerto en tierra, que nunca mas fabló, et dio muy grandes bozes et
dixo: — Ladrones, traidores, non leuaredes la dueña; et Loys que lo ca-
tana, et tenia la espada sacada, dio tal ferida á vn ladrón que lo fendió
fasta los ojos.
XXXII. Mucho fué el donzel aspresto et ardit, et Barroquer esta-
ña cabo él, et preciaua de lo ayudar et de matar los ladrones; muchos
caualleros los lancaron, et la dueña daua grandes baladres, et dezia: —
Ay Dios! Señor verdadero, ayudatnos: gloriosa Sancta María, acórrenos
á esta coita. Et el mayoral de los ladrones tenia vn cochiello que era muy
tajador, et dio con el tal ferida á Barroquer que le cortó la saya et la
camisa, et llagólo; mas Barroquer que era mucho esforgado, algo el bor-
dón et dio tal golpe á Purgenait en la cabega que le. fizo salir los meollos,
et dio con él en tierra. Dessy dixole: — Ya y yaceredes, ladrón traydor.
Ay Dios, dixo la reyna, ayudat á Barroquer et á mi fijo Loys, que es-
tos ladrones non les puedan nozir. Quando los ladrones otros vieron su
Señor muerto, comengaron de fuyr; mas don Barroquer con su bordea
non les dio vagar et mató ende los seys, et Loys los cinco con su espa-
da, et el dozeuo fincó bino, que pedió mercet á Loys á manos juntas en
inojos que lo non matasse, et dixole: — Ay buen donzel, por Dios uos pi-
do merget que ayades de mí piadat, et que me non matedes; et sy me
dexardes venir, grant pro por ende uos verná, et dezir uos hé como non
ha en el mundo thesoro tan ascondido nin tan guardado en torre nin en
Tomo v. 24
370 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAiÑOLA.
cillero que nos lo yo non dé todo, nia cauallo, uin palafrén, nin muía
non será tan encerrada que uos la yo dende non saque et vos la non dé,
ssy me con vusco leuardes. Atanto aqu viene Barroquer corriendo, do
fuera en pos los que matara, et dio grandes bozes, et dixo: — Et qué es
esto, Loys?... Señor, por Dios et qué estades faziendo que non matades
ese ladrón? — Non lo faré, padre, dixo él, si fezier lo que me promete:
diz que non averá tan graut thesoro en ninguna parte nin tan guardado
que si él quisier que lo non saque et me lo non dé, et otrosy cauallos, et
muías, et palafrenes. — Buen fijo, diz Barroquer, nunca te fies en ladrón,
ca aquel que lo quita de la forca, á ese furta él mas tosté, et ese se falla
del peor. — Non, dixo Loys; mas veamos lo que nos dende verná; mas
aun creo que nos ayudemos del, si lo bien quisier fazer. Entonce dixo
Barroquer al ladrón: — ¿Cómo has tú nonbre? non me lo niegues. — Se-
ñor, dixo él, nin faré; yo he nonbre Griomoart. — Ay Dios, dixo Loys,
qué estraño nonbre!...
XXXIIl. Griomoart, dixo Loys, ssy Dios me vala, tú as nombre de
ladrón; mas ssy andas bien contra mi, tú farás tu pro. — Señor, dixo
Griomoart, asy me salue Dios que me non saberedes cosa deuisar, que yo
por uos non faga, que non dexaria de lo fazer -por cuydar y prender
muerte. — Amigo, dixo el infant, mucho te lo gradesco; mas agora me
dy, amigo, ¿somos ^erca de alguna villa, do podamos albergar'í' Ca mi
madre va muy lassa, et ésle muy menester de folgar, ca ya es muy tar-
de. — Señor, dixo el ladrón, esta floresta dura mucho, que más avedes
aun de andar ante que la pasedes de quatro leguas, que non fallaredes
villa nin poblado; mas á Qerca de aqui ha una hermita, do poderedes yr
por un sendero do uos yo saberé guiar, et y mora vn santo hermitaño
(|ue es muy buen clérigo: muchas vezes fuémos á él por lo ferir ó ma-
tar^mas asi lo guardaua Dios de mal, que siempre nos fazia tornar atrás,
que nunca podíamos acercar en la hermita. Et este es hermano del en-
perador de Constantinopla que ha nonbre Ricardo, que ha dos fijos los
más fermosos del mundo: et el uno es cauallero atan bueno que le non
fallan par; el otro es una fija que es la mas fermosa dueña que pueden
saber, et tiénela casada con el rey de Francia, á que dicen Carlos.
Quando Barroquer oyó fablar del hermitaño et del rey Carlos, cató á la
reyna et viola llorar muy fierament et díxole: — Por Dios, señora, non
Uoredes: ssi quier por amor de Loys vuestro fijo vos conviene de lo en-
cobrir; mas pensemos de andar et llegaremos á vuestro tio et veerlo he-
des. Entonce non sse detouieron mas et fuéronse por aquel ssendero que
el ladrón sabia, et Barroquer y ua siempre delant la Keyna; et andaron
tanto que llegaron á la hermita, et vieron la morada del hermitaño que
avia la puerta muy pequenna, et en la entrada estaua vua canpana col-
gada entre vna feniestra; et Barroquer fué á ella et tañióla, et el hermi-
taño qu-i yazia ante el altar en oración, tanto que oyó el sson, leuantó-
se et salió fuera de la eglesia; et quando cató et vio la dueña, et el
n." PARTE, ILUSTRACIONES. 571
donzel, efc Barroquer, et el ladrón inaraviilose mucho et dixoles: — Por
Dios ¿qué gente sodes, ó qué deraandades?.,. Ca vos non leuaredes de lo
mió valia de vn dinero; ante seredes todos muertos, como yo cuydo, ca
aquí qeTca. andan ladrones que tienen las carreras que les non puede es-
capar grande nin pequeño. — Señor, dixo Loys, non dubdedes, ca ya nos
desos fezimos justicjia acá donde venimos. — Et el hermitaño respondió:
— Vos feziestes y muy grant limosna; mas de una cosa me marauillo
mucho, que bien ha treinta años pasados, segunt yo cuido, que non oy
omme nin muger por aqui pasar fuera á vos solamente; mas ¿quién es
aquella dueña que tan fermoso fijo tien que bien deuia ser señor de un
reino? Et seméjame de la dueña que va despagada. — Señor, dixo Loys^
la dueña es mi madre non y dubdedes, et este es mi padre que ha nom-
bre Barroquer, muy buen omme; este otro es nuestro serviente, et al-
vergadnos et faredes graut mercet, et grant limosna. — Señor, dixo el her-
mitaño, para el cuerpo de Dios que yo non hé feno nin avena, nin pan
nin cenada nin otra cosa; et pésame ende, sy non vn pan de ordio so-
lament muy mal fecho, nin ropa, nin cámara, do uos yo pueda albergar.
— Señor, dixo Loys, aquel que lo dio á Moisen en el desierto, nos dará
del ssu bien, sy en él ouiermos nuestra esperanca. Et el ermitaño res-
pondió; — Pues venit adelante et tomad todo quanto yo tengo.
XXXIV. Desque entraron en la casa, el omme bueno que era de buen
seso et de alto linage, llamó á Loys á parte, et dixole: — Buen donzel, et
qué comeredes de tal bien, como yo daré á uos, et á vuestra conpaña? —
Señor, dixo Loys, grandes mercedes. Entonce entró el ermitaño en su
celda; et ssacó dende vn pan de ordio et de avena et non lo quiso tajar
con cochiello, mas partiólo con las manos en quatro partes, et dio á cada
uno su quarto. Et desque comieron, Sseuilla la reyna sse llegó al hermi-
taño et comencó de fablar con él et dixole: — Señor, por Dios consejat-
me, ca mucho me faz menester. Et el hermitaño le respondió muy sabro-
samente: — Dueña, dezitme dónde sodes ó de quél tierra andados. —
Señor, dixo ella, yo non vos lo encobriré; yo sso natural de Constantino-
pla, et sso fija del enperador-y de su muger Ledima, et el enperador de
Francia Carlos me demandó á mi padre por muger, et mi padre me le
eubió muy ricamente, et muchos ommes buenos venieron entonce con-
migo, et leuáronme á Paris; et alli casó conmigo, et tóuome un año con-
sigo. Non vos negaré nada: et echóme de su tierra por mezcla falsa de
traydores, por los parientes de Galalon. Señor, dixo la dueña, asi me
salue Dios que todo esto fué verdat, que me oydes contar; que me bas-
tegieron aquellos traydores que mal apresos sean, et Carlos me dio en-
tonce á vn su cauallero que me guyase que llamauan Aubery de Mon-
disder, muy leal et muy cortés, et Macaire el traydor _ veno en pos de
nos por me escarnir si pudiese; mas Aubery pugnó de me defender del
con su espada; mas el otro que andana armado, lo llagó muy mal. Et
quando yo esto vi, metíme por el monte, et comencé de fuyr, et asy an-
372 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
dé luyendo toda la noche fasta el alúa del dia que fallé aquel omme
bueno que alli vedes, et contéle toda mi coita; et quaudo lo él oyó, to-
móse á llorar con duelo de mi, et desanparó su muger et ssus fijos et
quanto auia, et venóse conmigo por me guardar et me servir. Non vos
ssé contar todas nuestras jornadas; mas venemos nos á Urmesa, et posa-
mos en casa de un buen omme, á quien Dios dé buena ventura; et ally
pary en su casa á Loys que vos vedes que es fijo del enperador Carlos,
que es señor de Francia, et nieto del enperador de Constantinopla. Quan-
do el ermitaño oyó asy fablar la dueña, comentó de ssospirar muy de
coras^on et á llorar mucho de los ojos. — Dueña, dixó el ermitaño, vos
sodes mi sobrina, non dubdedes y, et dezir vos hé qué faredes: aquiuos
conviene de folgar, et yo yré al Apostóligo fazerle desto querella, et
contarle he vuestra fazienda, et echará escomunion sobre Carlos, ssy vos
non quisier rescebir: después yrme he á Constantinopla á vuestro pa-
dre, et dezirle hé todo esto, et fazerle he ayuntar sus huestes, et y ver-
nan grifones et pulieses et lonbardos por guerrear á Francia. Et ssy
Carlos vos non quisier resgebir, non puede fallecer de la guerra en gui-
sa que yo lo cuydo echar de la tierra a ssu deshonrra, et quiérome
partir desta ermita, que mas y non moraré, et tornaré al sieglo á traer
armas, et la lazeria que fasta aquí sofrí por Dios, quiérola toda oluidar
et pugnar de comer bien, et de beuer bien, et de me tener vigioso. Assy
dixo el hermitaño que Dios ssalue, et llamó á Barroquer, et díxole. —
Amigo, conviene que vayades á vn castiello que es aquí cerca por com-
prar que comamos. — Señor, dixo Barroquer, yo yré y muy tosté Quan-
do la dueña oyó asy fablar el hermitaño^ comengó á llorar de alegría que
ende ouo.
XXXV. Entonce se guisó Barroquer de yr, que ende auia gran sabor,
et Griomoart sse adelantó et dixo: — Señor, que yo uos faré ricos et bien
andantes para en todos vuestros dias. — Señora, dixo Barroquer, grandes
mercedes. Entonce se guisó Barroquer á. guysa de penitencial, et tomó
una grant esclauina, et una esportilla, et bordón en la mano, et un ca-
pirote, et sombrero grande que todo el rostro le cobria; mas con todo es-
to non oluidó el aver et los paños. Desy espidióse et fué su carrera et
fué de allí mañero á Froyus; otro dia de mañana se salió de alli et fué
mañero á Emaus á la noche, et de que entró por la villa, comengó de yr
fincando su bordón, et fuese derechamente á su casa, et llegó á la puer-
ta, et vio sseer á su muger muy pobremente vestida, et muy lazrada, et
dezia al mayor de sus fijos: — Fijo, ¿et por qué beuimos tanto, pues per-
dimos á Barroquer, tu padre, que nos mantenía, et pensaua de nos? Ya
non avernos qué comer nin de qué beuir. ¡Ay mesquina catiua! qué
grant pesar del hé, et qué grant mengua me faz! Assy dezia la dueña
muy doloridamente, su mano en su faz, et llorando mucho. Quando es-
to vio Barroquer, comenzó á llorar de piadat, et llegóse mas á la puerta,
et díxole: — Dueña, por Dios albergatme ya oy, et faredes grant limos-
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 373
na, et la muger que seya triste, quisiérase dende escusar á todo su gra-
do, et díxole. — Id á Dios, amigo, ca non es guisado de albergar á vos,
nin á otro, ca non tengo en que, Dios lo sabe et pésame ende; mas yd á
Dios, que vos guye, Asy fabló la dueña que seya muy desconfortada
por su marido que le tardaua tanto. — Dueña, dixo Barroquer, que Dios
uos salue, albergatme, ca non sé para do vaya. Et la dueña ouo del pia-
dat, et otorgólo, et dixo: — Venit adelant; et comencó mucho á llorar, et
díxole: — Vos seredes aquí albergado; mas ruego vos que roguedes á
Dios que el mundo fizo et formó, que él me dexe avn ver mi marido
Barroquer que me tanto sabia amar, que ya tan grant tiempo há que sse
de mi partió, et nunca lo después mas vy, et por ende cuydo que es
muerto, ca él desamparó ssu asno, por qué guarecíamos, que sse veno pa-
ra mi casa, cargado de leña, que oy mañana leuó mí fijo por nos ganar
que comiésemos muy catiuamente, de que me pesa mucho, ca non hé
que uos dar. Quando Barroquer oyó asi fablar á su muger, ouo ende
tal piadat que sse tomó á llorar ssó su capirote, assy que todas las bar-
uas et las faces ende eran mojadas, et díxole: — Dueña, por Dios, ¿cómo
avedes nombre? — Señor, dixo ella, á mi dizen Maria et fincaron me dos
fijos de mi marido: el mayor es ydo al monte por traer de la leña que car-
ga en el asno que su padre dexó; el otro anda pediendo las limosnas por
la villa. Entre tanto entró el moco que fuera demandar las limosnas ssu
pan en ssu saquete que ganara. Quando lo Barroquer vio, todo el cora-
(jon le tremió, et metió mano á su bolsa et sacó dineros, et dixo al mo-
xo: — Fijo, ¿saberás tú conprar pan et vino et carne que comamcís? — 8sy,
dixo él. Entónge le dio los dineros; et desque los el mogo tomó, fuese á
la villa, et conpró todo quanto su padre le mandó, et tróxolo, et can-
delas otrosy. Entre tanto Barroquer fendió leña et fi^o fuego, et en
quanto se guisavan de comer, llegó el otro fijo su asno ante ssy cargado
de lefia. Tanto que lo vio Barroquer, lueg-o conosgió que era su fijo, et
el coracon le saltó de alegría que ende ouo, et dixo a muy alta voz: — La
bestia fará contra su señor lo que non fizieron sus fijos. — Tanto que el
asno oyó fablar á Barroquer, comengó de rrebuznar de tal guisa que
bien entendería quien quier que lo conosgia, et fuese para él que lo non
podían del quitar. Quando esto vieron los fijos, marauilláronse ende
mucho, porque el asno fazía esto contra su huésped. Desy tomáronlo et
fuéronlo prender en su peseure; desy posáronse á la mesa, et Barroquer
comió con su huéspeda et los fijos anbos de consuno; et desque comieron
bien et á su vagar quanto menester ouieron, Barroquer que metía en
ellos mientes, era ende muy ledo en su voluntad: — Ay Dios, dixo el fijo
mayor, cómo somos guaridos: buen padre avemos fallado; bendito sea
quien lo crió, ca bien nos auondó de comer. — Ssó palmero, dixo él. —
Por Dios, palmero, non vos vayades para ninguna parte et fincat con
ñusco. Et Barroquer quando esto oyó, tomóse á llorar, et la dueña se
maravilló ende.
374 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
XXXVI. Después de comer, leuantáronse anbos los mancebos, et al-
earon las mesas; desj pusieron de la leña en el fuego por amor del buen
huésped, et desque anocheció, Barroquer llamó su huéspeda, etdíxole: —
Dueña, ¿do yogaré esta noche? — Palmero, dixo ella, yo uos lo diré. Vos
yogaredes gerca el fuego et ternedes un saco fondón de vos, ca yo non
he chumaQo que vos dar. — Dueñas, dixo Barroquer, non sea asy;
mas durmamos de consuno , ca yo non he muger , nin vos mari-
do, et quiero uos dar por ende cient sueldos. Quando aquesto
oyó la muger, tornó tal como caruon et cató á Barroquer muy sa-
ñuda et de tal talant , et díxole á muy grandes bozes: — Garzón li-
xoso, fi de puta, salid de mi casa, ca sy ay mas estades, tantas pa-
lancadas uos faré dar en los costados que todos vos los quebrantarán;
ca llamaré agora d todos mis vezinos que uos apalanquen. Barroquer
quando vio su muger tan sañuda, et porque la avia tan bien prouada,
non se quiso mas encobrir contra ella. Enton^'e desnudó su esclauiua que
traya vestida, et finco en saya el muy buen vejaz, et fué abracar á su
mugier; et ella lo cató et comencóse á marauillar, et desque lo cató, dí-
xole: — ¿Quién sodes vos, buen señor? non me lo neguedes. — Dueña, di-
xo él, yo ssó Barroquer vuestro marido, que uos tanto soliades amar:
vos non me conosgiades ante, quando aqui llegué á la viespra; mas co-
nosgióme el mi asno, que tanto que me oyó luego se tomó á cantar.
Quando la muger lo entendió, toda la color se le mudó, et conosgiólo
Iviego, et fuélo abracar, et besar muy de corasQon, et Barroquer otrosy
á ella; eí non sse podian ahondar uno de otro. Después desto Barroquer
fué abracar et besar á sus fijos, et comentaron todos á llorar de alegría,
et los fijos dixieron á Barroquer: — Señor, bien seades venido. Barroquer
se asento con su 'muger á fablar et díxole: — Amigo, de oy más ssed ale-
gre, ca yó ssó muy rico; ca yo he ganado tal aver et tal thesoro, por que
seremos ricos, et bien andantes para sienpre. Entonge le contó cómo fa-
llara la reyna de Francia desanparada et cómo se fuera con ella, et la
guardara, et díxole: — Tomad este don que uos enbia ella, et confortad
nos bien, ca á mi conuiene de me partir crás de mañana, et yrme he de-
rechamente á Paris por veer los traydores que á mi señora la reyna fizie-
ron mezclar, donde el emperador Carlos fué mal aconsejado. — Señor,
dixo la muger. Dios vos guie et uos guarde de mal, et guardat i;os de
entrar en poder de aquellos. — Ssy faré, dijo él, non y dubdedes. Entonce
sse fueron echar á grant plazer de ssy. Otro dia mañana se levantó Bar-
roquer que auia muy á coragon su carrera, et bestió su esclauina, et
tomó su bordón, et su esportilla, et espidióse de su muger que la amaua
tan mucho que non cuidaua ver la ora en que tornase á Emaus; et par-
tióse de su casa, por yr á Paris.
XXXVII. Agora se vá Barroquer, que Dios guarde de mal, su escla-
vina vestida, et su bordón en la mano. Et comengó á trotar, et llegó á
Paris á ora de yantar, et entró por la villa et vio las gentes ayuntar por
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 375
la ciudafc, efc vio fincar tiendas fuera de la villa por los campos. Quando
esto viú Barroquer, comencú macho -X llorar, et dixo: — Ay Señor, Ihu.
Xpo, que eu la vera cruz te dexaste prender muerte por los pecadores
saluar, tú faz á Carlos que sse acuerde et que resfiba la reyna su mu-
ger derechamcnt, como deue. Et desque comió en casa de un omme, do
posó, salióse fuera de la ciudat, et fuese por ribera del rio de Ssena, don-
de posauau muchos altos ommes et poderosos, et y eran de los tray dores.
Mas tanto sabet todos que non ouo rey en Francia del tiempo de Mer-
lin fasta entonce que non ouiese traydores que le feciesen muy graut
daño; mas non tanto como á este. Desy fuese contra la tienda del rey,
et violo seer muy triste, et con él seya don Aymes que era muy buen
omme. Don Aymes, dijo el enperador, aconsejarme deuedes: yo ayunté
aqui mis gentes, así como vos vedes, por defender mi tierra, ¿qué vos pa-
reze y?— Señor, dijo el duque don Aymes, youos daré buen consejo si me
vos creer quisierdes; yo oy dezir, et así es verdad, que Loys vuestro
fijo, es entrado en Chanpayna, et con él el enperador Ricaldo, su abue-
lo, señor de Grecia: et ya son con vuestro fijo acordado Almerique de
Narbona et sus fijos , que son tan poderosos, et tan buenos caualleros,
et certas mucho faria contra razón quien contra él fuese,, et seria muy
grant daño de uuestros omines; mas. Señor, rescebit vuestra muger, que
es tan buena dueña, et Dios et el mundo vos lo terna ábien. — Señor, di-
xo Mansiones, un grantraydor, aquel diaque la vos tomardes, sea yo es-
carnido: muger que así ando abaldonada á quantos la querían por la tier-
ra, que non ouo gargon que non feziese en ella su uoluntad. Quando esto
oyó Barroquer que y paraua mientes, á pocas non fué sandio, et non se
pudo tener que non dixiese: — Certas, greton ligoso, mentides: et si non
fuese porque estades ante el enperador, tal palancada vos daría deste
bordón, que la sentiriades para siempre. Quando aquesto el enperador
oyó, tomóse á reyr; et Ougel otrossy et los otros ommes buenos, que y
sseyan, et dixieron entre ssy que sandio era el palmero. Dijo el rey: —
¿Dónde uenides? — Señor, dijo él, yo uos lo diré: yo vengo de Jerusalen do
Dios fué muerto et biuo, et pasé por Bregoña, et y fué robado de vna
gente mala que y fallé, et era tan gran caiiallería que después que el
mundo fué fecho no fué ayuntada tan grande, et son ya en tierra; et esto
faz el enperador Ricardo que trae y su fija et su nieto, que es ya bueno
et arreciado, et todos dizen del niño que es vuestro fijo; et que por fuer-
(;a sea rey de Francia, et que porná á vos fuera de la tierra. Et por el
consejo vos non los atenderiades, cá el infante muy fuerte es, et muy
dultadorio; et diz que tiene derecho de heredar á Francia, et que se
quiere entregar de la tierra, á quien qnier que pese ó ploga, et que sea
rey coronado; et yo le oy jurar por todos los santos de Dios, que ssy pu-
diese coger en la mano los traydores que con vusco son, que su madre
trayeron, et la fezieron echar tan viltadamente de la tierra que los non
guarii'ia todo el oro del mundo que los non feziese quemar. Et vos mes-
576
HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
mopodedes y preuder gran vergüeña, así como él dezia. Por lo qual vos
yo loarla que vos fuésedes de aquf, ante que fuésedes preso ni mal tre-
chos. Quando esto oyó el enperador, fué muy sañudo et ouo ende grant
pesar; mas Barroquernon semejava omme que pauor oviese, ante dixo
al rey muchas cosas del infante Loys de menazas, et el emperador lo lla-
mó, et díxole: — Palmero, ¿qué dicen aquellas gentes? ¿ Vernán mas ade-
lante, ó qué cuydan de fazer? — Señor, dijo Barroquer, así aya Dios par-
te en la mi alma, que ellos amenazan fieramente los tray dores de Fran-
cia, que ssy los cogen en poder que los non guarirá cosa que non sean
destruidos ó trenados. — Señor, dixoMangiones, yo vos digo bien que este
palmero es esculta; mandat le sacar los ojos; dessy enforcatlo. — Non lo
faré, dixo el rey; ante quiero fablar con él et oyr de sus nueuas. — Pal-
mero, dixo el rey, ¿ssabes algunt menester? — Si, señor, dixo él, sso tal
manescal de conoscer buen cauallo, ó buen palafrén, que en el mundo
non ha mejor, nin que lo mejor sepa guarecer de su enfermedat^ nin me-
jor afeitar. — Certas, palmero, dijo el rey, tú deues ser muy onrrado, sy
verdat es lo que dizes; et quiero que finques conmigo et fazer te hé algo, ca
yo hé un cauallo ruf io muy preciado; tan fuerte et tan fiero que ningu-
no non se osa llegar á él, ssynon yo et los ommes que lo guardan. Et
Barroquer dixo:— Veamoslo: quiga yo vos daré y recabdo. — De grado,
dixo el rey. Entonce enbió por el cauallo; mas quatro mancebos que lo
auian de guardar fueron á él et enfrenáronlo, et tiráronle las cadenas et
las presiones otrosy, et leuáronlo todos quatro al rey, et descobriéronlo
de una púrpura de que estaua cobierto; et el cauallo al^ó la cabera, et
tomóse á relinchar muy fieramente et á soplar mucho. Era el cauallo
bel de guisa que le non sabían par, nin avia omme que sse enfadase délo
ver, et dezian todos et jurauan que nunca tan fermoso cauallo vieran.
Et Bari'oquer, que lo catana, comentó á pensar, et dixo en su coracon: —
¡Ay Dios, Seño;'! dame Señor, si te plaz, que yo pueda leuar este caua-
llo á mi señor; mas si en él caualgase sin siella, cuydo que caería muy
tosté, ca non ssó acostunbrado de caualgar en cauallo en hueso. Et do
el rey estaua assy en riba de Ssena et catando su cauallo, de que se pa-
gaba mucho, dixo contra don Aymes: — Duque, ¿vistes desque nacistes
tal cauallo como este? Et él dixo que non; etBarroquer se adelantó et dixo:
— Señor, si el cauallo fuese ensellado, por la virtud de Dios, yo cuyda-
riaprouar su bondat.— Quando esto oyó el rey, mandólo ensellar tosté,
et desque lo troxieron, Barroquer quitó de ssy su esclavina^ et puso el
pié en la estriñera, et caualgó muy ayna; et el cauallo comentó á tomar
con él muy esquines saltos, et de esgremirse, en manera que á pocas non
dio con él en tierra, et Barroquer echó mano alas crines, etlos caualle-
ros que lo vieron, dixieron: — Agora veredes el gritar fiero etel rugido,
quando el palmero cayer. Et Barroquer que lo oyó, non daua por ende
nada; mas dezia entre sus dientes que no seria, sy á Dios ploguyese:
ante se tenia bien en la siella, et él metió el bordón só el brago derecho,
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 377
et con los grandes gapatos que tenia aguyjó el cauallo et soltóle la rien-
da, et el cauallo comentó de cori'er tan fieramente que semejaua que vo-
laua. Assy lo arremetió por el prado: dessy venóse contra elenperador,
etdíxole á muy altaboz: — Rey,yó ssóBarroquer de la barua cana: ssy
yo vine d nos poresculta, agora me tornai-é áLoys, vuestro fijo, el muy
pregiado, et á vuestra muger la reyna Seuilla , que yo por mi cuerpo
guardé de mal, et guyé, et senií á mal grado de los tray dores que la fezie-
ron desterrar á tuerto. Ec si vuestra muger non rescibierdes, sabet que
Francia será por y destroida; mas como quier que avenga, este buen ca-
uallo leuaré yo, et finque uos la mi esclauina, ca bien la avedes conpra-
da. Entonce ferió el cauallo de las espuelas, et fué su cai'rera et el en-
perador metió grandes bozes; — Varones, ydmeen pos él, por el amor de
Dios, ca si assí pierdo mi cauallo, jamás non averé alegría: et quien me
pudier prender el palmero, cient marcos de plata le daré en albrigias.
Entonce caualgaron caualleros et escuderos, et sirvientes et privados et
unos et otros; ety fué el duque don Aymes et Ougel et Galter de Cora-
uina, et los parientes deGalalon, que Dios maldiga. ¿Qué uos diré?...
Quien quier que buen cauallo tenia, caualgó en él ssyn detenengia^ et el
enperador mesmo y fué. Assy fueron todos en pos él; mas Barroquer que
yua delante en el byien cauallo, rogaua yendo mucho á Dios que lo
guardase de caer, et así corrió fasta Ormel que se nunca detono. Enton-
ce cató en pos y, et víó muy grant gente venir en pos él, por lo prender:
entonce aguijó mas el muy buen cauallo et fuese á Gormay; et pasó por
y que non se detono cosa, et llegó á Leni; mas non quiso y fincar, et yua
tan recio por medio la plaga, que semejaua tempestad de guisa que
non aviiay tan ardido, que se le osase parar delante nin preguntar.
XXXVIll. Assi se pasó Barroquer por Leni en el buen cauallo; et
desque fué fuera de la villa, cogióse por el camino de Projms, et fuese
quanto el cauallo lo podia leuar, asi que poco daua por los del rey Car-
los que en pos él corrían. Entre tanto llegó el duque don Aymes et Ale-
ni et Ougel, et con ellos bien quatro mili franceses, et fueron preguntan-
do ssy vieran por y pasar vn villano en vn buen cauallo muy corredor.
— Ssy, dixieron los burgueses, que mal apreso vaya él allá do vá, por
aquí pasó, tal como el viento. A tanto llegó el rey que venia metiendo
bozes: — Varones agora por Dios, yd en pos él, ca ssy me escapa, jamas
otro tal cauallo no averé á mi cuydar. Entonge caualgaron todos los de
la villa, burgueses et caualleros, et semientes, et fueron en pos él; mas
Barroquer que yua adelante alongado dellos, llegó á un monte á ora de
viespras, que era gerca de Emaus, et falló á su fijo en la carrera que
levaua su asno cargado de leña, et conosciólo luego, et díxole: — Fijo,
salúdame á tu madre, ca yó non hé vagar de fablar mas contigo; ca uien
en pos de mí el rey Carlos con muy grant conpaña: agora te vé á Dios,
ca non hé poder de mas contigo estar. Tanto estouo ally él fablando con
su fijo fasta que vio el rey Carlos, et de tan lueñe que lo vio, metióle bo-
578 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
zes: — Ay fí de putii, non me escaparedes que non seades enforcado. Et
Barroquer que lo oyó, le respondió: — Non será asj, si á Dios plaz. Et co-
mentóle de gritar. Entonce aguyjó el cauallo que se non detouo mas; et
mas tosté se alongó dellos ques marauilla, et fuese por Columer su uia;
et la luna era muy clara, et llegó á ora de matines á Proyns, et pasó por
y sin enbargo ninguno, et el rey Carlos llegó y al alúa del dia, et Ougel
ct el duque don Aymes, et con ellos bien trecientos á cauallo, et fueron
preguntando á los de la villa: — Vistes por aquí pasar un villano encima
de vn buen cauallo? — Et ellos dixieron que non sabian del parte. Et Bar-
roquer que iba en el buen cauallo rugió, tanto ando de dia et de noche que
llegó á tierra do fué muy bien recebido; mas tanto cuytó el cauallo que
era todo trassuado; et así fué ante el infante Loys, et presentógelo et dí-
xole: — Tomad este cauallo, señor infante, que es el mas marauilloso que
nunca omme vio, que fué del rey Carlos, vuestro padre. Entonce le contó
cómo Carlos feziera ayuntar su hueste en Paris, muy grande, et que ya-
cía en ribera del rio; et quando el rey me vio levar su cauallo, mandó
venir su hueste en pos de mí, et él venia delante mas brauo que un león:
et poder los hedes fallar a siete leguas de aquí muy pequeñas. — Por Dios,
dixo el infante: ¿assy uien en pos de vos mi padre por su cauallo? — Cer-
tas ssy, dijo Barroquer. — Barroquer, dixo el infante , ¿qué gente anda
con él? Non me lo niegues.— Señor, dixo él, bien son treynta mili; los
unos vienen delante, et los otros detrás; así como les aturan los cauallos,
mas bien los podedes todos prender, si quisierdes. — Quando esto Loys oyó,
comentó á decir: — Armas, armas, cauallos!... ca yo prendería de grado
á mi padre, en tal que lo feziese otorgar con mi madre. — Entonga veria-
des griegos, así los altos como los baxos, correr á armarse, que non fué
y tal que se dende escusar quisiese, et el enperador Ricardo fué armado
en los primeros muy ricamente, et subió en su cauallo, et don Almerique
de Narbona, et Guyllemér, el guerreador, et todos los otros de su conpa-
ña, et assy se ayuntaron en un punto bien treynta mili; et Barroquer
dezia: — Todos los poderedes prender, si quisierdes. Quando esto vio
Loys, comencé á dar bozes que mouiesen. Entonge fueron su carrera,
aguyjando quanto podían contra los franceses, et yendo asy, dixo el in-
fante: — Ay Dios, Señor, que el mundo formaste por tu grant poder et
quisiste que fuese poblado de gente, dáal rey mi padre coragon que res-
eiba á mi madre por muger, asy como deue. Assy se fué la hueste de
los griegos muy esforzadamente, assy que de los pies de los cauallos sa-
lla tan grant poluo, que muy de lueñe páresela. Quando esto vio el en-
perador Carlos, fué mucho esmayado, et el duque don Aymes le dixo: —
Señor, en barata somos; mucho corrimos me semeja en pos el penitencial.
Ahé aquí los griegos vienen de rrandon con Loys, vuestro fijo, que es
muy sañudo de su madre que echastes de vuestra tierra; et con él vienen
Almerique de Narbona etsus fijos, et mucha otra caualleria, et el enpe-
rador Ricardo de Coustantinopla que uos desama mortalmente, por su
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 579
fija que avedes dexada, onde entonce creyestes los traedores que Dios
maldiga. Ora es por eso vuestra tierra metida en duelo et en tormenta;
et nos por ende seremos todos presos ante del sol puesto; et seria muy
grant derecho para la fé que deuo A Dios, desy que todos somos desar-
mados, si non de nuestras espadas, si nos non uviamos acoger á algún
castiello; nunca tal perdida perdimos desque perdimos Oliver et Roldan^
como esto será; nunca desde entonce acá ouetan grant pauor, como ago-
ra hé: Dios nos acorra.
XXXIX. Don Aymes, dixo el enperador, por buena fé non sé lo que y
podamos fazer: bien sé que el enperador de Constantinopla me desama
mortalmente et há razón por qué; ca eché su fija de mi tierra muy mala-
mente, et nos non auemos castiello^ á que nos acojamos. — Señor, dixo
Salamon, aquí non avenios que tardar, ca el proueruio diz que mejor
es buen foijr que mal tornar. Entonce se asonbraron los franceses ante
el rey Carlos, mas non avia y tan bueno que pauor non ouiese; ca mu-
cho dubdauan los griegos que venian de rrendon. — Señor, dixo el duque
don Aymes, entendet lo que ucs quiero dezir: á ssiet leguas de aqui
há un castiello en l^na montaña, á que dizen Allafoja: ya lo .nos tovies-
tes cercado, quando yazia dentro Grifonet que fizo la traycion, quando
vendió Roldan al rey Marssil, et non uos pudo escapar, ante ouo su gua-
lardon de la traycion que fgziera, ca fué qtTemado. Pues vayamos á Alta-
foja, et sy nos y cercaren, muy bien nos defenderemos, si Dios quisier;
et mal aya el que non se defendiere 'fasta su muerte. Et Carlos dixo: —
Agora fagamos esa via de parte de Dios. Et estonce mouieron de rendon
contra Altafoja, et el enperador cató la grant gente de los griegos que en
pos ellos yuan quanto mas podían; assy que ante que fuesen enísima de
la montaña, los alcauQaron los griegos. Ally podriades ver mucho golpe
de espada et de lan^a et de porra; mas los franceses puñaron de se aco-
ger á la rocha, ca bien veyan que los non podía durar, et desque fueron
en el castiello, cerraron muy bien las puertas. Assy fueron los france-
ses encerrados onde sse desmayaron mucho, et los griegos los cercaron á
derredor, et mandaron tender tiendas et tendejones en que posasen, et
fezieron choQas de ramas; mas pero ante que los franceses se acogiesen,
prendieron dellos los griegos veynte et cinco. Et destos eran dos de los
traydores que Dios maldiga: el uno dellos era Mancion, et el otro Jus-
tort de Claurent, et por estos dos fuera la reyna traída et echada á do-
lor et á desonrrade ssy. Et leváronlos al infante Loys, á qui plogo con
ellos, et díxoles: — ¿Quién sodes? non me lo neguedes. Et ellos respondie-
ron: — Señor, nos ssomos de Francia, et esto sabredes por verdat, et so-
mos vuestros presos: agora fazet de nos lo que uos plogíer. Et entretanto
llegó Barroquer ssañudo et de mal talante, etcató los traydores muy sa-
ñudamente, et dixo á muy alta boz: — Yo non seria tan ledo, sy me die-
sen doscientos maravedís de plata, como ssó con estos dos falsos que aquí
veo presos, que non ssé peores en toda la tierra. Señor, dixo él al in-
580 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
fante, estos malos son de contar por culpantes: este vno h por nonbre
Mansión, et el otro Justort de Monteclaro; estos dezian al rey que me
mandase sacarlos ojos; mas agora los mandat uos por eso rastrar ó en-
forcar por las gargantas.— Yo lo otorgo, dixo el infante ?Entonge fezieron
traer dos rogines, et atáronlos á ellos, et jrastráronlos á vista del rey, que
estaua encima del muro d'Altafoja. — Ay Dios, dixo el rey, ¿cómo non en-
sandezco de pesar? Por que asi veo arrastrar mis ommes, et los non pue-
do acorrer, el coraron me deuia por ende quebrar. Grant pesar avia por
ellos el rey Carlos; et después que fueron arrastrados, mandaron erguyr
forcas, et pusiéronlos y, et assy ouieron los traydores lo que meregian de
la buena dueña qne trayeron^ et fezieron desterrar á tuerto. Et el infante
Loys que era de prestar, fizo traer ante ssy todos los otros presos, et di-
xoles su ragon tal: — Señores, dixo él, ¿sabedes lo que uos demando?
Quiero que uos vayades quitos para el rey Carlos, et saludat me prime-
ramente á mi padre, et dessy á don Aymes, et á Ougel; estos dos nunca
yo vi, mas oylos preciar; et dezidles que si yo pudiese que de grado me
aconpañaria á ellos, et por Dios dezidles de mi parte que rueguen al rey
que resgiba á mi madre por muger, et que fará muy grant limosna. Et
los presos respondieron que su mandado farian de buenamente, et dié-
ronle gragias et mercedes de que los quitaua, et comendáronlo á Dios, et
espediéronsse, et partiéronse del, et fuéronse á Altafoja; et desque fue-
ron ante el rey, saluaron á él, et á toda su conpaña, et otrosi sainaron á
don Aymes et á Ougel de parte del infante, et dixiéronles su mandado. —
Señor, dixieron ellos al rey, el buen Loys, vuestro fijo, nos quitó et
enbia uos dezir por nos que rescibades á su madre, et que faredes y muy
grant bien et muy grant limosna; et el Apostóligo, que es señor de la ley,
verná á vos á pié por este pleito et esta avenencia traer, si uos quisierdes,
et don Almerique de Narbona con todos sus amigos; et sabet que Man-
sión es enforcado et Justort, sucormano; ca el palmero que uos sabedes,
los fizo enforcar, et dize que otro tal fará de los otros traydores que bus-
caron mal á la reyna, bien ante vos que los non poderedes ende guardar.
— Ay Dios!... dixo el rey, ¡quántas ontas me ha fechas aquel mal-
dito de palmero. Non folgaré si del non fuesse vengado. Grant pesar ouo
el rey, quando oyó menazar sus ommes. Entonce llamó á don Aymes et
Lardenois et Ougel: — Amigos, dixo el rey, cousejatme: ¿qué faré sobre
esto? — Señor, dixo don Aymes, yo vos lo diré: quando anochegier, nos sa-
liremos fuera et iremos contra la hueste, et ellos non se guardarán de nos,
et feriremos en ellos ssin sospecha, et mataremos et prenderemos dellos
muchos.— Yo lo otorgo, dixo el rey, ssy quier que non prendiesedes otro
ssy non el palmero que lleuó el mi cauallo; et pues esto dexistes ponerlo
por obra. Entonge se partieron de allí el fuéronse guysar, et armáronse
de las armas de los burgueses de la villa lo mejor que podian; et desque
fueron armados et la noche veno, salieron fuera del castiello, et fuéron-
se degiendo por la montaña, asi que llegaron al llano, dó yacia la hueste
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 581
de los griegos, asi fueron ascusamente que los griegos nunca dallos fue-
ron apercibidos, fasta que ferieron en ellos ssin sospecha; et comengaron
á ementar á altas bozes: ¡Monjoija! ¡Monjo¡ja! la seña del rey Carlos. —
Et los griegos que seyan comiendo muy seguradamente, salieron tosté,
que non cataron por pan, ni por bino, nin por carne; mas los franceses
los cometieron muy fieramente. El roydo fué muy grande por la hueste
et fueron armados mas de veyntemill, et dexaron sse correr á los fran-
ceses, mas los franceses cuando esto entendieron, comentáronse de alle-
gar contra el castiello, ca bien vieron que ssu fuerca non los valdría nada;
et do se iban acogiendo fallaron á Barroquer, que andana en un buen ca-
uallo de Alemana que le diera el infante, et saliera contra el enperador;
mas aveno assy que se esperdiera dellos, et cogióse por otra carrera.
Pero tanto que Barroquer á Ougel vio, algo su bordón por lo ferir; mas
Ougel le desuió el golpe ca ouo del miedo, et echóle mano et trauóle en
la barua, que tenia grande como griego, et cogiólo ssó el brago, et co-
mengólo de apretar, assy que lo desapoderó; et Barroquer comentó á de-
zir: — ¡Ay Sancta María, válame! ca ssy me lieua al castiello, yó muerto
ssó. Efc el infante Loys que ende la boz oyó, comencó de correr contra
aquella parte; mas non lo pudieron acorrer, ca Ougel que non avia sabor
de lo dexar, lo tenia todavía, et lo leuaua suso contra el castiello. Et el
infante desque vio que lo non podia aver, tornóse á la hueste, mas mu-
cho fazia gran duelo por Barroquer, ca muy grant miedo avia que lo
matasen.
XL. El enperador que seya en Altafoja atendiendo, llegó Ougel a la
puerta et llamó, et abriéronle, et desque entró, llenó á Barroquer antél,
et diógelo, et los franceses se ayuntaron y et dixieron: — Buen vejaz es
este. Entonce se leuantó en pié un traydor, Aloris, cormano de Galalou,
et dixo al rey: — Señor enperador, para el apóstol San Pedro vos juro que
este es el palmero que vos fuyó con el vuestro buen cauallo del campo
de París: facet le ag-ora por ende tirar los ojos de la cabeza; desy enfór-
quenlo. Quando le esto oyó Barroquer, comencólo de catar tan fiera-
mente que marauiella, et erguyó la tiesta et apretó los dientes, et algo el
puño, et fuese á él, et dióle tal puñada en los dientes que le quebró los
bezos, et le fizo saltar los dientes, et dio con él en tierra á pies del rey
Carlos. — Tírate de aquí, dijo él, lixoso, malo, traydor, que por ty et por tu
linage fué echada la reyna Seuilla, mi señora, muger del rey Carlos, en
desterramiento ; mas si vos coge en la mano su fijo, non vos puede guarir
cosa que uos á todos non enforque ó non queme. Quando esto vio el en-
perador, como sseya de mal talant, metió vozes: — Prendetlo, prendetlo,
et ydlo luego enforcar. Entonce fué preso Barroquer, et atáronle las
manos, et pusiéronle el paño ante los ojos. Agora le vala Dios, ssynon
agora lo enforcan.
XLI. Entonge presieron á Barroquer aquellos á quien el rey man-
dó et fezieron erguyr la forca engima de la rocha, al pie del castiello, asy
582 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
que bien lo poderiau de alli ver los griegos. — Agora, dixo el rey, guar-
datlo que se non vaya; ca para aquel Dios que veno en la vera cruz,
non ha cosa que me lo quitase de manos que lo non enforcase; et en mal
punto para ssy me leuó el mi buen cauallo. Desque las forcas fueron
aleadas, los traidores fezieron allá leuar á Barroquer. Desque se él vio
en tal peligro, comengó mucho á plañer et dixo: — ¡Ah Dios Señor, que
muerte pendieste en la vera cruz por los pecadores sainar, aué merget
de mi alma, ca el cuerpo llegado es á su fin. A3'! infante Loys, Dios te
guai'de de mal; ca yo jamás nunca te veré. Dios ponga paz entre ty et
tu padre, et que uos acordedes de consuno. En todo esto los traydores
fezieron erguyr una escalera, porque lo sobiesen suso; entonge le echa-
ron una soga á la garganta. — Ay vejancón, dixo Aloris, venida es vuestra
fin. Assy que Dios, nin omme, nin muger non uos pueden guardar que
non seades colgado. Quando esto Barroquer oyó, tomóse mucho á llo-
rar; dessy comenyó á rrogar aquel Señor que ende há el poder que le
guardase el alma que non fuese perdida; et desque le ataron la cuerda
á la garganta, aquellos que Dios confonda, le echaron el paño ante los
ojos. Atanto llegó y el duque don Aymes et Ougel con él et toda su
conpaña; et desque y fueron, el duque dixo: — Palmero, mucho feziestes
grant foUia, quando uos leuastes el muy buen cauallo del rey; ora sere-
des por ende enforcado á vista de todos los de la hueste. — Señor, dixo
Barroquer, por Dios, fí de Santa Maria^ aaet merget de mi, que me non
enforquen et yo uos diré verdat: yo hé nombre Barroquer, et ssó natu-
ral de Emaus, et por guardar la reyna, quando fué echada á tuerto, dexé
mi muger é mis fijos: tanto oue della grant duelo, quando la fallé sola en
el monte, muy triste et muy esmayada, aquel tienpo que Macaire fizo la
grant traycion, quando mató á Auberi de Mondisder, que la andana
buscando por la escarnecer; mas á Dios non plogo que la él fallase, mas
yo la fallé en aquella ora muy grant mañana, en saliendo de un monte;
dessy guyéla et fuíme con ella, et andamos tanto que llegamos á una vi-
lla que dizen Urmesa, et y encaeció de un fijo que es muy buen infante,
ii quien puso nombre el rey de Ungría Loys, quando lo sacó de fuentes,
et yo lo crié sienpre, et agora he por ende tal gualardon de su padre que
prenderé por ende muerte. ¡Ay enperador de. Francia!... Dios te lo de-
mande; ca tú echastes de tierra la buena reyna tu muger... et Dios no
haya parte en la tu alma, sy la non rescibieres; et estáspor endeen orade
perder la vida! Quando esto oyó don Aymes, fué ende muy ledo, et lla-
mó á Ougel el díxole:— Agora non ha cosa en el nuuido porque dexase
de ser vengado de los traydores que á tan grant tuerto fezieron echar la
reyna: desy dixo al palmero: — Amigo, dime verdat et non me niegues
cosa. ¿El infant que tú dices, es acá yuso en aquella hueste et su madre
la reina Seuilla, mugier del rey Carlos? Ssy fué verdat, asi como tú di-
zes, que la guareciste, jertas que tú deues por ende aver muy grant hon-
ra, et por buena fé que la yria ver de buena mente, et que todo cuanto
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 385
ouiesse, posiesse en su servicio et en su ayuda. — Señor, dixo Barroquer,
bien vos lo juro para la féc que deuo á Dios que yo la guardé siempre,
et que y es. Quando esto oyó el duque don Aymes, ssacó su espada de
la bayna, et dixo á aquellos que lo tenían que dexasseu, ssy non que les
tajaría las cabegas. Entonce lo fizo desliar et quitarle el paño delante los
ojos. Et los traydores sse fueron quexar al enperador del duque don Ay-
mes, et del bueno de don Ougel, et de Lardenoys, que les quitaran el pal-
mero; et el enperador enbió por eUos, et ellos venieron.— Don Aymes, di--
xoel enperador, por Dios, ¿por qué non dexastes enforcar aquel ladrón? — •
Señor, dixo don Aymes, yo vos lo diré. — Non vos lo quiero oyr mas, dixo
el enperador; oy esté ya asy; mas de mañana non me puede escapar. En-
tonce llamó á Focart et Gonbaut, et Guynemer (estos eran de los traydo-
res), et fízogelo dar et díxoles que lo guardassen que se les non fuesse,
ssynon que los enforcarian por ende, que por ál non pasarían; et ellos di-
xieron que bien lo sabrían guardar. Et los de la hueste sse asentaron á
comer: mas el infante Loys non comia, ante comengó á fazer el mayor
duelo del mundo por Barroquer, et á llorar; et el enperador su avuelo,
que lo sopo, et el Apostóligo lo fueron confortar, et dixiéronle: — Amigo
infante, agora dexat vuestro duelo, ca Dios lo puede muy bien guardar.
XLII. Señores, dixo él, ssy lo mi padre mata, yo jamás non aueré ale-
gría en quanto viua. Atanto aquí viene Griomoart ante él, et quando
lo cató cómo lloraua, ouo ende muy grant pesar, et díxole á muy altas
bozes:— ¿Et qué avedes, muy buen señor? Non me lo neguedes ; ca so el
cielo non lia cosa que uos querrades, que uos lo yo non vaya demandar,
et uos lo traya. — Amigo, dixo el infante, *yo uos amo mucho, et por ende
uos lo diré: Barroquer, que uos sabedes, leñáronlo preso al castiello, de
que me pesa tanto que uos lo non sé dezir ; et bien cuydo que non ha
cosa que lo guarezca^ que mi padre non lo faga enforcar. — Señor, dize
Griomoart, non uos desmayedes , ca yo uos lo cuydo dar ante del medio
día, sano et saino, ca yo sé un tal encantamiento, por que lo quitaré
dende et uos lo traeré sin ningunt dapno.— Amigo, dixo el iní'ant, ssy
uos es lo fazedes, non ha cosa que me demandedes que uos lo yo non dé.
Entonce fazia un poco oscuro, et Griomoart se aparejó et comenzó á de-
zir sus conjuraciones et á fazer sus carántulas que sabia muy bien fazer.
Entonce se comentó á cambiaren colores de muchas guisas, indio et jalde
et barnizado; et los ommes buenos que lo catauan, se maravillaron ende
mucho. — Señores, dixo Griomoart, non vos desmayedes, ca ante que yo
torne, aueré muertos dellos bien catorce. — Amigo, dixo el Apostóligo, non
fagas, ca tal omme y poderla morrer, que tú non conosoerias, de que seria
grant daño, et nageria ende grant g-uerra; mas piensa de nos traer á Bar-
roquer ayna; et sy fezieres alguna cosa, de que ayas pecado, perdonado te
sea de Dios et de mí. Entonge se salió Griomoart de la tienda et fué su
carrera contra la montaña , et tanto ando que llegó á la puerta del grant
alcázar, et encima del muro estaua vn velador que tañía su cuerno, et
384 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
quando vio á Griomoart, dio muy grandes bozes et dixo: — ¿Quién anda y?
¿Quién anda y? ¡euad piedra, vay?. Quando esto oyó Griomoart, ouopa-
uor, efc comentó luego á fazer su encantamento et á dezir sus conjuragio-
nes, en tal guisa que el velador adormeció; et Griomoart se fué á la
puerta et metió mano á su bolsa et tyró un poco de engrudo que avia
tan grant fuerga que tanto que tañió con él las cerraduras, luego caye-
ron en tierra. Et desque entró, fuese al palacio, et sol que puso la mano
en la puerta, comenQÓ á de^ir sus conjara<;iones et el portal que era alio
et lunbroso fué luego escuro, et Griomoart entró muy seguramente et á
la puerta del palacio falló diez ommes armados que tenian sus espadas
muy buenas, et Griomoart que lo entendió, fizo su encantamento, et ador-
meciéronse luego de tal g-uisa que se dexaron caer estendidos unos cabo
otros, á tales como muertos. Quando esto vio Griomoart, entró lueg-o en
el palacio et fallólos todos dormiendo, et pasó por ellos, todavía echando
su encantamento, et tanto que fué fecho asy, adormecieron todos los ca-
ualleros, et vnos et otros que les tajarla las caberas, et non acordarian.
Et Barroquer raesrao que allá dentro yazia preso en la cámara, adorme-
ciera tan fieramente que marauilla: et bien otrosy el enperador Carlos
et don Aymes, et Ougel, et los otros altos ommes yazian asy dorraiendo
que nunca pudieron acordar. Et en el palagio ardían quatro cirios que
dauan muy grant lumbre; et Griomoart que dentro estaua, en su mano
un bastón, cataua á cada parte, si veria á Barroquer, et dixo: — ¡ Ay Dios
Señor! ¿Et á qual parte yaz Barroquer?... yo juro á Dios que si lo fallar
non puedo, que yo porné fuego al palacio et á todo el ala.í(;ar Et co-
mentó de andar, buscando descamara en cámara assy que lo falló preso
á una estaca, et unos fierros en los pies, dormiendo muy fieramente. Et
Griomoart lo despertó, et soltóle los fierros et las liaduras por su encan-
tamento, et Barroquer fué muy espantado, quando vio á Griomoart. —
Yia suso, dixo Griomoart, muy tosté; ca tú eres libre, si á Dios plaz. —
Señor, dixo él; fablat mas paso que se non espierten estos que me guar-
dan; ca nos matarían tosté, que cosa non nos guarirá. Barroquer, dixo el
ladrón, en mal punto te espantaras, ca sse non despertarán fasta la luz.
Entonce se comentaron de salir, et Barroquer yua adelante et dixo al
ladrón: — Amigo, vayamos nos tosté, ca el cora(;on me trieme, de guisa
que á pocas non muero de miedo. — Barroquer, dixo él, ¿por qué te es-
pantas tú? Yo sseñero entré aquí; mas vayamos ver á Carlos cómo le vá.
— Cállate, dixo Barroquer, grant follia dizes. Por Sant Donís, dixo él,
yo non yré á él por lo ver, ca mucho es fuerte omme; mas vayamos nues-
tra carrera; á diablos lo encomiendo. Et Griomoart non demoró más, et
dexó á Barroquer estar cabo de vn pilar et fuese contra el lecho de Carlos
et descobriólo el rostro, por lo ver mejor ot desque lo cató, dixo: — ¡Ay
Dios cómo es dultatorio el rey Carlos!... mal venga á quien le fizo que
echase su muger. Esto fezieron los traydores, que Dios confonda: non pue-
de ser si se junta la hueste de los griegos et la deste que y non aya muy
ll/ PARTE, ILUSTRACIONES. 385
grant daño de aiibas las partes; ca este noa se querría dexar venzer.
Nunca tan fuerte rostro vi de omme. Entonge llamó á Barroquer por le
mostrar el rey Carlos; mas el otro non fuera allá por cosa del mundo.
Después desto Griomoart comencó de catar de una parte et de otra, et
vio estar á la cabesgera del enperador la su buena espada que llamauan
joliosa á quien non sabían par, sy non era durandana, et tomóla luego,
et dixo que la leuaria al infante Loys. Atanto se tornó, et falló á Bar-
roquer estar tras el pilar niuj callado, que rogaua mucho á Dios que se
non despertasen los de adentro nin lo fallasen ssuso. Compañero, dixo él,
ora pensat de andar; bien rae semeja que si me alg-uno quisiese mal fa-
zer, que me non acorreriades. Non me semejades mucho ardido: nunca
peor compañero vi para escodruñar castiello: — Por Dios, dixo Barroquer.
dexat estar, et vayamos tosté, et pensemos nos de acoger. Entonce se
fueron á la puerta del castiello et salieron fuera, et fuéronse qualito mas
podían yr contra la hueste. Et aveno que aquella noche rondana el buen
enperador de Grecia, et el infante Loys su nieto con él, et quando los
vio venir, aguyjó el cauallo contra ellos; mas quando conosQÍó á Barro-
quer abracólo mas de cient vezes, et besóle los ojos et las faces, et fizo
con ellos anbos la mayor alegría del mundo, et el ladrón presentó la
buena espada al infante et díxole: — Tomad, señor, la espada de vuestro
padre que llaman jo/ í osa que es preciada tan mucho; et él la tomó, et
fué el mas ledo del mundo con ella , et díxole: — Amigo, non ha en el
mundo dos cosas, de que tan ledo pudiese ser como de Barroquer et de
esta buena espada; et de la una et de la otra avredes ende buen gualar-
don, si Dios quisier.
XLII. Entonge los leuó el infante á la hueste, et feziron por ende
todos muy grant alegría; mas la alegría de la reyna esta non auía par,
rjuando vio á Barroquer. Mas del enperador Carlos vos fablaré, et de su
compaña. El velador adormeció que nunca despertó fasta la mañana, et
quando acordó, dixo que le dolia mal la cabega, et cató á derredor de ssy
et vio la puerta abierta del castiello, et fuéle mal, et metió bozes: ¡Ora
suso!... varones, traydos somos!... A estas bozes acordó el enperador ct
todos sus altos ommes que albergauan en el palacio con él que cuidauan
aver perdido quanto avian. Mas cuando el enperador cuydó tomar su
espada que cuydaua que tenia cabo ssy, et la non falló, á pocas non
perdió el seso, et do vio á don Aymes et don Ougel cabo ssy, llamólos
et díxoles: — Varones, ¿qué se fizo de mi espada joliosa?... Non me lo
neguedes, si sabedes do es. — Señor, diz el duque don Aymes, non sabe-
mos ende mas que uos. — Par Dios, dixo el enperador, asaz la busqué do
la tenia á la cabañera, et nunca la pude fallar; mas bien fué que es fur-
tada, et que yo ssó encantado; el; ssy esto fizo el palmero, sea luego en-
l'orcado. Entonge fueron buscar á Barroquer aquellos que lo avian de
guardar, et cuando lo non fallaron, comengaron á llorar porque les fu-
yera. Entonge se tornaron al rey^ et dixiéronle: — Señor , Barroquer nos
Tomo v. 25
oob liiSTOUíA crítica de la literatura española.
escapó efc fuese á la hueste ; asy nos encantó á todos que non dio por nos
cosa ; mas si lo otra vez pudiermos coger en la mano, luego sea enfor-
cado: non aya y ál. — Traydores, dixo el rey, et qué es lo que dezides?...
Después que el cauallo es perdido, cerrades bien la establia; mas en mal
punto vos fuyó, ca vos lo compra redes bien.
LXIII. Grant pesar ouo el enperador, quando le mostraron los fier-
ros et las cadenas que tenia Barroquer que allí fincaran. — Por Dios,
diz el enperador ¿asy vos escapó aquel que tanto mal me ha fecho?, .
¡Ay!... et cómo me ha traydo aquel viejo malo, que la mi buena espada
me tomó por la leuar al infante Loys! Nunca desque nagí, fui asi dur-
miente como esta noche; mas para la fé que deuo á Dios, lixosos malos,
en mal punto desastes yr á Barroquer, aquel ladrón malo. Entonce llamó
á don Aymes et á Ougel de las Marchas^ et díxoles: — Prendetme aquellos
dos falsos malos, que auian de guardar el palmero. — Señor, dixieron ellos,
fecho sea. Por estos dos fueron presos aquellos traydores et enforcados:
que los non detouieron mas. Et el enperador dixo entonce: — ¡Ay Dios!
¿et quál cauallero será agora, que me leuará my mandado á Paris que me
acorran, cá mucho grant menester me faz! Entonce se leuantó luego
Ougel et fuese luego armar. Et desque caualgó en su buen cauallo Bre-
yefort, veno antel enperador, et díxole: — ¿Señor cómo mandades?.. — Yd
uos, dixo él, quanto pudierdes et dezit que me acorran. Entonge sse fué
él debiendo por la montaña, et desque llegó al llano, comenzó de aguy-
jar; mas grifones que lo vieron, corrieron en pos él á poder de cauallos,
baladrando et gritando: — Preso sodes; non vos yredes. Mas el bueno de
don Oug'el non respondió á cosa que ellos dixiesen; mas quando vio lo-
gar et tienpo, enbraQÓ el escudo et tornó la cabega del cauallo, et metió
la langa só el braco et fué ferir aquel que lo mas alcancaua de tal lau-
cada que lo metió muerto en tierra del cauallo: de sy boluióse et comen-
tó de yr quanto pudo, ca muy cerca venian del bien quatrogientos grie-
gos que lo alcangaban fieramente; mas él que vio esto, cogióse á vn mon-
te, et fuese por él quanto pudo et allí lo perdieron. Et desque lo non
pudieron fallar, tornáronse ; mas Ougel se fué quanto se pudo yr, et de
las jornadas que fizo nin por do fué non uos sé contar; mas llegó á Paris
vn dia martes, et desque entró por la villa, fué metiendo por la placa
muy grandes boges: — Agora, via todos, varones, pequeños et grandes al
rey Carlos, que es gercado en Altafoja, dó lo gercaron griegos, et mo-
ros, et xptianos, et si lo non acorredes tosté, puede ser perdido.
LXIV. Assy llegó don Ougel á Paris á una alúa de dia, et fizo á
grant pi'iesa ayuntar las gentes por la villa ; assy que en otro dia avian
de mouer por acorrer á su Señor; mas don Ougel les dixo: — Amigos,
non uos cuytedes, et dexat yr á my á Normandia por traer ende el du-
que con todo su poder. Et ellos respondieron que bien lo farian; después
desto fuese él sin detenencia la via de Rúen, et falló y á Rechart, el buen
duque, que lo resrebió muy bien, et preguntóle á qué veniera ; et él le
II.* PARTE, ILUSTHACIONES. 587
contó de cómo el enperador de Grcgia tenia gercado al rey Carlos eu Al-
ta foja coa muy grant gente á marauiila, et conviene que uos aguy-
sedes de lo acorrer. Quando el duque esto oyó, comengó mucho á llorar,
et después díxole: — Don Ougel, mucho es en este fecho culpado el rey
Carlos, porque asi echó la reina de su tierra, et dixiéronme que auia de-
11a un muy buen fijo, á qui dizen Loys; mas ¿quién cuydades que se
querrá yr matar con su fijo?... Por Dios dezitme lo que vedes y, ca yo
non ayuntaré mi gente contra él : ante le quiero yr pedir merget, et non
me mandará ya cosa, que yo por él non faga, ca es mi señor natural. —
Señor, dixo Ougel, por cosa del mundo uos non dexedes de acorrer á
vuesti'o Señor et de lo ayudar en toda guisa. Et desque á él llegardes,
tanto le rogaremos que resgiba su muger que lo fará — Don üugel, dixo
el duque, al infante non lo fallesceré toda via en quanto biuier. Entonce
enbió por toda Normandía et fiso ayuntar sus caualleros que fueron
bien catorze mili de muy buenos. Enton(;e se partieron de Kuen, et an-
daron tanto por sus jornadas que llegaron á Paris. Entonce se yuntaron
todos los de Paris et Normandia, et mouieron de y por yr á Altafoja;
et desque y llegaron, pasaron dende vna legua, et feziéronlo saber á ssu
señor el rey Carlos. Quando él ende oyó las nuevas, fué muy ledo á
marauiella, et salió del castiello et fué los ver; mas quando ellos vieron
al rey sano et ledo, ouieron ende gran plazer. Entonge llegó mandado á
la hueste de los griegos cómo venia el poder muy grande del rey Car-
los. Quando esto entendió el infante Loys, comentó á meter bozes: — Ar-
mas, armas!... Agora vayamos contra el rey Carlos. Et el roydo fué muy
grande por la hueste et fueron todos armados muy ayna, et moviieron
contra el rey Carlos, et asy fezieron los otros contra estos. Et al juntar
fueron los baladros muy grandes et el son de las armas, et de los gol-
pes que se ferian, et ouo mucha gente muerta de una et de otra parte,
et si mucho en esto demorara, ouiera y muy grant dapno fiero; mas lle-
góles la noche que los fizo partir, et el Apostóligo veno y, que les sser-
monó que dexassen la batalla fasta otro dia; et fueron dadas tre-
guas de la vna parte y de la otra fasta la mañana á tienpo de misas
dichas.
XLV. Entonce se partieron, et el enperador Carlos se fué possar á
ssus tiendas; mas Barroquer que lo vio yr et lo reconosgió, mostrólo al
infante Loys, et díxole: — Señor, vedes alli do uá el bueno de vuestro
])adre, que tanto es de preciar, que fizo á vuestra madre echar de la
tierra. Quando esto oyó el infante, aguyjó tosté contento allá, et degiú,
et fué fincar los inojos antél, pediéndole merget. — Señor enperador, dixo
él, por amor de aquel Señor que fizo el cielo et la tierra, resgebit á mi
madre por muger, asi como deuedes, sy quier non há tan buena dueña,
nin tan bella eu ninguna tierra. Quando el rey vio ante ssy su fijo estar
en inojos et pedirle merget de piadat, tomóse á llorar de guysa que le
non pudo fablar nin beruo; dessy fuese á su tienda para su mesnada,
388 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
et el infante Loys fuese á su hueste. Aquella noche yoguyeron anbas
las huestes muy quedas et en paz. Otro dia muy grant mañana sse le-
uantó el Apostóligo, et desque cantó la misa en su tienda con su clerezia,
fizo llamar al enperador et la reina Sevilla, et el infante Loys, et desque
fueron ayuntados, el Apostóligo les comenzó á dezir: — Amigos, el enpe-
rador Carlos es muy buen omme et que há grant señorio: por el amor de
Dios et de Sancta Maria su madre, que fagamos agora una cosa que nos
non sea villanía, mas omildat, et seso, et cortesía. Vayamos todos á él
por ante todos sus oinmes, que non finque ninguno de nuestra compaña,
niu dueña, nin donzella, et los orames vayan todos desnudos en paños
menores, et las mugeres desnudas fasta las cintas: assy y redes ante el rey,
et quando viere que le assy pedides merget, mucho averá el coragon duro,
ssy le non amoUantar. Quando los altos orames esto oyeron, touiéronlo
por bien, et otorgáronlo. Entonge dixo el Apostóligo al infante Loys que
feziese dar pregón por la hueste que non fincase omme nin muger que
todos non fuessen pedir mercet al rey Carlos en tal guysa como era de-
bido. Mas quien viera á Barroquer mesar la barua et sus cabellos canos
de la cabera, quando vio desnudar á su señora la reyna fasta la c/intn,
piedat ende averia, et dezian: — ¡Ay Dios, qué buen vejaz et qué leal!,...
Los ricos ommes et los caualleros todos fueron en pánicos desnudos, co-
mo bestias; asi yvan unos ante otros por pedir mercet, mas quando los
asi vio venir el rey marauillóse, etdixo: — ¡Ay Dios, et qué piensa aque-
lla que veo venir en tal manera! — Señor, dixo el duque don Aymes, de-
regho avedes de los amar, ca me semeja que viene y el infante Loys
vuestro fijo, por uos pedir mercet, et el enperador de Grecia et el Apos-
tóligo, que son tan altas dos personas. Et desque fueron antél, dixieron
todos á una boz. — Señor, derecho enperador, pedimos uos mercet por
Dios, que resgibades la reyna Seuilla, vuestra muger, que es la másfer-
mosa dueña del mundo, et la mejor. Quando esto entendió el rey Carlos,
comenQÓ á pensar; de sy tomó el rico manto que cobria de paño de seda,
et cobrióla del, et erguyóla de inojos en que estaba antél, et comenzóla
de besar los ojos et las fages. Quando esto los ommes buenos vieron, die-
ron ende gragias á nuestro Señor, et después' que el rey Carlos besó su
muger et la resgibió á grant plazer, llamó á Loys su fijo et abrazólo^ et
besólo; después cató et vio á Barroquer ante ssy estar, et llamó á su fijo,
Loys, et díxole ssonrreyéndose; — Fijo amigo, por Dios que me digades
quién es aquel viejo malo cano que me tanto pesar ha fecho? — Señor, dixo
el infante, asi me vala Dios que este es el que falló mi madre en el mon-
te, quando fué echada tan mesquinamente, et seruióla sienpre muy bien,
et crió á mí desde pequeño; nunca en su dolencia ouo otro maestro. Este
nos buscaua qué comiésemos et qué beuiésemos; assy que ssy por él non
fuera, á mi cuydar, muertos fuéramos de fambre et de lazeria. Quando
entendió el rey Carlos erguyóse corriendo et fué á Barroquer, et abracó-
lo, efc besólo, et perdonóle todo su mal talante.— Señor^ dixo Barroquer^
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 589
cient mili gragias. Entonce llamó el rey á Ougel, et á don Aymes de
Bayuera, et Galter de Tolosa. — Ora yd todos corriendo, dixoél, et pren-
det los traydores parientes de Galalon, que toda esta onta buscaron, et
fazetlos treynar á colas de cabalUos ; et ellos dixieron que todo su man-
dado farian. Entonce se fueron; mas non fallaron ende mas de cinco, que
prendieron, ca todos los otros fuyeran ya. Et fué luego dellos fecha jus-
tií^ia qual el rey mandó. Después desto fué el pleito bien allanado et fe-
zieron muy grant alegría. Assy ouo resgebida su muger Carlos como
oydes. Entonce caualgaron todos los griegos, et el Apostóligo, et el rey
Carlos, et los franceses, et todos los altos omraes faziendo grant fiesta, et
grant alegría, et fuéronse contra Paris, et llegaron y un martes á ora de
viespras. Et quando los de la villa sopieron que venian, encortinaron
todas las casas de muy ricos paños de seda, et echaron juncos por las
calles, et saliéronlos á resgebir grandes et pequeños, con muy g'rant fies-
ta; et rescebieron la reyna con muy grant alegría á ella et á su fijo, et al
buen enperador, señor de Grecia, ca assy lo avia mandado el rey Car-
los; et non fincó obispo niu abat bendito nin clérigo cpie allá non salie-
sen con muy grant procesión, et con las arcas de las relicas, et con to-
das las cruces de la giudat: muchos ricos dones presentaron aquel dia al
infante Loys, et á la reina su madre otrosy.
XLVI. Mucho fué grande la corte que el rey Carlos fizo en Paris en
aquel tiempo. Allí fueron ayuntados todos los ricos-ommes que del te-
nían tierras; y fué Salamon de Bretaña, et el duque de Longues, et don
Alraerique de.Narbona, etel duque don Aymes, et Crancrer, et el muy
bueno Buemont, et el conde don Mourant, et Guyllen d'Ourenga, et los
buenos dos marqueses, et el uno avia nombre Bernalt, et el otro Ougel
dé Buenamarcha; allí fué fecho el casamiento del infante Loys et de la
fija de doa'Almerique de Narbona^ á qui.dezian Blanchaflor, donde
enbiaron luego por ella; et allí en aquella ciudat fueron fechas las bodas
ricas et buenas. Aquel dia tomó Loys ú Barroquer por la mano, et fuélo
á presentar ante el enperador su padre. — Señor, yo uos dó este omme
por tal pleito que uos le dedes en vestra casa tal cosa que uos grades-
camos; ca mucho nos siruió bien en estrañas tierras, que asy bien me-
rescia por ende ducado, ó condado por tierra. — Buen fijo, dixo el rey, yo
faré lo que uos quisierdes: dóle el mayordonazgo de mi corte, et el cas-
tiello de Meulent por heredat, et entregógello luego. Et Barroquer fué
besarlas manos al rey, et díxole: — Señor, grandes mercedes agora me
avedes fecho, de pobre rico para sienpre jamas a mí et á mis fijos: ya
nunca tornaré andar en pos el asno. Entretanto llegó el buen enperador
Ricardo, et díxole por buen talante: — Key Carlos enperador, si uos qui-
sierdes, yo faré cauallero á Barroquer. — Bien, dixo el rey Carlos, como
tuvieredes por bien. Entonge mandó llamar el emperador su mayordo-
mo, et mandóle que guysassen muy ricamente á Barroquer de paños, et
de cauallo^ et de armas, et de todo quanto menester ouiese, et asy fué
1
590 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÍVOLA.
todo feoho. Otro diafizo el enperador cauallero á Barroquer, et pi'isole
cinqüenta mili maravedís de renta, et luego que le dio ende grandes gra-
cias, desy fizóle eubiar por su rauger, et por sus fijos que ueniesen, con
ella á Paris. Et desque y fueron, rescebiólos muy bien, et fizóles mucha
onrra; et desde allí adelante non ouieron mengua de auer nin de paños,
nin de donas. Assyfaze nuestro señor á quienquier: de pobre faze ricoet
abondado, et el que á él tiene, jamas non será pobre. Después desto llamó
el infante Loys á Griomoart, et díxole: — Amigo, tú me seruiste muy bien
et quiérote por ende que seas mi copero mayor. Et casólo muy bien en
la ciudad de París et por este es verdat lo que dizen: quien á buen señor
sirue, non pierde su tienpo: que asi fué ;í Barroquer et Griomoart, que
ouieron buen gualardon de sus seruicios et de la reyna ouieron assy
grant bien. Assy faze Dios á quien se paga, donde fué por ende fecha
muy grant alegría. Et la reyna, á quien sse non olvidará el mucho bien
que le fizierael su huéspet et la su huéspeda de Urmesa, enbióles luego
un mandadero con su carta, et el mandadero se fué quanto se pudo yr,
et de las jornadas que fizo non uos sé contar; mas tanto ando que llegó á
Urmesa et preguntó por la casa del omme bueno Joseran, et mostráron-
gela, et desque entró, saluó el huésped et la huéspeda de parte de la due-
ña et de su fijo que fueran tan luengo tiempo en su casa. El huésped fué
marauillado de quien fablauan, et el mandadero que era ensseñado, les
dixo: — Vuestro afijado uos envia mucho saludar, aquel á qui pusistes
nonbre Loys, que era fijo del enperador Carlos, et agora es ya res^ebido
por rey de Francia, et la dueña que vistes su madre, era reyna de Fran-
cia, que aqui touistes en vuestra casa tan luengo tiempo et que andaua
tan pobremente. Et Barroquer que andaua con ella, que la servia et la
g-uardaua, vos saluda mucho, et envia uos estas letras la reyna. Et el
huésped recibiólas con muy grant alegría et abriólas, et falló y que la
reyna le enuiaua dezir que él, et su muger con toda su conpaña se fue-
sen á Francia, derechamente á la ciudat de Paris, et que verían y á aquel
que criaron por amor de Dios, Loys el infante, que era ya resgebido
por rey de Francia, et que auerian grandes riquezas et grandes aue-
res á sus boluntades. Quando esto oyeron el burgués y su muger, co-
mentaron de llorar de alegría que ende ouieron; et fezieron mucha onrra
al demandadero et pusiéronle lamosa, et diéronle muy bien de comer, «et
mandaron pensar muy bien su cauallo. Entonce el burgués fué ver el
rey que era en la villa, et díxole las saludes de su afijado Loys, que era
ya rescebido por rey de Francia, aquel que él sacara de fuentes et que le
mandara que lo criasse. Quando el rey esto entendió, tomóse á llorar de
phvzer que ende ouo: después desto el burgués dixo al rey: — Señor, vues-
tro afijado me envió dezir que fuese á él á Francia, et yo yria alláde grado,
ssi á uos ploguyese. — Joseran, dixo el rey, á mí plaz ende mucho, et yt
á la gracia de Dios etsaludatme mucho á mi afijado et á todo su linage,
et dezit al infante que Dios le dé la mi bendición: otrosi me saludat mu-
II,* PARTE, ILUSTRACIONES. 391
cho á mi comadre et á Barroquer, el vejancón. — Señor, dixo Joseran, todo
faré quanto vos manda rdes. Entonce le besó el pié, et espidióse del, et
tornóse á ssu posada et aguysó su facienda; assy que otro dia de mañana
se metieron al camino, sin mas tardar, et leuó consigo su muger et sus
dos fijas, et sus ommes que le seruíesen en la carrera. Et tanto andaron
(jue llegaron á la ciudat de Paris, et fueron posar ^erca del palacio; et
desque debieron, el burgués se vestió y se guisó muy bien, et fuese con
su mensagero al palagio; et quando lo sopo el infante, sallió á él, et res-
(,'ebiólo muy bien et á grant alegría. Et desque lo abragó mucho por muy
grant amistad, díxole: — Padrino, por Dios, ¿dezitme cómo uos vá? — Cer-
tas, afijado, dixo él, muy b;en, pues que uos veo á la mercet de Dios.
Entonce lo tomó por la mano et fuese con él , et leuólo ante el rey, el
contóle cómo lo criara, et cómo touiera á él et á su madre en su casa grant
tiempo. — Otrossy lo mostró á la reyna que fué muy leda con él á mara-
uiella. Después Loys mostrólo á los altos ommes, et díxoles cómo lo cria-
ra, et cómo mantouiera á él et á ssu madre en su proueza, et cómo yo-
guyera la reyna doliente en su casa bien diez años. Et quando los ricos
ommes oyan commo lo él contaua , Uorauan fieramente de piedat que
ende auian. — Fijo, dixo el enperador, él auerá ende buen gualardon, et
fágolo por ende mi repostero, et póngole cient marcos de renta en esta
ciudad para él et para quantos del venieren. Et Joserán gelo agradeció
mucho, et fué luego entregado del reposte et del heredamiento, et la
reyna casó muy bien las fijas, et muy altamente. Después que todo esto
fué fecho et acabado, partióse la corte, et los ricos-ommes sse espidieron,
et fuéronse á sus tierras; et el enperador Ricardo sse espidió del enpera-
dor Carlos, et besó á su fija et á ssu nieto muy amorosamente, et comen-
dólos todos á Dios. Otrossy el apostóligo de Roma sse espedió de Carlos
et encomendó á él et su enperioá Dios et ú Sancta María, et él partió.
II.
Agui comienga el cuento muy fermoso del enperador Ottas de Roma, et
de la infante Florencia su fija, et del buen cauallero Esmere.
I. Bien oystes en cuentos et en romances que de todas las cibdades del
mundo Troya fué ende la mayor, et después fué destroida et quemada,
asy que el fuego ando en ella siete años. Et de aquellos que ende esca-
paron que eran sabidores et hardidos et de grant proeza, esparziéronse por
las tierras cada uno á su parte, et puñaron de guarir, et poblaron vi-
llas, et castiellos et fortalezas. Ende dize el cuento que Antiocho, el
Grande, pobló primeramente Antiochia: el rey Babilono, aquel que fué
muy poderoso, pobló de cabo Babilonia de buena gente; otrossy África
pobló la cibdat de Cartagena, que llaman Túnez. Et Rómulo pobló
392 HISTORIA CIÚTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
Roma, asy coinmo paresje avii agora, eu que fué esparzida mucha san-
gre de mártires por que todo el mundo obedesQe á Roma. Mas por un
rey Garsir que fué fuerte et fiero et orgulloso et muy conquistador de
tierras, priso grant daño el señorío, asy como agora oyredes.
II. La verdadera estoria diz que vn enperador fué en Roma aquella
sazón que ouo nombre Ottas, muy poderoso, et muy buen xristiauo á
marauiella. Et auia una fija á que dezian Florencia, que fué á marauiella
de quantas fueron en su tienpo de boudat et de paresger: por aquesta
donzella veno después atan grant guerra que nunca y tan grande ouo,
desque Dios veno en tierra.
III. Ora, sy uos ployer este cuento, vos ^iré de muy grant nobleza
que fué de tienpo antiguo que non aveno mas noble en la xristiandat.
Aqueste Ottas, enperador de Roma, quandoveno á vejez, que avia ya la
cabega acorvada, tenia esta su fija consigo Florencia, de que vos fablé,
que era muy noble, et muy fermosa á marauiella, et por esto la amana
mucho su padre, et la tenia engorrada. Quando esta Florengiauagió, asy
plogo á Dios que la guardó viua, et su madre fué luego muerta; et aquel
dia aueno tan grant marauilla en su nagengia que Uouió sang're, onde la
gente fué muy espantada. Et otrosy se conbatieron aquel dia todas las
bestias que en .aquel regno eran, et las aues en el ayre, asy que todas se
pelaron. Et esto dio á entender que era significanga de la mortandat que
auia de venir por ella que fué tan grande, así commo dizen las estorias,
que mas de cient mili onimes perdieron las vidas; mas esta Florengia, de
quien uos fablo, de muy grant bondat, quando llegó á hedat de quinze
años, fué tan bella et tan cortés, et tan bien enseñada, que en todo el
mundo non le sabian par, ya de las escrituras nin de las estorias ningu-
no non sabia mas; de la harpa et de viola, et de los otros estromentos
ninguno non fué mas maestre. Et con todo esto le diera Dios tal donayre
que non se abondauan las gentes de oyr su palabra; onde ella era mu-
cho ahondada et mucho conplida. Et el su paresger et el su donayre eu
el mundo non le fal'auan par. Assy que dezian aquellos que la mas afe-
meugiauan, que desque Dios formara Adán et Eua, que tan bella criatura
non. nagiera, sy non vna que nunca ouo par, ni auerá.
IV. Enesle tienpo que me oydes auia u.n enperador en Costantinopla,
á que llamauan Garsir, muy noble, et de fiero poder á marau.iella, asy
que bien auia en su señorío ochenta cibdades con muchos castillos et con
otras grandes tierras. Et con todo esto auia tan grant thesoro que en el
mundo non le sabian par; et porque era tan fuerte, el tan rico, et tan
poderoso, et tan desmesurado, era dultado por todo el mundo, mas de
(]uantos sabian; pero con todo esto era ya cqno et viejo, et flaco, et vsa-
do; et non era marauilla que bien pasaua ya de giento años, asy que los
cabellos de la cabega et de la barua eran ya mas blancos que la nieve.
Et traya los cabellos tranzados con filos de oro muy noblemente, et ma-
guer era de tal hedat, nunca quiso tomar muger. Desy era señor de la
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 595
mejor cauallería que en aquel tiempo en el mundo auia; et enbió por to-
da su tierra que veniesen á su corte todos sus grandes ommes et sus gen-
tes; et desque todos fueron ayuntados, él leuantóse on pies assy commo
pudo. Asy commo tan noble señor, era bestido de vna aljaba de paño de
oro listada á muy ricas piedras preciosas de muchas naturas, cii ya quan-
to lo enbargaua el manto^ et teniendo en su mano vn bastón de oro á que
se acostaua, con muchas piedras de muy grant valor, et dixo: — Vasallos
et amigos, ruego uos que me oyades. Et desque esto dixo, asy se calla-
ron que non ouo y tal que cosa fablase. — Amigos^ dixo él, de una cosa
só mucho agrauiado que uos quiero dezir: yo nunca quise tomar muger,
de que me arrepiento mucho; mas enpero agora la quiero auer, si uos
quisierdes, Et los ommes buenos respondieron et dixieron:— Señor ¿qué
es lo que nos dezides? faced nos lo entender. Et el enperador les dixo: —
Yo vos lo diré: asy es que Ottas el enperador de Roma há vna fija, la
mejor et más fermosa, et la mejor enseñada et de mejor donayre, que
nunca ojos de omme vieron: ruego uos que me la vades demandar, ca me
es muy menester. ¿Vedes por qué?., . Yo só viejo, et flaco^ et cano et baru«-
do, et so enojado ya de torneos, et de batallas, et muy laso; asy qae tanta
pena y leué que ya me trieme el cuerpo et el coras^on, de guisa que me
quiero ende dexar. Et por ende uos ruego que me vayades demandar á
Florencia. Et si me la troxierdes, quiero con ella folgar en paz et en ale-
gría, et dexarme de otra mala ventura. Sus ommes quando aquesto oye-
ron^ dixieron: — Señor, nos uos la yremos demandar, pues á uos plaze,
ca otrosy dizen que en todo et mundo non ha tan bella cosa, et esto es
verdat; et quando á uos ploguier, nos moueremos de aquí. — Amigos, dize
el enperador, vos bien sabedes que el enperio de Costantinopla há muy
grant señorío de muchas rricas villas, et de muy buena tierra, et muy
rrica, et bien sabedes de mí commo la mantoue fasta aquí que non fué
tal, que 'se conmigo osar tomase. Por ende tengo por bien que vayan allá
luego quales yo diré. Entonce llamó un grifón que llamauan Acaria,
mucho onrrado omme et de grant linage, que era natural de Catenalie, et
díxole: — Vos yredes á Eoma et leuaredes quarenta caualleros muy bien
guisados et bestidos muy rricamente en vuestra conpaña , et averedes
auer para vuestra despensa quanto querades, et leñarme hedes para
el enperador Ottas veynte camellos cargados de oro, et buenos caua-
llos, et palafrenes, et muías los mejores que podamos fallar, et mu-
chos ricos paños de seda; et saludarme hedes á él, et á toda su conpaña;
et dezirle hedes que me dé á ssu fija Florencia por muger et por amiga;
et sy me la dier, que baratará bien, et si me la dar non quisier, juro por
Dios, fijo de Santa María, que le non fincará cosa de aquí fasta los puer-
cos de las Alpas, que yo todo non conquiera. Desque el enperador esco-
gió aquellos que auian de yr, díxoles que cosa non fincase que todo non
lo dixiesen á el enperador Ottas, asy como les él niandaua. Desy fezo
afleitar una ñaue de todas aquellas cosas que le menester serian; desy
594 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
metiéronse en ella con todo quanto leuauau. El tiempo fazia muy bueno
que era en estío; los marineros erguieron las velas et comentaron de xin-
glar. Et avenóles asj que pusieron un mes en aquel viaje et aportaron á
Otrecunta derechamente. De sj echaron sus áncoras, et fezieron erg-uyr
por la nave muchas ricas señas, et fezieron saber por la tierra que eran
del enperador de Costantinopla, que enbiaua ssu mensage al enperador
de Koma. Desj fezieron sacar de la ñaue sus cauallos et sus armas^ et
todo su guisamiento, et los camellos, et los palafrenes et todo aquello que
leuauan en presente al enperador, Et desque todo lo pusieron fuera, fe-
zieron cargar los camellos et los soumeres. Desy acogiéronse por su ca-
mino, et comentaron de andar, asy que atrauesaron Pulla, et pasaron
Benauente et toda la montaña et andaron tanto que llegaron á Roma; et
quando entraron por la (jibdad, los burgueses et las gentes todos salian á
las puertas et á las feniestras por ver aquella conpaña que yua tan rri-
camente guarnida, que era grant marauiella de ver; ca todos los quarenta
caualleros yuan vestidos de paños rricos de seda, et leuauan cauallos et
armas frescas quereluzian al sol; et leuauan treinta cauallos al enpera-
dor cubiertos de paños de seda, et palafrenes, et muías otrossy; et yuan
muy apuestamente, los caualleros de dos en dos á par, Et assy fueron
fasta que llegaron alpala(;io del enperador. Allí descendieron de los pa-
lafrenes, et de las muías, et subieron por las gradas, et fueron ante el
enperador, que seya en su alto asentamiento, et ante él muchos condes et
ommes de gran guisa; et allí seya su fija la muy fermosa Florencia, que
todo su logar resplandecía de la claridat della, Et desque se le omillaron,
asy como era costumbre, Acaria fabló et dixo su racon en tal guisa asy
como aquel que sabia el lenguaje: — Dios salue el enperador Ottas et su
fija, et todos aquellos et aquellas que los bien quieren, — Amigos, dixo el
enperador, bien venidos seades, ¿cuyos sodes ó de quál tierra venides? —
Señor, dice Acaria^ nos somos mensageros del enperador Garsyr de Cos-
tantinopla, que venimos áuos con su mandado, et con su presente. Trae-
mos vos aquí veynte camellos, cargados de oro et de plata, et treynta ca-
uallos de precio, todos de una color, et muchos rricos paños de oro et de
seda. El enperador nuestro señor, pero que es ya en tal hedat, non quiso
nunca tomar muger; mas agora por quanto bien oyó dezir de la muy
fermosa Florencia, vuestra tija, enbia vos la pedir, et ruega vos que
gela dedes por muger. Et ssy gela dierdes, que baralaredes; ssy non, man-
da uos dezir assy que él verná sobre vuestra tierra con quanto poder él
há, et que la conquerirá de uos, Et él enperador le respondió muy man-
samente: — Ora uos yd folgar, et yo fablaré entretanto con mis ommes, et
aueré mi consejo sobre esto, et después responder uos hé de lo que ovier
fazer. Mas en quanto seyan ante el enperador, pararon mientes en su
fija que seya mas ricamente guarnida que ser podía, vestida de vn rrico
ciclaton listado de oro, et orlado á piedras preciosas con osteses ; mas del
pares^er della fueron todos marauillados, asy que dezian que nunca le
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 393
vieron par de fermosura; et con todo esto, tan sinple et tan cortés, et de
tan buen donayre que era la mayor marauiella del mundo. Et de la su
clara faz, et de las piedras preciosas, onde avia mucho abondadamiento
por los paños, et de muchas naturas, esmeraldas et estopabas, et rrobís,
salia una tan grant claridat que todo el logar en derredor era alunbra-
do. Et en la cabesga tenia una guirlanda de oro, do eran engastouados
muchos robís, et muchas g.afiras de muy grant valor que páresela bien;
mas pero bien dezian los griegos que la catauan que todo non era nada
contra el paresQer della: de manera que bien se otorgauan que era la mas
bella cosa del mundo. Assy que dezian que Dios se la fiziera con sus ma-
nos por su grant poder, et bien cuydauan que sy la pudiesen leuar á su
señor, que buen gualardon averian del.
V. Mas pero los griegos eran de grant noubreza, non osaron cosa de-
zir, sy non Acaria que sabia bien el lenguaje de la tierra, et dixo: — En-
perador de Roma, oyd lo que uos quiero dezir, et esto me mandó el en-
perador Garsyr que uos dixiese, que vos lacia gierto de su amor que
omme deste mundo non amaua tanto^ et que por esto queria tomar vues-
tra fija por muger por uos la currar et guardar. Pues enbiadgela por
nos luego; et bien uos digo que sy esto non queredes fazer, que partido
es el vuestro amor et el suyo, asy que él uos uerná ver á vuestra tierra,
de guisa que á uos non plazerá; que uos non dexan'i un palmo de tier-
ra. Assy lo juró ante nos sobre toda su creencia, que jamás non folga-
ria nin quitarla de uos guerrear fasta que ouiese Florencia en su
poder.
VI. El enperador de Roma, como era omme de buen seso^quando aque-
llos mensageros vio fablar tan atreuidament, non quiso catar aquello.
Mas fué muy mesurado et muy sofrido, et mandó al su mayor Senescal
que les fuese dar posadas muy buenas et quanto les fuese menester _, et
que los touiese muy viciosos et á plazer de ssy. Entre tanto enbió el en-
perador por los mayores ommes de su consejo et fabló con ellos, et con
su fija: — Amigos, dixo él, bien oystes lo que me dixieron estos manda-
deros del enperador Garsyr: ora catad lo que me consejaredes, et lo que
y fuer mas mia pro et vuestra. — Señor, dixieron ellos, bien podedes en
vuestro corasgon entender que por esto que uos enbia dezir el enperador
de Costantinopla que pues por fuerza quiere auer á, vuestra fija, que es
achaque de uos fazer guerra et de uos deseredar. — Certas, dixo el enpera-
dor, sy asi es, tuerto me faz; et bien me semeja que me demanda so-
beruia, ca sy esto fuese assy que gela non quisiese dar, él non deuia
querrer, seyendo tan viejo commo es et tan flaco et tan desapoderado,
que sol non puede sobir en bestia. Señor, por Dios merget: mejor es ta-
jar la garganta, ca este casamiento es muy descomunal; la niña con viejo
et la vieja con el niño, esto es cosa porque anbos pueden parar mientes
á mal.
VII. El enperador Ottas ouo consejo con sus altos ommes buenos et de
596 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
buen recábelo sobre aquello. Dessy partiéronse dencle et mucho bien fizo
pensar de los mensageros. Otro dia enbió el enperador por ellos; et des-
que fueron antél, díxoles: — Mensageros, non tengo por bueno el mensa-
ge que me uos troxiestes de vuestro señor; ante me semeja fuerga, et
orgullo, et soberbia; et por esto de quanto me él enbia dezir non faré
nada; mas ssy el quissier entrar en mi tierra, por me fazer mal, yo gela
defenderé á todo mi poder, si Dios quisier, de guysa que nunca falló
quien le tanto diese á fazer, et si me él vengier en batalla, luego me le
quiero rendir. — Enperador de ,Roma, dixieron ellos, jertas vos auedes
fuerte corasgon, quando uos tal guerra queredes comencar; ca bien sa-
bedes que non ha* agora omme en el mundo tan poderoso como el enpe-
rador Garsyr; et tal cuyda estar bien, que estará cedo mal. Quando vier-
des vuestra tierra destroir, et matar et despedazar vuestros ommes^ et
destruyr et rrobar esta vuestra gibdat de Eoma, nos uos auerá menester
vuestro repentimiento; et de aquí uos dezimos que nu.estro señor uos de-
safía : non uos lo queremos mas encobrir, pues que le non queredes
dar vuestra fija. Bien uos fazemos saber que en este primero estío que
vien, lo veredes aqui con mas de trezientas vezes mil omines de ar-
mas para sojornar en vuestra tierra, a quien quier que plega ó pese. —
Ora, dixo el enperador Ottas, amigo pensad de amenacar, ca Dios nos
puede bien ayudar sy quier: yo bien sé que el enperador Garsyr es muy
preciado, et non digo yo que en mi tierra non pederán entrar et fazer
daño; mas bien cuydo que él perderá dos amigos que ama; et yo non lo
aseguro sy él y entra. — Señor, dixo Acaria, yo non uos quiero losenjar
nin traer; mas quiero uos desengañar: fazet á vuestros ommes derribar
las puentes, ca nuestro señor non demorará mucho que luego aqui será
et non uos dexará un palmo de tierra. Et desque los mandaderos desa-
fiaron al enperador de parte de su señor, saliéronse luego de palacio et
descendiéronse por los andamies, et todo su aver que troxieran les fué
dado, et los camellos et las bestias, que cosa ninguna non menguó. Desy
saliéronse de la villa, que non quissieron y mas estar, et fuéronse su car-
rera; et el enperador como era omme bueno, mandó por toda su tierra
que non fuese tal que les feziese enojo nin pesar nin destoruo ninguno,
sy non que lo mandaría enforcar, sy muy alto órame non fuese, porque
todo mensagero deue andar en saluo por do quier que andudiere.
VIH. Después desto el enperador Ottas mandó llamar sus caualleros
et díxoles:— Amigos, bien oystes la soberuia que me enbió dezir el en-
perador de Costantinopla por sus mandaderos que si le non diese mi
fija á su voluntad que me toUeria mi tierra, et todo quanto en el mundo
auia, et que destroyria Roma, esta noble ciudad; mas fio en Dios, et en
uos, et en el derecho que tengo que non pederá : demás que los grie-
gos non son tan osados darmas commo vios, ni saben tanto de guerra.
Loados Dios, grande tierra auemos et buena, et él es omme que se tie-
ne mucho en su palabra et dize que será conusco á este estio próximo
11." PARTE, ILUSTRACIONES. 597
que viene; et bien sé que lo non dexará por ninguna cosa del mundo que
y non venga^ pues que lo ha jurado; mas yo enbiaré por toda mi gen-
te et faré la yuntar, efc juntarme hé con él en medio del canpo; et á
quien Dios quisier dar la onrra, liéuela. Mucho fué sañudo el enpera-
dor de Koma del desafiamiento del enperador de Costantinopla, Garsjrr;
et Agrauayn, et un su hermano Sansón le respondieron asy: — Señor en-
perador, ¿por qué auedes uos saña? Ca uos bien sabedes que los griegos
sson la peor gente del mundo: nuestro Señor uos los traya acá por su
merget. ¿Cujdades uos que ha en el mundo poder contra el vuestro?...
Ya acá tantos non vernán que non mueran: enbiad vuestros mensageros
con vuestras cartas por toda vuestra tierra que vengan, et non auerá y
tal que ose fincar, quando vuestras cartas vieren. — Agrauayn, dixo el
enperador, vos sodes buen vasallo et leal, et á vos dexo yo esto que lo
fagades. Desque el enperador mandó fazer las cartas, fizo dar pregón
por toda su tierra de los montes de Mongen fasta Brandiz que non y fin-
case omme darmas, por los ojos de la cabega, que á Eoma non veniese.
IX. Los mandaderos del enperador andudieron tanto por sus jornadas
que llegaron á Costantinopla, et quando le contaron el recabdo que fa-
llaron en el enperador de Roma, ouo ende grant pesar, et mucho les pre-
guntó que les dixiesen qué cosa era Eoma, et el estado della, et lo que
les semejaua del poder de Ottas. Et Acaria le dixo: — Señor, bien oystes
dezir muchas vegadas que só la capa del cielo non auia tan buena gib-
dat, como Roma, et asy es verdat: esta es la villa de la mayor nobleza
qvie há en el mundo. De quán manna es, non uos lo poderla omme deui-
sar; mas bien me semejó que ha en ella vn grant dia de andadura de
buen palafrén. Et en la villa ay Ix duques muy poderosos que son
mandamiento del enperador, et ay bien quatro mili caualleros que an de
yr bofordar cada dia antel palacio del enperador: de costumbre y ha
siete mil turcos contados, et otra gente que non ha cuento. Mas del pala-
cio del enperador Ottas uos poderia omme contar marauiellas, assy que
todos los pUares son de oro et de cristal, et Dios non fizo en el mundo
cosa que omme ally non pueda ver, assy de bestias como de aues^ como
de todas las estorias que nunca fueron; assy que cuydo que en vn año
non lo poderia omme bien saber. Efc corre por el palacio una muy grant
agua muy clara et buena, et quien aquel palagio cató, bien se puede non-
brar que nunca otro tal vio. El enperador es muy granado á raarauilla;
mucho se trabaja de onrrar sus omes, et de les fazer con que les plega assy
que los puede aver para su servicio cada que quisier. Los juizios que se
en Roma dan y, estos non puede ninguno falsar, por aver que por ende
diese, nin losenjero nin mal omme con Ottas non poderia guarir: Assy
que de todas buenas cosas á ende él grant parte. Por la gibdat de Ro-
ma va vn rrio, á que llaman Tibre, por do entran ñaues con muchas
merchandias et nauios que es grant pro para la villa, et en que ha pes-
cados de muchas naturas, porque es tan ahondada que en el mundo non
598 HISTORIA crítica de la literatura española.
le sabe omme par. Blas que quier que uos ommc ende cuente^ todo non
es nada contra la marauiella de la infanta Florengia; ca á la su beldat,
nin al ssu paresger nunca omme vio par: ¿quién uos poderia dezir de su
apostura nin del buen donayre suyo nin quán conplida es de buena
palabra et de mesura, et de todo bien que Dios puso en muger?... Et bien
creo que en el mundo otra tal non poderia fallar; et quando yo vy que
su padre non uos la querría dar, desafíelo de vuestra parte. — Certas di-
xo Garsyr, ante que pasen quatro meses, yo yré sobre él, por mar ó por
tierra con quanto poder hé, de guisa que quando él uier mis gentes, para
estos mis grañones blancos que le pesará conmigo. Et para aquella cruz,
en que Dios prendió muerte, que del nin de sus ommes ninguna merget
non averé.
X. Grande fué la buelta por el palacio, quando el enperador esto
juró; et él como era omme fuerte et de fiera catadui-a, et avía la barua
blanca que degia fasta la cinta, et estaua bestido de una púrpura con
muchas esmeraldas asy que los paños eran muy rricos á marauilla; et do
como "era tan grande et tan baílente, llamó sus ommes et juró por Dios
del gielo et por su fijo Ihu. Xsto. que él faria tan grant pesar al enpera-
dor de Eoma que yria sobre él et que le tolleria la tierra et todo quanto
auia; que cosa ninguna non cataría fasta que del su fija non oviese; ca
por ál non daria nada.
XI. Después que el enperador tal jura fezo, las cartas et los manda-
deros fueron por toda su tierra et por muchas otras tierras, que todos ve-
niesen quantos armas pudiesen tomar, ca elenperador auia jurada aque-
lla guerra, et que luego moueria con su hueste, et por esto tanta gente
fué ayuntada que del tiempo de Alexandre que fué de tan grant poder
que conquistó Babiloña la grande et toda aquella tierra d'Oriente fasta la
mar salada, nunca tan grant hueste fué ayuntada. Ally fueron cient mili
caualleros griegos, mas de las ñaues et de los nauíos que y fueron ayun-
tados non uos poderia omme dezir el cuento ; et desque los nauios fueron
basteados de quanto auian menester, de viandas et de cauallos et de ar-
mas, el enperador se metió dentro con toda su hueste sin tardanca: de sy
mandaron algar las velas por una grant mañana ; el dia fazia muy claro
et elviento muy rrezio que daua en las velas por una grant tormenta.
XII. Grande fué la hueste de los Griegos marauillosamente assy que
bien pensaron que auia y cuatro gientas vezes mili ommes de armas: assy
corrieron la mar, mas en la nave del enperador yua engima del mástel
una carbuncla que luzia tan mucho que toda la hueste alumbraua por la
muy escura noche; assy que todas las ñaues se veyan tan bien como si
fuese dia; otrossy se podian guardar de las rocas et del peligro de la tier-
ra. Mucho yuan fieros et orgullosos et á grant baldón, et amenazando mu-
cho al rey Ottas et á su gente et que destruyrian la ciudat de Roma, et
jurauan que sy lo pudiesen coger á la mano que le cortarían la cabeca, et
que por onrra de su señor el enperador Garsyr que la leuariaa á Cos-
11.^ PARTE, ILUSTRACIONES. 599
tantinopla, et que enchinan toda la tierra et traerian ende la muy fer-
mosa Florencia su fija, assy como ellos dezian. Esto era en el mes de
mayo, quando el envierno era salido et faz el tiempo muy bueno et muy
sabroso; et dexaron al diestro la ciudat de Salerna que era una de las
mas abundadas et de las mas deleytosas del mundo, de aguas et de moli-
nos et de montes et de riberas, et de todo otro vi^io: assy se yuan el en-
perador Garsyr con tan grant hueste, como oydes, et yendo assy por la
mar, veno á ellos una tormenta de trauieso, tan fuerte que los mástes fue-
ron quebrados et las velas despedazadas: de los cauallos que en las ñaues
yuan, et de las otras bestias morieron niuchos, et otros fueron mal feridos;
mucho fué Garsyr desmayado, quando aquesto vio, et desque assy anda-
ron grant pieoa en tal tormenta dixo: — Ay Dios, ¿dó ssomos ó en quúl tier-
ra?.. Señor Ihu.Xsto. que de la sancta cruz feziestes vuestro escudo quan-
do quebrastes los infiernos por fuerga de la vuestra virtud, guyadme. Se-
ñor, á puerto de salut. — Señor, dize Sinagons, vos non fuestes bien acon-
sejado nin á plazer de Dios non sacastes vuestra grant hueste nin á su
seruicio; mas ¿qué uos quitó á uos el enperador de Roma? Tal cuyda
conquerir á otro que queda conquisto et que pierde y el cuerpo. — Sina-
gons, dixo el enperador, bien uos entendy: uos bien sabedes cómmo el rey
Ottas me desdeñó tan mal; mas dexadme, ca sy yo puedo uenir á puerto
salvamente, mucho me aveno bien; gertas, él non me temia por viejo nin
por rrecaido que ante non aya cieut castiellos derribados, et veinte mili ro-
manos, no sean despedazados ó yo terne Florengia cabo mi. Assy fueron
en aquel peligro asta que la tormenta quedó. Entonce fueron muy ledos,
quanto vieron la mar amenaQada,et erguieron sus velas et singlaron to-
das en vno mucho á sabor desy, et fuéronse contra tierra de Roma dere-
chamente, et fueron por cabo de una villa que avia nonbre Gaita, et fue-
ron portar á lina villa , á que dezian Olifante, que non era de Roma mas
de sseys leguas. AUy salieron los griegos de sus ñaues et pusieron los
cauallos et las armas et la vianda fuera; et tan grant gente ei'an que los
montes et los yalles cobrian. Ally tendieron la grant tienda del rey Gar-
syr en la ribera de una grant agua que por y corria en un buen pra-
do: la tienda era de ricos paños de seda á bandas, en que eran figurados
quince paños de oro, et en la puerta avia- una carbuncla que de noche
daua muy grant lunbre; las cuerdas eran de buena seda; en ella auia
tantas figuras que nunca Dios fizo bestia, nin aue, nin pescado que alli
non ouiese, nin gibdat, nin castiello, nin manera de gente que y non fue-
se fegurado todo á oro, et á plata. La tienda estaua armada en un cabeco
alto, por que auia muy buena vista a todas partes. Ally oyriades caua-
llos relinchar; et tañir cuernos et vozinas; et armas rreluzir al sol, et tal
buelta que semejaua que todo el mundo era y ayuntado, de guisa que
non oyria y órame turben.
XIII. Quando las nueuas llegaron áRoma de aquella grant hueste de los
griegos que aportaran en su tierra, dixo el enperador: — Ay Dios, que de
400 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
la Virgen Santa María naciste en Bethllem, bendito seas tú, ca agora ve-
rán romanos lo que tanto deseauan. Yo hé muy grant thesoro et dai'lo hé
muy granadamente á mi gente, ca por astroso tengo el que non despien-
de el su bien, quando le es mucho menester. Asy que los vasallos et los
sirvientes seyan ende muy pagados. Mas ora vos dexaré el cuento á
fablar de esto, et tornar hase á fablar del rey d'Ongría. Un rey ouo en On-
gría que fué de grant poder; mas á morir le conveno que por ál non pudo
pasar; onde dos fijos que auia, lo fazian bien guardar, que eran muy fer-
raosos donzeles; mas la reynaque oyera ya dende fablar, nonios amaua
por ende, et esposóse con vn rey que moria por matar los moQos; mas
ellos tenian un buen ayo que fuyo con ellos de noche, et fuese á estrañas
tierras, et enseñóles buenas maneras, et fizóles aprender tablas et axe-
drezet á bofordar; et fizóles usar las armas, etá justar uno por otro; asy
que en aquella tierra non avia dos tan preciados. El menor ouo nonbre
Esmere, que mucho era grande et fermoso, et bien enseñado, et quanto
cregia tanto se trabajaua mas de valer algo: al mayor dezian Miles; mas
este fué malo, et falso, et de mal pensar; et quando deuiera parar mien-
tes á bien, detóuolo la follonia; mucho fué escarnido, et baratador, et sa-
bidor de mal, ca otrosy auia muy malas fechuras. Quando el rey Filipo
fué muerto, señor d'Ongría, la reyna se desposó con un rey de Suria á
mal grado de sus vasallos; mas los fijos saliéronse de la tierra, et fuéron-
se al rey d'Esclauonia, que los guysó muy ricamente, et los fezo caua-
Ueros á una fiesta de Ramos, que aquel rey touo su alta corte: asy que
los infantes bofordaron y aquel dia en un prado; et vno de ellos traya el
escudo pintado de raarauillosa pintura: el canpo de oro., et un palonbo
blanco; et este era Esmere, et esto daua á entender que seria cortés et
omildoso contra sus amigos; et Miles traya un león, que daua á entender
que seria bu.en cauallero darmas Et atanto que veno un palmero, natu-
ral de Ongría, que uenia de Sant Pedro de Eoma; et quando vio los in-
fantes, comenQÓlos de llamar á altas bozes, et díxoles: — ¿Et qué fazedes
aquí, gente esbafarida? Et quando lo asy oyeron fablar, paráronse á der-
redor del, por oyr las nueuas que contaua: — Señores, dijo el palmero,
assy me vala Dios, como yo vengo de Roma, et non dexaré que uos non
diga. Una fija há el enperador Ottas que nunca tan bella cosa vy en toda
mi vida: agora demandágela Garsyr, el de la barua blanca, et quiere
leuar del la tierra de Lonbardía, onde sabed quel enperador ha menester
grant ayuda; et bien sé que sy uos allá fuésedes, que uos daria grant
aver á marauiella, et quanto quisiésedes. Quando esto entendió Esmere,
llamó su hermano, et rogóle, que fuessen allá con tanta conpaña como te-
nian. — Certas, dixo Miles, yo non dexaria de yr^ por me dar todo el oro
de Taberia. Después de esto tornáronse los infantes á la giudat, et fueron
al rey, et dixiéronle que se querían yr. Mucho pesó ende al rey; pero
otorgóles ayuda, et dioles grant auer. Desy espediéronse, et leñaron ende
veynte caualleros, et treynta escuderos guysados, et andaron tanto por
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 401
SUS jornadas que lleg'aron á la mar, efc fallaron una ñaue presta, et en-
traron en ella, et ouieron tan buen tiempo, que fueron tosté de la otra
parte. Et desque salieron de la ñaue, cogiéronse á su camino, et andaron
tanto que llegaron á la (;iudafc de Koma, et desuiáronse de la hueste et
pasaron por un prado, et entraron en la villa et fueron posar á casa de
un burgués rrico et abonado. Et después que comieron, com'cnráronsc á
alegrar, et Esmere llamó el burgués et dí.Niole: — Buen huéspet, dezitme
por vuestra cortesía del rey Ottas cómnio se mantiene: ¿quiere dar solda-
das á caualleros ó hú en sy esfuerce para se defender? Ca nos por esto
venimos á él y: non uos lo quiero encobrir. Certas, sy nos con él finca-
mos, ante de un mes le daré yo algunos griegos presos ó muertos. — Para
mi fé, dijo el huéspet, uos avedes bien dicho; ante vios digo que plazerá
mucho con vusco al enperador; ca él há una fija la mas fermosa criatu-
ra de toda la cristiaudat^ á quien dizen Florencia^ et quiérela auer del
por fuerca Garsyr, et veno aquí con tamaña hueste que bien troxo qua-
trocientas vezes mili ommes darmas. Pues uos yd á él, et dezitle vuestra
fazienda, et bien ssé que él uos 'dará auer quanto vos sea menester: si
quier veredes la beldat de la donzella que uos digo. — Non lo hé yo por
su auer, dixo él, que asaz avemos, mercet á Dios, que para estos siete
años tenemos ahondamiento por que mantegamos nuestra conpaña. — Con
auer, dixo el huésped, uos pederé yo bien acorrer, sy conmigo posardes
á vuestra voluntad: de batalla uos aveno bien, que oy anda el pregón por
toda la ciudat que de mañana sean todos los caualleBOS armados et las
gentes, ca el enperador ha jurado que les dé batalla. Assy folgaron ya
aquella noche; et de mañana tanto que amaneció, fueron armados los de
Costantinopla et llegaron á las puertas de la ciudad bien diez mili de los
mucho ardidos. Aquestas nueuas sopieron Miles et Esmere, et el mayor
dixo: — Hermano, mucho nos aveno bien: armemos nos todos, et salga-
mos fuera, et fagamos de tal guysa que todos ende fablen. Et armáron-
se luego ellos et los veynte caualleros^, et salieron de la villa por un pos-
tigo. Et todos leuauan armas frescas, en que daua el sol, et fazíalas re-
luzir que semejaua que echauan llamas. El enperador seya entonce á
unas feniestras del su grant palacio et su fija cabo él, et catp contra ar-
riba del rio Tibre, et vio venir los infantes por medio del campo. Quan-
do los vieron los griegos, movieron luego contra ellos bien quaren-
ta, mucho orgullosos que justaron con ellos; mas los griegos que non
eran tanvsados en armas, non ouo y tal que en siella fincase. Quando
esto vio el enperador, tomóse mucho á reyr, et después dixo: — Ay Señor
Dios, ¿et quién conosce aquellos caualleros? ¡Dios, cómo agora fueron
buenos j et que bien guysados andan!... Entonce enbió allá vn donzel et
dixole: — Sabe quién es aquel cauallero que trae aquel escudo del canpo
dorado et el palonbo blanco, ca me semeja que nunca tan bien armado
omme vy.
XIV. Assy como oydes, justaron Miles et Esmere con los griegos, et
Tomo v. ' 26
402 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
derribaron quarenta, pero non eran ellos mas de veynte, de lo qual fue-
ron los griegos muy desmayados. Entonce mouieron de la hueste mas
de trezientos que se dexaron correr quanto los cauallos los pudieron le-
tiar. Et desque quebraron las lancas, metieron mano á las espadas et co-
mentáronse á dar muy grandes golpes, por do se alcangauan. Mas Miles
et Esmere juntaron á sy su conpaña et rregiéronse bien, ca sy en otra
guysa lo feziesen, non los pudieran durar; mas Esmere puso las espue-
las al cauallo et apretó su espada muy tajador en la mano, et fué ferir
á vno de ellos por cima del yelmo que lo fendió todo fasta la ^inta: asy
que tajó el erzon de la siella, et el cauallo fué á tierra. Quando esto vie-
ron los griegos ouieron tal pauor del que lo non atenderían por ningunt
auer del mundo, Et el enperador de Roma que seya á las feniestras de
su palacio, lo vio bien; et su fija Florencia que seya con él, díxóle: — Por
Dios, Señor, mandátlos acorrer et sy quier sabremos quien es aquel
cauallero que tan grant golpe dio á aquel grifón. — Fija, dixo el rey,
yo vy bien que fué aquel cauallero que trae en el escudo un palonbo
blanco.
XV. Entonce llamó el rey á Agrauayn, et á Sansón que eran herma-
nos, et los mas dos priuados de su casa. — Amigos, dixo el enperador, ora
me entendet: tomad tosté quatroQientos caualleros et acorred ayna aque-
llos que los non perdamos; ca donde quier que sean, ssé que son de nues-
tra parte. — Ellos dixieron que de gradólo farian, et salieron luego con
ellos tales sietecieatos caualleros que non auia mejores en la (jiudat; et
fuéronse á poder de cauallos; aquella ora arrencai'on los griegos. Quando
esto vio Esmere, puso las espuelas al cauallo et salió ante todos. AUy fué
tal ferir et tal golpear, et atropellar, et el marauillarde las espadas et
el quebrar de las langas que las centellas yuan al cielo. De aquella fue-
ron derribados mas de mili griegos, que jamás por clérigo nunca toma-
ran confesión. Et los otros comengaron á fuyr, syn tornar, que non que-
daron fasta las tiendas; assy quel enperador Garsyr los vio bien, et me-
gió la cabega et fué muy sañudo, et juró para el cuerpo de Sant Lázaro
que él meterla la cibdat de Roma á fuego et á llama , que ante non se
partirla dende. Después que los griegos asy dexaron el canpoet los otros
y fyncaron muertos, cogiéronse los infantes á la giudat, et sus escuderos
salieron contra ellos, etcada vno leuó de gauangia vu buen cauallo. Desy
los otros fuéronse á sus posadas desarmar; mas el huésped veno ante los
infantes por les dezir palabras de solaz et de alegría, et ellos le dixieron:
— Amigo, nos salimos fuera por ganar, ca mucho nos es menester, coramo
ommes deseredados; mas por el buen acogin:iiento que nos anoche fezies-
tes, tomad los mejores dos cauallos destos que y ganamos, et aun mas
averedes, sy Dios quisier. Et el huéspet gelo grádeselo mucho, et ellos
dixieron á su huéspet que querían yr ver al enperador por fablar con él.
Entonge caualgaron los infantes con ssus veynte caualleros, et fezieron
leuar cauallos et sus armas, asy como era de costumbre de soldaderos,
II. PARTE, ILUSTRACIONES. . 403
et asy se fueron al palacio. Mas agora dexaremos de fablar de ellos por
fahlar de la hueste.
XVI. Mucho fueron grandes las huestes que el enperador fizo juntar á
Kroma, et los cauallos et las armas. Quién viese tanto buen cauallo et
tanta buena loriga, tanta lan^a, tanta espada, tantas sseñas desplegar al
viento!... Asy que la vuelta et el roydo era y tan grande que toda la tierra
semejaua que tronaua, asy que se marauillaria quien lo viese. Mas en el
palacio del enperador auia buena costunbre: que quando él fablaua, non
avia ninguno que osase nada fablar, por que le cortasen los mienbros. —
Amigos, dixo el enperador, bien sabedes como Garssyr veno ámy tierra
et cuydanos destruyr todos et toUer á mí la tierra; mas vos pensad de la
defender, ca yo uos daré auer quanto menester ayades. Mucho sodes
buenos caualleros de armas et que uos combatiestes sienpre mviy bien:
ora pues los griegos sson entrados en mi tierra por nos fazer mal , bien
hé fiuza en Dios que se non pederán dende partir tan ligeramente como
cuydan, que ante y dapno non predan. Pensad de ser buenos, et no te-
mades cosa; yo faré tii'ar la mi grant seña et quarenta mili caualleros ar-
mados muy bien por nos conbatir con ellos, et non sea y tal que fuya,
ca sy alguno fuyer, cierto sea que perderá la cabeca. Mucho fué grande
por Eroma la buelta et el roydo, et el son de los cuernos et de los casca-
ueles; de sy fezieron tañer vn grant cuerno como era de costumbre en el
grant palagio. Esto fué á una fiesta de Pascua que los condes et los ricos-
ommes, et los de gran guysa comieron con el enperador. AUy veriades
tanto príncipe, et tanto infauQon, tantos señores de castiellos et de forta-
lezas. Et el enperador se asentó á ssu muy alta mesa, et los otros quiso
que se asentasen cada vno dq, auia de ser. El palagio fué cobierto de rro-
sas et de flores, et de muchas buenas yeruas, que dauan buen olor. En
todo esto ahé aquí do vienen los infantes d'Ongría con sus veynte caua-
lleros, que entraron por el palacio muy ricamente uestidos et adouados:
los cauallos et las armas fincaron afuera. Ellos eran vestidos de un rrico
paño de Cisimo: nunca omme vio mejor. Anbos eran de vna hedat, et de
vna longura, de guysa que de mejor fechos dos caualleros non vos pode-
rla omme fablar; assy se pararon ante el enperador. Entonce Miles que
6ra mayor de dias, fabló primeramente, et dixo: — Señor, nos somos an-
bos hermanos, et oymos fablar de vuestra guerra, et venimos á uos, por
vos ayudar et vos seruir, — Et el enperador les preguntó por ssus non-
bres et onde eran. — Señor, dixo Miles, á mí dizen Miles, et ámi herma-»-
no Esmere: fijos somos del rey Filipo, que fué señor d'Ongría; mas
aveno asy que él morió grant tienpo há, et nuestra madre que nos ama-
ua poco ó nada, enbió luego por Justamente de Suria et casóse con él, et
nos que éramos mogos pequeños, echónos de la tierra, et quisiéranos ma-
tar; mas nuestro ayo fuyó con ñusco de noche, et por esto guarimos.
Desy este otro dia fézonos caualleros el rey d'Esclauonia por su mercet»
et entonge oymós fablar de vuestra guerra, etpor ende venimos para uos
404 HISTORIA .CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
et queremos fincar con vasco. En quanto él esto dezia todos los omnies
que y scyan, se callaron ct los catauan á marauiella, et desque envernó
su rrazon, el enperador le rrespuso que mucho le plazia con ellos. Enton-
Qe veno el mayordomo et fezóles dar agua á las manos, et el enperador
fizo ser á Miles, que era mayor, cabo sy, et á Esmere sentaron cabo Flo-
rencia, que lo resQebió muy bien; et en quanto seyan comiendo, paró
mientes Florencia á Esmere, et viole tan bello et tan bien fecho, asy
como se lo Dios feziera, et comia tan esforzadamente que dixo en su vo-
luntat que ualiente deuia ser omme que asy comia, et asy lo fué des-
pués, ca de mejor cauallero darmas non uos sabria omme contar.
XVII. Assy seya catando la donzella el donzel. El era grande et non-
brado, et muy bien tajado, et cataua muy fermoso; et era blanco, como
flor de lis, et tan bien colorado que era marauiella: los ojos avia verdes, las
sobrecejas bien puestas ; cabellos de color de oro; ancho era despaldas, et
delgado en la cinta. Et tanto se pagó Florencia del, que dixo: — Señor Ihu.
Xpo. que fuestes puesto en cruz por nuestro saluamiento, sy este donzel
ouiese en sy tanta de bondat como yo veo en él de beldat et de paresijer,
sy conmigo casase, él librarla esta tierra ante de un año, en guisa que el
viejo Garsyr perderla y la cabeza. Mas ya tanto era enamorada de Es-
mere que tenia que non avia mejor que él en el sieglo, et mucho fué bue-
no. Et su hermano Miles "mucho fué buen caballero, si en sí ouiese fé et
lealtad; mas mucho fué falso. Desque todos comieron á su plazer en el
palacio principal et las mesas fueron alzadas, griegos et ármenos para-
ron sus azes es contra la morisma, por esos prados por mandado del en-
perador Garsyr, ca él queria saber del enperador Ottas por qué le non
quisiera dair su fija, et por qué despreciara, su mandado. Entonce le dixo
un rey de Grecia: — Por Dios, señor, el enperador Ottas es de muy alto
linage ;et por qué le queredes destruir su tierra et matar su gente fasta
que fabledes con él? Et enbiatle dezir que venga fablar con vusco; et sy
quisier fazer vuestra volúntate sy non entonce fazet lo que por bien to-
uierdes. Et Garsyr dixo: — Esto non faré, et pues me él portó mala fé, yo
destruyré toda su nobleza. ¡Ora, via! dixo Garsyr, todos armauos con-
tra la ciudat de Roma, ca me la non puede defender Ottas. Ellos di-
xieron que farian su mahdado: y estaua entonce vn oiiime, natural de
Kroma que ando por esculta, que era vestido como griego, et andana
de aquella manera et aprendiera bien el griego; et partióse de la hueste
•et metióse en la ciudat, et fuese corriendo al palacio del enperador, et
díxole:— Señor, mucho estades seguro; el enperador Garsyr es muy
desmesurado et agora, estando ante él un rrico rey de Grecia que es
muy su priuado, le dixo, oyéndolo yo, que uos enbiase su mandado et
que por qué matarla vuestros ommes ni destruyria vuestra tierra, si que-
riades fazer su voluntad: et él dixo que ya ninguna auenencia y non
aueria, ante destruyria toda vuestra nobleza; mas marauíllome dó pudo
ayuntar tanta gente que mas de cient vezes mili ommes armados vy
11 / PARTE, ILUSTRACIONES. " 405
agora estar ante él. Qaando esto oyó Miles que estaua ante el enpera-
rador, dixo: — Sseñor, vn poco me ascuchat: por la íe que deuedes á Dios,
fazet armar vuestra gente et suban en los muros et en las torres, et de-
fendet vuestra ^iudat et guardatla. — Señor, por Dios mer^et, dixo Es-
mere, pero só tan mancebo vn poco me ascuchat: mió hermano es muy
buen cauallero; mas si uos plaz, nunca tal consejo tomedes, cá ayna seria-
dos por^y vergonzoso, et escarnido. Sabed que sy los uos asy acá den-
tro atendedes, yaziendo encerrados, que esto non seria ley de cauallero:
á un pobre infaocon estarla mal; mas salgamos fuera sy lo uos mandar-
des, et conbataraos nos con ellos; ca el derecho es vuestro, et el tuerto
suyo. Esto sabemos bien; et si Dios quisier, vengerlos hemos: vos sodes
mucho amado de vuestras gentes, et todos yrán de buen corasgon, et
ayudar uos án quanto mas pudieren. De ssy grifones son muy cobar-
des; yo los probé bien, et en poco de tienpo los veredes fuyr, como puer-
cos ante canes. Allí fué el infante muy catado de todos, et comencaron
á dezir ante él et detras de él: — Por buena fé, sin engaño, buen omme
fieramente es Esmere: mejor consejo que este nunca órame podria dar;
et dixieron al enperador: — Por Dios, Señor, non uos fagades desto ai'ue-
ra. — Yq lo otorgo, dixo el enperador, pues qvie á uos plaz; tiren fuera las
señas, et salgamos á ellos. Florencia, la fermosa fija del enperador, era
muy niña et fué mucho espantada, quando salió á las feniestras del pa-
lacio que vio tan grant gente armada que todos los campos ende eran lle-
nos; et quando vio yelmos lozir et armas sonar, et tantas señas et tanta
gente, ouo ende grant pesar, et dixo: — Señor Ihu. Xto., et ¿dó pudo
tanta gente ser ayuntada como yo aquí veo, nin tan grant cauallería?...
Enton(;e fué al enperador, et díxole: — Padre, Señor, fazetme dar ante al
enperador, que non auer con él batalla; ca si fuer, non puede ser syn
grant peligro et syn graüt pérdida: yo non só mas de una muger et vos
sodes mas de quinientas vezes mili ommes ; yo non querría que por mí
se comentase batalla, en que poderian morir mas de cient vezes mili om-
mes á martirio et á dolor. — Fija, dixo él, ¿de qaé uos quexades?... dexat-
uos desto; ca después que yo fuer armado encima del mi buen cauallo
Bondifcr, et touicr la mi muy preciada espada en la mano, veredes que
dapno los yo faré que mas de quarenta y farán ende mal vaylidos.
XVIII. Señores^ dixo el enperador Ottas, oy mas non tardedes: pense-
mos de salir fuera, et trabajat uos de dar de vuestras donas á los grie-
gos quales las ellos merescen, et aquel que lo y bien feziere, quando
acá tornar, yo le daré tanto de auer et gelo gualardonaré tan bien, que
él et su linage sea ende tan rrico et ensalmado por sienpre. Et por ende
rroguemos aquel Señor que por nos priso muerte en la vera cruz, que él
me dé ende la onrra por la su sancta piadat. Miles fué desto muy ledo,
et Esmere mucho alegre; de ssy salieron los infantes del palaí^io, et los
pregones fueron dados por la villa que todos saliesen, et que aquel que
fincase, que fuese cierto que seria escarnido de uno de los mienbros. El
406 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
enperador Ottas non quiso tardar mas, efc demandó luego sus armas et
diérongelas; et' Florencia, su fija, lo seruia et lo ayudaua á armar, Et
vestiéronle una loriga muy fuerte et muy bien guarnida, et diéronle un
yelmo muy rrico, en que avia muchas piedras preciosas de grant valor,
et ceñiéronle una espada que de mejor non sabia omme par: et después
que fué guarnido de todas armas, sobió en el su buen cauallo Bondifer,
que ya estaua muy bien armado. Este cauallo fuera natural d« África,
et troxiéronlo al enperador en presente: este era el mas corredor et me-
jor aderezado que otro cauallo, et mas valiente. El enperador caualgó en
su cauallo; et commo quier que era cano, non dexaua por eso de ser sa-
no et arreziado, et yua muy corajoso á la batalla. Desque el enperador
fué engima de su cauallo, bien semejó varón et esforzado. Entretanto ahé
aquí á Esmere et Miles con sus veinte compañeros, que non avia y tal
que no troxiese pendón en la langa, ó trongas; mas Esmere era muy leal
et syn foUonía, et sy en Miles non ouiese orgullo nin traygion, non de-
mandarla omme por mejor caballero que él; et ambos yuan armados de
armas de sus señales, et sus coberturas tendidas muy apuestamente. Et
quaudo llegaron antel enperador, pagóse mucho et díxoles: — Semejades
ángeles que vienen del cielo por me ayudar. — Señor, dixo vn su duque
que llamauan Sansón^ que era el mejor cauallero de su casa : aqueste es
Esmere, et su hermano, et estos otros sson sus compañones. — Oh! bien,
dixo el enperador, veo que están bien guisados de batalla. — Señor, dixo
Esmere, entendet mi razón: por vuestra grant mercét un don me otorgat.
— Oh! bien, dixo el rey, degrado. — Esmere, dixo el enperador, tú me de-
mandaste un don, mas non ssé que se es. — Señor, dixo Esmere, yo xxos
lo diré; este es la primera justa; si me la langa non quebrar, uos veredes
fierro et fuste pasar de la otra parte, et veredes que ante de medio dia
serán desbaratados, en guisa que verá Garsyr tanta de mortandat de su
gente, que le non seria menester por la cibdat de Frisa, nin por tierra
de Frangía. Vedes nos dó estamos aparejados, yo et mi hermano, para
vuestro servigio. Mas la muy fermosa Florengia, por la muy buena pa-
labra que dixo Esmere, tomóse á reyr, et dixo entre ssus dientes muy
paso: — De uos so pagada.
XIX. Mucho se comengó la guerra grande et fuerte, assy que se non
acordaron y de paz nin de tregua. Quando el enperador salió de la cib-
dat, leuó fermosa conpaña et mucho esforgada. Veinte mili soldaderos
aguardauan el oro-et-flama, la ssu seña cabdal; et yuan todos corajo-
sos. Esmere el donzel, á quien fué otorgada la primera justa, fezo á guisa
de buen cauallero, et tan bien enplegó su golpe, et tan bien lo fyzo aquel
dia que la corona de Rroma fué por ende ensalgada; et Miles se fué en pos
él con ssu conpaña por el grant sabor que auian de fazer mal á griegos.
Despu.es destos salieron los lonbardos, et de Milán, et de Flazengia et
d'Alucrsa, et de Pauia ; mas bien uos fago saber que aquel tienpo non
podrían fallar mejor cauallero que Esmere d'Ongria. Esforgadamente
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 407
comen(;íaron su batalla aquel dia, et eran treynta mili de muy buenos
caualleros: grande fué la buelta et el quebrar de las lannas en los pra-
dos; et esto fué de aquella gente, en que se el rey mas fiaua. De la otra
parte estaua Garsyr, el de la barua alúa, que non avia mas sabidor om-
me en la tierra ; mas esto non era seso, commo quier que en boda cate
omme de cient años demandar amiga. Certas ante semeja grant sande-
^e; pero muchas vezes esto aveno que vn sabidor omme comienca á las
vezes grant follia por su orgullo et muy sin razón, fiándose en su seso;
mas sy á Dios plaz, que todas las cosas tienen en poder, assy fará á oste.
Después desto salieron pesulanos et genoueses et los d'Ancona, et los de
las galeas d'Ossine, et los de Luca et toscanos, et pulieses, de que fueron
mas de tres azes. Estos non venian armados á guisa de burgueses; et los
d'Almaria que grant sabor auian de destruyr grifones, noblemente ve-
nian armados á marauiella, et muy bien rregidos, los cauallos d'España
cubiertos de sus coberturas : assy pararon sus azes muy bien rregidas
por ese canpo de contra la marina. Un rey salió de Rroma que llamauan
Bruybente, que era señor de Vene^ia, con todas sus pertenencias, pero
que era moro él et toda su gente; mas tenia del rey Ottas su tierra et dá-
bale de parias cada año veynte mili marcos de plata, et oyera fablar de
aquella guerra et veniera en ayuda al enperador, et traya y bien qua-
tro mili ommes darmas. Este paró su az muy buena en ribera del rio,
et muy bien regida. Después que estos salieron, salieron los naturales de
Rroma en su az, esta fué la postremera : por ende venieron tan tarde, et
Agrauayn et Berart venian por cabdiellos déla az, et Clamador etGau-
dins et Genois de Pusarte que otrosy guyauan quarenta mili de muy
buenos caualleros, que rrogauan á Dios, muy de coracon et á los santos
que assy como ellos tenian derecho que assy los ayudase et destroyese
los que contra ellos venian á tuerto. Estos eran aquellos caualleros, que
aguardauan et guyauan la grant seña cabdal, que llaman estandarte,
que trayan sobre un carro et por arte ; mas non creades que fué de
madera de bpsco nin de otra madera, ante fué de buen oro et de marfil,
et de argén; et y era una carbuncla que daua tan grant lunbre que se-
mejaría que ardia.
XX. Agora uos fablaré de la grant seña del rey, et del carro, ot de
ssus fechuras. El carro era marfil, muy grande, et los exes de plata et
las ruedas eran de oro que eran quatro con muchas piedras preriiosas
por ellas, vérides, et de muchas naturas. Et tiráuanlo treynta cauallos
mucho arreziados; los cauallos leuauan los collares muy fuertes, co-
biertos de palio, et las cuerdas eran de seda fina et las clauijas de oro, et
los que lo trayan et guyauan non eran bauiecas, ni venian guisados co-
mo rrapazes; ca non auia y tal que non ándase vestido de peÜQon dar-
miños ó de briales de seda ó de rrico ^iclaton, et cada uno leuaua en su
mano una verga de oro. Sobre el carro yua un árbol de tal fechura que
era todo de oro et de plata muy fermoso et muy alto et encima una asta
408 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
assj que de cuatro leguas poderla omme ver el dragón que era figurado
en la seña; et esto demostraua la fiereza del enperador Ottas. A derre-
dor de la seña yuan los nobles caualleros mas de quarenta mili, todos
escogidos que non avia y tal que non pensase de facer lo mejor, que ya
non fuyria por pauor de los griegos. Del estandarte era tal razón, que
todos se acogían á él, assy que non guarirla todo el oro del mundo que
non perdiese la cabera á qualquier que fuyese. De la otra parte, eso mes-
mo mouió el enperador Garsyr, de los grañones blancos^ con su muy gran-
de hueste á marauiella, de tal manera que se venian por grant fiereza, et
por grant baldón; ct assy como fallamos escripto desde que Dios veno en
tiefra prender carne de la Virgen Sancta iMaría por la salut del ángel,
nunca por una muger fué tan grant destruymento commo fué por Floren-
cia, la fija del rey Ottas. Señores, aquesta estoria non es de oy nin de
ayer: ante es de tienpo antiguo. El enperador Garsyr era muy preciado,
et era muy buen guerrero, segunt cuenta la escriplura, de guisa que á su
tienpo non fuá. ninguno tan fuerte ni tan fiero assy que se non tomó
con tal que lo non metiese só su poder: et él era destruydor de sus ene-
migos, et ensalcador de sus amigos; mucho fué buen cauallero darmas
en su tienpo. Enpero entonce vistía una muy buena loriga doblada, et
el yelmo que leuaua era de muy buen azero, et por él muchas ricas pie-
dras preciosas, et la su barua blanca le yua so los bracos blanqueando,
assy que páresela sobre el cauallo de una parte et de otra: en tal manera
se yua contra la ciudat de Rroma, mas desta guerra se deuia omme ma-
rauillar, ca los grifones eran mas de cient et ^inqüenta mili ommes dar-
mas, Assy que caualgaua Garsyr mucho apoderadamente, en tal manera
que duraua su hueste bien dos leguas en luengo: et ya avia nueuas cier-
tas de auer su batalla con los rromanos, ca ya echaran su estandarte fue-
ra de Rroma; mas Garsyr, non preciaua esto solamente un dinero, ca por
su grant hueste cuydaua destruyr toda la tierra, et por esto cuydaua ser
seguro.
XXI. El enperador de Rroma llamó á Esmere et Miles et Leonme et
Clamador, el Fyero, et Agrauayn, et Sansón, et el pregiado Josué, et de
los mas altos ommes de la tierra et de mayor linage. — Amigos, dixo él,
menbrat uos de cómmo sodes de alto linage et muy buenos caualleros:
punat de auer muy buenos coracones, et prometo uos que aquel que lo
mejor fezier oy en este campo que él ganará pregio para siempre, de gui-
sa que él sea rico et onrrado en toda su vida; ca yo le daré á Florencia,
mi fija, que es de tan grant beldat, assy que él sea señor de Rroma et de
quanto yo hé, después de mi muerte. Quamlo esto oyeron los altos om-
mes esforgáronse muy fieramente de guisa que el mas couarde sería ar-
dido por aquella buena promesa. — Ay Dios, dixo Esmere, Rey de ma-
gestad que en la cruz muerte prendieste de vuestro grado por nuestro
saluamiento, certas mucho sería de mal coraron et de catino de tantos
ommes buenos que yo aquí veo, que bien ay mas de cient mili; el que
II. PARTE, ILUSTRACIONES. 409
se ende non entremetiese; mas grant bien fará Dios á aquel que el prez
ende leuará. Quando esto entendieron los romanos, catáronse unos á
otros. Entre tanto se juntaron las azes que no ouo y otra falla; et metie-
ron las langas só los bragos, et fuéronse ferir. Mas Esmere y va delante
que lo mucho deseaua, el escudo enbracado et la langa só el brago; et
de la otra parte venieron las azes de los grifones; et vn turco y venia
contra ssu faz que era tan duldado, que non fallaua omme que se con él
osasse tomar, et tenia la tierra de Moralla et de Suria, et non sabian tan
buen cauallero en toda la tierra, de guisa que dos caualleros non sse
atreuian á él; et ueuiera á su sueldo del enperador Garsyr et el enpe-
rador le dio tanto de su auer que fincó con él. Este mouió contra Esme-
re, et era grande et fuerte et valiente; mas por esto non lo dubdó Es-
mere, et dióle por el escudo redondo que traya, et falsóle la loriga, et
metióle la langa por los pechos que pasó de la otra parte; et dio con él
en tierra del cauallo, de guisa que sse non pudo leuantar. Et quando
aquesto ouo fecho Esmere, dio bozes et dixo: — Señores , meted este en
cuenta. A estos pleitos, mouiéronse para correr de vna parte et de otra,
asy que fué el torneo mezclado. Desta parte mouieron pulieses et los de
Seenegaylla por acorrer á Esmere et á los suyos, et los griegos de la otra
parte; después desto fué ferir Esmere al Rrey (hay un claro) et quebró en
él su langa; desy metió mano á la espada et comencó de dar con ella muy
grandes golpes á diestro et á siniestro, de guisa que contra su golpe non
podian durar. Asy se cometieron las azes en aquel canpo, et Agrauayn
aguyjó su cauallo, et Clamador et Berart caue él, et Sansón et Mandoy.
Atanto ahé aquí do vien Eleame sobre su cauallo morzillo, et Gaudio-
so otrosy, et el duque d'Agenes et Brunbans de Venegia, et Brandinsor
Bayarte et Kener-Soy-Batel et Galeran et lohan Tracel et Saúl de Viter-
na, et el duque d'Atrierna, Sorcaus Peñavera et el conde d'Arrondel,
et Guy de la Montaña, et Sadoynes Garruel de Sorpinel, et el conde
Joste de Pisa et Reyner Antigant, et Rayer de Castilblanco et Farra-
mus Baucet, et Angier Corberel, et lohan Pié-de-Cobre, et Felipe Sau-
uel, et Adans Estelic, et Guillen Clauel. Et Esmere de Ongría aguyjó ante
todos, su escudo al cuello, en que era pintado un palomo blanco, et mu-
chas rricas piedras pregiosas por él et por el yelmo, que bien valian un
grant auer; el escudo enbragado, et la langa en el puño: et con él venian
tales quatrocientos caualleros, que todos eran fijos de príncipes et de al-
tos ommes et muy bien guisados, que leuauan pendones en las langas,
Et fueron ferir en la priesa tan fieramente que cada uno derribó el suyo;
assy que veriades muchos cauallos ser syn señores por ese canpo. Et
desque quebraron las langas, metieron mano á las espadas, et coraenga-
ron á dar muy grandes golpes, assy que rrios de sangre fazian ende sa-
lir. De la otra parte langauan saetas tan espesamente et dardos que esto
era grant marauiella; de la otra parte y eran tales treynta mili, que mu-
chos eran pregiados. Desque las azes fueron mezcladas, veriades la tier-
410 HISTORIA crítica DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
ra cobierta de gente, et los golpes que se dauan de las espadas sobre yel-
mos et sobre escudos eran tan grandes et* tan espesos que non oyria y
omine trueno, por rezio que fuese. Et el enperador Garsyr era de gran po-
der, et ordeno sus azes por tal guisa que ginqüenta mili caualleros y me-
tió, et él fué por medio de las azes, aguyjando fieramente su cauallo et
llamando á grandes vozes:— ¿Dó es el rey Ottas; dó es?... non te convie-
ne ascenderte; bien puedes venir á mí, si quisieres; et esto sea cortesía,
ca yo so el enperador, et tú mucho as grant señorío. Et sy eres cano,
yo hé, otrosy la barua blanca: ora rrenouemos nuestra cauallería. En-
pero mas viejo só que tú bien quarenta años, non dexaré que conmigo
non justes. — Certas, dixo el rey Ottas, desto plaz á mí mucho. Entonge
aguyjó el su buen cauallo Bondifer, et Garsyr el suyo, que mucho era
fuerte el corredor; et fuéronse ferir quanto los cauallos los pudieron le-
ñar, et Garsyr dio á Ottas tal langada sobre el escudo, que era pintado á
flores, quel falso; et la lan^a se detono en la loriga que mucho era fuer-
te. — Et Ottas ferió otrossy a Garsyr en tal guisa que anbos cayeron de
los cauallos; et Garsyr se erguyó primero, et metió mano á ssu espada
et ferió [á Dttas sobre el yelmo, que traya de Pauia: et ouiéralo mal
llagado, mas la espada boluió al seniestro, et díxole: — Ay rey, lleno de
grant locura!... con esta espada Vos tolleré Rroma et Rromania, et faré
de la muy fermosa Florencia mi amiga, et tenerla hé en quanto me pagar,
después darla hé al mi camarero Josías. — Por Dios, diz Ottas, ya yo mu-
chas cosas oy, et creo que Sant Pedro de Rroma non sofriria esto, sy quier
aun non espartida la batalla de nos anbos : antél uos convienen á fazer
mas que cuydades. Et sacó luego su espada, et fuéle dar un golpe sobre el
yelmo tal que le derribó ende las flores, etlas piedras preciosas, et ator-
deció de guisa que dio con él en tierra. Yo cuydo que la batalla de anbos
fuera fecha ; mas acorrieron los griegos á Garsyr, et Ottas que tenia su
espada en la mano, daua con ella muy grandes golpes por saluar su vida,
ca mucho le era menester ayuda. A atanto llegó y el buen varón Esme-^
re^ que Dios bendiga: grande fué allí la batalla, et el acapellar, et el fe-
rir de las espadas.— El enperador Ottas tenia su buena espada, et firió
en la priesa quanto mas pudo; et muerto lo ouieran los griegos que lo
encerraron entre ssy, si no fuese y Esmere que los abaldonó á librarlo.
Et fué ferir vn duque, fijo de una griega, de una lan^a que tenia, de tal
golpe que escudo nin loriga non le prestó, que langa et pendón non fué
de la otra parte; et dio con él muerto del cauallo en tierra tan grant cay-
da, que la tierra ende sonó. Desy fué tomar el buen cauallo Bondifer
del enperador por la rienda, et fuégelo dar, et díxole omildosamente: —
Señor, caualgat. Et el enperador caualgó luego, et- gradegiógelo mucho.
Et dexóse yr á los griegos et Esmere con él, que lo ouo muy menester.
En todo esto ahé aqui Miles en medio de la priesa, et fué ferir vn buen
cauallero que dio con él del cauallo en tierra; mas tales dos mili lo vie-
ron á que pesó mucho que punaron luego de lo calonnar, ca se dexaron
II.* PARTE, ILUSTRACIONES. 4H
correr á él mas de quarenta que lo ferieron por medio del escudo, en tal
manera que dieron con él del cauallo en el prado, et muerto lo ouieran.
Mas Esmere que lo vio, aguyjó entre unos árboles quanto mas pudo, efc
dixo, quando lo vio yazer en tierra: — Señor Dios, que en la Santa Cruz
muerte prendiste, dame mi hermano; ca yo non quiero daqui leuar ca-
uallo nin palafrén. Después que Miles fué á tierra, erguyóse lo mas tos-
te que pudo, et puso en su cora(;'on de se defender et sacó su espada, et
comenzó á dar della muy grandes golpes; mas los griegos lo cometi^m de
todas partes. Quando aquello vio Esmere, pesóle de coraron et á vno
que lo mas coitaua, aguyjó á él de mal talante, et baxó la langa et fuélo
ferir que lo non probó nada, et alcanzólo por só la broca del escudo, et
falsógelo, et la lorig-a otrosy, de guisa que la tela del figado et del cora-
ron le fendió, et dio con él muerto en tierra, et asi pasó por él. Et este
era omme de tan alto linage que muy grant duelo fizo por él Garsyr.
Después Esmere metió mano á su espada, et metióse en la priesa et co-
mentó á dar golpes tan grandes que á qui él alcangaua, fecha era la
suya; assy que mas de treynta grifones y prendieron muerte; et tanto
fizo que libró á su hermano et púsolo á cauallo. Mas los griegos se de-
xaron correr á él, et firiéronlo de todas partes. — Ay Dios!... acórrelo,
que muy menester le faz!... Ally le mataron el cauallo et dieron con él
en tierra; pero tosté se leuantó; mas si de allí podiere escapar, mucho
bien le fará Dios. Quando Miles su hermano lo vio en tan grant
peligro, plogóle dende, et dixo: — Esmere, ya vos y yazedes, donde
ciiydo que nunca saldredes: ora veo lo que mucho desseé; mucho érades
ssesudo et fuerte et sabidor, asy que el mi sesso non se podia ygualar al
vuestro. Dios confonda mucho á quien vos acorrier. Dessy tornó las
riendas al cauallo et comengóse de yr á grant galope, et fuese encobrien-
do de vnos árboles; et asy enfurtado, se topó con Ottas^ el enperador, que
venia aguardado muy bien de diez mil caualleros de sus naturales, en que
se él mucho fiaua; et quando vio á Miles, llamóle et preguntóle por su
hermano Esmere, et díxole: — ¿Dó es aquel que mi cuerpo et mi vida
saluó á mercet de Dios?... Jamás non se me oluidará la grant proeza que
contra mi fezo, en cómmo me acorrió. — Señor, diz Miles, una cosa non
quiero yo encobrir: gertas el rey Garssyr me enbió agora ssu mandado,
que me fuesse para él et que me daria muy grant auer ; et yo non uos
quise dexar; mas Esmere allá es ydo: en mal punto él nasgió que jamás
nunca él bien fará. Pues que tal traygion fizo, yo cujéelo bien que nunca
él fué fijo de mi padre; mas que algún falso lisonjero se llegó á mi ma-
dre, et lo fizo en ella. Quando esto el enperador oyó, cató contra su con-
paña et marauillóse mas que de cosa que nunca oyese.
XXII. Mucho fué Miles lleno de gran falsidat, quando él asy erraua á
su hermano; mas Esmere era leal et cortés et ardido, asy que mejor ca-
uallero non ouo que él aquel tiempo en la cristiandat; et sy bueno era á
cauallo, fuerte et fiero fué quando se vio á pié; efc después tiró su espada,
412 HISTORIA CRÍTICA DE LA LITERATURA ESPAÑOLA.
et enbraQÓ ssu escudo, et comenQÓ á dar della muy grandes golpes á dies-
tro etá siniestro et á defenderse muy fieramente. Et estando en tal prie-
sa, fué ferir del espada un grifón al traués por la cinta, et cortólo todo,
que fizo déldos piegas. Quando aquello vieron los grifones, fieramente fue-
ron espantados, et tiráronse afuera del, maravillándose del golpe ; et de
allá le lanzaban sus espadas. Asy que mas de treynta golpes le dieron en
el escudo, de tal guisa que le ronpieron la loriga en muchos logares; pero
mal non lo llagaron. Et asy estando, ahe aquí o viene el enperador Ottas
sobre elsubuencauallo Bondifer, muy bien armado, et con él bien veynte
mil caualleros; et firieron por las azes et rronpieron apriesa, asy que las
pasaron déla otra parte, et cataron et vieron el infante Esmere cómo se
estaua conbatiendo, et conosgiéronlo luego por el escudo dorado et un
palomo blanco en él. — Por buena fé,.dixo el rey Ottas, veo yo acullá
estar Esmere, conbatiéndose á pié: perdido há el cauallo. Ora ssé bien non
dixo verdat su hermano. ¡Ay! por Dios, caualleros, acerredlo. Entonge
mouieron gran pieQa de caualleros, et fueron ferir aquellos que lo tenian
entre sy, de guisa que mas de mili derribaron ende por los prados. Ally
fueron griegos fechos afuera. Et el enperador puso espuelas á su caua-
llo et metió la lanca só el braQo et fué ferir un grifón, sobre un escudo
quadrado que traya, que lo puso de la otra parte; et metióle la