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Full text of "Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, por D. Juan Ortega Rubio"






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HISTORIA 

DE 

AMÉRICA 

DESDE SUS TIEMPOS MÁS REMOTOS 
HASTA NUESTROS DÍAS 



POR 



D. JUAN ORTEGA RUBIO 

Catedrático de la Universidad Central. 



TOMO III. 



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MADRID 

Librería denlos Sucesores de Hernando 

calle del arenal, núm. ii 

1917 




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QUINTA ÉPOCA 
GOBIERNOS INDEPENDIENTES 



CAPITULO I 



Groenlandia, Alaska y Canadá.— Situación de Groenlandia. 
Excursiones de los escandinavos en Groenlandia en el si- 
glo xviil— Exploradores en el xix.— Fauna y Flora.— 
Animales marinos. — Población y comercio. — Alaska: po- 
blación.— Canadá: extensión y población.— El Canadá des- 
de 1763.— Ley de Quebec— Alto y Bajo Canadá.— Institu- 
ciones PARLAMENTARIAS. — LOS GOBERNADORES.— EL CANADÁ 

en 1812, 1813 y 1814.— Gobierno de Durkam, Thompson, Ba- 
got y metcalfe. — gobierno canadiense. — fundación de 
Otawa.— Progreso en el país. — Política de Brown.— Ley 
de Milicias. — Ingleses y franceses. — Poema u Evangelina.„ 
Dominio del Canadá: provincias y territorios.— Terrano- 
va. — Brown y Macdonald.— Los Cañadas y provincias ma- 
rítimas.- Los Comunes y Alta Cámara.— Compañía de Hud- 
son-Bay— Creación de provincias.— Tratado de Washing- 
ton. — Política nacional. — Ferrocarril trascontinental.— 
Asesinato de Brown. — Losne.— La enseñanza. —Macdonald. 
Wilfrid Laurier.— Las tarifas.— Conferencia de Londres. 
Laurier en 1910. — Los aranceles.— El Canadá y los Esta- 
dos Unidos.— El municipio.— El poder legislativo, ejecuti- 
vo y judicial.— Escudo y bandera del Canadá. 



La situación de Groenlandia es la siguiente: "Desde las inmedia- 
ciones del paralelo de 60o, donde se halla su extremidad meridional, 
el Cabo Farewell, se va ensanchando hacia el N. entre el Océano At- 
lántico y el Glacial al E. y el Estrecho de Davis, el Mar de Baffin y 
los estrechos o canales de Smith y Kennedy al 0. Aproximadamente 
queda comprendida entre los 14 y 69° de longitud O. de Madrid. Su lí- 
mite al N. es desconocido; se pierde en las ignotas regiones del polo (1). 
El territorio libre de hielos mide 90.000 kilómetros cuadrados (2). 



(1) Diccionario Enciclopédico Hispano- Americano, tomo IX, pág. 794. 

(2) En este tercero y último tomo de la Historia de América trataremos sólo desde la inde- 
pendencia de los diferentes Estados, y además de tres que todavía se hallan bajo los gobiernos 
de sus respectivas metrópolis. Uno, Groenlandia, apenas se da cuenta de que pertenece a Dina- 
marca; el otro, Canadá, vive contento en su dulce dependencia de la Gran Bretaña; y el terce- 
ro, Puerto Rico, tal vez encuentre duro y pesado el poder de la República Norte-Americana. 



6 HISTORIA DE AMÉRICA 

Casi no tenemos noticias históricas de Groenlandia. Limitándonos 
a las geográficas, comenzaremos diciendo que hasta el año 1721 no rea- 
nudaron los escandinavos la serie de sus antiguas excursiones en di- 
cho país. El misionero Hans Egede, que partió de Bergen y desembar- 
có en la costa occidental, donde fundó la aldea de God-haab o Buena 
Esperanza, no reconoció en los esquimales a los descendientes de aque- 
llos compatriotas suyos que visitaron la Groenlandia desde últimos del 
siglo X hasta fines del XIV. Desde los tiempos de Egede — como escribe 
Reclus — no ha dejado de ser la Groenlandia occidental una dependen- 
cia de Dinamarca, bajo el punto de vista administrativo y religioso. 
Durante el siglo XIX se ha reconocido su litoral en más de la mitad de 
au contorno, por medio de continuas y detenidas exploraciones. Ade- 
más, de los viajes de navegantes polares, el gobierno dinamarqués ha 
encargado el reconocimiento metódico de la costa, así que Graah, en el 
año 1821, estudió la parte litoral del Oeste comprendida entre el cabo 
Farewell y los 62» de latitud; en el 1823 trazaba exactamente la costa 
septentrional, entre la bahía de Disco y Upernivik; y en el 1828 y 
1829 continuó su viaje a través de los hielos de la costa, en una kone- 
nebaade o embarcación groenlandesa, aprovechando los canalizos abier- 
tos en el banco de hielo (1). Logró Graah, no sin grandes trabajos, le- 
vantar el plano del litoral que se extiende desde la punta de Groen- 
landia hasta los 68°15' de latitud; pero de la tierra que se encuentra 
más allá apenas se tiene alguna noticia. Sin embargo, el francés De 
Blosseville, en el barco la Lilloise, alcanzó el 1831 la costa hacia el 
paralelo 68, y la siguió, hasta que en 1832 se perdió el navio aplasta- 
do entre los hielos. Tiempo adelante, el capitán dinamarqués Mourier, 
en 1879, renovó la tentativa de Blosseville, pudiendo ya marcar altas 
montañas por los 67o7' y 68<>10' de latitud. Pasados algunos años, el 
ballenero Scoresby visitó el 1822 la costa groenlandesa en una longi- 
tud como de 600 kilómetros en línea recta, no sin dar preciso trazado, 
que se ratificó posteriormente y completó en algunos puntos. 

También comisiones de sabios, desde 1876, intervinieron en los tra- 
bajos de exploración, consiguiendo terminar el trazado de toda la costa 
occidental hasta el norte de Upernivik y comenzando el de la costa 
oriental, si bien el interior del país es completamente desconocido. 
Aunque pudiéramos citar no pocas exploraciones, creemos de más inte- 
rés la de Jensen y dos compañeros, en L878, y la del noruego Nansen, 
en 1888. Jensen partió de la costa de Dalager, recorrió el glaciar du- 
rante once días, llegando a una roca de 1.535 metros de altura, desde 
la cual pudo contemplar, hacia el Este, interminable sábana de hie- 

(1) Véase Reclus, Geografía Universal, América Boreal, pág. 88. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 7 

los. Nansen realizó la travesía de Groenlandia de una a otra costa. 
No duró — escribe Reclus — menos de doce días este viaje al través de 
la balsa flotante y rota, y no se verificó el arribo sino más de 400 ki- 
lómetros al Sur del sitio prefijado en un comienzo: hubo, pues, que 
remontar otro tanto a lo largo del litoral. De la propia suerte tuvo que 
variarse el itinerario por el interior. Andando con patines y arrastran- 
do sus trineos, que armaban con velas en tiempo favorable, atravesa- 
ban el glaciar los viajeros, caminando al Noroeste hacia Kristianshaab, 
cuando vino a asaltarlos y hacerles cambiar de rumbo una tempestad 
de nieve. Para no tener que combatir más que con el viento, marcharon 
hacia el Oeste y subieron poco a poco la meseta hasta unos 3.000 me- 
tros de altitud, acampando en las cavidades del hielo. Esto sucedía en 
verano, y, sin embargo, la temperatura oscilaba entre 40 y 50 grados. 
A pesar de fríos tan horribles, con frecuencia agravados por la tem- 
pestad, la pequeña comitiva bajó al fin a los cuarenta y seis días, al 
furdo de Ameralik, no lejos de Godthaab (1). Aunque algunos sabios 
— entre otros Hooker y Payer — creían que en el interior de Groenlan- 
dia había grandes extensiones sin hielos y valles poblados de hierba 
donde podían alimentarse rebaños de renos, investigaciones hechas en 
los últimos años no permiten afirmar la existencia de esos oasis inte- 
riores. Toda la isla está cubierta de un manto de hielos, surcado de 
ríos cristalinos que descienden hasta el mar (2). En ciertos puntos apa- 
recen sobre la sábana de nieves, como islas sobre el mar, grupos de 
rocas nunatakker, que los esquimales consideran mansiones de fantas- 
mas. También es frecuente que en algunos de esos nunatakker, no cu- 
biertos de nieve por los calores del estío, se descubran musgos y fane- 
rógamas. "Jensen vio en ellos pequeñas gramíneas, carrizos, saxífra- 
gas, y también ranúnculos, suenas y adormideras, plantas minúsculas 
abrigadas bajo el musgo; una larva de mariposa y dos arañas consti- 
tuían su escasa fauna, y un ave había sido llevada por la tempestad a 
esa roca aislada de 1.337 metros de altura y situada 40 kilómetros 
adentro en el campo de hielo (3). Si en otros tiempos el frío no era tan 
intenso y se daba la vegetación en la Groenlandia, a la sazón aquél es 
uno de los mayores de la tierra. Aunque sumamente pobre la flora 
groenlandesa, bastante parecida a la escandinava, no deja de tener al- 
gunas producciones vegetales que contribuyen a la alimentación de los 
indígenas, entre otras, numerosas algas y bayas; los fucus comestibles 
han sido alimento de tribus enteras durante los períodos de hambre. 



(1) Ob. cit., pág 90. 

(2) Ibideua, paga. 96 y 97. 

(3) Ibiüem, pág. 98. 



8 HISTORIA DE AMERICA 

Los europeos tienen pequeños huertos donde cogen verduras para ensa- 
lada, coles, nabos y a veces pequeñas patatas „ (1). tt La fauna se asemeja, 
según Reclus, a la de Islandia, de Spitzberg, de Laponia y de Nueva 
Zembla, tierras a que Groenlandia estaba unida en otro tiempo como 
parte de un continente boreal (2). Los mamíferos reno, oso blanco, zorro 
polar, liebre ártica, armiño, buey almizclero y los animales domésticos 
que han introducido los dinamarqueses, como bueyes y cerdos, cabras 
y ovejas, perros y gatos, no han aumentado gran cosa, como era de 
esperar. De las aves citaremos el cisne y pocas más. Son de igual ma- 
nera muy escasos los coleópteros y los moluscos terrestres. 

En cambio, los mares que rodean a Groenlandia son ricos en anima- 
les. Los esquimales, que consideran como su principal alimento las fo- 
cas, aprovechan de ellas el aceite y la grasa; con los nervios cosen los 
cueros y con la piel hacen vestidos, tiendas y canoas. Estiman mucho 
los colmillos de los manatíes, cuyo marfil es más fino que el de los ele- 
fantes. Los cetáceos, peces y moluscos pueblan aquellas aguas. Dare- 
mos remate a nuestra ligera reseña de Groenlandia diciendo que el nú- 
mero de habitantes esquimales de la región dinamarquesa fluctúa en 
9.500 y 10.000. Acerca del comercio, importó en 1885 Dinamarca a 
Groenlandia 689.945 pesetas y exportó Groenlandia a Dinamarca 
836.330. 

Alaska se halla situada en el extremo Noroeste de la América Sep- 
tentrional. Los primeros descubridores de los territorios de Alaska fue- 
ron ingleses y españoles (siglo xvill). Modernamente H. Brooks expu- 
so los rasgos generales topográficos del país. Los rusos tomaron pose- 
sión de los citados territorios, no sin que los ingleses, pues España 
guardó silencio, reclamasen por la vía diplomática. La cesión de Alas- 
ka a los Estados Unidos en 1867, mediante la suma de 38.000.000 de 
francos, influyó para que se extendiesen las regiones interiores y se le- 
vantasen poblaciones como Dyes, Skagway, Circle City, Nome, Metla- 
kahtls, Sitka y otras. 

En el año 1880 la población de Alaska, según I van Petroff, era de 
32.638 habitantes. 

Esquimales 17.617 / 9 

Alentianos 2.145<r y 

Indios. . . 3.927 

Zlinkit 6.763 

Blancos 430 

Criollos o mestizos 1.756 

(1) Ob. cit.,pág. 120. 

(2) Ibidem. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 9 

A la sazón tal vez se aproxime a 90.000. 

El Canadá tiene por límites al N. el Océano Glacial, al E. el Atlán- 
tico, al S. los Estados Unidos, al O. el Pacífico. Está comprendida la 
longitud de este país entre 49<> y 136» al O.; su latitud entre 43° y 76° 
al N. La superficie del Dominio del Canadá, incluyendo Terranova, el 
Labrador y las Islas polares situadas al Sur del Estrecho de Barrow 
es de 8.301.503 kilómetros cuadrados. La población en 1881 era de 
4.324.810 habitantes; en 1889 con los indios, unos 5.150.000, y con 
Terranova y el Archipiélago Polar 5.360.000. 

El Canadá, que perteneció a Francia desde el 1534 a 1763, pasó a 
poder de la Gran Bretaña. Acabaron entonces los temores de las colo- 
nias británicas del Sur, las cuales durante muchos años habían estado 
amenazadas de incómodos vecinos. Volvieron pronto a mostrarse in- 
quietas, cuando consideraron el escaso dominio que la metrópoli ejercía, 
pues ésta se cuidaba principalmente de su comercio de Ultramar (1). 
Durante los quince primeros años después de la conquista, el gobierno 
del Canadá tuvo carácter militar; reinaba el desorden lo mismo en la 
administración de justicia que en la aplicación general de las leyes a 
los asuntos de la comunidad. Dióse un paso importante con la aproba- 
ción del Quebec Act (Ley de Quebec): ella establecía un Consejo con po- 
deres legislativos limitados, sancionaba el uso de las leyes francesas en 
asuntos civiles, confirmaba la propiedad en poder de las órdenes religio- 
sas, concedía amplia libertad para el ejercicio de la religión católica y 
autorizaba al clero para reclamar el pago debido a los feligreses. La 
mencionada ley también definió los límites del Canadá, extendiéndose 
al Sur hasta el Ohio y al Oeste hasta el Mississipí. 

Tanto por esta causa como por la reorganización del culto católico, 
se originó el rompimiento entre las antiguas colonias y la metrópoli, ve- 
rificándose en el año siguiente el primer combate (batalla de Lexing- 
tori). Hacia últimos de aquel año de 1775 dos cuerpos de tropas •colo- 
niales marcharon contra el Canadá. Uno bajo el mando de Montgome- 
ry, por el camino del lago Champí ain; otro dirigido por Benedicto Ar- 
nold, por los bosques del Maine. En aquella campaña Montgomery fué 
muerto y Arnold herido. Pesada carga cayó sobre la Gran Bretaña con 
la posesión de la nueva colonia. Aunque los militares que se hallaban al 
frente de los asuntos de aquel país — Murray, Carleton, Haldimand — 
eran hombres de carácter e inteligencia, la situación creada por las dos 
razas que se encontraban frente a frente — situación más difícil a me- 
dida que aumentaba la inmigración inglesa, ya desde las islas Británi- 

(1) Véase el estudio histórico publicado en Tlie Canadá Jear Book, 1913, págs. 7-16. Seguimos 
casi al pie de la letra el texto inglés. 



10 HISTORIA DE AMÉRICA 

cas, ya desde las colonias del Sur— no se arreglaba con medidas teóri- 
cas. En tales casos, decidían la experiencia y la necesidad. La ley de 
Quebec, por la cual se creaba un Consejo nominativo, y no una Asam- 
blea representativa, disgustó a los llegados últimamente. El antagonis- 
mo de raza estaba produciendo rozamientos, que el gobierno británico, 
después de madura reflexión y de oir a los representantes de los dife- 
rentes partidos de la colonia, creyó terminarlos dividiendo la provincia 
de Quebec en dos: Alto y Bajo Canadá y dando a cada una su corres- 
pondiente legislatura, compuesta de dos Cámaras, un Consejo de nom- 
bramiento real y una Asamblea electiva. La población del Bajo Cana- 
dá era entonces de 165.000 habitantes y la del Alto de 15.000, ha- 
biendo aumentado de modo tan considerable por la emigración, ya vo- 
luntaria, ya forzosa de los Estados Unidos. La parte de la provincia 
del Bajo Canadá más visitada por los emigrados, era la conocida por 
Aldeas Orientales y la península Gaspé; y los lugares de la provincia 
del Alto Canadá preferido por los dichos emigrados, eran las aldeas ri- 
bereñas del río San Lorenzo, alrededor de la bahía de Quinté, el dis- 
trito del Niágara y a lo largo del río Detroit. Si el elemento de esta 
población tenía hasta el presente carácter conservador, los que llega- 
ron poco después eran republicanos. 

Lo mismo que las provincias de Canadá se poblaron otros territo- 
rios. Muchas familias dirigieron sus pasos a Nueva Escocia y a Nuevo 
Brunswick, y algunas a la Isla del Príncipe Eduardo. Allí donde deci- 
dían establecerse, el gobierno inglés les daba tierras, y ellos, en su 
mayor parte, después de un período de lucha, encontraban su bienestar 
bajo la bandera de la Gran Bretaña. Conviene advertir que en todas 
estas provincias y en otras había un elemento de población compuesto 
de colonos de Nueva Inglaterra y de otros lugares, que tiempo adelan- 
te fueron el origen de la poderosa nación de los Estados Unidos. Desde 
que comenzaron los desacuerdos entre la Gran Breteña y sus colonias 
americanas, se vio la poca armonía entre los antiguos y los nuevos co- 
lonos. Los primeros eran revoltosos y los segundos leales. A Nueva Es- 
cocia, que había pertenecido a la Gran Bretaña desde el tratado de 
Utrech, se le concedieron instituciones parlamentarias durante el año 
1758, aunque en la práctica la administración estaba, principalmente, 
en manos del gobernador de la provincia y de su Consejo. Nueva Es- 
cocia, hasta el 1784, constituía lo que es ahora Nuevo Brunswick y 
Cabo Bretón, si bien aquel año se separaron para volverse a unir el 
1820, bien que a disgusto de parte de sus habitantes. 

Las instituciones parlamentarias conferidas a los dos Cañadas por 
la ley de 1791 sirvieron mucho para avivar la vida política en ambas 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 11 

provincias y también para estimular la inmigración de los Estados 
Unidos, inmigración que hubo de retardarse por la política que preva- 
leció hasta el citado año. Si después de algún tiempo comenzó movi- 
miento progresivo lo mismo en riqueza que en población, menos mar- 
cado en el Bajo Canadá que en el Alto, sin embargo, no puede ne- 
garse la falta de vigoroso impulso respecto a los asuntos dependientes 
de la acción administrativa y legislativa. 

Como no se querían los impuestos y los ingresos eran pocos, no po- 
dían acometerse obras públicas según exigía el interés de la comunidad. 
En el Alto Canadá se inició un antagonismo entre el partido oficial 
(Compacto íamiliar) y los que deseaban instituciones más liberales, y en 
el Bajo ocurrió lo mismo, si bien con circunstancias más agravantes. Si 
no negamos que las intenciones del gobierno central eran buenas, afir- 
mamos también que los gobernadores militares que enviaban, descono- 
cían las necesidades de las provincias. Disponía el gobierno de las pro- 
vincias de ciertas rentas para su mantenimiento, cobradas por una ley 
imperial de Aduanas aprobada el 1774. El partido liberal de una y de 
otra provincia pidió que las referidas rentas quedasen bajo el control 
de la legislatura locai; en el Alto Canadá el asunto se arregló amisto- 
samente, mediante el acuerdo de que dicha renta pasase a la legislatu- 
ra y ésta concediese los gastos más imprescindibles, y en el Bajo la 
legislatura se apropió la renta, conforme acordó el gobierno central, 
y se negó a hacer concesión alguna. Durante cierto número de años 
continuó la Legislativa negándose a suministrar fondos, teniendo el go- 
bierno que echar mano de cantidades destinadas al ejército para pagar 
los sueldos de los empleados públicos. Posteriormente fué aprobada una 
ley Imperial (10 febrero 1837), derogando la Constitución del Bajo Ca- 
nadá y disponiendo que los fondos provinciales fuesen aplicados a las 
necesidades del país. 

Antes de referir otros asuntos, procede indicar que en casi todos 
los mapas de las regiones boreales de América correspondientes al si- 
glo XVIII, se representan ríos y mares interiores, los cuales unen y co- 
munican ambos Océanos, llegando el capitán Meares (año 1789) a que- 
rer demostrar la existencia de un estrecho paso del Noroeste. Durante 
las expediciones del siglo XIX, no pocos comerciantes canadienses pen- 
saron también en el paso del Noroeste; creyeron que, a falta de un mar 
abierto o de una sucesión de canales entre el Atlántico y el Pacífico, 
se encontrarían ríos y canales navegables que formarían un camino 
comercial a través del continente. 

En el continente del Sur la exploración del interior que siguió a la 
conquista del litoral, se hizo de igual manera que en el del Norte. Des- 



12 HISTORIA DE AMÉRICA 

de que Francisco Orellana tuvo la gloria en 1541 de ser el primer ex- 
plorador del caudaloso Amazonas, transcurrieron dos siglos sin que 
otros navegantes vinieran a unir sus itinerarios al del aquel ilustre 
español. Aunque algunos viajeros han realizado expediciones hacia el 
interior, todavía hay mucho que explorar y todavía son frecuentes las 
rectificaciones. 

Vamos a reseñar un importante suceso de la historia del Cana- 
dá. Nos referimos a la guerra de 1812-14; guerra que puede conside- 
rarse como la última entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos de 
la América del Norte. Las buenas relaciones de los Estados Unidos 
con Napoleón Bonaparte inspiraron recelos e influyeron en la enemiga 
de Inglaterra a la Gran República. Si dicha guerra nada tiene que ver 
con la historia del Canadá, este último país fué teatro de importantes 
operaciones militares, dando prueba sus habitantes de lealtad a la ma- 
dre patria. El comienzo de la guerra fué señalado por el brillante éxito 
del general Brock, quien, en ausencia del teniente gobernador del Alto 
Canadá, Mr. Gore, desempeñaba a la vez los de jefe civil y militar de 
la provincia. El citado general se apoderó de Detroit, defendida por 
fuerzas americanas superiores a las que él llevaba (16 agosto 1812) y 
en la batalla de Queenstown Heights (13 octubre 1812) consiguió re- 
chazar a fuerzas invasoras con grandes pérdidas de muertos, heridos 
y prisioneros, bien que a costa de su vida. Continuó la lucha, debiéndo- 
se registrar victorias y derrotas en ambos lados. En la batalla naval 
del Lago Erie (10 septiembre 1813) la flota británica sufrió gran desas- 
tre. El comodoro Perry redactó la siguiente y expresiva comunicación 
al secretario de la Armada: "El Todopoderoso ha permitido que las 
armas de la Union alcancen señalada victoria sobre sus enemigos en 
este lago.„ Si la escuadra americana consiguió señalada victoria sobre 
la inglesa, en cambio los ingleses derrotaron a los americanos en los 
combates de Stony Creek (5 junio 1813), en la llanura de Chrystler's 
Field (11 noviembre del mismo año) y en otros menos importantes. 
Continuaron las operaciones el año 1814, distinguiéndose los america- 
nos en la batalla de Chippewa, no lejos del lago Erie (6 julio) y en la 
del Niágara o de Bridgewater (25 julio). También en el reñido y san- 
griento combate del lago Champlain (11 septiembre) la fortuna estuvo 
al lado de los americanos. Terminó la guerra con el tratado de Gante 
(24 diciembre 1814). Ella enseñó a los canadienses de una y otra pro- 
vincia la confianza absoluta que podían tener en ellos mismos, y tam- 
bién la seguridad en la protección de la metrópoli siempre que les ame- 
nazase peligro alguno. 

La guerra causó pocos daños al Bajo Canadá; pero muchos al Alto. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 13 

Su capital York cayó bajo el poder de 4os enemigos y los edificios pú- 
blicos fueron incendiados (abril 1813), habiendo quedado además devas- 
tada una gran extensión de su frontera. Sin embargo, cuando Mr. Gore 
regresó a la provincia (septiembre 1815), declaró que esta última se 
hallaba en condiciones prósperas, tal vez más floreciente que antes de 
la guerra, a causa de la mucha cantidad de dinero que para los gastos 
de ella había entrado en el país. 

Pasando ya a estudiar la historia interna, recordaremos que a 
fines de 1837 los desacuerdos políticos llegaron hasta convertirse en 
rebelión armada, que terminó pronto, muy particularmente en el Alto 
Canadá, donde tomó parte escasa el pueblo y cuando el gobierno pro- 
vincial, bajo Sir F. B. Head, estaba apoyado por una gran mayoría 
del Cuerpo legislativo. Como consecuencias de estas desavenencias, el 
gobierno central decidió enviar un comisario especial, encargado de ha- 
cer minuciosa investigación, no sólo acerca del estado particular del 
Canadá, sino del general de todas las provincias norteamericanas — pues 
todas en mayor o menor grado vivían políticamente intranquilas — con 
el fin de dar paz mediante acertadas soluciones a todo el país. La per- 
sona elegida fué el conde de Durham, yerno del conde de Grey, perso- 
na de reconocida competencia y de ideas liberales muy marcadas. Llegó 
a Quebec el 29 de mayo de 1838 con el cargo de gobernador general 
de todo el Norte América Británica. En los cinco meses que duró su 
gobierno escribió extensa Memoria relativa principalmente a los Caña- 
das. Reconoció, como era natural, que había llegado la hora de conce- 
der a ambas provincias mayor importancia política, e indicó la conve- 
niencia de un "gobierno responsable. „ Propuso otras medidas que, si 
fueron aprobadas por las autoridades imperiales, no dejó de reconocer- 
se que eran difíciles de llevarlas a cabo. Lord Durham dimitió repenti- 
namente el cargo, creyendo que no era apoyado con toda decisión por 
el Parlamento británico, ni aun por el gobierno. 

Sucedióle Carlos Poulett Thompson, después barón Sydenham y de 
Toronto. Arribó Thompson a Quebec en octubre de 1839 y se dedicó 
con toda actividad a la reorganización del país, encontrando algunas 
dificultades lo mismo en el Alto que en el Bajo Canadá. Al fin pudo pre- 
sentar un proyecto de ley que con pocas modificaciones aprobó el Par- 
lamento en 1840. "En 1840 el uso del francés quedó oficialmente abolido 
como idioma legal y parlamentario, y sólo al cabo de nueve años, pre- 
cisamente cuando la población inglesa obtuvo mayoría en la Asamblea 
del Canadá, se dispuso de nuevo que en los debates oficiales y en los 
actos jurídicos se usara, al par de la inglesa, la lengua francesa,, (1). 

(1) Reclus, Ob. cit., págs. 463 y 464. 



14 HISTORIA DE AMERICA 

Ambas provincias fueron unidas y en el citado año se concedió un Par- 
lamento y un gobierno responsable, que residió primero en Montreal, 
después en Toronto y últimamente en Otawa. La citada constitución 
del año 1840, casi declaraba la independencia del Canadá. Las eleccio- 
nes generales se celebraron en febrero de 1841 y la legislatura de las 
provincias unidas se reunió en junio de aquel mismo año. El 3 de sep- 
tiembre Mr. Roberto Baldwin, que a la sazón representaba el distrito 
de North York, propuso ciertas medidas encaminadas a la formación de 
gobierno responsable, que fueron aprobadas casi por unanimidad. Al 
siguiente día Lord Sydenkam (que había recibido el título unas sema- 
nas antes), sufrió grave accidente mientras montaba a caballo, de 
cuyas resultas falleció el 19 de septiembre de 1841. 

Los canadienses franceses, casi en general, estaban opuestos a la 
unión, siendo, por tanto, imposible por el momento obtener la coopera- 
ción de alguno de sus prohombres en la formación de un ministerio. 
Sir Charles Bagot, sucesor de Lord Sydenkam, reconoció, como sus an- 
tecesores, que la situación era difícil; además, veía lo fácil que era unir 
a los canadienses franceses en la Asamblea para derrotar al gobierno. 
Con tanta claridad vio el asunto, que hubo de pedir a Mr. Lafontaine, 
uno de los canadienses más prestigiosos de la Cámara, que aceptase 
una cartera. Accedió Lafontaine, no sin la condición de que a Mr. Bal- 
duin se le concediere otra, y también de que se hiciesen uno o dos cam- 
bios en el Gabinete. Dicho gobierno debe ser considerado como el pri- 
mer ministerio canadiense. Murió Sir Charles Bagot en Kingston, el 
1843, después de larga y penosa enfermedad. 

Sir Charles Metcalfe, sucesor de Bagot, tuvo disgustos con sus mi- 
nistros sobre la cuestión de patronatos. Todos los ministros, con una 
sola excepción, dimitieron sus cargos. Sucedió a esto una elección ge- 
neral, y en ella pudo notarse que el gobernador general fué apoyado 
por gran mayoría en el Alto Canadá, mientras que en el Bajo la ma- 
yoría estuvo al lado del nuevo ministerio. El gobierno Draper-Viger, 
que subió entonces al poder, tuvo apoyo muy precario en la Asamblea; 
y en las elecciones generales de enero de 1848, siendo Lord Elgin go- 
bernador general, fueron repuestos los citados ministros en sus cargos, 
porque esta era la voluntad de la nación. Una de las principales per- 
sonalidades de aquel gobierno era Sir Francisco Hincks, que ocupaba 
el cargo de inspector general (hoy ministro de Hacienda). Habiéndose 
retirado Baldwin y Lafontaine el 1851, el gobierno fué reconstruido, 
quedando Mr. Hincks de primer ministro y Mr. A. N. Morin de jefe de 
la sección del Bajo Canadá. 

El ministerio Baldwin-Lafontaine hizo labor provechosa. En la se- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 15 

sión de 1849 se aprobó: la ley judiciaria; la ley de corporaciones muni- 
cipales, que dio al Canadá casi el mismo sistema de gobierno local que 
existe hoy; la ley reformando el capítulo de la Universidad de Toronto 
y ampliando las bases de dicha institución; la ley de amnistía, que 
permitió volver a sus hogares a los rebeldes de 1837-8, y la ley de da- 
ños por causa de la rebelión. La última ley. aunque disponía no indem- 
nizar a los que habían tomado parte activa en la rebelión, los adversa- 
rios del gobierno quisieron que apareciese como destinada a recompen 
sar a los revoltosos, y esto fué motivo de tumultos en Montreal, a la 
sazón capital del Estado. A tal punto llegaron los desórdenes, que el 
gobernador general se vio asaltado por las turbas mientras paseaba en 
coche por las calles de la ciudad, y en la misma tarde fueron quemados 
los edificios legislativos y destruidos por completo (25 abril 1849). Por 
tales motivos en el otoño del mismo año la capital del gobierno se tras- 
ladó a Toronto, disponiéndose al fin que la citada población y Quebec 
serían alternativamente la capitalidad del Canadá. 

El ministerio de Mr. Hincks se dedicó especialmente a desarrollar 
complicado sistema de ferrocarriles y a hacer un tratado de reciproci- 
dad entre el Canadá y los Estados Unidos. Debióse en gran parte el 
tratado de reciprocidad a la hábil diplomacia y extraordinarias dotes 
de Lord Elgin, siendo también de advertir que Mr. Hincks se trasladó a 
Washington y defendió con energía los intereses de su país. Es eviden- 
te que el tratado reportó beneficios al Canadá, y muy especialmente du- 
rante la guerra de Secesión (1861) por la mucha demanda de productos 
agrícolas de todas clases. 

A pesar de que la unión de las provincias ; junto con la introduc- 
ción del sistema del gobierno responsable, dieron gran impulso a la 
vida social y política del Canadá, no tardaron en sobrevenir graves di- 
ficultades políticas. Las diferencias que existían entre la parte oriental 
y occidental 1 de la provincia estaban muy marcadas, pudiéndose afirmar, 
por lo que a los votos respecta, que el apoyo de una parte tenía la opo- 
sición de la otra, y viceversa. Si el gobierno Draper-Viger, formado por 
Sir Charles Metcalfe, se apoyaba en los votos del Alto Canadá, el go- 
bierno Baldwin-Lafontaine tenía su fuerza en los del Bajo Canadá. En 
virtud de la Ley de Unión, cada sección de la provincia daría 42 miem- 
bros a la Asamblea de representantes; pero no transcurrieron muchos 
años sin que la población del Alto Canadá fuese mayor, debido en gran 
parte a la inmigración. Verificóse entonces honda agitación en el Oeste, 
pidiendo que el número de representantes dependiera del mayor o me- 
nor número de habitantes; a ello se opuso tenazmente el Bajo Canadá. 

Derrotado el gobierno Hincks en 1854 por la unión de conservado- 



16 HISTORIA DE AMÉRICA 

res y reformistas, sucedió, en septiembre del mismo año, una coalición 
bajo la jefatura de Sir Alian Mac Nab ; en cuyo tiempo se aprobaron 
dos asuntos de mucha importancia: la secularización de las reservas del 
clero, que por más de veinte años habían sido objeto de serias discusio- 
nes, y la abolición de lo que era conocido en el Bajo Canadá por seig- 
niorial tenure (tenencia señorial). Ambas disposiciones eran progresi- 
vas, habiendo sido aprobada la primera en el Alto Canadá con el mis- 
mo entusiasmo que lo fué la segunda en el Bajo. Corría el año 1855 y 
la capital, que había sido trasladada de Toronto a Quebec en otoño de 
1851, se llevó a la primera de dichas ciudades, donde permaneció hasta 
el verano de 1859. A la sazón la reina Victoria se propuso echar los ci- 
mientos de Ottawa, ciudad destinada a ser asiento permanente del go- 
bierno. 

Entretanto se hacían grandes progresos en el desarrollo material del 
Canadá, y por lo que respecta al sistema de canales, hacía tiempo que 
venían construyéndose. El 1825 se abrió al tráfico el canal de Lachine; 
el 1829, el de Welland; el de Rideau se hizo con fondos del gobierno cen- 
tral, año de 1832; el de Burlington, que convirtió la ciudad de Hamil- 
ton en puerto el mismo año. La legislación del Alto Canadá votó (1832.) 
una cantidad para el canal de Cornwall, cuyas obras, por varias cau- 
sas, no se terminaron hasta fines del año 1842. Continuaron en varios 
puntos las obras de canalización, habiéndose calculado el total de gas- 
tos empleados en canales hasta la época de la Confederación, en más de 
20.500.000 pesos. El primer ferrocarril de vapor se hizo entre Laprai- 
rie, al pie de las cascadas del Lachine, en la margen Sur del San Lo- 
renzo, y St. Juan, en el río Richelieu, separándose un poco de la co- 
rriente entre Montreal y Nueva York. La fecha de su apertura se veri- 
ficó el año 1837. Dos años después se inauguró otro entre Queenstown 
y Chippawa, que ponía en comunicación los lugares alrededor de las cas- 
cadas y cataratas del río Niágara. El 1847 se abrió una línea entre 
Montreal y Lachine. Sin embargo, la verdadera época de los ferrocarri- 
les se designa desde 1850 a 1860: el ferrocarril del Gran Oeste (Great 
Western Railway), fué abierto durante los años de 1853 y 1854 y salía 
desde Niágara Falls hasta Hamilton, Londres y Windsor; el 1853 se 
terminó la comunicación entre Montreal e Island Pond, estableciéndose 
un enlace con una línea desde dicho sitio a Portland; y el 1854 fué inau- 
gurada la línea entre Quebec y Richmond, proporcionando así comuni- 
cación ferroviaria entre aquella ciudad y Montreal. En diciembre de 
1855 se restableció la comunicación entre Hamilton y Toronto, y en 
1856, por el ferrocarril Grand Trumk, entre Montreal y Toronto. El fe- 
rrocarril del Norte desde Toronto a Collingwood, se terminó el 1855, y 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 17 

el de Buffalo y del Lago Hurón, entre Font Erie y Goderich el 1858, 
aunque algunas secciones se terminaron un poco antes. La navegación 
por los ríos y lagos continuó desarrollándose desde el año 1809, en que 
un vapor llamado Accommodation, propiedad de Mr. John Molson, de 
Montreal, comenzó el servicio entre esta última ciudad y Quebec. El 
181 6 fué botado el Frontenac en el Lago Ontario. Año tras año fueron 
surcando las aguas territoriales vapores mayores y más veloces, debién- 
dose estas empresas, en el Alto Canadá al Hon. John Hamilton, de 
Kingston, y en el Bajo Canadá al Hon. John Molson. Posteriormente 
(1855) el interés de la navegación de vapor aumentó de modo poderoso? 
debido a la competencia del ferrocarril Grand Trunk, que continuaba 
abriendo al tráfico secciones y más secciones de esta poderosa línea. 

Por la misma época se estableció la navegación de vapor entre el 
Canadá y la Gran Bretaña. Mr. (después Sir) Hugh Alian, de Mon- 
treal, fué el que promovió tan importante empresa. Ya en 1853 va- 
rios vapores de unas 1.200 toneladas de capacidad hacían la tra- 
vesía entre Montreal y Liverpool, y en 1855 se hizo un contrato con 
la Compañía Alian para la conducción de i a correspondencia, estable- 
ciéndose un servicio bimensual, que comenzó el 1856. Durante los pri- 
meros años sufrió grandes pérdidas la empresa, mas después, con admi- 
rable constancia, los dueños de la línea de vapores Alian, repararon 
las pérdidas, consiguiendo constituir regular y seguro servicio. 

Si de política se trata, el 1856 Mr. (después Sir) John A. Macdo- 
nald, que, como Procurador general de Occidente hubo de ejercer la 
mayor influencia en el gobierno de coalición, sucedió en la jefatura a 
Sir Alian Mac Nab, quien se retiró de la política a causa de su mala salud. 
Desde esta época se regularizaron las luchas de los partidos políticos. 
Aunque algunos reformistas habían apoyado al gobierno de coalición, 
la masa del partido permaneció en la oposición bajo la jefatura de Geor- 
ge Brown, cuya política, si le valió muchos adeptos en el Canadá Oc- 
cidental, le acarreó por el contrario enemigos en el Bajo, poniendo así 
en pugna a las dos secciones de la provincia. 

La idea de una federación de las provincias británicas en Norte 
América había sido objeto de estudio en diferentes épocas. También se 
había hablado de ello en la Cámara de los Comunes al discutirse la ley 
constitucional del Canadá, año 1791. William Lyon Mackenzie la in- 
dicó el 1825, y Lord Durham la tomó en consideración, aunque creyen- 
do que por entonces era impracticable. La idea fué defendida con calor 
por la Liga Britano-Americana, organización política de carácter con- 
servador que tuvo poca vida, formada en Montreal el 1849 y con sucur- 
sales en otras ciudades. El 1851 la cuestión se presentó a la legislatu- 
ra i 



18 HISTORIA DE AMÉRICA 

m 

ra; mas al discutirse el mensaje que debía dirigirse a la Reina, sólo se 
obtuvieron 7 votos. Sin embargo, el 1858, Mr. (después Sir) A. T. Galt 
pronunció hermoso discurso en su favor. En el verano de aquel año, el 
gobierno de Mr. J. A. Macdonald fué derrotado, sucediéndole mister 
Brown, quien presentó la dimisión a los dos días, porque el gobernador, 
Sir Edmundo Head, no le concedió la disolución del Parlamento. 

El gobierno de Mr. Macdonald volvió al poder, aunque no con la je- 
fatura de dicho Mr. Macdonald, sino de Mr. Cartier, entrando también 
Mr. Galt de Inspector general, el cual no había desempeñado antes 
cargo alguno. Acordóse que la política del gobierno tendría como ob- 
jeto principal la defensa de la unión de las colonias. La situación polí- 
tica de la Gran Bretaña no era favorable por entonces a mezclarse 
en tales asuntos y* todavía transcurrió algún tiempo para ponerla en 
práctica. Hacia ñnes del año 1861, reinó gran agitación en el país 
por la cuestión de Trent con los Estados Unidos. Hubo un momento en 
que parecía inevitable una guerra entre Inglaterra y la República. 
Bajo la influencia del sentimiento nacional, por no decir de los temores 
que por esta causa se despertaron, el gobierno que dirigía Mr. Cartier 
se decidió a presentar la famosa Ley de Milicias, en la cual fué derro- 
tado, debido sin duda a la impopularidad de dicho proyecto en el Bajo 
Canadá. 

Dimitió el gobierno Cartier. sucediéndole Mr. Macdonald. Siguieron 
a esto dos administraciones de poca duración, convenciéndose enton- 
ces todos que no podía continuar tal y como se hallaba constituido el 
gobierno parlamentario en el Canadá. No era posible gobernar, dado 
el antagonismo que existía respecto a cuestiones fundamentales entre 
el Canadá Oriental y Occidental. 

Cuando parecía que la población francesa del Canadá, entregada 
por la madre patria al vencedor, iba a disminuir o desaparecer; cuando 
se hallaba regida por los consejos de guerra permanentes, hubo de 
aumentar — cosa verdaderamente extraña — más de treinta veces. Este 
aumento prodigioso se ha realizado sin influir en ello la inmigración 
francesa, pues hasta el año 1872 no se reanudaron las relaciones entre 
el Canadá y Francia. Y es de advertir que la raza franco-canadiense 
se ha visto perseguida por los gobernantes ingleses, los cuales con har- 
ta frecuencia se dejaron llevar de su orgullo como vencedores y de sus 
antipatías a la raza francesa. A tal punto llegó la tiranía de los ingle- 
ses, que se dio el caso de expulsar del país a los franceses, sin cuidarse 
de que los hijos fuesen con sus padres y las mujeres con sus maridos. 
A los paises que se dirigieron no encontraron ninguna mano amiga y 
muchos murieron de hambre. En episodio tan triste se inspiró el insig- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 10 

ne vate norte-americano Longfellow, para escribir su poema Evangeli- 
na. Tiempo adelante regresaron un buen número a Nueva Escocia y se 
propagaron rápidamente, sin embargo de ser perseguidos y vejados. 
Aunque el ministro Pitt — agradecido a la conducta leal del Canadá 
cuando en 1775 se rebelaron las colonias inglesas — separó el Alto Ca- 
nadá, poblado por ingleses, del Bajo, habitado por franceses, concedién- 
doles amplia autonomía legislativa y administrativa, estalló (1877) la 
revolución contra la metrópoli, siendo vencidos los revoltosos en los 
campos de batalla y castigados después con proscripciones y fusila- 
mientos. 

A pesar de todo, como los canadienses franceses han salido siempre 
de pruebas tan difíciles, tienen completa confianza en el porvenir de su 
raza. Aplícanse a sí mismos, como una profecía, las palabras de uno de 
los fundadores de Montreal, dirigiéndose a los colonos: "Sois un grano 
de mostaza; pero creceréis hasta que con vuestro ramaje cubráis la 
tierra. Vuestros hijos llenarán el mundo. „ Si no el mundo — añade Re- 
clus — llenarán el territorio americano. 

Es de notar que por el acta de la América del Norte Británica, 
promulgada el primero de julio de 1867, las provincias de Ontario y 
Quebec, denominadas en otro tiempo, la primera Alto y la segunda 
Bajo Canadá, quedaron unidas a las provincias marítimas de Nueva 
Brunswick y Nueva Escocia, para formar un gobierno federal con el 
nombre de Dominio del Canadá. Elevóse después el número de provin- 
cias a nueve, por admisión sucesiva de Manitoba, Colombia Británica, 
Isla del Príncipe Eduardo, Alberta y Saskatchewan, disgregadas las 
dos últimas de los territorios del NO., comprados a la antigua compa- 
ñía de la Bahía de Hudson (1). Como dice Reclus, la Gran Bretaña, de- 
seando formar con sus extensas colonias de la América Septentrional 
un Estado poderoso que pudiera resistir la política absorbente de los 
Estados Unidos, creó, en el año que acabamos de citar, el dominio del 
Canadá. 

Forman, pues, el Dominio del Canadá, las provincias y territorios 
siguientes: 

Ontario. 

Quebec (2). 

Nuevo Brunswick. 

Nueva Escocia. 

Isla del Príncipe Eduardo. 

(1) Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo X, pág\ 1359. Poco después déla fundación de 
Montreal (1GA2), se creó la poderooa compañía inglesa denominada de la Bahía de Hudson. Dicha 
Compañía se fusionó en 1821 con la de los Territorios del Noroeste, creada en 1783. 

(2) Ontario y Quebec pertenecieron á Francia desde 1534 á 1763. 



20 HISTORIA DE AMERICA 

Manitoba. 

Coiombia Británica. 

Assiniboya. 

Saskatchewan. 

Alberta. 

Athabaska. 

Keewatin. 

Gran Norte (1). 

Superficie y población del Canadá. 



Ontario 

Quebec 

New Brunswick . 

Nova Scoiia 

Prince-Edwardisland.. . . 

Manitoba 

British-Columbia. 

Assiniboia 237.500 

Saskatchewan 285.000 

Alberta 250.000 

Athabasca 3U5.000 

Keewatin 887.500 

Gran Norte 5.152.650 



Superficie 


Población 


en kilómetros. 


en 1831 . 


254.330 


1.938.553 


471.720 


1.366.542 


70.762 


321.233 


56.280 


441.973 


5.628 


109.171 


123.200 


65.054 


922.000 


75.112 



100.000 



9.021.570 4.417.638 (2) 

Aunque la isla de Terranova — como antes se dijo — ha quedado fue- 
ra de la Confederación, nunca se han interrumpido las negociaciones 
para su ingreso. Si Terranova depende directamente del gobierno in- 
glés, bien puede decirse que pertenece al mismo cuerpo continental que 
el Canadá, a pesar del canal que los separa. Tiene una superficie de 
105.000 kilómetros cuadrados y unos 146.536 habitantes. 

Por lo que respecta al dominio de Canadá, llegó el momento de que 
hombres de buena voluntad, olvidando antiguo* agravios y guiados 
sólo por el patriotismo formasen un pueblo poderoso (3). El leader de 
aquella nunca bastante alabada idea fué sin duda Mr. George Brown, 
quien, en las primeras sesiones, fué nombrado presidente de la comisión 
encargada de estudiar los mejores medios para remediar la situación 

(1) Asi como la península del Labrador forma parte del dominio, Terranova se ha negado á 
entrar en la Confederación y es una colonia que depende directamente del gobierno inglés. 

(2) A ln sazón los geógrafos señalan al Canadá unos 5.360.Q0D habitantes. 

(3) Véase The Canadá Jear Book 1913, págs. 16-29 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 21 

política. Propuso la comisión un sistema federal, ya entre el Alto y 
Bajo Canadá, ya entre todas las colonias británicas de Norte Améri- 
ca. Para la realización del pensamiento se formó un gobierno de coali- 
ción bajo la jefatura de Mr. Macdonald y aceptando Mr. Brown el cargo 
de presidente del Consejo. 

La historia política de Nuevo Brunswich y de Nueva Escocia en el 
período que precedió a la Confederación, tuvo el mismo carácter que la 
del Alto y Bajo Canadá. Según se ha dicho, Nuevo Brunswick se cons- 
tituyó en provincia separada el 1784, y su primera Asamblea legisla- 
tiva, compuesta de 26 individuos, se reunió en Fredericton (enero de 
1785). Era de esperar que la metrópoli hubiera dado instituciones y 
métodos administrativos de carácter paternal hasta cierto punto a los 
escasos núcleos de población, diseminados por los vastos territorios con- 
quistados por las armas británicas. Como las instituciones crean raíces 
con el tiempo, a fuerza de la costumbre sobrevinieron dos tendencias 
antagónicas a la vez: la tendencia al sistema estrictamente colonial 
para consolidarlo y formar intereses propios, y la tendencia al aumento 
de población para poder exigir mayor iniciativa política y responsa- 
bilidad gubernamental bien definida hacia la opinión pública. La dife- 
rencia capital entre las provincias marítimas y los Cañadas en este 
caso, consistía en que mientras las primeras respetaban en todo mo- 
mento los principios constitucionales, las últimas empleaban medios 
violentos para implantar las reformas. En Nueva Escocia la causa 
reformista encontró su paladín más decidido en José Howe, y en Nue- 
vo Brunswick se pusieron a la cabeza del movimiento hombres como 
E. B. Chandler y L. A. Wilmot. En cada una de las provincias se acor- 
dó establecer gobierno responsable durante los años 1848 y 1849. El 
principio de representación en orden a la población se puso en ejecu- 
ción por la ley del Norte América Británico respecto a la constitución 
de la Cámara electiva, que desde entonces se llamaría "Cámara de los 
Comunes. „ Acerca de la antigua legislatura del Canadá, cada sección 
de la provincia daba 65 miembros, concediéndose igual representación 
a la nueva provincia de Quebec y a todas las demás. Respecto a la 
Alta Cámara o Senado, se dieron 24 actas, lo mismo a Ontario que a 
Quebec, en tanto que a Nuevo Brunswick y a Nueva Escocia sólo 12 a 
cada una. Las deudas de las diferentes provincias fueron equitativamen- 
te atendidas mediante las rentas federales de Aduanas, impuestos, etc. 
Durante algunos años se hicieron determinados arreglos financieros 
exigidos por las circunstancias en Nueva Escocia y Nuevo Brunswick. 

Tanto la extinción de los derechos de la Compañía de Hudson's Bay 
en Rupert's Land y en el Noroeste (Canadá), como la adquisición y or- 



22 HISTORIA DE AMÉRICA 

ganización de aquellos» vastos territorios, había ocupado la atención del 
gobierno y de la legislatura varias veces. Debatióse la cuestión por 
los periódicos el año 1856, y el 1857 se envió a Inglaterra al magistra- 
do Draper para discutir el asunto. En el discurso de la Corona del año 
siguiente el gobernador general dijo lo que copiamos a continuación: 
44 Se os presentará la correspondencia seguida con la Compañía Hud- 
son's Bay y su territorio. Queda a vuestra consideración las proposicio- 
nes hechas por el ministro de las Colonias de S. M. a la citada Com- 
pañía, fijándoos en las orientaciones de dichas proposiciones por lo que 
atañe a los intereses y derechos del Canadá. También se os someterán 
documentos que manifiestan los pasos dados por el gobierno provincial 
para afirmar dichos intereses y derechos, y para mantenerlos en lo 
futuro. „ 

Hasta que se formó la Confederación no tomó la legislatura del 
Canadá parte activa en asunto de tanta trascendencia. En la primera 
sesión del Parlamento del Dominion se aprobó un mensaje dirigido a la 
Reina, el cual comprendía ciertas resoluciones del Honorable William 
Me Dougall. El mencionado Me Dougall y Cartier fueron enviados a 
Inglaterra para proseguir el asunto, y después de varios meses de ne- 
gociaciones, consiguieron lo que deseaban. 

La primera provincia que se formó con los territorios cedidos fué 
Manitoba. La ruda oposición que hicieron los indígenas, pues no se con- 
sideraban debidamente protegidos, fué causa de que se retardase el in- 
greso de dicha provincia en el Dominion. Envióse fuerzas expedicio- 
narias a la región perturbada bajo las órdenes de Sir Garnet Wol seley 
(después feldmariscal vizconde); pero antes de su llegada a Fort Grar- 
ry (24 septiembre 1870) había cesado la oposición. Hasta el 15 de julio 
de 1870 no se creó legalmente la provincia. En la misma fecha los te- 
rritorios del Noroeste fueron puestos bajo un gobierno territorial . Son 
hechos recientes el desarrollo de toda la región Occidental, el engran- 
decimiento (por dos veces) de los límites de Manitoba, la creación de 
las provincias de Saskatchewan y Alberta, y del territorio de Yukon. 

Cuando se hizo la Confederación, la Colombia Británica tenía un 
gobierno propio, que se formó el 1858. La legislatura provincial aprobó 
una moción pidiendo unirse con el Canadá bajo ciertas condiciones, y 
eran éstas, entre otras, la construcción de un ferrocarril transcontinen- 
tal y el mantenimiento de un servicio marítimo entre Victoria y San 
Francisco. Con tal motivo el Parlamento del Dominion dirigió un men- 
saje a la Reina pidiendo que la citada moción se ejecutase. El 20 de 
julio de 1871 la provincia del Pacífico se unió a la Confederación (1) y 

(i; O Colombia Británica e isla de Vancouver. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 23 

dos años después (1.° julio 1873) fué admitida la isla del Príncipe 
Eduardo. Ya sabemos que si varias veces se ha intentado que Terrano- 
va entre en la Confederación, hasta el presente no ha podido reali- 
zarse. 

Derogóse en el año que precedió a la Confederación el tratado de 
reciprocidad con los Estados Unidos. En su comienzo causó grandes 
perjuicios al Canadá, cuyos habitantes hicieron activa propaganda en 
busca de otros mercados, llegando el caso de enviar con dicho objeto al 
Honorable Wra. Me Dougail a las Antillas y a la América del Sur. Se 
intentó con empeño obtener la renovación del tratado y se enviaron 
delegados a Washington para discutir el asunto; mas el viaje resultó 
completamente infructuoso. Procede no olvidar que en el mismo año 
(1866), los fenianos — en su mayoría soldados procedentes de los des- 
bandados ejércitos de la Unión — atacaron la frontera del Niágara. En 
un encuentro cerca del pueblo de Ridgeway, los voluntarios canadien- 
ses sufrieron pérdidas considerables; pero el enemigo, enterado del avan- 
ce de un cuerpo de tropas regulares, huyó a la frontera de los Estados 
Unidos, donde fueron hechos prisioneros por las autoridades civiles. 

Un suceso muy importante de la historia del Canadá, fué la nego- 
ciación del tratado de Washington (1871). Aunque la derogación del 
tratado de reciprocidad, cinco años antes, puso término al privilegio 
que gozaban los Estados Unidos de pescar en aguas británicas, los pes- 
cadores americanos no se mostraban muy propicios a aceptar este cam- 
bio de cosas, pues ellos, con tratado o sin él, persistían en gozar de los 
privilegios a que se habían acostumbrado. Algunos de sus vapores fue- 
ron apresados y confiscados, produciendo esto gran malestar en la 
Gran República, y como la cuestión del Alabama seguía aún sin re- 
solver, el estado de cosas entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos, 
era hasta cierto punto alarmante. En estas circunstancias, se decidió 
encomendar la cuestión entre loe dos países a una comisión mixta com- 
puesta de cinco individuos de cada país, nombrándose al primer minis- 
tro canadiense, Sir John Macdonald, como uno de los representantes de 
la Gran Bretaña, con el fin de que los intereses del Canadá estuviesen 
plenamente representados. Sin embargo de que la comisión realizó 
trabajos útiles, pues proporcionó los medios para el arreglo de la cues- 
tión del Alabama y de la de San Juan; y, sin embargo de que el Parla- 
mento canadiense ratificó las cláusulas referentes a los intereses de su 
propio país, prevaleció la idea de que el Canadá había sido sacrificado 
a la ambición de la Gran Bretaña. Se dispuso que las pesquerías que- 
darían abiertas para los norteamericanos durante un período de diez 
años, y una comisión resolvería sobre la compensación que por el pri- 



24 HISTORIA DE AMÉRICA 

vilegio debía pagarse al Canadá. Gozarían, además, de libre navegación 
en el San Lorenzo y en los canales del Canadá, en iguales condiciones 
que los canadienses. Por su parte los canadienses gozarían del privile- 
gio de navegación libre en el Lago Michigan. Se creyó que se conse- 
guiría una compensación por las pérdidas causadas por los fenianos; 
pero los Estados Unidos se negaron a ello. El gobierno que se formó 
para llevar a cabo la Confederación, sufrió cambio importante antes de 
realizarla. Mr. George Brown dimitió en diciembre de 1865, y la razón 
que se adujo para ello, fué que no estaba conforme con sus colegas, 
quienes creían conveniente seguir las negociaciones con el gobierno de 
Washington sobre la cuestión de reciprocidad. 

Posteriormente, cuando la Confederación se había ya realizado, 
surgió una cuestión política, acerca de si el gobierno debía o no con- 
servar el carácter coalitivo. Interesa saber, que, para señalar un hecho 
tan importante, Mr. J. A. Macdonald obtuvo el nombramiento de K. C. 
B. (Caballero de la Orden del Baño), confiriéndose poco después otras 
dignidades a Mr. G. E. Cartier y a los señores A. T. Galt y H. L. Lan- 
gevin. En tanto que Sir John Macdonald deseaba retener a sus colegas 
reformistas, Mr. Brown creía conveniente que se retiraran, decidiendo 
se ellos a quedarse. 

Hacía algunos años que el gobierno imperial había comenzado a 
retirar sus tropas del Canadá, abandonando al fin el país (noviembre 
de 1871), los últimos soldados británicos. 

La primera elección celebrada bajo la Confederación dio al go- 
bierno bastante mayoría. La segunda, que se verificó en 1872, fué tam- 
bién favorable al gobierno, aunque había perdido bastante de su popu- 
laridad por los desacuerdos habidos respecto al tratado de Washing- 
ton, ratificado el año anterior. Ciertas declaraciones hechas en el si- 
guiente año, respecto a los medios de que se valió el gobierno para 
obtener fondos electorales, produjo crisis ministerial. 

Con el objeto de evitar una derrota en la Cámara de los Comunes, 
Sir John Maldonald dimitió (5 noviembre 1873), siendo llamado a su- 
cederle Mr. Alexander Mackenzie, jefe reconocido de la oposición. Las 
elecciones generales celebradas en los primeros meses del año siguiente 
dieron gran mayoría al nuevo gobierno. 

El acuerdo establecido con la Colombia Británica consistía en que 
esta última había de comenzar a construir el ferrocarril trascontinen- 
tal a los dos años de formar una provincia del Dominion, Cuando el 
asunto se hallaba en estudio del gobierno de Sir John Macdonald 
(1872), hubo cambio de política, lo cual, hasta cierto punto, hizo cam- 
biar lo acordado acerca del ferrocarril. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 25 

Derrotado el gabinete Mackenzie en las elecciones generales de 
septiembre de 1878, y encargado nuevamente del poder Macdonald 
con poderosas fuerzas parlamentarias, de nuevo pasó a sus manos la 
gestión de la mencionada empresa. Aunque el gobierno estaba decidi- 
do a construir el ferrocarril, se le presentaron tales dificultades, que 
en 1880 se encomendó la obra a un sindicato que se comprometió a for- 
mar una compañía para construir una vía desde un punto cercano a 
Nort Boy (Ontario) hasta el Pacífico, mediante el pago al contado de 
pesos 25.000.000 y 25.000.000 acres de terreno en la parte conocida 
por Fertile Belfc (zona fértil). Ciertas secciones de la línea que el go- 
bierno había construido o estaba construyendo a la sazón, "pasarían 
también a. la compañía. Tal fué el origen del ferrocarril <Canadian Pa- 
cific-», que al presente es una de las compañías más poderosas del mun- 
do, pues cuenta nádamenos que con 11.500 millas de vías ferroviarias. 

El cambio de gobierno de 1878 se debió a la necesidad que se sen- 
tía en el Canadá de una política proteccionista, la misma que había 
seguido el partido conservador y de la cual era tenaz enemigo el jefe 
liberal Mr. Mackenzie. Sir Leonard Tilley, entonces ministro de Ha- 
cienda,, introdujo nueva tarifa (sesión de 1879), comenzando desde 
aquella época la llamada Política nacional, y cuya consecuencia fué 
elevar los derechos de aduana a un promedio de 30 por 100. La prime- 
ra tarifa adoptada por la Confederación, a la vez que establecía el co- 
mercio libre entre las provincias, imponía el 15 por 100 a todas las mer- 
cancías extranjeras (incluyendo las británicas). Llegó al 17 1 / 2 por 100 
durante el régimen liberal, coincidiendo principalmente con un período 
de depresión financiera. La nueva tarifa, por tanto, pudo considerarse 
como un paso decisivo hacia el proteccionismo, y al poco tiempo se con- 
sideró plenamente justificada la medida por el efecto que tuvo en el 
comercio del país. 

En el otoño de 1878 el marqués de Lorne (después noveno duque 
de Argyll), acompañado de S. A. E,. la princesa Luisa, llegó al Cana- 
dá con el cargo de gobernador general. Dos importantes sociedades 
fueron creadas por su iniciativa: la Academia de Artes y la Real Socie- 
dad, la primera establecida el 1880 y la segunda el 1881, las cuales 
han tenido gran influencia en la vida del Dominion. 

Fué asesinado en el año 1880 el Honorable George Brown, quien, 
durante mucho tiempo había sido el principal defensor de los princi- 
pios reformistas en el Alto Canadá. También debe recordarse el citado 
año por una Orden Imperial del Consejo transfiriendo al Canadá todas 
las posesiones británicas del continente americano que antes no habían 
sido cedidas. 



26 HISTORIA DE AMÉRICA 

Las primeras instituciones para Ja enseñanza superior se fundaron 
en las provincias marítimas. La Universidad de Nuevo Brunswick, que 
se abrió el 1800, permaneció durante muchos años clausurada, veri- 
ficándose su reapertura el 1859. En cambio, Da/housie College (Halifax) 
ha seguido abierto desde 1818. El Me GUI College se estableció el 1811 
y la Universidad de Me Gilí se incorporó el 1821. Concedióse el 1827 
un privilegio al Kiag's College de Toronto, cuyo colegio, bajo una cons- 
titución más liberal, se convirtió (1843) en la Universidad de King's 
College, y en 1849 en la Universidad de Toronto. La Universidad de 
Victoria, institución Wesleyan, hubo de establecerse en Cobourg (1836) 
y el Queeris College, presbiteriano, el 1841. La Universidad de Laval, 
en Quebec, y el Trinitry College (Toronto) datan de 1852. Veinticinco 
años después se creó una . Universidad en Winnipeg, á los siete de 
haber ingresado en el Dominion el territorio de Red River. A la sazón 
existen Universidades en Saskstoon, en Edmonton (Alberta) y en Van- 
couver (Colombia Británica). Por la ley del Norte América Británico, la 
enseñanza pública constituye una función de los gobiernos provinciales, 
y cada provincia, por tanto, cuida de sus establecimientos educativos. 
Por el gobierno del Dominion se nombró Real Comisión de la Enseñan- 
za Técnica y Prácticas Industriales (22 junio 1910), cuyos individuos 
visitaron los países más adelantados del mundo para estudiar los mé- 
todos y adelantos pedagógicos, y á su regreso al Canadá presentaron 
sobre la materia luminoso informe. 

Dejando ya los asuntos de enseñanza, recordaremos que el 1885 se 
terminó el ferrocarril Canadian Pacific, habiendo clavado la última es- 
taca Sir Donald A. Smith (después Lord Strathcona y Monte Real) en 
un punto llamado Craigellachie, el 7 de noviembre. El Canadá poseía 
dentro de su territorio un camino que se extendía de océano á océano; 
pero el primer tren directo desde Montreal á Vancouver no se inauguró 
hasta el mes de junio del año siguiente. 

Se verificaron elecciones generales en los años 1882, 1887 y 1891, 
resultando triunfante el gobierno en todas ellas. En las del último año 
el jefe conservador, Sir John Macdonald, emprendió la lucha con su 
acostumbrada energía y durante un invierno riguroso (febrero y marzo), 
siendo demasiado el esfuerzo para sus años. Cuando se abrió el Parla- 
mento el 29 de abril, pudo notarse el decaimiento físico del ilustre polí- 
tico, falleciendo el 6 de junio, á la edad de setenta y seis años. Fué un 
hombre de verdadero mérito, reconociendo todos lo mucho que había 
hecho para engrandecer su patria. Sus dotes de jefe eran alabadas 
por propios y extraños. Sucedióle en la presidencia Sir John Abbott, 
que ocupó el poder año y medio, teniendo que retirarse por el mal es- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 27 

tado de su salud. Reformóse el gobierno por Sir John Thompson (di- 
ciembre 1892), quien habiendo ido á Inglaterra para asuntos de Esta- 
do, murió de repente en el castillo de Windsor (12 diciembre 1894); 
sus restos fueron transportados al Canadá en el buque de guerra inglés 
Blenheim. 

Consideremos en estos tiempos el estado del partido conservador y 
el del liberal. En el espacio de tres años y medio habían muerto tres 
jefes del partido conservador. Sir Makenzie Bornell ocupó la jefatura, 
notándose en su tiempo motivos de disgusto dentro del partido, y por 
esto dejó el poder (27 abril 1896) a Sir Charles Tupper, que durante 
varios años había desempeñado el cargo de alto comisario del Canadá 
en Londres. Se suscitó a la sazón reñida lucha acerca del estableci- 
miento de las escuelas públicas en Manitoba. Cuando se constituyó la 
provincia, se organizó un sistema de "escuelas separadas; „ bajo tal sis- 
tema, el gobierno de las enseñanzas católicas se colocó en manos de la 
sección católica del Comité general de escuelas. La anulación de seme- 
jante acuerdo (1890), produjo protestas y agrias discusiones antes y 
después de las elecciones generales de junio de 1896. No sabemos si 
todo ello influyó o no en las elecciones, pudiéndose sólo asegurar que el 
gobierno sufrió verdadera derrota (23 junio 1896). 

A Ja muerte de Sir John Macdonald, sucedió en la jefatura del par- 
tido liberal el Honorable Alexander Mackenzie (17 abril 1892). No fué 
Mackenzie jefe del partido en los últimos años de su vida; lo fué el Ho- 
norable Wilfrid Laurier, desde las citadas elecciones de 1896. 

El nuevo gobierno que se formó bajo la jefatura de Laurier juró el 
13 de julio. Aunque unos esperaban y otros temían que el gobierno re- 
dujese la tarifa establecida por su predecesor, no se hizo cambio aran- 
celario de importancia. Se reconoció que el país, en general, era protec- 
cionista y que todo cambio en determinado sentido sería perjudicial. 
Sin embargo, se hizo la reducción en una cuarta parte de los derechos 
de aduana sobre todos los artículos de producción y fabricación del Rei- 
no Unido, o de ciertas y determinadas colonias británicas, o de cual- 
quier otra parte, cuyas tarifas de aduana fuesen tan favorables al Ca- 
nadá como la reducción propuesta, o tuviesen tarifas preferentes con 
estas colonias. Si no se puso en inmediata ejecución por existir trata- 
dos comerciales con la Gran Bretaña, Alemania y Bélgica, resuelta la 
dificultad al denunciarse los referidos tratados, la tarifa reducida inter- 
imperial se puso en ejecución el 1.° de agosto de 1898. De dicha tarifa 
se excluyeron los vinos, licores y tabaco. 

La Preferencia Británica, como fué llamada, se aumentó hasta la ter- 
cera parte en el año 1900. Entre tanto se habían realizado cambios im- 



28 HISTORIA DE AMÉRICA 

portantes y beneficiosos en las tarifas postales. La del interior del 
Canadá, de tres centavos por onza, se redujo a dos el primero de enero 
de 1899, estableciéndose la misma tarifa entre el Canadá y la Gran 
Bretaña, y que se extendió poco a poco a la mayor parte de las colo- 
nias británicas. Debe hacerse constar aquí que, bajo el último gobier- 
no liberal, el Canadá había ingresado en la Unión Postal Universal 
(1.° agosto 1878). 

En las elecciones generales celebradas el 7 de diciembre de 19Q0, el 
gobierno obtuvo mayoría. El Parlamento se abrió el 6 de febrero y el 
día 8 aprobó un mensaje de pésame al rey Eduardo VII por el falleci- 
miento de la reina Victoria (22 enero 1901). En septiembre del mismo 
año el duque y la duquesa de York (actualmente el rey Jorge V y la 
reina Mary) visitaron el Canadá, siendo recibidos con entusiasmo. Con 
motivo de la coronación del rey Eduardo, el secretario de las Colonias 
(Mr. Chamberlain) propuso en enero de aquel año (1902) que debía apro- 
vecharse la presencia en Londres de los jefes y ministros de las colo- 
nias autónomas del imperio, que asistían a la coronación, para discutir 
varios asuntos de interés para el mismo imperio, y el 30 de junio se 
abrió la conferencia, que el mismo Chamberlain presidió, durando las 
sesiones hasta el 11 de agosto. En la citada conferencia se tomaron 
importantes acuerdos, entre ellos uno referente al comercio y otro al 
franqueo postal para periódicos. 

El desarrollo del Canadá en los últimos veinte años, lo mismo en 
población que en industria y comercio, es evidente, siendo más de no- 
tar en las provincias occidentales. Los territorios del Noroeste, que al 
principio eran gobernados desde Winnipag por el mismo teniente-go- 
bernador de Manitoba, fueron organizados como los distritos provisio- 
nales de Assiniboia, Saskatchewan, Alberta y Athabaska (17 mayo 
1882), bajo un teniente-gobernador nombrado por ellos y con la sede 
de gobierno en Regina. Con el aumento de población adquirieron la ca- 
tegoría de provincia, y el 1.° de septiembre de 1905 los cuatro territo- 
rios se organizaron como dos provincias; la de Saskatchewan con su ca- 
pital Regina y la de Alberta con su capital Edmonton. Cada vez ha sido 
mayor el progreso de ambas provincias, a causa de la gran masa de po- 
blación que han recibido anualmente, tanto de los Estados Unidos como 
de los países europeos. El descubrimiento de oro en el país de Yukon 
dio origen a que se organizase como tal territorio (13 junio 1898) y ad- 
quiriera el derecho de elegir un miembro para el Parlamento del Domi- 
nion, y posteriormente la minería del oro y de la plata fué el motivo 
de que se estableciera en Ottawa (2 enero 1908) una sucursal de la 
Real Casa de la Moneda, donde a la sazón se acuñan monedas de oro, 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 29 

plata y cobre para su circulación en el Dominion. De igual manera ad- 
quirió también mucha importancia, recibiendo esmerada organización, 
el Archivo del Dominion. 

En los últimos años se verificaron dos tratados importantes de ar- 
bitraje entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos; en ellos estaba 
directamente interesado el Canadá. El primero, relativo a los derechos 
que poseían los subditos británicos en las pesquerías de focas del mar 
de Behring, y el segundo sobre los límites entre Alaska y el Canadá. 
Si en aquél sostuvo la Gran Bretaña los derechos del Canadá, en el 
último accedió (octubre 1903); pero no se comprometieron — como algu- 
nos creían — los intereses del Dominion. 

Al correr el año 1908, se cumplió el tercer siglo de la historia del 
Canadá, contando desde la fundación de Quebec por Champlain el 1608. 
A medida que se aproximaba la fecha, se discutían varios planes para 
celebrarlo debidamente. En dos partes podían dividirse los tres siglos, 
pues casi a la mitad se verificó el 1759 la toma de Quebec. Se presta- 
ba ello, por tanto, no sólo para celebrar el importante aniversario, sino 
también para que se levantase un monumento en las Llanuras de 
Abraham, lugar del nacimiento del nuevo Canadá. La situación y pers- 
pectiva de Quebec eran a propósito para llevar a cabo la idea, cele- 
brándose con tal objeto numerosas fiestas históricas — en la semana del 
24 de julio— ante multitud de espectadores que llegaron de todas par- 
tes del Canadá y de más allá de sus fronteras. Adquirió mayor relieve 
la fiesta por la presencia del príncipe de Gales (al presente Jorge V), 
cuya llegada en el acorazado Indomitable había sido precedida por una 
escuadra de otros cuatro acorazados y dos cruceros protegidos. Fran- 
cia envió un barco de guerra y los Estados Unidos dos. Uno de los ac- 
tos más importantes fué la revista militar, en la cual tomaron parte 
12.000 soldados canadienses y 3.000 marinos y marineros de los barcos 
de guerra. El feldmariscal Lord Roberts que estuvo presente, dirigió 
un cablegrama ai Rey manifestándose muy complacido por la precisión 
y orden que hubo en las maniobras. La celebración de dicha fiesta cons- 
tituyó fecha memorable en la historia nacional del Canadá. Para per- 
petuar la memoria de 1759-60, se dispuso la compra del antiguo campo 
de Quebec (Llanuras de Abrahan), convirtiéndolo en Parque Nacional, 
al que podría unirse un museo histórico y militar. El gobierno del Do- 
minion, varios gobiernos provinciales y muchas corporaciones é indi- 
viduos acogieron la idea con gran entusiasmo. 

Procede recordar ya que, con motivo de la guerra boer entre el 
Transvaal y la Gran Bretaña (1898), se pusieron de manifiesto las sim- 
patías a la madre patria — como habia sucedido en Nueva Zelanda y 



30 HISTORIA DE AMÉRICA 

Australia— pues el gobierno creyó que había llegado el momento de 
tomar parte en la lucha enviando tropas canadienses a la guerra. El 
primer contingente del regimiento real canadiense salió de Quebec 
en el vapor Sardiniam el 30 de octubre de 1899. Siguieron otros regi- 
mientos, partiendo de Halifax el 21 y 27 de enero, y el 21 de febrero 
de 1900. Entre todos, se enviaron al África del Sur, 1.150 oficiales y 
soldados de dicha fuerza, debiendo añadirse otros 1.316 oficiales y 
soldados de otros cuerpos, y la fuerza montada de 597 oficiales y sol- 
dados costeada y organizada por Lord Strathcona. En total, fueron en- 
viados (1899-1900), 3.092 oficiales y soldados. Mostraron su valor las 
tropas canadienses varias veces, en particular en la batalla de Paar- 
deberg (27 febrero 1900), en la que tuvo que rendirse el general boer 
Cronje. En 1901 se alistaron 900 hombres más, a expensas del Gobier- 
no Imperial, así como 1.200 para otros servicios. 

Recordaremos que el 6 de mayo de 1908 se celebró en Quebec el 
200 aniversario de la muerte de Laval, primer obispo de dicha ciudad, 
despertando gratos recuerdos la memoria de prelado tan insigne. 

La construcción de nuevos ferrocarriles, el constante aumento de 
inmigración de Inglaterra, Estados Unidos y otros países de Europa, 
y el inmenso progreso en todas las formas de producción (agricultu- 
ra, maderas, pesquerías, minas y manufacturas), han hecho que el 
Canadá, en un período relativamente corto, tenga verdadera influencia 
en los mercados del mundo, demostrando también que los canadienses 
saben desarrollar los espléndidos recursos de su país, con energía, 
constancia y éxito. 

Asunto de capital interés fué la reforma arancelaria en el año 
1910. Trasladaremos aquí lo que sobre el particular escribe Porrit (1). 
Correspondiendo a la invitación de Manitoba y del Noeste, invitación 
que hizo suya en términos cordiales la Asamblea Nacional Liberal de 
1893, Sir Wilfrid Lourier visitó las provincias del Occidente en el 
otoño de 1894. En Vinnipeg pronunció aquel memorable discurso, que 
varias veces se le recordó cuando visitaba las provincias de la llanura 
el 1910. Las palabras del mencionado tribuno fueron las siguientes: 
"Nosotros defendemos la libertad. Yo denuncio la política de protec- 
ción a la esclavitud, esclavitud que considero como la de los negros de 
América. Si ambas no son de igual grado, se caracterizan de la misma 
manera. De la misma manera el pueblo de Canadá, los habitantes de la 
ciudad de Vinnipeg en particular, trabajan por un amo, que se lleva, no 
precisamente cada centavo de beneficio, sino un percentaje muy alto, 

(1) The Revolt in Canadá, págs. 176-183. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 31 

una parte muy considerable de los jornales que ganáis a costa de Sudo- 
res y de trabajos. „ Tal fué el programa de Ottawa. 

Grandes acontecimientos se verificaron cuando fué conocido el cita- 
do discurso. Después de haber permanecido continuamente en la oposi- 
ción desde el 1878; después de haber combatido diez y ocho años al 
nuevo feudalismo, aliado por aquel entonces al partido conservador, los 
liberales, con Sir Wilfrid Laurier como jefe, subieron al poder habien- 
do ganado las elecciones generales de junio de 1896. 

Mucho esperaban los canadienses de la política del nuevo gobierno. 
Las esperanzas estaban justificadas, porque en sus discursos los orado- 
res liberales habían prometido radicales reformas, las cuales se halla- 
ban contenidas en el programa de 1893. Es de advertir que el Canadá 
en 1896 no necesitaba de reformas electorales. Sir Wilfrid Laurier ha- 
bía dicho con acierto: "Los males del Canadá a la sazón no son cons- 
titucionales; son por completo de carácter económico. „ Lo que el pueblo 
del Canadá deseaba era un cambio completo en las tarifas arancela- 
rias, único modo de libertarse de la política del nuevo feudalismo, que 
no era otra la de los conservadores. 

Las facilidades que para ello se presentaban al nuevo gobierno 
eran mayores que las de Earl Grey en 1830, si bien existía el conve- 
nio de junio de 1896 con los fabricantes protegidos de Toronto. El doc- 
tor Macphail, refiriéndose al estado de la política en vísperas de elec- 
ciones, hizo notar que el nuevo feudalismo sólo tenía como norma de su 
conducta los negocios, añadiendo luego: "El partido liberal en 1896 se 
presentó al pueblo con el programa de Ottawa y bajo condiciones polí- 
ticas más favorables que nunca, no necesitando la ayuda ni protección 
del nuevo feudalismo, que era menos poderoso en 1896 que en 1910. „ 

El partido liberal no hubiese corrido riesgo alguno si los jefes hu- 
bieran dicho terminantemente al nuevo feudalismo que no necesitaban de 
su apoyo, porque ellos sólo tenían puesta toda su confianza en el pueblo 
canadiense. No lo hicieron así y se perdieron. Las cargas de la política 
nacional, la economía en los gastos de la administración, la pureza de 
las elecciones, la reforma del Senado, la prensa libre — en una palabra, 
todas las reformas en un departamento cualquiera — fueron, en adelan- 
te, de. imposible realización para el partido liberal. 

Somos de opinión que este partido no ha gobernado desde 1896, 
pues no podía cumplir su programa y defender al mismo tiempo el nue- 
vo feudalismo (1). Bien puede afirmarse que el nuevo feudalismo de 

(1) «Los liberales del Oeste se han convencido al fin que Laurier. jefe de la minoría liberal de 
189á, no es el Laurier del gobierno de 1910. En el poder ha manifestado su verdadera personali- 
dad. Nunca fué radical ni progresista y desde que ocupó el poder no ha dejado de dar pruebas 
de su espíritu reaccionario. Sir Wilfrid Laurier, con palabras suaves y promesas vanas, engañó 



32 HISTORIA DE AMÉRICA 

1910 tenía bastante más fuerza y poder que cuando los conservadores 
estaban en el gobierno. 

Relataremos algunos hechos del viaje de Sir Wilfrid Laurier a Oc- 
cidente el año 1910 (1). En Manitoba recibió dos solicitudes o memo- 
riales de los agricultores. Decían en el primero que se presentaban al 
ministro para darle cuenta de ciertos asuntos que afectaban a los inte- 
reses agrícolas, y, por tanto, a la prosperidad del Canadá. A deseme- 
janza — añaden — de los intereses industriales, comerciales y de trans- 
porte, los agrícolas apenas llegan a oídos de los políticos que rigen los 
destinos del país. Si desde hace mucho tiempo el gobierno y el Parla 
mentó del Canadá reciben delegaciones que representan importantes 
intereses e industrias, la agricultura, la industria principal y fuente 
de nuestra riqueza, por falta de organización, no ha sido atendida. Im- 
porta principalmente el asunto a las tres provincias agrícolas- de la lla- 
nura, tan estimadas por los canadienses, ya por su rápido aumento de 
población, ya por el extraordinario desarrollo de sus recursos natura- 
les. Después de decir que el suelo fértil de las tres provincias atrae sin 
cesar numerosos inmigrantes y que antes de diez años el Canadá con- 
tará en sus fértiles praderas con bastante población rural, opinan los 
solicitantes que la cuestión más merecedora de protesta ha sido la refe- 
rente a la tarifa proteccionista. No se oponen los agricultores de Occi- 
dente a contribuir a las cargas del Tesoro; pero protestan de las tari- 
fas aduaneras, las cuales les obligan a pagar más que debieran en be- 
neficio de las clases privilegiadas. En otros términos: se hallan dis- 
puestos a que todos los productos agrícolas figuren en la lista del libre- 
cambio. Tampoco aprueban ningún movimiento en favor de una tarifa 
preferente que aumentaría el coste de la vida a los artesanos y obreros 
británicos; antes por el contrario, desean toda clase de facilidades para 
el librecambio en los productos alimenticios que se cosechan en las lla- 
nuras agrícolas del Canadá con los de los distritos fabriles de la Gran 
Bretaña. Repetían una y otra vez que sólo debían crearse derechos 
aduaneros con el objeto de aumentar los ingresos para las necesidades 
del gobierno, y que el sistema proteccionista los creaba para otra clase 
de fines que perjudicaban al pueblo. 

Creemos — dicen — que el mejor modo de manifestar nuestra actitud 
en este pleito, es reproducir aquí la declaración hecha por el partido 
liberal del Canadá en 1893, y es la siguiente: "Que las tarifas arance- 
larias del Canadá tengan su fundamento, no como ahora, conforme al 



al pueblo, a cuyas espaldas negoció cou capitalistas, corporaciones y fabricantes que contribu- 
yeron a aumentar los fondos electorales...» -Del periódico News, de Toronto. 
(1) Porrit, The Revolt in Canadá, cap. XII, págs. 184 y siguientes. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 33 

sistema proteccionista, sino teniendo presente las necesidades del ser- 
vicio público o. los gastos de un gobierno honrado, económico y eficien- 
te. El gobierno procurará limitar sus gastos para no hacer difícil la 
vida de los ciudadanos e iniciará un comercio más libre con todas las 
naciones, particularmente con la Gran Bretaña y los Estados Unidos. „ 

El segundo memorial o solicitud abunda en las mismas ideas que el 
primero. "Cuando la Comisión arancelaria celebró reuniones por todo 
el país hace algunos años, los agricultores manifestaron su pensamien- 
to respecto a las tarifas. No deseaban protección para su propia indus- 
tria y sólo se atrevieron a indicar que la tarifa estuviese en relación 
con los ingresos del Tesoro. Sostienen esa misma opinión al presente 
con más fuerza, si cabe, que entonces. Se hallan dispuestos a responder 
a las exigencias de una tarifa formada con el exclusivo objeto de cu- 
brir los gastos del Erario público; pero no a lo que atienda a benefi- 
ciar intereses particulares. „ Después de algunas acertadas considera- 
ciones, añaden los solicitantes que ningún tratado de comercio encon- 
traría más apoyo entre los agricultores del Oeste del Canadá como el 
de una amplia reciprocidad entre dicho Canadá y los Estados Unidos. 
Esto redundaría en beneficio de los agricultores del Canadá, en parti- 
cular de los de Occidente, los cuales tendrían un mercado más amplio 
y mejor donde vender, y más barato a la vez para comprar. Los pre - 
cios de granos y ganado, en condiciones normales, son bastante más 
elevados en los Estados Unidos que en el Canadá, y muchos artículos 
de primera necesidad en las ciudades y campos del Oeste, pueden com- 
prarse por menos precio en los Estados Unidos que en el Canadá. No 
ignoran los agricultores canadienses que su gobierno, en varias oca- 
siones, proyectó entablar tratados con el de los Estados Unidos, siem- 
pre con la idea de conseguir el comercio de reciprocidad; pero la Gran 
República no estaba entonces en condiciones de firmar semejante tra- 
tado, a causa de que el partido político que se hallaba en el poder, de- 
fendía desde la guerra civil las tarifas elevadas. Al presente las cosas 
han cambiado — continuaban diciendo los solicitantes — y la opinión pú- 
blica de los Estados Unidos llega a exigir una tarifa más baja y mayor 
libre cambio con otros países, especialmente con el Canadá. Si el go- 
bierno del Norte América ha pedido al de Canadá entablar negociacio- 
nes con objeto de establecer un libre cambio más amplio entre los dos 
países, los agricultores del Oeste del Canadá ruegan a su gobierno que 
acepte el ofrecimiento de los Estados Unidos por lo que respecta a la 
cuestión de reciprocidad, como también le piden que haga todo lo posi- 
ble para ensanchar las relaciones comerciales entre los dos países. 

"Para concluir, la revolución arancelaria de 1910 no ha de termi- 

III 3 



34 HISTORIA DE AMÉRICA 

nar solamente con una revisión de las tarifas que aligere las cargas de 
los siete millones de consumidores del Canadá. Ha de conseguirse mu- 
cho más para que la revolución sea efectiva y provechosa. Es preciso 
separar del gobierno de Otawa el nuevo feudalismo y las instituciones 
representativas del Dominio tienen que ponerse a las órdenes de la de- 
mocracia del Canadá. No puede existir una verdadera democracia con 
el nuevo feudalismo en el poder. La democracia al fin y al cabo saldrá 
vencedora de las empeñadas luchas que tuvieron comienzo con la revo- 
lución de 1810, pues de lo contrario, la situación de los agricultores y 
jornaleros del Canadá será mucho más dura e insegura que fué al pue- 
blo inglés el viejo feudalismo de los tiempos medioevales. „ (1) 

Por lo que respecta a la anexión de las provincias canadienses a los 
Estados Unidos, muchos americanos opinan que aquellos territorios 
acabarán por agregarse a la G-ran República anglo-sajona. Tal vez no 
lo crean así gran parte de los estadistas ingleses. Lo mismo los cana- 
dienses anglo-sajones que los canadienses franceses miran sin recelo el 
porvenir, porque saben que no han de perder su calidad de pueblo libre. 

A la sazón, el Canadá, dividido* en provincias, cuenta con más de 
siete millones de habitantes. 

El municipio canadiense— escribe Reclus —es autónomo, salvo en lá 
isla Prince-Edward, donde el poder municipal se halla todavía, merced 
a la Carta Real, en manos de los propietarios. Aunque, por su gobier- 
no central, tiene la Confederación canadiense una organización monár- 
quica, puede afirmarse que sus elementos primitivos, como los Towns 
hips o distritos rurales, aldeas de 750 habitantes y más; villas de 2.000 
a 15.000 habitantes; ciudades de más de 15.000 individuos, y condados 
o grupos de municipalidades rurales, forman otras tantas pequeñas re- 
públicas.,, (2) En efecto, la administración canadiense goza de comple- 
ta libertad, hasta el punto que el Consejo de cada entidad municipal, 
nombrado anualmente por los contribuyentes, vota los impuestos, nom- 
bra a los empleados, impone multas, etc. 

Respecto a la política del Canadá con la metrópoli, diremos que las 
nuevas provincias constituyen vasta Confederación bajo la soberanía 
de la Gran Bretaña. Nombra el rey de Inglaterra al gobernador gene- 
ral como su representante, con la asignación de 50.000 dolars anuales, 
abonados por el Tesoro canadiense, si bien el Dominio tiene sus propios 
Poderes, que son el legislativo, el ejecutivo y el judicial. 

El poder legislativo está constituido por un Senado, cuyos miembros 
son nombrados por la Corona con el carácter de vitalicios, y por un Con- 

(1) Ob. cit., pág. 228. 

(2) Geografía Universal.— América Boreal, pág. 610. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 35 

greso o Asamblea de representantes, elegidos cada cinco años por su- 
fragio universal. Gozan las Cámaras de facultades autónomas para le- 
gislar, excepto en asuntos de guerra y de paz, en tratados con otras 
naciones y en determinados derechos propios de la soberanía de la Co- 
rona. El Dominio no paga contribución alguna a Inglaterra, y la Le- 
gislatura vota los impuestos para atender a los gastos de los servicios 
públicos de la Confederación. El poder ejecutivo radica en un Consejo 
o ministerio compuesto de 15 ministros con su presidente. Además exis- 
te un Gabinete de la provincia de Quebec formado por un presidente y 
ocho ministros. En cada provincia hay un subgobernador (1) como auto- 
ridad superior de la misma, cuyo nombramiento acuerda el Consejo del 
Dominio y somete a la sanción del gobernador general. Los demás fun- 
cionarios son nombrados por el ministerio y dependen del respectivo 
departamento. El ejército consta de 20.000 hombres en tiempo de paz. 
En caso de guerra de la Gran Bretaña con otra nación, el Canadá, si 
el gobierno de la Confederación lo cree justo, le ayudará con el corres- 
pondiente contingente militar. El poder judicial está formado por un 
Tribunal Supremo, que reside en la capital Ottawa, por tribunales de 
apelación en cada provincia, y por tribunales de circuito y de distrito 
en poblaciones importantes. Hay además un tribunal especial para to- 
dos los asuntos relacionados con la Corona; y como tribunal de última 
apelación se halla el Consejo privado del rey de Inglaterra, en el cual 
figura el presidente del Supremo del Canadá. El nombramiento de ma- 
gistrados y jueces se hace por el ministerio y el gobernador general, 
no pudiendo ser separados sino en virtud de acusación de las Cámaras 
por causa justificada. 

Cada provincia tiene su legislatura para legislar en los asuntos re- 
lativos a la misma, siempre que no se opongan a las leyes generales 
del país. También la provincia es autónoma en su gobierno y adminis- 
tración, dentro del régimen establecido para el Dominio. Los munici- 
pios se constituyen por elección y gozan de completa independencia. 
El número de miembros varía según la importancia de la población. 
En Montreal ; la ciudad más populosa del Canadá, pues tiene 414.000 
habitantes, su corporación municipal consta de 35 concejales (alder- 
men) y de un presidente o alcalde (Mayor) (2). 

El ministerio lo preside el gobernador como representante del rey 
de la Gran Bretaña. Compónese dicho ministerio de individuos del par- 
lamento canadiense, responsable ante las Cámaras. Los ministros salen 
del seno de la mayoría. Tanto el ministerio, como la Cámara de los Co- 



(1) Lieutenant Governor. 

(2) Véase artículo de D. Fernando Cadalso, publicado en El Liberal del 10 de agosto de 1013. 



36 HISTORIA DE AMÉRICA 

muñes y el Senado, o dicho en otros términos, el parlamento, residen 
en Ottawa. Los senadores son vitalicios, han de tener por lo menos 
treinta años de edad, y residir en la provincia que deben representar; 
han de ser propietarios por valor de 4.000 dollars. A la sazón hay 87 
senadores: 24 por Ontario, 24 por Quebec, 10 por Nueva Brunswick, 10 
por Nueva Escocia, 4 por la isla del Príncipe Eduardo, 4 por Manitoba, 
3 por Colombia Británica, 4 por Alberta y 4 por Sakatchewan (1). La 
Cámara Baja o de los Comunes, es elegida por sufragio para un perío- 
do de cinco años, y los representantes, según el censo de 1901, son los 
siguientes: 86 por Ontario, 65 por Quebec, 13 por Nueva Brunswick, 18 
por Nueva Escocia, 4 por la isla del Príncipe Eduardo, 10 por Manito- 
ba, 7 por Colombia Británica, 5 por Alberta, 5 por Saskatchewan y uno 
por el territorio de Yukon; total, 214. Los representantes de la Cáma- 
ra Baja deben tener determinada propiedad, y reciben una indemniza- 
ción anual de 2.500 dollars. El poder ejecutivo lo ejerce el Rey o su 
representante y su ministerio, compuesto de un primer ministro, 13 mi- 
nistros y dos ministros que no tienen asignado departamento alguno. 
Los ministerios o departamentos se denominan de Estado, Tráfico y 
Comercio, Justicia, Marina y Pesca, Ferrocarriles y Canales, Milicia y 
Defensa, Hacienda, Correos, Agricultura, Obras públicas, Interior, 
Aduanas y Rentas Interiores. 

El dominio del Canadá, sin necesidad de ayuda de la metrópoli, se 
encarga dé su propia defensa. Inglaterra sólo tenía unos 2.000 hombres 
en la ciudadela Halifax (Nueva Escocia) y una nación naval en Esqui- 
malt. A la sazón, tanto la guarnición como Ja estación naval, han sido 
suprimidas, y las citadas plazas han pasado a la vigilancia del gobier- 
no canadiense. 

El escudo de la Confederación está compuesto de los correspondien- 
tes a las siete provincias unidas. La bandera es la inglesa con las ar- 
mas de la colonia, rodeadas por una guirnalda de hojas de meple, con 
una corona en el tope. Esta bandera es la que usa el gobernador gene- 
ral; pero además existe la llamada Union Yack, compuesta de la cruz 
roja, en campo blanco, por Inglaterra; la cruz de San Andrés, blanca 
en campo azul, por Escocia; y la cruz roja con las armas en diagonal y 
en campo blanco, por Irlanda; bandera que ondea en las fortalezas. 
Hay, finalmente, otra bandera roja y otra azul, con los colores ingle- 
ses en el cantón superior inmediato al mástil, y el escudo del Dominio 
en el extremo; campo de la bandera. La roja sirve para los actos na- 
cionales y la marina mercante, y la azul, en la marina del Canadá (2). 

(1) Ob. cit., págs. 1.359 y 1.360. 

(2) Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo X, pág. 1 .361 . 



CAPITULO II 



Independencia de los Estados Unidos.— Los impuestos.— Las 
colonias y la metrópoli. — congreso de albany: proyectos 
de Franklin.— Jorge iii y el ministro Bute — Ley de nave- 
gación. — Ministerio Grenville: Franklin y G-renville. — 
Disgusto de las colonias: impuesto del timbre.— Congreso 

. de la ley del timbre.— ministerios cünberland y roc- 
kingham.— pltt en la cámara délos comunes.— franklin 
en la misma cámara.— ministerio pltt.— townshend, canci- 
LLER del Tesoro. — Impuesto sobre el te. — Ministerio 
North. — Lucha entre las colonias y la metrópoli. — La 
Asamblea popular de 1772 y tabla de derechos.— Otras 
Asambleas. — Congreso de Filadelfia: su carácter revolu- 
cionario.— Franklin en Londres.— Gobierno de Massachu- 
ssetts. — Segundo Congreso general. — Washington, general 
en jefe.— Constitución de las trece colonias.— La guerra. 
Proclamación de la independencia.— La guerra a últimos 
de 1776.— Franklin y Lee en Francia. — Lafayette en Amé- 
rica.— Derrotas de Washington.-— Rendición de Saratoga. 
Conducta de los Estados Unidos con Inglaterra y Fran- 
cia.— Aislamiento de Inglaterra en el comercio univer- 
sal.— La guerra en 1779, 1780 y 1781.— L a paz.— Franklin, 
Washington y Lafayette.— Congreso general constituyen- 
te.— La Constitución. — El partido federal y el republica- 
no particularista. 



Los Estados Unidos están comprendidos entre 63o y 121o d e longi- 
tud 0., y 25o y 49o de latitud N. Confinan al N. con el Canadá, al Este 
con el Atlántico, al S. con el Golfo de México y la República de este 
nombre, y al O. con el Pacífico. Compónese su superficie de 9.212.270 
kilómetros cuadrados, y su población de unos 95 millones de habitantes. 

Allá en tiempos pasados, la Gran Bretaña, cuando nadie podía com- 
prender la importancia, concedió a las corporaciones legislativas de las 
colonias el derecho de imponer impuestos o crear otros nuevos. Tam- 
poco la metrópoli tenía derecho a poner contribución alguna a sus co- 



38 HISTORIA DE AMÉRICA 

lonos sin la aprobación de las Asambleas o Parlamentos (1). Sin em- 
bargo de ello, deseaba el ministerio inglés extender á las colonias de 
América algunos impuestos que pesaban sobre la metrópoli, como tam- 
bién procuraba evitar que aquéllas se dedicasen a ciertas industrias 
que pudieran hacer competencia a las de Inglaterra. 

La política mercantil británica, en los comienzos del siglo XVIII, 
procuraba, como sucede a la sazón, dificultar la industria manufactu- 
rera en sus colonias. Hallábase dispuesto que dichas colonias podían 
exportar las primeras materias, que transformadas en artículos de uso 
en las fábricas inglesas, eran devueltas a aquellas tierras de donde 
procedían. Acerca de la lana, dio la metrópoli severas disposiciones 
encaminadas a que la producción de dicha primera materia en las 
colonias, no fuese a perjudicar la de la Gran Bretaña, y disminuyera 
el valor de la propiedad territorial inglesa. "Los ingleses — decía un 
comisionado de las colonias — no deben temer la competencia del Cana- 
dá; allí hace tanto frío, y la nieve cubre tanto tiempo el país, que el 
ganado lanar no medra lo suficiente para dar lugar a la industria la- 
nera, única industria que puede hacer que una colonia sea improductiva 
para la Corona.,, Por tanto, no debe causar extrañeza que las colonias 
fuesen concentrando cada vez más aversión a la metrópoli. En un do- 
cumento público del año 1701, decía uno de los comisionados del go- 
bierno inglés lo siguiente: "No hay duda de que las colonias sienten ya 
el deseo de hacerse independientes; „ otro en un escrito del año 1703, 
añadía: "El deseo de constituir un gobierno republicano crece de año 
en año;„ y un tercero hubo de repetir el 1705: "Con el tiempo los ha- 
bitantes de las colonias romperán los lazos que tienen con la madre 
patria y establecerán un gobierno propio. „ El pensamiento constante 
de la metrópoli era poner trabas a las industrias coloniales. "Si fuera 
posible — decían los fabricantes ingleses — que el hombre blanco hiciera 
el trabajo del negro, no tardarían las colonias en tener manufacturas 
como las nuestras y nos harían la competencia en nuestros artículos; 
pero mientras podamos proveerlas abundantemente de negros, no te- 
memos el desenvolvimiento y prosperidad de ellas. El trabajo del negro 
mantiene las colonias en la dependencia de la metrópoli. „ Los ingleses, 
conforme a estos principios, introdujeron un número considerable de 
negros en sus colonias, hasta el punto que los blancos hubieron de pro- 
testar por ello. Bastará decir, que si en el año 1714 — según cálculos — 
había en las colonias 59.000 negros, en 1764 había 250.000. Poco des- 
pués, en 1787, el Congreso aprobó la proposición de Jefferson prohi- 

(1) Véase Dr. Ernesto Otón Hopp, Los Estados Unidos y la guerra separatista, pág. b.—Histo- 
ria universal de Oncken. tomo XII. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 30 

biendo la esclavitud y ,1a servidumbre forzosa en todos los territorios 
de la Unión, situados al Noroeste del Ohío. Sin embargo, la humanita- 
ria ley, fué letra muerta en los mismos Estados del Norte, existiendo 
la esclavitud hasta bien entrado el siglo XIX. 

Cuando aumentó la población de las colonias y se creyeron fuertes 
los colonos, estalló el conflicto con la metrópoli. Por entonces, el fran- 
cés Turgot, escribió lo siguiente: "Las colonias se parecen a las frutas. 
Las frutas se hallan adheridas al árbol hasta el día de su madurez; lle- 
gando dicho día, se desprenden. El día en que América pueda bastarse 
a sí misma, hará lo que en su tiempo hizo Cartago.„ 

En el Congreso de delegados de las colonias que se reunió en Al- 
bany el 19 de junio de 1754, estaban representadas las colonias septen- 
trionales y de las meridionales sólo Virginia. Los 24 artículos de la 
constitución que en 1682 sancionó el ilustre cuáquero Guillermo Penn, 
en general asamblea, sirvieron de base al Código que en el Congreso 
de Albany presentó Franklin, representante de la colonia de Nueva 
Jersey (sesión del 10 de julio). Los puntos principales del proyecto de 
Flanklin eran los siguientes: la capital del gobierno de la Unión sería 
Filadelfia; el gobernador general, nombrado por la Corona, tendría el 
derecho de poner el veto a todas las resoluciones y leyes adoptadas por 
el Congreso intercolonial; la asamblea de representantes de los pueblos 
nombraría un Consejo renovable cada tres años, el cual podía proponer 
medidas legislativas; el gobernador, asesorado del Consejo, nombraría 
todos los funcionarios militares, y el Consejo los empleados civiles; cada 
colonia conservaría su constitución, si bien al gobierno de la Unión in- 
cumbía la declaración de la paz o de la guerra con los indios, el comer- 
cio, las construcciones de buques de guerra, etc. Agradó el proyecto en 
general a los gobiernos particulares de las colonias, como también al 
pueblo, hasta el punto que en Nueva York se hizo entusiástico recibi- 
miento a Flanklin a su paso para Filadelfia. Hubo Estados que recha- 
zaron el mencionado proyecto, entre otros el Connecticut y el Massa- 
chussetts. Recelos despertó en Inglaterra, presintiendo muchos el co- 
mienzo de la independencia de las colonias. Otro de los proyectos de 
Franklin fué el establecimiento de dos nuevas colonias: una en la ribera 
del lago Erie y otra en la cuenca del Ohío, con gobiernos autónomos, 
diciendo: "Allí ha de haber antes de un siglo pueblos numerosos y 
ricos. „ 

Las colonias de Jersey y de Pensilvania se hallaban a la cabeza de 
las más poderosas y de las que más deseaban su independencia. El 
conde de Loudonn, general en jefe de las fuerzas inglesas en la Améri- 
ca del Norte, escribió en el año 1757 a Pitt lo que a continuación co- 



40 HISTORIA DE AMÉRICA 

piamos: "En Jersey y Pensil vania los cuáqueros componen la mayoría 
de la asamblea, y mientras no cambie esta situación, se opondrán a to- 
das las disposiciones del gobierno y fomentarán el sentimiento de inde- 
pendencia que en las citadas colonias ha echado hondas raíces. Los im- 
puestos que paga el pueblo son tan insignificantes que casi no merecen 
el nombre de tales; y si no se halla el medio de imponer a estos pueblos 
alguna contribución votada por el parlamento de la metrópoli para las 
contingencias de una guerra en América, estoy convencido de que nun- 
ca se sacará de ellos auxilio alguno en metálico y también muy escaso 
el que se obtenga en hombres. „ 

En tanto que los funcionarios ingleses, lo mismo militares que civi- 
les, pedían la sujeción completa de las colonias al gobierno de Inglate- 
rra, las colonias a su vez deseaban que sus asambleas tuviesen ciertos 
derechos y atribuciones en menoscabo de la Corona y de los parlamen- 
tos. Franklin, representante de la Pensilvania, fué el defensor más de- 
cidido del derecho de las colonias para que éstas se gobernasen a sí mis- 
mas y se diesen las leyes más conducentes a su bienestar. Con razón el 
insigne filósofo Kant había llamado a Franklin el Prometeo de los tiem- 
pos modernos. 

Jorge III (1760-1820), sucesor de su abuelo Jorge II, admitió al 
poco tiempo la dimisión del eminente estadista Pitt, nombrando en su 
lugar a lord Bute ; hombre de escaso talento y amante — según de pú- 
plico se decía — de la reina madre. A su vez lord Bute nombró a Carlos 
Townshend para el cargo de presidente del tribunal de comercio. Lo 
primero que hizo Townshend fué declarar qué los funcionarios nombra- 
dos y pagados por el Rey, ya fuesen del orden gubernativo, ya judi- 
cial, eran superiores a los parlamentos americanos. Para no ser menos 
realista Jorge Grenville, el canciller del Tesoro (ministro de Hacien- 
da), propuso al parlamento la famosa ley de navegación , que fué apro- 
bada en el espacio de tres semanas. Por dicha ley los jefes, oficiales y 
marineros de los buques de guerra ingleses quedaban autorizados para 
visitar las embarcaciones americanas en alta mar y embargarlas si con- 
ducían mercancías prohibidas. Estas y otras medidas análogas fueron 
combatidas por ilustres americanos, distinguiéndose entre todos el fo- 
goso jurisconsulto Otis. 

Cayó el ministerio Bute y le sucedió (1763) el presidido por Jorge 
Grenville, cuñado de Pitt. Franklin marchó a Londres, solicitando una 
audiencia de Grenville. En la audiencia que se celebró a la llegada de 
Franklin hubo de oir este último las siguientes palabras de lord Gren- 
ville: "Vuestras asambleas americanas consideran las instrucciones 
reales muy á la ligera. Las mencionadas instrucciones son obra de hom- 




FOTOTIPIA LACOSTE. - MADRID. 



Franklin. 



QOBIERNOS INDEPENDIENTES 41 

bres graves, peritos en las leyes y en la constitución del reino, los 
cuales las someten al Consejo de comercio y agricultura coloniales, 
sabia corporación que las estudia, corrije y aprueba, siendo entonces 
comunicadas á los gobernadores de las colonias, porque de las colonias 
es legislador el Rey.„ En otra entrevista dijo también lord Grenville: 
"América debe tener siempre como regla de conducta, que sus productos 
no hagan competencia en Europa á los de la Gran Bretaña. „ tt Si se nos 
permite — contestó Franklin — sembrar y coger los frutos y se nos pro- 
hibe exportarlos, debería V. E. proponer al parlamento que nos tras- 
ladase otra vez á Inglaterra.» 

En tal estado las cosas, propuso Franklin que las colonias fuesen 
equiparadas en todo a las provincias de Inglaterra, permitiendo a 
aquéllas enviar sus representantes al parlamento nacional. Además 
una y otra vez insistía y recomendaba la armonía entre la metrópoli y 
las colonias. Lejos de ser atendidas las prudentes observaciones, el 4 de 
abril de 1764 fué votada la ley por la cual se dispuso que las colonias 
debían pagar en oro y plata ciertos impuestos por la entrada de muchos 
artículos extranjeros (vinos, café, añil, seda, batista, etc., etc.). Otros 
abusos — pues así lo podemos calificar — del poder central, aumentaron 
el disgusto en las colonias. En esta situación acordó el gobierno inglés 
introducir en sus posesiones de América el impuesto del Timbre, cuya 
noticia circuló por aquellas lejanas tierras causando sorpresa general y 
en algunos puntos vivas protestas. Franklin en Londres, lo mismo en la 
conferencia que celebró con Pitt que en las varias que tuvo con Gren- 
ville, calificó el proyecto de temerario y anunció que los americanos ja- 
más consentirían satisfacer impuestos no aceptados por ellos. Si a la 
fuerza se les obligaba, se ponía en peligro la integridad del Imperio bri- 
tánico. Cuando volvió a reunirse el parlamento (10 febrero 1765), el 
Rey, en su discurso del trono, anunció que el impuesto del Timbre ser- 
viría para mostrar la obediencia o no obediencia de las colonias a la 
metrópoli. Presentó Grenville a la Cámara de los Comunes el famoso 
proyecto; en él se veía claramente el deseo de mortificar a las posesio- 
nes ultramarinas. No sólo se las imponía una contribución sin el con- 
sentimiento de sus parlamentos, sino que se disponía que el quebranta- 
miento de dicha ley sería juzgado por tribunales ingleses sin el concur- 
so de jurados. Voces generosas se levantaron en favor de los america- 
nos, mereciendo mención especial el discurso del coronel Barré, que 
había compartido con el general Wolfe los peligros de la campaña con- 
tra Quebec. Nada pudo conseguirse; el proyecto fué aprobado por 250 
votos contra 50 el 27 de febrero, el 8 de marzo se votó en la Cámara 
Alta y el 22 de dicho mes recibió la firma del monarca. Cuando Jor- 



42 HISTORIA DE AMÉRICA 

ge III puso su firma, sufría —según refieren autorizados cronistas — 
uno de los ataques de locura que le incapacitaron poco después para el 
gobierno. La ley del Timbre que debía regir desde el 6 de noviembre de 
1765 sometía al impuesto los escritos judiciales, los documentos mer- 
cantiles, los contratos, los periódicos, folletos, hojas volantes, almana- 
ques y mapas, todos, los actos públicos y privados de venta y compra, 
de donación y permuta. Lo mismo los testamentos, pactos matrimonia- 
les; etc., que las letras, pagarés y recibos, para que tuviesen valor, de- 
bían escribirse en papel sellado. (Apéndice A). Grenville entre otras 
medidas que tomó para hacer la ley menos odiosa, fué confiar su apli- 
cación á los mismos americanos y disponer que el producto del impues- 
to, calculado en 100.000 libras esterlinas (2.500.000 pesetas) anuales, 
se emplearía para atender a las necesidades de las colonias. No había 
llegado a América la noticia de la votación definitiva del impuesto del 
Timbre y ya se manifestaron indicios de próximos conflictos. Samuel 
Adams, el último puritano, como muchos le llamaban, natural de Boston, 
hombre de clarísimo talento y de energía, se declaró enemigo decidido 
del proyecto. Otis, G-ray, Henry, los predicadores religiosos desde el 
pulpito y los oradores políticos en las reuniones públicas protestaron 
enérgicamente de la conducta del gobierno inglés. Sin temor alguno y a 
excitación de Otis, en el mes de junio del año 1765 la colonia de Massa- 
chussetts dirigió una invitación a todas para que mandasen delegados al 
Congreso general que debía reunirse— sin solicitar previamente autori- 
zación del Rey — poco después en Nueva York. El Congreso de la ley del 
Timbre, como fué llamado, tuvo excepcional importancia. El primer Con- 
greso, reunido once años antes en Albany, había tenido por objeto esta- 
blecer relaciones amistosas con la metrópoli; el segundo, celebrado en 
Nueva York y presidido por Timoteo Buggles, se propuso la unión de las 
colonias contra la madre patria. Se acordó, entre otras resoluciones, 
que los americanos tenían el derecho de ser juzgados por jurados y no 
por tribunales dependientes del almirantazgo inglés, y era otra que las 
colonias tenían el derecho de no pagar contribuciones e impuestos sino 
los decretados por sus propias asambleas. En este sentido se redacta- 
ron exposiciones al Rey, a la Cámara de los Lores y á la de los Comu- 
nes. u En 25 de octubre — como escribe el Dr. E. Otón Hopp — (1) se di- 
solvió este Congreso, de color algo republicano y hasta cierto grado con 
carácter de federal.,, De las palabras se pasó pronto a los hechos y de 
los tumultos a la insurrección. En todas partes fueron blanco de las 
iras populares los que habían admitido el empleo de la venta de sellos. 
Los comerciantes tomaron la determinación de no comprar ni vender 

(1) Los Estado» Unidos de la América del Norte, pág. 63. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 43 

desde el 1.° de enero de 1766 artículos procedentes de Inglaterra. Ricos 
y pobres sólo gastaban ropas tejidas en las colonias. Los jueces de paz 
de Virginia dimitieron sus cargos y los abogados prefirieron cerrar sus 
bufetes para no emplear papel sellado en sus escritos. Por último, el 
pueblo quemó todo el papel sellado de que pudo apoderarse. 

Disgustado el Rey con Grenville por haber sido excluida su madre 
de la regencia, admitió la dimisión del ministerio, formando otro bajo 
la presidencia del duque de Cumberland (junio de 1765). Habiendo 
muerto Cumberland el 12 de octubre, su sucesor, el marqués de Roc- 
kingham se mostró suave y tolerante con los americanos. En el parla- 
mento y en la opinión pública en general se manifestó reacción salu- 
dable en favor de las tierras del otro lado del mar. 

Abierto nuevo parlamento el 14 de enero de 1766, Pitt, viejo y en- 
fermo, apoyado en sus muletas, pronunció dos discursos en la Cámara 
de los Comunes, defendiendo los fueros de los citados países. Condenó 
la ley del sello en los términos más duros, contestando Grenville que 
el espíritu sedicioso de las colonias tenía su origen en la misma Cáma- 
ra de los Comunes, porque muchos diputados no se cuidaban de las 
consecuencias que pudieran tener los discursos. Volvió a levantarse 
Pitt, y después de aplaudir la resistencia de los americanos y de pro- 
testar de la ley del sello, añadió: "Si lográis vencer, América caerá 
como un gigante, y abrazando las columnas de nuestro Estado, lo arras- 
trará en su caída y sepultará nuestra constitución bajo sus ruinas. 
En lugar de meter la espada en la vaina, la hundís en el corazón de 
vuestros compatriotas, y ¿es esta la paz tan preconizada? „ El gobier- 
no, adoptando la opinión de Pitt, retiró el impuesto sobre el timbre, in- 
fluido, seguramente, por las resoluciones adoptadas en el Congreso de 
Nueva York y por las mencionadas peticiones del comercio de muchas 
ciudades inglesas. 

Después de otros hechos de más ó menos interés, fué citado ante la 
Cámara de los Comunes Benjamín Franklin, representante de la Pen- 
silvania, a fin de oirle acerca de la situación de América. En 13 de ene- 
ro de 1766 se verificó dicho interrogatorio, y en él, con todos los respe- 
tos debidos, dijo que consideraba indispensable la revocación de la ley 
del Timbre, negando también a la metrópoli el derecho de imponer im- 
puestos no admitidos por los parlamentos coloniales. Votóse la ley de 
revocación del impuesto del Timbre en la Cámara de los Comunes el 
22 de febrero, por 275 votos contra 167, y en la de los Lores, por 105 
contra 71 . Si grande fué la alegría que causó en Inglaterra la termi- 
nación del conflicto, en América excedió a toda ponderación. Se firma- 
ron exposiciones de gratitud al Rey y al parlamento. Erigiéronse es- 



44 HISTORIA DE AMÉRICA 

tatúas a Jorge III en Nueva York y Virginia; a Pitt, en Nueva York, 
Maryland y Carolina del Sur. 

Poco á poco se fué disipando la alegría, comenzando los recelos, las 
disensiones y la enemiga entre las colonias y la metrópoli. Cayó el 
ministerio Rockingham a mediados del año de 1766, sucediéndole Pitt, 
ya conde de Chatam; mas el insigne hombre de Estado, a causa de 
sus enfermedades, apenas pudo tomar parte en los negocios públicos. 
TWnshend, canciller del Tesoro, creó un nuevo impuesto sobre ciertos 
artículos que se importaban a América (te, papel, cristal, plomo y 
pinturas). La causa de la creación del impuesto, fué la siguiente: "¡Sois 
unos cobardes — dijo Grenville dirigiéndose a los ministros — pues veo 
que os inspiran miedo los americanos, y no os atrevéis a imponerles 
una contribución! „ Con más arrogancia que prudencia, Townshend hubo 
de exclamar: "¡Que somos unos cobardes! ¡Que tenemos miedo! ¡Que no 
nos atrevemos a imponer una contribución a los americanos! Ya veréis 
como yo sólo me atrevo a ello.„ — "Me alegraría verlo», replicó Gren- 
ville. — "Pues lo veréis „, terminó diciendo Townshend. 

Mal recibidos fueron los decretos en América, donde la excitación 
del pueblo iba siendo cada vez mayor. Recaía el impuesto en esa clase 
de hombres que miran con más cariño las cuestiones de honra que los 
intereses. "Y después de todo — decía Washington — , ¿por qué estamos 
disputando? ¿Es acaso por no pagar tres peniques sobre cada libra de 
te? No; nosotros solamente disputamos por nuestro derecho „ (1). Del 
mismo modo Franklin, convencido que el parlamento no tenía derecho 
para imponer los impuestos, agitaba la opinión contraria a la me- 
trópoli. 

Es de advertir que el gobierno y el pueblo francés veían con satis- 
facción los conflictos entre Inglaterra y sus colonias, pues no olvida- 
ban aquéllos la pérdida del Canadá. Hasta tal punto se hallaban deci- 
didos a vengarse de Inglaterra, que el duque de Choiseul, jefe del go- 
bierno, se decidió a prestar su apoyo a los americanos contra la metró- 
poli. Por entonces murió Townshend, sucediéndole en el ministerio de 
Hacienda lord North, y en el de las Colonias, creado en diciembre de 
1767, lord Hillsboroug. El nuevo ministerio, que veía próximo el rom- 
pimiento, se hallaba decidido a oponerse, por todos los medios, a la in- 
dependencia de los americanos. 

El 15 de octubre de 1768 salió Pitt del ministerio, encargándose de 
la presidencia lord North. Era ya imposible la armonía entre Inglate- 
rra y sus colonias. De la guerra comercial se pasaría pronto a la lucha 
en los campos de batalla. Tanto se dijo contra el consumo de artículos 

(1) Escritos de Washington, vol. II, pág. 392. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES » 45 

importados de Inglaterra que en 1769 tuvo una disminución, compara- 
da con la del año anterior, de 744.000 libras esterlinas (18.600.000 pe- 
setas); y en la misma proporción disminuyó la importación en Inglate- 
rra de los productos coloniales. Poco después (5 marzo 1770) presenta- 
ron los comerciantes ingleses que trataban con las colonias de la Amé- 
rica del Norte, una Memoria al parlamento, y en ella exponían con 
exactitud las grandes pérdidas que les proporcionaban los nuevos im- 
puestos. Queriendo remediar el mal, votó el parlamento la supresión de 
los derechos con que recientemente se habían cargado el papel, el vidrio 
y las substancias tintóreas, conservando sólo el derecho sobre el te, con 
lo cual se mostraba la autoridad superior de dicho parlamento. Llegó 
al punto la antipatía de los americanos a la metrópoli, que aquéllos se 
negaban a comprar lo que les enviaba Inglaterra, dándose el caso de 
que en 1770 importaron los buques ingleses 11.000 libras de te, cuando 
dos años antes habían introducido más de 132.000. Como a la sazón los 
hijos del nuevo gobernador Hutchinson sacasen de la aduana una par- 
tida de cajas de te, los populares quisieron demoler la casa de aquéllos; 
pero la tropa hizo una descarga, matando a algunos e hiriendo a mu- 
chos. Desde entonces americanos e ingleses se decidieron a la lucha. 
Massachussetts nombró representante suyo en Londres a Franklin, Vir- 
ginia protestó en solicitud dirigida al Rey del tráfico negrero protegi- 
do por el mismo monarca, y los habitantes de Providencia (Rhode Is- 
land) quemaron la goleta Gaspé, que persiguiendo un buque contraban- 
dista, bahía varado en la playa. Massachussetts se puso a la cabeza de 
los revolucionarios. Reunida la Asamblea popular el 28 de octubre 
de L772 en la capital, nombró una comisión compuesta de 21 individuos, 
entre los cuales se hallaban Samuel Adams y Yarren, quienes redacta- 
ron la tabla de derechos de los colonos. Dicha exposición se remitió a 
todas las poblaciones de la colonia. "Este documento exponía las que- 
jas de la Asamblea por la ingerencia del parlamento de la metrópoli en 
la administración interior de la colonia; la imposición de contribuciones 
sin el consentimiento del parlamento colonial; el nombramiento de em- 
pleados que carecían de autoridad constitucional para cobrar las con- 
tribuciones; el empleo de la fuerza armada, terrestre y marítima en 
tiempo de paz para auxiliarles en la recaudación; la aplicación de una 
parte del fondo de los impuestos a la dotación del Rey; la latitud exce- 
siva e injusta de la jurisdicción del almirantazgo; la prohibición de la 
fabricación de sombreros, artículos de ferretería y tejidos de lana; la 
conducción de los acusados ante los tribunales de Inglaterra; la insta- 
lación de obispos y tribunales eclesiásticos sin la aprobación de la co- 
lonia, y, finalmente, la frecuente modificación de los límites de la coló- 



46 HISTORIA DE AMÉRICA 

nia, que obligaba á los propietarios interesados a solicitar cada vez la 
confirmación de su propiedad de gobernadores codiciosos. „ (1). 

La asamblea legislativa de Virginia, no sólo hizo suya la exposi- 
ción anterior de la de Massachussetts, sino que en 12 de marzo de 1773, 
a propuesta de un tal Carr, adoptó una serie de resoluciones relativas 
a la institución de una comisión general de todas las colonias del con- 
tinente americano ; exceptuando únicamente las españolas. A la sazón 
la Compañía de las Indias Orientales, que estaba ya en poder del go- 
bierno inglés, procuró expender en los países americanos las grandes 
cantidades de te que tenía en sus almacenes. La agitación fué extraor- 
dinaria, que aumentó porque Franklin desde Londres continuaba echan- 
do leña al fuego de las discordias. La lucha se hizo inevitable. Así lo 
comprendió el general y gobernador Gage, quien se dispuso a que en- 
trasen en razón por la fuerza, ya que sus razones no eran oídas ; los re- 
volucionarios de Boston. 

Reunióse (25 septiembre 1774) en la ciudad de Filadelfia el Congre- 
so general de comisiones delegadas de todas las colonias. Entre los 51 
delegados que componían el Congreso se hallaban Randolph, que fué 
nombrado presidente, y Thomson, secretario. Además, gozaba de envi- 
diable fama Patricio Henry, Juan Adams, Váshington, Lee y otros. 
Votó el Congreso, á propuesta de Juan Adams, la resolución siguiente: 
"Admitimos de buen grado todas las disposiciones del parlamento in- 
glés que se limitan á reglamentar nuestro comercio exterior para ase- 
gurar a la madre patria los beneficios mercantiles de todo el imperio 
británico; pero rechazamos todo proyecto que tenga por objeto gravar 
a los subditos americanos con cargas y tributos, exteriores ó interiores, 
sin consentimiento suyo.» También calificó el Congreso de violaciones 
de los derechos de las colonias varios decretos, considerando indispen- 
sable su revocación para restablecer la armonía entre Inglaterra y sus 
dependencias americanas. "Apelamos — decían al pueblo inglés — a vues- 
tros sentimientos de justicia. Os han dicho que estamos cansados del 
gobierno y que anhelamos ser independientes; pero son calumnias. Per- 
mitidnos ser tan libres como vosotros, y consideraremos siempre como 
nuestra mayor dicha y gloria la unión con la metrópoli, pero si os em- 
peñáis en dejar a vuestros ministros en libertad para que se mofen de 
los derechos del hombre; si desoís la voz de la justicia y no hacéis 
caso de los preceptos de la ley, ni de la Constitución: si considera- 
ciones humanitarias no os hacen desistir de derramar sangre en fa- 
vor de una causa injusta, entonces os advertimos, que jamás nos some- 
teremos ni a gobierno ni a pueblo alguno. „ Pedían, por último, al rey, 

(1) Hopp, Ob. t*it., pág. 67. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 47 

paz, libertad y seguridad individual; no nuevos fueros ni disminución de 
la prerrogativa real. La petición al Rey por duplicado fué enviada a 
Franklin. El sabio americano hizo llegar una a manos del monarca, que 
pasó sin contestación al archivo británico. La otra quedó en poder de 
Franklin (1). Washington, Juan y Samuel Adams, presintiendo que 
llegaba la hora de la lucha, aconsejaron a los suyos que se preparasen 
a ella. Disolvióse el Congreso el 26 de octubre, fijando la reunión del 
próximo para el 10 de mayo siguiente. 

El Rey, en su discurso de apertura del parlamento (29 noviembre 
1774) anunció su propósito de someter incondicionalmente las colonias, 
siendo de la misma opinión las dos Cámaras. Gage entretanto se dispo- 
ponía a la guerra y llevaba su enemiga a excitar a los indios salvajes 
vecinos para que se arrojasen sobre Massachussetts. Como nota simpá- 
tica conviene recordar que muchos ingleses, especialmente en Londres, 
se pusieron al lado de los americanos. 

En los comienzos del año 1775 llegaron a Londres noticias exactas 
de las resoluciones, apelaciones y peticiones del Congreso de Filadel- 
fia. El Rey, el ministerio North y las Cámaras creyeron que había He 
gado el momento de acabar de una vez con la insurrección. Franklin, 
Lee y Boíl, agentes de las colonias, pidieron al parlamento en nombre 
del Congreso, ser oídos, petición que fué negada por 218 votos contra 
68, fundándose en que dicho Congreso no era corporación legal. Partió 
Franklin para América el 20 de marzo con el disgusto de no haber po- 
dido conseguir una reconciliación entre los dos países. Por el contrario, 
habiendo declarado el parlamento rebelde a Massachussetts, el gobier- 
no presentó un proyecto de ley prohibiendo por tiempo indefinido el 
comercio, no sólo del citado Massachussetts con Inglaterra y las Anti- 
llas, sino también de las de New-Hampshire, Connecticut y Rhode-Is- 
land; del mismo modo les prohibió la pesca en las costas de Terranova, 
Labrador, Nueva Escocia y otros puntos del Océano. Como las colonias 
meridionales, hasta entonces obedientes, siguiesen el camino revolucio- 
nario de las del Norte, el gobierno inglés extendió a ellas la prohibición 
del comercio, exceptuando a las de Nueva York, Delaware, Carolina del 
Norte y Georgia. 

Preparándose a la guerra se envió a América una escuadra con 
4.000 soldados de refuerzo y los generales Howe, Clinton y Burgogne 
a disposición del general Gage, que estaba en Boston. También los 
americanos se disponían a rechazar con las armas a los ejércitos de la 
metrópoli. 

(1) Su nieto, Guillermo Temple Franklin, en el año 1883, vendió el documento con otros de su 
abuelo al gobierno de los Estados Unidos por la suma de 175.000 pesetas. 



48 HISTORIA DE AMERICA 

Constituyóse en Massachussetts un gobierno perfectamente orga- 
nizado. Comenzó la guerra el general Gage, derramándose la primera 
sangre cerca de Lexington y después con más abundancia en Concord. 

El 10 de mayo de 1775 se reunió en Filadelfia el segundo Congreso 
general, cuya situación fué sumamente difícil. En 26 de dicho mes re- 
solvió que las Colonias Unidas, ante la hostilidad de Inglaterra, se ha- 
llaban en el caso de ponerse inmediatamente en estado de defensa. 
Después nombró por unanimidad a Washington general en jefe del 
ejército que debía organizarse con el nombre de Ejército continental 
americano (1). Para hacer frente a estos gastos dispuso, en sesión del 
23 de junio, la emisión de papel-moneda por valor de dos millones — que 
después se amplió a tres — de pesos fuertes. Convencido el Congreso de 
la justicia que le asistía, dirigió un manifiesto a todas las naciones, 
dándoles cuenta de las causas y motivos que le obligaban a tomar las 
armas; también el 5 de septiembre envió a cada colonia un proyecto 
de constitución inspirado por Franklin, con el nombre de Constitución 
de las trece colonias unidas de la América del Norte. En este documento 
se proponía la elección de una Junta ejecutiva compuesta de 12 indi- 
viduos con poder de hacer guerra, paz y alianzas, de reconciliar las 
colonias con la metrópoli, de mandar representantes á las potencias y, 
por último, de cuidarse de los negocios públicos comunes a todas las 
colonias. La actitud resuelta de este segundo Congreso alarmó al go- 
bierno y a la nación inglesa, pues ni aquél ni ésta creyeron nunca que 
aquellas lejanas posesiones se lanzarían a la guerra. El rey de Ingla- 
terra, con fecha 23 de agosto de 1775, calificó de conspiración y rebe- 
lión los sucesos de América, declarando culpables de alta traición a los 
que prestaran, de cualquier manera que fuese, auxilio a los rebeldes; 
y en el discurso del trono, al verificarse la apertura del parlamento 
el 26 de octubre del citado año, dijo que las colonias se proponían de- 
clararse en Estado independiente, por cuya razón era preciso someter- 
las por la fuerza. En seguida se votaron créditos suficientes para co- 
menzar la guerra con todo empeño. Sin embargo de que Pitt defendió 
a los americanos, negando que el Congreso de Filadelfia se propusiera 
la independencia, la guerra iba pronto a decidir la cuestión. Al frente 
de las fuerzas inglesas se puso lord Ricardo Howe, sucediéndole pronto 
en el cargo su hermano Guillermo. Entretanto los americanos bloquea- 
ban a Boston, y el Congreso, con fecha 20 de enero de 1776, decretaba 
la libertad de comercio. Washington se hizo dueño de Boston el 17 de 
marzo de 1776. El general Howe no pudo conseguir ventaja alguna en 
aquella guerra. El Congreso declaró* el 4 de julio que las colonias pro- 

(1) Véase tomo II de esta obra, cap. XIV. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 49 

clamaban su independencia, y en el famoso documento se decía, entre 
otras cosas, lo siguiente: "Por eso apelamos nosotros, los delegados de 
los Estados Unidos de América reunidos en Congreso, al juez supremo 
del universo, que conoce la pureza de nuestras intenciones, y manifes- 
tamos y declaramos, debidamente autorizados, en nombre de los hon- 
rados habitantes de estas colonias unidas, que ellas son de hecho y de 
derecho Estados libres e independientes, y no deben fidelidad ni obe- 
diencia a la Corona de Inglaterra y que quedan rotos para siempre to- 
dos los lazos políticos que las unían al imperio británico; que como Es- 
tados libres e independientes tienen poder para hacer guerra, paz y 
alianzas; que pueden arreglar su comercio y hacer todo cuanto tienen 
derecho de hacer Estados independientes; y para mantener esta decla- 
ración empeñamos, confiando en la protección de la divina Providen- 
cia, nuestra vida, nuestro honor y cuanto poseemos. „ 

En la primavera de 1776, las fuerzas inglesas fueron derrotadas 
junto al río de Cabo Fear, desquitándose de este desastre en la victo- 
ria que lograron en la isla de Long-Island, a pesar del talento estra- 
tégico de Washington. Los ingleses se apoderaron de Nueva York. 
Poco después abandonaron la ciudad y siguieron a los americanos, obli- 
gándoles a librar batalla que quedó indecisa cerca de White-Plains. 
Sucediéronse otros hechos tan favorables a los ingleses, que a últimos 
del año 1776, parecía perdida la causa de las colonias. Sin embargo de 
las desgracias de los Estados Unidos, no decayó el espíritu de aquellos 
bravos republicanos, los cuales se prepararon a grandes empresas. Si 
Nueva York y New-Jersey habían caído en poder de los ingleses, y si 
el Congreso se había tenido que trasladar desde Filadelfia a Baltimo- 
re (Mariland), Eranklin y Arturo Lee se dirigieron a Europa para pe- 
dir auxilio a las potencias amigas, y Washington se dedicó con gran 
empeño a la formación de poderoso ejército. El 2 de enero de 1777, el 
insigne general americano sostuvo cerca de Trenton uu combate con 
los ingleses mandados por lord Cornwallis, y luego libró otro cerca de 
Princeton; el primero quedó indeciso y en el segundo los americanos 
lograron señalado triunfo, pudiendo ocupar casi todo el territorio de 
New-Jersey. 

Oyó la generosa Francia la voz de Franklin y de Lee, y el gobier- 
no de aquella nación envió cañones, fusiles, morteros, tiendas de cam- 
paña y vestuarios. Entre los voluntarios que marcharon a defender la. 
nueva república, se hallaba el marqués de Lafayette. Golpe rudo reci- 
bió por entonces el ejército mandado por Washington (9 de septiem- 
bre) que se encontraba a las márgenes del riachuelo Brandy wine; pero 
el Congreso no se desanimó por ello y continuó con más calor la lucha. 

III A 



50 HISTORIA DE AMÉRICA 

En situación tan crítica llegó a estar la república, que Filadelfia cayó 
en poder de los ingleses (26 de septiembre). Si la fortuna se mostraba 
esquiva un día y otro día con Washington — pues también el 4 de octu- 
bre fué derrotado cerca de Germán town — en cambio en el Norte, allá 
en la frontera del Canadá, el general Schuyler se coronó de gloria pe- 
leando con Burgogne; la campaña terminó con la rendición de Sarato- 
ga (7 de octubre). Las condiciones de la capitulación fueron que el ge- 
neral Burgogne y su ejército, compuesto de 2.442 ingleses, 2.198 ale- 
manes mercenarios y i. 409 canadienses y realistas americanos se en- 
tregarían a Schuyler, siendo luego conducidos a Boston y embarcados 
para Inglaterra, obligándose a no hacer armas durante toda la guerra 
contra los Estados Unidos. Extraordinario fué el efecto que hizo la no- 
ticia en América, en Francia y en Inglaterra. La alegría en los Esta- 
dos Unidos fué inmensa, y en París recibieron Franklin y sus compa- 
ñeros la grata nueva, comunicada por el ministro Vergennes, de que el 
rey francés, en unión del monarca español, reconocían la independen- 
cia de las colonias, bajo la condición de que éstas no volverían al do- 
minio de Inglaterra. 

Por su parte el gobierno inglés sometió a la aprobación del parla- 
mento (17 febrero 1778) dos proyectos de ley destinados a llegar a una 
reconciliación con las colonias sublevadas antes de que se verificase el 
tratado entre ellas y Francia. A tal punto llegó la benevolencia del 
gobierno que propuso revocar la ley que anulaba la constitución del 
Massachussetts, suprimir todos los impuestos y especialmente el del te. 
El parlamento lo aprobó todo, acordándose enviar a América cinco co- 
misarios para restablecer la autoridad real bajo estas bases; promulga- 
ción de una amnistía y anulación de todas las leyes relativas a las co- 
lonias desde el 10 de febrero de 1763. 

Al mismo tiempo se rompieron las relaciones amistosas entre Fran- 
cia e Inglaterra, porque la primera de aquellas naciones pidió a la se- 
gunda que no pusiera obstáculos en adelante al libre comercio entre 
ella y América. El Congreso de los Estados Unidos, cuando supo la 
misión que llevaban los comisarios ingleses, declaró que no recibiría a 
tales enviados si antes no se retiraba la escuadra enemiga y se recono- 
cía por el gobierno inglés la independencia de la república (22 de 
abril). Conducta opuesta observó dicha Asamblea con el embajador 
francés Gerard, el cual llegó a Forktown el 2 de mayo, siendo ratificado 
por unanimidad el tratado de París el 4 de dicho mes. 

Comenzó el 4 de octubre de 1776 en el Congreso la discusión del 
proyecto de Constitución federal, que fué votado el 15 de noviembre 
de 1777. Al frente de las fuerzas inglesas se puso un excelente gene- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 51 

ral, Clinton; a la cabeza de las americanas, Washington, Wayne, La- 
fayette y otros. Holanda y España, siguiendo la conducta de Francia, 
se pusieron al lado de los Estados Unidos. Más que los asuntos políti- 
cos, lo que importaba a la sazón eran los comerciales. Francia, después 
de la muerte de Luis XIV, se había declarado a favor del principio de 
que «la bandera cubría la mercancía, esto es, que mercancías pertene- 
cientes a naciones beligerantes eran inviolables a bordo de buques neu- 
trales.» Inglaterra, en 1756, se había declarado contra este principio, 
habiendo obrado desde entonces en consonancia con él. Eusia, con fe- 
cha 26 de febrero de 1780, hubo de comunicar, por medio de sus re- 
presentantes, a los gobiernos de Londres, Versalles, Yiena, Copenhague, 
Estokolmo y El Haya, lo que pensaba acerca del asunto, y era que «la 
bandera cubría la mercancía, excepto la de contrabando, y que los bu- 
ques neutrales podían visitar libremente los puertos y navegar por las 
costas de países beligerantes, no llevando contrabando de guerra.» 
Francia y España primero, y poco después Dinamarca y Suecia se ad- 
hirieron a los principios citados, formándose con Rusia una unión de 
neutralidad armada y organizando todas estas naciones una escuadra 
para proteger su comercio. El Congreso americano (25 septiembre 
1780) se adhirió también al principio propuesto por Rusia, quedando, 
por tanto, Inglaterra, completamente aislada en el comercio universal. 
Bueno será advertir que dos años antes (4 septiembre 1778) Holanda 
había pactado con las colonias de América la perfecta igualdad — por 
lo que a derechos y privilegios se refería — de sus respectivos comercios 
en los puertos de ambos países, obligándose cada una de las dos partes 
(los siete Estados de Holanda y los trece de América) a proteger con 
su marina de guerra la marina mercante de la otra. Cuando Inglaterra 
supo el convenio, y no llegó a saberlo hasta el otoño de 1780, entre 
Holanda y los Estados Unidos, declaró la guerra a la primera de di- 
chas potencias, comenzando por embargar los buques que permanecían 
anclados en los puertos ingleses y concediendo patentes de corso contra 
la marina mercante holandesa. 

Acerca de los asuntos de guerra, lo mismo en el mar que en la tie- 
rra, los americanos llevaban la peor parte. Si presentaba mal aspecto 
a fines de diciembre de 1779, todavía se hallaban en peor situación en 
el año 1780. Washington carecía de elementos para atacar a Nueva 
York, aunque la guarnición era bastante escasa. Algo mejoraron las 
cosas en el verano de 1780 con la ida a París del marqués de Lafayette, 
quien pudo conseguir auxilios importantes del gobierno francés. Allá 
fueron dichas fuerzas conducidas por el general conde de Rochambeau, 
reanimando el espíritu del Congreso americano y en general de todo el 



52 HISTORIA DE AMÉRICA 

país. Llegó Rochambeau el 10 de julio a Rhode-Island y se apoderó 
fácilmente de todo el territorio; mas la fortuna seguía sonriendo a los 
ingleses. En los primeros meses del año 1781 el gobierno de los Esta- 
dos Unidos era impotente para continuar la lucha; la Hacienda se ha- 
llaba casi en la bancarrota, el ejército carecía de víveres, la marina 
había quedado reducida a dos fragatas y el comercio de exportación 
estaba muerto. Si la destrucción por los ingleses de los depósitos de 
tabaco existentes en Virginia habían quitado toda esperanza a los ame- 
ricanos de hacerse con metálico, con los poderosos socorros de dinero 
que adelantó Francia, como también por las fuerzas tanto de tierra 
como de mar cedidas generosamente por el gobierno de Luis XVI, 
Washington cobró bríos, decidiéndose a tomar la ofensiva y marchar 
al Sur para destruir las fuerzas de Lord Cornwallis. Púsose en marcha 
con el ejército americano y el cuerpo auxiliar francés por la cuenca del 
Delaware, entrando el 30 de agosto en Filadelfia. El 5 de septiembre 
la escuadra francesa, habiendo derrotado a la inglesa, echó a tierra 
3.000 soldados en Virginia, los cuales se reunieron a las tropas de Lafa- 
yette. El 6 del mes de octubre, Washington, al frente de todas las 
fuerzas americanas y francesas puso sitio a Cornwallis, que estaba en- 
cerrado en Forktown, entre los ríos James y York, en la costa de Vir- 
ginia. La escuadra francesa puso al mismo tiempo cerco a Yorktow. 
Cornwallis, cercado por todos lados, capituló el 19 de octubre, cayendo 
más de 6.000 hombres en poder de Washington. Aquel general y sus 
oficiales fueron puestos en libertad con la condición de no hacer armas 
contra los Estados Unidos en aquella campaña. Lafayette, considerando 
casi concluida la guerra, regresó a Francia. Al cabo de seis años de 
lucha, Inglaterra sólo ocupaba tres ciudades en los Estados Unidos: 
Nueva York, en el Norte; Charleston y Savannah en el Sur. 

Deseaban la paz ingleses, americanos y aliados. Holanda, que ade- 
más de la pérdida de las islas de San Eustaquio, Saba y San Martín, 
en las Antillas, ocupadas por Inglaterra en 1780, veía arruinado su 
comercio a causa de las depredaciones cometidas por los piratas britá- 
nicos, solicitó la mediación del emperador de Rusia. Francia también 
tenía aniquilado su comercio, y su Tesoro apenas podía sufragar los 
gastos de guerra y la subvención de los americanos. España estaba 
igualmente desengañada, porque durante la contienda había perdido 
mucho y nada había ganado. Inglaterra, si bien había peleado valero- 
samente y a veces con fortuna, no quería continuar la guerra, ya por 
el aumento de los impuestos y ya por la decadencia del comercio. Dióse 
el caso que el parlamento, con fecha 4 de marzo de 1782, declaró ene- 
migo del país a todo el que apoyase la continuación de la guerra. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 53 

El 20 del citado mes salió lord North del ministerio, sucediéndole 
Rockinghan; a la muerte del último, que ocurrió el l.o de julio, fué en- 
cargado de la cartera de las colonias Shelburne. Dijo en el parlamento 
el nuevo ministro que Inglaterra estaba conforme con la pérdida de los 
Estados Unidos, estipulando con el Congreso americano por medio de 
sus representantes, que su majestad británica reconocía los Estados 
Unidos como república soberana, libre e independiente, y que renun- 
ciaba a todos, absolutamente a todos sus derechos. El 3 de septiembre 
de 1783 se firmó en París el tratado de paz definitivo entre los Estados 
Unidos e Inglaterra, y al mismo tiempo se sentaban las paces con Fran- 
cia, España y Holanda. El 25 de noviembre evacuaron los ingleses a 
Nueva York y el 23 de diciembre dimitió Washington su cargo de ge- 
neral en jefe en sesión solemne del Congreso, terminando su discurso 
con las siguientes frases: "Concluida está la misión que se me confió, y 
por esto abandono la escena pública. Me despido cordialmente del ilus- 
tre Congreso, al cual hasta hoy he servido; dimito mi cargo y me retiro 
para siempre de la vida pública. „ Franklin, en una carta dirigida a Car- 
los Thomson, escribió lo que copiamos con mucho gusto: "Ya hemos 
realizado, gracias a Dios ; la grande y atrevida empresa de la cual no 
esperaba ver el fin. Algunos años de paz bien aprovechados vigorizarán 
y aumentarán nuestras fuerzas; pero nuestra prosperidad futura depen- 
derá de nuestra unión y de nuestras virtudes cívicas. Durante mucho 
tiempo espiará Inglaterra la ocasión de recuperar lo que ha perdido, y 
si no convencemos al mundo de que somos un pueblo que en todos los 
asuntos internacionales merece entera confianza, si nos mostramos mo- 
rosos en el pago de nuestras deudas e ingratos con aquellos que nos han 
auxiliado, perderemos nuestra fama y la fuerza que de ella podemos 
sacar, y entonces sufriremos nuevos ataques que tendrán mejor éxito 
que los pasados. „ 

"El mundo americano envió al viejo mundo un singular embajador, 
el caballero Franklin. Desde que los emisarios griegos se presentaron 
en las Cortes persas, nunca la libertad había encontrado para dirigirse 
a la enemiga tiranía un embajador tan grande y tan inspirado. Hijo de 
sus obras, representaba el trabajo. Impresor al mismo tiempo y perio- 
dista, llevaba en sus tipos de plomo la bala que debía romper la corona 
■del tirano y en su pluma el rayo de luz que debía iluminar la causa hu- 
mana. Sabio y piadoso, la ciencia que le sugería uno de los mayores 
descubrimientos modernos, jamás le apartó de Dios; y la religión, que le 
hacía bueno y republicano, jamás le estorbó para penetrar en los re- 
cónditos senos de la Naturaleza y revelar sus callados misterios. Fran- 
klin era más que un revelador, más que un ministro, más que un tribu- 



54 HISTORIA DE AMÉRICA 

no, más que un estadista; Franklin, por su ciencia y por su virtud era 
verdaderamente un redentor „ (1). Es inútil — añade Castelar — buscar 
en Washington inspiración sobrehumana, científica; "pero, en cambio, 
por el sentido común que presta el ejercicio habitual de la libertad, por 
el sentido moral propio de una conciencia clara, por la energía de una 
voluntad firme y resuelta, por el cálculo matemático aplicado a la es- 
trategia y a la táctica, por la paciencia en las adversidades y el pro- 
pósito de superarlas y vencerlas, cuando parecen más insuperables y 
más invencibles, supo imponerse con muy noble ascendiente á un pue- 
blo recién emancipado.. .„ (2). Entre los extranjeros que fueron a pelear 
en favor de las colonias americanas se halla en primer término el aris- 
tócrata francés Lafayette. "Ansioso de manifestar con actos la fuerza 
de su pensamiento, no encontró empeño mejor que los combates de Amé- 
rica por su libertad. Y, requiriendo a cuantos quisieran acompañarlo, 
atravesó los mares y arribó al Nuevo Mundo, más humano que los clá- 
sicos héroes de Salamina y de Platea, los cuales peleaban por su pro- 
pia libertad y por su propia patria, mientras él peleaba por ajena pa- 
tria y por la libertad de todos... El desembarcó allí cuando comenzaba 
el primer albor de la libertad. El vio entrar en sus huestes los héroes 
polacos, que, privados de su propia patria, iban a morir, héroes y már- 
tires, por la patria de sus redimidos hermanos. El asistió a la gran gue- 
rra y puso en la mayor y más gloriosa de aquellas batallas el nombre 
suyo al lado de los nombres más ilustres que hayan resplandecido en 
los horizontes del humano progreso. Así, pudo sentarse, como su com- 
pañero, en el hogar de Washington, y ver su estatua junto a la estatua 
del sublime libertador en los campos de América. Y, después, asistió a 
los antiguos Estamentos de los nobles en su antigua patria, pidiendo 
desde su silla cural aquella reunión de los Estados generales, a cuyos 
pies habían de romperse todas las cadenas y proclamarse todos los 
derechos „ (3). 

Sentimos tener que decir que ni el Congreso Constituyente, ni las 
colonias, ni el ejército americano estuvieron a la altura de su misión. 
Es cierto que los Estados Unidos consiguieron su independencia; pero 
si el patriotismo americano comenzó con gran entusiasmo, se fué ex- 
tinguiendo poco a poco y al fin de la guerra casi no existía. Acabóse 
la guerra, más bien que por el valor de las colonias, por el cansancio 
de las naciones beligerantes. Reconocemos, en cambio, que los realistas, 
esto es, los partidarios de Inglaterra, que habitaban especialmente en 



(1) Castelar, llist. de Europa, tomo I, págs. 95 y 96. 

(2) Ibidem, págs. 97 y 98. 

(3) Ibidem, pág. 99. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 55 

el Sur, defendieron con constancia y tenacidad su causa. tt El gobierno 
inglés indemnizó a muchísimos de éstos sus defensores americanos, de 
cuyo número podemos formar una idea sabiendo que esta atención cos- 
tó a Inglaterra ochenta millones de pesetas, sin contar las pensiones 
vitalicias que pagó a otros muchos; de modo, que bien puede decirse, 
que los que habían luchado por la causa de la tiranía, salieron mejor 
recompensados que los que habían luchado y sufrido por la causa de la 
patria,, (1). Por lo que respecta al Congreso americano, no fué genero- 
so, ni aun agradecido, a los que expusieron su vida en los combates y 
soportaron privaciones y fatigas un día y otro día. Cada uno de los 
trece Estados, miraba su bien particular, no el general de la nación. 
El egoísmo de los gobiernos particulares de los diferentes Estados, 
se impuso con bastante frecuencia al gobierno general de los Estados 
Unidos. 

Después de la declaración de la independencia, dice el escritor ameri- 
cano Breck en sus Recuerdos (BecollectionsJ, que la ley era letra muerta 
en América; todos los Estados estaban igualmente arruinados y eran 
igualmente insolventes; la desunión reinaba desde el Maine hasta la 
Georgia, y la anarquía y la confusión iban haciéndose generales. Del 
mismo modo Washington dio a conocer el estado de las cosas con las si- 
guientes palabras: tt El extranjero no puede menos de convencerse de 
que somos tan pronto una sola nación como trece naciones soberanas. 
¿Quién querrá tratar con nosotros en semejantes condiciones?,, Lo que 
verdaderamente agobiaba a la nueva república era la falta de dinero, 
pues se dio el caso de que al llegar el próximo vencimiento de la deuda 
extranjera, el Congreso a duras penas pudo reunir los fondos para pa- 
gar los intereses. 

Tantos males creyeron remediarse con la convocación de un Con- 
greso general constituyente. Fué convocado el 21 de febrero de 1787, 
debiendo reunirse en Filadelfia el segundo lunes de mayo del citado 
año, y comenzaron sus sesiones el 25 de este mes bajo la presidencia de 
Washington. Entre otros insignes varones que formaban parte del Con- 
greso se hallaban Franklin y Hamilton. Celebráronse las sesiones a 
puerta cerrada, no sin prometer todos guardar el secreto de las discu- 
cusiones, a fin de que no trascendiesen al pueblo las desavenencias entre 
los diputados. A tal punto llegaron las rivalidades, que Franklin pro- 
puso comenzar cada sesión con una plegaria, porque "sólo podía salvar 
la empresa el Cielo, ya que el talento de los hombres había agotado 
sus recursos. „ En 17 de septiembre, después de cuatro meses de discu- 

(1) Dr. Ernesto Otón Hopp, Los Estados Unidos de la América del Norte y la guerra separa- 
tista, pág. 86.— Hist. Universal de Oncken, tomo XII 



56 HISTORIA DE AMÉRICA 

sión, fué aprobado el proyecto de Constitución. Según el mencionado 
proyecto, el poder legislativo de los Estados Unidos residía on la Cá- 
mara de representantes, o sea en el Congreso y en el Senado, y el po- 
der ejecutivo en manos del presidente. El presidente tenía la facultad 
de interponer su veto. La interposición del veto producía como resul- 
tado el que la ley necesitara para ponerse en vigor las dos terceras 
partes de votos de senadores y representantes. La elección del presi- 
dente se hacía por sufragio universal directo; el pueblo elegía cierto nú- 
mero de compromisarios, los cuales designaban el presidente. El pueblo 
elegía directamente sus representantes o miembros del Congreso; pero 
los senadores eran elegidos por las asambleas de cada Estado en núme- 
ro de dos, cualquiera que fuese la extensión y población del Estado res- 
pectivo. "El número de representantes o miembros del Congreso sería 
proporcional a la población, por manera que a cada 40.000 almas co- 
rrespondería la elección de un diputado, y para que no quedaran per^ 
judicados los Estados en que los blancos eran pocos y los negros mu- 
chos, se convino en que para la elección de diputados se añadiría al nú- 
mero de habitantes blancos tres quintas partes del número de negros 
de estos Estados; de modo que cuantos más negros vivieran en un Es- 
tado más representantes podía enviar al Congreso y tanto mayor era 
gu influencia,, (1). 

El Congreso resolvió importantes cuestiones acerca de los impues- 
tos, no sin acaloradas discusiones entre los Estados del Norte y los del 
Sur. También por lo que respecta a la esclavitud se hallaron enfrente 
los del Norte y los del Sur, pues al paso que los primeros la combatían 
como contraria a los derechos del hombre y a los principios de libertad, 
consiguiendo que el Congreso aprobase (1787) la proposición de Jeffer- 
son, por la cual se prohibía la esclavitud y la servidumbre forzosa en 
todos los territorios de la Unión situados al Noroeste de Ohío, los se- 
gundos lograron, después de amenazar que se separaban de la Unión, 
la autorización de continuar introduciendo esclavos negros hasta el año 
1808 y de cobrar 50 pesetas de derecho de introducción por cada escla- 
vo, como también lograron la ley de extradición de "las personas su- 
jetas al trabajo „ (esclavos) que se refugiasen desde un Estado en otro. 
Esta última concesión equivalía a un reconocimiento de la esclavitud, 
y al mismo tiempo poderoso medio para aumentar con el número de 
esclavos el de los representantes o diputados, y por consiguiente; la in- 
fluencia de los Estados esclavistas en el Congreso nacional. Buena prue- 
ba de ello es que en el período de 1790 á 1810 se aumentó el número 
de esclavos en un 52,53 por 100 en la Carolina del Norte, un 36,46 por 

(1) Dr. Ernesto Otón Hopp, ob. cit., pág. 91. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 57 

100 en la Carolina del Sur, y un 102,99 por 100 en la Georgia. El Star, 
periódico de Brooklyn (Nueva York) del 14 de abril de 1813, decía: 
«Diez pesos de gratificación. Se ha evadido de la alquería de J. J. Cos- 
saert, en Long-Island, una negra francesa que responde al nombre de 
María. La3 personas que la oculten o le den albergue serán castigadas 
conforme a la ley; pero la que la entregue a su dueño o la deposite en 
la cárcel recibirá la gratificación indicada.» 

Acerca del juicio que merecía la Constitución a los más insignes po- 
líticos, expondremos las opiniones de Franklin y de Jefferson. Fran- 
klin escribió a un tal Carroll lo siguiente: «Nos hemos parapetado con- 
tra un mal de que suelen padecer las naciones antiguas, a saber: el po- 
der excesivo de sus gobiernos; pero temo que hayamos caído en estotro: 
la casi ninguna disposición del pueblo para obedecer.» Las palabras de 
Jefferson a Adams eran éstas: «¿Qué tal le parece a usted nuestra nue- 
va Constitución? Por mi parte confieso que tiene algo que me repugna 
en el alma aceptar. El Congreso no podrá dominar los negocios interio- 
res y los exteriores; el presidente viene a ser mala copia de los reyes 
electivos de Polonia.» 

Dispuso el Congreso constituyente que la nueva Constitución se es- 
tudiase y discutiese en Congresos particulares de cada Estado. Las 
discusiones fueron largas y acaloradas, especialmente entre los dos 
partidos principales, que eran el federal y el republicano particularista, 
designados después, respectivamente, con los nombres de republicano y 
democrático. El primer Estado que aceptó la Constitución federal fué, 
en 7 de diciembre de 1787, el de Delaware; el 12 del mismo mes, el de 
Pensil vania; el 18, el de New- Jersey; y en el año siguiente, hasta el 
26 de julio, la G-eorgia, el Connecticut, Massachussetts, Maryland, la 
Carolina del Sur, New-Hampshire, Virginia y Nueva York. El 21 de 
noviembre de 1789 la admitió la Carolina del Norte y el 29 de mayo 
de 1790 Rhode-Island. Eran casi iguales las fuerzas de ambos partidos, 
según puede verse considerando que en los tres Estados más importan- 
tes a la sazón, venció el partido federal, en el de Massachussetts por 
187 votos contra 168, en Virginia por 89 contra 79, y en Nueva York 
por 30 contra 27. 



CAPITULO III 



PEESIDENCIA DE WASHINGTON: CARÁCTER DEL PRESIDENTE.— PO- 
LÍTICA del Gobierno.— La Hacienda.— La esclavitud.— Re- 
elección de Washington.— Relaciones de los Estados Uni- 
dos con Francia e Inglaterra.— Presidencia de Adams.— 
Política de los Estados Unidos con Francia. — Presidencia 
de Jefferson.— Organización del país.— Estados y terri- 
torios.— Guerra con los indios salvajes.— Adquisición de 
la Luisiana.— Reelección de Jefferson.— Relaciones de 
los Estados Unidos con Inglaterra. — Presidencia de Ma- 
dison. —Política exterior e interior.— Guerra con Ingla- 
terra.— El indio Tecumsé. — Guerra con los cliques. — Ter- 
minación DE LA GUERRA ENTRE LOS ESTADOS UNIDOS E INGLA- 
TERRA.— Fin de la presidencia de Madison. 



El Congreso eligió presidente y vicepresidente de la república res- 
pectivamente a Jorge Váshington y a Juan Adams (4 marzo 1789). El 
partido federalista estaba en el poder. En estos términos ha descrito 
Jefferson el carácter del primer presidente de la república: "Su ge- 
nio — dice — era poderoso y elevado, sin pertenecer a los de primer or- 
den. Su inteligencia era profunda, sin llegar a la altura de la de New- 
ton, de Bacon, ni de Locke. Dentro de los límites de aquella inteligen- 
cia no había criterio más sano que el suyo. Era lento en tomar resolu- 
ciones, porque no era hombre de imaginación ni de iniciativa; pero una 
vez decidido, ejecutaba aquéllas sin vacilar. Sus oficiales afirmaban que 
siempre procedía con acierto después de celebrar un Consejo y oir las 
opiniones de los otros jefes, que solía escuchar atento y tranquilo para 
decidirse luego por lo que le parecía mejor. Jamás otro general ha cal- 
culado más bien las batallas; si en el curso de la campaña algún suceso 
imprevisto destruía sus planes, le costaba mucho trabajo volver a unir 
los cabos sueltos y ajustar las cosas a la variación de las circunstan- 
cias. Por eso tuvo frecuentes descalabros en sus campañas cuando te- 
nía que ir de una a otra parte, y muy pocos cuando operaba contra un 
enemigo que estaba fijo én un punto determinado, como sucedió en Bos- 
ton y Nueva York. No conocía el miedo y arrostraba los peligros per- 
sonales con la mayor serenidad. La prudencia era acaso su cualidad 




FOTOTIPIA LACOSTE. - MADRID. 



Washington. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 50 

más notable. Nunca realizaba una cosa sin haber meditado antes las 
razones en pro o en contra, y sin haber quedado satisfecho del resul- 
tado de sus meditaciones. Si le quedaban dudas, antes de decidirse, 
aguardaba y continuaba observando. Su conducta era inmaculada, su 
rectitud inflexible, como jamás he visto otra; no había intereses ni pa- 
rentesco, ni amistad, ni odio que pudiesen influir en sus decisiones. 
Washington era realmente hombre ilustrado, bueno y grande. Si su 
temperamento se distinguía a veces por su sensibilidad y aun irritabi- 
lidad, dominábale al fin firme voluntad. Sin embargo, si alguna vez se 
dejaba llevar por la ira, era terrible... En general, era un hombre per- 
fecto, malo nunca y en pocas cosas mediano. „ El eminente estadista 
inglés G-ladstone decía que si existiesen pedestales de alturas diferen- 
tes para colocar a los grandes hombres, en relación con la grandeza 
real de cada procer, él (Gladstone) colocaría en el pedestal más alto a 
Jorge Washington. 

Por entonces se organizaron los partidos políticos. Creyó el presi- 
dente que convenía dar cabida en el ministerio a jefes de los dos par- 
tidos, nombrando con tal objeto al federalista Hamilton y al demó- 
crata Jefferson. Encargóse de la cartera de la Guerra el general Knox. 
Si luego se convenció Washington que no era posible un ministerio de 
conciliación o de fusión, la obra realizada por el primer presidente fué 
digna de toda alabanza. Encargado Hamilton de la cartera de Ha- 
cienda, puso todo su empeño en conocer el estado de la situación econó- 
mica, de las obligaciones pendientes y del crédito público. En enero 
de 1790 dio cuenta el ministro de todos sus proyectos; el más impor- 
portante consistía en hacerse cargo el gobierno federal de todas las 
deudas flotantes de los varios Estados. Dividió Hamilton las deu- 
das pendientes en tres clases: la deuda exterior, en parte debida al 
gobierno francés y en parte garantida por el mencionado gobierno; 
el empréstito interior, hecho a nombre de toda la nación; y las deudas, 
ya citadas, de los diferentes Estados. Prestóse a acaloradas discusio- 
nes el pago de las deudas especiales, siendo al fin votado el proyecto, 
gracias al apoyo que Jefferson prestó al ministro de Hacienda. En 1790 
y 1791, Hamilton presentó al Congreso proyectos de ley sucesivos y 
relativos a impuestos, al establecimiento de un Banco nacional y de 
una Fábrica de moneda, y a la reforma de los aranceles de exporta- 
ción e importación; proyectos todos que fueron atacados con tanta vio- 
lencia como injusticia. Encargada la Hacienda del gobierno federal de 
todas las deudas, se necesitaban ingresos para pagar los intereses, a 
cuyo fin creó Hamilton un impuesto sobre las bebidas alcohólicas des- 
tiladas en los Estados Unidos (3 marzo 1791). Aunque el clamoreo que 



60 HISTORIA DE AMERICA 

se levantó contra la ley de alcoholes fué extraordinario, siendo tam- 
bién muy combatido el proyecto de la creación de un Banco nacional, 
se impuso Hamilton con su talento, actividad y energía. 

Bajo el gobierno de Washington se dividieron los Estados Unidos 
en antiesclavistas (los del Norte) y esclavistas (los del Sur). La cues- 
tión de la esclavitud agitaba entonces los ánimos de un modo extraor- 
dinario. Los cuáqueros de Filadelfia y de Nueva York, e igualmente la 
sociedad abolicionista de Pensilvania, mandaron al Congreso — febrero 
de 1790— solicitudes pidiendo la abolición. El Congreso dispuso que ta- 
les solicitudes pasasen a una comisión. Los representantes de los Esta- 
dos del Sur, suscitaron muchos debates, insistiendo siempre en la nece- 
sidad del trabajo del esclavo negro, dado el clima y las clases del culti- 
vo, no sin dirigir punzantes sátiras á los cuáqueros, a los abolicionistas 
de Pensilvania y a los diputados del Norte. Llegaron a decir que esta- 
ban decididos, antes de consentir en la emancipación de los negros, a re- 
sistir con las armas y pelear un día y otro día hasta lograr la victoria. 

Llegó el año 1793, en el cual se terminaban los cuatro de presiden- 
cia de Washington. Fué reelegido y proclamado presidente de los Es- 
tados Unidos por otros cuatro años; también Adams mereció ser reele- 
gido vicepresidente. Entre Jefferson, ministro de Negocios extranjeros, 
y Hamilton, ministro de Hacienda, se promovió guerra enconada y te- 
naz. El primero llegó a decir del segundo que quería acabar con la re- 
pública y entronizar el régimen monárquico. Cansado Jefferson de lu- 
cha tan larga y rendido de fatiga, presentó la dimisión de su cargo el 
31 de diciembre de 1793. Tirantes fueron las relaciones de los Estados 
Unidos con Francia durante el año citado, a causa de la conducta im- 
prudente del embajador francés Genet, quien solicitó con insistencia 
que Washington se declarase enemigo de Inglaterra. Por cierto que a 
la sazón las relaciones de la Gran República con Inglaterra no eran sa- 
tisfactorias, si bien luego se suavizaron las asperezas, contribuyendo a 
ello el nombramiento de embajador extraordinario de Jay, hombre pru- 
dente y hábil, mandado por los Estados Unidos cerca de la Gran Bre- 
taña. Con razón calificó Washington este período como el más difícil 
y comprometido de su gobierno. Por nuestra parte hemos de aplaudir 
la conducta de la nación americana, cuando al estallar la guerra entre 
Francia e Inglaterra, Washington proclamó en 22 de abril de 1793 la 
neutralidad de los Estados Unidos. Los republicanos particularistas 
criticaron apasionadamente esta declaración del gobierno de Washing- 
ton y en Francia causó profundo disgusto la conducta prudente — no 
ingratitud, como la calificaban los escritores franceses — de los Estados 
Unidos. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 61 

Era necesario pensar en el nombramiento del que había de suceder 
a Washington en la presidencia de la república. Decíase que del re- 
sultado de la elección dependía la actitud del gobierno francés para 
con los Estados Unidos. Ya, con fecha 17 de septiembre de 1796, 
Washington hubo de declarar que no admitiría por tercera vez, caso 
de ser reelegido, la presidencia. En efecto, llegó el año 3797 y obtuvo 
Juan Adams mayoría de votos, siguiéndole en el número de sufragios 
Jefferson; de modo que el primero fué proclamado presidente y el se- 
gundo vice-presidente. Justo será advertir que Adams era el candidato 
de la causa federal y Jefferson de los republicanos particularistas. In- 
tentó Adams que terminasen inmediatamente las desavenencias de los 
Estados Unidos con Francia. Mandó a París, además de Pinckney como 
embajador ordinario, a Juan Marshall y a Eldridge Grerry, como em- 
bajadores extraordinarios. Llegó la embajada extraordinaria a París 
el 4 de octubre de 1797, donde Talleyrand y en general todo el Direc-, 
torio apenas hicieron caso de los ilustres americanos. Orgulloso el go- 
bierno francés con las victorias de su general Bonaparte, negóse a re- 
cibir oficialmente a los embajadores, entrando en relaciones con ellos 
para despedirles sin consideración alguna. Como los buques franceses- 
continuaban apresando los americanos, el Congreso no tuvo más reme- 
dio que ordenar armamentos y el embajador Pinckney hubo de decir 
las siguientes palabras: "Para la defensa nacional daremos todos los 
millones que sean necesarios; como tributo a los franceses ni un cénti- 
mo. „ Cuando el entusiasmo por la guerra era mayor en los Estados 
Unidos, Adams, sin consultar a sus ministros, hubo de reconciliarse con 
el Directorio; reconciliación que deseaba Talleyrand, agobiado por tan- 
tas guerras y especialmente con la que sostenía por mar con la Gran 
Bretaña. Supo Washington lo que acababa de hacer A dams y quedó, 
como él mismo dice, helado de espanto. Desde entonces la opinión gene- 
ral del país se puso enfrente del presidente de la república. Por algún 
tiempo se olvidó la conducta de Adams, preocupados todos los espíritus 
en un acontecimiento que causó profunda y general tristeza: Washing- 
ton murió repentinamente el 14 de marzo de 1799. Los Estados Uni- 
dos perdieron al más preclaro de sus hijos. Adams continuó gobernan- 
do cada vez más desacreditado, hasta el 3 de marzo de 1801. 

Jefferson y Burr, candidatos republicanos particularistas, o mejor 
dicho, demócratas, triunfaron de Adams y Pinckney, candidatos fede- 
ralistas. Desde ahora designaremos con los nombres de republicanos y 
demócratas a los dos grandes partidos que habían de alternar en el go- 
bierno de los Estados Unidos. 

Según la ley, la población que no llegaba a 5.000 hombres libres y 



62 HISTORIA DE AMÉRICA 

mayores de edad, tenía derecho a que todo su territorio fuese adminis- 
trado por un gobernador y tres magistrados en forma de Consejo con- 
sultivo, los cuales también administrarían justicia; si la población pa- 
saba de aquel número, podían añadir al gobierno una Asamblea de di- 
putados, que con el Consejo presidido por el gobernador, tendría facul- 
tades legislativas; cuando la población llegaba a 60.000 habitantes, in- 
gresaría en la Unión como Estado libre e independiente, pudiendo dar- 
se una constitución a su gusto, siempre que tuviera por base el régimen 
republicano. Pronto hubo de llegar el caso de aplicar la ley en todas 
sus partes, porque en el año 1791 fué admitido como 14 Estado el de 
Vermont, en 1792 como 15 el de Kentucky y en 1796 como 16 el de 
Tennessee, sin contar algunos territorios. 

Censo de 1790. Censo de 1800. 

Estados y Territorios „ . u - _ , _ _ - _ . 

Habitantes. Esclavos. Habitantes. Esclavos. 

Vermont 85.539 16 154.465 

New-Hampshire 141 . 885 158 I 183 . 658 8 

Maine (llegó a ser Estado en 1820) . 96 . 540 „ 151 . 719 „ 

Massachussetts 378 . 787 „ 422 . 375 „ 

Íthode-Island 68 . 826 948 69 . 122 380 

Conneticut 237.946 2.764 251.002 951 

Nueva York 340.120 21.324 586.058 20.613 

New-Jersey 184.139 11.423 211.149 14.422 

Pensilvania 434.373 3.737 602.548 1.706 

Delaware 59.094 8.887 64.273 6.153 

Maryland 319.728 103.036 349.692 107.707 

Virginia 747.610 292.627 886.149 346.968 

Carolina del Norte 393 . 951 100 . 571 478 . 1 03 133 . 196 

Carolina del Sur 249 073 107 094 345.591 146.151 

Georgia. ... 82.548 29.264 162.686 59.699 

Kentucky 73.677 12.430 220.959 40.343 

Tennessee „ „ 105.602 13.584 

Territorios del Oeste (en junto). 35.691 3.417 „ „ 

Territorio del Noroeste „ „ 46 . 362 „ 

Distrito de Colombia (1) „ „ 14.093 3.244 

Territorio del Mississipí „ „ 8 . 850 3 . 489 

Territorio de Indiana „ „ 1 . 641 135 

Los Estados más poblados de la Unión en los comienzos del si- 
glo XIX, eran los siguientes: Virginia, Pensilvania y Nueva York; los 
menos poblados Dslaware, Rhode-Island y Tennessee. En los Estados 
del Norte se fué extinguiendo poco a poco la esclavitud. Conviene no 
olvidar que en septiembre de 1790 se trasladó temporalmente el go- 

(l; Con la capital Washington, entre los Estados de Virginia y Maryland. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 63 

bierno desde Nueva York a Filadelfia, que contaba con 50.000 habitan- 
tes, y era entonces la ciudad mayor de la Unión, pasando, por último, 
a Washington. 

Si no toca a nuestro propósito referir los hechos acaecidos en la 
guerra sangrienta que desde el año 1785 al 1794 sostuvieron los Esta- 
dos Unidos con los indios salvajes, y en la cual la Gran República su- 
frió algunos reveses, debemos recordar que Jefferson, del partido de- 
mócrata, fué elevado a la presidencia. Sobre este particular decía en 
una carta el insigne Hamilton: "Creo firmemente que Jefferson no se- 
rá tan fiel a sus principios que sacrifique a ellos su popularidad y su 
interés particular. Es seguro de que, como cualquier otro, contempori- 
zará y calculará lo que pueda aumentar su crédito y su conveniencia. 
Con tales hombres se conservan sistemas políticos que, una vez en uso, 
por mucho que hayan sido combatidos antes, no pueden abolirse sin 
grave peligro de la persona que lo intente» (1). Tal idea tenía el nue- 
vo presidente del estado de las cosas, que en una carta dirigida a Li- 
vingston, canciller del Estado de Nueva York, ofreciéndole una carte- 
ra^ — que por cierto no aceptó — le escribía "que prestase su concurso a 
la organización del gobierno republicano, porque hasta ahora, sólo 
hemos tenido una parodia de este gobierno „ (2). Encargóse Madison 
del ministerio de Estado, Gallatin del de Hacienda y Dearborn del 
de la Guerra. Jefferson dirigió toda su política a reformar la manera 
de ser de los Estados del Norte, cuya población, en general, era fede- 
ralista y fanáticamente religiosa. "No espero — tales fueron las pala- 
bras del presidente — gracia ninguna del clero, que crucificó a su Re- 
dentor, porque dijo que su imperio no era de este mundo; y los que tra- 
ten de llevar a la práctica el divino precepto, han de estar preparados 
a ser blanco de la ira de dichos clérigos, los cuales no conocen el per- 
dón. Las leyes modernas no consienten al clero que persiga a sus ene- 
migos a sangre y fuego; pero le dejan las armas de la mentira y la ca- 
lumnia. „ La fortuna se puso al lado de Jefferson en la lucha que sos- 
tuvo con el clero mojigato y necio, logrando hasta el apoyo del mismo 
Estado de Massachussetts, pudiendo decir al terminar el primer año de 
su presidencia, lo siguiente: "En esta legislatura hemos tenido en el 
Congreso de representantes las dos terceras partes de votos; en el Se- 
nado, de 33 votos 18, y en las elecciones próximas la mayoría llegará 
también a las dos terceras partes. „ Acerca de su programa político lo 
expuso con toda claridad en una carta que dirigió a un personaje polí- 
tico de la Carolina del Norte. Era como sigue: 

(1) Obras de Hamilton. 

(2) Obras de Jefferson. ■ • . 



64 HISTORIA DE AMÉRICA 

" L.o Quedan suprimidas las audiencias. 

2.o En adelante será sustituido el discurso de apertura por un men- 
saje que el gobierno comunicará al Congreso, sin pretender contesta- 
ción. 

3.° Las representaciones diplomáticas en Europa se reducirán a 
tres. 

4.° El Congreso fijará la bonificación de los recaudadores y no el 
presidente. 

5.o El ejército será reducido y reformado. 

6.o La marina será reducida al tipo fijado por la ley. 

7.o Todas las oficinas del gobierno, sea cualquiera el ramo a que 
pertenezcan, serán sometidas a revisión. 

8.° Se recomendará al Congreso la mayor economía. 

9.o Desde el principio se ha recomendado al director de Correos 
que no nombre empleados de su departamento a los redactores de perió^ 
dicos, a los extranjeros y a los torys (partidarios del poder central 
con toda clase de atribuciones) porque comprometen la paz pública. 

Y por lo que respecta a la provisión de destinos públicos, si no los 
dio a los federalistas, tampoco hizo destituir a ninguno por sus ideas 
políticas. Bastará decir que en los ocho años de sus dos presidencias, 
sólo fueron destituidos unos treinta por motivos políticos. El hecho más 
importante que se verificó durante la primera presidencia de Jefferson 
fué la adquisición de la Luisiana. El l.o de octubre de 1800 el gobier- 
no español hubo de ceder a Francia la Luisiana. Como el tratado se ha- 
bía tenido secreto, la noticia no llegó a América hasta la primavera 
del año 1802. Jefferson, inmediatamente que lo supo, nombró a Mon- 
roe — gobernador que acababa de ser de Virginia — embajador extraor- 
dinario en París. Napoleón, entonces primer cónsul, consintió en la ven- 
ta de la Luisiana por 75 millones de francos, cuya escritura se firmó 
el 30 de abril de 1803. El 20 de diciembre del mismo año tomaron po- 
sesión los Estados Unidos de todo el territorio. Di cese que Napoleón, 
comprendiendo la preponderancia que la Luisiana había de dar a los 
Estados Unidos, dijo: "He creado a Inglaterra un rival marítimo que 
quizás algún día humillará su orgullo. „ Como algunos no estuviesen 
conformes con la anexión, el ilustre jefe del partido federalista, Ale- 
jandro Hamilton, escribió a Pinckney lo siguiente: "Siempre he creído 
que la unidad de nuestro país y los intereses de la nación exigían la 
anexión de todo el territorio hasta el Mississipí, incluyendo Nueva Or- 
leans.w Cuando los federalistas del Norte iniciaron la idea de separar- 
se de la Unión, Hamilton, abandonando los trabajos de su bufete de 
abogado, les combatió enérgicamente; y lo mismo hizo al ver que aqué- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 63 

líos, unidos con Aarón Burr, vicepresidente de la república, intenta- 
ron nombrar a este último gobernador del Estado de Nueva York, 
para luego, con el apoyo del partido federalista, ocupar tal vez la pre- 
sidencia de los Estados Unidos del Norte. Hamilton, en una reunión de 
federalistas celebrada en Albany el 10 de febrero de 1804, se declaró 
valerosamente contra los proyectos de jóvenes irreflexivos ó poco escru- 
pulosos (1), los cuales apoyaban a Burr, hombre tan débil como am- 
bicioso. Si logró Hamilton lo que se proponía, Burr, viendo perdidas 
sus esperanzas, juró matar a su adversario. Aceptó el desafío Hamil- 
ton, que se verificó el 11 de julio de 1804 en Nueva York. Burr era 
un tirador hábil y Hamilton apenas conocía el manejo de pistola. 
Hamilton disparó al aire, pues no tenía deseo de matar a su contrario, 
y Burr apuntó tan bien, que dejó muerto al insigne jurisconsulto. Con- 
sideróse un asesinato cometido a sangre fría. Así lo dijo y declaró el 
gran jurado de New-Jersey, y el tribunal de Nueva York le despojó 
del derecho de ciudadanía, incapacitándole durante veinte años para 
todo empleo público. Burr huyó a Filadelfia y de allí al Sur, persi- 
guiéndole a todas partes el remordimiento de su conciencia. Lodge, bió- 
grafo de Hamilton, escribió lo que sigue: "Parece que Burr, no mucho 
tiempo antes del desafío y apremiado por la necesidad, había acudido 
a Hamilton, el cual, generoso siempre, le facilitó el dinero que necesi- 
taba. „ Dejó a su viuda siete hijos pequeños. Los Estados Unidos, el 
mundo entero lloraron la muerte de aquel gran patriota, no inferior al 
mismo Washington. Hamilton y Jefferson, representantes de dos par- 
tidos, deben figurar entre las grandes personalidades de la historia y 
sus nombres deben escribirse con letras de oro en los anales de la Gran 
República americana. 

Aarón Burr, el asesino de Hamilton, al frente de un ejército de 
desesperados y perdidos, concibió el proyecto —proyecto sugerido por 
el venezolano Miranda— de apoderarse de todas las colonias españolas 
y formar con ellas gran confederación. Había fijado su residencia en 
casa de un su amigo, rico irlandés, que vivía en una isla en la confluen- 
cia de los ríos Muskingum y Ohío, cerca de Marietta, entre los Estados 
de Ohío y de la Virginia Occidental. El gobierno hizo prender a Burr 
con algunos de sus parciales, se le formó causa y fué absuelto, tal vez 
por el apoyo que le prestaron los federalistas, los cuales no veían en él 
al asesino del jefe de su partido, sino al perseguido por el presidente 
Jefferson, a quien aborrecían con toda su alma. Odiado últimamente 
Burr de todos, acabó el resto de su vida en Nueva York. 

Ocupó Jefferson por segunda vez la presidencia, obteniendo 162 vo- 

(1) Spencer, Historia de los Estados Unidos, tomo II. p&g. 4=>4. 

III * 



66 HISTORIA DE AMÉRICA 

tos, e igual número Clinton como vicepresidente. Los candidatos fede- 
ralistas Pinckney y Rufo King, sólo obtuvieron 14 votos cada uno. Du- 
rante esta segunda presidencia de Jefferson, los Estados Unidos tuvie- 
ron grandes pérdidas a causa de las guerras entre Napoleón e Inglate- 
rra, especialmente después del combate de Trafalgar (21 octubre 1805), 
en cuya época, dueña de los mares la marina británica, abusó de su po- 
der con la de los Estados Unidos, siendo inútiles las reclamaciones y 
protestas de Jefferson, deseoso de conservar la paz y decidido a no to- 
mar parte en favor de ninguna de las dos poderosas naciones de Euro- 
pa. Serios disgustos tuvo también Jefferson — por cuestiones de limites 
en la frontera Oriental de la Luisiana — con España, apoyada por 
Francia. Deseoso el presidente de terminar cuestión tan enojosa y com- 
prometida, dirigió un mensaje al Congreso de representantes para que 
informase acerca de la adquisición del terreno disputado. La Comisión, 
presidida por Randolph — defensor decidido hasta entonces del gobier- 
no — , informó en contra de los deseos de Jefferson, lo cual consideró el 
presidente como una gran contrariedad. Continuaban las piraterías de 
los ingleses, no sólo apresando los barcos americanos, sino los de las na- 
ciones amigas que comerciaban con la república. Todo lo soportaba 
Jefferson con tal de no llegar a la ruptura con Inglaterra. Cuando creyó 
que iba a estallar una explosión del disgusto general, entonces, y sólo 
entonces, encargó a Monroe, embajador de la Unión en Londres, que 
pidiese una satisfacción al gobierno inglés. Aunque éste nada hizo para 
que la paz no se turbase, Jefferson dio largas al asunto, decidido como 
estaba a evitar la guerra a cualquier precio. El noveno Congreso, que 
abrió sus sesiones en l.o de diciembre de 1806, estaba decidido a no tole- 
rar por más tiempo que la marina inglesa apresase y destruyera los bu- 
ques americanos; "pero Jefferson — como escribe el Dr. Hopp — fué apla- 
zando la aplicación de la ley votada por el Congreso, que prohibía la in- 
troducción de mercancías inglesas en los Estados de la Unión, con el 
deseo de no cerrar la puerta a un arreglo pacífico,, (1). Tantas fueron 
las contrariedades que por las causas citadas hubo de sufrir Jefferson 
en los últimos tiempos de su mando, que hubo de decir las siguientes 
palabras: "Jamás preso alguno podrá sentir más alegría al recuperar su 
libertad, que yo sentiré cuando me vea libre de mi cargo. „ El 22 de di- 
ciembre de 1807, el Congreso de representantes, a propuesta de Jeffer- 
son, mandó cerrar los puertos de la república por 82 votos contra 44 y 
el Senado por 22 contra 6. Esta medida perjudicó al comercio de Ingla- 
terra y al de Francia; más todavía al americano. 

En el año 1809 terminó el gobierno de Jefferson, durante el cual 

(1) Ob. cit., pág. 122. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 67 

aumentó la riqueza del país. Recordaremos que en 1803 se confió a los 
capitanes Lewis y Clarke la exploración científica de los territorios to- 
davía desconocidos y que se hallaban al otro lado del Mississipí y las 
costas del Océano Pacífico; y también que en 1807 "hizo Roberto Ful- 
ton su viaje de Nueva York a Albany, por el río Hudson, a bordo del 
Clermont, primer buque de vapor de ruedas, cuya máquina procedía de 
los talleres de Boulton y Wat, en Soho (Inglaterra). Si el Glermont no 
fué el primer buque de vapor que se había construido, puede considerar- 
se como el primero que dio un resultado práctico; pero no se olvide que 
pasó todavía algún tiempo hasta que se generalizó la navegación por 
medio del vapor» (1). Jefferson, hijo de Virginia y propietario de escla- 
vos, defendió el derecho que tenía el blanco para privar de la libertad 
al negro. Sin embargo, su clara inteligencia se manifestó a veces en 
contra de dicha institución y suyas son las siguientes palabras: tt Co- 
rrompe (la esclavitud) la moral del pueblo, y con ella su actividad in- 
dustrial, porque nadie querrá trabajar en un clima cálido, mientras 
haya quien haga el trabajo; así se vé que trabaja sólo una pequeña par- 
te de los que poseen esclavos, y faltando esta base sólida, ¿puede con- 
siderarse asegurada la libertad de una nación?... „ Retirado, después de 
su gobierno a su hacienda de Monticello, allí recibía a amigos y curio- 
sos que diariamente iban a visitarle. Los gastos que tales visitas le oca- 
sionaban, y las deudas contraídas por haber salido fiador de otros, le 
obligaron a vender su librería en 20.000 pesos y murió en la mayor po- 
breza. Llegó a pensar que la guerra entre los Estados del Norte y los 
del Sur, nadie la podría evitar, exclamando: tt ¿Veremos otra vez una 
confederación ateniense? ¿Tendremos de nuevo una guerra del Pelopone- 
so?» Temiendo que la posteridad quisiera manchar su memoria, escribió 
al presidente Madison, en los últimos días de su vida, que le defendie- 
se. "Usted — le decía — ha sido el más fuerte apoyo durante toda mi 
vida; ampáreme también después de mi muerte. „ Con sentimiento hemos 
de censurarle su exagerada afición a las mujeres, llegando a ser piedra 
de escándalo sus relaciones amorosas cod la bella señora Reynolds. Lo 
que no merece indulgencia, fué haber calumniado — según una carta que 
escribió en abril de 1 796 a su amigo el italiano Mazzei— al gran Was- 
hington, cuando públicamente le mostraba admiración, aprecio y amor. 
Madison, ministro de Estado con Jefferson, mereció ser elevado a la 
presidencia por 122 votos y Clinton resultó elegido vicepresidente por 
113. Proclamado Madison el 4 de marzo de 1809, durante todo su go- 
bierno se mostró indeciso y sin iniciativa. Faltábale firmeza de carác- 
ter y fuerza de voluntad, aunque conviene no olvidar que las circuns- 

(1) Dr. Hopp, ob. cit., p&g. 122. 



68 HISTORIA DE AMÉRICA 

tancias eran desfavorables y difíciles cuando se encargó de la presiden- 
cia. La clausura de los puertos tenía los ánimos excitados, el comercio 
interior y exterior se hallaba paralizado, Inglaterra recordaba todavía 
la guerra de la independencia, y Napoleón, en el apogeo de su gloria, 
sentía el más profundo desprecio a las demás naciones europeas y muy 
especialmente a los pueblos americanos. 

En el año 1810 la población de los diferentes Estados era la si- 
guiente: 

Estados. Habitante* 

Virginia 975.000 

Nueva York 959.000 

Pensilvania 810.000 

Carolina del Norte . . . 556.000 

Massachussetts 472.000 

Carolina del Sur 415.000 

Kentucky 407.000 

Maryland 381.000 

Connecticut 262.000 

Tennessee 262.000 

Georgia 252.000 

New- Jersey 246.000 

Ohío 231.000 

Maine 229.000 

Vermont 218.000 

New-Hampshire 214.000 

Luisiana 77.000 

Rhode-Island 77.000 

Delaware 73.000 

Mississipí 40.000 

Indiana 25.000 

Colombia (distrito) . . 24.000 

Misuri 21.000 

Illinois 12.000 

Michigan 5.000 

En el gabinete formado por Madison, conservó Gallatín la cartera 
de Hacienda; Smith pasó de Marina a Estado, si bien la última fué con- 
fiada dos años después (25 noviembre 1811) a Monroe; Pablo Hamilton 
pe encargó de la de Marina y Eustis de la de Guerra. Gallatin y luego 
Monroe fueron los ministros más notables del gabinete Madison. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 69 

Entre las cuestiones interiores, agitó mucho los espíritus la de si el 
territorio de Nueva Orleans debía admitirse como otro Estado en la 
Unión. Aunque la oposición fué ruda, sin embargo, la admisión fué vota- 
da por gran mayoría. Votóse en la misma sesión también la no renova- 
ción del privilegio del Banco nacional de los Estados Unidos. 

En sus relaciones internacionales el gabinete Madison no sabía qué 
camino tomar; le exigía Francia que declarase la guerra a Inglaterra, 
e Inglaterra a su vez le pedía que rompiera toda clase de relaciones 
con Napoleón. En este estado las cosas, en mayo de 1811 ocurrió un 
combate entre el Presidente, buque de guerra de los Estados Unidos de 
44 cañones, y el Little-Belt, buque inglés, de 18 cañones. El barco in- 
glés tuvo que rendirse al norteamericano después de haber perdido 31 
hombres entre muertos y heridos. A su vez los ingleses seguían apre- 
sando buques y marineros morteamericanos. Agotada ia paciencia del 
gobierno de la república, se declaró la guerra, cuando Francia prime- 
ro, y luego Inglaterra (23 de junio), habían revocado los decretos hos- 
tiles al comercio de los Estados Unidos. La noticia llegó cuando la de- 
claración estaba hecha y el partido de la guerra no quiso retroceder. 
El l.o de junio el presidente envió al Congreso de representantes un 
mensaje confidencial en el que decía lo que copiamos a continuación: 
"Nuestra situación la resumiremos en pocas palabras y es la que sigue. 
Inglaterra hace la guerra a los Estados Unidos y éstos continúan en 
paz con ella; es, pues, de importancia suma determinar si hemos de con- 
tinuar espectadores pasivos de los frecuentes saqueos y ultrajes cada 
día mayores, o si hemos de rechazar la fuerza con la fuerza, en defen- 
sa de nuestros derechos naturales... No dudo que vuestra decisión será 
digna del cuerpo que representa a un pueblo varonil, libre y podero- 
so. „ El Congreso de representantes primero, y el Senado después (17 
de junio), redactaron la declaración de guerra en los términos siguien- 
tes: "Decidimos que se declare la guerra, y por la presente la declara- 
mos, entre la Gran Bretaña, con Irlanda y todas sus colonias, y los 
Estados Unidos de América con sus territorios. En su consecuencia, 
autorizamos por la presente resolución al presidente para disponer con 
este objeto de toda la fuerza armada, terrestre y marítima, y a conce- 
der patentes de corso a los buques armados de particulares de los Es- 
tados Unidos contra los buques, los subditos y las propiedades de la na- 
ción a la cual hemos declarado la guerra. „ En la votación de la reso- 
lución que acabamos de copiar pudieron convencerse los partidarios de 
la guerra (Enrique Clay, diputado del Estado de Kentucky, y Caldwell 
Calhoun, que lo era de la Carolina del Sur), que el Congreso y el Se- 
nado no participaban del entusiasmo bélico de ellos. Adoptóse en el 



70 , HISTORIA DE AMÉRICA 

Congreso por 30 votos de mayoría y en el Senado por 19 votos contra 
13. Voces elocuentes protestaron de Ja guerra, especialmente el clero 
protestante de ios Estados del Norte, señalándose los puritanos y cuá- 
queros. 

Nombróse general en jefe a Dearborn, y bajo sus órdenes habían 
de estar los generales Wilkinson, Hampton, HuU, Bloomfiiele y otros. 
Hull, que debía operar en el Canadá, hubo de rendirse (16 de agosto) 
sin disparar un tiro. El general Bensselaer sufrió grandes pérdidas por 
el lado del Niágara y del lago Ontario, y su sucesor Smith huyó ape- 
nas estuvo enfrente del enemigo. Aunque el general en jefe Dearborn 
avanzó hacia el Norte, también la fortuna se le mostró esquiva y tuvo 
que retirarse a sus cuarteles de invierno. Equivocáronse, pues, Jeffer- 
son y todos los que habían recomendado la guerra terrestre y la con- 
quista del Canadá. Por lo que toca a la guerra marítima, los barcos 
norteamericanos se portaron brillantemente en todas ocasiones. No pu- 
dieron registrarse, grandes combates, porque la marina de guerra ame- 
ricana estaba reducida a ocho fragatas y 12 chalupas, pudiendo sólo lu- 
char con sus enemigos en encuentros sueltos, pues la marina inglesa la 
componían más de 700 cruceros y más de 1.000 buques. 

La campaña siguiente, la de 1813, también fué fatal para los Esta- 
dos Unidos. Cerca de Frenchtown, no lejos del fuerte canadiense de 
Malden, el general americano Vinchester sufrió terrible derrota, sien- 
do hecho prisionero con toda su fuerza. En la fortaleza Meigs, a orillas 
del río Miami, el general Harrison se sostuvo valerosamente peleando 
contra las tropas inglesas. En el Norte, si los americanos tomaron a 
York, capital del Alto Canadá, los fuertes de George, a orillas del Niá- 
gara, y el de Erie, junto al lago del mismo nombre, huyeron cerca de 
Sacketts Harbour y cerca de Stony Creek, no teniendo valor para re- 
sistir en York, ciudad que abandonaron, reconquistándola los ingleses. 
Dos victorias, una en el mar y otra en la tierra, resgistran los ameri- 
canos en esta campaña: el combate naval en el Jago Erie y la batalla 
junto al río Támesis. Lucharon 9 buques americanos con 56 cañones, 
contra 6 buques ingleses con 65 cañones: la escuadra inglesa fué des- 
truida. A orillas del Támesis el general americano Harrison derrotó al 
general inglés Proctor, haciéndole 600 prisioneros; murió en esta úl- 
tima acción el jefe indio Tecumsé, fiel aliado de los ingleses y enemigo 
mortal de los americanos. 

Veamos cómo un autor americano de reconocida veracidad, Clai- 
borne, describe la visita que Tecumsé hizo al pueblo crique: tt Vi salir 
a los chanis (los indios que acompañaban a Tecumsé) de su campa- 
mento, todos pintados de negro, completamente desnudos a excep- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 71 

ción de un mandil de piel y armados sólo de una maza de guerra; pa- 
recían procesión de diablos cuyas caras reflejaban odio feroz. Tecumsé 
iba delante y sus compañeros le seguían uno tras otro. Los criques for- 
maban calle a ambos lados del sendero, en densas masas; los chanis, 
sin mirarlos marcharon hasta el centro, donde estaban sentados delante 
de su morada el jefe y los guerreros principales de la tribu. Los chanis 
lanzaron su aullido de guerra y después ofreció Tecumsé al jefe de 
los criques un vampum (1) que de las manos del jefe pasó a las de sus 
guerreros principales y sucesivamente a las de todos los demás. Ha- 
biendo dado la vuelta, encendieron los chanis su pipa de paz y tam- 
bién dio la vuelta, tomando cada individuo de una y otra tribu una 
chupada. Todo esto se hizo en un silencio tal, que se podían oir caer 
las hojas que se desprendían de los árboles, aunque tampoco se movía 
la atmósfera. Luego que hubo dado la vuelta la pipa, comenzó a hablar 
Tecumsé con acento grave, lentamente y con voz sonora; poco a poco 
se fué animando, el acento se hizo apasionado, luego salvaje, las pala- 
bras y períodos salían como impetuoso torrente de la boca del orador, 
que erguido, con la mirada chispeante, estaba en medio de aquella 
gente como el rey de las selvas. Su fisonomía expresaba, ya pena y 
cuidado, ya escarnio y odio feroz. He oído durante mi vida muchos 
grandes oradores: pero ninguno que igualara a Tecumsé. En todas las 
caras se pintaba el efecto, que producía el discurso en los espíritus de 
los que allí escuchaban silenciosamente, y cuando hubo concluido, la 
agitación era tan grande que el jefe crique empuñó su cuchillo y los 
guerreros, como sedientos de sangre, blandieron los suyos. Pasada esta 
explosión de ira, se restableció el silencio como antes, se volvió a en- 
cender la gran pipa de paz, que dio la vuelta, y concluida esta ceremo- 
nia se levantaron los chanis dando un brinco y luego un grito de gue- 
rra, marchándose graves y silenciosos uno tras otro como habían veni- 
do,, (2). Después de la muerte de Tecumsé, los criques se retiraron a sus 
enmarañadas selvas, de las cuales salían para degollar a los blancos 
que cogían e incendiaban aldeas, caseríos y cosechas en las fronteras 
de la Georgia y de las Carolinas. Hasta tal punto llegó la barbarie de 
los criques que en el año 1813 se apoderaron del fuerte de Mimm, situa- 
do a unos 96 kilómetros al Norte de Móbila, donde se habían refugiado 
553 colonos, que fueron martirizados, logrando sólo salvarse cinco o 
seis. Para castigar a estos salvajes fué nombrado jefe Andrés Jackson, 
quien, con admirable sangre fría, casi llegó a exterminarlos. 



(1) Cinturón de pequeñas correas colgantes a modo de flecos y adornadas de pedazos de con- 
chas; prenda que se enviaban las tribus indias en señal de paz y alianza, 
(sí) Life and Times o f general Samuel Dale. 



72 HISTORIA DE AMÉRICA 

Continuaba la guerra — guerra de exterminio — entre Inglaterra y 
los Estados Unidos. La Unión recordará con tristeza el año 1814, pues 
la suerte favoreció pocas veces a la Gran República. Pelearon, sin em- 
bargo, con extraordinario valor lo mismo los ejércitos que las escuadras. 
Jackson no se desalentó en la contienda, aunque los ingleses habían 
ocupado casi sin resistencia a Washington, incendiando parte de los edi- 
ficios públicos, el Capitolio con los edificios destinados al Congreso de 
representantes, el Senado, el Ministerio de la Guerra y el de Hacien- 
da, el palacio del presidente, el puente sobre el Potomac y otros. El 14 
de diciembre desembarcó cerca de Nueva Orleans un ejército inglés de 
12.000 hombres, conducido por una escuadra de 50 buques y mandado 
por el general Packenham, cuñado de Wellington. Defendió la plaza el 
general Jackson. El 8 de febrero de 1815 emprendieron el ataque los 
ingleses, siendo rechazados, teniendo 2.000 bajas entre muertos y heri- 
dos. Salvóse Nueva Orleans, muriendo en la pelea el general en jefe 
Packenham. Se retiraron los ingleses, y mientras tanto se firmó la paz 
entre los Estados Unidos e Inglaterra. 

Pasaron tranquilos y en paz los últimos años de la presidencia 
Madison. Poco a poco se fué arreglando la Hacienda, se reconstruyeron 
en las fronteras del Noroeste las poblaciones que habían sido destrui- 
das, se levantaron los edificios que los ingleses quemaron en Washing- 
ton y el territorio de Indiana fué admitido como Estado en la Unión. 
Al terminar en 1817 la segunda presidencia de Madison, éste se retiró 
de la vida pública a su hacienda de Montpellier, no muy lejos de la de 
su predecesor Jefferson, donde pasó el resto de su vida gozando del 
respeto y consideración de sus conciudadanos. 




FOTOTIPIA LACOSTE - MADRID. 



MONROE. 



CAPITULO IV 



Presidencia de Monroe: su política con España.— La Florida. 
Tejas.— Esclavistas y antiescl avistas. — Doctrina de Mon- 
roe.— Proteccionistas y libre-cambistas.— Censo de pobla- 
ción en 1820. — Presidencia de Adams: su política con las 
repúblicas de raza española.— haití.— cüba.— lafayette 
en los Estados Unidos. — Prosperidad del país. — Presiden- 
cia DE JACKSON.— EL MINISTERIO. — LOS EMPLEADOS. — CENSO DE 

población en 1830.— Georgia.— La inmigración.— Supresión 
del Banco Nacional.— Reelección de Jackson.— Deuda pu- 
blica.— Guerras. — Chicago. — Presidencia de Van Burén. 
Crisis monetaria.— Tejas.— Presidencia de Harrison. — Go- 
bierno de Tyler. — Relaciones exteriores. — La esclavitud. 
Presidencia de Polk.— Anexión de Tejas. — Esclavistas y 
anti-esclavistas.— Censo de población en 1840 y 1850.— Cues- 
tión del Oregón.— Guerra con México. — La esclavitud. 
Presidencia de Taylor: el gobierno. — California y Nuevo 
México. — El vice -presidente Fillmore. — Proposición de 
Clay. — Conspiraciones en Cuba.— Presidencia de Franklin 
plerce: su gobierno.— u la choza del tío tom„. — los sepa- 
RATISTAS cubanos.— Presidencia de Buchanam: su gobierno. 
El esclavo Scott.— Lincoln.— Brown.— El Utah y el Colo- 
rado.— Censo DE POBLACIÓN EN 1860. 



Jacobo Moaroe y Daniel D. Tompkins fueron elegidos presidente y 
vicepresidente de la república. El 4 de marzo de 1817 prestó juramento 
Monroe, fundador — como entonces y después se dijo — de la Era de la 
concordia. Aunque no le consideramos un genio, ni mucho menos, era 
laborioso, reservado y conocedor de la política y de la administración. 
Para enterarse de la situación y fuerza de los partidos políticos hizo un 
viaje a los Estados del Norte, siendo recibido en todas partes con gran- 
des honores. Al año siguiente hizo otra excursión por los Estados del 
Sur, recibiendo iguales muestras de simpatía. 

Monroe, durante sus dos presidencias, tuvo el siguiente ministerio: 
J. Quincy Adams, ministro de Estado; Calhoun, de Guerra; Crawford, 
de Hacienda, y Wirt, de Justicia. 



74 HISTORIA DE AMERICA 

Cuando Monroe se encargó de la presidencia estaba la república en 
buenas relaciones con las naciones de Europa, exceptuando con Espa- 
ña, pues todavía se hallaba sin resolver el asunto de la Florida. A la 
sazón las colonias españolas, imitando el ejemplo de los Estados Uni- 
dos, se disponían a separarse de la madre patria: más que a España, 
odiaban el gobierno de Madrid. El gobierno de los Estados Unidos ha- 
bía proclamado la neutralidad; si bien no podía impedir — dada la ex- 
tensión de las costas de la Gran República y la poca vigilancia de al- 
gunas autoridades — que barcos norteamericanos, izando la bandera de 
los insurgentes, capturasen buques españoles y perjudicaran al comer- 
cio de esta nación. Aunque el presidente, obrando de buena fe, excitó 
a todas las autoridades de la Unión a que velasen por el estricto cum- 
plimiento de la ley de 1816 (1), ya entonces muchos levantaron su voz 
en favor de los insurrectos de las colonias españolas. Tiempo adelante 
Enrique Clay, presidente del Congreso de representantes, propuso el 
reconocimiento de la república de Buenos Aires y el envío de un emba- 
jador: la Asamblea, más prudente, no aceptó la proposición. Es de ad- 
vertir que antes, no sólo Buenos Aires, sino otras partes de la América 
española, habían proclamado su independencia. Además, no pudiendo el 
gobierno absoluto de Fernando VII restablecer el orden y la tranquili- 
dad en la Florida, habitada por tribu india de la rama crique y nido de 
piratas, se vio obligado el gabinete Monroe a mandar al general Jack- 
son, quien hubo de ocupar gran parte del territorio español. Quincy 
Adams, ministro de Estado, convenció al gobierno español de la conduc- 
ta correcta del general Jackson, y después de largas negociaciones, con- 
sintió España en ceder a los Estados Unidos en la cantidad de v cinco 
millones de pesos toda la Florida. Nombrado Jackson gobernador de 
aquel territorio, cometió tropelías sin cuento a ciencia y paciencia del 
gabinete de Washington. "Había llegado a ser — escribe su biógrafo Sum- 
ner — un potentado a la manera de los grandes nobles del siglo pasado. 
Agraviar a Jackson era exponerse a un castigo excepcional; contrariar 
su voluntad era hacerse blanco de sus iras y nadie se atrevía a ello.„ 

En aquellos días preocupaba a Monroe un asunto de verdadera im- 
portancia, y era, si convenía o no a la Unión la agregación de Tejas. 
Deseaba el presidente que Tejas formara parte de la Gran República; 
temía, sin embargo, que aumentar el territorio con un país tan vasto ; 
pudiera ser causa en lo sucesivo — dado el crecido número de esclavos 
del dicho Tejas — de graves conflictos en la política de los Estados Uni- 
dos. Monroe, hijo de Virginia, el gran mercado de esclavos, supeditaba 

(1) El gabinete de Madison publicó en el citado año una ley imponiendo severos castigos a Ío8 
que faltesen á la neutralidad. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 75 

el interés de la patria chica al bien de la patria grande. Es de advertir 
que ya habían sido admitidos en la Unión Kentucky y Vermont, des- 
pués Mississipí e Indiana, y en 1818 Alabaraa e Illinois; de suerte que 
la nación americana comprendía 22 Estados, de los cuales correspon- 
dían lia cada uno de los dos grandes partidos, al anti- esclavista y al 
esclavista, al del Norte y al del Sur. Cada día presentaba carácter más 
odioso la esclavitud. Las crueldades que cometían los traficantes en 
negros excedían con mucho a las referidas por la insigne escritora ame- 
ricana Reecher Stowe en su novela La choza del tío Tomás. Predomi- 
naban en los Estados del Norte los pequeños propietarios, y en los del 
Sur los grandes hacendados. Tenían éstos al frente de sus haciendas 
capataces o mayorales inhumanos y brutales. Contaba el Norte con 
mayor número de ciudades y más pobladas que las del Sur. y como la 
vida mercantil adquiere mayor desarrollo cuando la población es más 
densa, resultaba allí el comercio más floreciente. En el Norte creció y 
prosperó la población industrial, y en el Sur aumentó la esclava. 

La admisión del Misuri entre los Estados de la Unión ocupó la aten- 
ción del Parlamento tres legislaturas y las discusiones fueron empeña- 
das. Admitir el citado territorio implicaba una cuestión de suma grave- 
dad, cual era de si se permitiría o no la esclavitud en el nuevo Estado, 
pues el admitirla equivalía a privar de la libertad a todo el extenso 
territorio conocido con el nombre de Luisiana. La mayoría de los habi- 
tantes del nuevo Estado pedían, no sólo ser admitidos en la Gran Re- 
pública, sino autorización para emplear esclavos. Que el asunto era 
grave y transcendental es evidente, por cuanto si el número de Esta- 
dos esclavistas era igual al de anti-escl avistas, con la admisión de Mi- 
suri quedaba destruido el equilibrio. En el Senado y en el Congreso, en 
los Parlamentos de los Estados y en Asambleas públicas, en todas par- 
tes sólo se hablaba de la esclavitud, presentando a los Estados Unidos 
teniendo en una mano los derechos naturales del hombre y en la otra 
blandiendo el látigo ensangrentado del amo o capataz de negros. En el 
estado de excitación de los ánimos, aconteció que el Maine — que hasta 
entonces había formado parte del Massachussetts — pidió ser admitido en 
la Unión como Estado independiente. Con esto pudo el Congreso de re- 
presentantes salir del compromiso, pues el Maine, como Estado del 
Norte, era anti-esclavista, pudiendo entonces consentirse al Misuri la 
esclavitud sin destruir el famoso equilibrio. Con fecha 3 de marzo 
de 1820 se votó la ley, y por ella el Congreso de representantes y el 
Senado admitieron a los dos nuevos Estados. Entretanto, los habitan- 
tes de Arkansas habían solicitado de la Cámara de representantes la 
categoría de territorio para su país, hasta que la población no llegase 



76 HISTORIA DE AMÉRICA 

al número necesario y formara Estado, logrando lo que solicitaban el 
16 de diciembre de 1818 (1). Siendo esclavista el Arkansas, como el 
Misuri y la Luisiana, el Congreso introdujo en la correspondiente ley 
una enmienda del diputado Thomas, del Illinois, para que en todo el 
resto del territorio ya citado de Luisiana, quedase prohibida la escla- 
vitud desde la latitud de 36° 30' al Norte. Por el momento el pueblo 
americano, en general, se conformó con la ley, si bien en algunos pun- 
tos se levantaron protestas de desagrado. Llegó un momento en que 
todo parecía arreglado; mas no fué así, como veremos tiempo adelante. 
Bajo la administración de Monroe prosperaron mucho los Estados Uni- 
dos: se hicieron muchas carreteras y canales, y mejoró bastante la Ha- 
cienda pública; aumentó la industria fabril de un modo extraordinario; 
se extendió el comercio interior. 

Acerca de los asuntos exteriores, los Estados Unidos fueron la pri- 
mera potencia que reeonoció a las repúblicas españolas, siguiéndoles 
pronto Inglaterra. Después que los Estados Unidos efectuaron el dicho 
reconocimiento, Rush, embajador de aquéllos, fué preguntado por el mi- 
nistro inglés Canning qué política pensaba seguir su gobierno. "Mi país 
— dijo — ha reconocido la independencia de esas repúblicas hispano- 
americanas, y desea que sean admitidas entre las demás naciones. „ 
Monroe aprobó el lenguaje de su embajador y le escribió lo que sigue: 
"No habría podido usted contestar mejor, aunque hubiese recibido la 
opinión escrita de todo nuestro gabinete. „ En el mensaje que Monroe 
presentó al Congrego de representantes (2 diciembre 1823), expuso la 
doctrina que lleva su nombre. tt Al abrirse la última legislatura — tales 
fueron sus palabras— había dicho este gobierno que entonces se traba- 
jaba mucho en España y Portugal para mejorar la posición de aquellos 
dos pueblos, los cuales eran gobernados con tolerancia extraordinaria. 
Excusado es decir que la experiencia ha probado todo lo contrario. 
Nosotros hemos seguido siempre con constante interés y atención los 
sucesos que se desarrollan en Europa, con la cual tenemos tantas rela- 
ciones y de la cual descendemos; los ciudadanos de los Estados Unidos 
están animados de los mejores sentimientos a favor de la dicha y liber- 
tad de sus semejantes, que viven al otro lado del Océano. Jamás he- 
mos tomado parte ni en las guerras de las potencias europeas ni en los 
asuntos que les atañen, pues semejante política sería contraria a nues- 
tra conducta. Sólo cuando vemos atacados ó seriamente amenazados 
nuestros derechos, vengamos los ultrajes ó preparamos nuestra defensa. 
En cambio nos hallamos interesados irremisible y directamente en to- 
dos los sucesos y movimientos que ocurren en nuestro hemisferio, y 

(1) Hasta el año 1336 no fué admitido como Estado. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 77 

esto por razones que debe tener muy presentes todo observador ilus- 
trado e iniparcial. La primera razón es que el sistema político de las 
potencias europeas es completamente distinto del americano, y la se- 
gunda es la defensa del gobierno que nos hemos dado nosotros a costa 
de mucha sangre, que se ha consolidado por la sabiduría de nuestros 
conciudadanos más ilustres y bajo el cual hemos prosperado con una 
fortuna sin ejemplo. Para la defensa de este gobierno, la nación está 
dispuesta a sacrificarlo todo, y por lo mismo debemos a nuestra since- 
ridad y a las buenas relaciones de los Estados Unidos con aquellas po- 
tencias la siguiente declaración: Que consideraremos peligrosa para nues- 
tra paz y seguridad toda tentativa que hicieren para implantar su sistema 
de gobierno en cualquiera parte de este hemisferio. No nos hemos ocupado 
ni nos ocuparemos, de las colonias hoy existentes, o de los territorios 
dependientes de cualquiera potencia europea; pero respecto a los go- 
biernos independientes que se han formado, que sostienen su indepen- 
dencia y que hemos reconocido como tales después de maduro examen, 
y dejándonos guiar por los principios de justicia, habremos de conside- 
rar como hostilidad a los Estados Unidos toda intervención de cualquie- 
ra potencia de Europa, ya para oprimir a estos pueblos, ya para im- 
ponerles otro gobierno distinto al que ellos se han dado. En la guerra 
entre los nuevos pueblos y España, hemos declarado nuestra neutrali- 
dad al reconocer su independencia, y esta conducta seguiremos obser- 
vando siempre que no ocurran sucesos que exijan, a juicio de este go- 
bierno, una rectificación de su política. „ Lo anteriormente expuesto, 
que se llama política de Monroe, era lo que pensaban los políticos de la 
Gran República; era la opinión general del país. Seguramente dicha 
doctrina la consultó con su gobierno y fué bien recibida por el Congre- 
so, porque se hallaba en la conciencia de los representantes. Europa, 
preocupada con la política de la Santa Alianza, se cruzó de brazos y 
dejó a los pueblos americanos que se gobernasen según su voluntad. 

Otra cuestión, también de gran importancia, vino a enardecer los 
ánimos durante las dos presidencias de Monroe. Los proteccionistas, 
que tenían la fuerza en los Estados del Norte, y los libre -cambistas, 
que contaban con el apoyo de los Estados del Sur, se declararon ene- 
migos y se hicieron guerra cruel y despiadada. 

Como nota final relativa a la presidencia de Monroe conviene tener 
muy en cuenta que continuaban los trabajos de reconstrucción del Ca- 
pitolio en Washington; en el año 1819 estaba terminado el palacio, del 
presidente, llamado la Casa Blanca, y las dos alas, la del Norte, que 
ocupaba el Senado, y la del Sur, donde se hallaba la Cámara de repre- 
sentantes; todavía se trabajaba en la parte central y su cúpula. A la sa- 



78 HISTORIA DE AMÉRICA 

zón, la capital federal era población pobre, con pocos edificios buenos, 
sin higiene y casi sin vida. Monroe dejó la presidencia el 4 de marzo 
de 1825, y se retiró a la vida privada, después de haber gastado su 
hacienda en el servicio de la patria. Hubo de aceptar — pues su pobre- 
za era mucha— el cargo de Rector de la Universidad de Virginia. 

En el año 1820 la población de los diferentes Estados era la si- 
guiente: 

ESTADOS Habitantes. 



Nueva York 1 . 373 000 

Virginia 1 .065.000 

Pensil vania 1 . 049 . 000 

Carolina del Norte ... 639 . 000 

Ohío 581.000 

Kentucky 564.000 

Massachussetts 523 . 000 

Carolina del Sur. ... . 503.000 

Tennessee 423.000 

Maryland . .. 407.000 

Georgia.... 298.000 

Maine... 298. 000 

New- Jersey 276.000 

Connecticut 275 . 000 

New-Hampshire... 244 . 000 

Vermont 236.000 

Luisiana 153.000 

Indiana 147.000 

Alabama 128.000 

Rhode-Island 83.000 

Mississipí 75.000 

Delaware 73.000 

Misuri 67.000 

Illinois 55.000 

Colombia.. 33.000 

Arkansas 14.000 

Michigan 9. 000 

Juan Quincy Adams, tomó posesión de la presidencia de la repú- 
blica el 4 de marzo de 1825. Juan C. Calhoun fué elegido vice-presi- 
dente. Formaban el ministerio, Clay en Estado, Rush en Hacienda, 
Barbour en Gruerra, Southard en Marina y Wirt en Justicia. Rufoking 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 7<> 

fué nombrado embajador en Londres, cargo que dimitió al poco tiempo 
a causa de sus muchos años. Nada hizo Adams para conseguir la pre- 
sidencia. "Si la nación — dijo — quiere que sea presidente, no me negaré 
a ello; pero no solicito el voto ni el apoyo de nadie: si no me eligen, 
será para mí un aviso de que la nación no está contenta de mis traba- 
jos administrativos. „ Adams era laborioso, sobrio y severo; como hijo 
del Norte y puritano no conocía el lujo ni los exagerados goces de la 
vida. Era prudente demócrata y proteccionista moderado. Dícese que 
era desconfiado, hasta el punto que veía en las cosas más sencillas mó- 
viles maliciosos y bajos. En el mensaje que envió al decimonono Con- 
greso de los Estados Unidos (4 diciembre 1825), dijo lo siguiente: u Las 
repúblicas de la América del Sur se han puesto en relaciones entre sí, 
conforme lo exigía su transformación de colonias dependientes en repú- 
blicas independientes, y han decidido reunirse todas en un Congreso 
que debe celebrarse en el istmo de Panamá y en el cual todas deben 
tomar parte para deliberar sobre sus intereses comunes. Las repúblicas 
de Colombia, México y las de la América Central, han enviado ya sus 
delegados y han invitado a los Estados Unidos a hacerse representar 
también en este Congreso por delegados. Esta invitación ha sido acep- 
tada y se enviarán delegados de los Estados Unidos que tomarán parte 
en los debates del Congreso hasta donde lo permite nuestra neutralidad, 
de la cual no queremos apartarnos, ni lo desean tampoco los demás Es- 
tados americanos. „ ¡Decir que no querían apartarse de la neutralidad 
los decididos protectores de las repúblicas de raza española! El Con- 
greso fué nueva aplicación de la doctrina de Monroe, aunque, a decir 
verdad, no dio ningún resultado práctico. Otro asunto agitó también la 
opinión pública y fué el reconocimiento que deseaban algunos, como 
Estado independiente, de la república de Haití, formada de negros, que 
se habían separado de Francia. La idea sólo de que fuese reconocido 
un pueblo de negros como nación hermana, originó protesta enérgica 
entre los esclavistas, poniéndose a la cabeza de ellos el diputado Hay- 
ne, de la Carolina del Sur. También bullía en la mente de muchos la 
idea de conquistar la isla de Cuba, idea que combatieron los antiescla- 
vistas del Norte, los cuales no dudaban que al entrar la perla de las 
Antillas en el territorio de la Unión, se aumentaría el número de los 
Estados esclavistas. Sin embargo, mostráronse algunos tan exigentes, 
que Adams escribió en el año 1825 al embajador de los Estados Unidos 
en Madrid lo que copiamos: "Es casi imposible resistir a los que creen 
en la necesidad de la anexión de Cuba a la Unión. „ 

A fines del año 1825 Lafayette, después de pasar larga temporada 
en los Estados Unidos, se embarcó para Francia. Suntuosas fueron las 



SÜ HISTORIA Dü AMÉRICA 

fiestas con que los americanos obsequiaron a su ilustre huésped. En los 
banquetes se brindó por los tres grandes libertadores del mundo: 
Washington, Bolívar y Lafayette, y el Congreso hizo a este último 
donación de unos 20.000 acres de terreno y 200.000 pesos en diñe- 
ro (1). 

Poco antes de embarcarse asistió a la gran solemnidad de la aper- 
tura del canal de Erie, el mayor de los Estados Unidos, y el cual ha 
sido para el Estado y ciudad de Nueva York fuente inagotable de 
prosperidad y de riqueza. Buques de vapor, correos, calzadas, alum- 
brado por gas y canales, industrias y comercio, todo aumentó y pros- 
peró durante la presidencia de Adams. Hiciéronle guerra los fracma- 
sones, le combatió el Estado de Georgia y fué calumniado. Nada im- 
porta. Su nombre figurará siempre entre los grandes presidentes de la 
república. Juan Quincy Adams y su padre Juan Adams fueron hasta 
entonces los únicos presidentes que no habían sido reelegidos. Ellos 
consideraron el gobierno como pesada carga y nada hicieron en favor 
de su elección, ni menos ofrecieron empleos y mercedes. 

Eiíi las elecciones presidenciales que comenzaron el 31 de octubre 
hasta el 19 de noviembre de 1828, Jackson y Calhoún resultaron ele- 
gidos para ocupar la presidencia y vicepresidencia de la república. 
Un hombre rudo, vengativo y mal educado fué elevado al puesto más 
importante de la nación. "El día en que Jackson tomó posesión de la 
presidencia — escribe el Dr. Hopp — , sus partidarios más inteligentes 
comenzaron a sentir algo como escalofríos al ver la muchedumbre soez 
que se apiñaba detrás del nuevo presidente y penetraba con él en el 
palacio, cuya morada consideraba como suya. Un testigo ocular refiere 
que los hombres arrancaban de las manos de los criados cuantas bebi- 
das y refrescos llevaban para ofrecerlos a los huéspedes que en estas 
ocasiones debían acudir a la Casa Blanca con el objeto de felicitar y 
ofrecer sus respetos al nuevo presidente. En una contienda que tuvie- 
ron aquellos hombres groseros para arrebatar los manjares contenidos 
en las fuentes colocadas sobre las mesas del buffet, rompieron vajillas 
por valor de algunos miles de pesos y vaciaron barriles de ponche; rús- 
ticos colonos fronterizos se subían encima de elegantes sofás tapizados 
de damasco, en tanto que otros apartaban a codazos a los embajadores 
extranjeros para apoderarse de las copas y helados, llegando en una 
ocasión a no poderse mover el presidente, apretado contra la pared por 
la muchedumbre. El testigo del cual copiamos esta reseña, el juez 



(1) Debió tener presente la citada Asamblea que en 1812 las Cortes españolas de Cádiz conté 
dieron a lord Wellington el coto de Boma, y en 1818 el Congreso de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata dio a los sucesores y descendientes de San Martín valiosa finca. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 81 

Story, añade: "Jamás he visto tanta confusión y mezcla de gente; me 
parecía estar en el palacio del rey de la chusma. „ (1). 

Componíase el ministerio: de Van Burén, en Estado; de Ingbam, en 
Hacienda; de Eaton, en Guerra; de Branch, en Marina, y de Berrien, 
en Justicia. Creóse el ministerio de Comunicaciones, que ocupó Barry. 
El nuevo presidente, sin consideraciones de ningún género, hizo decla- 
rar cesantes a todos los empleados nombrados por gobiernos anterio- 
res. Desde entonces, sabiendo los empleados que sólo podían contar con 
su empleo y sueldo por un período de cuatro años, se hicieron muchos 
de ellos defraudadores y aumentaron cada día las defraudaciones. Para 
cubrir de cierta manera tanta inmoralidad se llamó a los defraudado- 
res hombres listos o ingeniosos, y a las defraudaciones irregularidades. 
El senador Holmes, en célebre discurso, calculó en 2.000 el número de 
empleados civiles destituidos desde el 4 de marzo de 1829 al 22 de 
marzo de 1830. Jackson, el gran demócrata, se había convertido en 
autócrata y se hallaba influido por ignorante camarilla, cuyo perso- 
naje principal era Amos Kendall. Por entonces un asunto particular 
hubo de transcender a la política y trajo fatales consecuencias (enero 
de 1829). Eaton, poco después nombrado ministro de la Guerra, con- 
trajo matrimonio con la viuda de un corredor del puerto e hija de un 
tabernero de Washington; matrimonio que dio lugar a que las damas 
y las familias más distinguidas dejasen de visitar la Casa Blanca y de 
asistir a las reuniones del presidente. Tomaron parte en favor de Eaton 
el presidente Jackson y el ministro de Estado Van Buren ; declarán- 
dose contrarios el ministro de la Guerra, el vicepresidente Calhoun y 
los ministros Ingham, Branch y Berrien. Las mujeres del vicepresi- 
dente, ministros y embajadores extranjeros se negaron decididamente 
a sentarse al lado de la esposa de Eaton en los banquetes oficiales y a 
tomar parte en los bailes en que ella figurase. A tal punto llegó el es- 
cándalo, que Jackson no tuvo más remedio que variar de ministerio, 
nombrando a Livingston de Estado, a Mac-Lane de Hacienda, a Lewis 
Cass de Guerra, a Woadbury de Marina y a Roger Teney de Jus- 
ticia. 

Antes de pasar adelante daremos a conocer el censo de población 
en el año 1830. 



(1) Ob. cit., pág. 156. 



ni 



82 HISTORIA DE AMÉRICA 

ESTADOS Habitantes. 



Nueva York 1.919.000 

Pensilvania 1.348.000 

Virginia 1.211.000 

Ohío 938.000 

Carolina del Norte ... 738 . 000 

Kentucky 688.000 

Tennessee... 682.000 

Massachussetts 610.000 

Carolina del Sur 581.000 . 

Georgia 517.000 

Maryland . 447.000 

Maine 400.000 

Indiana 343.000 

New Jersey 321 000 

Alabama 310.000 

Connecticut 298 .000 

Vermont 281.000 

, New-Hampsire 269 . 000 

Luisiana 216.000 

Illinois 157.000 

Misuri 140 000 

Mississipí 137.000 

Rhode-Island. ....'.. . 97.000 

Delaware....: 77.000 

Colombia (distrito) ... 40 . 000 

Florida (territorio) ... 35 . 000 

Michigan 32.000 

Arkansas 30.000 

El número total de población era de Í2.866.0OO habitantes y se com- 
ponía de 24 Estados, un distrito y tres territorios. Desde la independen- 
cia de los Estados Unidos hasta el año 1830 fué lento el progreso intelec- 
tual, artístico e industrial; y desde el ano 1830 "tomó grandísimo e irre- 
sistible vuelo su desarrollo en todos conceptos, en el bien y en el mal, en 
el número de habitantes, en el trabajo y en la producción de todo gé- 
nero „ (1). Descollaban a la sazón entre los escritores americanos el no- 
velista Cooper y el clásico narrador Irving, honrado por el presidente 
Jackson con la embajada de Madrid. 

(1) Dr. Hopp., Ob. cit., pág. 159. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 83 

Continuó en tiempo de Jackson la lucha entre Georgia y el gobier- 
no federal, logrando aquel Estado lo que deseaba, si bien algunos años 
después los cheroquíes y los últimos criques tuvieron que abandonar su 
territorio, retirándose al otro lado del Mississipi. "Este triste éxodo de 
aquellos que desde su origen habían sido los dueños del país que habi- 
taban, excitó la compasión de muchos y dio lugar a sentidos escritos 
en aquella época„ (1). 

La política de Jackson, en determinados casos, fué digna de alaban- 
za. Si la venta barata y aun la cesión gratuita de terrenos en las cuen- 
cas del Ohío y Mississipi atrajo a dichos lugares buen número de*inmi- 
grantes extranjeros y también de los Estados americanos anti-esclavis- 
tas, suceso que dio al presidente muchos partidarios, otro hecho, toda- 
vía más transcendental, le atrajo mayores simpatías entre los buenos 
patriotas. En los años de 1831 y de 1832 se recrudeció el conflicto entre 
proteccionistas y librecambistas, que en el fondo — como varias veces 
hemos indicado — era un nuevo aspecto de la cuestión permanente en- 
tre el Norte y el Sur. Pronunciáronse muchos discursos en las asam- 
bleas populares celebradas en Nueva York, Filadelfia y otras ciudades, 
no sin que a veces se volviese a hablar, como sucedió en la Georgia, 
de separación. Opúsose con energía el presidente a tales intentos, acti- 
tud tan enérgica como honrosa, teniendo en cuenta que era contraria al 
pensamiento constante de los Estados del Sur, donde era tan querido y 
donde tenía toda su fuerza Jackson. No huelga decir para mayor ala- 
banza del presidente, que éste se hallaba en el último período de su 
mando, y que su competidor Clay trabajaba ya para sucederle. En 
•cambio, con el objeto de halagar al partido democrático, emprendió 
ruda campaña contra el Banco nacional, instituto éste que prestaba 
gran apoyo al partido federal y centralizador. El resultado fué, des- 
pués de larga lucha, la supresión del establecimiento como Banco na- 
cional. 

Durante la mencionada lucha, se agitaban con no poca actividad 
los partidos políticos en favor de sus respectivos candidatos para la 
presidencia de la república, siendo reelegidos Jackson y Van Burén. 

Creyó Jackson que su reelección significaba la conformidad del país 
con la marcha política y el orden administrativo que él había seguido 
durante su primera presidencia. Está creencia contribuyó a hacerle 
más autócrata y orgulloso. El vicepresidente Calhonn, que no dejó 
nunca de predicar a sus partidarios la soberanía de los Estados y el 
•derecho que tenían éstos para anular los acuerdos y leyes votados por 
-el Congreso federal, perdió poco a poco su importancia política, has- 

(1) Ob. cit., pág. 160. 



84 HISTORIA DE AMÉRICA 

ta el punto que dimitió su cargo de vicepresidente antes del término 
fijado por la ley. El l.o de enero de 1835 quedó extinguida la deuda 
pública de los Estados Unidos, y el gobierno (ya suprimido el Banco 
nacional, en el cual depositaba sus fondos), colocó las cantidades so- 
brantes, en calidad de depósito, en diferentes bancos. Tuvo Jackson du- 
rante su segunda presidencia serios disgustos con Francia, y no estalló 
la guerra por la mediación del gabinete de Londres. También le ocupa- 
ron dos guerras, una con los indios llamados halcones negros y otra con 
los seminóles de la Florida. Puso e.i cuidado al gobierno americano la 
grande inmigración de toda clase de individuos que la vieja Europa 
mandaba a los Estados Unidos, no llamando menos la atención la crisis 
monetaria. Sin embargo, era general la riqueza y aumento de las po- 
blaciones, el progreso constante de la industria. Registraremos algunas 
noticias que prueban la transformación de las ciudades americanas. 
En 1832 llegó a Chicago el primer buque de vapor, que llevó el cólera 
morbo, enfermedad que desde allí extendió sus estragos a toda la Unión. 
Recibió Chicago los derechos de ciudad en 1833 y contaba w 250 habitan- 
tes. Sproat, de Boston, que fundó una escuela elemental y de latinidad 
en la citada población, escribe: "No había calles, pues sólo existían de 
nombre. Desde la puerta de la casa-escuela se oían aullar los lobos del' 
páramo. También tuvimos que bregar con los indios; pero lo que más 
molestaba era el barro, que obligaba a llevar botas altas, porque de otro 
modo no podía transitarse por la ciudad. „ 

Llegaron las elecciones del año 1836, siendo elegido presidente de 
la república Van Burén, y vicepresidente Johnson. El antiguo presi- 
dente se retiró — -7 de marzo de 1836 — a la vida privada en su hacienda 
de La Ermita (Estado de Tennessee). Martín Van Burén era hijo de po- 
bre labrador del Estado de Nueva Yurk y descendiente de los prime- 
ros colonos de Holanda. Estudió la carrera de abogado y se dedicó a la 
política, militando en el partido demócrata o partidario del Sur. Con 
Jackson desempeñó la cartera de Estado. Llegó a la presidencia por 
el apoyo que le prestaron los amigos del anterior presidente. 

Estalló durante su presidencia la gran crisis monetaria. Atribu- 
yóse la causa del desastre al afán de construir líneas férreas (1); aun- 
que estaban en lo cierto los que afirmaban que fué el número exce- 
sivo de los Bancos, lo cual dio lugar a especulaciones atrevidísimas. 
Cita Niles en su Crónica un pasaje de un periódico de Nueva York, 
que retrata perfectamente la situación económica de aquel tiempo, y 



(U Desde 1834 al 1838 sólo se construyeron 1.786 kilómetros. La primera linea férrea de los Es- 
tados Unidos se construyó en Pensilvania el 1809 y tenia la longitud de 329 metros; y la segunda 
«1 1810, de 1.609 metros. Desde 1838 al 1841 se construyeron 1.786 kilómetros. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 85 

dice así: "Cualquiera se enriquecía de la noche a la mañana; ciudades y 
aldeas nacían donde antes reinaba la soledad; más producto daban los 
inmuebles que el dinero; terrenos incultos o improductivos se transfor- 
maron rápidamente en minas de oro, y el que tenía dinero o crédito se 
arrojaba de cabeza en el torbellino de estas especulaciones; el comer- 
ciante, el labrador y el fabricante compraban terrenos, y en lugar de 
pagarlos con el dinero, empleaban éste en nuevas compras de terreno 
y pagaban lo que debían con bonos hipotecarios, cuyo valor resultó 
pronto nulo, quedando engañados los deudores y los acreedores. „ En 
la exposición que el comercio de Nueva York presentó el 3 de mayo 
de 1837 se decía, entre otras cosas, lo siguiente: "El valor de nuestros 
inmuebles ha disminuido en los últimos seis meses más de 40.000.000 de 
pesos; en el espacio de ocho semanas han quebrado más de 250 casas de 
gran comercio; nuestros valores locales han experimentado una baja 
equivalente a 20.000.000 de pesos; las mercancías en los almacenes se 
ofrecen con treinta por ciento de rebaja; y 20.000 personas que vivían 
de su trabajo han quedado sin él.„ En varios Estados del Sur, donde 
confiando en el crédito habían emprendido los especuladores la rotura- 
ción de varios terrenos, faltó de pronto el dinero, y en su consecuencia, 
el algodón y el tabaco se vendieron hasta con cuarenta por ciento de 
rebaja. En Nueva Orleans la quiebra fué casi general, y en Móbila, de 
diez casas de comercio, nueve suspendieron sus pagos. Muchas pobla- 
ciones ribereñas del Mississipí se despoblaron. El gobierno federal 
perdió grandes cantidades en las quiebras de los bancos donde había 
depositado sus fondos. Los pagos se hacían en billetes, la paralización 
de los negocios había disminuido los ingresos del Tesoro, especialmente 
la renta principal, que era la de las aduanas. Sin embargo de que el 
gobierno llegó a temer no poder cubrir sus principales atenciones, Van 
Burén no perdió su serenidad en situación tan crítica. Convocó un Con- 
greso, que estuvo reunido desde el 4 de septiembre hasta el 16 de oc- 
tubre de 1837, tratando de la situación económica, y decretando, por 
último, la creación de una nueva Deuda nacional en la forma de Bonos 
del Tesoro, como también la administración directa de los fondos del 
Estado por el gobierno. Dominóse la crisis por lo pronto, si bien en 1839 
se produjo otra nueva, aunque no tan grande como la primera. Una y 
otra crisis, unidas al descubrimiento de defraudaciones realizadas por 
funcionarios públicos amigos y partidarios de Van Burén, produjeron 
gran escándalo y contribuyeron a que en las elecciones presidenciales 
de 1840 no faese reelegido. 

Antes de tratar del sucesor de Van Burén en la presidencia de la 
república, recordaremos la anexión del territorio de Tejas, que perte- 



86 HISTORIA DE AMÉRICA 

necia a México. Hallándose Tejas insurreccionada contra México, Jack- 
son, presidente de los Estados Uñidos, ofreció por la cesión de aquel 
territorio hasta las orillas del Río Grande del Norte y la costa del 
Pacífico, cinco millones y medio de pesos, lo cual no quiso aceptar el 
gobierno mejicano. Tiempo adelante Van Burén no aceptó la anexión 
que el representante de Tejas en Washington había ofrecido al gobier- 
no de la Gran República. Luego, cuando el gobierno mejicano propuso 
someter la cuestión a un arbitraje, Van Burén aceptó en 21 de abril 
de 1838 la proposición, y de común acuerdo las dos partes, nombraron 
arbitros al embajador prusiano, y para asesorarle nombró cada parte 
dos comisionados. 

Por lo que respecta a la política en general, Harrison y Tyler, en 
las elecciones de 1840, fueron elegidos presidente y vicepresidente de 
Ja república de los Estados Unidos. Harrison, hombre sencillo y hon- 
rado, antes de hacer su entrada solemne en Washington, hizo cariñosa, 
visita a su competidor Clay. Tan cordiales fueron las relaciones entre 
los dos personajes, que Clay hubo de recomendar para las diferentes 
carteras y otros elevados cargos a varios sujetos, que Harrison aceptó 
agradecido. Fueron nombrados: Webster, ministro de Estado; Ewing, 
de Hacienda; Bell, de Guerra; Badger, de Marina; Granger, de Co- 
rreos, y Crittenden, de Justicia. En su discurso inaugural el presiden- 
te ofreció grandes reformas en la administración y prometió, al pro- 
veer los empleos, tener únicamente en consideración la capacidad y los 
méritos de los candidatos, y no la amistad ni las ideas políticas. Des- 
graciadamente, no pudo Harrison cumplir lo que ofrecía, pues falleció 
al mes de su entrada (4 abril 1841). Tyler, según la constitución de los 
Estados Unidos, ocupó la presidencia. Habiendo presentado el ministro 
de Hacienda Ewing un proyecto de Banco del fisco de los Estados Uni- 
dos (evitando de este modo no citar el nombre de Banco nacional, que 
había despertado tantos odios), que fué aprobado en el Senado por 33 
votos contra 26 y por la Cámara de representantes por 128 contra 97,. 
el presidente, lo que nadie esperaba, interpuso su veto, acto que cele- 
braron aquella noche, 16 de agosto, en el palacio mismo presidencial,, 
con vino de Champaña, los representantes democráticos. Profunda pena 
causó en los republicanos lo que acababa de suceder, pues no creían 
que Tyler pertenecía al partido contrario. Clay pronunció pocos días 
después discursos contra el presidente falso y perjuro, y todos los minis- 
tros dimitieron sus cargos, a excepción del de Estado, Webster, para 
no comprometer" el éxito de las negociaciones con las potencias extran- 
jeras. La principal de estas negociaciones era con Inglaterra, por la 
cuestión de límites en el Canadá y también por otros hechos acaecidos 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 87 

entre ingleses y americanos; pero Webster, hombre de talento y de 
habilidad, supo, sin comprometer la dignidad de su país, terminar fe- 
lizmente todos los asuntos. De igual manera se resolvieron conflictos de 
los Estados Unidos con Francia y con España. En el interior continua- 
ba, cada vez con más calor, la eterna cuestión de la esclavitud. El cle- 
ro católico y algunas sectas protestantes se pusieron al lado de los es- 
clavistas. Terminaremos la reseña histórica de la presidencia de Tyler, 
diciendo que antes de dejar el poder tuvo la dicha de ver firmado el 
tratado de anexión de Tejas a la Gran República. Calhoun, embajador 
de los Estados Unidos en México, instado por el gobierno de Tejas, lo 
firmó en 11 de abril de 1844. 

Polk tomó posesión de la presidencia de la república de los Estados 
Unidos el día 4 de marzo de 1845. Los demócratas y los defensores de 
la anexión de Tejas se hallaban en el poder. Escribe Grant en sus Me- 
morias lo que sigue: "Para nosotros era Tejas vastísimo territorio y de 
incalculable valor; pero podíamos haberlo adquirido por medios distin- 
tos. Las naciones, como los individuos, reciben el castigo de las injusti- 
cias que cometen; así la guerra con México fué en gran parte causa de 
la rebelión de los Estados del Sur, y nuestro castigo ha sido la guerra 
más costosa y más sangrienta de los tiempos modernos. „ El embajador 
de México en Washington protestó de la anexión de Tejas a los Estados 
Unidos, pidió sus pasaportes y salió inmediatamente para su país. Vol- 
vió a recrudecerse la lucha entre los Estados esclavistas y los anti-es- 
clavistas. Si en el año 1845 se componía la Unión de 14 Estados de 
cada clase, con la anexión de Tejas se había roto el equilibrio en favor 
de los esclavistas, hasta que tres años después volvió a restablecerse 
con la anexión del Wisconsin, estado anti-esclavista. Por lo que atañe al 
Senado y a la Cámara de representantes, tenía también mucha impor- 
tancia las anexiones: cada Estado elegía dos individuos senatoriales y 
al Senado competía el nombramiento de los funcionarios públicos prin- 
cipales, o por lo menos la ratificación de los nombramientos; en la Cá- 
mara de representantes ya era otra cosa, pues su número estaba deter- 
minado a proporción del de los habitantes, y como la población crecía 
más en los Estados anti-esclavistas que esclavistas; los representantes 
de estos últimos estaban condenados a estar siempre en minoría. No se 
olvide que en los Estados llamados libres había en 1840 unos 1.129 es- 
clavos; sólo en Massachussetts, Maine, Yermont y Michigan no existió 
la esclavitud desde el citado año (1). 

Veamos ahora el censo de población de los diferentes Estados en 
los años 1840 y 1850. 

{l) E. (). Hopp, Los Estados Unidos de la América del Norte, pág. 25. 



HISTORIA DE AMÉRICA 



ESTADOS 


1840 


1850 


Nueva York 


2.429.000 


3.097.000 


Pensilvania 


1.724.000 


2.312.000 


Ohío 


1.519.000 


1.980.000 


Virginia 


1.240.000 


1.422.000 


Tennessee 


829.000 


1.003.000 


Kentucky 


780.000 


982.000 


Georgia 


691.000 


906.000 


Alabama ......... 


591.000 


772.000 


Ark^nsas 


98.000 
352.000 


210.000 


Luisiana 


518.000 


Maryland 


470.000 


583.000 


Mississipí 


376.000 


607.000 


Misuri 


384.000 


682.000 


Carolina del Norte. 


753.000 


869.000 


Carolina del Sur . . . 


594.000 


669.000 


Indiana 


686.000 


988.000 


Illinois 


476.000 


851.000 


Michigan 


212.000 


398.000 


Wisconsin 


V 


305.000 


•Florida 


54.000 


87.000 


Tejas . . '. 


w 


213.000 


Connecticut 


810.000 


371.000 


Delaware 


78.000 


92.000 


Iowa 


V 


192.000 


Maine. 


502.000 


583 000 


Massachussetts. . . . 


738.000 


995.000 


New-Hampshire . . r 


285.000 


318.000 


New-Jersey 


'873.000 


490.000 


Rho le Island. 


109.000 


148.000 


Vermont 


292.000 


314.000 



La suma total de la población en 1840 pasaba algo de 17 millones; 
y en 1850 pasaba también de 23, tocando cerca de 13 y medio a los no 
esclavistas y más de nueve y medio a los esclavistas. 

Tenía que resolver Polk dos cuestiones transcendentales: la del Ore- 
gón, pendiente con Inglaterra, y la de México. Buchanan, nuevo minis- 
tro de Estado, arregló el asunto del Oregón, firmando el tratado de paz 
con el embajador inglés sobre la base de los 49<> latitud Norte como 
límite. Pocos días después de haber votado el Congreso de representan- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 89 

tes el tratado con Inglaterra acerca del límite del Oregón (l.o mayo 
1846), tuvo comienzo la guerra entre americanos y mejicanos, cuyos 
ejércitos estaban concentrados en ambas orillas del Río Grande del Nor- 
te. Mandaba a los americanos el general Zacarías Taylor, y a los me- 
jicanos Ampudia, defensor de la ciudad de Monterey. Tenía aquél bajo 
sus órdenes 6.500 hombres bien disciplinados, y éste unos 10.000 sin 
instrucción y con mal armamento. Tras de empeñada lucha (21 sep- 
tiembre 1846), se entregó Ampudia, y Taylor ocupó la ciudad, dejando 
en libertad a los prisioneros de guerra, con la condición de no hacer 
armas contra los Estados Unidos. Logró después Taylor coronarse de 
gloria en el mes de febrero de 1847, lo cual hizo que el partido repu- 
blicano o del Norte (whigs), le considerase como candidato a la presi- 
dencia de la república en las próximas elecciones. Celoso el gobierno 
de la popularidad de Taylor, dispuso que no, saliera del país de Monte- 
rey, en tanto que mandaba al generalísimo de la Unión, Winfield Scott, 
que tomase a Veracruz, y desde allí fuese a México, donde dictaría la 
paz. En marzo de 1847 comenzó el fuego contra Veracruz, entregán- 
dose el 29 del citado mes el general Morales con la guarnición de 5.000 
hombres y abundante material de guerra. El 8 de abril se puso en 
marcha el ejército invasor dividido en tres cuerpos, bajo el mando de 
los generales Twiggs, Paterson y Worth, y en las inmediaciones de 
Jalapa, cerca del Cerro Gordo, derrotó a los mejicanos dirigidos por 
el general y ex presidente Santa Ana. Scott ocupó Puebla sin resisten- 
cia; derrotó por segunda vez a Santa Ana cerca de Contreras; conti- 
nuó su camino, no sin sufrir muchas bajas en Churubusco, Molino del 
Rey y Chapultepec, penetrando al fin en México el 14 de septiembre. 
Firmóse la paz, cediendo los vencidos a Tejas, el actual Estado de Ca- 
lifornia, la mayor parte de Arizona y del Nuevo México desde el Río 
Grande, que fué designado como límite entre ambas repúblicas. Los 
EstadosUnidos, en cambio, pagarían a México 15 millones de pesos fuer-' 
tes, de cuya suma descontarían tres millones y medio para satisfacer 
indemnizaciones reclamadas por ciudadanos norteamericanos. El 30 de 
mayo de 1848 se ratificó la paz en Guadalupe-Hidalgo. Si ante la mo- 
ral las conquistas citadas fueron una iniquidad, desde el punto de con- 
veniencia, a todos convenía, lo mismo a los Estados Unidos que a Te- 
jas y a México. 

¿Debía permitirse en los territorios adquiridos últimamente (Nuevo 
México, California y Oregón) la esclavitud? En todos los Estados era 
grande la agitación. Una Asamblea anti-esclavista compuesta de 156 
delegados, que se reunió (1849) en Francford, capital del Kentueky, 
adoptó la declaración siguiente: "Creyendo, como creemos, que la es- 



90 HISTORIA DE AMÉRICA 

clavitud forzosa y hereditaria que en este país existe autorizada por 
la ley, es contraria a la prosperidad de la república e incompatible con 
los principios fundamentales del gobierno de un país libre, así como es 
opuesta a los derechos de la humanidad y a la pureza de costumbres, 
opinamos que no debe aumentarse ni menos perpetuarse. „ Cesó la pre- 
sidencia de Polk el 3 de marzo de 1849, sucediéndole Zacarías Taylor, 
quien tomó posesión el día 5 del citado mes. Fillmore ocupó la vice- 
presidencia. 

Taylor, elevado a la presidencia por el partido republicano (whig) 
o del Norte, era hijo del Sur, pues nació en Virginia 7 recibió su educa- 
ción en Kentucky y poseía una hacienda con sus esclavos en Luisiana. 
El gabinete se componía de tres partidarios del Norte y cuatro del 
Sur: eran los primeros Clayton, ministro de Estado; Ewing, del Inte- 
rior (departamento que se creó por entonces); y Oollaner, de Correos; 
los segundos eran Meredith, de Hacienda; Reverdy Johnson, de Justi- 
cia; Crawford, de Guerra ; y Preston, de Marina. 

Urgía establecer un gobierno definitivo en el Nuevo México y espe- 
cialmente en California, donde a la sazón se habían descubierto mu- 
chos placeres de oro, y a donde acudían aventureros de todos los paí- 
ses y de todas clases. Innumerables barcos se hallaban en la bahía de 
San Francisco, procedentes de los Estados y naciones de América, 
abundando también los de Europa. La fiebre del oro llevó el desorden 
a los lavaderos de aquel metal. Desde diciembre de 1848 hasta princi- 
pios de febrero de 1849 llegaron más de 8.000 inmigrantes; hacia fines 
de marzo pasaban de 18.000. En todo el año de 1849 llegaron, por tie- 
rra, 35.000; por mar 42.000. A últimos de 1848 se había exportado oro 
por valor de dos millones de pesos; en 1849 unos 23 millones, y en 1850 
unos 45. Era mayor cada día la importancia de California. Taylor, en 
su mensaje inaugural, recomendó — cuando se discutía con calor en el 
'cuerpo legislativo de Washington la organización de los nuevos terri- 
torios y si se debía permitir o no la esclavitud — la admisión de Cali- 
fornia en la Unión como Estado, esto es, con su cuerpo legislativo y su 
asamblea constituyente. Como el asunto urgía, se reunió en Monterey 
una asamblea constituyente, que elaboró un Código constitucional y en 
él se puso el siguiente artículo: tt En el Estado de California quedan 
prohibidas la esclavitud y toda servidumbre forzosa, excepto la im- 
puesta por los tribunales a los perpetradores de crímenes. „ El 13 de 
noviembre se votó la citada Constitución por la asamblea y aceptada 
por el pueblo, teniendo a su favor 12.066 votos contra 811; y en 15 de 
diciembre del mismo año se reunió en San José el primer parlamento. 

Por lo que a Nuevo México respecta, el presidente recomendó que 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 91 

no se variase su gobierno militar, hasta que el país no solicitara su ad- 
misión como Estado y pudiera darse una Constitución. 

En la Cámara de representantes y en el Senado de Washington 
llegó a tal extremo la enemiga entre esclavistas y anti-esclavistas, que 
los primeros anunciaron que estaban decididos a separarse de la Unión 
si la esclavitud era abolida. El Norte y el Sur se disponían a luchar 
con verdadero empeño. Cuando las discusiones eran más enconadas, mu- 
rió Taylor (9 julio 1850). 

El gobierno vino a parar a manos del vicepresidente Fillmore, quien 
llevó a Webster al ministerio de Estado, y a Corwin al de Hacienda. 
Todo el interés político se hallaba entonces en la proposición de Clay, 
presentada en enero de 1850, y cuyas bases eran las que siguen: 
"1. a California queda admitida como Estado. 2. a Nuevo México y 
Utah, como territorios que eran, tendrían esta clase de gobiernos. 
3.a Fijación de los límites de Tejas. 4. a Abolición del comercio de es- 
clavos (no la esclavitud) en el distrito de Columbia. 5. a Disposiciones 
severas contra los esclavos fugitivos. „ En los debates a que dio ocasión 
la proposición citada se distinguieron los senadores Seward y Chase 
como anti-esclavistas, y Douglas y Jefferson Davis como defensores 
de los intereses del Sur. Trató Fillmore, ya que no podía conseguir la 
aprobación de la doctrina de Clay en totalidad, presentarla por artícu- 
los en otras tantas proposiciones. Logró su objeto, pues consiguió 
primero que se aprobase una ley determinando la organización política 
del territorio de Utah. Siguió la admisión de California como Estado, 
después la organización política del territorio del Nuevo México, luego 
el deslinde de límites de Tejas, en seguida se votó una ley para evitar 
la fuga de esclavos y facilitar lo mismo su captura que castigo, y últi- 
mamente se votó otra ley suprimiendo el comercio de esclavos en el 
distrito de Columbia. Acerca de la esclavitud en Utah y Nuevo México, 
se dispuso que cuando llegasen a tener el número de habitantes fijado 
por la ley para pretender la categoría de Estado, se les admitiría como 
tales en la Unión con esclavitud o sin esclavitud, y hasta entonces ha- 
rían lo que quisiesen en punto tan importante. 

Durante las presidencias de Taylor y Fillmore, New-York fué el 
centro de las conspiraciones contra Cuba. Entre los conspiradores y á 
la cabeza de ellos estaba Narciso López. En tanto que en Cuba el go- 
bierno español desbarataba los planes de los revolucionarios reducien- 
do algunos á prisión, Narciso López en los Estados Unidos (New-Or- 
leans) organizaba una expedición para invadir a Cuba. Por entonces el 
gobierno de la Gran República ofreció a España 100 millones de pesos 
por la citada isla, mas el Gabinete español no aceptó el ofrecimiento, 



92 HISTORIA DE AMÉRICA 

y se dispuso a castigar —como así lo hizo — a los revolucionarios (1). 

En las elecciones presidenciales de 1852, fué elevado a la presiden- 
cia el demócrata Franklin Pierce, a causa de las divisiones en el par- 
tido republicano. El 4 de marzo de 1853, entregó un mensaje, en el que 
daba a conocer sus ideas políticas y la conducta que se proponía seguir 
al encargarse del gobierno. Prestó el acostumbrado juramento. El 7 de 
marzo remitió la lista de las personas que habían de formar su Gabi- 
nete, cuyos nombramientos fueron confirmados por el Senado. La car- 
tera de Estado se confió a Marcy, la del Tesoro a Guthrie, la del Inte- 
rior a Clelland, la de la Guerra a Jefferson Davis, la de Marina a 
Dobbin, la de Hacienda a Cushing y la de Correos a Campbell. El vi- 
cepresidente de la república, Guillermo R. King, murió el 18 de abril, 
entrando a desempeñar cargo tan importante Mr. Atchison, presidente 
del Senado. La mayoría que tenían los demócratas en las dos Cáma- 
ras auguraba, a pesar de los deseos generales de paz, acaloradas dis- 
cusiones. 

Volvieron a suscitarse vivas polémicas entre esclavistas y anti-es- 
clavistas. El 30 de mayo de 1854 el gobierno federal hubo de anular el 
convenio llamado del Misuri, aprobado por el Senado el 11 de diciem- 
bre de 1820. Importante fué la protesta contra la citada anulación, y 
lo mismo en las Cámaras que fuera de las Cámaras, la guerra no podía 
ser más violenta y encarnizada. 

Grande era el sentimiento abolicionista de gran parte del pueblo de 
los Estados Unidos. Corría el año 1852, cuando se publicó la famosa 
novela de Harriet Beecher Stowe, llamada La Cabana del tío Tom (Ún- 
ele Tom's Cabiu), causando inmensa sensación y enérgica protesta con- 
tra la esclavitud. Muchas ediciones se publicaron en los Estados Uni- 
dos y se tradujo a todas las lenguas europeas. A poco de ver la luz el 
referido libro, la parte más sana de aquella sociedad pidió enérgica- 
mente la inmediata abolición de la esclavitud; otros, con excusas más 
ó menos racionales, procuraron retardar lo que ya estaba en la con- 
ciencia de todos. 

Durante la administración de Pierce, su influencia se redujo a difi- 
cultar el crecimiento del partido republicano y por consiguiente, á 
dilatar la guerra entre el Norte y el Sur, que no estalló hasta el 
año 1861. 

El 4 de marzo de 1857 ocupó Mr. Buchanan la silla presidencial de 
la república de los Estados Unidos. Vicepresidente fué nombrado Juan 
C. Breckenridge. Los demócratas continuaron, por tanto, al frente del 
gobierno. El Gabinete quedó formado del siguiente modo: Cass de Es- 

(l) López desembarcó en Cárdenas el 19 de mayo de 1850. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 93 

tado, Cobb de Hacienda, Floid de Guerra, Toucey de Marina, Thomp- 
son del Interior, Black de Hacienda y Brown de Correos. Los escla- 
vistas podían estar satisfechos. Un esclavo llamado Scott hubo de pasar 
en compañía de su amo desde ei Estado de Misuri a los del Norte, 
quedando libre sólo por e\ hecho de permanecer en los últimos Esta- 
dos. Habiendo vuelto al Misuri, pidió que se le reconociera su libertad. 
Reconocida por el tribunal de primera instancia, fué negada por el 
Tribunal Supremo de la Unión, que anuló el fallo del inferior, decla- 
rando que los negros carecían de derechos y nunca, por consiguien- 
te, podían pretender los de ciudadanía. Semejante disposición era con- 
traria a la ley federal de 1787 y aun a la ley de muchos Estados par- 
ticulares. Llegó el tribunal superior a declarar que la famosa ley de 
1820, que había solucionado lacuestión del Misuri, carecía de base le- 
gal, porque era contraria a la Constitución, la cual no autorizaba al 
Congreso a declarar un territorio exento de esclavitud. La victoria del 
partido esclavista era completa en el terreno legal; "peco — como escribe 
Hopp — hay jurisprudencias legales contra las cuales el buen sentido 
de los pueblos se rebela, y así sucedió con esta sentencia y esta decla- 
ración del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, las cuales produ- 
jeron, por lo pronto, profunda indignación en todo el Norte, y que fue- 
ron borradas con la sangre derramada en la guerra separatista.,, En el 
mismo año de 1857 se atrevió a decir Fessendon en el Senado que, si 
en lugar de Buchanan hubiese sido presidente Fremont, el Tribunal 
Supremo habría dado un fallo muy diferente, con cuyas palabras que- 
daron juzgados la sentencia, el Tribunal Supremo y el presidente Tancy. 

Los esclavistas habían ganado dos grandes batallas: la elección de 
Buchanan y la sentencia del Tribunal Supremo; pero la cuerda, dema- 
siado tirante, se iba a romper pronto. Contra la esclavitud se levantó 
un hombre superior: Abraham Lincoln, nacido en Hardin (Estado de 
Kentucky) el año 1809, batelero en el Mississipí en suá* primeros años 
y luego sucesivamente labrador, tendero en una aldea y maestro de 
postas. Durante trabajos tan rudos, estudió la ciencia del Derecho, re- 
validándose al fin de abogado el 1836. A los dos años siguientes fué 
elegido diputado. Tan feo era su rostro como hermosa su alma. Si no se 
distinguía por su elocuencia, encantaban los chistes con que matizaba 
sus discursos. 

Esclavistas y anti-escl avistas se declararon guerra a muerte. A la 
reflexión fría y tranquila sucedió el odio y la sed de venganza. El pri- 
mero que levantó bandera para redimir a los negros, poniéndose al 
frente de una partida en la población de Harpers-Ferry, situada en las 
orillas del Potomac (Virginia), se llamaba Juan Brown, descendiente de 



94 HISTORIA DE AMÉRICA 

puritanos y hombre que a un exagerado misticismo religioso unía una 
energía indomable. Cayeron sobre él y su partida tropas del gobierno, 
y después de quedar Brown fuera de combate, como también sus hijos 
que peleaban a su lado, fué hecho prisionero y sentenciado a muerte 
afrentosa en el patíbulo que se levantó en Charleston. Los habitantes 
del Sur se mofaron del pobre loco que daba su vida con tanta resigna- 
ción; en el Norte y Oeste muchas poblaciones tocaron las campanas a 
difuntos el día de la ejecución del infeliz Brown, y la clase popular del 
Norte entonó una canción, que repetida por un regimiento de Massa- 
chussetts, fué luego el grito de guerra cuando las tropas anti-esclavis- 
tas incendiaban las ciudades del Sur. 

Como a la sazón aumentase la importación y la consiguiente ex- 
portación de dinero en oro y plata, sobrevino crisis monetaria mayor 
que la de 1837. De igual manera el comercio y la industria se hallaban 
paralizados hasta el año 1860. De todos estos males ; el partido repu- 
blicano echó la culpa al gobierno de los demócratas, adquiriendo aquél 
mayor influencia por el apoyo de las clases industriales. Así se ahondó 
el abismo entre los proteccionistas y librecambistas, entre el Norte y 
el Sur. 

Otros sucesos ocuparon la atención pública durante la presidencia 
de Buchanan. La secta de los masones sufrió sañuda persecución en 
Utah por el gobierno federal, como relataremos más extensamente en 
el capítulo siguiente. También haremos notar que, allá por el año 1858 
fijaron su residencia en Donver, capital hoy de Colorado, los primeros 
pobladores de la raza blanca (gold seekers), los "buscadores de oro„ 
como les llaman en el país. El Colorado, que en 1860 contaba con 34.000 
habitantes, ascendió, en el censo de 1880 ; a 194.327. Respecto a la ca- 
pital Den ver, su asombroso crecimiento sólo es inferior al de Chicago, 
pues la última población constituye un caso sólo y único, aun en aque- 
lla tierra donde las ciudades se fundan y aumentan con tanta rapidez. 
Notables son algunos edificios públicos y privados de Denver (1). 

Cambió de ministerio Buchanan, deseoso de llevar la paz a los es- 
píritus; pero al estado que habían llegado las cosas, ya no era posible. 

(1) Entre los edificios públicos de Denver causan admiración el Capitolio, el Palacio de Justi- 
cia y la Caaa de Correos (Post-Office); y entre los privados deben mencionarse Fosterx Building, 
centro de varias sociedades; Denver Gas and Electric Building, hermosa fábrica iluminada por 
la noche con numerosos juegos de luces, y Daniels and Fishers, soberbio establecimiento mer- 
cantil. 

La industria se halla en estado sumamente próspero, mereciendo especial mención la agrícola 
y la minera, y el comercio es cada vez mayor y floreciente. La cultura marcha paralelamente con 
el progreso material, como lo prueba la Universidad, en la cual— y esto lo consignamos con sa- 
tisfacción—se halla incluido el castellano en el cuadro de asignaturas. Existen además Escuelas 
superiores, elementales, de párvulos y nocturnas, á las cuales concurren miles de alumnos. 
Véase artículo publicado por D. Fernando Cadalso en El Liberal del 3 de septiembre de 1912.) 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 95 

Población parcial y total de los Estados Unidos en el año 1860. 



ESTADOS Habitantes. 



Nueva York 3.881.000 

Pensilvania 2.906.000 

Ohío 2.340.000 

Illinois 1.712 000 

Virginia 1.596.000 

Indiana 1.350.000 

Massachussetts 1 . 231 . 000 

Misuri 1.182.000 • 

Kentucky 1.156.000 

Tennessee 1.110.000 

Georgia 1.057.000 

Carolina del Norte , . . 993.000 

Alabama 964.000 

Mississipí 791.000 

Wisconsin 776.000 

Michigan 749.000 

Luisiana 708.000 

Carolina del Sur 704.000 

Maryland 687.000 

Iowa. . 675. 000 

New- Jersey 672.000 

Maine 628.000 

Tejas 604.000 

Connecticut 460.000 

Arkansas 435.000 

California 380.000 

New-Hampshire 326.000 

Verraont 315.000 

- . Rhode-Island 175.000 

Minesota 172.000 

Florida 140.000 

Delaware . 112.000 

Kansas 107.000 

«• Nuevo México 94 . 000 

Columbia (distrito) ... 75 . 000 

Oregón (Estado desde 1859) . 52.000 

Utah (territorio) 40.000 

Colorado (territorio). . 34 . 000 

Nebraska 29.000 

Washington 12.000 

Nevada 7.000 

Dacota 5.000 

Llegaba, pues, la población total, a cerca de 31 millones y medio de 
habitantes. En 15 Estados existía la esclavitud. 



CAPITULO V 



Pkesidencia de Lincoln. - Confederación del Sur y presiden- 
cia de Jefferson Davis.— Mensaje de Lincoln.— Embajada 
de la Confederación.— Guerra civil.— El fuerte Sümpter. 
blchmond, capital de la confederación.— importantes he- 
CHOS de armas.— Caída de Wicksburgo.— Guerra en el Este: 
Bíchmond.— Guerra en el Norte. — Guerra marítima: el 
u Merrimac„ y el "Monitor. „— La escuadra federal. — La 
escuadra confederada: el tt alabama. w — los unionistas en 
Wilmington. — Guerra terrestre: sangrientos combates: 
caída de petersburgo y de rlchmond.— asesinato de lin- 
COLN. -PRESIDENCIA de Johnson: oposición a sus planes. -Pre- 
sidencia DE GRANT: SU POLÍTICA CON ESPAÑA. — LA HACIENDA.— 

El orden público.— El mormonismo.— Relaciones entre los 
Estados Unidos e Inglaterra. —Relaciones entre los Esta- 
dos Unidos y España. - Reelección de Grant: su adminis- 
tración.— Exposición de Filadelfia.— Presidencia de Ha- 
yes.— Censo DE POBLACIÓN EN 1880.— EL ISTMO DE PANAMÁ.— 

Presidencia de Garfiell. — El vice-presidente Arthur. — 
Presidencia de Cleveland. — Los socialistas de Chicago. — 
Desgracias en el país. — Presidencia de Harrison.— Últimos 
presidentes.— Censo de población en 1810.— El presidente 
Wilson.— Escudo y bandera de los Estados Unidos. 



El é de marzo de 1861 tomó posesión Abraham Lincoln de la pre- 
sidencia y Aníbal Hamlin de la vicepresidencia de la república de los 
Estados Unidos. Formóse el siguiente Gabinete: Seward de Estado, 
Chase del Tesoro, Cameron de la Guerra, Welles déla Armada, Smith 
del Interior, Bates de Justicia y Blair de Correos. 

Hacía un mes largo (4 febrero 1861), que varios Estados del Sur 
se reunieron en Montgomery, capital del Estado de Alabama, y orga- 
nizaron una Confederación, de la que nombraron presidente a Jefferson 
Davis y vice-presidente a Stephens. Constituyóse el gobierno del mo- 
do que sigue: de Estado Toombs, de Hacienda Memminger, de Guerra 
Wa¡ker, de Marina Mallory, del Interior Benjamín y de Correos 
Vlett. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 97 

Sintetizando la doctrina del discurso inaugural de Jefferson Davis, 
a las siguientes palabras estaba reducida: "Ha ganado las elecciones 
para la presidencia un candidato an ti- esclavista, y semejante presiden- 
te no conviene al Sur, que para tener presidentes a su gusto quiere 
fundar un imperio esclavista. „ 

Lincoln declaró en su mensaje que no pensaba mezclarse ni directa 
ni indirectamente en la cuestión de la esclavitud, porque creía que la 
ley no le autorizaba a ello y que tampoco sentía inclinación alguna a 
tratar de tal asunto; pero creía que la Unión era una cosa definitiva y 
permanente, una potencia, y no mera unión de diferentes Estados. 
Añadió que legalmente ningún Estado podía salir de la Unión por su 
voluntad o capricho, siendo de ningún valor, por tanto, los acuerdos 
que en tal sentido tomasen aquéllos. También decía que, cumpliendo lo 
dispuesto en la Constitución, procuraría que» todos los Estados obe- 
deciesen las leyes, sin emplear la fuerza ni derramar sangre mientras 
pudiera evitarse, terminando el documento con las siguientes palabras: 
"En vuestras manos, y no en las mías, conciudadanos hoy desconten- 
tos, está evitar la guerra. Ninguna agresión tenéis que temer del go- 
bierno, ni puede haber conflicto si no hay ataque de vuestra parte. „ 

Resueltos a todo los de la Confederación del Sur, mandaron dos re- 
presentantes con el carácter de embajadores a Washington para enta- 
blar relaciones entre dicha Confederación y los Estados Unidos; pero 
Seward, ministro de Estado, les dijo que sus atribuciones se limitaban 
a cuidarse de las relaciones con las potencias extranjeras y no de cues- 
tiones interiores; en suma, que no reconocía a los enviados como repre- 
sentantes de nación extranjera. Con la respuesta de Seward estaba 
conforme el presidente Lincoln. 

Comenzó la guerra civil, que duró cuatro años. El 12 de abril 
de 1861 fué atacado el fuerte Sumpter (que se hallaba en una pequeña 
isla delante de la ciudad de Charleston, en la Carolina del Sur) custo- 
diado por una guarnición de 60 hombres a las órdenes del comandante 
Anderson, quien tuvo que capitular con todos los honores de la guerra, 
en tanto que los vencedores izaban la bandera de la Confederación del 
Sur en la fortaleza. Cuando Lincoln tuvo noticia del hecho, interpre- 
tando el sentimiento de los ciudadanos del Norte, llamó a las armas 
75.000 milicianos. El Estado de Virginia se decidió por la causa del 
Sur y Richmont, su capital, fué el centro de la Confederación. El día 
13 de abril de 1861 el parlamento del Estado de Nueva York votó tres 
millones de pesos y un contingente de 30.000 hombres. En todas par- 
tes resonaba el grito de guerra y en todas partes se izaba la bandera 
nacional. Encargóse al general Stone del mando de las fuerzas y de la 



98 HISTORIA DE AMÉRICA 

defensa de Washington. Aunque poco a poco fueron llegando milicias a 
dicha capital, los confederados del Sur se dieron más prisa y procedie- 
ron con más decisión, pudiendo poner antes sus fuerzas organizadas. 
El clero desde el pulpito y los demagogos en las calles inflamaban con 
sus discursos a las masas populares. Mientras Lincoln, varón prudente 
y enemigo de la guerra, procuraba contemporizar con todos, los con- 
federados se apoderaron de los parques federales de Harpers-Ferry, a 
orillas del Potomac y de G-osport, en frente de Norfolk, en los que en- 
contraron abundancia de pertrechos de guerra. Esto indicaba que Lin- 
coln se dejó empujar por los sucesos y Jefferson Davis se adelantó a 
ellos. 

En los comienzos del mes de julio de 1861 había en Washington y 
sus inmediaciones unos 60.000 hombres mandados por Mac Dowell; 
25.000 a las órdenes de Patterson guardaban el paso del río Potomac 
cerca de Harpers-Ferry y de la confluencia con el Shenandoah; más de 
8.000 dirigidos por Butter se apoyaban en la fortaleza de Monroe, y 
20.000 bajo la dirección de Mac Clellan se hallaban en la Virginia oc- 
cidental. Este último general abrió la campaña derrotando completa- 
mente a Grarnet, quien murió en uno de los encuentros. En cambio, cer- 
ca del arroyo Bull-Run, sufrió una gran derrota, a causa de no haber 
seguido los consejos de Scott, generalísimo de las fuerzas federales. 
Aconsejó Scott al gobierno de Washington la formación de dos pode- 
rosos ejércitos, cada uno de 150.000 hombres, que habían de acampar, 
el primero cerca de la capital de los Estados Unidos, y el segundo en 
la confluencia de los ríos Ohío y Mississipí. Cuando se hallasen bien 
instruidos y disciplinados, el ejército de Washington marcharía sobre 
Richmond, capital de los confederados, y el otro se dirigiría al Sur 
para limpiar de enemigos toda la cuenca del Mississipí hasta el mar. 
Lincoln y el gobierno siguieron los consejos del generalísimo, hasta el 
punto que antes de acabar el año 1861 tenían sobre las armas 570.000 
hombres. En octubre del citado año dimitió Scott, siendo nombrado en 
su lugar Mac Clellan. «Al tomar posesión del mando — dijo — encontré 
varios regimientos abandonados en las cercanías del Potomac. La ca- 
pital federal se hallaba casi indefensa; no estaban ocupadas por los 
nuestros, como debían estarlo, las alturas inmediatas que dominan la 
ciudad, desde las cuales el enemigo habría podido bombardearla, si no 
hubiese preferido tomarla desde luego por asalto. El 27 de octubre ha- 
bía todavía en el ejército del Potomac 14.000 individuos que carecían 
de armamento.» 

Mac Clellan, sin embargo de las continuas instancias del presidente 
y de su gobierno para que tomara la ofensiva, se dedicó a organizar el 




FOTOTIPIA LACOSTE. - MADRID. 



Lincoln. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 99 

ejército, obligándole a hacer penosas marchas y contramarchas, a ca- 
var fosos, pudiendo decir, como Escipión el Africano en el cerco de 
Numancia: que se manchen de lodo ya que no quieren mancharse de san- 
gre. En los comienzos del año 1862 recibieron las operaciones militares 
vigoroso impulso. En el centro el general Curtís dio a los confederados 
una batalla (7 y 8 de marzo) cerca de Pea Ridge, logrando importante 
victoria. Los confederados, bajo el mando de Van Dorn, se retiraron al 
Estado de Arkansas, siguiéndoles Curtis, quien hubo de arrollar un 
cuerpo de 1.500 téjanos que intentaron oponerse a su paso. Trasladóse, 
pues, el teatro de la guerra a Arkansas. 

Consideremos la guerra que poco antes se había desarrollado en el 
Kentucky occidental. Polk, obispo de la secta protestante episcopal, 
hubo de trocar su traje talar por el de general del ejército confedera- 
do; penetró con sus tropas en el Estado de Kentucky y ocupó la ciudad 
de Columbus, a orillas del Mississipí, fortificándola con 120 cañones de 
gran calibre para dominar el río, que desde entonces quedó cerrado a 
los federales desde dicho punto hasta su desembocadura en el mar. No 
olvidó Polk publicar varios manifiestos, y en ellos acusaba de irreli- 
giosos a los americanos del Norte y a los inmigrantes alemanes. Otros 
cuerpos de ejércitos confederados se habían establecido en la parte 
oriental de Kentucky y en Nashville (frontera del Estado de Tennes- 
see). En frente de estas fuerzas había otras federales mandadas por el 
general Buell, y en frente de las del obispo batallador estaba el gene- 
ral Halleck, los dos bajo las órdenes de Mac Clellan, que tenía estable- 
cido su cuartel general en los Estados marítimos orientales. El coronel 
Grant, luego general de división, contando con la autorización de su 
superior Halleck, tomó la ofensiva, cuando supo que tropas confedera- 
das habían formado un campamento cerca de la ciudad de Belmont, en 
frente de Columbus. El 7 de noviembre de 1861 bajó G-rant con su ejér- 
cito por el río hasta aquel punto, desembarcó y atacó a los confedera- 
dos, apoderándose del campamento. Las tropas de Grant, cuando se vie- 
ron vencedoras (siguiendo el ejemplo de sus compañeros en la batalla 
de Bull-Run) se desbandaron, locas de alegría, sin hacer caso de las 
órdenes de sus jefes. Entonces Polk, que estaba en Columbus, hizo pa- 
sar 5.000 hombres al otro lado del río, los cuales cercaron a los federa- 
les. Grant, viéndose perdido, animó a los suyos, hizo pegar fuego al 
campamento, se abrió paso rompiendo las filas enemigas y se embarcó, 
no sin perder 480 hombres y algunos más los confederados. El 17 de 
enero de 1862 los confederados atacaron el campamento de los fede- 
rales, que lo tenían en Mill-Spring, siendo rechazados, y Grant, poco 
después, tomó el fuerte Henry y puso cerco a la ciudad de Donelson, 



100 HISTORIA DE AMÉRICA 

defendida por los generales Eloyd, Pillow y Buckner. Grant comen- 
zó el fuego el 13 de febrero del dicho año disponiendo sólo de 15.000 
hombres, en tanto que la guarnición de la plaza se elevaba a más de 
20.000; pero pronto llegaron refuerzos al ejército sitiador, elevándose 
el número de soldados a 27.000. Salieron a pelear los sitiados, dándose 
tan buena maña Grant, que Floyd no tuvo más remedio que evadirse 
durante la noche, como también Pillow, con algunos miles de soldados, 
teniendo que capitular Buckner al día siguiente con unos 16.000 hom- 
bres. Ante golpe tan rudo cundió el desaliento entre los confederados: 
Johnston, que tenía su cuartel general en Nashville, hubo de retirarse, 
abandonando la ciudad, que cayó en poder de los federales, como igual- 
mente la plaza de Columbus. Halleck, en cuyas manos se había ido con- 
centrando la dirección de la campaña, intentó con toda actividad ha- 
cerse dueño del Mississipí hasta el mar. La isla Número Diez fué con- 
quistada por federales y también el fuerte de Pillow. En frente de 
Menfis pelearon las escuadrillas enemigas, consiguiendo la victoria los 
federales, quienes pudieron entonces ocupar la citada ciudad. De modo 
que los federales quedaron dueños del Mississipí hasta cerca de Wicks- 
burgo. 

En la ciudad de Pittsburg Landig, situada en la curva que forma 
el río Tennessee al dejar su dirección Sudoeste y Oeste para tomar la 
del Norte, se hallaban reconcentradas las fuerzas federales bajo las 
órdenes de Grant, y a 35 kilómetros al Sudoeste se contempla la ciu- 
dad de Corinto, donde estaban las fuerzas confederadas dirigidas por el 
generalísimo Beauregard. Noticiosos los confederados de que el gene- 
ral Buell, al frente de 40.000 hombres marchaba a unirse con Grant, 
cayeron sobre aquél cerca de la iglesia de Shiloah, a unos tres kilóme- 
tros de Pittsburg. La batalla fué de las más sangrientas de la guerra 
civil, y la victoria coronó los esfuerzos de los unionistas (6 y 7 abril 
1862). El general de los confederados, Alberto Sidney Johnston, mu- 
rió en el combate, y otros generales fueron gravemente heridos. Los 
del Norte tuvieron 13.000 bajas, casi una tercera parte de su fuerza; 
los del Sur 11.000, más de la cuarta parte de su efectivo. El generalí- 
simo federal Halleck comenzó el 30 de abril a emprender su marcha 
hacia Corinto al frente de unos 120.000 hombres; pero el enemigo aban- 
donó la ciudad. 

Dueño Halleck del Norte de Corinto, en lugar de perseguir a los 
enemigos, empleó el tiempo en operaciones estériles, siendo luego llama- 
do a Washington, sucediéndole Grant en el mando. Entre tanto Bragg, 
que reemplazó al general en jefe Beauregard por orden del presi- 
dente Jefferson Davis, se retiró a la tercera línea estratégica, que se 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 1ÓÍ 

apoyaba en un extremo sobre Wicksburgo, a orillas del Mississipí, en 
el otro extremo sobre Selma a orillas del Alabama, y en el centro so- 
bre las plazas de Jackson y Meridian. La situación del ejército fede- 
ral era la siguiente: Buell debía marchar sobre Chattanooga, a orillas 
del Tennessee (Tennessee oriental) y restablecer en el camino las lí- 
neas férreas; Grant estaba encargado de arrojar al enemigo hasta más 
allá de Wicksburgo y tomar esta plaza, y Rosecrans se estableció en 
Corinto, rechazando un ataque de los confederados mandados por Pri- 
ce y van Dorn, que tuvieron más de 1.400 muertos, 4.500 heridos y 
más de 2.200 prisioneros. Por lo que respecta al ejército confederado, 
el general Pemberton se situó en Wicksburgo, y Bragg ocupó Chatta- 
nooga antes que pudiera llegar Buell. Después de algunas correrías del 
general federal Buell y del general confederado Bragg, no sin que éste 
destrozase varios destacamentos enemigos ; se encontraron aquéllos 
frente a frente el día 8 de octubre de 1862. Dióse la batalla, que fué 
perdida por Buell, teniendo más de 4.000 bajas. El gobierno de Was- 
hington relevó a Buell del mando en jefe y nombró en su lugar á Ro- 
secran3. Poco después, el 31 de diciembre, comenzó la importante ba- 
talla de Murfreesborough, entre Bragg y Rosecrans. El jefe del ejérci- 
to federal, ayudado por sus generales Sheridan, Thomas y otros, peleó 
como un bravo y ganó la batalla, no sin tener más de 11.000 bajas, y 
los confederados más de 14.000. 

Entretanto había comenzado Grant sus operaciones contra la plaza 
de Wicksburgo. Como pasaban meses y nada adelantaba, esto fué causa 
de que algunos generales deseasen su relevo, especialmente el genera- 
lísimo Halleck; pero Lincoln se negó a ello. Ayudado Grant de los ge- 
nerales Sherman y Gsierson, como también de la escuadra, se apoderó 
de la plaza el 3 de julio de 1863, cayendo bajo su poder más de 30.000 
prisioneros, 172 piezas de artillería y 60.000 fusiles. En seguida, tam- 
bién se entregaron al vencedor las plazas de Jackson y de Port-Hud- 
son, pudiendo recorrer el primer vapor de comercio el 16 de julio del 
citado año todo el Mississipí, desde San Luis hasta Nueva Orleans. 

Pasamos a estudiar la guerra en el Este. Mac Clellan, generalísi- 
mo del ejército del Potomac, fué el encargado por el gobierno de 
Washington, de apoderarse de la capital Richmond. Convencidos todos 
de que por tierra ir a Richmond era tarea tan larga como costosa, a 
causa de los muchos ríos que cruzan el terreno, se decidió a conducir el 
ejército por mar a la fortaleza de Monroe, que era de la Unión y donde 
Mac Clellan estableció sus almacenes. En 389 buques, en el espacio de 
un mes, se condujeron 120.000 hombres del Potomac a la fortaleza de 
Monroe, quedando terminada la traslación el 4 de abril de 1862. Desde 



102 HISTORIA DE AMÉRICA 

Monroe comenzó la marcha hacia ítichmond, no sin sostener diferentes 
ataques, unos prósperos y otros adversos, llegando al fin el 23 de ma- 
yo a once kilómetros y medio de la famosa ciudad. Herido después gra- 
vemente el general en jefe de las fuerzas enemigas, Lee ocupó su pues- 
to. Mac Clellan, además de Lee, tenía en frente al valeroso general de 
caballería Stuart y al terrible Jackson, uno de los generales más bra- 
vos de aquellos y de todos los tiempos. "Antes de entrar en acción 
— escribe el historiador Hopp — se apeaba de su caballo y arrodillán- 
dose en el suelo rezaba alguna oración, no por hipocresía sino por 
religiosidad, como acostumbraba hacerlo el rey Gustavo Adolfo de 
Suecia en la guerra de Treinta Años] pero una vez en la lucha, se trans- 
formaba en león: su semblante se iluminaba, y electrizando como nadie 
a sus soldados, los conducía entre el fuego más mortífero contra el ene- 
migo, que retrocedía ante su empuje irresistible. Sus soldados le idola- 
traban y le seguían a todas partes, haciendo, cuando era necesario, 
marchas que en la historia apenas tienen ejemplo,, (L). Jackson, con 
15.000 hombres, contuvo, en la cuenca del Shenandoah, a los generales 
federales Mac Dowell, Banks y Fremont, que mandaban 80.000 hom- 
bres y que tenían el encargo de impedir a los confederados un ataque 
a Washington, debiéndose notar que tanto los citados tres jefes, como 
Pope que fué a reforzarlos, eran torpes y de poca iniciativa. Sin em- 
bargo, la cuenca superior del Shenandoah quedó asegurada, y Jackson, 
a mediados de junio de 1862, tuvo que tomar posiciones cerca de Char- 
lotte ville para desde allí auxiliar a los ejércitos del Sur que defendían 
a Richmond contra las fuerzas de Mac Clellan. Este general, sin ra- 
zones que lo puedan explicar, aunque tenía bajo su mando fuerzas muy 
superiores a las de los confederados, no sólo no trató de apoderarse de 
Richmond, sino que hubo de retirarse. Aunque en la retirada fué ata- 
cado (29 y 30 de junio) por Jackson cerca de Mechanicsville, y poco 
después por Lee en la colina de Malvern, no lejos del barranco llamado 
Harrisons-Landing, pudo embarcar su ejército, que contaba todavía 
86.000 hombres, para volver a Washington. 

Lincoln y su gobierno, disgustados por, la conducta do Mac Clellan, 
nombraron general en jefe a Pope, quien al frente de las tres divisiones 
mandadas por Mac Dovell, Banks y Fremont, se dirigió contra Rich- 
mond. Si flojo había sido Mac Clellan, más flojo fué Pope. Vióse derro- 
tado por Jackson cerca de Cedar-Run, y el general de caballería Stuart 
incendió los almacenes de los federales y se apoderó del cuartel gene- 
ral de Pope, y en agosto, día 29, ambos ejércitos libraron una batalla 
cerca de Manassas, en las riberas del Bull-Run, teniendo los federales, 

(1) Ob.cit., pág. 226. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 103 

en lugar de seguir adelante para apoderarse de Bichmond, que volver 
atrás y encerrarse en Washington. 

En apuro tan grande, el gobierno federal acudió a Mac Clellan dán- 
dole el mando del ejército de Potomac y del que operaba en Virginia. 
Orgullosos los confederados ; acordaron llevar la guerra al Norte e in- 
vadieron el Maryland; nada pudieron conseguir y el Estado siguió fiel 
a la Unión. Por entonces Jackson realizó una de sus sorprendentes mar- 
chas, cual fué caer de improviso sobre Rarpers-Ferry, tomándola por 
asalto (13 de septiembre); se hizo dueño del paso del Potomac, cogiendo 
muchos prisioneros y apoderándose de unos 70 cañones. Mac Clellan ya 
no tuvo más remedio que tomar la ofensiva y presentó batalla (17 de 
septiembre) al ejército de Lee, a orillas del Antietam, río en el Norte 
de Maryland, que desemboca en el Potomac. La lucha fué empeñada, 
sangrienta, triunfando al fin los del Norte, siendo las pérdidas 13.000 
muertos y heridos en ambos ejércitos. Lee emprendió la retirada y el 
inactivo Mac Clellan no se atrevió a perseguirle, como tampoco evitó 
que Stuart penetrara en Pensilvania y quemara los almacenes y víve- 
res de Chambersburgo. 

Ante la protesta general, Mac Clellan dejó el mando en jefe del 
ejército (8 de noviembre) a Burnside, valiente como pocos, aunque igno- 
rante en estrategia. Sus generales Franklin, Sumner y Hooker fueron 
diezmados por el ejército confederado, teniendo Burnside que repasar 
el río Rappahannock con pérdida de 13.700 hombres, en tanto que Lee 
sólo había tenido 5.300. Cuando en enero de 1863 intentó Burnside vol- 
ver a la lucha, las tropas dieron señales de insubordinación, teniendo 
el gobierno de Washington que nombrar en su lugar al general 
Hooker. , 

Hooker y Lee iban a luchar con energía. Eran mucho mayores las 
fuerzas federales que las confederadas. Cerca de Chancellorsville se en- 
contraron los dos ejércitos (2 mayo 1863). Hooker dirigió torpemente 
la batalla y fué herido; Lee tuvo la fortuna de tener bajo sus órdenes 
a los generales Jackson y Stuart, quienes lucharon como héroes. Jack- 
son con su estado mayor recibió una descarga, siendo gravemente heri- 
do por sus mismos soldados que le tomaron por una patrulla enemiga 
(noche del 2 de mayo), muriendo el 10 del citado mayo. Perdió el ejér- 
cito del Norte más de 12.000 muertos y heridos, más de 3.000 prisione- 
ros y 120 cañones. Las bajas del ejército de Lee no fueron mucho me- 
nores, causando especialmente profunda pena la desgraciada muerte de 
Jackson. \ 

Deseábase la paz lo mismo por los del Norte que por los del Sur, 
pues los recursos se iban agotando. Llevaba el Sur la mejor parte en la 



104 HISTORIA DE AMÉRICA 

guerra y también puede afirmarse que el general Lee valía más que Hoo- 
ker. Decidióse Jefferson Davis a llevar la guerra al Norte y terminar de 
una vez la contienda. El 5 de junio emprendió la marcha la división de 
Ewell, siguiéndole Lee con los ejércitos de Hill y Longstreet. El 24 de 
junio había pasado todo el ejército el Potomac. Grande fué el pánico que 
hubo en Washington, teniendo Lincoln que llamar a las armas 120.000 
hombres de las milicias para proteger la capital, e hizo destituir al gene- 
ralísimo Hooker, nombrando en su lugar a Meade, general sereno y pru- 
dente. Meade y Lee pelearon el 1, 2 y 3 de julio de 1863 cerca de 
Gettysburgo (Pensilvania). Si en los dos primeros días'llevaron la mejor 
parto los confederados, en el tercero la fortuna se puso al lado de los 
federales, cuya victoria fué la ruina de la Confederación del Sur. Per- 
dieron en los tres días los del Norte 28.000 hombres con 10 generales, 
y los del Sur 36.000 y 17 generales. Emprendió Lee la retirada, pasó 
el Potomac y construyó fortificado campamento no lejos de Kapahan- 
nock. En otra parte luchaban también federales y confederados, don- 
de—como ya sabemos — la victoria fué de los primeros, quienes se hicie- 
ron dueños de Wicksburgo. La noticia llegó el 4 de julio, día de la fies- 
ta nacional de los Estados Unidos. Recordóse entonces en el Norte la 
siguiente expresión de Jefferson Davis: "Mientras conservemos a 
Wicksburgo, que es el baluarte de nuestra independencia, se sostendrá 
la Confederación; pero la caída de esta plaza será su ruina. „ 

Procede tratar ya de la guerra marítima. Antes de estallar la gue- 
rra (4 marzo 1861) la marina se componía de 42 buques con 555 caño- 
nes y 7.600 tripulantes. A los cuatro meses después, esto es, el 4 de 
julio del mismo año, hubo ya 82 buques, y en esta proporción se fué 
aumentando; actividad asombrosa como no se registra en la historia de 
ningún pueblo. En cuanto a artillería gruesa de marina, había al prin- 
cipio de la guerra unas 60 piezas de gran calibre y 3.000 a últimos del 
año 1863. La primera expedición marítima de importancia que empren- 
dió el gobierno de Washington, organizada desde el 20 al 25 de febre- 
ro de 1862, se componía de 4 chalupas, 17 cañoneros, 21 bombardas y 
2 fragatas de vela. La tropa de desembarque, que ascendía a 18.000 
hombres, la mandaba el general Butler. Dirigióse la escuadra contra 
Nueva Orleans, llave del Mississipí. El 24 de abriLel almirante Farra- 
gut, jefe de la expedición, forzó el paso del río, recibiendo fuego rápi- 
do de los fuertes de la plaza y de varios buques de vapor de los confe- 
derados, en especial del ariete (1) Manassas, de los cuales doce de ellos, 
incluso el citado ariete, volaron o vararon. Farragut" apagó con sus 



(i) O buque de vapor blindado, con un espolón reforzado y saliente para embestir a otras ni 
ves y echarlas a pique. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 105 

andanadas el fuego de los fuertes, e intimó la rendición de la ciudad, 
de la cual ya había salido la tropa y a su frente el general Lcwell. In- 
tentó, sin embargo, la resistencia el alcalde de Nueva Orleans; pero 
ante la energía del almirante se entregó la plaza ; ocupándola Butler el 
l.o de mayo. Pocos días antes, el 8 de marzo, se presentó delante de la 
rada de Hampton-Court, donde estaban dos viejas fragatas de la mari- 
na federal, llamadas Cumberland y Congress, el famoso acorazado de 
los confederados, conocido con el nombre de Merrimac, que navegaba 
debajo del agua, no dejando ver en la superficie más que la cubierta y 
la chimenea. Llevaba cañones Armstrong de a ciento, y su proa esta- 
ba armada de gran espolón de hierro como las antiguas galeras. Man- 
dábalo Buchanan. Embistió a la fragata Congress, y aunque ésta con- 
testó disparando una descarga, sus balas rebotaban en la cubierta de 
hierro del Merrimac. En seguida este buque metió su espolón en el cos- 
tado del Cumberland, que echó a pique, y poco después se incendió el 
Congress e hizo explosión; también sufrió las balas del Merrimac el Mi- 
nesota. En todos estos ataques la tripulación del Merrimac tuvo cinco ba- 
jas (dos muertos y tres heridos). Esparcióse el terror entre los coman- 
dantes de los demás buques federales, pues temían que la infernal má- 
quina acabase con toda la escuadra. Vino a darles aliento la presenta- 
ción de un nuevo buque acorazado, medio submarino, dejando sólo ver 
la cubierta y en el centro de ella una torre giratoria de hierro arma- 
da de dos cañones, sistema Dahlgreen: el buque se llamaba Monitor y 
lo mandaba el capitán AVorden. «A las seis de la mañana — escribe el 
Dr. Hopp — al volver a presentarse el Merrimac para continuar su obra 
de destrucción, se encontró con el Monitor, mucho más pequeño que él. 
Todos los esfuerzos del primero para arremeter al otro con su espolón 
fueron durante largo tiempo inútiles, porque el Monitor eludió diestra- 
mente todas las embestidas, y cuando, por último, pudo el Merrimac al- 
canzarle, se le rompió el espolón, sin que el Monitor hubiese recibido 
daño alguno. En* cambio, los dos terribles cañones del Monitor causa- 
ron a su contrario tan notables averías, que su comandante se vio obli- 
gado a renunciar a la lucha y retirarse al puerto de Norfold, de donde 
no salió más, siendo destruido posteriormente por los mismos confede- 
rados para que no cayera en manos de los federales. El capitán del 
Monitor quedó casi ciego a consecuencia de una bala del Merrimac, que 
dio contra la garita de hierro del timonel, desde donde Worden dirigía 
el timón. Este buque, construido sólo para la defensa de los puertos, 
carecía de condiciones para navegar en alta mar y no había llegado a 
la rada de Hampton sino con gran trabajo, porque la mar además es- 
taba aquel día muy alborotada. Así es que naufragó cerca del cabo de 



106 HISTORIA DE AMÉRICA 

Hatteras en el otoño del mismo año; pero sirvió de modelo a otros bu- 
ques de torre giratoria y acasamatada, mayores y más fuertes toda- 
vía, que el gobierno de Washington hizo construir desde entonces» (1). 

Al frente de una escuadra de 74 buques que llevaban a bordo 5.000 
soldados de marina y 20.000 hombres de desembarque, se puso el co- 
modoro Dupont. Dirigióse a conquistar el puerto de Port-ítoyal, que 
fué destruido por los certeros tiros de la escuadra, retirándose enton- 
ces la guarnición. "Hizo lo mismo la guarnición del fuerte de Beaure- 
gard, que fué ocupado por las tropas federales, al mismo tiempo que 
las islas situadas en frente. Desde allí pasó la escuadra a la embocadu- 
ra del río Savannah, defendido por el fuerte de Palaski, que es del 
mismo modo llave de la ciudad de Savannah, capital de la Georgia. Si 
el fuerte se rindió el 11 de abril de 1862, la ciudad, situada a 29 kiló- 
metros más arriba, no lo hizo hasta el 22 de diciembre de 1864 „ (2). 
Otros fuertes y pueblos marítimos de la Georgia y la Florida, tomó, a 
últimos del año 1862, la escuadra del Norte. También Burnside, en el 
mismo año, se hizo dueño de la isla de ítoanoke y en seguida de las 
ciudades marítimas de Newbern, Edenton y Winton, en la costa inme- 
diata de la Carolina del Norte. En suma, al terminar dicho año, la 
Unión ocupaba gran parte de la costa del Atlántico. 

En abril de 1863, el gobierno de Washington dispaso poner sitio a 
la importante plaza de Charleston, comenzando por apoderarse de los 
fuertes de Sumpter, Wagner y Gregg. Si al frente de su escuadra el 
almirante Dupont intentó forzar la entrada del puerto ; la intentona le 
salió mal y tuvo que retirarse. 

Otra escuadra organizó en seguida el gobierno, que confió al almi- 
rante Dahlgreen, y cuya tropa de desembarco mandaba el general 
Gillmore. Atacaron con bríos las fortalezas citadas y casi las des- 
truyeron, no logrando apoderarse de ellas y teniendo que retirarse 
después de perder mucha gente, buques y bastante material de 
guerra. 

Más afortunado fué el almirante Farragut. En el 5 de agosto de 
1864 se apoderó Farragut de la bahía y puerto de Móbila — y por el 
Gual la Confederación del Sur se comunicaba con Europa — no cayendo 
la ciudad hasta el 12 de abril del siguiente año. Los torpedos coloca- 
dos por los confederados en la entrada del puerto, habían echado a 
pique con toda la tripulación al monitor federal Tecumseh; y dentro del 
puerto el ariete acorazado Tennessee, con cubierta de hierro, blindado 
con chapas de 15 centímetros de grueso y dotado de 6 cañones, se dis- 



(1) Ob. cit.,pág. 232. 

(2) Ibidem, pág. 233. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 107 

puso a lachar uno tras otro con los barcos de la escuadra federal. Man- 
daba el Tennessee el valiente Buchanan, el mismo que había dirigido 
el Merrimac en la rada de Hampton-Court. Nada pudo el Tennessee 
contra las embestidas de los buques federales, teniendo al fin que en- 
tregarse cuando ya estaba herido el capitán Buchanan. 

Si importantes eran estos combates, no huelga decir que los confe- 
derados con sus buques de corso consiguieron que la marina mercante 
del Norte desapareciese de los mares. Nada tiene esto de particular, por- 
que los buques de la Confederación del Sur, construidos en Inglaterra, 
andaban 16 nudos por hora y podían, por tanto, burlar a los de la Unión. 
Entre los buques corsarios de los confederados el más terrible era el 
Alabama, mandado por el capitán Semmes, que destruyó o apresó 65 
buques mercantes federales, cuyos cargamentos se calcularon en diez 
millones de pesos. Echó a pique el buque de guerra federal Halteras y, 
para aproximarse a él y a otros izaba la bandera inglesa. Deseaban 
los de la Unión darle caza, hecho que realizó el Kearsarge, buque de 
guerra, apresándole, después de sangrienta lucha, delante de Cherbur- 
go, en el Canal de la Mancha. El corsario Tallahassee y otros nc deja- 
ban de apresar los buques de la marina mercante de la Unión, no sin 
que a veces unos y otros diesen pruebas de arrojo y de temeridad. To- 
das las miradas de los federalistas se fijaron en el puerto confederado 
de Wilmington, cuya llave era la fortaleza Fisher, armada de 235 
grandes cañones. Una escuadra, la más poderosa que había organizado 
el Norte durante la guerra y que llevaba 500 grandes piezas de arti- 
llería, se presentó el 13 de enero de 1865, emprendiéndose el ataque 
al día siguiente 14. Hasta entonces sólo los monitores habían sosteni- 
do el fuego y las pérdidas habían sido insignificantes; después, si la es- 
cuadra hacia fuego horroroso sobre el fuerte, los sitiados lanzaban nu- 
be de metralla sobre los sitiadores . El almirante Poster y el general 
Terry, sin embargo de la resistencia de los sitiados, se apoderaron con 
sus acertadas medidas del fuerte (15 de enero) no sin que antes cayese 
herido mortalmente el general separatista Whiting. Bragg, Hoke y de- 
más generales separatistas lucharon valerosamente. En la mañana del 
16, cuando los soldados y muchos marineros de la armada recorrían 
la fortaleza, estalló el fuerte a causa de haberse incendiado por un 
descuido el polvorín, causando la muerte de unos 200 y más de 100 
heridos. La plaza de Wilmington cayó en poder de los unionistas el 22 
de febrero de 1865. Lee, generalísimo de los ejércitos de la Confedera- 
ción, que se encontró en la ciudad cuando los federales se diponían a 
tomarla, hubo de decir, que si Wilmington caía, no era posible sostener 
a Bichmond. 



108 HISTORIA DE AMÉRICA 

Si en páginas anteriores hemos tratado de la guerra terrestre en 
los Estados del Centro hasta la toma de Wicksburgo, ahora vamos a 
continuarla hasta el fin de la expedición de Sherman. El general Grant, 
al apoderarse de Wicksburgo, dio libertad a las tropas confederadas 
que había hecho prisioneras, mediante promesa individual de no tomar 
las armas contra la Unión en aquella campaña. No cumplieron lo pro- 
metido, pues apenas recobraron la libertad, volvieron a reengancharse. 
Quiso Grant a la sazón dirigirse a Móbila y someter también todo el 
Estado de Alabama; el generalísimo Halleck no sólo se opuso a ello, sino 
que le ordenó (3 de octubre del mismo año) dirigirse sin dilación a 
Chattanooga, donde se hallaba Rosecrans rodeado de fuerzas enemigas 
y a punto de morir de hambre. En efecto, Rosecrans había sido derro- 
tado (perdiendo cerca de 16.000 hombres el 19 y 20 de septiembre) 
por el general Bragg en el valle de Chikamanga y permanecía encerra- 
do, próximo a perecer, si pronto no recibía auxilio. Comenzó Grant por 
enviar municiones de boca y de guerra al ejército vencido y a su vez 
hizo nombrar en reemplazo de Rosecrans al general Thomas, quien con 
su prudencia y valor había impedido la destrucción completa de las 
tropas en la batalla de Chickamanga. Al paso que Grant daba las órde- 
nes más oportunas para salir del apuro, Bragg desmembraba impru- 
dentemente sus fuerzas, satisfaciendo de este modo los deseos del pre- 
sidente Jefferson Davis, quien — según irónicamente dice Grant en sus 
Memorias — u se dignaba de cuando en cuando favorecer las operaciones 
de las fuerzas federales. „ Cuando Grant recibió los refuerzos del gene- 
ral Sherman (20 de noviembre) comenzó sus operaciones contra Bragg, 
que ocupaba posiciones consideradas como inexpugnables alrededor de 
Chattanooga. El 24 de noviembre el ejército de Grant quedó forma- 
do del siguiente modo: Thomas formaba el centro, Hooker el ala dere- 
cha y Sherman el ala izquierda. Comenzó Hooker tomando Jas posicio- 
nes enemigas de Look-Out y al día siguiente se dio la batalla decisiva, 
que acabó con la toma del Missionary-Ridge; al ponerse el sol, cayó 
también el cuartel general de Bragg en poder de los unionistas. Per- 
dieron ambos ejércitos, vencedores y vencidos, unos 5.500 hombres en- 
tre muertos y heridos, quedando prisioneros unos 6.000 confederados. 
Mientras las fuerzas confederadas se retiraban en desorden a Atlanta, 
Sherman se dirigió a toda prisa a auxiliar a Burnside, que se vio ata- 
cado por Longstreet en Knoxville. No se atrevió Knoxville a esperar 
a Sherman y se volvió a Virginia. 

La derrota de Bragg fué golpe terrible para los confederados, quie- 
nes perdieron el Tennesseey sobre todo Chattanooga, "base magnífica 
en manos de los confederados para hacer irrupciones en los Estados del 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 109 

Norte, y en manos de los federales para hacerlas en los del Sur.„ Cun- 
dió el desaliento entre los confederados y en todos los Estados del Sur 
se notaba el cansancio de lucha tan larga. Entre los federales aumen- 
taron las esperanzas de próximas victorias, pues contaban con las es- 
padas de Grant y de Sherman. Nombrado Grant general de todos los 
ejércitos de la Unión, antes de emprender la campaña en la primavera 
de 1864, encargó a Sherman de todas las fuerzas del interior, que con- 
sistían en unos 98.000 hombres bajo el mando de los generales Thomas, 
Schofiel y Mac Pherson. Tomó él el mando del ejército del Potomac, 
en el cual estaba el general Meade. Halleck quedó reducido al papel 
modesto de asesor militar del presidente Lincoln. 

Mientras Grant luchaba con el enemigo en Virginia hasta lograr la 
victoria, Sherman realizaba atrevida expedición. En febrero de 1864 
se dirigió al Estado de Mississipí, donde destruyó 240 kilómetros de fe- 
rrocarril y el depósito central de provisiones de boca y material de 
guerra que los enemigos tenían en Meridian. El 4 de mayo marchó des- 
de Chattanooga en dirección a la ciudad de Atlanta. Después no dejó 
de hostigar a Johnson (sucesor de Bragg en el mando general del ejér- 
cito); que permanecía desde Chattanooga a Atlanta, librando sangrien- 
tos combates y dando pruebas, lo mismo Sherman que Johnson, de va- 
lerosos y aguerridos. También, con singular arrojo, se batieron los ge- 
nerales todos, ya federales, ya confederados. Sherman, con el fin de 
ponerse en contacto con el Norte mediante la escuadra, conquistó a 
Atlanta, infiriendo a los separatistas una pérdida de que difícilmente 
podrían recobrarse. Dispuso hacer de dicha población una plaza pura- 
mente militar, c »n cuyo objeto publicó un edicto mandando salir de la 
ciudad y facilitándoles la traslación al Sur a todos los habitantes, que 
no perteneciesen al ejército, los cuales sumaban unos 2.000. Semejante 
resolución originó reclamaciones del general confederado Hood y una 
petición del ayuntamiento de la ciudad. Hood, refiriéndose a la expul- 
sión de los habitantes, le decía lo siguiente: "Eespecto de esta medida, 
séame permitido observar que no tiene precedente y que excede en 
crueldad calculada y refinada a las páginas más lúgubres de la historia 
de todas las guerras. En nombre de Dios y de la humanidad protesto 
contra la expulsión de las mujeres y niños de un pueblo honrado a 
quien se obliga a abandonar sus hogares y haciendas.,, A estas palabras 
contestó el general Sherman: tt En nombre de la razón natural suplico 
a V. que no profane el nombre de Dios evocándole en estas circunstan- 
cias. Vosotros habéis empujado la nación, en medio de su vida política 
y próspera, a una guerra civil, lúgubre y cruel. Nos obligasteis a la 
lucha apoderándoos de nuestras fortalezas y arsenales, guardados por 



110 HISTORIA DE AMÉRICA 

pacíficos sargentos de artillería; hicisteis prisioneras las guarniciones 
encargadas de protegeros contra los indios, mucho antes de que el go- 
bierno de Lincoln, a quien tanto odiáis, hubiese dicho una palabra; 
obligasteis a Kentucky y Misuri a ponerse de vuestro lado; vosotros 
falsificasteis el voto de Luisiana; vosotros saqueasteis buques indefen- 
sos; vosotros arrojasteis a millares de familias, partidarias de la Unión, 
de sus casas, que quemasteis, y declarasteis anulados todos los crédi- 
tos de los ciudadanos del Norte contra los del Sur. No es a nosotros, 
que hemos visto todo esto, a quien podéis hablar de vuestra indignación 
moral; nosotros, que estamos prontos a hacer por la paz del Sur tantos 
y tan grandes sacrificios como el que más de vosotros. Ya que hemos 
de ser enemigos, seamos hombres y no acudamos a esas invocaciones 
hipócritas de Dios y de la humanidad; Dios ya juzgará y dirá a su 
tiempo si es más humano librar batallas con una ciudad llena de muje- 
res y niños a sus espaldas o conducirlos en tiempo hábil a puntos se- 
guros, donde estarán entre los suyos. „ A la corporación municipal, en- 
tre otras cosas, le contestó lo que a continuación copiamos: "No revoco 
mi orden porque no se trata de un caso aislado, sino de evitar otros ca- 
sos análogos, en los cuales va envuelta la suerte de millones de gente 
buena y honrada fuera de la ciudad de Atlanta. 

Terminaba así: "Dejándonos de divagaciones y reticencias, diré que 
lo que anhelo es la paz; ésta, en mi opinión, sólo puede alcanzarse con 
la guerra y la conservación de la Unión, y yo hago la guerra para apre- 
surar su fin, y cuando lo haya logrado, podréis venir a pedirme lo que 
gustéis: partiré con vosotros el último pedazo de galleta y protegeré 
vuestras casas y familias; por ahora no hay remedio, os habéis de mar- 
char de aquí y os habéis de llevar á vuestros ancianos y personas dé- 
biles para cuidarlos en sitio más pacífico y seguro, hasta que la demen- 
cia originada por las pasiones se haya calmado y vuelva a reinar la 
unión y la paz en Atlanta. „ La conquista de Atlanta costó a los fede- 
rales 30.000 bajas y a los confederados 42.000. 

Sherman se dirigió al Norte, y allí, con el objeto de cortar la co- 
municación y aprovisionamiento, marchó Hood, el general en jefe de 
los confederados, quien pudo convencerse de la superioridad de su ene- 
migo. Del mismo modo el general unionista, Corsé, que con 1.900 hom- 
bres guardaba las posiciones de Allatoona, contestó al general confede- 
rado French, y a sus 7.000 soldados, que estaba decidido a morir antes 
que capitular. Igual respuesta recibió Hood del coronel Weaver, encar- 
gado de la defensa de Resaca, sin embargo de amenazarle con el asalto 
de la plaza y no dar cuartel. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 111 

La guerra adquirió carácter feroz. El ¡ay de los vencidos! volvió a 
repetirse en América. Cuando Sherman, contando con la aprobación de 
Grant, se decidió a atravesar la Georgia hasta Savannah, para poner- 
se en contacto con la escuadra, hizo saber a todos que estaba decidido 
a castigar duramente a las guerrillas que le molestasen en su marcha, 
y a los que destruyesen los puentes y caminos. A fin de que Hood no 
volviera a establecerse en Atlanta, redujo a escombros la ciudad y des- 
truyó completamente las líneas férreas que llegaban a ella. Al frente 
de 55.000 hombres, distribuidos en dos columnas, emprendió su marcha, 
llegando el 11 de diciembre de 1864 delante de Savannah, no sin casti- 
gar — como había anunciado — a los que intentaron impedirle el paso. 
En la noche del 22, el general confederado Hardee, que mandaba el 
ejército de guarnición, evacuó la plaza y se dirigió a Charlestón. Sher- 
man penetró en ella el 23 por la mañana, telegrafiando en seguida a 
Lincoln lo siguiente: "Dignaos admitir como regalo de Navidad la ciu- 
dad de Savannah con 150 piezas de artillería de gran calibre, grandes 
depósitos de municiones de boca y de guerra, y 25.000 pacas de algo- 
dón. „ Lincoln contestó: "Mil gracias por el obsequio. Cuando usted sa- 
lió de Atlanta, sentí inquietud; pero creí que usted debía saber mejor 
que yo lo que iba a hacer, y pensé: A los atrevidos ayuda la fortuna, y 
ahora que todo ha salido a medida del deseo, pertenece a usted toda la 
gloria de la empresa. Sírvase expresar a los jefes y tropas mi satisfac- 
ción y gratitud. „ 

Entretanto Hood había penetrado en el Estado de Tennessee, y no 
pudo impedir, con cuyo objeto dio la batalla de Franklin, la reunión del 
ejército de Schofield con el de Thomas. Hood atacó a los enemigos el 15 
de diciembre delante de Nashville] luchóse con valor por ambas partes, 
cediendo al fin el día 16 los confederados y retirándose no sin grandes 
pérdidas. Los del Norte hicieron 5.000 prisioneros y se apoderaron de 
53 cañones. Los del Sur, habían perdido en las batallas de Franklin y 
de Nashville, 14 generales muertos o heridos y siete prisioneros. Hood 
dimitió entonces el mando del ejército, y las tropas que quedaron hu- 
bieron de marchar a unirse a las que Johnson tenía en la Carolina del 
Norte. 

Cuando las tropas de Sherman habían descansado en Savannah de 
tantas fatigas, aquel afortunado general se decidió a atravesar la 
Georgia y las dos Carolinas. El 18 de enero de 1865, después de encar- 
gar Sherman al general Foster el mando de Savannah, se puso en ca- 
mino, atravesando ríos, cruzando terrenos pantanosos, subiendo cerros, 
y al mismo tiempo, atacado por columnas enemigas y por los vecinos 
de las poblaciones, los cuales degollaban a los rezagados o extraviados. 



112 HISTORIA DE AMÉRICA 

Las represalias no se hicieron esperar. Columbio,, la capital de la Caro- 
lina del Sur, quedó casi reducida a cenizas. El 18 de febrero evacuó el 
general confederado Hardee la ciudad de Charleston; y antes de eva- 
cuarla voló muchos edificios públicos o les pegó fuego, fuego que hubo 
de comunicarse al depósito de pólvora, que voló también derribando 
muchas casas y matando a más de 200 personas. La escuadra federal 
desembarcó tropas, que ocuparon la ciudad destruida, encontrando 450 
cañones. El soberbio Estado de la Carolina del Sur fué castigado como 
merecía. Si en la Carolina del Norte tuvo Sherman en frente ai valeroso 
Johnston, nada importa, pudiendo aquél ocupar a Galdsboro sin temor 
a las fuerzas ya agotadas de los confederados. 

Acerca de la campaña de Grant en Virginia, última de la guerra, 
poco habremos de decir. En frente de Grant estaba Lee, el generalísimo 
de las fuerzas confederadas. Si Grant era inferior en estrategia a Lee, 
en cambio tenía a su favor fuerzas más considerables. El 4 de mayo de 
1864 ordenó Grant el avance en dirección al Sur. El ejército de Poto- 
mac, formado en cuatro columnas mandadas respectivamente por Han- 
cock, Warren, Sedgwick y Burnside, constituía el centro; un cuerpo de 
ejército estacionado en la Virginia occidental, a las órdenes de Sigel, 
formaba el ala derecha, y otro cuerpo de ejército apoyado sobre el 
fuerte Monroe bajo la dirección de Butler, venía a constituir el ala iz- 
quierda. Lee, antes de ser atacado, se dirigió contra el ala derecha del 
enemigo y peleó un día y otro día con singular arrojo en aquellas regio- 
nes ásperas y esquilmadas, conocidas con el nombre de el Desierto. Todo 
el ejército del Norte penetró en aquellos lugares cubiertos de monte 
bajo, donde encontró tenaz resistencia y donde se dieron continuos y 
sangrientos combates. Fué muerto el general Sedgwick y derrotado Si- 
gel cerca de New-Market (15 mayo 1864); Butler, que desde Monroe 
operaba contra Bichmond, fué rechazado con grandes pérdidas, y el ge- 
neral de caballería Kantz, alemán, al servicio de la Unión, tampoco 
pudo realizar nada de provecho. El 3 de junio Grant y Lee pelearon 
cerca de Cold-Harbour, en la confluencia de los ríos Chickahominy y 
York, perdiendo el primero mucha gente sin resultado positivo. Diéron- 
se otros combates, en los cuales se portaron valerosamente los regimien- 
tos de negros. Cuando el invierno puso fin a la campaña de 1864, Grant, 
sin embargo de sus reveses y torpezas, habia conseguido reducir el cam- 
po de operaciones de las fuerzas de la Confederación. El 19 de septiem- 
bre, Sheridan, en la cuenca del Shenandoah, derrotó al general confe- 
derado Early, haciéndole más de 5.000 bajas. Quiso Early vengarse de 
su desgracia, atacando con fuerzas considerables, el 19 de octubre, cer- 
ca de Cedar-Creek, a Sheridan, siendo también completamente vencido. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 113 

En la primavera siguiente se concentraron las operaciones a la con- 
quista de Petersburgo y Richmond. Grant hubo de sustituir en el mando 
del ala izquierda de su ejército al inepto Butler por Ord. Sherman se 
dirigió contra Johnston, y Sheridan se apoderó el l.o de abril de la po- 
sición de Five-Forks. Aproximábase el término de la guerra. El espí- 
ritu del ejército del Sur decaía rápidamente. El 3 de abril Sheridan 
conquistó a Petersburgo y Weitzel se hizo dueño de Richmond. La causa 
de la civilización había triunfado completamente. Lee, que intentó re- 
unirse con el ejército de Johnston, no pudo, porque Sheridan le cortó 
el paso y tuvo que entregarse con 27.000 hombres y mucha artillería a 
Grant (9 de abril). También Mobil a con sus fuertes cayó en poder de 
los federales el 12 de abril de 1865, y el 15 del mismo mes el intrépido 
y valiente Johnston se hubo de entregar a Sherman. 

Cuando los dos jefes trataban, en la estación del ferrocarril de íta- 
leigh, las condiciones de la entrega, el encargado del telégrafo interrum- 
pió la entrevista con la noticia de que el presidente Lincoln había sido 
asesinado la noche anterior en el teatro de Washington. Sherman en- 
tregó el telegrama a Johnston, diciéndole: "Temo que este suceso sea 
fatal para la causa de usted. „ Todavía el 13 de mayo, al otro lado del 
Mississipí, se dio una acción entre unionistas y confederados; pero aun- 
que la mejor parte la llevaron los últimos, hubieron de entregarse el 26 
del mismo mes. La guerra había terminado. 

Consideremos ahora el gobierno de Lincoln durante Ja guerra. La 
política en todo este tiempo estuvo supeditada al resultado de la cam- 
paña. Comenzaron las tareas legislativas el 4 de julio de 1861 y se sus- 
pendieron el 6 de agosto, volviendo en diciembre del mismo año. Si el 
gobierno de Washington dispuso que todos los negros que cayesen en 
poder de las tropas federales recobrarían la libertad, el gobierno con- 
federado, poco después de la victoria de Bull-Run, ordenó la expulsión 
de su territorio de todos los ciudadanos de la mayor parte de los Esta- 
dos unionistas, y posteriormente dispuso el embargo de los bienes mue- 
bles e inmuebles de todos los enemigos de la Confederación. 

La segunda legislatura del Congreso de Washington abrió sus se- 
siones en diciembre de 1861; en el año de 1862 se dieron pasos para la 
extinción de la esclavitud, y a la ley de expulsión y confiscaciones de 
bienes de los ciudadanos del Norte establecidos en el territorio de la 
Confederación, contestó el Congreso de representantes con otra análoga. 
Verificadas las elecciones generales, en las cuales logró triunfar en mu- 
chas partes el partido democrático sobre el republicano, se abrieron las 
Cámaras. Como la mayoría resultó, a pesar de todo, republicana, el 1.° 
de enero de 1863 pudo Lincoln proclamar la libertad de todos los escla- 

III 8 



114 HISTORIA DE AMÉRICA 

vos en el territorio de la república de la América del Norte. tt Fué uno 
de los sucesos más grandes de este siglo, reclamado imperiosamente 
por la moral y la justicia y digno de figurar al lado de la ley de eman- 
cipación de los siervos de la gleba en toda la extensión del imperio ruso 
promulgada por el emperador Alejandro II en 19 de febrero de 1861 y 
puesta en práctica el 17 de marzo de 1863 „ (1). 

Después de algún tiempo se verificaron las elecciones presidencia- 
les, resultando reelegido Lincoln. 

El 31 de enero de 1865, el Congreso votó por 119 votos contra 56, 
el artículo 13 adicional a la Constitución de los Estados Unidos, re- 
dactado en los siguientes términos: 

u l.o Quedan prohibidas la esclavitud y toda servidumbre personal 
forzosa, excepto la decretada por los tribunales como castigo o pena 
impuesta a los criminales, en todo el territorio de los Estados Unidos 
y de su jurisdicción. 

2.° El Congreso está autorizado para hacer observar y cumplir este 
artículo a la fuerza, si fuese necesario. „ 

El 14 de abril de 1865, el presidente resolvió ir a pasar la noche 
al teatro de Ford, acompañado de su mujer y dos amigos; fué a ocupar 
el palco que de antemano se le tenía designado. A eso de las diez y 
media, cuando iba a comenzar el tercer acto, un joven, llamado Juan 
Wilkes Booth, natural de Baltimore, hijo del famoso trágico inglés, 
Junio Bruto Booth, y él también cómico, penetró en el vestíbulo del 
palco presidencial, cerró la puerta por dentro, sacó de su bojsillo una 
pistola y un puñal, y entrando de repente, disparó un tiro a Mr. Lin- 
coln. El ilustre presidente, herido mortalmente, se inclinó sobre la ba- 
randilla del palco, cerrándose sus ojos y muriendo a las 7 y 22 minu- 
tos del día siguiente. La bala había atravesado el cráneo por la oreja 
izquierda, penetrando -hasta la cavidad del ojo derecho. El mayor 
Rathbone, que era el único hombre que estaba con el presidente, vio, a 
través del humo de la pólvora, al asesino, y arrojándose sobre él, tra- 
tó de sujetarle; pero Booth arrojó la pistola y hundió el puñal en el 
brazo izquierdo de Rathbone, acercándose a la barandilla del palco y 
gritando: ¡Sic semper tyrannis! saltó a la sala del teatro. Algunos es- 
pectadores le quisieron detener; pero temieron al puñal que el misera- 
ble llevaba en su diestra y salió del teatro, no sin decir antes: ¡El Sur 
está vengado! Fuera del teatro le esperaba un muchacho que tenía de 
la brida un caballo y montando en el animal, se lanzó a escape en di- 
rección al puente de Anacosta y marchó a refugiarse en la parte Sur 



íl) Dr. Hopp, Ob. c¡t., patr. 251 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 1!5 

de Maryland, entre cuyos habitantes, partidarios de la esclavitud, es- 
peraba encontrar amparo. 

Casi al mismo tiempo que Booth entraba en el teatro, Levis Payne 
Powell, hijo de un sacerdote de la Florida, entraba en la casa de Se- 
ward, secretario de Estado, a quien hería en el rostro, aunque no de 
tanta gravedad como a un hijo del citado ministro. El asesino salió a 
la calle, montó en un caballo que dejó a la puerta de la casa y desapa- 
reció inmediatamente. Los asesinos fueron luego presos y pagaron con 
la vida su crimen. "Fué un espectáculo imponente — escribe Hopp — ver 
una nación llorando la muerte de un hombre justo que, cual otro Moi- 
sés, había conducido a su pueblo a la tierra de promisión, a una nueva 
existencia, sin que le fuera permitido verla más que desde la cúspide 
de una montaña, para dejar este mundo después. Podrán haber figurado 
en la historia de los Estados Unidos hombres de genio más vasto, de 
miras más amplias, más atrevidos; pero ninguno máspuro„. (1) 

Creyó la opinión pública que Jefferson Davis, el ex-presidente de 
la Confederación del Sur, Jacobo Thompson, y otros habían sido los 
instigadores del crimen; mas se probó que eran inocentes. Booth fué el 
alma de la conspiración y creía que emancipar a los esclavos era una 
traición que debía ser castigada con la muerte. 

Entre los nombres de los ilustres presidentes de los Estados Unidos 
figuran en primer término y brillan con más intensidad los de Washing- 
ton, Monroe y Lincoln. En la Historia Universal no encontramos nin- 
guno superior, ni aun igual a Washington. De Monroe diremos que 
tenía mucha práctica en los negocios políticos, en los asuntos de Esta- 
do y en las cosas de guerra. Tenaz en sus propósitos hizo prosperar la 
Hacienda pública y arrebató la Florida a España. Su política con res- 
pecto a las naciones europeas es la misma que al presente siguen todos 
los .Estados de América. Distinguíase Lincoln por su carácter enérgico 
y noble corazón. Hasta entonces los Estados Unidos veían impasibles 
que tres millones de hombres se hallasen sujetos al pesado yugo de la 
esclavitud. Rompió las cadenas de hierro de los esclavos y mostró que 
la sangre derramada en el Calvario había redimido a todo el género 
humano. Señala el gobierno de Lincoln brillante etapa en la historia de 
la civilización. Votado por el Congreso el citado artículo adicional a la 
Constitución, la grata noticia corrió como una chispa eléctrica de ciu- 
dad en ciudad y de aldea en aldea hasta los últimos confines del Sur, 
pudiendo ya exclamar los negros: ¡Somos libres! Inmediatamente des- 
pués, la popular Asamblea que con tanto entusiasmo y valor había de- 
fendido las instituciones republicanas, las libertades patrias y las re- 

(l) 01). cit., pág. 253. 



116 HISTORIA DE AMÉRICA 

formas sociales, hubo de suspender sus sesiones "en honor de dicho 
grandioso e inolvidable suceso. „ Desde entonces los Estados Unidos 
del Norte de América abandonaron las máquinas de guerra y huye- 
ron de los campos de batalla para defender — como paladines de los 
tiempos medioevales — la causa de la justicia y de la libertad. En el si- 
glo décimo octavo lograron su independencia, en los comienzos de la 
centuria décimo novena sintetizaron su política exterior con la conoci- 
da frase de América para los americanos, y en la segunda mitad del úl- 
timo siglo citado destruyeron las cadenas de la esclavitud. 

Después del asesinato de Abraham Lincoln fué elevado a la presi- 
dencia el vice-presidente Andrés Johnson, quien siguió en el inte- 
rior y en el exterior la misma política que el citado Lincoln. El men- 
saje de Johnson (4 de diciembre) indica una política conciliadora con 
los Estados del Sur. En el año 1866 los Estados Unidos mostraron sus 
simpatías por el mejicano Juárez, a quien consideraban como verda-« 
dero representante de la legalidad, oponiéndose, por consiguiente, al 
emperador Maximiliano y a los franceses. En el año 1867 se manifes- 
tó, a causa de las cuestiones legislativas referentes al derecho de su- 
fragio para los negros, bastante enemiga entre el presidente Johnson 
y las Cámaras. En el citado año se verificó la admisión del Nebraska 
entre los Estados, el cual hizo él número 37, y se le concedió el dere- 
cho de sufragio para los negros. Abrióse la nueva legislatura el 4 de 
marzo y, aunque sólo duró veintiséis días, se notó que aumentaban los 
adversarios del presidente. En julio se verificó nueva apertura de las 
Cámaras. Suspenso en sus funciones Stanton, secretario de la Guerra, 
le sustituyó Grant; también fueron separados de los mandos que des- 
empeñaban los generales Sheridan, Sickles y Ord. Redújose, no sólo el 
ejército, sino la marina, y se vendieron muchos buques; medidas todas 
que tenían por objeto reducir la deuda pública. No estaba asegurado 
todavía en el año 1868 el orden interior, siendo frecuentes los ataques 
a la propiedad, como también choques sangrientos entre blancos y ne- 
gros. Grande era la resistencia a pagar los impuestos. Preparábanse 
para las elecciones generales los republicanos y los demócratas con los 
mismos antiguos odios, y más si cabe. Generoso Johnson — no sin que 
por ello fuese censurado por muchos — dio una amnistía en favor de todos 
los que tomaron parte en la rebelión del Sur, incluyendo en ellos a Jef- 
ferson Davis, a la sazón en Europa, a los generales y diplomáticos. 
Continuó en el año 1869 ruda oposición a los planes del presidente, 
quien en el mensaje de despedida (4 de marzo) resumió sus quejas con- 
tra el partido republicano y la Cámara de representantes, hizo notar 



QOBIERNOS INDEPENDIENTES 117 

sus principios de magnanimidad y de tolerancia, y sostuvo no haberse 
separado nunca de la Constitución. 

A su vez el nuevo presidente de la república, general Ulises Grant, 
expuso con sencillez sus deberes, prometiendo profundo respeto a la ley 
y que también seria celoso guardador del honor nacional lo mismo 
en el interior que en el exterior. Para la vicepresidencia fué elegido 
Colfax. El presidente Grant encargó la cartera de Estado a Hamilton 
Fish y la de Hacienda a Jorge Bontwell. Continuó desempeñando la 
embajada de Berlín el insigne historiador Bancroft. Sherman obtuvo el 
nombramiento de general en jefe del ejército y Sheridan de teniente 
general. Al mismo tiempo que ponía todos los medios pacíficos para que 
volvieran al seno de la Unión los tres Estados de Virginia occidental, 
Mississipí y Tejas, negó en absoluto el auxilio que pedían los rebeldes 
de Cuba, impidiendo el envío de hombres, buques y dinero. Con genero- 
sidad digna de alabanza tuvo verdadero empeño para conseguir la re- 
conciliación de España con Chile y el Perú. Las cuestiones de hacienda 
ocuparon mucho tiempo la atención de Grant, de su gobierno y de las 
Cámaras, todos deseosos de arreglar la deuda pública. Volvieron en los 
comienzos del año 1870 a ser admitidos en el Congreso, en virtud de 
una votación de las Cámaras, completándose de este modo la reorgani- 
zación política de la Unión, la Virginia occidental, el Mississipí (que 
nombró a un negro senador), Tejas y la Georgia. Los trabajos princi- 
pales del Congreso, hasta el 16 de julio que celebró sesiones, se limita- 
ron a reducir a una tercera parte el número de oficiales del ejército, a 
modificar los impuestos y a consolidar la deuda pública. Después de 
largas discusiones se acordó al fin en 13 de julio emitir obligaciones 
hasta el valor de mil millones de duros al interés del 4 por 100, reinte- 
grables en treinta años; se crearon otras para obtener 300 millones de 
duros al 4 y medio por 100, reintegrables en quince años; y una serie 
de obligaciones por 200 millones al 5 por 100, pagaderos en diez años. 
Las sumas procedentes de estas emisiones se aplicarían al reembolso a 
la par de las obligaciones de 5/20. 

Por lo que atañe a los asuntos de la isla de Cuba, ya en el mes de 
junio del citado año algunos individuos de la Cámara popular quisieron 
que se considerase como beligerantes a los insurrectos de aquella colonia 
española, y en el Senado censuró Sumner el mantenimiento de la es- 
clavitud en la misma colonia. 

La Cámara de representantes que se reunió el 5 de diciembre del 
año anterior, en enero de 1871 continuó su obra de reorganización de 
la hacienda pública. Fué de lamentar las tentativas para alterar el or- 
den público en varias partes, relacionándose con ello el terrible incendio 



118 HISTORIA DE AMÉRICA 

en Chicago (8 de octubre) que duró cinco días y en él perecieron 500 
personas, evaluándose las pérdidas en 200 millones de duros; también 
hubo otros incendios en Michigan y en el Wisconsin. 

El mormonismo, secta religiosa fundada por José Smith (1805-1854) 
tiene verdadera importancia en la Historia de los Estados Unidos (1). 
Brighan Young (1801-1871) fué el segundo jefe o profeta de los mor- 
mones. Llama la atención que aquellos 143 hombres, tres mujeres y dos 
niños que en el año 1847 arribaron a las orillas del Gran Lago Salado, 
perseguidos con saña en- lo que entonces era Este y Oeste de los Es- 
tados Unidos, se hayan transformado en una población de 600.000 
afiliados al mormonismo; que aquel suelo pobre e inculto sea hoy rico 
y muy bien cultivado; y que aquellas miserables chozas que en un prin- 
cipio les sirvió de refugio se hallen convertidas en magníficos edificios. 
Habremos de recordar que habiéndose declarado Brighan Young en 
abierta rebelión a Jas leyes federales (1857), fué mal mirado y aun per- 
seguido por el gobierno de los Estados Unidos. En los años 1873 y 1874 
se produjo verdadero conflicto entre las autoridades locales de Utah y 
las federales, terminándose mediante la concesión de amplias faculta- 
des, en materia de divorcio y de poligamia, a los tribunales de distrito 
o al Supremo de la Unión. Posteriormente dispuso (1882) el gobierno 
federal que a los polígamos* se les quitase el ejercicio de los derechos 
políticos, y con fecha 14 de enero de 1887 el Senado de los Esta- 
dos Unidos dio severísimo decreto contra la secta de los mormones; pero 
los c^'entes han arrostrado toda clase de insultos y persecuciones. 
Comprendiendo Brighan Young la necesidad de tener un templo donde 
se congregasen los fieles, comenzó su construcción, terminándose tan 
hermosa fábrica en 1893. Conforme ha ido aumentando el mormonis- 
mo, los sucesores del citado profeta han realizado más obras, hasta el 
punto que en nuestros días al lado del templo se hallan otros tres edi- 
ficios, que son: Tabernáculo, Sala de Juntas (Asembly Hall) y Oficina 
de Información (Burean of Information). Los citados edificios se levan- 
tan en el centro de Salt Lake City, la ciudad santa de los mormones, 
y les rodean frondosos jardines, en medio de los cuales, se admiran 
las estatuas de los hermanos Smith y Hyurn, quienes murieron en la 
cárcel de Carthage, víctimas de sus creencias religiosas. El territorio 
de Utah se encuentra dividido en obispados y distritos, que gobiernan 
y administran respectivamente sus obispos y pastores; además exis- 
te un Consejo máximo compuesto de doce miembros con su presidente, 
representando los primeros a los apóstoles y el segundo a Jesucris- 



<1) Smith nació en Sharon y murió en Deseret el 23 de junio. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 119 

to. En el orden político tiene el Estado de Utah la misma organización 
que los otros que componen la federación. Desde que en 1896 se elevó 
el territorio a la categoría de Estado han aumentado mucho la cultura 
y la ilustración. Además de la Universidad, abierta en 1850 bajo el pa- 
tronato de Brigham, existen hoy Escuela Normal, otra Superior, una 
de Ingenieros y un Instituto Agrícola. La industria fabril, la agrícola, 
la minería y la cría de ganados adelantan de un modo extraordinario. 
La capital Salt Lake City dista del lago unas 20 millas, y en las ori- 
llas o cercanías de dicho lago, se contemplan hermosas poblaciones, 
elegantes balnearios, etc. (1). . 

Objeto fué de negociaciones y de disgustos, que amenazaron produ- 
cir verdadero conflicto entre los Estados Unidos e Inglaterra (1872) 
la cuestión del barco pirata Alabama, cuestión que desde el año 1869 
venía agitando los espíritus. 

Del mismo modo entre la Gran Bretaña y la nación española hubo 
momentos en que parecía que la paz se iba a turbar (1873). 

Protestó Grant porque una cañonera española, tal vez sin motivo 
justificado, hubo de detener al buque norteamericano Virginius; pero, 
gracias a la diplomacia de Castelar, se arregó el asunto. 

Reelegido Grant presidente de la república, inauguró su gobierno 
(marzo de 1873) con algunas disposiciones que le hicieron perder mu- 
chas simpatías. En los comienzos del año 1876 se dieron a conocer los 
abusos y malversaciones cometidas por altos funcionarios de la admi- 
nistración pública, siendo también motivo de disgusto que en varios 
Estados, especialmente en los del Sur, se oprimiese a los blancos apo- 
yándose en los negros. Con magnífica fiesta nacional se celebró el cen- 
tesimo aniversario de la declaración de la Independencia (4 de julio) y 
con tal motivo hubo Exposición universal de Industrias y de Artes en 
Filadelfia.' 

Convencido Grant de que no debía presentarse por tercera vez 
como candidato a la presidencia de la república, apoyó con todas sus 
fuerzas a Rutheford Hayes, del partido republicano. Elegidos Hayes 
y Wheeler, fueron proclamados presidente y vicepresidente de la Unión, 
tomando posesión el 4 de marzo del año 1877. Formaban el gobierno: 
William Evarts, en Estado; John Sherman, en Hacienda; Schurz, en el 
Interior; Mac-Clary, en Guerra, y David Key, en Correos. La admi- 
nistración de Hayes no satisfizo ni a los republicanos ni a los demó- 
cratas. 

Grant, después de haber estado retirado de los negocios públicos 

(1) Véase artículo publicado por D. Feruando Cadalso en El Liberal del 24 de septiembre 
de 1912. 



120 HISTORIA DE AMÉRICA 

dos años, volvió a agitar la opinión pública, recorriendo (septiembre 
de 1879) los Estados de la Unión, buscando los sufragios para conse- 
guir una tercera presidencia. 

Censo de la población parcial y total de los Estados Unidos en el 
año 1880: 

ESTADOS Habitantes. 

Nueva York 5.028.871 

Pensil vania 4.282.891 

Ohío 3.198.062 

Illinois 3.077 871 

Misuri 2.168.380 

Indiana 1.978.301 

Massachussetts 1 . 783 .085 

Kentucky 1 648.690 

Michigan 1.636.937 

Iowa 1 624.615 

Tejas 1.591.749 

Tennessee 1.542.180 

Georgia 1.512.565 

Virginia 1.399.750 

Carolina del Norte ... 1 . 399 . 750 

Wisconsin 1.315.497 

Alabama 1.262.505 

Mississipí 1.131.597 

New-Jersey 1 . 131 . 116 

Kansas 996.096 

Carolina del Sur 995.577 

Luisiana 939.946 

Maryland 934.943 

California 864 694 

Arkansas 802.525 

Minesota 780.773 

Maine 648.936 

Connecticut 622.700 

Virginia occidental . . . 618.457 

Nebraska . .. 452.402 

New-Hampshire 346.991 

Vermont 332.286 

Rhode-Island 276.531 

Florida 269.493 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 121 

ESTAD08 Habitantes. 



Colorado 194.327 

Oregón 174.768 * 

Delaware 146.608 

Nevada.. 62.266 

Columbia (distrito).. . 177.624 

Utah (id.) 143.963 

Dakota(íd.) 135.177 

Nuevo México (id.) . . . 119.565 
Wháshington (Extre- 
mo N. O.) 75.116 

Arizona (distrito). . . . 40.440 

Montana (id.) 39. 159 

Idaho (id.) 32 610 

Wyoming (id.) 20.789 

Ascendía la suma total a más de 50 millones de habitantes. 

Llegó el año 1880. El proyecto de perforación del istmo de Pana- 
má por el francés Lesseps puso en cuidado á la Unión, que se manifes- 
tó en un mensaje al Senado, en el cual el presidente reivindicaba de- 
rechos de intervención en el futuro canal. 

Habiendo terminado el presidente Hayes sus cuatro años de gobier- 
no, se verificaron las elecciones con toda tranquilidad, siendo derrota- 
do Grant y elegido Jaime Abraham Garfield; subió á la vice-presiden- 
cia Chester Arthur. Tomó posesión de la presidencia Garfield (4 mar- 
zo 1881), mostrando desde luego prudencia y amor a la justicia. Ha- 
llándose cerca de la estación de Washington (2 de Julio), un asesino, 
Guiteau, le hirió mortalmente. Entre la vida y la muerte vivió ochenta 
días, falleciendo al fin el 19 de septiembre. Ocupó la presidencia el 
vice-presidente Arthur, quien encargó a Frellinghuisen de la cartera 
de Estado. Nada hizo de particular el nuevo jefe de los Estados Uni- 
dos; pero siguió prosperando la nación, efecto, sin duda, del poderoso 
espíritu de la raza anglo-sajona. 

Fué elegido presidente en el año 1884 el candidato de los demócra- 
tas, Grover Cleveland, quien tomó posesión el 4 de marzo de 1885, 
constituyendo un ministerio con Bayard en Negocios extranjeros, Man- 
ning, en Hacienda; Lamer, en Interior; Endicios, en Guerra; Whint- 
ney, en Marina, y Villas, en Correos. Dijo, al posesionarse de la pre- 
sidencia, que deseaba que los ciudadanos prestasen su concurso al go- 
bierno; encarecía la necesidad del orden y de la economía, lo mismo en 



122 HISTORIA DE AMÉRICA 

la administración pública que en la vida privada, declarando que se- 
guiría la política que recomendaban las tradiciones históricas y la pros- 
peridad de la república. Esa es — dice— la política de la independencia 
y de la paz; esa es la política de la neutralidad, rechazando toda par- 
ticipación en los proyectos ambiciosos y en las complicaciones que sur- 
gen en otros continentes; pero no consintiendo al mismo tiempo ningu- 
na intrusión en el territorio de la república. Esa es la política de 
Monroe y de Washington, con la cual se desarrolla el comercio y fo- 
menta la amistad leal con todas las naciones, sin aliarse con ninguna 
de ellas. Puso en cuidado al gobierno la insurrección de los indios man- 
dados por el apache Jerónimo, ya los cuales atacó a orillas del río 
Azul y después cerca de Alma. 

En el citado año de 1885 murió en Nueva York, a los sesenta y 
tres años, el nunca bastante alabado general Grant, quien en la gue- 
rra separatista conquistó gloria inmortal. 

Tiene que registrar la historia de los Estados Unidos en el año 1886, 
vasta conspiración socialista en Chicago. Los huelguistas levantaron 
los rieles de los ferrocarrilee y se entregaron a todo género de excesos, 
siendo necesario para contenerlos el empleo de las tropas (4 de mayo); 
luego los tribunales condenaron siete a muerte y uno a quince años de 
cárcel (20 de agosto). Inauguróse (27 de octubre) la gran estatua de 
la libertad, que con inmenso faro eléctrico había de alumbrar la en- 
trada del puerto de Nueva York. Sintetizando los hechos ocurridos en 
el año 1887, diremos que el Senado dio un decreto declarando disuelta 
la secta de los mormones como contraria a la moral y castigando con 
penas severas a los que practicasen la poligamia en el territorio de 
Utah; se sintieron violentos temblores de tierra en varias ciudades de 
la república, causando muchas desgracias personales y grandes daños 
en las propiedades; y hubo grande agitación en Chicago (comienzos de 
octubre), a causa de la proximidad del día en que habían de ser ejecu- 
tados los cinco anarquistas condenados por los incendios y crímenes 
cometidos en aquella ciudad. Grandes calamidades cayeron sobre la 
nación en el año 1888; la cuestión obrera adquirió caracteres de ver- 
dadera gravedad; los hielos y las nieves causaron cientos y cientos de 
cadáveres, y la fiebre amarilla hizo en Jaksonville (Florida) muchas 
víctimas, como también en otros puntos. 

Habiéndose verificado las elecciones para designar presidente de la 
república, fué elegido Benjamín Harrison, nieto de Guillermo Harrison, 
noveno presidente que fué de la mencionada república. Tomó posesión 
Harrison de tan importante cargo (4 marzo 1889), y nombró el siguiente 
ministerio: Blaine, en Negocios extranjeros; Windon, en Hacienda; Tra- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 123 

cy, en Marina; Proctor, en Guerra; Miller, Abogado general; Wanama- 
11er, en Correos; Rusk, en Agricultura, y Noble, en Interior. Grande y 
terrible inundación invadió la ciudad de Johnstwon, causando más de 
3.000 víctimas, y cuyas pérdidas se valuaron en 40 millones de pesos. 
En toda la comarca y el distrito pasaron de 12.000 las víctimas de la 
catástrofe. Continuaron las desgracias en el año 1890, señalándose es- 
pecialmente el ciclón que convirtió en un montón de ruinas la ciudad de 
Luisville, pereciendo más de 200 personas. 

Los últimos presidentes de los Estados Unidos: Cleveland (1893- 
1897); Mac Kinley (1897-1901), Roosevelt (1901-1909), Howard (1909- 
1912) y Wilson (1912-1916), han mostrado política prudente en el in- 
terior y enérgica en el exterior. 

Es de advertir que en el año 1889 los territorios de Washington y 
de Montana se incorporaron como Estados a la Unión, en el 1890 pasa- 
ron a formar parte como Estados de la dicha Unión en los territorios 
de Wyoming (27 de marzo) y de Idaho (1.° de julio); en el 1896, el te- 
rritorio Utah fué Estado; en el 1911, Nuevo México; y en el 1912 Ari- 
zona, formaron parte de la Unión con el mismo carácter de Estados. 

Censo de población parcial y total de los Estados Unidos, según el 
censo de 1910: 

ESTADOS 



Nueva York. . .... 

Pensilvania 

Ohío 

Illinois 

Missouri 

Indiana 

Massachussetts . . . 

Kentucky 

Michigan. 

Iowa 

Tejas 

Tennessee 

Georgia 

Virginia , 

Carolina del Norte 

Wisconsin 

Alabama , 

Mississipí 



mitidos como Estados 


Habitantes. 


de la Unión. 




1788 


9.113.614 


1787 


7.665.111 


1803 


4.767.121 


1818 


5.638.591 


1821 


3.293.335 


1816 


2.700.876 


1788 


3.366.416 


1792 


2.289.905 


1837 


2.810.173 


1846 


2.224.771 


1845 


3.896.542 


1796 


2.184.789 


1788 


2.609.121 


1788 


2.061.612 


1789 


2.206.287 


1848 


2.333.860 


1819 


2.138.093 


1817 


1.797.114 



124 HISTORIA DE AMÉRICA 

-r,am . -~,~ Año en que fueron ad- _ ... . _ 

ESTADOS mltidos como Estados Habitantes, 
de la Unión. 

New Jersey 1787 2.537.167 

Kansas. 1861 1.690.949 

Carolina del Sur 1788 1.515.400 

Luisiana 1812 1.656.388 

Maryland 1788 1.295.346 

California 1850 2.377.549 

Arkansas 1836 1.574.449 

Minesota 1858 2.075.708 

Maine 1820 742.371 

Connecticut 1788 1.114.756 

Virginia occidental . . . 1862 1.221.119 

Nebraska . 1867 1.192.214 

New-Hampshire 1788 430.572 

Vermont 1791 355.956 

Rhode-Island 1790 - 542.610 

Florida 1845 752.619 

Colorado 1875 799.024 

Oregón 1859 672.765 

Delaware 1787 202.322 

Nevada 1864 81.875 

Columbia (distrito federal) . . 1791 331.069 

ütah 1896 373.351 

Dakota Norte . . 1889 577.056 

Dakota Sur 1 889 583.888 

Nuevo México 1911 327.301 

Washington 1889 1.141.990 

Arizona 1912 204.354 

Montana 1889 376.053 

Idaho 1890 325.594 

Wyoming 1890 145.965 

Total 91.972.266 

Alaska (territorio) . . . 1867 64.356 

Hawaii (ídem) 1900 191.909 

Puerto Rico (ídem). . . „ 1.118.012 

Total 1.374.277 

Suma total de Estados y Territorios. . . . 93.346.543 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 125 

Los Estados Unidos se componen de: 

13 Estados originarios. 

7 Estados que fueron admitidos en la. Unión sin haber sido organi- 
zados como Territorios. 

28 Estados, que antes habían sido Territorios. 

Total: 48 Estados y un Distrito Federal. 

Reñida y accidentada ha sido la lucha entre Wilson y Hughes. 
Los telegramas correspondientes al 8 de noviembre de 1916 anuncia- 
ban la victoria de Hughes y los del día 10, más en lo cierto, daban el 
triunfo a Wilson. Significa el triunfo de Wilson la continuación del 
statu quo respecto a la política de los Estados Unidos con el imperio 
alemán. La república norte americana, con la reelección de Wilson, ha 
proclamado la necesidad de que continúen las relaciones internaciona- 
les como en los últimos tiempos de gobierno del mencionado presidente. 

Decíase que la política de Hughes no sólo se condensaba en la fór- 
mula Americanismo y protección a las industrias y al comercio nacionales, 
sino "añadía como parte integrante de su programa una defensa enér- 
gica de los derechos de los Estados Unidos vulnerados por el gobierno 
de Berlín. „ tt Soy de opinión — había dicho Hughes — que debemos man- 
tener todos nuestros derechos, sinexceptuar el de libre tránsito por los 
mares y franca expedición de nuestras mercancías. Como nación neutra 
que somos debemos defender estos derechos y mantendremos en toda su 
integridad los principios jurídicos internacionales para que no sufran 
detrimento alguno. Hemos de tomar en consideración, sobre todo, las 
necesidades inmensas del comercio de los neutros y sus derechos esen- 
ciales en su relación con el porvenir de los Estados Unidos. „ Las últi- 
mas elecciones han demostrado que los Estados Unidos desean que se 
persevere en la conducta seguida hasta el presente sin altivez ni des- 
fallecimiento. 

Trasladaremos aquí las siguientes palabras del profesor Bryce. Dice 
"que los Estados Unidos muestran el nivel más alto, no sólo de bienes- 
tar material, sino también de cultura y de felicidad á que nuestra raza 
ha llegado, será el juicio que formen los que ponen los ojos, no en los 
pocos favorecidos, en cuyo beneficio parece haber el mundo organizado 
hasta aquí sus instituciones, sino en el pueblo todo, en todo el cuerpo 
social. „ 

Consideremos, por último, el escudo y la bandera de los Estados. 
Unidos. Siendo secretario de Estado John Hay (1902), se dispuso que 
el dicho escudo aceptado en el año 1884 debía reformarse y en algu- 
nos detalles ser mejorado. Inmediatamente se votó una ley en el parla- 
mento (l.o julio 1902) destinando para dicho objeto la cantidad de 



126 HISTORIA DE AMÉRICA 

$ 1.250. Después de discutir el asunto los funcionarios del ministerio, 
hubo de acordarse que el diseño se conservaría con absoluta exactitud. 
Como nada se hiciese durante el año 1902, se renovó el crédito conce- 
dido por el parlamento en virtud de una ley (3 marzo 1903). Seis ba- 
rras de gules o coloradas en campo de plata. El jefe azul. El escudo 
puesto sobre un águila explayada que mantiene en una de sus garras 
una rama de laurel y en la otra unas flechas; tiene en el pico una cinta 
con la divisa: E pluribus unum. Sobre el águila un exágono azul con 
trece estrellas rodeado de un nimbo de oro y nubes. Las trece fajas 
(encarnadas y blancas) de la bandera representan los trece Estados 
originarios, y las estrellas sobre campo azul los Estados actuales de la 
Unión (una estrella por caía Estado, o sea 48 estrellas). 



CAPITULO VI 



Independencia de la América Española.— Precursores de la 
independencia.— los americanos y fernando vii. — publica- 
ciones literarias revolucionarias.— insurrección de las 
colonias inglesas.— Revolución francesa. — Doctrina de 
Arand a.— Propaganda revolucionaria en las colonias es- 
pañolas.— Política DE LOS GOBIERNOS CON LOS EXTRANJEROS 
residentes en las colonias.— las razas en las indias. — 
Gramuset y Berney. — Comercio de las colonias con la 
metrópoli.— El contrabando.— España en guerra con Na- 
poleón.— Junta Suprema Central y las colonias.— Conse- 
jo DE REGENCIA Y LAS COLONIAS.— JUNTAS GUBERNATIVAS AME- 
RICANAS.— Quito y Bolivia.— El 10 de agosto de 1809.— Ins- 
cripción "A Quito, Luz de América. „— Insurrecciones en El 
Ecuador hasta 1812. —Sublevaciones anteriores a la del 
10 de agosto de 1809 y posteriores a dicha fecha. 



Los habitantes de América en los comienzos del siglo XIX guarda- 
ban, no sólo respeto, sino profundo cariño al rey de España. En Méxi- 
co, Perú y demás virreinatos y capitanías generales, la gran mayoría 
de los habitantes idolatraban a Fernando VIL Entre otros muchos 
ejemplos, el historiador Amunátegui cita el siguiente en su libro Los 
precursores de la independencia de Chile (1). D. Joaquín Pérez de Urion- 
do ; subdelegado de la provincia de Coquimbo (Chile), tuvo la dicha de 
conseguir un retrato de Fernando VII el Deseado, traído a América. 

Inmediatamente que llegó a manos de Uriondo el retrato, anunció la 
noticia con la siguiente proclama: 

"Nobles y leales coquimbanos: 

Ya tenéis en el Puerto el retrato de nuestro adorado soberano el 
señor Don Fernando VII, que lo ha conducido de Lima la corbeta na- 
cional Bretaña, el mismo que tendréis ocasión de ver el jueves 13 del 
presente, en que hará su entrada pública en esta noble ciudad. Recibid- 
le como si fuera el precioso original. Ofrecedle de nuevo vuestros votos 
y fiel vasallaje. Corred a postraros a sus reales pies, llenos del más 

(1) Tomo I, pág. 123. 



128 HISTORIA DE AMÉRICA 

profundo respeto, de modo que se conozca en vosotros el amor que jus- 
tamente le profesáis, y que tenéis el alto honor de ser vasallos del me- 
jor, más grande y más amado de los monarcas, el incomparable Fer- 
nando VIL Cubrid vuestras paredes de tapices y el suelo de flores, para 
que pase tan augusta persona, ídolo de nuestros corazones; e implorad 
al Dios de los ejércitos lo restituya cuanto antes a su real trono y con- 
funda al perverso, pérfido e inicuo emperador de los franceses y sus se- 
cuaces. — Coquimbo, 11 de julio de 1809. — Joaquín Pérez de Uriondo.» 

En las colonias americanas, al lado de la autoridad civil, se levan- 
taba la autoridad eclesiástica que predicaba el derecho divino del Rey, 
defendiendo todas las prerrogativas de la soberanía. El Rey, en sus do- 
minios del Nuevo Mundo era un soberano investido del poder más ab- 
soluto, y también un príncipe eclesiástico, cuya autoridad sólo estaba 
limitada por el pontífice romano. Los Papas mandaban continuamente 
la bendición apostólica a los reyes y veían aquéllos con sumo gusto 
que los monarcas españoles eran los únicos dispensadores de todos los 
cargos, honores y beneficios. 

Caracterizábase también la política de nuestros gobernantes en la 
América española, porque lo mismo se refería a actos privados y do- 
mésticos, que a los más íntimos afectos, según se manifiesta en aquel 
curioso bando del 17 de julio de 1810, en el que ordenaba el conde de 
la Conquista lo siguiente: "que siendo el principal escudo de la defen- 
sa de nuestros enemigos, y el principio del acierto y felicidad de los 
gobiernos el santo temor de Dios y el ejercicio de las virtudes, se pro- 
curen éstas con todo esmero, evitándose los escándalos y pecados pú- 
blicos, las enemistades y rencillas que con ocasión de cualesquiera ocu- 
rrencias se hubiesen podido provenir, lo que se olvidará enteramente, 
conservándose en todo el más cristiano amor y la más constante armo- 
nía observada hasta entonces entre españoles-europeos y criollos.,, (1). 

A quebrantar, cuando no a romper los lazos que unían a las colo- 
nias con la madre patria, vino la publicación de algunas obras, entre 
ellas de la intitulada La Piedad del Monte, impresa en Amsterdam, en 
la cual se relataban con mucha exageración las crueldades de los espa- 
ñoles y la destrucción de los indios: Con fecha 30 de noviembre de 1709, 
dispuso el Rey que no se introdujesen ejemplares en América y se re- 
cogiesen los que ya se hubiesen introducido. Mayor fué la polvareda 
que se levantó con la publicación del libro que con el nombre de Año 
dos mil cuatrocientos y cuarenta, se imprimió en Londres el 1776, cuya 
doctrina es un tegido de blasfemias contra el catolicismo y la monar- 
quía. El Rey, con fecha 20 de abril de 1778, dio las órdenes convenien- 

(1) Véase Amunátegui, Ob. y tom. citados, págs. 175 y 176. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES , 129 

tes para que tal libro no penetrase en los dominios españoles. También 
por Real orden se prohibió el libro, escrito en lengua francesa, titulado 
Apocalipse de Chiskoyhikoy, chef des iroquois sauvages du Nord de l' Ame- 
ngüe; dicho libro está lleno de doctrinas sediciosas, escandalosas y he- 
réticas. La Real orden tiene la fecha de 14 de mayo de 1778. Conti- 
nuando en la labor inspectora que la metrópoli ejercía en sus colonias, 
publicaremos el siguiente documento: "Se ha vendido públicamente y 
esparcido en Roma una estampa del Juicio Universal de cerca de vara 
y media de alto y una de ancho, con un rótulo en la parte superior, y 
otro en la inferior, en lengua latina castellana, que dicen: el superior, 
Juicio Universal; y el inferior, Considera, oh pecador, los tormentos de 
los malos en el día del Juicio Universal. En paraje muy injurioso al Rey 
y a la Nación, está colocado el escudo de España, y debajo de él, el 
augusto nombre de Su Majestad Don Carlos III, Rey católico de Es- 
paña, siendo de notar que en toda la estampa no hay más escudo, ni 
nombre de otro soberano. Según noticias, se intenta enviar a esos do- 
minios porción de las estampas referidas, y es muy factible que se 
hayan remitido a otros puertos de América con el perverso y maldito 
fin de extender tan sacrilega sátira, en cuya inteligencia prevengo a 
Vuestra Señoría, de orden del Rey, tenga el mayor cuidado en hacer 
registrar exactamente cuantos fardos y paquetes de estampas lleguen 
a ese reino; y que haga Vuestra Señoría las más exquisitas diligencias 
para averiguar si se ha introducido alguna en esos dominios, en cuyo 
caso dispondrá Vuestra Señoría se quemen todas inmediatamente, to- 
mando noticias de las personas que las dirigen, y a quiénes, y avisará 
lo que ocurra con la mayor puntualidad y reserva. Dios guarde a 
Vuestra Señoría muchos años. Aranjuez, 14 de mayo de 1772. El bai- 
lío fray Don Julián de Arriaga. — Sr. Presidente de Chile„ (1). 

Llegados a este punto procede tener presente que en el año 1773 
comenzó la insurrección de las colonias inglesas de América contra la 
Gran Bretaña, sucediéndose larga guerra, que terminó declarando el 
Congreso de Filadelfia (4 julio 1776) la independencia de los trece Es- 
tados. También en su lugar respectivo se dijo que el 3 de septiembre 
de 1783 se verificó el tratado definitivo de paz entre los Estados Uni- 
dos e Inglaterra, que el primer miércoles de marzo de 1789 empezó a 
regir la Constitución, y que el 30 de abril del mismo año Washington 
tomó posesión de la presidencia de la república. 

Si de la historia de los Estados Unidos pasamos á la de Francia, 
americanos y europeos contemplaron, unos con admiración y otros con 






(1) Véase Amunátegui, obra y tomo citados, págs. 260 y 261. 
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130 HISTORIA DE AMÉRICA 

espanto, la gran revolución de 1789, en cuya noche del 4 de agosto se 
proclamaron los derechos del hombre. 

Una y. otra revolución influyeron en el levantamiento de las colo- 
nias españolas contra la metrópoli. Olvidándose España de que ella po- 
seía extensos territorios en el Nuevo Mundo, ayudó a los americanos 
contra Inglaterra, recordando, seguramente, el Peñón de Gibraltar, 
conquistado en mal hora durante el reinado de Felipe V. 

Cuando después del año 1783 un político ilustre, el conde de Aran- 
da, embajador de Carlos III en la corte de Francia, vio que Inglaterra 
había perdido sus colonias de la América Septentrional, dictaminó lo 
que procedía respecto a las de España. El dictamen del conde de Aran- 
da que aquí se publica no es sino una copia del original; pero le pres- 
ta tal carácter de autenticidad la carta con que le acompaña del Ofi- 
cial de la Secretaría de Hacienda, D. Rafael Morant, que no hemos 
dudado en darlo a luz en la confianza de que su conocimiento ha de ser 
del agrado del lector. < 

"Excmo. Sr. Duque del Infantado. 

Muy señor mío y de mi más alto aprecio y estimación: embriagado 
de dolor y de penas sólo puede dispertarme el interés de mi Soberano y 
de mi Patria, porque el hombre de bien no puede dexar de serlo por más 
ofensas que reciba; y por mi parte antes pereceré que dexar de serlo: 
¡Poco me falta para acabar víctima de mi lealtad!,, 

"Entre las curiosidades que conservo se halla el papel cuya copia 
acompaño; y creyendo que en las actuales circunstancias pudiera ser 
útil á V. E. su conocimiento si es que no lo hubiese visto, me he resuel- 
to á transcribirlo á V. E. seguro del buen uso que hará de él si no hu- 
biere llegado á sus manos, y que aun en el caso contrario sabría apre- 
ciar mi celo y disimular mi ligereza. „ 

"Las causas de mi desconsuelo no son para transcribirse á este pa- 
pel, y acaso no sería inútil que V. E. las supiera: si mi conducta y pa- 
decimientos me hiciesen acreedor, y V. E. pudiese destinar á oirme 
algunos minutos, consolaría á uno de los realistas más legítimos lleno 
de pundonor y de celo por el bien del Rey y su mejor servicio. „ 

"Dios guarde á V. E. muchos años. Madrid 9 de Diciembre de 1825. „ 
Excmo. Señor B. L. M. de V. E. Rafael Morant. (Hay una rúbrica). 

Al dorso dice: "Papel del Señor Conde de Aranda sobre la Améri- 
ca. 1783. „ 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES > 131 

"Dictamen reservado que el Excmo. Sr. Conde de Aranda dio al 
Rey sobre la independencia de las colonias inglesas después de haber 
hecho el tratado de paz ajustado en París el año de 1783. „ 

"Señor: „ 

"El amor que profeso a V. M., el justo reconocimiento a las honras 
con que me ha distinguido, y el afecto que tengo a mi patria, me mue- 
ven a manifestar a la soberana atención de V. M. un pensamiento que 
juzgo del mayor interés en las circunstancias presentes, „ 

"Acabo de hacer y concluir de orden de V. M. el tratado de paz 
con la Inglaterra; pero esta negociación que parece he desempeñado a 
entera satisfacción de V. M. según se ha dignado manifestármelo de pa- 
labra y antes por escrito, me ha dejado un cierto sentimiento que no 
debo ocultar a V. M. „ 

"Las colonias americanas han quedado independientes: este es mi 
dolor y recelo. La Francia, como que tiene jjoco que perder en Améri- 
ca, no se ha detenido en sus proyectos con la consideración que la Es- 
paña, su íntima aliada y poderosa en el Nuevo Mundo, que queda ex- 
puesta a golpes terribles. Desde el principio se ha equivocado en sus 
cálculos favoreciendo y auxiliando esta independencia, según manifesté 
algunas veces a aquellos ministros. ¿Qué más podía desear la Francia 
que ver destruirse mutuamente los ingleses y colonos en una guerra de 
partidos, la cual debía ceder siempre en aumento de su poder e intere- 
ses? La antipatía de la Francia y de la Inglaterra cegó al gabinete 
francés para no conocer que lo que le convenía era estarse quieto mi- 
rando esta lucha destructora de los dos partidos; pero por nuestra des- 
gracia no fué así, sino que con motivo del Pacto de Familia nos envolvió 
a nosotros en una guerra también en la que hemos peleado contra nues- 
tra propia causa, según voy a expon er.„ 

"Dejo aparte el dictamen de algunos políticos, tanto nacionales como 
extranjeros, del cual no me separo, en que han dicho que el dominio es- 
pañol en las Américas no puede ser muy duradero, fundado "en que las 
posesiones tan distantes de sus metrópolis jamás se han conservado lar- 
go tiempo. En el de aquellas colonias ocurren aún mayores motivos, a 
saber, la dificultad de socorrerlas desde la Europa cuando la necesidad 
lo exige; el gobierno temporal de virreyes y gobernadores que la ma- 
yor parte van con el mismo objeto de enriquecerse; las injusticias que 
algunos hacen a aquellos infelices habitantes; la distancia de la Sobe- 
ranía y del Tribunal Supremo donde ha de acudir a exponer sus que- 
jas; los años que se pasan sin obtener resolución; las vejaciones y ven- 
ganzas que mientras tanto experimentan de aquellos jefes; la dificultad 
de descubrir la verdad a tan larga distancia, y el influjo que dichos ie- 



132 HISTORIA DE AMÉRICA 

fes tienen no sólo en el país con motivo de su mando, sino también en 
España de donde son naturales. Todas estas circunstancias, si bien se 
mira, contribuyen a que aquellos naturales no estén contentos y que 
aspiren a la independencia siempre que se les presente ocasión favo- 
rable.,, 

"Dejando esto aparte, como he dicho, me ceñiré al punto del día, que 
es el recelo de que la nueva potencia formada en un país donde no hay 
otra que pueda contener sus proyectos nos ha de incomodar cuando se 
halle en disposición de hacerlo. Esta república federativa ha nacido, di- 
gámoslo así, pigmeo, porque la han formado y dado el ser dos poten- 
cias poderosas como son España y Francia, auxiliándola con sus fuer- 
zas para hacerla independiente: mañana será gigante conforme vaya 
consolidando su constitución, y después un coloso irresistible en aque- 
llas regiones. En este estado se olvidará de los beneficios que ha reci- 
bido de ambas potencias y no pensará más que en su engrandecimien- 
to. La libertad de religión, la facilidad de establecer las gentes en tér- 
minos inmensos y las ventajas que ofrecía aquel nuevo gobierno, llama- 
ron a labradores y artesanos de todas naciones, porque el hombre va 
donde piensa mejorar de fortuna, y dentro de pocos años veremos con 
el mayor sentimiento levantado el coloso que he indicado. „ 

"Engrandecida dicha potencia anglo-ame ácana, debemos creer que 
sus miras primeras se dirigirán a la posesión entera de las Floridas 
para dominar el seno mejicano. Dado este paso, no sólo nos interrum- 
pirá el comercio con México siempre que quiera, sino que aspirará a la 
conquista de aquel vasto imperio, el cual no podremos defender desde 
Europa contra una potencia grande, formidáble ; establecida en aquel 
continente y confinante con dicho país.„ 

"Esto, Señor, no son temores vanos, sino un pronóstico verdadero 
de lo que ha de suceder infaliblemente dentro de algunos años, si antes 
no hay un trastorno mayor en las Américas. Este modo de pensar está 
fundado en lo que ha sucedido en todos tiempos con la nación que em- 
pieza a engrandecerse. La condición humana es la misma en todas par- 
tos y en todos climas. El que tiene poder y facilidad de adquirir no lo 
desprecia; y supuesta esta verdad, ¿cómo es posible que las colonias 
americanas cuando se vean en estado de poder conquistar el reino de 
México, se contengan y nos dejen en pacífica posesión de aquel país? 
No es esto creíble, y así la sana política dicta que con tiempo se pre- 
cavan los males que pueden sobrevenir. Este asunto ha llamado mi 
atención desde que firmé la paz en París como plenipotenciario de 
V. M. y con arreglo a su voluntad Real e instrucciones. Después de las 
más prolijas reflexiones, que me han dictado mis conocimientos políti- 



QOBIERNOS INDEPENDIENTES 133 

eos y militares y del más detenido examen sobre una materia tan im- 
portante, juzgo que el único medio de evitar tan grave pérdida, y tal 
vez otras mayores, es el que contiene el plan siguiente: „ 

"Que V. M. se desprenda de todas las posesiones del continente de 
América, quedándose únicamente con las islas de'Cuba y Puerto Rico, 
en la parte Septentrional, y algunas que más convengan en la Meridio- 
nal, con el fin de que ellas sirvan de escala ó depósito para el comer- 
cio español. „ 

"Para verificar este vasto pensamiento de un modo conveniente a 
la España, se deben colocar tres infantes en América, el uno de Rey 
de México, el otro del Perú, y el otro de lo restante de Tierra Firme, 
tomando V. M. el título de Emperador. „ 

"Las condiciones de esta grande cesión pueden consistir en que los 
tres soberanos y sus sucesores reconocerán a V. M. y a los príncipes 
que en adelante ocupen el trono español por suprema cabeza de la 
familia. „ 

"Que el rey de Nueva España le pague anualmente por la cesión 
de aquel reino una contribución de los marcos de la plata en pasta o 
barras para acuñarlo en moneda en las casas de Madrid o Sevilla. ¿ 

"Que el del Perú haga lo mismo con el oro de sus dominios. „ 

"Y que el de Tierra Firme envíe cada año su contribución en efec- 
tos coloniales, especialmente tabaco para surtir los estancos reales de 
estos reinos. „ 

"Que dichos soberanos y sus hijos casen siempre con infantas de 
España o de su familia, y los de aquí con príncipes o infantes de allá, 
para que de este modo subsista siempre una unión indisoluble entre las 
cuatro Coronas, debiendo todos jurar estas condiciones a su adveni- 
miento al trono. „ 

"Que las cuatro naciones se consideren como una en cuanto a co- 
mercio recíproco, subsistiendo perpetuamente entre ellas la más estre- 
cha alianza ofensiva y defensiva para su conservación y fomento. „ 

"Que no pudiendo nosotros surtir aquellas colonias de los artefac- 
tos que necesitan para su uso, sea la Francia, nuestra aliada, la que las 
provea de cuantos artículos no podamos nosotros suministrarle, con ex- 
clusión absoluta de Inglaterra, a cuyo fin, apenas los tres soberanos 
tomen posesión de sus reinos harán tratados formales de comercio con 
la España y Francia, excluyendo a los ingleses; y como serán poten- 
cias nuevas pueden hacer en esta parte lo que libremente les acomode. „ 

"Las ventajas de este plan son que la España con la contribución 
de los tres reyes de Nuevo Mundo, sacará mucho más producto líquido 
que ahora de aquellas posesiones; que la población del reino se aumen- 



134 HISTORIA DE AMÉRICA 

tara sin la emigración continua de gente que pasa á aquellos dominios; 
que establecidos y unidos estrechamente estos tres reinos bajo las ba- 
ses que he indicado, no habrá fuerzas en Europa que puedan contra- 
rrestar su poder en aquellas regiones ni tampoco el de España y Fran- 
cia en este continente; que además se hallarán en disposición* de conte- 
ner el engrandecimiento de las colonias americanas o de cualquiera 
nueva potencia que quiera erigirse en aquella parte del mundo; que Es- 
paña, por medio de este tráfico, despachará bien el sobrante de sus 
efectos y adquirirá los coloniales que necesite para su consumo; que 
con este tráfico podrá aumentar considerablemente su marina mercan- 
te; y, por consiguiente, la de guerra, para hacerse respetar en todos 
los mares; que con las islas que he dicho no necesitamos más posesio- 
nes, fomentándolas y poniéndolas en el mejor estado de defensa, y, so- 
bre todo, disfrutaremos de todos los beneficios que producen las Améri- 
cas sin los gravámenes de su posesión. „ 

"Esta es la idea por mayor que he formado de este delicado nego- 
cio; si mereciese la soberana aprobación de V. M., la extenderé, expli- 
cando el modo de verificarla con el secreto y precauciones debidas 
para que no lo trasluzca la Inglaterra hasta que los tres infantes estén 
en camino, más cerca de América que de Europa, para que no puedan 
impedirlo. ¡Qué golpe tan terrible para el orgullo inglés! Pero esto no 
importa, porque se pueden tomar providencias anticipadas que preca- 
van los efectos de resentimiento.)/. 

"Para esto es necesario contar con nuestra íntima aliada la Fran- 
cia, la cual es regular entre con el mayor gusto en ello por las ven- 
tajas que la resaltan de ver extendida su familia en el Nuevo Mun- 
do, abierto y favorecido su comercio en todo aquel hemisferio, y excluí- 
do de él a su implacable rival la Inglaterra. Aunque hace poco que he 
venido de París con el permiso de V. M. para el arreglo de los negocios 
de mi casa, me volveré inmediatamente a la embajada pretextando 
aquí haberlos concluido ya. Allí tengo buen partido, no solamente con 
los reyes que me honran y distinguen particularmente, sino con los 
ministros, y espero hacerles aprobar y celebrar mi pensamiento, mane- 
jándolo con la prudencia y sigilo que conviene. También me ofrezco a 
dirigir después la ejecución de este vasto proyecto en la forma que fue- 
re más del agrado de V. M., haciéndome cargo de que nadie puede eje- 
cutar mejor cualquiera plan que el que lo ha formado. „ 

tt V. M. tiene pruebas de mi lealtad y de que ningún negocio de los 
que se ha dignado poner a mi cuidado se ha desgraciado en mi mano. 
Confío que a éste le sucederá lo mismo, mediante mis constantes 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 135 

deseos de sacrificar mi reposo, mis intereses y mi vida en su Real ser- 
vicio» (1). 

Carlos IV, recordando el famoso proyecto del conde de Aranda, 
consultó en 1806 con el arzobispo de Tarragona el mismo asunto, el 
cual era, dar sus posesiones de América a sus dos hijos menores, a su 
hermano, a su sobrino el infante D. Pedro y al príncipe de la Paz, con 
títulos de virreyes perpetuos y la obligación de pagar un tributo y 
acudir con tropas y navios a donde se les mandase. Contestó el prela- 
do que "era de temer que los agraciados olvidasen el beneficio, y espe- 
cialmente sus descendientes, que tal vez codiciosos de la independencia 
intentarían sacudir el yugo feudal que sus progenitores abrazaron 
gustosos, y mucho más si nuevos enlaces u otras miras políticas les afi- 
cionasen a otros soberanos, en cuyo caso solas las armas serían quien 
decidiesen. „ 

Aunque la idea de Aranda se hubiese llevado a la práctica, la inde- 
pendencia de la América española entonces o un poco después se ha- 
bría realizado del mismo modo. Llegó el momento en que todos los pue- 
blos de aquel lejano y vasto territorio deseaban la libertad. La propa- 
ganda revolucionaria que venía de los Estados Unidos del Norte de 
América y de Francia puso en cuidado ai gobierno español. Entre gé- 
neros comerciales de mercería se introdujeron en algunos puertos de 
Indias, en particular en el Perú "relojes de faltriquera, cajas para ta- 
baco de polvo y algunas monedas en que se advierte grabada una mu- 
jer vestida de blanco con una bandera en la mano, y alrededor una 
inscripción que dice Libertad Americana. Se tomaron toda clase de me- 
didas para que no se introdujesen tales objetos y para que se recogie- 
ran los que se encontraran. Como escribe Amunátegui, "España tenía 
miedo a un reloj, una tabaquera, una cinta, un alfiler „ (2). 

Sin embargo, no pasaremos en silencio que tanto el Rey como sus 
agentes en América cuidaban con empeño de la publicación de libros que 
no guardasen relación alguna con la religión o la política, como sucedió 
con el Compendio de la historia geográfica, natural y civil del reino de Chi- 



(1) Archivo General de Indias, Papeles de Estado, América en General. Legajo 6.°, números 
1 y 2.— Sobre este particular ya había escrito, allá por el año 1540, Fray Toribio de Motolinía 
lo siguiente: «Lo que esta tierra ruega a Dios es, qne dé mucha vida a su Eey y muchos hijos 
para que le dé vn infante que la señoree y ennoblezca y prospere, así en lo espiritual como en lo 
temporal, porque en esto le va la vida; porque una tierra tan grande y tan remota y apartada no 
se puede desde tan lejos bien gobernar, ni una cosa tan divisa de Castilla y tan apartada, no pue- 
de perseverar sin padecer grande desolación y muchos trabajos, e ir cada día de calda, por no 
tener consigo a su principal cabeza y Rey que la gobierne y mantenga en justicia y perpetua 
paz, y haga merced a los buenos y leales vasallos, castigando a los rebeldes y tiranos que quie- 
ren usurpar los bienes del patrimonio real.» Véase Colección de documentos para la historia de 
México por García Icazbalceta, tomo I, pág. CX VIL -1858. 

(2) Ibidem, pág. 266. 



136 HISTORIA DE AMÉRICA 

j 

le, escrita en italiano por el ex jesuíta Molina. El Rey, por cédula dada 
en Madrid el 23 de mayo de 1 767 ; y extendida a América por otra dada 
en El Pardo a 13 de marzo de 17b8, recomendaba a las autoridades que 
favoreciesen la venta y despacho del libro Incommoda Probabilismi, del 
fraile dominico Luis Vicente Mas de Casavalls, en el cual se impugna- 
ba la doctrina del regicidio y tiranicidio. 

Consecuentes con su política, prohibieron los reyes a sus subditos 
entrar en los dominios hispano-americanos o salir de ellos sin licencia 
expresa. También prohibieron a los extranjeros la entrada en las colo- 
nias españolas y muy especialmente que residiesen en ellas. Es de ad- 
vertir que el primero que aconsejó la exclusión de los extranjeros fué 
Colón, pues en la primera carta que escribió a los reyes para comuni- 
carles el resultado de su primer viaje, decía: "Y digo que vuestras Al- 
tezas no deben consentir que aquí trate ni haga pie ningún extranjero, 
salvo católicos cristianos, pues esto fué el fin y el comienzo del propó- 
sito que fuese por acrecentamiento y gloria de la religión cristiana, ni 
venir a estas partes ninguno que no sea buen cristiano. „ A tales pala- 
bras puso el siguiente comentario, en 1825, Martín Fernández de Na* 
varrete: "Véase con cuánto fundamento apoyaron nuestras leyes de 
Indias este consejo de Colón, tanto más imparcial, cuanto que era dado 
por un extranjero, aunque ya naturalizado en España. „ Intentóse aislar 
las posesiones americanas del resto del mundo, con la mira de conser- 
var intacta la pureza del sentimiento religioso y de las ideas monár- 
quicas. Para el gobierno español todo extranjero era o contrabandista, 
o traidor, o hereje, y por ello debía ser arrojado de nuestras colonias. 

Iban a comenzar las conspiraciones por la independencia, tomando 
parte en aquéllas algunos extranjeros, ayudados por los criollos mesti- 
zos, mulatos, zambos, tercerones y cuarterones. 

Procede estudiar las diferentes razas en las Indias. Cuando los es- 
pañoles descubrieron la América, encontraron una raza de hombres di- 
ferente a las conocidas hasta entonces. En el capítulo I del tomo I de 
esta obra se dieron a conocer los caracteres propios del homo america- 
nus. Después que los españoles se establecieron en el Nuevo Mundo, al 
poco tiempo, había una tercera raza, además de la india y de la blan- 
ca, y era ésta la negra africana. Los hijos de padres europeos, nacidos 
en el continente americano, reciben el nombre de criollos. De la unión 
del blanco e indio resultó el mestizo, del cruzamiento del blanco con el 
negro el mulato y del amor del indio y el negro el zambo. De los naci- 
dos de blancos y mulatos, o de blancos y mestizos, resultan respecti- 
vamente tercerones y cuarterones. Con todas estas razas y castas se for- 
maron las diferentes clases sociales en el Nuevo Mundo. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES i 37 

Mestizos, mulatos y zambos constituían una raza formada por el 
concubinato o el adulterio. El desprecio a dicha raza era general, has- 
ta el punto que el Rey, en cédulas de 31 de agosto y 28 de septiembre 
del año 1588, ordenó que los hombres no pudieran ser admitidos al sa- 
cerdocio, ni las mujeres a la vida monástica, sin previa información de 
haber nacido de legítimo matrimonio. Como algunos obispos autoriza- 
dos por las disposiciones de una bula del papa Gregorio XIII (1), dis- 
pensasen a los mestizos dicho impedimento y continuaran, no sólo or- 
denándoles, sino encomendándoles la administración de las parroquias, 
volvió el Rey a insistir en lo que antes había dispuesto, según puede 
verse en las cédulas de 21 de enero de 1594 y de 4 de marzo de 1621. 
En el orden civil, no se concedía a los mestizos, y mucho menos a los 
mulatos y zambaigas el ejercicio de ningún cargo público. Así debía 
suceder, dada la idea que se tenía de las mencionadas castas. Con mu- 
cho acierto dice Amunátegui que tales individuos se hallaban coloca- 
dos en una situación peor que la que antiguamente tuvieran los judíos 
y los moriscos de España (2). No es extraño que su actitud, a veces le- 
vantisca, llegase a inspirar recelos y aun temores a los consejeros de 
la Corona. Entre otros, D. Luis de Velasco y el marqués de Montes 
Claros, virreyes del Perú, llegaron a temer daños y alteraciones de 
hombres de tales mezclas. 

De modo que indios o indígenas, mestizos, mulatos y zambos se dis- 
ponían antes o después, tarde ó temprano, a sacudir el yugo que pesa- 
ba sobre ellos. Otra raza iba a salir a la palestra con mayores bríos. Era 
esta raza la de los criollos o españoles nacidos en América. Entre los 
peninsulares y los criollos (o hijos de conquistadores, pobladores y fun- 
cionarios que de la península se habían establecido en los dominios del 
Nuevo Mundo) se levantó barrera formidable. "Este — escribe Amunáte- 
gui — es uno de los hechos sociales más importantes de la historia colo- 
nial, y uno de los que más contribuyeron a la revolución de la indepen- 
dencia y a su triunfo,, (3). Sin embargo de legales disposiciones dadas por 
los reyes en favor de los criollos, la práctica estaba lejos de correspon- 
der a la teoría. Los mejores destinos eran para peninsulares, los puestos 
honoríficos eran para los nacidos en España. Sentíanse heridos en su or- 
gullo los españoles americanos, los cuales deseaban por momentos ven- 
garse de los españoles europeos. Contribuyeron a enconar ambos ban- 
dos las luchas entre los frailes europeos y los americanos. Los frailes 
desempeñaban el papel de consejeros de los gobeenantes y de las fami- 



(1) Expedida en el año 1576. 

(2) Ob. cit., tomo III, pág. 9. 

(3) Ob. cit., tomo III, pág. 36 



138 HISTORIA DE AMÉRICA 

lias. Las luchas entre los conventuales repercutían en toda la sociedad. 
Las elecciones de provinciales y prelados constituían verdaderos acon- 
tecimientos y daban lugar a motines y tumultos. Formáronse dos 
grandes partidos: en uno se hallaban los frailes europeos y en otro los 
frailes americanos. Aunque los frailes europeos eran menos numerosos, 
tenían — según la expresión vulgar — santo en la corte. Vencidos casi 
siempre los religiosos peninsulares, sin embargo de tener santo en la 
corte, poí los criollos, idearon los primeros el sistema de las alternati- 
vas, esto es, que una vez fuesen elegidos los provinciales y demás su- 
periores entre los españoles, y otra vez entre los americanos. Quieras 
que no quieras, y a pesar de las quejas de los criollos, se extendió el 
sistema de la alternativa. Empeñada y larga fué la lucha que entabla- 
ron los frailes de todas las órdenes religiosas con motivo de las alter- 
nativas, y en la cual tomaron parte los seglares. Criollos y raza de co- 
lor mirábanse de reojo; pero algunas veces se unieron contra los euro- 
peos o chapetones. Las jóvenes americanas preferían para maridos a los 
españoles venidos de la Península, y por ello aquel proverbio, que llegó 
a ser vulgar, y que decía: marido, vino y bretaña, de España (1). La 
preferencia, pues, que daban las criollas a los europeos, no fueron pe- 
queños motivos para incitar la envidia a los criollos, dándose el caso 
que peninsulares y criollos se dividieron en dos bandos enemigos, ori- 
ginándose con harta frecuencia disturbios y alborotos. En la Instruc- 
ción reservada, expedida el 8 de julio de 1787 por D. José Moñino y 
Redondo, conde de Floridablanca, se manifiesta claramente que no se 
excluyen de los cargos seculares y eclesiásticos a los criollos, antes por 
el contrario, para evitar las quejas de que son olvidos, se recomienda 
a los que sobresalgan o se distingan por su sabiduría y virtudes; pero 
se ve la poca estimación que profesaba a los americanos mostrando á Ir 
vez predilección en favor de los peninsulares. Floridablanca, por tanto, 
resumió en forma de instrucciones la doctrina seguida por España con 
sus colonias desde tiempos atrás. 

Llegó el caso de decir un autor que el clima de las Indias era "me- 
jor para criar hierbas y metales, que hombres de provecho ; pues aun 
degeneraban luego los que procedían de los de España,, (2). El filósofo 
Pauw, que logró reputación no escasa en los comienzos de la segunda 
mital del siglo XVIII, en su obra intitulada: Recherches Philosophiques 
sur les americains, recogió los conceptos desfavorables que se habían pu- 
blicado contra América en general y contra los criollos especialmente. 
Sostiene que era real la degeneración de los criollos, y cita algunos he- 

(1) Torrente, Historia de la Rev. Hispano- Americana, discurso preliminar, parte 2. a 

(2) Puente, In Conventione Utriusque Monarquía?, lib. III, cap. 3. o 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 130 

chos para probarlo (1). Tres ex- jesuítas americanos salieron en defensa 
de la patria común, cuyos nombres son: el mexicano Clavijero (2), el 
chileno Molina (3) y el quiteño o ecuatoriano Velasco (4), los cuales re- 
futaron brillantemente la doctrina del filósofo Pauw. Si eran inexactas 
las afirmaciones de Pauw acerca de las facultades naturales de los ame- 
ricanos, eran ciertos los pésimos sistemas de educación y cultura. Cuan- 
do desaparezcan las trabas a la enseñanza intelectual y literaria de los 
americanos, se mostrará que no existe inferioridad de aquellos a los pen- 
insulares. 

Las diferentes clases sociales, fueron cuatro: la aristocracia oficial 
española, la nobleza criolla, los proletarios y los esclavos. Formábase la 
aristocracia oficial española, de españoles europeos (gachupines o chape- 
tones): eran éstos, caballeros e hidalgos sin fortuna, letrados sin pleitos 
e hijos del pueblo deseosos de riquezas. Gozaban allí del prestigio que 
les daba el nacimiento y el color. 

Si legalmente el criollo tenía en teoría los mismos derechos que el 
europeo, en la práctica no sucedía así, tomando por pretexto que los 
blancos degeneraban con el cielo y temperamento de las provincias in- 
dianas. Por esta razón los criollos cultos no veían con buenos ojos que 
los gachupines desempeñasen cargos importantes y lucrativos, mientras 
que ellos estaban olvidados porque se desconfiaba de su conducta.. Los 
proletarios (españoles y criollos vagabundos, negros libres, mestizos, 
mulatos, zambos, tercerones y cuarterones), tenían más vicios que vir- 
tudes. Respetaban a los europeos y criollos por miedo al castigo, y eran 
inclinados a la vagancia, al juego y a la embriaguez. Su situación era 
tristísima. *Sin idea de posible mejoramiento social, fiaban sus destinos 
a la liberalidad de sus r patronos, que, despreciándoles en absoluto, se 
aprovechaban, sin embargo, de su trabajo, dándoles apenas lo suficien- 
te para su subsistencia „ (5). 

Pasamos a estudiar el movimiento separatista. En la Capitanía 
general de Chile concibieron el pensamiento revolucionario dos fran- 
ceses: Antonio Gramuset y Antonio Alejandro Berney. Corría el año 
1769 y el Rey ordenó la expulsión de todos los extranjeros que sin 
permiso se hubieran establecido en Chile. Habiendo estallado a la sa- 
zón un levantamiento general de los pehuenches, guilliches é indios de 
los llanos contra los cristianos en Arauco, el oidor decano Juan de 
Balmaseda, que desempeñaba interinamente el cargo de presidente del 



(1) Ob. cit., parte V, sección 1. a 

(2) Historia antigua de México. 

(3) Compendio de la Historia Geográfica, Natural y Civil del reino de Chile. 

(4) Historia del reino de Quito. 

5) Navarro Lamarca, Hist. general de América, t. II., pag. 359. 



140 HISTORIA DE AMÉRICA 

reino, entre otras medidas, tomó la de invitar a los extranjeros para 
que armados y montados a su costa, formasen una compañia que fue- 
se a la guerra de Arauco, ofreciéndoles en recompensa solicitar para 
ellos del Rey, carta de naturaleza que les permitiera residir en el 
país. Unos 67 franceses, portugueses, italianos y holandeses, hala- 
gados por el ofrecimiento, marcharon a la frontera y contribuyeron 
al escarmiento del enemigo. A su regreso a Santiago, el presidente Mo- 
rales les dio las gracias en nombre del monarca y les permitió que 
permaneciesen en Chile. Cuando tales noticias llegaron a la corte, el 
Rey no vio bien que se hiciese tal concesión, hasta el punto que mandó 
no dar las cartas de naturaleza hasta que él pudiera enterarse de los 
antecedentes, y también de cómo había podido reunirse en sus domi- 
nios de Chile tanta gente extranjera (1). Continuaron, sin embargo, 
los extranjeros en el país. Cuando Gramuset se hallaba más ocupado 
en sus proyectos industriales, los cuales debían proporcionarle muchas 
riquezas, llegó de Buenos Aires un francés llamado Antonio Alejandro 
Berney, quién se colocó de profesor de latín en el Colegio Carolina. 
Berney conocía las Humanidades y las Matemáticas, y sus autores 
favoritos eran, en la antigüedad, Cicerón, y en los tiempos presentes, 
Rousseau. Embebido en sus libros, ignoraba la práctica del mundo; 
conocedor de la ciencia, no sabía nada de la vida. Así como Gramuset 
sólo pensaba en adquirir riquezas, Berney aspiraba a ser legislador y 
a formar una constitución política que tuviera por fundamento las doc- 
trinas de los filósofos del siglo XVIII, si bien diferenciándose por lo que 
a religión respecta, pues él era católico sincero. Amigos, después de 
algún tiempo Gramuset y Berney, hablaron del estado del país y de 
las vejaciones a que se hallaban sujetos los criollos, llegando a decir 
Gramuset lo siguiente: "Sin necesidad de que fueran muchos los que 
me ayudasen, yo me comprometería a hacer que este hermoso país se 
declarara independiente. „ Sucedía esto en el año 1776. Pasaron cuatro 
años, en cuyo tiempo había aumentado el disgusto de los chilenos por 
la subida de los derechos de alcabalas y de pulperías y también por la 
reforma de los regulares; lo primero atacaba a sus bolsillos y lo segun- 
do a sus conciencias. Cada vez eran mayores las censuras dirigidas a 
los gobernadores. Entonces Gramuset propuso a su compatriota Ber- 
ney hacer la revolución. Si en los Estados Unidos el aumento de los 
impuestos había originado el movimiento insurreccional, ¿porqué no 
había de ocurrir lo mismo en Chile? Favoreció el proyecto la circuns- 
tancia de que por entonces España se hallaba en guerra con Inglaterra, 
y las naves inglesas, dueñas de los mares, impedirían o por lo menos 

(i) Real cédula de 12 de junio de 1772, y Real orden del 22 del mismo mes de 1773. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 141 

dificultarían, que la escuadra española, ya procedente de la península, 
ya del Perú, viniese a sofocar la revolución chilena. Decidióse Berney 
a secundar a Gramuset, cuando pudieron contar con el apoyo de un 
poderoso auxiliar, con el noble y rico D. José Antonio Rojas, antiguo 
corregidor de la provincia de Lampa. Hojas hizo un viaje al Antiguo 
Mundo, y, después de visitar España y Francia, volvió a su país, lle- 
vando en su alma revolucionarias ideas políticas y religiosas. También 
llevaba, entre otros libros modernos, la Enciclopedia de D'Alembert y 
Diderot. Cuéntase que para burlar la vigilancia de las autoridades, Ro- 
jas hizo poner en el lomo de los libros títulos inocentes. Continuó la 
trama revolucionaria y tan buena maña se dio Rojas — según se dijo — 
que al poco tiempo contaba con auxiliares importantes, como eran va- 
rios jefes de tropas y regimientos de milicias. Cuando los criollos y re- 
ligiosos americanos se disponían a protestar contra la gobernación 
española, cuando los colonos se hallaban más animados y más decidi- 
dos contra la administración de la metrópoli y cuando las razas de 
color iban a romper el yugo que pesaba sobre ellas, uno de los compli- 
cados, D. Mariano Pérez de Sarabia y Sorante, abogado, natural de 
Buenos Aires, denunció el plan, no al gobernador D. Ambrosio de Be- 
navides, hombre tan cargado de años como flaco de espíritu, sino al 
regente de la Audiencia D. Tomás Alvarez de Acevedo, que era un 
cumplido caballero, dotado de claro entendimiento y de no poca pru- 
dencia. El citado abogado Pérez de Sarabia denunciaba diariamente a 
Alvarez de Acevedo, todo lo que pensaban y hacían los revoluciona- 
rios. Si la conjuración importaba poco al regente, le importaba mucho 
la publicidad. Encargó a los oidores Mérida y Grobea la sustanciación 
del proceso; pero guardando la mayor reserva. A las diez y media de 
la noche del 10 de enero de 1781, el oidor Mérida, acompañado de un 
escribano, dos ayudantes de la real justicia y dos dragones, se presen- 
tó en casa de Berney y le redujo a prisión. Condújole en una calesa al 
cuartel de San Pablo, donde le encerró en un calabozo y le cargó de 
grillos. Tomada declaración, Berney confesó, al fin, todo lo que había 
sobre el particular. Del mismo modo, el oidor Grorbea, redujo a prisión 
a Gi-ramuset y le llevó a San Pablo. Más sereno que Berney, manifestó 
que ignoraba la causa de su prisión y cuando le nombraron a sus cóm- 
plices, de unos dijo que no les conocía y de otros que apenas les había 
hablado en su vida. Terminado el sumario, la Audiencia dio traslado 
al ministerio fiscal, quién pidió fuesen encausados Rojas, Orejuela y 
demás comprometidos. Pensaron con mucho acuerdo los oidores que si 
era fácil cojer presos a dos pobres extranjeros sin alarmar la opinión 
pública, no lo era hacer lo mismo con Rojas, relacionado con la aristo- 



142 HISTORIA DE AMÉRICA 

cracia del país, ni con Orejuela ni con otros. Decidieron cruzarse de 
brazos para que el asunto no se divulgase y hasta acordaron la impu- 
nidad de los criminales prestigiosos. La causa se siguió con el mayor 
misterio y los autos no salieron del poder de los oidores. Aunque el 
ministerio fiscal sostuvo que los dos franceses debían ser rigurosamen- 
te castigados, los oidores, llevados siempre de la idea de no dar publi- 
cidad al asunto, aparentaron creer que Gramuset y Berney habían 
perdido el juicio, que locura era aspirar a la independencia y a la re- 
pública en aquellos tiempos. En su virtud pronunciaron la siguiente 
sentencia: "En la ciudad de Santiago de Chile a 5 de febrero de 1781, 
estando en acuerdo ordinario de justicia los señores D. Ambrosio de 
Benavides, caballero de la real y distinguida orden de Carlos III, bri- 
gadier de los reales ejércitos y gobernador y capitán general de este 
reino; D. Tomás Alvarez de Acevedo, regente; D. Luis de Santa Cruz 
y Zenteno, de la orden de Calatrava; D. José de Gorbea y Vadillo, 
D. Nicolás de Mérida y Segura, del consejo de Su Magestad, oidores y 
alcaldes del crimen de esta Real Audiencia; presentes los señores 
fiscales D. José Márquez de la Plata y D. Joaquín Pérez de Uriondo; 

Y vistos los méritos del proceso formado contra Antonio Berney y 
Antonio Gramuset, con las acusaciones y diligencias practicadas a 
consecuencia del auto para mejor proveer de 25 del pasado, con todo 
lo demás que verbalmente se ha expuesto y se ha tenido presente: 

Dijeron que, contemplando en las actuales circunstancias poco ven- 
tajoso al servicio de Su Majestad, la propalación y publicación de esta 
causa, que sobre ofrecer bastante materia a los reos para una defensa 
exclusiva de la pena ordinaria, descubre y pone a los ojos de un pueblo 
leal y fiel al soberano un delito que dichosamente ignora; y siendo más 
conforme a sana política y buen gobierno la conservación de tan lau- 
dable ignorancia, que el particular castigo con peligro de la común ino- 
cencia en que tanto se interesa el real servicio, precaviendo que el re- 
medio no sea puerta y entrada de los males que se desean evitar, 

Debían mandar y mandaban se sobresea y pare en la prosecución 
y sustanciación de esta causa, dejando como dejan en su fuerza y vi- 
gor cuanto contra dichos reos resulta y han pedido los señores fis- 
cales; 

Y en su consecuencia, que remitiéndose los reos en partida de re- 
gistro por la vía de Lima a disposición del Supremo Consejo de Indias, 
con testimonio íntegro del proceso, que sacará por sí sólo el presente 
escribano de Cámara, y el correspondiente informe a Su Majestad, se 
escriba carta de oficio al Excmo. Sr. Virrey, a fin de que en primera 
ocasión se sirva dar las providencias respectivas a su embarque, segu- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 143 

ridad y custodia, según lo exige la calidad y naturaleza de la causa; 

Y lo acordado. 

Ambrosio de Benavides. — Don Tomás Alvarez de Acevedo. — Don Luis 
de Santa Cruz. — José de Gorbea y V adulo. — Nicolás de Mérida. — Ante 
mí, Francisco de Borja de la Torre, escribano público y real„ (1). 

Los reos Gramuset y Berney se remitieron a Lima bajo partida de 
registro, en cuya ciudad permanecieron algunos meses. Luego, Gramu- 
set falleció en uno de los castillos del puerto de Cádiz, en donde se ha- 
llaba preso: y Berney pereció en el naufragio que acaeció al navio San 
Pedro Alcántara. 

Si los dos hubiesen sido decapitados en la plaza principal de San- 
tiago, como pedía el ministerio fiscal, Gramuset y Berney hubieran al- 
canzado la inmortalidad, y sus nombres serían bendecidos por el pue- 
blo chileno. De todos modos, ellos son los primeros mártires de la in- 
dependencia; ellos, el uno, muerto de tristeza en lóbrego calabozo, y el 
otro, devorado por las olas del Océano, merecen agradecimiento eterno 
de Chile. Entre los ilustres caudillos de la emancipación hispano- 
americana que sucedieron a Gramuset y Berney se halla el venezolano 
Francisco Miranda, de quien nos ocuparemos en el capítulo siguiente . 

Volviendo a tratar, bajo el punto de vista del comercio, de las re- 
laciones de las colonias con la metrópoli, salta a la vista que como las 
primeras solamente podían tratar con la segunda, resultaba que los 
americanos tenían que comprar caro y vender barato. Disgustábales, 
como era natural, semejante orden de cosas, tomando entonces la deter- 
minación, aun exponiéndose a graves castigos, de vender a los extran- 
jeros. El contrabando, por tanto, continuó cada vez en mayor escala, 
único medio de que los americanos se proporcionaran recursos para 
atender a sus obligaciones. Se deseaba una reforma radical en la orga- 
nización industrial y comercial, y como los deseos no eran atendidos, 
algunos, fieles al Rey y a la metrópoli, se atrevieron a mostrar su dis- 
gusto. De igual manera se censuraba el poco interés que el gobierno 
español tenía en el progreso de la instrucción pública en el país ame- 
ricano. 

Cuando en todas partes se sentían aspiraciones y deseos de mejor 
bienestar, sucedió en España gran revolución. Napoleón Bonaparte, 
al saber que el príncipe Fernando se había apoderado de la Corona de 
su padre, se decidió a invadir a España y ocupar el trono para cederlo 
a su hermano José. La Junta Suprema Central procuró atraerse en 
circunstancias tan graves a los hispano-americanos. tt La Junta Supre- 
ma — decía D. Pedro Ceballos, ministro de Gracia y Justicia — , pene- 

(1) Véase Amunátegui, ob. cit., tomo III, págs. 230-232. 



144 HISTORIA DE AMÉRICA 

trada de los paternales deseos de que antes de su dolorosa prisión ma- 
nifestó estar animado el Rey (que Dios nos restituya) en favor de sus 
vasallos de América, a quienes ama con igual ternura que a los de esta 
península, sólo desea saber las necesidades de los fieles americanos, y 
que se le propongan los medios de mejorar su situación, para tomar 
con incansable celo las medidas convenientes a realizar sus deseos. „ 
Era conveniente y aun necesario en aquellas circunstancias la unión 
entre la metrópoli y sus colonias. Tan convencida se hallaba la Junta 
Suprema Central, que por Real decreto de 22 de enero de 1809, entre 
otras cosas, decía que "los dominios que España — y copiamos las mis- 
mas palabras del decreto — posee en las Indias, no son propiamente co- 
lonias o factorías, como los de otras naciones, sino una parte esencial 
e integrante de la monarquía española; y deseando estrechar de un 
modo indisoluble los sagrados vínculos que unen a unos y otros domi- 
nios, como asimismo corresponder a la heroica lealtad y patriotismo de 
que acaban de dar tan decidida prueba a España en la coyuntura más 
crítica en que se ha visto hasta ahora nación alguna, se ha servido Su 
Majestad (la Junta Central en nombre del Rey cautivo) declarar que los 
reinos, provincias e islas que forman los referidos dominios deben te- 
ner representación nacional e inmediata a su real persona, y constituir 
parte de la Junta Gubernativa del Reino por medio de sus correspon- 
dientes diputados.» El Consejo de Regencia, que reemplazó a la Junta 
Central, con fecha 14 de febrero de 1810, dirigió una proclama — redac- 
tada por el gran poeta Quintana — de la cual copiamos las elocuentes 
frases siguientes: "Desde este momento, españoles americanos, os veis 
elevados a la dignidad de hombres libres; no sois ya los mismos que 
antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más distantes 
estabais del centro del poder; mirados con indiferencia, vejados por la 
codicia y destruidos por la ignorancia. „ 

Todo lo que se escribía de igualdad de derechos entre los peninsu- 
lares y criollos eran vanas palabras. Si cada una de las Juntas provin- 
ciales de España había enviado dos diputados para componer la Cen- 
tral, ¿por qué se determinaba que cada una de las de América nom- 
brase solamente uno? "Esto era hacer justicia a medias — escribía Flo- 
rez Estrada — y una contradicción de la anterior declaración „ (1). De- 
terminóse que los cabildos de las capitales de las provincias hispano- 
americanas nombrasen tres individuos entre los cuales debía sortearse 
uno que iría a sentarse como diputado en las Cortes de la monarquía, 



(1) Examen Imparcial de las Disensiones de la América con la España, parte 1. a — La declara- 
ción a que se refiere era la de que los subditos españoles de uno y otro continente tenían iguales 
derechos. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 145 

si bien poco después se concedió a las provincias peninsulares que eli- 
giesen un representante por cada cincuenta mil habitantes, además de 
los que debían designar las ciudades de voto en Cortes y las Juntas 
provinciales. Razón tenía el ilustre escritor José María Blanco White 
al decir que el gobierno español había querido contentar a los ameri- 
canos con 'palabras (1). 

Si las autoridades nacionales regateaban a los hispano-americanos 
su intervención en los negocios públicos, continuaban con sus vejaciones 
por lo que al comercio respecta. Dígase lo que se quiera en contrario, 
España continuaba con su monopolio y prácticamente no consideraba a 
los americanos iguales a los españoles. 

A pesar de todo, las provincias o reinos de^ la América Española 
formaron juntas gubernativas como las establecidas en las provincias 
peninsulares. No debe olvidarse que la elección de una junta guberna- 
tiva constituía un acto de soberanía ejercido por las provincias o reinos 
americanos. Si en un principio las Juntas acataban la autoridad de Fer- 
nando VII, luego, con más o menos entusiasmo, lucharon por la inde- 
pendencia y por el régimen republicano. Aunque las Juntas declaraban 
siempre que regían la nación en nombre de Fernando VII, en el fondo 
ellas cobraban las contribuciones, formaban ejércitos, nombraban em- 
pleados, fundaban escuelas y colegios, abrían puertos al comercio ex- 
tranjero, dictaban leyes y ejercían todos los poderes. Si la independen- 
cia no existía en las palabras, estaba en los hechos. 

¿Qué Estado se levantó primero contra la dominación española? La 
iniciativa de la independencia hispano-americana — dice Camilo Destru- 
ge, director de la Biblioteca Municipal de Guayaquil — se debe a Quito, 
capital de la república del Ecuador (2). Afirma D. Luis Arce que co- 
rresponde dicha gloria a la república de Bolivia (3). 

Los partidarios de la primera opinión refieren que siendo virrey 
de Nueva Granada el teniente general ü. Antonio Amar y presidente 
(gobernador) de la provincia de Quito el general D. Manuel Urriez, 
conde Ruiz de Castilla, ocurrieron los sucesos siguientes: El 24 de fe- 
brero de 1809, el P. Fray Andrés Polo, recoleto mercenario y D. José 
Joaquín de la Peña, denunciaron a las autoridades de Quito que algunos 
abogados trataban de introducir modificaciones en el gobierno, contando 
para la realización de su plan con parte de la tropa . En su virtud fue- 
ron presos D. Juan Pío Montúfar, marqués* de Selva Alegre, D. Juan 
de Dios Morales, D. Nicolás de la Peña y el Dr. Quiroga; mas el fiscal 

(1) El Español, núm. 8. fecha 30 de noviembre de 1810. 

(2) Controversia histórica, etc. Guayaquil, 1909. 

(3) Tema presentado en el primer Congreso científico Pan-Americano de Santiago de Chile. 

III 10 



146 HISTORIA DE AMÉRICA 

D. Tomás de Arechaga, seducido — según de público se dijo — por los 
ofrecimientos de los procesados, retiró en 20 de abril la acusación, ha- 
ciéndoles sólo mero apercibimiento para que tt en lo sucesivo se manejen 
con más cautela, sin mezclarse en conversaciones que tengan por obje- 
to la alteración del gobierno ni otras semejantes. „ (1). 

Pocos meses después, conjurada toda la nobleza de la ciudad, en la 
cual se contaban los marqueses de Selva Alegre, Miraflores, Villa Ore- 
llana y Solanda, y ganada la tropa por el capitán D. Juan Salinas, se 
verificó la revolución. En la madrugada del 10 de agosto de 1809, el 
presidente de la Real Audiencia de Quito, conde Ruiz de Castilla, fué 
hecho prisionero en su palacio, organizándose en seguida una Junta Su- 
prema con carácter de interinidad, mientras Fernando VII "recupera- 
ba la península o iba a imperar en América. „ La instalación de la men- 
cionada Junta se efectuó el 16 de dicho mes, dándose la presidencia al 
marqués de Selva Alegre con el tratamiento de Alteza Serenísima (2), 
Aunque la Junta Suprema de Quito envió comunicaciones notificando su 
establecimiento a Cuenca, Cartagena, Popayán y otras ciudades, no fué 
reconocida, teniendo entonces que apelar a las armas. Pasto, próxima a 
Quito, recibió el primer ataque. Los revolucionarios quiteños talaron 
los campos, pusieron en libertad los presos y ofrecieron a los indios per- 
donarles sus tributos; los de Pasto pidieron socorros al gobernador de 
Popayán D. Miguel Tacón, quien no sólo envió algunas tropas, sino que 
dio aviso a la capital del reino y al gobernador de Panamá. A las ori- 
llas del río Guaytara se verificó el encuentro con los quiteños (16 de 
octubre), durando la acción escasamente una hora. El 17 y el 19 hubo 
nuevas escaramuzas; después de lo cual los revolucionarios volvieron a 
Quito, dejando bastantes prisioneros en Pasto, donde se les dio cariñosa 
hospitalidad, citándose el caso siguiente: un soldado fué muerto alevo- 
samente en el primer ataque y la viuda perdonó al asesino, llevando 
después su generosidad hasta el punto de darle alimento en la pri- 
sión (3). Cuando el virrey del Perú tuvo noticia de la revolución de 
Quito envió fuerzas en socorro del conde Ruiz.de Castilla, y con el au 
xilio de ellas fueron hechos prisioneros los jefes principales, restable- 
ciéndose el antiguo orden de cosas. (4). De este modo terminó la prime- 
ra revolución de Quito. Tiempo adelante las cortes de Chile aprobaron 



(1) Memoria elevada al Rey por el doctor D. José Joaquín de la Peña. -Quito, 6 de junio de 1809. 
Arch. H¿8t. Nac— Estado.— Leg. 58-C-núm. 31. 

(2) Certificado en relación de las actas del pueblo sobre la erección de una Suprema Junta Gu- 
bernativa interina en Quito.— Arch. Hist. Nuc— Consejo de Indias.— Leg. 192-1. 

(3) Comunicación del gobernador de Pasto: 27 de diciembre de 1809.— Arch. Hist. Nac. -Con- 
sejo de Indias. Leg. 192, 1. 

(4) Comunicaciones del conde Ruiz de Castilla: 6 de noviembre y 6 de diciembre de 1809 y 21 de 
enero de 1810. Ibidem. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 147 

una moción para conmemorar el citado 10 de agosto de 1809 y dispu- 
sieron que en Valparaíso se levantara un faro con la siguiente inscrip- 
ción: A Quito, Luz de América. 

Pocos son los que sostienen que fué Bolivia la primera que dio el 
grito de independencia. D. Luis Arce, citado en los comienzos de este 
capítulo, dice que los dos movimientos — el de 26 de mayo de 1809 en 
Chuquisaca, o el de 16 de julio del mismo año en La Paz — revisten to- 
dos los caracteres de una revolución contra España. 

Creemos inútil detenernos en asunto tan baladí y que discutieron 
con singular empeño escritores americanos. Nada importa que sea Qui- 
to o Bolivia o Venezuela donde se dio el primer grito de protesta con- 
tra la dominación española. A los Sres. Destruge y Arce les diremos 
que las glorias son comunes a todas las naciones del Nuevo Continente 
en la obra de la independencia, porque a todas les inspiraba el mismo 
pensamiento y la misma idea. Grandes han sido los sacrificios de las 
unas y de las otras, ya peleando aisladas, ya unidas dos o tres contra 
el enemigo común, que era España. 

Haremos notar, por lo que a la Junta de Quito de 1809 se refiere, 
que las palabras de fidelidad hacia Fernando VII y las de odio a José 
Bonaparte, nada significan o no tienen valor alguno, pues sólo eran un 
pretexto, como lo manifestaron otras autoridades de diferentes poblacio- 
nes. Bastará citar la respuesta dada por D. Bartolomé Cucalón, gober- 
nador de Guayaquil, con fecha 9 de septiembre de 1809, al marqués de 
Selva Alegre, presidente de la Junta Suprema de Quito, en la cual, en- 
tre otras cosas, le dice lo siguiente: u En todas ellas (cartas del citado 
marqués de Selva Alegre), dais testimonio de la sedición efectuada que 
no se disfraza con las palabras y expresiones paliativas que usáis. Vues- 
tros hechos son opuestos a los sentimientos de lealtad y patriotismo que 
figuráis. Poco tiempo hace que habéis jurado solemnemente no obedecer 
otra Junta que la Suprema Central de la Nación, que representa a 
vuestro augusto Soberano el Sr. D. Fernando VII; ahora habéis tenido 
la criminal voluntariedad de instalar lo que no os compete. Habéis de- 
puesto las autoridades legítimas, abrogándoos al mismo tiempo (para 
alucinar) la potestad de que dimana. Bien satisfechos de vuestra trai- 
ción, hacéis tumultos de armas para resistir, según me lo expresáis, 
dando por término a vuestras criminales empresas la recuperación de 
la península de España. 

Ya es hora de dirigir los ojos a la segunda revolución de Quito. 
Cuando se creía que iban a ser castigados los rebeldes de la primera, 
revolución, algunos hombres del pueblo, armados de cuchillos, acorné- 



148 HISTORIA DE AMÉRICA 

tieron de repente (2 agosto 1810) los dos cuarteles en que se hallaban 
los presos. Nada pudieron conseguir; antes por el contrario, la locura 
de unos cuantos trajo consecuencias sangrientas, que fueron el asesina- 
to de Morales, de Salinas y de otros muchos. Llegaron las tropas rea- 
listas del Perú, las «uales saquearon casas y mataron sin compasión al- 
guna. Algún tiempo después volvieron los patriotas a la lucha, decla- 
rando la Junta de Gobierno (9 octubre 1810), que tt reasumía sus sobe- 
ranos derechos y ponía el reino de Quito fuera de la dependencia de la 
capital del virreinato. „ A los dos días siguientes, esto es, el 11 de oc- 
tubre, la misma Junta de Gobierno «rompió los vínculos que unían a 
estas provincias con España, y proclamó su independencia.» Pronto se 
convencieron los revolucionarios de que carecían de poder para luchar 
con España. Nombrado por la Regencia española D. Joaquín de Molina 
presidente de Quito, nada pudo conseguir contra los rebeldes, manda- 
dos por D. Carlos Montúfar; pero el mariscal de campo D. Toribio 
Montes, sucesor de aquél, triunfó de los patriotas en Mocho (2 septiem- 
bre 1812), teniendo la dicha de acabar poco después con la insurrección. 
No terminaremos sin citar algunas sublevaciones anteriores a la del 
10 de agosto dje 1809, como las posteriores a dicha fecha y en las cua- 
les se declaró la independencia. 

Durante el reinado de Felipe II y con motivo de lá Real Cédula so- 
bre el impuesto de las alcabalas, expedida el 1.° de noviembre de 1591, 
estalló en Quito formidable levantamiento (julio de 1592), poniéndose el 
cabildo al lado del pueblo y en contra de la Audiencia y del presiden- 
te Barros de Santillán. 

Reinando Carlos III, la sublevación de Tupac-Amaru, que comenzó 
el 4 de noviembre de 1780 conmovió profundamente todo el país. 
Verificóse el 10 de enero de 1780, un levantamiento en Pelileo, que 
se propagó a otros puntos. 

En el mismo año de 1780 se descubrió en Chile una conspiración, 
que tendía a la emancipación del país. 

El 16 de marzo de 1781 en la villa del Socorro (Nueva Granada) 
hubo un tumulto dirigido por D. Juan Francisco Berbeo. 

En el reinado de Carlos IV tuvieron no poca importancia — si da- 
mos crédito al historiador Baraya — las sangrientas sublevaciones de 
Guamote y Columbe (jurisdicción de Ríobamba) ocurridas en el año 
1790, y cuyos jefes murieron en la horca. 

En el mismo reinado de Carlos IV fué castigado — con alguna seve- 
ridad — D. Antonio Nariño y otros por haber publicado la Declaración 
de los derechos del hombre y haber puesto pasquines contra las autori- 
dades (1794). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 149 

Organizóse una conspiración en Venezuela el año 1797; muchos fue- 
ron presos y algunos sufrieron la pena de horca en 1799. 

Intentó el año 1794 D. Juan Guerrero reducir a prisión las autori- 
dades de México y proclamarse jefe del virreinato; el 1799 intentó re- 
petir la misma tentativa D. Pedro Portilla. Desde estos tiempos ya no 
estuvo asegurado el orden en México. 

Proclamaron su independencia: 

El Ecuador. El 11 del mes de octubre de 1810. 

Venezuela. El 19 de abril de 1810 y el 5 de julio de 1811. 

Argentina. El 25 de mayo de 1810 y el 9 de julio de 1816. 

Bolivia. El 25 de mayo de 1810 y el 6 de agosto de 1825. 

Colombia. El 20 de julio de 1810 y el 16 de julio de 1813. 

México. El 16 de septiembre de 1810 y el 28 de septiembre de 1821. 

Chile. El 18 de septiembre de 1810 y el 12 de febrero de 1818. 

Paraguay. El 15 de mayo de 1811 y el 1.° de enero de 1813. 

América Central (Guatemala, San Salvador, Honduras, Nicaragua 
y Costa-Rica). El 15 de septiembre de 1821 y el l.o de julio de 1823. 

Perú. El 28 de julio de 1821. 

Brasil. El 7 de septiembre de 1822. 



CAPITULO VII 



Principales tentativas para la independencia de Venezuela. 
Francisco Miranda: su vida.— Miranda en Londres, en Ru- 
sia y en Francia. — Brissot y Miranda.— Sublevación de Coro 
en 1795. -Conjuración de Caracas en 1797.— Composiciones 
poéticas revolucionarias.— Conspiración de Maracaibo en 
1799.— Picornell.— Suplicios en Caracas.— Miranda, Picor- 
nell, Caro y Gual.— Planes revolucionarios de Miranda.— 
Gobiernos de los capitanes generales D. Juan de Casas y 
D. Vicente Emparán. 



Venezuela, situada en la costa septentrional del continente, tiene 
por límites: al Norte, el mar de las Antillas; al Este, Colombia; al Sur, 
Brasil, y al Oeste, la Guayana inglesa. Su superficie es de 1.020.400 
kilómetros cuadrados, y su población de 2.725.000 habitantes. 

Consideremos las principales tentativas que se hicieron en Venezue- 
la antes de la independencia. A la cabeza de los revolucionarios se puso 
Francisco Miranda, natural de Caracas. Había servido en el ejército es- 
pañol, y ya con el empleo de capitán 
pasó a los Estados Unidos, donde pe- 
leó, al mismo tiempo que Lafayette, 
contra Inglaterra. Después fué des- 
tinado a servir en la guarnición de 
Cuba, y allí se le acusó de traidor, 
llegándose a decir que quería entre- 
gar la isla al gobierno británico. 
Huyó de la isla, vino a Europa lleno 
de esperanzas o ilusiones y se esta- 
bleció en Inglaterra. En Inglaterra 
estaba el 1784, y en el 1785, cuando 
sólo tenía veintiocho años, el perió- 
dico inglés Political Herald, le seña- 
laba como una esperanza de la re- 
volución, y la prensa en general 
anunciaba la emancipación de las co- 
lonias españolas. Emprendió largo viaje (de 1786 a 1790), y fué a Ru- 
sia; presentóse a Catalina II y le anunció próxima insurrección en 




El generalísimo Miranda. 



OOBIERNOS INDEPENDIENTES 151 

Sud- América. Desde San Petersburgo vino a Londres con recomenda- 
ciones especiales para el embajador ruso. Solicitó pronto una audiencia 
del ministro Pitt, quien le ofreció ayudarle en todos sus proyectos. 

Como por entonces la revolución francesa llamaba la atención del 
mundo, se alistó en el ejército de aquel país, alcanzando pronto el grado 
de general. Conviene no olvidar que el 28 de noviembre de 1792, Bris- 
sot desde París escribió al general Dumouriez pidiéndole a Miranda para 
que mandase la expedición de Santo Domingo e hiciera la revolución en 
América. Añade, que el nombre sólo de Miranda aterraría a España y 
a Pitt, indicando que en dicho nombramiento estaban de acuerdo Monge, 
Petion, Claviere y Sensonne (1). Pasado algún tiempo, Brissot, también 
desde la capital de Francia, < escribió — 6 enero 1793 — a Miranda, ha- 
ciéndole presente que había hablado con Dumouriez sobre los planes re- 
volucionarios en las colonias españolas, y que los dos estaban confor- 
mes: además le anunciaba que pronto le llamaría a París (2). Es cierto 
que Miranda ejercía no poca influencia entre los revolucionarios de Ve- 
nezuela, aunque no tanta como creía y pregonaba el francés Brissot. 

El revolucionario hijo de Caracas, entre tanto, dirigió con poca for- 
tuna el sitio de Maestrich (Holanda), y después, mandando el ala iz- 
quierda del ejército de Dumouriez, fué derrotado, como todo el ejército 
en la batalla de Neerwinden (Bélgica) el 18 de marzo de 1793. Com- 
prometido en el famoso proceso de Pichegru, sufrió Miranda larga pri- 
sión, logrando fugarse a Inglaterra, en cuya nación se dedicó al profe- 
sorado para ganar su sustento: sucedía esto a últimos del año 1797. 

Comenzó en Venezuela el movimiento revolucionario por el año 
de 1795 con una sublevación de los negros y mestizos de Coro; y a los 
dos años se descubrió en Caracas conjuración más. importante. Corría 
el mes de j-unio de 1797 cuando los criollos y mestizos venezolanos, di- 
rigidos por D. Manuel Gual, capitán retirado del batallón veterano de 
Caracas, y por D. José María España, justicia mayor de Macuto, inten- 
taron proclamar la república (3). El 13 de julio del mismo año, Juan 
José de Chirinos, Francisco Javier de León y Juan José Ponte, jóve- 
nes pardos de la Guaira, afiliados al plan revolucionario de Gual y Es- 
paña, descubrieron candida e imprudentemente la conjuración que de- 
bía estallar del 15 al 16 del mismo mes, viéndose obligados los cita- 
dos dos jefes a huir a las Antillas. Otros revolucionarios lograron re- 



tí) Archivo de Indias . —Audiencia de Caracas, legajo 2.° 

(2) Archivo de Indias.— América. 

(3) Debían estar de acuerdo con Juan Baustita Picornell, Manuel Cortés Campomanes y Sebas- 
tián Andrés, presos en la Guaira y de cuya prisión se fugaron en la noche del 4 de junio de 1797. 
Fueron desterrados de España porque en febrero del año anterior quisieron reemplazar la mo- 
narquía con la república. 



152 HISTORIA DE AMÉRICA 

fugiarse en las colonias extranjeras (1). España desembarcó en la 
Guaira el 28 de abril y preso por las autoridades españolas fué condu- 
cido a Caracas y condenado después (2). # 

Entre los papeles sediciosos que circularon por entonces entre los 
revolucionarios americanos hallamos la siguiente composición, debida 
seguramente a la pluma de excelente patriota, aunque mal poeta. La 
trasladaremos íntegra a este lugar, como también la Carmañola, para 
solaz de nuestros lectores. 

«Afligida la Patria 
os llama, americanos, 
para que reunidos 
destruyáis al tirano 

Oid su voz sagrada 
que anuncia a ese malvado 
la felicidad vuestra 
y su fin desastrado. 

Viva tan sólo el pueblo, 
el pueblo soberano; 
mueran los opresores 
mueran sus partidarios. 

La Patria es nuestra madre, 
nuestra madre querida, 
a quien tiene el tirano 
esclava y oprimida. 

A ella es a quien debemos 
hasta la misma vida; 
perezcan pues todos 
o sea libre en el día. 

Viva tan sólo el pueblo, 



Todos nuestros derechos 
los vemos usurpados; 
con tributos e impuestos 
estamos agobiados. 

Si hablamos en justicia 
no somos escuchados; 
pues sean esos perros 
del todo exterminados. 

Viva tan sólo el pueblo, 

¿Qué es lo que nos detiene? 
¿Para cuándo esperamos? 



(1) Véase Arch. de Indias.- América. —Caracas, Leí?. 1. 

(2) Véase la Representación que el 23 de agosto de 1797 la Audiencia de Caracas dirigió al prín- 
cipe de la Paz, primer ministro de Estado y del Despacho universal. —Arch. de Indias. - Audien- 
cia de Caracas, Leg.° 2.° 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES , 153 

Armémonos al punto, 
perezcan los tiranos. 

La bandera del pueblo 
los llenará de espanto 
y la victoria misma 
guiará nuestros pasos. 

Viva tan sólo el pueblo, 



La trompeta resuena 
por todos nuestros campos, 
la Patria es quien nos llama, 
su estandarte sigamos. 

¡Ea! tomad las armas, 
las armas, ciudadanos, 
exaltarán las glorias 
de los americanos. 

Viva tan sólo el pueblo. 

Nunca ha sido vencido 
un pueblo que se ha armado, 
para hacer se respeten 
sus derechos sagrados. 

¿Y será menos fuerte 
el brazo americano, 
que el francés valeroso, 
el griego ó el romano? 

Viva tan sólo el pueblo, 

Todos en esa empresa 
somos interesados, 
unámonos al punto 
como buenos hermanos. 

Fraternidad amable 
estrecha entre tus brazos 
los nuevos pobladores, 
indios, negros y pardos. 

Viva tan sólo el pueblo, 

Tiembla tú, Rey infame, 
tiembla pérfido Carlos, 
que todos tus delitos 
van á ser castigados. 

Ya la terrible espada 
del pueblo americano 
va á destruir tu orgullo, 
déspota sanguinario. 

Viva tan sólo el pueblo, 

Monstruo cruel y horrendo, 



154 HISTORIA DE AMÉRICA 

hace trescientos años 
que con furor devoras 
á los americanos. 

Ya es tiempo que pagues 
tus crímenes malvados 
y que recobre el pueblo 
sus derechos sagrados. 

Viva tan sólo el pueblo, 



Oh, tu Rey infinito, 
supremo, justo, sabio, 
tu que criaste al hombre 
de libertad dotado, 

No permitas más tiempo 
que sea esclavizado, 
destruye el despotismo, 
confunde á los tiranos. 

Viva tan sólo el pueble, 



Copia hecha el 11 junio 1799. 

Rafael Diego Mérida (1). 
Caracas. 

Todavía adquirieron mayor popularidad los versos que a continua- 
ción copiamos: 

Carmañola americana. 

1 .° Yo soy un sin camisa 
un baile tengo que dar 
y en lugar de guitarras 
cañones sonarán. 

Bailen los sin camisas, 
y viva el son y viva el son , 
bailen los sin camisas 
y viva el son del cañón. 
2.° Si alguno quiere saber 
) por qué estoy descamisado, 

porque con los tributos 
el Rey me ha desnudado. 
Bailen los sin camisas, 



3.° No hay exceso ni maldad 
que el Rey no haya ejecutado, 
no hay fuero, no hay derecho 
que no haya violado. 
Bailen los sin camisas, 



(i) Archivo de Indias.— Audiencia de Caracas.— Legajo 



OOBIERNOS INDEPENDIENTES 155 

4 ° Todos los reyes del mundo 
son igualmente tiranos 
y uno de los mayores 
es ese infame Carlos. 
Bailen los sin camisas, 

5.° También los gobernadores 
al pueblo han sacrificado; 
pero los sin camisas 
vengarán su atentado. 
Bailen los sin camisas, 

6.° La justicia en las Audiencias 
á quien más paga se vende, 
del favor y del cohecho 
las sentencias dependen. 
Bailen los sin camisas, 



7.° Corregidores y alcaldes 
nos roban con insolencia, 
mas ya para sufrirlos 
se acabó la paciencia. 
Bailen los sin camisas, 



8.° Los subintendentes ayudan 
con mucho afán al tirano 
a comerse la sangre 
del pueblo americano. 
Bailen los sin camisas, 

9 ° Todos ellos a porfía 
nos tiranizan furiosos, 
son crueles, avaros, 
soberbios, y orgullosos. 
Bailen los sin camisas, 

10. Pero no tardarán mucho 
en recibir su castigo, 

que ya los sin camisas 
afilan sus cuchillos. 
Bailen los sin camisas, 

11. Los sanculotes en Francia 
al mundo hicieron tembjar, 
mas los descamisados 

no quedarán atrás. 

Bailen los sin camisas, 

12. De la ira americana 



156 HISTORIA DE AMÉRICA 

ya podéis temblar, tirano, 
que con los sin camisas 
vuestra hora ha llegado. 
Bailen los sin camisas. 



13. Cada uno de nosotros 
en guerra un héroe será, 
que por librar la Patria 
prodigios obrará. 
Bailen los sin camisas, 



14. Ea, pues, descamisados, 
idos todos previniendo 
para romper el yugo 

que ha tanto estáis sufriendo. 
Bailen los sin camisas, 

15. Dios protege nuestra causa, 
El dirige nuestro brazo, 

que el Rey con sus delitos 
su justicia ha irritado. 
Bailen los sin camisas, 

16. Quando por la libertad 
algún pueblo ha peleado 
no hay exemplo ninguno 
de haber sido humillado. 

Bailen los sin camisas, 

17 Todos con seguridad 
sabemos que estando unidos 
jamás la tiranía 
podrá vernos vencidos. 
Bailen los sin camisas, 

18. Sagrada la libertad 
todos felices seremos, 
si las puras virtudes 
constantes ejercemos. 

Bailen los sin camisas, 

19. Florecerán nuestras artes, 
comercio y agricultura, 

y viviremos todos 
con la paz más segura. 
Bailen los sin camisas, 

20. La fraternidad a todos 
con sus leves ligará 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 157 

y el fruto de su industria 
cada uno logrará. 
Bailen los sin camisas, 

21. Igualmente la justicia 
se ejercerá sobre todos, 
los premios logrará 
quien los merezca sólo. 
Bailen los sin camisas, 



22. Seremos todos iguales 

y no habrá otras distinciones 
. que el talento, la virtud 
y las grandes acciones. 
Bailen los sin camisas, 

23. Viva el amor de la Patria 
y viva la libertad, 
perezcan los tiranos 

y el despotismo real. 
Bailen los sin camisas, 

24. Sin tardanza romperemos 
tus cadenas, Patria amada, 
pues de tu amor el fuego 
nuestros pechos inflama. 

Bailen los sin camisas, 

25. Para una empresa tan grande 
todos constantes juramos 

que morir o vencer 
es lo que deseamos. 
Bailen los sin camisas, 



Es copia de la Carmañola original. Caracas, 11 junio 1799 (1). 

Hemos podido ver, antes de la publicación de las dos composiciones 
poéticas citadas, el resultado que tuvo la conjuración descubierta el 12 
o 13 de julio de 1797. Entonces, como otras veces, no favoreció la for- 
tuna a los que deseaban la independencia de Venezuela; pero tenaces 
los revolucionarios, continuaron su obra, en especial Miranda. 

EL 10 de junio de 1797, desde Viena, el conde de Campo Alange, es- 
cribió reservadamente al ministro Urquijo, dándole cuenta de haber re- 
cibido carta de Augsburgo, firmada por un tal Villery, sujeto con el 
cual había seguido negociaciones encaminadas para la adquisición de 
unos papeles sobre proyectos de Miranda de insurreccionar a Venezue- 

(I) Archivo de Indias, Audiencia de Caracas, Leg.° 2.° 



158 HISTORIA DE AMÉRICA 

la (1). En efecto; Miranda, desde Londres, y con fecha 20 de septiem- 
bre de 1798, dirigió un Memorial al Gabinete británico proponiéndole 
los planes de emancipación de América, comenzando por la del Sur. 
Después de logrado ésto, se atacaría a México por Acapulco, con el au- 
xilio de los Estados Unidos, que eran entonces aliados y amigos de In- 
glaterra contra Francia y España (2). Algún tiempo después, el 5 de 
noviembre del mismo año, también desde Londres, escribió Miranda una 
carta a D. Pedro José Caro, anunciándole que eran favorables todas las 
noticias recibidas de América (3). Interesante era la correspondencia 
de los dos citados revolucionarios. 

No cesaban en sus trabajos los enemigos de España. Hallándose en 
Caracas dirigió una carta Guevara Vasconcellos (26 abril 1799) al go- 
bernador de Margarita, y en la carta le decía que, no fijándose en los 
gastos, hiciera todo lo posible para que el sujeto que se hallaba cerca de 
José María España diese noticias de los proyectos de dicho España, 
como igualmente de si Picornell, Gual y Cortés, estaban allí; del mis- 
mo modo había de enterarse de la correspondencia que tuviesen con es- 
tas provincias y con qué personas. 

También D. Pedro Mendieta, virrey de Santa Fe, escribió (19 mayo 
1799) al ministro Saavedra, dándole noticia de la conspiración que ne- 
gros y criollos proyectaban contra Cartagena (4). A los dos días, esto 
es, el 21, el marqués de Santa Cruz, gobernador de Maracaibo, se di- 
rigió al capitán general de Caracas, diciéndole cómo descubrió la revo- 
lución que intentaban tres barcos extranjeros que entraron en aquel 
puerto y cómo logró evitarla (5). 

Demanda atenta consideración de nuestra parte una carta de don 
José Mariano Alós, fechada en Caracas el 28 de mayo de 1799, en la 
cual le refería todos los accidentes de su viaje desde Sanlúcar de Ba- 
rrameda: dice que fué apresado dos veces, primero, por un corsario fran- 
cés, y luego, por un inglés que iba a las Bermudas. Desde allí, él y un 
viajero misterioso naufragaron en el bajo de la isla de Ares, cerca de 
Curacao, siendo recogidos por un pescador holandés. El compañero se 
hacía pasar por francés y decía llamarse Vicente Mariene, teniendo pa- 
rentesco con Cabarrús, de quien era sobrino. Era hombre de unos cua- 
renta años, moreno, semblante y naturaleza trabajada, su andar algo 
derrengado, su altura como de cinco pies y tres o cuatro pulgadas, ojos 
pardos, pequeños, encarnizados y llorones, y la dentadura tenía algún 

(1) Archivo de Indias.— Estado.— Caracas. -Legajo 4 (125/1). 

(2) Ibidem. - Estado. - Caracas.— Legajo 4 (125/10). 

(3) Ibidem. - Legaja 4 (125/31). 

(4) Ibidem.— Estado. -Santa Fé. -Legajo 1 (76). 

(5) Ibidem.- Estado. — Caracas.— Legajo 14(53). 




GOBIERNOS INDEPENDIENTES 159 

diente de menos. Hablaba contra la religión y el gobierno de S. M. Su 
lenguaje era el castellano con cierto acento catalán. Declaró después 
que había nacido en Mallorca. Cuando entre los dos existía la confian- 
za, Alós le preguntó si conocía a Picornell. Contestó que él era el mis- 
mo Picornell y que iba a la Guadalupe a reunirse con Gual y con Es- 
paña, pues preparaba una expedición contra Tierra Firme, apoyado por 
tres potencias que no quiso decir cuáles eran. Sí dijo que tenía tratos 
con los piratas de las islas de Barlovento, y que Gual y España mante- 
nían correspondencia con personas de las citadas provincias de Tierra 
Firme. Añadió, que el libro llamado Evangelio de Picornell había pene- 
trado hasta las chozas, a pesar de que el gobierno español se había 
apoderado de muchos ejemplares; y lo mismo sucedió a un documento 
que se decía escrito por Fray José contra la religión católica. El autor 
del papel no era tal fraile, y aquellas heréticas doctrinas fueron conde- 
nadas por el obispo. Manifestó del mismo modo que era uno de los re- 
volucionarios de Madrid, en cuyo punto había sufrido tormentos, y cu- 
yas señales mostró; que con otros reos le hubieron de traer preso a 
aquella provincia; que su mujer quedaba en España presa; que su hijo, 
de edad de cinco años, estudiaba Gramática en Alcalá de Henares y 
permanecía en aquel Hospicio; también indicó cuáles eran ios sitios de 
desembarco y los sujetos que le protegieron. Por último, prometió es- 
cribir a Alós, con quien ya contaba para el movimiento revolucionario. 

Débese tener en cuenta que si los tribunales españoles en Caracas 
condenaron a muerte en horca a los reos de la sublevación descubierta 
en 13 de junio de 1797, entre otros, a José María España, José Rusi- 
ñol, Narciso del Valle, Juan Moreno, José Manuel Pino y Agustín Se- 
rrano (1), la pesadilla de las autoridades de la metrópoli y de las colo- 
nias era la actitud revolucionaria de Miranda y Picornell. No sola- 
mente la Audiencia de Caracas, sino otros tribunales comunicaban al 
gobierno de Madrid los trabajos que se hacían para establecer en Ve- 
nezuela la república. Otros de los revolucionarios que bien merecen 
ser conocidos eran D. Pedro José de Caro y D. Manuel Gual. 

Miranda, en particular, no descansaba un momento. Desude Londres, 
y con fecha 6 de abril de 1798, escribió a Caro acompañándole una 
instrucción para cuando se presentase a Hamilton, a Pickering, secre- 
tario de Estado y al mismo Adams ; presidente de la Gran República 
de los Estados Unidos (2). Dirigióle otra carta (23 de junio del mismo 
año) a la Trinidad, donde ya había llegado Caro; en ella le hablaba, 

(1) España murió en la horca el 8 de mayo de 179». Guevara Vasconcellos dio cuenta el 9 de 
mayo a D. José Antonio Caballero de la citada ejecución. — Arch. de Indias,— América.— Cara- 
cas . —Legajo 1. 

(2) Arch. de Indias . - Estado . — Caracas . — liga jo 4 . 



160 HISTORIA DE AMÉRICA 

entre otras cosas, de la ocupación de Holanda por las tropas del Direc- 
torio y de una próxima alianza de los Estados Unidos e Inglaterra 
contra la República Francesa, la cual amenazaba conquistar todo el 
continente (1). Después, el 5 de noviembre del citado año, Miranda 
volvió a escribir a Caro y le anunció que todas las noticias que se te- 
nían de América eran favorables (2). En todas las cartas que de Mi- 
randa a Caro han llegado hasta nosotros (5, 9 y 19 de noviembre, 8 y 
21 de diciembre) escritas desde Londres, se nota que las esperanzas de 
próxima revolución eran cada vez mayores (3), como cada vez eran 
mayores los trabajos revolucionarios. Apresada a bordo de un paque- 
bot español la correspondencia, se encontró una carta de Gual (Trini- 
dad; 24 mayo de lo99) al cura de Carúpano (ciudad de Venezuela); 
en ella se hacen notar los auxilios que le prestaba Inglaterra, nación 
que protegía la religión y no la precipitaba como Francia por las vías 
del ateísmo. Añadía después: "Nuestra causa es la de la humanidad y de 
su religión,,; también encargaba a dicho sacerdote que leyese los docu- 
mentos que le acompañaba y que eran el Exorto a los americanos, del 
mismo Gual, y el Diálogo entre un patriota y un miliciano de Costa Firme. 
Le mandaba además una bandera que había de tener en la parte infe- 
rior una faja con cuatro estrellas que representaban a las provincias 
de Cumaná, Guayana, Maracaibo y Caracas con un sol, símbolo de la 
justicia, encima, y al costado cuatro fajas en este orden, del extremo al 
centro: azul, blanco, colorado y amarillo (4). 

Volviendo a ocuparnos en la historia que interrumpimos de Picor- 
nell y de Miranda, en carta de D. Manuel Guevara Vasconcellos, es- 
crita desde Caracas el 4 de junio de 1799, se hallaba la filiación del 
primero, que trasladamos a continuación, pues creemos que es más 
exacta y detallada que la hecha por D. José Mariano Alós y que aca- 
bamos de copiar. Veamos, pues, el retrato que de Picornell hizo Gue- 
vara. Juan Bautista Picornell, reo de Estado, alto, de más de cinco, 
pies, buen cuerpo, cargado de espaldas, cabeza regular, no muy redon- 
da, pelo corto, negro y raleado como que empieza a encanecer, frente 
espaciosa, nariz un poco afilada regular, ojos pequeños y garzos que 
tiran algo a encarnizados, cejas negras y grandes no muy arquedas, 
lleno de cara, color más blanco que trigueño, barba negra y cerrada, 
bastante largo el pescuezo y grueso a proporción, ancho de hombros, 
poco pelo en el pecho, brazos y manos bien hechas, dedos regulares, 
poco vello o ninguno en la mano, piernas, muslos y pies bien hechos, 

(1) Ob. cit. 

(2) Ibidem. 

(3) Ibidem. 

(4) Ibidem. —Audiencia de Caracas. —Legajo 2 . ° 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 161 

voz más delgada que gruesa, idioma castellano con cadencia catalana 
o mallorquína, unas cicatrices inmediatas a los tobillos de ambas pier- 
nas, por falta de muelas come con los dientes, los cuales tampoco tiene 
completos. Por vicio o por enfermedad tiene un ojo o un párpado caido, 
su naturaleza y semblante está castigado, anda como derrengado, el 
color tostado o moreno y su edad como unos cuarenta años (1). 

El 14 de junio de 1799, el Capitán general de Caracas dirigió un 
oficio al gobernador de Cumaná, acerca de los preparativos que debían 
hacerse para frustrar el desembarco de los enemigos en la costa de 
aquella provincia, prometiéndole auxilios y encargándole que hiciese 
circular en Trinidad la carta que le dirigía por separado y con la mis- 
ma fecha para que llegara a manos del gobernador Picton (2). El mis- 
mo Vasconcellos mandó (22 junio 1799) carta reservada al secretario 
de Estado y del despacho Universal de Gracia y Justicia, incluyendo 
copia de las sentencias pronunciadas en la causa de la sublevación 
descubierta el 13 de Julio de 1797, y participando la opinión perniciosa 
fomentada por los papeles revolucionarios, en particular por los titula- 
dos Derechos del Hombre y Canción Americana (3). Con igual fecha es- 
cribió Vasconcellos al secretario de Gracia y Justicia, dándole cuenta 
de los movimientos tumultuosos de Picornell, Gual y Manzanares, pro- 
tegidos del gobernador inglés de la Trinidad; además manifestó las 
providencias tomadas en defensa de las provincias de su cargo (4). Par- 
ticipó también Guevara, desde Caracas (23 junio 1799), haberse apode- 
rado de unos papeles mandados al cura párroco D. Francisco Zozona, 
por los revolucionarios de la Trinidad. Dichos papeles contenían el dis- 
curso de Picornell, que figura como prólogo del libro Derechos del hom- 
bre y del ciudadano, e igualmente pasajes escritos por Gual, muy que- 
rido en estas provincias por ser natural de ellas (5). Por su parte Gual 
escribió (12 de julio del citado año), desde Puerto España (Isla de la 
Trinidad) a Miranda, manifestándole su entusiasmo por la independen- 
cia de América y refiriendo la causa del fracaso de la revolución de 
Caracas; pídele que vaya a ser el salvador de su patria (6). 

En la interesante correspondencia que hallamos en el Archivo de In- 
dias se conserva otra carta del 27 de julio de 1799 dirigida por el go- 
bierno de Madrid a D. José Nicolás de Azara, embajador de España en 
París. Se le previene en ella la conspiración de Francisco Miranda en 

(1) Arch. de Indias.— Audiencia de Caracas.— Legajo 2. 

(2) Ibidem.— Estado.- Caracas.— Legajo 1 (38). 

(3) Ibidem . - Legajo 10 (1) y Legajo 2 (4) . 

(4) Ibidem.— Legajo 1 (39) y Legajo 2 (5). 

(5) Ibidem. —Audiencia de Caracas . —Legajo 2 . ° 

(6) Ibidem. -Esta do. - Caracas.— Legajo 4 (J 25/1 2). 

111 11 



162 HISTORIA DE AMÉRICA 

nuestras posesiones de América, con la indicación — para que él a su 
vez lo manifestase al Directorio — de la conveniencia de detener al ci- 
tado conspirador Miranda si pasara de Inglaterra a Francia (1). Pocos 
meses después escribió D. Manuel de Cagigal a Miranda invitándole a 
que marchara a España, en vista de la sentencia pronunciada a su favor 
por el Consejo de Indias (2). Sin embargo de la sentencia, Miranda se- 
guía conspirando, pues en una carta de dicho revolucionario a Gual, es- 
crita desde Londres con fecha 4 de octubre de 1799, él mismo relata su 
vida y dice que venía preparando la revolución desde 1790 (3). A todos 
estos planes revolucionarios contestaba con una circular el gobierno 
español, sin fecha; pero indudablemente del año 1799, y dirigida a los 
virreyes de Nueva España, Perú, Santa Fe y Buenos Aires y Capita- 
nías generales de la provincia de Venezuela y de la isla de Cuba y a 
los presidentes de las Audiencias de Quito y Chile. En la circular se 
daba a conocer la traición de Miranda y la connivencia del citado re- 
volucionario con Inglaterra (4). ♦ 

Por lo que respecta a D. Pedro José de Caro, arrepintióse, ó por lo 
menos así lo manifestó, de su conducta revolucionaria, pues con fecha 
31 de mayo de 1800, escribió desde la ciudad de Hamburgo dos cartas: 
una al rey de España y la otra al secretario de Estado. A Carlos IV 
le decía que era natural de Santiago de Cuba, y confesaba terminante- 
mente su traición, arrepintiéndose de ella (5); y al secretario de Esta- 
do le explicaba los móviles de su arrepentimiento (6). Dos días después, 
ó sea el 2 de junio, D. José Ocariz, ministro de España en Hamburgo, 
escribió a Urquijo diciéndole que se le había presentado un desconocido 
que dijo llamarse Pedro J. Caro llevando unos papeles en los que cons- 
taba la conspiración que éJ, D. Francisco Miranda y D. Pedro Fermín 
de Vargas habían tramado en connivencia del ministro británico para 
sublevar los Estados americanos (7). Al margen figura una nota con 
minuta del 3 de julio de 1800, en que el gobierno indica a Ocariz la 
conveniencia de que Caro volviese a Londres y siguiese fingiéndose 
enemigo de España. 

Continuando la narración epistolar de los revolucionarios conserva- 
da en el Archivo de Indias, consignaremos que con fecha 4 de febrero 
de 1800 escribía Gual a Miranda dándole noticia de próximo movimien- 
to separatista en Santa Fe y mostrando no poca desconfianza de 

(1) Archivo de Indias .—Améi ica.— Estado .—Audiencia de Caracas.— Leg. núm. 4. -(125/3). 

(2) Arch. de Indias.— Estado. — Caracas. Leg. 4. (125/17). 

(3) Ibidem.— Leg. 4. 

(4) Ibidem. 

(5) Ibidem. -Leg. °4. (125/7). 

(6) Ibidem.— Leg. ° 4 (125/9). 

(7) Ibidem. -Leg. ° 4 (125/6). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 163 

Caro (1). Miranda contestó a G-ual — 4 de abril del mismo año — acerca 
de los planes de independencia. Tenía razón Gual para desconfiar de 
Caro (2). Desde Hamburgo — 24 de septiembre del año citado— escribió 
Caro sentida carta al gobierno de Madrid pidiendo volver a España; 
decía que se hallaba moribundo y sin recursos (3). Apoyaba la pre- 
tensión Ocariz, y con dicho objeto remitía dos días después (26 de sep- 
tiembre) la solicitud del antiguo revolucionario (4). Aunque el gobier- 
no español, desde San Lorenzo, escribió a Ocariz el 19 de octubre ac- 
cediendo a lo solicitado (5), Caro no puso entonces en práctica lo que 
había pedido y que generosamente se le concediera, puesto que el 8 
de diciembre de 1800 volvió Ocariz a recomendar a Caro, no sin in- 
dicar que seguía suministrándole socorros (6). Trasladóse Caro a Pa- 
rís, desde cuyo punto (24 abril 1801) se dirigió al gobierno pidiendo le 
señalase sitio peligroso en América para seguir desde allí auxiliando 
los planes de España (7). Posteriormente (2 diciembre 1801) solicitó 
nuevo salvo conducto para pasar a España (8). Nuestro gobierno con- 
cedió el indulto al antiguo revolucionario (25 julio 1802) y le permitió 
venir con objeto de restablecer su salud (9). En efecto, vino a Ma- 
drid, marchándose al poco tiempo, no sabemos la causa, a Portugal. El 
mismo, en carta escrita en Lisboa el 8 de abril de 1803, solicitó gracia 
del gobierno, añadiendo que súbitamente se había apoderado de él tal 
miedo que le impulsó a huir de Madrid (10). Deseaba el gobierno tener 
noticias de Caro y con este objeto escribió desde Aranjuez (24 abril 
1803) a D. Evaristo Pérez de Castro que se hallaba en Lisboa, quien 
contestó a D. Pedro Cevallos (15 de mayo del citado año), que no se le 
encontraba en ninguna parte (11); pero ya el 10 de junio del mismo año 
anunciaba que tenía noticias de que habían visto a Caro en Lisboa, tan 
enfermo y pobre, que nada de particular tendría hubiese muerto (12). 
En tanto que el gobierno se ocupaba de Caro, hombre que carecía de 
inteligencia y de valor, otros se disponían a mayores empresas. 

Por entonces se habló también de la conquista de Curacao. Gueva- 
ra Vasconcellos, desde la ciudad de Caracas y con fecha 25 de febrero 

(1) Arch. de Indias.— Estador Caracas. -Legajo 4 (125/15). 

(2) Gual falleció el 1801 en la isla inglesa de la Trinidad, y según algunos escritores, envene- 
nado. 

(3) Archivo de Indias.— Estado-Caracas. -Leg.° 4 (125/21). 

(4) I bidem. -Leg ° 4 (125/24) . 

(5) Ibidem.-Leg.° 4 (125/25). 

(6) Tbidem . —Leg . *> 4 (56). 

(7) Ibidem.-Leg.° 4 (125/43) 

(8) Ibidem. -Leg.° 4 (125). 

(9) Ibidem . - Leg.° 4 (125/47). 

(10) Ibidem. - Leg . ° 4 (125/51) . 

(11) Ibidem.— Leg.° 4 (125/53). 
(12; Ibidem. -Leg." 4(125/54). 



164 HISTORIA DE AMÉRICA 

de 1801, dirigió una exposición al gobierno español para que, en com- 
binación con Francia, se conquistara a los ingleses la provincia de Cu- 
racao (1). Aprobó el gobierno, hallándose en Aranjuez (9 de mayo del 
mismo año) el proyecto de conquista tt si las circunstancias — decía — son 
favorables para hacerlo sin riesgo „ (2); pero lo que importaba más 
era no perder de vista a los tenaces enemigos de España. En efecto, el 
10 de septiembre de 1803 escribió Vasconcellos al gobernador de la isla 
Margarita para que mandase a la isla Trinidad una persona de toda 
confianza con 80 pesos mensuales, encargada de descubrir los proyec- 
tos de los revolucionarios (3); el 17 de octubre de dicho año comunica- 
ba noticias al gobernador de Cumaná y le encargaba que averiguase 
las acechanzas y tramas de los rebeldes, sobre todo de Cañero, espíri- 
tu torcido y deseoso de vengarse de agravios que decía haber recibido 
en España (4), y el 24 de octubre escribía al ministro de Estado anun- 
ciándole los proyectos de sublevación y diciéndole que Cortés se halla- 
ba en la isla de Guadalupe, Picornell en el Norte de América, Miran- 
da en Londres y Rico con otros en la isla Trinidad (5). El gobierno 
desde Aranjuez (15 enero 1804) aprobó la conducta de Guevara (6). El 
nombre de Miranda, no sólo era la pesadilla del Capitán general de 
Caracas, sino también del gobierno español. Decía el mencionado Capi- 
tán general en carta reservada del 14 de septiembre del año 1803 que 
se agitaban los desleales, en particular Miranda, deseosos de sublevar 
la América española y hacerla independiente de la metrópoli (7). Efec- 
tivamente; Miranda, el l.o de agosto de 1805 redactó en Londres dis- 
posición testamentaria, cuyo comienzo era como sigue: "Hallándome a 
punto de embarcarme para la América, con intento de llevar a debido 
efecto los planes políticos en que tengo empleada gran parte de mi 
vida, y considerando los graves riesgos y peligros que para ello será in- 
dispensable superar, hago esta declaración a fin de que por ella se cum- 
pla, en caso de fallecimiento, esta mi voluntad. 

• •• : • • (8)„. 

Llegó Miranda a los Estados Unidos, donde tuvo la suerte de inte- 
resar en la expedición que preparaba a algunos negociantes norteame- 
ricanos, consiguiendo en New York recursos de relativa importancia : 



(1) 


Arch. de Indi as. - 


-Estado-Caracas. 


— Leg.° 4. 








(2) 


Ibidem. 












(3) 


Ibidem . 












(4) 


Ibidem. 












<5) 


Ibidem. 












(6) 


Ibidem. 












(7) 


Ibidem. — Charcas.— Leg.° 4 (41) y L.eg.04 (88). 








(8) 


Documentos para 


la Historia de la 


vida pública 


de Bolívar, 


ordenados por José F. 


Blanco. 


tomo II. pág. 70. 













GOBIERNOS INDEPENDIENTES 165 

El 5 de febrero de 1 806 salió de Nueva York en el buque americano 
Leander (1), y llegó á Orua el 10 de abril, según carta de Juan Sevi- 
ne, navegante vizcaíno, a Ramón de Arves, vecino de Maracaibo (2). 
En otra carta de Sevine a Arves, escrita cinco días después, o el 16 de 
abril, dice que Miranda se había hecho a la vela en el mismo día 16, 
que había comido en su compañía y las fuerzas con que contaba, sien- 
do la mayoría de los oficiales cajeros de Nueva York. Manifestaba ade- 
más que Miranda tenía a bordo gacetero, imprenta, médicos, etc., y que 
hablaba mucho y mal de los frailes, monjas y obispos, no sin añadir 
que en España no se encontraba un hombre hábil y que Bonaparte era 
un bruto (3). Al frente' de 200 hombres marchó para la costa de Coro; 
pero su escuadrilla fué atacada por dos bergantines guardacostas, per- 
diendo Miranda dos barcos con 60 hombres que quedaron prisioneros 
de los españoles. Sometidos a juicio en Puerto Cabello, fueron diez con- 
denados a muerte. Huyó Miranda en la fragata Leander y se refugió en 
la isla de la Trinidad, encontrando allí no poca protección en el almiran- 
te inglés Sir Alejandro Cochrane. Pudo reunir 15 barcos y 500 volun- 
tarios, y con ellos dirigióse al puerto de la Vela (24 julio 1806), desem- 
barcando el 3 de agosto (4); pasó en seguida a Coro, y no encontrando 
apoyo en los naturales del país, marchó a Bonayre, donde se hallaba el 
5 de septiembre (5). En Trinidad disolvió sus tropas y se volvió a In- 
glaterra, esperando mejores tiempos. En la Gaceta de Madrid de 28 de 
septiembre de 1807 se publicó un extracto de las invasiones que intentó 
hacer Miranda en las posesiones españolas y el resultado final de la 
expedición (6). Sin embargo de las desgracias y contrariedades, Miran- 
da escribió (18 abril 1808) al Dr. D. Saturnino Peña, vecino de Buenos 
Aines, excitándole a que preparase la emancipación de aquel país, dada 
la mala situación de España; prometía también que el gobierno inglés 
le daría los auxilios necesarios para lograr la independencia (7). En 
Londres vivió algún tiempo, siempre pensando en sus planes revolu- 
cionarios. 

Otra clase de asuntos demandaban por entonces la atención de las 
autoridades españolas en las colonias. Al capitán general D. Juan de 
Casas se presentaron (15 julio 1808) dos comisionados que acababan 
de llegar de Madrid, enviados por Murat, y con un despacho del Con- 
sejo de Indias, en el cual se ordenaba, por el oprimido tribunal, que se 

(i; Arch. de Indias.— Estante 133. Cajón 4. Leg. 9 (4). 

(2) Ibidem.— Estado-Caracas .— Leg.° 2 y 10. 

(3) Ibidem. -Estante 131. Cajón 1.— Leg.° 17 (21). 

(4) Ibidem. -Estante 133. Cajón 4. -Leg.° 9 (27). 

(5) Ibidem . - Leg . ° 9 (17/3) . 

(6) Ibidem.— Leg. ° 9 (53). 

(7) Ibidem.— Estado-Buenos Aires.— Leg. o 4 (70). 



166 HISTORIA DE AMÉRICA 

reconociese al príncipe Murat por teniente general y gobernador, a 
nombre de Carlos IV; y otro del ministro de Relaciones Exteriores, 
participando de oficio la cesión que de la Corona había hecho Carlos IV 
en Napoleón y Napoleón a su veí en su hermano José. 

En el acta del Ayuntamiento de Caracas, correspondiente a dicho 
día 15, consta que el pueblo en masa se pronunció en favor de Fernan- 
do VII. Debemos también consignar que en el puerto de La Guaira, 
donde desembarcaron los dichos emisarios franceses, aparecieron en las 
esquinas de algunas casas, los siguientes versos: 

La entereza, el valor y la constancia 
en arrostrar peligros inminentes, 
ha sido, como sabe bien la Francia, 
el distintivo de españolas gentes. 

Los hijos de Sagunto y de Numancia, 
fieles siempre a su Key, siempre obedientes, 
primero sufrirán verse abrasados 
que de un extraño imperio subyugados. 

Dividiéronse con este motivo los venezolanos en dos partidos: el de 
los españoles (que querían la sumisión a cualquiera autoridad estableci- 
da en la península), y el de los patriotas (que deseaban una Junta de 
Gobierno establecida en Caracas, dependiente sólo de Fernando VII). 
El Capitán general —como era de esperar— se puso al lado del partido 
de los españoles, e hizo reconocer la Junta de Gobierno instalada en 
Sevilla. Cuadraba mejor el nombre de patriotas a los que tenían sus 
reuniones en la casa de Simón Bolívar, inmediata al río Guaire, los 
cuales deseaban la independencia de Venezuela. 

Al mismo tiempo no cesaba la propaganda revolucionaria, mediante 
los libros y papeles sediciosos. Corría por todas partes el que llevaba 
el título de Derechos del hombre y del ciudadano, de Tomás Payne. Era 
Payne apologista decidido de los Estados Unidos y partidario violento 
de todo género de reformas. Con objeto de no traer, sino publicar en el 
mismo país de Venezuela las citadas hojas revolucionarias, Francisco 
Miranda, en el año 1806, trajo una imprenta; mas nada consiguió y 
tuvo que retirarse a tierra extranjera. Posteriormente (1808), compra- 
ron Mateo Gallagher y Jaime Lamb, la imprenta que fué de Miranda, 
y en ella se publicó la Gaceta de Caracas, periódico que contenía noti- 
cias políticas de España, de América y en especial de Venezuela, como 
también los precios corrientes de los comestibles. El primer número sa- 
lió a luz el 24 de octubre, y en su programa se hacía constar, que tt en 
nada de cuanto se publique, se hallará la menor cosa ofensiva a la San- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 167 

ta Religión Católica, a las leyes que gobiernan el país, a las buenas 
costumbres, ni que pueda turbar el reposo o dañar la reputación de nin- 
gún individuo de la sociedad a que los propietarios de la prensa tienen 
en el día el honor de pertenecer.» Anunciábase también, que cuando se 
recibiesen noticias, cuyo inmediato conocimiento interesara al público* 
se publicaría Gaceta Extraordinaria. 

Al inepto D. Juan de Casas sucedió el brigadier D. Vicente Empa- 
rán, ya conocido en Venezuela — pues había sido gobernador de la pro- 
vincia de Cumaná — como hombre de inteligencia y honradez. Acompa- 
ñaba a Emparán el intendente de Hacienda D. Vicente Basadre. Lle- 
garon a Caracas el 18 de mayo de 1809 y tomaron posesión de sus 
destinos el 19 de dicho mes. La opinión pública se manifestó contra 
ellos, porque se decía que había sido ascendido Emparán a mariscal de 
campo porque era afrancesado y corrió la voz de que Basadre traía la 
comisión de comprar perlas para la emperatriz Josefina. Verdaderos o 
no tales rumores, lo cierto es que los dos jefes principales de Venezuela 
estaban considerados como partidarios de los franceses. Temiendo Em- 
parán que le sorprendiera la revolución, se rodeó de espías, y suspicaz, 
sin causa ni proceso, desterró a muchas personas inocentes. 

Cuando llegó a Caracas la noticia del movimiento popular de Quito, 
cuyo nuevo gobierno acordó conservar intacta la religión cristiana, la 
obediencia a Fernando VII y el bien y felicidad de la patria (1), en la 
pared de la casa de Basadre, que estaba frente a la de Emparán, apa- 
reció el siguiente pasquín: 

Todo está hito 
porque Quito dio el grito, 
v este Vicente 
es lo mismo que el del frente. 

Es verdad también que las circunstancias eran muy difíciles. El 
22 de enero de 1809, la Junta Central declaró en Sevilla, a donde se 
había trasladado desde Aranjuez, que los dominios de España en las 
Indias no eran ya "propiamente colonias ó* factorías, como los de otras 
naciones, sino una parte esencial e integrante de la monarquía españo- 
la. „ Poco después la misma Regencia casi pronunció el fin del dominio 
español en las Indias occidentales cuando dijo en su manifiesto del 14 
de febrero lo que sigue: "Desde este momento, españoles americanos, 
os veis elevados a la dignidad de hombres libres: no sois ya los mismos 
que antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más dis- 
tantes estabais del centro del poder; mirados con indiferencia, vejados 

(1) Acta de la reunión popular de Quito (23 de agosto de 1809) que ratificó la del 10 del mismo mes. 



168 HISTORIA DE AMÉRICA 

por la codicia y destraídos por la ignorancia. Tened presente que al 
pronunciar o al escribir el nombre del que ha de venir a representaros 
en el Congreso nacional, vuestros destinos ya no dependen ni de los 
ministros, ni de los virreyes, ni de los gobernadores: están en vuestras 
manos. „ 



CAPITULO VIII 



Revolución e independencia de Chile.— Situación de Chile: 
sus límites: aspecto del país. —gobierno del conde de la 
Conquista.— El doctor Rozas.— El doctor Egaña.— El pa- 
dre Enriquez. — Motín del coronel Figueroa.— El Congreso 
Nacional.— Disolución del Congreso por Carrera.— Agita- 
ciones interiores.— Muerte de Rozas. -El periódico "La Au- 
rora.,, — Campaña del general Pareja.— Campaña del capi- 
tán Sánchez.— La Junta de Gobierno.— Caída de Carrera y 
campaña de o'hlggins.— gobierno de la lastra. — tratado 
de Lircay. — Chile después del tratado. — Carrera.— Gue- 
rra CIVIL: SITIO DE RANCAGUA.— RECONQUISTA.— OSORIO.— SAN 

Martín y los guerrilleros.— "Chacabuco.,, 



Chile entre los 25» y 43<> de latitud S., y los 66° y 71o de longi- 
tud O., tiene al N. Bolivia, al E. la República Argentina, separada por 
los Andes, al S. la Patagonia y al O. el Pacífico. Mide 763.475 kilóme- 
tros cuadrados y cuenta con 3.400.000 habitantes. Chile ó Chili está 
formado por estrecha banda de tierra que se extiende de N. NE. a 
S. SE. (aunque parece a primera vista que es de N. á S.) 

Los Andes se elevan magestuosos de un extremo a otro de Chile y 
entre sus picos, perpetuamente llenos de nieve, se distinguen el Acon- 
cagua (6.834 metros), el Tupungato (6.781) y el Descabezado (5.800). 
A esta espléndida manifestación de la naturaleza contribuyen a dar 
grandioso carácter unos veinte volcanes en combustión, siendo los prin- 
cipales los de Copiapó, Coquimbo, San José, Maipó y Osorno. 

Don Mateo de Toro Zambrano, conde de la Conquista, por renuncia 
de D. Francisco A. García Carrasco y con beneplácito de la Audiencia, 
de los empleados y de los militares, ocupó el cargo de Capitán general 
el 16 de julio de 1810. Contaba a la sazón 85 años y era natural de 
Santiago. Creyó la Audiencia que los revolucionarios se calmarían al 
ver en el gobierno un compatriota de ellos. Era Zambrano hombre de 
poca inteligencia, de voluntad casi nula e ignorante en absoluto de los 
asuntos políticos. Juguete además de la política de los dos poderosos 
partidos en que Chile estaba dividido, nada hizo de provecho. Los pa- 
triotas por un lado y los realistas por otro, se declararon guerra a 



170 HISTORIA DE AMÉRICA 

muerte. Querían los primeros que el Capitán general convocase a una 
Junta a los altos empleados y a las personas más notables del país 
para resolver lo que debía de hacerse en aquellas circunstancias tan 
críticas, al paso que los segundos le instaban a que se reconociera el 
Consejo de Regencia instalado en Cádiz. Decidióse, después de maduro 
examen, a prestar el juramento de obediencia al nuevo gobierno espa- 
ñol; pero estrechado y aun cohibido por los patriotas, llamó a una 
Junta al Cabildo, a los empleados jefes de oficina, a los comandantes 
militares, a los superiores de las órdenes religiosas y a unos 400 indi- 
viduos de alguna notoriedad. Sucedió lo que era de esperar. Aunque se 
reunió la Junta a nombre del Rey, comenzó adoptando medidas con- 
trarias al régimen tradicional, viéndose obligado el Capitán general a 
renunciar el mando supremo; en seguida se acordó la creación de una 
Junta de Gobierno compuesta de siete individuos (18 septiembre 1810). 
Inmediatamente comenzó la elección, siendo elegidos el mismo Capitán 
general, presidente; D. Antonio Martínez de Aldunate, obispo electo de 
Santiago, vicepresidente; entre los restantes, hombres buenos y de po- 
sición social, aunque desconocedores de la política y de los movimien- 
tos revolucionarios, estaba el doctor D. Juan Martínez de Rozas, anti- 
guo asesor de la Intendencia de Concepción, impetuoso, sagaz y digno 
por todos conceptos de tan importante cargo. Por entonces hizo circu- 
lar un opúsculo manuscrito, intitulado Catecismo Político, que era una 
especie de programa de lo que deseaban los patriotas. No poco pres- 
tigio logró alcanzar el doctor Rozas entre los populares, quienes 
— cuando hizo su entrada en la capital — le recibieron con señaladas 
muestras de entusiasmo. Desde Atacama hasta Concepción, esto es, en 
todo Chile, se reconoció la revolución de Santiago. Proclamas manus- 
critas—pues en Chile no había entonces imprenta alguna para la publi- 
cación de un periódico — circulaban en la capital, en las ciudades y en 
todas partes, explicando los derechos del hombre, la libertad futura y 
el pasado despotismo. A la sazón, el doctor D. Juan Egaña presentó á 
la Junta un plan de gobierno, y en dicho plan, entre otras cosas de 
importancia, señalaba "la necesidad de que todos los pueblos america- 
nos celebraran una especie de alianza o federación para presentarse 
fuertes y poderosos ante el extranjero. „ Quirino Lemáchez, anagrama 
de Camilo Henríquez, redactó una proclama, en la cual instaba a los 
patriotas a declarar la completa independencia. tt La naturaleza — de- 
cía — nos hizo iguales, y solamente en fuerza de un pacto libre, espon- 
táneo y voluntariamente celebrado, puede otro hombre ejercer sobre 
nosotros una autoridad justa, legítima y razonable.,, Era Quirino Le- 
máchez o Camilo Henríquez, natural de Valdivia y educado en Lima, 




GOBIERNOS INDEPENDIENTES 171 

en el convento de frailes de la Buena Muerte, donde tomó el hábito. 
Al mismo tiempo que leía libros místicos, estudiaba los de los enciclo- 
pedistas franceses, en particular los de Rousseau. Perseguido por el 
Santo Oficio, tuvo la suerte de salir libre del proceso, si bien se le tras- 
ladó a Quito. Cuando supo la revolución de Chile, dejó el Perú y se 
presentó en aquel país a fines del año 1810. 

Tanto Egaña como Henríquez tenían verdadero espíritu revolucio- 
nario y contribuyeron a la independencia y grandeza de Chile. Si en el 
Congreso décimo octavo que se reunió el 1.° de diciembre de 1823 en 
los Estados Unidos, el presidente Monroe explicó su famosa doctrina 
política, la cual venía a reducirse a la frase de América para los ameri- 
canos, ya algunos años antes lo había indicado el chileno doctor Egaña. 

Veamos en qué se ocupaba entretanto la Junta gubernativa. Au- 
mentó y organizó el ejército; decretó (19 febrero 1811) la apertura de 
los puertos de Coquimbo, Valparaíso y Talcahuano al libre comercio de 
todas las naciones, medida que fué censurada por aquellos a quienes fa- 
vorecía el monopolio, si bien al cabo de un año cuadruplicó las entra- 
das de aduanas; facilitó la exportación de los productos del país y atra- 
jo a Chile industriales extranjeros. El alma de la política reformista de 
la Junta era el doctor Rozas, ayudado por algunos buenos ciudadanos, 
entre ellos por el Padre Camilo Henríquez, que en una de sus procla- 
mas hablaba de la necesidad de declarar la independencia para dar a 
Chile "una representación política entre las naciones del orbe.„ Acerca 
del conde de la Conquista, falleció el 26 de febrero, y el obispo Martí- 
nez de Aldunate, viejo y achacoso, vivía retirado del gobierno. 

La revolución iba a encontrar pequeño obstáculo en su camino. El 
día señalado para elegir los diputados que debían formar un Congreso 
(1.° abril 1811) al frente de una parte de la guarnición de la capital se 
puso el jefe español, teniente coronel D* Tomás de Figueroa, quien in- 
tentó la disolución de la Junta y la no elección del Congreso, esto es, 
concibió la idea de restablecer el antiguo gobierno. Rozas dio pruebas 
en esta ocasión de tanta energía como prudencia: hizo salir contra los 
revoltosos un cuerpo de infantería de los creados últimamente y algu- 
nos cañones, y a la cabeza de dichas fuerzas mandó que se pusiera don 
Juan de Dios Vial, comandante general de armas. El combate que se 
verificó en la plaza se redujo a dos o tres descargas que ocasionaron la 
muerte de 14 soldados y varios heridos. Huyeron los insurrectos en 
completo desorden y el mismo Rozas salió en persecución de ellos, lo- 
grando coger prisionero a Figueroa, que fué pocas horas después con- 
denado a muerte y fusilado aquella misma noche. Creyendo la Junta 
que la Audiencia había tomado parte en favor del movimiento de Fi- 



172 HISTORIA DE AMÉRICA 

gueroa, disolvió el Tribunal, creando en su lugar una Corte de Justicia 
compuesta de hombres adictos al nuevo régimen. 

No reinaba la paz en el Congreso nacional. Desde los primeros mo- 
mentos se habían sentido los gérmenes de división entre los mismos re- 
volucionarios: Rozas representaba el partido radical; el Cabildo de San- 
tiago el conservador. Si en las provincias se hicieron las elecciones con 
la mayor tranquilidad, en Santiago, a causa del motín de Figueroa, se 
retardaron algún tiempo, verificándose el 6 de mayo y consiguiendo 
completo triunfo el Cabildo, siendo de notar que en lugar de elegir seis 
diputados — como estaba dispuesto — eligió doce. El partido conservador 
tenía desde estos momentos mayoría sobre el radical. Abrió sus sesio- 
nes el Congreso el 4 de julio de 1811, asumiendo desde dicha fecha los 
poderes de la Junta gubernativa. Convencidos los diputados radicales 
que la mayoría, del Congreso no quería de ninguna manera romper con 
la tradición colonial, se retiraron en número de trece, no sin protestar 
de antemano de todo lo que se hiciera. Creyéronse los conservadores 
dueños absolutos del poder. Crearon una Junta de Gobierno encargada 
del poder ejecutivo (11 de agosto) y se lanzaron, sin temor a la opo- 
sición de sus enemigos, por el camino de una política moderada y aun 
reaccionaria. No creyéndose con fuerzas para luchar, cundió el des- 
aliento entre los radicales, hasta el punto que Rozas abandonó a San- 
tiago y se trasladó a Concepción, esperando mejores tiempos. 

A la sazón llegó a Santiago, procedente de España, D. José Mi- 
guel Carrera, joven chileno, de clara inteligencia, de gran actividad y 
de no escasa ambición (1). Comenzó a conspirar con tan buena suerte 
que el 4 de septiembre un movimiento militar apoyado por el pueblo 
acabó con el gobierno de los moderados. Creóse nueva Junta de Gobier- 
no y en ella se le asignaba un lugar a Rozas; también fueron arrojados 
del Congreso algunos diputados para asegurar la mayoría de los radi- 
cales. De igual manera, Rozas había realizado la revolución en Concep- 
ción (5 de septiembre) y formado otra Junta de Gobierno. Dos meses 
después (1.° de noviembre) la provincia de Valdivia se alzó en armas, 
formando su correspondiente Junta gubernativa. Todo el país se decla- 
ró en sentido completamente revolucionario, * haciéndose sentir su in- 
fluencia en el Congreso nacional. Entre otras reformas se abolieron los 
derechos parroquiales que pesaban sobre la clase pobre. Lo que será 

(1) José Miguel, Juan José y Luis Carrera, eran hijos de D. Ignacio, anciano respetable, bas- 
tante rico, de mucha influencia en el país, liberal y patriota. De la Junta revolucionaria presi- 
dida en 1810 por el ex-capitán general Toro, desempeñó D. Ignacio el cargo de secretario. Los 
tres hermanos se habían distinguido por sus talentos y valentía; pero tenían todos los vicios y 
todas las cualidades de los criollos. Eran fastuosos, amigos de los placeres, ambiciosos, liber- 
tinos y pendencieros. Javiera, hermana de ellos, estaba enlazada con las principales familias de 
Chile. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 173 

siempre gloria de aquella corporación fué que por una ley se declaró la 
libertad de los hijos de los esclavos, prohibiéndose para siempre el inmo- 
ral comercio en Chile (11 octubre 1811). 

Sea porque en José Miguel Carrera se despertara la ambición más 
de lo justo, o sea por otra causa cualquiera, se atrajo nuevamente gran 
parte de las tropas, que estaban por cierto bajo las órdenes de sus 
dos hermanos, y realizó segunda revolución (15 de noviembre); pero a 
la sazón no fué tan generoso como la vez primera, pues conservó el po- 
der en sus manos, organizando una Junta de Gobierno compuesta de 
tres miembros, representantes de las tres provincias principales en que 
el territorio estaba dividido. El se hizo nombrar representante de San- 
tiago y ofreció la representación de Concepción al doctor Rozas; pero 
este último, no sólo se negó a aceptar el puesto que se le ofrecía, sino 
que desde Concepción declaró guerra a muerte a Carrera. Aceptó el 
representante de Santiago el reto, y poniendo manos a la obra, después 
de poner todos los medios para atraerse a las tropas, decretó (2 di- 
ciembre 1811) la disolución del Congreso; medida que no aprobaron sus 
colegas y se retiraron del gobierno. Todo esto tenía sin cuidado a Ca- 
rrera, quien remplazó a aquéllos con otros más dóciles, comenzando des- 
de entonces su verdadera dictadura. Cuando Rozas tuvo noticia en Con- 
cepción .que el Congreso había sido disuelto, se preparó ala lucha. Ca- 
rrera entonces, temiendo las consecuencias de una campaña, intentó 
hacer la paz con su enemigo. Las negociaciones sólo produjeron apla- 
zar por algún tiempo la guerra, y ya en abril de 1812, en el momento 
en que la cuestión se iba a resolver en los campos de batalla, inespera- 
do acontecimiento vino a influir, aunque por corto tiempo, en que la 
guerra no estallase. El 16 de marzo de 1812, el pueblo de Valdivia de- 
puso la Junta de Gobierno, creada en noviembre de 1811 y proclamó 
el restablecimiento del antiguo régimen. Tal efecto causó el hecho en 
Rozas y Carrera que, temiendo una contrarrevolución, depusieron sus 
diferencias. Pasó pronto el temor, volviendo otra vez a amenazar la 
guerra civil por la ambición de ambos contendientes. Carrera, decidido 
a establecer su autoridad en todo el país, dispuso la disolución de la 
Junta de Concepción, y como a ello se negase Rozas, los agentes de 
aquél prepararon una asonada militar (18 de julio 1812), siendo redu- 
cidos a prisión por sus mismos soldados el citado Rozas y los demás 
individuos de la Junta. Confinado Rozas a Mendoza, allí murió en los 
primeros meses del año 1813. 

Iban a terminar las protestas de acatamiento a los reyes de Espa- 
ña. Procedente de los Estados Unidos llegó a Chile una imprenta des- 
tinada a la publicación de un periódico intitulado La Aurora s cuyo pri- 



174 ' HISTORIA DE AMÉRICA 

mer número salió en Santiago el 13 de febrero de 1812. Fundóse prin- 
cipalmente el periódico para pedir la proclamación de la independencia 
de Chile, doctrina ya defendida antes con bastante calor por Camilo 
Henríquez, alma a la sazón de La Aurora. Refiere un realista de aque- 
llos tiempos que "corrían los hombres por la calle con una Aurora en la 
mano, y deteniendo a cuantos encontraban, leían y volvían a leer su 
contenido, dándose los parabienes de tanta felicidad y prometiéndose 
que, por este medio, pronto se desterraría la ignorancia y ceguedad 
en que hasta entonces habían vivido. „ Añade lo siguiente el citado rea- 
lista: tt No padecían engaño los que eligieron a Camilo Henríquez para 
redactor, porque desde la primera página de su periódico empezó éste a 
difundir muchos errores políticos y morales de los que han dejado es- 
tampados los impíos filósofos Voltaire y Rousseau. » ¿Qué errores eran 
esos? Consistían en declarar que la soberanía reside en los pueblos; que 
las leyes reciben su valor de los mismos pueblos mediante un convenio 
social y que los magistrados son amovibles por la voluntad popular. 
A los ocho meses de la fundación del periódico publicó una Constitu- 
ción (octubre 1812), cuyo art. 5.o disponía que * ninguna providencia 
emanada de cualquiera autoridad que no residiera en el territorio de 
Chile tendría efecto alguno,_debiendo castigarse como reos de Estado 
a los que intentasen darle valor „ (1). 

No podía cruzarse de brazos el gobierno español ante la actitud 
de Chile. Don Fernando de Abascal, virrey del Perú, preparó una ex- 
pedición que debía mandar D. Antonio Pareja, brigadier de la Real 
Armada, poniendo a sus órdenes un cuerpo de oficiales con encargo de 
organizar un ejército en las provincias de Valdivia y de Chiloé. Pre- 
sentóse Pareja (enero de 1813), en el puerto de San Carlos de Ancud, 
capital de la provincia de Chiloé, donde reunió unos 1.400 hombres de 
infantería y artillería. Inmediatamente se trasladó a Valdivia, en cuyo 
punto se le unieron cerca de 700 soldados. Desembarcó el 26 de marzo 
en el puerto de San Vicente, y en seguida se dirigió a tomar el puerto 
de Talcahuano por las elevadas lomas que lo dominan por el Sur. La 
empresa no era fácil, porque D. Juan Nepomuceno Moría, comandante 
de la plaza, había colocado la artillería gruesa en un cerro alto desde 
el cual se defendía todo el puerto. Pareja, sin embargo, formó su plan 
de ataque y acometió con extraordinario ardor, abandonando entonces 
el enemigo la plaza y huyendo Moría en un barco a Penco Viejo. 

Después que Pareja dio algún descanso a sus fatigadas tropas, tomó 
sus medidas para sorprender la ciudad de Concepción, distante dos le- 

(l) Además del P. Henríquez escribían en La Aurora el economista Salas, el jurisconsulto 
Egaña y el patriota Gandarillas. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 175 

guas largas de aquel punto. Al frente de las tropas que defendían la 
ciudad había colocado Carrera, con una candidez rayana a la necedad, 
a los oficiales Jiménez Navia, PJac, Sánchez y otros españoles. ¡Guar- 
necer con hombres de fidelidad dudosa una ciudad y puerto que eran la 
llave de todo el reino! Ocurrió lo que debía ocurrir. Los patriotas 
solicitaron con empeño que jefes y soldados saliesen a batir a los rea- 
listas. Salieron al fin y en las vegas de Talcahuano presentaron batalla 
(30 del citado marzo); pero el traidor Jiménez Navia con toda su gen- 
te se pasó al enemigo, dejando desguarnecida la capital. 

Animado Pareja por el recibimiento que había tenido en las provin- 
cias del Sur, donde parecía conservar hondas raíces el antiguo régimen, 
se dirigió al Norte, con ánimo de llegar hasta Santiago . Noticia tan in- 
fausta despertó del letargo a los chilenos, y olvidando la irregular con- 
ducta de Carrera, se lanzaron a la lucha. Aunque se contaba con pocos 
soldados y pocas armas, Carrera se hizo nombrar general del ejército 
intitulado Restaurador de la patria, y confiando en su fortuna y más 
que en su fortuna en la justicia de su causa, salió el 1.° de abril de San- 
tiago y se dirigió a Talca, ciudad destinada para cuartel general y pun- 
to de reunión de todas las tropas. Enérgicas proclamas se repartieron 
por todo el reino, entusiasmando a los pueblos en defensa de la patria. 
Reuniéronse en el mencionado punto las milicias de las provincias del 
centro y los soldados que venían huyendo de Pareja. Contaba el ejérci- 
to real con unos 4.000 hombres, regularmente armados; el ejército pa- 
triota tenía cerca de 12.000 soldados, en su mayor parte desprovistos 
de armas. . 

En la tarde del 26 de abril acampó el ejército de Pareja en el sitio 
llamado Hierbas Buenas, no lejos del río Maule. Carrera destacó una 
columna de 500 hombres, que cayó de sorpresa sobre los de Pareja y 
en medio de la obscuridad de la noche. Ataque tan inesperado produjo 
la confusión en los primeros momentos, rehaciéndose luego; pero ya 
cuando al amanecer se retiraban las tropas revolucionarias (27 de 
abril). Desde estos momentos todas fueron desgracias para Pareja. 
Aunque quiso pasar el Maule, tuvo que retroceder a Chillan, porque los 
soldados de Valdivia y de Chiloé se pronunciaron en rebelión. Seguido 
de cerca por Carrera, a la salida del pueblo de San Carlos tuvieron un 
segundo combate (16 de mayo), también desfavorable a los realistas, 
que desordenados y desmoralizados atravesaron el río Nuble y se ence- 
rraron en Chillan. Triste y desalentado el jefe realista, cayó enfermo, 
muriendo de pulmonía (21 de mayo). En lugar de caer Carrera sobre 
Chillan, cuando el ejército realista se hallaba sin jefe y sin alientos, 
siguió adelante y marchó al Sur para reconquistar las ciudades de Con- 



176 HISTORIA DE AMÉRICA 

cepción y Talcahuano. Pequeña división patriota, dirigida por el coro- 
Del D. Bernardo O'Higgins, (1) se hizo dueña de los Angeles y de otros 
pueblos inmediatos al Bio-bio. 

Quedaban reducidos los realistas a la plaza de Chillan. Al morir el 
general Pareja confió el mando de las tropas a D. Juan Francisco Sán- 
chez, modesto capitán de infantería, leal, valiente y tenaz en sus pro- 
pósitos. Carrera llegó a los muros de Chillan y se colocó en unas altu- 
ras inmediatas a la plaza. Rompióse el fuego el 29 de julio, dando prue- 
bas Sánchez de gran constancia. Carrera, por el contrario, estuvo tor- 
pe, viéndose obligado a retirarse de la plaza el 10 de agosto. Desde en- 
tonces estaba perdido en la opinión pública, que le acusaba, con razón, 
de flojo y necio. Dióse el caso de que un cuerpo realista se atrevió a 
atacar de sorpresa a una división chilena que mandaba el mismo Carre- 
ra, el cual tuvo que buscar su salvación arrojándose a nado al Itata. 
Desconfiando todos, lo mismo militares que paisanos, de las dotes mili- 
tares de Carrera, pusieron sus ojos en el coronel O'Higgins, quien logró 
reorganizar el ejército y rechazar las acometidas realistas. 

Bien será decir que, entre tanto, seguía su camino la revolución. La 
Junta de Gobierno decretó la libertad de imprenta (23 junio 1813); dis- 
puso que en todo pueblo de 50 vecinos se estableciese escuela pública 
costeada por los municipios (18 de julio); creó el Instituto Nacional (10 
agosto), abriéndose 19 cátedras de ciencias, y fundó la Biblioteca Na- 
cional. 

Descontenta la Junta de Gobierno de la marcha de la campaña, se 
trasladó a Talca para estudiar de cerca el asunto, decidiéndose al fin a 
separar a Carrera del mando de las tropas, nombrando al coronel 
O'Higgins (últimos de noviembre de 1813). Conviene no olvidar que 
cuando José Miguel Carrera y su hermano Enrique se dirigían a San- 
tiago, fueron hechos prisioneros por una guerrilla realista, que los lle- 
vó a Chillan, donde estaba el cuartel de los españoles (febrero de 1814). 

También debemos tener presente que en los momentos de encargarse 
del mando supremo del ejército el coronel O'Higgins, llegó a la costa 
de Arauco 800 soldados mandados por el virrey del Perú e igualmente 
el brigadier español D. Gabino Gainza (31 enero 1814), sucesor del co- 
mandante Sánchez. Hallábase dividido en dos cuerpos el ejército pa- 
triota: uno estaba situado en el Membrillar, a orillas del Itata, y lo 
mandaba el coronel D. Juan Mackenna; el otro en Concepción, bajo las 
órdenes de O'Higgins. Dispuso Gainza que el comandante D. Ildefonso 
Elorreaga atravesara el Maule y ocupase la ciudad de Talca, como así 
se verificó, después de tenaz resistencia (4 marzo 1814), mientras él, 

(1) Hijo del antiguo gobernador D. Ambrosio. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES^ 177 

por su parte, presentó batalla a O'Higgins, que intentaba reunirse a 
Mackenna. Dióse la batalla en las alturas de Quito, con poca fortuna 
para el general español (20 de marzo), si bien al poco tiempo logró re- 
hacerse en Chillan. Resolvióse entonces a marchar precipitadamente a 
Santiago, al mismo tiempo que O'Higgins emprendió el mismo camino, 
pensando lo mismo el uno que el otro que la victoria sería del primero 
que pasara el Maule. Marchaban paralelamente los dos ejércitos, sepa- 
rados sólo por el espacio de pocas leguas. 

Disgustado el pueblo de Santiago por las desgracias de la guerra y 
considerando que la causa de tantos males consistía en la torpeza de 
la Junta gubernativa, pidió la formación de un gobierno vigoroso, y al 
efecto nombró Director Supremo con amplios poderes al coronel don 
Francisco de la Lastra (7 de marzo). Inmediatamente el nuevo gobierno 
logró organizar una división de cerca de 1.000 hombres para recon- 
quistar a Talca y dio el mando de ella al teniente, coronel D. Manuel 
Blanco Encalada. La citada división, que tantas esperanzas había des- 
pertado, fué batida y casi destrozada por las guerrillas realistas que 
defendían a Talca (22 de marzo), quedando nuevamente abierto al ejér- 
cito español el camino de Santiago. Españoles y patriotas llegaron á 
las orillas del Maule (3 abril 1814). Gainza pasó el río, como también 
O'Higgins. Las fuerzas patriotas se dirigieron presurosamente al Norte 
para colocarse entre el ejército español y la capital, lo cual lograron, 
acampando en Quechereguas el 7 de abril. Llegó Gainza, intentó rom- 
per las líneas del ejército de O'Higgins (8 y 9 de abril); pero siendo re- 
chazado, dio la vuelta a Talca. 

Por el mes de abril se presentó en Valparaíso el comodoro inglés 
Hillyar, quien, después de conferenciar con el virrey del Perú, se pro- 
puso terminar la guerra entre Chile y España. Aceptó el director Las- 
tra los buenos oficios de Hillyar como también Gainza, firmándose el 
tratado a las orillas del río Lircay (3 mayo 1814). Por el tratado de 
Lircay los patriotas reconocían su dependencia del rey de España, aun- 
que conservarían el derecho de gobernarse por ellos mismos; los realis- 
tas consentían en dejar subsistente el gobierno establecido á la sazón y 
evacuar el territorio pasados treinta días. Los prisioneros de ambos 
ejércitos serían puestos en libertad. A nadie agradó el tratado de Lir- 
cay. Los patriotas volvieron los ojos al general D. José Miguel Carre- 
ra que, habiéndose fugado, en compañía de su hermano D. Luis, de 
Chillan, llegó a Santiago. Lo mismo la gente del pueblo que muchos 
oficiales del ejército se dispusieron a sublevarse en nombre de la digni- 
dad nacional. Carrera sublevó la guarnición de Santiago en la mañana 
del 23 de julio de 1814, depuso al director Lastra y creó una Junta de 

MI 12 



178 HISTORIA DE AMÉRICA 

Gobierno, colocándose él al frente de ella. Los jefes del ejército de Tal- 
ca se dirigieron a Santiago y pidieron a O'Higgins que repusiera el an- 
tiguo gobierno de Lastra. Lo mismo pidieron otros enemigos de Carre- 
ra. Por su parte, este último no se cruzó de brazos y marchó a batir a 
todos los que se oponían a sus planes. Encontráronse Carrera y O'Hig- 
gins en las orillas del río Maipo (26 de agosto), quedando el campo por 
el primero. Cuando se disponían a renovar el combate al día siguiente, 
llegó la noticia de que el virrey del Perú desaprobaba el convenio de 
Lircay, y deseando por momentos realizar la pacificación de Chile, man- 
daba al coronel D. Mariano Osorio con fuerzas respetables. 

Ante el peligro común, se unieron Carrera y O'Higgins. Aunque el 
último se puso bajo las órdenes del primero y pidió el mando de la van- 
guardia, desgraciadamente no terminaron ni las desconfianzas de los 
jefes ni las de los soldados. 

Osorio llegó a Chillan y allí reorganizó su ejército, elevándolo al 
número de 5.000 soldados, dirigiéndose en seguida a tomar la plaza de 
Rancagua, defendida por O'Higgins. El l.o de octubre cayeron sobre 
Rancagua, penetrando por las cuatro calles que dan entrada a la pla- 
za. Resistieron valerosamente los enemigos en aquel día tristísimo. Re- 
novóse el día 2 el combate, comenzando los españoles por cortar las 
acequias que dan agua a la ciudad y pegaron fuego a varios edificios. 
O'Higgins peleaba valerosamente; pero, ¿dónde estaba Carrera que 
no venía en su auxilio? Se le había visto allá lejos y se le esperaba por 
momentos; mas se retiró de nuevo, no dudando, seguramente, que su 
retirada había de ser la caída de Rancagua. De los 2.000 hombres en- 
cargados de defender la plaza, quedaban unos 300. Cuando el incendio 
ahogaba a los sitiados, cuando ni siquiera había agua para refrescar a 
los caldeados cañones, cuando se vieron abandonados de todos, O'Hig- 
gins, al frente de los suyos, cayó sobre los españoles, y abriéndose paso 
con el filo de sus sables, se salvaron de la muerte aquel puñado de hé- 
roes. O'Higgins ganó no pocos laureles en aquella jornada, al paso que 
Carrera olvidó sus deberes militares. 

En tanto que los restos del ejército de O'Higgins tomaban la cor- 
dillera que conduce a Mendoza, las avanzadas de Osorio comenzaron a 
entrar en Rancagua (4 de octubre), y sin detenerse marcharon en per- 
secución de los patriotas, los cuales, después de grandes penalidades, 
atravesaron las cumbres de los Andes (12 octubre 1814) y pisaron el 
territorio amigo de la provincia de Cuyo. 

Chile había sido reconquistado por los españoles. El gobierno de 
Osorio se distinguió por su prudencia. Si jefe tan distinguido comenzó 
anunciando que quería el olvido de los sucesos pasados y consiguió que 






GOBIERNOS INDEPENDIENTES 179 

volviesen a sus casas machos de los fugitivos, Juego, débil de carácter, 
hubo de ceder a las indicaciones de algunos fanáticos, haciendo arrestar 
a los que habían desempeñado algún papel importante en la revolución 
(7 noviembre 1814); unos fueron confinados a diferentes ciudades dis- 
tantes de la capital, y a otros se les condujo al presidio que tenían los 
españoles en la isla de Juan Fernández. Fueron embargados los bienes 
de los patriotas, y, a semejanza de la Península, se estableció un tribu- 
nal de purificación, ante el cual debían todos probar que habían sido fie- 
les al Rey. En la cárcel de Santiago se hallaban varios presos de posi- 
ción humilde — pues los más distinguidos habían sido confinados a la ci- 
tada isla — los cuales, por si formaban o no parte de una conjuración, 
se vieron golpeados, heridos y muertos por unos 15 o 20 soldados espa- 
ñoles que penetraron en el calabozo. Casi todos quedaron cubiertos de 
heridas y dos muertos. Estos últimos fueron colgados en una horca que 
se puso en la plaza (6 febrero 1815). El cambio fué radical. Todo lo que 
hicieron los patriotas, bueno o malo, justo o injusto, debía derogarse. 
En el famoso Manifiesto del 4 de mayo de 1814, dado en Valencia, de- 
claraba Fernando VII que la Constitución de 1812 y otros decretos del 
Gobierno constitucional, eran "nulos y de ningún valor ni efecto, aho- 
ra ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y 
se quitasen de enmedio del tiempo... „ La misma política que se siguió 
en España, se intentó seguir en nuestras colonias americanas. Resta- 
blecióse la Real Audiencia, fué disuelto el Cabildo que organizaron los 
patriotas, y se suprimieron la Biblioteca nacional, las escuelas y los 
colegios fundados en 1813. El pueblo de Santiago, representado por el 
Cabildo, acordó mandar a España dos representantes para felicitar a 
Fernando VII por su vuelta al trono, para pedirle que confiriera a Oso- 
rio en propiedad el cargo de Capitán general de Chile, y, por último, 
para suplicarle que concediese un indulto en favor de los chilenos que 
gemían en los calabozos. 

Cuando los patriotas eran vencidos, no sólo en Chile, sino también en 
las otras colonias; cuando se restablecía el régimen colonial con más fuer- 
za que en 1810 y cuando la revolución americana parecía próxima a su- 
cumbir, dos hombres ilustres, el general D. José de San Martín y Si- 
món Bolívar, conquistarán la libertad, aquél en Chile y el Perú, y el 
último en Venezuela, Nueva Granada y también en el Perú. 

San Martín, natural de Yapeyú, pequeño pueblo situado en las fron- 
teras del Paraguay, había vivido en España. Perteneció al ejército es- 
pañol hasta fines de 1811. Al tener noticia de la revolución del Nuevo 
Mundo, se embarcó secretamente para Buenos Aires, señalándose poco 
después como paladín de la independencia de las colonias. Por algún 



180 HISTORIA DE AMÉRICA 

tiempo mandó el ejército argentino del Alto Perú y luego consiguió el 
nombramiento de gobernador de la provincia de Cuyo, colocándose de 
este modo en la frontera de Chile (1814). Llegó a Mendoza y poco des- 
pués ocurrió la reconquista de Chile por los españoles mandados por 
Osorio. El pensamiento constante de San Martín fué desde entonces de- 
fender la provincia de Cuyo, provincia pobre, bastante despoblada y 
extraña al movimiento revolucionario americano, con cuyo objeto pidió 
al gobierno de Buenos Aires tropas, armas y dinero. Proponíase tiem- 
po adelante invadir a Chile, desde Cuyo. Levantó el espíritu público, 
solicitó donativos, impuso contribuciones extraordinarias e indujo a los 
habitantes a que diesen libertad a los esclavos, con la condición de ser- 
vir en el ejército de la patria. 

Así las cosas, cuando San Martín esperaba un ataque de Osorio, 
supo que había llegado de España el mariscal de campo D. Francisco 
Casimiro Marcó del Pont, nombrado gobernador en propiedad de Chile, 
de cuyo cargo tomó posesión el 26 de diciembre de 1815. Con el cam- 
bio de gobernador de Chile ganó San Martín, porque a un militar va- 
liente y enérgico, sucedió un hombre torpe, afeminado y déspota. En 
tanto que Osorio se retiraba al Perú pensando seguramente en la in- 
gratitud de su Rey, Marcó del Pont estableció un tribunal de vigilancia 
encargado de evitar todo hecho o conversación contrarios a Fernan- 
do VII, y en su enemiga a los patriotas se resistió a dar cumplimiento 
a una cédula real por la que se concedía a los procesados políticos de 
Chile amplia amnistía, junto con la devolución de los bienes embar- 
gados. 

Mientras tanto San Martín, desde Mendoza, echaba leña al fuego de 
las discordias interiores de Chile. Sirvióse principalmente de un anti- 
guo abogado chileno, que allá en los primeros años de la revolución se 
había distinguido por su entusiasmo. D. Manuel Rodríguez — pues este 
era el nombre del abogado — se puso al frente de muchos descontentos, 
formó una guerrilla, ejemplo que siguieron otros, logrando todos juntos 
distraer las fuerzas españolas que dominaban en Chile. En las ciudades, 
aldeas y campos, especialmente en el territorio comprendido entre los 
ríos Cachapoal y Maule, las guerrillas, aunque formadas por campesi- 
nos mal armados, pusieron en cuidado al inepto gobernador. Los chile- 
nos deben recordar con orgullo el nombre de D. Manuel Rodríguez. 

A la sazón Bolívar, desde Jamaica, en el año 1815, escribió una 
carta en los términos siguientes: "El reino de Chile, poblado de 800.000 
almas, está lidiando contra sus enemigos que pretenden dominarlo; pero 
en vano, porque los que pusieron término a sus conquistas, los indómi- 
tos y libres araucanos son sus vecinos y compatriotas, y su ejemplo 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 181 

sublime es suficiente para probarles que el pueblo que ama su indepen- 
dencia, por fin la logra. Chile está llamado, por la naturaleza de su si- 
tuación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, 
los fieros republicanos del Arauco, a gozar de las bendiciones que de- 
rraman las justas y dulces leyes de una república... „ (1). 

Si en el año 1816 pusieron en cuidado al virrey Marcó las guerrillas 
de los patriotas, en el 1817 adquirieron más poder. El 3 de enero cayó 
Rodríguez sobre el pueblo de Melipilla, cogió presioneros a los espa- 
ñoles que en él se hallaban y se llevó los caudales del gobierno y las 
especies que había en el estanco; también el 11 de dicho mes otra 
guerrilla se apoderó del pueblo de San Fernando. 

Llegó el momento en que San Martín se creyó con fuerzas para in- 
tervenir con energía en los asuntos de Chile, aprovechándose del 
malestar general, salió de su cuartel de la ciudad de Mendoza el 17 de 
enero de 1817, al frente de un ejército de 4.200 hombres, mandados 
por los generales O'Higgins y Soler, y por el coronel Las Heras. Em- 
prendió San Martín el paso de los Andes, tomando el camino de los 
Patos y llegó, después de dos combates en que fueron derrotados los 
destacamentos realistas, al valle de Aconcagua (8 de febrero). En 
aquellos mismos días, el comandante D. Ramón Freiré, a la cabeza de 
80 hombres, número que aumentó pronto con muchos guerrilleros, pasó 
la cordillera por el Planchón y se apoderó de Talca. 

Cuando se supo en Santiago la situación del ejército argentino, sa- 
lió a toda prisa la guarnición a defender la cuesta de Chacabuco, único 
punto de importancia de que los enemigos tenían que hacerse dueños 
para caer sobre la capital. Hubo un momento en que el gobernador Mar- 
có del Pont con otros realistas lo dieron todo por perdido, y comenzaron 
a remitir sus equipajes a Valparaíso con orden de embarcarlos en el 
JustinianOj buque de Ja real hacienda anclado en el puerto. Sacando 
fuerzas de flaqueza, Marcó del Pont intentó defenderse, y con este ob- 
jeto nombró comandante general de las fuerzas realistas al general don 
Rafael Maroto, el mismo que con Espartero firmó el convenio de Ver- 
gara. Al frente de una división compuesta de 2.000 hombres, emprendió 
Maroto su marcha desde Santiago en el día 11 de febrero y llegó a la 
hacienda de Chacabuco (ramal transversal de los Andes de Chile, no 
lejos de Santiago), encontrándose enfrente de San Martín, cuyas dis- 
posiciones, secundadas por los generales D. Miguel Soler y O'Higginr, 
y por el coronel Las Heras, fueron acertadas. Dio el mando del ala de-, 
recha a Soler y de la segunda división ó del ala izquierda a O'Higgins. 

Con fecha 22 de febrero de 1817, desde el cuartel general de San- 

(1) Bolívar pintado por si mismo, tomo II, págs. 85 y 8P. 



182 HISTORIA DE AMÉRICA 

tiago de Chile, dirigió dicho general parte detallado de la batalla al 
Director Supremo de las Provincias Unidas de Sud-América (1). Cree- 
mos notar alguna obscuridad en el texto y tal vez ciertas inexactitudes. 
Así termina el citado documento: "En una palabra, el eco del patriotis- 
mo resuena por todas partes a un tiempo mismo, y al ejército de los An- 
des queda para siempre la gloria de decir: en veinticuatro días hemos 
hecho la campaña, pasamos las cordilleras más elevadas del globo, con- 
cluímos con los tiranos y dimos la libertad a Chile. „ En pocas pala- 
bras daremos idea de la nunca bastante alabada batalla de Chacabuco. 
Dispuso que la división del general O'Higgins escalase de frente 
dichas serranías y que la división del general argentino Soler, diera un 
rodeo para caer por el flanco del ejército español. San Martín se reser- 
vó el mando de la retaguardia. Al amanecer del día 12 de febrero de 
1817, O'Higgins, despreciando los fuegos de las avanzadas realistas, 
ocupó la cima de las serranías, obligando a los enemigos a replegarse 
hacia su cuartel general, y, dejándose llevar de su arrojo, se dirigió al 
sitio que ocupaba Maroto y atacó a la bayoneta a los enemigos. Consi- 
guieron los patriotas, aunque inferiores en número, romper el cuadro de 
los realistas después de sangrienta lucha. Aparecieron entonces los pri- 
meros cuerpos de la división Soler, que contribuyeron a que fuese ma- 
yor la derrota de los españoles. Durante el curso del combate se distin- 
guió muy especialmente el teniente coronel Cramer, comandante del ba- 
tallón número 8. "Tal fué la victoria de Chacabuco, que puso de nuevo 
a Chile en poder de los independientes, debiéndose sin disputa el honor 
de aquella feliz jornada al valiente O'Higgins y al intrépido Cramer, 
oficial francés que había prestado ya grandes servicios a la causa de la 
libertad, reorganizando el ejército de Buenos Aires. „ (2) Los restos del 
ejército realista huyeron a la desbandada hacia Santiago, donde el ge- 
neral Marcó del Pont y sus consejeros hubieron de decidirse, después 
de no pocas vacilaciones, a evacuar la ciudad durante la noche del día 
12, dirigiéndose apresuradamente hacia Valparaíso, para embarcarse 
al Perú. El día 13 comenzaron a entrar los patriotas y el 15, los habi- 
tantes de la capital, reunidos en cabildo abierto, confiaron el mando su- 
premo al general San Martín, quien, con buen acuerdo, renunció dis- 
tinción tan señalada. 

A la batalla de Chacabuco habían de seguir las no menos gloriosas 
de Carabobo (24 junio 1821), de Pichincha (24 mayo 1822), de Junín 
(6 agosto 1824) y de Ayacucho (9 diciembre 1824). 



(1) Publicóse en la Gaceta Extraordinaria de Buenos Aires del martes 11 de marzo de 1817. — 
También se halla en Espejo, El paso de los Andes, págs. 666-671. 

(2) Mr. César Famln. Jíist. de Chile, pág. 59.— Barcelona, 1839. 



CAPITULO IX 



Independencia de Chile (Continuación).— O'Higgins Supremo 
Director.— Las Heras en guerra con Ordóñez. — Defensa de 
Talcahuano- Proclamación de la independencia.— Desas- 
tre de los patriotas en Cancha Rayada y victoria de Mai- 
po.— Recompensas otorgadas a San Martín. — Guerra maríti- 
ma.— San Martín y el virrey del Perú.— Ejecución de los 
hermanos Carrera.— Campaña de 1819.— Campaña del mari- 
no Cochrane.— Campañas de Benavides.— Ejecución de José 
Miguel Carrera.— Asesinato de Rodríguez.— Constitución 
de 1822.— Caída de O'Higgins.— Freiré Director Supremo. — 
Reincorporación de Chiloé. 



Después de la victoria de Chacabuco, una Asamblea popular o ca- 
bildo abierto hubo de elegir jefe supremo de Chile. Habiendo renun- 
ciado San Martín cargo tan importante,* reunida nuevamente la Asam- 
blea popular, eligió al general O'Higgins, el cual se dirigió al gobier- 
to de los Estados Unidos de Norte América y a varios gobiernos de 
Europa en los siguientes términos: "Después de haber sido restaurado 
el hermoso reino de Chile por las armas de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata el 12 de febrero del corriente año, bajo las órdenes 
del general San Martín y elevado como he sido por la voluntad del 
pueblo a la suprema dirección del Estado, es de mi deber anunciar al 
mundo un nuevo asilo. en estos países, a la industria, a la amistad y a 
los ciudadanos de todas las naciones del globo... La sabiduría y recur- 
sos de la nación argentina limítrofe, decidida por nuestra emancipación, 
da lugar a un porvenir próspero y feliz en estas regiones „ (1). O'Hig- 
gins se dedicó a activar las operaciones de la guerra. Desde Atacama 
hasta las orillas del río Maule, esto es, lo mismo en las provincias del 
Norte que en las del Sur, se restableció el gobierno revolucionario; sólo 
en Concepción, donde ejercía el mando con el cargo de intendente el co- 
ronel Ordóñez, se organizó tenaz resistencia. Contra Ordóñez, militar 
tan entendido como prudente, mandó O'Higgins al coronel D. Juan 
Gregorio de las Heras (19 de febrero), quien llevaba además el encar- 
go de restablecer el gobierno revolucionario en aquellas provincias. 

(1) tápeles del Sr. Guido, págs. 27 a 32. 



184 HISTORIA DE AMÉRICA 

Como medida de reparación justa dispuso que fuese un buque a la isla 
de Juan Fernández para volver al seno de sus familias a los patriotas 
allí confinados. 

Decidióse a castigar a los enemigos. Desterró el gobierno de O'Hig- 
gins, al otro lado de los Andes, a los realistas que habían perseguido a 
los patriotas, hallándose en el número de los confinados el ex-presidente 
Marcó del Pont (1) y D. José Santiago Rodríguez, obispo de Santiago. 
Sólo el capitán D. Vicente San Bruno y el sargento Villalobos, autores 
principales de los asesinatos cometidos en la cárcel de Santiago el 6 de 
febrero de 1815, fueron fusilados en la plaza pública. 

Todas las miradas se fijaron después en ei Sur, donde Ordóñez había 
levantado con constancia y energía la bandera de la insurrección. De 
tanta importancia se creyó el movimiento realista que O'Higgins mar- 
chó a combatirle, en tanto que Las Heras sostuvo dos reñidos combates, 
el de Curapalihue (5 abril 1817) y ei del Gavilán (5 de mayo), derro- 
tando en los dos a los realistas, quienes tuvieron que encerrarse en Tal- 
cahuano. En cambio Ordóñez, aumentó sus fuerzas con los fugitivos de 
Chacabuco, quienes,> si después de la desgraciada batalla habían mar- 
chado al Perú, volvían a la sazón deseosos de venganza. Hállase Talca- 
huano situado en pequeña península unida al continente por estrecha 
lengua de tierra. En dicha lengua de tierra había cortado Ordóñez una 
zanja profunda, detrás de la cual levantó espesas palizadas defendidas 
por cuatro fortalezas con 70 cañones. Podía considerarse casi inexpug- 
nable, dado los medios de ataque de aquellos tiempos. Conviene además 
no olvidar que Ordóñez era dueño del mar, bastándole sólo unas cuantas 
lanchas para hacer excursiones en la costa próxima y adquirir víveres. 
Un año entero pudo Ordóñez tener en jaque a los patriotas. Recorda- 
remos a este propósito, que durante la guerra de la independencia es- 
pañola Lord Wellington se retiró a las líneas de Torres-Vedras, donde 
tranquilo en su formidable atrincheramiento y teniendo libre el mar. 
esperó a Massena. Llegó el momento de atacar a Talcahuano y O'Hig- 
gins preparó el asalto. Aconsejábale en el plan de ataque el francés 
Miguel Brayer, antiguo general del ejército de Napoleón, que había lle- 
gado a Chile ofreciendo su espada a la causa revolucionaria. Pelearon 
valerosamente los patriotas; pero Ordóñez, al frente de los suyos, se 
batió con tanto arrojo, que logró rechazar a los enemigos, los cuales 
dejaron el campo cubierto de muertos y heridos (6 diciembre 1817). Del 
descalabro se echó, sin fundamento, la culpa a Brayer. Por entonces, 
procedentes del Perú llegaron unos 3.000 hombres mandados por el ge- 
neral D. Mariano Osorio — el mismo que en el año 1814 había realiza- 

(1) Fué hecho prisionero en las inmediaciones del puerto de San Antonio. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 185 

do la reconquista de Chile — a Talcahuano; después de desembarcar fe- 
lizmente, unido a las fuerzas de Ordóñez, se internó en el país, consi- 
derando empresa fácil destruir la división que mandaba O'Higgins. Ve- 
laba por la causa de Chile el general San Martín. Conocedor de los 
proyectos de los realistas, sacó de Santiago todas las fuerzas que pudo 
y se colocó en la hacienda de las Tablas, entre los puertos de Valpa- 
raíso y San Antonio, para acudir al punto que fuese amenazado. Dis- 
puso que O'Higgins se retirase de. Concepción con todas las tropas de 
su mando. Comenzó la campaña de 1818. En los primeros días del mes 
de enero del citado año O'Higgins levantó su campamento de Concep- 
ción; el 20 de dicho mes se hallaba acampado al Norte del río Maule. 

Antes de relatar los hechos correspondientes a la campaña de 1818, 
es de justicia decir algo de la declaración de la independencia de Chi- 
le. Todas las clases de la sociedad querían la independencia. Sólo en 
el clero tenía defensores el gobierno de Madrid. Cuando la opinión na- 
cional dio su voto por la independencia, O'Higgins mandó extender el 
acta, la que firmó en Talca a principios de febrero, si bien — como esta- 
ba convenido — consta su data el l.o de enero en Concepción. En el pa- 
lacio directorial de dicha población hubo de proclamar Ja independen- 
cia de Chile a la faz del mundo. "Hemos tenido á bien — decía — en 
ejercicio del poder extraordinario con que para este caso particular nos 
han autorizado los pueblos, declarar solemnemente a nombre de ellos, 
en presencia del Altísimo, y hacer saber a la gran confederación del 
género humano que el territorio continental de Chile y sus islas adya- 
centes forman de hecho y por derecho un Estado libre, independiente 
y soberano, y quedan para siempre separados de la monarquía de Es- 
paña con plena aptitud de adoptar la forma de gobierno que más con- 
venga a sus intereses... „ (1). 

Si de la guerra se trata, el director O'Higgins abandonó la orilla 
del Maule, retirándose hacia Curicó. Osorio, dejándose engañar por 
este movimiento, pasó también el río Maule y llegó hasta las orillas 
del río Lontué. Entonces San Martín se reunió con O'Higgins en San 
Fernando el 14 de marzo. Cuando Osorio comprendió su falsa posición, 
marchó rápidamente y se encerró en Talca, no habiendo querido acep- 
tar la batalla que le presentó San Martín (19 de marzo). No dudaban 
de la victoria los patriotas. Tenían excelentes generales, San Martín y 
O'Higgins, y el ejército era mayor que el de sus enemigos. Osorio y 
Ordóñez, jefes de los realistas, gozaban de gran prestigio; pero se tenía 
poca confianza en las tropas. Propuso Ordóñez jugar el todo por el 
todo: dijo que debían caer de sorpresa durante la noche sobre los pa- 






(1) Documentos* para la historia pública de Bolívar, etc., tomo VI, pág. 2?8. 



186 HISTORIA DE AMÉRICA 

triotas. Realizada la idea, la confusión más esp.antosa se produjo entre 
los independientes; ni San Martín ni O'Higgins fueron obedecidos, reti- 
rándose en medio del más grande desorden (noche del 18 al 19 de mar- 
zo de 1818). Tal fué la sorpresa del ejército chileno en la llanura de 
Cancha Rayada (lu^ar de Chile, al N. de Talca). Sólo la división del 
coronel Las Heras pudo retirarse sana y salva del desastre hacia el 
Norte. En la retirada se le fueron reuniendo partidas y soldados suel- 
tos, hasta el punto que al llegar a San Fernando contaba con más de 
3.000 hombres. En dicha población de Santiago también los generales 
San Martín y O'Higgins reunían á los dispersos, les animaban y les 
hacían marchar a Santiago. 

Grande, grandísimo fué el pánico que se apoderó de la capital. En 
el desaliento se pensaba — como en 1814 — huir a Mendoza. El coronel 
D. Luis de la Cruz, que mandaba en Santiago por ausencia de O'Hig- 
gins, no era atendido. Entonces, unos cuantos patriotas, a cuya cabeza 
se hallaba aquel famoso guerrillero del año 1816, D. Manuel Rodríguez, 
todos hombres de ánimo esforzado y de espíritu valeroso, dieron aliento 
a los más tímidos, renaciendo con más fuerza que nunca próxima espe- 
ranza en la victoria. El 24 de marzo llegó O'Higgins a Santiago, ha- 
ciéndose cargo del mando supremo; poco después se presentó San Mar- 
tín. La división de Las Heras era numerosa y estaba perfectamente 
organizada. En poco tiempo pudieron reunir los patriotas en las llanu- 
ras de Maipo, al Sur de la ciudad, unos 5.000 soldados. 

Los realistas no supieron aprovecharse de la victoria. Si después de 
la batalla de Cannas, Maharbal pudo decir: Sabes vencer, Annibal, pero 
no sabes aprovecharte de la victoria, también, después de la sorpresa de 
Cancha Rayada, los contemporáneos pudieron decir: Sabes vencer, Oso- 
rio, pero no sabes aprovecharte de la victoria. Aunque es cierto que los 
realistas habían perdido unos 300 hombres, el triunfo era de gran im- 
portancia. ¿Por qué no fué Osorio a Santiago? Comprendió seguramente 
que Chile odiaba la dominación española y que era peligroso avanzar 
mucho, exponiéndose a no poder dar la vuelta. 

En los llanos de Maipo, a unas tres leguas de la capital se encon- 
traron los dos ejércitos enemigos el 5 de abril de 1818. A los patriotas 
les mandaba San Martín, pues O'Higgins se hallaba enfermo en San- 
tiago; a los realistas Osorio y Ordóñez. San Martín dio pruebas de exce- 
lente general y de valeroso soldado. En el campo español, Osorio, cuan- 
do lo creyó todo perdido, huyó, buscando su salvación personal; Ordóñez 
se resistió y buscó la muerte, rindiéndose luego con los jefes, oficiales y 
tropa que le rodeaban. Nos complacemos en consignar que O'Higgins, 
olvidando sus padecimientos, abandonó a Santiago, pudiendo llegar al 




FOTOTIPIA LACOSTE. - MADRID. 



San Martín. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 187 

sitio del combate y tomar parte én el último ataque contra los españo- 
les. En el oficio que San Martín, desde el cuartel general de Santiago 
(9 abril 1818) dirigió al Gobierno Supremo de Chile, le decía, entre 
otras cosas, lo siguiente: "El general en jefe Osorio escapó con sólo 200 
hombres de caballería. Es posible que sea cogido por la caballería que 
lo persigue. Todos sus generales se hallan en nuestro poder. El número 
de prisioneros es de 3.000, y 190 oficiales con la mayor parte de los 
jefes de los cuerpos. El campo de batalla está cubierto de 2.000 muer- 
tos; toda su artillería, parques, hospitales con los cirujanos, caxas mi- 
litares, etc., en una palabra, todo lo que componía el ejército realista 
está muerto, prisionero ó en nuestro poder. Calculo nuestra pérdida en 
1 .000 hombres entre muertos y heridos. La fuerza del enemigo de toda 
clase era de 5.300 y la nuestra de 4.900 „ (1). La independencia de Chile 
tuvo su comienzo desde la importantísima batalla de Maipo. "Chile, 
teatro de acciones sangrientas, no había visto hasta entonces batalla 
más memorable y decisiva que la de Maipo, que le aseguró la indepen- 
dencia para siempre „ (2). 

Conviene registrar en este lugar el siguiente suceso: el Perú desde 
entonces tuvo que aceptar de hecho dos estados independientes: Chile 
y las provincias argentinas. 

Embarcóse Osorio en Talcahuano el 8 de septiembre de 1818, lle- 
vándose unos 750 hombres y dejando 1.500 en las provincias del Sur 
bajo el mando del coronel Sánchez, el valeroso defensor de Chillan en 
1813. A Sánchez mandó Fernando Vil algunas tropas, siendo el prin- 
cipal contingente un cuerpo de 2.080 hombres que llevó la hermosa fra- 
gata de guerra María Isabel. Salió de Cádiz el 21 de mayo de 1818. 
Al tener noticia el director O'Higgins de la salida de la fragata, se 
preparó a la guerra marítima, comprando, al efecto, algunas naves por 
medio de sus agentes en los Estados Unidos e Inglaterra. A fines de 
septiembre tenía cinco buques, de cuya escuadrilla se dio el mando al 
coronel de artillería D. Manuel Blanco Encalada, que comenzó su ca- 
rrera sirviendo en la marina española. Salió la escuadrilla el 10 de oc- 
tubre de 1818 contra el enemigo, y al aproximarse a Talcahuano tu- 
vieron noticia los chilenos que la fragata española estaba fondeada bajo 
el fuego de las fortalezas de la costa. Se preparó Blanco a atacarla. 
Considerándose perdidos los españoles, levaron el ancla y vararon la 
María Isabel en la playa de Talcahuano, tomando de ella posesión los 
marinos chilenos (28 octubre 1818), quienes consiguieron sacarla del 
varadero y del puerto felizmente. En seguida apresaron cinco trans- 
ió Documentos para la Historia pública d& Bolívar, etc.. tomo VI, pág. 357. 
(2) Famín, ob. cit., píig. HS. 



188 HISTORIA DE AMÉRICA 

portes españoles que conducían unos 700 hombres. Sólo unos 600 tuvie- 
ron la dicha de desembarcar en Talcahuano para ir a reforzar el ejér- 
cito del español Sánchez. 

En los últimos meses del año de 1818, el director O'Higgins prepa- 
ró formal expedición contra los realistas que aún dominaban en las 
provincias meridionales, nombrando jefe de ella al brigadier D. Anto- 
nio González Balcarce. No creyéndose Sánchez con fuerzas para resis- 
tir al coronel D. Ramón Freiré, que mandaba la vanguardia de la di- 
visión patriota, se retiró de Concepción y se estableció en los Angeles. 
Intentó el coronel español aliarse con los araucanos, en cuyo territo- 
rio se refugió en enero de 1819; pero al fin, rendido de fatiga y des- 
alentado por tantos reteses, se retiró a Valdivia y se embarcó para el 
Perú. 

Lo mismo en América que en Europa se creyó que con la victoria de 
Maipo había terminado el imperio colonial de España. Así lo creyó San 
Martín y por ello, con fecha 11 de abril de 1818, dirigió desde Santia- 
go de Chile un oficio a Pezuela, virrey de Lima, proponiéndole un ad- 
venimiento que produjese la paz entre españoles y americanos. Dicho 
oñcio terminaba del siguiente modo: «Anhelo sólo el bien de mis seme- 
jantes; procuro el término de la guerra, y mis solicitaciones son tan 
sinceras a este sagrado objeto como firme mi resolución, si no son ad- 
mitidas de no perdonar sacrificio por la libertad, por la seguridad y 
por la dignidad de la patria» (1). 

El Congreso nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, 
entre otras recompensas otorgadas al general San Martín como liberta- 
dor de Chile, decretó (sesión 4 mayo 1818) dar a los sucesores y des- 
cendientes del citado general San Martín una finca muy valiosa de las 
que el Estado era propietario, con la cual pudieran asegurar su exis- 
tencia. Recordaba seguramente el citado Congreso que seis años antes 
las Cortes de Cádiz habían concedido a Lord Wellington la rica pose- 
sión en la vega de Granada, conocida con el nombre de Coto de Boma. 
También acordó el Congreso nacional, con la misma fecha, levantar un 
monumento que perpetuase la gloria alcanzada en las victorias de Cha- 
cabuco y Maipo. "Se abrirá — dice el art. 1.° del Proyecto — una lámi- 
na en cuyo centro resaltará el retrato del general San Martín, tenien- 
do a cada lado un genio. El de la Libertad ocupará el lado derecho, y 
el de la Victoria el izquierdo, ambas con sus respectivos atributos en 
una de las manos, y sosteniendo con la otra una corona de laurel algo 
levantada sobre el retrato. Al pie de ésta se pondrán los trofeos mili- 
tares correspondientes, dominados por las banderas nacionales de Chi- 

(1) Documentos para la historia pública de Bolívar, etc., tomo VI, págs. 746-748. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 189 

le y de este Estado; a su contorno se pondrá la inscripción siguiente: 
La gratitud nacional al general en jefe y ejército vencedor en Chacabuco 
y Maipo. La vista de esta batalla y la de los Andes ocupará la parte 
más visible y restante de la lámina» (1). 

Poco tiempo después el citado y valiente guerrillero, D. Manuel Ro- 
dríguez, al frente de las turbas (17 abril 1818), quiso obligar al director 
O'Higgins a que diese una Constitución. Presos los instigadores del des- 
orden, se dispuso que Rodríguez fuese mandado a Guillóla, para ser juz- 
gado militarmente como perturbador del orden público; mas los que le 
conducían, le asesinaron en el lugar denominado Tiltil (24 mayo 1818). 
Estamos obligados a decir que a la muerte de Rodríguez contribuyó, más 
bien que el director O'Higgins y el general San Martín, una sociedad 
secreta, conocida con el nombre de Logia Lautarina, cuyo fin era tra- 
bajar por la independencia americana, creyendo lícito cualquier acto 
que asegurase la tranquilidad interior, siempre que con él se lograra 
dar más fuerza a la guerra contra España. 

Por entonces, un acontecimiento vino a alterar la paz de los espíri- 
tus en Chile y en Buenos Aires. Si afirmamos que la familia de los Ca- 
rrera conspiraba contra O'Higgins, nadie negará a José Miguel Carre- 
ra y a sus hermanos el amor a Chile y a la causa de la libertad. José 
Miguel Carrera, al abandonar su patria, se encerró en Buenos Aires, y 
luego, no queriendo resignarse a forzada inacción, se embarcó para los 
Estados Unidos (1815), compró a crédito naves y armas, se atrajo al- 
gunos oficiales, especialmente franceses, proscriptos de su patria des- 
pués de la caída de Napoleón, y volvió al Río de la Piata con ánimo de 
terminar sus aprestos para lanzarse sobre O'Higgins. Como a la expe- 
dición se opusiese con toda energía el gobierno argentino, D. Juan 
José y D. Luis, hermanos de Carrera, se dirigieron de incógnito a Chi- 
le, con ánimo de derrocar el gobierno de lo3 vencedores de Chacabuco; 
pero descubiertos, fueron reducidos a prisión, y después de largo pro- 
ceso, se les fusiló en Mendoza el 8 de abril de 1818. El auditor Mon- 
teagudo, amigo incondicional de O'Higgins, tuyo empeño en que fuesen 
ejecutados. Cuando los presos en los calabozos de Mendoza se hallaban 
bajo el peso de mortal condena, Doña Ana María Cotapos, cariñosa mu- 
jer de uno de los Carrera, se presentó en Santiago, entró en la sala 
donde se hallaba San Martín y pidió de rodillas al ilustre general que 
salvara a su marido. Inmediatamente San Martín dirigió a O'Higgins 
el siguiente billete: "Excelentísimo Señor: Si los cortos servicios que 
tengo rendidos a Chile, merecen alguna consideración, los interpongo 
para suplicar a usted se sirva mandar que se sobresea la causa que se 

(1) Documentos jjara la historia pública de Bolívar, etc., tomo VI, pá.g. 368. 



190 HISTORIA DE AMÉRICA 

sigue a los señores Carrera. Estos sujetos podrán ser tal vez algún día 
útiles a la patria; y Vuestra Excelencia tendrá la satisfacción de haber 
empleado su clemencia uniéndola en beneficio público. Dios guarde, et- 
cétera. — José de San Martín.^ O'Higgins intentó en parte complacer a 
San Martín, y decimos en parte, porque su recomendación no debió ha- 
cerla con gran interés. Otros dicen , que, cuando San Martín pidió el 
perdón a O'Higgins, Monteagudo se dio prisa para sacriñcar a los pre- 
sos. Sea de ello lo que quiera, la noticia disgustó a San Martín; pero 
O'Higgins debió alegrarse para sus adentros. Tanta fué desde entonces 
la enemiga de San Martín a Monteagudo, que por influencia del prime- 
ro, el segundo marchó confinado a San Luis. Desde su destierro escribió 
dos cartas, una con fecha 5 de noviembre de 1818, y otra el 23 de enero 
de 1819, a O'Higgins, pidiéndole protección y ayuda, que por cierto no 
consiguió por la oposición de San Martín y también de Pueyrredón. A. su 
vez, los enemigos de San Martín dicen lo que copiamos a continuación; 
"Cuando llegó a Santiago la noticia de este suceso, el general San Mar- 
tín envió luego al padre de las dos víctimas un estado de los gastos 
ocasionados por el proceso y la ejecución, mandándoselos pagar inme- 
diatamente, bajo la pena de ser conducido a la cárcel. El venerable vie- 
jo pagó, por consiguiente, aquella cuenta de sangre y, según un testi- 
go fidedigno, espiró dos días después,, (1). No creemos que la noticia 
sea cierta; pero, si lo fuera, guardaríamos sobre ella silencio, no sólo 
por el afecto que profesamos a San Martín, sino por el amor que tene- 
mos a la humanidad. José Miguel Carrera, que se hallaba aún en la 
provincia de Entre-Ríos, dirigió enérgica alocución a los chilenos, 
echando la culpa de todo a San Martín y a O'Higgins. Aprestóse a la 
venganza con más bríos que fuerzas. Estaba decidido a morir luchando 
con los bárbaros asesinos de sus hermanos, con los tiranos que quieren 
hacer de Chile una colonia de Buenos Aires, del mismo modo que lo fué 
de España en otro tiempo. 

Después de la política recelosa que en el Alto Perú tenían el virrey 
Pezuela y el general La Serna, después de declarada la enemiga entre 
La Serna y Olañeta, y después del disgusto que sentían por el estado 
de las cosas los generales Canterac, Valdés y otros, venidos última- 
mente de la península, se dispusieron a resistir las expediciones argen- 
tinas, preparándose convenientemente para que el éxito de la campaña 
no fuera desgraciado, como lo fué el año anterior. 

Sin detenernos en otros sucesos, pasamos a estudiar la guerra en el 
año 1819. Un militar, de funesta memoria, se presentó en aquellos 
tiempos a defender la bandera española. Llamábase Vicente Benavi- 

(1) Famin, Ob. eit., p&g. tití. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 191 

des (1). Cuando el coronel Sánchez se retiró del territorio araucano a 
Valdivia, dejó a Benavides algunas fuerzas, que él aumentó con espa- 
ñoles dispersos e indios araucanos. El traidor Benavides comenzó ha- 
ciendo degollar a algunos prisioneros y organizó guerrillas que causa- 
ban muchas bajas á los patriotas. Sorprendido por Freiré (1.° mayo 
1819) sufrió tremendo castigo, teniendo que huir en completo desorden, 
si bien rehecho pronto, continuó su sistema de guerrillas. 

Otro asunto preocupó a O'Hiirgins durante el citado año de 1819. 
Deseaba tener marina para combatir a la española. Entre otros mari- 
nos, O'Higgins consiguió atraerse a lord Tomás Cochrane, que gozaba 
de envidiable fama por su talento y valor. Cochrane, expulsado, quizá 
sin motivo, del servicio naval británico, se puso al frente de la marina 
chilena. En enero de 1819 zarpó de Valparaíso con siete naves para 
atacar al virrey del Perú en sus mismos Estados. Aunque las naves 
españolas se pusieron bajo el fuego de las fortificaciones del Callao, allí 
fueron atacadas, y si no logró Cochrane que saliesen de su fondeadero, 
apresó algunos navios mercantes y arrebató varios convoyes de dinero 
que los españoles conducían de una parte a otra, desembarcó en diferen- 
tes puntos de la costa para proveerse de víveres, dando la vuelta a 
Valparaíso el 17 de junio. 

La segunda campaña de Cochrane dio casi los mismos resultados. 
El 12 de septiembre con nueve buques marchó contra las naves espa- 
ñolas, amparadas como antes por las fortalezas del Callao. Como no 
consiguió sacarlas fuera del puerto, recorrió también la costa del Perú 
hasta Guayaquil y dio la vuelta a Valparaíso, no sin que se le ocurrie- 
se en su viaje feliz idea acerca de esta última plaza. El 3 de febrero 
de 1820, cuando menos lo esperaba la guarnición, con unos 300 hom- 
bres y dos pequeñas embarcaciones se presentó Cochrane delante de 
Valdivia. Fácilmente desembarcaron las tropas chilenas y fácilmente 
se apoderaron de las fortalezas. Los defensores de Valdivia fueron unos 
cobardes. Cochrane sacó de Valdivia botín considerable, pudiendo con 
mucha alegría comunicar a Valparaíso la conquista de la plaza. 

La Argentina, país tan generoso como patriota, acudió en auxilio 
de Chile y del Perú. Sobre el particular escribe el historiador Paz Sol- 
dán, lo siguiente: "Jamás se presentará más grande la nación argenti- 
na que en esa época malhadada, en la cual, a pesar de que cada pro- 

(1) Comenzó su carrera de soldado en el ejército chileno, pasándose luego al español, en el cual 
alcanzó el grado de capitán. Prisionero en la batalla de Maipo, fué condenado a muerte y ejecu- 
tarlo a extramuros de Santiago. Aunque sólo le hirieron ligeramente las halas, él se fingió muerto 
y como tal le dejaron en el lugar de la ejecución. Huyó de aquel sitio y permaneció escondido 
algunos meses. Luego se presentó a San Martín, a quien le ofreció su espada; pero segunda vez 
fué traidor, pues habiendo marchado al territorio araucano con el objeto -según dijo - de provo- 
car la deserción de los soldados de Sánchez, se pasó al campo español. 



192 HISTORIA DÉ AMERICA 

vincia se ensangrentaba contra la otra y se devoraban por la guerra 
civil, ostentaba sin embargo su poder en el exterior, dando libertad 
a Chile y formando otra división para libertar también al Perú„ (1). 

No negaremos la conducta generosa de la Argentina ni de San 
Martín, aunque no son menores las alabanzas que merece Chile y el 
protector O'Higgins. Grandes fueron los trabajos realizados por 
O'Higgins para llevar una expedición revolucionaria al Perú (2). Pudo 
equipar 8 buques de guerra y 16 transportes y un ejército de 4.100 
hombres perfectamente armados. Recibió San Martín el mando en jefe 
de la expedición y lord Cochrane el de la escuadra, haciéndose a la 
vela en Valparaiso (20 agosto 1820). Los hechos realizados por la fa- 
mosa expedición, se darán a conocer en el capítulo XIII cuando se tra- 
te de la historia del Perú. 

Antes de pasar adelante, recordaremos que Lord Cochrane, disgus- 
tado con San Martín y más todavía con Zenteno, ministro de Marina 
de Chile, pasó a otro país a prestar sus servicios. Con fecha 18 de 
enero de 1823, se despidió de la marina chilena y se dirigió al Bra- 
sil (3). 

Volviendo ya a tratar de la guerra terrestre, no se olvide que Be- 
navides, en la segunda mitad del año 1819, continuó su sistema de 
guerrillas, en tanto que su segundo, Juan Manuel Pico, al frente de 
1.500 hombres, pasó el Biobio, obteniendo dos señalados triunfos en 
Yumbel (20 septiembre 1820) y en el Fangal (23 de dicho mes y año). 
Benavides, cuando el mariscal D. Andrés de Alcázar, de edad de 70 
años, se retiraba de los Angeles a Concepción para reunirse con la di- 
visión de Freiré, cayó sobre él al pasar el río de La Laja por el sitio 
llamado Tarpellanca, logrando que se rindiera mediante una capitula- 
ción. No haciendo caso de lo pactado, Benavides hizo matar a Alcázar 
y a todos los oficiales patriotas, incorporando a su ejército los soldados 
prisioneros (27 de. septiembre). El intendente de Concepción D. Ramón 
Freiré, tuvo que salir de la citada ciudad y replegarse a Talcahuano, 
donde resistió el sitio de las hordas de Benavides; pero, cuando obtuvo 
algunos socorros, salió de la plaza y batió a los sitiadores, haciéndoles 
que se retiraran en completa dispersión (25 y 27 de noviembre). Bena- 
vides pudo huir y se encerró en sus guaridas de la Araucania; en la 
huida sus tropas incendiaron 9 pueblos y talaron los campos. Realizó 



(1) Hist. del Perú Independiente, vol. 1, pág. 42.— Lima, 1868. 

(2) El Decreto tiene la fecha del 2 de agosto de 1820.— Arch. de Indias.— Estante 128.— Cajón 
2.— Legajo 4 (184). 

(3) Lord Cochrane en S'is Memorias censura con más acritud que justicia á San Martín (pági- 
nas 183 y 217). La iná¡* vulgar discreción aconseja, meditar con detenimiento el asunto, y por 
nuestra parte haremos constar que trabajo cuesta dar crédito al valiente marino. 



QOBIERNOS INDEPENDIENTES 193 

tiempo adelante su tercer campaña, pues en la primavera de 1821, a la 
cabeza de unos 3.000 hombres, cuando meditaba llegar a Santiago y 
hacerse dueño del país, se encontró, cerca de Chillan, una división que 
mandaba el coronel D. Joaquín Prieto. La fortuna fué contraria a Be- 
navides, cuyas tropas huyeron a la desbandada. Entonces, viendo per- 
dido su prestigio militar, se embarcó en una lancha tripulada por hom- 
bres de su confianza con la esperanza de llegar al Perú; tuvo luego que 
desembarcar en la costa de Topocalma para renovar la provisión de 
agua y allí los mismos suyos le entregaron a las autoridades chilenas. 
Condenado a muerte, fué ahorcado en la plaza de Santiago (23 febre- 
ro 1822). 

En el 1821 ocurrieron en Chile sucesos de no poco interés. D. José 
Miguel Carrera deseaba vengar la muerte de sus dos hermanos. O'Hig- 
gins, Supremo Director de Chile, que a la sazón no contaba con el 
apoyo de San Martín, rogó a Godoy Cruz, gobernador de Mendoza, 
que le librase de Carrera, su mortal enemigo. Al frente de las tropas 
de Mendoza se puso Gutiérrez, y de las de San Juan el coronel Urdi- 
ninea. Derrotado Carrera en la Punta del Médano (agosto de 1821), 
fué preso en la huida y llevado a Mendoza, donde el gobernador Go- 
doy Cruz convocó un Consejo consultivo para acordar lo que debía ha- 
cerse con el prisionero. Defendióse Carrera, recordando las persecucio- 
nes de que había sido objeto y el asesinato jurídico de sus hermanos 
Vicuña Súber caseaux en uno de sus libros, Crónicas del Centenario, di- 
vidido en dos partes, la primera La Colonia, y la segunda La Patria 
Vieja, trata de los hechos más importantes de la historia de Chile, ter- 
minando la obra con un hermoso retrato de José Miguel Carrera. tt No 
pudo conformarse — dice el autor — , no pudo renunciar a su amor a 
Chile, a su ambición de gloria, al recuerdo de cuanto había hecho. 
Llamó a todas las puertas, empleó todos los recursos de su genio, or- 
ganizó en los Estados Unidos una expedición para libertar a Chile, él, 
por su cuenta; fué periodista, fué conspirador, jefe de revoluciones ar- 
gentinas, pichi rey (rey chico) de los indios querandíes... Todo eso hizo 
para abrirse el camino de Chile. Al fin, después de seis años de una 
odisea sangrienta y admirable, durante la cual demostró más corazón- 
y talento que ningún hombre de América; vencido, no por las armas 
— que con éstas siempre triunfaba — ; pero sí por la tenacidad sórdida 
de sus enemigos en la Argentina y Chile, fusilados sus hermanos, ase- 
sinados casi todos los hombres de su partido, no ya en busca de la pa- 
tria para libertarla— esto lo habían hecho ya sus felices rivales — ; pero 
sí desesperado y sediento de venganza, triunfa todavía, miserable y 
magnífico, a la cabeza de un puñado de indios, hasta que una traición 
ni • 13 



194 HISTORIA DE AMÉRICA 

lo lleva el 4 de septiembre de 1821, cargado de cadenas y de gloria, al 
mismo patíbulo en que sus hermanos habían muerto tres años antes. „ 

Dicha ejecución llenó de alegría al gobierno de Chile y al partido 
que capitaneaba O'Higgins (1). El Supremo Director de Chile dirigió un 
oficio al gobernador Godoy Cruz, en el que le decía lo siguiente: "La 
victoria de la Punta del Médano, cuyo detalle me incluye Vuestra Se- 
ñoría en nota del 10 de septiembre último, ha colmado de gloria las 
armas de Mendoza. La muerte del último y más terco caudillo de los 
anarquistas, con la destrucción total de sus fuerzas, la reputo como una 
gran batalla ganada al enemigo... Yo felicito a Vuestra Señoría con el 
mayor júbilo como el principal móvil de una acción que ha disipado las 
densas nieblas del anarquismo, librándolas de la devastación y horro- 
res a que habrían sido entregadas si no se hubiese acertado el golpe que 
aniquiló a sus encarnizados enemigos. Chile conservará una eterna gra- 
titud a Vuestra Señoría y a los dignos jefes, oficiales y tropa del ejér- 
cito de Mendoza, por lo que a cada uno cupo en libertarlo de esos mis- 
mos males en que también se veía amenazado por las antiguas aspira- 
ciones de aquellos vándalos. „ El gobierno de Buenos Aires se cruzó de 
brazos y ni dio importancia a la victoria de la Punta del Médano, ni 
mostró alegría por la ejecución de Carrera. Los elementos realistas es- 
pañoles vieron con tristeza la consolidación de la paz en sus antiguas 
posesiones. 

No escatimaremos las alabanzas que merece la política de O'Hig- 
gins. Abrió la Biblioteca y el Instituto Nacional que los españoles ha- 
bían cerrado durante la reconquista, protegió las bellas artes, fomentó 
la industria y el comercio, realizó grandes reformas para dar ornato 
y salubridad a las ciudades. Construyó mercados y paseos. Prohibió 
los enterramientos en las iglesias e hizo cementerios en las cercanías 
de las poblaciones. Seis años gobernó O'Higgins a Chile. Reformó to- 
dos los ramos de la administración en aquel tiempo. "Si los chilenos — 
decía — no quieren ser felices voluntariamente, es preciso obligarles por 
fuerza a que lo sean.„ Veamos la causa de su caída. Desde que terminó 
la guerra contra los españoles ; o mejor dicho, desde que Chile vio cer- 
ca su independencia; se sintió en todo el país vivos y constantes deseos 
de un gobierno republicano. Llegó el momento en que cediendo O'Hig- 
gins a la general aspiración, convocó un Congreso nacional. Expuso el 
Director Supremo a los diputados la situación del Estado. Les dijo 
que en el período de cinco años que habían transcurrido desde la vic- 



(1) Murió en el mismo sitio donde hacía tres años largos habían sido ejecutados sus hermanos, 
y á los diez justos en que él comenzó su carrera política, poniéndose al frente de un movimiento 
republicano para acabar con el gobierno constituido. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 195 

toria de Chacabuco, se formó un ejército, se creó una marina, se liber- 
tó al Perú, asegurándose también la libertad de los mares y aumen- 
tándose las rentas de la hacienda. "Compatriotas: — añadió — llega ya a 
su término el mando que se me coníió; recibí Ja patria en esclavitud; 
pero os la entrego ahora libre y vencedora, aunque débil todavía; en 
vuestras manos está el instruirla, dirigirla y enriquecerla, porque, ¿qué 
prosperidad pudiera disfrutar sin el apoyo de las luces y de las le- 
tras?» Renunció O'Higgins sus poderes; mas una convención prepara- 
toria, compuesta de veintitrés individuos, reintegraron a aquél en las 
funciones de Director Supremo, nombrando además a Zenteno ministro 
de Guerra y Marina, a Irragua de Hacienda y a Echevarría de Justi- 
cia. Inmediatamente entró el Congreso a discutir la Constitución, que 
se promulgó el 23 de octubre de 1822 y se juró el 30 del citado mes. 
Sin temor de equivocarnos podemos afirmar que el nuevo Código 
disgustó a todos o por lo menos no consiguió desarmar a los revolucio- 
narios. Aunque era O'Higgins republicano por carácter y por sistema, 
algo habían influido en él las ideas políticas de San Martín y de otros 
políticos de aquella época, los cuales pensaban que América no podía 
gobernarse sino con reyes elegidos entre las dinastías reinantes en 
Europa. No llegaba O'Higgins á sostener doctrinas tan peregrinas. En- 
tre los que a toda prisa querían la proclamación de la república y los 
que como San Martín preferían un gobierno monárquico, O'Higgins se 
colocaba en un término medio, afirmando que la república no po- 
día plantearse de repente, siendo indispensable esperar mayor educa- 
ción y cultura del pueblo. Dada esta manera de pensar de O'Higgins, 
la revolución tomaba fuerzas por momentos. Cabildo y pueblos se pro- 
nunciaron en abierta insurrección. Ei movimiento revolucionario ne- 
cesitaba una espada y la encontró en el general Freiré, el militar 
más prestigioso de Chile después de O'Higgins. Acaudilló Freiré el mo- 
vimiento de Concepción y a su voz se sublevaron todas las poblaciones 
del Sur de Chile (diciembre de 1822). Intentó resistir el Director Supre- 
mo; mas los soldados desertaron de sus banderas pasándose al campo 
contrario. Hasta en Santiago se sintió la agitación general, y el 28 de 
enero de 1823 se reunieron los hijos de la ciudad en el consulado, don- 
de, con verdadero espíritu republicano, se lamentaron de los males que 
afligían a la nación. Llamaron al seno de aquella asamblea a O'Higgins» 
quien intentó convencer a los más exaltados de que no convenía hacer 
radicales cambios políticos; convencido de que sus palabras no hallaban 
eco entre sus conciudadanos, entregó el mando a una Junta de Gobier- 
no. Censurado O'Higgins con más pasión que justicia por sus enemigos, 
se abrió un juicio de residencia, no resultando -nada que pudiera man- 



196 HISTORIA DE AMÉRICA 

char su nombre. Sin embargo, creyó prudente salir de Chile y retirar- 
se al Perú, donde permaneció hasta su muerte, ocurrida el 24 de octu- 
bre de 1842. 

Fué elegido Freiré Director Supremo el 31 de marzo de 1823. Bajo 
su gobierno se publicó la ley de 24 de julio declarando la libertad de 
los esclavos, complemento de otra que se dio por el Congreso de 1811. 

Faltaba la reincorporación del Archipiélago de Chiioé. Mandaba en 
las islas el brigadier español D. Antonio Quintanilla, militar tan vale- 
roso como tenaz. Púsose al frente de la expedición chilena contra Chi- 
ioé el mismo Freiré. En vez de atacar solamente la plaza de San Car- 
los (hoy Ancud) que era el centro de las fuerzas de Quintanilla, Frei- 
ré dividió sus tropas en varias divisiones, las cuales comenzaron a ope- 
rar a la vez por diversos puntos. La división del coronel chileno Beau- 
chef obtuvo importante victoria en el sitio denominado Mocopulli des- 
pués de rudo combate (l.o abril 1824). A causa de las lluvias hubo de 
retirarse el ejército patriota, no volviendo a intentar la conquista has- 
ta cerca de dos años después. El 9 de enero de 1826, Freiré, con un 
ejército de unos 3.000 hombres, desembarcó en las inmediaciones del 
puerto de San Carlos. La fortuna en esta ocasión se mostró contraria 
a Quintanilla, quien tuvo al fin que capitular, quedando (22 enero 1826) 
el archipiélago de Chiioé incorporado definitivamente a la república 
de Chile (1). 

Acerca de otro orden de cosas importa decir que con objeto de arre- 
glar las cuestiones eclesiásticas de la América del Sur, acompañando 
al nuncio D. Juan Muzi, estuvo en Chile Monseñor Mastai Ferretti, 
luego Papa con el nombre de Pío IX. 

Por último, el Director Freiré al Excmo. Consejo de la República 
del Perú, que le invitó a la reunión de plenipotenciarios al Istmo de 
Panamá, le contestó (4 julio 1825) aceptando el pensamiento de Bolí- 
var, "pues está íntimamente persuadido que después de haber conse- 
guido la América su libertad a costa de tantos sacrificios, su realiza- 
ción es el único medio que se le presenta de asegurarla para siempre, 
de consolidar sus instituciones y de dar un paso inmenso de opinión, de 
majestad y de fuerza a estas nuevas naciones, que aisladas, son peque- 
ñas a los ojos de las potencias europeas, y reunidas forman un todo res- 
petable, tan capaz de contener pretensiones ambiciosas, como de inti- 
midar a nuestra antigua metrópoli,, (2). 

Cayó Freiré a causa de las cuestiones originadas sobre si la repú- 

(1) La isla de San Carlos de Chiioé, una de las mayores del mar Pacífico, se halla situada en- 
tre los 41° 45 y los 43° 45 latitud Sur, y los 302° 55 y 303° 65 longitud de Cádiz. - Archivo general 
de navegación y pesca marítima.— Reino de Chile, I. d. 2.*, pág. 76. 

(2) Documentos para la historia del Libertador, etc , tomo X, pág. 33. 






GOBIERNOS INDEPENDIENTES 197 



blica había de ser federal o unitaria, alcanzando la presidencia el al- 
mirante Manuel Blanco Encalada. Con fecha 15 de julio de 1826, el 
presidente Blanco pidió al Congreso, y esta Asamblea acordó, recom- 
pensar al general Freiré, tt que después de haber trabajado incesante- 
mente combatiendo contra los enemigos exteriores de su patria, y con- 
seguido su absoluta independencia, completó la grandiosa obra de su 
libertad civil, derrocando la tiranía que le agobiaba „ (1). Al almirante 
Blanco Encalada, que renunció pronto el gobierno, le sucedió con el 
carácter de interino el vicepresidente Izaguirre. 

Una insurrección (mes de enero de 1827) elevó a la presidencia a 
Freiré (segunda vez), quien cayó al poco tiempo, sucediéndole el gene- 
ral Pinto (8 mayo 1827). 

Reunido el Congreso en Santiago (24 febrero 1828) y trasladado 
luego a Valparaíso, dispuso que al general Pinto, que se hallaba toda- 
vía al frente de los negocios, le sucediese D. José Miguel Infantes. Los 
habitantes de Santiago, partidarios de Pinto, quisieron oponerse, en 
nombre de la unión, originándose de aquí lucha sangrienta, que termi- 
nó con la subida al poder de los federalistas, y, por consiguiente, del 
general Prieto, representante de aquellas ideas. Volvieron a rehacerse 
las tropas de Santiago, que iban a las órdenes de dos extranjeros, el 
coronel Vial, francés, y el coronel Tupper, inglés, y mandadas por el ge- 
neral en i efe Lastra. Cuando se temía sangrienta lucha entre los dos 
partidos, unionistas y federalistas, nombraron una comisión, que ter- 
minó un convenio el 16 de diciembre de 1828, según el cual el general 
Freiré sería nombrado jefe de ambos ejércitos, instalándose igual- 
mente una junta provisional con el encargo de convocar nuevo Con- 
greso general. Freiré, como si nada le enseñasen los sucesos pasados, 
condujo sus tropas a Valparaíso, y allí lo primero que hizo fué dar un 
manifiesto contra Prieto y la junta provisional. 

(l) Documentos para la historia del Libertador, etc., tomo X, pág. 517. 



CAPITULO X 



Independencia de Venezuela.— Revolución en Caracas.— Jun- 
ta Suprema. — Secretarios del despacho. — Agentes diplo- 
máticos. — Política del Gobierno.— La Regencia de España: 
cortav arría: mlyares.- bolívar: sus primeros años.— bolí- 
VAR en España y en Francia.— Su matrimonio.— Bolívar en 
Caracas.— Viene a Madrid y a París: su entrevista con Hum- 
boldt.— Llega a Italia.— Bolívar en los Estados Unidos.— 
Bolívar y Miranda en Londres.— Bolívar y Miranda en Ve- 
nezuela. — Congreso en Caracas. — El poder ejecutivo y el 
judicial. — Acta de independencia. — Constitución fede- 
ral.— La contrarrevolución.— Resentimiento de Miranda 
con Bolívar.— Los realistas Cagigal y Monteverde.— Te- 
rremoto en Caracas.— Convenio entre Miranda y Monte- 
verde.— Puerto Cabello se entrega a los realistas.— Con- 
ducta de Monteverde.— Prisión de Miranda y de otros pa- 
triotas.— Muerte de Miranda.— Monteverde en Maturín.— 
Bolívar en Nueva Granada: su campaña.— Bolívar en Ca- 
racas: sus victorias. — Bolívar Capitán General y "Liber- 
tador,,.— Cagigal sucesor de Monteverde.— Batalla de 
Araure.— Campaña de 1814.— Pérdida de Barinas y victoria 
de Ospino.— La Puerta.— La Victoria.— Ejecuciones en Ca- 
racas.— Charallave y Ocumare.— Bolívar y Boves en San 
Mateo.— Heroísmo de Ricaurte.— Ocumare.— Bocachica. 



Cuando se supo en Caracas (18 abril 1810) que los ejércitos france- 
ses habían invadido a Andalucía y dispersado la Junta Central del 
Reino que desde Sevilla había marchado a Cádiz, estalló revolucio- 
nario movimiento en toda la ciudad, hasta el extremo de que al día si- 
guiente, 19, que era Jueves Santo, se reunió el Cabildo, y si en un 
principio pareció que reconocía la autoridad del Capitán general D. Vi- 
cente Emparán, a instancias de cinco personas extrañas a dicho Cabil- 
do y que tomaron allí asiento, las cuales eran D. José Cortés Madaria- 
ga, chileno de nacimiento y canónigo de Caracas; D. Francisco José de 
Ribas, presbítero; los doctores D. Juan Germán Roscio y D. José Fé- 






GOBIERNOS INDEPENDIENTES 199 






lix Sosa y el tribuno popular D. José Félix Ribas, se constituyó en el 
mismo día la Junta Suprema Conservadora de los derechos de Fernan- 
do VII, viéndose obligado a renunciar el mando el general Emparán. La 
Junta depuso a los oidores y a muchos empleados, poniendo los puestos 
de más importancia en personas conocidas por sus aficiones a aquellas 
novedades. El Capitán general, el intendente, el auditor de guerra y 
algunos oficiales superiores fueron expulsados del territorio. 

Dicha Junta, que acordó darse el tratamiento de Alteza, se compo- 
nía, entre otros patriotas, de D. José de las Llamosas, D. Feliciano Pa- 
lacio; D. Isidoro Antonio López Méndez y D. Francisco José Ribas. En 
seguida fueron nombrados secretarios del despacho: el Dr.'Roscio, para 
Relaciones Exteriores; el Dr. Anzola, para Gracia y Justicia; Key Mu- 
ñoz, para Hacienda, y el capitán de navio D. Lino de Clemente, para 
Marina y Guerra; secretarios con ejercicio de decretos fueron nombra- 
dos: Santana, en Relaciones Exteriores y Gracia y Justicia, y Bezares, 
en Hacienda, Marina y Guerra. Machado fué nombrado Canciller del 
gobierno. 

Mirando el porvenir se dispuso, por iniciativa del Dr. Roscio, en- 
viar agentes diplomáticos a las provincias de Nueva Granada para ce- 
lebrar un tratado de mutua defensa, y a las Antillas inglesas, a Lon- 
dres y a Washington, con el objeto de atraerse el apoyo material y 
moral de sus respectivos gobiernos. A las provincias de Nueva Grana- 
da fué D. José Cortés de Madariaga; a Curacao y Jamaica, D. Mariano 
Montilla y D. Vicente Salías; a Londres, el coronel D. Simón ds Bolí- 
var, D. Luis Lope*, Méndez y D. Andrés Bello (1), y a los Estados 
Unidos, D. Juan Vicente de Bolívar, D. Telesforo Orea y D. José Ra- 
fael Revenga. Indicaba todo esto que los venezolanos estaban decididos 
a romper toda clase de relaciones con la metrópoli. Bueno será notar 
que la Junta Suprema de Caracas comenzó su gobierno prohibiendo la 
introducción de esclavos en Venezuela, declarando la libertad de co- 
mercio, creando una escuela de Matemáticas y suprimiendo varios im- 
puestos. 

La Regencia de España, al tener noticia de aquella revolución po- 
derosa, declaró rebeldes a los venezolanos, dio comisión con toda la ple- 
nitud de su poder a D. Antonio Ignacio de Cortavarría, ministro togado 
del Consejo de España e Indias, para que pasara a poner orden en el 
país (2) y nombró Capitán general en reemplazo de Emparán a D. Fer- 
nando Miyares. Decretó también riguroso bloqueo para prohibir a los 
venezolanos todo comercio. Cortavarría anunció su llegada a Puerto 

(1) Andrés Bello fué como secretario. 

(2) Arch. de Indias. - Audiencia de Caracas, leg. 2.° 



200 HISTORIA DE AMÉRICA 

Rico, en carta que el 13 de noviembre de 1810 escribió al decano del 
Supremo Consejo de España e Indias (1). 

Preséntase en escena el gran Bolívar. Nació Simón Bolívar en Ca- 
racas, en la noche del 24 al 25 de julio de 1783. Fué hijo de Juan Vi- 
cente Bolívar y de María de la Concepción Palacio y Sojo, dama de es- 
clarecido linaje. Su padre, empleado de la Real Hacienda primero, llegó 
luego a obtener el nombramiento de coronel de las milicias regladas de 
los valles de Aragua. Por fallecimiento de sus padres recayó la tutela 
de Simón y de sus tres hermanos (Juan Vicente, María Antonia y Juana) 
en su tío materno D. Carlos Palacio, quien le puso a estudiar bajo la 
dirección de D. Simón Rodríguez. Con tan excelente profesor, estudió 
las lenguas española y latina, la Aritmética y la Historia. Complicado 
Rodríguez en una conjuración contra el gobierno de la metrópoli, aban- 
donó su patria, sustituyéndole en el cargo de maestro de Bolívar— según 
algunos — el sabio D. Andrés Bello (2). 

A los quince o diez y seis años, cuando ya Simón vestía el uniforme 
de alférez en el mismo cuerpo en qae su padre había sido jefe, dispuso 
su tío que marchase a España para completar su educación. Embarcóse 
en La Guaira a bordo del navio español San Ildefonso, que debía pasar 
por Veracruz y por la Habana. Con este motivo pudo conocer la políti- 
ca seguida por el gobierno de Madrid en México (1799). Llegó a Espa- 
ña y desembarcó en Santoña, dirigiéndose a Bilbao y llegando a Ma- 
drid, donde fué recibido por D. Esteban Palacio, su tío materno. En 
Madrid, con maestros competentes estudió las matemáticas, las lenguas 
y los clásicos antiguos y modernos (3). Conoció en casa del marqués de 
Vitáriz a María Teresa Toro, sobrina del marqués del Toro, señorita de 
las más bellas circunstancias y recomendables prendas, según se lee en la 
carta que con fecha 30 de septiembre de 1800, dirigió Simón Bolívar 
desde Madrid a su tío D. Pedro Palacio Sojo. Dice en la misma carta 
que su mencionado tío dé "las órdenes necesarias para pedir la señorita 
a su padre, con toda la formalidad que exige el caso.„ 

Antes de contraer matrimonio hizo corta visita a París, llegando a 
la capital de Francia en los comienzos del año 1801, cuando el general 
Bonaparte se hallaba en la cima de la gloria. Bolívar, al comparar la 
decadencia de España con la grandeza de Francia, dedujo, no la peque- 

(1) D. Francisco Requena, decano del Consejo, contestó a Cortavarría, comisionado real para 
la pacificación de las provincias de Caracas, felicitándole (12 febrero 1811) por el feliz acierto de 
su política. 

(2) Afirma algún cronista que Bello fué profesor de Bolívar. Ponemos en duda semejante afir- 
mación; pero, si así fuese, podemos asegurar que el discípulo no tuvo la templanza de espíritu del 
maestro. 

(3) También dio hartas pruebas de generosidad y de su amor al lujo, pues él mismo dice que 
vivía en Madrid como un príncipe. 




FOTOTIPIA LACOSTE - MADRID. 



Bolívar. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 201 

ñez de nuestros reyes y el genio de Napoleón, sino que el gobierno re- 
publicano era superior al monárquico, que el primero hacía felices a los 
pueblos y el segundo los precipitaba a la ruina. A su vuelta a Madrid 
se casó con María Teresa (últimos de mayo de 1801), e inmediatamen- 
te partió para La Coruña y se embarcó con rumbo a La Guaira. En 
Caracas fué la joven pareja obsequiada por deudos y por amigos, re- 
cordando él, tiempo adelante, que aquel fué el período más feliz de su 
agitada vida. 

Entonces decidió dedicarse al cultivo de sus vastas posesiones. Tuvo 
la desgracia de quedar viudo al poco tiempo, cuando ya había sido nom- 
brado capitán de las milicias de los valles de Aragua. Sin hijos y sin 
su joven esposa, para mitigar su pena, resolvió dejar a Venezuela, em- 
barcándose para Europa en el otoño de 1803. Llegó a Cádiz a fines de 
dicho año, pasó a Madrid, donde con su padre político D. Bernardo lloró 
la pérdida que ambos habían sufrido ; y marchó a Francia en la prima- 
vera de 1834. Francia había pasado del Directorio al Consulado y se 
disponía a pasar del Consulado al Imperio. Cuando Bolívar estuvo en 
París la primera vez, Bonaparte era el soldado de la libertad; en su se- 
gunda visita a la capital de Francia, Bonaparte se disponía a fundar 
un imperio hereditario en su familia. "Yo le adoraba — dice Bolívar — 
como al héroe de la república, como la brillante estrella de la gloria, el 
genio de la libertad. En el pasado yo no conocía nada que se le igua- 
lase, ni prometía el porvenir producir un semejante. Se hizo Emperador, 
y desde aquel día le miré como un tirano hipócrita, oprobio de la liber- 
tad y obstáculo al progreso de la civilización. „ En París asistió á las 
reuniones de madama Dervieu du Villars (Fanny Trobiant y Ariste- 
guieta), donde conoció al general Oudinot y a M. Delagarde, al barón 
de Humboldt y a Mr. Bompland, que por entonces habían llegado de 
América los dos últimos. A París acudió su antiguo maestro D. Simón 
Rodríguez, quien le aconsejó y recomendó el estudio de Helvecio, D'Hol- 
bach, Hume, Hobbes y Spinoza. 

Humboldt y Bompland conversaron con Bolívar acerca de la in- 
dependencia de las colonias españolas. Preguntando Bolívar al ba- 
rón de Humboldt —según refieren autorizados cronistas — qué le pa- 
recía el proyecto de hacer una revolución en la América española, res- 
pondió el sabio alemán: "Yo creo — tales fueron sus palabras — que su 
país ya está maduro; pero no veo al hombre que pueda realizarlo. „ 
Tenía delante al futuro Libertador de Colombia, Venezuela, Ecuador, 
Perú y Bolivia. Salió de París y presenció la coronación de Bonaparte 
en Milán como rey de Italia, dirigiéndose luego a Venecia y a otras po- 
blaciones, llegando por fin a Roma. Si el cartaginés Amilcar, cuando 



202 HISTORIA DE AMÉRICA 

todavía su hijo Annibal era niño, le hizo jurar en el ara de Melcarte 
odio eterno a Roma, Bolívar, por su propia voluntad, subió al Monte 
Sagrado, y allí, recordando las glorias del pueblo-rey, formó el propó- 
sito de libertar a su patria de la dominación española. Delante de su 
sabio maestro, dijo: a Juro delante de usted, juro por el Dios de mis pa- 
dres, juro por ellos, juro por mi honor, juro por la patria, que no daré 
descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cade- 
nas que nos oprimen por voluntad del poder español. „ 

Después de visitar a Ñapóles, acompañado siempre de su antiguo 
maestro, se decidió regresar a Venezuela. Detúvose en París algunos 
días, y marchó solo — pues Rodríguez no quiso acompañarle, temiendo 
la persecución española — dirigiéndose a los Estados Unidos del Norte, 
no volviendo a Caracas hasta ñnes de 1806, poco después de haber fra- 
casado la expedición de Miranda en favor de la independencia de Ve- 
nezuela. 

A principios de 1809 llegó el Capitán general Emparán, encontran- 
do el país deseoso de revueltas. Sin embargo, los elementos de que Bo- 
lívar podía disponer, eran pocos. Tan cierto es lo que decimos, que nom- 
brado por la Suprema Junta, en compañía de Luis López Méndez, como 
sus comisionados diplomáticos, y D. Andrés Bello, en calidad de secreta- 
rio, cerca del gobierno de Londres, nada pudieron conseguir de provecho. 

Bolívar y el veterano general Miranda se embarcaron para Vene- 
zuela, y el 5 de diciembre de 1810 arribaron a La Guardia. Miranda, 
nombrado por la Junta teniente general, y Bolívar, iban a tomar parte 
activa en la lucha que Venezuela sostenía con el gobierno de Madrid. 
No puede negarse que el gobierno británico miraba con buenos ojos la 
actitud revolucionaria de las colonias españolas; también es cierto que 
las Cortes españolas se mostraban propicias a los deseos de libertad y 
progreso de los pueblos de América, aunque no estuviesen conformes, 
como era natural, con los revolucionarios separatistas. 

Pensaba Bolívar que su compatriota Miranda era el hombre que 
necesitaba la revolución. Por lo que a él respecta, dudaba de sus cua- 
lidades de inteligencia, energía y valor. Sin embargo, bien se puede 
afirmar que bajo su exterior frío y débil se encerraba, como en el 
romano Julio César, un alma de fuego, el valor sereno del soldado y el 
entusiasmo del tribuno. Miranda, por el contrario, tenía conciencia de 
sus virtudes militares, de sus glorias e infortunios, y, ya en el último 
tercio de su vida, sencillo y puro republicano, prefería como el severo 
Catón, la muerte a la tiranía. Los dos eran revolucionarios, no por 
ambición, sino por patriotismo. 

Tan favorable se presentó la fortuna a los patriotas, que el 2 de 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 203 

marzo de 1811, se reunió un Congreso en Caracas con asistencia de 30 
diputados y bajo la denominación de representantes de las Provincias 
Unidas de Venezuela (1). Ni Bolívar, ni Miranda se hallaban confor- 
mes con la marcha que seguía la revolución; pero el último, menos des- 
contentadizo o no tan exigente, ocupó su asiento en el primer Congreso 
federal constituyente. Formaban parte del Congreso, además de Mi- 
randa, el marqués del Toro, caballeroso, amante del orden y de la justi- 
cia; Jjino Clemente, oficial de la marina real y tan bueno como débil de 
carácter; Juan Germán Roscio, varón excelente en el consejo y nulo en 
la acción; Francisco Javier Yáñez, joven abogado y decidido defensor de 
las doctrinas de los enciclopedistas franceses^ Antonio Nicolás Briceño, 
hombre de fiero carácter y por ello conocido con el sobrenombre de el dia- 
blo] Francisco Javier Vitáriz, joven literato de gran cultura y admira- 
dor de la constitución política de los Estados Unidos, y Martín Tovar, 
perteneciente a la nobleza, republicano de corazón y muy modesto. 

Reuniéronse en el salón donde tenía sus sesiones la junta, y, des- 
pués de elegir un presidente provisional, se trasladaron a la Iglesia 
Catedral. Luego que se cantó el Evangelio de la misa solemne, la cual 
ofició el arzobispo, el canciller leyó en alta voz la siguiente fórmula 
de juramento: 

tt ¿Juráis a Dios por los sagrados Evangelios que vais a tocar, y 
prometéis a la patria conservar y defender sus derechos y los del se- 
ñor D. Fernando VII, sin la menor relación o influjo de la Francia, 
independientes de toda forma de gobierno de la península de España y 
sin otra representación que la que reside en el Congreso general de 
Venezuela, oponeros a toda otra dominación que pretendiera ejercer so- 
beranía en estos países, o impedir su absoluta o legítima Independencia, 
cuando la confederación de sus provincias la juzgue conveniente; man- 
tener pura, ilesa e inviolable nuestra sagrada religión, y defender el 
misterio de la Concepción inmaculada de la Virgen María, nuestra Se- 
ñora; promover directa o indirectamente los intereses generales de la 
confederación de que sois parte y los particulares del distrito que os 
ha constituido; respetar y obedecer las leyes y disposiciones que este 
Congreso sancione y haga promulgar; sujetaros al régimen económico 
que él establezca para su interior gobierno, y cumplir bien y exacta- 
mente los deberes de la Diputación? „ Los diputados respondieron: "Si 
juramos. „ 

Uno de los primeros actos del Congreso fué nombrar el poder ejecu- 
tivo y el judicial. Componíase el primero de los tres individuos siguien- 
tes: Cristóbal Hurtado de Mendoza, Juan Escalona y Baltasar Padrón. 

(1) El número total de Diputados era de 44. 



204 HISTORIA DE AMÉRICA 

Fué elegido el segundo, que estaba formado por una alta corte de jus- 
ticia, compuesta de cinco jueces y un fiscal. 

Del acta de la independencia, publicada el 5 de julio de 1811, tras- 
ladaremos el enunciado 8.° y parte del 20. Dice el 8.<>: tt Cuantos Bor- 
bones concurrieron a las inválidas estipulaciones de Bayona, abando- 
nando el territorio español contra la voluntad de los pueblos, faltaron, 
despreciaron y hollaron el deber sagrado que contrajeron con los espa- 
ñoles de ambos mundos, cuando con su sangre y sus tesoros. los colo- 
caron en el trono a despecho de la Casa de Austria; por esta conducta 
quedaron inhábiles e incapaces de gobernar a un pueblo libre, a quien 
entregaron como un rebaño de esclavos. „ 

Del 20 copiamos lo siguiente: "Nosotros, pues, a nombre y con la 
autoridad y voluntad que tenemos del virtuoso pueblo de Venezuela, 
declaramos solemnemente al mundo que sus Provincias Unidas son y 
deben ser, de hoy más, de hecho y de derecho, Estados libres, sobera- 
nos e independientes, y que están absueltos de toda sumisión y depen- 
dencia de la Corona de España, de los que se dicen o dijeren sus apo- 
derados o representantes; y que como tal Estado libre e independiente 
tiene un pleno poder para darse la forma de gobierno que sea conforme 
a la voluntad general de sus pueblos, declarar la guerra, hacer la paz, 
formar alianza, arreglar tratados de comercio, límites y navegación, y 
hacer ejecutar todos los demás actos que hacen y ejecutan las naciones 
libres e independientes. „ 

Adoptóse la bandera amarilla, azul y roja, la misma que había 
usado Miranda en la campaña de 1806. 

Redactado el proyecto de Constitución federal, semejante al Código 
político de los Estados Unidos, fué aprobado el 21 de diciembre de 1811. 

La alegría fué general. Como dice perfectamente distinguido escri- 
tor venezolano, tt La patria que tenemos, la independencia y libertad de 
que gozamos, se ha adquirido con el valor de los guerreros, con las de- 
liberaciones de los Congresos, con las decisiones de los tribunales y 
jueces, con las exhortaciones y ejemplos de los eclesiásticos, con los in- 
tereses de los propietarios, con los padecimientos de los viejos, mujeres, 
niños, etc., y últimamente con los trabajos y sacrificios comunes a to- 
dos los que han seguido tan noble y justa causa. „ (1). 

La declaración de independencia puso en cuidado a los realistas, 
quienes se dispusieron a combatir la revolución; pero sin jefes, sin ar- 
mas y sin plan. Del siguiente modo comenzó la contrarrevolución. Re- 
uniéronse el 11 de dicho mes de julio de 1811 en una pequeña llanura 

(1) Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados por José F. Blanco, tomo III, pág. 180, 
nota 






GOBIERNOS INDEPENDIENTES 205 



llamada el Teque, al Noroeste de la capital, caballeros en muías, arma- 
dos de trabucos y de sables, llevando por corazas hojas de lata y tre- 
molando una bandera en que estaban pintados la Virgen del Rosario y 
el rey Fernando VII. Enterado el gobierno de los proyectos de aque- 
llos necios realistas, envió a combatirles un piquete de soldados. Pre- 
sos sin hacer resistencia alguna, los más culpables fueron condenados 
a muerte por los tribunales y ejecutados en seguida. 

Más importancia tuvo una revolución que estalló en Valencia. Los 
agentes de Cortavarría lograron su objeto, pues casi todos los vecinos, 
llevando al cuello imágenes y escapularios, se prepararon al combate. 
Mandó el gobierno al general Toro, quien, si al comienzo de la guerra 
pudo desalojar a los realistas acampados en los cerritos de Manara, 
cerca de la Cabrera, luego fué rechazado hasta Maracay ; desde donde 
pidió refuerzos. Encomendóse entonces la dirección de la campaña a 
Miranda, quien hubo de preguntar lo siguiente: ¿Dónde se hallan esos 
ejércitos que debe mandar un teniente general? Con energía le contestó 
el poder ejecutivo, que cuando él había ofrecido sus servicios, no igno- 
raba los ejércitos de que podía disponer para salvar la patria; de modo 
que podía retirarse y otro se encargaría de mandar la expedición. Al 
fin aceptó con "ciertas condiciones, siendo una de ellas que Simón Bolí- 
var, coronel del batallón Aragua, no había de formar parte del ejército 
expedicionario, añadiendo — tales son sus palabras — "porque éste es un 
joven peligroso. „ 

El poder ejecutivo, no queriendo desagradar a Miranda, dio a Bolí- 
var una comisión ajena a sus aficiones belicosas, ordenando que el ba- 
tallón fuese mandado por el segundo jefe. Presentóse ante la autoridad 
suprema y dijo lo siguiente: "¿Qué dirán de mí viendo que mi batallón 
sale a campaña y que su jefe se queda con éste u otro pretexto? Dirán 
que soy un cobarde o un criminal. „ Propuso luego, que, o se revocase 
dicha orden, o fuera juzgado por un consejo de guerra. Acordóse lo 
primero y Bolívar peleó valerosamente, hasta que la plaza hubo de 
capitular, entrando en ella Miranda el 13 de julio. La generosidad que 
tuvo Miranda con los vencidos no fué correspondida, pues aprovechan- 
do el descuido de los vencedores, aquéllos se lanzaron con encono a la 
lucha. Continuó la guerra. Miranda atacó la ciudad con todas sus fuer- 
zas el 12 de agosto, y el 13 sus habitantes quedaron reducidos al re- 
cinto de la plaza mayor, dándose entonces a partido y entregándose 
3Ín condiciones. Tal vez arrepentido Miranda de su conducta pasada, 
dispuso que Bolívar marchase a llevar al poder ejecutivo el parte de 
la rendición de Valencia. Al amanecer del día 15 llegó Bolívar y en- 
tregó el citado parte. Por su bizarro comportamiento en el sitio y ren- 



206 HISTORIA DE AMÉRICA 

dición de Valencia, Bolívar, coronel de milicias, fué nombrado por el 
Congreso general constituyente; coronel efectivo del ejército. La cam- 
paña costó al gobierno más de 800 muertos y 1.500 heridos. 

Aunque con la sumisión de Valencia se creyó alejado por mucho 
tiempo el azote de la guerra, no cesaron las conspiraciones interiores. 
En el Archivo de Indias encontramos la siguiente noticia, de la cual 
nada dice el historiador Gil Fortoul, ni tampoco los escritores Baralt 
(Rafael María) y Díaz (Ramón). El 6 de septiembre de 1811, el gober- 
nador de Valencia notició al general Miranda haber estallado en el día 
anterior una conspiración que fué vencida, siendo reducidas a prisión 
más de 200 personas (1). 

Los realistas, dueños de la provincia de Coro y de Maracaibo, al 
Oeste de Caracas, y de Guayana al Oriente, comenzaron a hacer co- 
rrerías remontando el Orinoco y atacando indefensas poblaciones. Los 
soldados revolucionarios no podían resistir los frecuentes empujes de 
los españoles. Llegó a Coro procedente de Puerto Rico con tropas de 
refuerzo y con dinero el brigadier español D. Juan Manuel Cagigal. 
Entre los jefes que le acompañaban, se distinguía D. Domingo Monte- 
verde, capitán de fragata, hombre intrépido e imprudente. 

Antes de narrar la expedición de Monteverde, importa decir que 
designada Valencia por capital del Estado, el Congreso suspendió sus 
sesiones el 15 de febrero de 1812 para reunirse en aquella ciudad el 1.° 
de marzo. 

Monteverde, con una partida de 230 hombres, se dirigió a proteger 
cierta revolución que a favor de los españoles se tramaba en el pueblo 
de Siquisique. Ocupó Monteverde a Siquisique el 17 de marzo, y seis 
días después se hizo dueño de Carora, encontrando en la última pobla- 
ción poca resistencia y ninguna en la primera. Cuando la noticia de ta- 
les sucesos llegó a Caracas, se hallaba la citada población en estado 
tristísimo. Un hecho verdaderamente sensacional había llenado de luto 
a sus habitantes. El 26 de Marzo de 1812, día de Jueves Santo, espan- 
toso terremoto redujo a escombros gran parte de Caracas y otras po- 
blaciones, siendo de notar que también pereció una división de tropas 
patrióticas y se perdieron muchas armas y bastantes municiones. Como 
aquella inesperada catástrofe había ocurrido el Jueves Santo, y un año 
antes, también en Jueves Santo, se había instalado el primer gobierno 
nacional, y como las mencionadas desgracias habían caído muy parti- 
cularmente en los patriotas, el clerp explicó que Dios castigaba de 
aquel modo a los que habían desconocido la soberanía de España. Añá- 



(1) Estante 112, cajón 3, lepr. 6 (14). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 207 

dase a todo esto que en el mismo 26 de marzo los patriotas habían su- 
frido una derrota en las aguas del Orinoco. 

En estas circunstancias, viendo el generalísimo Miranda que sus sol- 
dados no querían pelear y que se pasaban al enemigo, propuso a Mon- 
teverde suspensión de hostilidades. Desde Valencia contestó el jefe es- 
pañol, ofreciendo conceder la capitulación, aunque sin perjuicio de que 
sus tropas continuasen aproximándose a Caracas. A todo accedió Mi- 
randa, quien mandó a Valencia dos comisionados para que arreglasen 
el convenio, que se firmó el 25 de julio de 1812. Miranda ofreció entre- 
gar a Monteverde todas las provincias de la confederación que todavía 
se hallaban sujetas al gobierno republicano, el armamento, pertrechos 
de guerra, etc., comprometiéndose el jefe español a respetar la liber- 
tad, seguridad y propiedad de las personas, cualesquiera que hubiesen 
sido sus opiniones o conducta durante la revolución. Cuando Monte- 
verde había conseguido tan señalados triunfos, pidióle cuenta de sus 
operaciones el Capitán general. Monteverde se negó a reconocer la au- 
toridad de Miyares en los países que acababa de conquistar; pero, sin 
embargo de su censurable conducta, el gobierno español le nombró Ca- 
pitán general de Venezuela, dándole también el honroso título de Pa- 
cificador. Algunos días antes de la caída de Valencia, perdió Bolívar la 
plaza de Puerto Cabello. El 30 de junio, el subteniente Francisco Fer- 
nández Vinoni, que era gobernador del castillo de Puerto Cabello por 
ausencia del coronel Ramón Aymerich, en unión de les prisioneros rea- 
listas que estaban en la fortaleza, enarboló la bandera española e hizo 
fuego sobre la plaza. Si Bolívar, comandante de Puerto Cabello, inten- 
tó resistir, al convencerse que no podía esperar auxilios de Miranda, 
quien a la sazón se hallaba preocupado con la mala situación de Valen- 
cia, no tuvo más remedio que retirarse (6 julio 1812). Así terminaba 
el parte que ocho días después dirigió Bolívar al general Miranda: "En 
cuanto a mí, yo he cumplido con mi deber; y aunque se ha perdido la 
plaza de Puerto Cabello, yo soy inculpable y he salvado mi honor; oja- 
lá no hubiera salvado mi vida y la hubiera dejado bajo de los escom- 
bros de una ciudad que debió ser el último asilo de la libertad y la glo- 
ria de Venezuela. „ 

Conviene no olvidar que algún tiempo después, el 9 de octubre, re- 
mitió Monteverde a España los ocho presos siguientes: canónigo doctor 
José Cortés Madariaga, Juan Pablo Ayala, Juan Germán Roscio y 
Juan Paz del Castillo (americanos); Francisco Isnardi, Manuel Ruiz, 
José Mires y Antonio Barona (españoles). Aguardábales el presidio de 
Ceuta, como también a otros americanos amigos de la independencia de 
su patria. Los mandaba Monteverde con la siguiente recomendación: 



208 HISTORIA DE AMÉRICA 

"Presento a V. M. esos ocho monstruos, origen y raíz primitiva de to- 
dos los males de América. Que se confundan delante del trono de Vues- 
tra Majestad y que reciban el castigo que merecen sus crímenes. „ 

Entre las voces elocuentes que se levantaron contra los revolucio- 
narios, se hallaba la del doctor Oropesa, el cual —con fecha 3 de di- 
ciembre de 1812 — escribió al Capitán general excitándole a castigar a 
los traidores que trataban de propagar las malignas simientes de igual- 
dad y libertad (1). 

¿Debió firmar Miranda la capitulación del 25 de julio? Entre los que 
opinan que el famoso revolucionario no tuvo otro remedio, figura en pri- 
mera línea el venerable José Félix Blanco, quien estampó con su pro- 
pia mano, en un papel oficial, las líneas siguientes: "Cuando consideró 
(Miranda), no poder superar al enemigo por la fuerza de las armas y de 
las circunstancias, para salvar las vidas de sus compañeros, hizo una 
capitulación honrosa, que al no haberse violado por el cruel Montever- 
de, habría sido conveniente y fructífera para el bien público „ (2). Tén- 
gase presente que el principal artículo de la capitulación fué que se res- 
petaría la vida y bienes de los vencidos, que a nadie se formaría pro- 
ceso por sus opiniones políticas anteriores a la capitulación, que no se 
persiguiría a nadie, y que habría un general olvido de todo lo pasado. 
Del citado Blanco son también las siguientes palabras: "A Miranda se 
le calumnió. Aunque errado en política, y medroso al frente de la si- 
tuación horrible que atravesaba Venezuela en 1812, nunca dejó de ser 
patriota muy honrado „ (3). 

"La Historia imparcial — escribe Ramón Azpurúa — no supeditada 
por las pasiones, ha registrado ya en sus páginas gloriosas esta verdad : 
No tiene mancha el nombre de Francisco Miranda (4). 

Antes de pasar adelante, daremos cuenta de una carta (escrita des- 
de Cádiz el 18 de diciembre de 1812) del secretario de la Regencia a 
D. Domingo Monteverde, Capitán general de Venezuela, anunciándole 
que había dado traslado a dicha regencia de la exposición hecha por el 
citado Monteverde en 26 de agosto del mismo año, para que se recom- 
pense a D. Manuel María de las Casas y a D. Miguel de la Peña, por 
haber hecho prisionero en la G-uaira (de cuyo gobierno se hallaba en- 
cargado el último) a Miranda, que pretendía fugarse con parte del Era- 
rio Nacional (5). 

(1) Archivo de Indias.— Audiencia de Caracas.— Legajo 2.° 

(2) Actas del Concejo Municipal de Caracas, celebrados en 24 de septiembre y 28 de octubre 
de 1849. 

(3) Documentos para la Historia de Bolívar, ordenados por José Félix Blanco, tomo IV, pági- 
na 58. 

(4) Ibidem, pág. 80. 

(5) Archivo de Indias.— Audiencia de Caracas, legajo 2.° 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 209 

El convenio de San Mateo fué censurado acremente por muchos, so- 
bre todo, por los militares, hallándose a la cabeza de ellos Bolívar. Se 
hizo público que Miranda se disponía a abandonar el pais, con cuyo ob- 
jeto había marchado a La Guaira, donde se embarcaría para Curaeao. 
Bolívar, decidido a impedir la salida, se presentó en La Guaira, logran- 
do que el comandante militar de la plaza le entregase el preso. Acerca 
de este asunto, el coronel Belford H. Wilson, edecán del Libertador 1 
escribió al general Daniel F. O'Leary, lo que sigue: "Conoce usted a 
fondo sus motivos (los de Bolívar), para arrestar al general Miranda. 
Hasta la última hora de su vida se gloriaba de aquel acto, que siempre 
aseguraba haber sido exclusivamente suyo, para castigar la perfidia y 
traición de Miranda, capitulando con una fuerza inferior, e intentando 
luego embarcarse, sabiendo que la capitulación no sería observada„ (1). 
Añade Wilson lo siguiente: "Cuando Bolívar se presentó a Montever- 
de, éste le dijo: "Usted ha hecho un gran servicio al Rey, arrestando a 
aquel traidor Miranda. „ Bolívar, exclamó: "¡Yo, señor! Y. E. quiere 
burlarse de mí; yo le arresté para castigar a un infame que hizo trai- 
ción a la patria.» Bolívar creía — tal vez equivocadamente — que la ca- 
pitulación de San Mateo, o del 25 de julio, era innecesaria, perjudicial 
y afrentosa. La historia no ha dicho todavía sobre el particular la úl- 
tima palabra. ¥ 

Entre los presos políticos de 181*2 figuraba el joven Tomás Monti- 
11a, después general de Colombia, quién dejó escrito en las paredes de 
La Guaira el siguiente soneto: 

Bóveda pestilente y pavorosa, 
mansión del crimen, de maldad morada, 
a sepulcro de vivos destinada, 
más que la tumba, fría y silenciosa: 

Como el averno, ardiente y calurosa, 
de insectos y reptiles habitada, 
por el temblor a ruina amenazada, 
y a imitación del caos, tenebrosa: 

Tu fuiste habitación del inocente 
al odio y al furor sacrificado, 
victima de venganza é injusticia; 

No guardaste al malvado y delincuente, 
sino, al que del contrato más sagrado 
fió sin temor, engaño ni malicia. 

Muy interesante es un documento, escrito en la prisión de Puerto 
Rico el 30 de junio de 1818 de puño y letra de Miranda, que se firma 
Ex-gen. mo de Venezuela. En él se quejaba de Monteverde que no cum- 

(1) La carta se halla escrita en Londres con fecha 4 de marzo de 1833. 

III 14 



210 HISTORIA DE AMÉRICA 

plía las capitulaciones de Caracas, pedía que se nombrasen jueces im- 
parciales para juzgarlo y que se observara y cumpliera la nueva Cons- 
titución española, ya promulgada y jurada en Venezuela (1). Hablaba 
de su prisión y de los actos inquisitoriales, contra cuyo tribunal se 
mostraba enemigo irreconciliable. No negaba haber sido el primero que 
promovió la sublevación de Venezuela (2). 

Algunos días después (20 enero I81i5) Monteverde dirigió una ex- 
posición al ministro de la Guerra y en ella explicaba el motivo de ha- 
ber violado las capitulaciones, añadiendo que no había fusilado a Mi- 
randa, porque carecía de fuerzas suficientes y tenía que seguir una po- 
tica de disimulo (3). 

A su vez, Miranda, desde las Bóvedas del Castillo de San Felipe 
en Puerto Cabello (8 marzo 1813) expuso a la Audiencia de Caracas 
cómo el general español hubo de violar el convenio y cita en su defen- 
sa las doctrinas de varios autores de Derecho internacional (G-rocio, 
Vatel, Wolffio y D. José O meda) (4). Para terminar la historia del 
revolucionario Miranda, recordaremos que tuvo el sentimiento de no 
ser conducido a España, con otros presos, el 8 de octubre de 18 1 2, per- 
maneciendo en los calabozos de Puerto Cabello desde la noche del 30 de 
julio. Pasados algunos meses fué trasladado al presidio de Puerto Rico, 
y .últimamente en el año I8l3 a Cádiz, falleciendo en un calabozo (14 
julio 1816). 

Es cierto que Miranda no tuvo suerte como militar: su conducta 
podrá calificarse de torpe, floja y aun perjudicial; pero fué hombre leal, 
caballeroso y digno. Sus mismos enemigos no pueden acusarle de nin- 
gún crimen, de ninguna traición. Resignado, se sometió valerosamente 
a su desgracia, sin exhalar una queja contra aquellos que le censuraban 
con acritud al verle caído. Pobre había ido a servir la revolución y pobre 
salía de ella. En el calabozo fué generoso, magnánimo y grande. Allí 
delató la violación del convenio por Monteverde; allí pidió no favor, 
sino justicia. Casi llegamos a creer que Bolívar no fué justo al juzgar 
a Miranda, (apéndice B.) 

Monteverde, a quien el gobierno español había dado el título de Pa- 
cificador, se mostró severo con los vencidos. Perseguía, encarcelaba y 
embargaba las propiedades de los rebeldes. En Aragua (16 marzo 1813) 
los jefes españoles Zuazola y Gómez fusilaron a los prisioneros y co- 
metieron toda clase de tiranías. 

Los patriotas, y entre ellos, muy especialmente D. Manuel Piar, 

(1) l'ubli< ó«e la Constituc ; ón el 21 de diciembre de 1811. 

(2) Archivo de Indias, Audiencia de Carteas, Leg.° 2.° 
(a) Ibidunt. 

(4) Ibidein. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 211 

\ 

hicieron frente a los realistas en las provincias orientales, propagándo- 
se después la insurrección a las occidentales. Conviene recordar que en 
Maturín, donde habían buscado abrigo y seguridad muchos patriotas, 
man I aban Piar y Azcue. 

Habiendo sido rechazado La Hoz, con pérdida de hombres y armas, 
Monteverde tomó en Caracas 260 veteranos, algunas tropas de Coro y 
varios soldados de marina. El 27 de abril de 1813 se embarcó en la 
Guaira, el 3 de mayo llegó a Barcelona y en seguida publicó pedante 
proclama en la que decía: "Con la misma facilidad con que se disipa el 
humo al impulso del viento, así desaparecerán los facciosos de Maturín 
por el valor y fortaleza de los soldados del Rey que tengo el honor de 
conducir á la victoria. „ Presentóse frente a Maturín el 25 de dicho mes, 
mandando a decir a los de la plaza "que si en el término de dos horas 
no se entregaban y reconocían a su legítimo soberano, serían abando- 
nados al furor irresistible de sus soldados. „ Piar y Azcue contestaron 
lo que sigue: tt Ha pasado el tiempo en que sus promesas podían enga- 
ñar a los americanos. Al presente los jefes, los soldados y el pueblo es- 
tán decididos a perecer defendiendo su libertad. „ Efectuóse un combate 
y del cual dio cuenta Monteverde en los siguientes términos: "Ataca- 
mos — dijo en su oficio al coronel Tizcar — con una intrepidez asombrosa 
y rechazamos su caballería por tres veces; pero, últimamente los ene- 
migos arrollaron la nuestra y el cuerpo de reserva, lo que causó disper- 
sión general. Yo escapé de milagro y he pasado trabajos como nadie 
podrá figurarse; pero, felizmente lo cuento. El punto de Maturín es de 
la mayor consideración y no lo que me habían dicho: su posición es muy 
diabólica. „ En el campo quedaron tendidos 479 hombres, entre los cua- 
les había 27 oficiales, y por despojos cinco cañones, muchos fusiles y 
pertrechos, seis mil pesos en plata, el equipaje de Monteverde y otras 
cosas de valor. 

Recordaremos antes de reseñar la guerra de Nueva Granada, que 
Bolívar, cuando los realistas se apoderaron de Caracas, se presentó a 
Monteverde y le pidió pasaporte para abandonar el país. Concedida la 
gracia, el futuro Libertador buscó asilo en la isla de Curacao, a la sa- 
zón en poder de los ingleses (10 agosto 1812). Desde allí, con otros 
compañeros, se trasladó a Cartagena, donde llegó a mediados de no- 
viembre de dicho año. Ofreció sus servicios a Nueva Granada, en gue- 
rra entonces con los realistas que ocupaban la provincia de Santa Mar- 
ta. El arribo de dichos oficiales se consideró en Cartagena como cosa 
providencial. El gobierno, con buen acuerdo, destinó a Bolívar y sus 
compañeros al ejército que, bajo el mando del francés Pedro Labatut, 
sostenía la guerra en el territorio bañado por el Magdalena. En tanto 



212 HISTORIA DE AMÉRICA 

que Labatut conquistaba la provincia y plaza de Santa Marta, Bolívar 
cruzaba el Magdalena, ocupaba la villa de Tenerife (23 diciembre 1812) 
y después la ciudad de Mompox. Aproximóse a las fronteras de su pa- 
tria (Venezuela) y en San José de Cúcuta derrotó a los realistas man- 
dados por D. Ramón Correa, comandante militar de Maracaibo (28 fe- 
brero 1813). En este combate, que duró cuatro horas, perdieron los es- 
pañoles muchos hombres. En seguida abrió la campaña al frente de 
unos mil hombres en las provincias más occidentales de Venezuela, y al 
mismo tiempo reanudó su correspondencia con todos los que podían ayu- 
darle en su empresa, pintando con los más vivos colores la tiránica con- 
ducta de los españoles en Venezuela, tiránica conducta que se llevaría 
a cabo en Nueva Granada, si la proyectada invasión llegaba a realizar- 
se. En un oficio que desde el cuartel de Cúcuta (4 marzo 1813) Bolívar 
dirigió al presidente del Poder ejecutivo de Nueva Granada, le decía 
entre otras cosas: "La suerte de la Nueva Granada está íntimamente 
ligada con la de Venezuela: si ésta continúa en cadenas, la primera las 
llevará también, porque la esclavitud es una gangrena que empieza 
por una parte, y si no se corta, se comunica al todo y perece el cuerpo 
entero. „ (1) Comienzan, pues, los grandes hechos de Simón Bolívar. 

En estos críticos momentos el inmortal revolucionario, en vez de 
cruzarse de brazos ante las viejas instituciones, en vez de bajar la ca- 
beza ante el gobierno de la metrópoli, recordó el nombre glorioso de- 
Washington y se lanzó a la revolución y a la guerra, revolución y gue- 
rra que se hallaba en el corazón de todos los hijos del país, pues todos- 
deseaban la independencia. Dividió su ejército en dos cuerpos: uno se- 
ría mandado por él y el otro por el coronel D. José Félix Ribas. Desde 
el cuartel general de Trujillo, al tener noticia de la conducta poca 
generosa de los españoles, publicó una proclama (15 junio 1813) decla- 
rando guerra sin cuartel al enemigo. Trasladaremos aquí el siguien- 
te párrafo: "Tocados de vuestros infortunios, no hemos podido ver con 
indiferencia las aflicciones que os hacen experimentar los bárbaros es- 
pañoles, que os h/in aniquilado con la rapiña y os han destruido con la 
muerte; que han violado los derechos sagrados de las gentes; que han 
infringido las capitulaciones y los tratados más solemnes; y, en fin, que 
han cometido todos los crímenes, reduciendo la república de Venezue- 
la a la más espantosa desolación. Así, pues, la justicia exige la vindicta 
y la necesidad nos obliga a tomarla. Que desaparezcan para siempre 
del suelo colombiano los monstruos que lo infestan y han cubierto de 
sangre; que su escarmiento sea igual a la enormidad de su perfidia, 
para lavar de este modo la mancha de nuestra ignominia, y mostrar ,á 

(1) Documentos parala Historia de Bolívar, ordenados, etc., tomo IV, pág. 54 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 213 

las naciones del universo, que no se ofende impunemente á los hijos de 
la América,, (1). 

En el parte que dio Bolívar al gobierno granadino (6 julio 1813) 
•desde su cuartel general de Barinas, dice que después de la derrota de 
los enemigos en Carache, en tanto que el coronel Ribas ocupaba posi- 
ciones ventajosas, él sorprendió el destacamento de Tizcar y el 1.° del 
corriente entró en la ciudad de Guanare, añadiendo que en el mismo día 
e\ citado coronel derrotó completamente a Martí en el páramo cerca 
del territorio de Niquitao. También hizo notar Bolívar que Tizcar no 
se atrevió a esperarle. "Nuestro ejército — decía — se ha aumentado 
prodigiosamente con la destrucción de el del enemigo, y por consiguien- 
te, nos hallamos en aptitud de volar a los campos de la provincia de 
Caracas y libertar la capital de la confederación de Venezuela,, (2). 

En la sabana de los Taguanes, no lejos de Valencia, sufrió Monte- 
verde (31 julio 1813), ya rehecho de su desgraciada campaña de Matu- 
rín, tremenda derrota por las fuerzas de Bolívar. Mientras Monteverde, 
«que estaba en Valencia, corría presuroso a refugiarse en Puerto Cabello, 
Bolívar ocupó aquella población (2 agosto), dirigiéndose en seguida a 
Caracas, donde entró triunfalmente el 7 de agosto de 1813. Desde Ca- 
racas, con fecha 8 del mismo mes, mandó una comunicación al Supremo 
Congreso de Nueva Granada, mostrándole su agradecimiento por la 
ayuda que le había prestado para salvar a Venezuela de la dominación 
•española. 

Al mismo tiempo Santiago Marino, que gozaba de gran influencia 
en la parte oriental de Venezuela, consiguió agrupar bajo sus bande- 
ras centenares de patriotas, y, al frente de ellos, desembarcó en la 
•costa de Güiria, obtuvo señalados triunfos sobre los españoles, a quie- 
nes arrebató las plazas de Cumaná (3 agosto 1813) y de Barcelona 
<(19 del mismo mes). En el corto espacio, pues, de seis meses ; quedó 
Venezuela libre, con excepción de las provincias de Guayana, Mara- 
■caibo y parte de Barinas. 

Todavía no se consideraba vencido el general Monteverde. A uno 
•de los oficios (al segundo) que le dirigieron los comisionados patriotas 
encargados de la ratificación de las capitulaciones, les contestó desde 
Puerto Cabello y con fecha 12 de agosto de la manera que sigue: "Ni 
el decoro, ni el honor, ni la justicia de la gran nación española, me 
permiten entrar en ninguna contestación, ni dar oídos a ninguna pro- 
posición que no sea dirigida a poner estas provincias de mi mando ; bajo 
la dominación en que deben legítimamente existir. En su consecuencia, 

(1) Documentos, etc., tom. IV, pág. 622. 
<2) Ibidem, pág. 670. 



214 HISTORIA DE AMÉRICA 

espero se abstendrán Vmds. en lo sucesivo de dirigirme misión alguna 
que no encamine a aquel objeto, seguros que no será atendida ni escu- 
chada. Y ratificando lo que expuse á Vmds. en mi oficio de 12 del co- 
rriente, excuso contestar los demás particulares a que se contrae el 
de Vmds. del día de ayer. Dios guarde a Vmds. muchos años„ (1). 

Señores D. Felipe Fermín Paul, Gerardo Patrullo, Francisco Gon- 
zález Linares, Salvador García Ortigosa, Nicolás Peña. 

Deseoso Bolívar de establecer la república de Venezuela sobre las 
bases de la libertad política y civil, de dar al gobierno fuerza necesa- 
ria para proseguir la guerra contra sus enemigos y de facilitar todos 
los recursos que en las críticas circunstancias podían sostener el Esta- 
do, consultó con el ciudadano Francisco Javier Uztáriz y otros hom- 
bres distinguidos, para que le ilustrasen acerca de la forma que con- 
venía dar a la Administración Suprema. Con fecha 18 de agosto de 181$ 
contestó Uztáriz lo que procedía en asunto de tanta importancia (2). 

La verdad es que el general Bolívar no descansaba un momento 
para dar impulso a la organización militar. Es de sentir que Marino,, 
más ambicioso que prudente, deseara ser reconocido jefe supremo del 
ejército y muchos del campo republicano, haciendo traición a su ban- 
dera, se pasaban a los realistas. Bolívar, con fecha 6 de septiembre 
de 1813, publicó un decreto, estableciendo la pena de muerte, no sólo 
contra los traidores a la patria, sino contra los perturbadores del or- 
den y tranquilidad pública (3). 

Intentóse por Bolívar canjear el feroz vizcaíno Antonio Zuazola, del 
ejército realista, por el coronel Diego Jalón, que se hallaba preso en 
Puerto Cabello desde hacía algún tiempo. Negóse a ello Monteverde y 
sacrificó a Jalón. En su virtud, Zuazola fué ejecutado y la Gaceta de 
Caracas, correspondiente al 9 de septiembre de dicho año, decía: tt Un 
grito de alegría ha resonado desde la desolada Aragua hasta los más 
remotos climas americanos al saber que ha terminado su odiosa exis- 
tencia, abominable monstruo» (4). 

Venezuela iba a premiar los servicios de Bolívar. Reunidos en Ca- 
racas el 14 de octubre de 1813 en cabildo extraordinario los más ilus- 
tres ciudadanos, aclamaron solemnemente al brigadier de la Unión y 
general en jefe de las armas libertadoras ciudadano Simón Bolívar, por 
Capitán general de los ejércitos de Venezuela, con todas las prerrogativas- 
y preeminencias correspondientes al citado grado militar. También le 
aclamó la Asamblea dándole el título de Libertador de Venezuela, "para 

(1) Documentos, etc., tomo IV, pág. 699. 

(2) Ibidem, págs. 689-695. 

(3) Ibidem, pags. 709-710. 

(4) Ibidem. p&g. 714. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 215 

que use de él como un don que consagra la patria agradecida a un hijo 
tan benemérito» (1). Bolívar, con fecha 18 de octubre de dicho ano, hubo 
de contestar a SS. de la ilustre municipalidad, entre otras cosas, lo si- 
guiente: "V. SS. me aclaman Capitán general de los ejércitos y Liber- 
tador de Venezuela, título más glorioso y satisfactorio para mí, que el 
cetro de todos los imperios de la tierra; pero V. SS. deben considerar 
que el Congreso de la Nueva Granada, el mariscal de campo J«>sé Fé- 
lix Ribas, el coronel Antonio Girardot, el brigadier Rafael Urdaneta, 
el comandante D'Eluyar, el comandante Elias, y los demás oficiales y 
y tropas son verdaderamente estos ilustres libertadores. Ellos, señores, 
no yo, merecen las recompensas con que a nombre de los pueblos quie- 
ren premiar V. SS. en mí servicios que estos han hecho. El honor que 
se me hace es tan superior a mi mérito, que no puedo contemplarle 
sin confusión „ (2). 

En el campo realista no existía la mayor armonía. Monteverde, 
poco querido de sus mismos compañeros de armas, fué depuesto del 
mando supremo el 28 de diciembre de 1813 (3). El, como otros caudi- 
llos realistas, contribuyó, por su conducta poco generosa, a la pérdida 
de Venezuela. Al mismo tiempo las Cortes españolas nombraron Capi- 
tán general al brigadier D. Juan Manuel de Cagigal, ya conocido ven- 
tajosamente entre los suyos (4). 

En aquellas críticas circunstancias manifestó Bolívar cualidades de 
excelente general. Iba a abrir nueva campaña contra enemigos pode- 
rosos, cuando se hallaba escaso de hombres y recursos, cuando las pro- 
vincias más fértiles y ricas se habían empobrecido y cuando muchos no 
reconocían su autoridad, importándoles poco el estado de la patria. 
"Pero- -según dicen Baralt (Rafael María) y Díaz (Ramón)— era hom- 
bre Bolívar hecho, como el fuego del cielo, para brillar en medio de las 
tempestades; cuanto más desgraciado, más grande» (5). Coronóse de 
laureles en la villa de Araure, situada en las llanuras que hay entre 
San Carlos y Guanare, donde a la cabeza de 3.000 hombres desbarató 
(7 diciembre 18l3) a los 3.500 que mandaba el brigadier D. José Ceba- 
llos. Dicen algunos cronistas que Araure fué para Bolívar lo que Ma- 
rengo para B >n aparte. 

Bolívar era no sólo valiente general, sino ilustre político, como de 
ello dio pruebas atrayéndose al general Marino, a quien escribió un ofi- 
cio curioso, en el cual pintó al vivo sus angustias y en el que le decía 

(1) Doc, etc., tomo IV, págs. 762-763. 

(2) Ibidem, pág. 763. 

(3) El 8 de euero de J814 se retiró a Curacao para no volver ya a Venezuela. 

(4) Decreto del tí de noviembre de 1818. Arch. de Indias. - Estante 130: caj . 6; legajo 7 (43). 

(5) Ob. cit., tomo I, pág. 177. 



216 HISTORIA DE AMÉRICA 

lo siguiente: "a nombre de la comprometida libertad y de la república 
le pido instantemente todos sus socorros para sostenerla,, (i). Bolívar 
y Marino abrieron la campaña de 1814. Comenzaremos registrando el 
siguiente hecho: el jefe realista Yáñez dividió en partes iguales una 
fuerza de 2.000 caballos de que podía disponer, confiando una a Puy y 
al teniente coronel venezolano Remigio Ramos, y la otra él mismo la 
dirigiría sobre el centro de las provincias de Occidente. Puy atacó el 4 
de enero la ciudad de Nutrias, defendida por el capitán Francisco Con- 
de. Dispuesto se hallaba Conde a no entregar la plaza, cuando recibió 
la orden de García de Sena para retirarse a Barinas, orden que obede- 
ció en la noche del mismo día 4 (2). El día 10 la sitió Puy con 1.000 
caballos; García de Sena, con las fuerzas que le había llevado Conde, 
podía contar con 400 caballos y 500 infantes. Floja fué la resistencia 
de García de Sena, más floja todavía cuando perdió la esperanza de 
ser socorrido por Urdaneta, y casi nula al pensar que Yáñez podía 
reunirse a sus tenientes, en cuyo caso la plaza no tenía más remedio 
que entregarse. García de Sena reunió el 15 una junta de oficiales y 
en ella dominaron los que querían la guerra a todo trance; pero el jefe 
era de diferente opinión, y el J8 salió como para enterarse de la si- 
tuación del enemigo, se encaminó hacia Quebradaseca y Barinitas y 
se metió en la serranía. En tanto que Puy penetraba en una población 
de 10.000 almas y la entregaba ai saqueo, García de Sena llegó el 24 
al pueblo de las Piedras, descansó tres días y el 30, desde La Puerta, 
despachó hacia Mérida dos compañías a cargo del capitán Conde, y él, 
dejando en Trujiilo el resto de su gente, tomó solo la vuelta de Valen- 
cia. Torpe y necio fué García de Sena en la plaza de Barinas; pero la 
mancha que arrojó sobre su historia militar la lavó después muriendo 
gloriosamente en el campo de batalla. 

Con la misma facilidad que Puy se había hecho dueño de Barinas» 
creyó Yáñez apoderarse de Ospino, sobre cuya ciudad estaba en los 
primeros días de febrero de 1814. La resistencia no pudo ser mayor. 
Allí, peleando como un héroe, cayó Yáñez muerto de un balazo. Al re- 
ferir los historiadores Baralt y Díaz que los vecinos de Ospino reco- 
gieron el cadáver y dividieron sus miembros, fijándolos con escarpias 
en lugares públicos, después de censurar semejantes crueldades, aña- 
den las siguientes palabras: "verdad es que el tiempo era crudo y muy 
malo aquel hombre» (3). A Yáñez sucedió el teniente coronel D. Sebas- 
tián de la Calzada. 

(1) Ob. cit., pág. 179. 

(2) Urdaneta confirió el mando de la provincia de Barinas al teniente coronel Ramón García 
de Sena. 

(3) Ob. cit., tomo I, pág. 184. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 217 

Rudo golpe recibió la causa patriótica el 3 de febrero. Boves en La 
Puerta triunfó completamente de Campo Elias, jefe de un ejército de 
3.000 hombres; pero en la acción de la Victoria el general realista fué 
vencido por Ribas (12 de febrero). Dos días después de la acción de la 
Victoria, el 14 de febrero de 1814, el coronel D. Juan Bautista Ariz- 
mendi, gobernador interino de Caracas por ausencia del general Ribas, 
comenzó, de orden de Bolívar, a llevar a cabo tremenda ejecución. Cien- 
tos y cientos de realistas pagaron con la vida su amor a la metrópoli. 
La historia, a fuer de imparcial, tiene que condenar aquellos terri- 
bles crímenes. Aunque el Libertador intentó defenderse de las censuras 
de que fué objeto, el cronista se ve obligado a condenarle en nombre 
de la justicia y de la moral. 

Ribas, en tanto que Bolívar se dirigía hacia los valles de Aragua 
con las tropas reunidas en Valencia, tomó el camino de los valles del 
Tuy para oponerse a los progresos de Rósete. Encontróle (20 de fe- 
brero) en Charallave, y allí le derrotó, pasando a Ocumare, donde Ró- 
sete había puesto pequeña guarnición, la cual huyó, dejando no pocos 
cadáveres de patriotas en el pueblo y sus inmediaciones. Ribas escri- 
bió entonces las siguientes palabras: "Los horrores que he presenciado 
en este pueblo me hacen a un tiempo extremecer y jurar un odio im- 
placable a los españoles... Ofrezco no perdonar medio alguno de ex- 
terminarlos. „ Todos eran iguales, decimos nosotros. El mismo espíritu 
de venganza y de crueldad animaba a unos y a otros. 

Ribas, habiendo dejado pequeña guarnición en Ocumare, mandó el 
•resto de sus tropas a San Mateo, donde desde el 20 tenía Bolívar su 
■cuartel general. El coronel Juan Escalona estaba en Valencia, D'Elu- 
yar dirigía el sitio «de Puerto Cabello y en las cercanías de la Laguna 
guerrillas realistas interrumpían el tránsito por los caminos y mante- 
nían a los pueblos en continuos sobresaltos. Boves deseaba medir sus 
armas por primera vez con Bolívar. Al lado del Libertador se hallaban 
Lino Clemente, Campo Elias, Villapol, Ricaustey otros. Componíase el 
ejército de 1.200 infantes y 600 jinetes. San Mateo estaba situado en- 
tre la Victoria y la ribera del lago de Valencia, teniendo al poniente el 
pueblo de Turmero y al Sudoeste el de Cagua, edificado en la orilla iz- 
quierda del Aragua. Cerca de San Mateo corren dos filas de montes 
que lo dominan en varias direcciones, y en uno de ellos había dos pe- 
queñas alturas, la llamada del Calvario y otra donde se levantaba una 
casa. Era la casa de una hacienda que se denominaba el Ingenio, pro- 
piedad del jefe republicano. Frente de las alturas nombradas estaban 
otras dos conocidas con el nombre de Cerros de la Punta del Monte. 

Boves ocupó a Cagua el 25 de febrero con un ejército de 7.000 hom- 



218 HISTORIA DE AMÉRICA 

bres, en su mayor parte caballería; el 26 lo dedicó al descanso y el 27 
intentó en vano desalojar las avanzadas col» cadas en el río, retirán- 
dose, ya entrada la noche, a las alturas de la Punta del Monte. El 28, 
al rayar el alba, Boves bajó de las alturas y atacó fieramente al ene- 
migo, el cual estaba dirigido por Bolívar y Lino Clemente. Al medio- 
día dispuso el Libertador que Villapol llamase la atención de los rea- 
listas por el Calvario. La disposición surtió su efecto, porque Boves, 
cansado de luchar inútilmente por el centro, marchó contra Villapol,. 
no sin apoderarse primero de unas casas a cuyo abrigo podía pelear sin 
temor alguno. En efecto, allí fué herido mortalmente Campo Elias y 
allí murió Villapol. Un hijo de Villapol, que herido se había separado 
del campo, al saber la muerte de su padre, voló a la pelea y luchó bra- 
vamente. Después de diez horas de combate los dos ejércitos se halla- 
ban rendidos; ninguno victorioso. La pérdida de los republicanos en el 
día 28 no bajó de 200 hombres entre muertos y heridos; la de los rea- 
listas tai vez fuera mayor. 

El l.o de marzo extendió Bolívar la línea de defensa hasta su ha- 
cienda, situando el parque en la casa del Ingenio bajo la guarda del 
capitán neo-granadino Ricaurte. Curado Boves de una herida que reci- 
biera el 28 de febrero, y noticioso de que el Libertador había mandado 
500 hombres bajo las órdenes de Mariano Montilla a defender a Cara- 
cas, resolvió continuar la lucha el día 11 de marzo. Desde el 11 hasta 
el 25 se peleó constantemente y con varia fortuna. Boves y Bolívar, 
realistas y republicanos, dieron pruebas de constancia y de valor. "Bo- 
ves en persona — escriben Baral y Díaz — discurriendo a caballo por lo» 
puntos de mayor peligro, animaba a los suyos, los llevaba hasta el pie 
de los formidables parapetos y allí les ayudaba a -escalarlos, o dirigía 
su puntería, o les indicaba el modo de utilizarse del terreno. Jamás se 
le había visto tan diestro, tan valeroso, tan activo... „ (l). A su vez 
nosotros diremos que nunca estuvo más sereno, más acertado y más 
dueño de sí mismo el Libertador. En aquella jornada ganó gloria inmor- 
tal. Ocurrió a Ja sazón un hecho digno de grabarse en mármoles y bron- 
ces. Ya se dijo que las municiones del ejército de Bolívar estaban en 
el ingenio. Destacó Boves gruesa columna contra dicho edificio con el 
objeto de apoderarse del parque. Convencido Ricaurte que no podía 
resistir á los enemigos, ordenó la retirada de su gente para tomar una 
determinación extrema. Cuando los realistas penetraron en la casa, 
Ricaurte puso fuego a los depósitos de pólvora, muriendo todos los que 
ocupaban el edificio en medio de terrible estruendo. "¿Qué hay en la 
historia que tenga semejanza con la muerte de Ricaurte? „ — exclamó 

(1) Ob. cit., págs. 197 y 198. 



QOBIERNOS INDEPENDIENTES 219 

Bolívar. «Este suicidio — añadió — para salvar la patria, es dip.no de 
cantarse por un gran poeta.» 

Poco antes había tenido lugar en los valles de Ocumare feliz suce- 
so. Salió de Caracas al frente de unos 800 hombres, en su mayor parte 
estudiantes y jóvenes imberbes, el jefe Arizmendi. Llegó a las puertas 
de Ocumare, saliendo la guarnición y desbaratando a los imprudentes 
patriotas. Cuando Arizmendi llegó con algunos restos a Caracas, le- 
vantóse angustioso clamoreo entre sus habitantes. Aunque Ribas se 
encontraba enfermo a la sazón, a la cabeza de 900 hombres salió el 17, 
se presentó a la vista de Ocumare el 20 y cargó sobre los realistas, que 
huyeron a la desbandada en todas direcciones. 

Daremos fin a este capítulo recordando que Marino consiguió ven- 
cer a Boves en Bocachica el 31 de marzo de 1814, perdiendo el primero 
unos 200 soldados y el segundo más de 700. 



CAPITULO XI 



Independencia de Venezuela (Continuación).— Bolívar y CA- 
GIGAL EN CARABOBO.— BOVES Y BOLÍVAR EN LA PUERTA.— MO- 
RALES TRIUNFA DE BOLÍVAR EN ARAGUA. — OTROS HECHOS DE 
ARMAS. — BOVES EN ÜRICA: SU MUERTE.— MORALES EN MATURÍN: 

su victoria.— Muerte de Ribas. — Bolívar en Bogotá.— Bo- 
lívar en Venezuela.— Enemiga entre Cagigal y Morales.— 
El general Morillo en la costa de Cümaná y en Caracas. 
Política de Morillo.— Ceballos gobernador de Venezuela. 
Morillo en Santa Marta: se apodera dé Cartagena.— Con- 
ducta de Morales y de Morillo.— Estado del país.— Bolí- 
var en Jamaica: su peregrinación.— Fusilamiento de Piar. 
Bolívar enfrente de Morillo.— Combate en el Hato de la 
Hogaza. -Calabozo, Sombrero y Semen.— Rincón de los To- 
ros.— Laguna de los Patos. — Guayabal.— Auxiliares ingle- 
ses.— Proclama de Bolívar.— Junta Nacional. —Congreso 
Nacional. — Bolívar presidente de la República.— Carta de 
O'Connell.— Bolívar en lucha con Sámano, virrey de Nue- 
va Granada.— Bolívar en Venezuela.— República de Co- 
lombia. 



Logró Bolívar señalada victoria sobre Cagigal en las llanuras de 
Carabobo. El primero encontró al segundo en la mañana del 28 de ma- 
yo de 1814. Bolívar contaba con más de 5.000 hombres y la fuerza de 
Cagigal se aproximaba a 6.000. Grande fué el triunfo de los patriotas. 
Los realistas perdieron muchos hombres, banderas, cañones, fusiles y 
gran número de municiones de guerra. No es de extrañar que el gene- 
ral patriota Marino se atreviese a decir desde su cuartel general de la 
villa del Cura (6 junio 1814) en una proclama a su ejército lo que si- 
gue: "Compatriotas: escuchad siquiera una vez á vuestros hermanos. 
Ellos acaban de destruir para siempre las esperanzas de los tiranos en 
los campos de Carabobo. Allí ha desaparecido como el humo, en menos 
de media hora, el gran ejército con que Cagigal y Ceballos pensaron 
vencernos. El Dios de las batallas, que no protege sino las causas jus- 
tas, se decidió por la de la libertad, e inspiró a nuestros soldados un 
valor y un brío sin ejemplo. Ellos han destruido en un momento la le- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 221 

gión en que los españoles cifraban sus esperanzas... „ El Libertador, 
al frente de un ejército compuesto de unos 6.000 hombres y dividi- 
do en tres divisiones mandadas, la primera por Páez, la segunda por 
Cedeño y la tercera por Plaza, estuvo acertadísimo. Perdieron los pa- 
triotas unos 200 entre muertos y heridos, encontrándose entre los 
primeros el general Cedeño, al intentar. romper la columna española 
llamada de Valencey. "Murió — escribe Bolívar — en medio de ella de 
un modo heroico, como merecía terminar su noble carrera el bravo 
de los bravos de Colombia. La república — añadía — ha perdido en el 
general Cedeño un grande apoyo en paz o en guerra: ninguno más 
valiente que él, ninguno más obediente al gobierno. „ Páez, Plaza, la 
columna británica estuvieron admirables. El Congreso, reunido en 
el Rosario de Cúcuta, decretó a Bolívar y al ejército los honores del 
triunfo y ordenó que el retrato del héroe se colocase en los salones de 
las Cámaras legislativas con la siguiente inscripción: Simón Bolívar, 
Libertador de Colombia. A Páez se le concedió el empleo de general en 
jefe. Se dispuso también que se levantara una columna en la llanura 
de Carabobo, que recordara a la posteridad aquel glorioso día. No es- 
tará por demás el consignar que, pasados los primeros momentos de 
entusiasmo, se olvidaron los monumentos y los héroes, contribuyendo 
a ello las guerras civiles posteriores, la indolencia del carácter na- 
cional y más que todo la ingratitud cuando no la envidia de aquella 
generación. 

Poco después la fortuna iba a mostrarse esquiva con el Libertador 
y los patriotas, concediendo en cambio sus favores a los realistas man- 
dados por Boves, Francisco Tomás Morales y otros jefes. Boves y Mo- 
rales habían servido en las filas revolucionarias, las cuales abandonaron 
para declararse fervientes realistas. Tenía el primero cualidades de ex- 
celente militar, así que no es extraño que se agrupasen bajo sus órde- 
nes los pobladores de los llanos, hombres ágiles, vigorosos y sufridos, 
ávidos de pillaje y acostumbrados a mirar en poco los mayores peligros. 
Los dos oficios que vamos a copiar revelaban el carácter del general Bo- 
ves. Ambos estaban dirigidos al Teniente Justicia Mayor de Camatagua, 
el primero con fecha 15 de mayo de 18l4, y el segundo el 23 del mismo 
mes y año. Decía el primero: "Recibí los hombres, y espero de su efica- 
cia no deje un solo hombre útil para concluir con esos picaros, y luego 
descansar en el seno de sus familias. „ P. D. "Se fueron desertados la 
mitad de los que usted mandó: es una picardía; los pasará por las ar- 
mas, y si no parecen, me mandará presas sus familias para hacer un 
ejemplar: no ande usted flojo con estos infames. „ Tales son las palabras 
del segundo oficio: "Trate usted de reunir toda la gente útil que se halle 



222 HISTORIA DE AMÉRICA 

por los campos, y el que no comparezca a la voz del Rey, se tendrá por 
traidor y se le pasará por las armas w (1). 

La situación de la joven república llegó a ser sumamente crítica. 
Téngase en cuenta, además, que Fernando VII volvió a ocupar el tro- 
no, y esto animó lo mismo a los realistas españoles que a no pocos ame- 
ricanos. Del mismo modo conviene no olvidar que los venezolanos se ha- 
llaban cansados de guerra tan larga, manifestándose así por el número 
considerable de desertores patriotas. Cuando Marino tuvo noticia que 
el general Boves se aproximaba a la villa del Cura, con un ejército de 
2.000 infantes y 3.000 carabineros y lanceros, hizo marchar inmedia- 
tamente de la misma villa al ejército republicano, en número de 2.500 
soldados entre infantería, caballería y artillería, avistándose las dos 
fuerzas en el sitio denominado La Puerta, cerca de Caracas (15 junio 
1814) (2). Llegó en aquel momento Bolívar y, como era natural, tomó 
el mando. Hubiera deseado variar el teatro del combate, mas ya no era 
tiempo, comenzando la batalla Boves al frente de los realistas, y Bolí- 
var y Marino a la cabeza de los independientes. Aunque se batieron 
con tanto denuedo como singular bravura, los voluntarios republicanos 
no pudieron resistir las fuerzas mucho mayores de sus enemigos. Gran- 
de fué la derrota, y por fortuna Bolívar y Marino lograron retirarse 
hacia Caracas. 

Boves marchó inmediatamente sobre Valencia, y la sitió con podero- 
sas fuerzas, las cuales aumentaron, pues acudieron Cajigal, Ceballos y 
otros jefes. Duró el sitio desde el 19 de junio hasta el 10 de julio. Los 
sitiados rechazaron vigorosamente a los enemigos; pero comprendieron 
que la resistencia era imposible, puesto que la plaza no podía esperar 
el menor auxilio. Prometieron los españoles, en tanto que se celebraba 
una misa delante de los dos ejércitos enemigos (10 julio 1814), respetar 
las vidas y las propiedades de los patriotas. Entonces depusieron las 
armas. Cuatro días antes (6 de Julio) dispuso Bolívar la retirada del 
ejército que guarnecía a Caracas. Inmediatamente comenzaron a entrar 
los realistas (8 de julio). Sentirnos tener que confesar que Boves, á pe- 
sar de haber ofrecido indulto a los republicanos, condenó a muchos al 
último suplicio. Cagigal, más humano que sus subalternos, se había re- 
tirado hacía algunos días a Puerto Cabello. También el general pati io- 
ta Urdaneta no tuvo más remedio que penetrar en Nueva Granada. Por 
último, Bolívar, perseguido por Morales, sufrió tremenda derrota en la 
ciudad de Aragua, provincia de Barcelona (18 agosto 1814). Morales 



(1) Documentos para la Historia del Libertador, ordenados por D. José Félix Blanco, tomo V, 
página 92. 

(2) También se dio a esta batalla el nombre de Calabozo. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 223 

hizo condenar a muerte, no solamente los prisioneros, sino a muchos 
vecinos, sin respetar edad ni sexo. Convencido Bolívar de que no podía 
conservar la citada región, la abandonó, dirigiéndose a Cumaná. Allí, 
reunido a Marino y a otros jefes, intentó defender la ciudad; la mayoría 
de los jefes, en junta de guerra, opinaron lo contrario, teniendo entonces 
que evacuar a Cumaná en compañía de Marino (25 de agosto), embar- 
cándose con dirección a Margarita en la escuadrilla que mandaba Bian- 
chi, especie de filibustero italiano que se había puesto al servicio de Ve- 
nezuela para tener en sus puertos un asilo y en sus p^zas un mercado 
para vender las presas. Viendo Bianchi las riquezas que llevaba Bolí- 
var — riquezas procedentes de las iglesias de Caracas, y que desti- 
naba el Libertador para la organización de su ejército — decidióse a 
apoderarse de ellas, y así lo declaró, con una desvergüenza como no 
hay ejemplo. Cediendo Bianchi a las reclamaciones de Bolívar y Mari- 
ño. a vista de las costas de Margarita, les dio parte de las mencionadas 
riquezas y las goletas Arrogante y Culebra para que continuasen su ca- 
mino. Intentó desembarcaren Campano (4 de septiembre), donde to- 
davía mandaba el general patriota Ribas, el cual mostró cierta ingra- 
titud y aun enemiga a Bolívar, y muy especialmente a Marino. Ente- 
rado Bianchi del caso, se presentó en actitud amenazadora, reclamando 
a los mismos que antes había robado. El 8 de septiembre salieron de 
Carúpano para Cartagena. Aunque la causa de los patriotas estaba en 
completa decadencia, sin embargo lucharon con brío hasta en sus últimos 
momentos. Es de observar que los españoles, ante la resistencia heroi- 
ca de los republicanos, realizaron actos censurables; pero que lleva con- 
sigo la guerra. El 20 de septiembre, desde el Cuartel general de San 
Mateo, escribió una carta Boves al Teniente Justicia Mayor de Mara- 
caibo (Venezuela), mandándole que pasase por las armas a los republi- 
canos (1). Poco después, aunque Boves logró dispersar a sus enemigos 
en Úrica (5 diciembre) él murió en el combate de un lanzazo. 

Reconocido Morales como sucesor de Boves, intentó en la noche del 
10 de diciembre tomar por asalto a Maturín. Rechazados los realistas, 
ordenó Morales a las siete de la mañana del siguiente día ataque gene- 
ral. Defendiéronse brillantemente Ribas y Bermúdez; sin embargo, 
nada padier >n hacer contra las fuerzas de Morales, las cuales ocuparon 
a sangre y fuego la ciudad (11 diciembre). La pequeña fuerza republi- 
cana se dispersó completamente. Ribas tomó el camino de los llanos de 
Cira 'as; Bermúdez, al frente de 2l)0 hombres, penetró en la montaña 
d^l Ti^re; otros se guarecieron en los bosques del Buen Pastor y algu- 
nos en los pueblos de la costa. Ribas llegó a los montes de Tamanaco, 

(1) Arch. de Indias.- Audiencia de Caracas.— Legajo 2.° 



224 HISTORIA DE AMÉRICA 

cercanos al valle de la Pascua, donde fatigado y enfermo, quiso descan- 
sar algunas horas y adquirir mantenimientos en próximos poblados. 
Opusiéronse a ello sus compañeros; tenaz Ribas, mandó a un negro, es- 
clavo suyo, que se dirigiese al citado poblado. En tanto que los compa- 
ñeros del bravo e imprudente jefe le abandonaban, el esclavo negro 
hubo de inspirar sospechas a los aldeanos, quienes le obligaron a confe- 
sar la verdad. Aquellos miserables maniataron a Ribas, le llevaron al 
pueblo y le mataron en seguida. 

Grande fué el botín recogido por Morales: muchas alhajas de oro y 
plata, muchas armas y municiones. Veamos lo que el brigadier D. Ma- 
nuel del Fierro escribe a un compatriota suyo (29 diciembre 1814):- 
tt En las últimas acciones habrán perecido de una y otra parte más de 
12.000 hombres. Afortunadamente los más son criollos, y muy raro es- 
pañol. Si fuera posible arrasar con todo americano, sería lo mejor. Si 
en las demás partes de la América se encontraran muchos Boves, yo le 
aseguro a usted que se lograrían nuestros deseos; pues lo que en Ve- 
nezuela poco ha faltado para verlos realizados, pues hemos concluido 
con cuantos se nos han presentado. „ 

Debemos recordar que los ejércitos que pelearon en el campo rea- 
lista no se compusieron solamente de españoles, ni los que combatieron 
en el campo patriota sólo de americanos. La mayor parte de los solda- 
dos de Monteverde, Cagigal, Boves y Morales eran tan venezolanos 
como los de Bolívar, Marino, Ribas y Urdaneta. 

Logró Urdaneta salvar sus tropas del naufragio de Venezuela y 
con ellas llegó a Nueva Granada. Se puso Bolívar al frente de dichas 
tropas y llegó el 8 de diciembre delante de Bogotá, cuya ciudad hubo 
de capitular (12 diciembre 1814). El 24 de enero de 1815 Bolívar salió 
de Bogotá decidido a libertar a su patria de la dominación española- 
Dejaba establecida la independencia de Nueva Granada y se disponía a 
luchar con los realistas de Venezuela. Llegó a Mompox, libertando de 
paso a Ocaña; pero la enemiga del brigadier Manuel Castillo, coman- 
dante general de aquella plaza, vino a echar por tierra los proyectos 
de El Libertador. Deseoso Bolívar de hacer las paces con Castillo, pasó 
a Uarranca, luego a Turbaco y en seguida a Cartagena. 

En el campo realista no reinaba la paz entre el Capitán general Ca- 
gigal, hombre prudente y humanitario, y el general Morales, más se- 
vero que bondadoso y justo. Para acabar de una vez con aquellas ren- 
cillas de los dos jefes realistas y también con el movimiento revolucio- 
nario que todavía existía en algunos puntos, Fernando VII reunió en Cá- 
diz un ejército de más de 10.000 soldados a cuyo frente puso al teniente 
general D. Pablo Morillo, ya conocido por su inteligencia y valor duran- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 225 

te la guerra de la independencia española (1). Morillo arribó a la costa 
de Cumaná el 3 de abril de 1815 y entró en Caracas el 11 de mayo del ci- 
tado año. Se puso al lado de Morales y apenas quiso oir a Cagigal (2). 
Dura y pesada fué la dominación del general Morillo: estableció onero- 
sos impuestos; ofendió a los soldados criollos, quienes, después de todo, 
habían reconquistado el país; organizó los tribunales a su capricho y 
confió el gobierno de Venezuela al brigadier D. José Ceballos, embar- 
cándose él (12 de julio) para Santa Marta, con la idea de pacificar todo 
el virreinato de Nueva Gratada. 

Ceballos impuso la ley del sable a los venezolanos, quienes organi- 
zaron guerrillas para tener en jaque a los españoles. Los nombres de 
los guerrilleros Saraza, Cedeño, Monagas y Barreto adquirieron justa 
celebridad y foma. 

Morillo llegó a Santa Marta (Nueva Granada) el 23 de julio de 1815 
y se dirigió a poner sitio a Cartagena, cuya ciudad fué bloqueada por 
tierra y por mar. Cuando el hambre y la peste diezmaba a los habitan- 
tes de la ciudad, comenzó el bombardeo (25 de octubre). Todavía se re- 
sistió la plaza; pero, en la noche del 5 de diciembre del citado año, se 
embarcaron en trece buques unas 2.000 personas y, aunque con gran 
peligro, pudieron ponerse en salvo. Morillo recibió como premio de su 
valor el título de conde de Cartagena. Cayó la ciudad en poder de los 
españoles, y el general Morales, que mandaba la vanguardia del ejér- 
cito victorioso, se distinguió por su severidad y tiranía. No le fué en 
zaga Morillo, quien en Bogotá castigó con mano de hierro a sus enemi- 
gos. Bogotá y las provincias recordarán la dura y enérgica política del 
conde de Cartagena. En un oficio de Morillo al ministro de la Guerra, 
dado en el cuartel general de Mompox el 7 de marzo de 1816, decía una 
cosa que no d*ja de llamar la atención y era: tt Los curas están par- 
ticularmente desafectos; ni uno parece adicto a la causa del Rey.„ Aña- 
día después: u Si el Rey quiere subyugar estas provincias, las misma» 
medidas se deben tomar que al principio de la conquista. „ Más adelan- 
te, nos encontramos con el párrafo siguiente: tt En Margarita, los re- 
beldes son bien mandados, esián bien provistos de todo y se baten des^ 
esperadamente. Las tropas del Rey han sido obligadas a obrar a la 
defensiva; y si Bolívar llega con su expedición armada en los Cayos, 
no sé cuál será la suerte de Margarita ni la de Cumaná. „ No carece 
de importancia la afirmación que sigue: "Se piensa en España que el 
espíritu de revolución en este país está confinado a pocos individuos. 



(1) Rali* de Cádiz el 18 de febr» ro de 1S15. 

(2) Marcho Cagigal a España ya presintiendo la pérdida de la colonia. 

III 15- 



226 HISTORIA DE AMÉRICA 

pero, es menester desengañar a V. E. En Venezuela especialmente ese 
espíritu es general. „ (1). 

Mientras el brigadier Sámano, nombrado poco después por Fernan- 
do VII virrey de Nueva Granada, gobernaba el país, el general Mori- 
llo salía de su cuartel de Santa Fe de Bogotá (20 de noviembre) y se 
dirigía a Venezuela, donde Bolívar estaba preparando brillante cam- 
paña. 

Cuando Bolívar creyó que su persona inspiraba celos a algunos 
jefes militares patriotas, se dirigió a Jamaica. Allí le impresionaron 
profundamente las noticias de las ventajas obtenidas por Morillo en 
Venezuela. Allí, después de remediar las necesidades y apuros de mu- 
chos compañeros de armas que, como él, habían buscado asilo en Ja- 
maica, se vio reducido a solicitar auxilios de su amigo Mr. Hyslop, y 
allí, por una rara casualidad, pudo escapar del puñal asesino de un jo- 
ven negro, de nombre Pió. De Jamaica salió para Haití, en cuya isla, 
tanto él como otros compatriotas fueron tratados generosamente lo mis- 
mo por los habitantes que p )r las autoridades de Puerto Príncipe. A 
principios de febrero de 1816 Bolívar se trasladó de Puerto Príncipe 
a los Cayos, y el 31 de marzo se dio a la vela en una escuadrilla que él 
había formado compuesta de un bergantín y seis goletas, llevando a bor- 
do unos 250 hombres y cantidad considerable de armas y municiones. 
El 3 de mayo desembarcó en la isla de Margarita y volvió a embar- 
carse el 25 de miyo, ancland > seis días después frente a la batería de 
Santa Rosa en Carúpano. Comprendiendo que en Carúpano no podía 
sostenerse, se reembarcó y llegó a Ocumare en los primeros días de ju- 
lio de 1816. Volvió a embarcarse, tal vez con más precipitación que de- 
biera, llegando a Gü iria el 16 de agosto, donde se encontraban los ge- 
nerales Marino y Bermúdez, poco afectos a su persona. Viéndose des- 
obedecido por ellos, volvió a embarcarse y se encaminó a Puerto Prín- 
cipe. El ultraje hecho a Bolívar por los generales Marino y Bermúdez 
causó penosa impresión entre los patriotas. Todos se aprestaron a ayu- 
dar al héroe, quien hubo de embarcarse en Jacmel con dirección a Mar- 
garita, donde arribó el 28 de diciembre. El 31 entró en Barcelona y se 
de licó con toda su alma a organizar el gobierno y el ejército. Desde su 
cuartel de Barcelona, dirigió (9 enero 1817) una procama a los cara- 
queños, dándoles cuenta del estacó de las armas republicanas y consig- 
nando que los soldados patriotas eran invencibles (2). El día 10 mandó 
un oficio á Piar y otro a Cedeño, el 13 del mismo mes a Monagas, y de 
este modo a todos los generales que estaban bajo sus órdenes, disgus- 

(1) Documentos para la Historia de Bolívar, etc., tomo V, pá?s. 387-389. 

(2) Arch. de Indias.— Papeles de Estado-Caracas.— heg.° 12 (20). 



QOB1ERNOS INDEPENDIENTES 227 

tándole mucho que, allá por el mes de julio, se negase Piar a reconocer 
•su autoridad. 

Desde que Piar logró brillante triunfo del general realista La Torre 
-(11 abril 1817) entre los pueblos de San Miguel y de San Félix, su or- 
gullo no reconocía límites. El número de realistas muertos — según los 
vencedores — excedió de 500, el de los heridos de 200; y entre los pri- 
sioneros se contaban 75 jefes y oficiales. Tan grande fué la soberbia de 
Piar y tantos fueron los motivos de queja del Libertador, que éste, 
desde su cuartel general de Casacoyma y con fecha 23 de julio deL 
año 1817, dirigió a Soublette, general de brigada y subjefe de Estado 
Mayor, un oficio que a la. letra decía así: "Señor general: Están en mi 
poder los dos oficios de V. S. fechas de hoy. La respuesta dada por V. S. 
«I comisionado general con respecto al aspirante Logroño es de mi 
aprobación. Con esta fecha libro orden al señor general Bermúdez, 
para que intime al general Piar que se presente en este cuartel general, 
•o lo remita preso con seguridad, si no obedeciere a aquella intimación. 
V. S. prevendrá a los comandantes del tránsito de Carnache hasta esa 
línea que velen sobre su conducta, e impidan el que tome otra direc- 
ción que no sea ésta„ (1). Dos meses después, esto es, el 22 de sep- 
tiembre, desde Angostura ordenó Bolívar al general Cedeño que pusie- 
se preso a Piar y le condujera al cuartel general (2). Con tal motivo 
Bolívar dirigió otros partes, hasta que el 2 de octubre por la noche fué 
entregado el general Piar. También ( rdenó el Libertador que fuese pre- 
so Marino, ambos facciosos (3). Decidido se hallaba Bolívar a que Piar 
y Marino fuesen juzgados y castigados conforme a las leyes. Probado 
se hallaba que Piar en Upata comenzó a censurar duramente al Liber- 
tador ', procurando minar su crédito, promover la división entre los je- 
fes, la desobediencia en la tropa, y lo que era más grave, haciendo re- 
vivir en el ejército la olvidada idea de colores y concitando la guerra 
entre las razas. De Upata se trasladó Piar a Angostura, donde escri- 
bió a varios jefes pardos, induciéndoles a desconocer la autoridad del 
jefe supremo. Marchó luego a Maturín, y de acuerdo con Marino, em- 
pezó a allegar gente. Últimamente Piar se fué a Aragua de Barcelona, 
donde se verificó su prisión. El 3 de octubre del mencionado año el 
Libertador dio orden a Soublette que instruyera proceso al general 
Piar, "acusado de los crímenes de insubordinación a la autoridad supre- 
ma, de conspirador contra el orden y tranquilidad pública, de sedicioso 
y últimamente de desertor. „ Condenado por un consejo de guerra (15 



(1) Doc. etc., tomo V, pág. 701. 

(2) Ibidem, tomo VI, págs. 39 y 40. 
<3) Ibidem, pág. 51. 



228 HISTORIA DE AMÉRICA 

octubre 1817) fué fusilado a las cinco de la tarde del día 16 de dicho 
mes y año. 

Salió Bolívar el 21 de noviembre de 1817 de Angostura decidido a 
emprender ruda campaña contra Morillo. P«»r su parte Morillo en el 
mismo mes de noviembre había reunido en Calabozo el grueso de sus 
fuerzas, comprendiendo en ellas las de Canterac, quien hubo de mar- 
char á Panamá con reducidos cuadros de caballería. El 2 de diciembre 
de dicho año se encontraron en el Hato de la Hogaza el realista La 
Torre con el patriota Zaraza. Consiguieron los primeros brillante vic- 
toria sobre los segundos. Cuando Bolívar supo suceso tan triste, man- 
dó que Zaraza continuase cubriendo con su cabañería las llanuias de 
Caracas, y a Monagas las de Barcelona, en tanto que él volvía a An- 
gostura, se ponía al frente de las fuerzas que pudo reunir, remontaba 
el Orinoco (31 de diciembre) é incorporaba a sus tropas las de D. José 
Antonio Páez, joven activo, valeroso e inteligente. 

Al tener noticia Morillo de la vicioria de los suyos en La Hogaza 
retrocedió a Calabozo para prepararse con más actividad a la lucha r 
porque como él acostumbraba a decir: «Bolívar triunfante seguía un 
itinerario conocido; perdidoso, no era posible acertar por donde caería, 
más que nunca activo y formidable.» 

Importante, muy importante fué la campaña en el año 1818. La 
fortuna iba a mostrarse muchas veces risueña a los republicanos. Aque- 
llos guerrilleros, a quienes llamaba Morillo despreciable canalla, consi- 
guieron señalados triunfos. A la desgraciada campaña de Morillo en la 
Margarita, sucedió la derrita que hubo de sufrir por Bolívar en Cala- 
bozo (12 febrero I8l8) (1), si bien poco después logró rechazar al 
Libertador en el Sombrero (15 de febrero) y posteriormente le derrotó- 
por completo en el reñido combate del riachuelo Semen (16 de marzo)* 
Morillo fué herido y tuvo muchos muertos y el Libertador, aunque sus 
pérdidas no llegaron a ser tan considerables, huyó a uña de caballo 
hacia Parapera y luego al Rastro, dejando en poder de los enemigos su 
correspondencia y los papeles del Estado mayor del ejército. En aque- 
llos momentos de desgracia, Páez, que andaba disgustado con el Liber- 
tador, voló en su auxilio. 

El 13 de abril estableció Bolívar su cuartel general en el sitio deno- 
minado Rincón de los Toros, donde fué sorprendido, y el 13 de mayo se 
hi/v) dueño Morales de la villa Calabozo, después de haberla abando- 
nado Cedeño, que en esta ocasión mostró poco ánimo y aun miedo. Mo- 

(i) Kl Libeitador dio una proclama (17 de febrero 1818) a los habitantes de los Llanos, partici- 
pándoles mis victorias y la dr Mi uccirin de lo* ejéicitof de Bovcs y Morillo. L«'S aseguraba su li- 
bertad e independei ci», y le* encHrg.-.ba se pusieran bajo la bandera de Venezuela. Archivo de In- 
dias.— Estado.— Carticas.-LegiijoH (72). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 229 

rales siguió a Cedeño, a quien batió el día 20 cerca de la Laguna de los 
Patos, consiguiendo el general realista notable triunfo. Cuando pare- 
«cía decaído el espíritu republicano y los realistas se mostraban más 
orgullosos, Pápz, el 28 del mismo mayo, cayó en Guayabal sobre Mora- 
les, le cogió muchos prisioneros, armas y caballos, obligándole, por fin, 
a, retirarse hacia el Sombrero. 

Comenzaron a llegar a la sazón tropas auxiliares inglesas. Los ofi- 
ciales y soldados, ya terminadas las guerras europeas, vinieron a Ve- 
nezuela mediante una prima fija de enganche, sueldo también fijo y 
repartición de dinero y tierras a la terminación de la guerra. Tan or- 
gulloso se mostró Bolívar con estos refuerzos, que, olvidando sus pasa- 
das desgracias, desde su cuartel general de Angostura (15 agosto 
1818) dirigió la siguiente proclama a los granadinos: tt Ya no existe el 
-ejército de Morillo: nuevas expediciones que vinieron a reforzarlo, tam- 
poco existen. Más de veinte mil españoles han empapado la tierra de 
Venezuela con su sangre. Centenares de combates gloriosos para las 
armas libertadoras han probado a la España, que la América tiene tan 
justos vengadores, como magnánimos defensores. El mundo, asombrado, 
contempla con gozo los milagros de la libertad y del valor contra la 
tiranía y la fuerza. El imperio español ha empleado sus inmensos re- 
cursos contra puñados de hombres desarmados y aun desnudos; pero 
animados por la libertad. El cielo ha coronado nuestra justicia: el cielo, 
•que protege la libertad, ha colmado nuestros votos y nos ha mandado 
armas con que defender la humanidad, la inocencia y la virtud. Ex- 
tranjeros generosos y aguerridos han venido a ponerse bajo los estan- 
dartes de Venezuela. ¿Y podrán los tiranos continuar la lucha, cuando 
nuestra resistencia ha disminuido su fuerza y ha aumentado la nues- 
tra? La España, que aflige Fernando con su dominio exterminador, 
toca a su término. Enjambres de nuestros corsarios .aniquilan su co- 
mercio; sus campos están desiertos, porque la muerte ha segado sus 
hijos; sus tesoros, agotados por veinte años de guerra; el espíritu na- 
cional, anonadado por los impuestos, las levas, la inquisición y el 
•despotismo. La catástrofe más espantosa corre rápidamente sobre la 
España. ¡Granadinos! El día de la América ha llegado, y ningún poder 
humano puede retardar el curso de la naturaleza, guiado por la mano 
•de la Providencia. Reunid vuestros esfuerzos a los de vuestros herma- 
nos; Venezuela conmigo marcha a libertaros, como vosotros conmigo 
en los años pasados libertasteis a Venezuela. Ya nuestra vanguardia 
cubre con el brillo de sus armas algunas provincias de vuestro terri- 
torio, y esta misma vanguardia, poderosamente auxiliada, arrojará en 
los mares a los destructores de la Nueva Granada. El sol no comple- 



230 HISTORIA DE AMÉRICA 

tara el curso de su actual periodo, sin ver en todo vuestro territorio- 
altares levantados a la libertad. „ (1). 

Como se dijese que la Santa Alianza, a petición de Fernando VII, se 
inclinaba a apoyar a dicho monarca para que recuperara las colonias,. 
Bolívar hizo reunir (20 noviembre 1818) los altos funcionarios del Es- 
tado en Junta Nacional. Esta Junta, presidida por Bolívar, declaró so- 
lemnemente: 

"l.o Qae la república de Venezuela, por derecho divino y humano r 
está emancipada de la nación española y constituida en un Estado in- 
dependiente libre y soberano; 

2.° Que la España no tiene justicia para reclamar su dominación, ni 
la Europa derecho para intentar someterla al gobierno español; 

3.° Que no ha solicitado, ni solicitará jamás su incorporación a la 
nación española; 

4.o Que no ha solicitado la mediación de las altas potencias para 
reconciliarse con la España; 

5.o Que no tratará jamás con la España sino de igual a igual, en> 
paz y en guerra, como lo hacen recíprocamente todas las naciones; 

6.o Que únicamente desea la mediación de las potencias extranjeras- 
para que interpongan sus buenos oficios en favor de la humanidad, in- 
vitando ala España a ajustar y concluir un tratado de paz y amistad' 
con la nación venezolana, reconociéndola y tratándola como una na- 
ción libre, independiente y soberana; 

7.o Últimamente, declara la república de Venezuela que desde el 
19 de abril de 1810 está combatiendo por sus derechos; que ha derra- 
mado la mayor parte de la sanare de sus hijos; que ha sacrificado todos 
sus bienes, todos sus goces y cuanto es caro y sagrado entre los hom- 
bres por recobrar sus derechos soberanos, y que por mantenerlas ilesos,, 
como la Divina Providencia se los ha concedido, está resuelto el pue- 
blo de Venezuela a sepultarse todo entero en medio de sus ruinas, si la 
España, la Europa y el mundo se empeñan en encorvarla bajo el yugo- 
español „ (2). 

El día 15 del mes de febrero de 1519 pudieron reunirse los revolu- 
cionarios en un Congreso en Angostura, para formar la nueva repúbli- 
ca. El Congreso confirió a Bolívar el título de presidente de la repú- 
blica y de general en jefe del ejército. El 27 del citado mes constituyó 
Bolívar su gobierno. Registraremos en este lugar noticia interesante^ 
Daniel O'Connell, el gran patriota de Irlanda, se dirigió desde Dublín 
(2 marzo 1819) al gran patriota del Sud-América, en larga carta, de la- 

01) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo VI, pags. 457 y 458. 
(2) Bolívar, pintado por si mismo, tomo I, págs. 101, 102 y 103. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 231 

cual copiamos el siguiente párrafo: "Ahora que poseo un hijo capaz de 
llevar una espada en su defensa, os lo envío, ilustre señor, para que ad- 
mirando e imitando vuestro ejemplo, sirva bajo vuestras órdenes y con- 
tribuya así con sus esfuerzos, débiles pero entusiásticos, al buen éxito 
de las armas de una juventud que ha dado ya renombre a la república 
de Colombia,, (1). 

Continuó la guerra entre españoles y patriotas, entre Morillo por un 
lado y Bolívar y Páez por otro. Los patriotas llevaban la ventaja* pues 
Morillo no recibía refuerzos de España. Pensó entonces Bolívar en una 
empresa que debía grangearle gloria inmensa. Tuvo noticia que al otro 
lado de los Andes, en el centro del virreinato de Nueva Granada, se sentía 
el duro yugo del virrey Sámano, como también que las guerrillas comen- 
zaban a hostilizar a I03 vencedores. Además recibió comunicaciones de 
O'Higgins, Director Supremo de Chile, participándole la conveniencia y 
aun necesidad de reunir las fuerzas de Venezuela y de Chile, con el objeto 
de emprender una campaña contra el Perú, centro principal de los re- 
cursos de España en América. El Libertador, a la cabeza de generales 
jóvenes (2), y de unos 2.500 soldados (junio de 1819), atravesó los An- 
des por ásperos desfiladeros, por terrenos pantanosos, y a veces tenien- 
do que cruzar torrentes con el agua hasta la cintura, o por débiles y es- 
trechos puentes de madera. Avanzaban bajo tt la llovizna constante 
acompañada de granizo y de un viento helado y perenne. „ Muchos mo- 
rían de frío. La marcha era penosísima. Habiendo doblado el punto más 
elevado de la sierra, bajó el ejército del lado de Tunjay siguió adelan- 
te, hasta llegar en el estado más lamentable a la aldea de Socha (6 de 
julio) (3). Los caballos y las bestias de carga habían muerto; los hom- 
bres, tristes, macilentos y enfermos, parecía que caminaban, no a la 
guerra, sino al hospital. Tres días permanecieron en Socha, entregados 
al descanso, adquiriendo algunos caballos y otros elementos de guerra. 
Desde allí les señaló Bolívar las ricas ciudades que tenían que conquis- 
tar, del mismo modo que Anníbal en la antigüedad y Napoleón en los 
tiempos modernos señalaban a sus soldados las hermosas poblaciones 
italianas que a su vista se les ofrecía y de las cuales tenían que hacer- 
se dueños. Entusiasmados los soldados con la conducta del Libertador, 
triunfaron completamente del ejército realista que mandaba Barreiro. 
Diez horas después de recibirse la noticia en Bogotá, el virrey Sáma- 
no, con las principales autoridades y fuerte escolta, abandonó la capi- 

(1) Documentos para la Historia d¿ Bolívar, tomo VI, pág. 611. 

(2) Bolívar contaba a la sazón treinta y seis años de edad; Soublette, jefe de Estado Mayor, 
veintinueve; Santander, que mandaba la División de vanguardia, veintiocho, y ADZOátegui, 
comandante de la retaguardia, treinta. 

(3) Socha era la primera población de la provincia de Tunja. 



232 HISTORIA DE AMERICA 

tal (9 de agosto), llegando a Honda al día siguiente. Comenzaron los 
desórdenes en Bogotá; pero terminaron pr >nto con la llegada de Bolí- 
var. Encargóse de la vicepresidencia del g «bierno provisional el gene- 
ral Santander, qui^n, en un momento de arrebato, hizo fusilar a Ba- 
rreiro y a treinta y ocho de sus compañeros, en la p aza púbica (1). 

Bolívar concibió el proyecto de formar una república con el virrei- 
nato de Nueva Granada y la cipitanía general de Venezuela. Fijo 
su pensamiento en la citada idea, volvió a Venezuela y entró en An- 
gostura el 11 de diciembre de 1819, recibiendo generales simpatías. Un 
artículo encomiástico del Correo del Orinoco terminaba con las siguien- 
tes palabras: "Venezuela y la Nueva Granada se honrarán siempre 
pronunciando con admiración el nombre de su Libertador Simón Bolí- 
var,, (2). El 14 del mencionado mes de diciembre se presentó ante el 
Congreso reunido en Angostura y pronunció un discurso recomendando 
la unión de las provincias de Venezuela con las de Nueva Granada for- 
mando una nueva república. "¡Legisladores! — terminó diciendo — El 
tiempo de dar una base fija y eterna a nuestra república ha llegado. 
A vuestra sabiduría pertenece decretar este grande acto social y esta- 
blecer los principios del pacto sobre los cuales va a fundarse esta vasta 
república. Proclamadla a la faz del mundo y mis servicios quedarán 
recompensados,, (3). Aceptóse la unión que era — según el presidente 
del Congreso — un bien, no sólo para Venezuela y la Nueva Granada, 
sino para América y el mundo„ (4). En el día 17 de diciembre de 1819 — 
como se dirá más extensamente en el capítulo XLV — se decretó la ley 
fundamental de la república de Colombia y se comunicó al Supremo 
Foder Ejecutivo (5). 

Salió el Libertador de Angostura en la noche del 24 de diciembre 
de 1819 para dirigir personalmente las operaciones de la guerra (6). 

(1) En la historia de Colombia se tratara más extensamente de la citada e importante cam- 
paña. 

(2) Número 46, del ll de diciembre de 1819. 

(3) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo VII, pág. 142. 

(4) Pág. 143. 

(5) Pá«s. 144-146. 

(6) Páge. 148-149. 



CAPITULO XII 



El Ecuadoe: su situación; su independencia.— El general Ay- 
merich. —Rebelión de Guayaquil. — Derrota de Sucre en 
Huachi.— Ocupación de Riobamba. — BolIv'ar en Bombona- 
Sucre en Pichincha. — Bolívar en Quito y en Guayaquil- 
Sucesos en el campo realista. — Entrevista de Bolívar y 
San Martín.— Paralelo entre ambos generales.— Política 
de Bolívar con Guayaquil y el Ecuador. — Insurrección 
de Boves en Pasto. — Representación del Ecuador a Bolí- 
var. — Pérez, jefe del Ecuador, y La Mar, jefe del Perú- 
El general Flores convoca el Congreso constituyente en 
Riobamba en 1830. 



El Ecuador, llamado así por estar situado bajo la línea equinoccial, 
-se extiende entre 1<> 38' latitud Norte y 6° 26' latitud Sur; 8<> 6' longi- 
tud oriental y 2 o 45' longitud occidental, tomando por base el meridia- 
no de Quito. Confina al Norte con Colombia; al Este con Brasil, Colom- 
bia y Perú; al Sur, con el Perú, y al Oeste con el Océano Pacífico. El nú- 
mero de habitantes es de 1.500.000, y ocupa una extensión de 714.680 
•kilómetros cuadrados, según dicen los geógrafos ecuatorianos. 

El 13 de octubre de 1820, pudo Escobedo, comandante general de 
Quayaquil, comunicar a sus superiores un parte en el cual se lee lo si- 
guiente: "Al amanecer del día nueve, todas las tropas de esta plaza 
unidas al pueblo han proclamado la independencia con un entusiasmo 
imponderable, y observando tal orden, que este suceso más ha parecido 
un regocijo público que una revolución „ (1). El gobernador y otros mu- 
chos españoles fueron embarcados en la goleta Alcance y conducidos al 
cuartel general del ejército, bajo las órdenes de San Martín. 

Escobedo, que por su propia autoridad se había constituíalo en jefe 
supremo político y militar, era poco querido del pueblo. Por esta razón 
el Cabildo convocó a los diputados de las diferentes ciudades a una 
Asamblea la cual destituyó a Escobedo y le envió al cuartel general 
de San Martín. 

La Asamblea dispuso la formación de una junta compuesta de Olme- 
do, presidente,- y de Jimena y Hoco. 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo VII, pág. 458. 



234 HISTORIA DE AMÉRICA 

Preocupaba, además, a 1 os guayaquileños la actitud del general 
D. Melchor Aymerich, presidente de Quito, quien habiendo conseguido* 
algunas ventajas del general Urdaneta, se disponía a mayores empre- 
sas. Entonces recibió la noticia del armisticio de Trujillo, celebrado en- 
tre los generales Bolívar y Morillo (26 noviembre 1820). Ajustóse el 
armisticio por el término de seis meses. También se firmó un Tratado- 
para la regularizarían de la guerra. Aymerich aceptó el armisticio ci- 
tado; pero no quiso comprender en él a los revolucionarios de Guaya- 
quil, los cuales andaban divididos en tres bandos: unos querían incor- 
porarse a Colombia, otros al Perú, y los terceros opinaban constituir- 
se en estado independiente. En esta situación, pidieron ayuda a Bolí- 
var, que dominaba en Colombia, y a San Martín, que dominaba el Penu 
Inmediatamente mandó Bolívar al general Sucre, quien desembarcó en 
Guayaquil (primeros días de mayo de 1821) (1). 

Bolívar, después de dejar a Caracas bien defendida, salió el 1.° de 
agosto de 1821 para Nueva Granada, a fin de activar la guerra contra 
las tropas españolas que dominaban el Sur de este país y toda la dila- 
tada presidencia de Quito. Ya el general patriota Santander, que man- 
daba en Bogotá, había obligado a los realistas de los valles del Mag- 
dalena y Cauca a retirarse hacia Quito, donde el presidente Aymerich 
luchaba denonadamente para rechazar la invasión de los patriotas de- 
Colombia. Difícil era la situación de Aymerich, porque además la ciu- 
dad de Guayaquil se declaró en completa rebelión, llegando en su or- 
gullo hasta formar un ejército de 1.500 hombres para dirigirse contra 
la capital. Sin embargo, Sucre, después de desembarcar en Guayaquil,, 
sufrió una gran derrota en Huacki (12 septiembre 1821), en el mismo 
sitio donde un año antes (22 noviembre 1820), habían sido también 
vencidos los guayacanos. A pesar de que la suerte le era adversa,. 
Sucre obtuvo de los realistas un armisticio (21 noviembre), salvando el 
honor de las armas de Colombia y librando a la provincia de Guaya- 
quil de la invasión que la amenazaba. Continuó preparándose para 
nueva campaña. Cuando supo que estaban próximos los auxilios que le 
enviaba San Martín, manifestó (18 enero 1822) que cesaba el armisti- 
cio, porque no había sido ratificado por los jefes españoles. Al frente- 
de unos 1.000 hombres persiguió Sucre a los realistas que se habían 
retirado a Riobamba (ciudad del Ecuador, capital de la provincia de- 
Chimborazo), ocupando dicha plaza el 21 de abril, después de una car- 
ga brillante de caballería, en la que compitieron en arrojo los grana- 

(1) Don Antonio José de Sucre nació en Cumaná el año 1793 y recibió en Caracas esmerad» 
educación. Desde muy joven tomó las armas, deseoso de conquistar la independencia de su pa- 
tria. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 235 

deros del Río de la Plata y los dragones de Colombia, al pie del sober- 
bio Chimborazo. Sin detenerse apenas en Riobamba, escaló las eleva- 
das cimas del Cotopaki y apareció en los valles inmediatos a Quito. 

A su vez el Libertador, con la ayuda del valeroso general Pedro 
León Torres, logró importante victoria en Bombona (7 abril 1822), una 
de las más sangrientas que se dieron en Colombia (1). Portáronse ad- 
mirablemente los generales de brigada Val des y Torres, el coronel Ba- 
rreto y el comandante Sandes. El triunfo fué completo, si bien a costa 
de grandes pérdidas, entre ellas la del citado Torres (2). Los españoles 
perdieron unos 250 hombres entre muertos y heridos. 

Poco tiempo después dispuso Bolívar que Sucre se hiciese dueño de 
Quito; lo cual logró, no sin derrotar antes al ejército español mandado 
por Aymerich en las faldas del Pichincha (24 mayo 1822) al norte de 
Quito tt día precisamente — escriben Baralt y Díaz — en que doscientos 
ochenta años antes flameó por la primera vez en su recinto el pabellón 
temido de Castilla,, (3). El 25 se entregó la ciudad mediante capitula- 
ción y el 29 la presidencia de Quito se declaró incorporada a la repú- 
blica de Colombia. Según el parte oficial dado por el general Sucre de 
la batalla de Pichincha, murieron 500 enemigos y 1.100 prisioneros de 
tropa, 160 jefes y oficiales; se tomaron además catorce piezas de arti- 
llería, 1.700 fusiles, fornituras, cornetas, cajas de guerra, banderas y 
otros elementos de guerra. De su ejército sólo murieron 300 (4). 

El Libertador anunció a los colombianos el éxito feliz de la campaña 
en una proclama que decía: 

"¡Colombianos! Ya toda vuestra hermosa patria es libre. Las victo- 
rias de Bombona y Pichincha han completado la obra de vuestro he- 
roísmo. Desde las riberas del Orinoco hasta los Andes del Perú, el 
ejército libertador, marchando en triunfo, ha cubierto con sus armas 
protectoras toda la extensión de Colombia. Una sola plaza resiste ¡pero 
caerá !„ 

Bolívar marchó a los pocos días a Quito, donde entró el 16 de junio 
siendo recibido por sus habitantes con señaladas muestras de entusias- 
mo. La asamblea popular acordó distinciones de honor al Libertador y 



(1) Hállase Bombona en las laderas del volcán de Pasto, junto a la frontera del Ecuador. 

(2) El general Pedro León Torres, había nacido el 1790 en Carora, ciudad que entonces perte- 
necía a la provincia de Caracas y hoy forma parte del Estado Lara (Venezuela): murió en Ya- 
cuanquer el £2 de agosto de 1822, a consecuencia de las heridas que recibió en la citada batalla. 
«Con la muerte de Torres- dijo Bolívar— hemos perdido un compañero digno de nuestro amor, 
el ejército un soldado de gran mérito, y la República uno de sus hombres de esperanza para el 
día de la paz.» 

(3) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo II, pág. 88. 

(4) Ibidem, pág. 407. 



236 HISTORIA DE AMÉRICA 

a sus compañeros de armas. Ordenóse la erección de una pirámide en 
el campo de Pichincha con esta inscripción: "Los hijos del Ecuador a Si- 
món Bolívar, el ángel de la paz y de la libertad colombiana.,, 

Todavía Guayaquil continuaba sosteniendo su independencia, figu- 
rando como presidente de la Junta de Gobierno el insigne Olmedo. Ocu- 
rrieron por entonces frecuentes disturbios. Una turba, compuesta de 
partidarios de Colombia arrió la bandera de Guayaquil del asta en que 
se hallaba colocada, frente a la casa de Bolívar, e izó en su lugar la 
tricolor de la república. Cuando el Libertador tuvo noticia de ello, 
mandó reponer la bandera de Guayaquil y aseguró a Olmedo que él re- 
probaba lo que sus partidarios habían hecho. tt Sin embargo, la bandera 
de Guayaquil— como escribe el general O'Leary — flotó al viento por 
vez postrera,, (1). Como tiempo adelante se dijese que dicha ciudad no 
quería unirse ni al Perú ni a Colombia, Bolívar se dirigió (13 julio 1822) 
a los guayaquileños consultándoles si deseaban pertenecer a Colombia. 
Ante el mismo Libertador la representación de la provincia declaró que 
Guayaquil solicitaba formar parte de la mencionada república (30 julio 
1822). 

Respecto a la guerra con los españoles, el Congreso de Colombia 
autorizó al dictador, con fecha 4 de julio de 1823, para que marchase al 
Perú y comenzara gloriosa campaña (2). 

Recordaremos en este lugar que en el campo realista habían ocurri- 
do sucesos importantes. Solicitó el general La Torre su relevo del man- 
do del ejército, el cual obtuvo, siendo nombrado Capitán general de 
Puerto Rico. En lugar de La Torre se nombró al brigadier Morales (4 
agosto 1822), muy conocido por su severidad durante sus anteriores 
campañas. Comenzó su mando Morales consiguiendo algunas ventajas. 
Recorrió los alrededores del lago de Maracaibo, se apoderó de algunas 
plazas, entre ellas de la de Santa Marta y amenazó la independencia 
de Venezuela; mas la fortuna volvió pronto a prodigar sus favores a 
los republicanos, quienes obligaron al general realista a entregar lá 
plaza de Maracaibo y retirarse a Cuba (15 agosto 1823). 

Un asunto, de importancia extraordinaria, y cuyas consecuencias 
habían de ser también de capital interés se presentó en estos momen- 
tos, y era el siguiente: 

Los nuevos Estados americanos ¿deberían constituirse monárquica 
o republicanamente? Entre el Libertador de Colombia y el Protector del 
Perú, entre Bolívar y San Martín se celebró importantísima conferen- 



(1) Bolívar y la Emancipación de Sur- América, tomo II, pág. 181. 

(2) La clausura del primer Congreso constitucional de la República de Colombia se verificó el 
9 de agosto de 1823. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 237 

cia (26 de julio de 1822) en Guayaquil, acordándose en ella, entre 
otras cosas, que la forma de gobierno republicana fuese la establecida 
para los pueblos de América. "Jamús, General, contribuiré — dijo Bolí- 
var — a trasladar al Nuevo Mundo los retoños de las viejas dinastías de 
Europa. Si tal cosa pretendiéramos, Colombia en masa diría que yo era 
indigno del nombre de Libertador con que me han honrado mis compa- 
ñeros. „ Después de contestar San Martín que se conocía cómo las cruel- 
dades de Morillo y de otros jefes españoles en Colombia habían exalta- 
do su espíritu republicano, añadió lo siguiente: "Considere usted la 
poca civilización de las colonias españolas; la heterogeneidad de sus ra- 
zas; el modo como está dividida la propiedad; la unidad de religión; la 
aristocracia del clero; la ignorancia de la generalidad de los curas; el 
espíritu militar de las masas, que es consecuencia de estas guerras ci- 
viles prolongadas; todos estos elementos presagian una anarquía des- 
consoladora, cuando hayamos concluido la guerra de la independencia, 
y acaso entonces tendremos que arrepentimos de haber querido fundar 
repúblicas democráticas en este país. Si exceptúa usted a Caracas, Bo- 
gotá y Buenos Aires, en donde el estudio y los talentos han formado 
algunos hombres, en el resto de la América, incluyendo las capitales 
de México y el Perú, no encontrará usted elementos republicanos; y en 
mi concepto, es muy fácil establecer monarquías como en el Brasil. „ Re- 
batió el Libertador los citados argumentos, terminando su peroración 
con las siguientes frases: "No detengamos la marcha del género huma- 
no con instituciones que son exóticas, como he dicho a usted, en la tie- 
rra virgen de América,, (1). D. José G. Pérez, secretario del Liberta- 
dor, refirió al gobierno de Colombia la mencionada entrevista en la si- 
guiente nota: tt El Protector dijo últimamente que debía venir de Eu- 
ropa un príncipe aislado y so'o a mandar aquel Estado (Perú). Su Ex- 
celencia contestó que no convenía a la América ni tampoco a Colombia 
la introducción de príncipes europeos, porque eran partes heterogéneas 
a nuestra masa; que su Excelencia se opondría por su parte si pudiera, 
pero que no se opondría a la forma de gobierno que quiera darse cada 
' Estado... „ (2). 

El chileno Ernesto de la Cruz, dice lo siguiente: "Cuatro eran, pues, 
los puntos que San Martín se proponía tratar con Bolívar: en primer lu- 
gar, el re ativo a la suerte de Guayaquil; obtener, en segundo, el reem- 
plazo de las bajas de la división peruana en la campaña de Quito; en 
tercer lugar, fijar los auxilios con que Colombia contribuiría ai afianza- 



(1) Documentos para la Historia de la vida públ ca del Libertador de Colombia, Ptrú y Boli- 
via, ordenados, etc.. por el general José Félix Blanco, tomo VIII, págv 487-49*. 
00 F. García Godoy, La literatura americana de nuestros días, pág. i95. 



238 HISTORIA DE AMÉRICA 

miento de la independencia del Perú, y, por último, procurar el acuer- 
do de Bolívar para el estabecimiento de gobiernos monárquicos en esta 
parte de la América» (1). Bolívar deseaba la incorporación de Guaya- 
quil a Colombia y San Martín al Perú; respecto al segundo y tercero 
punto se les podía considerar resueltos con el embarque de las tropas 
colombianas hacia las plazas peruanas, pues con tales esfuerzos se lo- 
graría el afianzamiento de la independencia del Perú. Acerca del esta- 
blecimiento de gobiernos monárquicos en América, Bolívar — como an- 
tes se dijo — deseaba la república, al paso que San Martín creía más 
conveniente la elección de un Rey. Si durante su largo destierro en Eu- 
ropa negó San Martín sus antiguas aficiones monárquicas, nada impor- 
ta; pero sería injusticia no reconocer la sinceridad y buena fe del ilus- 
tre argentino. 

Rindiendo tributo a la verdad, no hemos de poner en duda, que a ve- 
ces, el Libertador manifestó ideas más conservadoras y autoritarias que 
las de San Martín. Tal vez en el fondo estuviesen conformes los dos cau- 
dillos, difiriendo sólo en la forma. El asunto estaba reducido á una cues- 
tión de nombres. Si San Martín, en los últimos años de su vida, tuvo som- 
bríos presentimientos por el porvenir de los países emancipados, también 
Bolívar, lleno de amargura, hubo de creer que había arado en el mar, 
y sus sacrificios eran pagados con la más gi¿ande de las ingratitudes. 

Los dos —repetimos — amaban igualmente a América; pero a su ma- 
nera, según el carácter y las condiciones del uno y del otro. San Mar- 
tín carecía de cultura, y Bolívar tenía conocimientos generales; San 
Martín nunca se distinguió por sus escritos ni por sus arengas, y Bolí- 
var fué escritor y orador; San Martín era un soldado, y Bolívar un ge- 
neral; San Martín tenía algo de estoico, y Bolívar mucho de epicúreo; 
San Martín gustaba de los licores, y Bolívar de las mujeres; San Mar- 
tín inspiraba respeto a sus soldados, y Bolívar amor; San Martín era 
frío, disimulado, positivista y rencoroso, y Bolívar era ardiente, fran- 
co, liberal y generoso. "San Martín, vanagloriándose de su filantropía — 
escribe O'Leary — fusiló a Osorio; Bolívar, proclamando la guerra a 
muerte, perdonó a Barreiro. El argentino, recompensado por sus ser- 
vicios al Perú, abandonó su causa; el venezolano, proscripto por sus 
compatriotas, volvió a Colombia y les dio libertad. Hereda éste cuan- 
tiosos bienes de fortuna y muere casi en la indigencia. Nace y se cría 
aquél en la pobreza y adquiere una fortuna. San Martín acepta el títu- 
lo de Protector del Perú, y Bolívar rechaza la corona que se le ofrece 
en Colombia,, (2). (Apéndice C.) 

(1) Véase Simón Bolívar, por los más grandes escritores americanos, pág. 262.— Madrid, 1915. 

(2) Bolívar y la Emancipación de Sur-América . -Memorias.— Tomo II, pág. 184. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 239 

En nuestro sentir es evidente que ni San Martín ni ninguno de los 
héroes de la independencia pueden compararse con el Libertador. Ken- 
neth Morris, en sus estudios, Simón Bolívar (1912), llama al hijo de Ca- 
racas bienhechor de la raza humana y el héroe más sublime de las Amé- 
ricas. 

La política seguida por Guayaquil tenía disgustado a Bolívar. Em- 
peño era del Libertador que Guayaquil, de grado o por fuerza, reco- 
nociese el gobierno de Colombia, pues le parecía que la actitud que ha- 
bía tomado dicha provincia era incompatible con los verdaderos intere- 
ses de la república y el feliz resultado de la campaña. Así lo manifestó 
varias veces Bolívar durante él año 1822, insistiendo en que Guayaquil 
«ra del territorio de Colombia y que una provincia no tenía derecho a 
separarse del Estado al cual pertenecía. 

Arreglado, el gobierno de Guayaquil partió Bolívar el l.o de sep- 
tiembre de 1822 con el objeto de recorrer algunas ciudades; pero el le- 
vantamiento de Boves en Pasto le puso en cuidado. Mandó que el ge- 
neral Sucre marchase a pelear con los realistas. En efecto, Sucre de- 
rrotó a Boves en Jacuanquer (últimos de diciembre) y se hizo dueño de 
Pasto, huyendo Boves de la ciudad. Bolívar llegó a Pasto el 2 de ene- 
to de 1823, de cuya provincia nombró gobernador al coronel Juan José 
Flores y regresó a Quito, contento porque la rebelde población había 
vuelto a entrar bajo las leyes tutelares de Colombia. 

Antes de pasar adelante citaremos como un título de gloria de El 
Ecuador la representación que los padres de familia de Quito hicieron 
¡a Bolívar para que, habiendo pedido algunos escritores exaltados de 
Venezuela que el Libertador no pudiese volver a su país donde vio la 
luz primera, aquéllos le suplicaban eligiese para su residencia El Ecua- 
dor. "Venga V. E.— le decían —a tomar asiento en la cima del soberbio 
<Uhimborazo adonde no alcanzan los tiros de la maledicencia, y adonde 
ningún mortal, sino Bolívar, puede reposar con una gloria inefable,, (1). 

Desde entonces, con actividad extraordinaria, el Libertador se de- 
dicó a combatir las fuerzas realistas de todos los Estados del Sur de 
América. 

Con fecha 19 de julio de 18*26, el municipio de Quito se dirigió al 
Libertador diciéndole que El Ecuador deseaba que él (Bolívar) se per- 
petuase en el gobierno supremo de Colombia, "bien sea como presiden- 
te vitalicio, o como sea de su superior agrado. „ 

Recordaremos también en este lugar que el general José Gabriel 
Pérez, jefe superior del Ecuador, a bordo del bergantín de guerra Con- 
greso (según cuentan los cronistas) pidió explicación al general perua- 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, tomo XIV, pág. 163. 



240 HISTORIA DE AMÉRICA 

no D. José de La Mar sobre el motín del 14 de abril de 1827 verifica- 
do en Guayaquil. Limitóse La Mar a mandar como respuesta el acta 
de la municipalidad amotinada que le puso a la cabeza del departa- 
mento (1). 

Luego, el general Pérez, desde el cuartel general de San Miguel de 
Chimbo (3 junio 1827) dirigió un oficio al general Flores para que al 
frente de sus tropas, bien por las fuerzas de las armas, bien pacífica- 
mente, recuperase el departamento de Guayaquil, perdido para Colom- 
bia desde la revolución militar que estalló el 16 de abril. Seguiría esta 
conducta si el citado jefe La Mar no entregaba el mando del depar- 
tamento al general Obando, o los revolucionarios del 16 de abril se ne- 
gasen a darle posesión, o se tratara de impedir la entrada de las tro- 
pas que él mandaba para guarnecer aquel departamento. Con la misma 
fecha del 3 de junio se dirigió también el general Pérez al general La 
Mar, jefe del Perú, diciéndole lo que sigue: "Como V. S. es el que está 
a la cabeza de Guayaquil desde el amotinamiento de las tropas en la 
mañana del 16 de abril, me dirijo a V. S. para que haga efectiva la or- 
den del Gobierno Superior,, (2). Además le ordenaba que pusiese el de- 
partamento bajo las órdenes del general Obando. La municipalidad de 
Guayaquil en 6 de junio hubo de levantar acta extrañándose de las dis- 
posiciones del general Pérez y diciendo, entre otras cosas, lo que si- 
gue: tt No es fácil explicar la impresión que causó en el ánimo de esta 
municipalidad al ver que intitula amotinamiento el acto del 16 de abril 
citado, cuando Guayaquil no hizo otra cosa que evitarlos males que le 
amenazaban, y nombrar un jefe de la administración civil y militar del 
departamento, que adornado de las virtudes que todo el mundo conoce 
en el ilustrísimo señor Gran Mariscal D. José de La Mar, a quien no 
ha habido hombre que jamás se haya atrevido a hacerle la más peque- 
ña sindicación, y, por consiguiente, de la confianza del departamento, 
en circunstancias de haberse fugado los jefes nombrados por el go- 
bierno,, (3). 

El general Flores convocó un Congreso Constituyente para Rio- 
bamba que se reuniría el 10 de agosto de 1830. Hízose la convocatoria 
el 31 de mayo de dicho año. En la citada Asamblea de Riobamba se 
formó el Código Constitucional, siendo elegido presidente el general 
D. Juan José Florez. 



(1) Véase Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo XI, págs. 232 y 233. 

(2) Ibldem.piig.a09. 

(3) Ibidem, págs. 809 y 310. 



CAPITULO XIII 



Revolución e independencia del Perú y de Bolivia. — Virrei- 
nato DE ÁBASCAL: INSURRECCIÓN DE QüITO. — VIRREINATO DE 

Pezuela: "Viluma,,.— San Martín en el Perú.— La Esmeral- 
da.— Virreinato de La Serna.— Conferencias de Punchan- 
ca.— La independencia. — El Callao por los patriotas. — 
Triunfo de Canterac. — Congreso de diputados. — Junta de 
Gobierno.— "Torata„ y u Moquegua„.— Presidencia de Riva. 
Agüero.— Canterac— Sucre y Bolívar.— El Callao y Lima. 

EN PODER DE LOS ESPAÑOLES. — ÜLAÑETA. — TORRE TAGLE T 

Bolívar.— tt JuNiN„.— tt AYAcucHO„— Reformas del Liberta- 
dor. — Rendición del Callao. — Independencia del Perú.— 
El Congreso.— La Mar, presidente.— Guerra entre el Perút 
y Colombia.— Tratado de Girón. — Lafuente, jefe supremo.— 
Morillo y otros patriotas en Bolivia.— Declaraciones del 
Cabildo y de la Junta.— Los argentinos defienden a Boli- 
via . — tt Suipacha „ .—Otros combates. — Go yeneche. — Belgr a- 
no en Tucumán y en Salta.— u Vilcapujio„ y u Ayouma„.— El 
29 de enero de 1825.— El general Lanza.— Sucre en Cuzco.— 
Asamblea de Chuquisaca.— Acta de la independencia.— Bo- 
lívar, presidente.— Sucre, presidente.— Asamblea.— Blan^ 
co, presidente.— Anarquía. 



El Perú tiene su latitud entre 3o y 22o al S. y su longitud entre* 
60o y 78o al O., confinando al N. con el Ecuador, al E. por el Brasil 
y Bolivia, al S. por la citada Bolivia, y al O. por el Pacífico. Su su- 
perficie es de 1.766.800 kilómetros cuadrados, y su población unos 5 mi- 
llones de habitantes. 

Bolivia se baila situada en el centro de la América meridional, en- 
tre los 10o y 27o de latitud S. y los 53o y 67o de longitud O. Confina- 
al N. con el Perú y el Brasil, al E. con el Brasil y el Paraguay, al 
S. con la República Argentina y Chile, y al O. con el Pacífico y el Perú. 
La superficie total es de 1.551.843 kilómetros y según el censo de 1900, 
el número de habitantes era de 1.816.271. 

Don Joaé Abascal (1806-1816) desempeñó el virreinato del Perú 
con bastante prudencia. En una carta suya (26 julio 1806) dirigida aL 

III 16- 



242 HISTORIA DE AMÉRICA 

primer secretario de Estado dice que hacía pocas horas había lle- 
gado a Lima, tomando en seguida posesión del virreinato (1). Es inte- 
resante la carta de Abascal a la Suprema Junta central gubernativa de 
España e Indias (23 enero 1809); en ella se hace relación del efecto 
que causaban en el Perú los acontecimientos de España (2). Decidido 
defensor de la legitimidad, escribió a D. Martín Garay (15 junio 1809), 
asegurando que redoblará su vigilancia para contener y rechazar los 
intentos de la corte del Brasil, y de cualquier otra potencia que pre- 
tendiese la menor cosa contra los derechos incontestables de Fernan- 
do VII (3). Habiéndose alterado el orden en las ciudades de Chuqui- 
saca y la Paz, Abascal logró pronto, por sus medidas acertadas, el 
restablecimiento del sosiego, según carta dirigida al primer secretario 
dé Estado y su Despacho el 23 de agosto de 1809 (4). 

Pero lo que verdaderamente preocupó al virrey fué la sublevación 
de Quito. El 9 de septiembre de 1809 dirigió un oficio al gobernador 
de Guayaquil, ordenándole que estuviese a la mira para que no se pro- 
pagasen a su provincia los desórdenes de Quito; le decía, además, que 
procurara adquirir noticias de los autores de dichas ocurrencias (5). En 
el mismo día recibió Abascal un oficio reservado del marqués de Selva 
Alegre, presidente de la Junta gubernativa de Quito, dándole cuenta 
-del objeto que le guió para aceptar la presidencia y de las bases sobre 
las cuales se erigió aquella Junta (6). 

Convencido el virrey del carácter de la insurrección, dirigió una 
proclama a los habitantes de Quito, en que les exhortaba a la paz para 
•evitar la efusión de sangre (7). Dispuso que se reuniesen fuerzas en 
•Guayaquil, cuyo mando entregó a D. Manuel Arredondo. Con ellas se 
decidió a sofocar el movimiento revolucionario. Antes intentó Abascal 
atraer a los rebeldes con buenas palabras, hasta el punto que les ofre- 
ció el perdón si inmediatamente abandonaban la Junta, reponían las 
autoridades y admitían por algún tiempo una guarnición de 400 solda- 
dos (9 octubre 1809) (8). Como los revolucionarios no hicieron caso de 
las palabras y ofrecimientos, dispuso Abascal que les atacasen los go- 
bernadores de Guayaquil y Cuenca. 

El virrey, con fecha 23 de diciembre de 1809, pudo decir al secre- 
tario de Estado que era digna de alabanza la conducta del comandante 

(1) Arch. de Indias. -Estado.— Peni.— Leg.° 1 (6). 

(2) Ibidem. Estante 110: cajón 6; leg.° 23 (1). 
<S) Ibidem. Estante 110; crij'.n 6; leg.° 23 (2). 

v <4) Ibidem. Estante 1 10; cajón 6; leg.° 24 (3, 2) y Estante 122; cajón 4; leg.° 16 (65). 

(5) Ibidem. Estante 110; cajón 6; lcg.° 21 U, 10). 

(6) Ibidem. Estante 110; cajón 6; lcg.° 24 (2, 2). 

(7) Ibidem . Estante 110; Cajón 6; Leg.° 24 (1/14). 

(8) Ibidem. Leg. • 24 (2/3) 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 243 

Arredondo y censurable la de D. José Cucalón, gobernador de Guaya- 

quiía). 

Respecto a otro orden de cosas, debemos registrar el hecho de que 
con la misma fecha, mandó a decir Abascal que había dispuesto el cum- 
plimiento de la Eeal orden de 11 de mayo último acerca de la prisión 
de D. Manuel Inca Inpangui, y su remisión a España bajo partida de 
registro, con los papeles que se le encontrasen (2). 

Preocupábanle a Abascal los papeles que se publicaban contra la 
tranquilidad del virreinato (3), la deposición por los revolucionarios de 
Hidalgo de Cisneros, virrey de Buenos Aires (4), la insurrección de 
Cochabamba y disposiciones que adoptó para cortarla (5), y la impor- 
tantísima revolución de Quito del 2 de agosto de 1810, así como las de 
Cartagena y Santa Fe (6). El citado Abascal, con fecha 14 de noviem- 
bre de 1810, escribió al secretario de Estado, dándole cuenta del incre- 
mento que había tomado la insurrección de Buenos Aires, participando 
además que la Junta de este último país había hecho pasar por las 
armas a Liniers, Gutiérrez de la Concha, Allende, Rodríguez y More- 
no, sin formarles causa (7). Después escribió (23 marzo 1811), al mi- 
nistro de Gracia y Justicia, acusando recibo del decreto de las Cortes 
de 12 de octubre de 1810 y en el cual se declaraba que los dominios 
españoles en ambos hemisferios formaban una sola monarquía; decía 
que lo hizo publicar por bando en aquella capital y lo mandó circular 
en aquel virreinato y en los confinantes (8). Fijo siempre en su idea 
y en sus temores, escribió (28 mayo 1811) al secretario de Estado y le 
daba noticia de los progresos de los revolucionarios de Buenos Aires y 
del estado del ejército del Alto Perú que mandaba Goyeneche, aña- 
diendo que Chile había mandado auxilios á los citados insurrectos de 
Buenos Aires (9). 

Después de algunos sucesos que juzgamos de menos interés, regis- 
traremos el siguiente: el juramento en Lima de la memorable Constitu- 
ción de Cádiz (2 octubre 1802). Habíase dispuesto algunos días antes 
que desde el l.o hasta el 6 de dicho mes, todos los vecinos adornaran 
las fachadas de sus respectivas casas y las iluminasen por las noches. 
A las diez de la mañana del citado día 2 la tropa cubría la larga ca- 



(1) Arch. de Indias— Estado.— Perú. -Estante 110. Cajón 6; Leg.° 24 (8). 

(2) Ibidem. Leg.o 24 (6.) 

(3) Ibidem. Leg.° 24(9/11.) 
<4) Ibidem. Leg.o 24 (9/18.) 

(5) Ibidem. Leg.o 24 (12.) 

(6) Ibidem. Lcg.° 25 (2.) 

(7) Ibidem. Leg.° 25 (3.) 

(8) Ibidem. Estante 110. Cajón 7. Leg.° I (17.) 

(9) Ibidem. Estante 110. Cajón 7. Leg.° I (3.) 



244 HISTORIA DE AMÉRICA 

rrera por donde había de pasar la comitiva que salió dé palacio en la 
siguiente forma: llevaba a su cabeza gallarda compañía de dragones a 
caballo con la música del regimiento; marchaban en seguida ocho sar- 
gentos por cada batallón, y luego una compañía de granaderos de la 
Concordia, con tambor batiente. Iba después la suntuosa comitiva com- 
puesta de individuos de los Colegios del Príncipe, San Fernando, Santo 
Toribio y San Carlos; casi todos los que tenían títulos nobiliarios en 
Lima; todos los jefes de los tribunales y oficinas; muchos oficiales de 
alta graduación; los Reyes de armas; el ayuntamiento y el virrey, con 
la compañía de alabarderos formando dos alas, cerrando la marcha 
una compañía de granaderos del regimiento real y diez de la guardia 
de caballería de palacio. 

Sobre un tablado que se formó en la Plaza Mayor, donde se desta- 
caba el retrato de Fernando VII el Deseado, un Rey de armas leyó el 
Código Constitucional. Dirigióse la comitiva a la plazuela de la Merced, 
y allí, sobre otro tablado, se repitieron las mismas formalidades que en 
el primero; después se hizo lo mismo en la plazuela de Santa Ana y 
últimamente en la plazuela de la Inquisición, donde por cuarta vez se 
leyó dicho Código. Pasó la comitiva a palacio, en una de cuyas salas se 
había preparado espléndido banquete. Al día siguiente, esto es, el 3 se 
prestó el juramento por el virrey, la Real Audiencia, el arzobispo 
y el Cabildo; el 4, por las Parroquias, Universidad, Colegios, Tribuna- 
les, Oficinas y tropas de la guarnición. Continuaron los regocijos pú- 
blicos en los días 5 y 6. 

A la paz iba pronto a seguir la guerra, al cariño hacia Fernan- 
do VII el odio, y a las bendiciones a España los insultos. Al notar el 
virrey Abascal que en el Perú, como antes en México y en otras colo- 
nias, comenzaban los primeros chispazos, anunciadores de la revolución 
de la independencia, reunió en Lima una Junta compuesta del arzo- 
bispo, individuos del Tribunal de Cuentas, militares de alta graduación 
y otras personas distinguidas, cuya Junta acordó emplear la fuerza 
contra los que proclamasen la rebelión. Reinaba el descontento en 
todas partes, y si los pueblos se mantenían sometidos, era por el temor 
a los poderosos recursos con que contaba el virrey. Al fin, decididos pa- 
triotas del Cuzco se atrevieron en la noche del 5 de noviembre de 18 1 3 
a atacar el cuartel de la guarnición de la plaza, siendo rechazados con 
la muerte de algunos que quedaron en las calles; entre los prisioneros 
que se hicieron al día siguiente, el principal de todos se llamaba don 
José Ángulo. Cuando llegó al Cuzco la noticia de la rendición de Mon- 
tevideo (ciudad situada en la orilla izquierda cerca de la desembocadura 
del río de la Plata, frente a Buienos Aires) y del triunfo de los revolu- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 245 

eionarios argentinos en ambas orillas del Plata, de acuerdo con los 
mismos oficiales de su guarda, en la noche del 2 de agosto de 1814, dio 
la voz de insurrección, poniendo presos a los altos funcionarios y a casi 
todos los españoles residentes en el Cuzco. El día 3 de agosto se orga- 
nizó un gobierno provisional compuesto de tres individuos, conservando 
Ángulo el mando militar de la plaza. El alma del citado gobierno revo- 
lucionario era el brigadier D. Mateo García Pumacagua, rico hacenda- 
do del país, que se había separado del gobierno de España creyendo 
desatendidos sus servicios. En la circular de Ángulo a las provincias 
del virreinato, dada desde el Cuartel general del Cuzco a 11 de agosto, 
decía, entre otras cosas, lo que sigue: "Doy cuenta de mis procedimien- 
tos, del mismo modo que al gobierno político, a las Cortes soberanas, a 
la Regencia del Reino, cuyas determinaciones espero, y al Excelentí- 
simo Sr. Virrey del Reino, cuyas providencias se cumplirán con arre- 
glo a las leyes„ (1). No fué aprobada la conducta de Ángulo por el 
*marqués de la Concordia, virrey de Lima, según la proclama de dicha 
autoridad correspondiente al 20 de agosto. Anunciaba en la proclama 
-que trataría como enemigos a los cuzqueños, mientras no depusieran 
las armas y volviesen al cumplimiento de su deber (2). También el ar- 
zobispo de Lima levantó su voz en famosa Pastoral (26 de agosto) para 
que abandonasen el camino de perdición en que se habían metido. La 
-correspondencia entre el jefe patriota Ángulo y el virrey de Lima in- 
dicaba próximo rompimiento, rompimiento que se realizó en la contesta- 
ción que el pueblo de Cuzco, con fecha 17 de septiembre, dio a la pro- 
clama del 20 de agosto del virrey citado. En ella se llama a la metrópo- 
li opresora madrastra y se estampan frases como las siguientes: afemi- 
nada cobardía délos infames españcles.Y por lo que respecta al virrey, 
tales son sus .palabras: "Sí, marqués de la discordia española: vuestra 
moral son todos los vicios, y vuestra política la mentira de vuestros ban- 
dos y noticias del Rey restituido, fraguadas todas en vuestro gabinete: 
la maquinación con el brutal Pezuela destruyendo a la opulenta Lima, 
que alimenta semejante monstruo de iniquidad „ (3). 

Comenzó la guerra con ventaja para los revolucionarios. La Paz 
fué tomada (24 de septiembre) a viva fuerza, Guamariga se entregó a 
los revolucionarios y Arequipa cayó en poder de Pumacagua (10 de 
noviembre) no sin defenderse con singular bravura. Encontrábase en 
grande apuro el virrey Abascal y mal lo hubiera pasado si el general 
D. Joaquín de la Pezuela, que dirigía las operaciones militares contra 



(1) Documentos para la Historia de Bolívar, etc., tomo V, pág. 138. 
<2) Ibidem, págs. 142 y 143. 
<3) Ibidem, págs. 165 y 167. 



246 HISTORIA DE AMÉRICA 

los argentinos, no hubiese separado una división de su ejército com- 
puesta de 1.200 hombres al mando del mariscal de campo D. Juan Ra- 
mírez para combatir á los revolucionarios del Cuzco. Ramírez derrotó 
a los enemigos de España en la Paz (28 de septiembre), y penetró en 
Arequipa, que abandonó (6 de diciembre) Pumacagua con más precipi- 
tación que debiera, llevándose consigo á los generales americanos y 
realistas D. Francisco Picoaga y D. José G-abriel Moscoso, fusilados- 
en el Cuzco pocos dias después. En seguida el general victorioso mar- 
chó hacia el Cuzco en busca de los rebeldes, los cuales se hallaban 
acampados a orillas del río Llallí (11 marzo 1815). Después de atrave- 
sar los realistas el río, bajo nutrido fuego de fusil y de cañón, con un 
valor a toda prueba, cargaron sobre las desordenadas masas de los in- 
surrectos, que huyeron en completa derrota. Conócese esta batalla con 
el nombre de Humachiri. Golpe de muerte recibió el levantamiento insu- 
rreccional. Los rebeldes con poco escrúpulo se pronunciaron por el Rey,, 
apresaron a Pumacagua y lo entregaron en el pueblo de Sicuani al* 
general Ramírez, quien inmediatamente lo mandó ahorcar, enviando 
al Cuzco su cabeza en una pica. Ejecutados los jefes de la insurrección 
(29 de marzo), siguieron después otros muchos, y entre ellos D. Maria- 
no Melgar, joven poeta y auditor de guerra en el ejército revolucio- 
nario. 

Comenzó D. Joaquín de la Pezuela su virreinato el 7 de julio de 
1816. Si la fortuna se había mostrado complaciente con el virrey Abas- 
cal en el Perú, también Pezuela se había coronado de laureles en va- 
rias batallas, ganando en la de Vilitma o de Sipe-sipe, el título de mar- 
qués. Al renunciar Abascal el cargo de virrey, había recomendado al 
monarca como sucesor suyo al marqués de Viluma (1). Aunque Pezue- 
la contaba con buenos jefes y entre ellos con D. José de La Serna r 
como también con poderoso ejército, la revolución en la América se en- 
contraba cada vez más fuerte y pujante, lo cual no era de extrañar,, 
puesto que la dominación española en lo restante de América se halla- 
ba bastante decaída. Una escuadra chilena mandada por lord Cochra- 
ne salió de Valparaíso a mediados de agosto de 1820, llevando al ge- 
neral San Martín y a su ejército, compuesto de 4.118 soldados, con la 
idea de libertar al Perú. El 7 de septiembre llegó la escuadra al puer- 
to de Paracas, el 8 desembarcó el ejército y avanzó hasta el vecina 
pueblo de Pisco. A la sazón el virrey Pezuela hacía publicar y jurar 
la Constitución española, proclamada en Las Cabezas de San Juan en 



(1) La casa que habitó Pezuela antes de ser virrey, se llamó luego de los Ramos, en la calle de 
San Antonio, cerca del Monasterio de la Trinidad. En ella nació su hijo IX Juan de la Pezuela,. 
conde de Cheste y director que fué de la Real Academia Española. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES » 247 

los comienzos del año 1820. Creyendo atraerse a los revolucionarios 
por este medio, abrió negociaciones con San Martín, enviando tres pie* 
nipotenciarios. En el pueblo de Miraflores, a dos leguas de Lima, se 
verificaron las conferencias, que no dieron resultado alguno, pues los 
delegados de Pezuela pedían que los revolucionarios reconociesen a 
Fernando VII, jurando la Constitución, y los agentes de San Martín 
no transigían sino con la independencia del Perú. A unos y a otros les 
dominaba, no el espíritu de intransigencia, como escriben algunos cro- 
nistas, sino el de patriotismo. 

Pezuela, en oficio dirigido a San Martín (7 octubre 1820), después 
de hacer breve reseña de sus gestiones en beneficio de la paz, añadía 
lo siguiente: "Una vez que con harto sentimiento mío no hay otro ar- 
bitrio que este (la guerra) para que yo salve intereses tan preciosos, 
me quedará, al menos, la satisfacción de no haber ocurrido a él hasta 
haber agotado los de la razón y la justicia,, (1). En el mismo día 7 se* 
publicó un folleto con el título de "Manifiesto de las sesiones tenidas 
en el pueblo de Miraflores para las transacciones intentada^ con el ge- 
neral San Martín, y documentos presentados por parte de los comisio- 
nados en ella„ (2). 

Al cabo de mes y medio de permanencia en Pisco, San Martín re- 
embarcó sus tropas (29 de octubre) y se dirigió al puerto de Ancón, 
ocho leguas al norte de Lima. Al mismo tiempo que la escuadra blo- 
queaba el puerto del Callao, avanzadas de su ejército hostilizaban al 
virrey en las cercanías de la capital y partidas de revolucionarios se 
extendían por todo el país. Sucedió por entonces que en el puerto del 
Callao se encontraba la hermosa fragata española Esmeralda. En la 
noche del 5 al 6 de noviembre de 1820, lord Cochrane dispuso que dos 
divisiones de lanchas, tripuladas por 280 hombres cayesen de improvi- 
so sobre la mencionada fragata y la abordaran en su fondeadero. El 
mismo almirante dirigió el combate, logrando apoderarse de la Esme- 
ralda, con harta vergüenza de los defensores del Callao. Disponíase el 
virrey a caer sobre San Martín, cuando el general patriota reembarcó 
sus tropas (8 de noviembre) y fué a desembarcar en Huacho, 28 le- 
guas al norte de Lima, tomando posesión de Huara. Comprendiendo 
Pezuela su comprometida situación, dirigió un oficio (14 diciembre 
1820) al general San Martín invitándole a emprender nuevas negocia- 
ciones para tratar de la paz, por cuanto el gobierno de Madrid le ha- 
bía concedido mayores facultades que tenía cuando el tratado de Mira- 



(1) Arch. de Indias. Estante 111. Cajón 1. Leg. 28(1/33). 

(2) Ibidem. Leg. 28(1). 



248 HISTORIA DE AMÉRICA 

flores (1). La captura de la fragata Esmeralda en el Callao causó gran 
abatimiento en las tropas españolas. 

Todo el norte del Perú, desde Huara hasta Guayaquil, proclamó la 
independencia, y el marqués de Torre Tagle, intendente de Trujillo, 
puso la provincia bajo las órdenes de San Martín (2á de diciembre). 
Además, muchos oficiales y soldados del ejército de Pezuela se pasaron 
a los patriotas. En circunstancias tan críticas, el citado virrey creyó 
que era preciso luchar un día y otro para levantar el espíritu público 
harto decaído. Mandó al brigadier D. Diego O'Reilly al frente de una 
división de más de 1.000 soldados contra el general patriota Arenales. 
Encontráronse en Pasco y después de corto combate fué derrotado el 
•ejército realista, pudiendo Arenales reunirse con San Martín (8 enero 
1821). 

Pezuela estaba perdido sin remedio. Los soldados no tenían fe en el 
virrey. Reunidos los jefes realistas Canterac, Carratalá, Valdés, Rica- 
fort y otros en el campamento de Asnapuquio, firmaron un acta (29 ene- 
ro 1821) pidiendo al virrey que entregara el mando supremo al tenien- 
te general D. José de la Serna. tt Los que suscriben no ven otro medio 
para cumplir todos estos objetos, para conservar a la nación estos paí- 
ses y dejar bien puesto el honor nacional, que el de que V. 1J. deposite 
en otras manos el gobierno de un país que en las suyas está perdido,, (2). 
Vióse obligado Pezuela a resignar el mando. Poniendo el poder di- 
cho general en manos de su ingrato, amigo y subordinado, procedió con 
patriotismo. Recordaremos que algunos revolucionarios de Asnapuquio 
habían comenzado por emplear la difamación como arma contra Pezue- 
la. Ellos, a pesar de que conocían la honradez y caballerosidad del vi- 
rrey, se atrevieron a poner el siguiente pasquín en el primer patio de 

palacio: 

«Nació David para Rey, 
para sabio Salomón, 
para soldado La Serna, 
Pezuela para ladrón. > 

En la larga lista de los virreyes del Perú tal vez no haya habido 
ninguno más digno que el marqués de Viluma. tt El cambio — escribe 
William Bennet Stevenson — no sirvió sino para probar la influencia 
«del poder, que no admite interpretaciones y que no deja ningún subter- 
fugio a la obediencia. La relación que existe entre la suerte del prime- 
ro y del último de los virreyes españoles como gobernadores generales, 



(i) Archivo de Indias. Estante 111. Cajón 1. Leg.° 28 (15). 

(2) Documentos para la Historia de la vida pública del Libertador, etc., tomo Vil, páginas 
536-512. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES. 249 

-es verdaderamente notable. El primero, D. Francisco Pizarro, fué ase- 
sinado en su palacio de Lima por sus oficiales subalternos; el último, 
D. Joaquín de la Pezuela, fué obligado por sus subalternos a abdicar 
de su autoridad en el palacio vicerreal, y a nombrar a un usurpador 
para sucederle„ (1). 

La Serna carecía de dotes para ocupar cargo tan importante en 
aquellos momentos tan graves. Creíase excelente político y valeroso 
militar, cuando no era ni lo uno ni lo otro. 

En el campo enemigo las cosas marchaban en bonanza. El decreto 
del general San Martín concediendo la libertad a los esclavos que to- 
masen las armas en favor de la independencia de las colonias de Espa- 
ña en el Pacífico, produjo felices resultados: dióse el decreto en el cuar- 
tel general de Huaura a 21 de febrero de 1821. 

La Serna se convenció pronto de sus escasas fuerzas. Así lo indi- 
caba en la comunicación que pasó al ministro de la Guerra con fecha 
21 de marzo de 1821. Hacía notar que el ejército enemigo se aumen- 
taba con los negros esclavos, a quienes se les había ofrecido la libertad 
y pedía con urgencia auxilios marítimos y terrestres. Vio con pena que 
la escuadra enemiga al mando de lord Cochrane y de 600 solda- 
dos bajo las órdenes del teniente coronel D. Guillermo Miller, recuperó 
la ciudad de Pisco (20 marzo 1821); y otra división, capitaneada por el 
general Arenales, cruzando la sierra, pasó por Pasco, Tarma, Jauja y 
Huancavélica, poniendo en completa dispersión á los realistas. Hasta 
tal punto se vio perdido el virrey La Serna que en Punchaxca, al norte 
de Lima, hubo de firmar un armisticio (23 mayo 1821) con San Martín, 
"para conciliar las actuales desavenencias entre el gobierno español y 
los independientes de esta parte de América... „ (2). En una entrevista 
que tuvieron San Martín y el virrey, el primero ofreció la paz al se- 
gundo bajo las siguientes condiciones: 

Reconocimiento de la independencia del Perú. Formación de una 
regencia compuesta de tres individuos nombrados, uno por La Serna, 
otro por San Martín y un tercero por elección popular. 

Mandar a España dos comisionados para pedir un príncipe que vi- 
niera a ocupar el trono del Perú. 

Cuando parecía todo bien dispuesto, los jefes del ejército español se 
opusieron abiertamente al arreglo. La Serna ofreció entonces una tre- 
gua de un año, durante la cual San Martín y el mismo virrey pasarían 
a España a informar al rey Fernando VII de la marcha de los sucesos, 
celebrando allí convenio definitivo. No deja de tener curiosidad una car- 

(1) Memorias, pág. 147. 

(2) Documentos para la Historia del Libertador, etc., torn. vn, pág. 600. 



250 HISTORIA DE AMÉRICA 

ta escrita por D. Manuel Abreu, comisionado por el gobierno de Espa- 
ña para pacificar el Perú, dando cuenta detallada de sus negociaciones 
con los disidentes, y acompañando documentos, ya impresos, ya manus- 
critos. En uno de los párrafos se ocupa de la propuesta del general San 
Martín de ir con el virrey a España, a solicitar que las Cortes nombra- 
sen un príncipe real español para rey constitucional del Perú (1). 

Comenzó otra vez la guerra. Así lo anunció el virrey en una pro- 
clama a los habitantes del Perú, publicada en Lima el 4 de julio 
de 1821 (2). A su vez San Martín mandó a los peruanos que tomasen 
las armas para destruir el poder español en la tierra de los Incas. Así 
terminaba la proclama: "¡Peruanos! Traed a la memoria las injurias de 
trescientos años, y todas las que personalmente habéis sufrido: si el 
deseo de la paz había hecho que empezaseis a olvidarlas, pensad ahora 
en ellas día y noche, y mostrad a la España que todo tiene término 
en la naturaleza, y que sus crímenes y vuestra paciencia han llegado 
al suyo„ (3). La Serna y los jefes militares tuvieron que abandonar a 
Lima, dejando 1.000 soldados enfermos; en el Callao una guarnición 
de 2.000 hombres para la defensa de sus fortalezas. Encamináronse ha- 
cia la sierra (6 julio 1821), entrando pocos días después (12 de julio) el 
general separatista San Martín en Lima. Celebróse en seguida un ca- 
bildo abierto, al cual debían concurrir el arzobispo de Lima y todo» 
los vecinos notables por su posición y nobleza, para resolver lo que 
debía hacerse en semejante caso. Resolvióse con alegría general decla- 
rar la independencia del Perú (15 dé julio), cuya solemne proclamación 
se verificó pocos días después (28 de julio). Entró lord Cochrane en 
Lima en medio de las aclamaciones de los habitantes (17 de julio) y en 
el mismo día se dio una orden para que desapareciese el escudo espa- 
ñol de todos los lugares de la ciudad donde estaba puesto. 

Como se había anunciado, el día 28 se celebró la proclamación de 
la Independencia. San Martín, acompañado del teniente general mar- 
qués de Montemira, de los oficiales de Estado Mayor del Ejército, de 
la Universidad, de los prelados, de los miembros de la nobleza, de las 
Ordenes Religiosas y de otras Corporaciones, montados en caballos ri- 
camente enjaezados, salió de palacio. Llegaron á la Plaza Mayor y San 
Martín subió á un anfiteatro preparado de antemano, donde desplegan- 
do el pabellón nacional pronunció estas palabras: tt Ei Perú es desde 
este momento libre e independiente, por el voto general del pueblo y 
la justicia de su causa; ¡que Dios le proteja! „ Después de recorrer algu- 



(1) Arch. de Indina. Estante 111. Cajón I. Leg.° 28. (21.) 

(2) Ibidem. Estante 146. Cajón I. Leg.° 18. (164.) 

(3) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo VII, pig. 614. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 251 

ñas calles, todos se dirigieron a palacio. Allí les esperaba lord Cochra- 
ne. Distribuyéronse medallas conmemorativas de acto tan solemne, con 
una inscripción que decía: "Lima aseguró su independencia el 28 de 
julio de 1821, bajo la protección del ejército libertador mandado por el 
general San Martín. „ 

Por un decreto del 3 de agosto tomó San Martín el honroso título 
de Protector del Perú y nombró los ministros con quienes debía go- 
bernar. En seguida se dictaron algunas disposiciones sumamente bene- 
ficiosas al país. Lord Cochrane salió de Lima el 4 de agosto, algo 
disgustado por la frialdad con que le había tratado San Martín. 

Aunque era poco halagüeña la situación de los ejércitos realistas, 
no negaremos que el virrey trabajaba con fe para reorganizar sus fuer- 
zas en la sierra. Todavía se iba a pelear y a veces con fortuna. Dio La 
Serna un cuerpo de ejército compuesto de unos 4.000 hombres al gene- 
ral D. José Canterac, mandándole que socorriera inmediatamente á los 
valientes defensores del Callao y atacara — si le era posible — al ejér- 
cito de San Martín. En 9 de septiembre estuvo Canterac á la vista del 
ejército patriota y no se atrevió — tal vez con prudencia— a atacarlo; 
siguió al Callao, donde estuvo hasta el 17 del citado mes, retirándose 
hacia la sierra. 

Para los patriotas todo iba en bonanza. El general D. José La Mar, 
peruano de nacimiento, encargado de la defensa del Callao, entregó las 
fortalezas y se pasó al ejército de San Martín. Del mismo modo mu- 
chos oficiales y soldados del ejército de La Serna abandonaban sus 
filas y se pasaban á los revolucionarios. Entre los primeros se hallaba 
D. Andrés Santa Cruz, natural de La Paz, que había hecho su carrera 
en el ejército español hasta que fué prisionero en Pasco, y D. Domingo 
Tristán, nombrado comandante militar de lea, con el encargo de aumen- 
tar las fuerzas patrióticas al sur de Lima. Como La Mar, Santa Cruz 
y Tristán, otros muchos recibieron cargos de confianza de San Martín. 

Un desastre, el mayor que sufrieron los patriotas, tuvo poderosa 
influencia en el curso de la política y de la guerra. El citado general 
Tristán fué derrotado completamente por el español Canterac (7 mar- 
zo 1822), perdiendo aquél más de 1.000 prisioneros, cuatro piezas de 
de artillería y un gran número de caballos y de muías. 

Conviene tener presente que por entonces San Martín se había 
enagenado muchas simpatías. Se le acusaba de irresoluto y aun de co- 
barde, por no haber atacado con más decisión y energía a los realistas. 
Todas las miradas se dirigían al gran patriota Bolívar, quien por su 
parte también deseaba extender su poderosa protección y ayuda al 
Perú y a otros países. Dueños además los colombianos de la provincia 



252 HISTORIA DE AMÉRICA 

de Guayaquil, estaban decididos a conservarla, aun arrostrando la 
enemiga del Perú. Tampoco negaremos que Bolívar y San Martín, des- 
de la conferencia de Guayaquil; estaban recelosos el uno del otro (1). 
San Martín convocó un Congreso Constituyente, y ante él, con fe- 
cha 20 de septiembre de 1822, dimitió el mando supremo tt que la ab- 
soluta necesidad— añadía— me hizo tomar contra los sentimientos de 
mi corazón... „ (2). El Soberano Congreso Constituyente sólo contestó 
que quedaba enterado. Cuando nadie lo esperaba, cuando su presencia 
era todavía necesaria en el Perú, San Martín se embarcó en Ancón y 
se hizo a la vela para Gpiile, dejando una proclama impresa, en la cual 
declaraba haber sido testigo de la declaración de independencia de los Es- 
tados de Chile y del Peni, como también que estaba cansado de oir decir 
que aspiraba a la soberanía, añadiendo: "Estaré siempre dispuesto, 
cierto es, a hacer los últimos sacrificios para mantener la libertad de 
este país; pero siempre será como simple individuo y no de otra ma- 
nera. „ 

Habiendo renunciado San Martín, el Congreso confió el Poder Eje- 
cutivo a una Junta, compuesta del general José de La Mar, de Felipe 
Antonio Alvarado y del conde de Vista Florida. Si la conducta de San 
Martín se había prestado a censuras, tampoco la opinión pública se ha- 
llaba satisfecha con La Mar, presidente de la Junta. Acordóse comen- 
zar la guerra contra los españoles, sufriendo éstos, mandados por el co- 
ronel D. Jerónimo Valdés una derrota en las alturas de Torata (19 ene- 
ro 1823); pero al día siguiente, a causa de haber movido con lentitud 
las tropas el general argentino D. Rudesindo Alvarado, lograron reu- 
nirse Canterac y Valdés, los cuales rechazaron a los patriotas en las 
mismas faldas de Torata. Replegáronse luego los mencionados patrio- 
tas sobre Moquegua, siendo también batidos (21 de enero), teniendo 
que buscar su salvación en las naves, que los trasportaron a Lima. Ta- 
les desgracias causaron en el Congreso penosa impresión. Los jefes y 
oficiales de los cuerpos acantonados en los alrededores de Lima dieron 
la voz de alerta al Congreso contra los peligros que amenazaban al 
país, exigiendo el nombramiento de D. José de la Riva- Agüero para 
primer magistrado de la nación. Decían que el triunvirato había lleva- 
do la revolución al borde de su ruina. Efectuóse el nombramiento de 
presidente de la república el 27 de febrero de 1823. Riva-Agüero reu- 
nió un ejército de 5.000 hombres que puso bajo el mando del general 
Santa Cruz, para operar sobre el Alto Perú y sobre el Cuzco. Contaba 
además Riva-Agüero con una división colombiana de 3.000 hombres 

(1) Véase capítulo XII de este tomo. 

(2) Documentos para la Historia de Bolívar, etc., tomo VIII, pág. 533. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 253 

bajo las órdenes del general Sucre, enviada por Bolívar. Todo ello era 
poco. Creyéndolo así, se dirigió, con fecha 9 de abril de 1823, a Bolí- 
var, rogándole que marchara al Perú. «Convencido, decía, de que para 
vencer a un enemigo poderoso más vale el nombre de un gran guerrero 
que numerosos y esforzados ejércitos, estoy seguro de que los obstina- 
dos españoles desde el instante en que sepan que V. E. se dirige al 
Perú, perderán el orgullo que les han dado algunas victorias, y tal vez 
implorarán de rodillas la compasión americana, ahorrando Y. E. con 
sola su venida multitud de víctimas que podían inmolarse en los campos 
de batalla. El vencedor de Boyacá y Carabobo, cuya fama llena todo 
el universo, no necesita sino presentarse para vencer; su nombre sólo 
vale millares de soldados» (1). Poco después, esto es, en la sesión del 
Congreso del Perú del 31 de mayo, la citada Cámara hubo de nombrar 
al Libertador generalísimo del ejército del Perú. 

Entre tanto permanecía en la sierra el general realista Canterac r 
que conocía por medio de sus espías todos los movimientos de los pa- 
triotas. Cuando supo que Santa Cruz se había embarcado para los puer- 
tos del Sur, levantó su campamento (2 de junio) a la cabeza de 9.000 
hombres y se dirigió a Lima, donde se apoderó el terror de t$dos. Riva- 
Agüero y los diputados, los empleados y las fuerzas militares se reti- 
raron al Callao, mientras Canterac penetraba en Lima el 18 de junio 
de 1823. 

El Congreso Constituyente, retirado al Callao, dispuso con fecha 
19 de junio, trasladarse a Trujillo; también acordó, en el mismo día, 
invitar al Libertador para que dirigiese la guerra y consolidara la in- 
dependencia peruana. 

Cada vez más disgustados los representantes de la nación con Riva- 
Agüero, le quitaron el poder militar (22 de junio) y le exoneraron del 
cargo de presidente de la república, mandando que se le expidiera pa- 
saporte para que se retirase del territorio peruano (23 de junio). 
Resistióse a ello Riva- Agüero y marchó con los miembros del Congre- 
so que le habían quedado fieles a Trujillo (26 de Junio). 

Sucre quedó defendiendo el Callao. Convencido de que los españo- 
les no podían apoderarse de aquellas fortalezas, organizó una división 
de 3.000 hombres, que embarcó para el Sur en auxilio del general San- 
ta Cruz (4 de julio). Al tener noticia Canterac de que reunidos los 
3.000 hombres a Santa Cruz, podían poner en peligro el dominio espa- 
ñol en Charcas, Arequipa y Cuzco, salió de Lima (17 julio 1823) y 
marchó también hacia el Sur. Sucre entró en Lima en el mismo día 
que la abandonó Canterac, encargándose inmediatamente del mando 

(1) Documentos para escribir la Historia de] Libertador, etc., tomo VIII, pág. 619. 



254 HISTORIA DE AMÉRICA 

supremo el mariscal Tagle, hasta que llegasen los diputados de la repú- 
blica. Refiriéndose la Gaceta de Lima (19 de julio) a la marcha de los es- 
pañoles, decía en uno de los párrafos de largo artículo: "Idos, idos, bár- 
baros: no profanéis más este noble recinto jnos ofende vuestro contactol 
nos fastidiamos de sostenemos; ¡ni nuestros dueños, ni nosotros quere- 
mos ser españoles, ni que aquí se alojen españolesl Incapaces de abri- 
garos por más tiempo, ya habréis visto que hasta la tierra ha empeza- 
do a temblar „ (1). En efecto, el día 19 hubo un terremoto. Recordare- 
mos que también la fortuna se puso al lado de la escuadra de Colom- 
bia (24 julio 1823), la cual triunfó de la española en el lago de Ma- 
racaibo. 

Un suceso importante ocurrió a la sazón. La parte del Perú en que 
dominaban los independientes, quedó dividida en dos gobiernos: el de 
Torre Tagle establecido en Lima, y el de Ri va-Agüero en Trujillo. Las 
desavenencias entre Riva- Agüero y los diputados hubieron de termi- 
nar con la disolución del Congreso (19 de julio). Inmediatamente Riva- 
Agüero abrió negociaciones para hacer la paz con los españoles. La 
opinión se puso en contra de Riva-Agüero, y los diputados todos reuni- 
dos en Lima declararon que dicho presidente quedaba destituido y 
además fuera de la ley como culpable de alta traición (19 de agosto) . 

Los generales patriotas Santa Cruz y Sucre eran recibidos en todas 
partes con señaladas muestras de entusiasmo. Sin embargo, la inde- 
pendencia no estaba del todo asegurada, pues los realistas contaban 
con poderoso ejército y con los generales Valdés, Canterac y La 
Serna. 

Debemos registrar también el siguiente hecho. Habiendo escrito 
Riva-Agüero — con fecha 22 de agosto de 1823 — al general San Martín, 
invitándole a prestar sus servicios y dar la libertad al Perú, contes- 
tóle el Protector de un modo despreciativo, pudiendo servir de muestra 
los párrafos que copiamos: "Es inconcebible su osadía grosera al hacer- 
me la propuesta de emplear mi sable en una guerra civil. ¡Malvado! 
¿sabe usted si éste se ha teñido jamás en sangre americana?... „ u ¡Eh! 
¡Basta! un picaro no es capaz de llamar la atención de un hombre hon- 
rado „ (2). La carta de Riva-Agüero se hallaba escrita en Trujillo y la 
de San Martín en Mendoza. 

Presentóse entonces en Lima el general Bolívar (l.o septiembre 
1823) decidido a ponerse al frente del ejército patriota. Sentó su cam- 
pamento en Huaras, al norte de la capital. El Libertador de Colombia 
contaba con el apoyo del presidente Torre Tagle y muy especialmente 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo IX, pá?8. 14 y 15. 
(2; Ibidem, págs. 62 y 63. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 255 

con Ja eficaz ayuda del Congreso Constituyente. Dicho Congreso dictó 
una ley en 10 de septiembre de 1823, depositando en Bolívar la suprema 
autoridad militar de todo el territorio de la república, con todas las 
facultades que necesitara para salvar la patria. Tenaz Biva-Agüero en 
gobernar el país, se dispuso cada vez con más empeño a arrostrar las 
iras del Libertador y del Congreso Constituyente. Al fin, el coronel 
Antonio G-utiérrez de la Fuente, que mandaba el regimiento de cora- 
ceros, uno de los mejores cuerpos de las tropas insurrectas, abandonó 
a Riva-Agüero y se puso con toda su alma al servicio de Bolívar y del 
Congreso. Con tanta decisión abrazó la nueva causa, que entró en Tru- 
jillo el 25 de noviembre de 1823 y puso preso a Biva-Agüero y a su mi- 
nistro Herrera. La Fuente envió el prisionero a Guayaquil; pero Bo- 
lívar ordenó que se le dejara en libertad, a fin de que se trasladara a 
Europa, como lo hizo. 

Si cada día era mayor el número de los patriotas, también aumen- 
taban los motines militares. Frecuentemente se recibían partes en el 
cuartel general del Libertador, a la sazón en Pativilca, de la deserción 
de uno o más oficiales, de uno o más piquetes de tropa ; que con armas se 
pasaban a engrosar las filas enemigas. El general Portocarrero se pasó 
a los españoles; también Torre Tagle y su ministro de la Guerra, Be- 
rindoaga, marcharon al Callao y se entregaron a Bodil. 

El 10 de febrero de 1824, el Congreso Constituyente del Perú re- 
vistió a Bolívar de la suprema autoridad política y militar, disolvién- 
dose en seguida (20 febrero 1824). Cuando el Libertador terminó de leer 
•el decreto del Congreso invistiéndole de la dictadura, exclamó: * Va- 
mos a salvar este triste país de la anarquía, de la opresión y de la ignomi- 
nia...» (1^. Poniendo manos a la obra, desde su cuartel general de Pati- 
vilca — con fecha 13 de febrero de 1824 — publicó la siguiente proclama: 
"Peruanos! Las circunstancias son horribles para nuestra patria: voso- 
tros lo sabéis; pero no desesperéis de la república. Ella está expirando; 
pero no ha muerto aún. El ejército de Colombia está todavía intacto y 
es invencible. Esperamos además diez mil bravos que vienen de la pa- 
tria de los héroes de Colombia. ¿Queréis más esperanzas? Peruanos! 
En cinco meses hemos experimentado* cinco traiciones y defecciones; 
pero os quedan para cuatro millones y medio de enemigos, catorce millo- 
nes de americanos que os cubrirán con el escudo de sus armas. La 
justicia también os favorece, y cuando se combate por ella, el cielo no 
deja de conceder la victoria. „ (2) Crítica llegó a ser, sin embargo, la 
situación del Libertador. Por algún tiempo su voz no fué oída y la cau- 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo IX, págs. 212 y 213. 
C2) lbidein, pág. 215. 



256 HISTORIA DE AMÉRICA 

sa de la independencia llegó a estar en mucho peligro. Cundía el des- 
aliento entre los patriotas. El coronel realista D. Ramón Rodil se 'apo- 
deró del Callao, y el general D. Juan Antonio Monet se posesionó 
nuevamente de Lima (29 lebrero). 

En un periódico que a la sazón se publicaba en el Cuzco, llegó a in- 
dicarse la idea de formar independiente monarquía, poniéndose al frente 
de ella el virrey La Serna. La noticia produjo fatales consecuencias, 
pues se recordaban sus trabajos para pacificar las provincias subleva- 
das por medio de transacciones. Era público que La Serna había comi- 
sionado al brigadier D. Baldomero Espartero para que se entendiese en 
Salta con el general Las Heras, nombrado éste como plenipotenciario» 
por el gobierno de Buenos Aires (1). Todo esto hizo que el mariscal de 
campo D. Pedro Antonio Olañeta, realista furibundo y corto de enten- 
dimiento, se pronunciase en abierta rebelión contra La Serna. Ocupó- 
las dos ciudades de Potosí y Chuquisaca (22 enero y 8 febrero 1824) y 
proclamó el restablecimiento de la monarquía absoluta. Los patriota» 
de aquellas provincias, fingiéndose partidarios de la tiranía de Fernan- 
do VII, alentaron a Olañeta en su camino de perdición, que no era otro 
que la desobediencia al virrey. No tuvo más remedio La Serna que man- 
dar al Sur al general Valdés con una división, porque las fuerzas de 
Olañeta iban cada día en aumento. Guerra desastrosa comenzó entre 
los dos generales. La Serna, no pudiendo contar con el apoyo de aque- 
llos generales y de aquellas divisiones que se hacían cruda guerra, tuvo- 
que retirarse de Lima hacia Jauja. 

Por su parte, no dejó de preocupar a Bolívar la traición del mar- 
qués de Torre Tagle. El traidor atrevióse a publicar una proclama — 
comienzos de marzo de 1824— contra Bolívar, en la cual encentramos 
los siguientes párrafos: "Peruanos! Bolívar es el mayor monstruo que 
jamás ha existido sobre la tierra: es enemigo de todo hombre de bien, y 
de cuantos se oponen a sus miras ambiciosas. El ejército nacional o» 
ofrece una seguridad permanente; las primeras autoridades y las per- 
sonas más respetables del país por sus virtudes y servicios, todas se 
han acogido a aquel ejército para su protección y seguridad. jSoldados 
del país! Vosotros, que habéis hecho tantos sacrificios por el amor de la- 
libertad, venid ahora a gozar de la verdadera y única, que se encuen- 
tra en los brazos de vuestros hermanos: los de Bolívar sólo se abren, 
para sofocaros. Hombres de todas clases que habitáis el Perú, unios y 
servid a una patria que Bolívar desea convertir en desierto. „ (2) Ade- 
más de Tagle, el vice-presidente de la república, el ministro de la gue- 

(1) Memorias del'general Garda Camba, tomo II, pág. 120. 

(2) Ibldem, págá. 226 y 227. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 257 

ira y considerable número de altos funcionarios civiles y de generales, 
jefes y oficiales del ejército, desertaron de las -banderas de la patria y 
se pasaron al enemigo. El Libertador, sin hacer caso de tantas miserias 
y traiciones, dando noble ejemplo de abnegación y patriotismo, se dis- 
puso a luchar contra todos sus enemigos. A su lado se pusieron, con 
más fe que nunca, los patriotas. Bajo su bandera se colocaron colombia- 
nos, peruanos, chilenos y argentinos. Aceptó, aunque con gran disgus- 
to, el odioso título de Dictador que le dio el Congreso Constituyente. 
Para pagar a sus soldados parte de sus sueldos impuso contribuciones, 
recibió donativos, hizo empréstitos y tomó el dinero de las iglesias. Si 
algunas de las disposiciones que tomó fueron rigurosas, así lo exigía» 
las circunstancias. Cuando todo se hallaba dispuesto y él creyó que te- 
nía fuerzas suficientes, aprovechándose del estado de desorganización 
del ejército realista, ordenó al general D. Guillermo Miller, comandan- 
te en jefe de la caballería, que abriese la campaña. En los primeros días* 
de junio de 1824, Miller pasó los Andes, hostilizó frecuentemente al 
enemigo y preparó la marcha del ejército de Bolívar, distribuyendo ví- 
veres y pertrechos que habían de necesitar en su camino. Al mes si- 
guiente, esto es, en los comienzos de julio, Bolívar emprendió su paso 
por las famosas montañas y llegó a Pasco. 

Cuando el general Canterac tuvo noticia de la llegada de los pa- 
triotas, se colocó en la pampa de Junín. Miller, al frente de sus 900 
caballos, cayó sobre la de Canterac, que se componía de 1.300. El cho- 
que fué terrible; pero los escuadrones colombianos se vieron arrollado» 
por el mayor número de los realistas. Ya se creían vencedores los es- 
pañoles, cuando el oportuno ataque de dos escuadrones de la reserva 
patriota, puso en fuga al enemigo, dejando en el campo de Junín 350- 
muertos y 80 prisioneros (6 agosto 1824). Tan glorioso fué el combate 
de Junín para los patriotas como deshonroso para los realistas. Persi- 
guió Bolívar a los fugitivos hasta la orilla norte del río Apurimac, y 
no llegó más adelante porque se acercaba la estación de las lluvias. 
Entonces dio el mando del ejército al general Sucre y volvió a Lima 
para reunir más tropas. El 13 de agosto de 1824 Bolívar pudo decir 
en una proclama a los peruanos, que el ejército de Canterac había 
recibido en Junín (Perú), el 6 de agosto de dicho-año, golpe mortal, 
que otros dos grandes ejércitos acosaban a los españoles del Perú, y 
q\ie pronto "visitaremos la cuna del Imperio peruano y el templo del 
sol„ (1). Como en carta del 26 de noviembre del citado año el general 
Sucre escribiese al Libertador diciéndole que el general realista La 
Serna se movía del Cuzco para vengar el descalabro de Junín, contestó 

(1) Documentos para la L/istoria del Libertador, etc., tom. IX, pág. 367. 

ni 17 



'258 HISTORIA DE AMÉRICA 

Bolívar. *Si esos señores vienen a la costa perderán el ejército; pero 
¡pondrán en salvo su persona; si dan una batalla allá, la perderán, y es 
muy natural que caigan prisioneros, (1). 

Los realistas estaban avergonzados desde el combate de Junín y 
•querían reparar la afrenta. Llamó el virrey La Serna al general Val- 
dés, quien abandonó el Alto Perú, atravesando en un mes una distancia 
de 270 leguas, pues a fines de octubre estaba en el Cuzco. La Serna 
abrió la campaña. El ejército patriota mandado por Sucre era menor 
que el realista dirigido por Canterac. Componíase el patriota de 4.500 
-colombianos, 1.200 peruanos y 80 argentinos; el realista contaba con 
«unos 9.000 hombres. Al Oriente de la llanura de Ayacucho (Perú) y 
-sobre unas alturas estaban los españoles; al Occidente de dichos llanos 
y también sobre unas lomas acampaban los americanos. Bajaron los 
realistas e inmediatamente cayeron sobre ellos los patriotas, haciendo 
din gran destrozo antes de poderse ordenar en la llanura. Sucre alenta- 
ba a los suyos, que peleaban como leones. La Serna, a la cabeza de al- 
gunas fuerzas, se arrojó en medio de sus enemigos, siendo entonces he- 
rido y prisionero. Perdieron los realistas más de 2.000 hombres entre 
muertos y heridos, y fueron hechos prisioneros el virrey y su teniente, 
4 mariscales de campo, 10 brigadieres, 16 coroneles, 68 tenientes co- 
roneles, 284 mayores y oficiales, y más de 2.000 hombres de tropa. 
¡Dióse la batalla de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824, 

Sucre propuso a los vencidos honrosa capitulación, que fué inmedia- 
tamente aceptada. Los realistas reconocieron la independencia del 
Perú y se comprometieron a evacuar todo el territorio; pero con el de- 
recho de pasar a España a costa del erario de la república y disponer 
de sus propiedades como quisieran. «Aunque la posición del enemigo — 
escribió Sucre en el parte oficial — podía reducirlo a una entrega dis- 
crecional, creí digno de la generosidad americana conceder algunos 
honores a los rendidos que vencieron catorce años en el Perú, y la es- 
tipulación fué ajustada sobre el campo de batalla en los términos que 
verá V. S. por el tratado adjunto. Por él se han entregado todos los 
Testos del ejército español, todo el territorio del Perú ocupado por sus 
armas, todas las guarniciones, los parques, almacenes militares y la 
plaza del Callao con sus existencias. 



La campaña del IJerú está terminada; su independencia y la paz de 
América se ha firmado en este campo de batalla. El ejército unido cree 



(1) Doc.para la HUt. del Libertador, etc., tomo IX, pág. 414. 






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GOBIERNOS INDEPENDIENTES 259 

que sus trofeos en la victoria de Ayacucho sean una oferta digna de la 
aceptación del Libertador de Colombia „ (1). 

Después de recibir Bolívar la noticia de la victoria de Ayacucho, 
convocó el Congreso peruano para el 10 de febrero próximo y renunció 
la presidencia de Colombia. Por decreto dado el 15 de febrero de 1825 
se dispuso que el departamento de Huamanga se denominaría departa- 
mento de Ayacucho, la ciudad de Huamanga ciudad de Ayacucho y la 
provincia de Huamanga conservaría el mismo nombre. 

Sin darse punto de reposo, Bolívar comenzó realizando beneficiosas 
reformas políticas y sociales. Con fecha 31 de enero del año 1825 nom- 
bró una comisión para que formase proyectos de Códigos civil y crimi- 
nal (2). También dispuso la creación de una Escuela Normal en Lima 
según el sistema Lancasteriano (3). Del mismo modo estableció una 
Inspección general con las atribuciones que señala la ordenanza gene- 
ral del ejército (4). El l.o de febrero del citado año ordenó la publica- 
ción de un decreto estableciendo la Corte Superior de Justicia en Are- 
quipa (5) y en el Cuzco (6). En la capital de cada departamento se 
estableció una dirección de minería (7). Consignaremos de igual manera 
que Bolívar se declaró decidido protector del pedagogo inglés José 
Lancaster para que propagara y perfeccionara en Caracas la enseñanza 
mutua (8). Con mucho acierto el Congreso confirió a Bolívar los títulos 
de Libertador y de Padre de la Patria. 

En el Alto Perú la mayor parte de los jefes realistas pidieron al 
vencedor de Ayacucho que les declarara comprendidos en la capitula- 
ción antes citada. Olañeta intentó resistir y se dirigió hacia el Sur. 
Estando acampado en el pequeño pueblo de Tumusla (16 leguas al Sur 
de Potosí) se sublevó uno de sus batallones, y presentándose el general 
a someterle, fué muerto de un balazo (2 abril 1825). 

Prolongóse todavía la lucha en el Callao. El coronel Rodil mostró 
no poco valor defendiendo la plaza. Durante trece meses de luchar con 
una división colombiana y con la escuadra, y después que el hambre, 
el escorbuto y las fiebres arrebataron la vida a más de 6.000 personas 
(entre ellas a Torre Tagle), cuando Rodil se convenció que no recibiría 



(1) Memoria» del general O'Leary, Bolívar y la emancipación de Sur América, tomo II, pági- 
nas 353-360. 

(2) Documentos para escribir la Historia del Libertador, etc., tomo IX, pág. 529. 

(3) Ibidem. 

(4) Ibidem. pág. 528. 

(5) Ibidem, pág. 571. 

(6) Ibidem, pág. 572. 

(7) Ibidem, pág. 571. 

(8) Ibidem, pég. 625. 



260 HISTORIA DE AMÉRICA 

recursos de ninguna parte, rindió la fortaleza por medio de honrosa 
capitulación (22 enero 1826). 

Veamos ahora lo que sucedía en el campo de la política. Por dele- 
gación de Bolívar fué nombrado presidente del Consejo de gobierno de 
la república peruana Andrés de Santa Cruz, quien lo hubo de comuni- 
car, con fecha 5 de julio de 1826, al Poder Ejecutivo de Colombia. El 
Libertador, sin embargo de los esfuerzos del pueblo de Lima para que 
no dejase el Perú, abandonó la capital (3 de septiembre) y salió para 
Colombia, donde le llamaban asuntos importantes. El 12 del citado mes 
llegó a Guayaquil. Señaladas muestras de entusiasmo dio Lima el 28 
de octubre de 1826, cumpleaños del Libertador. Dos días antes, o sea el 
26 de octubre, Bolívar desde Popayán escribió a Santa Cruz diciéndole 
lo que pensaba de los sucesos del Perú después de su salida y le indi- 
caba también lo que el citado Santa Cruz y sus otros amigos debían 
hacer para el bien público. Llegó el día feliz en que se juró en Lima 
la constitución política. El 8 de diciembre de 1826, a las tres y media 
de la tarde, las corporaciones civiles y eclesiásticas, los generales y 
jefes del ejército, y las autoridades de los departamentos, presididas 
por el prefecto, publicaron solemnemente la Constitución. El día 9, los 
individuos del Consejo de gobierno prestaron el juramento de obedien- 
cia a la Constitución, haciéndolo en seguida los jefes del ejército y 
corporaciones. 

Una división colombiana que guarnecía a Lima arrojó al gobierno 
que dejó Bolívar (28 enero 1827). siendo convocado por el mismo San- 
ta Cruz un Congreso Constituyente, el cual debía reunirse el l.o de 
mayo de 1827, para que examinara, arreglara y sancionara nueva Cons- 
titución. Instalada la representación nacional, comenzó eligiendo pre- 
sidente de la república al mariscal D. José de La Mar y vicepresiden- 
te a D. Manuel Salazar. No haciendo caso de la Constitución que con- 
fería al Libertador un poder vitalicio, proclamó el restablecimiento del 
Código liberal de 1823. El 19 de agosto entró La Mar en Lima, y el 
22 tomó posesión de la presidencia. Al día siguiente de tomar posesión 
dirigió un oficio al presidente de la república de Bolivia, participando 
su elección. Decía en el oficio que con repugnancia había cedido a las 
vivas solicitudes de sus representantes; pero que cumpliría religiosa- 
mente las grandes obligaciones que sobre él pesaban. Terminaba del 
siguiente modo: "Y al anunciaros, grande y buen amigo, mi exaltación 
a la presidencia y los principios que me dirigirán, os protesto mi cordial 
amistal„ (1). 

Tiempo adelante, por decreto del Congreso General Constituyente 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo XI, pág. 520. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 261 

(12 marzo 1828) se dispuso que el 6 de abril se presentaría el presiden- 
te en la sala del Congreso a hacer el debido juramento, y en seguida 
lo prestarían las autoridades de la capital ante el presidente citado, 
quien designaría el día y la forma con que debían verificarlo las demás 
corporaciones y parroquias (1). 

Procede referir, antes de continuar nuestra política relación, que 
un terremoto que sufrió Lima en el día 26 de marzo del citado año 
ocasionó algunos muertos y heridos, causando especialmente muchos 
desperfectos en los edificios. 

Por asuntos de poca importancia, el 20 de mayo de 1828 el Perú 
declaró la guerra a Colombia y Bolivia, o el general La Mar declaró 
la guerra al Libertador del mismo Perú, Colombia y Bolivia. El co- 
mandante peruano C. Althaus derrotó tropas bolivianas en Sorasona. 
Con razón el 3 de julio de 1828, desde Bogotá pudo Bolívar decir a los 
ciudadanos y soldados de Colombia en una proclama lo que a continua- 
ción copiamos: "La perfidia del gobierno del Perú ha pasado todos los 
límites y hollado todos los derechos de sus vecinos de Bolivia y de Co- 
lombia. Después de mil ultrajes, sufridos con una paciencia heroica, nos 
hemos visto al fin obligados a repeler la injusticia con la fuerza. Las 
tropas peruanas se han introducido en el corazón de Bolivia sin previa 
declaración de guerra y sin causa para ella. Tan abominable conducta 
nos dice lo que debemos esperar de un gobierno que no conoce ni las 
leyes de las naciones, ni las de la gratitud, ni siquiera el miramiento 
que se debe a pueblos amigos y hermanos. Referiros el catálogo de 
los crímenes del gobierno del Perú sería demasiado, y vuestro sufri- 
miento no podría escucharlo sin un horrible grito de venganza; pero yo 
no quiero excitar vuestra indignación ni avivar vuestras dolorosas he- 
ridas. Os invito solamente a armaros contra esos miserables que ya han 
violado el suelo de nuestra hija y que intentan aún profanar el seno de 
la madre de los héroes. Armaos, colombianos del Sur. Volad a las fron- 
teras del Perú y esperad allí la hora de la vindicta. Mi presencia entre 
vosotros será la señal del combate» (2). 

Por su parte, el presidente La Mar en una proclama dirigida a sus 
conciudadanos, a sus soldados y a sus amigas, con fecha 30 de agosto 
de 1828, devolvía la palabra perfidia con que Bolívar calificó la conduc- 
ta del gobierno peruano, diciendo: "Pérfido es el que prometió solemne- 
mente mantener nuestras libertades patrias para despojarnos de ellas. 
Pérfido el que hollando la ley y burlando la sinceridad de los pueblos, 
usurpó su soberanía. Pérfido el que apoyado en su espada les forzó a 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo XII, pág. 245. 

(2) Ibidem, pág. 682. 



262 HISTORIA DE AMÉRICA 

recibir su profesión de fe política, que es la execración de América y 
el escándalo de Europa. ¡Y es pérfido el Perú! Por mí mismo, y como 
órgano del sentimiento nacional, digo delante del Universo que pérfida 
es la mano que escribió contra nosotros tan enorme injuria, y que 
mienten sin pudor los labios que la profirieron. Decidan los hombres 
imparciales de parte de quién está la perfidia. „ Decía luego que el jefe 
de la nueva nación de Bolivia, de concierto con el Libertador, se dispo- 
nía a subyugar al Perú; pero que ellos, los peruanos, penetraron en el 
desgraciado país, y después de restituir la libertad a sus habitantes, 
se retiraron inmediatamente. Terminaba la proclama aconsejando a sus 
amigos que volasen al combate para defender la causa de la justicia y 
del honor, "haciendo sentir— y estas eran sus últimas palabras — a in- 
justos enemigos que la virtud es el alma de nuestro ejército, que no les 
aqueja la abominable sed de las conquistas .que distingue a esos céle- 
bres bandidos que, aspirando a un falso y execrable heroísmo, sacrifi- 
can millares de víctimas a su ambición desenfrenada „ (1). El gobier- 
no del Perú, considerando una declaración de guerra la proclama de 
Bolívar del 3 de julio de 1828, dispuso que los puertos, desde Tumbez 
inclusive, hasta el de Panamá, se considerasen en riguroso estado de 
bloqueo: así lo decretó el vicepresidente a 9 de septiembre de 1828 (2). 
A los cuatro días siguientes, esto es, el 13 de dicho mes, el presidente 
La Mar trató levantar en todo el país recursos extraordinarios para ha- 
cer la guerra a Colombia (3). Resuelto el Perú a luchar a todo trance, 
su presidente se puso al frente del ejército, y en la proclama que diri- 
gió a los soldados el 12 de octubre declaró que iba a pelear contra a el 
jurado enemigo de la independencia peruana „ (4). Rudo golpe sufrió la 
escuadra peruana en Guayaquil por fuerzas colombianas, pues fué ata- 
cada, rechazada y puesta fuera de combate en los días 22, 23 y 24 de 
noviembre de 1828 (5). Las consecuencias del combate comenzaron dán- 
dose a conocer por la capitulación de Guayaquil en 19 de enero de 
1829 (6). El digno y caballeroso general Sucre se puso al frente del 
ejército colombiano para resistir la invasión del peruano en el Ecua- 
dor, no sin dirigir (28 enero 1829) entusiástica proclama al ejército. 
Llevaron la peor parte en la lucha los peruanos, sucediéndose unos 
después de otros los desastres, hasta el punto que aquella república se 
vio obligada a firmar el tratado de Girón. Tuvo el general Antonio 

tomo XIII, págs. 20-22. 



(1) 


Documentos para la Historia del Libertador, etc 


(2) 


Ibidem, págs. 88 y 39. 


(3) 


Ibidem, págs. 52 y 53. 


(4) 


Ibidem, pág. 183. 


<5J 


Ibidem, págs. 218 y 219. 


(6) 


Ibidem, paga. 359 y 360. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 263" 

Gutiérrez de La Fuente que encargarse del gobierno con la denomina- 
ción de Jefe Supremo (6 junio 1829) ante el tristísimo cuadro que pre- 
sentaba el Perú. Es de notar que hasta el mismo general Gamarra r 
amigo cariñoso de La Mar, le hubo de decir en interesante carta (7 ju- 
nio 1829) que su mala administración y desaciertos habían llevado la 
república a la ruina, excitándole también a que renunciase la presi- 
dencia del país, retenida inconstitucionalmente (1). La Fuente, al mismo 
tiempo que procuraba establecer relaciones amistosas con el Libertador,. 
consentía que La Mar fuera preso por el general Gamarra. 

Reunido el Congreso Constituyente, el citado general La Fuente- 
prestó juramento como jefe provisorio de la república; luego, con fe- 
cha 22 de septiembre de 1829 se celebró el tratado de paz entre loa 
gobiernos de Colombia y el Perú (2). 

Vamos a reseñar la independencia de Bolivia. Desde el año 1798 
los habitantes de La Paz «meditaron la independencia de todo el Con- 
tinente y comunicaron este proyecto a las varias ciudades del reino r 
encontrando en cada una de ellas patriotas dispuestos a dar apoyo a. 
la empresa.» Era presidente de Charcas (3) en 1809 el teniente gene- 
ral D. Ramón García León de Pizarro, quien, deseando evitar mayo- 
res males, ordenó la prisión (25 de mayo) de los 'doctores Manuel y 
Jaime Zudáñez, que eran cabeza de los revolucionarios. No queriendo 
el pueblo de Charcas tolerar semejante acto de autoridad, se declaró 
en completa rebelión, atacando el palacio del presidente (26 de mayo) 
y reduciendo a prisión a la citada autoridad. Confiaron el gobierno ci- 
vil al oidor decano de la Audiencia, y el militar al coronel D. Juan 
Antonio Alvarez de Arenales, todo ello en nombre de Fernando VII, 
aunque en realidad lo que deseabantera la independencia. 

A la revolución de Charcas sucedió la de La Paz. El alma de la 
revolución fué D. Pedro . Domingo Morillo, el cual "aunque hombre de 
muy humilde esfera, pasaba por travieso y muy entendido en el ma- 
nejo de papeles, cualidades que le facilitaron una decidida influen- 
cia,, (4). Ayudáronle en su obra los ciudadanos Indaburu y Graneros. 
Los tres se apoderaron del cuartel y redujeron a prisión al gobernador. 
Reunidos en cabildo abierto, los doctores Gregorio García Lanza, Juan 
Bautista Sagárnaga y Basilio Catacora fueron nombrados represen- 
tantes del pueblo. El primer acto realizado por el Cabildo fué la si- 
guiente declaración: "En la noble y valerosa ciudad de Nuestra Seño- 
ra de la Paz, a las 8 de la noche del 16 de julio de 1809, reunidos en 

(1) Ob. cit., págs. 550 y 551. 

(2) Ibidem, patrs. 650-655., 

(3) Denomínase también Chuquisaca, La Plata y Sucre. 

(4) Memorias del general García Camba, tomo I, pág. 44. 



264 HISTORIA DE AMÉRICA 

el salón del Cabildo los abajo firmados, en el nombre del pueblo, de- 
claran y juran defender con su sangre y bienes la independencia del 
país.„ En la Junta que se constituyó inmediatamente se nombró jefe a 
Morillo. Prueba elocuente del valor y sinceridad de los revoluciona- 
rios lo indica la proclama que publicaron en seguida y de la cual co- 
piamos el siguiente párrafo: tt Ya es tiempo de organizar un sistema 
nuevo de gobierno fundado en los intereses de nuestra patria, alta- 
mente deprimida por la política bastarda de Madrid. Ya es tiempo, en 
fin, de levantar el estandarte de libertad en estas desgraciadas colo- 
nias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injus- 
ticia y tiranía. „ 

La oposición del obispo de la Paz, cuyos anatemas amedrentaron 
a, los indios y mestizos, la desunión y aun antagonismo entre los jefes 
revolucionarios, contribuyeron a la indisciplina de los patriotas y fue- 
ron causa de que estos últimos fuesen derrotados y reducidos a prisión 
por el ejercito mandado por el virrey del Perú. Morillo y sus parciales 
pagaron con la muerte su amor a la independencia. "Cuando el patrio- 
ta Morillo, humilde de origen, pero de noble corazón y gran inteligen- 
cia, se despidió en el cadalso, el 29 de enero de 1810, exclamando, con 
las palabras de otro mártir: "La antorcha que yo he encendido no se ex- 
tinguirá jamás „, hizo una profecía que el tiempo ha justificado amplia- 
mente. „ 

Pasados cuatro meses, los patriotas Saavedra, Monteagudo, More- 
no y otros, que habían marchado de Chuquisaca, Cochabamba y Poto- 
sí a Buenos Aires buscando apoyo para la revolución, se hallaban al 
frente de un ejército que se dirigía al Alto Perú. Conviene no olvidar 
que al mismo tiempo una Junta formada en Buenos Aires y presidida 
por el comandante Cornelio Saavedra, se atrevió a deponer al virrey 
Cisneros, importándole poco arrostrar las iras de Abascal, virrey del 
Perú. Patriotas y realistas se prepararon a la lucha. Numeroso parti- 
do revolucionario, en el que entre otros prestigiosos jefes argén tinos se 
hallaba el general Belgrano, se dispuso a continuar la lucha comenza- 
da en las alturas de La Paz. El ejército auxiliar de Buenos Aires, 
compuesto de unos mil doscientos hombres, estaba mandad) por el co- 
ronel Ortiz de Ocampo, como general en jefe, y por el coronel Gonzá- 
lez Balcarce, como jefe de Estado Mayor. Adelantóse Balcarce hasta 
Cogaita (Bolivia), donde fué rechazado (27 de octubre), consiguiendo 
poco después la victoria en los campos de Snipacha (7 de noviembre), 
donde se rindieron a discreción Nieto, presidente de Charcas; Sanz, 
intendente de Potosí, y el coronel Córdova, jefes del ejército. Los ven- 
cedores, sin compasión alguna — como más extensamente se dirá en el 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 265 

capítulo XVII — , les hicieron fusilar para vengar la muerte dada poco 
tiempo antes a Morillo y a otros. 

Después de un armisticio de cuarenta días firmado por el general 
Goyeneche, jefe del ejército que le había confiado el virrey Abascal, 
y por González Valcarce, jefe del ejército argentino que había liber- 
tado el Alto Perú, el primero acampado en la margen derecha del río 
Desaguadero, y el segundo en la izquierda (1), cayeron los realistas 
sobre los patriotas en los cerros de Huaqai (20 de junio) causándoles 
completa derrota. Retiróse froyeneche hacia el Sur, en tanto que 
las fuerzas argentinas salvadas del desastre de Huaqui, se ponían bajo 
las órdenes de Belgrano. Aquel general realista despachó al general 
Don Pío Tristán, con un ejército de más" de tres mil hombres para ba- 
tir en Tucumán a los patriotas dirigidos por Belgrano. La victoria fué 
délos revolucionarios argentinos (22 septiembre 1812). Si en Salta 
(Argentina), Tristán sufrió una gran derrota por dicho Belgrano y 
tuvo que rendirse (20 febrero 1813), en el Alto Perú la revolución vol- 
vió a mostrarse vigorosa. 

Al mismo tiempo, a la cabeza de los patriotas de Cochabamba, se 
pusieron Manuel Esteban Arce y Melchor Guzmán Quitón, quienes 
marcharon sobre Oruro (Bolivia) y derrotaron a los realistas en Aro- 
ma] primera batalla ganada por los revolucionarios en la meseta boli- 
viana, después de la cual se escribieron en La Gaceta de Buenos Aires 
las siguientes palabras: EL Alto Perú será libre, porque Cochabamba lo 
quiere así. 

El general realista Goyeneche, encargado por el virrey Abascal 
de combatir á los revolucionarios en el Perú, cuyo país otra vez ha- 
bía caido bajo el dominio español, cansado de guerra tari larga, mar- 
chó a España, siendo nombrado en su lugar por el virrey del Perú el 
general Pezuela. Después de la victoria de Pezuela en Vücapujio 
(l.o octubre 1813) y en Ayouma (14 noviembre) contra Belgrano, el 
gobierno argentino creyó llegado el caso de nombrar general en jefe del 
Alto Perú a San Martín (16 de diciembre), sustituyéndole al poco tiem- 
po el brigadier Rondeau y a este último el coronel Don Ignacio Alva- 
rez Tomás.' Ya sabemos que poco antes Rondeau había sido vencido en 
las alturas de Sipe-Sipe o de Viluma (28 de noviembre) por Pezuela. 

Declarada por el Congreso de Tucumán el 9 de julio de 1816 la in- 
dependencia de las provincias argentinas, uno de los primeros actos 
del nuevo gobierno fué enviar al Alto Perú otro ejército auxiliar, man- 
dado por La Madrid. En el campo realista el general Pezuela, que 
había sido nombrado virrey del Perú, mandó a ocupar su antiguo puesto 

(i) Dicho río señala el límite entre los virreinatos de Buenos Aires y del Perú. 



266 HISTORIA DE AMÉRICA 

en el ejército al general Ramírez. Seis meses después, La Serna susti- 
tuyó a Ramírez. 

Es de notar que Santa Cruz, militar realista a la sazón — y tiempo- 
adelante presidente de la república de Bolivia — triunfó del ejército 
auxiliar, antes citado, el 24 de junio de 1817. Siguiéronse cuatro años 
de guerrillas, alternando los triunfos con las derrotas. ¡Esta guerra es- 
eterna! decían con razón los unos y los otros, los realistas y los pa- 
triotas. 

Gratas noticias corrieron en el Alto Perú por el año 1821. El ejér- 
cito libertador de Chile y la Argentina, bajo la dirección del general 
San Martín, había desembarcado en Pisco; la armada de los revolucio- 
narios había capturado los meares buques españoles en la bahía del 
Callao. El virrey Pezuela tuvo que retirarse de Lima, cuya ciudad 
cayó en poder de los patriotas, quienes pudieron afirmar en una pro- 
clama (28 julio 1821) la independencia del Perú. Para reemplazar a 
Pezuela se nombró a La Serna, como se dijo en los comienzos de este 
capítulo. / 

Con mayores bríos los revolucionarios de Lima mandaron, en los 
primeros días de agosto de 1823, un ejército de seis mil hombres, diri- 
gidos por el general Santa Cruz — quien se había unido a la causa de 
la revolución — para establecer la independencia del Alto Perú. A Santa 
Cruz le acompañaba Agustín Gamarra, que mandaba la mitad de la 
división. Al lado de las tropas libertadoras se pusieron los guerrilleros. 

Dos golpes terribles — como ya sabemos — sufrieron por entonces en 
Junín y en Ayacucho las tropas del virrey La Serna. 

En el décimo quinto aniversario de la muerte que sufrieron los pri- 
meros patriotas en la plaza de La Paz, a la misma hora en que se ve- 
rificó la ejecución, Olañeta, última de las autoridades españolas, aban- 
donó la ciudad (29 enero 1825) (1). El ejército independiente del Alto 
Perú, llevando a su cabeza al general José Miguel Lanza, hizo su en- 
trada solemne en La Paz en el citado día. Dicho general leyó ai "día 
siguiente la declaración de independencia, en el nombre y con la auto- 
ridad de Bolívar y Sucre, asumiendo el mando de la provincia de La 
Paz y tomando el título de presidente. La guerra de la independencia 
había terminado. 

También el general Sucre marchó a La Paz. Una comisión de dis- 
tinguidos ciudadanos, llevando al frente al general Lanza y a Casimiro 
Olañeta, sobrino este último del jefe realista del mismo apellido, salió 
al encuentro del héroe y le dio la bienvenida. El 7 de febrero hizo su 
entrada triunfal, en medio de entusiásticas aclamaciones, bajo arcos de 

(l) Olañeta fué derrotado y muerto el l.° de abril de 1825. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 267 

triunfo y a través de calles decoradas con banderas y gallardetes. Do» 
días después de su llegadaj Sucre expidió un decreto convocando a una 
Asamblea nacional para determinar el futuro gobierno del país. Re- 
unióse la primera Asamblea nacional en Chuquisaca (junio de 1825). 
Al general Sucre corresponde la gloria de haber sido el primer orga- 
nizador de la república. Su retrato se destaca en el salón donde se 
reunió la primera Asamblea nacional y estas palabras de su testa- 
mento: "Aún pediré otro premio a la nación entera y a sus adminis- 
tradores: el de no destruir la obra de mi creación; de conservar por en- 
tre todos los peligros la independencia de Bolivia. „ Erigióse en Estado 
independiente de todas las naciones del antiguo y del nuevo mundo el 
10 de agosto de 1825, y, aunque Bolívar insistió en el mensaje que des- 
de su cuartel general de Arequipa (10 mayo 1825) hubo de dirigir de- 
clarando que el Alto Perú se hallaba sujeto a la autoridad del Con- 
greso de Lima, el general Lanza, Olañeta y otros manifestaron ter- 
minantemente que Bolivia constituía Estado independiente y sobe- 
rano. 

El Acta de la independencia de Bolivia lleva la fecha de 6 de agos- 
to de 1825, y su comienzo es como sigue: "Lanzándose furioso el león 
de Iberia, desde las columnas de Hércules hasta los imperios de Moc- 
tezuma y de Atahualpa, ha despedazado durante muchas centurias 
el desgraciado cuerpo de América y nutrídose con su substancia. To- 
dos los Estados del continente pueden mostrar al mundo sus profundas 
heridas para comprobar el dilaceramiento que sufrieron; pero el Alto 
Perú aún las tiene más enormes y la sangre que vierten hasta el día 
es el monumento más auténtico de la ferocidad de aquel monstruo. 

•■••; (!)• 

Tomó primero el nombre de Bolívar, cambiado después por el de 
Bolivia en honor del Libertador. Chuquisaca fué declarada capital con 
el nombre de Sucre, para conmemorar la parte que tomó el vencedor 
de Ayacucho en la organización del nuevo Estado, según decreto dado 
en la sala de sesiones de Chuquisaca el 11 de agosto de 1825 (2). 
Trasladaremos a este lugar el siguiente Real decreto: • 
La Asamblea general de la República Bolívar, deseando fijar las 
banderas de este nuevo Estado, ha decretado y decreta lo que sigue: 

1.° La bandera nacional será bicolor, verde y punzó: el campo prin- 
cipal será punzó, y a uno y a otro costado irán colocadas dos fajas ver- 
des de ancho de un pie; sobre el campo punzó se colocarán cinco óvalos 
verdes formados de ramas de olivo y laurel, uno en el medio y cuatro 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo X, pág. 62. 

(2) Ibidem. pág. 70. 



268 HISTORIA DE AMÉRICA 

en los costados, y dentro de cada uno de estos óvalos se colocará una 
estrella color de oro. 

2.° La bandera menor sólo llevará, en el centro del campo punzó, 
uno de los óvalos mencionados en el artículo anterior, con una estrella 
en el medio. 

Comuniqúese a S. E. el Gran Mariscal de Ayacucho para que lo 
eleve al conocimiento de S. E. el Libertador y lo mande imprimir, pu- 
blicar y circular. 

Dado en la Sala de sesiones de Chuquísaca a 17 de agosto de 1825. 

José Mariano Serrano, presidente. — Ángel Mariano hoscoso, diputa- 
do-secretario. — José Ignacio de Sanjinés, diputado -secretario. 

Sucre regresó a La Paz para encontrar al general Bolívar, que 
llegó el 18 de agosto de 1825 en medio de generales demostraciones 
de alegría. En la plaza Morillo, el Libertador dirigió la palabra a los 
soldados, contestando en nombre del ejército el general Sucre, y luego, 
en nombre de la ciudad de La Paz, presentó cadena de oro a Bolívar, 
tratando ceñirla a su cabeza, cadena "tegida por las manos de la Li- 
bertad y de la Victoria, para su hijo predilecto, el genio de Colombia, 
el héroe de la América del Sur.„ Bolívar, cogiendo la cadena en sus 
manos, la colocó en el cuello de Sucre, diciendo: tt Vos fuisteis el liber- 
tador del Perú en el campo de Ayacucho.,, Replicó Sucre: "Vuestro solo 
nombre me hizo vencer en Ayacucho. „ 

Bolívar, después de llamar a Bolivia tt su hija predilecta,,, dejó La 
Paz el 20 de septiembre de 1825 y se encaminó a Sucre, tomando pose- 
sión de la presidencia de la república (noviembre de 1825). Poco antes 
la Asamblea general de Bolivia hubo de decretar (3 octubre 1825) que 
Sucre, el gran mariscal de Ayacucho, obtendría el mando supremo de 
la república en ausencia del Libertador de Colombia y del Perú. Es de 
justicia reconocer — aunque otra cosa digan no pocos historiadores de 
aquellos tiempos— que Bolívar realizó con poca meditación algunas re- 
formas. Se retiró a Lima en enero de 1826. De la capital del Perú envió 
un proyecto de Constitución que fué aprobado por el Congreso de Boli- 
via. Acerca "de los límites del nuevo Estado poco tuvo que agrade- 
cer Bolivia al Libertador, y menos todavía al no cederle los puertos 
de Arica e Iquique. Los de Cobija y Antofagasta eran muy infe- 
riores. 

Al separarse Bolívar del Alto Perú— conforme a la resolución del 
Soberano Congreso de 23 de febrero del presente año — delegó (decreto 
del 29 de diciembre de 1825) en el general Sucre, mariscal de Ayacu- 
cho y venezolano de nacimiento, toda la autoridad y facultades con que 
le revistió la Asamblea general de las provincias. Para los casos de en- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 269 

fermedad, ausencia o muerte de Sucre, nombró al general de división 
Santa Cruz. 

El segundo Congreso, reunido en Chuquisaca el día 25 de mayo 
de 1826, duró hasta el 11 de enero de 1827. En el mismo día (25 mayo 
1826) presentó el Libertador al Congreso Constituyente un proyecto 
de Constitución. Suplicó a la augusta Asamblea que no hiciese en él 
la elección de presidente de la república, devolviendo a la nación la 
autoridad y retirándose a Colombia. 

Nombrado presidente Sucre, se negó a aceptar el cargo. Tan renació 
se mostró el vencedor de Ayacucho, que para su aceptación hubo de 
intervenir el mismo Bolívar. Ocupóse el Congreso Constituyente en es- 
tablecer el gobierno bajo firmes bases. Se organizó la administración, 
se fomentó la cultura, etc. En la carta que desde Caracas y con fecha 
6 de abril de 1827, escribió Bolívar al gran mariscal de Ayacucho, se 
hallan párrafos como los siguientes: "El pueblo boliviano os ha nom- 
brado su primer magistrado; erais digno de este ilustre testimonio de 
gratitud nacional. El Congreso de esta República me insta con enca- 
recimiento para que os ruegue aceptéis la presidencia del Estado, con- 
forme a la Constitución... Bolivia es vuestra obra; ella, como hija tierna 
y querida, tiene derecho a los cuidados paternales. Ayacucho os impuso 
este deber: allí recibisteis de manos de la victoria los títulos de padre 
y fundador de Bolivia... Imploro de vos, señor, lá felicidad de Bolivia; 
jurad ser presidente constitucional de esa República, que su ventura 
será perpetua. „ (1) 

En la madrugada del 25 de diciembre, los sargentos del batallón de 
voltígeros, combinados con uno o dos del escuadrón de granaderos, hi- 
cieron tomar las armas a la infantería y proclamaron la revolución, 
arrestando al general Figueredo, general Prefecto, general Urdininea 
y otros jefes y oficiales. Pedro Guerra y otros jefss revolucionarios con 
grupos de soldados andaban gritando por la plaza y las calles: ¡Viva el 
Perú! ¡ Viva el general Santa Cruz! El coronel Broun, con arrojo singu- 
lar, se puso al frente de los leales. Huyeron los sublevados perseguidos 
por los representantes de la legalidad, llevando los primeros la peor 
parte en la lucha. Viéndose perdido Pedro Guerra, pidió auxilio al ge- 
neral Gamarra, peruano; pero en el mismo* día (26 diciembre 1827), el 
batallón Bolivia derrotó completamente a los sublevados voltígeros en 
La Paz, siendo los héroes de la jornada los valientes generales Urdini- 
nea y Figueredo. Terminada la sublevación, aceptó el general Urdini- 
nea en el día 27 del citado diciembre el ministerio de la Guerra, para 
el cual habia sido nombrado por decreto de 9 del mismo mes. A su vez 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo XI, págs. 213 y 214. 



270 HISTORIA DE AMERICA 

el presidente de la república comenzó el arreglo de la administración 
del Estado y con fecha 31 de diciembre, publicó el decreto correspon- 
diente para las elecciones del Congreso Constitutivo de 1828. 

Como el general Gamarra pidiese una entrevista a Urdininea y el 
último no quisiere aceptarla, aquél le contestó dándole consejos acerca 
de la gobernación del Estado. «Sobre que todos quieren meter las ma- 
nos y aun la cola en los. asuntos de Bolivia. ¡En linda gracia han dado 

los peruanos! 

¿Tú que no sabes 
me das lecciones? 
Cállate Fabio, 
no te incomodes. 

Es lo que debemos contestar los bolivianos a estos celosos tutores 
y curadores que nos hemos echado. Pero allá se las entenderán con 
Urdininea, que es hombre que sabe dónde le aprieta el zapato» (1). 
Mostróse en esta ocasión el amor de la independencia de Bolivia, pues 
como dice el escritor antes citado, «los paceños queremos sólo ser boli- 
vianos, y nos irritamos al considerar que los limeños traten de mez- 
clarse en nuestros negocios.» Sin embargo, el general Gamarra celebró 
una conferencia el 5 de marzo de 1828 con el presidente de Bolivia en 
el Desaguadero, reinando en ella vivos deseos de paz. El presidente de 
Bolivia tuvo en cuenta al tratar con Gamarra los intereses de su pue- 
blo, no olvidando los de América y especialmente los de Colombia; y el 
gobierno del Perú se convenció de que Colombia no tenía enemiga al- 
guna hacia él. No importaban las buenas relaciones entre Bolivia y el 
Perú para que Sucre se dispusiera a volver a su patria. 

Tiempo adelante, la decadencia del prestigio de Bolívar vino a per- 
judicar a Sucre. Las tropas de Colombia, que nunca se habían separa- 
do de aquellos generales en su camino victorioso, se insurreccionaron 
en la mañana del 18 de abril de 1828 en Chuquisaca. Sucre intentó 
sujetar a los revoltosos, sacando de la contienda roto el brazo derecho, 
y teniendo la pena de ver muerto a su defensor y amigo el general 
Lanza. Inmediatamente abandonó a Bolivia, delegando su autoridad en 
un Consejo de ministros presidido por el general Urdininea (2). Gene- 
rales fueron los disturbios que siguieron a la partida del general Sucre. 
El general peruano Gamarra penetró en Bolivia deseoso únicamente de 
llevar la oliva de la paz; pero Urdininea llamó a las armas a los suyos 

(1) Documentos para la HistoriafLel Libertador, etc., tomo XII, págs. 7á-77. Carta de un sujeto 
respetable de Bolivia. 

(2) Desde Bolivia marchó Sucre a Colombia, donde dos años después fué asesinado cuando se 
dirigía a su tierra natal. Bolívar— como en el capítulo siguiente diremos— murió algunos meses 
después. 



QOBIERNOS INDEPENDIENTES 271 

(17 mayo 1828), porque «Un ejército invasor, más digno de odio que el 
de los españoles, ha profanado con sus plaatas sacrilegas el suelo en 
que hemos nacido.» Así comenzaba la proclama del citado general (1). 
Urdininea dio noticia de ello a Bolívar, indicándole que se habían ini- 
ciado relaciones amistosas con el ejército peruano (carta del 6 ju- 
lio 1828) (2). 

En la Asamblea reunida en Bolivia el 1828 se manifestó la enemi- 
ga de dos partidos políticos: uno se hallaba supeditado a la influencia 
del Perú, y el otro representaba U política de Sucre. Venció el pri- 
mero, que elevó a la presidencia de la república al general D. Pedro 
Blanco y a la vicepresidencia al coronel Loaiza. Continuaron los moti- 
nes y sublevaciones, llegando el coronel Ballivian, al frente de los na- 
cionalistas, a declararse en completa insurrección. El presidente Blan- 
co fué preso en su palacio y asesinado. Desempeñó la presidencia cua- 
tro días, desde el 26 de diciembre de 1828 al 31 en que fué depuesto. 
El coronel Armaza, ministro de la Guerra, en un manifiesto que dio a 
la nación el 1.° de enero de 1829, decía lo que sigue: "La conocida inep- 
titud del general Blanco para el mando de la República, los atrevidos 
pasos que dio contra las leyes y la justicia en los cuatro días de su ad- 
ministración, y la desconsoladora perspectiva que se presentaba para 
lo futuro, han pronunciado el voto público contra su permanencia en el 
mando,, (3). En tanto que la Asamblea deliberase lo conveniente a la 
salud pública, se autorizó (31 diciembre 1828) al general D. José Miguel 
de Velasco para que ejerciera el Poder Ejecutivo. Se quería la termi- 
nación de tantos desórdenes, pues la anarquía interior y la guerra con 
el Perú estaban arruinando el país . Todos deseaban colocar al frente 
del gobierno un hombre de carácter y de resolución. Al fin llegó el día 
deseado. 



(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo XII, pág. 444. 

(2) Ibidem, pág. 688. 

<S) Ibidem, tomo XIII, págs. 339-341. 



CAPITULO XIV 



Colombia: su independencia. — Levantamiento de Bogotá. — 
Junta Supeema del Reino.— Congreso de Bogotá y consti- 
tución de la República de Cundinamabca.— Guerra con Es- 
paña. — Anarquía. - Bolívar en Colombia. — Guerra entre 
republicanos y españoles. — batalla de tt boyacá„.— con- 
GRESO de Angostura. — Fiesta en Santa. Fe. — Conducta de 
Santander.— Ley fundamental de Colombia.— Bolívar, pre- 
sidente.— Causa DEL DESALIENTO DE MORILLO.— ARMISTICIO.— 

Morillo y Bolívar en Santa Ana.— La Torre.— Realistas y 
patriotas.— Proclama de Roscio.— Congreso de Cúcuta. — 
Bolívar y Santander.— Independencia de Maracaibo. — Ca- 
racas.— Campaña de Bolívar en Venezuela, Ecuador y Perú. 
Bolívar en Colombia.— Estado de Colombia en 1827. -Des- 
contento en Venezuela. — Pasquines. — Bolívar en Bogotá. 
Conjuración.— Venezuela, Colombia y Quito.— Muerte de. 
Sucre.— Muerte de Bolívar.— Bolívar ante la Historia. 



Colombia se halla comprendida entre los 5 o 8' latitud Sur y 12° 25' 
latitud Norte, y desde los 8 o 4' longitud E. y los 9 o 11' longitud O. de 
Bogotá. Está limitada al N. por el Atlántico, al E. por el Pacífico y la 
República de Panamá, al S. por el Ecuador y al O. por Venezuela y el 
Brasil. La población se puede fijar en cinco millones de habitantes y 
su superficie en 1.127.372 k. c. 

Un hecho de escasa importancia fué motivo de la independencia de- 
Colombia. La conspiración descubierta en Quito en 1809 y todos los 
hechos realizados a la sazón en España (invasión francesa, abdicación 
de Carlos IV, y proclamación de Fernando VII), determinaron el le- 
vantamiento de Bogotá (20 julio 1810). Esperábase la llegada de don 
Antonio Villavicencio, comisario real, nombrado por la Regencia de 
Cádiz. Preparóse un banquete, y con motivo del ramillete que debía 
figurar en el centro de la mesa, se trabó disputa entre un bogotana 
(criollo) y un español (chapetón), dividiéndose los presentes en uno ó 
en otro partido. Al grito de ¡mueran los chapetones! se reunió t( da la. 
población y en la noche del citado 20 de julio se pidió cabildo abieito 
y bajo la presidencia de Amar instalóse una Junta Suprema del Reina 



OOBIERNOS INDEPENDIENTES 273 

Pronto comenzó la desconfianza entre el virrey y la Junta, terminan- 
do situación tan tirante por la prisión de aquél y de su mujer, los cua- 
les fueron presos al mismo tiempo que otros españoles y embarcados en 
Cartagena con destino a España. La Junta, si negó obediencia a la re- 
gencia de Cádiz, continuó reconociendo como rey a Fernando VII. Un 
Congreso celebrado en Bogotá, al que asistieron sólo representantes de 
siete provincias (se instaló el 25 de diciembre de 1810) decretó la Cons- 
titución de una república que llamaron de Cundinamarca, con un presi- 
dente elegido por el Congreso, que debía gobernar en nombre del rey 
de España. El primer presidente, D. Jorge Tadeo Lozano, a causa de 
las dificultades que encontró para organizar el nuevo gobierno, resignó 
el cargo en el año 1814, sucediéndole D. Antonio Nariño, jefe del par- 
tido centralista, que sostuvo reñida lucha contra los federalistas. Ardió 
con fuerza extraordinaria la guerra civil, hasta que el dictador Nariño 
se vio obligado a abdicar, eligiendo el Congreso, ya retirado a Leiva 
(Tunja), a Camilo Torres, quien proclamó la independencia de la co- 
lonia. 

Cuando se comenzó la guerra con España, la fortuna se mostró 
contraria a los republicanos, hasta el punto que el general Morillo se 
apoderó de Cartagena y restableció el orden en el país. En tanto, lo» 
republicanos echaban leña al fuego de sus discordias, aumentando cada 
vez más la confusión y anarquía. Ni la conciliación de Torres y Nari- 
ño, ni el nombramiento de un triunvirato, ni la dictadura confiada al 
expresidente Torres, ni la elección de presidente hecha por el Congre- 
so en favor de IX José Fernández Madrid, ni su sucesor Custodio G-ar- 
cía Rovira pudieron adelantar nada en tiempos tan desgraciados para 
la independencia de Colombia. 

Habremos de recordar en este lugar, que el presidente Torres hubo- 
de conceder auxilios al revolucionario Simón Bolívar para que socorrie- 
se a los venezolanos. Tan buena maña se dio Bolívar, que logró grandes 
ventajas en Venezuela y, habiendo convocado el Congreso Nacional de 
las provincias venezolanas el 1.° de enero de 1819, fué elegido presi- 
dente de la república. Inmediatamente acudió en defensa de los neo- 
granadinos (1). Atravesó llanuras y páramos, y al frente de 1.800 au- 
xiliares extranjeros, casi todos ingleses, con otras varias fuerzas, pe- 
leó eñ el Pantano de Vargas (26 julio 1819) con el general realista Ba- 
rreiro, y, aunque los dos generales se atribuyeron la victoria, la mejor 
parte la llevaron los republicanos. El 4 de agosto se hallaban frente a. 
frente republicanos y realistas, dirigiéndose los primeros, a las ocho de 
la noche, á la ciudad de Tunja por el camino de Toca, dejando el ene- 

(1) Recuérdese lo que sobre el mismo asunto se dijo al tratar de la independencia de Venezuela- 
III 18 



274 HISTORIA DE AMÉRICA 

migo a la espalda. Barreiro siguió al ejército patriota y en el puente 
de Boyacá (Colombia), se dio reñida batalla (7 agosto 1819), consi- 
guiendo importante victoria los generales Santander y» Anzoátegui. 
Casi todo el ejército realista fué hecho prisionero: Barreiro, su segun- 
do el coronel Jiménez, muchos comandantes y mayores de los cuerpos, 
subalternos y más de 1.600 soldados, como también la artillería, la ma- 
yor parte de la caballería y municiones cayeron en poder de los patrio- 
tas. Al día siguiente, esto es, el día 8, el Libertador publicó en Venta- 
Quemada el siguiente decreto: «Los batallones primero de Cazadores y 
primero de línea de Nueva Granada, los de Venezuela, Rifles, Barcelona, 
Bravo de Páez y el de Rifles Ingleses, y los escuadrones Lanceros del 
Llano-Arriba, Guías de Casanare y Apure, y el de Dragones, llevarán 
por trofeo en sus banderas y estandartes esta inscripción: Boyacá, en 
la parte superior del centro que ocupan el nombre del batallón o escua- 
drón.» El 10 de agosto el ejército dirigido por Bolívar penetró en Bo- 
gotá, donde el Dr. Vicente Azuero le recibió con famosa y pedante 
arenga, a la cual contestó el Libertador. «Ilustre y grande orador: El 
héroe que has descrito no soy yo. Procura tú imitarlo y yo lo admira- 
ré.» La victoria que consiguió en Boyacá el Libertador, decidió la suer- 
te del país. Bolívar se coronó de laureles en aquella jornada. 

Con fecha 16 de septiembre de 1819 el general Santander desde su 
cuartel general de Santa Fe, comunicó al Congreso nacional de Vene- 
zuela, en Angostura, que el jefe de la nación le había elegido vicepre- 
sidente de Nueva Granada. Encargóse de organizar el gobierno y de 
arbitrar recursos para libertar a las provincias del s*r de Colombia y 
de gran parte de Venezuela que continuaban bajo la obediencia de Es- 
paña. 

Justo será referir, aunque sucintamente, las íiestas que se celebra- 
ron en Santa Fe el 18 de septiembre del año citado con motivo de la 
victoria de Boyacá y de la libertad, por consiguiente, de Nueva Gra- 
nada. A las dos-de la tarde, Bolívar, con su Estado Mayor y el ejérci- 
to, se trasladó a la plazuela de San Diego, que se halla a la entrada 
de la población a la parte del norte. El gobernador político, al frente 
de numerosa comitiva compuesta del cabildo, tribunales, alcaldes, mu- 
chos empleados y personas distinguidas, salió desde la plaza mayor di- 
rigiéndose a San Diego en medio de inmensa muchedumbre. El gober- 
nador invitó á Bolívar a que le siguiese al centro de la ciudad. Cuatro 
dependientes del cabildo con sus correspondientes clarines rompieron 
la marcha. Seguían ocho batidores. Después los maceros del cabildo y 
de la alta corte de justicia; en seguida los empleados, corporaciones y 
particulares. Luego se veía al Libertador en medio de los generales 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 275 

Santander y Anzoátegui. Últimamente los secretarios, Estado Mayor 
general, ayudantes de campo y la tropa. 

Las casas estaban adornadas con mucho gusto, hallándose los bal- 
cones, puertas y ventanas con cortinajes de damasco, festones, coronas 
de olivos y laureles. Erigiéronse siete arcos triunfales en diferen- 
tes sitios. Al mismo tiempo que la multitud daba vivas al Libertador y 
al ejército, tocaban las músicas, repicaban las campanas de todas las 
torres y caían ramos de flores desde las ventanas y balcones. Habien- 
do llegado á la plaza mayor, Bolívar, los dos generales y la comitiva 
oficial penetraron en la Catedral, donde se entonó un Te-Deum. Vol- 
vieron a la plaza, donde bajo solio de damasco tricolor tomaron asien- 
to los tres generales, colocándose a su derecha e izquierda señoras y 
toda la comitiva. Al mismo tiempo que numeroso coro entonaba un him- 
no a Bolívar, veinte señoritas de las familias más distinguidas, vesti- 
das de blanco y llevando en sus manos rico cestillo de plata y en él la 
corona y cruces destinadas por la capital y provincia de Cundinamar- 
ca al Libertador y sus generales. La señorita Dolores Vargas, cuyo 
padre, el Dr. D. Ignacio, había muerto en el patíbulo por su amor a la 
independencia de la patria, dirigió sentido y patriótico discurso al Li- 
bertador, colocando después en su cabeza la corona de laurel. Las otras 
señoritas entregaron a él y a los otros dos generales el escudo de Bo- 
yacá, que pusieron sobre su pecho. 

Conmovido el Libertador, dio las gracias con voz tan potente, que se 
oía en todos los ángulos de la plaza. Manifestó que el pueblo era digno 
de ser libre. Añadió que las inmortales hazañas que tanto se ensalzaban 
eran debidas a los generales que tenía a su lado, a los compañeros de 
armas, a los soldados que formaban en aquella plaza: "esos soldados 
libertadores — dijo — son los que merecen estos laureles„;y quitándose la 
corona la puso sobre las sienes de los dos generales y luego la entregó 
al batallón Rifles, que tenía más próximo. Prometió Bolívar dedicarse 
perpetuamente a la defensa y prosperidad de la patria. Inmenso fué el 
entusiasmo de las corporaciones y del pueblo. 

Inmediatamente comparecieron las autoridades más importantes. El 
gobernador político, entre otras cosas encomiásticas, dijo lo que sigue: 
"Todo, todo lo debemos al valor, a las virtudes, a los inmortales esfuerzos 
de V. E., de los esclarecidos generales de división, y de los valientes y 
bravos militares que a las órdenes inmediatas de V. E. han presentado 
en la campaña reciente hechos capaces de obscurecerlos más brillantes 
de los tiempos heroicos. No, no debió Tebas más a Epaminondas, Atenas 
a Temístocles, ni Roma a Camilo, que la Nueva Granada a V. E. y su 
ejército libertador. Sus extraordinarios servicios son mayores que todos 



276 HISTORIA DE AMÉRICA 

los honores y premios, y la gratitud del pueblo granadino excede a 
toda expresión. Arrebatado de los ardientes deseos de manifestarla, ha 
decretado a V. E. un triunfo debido a sus victorias, una corona a su va- 
lor, una cruz a sus virtudes militares y una columna a su inmortali- 
dad.» El superintendente director terminaba así su peroración: "Vivid, 
pues, ¡oh gran Bolívar! vivid siempre feliz y victorioso, y que el cielo 
os conserve para consuelo de la humanidad afligida y defensa de la 
Nueva Granada. Y vosotros, valientes guerreros, dignos instrumentos 
de nuestra libertad, seguid vuestros pasos al glorioso templo de la fa- 
ma, sin perder de vista a este ejemplar del heroismo, a este prototipo 
de las virtudes, a Bolívar el magnánimo, el generoso, el grande. „ El 
cabildo eclesiástico de Santa Fe manifestó también su patriotismo y su 
amor a la causa de la independencia sud-americana, contribuyendo, no 
sólo con los socorros espirituales y demás sagradas funciones que ofre- 
cían al Dios de las victorias, sino con importantes cantidades para 
atender a la guerra de 1819. 

Un suceso importante llamó la atención en aquellos tiempos. El 10 
de octubre de 1819 dio orden; el general Santander que fuesen fusilados 
38 prisioneros hechos en Boyacá, entre los cuales se hallaba el general 
Barreiro. El 11 comenzó la ejecución en la plaza misma donde estaba 
el cuartel de su prisión. Para justificar Santander la citada ejecución 
hubo de alegar que Morillo y Sámano habían levantado patíbulos por 
todas partes y que Barreiro hizo fusilar a 34 prisioneros patriotas oo- 
gidos en la acción de Gámeza. "Esta medida de severidad — escribe el 
historiador Restrepo — dio vida y nuevo aliento a los independientes, 
salvando acaso a la república de otras desgracias. Multitud de patriotas 
granadinos que estaban tímidos y vacilantes se dicidieron enérgicamen- 
te en Santa Fe y en las provincias. Vieron que no había otro arbitrio que 
vencer o morir a manos de los españoles, los cuales a nadie perdona- 
rían si volvían a ocupar el país. La fuerza que estos sentimientos y 
persuasión comunicaron a todas las clases del Estado fué muy grande. 
Unida a la actividad, energía y firmeza del vicepresidente de Cundi- 
namarca y demás funcionarios públicos, salvaron a este hermoso país 
de otra nueva catástrofe y funesta retrogradación. Creemos, por tanto, 
que la ejecución de Barreiro y de sus desgraciados compañeros fué muy 
útil a la salud de la patria, y que hay razones harto poderosas para sos- 
tener la justicia y necesidad con que se hiciera» (1). A nosotros sólo se 
nos ocurre decir que en esto de crueldades lo mismo las realizaban los 
patriotas que los realistas. 

En el dia 17 de diciembre de 18 19 se promulgó en Angostura la ley 

(1) Historia de Colombia. — Venezuela.— Capítulo XI . 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 277 

fundamental de la república de Colombia. Decretó el Congreso indul- 
to general, exceptuando sólo ciertos delitos cometidos en el territorio 
libre de Venezuela (19 enero 1820). Juzgamos de verdadero interés 
trasladar aquí la siguiente ley fundamental de la república de Colom- 
bia, dada en el palacio del soberano Congreso de Venezuela, en la ciu- 
dad de Santo Tomás de Angostura, a 17 de diciembre de 1819, noveno 
de la independencia. Hízose dicha ley con arreglo a un informe de una 
comisión especial de diputados de Nueva Granada y Venezuela. 

« Artículo l.o Las repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada 
quedan desde este día reunidas en una sola bajo el título glorioso de la 
república de Colombia. Art. 2s> Su territorio será el que comprendían 
la antigua capitanía general de Venezuela y el virreinato del Nuevo 
reino de Granada, abrazando una extensión de 115.000 leguas cuadra- 
das cuyos términos precisos se fijarán en mejores circunstancias. Art 3.° 
Las deudas que las dos repúblicas han contraído separadamente, son 
reconocidas in solidum por esta ley como deuda nacional de Colombia, 
a cuyo pago quedan vinculados todos los bienes y propiedades del Es- 
tado, y se destinarán los ramos más productivos de las rentas públicas. 
Art. 4.° El poder ejecutivo de la república será ejercido por un presi- 
dente, y en su defecto, por un vicepresidente, nombrados ambos interi- 
namente por el actual Congreso. Art. 5.° La república de Colombia se 
dividirá en tres grandes departamentos: Venezuela, Quito y Cundina- 
marca, que comprenderá las provincias de la Nueva Granada, cuyo 
nombre queda desde hoy suprimido. Las capitales de estos departa- 
mentos serán las ciudades de Caracas, Quito y Bogotá, quitada la adi- 
ción de Santa Fe. Art. 6.° Cada departamento tendrá una administra- 
ción superior y un jefe nombrado por ahora por este Congreso con tí- 
tulo de vicepresidente. Art. 7s> Una nueva ciudad que llevará el nom- 
bre del Libertador Bolívar, será la capital de la república de Colom- 
bia. Su plan y situación se determinarán por el primer Congreso gene- 
ral, bajo el principio de proporcionarla a las necesidades de los tres 
departamentos y a la grandeza a que este opulento país está destinado 
por la naturaleza. Art. 8.° El Congreso general de Colombia se reunirá 
«1 l.o de Enero de 1821, en la villa del Eosario de Cúcuta, que por to- 
das circunstancias se considera el lugar más bien proporcionado. Su 
convocación se hará por el presidente de la república el primero de 
enero de 1820, con comunicación del reglamento para las elecciones, 
que será formado por una comisión especial y aprobado por el Congre- 
so actual. Art. 9.° La Constitución de la república de Colombia será 
formada por un Congreso general, á quien, se presentará en clase de 
proyecto la que ha decretado el actual y que con las leyes dadas por 



" 278' HISTORIA DE AMÉRICA 

el mismo se pondrá, desde luego, por vía de ensayo, en ejecución. Ar- 
ticulo 10. Las armas y el pabellón de Colombia se decretarán por el 
Congreso general, sirviéndose entre tanto de las armas y pabellón de 
Venezuela, por ser más conocidos. Art. 11. El actual Congreso se pon- 
drá en receso el 15 de enero de 1820, debiendo procederse á nuevas 
elecciones para el Congreso general de Colombia. Art. 12. Una comi- 
sión de seis miembros y un presidente quedará en lugar del Congreso, 
con atribuciones especiales que se determinarán por un decreto. Art. 13. 
La república de Colombia será solemnemente proclamada en los pue- 
bles y en los ejércitos, con fiestas y regocijos públicos, verificándose 
en la capital el 25 del corriente diciembre en celebridad del nacimiento 
del Salvador del Mundo, bajo cuyo patrocinio se ha logrado esta desea- 
da reunión por la cual se regenera el Estado. Art. 14. El aniversario 
de esta regeneración política se celebrará perpetuamente con una fies- 
ta nacional, en que se premiarán, como en las de Olimpia, las virtudes 
y las luces. La presente ley fundamental de la república de Colombia 
será promulgada en los pueblos y los ejércitos, inscrita en todos los 
registros públicos y depositada en todos los archivos de los cabildos, 
municipalidades y corporaciones así eclesiásticas como seculares. „ 

Dicho día 17 de diciembre nombró el Congreso unánimemente por 
presidente de la república a Simón Bolívar. Santander quedó en la 
vicepresidencia de Nueva Granada y Roscio en la de Venezuela. Bajo 
las esperanzas más lisonjeras comenzó dicho Estado, llegándose a 
creer que sería pronto rival de la gran república del Norte por el va- 
lor de sus hijos, la extensión de su territorio y la riqueza de su suelo. 
El nombre de Bolívar era aclamado en todas partes, y en todas partes 
se recordaban sus glorias y se le decretaban estatuas. Si en Europa 
apenas eran conocidos los nombres de Hidalgo y Morelos, de O'Higgins, 
San Martín y Páez, el de Bolívar se le colocaba al lado del de Was- 
hington. Todavía, sin embargo de la confianza de los patriotas, era 
preciso luchar con constancia. Todavía Morillo dominaba en todo el 
norte de Venezuela y de Nueva Granada, y todavía esperaba refuer- 
zos de España; pero el ejército reunido en Las Cabezas de San Juan 
(Andalucía) en lugar de embarcarse para América, se sublevó, procla- 
mando el restablecimiento de la Constitución de Cádiz (l.o enero 1820). 
Cuando Morillo recibió la noticia de la revolución de España, se creyó 
completamente perdido, siendo mayor todavía su desconfianza al reci- 
bir las órdenes de que abriese negociaciones con los revolucionarios. 

Cuando Morillo — según escribió José Domingo Díaz — leyó las ins- 
trucciones que le mandaban de Madrid, dijo con indignación: "Están 
locos: ignoran lo que mandan; no conocen el país, ni los enemigos, ni 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 279 

los acontecimientos, ni las circunstancias; quieren que pase por la hu- 
millación de entrar en estas comunicaciones; entraré, porque mi profe- 
sión es la subordinación y la obediencia» (1). La respuesta a la circular 
que dirigió el general Morillo a los jefes del ejército patriota (17 de 
junio) proponiéndoles suspensión de hostilidades para entrar en nego- 
ciaciones, no se hizo mucho esperar. Sin embargo, no puede negarse 
que eran mayores los deseos de paz en el campo realista que en el re- 
publicano. Contestaron el presidente de la república, el presidente del 
Congreso y los jefes todos del ejército, que para tratar de paz era pre- 
ciso, indispensable, el reconocimiento previo de la independencia de 
Colombia. 

Indicaba Morillo el estado de su ánimo en la carta que el 6 de 
agosto de 1820 escribió al secretario de Estado y del Despacho de la 
Gobernación de Ultramar, manifestándole que los insurrectos sólo de- 
seaban la independencia; también le hacía ver la apurada situación de 
su ejército y la urgencia de tomar una resolución que pusiese a salvo 
los muchos intereses que estaban amenazados (2). 

Seceetaeía del Despacho de Estado. Negociado 
de Pacificación de América. 

Expediente relativo a ciertas proposiciones de acomodamiento hechas al 
embajador de S. M. en Londres por el caudillo de los insurgentes de 
Venezuela, Zea. 

"Abierto en septiembre de 1820.„ 

"Reservada,, 

"Excmo. Señor: El alto concepto que siempre he tenido de los prin- 
cipios y de los sentimientos de V. E. me animan á escribirle reserva- 
damente esta carta particular, en que hablaré a V. E. con toda la con- 
fianza que me inspiran sus luces, su carácter y su patriotismo. „ 

"Yo no puedo negar que después de mi país natal nada amo tanto 
como la España, y que quanto más freqüento el trato con los extran- 
geros, tanto más aprecio á los españoles. Bien les he acreditado mi 
cordial estimación en esa guerra de horror y de exterminio que se nos 
ha hecho, interponiéndome constantemente entre la espada vengadora 
de mis conciudadanos y el pecho de los infelices prisioneros, que el de- 
recho atroz de represalias condenaba á la muerte. Ni un solo individuo 
ha sido sacrificado después del combate en las batallas ni en los luga- 



(1) Recuerdos, pág. 239. 

(2) Arch. de Indias.- Estante 146; cajón I: leg.° 15 (17). 



280 HISTORIA DE AMÉRICA 

res en que yo me he hallado. ¡Oh! quiera Dios que V. E. se persuada de 
la sinceridad de mis palabras para que uniendo sus luces y su influxo 
á mis esfuerzos procuremos evitar á la España y á la América los ma- 
les que les amenazan. Yo estoy viendo el próximo y funesto término 
que en perjuicio de una y otra van á tener nuestras disensiones. Está 
en la naturaleza misma de los negocios que yo sepa sobre este asunto 
cosas que necesariamente deben ocultarse á V. E., digno representante 
de un gobierno libre y constitucional. De consiguiente nuestras opi- 
niones en orden á temores ó esperanzas deben encontrarse opuestas. 
Me atrevo sin embargo á asegurar á V. E. que es muy urgente apro- 
vechar los instantes favorables para conciliar los intereses de España 
y América del único modo que en el día pueden eonciliarse, y que bien 
considerado no es menos ventajoso para la una que para la otra.„ 

"Séame permitido condolerme con V. E. del funesto empeño en que 
insisten ambas partes contendientes, la una por la dominación á todo 
riesgo, o sea por una reunión violenta, insubsistente y contrariada 
abiertamente por la naturaleza; y la otra por la independencia á toda 
costa, aun á costa de otra nueva dependencia, sin reparar en que sea 
más ó menos duradera, más ó menos insoportable. No hay en la Euro- 
pa un Grabinete que ignore esta disposición de los ánimos, y como esa 
perspectiva inmensa de poder y de influxo que presenta en fin el gran 
pueblo español regenerado, es muy propia para excitar recelos y aun 
envidia, no falta quien piense que amanecerá bien pronto un día en que 
inopinadamente se encuentre la España privada de toda relación con 
América, así en la parte sumisa como en la disidente, y la América 
misma, aunque lisonjeada con el título y los honores de la independen- * 
cia, positivamente sometida á la dirección quién sabe de qué Alianza] 
dependiente por pactos de familia quién sabe de qué Dinastías, y domi- 
nada por el comercio quién sabe de qué Nación. Este lenguage no pue- 
de ser más claro, ni el peligro á que nos tiene expuestos nuestra acti- 
tud hostil, más manifiesto. La España no debe ya esperar se tengan 
por su Gabinete las consideraciones complacientes á que se le juzgaba 
acrehedor, quando él iba el primero realizando tan perfectamente el 
bello ideal del despotismo. Tampoco la América debe lisongearse de 
que la Europa, hasta ahora neutral ó indiferente, dexe de intervenir 
directa y activamente en sus negocios, como para consolar la humani- 
dad de los espantosos desastres de esa guerra impía y fraticida que 
tiene horrorizado al Mundo. Y quando tantos males nos amenazan á 
unos y otros, sólo por hallarnos desunidos, ¿no es de toda evidencia 
que el medio, el único medio de evitarlos, es el de reunimos y confede- 
rarnos? Digo confederarnos, porque la reunión baxo un mismo gobier- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 281 

no, sobre ser imposible, es tan perjudicial á los intereses mismos de la 
España libre y constituida, que si las provincias disidentes solicitasen 
voluntariamente someterse, debieran las Cortes responderles: «No, sed 
libres, la Madre Patria quiere emanciparos; pero jurad que jamás dexa- 
reis de portaros como hijos agradecidos y de contribuir poderosamente 
á su felicidad.» No puede ciertamente haber comparación entre las 
ventajas incalculables de una firme y estrecha confederación que iden- 
tifique las relaciones y los intereses de ambas partes, y esas misera- 
bles y efímeras utilidades de una sumisión que jamás dexará de ser 
violenta y por el hecho mismo insubsistente. La experiencia compro- 
bará bien pronto esta verdad, si se adopta respecto de las provincias 
disidentes y aun sólo de Colombia el medio indicado de conciliación. La 
voz unánime de la nación desengañada proclamará entonces la eman- 
cipación general, que sería de desear proclamasen desde ahora las Cor- 
tes inspiradas por el Genio de la Sabiduría y de la previsión. ¡Oh! ¡Si 
se verificase hoy mismo este grande acto de política! ¡A qué grado 
asombroso de poder y de prosperidad no se verían bien pronto eleva- 
das España y América, cordialmente unidas y para siempre confede- 
radas! ¡Qué gloria inmortal para las Cortes, á quienes el voto unánime 
del género humano concedería desde luego el bello título de Libertado- 
ras! ¡Qué grata sorpresa y qué admiración no causarían á los pueblos 
ele Europa, y qué impresión tan viva de gratitud á los de América! La 
idea sola de un acto tan sublime, tan extraordinario y tan fecundo, en 
gratos y prodigiosos resultados, exalta y engrandece la imaginación. 
Realícese hoy, y hoy es el día de la creación política del Mundo, el 
" gran día de la Humanidad, «el día más hermoso, como lo he dicho en 
un escrito público, que brilló jamás sobre la tierra. En él acaban y en 
él recomienzan los siglos; él es el último y el primero de la historia; 
él divide el Mundo que fué del Mundo que será, y dilatando la esfera 
intelectual, él hace que el Genio de mañana no sea el mismo que el 
Genio de ayer. Ciencias, Artes, Industria, Agricultura, Comercio, todo 
se renueva, todo se anima, todo recibe las formas colosales del Mundo 
engrandecido»... Pero condescendamos con las antiguas preocupaciones 
en todo lo posible, y no llevando tan lejos la ambición del bien, limite- 
mos la confederación á las provincias disidentes, de quienes sólo por 
este medio puede prometerse la España ventajas y relaciones, siendo 
positivamente absurda é impracticable toda otra idea de reconcilia- 
ción. ¡Qué contraste no presentará entonces la parte sumisa ó reunida 
á la metrópoli con la parte confederada! Es para mí de toda evidencia 
y lo será para quantos conocen el estado de las cosas y la disposición 
de los ánimos, que la parte sumisa no cesará de causarle gastos extra- 



282 HISTORIA DE AMÉRICA 

ordinarios é inquietudes que la obligarán á emplear siempre la fuerza» 
para sostener su autoridad; que en la paz sólo le inspirará recelos y 
desconfianzas, y en la guerra temores y cuidados, y qjie después de 
todo jamás podrá ese orden de cosas, siempre dispendioso y siempre 
vacilante, proporcionarle grandes utilidades por el diverso curso que 
han tomado, en general, los negocios y las ideas. Al contrario, la parte 
confederada, aunque menos poblada al presente y menos rica, elevada 
rápidamente por la libertad al más alto grado de poder, abrirá cada 
día un campo más vasto al comercio y á la industria de España, le 
proporcionará en la paz medios progresivos de prosperidad por el in- 
fluxo de la suya propia y le ofrecerá poderosos auxilios y recursos se- 
guros en la guerra. Un pacto federal fundado sobre principios justos y 
concesiones recíprocamente liberales, establecerá sin duda alguna la» 
más firme y estrecha amistad entre España y América, hará que cada 
una halle su propio interés en los adelantamientos de la otra, consoli- 
dará sus respectivas instituciones y asegurará para siempre su poder 
y su felicidad. Mas no hay que pensar que esta dichosa confederación- 
de que tantos bienes debemos prometernos, pueda verificarse con las- 
provincias disidentes siempre que se quiera. Es preciso aprovechar la 
ocasión presente en que puede hacerse con ventajas recíprocas, estipu- 
lando España las condiciones más favorables á su Industria, Agricul- 
tura y Comercio, y hallando ellas en el goce pronto y pacífico de su 
independencia y en las relaciones de una amistad cordial, la más satis- 
factoria compensación de quantos sacrificios hagan por su antigua me- 
trópoli. Sucederá muy de otro modo, si se aguarda á que ellos mismos- 
acaben de conquistar su libertad, ó lo que está más próximo, á que la 
vean reconocida y garantida por gobiernos poderosos baxo un orden 
de cosas extensivo á todo aquel Mundo, y que no siendo el más favorable 
á la América, será positivamente funesto para España.» 

"Estas ligeras indicaciones me parece bastan para manifestar la ne- 
cesidad de terminar amigablemente entre nosotros mismos nuestras de- 
sastradas disensiones. El momento es decisivo, y de aprovecharlo ó per- 
derlo depende nuestra amistad ó enemistad eterna. Depende también 
nuestra suerte, pues ni la España sacará jamás tantas ventajas como 
ahora confederándose con América, ni la América logrará jamás tanta 
libertad como ahora, identificando sus intereses con los de la península. 
Persuadido de esta verdad veo con sobresalto acercarse esa triste inde- 
pendencia garantida bien pronto á las provincias disidentes y ofrecida 
á las demás, no pudiendo concebir dexe de traher consigo un nuevo gé- 
nero de sumisión y de pupilage á título de protección y de patrocinio. „ 

"Nuestra posición es, pues, tan crítica por una y otra parte, que 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 283 

qualquier mal paso dado por la una no puede menos de ser también 
perjudicial á la otra. Sea pues que la una se dexe llevar de sus preocupa- 
ciones habitúales y del espíritu de rutina de su antiguo régimen, ó que 
la otra no acierte á contener ese odio profundo, que la conducta impo- 
lítica y bárbara de Morillo y otros jefes indignos del nombre español, 
ha hecho tan general, el resultado en perjuicio de ambas será siempre 
el mismo. La regeneración de España, la guerra exterminadora de la 
mitad de América, y la exasperación bien manifiesta de la otra mitad, 
son objetos de una importancia capital para toda Europa y por ellos se 
ha mudado en un instante la escena del mundo. Hombres, opiniones, in- 
tereses, política, afecciones, todo es diferente, y los amigos de ayer son 
los enemigos de hoy. En tal estado de cosas lo que nos importa es unir- 
nos, y unirnos bien pronto, y unirnos de qualquier modo posible, y como 
no hay otro que el de una estrecha confederación, es preciso confede- 
rarnos. Un momento de indecisión puede traernos largos siglos de ma- 
les y de arrepentimiento. En este concepto me atrevo á invitar á V. E. ; 
no en su calidad de embajador, sino^en la de un patriota ilustre y filán- 
tropo, para que combinemos un plan de confederación y de amistad, 
que conciliando todos los intereses y calmando todas las pasiones pueda 
merecer la aprobación del ilustrado gobierno que V. E. tiene el honor 
glorioso de representar, como seguramente obtendrá la del mío.„ 

"Dios guarde á V. E. muchos años. Londres LO de septiembre de 
1820. w "B. L. M. de V. E.„ "su atento y seguro servidor, "F. A. Zea„. 
(Hay una lúbrica). . 

"P. D.„ "Si V. E. se sirve, como lo espero, aceptar esta invitación 
de filantropía y patriotismo, le ruego tenga presente que la menor sos- 
pecha de comunicación entre nosotros, trastornaría tan grande y tan 
gloriosa empresa. „ 

(Hay una rúbrica de Zea). 

"Excmo. Sr. Duque de Frías, &. &. &.„ 



"Copia. „ 

"Muy Señor mío: He recibido el oficio de V. S. de fecha de ayer y 
con él un testimonio de fina parcialidad al prodigárseme dictados tan 
honrosos para mí como acaso superiores á mis merecimientos. „ 

"No perderé un momento en dar curso al original de aquella comu- 
nicación sobre la qual debo abstenerme de emitir observación alguna 
ni á mi gobierno ni á V. S., pues mi carácter público me lo prohibe en 
un negocio absolutamente privativo del conocimiento del Rey en unión 
con las Cortes. „ 



284 HISTORIA DE AMÉRICA 

tt Si, no obstante, V. S. considerándome en la capacidad de hombre 
privado y continuando á dispensarme la opinión de amante del bien y 
de la humanidad (que creo poder reclamar) quisiese hacer aperturas 
ulteriores, ya de palabra ó ya por escrito que contribuyan á aclarar 
ciertas frases del oficio en qüestión que se hallan vagamente concebi- 
das, cuente V. E. que me encontrará siempre pronto á escucharlas con 
mucha satisfacción mía.„ 

tt V. S. debe recordar que además de pertenecer ambos a una patria 
común, existen entre nosotros relaciones de vecindad, puesto que usía 
ha residido largo tiempo en Madrid, desde donde ha obtenido justamen- 
te una reputación europea por medio de sus profundos conocimientos 
científicos; razones todas que harán muy lisongera para mí la corres- 
pondencia de V. S.= Aprovechando esta ocasión &. Londres 11 de sep- 
tiembre 1820.=E1 Duque de Frías.=Sr. D. Francisco Antonio Zea„. 
''Es copia conforme.» 

(Hay una rúbrica). 



u Excmo. Señor.=Muy Señor mío: adjuntas remito á V. E. una car- 
ta que acabo de recibir de D. Francisco Antonio Zea, apoderado gene- 
ral de Venezuela y Nueva Granada en Europa y copia de la única con- 
testación que he creído deber dar y espero merecerá la aprobación de 
Su Maj estad. „ ' 

"Quedo en avisar á V. E. de quanto ocurriere en adelante de resul- 
tas de este singular incidente . „ 

"Dios guarde á V. E. muchos años. Londres 11 de septiembre 
del820.„ 

tt Excmo. Señor.=B. L. M. de V. E. sumas atento servidor el Du- 
que de Frías y de Uceda, Marqués de Villena.,, 

(Hay una rúbrica). 

tt Excmo. Sr. Secretario del Despacho de Estado „ &. &. &. 

Al dorso se lee: 

«Londres 11 de septiembre de 1820=N.° 85=A1 Excmo. Sr. Don 
Evaristo Pérez de Castro=Ei Duque de Frías.,, 

«Muy reservado.» 

«26 septiem. de 1820, por extraordinario.» 

(Borrador de la respuesta). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 285 

tt Al Embajador de S. M. en Londres.,, 

"Madrid 26 de septiembre de 1820. „ 

tt Excmo. Sr.=He recibido y dado cuenta al Rey de la carta de 
V. E. N.o 85 (11 del corriente) y enterado S. M. de su contenido, ha 
tenido a bien aprobar la discreta respuesta que ha dado V. E. a Zea; 
pero siendo inadmisible la proposición de éste, pues el gobierno de Su 
Majestad, en el estado actual de las cosas, no oirá proposiciones que 
no tengan por base el reconocimiento de la Constitución de la Monar- 
quía y del gobierno de S. M., deberá V. E. servirse manifestarlo así a 
Zea cuando se presente la ocasión. „ 

44 De Real orden, &.„ 

c Fecha» (1). 

A pesar de todo lo que decía el gobierno español, deseaba la paz o 
por lo menos un armisticio. 

Dirigióse Morillo a Bolívar proponiéndole un armisticio, contestan- 
do el Libertador con fecha 21 de septiembre que únicamente entraría 
en tratos de paz bajo determinadas condiciones (2). Debió acceder Mo- 
rillo por cuanto el 26 de octubre el Libertador citó a los comisionados 
españoles en Trujillo (3). El 25 de noviembre de 1520 se celebró el ar- 
misticio que firmaron D. Ramón Correa, D. Antonio José de Sucre, don 
Juan Rodríguez del Toro, D. Pedro Briceño Méndez, D. Francisco 
González de Linares y D. José Gabriel Pérez, siendo ratificado p"br Mo- 
rillo en el cuartel general de Carache y por Bolívar en Trujillo en el 
mismo día (4). 

La decadencia de España era evidente y podía Bolívar estar sa- 
tisfecho. El siguiente día se firmó un pacto comprometiéndose Bolívar 
'y Morillo a respetar la vida de los prisioneros. Tiempo era ya de que 
terminase la barbarie de unos y de otros, de realistas y de republica- 
nos. Después tuvieron una entrevista ambos generales en Santa Ana, 
pequeño pueblo situado al norte de Trujillo, y allí pasaron algunas ho- 
ras como buenos y cariñosos amigos (5). No quiso el general español 
alejarse de América — pues había solicitado y conseguido del gobierno 
de Madrid su relevo del mando del ejército — sin haber tenido el gusto 
de abrazar al ilustre hijo de Caracas. Morillo refiere desde Carache lo 
que a continuación copiamos: "Acabo de llegar del pueblo de Santa' 
Ana, en i don de pasé ayer uno de los días más alegres de mi vida en 



(1) Papeles de Estado — Caracas. Leg°. 7,núm. 18. 

(2) Arch. de Indias .'Est&nte 146. Cajón 1. Leg. 15 (20).— Papeles de Estado.— Santa Fe. Lega- 
jo 6. (27). 

(3) Ibidem. Estante 146: Cajón i; Ieg.° 15 (23/7). 

(4) Ibidem. Estante 146. Cajón I. Leg.° 15. (1/1.) 

(5) El 27 de noviembre de 1820. 



286 HISTORIA DE AMÉRICA 

compañía de Bolívar y de varios oficiales de su Estado Mayor, á quie- 
nes abrazamos con el mayor cariño. Bolívar vino sólo con sus oficiales 
entregado a la buena fe y á la amistad, y yo hice retirar inmediata- 
mente una pequeña escolta que me acompañaba. No puede usted ni na- 
die persuadirse de lo interesante que fué esta entrevista, ni de la cor- 
dialidad y amor que reinó en ella. Todos hicimos locuras de contento, 
pareciéndonos un sueño el vernos allí como españoles, hermanos y ami- 
gos. Crea usted que la franqueza y la sinceridad reinaron en esta re- 
unión. Bolívar estaba exaltado de alegría; nos abrazamos un millón de 
veces y determinamos erigir un monumento para eterna memoria del 
principio de nuestra reconciliación en el sitio en que nos dimos el primer 
abrazo. „ Morillo regresó en seguida a Caracas, y el 17 de diciembre de 
1820 dejó para siempre la América — y según los historiadores Baralt 
y Díaz «con menos gloria y más dinero del que a ella había llevado. „ 

Sucedióle en el mando del ejército el mariscal de campo D. Miguel 
de la Torre. De D. Alberto Lista en su Historia Universal son las si- 
guientes palabras: "Obró, pues, muy cautamente Morillo en instar por 
ser relevado de un mando que ya era mucho más comprometido que 
cuando lo recibió, y en procurarse así una retirada prudente, que 
echando sobre otro la vergüenza de evacuar el país, le asegurase a él 
en todo caso, sobre el grado de teniente general habido antes de salir 
de Cádiz, el condado de Cartagena, aunque abandonase a Cartagena, y 
la gran cruz de Isabel la Católica ; aunque amenazase próximo el tiem- 
po en que por la batalla de Carabobo, sólo la memoria de esta ínclita 
Reina era lo que con aprecio o con encono habría quizás de conservar- 
se en aquellas regiones. „ 

En los comienzos del año de 1821 se hallaba el ejército español re- 
ducido a unos 11.000 hombres, acantonados en Calabozo, Barquisime- 
to, Tocuyo, San Carlos y Caracas, y en los puertos de Cumaná, Mara- 
caibo, Puerto Cabello y la Guaira. Además, no reinaba la mayor armo- 
nía en las filas realistas. Morales, al ver a La Torre ocupando el pri- 
mer puesto en el ejército, no perdonó intrigas ni malas artes para des- 
acreditar al nuevo jefe lo mismo entre los paisanos que entre los mili- 
tares. Sin embargo, La Torre era un hombre bueno. El mismo Bolívar 
decía de él lo siguiente: "El general La Torre fué el más humano y ca- 
balleresco de los soldados peninsulares. Fué el Sucre de los realis- 
tas,, (1). 

En el campo de los revolucionarios Bolívar no tenía rival. Todos 
acataban sus órdenes, todos le obedecían. Además, la fortuna sonreía 
al Libertador y a los patriotas. El entusiasmo era mayor cada día y el 

(1) Bolívar pintada por si mismo, tomo I, pág. 158. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 287 

•deseo de independencia se hallaba en todos los corazones. Los criollos 
que servían en las filas realistas aguardaban ocasión favorable para 
pasarse a las filas del Libertador. Bolívar inspiraba a los suyos con- 
iianza ciega y todos creían y aun se hallaban seguros de que la fortu- 
na era compañera inseparable del general revolucionario. Iba a comen- 
tar la nueva campaña y con ella los triunfos y las glorias. 

Después de la independencia, la república de Colombia ha sido co- 
nocida con nombres diferentes: Desde 1819 a 1831 se llamó República 
de Colombia; desde 1831 a 1858 República de Nueva Granada] desde 
1858 a 1863 Confederación Granadina, y desde 1863 a 1866 Estados 
Unidos de Colombia. 

Establecióse el Gobierno Supremo de la República de Colombia en 
la villa del Rosario de Cúcuta, en cuyo punto había de reunirse el Con- 
greso general poco tiempo después. Trasladaremos a continuación la 
proclama que Roscio, vicepresidente interino de Colombia dirigió a los 
habitantes del Rosario de Cúcuta: "¡Ciudadanos! Vuestra situación geo- 
gráfica decidió al último Congreso de Venezuela a fijar en vuestro seno 
la capital del nuevo Estado de Colombia, y las demostraciones de jú- 
bilo con que habéis recibido al gobierno de la república trasladado de 
•Guayana a vuestro territorio, le enseñan cuánto debe esperar de vues- 
tro patriotismo en esta nueva capital. En ella por la primera vez será 
instalado el Congreso general de Colombia; y algún día podréis decir 
eon orgullo: " Aquí se obraron las más importantes transacciones del nue- 
vo Estado; aquí se consolidó la unión de Cundinamarca, Quito y Venezue- 
la: aquí' su independencia y soberanía quedaron selladas de un modo so- 
lemne y definitivo; aquí fueron aprobados los tratados de paz y de reco- 
nocimiento de esta nueva nación. Que no se aleje este momento feliz 
para toda la América, y el más venturoso para vosotros son los deseos 
del gobierno. 

Dada en la villa del Rosario de Cúcuta a 15 de febrero de 1821. — 
Undécimo de la república.» 

En dicha población se instaló el Congreso general el 6 de mayo de 
1821. Las fiestas que se celebraron con este motivo fueron solemnes. 
Era a la sazón vice-presidente interino de la república el general 
Antonio Nariño, quien ofreció al Congreso general constituyente, a los 
veinte días de instalado, un proyecto de Constitución política obra del 
mismo citado vice-presidente. 

Decretó el Congreso de Cúcuta la unión de los dos países (Nueva 
Granada y Venezuela) con la condición de que había de establecerse 
un gobierno popular y representativo; decretó la libertad de los hijos 
de los esclavos que nacieron en territorio de la república; abolió el 



288 HISTORIA DE AMÉRICA 

tribunal de la Inquisición, que poco antes hubo de restablecer Morillo» 
en Cartagena; concedió libertad religiosa a los extranjeros; suprimía 
odiados impuestos; dispuso que se fundaran escuelas primarias en todas 
las aldeas y colegios superiores en las ciudades principales; y, por 
último, organizó la administración política y judicial. 

La primera Constitución de la república de Colombia se dio el 30 
de agosto de 1821, y fué sancionada por Bolívar el 6 de octubre del 
mismo año. Con el memorable Código comenzó en Colombia el imperio- 
de la justicia y de la libertad. Añadiremos que pocos días después de 
terminada la Constitución, se decretó (3 de septiembre) por el Congre- 
so la extinción de la Inquisición en el territorio de la república. Fir- 
mada por los representantes la Constitución y decretada la abolición 
del Santo Oficio, se dispuso que la elección de presidente y vicepresi- 
dente se verificase el 7 de septiembre, resultando elegidos respectiva- 
mente Bolívar y Santander. No quería Bolívar aceptar la presidencia- 
Como Gual, hombre de Estado de Colombia, le instase a que viniera 
a dirigir la nave del gobierno en Cúcuta, él contestó el 16 de septiem- 
bre, entre otras cosas, lo que sigue: tt Usted me dice que la historien 
dirá de mí cosas magnificas. Yo pienso que no dirá nada tan grande 
como mi desprendimiento del mando y mi consagración absoluta a las 
armas para salvar al gobierno y a la patria. La historia dirá: Bolí- 
var tomó el mando para libertar a sus conciudadanos, y cuando fueren 
libres, los dejó para que se gobernasen por las leyes y no por su voluntad- 
Esta es mi respuesta, Gual; las otras razones las verá usted en mi 
carta al vicepresidente,, (1). Ya, hallándose Bolívar en Rosario de Cú- 
cuta, con fecha de l.o de octubre de 1821, volvió a insistir en su renun- 
cia y en el oficio dirigido al presidente del Congreso se hallan las si- 
guientes palabras: tt Si el Congreso general persiste, después de esta 
franca declaración, en encargarme del Poder Ejecutivo, yo cederé sola 
por obediencia; pero protesto que no admitiré el título de presidente- 
sino por el tiempo que dure la guerra y bajo la condición de que se me 
autorice para continuar la campaña a la cabeza del ejército, dejando 
todo el gobierno del Estado a S. E. el general Santander, que tan jus- 
tamente ha merecido la elección del Congreso general para vice-presi- 
dente, y cuyos talentos, virtudes, celo y actividad, ofrecen a la repú- 
blica el éxito más completo de su administración „ (2). Hubo de ceder 
ante el voto unánime del Congreso y del pueblo, tomando posesión de 
la presidencia el 3 de octubre de 1821, dedicándose a libertar del do- 
minio español las provincias meridionales de Nueva Granada y el Pe- 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo VIII, pág. 86. 

(2) Ibidem, pág. 122. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 289 

rú, de acuerdo con el generaJ San Martín, libertador de la República 
Argentina y de Chile. Al mismo tiempo, el vicepresidente Santander, 
con actividad digna de alabanza organizaba todos los ramos de la ad- 
ministración pública. 

No se cumplió el armisticio de parte de los republicanos, pues el 
28 de enero de 1821 la ciudad de Maracaibo se declaró por la inde- 
pendencia. Llegó el 28 de abril, día designado para la reapertura de 
la campaña. Poco después, el 14 de mayo el general patriota Bermú- 
dez cayó sobre Caracas, teniendo la guarnición española que abando- 
nar la ciudad. Pasados algunos días, el 24 de junio de dicho año — se- 
gún se dijo al tratar de la independencia de Venezuela — se encontra- 
ron frente a frente en la llanura de Carabobo los republicanos manda* 
dos por Bolívar y los realistas dirigidos por La Torre. La verdad e* 
que el Libertador ganó gloria inmortal en esta jornada. 

Haremos notar que si en los primeros momentos de la causa de la* 
independencia Portobello y Panamá fueron la base de los recursos dé- 
los realistas, y si los gobernadores de aquellas provincias no tuvieron 
motivo de queja de sus gobernados, luego Portobello cayó en poder dé- 
los revolucionarios (1819); Panamá proclamó su independencia del go- 
bierno español el 28 de noviembre de 1821 y acordó unirse a Colom- 
bia; y Veraguas se decidió el 10 de diciembre de dicho año a declararse? 
independiente. Cuatro años después tuvo también que acceder Bolívar 
a que el Alto Perú (Bolivia) se declarase independiente del Bajo Perú 
y de las Provincias Argentinas (10 agosto 1825). 

Varias veces había dicho el Libertador lo siguiente: Sólo quiero vi' 
vir ciudadano y morir libre. Las palabras de Bolívar eran expresión- 
fiel de su alma, y por ello no es de extrañar que su nombre se pronun- 
ciase en la América española con la misma veneración que el de Was- 
hington en la América inglesa. Como el general Páez le aconsejara que- 
proclamase la monarquía en Colombia, Bolívar le contestó, con fecha 
l.o de octubre de 1825, entre otras cosas, lo que copiamos: 

"Usted me dice que la situación de Colombia es semejante a la de- 
Francia cuando Napoleón se encontraba en Egipto, y que yo debo de- 
cir con él, "los ingratos van a perder la patria, vamos a salvarla»; a la- 
verdad casi toda la carta de usted está escrita por el buril de la ver- 
dad, mas no basta la verdad sola para que su plan logre su efec- 
to. Usted no ha juzgado, me parece, imparcialmente del estado de* 
las cosas y de los hombres. Ni Colombia es Francia, ni yo Ñapo- 
león.„ Luego dice: "Yo no soy Napoleón ni quiero serlo: tampoco quiero- 
imitar a César, menos a Iturbide! tales ejemplos me parecen indignos- 
de mi gloria. El título de Libertador es superior a todos los que ha 

III 19 



'290 HISTORIA DE AMÉRICA 

^recibido el orgullo humano; por tanto, es imposible agrandarlo.,, (1). 
Aumentó todavía más el prestigio del Libertador en sus campañas 
posteriores en el Perú. A tanto llegó el entusiasmo de los peruanos, 
que en las iglesias cantaban, entre la Epístola y el Evangelio, versos al 
tenor siguiente: 

De ti viene todo 
lo bueno, Señor; 
nos diste a Bolívar, 
gloria a tí, gran Dios. 

¿Qué hombre es este, cielos, 
que con tal primor 
de tan altos dones 
tu mano adornó? ^ 

Lo futuro anuncia 
con tal precisión, 
que parece el tiempo 
ceñido a su voz... 

Desde Lima dirigió gloriosa campaña con el carácter de Dictador 
del Perú, y en la cual Sucre ganó fama inmortal en Ayacucho, como 
«e hizo notar en la reseña de la independencia del Perú. No es de ex- 
trañar, pues, que el Perú y Colombia elevasen hasta los cielos los nom- 
bres de Bolívar y de Sucre. Como el Libertador no se dormía en sus 
laureles, se ocupó en seguida de la organización del país. 

En las elecciones para presidente y vicepresidente de la república 
de Colombia, en el período constitucional que comenzaba con el 1826, 
resultaron elegidos por las asambleas electorales de las provincias: 
Bolívar para presidente, y el general Santander para vicepresidente. 
Renunció el cargo el general Santander; pero el presidente del Senado 
contestó que el Congreso no admitía la renuncia hecha por Santander 
en su mensaje de 22 de marzo de 1826. 

No era del todo próspera la situación de Colombia. Los gastos del 
ejército y de la marina ahsorbían lo poco que producían las rentas. El 
empréstito que se había hecho en el año 1824 estaba gastado. Bolívar, 
después de seis año*s de Jefe superior y de ocho en la presidencia, es- 
taba cansado y quería retirarse de los negocios. "Yo no quiero mandar 
más„ había dicho. Tenía razón el Libertador. La política de Santander 
en Colombia y la de Páez en Venezuela le tenían disgustado. Arribó 
al fin a las playas de Colombia el 13 de septiembre de 1826. Llegó 
tarde, porque "dos repúblicas amigas, hijas de nuestras victorias — ta- 
les son sus palabras — me han retenido hechizado con inmensas grati- 
tudes y con recompensas inmortales,, (1). Día de alegría y de contento 

(i) Do enmanto 8 para la Historia del Libertador, tomo X, págs. 211 y 212. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 291 

fué la entrada de Bolívar en la capital de Colombia. Arcos triunfales, 
-colgaduras en los balcones, fuegos artificiales, salvas de artillería, 
■bandas de música, la tropa tendida en la carrera y otras demostracio- 
nes de regocijo y entusiasmo. Para solemnizar día tan dichoso se die- 
ron órdenes para que se dispusieran iluminaciones en los pueblos, salvas 
de artillería en las plazas de armas y en la marina, y Te Deum en las 
catedrales. 

Ante el estado de agitación en que se encontraba la república, ya 
por el temor de una guerra civil, ya porque se creía que el gobierno 
español intentaba renovar las hostilidades con las fuerzas reunidas en 
la isla de Cuba, Bolívar, al mismo tiempo que tomaba posesión de la 
presidencia, entraba también en el ejercicio de todas las facultades 
•extraordinarias por el art. 128 de la Constitución (23 noviembre 1826). 

En el citado año tuvo importancia la revolución de Venezuela, parte 
integrante de la república de Colombia. Comenzó dicha revolución en 
la ciudad de Valencia el 30 de abril de 1826. La causa o pretexto de la 
revolución fué haber suspendido el Senado al general D. José Antonio 
Páez del cargo de comandante general del departamento, llamándole 
además a la capital de la república para que diese cuenta de su con- 
ducta. Interinamente fué nombrado sucesor de Páez el general de bri- 
gada D. Juan de Escalona. Que Páez había obrado con poca prudencia 
y aun violentamente al cumplir el decreto del Poder Ejecutivo sobre 
el alistamiento general de milicias, era evidente, como Jambién lo era 
que el intendente, poco amigo de Páez, se había quejado al gobierno 
supremo de los procedimientos tiránicos de la autoridad militar. Públi- 
ca era del mismo modo la enemiga de Escalona al comandante general. 
En cambio, el municipio y el vecindario en masa estaban decididos a 
que no se cumpliese el decreto de suspensión. 

Decía al gobierno (comunicación del 26 de mayo) recomendando la 
prudencia con que debía procederse, "que aunque el asunto de Valencia 
era una insurrección a mano armada, y debía castigarse, no era menos 
cierto que un pueblo de guerreros es difícil de sojuzgar y que sería te- 
meridad intentarlo en la falsa creencia de que la fuerza estaba en las 
leyes. „ Después, escribió al gobierno (comunicación del 16 de julio), 
las siguientes extrañas palabras: "Desde que existe una revolución, ya 
quedó legitimada, porque sólo puede originarse de una causa general, 
acompañada de una fuerza irresistible, y en tal evento no son culpables 
los autores o cooperadores del desorden, sino aquellos que sus abusos y 
excesos de autoridad provocan al rompimiento., 

A tomar esta actitud poco respetuosa a la autoridad debió influir el 

(i) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo X, págs. 587 y 688. 



292 HISTORIA DE AMÉRICA 

apoyo que creyó tener Páez en Bolívar. Así parece indicarlo, además 
de otros hechos, la carta que desde Magdalena y con fecha 20 de mayo 
de 1826 escribió el Libertador al general venezolano. Así terminaba: 
"No dude usted que en todo el año que viene estaré en Venezuela, y 
tendré la satisfacción de abrazar a usted y a los parientes y ami- 
gos, (1). 

Continuaron los desórdenes y se cometieron algunas muertes. Va- 
rios municipios siguieron la conducta del de Valencia. El desconcierto- 
era general, pues los jefes de la rebelión opinaban cada uno de diferen- 
te manera que los otros. Páez no quería abrazar ningún partido hasta 
la llegada del Libertador, Maldecía a los bribones (así los calificaba) 
que le habían conducido al abismo (2). 

En todas las cartas de Páez a Bolívar se halla profundo respeto del 
primero al segundo. En la del 25 de mayo de 1826 refiere Páez la per- 
secución de que era objeto de parte del Senado y la ingratitud del Con- 
greso premiando a los acusadores, haciendo notar, en cambio, el inte- 
rés que por él mostraron los pueblos. "Yo pensé — añade — quemar en la 
plaza pública todos los uniformes, monumentos espléndidos de mi des- 
gracia, y conservar únicamente el busto de usted que me había manda- 
do la república del Perú, como una prueba de la sincera amistad que 
le profeso, al mismo tiempo que de gratitud a aquel gobierno. „ Más 
adelante escribe lo siguiente: "Venga usted a ser el piloto de esta nave 
que navega en un mar proceloso, condúzcala a puerto seguro, y permí- 
tame que después de tantas fatigas vaya a pasar una vida privada en 
los llanos del Apure, donde viva entre mis amigos, lejos de rivales en- 
vidiosos y olvidado de una multitud de ingratos que comienzan sus ser- 
vicios cuando yo concluyo mi carrera „ (3). 

a Se ve en las proclamas y arengas del general Páez — decíase por en- 
tonces — renovada la fábula de los cangrejos: él exige de los ciudadanos 
fidelidad a su autoridad legítima, recomienda á sus tropas la disciplina, 
encarga a los apúrenos unión y obediencia, y él es el primero que ha 
sido infiel a las leyes, insubordinado al gobierno y enemigo de la unión. 
Esto es caminar hacia atrás, para enseñar cómo se camina hacia ade- 
lante „ (4). Sin embargo de que todo esto era verdad, sin embargo del 
poco talento [áe Páez, y sin embargo de que el coronel Carabaño (5), 



(1) Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo X, pág. 335. 

(2) Ibidem, pág. 550. 

(3) Ibidem, p&gs. 385 y 386. . 

(4) Ibidem, pátjs. 48A y 485. 

(5) Estaba descontento del pueblo de Venezuela porque no le había dado los votos para la 
vicepresidencia déla República, y del Poder Ejecutivo, porque no le había ascendido a general. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 293 

«1 Dr. Pefea (1), el coronel Cala (2) y el capitán Carmona (3) eran des- 
contentos ó despechados, el 17 de septiembre de 1826 pudo decir Nú- 
ñez de Cáceres, secretario general del gobierno civil y militar de 
Venezuela, lo que copiamos a continuación: "¡Venezolanos! Regocijaos: 
la causa de las reformas triunfa, y Venezuela será siempre la pro- 
pagadora de la libertad. Tudo el oriente es ya Venezuela y la patria 
se halla salva y segura contra las asechanzas de los enemigos de las 
instituciones liberales. Cumaná, Barcelona y Margarita se han unido a 
nuestra causa, y proclaman a S. E. el general Páez por jefe civil y mi- 
litar. El general Arizmendi ocupa todo el interior de Cumaná; el coro- 
nel Montes, la capital, que tomó por la fuerza; el general Moragas la 
provincia de Barcelona, y el general Guevara toda la isla de Margari- 
ta. El general Bermúdez, reducido a su impotencia, se ha ocultado en 
escombros miserables de Barcelona, espiando la ocasión de escaparse 
^n la goleta Telégrafo, que tenía prevenida. 

••.(*). 

El general Páez aceptó la autoridad civil y militar que los pueblos 
le encargaron "para conducirlos — según decía el 4 de octubre al señor 
Intendente departamental — en la empresa de mejorar las actuales ins- 
tituciones, porque el tiempo corrido y la experiencia han manifestado 
•suficientemente que con ellas no camina la república hacia los fines de 
toda asociación política...,, (5). Pero Bolívar velaba por la salud de Ve- 
nezuela. "Quiero morir primero — así lo decía en una proclama del 16 
<de diciembre de 1826 — que veros en la ignominia, que es todavía peor 
que la misma tiranía,, (6). Llegó el Libertador a Puerto Cabello el 5 de 
^enero de 1827, e inmediatamente el general Páez puso en sus manos la 
suerte de Venezuela. El 10 entró Bolívar en la capital de Venezuela 
en medio de un pueblo loco de alegría, el 11 fué felicitado por todas las 
Corporaciones, el 13 dio en su honor la municipalidad magnífico con- 
vite, convites que se repitieron en los días sucesivos dados por el gene- 
ral Toro, por los tíos del Libertador Feliciano y Esteban Palacios, por 
Juan de la Madrid y por los comerciantes de la ciudad. En seguida se 
dispuso a corregir el desorden en que estaba la Hacienda pública, con 
cuyo objeto dio varias disposiciones. 



(1) Deseaba vengarse de la suspensión que le impuso el Senado y por la nueva acusación que 
el alto Cuerpo admitió contra dicho doctor por haber defraudado al Erario en 26.000 pesos. 

(2) Estaba enojado porque se le había trasladado de la Comandancia de Puerto Cabello á la de 
la provincia de Coro. 

(3) Se hallaba resentido con el Ejecutivo por haberle separado de la Contaduría de Aduanas 
-de Puerto-Cabello, a instancia de la Intendencia de Venezuela. 

(4) Documentos para escribir la Historia del Libertador, etc., tomo X, pág. 591. 

(5) Ibidem, pág. 624. 

(6) Ibidem, pág. 57 



294 HISTORIA DE AMÉRICA 

Guando la causa de España estaba perdida en América y cuando 
nuestros generales habían sido vencidos en varios combates, se le ocu- 
rrió (30 junio 1827) a D. Miguel de La Torre, capitán general de Puer- 
to Rico, comunicarse reservadamente con D. José de Arizábalo tratan- 
do de levantar fuerzas en Venezuela que proclamasen al Rey de Es- 
paña; llegó su atrevimiento a dar instrucciones al jefe realista que de- 
bía ponerse al frente del ejército (1). 

Por su parte, el Libertador, teniendo que alejarse de Venezuela, dio 
un decreto (3 julio 1827) señalando las facultades que competían al ge- 
neral Páez como jefe superior de Venezuela y como comandante supe- 
rior de los departamentos de Venezuela, Maturín y Orinoco (2). Salió 
de Caracas el Libertador el 4 de julio de 1827, dando antes una pro- 
clama, cuyo último párrafo era como sigue: "Caraqueños: Nacido ciu- 
dadano de Caracas ; mi mayor ambición será conservar este precioso tí- 
tulo: una vida privada entre vosotros será mi delicia, mi gloria y la es- 
peranza que espero tomar de mis enemigos,, (3). 

Desde el cuartel general de Puerto Cabello, dirigió Bolívar su voz 
(3 enero 1827) a los colombianos, granadinos y venezolanos a abrazar- 
se todos y a ahogar en ¿os abismos del tiempo el año 26, que mil siglos lo* 
alejen de nosotros y que se pierda para siempre en las más remotas tinie- 
blas (4). En el mismo día el general Santander, vicepresidente de la re- 
pública, se dirigió a Bolívar manifestándole el mal estado de su salud 
y la necesidad en que se hallaba de dejar el alto puesto que ocupaba, 
tantos años. También el 3 de enero del año dicho el general Páez des- 
de Valencia pidió al Libertador que un tribunal conociese de su causa,, 
contestando Bolívar que no había lugar a juicio alguno porque el de- 
creto de l.o de enero mandaba olvidarlo todo (5). 

Hallábase en el Perú el Libertador, y allí tuvo noticia de que el 
pueblo de Colombia le había proclamado presidente de la república.. 
No conocía a la sazón los sucesos de la tercera división en el Perú, ni 
el triste estado del sur de Colombia. Renunció la presidencia entonces- 
(6 febrero 1827) con las siguientes palabras: "Catorce años ha que soy 
jefe supremo y presidente de la república; los peligros me forzaban a. 
llenar este deber; no existen ya, y puedo retirarme a gozar de la vida 
privada.,, Más adelante decía: "'Benuncio una, mil y millones de veces la. 
presidencia de la república. El Congreso y el pueblo deben ver esta, 
renuncia como irrevocable.* Terminaba con las frases que siguen: «Yo» 

(1) Vénse Documentos para la Historia del Libertador, etc., tomo XI, págs. 377-382. 

(2) Ibidem, pág. 416. 

(3) Ibidem, págs. 417 y 418. 

(4) Ihidem, págs. 75 y 76. 

(5) Ibidem, págs. 78 y 79. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 295 

imploro del Congreso y del pueblo la gracia de simple ciudadano» (1), 
También volvió a repetir la renuncia de su alto cargo el general San- 
tander (25 abril 1827); pero el Congreso volvió a no aceptarla, teniendo 
aquél que jurar el cargo el 12 de mayo del dicho añQ. Pocos días después y 
esto es, el 19 del mismo mes y año, se reunió el Congreso, resolviendo 
por 37 votos contra 33 que no tomaría en consideración las renuncias 
del presidente y del vicepresidente hasta el 6 de junio próximo (2). 

No dejó de llamar la atención la proclama que con fecha 25 de ju- 
nio de 1827 Bolívar dirigió a los colombianos anunciándoles el peligro- 
en que estaba la república a causa de la anarquía y ofreciéndoles ha- 
cer el último sacrificio por salvarla. Lo mismo que ofrecía el Libertar 
dor desde su cuartel general de Caracas, ofreció Santander desde el 
palacio del gobierno de Bogotá (7 julio 1827), pues decía lo que sigue: 
«No puedo ofreceros (a Bolívar) sino un corazón libre de resentimien- 
tos y un alma toda de Colombia» (3). Críticas eran, sin ctuda alguna, las- 
circunstancias por que atravesaba la política en Colombia. El malestar 
era cada vez mayor. Se creyó remediar tantos males convocando la 
Cámara de representantes y el Senado (7 agosto 1827), la gran Con- 
vención nacional, la cual debía reunirse en Ocaña el 2 de marzo de- 
1828 (4). Entró Bolívar en la capital el 10 de septiembre de 1827, to- 
mando en el mismo día posesión de su cargo. Prisa corría dar paz al 
Estado. Llegó el momento de que jefes y oficiales del ejército liberta- 
dor elevaron a Bolívar una solicitud pidiéndole que pusiera fin a las 
desdichas públicas y a los insultos que continuamente se dirigían al 
ejército, a a este ejército — dice la Representación — que ha dado libertad 
a tantos ingratos, que ha redimido a tantos esclavos, que ha traído a la 
dignidad de hombres tantos seres envilecidos por la tiranía; el que 
sembró en la América del Sur el árbol de la libertad...,, (5). 

Reinaba el descontento lo mismo en la antigua república de Vene- 
zuela que en la provincia de Quito. Que Venezuela se hallaba amena- 
da por los españoles lo comunicaba el general Páez (21 enero 1828) al 
Libertador. Hasta tal punto temía Páez un ataque a Caracas que fijó' 
las señales de alarma y ordenó que los vecinos concurriesen a la plaza 
de San Pablo para la defensa del orden público, que podía ser alterado- 
(5 febrero 1828). Además, no estaban tranquilos los espíritus pensan- 
do que la gran Convención podía olvidar los deseos del país, que eran 
unidad y fuerza, no federación y anarquía. 

(1) Documentos, etc., tomo XI, pág. 129. 

(2) Ibidem, págs. 280 y 281 . 
($) Ibidem, págs. 437 y 438 

(4) Ibidem, pág. 501. 

(5) Ibidem, págs. 682«635. 



296 HISTORIA DE AMÉRICA 

La estrella de Bolívar había comenzado a nublarse. Algunos desea- 
ban arrojarle del pedestal. Apareció cierta mañana, año de 1826, en 
una de las paredes de la casa de Doña María Antonia, hermana del in- 
signe patricio, la siguiente cuarteta: 

María Ahtonia, no seas tonta, 
y si lo eres, no seas tanto: 
Si quieres ver a Bolívar 
anda, vete al Campo Santo. 

Lanzóse también por entonces terrible pasquín contra Bolívar. Otra 
mañana apareció la sextilla que a continuación copiamos: 

Si de Bolívar la letra con que empieza 
y aquella con que acaba le quitamos, 
Oliva de la paz símbolo, hagamos. 
Esto quiere decir que del tirano, 
la cabeza y los pies cortar debemos 
si es que una paz durable apetecemos. 

Trasladaremos, por último, los versos siguientes que aparecieron en 
Caracas: 

Bolívar tumbó a los godos, 
y desde ese aciago día, 
por un tirano que había 
se hicieron tiranos todos. 

En todas partes comenzaron a levantarse protestas contra Bolívar. 
Deseaba restablecer la concordia y la paz, y al efecto excitó a las au- 
toridades y a los ciudadanos a que usaran prudentemente de la impren- 
ta (14 marzo 1828); pero sus palabras no fueron oídas. Tampoco la 
gran Convención de Ocaña se mostraba cariñosa con Bolívar (1). Por 
tales razones la ciudad de Bogotá hizo un pronunciamiento (13 junio 
1828) protestando de los actos de la gran Convención, cuyos poderes 
revocó, y llamando al Libertador para que, "encargándose del Poder Su- 
premo de la república, salve a Colombia de los males interiores que 
sufre, conserve su unión, asegure su independencia y restablezca el 
crédito exterior „ (2). 

Oyó Bolívar la voz de Bogotá y el 24 de junio hizo su entrada pú- 
blica en la ciudad en medio del general entusiasmo. A los aplausos y 
felicitaciones de todos contestó estas palabras: «La voluntad nacional es 
la ley suprema de los gobernantes; someterse a esta voluntad suprema 

(1) Documentos, etc., tomo XI, pág. 415. 

(2) Ibidem, págs. 624 y 625. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 297 

«es el primer deber de todo ciudadano, y yo como tal, me someto a ella. 
Siempre seré el defensor de las libertades públicas, y es la voluntad 
nacional la que ejerce la verdadera soberanía, y, por tanto, el único so- 
berano a quien yo sirvo como tal. Cada vez que el pueblo quiera reti- 
rarme sus poderes, y separarme del mando, que lo diga, que yo me so- 
meteré gastoso y sacrificaré ante él, mi espada, mi sangre y hasta mi 
cabeza» (1). Con fecha 28 de agosto de 1828 Bolívar nombró el Conse- 
jo de Estado y el Consejo de ministros. 

Tramábase una conjuración contra el Libertador. El general San- 
tander, que tantos favores le debía, se declaró su enemigo, no perdo- 
nándole que se hubiera suprimido su vicepresidencia de la república, 
•que llamaba despojo, bien que fué nombrado enviado extraordinario y 
ministro plenipotenciario cerca del gobierno de Washington. En la so- 
ciedad llamada Filológica que bajo el nombre de sociedad literaria era 
club político, figuraban en primer término los estudiantes del Colegio de 
San Bartolomé, los cuales aprendían la historia en las novelas o en ma- 
los compendios. Llamaban a Julio César tirano, y al Libertador más ti- 
rano que a César. Conocían cómo asesinaron al vencedor de Farsalia, la 
Hiistoria de Catilina y el suicidio de Catón en Utica. Del citado suicidio 
«escribieron un monólogo representado y aplaudido por los colegiales, 
siempre a los gritos de /muera el tirano! ¡viva la libertad! Aunque todo lo 
sabía Bolívar, nada hizo contra los revolucionarios. Además de la so- 
ciedad Filológica, en la que en sesiones públicas se discutían cuestio- 
nes literarias, existían otras privadas o secretas, y en ellas desempeña- 
ban los papeles principales jóvenes extranjeros que — según decían— 
habían realizado los más grandes hechos en la revolución de Francia 
•del año 1793. Al paso que unos se hallaban decididos a asesinar al Li- 
bertador cuanto antes y de cualquier manera, el general Santander 
quería que una revolución en las provincias le destituyese y que una 
Convención le condenara a muerte. Acariciaba la idea de que Bolívar 
fuera juzgado como Carlos I de Inglaterra y Luis XVI de Francia 
En la noche del 25 de septiembre de 1828, los conjurados, que eran 
unos cuantos jóvenes y un pelotón de doce soldados de artillería, sor- 
prendieron la guardia del palacio, asesinaron á los descuidados centi- 
nelas y desarmando el resto de la guardia, subieron e hiriendo al Ede- 
cán de servicio, penetraron en las habitaciones interiores á los gritos 
de ¡viva la libertad! ¡muera el tirano! Bolívar, que a la sazón estaba 
enfermo, era asistido por la señora Sáenz. Serían las doce de la noche. 
Dicha señora despertó al Libertador, quien, tomando su espada y una 
pistola se disponía a abrir la puerta. Detúvole la señora Sáenz y lle- 

(l) Documentos, etc., tomo XI, págs. 663 y 664. 



298 HISTORIA DE AMÉRICA 

vándole hacia la ventana baja de media reja que da a la calle del Coli- 
seo, le hizo saltar por ella, dioiéndole: por la derecha, al cuartel de Var- 
gas. Abrió en seguida la puerta á los conjurados, quienes le pregunta- 
ron: ¿Donde está Bolívar? En el Consejo, contestó ella. Cuando vieron 
la ventana abierta, exclamaron: ¡Huyó! ¡Se ha salvado! No señores, dijo 
la señora Sáenz. No ha huido. Está en el Consejo. ¿Y por qué está abierta 
esa ventana? replicaron. Yo la acabo de abrir, contestó, porgue deseaba^ 
saber qué ruido había. Unos creían y otros no, retirándose al fin, de- 
jando centinelas. El Libertador tomó la dirección del convento de reli- 
giosas carmelitas, encontrando en su camino un fiel criado, José María 
Antúnez. Ambos pudieron llegar al puente del Carmen, debajo del cual 
se ocultaron. Entre otros crímenes citaremos el asesinato cometido por 
el teniente coronel Canijo en la persona de su protector y amigo el 
coronel Fergusson; también mataron de un balazo al coronel Bolívar- 
El primero fué asesinado cerca de la casa de gobierno y el segundo de 
la del general Padilla. 

Después de algún tiempo y de corta lucha, la fortuna se puso al lado 
de los representantes de la legalidad. Acertaron a pasar cerca del puen- 
te del Carmen tropas fieles dando el grito de ¡Viva el Libertador! El 
fiel criado les dijo donde se hallaba Bolívar, saliendo éste después del 
barranco. En seguida llegó el general Urdaneta con otros jefes y ofi- 
ciales, desarrollándose una escena de inmensa alegría. El Libertador 
montó en el caballo del comandante Espina, llegó a la plaza, donde fué 
recibido con loco entusiasmo, abrazado, besado hasta por el último sol- 
dado, exclamando: ¿queréis matar de gozo al que hace poco iba a morir de 
dolor! Se dirigió al palacio, y en el acto, hizo llamar a Castillo Rada, 
presidente del Consejo de ministros, y le previno que convocase el Con- 
sejo y redactara un decreto, declarando que resignaba en el Consejo la 
autoridad que le habían conferido los pueblos; que el Congreso convo- 
cado para el 2 de enero de 1830 se reuniese inmediatamente; y que se 
redactase otro decreto indultando a todos los conjurados. 

Firmados los decretos, cuando se disponía a marcharse fuera del 
país, le hicieron desistir los generales Urdaneta y Córdova, los coro- 
neles Whitle y Crofton, el mayor Antonio España y todos los oficiales 
de Vargas y granaderos. Por los ruegos de sus amigos dispuso que que- 
dasen suspensas las garantías. El general Padilla, el coronel Guerra y 
unos catorce, de los. cuales cinco eran de la clase de tropa, fueron fu- 
silados. Conmutóse a muchos la pena de muerte por otra menos grave, 
así que unos fueron condenados a expatriación, otros a reclusión y al- 
gunos a servir en el ejército. El general Santander, condenado a extra- 
ñamiento, fué detenido unos pocos meses en los castillos de Bocachica 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 299 

y Puerto Cabello. Bolívar— en carta escrita en Bogotá el 30 de mayo 
de 1828 y dirigida al general Mariano Montilla — decía: "El general 
Santander, el general Padilla y el coronel Guerra eran los principales 
promovedores „. (1) 

Por un decreto del 8 de noviembre de 1828 se prohibieron en Co- 
lombia las juntas y sociedades secretas. En tanto que Sucre se ponía 
al frente del ejército colombiano para repeler la invasión del peruano 
y en tanto que el general Córdová se sublevaba en Antioquía, el Liber- 
tador yacía en profundo desaliento por la suerte de la república. 

Venezuela, como varias veces lo había intentado, se declaró en com- 
pleta rebelión. Instalóse el Congreso Constituyente en la ciudad de Va- 
lencia el 6 de mayo de 1830, hallándose, entre los diputados, Antonio 
José Soublette, José Tadeo Monagas, Jóse Grau, José María Vargas, 
Miguel Peña y otros. La fecha del mensaje que José A, Páez, jefe civil 
y militar, dirigió aL Congreso tiene la fecha de 30 de abril de 1830, 
contestándole aquel Alto Cuerpo que continuase desempeñando las fun- 
ciones del Poder Ejecutivo hasta que se resolviera otra cosa. Desde el 
comienzo manifestó el Congreso enemiga al general Bolívar, llegando 
a decir que no acabarían tantos males mientras el mencionado Liber- 
tador permaneciese en territorio de Colombia. El 22 de septiembre se 
firmó la Constitución, que establecía un gobierno republicano. El Po- 
der Legislativo estaba dividido en Senado y Cámara de representan- 
tes, cuya duración debía ser por cuatro años, lo mismo que la del pre- 
sidente y vicepresidente de la república. Dictáronse varias leyes para 
la organización del nuevo Estado. Duró el Congreso desde el 6 de ma- 
yo de 1830 al 11 de octubre del mismo año. Venezuela, pues, se había 
separado de Colombia, constituyéndose en república. El general Páez 
fué elevado a la presidencia. Llama la atención el empeño de los vene- 
zolanos por su independencia de Colombia. 

Un año después de la muerte de Bolívar se separó también la anti- 
gua presidencia de Quito, formando la república del Ecuador. 

De modo que la república de Colombia o Nueva Granada quedó 
formada por las provincias del centro (Boyacá, Cundinamarca, El 
Istmo, Magdalena y Cauca), al paso que la república de Venezuela 
la constituían las provincias del norte (Orinoco, Venezuela, Apure y 
Zulia), y la república del Ecuador la componían las provincias del sur 
(Ecuador, Aznay y Guayas). 

Volviendo a ocuparnos de los últimos hechos de Bolívar, recordare- 
mos que el 15 de enero de 1830 entró en la capital de la república, 
recibiendo las felicitaciones de todas las corporaciones, empleados y 

(1) Memorias del general O'Leary, últimos años de la vida pública de Bolívar, pág. 429. 



300 HISTORIA DE AMÉRICA 

personas notables; y el 20 de dicho mes y año se instaló el Congreso 
Constituyente de Colombia. En el mismo día 20 dirigió al Congreso su 
mensaje pidiéndole que diera a la nación el Código fundamental, nom- 
brase los altos funcionarios de la administración, atendiera a corregir 
los males interiores y a curar las heridas sufridas por la guerra con 
el Perú. Rogó a los diputados que no pensaran en él para la presidencia 
del Estado. "Creedme — dijo — un nuevo magistrado es ya indispensable 
para la república. El pueblo quiere saber si dejaré alguna vez de man- 
darlo.,, Más adelante añadía: tt La república será feliz, si al admitir mi 
renuncia, nombráis de presidente a un ciudadano querido de la nación: 
ella sucumbiría si os obstinaseis en que yo la mandara. Oid mis súpli- 
cas; salvad la república: salvad mi gloria que es de Colombia. Dispo- 
ned de la presidencia, que respetuosamente abdico en vuestras manos. n 
En el mismo día dirigió a los colombianos una proclama despidiéndose 
de ellos. Contestó el Congreso al mensaje del Libertador y volvió el 
Libertador a dirigir un nuevo mensaje. 

Tenía el propósito Bolívar de embarcarse para Europa, como así lo 
escribió a su amigo el general Blanco (1). 

En la sesión del 4 de mayo fueron elevados a la presidencia y vice- 
presidencia de la república respectivamente Joaquín Mosquera y Do- 
mingo Caicedo. El 5 de dicho mes se sancionó la Constitución. 

Con pena vamos a registrar un hecho criminal acaecido el 4 de ju- 
nio de 1830. En este día fué asesinado Sucre, el gran mariscal de Aya- 
cucho. Cuando el Congreso Constituyente iba a terminar sus sesiones, 
después de conferenciar con el vicepresidente Caicedo, Sucre se dirigió 
a Quito, deseoso de reunirse con su mujer e hija. Llevaba también la 
misión de impedir una revolución de las provincias del Sur, no muy 
subordinadas al centro. Partió de Bogotá por la ruta de Popayán y 
Pasto. Llegó a Popayán y en compañía del diputado García Trelles y 
dos asistentes siguió su camino. En el punto llamado Ventaquemada 
llegó a sospechar que iba a ser asesinado, y por eso mandó a sus cria- 
dos que preparasen las armas (2). Sucre, con sus compañeros, salió el 
4 por la mañana de Ventaquemada, penetró en el bosque de Berruecos 
y al llegar a la angostura de la Jacoba, que llaman también del Coba- 
ya!., se oyó un tiro, exclamando Sucre: ¡Ay! ¡Balazo! Inmediatamente 
suenan cuatro tiros, tres por un lado y otro por otro lado del camino, 

(1) Memorias, etc., pág. 187. 

(2) Hacía poco tiempo que El Heraldo de Lima había publicado la siguiente redondilla: 

«Sacre el año do. veintiocho 
Irse a su patria promete, 
Como permitiera Dios 
Que se fuera el veintisiete.» 

Tambiéu la Sociedad Democrática de Bogotá decretó su muerte 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 301 

cayendo muerto el héroe de Ayacucho, traspasada la cabeza, el cuello 
y el pecho. Al día siguiente su honrado y fiel asistente, con otros dos 
criados, llevaron el cadáver a un pequeño y próximo prado y le dieron 
sepultura. Cuando sonaron los tiros, el diputado García y algunos sir- 
vientes se dieron a correr. En Popayán, en Pasto, en Bogotá y en 
Quito, como en toda la república, la noticia hizo profunda sensación. 
Todas las sospechas se fijaron en el general D. José María Obando, 
enemigo mortal de Sucre. También se dijo que el general Flores, no 
pudiendo rivalizar con el héroe de Ayacucho en el Ecuador, había he- 
cho que le matasen; pero la opinión pública en general lo atribuyó a 
Obando. "Veamos la suerte de los ejecutores y cómplices. Andrés Ro- 
dríguez murió envenenado; Juan Gregorio Rodríguez fué asesinado en 
el cuartel de Popayán; Juan Cuzco, a los pocos días de cometido el cri- 
men; murió envenenado en la casa de José Erazo, guarida de los ase- 
sinos; Apolinar Morillo fué fusilado en Bogotá doce años después, y en 
sus últimos momentos maldijo a Obando por haberle inducido a ejecu- 
tar el asesinato (1); Antonio María Alvarez perdió la vida en un com- 
bate; y el general Obando, elegido presidente de la república de Nue- 
va Granada (1853) murió también en un combate (2) poco después. 

Refiere el general Perú de Lacroix, en su Diario de Bucaramanga, 
correspondiente al 12 de mayo de 1828, que el Libertador dijo del gran 
mariscal de Ayacucho lo que a continuación se copia: "Sucre es caba- 
llero en todo; es la cabeza mejor organizada de Colombia; es metódico, 
capaz de las más altas concepciones; es el mejor general de la repú- 
blica y el primer hombre de Estado. Sus ideas son excelentes y fijas; 
su moralidad; ejemplar; grande y fuerte su alma. Sabe persuadir y 
conducir a los hombres; los sabe juzgar, y si en política no es un de- 
fecto el juzgarlos peores de lo que son en realidad, el general Sucre 
tiene el de manifestar demasiado los juicios desfavorables que hace de 
ellos. Otro defecto del general Sucre es el de querer mostrarse en ex- 
tremo sencillo, muy popular, y el de no saber ocultar que en realidad 
no lo es. ¡Pero qué ligeras manchas sobre tantos méritos y tantas vir- 
tudes que no se muestran, y que para verlas es menester un ojo muy 
observador! A todo esto añadiré que el gran mariscal de Ayacucho 
es valiente entre los valientes, leal entre los leales, amigo de las leyes 
y no del despotismo, partidario del orden, enemigo de la anarquía y, 
finalmente, un verdadero liberal» (3). 

Después de una desgracia vino otra mayor. Cuando el Consejo mu- 

(1) Condenado a muerte por el Consejo de Guerra, se le conmutó la pena; pero por un decreto 
del Poder Ejecutivo se negó la conmutación de dicha pena y fué ejecutado el 28 de noviembre. 

(2) Véase Pesquera Vallenilla, Rasgos biográficos de Sucre, impreso en 1910. 

(3) Bolívar pintado por si mismo, tomo II, págs. 74 y 75. 



302 HISTORIA DE AMÉRICA 

nicipal de Bogotá, temiendo que la anarquía se extendiera por toda la 
república, había acordado (5 de septiembre) que el Libertador salvase 
la integridad de Colombia; cuando por el pronto se hubo encargado 
interinamente del gobierno el general Urdaneta, y cuando se disponía 
Bolívar a salvar a Colombia, grave enfermedad acabó con la vida 
del más ilustre de los americanos de raza ibera. En su lecho de muer- 
te dictó y firmó su última proclama, que con mucho gusto copiamos: 
u ¡Colombianos! Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la li- 
bertad, donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, 
abandonando mi fortuna, y aun mi tranquilidad. Me separé del mando 
cuando me persuadí que desconfiabais dé mi desprendimiento. Mis ene- 
migos abusaron de vuestra credulidad, y hollaron lo que me es más sa- 
grado: mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis 
perseguidores, y me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los 
perdono... Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice 
que debo haceros la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a 
otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar 
por el bien inestimable de la unión: los pueblos, obedeciendo al actual 
gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario di- 
rigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando la espada en 
defender las garantías sociales. ¡Colombianos! Mis últimos votos son 
por la felicidad de la Patria. Si mi muerte contribuye para que cesen 
los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro. „ 

Los consejos de Bolívar ni entonces ni después fueron atendidos. 
Continuaron desgraciadamente los tiempos turbulentos y azarosos. 
Aun en nuestros días, de cuando en cuando se registran en este ó en el 
otro Estado sangrientas insurrecciones; de cuando en cuando, por mó- 
viles pequeños y egoístas, pelean con verdadera saña dos repúblicas 
hermanas. 

Sorprendióle la muerte en la quinta llamada San Pedro Alejandrino, 
distante una legua de la ciudad de Santa Marta, el 17 de diciembre de 
1830, a la una de la tarde (1). Rodeaban su lecho varios amigos suyos 
y antiguos compañeros de sus glorias. El fundador de B divia y Liber- 
tador de Colombia, de Venezuela, del Ecuador y del Perú acabó 
sus días en lugar ageno, pobre, calumniado y perseguido por sus com- 
patriotas; pero su genio brillará eternamente en el Nuevo Mundo. En 
la historia de América sólo hay uno que se le iguala; este es Washing- 
ton. En sus últimos momentos sólo tuvo palabras de perdón para los 
ingratos, de reconocimiento para sus amigos y de amor para su pueblo. 
Que Bolívar tuvo superioridad a Napoleón, no cabe duda; nosotros 

(l) La quinta donde murió era de D. Joaquín de Mier, marqués de MIer. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 303 

también le preferimos a Washington. Si fu§ apasionado de las mujeres 
más de lo justo, no se dejó dominar por ellas, y si fué cruel alguna vez, 
las circunstancias le obligaron á ello. Del mismo modo que Alejandro 
-en el banquete en que mató a Clito, cuéntase que Bolívar en otro festín, 
corrió de una mesa a otra, diciendo: Como recorro esta sala, atravesaré 
la América desde el Atlántico al Pacífico. No realizó empresa tan glorio- 
sa porque no tuvo el apoyo que debió tener de los hombres ni de los 
pueblos. Ante el desorden cada vez más creciente que agitaba a los Es- 
tados americanos, el ejército descontento deseaba elevar un trono para 
•colocar en él a Bolívar. El general Juan J. Flores, comandante gene- 
ral del Ecuador; el teniente, coronel Mosquera, intendente de Guaya- 
quil, y el general Valdés, comandante general del citado Guayaquil, le 
ofrecieron la Corona. El general Páez, el general Santander, vicepresi- 
dente de Colombia, y otros muchos militares, como también el clero, se 
hallaban decididos a coronarle: pero él, en carta dirigida a Santander, 
desde Magdalena, y con fecha del 21 de febrero de 1826, decía, entre 
otras cosas, lo siguiente: 

tt Mi hermana me dice que en Caracas hay tres partidos: monárqui- 
cos, demócratas y pardócratas. Que sea yo Libertador o muerto es su 
consejo. Este será el que yo seguiré, aun cuando supiera que por se- 
guirlo pereciera todo el género humano,, (1). 

Lo que encontramos más admirable en Bolívar no es su clara inteli- 
gencia, ni su firme voluntad, ni su amor a la independencia de su pa- 
tria, ni su entusiasmo por la república, sino el haber adivinado su des- 
tino y haberle sido fiel hasta su muerte. Nacido en la abundancia, cria- 
do en el lujo y los placeres, admirador de la cultura europea, desgra- 
ciado en el hogar de la familia por el prematuro fallecimiento de su 
primera mujer, militar afortunado y político insigne, el más grande de 
los patriotas y el más bueno de los hombres, adorado por los pueblos 
todos de América y odiado por algunos miserables, no encontramos nin- 
guno superior. En el largo camino de la historia del mundo hallamos 
muchos nombres ilustres, destacándose luminoso y brillante el de Simón 
Bolívar. Tuvo sus desfallecimientos, como se prueba por la carta que 
desde Buijó, al frente de Guayaquil, y con fecha 5 de julio de 1829, 
escribió a su amigo y general Rafael Urdaneta. Decía lo siguiente: 
*Esto es, mi amigo, un caos insondable y que no tiene pies ni cabeza, 
ni forma, ni materia; en fin, esto es nada, nada, nada. Lo que acaba de 
suceder en Guatemala me tiene espantado. ¿Creerá usted que esos fe- 
derales se matan como si fueran caribes? Allí no hay realistas, ni cen- 

(1) Memorias del general O' Leary.— Bolívar y la emancipación de Svr América, tomo II, pági- 
nas 751-754. 



t 304 HISTORIA DE AMÉRICA 

tralistas, ni vitalicios, y sin embargo, la guerra es a mnerte y exter- 
minio. Desde luego, una expedición española tomaría el país, y es muy 
probable que todo el mundo se agregue a los españoles, porque unos y 
otros están desesperados; quiero decir, vencidos y vencedores. Lo que 
sucede en Guatemala sucederá en toda la América antes de cuatro años r 
y lo peor será que la Europa entera se pondrá de acuerdo con España 
y conquistarán todo el país, sin que puedan hacer resistencia los anti- 
guos patriotas. Yo veo esto tan claro como la luz del día„ (1). 

Pasando ya a otro asunto ; recordaremos que en este mismo capítu- 
lo se dijo que en los primeros días de Mayo de 1830 Mosquera y Caice- 
do ocuparon respectivamente la presidencia y vicepresidencia de la 
república de Colombia. Recordaremos del mismo modo que el general 
Páez había proclamado la separación de Venezuela con gran contento- 
de los neogranadinos; y el general Flores hubo de seguir igual conduc- 
ta en Quito, constituyéndose el Ecuador como república independien- 
te. La guerra civil comenzó pronto en Colombia o Nueva Granada. Al- 
zóse en armas el general Urdaneta y logró derribar a Mosquera y Cai- 
cedo, siendo él al poco tiempo arrojado del poder por el general 
Obando. 

Los Estados que fueron miembros de la disuelta república de Co- 
lombia — Nueva Granada o Colombia, Venezuela y Audiencia de Qui- 
tó (17 diciembre 1819), según dispuso el Congreso de la Angostura — 
han conservado, dice Alberdi, el tipo constitucional que recibieron de- 
su libertador, el general Bolívar, en la Constitución de agosto de- 
1821, (2). 



(1) Memorias del General Urdaneta, pág. 417.— Madrid, 1916. 

(2) Organización política y económica de la Confederación Argentina, pág. 16.— Besanzon» 
1856. 



CAPITULO XV 



Chile, Venezuela y Ecuador después de la muerte de Bolí- 
var.— Chile: GUERRA CIVIL.— EL PRESIDENTE PRIETO: GUERRA 
entre Chile y Perú.— Portales.— El presidente Bulnes. — 
Otros presidentes.— Escudo y bandera de Chile. — Venezue- 
la: Convención de Bogotá.— El Congreso y el presidente 
Páez.— Insurrecciones. -El general Bermüdez y el guerri- 
llero Cisneros.-Segundo Congreso: disposiciones importan- 
tes.— Tercer Congreso: sublevación de Gobante.— Cuarto 
y quinto Congreso: libertad de cultos. — Presidencia de: 
Vargas.— Sublevación de Maracaibo y de Caracas.— Páez y 

MONAGAS.— CAlDA DE LOS REFORMISTAS. — TOMA DE PUERTO Ca, 

bello.— Sexto Congreso: sus reformas. — Insurrección de: 
Farfán y extrañamiento del arzobispo de Caracas.— Séb- 
timo Congreso. — Narvarte y Carreño. — Presidencia de. 
Soublette: guerra civil.— Presidencia de Monagas, de Cas- 
tro, de Páez, de Falcón, de Monagas y de Guzmán Blanco. — 
Anarquía. — Últimos presidentes. — Escudo y bandera de:; 
Venezuela.— El Ecuador: los presidentes Flores, RocAr- 
fuerte, Flores (2.a vez) y Roca.— Guerras civiles.— Urbina,- 
Robles, García Moreno, Carrión, García Moreno (2.a vez), 
borrero y otros presidentes. — escudo y bandera del. 
Ecuador. 



Continuaron disputándose el poder supremo de Chile, aunque coir* 
menos encono, espíritus ambiciosos. Después de la guerra civil que so- 
brevino por la intransigencia de liberales (pipiólos) y conservadores 
(pelucones), subió a la presidencia el general Prieto (1831-1841) que 
promulgó un Código Constitucional el año de 1833 y mejoró bastante — 
mereciendo por ello entusiásticas alabanzas — la Hacienda pública. Es- 
talló la guerra entre Chile y Perú, porque el gobierno de aquella na- 
ción acusó a los peruanos de haber favorecido una tentativa de insu- 
rrección (agosto de 1836). Formada la Confederación Perú-Boliviana 
(l.o mayo 1837), de la cual se tratará en el capítulo XVI, y elegido 
jefe el general Santa Cruz, continuó con más calor la guerra, cayendo 
Lima en poder del ejército chileno (21 agosto 1838), firmándose luego- 

ni 2a 



306 • HISTORIA DE AMÉRICA 

la paz (1839). Un poco antes hubo de disolverse la citada Confedera- 
ción (1838). 

Entre las presidencias de Prieto y Bulnes se halla la dictadura de 
Portales, dictadura que podemos calificar de una mancha en el limpio 
blasón de la república. De ministro se hizo dictador, como Napo- 
león III pasó de presidente de la república a Emperador. Aunque Por- 
tales tuvo muchos que le siguieron, aunque creció su influencia con mo- 
tivo de la guerra contra la Confederación del Perú y Bolivia, la histo- 
ria apenas se fija en él. y por cierto que con razón sobrada. En la su- 
blevación de Quillota, ocurrida en junio de 1837, terminó su vida 
Portales. 

Durante la presidencia de D. Manuel Bulnes (1841-1851) se fundó 
la Universidad, cuyo rector fué el ilustre Bello, la Escuela Normal de 
Maestros, el Conservatorio de Música y la Escuela de Artes y Oficios. 
Fomentóse el desarrollo de la industria, se estableció el alumbrado en 
las grandes poblaciones y se atendió a la construcción de caminos, ca- 
nales y puertos. D. Manuel Montt (1851-1861) sofocó la sublevación de 
D: José María de la Cruz. JEn tiempo de Montt tuvo comienzo el ferro- 
carril de Santiago a Valparaíso, y se colonizaron los distritos de Val- 
divia y Llanquihue, donde se fundó la ciudad de Melipulli o Puerto 
Montt; y en los últimos años de su gobierno tuvo que combatir algunos 
movimientos insurreccionales. No huelga decir que por entonces se se- 
paró la Araucania de Chile, eligiendo por rey a Antonio I (Antonio de 
Tournes), francés de obscuro nacimiento. 

Restableció la tranquilidad en el país el presidente José Joaquín 
Pérez (1861-1871). Con el objeto de defender los intereses del Perú, 
Chile — con fecha 5 de diciembre de 1865 — rompió las hostilidades con- 
tra España. Presintiendo Pérez que había de llegar el mencionado rom- 
pimiento, hizo poner las costas en estado de defensa y aumentó la ma- 
rina de guerra. En efecto, España bloqueó las costas chilenas. Apresa- 
do por la corbeta Esmeralda el aviso español Covadonga, aumentó, como 
se dirá en el siguiente capítulo, la enemiga de España contra Chile. 
Después de bombardeados los puertos de Valparaíso (31 marzo 1866) y 
el Callao (12 de mayo de dicho año), cesaron pronto las hostilidades, 
si bien la paz no se firmó hasta pasados algunos años. En los últimos 
tiempos del reinado de Isabel II, se dirigió científica comisión a varias 
repúblicas americanas. España perdió en esa expedición al profesor 
Amor, víctima de su afición y entusiasmo por la ciencia. El sabio maes- 
tro, después de hacer un gran acopio de preciosos objetos, falleció en 
California. 

A la presidencia de D. Federico Errázuriz (1871-1876) sucedió la 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 307 

de D. Aníbal Pinto (1876-1881), en cuyo tiempo se declaró la guerra a 
Bolivia, aliada con el Perú. Chile venció en varias batallas y se apo- 
deró de Lima, firmándose la paz, mediante la cesión que hizo el Perú 
de Tarapacá, Tacna y Arica por un plazo de diez años. Durante la pre- 
sidencia de Santa María (1881-1886) se realizaron importantes refor- 
mas en las leyes de matrimonio civil y otras. Intentóse matar al pre- 
sidente por medio de una máquina infernal. D. José Manuel Balmaceda 
(1886-1891) fué elegido el 28 de junio, entrando en funciones el l.o de 
julio; pero pronto se enemistó con el Congreso, decidiéndose- la cues- 
tión en los campos de batalla. Vencido Balmaceda, hubo de refugiarse 
en la Legación Argentina y se suicidó el 18'^de septiembre de 1891. 
A Balmaceda sucedió Jorge Montt (1891-1896) y a Montt, Federico 
Errázuriz (1896-1901). 

Cuando hecha la paz con la Argentina, podía Chile entregarse a 
restablecer su crédito y a fomentar los intereses materiales, el parla- 
mentarismo, con sus estériles debates y con su política torpe, provoca- 
ba crisis y llevaba el desconcierto a todas las esferas del Estado. Fal- 
taba, ya que la paz con la Argentina había sido firmada, que Chile se 
arreglara definitivamente con Bolivia y con el Perú. No podían olvidar 
Bolivia y Perú las derrotas que sufrieron en 1882, ni se avenían con la 
pérdida, aquélla, del litoral del Pacífico, ni éste, de Tacna y Arica. 
Ineficaces habían sido las gestiones hechas por los gobiernos boliviano 
y peruano, para que, mediante compensaciones, volviesen aquellos paí- 
ses a formar parte de las respectivas nacionalidades. Según convenio 
de 16 de abril de 1898, la Reina Regente de España debía fijar las con- 
diciones para que un plebiscito decidiese a qué república debía perte- 
necer la provincia de Tacna y Arica. La nación favorecida pagaría a 
la otra una indemnización de 10 millones de pesos, no habiéndose rea- 
lizado el convenio por dificultades que surgieron a última hora. Todo 
el territorio, pues, continuaba en poder de Chile, llevando trazas de 
convertirse lo provisional en definitivo. Presintiendo Chile próxima 
guerra, reforzaba sus armamentos; y lo mismo hacían, en previsión de 
nuevo conflicto, Bolivia y Perú. Tanto Chile como Bolivia y Perú, te- 
nían su vista fija en la República Argentina y esperaban, aun después 
de la paz con el primero de aquellos Estados, la intervención del go- 
bierno de Buenos Aires. Bolivia, por su parte, temía que su gobierno, 
a cambio de alguna indemnización, cediese parte del litoral del Pacífi- 
co. Y por lo que respecta a Tacna y Arica, comentábase la opinión del 
estadista chileno Walker Martínez, exministro y jefe del partido con- 
servador, quien hubo de decir que a las tales provincias no valen la 
pena de que dos pueblos discutan acerca de su soberanía en ellas. La 



308 HISTORIA DE AMÉRICA 

posesión ha de ser onerosa para la república a la que definitivamente 
se adjudiquen; su valor económico es escaso, y aun han perdido más en 
estos últimos años, porque casi todo el tráfico entre la costa del Pacífi- 
co y Bolivia ha de hacerse por los ferrocarriles de Mollendo-Puno, vía 
peruana, al norte de Tacna, y Antofogasta-Oruro, vía chilena, muy al 
sur de Arica. „ (1) 

En septiembre de 1901 tomó posesión D. Germán Riesco de la pre- 
sidencia de la república. Si al presidente Errázuriz no le acompañó la 
fortuna, su sucesor Riesco se vio envuelto en cuestiones sumamente di- 
fíciles. Para poder seguir adelante no tuvo más remedio que dar parti- 
cipación en el gobierno, mediante el pacto de noviembre de 1902, a las 
siguientes agrupaciones políticas: liberal democrática, liberal modera- 
da y conservadora. En los comienzos del año 1903 se pudo notar que 
poco o nada se había adelantado con la coalición citada. Cansado de 
luchar Riesco, y también agobiado por tenaz enfermedad, declinó el 
mando (4 de mayo del año citado) en el vicepresidente Barros Luco, 
político sincero y prestigioso que consiguió mantener la concordia en- 
tre los coaligados. Surgió por entonces el conflicto entre el capital y 
el trabajo, entre los capitalistas patronos o armadores y los obreros. 
Se apedrearon fábricas y casas de los ricos, se saquearon almacenes y 
se incendiaron mercancías, originando todo esto sangrientos choques 
entre huelguistas y policías. Decretó el gobierno el estado de sitio y 
se impuso la fuerza militar, restableciéndose de este modo el orden; 
pero la cuestión social, ya iniciada en otros Estados de América, se 
mostró poderosa en Chile. Volvió Riesco a encargarse del mando el 4 
de junio y con Riesco volvieron los recelos y el malestar. Sucedióle 
Pedro Montt (1906-1910), y, por último, Ramón Barros Luco, quien se 
hizo cargo de su elevada magistratura el 23 de diciembre del citado 
año de 1910. Cuando escribimos estas líneas ocupa la presidencia de la 
república chilena D. Juan Luis Sanfuentes. 

Después de la independencia — escribe el Sr. Balbín de Unquera — 
produjo a Chile iguales favorables resultados el amor a la paz, soste- 
nido por muchos y sucesivos gobiernos, que se distinguieron por su pru- 
dencia. El tiempo que no se dedicó a la guerra ni a las discordias poli" 
ticas, consagrólo Chile a la instrucción y al trabajo; sólo quedaron en 
pie obstáculos que fácilmente no podrá vencer, como la falta de pobla- 
ción, que siempre lo es de riqueza, y el de su posición geográfica que, 
respecto a Europa,' no es la mejor ni lo será hasta después de la aper- 
tura del istmo. Chile es una región más parecida a Europa que otras de 
América en el carácter de sus habitantes, lo mismo que en la clase de sus 

(1) Beltrán y Rózpide, Los pueblos hispano-americanos en el siglo XX, págs. 234 y 255. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 309 

producciones. Podremos equivocarnos; pero juzgamos que esta circuns- 
tancia es una de las causas que le dan más valor y que le auguran por- 
venir más lisonjero. El pueblo dividido será desolado, dice la Sagrada 
Escritura, y Chile no se ha dividido federalmente en Estados, ni polí- 
ticamente en banderías de las que hacen casi imposible la vida y des- 
graciadas a las naciones (1). 

tt Las armas de Chile representan una columna coronada de una es- 
trella, y al otro lado un volcán inflamado. El pabellón es tricolor y 
dispuesto así: se divide en dos paralelógramos iguales y colocados ho- 
rizontalmente. El inferior es colorado, y el superior está también divi- 
dido en dos cuadros, de los cuales el' que está junto al asta tiene una 
estrella blanca en campo azul, y el otro es enteramente blanco. El 
pabellón de Valparaíso tiene los mismos colores; pero colocados de otro 
modo. El paralelógramo inferior es blanco; el superior colorado con 
una estrella blanca en campo azul en el ángulo superior. El pabellón 
de bopres es enteramente azul, con una estrella también blanca en el 
>centro„ (2). A la sazón el escudo de Chile, sostenido por un huemul y 
un cóndor está cortado de azul y encarnado con estrella de plata. Por 
remate un penacho de tres plumas azul, plata y encarnado. 

Por lo que respecta a Venezuela, diremos que reunido el Congreso 
-el 18 de marzo de 1831, autorizó aquel Alto Cuerpo al presidente Páez 
para ofrecer la paz a Monagas y a todos los comprometidos en las pa- 
sadas revueltas. Con tal objeto salió Páez de la capital el 19 de abril. 
Cuando Monagas comprendió que su unión con Marino no podía darle 
resultado satisfactorio, se presentó en el valle de Pascua (24 de junio) 
a, Páez, obteniendo el indulto para él y para los que le habían seguido 
en sus planes revolucionarios. Otras revueltas que habían ocurrido en 
los pueblos de occidente, también se apaciguaron y los autores de ellas 
fueron indultados por el Congreso. 

Con la prisión y hasta con la muerte castigaron los tribunales a 
los anarquistas de Caracas (11 de mayo), quienes dieron libertad a los 
presos de la cárcel y cometieron algunos crímenes. 

Uno de los primeros actos del Congreso fué nombrar presidente 
•constitucional de la república al general Páez y vicepresidente al li- 
cenciado Diego Bautista Urbaneia. Después (22 de abril) acordó en- 
viar a Nueva Granada una comisión para tratar con el gobierno acerca 
del modo y forma en que debía convocarse una Convención colombiana 
par# el arreglo de sus comunes intereses, dispuso (25 de mayo) desig- 
nar a Caracas por capital de la república, aprobó y adoptó para Ve- 

(1) Kevista intitulada Cultura Hispano-Americana, núm. 8, enero y febrero de 1813, pág. 16. 

(2) Mr. César Jamín, Hist. de Chile, pág. 95, nota. Barcelona, 1839. 



310 HISTORIA DE AMÉRICA 

nezuela (13 de junio) el tratado de comercio y navegación que el go- 
bierno de Colombia había celebrado con los Países Bajos, derogó con la 
misma fecha el decreto de Bolívar que prohibía a los españoles contraer 
matrimonio con las hijas de Colombia, y reformó (día 15) la ley que 
trataba de los conspiradores . 

Ya terminadas las sesiones del Congreso, intentó el general Ber- 
múdez turbar el orden público en las provincias del oriente; pero no 
encontró partidarios y también el gobierno estuvo acertado con las 
medidas que tomó para atajar el mal. En los últimos días del año sólo 
el guerrillero Cisneros se mantenía en actitud hostil en los valles del 
Tuy. Páez celebró con él una entrevista en la montaña de Lagartijo 
y logró su sumisión, no sin concederle el grado de coronel que le 
había sido dado por los españoles, terminando así el año 1831. 

En los comienzos del año 1832, todo hacía esperar duradera paz en 
la naciente república. Venezuela y Nueva Granada determinaron arje- 
glar amistosamente sus comunes intereses. Reunido el segundo Con- 
greso constitucional de Venezuela, el 31 de enero de 1832, resolvió en 
29 de abril — conforme al artículo 227 de la Constitución que le autori- 
zaba para promover la Confederación de Venezuela, el Ecuador y la 
Nueva Granada — enviar comisionados para que de acuerdo y en unión 
con los de aquellos gobiernos propusieran las bases de nueva Constitu- 
ción colombiana que estableciese pactos de Confederación. Se deseaba 
por todos que no desapareciera el nombre glorioso de Colombia. Entre 
las instrucciones que dio el Congreso a sus comisionados, había un 
artículo por el cual se exigía que los Estados tuvieran en la Conven- 
ción colombiana, cualquiera que fuese la diferencia de sus poblaciones 
respectivas, igual número de representantes. Muy importante fué tam- 
bién la ley de 18 de abril dividiendo el territorio .de la república en 
tres grandes distritos judiciales con la denominación de Oriente, Centro- 
y Occidente, y fijando la residencia de las respectivas cortes superiores 
en las ciudades de Cumaná, Valencia y Maracaibo. Digna es de men- 
ción la noticia siguiente: el arzobispo de Caracas y el obispo de Tricóla 
llegaron en mayo a la capital y prestaron, sin reserva alguna, el jura- 
mento a la Constitución del Estado. Tampoco debemos pasar en silencio 
la creación de la Academia de Matemáticas. 

Eeunióse el tercer Congreso ordinario el 25 de enero de 1835. En- 
tre las disposiciones que tomó aquel Alto Cuerpo se citarán las siguien- 
tes: levantó el decreto de proscripción que pesaba sobre jefes y oficia- 
les militares arrojados de Nueva Granada por haber tomado parte en 
los últimos trastornos. El decreto tenía la fecha de 6 de febrero, y por 
él volvieron al ejército los que andaban vagando por las colonias ex- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 311 

tranjeras sin patria y sin recursos. Por un decreto de 20 de marzo se 
declaró extinguido el monopolio del tabaco y libre su cultivo, y por 
otro del 2 de abril se suprimieron los diezmos, y se dispuso que del Te- 
soro público se pagara el sostenimiento del culto. En cuanto a la pre- 
tendida Confederación colombiana, reformó el Congreso el decreto del 
año anterior, limitándose a mandar que el Poder Ejecutivo promoviera 
e iniciara con los gobiernos del Ecuador y de la Nueva Granada las 
necesarias estipulaciones para el arreglo de la deuda común y para la 
celebración de otros tratados de interés general. Con este objeto mar- 
chó a Bogotá en junio el ministro de Hacienda D. Santos Michelena. 
Uno de los últimos actos del Congreso fué la celebración de un trata- 
do de comercio con Francia, ratificado después por los respectivos go- 
biernos. 

Acerca del orden público sólo procede registrar la sublevación del 
coronel Grabante, quien, al frente de una partida, proclamó en el pue- 
blo de Tucupido la integridad de la patria. El motivo verdadero debió 
ser porque el Poder Ejecutivo se negó a pagarle cierta cantidad que 
le había reconocido el Constituyente. Preso y enviado a Caracas para 
ser juzgado, pudo, con el auxilio de un hermano suyo,, huir de la pri- 
sión, volviendo otra vez a tomar las armas contra el gobierno. Ya en- 
trado el año 1834, el coronel Cisneros le sorprendió en la quebrada de 
Acapro con una pequeña partida. Allí murió su hermano y algunos 
más, huyendo él por los cerros del Pao, siendo después asesinado por 
uno de los suyos entre Ortíz y el Sombrero. 

Digna de especial mención fué la labor realizada durante el cuarto 
y quinto Congreso. A la cabeza de todas las reformas debe figurar el 
decreto dado por el gobierno estableciendo la libertad de cultos (18 
febrero 1834). También se dispuso la libertad de contratar lo mismo 
los intereses del dinero que el remate de los bienes del deudor por lo 
que se ofrezca en pública subasta. De esta legislatura son además al- 
gunas leyes sobre puertos habilitados, régimen de aduanas, aranceles, 
comercio de cabotaje y comisos. Para terminar, diremos que también 
son de esta legislatura las leyes declarando fiestas nacionales el 19 de 
abril y el 5 de julio. 

El nuevo presidente de la república se iba a elegir en el año 1835. 
Cuatro fueron los principales candidatos: el doctor Vargas, el licencia- 
do Urbaneja (antes vicepresidente) y los generales Marino y Soublette, 
antiguos veteranos de la independencia. Habiéndose retirado Urbane- 
ja, lucharon los otros candidatos; pero como ninguno de los tres queda- 
ra elegido por los colegios electorales, el Congreso hubo de decidir. El 
6 de febrero, reunidas las dos Cámaras, se eligió presidente de la re- 



312 HISTORIA DE AMÉRICA 

pública al doctor Vargas, que prestó el juramento el día 9. No deseaba 
Vargas cargo tan importante, y tres meses después, cuando las sesio- 
nes del Congreso iban a terminarse, presentó la dimisión (29 de abril), 
que no le fué admitida. 

Algunos descontentos, militares en su mayor parte, disgustados 
con la paz y el sosiego que se disfrutaba, proclamaron en Maracaibo 
(7 de junio) la federación, y a Marino como jefe de ella. Restablecióse 
en seguida el orden, y los cabecillas fueron derrotados; pero en Caracas 
(8 de julio) los revolucionarios ganaron la guarnición, que se componía 
de unos 200 hombres del batallón Anzuátegui y se apoderaron del go- 
bierno. Vargas, en aquellos momentos de peligro, reunió su consejo y 
autorizado para emplear la fuerza armada llamó hasta 10.000 al ser- 
vicio, nombrando jefe a Páez. Este general, que se hallaba a la sazón 
«en su hato de San Pablo, recibió el nombramiento el 14, dio una pro- 
clama el 15, salió de San Pablo el 17 y se presentó delante de Valen- 
cia el 23. Valencia, Caracas y Puerto Cabello estaban en poder de los 
revolucionarios o reformistas, pues este último era el nombre que se 
dieron los autores del motín. Se apoderó de Valencia e inmediatamen- 
te marchó a Caracas, donde entró el 28, saliendo los reformistas la 
noche anterior, llevando como jefes a Marino, a los Ibarras y los Brí- 
cenos (sobrinos los primeros y protegidos los segundos del Libertador), 
al comandante Pedro Carujo y algunos más. En Puerto Cabello las 
opiniones andaban divididas, pues unos deseaban obedecer a Páez y 
otros a Marino. 

Vino a dar fuerza a la insurrección el general Monagas, quien se 
hizo proclamar jefe superior, decidido a destruir al gobierno. Contaban 
los reformistas con las capitales de Cumaná y Barcelona; pero muchos 
pueblos de ambas provincias se manifestaban decididos a sostener la 
Constitución. Reformistas y constitucionales se dispusieron a dirimir 
sus diferencias con las armas. Si la villa de Río Chico fué tomada por 
los primeros el l.o de octubre y Cariaco fué teatro en el mismo mes de 
escenas sangrientas, en Úrica alcanzaron (8 de octubre) los segundos 
su primer triunfo. 

En los pueblos del occidente se turbó la tranquilidad. Una facción 
reformista se apoderó de Quíbor, y lo mismo quiso hacer en Barquisi- 
meto. También en los puertos de Altagracia sonó el grito de reformas, 
grito que se repitió en Maracaibo, cuyos habitantes cedieron el campo 
a los revolucionarios. En las provincias orientales se derramaba san- 
gre abundante. El general constitucional Gómez se resistió en Carú- 
pano de los ataques del reformista Carujo; pero tuvo por falta de mu- 
niciones que abandonar el pueblo, retirarse a Río Caribe y de allí a 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 313 

Margarita, regresando pronto y presentándose frente a dicha ciudad 
de Carúpano. Canijo marchó entonces en dirección de Cumaná, no sin 
que influyese en su determinación la próxima llegada de Páez con fuer- 
zas respetables. 

Convinieron los reformistas en que Monagas se encargase de hacer 
frente a Páez, en tanto que Marino, Carujo y otros jefes, a la cabeza 
de ochocientos hombres, se embarcarían en Barcelona y llevarían la 
guerra a las costas de Caracas. Al saber que la capital no estaba inde- 
fensa, sufrieron gran contrariedad, marchando entonces a Puerto Ca- 
bello, donde desembarcaron el 25 de octubre. En esta ciudad recogie- 
ron los veteranos que estaban de guarnición, formando con ellos y con 
las tropas que llevaban una división de 1.100 hombres, y sin perder 
tiempo se encaminaron a San Esteban para caer sobre Valencia. Aun- 
que se adelantó., el general constitucional Carreño, no habiendo encon- 
trado en la ciudad citada sino 400 infantes y 300 jinetes, con cuyas 
fuerzas no podía resistir a los reformistas, salió con ellas y fué a situar- 
se en el camino que Conduce a los Guayos, en tanto que los enemigos 
penetraban en Valencia. Carreño, con los refuerzos que recibió, cayó so- 
bre la plaza, que a su vez abandonaron los reformistas tomando la vía 
de Naguanagua. Siguióles Carreño, que pudo darles alcance en el sitio 
denominado Guaparo, y allí les presentó batalla y consiguió fácilmen- 
te la victoria, a causa de que los jefes del ejército enemigo marcharon 
cada uno por su lado y no dieron unidad a la acción, huyendo al fin con 
poca honra del campo de batalla y perdiendo entre muertos, heridos y 
prisioneros más de 500 hombres, encerrándose el resto del ejército en 
Puerto Cabello. 

• Entre tanto Páez, ignorante de lo que pasaba en las provincias del 
centro, se veía un poco apurado por la destreza de Monagas, quien ha- 
bía conseguido burlar la persecución de que era objeto, sin dejar de 
hostilizar a los constitucionales y de fatigar la caballería de estos úl- 
timos. No debió ser muy buena la situación de Páez cuando hubo de 
dictar, hallándose en el sitio conocido con el nombre del Pirital, el fa- 
moso decreto del 8 de noviembre, por el cual concedía a Monagas y a 
los suyos generosa amnistía. Supo entonces lo acaecido en Valencia, y 
se dirigió a Puerto Cabello con ánimo de ponerle sitio. 

Hallándose Páez en la Atalaya pudo observar que Carujo había 
hecho una salida de la plaza con unos 100 hombres hacia el sitio de 
Paso Real, tal vez con el intento de recoger algún ganado. Cuando 
menos lo pensaba, Carujo se vio cercado, acometido por fuerzas supe- 
riores y hecho prisionero con algunos; los restantes, o quedaron en el 
campo, o se dispersaron. A este suceso siguió otro no menos favorable 



314 HISTORIA DE AMÉRICA 

a la causa nacional. Montilla, nombrado segundo jefe del ejército cons- 
titucional, se puso sobre Maracaibo; mas no tuvo que usar de las ar- 
mas, porque el jefe de la plaza Farias aceptó un indulto que le asegu- 
raba a él y a los suyos la vida» y propiedades. 

Después de tantas desgracias, los reformistas de Puerto Cabello,, 
sin recursos en la plaza, sin esperanza de ser socorridos y sin el apoyo 
de la opinión pública, se decidieron a entregarse. Pidieron los jefes que 
se les concediese la conservación de sus grados militares, y Páez, no 
creyéndose autorizado para ello, se dirigió en consulta al sexto Con- 
greso constitucional, reunido a la sazón. Al mismo tiempo que el Po- 
der Ejecutivo, habiendo oído al Legislativo, concedía el indulto a los 
facciosos, no sin ciertas condiciones, como la expulsión perpetua o tem- 
poral según los casos, y la pérdida de empleos, grados, etc., Páez se- 
apoderaba de Puerto Cabello sin ninguna condición. Entregóse la pla- 
za, porque la guarnición del castillo hizo traición a los suyos ; procla- 
mando el Código constitucional y sometiéndose a Páez, acabando por 
entonces la revolución de los reformistas, obra de espíritus inquietos, 
turbulentos y antipatriotas. 

Restablecida la paz, Vargas dirigió al Congreso nueva y razonada 
renuncia de la presidencia de la república, que fué aceptada con fecha 24- 
de abril, con harto sentimiento de los representantes del pueblo. Antes 
y después de la renuncia de Vargas se ocupó el Congreso de asuntos 
importantes. Por decreto de 25 de febrero aprobó el tratado de amis- 
tad, comercio y navegación celebrado con Nueva Granada; por el de 
5 de marzo se mandaron demoler algunas fortificaciones, las cuales 
sólo servían para guarida de conspiradores y revoltosos; por el de 18 
de abril se acordó nuevo escudo de armas para Venezuela; por la ley 
del 30 del mismo mes se mandaron establecer los tribunales de comer- 
cio; por decreto de 5 de mayo se aprobó el tratado de paz, navegación 
y comercio con los Estados Unidos, y en la misma fecha se expidió una 
ley reformando la de elecciones. Por último, el Congreso hizo impor- 
tantes reformas en la organización de tribunales y juzgados, mandan- 
do poner en práctica nuevo Código de procedimientos judiciales. 

Terminadas las sesiones del Congreso, vino á alterar la paz pública 
una partida de gente maleante que bajo la jefatura del coronel Far- 
fán se levantó en la provincia de Apure, sometiéndose luego y acogién- 
dose a indulto en los primeros días de junio. No dejó de llamar la aten- 
ción, a fines del año 1836, la expulsión y extrañamiento del arzobispo 
de Caracas, a causa de haberse resistido a obedecer la ley de patro- 
nato. 

Reunióse el séptimo Congreso constitucional el 26 de enero de 1837. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 315 

Desde el 20 había cesado Narvarte en las funciones del Poder Ejecuti- 
vo por haber expirado el tiempo de su elección, reemplazándole el ge- 
neral Carreño como vicepresidente del Consejo de gobierno. El general 
Soublette, nombrado por los colegios electorales vicepresidente del Es- 
tado, se hallaba en España, con la misión de ajustar un tratado con la 
antigua metrópoli, el cual no pudo llevarse a feliz término por la exi- 
gencia del gobierno de Madrid de que Venezuela reconociera todas las 
deudas contraídas por el español durante su dominación y que indem- 
nizase a los subditos españoles por los bienes que habían perdido a 
causa de las represalias de la guerra. Soublette, no logrando obtener 
mejores condiciones, pidió su pasaporte, llegando a Caracas el 11 de 
mayo y encargándose de la administración ejecutiva. 

Grandes y fundadas esperanzas se tenían en el talento y prudencia 
de Soublette. Su presencia al frente del gobierno hubo de satisfacer á 
todos, exceptuando a los reformistas. Farfán ya había levantado el es- 
tandarte de la rebelión en un pueblo de la provincia de Guayana; Mari- 
ño y otros se hallaban en Haití buscando partidarios y toda clase de 
auxilios para invadir Costa Firme. La actividad de Farfán era extraor- 
dinaria, pues a mediados de febrero se puso al frente de una partida en 
el cantón del Alto Orinoco y cayó sobre el pueblo de la Urbana, asesi- 
nando a muchas personas y cometiendo toda clase de atentados, y en 
seguida se dirigió a la provincia de Apure, derrotó a las tropas envia- 
das contra él y se apoderó de Achaguas, donde tenía el gobierno pe- 
queña guarnición. El Congreso autorizó al Poder Ejecutivo para que 
llamara a las armas a 2.000 hombres, ampliando luego el número hasta 
8.000. Páez fué nombrado general en jefe, y como en el año 1835, se 
dispuso a sacrificar su tranquilidad por la patria. Designado Calabozo 
como punto de reunión de las fuerzas constitucionales, allí se presentó 
Páez, saliendo pronto con parte de sus tropas camino de San Juan de 
Payara, donde atacó a Farfán, que estaba a la cabeza de 1.000 hom- 
bres, los cuales formaban tres columnas de caballería y una de infan- 
tería. Páez estuvo admirable en esta jornada; Farfán y los suyos frie- 
ron unos cobardes, pues huyeron a la desbandada (26 abril 1837). La 
paz volvió a reinar en Apure. Tampoco inspiraban temores los refugia- 
dos en Haití, cuyo presidente Boyer era amigo cariñoso del gobierno 
de Venezuela y no tenía simpatías con los revolucionarios. 

Muchas reformas importantes, especialmente en asuntos de hacien- 
da, realizó el Congreso y el gobierno en 1837. Bajo la presidencia de 
don Carlos Sublette se reformó la Constitución y se hizo la paz con Es- 
paña. Sólo recordaremos — prescindiendo de otros hechos de escasa im- 
portancia—del decreto expedido en 3 de febrero de 1837 mandando es- 



316 HISTORIA DE AMÉRICA 

tablecer en Caracas una Corte superior, cuya jurisdicción se extendía 
a las provincias de Apure, Cumaná, Guayana, Barcelona y Margarita. 

Si la larga y empeñada lucha entre centralistas y federales produ- 
jo, como en otras repúblicas, motines y sublevaciones, también el an- 
tagonismo de razas ocasionó, en el año 1846, la lucha entre blancos y 
hombres de color. 

Tiempo adelante, los revoltosos arrojaron de la presidencia de la 
república al general Monagas (15 marzo 1858) elevando a tan alto 
puesto al general Castro, quien fué pronto perseguido, abandonando el 
país (agosto de 1860). Volvió a la presidencia el general Páez con au- 
toridad dictatorial (septiembre de 1861); pero dos años después fué 
vencido por los federales, acaudillados por el general Falcón, quien 
obtuvo el nombramiento de presidente interino (17 junio 1863) y con- 
vocó en julio una Asamblea constituyente que debería elegir un go- 
bierno definitivo. Hemos de lamentar que en Venezuela, como en otras 
repúblicas hispano-americanas, las bayonetas hayan elevado presiden- 
tes y las mismas bayonetas les hayan arrojado del poder. El federa- 
lista Falcón se mantuvo cuatro años, siendo reemplazado (1867) por el 
unitario Monagas. En 1870 los insurrectos, después de sangrienta lu- 
cha, se hicieron dueños de Caracas (27 de abril), arrojaron de la presi- 
dencia a Monagas y levantaron sobre el pavés a Guzmán Blanco (18 
de julio), a quien el partido federalista le nombró presidente efectivo por 
elección legal el 20 de febrero de 1873; fué reelegido y gobernó justa- 
mente. Con el doctor Palacio (1892) volvió la anarquía al gobierno y el 
desorden a la administración. El general Crespo consiguió arrojar a Pa- 
lacio, y permaneció en el poder hasta el año 1898. Andrade sucedió a 
Crespo en el citado año de 1898 y bajo su gobierno la guerra civil en- 
sangrentó las ciudades y campos de Venezuela, teniendo que huir el 
presidente a Curazao y muriendo Crespo en la lucha. Cipriano de Cas- 
tro subió al poder como presidente provisional el 31 de marzo de 1901, 
y en el año sigaiente prestó juramento como presidente de la repú- 
blica (l.o marzo 1902). Su administración fué desastrosa y su política 
muy torpe, hasta el punto que puso al país en un conflicto con Inglate- 
rra, Alemania e Italia. El 9 de diciembre de dicho año dirigió una pro- 
clama a los venezolanos, dándoles cuenta de la agresión contra Vene- 
zuela por buques de guerra de aquellas naciones. Habiendo sido derri- 
bado Castro, quien hubo de embarcarse para Europa el 24 de noviem- 
bre de 1908, se encargó de la presidencia el general Juan Vicente 
Gómez, quien un año después mereció ser elegido presidente en pro- 
piedad (13 agosto 1909) tomando posesión el 3 de junio de 1910. El 
general Gómez, hombre de clara inteligencia, gran altura de miras y 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 317 

firme3 convicciones, sacó a Venezuela de la anarquía y postración eco- 
nómica. La agricultura, la industria y el comercio nacieron a nueva 
vida. Daremos cuenta de dos hechos que deben ser conocidos. El 5 de 
julio de 1911 se celebró en Caracas el Centenario de la independencia, 
representando a España en dichas festividades, una embajada com- 
puesta de D. Aníbal Morillo y Pérez, conde de Cartagena y mar- 
qués de la Puerta, en unión de D. Pedro Quartín y del Saz Caballero, 
como secretario de dicha embajada, y de D. Miguel Enrile como agre- 
gado militar de la misma. El segundo suceso es que en 18 de julio de 
1911 se reunieron en Caracas los representantes de Venezuela, Colom- 
bia, Perú, Ecuador y Bolivia, para constituir el Congreso Boliviano, el 
cual tomó interesantes acuerdos sobre cónsules, propiedad literaria y 
artística, extradición, títulos académicos, historia del Libertador, pa- 
tentes, privilegios de invención, ejecución de actos extranjeros, relacio- 
nes comerciales, publicaciones de documentos inéditos, vías de comuni- 
cación, conmociones internas, neutralidad y acuerdo postal. En el año 
1913 hubo un conato de revolución atribuido al expresidente Cas- 
tro. Merece consignarse que la Cancillería francesa, en un documento 
público fechado en 1913, pudo decir que «Venezuela es, con Estados 
Unidos, el único país que cierra sus presupuestos con excedente, 
amortizando además regularmente sus deudas y pagando sus impues- 
tos.» En Instrucción pública realizó el presidente Gómez radicales re- 
formas, como también en el ejército. Su política internacional mereció 
toda clase de alabanzas. 

El 13 de abril de 1914 el Congreso eligió presidente de la repúbli- 
ca al doctor Victoriano Márquez Bustillos, y comandante en jefe del 
ejército al general Juan Vicente Gómez. 

La soberanía popular volvió a elevar a la presidencia de la repú- 
blica para el período de 1915 a 1922 (3 mayo 1915) al general Juan 
Vicente Gómez. Gil Fortoul le llamó "hombre bueno y fuerte. „ Por lo 
que se refiere a la administración de Gómez, algunos descontentos la 
censuraron con más o menos acritud. 

Los presupuestos del Estado, en el año 1915, eran: 

Ingresos 50.598.460,51 Bolívares (1). 

Egresos 44.830.054,91 

La Deuda Interior y Exterior en 31 de diciembre de 1914 con- 
sistía: 

Interior 60.631.833,64 

Exterior. . . . .. 110.992.541,61 

(1) El Bolívar equivale a una peseta. 



318 HISTORIA DE AMÉRICA 

La marina de Guerra estaba formada por siete vapores (Mariscal 
Sacre, General Salom, Zamora, Miranda, José íélix Ribas, San Carlos y 
Salías) y por un bergantín (Antonio Diaz). Existe un astillero flotante 
en Puerto Cabello. El ejército constaba de unos catorce o dieciseis mil 
hombres. Había, perfectamente organizada, una Academia Militar. 

El escudo de Valenzuela de tres divisiones: primera de gules un haz 
de trigo; segunda de oro, unos trofeos militares, mantelado azul un ca- 
ballo corriendo, la punta de sinople. Encima del escudo dos cuernos de 
la abundancia y siete estrellas azules, rodeándolo una rama de laurel 
y una palma enlazadas con una cinta y la inscripción: 19 abril 1810. 
Libertad 5 julio 1811. Los colores de su bandera son: amarillo, azul 
y rojo. 

Por lo que respecta a El Ecuador, el general Juan José Flores lo- 
gró declarar independiente aquel Estado de la Gran Colombia, siendo 
nombrado presidente de la república (1830). Antes se había procla- 
mado la separación de Venezuela. Flores no pudo contener el descon- 
cierto que reinaba en el país, siendo arrojado del poder por una revo- 
lución que dirigía Vicente Rocafuerte (1833). Contra Rocafuerte se su- 
blevó el general Barriga. En los llanos de Miñarica, cerca de Ambato, 
pelearon Flores, jefe de las tropas leales, con las de Barriga (18 ene- 
ro 1835), consiguiendo aquél una gran victoria. La musa del gran poeta 
Olmedo pudo entonar su inspirado Canto al vencedor de Miñarica. El 
presidente Rocafuerte se ocupó en regularizar los servicios públi- 
cos. Elegido por segunda vez Flores (1839), su administración fué poco 
afortunada, lo mismo en el interior que en sus relaciones internaciona- 
les, hasta el punto que por su carácter autoritario se vio obligado a 
abandonar el país en 1845, embarcándose en Guayaquil el 14 de junio, 
día de fiesta cívica. Congregóse una Convención en Cuenca que redactó 
nueva Constitución y eligió presidente a Vicente Ramón Roca, que cesó 
en 1849. 

En la segunda mitad del siglo XIX, la historia del Ecuador se 
reduce a sublevaciones y guerras ciyiles, ya por la rivalidad entre 
Quito y Guayaquil, ya por la lucha entre liberales y clericales. Por 
empate entre los candidatos a la presidencia Elizalde y Novoa, se hizo 
cargo de ella el vicepresidente Ascásubi. Después de varios motines e 
insurrecciones, el general José María IJrbina, perteneciente al partido 
liberal, ocupó la presidencia que le dio la Convención Nacional, reuni- 
da en Guayaquil (17 julio 1852), y entre otras medidas de buen go- 
bierno, abolió la pena de muerte por delitos políticos, decretó la aboli- 
ción de la esclavitud, dispuso el establecimiento de escuelas prima- 
rias gratuitas y expulsó la Compañía de Jesús. En asuntos de Ha- 



OOBIERNOS INDEPENDIENTES 319 

«rienda no le acompañó la suerte. Elevado a la presidencia Francisco 
Robles (1856), el Perú, alegando que algunos terrenos cedidos a los 
acreedores ingleses por el Ecuador no pertenecían a este último Esta- 
do y eran de dicho Perú, se dispuso a la guerra. No vinieron a las ma- 
nos, porque el general Maldonado hizo poner preso al presidente, que 
fué rescatado al poce tiempo por el general Franco. Luego se firmó la 
paz con el Perú, retirándose los invasores (1860). 

Habiendo conseguido los conservadores apoderarse del poder, hicie- 
ron llamar a Flores, emigrado a la sazón; pero éste prefirió ceder el 
puesto a su yerno Gabriel García Moreno, que ocupó la presidencia 
concedida por la Convención de Quito el 1861. El 1864 estalló una re- 
volución contra el presidente; pero vencida, sus autores merecieron se- 
vero castigo. Durante el año 1865 subió al poder Jerónimo Carrión, vol- 
viendo tras varios desórdenes en 1869 García Moreno, que sólo pensó en 
proteger al clero, cometiendo la imprudencia de consentir que algunos 
prelados influyeran para que fuese reelegido. Desbordáronse las pasio- 
nes, hasta el extremo de que algunos malvados le asesinaron el 6 de 
agosto de 1875. En el mes de octubre el sufragio popular elevó a la 
presidencia a Antonio Borrero, liberal moderado, que se vio combati- 
do por sus mismos correligionarios, cayendo al fin y sucediéndole el ge- 
neral Ignacio de Vintimilla. En los nueve meses que Borrero ejerció el 
poder dio pruebas de prudencia y de amor a la justicia. Como Vintimilla 
secularizó la enseñanza e hizo política anticlerical, la anarquía y la gue- 
rra civil se enseñorearon del Ecuador, llegando a funcionar al mismo 
tiempo tres gobiernos provisionales, en Quito, en Guayaquil y en Es- 
m3raldas. El 31 de marzo de 1878 se aprobó la nueva Constitución, 
siendo elegido presidente por cuatro años Vintimilla. Vencidos los cons- 
piradores en todas partes, el presidente, creyéndose poderoso, se atre- 
vió a dar un golpe de Estado declarando su dictadura en 1882; pero Eloy 
Alfaro, el coronel Soto, el general Salazar, el valeroso Sarasti y otros 
se dispusieron a dar al traste con la dictadura de Vintimilla. Vencie- 
ron los revolucionarios, viéndose obligado el dictador a salir de Gua- 
yaquil para refugiarse en Lima y después en Santiago. 

La Convención nacional, reunida en Quito (1883-1884) elaboró nue- 
va Constitución, eligiendo presidente al doctor José María Plácido Caa- 
maño, y vicepresidente al general Agustín Guerrero. La minoría radi- 
cal de la Asamblea Constituyente dio sus votos al general Alfaro. 
Tomó posesión Caamaño el l.o de septiembre de 1884, encontrándose 
enfrente del partido poderoso alfarista, que le hizo guerra a muerte. 
No merecía Caamaño que se le combatiese con tanta tenacidad, pues él 
inauguró la telegrafía en la república, -continuó la obra del ferrocarril 



320 HISTORIA DE AMÉRICA 

del sur, fomentó la instrucción pública, reparó carreteras, edificó los 
salones del Congreso en el palacio nacional e hizo otras obras impor- 
tantes. Para su gloria diremos que manejó los bienes nacionales con 
escrupulosa honradez, siendo de notar que subió al poder teniendo rico 
peculio particular y emigró a España en la mayor pobreza. Al ilustre 
Caamaño sucedió el liberal Antonio Flores (1889-1892), hijo del fun- 
dador de la república, el cual, con la ayuda de su hermano el general 
Reinaldo, que a su vez era cuñado de Caamaño, introdujo muchas y 
convenientes reformas en la administración pública. Flores fué el tipo 
del verdadero republicano y tuvo el acierto de rodearse de hombres 
modestos y buenos. 

Luis Cordero (1892-1895) dimitió al cabo de tres años su. agitado 
gobierno. Flavio Eloy Alfaro (1896-1901) se puso a la cabeza de los 
revolucionarios liberales, deseoso, no sólo de combatir a los clericales, 
sino también a los revolucionarios conservadores. Como consecuencia 
de su política un tanto demagógica hubo continuas sublevaciones. Lle- 
gó a disponer que los bienes raíces de las comunidades religiosas esta- 
blecidas en el país pasasen a poder del Estado, sin compensación algu- 
na. Al finalizar el período de su mando hizo elegir presidente (31 agos- 
to 1901) al general Leónidas Plaza. Ya en el poder Plaza, se separó 
de la tutela de Alfaro, consiguiendo con ello atraerse las simpatías del 
país. Al terminar los cuatro años de su gobierno, influyó para que ocu- 
para la presidencia Lizardo García; mas Alfaro se alzó en armas, de- 
rrotó al nuevo presidente y se encargó de la situación política. Aunque 
el segundo gobierno de Alfaro (1906-1911) fué más benigno con los cle- 
ricales, terminó en medio de revolucionario movimiento, teniendo el 
presidente que refugiarse en extranjera legación. Emilio Estrada ocu- 
pó la presidencia (1911); enfermo del corazón y agobiado por el traba- 
jo del gobierno, murió pronto. Presidió el gobierno provisional Freile, 
y como candidatos a la presidencia se presentaron los generales E. Al- 
faro y Leónidas Plaza. El viejo Alfaro, creyendo que la fortuna le 
prodigaría sus favores, se lanzó a la lucha; pero los generales Plaza y 
Andrade lograron hacerse dueños de la situación. Llegaron los vence- 
dores a Guayaquil y redujeron a prisión a los generales Alfaro, Mon- 
tero, Páez y a varios cabecillas. La muchedumbre deseaba lavar con 
sangre la que Alfaro y sus amigos -habían derramado en tiempos pasa- 
dos. La prensa periódica se puso completamente al lado del gobierno. 
El populacho, atrepellando a los guardias, se arrojó sobre Montero, le 
descuartizó y quemó sus restos. Después, cediendo al griterío popular,, 
el encargado del Poder Ejecutivo dispuso la traslación de los presos a 
Quito, hallándose entre ellos el general Manuel Serrano, que no había 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 321 

tomado parte en la intentona revolucionaria. Llegaron a Quito y allí, 
en la capital, la salvaje muchedumbre cayó sobre los presos, los linchó, 
los hizo pedazos y los quemó en una hoguera. Entre los asesinos se 
hallaban muchos que habían sido servidores y espías del general Alfa- 
ro. Muerto el alfarismo, quedaban para sustituirle el doctor Tovar, el 
general Plaza y el general Andrade. Después de varios sucesos, la re- 
volución del 5 de marzo de 1912 llevó a la presidencia al general Leó- 
nidas PJaza. 

*E1 escudo del Ecuador representa un paisaje marítimo, aparecien- 
do de izquierda a derecha: costa brava, la mar y un navio de vapor de 
ruedas. En la proa tiene el caduceo del comercio y en la popa una ban- 
dera. La mitad superior con fondo de cielo presenta un arco de zodía- 
co, cuya convexidad mira para arriba, y en medio de él aparece un gran 
sol acompañado de su aureola, que llena casi toda la parte superior del 
escudo. El mar alude á la situación de esta república en iel antiguo mar 
del sur, y los signos astronómicos a la posición equinoccial que ocupa 
en el hemisferio. Acostumbran acompañar al escudo una maza de ar- 
mas horizontales a su pie, y dos banderas por lado entre las cuales emer- 
gen de una parte la palma y del otro el laurel simbólicos. Va corona- 
do de un cóndor explayado „ (1). La bandera del mencionado Ecuador 
se conserva igual a la de la república de Colombia, con la diferencia 
de que lleva el escudo distintivo en su centro. La forman tres bandas 
horizontales de tres colores superpuestos por este orden: amarillo, azul 
y rojo; la primera banda lleva la mitad superior de la bandera, y las 
otras dos los dos cuartos restantes (2). 

(1) Enciclopedia Universal Ilustrada, tomo XVIII, pág. 2.949 

(2) Ibidem. 



Itl 



CAPITULO XVI 



Perú, Bolivia y Colombia después de la muerte de Bolívar.— 
Perú: G amarra.— Orbegozo.— Guerra con Chile.— El país 
según el P. Calo.— Gamarra (segunda vez).— Guerra civil. 
Vivanco, Castilla, Echenique y Castilla (segunda vez).— 
Peset y guerra con España.— Bloqueo de Valparaíso y 
apresamiento de la corbeta tt covadonga„. — méndez núñez: 
bombardeo de Valparaíso y del Callao: paz.— Los presi- 
dentes Prado, Balta, Pardo y Prado.— Guerra del Perú y 
Bolivia con Chile.— La Puerta y Piérola.— Caída de Lima. 
Paz.— Guerra civil. - Últimos presidentes.— Escudo de ar- 
mas del Perú.-t-Bolivia: Santa Cruz.— Nueva Constitución. 
Confederación Perú-Boliviana. — Guerra. — Velasco y Ba- 
llivián.— Guerra.— Belzu.— Bolivia en el interior y en el 
exterior. — córdova, linares, achá, melgarejo, morales, 
Frías y Ballivián.— Frías y Daza.— Guerra.— Constitución. 
Escudo de armas de Bolivia.— Colombia y el general Oban- 
do— Santander.— El Dr. Márquez.— Últimos presidentes. 
Panamá y los Estados Unidos.— Escudo y bandera de Co- 
lombia. 



La historia del Perú desdé la muerte de Bolívar se reduce a luchar 
con Bolivia y a sublevaciones interiores. El gobierno de Gamarra 
(1829-1833) no tuvo paz ni sosiego. Elegido presidente Orbegozo, tuvo 
que pelear primeramente con Gamarra y luego con el general Salave- 
rry, que se sublevó el 23 de febrero de 1835. En su apuro el gobierno 
tuvo que apelar a Santa Cruz, presidente de Bolivia, y con ayuda tan 
eficaz sofocó la insurrección, pues Saiaverry fué vencido en Socabaya 
(1836), hecho prisionero y fusilado. 

Comenzó la guerra del Perú con Chile, favoreciendo la fortuna 
— como en el capítulo anterior se dijo — a la última república, que lo- 
gró triunfar y disolver la Confederación Perú-Boliviana después de 
apoderarse de Lima, haciendo que Santa Cruz renunciase la dignidad 
de jefe de la citada Confederación (1839). 

En una carta escrita por el P. Calo y fechada en Lima el P>0 de di- 
ciembre de 1839, dirigida al P. José Muñoz Capilla, se hallan noticias 



QOBIERNOS INDEPENDIENTES $23 

interesantes y que a continuación copiamos: a Usted dice, y dice muy 
bien, que las cartas regularmente se reducen a dar noticias cuando no 
hay que tratar de otros intereses. Las de esta república son tan varias 
como las estaciones del año. En la inconstancia sólo constantes. Lo que 
ayer fué, mañana desaparece. En el Perú, desde que desaparecieron 
las armas del Rey, hasta ahora, no se ha visto más que un círculo vi- 
cioso de gobiernos, cada uno a su modo, sin consultar más bien común 
que*el que han dibujado en los papeles públicos. Unos a otros se han 
ido devorando, de manera que ya no existe ninguno de los primeros que 
han figurado ai frente de las primeras revoluciones. Yo he analizado 
los diversos partidos y sus cabezas desde que quedaron independientes 
en el Perú, comparándolos con las plantas de cualquier especie, que de 
ellas mismas nacen las semillas, y éstas producen nuevas plantas más 
o menos robustas; pero sin degenerar la misma especie. Si se me pre- 
gunta qué especie de planta es ésta, diría, como buen gallego, que eran 
nabos, pues apenas sueltan su semilla para producción de otros, cuando 
inmediatamente se pudren y aniquilan. Me explicaré. 

Acaba un partido de derrotar completamente a otro que lo llama 
usurpador. Tan luego como obtuvo la victoria, convocó un Congreso 
general; éste arregló y puso el mejor orden que podía desearse en lo 
político, militar y religioso; pero sucede que entre los individuos del 
mismo partido hay envidias, rivalidades y aun venganzas personales. 
Un militar que en esta última campaña se ha distinguido por su valor 
y pericia, se le elevó al grado de general, y al mando de una gran 
parte del ejército y de un departamento de la república. El se ha dado 
a respetar y estimar de los suyos. El ministro y otros gobernantes (que 
casi todos son militares) le han incomodado con algunas órdenes que 
lastiman su honor. Como hay libertad de imprenta, todo ha salido a 
luz, y se teme un nuevo cambio, o un nuevo nabo, que produzca con 
nueva semilla otras. Es menester advertir que los diversos partidos* 
cada uno a la vez, han ido llenando al Perú de empleados, y unos a 
otros se han ido apeando también a su vez. Los actuales apeados, los 
fugitivos y refugiados en otras repúblicas, con los partidarios ocultos 
del partido que acaba de ser derrotado, trabajarán eficazmente en per- 
suadir al nuevo general de que sus rivales son unos infames, que él es 
el único que puede sostener los derechos del Perú y limpiarlo de la in- 
moralidad, etc. Lo halagarán con su buena fama, le ofrecerán servicios 
y auxilios copiosos de adentro y de fuera, y aun aquellos que acaba de 
derrotar se estrecharán con él «cordial mente. Y heme aquí que si Dios 
aun está enojado vendrá un cambio que destruirá cuanto el actual 
gobierno ha arreglado. No lo permita el cielo. 



324 HISTORIA DE AMÉRICA 

Entretanto el Perú, manantial de oro y plata, está reducido a ser- 
virse de sólo madera dorada y plateada en sus templos. No ha queda- 
do una obra pía, un colegio, ni fondo público, y aun los privados, que la 
guerra no haya concluido, por aquello de salus populi, suprema lex est. 
Aquí son unos locos; pero locos mansos y no furibundos^ como los de 
acullá. Aquí hay la ventaja de que los terrenos son fértiles, y nadie 
muere de hambre. No se oyen canciones sanguinarias, ni aun patrióti- 
cas. El carácter de estos naturales marcha con la suavidad del tempe- 
ramento; claman y desean altamente la comunicación libre con sus 
hermanos los españoles, y en otras repúblicas turnan en los empleos 
con los hijos de la patria. „ Añade, por último, que el gobierno había 
decretado suprimir los conventos que no tuviesen ocho individuos, pa- 
sando sus bienes al Estado. Muchos fueron comprendidos en la citada 
ley, si bien la religión y la devoción seguían como siempre, y el go- 
bierno amaba y protegía á los verdaderos religiosos. También hacía no- 
tar el P. Calo que en Chile continuaban los institutos con sus provin- 
ciales, sea cual fuese el número de los religiosos, como en tiempo del 
Rey. Un Congreso, reunido en Huancayo (1839) después de decretar 
la anulación de todos los actos de la Confederación, dio nuevo código 
constitucional y conforme a él se eligió presidente a Gamarra (segun- 
da vez). En lucha Gamarra con Bolivia y habiendo penetrado aquél 
en territorio enemigo, sufrió en Inga vi, cerca de la Paz, completa de- 
rrota (20 noviembre 1841), encontrando allí la muerte. Meléndez, que 
según la Constitución, debía suceder en el gobierno, fué vencido por 
Torrico, y éste por Vidal en Agua Santa (13 octubre 1842). Una revo- 
lución llevó al poder al general Vivanco con el título de Supremo Di- 
rector; mas luego el general Castilla, al frente de algunas fuerzas mi- 
litares, marchó en su persecución y en las cercanías de Arequipa le pre- 
sentó la batalla del Carmen Alto (17 julio 1844). Convocáronse elec- 
ciones populares y fué elegido presidente el general Castilla, cuya épo- 
ca se señala por su tolerancia, por el mejoramiento de la administra- 
ción pública y por el progreso de la industria. 

El general D. José Rufino Echenique sucedió pacíficamente al ge- 
neral Castilla (1851) y en el año siguiente estalló un conflicto con los 
Estados Unidos acerca del dominio de la isla de Lesbos, que no perdió 
el Perú por la mediación de Inglaterra y Francia. El gobierno del 
Perú estuvo dirigido con mucho acierto por el estadista Herrera, jefe 
del partido conservador. Debemos consignar que tanto el presidente de 
Bolivia, general Belzu (27 enero 1853) como el del Perú (9 de abril del 
mismo año) decretaron la libre navegación en las aguas correspondien- 
tes a su país. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 325 

Castilla, instigado por algunos políticos del partido liberal, procla- 
mó la revolución, teniendo la suerte de vencer a Echenique en la bata- 
lla de la Palma (5 enero 1855). El nuevo jefe del Estado emancipó los 
esclavos, suprimió el tributo de los indios y dio otras leyes importan- 
tes. Venció luego a Vivanco, quien al frente de buen número de revolto- 
sos tuvo que encerrarse en Arequipa, siendo la ciudad tomada por 
asalto el 8 de marzo de 1858. Combatido Castilla por el partido liberal, 
del cual se había separado, hubo, para distraer la opinión, de declarar 
la guerra al Ecuador, que duró poco tiempo, pues terminó con el trata- 
do de paz de Mapasingue (enero de 1860). En este mismo año ocurrió 
una tentativa de asesinato contra el presidente. 

Sucedió a Castilla en la presidencia el general San Román, que go- 
bernó de fines de 1862 a principios de 1863. Por muerte de San Román 
tomó posesión interinamente el segundo vicepresidente Canseco, hasta 
que llegase el primer vicepresidente general D. Antonio Peset, que es- 
taba en Europa. 

Bajo el gobierno de Peset ocurrió el conflicto con España. Una co- 
lonia de emigrantes vascos había sido atacada y maltratada en la ha- 
cienda de Talambo, hecho que el gobierno peruano no castigó con el 
rigor que debiera. Para pedir una reparación, el gobierno de Madrid 
mandó como "comisario especial extraordinario de la Reina„ a Salazar 
y Mazarredo, que llegó a Lima en el mes de marzo de 1864. Orgulloso 
el gobierno peruano, no. quiso recibirle en calidad de tal comisario, pres- 
tándose sólo a oirle como "agente confidencial,,. Salazar y Mazarredo 
hubo de retirarse entonces a bordo de la escuadra que al mando del al- 
mirante Pinzón surcaba las aguas chilenas. La mencionada escuadra, 
para castigar la soberbia del Perú, se apoderó el 14 de abril, por vía 
de represalias, de las islas Chinchas, muy abundantes en guano, cuyo 
abono producía anualmente, por término medio, 7.000.000 de duros. En 
toda América causó el hecho gran agitación, como si España preten- 
diese apoderarse del país, cosa que negé el ministro de Estado en Ma- 
drid (21 de junio). Sin embargo, las masas populares del Perú pidieron 
violentamente a su gobierno que declarase la guerra a España, y cuan- 
do aquél contestó que la marina no se hallaba en estado de sostener se- 
mejante lucha, estalló de tal modo la ira en los representantes del país 
del Congreso (julio de 1864), que los ministros tuvieron que retirarse. 
Nombróse una comisión para que abriese una información sobre la ges- 
tión administrativa del gobierno, teniendo los ministros que compare- 
cer ante ella por abuso de poder. Peset, presidente de la república, fué 
blanco de los ataques del general Castilla, presidente del Senado, lle- 
gando el último a negar al primero aptitud suficiente para desempeñar 



326 HISTORIA DE AMÉRICA 

tan elevado cargo. Hiciéronse solidarias todas las antiguas colonias es- 
pañojas, hasta el punto que reunido un Congreso en Lima, compuesto 
de representantes de aquéllas, exigió de España la evacuación de las 
islas Chinchas (septiembre). El Congreso peruano, imitando el ejem- 
plo, resolvió (26 noviembre 1864) "que debían emplearse todos los me- 
dios posibles para arrancar a los españoles las islas Chinchas, y que 
mientras éstos se hallasen en posesión de dichas islas, no se entablase 
con aquéllos ningún género de negociaciones,,. Sin embargo, entró Pe- 
set en negociaciones con el general Pareja, y como no llegasen a una 
inteligencia, la escuadra se presentó delante del Callao, amenazando 
la ciudad con un bombardeo. Cedió el presidente y recibió al "comisa- 
rio especial „ en Lima, a quien dio reparación completa. Las Cámaras, 
que no querían aprobar ni rechazar el convenio, fueron prorrogadas; y 
Castilla, que había provocado motines en el Callao y en Lima, fué ven- 
cido y deportado. 

A*pesar de todo esto, conspiraciones políticas y militares estallaron 
en varias ciudades (febrero de 1865). Peset, declarado traidor a la pa- 
tria, tuvo que refugiarse en un buque inglés; y el coronel González, su 
partidario más fiel, fué vencido y hecho prisionero. El vicepresidente 
Canseco, que decididamente quiso hacer un arreglo con España, se vio 
obligado a abandonar el poder, que recayó en el general Castillo y des- 
pués en el coronel y dictador Prado (noviembre de 1865). Habiéndose 
firmado un cratado de alianza ofensiva y defensiva entre Perú y Chile, 
se declaró la guerra a España (5 diciembre 1865), poniéndose luego al 
lado de aquellos Estados el Ecuador y Bolívia. Bloqueó Pareja con su 
escuadra el puerto de Valparaíso (Chile) y otros. Chile, para hacer 
frente a la escuadra enemiga, sólo tenía un barco regular, la Esmeral- 
da, el cual tuvo que buscar amparo en los canales de Chiloé. Un día, 
la Esmeralda, mandada por el comandante "Williams Rebolledo, aban- 
donó su fondeadero, y dirigiéndose al Norte, tuvo la fortuna de apre- 
sar, frente a la rada de Papudo, al barco español Covadonga, quedando 
prisioneros de guerra siete oficiales y 114 soldados. El almirante Pa- 
reja creyó lavar su descuido o torpeza suicidándose, y la nación espa- 
ñola, con más bríos que fuerza, continuó la lucha confiando siempre en 
la victoria. Méndez Núñez, sucesor de Pareja, intentó en vano recupe- 
rar la goleta Covadonga, decidiéndose a bombardear a Valparaíso (31 
marzo, 1866), causando mucho daño al comercio. Desde Valparaíso el 
almirante español se dirigió al Callao, puerto de Lima (Perú), y des- 
pués de un bombardeo de cuatro horas, no sin sufrir algunas averías la 
flota española (mayo de 1866), Méndez Núñez tuvo que levantar el 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 327 

bloqueo de las costas chilenas y peruanas, interviniendo Francia y la 
Gran Bretaña para que terminase la guerra. 

El presidente Prado, cansado de la lucha que hubo de sostener con 
sus competidores, renunció el mando (1867). El coronel Balta (1867- 
1872), aunque fué protector incansable de las obras públicas, ejerció el 
poder entre tumultos e insurrecciones. Había anunciado el 20 de julio 
su intención de abandonar la presidencia el 2 de agosto, término legal 
de su gobierno; pero el general Tomás Gutiérrez, que deseaba impacien- 
te el gobierno, irritado por las simpatías populares del candidato Par- 
do y por la resistencia que encontraba para sus ambiciones, se apoderó 
del poder (26 de julio) y asesinó a Balta. Cuatro días después Gutiérrez 
mereció ser colgado por la multitud. El vicepresidente Herencia Cabe- 
llo gobernó el país hasta que fué elegido el general Pardo (1872-1876), 
que comenzó gobernando pacíficamente, si bien tuvo que marchar al 
mediodía para reprimir la insurrección capitaneada por D. Nicolás de 
Piérola (1874). El general Prado (1876-1879) que subió a la presiden- 
cia, tuvo por enemigo a Pardo, antiguo presidente de la república y a 
la sazón presidente del Senado. Pardo hubo de ser muerto por un cri- 
minal sargento (16 noviembre 1878) (1). 

Lo mismo el Perú que su aliada Bolivia pelearon contra Chile, pues 
esta república codiciaba hacía largo tiempo la provincia peruana de 
Tarapacá, rica en salitres y guanos. Los chilenos triunfaron en el com- 
bate naval de Iquique (21 mayo 1879) y establecieron el bloqueo en la 
costa peruana, apoderándose de una parte de ella. Sin embargo, to- 
davía continuó la guerra marítima, sostenida por el monitor Huáscar, 
al mando del contraalmirante Grau. Durante cuatro meses el Huás- 
car tuvo en jaque a toda la escuadra chilena y realizó varias presas en 
la costa misma de Chile, entre ellas la del transporte Bimac con un re- 
gimiento de caballería a su bordo; pero el 9 de octubre de 1879 la for- 
tuna le fué adversa, pues, cuando regresaba con la corbeta Unión de 
una de sus correrías, 3e vio cortado en su camino, a la altura de Punta 
Angamos, cerca de Mejillones de Bolivia, por los blindados chilenos 
Cochrane, Blanco Encalada y otros buques menores. Grau empeñó el 
combate y luchó valerosamente, cayendo al fin el Huáscar en poder de 
sus enemigos, no sin que antes una bala chilena matase a Grau y des- 
pués que murieron los jefes Rodríguez, Aguirre, Palacio, Carvajal y 
Ferser. Lo mismo por tierra que por mar la guerra continuó siendo fa- 
vorable a los chilenos. Dueños del departamento de Taracapá (27 no- 

(1) El carácter un poco despótico de Pardo le atrajo muchos enemigos, los cuales creían o apa- 
rentaban creer que aquel político representaba a las clases ricas. Un miserable sargento, apelli- 
dado Montoya, que.se creyó perjudicado en su carrera por una ley sobre ascensos militares que 
se disentía * la sazón en el Congreso, le asesinó disparándole un rifle por la espalda. 



328 HISTORIA DE AMÉRICA 

viembre 1879), el presidente Prado, ya perdida toda su autoridad, se 
vio obligado a retirarse a los Estados Unidos, dejando el mando al vice- 
presidente general La Puerta. No conforme el antiguo caudillo Piérola 
con la política imperante, derrocó a La Puerta y se proclamó dictador 
(diciembre 1879). En seguida se preparó a la guerra, siendo derrotado 
completamente en Miraflores (15 enero 1880), cuya ciudad cayó en po- 
der de los chilenos. Internáronse los vencedores en el departamento de 
Junín, comenzando el período de la guerra que se denominó de la ocu- 
pación. En abril del citado año de 1880 volvieron los chileños a derro- 
tar al dictador Piérola, el 8 de junio ocuparon Arica, dirigiéndose (15 
de noviembre) desde allí por mar a Piseo. La mediación de los Estados 
Unidos no produjo resultados y los chilenos llegaron a mediados de di- 
ciembre cerca de Lima, proponiéndose especialmente apoderarse del 
•Callao. Desgracias sin cuento cayeron sobre el Perú en el año 1881. 
Entraron los chileños en Lima el 19 de enero, después de reñido com- 
bate en las inmediaciones de la ciudad (15 de enero), comenzando en 
seguida la demolición de los fuertes del Callao y ocupando luego el 
puerto de Henacho y la ciudad fuerte de Trujillo^ Dueños de casi todo 
el litoral, dispusieron a su voluntad de los depósitos de guanos y ni- 
tratos, sin tener en cuenta los títulos posesorios de los accionistas. El 
presidente Piérola, que había huido al interior, quiso y no pudo re- 
organizar el ejército. Imponíase la paz, y para que se realizase, exi- 
gían los chilenos la cesión de la provincia de Taracapá, a lo cual se 
negó Piérola, teniendo que renunciar la presidencia (28 noviembre 
1881). Confiaron los notables de Lima el gobierno provisional a García 
Calderón (febrero de 1881), posteriormente proclamado presidente por 
el Congreso de Chorillos, cerca de Lima (10 de julio); también se negó 
— tal vez estimulado por los Estados Unidos — a ceder la citada pro- 
vincia. Tanto disgustó la negativa al contraalmirante chileno Lynch, 
que ordenó la prisión del presidente (9 de noviembre). Designó el Con- 
greso peruano sucesor de Calderón al almirante Montero, que, como los 
dos anteriores — sin embargo del miserable estado del Perú — se negó 
a toda cesión territorial. Nada adelantó la paz durante el año 1882: 
si los chilenos que se hallaban de guarnición en pueblos distantes unos 
de otros eran asesinados por las guerrillas peruanas o por los indios, 
en cambio los vencedores hacían deportar como prisioneros de guerra a 
personas importantes de Lima. 

Después de establecida la paz entre Chile y Bolivia, no sin largas 
negociaciones (1883), el Congreso peruano, reunido en Arequipa, aun 
teniendo presente el estado miserable del país, acordó continuar la gue- 
rra. Elevado a la presidencia de la república Iglesias por la voluntad 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 329 

poderosa de Chile, el nuevo presidente convocó el 22 de octubre de 1883 
la Asamblea constituyente, la cual debería reunirse en Lima el 1.° de 
marzo de 1884, y formó un gabinete compuesto de Barinaga presiden- 
te y ministro de Justicia, de Osma en Guerra y de Malpartida en Ha- 
cienda. Entonces se hizo la paz con Chile, tratado que ratificaron las 
Cámaras chilenas el 12 de enero del citado año de 1884, y no huelga 
decir que en la misma fecha ratificaron también el tratado de paz y 
amistad con España firmado el año anterior. 

Por el tratado de paz llamado de Ancón, Chile recibió del Perú el 
departamento de Taracapá y sólo por diez años las provincias de Tacna 
y Arica. A los diez años un plebiscito, votado por los habitantes de di- 
chas provincias, resolvería si quedaban bajo la soberanía de Chile o 
continuaban formando parte del territorio peruano. La nación que re- 
sultare favorecida por el plebiscito, pagaría a la otra diez millones de 
soles. Chile, bajo ciertas condiciones, se obligó a pagar la deuda exte- 
rior del Perú. Como sucede siempre, en el dicho tratado se impuso la 
ley del más fuerte. Ratificó el Congreso del Perú el tratado de paz con 
Chile el 8 de marzo de 1884, abandonando entonces los vencedores el 
territorio de los vencidos (mayo-agosto). Disuelta la Asamblea (30 de 
marzo), reunióse la nueva el l.o de abril, cuyas elecciones se verifica- 
ron en enero. El presidente interino Iglesias, candidato a la presiden- 
cia efectiva de la república, tuvo enfrente a Piérola y al general Cá- 
ceres. Larga y sangrienta fué la guerra civil entre Iglesias y Cáceres 
(parte del año 1884 y todo el 1885); pero nombrado presidente interino 
el general Sánchez, acabaron aquellas contiendas. 

Poco después, cuando ya estaban tranquilos los espíritus, la Asam- 
blea nacional elevó a la presidencia al general Cáceres y a las vicepresi- 
dencias a Bermúdez y Denegrí (3 julio 1886). Aumentaron los impues- 
tos de un modo considerable para subvenir a los gastos públicos, pues 
las rentas nacionales habían bajado mucho, a causa de que por el tra- 
tado de Ancón el Perú tuvo que ceder a Chile los depósitos de guano y 
las salitreras de Tarapacá. Como el público se negaba a recibir los bi- 
lletes oficiales, única moneda que circulaba desde 1879, se« restableció 
en 1888 la circulación exclusiva de la moneda metálica en las tran- 
sacciones comerciales, ocasionando disposición tan arbitraria la rui- 
na de los tenedores de papel moneda. Otra de las causas del malestar 
general fué la cancelación de la deuda exterior contraída en 1869, 1870 
y 1871, que también, por el tratado de Ancón, había quedado, en su 
mayor parte, a cargo del Perú. 

Al terminar Cáceres su período presidencial aparecieron tres can- 
didatos: uno apoyado por el partido democrático, otro por el elemento 



330 • HISTORIA DE AMÉRICA 

civil y el tercero por el gobierno, que deseaba elevar a la primera ma- 
gistratura al coronel Morales Bermúdez. Proclamado dicho coronel 
(1890), bajo su presidencia se terminaron los ferrocarriles de Puno 
hasta Sicuani y de la Oroya hasta el pueblo del citado nombre (1893), 
y si a últimos de 1893, con motivo de un tratado de límites convenido 
entre los gobiernos del Perú y el Ecuador, se creyó que la guerra de- 
cidiría la cuestión, se impuso el buen sentido, y la paz no se turbó. Por 
fallecimiento de Morales (l.o abril 1894), se apoderó del mando, con 
auxilio del ejército, Borgoño, segundo vicepresidente, quien convocó 
inmediatamente elecciones generales para nuevo Congreso y para pre- 
sidente de la república. Logró el triunfo Cáceres; pero D. Nicolás de 
Piérola se puso al frente del partido demócrata después de haber pasado 
corta temporada en el extranjero, y con algunas fuerzas avanzó sobre 
Lima y penetró en la ciudad, que fué defendida por las tropas de Cá- 
ceres, el 15 de marzo de 1895. Derrotadas las fuerzas de Cáceres en el 
citado día 15 y en el siguiente, se ajustó el 17 un tratado de paz, por 
el cual aquél abandonó el poder y se constituyó un gobierno provisio- 
nal. Las elecciones populares del año 1895 llevaron a la presidencia a 
Piérola, quien puso todos los medios para levantar el país, bastante de- 
caído desde sus desgraciadas guerras con Chile. Muchas fueron las re- 
formas políticas y administrativas realizadas durante el gobierno de 
Piérola. En Mayo de 1900, demócratas y civilistas unidos elevaron a la 
presidencia de la república a Eduardo de la Eomaña. Bajo su adminis- 
tración se desarrolló la riqueza del país y algo se hizo para restablecer 
el orden. 

El 8 de septiembre de 1903 el presidente Romana hizo entrega del 
poder supremo a D. Manuel Candamo, ilustre jefe del partido civilista. 
Llegó al gobierno Candamo — según manifestó él mismo — tras larga lu- 
cha que exacerbó las pasiones políticas y tuvo alarmado el país con la 
expectativa de violentas y perjudiciales soluciones. Aunque obscuro se 
presentaba el porvenir político con tantos partidos (la unión nacional, 
la unión cívica, el civilista, los constitucionales, los federales y los de- 
mócratas), se impuso la política generosa del citado presidente. Cuan- 
do tomó las riendas del gobierno, pronunció un discurso que fué per- 
fectamente recibido, anunciando en él que pronto solicitaría el concur- 
so del país para llevar adelante dos reformas exigidas por la opinión 
pública: la de la ley electoral y la de imprenta. 

Por fallecimiento de D. Manuel Candamo en 1904, subió al poder 
D. José Pardo Barrera (1904-1908) (1), luego D. Augusto B. Leguía 
(1908-1912), después Billinghurst y últimamente, y por segunda vez, 

(1) Nació en Lima el ti de feJñvro d • 1SU. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 331 

Pardo y Barrera (1915). A la sazón Perú es un país que renace- y se 
transforma de un modo rápido y radical. "El escudo de armas de la 
república del Perfi está dividido en tres compartimientos y adornado 
a los lados por banderas y estandartes; en la parte superior por una 
corona de laurel y en la inferior circundado por una palma y una rama 
de laurel entrelazadas. En el compartimiento superior de la derecha, 
en campó azul, hay una llama mirando al centro, que simboliza el rei- 
no animal; en el compartimiento de la izquierda, en campo blanco, el 
árbol de la quina, que como planta del Perú representa muy bien 
el reino vegetal; en el compartimiento inferior, en campo rojo, está el 
cuerno de la abundancia derramando monedas, que significa el reino 
mineral, tan rico en el país. El actual pabellón del Perú es bicolor: 
blanco y rojo. Se compone de tres fajas verticales: en el medio el blan- 
co y el encarnado o rojo en las extremidades; en el centro lleva el es- 
cudo de las armas nacionales, abrazado de una palma a la derecha y 
de una rama de laurel á la izquierda, ambas entrelazadas,, (1). 

Si se trata de la república de Bolivia, D. Andrés Sarita Cruz pres- 
tó el juramento de su cargo presidencial el 24 de mayo de 1829. Su 
administración fué beneficiosa, mostrando ser hombre de Estado con la 
promulgación del Código, y excelente militar por la perfecta organiza- 
ción que dio a su ejército. Su gobierno tuvo algo de despótico, como así 
lo querían muchos en aquellas circunstancias. Convocó el 1831 el Con- 
greso para que se reuniera en La Paz, siendo la primera vez que la le- 
gislatura nacional se celebró en la dicha ciudad. Entonces se promulgó 
una segunda Constitución nacional y se firmó un tratado de paz con el 
Perú. Deseaba Santa Cruz que Bolivia y el Perú se uniesen en una Con- 
federación de la cual él sería el jefe'político y administrativo. A causa 
de las desavenencias en el Perú entre el presidente Orbegozo por un 
lado, y Gamarra y Salaverry por otro, Santa Cruz, con el pretexto de 
ayudar al primero, penetró en el mencionado Perú (1835), dejando los 
negocios de Bolivia en manos del vicepresidente Velasco. Con la ayuda 
del presidente de Bolivia se terminó la guerra civil, siendo cogido y 
fusilado Salaverry (18 febrero 1836). Reunido un Congreso en Sicuani 
de diputados del Alto y Bajo Perú, se formó la Constitución de la nueva 
Confederación Perú-Boliviana (l.o mayo 1837), la cual disponía que 
cada dos años se convocaría un Congreso general compuesto de un Se- 
nado y <le una Cámara de representantes. El general Santa Cruz, 
primer presidente de la Confederación, fué derrotado por los chilenos, 
quienes impusieron como condición de la paz con el Perú que se disol- 



(1) Dic. enciclopédico hispano-americano, tomo XV. pág. 2tís. 



332 HISTORIA DE AMÉRICA 

viese la Confederación. Así se hizo y Gamarra fué únicamente jefe de 
la república peruana (1839). 

Santa Cruz tuvo que dejar la presidencia de la república de Boli- 
via, ocupando la presidencia D. José Miguel de Velasco, arrojado tam- 
bién tiempo adelante, siendo ascendido a la presidencia D. José Balli- 
vián (1841). Otra vez estalló la guerra entre Bolivia y el Perú, ó me- 
jor dicho, entre Ballivián y Gamarra, teniendo la desgracia el último 
de morir en la batalla de Ingavi, y el primero, aunque ajustó una paz 
favorable a su pueblo, estallaron contra él sublevaciones que le hicie- 
ron caer de la presidencia. 

Belzu fué proclamado presidente por los soldados y el vulgo; pero 
él apoyó e hizo que Velasco volviera a ocupar la jefatura de la repú- 
blica (6 agosto 1848). En el Gabinete formado por Velasco entraron 
Belzu como ministro de la Guerra y también Olañeta — Pico de plata — 
según le llamaban vulgarmente. En lucha luego Velasco y Belzu, fué 
vencido el primero, que hubo de retirarse a la vida privada. Poste- 
riormente Ballivián y Linares, ex presidente el último del Congreso de 
Bolivia, se unieron en Chile para penetrar por el sur y arrojar de la 
presidencia a Belzu. Nada pudieron lograr, retirándose Ballivián al 
Brasil, donde murió de fiebre amarilla. Belzu, que representaba el es- 
píritu democrático de su pueblo, introdujo algunas mejoras en la polí- 
tica y administración. Bien es de notar que si en el año 1853 Belzu y 
Echenique — presidente el último de la república del Perú — decreta- 
ron la libre navegación en las aguas de sus respectivos países (27 de 
enero y 9 de abril respectivamente), volvieron a manifestarse las riva- 
lidades entre ambas naciones, que acabaron por declararse la guerra 
(1853). Tampoco en el interior reinó la paz, sucediéndose varios moti- 
nes. Belzu en el año 1855 resignó su cargo en su hijo político el gene- 
ral Córdova. 

Dos años después Linares se puso al frente de una revolución y 
triunfó, asumiendo el poder constitucional en 1857 y la dictadura en 
1858. Las radicales reformas establecidas por Linares le enagenaron 
muchas simpatías, hasta el punto de arrojarle del poder (14 enero 1861) 
y del país, muriendo pobre en Valparaíso. Una Junta de gobierno 
convocó el Congreso, y proclamado presidente el general José María 
de Achá, tuvo que luchar contra motines e insurrecciones todo el pe- 
ríodo de su tolerante política. 

Sucedióle el general Mariano Melgarejo, hombre audaz y valeroso. 
Una vez, durante los seis años de su régimen, fué arrojado del poder 
por Belzu, que había vuelto de Europa (1865). Con arrojo singular 
Melgarejo penetró en palacio, mató a Belzu y, presentándose a la muí- 



OOBIERNOS INDEPENDIENTES 333 

titud, exclamó: ¡Belzu ha muerto! ¿Quién vive ahora? El populacho res- 
pondió: ¡Viva Melgarejo! Melgarejo triunfó de sus enemigos, reorganizó 
el ejército, se ocupó en la explotación de las minas y dio orden en el 
interior, haciéndose respetar de la República Argentina. Se puso al 
lado, como también el Ecuador, del Perú y de Chile en sus desavenen- 
cias con España (1866). Como no terminasen los motines interiores, el 
presidente Melgarejo tomó la dictadura y cambió la Constitución (junio 
de 1869). Recordaremos aquí que los gobiernos de Chile y del Brasil, 
aprovechándose del desorden que reinaba en Bolivia, ajustaron trata- 
dos de límites, perdiendo la última nación extensos territorios (1866 
y 1867). 

Cayó Melgarejo, sucediéndole el general Morales (1871), después 
Frías (1872) y últimamente el coronel Adolfo Ballivián (1873). Este 
último era hijo del héroe de Ingavi, y bien puede asegurarse que fué 
uno de los presidentes más ilustres de la república; murió en Sucre el 
18 de febrero de 1874. El gobierno del vicepresidente Frías, sucesor de 
Ballivián, fué turbado por las insurrecciones, cayendo al fin por un gol- 
pe de Estado que dio el general Daza, ministro de la Guerra. «Fué el 
único hombre, de todos los que hemos conocido — escribe uno de sus bió- 
grafos — que alcanzó las mayores alturas, los puestos más importantes, 
sin buscarlos y quizás contra su deseo. Su cerebro no fué nunca turbado 
por la exaltación; jamás lo embriagó la adulación y nunca fué arrogan- 
te en el poder.» D. Hilarión Daza ocupó la presidencia de la república 
en el año 1876, y en su tiempo, además de otras notables reformas, se 
trazó nueva Constitución, que contenía los principios republicanos más 
avanzados. Parece ser que a causa de haber infringido Bolivia el tra- 
tado de 1866 referente a los guanos y salitres, vino la guerra con 
Chile, poniéndose al lado de aquella nación el Perú. Chile declaró la 
guerra el 5 de abril de 1879, y su triunfo fué completo, pues echó a pi- 
que el acorazado peruano Huáscar, dispersó las tropas que mandaba el 
presidente Daza y se apoderó de Arica y Tacna. Después de largas 
negociaciones, Bolivia firmó la paz con Chile el año 1883, ratificándose 
el tratado el 9 de abril de 1884. 

El presidente de la república Narciso Campero se distinguió por 
su prudencia y procuró la reorganización completa del país. Sucedió a 
Campero en 1884 Gregorio Pacheco. Cuando Pacheco fué elegido, uno 
de los ardientes partidarios del general Camacho, el candidato derro- 
tado, exclamó: ¡A la revolución!, contestando en seguida Camacho: ¡Mue- 
ran las revoluciones! En tiempo de Pacheco se explotaron las minas de 
plata de Huanchaca, Colquechaca y otras. El presidente Aniceto Arce, 
elegido en 1888, ordenó el mejoramiento de los caminos, la construc- 



334 HISTORIA DE AMÉRICA 

ción de puentes y de ferrocarriles y de líneas telegráficas. Celebró un 
tratado de límites con la República Argentina. En tiempo de Mariano 
Baptista, elevado al poder en 1892, se enviaron importantes comisiones 
a explorar diferentes territorios, y se marcaron los límites de Bolivia 
con el Brasil. D. Severo Feruández Alonso, cuya elección se verificó 
en 1896, dedicó especial cuidado a las obras públicas. En guerru luego 
el presidente con el general Pando, el primero fué derrotado completa- 
mente en Oruro (10 abril 1899). Don José Manuel Pando, presidente de 
la república, dio cuenta (30 agosto 1903) ante el Congreso de senadores 
y diputados reunido en La Paz, de los actos de su administración du- 
rante los últimos diez meses. A la sazón se hallaba Bolivia en paz con 
todas las naciones, exceptuando el Brasil. De España dijo en su men- 
saje lo siguiente: «Su Majestad el Rey de España que ha iniciado el 
período de su reinado enviando a los Estados de que en un tiempo fué 
España la metrópoli, los sentimientos afectuosos de la madre patria, 
tan gratos a nuestra memoria, también se ha servido acreditar un mi- 
nistro de primera clase en esta república, el que ha sido recibido por 
mi gobierno con verdadera satisfacción, anhelando vivamente cultivar 
las relaciones políticas y comerciales más sinceras y estrechas con Es- 
paña, cuna de nuestra nacionalidad.» Sin embargo, no han faltado ten- 
tativas para arrojar a Pando de la presidencia de la república, siendo 
censurado tal vez con demasiada acritud por sus adversarios. 

El general Ismael Montes ocupó la presidencia en mayo de 1904, 
y uno de los primeros actos de su gobierno fué arreglar sólidamente la 
paz con Chile, cuya controversia acerca de los privilegios de la costa 
marítima proseguía desde la terminación de la guerra del Pacífico. Vi- 
llazón ocupó la presidencia en el año 1909. A la sazón sé halla conso- 
lidada la paz y el progreso en la república del Alto Perú. Nunca han 
existido condiciones más favorables al desarrollo y prosperidad de la 
nación, política y económicamente consideradas. Bolivia no sólo no 
tiene deuda exterior, sino, por el contrario, cuenta con grandes crédi- 
tos en los Bancos extranjeros. Desde Bolivia se comunicó a los periódi- 
cos de Madrid la siguiente noticia: "El gran político boliviano D. Is- 
mael Montes ha sido popularmente electo presidente de la república 
para el nuevo período constitucional. Se ha organizado el Gabinete así: 
ministro de Relaciones exteriores, Dr. Alfredo Ascarruns; de Gober- 
nación, Dr. Claudio PinilJa; de Hacienda, Dr. Alejandro Soruco; de 
Instrucción pública, Dr. Carlos Calvo; de Justicia, Dr. Santos Aumte- 
ros, y de Guerra y Colonización, Dr. Juan M. Zalles.,, (1) En los pri- 
meros días de mayo de 1917 también los periódicos publicaron el tele- 

(1) Heraldo de Madrid del 8 do julio de 1913. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 335 

grama que copiamos: tt La Paz, 9. — D. José Gutiérrez Guerra ha sido 
elegido presidente de la república de Bolivia.,, (1). 

La actual Constitución de Bolivia se dio el 28 de octubre de 1880 
y es una de las más liberales de Sur América. El ejercicio de su sobe- 
ranía es delegado en los Poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. El 
primero se halla representado por el presidente y dos vicepresidentes 
de la república; el segundo por la Cámara de diputados y por la de 
senadores; el tercero por una Corte Suprema, por Tribunales superio- 
res de distrito, por Tribunales inferiores de distrito, por Cortes para 
la sustanciación de cfcusas criminales y por Tribunales parroquiales. 
El Ministerio Público ó Fiscal consiste en una organización judicial 
establecida para proteger las garantías constitucionales y velar por el 
cumplimiento de las leyes. Un prefecto gobierna cada uno de los ocho 
departamentos en que se halla dividido el Estado y los sub-prefectos 
gobiernan las provincias: prefectos y sub-prefectos son nombrados por 
el presidente. Los corregidores o autoridades de distrito y los alcaldes 
territoriales o jueces subordinados de pequeñas subdivisiones son nom- 
brados por el prefecto. Los alcaldes territoriales no tienen semejanza 
alguna con los alcaldes municipales. En cada departamento hay un 
Concejo municipal y en cada capital de provincia una Junta muni- 
cipal. 

La religión es la católica, apostólica, romana. Hay un arzobispado 
y tres obispados. El arzobispado de La Plata tiene autoridad sobre 
146 parroquias, 5 monasterios y 3 colegios para la propagación de la 
fe. El obispado de La Paz comprende 102 parroquias, 3 conventos, 
2 monasterios y un colegio de misioneros; el de Cochabamba tiene 69 
parroquias, 3 monasterios, un convento y un colegio de misioneros; y 
el de Santa Cruz cuenta con 63 parroquias y una casa de misioneros. 
Arzobispo y obispos son presentados por el Poder Ejecutivo mediante 
una terna que hace la Cámara del Senado. 

En Bolivia, a la sazón, la raza aimerá, según Reclus, cuenta con un 
millón de almas (2). También se hallan restos de los quechuas. Acerca 
de los chiquitos, todavía en 1831 quedaban unos 20.000, los cuales con- 
servaban el régimen comunista que establecieron los misioneros; y por 
lo que respecta a los mojos, se cree que no pasan de 30.000. Si antes 
de la conquista adoraban a la naturaleza, hoy son buenos cristianos. 

La Asamblea general de la república Bolívar, deseando fijar el es- 
cudo de armas del nuevo Estado, ha venido en decretar y decreta lo 
que sigue: 

(1) Diario Universal del 9 de mayo de 1917. 

(2) Geografía Universal- América del Sur, pág. 59tf. 



336 HISTORIA DE AMÉRICA 

l.o El escudo de armas de la república Bolívar, estará dividido en 
cuatro cuarteles, dos de ellos grandes, a saber: el de la parte superior, 
y el del pié; y el del medio dividido por la mitad formará los otros dos. 

2.o En el cuartel superior se verán cinco estrellas de plata sobre 
esmalte o campo azul, y éstas serán significativas de los cinco departa- 
mentos que forman la república. 

3.o En el cuartel del pié del escudo se verá el cerro del Potosí sobre 
campo de oro, y esto denotará la riqueza de la república en el reino 
mineral. 

4.o En el cuartel del medio, en el costado irá grabado sobre campo 
blanco el árbol prodigioso denominado del Pan, que se encuentra en va- 
rias de las montañas de la república, significándose por él la riqueza 
del Estado en el reino vegetal. 

5.o Al costado de dicho cuartel se verá sobre campo ó esmalte ver- 
de una alpaca, y esto significará la riqueza del Estado en el reino 
animal. 

6.0 A la cabeza del escudo se verá la Gorra de la Libertad, y dos 
genios a los lados de ella teniendo por los extremos una cinta en que se 
lea República Bolívar. 

l.o La escarapela que han de llevar los soldados de la república, 
será bicolor como sus banderas, es decir, entre verde y punzó y una es- 
trella color de oro en el centro. 

Comuniqúese a V. E. el gran mariscal de Ayacucho para que lo ele- 
ve al conocimiento de S. E. el Libertador, y lo manda imprimir, circu- 
lar y publicar. Dado en la sala de sesiones de Chuquisaca, a diez y 
siete de agosto de mil ochocientos veinticinco. José Mariano Serrano, 
presidente. — Ángel Mariano Hoscoso, diputado secretario.— José Igna- 
cio de Sanjinés, diputado secretario. 

tt El actual escudo de Bolivia es elíptico, con un paisaje figurando el 
cerro del Potosí con una alpaca a la derecha, un haz de trigo y el árbol 
del pan a su izquierda y un sol naciente detrás de la cima. Alrededor 
del óvalo el nombre de la república arriba, y nueve estrellas de oro en 
campo azul debajo. A los costados del escudo tres pabellones, un cañón, 
dos fusiles, un hacha incásica y el gorro frigio. En la parte superior 
dos ramas de laurel y un cóndor de los Andes en el acto de levantar el 
vuelo. 

La bandera nacional consta al presente, de tres colores en bandas 
horizontales: rojo, oro y verde, con el escudo en el centro.» (1). 

La Confederación Colombiana, obra realizada por Bolívar, no pudo 

(1) Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, tomo VIII, pág. 1.445. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 337 

sostenerse macho tiempo. Como se dijo en el capítulo XIV, en los últi- 
mos años del héroe comenzó a cuartearse, no por viejo y carcomido, 
sino por débil y flaco, el edificio que él levantara con tanto entusiasmo 
como constancia. 

Por lo que atañe a Colombia, también allí no cesaron las guerras 
civiles y aun la anarquía. Así como en el imperio romano los preto- 
rianos elevaban o deponían emperadores, así los soldados de Colombia 
elegían o arrojaban presidentes. Al general Obando, que desempeñó la 
presidencia con el carácter de interino, le sucedió el general Santan- 
der, elegido en las elecciones generales. Se consiguió que el Cauca, in- 
corporado al Ecuador, volviese a Colombia. El país prosperó bajo el 
mando de Santander. Sucedióle en 1837 el doctor José Ignacio de Már- 
quez, cuyo gobierno vivió en lucha con los revolucionarios. En 184:1 
fué elegido el general Pedro Alcántara Herrán, que expidió conserva- 
dora Constitución y concedió que volvieran al país los hijos de Loyola. 
Con el general Tomás Cipriano de Mosquera (1845-1849) comenzaron 
a imponerse las ideas liberales y realizó importantes reformas (esta- 
bleció la escuela militar, puso la primera piedra al Capitolio, introdujo 
el sistema métrico, etc.). El Congreso elevó a la presidencia de la re- 
pública al general José Hilario López (1849-1853), el cual abolió la 
esclavitud, suprimió la pena de muerte por delitos políticos, estableció 
el Jurado, dio cierta libertad a la prensa, quitó algunos impuestos 
y firmó el contrato para la construcción del ferrocarril de Panamá. La 
expulsión de los jesuítas provocó nueva guerra civil en 1851. Obando 
fué elegido presidente en 1853, siendo arrojado del mando supremo al 
año siguiente por una revolución militar, que a su vez fué vencida a los 
seis meses. Después de Herrán, el doctor Mallarino ocupó la presi- 
dencia. Sucedióle Ospina (1857-1861), y contra él se pusieron los libe- 
rales dirigidos por Obando y Mosquera, quienes se apoderaron de la 
capital el 18 de julio de 1861. Haciendo caso omiso de algunos hechos 
de relativa importancia, el país, en virtud de convenio entre los diver- 
sos Estados de la Unión, tomó el nombre de Colombia. Confióse provi- 
sionalmente el gobierno al general Mosquera, que convocó la Conven- 
ción Nacional en Rionegro (Antioquía), la cual redactó (1863) una 
Constitución federal para los nueve departamentos actuales y eligió 
presidente al citado general, que se dedicó a dar paz al país. Sucedióle 
en 1864 Murillo Toro, después (1866) fué reelegido Mosquera y como 
pretendiera erigirse en dictador en 1867, le depuso el general Santos 
Acosta. El general Santos Gutiérrez y el general Eustorgio Salgar 
(1868-1872) ejercieron sucesivamente la presidencia; después fué reele- 
gido Murillo Toro (1872) y últimamente (1874) Santiago Pérez. Gue- 

III 22 



338 HISTORIA DE AMÉRICA 

rra civil estalló entre los partidarios de los candidatos Parra y Núñez, 
triunfando al fin — no por elección popular, sino del Congreso — el pri- 
mero de aquéllos. Parra (1876-1878), que pertenecía al partido federal, 
peleó con el partido conservador, el cual se lanzó a la lucha pretex- 
tando haberse suprimido la enseñanza religiosa; fueron los principales 
instigadores de la rebelión Iqs obispos de Antioquía y del Cauca. An- 
tes de dejar la presidencia, firmó Parra el contrato para la apertura 
del canal interoceánico. 

Colombia elevó a la presidencia al general Trujillo (1878-1880), 
vencedor de clericales y conservadores en la pasada guerra. Rafael Nú- 
ñez (1880-1882) tuvo la satisfacción de que en su tiempo el gobierno 
español reconociese la república de Colombia, sucediéndole en la pre- 
sidencia Zaldúa (1882), Otalora (1883 y 1884) y Hurtado (1884). Re- 
elegido Rafael Núñez (1884-1886) volvió la revolución a levantar la 
cabeza y después de luchar centralistas y federales, la Constitución 
de 1886 sancionó la victoria de los primeros. Por breve tiempo ocupó 
la presidencia el segundo vicepresidente Campos Serrano (1886) y el 
primer vicepresidente Payan (1887), volviendo en 4 de junio de 1887 a 
tomar posesión de la primera magistratura Núñez, quien la había de 
desempeñar seis años. Continuaron devastando al país las luchas de 
liberales y conservadores, "males — como escribe el Sr. Serrano Sanz — 
que han agravado los norteamericanos favoreciendo, sin respeto al 
derecho de gentes, la separación del Estado de Panamá, que hoy for- 
ma una república independiente „ (1). A la muerte de Núñez (1894), 
intentaron los liberales reanudar las hostilidades contra el vicepresi- 
dente Caro. 

Al terminar el año 1899 estalló una revolución en todo el país que 
duró tres años. Era presidente el Dr. M. A. Sanclemente. Entre los 
triunfos obtenidos por los revolucionarios, cuyos jefes principales eran 
Benjamín Herrera y Rafael Uribe, citaremos el de Peralonso, y entre 
las derrotas la de Palonegros. El 31 de julio de 1900 las fuerzas del 
gobierno que estaban en la capital y gran número de ciudadanos des- 
tituyeron de la presidencia a Sanclemente y encargaron de ella al 
vicepresidente Marroquín. En la época revolucionaria se hicieron 
varios fusilamientos por unos y por otros, y se emitió gran can- 
tidad de papel moneda. A fines de 1902 la revolución quedó reducida a 
Panamá y allí tuvo que capitular. Desde entonces comenzó una era de 
paz para Colombia. Durante el gobierno de Marroquín se celebró un 
tratado con los Estados Unidos para concluir el canal de Panamá em- 
pezado por una compañía francesa, la cual había quebrado. Firmóse 

(1) Compendio de Historia de América, pág. 202. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 339 

dicho tratado en Washington por los señores Herrán y Hay. Al frente 
de los descontentos que censuraban la política complaciente de Marro- 
quín con la república norteamericana se puso Caro, quien hubo de con- 
seguir que el Congreso Colombiano no diera su aprobación a lo ya 
acordado por Herrán y Hay. Vino el rompimiento entre Colombia y 
los Estados Unidos. Los revolucionarios de Panamá se aprovecharon 
de tales disgustos para proclamar la independencia de su país (3 no- 
viembre 1903), siendo reconocida la nueva república por el Gabinete 
de Washington. 

Cuando terminó Marroquín su período presidencial, fué elevado a 
la presidencia por seis años el general Rafael Reyes. Si en un princi- 
pio se pusieron a su lado todos los partidos, cuando se proclamó dicta^ 
dor y consintió que» los caudales públicos no fuesen bien administrados, 
se atrajo muchos y poderosos enemigos. Reacción espantosa se exten- 
dió por todo el país. Con motivo de un tratado que hizo con los Esta- 
dos Unidos por el asunto Panamá, sucediéronse unos a otros motines 
populares (marzo de 1909), se intentó asesinar al presidente estando 
de paseo en coche por las afueras de la ciudad, y fué tanta su impopu- 
laridad que se vio obligado a retirarse de Colombia, dejando encarga- 
do del mando a su amigo y pariente el general D. Jorge Holguín. Re- 
conocemos de buen grado la generosa protección que dispensó a la en- 
señanza primaria. 

Reunió Holguín el Congreso, siendo elegido para el año que falta- 
ba del sexenio el general D. José María González Valencia . Aunque 
González Valencia disolvió el Congreso, puso en prisión al Sr. In- 
signares, presidente del Senado, y se rodeó de amigos cuya con- 
ducta era poco recomendable, no puede negarse que la libertad y la 
tolerancia fueron por todos respetadas. Una Asamblea Nacional con- 
vocada por González Valencia, eligió presidente al Dr. Carlos E. Res- 
trepo, que tomó posesión el 8 de agosto de 1910, gobernó cuatro 
años y su administración puede servir de modelo por la honradez con- 
que se manejó el Tesoro, por la libertad que hubo en el país, por el 
orden que reinó en todas partes, comenzando en su tiempo una era de 
verdadera prosperidad. (Apéndice D.) En elecciones populares, reali- 
zadas con completa libertad y sin intervención ninguna del gobier- 
no, mereció ser elegido el doctor J. V. Concha, y tomó posesión el 7 
de agosto de 1914. 

«El escudo de Colombia está formado por tres bandas sobrepuestas, 
conteniendo la primera una granada de oro abierta (alusiva al antiguo 
título del Reino de Nueva Granada) con hojas del mismo metal, entre 
dos cuernos de la abundancia en posición supina, simbólicos de la ri- 



340 HISTORIA DE AMÉRICA 

queza del país; la banda del centro contiene el gorro frigio republicano 
sobre fondo de platina; la última banda o inferior consiste en una faja 
central bicóncava que representa el istmo de Panamá y separa dos 
secciones, en cada una de las cuales hay un buque sobre la mar, en 
total dos mares y dos navios, emblemas del Atlántico y del Pacífico, 
respectivamente. Este escudo acostumbra a adornarse con cuatro ban- 
deras, dos por lado, y coronarse del cóndor de los Andes, que sostiene 
con su pico una corona de laurel y cinta ondeante en que aparece la 
inscripción Libertad y Orden. Hoy la bandera se compone de los tres 
colores superpuestos, amarillo, azul y rojo, ocupando el primero toda 
la mitad superior de la bandera, y los otros las dos cuartas partes res- 
tantes en bandera horizontal. Acostumbra a añadírsele un escudo cen- 
tral en fondo azul para la marina mercante, y con x)rla roja para la 
marina de guerra „ (1). 



(1) Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, tomo XIV, pág. 152. 



CAPITULO XVII 



Revolución e independencia de la Argentina.— Situación de 
la República Argentina.— Virreinato de Liniers.— Preten- 
siones DE LA INFANTA CARLOTA.— MANIFIESTO DEL 19 DE AGOS- 
TO de 1809.— Carta de doña Carlota a Liniers.— La fraga- 
ta "Prueba,, en Río Janeiro.— Elío gobernador de Monte- 
video.— Junta de gobierno.— Virreinato de Hidalgo de Cis- 
neros.— Nieto, gobernador de Montevideo.— ElIo, Cisneros 
y Belgrano.— Revolución del 25 de mayo de 1810.— Junta de 
gobierno.— Fusilamiento de Liniers y de otros.— Campaña 
de valcarce: batalla de a suipacha.„ — fusilamiento de 
Sanz y de otros.— Expedición de Belgrano al Paraguay. 
Virreinato de Elío.— Enemiga de la Junta al virrey.— 
Fr. Cirilo y Vigodet en Montevideo.— Inglaterra y el Bra- 
sil: la política.— Belgrano y Rondeau en Montevideo.— 
Artigas.— Elío y la infanta Carlota.— Congreso de 1810. 
Batalla de "Huaqui... — Política de Elío. 



La República Argentina o del Río de la Plata se halla situada en- 
tre los 22o y 43° latitud S. y 50o y 67o longitud O. Confina al N. con 
Bolivia, al E. con el Paraguay, Brasil, Uruguay y el Atlántico, al Sur 
con la Patagonia y al O. con Chile y Bolivia. Sú superficie es de 
2.806.400 kilómetros cuadrados y su población en 1911* era de 7.122.000 
habitantes. 

Carlos IV, en premio de los servicios de D. Santiago Liniers y Bre- 
mond, le confirió el cargo de virrey, con gran satisfacción del pueblo 
argentino. Era hombre de claro ingenio; pero un tanto voluble, corte- 
sano, asaz devoto y enamorado de damas que estimaban poco su honor. 
Sucedió lo que muchos habían presentido, dado el carácter de Liniers: 
se elevó hasta la cima del poder y cayó — como veremos en este capítu- 
lo — hasta el fondo del abismo. 

Consideremos el estado en que se hallaba aquella hermpsa parte de 
la monarquía española. El virreinato de Buenos Aires se encontraba 
desde largo tiempo en el abandono más lamentable. Para remediar pa- 
sados olvidos D. León de Altolaguirre, vecino de Buenos Aires, y don 
Nicolás de Herrera, que lo era de Montevideo, presentaron á la Junta 



342 HISTORIA DE AMÉRICA 

Central, en 5 de octubre de 1808, una Memoria proponiendo varios me- 
dios para asegurar la fidelidad de aquellos países (1); pero sobre las pro- 
posiciones que allí se hacían, no llegó a recaer ningún acuerdo, porque 
sucesos gravísimos absorbieron por completo la atención de dicha Jun- 
ta Central. 

Empecemos por las pretensiones de Doña Carlota Joaquina de Bor- 
bón, infanta de España, princesa de Portugal y Brasil. La entrada de 
Jounot en Portugal al mando de las tropas francesas obligó a Doña 
Carlota a marchar con su marido e hijos al Brasil. Allí, enterada de 
los acontecimientos de España, determinó solicitar el gobierno de to- 
das las colonias españolas, y al efecto publicó en Río Janeiro, con fe- 
cha 19 de agosto, un manifiesto en que indicaba su propósito (2). Di- 
cho manifiesto fué enviado a todos los tribunales y autoridades de Bue- 
nos Aires y Montevideo. Juntamente con él iban: La aprobación y ra- 
tificación hecha por D. Pedro Carlos de Borbón y Braganza, primo de 
doña Carlota; una exposición dirigida por Doña Carlota Joaquina y don 
Pedro Carlos al príncipe regente de Portugal para que se dignase 
tt atender, proteger y conservar los sagrados derechos que su augusta 
casa tiene al trono de las Españas e Indias,,, y, por último, la respues- 
ta del regente de acuerdo en todo con aquéllos (3). 

El 27 de agosto, Doña Carlota escribió a Liniers, virrey de Buenos 
Aires, remitiéndole los anteriores pliegos. tt La fidelidad i particular 
adhesión — le dice — que siempre has manifestado a mi augusto padre i 
demás individuos de mi real familia me constituien en la firme esperan- 
za que proseguirás con la misma exactitud que siempre ha distinguido 
tus méritos i servicios, los que en mi concepto son de considera- 
ción Será de mi aprobación el tener contestación tuia, en cuio tiem- 
po no dejaré de aprovechar las ocasiones que se me presenten para re- 
munerar la lealtad i honor que te hacen recomendables... „ (4). La res- 
puesta de Liniers en 13 de septiembre está impregnada de adulación y 
servilismo. "La carta de V. A. R., escribe, me ha puesto en situación 
de no apetecer otra cosa que hallar ocasión de sacrificarme hasta el úl- 
timo aliento para el servicio de V. A. R.„ (5). 

Por lo que se lleva expuesto podría caber alguna duda acerca de 

(1) Arch. lUst. JVac.—Estado.-Leg. 56. B-núm. 36. Estas citas han sido tomadas por nuestro 
antiguo discípulo D. José Palanco, al presente catedrático de Historia de España en la Universi- 
dad de Granada. 

(2) Arch. Hi8t. Nac — Estado. Leg. 56. B— núm. 19. 

(3) Ibid. Leg. 56-B— núms. 20, 21 y 22. 

(4) Ibid. Leg. 56. B-núm. 24. 

(5) Ignoraba Liniers que su enemigo personal D. Javier Elío habla recibido otra carta con- 
cebida exactamente en los mismos términos que la que a él tanto gozo causara, por creer que ha- 
bía sido una distinción debida sólo a su persona y méritos. La carta a Elío está fechada en Río 
Janeiro a 3 de septiembre de 1808.— Arch. Hist. Nac. Estado, Leg. 56. B-núm. 74. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 343 

los propósitos de Doña Carlota, si bien estudiando la cuestión de la fra- 
gata Prueba comprendemos lo que deseaba dicha señara. La Prueba 
había salido de Galicia llevando a bordo al teniente general D. Pas- 
cual Ruiz Huidobro, portador de pliegos de la Suprema Junta de aquel 
Reino, para el príncipe regente de Portugal y del Brasil. Habiendo 
arribado a la bahía de Río Janeiro desembarcó Huidobro y entregó las 
comunicaciones de que era portador, recibiendo a la vez orden de Doña 
Carlota para que el comandante de la fragata D. Joaquín Somoza pa- 
sase a las ocho de la noche de aquel mismo día, que era el 26 de no- 
viembre, a tierra, llevando consigo las instrucciones que tuviese y que 
la princesa deseaba ver. Somoza hizo como que acataba las órdenes 
recibidas y tomando documentos de pequeña importancia pasó a pala- 
cio a la hora señalada. Fué recibido con cortesía suma, y hablando de 
asuntos indiferentes estuvo con Doña Carlota hasta las once de la 
noche. 

El comandante de la Prueba volvió al palacio en la noche siguiente, 
siendo recibido en un despacho reservado, donde estaba la princesa 
acompañada de su secretario, el español D. José Presas. Tomó éste la 
palabra y manifestó los derechos de la infanta a la Corona de España, 
debiendo Somoza y sus oficiales ponerse inmediatamente a su disposi- 
ción, no obedeciendo para lo sucesivo otras órdenes que no fuesen las 
suyas. Convino en ello el marino, siquiera fuese aparentemente, vol" 
viendo a la fragata cuando ya era media noche. 

A la madrugada del día que siguió, hubo a bordo de la Prueba junta 
extraordinaria de oficiales, y en ella se acordó no obedecer en nada lo 
dispuesto por Doña Carlota y hacerse a la vela al primer viento favo- 
rable. A las once de la mañana se celebró nueva reunión y decidieron 
reclamar la protección de la Gran Bretaña, representada en el Brasil 
por el vizconde de Strangford y dirigir una representación al príncipe 
regente de Portugal notificándole lo sucedido. Contestó el último di- 
ciendo que por su parte no había dado orden alguna para impedir la 
salida de la Prueba) y el ministro de la Gran Bretaña indicó, por toda 
respuesta, la conveniencia de que zarpase lo más pronto posible. 

A las seis de la tarde del 29, se levantó viento Nordeste y el co- 
mandante mandó levar anclas, ordenando zafarrancho de combate, dis- 
puesto a echar a pique a cuantos buques le impidiesen salir de Río Ja- 
neiro. Algunos navios portugueses que observaban los movimientos de 
la fragata se retiraron, y la Prueba salió y pudo llegar felizmente al 
puerto de Maldonado (1). 



(i) Expediente operado a bordo de la fragata Prueba durante su permanencia en el puerto de 
Río Janeiro.— Arch. Hist. Nac. Estado. Leg. 56, B- núm. 63. 



344 HISTORIA DE AMÉRICA 

No menos temible que los proyectos de independencia que quedan 
expuestos, era la conducta que en Buenos Aires siguiera el virrey don 
Santiago Liniers. Sus ideas no eran las más favorables a la patria es- 
pañola. Rodeado de "franceses i picaros „ cometía todo género de injus- 
ticias, aumentando continuamente la fuerza de los regimientos a él 
adictos. El sistema de gobierno de Liniers era ensalzar la ínfima plebe, 
deprimiendo al hombre de virtud y mérito. Procuraba la amistad de los 
•delincuentes y para conseguirlo no tenía inconveniente contra dicta- 
men del Fiscal, contra fuero y razón, en absolver al culpable, como lo 
hizo con los protectores de la fuga del inglés Beresford. También es- 
candalizaba al pueblo por su trato licencioso con la francesa madame 
O'Grorman, mujer de un irlandés, la cual no salía nunca de su casa sin 
llevar escolta, tenía guardia de día y noche, empleaba las tropas en los 
trabajos de su hacienda y era, en una palabra, la arbitra de todo el go- 
bierno, consiguiéndose mediante su ayuda las mayores injusticias (1). 

Era por entonces gobernador de Montevideo D. Javier Elío, hombre 
déspota y altanero que no se encontraba bien con su dependencia res- 
pecto del virrey de Buenos Aires. Habiendo llamado Liniers a Elío 
para que se presentase en Buenos Aires, se excusó diciendo que no po- 
día abandonar a Montevideo. En tal respuesta se fundó Liniers para 
destituir a Elío, nombrando en su lugar al capitán de navio D. Juan 
Ángel de Michelena. El 27 de septiembre de 1808 Liniers se dirigió a 
la Junta Suprema de España quejándose de la conducta de Elío, y éste 
a su vez hubo de pedir a la Audiencia la deposición del mencionado 
virrey porque le creía adicto al gobierno francés (2). Ante la orden 
del virrey destituyendo a Elío, ocurrieron tumultos en Montevideo, y 
para ponerlos término se acordó en dicha ciudad (21 de septiembre) el 
nombramiento de una Junta de Gobierno a imitación de las estableci- 
das en las poblaciones de España. La dicha Junta hizo causa común 
con Elío, así como la Audiencia de Buenos Aires se puso al lado de Li- 
niers. 

Repetidas veces la Real Audiencia ordenó a la Junta de Montevi- 
deo que se disolviese; pero aquélla no fué atendida (3). Liniers, ante 
semejante comportamiento, dio una proclama (19 de noviembre) hacien- 
do saber a los habitantes de Montevideo que si en el término de diez 
días no deponían su actitud hostil, sufrirían las penas en que incurren 
los rebeldes y los enemigos de la patria (4). Los de Montevideo conti- 
nuaron no haciendo caso de amonestaciones ni amenazas, y enviaron a 

(1) Arch. ffist. Nac. Estado. Leg. 56. B— núm. 71. 

(2) Arch. de Indias. Estante 122. Cajón 6. Leg. 23 (9;. 

(3) Arch. Hist. Nac. Leg.° 55. A. núm. 33 y Leg.° 56. B-núm. 52. 

(4) Ibidem. Leg. 56. B— núm. 53. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 345 

España para defender su conducta al capitán de Milicias D. José Rai- 
mundo Guerra, que llegó a Cádiz el 16 de diciembre (1). Por su 
parte, Liniers dispuso el asedio de Montevideo, enviando 1.500 hom- 
bres a la colonia del Sacramento y todas las fuerzas navales a la rada 
de Maldonado (2) . 

Al tener noticia de los hechos que preceden, la Junta central gu- 
bernativa mandó incoar expediente y de resultas de él, aquélla acordó 
cesasen en sus respectivos puestos el virrey y el gobernador, el prime- 
ro "porque no tiene bastante carácter en las circunstancias en que nos 
hallamos, ni bastante talento para hacer feliz aquel virreinato „; el se- 
gundo, tf por ser insubordinado y haber expuesto el país a una crisis te- 
rrible „ (3). Conviene tener presente que el 16 de enero de 1809 el ayun- 
tamiento de Buenos Aires manifestó al Rey el mal estado en que se 
hallaba dicha ciudad a consecuencia de la escandalosa conducta del vi- 
rrey (4). Con fecha 8 de febrero del mismo año la Junta nombró virrey 
de Buenos Aires al encargado del despacho de Marina D. Antonio Es- 
caño; pero éste presentó la renuncia, que le fué admitida (5). El 16 del 
mismo mes se nombró virrey al teniente general D. Baltasar Hidalgo 
dé Cisneros, el cual aceptó el delicado cargo que se le encomendaba. 
Días antes había concedido la Central a Liniers el título de Castilla (6) 
de conde de Liniers. En cuanto a Elío, la Junta resolvió a 6 de marzo 
que viniese a España bajo partida de registro y que la sección de Gue- 
rra propusiese inmediatamente un gobernador para Montevideo (7). En 
10 de marzo se concedió dicho cargo al brigadier D. Vicente Nieto, 
dándole las órdenes oportunas para que inmediatamente se pusiese en 
camino (8). Posteriormente, con fecha 10 de abril, la Junta nombró á 
D. Javier Elío inspector y segundo comandante de todas las tropas de 
Buenos Aires, disponiendo a la vez que D. Santiago Liniers viniese a 
España; pero buscando para ello un pretexto honroso (9). 

En cuanto a la Junta provisional de Montevideo, la Central en fe- 
cha 12 de abril, la dio las gracias "por su lealtad y patriotismo „, or- 
denándola juntamente que se disolviera por haber cesado el motivo de 
su permanencia (10). 

(1) Arch. Hiat. Nac. Leg.° 56. B— núm. 131. 

(2) Comunicación de D. José Raimundo Guerra á la Junta Central.— Arch. Hist. Nac. Estado. 
Leg." 56. B— núm. 98. 

(3) Arch. Hist. Nac. Estado. 

(4) Arch. de Indias. Estante 123. Cajón 2. Leg.o 5 y Estante 124. Cajón 2. Leg ° G d). 

(5) Ibidem. Leg.° 54. F— núm. 100. 

(6) Ibidem. Leg.° 55. A— núm. 23 y Leg.° 55. Cl— núm. 130. 

(7) Ibidem. Leg.° 56. B— núm. 85. 

(8) Ibidem. Leg.o 56. B— núm. 87. 

(9) Ibidem. Leg.o f>6. B— núm. 102. 

(10) Ibidem. Leg.° 56. B— núm. 103. 



346 HISTORIA DE AMÉRICA 

Queda dicho más arriba que D. Baltasar Hidalgo de Cisneros había 
sido nombrado virrey de Buenos Aires. En virtud de este nombramien- 
to marchó a tomar posesión de su destino, arribando a Montevideo el 
12 de julio de 1809 en la fragata de guerra Proserpina (1). Inmediata- 
mente después de su llegada, dio orden Cisneros a Liniers para que 
abandonase Buenos Aires, quien se resistió a ello algún tiempo, cedien- 
do al fin y marchando a la colonia del Sacramento, para permanecer 
allí unos cuantos días, volviendo luego a Buenos Aires. 

Por lo que a Montevideo respecta, volvió Elío al gobierno por ha- 
ber sido nombrado D. Vicente Nieto presidente de Chuquisaca (2). 

Cisneros en Buenos Aires consiguió atraerse generales simpatías. 
Es el caso que los suburbios y la campaña estaban llenos de bandole- 
ros, los cuales — según fieles relatos — gozaban de verdadera impunidad. 
A tal extremo habían llegado en sus fechorías, que asaltaban las po- 
blaciones y cometían robos y asesinatos. Organizó Cisneros partidas 
de dragones que pronto dieron buena cuenta del bandolerismo. No ca- 
recía de menos gravedad la manía del duelo, que estaba tan arraigada 
en las costumbres populares. En las pulperías, que había dos o más en 
cada bocacalle, estaba el sitio de reunión de los desocupados y penden- 
cieros: allí pasaban el tiempo bebiendo, disputando, tocando la guitarra 
y cantando. Por la cosa más sencilla, por la disputa menos importante, 
sacaban los puñales o navajas, resultando alguna víctima, y, como esto 
se repetía en diferentes pulperías, raro era el día en que no se conta- 
sen diez, quince o veinte muertes. Si Cisneros no acabó con aquellos 
desórdenes, corrigió el mal, mediante los castigos que impuso a los ma- 
tones y a la gente de mal vivir. 

Cuando con tales medidas se iba ganando el virrey el corazón de 
los argentinos, llegó a Buenos Aires la noticia de la manera rigurosa, 
rayana a la crueldad, con que se habían reprimido las sublevaciones 
de Charcas y de La Paz (1809). El general Nieto en Chuquisaca y el 
general Goyeneche en La Paz, no tuvieron compasión de los revoltosos. 
El haber aprobado y aun aplaudido Cisneros la conducta de dichos ge- 
nerales, fué motivo para que las simpatías que los argentinos tenían 
por el virrey se trocasen en odio. Intentaron algunos que Cisneros re- 
cobrara su antigua influencia, y con este objeto le pusieron en relacio- 
nes con Manuel Belgrano, jefe de los patriotas o criollos. Era Belgrano 
hombre bueno, excelente, digno por todos conceptos de la estimación 
general. Su familia era el pueblo argentino, su política el bien público. 
Como desconocía las artes de la mentira y del engaño, el doctor Darre- 



(1) Arch. de Indias. Leg.° 56. B— núm. 121. 

(2) Ibidem. Leg.o 56. B— núm. 125. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 347 

gueira le llamó simple. Bajo los auspicios del virrey, Belgrano fundó 
el periódico intitulado Correo del Comercio de Buenos Aires, destinado 
a la cultura general y muy especialmente á la propagación de verda- 
des económicas y morales. Nació y murió el Correo sin influir en la 
opinión pública. \ 

Cuando las exigencias del partido nacional eran cada vez mayores, 
comenzaron del 4 al 8 de mayo de 1810 a llegar noticias de que la 
Junta Central que gobernaba la península desde Sevilla había sido di- 
suelta y que los ejércitos franceses se hallaban en Andalucía decidi- 
dos a someter a España. Conociendo Cisneros la mala impresión que 
la noticia había producido en Buenos Aires, dirigió una proclama (18 
mayo 1810), A los leales y generosos pueblos del virreinato de Buenos 
Aires, recomendándoles la fidelidad; mas los argentinos no dieron oídos 
a los mandatos y ruegos de la primera autoridad del país. Contaba, sin 
embargo, con las buenas disposiciones de Belgrano y de Saavedra, 
aunque recelaba de Rodríguez Peña, Castelli, Vieytes, Dorregueira, 
Viamonte y otros. Cuando las cosas se hallaban en tal estado, el 21 de 
mayo de 1810 el ayuntamiento de Buenos Aires dirigió un oficio al 
virrey solicitando permiso para convocar un Congreso (Cabildo abier- 
to) de la principal y más sana parte del vecindario, con el objeto de 
tratar y acordar lo conveniente en vista de los sucesos de la penínsu- 
la (1). Con la misma fecha concedió el permiso, y el Cabildo se celebró 
el 22 de mayo, acordando la deposición del virrey, noticia que se comu- 
nicó a Cisneros por medio de un oficio que tenia fecha del 23 de dicho 
mes, contestando que se hallaba conforme con el acuerdo. En seguida 
el Cabildo publicó un bando haciendo notar que el mando superior de 
aquellas provincias estaba provisionalmente en dicha corporación 
hasta que se eligiese una Junta superior, dependiente siempre de la 
autoridad de Fernando VII (2). También dispuso' él 24 que Cisneros 
continuara en el mando, asociado de varias personas en forma de Jun- 
ta, añadiendo que esxa última dispusiese que los Cabildos nombraran 
diputados que, reunidos en Buenos Aires, estableciesen la forma de 
gobierno más conveniente (3). A su vez los comandantes de los Cuer- 
pos se cruzaron de brazos ante los movimientos populares, dirigidos 
por Saavedra, Belgrano, Rodríguez Peña, Castelli y Paso. Como au- 
mentasen los alborotos, Cisneros se decidió a renunciar en absoluto; 
además le obligó a ello una representación del Cabildo (25 mayo 
1810) (4). Desde este momento terminó el régimen colonial en el Río 

(1) Arch. de Indias.— Estante 122. Cajón 6. Leg.° 26. 

(2) Ibidem. Estante 122. Cajón 4. Leg.° 16. (81.) 

(3) Ibidem. Estante 125. Cajón 8. Leg.° 20 (21.) 

(4) Ibidem. Estante 122. Cajón 6. Leg.o 26(6/2.) 



348 HISTORIA DE AMÉRICA 

de la Plata. Sin embargo de la fórmula usada en todas las colonias 
americanas de que la Junta gobernaría el virreinato durante el cauti- 
verio de Fernando VII, la revolución del 25 de mayo de 1810 señalaba 
la terminación del gobierno español y el comienzo de la república. 
Aunque en el citado día el pueblo de Buenos Aires prestó solemne ju- 
ramento de obediencia y respeto a la autoridad de su amado soberano, 
el señor D. Fernando VII y sus legítimos sucesores, como dice Alber- 
di, "ese juramento era la máscara con que la libertad se disfrazaba 
para vencer mejor el despotismo.,, (1). 

En un oficio dirigido por Cisneros a don Joaquín de Soria (26 mayo 
1810), le participaba que el 25 del corriente hizo abdicación del mando, 
mando que lo reasumió una Junta de gobierno bajo la presidencia de 
don Cornelio de Saavedra (2). 

Formaban d\cha Junta de gobierno, las personas siguientes: 



D. Cornelio Saavedra. 

D. Manuel Belgrano. 
„ Juan José Castelli. 
„ Miguel Azcuénaga. 
„ Manuel Alberti. 
„ Juan Larrea. 
„ Domingo Matheu. 



PEESIDENTE. 
VOCALES. 



SECRETARIOS. 



D. Mariano Moreno. 
„ Juan José Passo. 

En la tarde del mismo día 25, los individuos de la Junta prestaron 
el juramento correspondiente. En seguida se dirigió al Gobierno Supe- 
rior existente a la sazón en la isla gaditana, dando cuenta de cómo se 
formó dicha Junta, y de las causas que le habían obligado a trasladar 
a dicha Isla al virrey don Baltasar Hidalgo de Cisneros y a los oido- 
res de la Audiencia de Buenos Aires. Añade lo siguiente: tt La Junta 
protesta ante Dios, ante V. E. y ante el mundo entero, que es fiel a su 
monarca el señor don Fernando séptimo que morirá por la defensa de 
sus augustos derechos,, (3). Poco valor tenía la protesta, dados los 
sentimientos e inclinaciones de los revolucionarios de Buenos Aires. 

Ante la conducta de los revolucionarios se prepararon los defenso- 

(1) Organización política y económica de la Confederación Argentina, pag. 319.— Besan- 
zon, 1856. 

(2) Archivo de Indias. Estante 122. Cajón 4. Leg.° 16 (83). 
(8) Ibidem. Estante 125. Cajón 3. Leg.° 20. (33). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 349 

res de la monarquía de Fernando VII a la guerra. Haremos notar que 
no faltaban a los españoles elementos poderosos de lucha en las pro- 
vincias del Alto Perú, en el Paraguay y en la Banda Oriental del Río 
de la Plata, si bien en la capital y en las provincias centrales eran 
bastante débiles. En Córdoba, de cuya ciudad era gobernador don 
Juan de la Concha, se hallaba Liniers, quien se puso a la cabeza del 
partido español, decidido a pelear hasta vencer o morir en la demanda. 
Confiaba Liniers en la adhesión que siempre le había manifestado el 
pueblo de Buenos Aires y aun el partido mismo que acababa de hacer 
Ja revolución. Hallábase alucinado con su anterior popularidad, no 
queriendo comprender que era querido cuando estaba al lado del país 
y que sería aborrecido si intentaba oponerse a los defensores de la in- 
dependencia nacional. Tampoco Concha encontró el apoyo que espera- 
ba en aquella tierra. Sucedió entonces que un ejército de patriotas, 
mandado por el coronel don Francisco Antonio Ortiz de Ocampo, que 
llevaba por segundo o mayor general al coronel don Antonio González 
Valcarce, emprendió su marcha hacia Córdoba el 13 de julio de 1810. 
Liniers y Concha, acompañados de Orellana, obispo de Córdoba y de 
algunos altos empleados, tomaron el camino del Perú, llevando 400 
hombres mal armados, nueve piezas de artillería y algunos carros con 
municiones y pertrechos de guerra. Nombrado González Valcarce para 
cortar la retirada a los realistas, dióse tan buena maña que en la noche 
del 6 de agosto hizo prisioneros a los generales Liniers y Concha, al 
obispo Orellana, al coronel Allende, al contador mayor Moreno y al 
tesorero Rodríguez. Conducidos al arrabal de Córdoba llamado el Pue- 
blito, acordó la Junta gubernativa que fuesen fusilados inmediatamen- 
te. Ante los ruegos del pueblo de Córdoba, se dispuso que se traslada- 
ran a la capital. En el camino, al cruzar la selva denominada Monte 
de los Papagayos, el capitán Urién los hizo fusilar después de dos ho- 
ras que se les concedió para cumplir sus deberes religiosos. El prelado 
Orellana debió la vida a su carácter sacerdotal. 

Posteriormente se dio una Real orden (21 marzo 1816), comunicada 
por D. Pedro Ceballos al presidente del Consejo de Indias, participán- 
dole que S. M. había confirmado a D. Santiago Liniers. la merced de 
título de Castilla que le hizo la Suprema Junta Central el 11 de febre- 
ro de 1809, así como la denominación de conde de la Lealtad que la Re- 
gencia del Reino le concedió en 16 de agosto de 1812, en lugar de con- 
de de Buenos Aires que había elegido, pudiendo añadir el heredero de 
Liniers, a las armas de su casa, las cuatro banderas que había tomado 
a los enemigos (1). 

(1) Arch. de Indias. Estante 122. co jón 4. leg.o 16 (3). 



350 HISTORIA DE AMERICA 

No habremos de pasar en silencio la campaña realizada por las tro- 
pas argentinas en el Alto Perú. Allí los gobernadores españoles, insti- 
gados por Goyeneche, presidente del Cuzco, cometían toda clase de 
desmanes. Si Valcarce fué rechazado de Cotagaita (27 octubre), no 
sin pelear valerosamente cuatro horas ; pudo retirarse con orden a Tu- 
piza para rehacerse pronto. Luego vadeó el río de Suipacha y acampó 
en la margen derecha el 6 de noviembre de 1810. El día 7 inició el 
ataque el general Córdoba; pero la fortuna en esta ocasión se mostró 
sumamente cariñosa con Valcarce, pues la victoria fué decisiva. La ba- 
talla de Suipacha tuvo suma importancia en los destinos del país. Pau- 
la Sanz, gobernador intendente de Potosí; Nieto, presidente de Char- 
cas, y el mayor general Córdoba fueron después hechos prisioneros. El 
general realista e historiador García Camba escribe lo siguiente: "Reu- 
nidos en las prisiones de Potosí el general Nieto, su mayor general 
Córdoba y el gobernador intendente Sanz, Castelli les hizo saber que 
sobre las banderas revolucionarias habían de jurar reconocimiento y 
obediencia a la Junta de Buenos Aires. La fidelidad de esos españoles 
rechazó con noble indignación semejante propuesta, que no era más 
*que el pretexto ostensible que buscaba el feroz Castelli para inmolar- 
los, como sucedió, haciéndolos pasar por las armas en la plaza Mayor 
de Potosí el 15 de diciembre. Tal ha sido el fin de estos tres distingui- 
dos servidores, víctimas ilustres de su acendrada lealtad al Rey y a 
España. „ El historiador Vicente López escribe, por el contrario, que 
si se les hubiera propuesto la salvación por dicho medio la habrían 
abrazado decididamente, y hasta une de ellos llegó hasta jurar que no 
sólo reconocería a la Junta como gobierno supremo del virreinato, sino 
entraría en el ejército argentino para pelear con Goyeneche y someter 
la ciudad de La Paz„ (1). En efecto, la correspondencia que se conser- 
va de Córdoba parece indicar lo que afirma el último historiador de la 
república Argentina. Parecía, pues, asegurado el triunfo de la revolu- 
ción en las provincias del Norte. El año de 1810 terminaba felizmente 
para los que iniciaron el movimiento revolucionario de Mayo, hasta el 
punto que en seis meses la revolución había conquistado el vasto terri- 
torio que se extiende desde el Atlántico hasta las fronteras del Cuzco. 

El enemigo más poderoso y temible, a la vez que más inmediato, lo 
tenía la revolución argentina en la Banda Oriental del Uruguay. Una 
asamblea popular, convocada por el cabildo de Montevideo, se declaró 
enemiga de la Junta gubernativa de Buenos Aires (junio de 1810), se- 
parándose en absoluto las dos Bandas del Río de la Plata (13 de 
agosto). 

(1) Hist. de la Rep. Arg., tomo IIT, págs. 213 y 214. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 351 

Por lo que respecta a las relaciones entre el Paraguay y la Argen- 
tina, el gobernador de aquel país, D. Bernardo de Velasco y Huidobro 
(sucesor de D. Lázaro de Ribera y Espinosa) que comenzó a ejercer el 
cargo en 1806, ayudó a Buenos Aires, amenazada por los ingleses y 
contribuyó, por tanto, al triunfo de Liniers. Poco después se verificó 
el movimiento insurreccional contra España, hasta el punto que en 26 
de mayo de 1810 se proclamó la independencia de Buenos Aires, cuya 
Junta Suprema pretendió ejercer jurisdicción sojjre el Paraguay. Como 
Velasco se negase a seguir por el camino de los revolucionarios argen- 
tinos, la Junta de Buenos Aires puso sobre las armas una división de 
800 hombres bajo el mando de Manuel Belgrano, que marchó hacia el 
Paraguay (octubre de 1810). Los dos, el doctor Belgrano y el coronel 
Velasco eran dos hombres excelentes, reflexivos y buenos. Si el prime- 
ro no conocía del arte militar más que lo que había leído en los libros, 
el segundo había hecho la campaña de 1796 contra la República fran- 
cesa. Dispúsose Belgrano a invadir el Paraguay y Velasco a defender- 
lo. Paraguayos y argentinos se prepararon convenientemente a la lu- 
cha. Los comienzos de la campaña fueron favorables a los argentinos. 
Belgrano llegó al Paraná y se situó en el pueblo de la Candelaria, frente 
al de Itapuá (18 diciembre 1810). Desde que la vanguardia argentina 
tomó asiento en la margen derecha del citado río, no cesaron las hos- 
tilidades. Belgrano atacó el campo atrincherado de los paraguayos, 
llegó a Itapuá, pasó el Paraná el 21 de diciembre y se dirigió hacia la 
Asunción, ciudad situada en la margen izquierda del Paraguay, en ex- 
tenso y fértil valle. Lucharon ambos ejércitos algún tiempo, cerca de 
Tacuari, a orillas del Paraná, llevando en esta ocasión la peor parte 
los argentinos, celebrándose al fin un convenio (9 marzo 1911) entre el 
general Belgrano y el general paraguayo Cabanas, mediante el cual el 
primero debía evacuar inmediatamente el país. El 11 de marzo pasó la 
división argentina por Itapuá, y tres días después había repasado el 
Paraná, descansando en la Candelaria al abrigo del territorio patrio. 
Disgustóse Velasco por la generosidad de Cabanas con los argentinos. 
¿Por qué la Junta gubernativa de Buenos Aires dispuso la expedición 
de Belgrano? Si sólo se proponía que el Paraguay se separara de Es- 
paña, sin la expedición y sin las citadas negociaciones el Paraguay se 
hubiese declarado independiente de todos modos y tal vez en el mismo 
año 1811. En efecto, poco después de la retirada de Belgrano, la revo- 
lución destituyó a Velasco y formó un gobierno consular, viniendo 
pronto a caer el Paraguay bajo la tiranía del Doctor Francia. 

Casi al mismo tiempo que Belgrano se retiraba de Paraguay, lle- 
gaban a Montevideo (12 enero 1811) las dos fragatas españolas Neptu- 



352 HISTORIA DE AMÉRICA 

no y Mercedes, trayendo a bordo a D. Francisco Javier Elío, virrey y 
capitán general de las provincias del Rio de la Plata. La Regencia de 
Cádiz, tan torpe e incapaz como lo habían sido los reyes para dirigir 
los negocios de América, cuando supo la instalación de la Junta gu- 
bernativa de Buenos Aires, nombró virrey al hombre más pedante, or- 
gulloso y enemigo de los americanos. El nombramiento de Elío fué un 
reto lanzado por España a los argentinos. Con fecha 15 de enero se di- 
rigió a la. Junta gubernamental, diciéndole: "Acabo de llegar a este 
puerto nombrado por Su Majestad virrey y capitán general de estas 
provincias, y habiendo sabido que está para reunirse en esa capital un 
Congreso de diputados de muchas de las ciudades del virreinato, me ha 
parecido conveniente dirigirme a él, y escribir a Vuestra Excelencia 
con toda la franqueza de mi carácter sobre las circunstancias actuales, 
para que siguiendo todos la voz de mi corazón y de nuestro deber, tra- 
temos juntamente de apagar la destructora llama de la discordia que 
desgraciadamente se ha manifestado en estos países. „ El párrafo co- 
piado y otros del oficio indicaban el desconocimiento más completo del 
estado del país. Contestóle la Junta con cierta altanería y aun despre- 
cio, pues le decía que se había establecido un gobierno para sostener 
los derechos de los pueblos libres contra el carácter dominante de los 
mandones constituidos por el despotismo del poder arbitrario. Por esto 
y por otras razones, Elío declaró la guerra a la Junta gubernativa de 
Buenos Aires (12 febrero 1811) y en el manifiesto que dio el 13 de fe- 
brero de 1811 declaró, a nombre del Rey y de la nación, por rebeldes, 
a los individuos que componían la Junta de Buenos Aires, y por trai- 
dores a todos los que protegiesen a aquéllos con armas o útiles de 
guerra (1). 

Por entonces (14 enero 1811) publicó un escrito el franciscano fray 
Cirilo Alameda, intitulado El defensor de la verdad a los americanos 
del Río de la Plata, impreso en Montevideo, acerca de la conducta de la 
Junta de Buenos Aires. D. Gaspar Vigodet, gobernador de Montevideo, 
remitió dicho papel al presidente del Consejo de la Regencia (2). Tales 
documentos eran echar leña al fuego de la hoguera de Buenos Aires. 
En efecto, en Buenos Aires se manifestaba cada día más poderosa 
la revolución. Se dio el caso de que las miradas de todos los revolucio- 
narios estaban fijas en las provincias del Río de la Plata. De Buenos 
Aires salió (5 marzo 1811) una proclama dirigida al ayuntamiento de 
México excitándole a proclamar su independencia (3), y la Junta de 



(1) Arch. de Indias. Estante 122, cajón 6, Ieg.° 27 (5). 

(2) Ibidem. Estante 124, cajón 2, leg.° 5 (27). 
(3; Ibidem Estante 90, cajón 1, leg ° U (6). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 353 

Buenos Aires dirigió otra proclama a los compatriotas de la Banda 
Oriental y Septentrional, animándoles a la revolución y anunciándoles 
próximos socorros (1). 

Cuando ocurrían tales hechos, ya el general Elío había establecido 
el bloqueo de la plaza de Buenos Aires; pero la Junta, con mucho acier- 
to, decía a lord Strangford, gobernador de Inglaterra, en Eío Janeiro, 
lo siguiente: «Puede Vuestra Excelencia estar firmemente persuadido 
que ese bloqueo perjudicará más a los intereses de la Gran Bretaña, y 
a los de la misma España, que a los nuestros.» Lord Strangford pro- 
puso que Montevideo hiciera un armisticio con Elío, a lo cual se negó 
la Junta con las siguientes palabras: "Los pueblos de la Banda Orien- 
tal tienen tal aversión a Elío, que se han levantado en masa contra él; 
han pedido el auxilio de esta Junta, y son los que han contenido sus 
agresiones hasta encerrarlos en las murallas de Montevideo,,. Añadía 
que el armisticio "pondría en manos de la venganza de Elío la suerte 
de nuestros compatriotas. „ En cuanto a la mediación de Inglaterra 
entre España y las Provincias Unidas del Río de la Plata, contestaba 
la Junta lo que a continuación copiamos: La mediación no es, pues, 
oportuna, a no ser "que el Gabinete inglés comience por reconocer ca- 
tegóricamente la independencia recíproca de los dos Estados. „ También 
el conde de Linhares, jefe del Gabinete de Río Janeiro, intervino para 
la celebración del citado armisticio, obteniendo de parte de la Junta 
respuesta más conciliadora. Sin embargo, no se vino a un acuerdo por 
la enemiga y aun odio que se tenía a Eiío. En todas estás negociacio- 
nes y tratos, Lord Strangford manifestó criterio más elevado que el 
ministro del Brasil, la Junta de Buenos Aires y los políticos españoles. 

Es de advertir que los realistas estaban reducidos a las mural i as 
de Montevideo, al paso que las fuerzas patriotas dominaban todo el 
país. Hasta las milicias que guarnecían el pueblo de Mercedes, recono- 
cieron la autoridad de la Junta de Buenos Aires (28 febrero 1811). 
Cuando se extendió la revolución por todas partes, la citada Junta 
mandó a Belgrano con un ejército de más de 1.000 hombres. Fueron 
derrotados los realistas en el pueblo de San José (25 de abril) recon- 
centrándose entonces en Montevideo; pero el general patriota fué se- 
parado del mando del ejército (2 de mayo) en los momentos que se 
acercaba a los muros de la ciudad. 

A Belgrano sucedió Rondeau, retirándose aquél a Buenos Aires 
para someterse al proceso que se le había formado por su campaña del 
Paraguay, y de la cual se dio cuenta en este mismo capítulo. Si el ge- 
neral Belajrano solo pensó en mantener equilibrado en la Banda Orien- 

(1) Arch. de Indias. Estante 124. cajón 2. leu/' ;> (14/2). 

III v 23 



354 HISTORIA DE AMÉRICA 

tal el poder de Artigas y el del coronel Benavides, Rondeau, siguiendo 
las inspiraciones de la Junta, confirió al primero el título de Coman- 
dante principal de las Milicias Orientales, a disgusto, como es de suponer, 
de Benavides. Por su parte Elío se decidió, no sólo a bloquear el puerto 
de Buenos Aires, sino a bombardear la ciudad de día y de noche. Ron- 
deau y Artigas, antes que Elío pudiera realizar sus deseos, atacaron 
al jefe español en Las Piedras (18 mayo 1811), tomándole cerca de 
500 prisioneros, la artillería y bagajes. 

Luego, Elío quiso entenderse con Artigas, a quien ofreció gruesa 
suma de dinero, grado efectivo de general y el gobierno militar de todo 
el territorio uruguayo. 

Con fecha 16 de mayo de 1811, la Junta de Buenos Aires se dirigía 
al conde de Linhares, explicando el motivo de sus diferencias con el go- 
bierno español, y el objeto de la expedición armada a las provincias del 
Paraguay y a Montevideo, no sin acusar a Elío de los estragos de la 
guerra, añadiendo que deseaba llegase pronto el momento de que Fer- 
nando VII fuese restituido al trono de sus padres (1). 

Cuatro días después, esto es, el 20 de mayo, Elío daba cuenta de 
sus desgracias al ministro de Estado y le decía su apurada situación (2). 
Cada vez eran mayores sus apuros, según carta que escribió (l.o junio 
1811) a la infanta Carlota Joaquina de Borbón, pues manifestaba que 
era tanto el desarrollo adquirido por la insurrección, que él se había 
visto obligado a encerrarse en Montevideo hasta esperar auxilios de 
España o hasta que el general de Porto Alegre hiciera los movimientos 
que había indicado (3). 

En tanto que la guerra continuaba delante de las murallas de Mon- 
tevideo entre Rondeau y Elío, y cuando las ventajas alcanzadas por los 
tenaces revolucionarios iban a ocasionar — según todas las señales — defi- 
nitivo triunfo, graves y complejas disensiones interiores embarazaron 
la marcha de la insurrección. Don Cornelio Saavedra, presidente de la 
Junta, era el jefe del partido moderado, y D. Mariano Moreno, secre- 
tario de dicha Junta, representaba al partido exaltado y era defensor 
constante y decidido de las ideas más radicales acerca de la indepen- 
dencia. En b1 Congreso general que debía reunirse en Buenos Aires 
(diciembre de 1810) la mayoría fué conservadora, por cuya razón Mo- 
reno hubo de renunciar el cargo. Nombrado luego para desempeñar una 
misión diplomática en Inglaterra, falleció durante la navegación (4 mar- 
zo 1811). Siguieron cada vez con más encono la lucha de les partidos. 

(1) Archivo de Indias.— Estado. América en general . Leg\ 2(59). Estante 122. Cajón 6. Lega- 
jo 27 (20). 

(2) Ibidem. -Estante 124. Cajón 2. Leg. 5 (10). 

C8) Ibidem.— Estado. América en general. Leg. 2 (61). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 355 

Iba a continuar también la guerra de la independencia. Hallábase 
el ejército argentino que había libertado el Alto Perú en la margen iz- 
quierda del río Desaguadero, bajo el mando del brigadier D. Antonio 
González Val caree; en su orilla opuesta — y es de notar que dicho río 
separaba los virreinatos de Buenos Aires y del Perú — estaba acampa- 
do el general Goyeneche, con el ejército que le había confiado el virrey 
Abascal. El 20 de junio de 1811 Goyeneche pasó el Desaguadero y se 
dispuso a reñir decidida batalla contra los patriotas. En efecto, cayó 
sobre sus enemigos (15 agosto 1811) en los cerros de Huaqui y consi- 
guió una gran victoria. Jefes, oficiales y soldados, en completo desor- 
den, huían, por una parte o por otra, deseosos de llegar a Jujui. En 
aquellos días, Pueyrredón estuvo a la altura de las circunstancias, lo- 
grando salvar el tesoro acumulado en la Casa de Moneda y Banco de 
rescates de Potosí. Perdieron los revolucionarios en Huaqui lo que ha- 
bían ganado en Suipacha. Hallábase en la desgracia la revolución ar- 
gentina, si bien es verdad que las dificultades eran muchas y pode- 
rosas. 

Cada vez más decidido el virrey Elío a emplear el rigor, escribía 
(28 junio 1811) al secretario del Despacho de Estado, diciéndole "que 
el odioso sistema de contemplación nos ha traído al apuro en que nos 
hallamos „ (1); pero más en lo cierto estaba José María Sal azar, coman- 
dante de Marina de Montevideo, quien daba cuenta (27 julio 1811) al 
secretario de Estado y del Despacho de Marina, de la situación del vi- 
rreinato del Río de la Plata, añadiendo que en Buenos Aires se odiaba 
a a todo cuanto es español,, (2). Por entonces (16 septiembre 1811), la 
plaza de Montevideo se hallaba en un apuro ante el sitio que le había 
puesto Rondeau (3). Después, el citado comandante de Marina de Mon- 
tevideo se dirigió también al secretario de Estado y del Despacho de 
Marina, haciéndole presente que Elío entregó el virreinato al general 
Vigodet y el gobierno político al alcalde de primer orden (4). 

(1) Archivo de Indias.— Estante 122. Cajón 6. Leg. 27 (27). 

(2¡ Ibidem. —Estante 123. Cajón 2. Leg. 4 (147). 

(3) Ibidem. -Estado. Buenos Aires. Leg. 3 (110). 

' (i) Ibidem.— Estante 123. Cajón 2. Leg. 4 (171). 



CAPITULO XVIII 



Revolución e independencia de la Argentina (Continua- 
ción). -Encárgase VlGODET DEL VIRREINATO.— CARTA DE LA 
inp anta. Carlota.— Los revolucionarios y gobierno del 
triunvirato. — la banda oriental y el paraguay.— belgra- 
no, gobernador de salta. — la esclavitud. — el realista 
Alzaga.— Batalla de "Tucümán,,.— Proclama de Vigodet.— 

VlGODET Y ftONDEAU EN EL tt CERRITO w .— SEGUNDO TRIUNVIRA- 
TO.— ASAMBLEA Constituyente.— Batalla de "Salta,,.— Pe- 

ZUELA EN EL ALTO PERÚ: tt VlLCAPUJIO„ Y tt AYOUMA„.— LA GUE- 
RRA en Montevideo y en el Alto Perú.— San Martín: su ca- 
rácter.— Posadas, DIRECTOR SUPREMO.— BROWN Y VlGODET.— 
Caída de Montevideo.— Rondeau.— Revolución en Cuzco.— 
Alvear y Artigas.— Alvarez Thomas.— Batalla de "Vilu- 
ma.„— La Asamblea. — El Director Pueyrredón'. — Procla- 
mación de la independencia.— Artigas.— San Martín.— San 
Martín en Chile. 



Asuntos importantes tenía que resolver el general Vigodet al en- 
cargarse del virreinato. La infanta Carlota Joaquina de Borbón, en 
carta del 28 de noviembre de 1811, hubo de censurar el tratado de pa- 
cificación hecho por Elío con los facciosos, encargando a Vigodet que 
procurase realizar la disolución de la Junta de Buenos Aires (1). Con- 
testó Vigodet el 18 de diciembre justificando al virrey Elío de los car- 
gos que se le hacían por el tratado de pacificación, y daba las razones 
que tenía para no mostrarse enemigo de dicha Junta (2). 

En cambio, la opinión popular no se hallaba satisfecha con la con- 
ducta de la Junta, y como el pueblo pensaba el cabildo. Formóse en c 
tonces un Poder Ejecutivo compuesto de tres individuos (25 septiembre 
1811). Considerando el triunvirato que Buenos Aires continuaba blo- 
queado por la escuadra española, que su ejército no podía penetrar en 
Montevideo y que el Paraguay se disponía a proclamar su independen- 
cia, apeló a las negociaciones. Renunció a toda dominación en la Ban- 
da Oriental y consintió en que el 'Paraguay formase un gobierno inde- 

íl) Archivo de Indias. -Estante 122.— Cajón 4.-Leg.° 16 (22). 
(2) Ibidem -Estante 122.— Cajón 4. -Leg. 16 (93). 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 357 

pendiente, pudiéndose dedicar por completo y con decisión a la guerra 
con España y a los asuntos administi ativos interiores. 

A la sazón obtuvo Belgrano el nombramiento de gobernador de la 
provincia de Salta. Con fecha 3 de abril de 1812 dicho general dirigió 
una proclama a los habitantes de su provincia, diciendo que por orden 
del gobierno de las Piovincias Unidas del Río de la Plata se encarga- 
ba del mando de Salta, vacante a causa de enfermedad del general 
D. Juan Martín de Pueyrredón. La proclama estaba firmada en Posta 
de Ciénega (1). 

La revolución argentina iba a realizar un hecho memorable: el 25 
de mayo de 1812, con motivo de la celebración del segundo aniversario 
de la proclamación del gobierno nacional, se decretó en Buenos Aires 
la prohibición del tráfico de esclavos. 

Cuando más pujante se hallaba el gobierno revolucionario, se le 
ocurrió a D. Martín de Alzaga, famoso alcalde en el año 1807, ayuda- 
do por D. Pedro de la Torre, D. Felipe Sentenach, Fray José de las 
Animas y por otros, tramar una conspiración realista para sorprender 
determinada noche la guarnición de los cuarteles, apoderarse del go- 
bierno y castigar a los autores de la revolución. Compartía Alzaga la 
jefatura con el padre bethlemita Fray José de las Animas, antiguo mi- 
litar, taciturno, valiente y decidido campeón de la causa española. Des- 
cubierta la conjura y conocidas las grandes ramificaciones que tenía, 
se nombraron varias comisiones encargadas de estudiar pronto las cau- 
sas y de sentenciar a los traidores. Fueron ejecutados Alzaga, Fray 
José el Bethlemita, Valdepares, Telechea y veinte más, llegando hasta 
el número 41 las víctimas. Muchos fueron arrojados del país por haber 
tenido relaciones amistosas con los conspiradores. Grande fué el escar- 
miento de los defensores del antiguo régimen, y con gusto consignare- 
mos que Belgrano hubo de reprobar enérgicamente la crueldad de la 
represión. 

Aunque la fortuna sonreía a los revolucionarios, púsoles en cuida- 
do que Goyeneche, dueño de las provincias del Alto Perú, intentara 
reunirse con los realistas de Montevideo para caer sobre Buenos Aires. 
Ante temores tan justificados, el gobierno revolucionario argentino 
confió el mando de las tropas que se salvaron del desastre de Huaqui 
a Belgrano, el cual se dirigió hasta Jujui (19 de mayo) con la idea de 
alentar a los que en el Alto Perú estaban sublevados contra Goyene- 
che. Conocedor el general realista del plan, mandó desde Cochabamba, 
ciudad del Alto Perú, al general Pío Tristán con unos 3.000 hombres 
a batir al ejército argentino, encontrándose en las cercanías de Tucu- 

(1) Archivo capitular de Jujui, tomo TI, págs. 4 y 5. 



358 HISTORIA DE AMÉRICA 

man (ciudad hoy de la República Argentina.) El triunfo fué de los re- 
volucionarios (24 septiembre 1812). 

No deja de tener cierta curiosidad la noticia de que en el citado 
mes y año fray Cirilo de Alameda ; editor de la Gaceta de Montevideo, 
solicitó del capitán general de las provincias del Río de la Plata que 
le relevase de dicho cargo, en atención a que el prelado general no 
aprobaba su intervención en aquel periódico. Grandes debieron ser los 
motivos que obligaron a la autoridad militar a no aceptar la renun- 
cia (1). 

También por entonces Vigodet, capitán general de las provincias 
del Río de la Plata, dio a luz ridicula proclama, que a continuación 
publicamos: "Ciudadanos: Habéis dado un día de gloria a la nación. 
Vuestro amor y fidelidad al Rey, la incorruptibilidad de vuestro buen 
corazón, el razonable odio a los enemigos de la paz, a los rebeldes, a 
nuestro monarca Fernando ya la madre España, servirán de exemplo 
hasta la posteridad más remota: los siglos venideros recordarán vues- 
tras virtudes sociales y las señalarán por modelo de lealtad a todos los 
pueblos: el tiempo, que sepulta los sucesos, no borrará vuestro patriotis- 
mo; vivirá indeleble como' el de la antigua Sagunto, la heroica Numan- 
cia, la intrépida Cartago y la noble Roma. La gran distancia que os 
separa del insigne Montevideo, os condenó a la perfidia y al engaño de 
los revolucionarios de Buenos Aires; su voz seductora era la única que 
podíais escuchar y sus indignos papeles los solos que llegaban a vues- 
tras manos; llorasteis muchas veces la supuesta conquista de la Espa- 
ña europea, empero jamás imaginasteis que sus mayores rivales fueran 
los hipócritas gobernantes de Buenos Aires, que a la vez aparentaron 
estremecerse con aquella desdicha; no los creísteis enemigos de Fernan- 
do y de su trono, ni pudisteis presumir intentaran se borrase el nombre 
español en el continente americano. Erais fieles, y la providencia quiso 
sustraeros de ser víctimas de la ambición y del despotismo de los in- 
gratos revolucionarios; las desgracias y persecución de los beneméri- 
tos Torres, Liaño, Ansay y González labraron vuestra fortuna. Estos 
héroes descorrieron el velo, y de repente visteis la iniquidad y la felo- 
nía de los monstruos de la capital rasgar el seno de la patria y des- 
trozar la unidad social del pueblo español; os aprovechasteis del mo- 
mento, seguísteis las huellas de tan dignos compatriotas y sacudisteis 
toda sumisión al gobierno que tiranizaba a los buenos vasallos del Rey, 
y a los beneméritos hijos de la nación. Los nombres de aquellos héroes 
y el del valeroso D. Domingo Fernández, a quien he constituido co- 
mandante de ese establecimiento, formarán siempre vuestras delicias. 

(1) Arch. de Indias.— Estante 122, cajón 6, leg. 27 (82.) 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 359 

Habéis vuelto al seno de la patria; sois ciudadanos religiosamente li- 
bres; estáis seguros de prosperar baxo la égida de la sabia constitución 
de la monarquía que se publicó en Cádiz el 19 de marzo último; tenéis 
patria y debéis estar ciertos de que el tirano de Europa no desquiciará 
el magestuoso edificio que defiende la dignidad y la independencia es- 
pañola. La nación adquiere nuevos triunfos de los exercitos enemigos 
y a pesar del orgullo francés, su águila devastadora yacerá baxo las 
garras del león de Castilla. 

Vivid, amados compatriotas, vivid tranquilos, prosperad felices, re- 
cibid mi consideración a vuestro mérito, confiad en los premios del go- 
.bierno nacional, a quien doy cuenta de vuestros servicios, y creed que 
la costa Patagónica será siempre el objeto de mis beneficencias, así 
como lo ha sido ahora de mi placer y del júbilo de los buenos.— Mon- 
tevideo, 3 de julio de 1812. Gaspar Vigodet (1). 

Por su parte, los republicanos argentinos, cada vez más decididos a 
conquistar su independencia, formaron otro cuerpo de tropas bajo las 
órdenes de Manuel Sarratea, con objeto de invadir la Banda Oriental y 
llegar hasta Montevideo. La vanguardia del ejército que mandaba el 
coronel Rondeau se adelantó hasta el Cerrito, pequeña altura situada a 
una legua de Montevideo (20 octubre 1812), donde se presentó el briga- 
dier Vigodet, y donde pelearon valerosamente, declarándose la victoria 
por los argentinos (31 de diciembre). 

Comenzó el año de 1813 teniendo los españoles sólo la plaza de Mon- 
tevideo y las naves fondeadas en el río; pero los revolucionarios a quie- 
nes no distinguía el sentido político en aquellas circunstancias; entre- 
gados a civiles discordias, nada hicieron de provecho. Bernardo Mon- 
teagudo, con más ambición que prudencia, se puso al frente de un mo- 
vimiento revolucionario popular y militar a la vez, consiguiendo el 
triunfo. Formóse otro triunvirato, cuyo primer acto fué convocar una 
asamblea general constituyente, cuyos representantes debían ser ele- 
gidos, no por los cabildos, como se había hecho hasta entonces, sino me- 
diante el sufragio universal (octubre de 1812). Abrió sus sesiones la 
Asamblea el 31 de enero de 1813: sancionó el decreto por el cual que- 
daban en libertad los hijos de esclavos que naciesen en territorio ar- 
gentino, abolió el Tribunal de la Inquisición y el tormento como medio 
de prueba judicial; también abolió los títulos de nobleza, que en reali- 
dad sólo existían en las provincias del Alto Perú. 

Veamos cóm > marchaban los asuntos de la guerra. Hallábanse los 
realistas atrincherados bajo el mando del general Tristán en la argen- 
tina ciudad de Salta. Belgrano con los patriotas llegó a Salta ; en cuyas 

(1) Véase Quesada. La Patagonia, etc., págs. «536-639. 



360 HISTORIA DE AMÉRICA 

afueras se dio la batalla, sufriendo un gran desastre el ejército realis- 
ta, que hubo de rendirse el 20 de febrero de 1813. Retiróse Tristán al 
Perú, no sin jurai antes que no tomaría las armas contra el gobierno 
revolucionario dentro de los límites del antiguo virreinato de la Plata. 
Continuó la guerra en el Alto Perú, y Goyeneche, queriendo descansar 
de tantos sinsabores y fatigas, se embarcó para España. 

No pocos revolucionarios tenían fijos sus ojos en la Asamblea na- 
cional. Cifraban todas sus esperanzas en las disposiciones de aquel alto 
cuerpo, del cual era uno de sus más decididos defensores el genera) 
Belgrano, a la sazón general en jefe del ejército. El documento que 
copiamos indica el interés que tenía Belgrano en que se prestase pron- 
to el debido reconocimiento y juramento a la Asamblea nacional. u En 
esta Sala Capitular de la M. L. y C. Ciudad Jujui a beinte y uno de 
marzo de mil ochocientos ireze, se recivió un oficio del señor gral. en 
jefe, cuyo thenor es el siguiente: A fin de prestar q t0 antes el recono- 
cim to de la represent on So verana de las Prov as unidas del Rio de la 
Plata en Asamblea Nacional constituyente, y jurarle la devida obed», 
convocará V. S. á todos los Eclesiásticos Seculares y Regulares de 
esta ciudad, y á los vecinos caveza de fam a para mañana á las diez del 
día; en que deberá zelebrarse este solemne acto. Dios gue. á V. S. m s 
a s . Jujui 21 de marzo de 1813. -Man 1 Belgrano. — M. I. C. J. y R to de 
esta Ciudad» (1). 

Los realistas, sin embargo de sus desgracias, ño se habían cruzado 
de brazos. Aunque por todas partes se levantaban enemigos contra 
ellos, no perdían las esperanzas de que al fin la victoria sería de Es- 
paña. ¡Hasta tal punto les cegaba el amor a la metrópoli! El virrey del 
Perú, para reemplazar a Goyeneche, nombró al valeroso y prudente 
D. Joaquín de la Pezuela. Deseaba Pezuela medir sus armas con los 
enemigos, teniendo la fortuna de derrotar al ejército patriota en la 
pampa de Vilcapujio (1.° octubre 1813). Si en los comienzos de la ba- 
talla llevaba la peor parte el general español, hasta el punto que hubo 
de retirarse hasta Condocondo, luego la torpeza y falta de decisión de 
Belgrano y demás jefes dio la victoria a los realistas. El general pa- 
triota dijo después que si el coronel Dorrego hubiera estado en el com- 
bate, éste no se hubiese perdido. Belgrano se retiró por el camino de 
Chuquisaca, y el general Díaz-Vélez por el de Potosí, sin que ni uno 
ni otro fuesen molestados por los vencedores. En el parte que Pezuela 
dio al virrey Abascal, le decía: tt Los insurgentes — tales eran sus pala- 
bras—retrocedieron sin perder su formación; lo cual me hizo ver que 
no eran unos reclutas la mayor parte de ellos, como se suponía, sino 

(I) Archivo capitular de Jujui, tom, II, pág. 46. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 361 

hombres instruidos, disciplinados y valientes. „ Queriendo lavar la 
afrenta de Vilcapujio, se decidió Belgrano, aun sin contar con grandes 
elementos, a reñir cruda batalla contra el general realista. Sucedió lo 
que debía suceder. El ejército patriota quedó aniquilado en Ayouma 
(14 noviembre 1813), y sus restos pudieron retirarse hasta Jujui, lue- 
go a Salta y por último a Tucumán. Al mismo tiempo el coronel Ron- 
deau, a la cabeza de. otro ejército argentino, estrechaba el sitio de Mon- 
tevideo, no consiguiendo ventaja alguna, porque España, algo desem- 
barazada de la guerra contra los franceses, mandó refuerzos para la 
defensa de aquella plaza (agosto y septiembre de 1813). 

El gobierno de los triunviros creyó llegado el momento de hacer el 
último esfuerzo. Nombró general en jefe del ejército del Alto Perú (16 
de diciembre) al coronel D. José de San Martín, uno de los más ilustres 
capitanes de la revolución americana. Acerca de este importante per- 
sonaje, recordaremos que nació él 25 de febrero de 1778 en Yapeyú, 
capital de las Misiones, de cuya provincia era su padre gobernador. A 
los ocho años le llevaron a Madrid, donde se educó y siguió la carrera 
de las armas, entrando en el famoso Colegio de nobles. Sirvió en el 
ejército español, peleando con la Francia revolucionaria y luego contra 
Napoleón. Hallóse en la batalla de Bailen y sirvió también a las órde- 
nes del marqués de la Romana, de Coupigny y de lord Wellington, lle- 
gando a obtener el grado de teniente coronel. Cuando comenzó la gue- 
rra de la Independencia en el Nuevo Mundo, abandonó la patria adop^ 
tiva (1811), marchó a Inglaterra, pasando luego (1812) a tierra ame- 
ricana. Entonces pudo conocer perfectamente la asociación fundada en 
Londres por Miranda con el propósito de revolucionar a Caracas. 
A imitación de ella, en los primeros años del siglo XIX se hubo de 
generalizar en España vasta sociedad patriótica con la denominación 
de Sociedad de Lautaro ó Caballeros racionales, compuesta casi exclusi- 
vamente de americanos y también de algunos individuos de la nobleza 
española, cuyo Grande Oriente residía en la capital de Inglaterra y el 
núcleo de la parte correspondiente a la península estaba en Cádiz. El 
objeto de la Sociedad Lautaro era más elevado que el de las logias ma- 
sónicas, pues el primer grado de iniciación ¿Je los neófitos era el jura- 
mento de trabajar por la independencia de América y el segundo la 
profesión de fe del dogma republicano. San Martín, ayudado de Alvear 
(D. Carlos)— pues también este último había hecho la guerra de Espa- 
ña contra Francia — introdujeron en Buenos Aires la Logia de Lautaro, 
sociedad secreta aplicada a la política, que tanta influencia ejerció en 
la revolución e independencia de la Argentina (1). 

(1) Véase Mitre. Historia de Belgrano, tomo II, pág. 272 y siguientes. 



362 HISTORIA DE AMÉRICA 

El 27 de diciembre de 1813 fué nombrado San Martín general del 
ejército de Buenos Aires, y el coronel Alvear comandante general de 
toda la provincia. 

La Asamblea resolvió, para dar unidad a la política, nombrar Di- 
rector Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata a D. Ger- 
vasio Antonio Posadas (enero 1814). Creóse un Consejo de Estado com- 
puesto de nueve vocales, entre los cuales se hallaban los secretarios del 
despacho de Gobernación, Guerra y Hacienda. Fueron los consejeros 
de Estado Gómez, Azcuénaga, Monasterio, Echevarría, García, Larrea 
(secretario de Hacienda), Viana (de Guerra) y Herrera (de Goberna- 
ción). Posadas se encargó del gobierno sólo como fiel ejecutor de la oli- 
garquía liberal predominante en la Asamblea y con el apoyo de Al- 
vear, que era a la sazón el alma de aquel estado de cosas. Posadas, in- 
mediatamente que se encargó del mando, compró cuatro buques mer- 
cantes, los armó lo mejor que pudo y los puso bajo las órdenes de Gui- 
llermo Brown, ya conocido ventajosamente como marino en capítulos 
anteriores. La marina española, compuesta de catorce buques de guerra 
y ocho o diez barcos mercantes, armados militarmente, no tenía ningún 
jefe que pudiera ponerse enfrente del citado almirante argentino. Mien- 
tras que este último se dirigía a la isla de Martín García, se apodera- 
ba de las baterías que allí guardaban los españoles (16 de marzo) y 
obligaba a parte de la escuadra a remontar el Uruguay buscando su 
salvación, el coronel Alvear, a la cabeza de unos 5.000 soldados, ponía 
sitio a Montevideo, logrando apoderarse poco después de dicha ciudad. 

Nuevo giro iban a tomar los asuntos políticos y militares con el res- 
tablecimiento de Fernando VII en su trono. Si poderoso ejército se pre- 
paró en España contra el virreinato de la Plata, luego se varió de 
opinión y se mandó contra Venezuela. En la misma época la revolución 
se hallaba algo decaída en México, Chile , Venezuela, Nueva Granada 
y en el mismo Alto Perú. San Martín, sin embargo del triunfo de don 
José Antonio Alvarez de Arenales sobre los realistas en la Florida 
(29 de mayo) y sin embargo de que el teniente coronel D. Martín Güe- 
mes tenía en jaque a los españoles, impidiéndoles marchar hacia el sur, 
dejó el mando supremo de las tropas, siendo reemplazado por el briga- 
dier Rondeau. Influyó en ia determinación de San Martín la noticia de 
que el gobierno de Buenos Aires había ordenado que se formase un pro- 
ceso al general Belgrano por su torpeza en la campaña militar que ter- 
minó con los desastres de Vilcapujio y Ayouma. 

Peleando con los ejércitos patriotas del Alto Perú se hallaba el 
general realista Pezuela. Cuando supo Pezuela que Montevideo había 
caído en poder de los patriotas, comprendió que le era imposible man- 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 363 

tenerse en la provincia de Salta y consultó el caso con Abascal, 
virrey de Lima, que aprobó la precipitada retirada de Pezuela y 
ofició al general D. Mariano Osorio, comandante de las fuerzas realis- 
tas que ocupaban Chile "que si el estado de la guerra en Chile no era 
tan lisonjero como se esperaba, celebrase con ios independientes un 
convenio cualquiera cuyas estipulaciones le permitieran dirigirse con 
todas sus fuerzas al Perú para ayudar a salvar este vasto país, y su 
ejército de operaciones, de los complicados peligros que le amenaza- 
ban. „ Para España la fortuna se mostraba cada vez más adversa, pues 
a la sazón, el Cuzco, la segunda de las ciudades del Perú, dio el grito 
de independencia (3 agosto 1814). Fué reducido a prisión el gobernador 
y brigadier D. Martín Concha, erigiéndose una Junta gubernativa, com- 
puesta de vecinos influyentes. Tanto el virrey de Lima como el gene- 
ral Pezuela, que permanecía en Cotagaita, se consideraron perdidos sin 
remedio. Tampoco podía hacer nada de provecho el general Osorio en 
Chile. 

Entre los revolucionarios, el director Posadas y la Asamblea Ge- 
neral ^Constituyente, carecían de fuerza para imponerse a Artigas, 
jefe de fuerzas considerables que ocupaban el territorio oriental del 
Uruguay, extendiéndose también por las provincias de Entre Ríos y de 
Corrientes. Dióse la orden al general Alvear para que arrancara aque- 
lla mala semilla del Oriente uruguayo; nada consiguió, influyendo segu- 
ramente la vanidad y pedantería del citado jefe militar. "La petulancia 
exorbitante de sus maneras, la belleza arrogante y audaz de su perso- 
na, sus grandes galopes a caballo por el medio de la ciudad, seguido en 
tropel por numeroso estado mayor, y las formas imperiosas que daba a 
los actos de su autoridad a medida que crecía la infatuación de su or- 
gullo, le habían ido creando enemigos, que ya embozados, ya descubier- 
tos, aunaban sus esfuerzos contra él„ (1). En efecto, las excelentes cua- 
lidades de Alvear estaban afeadas por su vanidad y ligereza. Tampoco 
el general Rondeau estuvo a la altura de su misión. Por uno u otro 
concepto, lo mismo Artigas que Alvear y Rondeau merecían severas 
censuras. Además, las divisiones interiores, los recelos y las envidias 
fueron motivo de la desorganización política del país. 

Reunida la Asamblea Nacional en 9 de enero de 1815, el secretario 
Vicente López manifestó que acababa de recibir un pliego urgentísimo. 
Dióle lectura y en él se contenía la renuncia de Posadas del elevado 
cargo de Director Supremo. 

Reemplazó a Posadas — según disposición de la Asamblea — el gene- 
ral Alvear, el cual pasó su corto gobierno luchando contra Artigas. 

(1) Vicente F. López. Hist. de la Rep. Arg., toma V, páp;. 131. 



364 HISTORIA DE AMERICA 

Arrojado por una. revolución (15 abril 1815) Alvear y disuelta la 
Asamblea general constituyente, la Junta de Observación y el cabildo 
nombraron Director Supremo del Estado al general E-ondeau, pues de 
este modo se creía no disgustar al ejército del Norte, cuyo general era 
el nuevo director. Como no se creyese conveniente que Rondeau dejara 
el mando de sus tropas, se eligió director suplente al coronel D. Igna- 
cio Alvarez Thomas, cabeza del movimiento revolucionario que arrojó 
a Alvear del gobierno y amigo cariñoso del insubordinado Artigas. El 
cabildo hizo quemar en medio de la plaza pública los decretos, edictos 
y proclamas que se habían dado contra Artigas, declarándole hombre 
puro y eminente patriota, no sin mostrarle su eterna gratitud por ha- 
ber libertado a Buenos Aires de la tiranía de la Asamblea Constitu- 
yente y de Alvear. 

Durante el gobierno de Alvarez Thomas aumentó el desconcierto 
político, quedando, a veces, anulado el Poder Supremo por las grandes 
atribuciones de la Junta de Observación y del Cabildo. 

Un hecho, de transcendental importancia, tuvo lugar en estos tiem- 
pos: el general Rondeau ocupó a Potosí y continuó su marcha hacia el 
norte, consiguiendo entrar en Cochabamba (departamento de Boliyia); 
pero el 28 de noviembre de 1815, los realistas mandados por Pezuela — 
como ya sabemos por capítulos anteriores — le cortaron el paso en las 
llanuras de Sipe-Sipe, derrotándole completamente. "El ejército — dice 
el general Paz — estaba vencido antes de combatir, por la anarquía y 
la insubordinación en que se hallaba.» Los españoles dan a esta batalla 
el nombre de Vilama. Sólo los granaderos de a caballo y el coronel 
Zelaya hicieron algo para salvar el honor del soldado argentino. La 
retirada de Rondeau fué tan desastrosa como lo había sido la campaña, 
de modo que las consecuencias fueron fatales para los patriotas. Güe- 
mes hubo de proclamar la federación en la provincia de Salta; Córdoba 
quiso hacerse independiente de la capital y la Rioja intentó serlo de 
Córdoba. En la Banda Oriental del Uruguay, Artigas se declaró inde- 
pendiente y extendió su dominación a las provincias de Entre Ríos y 
de Corrientes, al presente de la República Argentina. En la^provincia 
de Santa Fe, también de la Argentina, se levantaron varios caudillos, 
los cuales, con el apoyo de Artigas, rindieron las tropas de aquella re- 
pública, capitaneadas por el general D. Juan José Viamonte, y hasta 
Belgrano, encargado de obrar en la citada provincia, fué separado del 
mando por un motín militar (9 abril 1816). Aunque este prestigioso 
caudillo era querido de todos, oficiales y soldados se mostraban alar- 
mados por las aficiones monárquicas del insigne capitán, aficiones mo- 
nárquicas que también atribuían a los individuos del Congreso que iba 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 365 

a reunirse en Tucumán. Belgrano podía estar seguro — sin embargo del 
enojo popular — del cariño y respeto de sus conciudadanos; no sucedía 
lo mismo tratándose de Alvarez-Thomas, quien era objeto de menos- 
precio en» todas partes. Inmediatamente que se recibió la noticia de la 
instalación del Congreso Nacional de Tucumán, se publicó un bando 
convocando a las autoridades civiles, militares y religiosas a que con- 
curriesen (15 abril 1816) a jurar el reconocimiento del mencionado 
Congreso. Al día siguiente se celebró un Te Deum en la iglesia Cate- 
dral. Cuando regresaba al palacio del gobierno Alvarez-Thomas, se le 
acercó el alcalde de primer voto D. Francisco A. de Escalada, y le dio 
fatal noticia. Inmediatamente dijo a los que le rodeaban que había sido 
destituido por el ejército y que él no quería gobernar ni un minuto más. 
"Sí, señores — decía — , me voy, me voy: nombren ustedes a quien quie- 
ran.,, Los consejos y súplicas de varias personas de respeto le conven- 
cieron de que llamase a la Junta de Observación y al Cabildo. 

Las citadas corporaciones admitieron la renuncia, siendo nombra- 
do el general González Valcarce con el carácter de interino. A la sa- 
zón el Congreso general de Tucumán no era bastante respetado; Bel- 
grano — como decía Rondeau — no era sino un abogado que de secreta- 
rio del Consulado de Comercio había pegado un salto al generalato de 
los ejércitos argentinos; San Martín permanecía retirado y fuera de las 
intrigas políticas; Rondeau se hallaba desacreditado desde la batalla 
de Sipe-Sipe; Grüemes no gozaba de los prestigios necesarios, y algu- 
nos creían que aspiraba a ser el Artigas de Salta y del Norte; el coro- 
nel Moldes, que deseaba ser nombrado Director Supremo, era odiado en 
Buenos Aires. Fray Cayetano Rodríguez escribió el siguiente soneto, 
que si carece de mérito literario, lo tiene en cambio por la verdad que 
encierra. Dice así: 

Moldes, joven procaz, desvanecido, 
Narciso de ti mismo enamorado; 
Joven mordaz, de labio envenenado, 
EnemigOvdel hombre decidido. 

Caco desvergonzado y atrevido; 
Ladrón de famas; genio preparado 
A tirar piedras ai mejor tejado, 
Siendo el tuyo de vidrio percudido. 

Vivora de morder nunca cansada; 
Sanguijuela de sangre humana henchida; 
Espada para herir siempre afilada: 

Sabe que una cuestión hay muy reñida 
(De tu alma negra claro testimonio) 
¿Cuál de los dos es peor: tú. o el demonio? 



366 HISTORIA DE AMÉRICA 

Cada vez era mayor el desconcierto y la anarquía que reinaba en 
Buenos, Aires y en general en todo el país. Además, los realistas se 
disponían a mayores empresas. Comprendiendo el Congreso que nada 
bueno debía esperarse de la indolencia y apatía del director suplente 
González Valcarce, eligió Director Supremo de las provincias unidas 
del Río de la Plata a D. Juan Martín Pueyrredón (3 mayo 1816), mili- 
tar distinguido por muchos e importantes servicios a la causa revolu-' 
cionaria. Pasados dos meses, el Congreso, a instancias del general San 
Martín, desde Mendoza, y del general Belgrano, en la misma Cámara, 
proclamó la independencia (9 julio 1816), aunque ya existía de hecho. 
Después de proclamada la independencia, se pensó en la forma de 
gobierno. San Martín, Belgrano y otros personajes querían un gobier- 
no monárquico, pues afirmaban que la forma republicana no era conve- 
niente en la América antes española. Diferían en que unos pensaban 
que el candidato al trono debía ser un príncipe europeo y otros soste- 
nían la conveniencia de elegir Rey a un indio descendiente de los In- 
cas. Pueyrredón, a juicio de ambos, conservaría el mando como regente 
hasta que llegase el nuevo Soberano. En el Congreso de Tucumán es- 
tuvo a punto de resolverse cuestión tan importante. Triunfó al fin el 
buen sentido y la república fué el gobierno de Buenos Aires. Aferra- 
do se hallaba el general Belgrano al régimen monárquico; pero Puey- 
rredón, y a la sazón San Martín, se hallaban convencidos de que sólo 
la república era la salvación de la patria. Proclamóse solemnemente 
(16 julio 1816) en la ciudad de Tucumán la independencia de las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata. Establecía la Constitución un pre- 
sidente, dos Cámaras, un alto tribunal de justicia y Juntas electivas y 
electorales. 

Entre los enemigos más poderosos que tuvo el presidente Pueyrre- 
dón citaremos al coronel D. Manuel Dorrego; aquél se vio obligado a 
hacer prisionero al segundo y después lo deportó, tal vez con más ri- 
gor que justicia. Otro de los enemigos del Supremo Director era Arti- 
gas, quien, casi independiente dominaba la Banda Oriental al este del 
Uruguay. En guerra Artigas con las provincias brasileñas, la suerte le 
fué adversa en las batallas de India Muerta (181 6) y de Gatero Cata- 
lán (1817). Aunque el guerrillero uruguayo no había solicitado auxilio 
del gobierno de Pueyrredón, antes por el contrario, se mantenía en su 
animosidad y soberbia contra la primera autoridad de Buenos Aires, 
las victorias de los portugueses o brasileños, y la noticia de que estos 
últimos se preparaban a apoderarse de Montevideo, agitó los espíritus 
en la Argentina y puso al gobierno en situación difícil y complicada. 
Pueyrredón, no contando para nada con Artigas, mandó al general 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 367 

portugués Lecor reclamación enérgica o ultimátum, que terminaba con 
las siguientes palabras: "a fin de evitar un rompimiento, requiero de 
Vuestra Excelencia que disponga que el ejército de su mando suspenda 
sus marchas y retrograde a sus límites, etc.„ (1). El encargado de pre- 
sentar la nota fué el coronel D. Nicolás Vedia. Nada se adelantó, pues 
Lecor sólo manifestó al final de su respuesta que Vedia le había sido 
simpático. "De todos modos — decía — agradeceré siempre a Vuestra Ex- 
celencia haberme dado ocasión de conocer al señor coronel D. Nicolás 
Vedia. „ El 7 de diciembre llegó Vedia a Buenos Aires con la contesta- 
ción del general portugués, en la que se hacía constar que las opera- 
ciones de los portugueses no debían inspirar recelos al gobierno de Bue- 
nos Aires, por cuanto se dirigían al territorio oriental, que se hallaba 
independiente del gobierno occidental. Añadía que los portugueses res- 
petaban el tratado de 26 de mayo de 1812 que era la base inconmovi- 
ble de la amistad entre los dos países. "Yo — tales eran sus palabras 
—continúo mis marchas que sólo pueden ser suspendidas por orden del 
Rey mi señor; y si fuere hostilizado, tomaré medidas de precaución. En 
breve, y de más cerca, tendré mejor ocasión de poder manifestar a 
Vuestra Excelencia cuan de buena fe son mis operaciones militares. „ 

En situación tan crítica, el director hizo saber a Artigas que las 
Provincias Unidas no estaban dispuestas a sacrificarse por él si perma- 
necía en su independencia. En el momento que la provincia Oriental 
entrase en la Unión, Buenos Aires acudiría a su defensa. Como alguien 
dijese a Pueyrredón ¡qué bueno sería tener ahora a Borrego!, cuentan 
que contestó: Realmente era el hombre para Artigas: el diablo se hubiera 
llevado a uno de los dos. En tanto que Artigas y el gobierno de Buenos 
Aires andaban en estos trato3 ; Lecor entraba en Montevideo (2). 

Pasamos a reseñar otros hechos de importancia. A su historia mi- 
litar iba añadir San Martín una página de gloria; pero antes traslada- 
remos a este lugar el siguiente oficio, que desde Mendoza y con fecha 
21 de noviembre de 1816, dirigió dicho general. «Señor Censor: Muy 
Sr. mío: por el último correo se me avisa de esa capital haber solicitado 
el Cabildo de esta ciudad ante el Excelentísimo Supremo Director se 
me diese el empleo de Brigadier. No es esta la primera oficiosidad de 
estos señores Capitulares. Ya en julio del corriente, imploraron del 
Soberano Congreso se me nombrase General en jefe de este ejército. 
Ambas gestiones, no sólo han sido sin mi consentimiento, sino queme 
han mortificado sumamente. Estamos en revolución, y a la distancia 



(1) Of. del 31 de octubre en la Gaceta Extraordinaria de! l . ° de diciembre. 

(2) Poco después terminó la influencia de Artigas, quien hubo de morir aa las .soledades del 
Chaco paraguayo, donde le confinó el Dr. Francia. 



368 HISTORIA DE AMÉRICA 

puede creerse o hacerlo persuadir genios que no faltan, que son acaso 
sugestiones mías. Por lo tanto, ruego a V. se sirva poner en su perió- 
dico esta exposición con el agregado siguiente: Protesto a nombre de la 
independencia de mi patria no admitir jamás mayor graduación que la 
que tengo, ni obtener empleo público, y el militar .que poseo renunciarlo en 
el momento en que los americanos no tengan enemigos. 

No atribuya V. a virtud esta exposición, y sí al deseo que me asiste 
de gozar de tranquilidad el resto de mis días. 

B. L. M. de V. su atento paisano, etc.» (1) 

Firme el gobierno republicano, sin embargo de las discordias entre 
unitarios y federales, dispuso que el general San Martín se dirigiese a 
promover de nuevo la insurrección de Chile contra España en el año 
1817 y de la cual se dio noticia en el capítulo VIII de este tomo. 

(1) Documentos para la Historia de la vida pública de Bolívar, ordenados por D. José Félix 
Blanco, tomo V, pag. 496. 



CAPÍTULO XIX 



Independencia de la Argentina (Continua ción).— Pueyrredón, 
Supremo Director y San Martín. — Constitución de 1819.— 
Ronde au ; Supremo Director.— Trátase de elegir un Rey. — 
Chile, Montevideo y Tucumán.— San Martín y Belgrano.— 
Legislatura de 1820.— Los gobernadores Rodríguez y Las 
Heras.— República Argentina. — Guerra entre Buenos Ai- 
res y el Brasil. — La Banda Oriental se une a la República 
de la Plata.— Nota del gobierno de Buenos Aires.— Presi- 
dencia DE RlVADAVIA. — BUENOS AlRES, CAPITAL DE LA REPÚ- 
BLICA.— BATALLA DE tt lTUZAINGÓ„. — El PRESIDENTE LÓPEZ Y 

el gobernador dorrego. — motín del l.o de diciembre. — 
El general Lavalle. - Guerra civil.— El almirante Brown. 
Gobierno de Rodríguez.— Legislatura de 1829.— Dictadura 
de Rosas.— Urquiza y batalla de Monte. Caseros. — Alberdi 
y la Constitución de 1853.— El general Paz.— Batalla de 
Cepeda.— Los presidentes Derqui y Mitre.— Guerra con el 
Paraguay.— El presidente Sarmiento: sus reformas. —Los 
presidentes avellaneda, roca, juárez celmán, saenz peña 
y Roca. — Cuestión de límites entre la Argentina y Chile. 
Los presidentes Quintana y Sáenz Peña.— Escudo y bandera 
de la República Argentina.— Situación y descripción del 
Gran Chaco.— Situación e historia de la Patagonia. 



Por el año 1818 no eran cordiales las relaciones entre Pueyrredón 
y San Martín. Negóse el primero a suministrar los fondos que necesi- 
taba el segundo. A un su amigo escribió San Martín lo siguiente: 
"Ayer he hecho al Director la renuncia del mando del ejército, del que 
no me volveré a encargar jamás. Yo no quiero ser juguete de nadie, y 
sobre todo quiero cubrir mi honor. „ Poco después, el Supremo Director 
remitió al general San Martín 500.000 pesos, volviendo a reinar entre 
ellos la paz, aunque por poco tiempo. Pueyrredón reunió el Congreso, 
formándose una Constitución que fué sancionada el 22 de abril de 1819. 
El citado Código Constitucional es uno de los mejores que se han pro- 
yectado. Las Cámaras debían ser dos: Senado y Congreso. Por lo que 
respecta al Poder Ejecutivo, el presidente o director gozaba de todas 

IIT 24 



370 HISTORIA DE AMÉRICA 

las atribuciones. Juróse la Constitución el 24 de mayo de 18 19, pre- 
sentando en seguida su renuncia ante el Congreso el Supremo Director, 
renuncia que se le admitió "condescendiendo con el mayor dolor a las 
instancias que por tercera vez había hecho, y sólo por las razones de 
salud que había invocado.,, Sustituyóle el general Hondean. Sucesos de 
gran importancia ocurrieron en los últimos meses del año 1819, siendo 
el principal la elección de un Rey, como remedio al desorden interior de 
las provincias, deseosas todas de la autonomía. Don José Valentín Gó- 
mez, ministro argentino en Francia, trató el asunto con el ministro de 
Relaciones Exteriores de su Maj estad Cristianísima. Propuso el ministro 
francés al enviado extraordinario Gómez la elección de un Rey, el cual 
sería el duque de Luca, antiguo heredero del reino de Etruria, y en- 
troncado por la línea materna en la augusta dinastía de los Borbones, 
afirmando que su elección no infundiría celos en las cortes de Austria y 
de Rusia, tal vez tampoco en la de Inglaterra, siendo de creer, por úl- 
timo, que no se miraría con desagrado en la de España, teniendo en 
cuenta que el citado candidato era sobrino del Rey Católico (1). Con- 
testó el enviado extraordinario Gómez que él no se hallaba autorizado 
para tratar asunto de tanta importancia, si bien creía que no sería del 
agrado del gobierno de las Provincias Unidas. luciéronse reflexiones 
por el uno y por el otro acerca del proyecto, no resolviéndose nada en 
definitiva. Después de tres sesiones secretas, celebradas por el Congre- 
so argentino (el 27 de octubre de 1819, el 3 de noviembre y el 12 del 
mismo mes), se aceptó, con algunas modificaciones, el proyecto de es- 
tablecer una monarquía en el Sud de América (2) . 

La situación de Chile, la de Montevideo y la de Tucumán preocupa- 
ba al gobierno de Buenos Aires. Con frecuencia amenazaba turbarse la 
paz interior de Chile; Montevideo, deseando salir del dominio de los ar- 
gentinos, declaró que deseaba anexionarse al Brasil, y la provincia de 
Tucumán, desde el año 1820 a 1824, fué presa de las hordas capitanea- 
das por Bernabé Araoz primero, y después por las que reconocían por 
jefe a Javier López. Proclamáronse gobernadores respectivamente, y 
lo mismo el uno que el otro robaron, saquearon y exterminaron a los 
pacíficos habitantes de la ciudad. 

Por lo que a política interior se refiere, las figuras más salientes en 
el citado año de 1820 eran el coronel Dorrego, el general Rodríguez y 
Rosas, comandante de la campaña del sur. San Martín y Belgrano, 
aunque continuaban gozando de gran prestigio, habían quedado relega- 
dos a segundo lugar. Más adelante la posteridad les hizo justicia y co- 
tí) Era hijo de una hermana de Fernando VII. 
(8) Véase Documentos para la Historia del Libertador, etc.* tomo VII, págs. 110-128. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 371 

locó sus nombres entre los más gloriosos de la historia. A este propósi- 
to recordaremos que el 14 de julio de 1862, al descorrer el velo que 
ocultaba la estatua de San Martín, Mitre pronunció un discurso, cuyo 
final era el siguiente: "Mientras tanto, y mientras llegue el momento en 
que organizada definitivamente la República Argentina, podamos colo- 
car a su frente la estatua del general Belgrano, que divide con San 
Martín las páginas de nuestra historia y el corazón de los argentinos, 
porque ellos son los dos grandes hombres de acción y pensamiento de 
nuestra revolución, saludemos en ese bronce que va a descubrirse la no- 
ble y la inmortal efigie del fundador de tres repúblicas, del vencedor 
de San Lorenzo, de Chacabuco y Malpo, del primer capitán del Nuevo 
Mundo, del ilustre guerrerro argentino, el general D. José de San Mar- 
tín „ (1). También el 24 de septiembre de 1873, en la inauguración de la 
estatua de Belgrano, Mitre pronunció un discurso cuya terminación tras- 
ladamos aquí: "¡General Belgrano! en nombre de todos los que han con- 
currido a levantar tu estatua sobre su pedestal eterno, en nombre de 
los presentes que te aclaman en este momento desde el Plata hasta los 
Andes, en nombre de los venideros, que se sucederán inclinándose con 
respeto y simpatía ante tu noble imagen, yo, tu humilde historiador, y 
uno de tus hijos agradecidos, te saludo grande y padre de la patria 
como precursor de nuestra independencia, numen de la libertad, genio 
del bien, modelo de virtudes cívicas, vencedor de Salta, Tucumán y Las 
Piedras, vencido en Vilcapujio y Ayouma, que vivirás en la memoria 
y el corazón de los hombres, mientras la bandera argentina no sea una 
nube que se lleve el viento, y mientras el nombre de nuestra patria, 
pronunciado por millones de ciudadanos libres, haga estremecer las 
fibras de tu bronce!„ (2). 

La legislatura del mes de septiembre de 1820 "iba a ser la piedra 
fundamental de la reorganización definitiva de la provincia de Buenos 
Aires bajo el régimen representativo liberal y republicano en cuanto a 
los principios, autonómico y segregado en cuanto a las circunstancias, 
unitario y concentrado en cuanto a la forma administrativa „ (3). La 
Junta de representantes nombró al general Rodríguez gobernador "con 
toda la suma del poder público y facultades ordinarias y extraordina- 
rias. „ A la sazón el poder unitario se hallaba concentrado en la Junta 
de representantes y en el gobernador de la provincia, como antes lo ha- 
bía estado en el Directorio y en el Congreso. Aunque el general Ro- 
dríguez castigó con mano de hierro a los que habían sido jefes de con- 



(1) Arenga», tomo I, pág. 212. 

(2) Ibidein, pág. 190. 

(3) López, Hi8t. de la Rep. Arg., tomo VIII, pág. 279. 



372 HISTORIA DE AMÉRICA 

juraciones y motines, a él se deben los grandes progresos de Buenos 
Aires, señalando su gobierno verdadero período de renacimiento. Las 
reformas en las letras, artes e industrias fueron muchas y transcen- 
dentales. Creóse la Universidad, cuya inauguración se verificó el 12 de 
agosto de 1821, la Academia de Medicina, el Crédito público, etc. 

Nombrado gobernador de Buenos Aires el general LasHeras (2 abril 
1824) con no poco entusiasmo de la provincia y de la república, volvió 
a la vida privada el general Rodríguez, donde le acompañaron las ben- 
diciones de los argentinos. Tomó posesión Las Heras el 9 de mayo. En 
el año siguiente, la Asamblea Constituyente (pues con dicho nombre 
fué convocado el Congreso) tomó el acuerdo de dar al Estado el nom- 
bre de Provincias Unidas del Río de la Plata o República Argentina (18 
marzo 1825). La negativa del Brasil a reconocer la anexión de la Ban- 
da Oriental a Buenos Aires, hecho que se verificó el 27 de octubre, ori- 
ginó la guerra entre aquel imperio y la Argentina. Al mismo tiempo 
que el Uruguay derrotaba las tropas brasileñas, el ejército de Buenos 
Aires ponía sitio a Montevideo, cuya ciudad dependía de dicho impe- 
rio. La guerra fué desastrosa lo mismo para el Brasil que para la Re- 
pública Argentina y el Uruguay, pues el Emperador Pedro se vio en 
la precisión de alistar irlandeses y alemanes, los puertos del Río de la 
Plata estuvieron bloqueados por los brasileños y la Banda Oriental 
tuvo que abandonar a Artigas, quien huyó al Paraguay. 

Con fecha 16 de agosto de 1825 el gobierno de Buenos Aires pasó 
una nota al Congreso general constituyente, haciéndole ver que los 
gobiernos del Perú y de Colombia deseaban que el de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata enviasen dos ministros plenipotenciarios a 
la Asamblea de todos los Estados del continente americano, convocada 
para el istmo de Panamá. En virtud de la nota quedó autorizado poco 
después el Poder Ejecutivo para celebrar con los Estados de América 
una alianza defensiva para sostener la independencia contra la nación 
española o contra otra potencia extranjera (1). 

Pasando a otro punto, habremos de consignar que el 7 de febrero 
de 1826 fué elegido presidente de la República de las Provincias 
Unidas del Río de la Plata D. Bbrnardino Rivadavia, tomando pose- 
sión el día 8. "Los unitarios — decía Ugarteche en la Legislatura pro- 
vincial — han escalado el poder; pero nos han colocado también en una 
situación aciaga, porque para gobernar a su placer, hacen una revolu- 
ción criminosa y tienen que llevarse por delante las leyes y los fueros 
de nuestra provincia, que estaban sacramentados y garantidos por el 
mismo Congreso. Está bien: ¡que Dios se la depare buena!„ En efecto, 

(1) Documentos para la Historia del Libertador, tomo X, págs. 73 y 74. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 373 

dos días después de la toma de posesión del nueva presidente, comen- 
zaron las revoluciones y la guerra civil. La elección de la capital de la 
república ocasionó no pocos disgustos y contrariedades, convencién- 
dose al fin que Buenos Aires reunía las mejores condiciones. Cada vez 
más desastrosa la guerra entre Buenos Aires y el Brasil, adquirió 
nuevo carácter cuando el general Alvear se dedicó completamente a 
la" organización del ejército. A su lado figuraban oficiales generales ya 
célebres en los campos de batalla y que habían adquirido justa fama 
en Chile y en el Perú peleando bajo las órdenes de San Martín y 
de Bolívar. Los argentinos y los brasileños Alvear y Barbacena pe- 
learon en Ituzainyó (20 febrero 1827), logrando señalada victoria las 
tropas republicanas, como también les fué después favorable la fortu- 
na en otros hechos de armas. Al mismo tiempo era cada día mayor 
la oposición entre federales y centralistas, viniendo a echar leña al 
fuego de las discordias interiores la determinación de las provincias de 
Santa Fe y de Córdoba, enemigas de la política del gobierno. Nego- 
cióse la paz entre la Argentina y el Brasil; por ella la república 
devolvía la Banda Oriental al Emperador, sometiéndose también a des- 
armar y mantener siempre desarmada la isla de Martín García. Se- 
mejante Convención produjo general disgusto en la Argentina. Habien- 
do renunciado Bivadavia a la presidencia de la república, fué elegido 
el doctor López con carácter provisional. Bien merece recordarse un 
hecho que enaltece la memoria de Bivadavia, y fué que habiendo su- 
primido la Orden de los dominicos, hizo del convento un museo, en 
el cual puso rica colección de minerales, piezas anatómicas e instru- 
mentos de física, traído todo de Francia. Después se enriqueció con 
muchos ejemplares de animales del país y de geología, e igualmente de 
medallas antiguas y modernas, etc., mereciendo toda clase de alaban- 
zas el Sr. Cadmir Ferraris, primer conservador del citado Museo. Otras 
muchas reformas llevó a feliz término Bivadavia. Al hacer Mitre la 
Apoteosis de Bivadavia el 20 de agosto, terminaba de este modo: tt No 
busquéis entre los muertos a D. Bernardino Bivadavia; él vive en sus 
obras, vive en nosotros y vivirá inmortal en nuestros hijos mientras 
latan corazones argentinos, mientras en esta tierra se rinda culto a la 
inteligencia, al patriotismo y a la virtud „ (1). 

El presidente López exoneró al general Alvear, y encargó el mando 
del ejército a Lavalleja. Habiéndose verificado las elecciones de diputa- 
dos para reinstalar la legislatura, acto que se verificó el 3 de agosto, la 
Cámara eligió gobernador y capitán general de la provincia al coronel 
Dorrego. Firmada definitivamente la paz con el Brasil (27 agosto 1828), 

(1) Arengas, tomo I, pág. 171. 



374 HISTORIA DE AMÉRICA 

cuya parte principal consistía en la independencia absoluta del Estado 
Oriental, Dorrego formó nuevo ministerio, deseoso de satisfacer los de- 
seos de la opinión pública (1). Creyó Dorrego desconcertar las confabu- 
laciones sediciosas y militares que pudieran forjarse por sus enemigos. 
Sin embargo de ciertas reformas beneficiosas del nuevo gobierno, se 
sentía en Buenos Aires no poca enemiga contra el gobernador. El l.o de 
diciembre comenzó un motín militar que inició el general Lavalle. 
Dorrego se presentó a dominarlo, creyendo que con la base de 2.000 
milicianos de Rosas, podría reunir 8.000 o 10.000 hombres adictos al 
partido federal y, por consiguiente, a su gobierno. Equivocóse el coronel 
Dorrego, pues lo que había comenzado por ser un motín, se transformó 
en verdadera revolución política, en reacción poderosa del partido 
unitario. Al frente de la revolución se hallaba toda la plana mayor 
del partido, excepción hecha de Rivadavia, a quien ni siquiera se le 
había avisado de lo que ocurría. El elemento popular proclamó al 
general Lavalle, gobernador y capitán general de la provincia de 
Buenos Aires; pero Dorrego se decidió a defender su autoridad y su 
gobierno. El 6 de diciembre salió Lavalle de la ciudad, cortó la marcha 
de Dorrego en el pueblo de Navarro el día 9 y atacó a aquellas mili- 
cias que se desparramaron por los campos, perseguidas y lanceadas sin 
piedad. Entre las masas de los fugitivos se hallaban Dorrego y Rosas. 
En tanto que Rosas llegaba hasta Santafó y se ponía en seguridad al 
lado del doctor López, Dorrego más confiado, se mantenía en el terri- 
torio de su provincia. Cerca del pueblo de Areco fué hecho prisionero. 
Cuando de la prisión tuvo noticia Lavalle, mandó al coronel Rauch 
con buena escolta para que se hiciese cargo del preso y lo condujese al 
campamento. Dorrego, al ver que Escribano lo entregaba a Rauch, 
cuentan que dijo a su hermano que le acompañaba: ¡Luis, estoy perdido! 
El 13 de diciembre Rauch llegó al campamento con Dorrego. Inmedia- 
tamente fué fusilado, dando parte de ello el general Lavalle en los si- 
guientes términos: «Señor Ministro: Participo al gobierno Delegado que 
el coronel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden al frente de los 
regimientos que componen esta división. La historia juzgará imparcial- 
mente si el coronel Dorrego ha debido o no morir, y si al sacrificarlo a 
la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado po- 
seído de otro sentimiento que el del bien público. Quiera persuadirse el 
pueblo de Buenos Aires que la muerte del coronel Dorrego es el sacri- 
ficio mayor que puedo hacer en su obsequio. — Juan Lavalle. „ Aún no 
había terminado el mes de diciembre y ya estaban todas las provincias 

(1) Con fecha del 13 de diciembre de 1828 fué elegido jefe provisional de la Banda Oriental 
Suárez. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 375 

sublevadas contra el gobierno revolucionario de Buenos Aires. La eje- 
cución del coronel Dorrego equivalía a una sentencia de muerte impues- 
ta a 'los gobernadores de las provincias, y hasta en el mismo Buenos 
Aires había muchos que no simpatizaban con Lavalle. A tal punto 
llegaron las cosas, que Rauch fué derrotado el 28 de marzo de 1829 
y muerto en el campo de batalla. La guerra civil adquirió más fuerza. 
El almirante Brown renunció el gobierno delegado, sustituyéndole el 
general Rodríguez, quien llamó al general Alvear a ocupar el ministe- 
rio de la guerra. 

Ante los restos mortales del almirante D. Guillermo Brown, decía 
Mitre el 4 de marzo de 1857: "Brown en la vida, de pie sobre la popa 
de su bajel, valía para nosotros una flota. Brown en el sepulcro, sim- 
boliza con su nombre toda nuestra historia naval. El, con su genio, con 
su audacia, con su inteligencia guerrera, con su infatigable perseve- 
rancia, nos ha legado la más brillante historia naval de la América 
del Sur.„ "Después del triunfo (de la escuadra de Brown sobre la del 
Brasil) pudimos repetir con el inspirado vate de nuestros triunfos: 

Alzóse Brown en la barquilla débil: 
Pero no débil desde que él se alzara (1). 

En tanto que Alvear trabajaba para formar un partido suyo, La- 
valle y Rosas se hicieron dueños de la situación. Después de anunciar 
Lavalle (25 junio 1829) que la guerra civil se había terminado, por de- 
creto del 7 de agosto formó nuevo ministerio y se unió más con Rosas, 
manifestándose ya con toda claridad la caida de los revolucionarios 
del l.o de diciembre de 1828. Abrióse la nueva Legislatura (l.o diciem- 
bre 1829). Fué nombrado gobernador y capitán general de la provincia 
Rosas, quien tuvo la satisfacción el 7 de diciembre de recibir las exe- 
quias de Dorrego, que un mes antes el gobernador provisional Viamon- 
te había ordenado que fuesen trasladadas a Buenos Aires. Desde este 
momento fué Rosas el alma de la política de Buenos Aires. La dicta- 
dura de Rosas, que comenzó el 1835 después de tenaz y prolongada 
lucha entre los federales dirigidos por Lavalle y los unitarios por el 
general Paz, fué un gobierno arbitrario y despótico, en particular en 
su segunda época. Sin embargo, tentados estamos para creer que los 
contemporáneos pintaron con colores demasiado negros el retrato de 
Rosas. Duró la dictadura de Rosas hasta el día 3 de febrero de 1852, en 
que aquél hubo de ser vencido en Monte Caseros por el general Urqui- 
za, apoyado por los elementos más prestigiosos del país y también por 
los brasileños. Era Urquiza descendiente de distinguida familia espa- 

(1) Arengas, tomo I, págs. 137 y 139. 



376 HISTORIA DE AMÉRICA 

ñola. Rico, astuto y conocedor del corazón humano, supo atraerse lo 
mismo al ejército que al elemento civil, lo mismo a las clases más eleva- 
das que a las más modestas. En Monte Caseros la huida de la caballería 
de Rosas inició la derrota. Urquiza se portó admirablemente. Las pala- 
bras del ilustre general después de la victoria fueron las siguientes: 
No hay vencedoras ni vencidos. Rosas huyó en un buque inglés dirigién- 
dose a Europa. Entre los hombres generosos que combatieron al ti- 
rano Rosas figura en primera línea Florencio Várela, que en las co- 
lumnas del Comercio del Plata dio señaladas muestras de su talento y 
de su amor a la libertad. Al lado de Várela se pusieron muchos jóve- 
nes, como Rivera Indarte, que condenaron el sistema político de Rosas. 
En un discurso pronunciado en la Cámara de Diputados el 3 de julio 
de 1857 decía Mitre refiriéndose a Rosas, que él votaría la ley que im- 
pusiera esa sentencia (la confirmación) u al tirano que enlutó esta tie- 
rra, saqueó el Tesoro público y expolió a los ciudadanos. „ Después de 
veinte años de tiranía y de tantos perjuicios causados a las fortunas, 
preguntaré tt si es justo o no que Rosas sea despojado de lo que se lla- 
ma sus bienes, y que no es otra cosa que el fruto de sus rapiñas. „ 
Termina del siguiente modo: "Vamos contra el verdugo y contra los 
verdugos del pueblo, poniéndonos siempre del lado de las víctimas y 
considerando como víctimas a todos los que no se mancharon las 
manos*con sangre,' o no se enriquecieron con la substancia del pueblo. 
Esta ha sido nuestra filosofía, nuestra doctrina y nuestra política prác- 
tica,, (1). 

El general Urquiza, la figura más saliente de la nueva política, 
dispuso la celebración de un Congreso nacional que, reunido en la ciu- 
dad de Santa Fe el l.o de mayo de 1853, promulgó una Constitución 
federalista, que aceptaron 12 provincias y nombraron presidente a di- 
cho general (marzo de 1854). Alberdi que, según algunos escritores, fué 
el hombre de entendimiento más poderoso en el Sud-América, redactó 
las bases de la citada Constitución. Para formar su gobierno llamó 
Urquiza a los hombres más ilustrados de su país y estableció la capital 
de la república en la ciudad de Paraná, provincia de Entre Ríos. 

Buenos Aires, separada de las demás provincias confederadas des- 
de la revolución del 11 de septiembre de 1852, no reconoció ni la pre- 
sidencia del general Urquiza, ni el Código político del año 1853. Ocho 
años estuvo Buenos Aires sin formar parte de la Confederación. Dicha 
ciudad aspiraba a ser la capital de la república y quería del mismo 
modo que Mitre fuera el jefe de la Confederación. Murió el general 
D. José María Paz el 22 de octubre de 1854. En el discurso que Mitre 

(í) Arengas, tomo I, pásrs. 153 y 156. t 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 377 

pronunció un día después se hallan las siguientes palabras: "La espada 
que ha caído de su brazo, ha resplandecido en su diestra por el espacio 
de cuarenta y cinco años, y el espíritu inmortal que lo animaba ha vo- 
lado al seno de la divinidad, dejando impregnada nuestra atmósfera 
con el perfume eterno de sus virtudes y de sus glorias,, (1). Rotas las 
hostilidades entre Urquiza y Mitre en la batalla de Cepeda (23 octu- 
bre 1859), el ejército de la Confederación, mandado por el primero, 
derrotó al de Buenos Aires, a las órdenes del segundo. Sitiada Buenos 
Aires, no tuvo más remedio que formar parte de la Confederación des- 
pués de la dimisión de Alsina, jefe del citado fistado. 

Sucedió a Urquiza en la presidencia de la Confederación Santiago 
Derqui (5 marzo 1861), que contaba con el apoyo de Urquiza. Contra 
Derqui se levantó el general Mitre. En Palacios, sobre el Arroyo Pa- 
vón, al norte de la provincia de Buenos Aires, se dio la batalla, que- 
dando indeciso el triunfo; pero Urquiza, que de mala gana favorecía a 
Derqui. hubo de retirarse de la contienda, logrando entonces la victo- 
ria Mitre. 

Mitre ocupó la presidencia de la república, después de retirarse el 
Dr. Derqui (5 diciembre 1861) a Montevideo. Fué elegido el 12 de oc- 
tubre de 1862 y tuvo que echar mano de sus mismos enemigos para 
poder administrar el país, exceptuando únicamente a Alberdi, a quien 
obligó a vivir en el extranjero. Verdad es que Alberdi no podía com- 
partir sus ideales de federación con los unitarios y con Mitre. 

Cuando reinaba la paz lo mismo en la Argentina que en el Brasil 
y Uruguay (2), y cuando el progreso era cada vez mayor en aquellos 
Estados, vino á interrumpir tiempos tan felices la actitud arbitraria 
de Francisco Solano López, presidente de la república del Paraguay. 
Hacía tiempo que López venía preparando á su pueblo para la guerra. 
Orgulloso por demás, se dispuso a pelear contra la Argentina, el Bra- 
sil y el Uruguay. Los hechos más importantes de esta guerra fueron 
el pasaje del Paso de la Patria y la batalla de Tuyutí (24 mayo 1866), 
la más notable de todas las que se han dado en la América del Sur. En 
ella tomaron parte unos 70.000 combatientes. Al frente de los ejérci- 
tos se puso Mitre, encargándose del gobierno de la Argentina el vice- 
presidente D. Marcos Paz. El presidente López entregó el mando de 
las tropas al general Estigarribia, quien llevaba a sus órdenes al coro- 
nel Duarte. Dirigióse el ejército paraguayo contra el Brasil; pero te- 
nía que pasar por Corrientes (República Argentina), a lo cual se opu- 

(1) Arengas, tomo I, pág. 86. 

(2) En el Uruguay los blancos, dirigidos por Berro, eran los federales, y los colorados, man- 
dados por el general Flores, eran los unitarios. Flores, con la ayuda de Mitre, logró eJ triunfo 
sobre Berro . 



378 HISTORIA DE AMÉRICA 

so Mitre, dándose entonces comienzo a la guerra, que duró unos tres 
años. Después volvió Mitre a la presidencia. 

En las nuevas elecciones presidenciales, el coronel D. Domingo F. 
Sarmiento, hombre de muchos conocimientos en varias disciplinas y 
amigo de la paz, derrotó a Elizalde, candidato apoyado por Mitre. El 
12 de octubre de 1868 Mitre entregó el poder a Sarmiento (1). Con 
suma benevolencia ha sido considerado como un gran estadista, como 
insigne capitán, como ilustre historiador y como elocuente tribuno. 
Desconocía el derecho y fué enemigo del hombre que lo poseia en sumo 
grado; patriota a medias, pues si hubiera dado su vida cien veces por 
Buenos Aires, ni una sola gota de su sangre hubiese derramado por las 
trece restantes provincias; desinteresado, sobrio y económico para sí, 
su generosidad no tenía límites cuando de sus amigos se trataba; es- 
pléndido en todos sus asuntos, consintió que algunos de sus allegados 
se enriqueciesen a costa del Tesoro público. No negaremos, sin embar- 
go, que atendiendo a su bondadoso carácter, a su tolerancia y a su 
amor a la democracia, fué querido del pueblo, adorado por el ejército 
y saludado con júbilo por el Congreso Nacional. 

Fijóse principalmente Sarmiento en extender la cultura de las cien- 
cias en todo el país. Fué protector incansable del ejército y de la ma- 
rina. Aumentó los telégrafos y los ferrocarriles. Aunque orgulloso y 
enemigo de los españoles, como la gran mayoría del país, habremos de 
reconocer la bondad de su gobierno. Terminó victoriosamente la gue- 
rra del Paraguay (1869). Entre otras insurrecciones citaremos la de la 
provincia de Entre Ríos, motivada por el asesinato de Urqniza (11 
abril 1870). En suma, Sarmiento merece ocupar señalado lugar entre 
los políticos del Sur de América, y su nombre se recuerda con singu- 
lar complacencia entre los argentinos. 

El laborioso D. Nicolás Avellaneda sucedió a Sarmiento el 12 de 
octubre de 1874. Levantóse contra el nuevo gobierno el partido nacio- 
nalista, a cuyo frente se pusieron Mitre en Buenos Aires y Arredondo 
en Córdoba. Vencida la insurrección en los campos de La Vende (pro- 
vincia de Buenos Aires) y en Santa Rosa (provincia de Mendoza), Ave- 
llaneda pudo comenzar su administración. En Buenos Aires, capital 
de su Estado, estableció el gobierno, lo mismo que antes Mitre y Sar- 
miento. Por la cuestión de límites con el gobierno de Chile, en poco es- 
tuvo la ruptura de relaciones entre ambos países. También confió al ge- 
neral Julio A. Roca la conquista del desierto, llegando aquél, por el 



(1) Recomendamos a nuestros lectores el estudio de la Historia de Mitre, si bien debemos ma- 
nifestar que no admitan, sin meditarlos antes, algunos hechos y juicios en nuestro sentir apasio- 
nados é injustos. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 379 

norte, hasta San Rafael (provincia de Mendoza) y por el sur hasta las 
márgenes del Río Negro (provincia de Buenos Aires). Censúranle al- 
gunos historiadores su política poco humanitaria con los salvajes. 

Cuando se vio próximo el rompimiento entre Buenos Aires y los 
demás Estados, Avellaneda se retiró a Belgrano, población próxima a 
dicha capital, donde citó al Congreso. A la cabeza de las fuerzas mi- 
litares de la nación se puso el general Roca, el cual hubo de vencer 
fácilmente a los revolucionarios de Buenos Aires, mandados por el go- 
bernador Tejedor. Los vencidos quedaron al fin como vencedores, pues 
el Congreso reunido en Belgrano sancionó la ley de 21 de septiembre 
de 1880, y por ella se federalizaba la ciudad de Buenos Aires y se le 
hacía capital de la República Argentina. Hallábanse, pues, confedera- 
das las 14 provincias de la nación. 

Mereció ser elevado a la presidencia de la república el brigadier 
D. Julio A. Roca, cuya proclamación se verificó el 2 de octubre de 1880. 
Roca, ventajosamente conocido como ministro de la Guerra en el go- 
bierno de Avellaneda y protegido por D. Antonio del Viso, prestigioso 
gobernador de Córdoba, se hizo querer del pueblo y del ejército. Reco- 
mendó al Congreso la venta de tierras públicas, a fin de atraer a los 
extranjeros, consiguiendo que la emigración, en especial la española e 
italiana, diesen a la república mucha prosperidad. El hecho más digno 
de alabanza fué la construcción de un puente en Buenos Aires, dando 
con ello vida exuberante a dicha ciudad. 

El l.o de junio de 1886 fué proclamado presidente de la república 
el Dr. Miguel Juárez Celmán, concuñado de Roca, que tomó posesión 
del cargo el 12 de octubre de dicho año. La revolución, que con el nom- 
bre de Unión Cívica Nacional^ se extendió por todo el país, obligó a 
Juárez a presentar la dimisión (1890), sucediéndole, apoyado eficaz- 
mente por Roca, el vicepresidente Pellegrini, quien gobernó hasta el 
año 1892, siendo recibido con señaladas muestras de simpatía por la 
ciudad de Buenos Aires. 

El Dr. Luis Sáenz Peña (1892-1894) no supo o no pudo contener las 
maquinaciones de un partido reaccionario, viéndose obligado a entregar 
el gobierno al vicepresidente doctor José Evaristo Uriburu (1894-1898), 
que procuró organizar el ejército y adquirir nuevos elementos navales. 

Julio A. Roca fué designado para el período de 1898 a 1904 y se 
encargó del gobierno el 12 de octubre de aquel año. Dio gran incremen- 
to a las obras públicas, y terminó la cuestión de límites con Chile, 
siendo designado como arbitro Eduardo VII de Inglaterra. 

En los últimos días del año 1901 y en los comienzos de 1902, se 
creía próximo conflicto entre la Argentina y Chile, a causa del litigio 



380 HISTORIA DE AMÉRICA 

planteado por cuestión de límites desde el año 1847. Hombres de buen 
sentido, lo mismo de la Argentina que de Chile, lograron mantener la 
paz. Díjose en la Cámara chilena que u era preciso anular todas las cau- 
sas de discordia con ese pueblo hermano del que Chile había permane- 
cido distanciado con visible detrimento de su misma prosperidad, pues- 
to que las desconfianzas o los recelos impedían el desarrollo de rela- 
ciones comerciales entre ambas repúblicas. Del mismo modo, en Buenos 
Aires se impuso la razón y aun la necesidad de la concordia. Ambas 
partes, argentinos y chilenos, estuvieron conformes con la sentencia 
arbitral del Rey de Inglaterra (25 noviembre 1902). Después, la Cá- 
mara sindical de la Bolsa de Santiago, en la salutación que dirigió a la 
de Buenos Aires, le decía: tt De una y otra parte de los Andes conclu- 
yeron los gritos odiosos de guerra, y sobre las soberbias cumbres se 
extiende la hermosa rama de olivo, y en el horizonte purpúreo reapa- 
recen los recuerdos históricos de la independencia; se conmueve el con- 
tinente latino-americano, mientras la historia lo empuja vigorosamente 
para conseguir sus destinos y sus glorias, destinos y glorias de virtud 
civil.» En los últimos días de mayo y primeros de junio de 1903 se cele- 
braron suntuosas fiestas, lo mismo en Buenos Aires que en Valparaíso 
y Santiago. « Se ha ratificado la alianza — decía El País, periódico de 
Buenos Aires — entre los dos pueblos, que en adelante harán causa co- 
mún para la defensa de sus propios derechos e intereses, que son los 
derechos e intereses de la América meridional. „ 

Dos asuntos apasionaron los ánimos en la República Argentina, y 
fueron el proyecto de ley del divorcio y el fraude electoral, resolvién- 
dose ambos sin levantar protesta ninguna. 

En octubre de 1904 debía comenzar en la República Argentina 
nuevo período presidencial. El general Roca iba a cesar en sus funcio- 
nes. Con el fin de elegir prestigioso presidente, se reunió en octubre de 
1903 Convención de notables para escoger y recomendar a los electores 
la candidatura. Formaron parte déla Convención ex-presidentes y ex- 
vicepresidentes de la república, ex-ministros del Poder Ejecutivo y de 
la suprema Corte federal, ex-jueces fedérales de sección, ex-ministros 
plenipotenciarios, ex-senadores y diputados del Congreso nacional, ex- 
diputados de las Convenciones de carácter constituyente, ex-goberna- 
dores de provincia, oficiales generales del ejército y armada, arzobis- 
pos y obispos, rectores, ex -rectores, académicos y profesores de las 
Universidades nacionales, presidentes y directores de Centros, Socie- 
dades y bancos comerciales, industriales y rurales. En el manifiesto 
dirigido ai pueblo argentino manifestaron que querían atraer a todos 
los elementos representativos de la opinión del pais, con el fin de hallar 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 381 

un presidente que encarnase las aspiraciones generales, fuera garantía 
sólida del bien público y satisficiese los legítimos anhelos del progreso 
constitucional y político de la república. Querían un gobierno de to- 
dos y para todos, no de partido. El manifiesto era, además, programa 
de gobierno. El nuevo presidente debería procurar, en primer término, 
fomentar la inmigración, poblar y colonizar los extensos territorios 
aún no explotados; también debería reducir los gastos públicos, cumplir 
exacta y fielmente las leyes sobre la inversión y aplicación de los cau- 
dales del Estado, equilibrar los presupuestos, conseguir la estabilidad 
monetaria, perfeccionar el régimen aduanero y mejorar los servicios 
de la administración de justicia. De los 260 individuos que formaron la 
Convención, la mayor parte proclamaron candidato a la presidencia a 
D. Manuel Quintana. Como Quintana era el candidato oficial, o sea el 
impuesto por el general Roca, a la sazón presidente, elementos popu- 
lares se encargaron de manifestar su disgusto contra la Convención. 

El Dr. Manuel Quintana se hizo cargo de la presidencia el 12 de 
octubre de 1904, habiendo sido designado con fecha 12 de junio de 1903 
para el período de 1904 a 1910. Quintana se ganó el corazón de los ar- 
gentinos, los cuales le recuerdan con singular cariño. 

En el año 1910 mereció ocupar la presidencia D. Roque Sáenz 
Peña. Los tiempos eran difíciles y preciso será confesar que el nuevo 
presidente no estuvo a la altura de las circunstancias. 

Con razón D. Hipólito Irigoyen, jefe de los llamados radicales, le- 
vantó la bandera de la moralidad. Elegido presidente, tomó posesión el 
12 de octubre de 1916. Dícese que antes de su elección hubo de decla- 
rar: l.o Su firme propósito de renunciar el sueldo de 10.000 pesos men- 
suales y los 5.000 de gastos de etiqueta. 2.° Que dejaba la jefatura del 
partido radical, para ser sólo presidente de la república. 

Hombre de buena voluntad, generoso y demócrata, llamó a su lado 
ministros de honradez probada y de sólidas convicciones; pero tal vez 
de inteligencia no poderosa y de conocimientos no universales. Por 
ésto, seguramente, se ha enagenado las simpatías de algunos, pues en 
tiempos revueltos y confusos se necesitan políticos de talento y de cien- 
cia. No bastan sanos propósitos; es necesario que la luz del entendi- 
miento les dirija. También ha sido motivo de censura la conducta se- 
guida por el presidente con D. Marcelino Ugarte, el cual ha sido des- 
tituido del gobierno de la provincia de Buenos Aires. 

Consideremos el escudo de la República Argentina. "La Asamblea 
de 1813 creó el escudo argentino, que es de forma oval, azul en sus dos 
cuarteles superiores y blanco en los inferiores; lleva dos manos unidas 
que sostienen en una pica el gorro frigio, significando unión y libertad, 



382 HISTORIA DE AMÉRICA 

va coronado por un sol naciente y le rodean dos ramas de laurel atadas 
en su base. Bandera-. Es cuadrilonga, de tres fajas horizontales, una 
blanca con un sol radiante en el centro y dos azules del mismo ancho 
en los bordes,, (1). 

El Chaco, vasta comarca de la América meridional, se halla confi- 
nando al norte con la meseta del Matto-Grosso, al este con el río Pa- 
raguay, al sur con el río Salado y al oeste con los Andes bolivianos. 
Llaman la atención en el Chaco sus inmensos desiertos, sus sabanas y 
sus bosques inexplorados. En el centro están las Pampas, dilatadas lla- 
nuras, ya cubiertas de hierbas, ya llenas de árboles. La riqueza fores- 
tal del Chaco consiste en quebracho y otras maderas duras, algodón, 
muchas plantas para la ganadería y alguna agricultura. En particular 
las hierbas para la ganadería son mejores, o por lo menos tan buenas 
como las del Canadá, Estados Unidos del Norte, Argentina y Austra- 
lia. La capital es Villa Hayes; Puerto Casado, Puerto Sastre, Novia, 
Pedernal y otros son centros industriales y comerciales sobre la mar- 
gen derecha del río Paraguay; Fuerte Olimpo y Bahía Negra son cen- 
tros militares. En el interior del Chaco, frente a Villa Concepción, se 
halla establecida una misión inglesa (The South, Americain Missionary 
Societty), cuyo directorio reside en Londres y el obispo inspector en 
Malvinas. Las tribus principales de indios son las siguientes: pilagaes, 
guaicurus, tobas, chamacocos, guanas, sanapanas, angaites y lenguas. 

El Chaco pertenece al Paraguay. En vista de los documentos pre- 
sentados y estudiados por Mr. Hayes, presidente de los Estados Uni- 
dos, éste, como árbrito en el litigio paraguayo-argentino, ordenó en 
1878 la entrega del Chaco al Paraguay, a pesar de estar ocupado mo- 
mentáneamente por tropas extranjeras. Respecto al estado de civiliza- 
ción de los indios del Chaco se puede afirmar que existen desde las tri- 
bus bravas que viven en las márgenes del estero Patino y del río Pil- 
comayo hasta las mansas de pilagaes y lenguas que bajan a trabajar en 
los obrajes e ingenios de Formosa. Los principales ríos del Chaco son: 
Pilcomayo, Parapiti, Otuquis, Gaiván, Negro, Siete Puntas, Monte 
Lindo, Michi, Aguaray, Verde y Confuso. tt Eln 1885 el gobierno (para- 
guayo) vendió las tierras del Chaco — dividiendo éste en tres zonas, 
cada una- con diez leguas de fondo a partir del río Paraguay — y cada 
legua tiene una de frente al río por diez de fondo al interior con nume- 
ración a contar desde el Pilcomayo, que sirve para la titulación parti- 
cular y rentas del gobierno,, (2). 

El P. José Oardiel, que estuvo en el Chaco algún tiempo, expulsado 

(1) Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, tomo VT, pág. 114. 

(2) Alonso Criado, La República del Paraguay, pág. x. 



GOBIERNOS INDEPENDIENTES 383 

después de España por Carlos III, hizo desde Rávena exacta descrip- 
ción de aquel país. Dice que era muy extenso y muy secó. Si no fuese 
por los tres ríos que lo bañan, sería comparable con los arenales de la 
Libia. La carencia de agua hace que los viajes se hagan costeando al- 
gún río para no exponerse a morir da sed. En el interior del Chaco, ni 
aun en los ríos se halla una piedra, pues aquel suelo sólo es a propósito 
para formar polvo. Sírvense los indios de ciertas raíces para mitigar 
la sed. Además de la grande escasez de agua, arboleda espesa y mato- 
rrales cabrea toda la tierra, dándose el caso que si se quiere ir de una 
parte a otra, hay necesidad de emplear el machete y caminar con cui- 
dado por las muchas espinas de los árboles. Una de las plantas más 
útiles es la llamada chaguar, bastante parecida a la pita, la cual sirve 
para mantenimiento del indio, que come las hojas o pencas que forman 
el cogollo, y a la vez hace de ella sus redes y toda clase de cuerdas. 
El árbol vinal es una especie de algarrobo, cuya fruta es grata al in- 
dio; además, sus hojas, hervidas con agua, dan u ofrecen un colirio 
para los ojos. También las espinas del palo borracho, como las hojas 
del vinal, hervidas en agua, producen excelente colirio. El fruto, de 
figura de una pera, se abre cuando se halla maduro, ofreciendo blanco 
y fino algodón. A todos los citados árboles aventaja, por lo que a espi- 
nas respecta, el palo de lanza, cuyas hojas son de madera sumamente 
dura, que emplean como dardos o puntas de lanza los indígenas. La