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J^arbartí College l^ibrars. 

FftOM THE 

SALES FUND. 



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íq Harvard CoUege, iSió-iSSi. This will reqnires 
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lostrative of Spanish hístory 
and literature." 



Receivcd 3 (Oc^ . t^Ol. 



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OBRAS 



DE VÍCTOR BALAGUER 



TOMO XI DE LA COLECCIÓN 
Y TERCERO DE LA HISTORIA DE CATALUÑA 



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"í. 



71 



OBRAS DEL AUTOR 

PUBLICADAS EN ESTA COLECCIÓN. 

Poesías catalanas. {El libro del amor. — El libro de la fe. 
— El libro de la patria, — Eridanias, — Lejos de mi tierra. — Ul- 
timas poesías.) — Un tomo, que forma el I de la colección, 6 
pesetas. 

Tragedias. Original catalán y traducción castellana. 
(La muerte de Aníbal. — Coriolano. — La sombra de César. — La 
fiesta de Tibulo. — La muerte de Nerón. — Safo. — La tragedia de 
Llivia. — La última hora de Cristóbal Colón. — Los esponsales 
de la muerta. — El guante del degollado, — El conde de Foix. — 
Rayo de luna.) — Un tomo (II de la colección), 8 pesetas. 

Los Trovadores. Su historia literaria y política. — Cuatro 
tomos (III, IV, V y VI de la colección), 30 pesetas. 

Discursos académicos y memorias literarias. (Discursos 
y dictámenes leídos en las Academias y en los Juegos Florales.^' 
La corte literaria de Alfonso de Aragótu — Un ministerio de Ins- 
trucción pública. — Fundación de la Biblioteca de Villanueva y 
Geltrú. — Cartas literarias. — El poeta Cabanyes. — Ideas y apun- 
tes, etc., etc.) — Un tomo (VII de la colección), 7 pesetas 50 
céntimos. 

El Monasterio de Piedra. — Las leyendas del Mont- 
serrat. — Las cuevas de Montserrat.— Un tomo (el VIII 
d£ la colección), 7 pesetas 50 céntimos. 

Historia de Cataluña. — Primer tomo de esta obra y 
IX de la colección, 10 pesetas. 

Segundo tomo de esta obra y X de la colección, 10 pe- 
setas. 

(Esta colección es propiedad del autor,) 



V 




VÍCTOR BALAGUER 



DB LAS RbALBS ACADEMIAS BsPAfiOLA Y DB LA HISTORIA 



m^m^t0*0^0*^*^*0*0*0*^^ 



HISTORIA 



D£ 



CATALUÑA 



TOMO TERCERO 



MADRID 

IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE MANUEL TELLO 

IMPRESOR DB CÁMARA DB 8. M. 

iMbol la Cst&Iics, 23 

1886 



(.3V^ . /O. lo 




,pfi,lj'L--f-w-^iA. 



LIBRO QUINTO. 



CAPÍTULO PRIMERO. 



Dofia Petronila hace tomar á su hijo el nombre de Alfonso. — Cortes 
generales en Huesca. — El conde de Provenza gobernador de Catalu- 
ña. — Viaje de Alfonso á Agreda. — Embajada al rey de Inglaterra, — 
De uno que se fingió el emperador D. Alfonso. — D. Alfonso el Cas^ 
to es reconocido por rey. — Primeras Cortes celebradas en Zaragoza. 
— £1 conde de Provenza parte á sus Estados. — Da asilo á los geno- 
veses y firma con ellos un tratado. — Tratado de alianza entre los con- 
des de Provenza y de Tolosa. — Entrada de catalanes en Murcia. 

(EjB 1 162 k 1 165.) 

Terminada queda ya la crónica de la casa condal, 
pero no la historia de los descendientes de los Beren* 
guers, cuya linea masculina quedó subsistiendo en el tro- 
no de Aragón 9 constantemente iluminada, como por un 
sol de gloria, por el astro brillante que había regido los 
destinos de la dinastía catalana. El hijo de Ramón Be- 
renguer d Sanio, empuñando el doble cetro de Cataluña 
y de Aragón, comienza una época histórica general á to- 
dos los Estados de aquella corona. No fué menos glo* 
riosa y menos brillante que la primera, la segunda 
época que con este capítulo entramos á narrar* En aqué- 
lla vemos á nuestros ínclitos, condes llevar á cabo la 
empresa de restauración y reconquista sin más auxilios 



6 VÍCTOR BALAGUER 

que los que supieron crearse con su constancia, su vo- 
luntad y su valor; y fuertes en su derecho, en su con- 
ciencia y en su espada, arraigar en la Marca la cepa de 
donde más tarde debía brotar la dinastía española. En 
ésta veremos á los reyes-héroes de Aragón completar la 
adquisición de lo que debía pertenecerles en la Penín- 
sula, según tratados y convenios con los reyes de Cas- 
tilla, y pasar luego á tremolar sus banderas en aparta- 
das regiones y en remotos climas. Don Ramón 6 Al- 
fonso I de Cataluña y II de Aragón, fué el monarca 
destinado á inaugurar esta nueva época, y no es extra- 
ño que un cronista, al ocuparse de su nacimiento acae- 
cido en el palacio de Barcelona el 4 de Abril de 11 52, 
diga que Alfonso apareció en aquella época de crisis, 
como una estrella de unión sobre el obscuro horizonte, 
siendo brillantes y Rimados los festejos que se celebra- 
ron, y concurriendo gozosa al acto de su bautizo la no- 
bleza de uno y de otro reino, considerándose desde 
aquel momento hermanos los vasallos de los antes dis- 
tintos Estados. Debe, empero, tenerse entendido que 
«por esta feliz unión de coronas, ni Cataluña se unió 
accesoriamente á Aragón, ni Aragón á Cataluña; antes 
bien quedaron en su ser de reino y principado (zque 
principaliter unidos, gobernándose cada cual por sus 
propias leyes, como de antes, sin que el uno pasase á 
ser provincia del otro 1 . » 

Habiendo cumplido Doña Petronila la postrera dispo- 
sición de su difunto esposo, dando á éste honrosa sepul- 
tura en el monasterio de Ripoll, empuñó con ánimo 
varonil las riendas del Estado, y una de sus primeras 
disposiciones fué variar en el de Alfonso el nombre de 
Ramón que llevaba su hijo, cpara que los aragoneses 

• 

1 Domingo de Aguirre, en su obra sobre el Real palacio de Barce- 
lona, cap. I, párrafo II. 



}SL- 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB. V. CAP. I. ^ 

no le mirasen extraño,» según la expresión de un ana* 
lista. 

En seguida pasó á reunir cortes generales de arago- 
neses y catalanes en Huesca, para que en ellas se de- 
clarase lo que el principe de Aragón, su esposo, dejara 
ordenado. Asistieron á estas Cortes , según Zurita: por 
parte de Aragón, los obispos de Tarazona y Zaragoza, 
el conde de Pallars, Pelegrín de Castellzuelo, Palazin 
de Alagón, Sancho Iñiguez de Daroca , Galín Jiménez 
de Belchite, Fortún Aznárez de Tarazona, Pedro Ló- 
pez de Luesia, Marco Ferriz de Lizana, Pedro López 
de Luna, Jimeno de Urrea, Fortún de Estada, Blasco 
Maza y Arpa; y por Cataluña, el arzobispo de Tarra- 
gona, los obispos de Barcelona , Ausona, Gerona, Elna, 
Lérida y Tortosa, Ramón de Pujalt, Guillen de Cerve- 
ra, Geraldo de Jorba , Guillen de Castellvell , Ramón 
Folch vizconde de Cardona, Beltrán de Castellet, Ar- 
naldo de Llers, Guillen de Castelvell , Otón Bernardo 
de Rocafort, Ramón de Torreja y Guillen de Montpe- 
11er. Presentáronse ante estas Cortes los albaceas testa- 
mentarios del conde, ya citados, y refirieron, mediante 
juramento, la última voluntad de Ramón Berenguer el 
Santo. 

A consecuencia de esto, y previo acuerdo de las Cor- 
tes, quedó regente del reino Doña Petronila, ínterin 
llegaba la mayor edad del principe Alfonso, guardando 
para sí el gobierno de Aragón , y encargando á Ramón 
Berenguer, conde de Provenza, el de Cataluña, pruden- 
te y acertada medida que contentaba por de pronto á 
catalanes y aragoneses. 

Reñere un cronista i, sin que yo lo haya visto con- 
firmado por otro alguno, que Doña Petronila envió en- 
tonces á su hijo, niño aún, á Castilla, llegando á Agre- 

1 Feliu de la Pefia, lib. XI, cap. I. 



VÍCTOR BALAGUER 

sn donde firmaron el rey de Castilla y él un trata- 
e alianza ofensiva y defensiva contra los enemigos 
ntrambas coronas. 

ambién por aquel entonces envió Doña Petronila un 
ajador á Inglaterra. Fué el arzobispo de Tarragona 
Bernardo Tort, y llevó el encargo de participar á 
:1 rey la muerte del conde de Barcelona y su pos- 
i voluntad, coa plenos poderes para renovar y con- 
Eir la alianza que existia entre ambas coronas. Es- 
nedidas y la de la renovación, llevada á cabo con 
ha prudencia, de una tregua con Navarra por ss- 
de trece años i, prueban el tacto y cordura de 
a Petronila y de sus consejeros en las difíciles cir- 
itancias que por la minoría de Alfonso estaba atra- 
ndo el reino. 

n acontecimiento verdaderamente extraordinario 
> por aquellos tiempos á poner en Evitación el país. 
;ul6 la voz de que el rey Alfonso el Batallador no 
Í3 muerto en la batalla de Fraga, según al principio 
reyera, sino que habiendo escapado milagrosamen- 
e aquel desastre, pasó como peregrino á las aparta- 
comarcas del Asia, donde había suñido grandes 
iranios y corrido portentosas aventuras. Presentóse 
tivamente un anciano que dijo ser el verdadero AI- 
o, y el vulgo, en todas épocas añcionado á lo ma- 
Udbo y extraordinario, comenzó á seguirle y á creer- 
íl impostor nombraba á muchas personas de Ara- 
y de Castilla que habían estado en tratos con él, y 
rdaba cosas que particular y secretamente con ellas 
a pactado. Con esta farsa, que parece supo condu- 
lábilmente, llegó á ganar tanto crédito, que fueron 
:ho6 ios que, fiados en cierta semejanza, ó seducidos 
su aplomo, llegaron á creerle el verdadero empera- 

ZuriU. lib. II, cap. XX. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. I. 9 

dor Alfonso, á cuya memoria tenían grande respeto las 
gentes. Pero el impostor, creyéndose ya seguro y fian- 
do en su osadía, que tan buenos resultados le daba, se 
atrevió á presentarse en Zaragoza, donde á la sazón se 
hallaba la reina regente Doña Petronila. Esta averiguó 
la falsedad del caso, y aconsejada por los barones más 
allegados á su trono, mandó prender al que se fingía 
Rey, y después de procesado, se le ahorcó públicamen- 
te en la ciudad de Zaragoza i. 

Al año siguiente, hallándose la reina en Barcelona, 
hizo donación del reino á su hijo D. Alfonso, que había 
ya cumplido los doce años. Hízolo, á tenor de lo que 
dicen las crónicas, por consejo de los prelados y baro- 
nes, que fueron Hugo de Cervelló, arzobispo de Tarra- 
gona, los obispos de Zaragoza y Barcelona, el conde de 
Pallars, Pedro de Castellezuelo, Pedro Ortiz, Blasco 
Romeu, Jimeno de Artosello, Dodón de Alcalá, Fortún 
Maza, Guillen Ramón de Moneada y Guillen de Cas- 
tellvell. Tuvo lugar esta donación del reino á D. Al- 
fonso el 14 de Junio de 1164, comprendiendo las ciu- 
dades, villas y castillos, iglesias y monasterios y cuan- 
to perteneda á la Corona, con todo lo que se había ad- 
quirido y á su conquista perteneciese. De aquel día 
en adelante D. Alfonso, niño de doce años, se tituló 
rey de Aragón. Por lo que toca á Doña Petronila, se 
quedó en la ciudad de Barcelona, en la cual, y en el 
condado de Besalú, pasó casi lo restante de su vida. 

El conde de Provenza y los barones del reino debían 
ser para el joven monarca una especie de consejo de 
Estado. Alfonso se dirigió en seguida á Zaragoza y 
reunió Cortes, á las que asistieron con el alto clero y la 

1 Zurita, lib. II, cap. XXü.— Briz Martínez, üb. V, cap. XXVII. 
Este asunto ha prestado argumentación á varios poetas. Yo conozco dos 
dramas que se apoyan en este hecho: El crisol de la lealtad^ del duque 
de Rivas, y Odio á muerte, de D. Gregorio Amado Larrosa. 



lO VÍCTOR BALAGUER 

m 

nobleza, quince procuradores, — 6 adelantados como 
entonces se llamaban, — de Zaragoza, y otros tantos de 
Calatayud, Daroca, Huesca, Jaca, Tarazona y otras 
poblaciones. Se conjetura que el alto clero y el brazo 
real ó estado llano, votaron unánimemente para obli- 
gar á los nobles á entregar á la Corona lo que le perte- 
necía en castillos y heredades, so pena de ser declara- 
dos reos de lesa majestad, y el rey juró que lo haría 
cumplir como se le proponía i. 

Los asuntos de Provenza exigieron en esto la presen- 
cia del conde en sus estados. Entregó al joven monar- 
ca de Aragón el gobierno de Cataluña y partió á sus 
tierras. Durante la primavera de ii65 se hallaba en 
Arles, según nos lo da á conocer un hecho que relatan 
las crónicas provenzales. Genoveses y pisanos se halla- 
ban en abierta lucha y las circunstancias les habían 
hecho escojer por teatro de sus contiendas el mediodía 
de la Galia. Los genoveses, haciendo vía militar el Ró- 
dano, habían ido en busca de los pisanos , y desembar- 
cando cerca de San Gilíes, tuvieron con ellos un san- 
griento combate, siéndoles contraria la suerte. Volvie- 
ron, pues, á embarcarse en sus galeras, abandonando 
su campo á los pisanos, que lo incendiaron; subieron el 
Ródano hasta Arles, y quedáronse muy sorprendidos al 
hallarse con que, desde dicha ciudad hasta el arrabal de 
Trínquetaille, se había arrojado un puente que les impe- 
día el paso, y que estaba guardado por un cuerpo de 
tropas. El cónsul Grille, jefe de la flota genovesa , en- 
vió entonces una embajada al conde de Melgueü, es de- 
cir, á Ramón Berenguer, conde de Provenza, que to- 
maba también el título de conde de Melgueil, por ser 
hijo de Beatriz, heredera de este condado. Los emba- 
jadores llevaban el encargo de preguntarle si había él 

1 Ortiz de la Vega, Hb. VU. cap. IV. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. I. II 

mandado echar aquel puente para impedirles el tránsi- 
to^ en cuyo caso afirmativo debían d^eclararle la guerra, 
amenazándole con poner sitio á Arles. El conde no dio 
á los diputados tiempo para hablarle; previno sus deseos 
y les dijo: «Id á decir ^1 cónsul de Genova y á los ca- 
pitanes de las galeras^ que yo estaba ausente cuando se 
ha arrojado ese puente sobre el rio, y que siento mu- 
cho que haya sobrevenido este incidente. Voy á hacer 
que se derribe el puente en el acto, y los vuestros halla- 
rán en Arles un asilo seguro. Quiero honrar y servir á 
los genoveses, como lo hizo siempre mi tío el conde de 
Barcelona. » 

La hueste genovesa fué, en efecto, recibida en Arles, 
y permaneció veinte días entre esta ciudad y Trínque- 
taiUe. Durante este tiempo, los genoveses hicieron gran- 
des esfuerzos cerca del conde de Provenza para com- 
prometerle á unirse con ellos y combatir juntos á los 
písanos. Llegaron á ofrecerle una suma considerable; 
pero el conde se negó abiertamente á complacerles, 
diciéndoles que estaba unido con el conde de Tolosa, y 
que no debía ir á hacer la guerra en sus tierras. No pu- 
diendo vencer su resolución, lo único que consiguieron 
de él fué que accediese á un tratado por el cual se com- 
prometió, mediante la suma de 4.000 sueldos melga- 
ríenses, á no permitir que, durante cierto tiempo pre- 
fijado, ningún buque pisano abordase á las costas de sus 
dominios. 

Este hecho que nos cuentan las historias del Langue- 
doc y de Provenza, en las cuales he ido á buscarle, 
nos revela dos cosas: 1/ Que el conde de Provenza se 
hallaba en sus estados poco después de haber sido re- 
conocido Alfonso por rey de Aragón. Ya.* Que estaba 
en intimas y estrechas relaciones con el conde de Tolo- 
sa en Agosto de 11 65. 

No es extraño , pues , que estos dos principes, para 






Kf'í 



5>> • 



12 * VÍCTOR BALAGUBR 

aumentar más su amistad^ tuviesen una entrevista en 

Beaucaire 6 Bellcaire en el mes de Octubre siguiente, 

í¿ . y formasen juntos una liga contra el conde de Folcal- 

quier, á quien el conde de Provenza había resuelto so- 
meter, conforme al tratado que hiciera con el empera- 
dor Federico. JLos condes de Tolosa y de Provenza 
convinieron, por el mismo tratado, en ayudarse mutua 
mente contra todos, excepto el rey de Francia; partirse 
entre ellos el condado de Folcalquier, cuando lo hubie- 
sen conquistado, asi como todo lo que adquiriese el 
conde de Tolosa; y acordaron el casamiento del hijo 
mayor de este último, que sólo tenia entonces nueve 
años, con Dulce, hija única del conde de Provenza, á 
quien éste aseguró por dote la mitad de los condados de 
Folcalquier y de Melgueil, con la parte de la ciudad de 
Aviñón que pertenecía á los condes de Folcalquier. Los 
Maurínos, historiadores del Languedoc, deducen de esto 
que el conde de Provenza pretendía que la mitad del 
condado de Melgueil le pertenecía, sin embargo de vivir 
aún la condesa Beatriz, su madre, que era la heredera, 
y sospechan que esta mitad le había sido quizá cedida 
por el contrato de matrimonio entre el conde Berenguer 
Ramón, su padre, y esta condesa i. Estuvieron presen- 
tes á este tratado entre ambos condes, el arzobispo de 
Tarragona y los obispos de Vich y de Gerona. 

La unión que se formó entre el conde de Provenza y 
el de Tolosa, condujo á este último á abrazar el partido 
del anti-papa Pascual III , que había sido elegido en 
1 164, después de la muerte de Víctor. 

Respecto á lo sucedido en Cataluña y Aragón, duran- 
te este año de ii65, las crónicas sólo hablan, y muy 
imperfectamente por cierto, de haber sido muerto un 



1 Aríe de comprobar las fechas» — JÜstoria del Languedoc, — Nostra- 
damus : Historia de J^cvetua. — ^Zurita. — ^Bouche. 



IL.. 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB. V. CAP. II, I3 

capitán catalán de los más principales, y muchos caba- 
lleros con él, por los moros, en una entrada que hicie- 
ron por el reino de Murcia. Llamábase Guillermo Des- 
pugnolo, y filé la batalla el 1 5 de Octubre i. 



CAPÍTULO IL 

Shio de Niza y muerte del conde de Provenza. — El conde de Tolosa se 
apodera de la Provenza. — El rey de Aragón le declara la guerra. — 
Entra en Provenza. — Se apodera del castillo de Albarón. — Corre gra- 
ve peligro y es salvado por el señor de Baucio. — Guillermo de Mont- 
peller y otros sefiores se declaran en favor de Alfonso. — Prosigue la 
guerra entre el rey de Aragón y el conde de Tolosa. — Ventajas con- 
seguidas por el rey de Aragón. — Le reconoce Gualtero de Millars. — 
Le proclama el conde de Ródez. — Consejos del rey. — Asesinato del 
vizconde Trenca vello. — Sitio de Beziers por Alfonso. — Alfonso con- 
fia el condado de Provenza á su hermano. — Quién era el Ramón Be- 
renguer á quien cedió Alfonso la Provenza. 

(De ii66 á ii68.) 

No perdamos de vista al conde Ramón Berenguer de 
Provenza, pues que vamos á ver bien pronto al joven 
rey de Aragón complicado en sus asuntos. 

Después de su tratado con el conde de Tolosa, Ra- 
món Berenguer resolvió emprender la guerra contra el 
conde de Polcalquier, hizo sus preparativos, y hasta se 
sabe que efectuó un viaje á Rouergue. No tardó en re- 
gresar á Provenza, y abriendo la campaña, puso sitio á 
la ciudad de Niza, que estaba por el conde de Folcal- 
quier, según los benedictinos de la Historia dd Langue^ 
doc, ó que se había erigido en república, según los del 
Arte de comprobar las fecJuis. Fatal le fué este sitio al 

1 ZuriU. üb. II. cap. XXV. 



14 VÍCTOR BALAGÜER 

conde de Provenza. Habiéndose adelantado un dia de- 
masiado cerca de las murallas para presenciar los traba- 
jos, fué herido de un flechazo y quedó muerto en el acto. 

La muerte del conde tuvo lugar en 1166, en el mes 
de Marzo según unos, más adelante según otros. No 
dejó de su mujer la emperatriz Riquilda más que una 
hija de corta edad, llamada Dulce, que fué la que estaba 
prometida en matrimonio á Raimundo, hijo mayor del 
conde deTolosa, y que debía ser heredera de todos sus 
estados. La historia no ha podido aclarar todavía si el 
conde de Tolosa unió sus armas á las del conde de Pro- 
venza contra el conde de FolcaJquier, conforme estaba 
tratado y convenido, y si aquél se halló en el sitio de 
Niza. 

Lo que hay de cierto es que el conde de Tolosa, in- 
mediatamente después de la muerte de Ramón Beren- 
guer, se apoderó de la Provenza, en virtud del tratado 
firmado con éste, según el cual ya sabemos que su hijo 
debía casarse con Dulce, heredera del condado. El de 
Tolosa, para asegurar más su presa, concibió el plan, 
que acabó por llevar á cabo, de repudiar solemnemente 
á Constanza, su mujer, hermana del rey de Francia, 
para enlazarse con Riquilda, la emperatriz viuda de Al- 
fonso de Castilla, la condesa viuda de Ramón Beren- 
guer, la madre de Dulce y la sobrina del emperador 
Federico 1 . Pero con haberse apoderado de los estados 
de Provenza en virtud del tratado de Bellcaire, y con 
idear el modo de afirmarse en su posesión por medio de 
su repudio y nuevo enlace, no consiguió nada el conde 
de Tolosa. Debía hallar un terrible competidor en la 
persona del joven rey Alfonso de Aragón, conde de Bar- 
celona, que le disputó la posesión de Provenza, y que 
acabó por despojarle de ella. 

1 IBstoria del Langtudoc, tomo III, pág. I4. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. II. I5 

En Gerona se hallaba el rey. Alfonso cuando tuvo no- 
ticia de la muerte de su primo Ramón Berenguer. Reu- 
nióse inmediatamente la especie de consejo de estado 
formado de los prelados y barones que le acompañaban. 
Asistieron los obispos de Zaragoza, Barcelona y Tara- 
zona y varios nobles aragoneses y catalanes. Convinie- 
ron todos en que Alfonso tenía derecho al condado de 
Provenza, en virtud de la infeudación que el empera- 
dor Federico había hecho en 1162, tanto en favor de 
este conde como del difunto conde de Barcelona, su pa- 
dre 1. En su consecuencia, Alfonso tomó el título de 
marqués de Provenza, como su padre, y trató de hacer 
valer sus derechos apoderándose de aquellas tierras. 

Pero antes de recurrir á la guerra, apeló á la diplo- 
macia. Envió á decir al conde de Tolosa que consentía 
en el matrimonio del joven Raimundo, su hijo, con Dul- 
ce, y le hizo esperar que daría también su consenti- 
miento á su enlace con Riquilda. Sin embargo, todo 
esto era para ganar tiempo y adormecerle, ínterin hacia 
sus preparativos. Bien pronto, al frente de una nume- 
rosa hueste, pasó los Pirineos y se adelantó hacia el Ró- 
dano. Advertido de su marcha el conde de Tolosa, se 
preparó para disputarle la entrada de la Provenza. Si 
hemos de dar crédito al historiador Perreras, el conde 
salió al encuentro de Alfonso, teniendo lugar una san- 
grienta batalla, de la que se ignora quién salió vence- 
dor. Nada hay empero de positivo en esto. 

Lo que hay de verdadero, es que, á pesar de todos 
los cuidados del conde de Tolosa para impedir que Al- 
fonso penetrara en Provenza, este último se apoderó del 
castillo de Albarón, situado en la isla de Comergue, 
sobre el brazo del Ródano que está al lado del Langue- 
doc, y entró en él con Hugo arzobispo de Tarragona, Pe- 

1 Zurita, lib. n, cap. XXV. 





^-^ -Jt í "-aa -cr e. cescc ¡rr asaita. AlivtD- 

"cés ízrrola dicha de 
:-:> de Behrán de 




._»«-- . ,. **—•» y cae cac:<i>i>x montará 

dd p«b.o. Esta es la «naón de los Maminos». Los 
cronistas calalacesvaiaon^-c-.^ •. .™" • "* 

^^^I-^dose levemente del país en alas de la vk- 

AII«rA„ ^ ^^°*' '^ *«*••'«■ del castfllo de 

cliSí di. aT"" ^"' ^ "^ ^°°«> ^ I»«"tó ante la 

cío. que la mantenían por el conde de Tolosa 

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- It .Í '¿^;:!r !--/«- - carta en qne 

^«/.«.,; porír derruí ¿^-:¿^:t¿ 

Uno de los primeros se«o«s de aquellas tie„Í. q„e 

Sir pít;- ^"'^"'^«- «^- 

3 TrtUdo de lo. GW« A /».^,«„ 

4 Puede leerie en Bouche. tomo U, pág. ,.056. 



1 

2 



r 




HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. II. 1 7 

se declaró en favor de Alfonso, fué Guillermo de Nf ont- 
peller, constante amigo de la casa de Barcelona. Guí« 
UermOy no contento con facilitarle el libre paso por sus 
tierras, unióse á él y le acompañó en su expedición de 
Provenza contra el conde de Tolosa *. La mayor parte 
de los que habian sido grandes vasallos del conde de 
Provenza, abrazaron también el partido que representa- 
ba el monarca aragonés, el cual, después de haberse 
asegurado la posesión de aquel país, se tituló de él in- 
distintamente duque, marqués ó conde. Desde aquél mo- 
mento, Alfonso ya no se portó como protector de la ni- 
ña Dulce, sino como propietario de la Provenza. 

Raimundo de Tolosa, viéndose arrojado de este paiSi 
hizo cuantos esfuerzos pudo para recobrarle, y no cesó 
ni un instante en su guerra con el rey de Aragón; pero 
las diferencias que tenía al mismo tiempo con el rey de 
Inglaterra, desbarataron en parte sus planes. Tenía que 

:::'^f acudir contra dos poderosísimos enemigos á la vez, y 

esto le obligaba á largas treguas, de las que Alfonso se 
aprovechaba hábilmente para afirmarse y robustecerse 

^\ en el país. A mediados de 1167, ^^^ ^^ ^^ Tolosa una 

nueva entrada en tierras de Provenza, y si bien parece 
que, gracias á un supremo esfuerzo, consiguió algimas 
ventajas que las crónicas no particularizan, no tardó Al- 
fonso en recobrar lo perdido, y el tolosano se vio de 
nuevo arrojado de la comarca. 

£1 joven rey aragonés residía aún en Arles en Agosto 
de 1 167 2, y se ve bien claramente que él y sus conse- 
jeros se valían de la diplomacia y de la política, al mis- 
mo tiempo que de la guerra, para asegurar sus nuevas 
posesiones. Con amenazas á los unos, con halagos á los 
otros, con promesas, con haciendas, con oro y con ma- 



1 ISstífria del Ixmguedoc. 

2 ZuiiU, Ub. n, cap. XXV. 

TOMO XI 



r s 



l8 VÍCTOR BALAGÜER 

nejos diplomáticos, iban poco á poco robando al conde 
de Tolosa sus simpatías y sus alianzas. 

Gualtero de Millars fué el primero que cedió á esta 
nueva táctica del partido aragonés. Reconoció á Alfon- 
so por señor de la Provenza en Agosto de 1167, y le 
entregó el castillo y fuerza de Millars prestándole ho- 
menaje 1. 

Hugo, conde de Ródez, fué el segundo, y puede de- 
cirse que la decisión de éste inclinó el peso de la balan- 
za. Hugo do Ródez, por su alta posición, era quizá el 
que podía decidir de la suerte de la Provenza, según el 
bando á que se inclinase. Habíase decidido primero en 
favor del conde de Tolosa; pero Alfonso halló medio de 
atraerle á su partido por intervención de Hugo, obispo 
de Ródez, y de Guillermo VII, señor de Montpeller. 
Estipulóse y firmóse un tratado entre ambos 2, del 
cual se desprende que el rey de Aragón se atrajo al 
conde de Ródez y á otros señores de Rouergue que se 
hallaban en estado de favorecerle en su empresa y que 
abandonaron entonces los intereses del conde de Tolo- 
sa para abrazar los suyos; así como también que le eran 
ya adictos y aliados los señores de la casa de Baucio, 
que tan unidos habían estado antes con el conde de To- 
losa, y que éste había constantemente sostenido en sus 
guerras contra la casa de Barcelona. El tratado entre 
el rey de Aragón y el conde de Ródez está suscrito 
por Alfonso, que se titula rey de Aragón ^ conde de Bar- 
celona y dtiqiie de Provenza; por Hugo, conde de Ródez; 
por Hugo, obispo de esta ciudad, su hermano; Guillermo 
de Montpeller, el arzobispo de Tarragona, los obispos 
de Ausona, Zaragoza y Barcelona; Hugo de Baucio, su 
hermano Beltrán, etc., etc. 

1 ZuriU, lib. 11, cap. XXV.— Feliu de la Pefla. lib. XI, cap. L 

2 historia del Languedoc^ tomo III, pág. 16. 



r 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. II. I9 

Se deduce también naturalmente de este tratado, que 
Guillermo de Montpeller — cuya casa fué siempre cons- 
tante amiga y aliada de la de Barcelona, por más que las- 
timosamente haya cronistas de tan buen talento, como 
Piferrer, que crean lo contrario, — sirvió mucho en esta 
ocasión al monarca aragonés. A él, á su autoridad, á 
su mediación, á sus esfuerzos, á sus manejos, debió el 
que se declarasen en favor suyo tantos y tan altos se- 
ñores. Se ve también que el arzobispo de Tarragona, 
los obispos de Barcelona, Zaragoza, Vich y Gerona, con 
otros señores aragoneses y catalanes, formaban una es- 
pecie de consejo de Estado junto al joven monarca ara- 
gonés. 

La política, hábilmente dirigida, de este consejo, no 
se contentó con debilitar al conde de Tolosa enajenán- 
dole las simpatías de sus grandes feudatarios, sino que 
parece le suscitó un poderoso enemigo en la persona 
del conde de Saboya, el cual, por la parte del Delfinado, 
se arrojó sobre sus tierras, promoviéndole una quere- 
lla que fué larga y sangrienta i. 

También se unieron al rey de Aragón, Bernardo 
Atón, vizconde de Nimes, y Raimundo Trencavellp, 
vizconde de Beziers y de Carcasona. Este último fué 
en aquel mismo año de 1167 asesinado por sus subdi- 
tos, que se sublevaron contra él, á causa de ima con- 
tienda entre nobles y ciudadanos. Sucedióle su hijo 
Roger, que tenía á la sazón diez y ocho años, y des- 
pués de haber reconocido á Alfonso de Aragón por su 
señor, le pidió auxilio para vengar la muerte de su 
padre. 

Diósele Alfonso, quien, á principios del 1168, se en- 
caminó al frente de su ejército, hacia los estados de 
Roger. Juntóse con éste, y entrambos pusieron sitio á 

1 ISsiorianUl LanpudoCy tomo III, pág. 17. 



20 VÍCTOR BALAGUBR 

la ciudad de Beziers. Los ciudadanos se habían suble- 
vado y se mantenían ñrmes. Supieron oponer una vi- 
gorosa resistencia. £1 rey de Aragón y el vizconde Ro- 
ger, que comenzaban á desesperar de apoderarse de la 
plaza^ viéronse obligados á entrar en tratos con los ciu- 
dadanos. Según este tratado^ el vizconde les perdonó 
el asesinato de su padre, mediante ciertas condiciones 
que les impuso. Concluido esto, el rey de Aragón le- 
vantó el sitio y se retiró. 

Asegurada ya la Provenza, y llamándole los asuntos 
del reino á Cataluña y Aragón, quiso el monarca, antes 
de partir, nombrar gobernador para su nuevo estado. 
Aquí es cuando dicen Bouche y las historias del Lan- 
guedoc y de Provenza, que Alfonso, en el mes de Di- 
ciembre de 1 1 68, conñó el gobierno de Provenza á su 
hermano Ramón Berenguer, á quien dio el condado de 
este país en encomienda para gobernarle bajo sus órde- 
nes, á su servicio y bajo su fidelidad, devolviéndoselo 
siempre y cuando fuese para ello requerido. Añaden 
dichas crónicas é historias que Alfonso se reservó al 
mismo tiempo el dominio directo de los castillos de Ta- 
rascón y de Albarón y la mitad de la moneda que se 
batiese en la Provenza, con el poder y autoridad, cuan- 
do se hallase personalmente en el país, de mandar ab- 
solutamente como señar. Dióle, con las mismas condi- 
ciones, los condados de Ródez y de Gevaudán. El re- 
sultado fué que la joven condesa Dulce, verdadera y 
legítima heredera, quedó despojada de su herencia, y 
hubo de retirarse al lado de su abuela Beatriz, murien- 
do en 1 172 con su título de condesa, del cual no hizo 
ningún uso 1. 

Al llegar á este punto, ocurre una duda histórica 
que es preciso aclarar, en todo lo que sea buenamente 

1 Arte de comprobar las fechas: tratado de los condes de Provenza. 



r 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. II. 21 

posible á mis fuerzas escasas, antes de pasar adelante. 
Es un hecho indudable que el condado de Provenza fué 
dado por D. Alfonso á ese su hermano Ramón Beren- 
guer, pero ¿quién era este Ramón Berenguer, si D. Al- 
fonso no tenía. ningún hermano de este nombre? Efec- 
tivamente, el conde de Barcelona, príncipe de Aragón, 
Ramón Berenguer IV, no tuvo más que tres hijos le- 
gítimos: Alfonso, que fué rey de Aragón; Fedro, á 
quien dejó el condado de Cerdaña y el señorío de Car- 
casona, y al cual todos los cronistas, desde. Zurita hasta 
Bofarull, suponen muerto muy joven; y Sancho, á 
quien dan el título de conde de Provenza. 

Los Maurinos previeron ya que podía ocurrir esta 
duda, y la solventaron diciendo i que el Ramón Be- 
renguer, hermano de D. Alfonso, á quien éste traspasó 
el condado de Provenza, no pudo ser otro que su her- 
mano Pedro, el cual cambió su nombre por el de Ramón 
Berenguer, á ejemplo del mismo Alfonso, que tomó 
este nombre .dejando el de Ramón. A los Maurinos no 
les queda duda alguna de que fué este Pedro el Ramón 
Berenguer de Provenza, pues que en el acto de recibir 
la investidura de este condado en 1168, le ven ceder en 
cambio al rey Alfonso, su hermano, los de Cerdaña y 
Carcasona, y los otros dominios del Languedoc que el 
conde su padre había dado á Pedro. La razón me pa- 
rece que es lógica y concluyente, en buena crítica. 

Esta variación del nombre de Pedro en el de Ramón 
Berenguer, no debe por lo demás parecer extraña, y sin 
escrúpulo puede aceptarse, como ha sido aceptada por 
los Maurinos. Si hubo razones políticas que hiciesen 
mudar al rey de Aragón su nombre por el de Alfonso 
para que pudiese ser más grato y aceptable á los arago- 
neses, idénticas y aun más superioreá razones políticas 

1 Tomo III, pág. 21. 



22 VÍCTOR BALAGUER 

debió de haber en Pedro para mudar su nombre en el 
de Ramón Berenguer, que seguramente había de so- 
nar más grato á los provenzales que el de Pedro. 

Zurita y otros cronistas que le siguen^ dan por muer- 
to á Pedro en su niñez; pero por muy respetable que 
sea su opinión, no debe valer «i no está justificada. 

También le supone muerto muy joven D. Próspero 
de Bofarull i ; pero, sea dicho con todo el profundo res- 
peto que merece un hombre de su talla y de su critica, 
este punto ha quedado sin ser resuelto por el sabio cro- 
nista. ¿En qué se apoya para creer en la muerte de 
Pedro? En que tuvo lugar la sustitución á favor del 
tercer hijo Sancho, hecha por el padre común Ramón 
Berenguer IV en su testamento. Pero esta sustitución 
no tuvo lugar hasta 1181, época en que murió el Pedro- 
Ramón Berenguer, conde de Provenza. Realmente, 5^ 
veremos eü 1181, al morir el conde de Provenza, suce- 
derle en este condado su hermano Sancho. 

Si el Ramón Berenguer de Provenza, hermano de 
D, Alfonso, no es el Pedro que se supone muerto, ¿quién 
es entonces? No puede ser el Sancho, porque éste no 
fué conde de Provenza hasta 1181, ni puede ser el otro 
hermano natural del rey, que se llamaba realmente 
Ramón Berenguer, porque éste fué eclesiástico y abad 
de Monte-Aragón. O tenemos que admitir que es el 
Pedro, que mudó su nombre en el de Ramón Berenguer 
para hacerse más grato á los provenzales, ó tenemos 
que dar al conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, 
un hijo de su mismo nombre que no tuvo y que no figu- 
ra ni en su testamento ni en ninguna de las escrituras 
coetáneas. 

1 Cméis vmdkodos^ tomoll, pig. 189. 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. IH. 23 



CAPÍTULO III . 



Regresa D. Alfonso. — Tratado de paz y armonía con Castilla. — Confir- 
mación de fueros y continuación de la guerra contra moros. — Ven- 
tajas alcanzadas sobre los moros. —Sorpresa de Beziers por las tro- 
pas de Aragón y asesinato de sus habitantes. — Guerra entre Aragón 
y Castilla. — Sitio de Calahorra por los aragoneses. — Se hacen las pa- 
ces. Tratado de Sahagún. — Renuévase la guerra contra moros. — Sos- 
pechas de que Tarragona había caído otra vez en poder de moros. — 
Origen de Reus y lugares vecinos. — Contiendas entre el príncipe y 
el arzobispo de Tarragona.— Media el rey. — Asesinato del arzobispo 
Hugo de Cervelló. — Fundación de Teruel. 

(De I168 Á I171.) 

Dejando, pues, la Provenza encomendada á su herma- 
no Pedro, á quien desde este momento llamaremos Ra- 
món Berenguer, Alfonso se vino á Cataluña y pasó á 
Aragón antes de terminarse el año 1168; pero es preci- 
so dejar consignado, por lo que hemos de ver más ade- 
lante, que antes de partir de Provenza, quedó estrecha- 
mente unido con Roger el nuevo vizconde de Beziers 
y de Carcasona, quien bajo su protección y señorío, dis- 
frutó paciñcamente de los dominios que habían perte- 
necido á su padre Raimundo Trencavello 1 . 

Sin detenerse apenas en Barcelona, pasó Alfonso á 
¿Taragoza coh el ejército de Cataluña .2. Llamábale pre- 
cipitadamente un asunto de importancia, pues que á la 
sazón, por efecto de algunas hostilidades, la sana po- 
lítica aconsejaba que Aragón y Castilla viviesen en 
buena paz y concordia. Fueron y vinieron mensajes de 

1 ISstoria del Languedoc, tomo III, pág. 21. 

2 FeHu de la Pefia, lib. XI, cap. I. 



24 VÍCTOR BALAGUER 

un rey á otro, hubo embajadas de una á otra corte, y 
se consiguió la buena armonía de sacar á plaza el cas- 
tellano las injustificables pretensiones del emperador 
Alfonso respecto al vasallaje de los aragoneses i . 

Hallándose en Zaragoza, Alfonso confirmó los fueros 
y privilegios concedidos antes al clero, á la nobleza y 
á las poblaciones, y en seguida dio comienzo á la gue- 
rra con los moros; pues lleno de juvenil ardor guerrero, 
ansiaba recobrar de los enemigos de Cristo las plazas 
que aún retenían en su territorio, terminando la restau- 
ración de Aragón, como su padre, de buena y santa 
memoria, había terminado la de Cataluña. 

No habían permanecido, sin embargo, dormidais las 
armas de los catalanes y aragoneses durante la ausen- 
cia de su rey, pero á la llegada de éste, hizose la guerra 
en mayor escala. Alfonso tremoló al aire el pendón de 
las barras, y al son de sus trompas bélicas congregó á 
la flor de la caballería aragonesa y catalana. Arrojados 
los moros de la ribera occidental del Ebro, fueron en- 
tonces desalojados de las riberas del Algas y del Mata- 
rraña, se les ganaron muchos pueblos, y se acabó por 
poner cerco á la agarena Caspe, que era un lugar muy 
principal, cuya fuerza había tal vez retardado durante 
medio siglo el progreso de las armas aragonesas acan- 
tonadas en la vecina Alcañiz. Los hospitalarios, los 
templarios y algunos caballeros de Santiago sirvieron 
mucho y muy bien en esta guerra, que ocupó á las ar- 
mas del rey durante el año Ii6g. Caspe fué después 
cedida á los caballeros hospitalarios, y Alcañiz fué dada 
en encomienda á los de Calatrava 2. 

Pero mientras las armas del rey de Aragón se cubrían 
de gloria y conquistaban inmarcesibles lauros en estas 

1 Lftfuente. — Ortiz de la Vega. — Cortada. 

2 Zurita. — ^Feliu de la Pefia. — Ortiz de la Vega. — Cuadrado. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. III. 2¡ 

tierras, los muros de Beziers las vieron penetrar trai- 
doramente en su recinto para cubrirse de ignominia en 
una noche de horrores, de luto y de sangre. Ninguna 
de nuestras crónicas, que yo sepa, reñere el hecho de 
que voy á dar cuenta, pero nárranlo minuciosamente, y 
con sombríos colores, las del Languedoc y Proveaza, y 
particularmente las memorias de Beziers. Si nuestros 
cronistas, adrede 6 por olvido, lo han ocultado, no es 
bien que yo les siga en este punto; que no es cordura 
faltar á la verdad por el vano placer de disfrazar un 
hecho que puede no sernos favorable. La verdad debe 
decirse siempre en historia. Y no importa que en la 
nuestra haya algunos lunares, y se digan; yo prometo 
decir por lo menos los que encuentre, que asi han de re- 
saltar más y más los muchos nobilísimos y muy altos 
ejemplos de virtud y de patriotismo que brillan en nues- 
tros anales, y de los que guardamos un tesoro como pue- 
dan tenerlo pocas naciones. 

He aquí el hecho, tal como lo cuenta un antiguo his- 
toriador, y lo refieren , con ligeras variaciones de deta- 
lles, las crónicas del Languedoc i • 

Ya sabemos que, á consecuencia de discordias entre 
nobles y ciudadanos de Beziers, estos últimos habían 
penetrado un dia sublevados en la iglesia de Santa Mag- 
dalena, donde se hallaba el vizconde Trencavello, á 
quien asesinaron, lo propio que á algunos nobles que 
acertaban á estar con él en aquellos momentos, sin res- 
peto á la santidad del lugar y á la presencia del obispo. 
Ya sabemos también que Roger, el hijo de la victima, 
pidió apoyo al rey de Aragón, y unido con él, sitió la 
ciudad, que se resistió valerosamente , entrando enton- 
ces en tratos Roger con los sublevados, y perdonando- 

1 Guillermo Nebrija, Ub. 11, cap. U.^-^íana del Languedoc^ to- 
mo m, pág. 24. 



26 VÍCTOR BALAGUER 

les la muerte de su padre, bajo condición de volver á 
su dominio y reconocerle por su señor. Por este conve- 
nio^ las puertas de Beziers fueron abiertas á Roger; el 
rey de Aragón se retiró, y el hijo de Trencavello fué 
reconoddo como su vizconde y señor inmediato por los 
habitantes de la ciudad. 

Había ya pasado de esto un año, ó cerca de él, 
cuando uno de sus cortesanos echó cierto dia en cara á 
Roger el haber vendido la sangre de su padre á los ciu- 
dadanos de Beziers . Este pérfido recuerdo encendió en 
ira á Roger, que juró castigar á los habitantes de una 
manera estrepitosa , aun cuando ya les hubiese perdo- 
nado . Al efecto, recurrió á su protector el rey de Ara- 
gón , que le envió un cuerpo considerable de tropas, 
bajo pretexto de la guerra que tenía que sostener el vizcon- 
de contra el conde de Tolosa, quien, en efecto, acababa 
de declarársela. 

Para no despertar sospechas en los habitantes de Be- 
ziers, Roger difundió la voz de que, habiendo sabido que 
el conde de Tolosa meditaba una próxima irrupción en 
sus dominios, pidiera auxilios al rey de Aragón. Diri- 
gióse en seguida á Beziers, donde se presentó en perso- 
na á fines del 1169, y suplicó á los habitantes que alo- 
jasen á su paso á las tropas aragonesas, facilitándolas 
víveres, y recibiéndolas como amigas y auxiliares. Las 
tropas de Aragón , por su parte , para evitar toda sos- 
pecha, se dividieron en partidas, y fueron entrando su- 
cesivamente en Beziers, siendo alojadas en las casas de 
los ciudadanos, que sin el menor recelo las admi- 
tieron . 

Así que los soldados aragoneses se vieron por este 
medio dueños de la ciudad, tomaron repentinamente las 
armas, á cierta señal convenida de antemano; arrojá- 
ronse sobre los indefensos y desprevenidos ciudadanos, 
y prendieron á unos, acuchillaron á otros y ahorcaron á 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. III. 27 

los más, haciéndoles así pagar la justa pena de su crimen, 
dice con horrible candidez la crónica. Solo se dio cuar- 
tel á los judíos, que al parecer no habían manchado sus 
manos con la sangre de Trencavello, á las mujeres y á 
las jóvenes, con las que los soldados del rey de Aragón 
se casaron en seguida para repoblar la ciudad. 

Tal es el hecho, por cierto terrible y desconsolador 
en alto grado. Lo consigno con pena; y aun cuando 
veo que debe dársele crédito, pues lo admiten autores 
de nota, y hasta los Maurinos lo refieren con relación 
á una escritura privada de Beziers , es muy probable 
que esté algo exagerado en los detalles, ya que no en el 
fondo. 

A principios del 1170, las crónicas nos presentan al 
rey de Aragón ocupado en recorrer parte de sus esta- 
dos. Estuvo primero en Ribagorza, residiendo por al- 
gún tiempo en Roda, de donde pasó á Huesca y luego 
á Jaca, á cuya ciudad dice Zurita que llegó el último 
día de Abril. Parece que los empeños que hubo en cor- 
tar las desavenencias eQtre Aragón y Castilla ^ acaba- 
ron por no obtener resultado. No tardó en encenderse 
la guerra entre ambos estados, y por cierto que en 
esta ocasión la victoria se divorció de los pendones 
aragoneses. 

Entró D . Alfonso en Castilla, y fué á poner cerco á 
la ciudad de Calahorra; pero se lo hizo levantar, desas- 
trosamente para los nuestros, D. Gutierre Fernández 
de Castro, capitán castellano, de quien se dice que lle- 
gó á ganar las banderas de Aragón , las cuales fueron 
puestas á su muerte sobre su tumba, como militar 
trofeo 1. 

La guerra, parece que no continuó. Pudo la política 



1 . Zaiita, Ub» II, cap. XXVIII.— Blancas, en la vida de D. Alfon- 
so II. 









.( 



tS tíctor balaguer 

volver á recobrar su imperio, y se convino en que am- 
bos reyes, el de Aragón y de Castilla, tuviesen una en- 
trevista en Sahagún, á cayo punto acudieron entiam- 
bos con lucido cortejo. Entre los que acompañaban al 
aragonés, se cita á los obispos de Barcelona y Zarago- 
za, á Ramón de Moneada, al vizconde de Cardona Ra- 
món Poich y á Guillermo de San Martin . Con el rey 
de Castilla iba el conde Armengol de Urgel, que por lo 
visto pertenecía entonces á su bando. Concertáronse 
paces y concordia entre ambos monarcas; diéronse mu- 
tuamente en garantía algunas fortalezas, y tan amigos 
quedaron, que el castellano se vino con el aragonés á 
Zaragoza, de donde entrambos pasaron lu^o á Tara- 
zona, para recibir á Leonor, hija del rey de Inglaterra, 
destinada para esposa del de Castilla. 

Las bodas de éste se celebraron en Tarazona, siendo 
testigo D. Alfonso, y teniendo lugar grandes y extraor- 
dinarios festejos. Separáronse entrambos monarcas muy 
amigos, y en pago de la espléndida hospitalidad que dio 
el aragonés al castellano, éste le salió garante de que 
el rey moro de Murcia, que le retardaba el pago de las 
parias, le satisfaría las acostumbradas y las que le de- 
biese de los años anteriores. 

D. Alfonso movió entonces sus armas contra los 
moros, y continuó la guerra de la reconquista por la 
parte de Sierra Ibubeda, tomando las fortalezas y luga- 
res que tenían los enemigos en las márgenes de los ríos 
Guadalaviar y Alhambra i. También hizo la guerra á 
algunos moros que se habían hecho fuertes en las mon- 
tañas de Prades y de Ciurana, y aún hay quien afirma 
que un jeque enemigo, por nombre Entenza, viéndose 
reducido á la última extremidad, se dio á partido y se 
hizo cristiano, si bien Zurita opina que esto es una 

1 Feliu de la Peña, lib. XI, cap. I. 




HISTORU DE CATALUÑA.— LIB. V. CAP. III. 29 

imaginación de las muchas de que andan llenas ciertas 
historias, y refiere cómo los Entenza son una muy an- 
tigua, muy noble y muy cristiana casa de Aragón, que 
tuvo su solaren Ribagorza i. 

Por este mismo tiempo, y corriendo el año árabe de 
1170 á 1 171, los historiadores muslimes, ya que no los 
aragoneses ni los catalanes, nos dicen que Tarragona 
estaba sitiada por los cristianos. Cuándo y cómo había 
caído esta ciudad en poder de los moros, calíanlo los 
historiadores árabes, y nada de ello rezan los nuestros. 
Es otro de los puntos oscuros de nuestros anales, tanto 
más, cuanto ninguna luz nos dan los cronistas sobre los 
hechos que voy á referir, extractándolos de los árabes, 
únicos que hablan de ellos, por lo que á mi noticia ha 
ll^;ado 2. 

El rey ó emir almoravide Ebn Sad, gobernaba en la 
parte oriental de España. Pasaba lo más del tiempo en 
Valencia, y desde allí recorría sus estados y las ciuda- 
des de su señorío, que eran todas las de la costa del 
mar Mediterráneo, desde Tarragona hasta Cartagena, 
apellidada por los árabes El Halfah. Los almohades 
por un lado, y la rebeldía de algunos de sus gobernado- 
res por otro, pusieron á Ebn Sad en grave aprieto. 
Parece que entonces abandonó Valencia y se retiró á 
Tarragona. Así se desprende de la narración, bastante 
confusa y demasiado circunscrita, de las historias ára- 
bes* El hijo de Ebn Sad, llamado Abu El Hedjaj, fué 
enviado con numerosas tropas contra Valencia, que se 
había levantado en favor de los almohades, y púsola 
cerco por mar y tierra. Ocupado estaba en ello, cuando 
recibió un mensaje de su padre, ordenándole que fuera 
á socorrerle en Tarragona, donde le estaban acosando 

1 Zurita, lib. II, cap. XXX. 

2 Conde, cap. XLVIU de la parte 3.* — Romey, cap. m de la 
parte 3,* 



Va cratían '.<- Ac3.ie Abi El Hcdf ^ per éorau al frente 
de an «c/i^-jO v :::::rLíTCíSO cacrpc le cabalLeria, y acu- 
de por mar el aínirartc Ahr Bca Kasseai. Entre Tor- 
tosa y Tarragona tzrrkxoa logar Tarios encaectros coo 
roerte favorable anas vocees á les moras j otras i los 
ntiestrcs; pero el cauiiüo A!y Ben Kassem resció en el 
mar á los cristianos en horrible combate, tonió algunas 
naves y les quemo muchas con extraordinaria matanza 
de gentes. Sin embargo de esto, se desprende claramen- 
te de las relaciones árabes, que Tarragona sucumbió 
cayendo en poder de los soldados de Cristo. 

Pero ¿quién fué el héroe de los nuestros que llevó á 
cabo esta empresa? Se ignora. Ya he dicho que ni una 
palabra consagran á estos acontecimientos las crónicas 
catalanas y aragonesas. Para ellas Tarragona no volvió 
á ver tremolar en sus torres las muslímicas enseñas 
desde que fué dada á San Olegario. Y no obstante, 
aparece claro y patente este recobro de Tarragona por 
los cristianos en 1171, como también hay indicios para 
sospechar que fué nuevamente reconquistada por los 
moros en 1174 ^ 

De todos modos, si Tarragona cayó en poder de los 
moros antes del 1171, debió ser por muy corto tiempo, 
y hemos de aceptar el dato que nos dan sus mismos 
historiadores de haber sido reconquistada en dicho año 
por los cristianos. 

Tarragona y su campo proseguían siendo posesión 
del arzobispado. Ya sabemos que San Olaguer ú Olega- 
rio había dado en feudo, y con el título de príncipe, dicha 
ciudad á Roberto Aguiló, llamado también Burdet. 
Este y sus capitanes, y luego sus sucesores, fueron ex- 
tendiendo sus conquistas, y bien pudieron ser ellos los 
que perdieran y luego recobraran la ciudad. 

I Conde, cap. XLIX. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. III. 3 1 

Estas conquistas de aquellos bravos defensores y man- 
tenedores de la patria independencia, se habían ido pau- 
latinamente extendiendo por todo lo que después se lla- 
mó campo de Tarragona. La bellísima y pintoresca ve- 
ga, jardín de Cataluña, que hoy se ve al pie de los ve- 
tustos paredones de la capital romana, consistía en 
aquellos tiempos en una serie de bosques de seculares 
encinas, por entre los cuales discurrían el ciervo y el 
jabalí. Teatro de sangrientas batallas fueron estas sel- 
vas, de las que paso á paso se iban apoderando los cris- 
tianos, quienes comenzaron á poblar el sitio pintoresco 
en que hoy se alza la esforzada Reus y los terrenos y , 
lugares vecinos como Riudomps, Salou, Cambrils, Vi- 
lavert, Albiol y Constantí. 

Surgieron en esto graves desavenencias con motivo 
de la posesión de Tarragona, las cuales acabaron por 
dar un funestísimo resultado. A San Olegario había su- 
cedido el arzobispo Bernardo Tort. Éste halló medio 
de que Roberto Aguiló le hiciera cesión del derecho que 
tenia en Tarragona y renunciara el Principado, Todo 
induce á creer que esta cesión le fué arrancada á la fuer- 
za á Roberto, ya porque se hallase ó creyese hallarse 
en los últimos momentos de su vida, ya porque fuese 
amenazado. De todos modos, se suscitaron muchas y 
gravísimas contiendas entre el arzobispo Bernardo y el 
príncipe Roberto sobre nulidad de la renuncia hecha 
por éste; contiendas y altercados que luego se renova- 
ron entre el arzobispo Hugo de Cervelló, sucesor de 
Bernardo Tort, y la viuda y los hijos de Roberto. 

La familia de Aguiló ó Burdet, convencida de que 
por vía judicial nada conseguiría, trató de alcanzarlo 
por vías de hecho, para lo que, valiéndose de sus deu- 
dos y amigos, que eran muchos y poderosos, y en es- 
pecial de Guillermo de Claramunt, uno de los principa- 
les señores de la épocs^, puso gente en campaña y se 



32 VÍCTOR BALAGUER 

apoderó del castillo de Constanti^ exigiendo de los ha- 
bitantes de los contornos los tributos y gabelas que de- 
bían satisfacer al arzobispo. Viéndose éste imposibili- 
tado para defenderse contra gente tan poderosa, acu- 
dió al rey Alfonso, quien envió un severo mensaje á Gui- 
llermo de Aguiló^ hijo mayor de Roberto, disponiendo 
que tanto él como el arzobispo fueran á encontrarle en 
Tortosa^ donde se hallaba, á ñn de alegar sus derechos. 
Acudieron en efecto, y Alfonso se declaró en favor del 
arzobispo, mandando que los hijos de Roberto le rein- 
tegrasen de todos los perjuicios ocasionados. 

La cólera de la familia Aguiló llegó á su colmo con 
esta sentencia; enconáronse más los ánimos; encendióse 
el odio, y el 22 de Abril de 1171 el arzobispo Hugo mo- 
ría asesinado á puñaladas por Guillen Aguiló, el hijo de 
Roberto, á quien parece que auxiliaron sus hermanos. 
Grave escándalo movió este crimen: envió el Papa lega- 
dos al rey de Aragón; excomulgóse á los matadores, y 
se procedió contra ellos tomándoles sus bienes; pero, 
sin embargo, debe observarse que el Guillen Aguiló, 
causador de todo, se quedó con la tercera parte de la 
villa de Valls y su tierra, lo cual hace creer que se tra- 
tó de componer y arreglar el negocio, y hasta se con- 
tinuó llamando Guillen de Tarragona. Por lo que toca 
á esta ciudad, desde entonces quedó dividida la juris- 
dicción temporal entre el rey de Aragón y el arzobispo, 
habiendo conseguido éste que en 1173 se le confirmara 
la donación que Ramón Berenguer hiciera á San Ole- 
gario 1. 

Concluyó gloriosamente el año 1171, adelantando los 
aragoneses su frontera hasta las márgenes mismas del 



1 Archiespiscopologio de Blanch.— Zurita, lib. II, cap. XXXI. — 
Hernández: Tarragcna árabe (inédita).— Andrés de BoílAnill: Amales 
históricos ds Reus y Guia éU Reus, 



.• 



k 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. IV. 33 

Guadalayiar, con amenaza ya á las ricas llanuras de 
Valencia. Aquel sitio y aquella frontera se llamaron Te- 
ruel. Asi nació la famosa ciudad de más tarde. Con la 
sangre de sus bravos defensores fueron amasados sus ci- 
mientos: empuñando á un tiempo el azadón y la espa- 
da, los primeros pobladores levantaron y defendieron 
sus viviendas, haciéndose dignos de sus franquicias y 
libertades . Dice Zurita que la naciente villa fué dada 
entonces en feudo á Berenguer de Entenza, pero no 
hallo que hablen de ello las memorias de Teruel escri- 
tas por Quadrado. 



CAPITULO IV. 

Expedición á Valencia. — Vasallaje de los moros y sitio de Játiva.*** 
Guerra con Navarra. — ^Alianza de los reyes de Castilla y Aragón con- 
tra el de Navarra y el señor de Azagra. — Alfonso en Montpeller. — 
El rey de Aragón sucede en el condado de Rosellón. — Constituciones 
de paz y tregua, dadas por Alfonso al Rosellón. — Otras ]e3ws dadas 
por Alfonso. — Casamiento del rey de Aragón con Sancha de Casti- 
lla.-* Guillermo de Montpeller casa con la hija del emperador de 
Constantinopla.— Desembarco de moros en Tarragona.-— Entrevista 
con el conde de Tolosa. — Asamblea en Beaucaire y magnificencia de 
los nobles. 

(De i 172 Á 1 174.) 

Con la fortificada Teruel, cuerpo avanzado que de- 
bía mantener en continua alarma á los moros de Valen- 
cia, halló el rey la puerta abierta para introducirse en 
este reino. Ideó una expedición hasta llegar á los mu- 
ros de la ciudad gentil que se mira complacida en su 
cristal del Tuna, y decidió llevarla á cabo, de confor- 
midad con el parecer y consejo de sus más bravos ca- 
]»tanes. Supónese que eKmismo Alfonso se puso al 
frente de la hueste expedicionaria, penetrando en tie- 

TOMO XI 3 



V 



t 






> 



34 VÍCTOR BALAGÜER 

rras de Valencia, y llegando en efecto hasta las puertas 
de esta ciudad, cuyas vegas* mandó quemar y talar. 

El emir moro, viendo el grave daño que la tierra re- 
cibía, quiso alejar la expedición aragonesa ofreciéndose 
á pagar los gastos de la entrada, á doblar las parías 
que venía satisfaciendo y á prestar auxilio al aragonés 
contra los moros del reino de Murcia. Aceptó Alfonso 
las ofertas, pero, sin embargo, le vemos marchar contra 
Játiva y poner sitio á esta ciudad, de la cual quizá se 
hubiera apoderado, si apresuradamente no hubiese te- 
nido que volverse á las márgenes del alto Ebro para 
hacer frente al navarro, que, aprovechando lo fácil de la 
ocasión y rompiendo las treguas, acababa de penetrar 
en el territorio aragonés. Sabedor de ello Alfonso, ad- 
mitió las ofertas del rey de Valencia, levantó el sitio de 
Játiva, aceptó el vasallaje y tributo que por la paz le 
ofrecía el rey de Murcia, y se volvió á reparar los daños 
de su casa, para lo cual le pareció tener bastante con 
los aragoneses, despidiendo á los catalanes i . 

En seguida que hubo regresado á sus tierras, deter- 
minó D. Alfonso salir al encuentro de D. Sancho de 
Navarra; pero excusóse la batalla entre ambos monar- 
cas, porque el navarro repartió sus gentes por sus fron- 
teras. Alfonso penetró con gran poder por la parte de 
Tudela é hizo mucho daño, destruyendo algunos luga- 
res y castillos y apoderándose del fuerte de Arguedas. 

Por aquel tiempo mismo firmó Alfonso alianza con 
el castellano, no sólo para rechazar al rey de Navarra 
en 9US agresiones, sino también para hacer la guerra 
al señor de Albarracín, Pedro Ruiz de Azagra, cristia- 
no aliado con los moros y con el navarro, y muy ami- 
go de redondear sus tierras á expensa del aragonés y del 

1 fíutoria eU Aragán del Anónimo, adicionada por Foz, tomo 11, 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. IV. 35 

castellano. No falta quien asegure que de la repartición 
de los despojos del señor de Albarracín^ antes de poder- 
los ganar, pues los Ázagras se conservaron por mucho 
tiempo independientes, origináronse fuertes desavenen- 
cias, á las que debió poner término en todo caso el ca- 
samiento del aragonés con la infanta de Castilla, efec- 
tuado más adelante. De todos modos, el señor de 
Albarracin prosiguió por de pronto independiente, titu- 
lándose sólo vasallo de Santa María, y el aragonés con- 
tinuó su guerra con el navarro, que fué larga y cruel i. 

El último tercio del año 1172, debió Alfonso pasarlo 
en Montpeller, según fundadamente sospecho, aun 
cuando tampoco nos digan nada de este viaje nuestros 
cronistas, poco atentos por lo regular y poco informa- 
dos de lo que acaecía entonces á la otra parte de los 
Pirineos. 

Acababa de morir Guillermo VII, señor de Montpe- 
ller. Por su testamento instituyó heredero á su hijo Gui- 
llermo VIII, pero le puso á él, á su hermano Guy, á 
sus vasallos y á todos sus dominios, bajo la protección 
de Alfonso, rey de Aragón, su señor 2. Entonces pasó 
nuestro soberano á los estados de Montpeller, donde 
para crear embarazos á su constante enemigo el conde 
de Tolosa, se declaró protector de Beltrán Pelet, quien 
le hizo donación del condado de Melgueil. Sin embargo, 
este condado acababa de pasar á poder del conde de 
Tolosa, por medio del matrimonio del hijo de éste con 
Ermesinda de Pelet, condesa de Melgueil. 

Un nuevo pueblo vino á reclamar la atención y cui- 
dados del rey-trovador, como llaman las crónicas rose- 
Uonesas á nuestro Alfonso de Aragón. Guinardo II, 
conde del Rosellón, que no tenia hijos, hizo su testa- 

1 Zurita, lib. II, cap. XXXIL— Cuadrado: ^rtf/»».— Lafucntc. 

2 Mstoria del Lanpudúc^ tomo III, pág. 28. 



36 VÍCTOR BALAGÜBR 

mentOy fechado en 4 de las nonas de Julio de 1172, le- 
gando todos sus dominios, á saber, el condado de Ro- 
sellón y los derechos que tenia sobre los de Peralada y 
Ampurías, al rey Alfonso II de Aragón, su señor, hijo 
del conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV 1. 

Si hemos de dar crédito al cronista Bosch 2, el con- 
de Guinardo, que él llama Guirarty hallándose afectado 
por una grave dolencia, y viéndose sin hijos, convocó á 
muchos de sus vasallos y á los síndicos de las villas y 
lugares del Rosellón, á quienes pidió que deliberasen y 
eligiesen el rey y señor que debia gobernarles, muerto 
él. La asamblea, dice Bosch, se pronunció unánime- 
mente por el rey de Aragón, yel conde dictó entonces 
su testamento en conformidad con lo deliberado y re- 
suelto por sus vasallos. 

Muerto el conde Guinardo (I), Alfonso pasó inmedia- 
mente á Rosellón, y probablemente permaneció en Per- 
piñán, la capital de su nuevo condado, todo el tiempo 
que medió hasta principios del 1174, que es cuando le 
volvemos á ver presentarse en nuestras crónicas ara- 
gonesas-catalanas. Debió permanecer en el Rosellón 
durante todo el año 1173. 

A su llegada á Perpiñán, Alfonso confirmó los privi- 
legios que tenían ya los habitantes, uno de los cuales 
era el de regirse por sus leyes propias y por el derecho 
romano, y se ocupó en aumentar las fortificaciones de 
la plaza. Dueño del Rosellón, dice Henry, Alfonso 
puso toda su solicitud en purgar aquella tierra de los 
males que la infestaban. Inmediatamente después de 
haber tomado posesión, convocó en Perpiñán á los prin- 
cipales barones y señores del país y les hizo jurar la 
observancia de una ley que había mandado redactar 

1 Puede leerse este testamento en las proebas núm. Vni del to- 
mo I de la historia de Rosellón^ por Henry. 

2 TítoU y h^nors, pág. 172. 



HISTORIA DE CATALUÑA.— UB. V. CAP. IV. 37 

bajo el titulo de Constitticiones de paz y tregua, de acuer- 
do con el arzobispo de Tarragona y los obispos de Bar- 
celona y Bina. Estas Constituciones, que fueron después 
aplicadas á toda Cataluña^ dan á conocer cuáles eran 
los males á que el monarca aragonés creía deber aplicar 
pronto remedio. El primer articulo era concerniente á 
las iglesias y cementerios á cada instante profanados; 
el segundo prescribía que aquellos á quienes se hubiese 
despojado, y cuyos objetos robados se hallaran en las 
iglesias, debían dirigirse al rey ó al obispo para obtener 
justicia; el cuarto y el quinto garantizaban la seguridad 
de los clérigos, de los monjes, de las viudas, de los re- 
ligiosos, de los templarios y hospitalarios de San Juan 
de Jerusalem; el sexto ponía especialmente bajo la pro- 
tección real á todos los cultivadores con sus capitales 
de explotación. El príncipe prohibía muy en particular 
por el séptimo artículo, robar ó destruir los animales 
de cualquier especie, fuesen ó no consagrados á la agri- 
cultura, así como los instrumentos áratenos. Se conoce 
que esta disposición era quizá la más principal para el 
monarca, pues se le ve insistir en ella en los otros ar- 
tículos, encomendando que estos capitales de las gran- 
jas ó casas de labranza se hallen constantemente bajo 
el beneficio y amparo de la paz y tregua. Las vías y 
caminos públicos quedaron también colocados bajo la 
protección de la ley, y el monarca quiso que los viaje- 
ros pudiesen discurrir de allí en adelante con toda tran- 
quilidad, advirtiendo que quien osara atacarles fuese 
castigado por crimen de lesa majestad (II). 

Esta ley produjo grandes beneficios al Rosellón, 
cuyo condado, al recibir el impulso que le dio la mano 
justiciera del aragonés monarca, comenzó á florecer 
progresivamente en industria, en artes y en ciencias. 
Los roselloneses aman mucho la memoria de Alfonso II, 
y no es por cierto de extrañar, ni de loar tampoco, pues 



38 VÍCTOR BALAGUER 

con ello cumplen un deber de justicia y de gratitud para 
con un rey que fué para ellos humano, sabio, activo» 
buen padre y mejor legislador. 

Todos los años iba Alfonso á pasar algún tiempo en 
Pcrpiñán, y su presencia era siempre marcada por algún 
acto legislativo en beneficio de los habitantes. Por uno 
de estos actos, que tiene su fecha en el mismo 1173, 
dio á los acreedores el derecho de hacer poner en venta 
los bienes de sus deudores, excepto los bueyes de la* 
branza, que se consideraban como sagrados. En 1175 
confirmó por segunda vez los privilegios de la ciudad, 
añadiendo algunas nuevas disposiciones. La más im- 
portante fué que ningún perpiñanés pudiese ser juzga- 
do sino en su ciudad, y este precepto, que más tarde se 
extendió á todo el Rosellón, dio lugar al establecimien- 
to de un tribunal soberano en la provincia, cuando 
ésta pasó á estar bajo la dominación francesa ^ . Alfon- 
so dictó también varias leyes de policía urbana que 
cambiaron el aspecto de la ciudad, remedió no pocos 
males, atendió á las necesidades públicas, y acabó por 
hacerse adorar de sus subditos. 

El rey abandonó por fin á Perpiñán y r^resó á Za- 
ragoza, en donde el 18 de Enero de 1174 celebró sus 
desposorios con la infanta Doña Sancha de Castilla, á 
tenor ya de antiguos conciertos, según no poárán menos 
de recordar los lectores. Sin embargo, este matrimonio, 
aunque de tan lejos venía pactado, estuvo á punto de 
no efectuarse. El por qué y cómo, lo explica un histo- 
riador 2 diciendo que, con motivo de su guerra con Na- 
varra, nuestro D. Alfonso se había concertado con el 
rey de Castilla para repartirse entre los dos las tierras 
de Navarra, como también las de los moros, poniendo 

1 Henry. Kb. I, cap. V. 

2 Historia de Aragón por el Anónimo, adidonada por Foz, tomo 11» 
pág. 24. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB, V. CAP. IV. 39 

para la mutua segundad, varías plazas en rehenes por 
una y otra parte. 

En este número entró Ariza, que era una de las lla- 
ves de Aragón para defenderse de Castilla; pero con la 
condición de que, entregándose su castillo al castellano, 
quedase la villa por Aragón. Efectuóse asi, mas el al- 
caide castellano tuvo maña de atraerse el pueblo y ha- 
cerse suya la villa. Pidió el aragonés monarca la resti- 
tución, por ser semejante usurpación contraria á los 
tratados; pero como la prenda era tan apreciable, sen- 
tía en extremo soltarla el castellano, y daba pocas es- 
peranzas de quererlo hacer; por lo cual, dolido nues- 
tro D. Alfonso, quiso despicarse desechando á la infan- 
ta de Castilla, con quien desde su niñez tenia tratado 
el casamientp. Á este fin, envió á pedir la hija del em- 
perador de Constantinopla, Manuel Comeno I, y éste 
admitió el partido con tanta priesa, que sin esperar la 
ratificación, despachó luego á su hija Matilde i; pero al 
llegar esta princesa con su comitiva á Montpeller, re- 
cibió la noticia de que ya el rey de Aragón se había ca- 
sado con Doña Sancha de Castilla, porque habiéndole 
restituido el castellano á Ariza, cesó con el motivo la 
queja, y se convino en cumplir sus primeros empeños. 

Por lo que toca á la desairada princesa griega, no 
pasó de Montpeller. Quería desde allí volverse á su país, 
acompañada del obispo y de los dos magnates que la 
escoltaban; pero le ofreció su mano Guillermo, señor 
de Montpeller, y por fuerza más que de grado se re- 
solvió á aceptarla, según se desprende de la relación 
que hace de este suceso el rey D. Jaime en la crónica 
que escribió de su propia vida este gran monarca 2. Los 

1 Según los hiitoríadores de Languedoc, tomo IIT, pág. 38, esta 
princesa se llamaba Eudoxia. 

2 Cróaica del rey D. Jaime, traducida y anotada por los Sres. Flo- 
táis y Bofanillt cap. I. 



40 VÍCTOR BALAGUER 

acompañantes de la princesa hubieron de ceder á la 
voluntad de Guillermo de Montpeller, que amenazaba 
con no dejarles partir de la dudad si no accedían á su 
matrimonio. Dióles Guillermo el breve plazo de un dia 
para resolver, y entonces ellos, viendo que no tenían 
otro recurso, accedieron á dar á Guillermo la mano de 
la princesa, sacando el mejor partido posible de aquella 
boda, y estipulando que el hijo 6 hija que naciese de ella 
tuviese durante su vida el señorío de Montpeller. Con- 
formóse Guillermo, celebróse aquel forzado matrimonio, 
y de él nació con el tiempo una bija que se llamó Ma- 
ría, y que ñié, según veremos, la madre de nuestro gran 
D. Jaime. Á esta circunstancia especial y extraña, de- 
bió nuestro Conquistador el descender por linea materna 
de los emperadores de Constantinopla, como si todo de- 
biese ser sobrenatural y extraordinario en el hombre de 
cuya fama aun hoy mismo va lleno el mundo todo. 

El año 1 1 74 comenzó, pues, para la Corona de Ara- 
gón, con el casamiento de D. Alfonso con la infanta 
Doña Sancha, hija del emperador Alfonso de Castilla 
y de aquella Riquilda que al enviudar había casado con 
el conde de Provenza. Crrandes fiestas tuvieron lugar 
en Zaragoza á causa de este enlace, á las cuales asis- 
tieron los más renombrados señores de Aragón y Ca- 
taluña. 

Poco después de este matrimonio, es cuando debió 
tener lugar aquella furiosa embestida contra Tarrago- 
na, de que nos hablan las historias árabes, y que callan 
por cierto nuestras crónicas. Á tenor de lo que dicen 
los historiadores recopilados por Conde i, la fortuna 
favoreció tanto al emir llamado el Amuminín, que se 
vino sobre Tarragona y la conquistó, penetrando sus 
vencedoras tropas en nuestra tierra cotno espantosa tem- 

* 

1 Cap. XLIX de la 3.' parte. 



r 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. IV. 4I 

pesiad de truenos y relámpagos^ y talaron y arrasaron á 
sangre y fuego^ matando y cautivando á los nwradores^ ro" 
bando stts ganados y estragando frutos. Sin embargo, si 
hemos de dar crédito á los autores de la misma nación 
consultados por Romey i, el emir no consiguió entrar 
en Tarragona, cuya ciudad se defendió valerosamente. 
Nopudiendo, pues, rendirla, se desagravió talando cam- 
piñas, degollando á diestro y siniestro, y volviéndose á 
embarcar después de haber recogido im pingüe botín de 
cautivos y tesorps. 

Antes de terminar este año, volvió el monarca arago- 
nés á su fiel y adicta ciudad de Perpiñán, donde sabemos 
que estaba en Noviembre, gracias á una escritura que 
ñrmó y se halla en las pruebas de la Historia del Lan- 
guedoc 2. Esta escritura nos descubre también precisa- 
mente el objeto que aquella vez llevó al rey á la otra 
parte de los Pirineos, pues se lee al ñnal la siguiente 
cláusula: •Actunt est hoc apud Perpinianum, mense No- 
vembri^ anno D. I. — MCLXXIIII. cum scilicet dominm 
rtx veniens de partibus Aragonice, ad colloquium comitis 
Raimundi tendebat. § Es decir, que Alfonso había parti- 
do de Aragón para celebrar una conferencia con el conde 
Raimundo de Tolosa. Dónde tuvo lugar esta conferen- 
cia, y qué resultado dio, es lo que se ignora. Por lo que 
dicen los historiadores del Lang^edoc, puede sospechar- 
se, que la entrevista de ambos principes fué en Meuillón, 
pero no pasa de ser esto una conjetura. Más ó menos 
encendida, y apelando, ya á las armas, ya á la diploma- 
cia, la guerra entre el rey de Aragón y el conde de To- 
losa continuó hasta 1176, como veremos. 

También, aunque sin éxito, había mediado entre am- 
bos principes el rey Enrique II de Inglaterra, al objeto 

1 Cap. III de la 3.* parte de su Historia de España, 

2 Tomo III, prueba XIII, col. 124. 



42 VÍCTOR BALAGUBR 

de ponerles en paz. Para conseguirlo, provocó una gran 
asamblea en Beaucaire, antes de terminarse el año 
1174. Ni el rey de Aragón ni el conde de Tolosa asis- 
tieron por ciertas razones^ dice la crónica, de modo que 
de nada sirvió todo aquel gran aparato. Sin embargo, 
se presentaron muchos señores y caballeros de Proven- 
za y de otras provincias vecinas, atraídos por el deseo 
de desplegar su galantería y magniñcencia. El conde 
de Tolosa dio 100.000 sueldos á Raimundo de Ágout, 
señor provenzal, que al momento los distribuyó entre 
los diez mil caballeros que asistieron á la asamblea. Se 
hicieron extravagancias de lujo. Beltrán Raibaut hizo 
labrar los alrededores de su castillo y mandó sembrar 
hasta 30.000 sueldos en dineros. De Guillermo Gros de 
Martell, que llevaba 3oo caballeros en su comitiva, se 
Cuenta que hizo guisar todos los manjares en su cocina 
con niego de hachas de cera. La condesa de Urgel, en- 
vió una corona, estimada en 40.000 sueldos, que parece 
debía ser el premio destinado para el rey de los batele- 
ros, en caso de haberse efectuado las fiestas. Raimundo 
Venous quiso sobrepujar á los demás, y terminó la fiesta 
con un espectáculo que excedió á todas las extravagan- 
cias y excentricidades. Mandó traer treinta hermosos 
caballos suyos y los hizo quemar en presencia de toda la 
asamblea ^. 

Todos estos festejos y demostraciones fueron, sin em- 
bargo, inútiles. La mediación del rey de Inglaterra no 
tuvo resultado; y la guerra entre el rey de Aragón y el 
conde de Tolosa, continuó por el pronto. 

1 íñstoria del Languedoc, tomo III, pág. 37. — Arte dt comprobar 
las fechar, tratado de los condes de Provenza. 



HISTOUA DE CATALUÑA.— LIB. V. CAP. V. 43 



CAPÍTULO V. 

Conquistas de los castillos de Milagro y Legiñ.— Vuelve el rey á Pro- 
venza.— Tratado de paz entre el rey de Aragón y el conde de Tolo- 
sa. — Alfonso marcha contra Niza. — Asiste al rey de Castilla en la to> 
ma de Cuenca. — Entra en el reino de Murcia.— Proyecto de pasar á 
Mallorca. — Nueva entrada de Alfonso en el reino de Murcia. — Nue- 
va entrevista y convenio con el castellano. — Embajadas del de Ara- 
gón al de Castilla sobre pretensión de agravios. 

(De i 174 Á 1179.) 

La guerra con Navarra prosiguió, teniendo ocupado á 
nuestro monarca durante el año 1175. Consiguiéronse 
por nuestra parte algunas ventajas. Por el mes de Julio 
se tomaron el castillo y villa de Milagro, situados en 
muy alto cerro de la otra parte del Ebro, entre Cala- 
horra y Alfaro, mandándose que fueran demolidos y 
asolados, porque desde allí se hacia mucho daño á las 
fronteras de Aragón. También se tomó más adelante á 
los navarros el castillo de Legín, talándoles y destru- 
yéndoles la tierra vecina 1 . 

Dando esta guerra de Navarra alguna tregua, dejó el 
rey las plazas fronterizas con fuerte presidio, encomen- 
dó el gobierno á su esposa Doña Sancha que, según 
parece de antiguas memorias, era señora de ánimo va- 
ronil, y volvióse al Rosellón y á Provenza, donde exi- 
gían su presencia los asuntos de ambos países, y á 
donde le llamaba un juramento de venganza, ya que 
aún le faltaba vengar á su deudo el Ramón Berenguer, 
muerto al pie de los muros de Niza. 

Hallándose el aragonés en Provenza terminó sus di- 

1 ZuriU* lib. U, caps. XXXII y XXXm. 



44 VÍCTOR BALAGUBR 

ferencias con el conde de Tolosa. Ambos principes tu- 
vieron una entrevista en la isla de Gernica el i8 de 
Abril de X176, y ajustaron un tratado de paz y concor- 
dia entre ambas casas, mediando el gran maestre de los 
templarios Hugo Vifredo de Marsella ^ Según parece, 
este caballero quedó encargado de estipular y redactar 
el tratado de paz, asistido de parte del rey por Ramón 
de Moneada, Guy Guerrejat de Montpeller y Arnaldo 
de Vilademuls, y de p£trte del conde por Ermengarda» 
vizcondesa de Narbona, Ismidón de Paute y Guillermo 
de Sabrán. A juicio de estos siete arbitros, se estipuló 
lo siguiente: 

i.° Raimundo cedía á Alfonso, mediante la suma 
de 3.100 marcos de plata, todos los derechos que pre- 
tendía tener sobre los condados de Arles ó de Proven- 
za. 2.^ El rey y el conde prometían hacerse mutua jus- 
ticia sobre el vizcondado de Gevaudán, poseído por el 
primero, y sobre el condado de Melgueil y el castillo de 
Albarón, poseídos por el otro, de suerte que sus dife- 
rencias sobre estos dominios quedasen indecisas y cada 
uno en posesión de lo que tenía. 3.^ £1 rey empeñaba 
al conde el castillo de Albarón y sus dependencias, la 
isla de Camargo y algunas otras del Ródano, hasta 
haberle pagado los 3. 100 marcos de plata. 4.^ Ambos 
principes se perdonaban el daño que se habían hecho 
en la guerra y prometían vivir en adelante como bue- 
nos amigos y aliados. 

Aceptaron entrambos el juicio de los arbitros» y fir- 
maron este tratado en presencia de muchos prelados y 
nobles señores de ambas cortes. 

1 Zurita y los demás cronistas aragoneses y catalanes caen en gra- 
ves errores siempre que hablan de los sucesos de Provenza y del Rose- 
Ilón, cosa muy natural por la falta de datos y crónicas en sus tiempos. 
£1 autor sigue en todo lo que se roza con aquellas comarcas^ las cróni- 
cas é historias particulares del país, como mejor resefiadas. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. V. 45 

Concluido este asunto, el rey de Aragón, seguido de 
sus hermanos Sancho y Ramón Berenguer (Pedro), á 
quien diera el condado de Provenza para poseerle bajo 
8u autoridad, marchó en el siguiente mes de Junio con- 
tra la ciudad de Niza, á fin de vengar en sus habitan- 
tes la muerte del Ramón Berenguer, conde de Proven- 
za, su primo. Con poderoso ejército se presentó al pie 
de sus murallas, pero, aplacado al ver la sumisión que 
los habitantes le mostraron, enviándole diputados que 
intercediesen por ellos, les perdonó mediante cierta 
cantidad de dinero y el juramento de fidelidad que le 
prestaron i. 

Llevada á cabo esta empresa, regresó Alfonso á Ca- 
taluña y Aragón; y por cierto que durante su ausencia 
supo portarse como buena reina regente su esposa«Doña 
Sancha. Esta animosa señora, al frente de una escogi- 
da hueste, había entrado en el condado de Ribagorza, 
recobrando todas sus plazas y castillos. Asi lo cuentan 
antiquísimas memorias, á las que hace referencia el sa- 
bio analista de la Corona de Aragón. 

Al comienzo del año 1177, hallamos á nuestro Al- 
fonso aliado estrechamente con el rey de Castilla, el de 
León y el señor de Albarracín. Parece que juntos pusie- 
ron sitio á la ciudad de Cuenca, en cuyas torres tremo- 
laba aún el musulmán pendón, y acabaron por rendirla, 
i pesar del valor de los moros y del refuerzo que les 
envió el emir de los almohades. En las vistas que con 
este motivo tuvieron aquellos reyes, fué concertado que 
cada uno de ellos quedase libre de todo reconocimiento, 
homenaje ó feudo que mutuamente antes de entonces 
se hubiesen exigido ó reclamado, y que en adelante po- 
seyesen sus respectivos dominios con entera indepen- 



1 Arte di comprobar ios fechar, tratado de los condes de Provenza. 
Ni los cronistas del Languedoc ni los nuestros hablan de este hecho. 



46 



VÍCTOR BALAGÜBR 



dencia» sin que en contra de esto tuviese fuerza ni valor 
ningún reconocimiento antiguo. Fueron en esta jomada 
con el rey de Aragón, entre otros, el arzobispo de Ta* 
rragona Berenguer de Vilademuls, Pedro obispo de 
Zaragoza, Sancho Duerta, Fernando Ruiz de Azagra, 
Artal de Foces, Hugo de Mataplana, Ponce de Guardia 
y Guillen de Beranuy. 

Tomada Cuenca, y sin dejar que se amortigiiase el 
ardor de sus gentes, el aragonés pasó á hacer guerra á 
los moros de Murcia, llegando vencedor hasta Lorca, y 
obligando tal rey de Murcia, que era su vasallo, á que 
le asegurase el tributo de su conquista, t 

Por una circunstancia que cuentan las crónicas , se 
ve que. Alfonso quería seguir la tradición de sus ante- 
pasados, y tenia sus miras puestas en Valencia y en 
Mallorca , ganoso de llevar á cabo el proyecto tradicio- 
nal de su familia; proyecto cuya realización reservaba, 
sin embargo, el cielo, para aquél que había aún de na- 
cer, y que desde niño estaba destinado á llevar el nom- 
bre de Conquistador, 

Cuentan que hallándose Alfonso en Zaragoza un día 
del mes de Junio, se le presentó un capitán, que no de- 
claran de qué casa fuese, y se llamaba el conde Alfon- 
so, ofreciéndole venir con las galeras del rey Guillermo 
de Sicilia, para pasar contra los moros de las Baleares, 
y conquistar estas islas. Dícese que entraron en pactos 
el rey y el conde siciliano, prometiendo aquél á éste 
que, ganadas las islas, le daría la mitad de la tierra, 
según fuero y costumbre de Barcelona i . Aunque acepta- 
da la oferta y hecho el convenio, la empresa no se rea- 
lizó. Ignórase la causa que lo impidiera. 

Habíannos las historias de una nueva entrada del rey 
en tierras de Murcia. Perezosos andaban los moros en 



I Zurita, lib. II, cap. XXXVI. 



HISrORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. V. 47 

pagar el tributo y las parías, y Alfonso , puesto al fren* 
te de un escogido ejército, pasó á reclamarles el vasa- 
llaje con las armas en la mano. Hizoles tanto daño, ta- 
lando sus campos y asolando sus vegas, que, al decir de 
los autores, tuvo el murciano harto motivo de arrepen- 
tirse por su pereza en pagar el tríbuto. Alfonso llegó á 
poner sitio á Murviedro, que levantó, sin embargo^ por 
haberse hecho la avenencia. 

Sin volver á Aragón, pasó á verse con el rey de Cas- 
tilla, en Cazóla, donde ambos reyes concertaron la re- 
partición de las conquistas que uno y otro hicieran en 
tierra de moros. Quedó entonces convenido que todo el 
reino de Valencia, incluso el territorio de Játiva , y la 
ciudad y reino de Denia, pertenecían al aragonés, y que 
desde el puerto de Biar hacia el mediodía y el occiden- 
te, seria campo para las empresas del castellano. To- 
mado este acuerdo, acerca de la división de sus conquis- 
tas, renovaron las confederaciones y ligas contra moros 
y cristianos, señaladamente contra D . Sancho de Na- 
varra, que continuaba siendo enemigo de entrambos. 

A pesar de esta entrevista y de esta concordia, me^ 
diaron luego algunas disensiones entre ambos reyes por 
usurpaciones que uno á otro se echaban en cara , por 
enmienda de daños que mutuamente se pedian, y por 
quejas que se dirigían sobre la manera de continuar la 
guerra con los navarros. En esto, juntáronse Cortes en 
Huesca, entrado ya el año 1179, y acordóse en ellas 
que el rey enviase á requerir al de Castilla para que le 
devolviese el castillo de Ariza^ cuyo señorío le tenía 
usurpado , para que enmendase ciertos daños causados 
en la frontera, y para que desistiese de hacer la guerra 
al rey de León, por ser contra derecho. Los embajadores 
encargados de este mensaje fueron Berenguer, abad de 
Monte- Aragón y hermano natural del rey , el obispo de 
Lérida, y Ramón de Moneada. Hay quien dice que núes- 



48 VÍCTOR BALAGiJER 

tro Alfonso, para hacer ver que la amenaza no era va- 
na, se arrimó con su ejército á la frontera y esperó en 
Ariza la respuesta, que fué conforme á su deseo , que- 
dándole á nuestro rey la gloria de haber reparado una 
injusticia con el respeto de sus armas 1. 

Mientras tanto, las cosas y asimtos de Provenza vol- 
vían á reclamar imperiosamente la presencia del mo- 
narca aragonés. Asi es, que desde Ariza mismo, y sin 
detenerse en ningún punto del reino^ se trasladó á la 
otra parte de los Pirineos, donde le iremos á buscar para 
referir minuciosamente lo que sólo por incidencia cuen- 
tan nuestros analistas^ 



1 Zurita, lib. 11, cap. XXVIII. — ^Anónimo : reinado de Alfonso el 
Casto, 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB. V. CAP* VI, 49 



CAPÍTULO VI. 

AUanxa de varios contra el conde de Tolosa. — Homenaje del vizconde 
de Nimes al rey de Aragón. — Declaración y homenaje del vizconde 
de Beziers.— Guerra de Provenza. — Muerte del conde de Provenza. 
— Venganza que de su muerte tomó el rey de Aragón. — Sancho es 
nombrado conde de Provenza. — El rey de Aragón y la vizcondesa de 
Narbona se ligan con Enrique II, rey de Inglaterra, contra el príncipe 
su hijo. — Sitio de Limoges por el rey de Aragón y el de Inglaterra. 
— Sátiras del trovador Beltrán de Born contra el rey Alfonso. — 
Nuevas paces entre el rey de Aragón y el conde de Tolosa.— Se re- 
tira el condado de Provenza á Sancho dándole en cambio el de Ro- 
sellón. — Rompen otra vez el rey de Aragón y el conde de Tolosa. — 
Adopción del infante de Aragón Alfonso por el vizconde de Beziers. 
— ^£1 rey de Aragón hace levantar al conde de Tolosa el sitio que ha- 
bía puesto á Carcasona. 

(De i 179 Á 1 186.) 

No parece que las paces asentadas en 1176 con el 
conde de Tolosa^ hubiesen sido muy duraderas, pues 
apenas había tenido tiempo de secarse la tinta con que 
se escribió el convenio, cuando la misma Efmengarda, 
vizcondesa de Narbona, que en él había intervenido, se 
ligaba con los señores de Montpeller y los vizcondes de 
Nimes y de Carcasona para hacer la guerra al conde de 
Tolosa, poniéndose todos bajo la protección del rey de 
Aragón, que en el mero hecho de ampararles y prote- 
gerles, rompía su tratado con el tolosano i . 

Esta liga y guerra fueron conteniéndose sin estallar 
hasta 1 179. No hay duda que entonces volvió á estre- 

1 Se lee esta alianza en el tomo II de k Historia del Lonpiedoet 
prueba XXIV, col. 140. 

TOMO XI 4 



50 VÍCTOR B&LAQUBR . 

mecerse la Provenza con los aprestos de la lucha y el 
paso de los ejércitos, pero se ignoran las circunstancias 
de la guerra que el conde de Tolosa se vio obligado á 
sostener contra Alfonso de Aragón y sus aliados. Cons* 
ta sólo que este monarca y Ramón Berenguer, conde 
de Provenza, su hermano, estaban á últimos de 1179 
en Provenza. £1 segundo se hallaba en Beziers por el 
mes de Octubre, y en dicha ciudad, el vizconde Bernar- 
do Atón, le dio la ciudad de Nimes con sus dependen- 
cias, la fortaleza de las Arenas, el castillo llamado de 
la Tourmagne y otros varios, y los tomó luego de él en 
feudo, con promesa de tenerlos por los condes de Bar- 
celona y sus sucesores, prestando á dichos condes, y á 
los de Provenza, como representantes suyos, juramen- 
to de fidelidad, y haciéndoselo prestar por los habitan- 
tes de Nimes y de los citados castillos. Asistieron á este 
acto y fueron testigos Berenguer, arzobispo de Tarra- 
gona, Arnaldo y Ramón de Vilademuls, Pons de Mata^ 
plana, Guy de Sererac, y muchos otros barones de la corte 
del rey de Aragón 1 • 

Este acto de sumisión, por parte del vizconde de Ni- 
mes, no parece fuese debido á que el rey D. Alfonso le 
obligase á ello con las armas en la mano, como suponen 
Zurita y los demás autores que le siguen, sino á la liga 
formada con él y otros señores para hacer la guerra al 
conde de Tolosa. 

De Beziers, el rey de Aragón y su hermano pasaron 
á Carcasona, donde el vizconde Roger hizo el 2 de 
Noviembre de 1179^ la declaración siguiente en favor 
del primero: 

« Yo Roger, vizconde de Beziers, hijo de Saura, re- 
conozco ante vos, mi señor Alfonso, por la gracia de 
Dios rey de Aragón, conde de Barcelona y marqués de 

1 Mstoria del Languedoc, tomo III, pág. 53. 



HISTORIA DE. CATALUÑA. — LIB. V. CAP. VI. 5I 

Provenza, que, siendo aún niño, y seducido por el con- 
sejo de algunos de mis cortesanos, me declaré vasallo 
del conde de Tolosa por Carcasona y mis otros domi- 
nios, que debo tener, á ejemplo de mis predecesores, de 
vos, á quien, á más, he hecho la guerra y á quien he 
irritado por esta conducta. Reconociéndome culpable, 
os pido perdón y me pongo en vuestro poder, con pro- 
mesa de observar fielmente, de aquí en adelante, todos 
los tratados convenidos entre nuestros padres y hacer 
jurar su observancia por los habitantes de Carcasona y 
los magnates de mis dominios. Declaro asimismo que, 
si llego á morir sin hijos, Raimundo Trencavdlo, mi 
hermano, al sucederme, deberá guardar para con vos 
las mismas obligaciones, tanto por lo que toca al Car- 
eases, el Rases y el Lauraguais, como por los otros 
países que tengo en feudo; y que en caso de que el 
mismo Raimundo muera antes que yo, y yo fallezca 
sin posteridad legítima, vos y vuestros sucesores dis- 
pondréis enteramente de todos estos dominios en favor 
de aquél de mis parientes que os parezca mejor i.» 

Existen varios otros actos celebrados entre Alfonso 
de Aragón y el vizconde de Carcasona, durante la per- 
manencia del primero en esta ciudad por Noviembre de 
1179. Hay uno, en particular, por el que el vizconde 
recibe en feudo, de manos de Alfonso, todo el país de 
Carcasona, prestándole juramento y homenaje de fide- 
lidad. El rey de Aragón hace que Ramón de Vilade- 
muís, Bernardo de Alió, Dalmao de Creixel y otros dos 
nobles, se comprojnetan en su nombre con el vizconde, 
á no emprender nada contra su persona y á conservarle 
sus dominios. El rey ordena en seguida al que le suce- 
diere en el condado de Barcelona, sea varón ó hembra, 
que preste el mismo juramento al vizconde ó á sus su- 

1 Marca Hispánica, pág. 1.371. 



55t VÍCTOR BALAGUER 

cesores^ «á menos, añade, que aquél ó aquélla que me 
suceda en el condado de Barcelona sea rey ó reina de 
Aragón, en cuyo caso lo hará prestar por los barones 
de su corte i . » 

Aun cuando se ignoren circunstancias y detalles, es 
positivo que ardió en guerra la Provenza durante los 
años 1180 y ii8i. Raimundo, conde de Tolosa, por 
una parte, y Alfonso de Aragón y sus aliados, por otra, 
dirimieron en los campos de batalla sus contiendas y 
ensangrentaron los fértiles campos de aquel país. Se 
ignora á quién favoreció privilegiadamente la victoria, 
pues hay una falta completa de noticias de aquella 
época. Tanto es asi, que nuestros cronistas ni siquiera 
hacen mención de esta guerra: se contentan con decir 
que nuestro monarca pasó á Provenza á reducir con las 
armas á los vizcondes de Beziers y de Nimes que se le 
habían sublevado, lo cual no es exacto, pues vemos 
que ambos fueron sus aliados, y no sus enemigos, en 
esta campaña. De ésta no dan las crónicas del Langue- 
doc más noticia que la de haber puesto sitio Alfonso al 
castillo de Fourques, situado sobre el Ródano, á dos 
leguas de Beaucaire, que pertenecía al conde. También 
hay sospechas de que el rey de Aragón y su hermano, 
el conde de Provenza, llevaron sus armas al Rouergue. 

Esta guerra fué funesta á Ramón Berenguer. Ade- 
mar, hijo de Sicardo, señor de Murviel, que al parecer 
era del partido del tolosano, le tendió una emboscada 
en los alrededores de Montpeller, y, sorprendiéndole, le 
mató el día de Pascua, 5 de Abril de 1181, junto con 
Guy de Sererac, que le acompañaba. 

El rey de Aragón, irritado hasta el último punto con 
la muerte trágica de su hermano el conde Ramón Be- 
renguer, resolvió tomar una estrepitosa venganza. Cuan 

1 Historia del LangHtdoc, tomo III, pág. 55. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V, CAP. VI. 53 

do acaeció este suceso, se hallab?. en Montpeller con su 
otro hermano Sancho, y partió en seguida á sitiar el 
castillo de Murviel, situado en la diócesis de Beziers; lo 
tomó, lo arrasó, y pasó á cuchillo á todos sus morado- 
res. Avanzó inmediatamente por el territorio de Tolosa 
á la cabeza de sus tropas, tomó varios castillos, acam« 
pó bajo los muros de la misma Tolosa, sin que el con- 
de Raimundo osara presentarse, devastó y pasó á san- 
gre y fuego los alrededores, y se fué luego á Aquitanía 
á conferenciar con el rey de Inglaterra, su aliado i. 

Ramón Berenguer ó Pedro, como ya sabemos que se 
llamaba antes, murió sin hijos. Alfonso le sustituyó en 
el condado de Provens^a por su otro hermano D. San- 
cho, bajo los mismos pactos y condiciones que lo tenia 
el difunto. Sancho se tituló conde de Pro venza, hasta 
que más tarde le quitó el rey el condado para dárselo á 
su hijo, indemnizándole con la donación del Rosellón y 
Cerdaña. 

La entrevista que, después de su rápida y gloriosa 
campaña, tuvo nuestro Alfonso con el rey de Inglate- 
rra, se celebró en Burdeos, y sin duda fué entonces cuan- 
do se convino con él y prometió a}a]darle en la guerra 
que tenia contra su hijo. En efecto, el rey Enrique II 
estaba entonces en lucha abierta con su hijo el joven 

1 Sigo en la relación de estos sucesos á los Maurínos, acordes con 
las crónicas más principales y acreditadas de Provenza. £1 Arte di cam" 
probar las fechas dice equivocadamente que fué el castillo de Melgueil 
el que tomó y arrasó e! rey de Aragón en venganza de la muerte de su 
hermano. Zurita pretende que fué un sefior de la casa de Baucio el muer- 
to junto á Montpeller y que, por ser vasallo del rey Alfonso, éste le ven- 
gó asaltando y arrasando el castillo de MoruU. Esta versión de Zurita y 
de los otros cronistas que le siguen, no es exacta. Ya he dicho que para 
.los sucesos de la otra parte de los Pirineos, no hay que fiar en nuestros 
analistas, faltos de datos y documentos para poder apreciar los hechos. 
Hermano de D. Alfonso era el muerto y no el sefior de Baucio, y Mur- 
vielera y no Morull el castillo destruido. 



54 VÍCTOR BALAGUER 

Enrique, que, descontento de que su padre no le diese 
participación en el gobierno, se alzó contra él. El rey 
de Aragón y la vizcondesa Ermengarda de Narbona to- 
maron partido por el rey, mientras que el conde de To- 
losa lo tomó por el principe. La guerra se hizo enton- 
ces general. Alfonso de Aragón y Ermengarda de Nar- 
bona fueron á la cabeza de sus tropas á unirse con el 
rey de Inglaterra y su segundo hijo Ricardo, en Peri- 
gueux, y á últimos de Junio sitiaron el Puy ó castillo 
de San Front, principal fortaleza de la comarca. 

La guerra, con varia y encontrada suerte, fué siguien- 
do durante todo el año 1182, á últimos del cual, elLe- 
mosin se declaró por el joven príncipe Enrique, á quien 
fueron á ayudar en persona el duque de Borgoña y el 
conde de Tolosa, y á quien el rey Felipe Augusto man- 
dó un cuerpo de aventureros. El rey de Inglaterra, de- 
cidido entonces á castigar la rebelión de su hijo, se alió 
más estrechamente aún con Alfonso de Aragón. Los 
dos monarcas, el aragonés y el inglés, pusieron sitio al 
castillo de Limoges en i.^ de Marzo de ii83, donde es- 
taba encerrado el joven príncipe que quiso encargarse 
personalmente de la defensa 1. Después de varios he- 
chos de armas, el castillo fué tomado, pero como 3^ el 
príncipe había salido de él, volvió con un gran refuerzo 
de tropas para recobrarlo, sin que pudiese conseguirlo. 

Este joven príncipe no tardó en morir, victima de 
una cruel enfermedad; pero sin embargo la guerra pro- 
siguió entre los reyes de Inglaterra y de Aragón por un 
lado, y el conde de Tolosa y los aliados del difunto prín- 
cipe por otro. 

Uno de los hombres más adictos al príncipe inglés 
habia sido Beltrán de Bom, célebre trovador y famoso 
guerrero, que así pulsaba la lira como empuñaba la es- 

t Hutoria del Languedoc^ tomo III, pág. 61. 



r 



HISTORU DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. VI. 55 

pada. Vizconde de Hautefort y poderoso en la diócesis de 
Perígueuxy reuniendo cerca de mil hombres bajo su ban- 
dera feudal, fué, dice su biógrafo provenzal, buen se- 
ductor de mujeres (domnejaire), buen caballero y buen 
trovador i. Consejero y ardiente partidario del joven 
Enrique, no sólo le ayudaba con el esfuerzo poderoso 
de su brazo» sino con el de mordaces y satíricas can- 
ciones que escribía contra sus enemigos, y que llegaron 
á ser muy populares en la Provenza. Una de las vícti- 
mas de sus cantos fué el rey de Aragón, á quien diri- 
gió terribles y crueles serventesios, burlándose de él y ca- 
lumniándole, presentándole como mal caballero, como 
perjuro, como pérfido, y atacándole sobre todo por la 
conducta qne siguió con la hija del emperador Comeno. 
No seria extraño, por lo que yo sospecho á causa de 
ciertos .indicios que la mucha lectura de las obras de 
aquel tiempo me ha sugerido, que al odio político que 
Beltrán de Bom pudiese tener contra el rey de Aragón, 
se uniera también el odio producido por la rivalidad y 
los celos en amores. Es fama que Beltrán amaba apasio- 
nadamente á Matilde de Montagnac, dama de una rara 
belleza, y esposa de Talairán de Perígord, y parece que 
esta dama contaba en el número de sus adoradores al 
mismo Alfonso de Aragón. 

Este y el rey de Inglaterra, luego que el principe 
hubo muerto, fueron á sitiar al trovador y guerrero Bel- 
trán de Bom en su propio castillo de Hautefort, del que 
se apoderaron en pocos días. Beltrán, hecho prisionero, 
debió á la agudeza de su ingenio, el que se le dejase en 
libertad y se le devolviesen sus bienes; pero aun esto le 
sirvió para escribir otro cruel serventesio, que se hizo cé- 
lebre, contra el rey de Aragón, de quien decía que le 
había vendido, añadiendo que á una traición suya se 

1 Patria, col. 1.899. 



56 yfCTOR BALAGUER 

debía la toma de Hautefbrt. En esta sátira estuvo injixsr 
tisímo y calumniador con Alfonso. Le negaba el valor, 
cualidad que era innegable en el monarca aragonés; y le 
reprochaba el origen de su nacimiento, que bacía pro- 
venir de una pobre familia del castillo de Garlad, en la 
señoría de Ródez. 

Tomado el castillo de Hautefort, Alfonso se volvió á 
sus estados de Provenga ó de Rosellón, y es fama que 
por aquella misma época hizo las paces con el conde de 
Tolosa, cuando más fuerte ardía la guerra. Verdad es 
que no consta que estas paces tuviesen lugar hasta 
Ii85, y el tratado solemne, por medio del cual se con* 
vinieron, lleva la fecha de Febrero de dicho año; pero 
es tradición muy admitida, y hasta consta que se creó 
una sociedad de buenas gentes amigas de la paz, y que 
los asociados provocaron una reunión de nobles y ca- 
balleros en el santuario del Puy, el día de la Virgen 
de la Asunción de Ii83, á la cual asistieron muchos 
grandes señores y juraron la observancia de la paz. Hay 
quien^dice, que entre ellos se hallaban el rey de Aragón 
y el conde de Tolosa i. 

La critica histórica no puede oponerse á que estas pa- 
ces se efectuaran entonces, pues no consta ningún en- 
cuentro ni rompimiento de hostilidades entre ambos 
príncipes, durante el 1184. Es muy probable y muy de 
suponer que convinieran en ellas, no elevándolas á la 
solemnidad de tratado hasta Febrero de ii85. 

El aragonés y el tolosano tuvieron ima entrevista en 
la misma isla de Gemica, por lo que se sospecha, allí 
donde ya habían convenido en su primer tratado. Con- 
firmaron y renovaron el acuerdo que habían concluido 
allí mismo nueve años antes, y pactaron lo siguiente: 

I.* Respetarse mutuamente los derechos y las pre- 

1 Historia dü LanguedoCy tomo ni, pág. 65. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. VI. 57 

tensiones que tenia el rey sobre el condado de Melgueil 
y el castillo de Albarón poseídos por el conde, y los que 
di conde tenía sobre los dominios de Rouergue y de Ge- 
vaudan poseídos por el rey. 2.^ Vivir de allí en adelan- 
te en buena inteligencia, y a}a]darse mutuamente con- 
tra sus enemigos comunes. 3.^ Obligar á aquello^ de sus 
subditos que tuviesen alguna diferencia contra uno de 
los dos, á darles satisfacción. 4.^ Ajrudarse mutuamen- 
te en las pretensiones que les eran comunes, tocante á 
la ciudad de Aviñón. 5.® Exceptuar de la promesa recí- 
proca que se hicieron de ayudarse contra todos cuantos 
les atacaran, al rey de Francia, al rey de Compostela 6 
de León, y al conde de Folcalquier. 6.® Escoger por ar- 
bitros, en caso de que entre ellos se promoviese alguna 
diferencia: á Berenguer, arzobispo de Tsuragona; á Gal- 
cerán de Pins (de Pinos acaso); á Guillermo de Sabrán 
y á Raimundo Agout i . 

Pero tampoco estas paces fueron muy duraderas, y 
vamos á ver cómo bien pronto estalló un nuevo rompi- 
miento entre ambos príncipes, representantes ya cada 
uno de una especie de odio de familia ó de ra2a. 

Después de terminar la paz con el conde de Tolosa, 
el rey de Aragón permaneció algún tiempo en las orillas 
del Ródano. Se sabe por \m documento, que en el mes 
de Marzo de aquel mismo año, se hallaba en el casti- 
llo de Albarón de la villa de Camargo. Estando allí, 
retiró el condado de Provenza á su hermano Sancho, 
para dárselo á su segundo hijo Alfonso, y según los cro- 
nistas principales del Lsuiguedoc y Provenza, dio en 
cambio á Sancho los condados de Rosellón y de Cerda- 
ña, como una especie de título de honor ó de subgobier- 
no 2. Parece que entonces, el gobierno de Provenza se 

1 Marca hUpámca^ pág. 1 .378. 

2 Don Próspero de BoíaruU en sus CondiSy tomo II, pág. 190, cree 



58 VÍCTOR BALAGUBR 

confió al conde Roger Bernardo de Foix^ qne se había 
ligado con Alfonso contra el conde de Tolosa. 

Se ha dicho más arriba, que la paz entre estos dos 
príncipes no fué de larga duración. En efecto, el rey de 
Aragón pasó durante el mes de Abril á Najac de Rouer- 
gue, en donde Ricardo, duque de Aquitania é hijo del 
rey de Inglaterra, le había dado cita, y formaron una 
nueva liga contra el conde de Tolosa. Por este tratado, 
Ricardo cedió al aragonés los dominios que Roger, viz- 
conde de Beziersy Trencavello, su hermano, hablan te- 
nido de él en feudo, y se comprometió: i.^ A hacer res- 
tituir á Alfonso el castillo de Ariza, que le tenia usurpa- 
do el rey de Castilla, con algunos otros fuertes que esta- 
ban en poder del rey de Navarra. 2.° En casó de no eje- 
cutar fielmente su promesa, debía ir á constituirse en 
persona como rehén en una plaza de Alfonso, á los cua- 
renta días de exigirle éste la ejecución. 

El rey de Aragón, después de este tratado, concluyó 
otro con el mismo Roger de Beziers, que dice así: • Yo, 
Roger, vizconde de Beziers, de Carcasona, de Rasez y 
de Albi, confieso y reconozco de buena fe que vos, mi 
señor Alfonso, por la gracia de Dios rey de los arago- 
neses, conde de Barcelona y marqués de Provenza, me 
habéis defendido y protegido contra todos mis enemi- 
gos. Reconozco verdaderamente que yo hubiera sido 
despojado de todos mis dominios, si no me hubieseis so- 
corrido con vuestros vasallos. Me habéis colmado de 
bienes, lo propio que á mis subditos; me habéis soco- 
rrído á mí y á los míos; habéis hecho la guerra por mi, 
y habéis mirado mis querellas como las vuestras. Os 
soy deudor de la conservación de mi patrimonio, y por 
lo mismo doy á vuestro hijo Alfonso, ó en su defecto á 

que esto no ocurrió hasta 121 1, en tiempo de Nufio Sánchez, hijo de 
este D. Sancho, á quien su consanguíneo Pedro I hizo donación del con- 
dado de Rosellón, Cerdafia y Conflent. 



I- 

"i* 



I 



HISTORIA DE CATALUÑA»— -LIB, V. CAP. VI. 59 

cualquier otro de vuestros hijos^ que adopto yo por mío, 
todas mis tierras, ciudades, villas, burgos, castillos, 
lugares, hombres, mujeres, obispados, abadías, priora- 
tos y, en una palabra, todos mis bienes habidos y por 
haber, con condición de que este hijo heredará lo que 
tenéis en Provenza y en Milhaud, todo el condado de 
este nombre y todo lo que poseéis en el país de Ge- 
vaudán y Rouergue i.» £1 rey de Aragón por su parte 
dio en la misma escritura la tierra de Provenza y sus 
dependencias á su hijo Alfonso. Asistieron como testi- 
gos, Berenguer, arzobispo de Tarragona, y varios no- 
bles de ambas cortes. 

Bsta adopción del hijo del monarca aragonés y con- 
siguiente donación de bienes no tuvo, sin embargo, lu- 
gar, acaso porque más adelante le nació á Roger un 
hijo, que^e llamó Raimundo Roger y que entró á he- 
redar los dominios de su padre, sin que le opusiera obs- 
táculos la casa de Aragón. 

A principios del 1186 el conde de Tolosa fué con po- 
derosa hueste sobre la dudad de Carcasona y le puso 
estrecho sitio; pero acudió el rey de Aragón en auxilio 
de Roger, derrotó el ejército del tolosano y le obligó á 
levantar el cerco. Esta es la única noticia que tenemos 
de este hecho, que fué sin duda el que obligó á Ricardo 
de Aquitania, aliado del aragonés, á marchar contra el 
conde de Tolosa, atacándole á su vez. 

Desde este acontecimiento ya no vemos figurar más, 
por el pronto, á nuestro Alfonso en las cosas de Pro- 
venza. Volvió aún á tomar más tarde una parte activa 
en aquellos asuntos, y le volveremos á hallar en este 
país, pero entonces hubo de venirse á Aragón, de donde 
faltaba mucho tiempo hacía. Tranquilo pudo marchar- 



1 Se baUa en el tomo III de la Msiaria del LanguedoCt prue- 
ba XXXIX, col. 168. 



6o VÍCTOR BALAGUBR 

se de aquella comarca sin temor al conde de Tolosa, 
pues bastante le daba entonces que hacer á éste el du- 
que de Aquitania. 

Sigamos nosotros al rey Alfonso á Cataluña y Ara- 
gón, que hora es ya de que nos ocupemos de estos 
paises. - 



CAPÍTULO VIL 



Bandos en Cataluña. — Luchas con los moros. — Toma del castillo de Vi- 
llel. — ^Desembarco de moros en Ampurías. — Armen|*ol VII de Ur- 
gel.— Sirve al rey de León, que le da la villa de Alcántara y otros lu- 
gares.-— Su muerte en Requena. — Discordias entre el nuevo conde de 
Urgel y Pons de Cabrera. — Aragón cambia de política. — Aragón y 
NavaiTa se ligan contra Castilla. — Confederación de los reyes de Ara- 
gón, Navarra, León y Portugal. — Victoria de Aragón sobre Castilla. 
— Casamiento de Guillermo de Montpeller con una parienta del rey 
de Aragón. — Repudio de Eudoxia Comeno.— Sumisión del barón át 
Castellane. — Homenaje prestado por la vizcondesa de Beam. — En- 
lace de la vizcondesa de Beam con Guillermo de Moneada. — Gas- 
tón de Moneada, vizconde de Beam, presta homenaje por sus domi- 
nios al rey de Aragón, que le da vinculado el condado de Bigorra. — 
El rey confirma al conde de Urgel la donación de Lérida. 

(Db ii8o á i 192.) 

Conviene que los lectores le permitan al autor de es- 
ta obra retroceder un tanto, 3ra que, para no interrum- 
pir la ilación de los hechos acaecidos en Provenza, de- 
jó en blanco los de Aragón en los últimos años. Ha 
sido necesario consagrar un capitulo, si bien de me- 
ra narración de sucesos, á los notables acontecimien- 
tos de Provenza durante la permanencia allí de Alfonso 
de Aragón: era esto tanto más indispensable, cuanto 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB, V. CAP. VII. 6l 

sólo muy por alto y con perjudiciales errores dan cuen« 
ta de aquellas cosas nuestras crónicas. El autor ha que- 
rido reunir todo lo quCí conducente á su objeto, ha ha- 
llado en las crónicas y documentos del Languedoc y 
Provenza, pues que, á su juicio, esas excursiones de Al- 
fonso el Casto á aquellos países, esas gloriosas jornadas 
á orillas del Ródano y del Garona, esas luchas con el 
conde de Tolosa, esas alianzas con el rey de Inglaterra, 
ese dominio que tenia sobre altos barones y señores, 
dan una idea clara del grado de poder á que había ya 
llegado entonces la casa de Aragón y de la parte de 
dominio que tenía en los países de lo que hoy se llama 
Francia. 

Poco nos cuentan nuestros anales de lo que acaeció 
durante la ausencia del rey. En Cataluña, por lo que 
parece, había bandos poderosos que se hacían unos á 
otros la guerra; pero de cuyas luchas, que debieron ser 
sangrientas, sólo por incidente se habla y con referen- 
cia siempre á memorias tradicionales. Se dice que en 
una de estas jornadas de sangre murió uno de los viz- 
condes de Cardona. 

Continuó la guerra con los moros en las fronteras. 
Un núcleo de héroes reconquistadores se había estable- 
cido en Teruel y en su comarca. Cuentan las memo- 
rías de este país que, antes de que el rey partiera á 
Provenza, se le presentaron dos capitanes que se lla- 
maban Sancho Sánchez Muñoz y Blasco Garcés de 
Marcilla, apellido este último que tan famoso y célebre 
había de hacer más adelante una triste historia de amo- 
res. — i Dadnos para nos y los nuestros los fueros y li- 
bertades que nos vos demandáremos, et con la ayuda 
de Dios poblaremos una villa en esta comarca i,» ha- 
Uan dicho aquellos Valientes al rey Alfonso. Concedió- 

1 Anales de Teniel. 



62 



VÍCTOR BALAGUBR 



selo éste, y empezaron ellos á atrincherarse y abrir 
zanjas con grande trabajo, pues los moros les comba- 
tían, levantando así los cimientos con piedras y tierra 
bañadas en su sangre misma. Mientras unos ediñcaban, 
otros lidiaban, y muchos morían diariamente sobre los 
fundamentos de los adarves. Fué poco á poco creciendo 
la villa, fué poco á poco manteniéndose á raya á los mo- 
ros, y Teruel llegó á ser un admirable punto fronterizo 
de operaciones, una ciudad en la cual se congregaban 
los más decididos y valientes, para desde allí arrojarse 
al campo del moro á valerosas y temerarias empresas. 
Estas expediciones no cesaron un instante durante la 
ausencia del rey. 

Por este mismo tiempo, y en Noviembre de 1181, se 
ganó á los moros el castillo de Villel, importante for- 
taleza junto á las riberas del Guadalaviar, y se acabó 
de conquistar de enemigos todo lo que luego fué el rei- 
no de Aragón hasta los limites del de Valencia 1 . 

Pero mientras la victoria sonreía á nuestras armas 
en estos puntos, las memorias particulares de Catalu- 
ña nos hablan de un desembarco de los moros baleares 
en nuestras costas, cuyas consecuencias debieron ser 
terribles y funestísimas, particularmente para el conda- 
do de Ámpurias. Se ignora hasta qué punto el conde 
de Ámpurias, que lo era entonces Hugo III, pudo re- 
sistir á la furiosa embestida de aquellos insulares: sólo 
se sabe que cometieron grandes estragos en sus tierras, 
y que volvieron á embarcarse cargados de botín y de 
cautivos 2, 

Era por aquellos tiempos conde de Urgel Armen- 
gol VII, llamado, el de Valencia; y como ha llegado la 
época de hablar de su trágica al par que gloriosa muer- 



1 Zurite. lib. II, cap. XXXVIII. 

2 Aríe dt comprobar las fechas: tratado de los condes de Ámpurias. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. Vil, 63 

te, justo es consagrar algunas lineas á este caudillo y 
renombrado capitán^ siquier su historia pertenezca me- 
jor á los anales de Castilla. 

Desde el año 1154 estaba al frente de esa valerosa 
casa de Urgel^ cepa de batalladores héroeSi el conde 
Armengol VII. Ya le hemos visto ñgurar en algunos 
hechos. Pasó á los reinos de Castilla y de León^ y en 
las disensiones que tuvieron entre si estos reyes, se de- 
claró por el último, sirviéndole como vasallo suyo, y lle- 
gando á ser uno de sus mejores, más bravos y más afor- 
tunados capitanes. En la conquista de Extremadura, 
particularmente, le prestó señaladísimos servicios, al 
¿rente de un puñado de caballeros catalanes, algunos 
de cuyos nombres afortunadamente han llegado hasta 
nosotros, y eran: Arnaldo de Ponte (quizá de Pons), 
Berenguer Amal, Arnaldo de Sanahuja, Beltrán de 
Tarascum, Pedro de Belvís, Bernardo de Media y Ra- 
món de Villalta 1 . En recompensa de sus servicios, el 
rey de León dio á Armengol la villa de Alcántara en 1167, 
y también más adelante los lugares de Almenarilla y 
Santa Cruz, con todos sus términos y derechos, sin re- 
tención alguna, según es de ver por el privilegio que le 
otorgó, y copia en su crónica Diego de Monfar 2. 

Ignoradas son muchas de las circunstancias de su 
yida, y á xiuras penas, y con no poco trabajo, pudo po- 
ner algunas en claro el celoso cronista de aquella casa. 
Hasta el hecho mismo de su muerte permanece aún ve- 
lado por cierta oscuridad y misterio, pues de distintos 
modos lo cuentan los autores. Las memorias particula- 
res de Valencia refieren que este reino gozaba entonces 
de paz, gracias á una tregua de doce años conseguida 
por el emir, tregua, añaden, que sólo fué rota por la 
atrevida cuanto fatal^xpedición del conde de Urgel. 

1 Crónica de Alcántara^ citada por Monfar. cap. Lili. 
^ iHstaria de los condes de Ur^el, tomo I, pág. 39B. 



64 



VÍCTOR BALAGUER 



El reino de Valencia, poblado en extremo, ofrecía en 
todas las numerosas cumbres de los montes que lo atra- 
viesan en varias direcciones, diferentes castillos que pre- 
sentaban cuando menos un punto seguro á los moros en 
sus algaradas contra los cristianos. Penetrar, pues, por 
estos valles tortuosos, ásperos y quebrados con ima fuer- 
za reducida, era una temeridad que sólo se podía perdo- 
nar al ardor caballeresco de aquellos siglos, en que el pe- 
ligro ofrecía altares reservados para el más valiente. 
Armengol, sin calcular el resultado de su empresa, se 
empeñó también en una aventura que, si hacía honor á 
su denuedo, no por eso dejaba de ser una falta de conoci- 
miento del país. Al frente de algunos caballeros, entre los 
que se distinguía Galcerán Salas, su hermano, paladin 
esforzado, penetró en el reino de Valencia, hasta apro- 
ximarse á Requena; pero, á la vista ya de esta pobla- 
ción, le salieron los africanos al encuentro, y después de 
una corta resistencia fué batido y muerto el conde, pu- 
diendo apenas salvarse de esta funesta derrota algunos 
de los suyos i • 

Así lo cuenta un estimable autor moderno, con refe- 
rencia á memorias antiguas del reino; pero Beuter 2 y 
otros afirman que la expedición del conde Armengol fué 
pacifica, y que su misión se reducía únicamente á res- 
catar á los numerosos cristianos que los moros retenían 
cautivos en Valencia; y por consiguiente, atribuyen la 
muerte del conde y de los suyos á la animosidad de al- 
gunos caballeros castellanos refugiados en Valencia, los 
cuales se vengaron en Armengol y sus buenos compa- 
ñeros de la parte que éstos habían tomado en la guerra 
del rey de León contra el de Castilla. Á esta última 
opinión parecen inclinarse Monfar y Zurita 3. 

1 Vicente Boix: Historia de Valencia, tomo I, pág. lio. 

2 Lib. II, cap. XIX de su crónica. 

3 Monfar, tomo I, pág. 415.— Zurita, lib. II, cap. XL. 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB, V, CAP. Vil. 65 

Sucedió á Armengol VII, á quien se llamó el de Valen' 
da por su muerte en este reino, su hijo Armengol VIII, 
quien al principio anduvo en luchas y contiendas con 
Ponce de Cabrera, su cuñado, según Monfar. También 
estas discordias se hallan todavía bajo un tupido velo, 
que aún no le ha sido dado á la historia levantar por 
completo. Se dice que Ponce de Cabrera estaba preso 
en Castilla y que fué muy protegido de nuestro Alfonso 
de Aragón, quien, al regresar de Provenza, prometió á 
Pons 6 Ponce valerle contra el conde de Urgel y darle 
favor y ayuda. 

Es de advertir ahora que desde el momento que Al- 
fonso hubo regresado á Aragón, se le ve claramente 
mudar de politica, con respecto á la dirección de los 
negocios públicos en España. Desde la muerte del Ba- 
tallador, los reinos de Aragón y de Navarra se mante- 
nían en un estado casi continuo de lucha, sólo inte- 
rrumpido por algunas treguas. Esta circunstancia ha- 
bía redundado en provecho del castellano, que, como 
han dicho dos autores contemporáneos i, obtenía á su 
placer alianzas y ayuda de aquellos dos reyes, con sólo 
inclinar sus sonrisas á una ó á otra parte. Generalmen- 
te, Castilla estuvo al lado del aragonés, mientras li- 
dió por recobrar las plazas de Briviesca, Logroño, Na- 
varrete, y las tierras y lugares que van hasta Montes 
de Oca; pero conseguido su objeto, ya pensó solamen- 
te en conservar lo adquirido, y de ninguna manera en 
continuar la lucha, conforme á los tratos hechos con 
los aragoneses. La sin razón de Castilla y su conduc- 
ta egoísta , fueron causa de que nuestro Alfonso y sus 
consejeros comprendiesen que era mala política el ir 
unidos al castellano, quien cuidaba sólo de sus inte- 
reses y de la desunión de los demás, con el intento de 

1 Lafaente y Ortiz de la Vega. 

TOMO XI *> 



66 



VÍCTOR BALAGUER 



hacerse cada día más poderoso y cada vez más fuerte* 

Aragoneses y navarros se «convencieron, por fin, de 
que con sus disensiones no habían hecho más que dar 
pujanza al castellano, y ambos reyes, Alfonso de Ara- 
gón y Sancho de Navarra, vinieron á un acomodamien- 
to, avistándose en Borja por Setiembre de 1189, según 
unos, y 90, según otros, y se confederaron contra el de 
Castilla, dándose mutuos rehenes y garantías. 

Lanzada por semejante camino la política aragonesa, 
no se contentó ya sólo con esto : aspiró á formar una 
verdadera liga de reyes contra Castilla. Consiguiólo al 
año siguiente , en que se confederaron los monarcas de 
Aragón, de Navarra, de León y de Portugal, dándo- 
se por aliados, y conviniendo en no hacer paz ni tregua, 
sino de voluntad y consentimiento de todos. 

Cuenta Zurita que á estas entrevistas se siguió una 
entrada de los aragoneses en tierra de Castilla, con gran- 
de estrago de los lugares de sus fronteras; una arreme- 
tida del castellano y cabalgada en los dominios del ara- 
gonés, y por último, una batalla en que nuestro Alfonso 
consiguió una espléndida victoria, derrotando á los cas- 
tellanos, haciéndoles 4.000 prisioneros, y cargando con 
infinidad de despojos 1. 

La política de D. Alfonso , aunque ocupada en dar 
este nuevo impulso á los negocios ibéricos, impulso su- 
mamente beneficioso para el Aragón, no perdía de vis- 
ta los estados de Rosellón y Provenza, y los intereses 
de la nación en aquella comarca con relación á la mis- 
ma y á sus estados circunvecino^. 

Uno de los resortes de su política le obligó á mediar 
en el segundo matrimonio de Guillermo de Montpeller. 
Este señor repudió en 11 89 á su mujer Eudoxia Come- 
no, para casarse con Inés, próxima parienta del rey de 



1 Zurita, lib. II, cap. XLIV. 



r 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. VII. 6j 

Aragón. Se supone que éste , protector de Guillermo, 
fué quien le aconsejó que repudiara á Eudoxia, propo- 
niéndole casarse con esa Inés . de familia desconocida 
para la historia, pero que se sabe era paríenta de Alfon- 
so y educada en su palacio i. 

No puede caber duda de este parentesco, si es autén- 
tico, como no dudo, cierto documento del que se me 
facilitó copia, hallándome en la ciudad de Montpeller, 
á donde fui á recoger datos para esta obra, y que 
dice así : 

«Ego Ildefonsus, rex Aragonensis, comes Barchino- 
nae, marchio Provintiae, dono tibi Guill. Mont. domino, 
ct uxore tuae Agneti consaguince mece, ninicuique ex vo- 
bis, in omni vita vestra, totum illum honorem de Pra- 
tis,.scilicet castrum meum, et villas, et mansos, et 
térras, et vincas et sicut melius habeo et habere de- 
beo per vocem genitorum meorum in parrochia S. S. 
Justinae et Rufinae, ut post mortem vestram ego et 
mei possimus recuperare, etc. — Mense April, anno 
MCLXXXVII. — Ildefonsus Dei gratiae rey Aragonum. 
— Berengarius Tarraconensis archiepiscopus. — Beren- 
garius Ilerdonensis episcopus. t 

Por esta donación del dominio del Prat , hecha por 
Alfonso á entrambos consortes , se ve que Inés era pa- 
ríenta suya, y acaso esta donación fué como una espe- 
cie de dote del rey para Inés. Por lo que toca á Eudoxia 
Comeno, victima de la política aragonesa, y á quien 
quedaba de su matrimonio con el señor de Montpeller 
una hija llamada María, trató primero de resistir; pero 
ni ella ni sus valedores podían luchar con el poder del 
rey de Aragón. Eudoxia, que ya sabemos había venido 
á estas tierras para casarse con Alfonso, se vio sacriñ- 

1 Inés era uca dama de Castilla, al decir de D. Jaime el Conquista-' 
d&r en su crónica, cap. III. £sto« sin embargo , no excluye la idea del 
parentesco. 



68 



VÍCTOR BALAGUER 



cada á la politica de éste^ despreciada por la infanta de 
Castilla, y obligada á dar su mano á Guillermo de Moni* 
peller. No contento con esto el rey de Aragón » que ha- 
bía de ser su esposo , y que pareció convertirse en su 
perseguidor, la hizo repudiar por el marido con quien 
se viera forzada á enlazarse. ¡Extraño destino el de esta 
noble señora! Víctima de la casa aragonesa , ella fué^ 
sin embargo, la que engendró á la madre de aquel rey- 
héroe que debía llevar al más alto esplendor esa misma 
monarquía, perseguidora de su familia materna. AI 
verse repudiada Eudoxia, no tanto de seguro por incli- 
nación á su marido f como por amor á su tierna hija 
María, se amparó del obispo de Magalona, quien tomó 
á pecho su defensa y excomulgó á Guillermo de Mont- 
peller; excomunión que luego ratificó el arzobispo de 
Narbona. Sin embargo, el rey de Aragón, á quien in- 
teresaba mucho por lo visto el nuevo matrimonio del 
señor de Montpeller, acudió al Papa, y consiguió que 
se levantara el anatema. Eudoxia entonces se retiró á 
un monasterio para llorar á solas y lamentarse de aque- 
llas poderosas razones de Estado , que no podían pres- 
cindir del sacrificio de una pobre mujer. | Desconsola- 
dora enseñanza la del estudio de la historia I 

También hay que mencionar otro hecho referente á 
los estados de Provenza. Bonifacio II, barón de Cas- 
tellane, tenía en sucesión directa un gran número de 
feudos y pretendía poseer su tierra en soberanía. Re- 
querido por el rey Alfonso para que le prestase home- 
naje, ó más bien á su hijo, contestó que sus mayores 
habían conquistado su soberanía á los sarracenos, y que 
los emperadores, como reyes de Arles, les confirmaron 
su posesión sin sujetarles á ninguna otra dependencia 
que á la suya inmediata. Alfonso, nada satisfecho de 
esta contestación, empleó para refutarla la fuerza de las 
armas, contra la cual no valen los derechos. Sus capi- 



r» 



í 



HISTORU DE CATALUÑA.— *LIB. V. CAP. VII. 69 

tañes y su gobernador dé Provehza, sin necesidad de 
que él abandonara el país de Aragón, arreglaron el ne- 
gocio. Bonifacio tuvo en 1189 que prestar homenaje de 
todos sus dominios al rey de Aragón, y hubo de ser 
vasallo de aquél á quien antes trataba como igual 1. 

Se ve, pues, claramente que la política de Alfonso no 
abandonaba ni un momento de vista sus estados de la 
otra parte de los Pirineos. No sólo quería conservarlos, 
sino que por todos medios trataba de engrandecerlos. 
Lo que no podía con la diplomacia, lo conseguía con 
las armas; y por medio de victorias, de alianzas, de 
protecciones, de promesas, de auxilios, se iba haciendo 
fuerte y respetado, tendiendo á unir todos aquellos do- 
minios bajo el de la Corona aragonesa. 

También los estados de Bearn eran objeto de sus mi- 
ras y de su política. Ya sabemos que los beameses ha- ^ 
bían acudido al conde Ramón Berenguer de Barcelona 
poniéndose bajo su protección, durante la menor edad 
del joven vizconde, que había quedado huérfano de pa- 
dre y madre. Ya mayor de edad éste, que fué Gastón V 
de Bearn, tomó posesión de sus dominios, siempre bajo 
la protección del conde de Barcelona, pero murió sin 
hijos, y le sucedió á la edad de diez y ocho años su 
hermana Mariai que pasó á Jaca é hizo homenaje de 
sus dominios en aquella ciudad al rey de Aragón el 3o 
de Abril de 1170. 

Los beameses, al decir de las historias, tomaron á 
mal este homenaje de la vizcondesa María y se eligie- 
ron otro señor; pero lastimados por sus tiranías, le ma- 
taron y acudieron de nuevo á María, la hija de sus an- 
tiguos vizcondes. Esta, que permaneciera en Aragón, 
se había casado á ñnes del 1170 con Guillermo de Mon- 
cada^ de cuyo matrimonio habían nacido en 117X dos 

l Ark de comprobar las fechas: condes de Provenza. 



70 



VÍCTOR BALAGUBR 



hijos gemelos, Gastón y Guillermo Ramón. Los bear- 
neses, al acudir de nuevo á María, aceptaron por viz- 
conde á su hijo Gastón. 

Fué éste elegido en iiyS, y la historia le conoce por 
Gastón VI d Joven y el Bueno. En 1186, á la muerte 
de su madre María, Gastón, ya mayor de edad, pasó á 
Aragón y prestó al rey Alfonso homenaje, como vasa- 
llo, por si y sus sucesores de toda la tierra de Bearn y 
Gascuña, y volvióse á su país, donde recobró por fuerza 
de armas la ciudad de Ortez, que le había quitado el 
vizconde de Tartas. En Setiembre de 1192 volvió á 
avistarse con el rey de Aragón, quien le dio la investi- 
dura de) condado de Bigorra con la mano de la joven 
heredera de este condado, Petronila, hija del conde de 
Conminges. Este estado, en defecto de varón, pertene- 
cía al monarca aragonés por razón de feudo. Dióselo á 
Gastón de Moneada y de Bearn con motivo de su enla- 
ce con Petronila, pero bajo condición de que, en casb 
de morir sin hijos, debiese volver el condado de Bigo- 
rra al rey y á sus sucesores, reservándose éste todo el 
valle de Aran con sus términos, y exigiendo que se hi- 
ciese á los reyes de Aragón homenaje por el castillo de 
Lorca. Es de advertir que en esta acta de convenio se 
ve claramente á Alfonso disponer del condado de Bi- 
gorra como si fuese su soberano. Se desprende también 
de ella que la joven Petronila estaba bajo su tutela y se 
educaba en su palacio i. 

Ya por lo que toca á los años que vamos recorríendoj 
no veo otra cosa digna de anotarse sino que, hallándo- 
se Alfonso en Tarragona por el mes de Abril de iiga, 
confirmó al conde Armengol de Urgel la donación que 



1 £1 acta está en la Marca hispánica. Los detalles de todos estos 
hechos, referentes á la casa de Bearn, pueden verse en Zurita. lib. II, 
caps. XXVII. XLII y XLV, y en el Arte de comprobar las fechas: trata- 
dos de los condes de Bigon^ y vizcondes de Beame. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB, V. CAP. VUI. 7I 

el principe su padre hiciera al padre del conde, de la 
ciudad de Lérida en feudo y de las villas y castillos de 
Aytona y de Albesa; y en recompensa de la quinta par- 
te de Lérida que el principe de Aragón habia dado á 
la orden del Temple, di6 el rey al conde de Urgel los 
castillos y villas de Gebut y Mequinenza. Asi parece 
que Alfonso redujo al conde á su servicio, dice un cro« 
nista, y dejó de dar favor á Ponce de Cabrera, su ad- 
versario. 



CAPITULO VIH. 

Tratado con el conde de Foix. — ^Desastres, hambre y peste en Catalu- 
fia. — Muerte del arzobispo de Tarragona por un Moneada. — Beren* 
guer d« Vilademuls. — Viaje del rey á Perpifián. — Origen y aparición 
de los albigenses. — Alfonso decreta la expulsión de los herejes. — Con- 
cordia con Pedro de Urrea. — Donaciones á la milicia del Temple. — 
Muerte del rey en l^erpifián. 

(De i 193 Á 1 196.) 

Alfonso el Casto aspiraba á la dominación sobre todos 
los países de la otra parte de los Pirineos, y se ve con 
toda claridad que era ésta la marcha de su política. Bn 
Junio de 1193 se hallaba en Huesca, y en la corte de 
nuestro rey, su deudo Raimundo Roger, conde de Foix, 
que había ido y regresado de Tierra Santa con el mo* 
narca francés. Aparece de una escritura, que el rey Al- 
fonso confirmó, en dicho mes y año y hallándose en la 
ciudad de Huesca, el castillo y pafs de Penouilledes y 
el castillo y país de Perapertusa, á Raimundo Roger de 
Foix, bajo condición de serle fiel, de servirle en paz y 
en guerra, y de ser enemigo del conde Raimundo 6 de 
cualquiera que fuese señor de Tolosa y de San Gilíes* Por 
esta escritura aprobó también el rey Alfonso todos I0& 



72 VÍCTOR BALAGUBR 

convenios hechos con el de Foix por Pedro de Lara, mi« 
cesor de la vizcondesa Ermengarda en Narbona i . 

De este documento se desprende: i.^^ que Ermen- 
garda, con aprobación de Alfonso, había transmitido el 
vizcondado á su sobrino Pedro de Lara, quien para sos- 
tenerse contra el conde de Tolosa, que no aprobó la 
renuncia de la vizcondesa, se unió estrechamente con 
el de Foix, y le llamó á sucederle caso de morir sin hi- 
jos; y 2.^9 que la guerra había vuelto á estallar, ó por 
mejor decir, no había cesado aún entre el rey de Ara- 
gón y el conde de Tolosa, y que el de Foix y el de Nar- 
bona, reconociendo el señorío del primero, se ligaron 
con él contra el segundo 2. 

Constantemente se ven dirigidas hacia aquellos paí- 
ses la atención y las miras de Alfonso el Casto, Ya he- 
mos visto que había cedido el condado de Provenga á 
su segundo hijo, llamado Alfonso como él. En este año 
mismo de iigS, le casó con Garsenda de Sabrán, á la 
cual Gruillermo IV, conde de Forcalquier, su abuelo 
materno, dio en dote este condado. 

Las crónicas particulares de Cataluña nos dan noti- 
cia de terribles calamidades acaecidas este año en nues- 
tro país. Gran.des aguaceros se habían llevado las co- 
sechas; los ríos, saliendo de madre, habían inundado 
los campos; destruyéronse muchos edificios, perecieron 
muchas familias, fueron generales las inundaciones, y, 
para colmo de males, sucedieron á estos desastres los 

1 Se halla este documento en la prueba LIX del tomo III de la Bu- 
ioria del Languedoc^ columna 175. 

2 La vizcondesa Ermengarda, después de haber dimitido en favor 
de su sobrino* se retiró á Perpifián, donde murió á fines de 1192. Fué 
una mujer resuelta, de ánimo varonil y de grandes dotes. Se puso en la 
guerra al frente de sus vasallos, celebró y presidió plaids de justicia, 
asistió á consejos de paz y de guerra, y protegió á los trovadores, te- 
niendo corte de amar en su palacio. V. cap. XVII del lib. IV, al hablar 
de la empresa contra Tortosa. 



J 



HISTORIA DE CATALUÑA.-i-LIB. V. CAP. Vni. 73 

terribles azotes del hambre y de la peste. Supersticioso 
siempre el vulgo y dado á lo maravilloso , comenzó i 
creer lo que se contaba de haber llovido sangre en Cer- 
vcra y fuego en Ampunas, y hubo un terror y pá- 
nico generales, creyendo que era llegado el ñn del 
mundo i. 

A principios de 1194 sucedió la muerte violenta del 
arzobispo de Tarragona Berenguer de Vilademuls. Era 
ya el segundo prelado de aquella sede que moría asesi-^ 
nado á manos de los nobles. El matador fué esta vez 
Guillermo Ramón de Moneada, apoyado por sus deu- 
dos y aliados. Beuter, que es uno de los autores más 
antiguos que de ello se ocupan, recogió la tradición, y 
cuenta el hecho de esta manera 2 : 

i Dividida andaba Cataluña en dos bandos poderosos» 
promovidos por las familias de Castellvi y de Cervelló, 
que se hallaban á su frente. En un encuentro que tuvie- 
ron los partidarios de ambos bandos, quedó prisionero 
'Guillen Ramón de Moneada, quien era deudo de la fa- 
milia Cervelló, y había tomado parte, por consiguiente, 
en favor de esta casa. Preso el de Moneada, fué condu- 
cido al castillo de Rosanes y encerrado en una mazmo* 
rra, los pies en un cepo. Fuéle á visitar un día el arzo- 
bispo Berenguer de Vilademuls, deudo y partidario de 
los Castellvi; y el de Moneada, dirigiéndosele con arro- 
gancia, le dijo que no era aquella prisión para hombres 
como él, y que se la aliviase. Entonces el arzobispo se 
acercó al cepo, cortó con un cuchillo una astila de ma- 
dera, y dijo al preso: — « Servido estáis, pues no tiene 
tanta madera el cepo, y debe seros ya más liviana la 
})rísión. » Moneada juró lavar con sangre su afrenta. 
Salió por fin de su cárcel , por rescate ó fuga, y ya no 

1 Felhi de la Pefia 7 Carbonell. 

2 Lib. II, cap. XVUI de su cr6nica. 



74 VÍCTOR BALAGUBR 

se ocupó más que del modo de vengarse del arzobispo, 
á quien esperó un día al paso, en un 'camino , y arro- 
jándose sobre él le mató , como había hecho otro Gui- 
llermo con uno también de sus antecesores. » 

Este es el resumen de lo que más largamente cuen- 
tan Beuter y los autores que le siguen , añadiendo que 
en desagravio de aquella muerte, impelido por el re- 
mordimiento y obligado por el anatema que sobre A 
lanzó la Iglesia, el de Moneada fundó el suntuoso mo- 
nasterio de Santas Creus. 

Beuter podrá estar exacto en el fondo del hecho, pero 
padece errores que es fuerza corregir. Sienrta en primer 
lugar, que la muerte del arzobispo fué en 1149, cuando 
fué en 1 1 94, y no puede ser yerro de imprenta en sa 
crónica esta fecha, pues reñere el hecho como acaecido 
en los primeros tiempos del gobierno de Ramón Be- 
renguer IV. También es equivocación lo de haber fun- 
dado Moneada el monasterio de Santas Creus. Feliu de 
la Peña, con más crítica, pone la verdad en su lugar i. 
Dice primeramente, que el arzobispo tuvo disg^tos con 
el vizconde de Cabrera, Guillen Ramón de Moneada y 
Galcerán de Pinos por defender el patrimonio de la 
Iglesia; añade que la muerte de aquél fué en 11 94, lle- 
vada á cabo por dichos señores, quienes le mataron 
junto al castillo de Moneada, saliéndole al paso el 16 de 
Febrero, en ocasión en que el arzobispo iba á Roma de 
embajador del Rey; y termina asentando que el viz- 
conde de Cabrera, en desagravio de aquel hecho, fundó 
el convento de San Salvador de Breda, y Moneada ofre* 
ció al monasterio de San Cucufate el lugar en donde 
luego se edificó la iglesia de Nuestra Señora del Puig 
de la Creu, con todos sus términos y honores. La ver- 
sión del analista catalán es más exacta, más ajustada á 

1 Lib. XI, cap. II de sus Anales, 



HISTORU DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. VIH. 75 

la verdad histórica^ y más en armonía con las noticias 
que se tienen. Asi lo cuenta también Blanch i, de quien 
sin duda lo tomó Feliu. £1 de Cabrera^ el de Moneada 
y el de Pinos perdieron un pleito muy ruidoso que con 
el arzobispo tenían, y se vengaron matándole 2. 

1 Archiepiscopologio, cap. XX, parte 12. 

2 He aquí como refieren este acontecimiento las Efemérides de 
Flotats: ''Asesinato del arzobispo de Tarragona, Berenguer de Vilade- 
muls. Este prelado» hijo de una de las familias más ilustres de Catalufia, 
concurrió con el rey de Aragón á la toma de Cuenca, y ftie muy bien 
quisto de su soberano, á quien acompafió constantemente en sus demás 
expediciones contra los moros; pero su mucho celo en defender los dere- 
chos y posesiones de la Iglesia, fué causa de que se enemistase con al- 
gunos nobles, á quienes la preponderancia de que entonces gozaban había 
acostumbrado á invaditlo todo, no reconociendo más ley ni otro derecho 
que la fuerza y sus caprichos. Guillermo Ramón de Moneada, pariente 
del mismo prelado, y Galcerán de Pinos, quisieron, pues, vengar los 
agravios que de él pretendían haber recibido; y cuando D. Berenguer se 
dirigía á Roma, á donde le enviaba de embajador el rey D. Alfonso, 
asaltáronle cerca de Moneada, según unos, según otros cerca de Gerona, 
y le dieron alevosa muerte. De la misma manera, y por muy semejan- 
tes causas, hübia fallecido pocos aflos antes uno de sus predecesores en 
aquella silla. Hay, sin embargo, escritores que atribuyen á otras muy 
diversas el asesinato de Berenguer. Cuentan algunos, que estando el 
Moneada detenido en la cárcel por Alberto de Castellví, pidió al ar- 
zobispo, que había ido á visitarle, que intercediese para que se le alivia» 
sen las prisiones, y que el prelado, haciendo escarnio de sus ruegos, se 
contentó con arrancarle una astilla del cepo que le aprisionaba. Herido 
el magnate en su orgullo, guardó poi entonces el rencor en el pecho; 
mas luego que hubo recobrado su libertad, quiso vengar el ultraje con 
la muerte del burlador. Con todo, esta versión no tiene en su abono 
ningún testimonio respetable, y es menester confesar que en su conjun- 
to tiene más visos de conseja que de realidad histórica. Otros dan por 
causa del crimen el odio que goncibieron contra el arzobispo algunos 
partidarios de lo antiguo, por la parte muy principal que tuvo en que 
los concilios de Tarragona de los años 1180 y II91, mandasen que en 
todos los documentos se contasen los años por los de la Encarnación del 
Sefioo dejando el cómputo de los de los reyes de Francia. Si así fué, y 
si fuese cierio» como creen algunos, que también por haber contribuido 
con su voto y su influencia á que en 1351 se promulgase la pragmática 



76 VÍCTOR BALAGUER 

Berenguer de Vilademuls, de noble familia catalana, 
había tomado posesión de la mitra el 19 de Julio de 
1174. Fué, como muchos de aquel tiempo, un arzobis* 
po guerrero, y sólo empuñaba el báculo con la mano 
que le dejaba libre el manejo de la espada. Durante su 
prelatura, á más de ser el terror de los moros, tuvo la 
habilidad de hacerse propicio al rey Alfonso, de cuyo 
principe sacó y alcanzó grandes cargos y favores en do- 
nativos y otras cosas, de manera que logró aumentar 
considerablemente las rentas de la mitra y cabildo. Dio 
á poblar varios terrenos y de este modo los transformó 
en lugares y villas 1 : acompañó al monarca en casi 
todas sus expediciones guerreras; dio pruebas de gran 
valor en la conquista de Cuenca, y tomó parte como 
consejero y como capitán en las empresas de Provenza, 

El Guillermo Ramón de Moneada, que estaba entre 
sus matadores, fué luego señor y vizconde de Beam, 
habiendo sucedido en estos dominios á su hermano 
Gastón que murió sin hijos 2. 

Es de sospechar que el rey Alfonso pasó en Cátala*- 
ña gran parte, si no todo el año 11 94, tomando provi- 
dencias para remediar las necesidades y aflicciones del 
país, destrozado por el hambre y por la peste 3. De 
Cataluña fué á Perpiñán, en donde estaba ya á prín- 

que dispuso que en adelante se contasen los años desde la Natividad en 
vez del cómputo de la Encarnación, murió á manos de asesinos el con- 
sejero del rey D. Pedro, y abad de San Cucufate, fray Ramón de Biure; 
tendríamos que una reforma, al parecer de tan poca monta, como la del 
método de contar los afios en las fechas, habría costado en Catalufla la 
vida á sus promovedores en cada una de las dos épocas en que se ha 
llevado á cabo: prueba de cuan tenaces enemigos encuentran siempre 
las más sencillas innovaciones, por justas y razonables que sean, cuando 
para adoptarlas hay que luchar con inveteradas costumbres.. 

1 Andrés de BofaruU en sus Anales históricos de Reus^ lib. I, cap. L 

2 Arte de comprobar las fechas. 

3 Feliu de la Peña, libro y capítulo citados. 



■=: 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. VIII. 77 

cipio8 del iig5 y á donde pasó para celebrar cortes. 

La antigua Septimanía comenzaba á verse asolada 
en aquel tiempo por las primeras guerras de religión^ 
más terribles^ funestas y sangríenWs que las políticas. 
Varios pasajes del antiguo y nuevo testamento^ cuyo 
sentido es verdaderamente alegórico, hicieron nacer la 
idea de que toda la Escritura tenia una significación 
ocasionada á interpretaciones. Esto dio lugar á la secta 
que más tarde se llamó de los albigenses, tomando su 
nombre del país de Albi, donde aparecieron ó donde se 
celebró un concilio para juzgar de sus doctrinas. Las 
tierras de Tolosa, en las que ese furor de gnosticismo 
se esparció, fueron más tarde el teatro de una cruzada, 
según veremos, y las hogueras cubrieron bien pronto 
aquel país. Quien primero las encendió, dando un triste 
ejemplo, que desgraciadamente había de imitar nuestra 
Península en siglos posteriores, fué el concilio de Or- 
leans de 1022. Quiso estirpar con los tormentos y los 
horrores del fuego lo que se dio en llamar la lepra de la 
htregía, como si no hubiera sido más conforme al espí- 
ritu y máximas del Evangelio, más propio de la frater» 
nidad y caridad santamente predicadas por Jesucristo, 
el curar aquella Upra con el bálsamo de la persuasión, 
la dulzura y la enseñanza. El concilio de Lombers, en 
Ii65 siguió las huellas del de Orleans. Fué un error 
querer estirpar con la violencia la predicación de los 
que se llamaban nuevos apóstoles y buenos hombres. El 
hierro despierta el hierro. 

La unión, bajo el cetro del monarca aragonés, de dos 
condados situados el uno más allá de los Pirineos, y el 
otro en el centro de estas montañas, pero vecinos los 
dos á los países que comenzaba á infestar la heregía, 
bastó para que el legado del Papa cerca de Alfonso, 
tratara de persuadirle que aplicase á sus nuevas provin- 
cias las terribles disposiciones que el concilio de Vero-* 



78 VÍCTOR BALAGUER 

na acababa de decretar contra los albigenses; á saber, 
que fuesen abandonados á la justicia secular todos 
aquellos que ios obispos hubiesen declarado herejes. 
Alfonso vaciló por mucho tiempo. Aquel rey trovador, 
como dice la moderna historia dd Rosellón i, á quien el 
cultivo de las letras inspiraba más bien la clemencia 
que el rigor, cedió en fin á las importunidades del car- 
denal, y, bajo crimen de lesa majestad, fué decretada 
la expulsión de los valdenses. Este nombre lo tomaron 
de su jefe, el mercader de Lion, Pedro Valdo: se llama- 
ron también sabatatos, por las sandalias que usaban 
para remedar á los apóstoles, y pobres de Lion, por la 
pobreza de que hacían alarde para restablecer, según 
decían, las costumbres de la iglesia primitiva. 

Alfonso era bueno y humano. Mientras vivió , supo 
contener el celo, ya demasiado ardiente, de los precur- 
sores de la Inquisición; pero, después de su muerte, su 
hijo no supo resistir como él á la tendencia dominado- 
ra de la autoridad espiritual y á las reiteradas instancias 
del arzobispo de Tarragona, y de los obispos de Barce- 
lona, Gerona, Vich y Elna; asi es que el decreto del 
concilio de Verona fué publicado de nuevo en 1197, 
como veremos, y ordenada su severa ejecución en toda 
Cataluña. 

Aun volvió otra vez á estas tierras el rey Alfonso. 
Hay memoria de que por el mes de Marzo de 1196 se 
hallaba en Zaragoza, donde se reconcilió con él Pedro 
Jiménez de Urrea, que se tenía por su agfraviado , me- 
diando en esta concordia D. Artal de Alagón, alférez 
del rey, Jimeno de Artusella, á quien el monarca hicie- 
ra merced del puerto de Salou , y de otros honores en 
el campo de Tarragona, y varios señores. 

De Zaragoza vemos partir al rey para Lérida, en cu- 

1 Tomo I, pág. 85. 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB. V. CAP. IX. Jg 

yo punto consta que se le presentaron los maestres de 
la caballería del Temple en Ultramar, Francia y Pro- 
venza, Fray Gilberto Horal, Pons de Rigalt y Amaldo 
de Claramunt. Ante ellos, y á presencia de varios seño- 
res de su corte, dio Alfonso á la orden del Temple las 
villas y castillos de la Alhambra y Orrios, y el sitio lla- 
mado la Peña del Cid. 

Á primeros de Abril estaba el rey en Perpiñán, en 
donde cayó enfermo asi que hubo llegado, y á 2S de 
aquel mismo mes le robaba la muerte al amor de sus 
pueblos. Su pérdida , que era una desgracia pública en 
aquellas circunstancias, fué muy llorada, principalmen- 
te por los roselloneses, de quienes parecia haberse cons- 
tituido en tutor, y qu^, probando á cada instante las 
mejoras que su sabiduria y su firmeza habian sabido im- 
primir en su bienestar, quedaban huérfanos de un ce- 
loso protector contra las vejaciones de sus señores feu- 
dales 1. 

CAPÍTULO IX. 

Hijos del rey. — Pedro. — Alfonso. — Fernando. — Constanza. —Leonor. 
—«Sancha. — ^Dalce. — ^Testamento del rey. — Juicio que de este rey ha 
formado la posteridad. 

Alfonso II de Aragón y I de Cataluña, había casado 
en 1 174, según ya hemos visto, con Sancha de Casti- 
lla ^, en la cual tuvo tres hijos y cuatro hijas. 

El primero se llamó Pedro, y fué el que le sucedió en 
el reino de Aragón, principado de Cataluña y condados 

1 Henry : Hisioria del Rasellón, tomo I, cap. V. 

2 Capinany cayó en un error cuando, en el número XXVII de sus 
apéndices al tomo II de las Memorias históricas, sentó que este rey ha- 
bía casado primero con Mahalta, hija de Alfonso I de Portugal, de la 
cual enviudó sin sucesión. 



8o VÍCTOR BALAGUER 

de Ro8ell6n, de Pallárs, de Besalú y de Cerdaña. A te- 
nor de lo que se lee en el testamento de su padre, éste 
dispuso en su favor de todos los derechos que tenia des* 
de la ciudad de Beziers hasta el puerto de Aspe, es de- 
cir, que Alfonso le hizo su heredero por los condados de 
Carcasona y Rasez. 

Alfonso, su hijo segundo, tuvo el condado de Proven- 
za, del que fué II conde de este nombre. El rey dispu- 
so también en su favor de los vizcondados de Milhaud 
y Grevaudan y del derecho que tenia en Montpeller, cu- 
yo señor parece que le había prestado homenaje. Este 
Alfonso, unió al condado de Provenza el de Forcalquier» 
por su enlace con Garsenda de Sabrán, á la que su tío 
materno di6 en dote este señorío. 

El tercer hijo se llamó Femando. Fué monje del mo- 
nasterio de Poblet y abad del de Monte Aragón. 

La mayor de las cuatro hijas, fué Constanza, que 
casó con Emerico, rey de Hungría; y habiendo enviu- 
, dado, pasó á segundas nupcias con Federico II, empe- 
rador de Alemania. 

La segunda se llamó Leonor, y casó con Raimun- 
do VI, conde de Tolosa, llamado el Viejo. 

La tercera, Sancha, dio su mano á otro conde de To- 
losa, Raimundo VII, el Joven. 

Por lo que toca á la menor, llamada Dulce, entró de 
religiosa en el monasterio de Sijena, del cual fué fun- 
dadora la reina Doña Sancha, su madre, que también 
se retiró al claustro y profesó después de la muerte dd 
rey en el mismo monasterio, en el que murió en No- 
viembre de 1208, donde se halla enterrada. 

Ya se ha dicho que Alfonso murió en Perpiñán, el zS 
de Abril de 1196, pero su testamento ñié otorgado en la 
misma ciudad en Diciembre de 11 94, y publicado des- 
pués de su muerte en el altar de Santa Magdalena de 
Zaragoza, por los dos testigos que presenciaron su otor- 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB. V. CAP. IX. 8l 

^miento en Perpiñán, Alberto de Castellvelí y B: de 
Portella, á presencia de Guíllermoi obispo de Vich» y 
otros 1. 

Los albaceas nombrados por el rey, fueron! el arzo- 
bispo de Tarragona, el obispo de Lérida, el de Huesca, 
el gran maestre del Temple, y el abad de Poblet, en 
cuyo monasterio eligió sepultura, legándole su real co- 
rona y la dominicatura de Vinaroz. Hizo varios legados 
á la iglesia y pontiñce romano, á los templarios, hospi- 
talarios y santo sepulcro de Jerusalen, á otras órdenes 
religiosas y á muchas iglesias y monasterios, entre ellos 
al de Scala Dei, que hago edificar de nuevo, dice el tes- 
tamento, y al de Santa María de RipoU, en remunera- 
ción de mi sepultura. 

Nombró en seguida herederos á sus hijos en el modo 
y forma citados, substituyendo el uno al otro por orden 
de prímogenitura, y á sus hijas, que no nombra, á falta 
de varones de los hijos; previniendo, que si llegaba á 
verificarse la sucesión de ellas, se casasen con voluntad 
y consejo de sus albaceas y magnates del reino. Dejó 
finalmente á sus hijos, bajo la tutela de su esposa Doña 
Sancha; á D. Pedro, hasta la edad de veinte años, y á 
D. Alfonso, hasta la de diez y seis. 

El cadáver del rey se trasladó con gran pompa y ce- 
remonia desde Perpíñán al real monasterio de Nuestra 
Señora de Poblet, cuya fábrica, que había empezado 
el conde Ramón Befenguer IV en 7 de Setiembre de 
Ii53, se concluyó durante este reinado. Fué, pues, este 
monarca el primero de la casa de Aragón que se enterró 
en aquel monasterio, dejando la antigua sepultura del 
de San Juan de la Peña de los antiguos soberanos de 
Sobrarbe y Aragón, y la de Nuestra Señora de RipoU, 

1 Se halla este testamento en el archivo de la Corona de Aragóa, 
número 70 moderno, de la colecdón de D. Alfonso. 

TOMO XI 6 



82 VÍCTOR BALAGUER 

donde solían enterrarse los primitivos condes de Bar- 
celona. 

El juicio de la posteridad ha sido favorable para nues- 
tro Alfonso. Los más graves, más entendidos y más 
imparciales historiadores no pueden menos de convenir 
en que se hizo recomendable por sus hazañas y sus ex- 
celentes cualidades. Fué, en efecto, su reinado uno de los 
más felices de Aragón, y fué indudablemente un monar- 
ca prudente al par que valeroso, activo al par que sa- 
gaz, guerrero al par que sabio. 

Tuvo la suerte de que en él se reuniesen gloriosa- 
mente las dos soberanías de sus padres, el condado de 
Barcelona y la monarquía de Aragón; y á pesar de que 
esto le imponía mayor responsabilidad á los ojos del 
mundo y era muy pesada carga para sus hombros, supo 
mantener muy alta la honra de su nombre, ileso el te- 
rritorio de su país, y respetada con gloria la bandera de 
su casa. 

Su piedad quedó patente en la fundación de la cartu- 
ja de Scala Dei, en la terminación de Nuestra Señora 
de Poblet, y en la protección al monasterio de Sijena; 
su valor y ánimo quedaron consignados en los campos 
de Valencia, de Castilla, de Navarra y de Tolosa, don- 
de sus enemigos tuvieron que sentir la fuerza de su bra- 
zo y aprender á temblar ante el pendón de las gules ba- 
rras; sus altas miras en favor del país y de su engran- 
decimiento, quedan probadas con las anexiones, como 
se diría ahora, del Rosellón y de la Provenza; su amor 
á la civilización y al progreso, — palabras que no por ser 
modernas deben ser desechadas cuando expresan una 
idea justa, — está en la promulgación de las corntitucio- 
nes de paz y tregua que hizo jurar á sus barones en Per- 
piñán; su afecto al pueblo y al país se halla vivo en el 
reconocimiento de sus libertades; sus virtudes y exce- 
lentes prendas, las atestigua el renombre de Casto con 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. IX. 83 

que la posteridad le ha reconocido, renombre que no se 
le ha dado ciertamente por la circunstancia única que 
en sí expresa, ya que, á juicio délos antiguos, llamarle 
el Casto era denominarle el Virtuoso. 

En medio de las guerras, ocupaciones militares y lu- 
chas continuas de su tiempo, no se olvidó de las letras: 
protegió á los que cultivaron en su época la poesía pro- 
venzal, y favoreció muy particularmente á los trovado- 
res, no desdeñándose de componer versos él mismo; 
lo que ha hecho que se le contara en el número de los 
poetas provenzales, bajo el nombre de Alfonso rey de 
Aragón el que trovó, para distinguirle de los otros Al- 
fonsos. En uno de los manuscritos de la biblioteca del 
rey en París, existe una canción compuesta por él i. 

Como no todo es perfección en este mundo, hay real- 
mente algunas manchas en la vida de este rey. Los ase- 
sinatos de Beziers, el sacrificio por dos veces distintas 
de la Eudoxia Comeno que había de ser su esposa, cier- 
ta deslealtad que se nota en sus tratados de paz con el 
conde de Tolosa, son circunstancias que rebajan algo su 
valor y mérito. Un poeta encontraría asunto suficiente 
en ello para largas tiradas de endecasílabos contra el 
rey Alfonso; pero un historiador hallaría á mano para 
defenderle la razón de estado, en cuyo nombre se han 
cometido tantos crímenes. 

De todos modos, Alfonso él Casto no mereció ser pin- 
tado con los feos colores con que lo hizo su contempo- 
ráneo Beltrán de Born, el trovador vizconde. La pluma 
de éste fué injusta al hablar de Alfonso, como toda plu- 
ma mojada en hiél, y á la que sólo inspiran el resenti- 
miento y la venganza 2, 



1 Historia del Languedoc, tomo III, pág. I04. 

2 Véase lo que de D. Alfonso digo en mis obras Los trovadores y 
Jjot rumas de Poblet. , 



84 



VÍCTOR BALAGUER 



CAPITULO X, 



LOS PROGRESOS DE LA QVlLIZAaON. 



(Siglo xu«) 

Lengua caUlaDa. — Escritores.-— Prosperidad y acrecentamiento de Ca- 
talüfla. — Ensanche de Barcelona. — De Vich.— De Manresa. — De 
Matará. — Origen de San Martin de Provenzals.— De Sabadell. — 
Campo de Tarragona. — Keus.— -Instituciones municipales. — Marina» 
artes, industria y comercio. — Costumbres. — Monumentos. — San Pa- 
blo del Campo. — Capilla de Marcús. — Santa Ana. — Palacios. — Santa 
Eulalia. — Santa María de Tarrasa. — San Miguel de Marmellar.-— 
Monasterio de las Avellanas. — Monasterio de Pons. — Catedral de 
Tarragona. — Monasterio de Poblet. — Monasterio de Santas-Creus.— 
Cartuja de Scala DeL — San Juan de Lérida. — Otros monumentos de 
Cataluña. — Iglesia de Fraga. — Monasterio de Sijena. — Otros monu- 
mentos de Aragón. 

LENGUA CATALANA. 

Ya en este siglo, la nacionalidad catalana-provenzal 
se presenta con fisonomía propia , con literatura y len- 
gua propias. A principios del siglo xii vio comenzar su 
rico periodo, su bella edad de oro. El idioma proven2;al 
se hi20 el de los sabios y el de los poetas, y el que enri- 
queció el del Petrarca, por confesión propia de los mis- 
mos escritores italianos de más nota. Y sin embargo, 
esta hermosa lengua provenzal, á la que después se lla- 
mó lemosina, no era otra que la catalana. Lleváronla á 
Provenza los condes de Barcelona , y allí se adornó y 
pulió con la mezcla de algunas frases más dulces, pro- 
pias de aquella provincia. 

Cuando Ramón Berenguer III casó con Dulce de Pro- 
venza, fué cuando la lengua catalana*provenzal comen- 
zó á ser el verdadero idioma literario de la época, y á 
adquirir tal grado de hermosura y belleza, que durante 



HISTORIA DE CATALUt^A. — LIB. V. CAP. X. 85 

el espacio de tres siglos fué preferida á todas las demás 
de Europa, apresurándose á estudiarla y á componer en 
ella todos los amantes de las letras. Hizose particular- 
mente la lengua de la poesía y del amor. 

Innumerables dtas pudieran aducirse en testimonio 
de ello, pero es cosa ya uníversalmente sabida, y bas- 
tará recomendar, á los que quieran mayores datos, los 
autores apuntados al final de este párrafo. 

Nadie puede disputamos la gloria de haber sido el ca- 
talán — llámesele provenzal ó lemosín — una de las pri- 
meras lenguas, quizá la primera, que se vio en uso li- 
terario después del latín. Nadie podrá desconocer tam- 
poco que aquella literatura catalana-provenzal , según 
la llama Nostradamus, y según propiamertte debiera 
llamarse, tuvo vida, belleza y fuerza mientras la casa 
condal de Barcelona dominó en Provenza, muriendo, 6 
quedando agonizante por lo menos, el día que feneció 
en aquellas comarcas la estirpe catalana. 

Cuenta Nostradamus que el conde de Provenza, Ra- 
món Berenguer II, aficionó al emperador Federico I á 
la poesía provenzal cuando pasó á Turín , después de 
muerto su tío el conde de Barcelona, en el burgo de 
San Dalmacio, cerca de Genova. Federico recibió al 
conde con esplendidez y galantería, y el conde quiso 
obsequiar al emperador con trovas que hizo recitar y 
cantar á su presencia por la corte de trovadores que lle- 
vaba consigo. Tan maravillado quedó el emperador con 
aquello, nuevo para él, que colmó de regalos á los poe- 
tas, y quiso aprender el arte de trovar, componiendo 
por si mismo el siguiente madrigal en lengua catalana: 

Plasmi cavalier francez, 
é la dona catalana, 
é Touvrar de Ginoez, 
é la cour de Castellana; 
ou cantar provenzalez 



86 "VÍCTOR BALAGUER 

é la danza trevisana, 
é lou corps aragonés, 
é Ja perla JuIiaDa, 
las mans é cara d'anglez 
é lou doncel de Toscana. 

Como una muestra del catalán-provenzal que se ha- 
blaba en los países que hoy pertenecen á la Francia, 
voy á copiar un documento que he hallado en las prue- 
bas de la Historia del Languedoc (Pr. DXVII del to- 
mo II)., Es el homenaje y juramento de Elzear de Sau- 
ve á la viuda de Bernardo Atón. Está fechado en iiSg, 
y dice así : 

fDe istahora in antea, ego Ilisiarus de Salve, fílius 
de Stephana, á te Guillelma vicecomitisa que fiíisti wo- 
ller de Bernardo Atón, tant qtiant tenrrds la sennoria del 
castel de la Arena, é ad aquel eres qm auras £ en Bemart 
Aton, de qual tu es preius, lo castel de Berniz non vos 
iolrai, ne vos en tolrai ipsas fortedias quae hodie ibi sunt, 
ni adenant factas erunt per nomen de castel. Et si om vel 
femina aquel castel supra scripti vos iollia seu tollia, ab 
aquel ó ab aquella, 6 ab aquels, ó ab aquellas fínem ne so- 
cietatem cum illovel cum illis non auria; fors quantper 
lo castel d recobrar: et si recobrar en lo potuero, per nu- 
Uum ingenium, á te vicecomitissa, ó a eres que auras d* 
en Bemart á' Aton lo redrai sine lucro et sine decepcio- 
ne, etc.! 

La nacionalidad catalana-provenzal vio florecer en 
este siglo muchos y muy excelentes trovadores, de 
quienes nos quedan bellísimas trovas y canciones, llenas 
de gracia, de frescura, de espontaneidad y brillantez. A 
este siglo pertenece, según Raynouard, el famoso poe- 
ma de Gerardo del Rosellón, la obra más bella acaso de 
nuestra literatura en las tres centurias de su esplendor. 

Como muestra del lenguaje de los trovadores y de la 
riqueza del idioma, léanse las siguientes: 



rORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CM-. X. 87 

Car donneis pretz é valors, 
joys é griilz é cortesía, 
senys é saber» é honors, 
bels parlara, bella pari»; 
é larguesa, é amors, 
coneysensa é cundía; 
ti'Ovant manleny é sucors 
en Catalunya á tria 
entre 'Is cafalans valents 

fias donas evinenti 

Gerarda di RosclUn. , 

Non sap cantar quil aoa no di 
nil vers trovar quils molí no fá, 
ni sap de rima com si vá 

com plus laustrcs mal vairá 

Gedofreáa Rsdtl. 

Cossirós cant é plang £ plor 
peí dol que m'ha sazit é prés 
al cer per la mort mon marques, 
£n Pons lo pros de Mataplana, 
ques era francs lares é cortés 
et ab totz bos captenements, 
é (engutz per un dea millors 
que fos de San Marti de Fors 

troCerdai é la térra plana 

GvilUrmB dt Btrgadá. 

nás ó menos detenidamente de este punto, 
nsultarse, las obras siguientes, entre muchas 
adamus en su Historia de Provmza; Bastero, 
mzale; Bembo, Della vulgar lingwx; Bouche, 
Provema; los Maurinos, Historia del Latí- 
jriei, Historia de la poesía provenzal; Ray- 
ección de poesías de los trovadores; Amat en su 
1 al Diccionario de escritores catalanes; Cap- 
B apéndices á las Memorias históricas; Borao 



88 rieron balagüer 

en tu introducción al Diccionario de voces aragonesas; 
Mili, Observaciones sobre la poesía popular; Pers y Ra- 
mona, Historia de la lengua y literatura catalanas^ etc. i 

BSCRITORBS. 

Hubiera querido publicar en el diccionario de los per- 
tenecientes á este siglo^ todos los trovadores hijos de los 
países dominados por los condes-reyes; pero hubiera 
sido materia poco menos que imposible para mis fuer- 
zas y tiempo. Continúo sólo aquéllos de que me ha sido 
daUe encontrar noticia, y pongo como catalanes á los 
del Rosellón, desde el momento en que este país fué 
agregado á la Corona. 

Alfonso I de Cataluña y II de Aragón. Queda ya di- 
cho que se le continúa en los catálogos de escritores ca- 
talanes. Sólo tenemos de este rey una canción de amo- 
res, pero generalmente se le cuenta por el primero de 
los poetas españoles conocidos. 

Abraham, llamado el sabio por los judíos catalanes. 
En 1 1 19 escribió unos comentarios sobre la Sagrada 
Escritura y un poema sobre el juego de ajedrez. 

Agoult (Guillermo) 9 poeta catalán-provenzal, de la 
corte del rey Alfonso, Escribió una obra sobre el amor. 

Ademars (Guillermo). Poeta del Rosellón que floreció 
en este siglo. 

Bistors (Raimundo). Otro poeta rosellonés de la 
misma época. 

Berenguer (Ramón). Tercero de este nombre, conde 
de Barcelona y de Provenza. Fué uno de los poetas 

\ Posteriormente he escrito Zos Trcvadons^ mis Discursos acodé" 
micos y otras obras, que forman parte de esta colección, y donde pueden 
encontrarse ro¿s detalles y observaciones sobre este asunto, habiéndome 
hecho rectificar algunas de mis ideas antiguas, la experiencia y mis 
«studios. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. X. 8g 

principales del siglo xii, según Amat. La real Acade- 
mia de Buenas Letras de Barcelona , en el apéndice de 
sus Memorias, página 585, dice que este conde, en me- 
dio de sus repetidas conquistas, se aplicó con especia- 
lidad á la cultura del nativo idioma catalán, comuni- 
cando sus nuevos adornos al provenzal que los abrazó 
con general aplauso. 

Berenguer (Ramón). Cuarto de este nombre entre 
los condes de Barcelona. Fué también insigne poeta. 
Sus obras poéticas, en lengua catalana, se conservan 
manuscritas en la Biblioteca vaticana. En la de París 
hay otro ejemplar. Al frente de estas obras hay su re- 
trato ecuestre, con varios elogios. 

Berga (Guillermo de). Otros le llaman Guillermo de 
Bergadá. De noble familia catalana, se distinguió por 
8U talento é ingenio en el arte de trovar. Sus poesías se 
hallan manuscritas en la Biblioteca vaticana. En la 
historia literaria de los trovadores, se dice que fué autor 
de muchas composiciones obscenas y hombre de mala 
conducta. 

Cabestany (Guillermo de). Este poeta rosellonés, 
cuyo nombre y algunas de cuyas poesías han llegado 
hasta nosotros á través de los siglos, fué señor de la 
villa de Cabestany {Capestany dicen las antiguas me- 
morias), cerca de Perpiñán. Se cuenta de él que, apa- 
sionado por la esposa de Raimundo, señor de Castel- 
Rosellón, le consagró su amor y sus poesías, y que el 
celoso caballero le hizo matar, arrancándole el corazón 
y dándoselo después á comer á su esposa. Otro noble 
trovador, Raimundo de Miraval, contemporáneo de Ca- 
bestany, es quien contó en sus versos todas las circuns- 
tancias de esta horrible aventura, que posteriormente, 
sin embargo, en nuestro siglo mismo, se ha puesto en 
duda. De todos modos es positivo que Guillermo de 
Cabestany ñié uno de los más excelentes trovadores de 



90 VÍCTOR BALAGUER 

SU tiempo, y parece que hubo de ser víctima de alguna 
catástrofe horrorosa i. 

Formit de Perpiñán. Poeta provenzal, de cuyas poe- 
sías ha publicado una muestra Mr. Raynouard. 

Gaufredo, obispo de Tortosa. En la Biblioteca real 
se conservan algunos manuscritos de este prelado. 

Kimhi (David), hijo de Gerona. Vivía en Narbona 
por los años de 1190, y se hizo muy célebre por su eru- 
dición y escritos. 

Mosehf natural también de Gerona y judío como el 
anterior. Es generalmente más conocido con su otro 
nombre de Nachnan. Compuso muchos y muy impor- 
tantes libros. 

Ortafd (Pons de), caballero trovador, natural del Ro- 
sellón. 

Palasols (Berenguer de), caballero trovador, natural 
del Ampurdán^ según parece, del condado de Ampurías. 
Compuso muchas trovas en alabanza de Ermesínda, 
mujer de Arnaldo de Avinyó. 

Vase 6 Vace, Se habla de un poeta de este nombre 
que debió existir por los años de ii55. 

Hubo á más algunos poetas y escritores anónimos, de 
cuyas obras, pero no de cuyos nombres, se tiene noticia. 

PROSPERIDAD Y ACRECENTAMIENTO DE CATALUÑA. 

Arrojados los moros del territorio catalán, pudieron 
las ciudades y villas irse poblando y extendiendo, al 
propio tiempo que en todas partes nacían nuevos cen- 
tros de población que llamaban á sí la vida del comer- 
cio, de la agricultura y de la industria. 

1 Véase á Henry en su Historia del Rosellón^ pág. 56 de la intro- 
ducción, y nota 3.* del tomo I; al mismo autor en su Guia por Rosellón, 
págs. 137 y 13B; á Puiggari en los artículos que sobreesté asunto di6 á 
luz en el periódico de Perpifián Le J^Ucateur; y á Ra3niouard en su 
Colección de trovadores. 



HISTORIA DE CATALUÑA* — LIB. V. CAP. X. 9I 

£l cinturón de la fortislma muralla romana ahogaba 
ya y oprimía á Barcelona, que tenía necesidad de más 
espacio y vida. No es de extrañar, pues, que el mura 
fuese roto durante la éppca de Ramón Berenguer IV. 
£1 impulso y desarrollo que había tenido la marina, 
comenzó á atraer á la población hacia el mar. Infinidad 
de casas, levantadas casi todas ellas por familias que 
vivían del comercio y de las artes, se apiñaban junta á 
la iglesia de Santa María, habiendo tomado el nombre 
de vilanova (villa nueva). El llano y arenales que exis- 
tían junto al gótico templo, fueron cambiándose como 
por encanto en una ciudad llena de animación. Por los 
años de ii53, un Guillermo de Moneada, que no pare- 
ce fuese. de la casa de los barones de este apellido, 
compró en aquel nuevo burgo de Barcelona y en el 
arenal antedicho, un gran pedazo de tierra donde edificó 
unas grandes casas, que dieron principio á la calle que 
aun hoy continúa llamándose de Moneada i. 

Al par que Barcelona, iban creciendo, formándose y 
desarrollándose otras poblaciones. Vich tenía también 
que ensancharse por aquel tiempo, y de este siglo datan 
sus tres hospitales para los leprosos, para los pobres y 
para los peregrinos. 

Manresa debía ser, á fines de este siglo, una ciudad 
floreciente, según se desprende del diccionario de sus 
calles, plazas y monumentos que se halló entre los pa- 
peles del monasterio de Bages 2. Se ve que los judíos 
tenían un barrio en esta ciudad, que había en ella mu- 
chas industrias, que disponía de dos cementerios y con- 
taba con trece iglesias. 

En el mismo siglo xii comienza á desarrollarse la 

1 Pujades. lib. XVIU, cap. XXXVU. 
> 2 Ensayos kistáricos sobre Manresa, por Mas y Casas, pág. 42. Pue- 
de verse, para mayores detalles, lo que digo en mi obra Manresa y Car» 
dona. 



92 VÍCTOR BALAGUER 

ciudad de Mataró^ llamada aún entonces Civiias frada, 
según parece; si bien la verdadera importancia de esta 
población marítima, como todas las de la costa, data de 
la época en que sus moradores se vieron libres de las 
excursiones y piraterías de los moros baleares con la 
conquista de estas islas. 

Junto á Barcelona existe un pueblo que se llama San 
Martin de Provenzals, y cuyo origen remonta la tradi- 
ción á este siglo y á la circunstancia siguiente. Después 
de efectuado el enlace de Ramón Berenguer III con 
Dulce de Provenza, el conde quiso mostrarse hospita- 
lario y galante con los señores proveníales que habían 
venido á estas tierras acompañando á su esposa. A este 
efecto, les concedió algunas tierras de los alrededores de 
Barcelona, señalándoles y dándoles las que estaban jun- 
to á una capilla ó ermita consagrada á San Martin. 
Estableciéronse dichos señores en este territorio, y de 
aquí el nombre de San Martin deis Provenzals, ó sea San 
Martin de los Provenzales. Ignoro lo que pueda tener de 
cierto esta tradición, pero es muy valedera y aceptable. 

Data también de este mismo siglo la villa de Saba- 
dell, que viene siendo célebre desde el xiv por su fabri- 
cación de paños. Se tiene noticia de que á últimos del 
siglo XI, sin saberse cómo la adquirió, tenía la ciudad 
de Barcelona la baronía y señorio del castillo de Rabo- 
na y su término. Junto á este castillo se fundó Saba- 
dell, que continuó perteneciendo á Barcelona hasta 
1236. Sabadell comenzó á crecer en importancia y ate- 
ner desarrollo, gracias primero á ser un mercado famo- 
so en Cataluña, y luego á sus fábricas de paños que co- 
menzaron en el siglo xin y que en el xiv gozaban ya 
de gran crédito 1. 

a 

1 Anales de Sabadell, de D. Antonio Bosch, curioso manuscrito que 
tt guarda en el archivo de esta villa. Véase también lo que digo en mi 
monografía La industriosa SabadelL 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LlB. V. CAP. X. 93 

BI campo de Tarragona fué poblándose en esta épo- 
ca. A fines del siglo de que se trata^ ya existían en el 
campo casi todas las poblaciones actuales, y á más una 
infinidad de fortalezas, destruidas en el día. Una bula 
del papa Celestino III, dirigida al arzobispo y cabildo 
de la iglesia de Tarragona, aprueba noventa iglesias de 
la diócesis; hace mención de las abadías^ monasterios 
y fortalezas que había en el campo, y da idea de los 
muchos lugares y villas que existían en aquellos con* 
tomos 1 . Los condes de Barcelona por una parte, los 
arzobispos de Tarragona por otra, como señores del 
campo, concedían franquicias á los que iban á poblar 
ciertos términos, fundando núcleos de villas y lugares, 
algunos de los cuales debían hacerse célebres con el 
tiempo. Asi tuvieron origen Riudoms, en ii5o; la Bue- 
lia, en el mismo año; el Burga, en ii52; Salou, en el 
mismo año 2; Cambríls, en 11 54; Barenys y Vilavert^ 
en ii55; Albiol y Baurell, en ii58;'Constantí y Villa- 
seca, por lo^ mismos años, y Alforja; en iigo 3. 

Al mismo tiempo seguía Reus engrandeciendo su 

1 Copiada del archivo arzobispal, transcribe esta bula D. Andrés de 
Boíanill en sus Anales de ^eus, tomo I, documento de letra F. 

2 Ya sabemos que Salou, Sahuris^ es pueblo de antigdedad roma- 
na. Sin embargo, no quedan vestigios. En aquella hermosa playa y fa* 
mosisimo puerto, no existe un solo recuerdo de los dominadores del 
mundo. Cuenta Andrés de Bofarull, en sus Anales de Rtus (tomo I, pá- 
gina 25), que en 24 de Julio de 1 152, Pedro de Ragusa ó Rasussa po- 
bló el término de Salou; pero en la donación, se le impuso la obliga- 
ción de edificar un castillo cerca del mar, y á sus costas armarlo y guar- 
necerlo con gente de guerra, teniendo á más que edificar una villa y bus- 
car gente para poblarla. Pot lo que dice Zurita (lib. II de sus AnaUs^ 
cap. XLVII), veo que en 1196 el rey D. Alfonso habla hecho merced 
del puerto de Srlou, y de otros heredamientos en el campo de Tarrago- 
na, á D. Jimeno de Artusella. 

3 En el término de esta villa existía entonces una mina de plata, que 
en el acta de donación del pueblo y su término, se reserva para sí la 
reina Dofia Sancha, esposa de Alfonso el Casto, 



94 VÍCTOR BALAGUE» 

recinto, dice el cronista de esta ciudad; y por cau 
su posición topográfica inmediata á la sierra, ur 
los primeros objetos que llamaron la atención de si 
ñores fué fortificar en parte su nueva villa, portem 
los imprevistos ataques que no sin fundado moti' 
podían amagar, valiéndose sus enemigos de los ve 
barrancos de que aún se halla rodeada. Para pre 
tamaña desgracia y para mayor seguridad de sus 
res, ediñcaron un castillo. A últimos del siglo x 
villa pertenecía á dos distintos señores y estaba d 
da su jurisdicción bajo el man^o de los dos bayli 
presentantes y nombrados cada uno por su respe 
señor, que eran el arzobispo de Tarragona y el ca 
de Reus. Tenía entonces esta última dignidad la 
lia Bell-lloch, que había sucedido á la de Castelle 
Mientras Cataluña iba poblándose, ensanchánd 
creciendo, sucedía lo propio con el Rosellón. Per] 
mejoró mucho con las medidas dictadas por Alfoi 
Cosío, que hasta intentó cambiar el asiento de la cii 
transportándola á la inmediata colina llamada P 
San Jaime; sí bien las reclamaciones de los habit 
que tenían ya sus intereses creados, le obligaron á \ 
de resolución > . 

INSTITUCIONES MUNICIPALES. 

He aquí una de las grandes glorias y una de lac 
brillantes páginas de nuestro país. El siglo xii vi6 
pura y hermosa para nuestra Cataluña, la auroi 
pléndida de las libertades municipales, principio 
mienzo del progreso social, que tanto caminos 
destinado á andar en estas tierras. 

Por todas partes, con el establecimiento de las 
nicipalidades, las poblaciones fueron ensanchánd 

1 Jaubert-Campagne; InililtKiimts luiaticipaUj dt Perfüián. p 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. X. 95 

centros; es que los pueblos, como los hombres, necesi- 
tan aire libre y vivificante para sus pulmones. Por to- 
das partes se modificaron las costumbres, se remedia* 
ron las necesidades, se combatieron las exigencias in- 
justas, se ahogaron las obligaciones despóticas, se 
hicieron más intimas las relaciones de sociedad y fami- 
lia, se dio vida á las artes, impulso al comercio, vigor 
á la industria; por todas partes con ello la civilización 
marchó en alas del progreso, y leyes más benéficas, más 
justas y más propias, leyes que más de cerca remedia- 
ban el daño, combatían el abuso ó laureaban el mérito, 
extendieron sobre los hal>ítantes de las municipalidades 
su égida protectora. El estandarte de una población li- 
bre, que el ciudadano tuvo desde entonces derecho de 
ondear triunfante en lo alto de sus torres , llamó á su 
seno al hombre que, aislado en la soledad de los cam- 
pos, vivía miserablemente la vida de los reptiles bajo 
los muros del castillo feudal. 

Desde el momento en que el hombre aprendió á 
conocer sus derechos y sus deberes con el estableci- 
miento de las municipalidades; desde el instante en que 
se vio libre de la servidumbre y devuelto á sus derechos 
naturales, que la opresión y el feudalismo le hicieran 
desconocer; desde el punto mismo en que ya no fué cosa 
sino persona, acudió al centro y patria común de los hom- 
bres libres, al seno de las municipalidades, para prestar 
á las artes, á las ciencias, á la industria, al comercio, 
en una palabra, al progreso y á la civilización, el apoyo 
de su brazo, de su talento, de sus recursos, de su vida. 

Nuestra Cataluña vio en el siglo xii nacer esa nueva 
aurora de un nuevo porvenir. Cedamos ahora por un 
momento la palabra al ilustre Capmany i. «El conde 

1 Mevtorifu históricas^ tomo I, parte 3.* de las antiguas artes de 
Barcelona^ pág. 3. 



96 VÍCTOR BALAGUER 

de Barcelona, Ramón Berenguer IV , empeñado en 
contrabalancear el poder de los barones, que oponían 
un fuerte antemural contra el ejercicio soberano del 
Príncipe, adoptó el pensamiento» ya imaginado enton- 
ces por otros soberanos de Europa, de conceder nuevos 
privilegios á las ciudades situadas en su dominio patri- 
monial... En virtud de estos privil^os, llamados ChaZ' 
Ue Universitatis, se restituyó la libertad á los vecinos de 
muchas villas y lugares, borrando toda señal de servi- 
du^nbre, y se erigieron los comunes ó cuerpos munici- 
pales en todas las ciudades, gobernadas por un consejo, 
que se componía de magistrados elegidos de entre sus 
mismos moradores : en unos pueblos intitulados Cond- 
liarii; en otros. Cónsules; en otros, Jurati, y en otros 
Paciarii, Estos magistrados gozaban el derecho de un 
poder supremo en todo lo tocante á su gobierno econó- 
mico; podían administrar justicia privativamente, en 
ciertos casos, dentro del pueblo y su comarca; imponer 
gabelas y arbitrios para las necesidades públicas; ejer* 
citar su milicia urbana para la defensa común 6 para el 
servicio del Príncipe, y algunos tuvieron la prerrogativa 
de acuñar moneda. En menos de un siglo todas las ciu- 
dades y muchas villas de Cataluña, destituidas hasta 
entonces de fueros y jurisdicción gubernativa, llegaron 
á echar los cimientos de su libertad política. » 

Sólo me atreveré á añadir á lo que dice Capmany, 
que Ramón Berenguer IV no hizo en este punto sino 
seguir el impulso que había ya comenzado á dar Ramón 
Berenguer lU. Muchas ñieron, en efecto, las villas y 
poblaciones catalanas que en el siglo xii tuvieron su 
carta. La obtuvieron Tortosa, Lérida, Gerona, Tarra* 
gona, Reus; la tuvo Perpiñán, siendo de advertir que la 
de esta ciudad, como tendremos ocasión de hacer ob- 
servar en el próximo capítulo, es la más antigua, bajo 
el punto de vista de libertad municipal, por la forma en 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. X. §7 

que se halla y por ser el pueblo quien se le da á sí mis- 
mo, y no el rey quien se la otorga. 

De todos modos y pronto podremos juzgar de los in- 
mensos beneficios que el régimen . municipal reportó á 
nuestro país. Ya veremos cómo este santo principio de 
libertad civil y política ^ siempre respetado por el sobe- 
rano, que no faltó jamás en sujetar á él las decisiones 
reales cuando eran contrarias á las leyes, siempre tam- 
bién respetado por el pueblo, que más de una vez*apeló 
á las armas para defenderle, es á lo que debe Barcelo- 
na, la capital del Principado, figurar algunas veces 
como única en la lista de las ciudades defensoras y pro- 
tectoras de los derechos populares. De este principio es 
también del que salió una magistratura ciudadana, como 
pocas ciudades pueden contarla en sus anales ; magis- 
tratura que, al perpetuarse de edad en edad, y al legar- 
se, como herencia sagrada, la honradez y la justicia, 
empezó, continuó, terminó y mejoró un código de leyes 
municipales que á cada página, á cada párrafo, á cada 
linea prueba, de una manera irrecusable, cuánto era el 
amor que sentían por la patria nuestros padres, cuánta 
la adhesión que á sus conciudadanos y á sus libertades 
profesaban. 

MARINA, ARTES, INDUSTRIA Y COMERCIO. 

Se puede decir que el comercio, la industria y la mad- 
rina de Cataluña nacieron con Ramón Berenguer III; 
al menos, en su época y en su reinado comenzaron á 
brillar y arraigarse. En su reinado y en su época hay 
que ir á buscar el germen de prosperidad en estos ramos 
que tan grandes resultados debía traer al país. 

La empresa contra las Baleares llevada á cabo por 
Ramón Berenguer el Grande, el viaje del conde á Ita- 
lia con una flota catalana, el tratado con el wali de Lé- 

TOMO XI 7 



gS vfCTOR BALAGUER 

rida de que se ha hablado en el cap. VIII del libro 
anterior^ el tratado con Genova y Montpeller^ de que se 
ha dado cuenta en el cap. IX del mismo libro > la em- 
presa contra Almería» y otras y otras noticias que tene- 
mos de aquellos tiempos, dan una idea clara y exacta 
del poder de nuestra marina en el siglo xii. 

Nuestro conde tenía ya una escuadra permanente á la 
que vemos frecuentar el puerto de Genova, y recibir allí, 
y á cuenta del soberano , socorros pecuniarios que le 
daba Amaldo de Bell-lloch, agente consular 6 mercan- 
til, ó acaso embajador del príncipe i. 

Suenan ya entonces los nombres de dos almirantes 
catalanes, el de Galcerán de Pinos , en la conquista de 
Almería, y el del Dalmau de Plegamans, más tarde. 

En 1 149, al partir el conde á Provenza^ un ciudada- 
no de Barcelona, llamado Ramón Berenguer de Mon- 
eada, hizo construir dos galeras en la playa de la ciudad, 
delante de la actual bajada de Viladecols, y dio su man- 
do al marino barcelonés Ramón Durfort 2. 

En ii5i , el mismo conde daba á mandar una de sus 
galeras á Amaldo de Moneada. 

En 1 154, los barceloneses Berenguer de Sarria y Ra- 
món de Olset construían otras dos galeras , en servicio 
del conde, y una de ellas, llamada la Sarríana, era con- 
fiada después por el príncipe al mando de otro barce- 
lonés llamado Berenguer Riudeperes. 

Es el siglo XII la primera época de la marina catalana. 

Aunque las islas Baleares cayeron otra vez en manos 
de los sarracenos, las treguas que los reyes de Aragón 
tuvieron la política de convenir y renovar con los de Ma- 
llorca, dejaban libres y seguros los mares por largas 
temporadas, y de este modo creció tan notablemente la 

1 Pujades, tomo VIII, pág. 448.— Piferrer, tomo 11 de Caialuña., 
página 155. 

2 ídem id. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V, CAP. X. 99 

navegación exterior de los catalanes , que durante todo 
el siglo^ y en mayor escala aún á principios del xiii , se 
hicieron comunes los viajes desde Barcelona á Egipto, 
Ceuta, y otras partes de Berbería i. 

Por lo que toca al comercio, aceptemos los datos que 
nos ofrece Capmany en la obra que escribió á costa de 
no poco estudio, vigilias y desvelos. Dice , pues, este 
autor, que Barcelona empezó desde el siglo xil á ser un 
puerto abierto á todas las naciones entonces conocidas. 
Por esta sabia máxima de no excluir á ninguna de su 
contratación, sin tener grandes motivos, vino á ser uno 
de los primeros emporios del Mediterráneo. Bajo el go- 
bierno de Ramón Berenguer IV, cree Capmany que 
empezaron Barcelona y los demás pueblos marítimos 
de Cataluña á ser frecuentados de genoveses y pisanos, 
porque es muy verosímil que antes de aquel tiempo no 
hubiesen visitado las costas de España ni tenido comu- 
nicación con sus puertos , que estaban en poder de los 
sarracenos, ó eran asolados por sus piratas. Por lo que 
respecta al siglo xii^ no cabe duda, pues se tienen noti- 
cias exactas de que los pisanos y los genoveses tenían 
con nosotros un continuo tráfico 2. 

Con la conquista de las Baleares, llevada á cabo por 
Ramón Berenguer el Grande, aumentó notablemente la 
navegación de los extranjeros hacia nuestras costas; se 
desprende así de un documento por el cual el conde 
hizo donación á la iglesia de Barcelona, en ii32, del 
diezmo de las gabelas que se exigían á las naves que 
entraban ó salían del puerto, ó pasaban por el mar de 
su imperio 3. 

1 Capmany : Mgmorias históricas, parte primera de la marina bar- 
€elontsa^ pág. 12. 

2 Capmany : Memorias históricas^ parte segunda del antiguo cotner- 
€Ío^ pág. 24. 

3 Id.: Memorias históricas, tomo ü, colección diplomática, núm. 2. 



lOO 



VÍCTOR BALAGUER 



Benjamín de Tudela visitó á Barcelona en ii5o cuan- 
do pasaba á Jerusalén desde Toledo, y en el itinerario 
de su viaje escribe de ella las siguientes palabras: «Bar- 
celona es ciudad marítima, aunque reducida, muy be- 
lla y hermosa: es muy frecuentada de negociantes, y 
acuden á ella mercaderes de todos los países, de Grecia, 
de Pisa, de Genova, de Sicilia, de Alejandría, de Egip- 
to, de todas partes U 

Capmany observa que, si Cataluña no hubiese sumi- 
nistrado algunos renglones para la exportación, no hu- 
biera subsistido largo tiempo esa concurrencia de fabri- 
cantes extranjeros, á no ser que Barcelona fuese enton- 
ces el depósito general de las mercaderías de Oriente 
para distribuirlas á las provincias interiores de España; 
y esto último es tanto más verosímil, cuanto que hasta 
mediado el siglo xiii, en que fueron recobradas Valen- 
cia y Sevilla, ninguna provincia tuvo comercio propio* 

Caffaro, en sus Anales de Genova^ habla de un tratado 
concluido en Provenza entre aquella república por una 
parte, y el rey D. Alfonso el Casto por otra. Mediante 
este convenio, que se firmó en 1167, Genova se obligó 
á socorrer á Alfonso para tomar el castillo de Albarón 
con cuatro galeras; y Alfonso se comprometió á que los 
pisanos fuesen extrañados de sus dominios sin poder 
ser admitidos en lo sucesivo, con la condición de que 
cuantos á la sazón se encontraran traficando en ellos, 
fuesen, personas y efectos, entregados á los cónsules de 
la nación genovesa. Capmany, que traslada lo que es- 
cribe Caffaro, dice que el tráfico que los pisanos hacían 
en Barcelona y en los demás puertos de los dominios 
del rey de Aragón D. Alfonso el Casto, llegó á causar 
celos á sus rivales los genoveses, y que éstos tuvieron 



1 Bergerón: Recudí de voyages, tomo II: itínerariwn Btnjamims de 
lúdela. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. X. 101 

influencia en la corte de D. Alfonso para ajustar dicho 
tratado. Lo mismo dicen los Sres. Pí, siguiendo á Cap- 
many, en su capítulo sobre el comercio de Catalu- 
ña 1. Bien pudiera ser, sin embargo, que el primero de 
estos autores, con su mucha autoridad, hubiese hecho 
incurrir en cierto error á los otros, aunque también pu- 
diera ser que fuese yo quien anduviese errado en este 
punto. 

El tratado de que habla Caffaro, y con referencia á 
él Capmany, se efectuó en 1167, antes de la toma de 
Albarón, que tuvo lugar realmente, según hemos visto, 
en dicho año, insiguiendo el modo de contar de ciertos 
escritores, aun cuando para otros fué en 1166. El rey 
D. Alfonso de Aragón acababa de llegar entonces á la 
Provenza titulándose heredero de Ramón Berenguer, 
conde de aquel país, que había fallecido bajo los muros 
de Niza. Como el conde de Tolosa le disputaba la po- 
sesión de la Provenza, ambos príncipes se declararon la 
guerra. Los pisanos eran partidarios del conde de To- 
losa, y recordarán mis lectores que los genoveses, antes 
de morir el conde de Provenza, y en el año 11 65, fir- 
maron con él un tratado, mediante el cual el conde se 
comprometió por 4.000 sueldos melgarienses á no per- 
mitir que ningún buque de Pisa abordase á las costas 
de sus dominios. Así, pues, el rey D. Alfonso, sucesor 
de Ramón Berenguer en el condado de Provenga, se 
encontró naturalmente enemigos á los pisanos, y reno- 
vó con los genoveses el tratado que su antecesor había 
concluido con ellos. De esta manera me explico la con- 
ducta del rey Alfonso, y la hallo lógica y prudente. No 
fué, pues, por ser más afecto á la idealidad de la poesía 
provenzal que al positivismo del comercio patrio, como 
han dicho los Sres. Pí, por lo que el rey Alfonso firmó 

1 Barcelona antigua y moderna^ tomo 11, pág. 65. 



I02 



VÍCTOR BALAGUBR 



él tratado con los genoveses en perjuicio de los písanos, 
sino porque éstos eran sus contraríos, y aquéllos sus 
aliados, y sabido es que todos, sin exceptuar á los reyes, 
son amigos de sus amigos, y enemigos de sus enemigos. 

Desde fines del siglo xii, posee Cataluña artes y ofi- 
cios conocidos; pero las principales memorias que tene- 
mos pertenecen al xiii, al llegar á cuya época nos ocu- 
paremos de ello detenidamente. Las artes mecánicas, 
lustre, ser y progreso de ima nación, florecieron desde 
muy antiguo en Cataluña, fabricándose bajeles, naos y 
diversas embarcaciones, labrándose el oro, hierro, pla- 
ta, y los demás metales con primor, tejiéndose paños, 
sedas y toda clase de ropas U 

Hijas las artes de la paz y de la libertad, no echaron 
verdaderas raices en el Principado, hasta tanto que una 
y otra establecieron allí su dominio. Barcelona, coma 
madre amante, las acogió á todas. Capital y corte de 
los condes-reyes, importante por su comercio, abierto 
su puerto á mercancías y negociantes de todo el mun- 
do, centro de actividad y vida, teniendo sus moradores 
el goce de una libertad política envidiable, y comenzan* 
do á revestirse su gobierno municipal de aquella forma 
democrática que la hizo tan célebre y le dio tanta im- 
portancia y fuerza, Barcelona dio hospitalidad á la in- 
dustria desde el siglo de que hablamos, y atrajo á si á. 
todos los artífices. Próximamente nos ocuparemos de la 
antigüedad de sus famosos gremios, y veremos florecer 
sus artes é industria. 

COSTUMBRES. 



Seguían las costumbres ofreciendo su deplorable es- 
pectáculo. Las Constituciones de paz y tregtM, impuestas 
por nuestro Alfonso á los señores feudales del Rosellón, 

1 Fénix de Cataluña, cap. IV. 



HISTORIA DE CATALUÑA.-— LIB. V, CAP. X. IO3 

prueban bien claramente que fué preciso tomar enérgi- 
cas medidas para garantir el respeto á las iglesias , la 
seguridad de las familias, la de los viajeros, etc., etc. 

El fatal estado de las costumbres lo demuestra tam- 
bién la sola lectura de este libro V. Las continuas lu- 
chas entre los señores; la incesante renovación de con- 
venios, á cada paso violados; las mutuas ñanzas que 
debían darse las partes contratantes, todo explica que 
reinaban la mala fe y el egoísmo. Nada era respetado 
en esta época, lo mismo las casas religiosas que las 
particulares ; muchos señores, al morir, ponían sus viu- 
das é hijos bajo la protección de otros señores en esta- 
do de defenderlos; otros hacían pagar ciertas sumas á 
los establecimientos religiosos para acudir en su auxi- 
lio; los había que se lanzaban á los caminos convirtién- 
dose en bandidos para despojar á los viajeros, y la ma- 
yoría de ellos disponían de los bienes de sus vasallos 
como délos suyos propios, atentando á lo más sagrado, 
á lo más santo y á lo más puro. 

La trágica aventura del trovador Guillermo de Ca- 
bestany, suponiéndola cierta — y cuando no lo fuese hay 
ejemplos de otras muy parecidas, — nos da una idea de la 
ferocidad de costumbres de algunos grandes señores del 
siglo XII, y el testamento del último conde del Rose- 
Ilón nos demuestra los males que producían las guerras 
privadas y la inmoralidad de los personajes más emi- 
nentes: deja el encargo á sus ejecutores testamentarios 
de hacer las restituciones convenientes á aquellos por él 
despojados y robados ; á este fin , es decir , en clase de 
restitución, lega diferentes sumas á los habitantes de 
PoUestres, de Candell, de Banyuls, de Villamolaca , de 
Canamals, de Maurellas, de Peirestortes y de otros lu- 
gares, pro malefacto quod eis feci; manda restituir 150 
sueldos melgarienses á Pedro Martin, habitante de Per- 
piñán, pro dampno quod ei intulit quídam lairo ; y deja 



I04 VÍCTOR BALAGUER 

la manda de i .000 sueldos melgarienses para vestir á 100 
pobres, en restitución de la parte que tuvo en el robo 
efectuado por cierto Ponce de Navaga {pro parte latro- 
cina Poniii de Navaga quatn ego habui). 

MONUMENTOS. 

Fué el XII el siglo de oro para las artes en Cataluña. 
Son muchos, muy importantes y muy notables los mo- 
numentos que datan de aquella época. 

El precioso monasterio de San Pablo del Campo en 
Barcelona, de que tantas veces se ha hablado, se res- 
tauró en 1 1 17. Un piadoso varón, Guitardo óWitardo, 
quizá de la familia condal de Barcelona , y su esposa 
Rotlanda, acudieron á la restauración del monumen- 
to, levantado por el segundo de los condes indepen- 
dientes 1. 

Un monumento más sencillo y humilde se levantaba 
también á poco, extramuros de la ciudad entonces, pero 
ya en medio de los arrabales de la ciudad nueva. Era 
la capilla llamada de Marcús, que existe aún hoy en la 
plazuela de este nombre. Fué consagrada á Nuestra 
Señora de la Guía, pero tomó el nombre de su funda- 
dor Bernardo Marcús, ciudadano opulento, dueño de 
muchas casas en la ciudad y de muchas fincas en el te- 
rritorio, que murió en 1166, después de haber fundado 
un hospital, de haber ayudado con su dinero al conde 
de Barcelona y de haber comenzado esta capilla , que 
terminaron sus hijos por legado suyo 2. 

1 Piferrer : Cataluíía, tomo I, pág. 75, y tomo II, pág. 169. 

2 Piferrer: Cataluña^ tomo II, pág. 170. — Guia- cicerone^ de Bofa- 
rull (Antonio). — Barcelona antigua y moderna^ de Pí. — Se dan curiosas 
noticias de este comerciante barcelonés, Bernardo Marcús, en una obra 
manuscrita con el titulo de Barcelona antigua y moderna que escribid 
el P. Raimundo Ferrer, y que se conserva en la biblioteca de San Juan 
(Sala de Manuscritos). 



1 



HISTORIA. DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP, X, IO5 

En 1 146 comenzó á levantarse la iglesia de Santa 
Ana por solicitud y cuidado de los miembros del Santo 
Sepulcro de Jerusalén, que, aceptando las proposicio- 
nes del conde Ramón Berenguer IV, habían venido á 
Barcelona, extramuros^ y en el terreno que se les donó 
del arrabal que se iba formando hacia el norte i . 

Existían á más en Barcelona varios edificios monu- 
mentales, pertenecientes á este siglo, que han ido des* 
apareciendo. Los palacios ó sitios reales de Valldauray 
Bellesguart, fueron levantados en esta época ó en ella 
restaurados. Reedificóse también parte del palacio prin- 
cipal de los condes de Barcelona. 

A una hora de los muros de la ciudad, por la parte 
del Llobregat, y cerca del antiguo castillo del Puerto, 
el obispo de Barcelona consagraba al comenzarse el si- 
glo XII, en Enero de iioi, la iglesia parroquial de San- 
ta Eulalia en el lugar llamado Villa provinciana. Aún 
existe en el llano de Barcelona, más allá del pueblo de 
Sans, esta pequeña iglesia romano-bizantina, parte de 
cuyo interior y todo el exterior permanecen íntegros 2. 

Comenzaba el año 1112 cuando se consagró la igle- 
sia de Santa María de Tarrasa. Levantado este templo 
junto á los de San Pedro y de San Miguel, sobre las 
ruinas de la antigua Egara, establecióse en él una con- 
gregación de canónigos regulares de San Rufo M. Con- 
sagró la iglesia el obispo de Barcelona Ramón. 

También por solicitud de otro obispo de la mis- 
ma ciudad, llamado Guillermo de Torreja, los canó- 
nigos de San Rufo tuvieron en 1148 la iglesia y mo- 
nasterio de San Miguel de Marmellar en el territorio 
de Villafranca del Panadés. La obra de este edificio 



1 Piferrer: Cataluña, tomo II, pág. 188. 

2 ídem id., tomo U, pág. 192. 

3 Efemérides de Flotats. 



I06 VÍCTOR BALAGUER 

se levantó con suntuosidad, al decir de las crónicas i. 

La fundación del monasterio de las Avellanas 6 de 
Santa María de Bellpuig, de la orden premostratense, 
de canónigos regulares de San Agustín, tuvo lugar 
en 1x66. Fundáronle los condes de Urgel Armengol de 
Valencia y su esposa en un sitio fragoso, llamado hasta 
entonces monte de MoUet, y fué uno de los monasterios 
más ilustres de Cataluña por tener sepultura en su igle* 
sia algunos de los señores y muchos otros nobles de 
aquel condado, y por los eminentes varones que alber* 
gó en su claustro, entre otros los sabios anticuarios Pas- 
cual y Caresmar, á quienes tanto debe la historia de 
nuestro Principado 2. 

Débese también al mismo conde de Urgel la funda-- 
ción de la iglesia de San Pedro en la villa de Pons y 
con ella la de un monasterio de la orden de San Benito. 

Por los años de 1128 emprendió San Olaguer la gi« 
gantesca idea de erigir en Tarragona un templo digno 
de la metrópoli de la mitad de España con pretensiones 
al título de primada. Sus primeros constructores debie- 
ron varías veces abandonar su tarea para correr á las 
murallas á defender la ciudad: las luchas se sucedían 
entonces frecuentemente. |Cuántas veces aquellos cris* 
tianos artífices se verían interrumpidos en sus trabajos 
por el toque de alarma, y cuántas, teniendo que defen- 
derse entre las mismas piedras de la catedral que alza- 
ban, regaron con su sangre los cimientos del templo! Es 
fama que su construcción hubo de abandonarse varias 
veces sin que por esto se desalentara Olaguer. La gue- 
rra con los moros lo absorvía todo, y faltaban recursos y 
brazos. En 1129 ^^^ menester un decreto del concilio 
narbonense para procurar medios con qué acudir á la 

1 Pujades, lib. XVIII, cap. XXIV. 

2 Efemérides de Flotats. — Monfar en su Crámca de los condes á*. 
UrgeL 






HISTORIA DE CATALUf^A. — LIB. V. CAP. X. IO7 

fiíbrica del templo. A pesar de esto, se adelantaba muy 
poco, pero el regreso de Normandía del príncipe ó con- 
de Roberto, de donde trajo' soldados y artífices, reani- 
mó la naciente población, y la catedral comenzó á ele- 
varse* Sin duda sus trabajos se volvieron á interrumpir, 
pues San Olaguer obtuvo en ii3i del papa Inocencio II 
una bula para que contribuyesen á la obra las iglesias 
sufragáneas, como lo efectuaron, enviando á todas par- 
tes mensajeros encargados de recoger los donativos de 
los fíeles. Asi, con toda fatiga, lentamente, superando 
obstáculos, venciendo dificultades, fué elevándose la fa- 
mosa catedral de Tarragona para ser con el tiempo una 
magnifica obra de arte, joya de Cataluña y recuerdo in- 
morta.1 de la fe, de la piedad y del patriotismo de nues- 
tros padres i. 

A poca distancia de Tarragona, y á mediados de aquel 
mismo siglo, comenzó á elevarse otra fábrica religiosa 
destinada á ser algún día una verdadera catedral de va* 
lies y montañas. El monasterio de Poblet reconoce por 
primer fundador á Ramón Berenguer IV, que, después 
de haber arrojado á los moros de las sierras de Prades 
y Ciurana, puso la primera piedra de aquel monumento, 
célebre en el mundo, y cuya fama é importancia pudie- 
ron acaso inspiraír más tarde á un rey de España la idea 
de darle con San Lorenzo del Escorial un rival en tie- 
rras de Castilla. Haremos más adelante la descripción 
de Poblet: se nos han de presentar muchas ocasiones 
para hablar de este monasterio, que, por una rara coin- 
cidencia, pareció levantar el último conde soberano de 
Barcelona para panteón de la raza de reyes aragone- 
ses por él procreada, como el primero parecía haber le- 



1 Se han hecho muchas descripciones de esta catedral. Pueden leer- 
se en particular las de Piferrer en su tomo I de Cataluña, pág. 218 y 
siguiente?, y de Pí y Margall en su Cataluña, pág 222 y siguientes. 



108 VÍCTOR BALAGÜER 

Yantado el de RipoU para sepultura de los condes i . 
A cinco leguas de Poblet, hacia el oriente, está el 
monasterio de Santas Creus, situado en un pequeño 
altozano, al cual conduce una senda abierta á las ori- 
llas del Gaya, por en medio de una frondosísima y pin- 
toresca arboleda. En ii5o se había fundado el monas- 
terio de Valldaura, de la orden del Císter, y éste fué el 
que tomó el título de Santas Creus, cuando en 1 157 fué 
trasladado al sitio de este nombre, en el distrito del cas- 
tillo de Montagut, y á las frescas orillas del murmurante 
arroyo que pasa lamiendo sus plantas. Guillermo Ra- 
món de Moneada y sus hijos Guillermo, Berenguer y 
Ramón , donaron para esta fundación al monasterio de 
Grande Selva, de la diócesis de Tolosa, varias posesio- 
nes que tenían en el término de Cerdañola; y aquel mo- 
nasterio envió acá doce de sus religiosos y tres herma- 
nos, que, bajo la obediencia del abad Guillermo de 
Montpeller, dieron principio á la nueva casa. Fué este 
monasterio, después del de Poblet, el mejor monumento 
de la orden cisterciense en Cataluña: no tenía la gran- 
diosidad de aquél, pero los inteligentes le encontraban 
más unidad artística, formas más sencillas y severas, y 
sobre todo, mayor belleza intrínseca. Su iglesia, prin- 
cipalmente, aventajaba, no sólo á la de Poblet, sino á 
las creaciones más acabadas del siglo. En Santas Creus 
estaban las sepulturas de varios hombres ilustres, la de 
Pedro el Grande, la de Jaime II y su esposa Blanca de 
Ñapóles, la del almirante Roger de Launa, la de los 
dos Moneada que murieron como buenos y como hé- 
roes en el suelo mallorquín, la de otros muchos bravos 
caballeros. Poblet y Santas Creus, ha dicho Pí y Mar- 
gall, llevan impreso en sí el sello del reinado de "Beren- 
guer IV y el del imperio de la Iglesia. Son los trofeos 

1 Puede leerse para más detalles mi obra Las rumas de IhbUi. 



HISTORIA PE CATALUÑA. — LIB." V, CAP. X. IO9 

levantados en el vasto campo de batalla en que cayeron 
Lérida y Tortosai la manifestación del poder cristiano 
en el siglo xii, los laureles concedidos á la Iglesia por 
el último conde de Barcelona, y recogidos por los discí- 
pulos del patriarca San Bernardo i. 

La cartuja de Scala Dei, primera de España y ma- 
dre de las mayores, como dicen las crónicas, fué fun- 
dada también en este siglo por Alfonso el Casto. De- 
seando el monarca establecer en Cataluña esta religión, 
eligió aquel lugar, que ya llamaban Monte Santo, y en- 
vió á buscar religiosos á la Gran Cartuja, para fundar 
dicho santuario, que llegó á ser célebre y famoso. 

Bl templo de San Juan, en Lérida, es un monumen- 
to de un género nada común, y muy elegante en el 
mismo. 

No son estos solos, sino muchos más los monumen- 
tos que en este siglo vio alzar Cataluña. He citado 
únicamente los principales y más importantes. Olvi- 
dadas en lo interior de muchos pueblos, perdidas entre 
los seculares bosques de ciertos valles y montañas, exis- 
ten aún iglesias y capillas que desde el siglo xii vienen 
desafiando la cólera del tiempo y de las tempestades, 
para demostrar la sencilla piedad y la pura fe de nues- 
tros abuelos. Cataluña es rica en monumentos. Des- 
graciadamente, su principal riqueza consiste ahora en 
ruinas; ruinas debidas á la mano del hombre, más des- 
tructora y terrible que la furia de los elementos. 

No son pocos también en Aragón los monumentos 
del siglo de que hablamos; citaré algunos de los que 
comenzaron á edificarse después de haberse unido en- 
trambas coronas bajo el cetro de la familia catalana. 



1 Acecpa del monasterio de Santas Creus, ha escrito un libro de ver- 
adera importancia el Sr« D. Teodoro Creus, que se puede consultar con 
ran provecho. 



lio VÍCTOR BALAGÜER 

Bn la última mitad del siglo, empezó á levantarse la 
iglesia de Fraga, puesta bajo la advocación de San Pe- 
dro. Este templo, renovado en épocas posteriores, con- 
serva aún bellos detalles, fragmentos y parte de su pri- 
mera fábrica 1. 

El monasterio de Sijena es de la misma época. Con- 
tribuyeron á su fundación las liberalidades de Alfonso 
el Casto, y en aquel templo profesó su hija Dulce, y á 
este claustro se retiró su viuda Doña Sancha. Bien 
puede decirse que ésta fué la fundadora del monasterio, 
el cual fué creciendo en celebridad é importancia. Fué 
poco á poco haciéndose famoso por la opulencia de sus 
rentas y la nobleza de sus moradoras, llegando para él 
un tiempo en que más tenía de palacio que de claustro, 
más de corte que de retiro, y las que allí se refugiaban 
más de aristocráticas damas de sociedad que de pobres 
esposas del Señor. 

De este siglo tiene una iglesia Monzón, restaurada 
por los templarios cuando se la dio Ramón Berenguer 
en 1 143; otra, bajo la advocación de Santa Eulalia, vio 
alzarse Barbastro, aunque en el día no creo existan ni 
restos; el mismo Ramón Berenguer fundaba un monas- 
terio de cistercienses cerca de Ejea; el célebre monas- 
terio de Veruela, era consagrado en 10 de Agosto 
de 1 17 i; y el no menos famoso de Piedra, se remonta 
al iigS. 

Tales son los principales monumentos que la corona 
de Aragón recuerda como fundados en este siglo. 

La descripción se halla en Quadrado: Aragón, pág. 78. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XI. 'III 



CAPÍTULO XI. 

Hambre y peste en Cataluña.— Sube al trono Pedro I.— Cortes en Da- 
roca. — £1 rey junta tropas para auxiliar al de Castilla. — Promulga- 
ción de la pragmática contra los valdenses. — Institución de los cónsu- 
les de Perpifián. — Privilegio de la mano armada. — Bandos entre los 
condes de Urgel y de Fofac.— -El conde de Foix tala el Urgel.— De- 
rrota y muerte de Ramón de Ceivera de Agramunt. — £1 conde de Ur- 
gel hace prisioneros al conde de Foix y al vizconde de Castellbó. 

(De i 196 Á 1203.) 

Los anales catalanes hacen notar que en el año 1196, 
en que tuvo lugar la muerte del rey Alfonso, creció el 
hambre en el Principado, siguiéndose una desoladora 
peste, á la cual sucedió una guerra de bandos no menos 
destructora y cruel, según de ella daremos cuenta en 
ocasión oportuna. 

Á 25 de Abril de 1196, habia fallecido en Perpiñán 
el rey Alfonso, de buena memoria, y en 16 de Mayo del 
mismo afío juraba los fueros en Zaragoza su primogé- 
nito Pedro, cuya edad era entonces de diez y siete años. 
Fué éste D. Pedro I de Cataluña y II de Aragón, á 
quien la posteridad ha llamado indistintamente el Ca^ 
iólico, el Noble 6 el de Muret, por su muerte en esta ba- 
talla, como veremos. Quieren algunos autores que la 
reina Doña Sancha quedase de tutora y regente del reino 
hasta que D. Pedro cumplió los veinte años, según tes- 
'amentaria disposición del padre; pero la crónica del 
Anónimo nos dice que el impetuoso mozo no pudo su- 
Krír esta dura ley más que por cinco meses escasos, pues 



H2* VÍCTOK BALAGUER 

en Setiembre» reunidas Cortes en Daroca, empuñó las 
riendas del Estado. 

Efectivamente, por el mes de Setiembre de 1196 fue- 
ron llamados á Cortes en Daroca los prelados y ricos- 
hombres, mesnaderos y caballeros, y los procuradores 
de las ciudades y villas del reino. Presentóse á ellas la 
reina Doña Sancha con su- hijo el principe, quien, de 
voluntad y consentimiento de la reina y de las Cortes, 
tomó la posesión del reino, intitulándose rey desde aquel 
momento, y volviendo á conñrmar ante la asamblea los 
fueros, costumbres y privilegios del país. 

Mozo, emprendedor, impetuoso y con bríos de refor- 
mador y guerrero, Pedro I comenzó por quitar á los ri- 
cos-hombres los feudos de las ciudades que de la corona 
poseían, para distribuirlos de nuevo á su arbitrio entre 
los mismos. Otra de sus inmediatas disposiciones fué la 
de mandar juntar sus huestes y gente de guerra, á fin de 
ir en auxilio del rey de Castilla, que se hallaba en sumo 
conflicto y tenía sus reinos en el postrer peligro por la 
pérdida de la batalla de Alarcos. Desastrosa jomada 
había sido para el poder castellano y para luto de las 
banderas cristianas. Fué esta victoria de Alarcos la más 
grande que alcanzaron los almohades, quienes se em- 
briagaron y hartaron de sangre cristiana — dicen las his- 
torias árabes, — matando muchos enemigos que no se 
pudieron contar, pues su número cabal sólo Dios lo 
sabe i. 

Si hemos de dar crédito á autorizados cronistas, los 
reyes de León y de Navarra, en lugar de auxiliar al de 
Castilla en su quebranto, comenzaron á hacerle la gue- 
rra en su propio reino, dándose la mano con el moro 
en aquella época de exterminio que parecía haber lle- 
gado para el castellano. Éste sólo tuvo á su lado á Pe- 

1 Conde, cap. LUÍ de su 3.* parte. 



HISTORIA DE CATALUÑA.-7LIB. V. CAP. XI. II3 

dro de Aragón. Yakub Almanzor, el vencedor de Alar- 
C0S9 después de haber intentado en valde la conquista 
de Toledo^ fué asolando su territorio^ retirándose por 
fin á Andalucía con gran botín de riquezas y de cautivos. 

Entonces el monarca castellano, unido al aragonés, 
en lugar de perseguir á los moros, volvió sus armas 
contra el rey de León, cuyas tierras taló, ocupándole 
varias plazas i . En seguida, ambos reyes, el de Aragón 
y el de Castilla, se concertaron para arrojarse contra el 
navarro, si bien hubieron de suspender por el pronto su 
proyecto, que dejaron para ocasión más propicia. 

Al comenzar el año de 1197, D. Pedro había venido 
á Cataluña, y estaba en Gerona, pues que en dicha 
ciudad y á 29 de Enero le vemos promulgar, aconseja- 
do por el obispo de Tarragona y otros prelados, la prag- 
mática, ya mencionada en otro lugar, contra los herejes 
▼aldenses 2. Perseguidos estos sectarios que, como sa- 
bemos, habían tomado el nombre de su jefe Pedro Val- 
do, corriéronse hacia las provincias meridionales de 
Francia, y en gran número se introdujeron en Rosellón 
y en Cataluña. Por esto, D. Pedro, que quiso conformar- 
se con las prescripciones de la Iglesia, en cumplimiento 
de los decretos del concilio tercero de Letrán, expidió 
su real pragmática, por la cual se mandó que hubiesen 
de salir todos de estas provincias antes del próximo do- 
mingo de Pasión, pasado cuyo término se les confisca- 
rían los bienes y serian entregados á las llamas cuantos 
pudiesen ser habidos, imponiendo graves multas á los 
que les favoreciesen ú ocultasen; y previniéndose por 
último que, para conocimiento de todos, fuese leída la 
pragmática todos los domingos en todas las parroquias. 

Todo lo que inhumano y de terrible tiene este decre- 

1 Anónimo: Remado de D. J^dro ú Nobk. 

2 Efemérides de FloUts. 

TOlfO XI 8 



11^ VÍCTOR ^ALAGUBR 

to, que abría la puerta á los autos de fe, tiene de con- 
solador y grato para la historia del progreso de loa pue- 
blos otro del mismo D. Pedro, que vino á ser la carta 
6 la constitución comunal de la ciudad de Perpiñán. 
Desde el primer año del reinado de D. Pedro, el pueblo 
perpiñanés, que hasta entonces se había regido por sus 
usos, bajo la autoridad de un bayle instituido por los 
condes del Rosellón, cambió el régimen de su adminis- 
tración, dándose cinco cónsules que debían guardar y 
regir la población, velando por la seguridad de la mis- 
ma, y por la fidelidad debida al rey. He aquí la carta: 

«Sea á todos notorio, como nosotros todos, habitan- 
tes de la ciudad de Perpiñán, reunidos en asamblea, con 
el consentimiento y orden del ínclito señor Pedro, rey 
de Aragón y conde de Barcelona, establecemos entre 
nosotros (constituimos inter nos) cinco cónsules, que 
velarán de buena fe por la conservación de todo ei 
pueblo de la ciudad de Perpiñán, sea pequeño, sea gran- 
de, de sus bienes muebles é inmuebles, y de los dere- 
chos del rey; mantendrán y gobernarán el dicho pueblo 
para procurar la fidelidad debida al rey y el acrecenta- 
miento y seguridad del pueblo » 

Se estatuye en seguida que los cónsules deben ejer- 
cer el consulado durante un año, siendo renovados al 
espirar este término por otros, «elegidos por todo el 
pueblo, si los que han ejercido el consulado no se juz- 
gan útiles, ó si el pueblo no quiere que prosigan en sus 
cargos. » 

A continuación, los habitantes de Perpiñán se com- 
prometen á ser fieles al rey, á sostener sus derechos, y 
á ayudarse mutuamente contra los que no sean de la 
ciudad. 

Esta carta, notable bajo muchos conceptos, termina 
con un privilegio de D. Pedro, concediendo á los ciuda- 
danos de Perpiñán el derecho de armarse para su pro- 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XI. II5 

pia defensa. Esto es lo que los perpiñaneses llamaron 
el privilegio de la mano armada. 

En virtud de esta concesión, si algún hombre 6 mu- 
jer de Perpiñán recibía dañó, ofensa 6 injuria, podía 
acudir en queja á los cónsules, bayle ó veguer; éstos 
debían exigir al ofensor la restitución ó reparación que 
creyesen necesaria, según los usos de la ciudad; si se 
negaba el agresor á reparar el daño, los cónsules, bay- 
le y veguer quedaban facultados para perseguirle á él y 
á los suyos á mano armada, no siendo nadie responsa- 
ble de las muertes y desastres que tuviesen lugar con 
este motivo. Por fin, el rey ordenaba que todo habitan- 
te que sin necesidad evidente dejase de armarse y de se- 
guir á los magistrados, cuando fuese para ello requerido, 
pagase diez sueldos barceloneses, que debían ser em- 
pleados en repmrar los muros de la ciudad i . 

Siempre podrán los perpiñaneses mostrar con noble 
orgullo esta carta comunal, seguida del privilegio de 
mano armada. Es para ellos un título de gloria, un no- 
bilísimo blasón. Es en los estados catalanes el más an- 
tiguo monumento de libertades municipales. 

Por lo demás, estudíese bien esta carta. No es una 
ley impuesta al pueblo ni una orden que se le dicta. Es 
el pueblo quien habla, y no el rey: es el pueblo que se 
reúne (nos omnes insimul), previo consentimiento del 
rey, para darse á sí mismo los cinco cónsules (constituid 
mos Ínter nos). Es ya la forma democrática pura de la 
corona de Aragón. Esta carta y este privilegio son un 
contrato: el pueblo estipula por su parte sus libertades; 
el rey, por la suya, los derechos de la corona; ambos 
confunden y unen sus intereses para asegurar el esplen- 
dor del estado y la prosperidad de la población. La carta 
omunal de Perpiñán, establece un principio (III). 

1 Archivo de Perpiñán: libro verde mayor, pág. 22. 



ii6 



VÍCTOR BALAGUBR 



AI comentar el año 1197» comenió Catalana á verse 
desolada por las croeles guerras á que se ha hecho re- 
íerencia más arriba* Dividiéronse en bandos, muy en- 
camÍ2ados por cierto, las casas de los condes de Urgel 
y de Foix, y fueron muchos los nobles y señores que to- 
marón parte por una y otra de estas familias. Ni Zuri- 
ta ni Monfar, cronista este último de la casa de Uigelí 
aciertan á explicarse el motivo de esta guerra; según los 
benedictinos 1, fué á consecuencia de disensiones sobre 
los limites de sus estados. Lo cierto es, que sus discor- 
dias dividieron la Cataluña. 

Ya sabemos que se hallaba al frente de la casa de 
Urgel, Armengol VIH, hijo y sucesor de Armengol el 
de Valencia. Sin duda no estaba en disposición de resis- 
tir por de pronto al de Foix, pues éste llevó ventaja en 
los primeros encuentros. Al frente de un escogido cuer- 
po de tropas, Ramón Roger, conde de Foix, penetr6en 
el Urgel; llegó hasta la misma ciudad, de la que se apo* 
deró á fuerza de armas 2, la saqueó, inclusa la catedral, 
hizo prisioneros á los canónigos, á quienes exigió un 
fuerte rescate, y desoló todo el país 3. Hay quien dice, 
que también tomó por asalto la ciudad de Balaguer 4. 

No tardó Armengol en tomar su desquite, a}aidado 
de sus valedores^ y entre ellos, de Guillermo, vizconde 
de Cardona. La guerra duró aún cuatro ó cinco años, 
sin que se sepan particularidades de ella, porque todos 
escriben de corrida la historia de este conde de Urgel. 
Parece que el rey D. Pedro, que según convenios anti- 
guos, estaba obligado á valer al conde, no tomó parte 
en su favor, excusándose de ello, de lo cual dice Monfar 
que se levantó escritura y auto. 

1 Arí€ de comprobar las fechas: condes de Urgel. 

1 Moníar, cap. LDC 

3 ArU de comprobar las fechas: condes de Urgel. 

4 FeUu de la Pefla, lib. XI. cap. III. 



HISTORIA DB CATALUÑA. — UB. Y. CAP. XI. IZ7 

En 1200^ Ramón de Cervera, sin duda uno de los se- 
ñores aliados del de Foix, hizo cuanto mal le fué posi- 
ble en el condado de Urgel. Llevaba 4.000 infantes y 
buen número de caballería, armados todos con lorigas, 
y con ser tantos, 800 hombres bastaron á desbaratar- 
les 1. Otro autor añade que esta rota tuvo lugar en el 
campo de Agramunt, que los vencedores fueron los ve- 
cinos de esta villa, y que Ramón de Cervera murió en 
la jomada 2. 

Las memorias de aquel tiempo hablan de otro en- 
cuentro en 26 de Febrero de I203. Tuvo lugar entre 
la gente del conde y una hueste mandada por el vizcon- 
de de Castellbó, compuesta de 5oo infantes y 5o caba- 
llos. El vizconde fué roto y quedó prisionero con mu- 
chos de los suyos 3. Hay quien añade que con el de Cas- 
tellbó iba el mismo conde de Foix y que entrambos que- 
daron prisioneros del de Urgel 4. Aun cuando de esta 
última circunstancia no hagan mención las crónicas de 
esta última casa, debe tenerse por exacta atendida la 
fuente de que dimana. Según los benedictinos, estuvie- 
ron presos por espacio de cuatro años. Monfar, sin que 
mencione para nada al conde de Foix, dice que Armen- 
gol encomendó lo^ presos á Gombaldo de Ribelles, el 
cual los tuvo como en tercería y con guarda. Parece que 
el rey D. Pedro, interesándose por su libertad, medió 
en su favor, sin que al pronto consiguiera nada del con- 
de de Urgel. 

Por fin, vinieron á pactos y se arreglaron vencedor 

1 Moüfar, cap. LDC. 

2 Feliu de la Pefia, lib. XI, cap. III.T-Este autor y Zurita, ponen 
este encuentro en 12o2. 

3 Monfar, capitulo citado. 

4 historia del Langiudoc^ tomo III, pág. 11 5. También afirma lo 
aismo el Arte de s&tnprobar las fechas. La verdadera fuente de esta no- 
cía puede ser muy bien Zurita. 



Il8 VÍCTOR BALAGUBR 

y vencidos; pero no tuvo esto lugar hasta 1207, según 
y conforme se dirá en lugar oportuno ^ 

Lo cierto es que reina bastante oscuridad acerca de 
los pormenores de esta guerra, desoladora para ciertas 
comarcas de Cataluña. Los mismos cronistas particula- 
res de la casa de Urgel no han logrado poner en claro la 
historia de estos bandos, pues hasta ignoraban varios 
de los detalles que acabo de dar, con la brevedad eidgi- 
da por la historia general, imposibilitada muchas veces 
de descender á ciertos pormenores. 



CAPÍTULO XII. 



Discordia entre el rey y la reina su madre. — Cortes en Barcelona. — En- 
trevista y alianza del rey de Aragón y del conde de Tolosa en Pcr- 
pifián. — Condes titulares del Rosellón. — Concordia y armonia entre 
el rey y su madre. — Cortes en Barcelona. — Guerra con Navarra.— 
Fundación de la orden de San Joi^e. — Cortes en Cervera. — Guerra 
entre los condes de Provenza y Forcalquier. — El rey de Aragón {Msa 
á Provenza y negocia la paz. — Arreglo de limites entre Castilla y Ara- 
gón. 

(De i 198 Á 1202.) 

Tenemos que retroceder ahora algunos años, ya que 
el deseo de abrazar todo el periodo de la guerra del con- 
de de Urgel contra el de Foix, nos ha llevado demasiado 
adelante. 

Desde el comienzo del reinado de D. Pedro, habían 
surgido grandes discordias entre él y la reina Doña 
Sancha su madre, de que se sucedieron profundas alte- 
raciones en el reino, al decir de Zurita. Ya fuese porque 
quisiera Doña Sancha tomar sobre si la dirección de los 

1 Véase el cap. XV. 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XII. IZ9 

« 

negocios, por creer á D. Pedro demasiado mozo y poco 
experto; ya porque el hijo anduviera desabrido con su 
madre y receloso de ella; lo cierto e^ que se interrum- 
pió la buena armonía qué debiera reinar entre ambos. 
La reina, no fiándose de su hijo, se apartó de la corte, 
refugiándose en ciertas fortalezas suyas, sobre la raya 
de Castilla^ qne se habían alzado por ella, apartándose 
asi de la obediencia y señorío del rey. Esta permanen- 
cia de Doña Sancha en fortalezas rayanas á Castilla, 
daba que sospechar al rey y á sus consejeros, por lo que 
parece. Mediaron ya entonces varios prelados y señores 
para la concordia entre madre é hijo, pero esto no se 
efectuó hasta más tarde; y continuó la desavenencia, y 
prosiguió Doña Sancha habitando los castillos y villas 
de Ariza, Embite y Epila, que sólo á ella la recono- 
cían, y prosiguió D. Pedro recelándose de su madre, 
como si sospechase que la reina moraba en aquellas 
fortalezas rayanas, á fin de tener libre entrada y salida 
para las cosas de Castilla. 

Un autor extranjero que ha escrito sobre sucesos de 
£spaña, Dunham, se esplica en este punto la conducta 
del rey D. Pedro diciendo que, por estar ^situados en la 
frontera los lugares ocupados por Doña Sancha, y ex- 
puestos á ser tomados por los moros, el monarca no los 
creyó seguros viéndolos en manos de una mujer i. La 
explicación del historiador inglés no satisface del todo á 
quien ha profundizado un poco en nuestras crónicas. 

En este mismo año de 1198, encuentro que D. Pedro 
convocó Cortes en Barcelona 2. Feliu de la Peña, con 
referencia á noticias sacadas por él del archivo, dice 

1 Dunham en su Historia de España, tomo II de la traducción he- 
«l&a por Alcalá Galiano , cap. XX. Puede consultarse, por lo tocante á 
estas disensiones, á los analistas Zurita y Feliu de la Pefia, y á los his- 
toriadores Lafuenfe, Romey y Ortiz de la Vega. 

2 Bosch: Titois de honor^ pág. 524. 



I20 yfCTOR BALAGUER 

• 

que fueron celebradas para acudir á los daños ocasio- 
nados por la peste y hambre^ para las asistencias de la 
guerra, y para la concordia con su madre i , que, sin 
embargo, no se llevó á cabo tan pronto. También se 
celebrarían para tratar de los bandos en que entonces 
se hallaba dividida Cataluña, bandos que, como ya he- 
mos visto, ensangrentaban y desolaban el país. 

Las memorias antiguas del Rosellón nos dicen que i 
últimos de 1199 y principios del 1200, D. Pedro estuvo 
por vez primera en Perpiñán, á donde fué para tener una 
entrevista, que realmente se efectuó en dicha ciudad, 
con Raimundo conde de Tolosa. El resultado de eUa 
fué establecer una alianza entre ambos, cimentada por 
el casamiento del dicho conde de Tolosa con Doña Leo- 
nor de Aragón, hermana de D. Pedro. El matrimonio 
quedó acordado, pero no se efectuó hasta algunos años 
más tarde, á causa de ser todavía muy niña la prince- 
sa. Tanto por esta alianza con el conde dé Tolosa, como 
por la que hemos visto contratar con el rey de Castilla, 
se ve que la política de Aragón había cambiado, y que 
no seguía en esto D. Pedro el camino que comenzara á 
trazar su padre D. Alfonso. 

Aprovechemos este momento para decir que, aunque 
incorporado al Aragón el Rosellón, siguió teniendo con- 
des titulares que fueron príncipes descendientes de la 
casa real, á quienes se dio este dominio con el condado 
de Cerdaña, de entonces más inseparable del Rosellón 
y formando con él una sola provincia. El primero de 
estos condes fué D. Sancho, hermano de Alfonso el Cas' 
to, que vino teniendo este título desde ii85, pasándolo 
más tarde á su hijo Ñuño Sancho, de quien sobrada 
ocasión tendremos de hablar. 

Poco tiempo debió permanecer en Perpiñán D. Pe- 

1 Anales dt Cataluña, lib. XI, cap. m. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V, CAP. XII. líl 

dro^ pues que le vemos regresar pronto para entablar 
al fin avenencias con su madre. Había mediado para 
las paces el rey de Castilla , y éste, el de Aragón y su 
madre Doña Sancha se avistaron en Añzá, el 3o de Se- 
tiembre de 1200. El castellano logró persuadir á su tía 
Doña Sancha, que accedió á las pretensiones de Don 
Pedro. Madre é hijo se convinieron entonces; la prime- 
ra en ceder las plazas quC/ se habían alzado por ella, el 
segundo en darla la villa de Azcon, el castillo y ciudad 
de Tortosa y otras villas y castillos de Cataluña, que el 
rey D. Alfonso le había señalado. Sin embargo, poco 
tardaron en volver á la misma contienda, siendo el hijo, 
al decir de Zurita, quien quebrantó la concordia y ar- 
monía que habían tomado. Interpusiéronse entonces 
los principales barones del reino para ponerlos en paz, 
y volvieron madre é hijo á tener otra entrevista en Da- 
roca, en el mes de Noviembre de I20i, donde definiti- 
vamente se convinieron. Berenguer de Entenza, Gui- 
llen de Castellezuelo , García Romeu , Guillen de Car- 
dona , Alberto de Castellvell y Ramón de Vilademuls, 
salieron garantes para con la reina y le hicieron pleito 
homenaje de que el rey su hijo la trataría de allí en 
adelante con el acatamiento y reverencia que se le de- 
bía, siendo amparada en la posesión de las villas y cas- 
tillos que le había dejado su esposo D. Alfonso. Des- 
pués de esta concordia fué sin duda cuando Doña San- 
cha, herida por las ingratitudes de su hijo, se retiró al 
monasterio de Sijena, donde profesó solemnemente. 

Antes de terminarse el año 1200, hallo que D. Pedro 
volvió á celebrar Cortes en Barcelona 1 á la nación ca- 
talana. Parece que fué con motivo de emprender la 
guerra contra Navarra, ofreciéndole entonces Cataluña 
su asistencia de dinero y de soldados. 

1 Bosch: TUfiis de honor ^ pág. 524. 



ia2 



VÍCTOR BALAGUSR 



Ocupaba por aquel tiempo el trono de Navarra, San- 
cho VII el Fuerte, y las crónicas más autorizadas de 
dicho país suponen que en 1199 abandonó su reino 
para pasar ai África en busca de socorros 1 . Unas di- 
cen que permaneció en Marruecos tres años, y le intro- 
ducen en ciertos amores con una princesa mora, que 
tienen todo el interés de una novela; otras cuentan que 
pasó al África, con la esperanza de casar con una hija 
del rey de Marruecos, quien se la habia ofrecido con 
todo lo que el monarca africano poseía en España por 
dote; otros, finalmente, escriben que contrajo alianza 
con los moros y se vio obligado á servir á los almoha- 
des en sus guerras por espacio de dos años. Todos, sin 
embargo, están contextes en afirmar que se valió de su 
ausencia el rey de Aragón para entrar á sangre y fuego 
en su reino, ganándole á Roncal y su valle, la villa de 
Aybar, y hasta diez y ocho plazas. Esta calumnia con- 
tra D. Pedro, suponiendo que para hacer entrada en 
tierras de Navarra aprovechó la ausencia de su rey, ha 
sido autorizada por los mismos cronistas catalanes y 
aragoneses, que candidamente creyeron en el viaje 
de D. Sancho el Fuerte á Marruecos. La modei:na tra- 
ducción de las historias árabes, ha venido á demostrar 
que ese pretendido viaje del navarro á África en 1199» 
se reduce á una visita que hizo en 12 11 al emir el Ma- 
menin El Nasr cuando éste se hallaba en Sevilla, para 
obtener su alianza 2. 

No fué, pues, en ausencia del rey y orfandad del rei- 
no, cuando D. Pedro emprendió su jornada* contra Na- 
varra 3. Lo que si parece cierto, es que se dio la mano 
con el rey de Castilla, y que ambos llevaron á cabo su 



1 Véase, por ejemplo, á Moret, en sus Antigüedades de Navarra. 

2 Romey, 3.* parte, cap. IV. — Conde, cap. LVI de la 3.* parle. 

3 La carta-puebla dando fuero á Inzura, firmada por Sancho ^i 
Jkerie, es de 1200. Se hallaba, pues, el rey en el país, y no ausente 



HISTORIA DE CATALUÑA.— LIB. V. CAP. XII. I23 

obra de destrucción contra el navarro , apoderándose el 
aragonés de las plazas citadas, y el castellano de Vito- 
ria, Guipúzcoa y otras. Muy distante estaba, como se 
ve, de seguir D. Pedro de Aragón la prudente conducta 
y sabia política de su padre. D. Alfonso aglomeraba 
obstáculos para el castellano, y buscaba alianzas con 
que contrarrestar su poderío; D. Pedro, al revés, se 
unía á Castilla contra León y Navarra, sin comprender 
que servia los intereses del enemigo más terrible de 
su casa. 

Se dice que entonces mediaron tratos para casar á 
nuestro D. Pedro con una hermana del navarro, y que 
hubo tregua, y que se entablaron proposiciones forma- 
les de matrimonio. Esto quizá indicaría en el monarca 
aragonés una idea secreta de volver á la buena política 
de su padre. Parece que hasta se enviaron embajadores 
á Roma, á fin de obtener del Sumo Pontífice las dis- 
pensas necesarias con motivo del parentesco que me- 
diaba entre el rey D. Pedro y la hermana de D. San- 
cho; pero la corte de Roma se opuso al enlace, y éste 
no se efectuó i. 

En el mismo año de que hablamos, fundó D. Pedro 
la orden y religión militar de San Jorge de Alfama, 
nombre tomado de la cala situada en las inmediaciones 
del collado de Balaguer. El desierto de Alfama, á cinco 
leguas de Tortosa, no podía ser escogido con más acier- 
to para establecer allí un presidio que impidiese los des- 
embarcos y correrías que continuamente verificaban los 
moros en aquella playa, invadiendo el país. Hizo el rey 
donación del territorio á Juan de Almenara y á Martín 
Vidal, y á sus sucesores en la orden, para que le pobla- 
sen, levantando iglesia y castillo al objeto de rechazar 

is entradas y hostilidades enemigas. Así quedó fundada 

1 F«liu de la Pefia, lib. XI, cap. lU. 



124 VÍCTOR BALAGUER 

aquella gloriosa y militar orden^ que prestó grandes ser- 
vicios y conquistó muchos lauros ant^ de incorporar- 
se^ como lo hizo más tarde ^ á la sagrada y real de 
Nuestra Señora de Montesa (IV). 

Nuevamente volvió D. Pedro á convocar Cortes. 
Esta vez se celebraron en Cervera. Según dicen nues- 
tros anales^ «obligado de sus liberalidades y de los con* 
tinuados gastos de la guerra, acudió el rey á Cataluña, 
que siempre la halló madre para asistirle é hija para 
respetarle. > Estas Cortes, á las que también asistieron 
síndicos de las poblaciones, trataron de poner el sello 
á la concordia que se había efectuado entre la madre y 
el hijo, promulgaron justas leyes para el gobierno, me* 
diaron, aunque sin fruto ^ para apaciguar los bandos 
cada vez más encendidos en Cataluña, y dieron al mo- 
narca los auxilios que pidió. 

Cerradas las Cortes, D. Pedro partió inmediatamente 
para la Provenza. Su hermano Alfonso había enviado 
á solicitar su auxilio, pues se hallaba en un trance 
apurado. Ya sabemos que Alfonso, hijo segundo de Al- 
fonso el Casto y y hermano de D. Pedro, sucedió á su 
padre en el condado de Provenza. También sabemos 
que había casado con Garsenda de Sabrán, nieta y he- 
redera de Guillermo, último conde de Forcalquier. 
Cuando Guillermo la casó, hizole donación de su con- 
dado, reservándose el usufructo. Descontento después 
de Alfonso, sin que se sepa la causa, anuló parte de la 
donación, en favor de Beatriz, hermana de Garsenda, 
casando á ésta con Andrés de Borgoña, delfín del Vie- 
nesado i . De aquí provino el que estallase la guena 
entre los condes de Provenza y de Forcalquier. 

No parece que fuera muy favorable para, el primero, el 
cual estuvo muy á punto de perder su condado. Guilleí 

1 ArU di comprobar las fechas: tratado de los condes de Provenza 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. Y. CAP. XII. 125 

mo de Forcalquier recibió el auxilio del conde de Tolo* 
sa, y entonces Alfonso II de Provenga llamó á su her- 
mano Pedro de Aragón. Éste se dirigió en seguida á 
Provenza, pero no á encender más la guerra, sino á pro- 
curar la paz. Por lo que se desprende de las crónicas é 
historias de aquel paSs^ parece ser que le acompañaban 
los arzobispos de Narbona y Tarragona con otros, seño- 
res y caballeros. Llegó hasta el Ródano, negoció la paz 
entre los dos condes, y la concluyó en fin afortunada- 
mente antes del mes de Noviembre de 120^, por la me- 
diación de diversos prelados y señores de la provincia. 
Se sospecha que el conde de Tolosa fué también uno 
de los principales arbitros de la paz 1. Entre los parti- 
darios del conde de Forcalquier estaba el conde titular 
del Rosellón D. Sancho, tio del rey y de Alfonso de 
Provenza, pero se acomodó entonces con ellos, y vi- 
vió ya de allí en adelante en buena armonía con sus 
deudos. 

A juzgar por un dato que nos proporcionan los ana- 
les de Aragón 2, detúvose el rey en Aigues Mortes, y 
ordenó que se armasen algunas galeras para pasar con 
ellas á Roma, como lo tenía deliberado. En efecto, 
D. Pedro tuvo el costoso antojo de queírerse hacer co- 
ronar por el Papa, y fué resolución que acabó por lle- 
var á cabo, proporcionando con su viaje á la capital del 
orbe católico hartos disgustos, y contrariedades á sus 
pueblos. 

En el mismo año de 1202 hubo una nueva entrevista 
de los reyes de Castilla y Aragón en el castillo de Su- 
isano, entre Agreda y Tarazona. Fué para dirimir dife- 
rencias nacidas por mala demarcación de las lindes de 
ambos reinos. Nombráronse dos ricos hombres del reino 



1 Htstoria del Langutdoc^ tomo III, pág. II 6. 

2 Zurita, Ub. II, cap. L. 



126 VÍCTOR BALAGUER 

de Aragón y otros dos del de Castilla, los cuales tuvie: 
ron varías conferencias y arreglaron definitivamente los 
limites de ambos estados. 

Los amigos mejores del rey D. Pedro, eran los que 
habían sido mayores enemigos de su padre. Pruébanlo 
sus frecuentes y amistosas entrevistas con el rey de Cas- 
tilla y su amistad con el conde de Tolosa, amistad esta 
última que hubo de comprar á buen precio, por lo que 
vamos á ver. 

Y al llegar á este punto de nuestra historia, es pre- 
ciso que mis lectores me permitan entrar en algunos 
detalles; tanto más, cuanto que el estudio que he de- 
bido hacer de la época á que hemos llegado, me obliga 
á presentar las cosas bajo un nuevo punto de vista, 
apartándome por completo del dictado y del espíritu de 
nuestras crónicas particulares. 



CAPÍTULO XIIL 

El rey de Aragón en Montpeller. — Maria de Montpeller casa en prime- 
ras nupcias con el vizconde de Marsella. — Casa en segundas nupcias 
con el conde de Comminjes. — Muerte de Guillermo VIII de Montpe- 
ller y su testamento. — Maquinaciones del rey de Aragón y del conde 
de Tolosa con respecto á Montpeller. — El rey de Aragón empefia al 
conde de Tolosa los vizcondados de Milhaud y Gevaudán.— María 
casa en terceras nupcias con Pedro de Aragón. — Contrato matrimo- 
nial. — Sublevación en Montpeller. — Redacción de los usos y costum- 
bres de Montpeller y su confirmación por D. Pedro de Aragón y su 
esposa. — Embajada al rey ofreciéndole la mano de la reina de Chi- 
pre. 

(De 1202 Á 1204.) 

A tenor de lo que escriben las crónicas de Provenz" 
y del Languedoc, á últimos de 1202 D. Pedro de Atl 
gón, acampanado de su hermano Alfonso de Provenza 



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HISTORIA DE CATALUÑA, — UB. V. CAP. XIII, 12J 

después de haber puesto en paz á éste con el conde de 
Forcalquier, llegó á la ciudad de Montpeller, precisa- 
mente en ocasión en que Guillermo VIII, señor de esta 
ciudad, se hallaba en los últimos momentos de su vida. 
De este viaje de D. Pedro á Montpeller, de sus tra- 
tos con el de Tolosa para su matrimonio, del empeño á 
éste de los vizcondados de Milhaud y Gevaudán y de 
muchas otras cosas de que se va á dar cuenta en el pre- 
sente capitulo y que aclaran esta interesante parte de 
nuestra historia, no dicen ni una palabra nuestras cró- 
nicas aragonesas y catalanas, desde Zurita .hasta Feliu. 
Esto prueba, que nuestra historia no podía escribirse 
sin tener á la vista la de Provenza, y sin consultar la^ 
memorias de este país. Los detalles que éstas nos dan, 
apoyados en documentos irrecusables, hacen una com- 
pleta revolución en la parte de nuestra historia, que 
abraza este capítulo, y nos presentan las cosas y la po- 
lítica de D. Pedro bajo un nuevo punto de vista. Tén- 
gase esto muy presente, porque se va á encontrar al 
autor de esta obra en contradicción palpable con las 
narraciones de nuestras crónicas y anales. Quién se 
halle en mejor terreno entre los antiguos analistas y el 
cronista moderno, lo dirá la verdadera crítica históri- 
ca. Yo no advertiré otra cosa, por mi parte, sino que 
he tratado de buscar la verdad, y que la lectura de do- 
cumentos desconocidos á nuestros antiguos, me ha he- 
cho opinar distintamente de ellos; y, tanto en el terre- 
no conjetural como en el real, apreciar los hechos y las 
cosas de una manera que no podía ser apreciada por 
ellos á causa de hallarse faltos de ciertas noticias y do- 
cumentos. Puede que yo vaya errado, pero de fijo lo 
anduvieron también los antiguos. Otro vendrá quizá a¿- 
in día á enmendar mis yerros, pero éste no podrá me- 
os de reconocer mi buena voluntad, y, á falta de ta- 
nto en mí, hallará lógica en mi narración. 






X28 



VÍCTOR BALAGUBR 



Volvamos ahora á reanudar el hilo de la historia. 

Es muy posible que lo que atrajera á Montpeller á 
D. Pedro de Aragón fuese la enfermedad del conde 
Guillermo, amigo siempre y valedor de su casa. Es esto 
tanto más probable, cuanto que D. Pedro siguió, á lo 
menos, con respecto á Montpeller, la política tradicio- 
nal de su casa, si quier en lo demás se apartara de ella. 

Ya sabemos por qué casual circunstancia, éste Gui- 
llermo VIII de Montpeller, á quien ahora volvemos á 
hallar en los momentos de su muerte, había casado en 
1 174 con pudoxia Comeno, hija del emperador de 
Constantinopla; ya sabemos también cómo se compro- 
metió á que el hijo que naciese de este matrimonio, fuese 
varón ó hembra, debía heredar el señorío de Montpeller; 
cómo nació una niña de este enlace que se llamó María, 
y cómo por fín, en 11 87, Guillermo repudió á su esposa 
Eudgxia para casarse con Inés, de la casa de Aragón. 

Todos los esfuerzos que hizo Guillermo para Inti- 
mar á los hijos de su segundo matrimonio, á fín de le- 
garles su sucesión, fueron siempre inútiles. Jamás quiso 
consentir el Papa en reconocer como verdadero y legiti- 
mo su segundo matrimonio, y á cuantas instancias hizo 
Guillermo, contestó siempre negativamente. 

La joven María había sido casada por su padre en 
una edad en que apenas era nubil, con Barral, vizconde 
de Marsella, de quien quedó viuda en 1192, poco des- 
pués de su casamiento. Su padre, que quería deshere- 
darla para beneficiar á los hijos que había tenido en 
Inés, no la dio por dote, al entregársela á Barral, mas 
que ICO marcos de plata, obligándola á renunciar á su 
sucesión. El vizconde por su testamento, á más de la 
restitución de dichos 100 marcos, legó á María otros 
400 con sus ropas, sortijas, joyas y muebles i. 



1 IHstoria tUl Languidoc^ tomo III, pág. lo6. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XIII. 1 29 

Como la muerte de este vizconde echó abajo todos los 
planes del señor de Montpeller, éste trató de volver á 
casar á su hija Maria, comprometiéndola por nuevos la- 
zos á renunciar la sucesión en aquél el señorío. Puso á 
este efecto los ojos en Bernardo, conde de Comminjes, 
no obstante que éste tenia aún vivas dos mujeres^ á la 
primera de las cuales había repudiado y á la segunda 
repudió entonces para casarse con María. Al efectuar 
ésta su segundo enlace, que se realizó en 1197, no po- 
día tener mucho más de quince años. Según el contra- 
to de bodas, Guillermo dio en dote á su hija 200 marcos 
de plata y los trajes de novia. 

El mismo día del matrimonio^ Guillermo hizo fir- 
mar á María un auto por el cual ésta, diciendo recono- 
cer «que el señorío de Montpeller no debe pasar á ma- 
nos de mujeres, lo renuncia y abandona enteramente 
por ella y sus sucesores en favor de Guillermo su padre, 
y de Guillermo su hijo y de Inés, hermanastro suyo i.» 
Bernardo, conde de Comminjes, su esposo, se compro- 
metió á lo mismo por su parte, y ofreció como garante 
de su juramento al conde de Tolosa su primo. Sin em- 
bargo, ya sabemos que todas las precauciones de Gui- 
llermo de Montpeller para asegurar la sucesión á los hi- 
jos de su segundo matrimonio, fueron completamente 
inútiles. 

Ha sido necesario dar estos antecedentes para mejor 
aclaración de lo que va á seguir. 

A fines del 1202 murió Guillermo VIII de Montpe- 
ller, y ya queda dicho que tuvo junto á su lecho de 
muerte á Pedro de Aragón, y acaso también al conde 
de Tolosa. En su testamento nombró herederos á los 
hijos de su segundo matrimonio, como si hubiesen sido 

1 Copian por extenso este auto los historiadores del Languedoc en 
el .tomo m, pág. 108. 

TOMO XI 9 



130 VÍCTOR BALAGUER 

legitimados. A su hijo mayor, Guillermo, le dejó la ciu- 
dad de Montpeller, y es de notar que á su segundo, To- 
más, le diese entre otras cosas los derechos que tenia so- 
bre la ciudad de Tortosa en Cataluña 1 . Por una cláu- 
sula del testamento dejó sus hijos, sus tierras y sus sub- 
ditos bajo la protección y la guardia de Dios, déla Vir- 
gen María, de la reina Doña Sancha de Aragón, del 
rey D. Pedro su hijo y del conde de Tblosa. 

Pedro de Aragón se quedó en Montpeller, y allí debió 
permanecer hasta 1204, pues no suena que en todo este 
tiempo volviese á su país. Todo da motivo á sospechar 
que en cuanto hubo exhalado su último suspiro Guiller- 
mo VIII, D. Pedro concibió la idea de casarse con Ma- 
ría, hija del primer matrimonio de Guillermo y verda- 
dera heredera del señorío de Montpeller, no sólo por la 
cláusula estipulada cuando el enlace de su madre, sino 
porque jamás quiso el Papa dar la sanción de legitimi- 
dad al segundo matrimonio de Guillermo. La política 
del rey de Aragón se dirigió desde entonces á unir á su 
dominio los muchos bienes de la casa de Montpeller. 
Para realizar este plan necesitaba el auxilio y el apoyo 
del conde de Tolosa, á quien Guillermo VIII había de- 
jado como uno de los principales protectores de sus hi- 
jos, que era primo de Bernardo de Comminjes esposo 
de María, y que tenía prestigio y autoridad en el país. 

Sin duda con este objeto D. Pedro entabló secretas 
relaciones con el conde de Tolosa. Lo cierto es, que ve- 
mos á éste favorecer por completo las pretensiones de 
aquél, y hasta se dice que impulsó á su primo el conde 
de Comminjes para que repudiase á María, á fin de que 
casara ésta con el monarca aragonés. El de Comminjes 
por su parte se hallaba muy dispuesto á ello. Fuese por 



1 Puede verse en el testamento que se hallaní en la Historia del Lcm 
guedoc, tomo III, pág. 118. 



J 



E CATALUÑA, — LIB. V. CAP. XIII. I3I 

esposa, fuese por ligereza de carácter, 
;ra otra causa secreta, lo cierto es que 

repudiar á María aun en vida de su 
) conseguir. Las crónicas de Provenza 
sta á maltratarla para reducirla á pedir 

misma. Muerto Guillermo de Mont- 
e Comminjes, no teniendo ya que te- 
0, y viéndose apoyado por el rey de 

1 puestas sus miras en su esposa, y por 
a que las favorecía, tomó tan acertada* 
s, que repudió por fin á María en toda 
to de parentesco en tercer grado. 

as y manejos ocupó el rey de Aragón 
te del siguiente. Tal era aquel siglo y 

de costumbres públicas. Los mismos 
no de Montpeller había nombrado pro- 
tres de sus hijos, abandonaban los in- 

conspiraban contra ellos. 
L á nuestro D. Pedro, pagó sus serví- 

Tolosa. Primeramente le vemos no 
stáculo, y por consiguiente acceder al 
vizconde de Narbona prestó al de To- 
de 1204 I; y sin embargo, los prede- 
zconde reconocían á los reyes de Ara- 
s. Después se le ve tener una entrevis- 
n Rouergue, durante el mes de Abril 
on el conde de Tolosa, entrevista á la 
n Alfonso II de Provenza, hermano del 
í un acuerdo, mediante el cual el rey 
ió al de Tolosa la ciudad de Milhaud, 
irac. Grezes, Monar, etc., es decir, los 
intiguos vizcondados de Gevaudán y 
gnados en el acto bajo el nombre de 

■gutdee, tomo lU, pág. 125. 



132 



VÍCTOR BALAGUER 



condado de Mühaud y de Gevauddn,''por ciento cincuenta 
mil sueldos melgarienses 6 sean tres mil marcos de 
plata. El rey de Aragón garantizó este compromiso 
contra Sancho su tío paterno, en caso que este príncipe 
viniese á disputarlo 6 á quitar algo, y dio por caución el 
conde de Provenga su hermano, que prometió por jura- 
mento observar fielmente las condiciones del tratado U 

Los Maurinos creen que el principal motivo que mo- 
vió á Pedro de Aragón á empeñar los vizcondados de 
Milhaud y de Gevaudán al conde de Tolosa, fué el de 
poder acudir á los gastos de su casamiento con María 
de Montpeller y al viaje que tenía proyectado á Roma. 

Habiendo quedado libre con su divorcio para volverse 
á casar, no tardó en hacerlo María con nuestro Pedro 
de Aragón 2. Se ve, pues, por todo lo que hemos dicho, 
que Pedro al casarse con ella no podía ignorar su ma- 
trimonio con el conde de Comminjes. Lejos de igno- 
rarlo, contribuyó al divorcio. Erraron por lo mismo los 
cronistas al decir que hasta después de casado no supo 
el rey que María lo hubiese sido clandestinamente, es- 
criben, con el conde de Comminjes. El anónimo arago- 
nés llega á decir que, «ofendido de este engaño D. Pe- 
dro, empezó á aborrecer á su mujer, siendo éste el prin- 
cipal motivo que le movió á pasar á Roma en 1204, 
con el pretexto de ser coronado de mano del Papa, pero 
en realidad con el fin de solicitar la abolición de aquel 
matrimonio como fraudulento y contrario al honor de 
su corona.» Error visible todo esto. Es verdad que 
D. Pedro aborreció á su mujer; pero fueron otras las 



1 Prueba LXXX de la Mstoria del Languedoc, col. 1 98 del tomq IIT. 

2 £i historiador aragonés Gerónimo Blancas, asegura que antes que 
este rey casase con María, lo estuvo de primeras nupcias con una so- 
brina del conde de Forcalquier, y apiade que de este matrimonio tuve 
un hijo que murió nifio y se llamó Ramón Berenguer. £1 dicho de Blan- 
cas no está corroborado por ningún documento. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. XIII. I33 

causas, y la principal quizá la de haberse casado con 
ella por interés, que no por amor. Es verdad también 
que solicitó la abolición de su matrimonio, á pesar de 
cierta cláusula puesta en el contrato, pero fué mucho 
más adelante. 

El contrato matrimonial se hizo en el cementerio de 
la casa del Temple de Montpeller el 5 de Junio de 
X204. En este documento Maria se constituye en dote 
la ciudad de Montpeller, los castillos de Lates, de Mont- 
ferrier, de Órnelas, etc., y generalmente todos los domi- 
nios que habían pertenecido á su difunto padre Guiller- 
mo, sustituyéndolos en favor del primer hijo varón que 
naciera de su matrimonio con D. Pedro. Éste por su 
parte asignó á Maria todo el condado de Rosellón, des- 
de la fuente de Salses hasta la Clusa, para que de él 
pudiera gozar durante su vida si le sobrevivía. Pedro 
prometióle al mismo tiempo por juramento «no repu- 
diarla jamás, no casar con ninguna otra mientras vi- 
viera, y no enajenar nada de los dominios de Montpe- 
ller que ella se había constituido en dote i.i 

Por garantía de su promesa, dio á su tío el conde San- 
cho, á su hermano Alfonso, á Guillermo y Hugo de 
Saucio, á Rousselin vizconde y señor de Marsella y á 
otFOS, los cuales hicieron igual juramento que él. Ha- 
lláronse presentes Guy preboste de Magalona, y los prin- 
cipales habitantes de Montpeller, siendo muy de notar 
que entre estos habitantes, Pons de Vallauguez, Beltrán 
su hijo, y Pedro de Estany, que son calificados como 
caballeros, están en lugar inferior y vienen nombra- 
dos después de otros, que toman el título de juriscon- 
sultos ó abogados (catmdici). El rey de Aragón para 
conciliarse la benevolencia de los mismos habitantes, 



1 Marca hispánica. — Arti de comprobar las fechas. — ISstoria del 
Ijmguedoc. 



134 VÍCTOR BALAGUBR 

prometió entonces por juramento conservar sus usos y 
costumbres. 

Dos días después, prestó juramente de fidelidad i 
Guillermo obispo de Magalona, en la iglesia de Nuestra 
Señora de Montpeller, y le hi^o homenaje por el señorío 
de esta ciudad, en presencia de una gran asamblea en 
que se hallaban su tío el conde Sancho, su hermano 
Alfonso, el conde de Tolosa, Bernardo de Andusa, el 
príncipe de Oranje (Guillermo de Baucio), Hugo de 
Baucio, y los principales señores y prohombres de la 
ciudad. 

Cuéntase que entonces Inés, viuda de Guillermo, 
abandonada por los protectores que su esposo le había 
dado, tuvo que salir de Montpeller con sus hijos de- 
clarados bastardos é ir á buscar un asilo en otra parte i. 
No tuvo empero lugar esto sin que una parte de los ha- 
bitantes la demostrasen sus simpatías, promoviéndose 
una sublevación que fué sofocada, y cuyos jefes fueron 
desterrados por D • Pedro. 

El rey de Aragón y María permanecieron algún tiem- 
po en Montpeller después de su matrimonio, y en el 
mes de Agosto de 1204 aprobaron las costumbres de la 
ciudad, que hasta entonces fueron yerbales, aunque Vi- 
gentes desde largo tiempo, y que se mandaron redactar 
en esta época para fijar su observancia en el porvenir; 
y dice Romey, para escudarlas contra los antojos é inter- 
pretaciones de los reyes. Estas admirables costumbres fue- 
ron juradas por Pedro de Aragón, siguiendo su ejemplo 
todos sus sucesores hasta Luis XIV, rey de Francia, se- 
gún puede verse en el Thalamus mayor y en el Thala- 
mus menor ^, donde están anotadas indistintamente va- 

1 Aríi de comprobar las fechas: tratado de los sefíores de Mont- 
peller. 

2 Archivo municipal de Montpeller. £1 Thalaittus viene á ser como 
nuestro libro verde. Para muestra del lenguaje de aquel tiempo, transcri- 



J 



K DE CATALUÑA.— LIB. V. CAP. XIII. I35 

O los nombres de costumbres, libertades, 
es municipales de la ciudad, universidad, co- 
anta ó señorío de Montpelter. 
por esta constitución tenía sus leyes, su 
jército. Los principales cargos y funcio- 
Ltivas y magistrales eran conferidos por 
capitanes mandaban una milicia ciudada- 
i por barrios, la cual no sólo estaba en- 
Fvicio interior de la ciudad, sino que iba 
uerra cuando convenia. La ciudad era in- 
il extranjero, tanto en tiempo de paz co- 

era libre en Montpeller, y no tenía que 
L homenaje al señor. Los cónsules y los 
n sólo el poder legislativo; el poder judi- 
;rvado al tribunal de justicia del señor. 
o injusto era nulo de derecho. El mono- 
imo y el alojamiento forzados, lo mismo 

de peaje, estaban prohibidos. La ciudad 
ida por doce ciudadanos, llamados cónsu- 
'eelegidos todos los años. Nada se podia 
te á la administración de la ciudad, sin la 
e estos cónsules. Todo esto consta, á más 
as notables particularidades, en el archi- 
ler. 

rey de Aragón estas costumbres, después 
:cho examinar, y haber conferenciado so- 
arios sabios 1. La confirmación fué pú- 
e. Tuvo lugar el i5 de Agosto de 1204, 
: Nuestra Señora de Montpeller. Alli, en 
pueblo congregado, prometió solemne- 

nenor el primer articulo, que dice isU Uiu solí es st- 
' gui eitaüsi ai vulunlaí de Dieu gevtma san fobel i 
lo es seflor de MaDtpeller, que, por la voluntad de 
pueblo y su sefioria.) 
Languedae, tomo III, pág. 126. 



136 



VÍCTOR BALAGUBR 



mente, tanto por él como por sus sucesores, observar- 
las fielmente, é hizo sellar con su sello en plomo el acta 
de esta confirmación, en la que se titula rey de Ara- 
gón ^ conde de Barcelona y señor de Montpeller 1. Excep- 
tuó, sin embargo, en esta acta á todos aquéllos á quie- 
nes había desterrado de la ciudad, que serian probable- 
mente los jefes de la sublevación de que se ha hablado 
en favor de los hijos de Guillermo. 

La confirmación de su esposa María, es posterior en 
trece días. Lleva la fecha de 28 de Agosto, en el castillo 
de Montpeller. María se titula reina de Aragón, condesa 
de Barcelona y señora de Montpeller, 

Acababa apenas de efectuarse el matrimonio de Don 
Pedro con María de Montpeller, cuando llegaron á nues- 
tro país embajadores de otra María, reina de Jerusalén, 
para ofrecer al monarca aragonés la mano de ésta, con 
sólo la condición de que tomase por su cuenta la recon- 
quista de Tierra Santa. La embajada llegó tarde: en- 
contró casado ya á D. Pedro. A no ser así, atendido 
su carácter emprendedor y resuelto, nuestro monarca, 
que tuvo fama de ser uno de los mejores adalides de su 
tiempo, hubiera de seguro aceptado aquella ocasión con 
que le brindaba la suerte^ y sin duda las armas y glo- 
rías de la corona de Aragón hubieran brillado en mayor 
y más extenso campo 2, 



1 Asi como los monarcas aragoneses jamás se titularon reyes de 
Barcelona, sino condes, jamás se titularon tampoco reyes de Montpeller, 
sino señores, doniini Montispesulani, dicen las escrituras. 

2 Zurita cuenta con pormenores todo lo referente á este punto en 
su lib. n, cap. LIV. 



fr- 



V ( 



STORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XIV. I37 



CAPITULO XIV. 



Objeto del viaje del rey á Roma. — Hace su testamento antes de partii'. 
— Se embarca en Marsella. — Llega á Roma y es coronado por el Pa- 
pa.— Se hace feudatario de la iglesia.— Parte de Roma. — Desconten- 
to y protesta de los reinos de Cataluña y Aragón por las concesiones 
hechas por el rey al Papa. — Estalla de nuevo la guerra entre los con- 
des de Provenía y Forcalquier. —Marcha D. Pedro contra los here- 
jes d^ Albi. — Entrevista con el rey de Inglaterra en Jaca. — ^Tributo 
del monedaje y descontento que promueve en los reinos. — Sospechas 
de haberle nacido al rey una hija. — Sublevación en Montpeller. — 
Asamblea en Magalona y tratado de paz entre el rey y los ciudadanos 
de Montpeller. — Demanda de divorcio. 

(Db 1204 Á 1206.) 

Ya se ha dicho que el monarca aragonés había for- 
mado entonces el designio de hacer un viaje á Roma, 
por el vano deseo de que el Papa le coronase, y reca- 
bar de él que en adelante los reyes y reinas de Aragón 
pudiesen ser coronados en Zaragoza, por manos del 
metropolitano de Tarragona. D. Pedro, dado á la es- 
plendidez y al boato, y hombre de ideas y planes caba- 
llerescos, conceptuó que el ceremonial de su coronación 
y ungimiento darla sumo realce á su autoridad real , y 
al efecto envió una embajada al papa Inocencio III . 
Zurita quiere disfrazar la parte de ostentación en el 
monarca, dando á su yiaje á Roma un colorido polí- 
tico. Dice al efecto, que D. Pedro ideaba, como sus 
antecesores, la conquista de las Baleares, y que su 
objeto no fué sólo el de hacerse ungir por el Papa, si 
no el conseguir de él que mediara para que los ge- 



138 VÍCTOR BALAGUER 

noveses y písanos le ayudaran en su empresa contra 
Mallorca 1. 

Lo cierto es, que D. Pedro emprendió el viaje ha- 
biéndose hecho para él tantos preparativos como pu- 
diera para una empresa contra enemigos . Cinco gale- 
ras y un gran número de naves le esperaban á él y á 
su lujosa comitiva, para transportarlos á Italia. Salió 
de Montpeller, dejando á su esposa bajo la protección 
del conde de Proveriza su hermano, á quien confió los 
negocios del Estado, con una junta compuesta de ca* 
balleros y prohombres de Montpeller, y se dirigió á 
Marsella, donde se hallaba en 4 de Octubre de 1204, á 
juzgar por lo que dice un antiguo historiador de Pro- 
venza. Refiere este autor que en dicha ciudad y día 
D. Pedro hizo su testamento, en el cual declara que, 
estando resuelto á visitar la tumba de los santos após- 
toles, hace su última disposición, según la cual insti- 
tuye por su heredero al hijo que le naciera del matrimo- 
nio que acababa de efectuar , sustituyendo , en defecto 
de este hijo, á su hermano Alfonso, conde de Proven- 
za, aun en el caso de tener una hija, á la cual se con- 
tenta con legar la suma de 6.000 marcos de plata en 
dote 2. 

No hallo que de este testamento hablen nuestros 
historiadores. Me limito, pues , á citar el hecho y la 
fuente. También dicen casi todos los autores, que se 
embarcó en Aigues Mortes ; pero si la circunstancia de 
que acabo de dar cuenta es cierta, su embarque se 
efectuó en Marsella. Acompañóle en el viaje gran nú- 
mero de caballeros catalanes, aragoneses y provenza- 
les. Consta que se embarcaron con él, entre otros, su 
tío Sancho, el arzobispo de Arles, el preboste de Ma- 

1 Anales de Aragón^ lib. II, cap. LL 

2 Bouche, tomo II, págs. 1.060 y siguientes. 



CATALUÑA UB. V. CAP. XIV. J39 

Jaticio, el vizconde de Marsella, Ar- 

/o en Genova, donde el rey fué reci- 
í&tejos, y partió en seguida para Os* 

tomó puerto. Allí esperaban al mo- 
¡nales y potentados romanos, quienes 
la capital del orbe católico. 
:n el palacio de los canónigos de San 
dias pasa el Papa á la iglesia de San 
I II de Noviembre, día de la presen- 
1, sele consagra y unge por mano del 

Le coloca el Papa la corona en las 
1 mismo con sus insignias reales de 
mbolos de justicia; jura fidelidad y 
xcio III, á sus legítimos sucesores y 
te mantener el culto romano, ampa- 
ir tomando por norma la paz entre los 
ra contra los infieles y herejes, y pa- 
i6n solemne á la Basílica de San Pe- 
el rey cetro y corona sobre el altar 

Papa la espada en defensa del nom- 
irándole gonfalonero ó alférez mayor 
i Iglesia católica. 

agones, Jerónimo Blancas, nos pre- 
;omo el primer rey de Aragón que 
ace una relación circunstanciada de 
>e ocupa en pintamos la congoja del 
cuando tuvo noticia de que el Papa, 
1 antiguas usanzas, le ceñirla la co- 
' no con las manos; y nos cuenta el 
Ji6 D. Pedro para evitar esta humi- 

labrar la corona de pan, con lo cual, 
se vio Obligado á ceñírsela con las 
ido tratar la gracia de Dios con el 
ue los metales preciosos y mundana- 



140 vfCTOR BAIAGUÉR 

les pompas 1. Otros autores, sin embargo, no refieren 
este hecho ni dan cuenta de estos incidentes, juzgándo- 
los sin duda hijos más bien de la fantasía de Blancas 
que de la verdad histórica. 

El rey no se separó del Papa sin haber andado conH 
neciamente pródigo, como ha dicho un historiador 2. Ofre- 
ció su reino á San Pedro, principe de los apóstoles, y al 
Papa y sus sucesores para que fiíese feudatario de la 
iglesia, obligándose á pagar cada año el feudo de 2S0 
mazmodines, y cediendo al Papa el derecho de patro- 
nazgo sobre todas las iglesias del reino de Aragón 3. 

1 Blancas: Coronacicms de los reyes de Aragón, 

2 El Anónimo aragonés refundido y comentada por Braulio Fez, 
tomo II, pág. 33. 

3 Zurita, lib. II, cap. LI. — Ortiz de la Vega no tuvo presente sin 
duda este capitulo del analista aragonés, cuando, como poniendo en duda 
que el rey D. Pedro se reconociese feudatario del Papa, escribe que so- 
lo lo cuenta algún italiano. Lo dicen Zurita, Feliu de la Pefia y demás 
analistas aragoneses. Por lo demás, las palabras con que se obligó el 
rey, son las siguientes, según se lee en el Bularío de los papas: 

*£go Petrus, rex Aragonum proíiteor et polliceor, quod semper ero 
fídells et obediens Domino meo Papse Inocentio, ejus catholicis suoces- 
soribus, et ecclesiae romanae, regnumque meum in ipsius obedientiafi- 
deliter conservabo, defendens fldem catholicam, et persequens hareti- 
cam pravitatem. Libertatem et immunitatem Ecclesiarum custodiam 
et earum jura defend^m. In omni térra mese potestati subjecta justitiam 
et pacem servare studebo; sic me Deus adjuvet et haec Sánela Evan- 
gelia.„ 

La obligación del pago en feudo, decía: 

"Cum corde credam et ore conñtear, quod Romanus Pontifex, qui est 
Beati Petri successor, vicarius sit illius per quem reges regnant et prin- 
cipes principantur, qui dominatur in regno hominum, et cui voluerit 
dabit illud; Ego Petrus, Dei gratia rex Aragonum, comes Barcinons; et 
Dominus Montis-Pessulani* cupiens principali post Deum Beati Petri 
et Apostolicse sedis protectione munirí, tibi, reverendissime pater, et 
domine summe Pontifex Innocenti, et per te sacrosanct» Rpmans 
Apostolicse sedi oflero regnummeum, illud que tibiet successoribus tais 
in perpetum divini amorís intuitu, et proremedio animae mese, et pro- 
genitorum meonim constituo censúale, ut annuatim de camera regís 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB, V. CAP. VXI. I4I 

Después de la pomposa y solemne coronación de Don 
Pedro, mandó el Papa que fuese acompañado de muchos 
cardenales y de los señores romanos por la ciudad, has- 
ta llevarle á la iglesia de San Pablo, orillas del Tíber, 
donde estaban sus galeras en las cuales se embarcó, 
haciéndose á la vela y dando vuelta á sus estados, sin 
que hagan mención los autores ni se halle en las me- 
morias de aquel tiempo que se tratase lo de la empre- 
sa y conquista de Mallorca. 

Así es como el monarca regresó á sus tierras, trayen- 
do de aquel viaje lo que fué origen de funestos y san- 
grientos disturbios. Las concesiones hechas al Papa y 
el feudo á la iglesia, promovieron grandes muestras de 
descontento en estos reinos. «Llegaron á Cataluña y 
Aragón, dice el analista Feliu, las noticias de la devota 
liberalidad del rey, y protestaron de inválidas las cesio- 
nes y reconocimiento por no poderse ejecutar sin el con- 
sentimiento de los vasallos; formaron sus escrituras y 
las remitieron á Roma y al rey. Los originales de las 
concesiones apostólicas y de las protestaciones, se ha- 
llan en el archivo de Barcelona.» 

Cuando más tarde vino el rey á nuestro país, trató 
de contentar á los más quejosos y malcontentos, dicien- 
do que él solamente había cedido su derecho y no el de 
eUos; pero contestáronle que lo cedido era lo suyo y lo 
ageno. Lo cierto es, que «fué esto causa que muchos 

ducenta quinquaginta massse mutinse Apostolicae sedi reddantur, et ego 
ac snccessores mei specialiter ei fídeles, et obnoxii tenearaur. Hoc autem 
lege perpetua servandum fore decemo, quia spero íirniiter, et confído, 
quod tu et successores tui me ac successores meos, et regnum praedic- 
tom auctoritate Apostólica defendetis, praesertim cuín ex multo devo- 
tionís alTectu me ad sedem apostolicam accendentem tuis quasi Beati 
Petri manibus in regem duxeritis solemniter coronandum. Ut autem 
base regelis concessio, etc. Actum Romee apud Sanctum Petrum anno 
Domioicse incarnationis MCCIV, quarto idus novembris, anno regni 
mei octavo.. 



142 VÍCTOR BALAGUER 

años después puso en gran turbación y trabajo al rey 
D, Pedro, su nieto, procediendo el Papa contra él á pri- 
vación de su reino, como contra vasallo y subdito de la 
Iglesia 1.» 

Al regresar D. Pedro á Provenga, á últiniosdel 1204, 
se encontró con que Alfonso, conde de Provenza su her- 
mano y el conde de Forcalquier habían roto sus paces. 
Corta debió ser la guerra entre ambos, pero terrible 
para el primero, al cual el rey de Aragón halló preso 
en poder de Guillermo, quien se había apoderado de to- 
dos sus estados. Entonces el monarca, en una rápida 
campaña, obligó al de Forcalquier á devolver la liber- 
tad y sus dominios á Alfonso y á renovar su tratado de 
paz con él 2. 

No hay seguridad, pero sí fundadas sospechas de que 
á principios del i2o5, y hallándose en armas aún por 
lo de su hermano y el conde de Forcalquier, marchó 
D. Pedro contra los herejes que habían hecho grandes 
progresos en aquel país. Tenían ya su bandei*a, sus 
'ejércitos, sus ciudades, sus nobles que les protegían, sus 
obispos, en una palabra, eran ya un poder. Se despren- 
de esta campaña del monarca aragonés contra los here- 
jes, de una epístola del papa Inocencio III, en que da 
personalmente en feudo á D. Pedro el castillo de Escu- 
ve, de la diócesis de Albi, «castillo que dicho príncipe 
había tomado á los herejes 3.» 

En 1 3 de Junio de I205 se hallaba el rey en Mont- 
peller, pues que en este día hizo con su esposa nueva 
'confirmación de los usos y costumbres de la ciudad, 
que se publicaron el mismo día en la casa de los cón- 
sules 4. 

1 Zurita, lib. II, cap. LI. 

2 ídem id. 

3 Historia del Langutdoc, tomo III, pág. I40. 

4 Eugenio Thomas; Ensayo histórico de Montpeller, 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB. V. CAP. XIV, I43 

D. Pedro vino después de esto á Cataluña y pasó en 
seguida á Aragón^ dejando según parece á la reina Do- 
ña María en Montpeller ó en sus inmediaciones. A prin- 
cipios de Agosto estaba en Jaca^ donde desplegó gran- 
de ostentación y magníñcencía para recibir al rey de In- 
glaterra, con quien debía tener vistas en dicho punto. 
Qué objeto tuvo esta entrevista, calíanlo las crónicas: 
sólo Feliu de la Peña dice que el de Inglaterra vino 
para confirmar alianzas antiguas. 

Pródigo, dadivoso, amigo de ostentación y pompa 
como ninguno era D. Pedro de Aragón. La magnificen- 
cia desplegada en Jaca, su aparatoso viaje á Italia, las 
prodigalidades á que tuvo que recurrir para tener con- 
tentos á los ricos hombres y los gastos que le ocasio- 
naron sus guerras, habían agotado su tesoro. Asi es que 
hallándose en Huesca, estableció en su reino un nuevo 
pecho, llamado del monedaje, en virtud del cual todos 
cuantos poseían heredades ó bienes muebles, excepto 
los que hubiesen sido armados caballeros, debían pagar 
por su valor y en cada libra 12 dineros si eran mue- 
bles, y á prorrata de las rentas si eran inmuebles. «No 
consintieron los pueblos la carga, dice Feliu, por no 
poderse imponer según su consentimiento; formaron su 
unión los aragoneses, y moderaron el dictamen del rey 
los catalanes, que después le admitieron por tiempo de- 
terminado y con rebaja 1.» 

Los disgustos que apuntaron en Aragón y Cataluña, 
pudiendo ser contenidos, estallaron de un modo san- 
griento en Montpeller. Regresó el monarca á este país 
antes de terminarse el año de i2o5, habiéndose ido á 
juntar primero con la reina Doña María que estaba en 
Colibre 2^ y por cierto que al llegar á este punto se me 



1 Feliu de la Pefla, lib. XI, cap. IV* — Zurita, lití. II, cap. LII. 

2 Historia del Langtudoc^ tomo III, pág. 141. 



144 VÍCTOR BALAGUER 

ofrece uno dudoso de nuestra historia, que antes de pa- 
sar adelante he de apuntar, ya que no pueda resolver. 
Los Maurinos, al llegar á esta fecha, dicen que la rei- 
na dio á luz una niña que se llamó Sancha, la cual ca- 
só su padre D. Pedro en esponsales de futuro con el 
hijo mayor del conde de Tolosa (conde también más 
adelante), y trasladan los artículos del contrato matri- 
monial. Ningún otro autor, que yo sepa, habla de esta 
hija habida por D. Pedro en María de Montpeller. Por 
el contrario, todos están acordes en decir que de aquel 
matrimonio no nació otro hijo que el D. Jaime el Con* 
quisiador, del cual larga y sobrada ocasión tendremos 
para hablar. Y sin embargo, los historiadores del Lan- 
guedoc dan muchos pormenores i , y aducen muchas 
razones en favor de su aserto. Verdad es que el matri- 
monio no llegó á consumarse por haber muerto Sancha 
en la infancia, y que entonces el hijo del conde de To- 
losa casó con la otra Sancha, hermana menor de Don 
Pedro. En sus Condes ^indicados nuestro D. Próspero 
de Bofarull no habla de esta niña, ni hace mención si- 
quiera del dicho de los historiadores del Languedoc, 
que acaso le pasó por alto. Es punto este que merece 
ser estudiado con más detención de la que se le puede 
consagrar en una historia general como la presente. De 
todos modos, me limitaré á esponer que en el contrato 
matrimonial estractado por los Maurinos, hay dos cláu- 
sulas ó artículos concluyentes: una de ellas, la de que 
el conde de Tolosa promete dar en matrimonio su hijo 
Raimundo á Sancha, hija de Pedro de Aragón y de Mt^ 
ría su esposa; y la otra la de que D. Pedro ofrece dar en 
dote á su hija la ciudad y castillo de Montpeller. De to- 
dos modos, aceptando la autenticidad de este contrato, 
hemos de admitir el hecho de la muerte de Sancha en 

1 En su tomo III, pág. 141 y en la nota XXXV del mismo tomo 



ir 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XIV. I45 

la infancia, pues luego se ve al Raimundo de Tolosa, su 
prometido, casar con otra Sancha, tía de la niña en to- 
do caso, como hija menor que era de Alfonso el Casto y 
hermana de D. Pedro el Católico. También era herma- 
na esta otra Sancha de la J>eonor casada con el conde 
de Tolosa, padre del joven Raimundo de que hablamos. 
De Colibre debieron trasladarse D. Pedro y Doña 
María á Montpeller, cuyos habitantes no tardaron en de- 
mostrar de una manera ruidosa su disgusto contra el pri- 
mero, que precisamente venía entonces como huyendo 
también del descontento de Aragón y Cataluña. Poco 
antes de imponer el tributo del monedaje á estos dos 
reinos, había D. Pedro pedido prestada á los habi- 
tantes de la ciudad y señorío de Montpeller, la suma 
de 175.000 sueldos melgarienses, por la cual les empe- 
ñó el castillo y rentas de la ciudad, el castillo de Lates 
y varios otros dominios de los alrededores i . Otro his- 
toriador afirma que la cantidad prestada fué de 800. ooO 
sueldos, y pretende que los habitantes de Montpeller se 
la prestaron cuando él regresó de Roma para facilitarle 
recursos y medios de sostener la guerra en favor de su 
hermano Alfonso contra el conde de Forcalqiiier. Este 
préstamo, por cuya restitución no tenía el rey gran pri- 
sa, á lo que parece, y el poco respeto que al propio tiem- 
po mostraba guardar á las costumbres de la ciudad, no 
obstante haberlas jurado, dieron ocasión á que los ánimos 
se exasperasen y á que tuviese lugar un levantamiento, 
que comenzó de una manera sangrienta. El pueblo de 
Montpeller arrasó el castillo señorial, y el rey se vio obli- 
gado á huir de la ciudad, refugiándose según parece en 
el castillo de Lates. Tampoco allí estuvo seguro. Persi- 
guiéronle los de Montpeller, asaltaron el castillo, entrá- 
ronlo á saco, y sólo milagrosamente pudo escapar Don 

1 ISsíoría del Langtudcc^ tomo III, pág. 144. 

TOMO XI 10 



146 VÍCTOR BALAGUER 

Pedro á la ciega cólera de los amotinados. El castillo 
de Lates fué entregado á las llamas, pereciendo muchos 
de sus habitantes y defensores 1. 

Nos faltan pormenores de la guerra que se siguió en- 
tonces, entre los ciudadanos de Montpeller y el rey de 
Aragón, ^ólo sabemos que fué devastadora para el país. 
Pedro de Castelnau, natural de Montpeller, y legado 
pontificio en la Provenza, se alarmó con estos desór- 
denes, temiendo que ellos diesen nuevo pábulo á la 
herejía de los de Albi ó albigenses, ya por lo demás 
en bastante progreso; asi es, que medió seguidamente 
para pacificar aquel estado, auxiliándole en su misión 
pacífica Guillermo Autignac obispo de Magalona. Gra- 
cias á sus esfuerzos, tuvo lugar una asamblea en el pa- 
lacio episcopal de Magalona, á la que asistieron el rey 
D. Pedro, la reina Doña María, y muchos prelados, se- 
ñores, ciudadanos y abogados, conviniendo por fin en 
un tratado de paz, que se estipuló bajo los principales 
artículos siguientes: 

i.° El rey D. Pedro de Aragón y la reina Doña 
María ofrecían perdonar á los habitantes de Montpeller 
las injurias de ellos recibidas y devolverles su amistad. 
2.° El empeño del castillo y de las rentas de Montpeller 
y del castillo de Lates^ que había sido hecho por la su- 
ma de 175.000 sueldos melgarienses, quedaba subsis- 
tente hasta que se hubiese satisfecho dicha cantidad. 3.° 
El rey prometía devolver á los habitantes de Montpeller 
todo lo que les había quitado. 4.° Los prisioneros hechos ' 
por ambas partes debían ser puestos en libertad, parti- 
cularmente los que habían sido llevados á las tierras de 
Rostaing y de Sabrán. 5.® El rey y la reina, como prue- 
ba de buena fe, se comprometían á poner los castillos y 



1 Historia del Languedoc, — Arte de co^nprébar leu fechas^ — Man 
hispánica. — Archivo de Montpeller. 



M— T" 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XIV. I47 

demás dominios empeñados bajo la guarda del obispo 
de Magalona, hasta el completo reembolso de la dicha 
cantidad. 6.° Los habitantes de Montpeller quedaban 
condenados á pagar al rey y á la reina, 40.000 sueldos 
por el castillo de Montpeller que habían destruido 1 . 

Aceptaron este tratado el rey y la reina de Aragón 
por una parte, y el sindico de la ciudad de Montpeller 
por otra, restableciéndose asi la paz . 

Entonces fué cuando, al decir de algunos, disgusta- 
do D. Pedro por tantos desórdenes, é impelido también 
por la natural inconstancia de su carácter, se disgustó 
de su esposa Doña Maria, á quien trató de repudiar. 
Hay quien pretende que entonces hizo negociar su ma- 
trimonio con la otra Maria reina de Jerusalén, y que 
hasta se llegó á redactar un borrador de contrato ma- 
trimonial, en Acre, el 21 de Setiembre de 1206. Lo cier- 
to es, que se dirigió al papa Inocencio III en demanda 
de divorcio, exponiéndole que sentia grande escrúpulo 
de conciencia por haberse casado con la reina, á causa 
de que el conde de Comminjes su primer marido, vivia 
aún, y á causa también de que él, antes de su matri- 
monio, habia tenido relaciones amorosas con una pró- 
xima parienta de la que luego fué su mujer. El Papa 
nombró al obispo de Pamplona, á Pedro de Castelnau 
y á otro religioso; la reina reclamó, y fué dándose lar- 
gas al negocio. 

1 Las mismas autoridades citadas. Por lo que toca al tratado de 
paz entre el rey y los habitantes de Montpeller, se halla en la Historia 
del LangiudúCy prueba LXXXIII, col. 204 . 



148 



VÍCTOR BALAGUBR 



CAPÍTULO XV. 



Terminan los bandos de Catalufia.-— Convenio entre los condes de Urgel 
y deFoix. — Cortes en Pnigcerdá. — Lo que se cuenta que sucedió al 
rey con el señor de Vizcaya. — Sitio y toma de Montalván. — Naiá- 
miento del rey D. Jaime. — Muerte del conde Armengol de UrgeL 
— Termina la línea varonil de esta casa. — Guerau de Cabrera pretende 
el condado y se titula conde de Urgel.— El rey de Aragón protector 
del condado. — £1 vizconde de Cabrera cae prisionero del rey. 



(De 1207 Á 1208.) 

Preciso es confesar que las crónicas y las historias 
andan muy revueltas y confusas tocante á los sucesos 
del rey D. Pedro. La patente contradicción que á cada 
paso se halla entre las nuestras y las del Languedoc y 
Provenza; la ignorancia de nuestros analistas respecto 
á cosas de aquellos países; la ignorancia de aquéllos 
respecto á las cosas de estos reinos; la diferencia de fe- 
chas; la falta de documentos, todo, en una palabra, se 
reúne para que reine en esta época un embrollo que con 
harta dificultad y no escaso trabajo se puede poner en 
claro. 

Conviene recordar á los lectores que, durante la épo- 
ca que acabamos de historiar, es decir, desde el año 1197 
hasta el de 1207, estuvieron siempre vivos y más 6 me- 
nos encarnizados los bandos de Cataluña, y también de 
Aragón, entre los partidarios del conde de Urgel y los 
del conde de Foix^ En este año de 1207 fué cuando se 
terminaron, por la mediación del monarca, según pa- 
rece. El conde de Foix y el vizconde de Castellbó, s" 
aliado, á quienes el de Urgel hiciera prisioneros », sí 

1 Véase el cap. XI. 



TT^ At^' 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XV, I49 

lieron de su encarcelamiento, no se sabe cómo, y con- 
vinieron el 17 de Marzo en un tratado de paz, basado 
sobre los siguientes artículos: 

1/ Raimundo Roger conde de Foix, Roger Ber- 
nardo su hijo, y Armengol conde de Urgel, se perdona- 
ron mutuamente todo el daño que se habían hecho, y 
prometieron con juramento ser amigos en adelan- 
te. 2.° El conde de Urgel dio 2.000 sueldos melgarien- 
ses al de Foix. 3.° Prometió también dar en matrimo- 
nio» á Arnaldo vizconde de Castellbó, su nieta Isabel 
de Cardona, con 10.000 sueldos barceloneses por dote, 
y todos sus dominios si moría sin tener hijos de la con- 
desa Elvira, su esposa. 4.° Prometió á más pagar 40.000 
sueldos al vizconde, como para remunerarle del perjui- 
cio causado con su encarcelamiento 1 . 

Generoso anduvo, por cierto, el conde de Urgel; 
pero así quedaron terminados, al menos, aquellos fu- 
nestísimos bandos que regaron de sangre las campiñas 
del Principado. Acaso contribuyeron á la paz las Cor- 
tes que se celebraron á últimos del 1206 ó principios 
del 1207 en Puigcerdá. Juntólas el rey para pedir nue- 
vos socorros á Cataluña, y le asistió generoso siem- 
pre el Principado 2, 

Se cuenta que en este año, y hay quien dice que en 
el anterior, hubo junta de reyes en Alfaro para la paz 
de España, asistiendo los de Aragón, Castilla, León y 
Navarra; y se supone que, por no haber sido llamado á 
esta junta el señor de Vizcaya, hizo alianza con los mo- 
ros, entrándose hostilmente por Aragón. A propósito 
de esto se refíere una historia, que debe tener mucho 
de cuento, diciendo que D. Pedro acudió contra él; que 
le derrotó, lo propio que á los moros sus aliados ; que 

1 Se halla este contrato en la prueba LXXXIV, col. 206 del 
tomo III de la Historia del Languedoe, 

2 Feliu de la Pefia. Hb. XI. cap. IV. 



150 VÍCTOR BALAGUER 

les fué al alcance persiguiéndoles hasta Valencia; que 
atacó esta ciudad con estrecho asedio^ y que en un 
asalto en que tomara parte personalmente, habiéndole 
sido muerto el caballo, fué salvado por el mismo señor 
de Vizcaya á quien perseguía 1. 

El analista catalán nos dice luego, que prosiguió 
nuestro monarca e;n la tala de los campos del reino de 
Valencia; que conquistó algunas fortalezas, y que pasó 
con el maestre de Santiago, Gonzalo Fernández de Ma- 
rañón, al asedio de la plaza de Montalván, de la cual 
se apoderaron, no sin trabajo, y no sin haber tenido 
que levantar D. Pedro el sitio para acudir á desbaratar 
una hueste de moros que había penetrado en Aragón. 

En esto, y á principios del 1208, el i.*^ 6 2 de Fe- 
brero, nacióle al monarca aragonés su hijo D. Jaime, 
aquel que debía ser llamado el Conquistador, y aquel 
que, por lo mismo que había de ser en todo extraordi- 
nario, por querer del cielo lo fué también en el modo 
de venir al mundo. Es una especie de nacimiento ca- 
sual y milagroso el de D. Jaime, y se cuenta con refe- 
rencia á él una aventura que tiene todo el interés de 
una novela, si la hemos de creer tal como la narra el 
cronista Ramón Muntaner, de buena y gloriosa memo- 
ria, con ese característico sello de candidez y ese buen 
decir que no ha tenido después de él cronista alguno. 
La mayor parte de los autores trasladan esta aventura 
con ligeras variantes, tomando por guía la relación de 
Muntaner. Hay, sin embargo, quien la rechaza como fá- 
bula, y luego veremos de qué manera lo cuenta el mis- 
mo D. Jaime en su propia crónica. 

Oigamos primero á Muntaner 2. 

Según lo que éste refiere, el rey andaba muy aparta* 

1 Feliu de la Pefla, fibro y capítulo citados. — Zurita, Ub. II, capi- 
tulo LIIL 

2 Véanse los caps. III, IV y V de su crónica. 



rr 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XV. I5I 

do de la reina, en términos que siempre que iba á Mont- 
peller, jamás se acercaba á ella. De esto se hallaban 
muy resentidos todos sus subditos, y en especial los 
prohombres de la indicada ciudad. Sucedió una vez qué 
el rey, joven, gallardo y aficionado á galanteos, se ena- 
moró de una hermosa dama de la población, por la cual 
públicamente torneaba y hacía armas. Tuvieron de ello 
noticia los cónsules y prohombres de la ciudad, y su- 
pieron también que había cierto caballero, confidente 
del monarca, el cual mediaba en sus amores dando pa- 
sos para que consiguiese D. Pedro el logro de sus de- 
seos. Avistáronse con él los cónsules, le propusieron 
engañar al rey, y el caballero, enterándose de los bue- 
nos deseos que les animaban, accedió á todo. 

Presentóse, pues, al monarca, y le dijo como había 
visto á la hermosa dama objeto de sus amores, como 
había doblegado su rebelde virtud con sus instancias y 
como la había decidido á otorgar á D. Pedro una cita 
de amores. Sólo ponía la dama una condición, que exi- 
gía como un sacrificio á su recato y á su honra: la de 
entrar tapada en palacio y hallar sin luz la cámara real. 
A todo accedió D.Pedro, hirviendo en el fuego del amor 
y aguijoneado por la espuela del deseo. 

Todo se hizo y tuvo lugar como habían combinado 
los cónsules y el confidente. La noche se deslizó rica 
de amor y de ilusión para la enamorada pareja, y al 
rayar las primeras y débiles luces de la aurora, el mo- 
narca fué despertado en los brazos de su compañera por 
un extraño rumor. Incorporóse en la cama, y vio abrir- 
se la puerta, dando paso á una procesión de cortesanos, 
de prelados, de altos dignatarios y de los cónsules y 
prohombres, que entraron solemnemente, llevando ca- 
da uno ana vela encendida en la mano. Extrañado el 
rey de ver aquello, saltó del lecho y empuñó la espada, 
pero cayendo entonces de rodillas todos los que acaba- 



X52 VÍCTOR BALAGUER 

ban de entrar, suplicáronle por boca de uno de los pre- 
lados que tuviese á bien volver los ojos hacia la que ha- 
bía sido su nocturna compañera. HÍ20I0 asi el rey, y 
envuelta entre la nieve de las sábanas y el rubor de la 
vergüenza, vi6, en lugar de la dama á quien cre3^era ha- 
ber tenido en sus brazos, á su amante esposa Doña 
María de Montpeller. 

Todo le fué explicado al monarca. Se le dijo cómo 
los cónsules habían hecho entrar en su plan al confi- 
dente y á la reina, cómo habían pasado todos la noche 
en oración, y cómo se habían valido de aquel engaño 
para lograr un heredero y sucesor del trono. 

Tal es, en extracto, lo que mejor y más detenida- 
mente cuenta Muntaner. A aquel venturoso lance é in- 
genioso ardid, si damos crédito al cronista, debieron los 
estados de la corona de Aragón el tener uno de sus más 
&mosos reyes y mejores capitanes. 

Por lo que toca á D. Jaime, cuenta en la crónica por 
él mismo escrita, su nacimiento, pero es de la manera 
siguiente: 

«Contemos ahora de qué manera fuimos engendrado, 
y cómo aconteció nuestro nacimiento. Es de saber pri- 
meramente que nuestro padre En Pedro desamaba á la 
sazón á nuestra madre la reina, pero sucedió una vez, 
que hallándose nuestro padre en Lates y la reina en 
Mireval, se presentó á aquel un rico hombre llamado 
En Guillermo de Alcalá, el cual pudo conseguir con 
sus ruegos que el rey fuese á reunirse con la reina. La 
noche aquella en que ambos estuvieron juntos, quiso el 
Señor que Nos fuésemos engendrado. Así que nuestra 
madre se sintió embarazada, trasladóse á Montpeller, 
en donde, por voluntad de Dios, se verificó nuestro na- 
cimiento, en casa de los Tomamira, la víspera de U 
Purificación de Nuestra Señora. Luego de nacido, en- 
viónos nuestra madre á la iglesia de Santa María: He- 



HISTORIA DE CATALUÑA* — LIB, V. CAP, XV. I53 

váronnos allá en brazos; y como se estaban cantando 
los maytinesy sucedió que al pasar Nos los umbrales del 
templo, acertaron á entonar los clérigos el Te-Deum 
laudamusy sin que tuviesen ninguna noticia de que de- 
biésemos estar allí. Fuimos en seguida presentado á 
San Fermín; y aconteció también, que al entrar en la 
iglesia, se estaba cantando el Benedictus Dominus Deus 
Israel. De vuelta en casa, llenaron de alegría á nuestra 
madre tan buenos pronósticos; mandó luego fabricar 
doce cirios de igual peso y tamaño, hízoles encender 
todos á la ve^r, dio á cada uno el nombre de un apóstol, 
é hizo voto á Dios Nuestro Señor de que nos pondría el 
nombre del que durase mayor tiempo: fué éste el de San 
Jaime, y por esto. Nos, por la gracia de Dios, nos lla- 
mamos Jaime. Asi vinimos al mundo descendiendo de 
nuestra madre, y del rey En Pedro nuestro padre i.» 

Hasta aquí el mismo D. Jaime. Mucho ha dado que 
hablar realmente su nacimiento. La mayoría de los cro- 
nistas adoptan la versión de Muntaner; pero ya hemos 
dicho que hay autores muy graves que la tachan de fá- 
bula y de novela, fundándose en que, á pesar de ser 
Muntaner casi contemporáneo, hay otros cronistas, 
contemporáneos también, como Guillermo de Puilau- 
yens, que no lo reñeren así, y apelando al testimonio 
escrito del mismo D. Jaime, que no hubiera dejado de 
mencionar, á ser cierta, esta circunstancia. 

Moreri en su diccionario va más allá que Muntaner 
y cuenta una verdadera novela. Dice que D. Pedro es- 
taba en relaciones amorosas con una joven de Montpe- 
Uer, llamada Catalina Rebusse, y que esta joven, al ver 

1 Crónica del rey D. Jaime, traducida del catalán al castellano por 
los Sres. Flotats y BofaruU (Antonio). Por lo que toca al titulo JSn, 
téngase presente que los nobles de Catalufia se honraban con este titulo, 
y las sefioras con el de £fta 6 Na equivalentes al Don y Doña de Ara- 
gón y de Castilla. 



i54 



VÍCTOR BALAGUBR 



que iba á extinguirse la raza de los condes de Montpeller 
por el aborrecimiento en que el rey tenia á la reina, se 
valió de la extratagema de sustituir á Doña María en 
su lugar, haciéndola acostar en su cama una noche que 
ella esperaba al rey. Pedro, dice, no distinguió á la ver- 
dadera esposa de la querida, y con el tiempo se alegró 
de aquel engaño al que debió el nacimiento de un suce- 
sor legítimo, que fué Jaime I i. 

Pero, la versión que parece más acertada, y está al 
mismo tiempo más conforme con las crónicas de Gui- 
llermo de Puilauvens y de D. Jaime, es la de un cro- 
nista moderno de Montpeller, Mr. Eugenio Thomás, 
«La reina, dice, más estimable que bella, no inspiraba 
todo el amor que era de desear á su joven é inconstante 
esposo. Habitaba entonces en Mireval, á dos leguas de 
Montpeller. El monarca iba á menudo á su castillo de 
Lates, ciudad y puerto á una legua de Montpeller y de 
Mireval. Cierto día, durante una partida de caza, y ce- 
diendo á las instancias de un cortesano, se dirigió á Mi- 
reval y descansó junto á la sensible María. » 

Ambos esposos hicieron las paces, y el monarca se 
dirigió á caballo á Montpeller llevando á la reina en 
grupa. El pueblo , admirado de la buena inteligencia 
que reinaba entre sus señores, salió á su encuentro y 
dio grandes muestras de contento y regocijo en tomo 
del palafrén que aquéllos montaban. Lo que hizo en- 
tonces el pueblo sin más designio que demostrar su 
alegría, dice el autor citado, se continuó en tiempo 
del rey Jaime, su hijo, pues todo el mundo estaba per- 
suadido que debía su nacimiento á la noche que pre- 
cediera á la entrada del rey su padre en Montpeller. 



1 Las leyendas que sobre el nadmiento de D. Jaime publicaroa 
nuestras crónicas, dieron más tarde ocasión y asunto al insigne poeta 
D. Pedro Calderón de la Barca para escribir su obra dramática: Gmiof 
y disgustos son no más que imaginación. 



HISTORIA DE CATALUÑA.— LIB. V. CAP. XV. I55 

Los habitantes, para demostrarle cuan caro les era este 
recuerdo, llenaron de paja la piel de un caballo, que 
llevaron á Lates, donde estaba el rey, y repitieron en su 
presencia, en tomo de este caballo, los mismos juegos 
y danzas á que se entregaran cuando la ocasión citada 
en el camino de Mireval. Ya sea que la fiesta fuese 
del agrado del Conquistador, ya que los habitantes de 
Montpeller encontraran gusto en ello, lo cierto es que 
la danza del Chevalet, como se llama, se ha perpetuado 
hasta nuestros días. El pueblo de Montpeller, en todas 
sus grandes fiestas tradicionales, necesita ver cómo re- 
corre sus calles el Chevalet para que la fiesta sea com- 
pleta 1. 

De todos modos, fiíese el nacimiento de D. Jaime de- 
bido á una ú otra de las circunstancias citadas, lo cier- 
to es que hay en él algo de extraordinario. Por lo que 
toca á D. Pedro, sólo se reconcilió momentáneamente 
con su esposa, y partió en seguida de Montpeller, enta- 
blando ó volviendo á reanudar su demanda de divorcio. 

En aquel mismo año de 1208 hubo nuevas turbacio- 
nes en el condado de Urgel por tratarse de la sucesión 
al mismo; pero esta vez el monarca se mostró enérgico 
y activo. Poco después del tratado de paz entre el con- 

1 £1 autor-de esta obra ha tenido más de una ocasión de ver en 
Montpeller la danza del ChevaieL Un hombre ágil, elegante y capricho- 
samente vestido» pasa su cuerpo á través de un -pequeño caballo de 
cartón cubierto con una especie de gualdrapa y le hace dar saltos, ca- 
rreras y cabriolas al son del tamboril, en medio de un círculo formado 
por una cuadrilla de danzantes, vestidos por lo común de blanco y ador^ 
Dados sus sombreros con plumas y cintas. Permítaseme decir, antes de ter- 
minar esta nota, que el Arte de comprobar las fechas (ti atado de los se* 
ftores de Montpeller) da otro origen á esta fiesta. Dice que fué al termi- 
narse la guerra entre los de Montpeller y el rey D. Pedro, cuando éste 
entró en la ciudad montado á caballo y llevando á la reina en grupa, 
consagrándose la memoria de este suceso con la fíesta ó regocijo anual 
llamado el Chevalet. 



156 



VÍCTOR BALAGUER 



de Ármengol y el de Foix, murió aquél, dejando de su 
mujer Elvira, que le sobrevivió, una tierna hija llama* 
da Aurembiaix, El cuñado del difunto conde, Pons viz- 
conde de Cabrera y su hijo, sobrino de aquel, Guerauó 
Geraldo, pretendieron entonces que el condado de Ur- 
gel debía tocarles como á más próximos herederos va^ 
roñes, con preferencia á su prima Aurembiaix, y toma* 
ron las armas para sostener su pretensión. Había efec- 
tivamente acabado con la muerte de Ármengol la linea 
masculina de los condes de Urgel, descendientes de los 
de Barcelona. 

Guereau de Cabrera, hombre muy bullicioso y de al- 
tos pensamientos, al decir de Monfar, que, por ser va- 
rón, pretendió, excluyendo las mujeres, tener derecho al 
condado de Urgel y ser preferido á Aurembiaix, tomó las 
armas y se metió por la tierra de aquel condado, talan- 
da el país y apoderándose de todas las villas y lugares 
que pudo, sin reparar en el testamento del conde Ar- 
mengol que, en defecto de hijos varones, nombraba he- 
redera á su única hija. La ciudad de Balaguer y los pue- 
blos de Agramut y Linyola se declararon por el de Ca- 
brera, que tomó entonces el título de conde de Ui^el y 
mandó labrar, para los autos y privilegios que concedía 
ó firmaba, un doble sello con las armas de Urgel á un 
lado y al otro las de Cabrera. 

La condesa Elvira, viéndose amenazada, en peligro 
la herencia de su hija, y sin fuerzas para resistir á las 
del de Cabrera, acudió al rey D. Pedro y se puso bajo 
su protección, dándole el condado de Urgel y todo cuan- 
to en él le podía pertenecer. El rey le dio en recompen- 
sa, durante su vida, los castillos de Ciurana y de Seros: 
por medio de otro auto le prometió pagar el día de 
Nuestra Señora de Febrero 5.000 morabatines, sin ex- 
presar más; y finalmente, por medio de otro, declara 
que todo aquello se entendía hecho, quedando salvoL 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB. V, CAP. XV. 1 57 

los derechos competentes á Aurembiaix, á la cual no 
quería perjudicar i. De esta manera quedó el condado 
de Urgel por el rey y bajo la protección real. 

No por esto cedió Guereau de Cabrera. Prosiguió al- 
zando sus pendones y pretendiendo apoderarse de todo 
el condado, parte del cual era ya suyo. D. Pedro, to- 
mando ya por propia la causa de la condesa Elvira y 
de su hija, levantó ejército, se dirigió al condado de 
Urgel, tomó á fuerza de armas la ciudad y castillo de 
Balaguer, y cayó en seguida y de improviso sobre el de 
Lrlorens, apartado poco más de media legua por la parte 
de Oriente, orillas del Segre. Guereau de Cabrera se ha- 
llaba con su mujer é hijos en este castillo: habíase forti- 
ficado en él con ánimo de resistir y defenderse, pero no 
se atrevió, y al presentarse el monarca ante las mura- 
llas, se le rindió con su mujer é hijos, enviándoles el rey 
presos á ellos al castillo de Loarre en Aragón y á él á la 
ciudad de Jaca. 

A fin de recobrar su libertad, el vizconde hubo de 
entregar por orden del rey á Hugo de Torreja y á Gui- 
llen Ramón de Moneada senescal de Cataluña, los cas- 
tillos de Montsoniu, Montmagastre, Ager, Patania y Fi- 
nestres, que eran de su patrimonio, para seguridad de 
que estaría á lo que por justicia declarase el rey sobre 
las demandas de la condesa de Urgel y su hija. D. Pe- 
dro se apoderó del condado y tomó título de conde de • 
Urgel, quedando de aquí tres títulos de condes de Urgel, 
uno en persona del rey D. Pedro, otro en la de la niña 
Aurembiaix y otro en la del vizconde de Cabrera, que 
aun cuando había dejado el señorío y posesión de él, qui^ 
so quedarse con el título que una vez había tomado 2; 

1 Monfar en su Historia de los condes de Urgel y pág. 440 del tomo I. 

2 Autoridades: Arte de comprobar las fechas\ tratado de los condes 
de Urgel. — Marca hispánica. — Monfar, cap. LV. — Zurita, lib. II, ca- 
pítulo LVII. 



158 



VÍCTOR BALAGUBR 



CAPÍTULO XVL 



Progresos de la herejía de los albigenses.-^Origen de la Inquisición.— 
Asesinato de Pedro de Castelnau. — Cruzada contra los albigenses.— 
LfOS cruzados eligen por generalísimo al catalán Amalrich. — £1 viz- 
conde de Beziers prueba á hacer la paz con los cruzados, pero inútil- 
mente. — Sitio, toma y saqueo de Beziers. — Sitio dcCarcasona. — Lle- 
ga Pedro de Al^gón al campo de los cruzados y trata inútilmente de 
poner á éstos en paz con el vizconde de Beziers. — Toma de Carcaso- 
na. — Se ofrece el vizcondado de Beziers y de Carcasona á varios se- 
ñores que lo rehusan, aceptándolo por fín Simón de Monfort. 

(1208 Y 1209.) 



Se hace ahoVa preciso que para subsiguiente aclara- 
ción de los grandes sucesos que se han de narrar, me 
permitan los lectores hacerles una fiel pintura, siquier 
sea á grandes rasgos , de lo que tenía lugar á la otra 
parte de los Pirineos con motivo de la herejía que alK 
fijara sus reales. 

Queda ya dicho que los herejes, á quienes se comen- 
zó á dar el nombre de albigenses, por haber nacido en 
' la ciudad de Albi, eran ya en gran número, pudiendo 
disponer de verdaderos ejércitos, de grandes sumas, de 
buenos valedores y de no pocas poblaciones. El Papa, 
para cortar los progresos crecientes de la herejía, envió 
allí á Pedro de Castelnau como legado, no tardando en 
darle por compañero á Arnaldo de Amalrich , abad del 
Císter y general de toda la orden. Arnaldo de Amalrich, 
que debía hacer un gran papel en los sucesos que s 
siguieron, era monje del monasterio de Poblet, del qu< 
fué prior en 1192 y en seguida abad, pasando á ser le 



F"' 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. XVI. I59 

gado del Papa en Languedoc y Provenza por los años 
de 1204 1. 

Ya por entonces el cuidado de extirpar por la violen- 
cía aquella llamada reproducción del maniqueismo ó 
herejía de los albigenses, se había confiado á una cor- 
poración religiosa^ que se instituyó expresamente^ bajo 
el nombre de Predicadores, conocida más tarde con el 
de dominicos, que tomó de uno de sus más ardientes y 
celosos protectores, el español Santo Domingo de 
Guzmán. 

Los dos legados 9 Pedro de Castelnau y Ámaldo de 
Amalrich, hicieron cuantos esfuerzos imaginables pu- 
dieron para cumplir con su misión , apoyados por el 
Papa , que exhortaba sin cesar á los señores más prin- 
cipales á tomar las armas para exterminar á los here- 
jes. En esto, uno de los legados, Pedro de Castelnau, 
murió asesinado. Dicen unos, que le mandó asesinar el 
conde de Tolosa, que andaba muy frío y remiso en la 
persecución de los herejes; pero afirman otros, que mu- 
rió cosido á puñaladas por un caballero, con el cual 
había tenido una violenta disputa. El papa Inocen- 
cio III escribió entonces cartas apremiantes á los con- 
des, barones y caballeros de aquellos países, conjurán- 
doles para que se armasen, á fin de vengar á su legado, 
exterminar á los herejes y restablecer la paz. También 
envió nuevos legados, viniendo, por fin, á componerse 
la legación pontificia, de Amaldo de Amalrích, el obispo 
de Riez , el de Coseranz y Milón , su notario ó secreta- 
río, que envió expresamente para decidir al conde de 
Tolosa, el cual proseguía con su política fluctuante. 

1 Véase el Diccitmario de escritores catalanes por Amat, pág. 15. 
Los historiadores del Languedoc no dicen que Amalrích fuese catalán; 
pero niegan que perteneciese á la familia de los vizcondes de Narbona, 
como han pretendido algunos. De todos modos, en las actas de Poblet, 
á las que el obispo Amat hace referencia, aparece como catalán. 



1 6o VÍCTOR BALAGUBR 

Milón predicó la cruzada contra los albigenses, y 
consiguió que el conde de Tolosa y sus barones, aliados 
y feudatario, tomasen la cruz. El ejército de los cruza- 
dos estaba reunido en Lión , el día de San Juan Bau- 
tista del i2og. Refiérese que era uno de los más nume- 
rosos cuerpos de ejército que se hayan visto jamás en 
Francia y aun en Europa. Dicen unos que se compo- 
nía de 300.000 hombres, mientras que otros elevan d 
número á Soo.ooo. Lo formaban principalmente fla- 
mencos, normandos, aquitanos y borgoñones, manda- 
dos por varios obispos y prelados y por algunos nobles 
señores. 

Cuéntase que todos los cruzados llevaban bordones 
de peregrino en la mano, para manifestar que era una 
empresa santa la que acometían. Reunido el ejército 
todo en Lión, se trató de darle un jefe superior, y en 
asamblea de capitanes y jefes se eligió por generalísimo 
á nuestro Arnaldo de Amalrich , abad del Císter, que 
así parece que sabia empuñar su espada de batalla como 
su báculo abacial. 

Amalrich pasó el Ródano con su ejército, y se dirigió 
á Montpeller, donde se detuvo algunos días, acampando 
la hueste en los alrededores. Raimundo Roger, vizconde 
de Beziers, á quien se tachaba de proteger á los here« 
jes, voló á la citada ciudad para hacer sus paces con 
los legados, como las había hecho el conde de Tolosa 
su deudo. Trató de justificar su conducta, y protestó 
que era enteramente adicto á la Iglesia: confesó que 
sus oficiales habían realmente favorecido á los herejes, 
pero contra su intención, y que él por su parte detes- 
taba los errores de aquellos sectarios. Todas sus pro- 
testas fueron, sin embargo, inútiles, y Milón y Amal- 
rich se negaron á recibir sus excusas; de manera qr 
hubo de retirarse desairado. 

A su regreso á Beziers, reunió á sus principales vi. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — ^LIB. V. CAP. XVI. l6l 

salios, les dio parte de la inutilidad de su demanda, y, 
de acuerdo con ellos, resolvió defender sus dominios 
hasta el último extremo. Trató en seguida de asegurar 
sus plazas» y después de haber dejado una fuerte guar- 
nición en Beziers, se encerró en Carcasona con lo más 
selecto de sus tropas. Dicese que imploró entonces el 
auxilio del rey de Aragón, á quien reconocía por su se- 
ñor feudal; pero este principe, según cuenta el mismo 
papa Inocencio en una de sus epístolas, no tuvo á bien 
ni juzgó á propósito dárselo, por temor de malquistarse 
con la Santa Sede. 

Los cruzados, después de haber descansado algún 
tiempo en Montpeller, se pusieron en marcha, al man- 
do siempre del abad del Císter; y después de haber ta- 
lado el país que sin escrúpulo pasaron á sangre y fue- 
go, como mensajeros de venganza más bien que como 
enviados de Dios, según se titulaban, acamparon ante 
las murallas de Beziers. Como había en esta ciudad ha- 
bitantes católicos, el abad del Císter y los demás jefes 
del ejército sitiador les enviaron á Reginaldo de Mont- 
peyroux, su obispo, quien, bajo pena de excomunión, 
les intimó que entregasen á los cruzados todos los he- 
rejes de la ciudad, ó que, si no eran bastante fuertes 
para ello, la abandonasen y saliesen á reunirse con los 
sitiadores. Entonces tuvo lugar por parte de los reque- 
ridos una gran prueba de patriotismo, que con orgullo 
y placer debe consignar la historia. Los católicos con- 
testaron resueltamente que antes que todo eran ciuda- 
danos de Beziers, y que no sólo no accedían á lo que 
el obispo les intimaba, sino que se unían estrechamen»' 
te con los herejes para defender la ciudad, su patria 
común, hasta derramar la última gota de su sangre, 
[ion esta respuesta, tuvo que volverse el obispo de Be- 
ziers al campo de los cruzados. 

No tardaron éstos en dar el asalto. Los sitiados se 

TOMO XI II 






1 62 VÍCTOR BALAGUER 

defendieron bizarramente por espacio de algunas horas, 
pero viéronse obligados á ceder, y los cruzados enton- 
ces, penetrando en la ciudad, pasaron á cuchillo todos 
cuantos encontraron, sin distinguir de religión, clase, 
edad ni sexo. Los infelices habitantes se refugiaron 
atropelladamente en las iglesias, pero esto^ santos lu- 
gares no les libraron de la cólera de sus feroces enemi- 
gos. Sin respetar la santidad del sitio, los cruzados, in- 
vocando siempre el nombre de Dios, hicieron particu- 
larmente una horrible carnicería en todos cuantos ha- 
llaron en la iglesia de la Magdalena. Se cuenta que 
sólo en este templo perecieron 7.000 personas pasadas 
á cuchillo. Hay cronistas que pretenden disculpar el 
hecho, diciendo que fué un castigo de Dios por el ase- 
sinato del vizconde Trencavello, cometido cuarenta 
y dos años antes en aquel mismo templo. Finalmente, 
los cruzados, después de haber satisfecho su furia en el 
pueblo de Beziers, á cuyos habitantes pasaron sin pie- 
dad á degüello, y después de haberse enriquecido con el 
saqueo, completaron su obra de destrucción poniendo 
fuego á la ciudad. Beziers fué devorada por las llamas 
el 22 de Julio de 1209. 

No hay conformidad acerca del número de víctínlas 
que hubo en aquella ocasión. Arnaldo, abad del Cister, 
en la reseña que envió al Papa, dice que fueron iS.ooo, 
pero otros hacen subir el número á 60.000. Se cuenta 
que, antes del saqueo y de la matanza, los cruzados 
preguntaron al abad del Císter cómo lo harían para 
distinguir á los católicos de los herejes, temiendo que 
alguno de éstos se escapase confundiéndose con los 
primeros. — «Matadlos á todos, contestó Arnaldo de 
Amalrich, que ya Dios conocerá á los suyos 1.» 



1 No hay por cierto exageración en la referencia de estos horri 
bles hechos, ni tampoco en las palabras atribuidas á nuestro Amalrich 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP, XVI. 163 

Terminados la matanza, saqueo é incendio de Be- 
ziers, la hueste de la cru2 se adelantó hacia Carcasoná, 
llegando ante los muros de esta ciudad el i.° de Agos- 
to, después de haberse apoderado de cuantos castillos y 
lugares halló ásu paso. El vizconde Raimundo Roger, 
que se había encerrado en la ciudad, como ya sabemos, 
con la flor de sus tropas, se dispuso á hacer la más obs- 
tinada resistencia. Los cruzados marcharon en seguida 
al asalto de los arrabales, que fueron defendidos heroi- 
camente por el vizconde Roger, quien hizo en persona 
actos de increible valor. También hablan las crónicas 
de un caballero cruzado, por nombre Simón de Mont- 
fort, que comenzó, puede decirse, á figurar en aquel 
asalto, y á quien estaba reservado un grande é impor- 
tante papel en la historia de las crueles guerras que se 
habían de seguir. 

Durante el sitio de la ciudad, y en ocasión en que ya 
habían sido tomados los arrabales, quedando los bravos 
defensores de Carcasona encerrados en la plaza, se pre- 
sentó el rey Pedro de Aragón en el campo de los cru- 
zados, al objeto, según parece, de intervenir en favor 
del vizconde Raimundo Roger, de quien era amigo, 
aliado y señor feudal. Cuentan los historiadores del 

Al contrarío, he rebajado aún los colores sombríos del cuadro. Véan- 
se sinOy las Memorias de BezUrs y las crónicas de Provenza; léanse la 
Mshria tUl Languedoc, tomo III, págs. 168 y siguientes, y el tratado 
de los condes de Carcasona en el Arte de comprobar las fechas. Óigase, 
por fín, lo que dice el mismo obispo Torres Amat, hablando de Amal- 
rich: 'Como legado del Papa, mandó la cruzada que se envió contra los 
albigenses. Sus fervorosas exhortaciones fueron causa de que en el 
asalto de una ciudad, llevados los cruzados de un celo mal entendido, 
cometiesen las mayores atrocidades, pasando á cuchillo millares de ha- 
bitantes sin distinción de sexo, de edad ni religión, entre ellos 7.000 re- 
fugiados en la iglesia de la Magdalena. „ [Diccionario de escritores catar- 
^^^^> pág- 15» col. !.•) La ciudad que Amat no nombra, ya sabemos 
que fué la de Beziers. 



I 

i 



^ 



164 VÍCTOR BALAGUER 

Languedoc 1, que el monarca aragonés se apeó con sq 
comitiva en la tienda del conde de Tolosa, su cuñado. 
Fué en seguida á encontrar al abad del Císter y á los 
jefes del ejército, quienes le acogieron con agrado, y les 
pidió gracia en favor del vizconde, suplicándoles que 
tuviesen compasión de su juventud y entrasen con él en 
negociaciones, contentándose con los daños inmensos 
que habian hecho en sus dominios. El legado y los je- 
fes preguntaron al rey de Aragón si estaba encargado 
por el vizconde de .hacer proposiciones de paz. — «No 
en verdad, respondió D. Pedro; pero si queréis permi- 
tírmelo, iré á encontrarle y estoy seguro de que no re- 
husará mi mediación. > 

Se permitió entonces al monarca entrar en la ciudad, 
y habiéndolo hecho, y habiendo tenido una entrevista 
con el vizconde, consiguió de éste que depositara en él 
su confianza. Volvió en seguida al campo; se presentó 
de nuevo en la tienda del legado, donde los principales 
jefes se habian reunido, y dióles cuenta de su misión. 
Empezó por decirles y asegurarles que jamás el viz- 
conde había sido hereje; convino, si, en que sus oficia- 
les habían favorecido á los albigenses, durante su menor 
edad ó su juventud; pero protestó deque era sin su parti- 
cipación, mereciendo ser excusado por ello. Añadió que, 
después de todo, si Raimundo Roger se había hecho 
culpable de algo, bastante castigado quedaba por la 
destrucción de su ciudad de Beziers y de los arrabales 
de Carcasona, y que, por lo demás, se ofrecía á some- 
terse á las órdenes del legado y á reparar todos los da- 
ños que pudiera haber ocasionado con su conducta. 
Según se desprende de lo que dicen los Maurinos, nues- 
tro D. Pedro en esta ocasión defendió calurosamente 

1 Pág. 171 del tomo III. Los Maurinos han tomado estos detalle 
de una crónica 6 historia de las guerras de los albigenses, escrita en ci- 
talán-provenzal por un autor anónimo. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XVI. 165 

al vizconde con su elocuencia. Bien es verdad que mejor 
que ésta le hubieran servido al vizconde $us armas. 

Amalrich y los jefes sitiadores pidieron deliberar en 
secreto sobre la proposición, y después de haber confe- 
renciado entre si, el primero tomó la palabra y contes- 
tó á D. Pedro de Aragón el Católico^ que toda la gracia 
que se podía hacer al vizconde era permitirle salir de 
Carcasona á él y á otros doce compañeros suyos, con 
armas, caballos y bagajes, pero bajo la condición de 
que entregaría á todos los habitantes y defensores de la 
ciudad á discreción de los cruzados. Se ignora la con- 
testación que pudo dar el rey á aquel subdito suyo que 
de tal modo le hablaba. Sólo se sabe que volvió inme- 
diatamente á Carcasona para dar parte de aquella res- 
puesta al vizconde, y que éste replicó que preferiría ser 
despellejado vivo antes que cometer la infamia de aban- 
donar al menor de los habitantes de la ciudad. Cuando 
en la historia se tropieza con hombres crueles y san- 
guinarios como Amalrich, consuela al menos el encon- 
trarse con almas nobles, generosas y dignas como la 
de Raimundo Roger. El rey de Ai'agón, resentido por 
no haber triunfado en sus negociaciones, se despidió del 
vizconde, del legado y de sus generales, y regresó pre- 
cipitadamente á sus estados. Algo mejor hubiera sido 
para el vizconde que, en lugar de palabras y de buenos 
deseos, le hubiese traído su aliado algunas compañías 
de aquellos bravos que con tanta gloría habían comba- 
tido en Cataluña y Aragón contra los moros. 

Después de la partida de D. Pedro, los cruzados, 
que habían interrumpido los trabajos del sitio, los con- 
tinuaron con nuevo vigor, y bien pronto cayó Carca- 
sona en sus manos, por traición según unos, por capi- 
tulación según otros. Lo más probable es esto último» 
Los habitantes, después de una resistencia verdadera- 
mente heroica, se sometieron, salvando sus vidas y li- 



Z66 VÍCTOR BALAGUER 

bertad, movidos por los rigores del hambre, y el viz- 
conde Raimundo Roger, contra la fe de la capitulación» 
fué preso y entregado á Simón de Montfort, que le hizo 
encerrar en un estrecho calabozo^ donde murió á la 
edad de veinticuatro años, el lo de Noviembre del mis- 
mo 1209, no sin sospechas, dice Vaissette, de haber sido 
envenenado. También se dice que se obligó á todos ios 
habitantes de Carcasona á abrazar la fe católica. Cua- 
trocientos cincuenta se negaron, y entonces Amalrích 
hizo quemar vivos á los 400 y ahorcar á los restantes. 
Entrada Carcasona, este mismo Amalrích reunió á 
los principales cruzados, á fin de escoger entre ellos uno 
para señor y gobernador de los dominios que acababan 
de conquistarse. Lo propuso primero al duque de Bor- 
goña, pero este príncipe respondió generosamente que 
ya tenia bastantes dominios sin necesidad de usurpar 
los de Raimundo Roger, y que harto daño se había ya 
causado á e^te vizconde para que hubiese necesidad de 
apoderarse de su patrímonio. El legado se dirigió en 
seguida al conde de Nevers, que dio una respuesta pare- 
cida. Se ofreció luego el país al conde de San Pablo» 
que, tan indignado como los otros de la traición que 
acababa de cometerse con el vizconde, declaró que no lo 
aceptaba. Finalmente, Simón de Montfort, menos es- 
crupuloso que los citados señores, no vaciló en admitir 
el señorío de Beziers y Carcasona, y esto explica el 
cómo es fácil creer que muriese envenenado el vizconde 
Roger, hallándose en manos del ambicioso Simón de 
Montfort. Sin embargo, al vizconde le quedó un hijo, 
de dos años entonces, y ya veremos más adelante como 
se lanzó al campo tratando de vengar la muerte de su 
padre 1. 

1 Para casi todos los hechos que se acaban de contar, he tomado 
por guía una crónica del autor anónimo, y al parecer contemporáneo. En 



F' 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP, XVI. 1 67 

Por de pronto, el de Montfort, á quien vamos á ver 
figurar mucho en nuestra historia, se quedó vizconde de 
Beziers y Carcasona, y como tal dispuso de los bienes, 
patrimonio y prerrogativas de dichos señores. 

Luego que se hubo tomado á Carcasona, el ejército 
de los cruzados se disolvió en gran parte. Se retiró el 
primero el conde de Nevers con sus tropas, siguiendo 
su ejemplo muchos otros nobles, entre ellos el conde de 
Tolosa, que no tardó en romper con Simón de Montfort 
y con los legados por nuevas exigencias de éstos. 

Ocasión tendremos de reanudar la historia de estos 
señores y de hablar otra vez de aquellas famosas cru- 
zadas contra los albigenses, que más que cruzadas de 
religión, lo fueron de sangre y exterminio, y volvamos 
ahora á nuestro Pedro de Aragón. 

esta crónica, que aún tendré que citar más de una vez, se dice ]o si- 
guiente respecto al punto de que se ocupa este último párrafo: 

*A donch lo dit leguat a dressada sa paraula al duc de Borgona, per 
veser se ne voldria prendre la dite charge (es decir la señoría de Carca- 
sona y Beziers); lo qual duc a rufusat disen qu' el avia pro térra e sen- 
horia, sens prendre aquela, ny deshererar lo dit visconte: car ly sembla- 
va que pro ly avian faich de mal, sans ly ostar son hereditat. A donch 
lo dit leguat s' es adressat al conté de Nevers, et ainsin que al duc avian 
presentada et oferta, ly preguan que aquela vela prendre e aceptar; lo 
qual conté de Nevers ly a faita la responsa mesma que avia dic le duc 
de Borgona; ly disen qu' el avia assés térras e senhoria, san occupar ri 
prendre las des autres. Et adonc la presentada al conté de S. Pol, quand 
los dits de dessús 1' agüeren refusada; lo qual conté de S. Pol ly feo 
semblaba responsa, qu els avian fayta dessús; desquals responsa e refus 

fonch lo dit leguat mal conten contra los dits senhors A done la 

presentada á ung qu' era senhor, dit conté Montfort, lo qual avia estat 
d' autres vegadas contra los Tures, et au aquel la presentet á la fín; lo 
qual conté de Montfort V appetet e prenguet; lo cual se nomenava per 
son nom Simón etc.. 



i68 



VÍCTOR BALAGUBR 



CAPÍTULO XVII. 



Entrevista de los reyes de Aragón y Navarra en Mallén, y su concordia. 
— Casamiento de la reina Constanza con el ley de Sicilia y muerte del 
conde de Provenza. — Muerte del vizconde de Beziers. — El rey de 
Aragón se niega á recibir el homenaje de Montfort por el vizcondado 
de Beziers y Carcasona. — Levantamiento de barones contra MoDtfort. 
— Cortes en Barcelona y en Lérida. — Entra D. Pedro en tierras de 
Valencia y se apodera de varias plazas. — Procura, pero sin éxito, h 
reconciliación de los condes de Montfoit y Foix. — Conferencia de 
Narbona. — El rey de Aragón se presta á recibir el homenaje de 
Montfort. — Conferencia 6 concilio de Montpeller. El rey de Aragón 
confía su hijo Jaime á Simón de Montfort. — Casamiento de Sandu 
de Aragón con el hijo del conde de Tolosa. — Concilio de Arles.— El 
rey de Aragón y el conde de Tolosa son llamados por el concilio.— 
Condiciones impuestas al conde de Tolosa para su reconciliación con 
la Iglesia. — Partida del rey de Aragón y del conde de Tolosa. — El 
conde de Tolosa excomi Igado. . 

(De 1209 Á 1211.) 



Antes de pasar el rey D. Pedro al campo de los cru- 
zados, había tenido una entrevista con' el rey de Na- 
varra. £1 de Castilla tenía hechas treguas con el na- 
varro, y procuró que éste y el aragonés las firmasen 
también , á fin de que ambos pudiesen auxiliarle en la 
guerra que proyectaba contra los moros. Viéronse,pues, 
en Mallén los monarcas de Aragón y Navarra el día 4 
de Junio de 1209. Dice la crónica que en aquella oca- 
sión el último prestó áD. Pedro i. 000 maravedises de 
oro, poniéndose en prenda los castillos de Pina, Escó, 
Pitilla y Gallur con sus villas. Si por Navidad no había 
sido devuelta aquella suma, el rey de Navarra podía 
apoderarse de dichas plazas y fortalezas para tenerk 
libremente hasta ser pagado, y entonces se habían i 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XVH. I69 

devolver al rey de Aragón 6 á cualquiera de sus herma- 
nos que le sucediesen en el reino, que eran D. Alfonso, 
conde de la Provenza, y D. Femando. Zurita , que es 
quien esto refiere, observa que en el contrato no se hi- 
zo mención del príncipe D. Jaime, que era ya nacido 
por aquel tiempo i. 

La observación del analista aragonés debe ser tanto 
más exacta, en cuanto D. Pedro, que había entablado 
demanda de divorcio, para no dar contra sí pretexto, 
parece que no quiso reconocer por hijo á D. Jaime, 
tratando á sus hermanos como herederos de la corona. 

En el mismo año el papa Inocencio III combinó el 
enlace de la hermana de nuestro D. Pedro, Doña Cons- 
tanza, reina viuda de Hungría, con Federico, rey de 
Sicilia, quien envió sus embajadores á Aragón con am- 
plios poderes. El contrato se redactó en Zaragoza; lue- 
go D. Pedro se llevó á su hermana Constanza á Barce- 
lona, á donde acudió su hermano Alfonso, conde de 
Provenza, con varías galeras para trasladarla y acom- 
pañarla á Sicilia, dejándola en brazos de su nuevo es- 
poso. Permanecieron juntos los hermanos algunos días 
en Barcelona hasta que se embarcó la reina y pasó con 
el conde de Provenza á Palermo, donde Federico les 
estaba esperando, y los agasajó espléndidamente. Poco, 
sin embargo, disfrutó el conde de estos obsequios, pues 
murió á poco de haber llegado á Sicilia, de contagio, 
dicen algunos 2. De su esposa Garsenda de Sabrán, 
condesa de Forcalquier, dejó un hijo y una hija: el pri- 
mero, llamado Ramón Berenguer, de edad solamente 
de cuatro años, poco más ó menos, le sucedió en los 
condados de Provenza y Forcalquier, bajo la tutela de 

1 Zurita, lib. II, cap. LIX. 

2 Zurita, lib. II, cap. LVIIL— Romey, cap. V de la 3.* parte. 
Téngase presente que este último autor adelanta equivocadamente de 
un afio la muerte del conde. 



170 



VÍCTOR BALAGUBR 



SU tío, Pedro de Aragón, que se lo llevó á su corte. La 
hija, llamada Garsenda como su madre, casó, andando 
el tiempo, con el conde de Saboya. 

La muerte del conde de Beziers y Carcasona, que 
acaeció por aquel entonces , irritó sin duda á Pedro de 
Aragón. El infeliz Raimundo Roger falleció, ya se ha 
dicho que con violentas sospechas de haber sido enve- 
nenado, en el fondo del oscuro calabozo donde le tenia 
aherrojado su carcelero y usurpador de sus dominios, 
Simón de Montfort. De Inés de Montpeller, su esposa» 
que le sobrevivió, dejó un hijo único llamado Raimun- 
do Trencavello, que estaba aún entonces poco menos 
que en la cuna, y que se había confiado á la guarda del 
conde de Foix, su próximo pariente, quien tomó á su 
cargo su educación. 

Muerto el vizconde, Simón de Montfort, que habia 
ya pedido al rey de Aragón que le recibiera su homenaje 
por el vizcondado de Carcasona, á causa del señorío 
feudal que en él tenía, voWió á insistir en lo mismo; 
pero Pedro se excusó primero , hasta que por fin , can- 
sado de sus solicitudes, dióle cita en Narbona, reunién- 
dose ambos en esta ciudad , de donde pasaron á Mont- 
peller, en cuyo punto estuvieron quince días. Durante 
este tiempo, el rey de Aragón entretuvo á Simón y se 
negó finalmente á recibir su homenaje bajo diversos 
pretextos. Al mismo tiempo envió secretamente á todos 
los nobles de los vizcondados de Beziers y Carcasona 
un mensaje instándoles á que no reconociesen el seño- 
rio del de Montfort, antes bien sacudiesen el joigo de 
su dominación, prometiéndoles él por su parte soste* 
nerles y marchar en su auxilio. 

Aun cuando no parece que cumpliese esta promesa, 
sus escitaciones tuvieron efecto, y no tardaron muchos 
caballeros de las diócesis de Beziers, Carcasona y Albi 
á declararse con sus castillos contra su nuevo señor. De 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XVII. 171 

aquí provino una guerra encarnizada en que por una y 
otra parte se cometieron horrores. Simón de Montfort 
filé particularmente cruel hasta la ferocidad y la barba- 
rie. Se cuenta de él que una vez^ habiéndose apoderada 
del castillo de Brom en el Lauraguais, hizo un cente- 
nar de prisioneros, á los cuales mandó sacar los ojos y 
cortar la nariz, dejándoles luego en libertad y dándoles 
por guia á uno de ellos mismos á quien sólo se había 
sacado un ojo para que pudiera conducir á sus compa- 
ñeros 1. 

De Montpeller se vino sin duda D. Pedro á tierras 
catalanas, pues le vemos convocar Cortes en Barcelona 
á principios de 1210 2, y celebrar otras en Lérida en 
Marzo del mismo año. Como entonces habían entrado 
en Cataluña algunos herejes albigenses, y se temía que 
formasen partido, D. Pedro, con el dictamen de las 
Cortes, publicó un edicto contra los excomulgados reha- 
cios en volver al seno de la Iglesia en el término de un 
año, reconociendo al mismo tiempo la disposición del 
Papa que se apropiaba terminantemente la facultad de 
absolverlos: á los que no se arrepintiesen antes del pla- 
zo prescrito, les imponía el rey la pena de quedar afren- 
tados, con multa pecuniaria, declarándoles inhábiles 
para heredar y testar. A pesar de este edicto, que sin 
duda fué para concillarse el favor del Papa, se ve á las 
claras que el rey comenzaba á inclinarse hacia los al- 
bigenses. En las mismas Cortes de Lérida se acordó que 
D. Pedro embestiría algunas plazas que paraban en 
poder de los moros, y se comprometió Cataluña á ser- 
vir al rey con 25. 000 hombres, mantenidos' á su 
costa 3. 

1 Bisioria del Languedoc, tomo III, pág. 191. 

2 FeKn de la Peña, lib. XI. cap. V. 

3 Marca hispánica^ págs. 1.297 y siguientes. — Anales de Cataluña^ 
Hb. XI, cap. V. 



172 VÍCTOR BALAGUBR 

A consecuencia de este acuerdo de las Cortes, mandó 
el monarca juntar sus ejércitos en Mondón, y se entró 
por tierras de Valencia, apoderándose en una corta y 
feliz expedición de las tres importantes plazas de Ada* 
muz, Castelljavib y Sertella. Fueron con él muy nobles 
caballeros aragoneses y catalanes, y los obispos de Za- 
ragoza, de Huesca y de Tarazona, señalándose muy 
particularmente en el asalto y combate de las citadas 
plazas los caballeros templarios al mando de su maes- 
tre Pedro Montagut. Por lo bien que esa brava milicia 
del Temple le sirvió en esta guerra, fué sin duda por lo 
que luego le dio la ciudad de Tortosa, reteniéndose sólo 
el supremo dominio i. 

Pero bien pronto los asuntos de la otra parte de los 
* Pirineos le distrajeron de su guerra con los moros. Si- 
món de Montfort proseguía su lucha de exterminio 
contra los barones que no querían reconocerle como 
señor de Beziers y Carcasona, señorío en que le acaba- 
ba de confirmar el Papa. El conde de Foix era uno de 
los barones que entonces estaba en guerra con el cau- 
dillo de los cruzados. Nuestro D. Pedro quiso reconci- 
liarles y pasó á aquellos lugares, invitando al de Mont- 
fort á una entrevista en Pamiers, á la cual asistió tam- 
bién el conde de Tolosa. Otros dicen que no fué don 
Pedro el iniciador de esta conferencia, sino que fué in- 
vitado á ella por los de Foix y de Tolosa. De todos 
modos, la entrevista se efectuó, pero inútilmente. No 
pudo haber avenencia entre Montfort y el de Foix, y 
mientras que D. Pedro y el conde de Tolosa se dirigían 
á este*último punto, Montfort marchó contra el castillo 
de Foix, talando y saqueando sus alrededores, pero sin 
conseguir apoderarse de aquella plaza, de la que hubo 
de apartarse con grave descalabro de sus tropas. 

1 /'«urita, lib. II, cap. LX. 



raSTORlA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XVII. 1 73 

Por lo que toca á D. Pedro, permaneció neutral en 
aquella primera lucha y parece que estuvo en Tolosa y 
comarcas inmediatas durante todo lo restante de año,^ 
pues no veo aparecer su nombre por nuestras crónicas 
en todo aquel periodo. A principios de Enero de 1211, 
consta que asistió en Narbona á una conferencia, de la 
que formaron parte también el conde de Tolosa, Simón 
de Montfort, el obispo de Usez y el abad del Cister, le- 
gados del Papa, con algún otro eclesiástico. En esta 
conferencia se ofreció al conde de Tolosa reconciliarle 
con la Iglesia, si arrojaba de su territorio á los herejes 
albigenses, pero se negó resueltamente á ello. 

Se trató también en la misma junta de la reconci- 
liación del conde de Foix. Nuestro D. Pedro pidió gra- 
cia para él á los legados, que se la concedieron bajo 
condición de que el conde prestaría juramento de obe- 
decer las órdenes del Papa y no volver á hacer armas 
contra los cruzados ni contra Simón de Montfort, el 
cual prometió devolverle, mediante juramento también» 
todas las tierras suyas de que se había apoderado , ex- 
cepto el castillo de Pamiers. El rey de Aragón, á su vez, 
como señor feudal de una parte del condado de *Foix, 
puso guarnición en el castillo de este nombre, y prome- 
tió al obispo de Usez y al abad del Císter que los cru- 
zados no tendrían que sufrir nada en el país. Más aún; 
ofreció que si el conde de Foix se separaba de la comu- 
nión de la Iglesia y de la amistad de Simón de Mont- 
fort, él pondría el castillo de Foix en manos de los 
legados y de Simón. 

El obispo de Usez y el abad del Císter, desp*ués de 
haber acordado esta gracia al rey de Aragón, pidiéronle 
otra á su vez. Fué la de que recibiese, en calidad de 
conde ó señor feudal de Carcasona, el homenaje de Si- 
món de Montfort por esta ciudad; pero D. Pedro se negó 
abiertamente. Al día siguiente los dos legados y Simón 



174 VÍCTOR BALAGÜBR 

renovaron para con el monarca sus instancias, y tanto 
le estrecharon, que accedió por fin á recibir aquel ho- 
menaje 1 . Su política le Obligó á ello, y dado el primer 
paso, vióse precisado á dar otro bien pronto. 

Pasado algún tiempo, y hay quien dice que á últimos 
de aquel mismo mes de Enero, el rey de Aragón, el con- 
de de Tolosa, Simón de Montfort, el obispo de Use2 y el 
abad del Císter, se volvieron á reunir en Montpeller, 
junto con varios prelados y altas dignidades de la Igle- 
sia, lo que dio cierto carácter de concilio á la asamblea. 
Los dos legados repitieron al conde de Tolosa sus ante- 
riores ofertas, y él prometió esta vez aceptarlas y arreglar 
al día siguiente las condiciones; pero desde poir la ma- 
ñana'se ausentó de Montpeller, sin despedirse de nadie 2. 

Simón de Montfort, que deseaba vivamente enlazarse 
con Pedro de Aragón, bajo cuyo apoyo esperaba man- 
tenerse en posesión de los dominios de la casa de Be- 
2iers, ofreció entonces dar su hija en matrimonio al jo- 
ven príncipe Jaime, hijo único de nuestro rey. Aceptó 
éste, y se comprometieron por juramento recíproco á 
llevar á cabo este enlace cuando sus hijos hubiesen lle- 
gado á edad competente. En el ínterin, el rey D. Pedro 
confió su hijo Jaime, que apenas tenía tres años, á Si- 
món de Montfort, el cual, satisfecho de tener en su po- 
der un rehén de tanta importancia, se encargó de la 
educación del joven príncipe, que llevó á Carcasona, 
donde le guardó cuidadosamente. 

Á pesar de este otro paso, que le obligó á dar su po- 
lítica fluctuante y su necesidad de no enemistarse con 
el favorito del Papa, el rey de Aragón continuó por esto 
estrechamente enlazado con el conde de Tolosa, que era 
ya su cuñado, y cuya alianza se cimentó aún más, poco 

1 historia del Languedoc, tomo III, pág. 203. 

2 Marca hispánica.— Crónicdi de Puilaurens, cap. XVI. — Historia, 
dil LanguedoCy tomo III, nota 1 6. 



r 



•»■»•■ "T .,• 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XVII. I75 

tiempo después 4 con el matrimonio de Sancha su her- 
mana con el joven Raimundo, hijo primogénito de aquel 
conde 9 alianza que disgustó mucho al de Montfort. De 
este modo procuraba D. Pedro estar bien con unos y 
con otros; pero era situación insostenible la suya, y 
veremos cómo hubo de romper bien pronto y tomar re* 
sueltamente un partido. 

Asi como después de la conferencia de Narbona ha- 
bía venido la de Montpeller, asi después de la de Mont- 
peller vino la de Arles. Ya más que conferencia fué con- 
cilio. Se efectuó poco tiempo después de los sucesos que 
se acaban de narrar, y los legados del Papa convocaron 
á varios prelados, celebrándose una asamblea solemne. 
De este concilio no dan noticia los autores antiguos, 
pero si el Anónimo, que escribió en idioma catalán- 
provenzal la historia de la guerra contra los albigen- 
ses 1. No hay por qué rechazar su autoridad, y puede 
muy bien prestarse fe á lo que cuenta detalladamente, 
pues sus citas se hallan confirmadas con el testimonio 
de los' hechos 2 . Sigamos, pues, la curiosa relación de 
esta tan importante como bella crónica. 

Los legados {)ontifícios, al convocar á los prelados 
para la ciudad de Arles, citaron al conde de Tolosa ante 
el concilio, y suplicaron al rey de Aragón que asistiese 
á él. Llegaron el rey y el conde á Arles, pero pocos 
momentos después de su arribo, recibieron por parte de 
los legados la orden de no poder salir de la ciudad sin 
su especial permiso, viniendo á quedar por lo mismo en 
clase de arrestados. Aquel era el tiempo en que los re- 
yes obedecian las menores órdenes y hasta los caprichos 
de un legado. 

1 Cois. 30 y siguientes de esta crónica, que trasladan original ¿ín- 
tegra en sus pruebas los historiadores del Languedoc. 

2 Puede verse, en prueba de esto, la nota 1 6 del tomo III de la His- 
toria del Languedoc^ en su párrafo 6.° 



176 VÍCTOR BALAGUER 

Enviáronse también inmediatamente al conde de To- 
losa las cláusulas 6 artículos^ de cuya ejecución se ha- 
cía depender su paz con la Iglesia. Dice el autor ano* 
nimo al cual seguimos, que los legados no dieron lec- 
tura al conde de este documento en sesión pública, 
sino que se lo enviaron por un mensajero, pues bien 
sabían que era contra Dios y contra conciencia ^ Te- 
rribles eran, en efecto, los artículos, y duras condicio- 
nes las que se imponían al de Tolosa. Se le quería com- 
prometer y obligar: á licenciar en el acto todas sus tro- 
pas; á obedecer á la Iglesia durante todo el tiempo de 
su vida, reparando los perjuicios que le hubiese cau- 
sado; á que en todos sus dominios no se comiese más 
que de dos clases de vianda ^; á arrojar á los herejes y 
á sus fautores de todos sus estados; á poner en manos 
de los legados y de Simón de Montfort á todos cuantos 
le indicarían, pudiendo ellos disponer de los presos 
como mejos les conviniera; á que todos los habitantes 
de sus dominios no llevasen vestidos de lujo, sino sola- 
mente capas negras y de tela ordinaria, entendiéndose 
esto tanto para los nobles como para los villanos 3; á 
dejar arrasadas las fortiñcaciones de sus estados; á que 
ningún noble ó barón de sus vasallos pudiese habitar 
en las ciudades, sino sólo en el campo; á no imponer 
ningún nuevo tributo; á que cada jefe de familia pagase 
todos los años cuatro dineros tolosanos al legado ó asa 
recaudador; á restituir todos los provechos que había 
sacado de ciertas rentas de sus dominios; á que el conde 
de Montfort y sus gentes pudiesen viajar por todos sus 
dominios sin que se les exigiese nada de lo que tomaran; 
á que, cumplido todo esto, pasase él á Ultramar, ha- 



1 Car vesian ben que le dit apontanten ara contra Ditu et condensa, 

2 Que an touta ¿a térra no se mmjaria que de docts cars, 

3 Que an toutas sas térras home que sia^ iant nobU que vilá, nt 
portará degún abilhanien de pres^ sino que capas negras e maissentas. 



II 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP, XVII. 1 77 

ciéndose hospitalario de San Juan de Jerusalem^ sin 
que pudiese volver á sus estados hasta que el legado se 
lo permitiera. «Después que todo lo arriba dicho se ha- 
ya cumplido y llevado á cabo, terminaba diciendo el 
documento, se devolverán al conde de Tolosa sus tierras 
y señoríos por los legados y el conde de Montfort, cuan- 
do d, éstos plazca i . » 

No le inspiró al conde ira» sino risa, la lectura de los 
artículos y condiciones que ^ enviaban, y fué en se- 
guida á mostrárselo todo á su cuñado el rey de Aragón, 
que le contestó: — Pía votis V an paguat 2. El de Tolosa 
sin dignarse dar contestación alguna á los legados, y 
sin tener en cuenta la orden que se le diera de no salir 
de Arles, abandonó repentinamente la ciudad y se mar- 
chó á Tolosa, donde llamó á las armas á todos sus va- 
sallos, poniéndose ya defsde aquel momento frente á 
frente de la Iglesia. Por lo que toca á nuestro D. Pedro, 
indignado, se marchó también á sus tierras, sin dar 
aviso de su partida á los legados pontificios. 

Ya desde aquel momento no tuvieron éstos ninguna 
consideración con el conde de Tolosa, al cual excomul- 
garon, declarándole públicamente enemigo de la Iglesia 
y apóstata de la fe, y disponiendo de sus dominios en 
favor del primero que los ocupase. Así comenzó entre 
el tolosano, por una parte, y los cruzados y Simón de 
Montfort, por otra, aquella guerra cruel é implacable, 
en la cual hemos dé ver figurar y ser víctima á nuestro 
D. Pedro. 

1 T&ulas sos térras y senhoras ly serán rendadas et delhradas, per 
^ dits leguats et eonii de Mont/brt, quan lor plairá. 

2 Quand lo dit conté Ramón agut vist ¿ entendut lo dit apontamen^ 
'/'' 'sprés á rire de grandjoe que ti aguet, é á son cunhat lo dit rey ct 
' ^6 la monstrat, louqual rey á dit al'dit conté Ramón: Pía vous t an 

TOMO XI 12 



178 



VÍCTOR BALAGUER 



CAPÍTULO XVIII. 



LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA. 



Desembarco de Mohamed en Tarifa. — Cruzada contra los infiel».— 
Viaje de D. Pedro á Tolosa.— El abad del Císter, consagrado ario- 
bispo de Narbona, reúne tropas y viene á Espafia contra los infieles. 
— Llega el rey de Aragón á Toledo. — Se reúne gente de todas partes 
en Toledo.-— Parten de Toledo los cruzados. — Asaltos de Magallóny 
Calatrava. — Abandono de los extranjeros y llegada del rey de Nava- 
rra al campo. — Llegan los ci-uzados al Muradal y cómo se verificó el 
paso de la sierra. — El triunfo de la Cruz.— Muerte gloriosa de Dal- 
mau de Creixell. 

(1212.) 

Grandes acontecimientos se preparaban en la Penín- 
sula, y hora es ya de que en ellos fijemos nuestra aten- 
ción. La guerra nacional contra los moros iba á tener 
una de sus más brillantes y gloriosas páginas. 

Mohamed, hijo de Jacub, reinaba entonces en Ma- 
rruecos. Este joven monarca almohade, á pesar de al- 
gunas bellas circunstancias que le adornaban se había 
entregado por completo á su visir Ebn Gamea, hombre 
inepto, falso, cruel y generalmente detestado, que, or- 
gulloso por haber recientemente conquistado las islas 
Baleares, último refugio de los almorávides, y presun- 
tuoso como todos los favoritos de los reyes, juró la des- 
trucción de la pujanza española. Fué publicada la gue- 
rra santa en todo el imperio musulmán, y Mohamed 
pasó el estrecho á la cabeza del más formidable ejército 
que hubiese el África enviado hasta entonces contra 
Europa. Los historiadores árabes aseguran que asce^ 
dian, después de habérsele reunido los guerreros de A 
dalucia, á más de 450.000 combatientes. Mohamed d< 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V, CAP. XVIII. I79 

embarcó en Tarifa por Mayo de 121 1, y la noticia de 
su desembarco y de la terrible cruzada que capitanea- 
ba, sembró el espanto entre los reyes cristianos. Alfon- 
so de Castilla se dirigió desde luego al Papa, mientras 
que el arzobispo de Toledo D. Rodrigo, célebre como 
historiador, iba de corte en corte implorando el auxilio 
de los príncipes cristianos y llamándolos á la guerra 
contra los infieles. 

El Papa dispuso un ayuno general de tres días y una 
solemne procesión para llamar la protección del cielo 
sobre la cristiandad amenazada, y, deseando ser útil 
á los intereses de España, recomendó la causa á todos 
los príncipes de Europa y dio al alzamiento de los rei- 
nos iberos el carácter de cruzada . Pedro de Aragón, lle- 
gado de la otra parte de los Pirineos, fué uno de los pri- 
meros en ponerse en guardia, prometiendo acudir al rey 
de Castilla. El de Navarra, que, aterrado, había ido á 
solicitar la alianza del moro, se repuso á favor de la 
reacción que después de los primeros momentos de te- 
nror se experimentó en la cristiandad, y se preparó á 
acudir también. 

Mientras se estaban haciendo los preparativos de la 
cnizada, hallo que D. Pedro de Aragón, á principios 
de 1 212, efectuó un viaje á Tolosa, donde estableció por 
su vicario, es decir, sin duda por su embajador cerca del 
conde su cuñado, á un caballero que se llamaba Gui- 
llermo de TEchelle 1. No tardó, sin embargo, envolver 
á pasar los Pirineos, yendo á ponerse al frente de sus 
tropas para dirigirse á Toledo, punto de cita de los cris- 
tianos aliados. . 

Arnaldo de Amalrích, el legado pontificio en Langue- 
doc y Provenza, el abad del Císter, el caudillo de las 



l Instaría del Lanpudoc^ tomo III, pág. 225. Guillermo de la Es^ 
cala quizá. 



1 8o VÍCTOR BALAGUBR 

cruzadas contra los albigenses, acababa de ser nombra- 
do entonces arzobispo de Narbona, y se dispuso también 
á ir á Toledo, al frente de las tropas que se habían alis- 
tado para la cruzada contra los infieles en las diócesis 
de Lión, de Viejia y de Valencia de Francia. Al decir 
de los historiadores del Languedoc^ la hueste á cuyo 
frente se puso Amaldo y que llevó á Toledo, constaba 
de 2.000 caballeros cada uno con su escudero, lo.ooo 
sargentos de á caballo y 5o.ooo de á pie. Este cuerpo 
de ejército fué á reunirse con el que mandaban los reyes 
de Castilla y de Aragón. 

El rey de Aragón llegó á Toledo en la octava de Pen- 
tecostés del I2I2, siendo recibido por el arzobispo y 
clero con procesión, y aposentándose en la huerta del 
rey, en donde estuvo aguardando sus gentes, que no tar- 
daron en llegarle. El ejército catalán-aragonés se com- 
ponía, según Tomich, de 3.5oo caballos y 20.000 in- 
fantes, siendo aragoneses los 5oo jinetes y los 10.000 
peones; pero, según el Anónimo, lo formaban 3o.ooo 
infantes y 16.000 caballos, conducidos por señores muy 
esclarecidos, entre los cuales se contaban el arzobispo 
de Tarragona, el obispo de Barcelona, los condes del 
Rosellón, padre é hijo (tío y primo del rey). García Ro- 
meu, Jimeno Cornel, Guillen de Peralta, Miguel deLue- 
sia, Aznar Pardo, Lope Ferench de Luna, Artal de Po- 
ces, Pedro Maza, el conde de Ampurías, el vizconde de 
Cardona, Guerau de Cabrera, Guillen de Cervera, Beren- 
guer de Peramola, Dalmau de Creixell, y otros muchos 
representantes de nobles casas aragonesas y catalanas. 

A más de la gente que había traído el arzobispo de 
Narbona 1, de la que estaba al mando del rey de Ara- 

1 Se dice que éste fué quien persuadió á Sancho de Navarra, que 
había ido á Sevilla á entrar en pactos con el moro, á tomar las an 
contra los infieles, haciendo causa común con el castellano, al cual, : 
embargo, aboiTecia. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — ^LIB. V. CAP. XVIH. l8l 

gón y de las tropas castellanas, acudieron huestes más 
^ menos numerosas, capitaneadas por el arzobispo de 
Burdeos, el obispo de Nantes, los maestres y priores de 
Calatrava y Santiago, los de San Juan y del Temple 
y el señor de Vizcaya, con más los auxiliares de León, 
Galicia y Portugal, y luego el ejército navarro. De todo 
este gran acopio de gentes . deducen algunos, y sacan 
por conjetura, que el ejército cristiano, por más que 
digan lo contrario algunas crónicas, no podía ser infe- 
rior al de los almohades. 

Debía ser por extremo animado el aspecto que pre- 
sentase Toledo, á donde habían acudido tantos guerre- 
ros que no cabían en la ciudad, teniendo que acamparse 
millares de soldados en los jardines y praderas fuera de 
los muros, bajo tiendas de campaña, presentando allí 
una mezcla singular de armas y vestiduras diferentes, 
y no menor variedad de costumbres y de lenguas. El 
rey de Castilla^ atento á abastecer tan prodigioso nú- 
^ mero de gente, hizo los más crecidos y abundantes aco- 
pios, teniendo prontos 60.000 carros para el transporte 
de los víveres; de modo que, al decir unánime de los 
historiadores, nada faltó con asombro de cuantos lo 
vieron. 

El 20 de Junio de 12 12, se pusieron en marcha las 
tropas para ir al encuentro del enemigo. Caminaba el 
ejército de los cruzados en tres columnas, á fin de que 
el número no le causase embarazos en las jomadas. La 
columna de vanguardia la componían los extranjeros 6 
ultramontanos, como se les llamaba, al mando de Die- 
go López de Haro, señor de Vizcaya, aunque había 
cuerpos particulares que iban mandados por los arzo- 
bispos de Narbona y Burdeos, el obispo de Nantes y 
varios señores del poniente y mediodía de Francia. El 
pey D. Pedro de Aragón era el jefe del segundo cuerpo 
le qército, compuesto sólo de aragoneses, catalanes, al- 



282 



VfCTC» EALAGUBR 



ganos castellanos y los caballeros templarios. £1 tercer 
cuerpo^ que constaba del grueso de las tropas castellanaSi 
y también de las leonesas y portuguesas, obedecía al rey 
de Castilla, con el cual iban los maestres de las órdenes 
militares, el infante de León D. Sancho, el infante de 
Portugal D. Pedro, el arzobispo de Toledo D. Rodrigo 
y otros señores y prelados. 

A poco de emprendida sú marcha el ejército cristia- 
no, tomó por asalto el castillo de Magallón, cuya guar- 
nición fué pasada á ci^chillo. £n seguida prosiguieron 
los cruzados su camino y se pusieron sobre Calatrava, 
defendida por un fuerte presidio de almohades. En el 
sitio de esta ciudad y en su asalto, se señaló muy par- 
ticularmente el rey de Aragón. Tomada la ciudad, los 
infieles se refugiaron en el castillo, no tardando en ca- 
pitular bajo condición de que saldrían, perdonada la 
vida y libres de cautiverio, pero desarmados. Entonces 
los ultramontanos quisieron pasar á cuchillo la guarni- 
ción cuando salía de la fortaleza; pero Alfonso de Cas-, 
tilla y Pedro de Aragón, con noble entereza, se declara- 
ron contra tal perfidia; libertaron de ultraje á los infieles, 
y cuidaron de ellos hasta ponerlos en salvo. Alfonso dio 
á los aragoneses y ultramontanos todo cuanto había 
encerrado en los almacenes de Calatrava. 

Descontentos ya en esto los ultramontanos, y so pre- 
texto de que no podían sufrir más el caluroso clima de 
España , rehusaron seguir peleando por la salvación de 
la cristiandad en la Península. El arzobispo de Burdeos 
los confirmó en su resolución, y, desatendiéndolas 
súplicas y ofertas de los monarcas aragonés y castella- 
no, emprendieron el camino de vuelta á su patria, que- 
dándose sólo el arzobispo de Narbona con alguno '^'^ 
los suyos. Afortunadamente para el ejército cruzad 
llególe entonces , muy oportunameinte, el refuerzo c 
rey de Navarra, que mandaba un considerable núme 



r 



\ ■ 

HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XVIH. 183 

de tropas. Di6 también valor y confianza á los cristia- 
' nos el haberse hecho por aquel mismo tiempo dueños 
de AlarcoSy bajo cuyos muros el rey de Castilla sufriera 
años antes una cruel derrota. 

Los tres reyes aliados , acercándose á Salvatierra^ pa- 
saron allí revista á sus tropas, y viéndose con un ejér- 
cito tal, que nunca la España cristiana le había tenido 
semejante, decidieron tomar la vuelta de Andalucía y 
penetrar en ella. El 12 de Julio llegaron los cruzados á 
las faldas de las. sierras que separan á Castilla la Nue- 
va de las provincias andaluzas, y encontraron todos los 
puertos y hasta las cumbres de los montes ocupados por 
los almohades. Acercáronse al puerto de Muradal, y 
" celebraron los tres reyes consejo de capitanes. Convi- 
nieron en que era difícil, si no imposible, penetrar en 
Andalucía, y hasta muchos opinaban por retroceder, 
siendo gravísimo el conflicto y apurada la situación, 
cuando se presentó de pronto en el real cristiano un 
pastor (un ángel, vestido de pastor, dicen las piadosas 
crónicas) , y propuso á los reyes llevar el ejército cru- 
zado por sendas sólo de él conocidas, y sin ser visto 
por sus contrarios , hasta las cumbres mismas de la 
sierra, de donde podría bajar con poca dificultad á los 
llanos de Úbeda. Sospechóse al pronto que podia ser 
aquello un ardid, y túvose recelo del pastor. Dos hom- 
'bres esforzados, cuyos nombres, por fortuna de su glo- 
ría, nos han conservado las crónicas, se ofrecieron á 
averiguar la realidad, y, confiándose al guía, pasaron á 
explorar el camino y cerciorarse del hecho. Fueron és- 
tos dos valientes , el vizcaíno Diego López de Haro y 
el aragonés García Romeu. Convenciéronse los explo- 
radores de la verdad y buena fe del relato del guía, y 
participaron á los reyes que podían trepar sin zozobra 
Di demora con todo el ejército. 
Los primeros rayos del sol del 14 de Julio sorpren- 



184 VÍCTOR BALAGUER 

•dieron ya á los cruzados en la cumbre desde donde di- 
visaron la hueste de los moros, cuyas tiendas de campa- 
ña cubrían un dilatado espacio, siendo al mismo tiem- 
po vistos por ellos no sin gran sorpresa al encontrarla 
dueños de las alturas. No por esto, aunque fuese nota- 
ble la ventaja alcanzada por los cristianos, desmayó 
Mohamed, de quien se cuenta que escribió á Jaén y i 
Baeza que tenía sitiados ya á tres reyes con sus hues- 
tes y que iba á rendirles antes de tres día^. 

La batalla no se dio hasta el 16 de Julio^ y es una de 
las páginas más legítimas de gloría que cuentan los 
anales^ de la Península. No me detendré en refiedr mi- 
nuciosamente esta jomada, ya porque pertenece más á 
la historia general que á la particular de Aragón y de 
Cataluña, ya poxque se han hecho de ella, por lo x:éle- 
bre y famosa, detalladas descripciones. 

Mandaba el ala derecha D. Sancho de Navarra, i 
quien seguían, no sólo los caballeros y tropas de su 
reino, sino también las banderas de Soria, Ávila, Se- 
govia y Medinaceli, los franceses que iban con el rá- 
conde de Narbona y las gentes de Galicia y Portugal. 
El ala izquierda, que estaba dividida en cuatro cuerpos, 
formados de tropas aragonesas y catalanas, iba manda- 
da por Pedro de Aragón; y el centro compuesto de cas- 
tellanos y leoneses, obedecía al rey de Castilla. 

Nuestros cronistas particulares añrman que Dalmaa 
de Creixell, caballero catalán nacido entre los ampur- 
daneses^ fué el verdadero general, cuyos consejos se si- 
guieron al ser avistados los moros en los llanos de Úbe- 
da y en el punto desde aquel día memorable de las Na- 
vas de Tolosa; y hasta hay quien dice que este bravo 
caudillo, al cual se debió el triunfo, murió gloriosa* 
mente y como bueno en la batalla, y que para honr»* 
su memoria, ya que no pudieron su valor, los tres rey 
cristianos, el de Aragón, el de Castilla y el de Navaír 



- _* 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XVin. 185 

llevaron en hombros su cuerpo á la sepultura i. Justo 
j debido homenaje á la gloría militar. 

El ejército moro quedó derrotado por completo^ hu- 
yendo su rey, y dejando el campo sembrado de cadáve- 
res en número de 200.000, según unos, de 100.000, 
según otros. Por lo que toca á los cristianos, se asegu- 
ra que sólo murieron 25.000 hombres, y esta inferíorí* 
dad de número comparada con la de los enemigo^, ha 
hecho creer á los historiadores modernos que en es- 
tos 25 sólo se contó á los jefes. Con esta sangrienta 
jomada^ tan gloriosa qomo eternamente memorable 
para las armas de la cruz, se puede decir que recibió 
un golpe de muerte la dominación de los africanos en 
España. Quedaron tan lastimados y débiles, que fué 
éste el augurio de su decadencia y postración. Los his- 
toriadores árabes llaman á esta batalla la de Alcalab ó 
Alakab, y los cristianos la conocen indistintamente por 
la de Úbeda, del Muradal, ó, más principalmente, de 
las Navas de Tolosa. La Iglesia española ha celebrado 
siempre d 16 de Julio una festividad titulada El triunfo 
de la cruz, en conmemoración de tan feliz suceso, en que 
alcanzó la fe de Cristo uno de sus triunfos más insig- 
nes, y, por sus consecuencias, uno de los más impor- 
tantes. 

Cuentan los analistas, que el ejército catalán-arago- 
nés sobresalió briosamente en el combate, cubriéndose 
de gloría, con especialidad el rey D. Pedro, que ganó 
en esta jomada fama de ser uno de los mejores caballe- 
ros de su tiempo. Del rey de Navarra se dice que rom- 
pió á hachazos la cadena que rodeaba el campamento 
moro, y desde entonces campean trozos de cadena por 
timbre príncipal en el escudo navarro. 

1 Serra y Postius es el autor que esto escribe en su Historia dt 
MpHtstrrat, pág. 129. 



1 86 VÍCTOR BALAGUER 

El analista Zuñía, refiere que, uno de los despojos 
que tocaron á D. Pedro de Aragón, fué la tienda del 
rey de los almohades, que era riquísima, de seda de co- 
lor carmesí, y también que el monarca castellano man- 
dó entregar á los reyes de Aragón y de Navarra, para 
que se lo partieran, todo lo que se encontró en el serra- 
llo de Mohamed i. Otro escritor cuenta que los despo- 
jos *que al rey D. Pedro pertenecieron, los remitió al 
Sumo Pontífice 2; añadiendo que la laaza y estandarte 
del rey moro que él ganó, fué por él ofrecida al prínci- 
pe de los apóstoles, San Pedro, en cuya basílica fueron 
colgados. 

Esta batalla abrió á los cruzados las puertas de An- 
dalucía, tomaron varios castillos y plazas, se apodera- 
ron de Baeza, donde es fama que se mostraron por 
demás crueles y sanguinarios con los vecinos, y se en- 
caminaron á poner sitio á Ubeda. Asaltaron valerosa- 
mente esta ciudad, siendo un escudero aragonés de Lo- 
pe Perrench de Luna eí que primero subió al muro, 
pero no consiguieron rendir la plaza, precisando las es- 
caseces y dolencias á la hueste cristiana á tratar de re- 
tirada. Regresó, pues, el ejército á Calatrava, donde se 
hallaron con el duque de Austria, Leopoldo que, al 
frente de un buen número de tropas alemanas, venia 
para ayudar á los españoles. Fué inútil su auxilio, pues 
que la campaña se daba ya por terminada, y se separa- 
ron los reyes aliados, yéndose á Toledo los dé Castilla 
y Navarra, y regresando á Aragón D. Pedro en compa- 
ñía del duque de Austria que era su pariente 3. 

1 Zurita, Ub. II, cap. LXI. 

2 Serra y Postius, en la obra y página citadas. 

3 Los autores que se han consultado para escribir este capitulo, s 
el arzobispo de Toledo, Romey, Conde, Viardot, Alcalá Galiano, en : 
ampliación de lo escrito por Dunham, Lafuente, Ortiz de la Vega, Co 
tada. Zurita y Feliu. En este último autor, y al final del cap. V de 



HISTOSIA DB CATALUf^A. — LIB. V. CAP. XIX. 187 



CAPÍTULO XIX. 

!>- Pedro renueva sus instancias para el divorcio. — El conde de Toiosa 
pide protección á D. Pedro. — ^El rey envía embajadores á Roma. 
— Carta del Papa á los legados á propósito de las quejas y demandas 
del rey de Aragón.>--Carta á Simón de Montfort por la misma causa. 
— El rey de Aragón en Toiosa. — Concilio de Lavour, al cual se pre- 
senta D. Pedro. — ^EI rey de Aragón se declara abiertamente por el 
conde de Toiosa. — Recibe el juramento de los condes y habitantes 
de Toiosa. — Acude al Papa en apelación de la sentencia dada por el 
concilio. 

' {1213.) 

Con el lauro inmarcesible de la victoria, con la satis- 
facción de haber contribuido á desbandar aquella hues- 
te poderosa de sarracenos que amenazaba á la cristian- 
dad entera, volvióse D. Pedro á su reino, y se cuenta 
que lo primero en que se ocupó, fué en renovar sus ins- 
tancias al Papa para la disolución de su matrimonio. 
Invencible odio le había cobrado el rey á su esposa. 
Pronto se verá como todas las instancias del monarca 
aragonés fueron inútiles, sin embargo de que estaba 
I)ersuadido de lo contrario, creyendo que los servicios 
prestados al Papa, le daban derecho hasta cierto punto 
á encontrarle propicio á sus deseos. De tal manera creía 
él en la próxima disolución de su matrimonio, que es- 
taba ideando ya un nuevo enlace, como tendremos oca- 
sión de observar. 

Mientras D. Pedro estuvo ocupado en la guerra con- 
tra los moros, continuó cada vez más encarnizada la 
lucha del conde de Toiosa con Simón de Montfort á la 

lib. XI, se hállala Hsta de Ips caballeros cataknes que acompañaron á 
B. Pedro en esta jornada. 



l88 VÍCTOR BALAGUBR 

otra parte de los Pirineos. La suerte de las armas no 
había favorecido por cierto al de Tolosa ni á los de 
Foixi Comminjes y otros caballeros queconél se habían 
aliado. Simón de Montfort fíié dominando poco á poco 
el país y apoderándose de plazas y puntos importantes; 
á últimos de Setiembre de I2ii2, después de haber en- 
trado en Muret^ llegó á extender sus correrías hasta las 
puertas mismas de Tolosa. Entonces el conde Raimun- 
do^ viendo que se le iba así despojando poco á poco de 
sus dominios^ y que casi no le quedaban ya más pla^^as 
importantes que Tolosa y Montalbán, decidió pasar á 
implorar el auxilio de su cuñado el rey D. Pedro, que 
le prometió protegerle, y que tomó en efecto calurosa* 
mente su defensa y la de su hijo, enviando una emba- 
jada solemne á Roma para moderar el enojo del Papa, 
á quien sus legados habían irritado en extremo contra 
el de Tolosa i . 

Según parece, los embajadores del aragonés fueron.el 
obispo de Segorbe y un llamado Columbi, se ignora si 
caballero ó eclesiástico 2, Llegados á Roma, se queja- 
ron de las vejaciones que los legados y Simón de Mont- 
fort ejercían, y defendieron en nombre del rey D. Pedro 
los intereses de los condes de Tolosa, padre é hijo, en 
la audiencia que les concedió el papa Inocencio III á 
principios de Enero de I2i3. Oyóles el Papa benigna- 
mente, y escribió el 18 del mismo mes la siguiente carta 
al arzobispo de Narbona y demás legados suyos: 

«Nuestro querido hijo Pedro rey de Aragón, nos ha 
hecho saber que había rehusado auxiliar al vizconde de 
Beziers su vasallo, el cual imploraba su protección, des- 
pués de publicada la cruzada contra los herejes proven- 
zales, cuando los cruzados hubieron entrado en las tie- 

1 Historia del Languedoc^ tomo III, pág. 23 1 . 

2 ídem, pág. 234« 



j 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XIX. 189 

rras del dicbo vizconde; y que para no retardar la eje- 
cución de los designios de la Iglesia» antes había prefe- 
rido faltar á los católicos , que proteger á los herejes^ 
mezclados con ellos; de manera, que el vizconde, ha- 
llándose sin apoyo, ha perdido todos sus dominios y hcu 
sido m fin muerto miserablemente. Vosotros, arzobispo de 
Narbona y Simón de Montfort, habiendo conducido en 
seguida el ejército de los cruzados á los dominios del 
conde de Tolosa, no os habéis limitado á invadir los lu- 
gares donde había herejes ; sino que hasta os habéis 
apoderado de aquéllos en los cuales no existía recelo 
alguno de herejía: pues que, habiendo exigido el jura- 
mento de los pueblos del país, y habiéndoles permitido 
morar en ellos, no es ciertamente verosímil que sean 
herejes. Los mismos embajadores nos han dicho que 
vosotros habéis usurpado los bienes ajenos con tanta 
avidez y tan poco cuidado, que apenas le quedan al 
conde de Tolosa de todos sus dominios la ciudad del 
mismo nombre, con el castillo de Montalbán. Entre es- 
tos dominios usurpados, el rey de Aragón marca el país 
que Ricardo rey de Inglaterra dio á su hermana al ca- 
sarla con dicho conde, las tierras de los condes de Foix 
y de Comminjes, y las de Gastón de Bearne. También 
el rey de Aragón se queja de que vosotros, arzobispo de 
Narbona y Simón de Montfort, habéis obligado á los 
subditos de estos tres condes, no obstante ser sus vasa- 
llos, á prestar homenaje de fidelidad á otro en los do» 
minios que habéis invadido. Añade que á su regreso de 
la guerra contra los sarracenos, habiéndole ido á encon- 
trar el conde de Tolosa, y habiéndole expuesto lo que 
ha sufrido de parte de los cruzados, atribuyó á sus pe- 
cados la negativa de la Iglesia en recibir la satisfacción 
que ofrecía, hallándose dispuesto á ejecutar todas nues- 
tras órdenes en todo lo que sea posible; que este conde 
le dijo en seguida que le entr^aba todos sus dominios^ 



IQO VÍCTOR BALAGUBR 

SU hijo y SU mujer, hermana suya, á fin de que tomase 
su defensa, 6 le abandonase según juzgara más á pro- 
pósito. £1 rey manifiesta asimismo que, no siendo jus- 
to que la pena sea mayor que el delito, nos suplica hu- 
mildemente que conservemos el condado de Tolosapara 
el hijo de este conde, que jamás ha sido imbuido en 
error, y que no lo será jamás tampoco por la gracia de 
Dios. Promete guardar en su poder tanto al hijo del 
conde de Tolosa como al conde mismo, todo el tiempo 
que nos plazca, á fin de hacer instruir al primero en la 
fe y tener cuidado de su educación, y procurar también 
por todos medios estirpar la herejía en el reino de Ara- 
gón, y hacer que florezca la fe católica; con oferta de 
dar para todas estas cosas la garantía que le pida la 
santa sede. Por fin, ha declarado que el conde de To- 
losa está pronto á cumplir la penitencia que queramos 
imponerle, é ir á servir contra los infieles, sea en los 
países de Ultramar, sea en España en las fronteras de 
los sarracenos. Como el asunto es delicado, debe pro- 
cederse con mucha atención para no destruir ligeramen- 
te lo que con tanta pena se ha llevado á cabo. Por es- 
ta razón os ordenamos reunir un concilio y convocar á 
todos los arzobispos, obispos, abades, condes, barones, 
cónsules y rectores que tengáis por conveniente; y des- 
pués de haberles participado las demandas y deseos del 
rey de Aragón, que deliberen sin ninguna consideración 
humana, enviándonos su parecer y dictamen á fin de 
estatuir en seguida lo que más acertado nos parezca.» 
Al mismo tiempo escribió también el Papa á Simón 
de Montfort en los siguientes términos: «El ilustre rey 
de Aragón nos ha hecho saber por sus embajadores que, 
no contento con haber triunfado de los herejes, habéis 
vuelto las armas de los cruzados contra los pueblos ca- 
tólicos; que habéis derramado la sangre de los inocentes 
é invadido, en perjuicio suyo, las tierras de los condes 



HISTORU DB CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XPC. IQI 

de Foix, de Comminjes y de Bearne, sus vasallos, á 
pesar de que los pueblos de estas tierras no eran sos- 
pechosos de herejía. Dichos embajadores nos han ase- 
gurado que, pues vos habéis exigido el juramento de ñde- 
lidad de los mismos pueblos, permitiendo á sus habi- 
tantes morar en el país, deben ser católicos, siendo esta 
conducta una confesión tácita de vuestra parte, á menos 
de querer pasar vos mismo por valedor de herejes. Se 
lamentan los • embajadores de que, mientras el rey su 
señor hacía la guerra contra los sarracenos, habéis vos 
usurpado los bienes de sus vasallos, aprovechándoos de 
estaocasión en que les habíais á él imposibilitado de so- 
correrles, y como el rey está resuelto á continuar aque- 
lla guerra, pide, para poder consagrarse á ella por com- 
pleto, que sus vasallos sean restablecidos en sus domi- 
nios. No queriendo, pues, privarle de sus derechos, ni 
hacerle retroceder en sus loables designios, os ordenamos 
que restituyáis á él y á sus vasallos todos los dominios 
que les habéis invadido, por temor de que, reteniéndo- 
los injustamente, no se diga que habéis trabajado en 
provecho propio y no en el de la causa de la fe i.» 

También se quejó D. Pedro al Papa que, habiendo 
dado en feudo á Simón de Montfort la ciudad de Car- 
casona, éste no cumplía con él sus deberes de feudata- 
rio; y ante esta nueva queja, Inocencio III volvió á 
escribir á Simón mandándole que tributara al monarca 
los honores que le eran debidos. 

Aún hay otra carta del mismo Papa, escrita por 
aquel tiempo al arzobispo de Narbona. Según se ve, los 
embajadores del rey de Aragón habían influido notable- 
mente en el ánimo del Pontífice, haciéndole apreciar el 
estado de cosas de distinta manera que sus legados. Es- 
cribió, pues, al arzobispo y le dijo que estando ya en 

1 Cartas 2 1 2 y 21 3 de las de Inocencio III. 



1 92 VÍCTOR BALAGUBR 

buen camino el asunto de la herejía que infestara la. 
Provenza, convenia emplear las armas de los cristianos 
contra los sarracenos de España^ los cuales estaban ha- 
ciendo grandes esfuerzos para reparar sus pérdidas^ f Al 
efecto, continuaba, os ordenamos que conferenciéis con* 
Pedro, rey de Aragón, y con los condes^ barones y otras 
personas prudentes que juzguéis á propósito convocar, 
á íin de establecer la paz ó la tregua en la provincia sin 
fatigar más al pue*blo cristiano K • 

Por desgracia, todas las buenas intenciones del Papa, 
todos los buenos deseos de D. Pedro se estrellaron ante, 
la resolución invencible de los legados. La pérdida del 
conde de Tolosa estaba jurada, y el de Montfort había 
ya consentido sin duda interiormente en ser dueño de 
aquel condado, como lo era del de Carcasona y Beziecs. 

El rey D. Pedro pasó los Pirineos y se dirigió á To- 
losa, por cuyas cercanías se había de efectuar el con- 
cilio ordenado por el Papa, y hallándose en ella, an 
inquietarse por estar en una ciudad excomulgada ni por 
tener comunicaciones con hombres anatematizados,, 
armó caballeros á varios señores, conforme dicen los 
anales de aquella ciudad. 

Obedeciendo á las indicaciones del Papa, reunióse el 
concilio que debía tratar de los asuntos del conde de 
Tolosa y escuchar las demandas de Pedro de Aragón. 
Fué congregado en Lavaur, y asistieron los arzobispos 
de Narbona y de Burdeos con varios obispos y abades. 
Reunido el concilio, invitó al monarca aragonesa pasar 
á Lavaur." Presentóse, pues, D. Pedro, y suplicó ala 
asamblea que se restituyesen á los condes de Tolosa, 
de Foix y de Comminjes y al vizconde de Beame, los 
dominios que se les habían quitado. El arzobispo de 
Narbona, presidente, le contestó que consignara su$9 

1 Inocencio III, lib. XV, ep. 215. 



>B CATALUSa.— LIB. V. Cap. XIX. I93 

rito y las envíase al concilio en pliego 
Pidió entonces el rey una tregua 6 
ñas por ocho dias, á la que accedió 
rt, regresando D. Pedro á Tolosa y 
i después al concilio la memoria que 

santa madre la Iglesia tiene no sólo 
L castigar, si que también pechos para 
Pedro por la gracia de Dios rey de 
lilderñente y con instancia á vuestra 
:a el conde de Tolosa, que desea ar- 
:r á entrar en el seno de la Iglesia, 
ion personal que juzguéis á propósito 
<s excesos que ha cometido y por los 
causado, sea en las iglesias, sea á los 
ole con clemencia y misericordia, y 
dominios que ha perdido. Si la Iglesia 
ichar la súplica que le hago en Favor 
ste conde, pido que al menos se con- 
lijo, mientras que el padre dará satis- 
pas, yendo á España ó á las comarcas 
ún más conveniente se juzgue, para 
s sarracenos. Se podrá vigilar atenta- 
, del hijo para que se porte como debe. 

Dios como en el de la Iglesia, y no 
ninistración de sus estados hasta que 
>rtamiento haya dado pruebas mani- 

i que el conde de Comminjes no ha 
ni fautor de herejes, y que sus domi- 

. AruUes di Teleta, tomo I. pág. II7- En esta 
U Mstoria del Languidoe, en el Arte dt íom- 
la CeUcciffit de epíitalas dt htccattio III, estAn 

bebido el autor para la reladón de lodos estos 

13 



194 VÍCTOR BALAGUER 

txios no se le han quitado más que por haber soaurido 
al conde de Tolosa, su primo y señor, el rey intercede 
por él como por su vasallo^ y pide que se le restituyan 
sus dominios, sin que por esto deje de dar satisfacción 
á la Iglesia de la manera que se juzgue más á propósito 
en todo lo que se le halle haber faltado. 

»No siendo tampoco hereje el conde de Foix, ni ha- 
biéndolo sido nunca, el rey intercede por él como por 
su querido primo y vasallo, al cual no puede abandonar 
sin deshonra. Pide que, por consideración á él, se le de- 
vuelvan los dominios que se le han tomado, bajo con- 
dición también de satisfacer á la Iglesia en lo que hu- 
biese faltado. 

»E1 rey suplica asimismo con instancia, que sede- 
vuelvan á Crastón de Beam su vasallo, y á los vasallos 
de este vizconde, los dominios que se les han quitado, 
hallándose todos dispuestos á obedecer las órdenes de 
la Iglesia, y á conformarse con la decisión de jueces no 
sospechosos, si no tenéis tiempo de terminar este asunto. 

•Finalmente, el rey en todo esto implora más bien 
vuestra misericordia que vuestra justicia por conducto 
de sus obispos, eclesiásticos y barones que os envía; pro- 
metiendo ratificar todo lo que arregléis con ellos, y su- 
plicándoos que los despachéis prontamente, á fin de po- 
derse servir del socorro de estos barones y del del conde 
de Montfort para la defensa de la religión en España. • 

Cuando no hubiese otros datos, bastaría éste para 
juzgar de lo fuerte, inmenso y poderoso que había de 
ser el poder clerical en aquella época. Sumiso y humil- 
de vemos presentarse ante el concilio de Lavaur, á un 
rey como Pedro de Aragón. Por lo demás, las embaja- 
das al Papa y esta última demanda al concilio prueban 
que D. Pedro continuaba acariciando el proyecto de mar 
char contra los sarracenos, y que ansiaba ver termina- 
dos los conflictos de la Provenza y en paz á los barones 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB, V, CAP. XIX. I95 

de aquella comarca, para llevar el ejército cruzado á las 
fronteras moras. Aquella era, en efecto, la verdadera mi- 
sión de los cruzados, y algo más cristianamente que sus 
caudillos pensaba D. Pedro. De todos modos, éste, en 
sus embajadas al Papa, puso las cosas en su verdadero 
terreno: le hizo ver que era la codicia y no la piedad 
la que armaba á los cruzados; que lo que se llevaba á 
cabo era la destrucción del país más bien que la de la 
herejía; que más católicos que albigeñses morían á ma- 
nos de los cruzados en aquella lucha, y que eran ambi- 
ciones bastardas, espíritu de venganza y deseos de im- 
pura codicia los que impulsaban á Simón de Montfort y 
á los legados á continuar aquella guerra, torpemente lia* 
mada santa. 

No tardó en recibir D. Pedro la contestación del con- 
cilio á sus demandas. Le fueron negadas todas, envián- 
dole un largo capítulo de cargos contra sus protegidos. 
£1 monarca aragonés, por conducto de sus embajado- 
res, pidió al concilio que Simón de Montfort concediese 
una tregua al conde de Tolosa hasta Pentecostés ó hasta 
Pascua al menos. Esperaba recibir en este intermedio 
una respuesta favorable de Roma, y confiaba, sin duda, 
en que la noticia de la tregua impediría á los pueblos 
de Francia cruzarse para ir en auxilio de Montfort; pero 
los obispos rechazaron la demanda. 

Viendo entonces D. Pedro que nada podía conseguir; 
que se le negaba cuanto pedia por aquellos hombres, cuya 
misión debía ser de paz y fraternidad y no de guerra y 
de venganza; conociendo que con respecto á ellos la lu- 
cha no era de fe y de piedad, sino de saqueo y de codi- 
cia, tomó una resolución definitiva, y fué la de decla- 
rarse protector del conde de Tolosa y de sus aliados, Al 
propio tiempo, escribió al Papa apelando á él de la ne- 
gativa del concilio. El arzobispo de Narbona envió una 
carta á D. Pedro para disuadirle de la resolución que 



ig6 VÍCTOR BALAGUBR 

acababa de tomar: le dijo que si se adhería al partído 
de los excomulgados lo sería él á su vez, y le amenazó 
con lanzar el anatema sobre aquellos de sus subditos 
que tomasen las armas en favor de los intereses del con- 
de de Tolosa. 

Estas amenajzas no hicieron mella, sin embargo, en 
D. Pedro, y nunca quizá como en aquella ocasión me- 
reció con más justicia el renombre de noble que le han 
dado algunos de sus biógrafos. El monarca aragonés, 
apurados todos los medios de conciliación, no vaciló ya 
en ponerse de parte del tolosano. ¿Quién puede culpar- 
le? Desde aquel momento formó causa común con los 
condes de Tolosa, de Foix, de Comminjes, el vizconde 
de Beam, los caballeros de Tolosa, los de Carcasona 
que en aquella ciudad se habían refugiado; y, finalmen* 
te^ con los tolosanos en general que le prestaron jura- 
mento de obediencia en Febrero de 1213. El conde de 
Tolosa y su hijo, pusieron sus personas, su ciudad, sus 
dominios, y sus vasallos y subditos, á la disposición y 
en la posesión real y actual de Pedro de Aragón y de sus 
tenientes, con la facultad de prometer en su nombre al 
Papa que harían lo que éste mandase, y la de obligar- 
les á obedecer si se negaban. El capítulo ó asamblea de 
cónsules y magistrados municipales prometió, por su 
parte, obedecer fielmente y estar á lo que D. Pedro dis- 
pusiera 1. 

Aun tenia éste esperanzas en el Papa. Asi es que, 
para prevenirle sobre lo acaecido en el concilio de La- 
vaur y darle á conocer la notoria é insensata injusticia 
de los obispos y legados, le envió las actas por las cua- 
les, el conde de Tolosa y su hijo, los cónsules y habi- 
tantes de esta ciudad, los condes de Comminjes y de 
Foix con sus hijos, y Gastón, vizconde de Beam, po- 

1 Iñstoria del Languedoc, pág. 239 del tomo III. 



I CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XIX. I97 

y bienes en sus manos, con promesa 
ite todo lo que al Papa pluguiera or- 
as de estas actas fueron certiñcadas 
E Tarragona y los obispos y abades 
e le habían acompañado á Tolosa y 
¡nviados al concilio para negociar la 
estos prelados aquellos autos desde 
larzo de I2i3 i. 

todo, á pesar de la poderosa protec- 
aragonés y de la notoria justicia de 
no hubo piedad ni perdón para ellos. 
, no es esta la única vez que se ve á 
esia rechazar, por mjras ambiciosas, 
; y contritos se han acercado á ellos 
ites sus culpas ó sus errores. En cam- 
jmportamiento del clero aragonés y 
s circunstancias. No abandonaron á 
de formar causa común con los here- 
estuvieron siempre, el arzobispo de 
¡pos de Barcelona, de Segorbe y otros 



198 VÍCTOR BALAGUER 



CAPÍTULO XX. 



D. Pedro envia embajadores al rey de Francia para pedirle la mano de 
su hija. — Reconoce los derechos de Gaillermo al señorío de Mont- 
peller. — El Papa declara bueno é irdlsoluble el matrimonio del rey. 
— Reconoce el Papa los derechos de la Reina Dofia Maria al sefiorío 
de Montpeller. — Antes habla reconocido los de Guillermo. — Queju 
de la reina de Aragón al Papa contra los habitantes de Montpeller. 
-^Muerte de la reina en Roma. 

Conviene decir, á todo esto, que D. Pedro continua- 
ba cada vez más encariñado con sus ideas de divorcio, 
y que era, por lo visto, un aborrecimiento profundo el 
que le inspiraba su esposa, y madre de su hijo Jaime, 
María de Montpeller. Hallándose dispuesto á entrar en 
campaña, para lo cual tenia i.ooo caballeros aragone- 
ses y catalanes prontos á todo 1, envió una embajada al 
rey Felipe Augusto de Francia. Esta embajada, com- 
puesta del obispo de Barcelona, Berenguer de Palou y 
de otros caballeros de su corte, cuyos nombres no se 
citan, llevaba doble mensaje y objeto, político el uno y 
particular el otro. Los embajadores del rey-conde, iban 
á pedir al monarca francés la mano de su hija para su 
señor 2. Este paso indica que D. Pedro estaba ya com- 
pintamente resuelto á repudiar á Maria, aun cuando no 
le fuese favorable la sentencia del Papa en su demanda 
de divorcio. Precisamente por aquel entonces recayó 

1 Milu cavaUers des plus valens é ardits que agués en toutasa ttrra^ 
dice la crónica del Anónimo. 

2 Hisioria del Lartguedcc, tomo IH, pág. 242. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XX. I99 

esta sentencia, y al llegar á la corte del rey de Francia 
los embajadores del de Aragón, no se atrevieron á pre- 
sentar á Felipe la propuesta del matrimonio de su hija 
con el rey su señor, porque vieron que en la corte fran- 
cesa se sabia ya el juicio del Papa respecto al enlace de 
Doña María, que lo declaraba indisoluble. Los enviados 
no pudieron, pues, cumplir más que con la parte políti- 
ca de su embajada, de que se hablará luego. 

D. Pedro se consideraba ya como separado de su es- 
posa, y parece que, tanto los intereses de ésta como los 
de su hgo, le importaban muy poco, pues que, hallán- 
dose en Tolosa el 24 de Enero del año cuyos sucesos 
vamos narrando, sin consideración á los derechos que 
tenían la reina y su hijo Jaime al señorío de Montpe- 
11er, reconoció los que pretendía tener Guillermo su cu- 
nado, hijo de Guillermo VIII, señor de Montpeller, y 
de Inés susegunda esposa i. Ya recordará el lector que 
en otra época, sin embargo, cuando le interesaba ca- 
sarse con María, había D. Pedro desconocido y recha- 
¿ado estos derechos de Guillermo. 

Sin duda fué esto, al propio tiempo que el asunto de 
su divorcio, lo que obligó á Doña María á pasar preci- 
pitadamente á Roma y á presentarse al Sumo Pontíñ- 
ce. El rey envió en pos de ella un procurador á la capi- 
tal del reino católico, vióse el pleito del divorcio en ple- 
no consistorio, y el Papa declaró el matrimonio legítimo 
é indisoluble el 19 de Febrero de I2i3. Inocencio escri- 
bió al mismo tiempo al rey de Aragón, exhortándole á 
juntarse de nuevo con la reina su esposa, y « á tratarla 
con todo el afecto de un marido, sobre todo, añadía, 
porque de ella tenéis un hijo, y porque es una digna 
señora, temerosa de Dios, y de mucho mérito. » Al final 
de la carta le decía que , si se negaba á obedecer , los 

1 Historia del LanguedoCt tomo III, pág. 242. 



200 • VÍCTOR BALAGÜER 

obispos de Carcasona^ Aviñón y Orange le oblígaiian á 
ello por medio de censuras eclesiásticas. 

Ya hemos visto que no fué sólo el del divorcio, sino 
otro á más el motivo que obligó á la reina Doña Maiia 
á emprender su viaje á Roma. Oigamos cómo nos lo 
refiere el mismo D. Jaime en sus Memorias: 

«Guillermo de Montpeller, mientras vivía aún su es- 
posa, contrajo nuevo matrimonio con una dama de Cas- 
tilla, llamada Doña Inés, de cuyo padre no recordamos 
el nombre; y tuvo de este segundo enlace cuatro hijos: 
uno, llamado En Guillermo, como su padre, que fué se- 
ñor de PeyoUá durante su vida; otro. En Berguño; otro. 
En Bernardo Guillermo, á quien Nos heredamos y ca- 
sartios con la hija de En Pons Hugo, hermano de otro 
Hugo conde de Ampurías, llamada Juliana, y que por 
parte de madre era del linaje de los Entenzas; y otro, 
finalmente, que tenia por nombre Tortoseia, y fué edu- 
cado en la corte de nuestro padre i. Guillermo, el ma- 
yor, pretendió luego que por ser él varón le correspon- 
día el señorío de Montpeller; pero elevada la causa ante 
el Papa, y habiéndose presentado nuestra madreen la 
corte romana para sostener su derecho y lograr que 
como heredero suyo fuésemos Nos declarado señor de 
aquellos dominios, obtuvo la favorable sentencia que se 
halla inserta en una de las decretales. Por ella declaró 
el Pontífice que los hijos de En Guillermo de Montpe- 
ller y de Doña Inés, debían ser tenidos por ilegítímos, 
como engendrados en adulterio, viviendo todavía la pri- 
mera esposa de Guillermo, y adjudicó á nuestra madre 

1 Este Toriauta^ de que habla D. Jaime, debe ser el hijo de Gui- 
Icrmo, llamado Tomás, á quien es fama que se dio el nombre de 72t- 
t0sita ó Tortosay por haberle dejado su padre al morir los derechos que 
sobre la ciudad de Tortosa tenia, y que provenían desde su conquista y 
aun de antes. Puede verse el testamento de Guillermo de Mon^>eUef ea 
la Historia del Languedoc^ tomo III, pág. 1 18. , 



r 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LlB- V. CAP. XX. 201 

la reina Doña María y á Nos aquel disputado se- 
ñorío 1.» 

Es positivíi esta sentencia del Sumo Pontífice, de 
que nos habla D. Jaime , pero vemos que éste guarda 
profundo silencio sobre dos hechos muy importantes; el 
primero es la donación de la ciudad de Montpeller/ he- 
cha por D. Pedro á Guillermo 2; y el segundo es el que 
d Papa, en Junio de iziz, había reconocido también 
los derechos de Guillermo, pues escribió una carta á la 
reina de Aragón y á los habitantes de Montpeller di- 
ciéndoles que la jurisdicción sobre aquel país pertene- 
cía á Guillermo, y ordenándoles que le restituyesen la 
ciudad 3. 

Verdad es que luego pasó como lo cuenta D. Jaime 
en su crónica, y el Papa revocó por otra disposición el 
reconocimiento de Guillermo como señor de Montpeller; 
pero bueno es citar lo de D. Pedro y lo del Pontífice, 
como otra de las muchas pruebas que pueden alegarse 
en favor de los erróneos juicios de los hombres y de las 
ligerezas é inconsecuencias humanas. 

Encontrándose en Roma la reina Doña María, halla- 
mos que se quejó al Papa de la conducta de los habitan- 
tes de Montpeller, los cuales le retenían injustamente y 
se negaban á darle las rentas de esta ciudad y de sus 
dependencias, que le pertenecían de derecho, y que el 
rey su esposo les había empeñado. Apoyaba Doña Ma- 
ría sus quqas en que, constituyendo estas rentas parte 
de su dote, no era dueño de empeñarlas su marido, á 
más de que los habitantes de Montpeller se cobraban 
ya mucho tiempo hacía, y que por consiguiente po- 
dían sobradamente haberse reembolsado la suma de di- 

1 Crónica de yáime el Conquistador^ escrita por él mismo (traduc- 
ción de Flótats y Borarull), cap. III. 

2 Historia del Languedoc, tomo III, pág. 242. 

3 Es la epístola 104, de las de Inocendo III. 



202 



VÍCTOR BALAGUBR 



ñero adelantada á su esposo^ de que ya hemos hablado 
en uno de los capítulos anteriores. También se quejó de 
que le hubieran destruido el castillo 6 palacio que tenia 
ella en Montpeller, de que se habían apropiado los ma- 
teriales, y de que, erigiéndose en señores de la ciudad, 
usurpaban todas las autoridades, creando y nombrando 
cónsules y magistrados sin su participación y contra su 
voluntad, y arreglando y ordenando en su nombre to- 
dos los asuntos. Finalmente, se quejaba de que para 
alimentar la discordia entre ella y su marido, la ha- 
bían arrojado de un castillo del que tenía la señoría, 
y habían hecho jurar á D. Pedro que no entraría en 
Montpeller por el térojino de dos años i. 

Estas quejas de Doña María indican sobradamente 
que la especie de malestar que se notaba en Montpeller, 
podía tener origen en el partido que existía favorable á 
los hijos de Guillermo, ó en la propensión de sus habi- 
tantes á la independencia, y qui^ en ambas cosas aun 
mismo tiempo. El 12 de Abril de I2i3 el Papa dio un 
decreto condenando á los habitantes de Montpeller, en 
virtud de las quejas de Doña María, á pagarle los gas- 
tos que ella había hecho y á darle la mitad de las rentas 
de su patrimonio. 

Pocos días después de dada esta disposición por el 
Papa, falleció en Roma la reina Doña María, que fué, 
según parece, tan virtuosa como desgraciada. Sintién- 
dose peligrosamente enferma por haberle atacado unas 
calenturas malignas, hizo su testamentó en 20 de Abril, 
instituyendo por su heredero á su hijo Jaime, y susti- 
tuyéndole sus hijas Matilde y Petronila, habidas en su 
matrimonio con Bernardo, conde de Comminjes, su 
anterior marido 2. Su muerte tuvo lugar á últimos de 

1 Marca hispánica^ cap. XXVI, del Gesta c&rmtwn.-^Hisioria dk 
LoMguedüc, tomo III, pág. 243 y 44-— Inocencio HI, cap. XVI, ep. 2^ 

2 Historia del Languedoc^ tomo III, pág. 244. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXI. 203 

Abril de I2i3 i* Todos los historiadores elogian áesta 
princesa^ y he aquí lo que de ella dice su propio hijo 
D. Jaime, capitulo VI de su crónica: 

i En cuanto á la Reina nuestra madre^ baste decir, 
que si mujer buena había en el mundo, era ella; te- 
merosa de Dios, amiga de honrarle, y dotada de tantas 
perfecciones que, ppr decirlo de una vez, era estimada 
de todos los hombres. Fué tanto lo que la amó el Señor 
y tanta la gracia que le otorgó, que en Roma y fuera 
de Roma ha merecido ser llamada la reina santa. Sana 
á muchos enfermos que toman en vino ó agua roeduras 
de la piedra de su sepulcro, y está sepultada en Roma 
en la basílica de San Pedro, junto á Santa Pretonila, 
la hija del apóstol. 



CAPITULO XXL 

Embajada al rey de Francia. — Llega D. Pedro á Cataluña. — El rey de 
Aragón desafía á Simón de Montfort, y éste le devuelve el reto. — 
El Papa escribe al rey confirmando la excomunión y la cruzada. — Don 
Pedro se une al conde de Tolosa. — Sitio y asalto de Muret. — Simón 
de Montfort acude en auxilio de Muret. — £1 rey de Aragón se niega 
á la entrevista que le piden los obispos.— Rechaza también las pro- 
posiciones de Montfort. — Batalla de Muret. — Muerte del rey de Ara- 
gón.— Simón de Montfort ante el cadáver de D. Pedro. — D. Pedro se- 
pultado en Sijena. 

(1213.) 

Al hablar de la embajada que mandó D. Pedro al rey 
de Francia, compuesta del obispo de Barcelona y de 
otros señores, se ha dicho que llevaba una misión po* 
Htica. No ignoraba por cierto el rey de Aragón que el 

1 Tkalamus menor del archivo de Montpeller, Zurita dice equivo- 
cadamente que murió en 1219» y le siguen en este error Ortiz de la 
Vega y otros autores de nota. ^ 



204 



VÍCTOR BALAGUER 



de Francia, cuyas relaciones con el conde de Tolosa se 
habían enfriado mucho por causas que no son de este 
lugar, apoyaba la cruzada contra los albigenses, aunque 
con notoria repugnancia. D. Pedro trató de evitar que 
este monarca la protegiese ostensiblemente permitiendo 
que su hijo Luis se cruzara, y al efecto envió á su corte 
á los citados embajadores, dándoles el encargo de pu- 
blicar en Francia que el Papa, por su carta al arzobispo 
de Narbona, había revocado la cruzada contra los albi- 
genses. Quería impedir con esto que Simón de Montfort 
recibiese refuerzos; y por el mismo motivo envió copias 
de esta carta, selladas con los sellos de los obispos ara- 
goneses y catalanes, al rey Felipe, á la condesa de 
Champagne y á todos los glandes del reino. 

Los embajadores del monarca aragonés obtuvieron 
un éxito feliz en su misión. Felipe Augusto» que había 
consentido 3^ en que su hijo tomase la cruz, y que has- 
ta había fijado el día de su partida para el teatro de la 
guerra, cambió de ideas á causa de lo que en nombre 
de D. Pedro le manifestaron sus embajadores, y obligó 
al joven príncipe, lo propio que á todos los caballeros 
que habían decidido acompañarle, á demorar su parti- 
da. El hecho fué, que los obispos de Tolosa y Carcaso- 
na, que pasaron á la corte de Fi'ancia para predicar la 
cruzada contra los herejes y contrabalancear con su in- 
fluencia la de los embajadores de D. Pedro, no obtuvie- 
ron apenas ningún resultado. 

En el ínterin, D. Pedro se fiíé á Perpiñán, donde 
estaba en Marzo, y parece que envió á citar al de Mont- 
fort para Narbona, á fin de tener una conferencia. Sí 
hemos de creer al analista aragonés, de Perpiñán se 
vino á Cataluña y llegó hasta Lérida, ordenando un le- 
vantamiento de tropas para acudir en auxilio del cond^ 
de Tolosa, á quien probablemente había dejado los i.oo 
caballeros de que se ha hecho mención, entre los cuale 



fr^' 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB, V. CAP. XXI. 205 

estaban Ñuño Sánchez su primo, Jimeno Comal, Gar- 
cía Romeu (su alférez de las Navas), Guillen de Cer- 
vera, Guillen Ramón de Moneada, Guillen de Cervelló, 
Guillen de Perejez y Berenguer de Peramola i . Es de 
presumir fundadamente por lo que luego se verá, que, 
de estos caballeros, Ñuño Sánchez y el de Moneada vi- 
nieron con él :á ordenar los socorros y se quedaron aún 
disponiéndolos cuando él se volvió. 

Hallábase Simón de Montfort en Lavaur cuando re- 
cibió el mensaje del rey citándole para Narbona, y fué 
. á esta ciudad; pero no encontró á D. Pedro, que por 
aquel tiempo había ya marchado á Cataluña sin espe- 
rarle. Sin embargo, antes de partir dejó á uno de sus 
capitanes, cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, 
el encargo de presentarse al de Montfort y desafiarle 
formalmente en nombre suyo. Un cuerpo de catalanes 
filé también enviado en pos del mensajero-retador para 
talar las tierras de Simón. Éste, recibido el cartel, co- 
misionó á otro caballero para que partiese en busca del 
rey de Aragón y se informase de su propia boca si el 
reto era verdadero. En este caso, debía declararle,^ en 
nombre de Simón de Montfort, que no creía haberle 
faltado en nada, ¿segurarle que estaba pronto á cumplir 
con todos sus deberes de vasallo respecto á él, y ofre- 
cerle, si se quejaba de que él se hubiese apoderado de 
las tierras de los herejes por orden del Papa y con el 
auxilio de los cruzados, que se adhiriesen entrambos al 
juicio del Papa ó al de su legado el arzobispo de Narbo- 
na. Simón encargó al propio tiempo á su mensajero que 
entregase una carta al rey, si este monarca insistía en 
su reto, en cuya carta le desafiaba á su vez, declarán- 
dole que estaba pronto á defenderse contra él y contra 



1 Zurita, lib. n, cap. LXIII.— De esta venida de D. Pedro á Cata- 
lufta no hablan los historiadores del Languedoc. 



206 VÍCTOR BALAGUER 

los demás enemigos de la Iglesia. El embajador se pre- 
sentó al monarca aragonés, en busca del cual vino sin 
duda á estas tierras, siendo recibido por D. Pedro ea 
plena corte, ante la cual ejecutó su comisión. Informó- 
se primero de si el reto por parte del rey era positivo, 
y al asegurarle éste que era real y cierto, leyó la carta 
de Simón de Montfort, cuya lectura encendió en cólera 
al aragonés y á los de su corte. 

A todo esto, y mientras tales sucesos tenían lugar, 
el concilio de Lavaur había enviado dos prelados al 
Papa, los cuales le presentaron las cosas de distinta 
manera que los embajadores del rey de Aragón, hacien- 
do que se obrase una revolución en su ánimo. Intere- 
sados en que siguiera adelante la persecución, clamaron 
abiertamente por la ruina de Tolosa y el exterminio de 
sus habitantes, diciendo que la salud de los cristianos 
dependía de que aquella nueva Sodoma fuese anonada- 
da. El Papa recibió cartas de casi todos los obispos del 
país en este sentido. Inocencio III tuvo que ceder á 
semejante encarnizamiento; la política ahogó la piedad; 
la codicia se hizo superior á la fe. Así, pues, retiró lo 
que había escrito al rey de Aragón, y volvióle á escribir 
de nuevo, amenazándole con el rayo de su ira y la 
cólera del Vaticano si se oponía á que se continuara 
una obra santa, en la que estaban interesadas la causa 
de Dios y la de la Iglesia i . Apesar de esta carta y de 
estas amenazas, Pedro el Noble no desistió, y se dispuso 
á pasar los Pirineos para juntarse con los excomulga- 
dos y con sus caballeros. 

Al saber Simón de Montfort que se acercaba D. Pe- 
dro, envió á decir á su hijo Amauri, que estaba sitiando 
Rochefort, que levantase el sitio y fuese á unírsele. 

1 Se halla esta carta en la colección de las de Inocencio m. I 
la 48 del lib. XVI. 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXI. 207 

Después de haber juntado padre é hijo sus huestes, per* 
manecieron á la defensiva y no se atrevieron á extender 
mucho sus correrías, pues que los preparativos del rey 
de Aragón y las instancias de los caballeros que este 
monarca había dejado en Tolosa, habían obligado á la 
mayor parte de los castillos situados en las cercanías 
de esta ciudad á abandonar el partido de los cruzados, 
para volver á entrar bajo la obediencia de su antiguo 
señor el conde Raimundo. Al frente de un cuerpo de 
catalanes, D. Pedro cruzó la Gascuña, apoderándose 
de varías plazas que el de Montfort había sometido, y 
filé en seguida á juntarse en Tolosa con el conde Rai- 
mundo y los de Foix y de Comminjes que le esperaban. 
Todas sus fuerzas reunidas formaban una hueste de tres 
mil caballeros y 40.000 infantes. 

Reunido por D. Pedro un consejo de jefes y capita- 
nes para abrir la campaña, se decidió comenzar las 
operaciones por el sitio y asalto del castillo de Muret, 
cuya guarnición no cesaba de hacer correrías hasta lle- 
gar al pie de los mismos muros de Tolosa. Muret era 
entonces, y es aún, una pequeña villa situada en la 
orilla occidental del Garona, al S. y á tres leguas de 
Tolosa. Hacia allí se dirigió el monarca aragonés con 
su gente, llegando y acampando ante sus murallas el 10 
de Septiembre de I2i3. Inmediatamente comenzó el 
sitio y jugaron las máquinas para derribar los muros. 
Dióse al día siguiente el asalto de ima de las puertas de 
la población, y D. Pedro se apoderó del primer barrio, á 
pesar de la vigorosa resistencia de los sitiados, que se 
refugiaron en el segundo y en el castillo. Suponen al- 
gunos autores que, si los sitiadores hubiesen seguido 
adelante, les hubiera sido facilísimo apoderarse aquel 
mismo día de la plaza; pero parece que en lo más redo 
del combate recibieron aviso de que se veían aparecer 
á lo lejos los emblemas militares de Simón de Mont* 



208 



VÍCTOR BALAGUER 



forty el cual acudía en auxilio de la villa sitiada, y á 
esta noticia D. Pedro mandó tocar retirada^ abando- 
nando el barrio que se había ya tomado, y volviéndose 
á su campo en donde se hizo fuerte. Esta retirada, y el 
no haberse apoderado de la plaza, fueron causa de la 
desgracia que le sobrevino i. 

Era en efecto Simón de Montfort el que llegaba, al 
frente de un escogido cuerpo de tropas. La guarnición 
de Muret, al verse amenazada de un sitio, le había en- 
viado á pedir un pronto socorro, informándole que la 
plaza estaba completamente desprovista de víveres. In- 
mediatamente fué el conde en su auxilio, y se cuenta 
que al pasar por la abadía de Bolbonne, dijo á Mau- 
rín, más tarde abad de Pamiers, que iba á socorrer á 
Muret, y que si los sitiadores le esperaban en su campo 
no vacilaría en atacarles. — «No sois bastante fuerte, le 
replicó Maurín, al decir de un cronista provenzal, para 
mediros con el rey de Aragón, príncipe muy experto en 
el arte militar, que tiene bajo su mando una hueste nu- 
merosa y que está unido á varios condes muy valien- 
tes. » Simón entonces sacó un papel de su escarcela, y 
rogó á Maurín que lo leyese. Era una carta que el rey 
de Aragón escribid á una dama, esposa de un gran se- 
ñor de la diócesis de Tolosa, en la cual, después de sa- 
ludarla, le decía que por amor hacia ella había venido 
á arrojar del país á los franceses. Maurín, después de 
la lectura de esta carta, que un criado de la dama inter- 
ceptara, para enviarla á Simón, le dijo á este general:— 



1 Et adonc es vengut lo dit rey d Aragó, et las ditas genis á /atetas 
recular et laissar lo dit assault et tuaria (matanza), et al dit sety Us á 
faict retirar y so que per lo dit rey foue gran folia; car aprés s" en re- 
pentit, copia será dita ainsi aprés. La causa perqué fec laissar lo ^ 
assault, fouc per so que ccucun ly venguet diré que lo conté MtmtJ 
venia an ung grandsecours secorre los del dit Muret y etc. (Crónica 
Anónimo provenzal, col. 52). 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V, CAP. XXI. 20g 

•Y bien, ¿qué pretendéis decir con esto?» — «Pretendo 
decir, contestó Simón, que no creo posible que el rey 
de Aragón derribe la obra de Dios por una meretriz.» 
Varios de los cronistas franceses y provenzales que han 
hablado de este hecho, lo han referido como suponiendo 
que el rey D. Pedro había escrito esta carta á una de 
sus queridas; pero dos importantes obras lo interpretan 
quizá más juiciosamente y con más verdad crítica. La 
dama en cuestión no era otra que Leonor ó Sancha, her- 
manas ambas del rey y esposas, la primera del conde de 
Tolosa, padre, y la segunda del hijo, y por amor hacia 
ellas y por sus intereses fué por lo que el rey su herma- 
no tomó las armas contra los cruzados i • 

Simón de Montfort fué adelantándose y logró entrar 
en Muret y reunirse con los sitiados, sin encontrar opo- 
sición por parte de los sitiadores ó sin que éstos tuvie- 
sen tiempo de oponérsele. La entrada de Montfort en 
Muret se efectuó el ii de Setiembre. El obispo de To- 
losa, que iba con los cruzados y algunos otros prelados, 
quisieron intentar un arreglo, y enviaron al campo del 
rey de Aragón dos religiosos con encargo de pedirle una 
conferencia. La respuesta del rey fué la siguiente: — 
iPor cuatro bandidos que esos obispos traen consigo, 
no vale la pena de que Nos les concedamos una entre- 
vista. » 

Hay quien dice que al día siguiente Simón de Mont- 
fort ofreció á D. Pedro entregarle ¿1 castillo de Muret 

1 Marca Mspámca, pág. 522. — IHstoridcUl Languedoc, pág. 249 del 
tomo III. — En un libro muy interesante titulado La batalla de Muret, 
porHenri Delpech, publicado muchos afios después de la prin^era edi- 
ción de esta obra, se cuenta también esta anécdota; pero el autor cree 
Que la carta no iba dirigida por D. Pedro á una de sus hermanas, 'pues 

tonces, dice, Montfort no la hubiera llamado nuretriF^ sino á una de 
varias damas galantes con quienes D. Pedro sostenía relaciones, y 

e supieron con sus galanteos atraerle al partido de los indigenas.» 

TOMO XI 14 



2IO 



VÍCTOR BALAGUER 



y todas sus dependencias, pero que el aragonés rechazó 
esta propuesta, á menos que el general cruzado no se 
rindiera á discreción con toda su hueste. Esta proposi- 
ción de convenio está confirmada por un párrafo de la 
crónica del rey D. Jaime, que la indica sin particulari- 
zarla. Rechazada por D. Pedro toda avenencia con los 
obispos y con el caudillo de los cruzados, ya no halna 
más recurso que la batalla.' 

Ésta tuvo lugar aquel mismo día 12, según unos; se- 
gún otros, el i3. Montfort alineó sus tropas en una ex- 
planada inmediata á Muret y las repartió en tres cuer- 
pos, dando el mando de la vanguardia al caballero Ver- 
les de Encontré, el del centro á Boucard ó Boudiard 
de Marly, y quedándose él, Montfort, al frente de la re- 
taguardia. Los sitiadores celebraron consejo al ver esta 
evolución. Di cese que el conde de Tolosa quería espe- 
rar á los cruzados á pie firme detrás de las trincheras 
de su campo, impidiendo con los ballesteros que se acer- 
casen á él; suponía que los dardos y ballestas causarían 
en sus filas grandes estragos; que se verían obligados á 
retirarse; que entonces podrían arrojarse sobre ellos y 
desbaratarlos, y que á esto se seguiría la entrega inme- 
diata de Muret. Afírmase que el rey de Aragón con mu- 
cha soberbia rechazó este parecer, muy cuerdo derta- 
meiite, y, manifestando que el obrar asi sería dar prue- 
bas de miedo y de cobardía, hizo que los demás capi- 
tanes adoptasen su opinión, que era la de salir de las 
trincheras y marchar resueltamente al encuentro de los 
cruzados. 

Siguiendo este dictamen, toda la caballería de los si- 
tiadores se puso en marcha acto continuo, dejando en 
el campo toda la infantería ó parte de ella. Los antiguos 
historiadores no nos señalan el orden de batalla del eje 
cito del rey D. Pedro y sus aliados. Parece que el coi 
de de Foix mandaba la vanguardia, y que el monaii 



ATALUSA. — UB. V. CAP. XXI. 211 _ 

le su valor, dirigía el centro ó cuer- 
po principal de batalla, en lugar de ponerse á retaguar- 
dia, según costumbre de los reyes. En la crónica de Bal- 
duino, conde de Avesnes, se dice que D. Pedro cambió 
sus armas con las de uno de sus caballeros para no ser 
reconocido durante el combate i . Por lo que toca al con- 
de de Tolosa, permaneció al frente de la retaguardia. 

Antes de principiarse la batalla, el d^Montfort man- 
dó hacer á sus tropas una falsa marcha, como aparen- 
tando que huían; pero en seguida, por un hábil movi- 
miento, se arrojó contra la vanguardia de los aliados 
con tanto empuje y fuerza, que la obligó á replegarse 
sobre sus alas. Esta retirada del conde de Foix, que no 
se efectuó ciertamente sin algún desorden, dejó en des- 
cubierto el cuerpo del centro, en el cual se hallaba el rey 
de Aragón. Por los pendones y estandartes conocieron 
los cruzados que allí estaba D, Pedro, y alentados por 
el primer favor que acababan de deber á la suerte de las 
annas, se arrojaron como un alud sobre el cuerpo de 
tropas aragonesas, que resistieron valientemente la pri- 
mera embestida. El choque fué tan violento que, para 
servimos de la poética frase de un cronista provenzal, el 
estruendo de las armas se parecía al que hacep una cua- 
drilla de leñadores cuando derriban á hachazos los ár- 
boles secutares de un bosque. 

La segunda línea del ejército de los cruzados acudió 
para sostener á la primera en aquel instante decisivo, 
y el cuerpo mandado por D. Pedro se vio envuelto por 
todas partes. Dos caballeros franceses, llamados Alain 
de Roucy y Florencio de Ville, que parece se habían 
desafiado á quién de ellos daría muerte al rey de Ara- 

I ¿e Rbís it Arragantu changa sít armts, ttfiít la tiemus vetHr á *m 
•mfevre chevalür. Lástima que las crónicas no ncu hayan conservado 
1 nombre de ese bravo cabattero aragon^ ó catalán, que tal pnieba diá 

le amor y fidelidad á 



212 



VÍCTOR BALAGUER 



gón, contando con su muerte asegurar la victoria, se 
precipitaron á un tiempo hacia el caballero, que veían 
revestido con sus armas, y consiguieron llegar hasta él 
á través de los combatientes. El caballero se defendió 
lo mejor que ¡pudo, parando los golpes que le asestaban 
y dándolos á su vez; pero Alain no tardó en conocer 
que D. Pedro era mejor caballero, y abandonó al que 
atacaba, diciendo á voces: «Este no es el rey de Ara* 
gón.» D. Pedro, que se hallaba precisamente no lejos 
de Alain qn aquel momento, dio espuelas á su caba- 
llo, y sin cuidar de guardar por más tiempo un incóg- 
nito que repugnaba de seguro á su conocido valor, se 
mostró abiertamente, gritando á su vez: — ¡CiertamefUe 
que no es el rey, pero aquí está! Y enarbolando al decir 
esto ima maza de armas turcas derribó de un golpe al 
primer jinete francés que se le puso por delante, y se 
arrojó á lo más crudo de la pelea, haciendo prodigios 
de valor y dando realmente pruebas de ser uno de los 
caballeros más valientes , más cumplidos y de más co- 
razón de su época i. 

Terrible fué la embestida de D. Pedro, tanto, que 
parece desconcertó por un momento á sus contrarios; 
sin embargo, Alain y Florencio reanimaron el valor de 
los suyos, aturdidos ante las proezas que ejecutaba un 
hombre solo, y le rodearon por todas partes, haciendo 



1 Alains de Roucy et mess, Flourens de.VUles viren cehñ qui avsit 
vestir les armes le roy d Arragonne: si li courent scus tout ensemhle: dh 
se deffendi au mieux qii ilz peui; mais mess, Alains se per etut bien queU 
roys esioit meilleurs chevaliers; de trop^ sis escriá, et dist diz molx envers 
le roy ct Arragonne'. ce ti est ih mié, Quant li roys de Arragorme, q» 
estoit assez prés du^hevaJier^ oy ees paroles^ ilz fery des esperons, ttnese 
volt plus celer^ ains haschá á haulte voix: voirement ce ti est il mié; vais 
vées le cy: et hausteche utte macque itercoise, eomme alz qui estoit botts ( 
valierSt et vaillant^ et de gran cuer, et enfiert un chevalier deis nosirt 
Ufist volar á terre tus de cheval, et puis se langa en la presse et U) 
merveilles cC armes, (Crónica de Balduino de Avesnes.) 



TALUSA.— LIB. V. CAP. XXI. 2I3 

una verdadera carnicería en los caballeros que junto á 
él se habían agrupado. D. Pedro no cesaba de herir y 
matar á su vez, gritando ¡Aragón! ¡Aragón! pero casi 
todos los que permanecieron á su lado estaban muertos 
6 heridos ', y él, entonces, viendo ya perdida la bata- 
lla, viendo el destrozo hecho en los suyos, decidió ha- 
cer lo único que hacer podía en tal trance un rey de 
Aragón: morir como bueno en el campo. tNuestro pa- 
dre el rey En Pedro — dice con sublime laconismo en su 
crónica su hijo D. Jaime, — murió en aquella batalla si- 
guiendo la divisa que han tenido siempre los de nuestro 
linaje y que Nos seguiremos siempre: Morir 6 vencer.» 
jBella y admirable fra^e en boca de tan gran rey! 

La muerte de D. Pedro no fué sólo la señal del des- 
aliento, sino de la derrota. Los condes de Tolosa, de 
Foix y de Comminjes apelaron á la fuga, arrastrando 
consigo el resto de la caballeria, que se desbandó y fué 
perseguida por*los cruzados, los cuales hicieron perecer 
gran parte de ella. Los infantes, bisónos casi todos, 
ciudadanos que habían tomado las armas sin experien- 
cia militar, al verse desamparados de sus jefes, se arre- 
molinaron en lamentable confusión, y se dejaron acu- 
chillar por los caballeros de la cruz, que continuaron 
aquel día su obra de matanza y de saqueo en el santo 
nombre de Dios y en el de la fraternidad cristiana. 

Simón de Montfort, como hábil general, se puso á la 
cabeza de la retaguardia, y fué marchando lentamente 
en orden de batalla para sostener sus tropas, que se ha- 
bían dispersado en persecución de los fugitivos, á fin de 
que, si los enemigos llegaban á recobrarse, encontrasen 

1 Le qual rty ¡t Aragó guana á villa la gran ¡noria et dtscimfilttra 
fue t enfaaa de tas gtttit, el i es mtlut á cridar iant gu á fimiguí, 
Aragé, Aragó; mais, mmobstant tol san cridar, ti imttyi y áemourtl, ll 
fant tuat lur la eamp, amay totas tas genis, ne eteaflt alctm, gui /attc 
grand dotaalge de la nttrt del dit r^. (Crónica del An6aimo provenial.) 



214 



VÍCTOR BALÁGUER 



aquéllas una retirada segura cerca de él. No fué, sin em- 
bargo, necesario. La derrota de los aliados era completa. 
Los fugitivos que llegaron á Tolosa sembraron la cons- 
ternación en esta ciudad, que no debía tardar en entre- 
garse á las armas cruzadas, y hubo tal afán por huir, 
que muchos se lanzaron al Garona para pasarlo á nado, 
pereciendo entre sus aguas. Fué aquella una funestísi- 
ma jornada para los condes aliados, que se desbandaron» 
yendo el conde de Tolosa á refugiarse en Inglaterra, 
después de haber visto pasar á cuchillo la flor de su 
milicia. De i5 á 20.000 hombres, sólo por parte de los 
aliados, sucumbieron en los campos de Muret ó en las 
olas del Garona. 

Entre los principales señores aragoneses que fueron 
muertos al lado de su rey, estaban Aznar Pardo, su hija 
Pedro, Gómez de Luna y Miguel de Luesia. No se sabe 
que sucumbiese ningún catalán de cuenta. D. Jaime, el' 
Conquistador, en su crónica, atribuye principalmente la 
pérdida de la batalla á la falta de plan y á que cada ca- 
ballero peleó por sí contra ley de armas. A tenor de lo 
que dice este monarca, su padre llevaba consigo á los 
nobles de Aragón Miguel de Luesia, Blasco de Alagón, 
Rodrigo Lizana, Ladrón y Gómez de Luna, Miguel de 
Rada, Guillermo del Pueyo, Aznar Pardo y muchos 
otros, y á los catalanes Dalmau de Creixell (hijo sin du- 
da del que murió en las Navas), Hugo de Mataplana, 
Guillermo de Horta, Bernardo de Castellbisbal y otros. 
Muchos de estos caballeros, dice, abandonaron al rey en 
la refriega, en la cual no estuvieron Ñuño Sánchez y 
Guillermo de Moneada, los cuales acudían con las tro- 
pas de refuerzo que sin duda habían levantado en Ca- 
taluña. Estos dos nobles caballeros enviaron un mensa- 
je al rey antes de comenzarse la batalla para que Ie5 
esperase, pero D. Pedro no quiso hacerlo, fiando dema 
siado en su valor y en el de los suyos. 



;%• - 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB. V, CAP, XXI. 215 

Simón de Monfort, el ambicioso é implacable caudi- 
llo de los cruzados, después de haberse apoderado de 
todo el botín del campo enemigo, en el que halló riquí- 
simos despojos, ordenó que se guardara cuidadosamente 
á los prisioneros, parte de los cuales murieron en los 
hierros, rescatándose los otros á costa de g^esas sumas» 
Terminado todo, el campeón de la cruzada pasó á visi- 
tar el campo de batalla, y allí pidió á Manfredo de Bel- 
veze y á otros caballeros que estaban presentes cuando 
muriera el rey de Aragón, que le enseñasen el sitio don- 
de este monarca había muerto combatiendo. Lleváronle 
allí, y bien pronto reconoció el cuerpo de D. Pedro, que 
halló en tierra y desnudo, pues la guarnición de Muret 
había salido en pos de la victoria de los cruzados, y 
después de haber acabado de matar á los heridos que 
habían permanecido en el campo, despojó completamen- 
te á los muertos. Cuéntase que, Simón de Monfort, al 
ver á su enemigo tendido en el suelo, ensangrentado y 
desnudo, no pudo contener el llanto, y los sollozos em- 
bargaron su voz al dar disposiciones para retirar el ca- 
dáver. También lloró César sobre la cabeza ensangren- 
tada de Pompeyo i. 



1 Las autoridades para todo lo referente á la batalla de Muret y 
guerra de los albigenses, se hallarán en la crónica en verso de Guillermo 
de Tüdela, en las crónicas latinas de Guillermo de Puilaurens y Pedro 
de Vaux-semai; en la francesa, del conde de Avesnes; en la provenzal- 
catalana, del Anónimo; en los Anales di Tohsa^ de La Faille, la msto- 
ría del Languedoc^ por los Maurinos; Aríe de comprobar las fechas^ Mar- 
ca Hispánica^ Historia de D. Jaime, &<K:rita por él mismo, y los cronis- 
tas aragoneses y catalanes. Téngase presente, sin embargo, que estos 
últimos, como en todo lo referente á las cosas de la otra parte de los 
Pirineos, entran en pocos detalles, son bastante confusos y dan lugar con 
íus involuntarios yerros á lastimosas equivocaciones. — Recientemente, 
en 1878, y por consiguiente, muchas afios después de publicada esta 
Historia, se ha escrito en Tolosa un curioso é importante libro que me- 
rece ser leide y estudiado, pues da nuevos y curiosos pormenores. Se 



-yn 



2X6 VÍCTOR BALAGUER 

El cadáver de D. Pedro fué entregado por Montfort 
á los caballeros del Hospital, quienes le llevaron á ente- 
rrar al monasterio de Sijena, junto con los de aquellos 
caballeros que como buenos y leales, y en su defensa, 
perecieran á su lado. Registrando las memorias de dicho 
célebre monasterio, se halla en efecto, que en Octubre 
de I2i3, llegó á Sijena una fúnebre comitiva, compues- 
ta de caballeros comendadores del hospital de Jerusa- 
lén, de canónigos y regulares del hospital de Santa 
Cristina en los Pirineos y de muchos otros caballeros, 
escoltando ocho féretros, en los cuales estaban los ca- 
dáveres del rey D. Pedro, de D. Aznar Pardo y su hijo, 
de D. Gómez de Luna, de D. Miguel de Rada, de Don 
Miguel de Luesia, de D. Blasco de Alagón y de D. Ro- 
drigo de Lizana, victimas todos de la batalla de Muret. 
Los siete caballeros fueron sepultados en el atrio de la 
iglesia, y D. Pedro en el interior del templo, inscribién- 
dose en su lápida sepulcral un epitafio en que se le llama- 
ba flor de los reyes ^ honra del reino, esplendor de la tierra, 
adorno del mundo, soberano liberal y el más llorado y plañi- 
do de todos 1. 



CAPITULO XXIL 

Hijos que dejó D. Pedro. — D. Jaime. — Dofia Constanza. — D. Pedro. 
— Juicio que de este rey ha formado la posteridad. 

El rey de Aragón , D, Pedro el Católico , no tuvo de 
legitimo matrimonio más que un hijo, que fué el gran 
D. Jaime I, que le sucedió^ y del que luego pasaremos 
á tratar. 

titula La batalla de Muret y la táctica de cctballeria en el siglo XIU; c 
obra de Mr. Enrique Delpech y está escrito con crítica. 
1 Cuadrado: Aragón^ págs. 91 y 96. 



,USa. — LIB. V, CAP. XXII. 2] 

tuvo una hija, llamada Ce 

:ió públicamente, hallándos 

TahustCj el 7 de Noviembre de 1212, por medio dt 

critura ó carta dotal, á presencia de varios magnate 

su corte, entre ellos Guillen de Cervelló, (jombaldi 

ibelles. García Romeu, Guillen de Claravalls, etc. 

te reconocimiento con motivo de otorgar la maní 

cha hija al senescal de Cataluña, Guillermo Ramói 

oncada, adjudicándole en dote las villas y castilloi 

;r6s, Aytona y Soses 1. 

Por un epitafio que existe en la iglesia-cátedra! 
írída, se ha sabido que D. Pedro el Católico tuvo t. 
én otro hijo natural, llamadro Pedro de Rege, se 
inscripción, que dice así; Anno Dñi MCCLIV, pt 
US septembris obiit Pelrus de Rege, canonicu et saa 
'us sedis, quifuit filius íllustrissimi domini regis I 
ragonum, etc. Hállase esta inscripción en una láj 
; mármol negro, que está en el pilar del crucero d 
irte de la Epístola,- pero el cadáver fué trasladadc 
:mpos posteriores á un bello sepulcro gótico, que, 
>staDte su deterioro, se ve aún en el presbiterio, 
udito anticuario D. Jaime Ripoll insinuó, en une 
18 opúsculos, la idea de que tal vez aquel hijo nati 
;I Católico tomó el apellido latinizado de Rege, del 
Jan Rey 6 Reig, propio de su madre. También, deja 
un lado esta opinión, pudiera ser muy verosímil 
; le llamase Petras de Rege, latinizando su nom 
italán Pere del Rey, 6 sea Pedro, hijo del Rey. C 
iso, sin embargo, que la opinión del sabio canór 
ipoll, me parece más probable que ésta pobre mía 
Por lo demás, buen rey fué D. Pedro, y bien mei 
s elogios que le ha tributado la posteridad, no sie 

I Zurita, lib. II, cap. LXI. — Bofanill en sus Qnuiu Vtndk, 
mo U, pág. 231. — Archivo de la Corona de Aragón, núm. 430 1 
lecdón de pergamÍDoa de D. Pedro. 



2l8 VÍCTOR BALAGUBR 

de extrañar que su desventurado fin como caballero 
haya realzado su figura como monarca. 

cFué nuestro padre , dice en su crónica D* Jaime, 
el rey más cortés y más afable que hubiese habido en 
España; tan liberal y tan dadivoso^ que gastó sus ren- 
tas y sus bienes; buen caballero como ninguno en este 
mundo, y de tan señaladas prendas, que la brevedad de 
este escrito no nos permite contarlas. • 

Aun cuando sea en boca de un hijo, no tiene este 
elogio nada de exagerado. Defectos tuvo D. Pedro; 
errores cometió, y algunos muy graves; pero tuvo al- 
tas, nobilísimas prendas, que hacen efectivamente de él 
uno de los más cumplidos caballeros de su tiempo. Tuvo 
mucho de poeta, y por consiguiente mucho de entusias- 
ta, y asi le impelió su entusiasmo místico y piadoso á 
hacerse feudatario del Papa, declarándose capitán de la 
Iglesia, como su entusiasmo caballeresco le impulsó á 
ser el libertador del Mediodía, haciéndose campeón de 
los oprimidos, contra la misma Iglesia convertida en 
cruzada. La posteridad ha vacilado entre darle el titulo 
de el Católico ó el de el Noble. Ha prevalecido el pri- 
mero, á pesar de haber muerto peleando en cierto modo 
contra la Iglesia. Más le cuadrara el de Caballero, por 
ser en él un titulo indisputable. 

Elevadas prendas de carácter debía poseer, cuando, 
á pesar de ser ingrato con su madre, infiel con su espo- 
sa, disipador de las rentas de sus subditos y amigo de 
galanteos y locuras, se hizo amar extraordinariamente 
en su casa y en su reino, hasta el extremo de que en su 
epitafio se le pusiera, como queda dicho, que era flor de 
los reyes, honor del reino y el más llorado de iodos los mo^ 
narcos. Y cuenta que este epitafio se escribía sobre la 
tumba de un hombre que había muerto impenitente y 
hereje, al decir de los católicos de entonces, lo que re- 
chaza toda idea de lisonja y de adulación. Y cuenta que 




^m ^ •\,' 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. GAP. XXII. 219 

mucho debían amar sus caballeros y sus obispos al rey 
D. Pedro, cuando no vacilaron en auxiliarle en la gue- 
rra contra la Iglesia, á pesar de que debían temer que 
incurrirían en el anatema y excomunión, arma terrible 
en aquel tiempo, y á pesar de que marchaban con han- 

« 

deras desplegadas contra los estandartes levantados por 
los cruzados en el santo nombre de Dios y de la re- 
ligión. 

No falta quien ha querido ajar la memoria de este 
monarca por haber sido, dice, protector de herejes y 
haber incurrido en la excomunión de la Iglesia. Ningu- 
na de estas dos circunstancias es exacta. «Tiénese por 
cierto, añade el P. Duchesne i, que el rey D. Pedro de 
tal manera protegía á los albigenses, que nunca adoptó 
sus errores; pero siempre dejó bien manchado, con aque- 
lla indecente protección, el renombre de católico que al 
principio le concedió la razón, y en cuya posesión le 
mantuvo después injustamente la lisonja.» 

Quien haya leído con algún cuidado las páginas an- 
teriores, habrá podido ver á cuántas vías de conciliación 
apeló D. Pedro antes de decidirse á tomar parte en fa- 
vor del conde de Tolosa y de los suyos. Apurados todos 
los medios y todos los recursos, el rey de Aragón se de- 
cidió por la causa única porque él decidirse podía. JFué 
á proteger y amparar las posesiones de sus cuñados, de 
sus feudatarios, de sus subditos. La amistad, el honor, 
el deber, la justicia, la voz de la sangre le llevaron á 
aquellas banderas; fiíé á prestar auxilio á quienes no 
podía negarlo sin faltar á su nobleza y á su hidalguía. 
Y á más, no hay por qué hablar tan alto en favor de los 
cruzados. Ya sabemos cuál era, realmente y en el fon- 
do, la causa que éstos defendían: la del interés y de la 
codicia de sus jefes y de los legados pontificios. 

1 Conforme á la traducción del P. Isla. 



220 



VÍCTOR BALAGUER 



Por lo que respecta á la excomunión, ni incurrió en 
ella D. PedrOy ni contra él fué lanzada tampoco. Cons- 
ta que el día antes de la batalla de Muret» en el acto de 
celebrarse la misa para los legados, obispos y capitanes 
de la cruzada, se declararon excomulgados durante el 
santo sacrificio al conde de Tolosa y á su hijo, al con- 
de de Foix y á su hijo, al conde de Comminjes y á sos 
aliados, pero no se quiso comprender al monarca aragonés 
en la excomunión i . 

Mr. Guizot, en su Civilización europea ^, juzga los 
hechos de los albígenses bajo un punto de vista políti- 
co. Para este profundo autor, con motivo de la herejía 
de los albigenses, estalló la guerra entre la Francia feu- 
dal y la Francia municipal: fué, dice, una tentativa de 
organización republicana que hubo de ser vencida, res- 
tableciendo aquella cruzada el régimen feudal en el me- 
diodía de la Francia. 

Ni tienen tampoco razón los que culpan á D. Pedro 
por su amor á las aventuras y á los devaneos amorosos. 
Su padre, el mismo D. Alfonso el Casio, fué dado á 
ellos. Achaque ha sido esto de la humana naturaleza 
en todos los siglos, y más aún en aquél en que las cos- 
tumbres y los usos de la sociedad se prestaban tanto á 
ello* Las intrigas galantes eran entonces una ley de la 
sociedad. D. Jaime el Conquistador cuenta sencillamen- 
te, y como cosa muy natural, que su padre pasó en 
brazos de una de sus queridas la noche que precedió i 
la batalla de Muret. En unos manuscritos de aquel tiem- 
po, escritos en lengua provenzal 3, se cuenta también 



1 Historia del Languedoc^ tomo III, pág. 249. Y aun cuando D. Pe- 
dro hubiese sido excomulgado, hay que decir aquí lo que D. BrauHo 
Foz, á propósito de este mismo asunto: *Las iras de los hombres — 
son juicios de Dios.^ 

2 Lección XVI. 

3 Se hallan en la biblioteca de París, núms. 7.225 y 7*699. 



'. CATALUÑA. — LIB. V, CAP. XXU. 221 

iralidad varias aventuras galantes de 
nuestro D. Pedro. Parece que dieron mucho que hablar 
sus amores con la bella Adelaida de Boisesson, querida 
á la vez del trovador Raimundo de Miraval, y se dice 
que el rey de Aragón se enamoró de ella sin haberla 
visto jamás, sólo por la relación que de su belleza le 
hizo Miraval. Deseando conocerla, emprendió uri viaje 
al castillo de Lombers, donde vivía Adelaida, y el po- 
bre trovador, que contaba mucho con la ñdelidad de su 
dama y que de ello se había vanagloriado, hubo de 
maldecir desde aquel día el viaje de D. Pedro, cuya cor- 
te abandonó herido en lo más vivo de su corazón. 
Seria por lo demás muy curiosa, si pudiera ponerse en 
claro, la historia galante del rey aragonés, que no se 
desdeñó tampoco de pulsar la lira en obsequio de las 
damas y de hacerse trovador por amor á ellas. 

Efectivamente, en el manuscrito con obras de los 
trovadores provenzales que existe en la biblioteca de 
París, se le coloca en el número de los más célebres 
poetas de su tiempo, y se transcribe una poesia que se 
le atribuye i . 

Tal fué T>. Pedro: noble, en medio de sus defectos; 
católico, en medio de sus errores; generoso, leal, ca- 
ballero siempre, con un valor que llevó hasta la te- 
meridad, con una hidalguía que llevó hasta la exage- 
ración. 

En i565, y más tarde en lósS, se alzó la losa que cu- 
bría su sepulcro en Sijena, Un testigo dice que el ca- 
dáver se conservaba incorrupto y entero, con la boca 
abierta, mostrando aún su alta estatura, la dureza de su 
semblante, y en el costado izquierdo la ancha herida 
Dor la cual exhaló su vital aliento. 

La muerte de D. Pedro hizo estremecer a] pais, el 

1 Múm. 1.22b. 



222 VÍCTOR BALAGUER 

cual, como vamos á ver, estaba condenado á una mi- 
noria que amenazaba ser sangrienta i . 



CAPÍTULO XXIII. 



Montfort se niega á entregar el príncipe Jaime. — El Papa le obliga á en- 
tregarlo, — Muerte de Balduino en represalias de la del rey de Ara- 
gón.— Batalla de Narbona. — Cortes catalanas-aragonesas en Lérida. 
— Disposiciones tomadas por las Cortes. — Concordia con Navarra. 
Parlamento en Huesca. — Bandos en Aragón. — El conde de Provenía 
huye de Monzón y se embarca en Salou. — Asamblea de prelados y 
nobles en Monzón. — Sale D. Jaime de Monzón. — Su entrada en Za- 
ragoza.. 

(De 1213 A 1217.) 

Aún no habla cumplido los seis años de su edad el 
niño D. Jaime, cuando murió su padre en los campos 
de Muret. Ya sabemos que se hallaba entonces en Car- 
casona y en poder de Simón de Montfort, con guya 
hija se había tratado casamiento. Según lo que se des- 
prende de las historias del Languedoc y Provenza, los 
jefes catalanes y aragoneses debieron reunirse en con- 
sejo después de la batalla, y enviaron una embajada 
solemne al de Montfort, á fin de que les entregase el 
joven principe de Aragón. El vencedor de Muret se negó 
á ello: era demasiado buen partido para su hija, y no 
podía acomodarse á perderle tan fácilmente. Entonces 
los caudillos de la hueste catalana, que parece eran 
principalmente Ñuño Sánchez, Guillermo de Moneada 
y el vizconde de Cardona, penetraron en la comarca 
cuyo señorío se diera al de Montfort, y llegaron basta 

1 En mi obra Los Trovadores he tenido ocasión de hablar con más 
detenimiento de todo lo relativo á la guerra de los albigenses, rectifi- 
cando errores ajenos y propios. 



r 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXIII. 223 

muy cerca de Beziers, talando y asolando cuanto á su 
paso hallaron i . 

La negativa del conde Simón de Montfort hizo sin 
duda que se enviase al Papa la embajada de que nos 
habla Zurita 2, compuesta de Jimeno Comel, de Gui- 
llen de Cervera, de Guillen de Monredón, maestre del 
Temple, y Pedro Abones, con encargo de solicitar de 
Inocencio III que mandase les fuese restituido el hijo 
de su rey 3. Recibió el Papa á los embajadores, y en 23 
de Enero de 1214 escribió á Simón de Montfort reco- 
mendándole un nuevo legado pontificio, Pedro de Be- 
navente, y diciéndole que este cardenal llevaba también 
el encargo de obligarle á devolver el joven príncipe Jai- 
me á sus subditos 4. Simón de Montfort hubo de acce- 
der: el Papa se lo mandaba terminantemente, y con ex- 
presiones muy duras por cierto. En consecuencia, poco 
después de haber llegado Pedro de Benavente á Proven- 
ga, el caudillo de los cruzados, mal que le pesara, le 
hizo entrega del niño Jaime, que en Abril de 1214 fué 
conducido á Narbona, á cuyo punto había ido á recibir- 
le la principal nobleza de Aragón y de Cataluña. 

Es preciso advertir, á todo esto, que la batalla de Mu- 
ret y la muerte de Pedro el Católico, no habían quedado 
del todo sin venganza. En primer lugar, los aliados 
consiguieron apoderarse por traición de Balduino, her- 
mano del conde de Tolosa, que, á pesar de su estrecho 
lazo de parentesco con éste, había abrazado el partido 
de Simón de Montfort, haciendo á su hermano cuanto 
daño pudo. Llevado Balduino á Montalván, hubo de 
comparecer ante un tribunal presidido por su hermano 

1 Ms torta del Languedoc^ tomo I^I, pág. 256. 

2 Anales de la corana de Aragón, lib. 11, cap. LXVl. 

3 Según la propia crónica de D. Jaime, compusieron esta embajada 
Nufto Sánchez y el vizconde de Cardona. 

4 Epístola 171 de las de Inocencio III. 



224 



VÍCTOR BAUIGUER 



el conde de Tolosa y formado de vanos caballeros prin- 
cipaleSy entre ellos los condes de Foix^ padre é hijo^ y 
Bernardo de Portella, señor aragonés. Este tribunal le 
condenó á muerte, tanto por crimen de felonía^ como m 
represalias de la muerte del rey de Aragón, á la cual ha» 
bía contribuido i. La sentencia fué inmediatamente eje- 
cutada, y se dice que le colgaron de un árbol, sin cere- 
monia, y por sus propias manos, los mismos condes de 
Foix y Bernardo de Portella, 

También por aquel entonces Aymerich, vizconde de 
Narbona, tomó parte en favor de la causa patrocinada 
por el rey de Aragón, y uniendo sus tropas á las cata- 
lanas y aragonesas, y poniéndose á su frente, declaró la 
guerra á Simón de Montfort. Este se dirigió precipita- 
damente á Narbona, con intento de sorprender al viz- 
conde; pero hallóle acampado bajo los muros de esta 
ciudad con su hueste de aragoneses, de catalanes y de 
narboneses. Dióse batalla entre ambas fuerzas, y Si- 
món hubo de batirse en retirada, habiendo estado muy 
á punto de quedar prisionero 2. 

Posteriormente á estos sucesos llegó el legado ponti- 
fício, y por parte de Montfort se le hizo entrega del joven 
príncipe D. Jaime, que fiíé recibido en Narbona con 
grandes muestras de entusiasmo. De allí pasó á estos 
reinos y á Monzón, bajo el cuidado y guarda de Guiller- 
mo de Monredón, que era por aquel tiempo maestre de 
los templarios en Aragón y Cataluña. Con él se vino 
también al castillo de Monzón su joven primo Ramón 
Berenguer, conde de Provenza, que, á la muerte de su pa- 
dre Alfonso en Sicilia, había quedado bajo la tutoría y 
protección de su tío Pedro el Católico. 

El encargo de guardar y cuidar al joven rey le fué 



1 Historia del Languedoc^ tomo III, pág. 258. 

2 Histana del Langtíedoc, pág. 259. 



ALUNA. — UB. V. CAP. XXIU. 235 

i Temple por las Cortes de Lé 
meras Cortes catalanas-aragon 
saa de que se hace mención auténtica en la historí 
El niño D. Jaime, que no tenía más allá de seis año 
llegó á Lérida antes de la festividad de Nuestra Seño 
de Agosto de 1214, acompañándole el legado pontil 
cío, 8U joven primo el conde de Frovenza y vanos si 
Sores y dignatarios del reino, siendo recibidos con gra 
de regocijo por el pueblo. Inmediatamente se reunien 
las Cortes, á las cuales asistieron el legado del Pap 
el arzobispo de Tarragona, los obispos, abades y rice 
hombres de cada reino, y diez síndicos de cada una 1 
las ciudades, villas y lugares principales, con poder 
bastantes para consentir y aprobar lo que se acordase 
Comparecieron todos los convocados, excepto los ii 
fantes D. Fernando y D. Sancho, tíos del rey, de qui 
nes se dice que miraban entonces á éste como ilegitim< 
teniendo cada uno esperanzas de reinar con motivo t 
la división que había entre los ricos-hombres; pero, p 
lo mismo que existían profundas alteraciones y has 
guerras en el reino; por lo mismo que era de muy cor 
edad el principe, y fácil podía ser que el cetro se esci 
pase de aquellas manos, débiles aún para empuñarl 
por lo mismo que convenia reunir en torno de aqu 
niño todas las buenas voluntades y todos los nobles ci 
razones, aceptándolo como símbolo y como bandej 
para que no se quebrantase la unidad política, que sí 
biamente se comenzara á imprimir al reino federado ( 
Aragón y Cataluña; por lo mismo, pues, las Cortes ai 
duvieron acertadísimas y cautas en sus acuerdos, qi 
pueden y deben mirarse como un modelo de prevísií 
y de cordura y un ejemplo muy notable de alta polític; 
Comenzaron por introducir una costumbre nueva, qi 

1 Oáiñea át D. yaim, cap. X.— Zurita, üb. II, op. LXVI. 
TOUO XI 15 



226 VÍCTOR BALAGUBR 

hubo de ser después fielmente observada y seguida en 
todas las coronaciones» y fué la de prestar homenaje y 
juramento de fidelidad al rey en el acto de ser corona- 
do. Así se introdujo, con motivo de la proclamación de 
D. Jaime, esta costumbre, que prosiguió guardándose 
con los reyes que le sucedieron, confirmando ellos pri- 
mero y jurando guardar los fueros, libertades, consti- 
tuciones, usos y costumbres del reino. D. Jaime fué, 
pues, jurado por rey en solemne y pública ceremonia, 
teniéndole en brazos el arzobispo Aspargo, según cuen- 
ta él mismo en su crónica. 

Las otras disposiciones de las Cortes fueron nombrar, 
durante la menor edad del monarca, gobernadores ge* 
nerales y un lugarteniente, procurador ó regente del rei- 
no. Los gobernadores fueron tres: el uno para Catalu- 
ña, siendo elegido en este cargo D. Pedro Abones, y 
los otros dos para Aragón, mereciendo la confianza Don 
Pedro Fernández de Azagra como uno de ellos. Con el 
nombre del otro no he sabido ó no he podido dar i . Como 
procurador general del reino filé nombrado el infante 
D. Sancho, conde del Rosellón. Este último acuerdo in- 
dica que, ó había mucha confianza por parte de las Cor- 
tes en la caballerosidad de D. Sancho, cuando revestían 
de un poder casi regio á uno de los que trataban de apo- 
derarse del trono, ó que D. Sancho ha sido un poco ca- 
lumniado por la historia al suponerle intenciones que 
acaso no abrigaba. Bien pudiera ser que la parcialidad 
levantada por D. Sancho fuese sólo por celos y rivali- 
dades con su hermano D. Fernando. De todos modos, 
este último infante es el único que las Cortes no eligie- 
ron para ningún cargo, y es también el único que apare- 

1 Estudios hechos con posterioridad á la primera edición de est> 
obra, me autorizan para creer que los gobernadores de Aragón fuero 
D. Pedro Abones y D. Pedro Fernández de Azagra, y el de Cataluü 
Guillen, vizconde de Cardona. 



» ' 



HISTORU DE CATALUÑA, — LIB. V, CAP, XVIII. 227 

ce con cierto carácter de pretendiente al trono. Y uso 
expresamente la palabra cierto, porque yo tengo, para 
mi^ la opinión de que lo pretendido por los dos infantes, 
tíos del rey 9 era la regencia del reino, y no el trono. 
¿Cómo se explica si no, que D. Sancho, ya que no per- 
sonalmente, al menos por la mediación de su hijo Ñuño 
Sánchez, tomase las armas para ir á libertar de manos 
de Simón de Montfort al joven principe? ¿Cómo se expli- 
ca sino, que el mismo D. Sancho y su hijo Ñuño diesen 
varios de sus castillos en rehenes al legado del Papa para 
que éste pudiese libertar á D. Jaime? i. ¿Cómo se expli- 
carían sino, las mismas palabras de D. Jaime al final 
del capitulo XI de su crónica, cuando dice textualmente 
que, hallándose en Monzón, iban á verle los del bando 
de D. Sancho y los del de D. Femando, instándole los 
de uno y otro partido y cada uno de por si, para que sa- 
liese del castillo y se declarase por los suyos, ayudán- 
doles asi con su nombre y autoridad á destruir á sus 
contrarios? ¿Qué bandos de pretendientes eran éstos 
que, intentando usurpar un trono, solicitaban para su 
partido el apoyo y la jefatura del rey cuyo reino querían 
usurpar? 

Otra de las prudentes determinaciones de las Cortes 
de Lérida, fué la de ratificar el nombramiento del maes- 
tre del Temple para custudio, preceptor y guarda del 
príncipe que acababa de ser reconocido por dominus y 
hares del reino, con encargo de llevarlo á Monzón, en 
cuyo castillo podía estar seguro y libre de los lazos que 
le tendieran los partidarios de uno y otro de los dos 
bandos. 

Recibido D. Sancho por procurador general de Ara- 
gón y Cataluña, autorizó la concordia que tuvo lugar 

1 Se halla- esta circunstancia en la Hishria del Rosdlón de Leonard, 
Pág. 42. 




228 



VÍCTOR BALAGUER 



con Navarra para que pudiesen entrar libremente los 
del un reino en el otro, y para que no se hiciesen guerra 
sin que interviniese en ella el rey D. Jaime; y celebró 
parlamento general de aragoneses en Huesca, en el que 
se decidió enviar una embajada al Sumo Pontífice^ áfin 
de que mediase en la pacificación de las discordias que 
traían revuelto el reino. Los embajadores fueron D. Pe- 
dro Abones y D. Guillen de Cervera. No dicen los ana- 
les qué efecto produjo esta embajada, pero es lo cierto 
que la preferencia dada por las Cortes de Lérida á Don 
Sancho para la regencia ó lugartenencia del reino, debió 
herir el orgullo de D. Fernando, quien hizo tomar las 
armas á sus partidarios, levantándose entonces más y 
más poderosos los bandos de ambos infantes, que baja- 
ron al campo de batalla para dirimir sus querellas. 

Familias poderosísimas de Aragón tomaron parte en 
la contienda, alistándose unas bajo la bandera de Don 
Sancho, bajo la de D. Femando otras, y entonces fué 
cuando el joven rey, que proseguía en Monzón, bajo el 
cuidado de los templarios, se vio asediado por unos y 
por otros á fin de que aceptase el partido de uno ú otro 
bando. Durante estas revueltas, que prosiguieron vivas 
más de dos años, se habla de un solo caballero como 
el único que permaneció neutral entre los hombres de 
cuenta. Fué D. Jimeno Comel, anciano ya, y á quien 
los anales llaman el más sabio y el de mayor consejo 
que había en Aragón en su tiempo. Ese no quiso to- 
mar parte en las turbaciones del reino, y permaneció 
siempre adicto al rey. 

Las parcialidades llegaron por ñn á tal punto que 
amenazaban destruir el reino, y á esto se unía la natu- 
ral impaciencia del joven monarca que, á pesar de^o 
contar más que nueve años de edad, sentíase con br 
y deseos de romper los dorados hierros de su car 
para lanzarse á figurar en el mundo político. Su am , 



I , 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB, V, CAP, XXUI. 229 

y primo el conde de Provenza había ya abandonado el 
castillo de Monzón. Los caballeros provenzales, que 
necesitaban la presencia de su joven señor para procu- 
rar también el sosiego de las cosas de aquel país, le ha- 
bían enviado un mensaje diciéndole que en determi- 
nado día tendrían dispuesta una galera en el puerto de 
Salou, y que irían á sacarlo ocultamente del castillo de 
Monzón para llevárselo á Provenza. Tuvo esto lugar 
tal como se proyectara. El día designado , después de 
haberse despedido con lágrimas en los ojos de D. Jai- 
me, el conde de Provenza -salió de Monzón en compa- 
ñía de Pedro Auger, su ayo. Llevando por solo séquito 
dos escuderos, caminaron toda la noche, pasaron dis- 
frazados por Lérida, y llegaron á la siguiente noche á 
Salou en donde les recibió la galera preparada, que en 
seguida dio la vuelta á Provenza. 

Con la partida de su primo, crecieron en D. Jai- 
me los deseos de verse libre, y ya el maestre de los tem- 
plarios no podía contener la brava impetuosidad de 
aquel niño que ansiaba comenzar su carrera de héroe. 
Consultado, pues, el caso con D. Jimeno Comel, éste 
halló medio de entenderse con los principales caballeros 
del partido de D. Femando y algunos délos de D. San- 
cho, los cuales fueron todos juntos á Monzón por el mes 
de Setiembre de 1216, y allí se vieron y confederaron. 
Asistieron á la junta, entre otros, el arzobispo de Ta- 
rragona, el obispo de Tarazona, Pedro Fernández de 
Azagra señor de Albarracín, Guillen de Cervera, el viz- 
conde de Cardona y Guillermo de Moneada. Los prela- 
dos y nobles que asistieron á esta asamblea decidieron 
tomar al rey bajo su protección, y acordaron que con- 
tinuase por el pronto D. Sancho en la gobernación del 
reino, mientras justa y debidamente gobernase 1 . 

1 Zurita, lib. II, cap. LXVIH. 



230 VÍCTOR BALAGUER . 

Muy pronto fué preciso sacar á D. Jaime del casti- 
llo. Éste advirtió un día á los ricos-hombres que «acQ- 
diesen á buscarle á Monzón , porque estaba resuelto á 
salir de allí de cualquier modo 1.» Precoz era D. Jaime 
en todo: destinábale Dios para que, niño aún, conquis- 
tase reinos. Púsole un día el maestre del Temple en 
manos de los ricos-hombres confederados, ó permitió 
que le sacasen de las suyas, que en esto no anda clara 
la crónica, y el niño rey salió del castillo para ponerse 
al frente de un escuadrón de caballeros que le esperaban 
junto al puente de Monzón, reiterándole al verle su ho- 
menaje. 

Según parece, se hizo creer al joven monarca que el 
conde D. Sancho se hallaba en Selgua esperándole al 
paso para apoderarse de su persona, y es fama que en- 
tonces, con los bríos de independencia y soberbia que 
apuntaban ya en el mozo, al par que con deseos de ha- 
cer pronto sus primeras armas, juró combatir á todo 
trance por su libertad, y, empuñando una espada, se 
puso una cota de malla que le prestó uno de sus caba- 
lleros. Fué quizá aquella la vez primera que latió uo 
corazón de nueve años bajo la férrea coraza de un gue- 
rrero. 

> Ni D. Sancho ni sus partidarios, sin embargo, se pre- 
sentaron á impedir el paso de D. Jaime , que llegó á 
Huesca sin contratiempo alguno, pasando luego de 
Huesca á Zaragoza, donde fué recibido con grandes so- 
lemnidades y ñestas, formándose en seguida un consejo 
compuesto de Sancho obispo de Zaragoza, Bernardo 
obispo de Barcelona, á quien nombró el rey su canci- 
ller, Berenguer obispo de Lérida y Roda, Amaldo viz- 
conde de Castellbó, Guerau de Cabrera, Guillermo de 
Moneada, Dalmau de Castellbisbal , Pedro Femánder 



1 Crónica de D, Jaime, cap. XIII. 



:ataluna, — LIS. V. cap. XXIV. 



de Azagra señor de Albarracin y mayordomo del reino 
de Aragón, Rodrigo de LÍ2ana, Blasco de Alagón y el 
señor de Atorella. 



CAPÍTULO XXIV. 



Cortes en Viflafrinca y en Lérida. — Servicio del bovaje.— D. Sancho 
dimite su cargo. — Confinnación de la moneda jaquesa.— Reconcilia- 
ción del rey con MoDtpeDer. — Carta del Papa al rey de Aragún.— 
Los catalanes y aragoneses se apoderan de Tolosa.— Cortes en Bar- 
celona.— Orden de Nuestra Sefiora de la Merced. — Primeros caballe- 
ro* que tomaron el hábito. — Calamidades producidas por la sequía. 
—Toma D. Jaime los castillos de Albero y de Lizana. — Sitio de Al' 
barrada. — Cortesen Huesca. — Casamiento deD. Jaime con Dofia Leo- 
nor de Castilla. — Cortes en Huesca,— Cortes en Daroca. 

(De iliS Á I22I.) 

Por disposición de su consejo, que ansiaba terminar 
cuanto antes las revueltas y turbaciones que había ori- 
ginado en el reino la minoría de D. Jaime, éste con- 
vocó á Cortes á los catalanes en Villafranca, y á los 
aragoneses en Lérida i. Tuvieron lugar en I2i7yi3i8. 
Siguiendo al analista catalán, en aquellas primeras Cor- 
tes, y no antes, filé cuando se concedió al rey el servi- 
cio del bovaje. «Era éste cierto servicio, dice Zurita, 
que se hizo en reconocimiento de los reyes, al principio 
de BU reinado, en el cual contribuían los eclesiásticos y 
las ciudades y villas del Principado de Cataluña: y 
comprendía todos los lugares desde Segre á Salsas. Pa- 

1 Fetia de la Peda. lib. XI, cap. VI,— ZuriU (Ub. II, cap. LXXI), 
dice que las Cortes se celebraron en Tarragona, á principios de Julio 
de 1218, y que de allí se partió el rey para Lérida, en donde se jun- 
taron también á Cortes catalanes y aragoneses por el mes de Setiembre. 



232 VÍCTOR BALAGUBR 

gábase este servicio por las yuntas de bueyes, de donde 
tomó el nombre, y por las cabezas del ganado mayor y 
menor, y por los bienes muebles cierta suma, la cual 
se fué variando conforme á los tiempos. Este servicio 
se concedió primero, fuera de lo acostumbrado, en tiem- 
po del rey D. Pedro, padre deste rey D. Jaime, en el 
año de M.CCXI, para la guerra contra los moros, y 
para la ida á la batalla de Úbeda, no siendo á ello obli- 
gados: y también se concedió ál mismo rey, graciosa- 
mente, cuando casó sus hermanas con Federico, rey de 
Sicilia, y con los condes de Tolosa. > 

Ante las Cortes de Lérida se presentó el infante Don 
Sancho, lugarteniente ó procurador general del reino, y 
dimitió su cargo, reconociendo al rey y prestándole ju- 
ramento de servirle fiel y lealmente. El rey recompensó 
sus servicios — y esto prueba la lealtad de D. Sancho — 
haciéndole merced del castillo y villas de Alfamén, Al- 
mudévar, Almunient, Pertusa y Lagunarrota, hasta en 
la suma de iS.ooo sueldos de renta, los cuales le dio en 
honor, según fuero de Aragón, asignándole á más 10.000 
sueldos barceloneses en las rentas de Barcelona y Villa- 
franca 1. 

Fueron convocadas también estas mismas Cortes de 
Lérida para reformar abusos y hacer observar la paz y 
tregua, y en ellas el rey confirmó la moneda jaquesa, 
que últimamente se había labrado en tiempo del rey 
D. Pedro su padre , ofreciendo y jurando que no daría 
lugar á que de nuevo se labrase otra, ni bajase ni su- 
biese de ley ni peso. 

Hallándose D. Jaime en Lérida, con motivo de las 
Cortes, escribió una carta á los doce cónsules habitan- 
tes de Montpeller, perdonándoles los agravios que tenía 
contra ellos, concediéndoles su amistad y confirmán^^ 

I Zurita, lib. n, cap. LXXI. 



TALUÑA. — LIB. V. CAP. XXIV. 233 

Parece que medió en este asunto 
Bernardo obispo de Magalona, el cual fué á Lérida de 
embajador. La historia no aclara los motivos de descon- 
tento que podían haber mediado entre el rey de Aragón 
y sus súditos de Montpeller; pero sin duda éstos habían 
tratado de sublevarse, impelidos por los partidarios de 
los hijos del segundo matrimonio de Guillermo, ó qui- 
2á también por el espíritu republicano de que no deja- 
ban de hallarse animados los habitantes de aquella 
ciudad. 

En la misma Lérida recibió D. Jaime una carta del 
papa Honorio ú Honorato III, que acababa de suceder 
á Inocencio, prohibiéndole que ni él ni sus subditos em- 
prendiesen la menor tentativa contra Simón de Mont- 
fort. Honorio recordaba á D. Jaime en esta carta las 
obligaciones que debía á la Santa Sede, tque os ha sa- 
cado, decía, de manos de los que llamabais vuestros 
enemigos, para devolveros á vuestros subditos. ■ Se 
quejaba en seguida de que de estas tierras se hubiesen 
enviado auxilios á los tolosanos, y le requería para que 
inmediatamente retirase sus tropas, guardándose de 
atacar directa ni indirectamente loa dominios poseídos 
en el condado de Tolosa en nombre de la Iglesia roma- 
na. « De otro modo, añadía, perjudicaríais tanto á la 
Iglesia romana, que nos veríamos obligados á pedir el 
apoyo de las naciones extranjeras para castigar vuestro 
reino. > Insolente amenaza que no hubiera dejado de 
contestar D. Jaime con justísima arrogancia, á tener 
lugar algunos años más tarde. 

Y, bien mirado, D. Jaime no tenía culpa de lo que 
pasaba. Después de la batalla de Muret, el conde de 
Tolosa, perdidos sus estados, hubo de emigrar, vinien- 
do por fín á refugiarse en nuestro país, donde trató de 

I Ui¡li>ritt del Languedse, tomo III, pág. 302. 



334 VÍCTOR BALAGUER 

levantar un cuerpo de tropas que le ayudasen á tecoa* 
quistar sus dominios i • No le fué difícil lograr su pro* 
pósito. En aragoneses y catalanes había un vivo deseo 
de vengar la muerte de D. Pedro y marchar contnt 
Simón de Montfort; ofrecíaseles el conde de Tolosa co- 
mo vengador^ y acudieron presurosos á alistarse bajo sa 
bandera. Los catalanes fueron particularmente los más 
decididos y los que más pronto acudieron al llamamien- 
to del conde ^, protegiendo también á éste muy parti» 
cularmente el infante D. Sancho, procurador general 
del reino á la sazón 3. £1 de Tolosa atravesó los Piri- 
neos con una aguerrida bueste catalana-aragonesa, con* 
ducida por el bizarro conde de Pallars 4, en cuya fami- 
lia parecía deber vincularse la defensa de las buenas 
causas, y comenzó una rápida y brillante campaña, ca- 
yo primer período terminó con la toma de Tolosa, que 
cayó en sus manos por sorpresa. Dueño nuevamente de 
esta ciudad su antiguo señor, reedificó sus muros y for- 
tificaciones, y, con ayuda de sus catalanes y aragone- 
ses, al propio tiempo que de la parte de sus tolosanos 
que permanecieran fieles á su causa, sostuvo on ella un 
largo sitio contra la hueste de Simón de Montfort, sitio 
fatal á este caudillo, pues que en él murió de una pe- 
drada que le destrozó la cabeza. Asi quedó vengada la 
muerte de Pedro de Aragón. El sitio de Tolosa fué con- 
tinuado por Amaury de Montfort, hijo de Simón, pero 
se vio obligado luego á levantarlo, sin que sepamos 
nosotros, pues lo callan las historias, la parte que tomó 
en la defensa de la ciudad la hueste aragonesa-catala- 
na, mandada por el conde de Pallars, aunque es de su- 
poner, fué muy principal, pues era el cuerpo de tropas 

1 IHsioria del Languedoc, tomo III, pág. 288. 

2 Feliu de la Peña, lib. XI, cap. VI. 

3 Historia del Languedoc, tomo III, pág. 302. 

4 ídem, id., pág. 299. 



CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXIV. 235 

'ilegiado del conde de Tolosa. Es lo 
dos, que las amenazas del Papa no 
Itase á los tolosanos el auxilio de los 
JO en que se hallaban las cosas, ní 
ra podido impedirlo, 
pasar D. Jaime á Barcelona, duran- 
B cierto que celebró Cortes en esta 
:ntan los Anales de Cataluña, «Con- 
tes, dicen, para el acertado gobierno 
¡stencias para la guerra contra inñe- 
ú rey el bovaje.» 

lime en Barcelona, con motivo sin 
ón de Cortes, tuvo lugar 1^ funda- 
Nuestra Señora de la Merced. Pro- 
monarca cuando aún era de corta 
asi la nobleza de sentimientos que 
ndo de su alma impacientes de dar- 
LTse con todo Ai lujo y su grandeza, 
de la milicia mercenaria! Caballé- 
azo fraternal, que la religión ben- 
i la de romper las cadenas de los 
anos que gemían en húmedas y ló- 
tenían por divisa Vincula me ma- 
el acudir solícitos á ocupar el sitio 
^os esclavos, y por deber el dedi- 
snas en todas partes para ir luego 
s de oro á las ciudades árabes y re- 
as henchidas de rescatados prisio- 

, la Virgen se apareció en sueños en 
na misma hora á Pedro Nolasco, 
cipe aragonés cuando se hallaba en 
' que luego te siguió á nuestras tie- 
: Peñafort, confesor que era del rey, 
le, incitándoles á los tres á fundar 



236 VÍCTOR BALAGUBR 

una religión para redimir cautivos, con obligación de 
que cuantos de ella formasen parte de1>ian quedarse en 
prisiones, si fuese necesario, para dejar libres y susti- 
tuir á los cautivos. Milicia que tan santo objeto se pro- 
ponía, bien podía tener ó bien podía dársele origen di- 
vino. 

La institución de la orden de Nuestra Señora de la 
Merced, tuvo solemnemente lugar el 10 de Agosto 
de 1218, en la catedral de Barcelona, siendo entonces 
obispo de esta ciudad el noble caballero Berenguer de 
Palou. Celebró éste de pontifical, predicó Raimundo de 
Peñafort, que contó la visión que tuviera el rey, Pedro 
Nolasco y él, y terminada la ceremonia religiosa, Don 
Jaime bajó de su trono y dio el hábito á Nolasco y á 
otros varios señores, pues quiso fuese orden militar para 
que entraran en ella muchos caballeros que eran de la 
congregación de la Misericordia, y habían servido con 
gran valor en guerrafs pasadas. Concedióles el obispo 
por insignia la cruz blanca del cabildo, á fin de que pu- 
dieran ostentarla en el pecho, por haberse fundado la 
orden en la santa iglesia, y el soberano colocó debajo de 
ella el escudo de sus armas. A los tres votos solemnes 
y sustanciales de todas las religiones, añadió Pedro No- 
lasco el cuarto, de redimir cautivos y quedar por ellos 
en rehenes, si la necesidad espiritual lo pidiese; y por 
este voto que dejó á la orden, obligábanse sus hijos á 
perder la libertad y exponer la vida, para que conser- 
vasen la fe los cautivos cristianos que corriesen riesgo 
de perderla. 

Catorce fueron los caballeros, todos de militar estir- 
pe, que aquel día vistieron el santo hábito. San Pedro 
Nolasco, el primero; Guillen de Bas, descendiente de 
los antiguos vizcondes de este nombre; Bernardo ¿ 
Corbera; Arnaldo de Carcasona; Ramón de Montolii 
señor del castillo de Vespella; Ramón de Moneada, é 



3E CATALUÑA.— LIB. V. CAP. XXIV. 237 

de los Moneadas; Pedro Guillen de 
go de Ossó; Ramón de Villestret; Gui- 
¡n; Hugo de Mataplana; Bernardo de 
e Solanes, y Ramón de Blanes i. ' 
ipués de esta piadosa ceremonia y fun- 
den, que debía reportar grandes bienes 
i cristiandad, D. Jaime regresó á Ara- 
e sobrevino en estos reinos una sequía 
ue, según cuentan añejas crónicas, se 
npos, se perdieron las siembras, pere- 
>s y hasta murieron de hambre muchas 

inces se halla que formaban el consejo 
arzobispo de Tarragona, D. Jimeno 
Uén de Cervera y D. Pedro Ahones. 

y ante el rey presentáronse un día 
;rín y Gil de Atrosillo, en demanda de 
). Rodrigo de Lizana, que había dete- 
preso á su castillo , en vez de retarle, 
■ Lope de Albero, pariente de aquéllos, 
e dictamen que el rey mancebo debía 
el agresor hasta libertar á D. Lope y 
esen resarcidos todos los daños que po- 
asionado, y, aceptando este dictamen, 
de doce años apenas, vistió la arma- 
lanza y, al Irente de escogida hueste, 

1 vasallo rebelde, haciendo sus prime- 
asedio del castillo de Albero, del cual 
labía apoderado D. Rodrigo de Lizana. 
lo en sucumbir, y, orgulloso con su prí- 
é el joven monarca á poner sitio á Li- 
nto se hallaba preso D, Lope. Ya este 
s dificil de tomar; que valerosamente 

«ien. 



238 VÍCTOR BALAGUER 

supo defenderlo D. Pedro Gómez, jefe de la guarnición. 
Llevaba el rey un fundibulo, con el cual, después de dis- 
parar i.5oo piedras, llegó á abrir espaciosa brecha en 
el muro, disponiéndose en seguida el asalto. A favor 
de éste, que fué muy reñido y sangriento, logró apode- 
rarse D. Jaime de la plaza, rescatando á D. Lope de 
Albero que en ella se hallaba prisionero. Tuvieron lu- 
gar estos sucesos en 1220 i. 

No hubo de terminar con esta victoria la campaña dd 
rey. D. Rodrigo de Lizana, despechado y ansioso de 
tomar venganza, fué entonces á refugiarse en los esta- 
dos del señor de Albarracín, quien, como ya sabemos, 
era un caballero que se titulaba independiente , no re- 
conociéndose vasallo sino de Santa María. Pedro Fer- 
nández de Azagra, señor de Albarracín, que antes se- 
guía la parcialidad de D. Jaime y había ayudado á 
afirmarle en el trono, declaróse entonces contra él, pres- 
tando favor y apoyo de armas á D. Rodrigo de Lizana. 
El monarca que, bien mozo aún, acababa ya de hacer 
méritos al renombre de Conquistador que debían darle 
un día la posteridad y la historia, marchó decidida- 
mente contra el de Azagra, y puso cerco á Santa Marfa 
de Albarracín. Por desgracia fué mal servido de los su- 
yos en esta nueva empresa, y amargamente se lamenta 
de ello en su propia crónica 2. Los sitiados tenían in- 
teligencias entre los sitiadores, y avisados por algunos 
de éstos, hicieron cierta noche una salida, logrando in- 
cendiar las máquinas, y matando, entre otros, á don 
Guillen de Pueyo y á D. Pelegrín Abones, que eran de 
los pocos servidores leales con quienes el rey contaba. 
«Entonces, dice D. Jaime en su historia, cuando los de 
nuestro consejo vieron que se nos había engañado y 

1 Crónica de D. Jaime, cap. XIV. — Zurita, lib. II, cap. LXXIV. 

2 Cap. XV. 



ÍTALUÑA. — LIB. V. CAP. XXIV. 239 

que éramos tan mal servidos de los nuestros, fueron de 
parecer que levantásemos el sitio, y no tuvimos más 
recurso que hacerlo, pues había dentro de la plaza tan- 
tos 6 más caballeros de los que Nos contábamos para 
sitiarla, y no teníamos siquiera quien nos acousejase en 
nuestra corta edad.* 

Después del cerco de Albarracín , tuvo el rey Cortes 
á los aragoneses en la ciudad de Huesca, proveyéndose 
en ellas, según la crónica, algunas cosas que convenían 
al buen gobierno de la tierra. Debieron tener lugar estas 
Cortes en Setiembre de 1220, aunque hay quien asegura 
que fué en Setiembre de izzi, y hubo sin duda de tra- 
tarse en ellas de las disensiones en que andaba encen- 
dido el reino, disensiones que no eran sin embargo más 
que el prólogo de las que iban á sucederse ocasionadas 
por los nobles, dispuestos siempre á ostentar su orgullo 
haciendo desprecio de la autoridad del monarca y de 
las leyes. 

Preveyendo esto seguramente, los más decididos de- 
fensores de la paz y tranquilidad del reino, habían con- 
seguido en X219 que el Papa tomase bajo su protección 
la persona del rey con el reino de Aragón, el Principa- 
do de Cataluña y el señorío de Montpeller, siendo el 
consejo real de nombramiento del Sumo PontíBce, y 
teniendo este consejo una autoridad suprema en nom- 
bre del monarca; pero todo esto era dique insuñciente 
para contener el oi^llo desmedido ylas imprudentes 
contiendas de los magnates. También con la intención 
probable de robustecer el poder de un rey mozo en de- 
masía, se trató de enlazarlo con Castilla, y se aconsejó 
á D. Jaime que tomase por esposa á Leonor, hija del 
Alfonso VIII de León y III de Castilla, y hermana de 
la reina Berenguela, madre que fué de Femando el San- 
to. D. Jaime, aun cuando sólo acababa de cumplir trece 
años, cedió sin embargo á las insinuaciones de sus con- 



240 



VÍCTOR BALAGUER 



sejeros, que acaso intentaban con este enlace alejarlos 
riesgos que de otro modo podían amenazar á su persona 
y al país. 

Los esponsales se verificaron en 6 de Febrero de 1221 
en la villa de Agreda^ á donde fué D. Jaime y á donde 
acudieron asimismo los reyes de Castilla, al par que los 
principales magnates de este último reino y de los de Ara- 
gón y Cataluña. Según costumbre, el rey señaló en arras 
á la reina las villas de Daroca, Pina, Epila, Uncastillo, 
con la ciudad de Barbastro , Tamarít de San Esteban, 
Montalván , Cervera , y las montañas de Prades y Ciu- 
rana. De Agreda pasaron los recién casados á velarse 
en Tarazona, donde el rey fué armado caballero, ciñén- 
dose por si mismo la espada que estaba sobre el altar. 
Para la celebración de este enlace no se tuvo en cuenta 
el parentesco que mediaba entre ambos consortes, como 
biznietos que eran del emperador D» Alfonso, y así fué 
que al cabo de pocos años lo anuló el Sumo Pontífice, 
de manera que la reina repudiada hubo de retirarse al 
monasterio de las Huelgas de Burgos, acabando aUi 
sus días. 

Celebrado su matrimonio, D. Jaime y Doña Leonor 
se dirigieron á Huesca, á donde nuevamente se había 
llamado á Cortes á los aragoneses, y en ellas confirmó 
el monarca por siete años, como hiciera en las de Lé- 
rida, la moneda jaquesa que el rey su padre mandara 
labrar. Fué esto por él mes de Abril 1. 

Los dos esposos anduvieron visitando las ciudades 
de Aragón y Cataluña, permaneciendo algún tiempo en 
Zaragoza, y pasando por fin á Daroca^ para donde se 
habían convocado Cortes por Marzo de 1222 ^» 



1 Zurita, Ub. n, cap. LXXVI. 

2 ídem, id. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXV. 24I 



CAPÍTULO XXV. 

D. Guerau de Cabrera se presenta al rey para prestarle homenaje por el 
condado de Urgel. — Condiciones con que se le dio el condado. ^Rom- 
pimiento entre Guillermo de Moneada y el conde del Rosellón. — El 
de Moneada entra en Rosellón. — El rey marcha contra el de Monea- 
da. — Liga entre los nobles. — Los coaligados se apoderan de la per- 
sona del rey. — Opresión del rey. — D. Jaime en Monzón y en Tortosa. 
—Fuga del rey y llamamiento á los barones del reino. — El rey moro 
de Valencia tributario de D. Jaime. — Encuentro del rey con, Pedro 
Ahones, y muerte de éste. 

(De 1222 A 1225.) 

Ya había cumplido el rey los catorce años cuandase 
reunieron las Cortes en Daroca, y finalizado había tam- 
bién el año que hubo de pasar sin tener trato íntimo con 
su esposa, á causa de su menor edad. El joven monarca 
daba ciertamente muestras de gran entereza, superior 
á sus pocos años, pero llevábanle á mal traer sus ricos- 
hombres, bulliciosos por demás y por demás soberbios. 

Hallándose en Daroca en 1222, se le presentó, para 
hacerle reverencia, dicen las crónicas, D. Guerau de 
Cabrera, que se titulaba conde de Urgel. Explicadas 
quedan ya la contienda^ que éste tuviera con el rey Don 
Pedro. Muerto éste en la batalla de Muret, el de Ca- 
brera aprovechó la menor edad de D. Jaime para vol- 
ver á tomar las armas, apoderándose de todo lo que 
pudo haber en el condado de Urgel, y se presentó en 
Daroca al rey para que, recibiéndole homenaje, le con- 
firmase con aceptarlo en la posesión de este condado. 
Sin embargo, no quedó el de Cabrera en gracia del rey 
tan cumplidamente como pensaba, ni sus negocios tan 
acertados como él quería,* pues D. Jaime no quiso por 

TOMO XI 16 



242 VÍCTOR BALAGUBR 

el pronto entender en ellos, prometiéndole que luego 
iría á Cataluña para poner mano en todo. 

Y efectivamente fué, pues por las crónicas se halla 
que estaba en Tarros, villa pequeña del condado de 
Urgel, situada entre Balaguer y Lérida, el día 21 de 
Diciembre de aquel mismo año de 1222. Allí se le pre- 
sentó de nuevo el Guerau de Cabrera como conde de 
ürgel, y oyó el rey sus pretensiones asistido por un 
consejo, que lo formaban su esposa Doña Leonor, sus 
tíos el conde D. Sancho y D. Fernando, el mayordomo 
del reino D. Artal de Luna , su primo D. Ñuño Sán- 
chez, su consejero D. Pedro Abones, y otros ricos-hom- 
bres de cuyo nombre no se hace mérito. En esta so- 
lemne audiencia perdonó D. Jaime al de Cabrera los 
hurtos, incendios y males por él y sus valedores oca- 
sionados en la pasada guerra contra el rey D. Pedro, y 
le prometió guardar todo lo que los nobles, barones y 
síndicos de universidades le habían prometido después 
de la muerte del rey su padre , que era dejarle el con- 
dado de Urgel con título de conde, pero con reserva de 
feudo al monarca, con reconocimiento de fidelidad á los 
reyes y condes de Barcelona, y con obligación de estar 
á derecho con Doña Aurembiaix ante el rey, en caso 
de pedir ella por justicia el condado i. 

Grandes acontecimientos se iban preparando entre 
tanto en el reino, comenzados por las turbaciones que 
movieron dos magnates principales, quienes levantaron 
tropas y guerrearon uno contra otro, como pudieran 
haberlo hecho dos potentados mayores é independientes. 
D. Ñuño Sánchez^ hijo del conde D- Sancho, tío del 
rey, y D. Guillermo de Moneada, vizconde de Beam 2, 

1 Monfar, Historia de los condes de Urgel, cap. LV.— Zurita, lib.^í 
cap. LXXVII. 

2 Este Guillermo de Moneada; vizconde de Bearn, de que habí 
nuestras crónicas, era hijo del Guillermo Ramón de Moneada, mata<! 



; cataluíSa.— UB. V. cap. xxv. 243 
i6n sobre un azor torzuelo, y, como 
muchas veces sucede, de tan insigniñcante origen par- 
tieron gravísimos sucesos. Trabáronse de palabra los 
dos caballeros, y el de Moneada juró vengarse con las 
armas en la mano, convirtiéndose en odio profundo la 
amistad que hasta entonces habia reinado entre ambos 
señores. Cada uno de ellos buscó en seguida auxiliares 
entre sus deudos y amigos, y la mayor parte de la no- 
bleza se dividió en dos bandos, consiguiendo D. Ñuño 
que el rey se pusiese de su parte. 

Primo era de D. Ñuño el monarca, y al saber que el 
de Moneada se disponía á correr las tierras de su rival 
y á entrar en el Rosellón, le escribió prohibiéndole todo 
acto hostil; pero la autoridad real obraba poco en el 
ánimo de aquellos turbulentos^r soberbios vasallos, y 
menos aún que en ninguno influía la palabra del rey en 
Guillermo de Moneada, que, al orgullo desmedido que 
caracterizaba á su familia, unía la firme é invencible 
voluntad de un señor independiente. El mensaje del 
monarca no consiguió otra cosa de él que hacerle ade- 
lantar sus preparativos. Partió con su hueste, atravesó 
los Pirineos, se arrojó sobre las tierras del conde Don 
Sancho y de su hijo D. Ñuño, y, después de haberse 
apoderado por asalto del castillo de Avalri, poco lejano 
de Perpiñán, marchó contra esta propia ciudad (1223). 
Los perpiñaneses tomaron las armas en bvor del hijo 
de su conde, y bajo el mando de Gisberto de Barbera, 
se avanzaron al encuentro del de Moneada, que derrotó 

M arzobispo de Tarragoni. que entri'i & suceder en el vizcondado de 
Bcaní 'por muerte sin hijo de su hermano gemelo Gastún. En la ge- 
nealogía lie la casa de Beam se llama Guillermo de Montrate y um- 
;n de Uont-Calhaa ú de Monle-Calano al que nosotros llamamos de 
Meada, y que, á pesar de ser aefior de Bcatne, (iguia en nuestros ana- 
leomo uno de los barones dcD. Jaime á quien luego, según veremos, 
ompafió á la conquista de Mallorca. 



244 VÍCTOR BALAGUER 

á Barbera haciéndole prisionero. La nueva de la atre- 
vida empresa del vizconde de Bearn , puso en conmo* 
ción á toda Cataluña, y Ramón Folch , vizconde de Car- 
dona, enemigo particular del de Moneada, se dirigió con 
numerosa hueste al Rosellón, en apoyo y auxilio de Don 
Ñuño. Por su parte, D. Jaime, viendo el desprecio que 
de su mensaje hiciera Guillermo, se apresuró á reunir 
hasta 400 caballeros de su mesnada, y, penetrando en 
Cataluña, se arrojó de improviso sobre las tierras del 
de Moneada y de sus valedores, tomándoles i3o forta- 
lezas entre torres y castillos, entre otros Cervelló, 
del cual se apoderó en trece días. Seguidamente se pre- 
sentó ante el castillo de Moneada, situado en una emi- 
nencia cerca de Barcelona, donde estaba Guillemio 
con i3o caballeros d^ los suyos, y le intimó que le 
abriese las puertas. El vizconde de Bearn respondió 
soberbiamente que no haría tal mientras el rey se lo 
pidiese al frente de una hueste, y D. Jaime, entonces, 
asentó su campamento y puso cerco á la plaza. Suce- 
dió, empero, lo mismo que en Albarracín. El secreto 
apoyo que hallaba Guillermo de Moneada en los nobles 
que acompañaban á D. Jaime y las inteligencias que 
tenía entre ellos, le proporcionaban los medios de apa- 
recer arrogante impunemente. Los mismos sitiadores 
le facilitaban víveres, le daban noticia de los movimien- 
tos, le informaban de todo; y el rey, después de tres 
meses, se vio obligado á levantar el cerco, con harto 
menoscabo de su autoridad y harto ensoberbecimiento 
de su enemigo, que tornó á emprender sus hostilidades, 
apoderándose de Tarrasa, de Serbos, y marchó sobre 
Piera, si bien no logró penetrar en esta villa. 

Ya entonces la oposición del de Moneada comenzó á 
tomar un carácter más marcado de rebeldía, y abandon 
su colorido de guerra particular para tomar el de guer 
política. Apoyada por este poderoso magnate, se fom 



\ 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXV. 245 

una liga entre todos los caballeros que querían dominar 
al rey para repartirse los honores y gobernar en nombre 
del monarca; yi como por encanto, desaparecieron en- 
tonces los motivos de odio que se tenían D. Ñuño Sán- 
chez y el de Moneada, quienes trataron y convinieron 
entre sí secretamente. Fueron arrastradas también á 
esta liga las ciudades de Zaragoza, Huesca y Jaca. Los 
jefes eran el infante D. Fernando, tío del rey, que, á 
pesar de ser abad de Montearagón, gustaba de andar en 
cabalgadas, tomar parte en rebatos y promover distur- 
bios; D. Guillermo de Moneada y D. Pedro Abones. 
Hallábase D. Jaime en Alagón, rodeado de caballe- 
ros que creía adictos á su persona, cuando recibió un 
mensaje de parte de su tío D. Fernando, del de Mon- 
eada y del de Abones, participándole que iban donde él 
estaba para ponerse á su servicio y conformarse con su 
voluntad. Acogió el rey benévolamente el mensaje, pero 
encargó á Ñuño Sánchez y á Pedro Fernández que no 
dejasen penetrar en la plaza más que á cinco caballeros 
de la compañía de aquellos barones, aposentando su 
gente en los lugares inmediatos; pero el ingrato Don 
Ñuño se había entendido ya y convenido con los de la 
liga, formaba parte de ella también, y dejó entrar en 
Alagón á más de 200 caballeros. El objeto era apode- 
rarse de la persona del rey, para que fuese un maniquí 
en sus manos y pudiesen ellos gobernar el reino á su 
antojo, bajo la ilusoria regencia del infante D. Fer- 
nando. Los jefes de la liga hablaron al rey un lenguaje 
muy reverente en apariencia y le indujeron á pasar á 
Zaragoza, donde le dijeron que podía ordenar más có- 
modamente sus negocios, estando ellos por su parte dis- 
Duestos á cumplir todo lo que les mandase. Lo que 
uerían era llevarle á Zaragoza, á donde fué, efectiva- 
nente, engañado, y en donde se encontró prisionero de 
'US barones. De tal modo le tenían preso, que pusieron 



246 VÍCTOR BALAGUBR 

guardia á su persona, y- hasta los encargados de vigi* 
larle dormían en su propia estancia y en la de la reina. 

£1 rey se quejó amargamente á varios de sus nobles, 
entre ellos á D. Pedro Abones, de la conducta que con 
él se seguia, pero nada pudo conseguir. Un día se le 
presentó Guillermo de Moneada, y le hizo prometer que 
enmendaría los daños hechos en sus tierras dándole 
20.000 morabatines, á lo cual se vio precisado á acce- 
der, lo propio que á otras muchas exigencias. Durante 
algún tiempo, D. Fernando ejerció el mando supremo 
en nombre del rey, pero no bastó á satisfacer á los no- 
bles, algunos de los cuales comenzaron á hacerle opo- 
sición. «D. Fernando, D. Guillermo de Moneada y Don 
Ñuño, dice el rey en la historia de su vida, se repartían 
entonces los honores de Aragón, y escudándose en que 
eran consejeros nuestros, hacíanlo según su antojo.t 
Como D. Jaime no dejaba de tener algunos amigos lea- 
les, intentó persuadir á la reina á que se fugasen de no- 
che por una ventana; pero no pudo reducirla á tomar 
semejante resolución, y fué necesario esperar que lucie- 
sen para ellos más serenos días. 

En 1224 parece que el rey estuvo en Monzón, siem- 
pre acompañado de sus barones carceleros, y es fama 
que allí tuvo lugar una nueva ccmfederación de mag- 
nates, so pretexto de acabar con la opresión del rey y 
atender al bien del país, pero en realidad para entrar á 
repartirse los empleos, las rentas y los honores aquéllos 
que no habían podido conseguirlo. £1 resultado fué, que 
aumentaron más aún las turbaciones del reino. De 
Monzón volvió D. Jaime á Zaragoza, donde á 14 de 
Marzo de i225 confirmó los privilegios y franquicias de 
dicha ciudad, y luego, sin saberse la razón, se trasla- 
dó á Tortosa, acompañándole en clase de consejeros 1( 
obispos de Zaragoza, de Huesca, de Lérida y de Tara 
zona; el infante D. Fernando y D. Ñuño Sánchez, De 



«.TALUÑA. — LIB. V. CAP. XXV. 247 

ia, vizconde de Bearne; D. Guí- 
>ncada, senescal de Cataluña; otro 
da, D. Pedro Fernández de Alba- 
ya reconciliado con él; D. Pedro 
>s, 

tosa, encontró el rey medio de es- 
sus ricos-hombres. Fugóse de la 
vigilancia de sus guardas, y refu- 
cercano llamado Horta, que per- 
ios, despachó desde alli cartas de 
roñes, que tenían las villas y lu- 
lonor, citándoles para Teruel, des- 
Lcer entrada en tierras de moros, 
lo que en realidad quería era ba- 
ñas huestes para infundir respeto 
íD que para ofender á los extraños, 
lamamiento real: al llegar el día 
•arecieron D. Blasco de Alagón, 
D. Ato de Foces, debiendo el rey 
:ios en aquella ocasión á un amigo 
ciudadano de Teruel, que se 11a- 
)s ó Muñoz. 

,as estuvo esperando D. Jaime la 
lombres, hasta que por fin, despe- 
ndonar á Teruel y dirigirse á Za- 
' á la jomada que contra moros 
argo, consiguió alguna ventaja á 
)to las hostilidades. Cid Abu Zeyd, 
encia, sabedor de la expedición á 
lerse D. Jaime, le envió un men- 
la tregua y ofreciéndose á pagarle 
ta parte de la renta que le produ- 
Valencia y Murcia, sacando los 
aragonés se apresuró á admitir es- 
ero DO fué sin disgusto, pues hu- 



248 VÍCTOR BALAGUER 

biera querido ganarlas espada en mano, más bien que 
deberlas al terror producido por una empresa que no 
había de realizarse 1 • 

1 Nuestros analistas y, siguiéndoles a ellos, los historiadores mo- 
dernos, cuentan esto de diverso modo. Dicen que el rey D. Jaime llegó 
á entrar en tierra de moros, y que puso sitio á Pefiíscola, cuya plaza 
resistió á todos los asaltos de los agresores, viéndose por fin el joven 
ley obligado á levantar el cerco, ya por la heroica defensa de los ene- 
migos, ya también por no haberle llegado los socorros que esperaba de 
sus magnates; pero añaden que, antes de alzar el campo, estipuló con 
los moros la tregua de que se hace mención en el texto. Yo me atrevo 
á creer que nuestros analistas han sido inducidos á error en este punto, 
y voy á dar la razón en que me apoyo. £1 cerco de Peñiscola pudo muy 
bien tener lugar por aquella época, pero es á todas luces evidente que 
no lo puso D. Jaime ni estuvo en él. No habla de ello en la historia 
que escribió de su propia vida, y es de suponer que no hubiera descui- 
dado el hacer mención de un hecho tan importante. Al contrario, dice 
en términos categóricos que no estuvo por entonces en tieira de moros, 
como puede juzgarse por los párrafos de su crónica que traslado á con- 
tinuación. Hablando de la empresa que contra los moros valencianos 
proyectó así que pudo escaparse de Tortosa, escribe con referencia á 
Pascual Muñoz: "Aprontónos cuanto necesitábamos para tres semanas; 
„mas cuando llegó el día en que debían venir á Nos los ricos-hombres 
»de Aragón, no hicieron tal, y sí solamente comparecieron D. Blasco 
„de Alagón, D. Artal de Luna y D. Ato de Foces; y viendo que no 
„ llegaban el día señalado, por su tardanza tuvimos que comemos los vi- 
„ veres qiu Juibiamos preparado para entrar en tierra de mor os. ^ Y dice 
en el mismo cap. XXIV, algunas líneas más abajo de éstas: "Pasa- 
^das las tres semanas antedichas, como habíamos consumido antes de 
„ tiempo los víveres que habían de servirnos en la cabalgada, nos sali- 
„mos de Teruel y entramos en Aragón. . Esto es terminante, pero aún 
hay más. En el siguiente cap. XXV, explica D. Jaime cómo se en- 
contró con D. Pedro Abones camino de Zaragoza, y entre las reconven- 
ciones que le dirige, le dice estas palabras: ''Os hemos esperado en Te- 
„niel más de tres semanas, pues ya sabéis que con vos y los rícos-hom- 
„bres de Aragón teníamos pensado hacer una buena cabalgada. Y la lia- 
^mamos así buena cabalgada, porque aún no habernos visto moros de gut 
»rray ¡que ojalá los hubiésemos podido ver y aquí estuvieran! Y como vo 
«faltasteis— prosigue hablando D. Jaime,— aconsejónos todo el mund 
«que, con tan pocos caballeros como teníamos en Teruel, no entrcuem 



ALUNA. — LIB. V. CAP. XXV. 249 

abandono en que le dejaran sus 
luspender una jomada que ansia- 
ba, por lo muy ganoso de gloría que se sentía, iba Don 
Jaime camino de Teruel á Zaragoza, cuando al llegar 
á la segunda aldea que se halla debajo de Calamocha; 
tropezó con una compañía de 5o á 6o caballeros, man- 
dada por D. Pedro Abones, uno de los jefes principa- 
les de la liga. Iban en cabalgada á correr por cuenta 
propia las tierras de moros. D. Jaime invitó al de Abo- 
nes á volverse con él, pero el caballero dióle por con- 
testación que tuviese á bien no retardarle en manera al- 
guna el viaje. 

— D. Pedro Abones, respondióle entonces el real 
' mancebo i , por ir una legua conmigo no perderéis gran 
tiempo. 

Accedió D. Pedro, y juntos tomaron la vuelta de Bur- 
báguena,.donde entraron en una casa que era de los 
templarios. Al llegar allí, D. Jaime reconvino agria- 
mente al de Abones, diciéndole que por él y por los su- 
yos se habla visto precisado á abandonar la empresa que 
contra los moros de Valencia proyectara, habiendo te- 
nido que aceptar por ñn la tregua con que el monarca 
valenciano le acababa de brindar. Su razonamiento ter- 
minó con la intimación al caballero de que por ningún 
motivo tratase de entrar en tierra de moros, pues sería 

.ot litrra di in^elu.. Creo, pues, bastante categórica esta dec1iiraci6n 
de D. Jaime pira poder asegurar que es un error lo del Sllio de Peliís- 

«uc). 

1 Palabras mismas del rey. En la relación de los sucesosque se cuen- 
Ui en este capitulo, he tomado por guía la propia crunica de D. Jai- 
me, sin perder por esto de vista los anales de Zurita, quien da A veces 
ponnenores que en aquélla no se hallan. 

<*) Pbk al* Dotí en U primen edicitm, y, bien medilidí, U lOslengoeD eiu 
MiUBd(,iiiiicuiuidDv«feCh.deTaariou]6DykotroaÍD8l>IireD que D. Jiime puo 
■Mo i PeMKain, apoTiuidMo en dosumeaiot jntditoi. Vilgi por lo que vilgí, ah\ 



250 VÍCTOR BALAGUER 

esto quebrantar la promesa y pacto del monarca en me- 
noscabo de la autoridad real; pero D. Pedro, con falta 
de cortesía y sobra de desenfado, replicó que él y su her- 
mano, el obispo de Zaragoza D. Sancho Abones, ha- 
bían hecho grandes gastos para tal expedición, y que por 
lo n^ismo no volverían un paso atrás hasta haber logra- 
do alguna ventaja sobre los moros. 

Encolerizóse el rey, y al ver el empeño con que sos- 
tenía el de Abones su tenacidad, le. dijo violentamente: 

— Pues no me queréis obedecer, yo quiero que seáis 
preso. 

Al oir esto, D. Pedro, faltando á la dignidad de caba- 
llero y á la misión de buen vasallo, requirió su espada; 
pero el rey se arrojó sobre él con tal ligereza y le detu- 
vo con tanta fuerza, que no le permitió acabarla de 
sacar. Y esto que era D. Jaime entonces un joven de 
sólo diez y siete años, y D. Pedro uno de los más robus- 
tos y más esforzados caballeros de su época. 

Acudieron al ruido las gentes del séquito de D. Pc- 
dro/ y viendo el lance apurado en que se hallaba su se- 
ñor, ayudáronle á desasirse de entre las manos del rey, 
de las que él no había conseguido soltarse á pesar de 
su robustez. En seguida, saliendo todos con precipita- 
ción de la casa donde había tenido lugar esta escena, 
montaron á caballo y dieron á huir hacia el castillo de 
Cutanda, que era del obispo de Zaragoza. D. Jaime, 
que á todo esto se había hallado solo y sin armas, lla- 
mó á los suyos, vistióse un perpunte y ciñóse las ar- 
mas, y montando en un caballo que le prestó un caba- 
llero, echó á^correr seguido de unos pocos tras de los 
fugitivos. 

Largo trecho corrieron unos y otros, hasta que vien- 
do D. Pedro Abones fatigado su caballo por tan la 
carrera y por el peso de sus armas, decidióse á espe 
á sus perseguidores y á hacerse fuerte en un cerro 



CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXV. «5! 

cuai snoio con 20 o 3o de los suyos. D. Jaime no tenia 
á la sazón á su lado más que dos caballeros, el de Gu- 
dar y el de Pomar; pero mirando sólo á su valor y no 
pensando más que en satisfacer su enojo, quiso acometer 
la empresa subiendo al cerro por un atajo, ínterin lle- 
gaban sus gentes que por el camino se habían retardado. 
Cuando D. Jaime estuvo ya cerca del sitio donde se 
hallaban sus contrarios, desenvainó su espada agitán- 
dola en el aire, y gritando ¡Aragón! ¡Aragón! desem- 
bocó en el cerro y se arrojó hacia ellos. A la vista del 
rey, y al nombre mágico de la patria invocado por el 
jefe de ella en tan solemne momento, todos los caballe- 
ros que con D. Pedro se hallaban le abandonaron, que- 
dando sólo con él su leal escudero Martín Pérez de Mez- 
quita, decidido como leal á seguir la suerte que cupie- 
ra á su señor. 

D. Pedro se dispuso á hacer frente á todo y á no ren- 
dirse, temiendo, como en efecto debia temerlo, todo en 
aquel acto de la cólera del monarca; defendióse, pues, 
como un león sañudo y acosado, pero cedió al impulso 
de la lanza de Sancho Martínez de Luna, sobrevenido 
en aquel entonces, que entrándole por la escotadura de 
la loriga, le penetró en el lado derecho, de cuya herida 
le faltaron luego las fuerzas, de modo que por no dar 
en tierra se abrazó al cuello del caballo. A vista de esto, 
el rey descabalgó del suyo con presteza, y abalanzán- 
dose hacia él, le recibió en sus brazos, diciéndole con 
semblante compasivo y triste: 

— En mal punto vinisteis á parar, D. Pedro Ahones; 
valla más que hubieseis creído lo que aconsejado os ha- 
bíamos. 
Acababa apenas el rey de pronunciar estas palabras, 
liando llegó D . Blasco de Alagón á todo escape, al fren- 
: de algunos caballeros que blandían sus lanzas. 
— Señor, dijo D. Blasco al rey, dejadme alancear á 



' 'J1 



252 • VÍCTOR BALAGUER 

este león$ en venganza de las demasías que os ha hecho. 

Pero entonces el clemente y generoso joven, que abri- 
gaba por el momento en su corazón tanta piedad como 
cólera había guardado antes, cubriendo con su cuerpo 
al herido caballero, contestó á D. Blasco: 

— Dios os confunda por las palabras que habláis, 
D. Blasco; y os digo ahora que antes que á D. Pedro 
Abones hiráis, tendréis que herirme á mí. 

Detuvo su intención D. Blasco al oir las nobles pa- 
labras del real mancebo, y, dejando su lanza, ayudó á 
poner al herido sobre un caballo; pero antes de llegará 
Burbáguena exhaló el último suspiro, y ya sólo cadáver 
lo llevaron al pueblo. 

Era el muerto caballero, uno de los más poderosos 
del reino: poseía la fortísima villa de Bolea, era suyo 
todo el Sobrarbe, mucha parte de Ribagorza, y su se- 
ñera feudal flotaba orgullosa y altiva en muchos casti- 
llos de la montaña. Su muerte produjo nuevos alterca- 
dos en el reino, sirviéndose de este pretexto los mal con- 
tentos para sus fines contra el rey, y siendo jefe de los 
nuevos disturbios que se ocasionaron el infante D. Fer- 
nando. A consecuencia de esto, dividiéronse todavía 
más profundamente los nobles en facciones, y una nue- 
va tempestad, creciendo terrible en el horizonte de la 
política, amagó descargar sobre el trono del joven mo- 
narca. 



HISTORIA DB CATALUSa. — LIB. V. CAP. XXVI. 253 



CAPÍTULO XXVI. 



Loj catalanes acuden en auxilio dtl rey.— Saqueo de Alcovera y bal 
del Castellar,— Cortes en Tortosa. — Toma de Ponciano y de Cell 
-.-Lo que sucedió al rey en Huesca. —Terminan los bandos. — ] 
trato de D. Jaime. — Aurenibiaix de Urgel se presenta al rey y reí 
ma el condado. — Donación de Lérida á D. Jaime.— El rey declar 
guerra á Guerau de Cabrera. — Se apodera de varios pueblos. — Ei 
en Balaguer. — Se le entrega Agraoiunt. — La condesa de Urgcl qu 
restablecida en sus eslados. 

(Db 1225 A 1228.) 

Otra vez tuvo entonces D. Jaime que hacerse fue 
oponiendo astucias contra astucias y armas contra : 
mas. Su solio llegó á bambolear en medio de toe 
aquellos choques; pero su fuerza de voluntad, su vai 
nil entusiasmo, su extraordinario ardor le sostuvien 
y si en medio de aquella deshecha tempestad, promo 
da en el país por tan opuestos bandos, otro rey hubii 
naufragado, nuestro joven monarca— si es que algí; 
vez D. Jaime llegó áser joven, — pareció crecerse en 
peligros arrostrándolos con frente enhiesta y pecho 
león, cual si tuviera el privilegio de disipar con su i 
pecto las tormentas. 

Muerto D. Pedro Abones, dirigióse el rey con 
gente al castillo de Bolea; pero ya estaba dentro de 
muros el infante D. Fernando con su hueste, y ti 
que retroceder encaminándose á Almud évar, donde p 
maneció tres semanas, para luego pasar á Pertusa, 
cuyo ponto se le unió Ramón Folch de Cardona, con 
ermano Guillermo, al frente de 6o caballeros catalán 

Ya en esto todas las ciudades de Aragón, excepto ( 
itayud, se habían alzado contra el rey, y comenzó 



254 VÍCTOR BALAGUBR 

tonces una verdadera guerra civil de sangre y extermi- 
nio. El obispo de Zaragoza D. Sancho Abones, bata- 
llador como todos los prelados de su tiempo, había 
juntado mucha gente de su parcialidad, y, en venganza 
de la muerte de su hermano , se arrojó sobre Alcovera 
tomándola y pasándola á saco y á degüello. En cambio, 
D. Blasco de Alagón y D. Artal de Lima, partidarios 
del rey, atravesaron el Ebro, y cayendo sobre una hues- 
te de zaragozanos que acampaba junto á la sierra del 
Castellar, la derrotaron por completo haciéndola' perder 
más de 300 hombres entre muertos y prisioneros. 

Si hemos de dar crédito á Feliu de la Peña 1, el rey 
nombró por general en jefe de sus tropas al vizconde 
Ramón Folch de Cardona, y debió aprovechar un claro 
que le dejaron libre las contiendas, para venirse á Tor- 
tosa,' donde convocó á Cortesa los catalanes, recibiendo 
de éstos los auxilios de armas y dinero que necesitaba 
para continuar la guerra civil de Aragón. 

La verdadera campaña comenzó con la toma de Pon- 
zano, de que se apoderó D. Jaime con auxilio del viz- 
conde de Cardona y de su gente, pasando luego á sitiar 
el castillo de Celias, que tomó también. Formaban en- 
tonces su consejo Ramón Folch de Cardona, Rodrigo 
de Lizana, Ato de Foces, Ladrón y Pedro de Pomar. 
Aconsejaron éstos al rey que se suspendiesen por unos 
días las hostilidades, ínterin Aspargo, arzobispo de Ta- 
rragona, que se ofreciera á ello, mediaba entre ambos 
partidos para llevarlos á un acomodamiento; pero todos 
los buenos deseos del noble arzobispo se estrellaron ante 
las exigencias de los del bando enemigo de D. Jaime. 

Iba, pues, á reanudarse la campaña, cuando el rey fué 
víctima de una negra traición. Se le había enviado un 
mensaje en nombre de Huesca*, rogándole que entra: 

1 Lib. XI, cap. Vn de sus Anales. 



LUNA. — LIB. V. CM». XXVt. 255 

Dta á prestarle obediencia. Cre 
yoio L>. Jaime, y se encaminó á la ciudad, con la pre 
visión de no llevar caballeros armados, siendo reci 
bido con júbilo al parecer; pero á las aclamaciones d 
su recibimiento, sucedió por la noche la gritería de lo 
amotinados que cercaron la casa en que moraba, te 
niéndole en ella como prisionero. Salió el rey de si 
posada en cuanto amaneció, y á caballo, y en la mism: 
plaza, peroró ante la turbulenta y amenazadora mu 
chedumbre que podía apenas contener el Concejo de 1. 
ciudad. Enérgicamente les habló el monarca: tYo so; 
vuestro señor natural, les dijo entre otros razonamien 
tos, y en verdad que me asombra el que deba guardar 
me de vosotros é ir tan prevenido para entrar en la 
dudades que Dios me ha dado y que mi padre me dejó 
asi como me pesa que haya de tener guerra con ellas. 
El discurso del rey promovió una reunión del Concejo 
pero el resultado fué, que se cerraron las puertas de 1; 
ciudad, se tendieron cadenas para impedir el tránsit 
por las calles, y se avisó á D. Femando y á los suyo 
que fuesen apresuradamente á Huesca donde guardaba! 
prisionero á D. Jaime. 

Éste, empero, fugóse de Huesca, como lo hiciera an 
tes de Tortosa. Mientras por su orden se comprabaí 
cameros y se abastecía el palacio de víveres, como si s 
tratase de una larga permanencia en él, se armaba d 
punta en blanco, y, al asomar las primeras sombras d 
la noche, se hacía abrir la puerta que daba al Isuela 
amenazando al llavero, y volaba á reunirse con el viz 
conde de Cardona y demás caballeros de su mesnada 
á quienes halló aterrados y fuera de sí por creerle cau- 
tivo en la ciudad. 
La presencia de ánimo de D. Jaime, su ñrmeza, su 
ironiles bríos, su aplomo y serenidad hasta en los ma 
>res peligros, consiguieron por fin hacer cesar los dis 



256 vfCTOR BALAGÜER 

turbios y disensiones , y ante el rey que empuñaba ya 
con mano ñrme el cetro, desapareció todo aquel nublado 
que se formaba sobre el trono. La sierra de Alcalá pre- 
senció un día la entrevista solemne que tuvieron Don 
Jaime y los principales de su partido con D. Feman- 
do y los magnates del suyo. Nombráronse mediado- 
res que intervinieran y arreglaran las diferencias, y en 3i 
de Marzo de 1227 fué dada sentencia arbitral por Aspa^ 
go, arzobispo de Tarragona, Berenguer, obispo de Lé* 
rida y el maestre del Temple Francisco de Montpesat, 
decidiendo las cuestiones que el rey tenía con su tío 
D. Femando, con el obispo de Zaragoza, con el vizcon- 
de de Beam, y con los varios nobles que se habían con- 
federado contra el monarca, turbando la paz de la tiemí 
con sus facciones. Por esta sentencia quedó deshecha la 
liga de los rebeldes, obligáronse éstos á portarse con el 
rey como buenos vasallos, se comprometió D. Jaime á 
tratarles como tales, y se impuso á todos la obligación 
de restituir los castillos, lugares y haciendas de que mu- 
tuamente se habían apoderado. Con tan feliz concordia 
tuvieron fín aquellos bandos que habían ensangrentado 
el reino y hecho bambolear el trono, vio D. Jaime res- 
tablecida la tranquilidad en sus estados, y, libre de estos 
sinsabores, pudo pensar seriamente en acometer las 
grandiosas empresas á que le inclinaba su ánimo levan- 
tado 1. 

Ya en esto se hallaba el rey próximo á cumplir los 
veinte años de su edad, y cuentan de él que era el me- 
jor mozo y más gallardo mancebo del orbe; cosa, en 
efecto, innegable, si se ha de dar crédito al retrato que 
de él nos hacen. «Era, -dicen, un palmo más alto que 
los demás hombres; fornido y proporcionado en todos 

1 Crónica del rey D. Jaime. — Általes de Aragón, — Anales de C 
luna. — Efemérides de Flotats. 




"■T- 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXVI. 257 

SUS miembros; el rostro lleno y colorado; la nariz larga 
y recta; la boca bien contorneada» escondiendo una den*- 
tadura tan blanca, que parecía una doble hilera de per- 
las; los ojos rasgados y negros; los cabellos rubios como 
el oro; las manos hermosas, y los pies mejores.» Así 
nos lo pintan los cronistas contemporáneos i . 

Descansando se hallaba en Lérida de las fatigas y 
cuidados en que tanto le dieran que hacer los nobles con 
sus revueltas, cuando se presentó á él, en demanda de 
justicia, por Julio de 1228, la condesa de Urgel, Doña 
Aurembiaix, hija del conde Armengol y de la condesa 
de Subirats. Acompañábala su padrastro Guillen de 
Cervera, señor de Juneda, uno de los caballeros más 
principales de Cataluña, que á la muerte del conde Ar- 
mengol se había casado con su viuda Elvira de Subi- 
rats 2. Doña Aurembiaix reclamó al rey la restitución 
de los bienes de su padre, diciéndole que, á pesar de ser 
público que ella era hija única del conde Armengol de 
Urgel, y que como tal debía ser suyo el señorío, el viz- 
conde Guerau de Cabrera se lo había usurpado, por lo 
cual pedía amparo y protección para hacer valer su 
derecho. 

1 Áquest rey en Jaciñe fo lo pus leyal hom del mon, que ell era 
major que altre hom un palm, e era molt ben format e complit de tols 
sos menbres; que ell havia molt gran cara e vermella e flamenca, el ñas 
lonch e ben dret, e gran boca e ben feyta, grans dents bellas e blancas 
que semblavan perlas, e els ulls neyres, e bells cabells rossos semblant 
de fil d'aur, e grans spatllas , e lonch cors e delgat, e'ls brassos grossos 
e ben feyts, e bellas mans e lonchs dits, e las cuxas grossas per lur me- 
sura, e los peus lonchs e ben feyts e gint calsants. £ fo molt ardit e 
prous de sas armas, valent, e larch de donar, e agradable á tota gent, e 
molt misericordiós, e hach tot son cor e sa voluntat de guerretjar ab 
sarrahins. (Crónica de Bemat Dtsclot^ eavaler.) 

2 Para todo lo que sigue referente al condado de Urgel, las fuentes 
' tan en la crónica de D. Jaime, caps. XXXIV y siguientes. — Zurita, 

►. Ü, cap. LXXXVI. — Monfar, cap. LV, y Arte de comprobar las fe- 
I», tratado de los condes de Urgel. 

TOMO XI 17 



258 



VÍCTOR BALAGUER 



D. Jaime que, al ceder el condado de Urgel á Gue- 
rau de Cabrera, se había ya reservado para el caso en 
que reclamara su derecho Doña Aurembiaix, llamó á 
sus consejeros, y de acuerdo con éstos comenzó por 
nombrar un abogado defensor á la condesa, recayendo 
la elección en Guillermo de Cásala, que era uno de los 
más famosos letrados de aquellos tiempos. La condesa, 
antes que el rey entendiera en el pleito, le hizo do- 
nación de los derechos que como condesa de Urgel te- 
nía á la ciudad de Lérida i; se comprometió á recibir 
el condado de Urgel en feudo; se obligó á dar acogida 
á los reyes de Aragón y sus gentes, así en tiempo de 
paz como de guerra, en nueve castillos del condado, 
que eran: Agramunt, Linyola, Menargues, Balaguer, 
Albesa, Pons, Oliana, Calasans y Abelda, y prometió 
no casarse sino con la expresa voluntad del rey 2. 

Nombrado ya el defensor de la condesa de Urgel, se 
emplazó á Guerau ó G^raldo de Cabrera con las tres 
citaciones de costumbre, no compareciendo á la prime- 
ra, pero haciéndolo por él á la segunda Guillermo de 
Cardona, hermano del vizconde Ramón Folch. Gui- 
llermo sostuvo, en nombre del de Cabrera , que no es- 
taba obligado á comparecer para defender unos dere- 
chos que poseía ajusto título hacía más de veinte años; 
y como Guillermo de Cásala, el defensor de la condesa, 
apoyase su demanda en razones de derecho, Guillermo 
de Cardona replicó que tales razones no eran propias 
para despojar á Guerau de su condado, dando así á en- 
tender que se defendería con las armas en la mano. 



1 La donación de la ciudad de Lérida al rey D. Jaime, hecha por 
la condesa Aurembiaíx, se halla en la crónica de los condes de Ürgd 
por Monfar, tomo I, pág. 463. 

2 En 1203, y siendo nifia, habían desposado á Dofia Aurembi 
con Alvar Pérez, hijo de D. Pedro Fernández de Castro; pero este < 
lace no llegó á efectuarse. 



ATALUtiA. — LIB. V. CAP. XXVI. «59 

la obstinación del de Cabrera, á 
ablandar no con [tápeles y con pa- 
labras, sino poT las armas, y atendido que su consejo ha- 
bía decretado que los estados de Urge!, que habian sido 
de Armengol, pertenecían de derecho y sin ningún gé- 
nero de duda á la condesa su hija y heredera, decidió 
poner á Doña Aurembiaix en posesión de su condado, 
declarando la guerra al de Cabrera. 

Comenzó D. Jaime la campaña apoderándose de Al- 
besa, á cuyo hecho de armas se siguió el de la toma de 
Menargues. En este punto se unieron á su escasa hueste 
algunas fuerzas de Aragón y Cataluña, y entonces, con 
200 caballos y i.ooo infantes, marchó sobre Linyola, 
pueblo grande del condado de Urgel , que Guerau de 
Cabrera tenia bien abastecido y muy fortificado. Pronto 
cayó Linyola en su poder, y es fama que en el asalto de 
este pueblo, D. Jaime combatió valerosamente á pie, 
confundido entre sus soldados. 

Sin detenerse en el camino de sus triunfos, fué á po- 
ner cerco á la ciudad de Balaguer, acompañado de Gui- 
llermo de Moneada, de Guillermo de Cervera, y de mu- 
thos ricos-hombres de Aragón que se le acababan de 
unir en número de 400 caballeros. La ciudad fué recia- 
mente combatida, pero esforzadamente se sostuvo al 
principio, que en ella estaban Guerau de Cabrera y Gui- 
llermo de Cardona con la flor de sus huestes. Sin em- 
bargo, los habitantes entablaron inteligencias con los 
sitiadores, y Balaguer se rindió á D. Jaime, que entró 
en la ciudad con la condesa de Urge!, restituyéndola 
asi en su casa y estado de sus padres, después de vein- 
te años que el vizconde Guerau de Cabrera la había 
echado de ella, siendo en el|acto admitida y jurada por 
ieñora, mudando los oficios y dando nuevo gobierno & 
a población. 

Por lo que toca al vizconde, se dirigió á Monmagas- 



26o VÍCTOR BALAGUER 

tre, mientras que su amigo y valedor Guillermo de Car- 
dona corría á hacerse fuerte en Agramunt. No pudo, 
empero, lograr su propósito. El pueblo estaba deseoso 
de seguir el ejemplo de Balaguer, y en cuanto vio las 
señeras de D. Jaime y el campamento real en la sierra 
del Almenar, comenzó á demostrar claramente sus de- 
seos, amotinándose contra la fuerza que mandaba el de 
Cardona, y precisando á éste á escapar de la villa á me- 
dia noche con algunos amigos. 

Asi fué como por avenencia ó á fuerza de armas se 
dominaron poco á poco los estados de Urgel, y como 
Guerau de Cabrera, echado y despojado de ellos á pun- 
ta de lanza, sin vasallos ni amigos, y en desgracia del 
rey, adoptó la resolución de entrar en la milicia del 
Temple i . En cuanto á la condesa Aurembiaix, quedó 
desde entonces restablecida en los estados que fueran 
de su padre, y, como veremos, recibió luego de mano 
del rey un esposo digno de su cuna y sus riquezas. 

Esta campaña de Urgel acabó de dar fama á D. Jai- 
me, aumentó su reputación de buen caballero y coronó 
su renombre de valiente. Sus pueblos debieron comen- 
zar á prometerse y á esperar mucho del que, caballero 
al par que monarca, abandonaba su cetro para empu- 
ñar la espada y se constituía generosamente en campeón 
del derecho y de la justicia^ Las esperanzas que conce- 
bir pudieran no tardaron en realizarse. Había llegado ya 
para D. Jaime la hora de acometer empresas de valia, 
empresas que no hallasen sólo débiles ecos en el circui- 
to del reino, sino que resonasen hasta en los confines 
más lejanos de la cristiandad absorta. Dios quiso con- 
ceder á D. Jaime lo que había ya concedido á los Beren- 

1 £1 anal de Ripoll da indicios de que el rey prendió al vizconde, " 
que éste se fugó de la prisión para hacerse templario. Qui Geraldus c 
mesy dice, á capiwne ereptus tácito intravit ordinsm milita lempli 
snortuus fmt ibi. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. XXVII. 261 

guers con respecto á Cataluña: la facultad de hacer el 
nombre de Aragón europeo. Tuvo quizá el noble y real 
mancebo la secreta convicción de que no era sólo en la 
tierra el representante de un gran pueblo^ sino también 
el enviado de la Providencia, y decidióse á llevar acabo 
la misión que le había impuesto en sus secretos desig- 
nios la mano omnipotente que le ciñera la corona. 



CAPÍTULO XXVII. 

Los almohades en Mallorca. — Lo que sucedió con dos saetías de Tarra- 
gODa. — Noble comportamiento del embajador catalán. — Reunión de 
nobles catalanes en Tarragona. — El banquete de Pedro Martell.— 
Discurso de Pedro Martell. — Los nobles proponen al rey la conquis- 
ta de Mallorca. — Palabras del rey. 

(1228.) 

Era llegada la hora de que el estandarte aragonés, el 
pendón de las barras, tremolase por fin y para siempre 
en las torres de Mallorca, realizándose la esperanza y el 
deseo predilecto de la casa de Barcelona y de Aragón. 

Al apoderarse los almohades de las islas Baleares por 
los años de izo3, no parece que se diesen mucha prisa 
en seguir las tradiciones de tolerancia de sus anteceso- 
res los almorávides. Estos, conocedores del brioso ca- 
rácter aragonés y del espíritu guerrero de esta nación, 
habían varias veces pactado treguas con los condes-re- 
yes, abriéndoles así el tráfico con las costas de África 
y con las mismas islas; pero los almohades, lejos de con- 
tinuar este provechoso ejemplo, comenzaron á irritar el 
Comercio catalán persiguiendo sus naves, y fueron cau- 
sa con sus ultrajes y desmanes de que, á comienzos del 
reinado de D. Jaime, descargase sobre la isla la tem- 



262 VÍCTOR BALAGUBR 

pestad que labró su ruina y destruyó su poderlo en ella. 
Cuenta el caballero Desclot, en su preciosa crónica i, 
que habían salido dos saetias de Tarragona á corso, y 
que, aportando á la isla de Ibiza, se encontraron con 
una tarida y una galera del emir de Mallorca que esta- 
ban allí cargando maderas de construcción para naves. 
La tripulación sarracena insultó, según parece, á la ca- 
talana; vinieron á las manos, y el resultado fué que las 
dos saetías se llevaron presa la tarida, pudiendo escapar 
á duras penas la galera. Voló ésta á dar aviso de lo acae- 
cido al emir de Mallorca Abu Yahíe el Raschid, á quien 
nuestros cronistas llaman el rey Retabohibe, y éste, en- 
colerizado, dio orden para que no se tuviese la menor 
consideración con los buques catalanes; sucediendo que 
á los pocos días se apresó una nave barcelonesa que con 
rico cargamento regresaba de Bujía, y luego otra, de 
Barcelona también, que con muchas riquezas se dirigía 
á Ceuta. Alborotóse el comercio catalán á la nueva de 
estos sucesos, y acudió al rey, que por aquel tiempo de- 
bía hallarse en los estados de Urgel haciendo guerra al 
vizconde de Cabrera. D. Jaime mandó en seguida ar- 
mar una fusta de 40 remos, y envió en ella á Mallorca 
un caballero para que obtuviese reparación del hecho 
ó amenazase al emir con las armas. E^te embajador se 
llamaba Jaime Sans ^, y cuéntase de él que cumplió 
heroicamente con su cometido. 

1 Las fuentes principales para todo lo concerniente á la conquista 
de Mallorca, están en la crónica del rey D. Jaime; en la del monje Pe- 
dro Marsilio, ampliación de aquella, y en la del caballero Bernardo Des- 
clot. A ellas be acudido indistintamente parp formar esta relaciún, es- 
crita en presencia de las tres, y también del Zurita, del Hiedes, Daioe- 
to y demás cronistas. 

2 No hay que buscar ni este nombre, ni la orguHosa respuesta q'*" 
Sans dio al emir, en la crónica de Desclot. Consta sólo en la relad 
que Marsilio pone en boca de Nufio Sánchez en el cap. XXIX de su cr 
nica. 



DE CATALUÑA. — LIS. V. CAP. XXVII. 263 

J emir y pidió que le fuesen entregadas 

las naves catalanas con los hombres y efectos en ellas 
contenidos; pero el moro le preguntó desdeñosamente 
que quién era aquel rey de Aragón en nombre del cual 
le hablaba, á lo que contestó Sans con lacónica sober- 
bia: — iHijo es de aquel D. Pedro que ganó la batalla 
de Úbeda.i De tal modo llegó esta respuesta al alma 
del emir, que hubo de hacerse violencia para no poner 
las manos en el enviado, y hasta debió amenazarle con 
la muerte, pues es fama que Sans le dijo: — iBajo vues- 
tra salvaguardia he venido, y en poder vuestro estoy; 
asi es que podéis hacer lo que se os antoje; pero no 
debiáis ciertamente hacer mofa ni fingir ignorancia acer- 
ca del nombre y soberanía de mi señqr. Si con dureza 
os be hablado, vos me habéis dado motivo para ello.» 
Valiéronle al caballero estas palabras y el derecho de 
gentes para que el moro no le matara en el acto. Des- 
pidióle manifestándole que le daría oportuna contesta- 
ción, y, según Desclot, llamó en seguida el emir á los 
mercaderes genoveses y písanos que acertaban á estar 
en la ciudad, dándoles cuenta del mensaje que de recibir 
acababa y pidiéndoles consejo. Los mercaderes, por el 
interés de excluir á los catalanes del comercio de la isla, 
le exhortaron á que les negase la satisfacción, diciéndo- 
le que era rey de poco poder el monarca aragonés. Si- 
guió el moro su consejo, y despidió al embajador con 
una terminante negativa á sus pretensiones. 

Volvióse Sans á estas tierras; dio cima D. Jaime á 
los negocios del condado de Urgel, y habiéndose reti- 
rado á descansar de la fatiga de las armas en Tarrago* 
na, fué voluntad de Dios, dice textualmente en su cró- 
nica, que á pesar de no haber convocado Cortes, con- 
curriesen á dicha ciudad la mayor parte de los nobles 
de Cataluña, entre otros Ñuño Sánchez, Guillermo de 
Moneada, el conde de Ampurías, Ramón de Moneada, 



264 VÍCTOR BALAGUBR 

Gerardo de Cervellón, Ramón Alemany, Guillermo de 
Claramunt y Bernardo de Santa Eugenia, señor de 
Torroella. 

Sucedió en esto que un rico marino, ciudadano de 
Tarragona, llamado Pedro Martell 1, convidó á comer 
un día a> rey y á todos los principales magnates de su 
corte, ofreciéndoles un suntuoso banquete 2, y al llegar 
á los postres, como desde la pieza en donde se celebra- 
ba el convite se extendía la vista por el mar, ocurrióse- 
le á varios señores preguntar á Pedro Martell qué clase 
de tierra era Mallorca y qué extensión podía tener aquel 
reino, con otras preguntas dirigidas todas á adquirir un 
conocimiento exacto de las islas Baleares. He aquí lo 
que Pedro Martell les contestó 3: 

«Tres son las islas, la mayor de las cuales es Ma- 
llorca, que tiene 3oo millas de circunferencia, y por 
esto cabalmente Mallorca es llamada, pues que en todas 



1 Dice D. José María Quadrado, en sus notas al Marsilio, que era 
Marte] ó Martell hombre rico y poderoso, nombrado varias veces en la 
crónica real como duefio y capitán de galeras, y que sin duda prestó 
con ellas grandes servicios para la expedición de Mallorca, pues en el 
repartimiento le cupieron 41 caballerías (tierras sujetas á la prestadón 
de caballo); tres alquerías en el término de Inca, en unión con Berenguer 
de Montreal; otra en Sineu, y 14 casas en la ciudad. La crónica real 
dice que Martel era cóntUre de galeras^ de lo cual, escandalizados alga- 
nos cronistas, quisieron ó creyeron leer con alguna variante, á que se 
presta algún tanto el lenguaje y el carácter de la letra, conde de Salsas, 
sin reparar en la novedad é inverosimilitud del titulo, desmentido por 
el mismo contexto. (Quadrado: traducción castellana del Marsilio. pá- 
gina 148.) 

2 De este banquete y de lo que en él sucedió no habla Desclot en 
su crónica, pero si D. Jaime y Marsilio en las suyas. 

3 Los lectores me permitirán que dé alguna extensión á todo lo 
concerniente á la conquista de Mallorca, por ser la primera de las im- 
portantes conquistas llevadas luego á cabo por la CORONA DE ABACd 
Tanto este discurso de Martell como los demás que le siguen, son de 
crónica de Marsilio, traducción castellana de Quadrado. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXVH. . 265 

SOS circunstancias es mucho más noble y excelente que 
las demás. En dirección á Cerdeña, hacia el viento que 
llaman griego los marineros^ hay otra isla sometida á 
la primera, que llaman Menorca, y dista de Mallorca 
casi 3o millas. Tiene ésta, junto al puerto que mira 
hacia la isla principal, una villa risueña y llana nom- 
brada Cindadela, y cuenta además otros grupos ó reu- 
niones de casas, y villas, y moles muy bellas con su- 
perfina ostentación edificadas. La tierra empero no es 
de sí muy abundante en trigo, sino sobremanera apro- 
piada y nutritiva para ganados así menores como ma- 
yores; tiene montañas en su interior, no muy altas, 
como las tiene Mallorca, y en una de ellas hay un cas- 
tillo muy bello y fuerte que llaman Santa Agiuda los 
sarracenos, el cual no está asentado á un lado de la 
isla, sino casi en el centro. Cuenta cuatro puertos, y son 
Cindadela, Sereyna, Fomells y Mahón, el cual, entre 
todos y sobre todos los puertos del mundo, es celebrado, 
pues tiene de largo, según pretenden algunos, casi cinco 
millas, y á cada lado encierra muchas y seguras calas 
que en otro sitio serian puertos; dos islas tiene en medio 
no muy distantes, aptas y útiles para conejos, y aguas 
no estériles, sino agradables por sus ostras y por la va- 
riedad de otros peces de aquel género, y favorables á la 
formación de la lana de nácar y de preciosas margari- 
tas. Los habitantes de esta isla abundan en carne, le- 
che y queso; de pan y vino tienen lo suficiente, pero 
poco comparado con otras tierras. 

i Está la segunda isla balear á la parte del SO., 6o 
millas lejos, y es llamada Iviza, en voz casi arábiga de- 
rivada de Ebiza, que significa seca: tiene puertos casi 
parecidos á calas, que se llaman Tagomago, Portmañ, 
Conieras y Vedra, pero este último viene á ser isla y 
hacia la tierra mayor forma ensenada á manera de 
puerto. Es Iviza muy á propósito para ganados, es se- 



^ 



266 VÍCTOR BALAGUER 

ñora de la sal, de miel tiene lo bastante, oculta minas 
de plata, cría pinares en vez de bosques, de trigo y vino 
produce alguna cosa, pez y alquitrán suministra á los 
marineros y es la única que en nuestros países se ame* 
niza con flores de alcaparras: ciérranla en el mar for 
el lado de Occidente algunas rocas, que el pueblo ape- 
llida las Puertas^ por entre las cuales se navega hada 
la villa y castillo. Elévase sobre el mar su castillo muy 
hermoso, é incluye y cierra la villa dentro de sus mu- 
ros; tiene arrabal junto á si, y hacia la llanura aquella 
hay viñas y huertos muy agradables; cerca del castillo 
hay un puertecito que cierra el islote de las Conieras,y 
donde encuentran abrigo las naves y las barcas. Fuera 
de los muros del castillo no tiene esta isla poUa- 
ciones ni villas, sino únicamente masadas ó alquerías 
de campesinos dispersas y apartadas entre sí; no está 
abastada de aguas dulces y corrientes sino en muy corta 
cantidad, ni la cierra grande altura de montañas, aun- 
que toda sea montuosa, pues no contiene más llanura 
que la de junto al castillo , deleitosa á quien la mira, y 
algunas pequeñas porciones de tierra concedidas á los ha- 
bitantes para la labranza. Tiene además esta isla otra 
junto á sí, dividida por un estrecho brazo de mar y lla- 
mada Formentera, la cual es bastante llana y á propó- 
sito para trigo. 

»La isla mayor cuenta á su lado otras dos islas: una 
que sale al encuentro á los que vienen de Cataluña, que 
tiene por nombre Dragonera, llamada así por la forma 
de dragón, que en cuanto á la cabeza, dorso y cola leda 
la disposición de la tierra y de sus montes. Ofrece puerto 
á los que entran en ella; pero en su carrera sólo un pozo 
les presenta tan profundo y peligroso, que los sedientos 
mueren de sed á su orilla: los servicios que presta 
sus ensenadas á los pescadores son engañosos; p 
mientras en ella reposan y pescan en bonancible cali 






-UB. V. CAP. XXVII. 267 

temporal, fáltales el pan, 
;en de hambre. Sin em- 
I plantó en el mar esta 
montaña sin provecho de los hombres, pues ofrece 
puerto como acabamos de decir, custodia y atalaya en 
tiempo de corsarios y de gente mala, y sirve de segura 
guarda para cabras y cerdos. No produce fruto alguno 
ni cosa alguna brota de la tierra, sino raices de palma 
silvestre, que en catalán llamamos bargwyones, y éstos 
los cría en abundancia muy lindos, gruesos y sabrosos, 
tanto que no se hallan otros parecidos en las islas Ba- 
leares, y á veces suben á cogerlos los marineros en tiem- , 
po de viento contrario, y antes de poder volver á su em- 
barcación hubieron ya algunos recibido el daño. Hay 
además otra isla, á la cual sólo las cabras han hecho 
dar el nombre de Cabrera, sita hacia la parte austral, 
inhabitable, elevada en sus montañas; suministra agua 
á pescadores y á corsarios, dista casi lomillos del punto 
más cercano de la isla mayor, no tiene ni forma puerto, 
y á veces fué ruina de los marineros procedentes del me> 
diodia y no muy prácticos en aquellas aguas. 

■Pero la isla mayor es la que llaman Mallorca, pues 
mayor es en cantidad y mayor en señorío, la cual hizo 
levantar la divina sabiduría de las profundidades de las 
olas, para que por todos lados sirviese á los navegantes 
de refugio y defensa; y por esto los hombres del arte la 
apellidan cabo de cruces, pues desde ella se puede nave- 
gar más cómodamente á cualquier punto; y los que 
vuelven de lejanos países , quebrantados de fatigas se- 
mejantes, empapados en lluvia, atormentados por bo- 
rrascas, consumidos de calor y de bochorno, y extenua- 
dos con la escasa comida , quiso Dios que en esta isla 
1 esen saciados y recreados y acudiesen á ella de buena 
I uia para consolarse de sus trabajos. Y la proveyó de 
] lertos el soberano maestro del universo para tutela y 



1 



268 



VÍCTOR BALAGÜER 



defensa de los que peligraran ó navegaran, y le di6 hada 
Levante el puerto de Alcudia; al Poniente, el de la Palo- 
mera y de Andraig; al Septentrión, el de SoUer, y hacia 
el Sur, el de Manacor, el de Porto Colom y el de Porto 
Petro. Por todas partes ofrece además muchos puertos 
pequeños, que llaman esparagols los marineros, para 
salvar buques menores. Cercan á esta isla montañas al- 
tísimas por el lado opuesto á Cataluña, y tanto se en- 
cumbran, que son muerte de los náufragos y horror de 
los' navegantes. Mas por el lado austral que mira al 
África, no son tan elevados sus montes, aunque esté 
toda cubierta de rocas; y son pedregosas aquellas alto- 
ras, inútiles para toda semilla, áridas, desnudas, sin 
utilidad, si ya no fueron dadas á los isleños para custo- 
dia y defensa de su país. 

»Y entre las muchas partes que comprende laú 
pueden contarse diez y seis; las tres montuosas, y ala 
TBÍz de los montes que se llama Rayguer, contienen pue- 
blos y villas deliciosas: allí los fructíferos olivos, allí ia 
abundancia de viñas y la abundancia y variedad de fro- 
tas, vergeles amenísimos, fuentes que por do quiera bro* 
tan; y allá, donde uno cree que encajan entre sí eleva- 
dísimos montes y que no abrigan sino espantosa soleM 
allí se esconden muy risueños valles, en arbolado fe- 
cundos, bien situados, llenos de manantiales y de fuen- 
tes, con todo deleite y pureza de aire regalados. Las 
otras trece partes son muy pobladas, llanas y apartadas 
de los montes, y muy aptas para granos ; abundan de 
trigo y cebada, escasean mucho de frutas, carecen de 
olivos, sustentan pocas viñas, son ricas en ovejas y otros 
ganados; beben sus moradores de agua de pozos,yDiU' 
chas veces de la que recogen durante las lluvias en ho- 
yos y cisternas, para que en muchas cosas se asem' 
perfectamente á los comarcanos de Urgel. 

»La ciudad empero está sentada y situada jun* 



iM«ttn 



ILUNA.— LIB. V. CAP. XXVII. 269 

lo una llanura de ra millas, de 
rodeada, amparada y guarnecida 
ia de torres, de bello antemural 
ño arrabal, pues todos los barrios 
> con tres portales y puertas de 
hierro, fortalecida con hermosísimo castillo ediñcado en 
su interior, en llano y á orilla del mar, enriquecida con 
largas y lindas calles de agradable rectitud, despejada 
por la anchura de sus plazas, deliciosa por una fuente 
que corre por medio de ella, acompañada de amenidad 
de huertos, así dentro como fuera. Tiene una muy ri- 
sueña perspectiva de mar que se extiende i5 millas, 
y la terminan dos grandes labios de roca ó cabos que 
distan uno del otro casi 20 millas. Estos dos cabos, 
contrapuestos en frente de la ciudad, forman una gran 
ensenada abundante y llena de peces, y muy provecho- 
sa para navios y para cualesquiera otras embarcaciones, 
pues en todo su fondo muerden las áncoras; asi que, 
durante la primavera y el verano, todos los barcos y 
naves se detienen y anclan delante de Ja ciudad, á una 
milla de la costa; pero al acercarse la estación de otoño, 
acógense al puerto, que dista de la ciudad dos millas y 
media y se llama Portopí, esto es, puerto del pino, pues 
habia en él un pino muy hermoso del cual tomó nom- 
bre el puerto. Fuera de dicha ciudad, hay además tres 
castillos muy fuertes, plantados y situados en altisimas 
montañas: el uno en frente de Cataluña, llamado de Po- 
Uensa; el otro, opuesto á la región del África, que se 
denomina de Santueri; otro en el interior del pais, que 
es inexpugnable y se llama Alaró, El aire en la ciudad 
es muy templado, pues en invierno apenas ó casi nun- 
ca cae nieve, y si alguna vez acontece, las gentes lo to- 
man por diversión; rarísima vez aparece hielo, y en ve- 
rano, de hora de tercia en adelante, refréscala el viento 
que llaman embate.» 



270 VÍCTOR BALAGUER 

Satisfizo la plática y alarmó el espíritu guerrero de 
cuantos nobles la escucharon, los cuales en seguida, 
yéndose todos para el rey, que se había levantado y 
apartado, así le hablaron por boca de uno de ellos: 

— «Señor, hemos preguntado á Pedro Martel acerca 
de la condición de Mallorca, y nos ha referido por me- 
nor qué especie de isla es, y cómo tiene bajo su impe- 
rio otras dos islas, y que en la primera está el rey sa- 
rraceno: y hemos, señor, recapacitado estas cosas, y 
creemos que nuestro pensamiento de Dios procede, lo 
cual, si así fuera, nadie podrá impedir la voluntad de 
Dios. Os diremos, pues, palabras halagüeñas y á Dios 
agradables, las que ya no podemos por más tiempo 
ocultaros en nuestros pechos; os aconsejamos, señor, y 
os suplicamos con todas nuestras fuerzas que os levan- 
téis con todo brío de valor y de fortaleza, y toméis al 
rey sarraceno con su isla. Ciertamente que á ello mo- 
vernos debe, en primer lugar, la honra de nuestro Señor 
Jesucristo, la cual en dicho lugar es menospreciada; 
además, debe movemos el incremento y exaltación de 
la fe cristiana; luego la adquisición ó lucro de bienes 
temporales, así para vos como para nosotros, y de se- 
guro la dilatación de vuestra fama por todo el universo. 
¡Qué noticia será aquella y qué rumor tan nuevo y pla- 
centero el que llegará á oídos de toda gente y suspenderá 
los ánimos de los fieles, que el rey de Aragón en tan 
tierna flor de su juventud para Dios y para sí haya con- 
quistado un reino, y con poderosa mano y armada haya 
penetrado en tal y tan grande isla establecida y planta- 
da por Dios en medio de las olas, y la haya combatido, 
y finalmente subyugado á su señorío, y la haya plantado 
con renuevos de cristiana católica fe! ¡Pensad, señor, 
acerca de estas cosas que Dios os dice por boca nues- 
tra; pensadlo vos, el rey, y obrad! » 

Es fama que el joven monarca acogió con placer 



E CATALUÑA. — LIB. V. CAP. JCXVin. 27I 

usiasmándose con lo glorioso y ames- 
g^o de la empresa, y que, con el semblante iodo alegría, 
respondió: 

— Gústanos sobremanera vuestro proyecto, y no será 
colpa nuestra si deja de cumplirse. 

Y allí mismo resolvió el rey congregar CorteB para 
Barcelona y para las próximas Pascuas de Navidad, dis- 
poniendo que se convocase al arzobispo de Tarragona, 
á los obispos, prelados y abades; á los nobles y á los 
procuradores de las ciudades de Cataluña, pero sin ma- 
nifestarles el objeto de su reunión. 

De estas Cortes catalanas^ importantísimas bajo mu- 
chos conceptos, voy á dar minuciosa cuenta. 



CAPÍTULO XXVIII. 



Cortes celebradas en Barcelona para resolver la empresa contra Mallor- 
ca. — Discurro del rey. — Respuesta del arzobispo de Tarragona. — 
Respuesta de Guillermo de Moneada.— Respuesta de BerenguerGirart, 
— Conferencia de los nobles con el rey.— Discurso de Guillerlno de 
Moneada. — Discurro de Nuflo Sánchez. — Discurso del conde de Am- 
purias. ^Discurso del arzobispo de Tarragona.— Discurso del obispo 
de Barcelona.— Ofertas del clero. — Ofertas de los eaballeíos. — Discur- 
so del diputado por Barcelona. — Oferta del rey. —Punto de reunión ps- 
ra emprender la conquista. — Se levanta acta para la repartición de 

(Diciembre db 1228.) 

Las Cortes se reunieron en Barcelona, y en el palacio 
de los condes-reyes, pocos días antes de las fiestas de 
Navidad de aquel mismo año de 1228. Colocados todos 
or orden, según la jerarquía de las dignidades y esta- 
lentos, apareció el rey, sentándose en su trono, y 
lieaitras todos, ansiosos de oir las palabras que iban á 



272 



VÍCTOR BALAGUER 



salir de sus labios, ñjaban en su rostro ávidas miradas, 
él les habló de esta manera: 

•Puesto que de nuestro Señor Dios proceden los Me- 
nes todos, y que sin El ni tienen provecho las palabras 
ni virtud las obras, rogamos humildemente á nuestro 
Señor Dios Jesucristo y á su madre la gloriosa Virgen, 
que iluminados con su sabiduría y ennoblecidos con su 
virtud podamos proponeros lo que hemos pensado y 
encaminar con vosotros las palabras á los hechos, de 
manera tal, que cedan en alabanza, honor y gloría dd 
Hijo y de la Madre, en exaltación de nuestro reino y 
corona, y en alegría de vuestros corazones. Grandes y 
nobles cosas son las que en el nuestro agitamos, leves 
para Dios omnipotente, pero graves y difíciles al poder 
nuestro: por lo cual invocamos principalmente á Dios 
como á promotor y favorecedor más eñcaz, y reclama- 
mos vuestra providencia y consejo. Oid, pues, todos so- 
licita y diligentemente para que podáis contestar mejor. 

«Cierto que nuestra llegada al mundo y corporal na- 
cimiento, según se ha visto y conocido, fueron objeto 
de un don de Dios especialisimo, pues teniendo conce- 
bido el rey nuestro padre odio y rencor contra la reina 
su consorte, por gran maestría humana, aunque de 
Dios inspirada, fuimos engendrados, y además, señales 
y manifestaciones muchas han sobrevenido como del 
cielo, dándonos auxilio en nuestros apuros y necesida- 
des, que parecen confirmar lo que del don de Dios ha- 
bemos dicho. Nos somos vuestro señor natural, y solos 
hemos quedado entre vosotros sin hermanos ni herma- 
nas legitimas, y sobre vosotros entramos á reinar niño 
de seis años y medio, y hallamos en pésima disposición 
á Aragón y Cataluña, y sembrada de mucha cizaña la 
tierra, vacia enteramente de paz y de unidad y de mr- 
chos delitos fautora, y de aquí resultaba que por est 
cosas y las ya de antes cometidas, corría y se derran 



TALUÑA.-rLIB. V. CAP. XXVIll, 275 

mala fama de nosotros. Asi, pues, 
n nuestra reputación no pueden ni 
podrán curarse plenamente, si no empezáis grandes 
obras á Dios y al mundo ^radables, y si no está con 
vosotros la clemencia y piedad del Señor para consu- 
marlas; entonces será esclarecida vuestra &ma, asi 
como cede la oscuridad y el aire se ilumina cuando sube 
el sol sobre la tierra. Porñad, pues, en obrar con forta- 
leza, y esforzaos en dilatare! nombre de Dios y el vues- 
tro. Deponed la vestidura abominable de la antigua in- 
famia, y levantaos todos juntos con un ánimo mismo 
para nuevas y maravillosas empresas; la cairera del 
bien os la mostramos, y grande ocasión os suministra- 
mos para que resplandezca la verdad y la virtud. 

■Ved aqui, pues, que, inspirándonos Dios, propone- 
mos ir á Mallorca, y regocijar nuestro señorío, y con- 
quistar para Dios todo aquel reino, y dilatar por todo 
el mundo nuestro nombre, y al rey de Mallorca, tan 
infiel, tan malvado, tan ominoso vecino, en virtud del 
Altísimo superar y vencer. Os pedimos, pues, en pri- 
mer lugar, por consideración á Dios, cuyo es el nego- 
cio, y en segundo, por efecto del amor natural que pro- 
fesáis á nuestra persona, que en tres cosas nos ayudéis 
con vuestro consejo y socorro. La primera con que os 
pedimos ser auxiliados es que, terminadas y apagadas 
todas las discordias y luchas, sean cuales fueren y entre 
cualesquiera personas, podamos dejar en sana paz nues- 
tra tierra mientras nos esforzamos en conquistar tierras 
extrañas; la otra cosa que os pedimos, es ser dirigidos 
y ayudados con vuestro consejo y cooperación; y la til- 
tima demanda, es el subsidio necesario para que, con el 
favor de Dios, con vosotros juntamente gocemos de la 
victoria sobre aquellos bárbaros tan deseada. Y para 
anunciaros y pediros estas cosas os hemos llamado, y 
habéis acudido á nuestras Cortes.* 



274 VÍCTOR BALAGUBR 

Al concluir el rey, tomó la palabra Aspargo, arzo- 
bispo de Tarragona i, que era pariente suyo, y se ex- 
presó en estos términos, siempre según la crónica de la 
cual copiamos estos discursos, para dejarles su sabor y 
característica sencillez: 

«Verdad es, señor, que sois joven entre nosotros, y 
que necesitáis de grande y sano consejo de los vuestros; 
y como además proponéis y declaráis que vuestra mira 
va dirigida contra el reino de Mallorca, tan arduo es y 
nos parece este negocio, que conviene tener sobre él 
grande y completa deliberación , y no decirlo con pre- 
suntuosa temeridad. Queremos, pues, deliberar, y res- 
ponder luego más discretamente, según esperamos, para 
honra de Dios y vuestra y de los vuestros.! 

Después del arzobispo, contestó por los nobles Gui- 
llermo de Moneada, y dijo: cSeñor, muy obligados es- 
tamos á dar gracias á Dios, que tal propuesta quiso 
inspiraros; pero siendo de gran nobleza la cosa de que 
se trata, es menester grande y maduro consejo, y no 
conviene precipitar decisiones, en materia en que se 
muestra el provecho, pero también muy grave dificul- 
tad. Sin embargo, en presencia de todos decimos que 
nuestro consejo será tal, cual compete á nosotros el 
darlo y á vos el recibirlo.! 

levantóse en seguida Berenguer Girart, ciudadano 
de Barcelona, y de parte de todos los procuradores y 
ciudadanos dijo: «£1 Señor de todas las cosas ha puesto 
en vuestro corazón y en vuestros labios' esa palabra 
que nos habéis dicho, y que gratisimamente hemos 
oído. ¡Oh, el reyl ¡Plegué á Dios, aquel de quien pa- 
rece derivar su principio esta empresa, que podamos 
responderos en honra suya y dirección del propuesto 

1 £n todas las crónicas se le llama el arzobispo Aspargo, y asi le 
llamé también, como se ve, en la primera edición. Su .verdadero nom- 
bre era Spargo de la Barca. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXVni. 275 

n^ocio! Tendremos 9 pues, deliberación, juntamente 
con ellos, y os contestaremos según mejor entenda- 
mos.» — ff Hágase así, respondió el arzobispo; deliberen 
aparte los prelados, aparte los nobles y aparte los ciu- 
dadanos.! A todos gustó el consejo del arzobispo, y de 
esta suerte aquel día se disolvió ó separó la asamblea. 

De estas deliberaciones por Brazos ó estamentos, y 
del plazo de tres días que éstos tomaron para contestar, 
no hablan los historiadores ni Desclot, suponiendo otor- 
gada la propuesta desde la primera sesión; pero Qua- 
drado observa, en sus notas al Marsilio, que los trámi- 
tes establecidos en las Cortes aragonesas, y la madurez 
que requería la importancia del asunto , hacen más ve- 
rosímil que la cosa pasara conforme Marsilio la refiere. 

Reuniéronse, pues, los tres brazos por separado, con 
el ñn de tener sus deliberaciones, y es fama que los no- 
bles, de quienes partiera la primera proposición de ir á 
Mallorca, temiendo que los ciudadanos ó los eclesiásti- 
cos no los secundaran con fervor, decidieron tomar otra 
vez la iniciativa, presentándose en secreto al rey, y lle- 
vando por ellos la palabra el conde de Ampurías, que 
así se expresó : 

€ Yo traigo el primero la convenida respuesta que tra- 
tan de daros vuestros nobles en día oportuno, y aquí, 
delante de todos, aunque secretamente, quiero decir mi 
^opinión sobre el hecho indicado. Si hombres había de 
buena fama en el universo, éramos ciertamente nos- 
otros, que por nuestros pecados hemos decaído de aque- 
lla fama, haciéndonos de nombre oscuro y el oprobio 
de las gentes, cuyas cosas disimulando arrastramos 
una vida llena de miserias. Nos es, por tanto, sobre- 
manera indispensable, que vos, señor rey, á quien Dios 
verdaderamente nos ha dado por señor natural , em- 
prendáis, con ayuda de Dios y nuestra, tan grandes y 
tan nobles hechos, y que acometiéndolos rápidamente 



276 VÍCTOR BALAGUBR 

los llevéis á cabo^ para que podamos recobrar el valor 
y nombradia de nobleza y probidad que ya perdimos. 
Ved aquí que ahora tenemos oportunidad de hacerlo, si 
vos, señor, juntamente con nosotros, conquistáis dicho 
reino de Mallorca, según vuestra esperanza, pues que 
maravillosa será la conquista de aquel reino, que rodea 
el mar por todos lados; con lo cual, así en el príncipe 
vencedor, como en sus gentes, se reconocerá mejor opi- 
nión, y ardimiento mayor, y más fuerte virtud, y más 
constante firmeza; y entonces se nos devolverá la glo- 
ria, con creces, de tan grandes hazañas, y se olvidará la 
pasada mengua con el acometimiento de tan gloriosa 
empresa, que en la memoria de cien años acá no tiene 
semejante. Y para hablaros más íntimamente, por 
cierto que si principiamos la grande obra, no debemos 
apartarnos de la consideración de ella; que mejor, en 
verdad, nos es el morir, y muriendo recobrar la buena 
fama que tuvimos un tiempo, y renovar en nuestras 
acciones la bondad y proezas de nuestros padres, que 
vivir en la deshonra en que estamos. Esto, pues, os di- 
go; esto ansio, esto aconsejo: que nos adelantemos á 
toda prisa á terminar el negocio; á conquistar aquel 



remo. » 



Cuentan las crónicas que estas palabras conmovieron 
á todos los circunstantes, y que hablaron en seguida 
otros nobles en el mismo sentido, alegrándose el mo- 
narca de ver en ellos aquel bélico entusiasmo. 

Con natural impaciencia esperaba Barcelona la reso- 
lución de las Cortes, que mucho ciertamente le iba en 
ella para esplendor y progreso de su comercio y mari- 
na; y esta impaciencia crecía de punto al ver que los 
brazos tenían en aquellos tres días largas y secretas s^- 
sienes, de las cuales algo, sin embargo, se traslucía, ai 
cuando se las rodease de misterio. 

Llegó por fin el día de volverse á reunir las Cortes 



iTALUÑA.— LIB. V. CAP. XXVIII, 277 

e en pie Guillermo de Moneada, el 
]ue tan cruda guerra hiciera al rey 
pero que era entonces un entusiasta 
:a manera: 

imo Dios, que todas las cosas gran- 
)ne por grados, os di6 á nosotros 
vos por vasallos para servicio vues- 
gitimo y fíel nuestro servicio si no 
tro señorío, y si no exaltáramos 
como pudiéremos, porque nuestra 
tiasta nosotros deriva y baja vues- 
ues, congruamente nos dicta la ra- 
se ocasión de ello, no debemos di- 
^ desdeñarla: por lo cual nuestro 
Lcción de conquistar el reino de Ma- 
cual nos pedís consejo, recayendo 
tara en muy mayor honra vuestra, 
! conquistarais tres reinos; y nos- 
abemos mirar por vuestro honor so- 
Y as! tocante á aquellos tres puñ- 
ales queréis contestación nuestra, 
irden de esta suerte. Primeramente, 
vuestro reino para que no encuen- 
:áculo ni dilación: estableced, pues, 
a Cataluña, y escríbase el nombre 
ncluya; y Ñuño Sánchez aquí pre- 
nde de Barcelona, entrará en esta 
r causa del gran parentesco que con 
)ara que nuestras buenas acciones 
ladas. Pero si algún otro de Catalu- 
6 la tregua, haremos de grado ó por 
las paces ó que estén á la tregua 
ya habéis cobrado una vez el bo- 
bran los reyes por derecho real, esta 
os concedemos bovaje sobre núes- 



^ 



278 VÍCTOR BALAGUBR 

tros hombres en ayuda de vuestros gastos. Pero yó por 
mí en particular os prometo y ofrezco seguiros, y ser- 
viros bien y fielmente yo y mi linaje con 400 cabaUo& 
armados, y conservarlos en vuestro servicio hasta que 
Dios os conceda la isla de Mallorca y el señorío de las 
demás islas, ni de vos nos apartaremos mientras no esté 
terminada su conquista. Ñuño Sánchez y los demás no- 
bles hablarán por sí propios y prometerán lo que Dios 
les inspire. Os rogamos^ empero, que puesto que todos 
hacemos tanto por vos en este negocio, nos deis parte 
de la conquista que con nosotros ganéis, así en muebles 
como en inmuebles, para que se perpetué en la tierra 
nuestra memoria y no se olvide en ningún tiempo nues- 
tro servicio 1.» 

En pos de él se levantó Ñuño Sánchez y dijo: «Bue> 
ñas son, oh señor, las palabras de Guillermo de Mon- 
eada, y bien y gallardamente habla por sí y por su lina- 
je; ahora yo responderé por mí. Dios, que nos crió, ha 
querido que fueseis rey y señor nuestro: y puesto que á 
Él place, debe placernos á nosotros, y á mí más y más, 
que estoy tan inmediato á vos en parentesco y que ten- 
go en vos un buen señor y amigo. Así que, si aumenta 
vuestro honor y señorío, no puedo ni debo creerme ex- 
traño, sino compañero de tal prosperidad, pues que Dios 
me ha concedido ser vuestro deudo. La obra que pro- 
yectáis emprender es muy buena: obra es de Dios; y á 
quien' con Dios obra, Dios le instruye, dirige y escuda. 

1 Algo diferente es el discurso que pone Desclot en boca del viz- 
conde de Bearn, á quien coloca en tercer lugar después del conde Ña- 
fio y del de Ampurias. En ¿1 se felicita de hallar ocasión de volverá la 
gracia y amor del rey, de que se le había privado con gran /eloma\ le 
insta á que no exponga su persona á los peligios de la jornada, y en to- 
do caso promete seguirle con loo caballeix}s y sus correspondientes peo 
nes, cuyo número conviene con el consignado en la escritura de concoi 
dia que firmaron el rey y los magnates en Tarragona. 



B CATALUÑA. — LtB. V. CAP. XXVIH. 279 

: y treguas por mí, por los míos y por 
onde mi padre me dio ó dejó de por 
>sell6n, CoDÜent y Cerdaña, y en espe- 
hIo recoger en ella el bovaje; y segui- 
¡a costa cOn ido caballeros armados i, 
lente hasta que Dios os haya entréga- 
me daréis porción en la tierra y en los 
ara los caballeros y peones que me si- 
:aleras y embarcaciones que aprestaré 
lervicio vuestro.* 

lida la palabra el conde de Ampurías, 
ntusiastas por la guerra, y habló asi: 
.ede ser bastantemente loado el viaje 
icer, siendo tan grande la utilidad de su 
: si Dios, como firmemente creemos, 
i y conquistamos ó ganamos el reino 
iéo de nosotros ó de qué manera todos 
apreciar cuánta gloría á Dios se le tri- 
qué triunfo resultará para la fe, y cuan- 
1 para las naciones que sobrevengan, y 
>bras se seguirán para los fieles en las 
das? Así que no podemos comprender 
elogiar dignamente la tal empresa. Yo 
I con 60 caballos armados y otros tan- 
aunque yo por la gracia de Dios soy 
¡as, mayor y más noble cabeza de nues- 
krmo de Moneada, señor de Bearne y 
ene de vos, y de Castelveyl que es de 
'O. Por lo que yo apruebo y confirmo 
ha dicho, y en la cuenta y número de 
s que ha prometido, entiende que va- 
60 caballeros míos, como prometidos 

;ro de gentes promete Nuío en la concordia; pero, 
i hasta ZOO, sin contar los donceles é hijos de ca- 
Elevar á este grado en el campo de batalla. 



28o VÍCTOR BALAGUfeR 

de parte del linaje nuestro. Y así como á él y á los de- 
má$ se ha prometido porción^ vos me daréis la que me 
pertenezca por mis caballos y hombres á pie que me 
siguieren, pues que todos los caballeros que ofrecemos 
nosotros y los demás, s& entiende que se presentarán y 
servirán con caballos armados.» 

Después de éstos hizo su propuesta Aspargo, arzobis- 
po de Tarragona, que era primo del rey, y dijo: «Pode- 
mos repetir las palabras que pronunció aquel Santo Si- 
meón, deseador de Nuestro Señor Jesucristo, cuando 
tuvo en sus manos á dicho Jesucristo, hijo de Dios, álos 
cuarenta días de su nacimiento , de quien habían pro- 
metido la ley y los profetas que debía aparecer tomando 
carne por nosotros. Viderunt oculi mei salutare iuum: han 
visto mis ojos tu salud. Y léese que dijo haber visto la 
salud de Dios, cuando tuvo en sus brazos á aquel Señor 
que había venido á salvar al mundo y á obrar la salud 
en medio del mundo. Nos complacemos en aplicar esta 
palabra á la presente materia, como que maravillados 
nos alegramos en nuestro Señor, y gracias y alabanzas 
le rendimos en el fondo del corazón por haber visto 
nuestros ojos la salud vuestra; y por las cosas, señor, 
que os proponéis y que tratáis de hacer, ya se os puede 
llamar salud de Dios, pues que para salud de los fieles 
y exaltación de la fe y de la Iglesia pensáis peregrinar, 
y exponeros á vos y á los vuestros; viendo lo cual nues- 
tros ojos y escuchándolo nuestros oídos, no sin razón 
nos alegramos. Por lo demás, supuesto que nos habéis 
prevenido contestar á las cosas por vos propuestas, visto 
lo que pensáis hacer y lo que pedís, decimos que todo 
ello es digno al par de alabanza divina y humana; por- 
que en ello ven nuestros ojos gran provecho vuestro, ^^ 
nuestro estado y gobierno y nuestro también, pues l 
aquí os resultará grande honra, estima y satisfacciói 
de las cuales nos hará partícipes nuestra sujeción nati 



LLUÑA. — LIB. V. CAP. XXVIII. SSl 

e negocio, que os disponéis á em- 
I nobles, tiene profundas raíces y 
s difundirá por este mundo suave 
3n la manifestación de valientes 
siglo para cuya posesión nacemos 
dardón. Rogamos, pues, á Aquel 
bienes todos, que se digne ílumi- 
blea para saludable consejo vues- 
lensa. 

L respuesta de los nobles y su ge- 
le ya obligar á inclinar mucho al 
y bien han ofrecido; cosa, señor, 
ja en vuestro corazón y encomen- 
te memoria, para que cuando con 
B Vencedor y nuevo dueño y po- 
is, os dignéis acordaros piadosa 
ros vasallos, y repartir con amor 
LS y las cosas que en ellas se en- 
rsonas que consigo habrán tr^do 
ario servicio. Nos empero, señor, 
li ejercicio de las armas, somos 
>8 dias, y no hay en Nos aptitud 
¡ante expedición y fatiga: mas de 
te de la iglesia de Tarragona, os 
indar disponer de nuestros bienes 
e ellos servicios, así como de los 
Y ayuda de tan piadoso objeto. 
Lción divina se mueven los obis- 
Etn y acuerdan seguiros personal- 
eno y agradable su propósito, y 
nos licencia de ir allende el mar. 
hijo de Dios engendrado , que 
laje humano quiso venir á este 
e nuestra, recibida de una madre 
9 y hombre verdadero, os dirija y 



282 



VÍCTOR BALAGUER 



según nuestros votos os saque glorioso vencedor, con- 
servado en cualesquiera peligros con su divina pro- 
tección 1.» 

Al terminar su discurso el arzobispo, estaba ya en pie 
el obispo de Barcelona, Berenguer de Palou, aquel mis- 
mo prelado que había tomado parte en la batalla de las 
Navas al frente de 40 ginetes y i .000 infantes, y en estos 
términos, habló: 

«Cuando Nuestro Señor Jesucristo quiso transfigu- 
rarse en el monte Tabor, en presencia de tres apóstoles, 
y manifestarles su gloría, apareciéndose allí Moisés y 
Elias; y San Pedro, no sabiendo lo que decia, deseó que 
se levantaran en el mismo sitio tres tabernáculos, oyó- 
se la voz del Padre sobre el Hijo, diciendo: Hic est fiUus 
metis dilectus in qtio mihi ben^ complacui; que significa: 
este es mi Hijo amado en el cual he tenido complacen- 
cia. Esta expresión, señor rey, os conviene muy bien 
á vos, y merecéis que Nuestro Señor Jesucristo, para el 
acrecentamiento de cuya honra tan solicito os mostráis, 
os llame su hijo á quien crió, á quien hizo rey, á quien 
durante su pasión redimió á tanta costa. Pero última- 
mente de vos, como de hijo, manifiesta haber recibido 
nuevo placer por el viaje de que tratáis, que será des- 
trucción de los enemigos de la cruz, conquista de te- 
rrestre reino, y adquisición de reino perpetuo y celestial. 
Así, pues. Yo, por mí y por la iglesia de Barcelona, os 
ofrezco y prometo 100 caballeros armados ó más, á mis 
propias expensas, que continuarán hasta que seáis due- 
ño de las islas, y os pido porción de lo que ganéis para 
aquellos que conmigo irán, y así para caballeros como 
para marineros.! 

El ofrecimiento de Berenguer de Palou fué como la 

1 Desclot especifica más los ofrecimientos del anciano arzobísp 
que, según dicho cronista, prometió ayudar á la empresa con 1.000 mai 
eos de plata, 500 cargas de trigo, 100 caballeros y 1 .000 peones. 



,ÜNA. — LIB. V. CAP. XXVm. 283 

Jesiásticos, que á porfía prome- 
íbispo de Gerona ofreció capita- 

, — abad de San Feliu de Guixols, 

cinco; el paborde de Tarragona, cuatro y una galera; el 
arcediano de Barcelona, lo y 200 infantes; el sacrista 
de Gerona, 10 y los peones que pudiese, y así otros 
miembros de la clerecía, que además ofrecieron asistir 
al rey con sus personas. 

Los magnates que estaban presentes anduvieron tam- 
bién hidalgos en las ofertas. Ramón de Moneada juró 
gastar en la demanda cuanto tenía y esperaba, y llevar 
consigo 25 caballeros; Francisco de Sanmarti y Guiller- 
mo de Cervellón, digeron que se presentarían el día de 
la partida con 100 caballeros; Ramón Berenguer de 
Ager, ofreció unir otros 25 á los de Ramón de Monea- 
da; Berenguer de Santa Eugenia y Gilaberto de Crui- 
lles, se obligaron á mandar 3o caballeros; Hugo de Ma- 
taplana y Galcerán de Pinos, 5o; 3o, Raimundo de Ale- 
many y Guillermo de Claramunt, y por el mismo orden 
otros muchos. 

Llególes por fin su vez á las ciudades, de las cuales, 
por lo que parece desprenderse, sólo Barcelona, Tarra- 
gona y Tortosa tenían diputados en aquellas Cortes. 
Levantóse de su asiento el ciudadano Pedro Groyn, y 
en nombre de la capital del Principado, pronunció el 
notable y patriótico discurso siguiente i: 

«Largo tiempo hace ya que, por culpas y pecados de 
las gentes, no han tenido nuestras ciudades ninguna 
materia de gozo ni ocasión alguna de alegría, sino que, 
convertidas casi en tristeza, por muchos años han en- 
mudecido. Este nuestro suelo de Barcelona, que es y se 
llama ciudad por excelencia sobre las restantes, de mu- 

1 Este bello discurso del dipuLido barcelonés, sólo ñgura por exten- 
so en la crónica de Uarsilio; la de D. Jaime no lo pone más que en 
exlrírto. 



284 VÍCTOR BALAGUER 

chos años acá, sólo un placer recuerda haber recibido, y 
fué cuando por primera vez se halló enriquecida con 
vuestra presencia; pero este placer no enfrenó las lágri- 
mas, antes bien les dio rienda, al ver el condado y el 
reino venido á manos de un rey niño de seis años, por 
lo cual jamás nuestra ciudad apartó de si el temor mien- 
tras tanto que vos os encontrasteis en mtoor edad, y 
nos era más preciosa vuestra vida que la nuestra pro- 
pia, como que la vida y felicidad de todos de vos pendía. 
Mas hoy cumplidamente aparecemos rebosando en ale- 
gría, y verdadero gozo inunda la ciudad toda, y no en- 
cuentra en ella ángulo alguno la tristeza, cuando el co- 
razón y las entrañas de todo ciudadano se ceban en la 
sustancia de tan gran noticia. Hoy conoce la ciudad la 
fortaleza de su señor, hoy se atrae el principe nuevo 
amor del corazón de los ciudadanos, viendo que tales 
cosas anhela, que tales cosas dispone que han de fijar 
el mundo y el cielo en el espectáculo de tan grandiosa ha- 
zaña. Hierve ya la ciudad en amor y devoción, y muche- 
dumbre perpetua de entrañables y afectuosos clamores 
subirá á los oídos del Altísimo, para que en la empresa 
principiada obtengáis el apetecido logro. Yo, de parte 
de la ciudad, os ofrezco los buques, asi navios como 
barcas, que se hallan en Barcelona para prestaros agra- 
dable servicio, conforme requiere la piedad del objeto, 
y en esta jornada nos portaremos de tal manera, que 
siempre en adelante estéis de nosotros más compla- 
cido. B 

Según la crónica real, el diputado por Barcelona ter- 
minó su discurso con esta notable frase: 

«Al hacer la ciudad este ofrecimiento, no quiere más 
recompensa que vuestra 'gratitud.» 

Otro tanto dijeron de por sí los diputados por Tai 
gona y Tortosa. Y muchas otras ciudades y villas 
Principado imitaron más tarde el ejemplo de estas t 



; CATALURA. — LIB. V. CAP. XXVIII. 285 

: Lérida, Gerona, Mantesa, Cervera, 
mea, Caldes, Montblanch, Prades, 

tsando en júbilo su corazón, agradeció 
el grande amor que á él y á la patria 
3 que él, por su parte, contribuiría á 
ivar 200 caballeros de Aragón, muy 
Sí y gentilmente arreados de buenos 
irmas; 5oo donceles, tan excelentes 
mirables infentes; cuantos sirvientes 
os fuesen menester ', y muchos inge^ 
con adiestrados ingenieros para dispo- 
los. fComo Dios me dé vida, terminó 
de uD año seremos dueños de Ma- 

Jaime su discurso, se trató de fijar el 
os debían reunirse para hacerse á la 
i, dice la crónica, en el puerto de Ta- 
' Salou , á mediados del mes de Mayo 
(en lo port de Tarragona apeylat Salou, 
maig esdevenidor sens mitjd). 
i de darse por disueltas las Cortes, se 
3or la que el rey se comprometía, en 
r suyo, y cuando el Señor se dignara 



1 decir de los Sres. Flotats y Bofarult, c 
1], eran como una especie de plebe de lo^ ejírd- 
I llamados asi todos aquellos vasallos que, sin (e- 
¿n á otros feudatarios, debían, en virtud déla 
le tes había hecho su seílor, acompaCar á ésle y 
y cabalgadas. 

bras que Desclot pone en boca de D. Jaime: "^ 
' Aragé irmit iont e valtnlt , gittl armait. 1 de bina 
\s, í D áotatllt qtá serán iims á íavall e á peus, e 
ttmi eam tatster n iauri, e apar tari mott¡ ginys, 
yathri; (jo prorait á Deu que sois q«t vitia m" 
seré patsett d Mallorcai. . 



286 



VÍCTOR BAULGUER 



hacerle dueño y dominador de las islas de Mallorca, á 
asegurar á todos y á cada uno las correspondientes por- 
ciones de la conquista, según los servicios y méritos 
por todos y cada uno contraidos; nombrándose para en- 
tender en el reparto de muebles y tierras al obispo de 
Barcelona, al conde Ñuño Sánchez, al de Ampurias, á 
los vizcondes de Bearn y de Cardona, y á Guillermo 
de Cervera. 

A continuación de esto , avanzan los nobles por su 
orden, y juran uno á uno sobre los Santos^ Evangelios, 
hallarse con sus compañeros en el puerto de Salou el 
primer día de Mayo para acompañar al rey en su viaje 
y servirle fielmente; acércanse en pos de ellos los pre- 
lados, y, quitándose los bonetes, puestos delante de los 
Evangelios y mentalmente tocados, confirman á la vez 
el servicio y el embarque; llega, por fin, á los ciudada- 
nos el turno de su juramento, que prestan entusiastas; 
y se estremece el palacio á las voces de alegría que 
brotan de todos los labios, y todo es fiesta y algazara 
y regocijo, y, en medio del general contentamiento, di- 
suélvense aquellas tan solemnes como memorables Cor- 
tes, después de haber dado el primer paso para la fu- 
tura inmarcesible gloría de la Corona db Aragón. 



JLO XXIX. 



— Preparativos para la jomada de Ma- 
— Los nobles aragoneses intentan vana- 
lición al rey. — El rey y los suyos toman 
estronado de Valencia. — Sentenda de 
Dofia Leonor. —RectificaciÓD del cón- 
:diciún sale de los puertos de Satou, Ta- 



>ETIEMBItE DE 1229,) 

saba el palacio se comunicó 
,, que pw las calles y plazas es- 
ultado de las Cortes. Aquella 
[listas, Barcelona bullia en en- 
trojo de Marsilio, que copio á 
simo, y cuadro realmente ini- 
lelicado: 

posada, dice, lleno de noticias 
entera bulle en nuevos rumo- 
asistido, preguntaban por las 
ado la asamblea y lo ordenado 
ian de allá no pueden detenida- 
e por remate á todos gritan: 
lOra seat ¡A Mallorca! Y en se- 
rece asentir al viaje; y las ca- 
alesquiera avíos necesarios, y 
como ofensivas, y de mujeres 
eras, velas y diferentes arreos, 
:aballos. Pierde el sosiego toda 
gazara se ocupan y maniobran 
ibaja lo nuevo, allí se remienda 



^ 



288 VÍCTOR BA LAGUER 



lo gastado, acá se elige á los más fuertes, allá se distri- 
buyen por oficios los elegidos. Y no queda la infancia 
sin participación de este contento; pues júntanse los ni- 
ños, y toman vestiduras por adargas y cañas por picas, 
y buscan sitio para pelear, y unos trabajan fingidamente 
en defender á Mallorca, otros se esfuerzan en comba- 
tirla, y se da á los cristianos el triunfo, vencidos varo- 
nilmente sus contrarios; asi que los juegos de la infantil 
edad son mensaje y pronóstico de la verdadera alegría; 
y en tanto que obra así puerilmente, arranca multipK- 
cados suspiros á los previsores que temen las varias 7 
acostumbradas vicisitudes de los combates y sus riesgos 
imprevistos, y ruegan que asi suceda como lo represen- 
tan á su talante los muchachos en el seno de la paz i.> 

La decisión de las Cortes fué solemnizada en Barce- 
lona con notables fiestas religiosas, cívicas y militares, 
de que nos habla Desclot, ya que no Marsilio ni la cró- 
nica real. Siendo al día siguiente Noche buena ó víspera 
de Navidad, acudieron á palacio nobles, prelados y ciu- 
dadanos y, acompañando al rey, marcharon á la iglesia 
catedral, que estaba brillantemente iluminada y no po- 
día contener el gentío que la inundaba. Allí pasaron en 
vela la noche el rey, la corte y el pueblo, pidiendo á 
Dios protección y ayuda para la jornada de Mallorca, 
y oídos maitines y la misa matinal, fuéronse á descan- 
sar un poco para luego asistirá un espléndido banquete 
con que los obsequió D. Jaime. Hubo aquellos días jue- 
gos y regocijos caballerescos y populares, y justas y 
torneos, irradiando á los semblantes de todos el entu- 
siasmo que hervía en el corazón; que era la expedición 
á Mallorca altamente popular en Barcelona. 

Con una actividad de que realmente no había ejem- 
plo en sus anales, comenzaron en Barcelona los apr^^' 

1 Traducción de Quadrado. 



-ALUNA. — LIB. V. CAP. XJUX. 289 

ntes de partir el rey para Lérida, 
legamans, ciudadano barcelonés 

de mar, y dióle órdenes para la 
is y otros buques de batalla, al 

tandas, leños y otras naves de 

ido ya el 1229, partió D. Jaime 
lió á Juan, cardenal titulado de 
¡nviado á España por el Papa, á 
^ón, Ribagorzay Pallars, y tam- 
í, á Cid Abu ¿cyd Almanzor que, 
1 revueltas civiles en que andaban 

ser arrojado del trono de Valen- 
ira Abu Djomail Ebn Mordanich. 
labía procurado ya anteriormente 
e, venía á pedirle que le ayudase 
uro metiendo en cambio hacerse 
tragones, al decir de las crónicas, 
u^lenal de Santa Sabina, había 
¡nviado por el Papa para enten- 
ey y de su esposa Doña Leonor 
to á los barones de Aragón, ha- 
i invitados por D. Jaime para 
intra Mallorca. Ni los ricos-hom- 

ciudadanos de Lérida eran en- 
»cpedición, y es lama que habían 
iplicándole influyese en el ánimo 
mbiar de propósito. Todo lo que 
en Barcelona y en la costa, era 

r con toda su corte á los maitines de la ca- 
Ramún de Ptegamans, de la ida de D. Jai- 
<n el cardenal de Sania Sabina y la asam- 
invocados tos de la ciudad y los licos-hom- 
la menor palabra la crúnica real, dí la de 
lesclot, A Zurita 7 á los demás cronistas. 
19 



^ 



290 VÍCTOR BALAGUER 

impopular en Aragón, á cuyos pueblos más les conve- 
nía ciertamente acometer á Valencia; que de los moros 
de Valencia recibían daños continuos, mientras que 
ninguno recibían de los baleares. Las tentativas de los 
aragoneses y del cardenal hallaron inflexible á Don 
Jaime. Se cuenta que éste habló de su empresa con 
tanto brío, con tanto entusiasmo y con tanta convic- 
ción de buen éxito^ que el cardenal de Santa Sabina, 
convencido á su vez y ganado por el entusiasmo del 
monarca, no pudo menos de exclamar: — « ¡Hijo! la idea 
de semejante empresa, no de vos, que tan joven sois, 
sino de Dios procede, el cual os la inspiró y os ha envia- 
do su gracia; y ya que es así, ¡plazca á Dios que podáis 
llevarla tan á feliz término como vuestro corazón desea! • 
Convocó D. Jaime á parlamento á eclesiásticos, ba- 
rones y ciudadanos, y les expuso su idea, diciéndoles 
como para vengar los muchos agravios recibidos, y pa- 
ra gloria de sus armas y de* la cristiandad, había ded- 
dido acometer la empresa contra Mallorca. Los arago- 
neses y los leridanos le hicieron entonces presente que, 
antes que á Mallorca, convenía tomar á Valencia, y que 
si esta jornada emprendía en lugar de aquélla, podía 
contar con que ellos harían cuanto les mandase, sirvién- 
dole gustosos con sus personas, vasallos, caballos y ar- 
mas; mas de ninguna manera en lo de Mallorca, de lo 
cual ni se curaban ni deseaban. — «No por cierto, con- 
testó entonces el monarca; no seré yo quien abandone 
la empresa de conquistar Mallorca, que jurado lo he, 
y no romperé jamás mi juramento. Quien seguirme quie- 
ra, cumplirá con su deber y me tendrá á mí por su ami- 
go; quien no, recibirá su condigno premio 1.» 

1 Sin embargo, los de L¿rida debieron contribuir más tarde á 1» 
expedición, imitando el ejemplo de otras ciudades, pues en el rep. 
miento se hallan continuados por 198 caballerías y obtuvieron l( 
querías en varios términos de la isla. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V, CAP. XÍIX. 29 1 

Estas fueron las palabras del rey, según Desclot, y 
en seguida, cogiendo un pedazo de cordón, doblólo á 
manera de cruz y pidió al cardenal que se la cosiese al 
hombro. Hízolo el cardenal, dióle su bendición, y con- 
cedió grandes indulgencias á cuantos le acompañasen y 
ayudasen. Por aquel acto la empresa tomó el carácter 
de cruzada, apresurándose á recibir la cruz de manos 
del legado pontificio, el obispo de Barcelona y cuantos 
habían ido á Lérida en la comitiva real. 

Firme D. Jaime en su propósito, disolvió la asam- 
blea de Lérida y pasó á Aragón para apercibir su gentQ 
y llevarse á cuantos quisieran seguirle cumpliendo cmi su 
deber y como él mismo había dicho. Mientras tanto, los 
caballeros y eclesiásticos catalanes se volvieron para 
sus estados, y se cuenta que, al llegar el obispo de Bar- 
celona á un pueblo llamado Querol, se encontró con 
Guillermo de Moneada y muchos caballeros, todos los 
cuales, al verle con la cruz, quisieron cruzarse igual- 
mente, recibiéndola de manos del obispo y regresando 
juntos á Barcelona, donde aplicaron nuevo fuego al del 
entusiasmo general, con sólo presentarse luciendo en el 
hombro el signo de la redención. 

A principios de Abril, estaba D. Jaime en Calatayud 
con el legado del Papa y con Abu Zeyd, el destronado 
monarca de Valencia i, y allí fué donde cerró con este 
príncipe moro una alianza ofensiva, para cuya seguri- 
dad se dieron mutuamente varias fortalezas y rehenes. 
Hábilmente político se mostró en esta ocasión el mo- 
narca aragonés. Esta alianza debió hacerle conseguir 
tres importantes resultados; i.° Que Abu Zeyd, con el 
favor de D. Jaime, comenzaselaguerra contra el rey mo- 
ro de Valencia, empezando á abrirle camino para cuan- 
do él se decidiese á emprenderla por sí. 2.^ Que losara- 

1 Zurita, lib. III, cap. II. 



292 



VÍCTOR BALAGUER 



goneses, descontentos por la empresa de las Baleares, 
se tranquilizasen algo al ver que también, aunque de un 
modo indirecto, se empezaba la guerra contra Valen- 
cia. Y 3.** Que Djomail, el usurpador del trono valencia- 
no, no pudiese prestar auxilio de armas al emir de Ma- 
llorca, ocupado como se hallaría en apagar en su pro* 
pia casa el fuego que en ella encendiesen Abu Zeyá y 
los suyos. Y realmente fué asi. Desde aquel mismo 
instante, á juzgar por lo que dice Zurita, mientras Dod 
Jaime emprendía su expedición contra Mallorca , Ato 
Zeyd, con el favor del rey, de D. Pedro Fernández de 
Azagra señor de Albarracín, de D. Blasco de Alagón 
y de otros caballeros naturales y vasallos de D. Jaime, 
comenzó la guerra de Valencia, entrando en sus tie- 
rras y apoderándose de varios castillos. 

De Calatayud, en donde, á más de la alianza citada, 
puso sin duda término á sus aprestos militares, pasód 
rey á Tarazona. Para este punto había citado y man- 
dado congregar el cardenal de Santa Sabina á varios de 
los prelados más insignes en santidad y en letras, ai ob- 
jeto de entender en el asunto del divorcio del rey. Asis- 
tieron á este concilio, según Zurita, Rodrigo arzobispo 
de Toledo, Aspargo arzobispo de Tarragona, y los 
obispos de Burgos, Calahorra, Segovia, Sigüenza, Os- 
ma, Lérida, Huesca, Tarazona y Bayona. La senten- 
cia que se leyó al rey y á la reina fué de que quedaba 
nulo el matrimonio, en razón del parentesco que me- 
diaba entre los consortes, por ser ambos biznietos dd 
emperador D. Alfonso VIII de Castilla y de León, y 
de haber casado sin la correspondiente licencia de la 
Iglesia; declarándose, sin embargo, legítimo, y pudien- 
do por lo mismo suceder en el trono, al hijo llamado Al- 
fonso, que había nacido de este enlace U 



1 Zurita, lib. III, cap. HI. Este hijo de D. Jaime y Dofia .' 



CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXIX. 293 

livorcio tuvo lugar á ñnes de Abril, y 
ó D. Jaime para Cataluña, llegando 
' de Mayo, que era el día señalado; 
aliaban aún reunidas las fuerzas ni 
£ naves, fué preciso aguardar hasta 
>re. Durante los cuatro meses que 
en Tarragona, ratiñcóse en esta ciu- 
lebrado en Barcelona, y aun se mo- 
us cláusulas, pues que habiéndose 
- de la jornada los caballeros templa- 
ríos, con quienes al principio no se había contado, se 
nombró, como otro de los que debían cuidar del re- 
partimiento de la isla, al fraile Bernardo de Champaos, 
comendador de Mirabete i. 

En un manuscrito que existia en Poblet, constaba 
que también, durante estos cuatro meses, por el de 
Agosto, había hecho D, Jaime un viaje al citado mo- 
nasterio, á ñn de rogar á la Virgen que patrocinase la 
empresa, añadiéndose que allí se bendijeron las bande- 
ras y estandartes. 

Llegó, por ñn, el día de la partida. Los albores 
matinales del miércoles 5 de Setiembre, sorprendieron 
á multitud de naves balanceándose en las aguas del 

ñor, cuyo nombre era, erectivameote, Alfonso, habk üdo ya jurado en 
Lérida como sucesor al trono, probablemente en unas Cortes de que 
DO hablan tos anales. D. Jaime le declarfi legitimo y sucesor suyo 
ante el concilio de Tarragona, y antes de que éste diera su sentencia; 
pero, según Zurita, hizo la declaración de que Alfonso le sucedería en 
«1 trono de Aragón, mientras que los demás hijos que pudiese tener de 
otra esposa reinarían en CataluSa; " lo que equivalía, aflade Ortiz de la 
Vega al llegar á este punto, á destruir en una hora de ceguedad la obra 
mis bella de sus antepasados.. Más adelante tendremos ocasión de ha- 
blar acerca de esta declaración y propósito de D. Jaime, que no llegó, 
sin embargo . á efectuarse , por haber muerto Alfonso anles que su 

1 Piferrer: Mallorca, pí^. 4 1 . . 



294 VÍCTOR BALAGUBR 

gran puerto y de las playas i; las flámulas y gallardetes 
ondeaban azotados por el viento en lo alto de los más- 
tiles; las trompetas tocaban á partir; la hermosa é in- 
mensa playa de Ssdou, teatro un día del desembarque 
de los Scipiones^ se estremecía al choque de las armas 
y al paso de las huestes; la alegría brillaba en todos los 
rostros y moraba la esperanza en todos los corazones; 
la multitud acudía á presenciar la imponente escena 
que iba á tener lugar en aquella playa, tan hermosa 
por la historia como bella por la naturaleza. 

Las naves, formando tres divisiones, anclaban ante 
Tarragona y ante Cambrils, pero la mayor parte en Sa- 
lón. Había aS buques mayores, i8 taridas, 12 galeras, 
100 entre galeotas y trabuces y muchos leños inferio- 
res. El rey llegó con su hueste aragonesa capitaneada 
por D. Pedro de Maza, el conde de Carroz, D* Jimeno 
de Urrea, D. Pedro Cornel, D. Lope Jiménez de Lue- 
sia y D. Pedro Pomar. El obispo de Barcelona, Beren- 
guer de Palou, marchaba al frente de sus tercios, délos 
cuales nombrara caudillos á su primo Guillermo de Mon- 
eada y á los caballeros Ramón de Solsona, Ramón de 
Montanyá y Arnaldo Desvilar; el conde del Rosellón, 
Ñuño Sánchez, compareció mandando lucidas compa- 
ñías, cuyos jefes eran Vifredo de Rocaberti, Olivier de 
Termens, Ramón de Canet, Gisperto de Barbera, Ra- 
món de Vemet, P. A. de Barbera, Bernardo Spanyol, 
Bernardo Olives, Bernardo de Montesquiu, Castellán 
Royz y dos nobles barones de Castilla (dos honráis ba- 
rom de Castella, dice Desclot); Guillermo de Moneada, 
vizconde de Beam, llevaba por capitanes y compañe- 
ros á Guillen de Santmartí, Guillen de Cervelló, Ramón 
Alamany, Guillen de Claramunt, Hugo de Mataplanai 



1 Marsilio llama gran puerto á Salou, y playas á los de Tarrag 
y Cambyils. 



CATALUÑA.— LIB. V. CAP. XXIX. 295 

ms, Ramón de Belloch, Bernardo de 
de Pallafols y Berenguer de Santa 
; éstos, ibao los demás nobles y ecle- 
ntes; el conde Hugo de Ampurías, 
i Berenguer de Cabanellas, el arce- 
Bernardo de Villagrana, el sacrista 
Pedro de Centellas, el sacrista ge- 
I de Montgrí, el paborde de Tarra- 
itmartí, las ciudades con sus contin- 
caballeros voluntarios aragoneses, 
es, italianos, genoveses, marselle- 
irboneses y guíaneses, componiendo 
15.000 infantes y 2.000 caballos i. 
la gente; hubo consejo con los prín- 
embarcaciones, y dispuso el rey el 
a de navegar la armada. La nave del 
let, en la cual iba Guillermo de Mon- 
r la marcha, cerrándola la en que iba 
el conde Carroz; estas dos galeras debían por la noche 
enarbolar un farol cada una como guia; en el centro iría 
todo el convoy de las naves como tandas, brises, leños 
y demás transportes; y por fin, las galeras se reparti- 
rían por entrambos lados de manera que con ellas hu- 
biese de tropezar cualquiera embarcación enemiga. Por 
lo que toca á D. Jaime, se quedó el postrero de todos, 
subiendo á la galera de Montpeller, teniendo así ocasión 
de recoger en barcas más de i.ooo hombres quedesea- 

I Quince mil infantes y 1.5O0 caballos, dicen Miedcs, Zurita, Ma- 
riana y todos los autores siguiendo á éstos; pero la hueste debia ser 
mucho mayor, pues en el cómputo de aquéllos no entran las milicias 
de ¡as ciudades y villas. Sólo la ciudad de Marsella debió enviar muchos 
■uiilioa, pues Kgura en segundo lugar en el repartioüetilo de la isla con 
el título de Hmibreí dt Manella. Tocaroik á Barcelona en el reparto i 
razÓD de H77 caballerías y media, á los hombres de Marsella 636. i los 
de Tarragona 363. y asi sucesivamente en descenso k los demás. (Véase 
el libro del repartimieato publicado por Quadrado.) 



296 VÍCTOR BALAGUBR 

ban formar parte de los expedicionarios y que de otro 
modo hubieran tenido que ver frustradas sus esperaD2as. 

Apenas los de Tarragona y Cambriis vieron que la 
división de Salou se hacía á la vela, cuando imitaron 
su ejemplo. «No era el viento muy favorable, nos dice 
D. Jaime en su crónica 6 en sus memorias; pero está- 
bamos tan impacientes por dejar la tierra, que cualquier 
viento nos parecía entonces bueno como nos apartase 
de ella.» Y á continuación de esta bella frase, añade 
este otro hermoso rasgo: «Cuando se dio vela á los bu- 
ques, miraban con placer tan bello cuadro los que que- 
daban en tierra, y Nos mismo gozábamos en contem- 
plarlo, viendo que la mar llegaba á parecer blanca por 
la multitud de velas que do quiera se descubrían i.t 

Habría adelantado la armada unas 20 millas mar 
adentro, cuando saltó de improviso el viento leveche 6 
sudoeste. Los cómitres y pilotos de la galera real se 
presentaron á D. Jaime y le dijeron que con aquel vien- 
to no sólo no irían á Mallorca, sino que era fácil se des- 
encadenase una tempestad, y que por lo mismo le acon- 
sejaban volver á tierra á esperar para su empresa más 
bonanzoso tiempo. — «Volver atrás no lo haré por nada 
del mundo, contestó valientemente el monarca. Em- 
prendo este viaje confiado en Dios, y voy en busca de 
aquéllos que en Él no creen; y pues voy en el nombre 
del Señor, en Él confío que sabrá guiamos.» 

1 Formaban parte de la armada varios buques forasteros, un navio 
de tres puentes de Narbona, una galera de Montpeller y algunas naves 
genovesas que debieron ser fletadas por algún magnate. Estas últimas 
debieron ser en número muy corto, según lo escaso de la recompensa y 
el silencio de las historias, pues en el repartimiento fíguran sólo por 28 
caballerías. Los hombres de Narbona figuran por 18 y media. Entre las 
ciudades extranjeras Marsella fué la que, como llevamos dicho, está e 
segundo lugar, inmediatamente después de Barcelona, en el repartimiei 
to, mientras que Zaragoza en cambio sólo está en el último y figura sól 
en 2 y media caballerías, prueba de lo insignificante de sus servidos. 



TALUNA. — LIB. V. CAP. XXDt. 297 

(redicho los pilotos, la nota tuvo 
bien pronto á la tempestad por compañera de viaje. Fué 
preciso pasar á través de ella, que era inmutable la vo- 
luntad del rey, y, como él mismo dijera, nada habla 
que pudiese hacerle retroceder. La borrasca se desplegó 
con furia, esparramó con furor las naves y les hizo te- 
mer á todos el malogro de la empresa. I^s olas, agita- 
d^ por el látigo de la tempestad, se levantaban impo- 
nentes y amenazadoras, rugiendo con cólera y abríendo 
con estrépito sus flancos, cual monstruos marinos su 
desmesurada boca para tragarse las galeras, como si 
los infieles de las Baleares, temiendo el poder de aque- 
lla flota que se les acercaba, hubiesen tenido el medio 
de evocar á los espíritus del mal para que la destruye- 
sen antes que arribar pudiera á sus costas. D. Jaime, 
aquel monarca de veinte años que iba á conquistar un 
reino para la cristiandad, permanecía sereno y tranquilo 
en medio de la consternación de los suyos y de la furia 
de los elementos. La sonrisa no se apartó de sus labios, 
la fe no abandonó su corazón, y sus ojos no dejaron de 
mirar al cielo, á través de cuyas densas nubes buscaba 
acaso la fulgente estrella que le guiaba en su camino. 
La tempestad cesó, disipándose impotente al nacer 
el siguiente día. La armada dio gracias á Dios, cayendo 
el ejército todo de hinojos sobre la cubierta de los bu- 
ques, y al levantarse la hueste, fortificada con el con- 
suelo de la oración, los vigilantes dieron la señal de tie- 
rra, y á los ojos de todos, como una faja azul que ceñía 
el horizonte, apareció Mallorca >. 

l PeregrincB incidentes marcaion la IravesSa de Ib armada, que con 
encantadora sencillez reRere D, Jaime y con notable taknto ampUrica 
Uaridlio; pero ya comprenderán mis lectores que en una obra de la clase 
de ísta. no es posible entrar en dertos detalles, y sea dicho esta vez por 
todas. Para escrihir la completa historia de Catalufia, que do está escri- 
ta (ni U escnbo yo) con el detenimieoto, madurez y copia de datos 



2g8 



VÍCTOR BALAGUBR 



CAPITULO XXX. 

La nota llega al puerto de la Palomera. — Nufio Sánchez y Ramón de 
Moneada son enviados de exploradores. — La flota pasa á Santa Pod- 
za. — Desembarco de las tropas. — Primer encuentro con los sarracenos 
y primera victoria de los catalanes. — Primeras armas del rey en Ma- 
llorca. — Preparativos de batalla. — £1 mando de la vanguardia se con- 
fía á los dos Moneadas. — Victoria y muerte de los Moneadas.— Lo 
que le sucedió al rey con Guillermo de Mendiona. — Impadencia del 
rey por tomar parte en el combate. — Batalla general.— Acampa el 
ejército en Portopí.— Entierro de los Moneadas y discurso del rey in- 
te sus cadáveres. 

(Del 6 al 15 de Setiembre de 1229.) 

El mismo viento contrarío que estorbaba á la flota 
acercarse á PoUenza, para donde había encaminado el 
rumbo, impelió los bajeles al puerto de la Palomera ó 
del Pantaleu, en el que entró la galera real el viernes 7 
de Setiembre, arribando luego y reuniéndose toda la 



que ella requiere, se necesitan muchos años, y es más obra de una aca- 
demia que de un particular. Yo trato única y sencillamente de populari- 
zarla, de hacer que el pueblo vaya tomando gusto á los estudios histó- 
ricos y serios, y vaya también aficionándose á querer saber las glorías y 
hechos virtuosos de sus antepasados: cada pafs, como cada familia de 
nobles, debe tener y amar la tradición escrita de sus padres y abuelos; 
lo que es árbol, genealógico en una casa señorial, es crónica é historia 
en el pueblo, que también éste es aristócrata y también tiene admirables 
títulos de nobleza. Escribiendo yo esta historia, hago lo que sé, lo que 
puedo, lo que me permiten mis escasos talentos y mis todavía más es- 
casos bienes de fortuna. Hagan más los que más puedan. A falta de uo 
trabajo completo en esta obra, á falta de las circunstancias que debieno 
caracterizarla, aprecíese en ella mi buena voluntad y mi amor al pí*' 
amor que en mí nó se ha desmentido jamás, pues en los diez y ^ 
afios que llevo de vida literaria y en los nueve de vida política, he s 
siempre consecuente en consignar — y he tenido siempre el valor de p. 



r 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. V. CAP. XXX. 299 

escuadra sin pérdida de ninguna nave. Su llegada^ em- 
pero, no cogió de sorpresa á los sarracenos que ya guar- 
necían aquella costa, esperando ver aparecer de un mo- 
mento á otro las naves cristianas. Eran, por lo que pa- 

cUunar, hayan sido cualesquiera las circunstancias porque hemos atra- 
vesado — mis principios inmutables de amor á Catalufia y amor á la li- 
bertad. Y cuenta, que mi amor á entrambas cosas debe ser firme y debe 
ser probado cuando ha resistido hasta al ridiculo y á la calumnia que 
plomas mercenarias y hombres que viven de la difamación y lucran con 
ella, han pretendido hacer caer sobre mi. 

Por lo demás, si hasta ahora no ha existido aún una historia de Ca- 
talufia formando cuerpo de historia, aparte los Anales de Ftliu de la B^ 
Ha que sólo llegan hasta principios del siglo pasado y que por su redac- 
ción no convidan ciertamente á la lectura, en cambio hay admirables y 
notabilísimos trabajos que nada dejan que desear sobre hechos dados, ó 
sobre grandes épocas determinadas de la hjstoria; y esto, dejando á un 
lado á Pujades. que es especialidad en todo lo de Catalufia hasta Ramón 
Berenguer IV, y á Zurita, que es maestro en cosas de Aragón. Ya se 
habrá podido observar que tengo yo buena cuenta de citar estos traba- 
jos especiales y referirme á ellos, para que puedan acudir á estas fuen- 
tes todos cuantos deseen más detalles sobre un hecho y más pormeno- 
res sobre una época. Asi, por ejemplo, la conquista de Mallorca, que es 
de lo que ahora se trata, ha inspirado páginas, notables que han logrado 
dar reputación por si solas á sus autores. A ellas hay que ir á buscar los 
pormenores, incidentes y detalles que no caben en el pálido bosquejo 
mío. Las obras que se han escrito sobre este episodio épico de nuestra 
historia, ó á lo menos las que yo creo más dignas entre las que he te- 
nido ocasión de hojear, son, aparte siempre los documentos diplomáti- 
cos: 1.^ Las memorias ó crónica escrita por el propio D. Jaime. 2.^ La 
crónica de Fr. Pedro Marsilio, amplificación y comentario de aquélla, 
escrita en latín, traducida después al catalán y últimamente al castella- 
no, por D. José María Quadrado. 3.® La crónica del caballero Desclot, 
en la parte que trata de la jornada de Mallorca. 4.^ Las interesantes y 
sabias notas con que Quadrado ha enriquecido la versión castellana del 
Marsilio. 5.^ La brillante y poética narración de Pablo Piferrer en la 
piimera parte de su tomo de Mallorca, 6.^ Las relaciones de Zurita, 
Dameto, Muntaner, Miedes, Mariana y otros antiguos, hasta los moder- 
nos Romey, Lafuente, etc. (*). • 

O Cuando leo esta y otras notas de mi primera edición, me admira que hajran 
podido ciertos críticos tratarme con tanta injusticia como lo han hecho. 



300 VÍCTOR BALAGUER 

rece, los moros en número de S.ooo infantes y 200 
caballos; tenían armadas sus tiendas^ y estaban dis- 
puestos á impedir el desembarco. 

Conociendo el rey cuánto peligro había en intentarlo 
por el momento, llamó á consejo á sus nobles y á los 
cómitres de mayor experiencia y madurez, y se convino 
en que el conde Ñuño Sánchez, en una galera suya pro- 
pia, y Ramón de Moneada, en la de los de Tortosa, fue- 
sen navegando hacia la ciudad á guisa de exploradores, 
reconociesen la costa y eligiesen el sitio más á propósito 
para intentar el desembarco. Era esto el sábado por la 
mañana, y al anochecer volvieron los exploradores di- 
ciendo haber encontrado un punto llamado Santa Pon- 
za, el más propio y excelente para el objeto, pues junto 
á él había una altura en la que, apostados 5oo hom- 
bres, podrían con toda seguridad proteger el arribo de 
la flota y el paso de la gente á tierra. 

El domingo quiso el rey descansar, y con algunos de 
sus barones pasó al islote de Pantaleu, á donde se llegó 
nadando un sarraceno, que la crónica apellida Alí, y el 
cual dio á D. Jaime cuantas noticias éste le pidió acerca 
de la isla, la ciudad, el emir y el ejército moro. Re- 
suelto el monarca aragonés á marchar al nuevo puerto 
de Santa Ponza, señalado por sus exploradores capita- 
nes, intentó ver si podría burlar la vigilancia de los sa- 
rracenos que desde la costa le acechaban, y dio orden 
para que á media noche, y con el mayor silencio, leva- 
sen anclas las galeras, y, remolcando una tarida cada 
una, se dirigiesen al punto donde debía operarse el 
desembarco. Empero no fué tanto el silencio ni tanto 
el cuidado, que dejasen de sentirlo los escuchas moros. 
Dieron la señal de alarma á los del campo, que se al- 
borotaron, salieron de las tiendas y comenzaron á co 
rrer por la playa lo más cerca del agua que pudieron 
mientras que, lo más próximas también á la orilla^ ibaí 



E CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXX. 3OI 

lleras á fuerza de vela y remo. Lo 
reno obligó, sin embargo, á los mo- 
)s rodeos, mientras que las galeras y 

cada vez con más brio, no hallaron 
ron llegar antes que aquéllos á Santa 
lenzó á toda prisa el desembarco, 
que saltaron en tierra fueron Ñuño 

de Moneada, los templarios Bernar- 
nia y Gilaberto de Cruilles, quienes, 
ino á los sarracenos, tomaron aquella 
mar, de que se ha hablado, estable- 
i división de 700 infantes y i5o jine- 
ido á todos , subiendo el primero al 
> en él una lanza con una banderola 
t tomar posesión de él, un soldado, á 
temardo de Ruidemeya, y luego lla- 
ona, al cual el rey hizo merced del 

Fonza, para él y sus descendientes, 
Jmente el primero que puso el pie en 

1. 

as los nuestros de llegar á la cumbre 
ido los, sarracenos se presentaron en 
reconocer su número el bravo Ramón 
y sin permitir que nadie le siguiera, 

hacer seña á los suyos para que se 
istiendo él el primero. Eran las del 
erzas, por lo menos, que las manda- 

sta cuenta ea su tib, III. cap. IV, Ni In crónica 
lablut de este hecho. Sólo Desclot {párrafo 36) 
ircar los de la hueste de Nuflo y de Moneada, 
rit, ai K» semtnt m camita, ab avareas ais fon, 
' de ¡a hosl 1 munláien al puig, e pttys ligná ai la 
tatíar al puig avaiu quelí sarrahau M futen., 
1, con abarcas y ticmolando un pendón, sería el 
le que D09 habla Zurita. 



302 VÍCTOR BALAGUER 

das por el de Moneada, y sin embargo, los moros huye- 
ron ante los nuestros, después de un combate que no 
fué muy largo, dejando tendidos i.Soo en el campo. 
Ufanos los catalanes con su victoria, volviéronse á su 
primera posición. 

En aquel, momento desembarcaba el rey y le presen- 
taban su caballo ya ensillado, y al decirle que ya los 
suyos habían vencido á un crecido número de infieles 
que acudían para oponerse al desembarco , nublóse sa 
frente en medio del gozo que por la victoria experimen- 
taba, y exclamó: — «¡Malhaya mi suerte! Dado se háen 
Mallorca el primer combate y logrado la primera victo- 
ria sin haber yo participado de ellos. Pero, añadió, no 
será si hay entre vosotros, caballeros, quien seguirme 
quiera. » Veinticinco jinetes había sólo á su lado que es- 
tuviesen en disposición de seguirle, y al frente de aquel 
reducido escuadrón, partió el rey á galope hacia el sitio 
en donde tuviera lugar pocos momentos antes el com- 
bate. Buen rey era aquél que se dolía de no haber partici- 
pado de los primeros peligros de sus subditos y que co- 
rría desalado á buscarlos, sólo para que pudiesen serle 
gratas en conciencia las primeras sonrisas con que la 
victoria favorecía sus armas. Tres 6 cuatrocientos in- 
fantes sarracenos habían tomado posesión en lo alto de 
una colina, pero al ver llegar aquel grupo de caballeros 
cristianos, echaron á correr para subir á un collado don- 
de podían estar más al abrigo de la caballería. El rey y 
sus compañeros dieron espuelas á sus corceles, y no 
tardaron en alcanzarles. Derribados por las espadas y 
pisoteados por los caballos, los moros sembraron el sue- 
lo de cadáveres. Hasta 8o quedaron allí tendidos, y 
satisfecho D. Jaime, regresó á donde estaba su hueste. 

Arreglóse, no muy distante de la playa, un camp 
mentó provisional , y allí pasaron la noche D. Jain 
sus barones y parte de la hueste, rendidos todos por 



I Ponza ni 
iridas; las 
ista el lum 
ra, ignon 
dónde hablan arribado aquéllas, y m 
causa de las sinuosidades de la costa, si 
su rumbo, y doblando el cabo de la 1 
anclaron en la ensenada de Porrasa. E 
la flota, resultó un bien para la huei 
desde Porrasa pudieron ver asomar el ( 
mandado por el emir sarraceno iba lie; 
txiras, y pudieron por consiguiente m: 
que á toda prisa doblase el cabo para < 
Hasta media noche no llegó el mens 
qué reunió en consejo á sus barones pai 
prudente. Sin el aviso de los de Porrai 
llegaron luego muy oportunamente pi 
en la batalla, la formidable hueste sa 
quizá sorprendido el campamento crisi 
distaba mucho de existir la vigilancia i 
tuación. Rasgueaba apenas el alba, cu£ 
nates todos se hallaban reunidos en e 
donde se celebraron los divinos oBcios, 1 
po de Barcelona una fervorosa plática, 
medio del más solemne silencio, llegó! 
llenno de Moneada, que no habia com 
demás al partir de Cataluña, y lo hizo, 
con lágrimas en los ojos, bien como si 
le advirtiese de su destino y le moviese 
tisimo Sacramento y á prepararse á la 
triste alegría. 

Concluido todo, se tuvo consejo y se 
llevaría la vanguardia en la jomada qu 
leddiéndose que fuesen los dos Moncac 
rizconde de Beam reunió á los suyos. 



•m^^ 



304 



VÍCTOR BALAGUER 



de SU casa y de su linaje^ y les dirigió una breve pero 
elocuente y enérgica alocución, que copia Desclot, de 
modo que cuando En G. de Moneada kach parlai, iots 
forcn molt alegres é scalfats en la anwr de Dcu é coraíjuts 
de morir per ell si menester fós. 

Así que hubo marchado la vanguardia, recibió aviso 
de que el jefe sarraceno había sacado el ejército de sus 
tiendas, y dejando en ellas una buena escolta, se ade- 
lantaba por otro camino con lo principal de su hueste. 
Entonces los Moneadas dividieron en dos su fuerza: una 
mitad, al mando de Hugo de Ampurias y del maestre 
del Temple, se dirigió á las tiendas, mientras que la otra 
mitad, á las órdenes de Guillen y de Ramón de Mon- 
eada, se encaminaba por el otro lado contra el grueso 
de la hueste mora. 

El de Ampurias y el maestre entraron á viva fuerm 
en las tiendas y se apoderaron de ellas, pero no fué tan 
propicia la suerte á las armas de los Moneadas. Tres 
veces desalojaron á la morisma de un cerro que había 
ocupado, y tres veces los sarracenos volvieron á apode- 
rarse de él. Corto era el número de los cristianos y no 
les llegaba de Santa Ponza socorro, sin embargo deque 
el rey, que oía el rumor del combate á lo lejos, daba 
prisa á sus caballeros para que acudieran pronto en auxi- 
lio de los Moneadas, pues demasiado imaginaba que les 
era necesario. La impaciencia del rey está perfectamen- 
te descrita en la crónica, que deja entrever un retardo 
muy reprensible y muy sospechoso" por parte de Ñuño 
Sánchez. 

En el ínterin, los Moneadas intentaron el cuarto y 
último esfuerzo para apoderarse de aquel collado que 
con tanta tenacidad se disputaban. Los dos caudillos 
catalanes reunieron á los suyos en torno de su señera^ v 
adelante fueron, y tan adelante pasaron, que rompien 
aquella vez los batallones enemigos. Pero la muerte e 



PRE- 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXX. 305 

petaba inexorable y sañuda á los más valientes en el 
seno mismo de la victoria. Acorralados los Moneadas 
como leones por gran muchedumbre de moros, como 
leones pelearon, pero peleando murieron, cayendo jun- 
to á ellos Hugo de Mataplana, Hugo Dezfar y otros 
ocho de los más ilustres caballeros de su linaje. 

Ya en esto, es decir, cuando el combate se hallaba 
en lo más recio, habían acudido el rey. Ñuño Sán- 
chez, Beltrán de Naya, Lope Jiménez de Luesia y Pe- 
dro de Pomar, todos con su gente. D. Jaime, lleno de 
brío y de impaciencia, no había curado de armarse, y 
aceptó la coraza que Beltrán de Naya le dio en aquel 
momento despojándose de ella. En seguida marchó á 
galope, sin dejar de reprender á los suyos por la tar- 
danza. Al llegar al sitio donde había tenido lugar la 
primera refriega, pues la batalla al parecer había ido 
cambiando de teatro y avanzando en dirección á la ciu- 
dad, lo cual prueba que iban en retirada los sarracenos, 
encontró el rey á Guillermo de Mendiona, de quien de- 
cían que no había en todo Cataluña otro que mejor jus- 
tara, siendo además buen caballero, el cual se ri^tiraba 
de la pelea llevando ensangrentado todo el labio infe- 
rior. — f Guillermo de Mendiona, díjole el rey, ¿cómo os 
partís del combate?» — «Porque estoy herido, señor,» le 
contestó el caballero. Acercóse D. Jaime y vio que su 
herida era sólo en la boca de una pedrada que le habían 
arrojado. Al ver esto, el mismo rey cogió el caballo de 
las riendas y díjole al jinete: — «Volveos, Guillermo de 
Mendiona, á la batalla, que un buen caballero por se- 
mejante golpe no debe acobardarse ni menos abandonar 
la lucha.» Corrido el de Mendiona al oir estas palabras, 
volvió riendas al corcel, y entrándose á galope en lo 
I ás recio de la pelea, supo hacerlo tan bien y cumplir 
t nto con lo que se le había mandado, que nunca más 
^ )lvi6 á parecer. 

TOMO XI 20 



3o6 



VÍCTOR BALAGUER 



Devorado el rey por su febril impaciencia, se apresa* 
raba de tal modo, que apenas podían seguirle sus caba- 
lleros, y sólo 12 permanecían junto á él cuando llegó i 
lo alto de un collado, desde donde se veía el campo de 
batalla. No tardaron, sin embargo, en incorporársele 
70 jinetes con el pendón de Ñuño Sánchez, llevado por 
Roldan La}ai, con el cual iba Sire Guillermo, hijo bas- 
tardo del rey de Navarra. En la sierra veíase á muchos 
sarracenos, en medio de los cuales ondeaba una bande- 
ra blanca y colorada con una cabeza humana en el hie- 
rro del asta. Quiso D. Jaime picar su caballo y arreme- 
ter, pero Ñuño Sánchez, Lope Jiménez y Pedro Pomar 
se apoderaron de las riendas, diciéndole: — «Hoy nos 
mataréis á todos, y vuestra impaciencia nos llevará á 
mal fin.i A esto contestó el rey: — «No hay para qué 
tirar así de las riendas, que no soy león ni leopardo, y 
ya que tanto os empeñáis, iré despacio. Pero recordad 
lo que os digo: quiera Dios que tamañas dilaciones no 
resulten en grave daño nuestro.» Y así fué como el 
rey dijo, pues eran precisamente aquellos momentos 
los en que caían los Moneadas víctimas de su arrojo. 

cYa en el ínterin, había llegado refuerzo á las dos 
vanguardias, y entraron en acción todas las fuerzas. 
Rehechos los restos de la división que mandaron los 
Moneadas, avanzaron á vengar la muerte de sus valieo- 
tes capitanes; y el de Ampurias y los intrépidos templa- 
rios, seguían desalojando al enemigo y empujándolo 
hacia la sierra de Bendinat. Fué el ataque general: car- 
gó el rey á la cabeza de su hueste y de la gente de Doa 
Ñuño, que ya se le habían reunido; y en aquel colla- 
do, que aun hoy día conserva el nombre de CoU del Rq*, 
se trabó una refriega encarnizada, mientras con no me- 
nos furia se combatía en todas aquellas sierras. Los ^^ 
defendían el cerro del Rey, cejaron los primeros; y o 
casi sin lidiar se apartasen de la acción 2.000 pe 



ILUNA. — UB. V. CAP. XXX. 307 

:y con alguna caballería en su 
.rseles empero, porque los fúgi- 
dos, y los caballos estaban ren- 
dan peso de las bardas. Hizose 
is moros, que la emprendieron 
.do en el cerro del Rey el guión 
s ondearon los pendones de los 

Terminada la batalla, supo el rey por el obispo de 
Barcelona, Berengucr de Palou, la muerte de los dos 
Moneadas, y es fama que, al recibir esta noticia, abun- 
dantes lágrimas corrieron de sus ojos. Inmediatamente 
dio orden de que sus cuerpos fuesen retirados del campo, 
para enterrarles luego con el homenaje y respeto debi- 
do á tan ilustres varones. Era aquel dia miércoles 12 
de Setiembre, y acampó el ején:ito al pie de la sierra 
de Portopí, de lo alto de cuya sierra vio el rey por pri- 
mera vez la bella ciudad que entonces se llamaba Ma- 
llorca y hoy Palma, ciudad que gustó á sus ojos y á los 
de la comitiva, dice la crónica, más que cualesquiera 
otras ciudades hubiese visto. 

El jueves i3 fortalecióse con trincheras el campa- 
mento, y tratóse de dar sepultura á los difuntos, comen- 
zando desde la puesta del sol los preparativos a. La ar- 
mada, unida ya con las galeras que arribaron á Santa 
Ponza, salió de la Porrasa, fué siguiendo la costa y pe- 
netró en Portopí, donde apresó algunas naves sarrace- 
nas, andando parte de ella en dicho puerto y parte en 
tente de la dudad. 

El viernes 14, al amanecer, tuvo lugar el entierro de 

1 PiTerrer: Afalürca, pág. 52.— Quadrado, en sua notas al Mirdlio, 
«< icliua & creer que este üiU del Rey era el cerro (in encaraiíadamen- 
ti ispuUdo y que costó la vida á los Moneadas. 

Sigo en la» fechas á Quadrado, que sigue á su vei i Harsilio. Fi- 
fi er lo adelanta todo de un dfa siguiendo á Dcactot 



308 VÍCTOR BALAGÜER 

los Moneadas. Los cadáveres de aquellos ínclitos can* 
dillos fueron conducidos en una camilla al lugar donde 
debían ser enterrados provisionalmente i, y con gjan 
amargura lloraban los que habían sido de su hueste y 
de sus tercios. Conmovido hallábase también el rey, j 
tuvo que hacerse no poca violencia para dominarse y 
dirigir en estos términos la palabra á los que le ro- 
deaban: 

«A Dios ponemos por testigo; á Dios, que aquí nos 
ha traído y en cuyo servicio estamos, que si la muerte 
de estos nobles con material precio redimir pudiéramos, 
tanto daríamos de lo nuestro que el decirlo sería lisonja 
y el hacerlo les parecería á muchos locura. Llorar em- 
pero á los que en servicio de Dios su vida tan bizarra- 
mente han fenecido, si la fragilidad de nuestra carne y 
la tierna amistad no lo excusaran, pareciera derogar en 
algo á la fe; porque ¿qué católico duda de que hombres 
confesados y comulgados no sean acogidos por la mist' 
ricordia divina? ¿Y quién no cree que reine con Dios un 
hombre católico arrepentido, privado de la vida tempo- 
ral por los tormentos en defensa de la fe? ¿Y nosotros 
expuestos al peligro lloraremos á los ya salvados? El 
llanto es muy perjudicial al ejército; pues si la ciudad 
con nuestros alaridos llegara á entender la pérdida y 
golpe que hemos sufrido, mostraríase más hostil y obs- 
tinada sabiendo nuestro daño. Por tanto, os mandamos 
dar fin al llanto, y adormecer los clamores, y ahogar 
los suspiros. Nos, en lugar de ellos, seremos vuestro se- 
ñor, y á vosotros y á los nuestros haremos bien por res- 
peto á vosotros y á tan queridos difuntos; y si perdie- 
reis el caballo, os lo indemnizaremos, y os daremos to- 
das las cosas que os sean necesarias; y de vosotros con 



1 Es fama que, tomada la ciudad, se depositaron en una pe< 
iglesia, antes mezquita, y de allí se trasladaron á Cataluña. 



CATALUSa. — LIB. V. CAP. XXXI. 3O9 

mos tal cuidado, que quitada la pre- 
ieñores, la cual es siempre muy tier- 
tallos y muy para echar de menos, 
nite reparación, en todo lo demás no 
talléis huérfanos de señor. Sólo os 
los que me oís en nombre de vues- 
ecimiento de tos difuntos, os lo im- 
o su muerte en la memoria la ven- 
ados daños y muertes de los enemi- 
)s fielmente para que en este lugar 
.0 su santo y maravilloso nombre.» 
: este discurso sepultura á los cuer- 
pos, y parece que en seguida se levantó el campo para 
ir á fijarlo ante la ciudad, la cual, rodeada desús huer- 
tas y sus galas, mostraba toda su belleza al rey cristia- 
no como para más incitar su apetito de conquistador. 



CAPÍTULO XXXI. 

Silio y toma de Mallorca,— Máquinas í ingenios de batir,— Predicación 
de Fr. Higüd. — Combate con los moros que hablan cortado el agua 
á los sitiadores.— Sumisión de varias comarcas sarracenas.- Continúa 
el sitÍQ. -Propuesta de un renegado y noble contestación del rey. — 
El emir mallorquín pide capitulación,- Se reúne el conseja del rey. 
— Se decide proseguir el sitio. — Heroico juramento de los sitiadores. 
— Asalto de la ciudad. 

(Del 15 DE Setiembre al 31 de Diciembre de 1229.) 

No es posible entrar en los detalles del sitio y referir 
sus episodios, pues que sólo para ello se necesitaría es- 
cribir un volumen. Basta saber que el real de los sitia- 
dores se circundó de valladar y foso, guardando la mis- 
ma usanza de campamento que tenían los romanos, y 
que se comenzó á combatir fuerte y reciamente la ciudad. 



3IO VÍCTOR BALAGUER 

que estaba bien murada y torreada ^ y cuya pobladán 
se elevaba entonces^ por lo que alguno dice, á So,ooo 
almas. El rey tenía, como ingenios de batir, dos trabu- 
cos, un fonevol ó fundibulo que lanzaba enormes piedras 
contra los muros, y un tnangano, manganel ó turquesco, 
que con estos nombres lo citan indistintamente las cró- 
nicas. Por lo que toca á los sitiados, montaron dos for- 
midables trabucos y 14 algarradas, entre ellas una, 
dice Marsilio, como no se había visto jamás otra me- 
jor, pues alcanzaba con la*s piedras al ejército, y atra- 
vesaba cinco ó seis tiendas. Fué necesario entonces que 
en el campo sitiador se construyese un mantelete ó gaia^ 
bajo la' dirección de Gisperto de Barbera, con el cual se 
podía acercarse hasta el foso, á cubierto de las piedras 
y dardos que arrojaban los de dentro. También el con- 
de de Ampurías mandó hacer otro mantelete, que fué 
acercando al foso, y puso dentro de él una buena com- 
pañía y zapadores para cavar y llegar por bajo de tierra 
hasta lo más hondo del foso. Otro mantelete, porfió, 
construyó el rey, también con zapadores dentro; y así, 
á un mismo tiempo, se dio principio á abrir cavas ó 
caminos subterráneos; de manera que, mientras el man- 
telete de Gisperto de Barbera avanzaba á flor de tierra^ 
los otros dos iban minando subterráneamente. 

En el ínterin, para dar aliento á la hueste, apel6 
D. Jaime al expediente de hacer que arengase con fre- 
cuencia á los soldados un fraile dominico, llamado 
Fr. Miguel, que gozaba gran reputación de santo, y al 
cual acompañaba y ayudaba otro fraile, cuyo nombre 
era Fr. Berenguer de Castellbisbal 1. Las predicaciones 
del dominico Miguel contribuyeron no poco á dar áni- 
mo y esperanza al soldado, cuya moral pudo mantener 

1 Fué éste, más adelante, aquel célebre obispo de Gerona, á ^'"'" 
D. Jaime hizo un día arrancar la lengua, seguo podremos enteran 
uno de los próximos capítulos. 



>LUÑA. — LIB. V. CAP. XXXI. 311 

:do indulgencias y mercedes e 

rey, por su parte, o&ecia don 

la ciudad fuese entrada. 

Iban los trabajos del sitio adelantando, aunque c 

grandes penalidades y tropiezos, cuando vino un acó 

tecimiento á poner en apretado trance á los sitiadon 

Sucedió, pues, que un hijo del diablo, como le llai 

MarsUio, un moro que, según la crónica real se llama 

Ifantilla, según Desclot Fatula, y según sospechas 

Romey Fatih-Ellah, halló trazas de salirse de la ci 

dad, ó vino del interior de la isla, que esto no que 

probado, al frente de 5.ooo infantes y ico jinetes, ci 

los cuales se colocó en un cerro vecino que domina 

el campamento, y cortó el agua de un arroyo, que, 

bien escasa, bajaba á los reales y era suñciente pa 

abastecer á personas y caballerías. El moro, después 

haber llevado á cabo esta hazaña, acampó en el sii 

mismo de la cortadura para guardarla. El peligro q 

iba á correr el ejército por la falta de agua era m 

grave, y el rey comprendió la necesidad imperiosa 

destruir y desalojar del cerro á la hueste sarracena. 

efecto, envió contra ella un cuerpo de tropas, mandac 

según parece, por Ñuño Sánchez, aun cuando Desci 

dice que lo fué por Gerardo de Cervelló y Ferrer 

Santmarti. La lucha fué obstinada; defendiéronse bi 

los sarracenos, pero los nuestros subieron al cerrc 

mataron 5oo moros, incluso su caudillo Ifantilla 

Fatih-Ellah, cuya cabeza fué llevada en testimonio 

victoria á D. Jaime, y éste con su fundibulo la man 

arrojar por encima de los muros de la ciudad, para t 

rror y espanto de los sitiados i . De esta suerte recot 

el agua nuestro ejército. 

I Este hecho ha dado lugar i que, dramaüzAndolo más ó menos 
cataran las crónicas con variedad de detalles. Unos dicen que el 
nojó con sus trabucos hasta 412 cabezas de moros dentro de la t 



n 



312 VÍCTOR B ALAGÜER 

A esta victoria unióse luego un notable aconteci- 
miento, para hacer más llevadera y esperanzada la si- 
tuación de los cristianos. Cierto poderoso moro, llama- 
do Ben-Abety que poseía^ ó á lo menos tenía autoridad 
sobre un distrito poblado por 800 casas ó familias mon- 
tañesas, envió á decir á D. Jaime que estaba dispuesto 
á sometérsele con todos los suyos, si los admitía 
bajo su protección y real seguro. Accedió D. Jai- 
me; sometióse Ben-Abet 1, siguiendo luego su ejemplo 
otros tres distritos ó comarcas de la isla, y desde aquel 
punto comenzó la abundancia para el campamento 
cristiano, pues los moros sometidos acudían á proveerle 
de toda clase de comestibles. Las relaciones entre los 
nuestros y los sarracenos montañeses debieron hacerse 
muy íntimas, pues no sin extrañeza vemos que los in- 
fieles pidieron al rey dos gobernadores cristianos para 
regentar los cuatro distritos sometidos, nombrando 
D. Jaime bayles de aquellas comarcas á Berenguer 
Durfort, de Barcelona, y á Jaime Sans, de Montpeller, 
siendo este último, quizá, el embajador del mismo 
nombre, enviado al emir de Mallorca antes de la expe- 
dición. 

dad, y que en represalias fueron lanzadas desde los muros al caoifu- 
mento varias de cautivos cristianos. Muntaner, que solo por incidente 
y en dos capítulos refiere á grandes rasgos la conquista de Mallorca, 
dice que D. Jaime hizo juramento de no salir de la isla hasta haber co- 
gido por la barba al emir ó rey sarraceno, en desagravio y venganza de 
haber éste lanzado á su campo unas cabezas de cautivos cristianos. 
Otros refieren que este juramento lo hizo D. Jaime antes de salir de 
Cataluña, cuando tuvo noticia de lo mal recibido que fué su embajador 
Sans; pero todo esto, particularmente lo del voto, tiene marcados)* 
evidentes visos de fábula. 

1 Muy apurada debía ser la situación del ejército cristiano cuando 
se presentó Ben-Abet para someterse, pues que al referir D. Jaimí 
su crónica el regalo de cabritos, gallinas y uvas- que le llevó el roorc 
llama ingenuamente ángel de Dios, por el servicio que le hizo facüií 
dolé aquellos alimentos. 



DB CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXI. 313 

viiii ucai^aiiaLi y con la rapidez posible, atendida la 
ciencia militar de aquellos tiempos, iban avanzando 
mientras tanto los trabajos del siti», que consistían 
principalmente en las dos minas subterráneas del rey y 
del conde de Ampurías. Las penalidades eran grandes; 
los quebrantos extraordinarios; los combatea continuos; 
las diñcultades insuperables para otros hombres que no 
hubiesen sido mandados y dirigidos por aquella volun- 
tad de hierro y por aquella fe cristiana que tenían por 
nombre D. Jaime. Una vez los sitiados expusieron so- 
bre el muro á los cristianos cautivos, y los levantaron 
en cruz desnudos, ofreciéndoles como blanco á Jos tiros 
de los sitiadores, pero las víctimas exhortaban á los su - 
yes que no cesaran de disparar por causa de ellos, pues 
que así alcanzarían la corona del martirio; otra vez Jos 
moros hicieron una contramina para estorbar los tra- 
bajos de los cristianos, y encontrándose con éstos en 
las entrañas de la tierra, tuvo lugar una sombría y san- 
grienta refriega, de la que por cierto no salieron los 
nuestros vencedores. A pesar de todo, vencidos hoy, 
triunfando mañana, con luchas continuas, con peligros 
á cada instante, con el trabajo por reposo y el combate 
por descanso, iban los nuestros prosiguiendo el adelan- 
tado sitio, fiados en su joven caudillo de veintiún años, 
cuya ñrmeza y cuya fe no bastaba nada i quebrantar. 
Por fin las torres de la ciudad comenzaron á desmo- 
ronarse, gracias á los esfuerzos de los zapadores; los 
muros á Haquear, cediendo á las enormes piedras que 
sin descanso lanzaban los ingenios, y los fosos á cegar- 
se para que á pie llano pudieran entrar al asalto Jos ca- 
balleros, por haberse seguido cierto sistema propuesto 
por dos hombres de Lérida. La plaza no podía resistir 
por mucho tiempo y empezó á pensarse en capitulación. 
La primera entrevista que el conde de Rosellón Ñuño 
Sánchez, plenipotenciario del rey, tuvo con el emir de 



3H 



VÍCTOR BALAGUBR 



Mallorca, no surtió ningún efecto, pues el emir, arre- 
pentido acaso de haberse mostrado débil, despidió al 
conde sin darle explicación ninguna. Había entonces en 
la plaza un personaje de quien las crónicas hablan poco 
y con misterio. Nombrábanle Mahomet, pero aunque 
este nombre tenia, y ñgura como caudillo moro, y pri- 
vaba, según parece, con el emir de Mallorca, no era 
otro, sin embargo, que un caballero aragonés, de cris- 
tiana y esclarecida estirpe, llamado Gil de Alagón, el 
cual, por circunstancias que han permanecido ignora- 
das, habia renegado de la fe pasando á las Baleares, 
donde servia bajo los estandartes del profeta. Este Ma- 
homet, ó mejor Gil de Alagón, tuvo una entrevista se- 
creta con Pedro Cornel, caballero cristiano, y le pro- 
puso, para que éste transmitiese el mensaje á D. Jaime, 
que por parte del emir se abonarían al rey de Aragón 
todos los gastos que él y sus nobles hubiesen hecho en 
aquella expedición si consentía en retirarse. Transmi- 
tida la propuesta al rey» encolerizóse sobremanera y, 
roja la frente por el fuego de la indignación, contestó, 
señalando un monte que se veía á lo lejos: 

— «Aun cuando me dieran tanta plata como la que 
puede caber desde aquella montaña hasta aqueste sitio 
en donde estamos, no abandonaría mi idea de ganar á 
Mallorca. No volváis á proponerme nunca tratos seme- 
jantes, Pedro Cornel, y sabed que jamás volveremos á 
Cataluña si no nos abrimos paso por la ciudad. » 

Una entrevista más formal tuvo lugar bien pronto 
entre el emir sariraceno y el conde del Rosellón, que le 
fué nuevamente enviado como embajador; pero aquí 
permítaseme ceder la palabra á Marsilio, cuya autoriza- 
da crónica refiere este episodio y sus consecuencias coa 
encantadora sencillez. 

«Otra vez despachó el rey de Mallorca un mensaje' 
rey para que le enviase á Ñuño, de quien había oi( 



ATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXI. 3I5 

I del rey y de una misma sangre 6 
parentesco. Fué allá Ñuño, y á la salida de la puerta 
Portopí alzóse una suntuosa y magníñca tienda, dentro 
de la cual había muy bellas y blandísimas almohadas. 
Toda la hueste suspendió los trabajos, y ningún daño 
se intentaba por ninguna de las partes mientras que se 
trataban estas conferencias. Tomó asiento el rey de 
Mallorca con dos ancianos únicamente, y tomólo Ñuño 
y algo más lejos el judío enviado en calidad de intér- 
prete, y quedaron añiera los caballeros de Ñuño y algu- 
nos sarracenos. Empezó Ñuño diciendo: ■¿Porqué razón 
habéis pedido al rey que me enviase á mi á hablar con 
vos?» Respondió el rey de Mallorca: «No habiendo yo 
en ningún tiempo de palabra ni de obra hecho injuria á 
vuestro soberano, maravillóme mucho de que tan cruel- 
mente esté dispuesto contra mí, que se esfuerce por 
todos medios en arrebatarme el reino que me ha dado 
la divina Providencia; por tanto á vos y á los demás 
nobles ruégoos le aconsejéis que abandone la empresa 
injustamente principiada, y Nos le resarciremos todos 
los gastos, y vosotros, todos salvos y seguros, os reti- 
raréis en paz, y todo lo que prometemos pagar se des- 
pachará dentro de cinco días. Y en esto no hay que 
sospechar ni creer que temamos el último trance de ex- 
terminio, pues que por gracia de Dios tenemos acopio 
de armas y de víveres y de todas las cosas que para 
defensa de una ciudad se juzgan necesarias, sino que 
procuramos únicamente redimir y terminar molestias. 
Y para que tengáis estas palabras por verdaderas, man- 
dad bajo nuestra salvaguardia dos hombres dignos de 
fe queden testimonio de verdad acerca de nuestra abun- 
dancia de armas y de comestibles. Ni nos asusta el que 
las torres hayan sido derrocadas, pues juzgamos impo- 
sible, ni tememos ó creemos que pueda suceder, el pe- 
netral- vosotros por aquel punto. * 



3i6 



VÍCTOR BALAGUER 



» Acabada la plática del rey de los sarracenos, respon- 
dió Ñuño y dijo: tQue no habéis ofendido, decís, al rey 
nuestro señor, y que por lo mismo no tiene razón algu- 
na para venir á hostilizaros; y por cierto que dos ofen- 
sas ocurren de pronto bien maniñestas. La primera es 
en asunto de fe, pues, según nuestra creencia, Jesucris- 
to, Dios y hombre, redimió con su sangre todo el lina- 
je humano, y el mundo entero le está perpetuamente 
obligado; y como vos no profesáis esta fe, sino que Ja 
perseguís y molestáis, es menester que á la llegada del 
rey católico, ó abracéis la fe católica, ó á él y á sus cre- 
yentes, de grado ó por fuerza, abandonéis el reino. La 
segunda razón, es temporal injuria; pues habiendo vos 
apresado una tarida de vasallos suyos, llena de consi- 
derables riquezas en que mercaderes de paz navegaban, 
el rey os despachó un enviado de su casa llamado Jai- 
me Sans, para rogaros de su parte que os dignaseis en- 
tregarle aquella nave con los hombres y efectos en ella 
contenidos; y vos, movido de un vehemente espíritu de 
arrogancia, le preguntasteis ¿quién era aquel rey que 
tal cosa solicitaba? y él os repitió que era el rey de Ara- 
gón. Ciertamente que no estabais tan fuera de nuestros 
confines ni de las regiones habitables, que distando ape- 
nas el rey de Aragón 200 millas de esta isla, así pudie- 
rais ignorarle ó desconocerle; y como vos tan altiva y 
desdeñosamente replicaseis quién era, viendo y escu- 
chando el mensajero un desprecio de su señor tan ma- 
nifiesto, movido de su adhesión, respondió: hijo es de 
aquel monarca que ganó la batalla de Úbeda. Y vos 
lleno de enojos quisisteis matarle, pero os contuvo su 
calidad de embajador, y no el ser enviado del rey de 
Aragón, sino el no irrogar perjuicio á la común indem- 
nidad de los mensajeros que gozan de seguridad en to- 
das partes. Y el enviado os respondió: bajo vuestra sal 
vaguardia he venido, y en poder vuestro estoy; hace 



ORIA DE CATALUÑA LIE. V. CAP. XXVI. 317 

le se os antoje; pero no debíais ciertamen- 
fa ni fingir ignorancia acerca del nombre y 
í mi señor; así que, si con alguna dureza os 
vos me habéis dado motivo para ello, 
continuó Ñuño, el monarca cuyo nombre 
I, por cuyos estados preguntabais, cuyo po- 
ásteis, cuya demanda vacia y sin efecto de- 
Ll otro punto os contestamos que nuestro 
de veintiún años, que este es su estreno en 
le las armas, que es de gran fortaleza y de ele- 
n, y que ha concebido el ñrme propósito de 
jamás de aquí antes de haber obtenido todo 
fún desea. .Y si le persuadiera lo contrario el 
US nobles, rechazaría tal consejo absoluta- 
ir tanto, no hay que alargarse en palabras 
nto, porque ni podréis inclinar á ello el áni- 
ni torcer á los que lealmente le aconsejan.! 
rey sarraceno: «Puesto que no os place lo 
js propuesto, todavia ofrecemos más. Daré- 
> besantes por persona, comprendiendo á 
lujeres y niños; y cederémosle la villa, y 
embarcaciones en que podamos seguramen- 
¿frica, y permítase quedar á los que quie- 
estos ofrecimientos, dijo Ñuño que carecía 
por lo cual le parecía ser indispensable 
I directa del rey. 

: Ñuño al rey, satisfecho como portador de 
condiciones, y el rey, no queriendo tener 
e en el consejo debía revelarse, reñríó á pre- 
s prelados y barones cuanto habta oído. Pe- 
de Amponas no quiso asistir á este consejo 
alquiera en que se tratase de transacción al- 
s sarracenos; sino que continuamente estaba 
que mandaba abrir, diciendo, cuando era 
isejo, que no saldría jamás de alli hasta que 



3l8 VÍCTOR BALAGUBR 

la ciudad fuese tomada; pues de tantos primos de Gui- 
llermo de Moneada^ tan sólo ¡cosa de gran lástima! ha- 
bían quedado vivos el conde de Ampurias, Raimundo 
Alamany, Gerardo de Cervellón, hijo de Guillermo de 
Cervellón y sobrino de Raimundo Alamany; Guillermo 
de Claramunt, el obispo de Barcelona, el obispo de Ge- 
rona, el paborde de Tarragona y el abad de San Fello. 
Todos éstos encargaron al obispo de Barcelona hablar 
primero, y dijo: «Grave é inestimable es la pérdida á 
nosotros irrogada con la muerte de tan insignes nobles, 
y paréceme que es honra y provecho de los que sobre- 
viven sirviendo á Dios aspirar y animarse á la vengan- 
za de tan ilustre sangre; pero conozco que la propuesta 
es aceptable. Sin embargo^ los barones y caballeros 
más experimentados en armas y más duchos en seme- 
jantes cosas, elegirán con vos lo que más sea. de elegir.* 

»En seguida respondió Ñuño, inducido por los que 
en tomo de él estaban: tEl rey, dijo, y todos los qae 
aquí nos hallamos, hemos venido para servir á Dios y 
conquistar la isla; con que si el rey consiente en este 
pacto 6 convenio que propone el rey de Mallorca, ma- 
nifiestamente habrá logrado el objeto que á todos noso- 
tros nos trajo aquí. No añado á lo dicho una palabra 
por ser yo el agente y medianero, y así dejo al rey y á 
vosotros el cuidado de decidirlo mejor. • 

»Tras éste habló Raimundo Alamany: «Señor rey, 
vos aquí venísteis y nosotros con vos para servir al Al- 
tísimo, y en el comienzo de este servicio os arrebató la 
muerte tan nobles vasallos que ningún otro rey podía 
jactarse de tenerlos mejores; y Dios, que tiene la ven- 
ganza en su poder, os ha dado ocasión oportuna de ven- 
garos, y vengándoos conquistaréis y poseeréis este país. 
Y no es saludable este pacto, según á primera visf" 
aparece; por lo cual, no sólo á causa del presente ríes 
go, si que también del que pudiera sobrevenir, debe mi 



3E CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXI. 3ig 

prudentemente considerarse. El rey de Mallorca es 
hombre maduro y entrado en años; es discreto en 
obras, según dicen, y elocuente arengador en su idio- 
ma: si en paz se le deja, ¿cuántos corazones de reyes y 
pueblos correligionarios suyos os parece que se atraerá 
con su maestría? ¿Cuántos quebrantará con su destie- 
rro? ¿A cuántos conmoverá con su pobreza? ¿A cuántos 
aguijoneará con la pérdida de su reino? Y volverá algún 
^a con porción de los suyos que conocen á ciegas toda 
la isla, y sorprenderá el país en ausencia vuestra con 
pocos y dispersos pobladores, y podrá recobrar fácil- 
mente con su espada lo que con tanta diScuIlad y dolor 
de su corazón tiene ahora que abandonar. Pero obte- 
nida con el hierro plena venganza de su malicia y de 
la ciudad perversa, con sangre indemnizáis la sangre, 
y coronáis con perdurable paz vuestras fatigas.* 

■En pos de él, levantándose Gerardo de Cervelló y 
Guillermo de Claramunt, dijeron á una voz: «Por Dios, 
señor, os pedimos y humildemente suplicamos que en 
esta ocasión os acordéis de Guillermo de Moneada, cuya 
sangre bebe esta malvada y descreída tierra. No que- 
ráis, señor, olvidar la adhesión tan estrecha que os pro- 
fesaba, y no sea vendida su muerte á los matadores á 
precio de pactos y conferencias. Con muertes vengada 
sea la muerte, y reparen espadas centelleantes la extin^ 
ción de aquella tan noble espada. Acordaros debéis asi- 
mismo de Raimundo de Moneada y de los demás nobles 
que con ellos fenecieron en el campo, cuya muerte pa- 
recierais olvidar si Jos que la causaron escapasen vivos 
de vuestras manos. ■ 

>0ida8 por el rey estas tiernas palabras, respondió: 
■La muerte de aquellos nobles á Nos tan dolorosa, á 
Jiingún precio podemos redimirla ni por medio alguno 
■evocarla; pero á ellos les aconteció lo que la Divina 
Providencia ha dispuesto por mejor: en breve tiempo 



320 



VÍCTOR BALAGUER 



hiciéronse más ricos que nosotros, que sudamos por esta 
tierra mortal; ellos son los que pueden entrar en la re- 
gión de los vivientes que reinan con Dios. Pero si con- 
sideramos sencillamente el negocio de que ahora trata- 
moSy parécenos que con este pacto que se nos propone 
logramos el primer designio por el cual aquí venimos, 
pues conquistamos el país para Dios y para nosotros, y 
obtenemos buena porción del tesoro de los habitantes: 
cuyas dos condiciones, á nosotros ofrecidas, no se deben 
asi despreciar. Y cuando así con buena intención os 
manifestamos nuestro parecer, no despreciamos el con- 
sejo que podréis darnos ni nos apartaremos de vuestra 
voluntad.» 

»Y en continente, todos los que eran de la familia de 
Moneada y los prelados dijeron á una voz y con clamor 
unánime que fuera tomada la ciudad á viva fuerzai y que 
en adelante no se atendiera ni se diese oídos á pacto al- 
guno. Plugo al rey lo que más había sido del agrado del 
consejo, y envió al rey de Mallorca la respuesta de que 
no se admitía convenio, anunciándole que por más que 
se resistiera cuanto pudiese, la ciudad se tomaría á viva 
fuerza. 

» Recibido el anuncio de la cruel noticia, los ánimos 
de los sarracenos, hasta entonces acostumbrados á mos- 
trarse fuertes, comenzaron á desmayar, aborreciendo 
con desesperación suma sus personas é intereses, como 
si ya fueran víctimas de enemiga pujanza; pues el temor 
de la cercana muerte y la consideración de tanta mu- 
chedumbre que fenecer debía, postraban y enflaquecían 
á todo esforzado, y trocaban el juvenil vigor en abati- 
miento de vejez. Lo cual, observado y visto con tristes 
ojos por el rey sarraceno, convocó el pueblo entero á 
general asamblea, queriéndolos distraer del previs 
riesgo y alentar su fortaleza; y como era hombre ( 
agudo ingenio, de atractiva elocuencia, de discretos p 



E CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXI. 32 1 

X en medio de ellos vestido de blanco, 
ado en lo más mínimo; y espiaron to- 
, y los que ya sabían lo que iba á de- 
clarar, de puro dolor guardaban silencio, y los que lo 
ignoraban creían ser llamados para oir alegres nuevas; 
é impacientes de ver revelado el objeto de aquella con- 
vocatoria, no tomaban en boca ni sospechaban siquiera 
su inminente destino, ni podían responder á las pregun- 
tas que se les hacían. Era, pues, general y profundo el 
aiJencio, así por la grave angustia y cuidado, como por 
respeto á la presencia de su rey. Mirólos éste, y con la 
madurez de su edad, comprimiendo en su mente et que- 
branto, abrió los labios, y para encaminar ,su discurso¡ 
nombró é invocó á Dios, y con voz más apacible mez- 
ció en la invocación á Mahoma; y en seguida toda aque- 
lla muchedumbre, cual si fuera un hombre solo, se arro- 
dilló según su rito acostumbrado, y hundidas sus caras 
en el suelo y extendidas ambas manos, grave y asom- 
brosamente con fuerte clamor á nuestro Señor invoca- 
ron, y todos á la vez pronunciaron con más intensa de- 
voción el nombre aquel de su profeta como si por sus 
méritos hubiesen de ser libertados. 

■Cumplida la ceremonia de su inicua secta, volvió á 
sentarse todo el pueblo, y el rey, reclamando el objeto 
que allí le traía, dijo de esta suerte: « ¡Bendito sea Dios, 
único en quien creemos y de quien damos testimonio, 
que ha ensanchado los conñnes de nuestra nación desde 
Oriente hasta Occidente, y nos ha dado el Mediodía en 
honorifica prenda de protección y otorgamiento de nues- 
tras sú)]Iicas; el que del seno de su pueblo ha escogido 
los príncipes y los soberanos, el que nos ha sometido la 
gloria de las demás gentes y tendídola bajo nuestras 
antas! ¡Bendito sea un solo Dios, en virtud de cuya 
estra nuestro emperador el Miramolín ha poseído y 
iminado por cien años esta isla, alegre espectáculo y 
TOMO XI 21 



322 



VÍCTOR BALAGUER 



joya en el seno de las aguas, y admirable refugio de na- 
vegantes, tierra por solo Dios amurallada, de infinitas 
bendiciones llena, para mayor tormento de nuestros en- 
vidiosos enemigos! ¡Bendito sea Dios, que me hizo rey 
y á vosotros pobladores de este país, comiendo y be- 
biendo de sus producciones, proveyendo y atendiendo á 
vuestras casas, engendrando de vuestras mujeres hijos, 
acumulando riquezas para los que han de sucederos, y 
sustentando con vuestros beneficios á los ancianos! 

» ¡Oh hijos del Profeta! ¡qué dulce vida hasta aquí pa- 
sásteis! No apareció extranjero entre vosotros, no tras- 
pasó vuestros límites invasor extraño, no conocisteis 
}aigo ni dominación de ajeno señorío; inicua mano no 
escudriñó vuestras casas, vuestras mujeres no han co- 
nocido raptores, vuestras consortes ignoran lo que es 
fuerza ó violación. No registró exactor alguno los rin- 
cones de vuestros secretos, vuestras se conservaron las 
cosas que día por día fuisteis guardando; no hubo ene- 
migo que espantara á vuestros pequeñuelos, ni adver- 
sario que os disminuyera el número de vuestros hijos; 
no hubo madre que á impulsos del terror ocultara y re- 
tirara los pechos al niño que criaba. Hasta el presente 
los envidiosos cristianos no se habían atrevido á inva- 
dir este suelo. ¡Ob barones, ved ahí el fiíego en el rega- 
zo, ved al asesino en la alcoba, ved el veneno en la taza, 
ved la muerte en casa en días de paz! Pueblo extraño 
ha caído sobre nosotros, que nos llama á cautiva ser- 
vidumbre, exige todos nuestros bienes, ftiérzanos á sa- 
lir y abandonar la ciudad, reclamíi vuestras mujeres 
para que le sirvan, y quiere la femenil belleza privar de 
libertad; esperan y pretenden, de toda humanidad des- 
nudos, exterminar á vuestros tiernos infantes; pretenden 
exponer en venta por el mundo vuestros mancebos < 
gados de cadenas, y entregar este país, así los vivos 
mo los difuntos, á oprobio perdurable. Y yo, que he 



r 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXI. 323 

vejecido para ser testigo de tamaños males, prefiero 
morir que sufrir tal cosa contra mi ley, y esta mi cabe- 
za, de tantas canas salpicada, consagro á la muerte en 
defensa de esta mi ciudad muy amada. Hombre soy se- 
mejante á cada uno de vosotros, ni en fuerzas igual ni 
en bríos superior; decidme, pues, vosotros el partido á 
que os atenéis.» Y todo el pueblo, bramando de furor, 
rabioso en su desesperación, clamó que mucho mejor era 
morir que aguardar tantos males como á ellos y á sus 
familias amenazaban. Y respondió el rey: fVoz de vic- 
toria es semejante voz, y casi nunca fué vencida en com- 
bate muchedumbre que llevara á cabo lo que acabáis 
de dedr. Hacedlo, pues, así; defendámonos bizarramen- 
te, y teniendo á la vista los males ya probados, doble- 
mos nuestro esfuerzo; labrémonos perdurable fama, 
venciendo cuando los enemigos piensan ya blasonar de 
incruenta victoria.» 

Hasta aquí la crónica, cuyo fragmento he copiado, 
pues que no cabe nada más bello ni interesante. Es un 
verdadero epispdio épico. 

Habiendo prevalecido en el consejo de D. Jaime el 
voto de los que opinaban por desechar todo partido, no 
hubo otro recurso que ganar por la fuerza lo que no se 
queria obtener por avenimiento. Comenzaron de nuevo, 
pero con más furor que nunca las hostilidades contra 
la plaza, y la defensa verdaderamente heroica de ésta. 
Tales creces tomó entonces el valor de los sitiados, á 
quienes la desesperación hacía invencibles; de tal modo 
fueron crueles y encarnizados los combates que se si- 
guieron, y tanta fué la mortandad en el campo sitia- 
dor, que los consejeros del rey se arrepintieron de haber 
rechazado las proposiciones del emir, y aun hablaron 
D. Jaime para renovar los tratos con la ciudad; pero 
itonces el monarca aragonés contestó que no era de 
^ carácter entablar lo que una vez rechazado había. 



324 VÍCTOR BALAGUER 

Y en efecto, ya no volvieron á entablarse más n^ocia- 
cienes con la plaza. 

Llegó en esto el momento que se creyó oportuno para 
dar el asalto, y convínose en que éste tendría lugar d 
último día del año. Cuatro días antes de embestir la 
ciudad, D. Jaime reunió en consejo á sus barones, y les 
hizo jurar sobre los Santos Evangelios y la cruz de Je- 
sucristo^ que al entrar en la ciudad, en el momento del 
asalto, ningún noble, caballero ni peón, cualquiera que 
fuese, volvería atrás ni se pararía, á menos de estar 
herido mortalmente. En este caso, el pariente ó cual- 
quier otro de la hueste debía arrimarle á un lado, y no 
sucediendo tal cosa, debían proseguir siempre adelante, 
entrando á viva fuerza y sin volver atrás nunca ni la 
cabeza ni el cuerpo, pues quien lo contrarío hiciese se- 
ría tratado como desleal, lo propio que el homicida de 
su señor. Dice un cronista, que comenzó esta ceremonia 
jurando primero los soldados, luego los ricos-hombres 
y prelados, y quiso hacerlo también el rey, pero no se 
lo permitieron sus subditos, bien que D. Jaime les dijo 
que aun cuando no jurase, cumpliría por su parte como 
si el juramento hubiese prestado. 

Amaneció por fín el día señalado y brilló el primer 
rayo del sol, que no debía bajar á su ocaso sin ver antes 
tríunfante el pendón invicto de la' cruz y de las Barras 
en las torres de la árabe ciudad. 

Al amanecer oyó misa y comulgó todo el ejército, y 
luego D. Jaime lo formó en orden de batalla, colocando 
delante á los infantes y la caballería á retaguardia; 
pero hubo de repetir por dos veces la voz de ¡adelante! 
porque toda la hueste, como absorta, rehusaba poneise 
en movimiento. Al cabo se comunicó á todos el ardo- 
roso entusiasmo que animaba al joven soberano, 
grito de ¡Santa María! emprendieron la acometida, 
primero en escalar el muro fué un simple soldado 



ALUNA. — LIB. V. CAP. XXXI. 325 

QO nos ha conservado la historia, 
nos compañeros, desalojó í los 
defensores de una torre, y tremolando en lo alto de las 
almenas un pendón que llevaba en la mano, enseñó á 
los demás el camino para penetrar en la ciudad. Pre- 
cipitáronse luego por allí hasta 5oo infantes, al mis- 
mo tiempo qne iban entrando por la brecha unos 3o 
caballeros, entre ellos el primero D. Juan Martínez de 
Bslava; pero así que unos y otros hubieron traspuesto 
el muro, se hallaron cara á cara con una multitud de 
sarracenos que, teniendo á su rey al frente, no sólo les 
impuso una impenetrable barrera para que pudiesen 
pasar adelante, sino que les obligó á retroceder por de 
pronto, hasta que, reforzados por otros de los que iban 
entrando, pudieron volver á la carga y vencer aquel 
obstáculo. 

Entre tanto había penetrado ya en la ciudad casi todo 
el ejército cristiano, y entonces en las calles y plazas se 
hizo general la batalla. Soldados y vecinos todos se de- 
fendían á porña, los unos con sus armas, los otros arro- 
jando desde sus casas piedras, vigas ardiendo y cuantos 
objetos podían causar daño ó estorbo al enemigo; pero 
como á la tenacidad de la defensa era también propor- 
cionado el ardor del ataque, ninguno de estos obstácu- 
los bastó á contener el avance de los sitiadores. No se 
dio cuartel á nadie: D. Jaime acudía á todos los puntos 
donde se necesitaba mayor esfuerzo, y de calle en calle 
llegó hasta la Almudaina, que era como el alcázar de 
la ciudad donde se encerraron los últimos restos de los 
moros que en la general dispe.rsión de los suyos do tu- 
vieron tiempo ó lugar de salvarse con la fuga. A los 
demás, la codicia de la soldadesca, que con el cebo del 
laqueo descuidó perseguir á los fugitivos, les permitió 
ibandonar la ciudad, saliendo por las puertas del Bar- 
ulet y Fortopf en número de 3o.ooo soldados, ni- 



326 VfCTOR BALAGUBR 

ños, mujeres y ancianos, y dirigiéndose á la montaña. 

£1 rey de Mallorca, después de haber peleado biza- 
rramente al frente de los suyos, había desaparecido tam- 
bién en el general tumulto; pero dos hombres de Tor- 
tosa fueron á encontrar al de Aragón y le ofrecieron en- 
tregárselo si les daba i.ooo libras, enseñándole la casa 
donde se había recogido. D. Jaime aceptó la proposi- 
ción, dirigiéndose allá en seguida; y al descubrirle, le 
aseguró desde luego que no tenía que temer por su vida, 
procuró tranquilizarle sobre su suerte y le confió á la 
guarda de su pariente Ñuño Sánchez, para que le libra- 
se de cualquier insulto. 

Muntaner cuenta, conforme se ha dicho, que le asió 
por las barbas en cumplimiento de cierto juramento; 
pero callan esta circunstancia los demás cronistas, la 
calla el mismo D. Jaime en su historia, y atendido el ca- 
rácter noble y pundonoroso del joven monarca arago- 
nés, no es creíble que se complaciese en injuriar á un 
vencido. 

Faltaba ya solamente apoderarse de la Almudaina; 
pero los que en ella se habían refugiado, diéronse luego 
á partido así que se presentó D. Jaime, sin tratar de 
defenderse, y la entregaron junto con el joven hijo del 
emir, que se hallaba allí entre ellos, y que, habiendo 
sido después bautizado con el nombre de Jaime, recibió 
del Conquistador señaladas mercedes 1. Con la toma 
del alcázar quedó toda la ciudad en poder del ejército 
cristiano. El botín que en ella se recogió fué inmenso y 
bastó para enriquecer á todos los de la hueste; resca- 
táronse también 180 cautivos, y la pérdida que tu- 
vieron los moros, contando solamente los muertos, hé 
de 20.000 hombres; de manera que los prelados que 

1 Según Zurita, lib. III, cap. VIII, el rey lo casó con una done 
principal que se llamaba Doña Eva, y fueron señores de Gotor, coi 
mandóles el rey la baronia de Huesca y de Gotor. 



E CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXII. 327 

O hubieron de conceder indulgencias 
i al campo los cadáveres que y&cian 

las calles y plazas, y amenazaban in- 

con sus fétidos miasmas. 



^.PÍTULO XXXII. 

a, — Almoneda de los despojos. — Tumulto popu- 
leste, — Frústrase una empresa de Nufto Sáncheí, 
icar más gente.— Salida del rey contra los moros, 
en Mallorca.— Rcndiciún de los moros refugiados 
:a. — Llegada délos caballeros aragoneses. — Car- 
:a, — bernardo de Santa Eugenia uombrado gobei- 
liscurao de despedida pronunciado por el rey. 

ÑERO A Octubre de 1330.) 

leí sol se presentó á alumbrar al día si- 
Iste esc^a, estaban todavia los vence- 
á la orgia del saqueo, y corrían por las 
las casas, tomando y ocultando des- 
desorden, que, según se cuenta, los 
> comparecieron ante él en ocho días, 
la noche del asalto hubo D. Jaime de 
[ue le ofreció uno de sus caballeros, 
dores le habían dejado completamente 

dad y totalmente saqueada, propusie- 
.dos y nobles, principalmente el obispo 
paborde de Tarragona, Ñuño Sánchez 
anta Eugenia, que se hiciese pública 
sonas y cosas. Opúsose D. Jaime di- 
i pública venta requeriría harto tiem* 
importante era la destrucción de los 
en las montañas, y á los cuales no 



^ 



328 VÍCTOR BALAGUER 

debía darse tiempo para rehacerse y fortificarse, y qne 
se hiciese en buen hora el reparto de cautivos y ropas 
por suerte, pero sólo esto, y aun en ocho días cuanto 
más, para que, al momento, alegres ya y satisfechas las 
tropas con esta -primera repartición, marchasen á des- 
alojar de las sierras al enemigo. No accedieron los ba- 
rones á este deseo del rey, pues querían que se efec- 
ticase la almoneda para su provecho particular, y hubo 
de consentir D.' Jaime, pero no sin indicarles que tras- 
lucía su engaño y mala fe y que auguraba mal de aque- 
lla determinación. 

Sucedió algo de lo que el rey temía. Hízose la venta 
ó almoneda de los despojos, que duró desde Carnesto- 
lendas á Pascua, y como los caballeros y plebeyos 
creían tener p^rte en las cosas puestas así en venta, 
compraban por valor dfe lo que les parecía deber tocar- 
les por su porción de botín; pero hecha la venta, se re- 
sistían á pagar los efectos ya comprados. El resultado 
fué que los caballeros se juntaron con el pueblo, dieron 
unidos creces á su indignación y promovieron un tu- 
multo que tuvo terribles consecuencias, pues se saquea- 
ron algunas casas, entre otras la de Gil de Alagón 1 y 
la del paborde de Tarragona. A duras penas consiguió 
el rey tranquilizar los ánimos y calm^ir el motín, y sólo 
pudo restablecer el orden prometiendo á los sublevados 
que cesaría el monopolio de los barones, dando á todos 
indistintamente su parte en tierras y en muebles. 

Sobrevino en esto una mortandad que diezmó las filas 
de los conquistadores, encendiéndose tan cruelmente la 
peste con el mucho agolpamiento de; la gente de guerra 



1 Probablemente este Gil de Alagón era el Mahomet de que hen»* 
hablado, el cual, después de haber renegado de la fe, se reconcüi" *"> 
duda con el rey y con la Iglesia, siendo, por otra de esas muchas c 
que la historia no explica, uno de los barones más favorecidos eo 1 
tribución del botfn. 



CATALUÑA.— LIB. V. CAP. XXXII. 339 

ü de la población, que iban siendo 
3tro todos aquellos que salieran ile- 
. Murió el primero Guillermo de Cía- 
ramunt, siguiéndole al sepulcro Raimundo de Alemany, 
García Pérez de Meytat, aragonés, Gerardo de Cerve- 
lló, y, más tarde, aquel valiente Hugo, conde de Am- 
puiias, que como ñgura militar tanto había brillado en 
el cerco de la plaza. 

Esta circunstancia frustró el plan que se había conce- 
bido de enviar una hueste, al mando de Ñuño Sánchez, 
á vigilar con dos ó tres galeras las costas de Berbería, 
é intentar quizá un desembarco ó sorpresa para distraer 
la atención de los jeques africanos que proyectaran acu- 
dir en auxilio de los vencidos mallorquines. También el 
rey se vi6 obligado á comisionar á Pedro Comel para 
que, marchando á Aragón, le- trajese 150 caballeros é 
invitase en su nombre á D. Ato de Poces y á D. Ro- 
drigo de Lizana á pasar á la isla. ü. Jaime comenzaba 
á verse sin gente, que terriblemente se la habían diez- 
mado la muerte en el campo, la peste en la ciudad y la 
partida de no pocos que, contentos con el botín que ha- 
bían recogido, regresaron á Cataluña sin curar del rey 
ni de cuantos quedaban en la isla. 

Mientras tanto, y sin aguardar los refuerzos de Ara- 
gón, D. Jaime buscó entretenimiento á sus tropas á fín 
de que los estragos de la peste no las acobardaran, y 
saliendo de la ciudad que más tarde debía llamarse 
Palma, hizo una correría por los montes de Soller, de 
Bañalbufar y de Almalutx, en donde se habían refugia- 
do y hecho fuertes los sarracenos. Si en esta salida y 
cabalgada no consiguió apenas ningún resultado, obtú- 
volo completo en otra que no tardó á efectuar, siendo 
m motivo de esta expedición la vez primera que las 
'inicas de la conquista nos hablan de los almogávares 
e iban con la hueste del rey. 



33^ VÍCTOR BALAGUBR 

Citó éste un dia á los llamados adalills 6 adalides, que 
eran entonces los guías de los almogávares, y cuyo nom- 
bre sólo más tarde se hizo sinónimo de jefe, y acordó 
con ellos el modo de dar caza á los sarracenos monta- 
ñeses que, según aquéllos le dijeran, habían buscado un 
asilo en las hoy famosas cuevas de Arta. La expedición 
se llevó á cabo felizmente, tomando mucha parte los 
almogávares, cuyo retrato hace Desclot con mano maes- 
tra en estas palabras, que no puedo ni debo resistir á 
la tentación de copiar, pues ellas contribuirán á damos 
un conocimiento exacto de esa belicosa gente, ya que 
bien pronto nos corresponde hablar de ella con mucha 
.detención: 

* Aquestas genis qm han nom almugavars son unas genis 
que no viuen sino d"* armas, e nostan en ciuiats ne en vilas, 
sino en muntanyas e en bQschs, e guerretjan tots jorns ab 
sarrahins, e entran dins la ierra deis sarrahins una jomada 
ó duas al jorn, e amenan tnolts sarrahins presos e ftwU S 
alire haver, e á' aquel guany viuen; e sofferen de grans 
malanamas que alire hom no ho porta sofferir, que be stan 
dos jorns sens menjar si mester los es, e menjarán de te 
herbas deis camps, qtx sois no s' ho presan res. E los ada- 
lills son cels quV Is guian qui saben las ierras e* Is catnins; 
e no aportan mes una gonella e una camisa, sia yoern ó 
stiu, moli curia en las camas, e unas calsa^ ben siretas de 
cuyr e ais peus bonas avarcas de cuyr, e aportan boncolteU 
e bonas correijas e un fogur a la cintura^ e aporta cascí 
una bona lansa e dos darts e un serró de cuyr i la squena 
en que aportan sonpad dos ó a tres jorns; e son moliforis 
guerrers e leugers per fugir 6 per encalsar, e son caialans 
e aragoneses. » 

Sitiados los moros que había en las cuevas de Arta 
por el rey D. Jaime, hubieron al fin de entregarse, 
monarca aragonés pudo pues regresar victoriosamei 
á la ciudad, llevando hasta 2.000 prisioneros «que pu( 



\TALUNA.— LIB. V, CAP. XXXII. 33I 

en su historia, cogian el espacio de 
Con ellos y con un botín de lo.ooo 
000 ovejas que se hablan recogido 
durante aquella afortunada expedición, tomó la vuelta 
de Mallorca, á donde llegó contento y satisfecho á tiem- 
po de recibir parte del socorro que había enviado á bus- 
car á Aragón. 

En efecto, acababa de llegar á la isla el noble Don 
Rodrigo de LÍ2ana con sus caballeros, no habiéndolo 
podido efectuar D. Ato de Foces con los suyos, porque 
el barco en que iban fué arrojado por un temporal á la 
costa de Tarragona en donde se vieron obligados á 
abandonarle. 

Creyó, por fin, el-rey que era llegada la hora de'regre- 
sar á sus estados, pues más de un año habla transcu- 
rrido desde que abandonara á Cataluña; pero antes de 
partir, si como soldado acababa de conquistar un reino, 
como cristiano abrió los cimientos de la grandiosa ca- 
tedral, que hoy es joya y orgullo de los palmesanos, y 
como legislador dictó aquellas famosas franquicias que, 
al decir de Piferrer, debían ser un incentivo para que 
del continente viniesen pobladores, siendo al mismo 
tiempo el código que había de regir su nueva conquista 
como naciente población militar. 

Llegado el momento de elegir al que debía hacer sus 
veces en la isla, nombró el rey como lugarteniente y 
gobernador de Mallorca á Bernardo de Santa Eugenia, 
señor de Torruella, por ser el caballero en quien creyó 
bailar circunstancias más aptas y dotes de prudencia y 
valor conforme las requería el puesto de honor y de pe- 
ligro que le conñaba. Al dar este mando al de Santa 
Eugenia, le hizo merced del castillo de País que estaba 
junto á Tomiella y 6, Palafrugell y le firmó obligación 
de indemnizarle todos los gastos que en Mallorca hicie- 
Be en el desempeño de dicho cargo. 



332 



VÍCTOR BALAGUBR 



Hecho este nombramiento, convocó D. Jaime á con- 
sejo general á los barones, caballeros y demás poblado- 
res, y es fama que les habló en estos términos: 

«Oh barones, por disposición de Dios y con su bendi- 
to auxilio, hemos obtenido con mano fuerte esta ciudad 
y la isla; y mientras que han vuelto á sus casas muchos 
nobles y prelados, Nos permanecemos aquí con voso- 
tros catorce meses hace, porque temíamos que corsa- 
rios sarracenos 6 los fugitivos de las montañas os cau- 
saran daños que luego fuese difícil vengar y reparar. 
Ahora estamos ya en el principio del invierno, ycon el 
favor de Dios no tendréis que temer. Así, pues, os de- 
cimos, que hemos decidido marchamos, y no os sea sen- 
sible esta determinación, porque, bajo muchos concep- 
tos, os seremos más útiles en Cataluña juntando y en- 
viándoos gente y comestibles, de lo que podríamos seros 
permaneciendo aquí con vosotros; y si ocurriera nove- 
dad alguna, volveríamos en persona. Además, os pro- 
metemos bajo nuestra palabra, que después de separa- 
dos de vosotros no habrá hora del día ni de la noche en 
que no tengamos de vosotros la mayor solicitud y cui- 
dado. Y puesto que Dios nos hizo gracia tan singular 
de concedernos el dominio de estas islas que nunca pu- 
do lograr ningún rey de España, y que hemos edificado 
aquí una iglesia dedicada á nombre y honor de Nuestra 
Señora la Virgen Santa María, y otras muchas que por 
tiempo aquí serán, creed firmemente que no os olvida- 
remos, antes me veréis aquí muchas veces y^á menudo, 
y á medida de vuestra necesidad experimentaréis nues- 
tro beneficio. » 

Cuéntase que, al llegar á este punto de su discurso, 
los sollozos le embargaron la voz, conmoviéndose al par 
todos los que estaban presentes, quienes dieron tamb 
suelta á las lágrimas. Reinó silencio por largo rato 
rompiéndole por fin el rey, despidióse afectuosamente 



;ATALUtJA. — LIB. V. CAP. XXXII. 333 

mas, dióles á reconocer por lugar- 
Santa Eugenia, repartió sus armas 
ís iiiiis necesitados, y reiteró á todos la 
promesa de volar á su socorro al menor recelo de ame- 
naza contra la isla. 

En seguida marchó á la Palomera en donde le aguar- 
daban dos galeras, una de las cuales era de Raimundo 
Canet y la otra de los hombres de Tarragona, y embar- 
cándose en la primera el dia de los santos apóstoles 
Simón y Judas, dióse á la vela para Cataluña, á donde 
llegó al tercer día de navegación. 

Asi llevó á cabo D. Jaime y terminó brillantemente 
la conquista de aquella ciudad, nido de los piratas ba- 
leares que amedrentado tenían el Mediterráneo; as! - 
completó la obra iniciada por Ramón Berenguer, el 
Grande, y cumplió con aquella especie de tradicional 
legado de familia, cuyo cumplimiento no dejara de em- 
bargar la atención de Ramón Berenguer el Santo, de 
Pedro el Católico y de Alfonso el Casto. Al regresar Don 
Jaime de Mallorca, pudo tender triunfante y con orgu- 
llo su mirada de águila por aquella movediza llanura 
del Mediterráneo, que él acababa de convertir en una 
vía militar que unia ya dos reinos de entonces más her- 
manos, y acaso acertó á ver, perdida allá, entre la bruma 
de los mares, á Valencia, que tremolaba aún la mo- 
risca enseña en lo alto de sus torres, y acaso se hÍ20 á 
si mismo el juramento de apoderarse de ella para en- 
gastarla como un nuevo ñorón en su corona. 

Por lo demás, no se culpe al autor de esta obra, sino 
á las circunstancias especiales de ella, el no haber re- 
ferido con mayores detalles esta magnífica conquista de 
Mallorca, brillante epopeya que está todavía aguardan- 
te su Homero. Con lo que de D. Jaime llevamos con- 
tado hasta ahora , se podría, sin amplifícarlo mucho, 
llenar un volumen, y este volumen no sería, sin em- 



334 VÍCTOR BALAGÜER 

bargOy más que la historia del rey hasta sus veinte años. 
Juzgúese, pues, lo que debía ser aquel hombre que tuvo 
una niñez de gigante. 



CAPITULO XXXIII. 



Proyecto del rey. — Llega á Tan-agona.— Obispado de Mallorca.— Cis*- 
miento de la condesa de Ürgel con el infante de Portugal. — ^El rey re- 
cibe del infante el condado de Urgel, y le da en cambio el sefiorío vi- 
talicio de Mallorca. — Cuándo volvió el rey á recobrar Mallorca. — ^Va 
D. Jaime á Tudela. — ^D. Jaime de Aragón y D. Sancho de Navarra se 
adoptan recíprocamente por hijos y sucesores de sus reinos. — No se 
efectúa el convenio. — ^Viene D. Jaime á Barcelona y reúne consejo de 
nobles y de ciudadanos.— -El rey en Vich. — Vuelve á Barcelona y de- 
cide pasar á Mallorca. — Se intenta en vano disuadirle de su viaje.— 
Fruto que sacó de su viaje á la isla. — Vuelve á Cataluña. 

(1230 Y 1231.) 

Era D. Jaime de ánimo levantado, según hemos di- 
cho, y no daba vagar á su espíritu. Mientras venía 
de conquistar un reino en medio de la mar; mientras 
regresaba á Cataluña con la gloria de haber sido el pri- 
mer monarca ibero que, después de la restauración de 
nuestra Península, lograra sujetar á su dominio ultra- 
marinos países ; mientras soñaba ya en ir á Valencia 
para hacerla pedestal de su victoriosa enseña de las Ba- 
rras, su mente acariciaba la lisonjera idea de hacerse 
el más poderoso monarca peninsular, uniendo el reino 
de León á los que bajo su cetro ya tenía. Para esto, 
mientras que con esa prodigiosa actividad, que pocos 
monarcas han tenido en tan alto grado, proseguía sin 
descanso la conquista de Mallorca, sus agentes trata 
su matrimonio con la hija del rey de León. 

Lo era entonces de este último país Alfonso IX, q' 



CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXnl. 335 

disgustado con su esposa Berenguala y con su hijo Fer- 
nando, rey de Castilla, llamado después el Sanio, quería 
que le sucediesen en el reino sus hijas Doña Sancha y 
Doña Dulce, habidas en un primer matrimonio. Esta- 
ba, pues, en tratos con D. Jaime, desde que el concilio 
de Tarazona anuló su matrimonio con Doña Leonor de 
Castilla, para casarle con su hija Sancha, dándole el 
reino de León en dote; pero el fallecimiento de D. Al- 
fonso, ocurrido durante la conquista de la isla, hizo fra- 
casar este proyecto. 

La noticia de esta muerte la recibió D. Jaime al lle- 
gar á Cataluña y al desembarcar en la playa llamada 
de Porrasa, entre Tarragona y Tamarit. Allí encontró 
á Raimundo de Pl^amans, que, después de saludarle, 
besarle las manos y llorar de puro contento, le dijo como 
unos castellanos llegados á Barcelona le habían traído 
la nueva del fallecimiento de D. Alfonso. Pesáronle al 
rey estas noticias por la pérdida del citado reino; pero 
juzgó, dice la crónica, que de mayor gusto para Dios, 
de mayor honra ante el mundo y de más alto mérito 
había sido ganar el reino de Mallorca, que, sin éste, ha- 
ber obtenido únicamente el de León. 

Pasó D. Jaime á Tarragona, donde fué recibido en 
triunfo. Todo el clero y el pueblo le salieron al encuen- 
tro con cruces y pendones, y recibieron con grande al- 
borozo al rey vencedor, dando gracias y bendiciendo á 
Dios que le restituyera á su pueblo con tan insigne vic- 
toria. Consta por las memorias de Poblet, que fué tam- 
bién á este monasterio á dar gracias á la Virgen, y per- 
maneció en él hasta el 9 de Noviembre , siendo en este 
punto donde en conferencias con varios prelados comen- 
zaron á suscitarse dificultades sobre la creación del obis- 
ado de Mallorca. Púsolas principalmente la iglesia de 
Barcelona, que pretendía tener jurisdicción sobre las de 
a isla por donación que le otorgara Al!, señor de Denia 



336 



VÍCTOR BALAGUER 



y de Mallorca, confqfme ya de ello he dado debida cuen- 
ta en otro lugar; pei;o, interviniendo como arbitros los 
abades de Poblet y de Santas Creus, acordóse la erección 
ó más bien restauración de la silla episcopal de Mallor- 
ca, dejando la elección del primer prelado al arbitrio 
del monarca, y la de los sucesivos al obispo y cabildo 
de Barcelona, con obligación de nombrarle del seno de 
aquella iglesia mientras fuese posible , condición que 
no llegó á cumplirse por sobrado exorbitante. £1 desi£^- 
nado por el rey para la nueva mitra en I232, fué Ber- 
nardo, abad de San Feliu de Guixols, y en 1235^ por 
muerte ó renuncia de éste, lo fué el paborde de Tarra- 
gona, Ferrer de Santmartí, más tarde obispo de Valem 
cia; pero el primero que en propiedad la obtuvo en 1238, 
fué Raimundo de Toruella, de quien se asegura sin bas> 
tante fundamento que fué religioso dominico y hermano 
de Bernardo de Santa Eugenia ^ 

Al partir el rey de Poblet, pasó por Montblanch y 
fuese á Lérida, desde cuyo punto se dirigió á Aragón, s^- 
liéndole á recibir en todas partes el clero y d pueblo coo 
procesiones, regocijos y estandartes. Todo aquel invier- 
no lo pasó en Aragón, en donde arregló sin duda el ma- 
trimonio de Doña Aurembiaix, condesa de Urgel, con 
el infante D. Pedro de Portugal. Este infante vivió casi 
toda su vida desterrado del reino de Portugal, siendo 
muy perseguido del rey D. Alfonso su hermano. Pri- 
meramente pasó al África, de donde se vino después á 
Aragón y donde D. Jaime le dio grata hospitalidad, 
heredándole de algunos lugares y rentas en el campo 
de Tarragona, y dándole mujer de la casa real, que fué 
Doña Aurembiaix, condeáa de Urgel 2. 

■ 

1 Quadrado, nota 166 de Marsilio« — Zurita, lib. III, cap. X 

2 Monfar, cap. LXVI. Según este cronista, aun cuando no se vi 
case el casamiento, se había concertado un enlace enü eelreyD'J' 
y Dofia Aurembiaix siendo nifios. 



ALUSA. — LIB. V. CAP. XXXIII. 337 

smbargOj en morir, y dictó testa- 
mento legando, á falta de hijos, sus bienes y condado 
en propiedad á su esposo, y cuentan las historias que 
entonces el rey D. Jaime, ya porque no le conviniese el 
excesivo acrecentamiento del infante en Cataluña, ya 
porque echase de ver el carácter descontentadizo y bu- 
llicioso de que con el tiempo hÍ2Ó muestra el portugués, 
ó, en fin, porque temiese no se concertara con el de 
Cabrera, que no renunció á sus pretensiones ai condado 
ni amaba al rey, trató de hacer con D. Pedro un cam- 
bio dándole Mallorca por Urgel, y logrólo con tanta 
mayor facilidad, cuanto que, por la infeudaciÓR hecha 
por la difunta condesa á la corona, ya era señor directo 
de aquel estado. Cerróse el ajuste en Lérida á ñnes de 
Setiembre de i23i i; el infante recibió el señorío vita- 
licio de la isla de Mallorca y de las otras adyacentes 
que todavía estaban por conquistar, y prestó homenaje 
al rey, que se reservó la Almudaina y las principales 
fortalezas. 

Ha dicho un sesudo historiador, que el trueque era 
ventajoso al rey bajo todos aspectos, bien que sensible 
por la predilección que le inspiraba su reciente conquis- 
ta. Sin embargo, Jimeno de Urrea y Blasco de Alagón, 
departiendo un día con el monarca en 1234, le dijeron 
que tan bellas islas se perderían por el descuido y flo- 
jedad del infajite, que era el hombre más negligente del 
mundo, á lo cual contestó el rey que pronto enmenda- 
rla su yerro. Y realmente, asi que hubo conquistado el 
runo de Valencia^ cedió en ét al infante muchos esta- 
dos y las villas de Segorbe, Morella, Murviedro, Caste- 
llón y Almenara para recobrar á Mallorca. En la histo- 

I Puede leerse ejU escritura en el «píndice 5.° de la crónica de Mar- 
io comentada por Qnadrado, y en el Monfar. tomo I, pig- 509- Efte 
imo traslada también el testamento de Dofla Aurembiaix. — (Viase la 
"a que hay al final de aU capUtdo.) 

TOUO XI 22 



338 VÍCTOR BALAGUER 

ría de esta isla, por Dameto, consta un auto de 3 de Ju- 
nio de 1244, por el que notifica el infante á los isleños 
haber dado por concambio aquellas islas al rey de Ara- 
gón, absolviéndoles del juramento de fidelidad que le 
habían prestado, y mandándoles que recibieran y tuvie- 
ran á D. Jaime por su señor. 

Volviendo ahora á reanudar la ilación de los sucesos, 
hay que referir como á principios de Enero de i23i filé 
D. Jaime á Tudela, donde, para que todo fuese extraor- 
dinario en él, se verificó aquella recíproca y singular 
adopción de los dos monarcas, el ijno joven y el otro 
anciano y enfermo, por la cual se ínstitu}^ron reciproca- 
mente herederos. 

Rey era entonces de Navarra D. Sancho el Fuerte 6 
el Encerrado, que aquejado de una extraordinaria gor- 
dura en su avanzada edad de setenta y ocho años, vi^ 
con harto trabajo y apenas se dejaba ver de nadie. Envió 
un mensaje á D. Jaime para proponerle celebrar con él 
una alianza mutua, ofreciéndole que le otorgaría tantas 
mercedes como rey ninguno las hubiese otorgado á otro 
rey mayor, y D. Jaime se resolvió á pasar á Tudela para 
conferenciar con él. £n ésta entrevista fué cuando le 
hizo la singular proposición de adoptarle por hijo y ha- 
cerle heredero de su reino, desheredando á Teobaldosu 
sobrino, conde de Champaña, con tal que hiciese la gue- 
rra á Castilla, uniendo sus fuerzas con las de Navarra: 
solamente le pidió que al propio tiempo que le prohija- 
ba, le prohijase también D. Jaime, pues no podía per- 
der en ello, le dijo, toda vez que con sus setenta y ocho 
años era natural que muriese el primero. A esto contes- 
tó el monarca aragonés que él tenía ya á su hijo Alfonso, 
al cual habían jurado ya por heredero los nobles y ca- 
balleros de Aragón, y las ciudades, entre ellas la de 1 
rida, y que por su parte no podía permitir que perdi 
su hijo el derecho que tenía adquirido; pero el nava*^ 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXIII. 339 

repuso entonces que no tenia inconveniente en no podei 
sucederle sino después de su hijo, con tal que le auxi' 
liase en la guerra que tenia con el rey de Castilla, e 
cual quería destronarle; por manera que si él moría é 
primero, debiese D. Jaime sucederle en sus reinos, y s: 
al contrario sobrevivía él á D. Jaime y á D. Alfonso st 
hijo, debiese heredar de todos sus estados i. Este sin- 
gular convenio se extendió el 2 de Febrero de i23i er 
el castillo de Tudela, pero sin embargo no tuvo efecto, 
pues á la muerte de D. Sancho de Navarra fué procla' 
mado rey de este punto su sobrino Teobaldo llamadc 
el Trovador, á pesar de la oposición de D. Jaime quien, 
en vida de aquél, habia vuelto por segunda vez á Tu- 
dela acompañado de los ricos-hombres y síndicos de sue 
ciudades, y habia recibido de los navarros el juramen- 
to y homenaje de reconocerle por rey, después de muer- 
to D. Sancho. 

Es preciso advertir también que, no obstante el con- 
venio y no obstante el mucho amor que el de Navarra 
decía profesar á D. Jaime, surgieron bien pronto mo- 
tivos de disgusto entre ambos monarcas. Comenzaron 
por DO entenderse cuando se trató de llevar adelante la 
jomada contra Castilla, sin embargo de que estuvo muy 
cuerdo y prudente D. Jaime y trazó un admirable plan 
de campáis, y acabaron por ponerse completamente en 
desacuerdo cuando, no habiendo podido acudir, á una 
cita el monarca aragonés, á causa de haber tenido que 

I Víase la propia historia de D. Jaime, desde el cap. CXU hasta 
d OCXU, 7 tambiín los muchos autores que de esto tratan, entre ellos 
Zurita, cap. XI del lib. III de sus Anaiei, y Sas en su libro sobre D. Jai- 
me I. Es preciso advertir que ea et tratado de alianza y mutua adopción 
otorgado entre el rey de Aragón y el de Navarra, no se hace mérito del 
hijo D. Alfonso, según se eupresa en el texto, pero lo dice D. Jaime, 
y los traductores de su crónica creen que c! convenio a favor de dicho 
(lijo fué estipulado separadamente en algún tratado secreto. 6 tan.súlo 
ie ptlabra entre ambos soberanos. 



^ 



340 VÍCTOR BALAGUER 

pasar precipitadamente á Mallorca, se enfrió de una ma- 
nera muy notable el voluntarioso rey de Navarra. De 
todos modos, es tan singular y digno de perpetua me* 
moría todo lo que pasó entre ambos reyes, y está tan 
agradablemente contado por el propio D. Jaime en su 
historia, que creo oportuno recomendar todo lo á este 
pimto referente para solaz y estudio de los lectores. 

Después de su primera entrevista en Tudela con Don 
Sancho el Fuerte, encuentro que D. Jaime se vino á Ca- 
taluña donde, estando en Barcelona, tuvo vagamente 
noticias de que el rey de Túnez hacia aprestos para 
pasar á Mallorca, con cuyo objeto se apoderaba de to- 
das las naves de písanos, genoveses y otros cristianos. 
El rey entonces llamó á consejo á los nobles que le 
acompañaban y á los prohombres de Barcelona, siendo 
este titulo de prohombres (de probi homines) el que se 
daba á los que componían los municipios, particular- 
mente el de Barcelona, antes de la reforma de esta cor- 
poración llevada á cabo en 1249. ^^ consejo, compues- 
to sólo de nobles y ciudadanos, según las memorias es- 
critas que nos quedan, fué de parecer que no se debía 
acordar nada hasta que se tuviesen noticias más segu- 
ras y exactas, pues no siempre salía cierto todo lo que de 
luengas tierras se contaba. 

Conformóse el rey con este dictamen, y se filé entre 
tanto á Vich para resolver ciertas cuestiones que se ha- 
bían suscitado entre Guillermo de Moneada y algunos 
habitantes de aquella población i; pero al día siguiente 
de estar allí se le presentó un mensajero que venía de 

1 Guillermo dice la crónica de Marsilio, y GuUlermo también b 
crónica real, traducida por Flotats y Bofarull; pero debía ser Pedros y 
no Guillermo de Moneada, ú se atiende á que no podia ser otro qi 
hijo de Guillen Ramón de Moneada, que heredó la senescalía de C 
lufta, y que se llamaba Pedro, según yo encuentro. Ya sabemos qu< 
Moneadas tenían el sefiorío de la parte superior de la dudad de ^ 



t CATALUÑA.— LIB. V. CAP. XXxm. 34I 

áo de Plegamans, sin duda el gober- 
)na entonces, el cual le dijo haberse 
liona noticias de que el rey de Túnez 
á aquellas horas en Mallorca, 
lensaje á D. Jaime, y con aquella ac- 
tividad de que ya había dado muestra y de que aún ha- 
bla de dar tantas durante su vida, partió en el acto pa- 
ra Barcelona, á donde llegó aquella misma noche, y 
donde ante su consejo, apresuradamente reunido, es 
fama que pronunció estas nobilísimas palabras: — *No 
fué bueno el consejo que aquí se nos dio, ni se miró en 
él por nuestro honor ni por el bien de la tierra, pues la 
más grande empresa que se haya llevado á buen tér- 
mino desde cien años acá, quiso el Señor Dios que se 
cumpliese con la conquista de Mallorca; y ya que Dios 
DOS la dio, no hemos de perderla ahora por pereza ni 
por cobardía. Resuelto estoy á ir á socorrerla en perso- 
na, y para ello señálese día á todos los que en aquella 
conquista nos ayudaron, y envíense órdenes á Aragón 
para que todos los que tengan por mi algún feudo ó 
sean de mi mesnada, comparezcan en Salou dentro tres 
semanas. Allí les esperaré, pues preñero morir en Ma- 
llorca, á perderla por culpa mía. > 

A tenor de las apremiantes órdenes del rey, dispúso- 
se todo para que del puerto de Salou pudiese salir la ex- 
pedición el día señalado. Fletadas naves y tandas y 
una galera paia tomar noticias; dispuestos á hacerse 
á la vela 25o caballeros, entre ellos Ñuño Sánchez; 
pronto el rey, y cuando ya no se esperaba sino la señal 
de la partida, presentáronse á D. Jaime el anciano ar- 
zobispo de Tarragona y Guillermo de Cervera, su an- 
tiguo consejero, que se había hecho monje de Poblet, 

ito serían laj disensiones di; que habla D. Jaime 



342 VÍCTOR BALAGUER 

quienes con lágrimas le instaron á que no expusiese 
su persona en aquella empresa, sino que la confíase á 
uno de sus capitanes. Todo, empero, fué inútil. El 
rey había decidido partir , y partió , acompañándole d 
infante de Portugal que, á última hora, cuando iban 
ya las naves á hacerse á la vela, se presentó sólo con 
cuatro caballeros^ provocando el enojo del monarca, 
el cual no pudo menos de manifestarle lo que se pas- 
maba de verle tan retrasado y con tan poca com- 
pañía 1. 

Afortunadamente, la alarma producida por el des- 
embarco del rey de Túnez en Mallorca, no tenía fun- 
damento alguno. Cuando D. Jaime llegó á SoUer, que 
es donde arribó aquella vez la flota , supo que no se 
había avistado ninguna embarcación enemiga, y á los 
quince días de estar allí, tuvo la certeza de que los 
tunecinos no proyectaban nada contra la isla, pues an- 
daban en guerra con aquellos mismos almohades á 
quienes D. Jaime había vencido en Mallorca. 

Pero su viaje á la isla no fué inútil. Seguro ya de que 
nada que temer había por parte del rey de Túnez, mo- 
vió el monarca aragonés su hueste contra los moros 
montañeses , que eran en número de más de 3.ooo, y 
después de haberles tomado sus tres fuertes castillos de 
Alaró, Pollensa y Santueri, obligó á venir á tratos al 
caudillo Xuayp ó Joaib, que se sometió bajo ciertos 
pactos y condiciones, lo propio que muchos de los su- 



1 Es preciso advertir que, cuando el rey volvió esta vez á Mallor- 
ca, DO se había aún efectuado el convenio de permuta con el infante de 
Portugal, ni había mueito aún la condesa de Urgel. Ésta murió el M^ 
Agosto de 123I; el infante cedió el Urgel á D. Jaime, á cambio del sfr 
fiorío de Mallorca, á fínes de Setiembre de 1231, y D. Jaime efectuó 
segunda expedición á la isla en Marzo del mismo afio, regresando á 
talufia á últimos de Mayo. £1 infante de Portugal no era, pues, aún 
flor de Mallorca, como sientan principales autores. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB, V, CAP. XXXIV. 343 

yos, sin embargo de que todavía quedaron unos 2.000 
hombres en las montañas , los cuales quisieron conti- 
nuar permaneciendo fíeles á su ley y á su bandera en 
aquellos enriscados reductos. 

Tranquilo el rey por el momento, y seguro ya de que 
nada amenazaba turbar la paz de Mallorca, volvió á de- 
jar el mando en manos de Bernardo de Santa Eugenia, 
y aumentando sus fuerzas con algunos caballeros de los 
que había traído, regresó á Cataluña, donde su primer 
objeto fué ir á Tudela para verse otra vez con el nava- 
rro, á ñn de proseguir los preparativos contra Castilla; 
pero hallándole ya cambiado, vínose de nuevo á Cata- 
luña, paradirigir sus miras á nuevas conquistas de terri- 
torios sarracenos. 



CAPITULO XXXIV. 



Los sarracenos de las montañas de Mallorca . — Tercera expedición del 
rey á la isla. — Hace testamento antes de partir. — Llega á Mallorca. 
— Conquista de Menorca. — ^Embajada que pasó á la isla. — Estratage- 
ma del rey.— Sumisión de Menorca. — Se proyecta la empresa contra 
Ibiza. — Guillermo de Montgrí se ofrece á tomar la isla. — El infante de 
Portugal y Nufio Sánchez toman parte en la empresa. — Sitio y toma 
de Ibiza. 

(1232 Y 1235.) ^ 

Los 2.000 sarracenos que no hablan querido some- 
terse en Mallorca al mismo tiempo que Xuayp, hicieron" 
una resistencia desesperada á los caballeros aragoneses 
y catalanes que, ausente ya el rey, y al mando de Ber- 
nardo de Santa Eugenia, fueron á combatirles. Parape- 
tados en sus agrestes riscos, defendiendo heroicamente 
aquel último rincón que les quedaba en la que fué su 



344 VÍCTOR BALAGÜER 

patria y aquel último miserable albergue de sus familias, 
rechazaron todos los ataques, desbarataron todos los 
planes de los cristianos, sufrieron los rigores delinvier- 
no y del hambre, y, por fín, cuando ya no les quedaba 
recurso humano, aún contestaron á la invitación que 
de rendirse les envió el de Santa Eugenia, diciendo que 
no lo harían mientras no se presentase aquel rey á quien 
Dios había dado la isla. 

Bernardo de Santa Eugenia y Pedro Maza, los dos 
caudillos que mandaban la hueste catalana-aragonesa 
de la isla, decidieron entonces ir en busca de D. Jaime, 
ya que sólo á él querían entregarse los últimos restos 
de los montañeses sarracenos. Vinieron, pues, á Cata- 
luña y presentándose al rey, que estaba á la sazón en 
Barcelona , le persuadieron á que de nuevo se embar- 
case para la isla, diciéndole que de su presencia en ella 
dependía el que se acabaran de rendir todos los sarra- 
cenos, á tenor de lo que con ellos habían pactado. En 
el acto dispuso el rey que sé aparejasen tres galeras y 
estuviesen en el puerto de Salou dentro de quince días, 
decidiendo ir solo y sin más comitiva que su gente de 
servicio. 

Fué la venida de los barones de Santa Eugenia y 
Maza, á últimos de Abril de I232, y el 6 de Mayo esta- 
ba ya D. Jaime en Tarragona, dispuesto á embarcarse. 
En aquel rey el pensamiento era la acción. Consta que, 
hallándose ei^ dicha ciudad de Tarragona, y antes de 
partir para Salou, hizo testamento por el que volvía á 
legitimar de nuevo al príncipe D. Alfonso su hijo, aJ 
cual criaba en Castilla su madre la repudiada Doña Leo- 
nor. Instituyóle entonces por su heredero en los reinos 
de Aragón y de Mallorca, y en los condados de Barce- 
lona y de Urgel y señorío de Montpeller que antes 
había reservado para los hijos que pudiera tener de ot 
esposa. Sustituía en lugar del príncipe por su hereder 



Q^ 



LLUÑA. — LIB. V. CAP. XXXIV. 345 

lejar hijos, á su primo D. Ramón 
Provenza. Dejaba por tutores de 
so bijo al arzobispo de Tam^ona, á los maestres del 
Hospital y del Temple y á Guillermo de Cervera, mon- 
je de Poblet; y ordenaba terminantemente que los tu- 
tores reclamasen el joven príncipe á su madre y al rey 
de Castilla para criarle ellos á su voluntad; y que si por 
acaso su hijo presumiese entrar poderosamente con gen- 
te extranjera para apoderarse del reino, no estuviesen 
obligados los ricos-hombres de Aragón y de Cataluña 
á obedecerle, sino fuese viniendo como debía venir el 
rey á sus vasallos i . 

Hecho este testamento, partió D. Jaime, debiendo 
efectuar su salida del puerto de Salou á mediados de 
Mayo. Cuéntase que la noche era oscura y aturbona- 
da, y que los marineros rehusaban salir del puerto, pero 
que el rey les obligó, cediendo la borrasca después de 
haber andado diez millas, serenándose el cielo y abo- 
nanzando el tiempo. Entonces le dijo uno de los que 
iban con él: — *Con galochas pudierais pasar el mar; no 
parece sino que sois el predilecto del cíelo, pues está de 
Dios cuanto vos hacéis. » 

Al tercer día de haberse dado á la vela, las tres ga- 
leras de D. Jaime entraban en Portopi, y empavesadas 
y al son de trompetas fueron vogando hacia la playa de 
la ciudad, en donde esperaba ya toda la población. A 
los pocos días, atendiendo el rey á los sarracenos, por 
cuya causa había ido, logró cumplidamente su intento. 
Bastó que se presentara para que se le sometiera toda 
aquella turba de indomables montañeses. 

Era realmente aquel hombre, como le había dicho 
uno de sus barones, el predilecto del cielo: se presenta- 

1 Este testamenta se halla en los archivos de la Corona de Aragún, 
de Jaime I, núm. 453.— (Nota de la segunda ediciÚD.) 



34^ VÍCTOR BALAGUER 

ba, y sumisos caían á sus plantas ejércitos poco antes 
indómitos; se pronunciaba su nombre, y se le sometían 
islas. Precisamente fué esto último lo que le sucedió 
con la isla de Menorca, cuya conquista llevó á cabo sin 
pérdida de un solo caballero y con el único poder de su 
nombre. 

He aquí cómo sucedió esto: por consejo de uno de 
sus más allegados envió á Menorca las tres galeras en 
que había venido, con embajadores encargados de inti- 
mar la rendición á aquellos isleños. Los mensajeros fue- 
ron Bernardo de Santa Eugenia, Raimundo de Serra, 
comendador de la orden del Temple en Mallorca, y 
Asalit ó Ánsaldo de Gudar, que era de la mesnada real. 
Se combinó que mientras los embajadores cumplían su 
misión, el monarca fuese en persona al extremo de la 
isla, y al punto llamado cabo de Piedra, á fin de espe- 
rar el resultado del mensaje y coadyuvar á él, mandan- 
do encender en el cabo grandes hogueras, para hacer 
creer á los de Menorca que era el ejército que contra 
ellos iba. 

La embajada y también la estratagema obtuvieron 
un éxito satisfactorio. D. Jaime se fué al cabo de Pie- 
dra llevando sólo en su compañía seis caballeros y cua- 
tro caballos, cinco escuderos de servicio, diez criados 
de su palacio y algunos correosa ¡bela host de rey! como 
dice él mismo en su historia. Mandó por la noche pren- 
der fuego á algunos matorrales para aparentar grandes 
hogueras, y semejante novedad llamó en efecto la aten- 
ción de los sarracenos de Menorca, quienes enviaron i 
preguntar qué era aquello á los embajadores cristianos. 
Estos, que habían dado ya cuenta de su misión y espe- 
raban la respuesta, dijeron que semejantes fuegos indi- 
caban que era el rey D. Jaime, el cual había lleg¡ ' 
hasta allí con sus huestes, pronto á caer sobre Meno 
sí no se sometía á su dominio. Atemorizáronse los 



lE CATALUÑA. — LIB. V. CAP. XXXIV. 347 

inieron á reconocer por señor de la isla 

_, ragón, cediéndole las fortalezas y pres- 

tindole cada año un tributo de 3 . ooo cuarteras de trigo, 
loo vacas y 5oo entre cabras y ovejas. 

Desde que fué celebrado el convenio, dice el rey en 
sus comentarios, se sacaron de aquella isla dobles ó 
quizá mayores réditos de los que al principio se le pro- 
metieran por tributo, y «desde entonces, por la gracia 
de Dios — son palabras del rey, — muy lejos de haber la 
isla de MaJlorca necesitado más nuestra ayuda, la ha 
mejorado tanto el Señor, que vale doblemente de lo que 
valía en tiempo de los sarracenos. • 

Y ahora, para finalizar este libro con la conquista de 
tas Baleares, es preciso que mis lectores me permitan, 
aunque sea dejando un vacio de dos años, que se llena- 
rán al comienzo del siguiente libro, contar la empresa 
que se llevó á cabo contra la isla de Ibiza y la toma de 
su castillo y villa. 

La conquista de Ibiza no tuvo lugar, como observó 
ya Zurita, hasta iz35, entrada ya la primavera; pero la 
propuesta de ganarla que presentaron al rey el sacrista 
de Gerona y sus compañeros, pudo ser el año preceden- 
te, 6 antes tal vez. Se cuenta que hallándose un día 
D. Jaime en Alcañiz, comparecieron ante él el sacrista 
de Gerona Guillermo de Montgrí, que era arzobispo 
electo de Tarragona, si bien no parece que fuese con- 
firmada por Roma su elección; Bernardo de Santa Eu- 
genia y su hermano. Dirigió la palabra al rey Guillermo 
de Montgrí, y le dijo que si le quería ceder la isla de 
Xbiza, él y los de su linaje emprenderían aquella con- 
quista, guardándola en feudo por el monarca. 

Vino en ello D. Jaime; hizose el convenio conforme 
a] Cual el feudo de Ibiza juntamente con el señorío es- 
piritual quedaba por la silla arzobispal de Tarragona, 
salvo el dominio supremo del rey, y todo se dispuso 



34^ VÍCTOR BALAGUBR 

para la empresa, mandando construir Guillermo de 
Montgri un trabuquete y un fundibulo. Luego que el 
infante de Portugal D. Pedro y Ñuño Sánchez del Ro« 
sellón tuvieron noticia de la proyectada empresa^ ofre- 
ciéronse á acompañar al de Montgrí, con tal que éste 
les diese parte en la conquista, á proporción del número 
de caballos con que le auxiliasen; fuéles otorgada su de* 
manda y emprendieron juntos aquella campaña, divi- 
diéndose las tierras, cuando vino el caso, por terceras 
partes entre el infante, el conde D. Ñuño y los promo- 
vedores de la conquista. 

Acaudillada la armada y congregada la hueste, dié- 
ronse á la vela los capitanes y su gente, saliendo del 
puerto de Barcelona i; y llegando á Ibiza con próspera 
navegación, saltaron en tierra y en seguida pusieron 
sitio á la villa abriendo trincheras, sentando el campa- 
mento y combatiendo reciamente la plaza con los inge- 
nios de batir que consigo llevaban. Siguiendo la relación 
histórica que se halla al frente de las ordinaciones de 
Ibiza, recopiladas por aquel municipio en tiempo de 
Fernando VI, los hombres de Lérida, que parece ser 
iban muchos en la hueste, construyeron una máquina 
ó ingenio con el cual ofendieron poderosamente la 
plaza. 

Resistíase ésta con heroismo, pero los cristianos tu- 
vieron medio de hallar secretas inteligencias entre los 
sitiados. Según cuenta la citada Resumpta histórica, un 
moro muy principal de la villa, ofendido de que el jeque 
de Ibiza le hubiese tomado una mujer á quien amaba, 
llevándosela á su serrallo, aprovechó aquella ocasión 
que para vengarse se le presentaba, y entendiéndose con 
el caudillo de los sitiadores, le ofreció introducir sus tro- 

1 Rtsttnipta histórica de la isla de 3isa, continuada al frente de 
ordinaciones de esta isla, pág. 94. 



K, — LIB. V. CAP. XXXIV. 349 

Así, pues, una noche que estaba guar- 
:o que se abría en el muro, avisó á los 
íes se adelantaron hasta el campo que 
de aquella puerta, y que aun hoy se lla- 
ma campo de la traición, comenzando á introducirse en 
la plaza por el postigo que les abrió el moro. No pudo 
serj sin embargo, con tanto secreto que no lo advirtiesen 
los sitiados, los cuales, abalanzándose á impedir la en- 
trada de la hueste aragonesa, trabaron con ella una em- 
peñada y sangrienta refriega en la calle de que ya los 
nuestros se habían apoderado. 

En el Ínterin, los de Lérida asaltaban el muro por la 
parte en que en él abrieran brecha con su ingenio, sien- 
do an soldado leridano, llamado Juan Chico, el primero 
que subió á la muralla, enarbolando en ella el estan- 
darte de la cruz y de las Barras. Este ataque de los 
hombres de Lérida fué favorable á los catalanes, que en 
el otro extremo de la villa habían penetrado por el pos- 
tigo mencionado. La plaza fué tomada y la victoria com- 
pleta, rindiéndose la cindadela y ocupando los conquis- 
tadores sin ninguna resistencia lo demás de la isla, co- 
mo también su vecina la Formentera. 

Asi se llevó á cabo la conquista de aquellas islas, pri- 
mera empresa ultramarina de las armas de la Corona 
DB Aragón, con la cual se abrió una vía de esplendor 
y gloria á la bandera de las gules Barras, que ya desde 
entonces, de triunfo en triunfo, había de llegar hasta 
remotos países haciéndose temer y respetar en todas 
partes. 



ACLARACIONES Y APÉNDICES 

. AL LIBRO QLFINTO. 



I (Cap. IV). 

SIGUE LA CRONOLOGÍA DE LOS CONDES CATALANES. 

(siglos XII Y XIII.) 
(Véase el apéndice núm. (t) del libro coarto.) 

CONDES DE CERDAÑA. 



Por testamento de Ramón Berenguer el Grande se \tgb 
este condado á su segundo hijo D. Pedro, que cambió luego 
su nombre en el de Ramón Berenguer al pasar á ser conde 
de Provenza (Véase el cap. II de este libro). Es de presu- 
mir que le sucedió su hermano Sancho, tercer hijo de Ra- 
món Berenguer IV. Tendríamos, pues, siendo aa, á 

Pedro, desde 1162 á... 1168. 

Sancho, desde ii68*,.,. á... 1181. 

En este año murió Pedro 6 sea Ramón Berenguer, y 
Sancho entró á sucederle en el condado de Provenza. Turó- 
lo hasta 1 185, en que el rey Alfonso se lo quitó para dár- 
selo á un hijo suyo, cediéndole en cambio el condado de 
Rosellón y de Cerdaña. Se presume que, á pesar de ser 
conde de Provenza, Sancho no dejó de serlo de Cerdaña, 
y en este caso tendríamos: 

Al mismo Sancho, desde 1 181 á. . . 118 



ALUNA. — ACLARACIONES AL LIB. V. 351 

., según acabamos de decir, el condado de 

unido al del Rosellón, pero ya de entonces 

en adelante los condes de estas dos comarcas no tuvieron 

sino una especie de título de honor, pues los verdaderos 

condes fueron los reyes de Aragón. 

condes de urgbl. 

Arubhgol VIII 1184 1208. 

A la muerte de este conde ocurrieron grandes distur- 
tños en el condado de Urgel por la sucesión. Armengol 
dejó heredera del condado á su única hija Aurembiaix, que 
había tenido en su esposa Elvira. Un sobrino de Armen- 
gol, Guerau do Cabrera, hijo de una hermana suya casada 
con el vizconde de Cabrera, pretendió como pariente varón 
más inmediato apoderarse del condado. La condesa Elvira 
puso á su hija Aurembiaix bajo la protección del rey don 
Pedro el Católico, á quien cedió el condado, salvo los dere- 
cbosdesuhija. Tuvieron lugar sangrientos encuentros en- 
tre el rey D. Pedro y el vizconde de Cabrera, que se titula- 
ron ambos condes de Urgel. Este último está, sin embargo, 
con^derado y continuado en la lista de los condes desde 
j2o8 hasta 1228. En este año ya sabemos que D. Jaime el 
CoH^istador lo recobró para 

Doña Aurbmbiaix 1228 1231 . 

Muerta ésta, lo tuvo por su testamento su esposo el in- 
fante de Portugal, que lo cedió á D. Jaime de Aragón en 
cambio del señorío de Mallorca. 



CONDES DE AMPURIAS. 

A Hugo ni, que murió en 1230 poco después de ganada 
Mallorca, y al cual le hemos visto tomar en esta conquista 
una tan activa parte, sucedió suhijo PonsHugoII, de quien 
tendremos ocasión de hablar en el próximo libro. 



352 VÍCTOR BALAGUBR 

CONDES DEL ROSELLÓN. 

Alfonso el Casto, rey de Aragón, I de 
Cataluña y II de Aragón 1172. . . 1196. 

Conde titular del Rosellón: D. Sancho 
desde 1185 á 1224 próximamente. ;s 

Pedro el Católico^ I de Cataluña y 11 
de Aragón 1296. . . 1213. 

Jaime el Conquistador^ I en Aragón y 
en Cataluña 1213. • . 1276. 

Conde titular: D. NuÑo Sánchez, hijo 
de D. Sancho, desde 1224 á 1241. 

CONDES DE BARCELONA. 

Alfonso el Casto (II como rey de Ara- 
gón, I en Cataluña), hijo 1 162. . . 1196. 

Pedro el Católico (I de Cataluña, II 
de Aragón), hijo 1196. . • 1213. 

Jaime el Conquistador (I en Aragón y 
en Cataluña 1213. 



II (Cap. IV). 



CONSTITUCIONES DE PAZ Y TREGUA DE ALFONSO 

EL CASTO. 

(CopiadM de un tnftnnacrito del dglo xm, procedente de Sen Martin de CaB]f6, qtt 

pertenece fc M. Hemy, de Perpifiluí,) 



Divinarum et humanarum rerum tuitio ad neminem nui- 
gis quam ad príncipem pertinet; nihilque tam proprir 
esse debet boni ac recti príncipis, quam injurias prop 
sare, bella sedare, pacem stabilire et informare, et info 



HIST. DE CATALUÑA. — ACLARACIONES AL LIB. V. 353 

matam subditts conservandam tradere, ut de eo non inco 
gnie dice et praedicari possit quod a principe regum dictu 
est: per n» reges regnant et poUtttes scribunt jusliciam. ] 
propter. 

Nos Ildefonsus, Dei grada rex Aragonum, comes Ba 
chinóme et Rossílionls, et marcliio Provincia, publícse ul 
litad totius terrs nostrse consulere et providero satagei 
et intuitio divini numinis , tam ecclesias quam relígios 
personas cum ómnibus suis rebus nostne protectionis pr 
sidio vallare ac perpetuo muñiré cupiens, anno ab Incarn 
tione Domini MCLXXIII. Habito, apud Perpinianum, £ 
per hoc tractatu et delibes ratione cum venerabilis vii 
Guillelmo, Tarragonensi archiepiscopo, apoatolicíe sedil 
gato et tí. Barchinonensi episcopo; ct Guillelmo Jordaí 
Elnonsi episcopo , ómnibus baronibus comitatus Rossilion 
nec non et aliis pluríbus magnatibus si ve baronibus cur 
mese, quibus unanimiter ómnibus j ustum et squum visi 
estet communi utilitati expediré, ut in comitatu Rossili 
nensi, quem per Dei graciam nuper adeptus sum, vel ali 
in toto Elnensi epíscopatu, pax et trega instituatur, et n 
fanda raptorum et prasdonum audacia exterminetur; pn 
dictoruní omníum assensu et volúntate, ómnibus tam \i 
cis quam clericis qui in prsedicto epíscopatu degere nc 
cuntur, trevam et pacem, secundum formam infra posits 
et prsescríptam, tenenda et inviolabiliter conservanda i 
íungo; meque ad observandam et in eOs qui eam violav 
rint vindicandum altigo et astringo. 

I. In prímis igitur, cum piEedictonim episcoporum 
alionim paronum consilio, celestas omnes et earum cin 
teria, quae speciali hominum censura ín bonis Dei inteL 
gentur, sub perpetua pace et securitate instituo, ita qu 
nullus eas vel earum ctmitería vel sacraria in circuitu c 
juscuique eclesiae constituía , invadere vel infríngere pr 
sumat, nichilque inde abstrahere atemptet, feriendis huj 
statutí temeratohbus, pcena sacrilegii, ejusdem loci epi 
copo inferenda, et satisfaccione duplici dampni quod i 
cerit, ei qui passus est prestanda. 

II. Ecclesias quoque incastellatas sub eadem pacis 
TOMO XI 33 



354 VÍCTOR BALAGUER 

trevae defonsione constituo; ita tamen quod si raptores vd 
f ures in ecclesiis prsedam vel alia maleficia congregave- 
rint, buserimonia ad episcopum et ad me sive ad bajulam 
meum, deferant, et ex tune, nostro judicio, vel quodcom- 
missum fuerit, emendetur, vel apacepraedictaecclesiase- 
questretur. 

III . Dominicat uras quoque canoniconim sub eadem pa- 
cis securitate constituo, simili poena imminente eos quieas 
invadere presumpserint. 

IV. Sed et elencos, monachos, viduas et sanctimonia- 
les eorumque res sub eadem pacis defensione nostra auto- 
ritate constitatos, nemo aprehendat , et nichil eis injuris 
inferat, nisi in maleficiis inventi fuerínt. Si quis in aliquem 
istorum manus injecerit, vel aliquod abstulerít, ablatain 
duplum restituat, et de injuria nichilominus, judicio epis- 
copi, satisfaciat, et sacrilegii poenam episcopo dependat. 

V. Enmnitates quoque templi et hospitalis Jherosoli- 
mitani, nec non et aliorum locorum venerabilium , com 
ómnibus rebus suis, sub eadem pacis defensione et peox 
interminacione , pariter cum clericis et ecclesiis cons- 
tituo. 

VI. Villanos et villanas , et omnes res eorum tam mo- 
biles quam se moventes, videlicet boves, oves, asinos vel 
asinas, equos vel equas ceteraque animalia, sive sint apta 
ad arandum, sive non, sub pacis et trevae seciuitate insti- 
tuo, ut nullus eos capiat, vel alias, in corpore proprio in 
rebus mobilibus vel immobilibus dampnum inferat, nisiin 
maleficio inventi fuerint, vel in cavalcadis cum dominis 
aut alus ierint. 

VIL Praeterea, sub eadem poena interminacione prohi- 
beo ut nullus, in praedicto episcopatu, praedam faceré pre- 
sumat de equabus, mulis, mulabus, vaccis, bobus, asínis, 
asinabus, ovibus, arietibus, capris, porcis sive eorum 
foetibus ; ñeque mansiones villanorum aliquas diruant vel 
incendant, vel alus, ad nocendum, ignem subponant. 

VIII. Térras in contentione positas, nullus villanus 1*- 
boret, postquam inde commonitus fuerit ab eo in quo ji 
ticia placití non remanserit. Si vero, ter commonitus, p( 



HIST. DE CATALUÑA. — ACLARACIONES AL LIB. V. 355 

tea laboraverít et propterea damnum inde susceperít, ñon 
requiratur pro pace fracta ; salva pace bestiarum in usum 
laborationis deditarum, et eorum qui eas gubernaverint 
<mm ómnibus quae secum portaverint: nolo enim quod 
propter rusticorum contumaciam, aratoria animalia deper- 
dantur, invadantur vel dispendantur. 

IX. Vomeres et alia aratoria instrumenta sínt in eadem 
pace, ut ille vel illa qui cum supradictis animalibus ara- 
verit vel eas gubernaverit vel ad ea confugerit, cum ómni- 
bus quae secum portaverit vel habuerit , eadem pace mu- 
niatur. £t niillus homo ea animalia , pro plivio vel aliqua 
occasione, capere velrapere presumat. Si quis contra hujus 
modi constitutionem commiserit damnum , componat illi 
cui malum fecerit, infra xv dies simplum, post xv dies du- 
plum, praestandis insuper lx solidis episcopo et mihi, ad 
-quos quaerimonia infracta pacis et trevae dinoscitur per- 
tinere. 

X. Si quis autem fidejussor extiterit, si fidem non por- 
taverit de suo proprio, pigneretur, servata pace bestiarum 
in usum laborationis deditarum, nec pro pace fracta ha- 
beatur: Si vero infra primos xv dies, temerator constitutae 
pacis et trevae simplum non emendaverit, postea, ut dic- 
tum est, duplum praestet, ita quod medietatem istius dupli 
habeat querelator, et alteram medietatem episcopus et ego, 
qui ad hanc justiciam faciendam praedicto episcopo adju- 
tor extitero. In super, si praetaxatos xv dies per me vel per 
episcopum vel per nuncium vel per nuncios nostros idem 
temerator commonitus dampnum non emendaverit, exinde 
ipse malefactor et cómplices sui, coadjutores et consiliato- 
res ejus a praedicta pace et treva separati intelligantur, ita 
quod malum quod propter hoQ illatum fuerit, non requira- 
tur pro pace et treva fracta, servata tamen pace animalium 
et instrumentorum aratorium; sed si malefactor et adj uto- 
res ejus jamdicto querellanti uUum malum fecerint emen- 
deturetiam pro pace fracta. 

XI. Vias publicas sive caminos vel stratas in tali secú- 
tate et protectione pono et constituo, ut nuUus inde iter 
¿entes invadat, vel incorpore sive in rebus suis aliquid 



35^ 



VÍCTOR BALAGUER 



molestiae inferat, poena lezae majestatis inminente ei qui 
hoc fecerit, post satisfactionem dupli de malefactis et in- 
juria dampnum passi prsBstitatn. lUud autera generafiter 
ómnibus interdico atque prohibeo, quod animalia aratona 
nulla ratione nec et pro delicto domini depredare aliquis 
vel pignorare audeat. 

XII. Praeterea illud constituendum est atque finniter 
observandum censuimus sub eadem treva et pace, dies Do- 
minicas esse festivitates omnium apostolorum, adventum 
Domini usque ad octavam Epiphaniae et Quadragesimam 
usque ad Octavam Paschae, diem queque Ascensionis nec 
non Pentecoste cum Octavis suis et tres festivitates Sanc- 
tae Mariae et festivitatem Sancti Johannis Baptistaae et 
Sancti Michaelis et omnium sanctorum. 

XIII. Salvitates queque totius episcopatus Ebensis, 
tam novas quam antiquitus constitutas, sub praedicta pacis 
et securitate ponimus et constituimus. 

£go, Ildefonsus, Dei gratia rex Aragonum , comes Bar- 
chinonae et marquio Provincias, pro Dei amore et subdic- 
torum meorum utilitate, juro per Deum et haec sancta qua- 
tuorevangelia, quod praescriptam trevam etpacem finniter 
tenebo et observabo et teneri et observari ab ómnibus meis 
voló atque precipio. Quod si quis infrangerit, non habcbit 
meum amorem, sed sub aquindamento meo erít quosqne 
supradicto modo restituat quod rapuerit vel infregerit. 

Ermengardus de Verneto. Berengarius de Orle. Bercn- 
garius de Caneto. Guillelmus de Apiano. Raymundus de 
Tacidone. Raymundus Ermengandi de Villarasa. Gausber- 
tus de Castro novo. Guillelmus de Sancto Laurentio. Ber- 
nardus de Alione. Guillelmus Bernardi de Paracols. Gui- 
llelmus de Sancta Columba. Bernardus Bertrandi deDo- 
znonova. Raymundus de Castello-Rossilione. 



ITALUNA.— ACLARACIONES AL LIB. V. 357 



ni (Cap. XI). 

'O DE LAS COSTUMBRBS DE PERPIÑÁN. 
)c U Hiitarit iil RtulUn de Mr. Heory.) 

nsuetudines Perpiniani qiias ad pnesens in- 
memoríam reducímus qutbus homínes Per- 
>m. Nunone Sancio ei cum antecessoribus 
m. Guirardo et cum antecessoribus suis et 
fratre suo usi sunt pro bona consuetudine. 
1 Perpiniani debent placitare et judicare per 
villse et per jura ubi consuetudines dcfi- 
sr usa ticos Barchinons ñeque per legem go- 
1 habent locum in villa Perpiniani, ñeque 
e exorquia, nec aliquod desuet nisi in sale 
ncipit in ultima die Jovis Aprilis usque in 
ovis Junii. 

Dominus conqueratur dealiquo bomine Per- 
;um certificare faceré quo et de quo conque- 
tea postet petere ab eo firmanciam et si reus 
US debet illum expectare de ñrmancia usque 
em, nisi esset querimonia facta de enormi 
dilatio esset perículosa. ídem et in bajulo 
I dictum est, et ouini alio ut prius certiñ- 
iquerítur. 

rconquerensnandebetdarefirmanciam nec 
srimonia quam fecit de aliquo habitante in 
extra neo, 

yr non tenetur daré libellum in scríptis de 
m fecit, sed eam bajulus potest redigere in 

ia debet daré partibus super causis prímam 
erum, postea alias de septem diebus. 
ulus nec post firmancias acceptas nec ante 
reo pignora, nec vicarius, nec dominus, 
aliquas a reo vel actore pro se vel pro ju- 



358 vfCTOR BALAGUER 

dice vel pro executoribus nec pro aliquibus aliis ad causan» 
necessariis, ñeque per interlocutoriis etiam simplices al> 
illis apellentur nisi solum in justiciam consuetam ab illa 
qui victus fuit; quam justiciam non potest petere a victo. 
Si miles vel generosa persona vel clericus vel religiosa 
persona fuerit conquestus vel conquesta de homine Perpi- 
niani, vel homo Perpiniani de ipsis, sed nec ñrmitas nec 
pignora potest ñeque sumptus etiam petere ab homine Per- 
piniani si talis persona de eo conqueratur vel ipse de 
illa, etc. 

13. ítem, si aliquis fuerit captus pro causa pecuniaria, 
non debet in compedibus liguéis aut ferréis poni. 

17. ítem, si aliquis conqueratur de aliqua injuria vel 
crimine, dominus, facta illa querimonia, non potest con- 
queri de illo super eodem, doñee causa terminetur inter 
iUos. 

18. ítem, adulterium non punitur secundum leges, nec 
potest accusarí aliquis de Perpiniano nec in aliquo punirí 
adulterium jam comissum; sed si in ipso adulterio a caria 
deprehendatur, potest curia iUos faceré currere per villam, 
ita quod de suo nichil amictant. Verum, si voluerint com- 
poneré cum curia super cursu et curia voluerit, habeat cu- 
ria illam compositionem et postea non currant nec penam 
aliquam patiantur. 

19. ítem, si aliquis alicui críminalem injuriamdixerit, 
potest, antequam testes jm'ent contra eum, jurare quod per 
iram et non per verítatem illud dixit, et sic a nuUa parte 
debet habere justiciam dominus. 

20. ítem, si vilis persona vel bacallator injuriamfece- 
rit vel dixerit alicui probo homini de Perpiniano, aliuscir- 
ciunstans potest eum corripere in ipsa rixa, sine deteriora- 
tione illius personas, et quod dominus nichil possit petere 
ab eo qui eum corripuit. 

26. ítem, quilibet de Perpiniano potest mutare statio- 
nem suam et domicilium ubicumque voluerit infra pro- 
vinciam vel extra sine impedimento domini et alterius peí 
sonae et ubicumque ipse vel sui fuerint, possunt retinei 
possessiones suas in villa Perpiniani, etc. 



CATALURA. — ACLARACIONB5 AL UB. V. 359 

homines Perpínianí quando milites guerre- 
int se mittere alii in castro alterius müitis et 
is castro, et inteñm Ule miles contra quem se 
itro alterius militis non potest faceré aliquod 
ibus bonis suis, nec aliquod dampnum daré, 
do personis illonim, dum fuerint in defensio- 
lon in alio tempore. Si vero voluarínt esse 
djutores se alii alterius militis et alii alterius 
ierras, possunt haec faceré et equitare contra 
Ulius quem adjuvant, Quo caau etiam si re- 
Perpinianum tales valitorcs et adjutores ex- 
i, ille milis contra quem sunt non potest face- 
Uum, vel dampnum daré bonis suis, sed tan- 
suis et illorum qui cum eis erunt et bonis 
ucunt et portant, nisi forte illi dixerint militi 
sunt quod de cetero non erunt contra eum. 
liles cui hoc dixerint nullum malum veldamp- 
facere vel daré personis suis vel illis qui cum 
uerra fuerint vel bonis quae secum duxerint 
nt in illa guerra; et quodcumque malum vel 
Krint vel dederint in dicta guerra est per coi}- 
ifñnitum eis. 

quicumque bajulus vel vicarius vel scriptor 
et jurare coram populo se facturum bene et 
1 ofñcium et cum justicia, secundum quod el 
isum fuerit et secundum consuetudines et 

domtiius non potest mutare macellum nec 

et si aliquse tabulas in macello ponerentur 

^s, debet eas inde bajulus expeliere; qui 

ere noluerít, licet impune illud faceré probis 

xpini&ni. 

statuimus ut nemo agensteneaturin tota causa 

jsam suaD petitionis dum tamen ea de pecu- 

nda fadat cum instrumento publico facto in 

piniani, etc. 

íctas co^isuetudines , dominus Jacobus, Dei 

agonum, Majorícanim et Valencise, comes 



360 



vfCTOR BALAGUER 



Barchinonae et Rossilionis et dom. Montispessulani lauda- 
vit, et approbavit probis hominibus et univenitaU viila Per» 
pintan, 

CARTA COMUNAL DE PBRPIÑÁN Y PRIVILBGÍO DE LA MANO 

ARMADA. 



Notum sit cunctis videntibus et audientibus hanc scríp- 
turam, quod nos omnes insimul, populi totius villx Peipi- 
niani habitantes et stantes in eadem villa Perpiniani, con- 
silio et volúntate ac mandato incliti domini Petrí, Dei gra- 
cia regis Aragonum, comitis Barchinonae, constituimus inUr 
nos V cónsules in dicta villa Perpiniani, nomine sdlioet* 
Ermengandum Grossi, et Stephanum de Villarasa, et Ber- 
nardum de Solatico, et Vitalem de Narbona, et Jacobmn 
Andream qui bona ñde custodiant et defendant ac mann- 
teneant et regant cunctum populum villse Perpiniani, üun 
parvum quam magnum, et omnes res eorum mobiles et im- 
mobiles, et omnia jura domini regis ad ñdelitatem domini 
regis praedicti in ómnibus et ad utilitatem et fidelitatem 
totius populi praefati villae Perpiniani. Qui cónsules prae^ 
nominati sint ibi in consularia de istis proximis kalendis 
marciiusqueadunum annum. Quoterminocompleto,sitanc 
praedicti cónsules inpraef ata consularia remanere noluerint, 
si ve quod non essent ibi útiles, sivecausaneces sitatisquam 
haberent , si ve quod dictus populus villas Perpiniani pro 
consulibus eoshabere noluerínt mittantur, etstatuanturibit 
in dicta villa, arbitrio et cognicione totius populi praedicti, 
alios V cónsules ad unum annum, et ita prosequatur semper 
de anno in annum omni tempere^ de praedictis consulibus si 
ibi non fuerint útiles et ñdelis in dicta consularia, siveqne 
populus nollet eos habere et retiñere ibi de uno anno et an- 
tea. Adhuc, nos omnes habitantes et stadantes in dicta villa 
Perpiniani , bona fide et sine omni enganno cum hac pra- 
senti carta in perpetuum valitura, unusquisque ex nobis 
propría nostra manu dextra juramus corporaliter, tactr 
sacrosanctis iiij evangeliis , vitam et membra et fídelit^ 
tem domino regi praedicto et suis, et de ómnibus suis joii 



HIST. DE CATALUÑA. — ACLARACIONES AL UB. V. 36 1 

bus et in ómnibus bona ñde. Adhuc, nos homnes habitato* 
res praefatae vülae Perpiniani, tam parvi quam magni, con- 
vcmmus ínter nos omnes, bona ñde et sine omni enganno; 
quod erimus insimul nobismetipsis et ex viribus domini 
regis et suorum boni valitores et veri adjulores et defen- 
sores scilicet ex nobismetipsis et ex ómnibus rebus nostris, 
et ex ómnibus juribus domini regis contra omnes homines 
qiri non sint villae Perpiniani, salva semper fidelitate domi- 
ni regis et suorum in ómnibus, et hoc totum dicimusnos ob- 
servaturos, et juramus sub eodem sacramento praescripto. 
£t ego, Petrus, Dei gracia, rex Aragonum, comes Bar- 
chinonae, per me et per omnes meos successores, cum hac 
pnesenti carta in perpetuum valitura, laudo et concedo, 
firmiterque confirmo cunctis hominibus meis villae Perpi- 
niani ibi habitantibus et stadantibus, praesentibus et futu- 
rir, cum hac eadem carta in perpetuum valitura, quod si 
aliqua persona quse non sin villae nostrae Perpiniani ali- 
quod forisfactum sive dampnum sive malum sive detri- 
mentum sive injuriam fecerit de konore sive de avere 
sive de lesione sive de verberatione sive uUo alio modo ali- 
cui homini villae nostrae Perpiniani sive feminae , ille vel 
illa qui injuriam vel dampnum acceperít vadat ad cónsu- 
les et ad meum bajulum et ad vicarium qui in dicta nostra 
villa Perpiniani fuerint constituti, et ostendat eis injuriam 
et dampnum quod acceperit; et tune, cónsules cum meo 
bajulo et cum vicario, ylico absque mora vadant vel mit- 
tant suum nuntium illi qui injuriam et tortum et damp- 
num facit et infert homini nostro Perpiniani sive feminae; 
et si in presentía eorum venire noluerit, et cognitione red- 
dirigere ac restituere et emendare noluerit et directum fa- 
ceré noluerit sicuti jus et ratio dicta verit, sive mores et 
consuetudines jure dictaverint, volumus, et ex regia auc- 
toritate nostra precipimus ut dicti cónsules, cum meo ba- 
julo et cum vicario et cum omni populo Perpiniani vadant 
et equitent insimul, potenti manu, super malefactorem qui 
tortum et injuriam fecit et ipsam villam ubi reverteretur 
ti erit et ube res ejus erunt; et de aliqua malefacta quam 
ibi fecerint ñeque de morte hominis ñeque hominum num- 



3^2 



VÍCTOR BALAGUBR 



quam nobis ñeque nostrís ñeque alicui personas teneantor; 
nunquam ego nec mei aliquem ex vobis possimus apellare 
ñeque aliquid requirere sive petere. Postquam autexn dictí 
cónsules cum meo bajulo et vicario et cum populo Porpi- 
niani super aliquem malefactorem vel super villam eqnita- 
verint, si aliquis ex ipsa villa nostra Perpiniani remanse- 
rít, ni si aperta causa neccessitatis, habeat inde dampoum x 
solidos Barchinon, qui mittantur et dentur in opere muro- 
rum villse Perpiniani. Mandamus adhuc quod nulhis sit 
ausus equitare ñeque aliqua maleficia faceré aliciñ homini 
sive feminae qui non sit villas Perpiniani , absque consilio 
dictorum consulum et mei bajuli et vicarii. Quod si qois 
ausus fuerit temptare, dirigat malefacta cognitione pnt- 
dictorum consulum et mei bajuli et vicarii, et ultra habeat 
inde dampnum x solidos, qui dentur et mittantur in opere 
praedictorum murorum. Cónsules vero recuperent semper 
missionem quam fecerint pro conducto sive pro logueño de 
bestiis si equitaverint, pro illo cui debitum sivetortum res- 
titutum fuit bona fíde. Similiter qualecumque cónsules in 
supradicta consularia mittentur ac statuentur de anno in 
annum, jurent similiter fidelitatem nostram et omnia jora 
nostra, et fidelitatem totius populi prasdictae villas nostras 
Perpiniani et ex ómnibus rebus eorum, eodem modo ut jam 
juraverunt prasdicti cónsules. £t ego, Ermei^andus Gro- 
ssi; et ego, Stephanus de Villarasa; et ego, Bemardus de 
Solatico; et ego, Vitalis de Narbona; et ego, Jacobus An- 
dreas, nos quinqué supradicti cónsules, juramus quisque 
ex nobis fidelitatem domini regis et suorum et omnium ja- 
rium suorum in ómnibus, et vitam et membra omni tem- 
pere, et fidelitatem totius populi Perpiniani et ex ómnibus 
rebus eorum, tactis sacrosanctis iiij evangelüs, quod sacra- 
mentum corporaliter facimus, et est manifestum. Actum 
est hoc séptimo kalendas marcii, anno incarnationis domi- 
ni MCLXXXXVI, signum Petri, regis Aragonum etcomi- 
tis Barchinonas, qui predicta omnia laudo et confirmo pro- 
prio signo meo f Petrus Ausone sacrista. Signum Guillel 
Durfortis. Signum Johannis Beraxensis domini r^s n 
tarii qui litteras signi domini regis scripsit. 



HIST. DE CATALUÑA. — ACLARACIONES AL LIB. V. 363 
CONFIRMACIÓN DE LAS COSTUMBRES POR PEDRO EL CATÓLICO» 

Manifestum sit ómnibus praesentibus et futuris quod ego, 
Petnis, Dei gracia rex Aragonum et comes Barchinonae, lau- 
do et concedo et confirmo, et cum hac praesenti carta perpe- 
tuo valitura liberaliter autorizo vobis ómnibus hominibus 
tam majoribus quam minoribus habitantibus et habitatu- 
lis in Perpiniano, omnes illas bonas consuetudines quae 
pater meus, bonae memoriae, dominus Ildefonsus, ilustris 
rex, vobis condam dedid, laudavit, concessit et confirma- 
vit» sicut melius et sincerius continetur in instrumento ab 
eo ipso nobis inde facto. Praeterea voló et mando, et pagi- 
nae presentís auctoritate firmissime constituo quod omnis 
persona sive sit miles, sive clerícus, sive sit religiosa, vel 
alius cujuslibet condicionis et professionis qui aliquid 
habeat et possideat in villa Perpiniani vel in terminis suis, 
det et mittat in expensis et missionibiis operas murí villae 
Perpiniani vicinaliter secundum quod habuerít. Mando 
etiam et firmiter precipio bajulo quicumque sit Perpiniani 
presentí vel in posterum, substituendoque hoc mandamen- 
tum meum firmiter compleat et conservet, et quotiescum- 
que et ubicumque necesse fuerít potentialiter distrín- 
gat, etc. 

Datum Perpiniani xiij kalendas octobris anno Domi- 
ni MCCVII. Per manum Petri de Blandís, notarii domini 
regís. 



^ 



LIBRO SEXTO 



CAPITULO PRIMERO. 

SE ABRE LA CAMPAÑA CONTRA VALENCIA. 

PRIMERAS CONQUISTAS. 

Correría de moros hasta Tortosa. — Rompimiento con el rey de Valencia. 
— Se decide la conquista de Valencia.-— Cortes en MonzAn. — Toma de 
Ares y Morella. — D. Jaime sale de Teruel y entra en tierra de mo- 
ros. — Pone sitio á Burriana. — Quiénes asistieron al sitio — Los mo- 
ros destruyen un castillo de los sitiadores. — Caso particular que pa- 
só al rey con motivo de unas galeras. — Varios nobles aragoneses pro- 
ponen al rey abandonar el sitio. — Respuesta del rey. — Noble com- 
portamiento de los catalanes — Bernardo Guillen de Entenza. — Ren- 
dición de Burriana. — Pefiíscola se entrega al rey. — Rendición de otras 
plazas. — Cabalgada por las riberas del Júcar. — Toma de Almazora. 

(1232 Y 1233.) 

La tercera expedición del rey D. Jaime á Mallorca 
había sido á mediados de Mayo de I232. En aquella isla 
permaneció todo el verano, llevando á cabo la sumisión 
de Menorca y dedicándose al repartimiento definitivo 
de las tierras y propiedades, el cual tiene la fecha 
de 1.® de Julio. Regresó poco después á Cataluña, y se 
encontró con la novedad de que el rey de Valencia Abu 
Giomail Ben Zeyán (á quien llaman Zaén nuestras cró- 
nicas), había enviado un cuerpo de tropas que corrió la 
tierra de Aragón talando los campos, quemando y des- 
truyendo aldeas y lugares, hasta llegar á Amposta y 



366 VÍCTOR BALAGUBR 

Tortosa, y volviéndose á Valencia con muchas riquezas 
y cautivos 1 . 

Parece que D. Jaime envió mensajeros á Giomaíi 
Zeyan para quejarse de esto y pedirle que se le conti- 
nuasen pagando las quintas de Valencia y Murcia, se- 
gún hiciera su antecesor, satisfaciéndosele 100.000 be- 
santes por lo que se le estaba debiendo; pero el rey 
moro no se avino á pagar más que So.ooo, y no con- 
formándose el Conquistador, desde aquel momento que- 
dó declarada la guerra 2. 

Hallándose el monarca aragonés en Alcañiz, que pa- 
rece era el lugar escogido por él para solaz y recreo — 
loch de mon deport, según él le llama en sus Memorias, — 
tuvo una conversación con Hugo de Forcalquier, maes- 
tre del Hospital, y Blasco de Alagón, quienes le instaron 
á conquistar el reino de Valencia , dándole particulares 
detalles é instrucciones el de Alagón, que había vivido 
más de dos años desterrado en aquel reino 3. Ya antes, 
hallándose en Mallorca, había tenido también una con- 
versación con varios nobles aragoneses, los cuales le 
habían instado asimismo á que se hiciera dueño de Va- 
lencia. La conquista quedó decidida en el ánimo del rey. 

Convocóse á Cortes á catalanes y aragoneses en Mon- 
zón , y con gran contentamiento de todos quedó acor- 
dada la empresa contra Valencia para llevarse á cabo 
al año siguiente; se otorgó al rey el servicio del bovaje, 
y se consiguió del Santo Padre que concediese cruzada, 
la cual se publicó en Monzón tomando el rey la insig- 
nia, y con él sus magnates y caballeros , gran número 
de sus señoríos, y muchas partidas de aventureros qae 
no tardaron en llegar de las tierras de Provenza. 

Su rompimiento con D. Sancho de Navarra dejó en- 

1 Conde, parte 4.*, cap. II. 

2 Zurita, lib. III. cap. XV. 

3 Crónica de D. Jaime, caps, CVI y CVII. 



r 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. I. 367 

tonces á D. Jaime en entera libertad para obrar contra 
el moro^ y si bien antes de llevar adelante esta campaña 
deseaba tomar segunda esposa^ y quería esperar que 
viniese á sus reinos Doña Violante , hija del rey de 
Hungría Andrés II el JcrosolinUtano, abandonó momen- 
táneamente su propósito^ por haberse ido retardando la 
boda más de lo que él creía. 

La jornada no tardó, pues, en comenzar, y por cierto 
que la otasión no podía ser más oportuna, ya que an- 
daban en discordia las armas de los muslimes en Espa- 
ña, y por otra parte los moros del reino de Valencia 
estaban divididos en parcialidades, una de las cuales 
estaba por Abou Zeyd, el rey destronado, del bando de 
losi, almohades, que, refugiándose en la corte de D. Jai- 
me, acompañaba á éste por todas partes, siendo uno de 
sus más asiduos cortesanos é instándole para que le ven- 
gase de Abou-Djomail-Ben-Zeyan que le había usur- 

m 

pado el cetro. 

Abrióse la campaña con la toma del castillo de Ares, 
llevada á cabo por los peones de Teruel, al propio 
tiempo que Morella caía en poder de D. Blasco de Ala- 
gón, el cual intentaba guardársela para sí en pleno do- 
minio y señorío, invocando los tratos hechos para em- 
prender la campaña contra el reino de Valencia; pero 
D. Jaime le manifestó que Morella era una plaza espe- 
cial, y que sólo podía concederla en feudo. Hubo, pues, 
de avenirse á ello D. Blasco; prestó al rey homenaje 
de manos y de boca por la plaza y castillo de Morella, 
y más tarde, en recompensa, le hizo D. Jaime merced 
por juro de heredad de la villa de Sástago para él y sus 
sucesores i. 

1 Debo repetir acerca la conquista del reino de Valencia lo que ya 
tengo dicho sobre otros puntos, y valga para siempre esta nueva adver- 
tencia, á saber: que esta obra tiene sus limites y no puedo extenderme 
como fuera de desear y como yo más que nadie quisiera, so pena de es- 



368 



VÍCTOR BALAGUER 



Hecho llamamiento general á los magnates de Ara- 
gón y de Cataluña, y á los pjaestres del Temple y del 
Hospital y de las órdenes de Uclés y Calatrava que te- 
nían tierra en el reino, como también á las milicias ciu- 
dadanas para que todos se hallasen reunidos en Teruel 
á principios de Mayo de I233, á fin de hacer entrada 
en tierra de moros, acudió D. Jaime á dicha ciudad el 
día designado. No todos comparecieron; pero habiendo 
reunido el rey 120 caballeros y las milicias de Teñid, 
creyó tener número suficiente para emprender el movi- 
miento, dirigiéndose á Ejerica, cuya vega y alrededores 
taló sin que fuesen bastante á impedírselo 800 moros 
que andaban á la vista. Allí recibió noticia de que los 
maestres del Temple y del Hospital y los comendadores 
de Alcañi2 y Montalván habían penetrado hasta el va- 
lle de Segó, en donde le esperaban, y después de haber 
pasado por Torres-Torres, cuyos contomos taló tam- 
bien, se reunió con aquéllos y su hueste para ir juntos 
á poner sitio á Burríana. 

La historia del asedio de esta plaza es admirable y 
se lee en la crónica real con el interés y ansiedad que 
puede inspirar launas dramática novela. Quizá en nin- 
guna otra circunstancia de la vida de D. Jaime brillan 
como en ésta sus nobilísimas cualidades, pues las amar- 
guras y contrariedades que tuvo durante el sitio, hacea 

cribir la Historia de Cataluña en veinte tomos « en lugar de los que b^ 
marccido el editor, cuyos intereses deben ser sagrados para mi. Las prin- 
cipales fuentes para la historia de la conquista de Valencia están en h 
Crónica real, desde el cap. CVI al CXCIII; en la Crónica de España, por 
Beuter, en la Década primera de la historia de Valencia, por Escolaso; 
en la obra de Gómez Miedes De vitu et rebus gestis Jacobi I; en las Tro- 
vas de Mossén Febrer; en los Anales de Aragón, por Zurita; en la Bt' 
taria de Aragón, por Sas; en la Mstoria de Valencia, por D. Vicente 
Boix; en los Artículos sobre antigüedades de Valencia, por Zacares, ] 
los demás autores, que, aunque con menor extensión, tratan de < 
punto, según iré haciendo notar al paso. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. I. 369 

resaltar de un modo notable las elevadas prendas de su 
carácter. 

Duró el cerco dos meses^ desde mediados de Mayo á 
mediados de Julio^ y asistieron á él^ entre otros, los tíos 
del rey D. Femando y D. Bernardo Guillen, el obispo 
de Lérida, D. Berenguer de Erill, el de Tortosa, los 
maestres del Temple y del Hospital, í). Blasco de Ala- 
gan, D. Guillermo de Cardona, D. Rodrigo Li^ana, 
D. Pedro Fernández de Azagra, D. Jimeno de Urrea, 
D. Blasco Maza, D. Pedro Cornel, el prior de Santa 
Cristina, los comendadores de Alcañiz y de Montalván, 
y además de estos y sus gentes las milicias y consejos 
de Daroca y de Teruel, compareciendo durante el cer- 
co los de Calatayud, Lérida y Tortosa, y, concluido, el 
de Zaragoza. 

La plaza fué combatida con valor y decisión, pero la 
villa era fuerte y habia en ella más de 7.000 habitantes 
dispuestos á defenderse hasta el último momento. Don 
Jaime hiza construir un fundibulo y un manganel, y 
también una torre ó castillo de dos pisos para dominar 
las murallas; pero no fué posible acercarlo al muro, pues 
los sitiados lo destruyeron con sus algaradas. 

Faltaban ya'víveres al campamento, cuando acerta- 
ron á pasar por aquellas aguas y á detenerse dos gale- 
ras, una de Bernardo de Santa Eugenia y otra de Pedro 
Martell. Quiso el rey quedarse con ellas y envió á decir 
á los armadores que les satisfaría su coste y aún más, 
pero ellos no consintieron si no se les daba 70.000 suel- 
dos en el acto. D. Jaime estaba falto de recursos y les 
prometió darles aquella suma más adelante. Sin embar- 
go, los armadores contestaron que debían prestar ñanza 
los maestres del Temple y del Hospital. El del Temple, 
que se llamaba Raimundo Patot, contestó, requerido 
por el monarca^ que los templarios no salían ñadores ni 
por el rey ni por nadie, pero, finalmente^ concertándose 

TOMO XI 24 



370 VÍCTOR BALAGUER 

con el maestre del Hospital , éste propuso á D. Jaime 
que le harían ñanza si confirmaba los privilegios que á 
entrambas órdenes habían otorgado sus antecesores.— 
No haré tal, dijo el rey, pues esta escritura tendría so- 
brado valor. — ¡Qué diablo! replicó entonces el maestre. 
Sois original. Prometedlo ahora y luego no lo cum- 
pláis. — Soy rey, y no es lo mismo rey que maestre dd 
Hospital como sois vos, contestó D. Jaime i. Por fin 
hicieron fianza los maestres, y las galeras quedaron en 
poder del rey. 

Una de las mayores amarguras del monarca en este 
sitio, diéronsela sus principales barones de Aragón. Pre- 
sentáronsele un día su tío D. Femando, D. Jimenode 
Urrea, D. Blasco de Alagón, D. Rodrigo Lizana, Don 
Blasco Maza y otros, recatándose de los obispos y no- 
bles de Cataluña, y le dijeron que no les era posible 
permanecer por más tiempo sitiando á Burríana, pues 
las milicias clamaban por ir á la siega y los caballeros 
estaban sin recursos; que lo mejor seria levantar el cer- 
co dejando la toma de la villa para otra ocasión, y que 
haciéndolo de este modo, el rey Zeyan les daría tanto 
á él y á ellos, que podrían recobrarse de cuantos gastos 
hubiesen hecho uno y otros.— «Después que en nuestra 
menor edad hemos ganado un reino que está sobre la 
mar, y que hemos entrado en el de Valencia para con- 
quistarle, ¿queréis que abandonemos sin más ni más un 
lugar que no es mayor que un corral? Mal podría yo vol- 
ver á Cataluña ni á Aragón, y vergüenza me sería, si an- 
tes Burríana no cayera en mis manos. » Despedidos los 
nobles con esta respuesta, envió el rey á buscar á su otro 
pariente D. Bernardo Guillen de Entenza, al justicia 
de Aragón, á Jimeno Pérez hermano de este y á los pre- 
lados y magnates de Cataluña, á quienes expuso lo q^ 

1 Así lo cuenta en su propia historia, cap. CXXVIII. 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB. VI. CAP. I. 371 

le había sucedido^ manifestándoles su sospecha de que 
aquéllos estuviesen ganados por las ofertas del rey Ze- 
yan. Los caballeros catalanes le contestaron á una que 
no habían obrado bien los que le aconsejaran levantar 
el sitio^ que era preciso continuarlo á toda costa^ y que 
todos ellos le ayudarían con buen ánimo hasta llevar á 
cabo la empresa. Del mismo dictamen fueron los va- 
rios aragoneses que no formaban parte del complot y 
las milicias de las ciudades. 

Bernardo Guillen de Entenza di6 particularmente en- 
tonces pruebas de señaladísimo valor. Gracias á él, las 
obras del sitio continuaron con más actividad que nun- 
ca, tomó el mando de la vanguardia, puso una trinche- 
ra ó estacada junto al foso, y de allí no se movía ni de 
día ni de noche, resistiendo los ataques y las salidas de 
los sitiados, los cuales una vez consiguieron herirle pero 
sólo filé para que el rey en persona se trasladase á aquel 
puesto de peligro i. 

Abierta brecha, diéronse varios asaltos á la plaza, 
que, si bien no consiguieron un resultado inmediato, 
fueron suficientes para que los moros desmayasen, en- 
viando un parlamentario á D. Jaime para pedirle un mes 
de plazo, y prometiendo que se entregarían si en el 
transcurso de aquel mes no eran socorridos por el rey 
de Valencia. — «Ni tres días, contestó D. Jaim«, cuanto 
menos un mes. » Volvieron luego á mandar otro parla- 

1 Se cuenta que al ser herido Bernardo Guillen de Entenza ó Ber- 
nardo Guillen solo, como le llama la (fónica real, acudió el rey á cu- 
rarle y lo hizo por sus propias manos, pues no hubo ningún rico-hom- 
bre que se prestase á socorrerle, dejando que D. Jaime lo hiciera. Gran- 
des servicios prestó efectivamente en la toma de Burríana D. Bernardo 
Ouillén, á quien el rey llama tío por ser hermanastro de su madre Ma- 
Ha de Montpeller. Según dice D. Jaime en el cap. III de sus memorias» 
Bernardo Guillermo era del linaje de los Entenzas por parte de madre, 
y casado con la hija de Pons Hugo, hermano de Hugo conde de Am- 
purias. 



372 



VÍCTOR BALAGUER 



mentario pidiendo ya sólo quince días* — cNi quince, ni 
ocho, ni cinco, respondió D. Jaime, y si no les acornó- 
da, dispónganse para resistir el asalto. > En vista de esta 
respuesta, se rindió Burriana, pactando que se daría pa- 
so libre á todos cuantos lo quisiesen, con la ropa que 
pudiesen llevarse consigo, concediéndoles cinco días 
para arreglar sus cosas y salvo-conducto hasta Nules. 

Así fué ganada Burriana por la energía y voluntad 
de hierro de D. Jaime, y la cooperación de las milicias 
y de los catalanes, á pesar de los principales magnate 
aragoneses. Después de tomada, hubo también quien 
le aconsejó que la desamparase, pero el rey mostró que 
tenía para defenderla el mismo ánimo que tuviera para 
ganarla, y la confió á la guarda de D. Blasco de Ala- 
gón y D. Jimeno de Urrea, ínterin se esperábala época 
en que de ella se hiciese cargo D. Pedro Comel. Ense- 
guida se partió para Tortosa, y de este punto pasó á 
Teruel. 

Hallábase en esta última ciudad cuando le llegó la 
nueva, por conducto de D. Jimeno de Urrea, de que los 
moros de Peñiscola estaban dispuestos á hacerle entre- 
ga de la plaza. Inmediatamente se puso en marcha, no 
llevando en su compañía más que siete caballeros y al- 
gunos servidores, sin guía, dice él mismo en sus me- 
morias, pues que acostumbrado á la caza del javali en 
que se entretenía algunas veces por aquellas montañas, 
esperaba no errar el camino. No lo erró, y llegó ante 
las puertas de Peñiscola, cuyos moradores salieron á 
agasajarle y á decirle que estaban dispuestos á entre- 
garle aquella fortaleza si les concedía el ejercicio de su 
ley y las franquicias á que estaban acostumbrados. Res- 
pondióles D. Jaime que estaba conforme en ello, y avi- 
sado de que le iban á hacer entrega del castillo y v t 
advirtióles que no tenía allí sus notarios para reda r 
la escritura de costumbre por haber ido á la ligera, ; > 



DK CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. !. 373 

que pronto llegarían, si bien, aun cuando no llegasen, 
aquello que les prometiera aquello les cumpliría. lEn 
tí y en tu fe ñamos, le contestaron los moros, y te da- 
mos la plaza bajo tu sola palabra.* Y villa y castillo 
quedaron entregados, y cumplidos fueron lealmente los 
pactos. 

Bsta entr^a filé como la señal para que siguiesen 
su ejemplo otras plazas. Rindióse Chivert á los tem- 
plarios, Cervera á los hospitalarios, Alcalatén á Jime- 
no de Urrea, y Polpis, Castellón de Burríana, Burríol, 
las Cuevas de Avinromá y Villafamés al mismo rey. 

Tornó después de esta campaña á Burriana, pero fué 
para salir á correr en seguida la ribera del Júcar, al 
frente de t3o caballeros de paradje, según él les llama 
en su crónica, de l5o almogávares y de unos 1.200 
peones. En esta correría D. Jaime llegó hasta divisar 
á Valencia, cuyas torres pudo ver iluminadas por las 
fogatas de alarma, y regresó á Burriana con bastante 
botín y algunos prisioneros. 

Aquel año de i233 terminó afortunadamente para las 
armas cristianas con la toma de Almazora, que lleva- 
ron á cabo las gentes de D. Pedro Cornel, quien fué di- 
choso en sus correrías y cabalgadas por las tierras de 
Onda, Nules, Uxo y Almenara. 

De todas estas ventajas habla sido origen y nuncio 
feliz la toma de Burriana, y su rendición había en efecto 
producido la de muchos de aquellos pueblos, que, ais- 
lados completamente, no pudieron ya recibir auxilios de 
la capital. Dos grandes resultados consiguió D. Jaime 
con la conquista de Burríana, los cuales supo apreciar 
su genio militar muy antes que sus barones: la de tener 
un punto seguro para recibir por mar los recursos que 
de Cataluña se le enviasen en sus futuras jornadas con- 
tra Valencia, y la de cortar enteramente con aquella 
plaza bien fortificada la comunicación de las otras di- 



374 VÍCTOR BALAGUER 

versas plazas de la provincia con su metrópoli i. Don 
Jaime comprendió perfectamente que la rendición de 
Burriana era la llave de la conquista de Valencia. El 
dueño de Burriana había de acabar por serlo, más taide 
ó más temprano, de Valencia. 



CAPÍTULO 11. 



Llegada de los embajadores húngaros á ^^rc^lona para tratar el casa- 
miento del rey. — ^Entrevista de D. Jaime con su esposa Doña Leonor 
y el rey de Castilla^ y lo que quedó acordado. — Dudas sobre un viaje 
que se supone emprendido por el rey. — Campafia del 1235 en Vakn- 
cia. — El rey delante de Cullera. — El rey y sus barones ante la torrt 
de Moneada, — Ríndese Moneada. — Conquista de la torre de Museros. 
— El rey da los cautivos para rescate de un caballero. — Matrimonio 
del rey en Barcelona con Doña Violante.— Bandos entre el conde de 
Ampurias y el de Rocaberti. — Cortes en Tarragona. — Concordia y 
avenencia entre el rey y Nufío Sánchez. — Pretensiones de Poos de 
Cabrera al condado de Urgel. — Invade las tierras de Urgel con armas. 
— Apela también el rey á las armas, y cerca el castillo de Pons.— Con- 
venio entre el rey y el vizconde de Cabrera. 

(1234 Y 1235.) 

Dio el rey por este tiempo alguna tregua á sus em- 
presas guerreras 9 trasladándose á Barcelona, donde es- 
taban aguardándole los enviados húngaros que habían 
venido para los tratos de su matrimonio con Doña Vio- 
lante. Ya sabemos que era ésta hija del rey de Hun- 
gría, Andrés II , y eran aquéllos un señor muy princi- 
pal, llamado el conde Bemaldo , y el obispo de Cinco- 
iglesias. El enlace había sido propuesto por el papa 
Gregorio IX, que deseaba casar á D. Jaime' con la h 

1 Vicente Boix: Historia de Valencia^ tomo I, pág. 122. 



F 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. II. 375 

del rey de Hungría 6 la del duque de Austria. Los em- 
bajadores húngaros se avistaron con nuestro monarca 
en Barcelona, y ajustaron con él los tratos de la boda 
á 20 de Febrero de 1234, pactando lo que debía darse 
en dote á Doña Violante, que era, á más de dinero, los 
derechos que le pertenecían, y que vienen detallados en 
la escritura que se ñrmó 1. El matrimonio no se efec- 
tuó hasta el año siguiente, según veremos á su tiempo. 
Parece que de Barcelona se volvió D. Jaime á Bu- 
rriana, en donde estuvo dos meses para animar á los 
que estaban en guarda de la frontera; de allí pasó á 
Montalván, y de este punto á Escatrón, por el mes de 
Junio, donde celebró una entrevista con el rey de Cas- 
tilla para dirimir algunas diferencias y cuestiones que 
tenía con la reina Doña Leonor, su primera y repudiada 
esposa. Iban entonces acompañando al rey, el vizcon- 
de de Beziers, el conde del Rosellón, Ñuño Sánchez, 
D. Guillermo de Moneada, el justicia mayor de Aragón 
y otros magnates aragoneses. D. Jaime y el rey de Cas- 
tilla se vieron en el monasterio de Huerta, junto á la 
raya de Aragón. A esta conferencia se halló presente 
también la misma repudiada Doña Leonor, y se acor- 
dó: i.° Que D. Jaime le daría la villa y castillo de Ariza 
con todos sus términos, durante su vida, mientras no 
contrajese nuevo matrimonio. 2.° Que no se pondría em- 
barazo en las otras villas y lugares que disfrutaba ni en 
las rentas que para su mantenimiento se le habían da- 

1 Otros autores, en vez de Violante, la llaman Yolanda de Hungria. 
Los embajadores que llegaron á Barcelona para ajustar el casamiento, 
eran el obispo de Cincoiglesias (Rmfkirchm) y el conde Bemaldo, gran 
sefior húngaro. Se convino en dar por dote á Violante ó Yolanda, 
10.000 marcos de plata , 200 marcos de oro, su parte del condado de 
Namur en Flandes, los dominios de sus antepasados en Francia, las jo- 
yas que ella tenia en Hungria y las que su madre le dejó en Borgofia, 
Consta el acta en el archivo de la Corona de Aragón, pergaminos 
de D. Jaime I, núm. 513. 



37^ VÍCTOR BALAGUER 

do. 3.° Que D. Jaime no le quitaría al príncipe D. Al- 
fonso su hijoy que ella tenia consigo^ ni permitiría que 
se sacase de su poder contra su voluntad hasta que fue- 
se de edad legitima. 4.° Que la persona de la reina no 
sería presa ni detenida, antes la recibiría debajo su fe y 
amparo. £1 rey de Castilla, D. Femando, por su par- 
te, juró que con todo su poder haría que Ariza fuese 
restituida al rey de Aragón, por muerte de Doña Leo- 
nor ó porque ésta se casase ó entrase en religión, sien- 
do esto último lo que tuvo lugar, pues se recogió enei 
monasterio de las Huelgas de Burgos. 

Dice Zurita en el libro y capítulo últimamente cita- 
dos que, concluidas las vistas con D. Fernando de Cas- 
tilla y Doña Leonor, fuese el rey de Aragón á Montpe- 
11er para asistir al matrimonio del rey de Francia con 
la hija mayor del conde de Provenza, primo de nuestro 
D. Jaime; pero contradicen este viaje y lo ponen en 
duda los historiadores del Languedoc, quienes con bue- 
na crítica prueban que Luis de Francia se casó en Sens, 
y no en Montpeller, con Margarita de Provenza; que es- 
te enlace se había efectuado ya en Mayo de 1234, y por 
consiguiente, antes de Noviembre en que Zurita supone 
que pasó D. Jaime á Montpeller; y, por fin, que Don 
Jaime estaba entonces enemistaao con el monarca fran- 
cés, á quien hasta pretendía declarar la guerra para re- 
cobrar el condado de Carcasona del que se había aquel 
apoderado 1. 

1 Historia del Langtudoc^ tomo III, pág. 398. Los benedictinos 
hablan de una carta escrita por el papa Gregorio IX <5pn fecha 30 de 
Agosto de 1234 á Ramón Berenguer, conde de Provcnza. para que éste 
se encargara de negociar la paz entre los reyes de Aragón y Francia. 
Es de advertir que, de este viaje á Montpeller, D. Jaime no habla en su 
crónica. Algunos historiadores modernos, siguiendo á Zurita sin c 
dan por realizado este viaje de D. Jaime. De todos modos, ¡a verdi 
que, en esta época, comienzan á verse en D. Jaime ideas claras 7 
de no descuidar los asuntos del otro lado de los Pirineos. Se le ve 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. II. 377 

De todos modoSi fuese ó no á Montpeller, aunque 
nunca para el casamiento de Luis de Francia, el rey 
estaba de vuelta por Diciembre de aquel año, pues á 
mediados de este mes le hallo en Lérida, de donde de- 
bía pasar á Burríana para emprender en tierras de Va- 
lencia su nueva campaña del I235. En efecto, impa- 
ciente estaba ya el joven monarca por volver á blandir 
aquella su famosa espada. Tizona, que tan buen servi- 
do le había prestado en el sitio de Burriana i y á la 
cual había condenado á una tregua de un año, y por 
alcanzar algún nuevo laurel para aquella frente que 
pronto debía ir á descansar en el regazo de su nueva 
desposada Doña Violante. 

Burríana era la verdadera plaza de armas de D. Jai- 
me para su proyectada conquista de Valencia. Allí vol- 
vió á reunir á sus principales barones á la entrada del 

ver sus ojos á los países provenzales, como si quisiese continuar las tra- 
diciones de su familia; como si comprendiese todo el porvenir de la 
causa por la cual habfa muerto su padre en los campos de Muret, como 
ñ, en fin, perdida la esperanza de contrabalancear el poderío castellano 
en España, creyese en la posibilidad de crear un gran reino meridional 
con Aragón, Catalufia, Rosellón y Provenza. 

1 De esta espada habla el propio D. Jaime en sus Memorias, capí- 
tulo CXXXII, al referir que una noche fué despertado por las voces de 
¡á las armas! que daban sus escuderos, á consecuencia de una sorpresa 
intentada por los moros de Burriana. "Oyéndolo Nos, dice, nos levan- 
tamos al punto cubriéndonos con nuestro casco de hierro, y tomando 
una espada que habíamos traído de Monzón, la cual tenía por nombre 
Thá, y era de rara virtud para los que la llevaban, por cuya razón la 
preferimos á la lanza. „ Los Sres. Flotats y Bofarull, traductores y co- 
mentadores de la crónica real, dicen que tító, tizón ó tizona son, á su 
entender, un mismo nombre, bajo el cual se hicieron célebres algunas 
espadas como la de D. Jaime y la del Cid. Beuter, en el cap. XXVIII 
de la 2.* parte de su crónica, dice que la espada de D. Jaime se 
llamaba Tizona^ "por ser hecha de maravilloso tempramiento, que no 
había que temer que se quebrase por cortar hierro ni acero;, y afiade 
que había pertenecido á un caballero templario, enterrado en Monzón, 
y que estaba colgada encima de su sepultura, de donde la tomó el rey. 



1 



378 VÍCTOR BALAGÜER 

"^^Z^f y 1^ propuso una cabalgada hasta el castillo de 
CuIIera. Aceptóse la idea y se llevó á cabo^ haciendo 
embarcar el rey secretamente en un leño dos fundíbu- 
los, porque, como previsor, calculó que podría haber 
necesidad de ellos. Cuando la hueste se halló ante Ca- 
llera, donde se habían refugiado todos los moros de las 
cercanías con sus mujeres y tesoros, dijeron los baro- 
nes: — «Si tuviésemos un fundíbulo, antes de tres días 
éramos dueños del castillo.» — «¿Un fundíbulo pedís? 
les dijo D. Jaime. Pues yo os daré dos.t Y mandó des- 
embarcar los dos ingenios que el leño había llevado 
ocultamente hasta allí. Cuando los barones tuvieron los 
dos fundíbulos, dijeron que no tenían piedras para arro- 
jar con ellos. — «Yo os daré tres medios para tener pie- 
dras, contestó el rey, que á todo atendía y lo proveía 
todo: el uno, es enviar una buena fuerza para ver si 
encuentra algún torrente de donde sacarlas; el otro, es 
enviar también y con el mismo objeto una hueste hasta 
las orillas del río, y el tercero, es prevenir picapedreros 
que labren las piedras de la montaña, según se hace 
para dispararlas con los ingenios.» Los barones enton- 
ces hallaron expuestos los dos primeros medios é insu- 
ficiente el tercero, y comenzaron á poner obstáculos y 
á presentar dificultades, tanto que el rey no tuvo otro 
recurso que acceder á su voluntad y retirarse de aquel 
sitio 1. 

Pero mucho le dolía á D. Jaime tener que volverse 
sin haber llevado á cabo alguna acción de prez y gloría. 
Mal se avenían los bríos del real mancebo con la pru- 
dencia excesiva de sus barones. Asi, pues, hallándose á 
una legua de Valencia, y á vista de la torre y lugar de 
Moneada, el batallador monarca se prometió á si pro- 
pio no apartarse de aquel lugar sin haberlo ganado. A 

1 Crónica real, cap. CXLII. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. II. 379 

efecto, apeló á la astucia para vencer la voluntad de sus 
barones, y llamando al maestre del Hospital, á Pedro 
Comel y á Jimeno de Urrea, que era en los que parece 
tenia más confianza, les hizo entrar en su plan y pro- 
meter que le ayudarían en el consejo. Convenido con 
ellos, reunióles á todos y les propuso atacar y tomar á 
Moneada: en seguida su tío D. Fernando, que era quien 
acostumbraba llevar la palabra por los demás, contestó 
que el pensamiento era bueno, pero que no podía ejecu- 
tarse por carecer la hueste de todo; y ya le iban apo- 
yando los que eran siempre de su dictamen, cuando 
aquéllos con quienes se conviniera D. Jaime hicieron 
aceptar la proposición real. Faltaban, en efecto, provi- 
siones y un ingenio para combatir la fortaleza, y en- 
tonces vióse á D. Jaime dar un admirable ejemplo.— 
«Yo mismo iré á Burríana, dijo, á buscar provisiones 
para ocho días, y un fundíbulo. Para ello sólo necesito 
doce caballeros y todas las acémilas que me podáis pro- 
porcionar. Emplearé tres días: uno para ir, otro para 
recoger las provisiones y otro para volver. A mi re- 
greso, y cuando hayamos tomado la torre, como es pro- 
bable que en ella hagamos más de i.ooo cautivos, de- 
jadme escoger lOO y me doy por satisfecho i.» Y los 
barones accedieron, y el rey fué y volvió en menos de 
tres días, y sólo le acompañaron doce caballeros, y tra- 
jo de Burriana víveres, un fundíbulo y pertrechos. Tal 
era aquel rey y tales aquellos barones, tales aquellas 
costumbres y tales aquellos tiempos. La crónica real, 
á la que se observará que me voy ciñendo todo lo po- 
sible, en medio de lo que por malaventura tengo que ir 
abreviándola, es la que me proporciona ocasión de dar 
todos estos interesantes detalles y curiosos episodios, 
que ella relata con encantadora sencillez y notable su* 

1 Crónica real, caps. CXLIII y siguientes. 



380 VÍCTOR BALAGUER 

blimidad de concisión, siendo un verdadero guia para 
conocer las costumbres de aquel tiempo y poder apre- 
ciar la clase de relaciones que mediaban entre el mo- 
narca y sus magnates. Admírame por lo mismo, y mu- 
cho ciertamente, que haya habido un autor el cual, ha- 
blando de esta crónica, y después de dudar que fuese 
obra del rey, haya añadido que poco perdería aun cuando 
se la quitasen* 

La torre de Moneada fué combatida tan reciamentei 
que á los cuatro días hubo de entregarse. En poder de 
los vencedores quedaron 1.147 cautivos y un gran bo- 
tín compuesto de perlas, collares, brazaletes de oro y 
plata, sederías y otras muchas telas preciosas. El rey, 
según convenio, escogió los 100 cautivos que le toca- 
ban, y es curioso leer en su propia historia que se los 
hubo de vender luego por 16.000 besantes, en vez déla 
suma mayor que á guardarlos se le hubiera dado, para 
librarse de sus acreedores; pagando así las deudas que 
con unos mercaderes había contraído á ñn de atender á 
los gastos de la hueste en aquella cabalgada. No creyó 
prudente D. Jaime dejar presidio en la torre por hallar- 
se situada en país enemigo, y al efecto la mandó demo- 
ler, dirigiéndose á poner sitio á la de Museros. 

Sólo había en esta fortaleza 60 moros, pero dispues- 
tos todos á defenderla hasta el último trance. Comenzó 
á maniobrar el fundíbulo del rey, y no tardó en derruir 
las almenas. Entonces los sitiados las levantaron de 
nuevo formándolas con serones llenos de tierra, pero 
D. Jaime combatió este ardid con otro. Mandó fabricar 
unas ñechas incendiarías, saetas que formaban á ma- 
nera de ruecas, rellenas de estopa, las cuales arrojaban 
los ballesteros encendidas, pegando así fuego á todos 
aquellos serones. A los dos días de haber apelado á en 
medio, los sarracenos propusieron rendirse si les sal\ 
ba la vida, «á lo cual accedimos de buen grado, dice 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. ü. 38 1 

rey, porque, ciertamente, niejor los queríamos vivos 
que muertos.» 

Los sesenta cautivos que se hicieron con la toma de 
Museros no le sirvieron al rey, como los loo de Monea- 
da, para pagar sus deudas, pero si para otra cosa tan no* 
ble como ésta: para rescate de uno de sus capitanes. 
I>ióselos todos á Guillermo Zaguardia, tío de Guiller- 
mo de Aguiló, que los moros retenían prisionero en Va- 
lencia, para que los canjease por su sobrino. ¡Noble rey 
el rey D. Jaime! 

Después de haber asi ganado á Moneada y á Muse- 
ros, después de haber así pagado sus deudas y logra- 
do el rescate del caballero Aguiló, satisfecho y conten- 
to de la jomada, regresó el monarca á Burriana, para 
de allí dirigirse á Zaragoza , viniéndose luego á Bar- 
celona, para recibir á la que iba á ser su esposa. Doña 
Violante de Hungría, que era molt bela dona, según 
Desclot. 

Su casamiento se efectuó en la capital del Principa- 
do, á 8 de Setiembre de aquel año de 1235 i, celebrán- 
dose solemnes y suntuosas fiestas con este motivo. La 
alegría de las fiestas y los placeres de la boda, no pu- 
dieron distraer al rey de las serias preocupaciones que 
en aquel momento le aquejaban , turbando su ánimo. 
Se hallaba en vísperas de emprender resueltamente la 
conquista de Valencia, y, sin embargo, malhadadas 
rencillas y cuestiones de sus barones catalanes, amena- 
zaban un conflicto en sus reinos, precisamente en aque- 
llos momentos en que más necesaria le era la paz inte- 
rior para poder acudir á sus proyectos exteriores. 

Diéronle mucho en qué entender, primeramente las 
contiendas que se habían levantado entre el conde Hugo 
de Ampurias por una parte, y el vizconde de Rocaberti 

1 Bofarull: Condes vindicados, tomo II, pág. 235* 



382 VÍCTOR BALAGUBR 

y Oliver de Termens por otra 1. Gracias á la interven- 
ción del rey, vinieron estos señores á un acomodamien- 
to, que era tanto más preciso cuando se habían ya roto 
las hostilidades, y amenazaban dar tristísimas jomadas 
de sangre al país. 

Acaso contribuyeron también á la terminación de 
estos bandos, las Cortes que por entonces se celebraron 
en Tarragona 2, aun cuando las reunió el rey para las 
asistencias de la guerra contra Valencia. En estas Cor- 
tes, para cuando llegase el caso, las ciudades ofrecieron 
á D. Jaime sus tercios, y los feudatarios su asistencia 
con la de sus vasallos; concediósele de nuevo el servicio 
del bovaje, y los comunes y particulares ofrecieron sus 
galeras, leños y barcas para la armada, y transporte de 
municiones. Barcelona prometió tener dispuesto, para 
cuando se le pidiese, un numeroso tercio; Lérida otro; 
Tarragona, Gerona, Tortosa y demás lugares, ofrecie- 
ron compañías de milicias; el obispo de Barcelona se 
comprometió á llevar 60 caballos y 800 infantes; el de 
Lérida un número menor; el conde de Ampurias, 5o 
caballos; é hicieron asimismo ofertas el vizconde de 
Cardona y otros nobles. 

También ofreció contribuir Ñuño Sánchez, el cual 
acababa entonces de avenirse con el rey, arreglando 
amigablemente los disgustos que habían sobrevenido 
entre ellos. Ñuño pretendía señorío sóbrela ciudad y el 
condado de Carcasona, sobre el honor de Trencaveüo 
y vizcondado de Narbona, tanto en virtud de la. susti- 

1 Feliu de la Peña: Anales de Cataluña, lib. XI, cap. IX. 

2 Tuvieron lugar en 1 234, según el modo como cuenta los afios Fe- 
liu de la Peña. A este analista, por algunos autores tan despreciado, es. 
sin embargo, k quien se deben curiosísimas noticias sobre Cataluña. De 
estas Cortes en Tarragona , por ejemplo , y de los bandos del conde de 
Ampurias y vizconde de Rocabertí , no he visto que hable otro sí- 
no él. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB, VI. CAP. II. 383 

tución testamentaría, dispuesta por Ramón Beren- 
guer IV, conde de Barcelona, su abuelo paterno, como 
en virtud de una donación hecha á su padre el conde 
Sancho, por el rey Alfonso 11 de Aragón, tío de este 
último y abuelo del rey D. Jaime. Además, Ñuño tenía 
pretensiones sobre el condado de Provenza y el vizcon- 
dado de Milhaud. El rey D. Jaime, por su parte, le pe- 
dia la restitución del Vallespir, del Capsir y de algunas 
otras tierras; pero viendo que Ñuño no tenía hijos le- 
gítimos y era su heredero presuntivo , consintió en un 
convenio, que redactaron Lope Diez de Haro, señor de 
Vizcaya, por parte de D. Ñuño; Guillermo de Cervera, 
señor de Juneda y monje de Poblet, por parte de Don 
Jaime, y el maestre del Temple, Hugo de Montlaur, 
como tercero. Según este convenio, el rey satisfizo á 
D. Ñuño cierta suma, dejándole el disfrute de todos los 
dominios que poseía, los cuales á su muerte debían vol- 
ver á la corona real. Sólo á datar de este momento, se- 
gún parece, tomó D. Ñuño el título de conde de Rose* 
Uón y de Cerdaña, que antes se le daba, pero que no se 
halla en ninguno de los actos emanados de él anterio- 
res á esta época, titulándose sólo dominus Rossilionis, 
Confluentis et Ceritanie i. 

Fuertes trastornos habían ocurrido en Urgel con mo- 
tivo de la sucesión de este condado, y apenas efectuado 
su matrimonio, tuvo que acudir el rey «á apagar el fue- 
go que en aquella parte de su casa se había encendido 
amenazando devorarla. » Sabido es que Doña Aurem- 
biaix había muerto en I23i; sabido es que al morir legó 
el condado á su esposo D. Pedro, infante de Portugal; 
sabido es también que éste se lo dio al rey D. Jaime á 
cambio del señorío de Mallorca. Todo esto hubo de Ue- 

1 Arte de comprobar las fechas : Tratado de los condes del Resellan 
y Cerdaüa (Fossa).— Zurita , lib. XXIII.— Heniy: Historia del Rose- 
Uón, tomo I, pág. log. 



384 VÍCTOR BALAGUER 

vario muy á mal Pons 6 Ponce de Cabrera, hijo de 
aquel Guerau de Cabrera, cuyo orgullo domeñara Don 
Jaime en Balaguer, arrojándole de los estados de Ur- 
gel para devolvérselos á Doña Aurembiaix, su legítima 
heredera. Turbulento Pons de Cabrera, como su padre, 
quiso también hacer gala de sus pretensiones al con- 
dado de Urgel^ y le pareció que era propicia la ocasión 
al tener lugar el fallecimiento sin hijos de la condesa 
Aurembiaix. Pretendía Pons que era nula la donación 
hecha por Aurembiaix al infante portugués y nulo tam- 
bién el acto por el cual éste transfirió el condado al rey, 
siendo prohibidas de derecho las transportaciones de 
cosa litigiosa en mano poderosa. 

Persuadióse al principio el vizconde de Cabrera que 
el rey se lo volvería graciosamente, así como ya hemos 
visto que lo había hecho con su padre; pero al conven- 
cerse de que no sería así, tomó las armas, convocó gen- 
tes de guerra y se entró por las tierras de Urgel, pro- 
clamándose su señor y apoderándose de campos y lu- 
gares. Eran valedores del de Cabrera, y le apoyaban 
abierta y decididamente, Amaldo de Castellbó, el conde 
de Foix, el de Pallars y muchos otros señores de Aragón 
y Cataluña, quienes se juntaron cierto día en Solsona 
confederándose contra el rey y conviniendo en que an 
agravio hecho por éste á uno, era hecho á todos, y to- 
dos debían vengarle. Todo esto sucedía mientras Don 
Jaime andaba ocupado en las empresas contra Menorca 
y contra Valencia. Tal era el patriotismo de los nobles 
en aquel tiempo. 

Irritado el rey, acudió también á las armas, salió de 
Barcelona al frente de una escogida hueste, y fué apo- 
ner sitio al castillo de Pons, en el que se habían reco- 
gido algunos de aquellos señores. Calla la crónica si '^ 
castillo fué tomado, pero dice que lo combatió fuertí 
mente con los ingenios y que taló la campiña de aqu 



■r-V'-^^ 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. II. 385 

y otros pueblos que, por fuerza 6 por grado, se habían 
declarado por el vizconde. Por lo que se desprende de 
la cr6nica, las hostilidades hubieron de suspenderse á 
causa de haber intervenido los obispos de Lérida y de 
Urgel Berenguer de Erill y Pons de Vilamur, quienes 
se presentaron al rey y trataron de avenirle y concor- 
darle con el de Cabrera. 

La escritura de concordia se firmó en Tárrega á 21 
de Enero de I235. De ella resulta que el vizconde de 
Cabrera se puso á merced del rey con ánimo de hacer 
todo lo que éste le mandase; que las ciudades de Lérida 
y Balaguer quedaron en propiedad y franco alodio del 
rey y sus Sucesores; que el rey dio en feudo á Pons de 
Cabrera los castillos y villas de Linerola, Menargues, 
Albesa y otros, y francos algunos lugares como Cala- 
saus, Tartareu etc.; y que de entonces más quedaron 
dos títulos de conde de Urgel, uno en persona del rey, 
y otro en persona del vizconde, lo mismo que había su- 
cedido en tiempo del rey D. Pedro con Guerau de Ca- 
brera 1. 

Libre ya de cuidados D. Jaime, pacificada Cataluña, 
muertos los bandos, y seguro del apoyo del país repre- 
sentado en las Cortes de Tarragona, tomó á fijar sus 
miradas en el reino de Valencia, cuya conquista, á la 
que se diera tan favorable comienzo, cada vez era por 
él más ardientemente deseada. 

1 Monfar: Historia de los condes de Urgel, cap. LVII. Monfar con- 
tinua también en su interesante obra el convenio firmado en Tárrega, 
por D. Jaime y Pons de Cabrera. Baluzio y el Arte de comprobar las 
fechas caen, hablando de estos sucesos entre Pons y D. Jaime, en algu- 
nos errores que se rectifícan con sólo leer la claiisima reseña de Monfar. 



/ y 



TOMO XI 25 



386 VÍCTOR BALAGUER 



CAPÍTULO líl. 



Consejo de capitanes en Sarifiena. — Abu Zeyd se hace cristíano.— Sale 
el rey de Teruel. — Levanta en el cenx) de Enesa el castillo doruido 
por los moros. — Encomienda el castillo á Entenza y á Aguiló.— Apu- 
ros del rey para enviar provisiones á la hueste. — Cortes en Monióa. 
— Combate de Enesa 6 del Puig de Santa María.— El rey lleva en per- 
sona los refuerzos al Puig de Santa María. — Nobles palabras del rey. 
—Llamamiento á los barones y ciudades. — Muerte de Bernardo Gui- 
llen de Entenza. — Vuelve el rey al Puig de Santa María.— Juramento 
del rey. 

(1236 Y 1237.) 

Activo siempre el rey, siguiendo constantemente el 
hilo del pensamiento que por el pronto le embargaba, y 
no teniendo residencia ñja en ninguna ciudad ni villa, le 
hallamos en Huesca á principios del i236, punto desde 
el cual pasó á Saríñena para celebrar con sus barones y 
prelados una especie de consejo de guerra, á fin de adop- 
tar el plan mejor que debía seguirse en la inmediata 
campaña. La resolución fué, adelantar sus huestes por 
el reino de Valencia hasta apoderarse del cerro y cas- 
tillo que los moros llamaban de Enesa, los cristianos 
puig de la Cebolla, y que después cambió su nombre por 
el de puig de Santa María, situado á dos leguas de la 
ciudad de Valencia. Acordado esto, se expidieron las 
oportunas órdenes para que toda la gente de guerra es- 
tuviese en Teruel al comenzar la primavera 1 . 

ínterin se disponía todo, visitó el rey varías pobla- 
ciones, entre ellas Calatayud, hallándose ya por el mes 
de Mayo en Teruel, donde consta que confirmó á A^■' 

1 Zurita, lib. III, cap. XXV. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IH. 387 

jSeyd, el monarca destronado de Valencia, la donación 
que le había hecho para durante su vida, de las villas de 
Riela y Magallón, con homenaje que prestó de obedien- 
ciay fidelidad á D. Jaime i. Ya por entonces, según 
cuentan los anales, Abu Zeyd se había hecho cristiano, 
aunque secretamente porque los moros de su parcialidad 
no se ofendiesen, habiendo recibido el nombre de Vi- 
cente con el agua del bautishio. El nuevo cristiano casó 
luego con una señora llamada Domenga López, en quien 
tuvo una hija á la que se dio por nombre Alda Fernán- 
dez, la cual enlazó á su tiempo con Blasco Jiménez, 
«eñor de Árenos. 

Sabedor sin duda Zeyán de la idea que llevaba Don 
Jaime de apoderarse del Enesa, envió una fuerza para 
que lo arrasara, como así se hizo. Situado aquel casti- 
llo, según se ha dicho, á dos leguas escasas de la ciu- 
dad, era muy á propósito para que, haciéndose fuertes 
en él los cristianos, emprendiesen sus correrías apode- 
rándose de todo cuanto hallasen y llevando sus rebatos 
hasta los mismos muros de Valencia, teniendo las es- 
paldas seguras y pudiendo con facilidad ser socorridos 
de Burriana y de Cataluña por mar. Lo. llevado á cabo 
por Zeyán, era para desconcertar á otro monarca que 
no hubiese sido nuestro Conquistador. Éste mandó cons- 
truir en Teruel secretamente hasta 20 hormas para ta- 
pias, con el propósito de llegar á Enesa y allí levan- 
tar de nuevo el castillo demolido por los moros, car- 
gó con ellas algunas acémilas, y se puso en camino con 
algunos de sus barones y las milicias de Daroca y de 

Teruel. 

Cerca de Murviedro se le juntaron 2.000 peones y i3o 

caballeros, conducidos por los maestres del Hospital y 

del Temple, y con ellos prosiguió su marcha sin encon- 

1 Zurita, lib. III, cap. XXV.— Sas en el reinado de D. Jaime. 



388 VÍCTOR BALAGUER 

trar estorbo^ llegando á Enesa, donde inmediatamente 
dispuso levantar un castillo sobre las ruinas del otro. 
Al poco tiempo fueron llegando al campamento deEne- 
sa los ricos-hombres y las milicias que faltaban, entre 
ellas las de Zaragoza y Tortosa; y provisto el rey de 
víveres y de brazos para el trabajo, repartió éntrela 
gente de las ciudades los lienzos de muros á fin de que 
cada grupo fuese edificando su parte. Gracias á la mu- 
cha gente, la fábrica pudo levantarse en el espacio de 
dos meses. — «De aquí en adelante este cerro de Enesa 
se llamará el puig de Santa María, » dijo el rey maravi- 
llándose de su obra y viendo ya construido aquel her- 
moso castillo como por arte de encantamiento levan- 
tado. 

El objeto del monarca estaba cumplido, pero falta- 
ba dejar en el nuevo castillo de Santa María una fuerte 
guarnición, con valientes capitanes y un jefe superior 
de toda confianza. D. Jaime, que entendía en hombres, 
escogió para este tan honroso como peligroso cargo á 
su tío D. Bernardo Guillen de Entenza, aquél que tan 
notables cualidades militares había revelado en el cerco 
de Burríana. A su lado puso á Guillermo de Aguiló, 
aquel mismo caballero sin duda por cuyo rescate haUa 
dado los 60 cautivos de Museros, y, según Desclot, les 
dejó una fuerza de 80 caballeros del Temple, 3o hospi- 
talarios y 2.000 infantes, encargándose de mandarles 
provisiones desde Burriana y desde Tortosa, 

Cuenta el rey en su historia, y conviene notar esta 
circunstancia por lo notable y porque ella revela otra 
buena cualidad de D. Jaime, que cuando trató de mar- 
char á Burriana, según con Bernardo Guillen de En- 
tenza había convenido, y al ir á levantar el campo, v¡6 
que una golondrina había construido su nido encimad 
su tienda, por cuyo motivo dio orden para que ésta r 
se quitase hasta que la avecilla hubiese desanidado ce 






\ *i' 






HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. III. 389 

SUS hijuelos, ya que fiada en el rey había ido á estable* 
cerse allí i • 

Levantado por fin el campo, y dejando en el puig de 
Santa María á los que habían de ser sus heroicos de* 
fensores, partió á Burriana, y de allí á Tortosa, y desde 
este punto á Tarragona, no descansando un solo ins- 
tante hasta que hubo mandado provisión sobrante de ví- 
veres á la hueste de Bernardo Guillen de Entenza. 
Asombra ver patente en su historia la actividad del rey 
y los trabajos que se tomó para que nada faltase á aquel 
puñado de héroes que había dejado de avanzada. Desde 
Burríana les mandó unas acémilas cargadas de pan, 
vino y avena, con más algunos carneros y vacas que ^ 
habían sido apresados en una cabalgada; desde Tortosa 
les despachó cuatro barcos llenos de víveres, y por fin 
en Salou hizo embargar unas naves que iban á salir con 
comestibles para Mallorca, tomó inventario de todo y 
firmó un debitorio á los mercaderes, á quienes luego sa- 
tisfizo la deuda pidiendo prestados 60.000 sueldos á los 
prohombres de Lérida. 

Desde Lérida, á donde en su incansable diligencia 
había ido al salir de Tarragona, pasó á Huesca, y de 
Huesca fué á Monzón. Se había convocado á Cortes en 
este punto á catalanes y aragoneses para el mes de Oc- 
tubre de aquel año. Zurita, que nos habla de estas Cor- 
tes, nos dice que á ellas asistió San Ramón de Peña- 
fort; que se autorizó al rey para poner cerco á la ciudad 
de Valencia; que se asentaron treguas entre los arago- 
neses divididos en bandos; que se confirmó el valor de 
la moneda jaquesa que entonces corría, para que siem- 
pre fuese del mismo valor y peso y tuviese la misma 
ley, y que se instituyó el derecho llamado del mara- 
vedí. 

1 Crónica real, cap. CLII. 



•*1 



390 VÍCTOR BALAGUBR 

Recorriendo las ciudades de su reino y preparándolo 
todo para la campaña próxima, pasó el rey aquel invier- 
np 1 . En cuanto á los mantenedores del Puig de Santa 
María, entrada ya la primavera del 1237 tuvieron que 
sufrir un rudo ataque de los moros, y hubo entonces lu* 
gar aquella famosa -batalla, en que cuentan se apareció 
San Jorge, y que fué una de las más memorables jor- 
nadas de la conquista de Valencia. 

Brevemente voy á referirla, siguiendo á Desclot, que 
la cuenta con aquel lujo de detalles y aquella galanura 
de episodios que á este cronista caracterizan. 

1 Hay que colocar aquí un viaje que D. Jaime hizo á Montpcller 
por Enero de 1 237, y del cual no he hallado que haga mencicSn ninguna 
de nuestras crónicas. Sin embargo, si los documentos valen, en U iSf- 
torta del Languedoc^ prueba CCXX, pág. 378, hay uno por el que consta 
que D. Jaime se hallaba en dicha ciudad de MontpeUer en Diciembre 
de 1236 y Enero de 1237, donde hizo homenaje de la sefioria de Mont- 
peUer á Juan de Montlaur, obispo de Magalona, por orden del papa Gre> 
gorio IX. y donde recibió, á su vez, el homenaje de Hugo, conde de Ró- 
dez, por el vizcondado de Carlandois. Repito que de esto no encuentro 
que hable ninguno de nuestros analistas, pero no es menos cierto, sin 
embargo, si el documento es auténtico. Y á propósito de este documen- 
to. En las firmas continuadas al pie se lee la del ilustre Vidal de Cafie- 
Ilas ( Vitalií de Canellis^ canonicorum barchinoneHshmi)y que acompafló 
sin disputa á D. Jaime en aquel viaje como consejero particular. Valgan 
estos datos para los que con más tiempo, más detenimiento y más es- 
tudio, aunque no con mejor voluntad, escriban un dia la historia de Ca- 
taluña con el cuidado que se merece (*). 

(*) A esta nota, publicada en la primera edicito de mi otot, puedo añadirla ■i' 
guientea noticias recogidas posteriormentCi lo cual prueba que estuve eo lo cierto: 

El viaje de D. Jaime & MontpeUer es exacto. Hablan de él Germain en su /f ¿/«n' 
de MontpeUer, y Tourtoul6n en su D, Jaime el Conquistador. El monarca azapwés 
habia sido llamado á su señorío de MontpeUer por el deseo de vigilar los aiootoKic 
Francia, pero sobre todo por sus querellas con el obispo de Magalona. Se había eo« 
tablado una lucha entre el poder l&ico, sefiorial 6 comunal y el poder ccleBÍftstiGO. 
£1 rey de Aragón, de acuerdo con los ciudadanos de su pais natal, no descaidii 
ninguna ocssión para aminorar la autoridad del prelado, que reclamaba el hofflen> 
feudal. El monarca se negaba obstinadamente li reconocer la supremacía del otaísp 
pero hubo de ceder ante un mandato del Papa, y en 26 de Diciembre de isfi f^ 
juramento de fe y homenaje al obispo de Magalona, Juan de MontUuir. 



I • 

r 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. III. 39I 

No podía en verdad el rey moro de Valencia perma- 
necer tranquilo al ver que á las puertas mismas de su 
capital habían osado levantar un castillo los cristianos, 
asegurándolo con fuerte presidio. Comprendió que era 
necesario á toda costa echarles de allí y tomarles aquel 
su avanzado puesto, y comenzó á allegar gente para ir 
á cercar y á combatir Enesa con formidable aparato. 
La ¡dea de Zeyán era sorprender el castillo, pero En- 
tenza y Aguiló tuvieron aviso de lo que contra ellos se 
proyectaba por un cautivo fugitivo de Valencia, y al 
instante convocaron á consejo á los principales de su 
hueste. Algunos manifestaron sus temores y propusie- 
ron abandonar la fortaleza, pero Guillermo de Aguiló 
prorrumpió entonces en un caballeresco discurso, que el 
cronista copia por extenso. 

— Aquí hemos venido en honor de Dios y de Nuestra 
Señora Santa María, dijo, á ñn de que la morisma sea 
destruida y salvemos nosotros nuestras almas. Si ellos 
son muchos, más seremos nosotros, pues que Dios está 
de nuestra parte. Permanezcamos aquí, firme el ánimo 
y el corazón fuerte; que la señera de Aragón nunca vol- 
vió atrás, ni volverá ahora, pues vale más morir con 
honra que vivir deshonrado. 

Bernardo Guillen de Entenza tomó la palabra tras la 
patriótica arenga de Aguiló, que parece una proclama 
de nuestros días. Para que se vea como los hombres de 
patriotismo verdadero y de verdadero corazón han te- 
nido siempre un mismo lenguaje, y como siempre, en 
todos tiempos, eternamente, el mismo entusiasmo ha 
contestado al mismo sentimiento. 

Las palabras del de Entenza acabaron de exaltar al 
consejo, terminando la obra comenzada por su compa- 
ñero, y todos se fueron á preparar para el combate. Éste 
fué saíigriento. Provocóle D. Bernardo Guillen saliendo 
con la mitad de la guarnición contra los sarracenos, que 



392 VÍCTOR BALAGÜER 

acudían en tan gran número, que daba espanto verlos 
(que gran feretat era de veiire). En los primeros mo- 
mentos de la lucha, quedaron vencidos los cristianos y 
hubieron de retroceder hacia el castillo; pero entonces 
sonó una voz, sobrenatural según algunos cronistas, 
pero que en realidad debió salir de los caballeros que 
guarnecían las murallas, gritando: «{Huyen, huyen y 
se dejan vencer!» No bien la oyeron los combatientes, 
cuando clamaron: « ¡Vergüenza, caballeros, vergüenza! • 
Y á este grito, levantóse la voz general de ¡Santa 
María! ¡Santa María! que dieron todos, arrojándose de 
nuevo y con mayores bríos sobre los moros, á quienes 
llegó entonces la vez de retroceder y desbandarse, hu- 
yendo despavoridos y no parando muchos hasta Va- 
lencia, cu3'as puertas hicieron cerrar atropelladamente, 
creyendo que los cristianos les iban al alcance para pe- 
netrar tras ellos en la ciudad. 

Valiente y caballerescamente se portaron en la jor- 
nada Bernardo Guillen de Entenza y Guillermo de 
Aguiló; y mientras que fueron en gran número los mo- 
ros que murieron en el combate, cuentan nuestros cro- 
nistas que sólo quedaron en el campo tres caballeros 
cristianos, Jiménez de Luesia, Guillermo Pérez de 
Tierga y otro caballero que llevaba el pendón del de 
Entenza. Quieren algunos atribuir esto á milagro por 
no haber sido más que tres los muertos en nuestro cam- 
po ; pero no han reparado que los antiguos sólo hablan 
de los hombres de cuenta, y si citan el número de los 
caballeros que murieron, calíanse el de los peones. De 
todos modos se ve claramente que la pérdida de los roo- 
ros fué infinitamente mayor, como se desprende de los 
propios escritores árabes, que dan cuenta de esta batalla 
en los siguientes términos: 

iAbu Giomail Ben Zeyán allegó muy numerosa hue 
te, y animado de la esperanza de que Aben Hud iba e 



HISTORIA DE CAT/ILUÑA. — LIB. VI. CAP. UI. 393 

auxilio^ fué sobre Hisn-Santa María, y cercó la fortale- 
za, y puso en grande apuro á los cristianos que la de- 
fendían; éstos eran muchos y esforzados, y la defendían 
bien, y daban rebatos en el campo de Zeyán en que se 
peleaba con mucho valor de ambas partes, hasta que, 
desesperados de humano socorro , hambrientos y como 
lobos salieron cierto día á la pelea, y fué tan sangrien- 
ta, que fué forzoso al rey Zeyán levantar el campo y 
retirarse á Valencia, quedando la fortaleza en poder de 
los cristianos i.» 

La relación de los cronistas árabes es igual en el 
fondo á la de los analistas aragoneses, aparte lo de la 
aparición de San Jorge. Ni Desclotni D. Jaime, empe- 
ro, hablan de este milagro, crédula y piadosamente in- 
ventado por cronistas á ellos posteriores. Hubo, sí, mi- 
lagro; pero fué éste, que un puñado de héroes se hicie- 
sen dueños del campo de batalla, teniendo que luchar 
con fuerzas diez veces superiores á las suyas. Fué un 
milagro de heroicidad. 

Inmediatamente se despachó un mensajero al rey con 
la fausta nueva de la victoria. Recibió D. Jaime la no- 
ticia hallándose en Huesca, y al saberla, después de 
haber cumplido con su deber de cristiano, que fué hacer 
entonar un Te-Deum para dar gracias á Dios, cumplió 
con su deber de caballero, volando sin detenerse á Da- 
roca á dictar órdenes para enviar refuerzos de gente, 
víveres y caballos á los valerosos defensores del Puig 
de Santa María. Aún hizo más. Quiso ir en persona á 
llevarlos, y á los cinco días salió de Teruel con 2.000 
acémilas y 100 caballeros, llegando al Puig, donde fué 
recibido con grandes muestras de alegría por Bernardo 
Guillen y Berenguer de Entenza , Guillermo de Aguiló 
y los demás barones, «si bien en la acogida que nos hi- 



1 Conde, cap. IV de la parte 4.* 



394 VÍCTOR BALAGUER 

cieron, dice en sus memorias, no les fué posible osten- 
tar la debida pompa por haber perdido en la batalla 
como unos 86 caballos. » 

Después de haber repartido D. Jaime gracias y mer- 
cedes entre sus barones, haber provisto de caballos á 
los que los habían perdido en el combate y haber perma- 
necido en el Puig esperando á los moros que no se pre- 
sentaron, regresaba ya para Aragón, acompañado de 
muy pocos, cuando tropezó en el camino con una par- 
tida de sarracenos muy superior en número á la suya. 
D. Ferrando Pérez, que iba con él, le aconsejó entonces 
que echasen á huir hasta recogerse en el Puig, — cEso 
no, contestó el rey: ni he huido nunca, ni sé cómo se 
huye 1.» Los moros no se atrevieron, sin embargo, ¿ 
acometer, y D. Jaime y los suyos pudieron llegar á Bu- 
rriana. 

Prosiguió el rey su viaje hasta Oropesa, de donde 
pasó á Ulldecona y de allí á Tortosa, en cuyo punto 
dictó órdenes para que las villas de Aragón y Cataluña» 
y todos los que tenían feudo por él, barones, caballeros 
y plebeyos, acudiesen por la primavera á la jomada con- 
tra la ciudad de Valencia. 

En seguida se fué á Zaragoza donde amante le aguar- 
daba Doña Violante, que era ya madre de una niña, 
llamada Violante como ella, la que después fué reina de 
Castilla; y no habían pasado ocho días de su estancia 
en la capital, cuando tuvo la tristísima nueva de la 
muerte de D. Bernardo Guillen de Entenza. Profunda 
aflicción sintió al recibir esta noticia, que con hipócri- 
ta dolor le comunicó su siempre poco leal tío D. Fer- 
nando. En vista de esto, sus ricos-hombres le aconse- 
jaron que abandonase el Puig de Santa María, dejando 
para otra ocasión la conquista del reino de Valencia 

1 Crónica real, cap. CLIX. 



HISTORIA DE CATALUÑA.— LIB. VI. CAP. III. 395 

También fué D. Femando quien esta vez llevó la pala- 
bra en nombre de los magnates. £1 consejo fué recha- 
zado por el rey. — «Yo os haré ver quién soy y lo que 
valgo, les dijo, y os hago saber que el Puig no será 
desamparado; antes con él quiero ganar el reino de Va- 
lencia.» 

La resolución que el monarca tomó por el pronto, fué 
la de marchar al Puig de Santa María, y allá partió in- 
mediatamente con 5o caballeros de su mesnada y Don 
Jimeno de Urrea. Berenguer de Entenza, Guillermo de 
Aguiló y los caballeros del Hospital, del Temple, de 
Calatrava y de Uclés, advertidos de la llegada de Don 
Jaime, le aguardaban, teniendo en custodia el féretro 
de D. Bernardo Guillen, al que hizo dar sepultura el 
rey, procurando calmar el dolor de todos los que allí se 
hallaban. 

En seguida armó caballero á Guillermo de Entenza, 
hijo del difunto; hizo mercedes y ofertas, nombró jefe 
de la fortaleza y de la hueste á Berenguer de Entenza, 
y se disponía á partir para ir en busca de las huestes 
que mandara juntar al objeto de caer sobre Valencia al 
rayar la primavera, cuando supo por conducto de dos 
frailes predicadores, que los del Puig, en cuanto él se 
ausentase, trataban de abandonar aquel punto, descora- 
zonados y faltos de ánimo por la muerte de su capitán. 
Entonces D. Jaime, tomó una de aquellas resoluciones 
que le caracterizan como figura histórica. Reunió á to- 
dos los principales de la hueste en la iglesia que había 
mandado levantar Gr\ el Puig, y allí, ante todos, en pie, 
solemnemente y tendiendo su diestra sobre el ara san- 
ta, les dijo estas palabras : 

— «Puesto que á todos os pesa que marche, y teméis 
que os abandone, hago voto á Dios y al altar donde está 
su Madre, de que no pasaré Teruel ni el río de Tortosa 
hasta que Valencia haya caído en nuestro poder. Y para 



396 



VÍCTOR BALAGUER 



que mejor entendáis que es mi voluntad quedarme aquí 
y conquistar este reino para el servicio de Dios, sabed 
que, en este momento voy á dar orden para que aquí 
vengan la reina mi esposa y mi hija. » 

£1 efecto producido por estas palabras del rey fué má- 
gico. Todos cuantos estaban en la iglesia se pusieron á, 
llorar, ay yo con ellos», dice D. Jaime con la sublimidad 
del laconismo i. 



CAPITULO IV. 



Se pide al rey que abandone la conquista y se niega.— Ríndesele Alme- 
nara. — Se entregan varias plazas. — El rey pone cerco á Valencia. — - 
Los almogávares se apoderan de Ruzafa.-^Salida sin resultado de los 
moros. — Llegan refuerzos al real y de dónde. — Se va estrechando el 
sitio.— Primer asalto de la ciudad y gloria de los de Lérida. — Toma 
de Cilla. — Se presenta la flota tunecina, pero desaparece al acudir la 
catalana. — Intentan los moros sorprender á Pefiíscola y son rechazados. 
— El real abundante de víveres. — Ataques y torneos. — Combate de 
los sitiados con la gente <iel arzobispo de Narbona. — Herida del rey. 
— Algunos caballeros 'asaltan la torre de BoateUa. — Nuevo asalto c 
incendio de la torre. — Proposiciones de capitulación. — Torneo entre 
caballeros cristianos y moros. — Convenio de capitulación entre Zeyán 
y D. Jaime. — La capitulación no es consultada por D. Jaime á los 
barones. 

(1238.) 

Y la reina fué^ en efecto , á reunirse con su esposo, 
habiéndola salido á recibir D. Jaime sólo hasta Penis- 
cola, para guardar su voto de no pasar el Ebro. Iba 
acompañando á Doña Violante el tío del rey D. Fer- 
nando, y una y otro al llegar á Burriana comenzaron á 
pedir al monarca que abandonase la idea de tomar á 
Valencia. Fué vana su porfía. Cuantos más obstáculos 
se oponían á la realización de su proyecto, más crecía 

1 Crónica real, cap. CLXV. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IV. 397 

en D. Jaime la firme voluntad de vencerlos. En vac 
ñié que le aconsejaran sus barones poniendo en evidei 
cia los grandes peligros que ia empresa llevaba consigt 
en vano que le suplicara D. Femando; en vano que po 
fiara la reina; en vano también que el mismo Zeyái 
alarmado ya á la vista de aquella firme resolución, '. 
enviara á decir por conducto de un moro, llamado A 
Albatá, que si abandonaba su empresa le daría tod< 
cuantos castillos y fuerzas se encontraban desde Guai 
damar á Tortosa y desde Tortosa á Teruel, haciendo! 
fabricar un alcázar suntuoso en el punto llamado 1 
Zaydia, y prometiéndole pagar todos los años, y pt 
siempre, lO.ooo besantes de renta en la ciudad de Vi 
lencia. Todo en vano. D. Jaime hizo contestar á Zeyá 
que lo que quería era Valencia '. 

Poco tiempo después, hallándose él en el Puig y 1 
reina en Burriana, recibió una embajada de parte de 1< 
moros que tenían la plaza y castillo de Almenara, pr< 
poniéndole la entrega mediante algunas mercedes, er 
tre las cuales había la singular de tener que dar cuarenl 
trajes de grana para otros tantos deudos de los embajj 
dores. Accedió el rey á todo, y Almenara se le entregí 
trasladándose en seguida allí la reina como punto mi 
fortificado y más seguro que Burriana 2. 

El ejemplo de Almenara fué seguido por las poblí 
ciones y castillos de üxó. Castro, Nules y Alfandecl 
y tanto se iba adelantando, y era ya lugar tan seguí 
el Puig de Santa María, que no se tuvo reparo en qi 
la reina pasase á habitarle. Allá se trasladó, en efecti 

1 Crónica real, cap. CLXVU. El moro Ali AibaU ó el BaChá, e 
literato y poeta de reputaciün entre los sarracenos . 

2 Crónica teal, caps. CLXVllI. CLXIX y CLXX. Los vesüdos 
grana, prometidos i loa de Almenara, se los entregó el rey valiéndc 

_ de un negociaiite de Tortosa, llamado Pedro Ramón, que liabla idc 
poner fábrica de paGos en Burriana. 



39^ VÍCTOR BALAGUBR 

y de allí, en compañía de D. Jaime y de ico caballeros, 
fué luego á tomar posesión de la villa y fortaleza de Pa- 
terna, que también se rindieron, haciendo en seguida 
otro tanto las plazas de Betera y Bulla ^ . 

Llegada era ya la hora de poner sitio á Valencia; 
aquella Valencia, « vergel de las amenidades de Espa- 
ña, » según las historias árabes 2; aquella Valencia, que, 
en una elegía de un poeta de la misma raza, es llamada 
«alegría y solaz en que todos los mozos folgaban y ha- 
bían sabor y placer 3.» Cuando el rey dispuso comen- 
zar el cerco, no le había llegado aún toda la gente que 
esperaba; pero sobrábale á D. Jaime en corazón lo que 
faltaba en número á sus legiones. Sólo tenía entonces 
con él á Hugo de Forcalquier, maestre del Hospital; á 
un comendador del Temple, con 20 caballeros; al co- 
mendador de Alcañiz; á D. Rodrigo de Lizana, con 
otros 30; al comendador de Calatrava; á Guillermo de 
Aguiló, con unos i5; á Jimeno Pérez de Tarazona; á 
los de su mesnada real, que eran 140 caballeros, y 
finalmente, i5o almogávares y más de i.ooo peones. 
Con no mayor número de gente ni con más pujante 
ejército que éste, tuvo la caballeresca osadía de poner 
sitio á una plaza que podía habilitar para campaña un 
número de soldados diez veces mayor. 

Un día al amanecer movió su ejército en nombre de 
Nuestro Señor, y siguiendo la playa hasta el Grao, y pa- 
sando el río, levantó sus tiendas, enarboló sus señeras 
y fijó su campo en unas casas que estaban entre el Grao 
y Valencia, á un cuarto de legua de la ciudad, con in- 
tención de esperar las compañías de gente que de Ara- 
gón y Cataluña debían llegarle. Se habían dictado 6r- 

1 Crónica real, caps. CLXXI y siguiente. 

2 Conde, parte 4.', cap. IV. 

3 Traslada esta elegía la crónica real de E^pafia, y también Vicei 
Boix en los apéndices al piimer tomo de su Historia de Valmcia. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IV. 399 

denes terminantes para que ninguna partida saliese á 
escaramucear ni á merodear, hasta tener todos más co- 
nocido el terreno; pero los almogávares, en quienes era 
una necesidad el combate y que estaban siempre mal 
avenidos con la paz y el sosiego, juzgaron que estas 
órdenes no rezaban con ellos, y sólo esperaron los pri- 
meros albores del día para arrojarse de improviso sobre 
Ruzafa, en donde. había al parecer una fuerte guarni- 
ción de sarracenos. La refriega hubo de ser sangrienta, 
porfiado el ataque si heroica la defensa, y acaso les 
hubiera sido imposible á los almogávares mantenerse 
en la posición que habían tomado, á no acudir precipi- 
tadamente el rey en persona al frente de su mesnada. 
De todos modos, Ruzafa se tomó y allí estableció Don 
Jaime su campo desde aquel momento. 

Hablan las crónicas de una salida sin resultado que 
efectuó Zeyán, el rey moro de Valencia, al frente de 400 
caballos y 10.000 infantes; pero, á pesar de ser tantos 
en número, no se atrevieron á atacar á aquel puñado de 
cristianos héroes, y volviéronse á la ciudad sin haber 
tratado de probar fortuna y sin que tampoco fuesen aco- 
metidos por el monarca aragonés, el cual se contentó 
con tener su gente sobre las armas mientras estuvieron 
los moros á la vista. 

Fueron en esto llegando sucesivamente al campo de 
los sitiadores los ricos-hombres y milicias de Aragón y 
Cataluña, como también muchos caballeros aventure- 
ros de los mismos reinos de Francia, Inglaterra é Ita- 
lia, que, movidos de la fama del rey y de su católica em- 
presa, acudiieron voluntariamente á ofrecerse. De los 
primeros que llegaron fué Pedro Amiell, arzobispo de 
Narbona, con 11 caballeros y i.ioo infantes 1, presen - 

1 Crónica real. cap. CLXX VI.— Zurita dice (lib. III, cap. XXX) que 
sólo vino con 600 infantes y 40 caballos. 



400 



VÍCTOR BALAGUER 



tándose en seguida un socorro de ingleses que mandó 
su rey Enrique III, el gran maestre del Temple de Pro- 
venza, con buen número de sus templarios, y otros per- 
sonajes principales de las citadas naciones i. Acudie- 
ron también los más principales barones aragoneses y 
catalanes; el obispo de Barcelona, Berenguer de Palou, 
llegó con 6o caballeros de su linaje y de sus estados y 
800 infantes para compartir la gloría de la campaña de 
Valencia, como había compartido la de Mallorca y la de 
las Navas; el obispo de Lérida, Berenguer de Eríll, 
trajo consigo á muchos combatientes; el de Zaragoza, 
Bernardo de Montagut, á todos los de su familia y al- 
curnia; el arzobispo de Tarragona y los obispos de Ta- 
razona, Huesca, Gerona y Tortosa, se presentaron en 
el real acompañados de buenas lanzas; vinieron el prior 
de Santa Cristina y los comendadores de Alcañiz, de 
Montalván, de Oropesa, de Uclés y de Calatrava con 
lucida caballería; y compuestos de gente brava y esfor- 
zada se presentaron los tercios de Zaragoza, Barcelo- 
na, Daroca, Tarazona, Borja, Huesca, Lérida, Calata- 
yud, Tortosa y Teruel, ganosos de gloria para las se- 
ñeras que á su valor confiaran sus ciudades 2. 

A medida que le iban llegando refuerzos, estrechaba 
D. Jaime el cerco y formaba sus líneas de circunvala- 
ción. Cuantas compañías de barones y milicias ciuda- 
danas iban acudiendo, tomaban posición alrededor de 
Valencia y plantaban sus tiendas acercándose por gra- 
dos á la ciudad, siendo los que más cerca se pusieron 
los de Barcelona, «que fueron por mar con muchas com- 
pañías, de gente de guerra muy en orden 3«» Ocupaba 



1 Sas. — Zurita. — Beuter. — D. Jaime no habla de más extranjeros 
que los del arzobispo de Narbona. 

2 Escolano. — Sas. — Beuter. 

3 Crónica real.— ^Zurita. — Dice un cronista que, al abarcar Val« 
cia dentro sus muros el sitio donde tuvieron su campo los barceloneses 



HISTORIA Dfi CATALUÑA. — LIB. VI, CAP. IV. 4OI 

también un puesto avanzado el ex-rey de Valencia 
Zeyt Abu Zeyt, que sabemos era ya cristiano con el 
nombre de D. Vicente, teniendo á sus órdenes un cuer- 
po de jinetes árabes de su bando. D. Jaime llegó á 
reunir al pie de los muros de Valencia, un ejército de 
70.000 infantes y 2.000 caballos 1. 

Construidos algunos manteletes, dispuesto un trabu- 
co y llegados á Tortosa los fundíbulos, se dio comienzo 
al ataque, y á los rudos é incesantes tiros de los inge- 
nios ^empezaron á desmoronarse las murallas. Creyó el 
rey oportuno tentar un asalto, más con la idea de pro- 
bar el ánimo de los sitiados, que con la creencia de con- 
seguir un feliz éxito; y la gente de Lérida, que estaba 
destinada á adquirir en este sitio una merecida celebri- 
dad, fué la primera en trepar á la muralla con escalas 
y en tratar de franquearse paso por la brecha. La resis- 
tencia fué mayor de lo que se esperaba. Obstinadamente 
se defendieron los moros, como hombres que luchaban 
y se batían para no perder la libertad y la patria, y una 
y otra vez fueron rechazados los sitiadores , que acaba- 
ron por retirarse, no sin haber alcanzado un lauro que 
la historia en general, y la ciudad de Lérida en particu- 
lar, recordarán siempre con orgullo. El monarca ara- 
gonés, satisfecho con el resultado de aquel asalto, pues 
le dio á conocer el temple de los sitiados, tomó enton- 
ces sus disposiciones para prolongar el cerco de la pla- 
za, estableciendo su cuartel general en Ruzafa, desde 
donde podía más fácilmente atender y acudir á cualquier 
punto de la línea que se viera amenazado. 

ínterin proseguían las operaciones del sitio é iba éste 
adelantándose, dio orden el rey á los ricos-hombres Don 
Pedro Fernández de Azagra y D. Jimeno de Urrea, 

la calle que alli se abrió fué llamada de Barcelona, nombre que conser- 
va aún. 

1 Boix. — Otros dicen que era de 60.000 peones y l.ooo caballos. 

TOMO XI 26 



402 VÍCTOR BALAGUER 

para que» tomando un fundibulo y las compañías de 
gente que hubiesen menester, marchasen sobre Cilla y 
la atacasen. Marcharon, cercaron la plaza y rindiéronla 
á los ocho días. 

Hacía ya algún tiempo que las operaciones del rey 
se limitaban sólo á estrechar el sitio é ir adelantando 
los trabajos de mina, comenzando á poner en grave 
apuro á los defensores de Valencia, cuando se presen- 
taron en las aguas del Grao doce galeras y seis zabras, 
que el v^alí de Túnez enviaba al socorro de sus herma- 
nos valencianos. Recelando alguna emboscada, que en 
efecto les había dispuesto D. Jaime, no desembarcaron, 
y por la noche encendieron fuegos en sus galeras y to- 
caron sus atabales para ser vistos y sentidos de los de 
la ciudad, á cuya demostración correspondieron éstos 
con otro toque de tambores y con encender grandes 
hogueras en las murallas. Lejos el Conquistador de mos- 
trar el menor recelo á la vista de la flota, mandó, por 
el contrario, prender fuego á muchas hogueras estable- 
cidas de trecho en trecho por toda la línea de circunva- 
lación, y arrojar á la ciudad y á sus fosos haces de leña 
encendidos, á guisa de proyectiles incendiarios. Al pro- 
pio tiempo comunicó aviso por toda la costa hasta Tor- 
tosa y Tarragona, para que acudiese la flota catalana. 

Al presentarse ésta, la tunecina, que había permane- 
cido dos días á la vista de los reales, se hizo otra vez á 
la mar, dirigiendo el rumbo hacia Peñíscola, cuyo cas- 
tillo quisieron sorprender los moros; pero no lo consi- 
guieron, por la actividad y vigilancia de los dos caballe- 
ros encargados de su defensa, Fernando Pérez de Pina 
y Fernando Abones. Efectuaron éstos una salida contra 
los tunecinos que habían desembarcado y les vencieron, 
dando muerte á 17, haciendo algunos cautivos y obli- 
gando á los demás á reembarcarse precipitadamente. 

Con la flota catalana, que salió de Tortosa, com- 



f-l': 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IV. 4O3 

puesta de 21 velas^ llegaron al campamento abundantes 
provisiones de toda clase de comestibles; habilitáronse 
tiendas para la venta, y como habían acudido especie- 
ros de Lérida y de Montpeller, se compraba y se vendía 
de todo. 

La pronta desaparición de los tunecinos dio un golpe 
de muerte á la confianza de lo^ valencianos, los cuales, 
privados ya de todo socorro, acosados por el hambre, 
devorados por la peste, que llenaba de lágrimas y de 
luto á todas las familias, y reducidos á comer los más 
asquerosos animales, por la aglomeración excesiva de 
gentes que se habían encerrado en la ciudad, no perdían 
por esto el valor, y resistían obstinadamente los asaltos 
continuos y multiplicados de los cristianos i . Las má- 
quinas de éstos disparaban sin cesar; no pasaba día sin 
que mediase ataque por parte de los sitiadores ó de los 
sitiados^ y á veces torneaban y lidiaban los caballeros 
como en un palenque. Un día, en una de estas frecuen- 
tes embestidas, perdieron los moros la puerta de Xerea, 
por la cual lograron penetrar en la plaza hasta ico ca- 
balleros de los nuestros, dando muerte á i5 moros que 
valerosamente trataban de defender el paso. 

Pocos días después de este suceso, verificaron los si- 
tiados una impetuosa salida, y atacaron audazmente á 
las compañías francesas que mandaba el arzobispo de 
Narbona. Estos cruzados, que habían tremolado el es- 
tandarte de la fe sobre la cumbre de Sión, al decir del 
moderno cronista de Valencia, sostuvieron con valor el 
choque de la caballería valenciana, la cual aparentó que 
cedía, fingiendo una retirada para ser perseguida por 
los franceses, al objeto luego de cargar sobre ellos cuan- 
do estuvieran cerca de los muros. Era la táctica parti- 
cular de los sarracenos, pero no estabanjprácticos en ella 

1 Vicente Boix, en su Historia de Valencia. 



404 



VÍCTOR BALAGUER 



los franceses, y se dejaron engañar. D. Jaime conocift 
la celada que se les tendía, y envióles orden para que 
desistiesen de la persecución, é hiqiesen alto; pero des- 
preciaron ellos el aviso, y el rey entonces acudió en per- 
sona para hacerles retroceder. 

Habíalo ya conseguido y regresaba al real con ellos, 
cuando, volviendo la cabeza para mirar á la ciudad y i 
las numerosas fuerzas que de ella salían, un ballestero 
moro que andaba por los adarves le arrojó una saeta 
que, hendiendo rápidamente los aires, fué á atravesar el 
casco de suela que llevaba el monarca, hiriéndole en la 
cabeza cerca de la frente. «No fué la voluntad de Dios 
que nos pasase de parte á parte, dice él mismo, pero se 
nos clavó más de la mitad de la saeta, de modo que en 
el arrebato de cólera que nos causó la herida, con nues- 
tra propia mano dimos al arma tal tirón, que la que- 
bramos. Chorreábanos entonces por el rostro la sangre 
de la herida; teníamos que enjugárnosla con un pedazo 
de cendal que traíamos, y con todo íbamos riendo paira 
que no desmayase el ejército, y así nos entramos en 
nuestra tienda. Se nos entumeció desde luego la cara y 
se nos hincharon los ojos de tal manera^ que hubimos 
de estar cuatro ó cinco días teniendo enteramente pri- 
vado de la vista el del costado en que habíamos recibida 
• la herida; mas tan presto como hubo calmado la hin- 
chazón, montamos otra vez á caballo y recorrimos el 
campo para que todos cobrasen buen ánimo i.» 

Iba apretando el cerco, y á medida que en la defensa 
aumentaba la rabia de la desesperación, acrecentábase 
la fe de la victoria en los sitiadores. Esto hacia que los 
combates se sucediesen y que se trabasen luchas obsti- 
nadas en que ni por una ni por otra parte había cuartel 
ni misericordia. Cierto día reuniéronse varios nobles 



1 Crónica real, cap. CLXXXI. 



r'"-; 




HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IV. 4O5 

aragoneses: Pedro Cormel, que era gobernador de Bu- 
rriana; Jimeno de Urrea, maestresala del rey; Pardo, su 
copero; Pertusa, su caballerizo mayor, y Femando Pérez 
de Pina, el defensor de Peñiscola, y, sin participárselo á 
D. Jaime, convinieron en atacar y apoderarse de una 
torre contigua á la puerta de la Boatella, poniendo á 
este fin sus gentes en movimiento i . Llegó la hora se- 
ñalada, y á la voz de Cornel se dio principio al asalto. 
Si brioso fué el ataque, fué calurosa la defensa. Los nues- 
tros se vieron obligados á retirarse después de haber de- 
jado un montón de cadáveres al pie de aquella torre que 
en vano habían proyectado tomar. 

Pesóle al rey de que, sin consultarle, se hubiese prin- 
cipiado aquella empresa, pero trató de continuarla, y 
<üsponiéndolo todo para un nuevo asalto, hizo avanzar 
su hueste al lucir el sol del siguiente día con la orden 
de no retirarse hasta haber tomado la torre. También 
fué obstinada la defensa. «Los moros combatieron tan 
valerosamente como nadie hubiera podido hacerlo,» dice 
el rey prestando un tributo de justicia á sus enemigos. 
A pesar del acierto de nuestros ballesteros y de los es- 
tragos que hacían los ingenios, los defensores del fuerte 
no quisieron entregarse. Hubo necesidad de prender 
fuego á la torre, y cuando los moros, aterrados por las 
llamas que se alzaban devoradoras, pidieron capitula- 
ción, ya no fué posible otorgársela. Perecieron allí abra- 
sados, sirviéndoles de honrosa sepultura las humeantes 
ruinas de aquella torre tan valientemente atacada como 
heroicamente defendida. 

Pasado era un mes desde el acontecimiento que se 
acaba de referir, sin que ocurriera suceso alguno de 
importancia, cuando á mediados de Setiembre se pre- 



1 Boix. — D. Jaime en su crónica no cita más caballeros que los de 
Cornel y de Urrea. 



406 VÍCTOR BALAGUER 

sentó al rey un mercader sarraceno, el cual le d¡6 no- 
ticias de la triste situación en que se hallaban los si- 
tiados, manifestándole que les había descorazonado la 
partida de las galeras tunecinas, el incendio de la to- 
rre de Boatella y el ver que cada día se presentaba más 
gente á reforzar el campo cristiano. En vista de esto, 
el mercader opinaba que Valencia no tardaría en ren- 
dirse. 

No tardó efectivamente en cumplirse el aviso del mer- 
cader. Un día, 1 5 antes de la vigilia de San Miguel, se- 
gún la crónica real, se presentó á D. Jaime aquel mis- 
mo Alí Albatá, literato, de quien ya se ha hecho men- 
ción, y le propuso recibir á un embajador de Zeyán á 
fin de tratar las bases de la capitulación. Plúgole al rey, 
y después de haberlo consultado con la reina Doña Vio- 
lante, que estaba en el campamento, despachó favorable- 
mente al mensajero moro, sin decir nada á ninguno de 
sus barones, persuadido de que muchos de ellos, según 
él mismo cuenta en su crónica, antes preferían ver á 
Valencia en poder de los moros que en manos de los 
cristianos, por la utilidad que les daban las parias y 
tributos que cada uno de por sí procuraba sacar de los 
jeques y gobernadores. D. Jaime en esta ocasión no pi- 
dió más parecer que el de la reina, señora de gran es- 
píritu y de levantados pensamientos, buena esposa y 
buena consejera para el rey. 

Refieren las crónicas, que ínterin tenía lugar la tre- 
gua y esperaba el rey terminar las negociaciones prin- 
cipiadas, salieron de la plaza dos caballeros sarracenos 
y pidieron tornear con otros dos del ejército cristiano. 
D. Jimeno Pérez de Tarazona y D. Pedro Clariana acu- 
dieron al palenque para correr lanzas con ellos, y hubo 
de cada parte un vencedor y un vencido, si bien el rey 
dice en su historia, con aquella su admirable caracte- 
rística sencillez, que si Pérez de Tarazona fué vencido, 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IV. 407 

debía atribuirse á castigo de Dios por ser hombre de 
mala vida y de costumbres desarregladas. 

Llegó en esto al campo el embajador Abulhamalec 
(Abu El Malek acaso) en compañía de aquel sarraceno 
que saliera vencedor en la justa de la víspera y de otros 
diez caballeros, todos lujosamente engalanados, jinetes 
en soberbios caballos. Tuvo D. Jaime con él una con- 
ferencia secreta, á la que no asistió otra persona que la 
reina, y después de haberse expuesto en esta entrevista 
los motivos de queja que tenían los dos jefes de ambos 
pueblos, convinieron en las bases de la capitulación, 
bases que, después de algunas modificaciones hechas y 
aceptadas en una segunda conferencia, dieron por resul- 
tado el siguiente convenio que así dice traducido del 
latín 1: 

«Nos Jaime, por la gracia de Dios rey de Aragón y 
»de Mallorca, conde de Barcelona y de Urgel, y señor 
•de Montpeller, os prometemos á vos Zeyán, nieto del 
•rey Lupo é hijo de Modef, que tanto vos como los de- 
»más moros, así varones como hembras, que quieran 

• salir de Valencia, puedan efectuarlo salvos y seguros 
»con sus armas y ropas y todos los bienes muebles que 

• quieran llevar consigo, bajo nuestra fe y guiaje, desde 

• que salgan de la ciudad hasta pasado el vigésimo día 
•de su salida. También queremos y concedemos que 
•todos los moros que quieran permanecer dentro los 
•confínes de Valencia, permanezcan bajo nuestra fe sal- 
•vos y seguros, entendiéndose con los dueños de las 
•heredades. Aseguramos asimismo y damos firmes tre- 
»guas, en nuestro nombre y en el de nuestros vasallos, 
•que de este día á siete años no haremos por mar, ni 
•permitiremos que se haga, ningún mal, daño ni gue- 

1 £1 original de esta traducción existe en el archivo de la Corona 
de Aragón. 



408 VfCTOR BALAGÜER 

»rra en Denia, ni en Cullera, ni en sus tierras; y si asi por 
«atentado y fuerza alguno de nuestros vasallos y hom- 
»bres lo hiciese ^ le haremos dar enmienda integra, se- 
»gún el mal que hubiese hecho. Y para que estas cosas 
»sean atendidas , cumplidas y observadas , lo juramos 
•Nos personalmente, y lo hacemos jurar á D. Feman- 
»do, infante de Aragón, tío nuestro; y á D. Ñuño San- 
»chez, deudo nuestro consanguíneo; y á D. Pedro Cor- 
onel, mayordomo del reino de Aragón; y á D. Pedio 

• Fernández de Azagra, D. García Romeu, D. Rodrigo 
•de Lizana, D. Artal de Luna, D. Berenguer de En- 
•tenza, D. Guillermo de Entenza-, D. Atorella, D* An- 
•saldo de Gudar, D. Fortuny Aznárez y D. Blasco 
•Maza, y á Roger, conde de Pallas, y á Guillermo de 

• Montecatano (Moneada), y á R. Berenguer de Ager, 
•y G. de Cervilione (Cervellón), y Berenguer de Erill, 
•y R. G. de Odena, y Pedro de Queralt, y Guillermo 
•de Sant Vicens i. También Nos P. por la gracia de 

• Dios arzobispo de Narbona, y P. arzobispo de Tarra- 
•gona; y Nos Berenguer, obispo de Barcelona, P. obis- 
•po de Zaragoza, V. de Huesca, G. deTarazona, Ex.de 
•Segorbe, P. de Tortosa, y V. de Vich, prometemos 
•que lo antedicho haremos cumplir y atender de buena 
•fe, en cuanto sea de nuestro poder. 

•Y yo Zeyán, rey nombrado, os prometo á vos Jal- 
óme, por la gracia de Dios rey de Aragón, que os en- 
•tregaré y devolveré todos los castillos y villas situados 
•en esta parte del Júcar, dentro los referidos veinte días, 
•excepto las dos plazas de Denia y Cullera. — Dado en 
•Ruzafa in obsidione Valentie á iv de las kalendas de 

1 Por esta escritura se puede venir en conocimiento de los priDci- 
pales barones asi aragoneses como catalanes que asistieron al sitio de 
Valencia. Obsérvese en ella que los nombres aragoneses van precedido; 
del Don, lo cual no sucede en los nombres catalanes. Sabido es que és- 
tos usaban el £n equivalente al Do» castellano. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IV. 4O9 

•Octubre, era MCCLXXVI (28 de Setiembre de I238). 
•Sellado por Guillermo, escribano, quien, por mandato 
•real, y por veces de D. Berenguer, obispo de Barcelo- 
•na, canciller del rey, extendió esta escritura en el lu- 
•gar, día y era citados.» 

Antes de que se formalizara esta escritura, pero cuan- 
do ya estaban cerrados los tratos y habían tenido lugar 
las entrevistas de D. Jaime y de su esposa con el em- 
bajador del moro, el monarca aragonés, que hasta en- 
tonces se mantuviera reservado , envió á buscar á los 
prelados y ricos-hombres y también al arzobispo de Nar- 
bona. Llegados todos á su presencia, les refirió cómo 
ya estaban acordadas las bases de la capitulación y cómo 
Valencia era ya suya; ty no bien pronunciamos tales 
palabras, dice él mismo en su historia, D. Ñuño, Don 
Jimeno de Urrea, D. Pedro Fernández de Azagra y 
D. Pedro Comel perdieron la color, lo propio qué si se 
les hubiese herido en el corazón i . » En efecto, no fal- 
taban muchos caballeros, y entre ellos los citados sin 
duda, que se hallaban en connivencia con varios perso- 
najes notables de Valencia para prolongar el sitio y ale- 
jar al rey de Aragón de tan gloriosa empresa 2. A ex- 
cepción de los dos arzobispos de Tarragona y Narbona 
y de algunos prelados, quienes manifestaron agradecer 
á Dios aquel insigne servicio, los demás caballeros se 
mantuvieron mudos, pidieron explicaciones al rey, y sólo 
demostraron alegrarse cuando vieron que todo estaba 
hecho y resuelto 3. 

1 Crónica real, cap. CXC. 

2 Boix en su Historia de Valencia^ pág. 145 del tomo I. 

3 Sas, en su Historia de Aragón (reinado de D. Jaime), cuenta el 
hecho de distinta manera. Después de haber manifestado que los nobles 
00 se dieron aquel día por satisfechos y que se alejaron de la sala del 
consejo enojados con el rey, dice que éste los reunió otro dia, y pone en 
boca de D. Jaime un discurso en que les da cumplida satisfacción y les 



4IO VÍCTOR BALAGÜER 

A los tres días, los mismos sarracenos, en cumpli- 
miento del tratado, enarbolaron el estandarte real de 
Aragón en la torre de Alibufat, que actualmente se lia- \ 
ma del Temple 6 del Cid, para hacer ver que ya la ciu- 
dad había cambiado de señores; y se cuenta que^ ape- 
nas se fijaron los ojos de D. Jaime en aquella su victo- 
riosa bandera flotante sobre las torres de la ciudad ven- 
cida, se apeó del caballo que á la sazón montaba, se 
postró de rodillas y besó el suelo con la más profunda 
humildad por la merced que Dios le hacía, poniendo en 
sus manos aquel territorio que llamaban los árabes ur- 
gel y delicia de la tierra. 



CAPITULO V. 

Se presentan al rey embajadores de Italia solicitando su apoyo para de» 
fender la causa de la Iglesia. — Emigración de los moros valendanos. 
— Repartimiento de casas y tierras. — Algunos de los caballeros here- 
dados en Valencia. — Trescientas doncellas de Lérida son enviadas á 
poblar la tierra de Valencia. — Conquista de varios pueblos. — Jornada 
del vizconde de Cardona en tierra de Murcia. — Intentan vanamente 
apoderarse de Villena y Sax. — Constitución de Valencia.— Quiénes 
contribuyeron á la redacción. — Obispado de Valencia. — Parte el rey 
á Montpeller. 

(1238 Y 1239.) 

Preciso es dar cuenta, antes de pasar más adelante, 
de una embajada que el rey D. Jaime recibió hallándo- 
se en lo más recio del sitio. Vinieron á él, por encargo 
del papa Gregorio IX, embajadores de varias ciudades 
de Italia suplicándole que pasase á dicha nación para 

hace muchas ofertas. Se me figura, sin embargo, que es un disc o 

apócrifof y que está visiblemente exagerado todo lo que sobre este p o 

refíere Sas, pues no guarda armonía ni con la crónica real ni con ie 
Marsilio, ni siquiera con Zurita. 



r" 



mSTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. V. 4II 

proteger y apoyar la causa de la Iglesia contra el em- 
perador Federico que la combatía. Se llegó á firmar un 
convenio entre el rey y los embajadores, según el cual 
aquél se obligaba á pasar á Italia en persona, acompa- 
ñado de 2.000 caballeros, para guerrear contra el empe- 
rador; y los embajadores se comprometían á dar á Don 
Jaime para su pasaje i5o.ooo libras en moneda del 
imperio, y cada año, durante todo el tiempo de su vida, 
los derechos y rentas que solían tener los emperadores 
en Lombardía, eligiéndole por su señor, defensor y go- 
bernador, con juramento de fidelidad, mientras viviese. 
Como testigos de este convenio, al cual concurrió tam- 
bién con sus consejos la reina Doña Violante, aparecen 
Vidal de Cañellas, obispo de Huesca; Bernardo de Mon- 
tagut, obispo de Zaragoza; Bernardo, obispo de Vich; 
Jimeno, obispo de Segorbe; el maestre del Hospital, y 
los caballeros D. Jimeno de Urrea y D. Rodrigo de 
Lizana. La expedición del rey á Italia no se efectuó, 
sin embargo, ó porque le importaba más atender á sus 
negocios del interior que á los del exterior, 6 porque no 
convino á su política, ó por haber cambiado de aspecto 
las cosas de aquella nación. Quizá influyó un poco cada 
causa de éstas. 

Volvamos ahora á reanudar nuestra reseña. Hermoso 
día fué para la Corona de Aragón aquél en que sus 
armas victoriosas penetraron en Valencia. Los moros 
se dieron tal prisa á salir, deseosos sin duda de abando- 
nar aquella tierra que ya no era suya, que en vez de 
verificarlo al quinto día, según el convenio, estuvieron 
ya dispuestos del todo al tercero. Pundonoroso y caba- 
llero, fué D. Jaime con varios nobles y gente armada á 
buscar á los que emigraban para servirles de escolta , y 
como algunos de la soldadesca del campamento inten- 
taran quitar el equipaje á los sarracenos y robarles al- 
guna mujer, el monarca aragonés vióse precisado á he- 



412 



VÍCTOR BALAGUSR 



rir á varios haciéndoles soltar su presa, tomando tan 
acertadas y ñrmes disposiciones, que, no obstante serl 
tanto el gentío que salía de Valencia, pues que entie 
hombres y mujeres pasaban de So.boo, no perdieron 
los que marchaban ni por el valor ^e i.ooo sueldos, yj 
llegaron seguros á Cullera, para donde les dieiti el 
salvo-conducto. 

Asi fué á buscar aquella multitud otra patria, notaaj 
bella quizá como la de Valencia, derramándose por 
Almería y Granada, recogiéndose unos en Denia^ otros 
en Cullera, y pasando algunos al África, quedándose] 
bastantes en las cercanías de la capital , dedicados á la! 
agricultura, que desde entonces ha hecho célebre lij 
Huerta de Valencia^ y permaneciendo paciñcamenteeai 
este país hasta su completa expulsión en tiempo de Fe-j 
Upe III 1 . 

Después de haber acompañado el rey á Zeyányij 
su gente, hasta dejarles camino de Cullera, entr6en 
Valencia á tomar posesión de la ciudad, y entregó, se- 
gún costumbre y fuero, su escudo, sus espuelas y d 
freno de su caballo á Juan Pertusa, rosellonés, que era 
entonces su caballerizo mayor, y que asistió á la con- 
quista con un tercio ó bandera de gente escogida 2. 



1 Vicente Boix, tomo I, pág. 146. 

2 Parece que estos objetos Tueron pronto depositados en la que fae 
luego capilla de San Dionisio, que perteneció á la familia de los Per* 
tusa, obligándose el cabildo, en 1 1 de Julio de 1316, á colocar, por con* 
sentimiento de Mossén Francesch de Pertusa , el escudo de esta casa y 
demás insignias recibidas del rey P. Jaime , en una columna del akar 
mayor de la catedral, al lado del Evangelio, donde subsisten aún. 
(Véase á Boix en su Historia de Valencia.) En las trovas de Fcbrerse 
lee lo siguiente, á propósito de este hecho: 

Lo escut cuartejat ab trinchet y pera 
en los campa daurats es de Joan Pertusa, 
que de RoseI16 vingué k la frontera 
contra els sarrahins, ab una bandera 
de soldats experts, ab que no se escusa 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. V. 413 

Inmediatamente se pasó á repartir las casas entre el 
arzobispo de Narbona, 'los obispos, los nobles, los caba- 
lleros que tenían patrimonio señalado en tal término, y 
luego los comunes de las ciudades , á cada cual según 
era su compañía y los hombres de armas que allí tenían. 
A este reparto siguió el de las tierras, nombrando el rey 
en clase de repartidores á D. Ansaldo de Gudar y Don 
Jimeno Pérez de Tarazona; nombramiento que disgustó 
á los barones en general, eligiendo entonces D. Jaime 
á los obispos de Barcelona y Huesca, Berenguer de Pa- 
lou y Vidal de Cañellas , y á los nobles Pedro Fernán- 
dez de Azagra y Jimeno de Gurrea. Éstos, sin em- 
bargo, al ver las dificultades que se ofrecían, hicieron 
renuncia de su cargo, y volvió entonces á confiarlo el 
rey á los dos primeros nombrados, dándoles instruc- 
ciones con que poder llevarlo á cabo. El repartimiento 
pudo por fin hacerse á satisfacción de todos, habiéndo- 
se reducido las yugadas de tierra á seis cahizadas cada 
una, y verificándose el repartimiento entre 38o caba- 
lleros de Aragón y Cataluña, á los cuales y á sus des- 
cendientes se llamó de allí en adelante Caballeros de 
conquista. 

Entre éstos figuraban, y es nota curiosa que traslado 
por deberla á un laborioso escritor i , Berenguer de 
Entenza, que obtuvo la baronía de Chiva; Diego Cres- 
pí, el lugar de Sumacárcel; Juan Caro, el de Mogente; 
Pedro Artes, el de Ortells; Jaime Zapata, de Calata- 
yud, el de Sella; Lope de Esparza, el de Benafer; Hugo 
de FenoUet, el de Genovés; Alfonso Garcés, el de Mas- 

lo rey vostre pare per moltas rabona 

donarli lo offici de cavalleríx. 

Cnant eatr& en Valencia, lo eacut y espolons 

lo fre del cavall, que son provisions 

del que té lo offici, li don& itliz 

Detxantho en la Seu, cuben de un terliz. 

1 D. José Maria Zacarés. 



414 VÍCTOR BALAGUER 

carell; Jaime Montagut, el de Tous y Carlet; Sancho de 
Pina, el de Benidoleig; Bernardo Vilarig, los de Cirat, 
el Tormo y Villafranqueza; Juan Valseca, el de Parcent; 
Pedro Valeriola, el de Beniferri, y así otros muchos que 
no es de este momento enumerar. 

Afirman reputados cronistas, y hay que darles crédito 
aun cuando no citen documento alguno que lo refiera, 
pues su relato está conforme con la tradición, que para 
cumplir el rey á los de Lérida la promesa que les hizo 
de aventajado premio por haber sido los que primero 
aportillaron el muro y subieron al asalto, les concedió 
que de Lérida y de su distrito llevasen á Valencia 3oo 
doncellas, á las cuales, allí llegadas, dotó y casó el 
rey con los principales soldados del ejército para poblar 
la tierra y la capital que la casi completa expatriación 
de los moros dejó desierta 1. Lo cierto es que comenzó 

1 La tradición es efectivamente terminante en este punto y está 
apoyada por un monumento de piedra. En la catedral de Valencia, cuya 
primera piedra se puso en 1 262, hay una puerta que se llama del Múh 
y vulgarmente del Arzobispo, notable, á más de su antigüedad y belleza 
arquitectónica, por I4 bustos en relieves, siete de hombre y siete de mu- 
jer, que adornan su cornisa, y que allí están todavía subsistentes, como 
de ello se ha podido enterar el autor de esta obra. Se dice que represen- 
tan los siete matrimonios que fueron á Valencia, inmediatamente después 
de la conquista, acompañando á las 300 doncellas recogidas en Lérida y 
sus cercanías. Entre cabeza y cabeza, una de hombre y otra de mujer, 
se hallan sus nombres grabados en la forma siguiente, que traslado con 
la traducción que me ha sido dada por Boix: 

1 .* En P. am na M. sa muller. (En Pedro, con Na María su mujer.) 

2." En G. am na B. sa muller, (En Guillen, con Na Berengueh 
su mujer.) 

S.** B. am na Dolza sa muller, (Bernardo, con Na Dulce su mujer.) 

4.* Bertrán am na Ber enguera sa muller. (Beltrán, con Na Beren- 
guela su mujer.) 

5.' D. am na Ramona sa muller, (Domingo, con Na Ramona su 
mujer.) 

6.' F. am na Ramona sa muller. (Francisco, con Na Ramona 
mujer.) 



r^' 






u 
HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. V. 415 

entonces á repoblarse Valencia, su huerta y pueblos li- 
mítrofes por la afluencia de gentes de Aragón y Cata- 
luña, habiendo quedado en realidad memoria de muchas 
&inilias leridanas que allí pasaron por aquel tiempo, y 
permaneciendo también la huerta habitada en gran parte 
por lo^ moros, cuya habilidad y práctica en la agricul- 
tura se dice que era muy admirada entre los vencedo- 
res, avezados únicamente al ejercicio de las armas. 

A la rendición de Valencia , dice el cronista Boix en 
su historia, siguieron las conquistas sucesivas que hi- 
cieron los caudillos cristianos, empleando unas veces la 
fuerza, otras la persuasión; de modo que 6.000 hombres 
divididos en tres cuerpos sujetaron en poco tiempo á 
Murviedro, Onda, Naquera, Begis, Artana y demás pue- 
blos que aún permanecían armados en la ribera del Mi- 
jares. La segunda división se apoderó de Liria, Alpuen- 
te, Andilla, Chelva y Chulilla, mientras el tercer cuerpo 
consiguió, sin efusión de sangre, la rendición de Riba- 
rroja, Villamarchante, Pedralva, Gestalgar y Bena- 
guacil. 

Próximo estaba á terminar el año I238, cuando llegó 
á Valencia el vizconde de Cardona, Ramón Folch, lle- 
vando en su compañía unos 5o caballeros entre hidalgos 
de su linaje y vasallos, y presentándose al rey, pidióle 
permiso para verificar una expedición á la provincia de 
Murcia, que gobernaba Alí, hijo de Aben Hud. Plúgole 
al rey conceder el permiso, y entonces el vizconde de 
Cardona y los suyos partieron para aquella jornada 
acompañados de Artal de Alagón, hijo de D. Blasco, 
quien tenía muy conocida aquella tierra «por haber es- 
tado allí en otro tiempo,» dice D. Jaime en su historia, 
lo cual me hace sospechar que sería este caballero aquel 

7." Berna, am na Floret sa muüer. (Bernardo, con Na Florencia su 
mujer.) 
Ya se sabe que En equivale á Don y Na k Doña, 



41 6 VÍCTOiUBALAGUER 

Artal de Alagón que formaba parte del cuerpo de sarra- 
cenos con el cual tropezó el monarca aragonés cierto 
día que iba del Puig de Santa María á Burriana, s^ún 
queda dicho. 

El de Cardona y los suyos se dirigieron á Villena, de 
cuyo arrabal pudieron apoderarse por sorpresa, pero re- 
haciéndose los moroSi les obligaron á abandonar aquel 
punto^ y tuvieron que retirarse precipitadamente, aun- 
que llevándose consigo un grande botín. De Villena 
pasaron áSax. También emprendieron el ataque de este 
punto, apoderándose asimismo de parte de la plaza, pero 
les sucedió lo que en Villena. Atacáronles los moros, 
los rechazaron, y murió D. Artal de Alagón de una pe- 
drada en la cabeza. Esto obligó á los catalanes á retro- 
ceder y á volverse á Valencia, sin haber aprovechado 
á ninguno la cabalgada, excepto por el mucho ganado 
que trajeron y que sirvió para dar de comer á la hueste. 

Ya en esto disponíase el rey á partir de Valencia para 
ir á Montpeller, á donde le seguiremos; pero antes quiso 
tomar todas las disposiciones necesarias á la paz y buen 
régimen del reino que acababa de conquistar, y hubo 
de ser una de ellas la de darle leyes orgánicas, pero es- 
peciales. Después de la tarea del guerrero, la obra dd 
legislador. Así, pues, con voluntad y consejo de los 
obispos de Aragón y Cataluña, con asistencia de líri- 
cos-hombres, que intitula barones, de 19 prohombres 
de la ciudad y de otros, formó un código legal para go- 
bierno de Valencia, que sancionó y publicó en I23g, y 
que fué la base que luego sirvió para aquella admirable 
Constitución valenciana hecha en Cortes de caballeros, 
eclesiásticos y hombres buenos de la ciudad y de todo 
el reino. 

En el preámbulo que precede á este código ó prímei 
constitución del reino, constan los nombres de los <j' 
á su redacción ayudaron, de acuerdo con el monan 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB, VI. CAP. V. 417 

y fueron: el arzobispo de Tarragona, Pedro Albalat; los 
obispos de Aragón y Cataluña, Berenguer Palou de 
Barcelona, Vidal de Cañellas de Huesca, Bernardo de 
Montagut de Zaragoza, Pons de Torrellas de Torto- 
sa. García Frontín de Tarazona, y Bernardo Calvo de 
Vich: los nobles barones Ramón Folch, vizconde de 
Cardona, Pedro y Guillermo de Moneada, Ramón Be- 
renguer, Ramón de Peralta, Pedro Fernández de Alba- 
rracín, Pedro Cornel, García Romeu, Jimeno de Urrea, 
Artal de Luna y Jimeno Périz, y los prohombres de la 
ciudad de Valencia Ramón Pérez de Lérida, Ramón 
Ramón, Pedro Sanz, Guillermo de Belloch, Bernardo 
Gisbert, Tomás Garidell, Guillermo Moragues, Pedro 
Balaguer, Marimón de Plegamans» Ramón Dufort 
Guillermo de Lazera, Bernardo Zaplana, Pedro Martell 
Guillermo Bou, Esteban de la Gcfería, Hugo Martí, Ra 
món Muñoz, Ferrán Périz, Andrés de Liña y otros mu 
chos. Estos son los que hicieron y ordenaron las costum 
bres ó fueros para la real citcdad de Valencia, y para todo 
el reino , y para todas las villas y castillos, y alquerías, y 
torres, y para todos los demás lugares edificados en este rei- 
no 6 que se edificaren en adelante i. 

Trató también de nombrar el rey obispo de Valencia, 
y eligió para este cargo al paborde de Tarragona, Fe- 
rrer de Sant Martí, que también fué obispo de Mallorca, 
cuyo nombramiento confirmó el papa Gregorio IX en 
Febrero de 1240 2. Dícese que este Ferrer de Sant Mar- 
ti era confesor del rey. Quedó la diócesis de Valencia 
sujeta á la metrópoli de Tarragona, y prosiguieron los 
obispos hasta 1458, en que Valencia fué erigida en ar- 
zobispado. 

Habiendo dado ya oportunas disposiciones para todo 

1 Intrs del regfu de Valencia^ Ilibre /, IVoemi, 

2 Zurita, lib. III, cap. XXXIV. 

TOMO XI 27 



4l8 VÍCTOR BALAGUBR 

y teniendo próximo el momento de partir, reunió Don 
Jaime á los 38o caballeros á quienes había heredado y 
dado patrimonio en Valencia; y después de haber con- 
venido con ellos en que se quedarían lOO caballeros para 
guardar el psds y mantener la integridad de la conquis- 
ta, los cuales caballeros se irían renovando de cuatro eü 
cuatro meses por otros lOO, nombró como jefes y repre- 
sentantes suyos á Astruch de Belmonte, maestre dd 
Temple, á Hugo de Forcalquier, maestre del Hospital,! 
Berenguer de Entenza, á Guillermo de Aguiló y á Jime- 
no Pérez de Tarazona. En seguida hizo armar una ga- 
lera, y, acompañado de pocos, partió para Montpelleral 
objeto de pedir á los de este país que le ajoidaran en algo, 
por los muchos gastos que le había ocasionado la con- 
quista de Valencia, según dice él propio en su historia; 
no estando probado que viniese entonces á Cataluña, 
como en sus anales añrma Feliu de la Peña. 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. VI. 4I9 



CAPÍTULO VI. 



Llegada del rey á Montpeller.— Pacifica la ciudad.— Parte de Montpellc 
— Cortes en Gerona. — Va el rey á Valencia y se quejan los moros < 
violación de pactos. — Entrevista de D. Jaime conZeyán. — Rinden 
Bairén y Villena.— Virrey de Valencia D. Rodrigo de Liíana. — Bere 
guer de Entenia se pasa al campo moro. — Vuelve el rey á Valenc 
y celebra consejos de generales en Altura, — Marcha sobre Játiva.- 
Embajada al rey. — Sitio de Játiva.— Los almogavarea corren las tí 
Tías de Jütiva, — Suceso en el campamento y desavenencia eDtr« D( 
Jaime y García Romeu. — El rey se conñerta con el alcaide de Játi' 
y levanta el sitio. — El conde deAmpurias recobra la amistad del re 
— Virrey de Valencia Jimeno Péreí de Tarazona. 

(1239 Y 1240.) 

Hacia fínes de Mayo de 1239 fué cuando se embarc 
el rey en Valencia para Montpeller >, al objeto de pt 
dir á los de esta ciudad que le ayudasen á soportar 1( 
gastos que le ocasionara la conquista de Valencia, at 
gún él mismo dice, y al objeto también de poner paz 
concordia entre aquellos habitantes, los cuales, conse 
vando siempre su espíritu de independencia, andaban t 
disensiones por lo tocante al gobierno de la ciudad ce 
el bayk Atbrand puesto por D. Jaime :. El monari 
desembarcó en el puerto de Lattes, á donde fueron 
buscarle los cónsules y prohombres con lucida comit 
va, acompañándole hasta la ciudad y hasta dejarle ( 

1 .^Mtie D. MCXXXXIX. D. Stx venit m Sürntipamiano. (Crót 
ca-anuaiio qne se halla en la casa de la iHudad de HontpeUer.) 

2 ¡Bitariadü LaHguláoc, tomo ni, pig. 4I6, A este ja/í; de H01 
peHer. D. Jaime en su crónica le llama Arbrán (cap. CXCIX), y Zv 
Narbráa. sin duda de En Arbrán (lib. UI, cap. XXXVI). 



4IO VÍCTOR BALAGUBR 

A los tres días, los mismos sarracenos, en cumpli- 
miento del tratado, enarbolaron el estandarte real de 
Aragón en la torre de Alibufat, que actualmente se lla- 
ma del Temple 6 del Cid, para hacer ver que ya la du- 
dad había cambiado de señores; y se cuenta que, ape- 
nas se fijaron los ojos de D. Jaime en aquella su victo- 
riosa bandera flotante sobre las torres de la ciudad ven- 
cida, se apeó del caballo que á la sazón montaba, se 
postró de rodillas y besó el suelo con la más profunda 
humildad por la merced que Dios le hacía, poniendo en 
sus manos aquel territorio que llamaban los árabes t^- 
gel y delicia de la tierra. 



CAPITULO V. 

Se presentan al rey embajadores de Italia solicitando su apoyo para de- 
fender la causa de la Iglesia. — Emigración de los moros valendanos. 
— Repartimiento de casas y tierras. — Algunos de los caballeros here- 
dados en Valencia. — Trescientas doncellas de Lérida son enviadas i 
poblar la tierra de Valencia. — Conquista de varios pueblos. — Jomada 
del vizconde de Cardona en tierra de Murcia. — Intentan vanamente 
apoderarse de Villena y Sax- — Constitución de Valencia.— Quiénes 
contribuyeron á la redacción. — Obispado de Valencia. — Parte el rey 
á Montpeller. 

(1238 Y 1239.) 

Preciso es dar cuenta, antes de pasar más adelante, 
de una embajada que el rey D. Jaime recibió hallándo- 
se en lo más recio del sitio. Vinieron á él, por encargo 
del papa Gregorio IX, embajadores de varías ciudades 
de Italia suplicándole que pasase á dicha nación para 

hace muchas ofertas. Se me figura, sin embargo, que es un discu 
apócrifo^ y que está visiblemente exagerado todo lo que sobre este pu 
refiere Sas, pues no guarda armonía ni con la crónica real ni con la 
Marsilio, ni siquiera con Zurita. 



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HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. V. 4II 

proteger y apoyar la causa de la Iglesia contra el em- 
perador Federico que la combatía. Se llegó á firmar un 
convenio entre el rey y los embajadores, según el cual 
aquél se obligaba á pasar á Italia en persona, acompa- 
ñado de 2.000 caballeros, para guerrear contra el empe- 
rador; y los embajadores se comprometían á dar á Don 
Jaime para su pasaje iSo.ooo libras en moneda del 
imperio, y cada año, durante todo el tiempo de su vida, 
los derechos y rentas que solían tener los emperadores 
en Lombardía, eligiéndole por su señor, defensor y go- 
bernador, con juramento de fidelidad, mientras viviese. 
Como testigos de este convenio, al cual concurrió tam- 
bién con sus consejos la reina Doña Violante, aparecen 
Vidal de Cañellas, obispo de Huesca; Bernardo de Mon- 
tagut, obispo de Zaragoza; Bernardo, obispo de Vich; 
Jimeno, obispo de Segorbe; el maestre del Hospital, y 
los caballeros D. Jimeno de Urrea y D. Rodrigo de 
Lizana. La expedición del rey á Italia no se efectuó, 
sin embargo, ó porque le importaba más atender á sus 
negocios del interior que á los del exterior, ó porque no 
convino á su política, ó por haber cambiado de aspecto 
las cosas de aquella nación. Quizá influyó un poco cada 
causa de éstas. 

Volvamos ahora á reanudar nuestra reseña. Hermoso 
día fué para la Corona de Aragón aquél en que sus 
armas victoriosas penetraron en Valencia. Los moros 
se dieron tal prisa á salir, deseosos sin duda de abando- 
nar aquella tierra que ya no era suya, que en vez de 
verificarlo al quinto día, según el convenio, estuvieron 
ya dispuestos del todo al tercero. Pundonoroso y caba- 
llero, fué D. Jaime con varios nobles y gente armada á 
buscar á los que emigraban para servirles de escolta, y 
como algunos de la soldadesca del campamento inten- 
taran quitar el equipaje á los sarracenos y robarles al- 
guna mujer, el monarca aragonés vióse precisado á he- 



422 VÍCTOR BAIAGUER 

nía, pidiéndole una entrevista. Tuvo ésta lugar en la 
misma Rápita de Bairén. El moro hizo al aragonés la 
propuesta de cederle el castillo de Alicante, si recibía 
en cambio S.ooo besantes y se le daba la isla de Menor* 
ca para retirarse á ella; pero D. Jaime no pudo acceder 
porque, le dijo, no quería quebrantar los tratados anti- 
guos con el rey de Castilla, según los cuales Alicante 
debía pertenecer al castellano i. 

Los anales valencianos nos hablan en seguida de có- 
mo se entregó al rey el castillo de Bairén por avenencia» 
de cómo fué confiado dicho fuerte á D. Pel^rín de 
Atrocillo en clase de gobernador, y de cómo la plaza de 
Villena, después de haber resistido valerosamente al tío 
del rey D. Femando, que fué á ponerla cerco, se entre- 
gó al comendador de Alcañlz que, con sus fineiles y una 
compañía de almogávares, se había fortificado jimto á 
ella 2. 

Después de estos sucesos, vínose D. Jaime á Catalu- 
ña y de aquí pasó á Aragón, dejando como virrey ó lu- 
garteniente suyo en Valencia á D. Rodrigo de Lizana, 
durante cuyo mandadebieron de suceder grandes alterca- 
dos entre los caballeros de la conquista, y serías desave- 
nencias que las crónicas y memorias de aquel tiempo 
no especifican, aunque las dejan claramente entrever. 

Se habla en primer lugar de un noble caballero cris- 
tiano, D. Berenguer de Entenza, el cual, por causas 
que todavía permanecen desconocidas, se pasó á los 
moros refugiándose en Játiva. Sí fueron agravios reci- 
bidos del rey ó contiendas con los ríeos-hombres, los que 
á dar este paso le impelieron, cosa es ignorada; pero se 
sabe que llevó su resentimiento hasta efectuar una co- 
rrería armada, yendo á talar los campos de Teruel, pa- 



1 Crónica real, cap. CCIX. 

2 ídem. caps. CCX y siguientes. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. VI. 423 

sando por entre Ribarroja y Munizes y llegando hasta 
Riusech^ sin que ni D. Rodrigo de Lizana, ni el maes- 
tre del Hospital, ni ningún otro se atreviesen á oponer- 
se y á perseguir al que asi volvía sus armas contra los 
suyos, combatiendo á su país y á los que fueran sus 
antiguos compañeros de victoria. Apresurémonos, sin 
embargo, á decir que no tardó en avistarse con Don 
Jaime, y que el resultado de esta entrevista fué volver 
á las banderas cristianas para continuar peleando como 
bueno y como noble bajo la señera de las Barras y 
la enseña de la cruz U 

Al propio tiempo que esto sucedía, se inquietaban los 
moros del país, amenazaban serias turbulencias, y los 
sarracenos de Játiva cautivaban á D. Pedro de Alcalá, 
primo del de Lizana, y á otros cinco caballeros con él. 
Todo esto hizo que volviese á ser necesaria la presencia 
del rey, el cual abandonó efectivamente Aragón para 
regresar á Valencia, dirigiéndose á Altura, cuyo lugar 
acababa de rendírsele, y en donde celebró consejo con 
D. Rodrigo de Lizana, D. Pedro Albalat arzobispo de 
Tarragona, el gran maestre de la orden de San Juan y 
otros caballeros. Se acordó en este consejo libertar á 
toda costa á Pedro de Alcalá y á los otros que con él 
habían caído prisioneros, marchando el rey en persona 
sobre Játiva. 

Ardientemente debía de desear el monarca aragonés 
esta hermosa porción del reino de Valencia, y hasta él 
mismo confiesa en sus' memorias que, al ver desde un 
cerro la rica llanura de Játiva, quedó tan prendado que 
ambicionó poseerla cuanto antes; pero desearlo debía 
también por importantes razones políticas, pues las in- 
trigas del infante de Castilla, D. Alfonso, hijo de San 
Femando, habían ido formando y engrosando en Játiva 

1 Zurita, lib. ni, cap. XXXVII • 



424 VÍCTOR BALAGÜER 

un partido numeroso que ofreciala conquista de esta ciu- 
dad al monarca castellano 1. Adelantóse D. Jaime has* 
ta el valle de Boraga^ en donde esperó á que se le reu- 
niesen las demás fuerzas para emprender la campaña, 
mas sabiendo el wasír ó alcaide de Játiva que los ara* 
goneses iban contra él, se apresuró á enviar un mensa- 
jero que esplorase las intenciones del Conquistador. 

Fué el encargado de esta misión el moro Beniferrí, 
alcaide que había sido de Liria. £1 representante de 
Játiva llenó su cometido exponiendo al rey que los ca- 
balleros cristianos habían violado la fe pactada, inva- 
diendo un territorio en que no podían penetrar á tenor 
de los tratos. Aceptó D. Jaime las escusas, dijo que se 
enmendarían los tuertos que á los moros pudiesen ha- 
ber hecho, pero como condición indispensable para ce- 
lebrar el nuevo convenio, exigió que le fuesen devuel- 
tos los prisionero^. Beniferrí contestó á esto que el que 
los había comprado y tenía cautivos se negaba á sol- 
tarlos, mientras no se le diese por ellos un precio, tan 
excesivo, que no tenía medios el alcaide para satisfacér- 
selo. D. Jaime replicó á esta objeción que como no se 



1 Vicente Boix, en su Xátíva y en su Histaria de Valencia. Para 
todo lo concerniente á los puntos de que aquí se trata, el autor ha con* 
sultado, á más de las dos obras citadas, la crónica real, el Beuter, el Zu- 
rita, el Escolano y los demás principales historiadores modernos. Viar- 
dot, en su IHstoria de los árabes y de los moros de España^ y Dunham en 
su obra, se quejan enérgicamente de D. Jaime y le condenan por esta 
empresa contra Játiva, diciendo que fué "una injusta violación de la fe 
jurada,, y que llevó á cabo la expedición "sin alegar pretexto alguno.. 
Me parece que los injustos son aquí Viardot y Dunham. Es preciso 
estudiar muy á fondo la historia de aquellos sucesos para juzgar. Yo 
diré, por de pronto, que aparte del legítimo pretexto que podía tener 
D. Jaime para reclamar sus caballeros, debía obrar poderosamente en 
él la razón política de que no se apoderase Castilla de aquella tierra. 
Contentóse, pues, por el momento con que el alcaide de Játiva se decla- 
rase su vasallo. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. VI. CAP. VI. 425 

le diesen los prisioneros^ iría á rescatarlos tomando la 
plaza. 

Partióse el embajador moro desesperanzado, y la 
hueste aragonesa fué en seguida á poner sus tiendas 
delante de Játiva. Las primeras operaciones del cerco 
hablan ya comenzado, cuando de nuevo enviaron los 
moros otro mensaje á D. Jaime, diciéndole que estaban 
por fin dispuestos á entregarle sus prisioneros; pero el 
monarca entonces despreció esta oferta, contestando que 
pues á su tiempo no se los habían dado, ya no se con- 
tentaba sólo con ello. La verdad es que había ya visto 
á Játiva, había juzgado por sus propios ojos de la her- 
mosura de su vega y de la fortaleza de su castillo, y 
quería apoderarse en el acto de aquel territorio ó ase- 
gurarse de su posesión para más adelante. 

Estableció, pues, su campamento en Sallent, y ape- 
nas estuvo fortificado, comenzaron á salir los almogá- 
vares á correr la tierra, llevando de compañeros según 
costumbre el incendio, el saqueo y la victoria. Raras 
veces aquella milicia semisalvaje, lanzándose como to- 
rrente desbordado, encontraba dique suficiente á opo- 
nerse á su paso ó á detenerla un momento solo en su 
desbocada carrera. Talaron la vega, destruyeron los 
molinos, cortaron las acequias, demolieron los acue- 
ductos, y aun cuando en algunos puntos se les opuso 
briosa resistencia, pasáronlo todo á sangre y á fuego, 
reduciendo el campo de Játiva á un abrasado erial, y 
obligando á los sitiados á sentir la falta de aguas i. 

Sucedió por aquel entonces en el campamento, que 
un adalid almogávar llamado Bartolomé Esquerdo, por 
unas disputas que tuvo con otro, le hirió á presencia 
del rey y echó á correr en seguida refugiándose en una 
tienda que D. Jaime había prestado á García Romeu, 

1 Boix, Xáiiva árabe ^ pág. 47. 



426 



VÍCTOR BALAGUER 



tienda que el monarca aragonés llama ultramarina en 
sus memorias, por ser un regalo que poco antes le hi- 
ciera el sultán de Egipto, cuando por la fama de las 
hazañas del Conquistador temió que éste tratara quizás 
de pasar con los demás piincipes cristianos á la con- 
quista de la Tierra Santa u Encolerizado el rey por el 
desmán del adalid, echó á correr tras él, penetró en la 
tienda de García Romeu, sacó á aquél fuera arrastrán- 
dole por los cabellos y lo entregó á los guardias para que 
sufriese el castigo á que se hubiese hecho merecedor. 
El orgulloso García Romeu se irritó al tener noticia de 
aquella violación de su tienda, mas que hubiese sido el 
rey el causador, y reclamó contra el agravio, median- 
do con este motivo desagradables mensajes entre el mo- 
narca y el rico-hombre. 

Pareqe que los moros sitiados quisieron aprovecharse 
de estas desavenencias y hasta se hicieron proposicio- 
nes á García Romeu, que no consta que éste aceptase, 
sino muy al contrario; pero es muy posible que este su- 
ceso fuese el que contribuyó á terminar los tratos de 
D. Jaime con la ciudad. Volvió al campo el moro Be- 
Hiferri, acompañado de otro llamado Sexti, y se esti- 
puló con el monarca que se le entregaría el fuerte de 
Castelló, que se devolverían los prisioneros y que el al- 
caide de Játiva se comprometería á no entregar á otro 
que al rey de Aragón el castillo y la ciudad, caso de 
verse amenazado por cualquier otro rey ó señor. Hecho 
el tratado, puestos en libertad los prisioneros, entrega- 
do Castelló, y habiendo salido al campo el alcaide de 
Játiva y principales personajes de la ciudad para pres- 
tar al rey el juramento que, en cierto modo, los consti- 
tuía vasallos del Conquistador^ éste levantó el sitio y se 



1 FloUts y BofaruU, en sus notas á la crónica real, pág. 290. — 
Boix: Xátha árabe, pág. 48. 




HISTORU DB CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. VI. 427 

marchó otra vez á Aragón^ para de este punto pasar 
nuevamente á Montpeller á donde vamos á seguirle al 
objeto de verle y juzgarle bajo otra faz distinta de aque* 
lia con que se nos ha presentado hasta ahora. 

Diré, empero, antes de terminar este capítulo, que 
por la relación de un cronista i se sabe que durante el 
sitio de Játiva volvió á recobrar la amistad del rey el 
conde de Ampurias Pons Hugo, hijo del que había 
muerto en Mallorca, el cual contribuyó á la campaña 
de aquel año, y al cerco con una compañía de 5o lan- 
gas. Por qué razones ó motivos estaba el conde en des- 
avenencia con el rey, cosa es no averiguada; á bien que 
entonces á cada paso se ve á los orgullosos barones rom- 
per, no sólo con el monarca, sino hasta hacerle la gue- 
rra por fútiles pretextos. 

Para hacer las veces del monarca, durante su viaje, 
y como virrey y lugarteniente suyo, quedó entonces en 
Valencia D. Jimeno Pérez de Tarazona, á quien dio 
por aquel tiempo D. Jaime la baronía de Árenos, to- 
mando de allí en adelante sus descendientes este ape- 
llido 2. 



1 Vicente Boix. 

2 ZuríU, lib. m, cap. XXXIX. 



i. 



428 VÍCTOR BALAGUER 



CAPÍTULO VIL 

Infancia del conde de Provenza Ramón Berenguer. — Llega á Provenía 
y se casa con Beatriz de Saboya. — Sus guerras con el conde de Tolosa. 
Casamiento de dos hijas del conde de Provenza con los reyes de Fraii' 
cía y de Inglaterra. — Fundación de la ciudad de Barceloneta en los 
Alpes. — Romeo de Vilanova. — Vuelve el conde de Tolosa á su gue- 
rra con el de Provenza. — Hacen la paz.— Llega D.Jaime á Montpeller. 
— Entrevista en Lunel con el conde de Tolosa — Convenio entre el rey 
de Aragón y los condes de Provenza y de Tolosa. — Trata el cOnde 
de Tolosa de repudiar á Sancha de Aragón para casarse con Sancha 
de Provenza. — El rey D. Jaime se casa con Sancha de Provenza co- 
mo procurador del conde de Tolosa. — Rompimiento del enlace.-» 
Muerte del conde de Provenza. — Muerte del conde del Rosellón.— 
Disposiciones tomadas por D. Jaime al adquirir los dominios de Ro- 
sellón. 

(1241.) 

Creo ya llegado el momento de hablar de un perso- 
naje que, aunque poco ligado con nuestra historia, lo 
está bastante para no prescindir absolutamente de él, y 
para imponer á un cronista catalán la obligación de re- 
señar, siquier sea á grandes rasgos, los hechos más 
notables de su vida. Hablo del conde de Provenga, Ra- 
món Berenguer, III de este nombre según unos, IV 
según otros, V según algunos, y paisano nuestro por 
ser príncipe de la casa de Barcelona, descendiente por 
su madre de la casa de Urgel, hijo de padre catalán y 
educado en nuestras tierras, junto con el rey D. Jaime, 
en el castillo de Monzón. 

Ramón Berenguer tenía muy pocos años cuando mu- 
rió su padre Alfonso II , en Italia, á donde había ido 
para acompañar á su hermana Constanza, y quedó por 
lo mismo bajo la tutela de su tío Pedro el Católico. A 
la muerte de D. Pedro, acaecida en la famosa batalla 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI, CAP. VII. 429 

de Mureti Garsenda^ madre del joven conde, se encargó 
del gobierno de sus estados^ mientras que él era llevado 
al castillo de Monzón, según hemos visto, para recibir 
la misma educación que su primo el rey D. Jaime. La 
ausencia de Ramón Berenguer ocasionó serios trastor- 
nos en Provenza. Mientras que por un lado Félix de 
Forcalquier y su hijo Guillermo de Sabrán sacaban á pla- 
za sus pretensiones sobre el condado de Forcalquier y se 
titulaban condes de este país, por otro Guillermo de 
Baucio, principe de Orange, hacía que le adjudicase el 
título de rey de Arles el emperador Federico, y se ponía 
en estado de sostenerse á todo trance por medio de las 
armas. Para colmo de males, varías de las más impor- 
tantes ciudades del condado se sublevaban erigiéndose 
en repúblicas, siendo de este número Arles, Aix, Mar- 
sella, Niza y Aviñóh i. 

Entonces fué cuando algunos leales señores de Pro- 
venza decidieron venir en busca de su conde, que ya 
sabemos cómo se fugó de Monzón para embarcarse en 
una galera que en el puerto de Salou le tenían prepa- 
rada. Bastó que se presentara en Provenza para conte- 
ner la sublevación de varios puntos próximos á insu- 
rreccionarse, y para impedir que progresaran en sus es- 
fuerzos los que le disputaban sus estados. En Diciembre 
de 1220 se casó con Beatriz, hija de Tomás, conde de 
Saboya, y fuerte con esta alianza, que le aseguraba un 
poderoso auxilio, se ocupó en ir sometiendo las ciuda- 
des que se le habían sublevado. 

En 1226, y hallándose en el campamento de Luis VIII 
de Francia, que había ido á sitiar Aviñón defendido por 
los albigenses, hizo alianza con dicho rey contra el con- 
de de Tolosa 2, y desde entonces comenzaron ambos 

1 Arte de comprobar las fechas: condes de Provenza. 

2 Historia del Languedoc, tomo III, pág. 357. 



430 VÍCTOR BALAGUBR 

condes á hacerse cruda guerra. El de Tolosa se titulaba 
en 1 23o marqués de Provenza^ redhiendo del empera— 
dor Federico el condado de Forcalquier y el señorío de 
Sisterón, quitados á Ramón Berenguer ^; y si bien des- 
pués de muchas alternativas y de diversos encuentros, 
entrambos condes se comprometieron en manos del rey 
de Francia á transigir sus diferencias por los años de 
1234 2, lo cierto es que el tolosano volvió á abrir con 
más ímpetu que nunca su campaña en 1257 contra el 
provenzal 3. 

Este último, que había casado á su primera hija Mar- 
garita con San Luis, rey de Francia, en 1234, y á su se- 
gunda Leonor con Enrique, rey de Inglaterra, se enor- 
gulleció al verse suegro de dos reyes poderosos, y trató 
de sujetar la ciudad de Marsella que siempre se le había 
resistido; pero los marselleses acudieron á reclamar la 
protección del conde de Tolosa, y éste emprendió de 
nuevo la guerra. Ramón Berenguer pidió entonces au- 
xilio á su primo D. Jaime de Aragón; pero como éste, 
ocupado en su campaña contra Valencia, no pudo pres- 
társelo, acudió entonces al Papa y á su yerno San Luis, 
á cuya mediación se debió que el tolosano cediese por 
el pronto de su empeño . 

Dícese que el conde de Provenza sabía aprovechar 
para sí y sus pueblos los intervalos de paz, y que reco- 
rría los diferentes puntos de sus estados concediendo 
franquicias y privilegios , que han sido para la mayor 
parte de las ciudades el origen de los que han disfrutado 
mucho tiempo 4. Todos los historiadores están contex- 
tes efectivamente en decir que tenía buenas y excelen- 
tes dotes de gobierno, y los catalanes debemos á su me- 

1 Msíüria del Languedoc, tomo III, pág. 389. 

2 ídem id., pág. 398. 

3 ídem id., pág. 412. 

4 Arte de comprobar leu fechas: condes de Provenza. 



v: 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. VH. 43I 

moría un justísimo tributo de gratitud por haber sido 
él quien fundó en los Alpes, por los años de i23o, la 
ciudad de Barceloneta, poniéndola este nombre en me- 
moria de Barcelona, que tan grata hospitalidad diera á 
los provenzales que vinieron con Doña Dulce á nues- 
tro país. 

Se cuenta de este conde, que tuvo un ministro sabio, 
actívo y leal en Romeo de Vilanova, el cual gobernó 
su hacienda con mucha economía y le puso en estado 
de sostener una corte brillante con rentas bastante re- 
ducidas. La fama de este ministro fué grande: el Dante 
le coloca en su parsdso, y las tradiciones provenzales 
recuerdan su memoria haciéndole el héroe de una pe- 
regrina leyenda i . 

Volviendo ahora al conde de Tolosa , éste no había 
hecho sino suspender la guerra contra el de Provenza. 
Halló pretexto para volverla á emprender en 1289 2, 
sin consideración á D. Jaime el Conquistador que, según 
hemos visto , tuvo este año con él una entrevista en 
Montpeller mediando sin duda para conciliar á entram- 
bos condes. El de Tolosa marchó contra Ramón Be- 
renguer, batió á los franceses que esta vez le auxilia- 
ron, y le tomó Trinquetaille y otras plazas, regresando 
á sus estados sólo cuando Luis de Francia envió un cre- 
cido refuerzo en favor de su suegro. 

Llegó por fin el momento en que cesara aquella gue- 
rra cruel para la Provenza. Reconciliáronse entrambos 
condes por mediación de San Luis de Francia, é hicie- 
ron la paz por Marzo de 1241, no siendo quizá extraño 
á ella nuestro D. Jaime, que después de levantar el 
sitio de Játiva, se puso en viaje para Montpeller, á don- 
de llegó el 12 de Marzo de aquel mismo año. 

1 Véase la crónica de Nostradamus. 

2 /fisiona del Languedoc, tomo III« pág. 418. 



432 VÍCTOR BALAGUER 

Lo cierto es que, si no 'entonces, i 
después medió D. Jaime para la complet 
de ambos condes, pues consta que en i 
una entrevista con el de Tolosa en Lunt 
convinieron en aliarse para defensa de la 
la Iglesia romana contra los enemigos 
metiendo al rey de Aragón interponei 
para con el Papa, á fin de levantar la s 
comunión y de entredicho que pesaba si 
Tolosa, y obtener del mismo Pontífice Ií 
saria para que aquél pudiese casarse 
Provenga, hija tercera de Ramón Bereí 

A este tratado siguióse otro, que se es 
peller el 5 de Junio entre el rey D. J 
Ramón Berenguer de Provenza y el c< 
de Tolosa; asistiendo como testigos el o 
y el conde de Ampurías Pons Hugo, ent 
este nuevo convenio, el rey D . Jaime, í 
celín, señor de Lunel, y un caballero 1 
se comprometieron á hacer que Ramór 
Provenza obligase á Sancha de Aragón, i 
de Raimundo de Tolosa, á pedir ella mil 
con este conde ante los jueces delegad 
y en el supuesto de que ella rehusase, 
de Provenza la hiciese salir de sus estac 
bia retirado, quitándole todo lo que le d 
rriéndola ya más en adelante. Por otra 
mundo de Tolosa se obligaba por su ] 
divorcio y á dar á la Sancha i.ooo rt 
y 100 marcos de pensión anual durante 
princesa. 

1 Las obras cODSulladas por el autor para lod 
este punto, son el ^rU dt etmiprebar lai ftchm . t 
condes de Provenza \ la Historia del LangueJoc, ton 
gina 424 en adelante, y el Zurita, lib. III, cap. XX]_ 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. Vil. 433 

Asombra ver cómo el rey D. Jaime y el conde de 
Provenza abandonaban asi los intereses de su tía San- 
cha^ hermana de Pedro el Católico, padre del uno y tío 
del otro; y asombra particularmente en el caballeresco 
rey de Aragón, á quien no importó entonces sacrificar 
una pobre mujer á su política i. Por lo que toca al con- 
de de Tolosa, que estaba ya separado tiempo hacia de 
Sancha de Aragón , quiso repudiarla para casarse con 
Sancha de Provenza, halagado por la esperanza de te- 
ner en ésta hijos varones, que Dios no le había dado 
en su matrimonio con la primera. 

Los prelados elegidos por la Santa Sede para &llar 
sobre este divorcio se reunieron en la isla de Vergue, 
situada en el Ródano, entre Beaucaire y Tarascón. 
Presentóse ante ellos el conde Raimundo de Tolosa, y 
por medio de testigos probó que su padre Raimundo VI 
había sido el padrino de Sancha de Aragón, y que por 
consiguiente no debía él haberse casado con ella. En 
cuanto á la condesa, á quien se hizo comparecer tam- 
bién ante la asamblea, se presentó acompañada del rey 
de Aragón y del conde de Provenza sus sobrinos, y di- 
cese que sólo opuso un profundo silencio al testimonio 
de los que depusieron contra sus intereses. La asamblea 
profirió en seguida una sentencia de divorcio, rompien- 
do el matrimonio de Raimundo y de Sancha, la cual 
fué á establecer su residencia en el castillo de Pademes, 
donde murió sola y abandonada, á fines de 1249. 

Parece que de la isla de Vergue el rey D. Jaime pasó 
con el conde de Provenza á Aix, á cuya ciudad fué bien 
pronto á reunirse con ellos el de Tolosa, acordando en- 
tre los tres los medios de terminar el enlace del último 
con Sancha de Provenza. Al efecto, convinieron en 

1 La intervención de D. Jaiote en las cosas de Provenza durante 
aquel periodo, parece indicar sus intenciones de seguir la política tra- 
dicional de su casa en aquellas provincias. 

TOMO XI 28 



434 VÍCTOR BALAGUBR 

mandar una solemne embajada al papa Grregorío IX 
para pedirle la dispensa del parentesco , bajo pretexto 
de que esta alianza era necesaria á ñn de establecer una 
paz completa y duradera entre ambos condes. Conve- 
nidos en esto, el tolosano regresó á sus estados, los em- 
bajadores partieron para Italia, y, sin aguardar el éxito 
de su misión, del cual no se dudaba, nuestro rey Don 
Jaime, en calidad de procurador del conde Raimun- 
do VII de Tolosa, y en su nombre, se casó en Aix, 
el II de Agosto de 1241, con Sancha de Provenza, con- 
dicionalmente, sin embargo, y bajo el supuesto de que 
el Papa concediese la dispensa demandada. Sancha, por 
su parte, con el consentimiento del conde Ramón Beren- 
guer su padre y la condesa Beatriz su madre, casó bajo 
las mismas condiciones con el conde de Tolosa en la per- 
sona de su procurador el rey de Aragón, á presencia de 
los arzobispos de Arles y de Aix y de varios obispos. 

Sin embaído, toda la prisa que se dieron en llevar 
á cabo este enlace, fué completamente inútil. Los em- 
bajadores que enviaron á Gregorio IX , supieron al lle- 
gar á Pisa la muerte de este Papa, acaecida en 20 de 
Agosto. Este acontecimiento desbarató el proyecto, pues 
que la sede pontificia estuvo vacante cerca de dos años. 
En este intervalo el conde de Tolosa proyectó otra alian- 
za, y Sancha de Provenza casó con Ricardo hermano 
del rey de Inglaterra. 

Ignoro en qué época regresó D. Jaime á sus estados 
de Aragón y de Cataluña, y sólo hallo que habiendo 
llegado el 12 de Marzo á Montpeller, á principios de Se- 
tiembre se hallaba aun por aquellas tierras, pues le en- 
cuentro en Beaucaire en donde él y el conde de Pro- 
venza salieron garantes á los vecinos de Bucet de las 
franquicias que Raimundo de Tolosa les otorgó ^ . 



1 Guillermo de Pod., cap. XLV. 



HISTERIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. vn. 435 

Por lo que toca á Ramón Berenguer de Provenza, 
roto el casamiento de su hija Sancha con el de Tolosa, 
volvió á sus antiguas querellas con éste, pero firmaron 
una tregua en 1243, y hasta se proyectó un nuevo en- 
lace del tolosano con Beatriz, la cuarta hija del proven- 
zal, pero la muerte de Ramón Berenguer, acaecida en 
Aíx el 19 de Agosto de 1245, desbarató todos sus plag- 
ues. El conde de Provenza dejó por heredera á su hija 
Beatriz en los estados de Provenza y Forcalquier, y 
Romeo de Vilanova y Alberto de Tarascón, á quienes 
aquel dio por testamento el cargo de tutores de su hija 
y regentes de sus t:stados, casaron á Beatriz con Carlos 
hermano del rey de Francia, por ser más conveniente á 
^us intereses 1. 

Ramón Berenguer de Provenza figura entre los poe- 
tas provenzales y se le atribuyen varias composiciones. 

En este mismo año de 1241 tuvo lugar la muerte del 
conde del Rosellón Ñuño Sánchez, cuyos dominios vi- 
nieron entonces por completo á poder del rey de Ara- 
gón, asi que sus ejecutores testamentarios hubieron 
cumplido sus postreras disposiciones. Habíase casa- 
do Ñuño de primeras nupcias en I2i5 con Petronila, 
hija de Bernardo V conde de Comminjes, pero esta prin- 
cesa, que antes había ya estado unida con Gastón el 
Bueno, vizconde de Beam, le fué robada á Ñuño al año 
siguiente de su matrimonio por el conde de Montfort, 
que la casó á la fuerza con su hijo para hacer entrar por 
este medio el condado de Bigorra en su familia. Lo 
odioso de esta conducta no es sino muy natural en las 
costumbres de la época. Por lo que toca á Ñuño, casó 
después con una dama llamada Teresa López, de quien 
no tuvo hijos ^. 

1 Véase el capítulo sigiüente. 

2 Según noticias que he podido adquirir posteriores á la primem 



43^ VÍCTOR BALAGUER 

D. Jaime el Conquistador tomó con respecto al Rose- 
Uón, asi que fué poseedor de este dominio, las mismas 
medidas que había tomado Alfonso el Casto. Hizo pro- 
mulgar la constitución de pajs y tregua que habia dado 
al reino de Aragón en 1228» y por su expresa orden ua 
canónigo de Barcelona llamado GuUlermo de Sanromá 
pasó al Rosellón, donde á 5 de los idus de Marzo de 124X 
hizo jurar y firmar esta paz y tregua por los principa- 
les señores de la provincia reunidos. D. Jaime mand6 
en seguida redactar por escrito las constituciones de 
Perpiñán, que no se conservaban más que por memoria 
tradicional, y confirmó su redacción 1 . 

edición de esta obra, la fecha verdadera de la muerte de Nufio Sánchez 
es el 19 de Enero de 1242. Algún tiempo antes de morir abrazó la vi- 
da eclesiástica, entró en las órdenes y fué canónigo de Elna en el Ro- 
sellón. La muerte de Nuflo Sánchez inspiró á Aymeric de Belenoy, 
trovador provenzal establecido en Catalufia, un canto lleno de sentimien- 
to y tristeza. 

1 Estudios posteriores me han dado á conocer que D. Jaime se ha- 
llaba en Malloles de Rosellón el 1 1 de Marzo de 1 242 (es decir, á 5 de 
los idus de Marzo de 1241), y que en este día, á presencia suya y en 
manos de Guillen de Sanromá, juraron la paz y tregua los sefiores de- 
sús nuevos dominios. 



r 



HISTORIA DB CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. VHI. 437 



CAPITULO VIII. 



Nacimiento del infante Jaime en Montpeller.— Entrevista de los reyes de 
Aragón y de Francia. — Cortes en Daroca. — ^Descontento de los cata- 
lanes.— Cortes en Barcelona. — Descontento de los aragoneses y suble- 
vación del príncipe D. Alfonso .^^astilla apoya al príncipe.— Vuelve 
el rey á Valencia y se apodera de Alcira, Gandía y Denia.— «Viaje de 
D. Jaime á Pro venza. — Pretensiones del rey al dominio de Provenza 
y pérdida de este condado para la casa de Aragón. — £1 rey manda cor- 
tar la lengua al obispo de Gerona.— Carta del Papa á D. Jaime con 
referencia á este hecho. — Absolución del rey. — Casamiento de la hija 
de D. Jaime con el heredero de la corona de Castilla. — Cortes en 
Huesca para formar un código. — Disposiciones testamentarias de Don 
Jaime repartiendo sus reinos entre sus hijos. — Deja el reino de Ara- 
gón á su hijo Alfonso. — Catalufia á D. Pedro. — Valencia á D. Jaime. 
— Rosellón á D. Femando. — Ordena á D. Sancho el estado eclesiás- 
tico. — Disposiciones para, el caso de faltar descendencia varonil. — 
Prosiguen las alteraciones en Aragón. 



(De 1242 A 1247.) 

Oran parte del año de 1242, si no todo, permaneció 
el rey D. Jaime entre Aragón y Cataluña cuidando de 
sus estados y atendiendo á las turbulencias de algunos 
señores, y á últimos del año ó principios del siguien- 
te volvió á Montpeller con su esposa Doña Violante, 
cuya princesa, hallándose en esta ciudad, dio á luz al 
infante Jaime, según se puede ver por la crónica-anua- 
rio que se conserva en las casas consistoriales de Mont- 
peller, donde consta también que, á fines de Junio, el 
Conquistador recibió un nuevo juramento de fidelidad de 
aquellos habitantes, que prometieron estar sometidos á 
él durante su vida, y después de su muerte á la reina 



438 VÍCTOR BALAGUBR 

Violante^ su mujer^ si vivía en viudez y no se hacia re- 
ligiosa» y en seguida á su hijo Pedro 6 á cualquiera otro 
de sus hijos que quisiera darles por señor 1 . 

Hallándose D. Jaime en Montpeller, fué al Puy por 
el mes de Mayo, donde tuvo una entrevista con el rey 
de Francia 2, en que se trató sin duda de lo concernien- 
te á los condes de Provenza y de Tolosa, que estaban 
otra vez á punto de romper las hostilidades ó las habían 
roto ya. Su estancia en aquella comarca debió ser enton- 
ces muy corta, pues pronto le vemos de regreso en Ara- 
gón, á donde pasó para celebrar Cortes. 

Tuvieron lugar éstas en Daroca, á fines del 1243, y 
dice Zurita que fueron á ellas síndicos de la ciudad de 
Lérida, como lo acostumbraron en todas las que en Ara- 
gón antes se habían celebrado. Las Cortes de Daroca 

1 Anuo D. y, MCCXLIII fuerunt cmsules P, de Murles etc., pta 
etíam anno D, Rex Jacobus et regina ejus uxorfuenent in Mmiepesmla" 
nOf itfmt f$afus Jaeobus films eorumdem in vigilia JhUeeosH, (30 de 
Mayo.) — ídem eodem atmo infesto beatorum JRtiri et fítulh dicticonsuUf 
it populus hujus villce^ mandato dicti D, regis, Juraverunt Fetro filio i^ 
sius D, regis etD, regina Yoles (Violante), secundum pwd inferius con- 
tínentnr. — ^0 homo ^ juro vobis D, Jacobo Deigratia regi Aragonmm et 
regnorttm Majoricarum et Valentice, comiti Barehinonee et ürgeUi^ et 
Z>. Montepusstdi^ qu»d ego salvaba^ et ctístodiam vitam vestram^ et man^ 
bra vestra^ et dommatíonfim vestram, et semper erofidelis vobis in tota vita 
vestra^ et post vos D, reginoe Yodes, uxori vestroe, gt4andiuvixerit,etvi' 
d$eitatem legitime observaznt, et non ingredietur domum religiosam; etposf 
aitendem ad ñtrumfilium vestrum semper, etposi obitum vestrum hahebo 
ipsum in domsmmí meum et Aíontispessttlani, vel alium filium vestrum et 
dicta D, regina, de pto vos hoc migi mandaveritis, verbo vel testamento; 
me admittam vel recipiam alium in D, Montispessulani, nisi hoc faciasn 
de volúntate vestra, vel filü vestri, et dicta D, regina Yoles, qui est 
D. Montipessulam, et cm tenerer obendire de volúntate vestra, ut dictum 
estf salvis consuetudinibus et libertatibus Montípessulani á vobis laudaOs^ 
(Crónica del municipio de Montpeller.) 

2 Zurita pone esta entrevista en el afio 1 244 (lib. III, cap. XLII); 
pero puede verse para la fecha verdadera el Marca Hispánica, pág. 539. 
1^0 está del todo probado que esta entrevista se efectuase. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LJB. VI. CAP. VHl. 439 

juraron al príncipe D. Alfonso por primogénito, here- 
dero y sucesor, después de muerto el rey, en el reino de 
Aragón; entendiendo que este territorio llegaba hasta 
las orillas del Segre. D. Jaime volvia á su primitiva 
idea, pues quería hacer rey de Aragón al hijo de su re- 
pudiada primera esposa, y de Cataluña áD. Pedro, hi- 
jo de su segunda mujer Doña Violante. 

Jurado el príncipe D. Alfonso por heredero en Ara- 
gón, partióse el rey á Barcelona con ánimo de hacer 
jurar al príncipe D. Pedro por heredero en Cataluña, 
pero se encontró con que los catalanes, agraviados por 
la desmembración de su territorio hecha en las Cortes 
de Daroca, se negaron á secundar su proyecto si el rey 
no devolvía á Cataluña la región y territorio de Lérida, 
fijando el Cinca y no el Segre por límites del Aragón, 
según siempre había sido. 

Por esta causa, convocando á Cortes á los catalanes 
en Barcelona i, D. Jaime hizo ante ellas, á 21 de Ene- 
ro de 1244, una solemne declaración en que se conte- 
nia que, flsi bien sin causa se podría dudar por algunos 
que no tenían sano entendimiento, sobre cuáles fuesen 
los limites de Cataluña y de Aragón, deseando evitar 
toda contienda y disceptación, para que perpetuamente 
se quitase todo escrúpulo que sobre esto pudiese haber, 
limitaba de cierta ciencia y acordadamente el condado 
de Barcelona con toda Cataluña, desde Salses hasta el 
Cinca, afirmando que esta limitación del condado y de 
Cataluña se podía buenamente comprender y colegir 
por los estatutos de paz y tregua hechos en la ciudad 
de Barcelona y la de Tarragona y en otras partes, t En 
la mencionada declaración se contenía, además, que 



1 Zurita, lib. m, cap. XL, y Flotats, en sus Efemérides, ponen estas 
Cortes en Barcelona; pero Feliu, lib. XI, cap. X, las da como celebradas 
en Gerona y en Lérida. 



440 VÍCTOR BAJLAGUBR 

«señalaba el reino de Aragón desde el Cínca hasta Adri- 
za, disponiendo que esta limitación, hecha para obviar 
toda contienda en lo sucesivo , fuese perpetua para el 
citado monarca y sus sucesores. » Mas este acuerdo des- 
contentó en gran manera á los aragoneses, que juzgaron 
ser en perjuicio de la conquista de Aragón, que en lo an- 
tiguo, decían, llegaba hasta las riberas del Segre; al 
paso que reprobaron la innovación de demarcar el Prin- 
cipado de Cataluña desviándose de lo ordenado en tiem- 
po de los condes de Barcelona, para quienes se extendía 
desde el dicho río hasta Salses. 

A este disgusto de los aragoneses, contribuyó no poco 
el príncipe D. Alfonso, quien, quejoso por quitársele 
parte de la que creía su herencia, no vaciló en hacer 
armas contra su mismo padre, sublevándose en Calata- 
joíd, y llamando bajo su bandera á todos los desconten- 
tos. Acudió el primero á ayudarle aquel mismo tío del 
rey, D. Femando, pronto siempre á inclinarse á la par- 
cialidad que se declarase contra el monarca aragonés, 
presentándose en pos de D. Fernando, para ofrecer sus 
servicios al príncipe, D. Pedro Fernández de Azagra, 
señor de Albarracín; D. Gonzalo Ruiz, comendador de 
Almazán; D. Pedro de Alcalá, comendador del Hospi- 
tal de Calatayud; D. Juan González de Heredia; el in- 
fante de Portugal, y muchos otros de los mismos que 
acababan de combatir en Valencia contra el moro á las 
órdenes del rey. 

La sublevación amenazaba ser seria y tomaba ya un 
carácter gravísimo, mayormente cuando apoyaba al 
príncipe aragonés el rey de Castilla, cuyo hijo se halla- 
ba por aquel entonces en Murcia, consiguiendo que esta 
provincia se le entregase por los moros, y cuyos mane- 
jos se dirigían naturalmente á poner obstáculos al en- 
grandecimiento de D. Jaime el Conquistador. Habilidad, 
y no poca, tuvo entonces que demostrar nuestro mo- 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. VUI. 44 1 

narca, el cual consiguió con su política desbaratar los 
planes de sus contrarios y desvanecer la tempestad que 
amenazaba estallar sobre su cabeza. 

Por de pronto se dirigió á Valencia, con el doble ob- 
jeto, sin duda, de oponerse á los planes que pudiera te- 
ner el castellano , que estaba armado en la frontera de 
aquel reino, y de avivar el espíritu patriótico de sus ba- 
rones y de sus pueblos con la guerra nacional contra los 
moros. Al mismo tiempo buscó medios de apaciguar el 
descontento de los aragoneses, dejando entender que 
todo podría conciliarse. Las prudentes medidas del rey 
debieron calmar los ánimos por el pronto, y la atención 
del reino se ñjó en los asuntos de Valencia. Estos mar- 
charon perfectamente para D. Jaime, que consiguió la 
posesión de la importante plaza de Alcira, Algezira, 
Algzira ó Al-Gezira-Xucar, que con todos estos nom- 
bres lá hallo citada; se apoderó de Gandía, y tomó á 
Denia, después de largo y porfiado cerco i, cuyas ope- 
raciones parece que dirigió el caudillo Pedro Jimeno 
Carroz 2. 

Ninguno de nuestros historiadores y analistas, que 
yo recuerde á lo menos, habla de cierto viaje que el 
rey D. Jaime debió emprender á tieiTas de Provenza, 
algo después de la campaña citada, y á últimos del 1245. 
Tampoco habla él mismo en sus memorias, si bien que 
en ellas deja no pocos vacíos, y no es de extmñar, pues 
olvida ocuparse de cosas muy importantes de su vida que 
acaso le convino pasar por alto. Sin embargo, no pa- 
rece caber duda alguna de su nuevo viaje á Provenza 
en 1245 y de las intenciones que allí le llevaron, pues 
* á pesar del silencio absoluto, y hasta cierto punto ex- 
traño, de nuestras historias, lo encuentro comprobado 



1 Conde, lib. V de la 4.* parte. 

2 BoiX: Historia eU Valencia^ tomo I, págs, 152 y siguientes. 



442 VÍCTOR BALAGUER 

por documentos auténticos^ en las principales crónicas 
de Provenga y Languedoc. 

Inmediatamente después de la muerte de Ramón Be- 
renguer, conde de Provenza, acaecida, coma ya sabe- 
mos» en Agosto de 1245, D. Jaime se trasladó á la ciu- 
dad de Aix, y parece que su intento y la precipitación 
de su viaje fueron porque quería casar á uno de sus hi- 
jos con Beatriz, que había quedado dueña y heredera 
del condado de Provenza por testamento de su padre 
Ramón Berenguer. Ya sabemos que la pretendía tam» 
bien el conde de Tolosa, y que sus tutores proyectaban 
su enlace con el hermano del rey de Francia. D. Jaime 
hizo grandes esfuerzos para conseguir su objeto y para 
que la Provenza, dominio por tantos años de la casa de 
Aragón, no pasase á otras manos; pero todo se estrelló 
ante la resolución de Romeo de Vilanova y Alberto de 
Tarascón, tutores de Doña Beatriz 1 , y parece que en- 
tonces, despechado D. Jaime, trató de conseguir por las 
armas y por la fuerza lo que se le negaba. Consta en 
una obra muy autorizada 2 que el Conquistador reunió 
una hueste y sitió á la princesa (sin duda en Aix), pero 
tuvo que levantar el sitio al saber que iba contra él el 
principe francés Carlos, al frente de un ejército que le 
diera el rey su hermano. No convenía por ningún con- 
cepto áD. Jaime un rompimiento con Francia en aque- 
llos momentos, y más le importaba volver á sus rei- 
nos para proseguir la conquista del de Valencia, apa- 
ciguar la guerra civil que amenazaba devorar sus es- 
tados con motivo de lo sucedido en las Cortes de Daro- 
ca y Barcelona, y desbaratar el resultado que con sus 
intrigas y manejos pudiera haber obtenido durante su 



1 No Alberto, sino Albeta de Tarascón, le llaman los historia- 
dores provenzales. 

2 historia del Languedoc, tomo DI, pág. 451 . 



J 



mSTORU DE CATALUÑA. — ^LIB. VI. CAP. VHI. 443 

ausencia el rey de Castilla. Volvióse, pues, á estas tie- 
rras, abandonando sus pretensiones con respecto á la 
patria de aquella Doña Dulce, de la cual él descendía; 
casó Beatriz con el francés Carlos en Enero de 1246, 
y asi fué como la casa de Barcelona y de Aragón perdió 
por una mujer la hermosa tierra de Provenza que por 
otra mujer había adquirido. 

A la vuelta del rey á Cataluña regresando de este 
viaje á Provenza, para mí indudable aun cuando nues- 
tras crónicas lo callen 1, fué cuando debió tener lugar 
aquel famoso hecho de la mutilación del obispo de Ge- 
rona, acerca del cual guardan silencio muchos autores, 
pero que es indudable también después de los documen- 
tos publicados por el P. Villanueva y los continuadores 
de Flórez 2. Lo que todavía está oculto bajo un velo, 
hasta ahora impenetrable, es la verdadera causa que 
impelió á D. Jaime á hacer cortar la lengua al obispo 
de Gerona Fr. Berenguer de Castellbisbal, á quien he- 
mos visto figurar en la conquista de Mallorca. Apare- 
ce como lo más cierto que este obispo reveló algo que 
el rey le había confiado en secreto de confesión, y que 
quiso el monarca castigarle por donde mismo había pe- 
cado; pero se ignora en qué consistía este secreto, pues 

1 Estaba yo en lo cierto cuando en mi primera edición hablé de 
este viaje de D. Jaime, del que ningún historiador catalán había habla- 
do. Carlos de Tourtoulón en su Msíoria del rey D. Jaime, publicada 
después que la roia, lo refiere con todos sus detalles, y cree que el fin 
que el monarca aragonés se proponía era el de oponerse á que la Francia 
invadiera el país de la lengua de Oc. Me inclino á creer, como Mr. Tour- 
toulón, que en aquellos momentos la política de D. Jaime, conforme con 
la tradicional de su casa, era tender á que la nacionalidad del Mediodía 
conservara su unidad. 

2 Véanse estos autores, y á más Quadrado en sus notas al Marsilio, 
Flotats en sus Efemérides y Torres Amat en su biografía de D. Jaime. 
Algo dice también con referencia á este hecho M. Tastú en su NoHce sttr 
ñypigHan, 



444 VÍCTOR BALAGUBR 

aunque algunos han supuesto que lo revelado por el 
obispo fué el matrimonio clandestino del rey con Doña 
Teresa Gril de Vidaure, es positivo que este enlace no 
pudo realizarse hasta después del isSi, época de la 
muerte de Doña Violante. Ni van tampoco más acer- 
tados los que suponen que la revelación del obispo fué 
referente á proyectos formados por D. Jaime en orden 
á la sucesión de la corona, y diré luego por qué. 

El hecho es que Fr. Berenguer de Castellbisbal fué 
preso por mandato del rey, y se le cortó la lengua; y 
para esto basta ver cómo se expresa el papa Inocen- 
cio IV en carta dirigida al rey desde Lión el 22 de Ju- 
nio de 1246: «Afirmaste, le dice, que nuestro venerable 
hermano Berenguer, obispo de Gerona, antes que lo fue- 
se había alcanzado tanta autoridad en tu corte, que 
era tenido como el más honrado entre los mayores; pero 
que después, como tú añades, siendo traidor contra tS, 
tuvo la osadía de revelar cosas que tú le habías descu- 
bierto en el fuero de la penitencia, y también había ar- 
mado contra tí otras muchas y graves máquinas, por 
lo cual le mandaste saliese luego de tu reino; y habien- 
do alcanzado allí la dignidad episcopal, tú, encendido 
con el calor de la ira, le hiciste prender y con mandato 
sacrilego quitarle parte de la lengua. Así nos pedías que 
mandásemos salir de tu reino á dicho obispo, y á ti y 
á los partícipes en consejo, a}mda ó ejecución, se diese 
la absolución de tan gran delito 1.» 

Varias cosas se deducen del contenido de estas líneas: 
entre ellas que lo de haber revelado Fr. Berenguer el 
secreto á él confiado en fuero de confesión, fué anterior 
á su nombramiento de obispo, y por consiguiente an- 
terior á los amores del rey con Doña Teresa Gil de Vi- 

1 Se halla esta carta eD la Historia de IbbUt por Finestres, tomo II. 
pág. 277. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — HB. VI. CAP. VIH. 445 

daure y también á los sucesos que dieron margen al le* 
vantamiento del principe D. Alfonso; que D. Jaime no 
sólo desterró al fraile por la revelación del secreto^ sino 
por estar urdiendo tramas contra él y por acaudillar qui- 
zSl alguna parcialidad ó algún bando que pusiese en con- 
flictos al reino; y que no se lanzó el rey á proveer por 
si y ante si la captura del obispo y su bárbara mutila- 
ción, cediendo sólo á los impulsos de su cólera, sino que 
tomó consejo de los varones que le rodeaban. Terrible 
fué la sentencia, bárbara y cruel, más que terrible; pero 
criminal, y gravemente criminal anduvo el sacerdote 
indigno que ante Dios y ante los hombres faltaba á la 
santidad de un sacramento. Si la Iglesia no tenia per- 
dón para el rey que mandaba arrancar la lengua al mon- 
je por haber revelado un secreto de confesión^ tampoco 
debía tenerlo para aquel otro rey que más adelante, se- 
gún veremos, castigaba un delito político con Jiacer be« 
ber á los reos el plomo derretido de la campana que les 
llamaba á consejo. 

D. Jaime alcanzó por fín la absolución. Fuele dada 
ésta á 14 de Octubre de 1246 por un concilio reunido 
en el convento de religiosos franciscanos de Lérida, y 
al cual concurrieron el obispo Camerino y el religioso 
Fr. Desiderio, como legados del Papa; el arzobispo de 
Tarragona, los obispos de Zaragoza, Urgel, Huesca y 
Elna, y muchos magnates del Principado. Impúsosele 
por penitencia que hubiese de tomar á su cargo, entre 
varías obras piadosas, la conclusión del monasterio de 
Benizafá y la del hospital de San Vicente de Valencia, 
dando bienes suñcientes á aquel monasterio para que 
pudiesen mantenerse en él hasta 40 monjes, y fundase 
además una capellanía peipetua en la catedral de Ge- 
rona 1. 

1 Al darse á luz la primera edición de esta obra, hubo quien puao 



44^ VÍCTOR BALAGUBR 

En el ínterin^ andaban cada vez más vivas y despier- 
tas las parcialidades promovidas por el deslinde de Ara- 
gón y de Cataluña, y el príncipe D. Alfonso continuaba 
poco menos que con las armas en la mano, mientras 
que cada vez iba haciéndose notar más el desacuerdo 
entre los reyes de Aragón y de Castilla, asi por sus pre- 
tensiones ordinarias del derecho al reino de Navarra, 
como por querer cada uno extender su conquista por las 
tierras de Valencia. Entonces fué cuando, aconsejados 
por sus prelados y ricos-hombres, ajustaron ambos mo- 
narcas, aragonés y castellano, un convenio^ por el cual 
se comprometían á mancomunarse en cuanto les fuese 
dable en vez de perjudicarse, y como lazo y garantía 
de este trato se concertó matrimonio entre Alfonso, 
príncipe heredero de Castilla, y Violante, la mayor de 
las hijas de D. Jaime. La joven Violante fué llevada á 
Castilla, y celebráronse sus bodas en Valladolid con 
grandes ñestas, por el mes de Noviembre de 1246^ si 
bien el matrimonio no se consumó hasta más adelante 1. 

flComo el rey había en este tiempo acabado de sojuz- 
gar á su obediencia, dice Zurita, todo lo que era de su 
conquista dentro de España, puso todo su cuidado y 
pensamiento en que se ordenase un volumen de las le- 
yes y fueros, y se interpretasen y declarasen los que 
estaban en oscuridad por la antigüedad del tiempo, i A 
este fin, mandó convocar Cortes generales á los arago- 
neses en la ciudad de Huesca, y en ellas se declararon, 
reformaron y corrigieron los fileros, formando un vo- 
lumen dividido en ocho libros, bajo la inspección del 

• 

en duda el hecho que de referir se acaba, atacándome duramente por ha- 
ber calumniado la memoria de D. Jaime y la del obispo de Gerona. Vea 
el lector mi obra Las ruinas de BfbUí, y allí encontrará los documentos 
que prueban cuanto aqui digo. 

1 La escritura del desposorio de D. Alfonso de Castilla con DoAa 
Violante, se halla en el tomo I del Memorial histórico de la Academia. 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. VIH. 447 

sabio Vidal de Cañellas^ obispo de Huesca. Estos ocho 
libros^ compuestos de los fueros de Sobrarbe y de las 
leyes expedidas por el mismo D. Jaime, constituyen el 
código más antiguo de Aragón, que fué aumentándose 
con los decretos de los reyes posteriores. Célebres fue- 
ran estas Cortes, cuando no por otra causa, por haber- 
se levantado en ellas una voz, quizá la primera, como 
bace observar Quadrado, contra los juicios de Dios y las 
pruebas de agua y fuego, tan acreditadas por la supers- 
tición 1. 

También en este mismo año quiso el rey, creyendo 
acabar con el estado de agitación en que se hallaba el 
reino, repartir sus dominios entre sus hijos para cuan- 
do le llegase el caso de muerte. Tenia entonces de la 
primera esposa y repudiada Doña Leonor á D. Alfon- 
so, y de su segunda mujer. Doña Violante, á D. Pedro, 
D. Jaime, D. Femando, D. Sancho y á las infantas 
Doña Violante, Doña Constanza, Doña Sancha y Doña 
María. «Asi, pues, ordenó de sus reinos en la forma y 
modo siguientes ^: 

A D. Alfonso, el mayor, y habido en su primer ma- 
trimonio, le instituyó heredero y sucesor en el reino de 
Aragón, designando sus límites desde el Cinca hasta 
Ari^a y desde los puertos de Santa Cristina hasta el río 
que pasa por Alventosa; pero excluyendo el condado de 
Ribagorza y lo que se había ganado de la parte de acá 
del Cinca, todo lo cual se adjudicaba á Cataluña. 

A D. Pedro le dejó heredero y sucesor en Cataluña, 
comprendiendo en ella toda Ribagorza y sus términos 
con las riberas del Cinca, añadiéndole Mallorca y las 
demás islas Baleares. Los límites del Principado se fija- 
ron desde el puerto de la Clusa hasta el río de Ullde- 

1 Zorita, lib. III, cap. XLII. — Quadrado: Aragón, pág. I41. 

2 Zorita, Ub. UI, cap. XLIU. 



448 VÍCTOR BALAGUER 

cona^ y desde el paso de Miravete de este río hasta Me- 
quínenza, declarando que esta plaza se incluyese dentro 
de Cataluña, y desde Mequinenza hasta Fraga y Mon- 
zón y á los limites que partían término entre Ribagorza 
y Sobrarbe. 

A D. Jaime le dejó todo el reino de Valencia, desde 
el río de Ulldecona hasta la Muela, desde la mar hasta 
Requena y de allí al río Alventosa. 

A D. Femando, el hijo tercero que hubo en Doña 
Violante, dejaba todo el condado de Rosellón y Con- 
flent, Cerdaña y el señorío de Montpeller, con los dere- 
chos que tenía el rey á los condados y dominios de aque- 
llas tierras. 

Por lo que toca al cuarto hijo de Doña Violante, Doo 
Sancho, ordenó que fuese de la Iglesia, y fué en efecto 
arcediano de Belchite , abad de Valladolid y después 
arzobispo de Toledo. 

En caso de tener otro hijo varón, quería que fuese 
caballero de la orden de los templarios; pero esto no 
se cumplió, pues le nació sólo otra hija que se llamó 
Isabel. 

A falta de descendencia varonil, encargaba que debie* 
sen suceder los hijos de la infanta Doña Violante, casa- 
da con el primogénito de Castilla, pero con la expresa 
y terminante condición de que estos reinos y estados 
nunca fuesen de la jurisdicción del reino de Castilla m 
se juntasen con aquella corona; sólo quedase heredero 
de ellos uno de los príncipes hijos de Doña Violante, sin 
reconocer superioridad alguna en el castellano. 

No quiso el rey que esta disposición permaneciese se- 
creta, y mandóla publicar, hallándose en Valencia, á ig 
de Enero de 1248; pero dio un resultado distinto del que 
se esperaba, pues no sólo no se sosegaron las alteracio- 
nes que por esta causa se habían movido, sino que se 
encendieron cada vez más; constando que el príncipe 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. VI. CAP. IX. 449 

D. Alfonso y el infante D. Pedro de Portugal, con los 
ricos-hombres de su opinión, comenzaron á andar con 
grandes compañías de gente de guerra conmoviendo y 
alterando las ciudades y villas del reino. 



CAPÍTULO IX. 



Rompimiento del tratado por los moros de Játiva. — D. Jaime pone si- 
tio á Játiva. — Desavenencias entre D. Jaime y su yerno el príncipe 
de Castilla. — Prosigue el sitio. — Distingüese Jaime Portadora. — En- 
trevista del rey de Aragón y el principe de Castilla. — Convenio entre 
ambos. — Capitulación de Játiva. — Repartimiento de tierras y admi- 
nistración de Játiva. — Cortes en AlcaAiz de catalanes y aragoneses 
para dirimir las diferencias entre el rey y su hijo. — Embajada al prin- 
cipe Alfonso. — Sentencia de los jueces de Alcafiiz. — Cortes en Bar- 
celona donde se jura por sucesor del rey en Cataluña á su hijo D. Pe- 
dro. — Muerte de la reina Dofia Violante. — Amores del rey con Dofia 
Teresa Gil de Vidaure.— Doña Teresa obra ostensiblemente como mu- 
jer legitima del rey. — Ríndese Biar y todo lo demás del reino de Va- 
lencia.— Discordia entre D. Jaime y su yerno el rey de Castilla. — 
Toma D. Jaime bajo su protección el reino de Navarra, y preparati- 
vos de guerra con Castilla. — £1 príncipe Alfonso aprueba en Barcelona 
las donaciones hechas por su padre á sus hermanos. — Nuevos tratos 
con el rey de Navarra y tregua con Castilla. 

(De 1248 Á 1254.) 

Acabo de decir que el rey estaba ya otra vez en Va- 
lencia á comienzos del 1248^ y por este tiempo ordenó 
á D. Rodrigo de Lizana que hiciese un reconocimiento 
hacia la parte del valle de Cárcer. Partió el de Lizana 
al frente de algunos caballos y de unos cuantos almogá- 
vares; pero, al regresar á Valencia con un rico botín, se 
dio la señal de alarma, que los moros repitieron de ata- 
laya en atalaya, y entonces los de Játiva, á pesar de no 
TOMO XI 29, 



450 VÍCTOR BALAGUBR 

haber sido dirigida la cabalgada contra los sarracenos 
vasallos de su adcaide, sino contra otros que estaban en 
guerra con D. Jaime, salieron estrepitosamente contra 
la hueste de Lizana, dieron sobre ella y se apoderaron 
de la presa que llevaba. 

Con júbilo recibió D. Jaime esta nueva, por ser agre- 
sores los moros de Játiva, en cuyas tierras no habían 
merodeado las fuerzas del de Lizana, autorizándole esta 
infracción del convenio para ir á poner sitio á aquella 
ciudad. AnteSy empero, citó al alcaide de Játiva para que 
compareciese ante él, y le acusó de haber quebrantado 
las treguas, amenazándole con una guerra de extermi- 
nio si no le hacia entrega del castillo de Játiva, 6 bien 
aceptaba para juez en aquella querella al rico-hombre 
que él le designase. £1 alcaide moro prefirió apelar á la 
suerte de las armas, y entonces avanzó el rey hacia Já- 
tiva, dispuesto á entrar en campaña y á poner decidida- 
mente sitio á la plaza, verificándolo asi y acampando en 
la vega, á orillas del rio, después de haber mandado 
abrir un foso para que pudiese quedar cerrado el real &. 
Siguiéronle la reina, su mujer, compañera inseparable 
por lo que parece de sus empresas militares; su tío Don 
Femando, muchos ricos-hombres y caballeros, y gran 
multitud de almogávares. 

Inmediatamente que el sitio quedó puesto, comenza- 
ron las salidas de los sitiados y los torneos y combates 
parciales con los sitiadores; que era entonces caballe- 
resca costumbre, según se habrá podido observar en el 
transcurso de esta obra, la de retarse unos á otros los 
campeones de entrambos campos, peleando cada com- 
batiente por su ley y por su patria, y retirándose tan 

1 Respecto á la fecha de este sitio de Játiva» no están conformes 
los historiadores castellanos y valencianos, quienes la ponen unos en 
1 244 y otros en 46. Yo sigo á Zurita poniéndolo en 48, y otra fecha no 
puede ser atendidos los sucesos. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI, CAP. IX. 451 

B^^ro el vencedor, aun hallándose rodeado de enemi- 
gosy como si entre los suyos propios estuviera. 

Mientras proseguían las operaciones del sitio, tuvo 
D. Jaime fundadas sospechas de que su propio yerno, 
el príncipe y heredero de Castilla, D. Alfonso, trataba 
de arrebatarle aquella conquista; pues supo que emisa- 
rios suyos andaban en tratos con los sitiados, seducién- 
doles para que aguardasen su llegada á ñn de capitular 
con él y no con el rey de Aragón. Un mensajero caste- 
llano fué sorprendido andando en estos tratos, y sin ce- 
remonias, le mandó D. Jaime ahorcar de un árbol i. 
Lo mismo hizo con 17 habitantes de Enguera, por ha- 
berse esta población rendido á D. Alfonso, que tomó 
posesión de ella en menosprecio de los tratados, según 
los cuales aquel pueblo pertenecía á D. Jaime, por ser 
de la jurisdicción de Játiva. 

Mientras todo esto tenía lugar, avanzaban cada día 
más los trabajos del sitio y era cada vez más apurada 
la situación de la ciudad. «Los almogávares, dice el 
cronista Boix en su Xitiva árabe, habían talado comple- 
tamente los alrededores; habían desaparecido sus mag- 
níficos arbolados; los caballos pastaban en los campos 
más bellos; las aguas de Bellús, en lugar de circular 
por la ciudad conducidas por 100 acueductos, perdían- 
se en los barrancos; las hermosas alquerías árabes se 
hallaban incendiadas; y era tal, en fin, la vigilancia de 
los sitiadores, que no solamente impedían la entrada de 
los víveres, sino que apenas se descubría por las alme- 
nas, torres y atalayas una cabeza enemiga, llovían so- 
bre ella centenares de saetas, dardos y azagayas. » 

Según las trovas de Feb^er, uno de los soldados que 
más se distinguieron en estos lances, mereciendo por 
sus multiplicados servicios las más honoríficas recom* 

1 Crónica rea], cap. CCXXIII. 



45^ VÍCTOR BALAGUER 

pensas, fué un aventurero procedente de Montpeller, 
llamado Jaime Portadora, quien se había hecho notar 
ya por su valor en la defensa del Puig y en la toma de 
Valencia. 

En esto, el príncipe castellano, D. Alfonso, envi6 
mensajeros al campo para pedir una entrevista á Don 
Jaime. Acudió éste á ella, acompañado de la reina Do- 
ña Violante, de Guillermo de Moneada, el maestre del 
Hospital, Jimeno Pérez de Árenos, Carroz y parte de 
su comitiva. La entrevista se efectuó en los campos de 
Alcira, y D. Alfonso mandó proponer á su suegro que 
le diese la ciudad de Játiva en clase de dote para su hija 
Violante, ya que se había casado con ella sin que le 
trajese ninguna parte de los dominios de Aragón i. La 
demanda encolerizó al rey D. Jaimq, que hubo de pro- 
rumpir en estas palabras: «¿Acaso, cuando nuestro ma- 
trimonio con Doña Leonor de Castilla, se nos dio con 
ella algún territorio, algún honor ó caudal? No creemos 
que tengamos Nos que dar á ningún rey con nuestra 
hija más de lo que se nos dio á Nos con nuestra prime- 
ra esposa.» Tanto D. Alfonso como D. Jaime, anduvie«> 
ron en mensajes, porfiando el uno y negando el otro» 
hasta decir terminantemente el Conquistador que á él le 
pertenecía la conquista de Játiva, que sólo él la llevaría 
á cabo y que habría de pasar por encima de su cadáver 
cualquiera que en la ciudad pretendiese penetrar antes 
que él. 

Enviado este mensaje por D. Jaime, como resolución 
definitiva, á su yerno D. Alfonso, añadiéndole además 
que, aunque era costumbre en los castellanos espantar 

1 CrAnica real, caps. CCXXV y siguientes. Esta entrevista y esta 
proposición del yerno al suegro, prueban que el sitio de Játiva hubo 
de verificarse después del 46, época del casamiento de Alfonso con Vio- 
lante, y no antes, como pretenden los historiadores castellanos y valen- 
danos. 



r* 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IX. 453 

á todos con sus amenazas, ya las podían poner por obra 
para ver asi en cuan poco él las estimaba, mandó ensi- 
llar los caballos y disponerlo todo para la vuelta al cam- 
po,^ sin hacer caso de las lágrimas de la reina á quien 
pesaba en el alma aquel rompimiento con el esposo de 
su hija mayor. Presentáronse en esto al monarca ara- 
gonés los dos mensajeros del castellano, el maestre de 
Uclés y D. Diego de Vizcaya, los cuales trataron de 
mitigar su enojo. — «Es que no hay hombre tan pacífi- 
co, les contestó D. Jaime, á quien vosotros los caste- 
llanos no seáis capaces de sacar de quicio, pues obráis 
en todas vuestras cosas con tanto orgullo, como si no 
tuvierais más que abrir la boca para que vieseis cum- 
plidos vuestros deseos.» Los mensajeros rogaron enton- 
ces á la reina que interviniese, y por mediación de ella, 
tuvo por ñn un buen resultado el negocio. Cedió Don 
Alfonso en sus pretensiones, y hasta prometió devolver 
las plazas de Enguera y Muxent, con tal que D. Jaime 
le cediese, como lo hizo, las de Villena, Sax, Capdets 
y Bugarra. Firmaron escritura el suegro y el yerno, y 
quedó definitivamente acordado el repartimiento de las 
tierras de conquista, tocando á D. Alfonso Almansa, 
Sarazull y el río de Cabriol, y al aragonés Castellá, 
Biar, Sexona, Alarch, Finestrat, Torres, Polop, la 
Mola, Altea, Tormos y todo lo que en sus términos se 
hallaba comprendido. 

Terminado ya este asunto, volvió D. Jaime al sitio 
de Játiva; pero aun cuando lo estrechó cuanto pudo y 
combatió la ciudad sin tregua ni descanso , tardáronse 
once meses antes que los valientes moros jativeños pen- 
sasen en capitulación. Convencido, por fin, el alcaide de 
que el sitiador no levantaría el campo, propuso capitu- 
lar y entregarle la plaza, pero con la condición de que 
se le dieran los castillos de Montesa y de Vallada para 
habitar él y sus gentes. Reunió en seguida el rey su 



454 VÍCTOR BALAGUER 

consejo, al que asistió también Doña Violante, la coa! 
filé de parecer que no debía dilatarse la toma de pose- 
sión de tan rica villa y tan buena fortaleza como era 
Játiva, por la insignificancia de uno ó de dos castillos. 
Todos los consejeros aceptaron el dictamen de la TmnsL, 
y asintiendo á ello D. Jaime, firmóse la capitulación eo 
árabe y en latín, quedando así dueño el monarca ara- 
gonés de la que él llama en sus memorias fiorón y llave 
de Valencia. 

Tomada Játiva, procedió el rey á repartir las tierras 
y propiedades entre los que le habían ayudado en la 
conquista, según costumbre establecida ya en Mallorca 
y en Valencia, confiando la comisión á Jaime Sans, 
Guillermo Bemat, Pedro Germán y otros. Por lo que 
toca á la administración política, quedó sujeta á la que 
regía en Valencia y demás villas reales. Un justicia, 
elegido todos los años, alternando la clase de caballeros 
y la de los ciudadanos, se hallaba encargado de los ne- 
gocios criminales y civiles, y de los administrativos y 
económicos, con anuencia y consentimiento de los ju- 
rados ó cuerpo administrativo municipal. Un bayle par- 
ticular, dependiente del de Valencia, administraba el 
patrimonio, que se reservó el rey por fiíero de conquista; 
y más adelante, el diputado de Játiva tuvo el segunda 
voto en Cortes generales, precediendo á las ciudades 
de Orihuela y Segorbe, á pesar de tener sillas episco- 
pales 1. 

Del punto de su nueva conquista se volvió el rey á 

Valencia, y de esta ciudad pasó á la de Alcañiz, para 
donde había llamado á Cortes á aragoneses y á catala- 
nes, con objeto de poner término á las diferencias naci- 
das entre él y su hijo mayor. Celebráronse estas Cortes 
por el mes de Febrero de 1250, y en ellas se determinó 

1 Vicente Boix; Xdtha, IV y V. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IX. 455 

nombrar un jurado de jueces arbitros para dirimir la 
contienda^ recayendo la elección en Pedro de Albalat, 
arzobispo de Tarragona; Vidal de Cañellas, obispo de 
Huesca; Guillermo, obispo de Lérida; el obispo de Bar- 
celona, Guillermo de Cardona, maestre ó teniente de 
maestre del Temple; Pedro de Alcalá, castellán de Am- 
posta; Pons Hugo, conde de Ampurias; Ramón de Car- 
dona, Ramón Berenguer de Ager, Jaime de Cervera, 
Ártal de Luna, Pedro Cornel, García Romeu, Jimeno 
de Foces y varios procuradores de ciudades y villas ara- 
gonesas y catalanas i. 

Comenzóse por enviar una embajada al príncipe Don 
Alfonso, que, con su constante valedor el infante de Por- 
tugal, se hallaba entonces en Sevilla, para inclinarle é 
inducirle á respetar la elección de los jueces nombrados 
en Cortes, adhiriéndose á lo que ellos declarasen. Com- 
pusieron esta embajada, á más del arzobispo de Tarra- 
gona y algunos ricos- hombres, los síndicos y procura- 
dores dé Zaragoza, Barcelona, Lérida, Huesca, Cala- 
tayud, Daroca, Teruel, Jaca y Barbastro. Ante estos 
embajadores, y á presencia también del rey de Castilla 
y de muchos magnates, juraron estar el principe Don 
Alfonso y el infante de Portugal á lo que resolviesen los 
jueces elegidos en Alcañiz. 

Con el logro de su mensaje volviéronse los embaja- 
dores á estas tierras, pasando á dar cuenta de su misión 
al rey, que se hallaba entonces en Morella (Mayo 
de 125o), el cual mandó inmediatamente dar letras de 
salvo-conducto á los que seguían el bando de su hijo, 
volviéndoles sus bienes que tenia confiscados, poniendo 
treguas en sus reinos y fuera de ellos con los infantes, 
y restituyendo al de Portugal la posesión libre de sus 
dominios, exceptuando cinco villas con sus castillos del 

1 Zurita, Ub. UI. cap. XLV. 



456 VÍCTOR BALAGUBR 

reino de Valencia, que eran Moreila, Segorbe, Murvíe- 
dro. Almenara y Castellón, desde las cuales el infante 
le había movido guerra, y que fueron entregadas á los 
jueces para que éstos las guardasen hasta determinar 
á quién, según justicia, correspondían. 

Los jueces nombrados en Alcañiz celebraron varias 
reuniones en Calatayud 6 en Ariza, y por el mes de Se- 
tiembre dieron su sentencia, la cual disponía en suma: 
I.**, que el príncipe D. Alfonso se pusiese bajo la obe- 
diencia del rey; 2.^, que como á primogénito se le nom- 
brase gobernador general de los reinos de Aragón y Va- 
lencia; y 3.°, que se reservase el Principado de Cata- 
luña para D. Pedro, hijo mayor de la reina Doña Vio- 
lante 1. 

Terminado este negocio, el rey, que después de Mo- 
rdía había residido en Zaragoza y en Huesca, se vino 
á Cataluña, donde había mandado convocar en Cortes 
á los catalanes para Marzo de laSi en Barcelona. Pre- 
sentóse ante las Cortes D. Jaime el 26 de dicho mes de 
Marzo, y declaró que dejaba á su hijo D. Pedro por he- 
redero y sucesor suyo en los condados de Barcelona, 
Tarragona, Gerona, Besalú, Vich, Rosellón, Cerdaña, 
Conflent, Vallespir y Urgel, y en las ciudades de Lé- 
rida y Tortosa, lo propio que en los condados de Riba- 
gorza y de Pallars y en todo lo que tenía, ó le podía al 
rey pertenecer, desde el río Cinca á Salses, con el valle 
de Aran que se incluía en dichos dominios. Dispuso en 
seguida que se pusiera á D. Pedro en posesión de tales 
estados, reservándose él el usufructo durante su vida, 
y pasaron acto continuo las Cortes á jurar al sucesor, 
constando que le prestaron homenaje aquel día mismo 
los barones Pons Hugo, conde de Ampurias, Bernardo 
de Santa Eugenia , Guillermo de Aguiló, Gauberto de 

1 Zurita, libro y capítulo citados. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP, IX. 457 

Cruillas, Hugo de Anglesola, Amaldo, Guillermo de 
Cartellá, Ramón y Galcerán de Urg, Guillermo de Mon- 
cada, Guillermo de Cervelló, Jaime de Cervera, Ramón 
de Moneada, Ramón deRibelles, Ramón de Timor, mu- 
chos otros magnates y caballeros de Cataluña y los pro- 
curadores y síndicos de ciudades y villas con los ciuda- 
danos de Barcelona 1. 

De esta ciudad debió pasar el rey á Valencia, donde 
parece que hizo donación á su otro hijo D. Jaime, del 
reino de Valencia, de Mallorca, Menorca 6 Iblza y del 
señorío de Montpeller, variando así sus anteriores dis- 
posiciones, y haciendo prestar homenaje á D. Jaime 
por los ricos-hombres, caballeros, alcaides y vecinos de 
la ciudad de Valencia y de los castillos de aquel reino 2. 

En este mismo año de i^Si murió la reina Doña 
Violante. Cree Zurita que no fué así, y que aún vivió 
algunos años más; pero no fija la época de su falleci- 
miento, mientras que por otra parte he hallado termi- 
nantemente escrito en la crónica-anuario que se con- 
serva en las casas consistoriales de Montpeller, donde 
se apxmtaban los hechos más notables, las siguientes 
palabras: Anno MCCLL Obiit D. Yoles, regina Ara- 
gonÚB^ 

Muerta la reina, comenzaron á dar mucho que hablar 
en el país los amores del rey con Doña Teresa Gil de 
Vidaure, ilustre y gentil aragonesa, al decir de las cró- 
nicas, á quien hizo D. Jaime, entre otras donaciones, la 
de una casa de recreo ó baños con magníficos jardines, 
cerca de Valencia, que perteneciera á una dama mora 
llamada Zeyde, hermana de Zeyán según algunos. Esta 
bella posesión, ofrecida ya por Zeyán al Coftquistador 
antes de la toma de Valencia, se hallaba situada en uno 

1 Zurita. Ub. III. cap. XLVI.— Feliu de la Peña. 

2 Zurita, Ídem id. — Adviértase que ya en este tiempo había muerto 
mozo el otro hijo del rey, D. Femando. 



458 VÍCTOR BALAGUER 

de los puntos más deliciosos de la vega , á orillas del 
Turia, y junto á la acequia de Rascaña. Agitados fue- 
ron los amores de esta señora con el monarca, y es tra- 
dición que más de una vez, cuando retirados en aquel 
sitio pintoresco se olvidabcm del mundo y de sus sinsa- 
bores para entregarse sólo á los éxtasis de su amor, 
aparedóséles airado y sombrío á turbarles en sus sole- 
dades el venerable confesor del rey San Raimundo de 
Peñafort, para reprender los devaneos del soberano y 
anatematizará la sirena que voluptuosa le retenia en sus 
brazos. Otros dicen que D. Jaime dio á su gentil Te- 
resa palabra de casamiento, y afirman algunos que hasta 
llegó á contraer con ella matrimonio clandestino, y que, 
habiéndola repudiado, movióle pleito Doña Teresa ante 
el tribunal eclesiástico, en el que, si bien obtuvo sen- 
tencia favorable, jamás alcanzó que el rey volviese á 
hacer con ella vida conyugal, á pesar de haber recono- 
cido como legítimos sus hijos, declarándoles por uno de 
sus testamentos sucesores en sus estados á falta de los 
legítimos 1. 

Antes, empero, de llegar este caso, es fama que Doña 
Teresa acompañaba al rey en sus cabalgadas contra los 
moros y en sus empresas militares, como si fuese mu- 
jer suya propia, pues ninguna otra sino ella pudo ser 
aquella reina, compañera inseparable del Conquistador, 
de que nos hablan las crónicas, en ciertas jomadas que 
llevó á cabo después de i25i, época del fallecimiento 
de Doña Violante. Y muéveme á creerlo asi lo mismo 
que dice Zurita de que por los años de I255 «goberna- 
ba el rey gran parte de sus negocios por el consejo de 
una dueña muy principal, que se decía Doña Teresa 
Gil de Vidaure, con la cual vivió mucho tiempo como 



1 Otorgó el rey este testamento en «Montpeller á 26 de Agosto 
de 1272. 



HISTORIA DE CATALUÑA.*— LIB. VI. CAP. IX. 459 

con SU mujer legitima; y asi se declaró después por sen- 
tencia^ que lo filé i.» 

La gloría del monarca aragonés llegó á su apogeo en 
los dos años inmediatos, durante los cuales, hallándose 
en Valencia, se le rindieron el castillo y villa de Biar, 
después de haber ocupado en el cerco los meses de Se- 
tiembre de 1252 á Febrero de i253, y sometiéronsele 
en seguida todas las poblaciones y tierras desde el Jú- 
car hasta el reino de Murcia, salvas vidas y haciendas, 
€por manera que de aquel momento en adelante ya lo 
dominamos todo, i como dice el propio rey en su obra. 

Había fallecido poco antes el rey de Castilla D. Fer- 
nando, subiendo al trono su hijo D. Alfonso, casado, 
conforme ya sabemos, con la hija de Jaime de Aragón 
Doña Violante. Poco leal siempre el castellano en sus 
relaciones con el aragonés, manifestó deseos de repu- 
diar á Doña Violante, en cuanto se vio rey, bajo pre- 
texto de no tener en ella sucesión, y de aquí sobrevi- 
nieron nuevas discordias entre suegro y yerno, llegán- 
dose á romper la guerra por las fronteras de Murcia y 
de Castilla , serian asienta Zurita. Hubo, sin embargo, 
buenos mediadores entre ambos monarcas, y la cosa no 
pasó muy adelante, celebrándose entre ambos un con- 
venio de paz mientras se hallaba D. Jaime en el cerco 
de Biar ^, á lo cual quizá contribuyó también el haber- 
se declarado en cinta Doña Violante por aquel mismo 
tiempo. 

Pronto, sin embargo, hubo entre ellos un nuevo y 
más serio rompimiento. A mediados del i253 murió el 
rey de Navarra Teobaldo, y su viuda y su hijo se am- 
pararon de D. Jaime poniéndose bajo su protección, á 
cuyo fin pasó nuestro monarca á Tudela por el mes de 



1 Zurita, Hb. III, cap. LI. 

2 Zurita, ídem, id., cap. XLVIII. 



460 VÍCTOR BALAGUBR 

Agosto para avistarse con ambos y celebrar con ellos on 
tratado, según el cual el joven rey navarro y su madre 
prometieron al Conquisiador ser amigos de sus amigos, 
enemigos de sus enemigos y valerle y ayudarle contra 
cualesquiera principe del mundo, menos el emperador 
de Alemania y el rey de Francia. En cambio, D. Jaime 
les prometió defenderles contra Castilla y dar una de 
sus hijas en matrimonio al joven Teobaldo II. Esta 
alianza inspiró muy graves recelos al castellano, que 
guarneció en seguida de gente de armas las fronteras, 
pretendiendo que Navarra le pertenecía de derecho y 
disponiéndose á invadirla. El aragonés, por su parte, 
juntó también y movió sus huestes, pronto á defender 
aquel reino, y presidió con gente de los consejos de 
Huesca, Jaca, Tahuste y Alagón las fronteras de Sos 
y de Uncastillo ; pero por el pronto no vinieron las co- 
sas á rompimiento de hostilidades. 

Entrado el mes de Setiembre, y dando tregua las 
desavenencias con Castilla, vínose D. Jaime á Barce- 
lona, donde el principe D. Alfonso, ante él y su conse- 
jo, aprobó y confirmó las donaciones hechas por su pa- 
dre á sus hermanos D. Pedro y D. Jaime. Formaban 
el consejo real el arzobispo de Tarragona, el obispo de 
Barcelona, el conde de Ampurias, el vizconde de Car- 
dona, Guillermo y Berenguer de Anglesola, Bernardo 
de Santa Eugenia, Jimeno Pérez de Árenos, Galcerán 
y Ramón de Urg, Guillermo y Berenguer de Cardona 
y Bernardo de Centellas. Fué el público juramento y 
homenaje de D. Alfonso en manos del rey á 23 de Se- 
tiembre de 1253, y así quedaron por el momento defi- 
nitivamente transigidas las dolorosas cuestiones que se 
habían suscitado entre los hijos de D. Jaime y que 
amagaban destrozar el reino con una guerra civil. 

El Conquistador debió permanecer todo aquel invier- 
no en Barcelona, pasando eA seguida á las fronteras de 



F' 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. IX. 461 

Navarra, donde ya amenazaba la guerra con el caste- 
llano, y donde se vi6 con el joven rey Teobaldo II en 
Monteagudo á principios del Abril de 1254. Firmáron- 
se entonces nuevos pactos y convenios entre ambos, 
siendo muy de notar, como ya reparó Zurita 1, que el 
rey D. Jaime prometió valer al de Navarra contra todos 
los príncipes del mundo que pudiesen declararle guerra, 
menos contra Carlos, conde de la Provenza á la sazón, 
hermano del rey de Francia, que hubo de ser luego el 
más capital enemigo que habían de tener su hijo D. Pe- 
dro y la casa de Aragón. Todo estaba ya dispuesto é 
iba á comenzar la guerra con visos de ser sangrienta y 
empeñada, cuando tuvo noticia D. Jaime de un levan- 
tamiento que acababan de efectuar los moros de Valen- 
cia. Pactó, pues, apresuradamente treguas con el rey 
de Castilla, y partió para aquel reino con intención de 
sujetar á los moros rebelados, acompañándole á esta 
expedición, según parece, su amada Teresa Gil de Vi- 
daure, ganosa de dar á su vez las pruebas que diera un 
día Doña Violante de buena heroína y buena consejera, 
compartiendo los peligros y las amarguras del monarca 
en las militares campañas. 

1 Cap. XLIX del tercer libro. 



462 VÍCTOR BALAGUER 



CAPÍTULO X. 



Azedrach el moro. — Sus astucias y tramas secretas. — Trata de apode- 
rarse del rey armándole una emboscada. — Sublevación de los moros. 
— Determinación del rey. — Cortes en Valencia con este objeto. — 
Nombramiento de Guillermo de Moneada para gobernador de Játiva, 
y expulsión de los moros de Valencia.— -Capitulación de los, moros de 
Montesa. — Jimeno Pérez de Árenos marcha contra los sublevados. — 
Batalla de Peñacadell en que hizo sus primeras ai mas D. Pedro. — 
Tregua con los moros. — El príncipe D. Alfonso procurador de Ara- 
gón y de Valencia. — Bernardo Vidal de Besalú media para conseguir 
la paz entre los reyes de Aragón y de Castilla. — ^Vistas de ambos re- 
yes. — Sublevación de Montpeller. — Los reyes de Aragón y de Fran- 
cia nombran arbitros para dirimir su contienda. — £1 vizconde de 
Narbona desafía al rey de Aragón. — Vistas de los reyes de Aragón 
y de Castilla en Calatayud y en Soria. — Rompimiento de hostilidades 
entre los reyes de Aragón y de Francia. — Termina D. Jaime la cam- 
paña de Valencia. — Astucia de que se valió. — Capitulación de 
Azedrach. 

(De 1254 A 1256.) 

Preciso se hace ahora poner en ciertos antecedentes 
á los lectores. Después de la conquista de Valencia, vi- 
vía en la corte del rey y le seguía á todas partes^ un 
moro llamado Alazarach, Al-Azarch ó Azedrach, que 
de esta manera le nombran indistintamente nuestros 
historiadores, y del cual un moderno cronista traza el 
bello retrato siguiente: «Hijo de padre africano y de ma- 
dre española, dice, unía al carácter de hierro del prime- 
ro, la noble altivez de la segunda. Joven, bien apuesto, 
moreno de color, de mirada viva y penetrante, de fádl 
producción, ora se explicase en lemosin, ora usase el 
idioma de sus mayores, y dotado de una imaginación 
brillante como el cielo andaluz que vio nacer á su ma- 
dre, y de una sagacidad semejante á la de la pantera de 



i 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB, VI. CAP. X. 463 

los desiertos donde se meció la cuna de su padre, Aze- 
drach, desterrado de Granada su patria, encontró grata 
acogida en la corte del rey D. Jaime, de quien recibió 
una protección muy distinguida. Astuto el moro se de- 
dicó á asegurar más y más esta confianza, portándose 
como valiente en las guerras contra sus propios herma- 
nos, y fingiendo que se preparaba á abrazar la fe de su 
aug^to protector, para alucinar de un modo más se- 
ductor á un monarca altamente religioso. Ofi'eciendo 
sus obsequios galantes á una linda joven, paríenta de 
Jimeno Carroz, el conquistador de Denia, ocultaba entre 
las flores que depositaba á los pies de su hermosa dama 
el vasto pensamiento de vengar á los moros del estado 
en que se hallaban, y llevaba adelante la conspiración 
sigilosamente y con una maña, que hacia más segura la 
confianza dispensada por el rey y los altos personajes 
de su corte i.» 

Tal era en efecto el hombre que el rey mantenía á 
su lado sin recelo de ninguna clase. Su política, su san- 
gre fiia, su astucia y su serenidad salvaron á Azedrach 
de toda sospecha, y pudo por lo mismo seguir desde la 
corte de D. Jaime el hilo de una correspondencia acti- 
va y sigilosa con los alfaquíes y los caudillos de los mo- 
ros que, arrojados de Játiva, fueron á refugiarse en las 
breñas que forman las vertientes escabrosas del altísimo 
Mariola. La conspiración iba adelantando mientras iba 
D. Jaime colmando de mercedes á Azedrach, quien» á 
lo que parece, era señor del castillo de Rugat, nombre 
que aun distingue al pueblo de Ayelo, cerca de Monti- 
chelvo, y que se hallaba situado en la cima de un mon- 
te que domina aquel valle áspero y erizado. Cuanto más 
se aproximaba el momento fijado en las secretas tramas 
del astuto moro para dar el grito de independencia, más 

1 Vicente Boix: historia de Valencia, pág. 63 del tomo I. 



464 



VÍCTOR BALAGUER 



entusiasta del rey se iba haciendo Azedrach, más vehe- 
mentes manifestaba sus impulsos de hacerse cristiano, 
y más ardientemente enamorado aparecía de la hermo- 
sa Alda de Carroz, parienta de Jimeno Carroz, señor de 
Rebolledo. 

Maduros los planes, y pronto todo, llegó por fin el 
día designado para dar el golpe. Azedrach intentaba 
nada menos que apoderarse de la misma persona del 
rey, y en poco estuvo ciertamente que lo consiguiese. 
Al efecto, le suplicó que le concediese el honor de ir á 
tomar posesión en persona del castillo de Rugat, y age- 
no el rey de sospechar en este ofrecimiento una cobarde 
felonia, atendió á la súplica y se dirigió al castillo, arma- 
do sólo de cota de malla, y en compañía de unos pocos 
caballeros. Según. Beuter, formaban también parte de 
esta comitiva la reina (Doña Teresa Gil de Vidaure sin 
duda) y algunas damas de la corte 1. Había ya anoche- 
cido cuando la cabalgata penetraba en las fragosidades 
del valle, buscando á Azedrach que se había adelantado 
con el pretexto de disponer el recibimiento. Pero, el re- 
cibimiento del moro fué salir de repente de entre las 
breñas, presentándose á la cabeza de siete grupos de ba- 
llesteros, cuyo salvaje grito de guerra y cuyos bélicos 
toques de cornetas y añañles fueron á despertar los ecos 
dormidos en aquéllas sinuosidades. Cuentan las cróni- 
cas, que si fué terrible el acometimiento, no fué menos 
briosa la resistencia. El rey, á la cabeza de su pequeña 
escolta, resistió el ataque de sus enemigos, los cuales 
sorprendidos de hallar tan valiente resistencia donde no 
esperaban, comenzaron á cejar; y entonces D. Jaime, 
según refieren las memorias antiguas, conociendo la im- 
presión de que se hallaban dominados, acometió á su 



1 Beuter, part. II, cap, XLVIII. — Zurita, lib. IIL cap. L. — Vicen- 
te Boix en su Mstoria de Valencia 7 en su Xátíva, 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. X. 465 

vez á los sarracenos, les debeló, y á las cargas de su 
caballería logró por último dispersarles, no sin per- 
der 17 de sus hombres de armas. 

Debió esto acontecer poco después del sitio de Biar, 
y desde aquel momento desapareció Azedrach, sin que 
en algún tiempo volvieran á tenerse noticias suyas. No 
tardó en darlas sin embargo. Aunque desconcertado con 
su fracaso, esperó otra ocasión oportuna, y creyó ha- 
llarla cuando el rey estaba distraído en sus preparativos 
de guerra contra Castilla. Dio su grito de guerra y apo- 
deróse sucesivamente de Pego y de Finestrat, levantán- 
dose á su voz los moros del valle de Gallinera, de Gua- 
daslet y tierra de Luchente y de Montesa. 

Entonces fué cuando el rey acudió inmediatamente á 
Valencia, como hemos dicho; y poco después de haber 
llegado allí, supo que Azedrach le había tomado por 
escalada el castillo de Peña-águila, de lo cual se sintió 
mucho. «Obra de Dios parece esto, exclamó el rey, para 
que los moros lo paguen cara y duramente; no les sa- 
cábamos de sus albergues, ni les hacíamos daño, para 
que pudieran vivir opulentamente entre nosotros; mas 
ahora estamos libres de convenios, porque ellos son los 
primeros en romperlos i.» 

Formado este proyecto, y decidido á ponerlo por obra 
acto continuo, mandó reunir en la iglesia mayor de Va- 
lencia á los prelados y principales barones y caballeros 
junto con algunos ciudadanos, y les propuso la expul- 
sión total de los moros para poblar la tierra de cristia- 
nos. Profunda fué la sensación que tan inesperada pro- 
puesta produjo en la asamblea. Los prelados y los ciu- 
dadanos la aprobaron, pero no así los magnates, quie- 
nes se opusieron abiertamente, diciendo que si esto se 
llevaba á cabo, iban á quedar arruinados cuantos hacían 

1 Crónica real, cap. CCXXXVÜ. . 

TOMO XI 30 



466 VÍCTOR BALAGUER 

valer sus tierras, merced á la industria de los vencidos y 
sojuzgados. Después de discutirse ampliamente, quedó 
aprobado el dictamen del rey, aunque con la restricción, 
según los historiadores valencianos, de que la orden de 
extrañamiento comprendiera sólo á los vasallos moros 
de la corona , dejando en el país á los que se hallaban 
en los dominios que eran de señores particulares. 

En vista de la opinión de la asamblea, antes empero 
de la publicación del edicto, se adoptaron todas las dis- 
posiciones que se creyeron oportunas para sofocar el 
levantamiento, marchando inmediatamente á Játiva 
Guillermo de Moneada, para encargarse de su gobierno 
y hacer frente el primero á los sublevados de Luchente. 
Ocupados así todos los demás puntos fuertes de una y 
otra orilla del Júcar, se publicó la orden de extraña- 
miento para todos los moros que eran vasallos de la co- 
rona, autorizándoles para que se llevasen consigo cuan- 
tos efectos de su propiedad pudieran trasportar. Fácil 
es de suponer el trastorno que este edicto real debía pro- 
ducir en gentes nacidas en el reino y á las cuales se pre- 
cisaba á abandonar su patria y sus hogares, obligándo- 
las á buscar un asilo hospitalario lejos del psds en que 
se había mecido su cuna y en que reposaban las cenizas 
de sus padres. 

Los más pacíficos instaron, porfiaron y hasta se ofi«- 
cieron á pagar tributos dobles si se les dejaba permane- 
cer en el país; pero el rey estuvo inflexible, y enérgica- 
mente se llevó á cabo su voluntad. Entonces, cerca de 
70.000 hombres desesperados, cuyo caudillo principal 
era Azedrach, se prepararon á la resistencia, y forma- 
ron dos grandes campos; uno en Luchente y otro en 
Montesa, cuyo castillo podía contener cómodamente 
una guarnición de 2.000 combatientes. La ventaja que 
podía darles tan formidable fortaleza, no alentó á los 
moros refugiados en ella á sostenerla, los cuales resol- 



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1 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. X. 467 

vieron transigir, valiéndose para el caso de Jimeno Pé- 
rez de Árenos, que tenía entre los sarracenos mucha 
influencia, y por su mediación consiguieron el permiso } 

de retirarse unos á Murcia y otros á Granada. 

No fué tan fácil como en Montesa, vencer á los que 
acaudillaba Azedrach desde la altura de Ludiente. Te- 
nia su centro de operaciones en Peñacadell , y estaba 
protegido, al par que por fuerzas numerosas, por un 
terreno áspero y montuoso. Contra éstos tuvo que ape- 
larse á la fuerza de las armas. Quería el rey emprender 
personalmente la campaña, pero vencido por las súplicas 
de sus barones se limitó á enviar un cuerpo de ejército 
sA mando de Jimeno Pérez de Árenos. Éste probó pri- 
mero los medios de conciliación, pero viendo que eran 
ineñcaces, resolvió arrojarles á la fuerza de sus alturas. 

Tuvieron lugar heroicos combates, y aunque al prin- 
cipio la suerte de las armas pareció favorecer á los mo- . 
ros, se declaró luego por los cristianos. Las crónicas 
hacen particular mención de la famosa jomada de Pe- 
ñacadell, en la que, según hallo en un cronista moder- 
no 1, combatió valerosamente el joven príncipe D. Pe- 
dro, aquel que luego había de ser llamado el Grande 
entre los reyes de Aragón. Murió en esta batalla Aben- 
Bazel, lugarteniente de Azedrach, y la victoria fué 
completa por parte de las armas aragonesas. 

Después de esta jomada, que hubo de ser muy san- 
grienta, y en particular para los moros fatalísima, reco- 
giéronse éstos en sierras y sitios verdaderamente inacce- 
sibles, y hubo necesidad de suspender las hostilidades 
por algún tiempo, pactándose treguas por un año, é in- 
terviniendo en ello el rey de Castilla, que desde aquel 
momento, como hemos de ver más adelante, comenzó 
á proteger á Azedrach, llegando hasta facilitarle me- 

I Boix: Xátiva cristiana. 



r 



468 



VÍCTOR BALAGUER 



dios durante la tregua para reponerse del desastre de 
Peñacadell. 

Por aquel tiempo se había dado ya la procuración 
del reino de Aragón y Valencia al príncipe D. Alfonso, 
según acuerdo de los jueces nombrados en Alcañiz, el 
cual, hallándose en Biar, hizo pleito homenaje al rey 
su padre, comprometiéndose á ayudarle á él y no al rey 
de Castilla, si éste movía guerra contra Aragón 1. To- 
dos estos juramentos y pleitos homenajes, de que^e ha 
ido dando cuenta, prueban que el rey D. Jaime conñaba 
poco en su hijo, y que éste, más ó menos directamente, 
continuaba siempre favorecido del castellano, que con él 
en secreto se entendía. 

Ya en esto fenecía la tregua que con el rey de Casti- 
lla había pactado el de Aragón, conforme hemos visto 
al final del anterior capítulo; y aun cuando D. Jaime 
estaba cada vez más intransigente con su yerno el cas- 
tellano> por creerse cada vez más agraviado de él, me- 
diaron en favor de la paz algunas personas, amigas de 
que ambos reyes guardasen todo su valor y recursos para 
emplearlos contra moros y no para combatirse entre sí. 
Zurita y Feliu de la Peña citan, como uno de los me- 
diadores en este negocio, al catalán Bernardo Vidal de 
Besalú, de quien dicen que era hombre muy sabio y al 
cual consultaba el rey para los asuntos de su consejo y 
estado, fíándole lo más íntimo. Este buen consejero tra- 
bajó tanto y con tanto provecho, que redujo por fin á 
entrambos monarcas á que celebrasen una conferencia 
entre Agreda y Tarazona. 

Tuvieron lugar estas vistas, y si bien en ellas el ara- 
gonés y el castellano quedaron por el momento acordes 
en que el reino de Navarra continuase bajo la protec- 
ción y amparo de D. Jaime, es lo cierto que persistió 



1 Zurita, lib. III, cap. LI. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. X. 469 

en su porfía el rey de Castilla^ y las cosas no tardaron 
en volverse á inclinar más al rompimiento que á la con- 
cordia. La paz no se firmó hasta principios del iz56. 

Pero, antes de hablar de ello y antes de saber qué fin 
tuvo el levantamiento de los moros de Valencia, hay 
que llenar otro vacío que en el año 1255 d^j^^ nuestras 
historias por referirse á cosas pasadas en la otra parte 
de los Pirineos 1. 

Los habitantes de Montpeller, propensos siempre á su 
espíritu de independencia y de republicanismo, y movi- 
dos también por los ocultos enemigos de la casa de Ara- 
gón, habían intentado sustraerse á la autoridad de Don 
Jaime á fines del 1254, erigiéndose en república. Cons- 
ta que, en 25 de Octubre de dicho año, formaron una 
liga con Amalríco vizconde de Narbona, el cual se com- 
prometió á tomar su defensa y á protegerles contra to- 
dos los que tratasen de violar sus derechos, excepto con- 
tra el rey de Francia y el de Castilla 2. Esta excepción 
última, puede indicar muy bien que el monarca caste- 
llano no era del todo ajeno quizá á los disturbios de 
Montpeller, suscitados tal vez para mover embarazos á 
D. Jaime, precisamente en los momentos en que Casti- 
lla preparaba sus armas contra él. 

También entró en la liga el obispo de Magalona; y 
cuentan de él las historias del Languedoc que, en Abril 
de 1255, declaró que la ciudad de Montpeller había sido 
siempre feudo de la corona de Francia, siendo el rey de 
Aragón, no rey, sino señor de Montpeller. ¡Singular 
definición I 

Los monarcas de Aragón y de Francia se hallaban 

1 Crónicas de Provenza, historias del Languedoc y del Rosellón y 
anales de Montpeller. 

2 Estas palabras entre los cónsules y síndicos de Montpeller y el 
vizconde de Narbona, se hallan por extenso en la prueba CCCIX, col. 509 
del tomo III de la Histeria del Languedoc^ 



470 VÍCTOR BALAGUER 

entonces en paz, pero existían entre ellos motivos de 
desavenencia á causa de reciprocas pretensiones sobre 
feudos de sus respectivos dominios. Asi es que, por aque- 
llos tiempos, en Junio de iz55, ambos reyes firmaron 
un compromiso prometiendo adherirse, bajo pena de 
30.000 marcos de plata, á la decisión de dos personas 
que ellos nombraron y escogieron para arbitros de sus 
diferencias, las cuales debían dar su dictamen en el tér- 
mino de un año i. Estos fueron los preliminares del 
tratado de Corbeil. La persona nombrada por D. Jaime 
de Aragón, fué el sacrista de Gerona, 6in duda aquel 
mismo Guillermo de Montgri, conquistador de Ibiza. 

Mientras tanto, D • Jaime resolvió ir á someter los 
habitantes de Montpeller, y al efecto, pidió paso al rey 
de Francia por sus tierras, con el permiso para proveer- 
se en ellas de víveres y emplear en esta expedición á 
los firanceses que quisieran seguirle. Fuéronle otorgados 
estos permisos por San Luis ^, pero no consta que el 
rey de Aragón atravesara por entonces los Pirineos, 
antes bien parece que la ciudad de Montpeller continuó 
titulándose independiente. 

Así se pasó todo aquel año de 1255, sin que el estu- 
dio de la historia pueda darnos luz suficiente para apre- 
ciar en su verdadero valor los sucesos; y sólo encuen- 
tro que en Marzo de i256, Amalrico, vizconde de Nar- 
bona, que se había ligado con el rey de Castilla, desafió 
de parte de éste al rey de Aragón por medio de públicos 
carteles. Ninguna consecuencia tuvo, sin embargo, este 
reto fanfarrón del vizconde 3. 

1 Marca hispánica^ págs. 519 y siguientes. — Henri; Historia del Ro- 
sellan, cap. VI. 

2 Extractos de varias cartas de San Luis que se hallan en la prueba 
CCCXVII. col. 519 del tomo Eli de la Historia del Languedoc. 

3 Este cartel de desafio consta en la prueba ó documento CCCXXII, 
col. 527 de la citada obra. Lleva la fecha del 10 de Marzo de 1256. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. X. 47I 

Precisamente por aquel mismo tiempo, los reyes de 
Aragón y de Castilla, cuyas pláticas de concordia con- 
tinuaban, después de haberse avistado en la ciudad de 
Calatayud por el mes de Febrero, volvían á verse por 
el de Marzo en Soria, donde se convinieron definitiva- 
mente, renovando las amistades y alianzas que tuvieron 
sus mayores i . 

Si estas diferencias entre el aragonés y el castellano 
tuvieron por el pronto un feliz éxito, no lo obtuvieron 
tan favorable las que mediaban entre el primero y el 
rey de Francia. Lros arbitros nombrados de común 
acuerdo por ambos monarcas no se avinieron, y dejaron 
transcurrir el plazo de un año que se les había fijado, sin 
dar su dictamen, y entonces, dicen las crónicas france- 
sas, filos infantes de Aragón recurrieron á las armas y 
cometieron diversos actos de hostilidad en la senescalía 
de Carcasona 2.» Cuáles fueron estos actos y quién ó 
quiénes de los hijos de D. Jaime se pusieron al frente 
de la invasión, no lo particularizan las crónicas, y te- 
nemos que contentamos con los escasos datos que nos 
proporcionan, sabiendo sólo que el senescal de Carca- 
sona hizo un llamamiento para resistir á la hueste ara- 
gonesa, y que el rey de Francia envió como embajado- 
res al de Aragón el caballero Tomás de Montleard y 
Fray Juan de la Trinidad, su capellán, por cuyo medio 
y embajada parece que se volvieron á reanudar las inte- 
rrumpidas negociaciones. Ya veremos como éstas dieron 
luego por resultado el convenio de Corbeil. 

No espiró aquel año de 1256 sin ver el monarca con- 
cluida su campaña contra los moros de Valencia suble- 
vados. Ya sabemos como se pactaron treguas de un año 
con Azedrach, el cual durante este intervalo fué á verse 



1 Zurita, lib. III, cap. LU. 

2 Historia del Rosellón, tom. III, pág. 486. 



472 VÍCTOR BALAGUER 

con el rey de Castilla para pedirle su protección. Inte- 
-resado estaba entonces el monarca castellano en susci- 
tar dificultades al aragonés, y protegió al moro, á quien 
es fama que preguntó un día si era aficionado á la cajza, 
contestando Azedrach: — iSi por cierto, pero son mi 
caza los castillos del rey de Aragón. • 

La tregua concedida fué mejor aprovechada por Don 
Jaime que por el moro. Valióse de ella para poner en 
planta una hábil astucia. Hizo que por bajo mano, 
cuando iba á finalizar la tregua, fuesen comprados á 
buen precio todos los víveres del moro, engañando con 
el cebo de la ganancia al lugarteniente de Azedracb, el 
cual, creyendo que las treguas se renovarían y viendo 
sólo en aquello un gran negocio, no tuvo inconveniente 
en vender los víveres que se necesitaban para abasto de 
las fortalezas. Terminada la tregua, y viéndose Aze- 
dracb desprovisto, pidió por conducto del castellano una 
renovación, pero entonces D. Jaime permaneció inflexi- 
ble y abrió la campaña, que fué para él altamente satis- 
factoria, tomando en ella activa y meritoria parte Ra- 
món de Cardona, Guillermo de Anglesola y otros baro- 
nes de Aragón y de Cataluña, y distinguiéndose como 
siempre los terribles almogávares. 

Rindiéronse al rey muchos castillos, entre ellos los de 
Planes, Castell de Castells, Pego y Concentaina, y apu- 
rado Azedracb, acosado por los almogávares que le da- 
ban caza por los montes como á una fiera, concertó con 
D. Jaime el salirse del reino y no volver jamás á él, 
mediante que se concediese á un sobrino suyo el casti- 
llo de Polop para durante su vida. Accedió el monarca, 
y Azedracb salió por entonces del reino de Valencia, si 
bien, faltando á su promesa, hubo de volver más ade- 
lante para de nuevo hacer verter mucha cristiana san- 
gre. Así terminó aquella imponente sublevación de mo- 
ros. Cuando todo hubo concluido, D. Jaime de Aragón 



HISrORIA DE CATALUÑA, — LIB. VI. CAP. XI. 473 

envió un mensaje al de Castilla diciéndole que también 
era él cazador, que aquellos días había estado de caza 
y que había hecho presa de diez y siete castillos á los 
moros. ¡Brillante mensaje y magnifica venganza! K 



CAPITULO XL 

Viajes del rey. — Embajadores enviados á Francia para negociar un tra- 
tado. — Tratado de Corbeil entre los reyes de Francia y de Aragón-— 
Ratificación del tratado por D. Jaime en Barcelona. — Tratos de boda 
entre Isabel de Aragón y Felipe de Francia. — Viaje del rey á Perpi- 
flán y á Montpeller y sosiego de estas ciudades. — Unido el reino de 
Valencia al de Aragón, es declarado heredero j sucesor en ambos el 
príncipe D. Alfonso. — Sucede D. Alvaro en el condado de Urgel y tur- 
baciones en este condado. — D. Pedro de Moneada incendia la villa de 
Pons.— D. Alvaro de Cabrera se aparta de la obediencia del rey. — 
Confederación de barones catalanes contra el rey. — D. Jaime llama á 
las armas para marchar contra ellos. — El rey tenía tregua con el de 
Túnez. — Muerte del príncipe D, Alfonso en Calatayud. — Declaración 
y protesta hecha por D. Pedro en Barcelona. — El rey manda al jus- 
ticia de Aragón contra el conde de Urgel. — Unión y hermandad de 
las ciudades y villas de Aragón. — Tratos de boda entre el príncipe 
D. Pedro y Constanza de Sicilia, y embajada del rey al Papa. — Con- 
testación del Papa. — ^Fernán Sánchez, hijo natural del rey, pasa á Si- 
cilia á ratificar el tratado de boda. — Matrimonio de Isabel de Aragón 
con Felipe de Francia. — Bodas del príncipe D. Pedro con Constanza 
de Sicilia.— Disposiciones del rey tocante á sus reinos. 

(De 1257 Á 1262.) 

Por lo mismo que D. Jaime llegaba á un apogeo de 
gloría que era dado á pocos reyes alcanzar, parecía con- 
denado por la Providencia á pagar esta misma herencia 
de gloría con repetidos quebrantos y con no tener ape- 
nas un momento de tregua y de descanso, ni entre el 

1 Crónica real. — Zurita. — Beuter.— Escolano. — Boix. 



474 VÍCTOR BALAGUBR 

tumulto de los campos de batalla, ni en el para otros 
pacífico hogar doméstico. Ni paz y tregua podía dar 
tampoco á los suyos el que no las tenia para su alma. 
Imagen es su movimiento continuo de su vida agitada 
y turbulenta. No les daba vagar ni á su cuerpo ni á su 
espíritu. Su corte no estaba ni en Zaragoza, ni en Bar- 
celona, ni en Alcañiz, ñi eñ Lérida, ni en Huesca, ni 
en Tarragona, 6 por mejor decir, tan pronto estaba en 
estos puntos, como en las tiendas levantadas alrededor 
de la suya en los campos de batalla. D. Jaime de Ara- 
gón tuvo su verdadera residencia en la silla de su ca- 
ballo. 

Terminaba apenas la campaña de Valencia cuando 
se fué á Lérida, donde, por el mes de Agosto de izSj, 
renovó sus anteriores concordias con el castellano, dán- 
dose satisfacción de daños y perjuicios por entrambas 
partes i; de Lérida se vino á Barcelona, en cuyo punto 
recibió á Gil de Rada, navarro, que se le presentó como 
embajador, á participarle que aragoneses y navarros an- 
daban cada día querellándose y hostilizándose por las 
fronteras, de Barcelona pasó á la raya navarra, en donde 
remedió los daños y asentó treguas con aquel rey, ha- 
ciendo que tornasen á su obediencia los rebeldes; de allí 
volvióse otra vez á Barcelona, al objeto de- embarcarse 
para Valencia; de Valencia se trasladó á Tortosa, en 
cuyo punto se hallaba por Marzo de I258, y de Tortosa 
le veremos luego dirigirse nuevamente á Barcelona, para 
de allí encaminarse á Perpiñán y á Montpeller. 

En Tortosa, donde se hallaba sin duda allegando gen- 
te para romper de nuevo la guerra contra Azedrach, si 
cumplido el plazo que se le había dado no salía del rei- 

1 £n el tomo I del Memorial histórico de la Real Academia de la 
Historia hallará el lector la escritura que firmó en Lérida D. Jaime, don- 
de consta su promesa de enmendar los dafios hechos por sus vasallos á 
los del rey de Castilla, según lo convenido en Soria y Biar. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. XI. 475 

no^ firmó una escritura á ii de Marzo de I258, dando 
poderes y procuración al obispo de Barcelona^ Amaldo; 
á Guillermo, prior de Santa María de Cornelia, y á Gui- 
llermo de RocafuU ó Roquefeuil {Rocafolio dice el do- 
cumento), su lugarteniente en Montpeller, para pasar 
en clase de embajadores suyos á la corte de Francia y 
terminar sus diferencias con^l monarca de aquella na^ 
ción 1. Una crónica provenzal dice que al mismo tiem- 
po, y por un acto separado, les dio poder para concluir 
el casamiento de su hija Isabel con Felipe, hijo segun- 
do del rey. 

Partieron los embajadores; hallaron al monarca fran- 
cés San Luis en Corbeil; tuvieron con él varias con- 
ferencias, y convinieron por fin, á ii de Mayo de I258, 
en aquel famoso tratado que se llamó de Corbeil, so- 
bre el cual he dado ya mi pobre opinión en el tomo I 
de esta obra, y según el que Luis IX de Francia cedía 
al rey sus pretendidos derechos de feudo y señorío, ba- 
sados en imaginarias tradiciones carlovingias, sobre los 
condados de Barcelona, Urgel, Besalú, Rosellón, Am- 
purias, Cerdaña, Conflent, Gerona y Vich, mientras que 
D. Jaime cedía por su parte sus derechos algo menos hi- 
potéticos, algo menos fantásticos y algo más reales sobre 
los condados, vizcondados y pueblos de Carcasona, Ra- 
sez, Laurac, Termes, Beziers, Minerva, Agde, Albi, 
Ródez, Cahors, Querci, Narbona, Puilaurens, Queri- 
bus, Castel Fisel, Sault, Fenouillet, Fierre Pertuse, 
Milhaud, Gevaudán, Grezes, Nimes y Tolosa 2. 

A propósito de este tratado han tenido extensa oca- 
sión de hablar los historiadores, diciendo unos que la 
ventaja estuvo de parte de la Francia, y otros que de 
parte de Aragón, y hasta ha existido un autor (Gispert- 

1 Estos poderes se hallan por extenso en la praeba CCCXXVII, 
col. 532 del tomo III de la Historia del Languedoc, 

2 Se halla este tratado en el archivo de la Corona de Aragón. 



476 VÍCTOR BALAGUER 

Dulcat, miembro del consejo soberano dd Rosellón), 
que ha escrito en 1790 una memoria para negar la exis- 
tencia de este convenio 1. Sin embaiigo, aparece como 
un hecho positivo que D. Jaime lo ratificó y confirmó 
hallándose en Barcelona, á 16 de Julio de aquel mismo 
año, en presencia del obispo de la capital, Amaldo; de 
Raimimdo Gaucelín, señor de Lunel; de Gualtero de 
Pins, de Guillermo de Rocafiíll, y de otros muchos se- 
ñores 2, 

Desde aquel momento, el rey de Aragón no conservó 
á la otra parte de los Pirineos más que sus dominios de 
Montpeller, con sus dependencias, y el señorío feudal 
sobre el vizcondado de Garlad en Auvemia, que se re- 
servó. 

También se concluyó entonces el matrimonio entre 
Isabel de Aragón y Felipe, hijo segundo del rey de Fran- 
cia; pero como ni uno ni otro habían aún alcanzado la 
edad nubil, no fué celebrado hasta cuatro años después, 
siendo esto, según parece, lo que proporcionó ocasión á 
entrambos reyes para confirmar el tratado de Corbeil 3. 

Sólo después de la primera confirmación del conve- 
nio, hecha en Barcelona, se decidió D. Jaime á pasar 
los Pirineos, dirigiéndose primero á Perpiñán, donde con 

1 Historia del Rosellóriy por Mr. Henry, pág. 109 del tomo I. 

2 Véase la nota XXXIX del tomo III de la historia del Languedac, 
donde se prueba la equivocación de Zurita y de otros, al decir que Don 
Jaime se vio con el rey de Francia para la celebración del tratado. 

3 Debiera haber escrito con más detención sobre este tratado de 
Corbeil, que acabó con la política tradicional de los monarcas aragone- 
ses en Provenza. Los trovadores de aquella época escribieron contra 
D. Jaime terribles serventesios, y el país en general condenó la política 
del rey aragonés, que no fué ciertamente todo lo acertada y previsora 
que debiera, según más extensamente manifiesto en mi obra Los Trova- 
dores y en mi estudio sobre El Tratado de Corbeil ^ donde doy extenaos 
detalles, y rectifico de buen grado yerros cometidos en mí primera edi- 
ción de esta historia. 



i 



HISTORIA DE CATALUÑA. — UB. VI. CAP. XI. 477 

SU llegada se restableció el orden que se había turbado, 
á causa de cierta alteración hecha en el valor de las mo- 
nedas, y después á Montpeller, cuyos habitantes le su- 
plicaron volviese á admitirles en su gracia y bajo sus 
dominios. La permanencia del rey de Aragón en esta 
última ciudad, fué desde el lo de Diciembre de I258 
al 26 de Febrero de 1259. 

Habiendo alcanzado un éxito felicisimo, y como me- 
jor no podía esperar en su viaje, el Conquistador regresó 
á Cataluña, deteniéndose en Lérida. Allí, á consecuen- 
cia de grandes disgustos y alteraciones promovidas por 
el último reparto que de sus estados había hecho, creyó 
que debía lui nuevo sacrificio al mantenimiento de la 
paz interior, y declaró el reino de Valencia unido al de 
Aragón, y heredero de entrambos al príncipe D. Alfon- 
so, desposeyendo así de aquel reino á su hijo D. Jaime, 
á quien antes se lo diera, y dejándole sólo las Baleares 
y demás tierras consignadas en la anterior disposición. 
Según Zurita, esto tuvo lugar en I258, y por consi- 
guiente, si admitiéramos la fecha, antes del viaje del 
rey á Montpeller. 

Por aquel entonces, y hallándose en Lérida el rey, 
comenzaron en Cataluña alteraciones tales, que reno- 
varon el ejemplo de lo sucedido en los primeros años 
del reinado de D. Jaime. Estaba de Dios, como se ha 
dicho al comenzar este capitulo, que no podía haber 
para el monarca paz ni sosiego, y que le era forzoso 
comprar su patrimonio de gloria con una herencia de 
quebrantos y de amarguras. 

Para poner en camino á los lectores, es indispensable 
retroceder un poco. Por muerte de Ponce de Cabrera, 
que ya sabemos se titulaba conde de Urgel al par del rey, 
sucedióle su hijo primogénito Armengol ; pero muerto 
éste también á los pocos días, entró á ser conde de Ur- 
gel el segundo, que había nacido en Castilla, y que, á 



478 VÍCTOR BALAGÜER 

pesar de llamarse Rodrigo, trocó su nombre por el de 
Alvaro (II), Siendo aún niño, contrajo matrimonio con 
Doña Constanza de Moneada; pero poco después, pre- 
textando la nulidad de aquel enlace, á causa de tener la 
esposa diez años, y él poco más cuando se contrajo, se 
proclamó libre, y trató de pasar á segundas bodas. Por 
mediación de su tutor y valido Jaime de Cervera, llegó 
á concertarlas con Sibila de Anglesola; pero así que iban 
á celebrarse , se arrepintió de lo hecho, y, apartándose 
de lo pactado, fíjó su elección en Cecilia, hija de los 
condes de Foix. Ajustóse esta nueva boda, y se celebró 
en 1256, en la iglesia de Sellent, ocho días antes de Na- 
vidad; pero en seguida se presentó Doña Constanza de 
Moneada, pidiendo la validez de su primer enlace, y 
dando lugar con su demanda á un ruidoso litigio, del 
cual hubieron de conocer varios prelados y el mismo 
Sumo Pontífice, y en el cual se pronunciaron diferentes 
y contrarias. sentencias, que, obligando tan pronto á 
D. Alvaro á reunirse con Doña Constanza, como de- 
clarando válido su matrimonio con Doña Cecilia, die- 
ron por resultado que el conde de Urgel dejase sucesión 
de ambas esposas. 

Hay que referir, á todo esto, que D. Pedro de Mon- 
eada, padre de la repudiada Constanza, puso gente en 
campaña, fiando el derecho de su hija más de la fuerza 
de las armas que de la sentencia de la Iglesia, y unién- 
dose con D. Guillermo de Cardona, entró á correr las 
tierras de Urgel , apoderándose de la villa de Pons y 
entregándola á las llamas. 

Quiso el rey de Aragón mediar en el negocio , como 
señor feudal del condado de Urgel, para aquietar el país 
é impedir mayores males, á cuyo fin comenzó por pe- 
dir á D. Alvaro las tenencias de los castillos de Agra- 
munt, Balaguer, Linyola y Oliana, que eran entonces 
los pueblos más fuertes y mejores del condado, entre- 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. XI. 479 

gándoselas el de Cabrera por estar obligado á ello y no 
serle permitido hacer otra cosa. Pero estas tenencias ó 
posesión de castillos, duraban diez días no más, y pa- 
sados aquéllos^ según costumbre de Cataluña^ siendo el 
rey requerido, tenía obligación de volverlas á restituir. 
Hemos de creer, siguiendo á Monfar, que concluido el 
plazo, el conde pidió la devolución de los castillos á uso 
y costumbre de Barcelona y Cataluña, pero el rey no 
quiso dar lugar á ello, aun cuando el conde ofrecía es- 
tar á derecho con él. Irritóse el conde, túvose por agra- 
viado, y envió á decir á D. Jaime que se salía de su 
obediencia, del modo y forma que según derecho le era 
permitido, y que por ésto le enviaba su carta de dése- 
ximent. 

Así fué, que el medio de que se valió el rey, pensan- 
do ser el mejor para aquietar el país, sirvió p^ra alte- 
rarle más aún, porque los magnates y caballeros de Ca- 
taluña, que cuidaban poco de lo que pasaba entre el rey, 
Constanza y el conde, se alarmaron á la noticia de que 
el monarca reteníalos castillos de D. Alvaro. Los más 
de ellos estaban obligados á dar las tenencias siendo re- 
queridos, y era mal caso é interés común, dice Monfar, 
que quisiese el rey, pasados los diez días, quedarse con 
ellos y quedar ellos desheredados i. Alborotáronse, 
pues, los principales barones de Cataluña y acudieron á 
las armas, declarándose abiertamente contra el monar- 
ca y confederándose con el conde D. Alvaro. Los que 
más amigos y valedores de éste se mostraron fueron: el 
vizconde de Cardona Ramón Folch,' Berenguer de An- 
glesola, Jaime y Ramón de Cervera, Guillen y Hugo de 
Cervelló, Guerau de Cabrera, hermano del conde, Ber- 
nardo Ramón de Ribelles, Guillen Ramón de Josa, 

1 Monfar, cap. LVIH. En todo este asunto sigue el autor principal- 
mente á Monfar y el Arte de comprobar las fechas. 



480 VÍCTOR BALAGUER 

Amaldo de Juz y otros muchos, enviando todos un men- 
saje al rey para despedirse y decirle que se apartaban de 
su obediencia, según el uso y estilo de aquellos tiempos. 

La suerte estaba echada, y ya no tenía D. Jaime más 
recurso que acudir á las armas. Á este ñn, y en los pri- 
meros días del mes de Marzo de 1260, convocó desde Lé- 
rida á sus feudatarios de Cataluña para que en la próxima 
ñesta de Pascua se hallasen reunidos en Cervera, dis- 
puestos á prestarle los servicios, á que estaban obliga- 
dos por sus feudos, en la guerra que trataba de empren- 
der contra D. Alvaro de Cabrera y sus confederados. 

Mientras todo se disponía al efecto, trasladóse Don 
Jaime á Aragón é hizo un nuevo concierto con el rey de 
Castilla, permitiendo que los ricos-hombres aragoneses 
pudiesen ir á auxiliarle en la guerra que iba á sostener 
contra los moros bajo el carácter de cruzada, exceptuan- 
do al rey de Túnez con quien tenia asentada tregua por 
el gran trato y comercio que los mercaderes de Catalu- 
ña y Valencia tenían en aquellas partes, resultando de 
ello mucho y muy grandísimo provecho á los reinos de 
Aragón. 

Consta todo esto del permiso que á 3 de Abril de 
1260, hallándose en Lérida, mandó publicar D. Jaime 
para que pudiesen libremente sus magnates y subditos 
ayudar al rey D. Alfonso de Castilla; pero éste no de- 
bió quedar satisfecho con la excepción hecha por Don 
Jaime relativa al rey de Túnez, y reclamó contra ella, 
en carta fechada en Soria á 12 de Abril. D. Jaime in- 
sistió, sin embargo, en su resolución. A pesar de la car- 
ta de su yerno D. Alfonso, en 22 de Abril desde Léri- 
da, donde se hallaba aún, negaba á B. de Santa Euge- 
nia el permiso que le había pedido para acompañar á 
Túnez al infante de Castilla, D. Enrique; y en 23 del 
mismo Abril contestaba al monarca castellano, dicién- 
dole: 



T' 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI.^CAP, XI. 481 

«Vos respondemos así á lo del Miralmomonino, se- 
ñor de Túnez, que ben sabedes vos que tanto á con nos, 
et tanto faz per nos, que non nos sería gent que homnes 
nuestros naturales que exiessen de nuestra térra e is fe- 
ziessen mal. E per la amor que él nos faz, e per las tre- 
vas que avernos con él, e la terza por que tanta de gent 
de nuestra térra a en la sua, e tanto de aver que seria a 
aventura de perder, vos non end devedes catur; quando 
vos nos end quessiessemos catan, que la maior valor 
que entre los reyes es, si es te. E sabemos que vos ca- 
tarades la nuestra fe, assi quemo nos fariemos la 
vuestra. » 

Nobilísima conducta esta y nobilísimas palabras que 
honran á nuestro D. Jaime i. 

Tuvo lugar á la sazón un acontecimiento que influ-' 
yó radicalmente en la suerte de estos dominios. Murió 
en Calatayud el príncipe D. Alfonso, hijo mayor del rey 
y de la repudiada Doña Leonor de Castilla, y muríó, 
según dice su epitafio del monasterío de Veruela, á úl- 
timos de Marzo de 1260, entre los regocijos de las bodas 
que estaba celebrando con Doña Constanza de Monea- 
da, hija y heredera de Gastón, vizconde de Beam y 
nieta del caudillo ilustre fallecido gloriosamente en Ma- 
llorca. Su desconsolada madre hallóse presente al entie- 
rro y exequias de aquél que moría sin haber probado el 
cariño de su padre, sin haber alcanzado á gustar los 
goces del poder y del himeneo, y cuya muerte iba á 
cambiar por completo los destinos de estos reinos. 

Pero las desavenencias que habían surgido entre Don 

1 Estos documentos con los cuales me permito añadir en esta se- 
gunda edición lo que dejé de continuar en la primera» se hallarán en 
el archivo de la Real Academia de la Historia, en la colección llamada 
del P. Villanueva, E. 125, W. 47, 48, 49 y 50. En cuanto al rey de Tú- 
nez, que D. Jaime llama Miralmomonino, era Abu Abdillah Mo- 
hammed. 

TOMO XI 31 



482 VÍCTOR BALAGUER 

Alfonso y D. Pedro, comenzaron entonces á demostrar- 
se entre éste y su otro hermano D. Jaime. El rey per- 
sistía en su tema de dar á su hijo D. Jaime los domi- 
nios de las Baleares y Valencia por él conquistados, de- 
jando á D. Pedro, el mayor, los reinos de Aragón y Ca- 
taluña. D. Pedro, al tener noticia de ésto, apeló á una 
astucia que ha sido diversamente juzgada; y fué que, 
sabiendo que su padre intentaba hacerle aprobar conju- 
ramento alguna disposición 6 donación en favor del in- 
fante D. Jaime, declaró en Barcelona, á i5 de Octubre 
de 1260, y delante de varios testigos, entre ellos San 
Raimundo de Peñafort y algunos barones aragoneses y 
ciudadanos de Zaragoza, que todo cuanto en aqueUa 
forma otorgase y jurase públicamente, no valiese, como 
hecho por miedo que le inspiraba el rey su padre, no por 
voluntad, ni por consentimiento, ni con ánimo de guar- 
darlo ni cumplirlo i. 

Mientras tanto, seguía alborotado el Urgel y en ar- 
mas los barones catalanes. D. Alvaro y sus confedera- 
dos estragaron la tierra y comarcas de los que estaban 
por el rey, penetrando hasta la ciudad de Barbastro, en 
la cual y en sus alrededores hicieron mucho daño. A 
consecuencia de esto, D. Jaime comisionó al justicia 
de Aragón, D. Martín Pérez de Artasona, para que, 
puesto al frente de las milicias de Barbastro y demás 
lugares de las fronteras, resistiese á la gente de D. Al- 
varo haciéndole cuanto daño pudiese. No aclara bien la 
historia lo que entonces sucedió; pero parece que fué 
poniéndose orden en las cosas de Urgel y que continuó 
el proceso de D. Alvaro y de sus dos mujeres, hasta que 
se le obligó á hacer vida conyugal con Doña Constanza. 

Con motivo de la discordia que hubo en este tiempo 



1 Zurita, lib. III» cap. LXI. Archivo de Zaragoza. — Jerónimo 
Martel. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. XI. 483 

«ntre los infantes y los ricos-hombres de su parcialidad, 
las villas y ciudades que eran muy comunmente vícti- 
mas de sus bandos, trataron de formar cierta unión y 
hermandad con el fin de perseguir á los malhechores, 
cuya guarida era generalmente las montañas, y conte- 
ner y castigar á los que habían convertido en ocupación 
lucrativa lo que desde cierta distancia parecía oficio de 
guerra. «Que esto se hizo con ciencia, consentimiento 
y casi instigación del rey, no puede dudarse, dice un 
autor moderno. Y que semejante institución minó pro- 
fundamente el poder de los ricos-hombres, á muchos les 
parece incontestable. Los peones que andaban desban- 
dados eran el terror de las poblaciones, y las ponían á 
contribución, cuando no á saco; pero muchos no igno- 
raban la procedencia de tales gentes, y la buscaban en 
los castillos de los potentados. Conmináronse castigos 
severos contra todos cuantos diesen albergue á tales 
hombres, y se fulminó pena de muerte contra los peo- 
nes que fuesen presos oponiendo resistencia. El primer 
resultado de esta hermandad fué disolver las cuadrillas 
de salteadores, y el segundo fué tener una fuerza respe- 
table disponible á todas horas contra los barones; y no 
falta quien opina que las dos cosas se obtuvieron, dando 
ocupación honrada en la hermandad á los que antes la 
tenían aventurada y poco leal sirviendo á los caballe- 
ros 1.» 

Por esta época contrajo la casa de Aragón una alian- 
za, que con el tiempo había de ser origen de grandes é 
indisputables glorias para ella. Determinó D. Jaime 
casar á su hijo D. Pedro con Constanza, hija de Man- 
fredo, rey de Sicilia entonces y uno de los adalides 
de la causa gibelina en aquellos países. Comenzaron 

1 Ortiz de la Vega: Anales de España, lib. VII, cap, VI.— Zurita, 
üb. m, cap. LXII. 



484 vfCTOR BALAGUER 

los tratos^ y Manfredo envió dos caballeros de su corte 
á Barcelona^ en cuya ciudad se hicieron los primeros 
conciertos de la boda, á 28 de Julio de 1260. Parece que 
fué señalada á la infanta en dote la suma de So.ooo 
onzas de oro. Manfredo, como gibelino que era, andaba 
naturalmente mal con aquel Papa, el cual precisamente 
entonces había enviado á Francia á predicar la cruzada, 
invocando contra aquél el favor y ayuda de los príncipes 
cristianos. Por lo mismo, D. Jaime, antes de llevar á 
cabo el matrimonio de su hijo, envió embajadores á la 
corte romana, con la misión de suplicar al Papa que 
recibiese en su gracia y en la obediencia de la Iglesia al 
rey Manfredo, como diversas veces se lo había suplica- 
do, ofreciéndose él á intervenir por su parte para pro- 
curar el bien y aumento de la Iglesia. Iba al frente de 
esta embajada San Raimundo de Peñafort i. 

Negóse el Papa á oir la menor palabra en favor de 
Manfredo. Antes bien intentó disuadir al rey de Aragón 
y apartarle de aquel enlace con quien, dijo, era tan per- 
seguidor de la Iglesia; pero D. Jaime tenía formado su 
propósito, y era firme en cumplir y llevar á cabo sus 
proyectos. Volvieron sus embajadores con la respuesta 
del Papa y con sus consejos, pero en nada varió esto 
su resolución 2. 

Y no fué sólo el Papa quien se opuso al matrimonio 



1 Zurita, lib. III, cap. LXI. 

2 Los que saben el encono de los Papas contra la casa de Suevia, no 
extrañarán que Urbano IV se opusiese con todas sus fuerzas á la alianza 
del rey de Aragón con aquella ralea de víboras, según su frase favorita. 
Para retraerle, escribió á D. Jaime una carta en la cual le decia, entre 
otras cosas: "¿Cómo has podido, hijo mío, ni siquiera tolerar que te pro* 
«pusiesen el enlace de tu hijo con la hija de un hombre cual Manfredo^ 
„ ¿Quieres que tu hijo sea despreciado en todo el orbe? ¿Quieres con se- 
„mejante baldón marchitar todo el brillo de tu alcurnia?» (Véase Mu- 
ratori.) 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB. VI. CAP. XI. 485 

de D. Pedro. En la colección de cartas que posee la 
Real Academia de la Historia, hallé una del rey de Cas- 
tilla D. Alfonso, dirigida á D. Jaime, fechada en Cór- 
doba á 20 de Setiembre de 1260, de la cual resulta que 
el monarca castellano había enviado al aragonés un 
embajador llamado Alfonso Téllez, para notificarle que 
había recibido con gran desagrado la noticia de querer 
pasar D. Jaime á Ultramar, y con más desagrado aún 
la de querer casar al infante D. Pedro con la hija de 
Manfredo. La carta del monarca castellano termina con 
estas durísimas palabras: 

«Et si vos desto non nos quisiessedes creer de con- 
seio, et la passada para ultramar quissiedes facer, et al 
casamiento con la fija del Pincep quissiessedes lebar 
adelante, daqui nos desculpamos ende, que de ninguna 
cosa non podriedes seer tan mal aconseiado, nin en que 
mas fíziessedes vuestro danno. Et quanto en lo nuestro 
tenniemos que nengun omne del mundo tan grande 
tuerto nunqua recibió de otro com'o nos recibriemos de 
vos. Et vea Dios, et vos, et los que convusco son, et 
todos los omnes del mundo, que nos todo nuestro de- 
bido avemos cumplido contra vos. Et sobresto creed á 
D. Alffonso Tellez de todo quanto vos dixiere de nues- 
tra parte.» 

Pero ya queda dicho: no era hombre D. Jaime de 
Aragón para retroceder en su propósito cuando lo tenía 
formado y resuelto. Ni el Papa ni su yerno el rey de 
Castilla pudieron hacerle variar. Así es que, hallándose 
en Valencia á i3 de Abril de 1261, comisionó á un hijo 
suyo natural, D. Fernán Sánchez, que había tenido en 
una señora de la casa de Antillón, y á quien diera la 
baronía de Castro, para que pasase á Sicilia á ratificar 
el matrimonio que estaba concertado entre el príncipe 
D. Pedro y Doña Constanza. Partió á este fin D. Fer- 
nán Sánchez, con grande y vistoso acompañamiento. 



486 VÍCTOR BilLAGUER 

llevando en clase de consejero á un caballero catalán 
llamado Guillermo de Toruella 6 de Torroella 1. 

Existen fundadas sospechas para creer que D. Jaime 
hizo por el mes de Setiembre de aquel mismo año un 
viaje á Montpeller 2, aunque se ignora con qué fin y 
con qué objeto; pero si no en esta época, es positivo 
que lo efectuó en el año siguiente de 1262. Por Mayo 
de este año se hallaba D. Jaime en Clermontde Auver- 
nia, acompañando^ con sus hijos D. Pedro y D. Fernán 
Sánchez y con lo más lucido de su corte^ á su hija Doña 
Isabel, que llevaba á casar con el infante francés Felipe. 
Acudió también á Clermont el rey de Francia San Luis, 
acompañado de la principal nobleza de su reino, y tuvo 
efecto en dicho lugar la celebración del matrimonio de 
su hijo Felipe con Isabel de Aragón. 

Terminadas las fiestas, pasó nuestro D. Jaime á 
Montpeller, donde se celebraron otras bodas: las de su 
hijo mayor D. Pedro con Constanza, hija de Manfredo 
de Sicilia. Este casamiento se efectuó á i3 de Junio 
de 1262, asistiendo á la ceremonia muchos caballeros 
sicilianos, aragoneses y provenzales. 

Consta que hallándose en Montpeller, el rey de Ara- 
gón, que estaba en vena de contraer alianzas matrimo- 
niales, comisionó á Guillermo de Rocafull, su goberna- 
dor en aquella ciudad, para que pasase á la corte de 
Saboya á fin de tratar el enlace de su otro hijo Jaime 
con Beatriz, hija del conde Amadeo; pero esta alianza 
no tuvo efecto, sin embargo. 

Regresó en seguida el rey á Barcelona, donde se ha- 
llaba ya en Agosto de 1262, pues hay memoria de que 
á 21 de dicho mes, y á presencia de varios prelados y 
barones de su reino, hizo donación á su hijo D. Pedro 



1 Zurita. Hb. lU, cap. LXII. 

2 Historia del Langtudoc, lib. III, pág. 496. 



HISTORIA DE CATALUÑA.— LIB. VI. CAP. XII. 487 

del reino de Aragón con el condado de Barcelona, fijan- 
do sus limites desde el Cínca hasta el promontorio de 
Cap de Creus. Dióle asimismo el reino de Valencia, y 
asignó á su otro hijo D. Jaime el de las Baleares, los 
condados de Rosellón, Colibre, Conflent y Cerdaña, y 
la villa y señorío de Montpeller. Puso la condición de 
que en estos últimos condados corriese siempre la mo- 
neda barcelonesa llamada de terno, y se ejerciese justi- 
cia por los usajes y costumbres de Cataluña, sustitu- 
yendo el un hermano con el otro, caso de no tener hi- 
jos varones. 

CAPÍTULO XII. 

Nombramiento de arbitros. — Duelo en Lérida.— Recibe el rey en Barce- 
lona una embajada del sultán de Egipto. — £1 sultán de Egipto aco- 
ge con gran pompa en Alejandría á los dos caballeros catalanes envia- 
dos por el rey. — Nombramiento de cónsules y poder comercial de 
Barcelona. — Impulso marítimo. — Fernán Sánchez almirante de Ara- 
gón. — Colonización de Valencia. — Embajada al rey de Francia. — La 
reina de Castilla pide apoyo á D. Jaime. — Consejo en Huesca. — Cor- 
tes en Barcelona.— Oposición que encuentra el rey en las Cortes. — 
Práctica que se seguia. — Los brazos no quieren prescindir de su de- 
recho. — Enojo del rey. — Transige con las Cortes y se acuerda con 
ellas. — Cortes en Zaragoza.— Contestaciones dadas al rey por algunos 
nobles negándose á lo que se les pedia. — Negativa de los ricos-hom- 
bres á favorecer al rey. — Memorial de agravios. — Los barones arago- 
neses se congregan en Alagón. — Contesta el rey al memorial de agra- 
vios de los ricos-hombres. — No se avienen los ricos-hombres y co- 
mienza la campafia. — ^Toma de las Celias, sitio de Pomar y suspen- 
sión de hostilidades. — Arbitraje y tregua. 

(1263 Y 1264.) 

Del año de I263 hay noticias, que estando el rey en 
Lérida se concertó con el de Castilla para dejar al juicio 
de arbitros algunas disensiones que había sobre desma- 
nes cometidos en las fronteras de los reinos de Castilla, 



488 VÍCTOR BALAGÜER 

Aragón y Valencia. I>os arbitros nombrados por Don 
Jaime fueron los obispos de Valencia y de Calatayud y 
Bernardo Vidal de Besalú. 

Se sabe que^ continuando el rey en Lérida, presenció 
un duelo ó batalla juagada entre dos caballeros princi- 
pales, llamados Pons de Peralta y Bernardo de Mauleón, 
á cuyo campo asistió con D. Pedro de Moneada, senes- 
cal de Cataluña y mayordomo del rey, que eran dos 
cargos unidos entonces y de una misma preeminencia. 

A esta época se reñeren las embajadas de que hablan 
algunos autores, diciendo que D. Jaime las recibió del 
soldán de Babilonia, ó mejor del sultán de Egipto Bi- 
bars I, y añadiendo asimismo que se las envió el arago- 
nés. Siguiendo, pues, á estos cronistas i, hemos de 
creer que D. Jaime pasó de Lérida á Barcelona, donde 
con ostentación recibió á los embajadores del sultán de 
Egipto ó Alejandría, á quien muchos llaman también 
príncipe de Damasco, los cuales venían á visitar á nues- 
tro rey en nombre del suyo, movido por la fama de sus 
victorias, y á ofrecerle la amistad y la alianza de aquel 
poderoso príncipe. Cuentan las crónicas, que D. Jaime 
los mandó aposentar y regalar con real cumplimiento, 
y que después de haberles hecho mostrar la ciudad de 
Barcelona, con todos sus aparatos de guerra por mar y 
tierra, y de proveer sus buques con las cosas más precia- 
das de Cataluña, los despidió, diciendo que pronto en- 
viaría á su vez embajadores al sultán, en reconoci- 
miento de su favor. 

Y así fué. No tardó en despachar para aquella remota 
tierra á dos caballeros catalanes, prudentes y prácticos 
en la navegación, llamados Bernardo Porter y Ramón 
Ricart; y en dos naves veleras, provistas de las cosas 
más delicadas de estos reinos, los envió como embaja- 

1 Tomamira. — Sas. — Zurita.— Beuter. 



HISTORIA DE CATALUÑA, — LIB. VI. CAP. XII. 489 

dores suyos á visitar al sultán. Maravillas de esta emba- 
jada refieren las crónicas. Dicen que^ llegados al puerto 
de Alejandría 9 fueron Porter y Ricart muy bien reci- 
bidosy y hospedados en el palacio del sultán^ que, para 
más honrarlos, mandó tremolar, junto á su solio real, 
el estandarte del rey de Aragón, con que la nave de 
Porter entró en el puerto, y para más obligarlos rogó á 
este último que, según la costumbre de los reyes de Es- 
paña, armase caballero al príncipe su hijo. Los mensa- 
jeros volvieron á Barcelona colmados de bienes, de jo- 
yas y de preseas para su rey, que los recibió con los 
brazos abiertos. 

No falta quien ha puesto un poco en duda esta.em- 
bajada, que memorias antiguas refieren, sin embargo, 
con detalles demasiado notables, minuciosos y natura- 
les para ser falsos; pero de todos modos, es cosa cierta 
que D. Jaime expidió por aquellos tiempos, no sólo nom- 
bramientos de embajadores, sino de cónsules generales 
para Alejandría y otras plazas comerciantes, según lo 
requería el tráfico importante y extenso de los catala- 
nes, siempre activos, siempre emprendedores, siempre 
animosos, y siempre llevando á lejanas tierras semillas 
de civilización, de progreso y de libertad; ya que, como 
ha dicho un autor extranjero, nada sospechoso por 
cierto, «Barcelona, por mucho tiempo sede y morada 
de una corte civilizada, y cuyas instituciones liberales 
habían producido el primer banco que se conoció en Eu- 
ropa, así como provocado el primer código comercial de 
los tiempos modernos, ejerció desde la época de D. Jai- 
me el Conquistador visible influencia en todas las costas 
del Mediterráneo, compitiendo y rivalizando en el co- 
mercio de Italia con la misma Pisa, Genova y otras 
ciudades célebres por su actividad mercantil i . » 

1 Tiknor: Historia de la literatura española^ tomo I, pág. 369. — 



49^ VÍCTOJl BALAGUER 

Sábese también, que por estos tiempos de I263 en 
que llevamos nuestra historia, D. Jaime mandó hacer 
en Barcelona grandes aprestos marítimos, y gran ar- 
mada de naos y galeras para defensa de la costa de Es- 
paña, nombrando almirante á su hijo natural D. Fer- 
nán Sánchez i. Es fama que para todo esto le ayudó 
con muchas sumas de dinero un judio , el más rico y 
poderoso de estos reinos, que llaman las crónicas Jaha- 
daño, siendo, al parecer, su verdadero nombre Jahuda. 
Era este judio bayle y tesorero general del rey de Ara- 
gón, y hombre hábil y activo, «á quien ninguna cosa le 
faltaba para haber alcanzado todos los dones de fortu- 
na , si no hubiera nacido en aquella ley. » También por 
aquel tiempo, y con los mismos recursos, se proveyeron 
de gente los lugares de las fronteras, y se renovaron 
las fortificaciones de ciertos castillos én el reino de Va- 
lencia. 

Como los restos de los moros rebeldes habían quedado 
por entonces dispersos, y la población de Valencia casi 
aniquilada, D. Jaime, atendiendo á todo, llamó colonos 
que de todas partes de Provenza, Cataluña, Aragón y 
Castilla fueron á poblar aquel delicioso país, según dice 
el moderno cronista valenciano. Con estos nuevos ha- 
bitantes se repararon las grandes pérdidas sufridas en las 
poblaciones de Alcira, Onteniente, Albaida, Concentai- 
na, Alcoy, Gijona, Villajoyosa, Cullera y otros pueblos 
del reino de Valencia, acudiendo también muchos nue- 



Véase sobre este punto Prescott, Capmany y lo que el autor dice en el 
último capítulo de este libro. 

1 Esto dije en mi primera edición, pero tal vez fui inducido á error, 
ya que en su Historia de D, yaime, dice Tourtoulou que el almirante 
nombrado fué otro hijo natural del rey, llamado Pedro Fernández. Se- 
gún el mismo autor, la flota se armó con la idea de una cruzada á Ul- 
tramar. Y si esto último es asi, á ello debe aludir sin duda la carta de 
D. Alfonso de Castilla, que traslado en el capitulo anterior. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. XII. 49I 

VOS pobladores á Játiva^ y plantando sus hogares en 
aquel edémico jardín i. 

A principios del 1264 surgieron motivos de disgusto 
entre el rey de Aragón y el de Francia. El senescal de 
Beaucaire había citado á su tribunal á los oñciales del 
monarca aragonés y á los habitantes de Montpeller^ por 
jurisdicción que pretendía tener en esta ciudad, y por no 
querer reconocer en ella ningún superior. D. Jaime sin- 
tióse mucho de esto^ y por Abril de 1264, envió á la corte 
de Francia una embajada solemne^ compuesta de Amal- 
do, obispo de Barcelona, y de Pons Hugo II, conde de 
Ampurias, para quejarse á aquel rey y reclamar de dere- 
chos y agravios 2. Los embajadores catalanes se pre- 
sentaron ante el monarca francés y su consejo el 25 de 
Mayo, y si bien San Luis les dio cumplida satisfacción, 
manifestándoles que amaba sinceramente á D. Jaime y 
que en nada quería perjudicar sus derechos, parece que 
se retiraron con protesta sobre la guerra á que aquella 
disputa podía dar lugar. 

Gravísimos sucesos tuvieron lugar por entonces en 
estos reinos, obligando á D. Jaime á ñjar en ellos la 
atención y á desatender un poco su política exterior. Ha- 
llándose en Granen, villa poco distante de Huesca, reci- 

1 £n el llamado Libre termell, tomo II, fol. 174. que se guarda en 
el archivo de las Casas Consistoriales de Barcelona, hay copia de una 
carta de D. Jaime á Barcelona (pero lleva la fecha de las calendas de 
Diciembre de 1270), pidiéndole que envié gente á la que poder heredar 
y establecer en el reino de Valencia. 

2 Consta por extenso la relación de esta embajada en la prueba 
CCCXLVII, col. 563 del tomo III de la BisíorU del Languedoc.—^Siy 
que notar la particularidad de que Zurita (I ib. III, cap. LXV, habla de 
una embajada del rey de Aragón al de Francia á principios del 1 264 y 
cita á los mismos conde de Ampurias y obispo de Barcelona como em- 
bajadores, pero dice que fueron á concertar bodas entre la infanta Ma- 
ría de Aragón y un hijo del hermano del monarca francés, si bien ad- 
vierte que no llegó á efectuarse este matrimonio. 



492 VÍCTOR BALAGUER 

bi6 cartas de su hija^ la reina de Castilla, diciéndole que 
en menos de tres semanas los moros de Murcia se ha- 
bian alzado con muchas villas y castillos, que el grana- 
dino favorecía á los sublevados, y que si D. Jaime no 
auxiliaba á su hija y yerno, corrían el peligro de verse 
despojados de la mayor parte de sus dominios. 

Recibido este mensaje, partióse el rey á Huesca, reu- 
nió su consejo y desde luego manifestó ante él su pa- 
recer de echar al olvido cuantas quejas pudiese tener 
del castellano, para no acordarse sino de que en tal oca- 
sión debía favorecerle por ser su yerno y por hallarse 
en apurado trance. Pero el consejo real nada podía re- 
solver en asunto tan importante, como el de emprender 
una guerra contra los moros de Murcia por favorecer al 
rey de Castilla. Era esto incumbencia y atributo de las 
Cortes. Así lo manifestó el primero Vidal de Cañellas 
obispo de Huesca, y adoptóse su parecer, haciendo no- 
tar de paso uno de los barones allí presentes que si era 
justo ayudar al rey de Castilla en tan gran apuro, no lo 
era menos que este monarca comenzara ante todo por 
restituir á Aragón la villa de Requena y otras que se 
había injustamente apropiado. 

Llamóse á Cortes á los catalanes en Barcelona i y á 
los aragoneses en Zaragoza, y por Noviembre de 1264 
se vino el rey á la capital del Principado. Congregados 
y reunidos los tres Brazos, se presentó ante ellos rogán- 
doles que así como le habían ayudado siempre 'con to- 

1 De estas Cortes no hablan ni Capmany ni Pí y Arimón en sus ca- 
tálogos de Cortes celebradas en Barcelona, pero si Zurita en su lib. III, 
cap. XLVI» Feliu de la Peña en su lib. XI, cap. XII y el mismo D. Jai- 
me en su cj ónica, cap. CCXLUI. — Los Srcs. Coroleu y Pella en su obra 
Las Cortes Catalanas no hablan de ellas tampoco ni de las anteriormen- 
te celebradas en Cataluña, si bien debe tenerse en cuenta que dicha obra 
se comienza sólo con las Cortes de Jaime el Justo y trata sin interrup- 
ción de las sucesivas, no haciendo mención de las anteriores. 



HISTORIA DB CATALUÑA. — UB. VI. CAP. MI. 493 

dos SUS linajes en todas sus empresas, y particularmen- 
te en la de Mallorca, asi tuviesen á bien ayudarle en- 
tonces vetándole subsidios con que pudiese acudir en 
auxilio de su yerno el rey de Castilla en la guerra contra 
los moros de Murcia. Las Cortes contestaron que que- 
rían antes deliberar sobre esta demanda. 

Ya esperaba D. Jaime cierta oposición y trope2ar 
con obstáculos graves para el logro de su proyecto. Por 
esto quizá, en lugar de reunir en unas mismas Cortes á 
aragoneses y catalanes, como en casos análogos se ha- 
bía hecho, les convocó por separado, creyendo con esta 
maniobra política conseguir mejor su intento. La alian- 
za con Castilla era realmente impopular á la sazón, y 
había pocos deseos de favorecer el proyecto del rey. Es 
empero de advertir que íos barones catalanes abrigaban 
contra el monarca entonces menos prevenciones que los 
aragoneses, pues que, como ha dicho un autor extran- 
jero, ase miraban como enteramente independientes del 
reino de Aragón, y concentrándose en la individualidad 
de su propio condado, veían en D. Jaime, no el jefe de 
la monarquía, sino el conde especial de Barcelona i.» 
No por esto, sin embargo, dejaron de mostrar su descon- 
tento. Ramón de Cardona y algunos de su linaje recla- 
maron de agravios, diciendo que, hasta enmendados és- 
tos, no debía discutirse la proposición del rey. 

Los nobles, como cada Brazo de las Cortes, estaban 
en su derecho pretendiendo esto. Era práctica y ley que 
después de haber hecho el monarca su proposición ó 
leído el discurso de la corona, según se diría en términos 
parlamentarios modernos, presentase cada Brazo su me- 
morial de agravios ó greujes para pedir la debida satis- 
facción y enmienda de los desafueros cometidos por el 
rey ó sus oficiales en el intervalo de una á otra legisla- 

1 Henry, tomo I, pág. 1 20. 



494 VÍCTOR BALAGUER 

tura. Hasta quedar esto decidido y los Brazos satisfe- 
chos, no pasaban á entender las Cortes en la proposición 
del monarca. 

Esta vez D. Jaime tenía prisa, pero los Brazos no 
querían prescindir de las formalidades y prácticas de cos- 
tumbre. Por esto el vizconde de Cardona, que alegaba 
ciertos agravios recibidos del rey, quería discutir lo su- 
yo antes que se discutiese la proposición real. En vano 
fué que D. Jaime, ofreciéndose á estar á lo que fuera de 
derecho, pidiese que por aquella vez se hiciera caso omi- 
so de ciertas formalidades, pues suscitarle estorbos y di- 
laciones en semejante ocasión era denegarle el servicio 
que solicitaba. En vano fué, digo: las Cortes permane- 
cieron inflexibles. 

Irritóse entonces el rey, y prorrumpió en amargas 
quejas, diciendo que malamente se le servia; que si de- 
jaban que el rey de Castilla perdiese lo suyo, no podrían 
conservar lo nuestro; que por causa de ellos se vería 
adorar á Mahoma en las iglesias, donde se veneraba en- 
tonces á Dios y á la Virgen, y que nunca hubiera creí- 
do que en Cortes de catalanes se le negase lo que puesto 
en razón pedía. D. Jaime terminó su violento discurso, 
abandonando enojado el salón de las Cortes, y dispo- 
niéndose hasta á dejar la ciudad, según parece, sin que 
por el pronto bastasen á detenerle ruegos ni porfías. Tan 
rigurosa determinación debía producir un gran efecto en 
los catalanes, adictos en el fondo á su monarca. 

Quedáronse reunidas las Cortes, y, buscando medio 
de transigir con el rey, se le envió un mensaje por con- 
ducto de Berenguer Amau, Pedro de Berga y otros dos 
ricos-hombres, los cuales fueron y vinieron con embaja- 
das, lográndose por fin terminar aquel negocio sin rom- 
pimiento. El rey accedió á lo que pidiera Ramón de 
Cardona, y las Cortes le concedieron por vez tercera el 
bovaje, aun cuando se consignó que se le daba volunta- 



HISTORU DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. XII. 495 

ñámente y que no tenía derecho á él por haberle ya per- 
cibido dos veces: la primera, cuando entró á reinar, y la 
segunda, cuando la conquista de Mallorca. La indepen- 
dencia de los señores catalanes está consignada en el ac- 
ta que entonces firmó el rey (12 de Noviembre de 1264), 
cuyo tejcto creo deber reproducir en los apéndices, ya 
que es documento por cierto muy poco conocido (III). 

Arreglado este delicadísimo asunto con satisfacción 
general en Cataluña, el rey pasó á Zaragoza, donde ce- 
lebró Cortes á los aragoneses en el convento de predi- 
cadores, dando comienzo por una proposición análoga 
á la que hiciera en Barcelona. Concluido el razonamien- 
to de D. Jaime, que había tomado por tema en su dis- 
curso el pasaje de la Escritura, Non minus est virtus quam 
quarere, quce sunt parta tueri, levantóse un fraile francis- 
cano y contó cómo un religioso de su orden había teni- 
do una visión, presentándosele un ángel del Señor para 
decirle que el rey de Aragón era el destinado por la Pro- 
videncia á restaurar la España y salvarla del peligro en 
que la pusieron los infieles. No produjo, empero, este 
recurso el efecto que esperaban sus autores, ya que, 
como ha dicho Zurita hablando de esto, «no eran tan 
rudos los hombres de aquellos tiempos, que no entendie- 
sen el fin que aquella visión tenía. • Tomó, pues, la pa- 
labra Jimeno de Urrea, y dijo que buenas eran las vi- 
siones, pero que ellos deliberarían sobre lo que se les 
había propuesto y contestarían. 

Como el negocio se presentaba mal, D. Jaime llamó 
particularmente á los principales barones, y después de 
haberles dicho cómo en Cataluña se le había otorgado 
el bovaje, les propuso que se interesasen para que se le 
concediese algo por el estilo, ofreciendo recompensarles 
debidamente en gracias y en honores. — «Lo único que 
yo puedo otorgaros, dijo el primero Fernán Sánchez, es 
permiso para que peguéis fuego á cuanto yo poseo.» — 



496 VÍCTOR BALAGUER 

«Tomad de mis bienes lo que os plazca, contestó Ber- 
nardo Guillen de Entenza; pero es imposible quc^^acce- 
da por mi parte á lo que nos pedís.» — «Aquí, en Ara- 
gón, no sabemos lo que es bovaje, respondió Jimeno de 
Urrea, ni tampoco queremos vejar más al pueblo. • Es- 
tas contestaciones no fueron, sin embargo, más que 
nuncio de la tempestad que iba á estallar. Sentíala el 
rey venir é hizo lo posible por conjurarla, pero todo en 
balde. 

A los dos días presentáronse ante él los ricos-hom- 
bres, y, por boca de Jimeno de Urrea, dijeron definitiva- 
mente á D. Jaime que no sabían lo que significaba bo- 
vaje, y que no podía otorgársele tal subsidio ni otro al- 
guno. — «Por la fe que á Dios debo, exclamó entonces 
el rey, que no podía esperar que vosotros, que todos 
tenéis feudos por mí, quién de 20, quién de 3o, quién de 
40.000 sueldos, rehusaseis cumplir con la obligación 
que tenéis de ayudarme, cuando con ella cumplen los 
de la más honrada tierra de España, como es Catalu- 
ña, que es el reino mejor, más honrado y más noble que 
en ella existe; pues hay en él cuatro condes, que son el 
de Urgel, el de Ampurias, el de Foix y el de Pallars; 
y cuéntarise allí cuatro ricos-hombres, cinco caballeros, 
diez clérigos y cinco ciudadanos honrados por uno que 
aquí tengáis en cada clase 1 . » El rey terminó su discurso 
pidiendo á los barones que en buen hora no contribuye- 
sen ellos; pero que, á lo menos, hiciesen como que acce- 
dían en público á su demanda para que, movidos de su 
ejemplo, contribuyesen los clérigos, las órdenes y los 
caballeros. A esto contestaron los nobles, que ningún 
rey les había hecho jamás tal demanda, y que antes de 
acceder á ella preferirían perder cuanto tuviesen. 

En esta situación, y habiendo ya roto con el monarca, 

1 Crónica real, cap. CCXLVII. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. XII. 497 

los ricos-hombres aragoneses extendieron memorial de 
agr^^vios, y decían en él: «Que el rey no podia introdu- 
cir con su pretensión de bovaje nuevas maneras de vejar 
al pueblo; que había tratado de seducir á los ricos-hom- 
bres prometiéndoles hacerles francos y libres de aquel 
servicio con sólo que ellos lo otorgasen aparentemente, 
para que á su ejemplo se lo concediesen las órdenes y 
clerecía y universidades; que por muchas vías desafora- 
ba á los barones, dando lugares que eran de honor á 
extranjeros y á personas que no podían ni debían ser 
ricos-hombres, como sucedía con Jimeno Pérez de Áre- 
nos, á quien malamente se diera la baronía de Árenos; 
que eran les ricos-hombres los que habían de juzgarlos 
pleitos, y no el rey; que ya que éste habla de poner jus- 
ticia en el reino, le pusiese caballero é hijodalgo, nom- 
brándole con consejo de los ricos-hombres; que en Va- 
lencia, al tiempo de ganarla, se había dado el fuero de 
Aragón á sus pobladores y luego se les había quitado; 
que se hacía pesquisa é inquisición en el reino, siendo 
contra fuero; que el rey no cumplía con su obligación 
de criar á los hijos de los ricos-hombres, siendo de su 
incumbencia casarles y hacerles caballeros; que de- 
bían serles confirmados y ratificados los fueros anti- 
guos; que no eran obligados de servir el honor que te- 
nían fuera del reino; que no debían darse tierras en 
honor á los hijos que el rey tenía en Doña Teresa Gil 
de Vidaure, que decían ser su mujer velada, y les debían 
ser quitadas para repartírselas entre ellps; que tenía le- 
gistas en su consejo; y, finalmente, que el rey había 
desaforado en muchas cosas á los naturales de la tierra, 
por lo cual, hasta que sus demandas y pretensiones fue- 
sen proveídas, no deliberarían sobre el servicio que re- 
clamaba el monarca.» 

Fué enviado este memorial de agravios á D. Jaime 
por conducto dedos caballeros, que eran Sancho Gómez 
TOMO XI 32 



4gS VÍCTOR BALAGUER 

de Balinasam y Sancho Aznares de Arbe, y el mismo 
día que esta respuesta se dio al rey^ se partieron de Za- 
ragoza los más de los ricos-hombres y caballeros, yén- 
dose á Alagón, después de haberse empero juramenta- 
do, como era costumbre entre sí, para procurar que fue- 
sen reparados los agravios que recibían y desistiese el 
rey de desaforarles; siguiendo en esto los barones la 
costumbre que se tuvo desde los principios del reino de 
congregarse y unirse por lo que concernía á la defensa 
de sus libertades y fueros i . 

Rotas quedaron las negociaciones, disueltas las Cor- 
tes y otra vez el rey teniendo que luchar con las armas 
en la mano y en el campo de batalla contra sus baro- 
nes. Los nobles sublevados pasaron de Alagón á Mallén, 
y D. Jaime se dirigió á Calatayud, desde donde les en- 
vió al que era entonces obispo de Zaragoza, D. Arnaldo 
de Peralta, el cual les llevó los descargos del rey á su 
memorial de agravios. Cumplida contestación daba el 
monarca, y procuraba satisfacer una á una á todas las 
quejas de los ricos-hombres. Los más principales car- 
gos los destruía diciendo: respecto alo tocante á Valen- 
cia, que esta tierra la había ganado con aragoneses y 
catalanes y con otros extranjeros de su señorío que se 
hallaron en la conquista, y que por ser reino separado, 
no lo quería sujetar á otro, sino darle leyes propias para 
gobernarse de por sí como reino apartado y no unido 
con Aragón ni con Cataluña; respecto á lo de juzgar 
los ricos-hombres, que él, á donde quiera que había es- 
tablecido fuero de Aragón juzgaba por él y no por leyes 
ni decretos, y que nunca había juzgado de causa que 
viniese á su corte sin consejo de los ricos-hombres que 
se hallaban presentes; respecto á la queja de tener en 
su consejo legistas, que no debían querellarse por estoy 

1 Zurita, lib. III, cap. LXVI. 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI, CAP. XH. 499 

pues no juzgaba sino por filero, y que tales reinos tenía, 
que era necesario que residiesen en su consejo personas 
sabias, conocedoras asi del derecho civil y canónico 
como del foral; y así iba contestando y destruyendo 
cargos 1. 

También pretendían entre otras cosas los barones, 
que les fuesen ratificados y confirmados los fueros an- 
tiguos que por los aragoneses habían sido encomenda- 
dos en el monasterio de San Juan de la Peña, y decían 
que habían sido sacados por fuerza por el conde D. Ra- 
món Berenguer, príncipe de Aragón, y á esto contestó 
el rey que se maravillaba de la demanda, pues muchas 
veces se había pedido esto por ellos y siempre sin nin- 
gún fundamento, porque ni ellos sabían lo que pedían, 
ni él tenía cosa cierta que poderles responder, á más 
de que nunca esto se había pedido jamás por los pa- 
sados. 

Por mediación del prelado de Zaragoza, haciendo 
valer estas explicaciones del rey, llegaron á calmarse 
algún tanto los resentimientos, y se consiguió que pa- 
sara á Calatayud una embajada de los barones. El rey 
oyó públicamente en la iglesia de Santa María á los tres 
comisionados y ofreció darles satisfacción; pero tomó, 
según parece, el asunto con tanta calma, que los baro- 
nes, dándose por desairados, se marcharon de Calata- 
yud aún más desabridos 2. 

Ya entonces nada fué bastante á desarmar la cólera 
de los barones, debiendo notar que muchos de ellos se 
quejaban por agravios personales y no por desafueros 
á la cosa pública. Así, por ejemplo, Bernardo Guillen 
de Entenza, hijo del que murió en el Puig de Santa 



1 Zurita, lib. III, cap. LXV. 

2 Historia de Calatayud, por D. Vicente de la Fuente, tomo I, 
pág. 252. 



500 VÍCTOR BALAGUER 

María, pretendía ser suya la ciudad de Montpeller, con- 
forme ya sabemos; mientras que por su parte, Fernán 
Sánchez el almirante, hijo natural del rey, se quejaba 
de grandes sinrazones que decía haberle hecho su pa- 
dre. Estos y otros procuraban mantener encendida y 
viva la llama de la sublevación, y la disidencia llegó tan 
á vías de rompimiento, que iban á comenzar las hosti- 
lidades, habiéndose reunido todos los barones en Al- 
muinen, y habiendo congregado el rey en Monzón á 
D. Pedro de Moneada, á algunos barones de Cataluña 
y á los consejos de Lérida, Tamarít y Almenara, para 
abrir la campaña. En lugar de una guerra exterior con- 
tra los moros, la que desgraciadamente amagaba era la 
hidra de la guerra civil. 

El primer choque lo tuvo el consejo ó la milicia de 
Tamarit, que se apoderó de la fortaleza de las Celias, 
cerca de Monzón, y luego de Rafals. El rey se puso al 
frente de los suyos, y marchó contra el castillo de Po- 
mar, situado á orillas del Cinca , que era de su hijo 
Fernán Sánchez, y lo cercó empezando á combatirlo 
con ingenios y asaltos. Hubiera acabado por tomarlo 
sin duda, si los sublevados no se hubiesen apresurado 
á enviarle una embajada pidiéndole que levantase el 
cerco, pues ellos se ofrecían á someterse á lo que deci- 
diesen dos prelados elegidos al efecto. Plúgole de aque- 
llo al rey, que muy apesadumbrado debía hallarse al 
ver que en lugar de verter sangre de infieles era la de 
los suyos la que se derramaba; y levantando el cerco, 
fuese para Monzón. 

Quedaron nombrados arbitros del asunto los obispos 
de Zaragoza y Huesca, y pactóse tregua, según la cual 
no podían los ricos-hombres renovar sus hostilidades 
contra D. Jaime hasta que éste regresase de ajoidar al 
rey de Castilla, y quince días después. 

Firme, pues, el rey en su propósito de ir á la guerra 



HISTORIA DE CATALUÑA. — LIB. VI. CAP. xn. 5OI 

de Murcia, se aprovechó de esta tregua para tomar las 
disposiciones que cumplían á su proyecto; y después de 
haber estado en Zaragoza y en Lérida, á cuyos vecinos 
rogó y mandó que se dispusiesen á ir en la hueste con 
él, se fué á Ejea, para cuyo punto había citado á Cortes 
á los aragoneses, antes de abrir la campaña contra el 
moro, en auxilio de Castilla. 



FIN DEL TOMO TERCERO. 



ÍNDICE DEL TOMO TERCERO. 



LIBRO QUINTO. 

Páginas. 

CAPÍTULO PRIMERO.— Doña Petronila hace tomar á su hi- 
jo el nombre de Alfonso. — Cortes generales en Huesca. — El 
conde de Provenza gobernador de Cataluña. — Viaje de Alfon- 
so á Agreda. — Embajada al rey de Inglaterra. — De uno que 
se fíngió el emperador D. Alfonso. — D. Alfonso el Casio es 
reconocido por rey. — Primeras Cortes celebradas en Zarago- 
za. — £1 conde de Provenza parte á sus estados. — Da asilo á 
los genoveses y fírma con ellos un tratado. — Tratado de alian- 
za entre los condes de Provenza y de Tolosa. — Entrada de ca- 
talanes en Murcia. 5 

CAPÍTULO n. — Sitio de Niza y muerte del conde de Proven- 
za. — El conde de Tolosa se apodera de la Provenza. — El rey 
de Aragón le declara la guerra. — Entra en Provenza. — Se 
apodera del castillo de Albarón. — Corre grave peligro y es sal- 
vado por el señor de Baucio. — Guillermo de Montpeller y 
otros señores se declaran en favor de Alfonso. — Prosigue la 
guerra entre el rey de Aragón y el conde de Tolosa. — Venta- 
jas conseguidas por el rey de Aragón. — Le reconoce Gualtero 
de Millars. — Le proclama el conde de Ródez. — Consejos del 
rey. — Asesinato del vizconde Trencavello. — Sitio de Beziers 
por Alfonso. — Alfonso confía el condado de Provenza á su 
hermano. — Quién era el Ramón Berenguer á quien cedió Al- 
fonso la Provenza 13 

CAPÍTULO III. — Regresa D. Alfonso. — Tratado de paz y ar- 
monía con Castilla. — Confirmación de fueros y continuación 
de la guerra contra moros. — ^Ventajas alcanzadas sobre los 
moros. —Sorpresa de Beziers por las tropas de Aragón y ase- 
sinato de sus habitantes. — Guerra entre Aragón y Castilla. — 
Sitio de Calahorra por los aragoneses. — Se hacen las paces. 



504 ÍNDICE 

Tratado de Sahagún. — Renuévase la guerra contra moros. — 
Sospechas de que Tarragona había caido otra vez en poder de 
moros. — Origen de Reus y lugares vecinos. — Contiendas entre 
el príncipe y el arzobispo de Tarragona. — Media el rey. — ^Ase- 
sinato del arzobispo Hugo de Cervelló. — Fundación de Te- 
ruel 23 

CAPÍTULO IV. — Expedición á Valencia. — Vasallaje de los 
moros y sitio de Játiva. — Guerra con Navarra. — Alianza de 
los reyes de Castilla y Aragón contra el de Navarra y el señor 
de Azagra. — Alfonso en Montpeller.-^El rey de Aragón su- 
cede en el condado de Rosellón .^Constituciones de paz y tre- 
gua, dadas por Alfonso al Rosellón. — Otras leyes dadas por 
Alfonso. — Casamiento del rey de Aragón con Sancha de Cas- 
tilla. — Guillermo de Montpeller casa con la hija del empera- 
dor de Constantinopla. — ^Desembarco de moros en Tarrago- 
na. — Entrevista con el conde de Tolosa. — Asamblea en Beau- 
caire y magnifícencia de los nobles .39 

CAPÍTULO V. — Conquistas de los castillos de Milagro y Le- 
gín. — Vuelve el rey á Provenza. — Tratado de paz entre el rey 
de Aragón y el conde de Tolosa. — Alfonso marcha contra Ni- 
za. — Asiste al rey de Castilla en la toma de Cuenca. — Entra 
en el reino de Murcia. — Proyecto de pasar á Mallorca. — Nue- 
va entrada de Alfonso en el reino de Murcia. — Nueva entre- 
vista y convenio con el castellano. — ^Embajadas del de Aragón 
al de Castilla sobre pretensión de agravios 43 

CAPÍTULO VL — Alianza de varios contra el conde de Tolo- 
sa. — Homenaje del vizconde de Nimes al rey de Aragón. — 
Declaración y homenaje del vizconde de Beziers.— Guerra de 
Provenza. — Muerte del conde de Provenza. — Venganza que de 
su muerte tomó el rey de Aragón.^-Sancho es nombrado con- 
de de Provenza. — El rey de Aragón y la vizcondesa de Narbo- 
na se ligan con Enrique H, rey de Inglaterra, contra el príncipe 
su hijo. — Sitio de Limoges por el rey de Aragón y el de In- 
glaterra. — Sátiras del trovador Beltrán de Bom contra el rey 
Alfonso. — Nuevas paces entre el rey de Aragón y el conde de 
Tolosa. — Se retira el condado de Provenza á Sancho dándole 
en cambio el de Rosellón. — Rompen otra vez el rey de Aragón 
y el conde de Tolosa. — Adopción del infante de Aragón Al- 
fonso por el vizconde de Beziers. —El rey de Ar.igón hace le- 
vantar al conde de Tolosa el sitio que había puesto á Carca- 
sona 49 



ÍNDICE 505 

I 

P&ginas. 

CAPÍTULO VIL — Bandos en Cataluña. — ^Luchas con los mo- 
ros. — Toma del castillo de Villel. — ^Desembarco de moros en 
Ampurias. — Armengol VII de Urgel.-^irve al rey de León, 
que le da la villa de Alcántara y otros lugares. — Su muerte en 
Requena. — Discordias entre el nuevo conde de Urgel y Pons 
de Cabrera. — ^Aragón cambia de política. — Aragón y Navaira 
se ligan contra Castilla. — Confederación de los reyes de Ara- 
gón, Navarra, León y Portugal. — Victoria de Aragón sobre 
Castilla.-^Casamiento de Guillermo de Montpeller con una pa- 
rienta del rey de Aragón. — Repudio de Eudoxia Comeno. — 
Sumisión del barón de Castellane. — Homenaje prestado por 
la vizcondesa de Bearn. — Enlace de la vizcondesa de Beam 
con Guillermo de Moneada. — Gastón de Moneada, vizconde 
de Bearn, presta homenaje por sus dominios al rey de Aragón, 
que le da vinculado el condado de Bigorra. — El rey confirma 
al conde de Urgel la donación de Lérida. •••.. 60 

CAPÍTULO VIH.— Tratado con el conde de Foix.— Desastres, 
hambre y peste en Cataluña. — Muerte del arzobispo de Ta- 
rragona por un Moneada. — Berenguer de Vilademuls. — Viaje 
del rey á Perpifián. — Origen y aparición de los albigenses. — 
Alfonso decreta la expulsión de los herejes. — Concordia con 
Pedro de Urrea. — Donaciones á la milicia del Temple. — Muer- 
te del rey en Perpifián 71 

CAPÍTULO IX.— Hijos del rey.— Pedro. —Alfonso.— Fernan- 
do. — Constanza. — Leonor. — Sancha. — Dulce. — Testamento 
del rey. — Juicio que de este rey ha formado la posteridad. . , 79 

CAPÍTULO X. — ^Los progresos de la civilización. — ^Len- 
gua catalana. — Escritores. — Prosperidad y acrecentamiento de 
Cataluña. — ^Ensanche de Barcelona. — De Vich. — De Manre- 
sa.— De Mataró. — Origen de San Martín de Provenzals.^De 
Sabadell. — Campo de Tarragona. — Reus. — Instituciones mu- 
nicipales. — Marina, artes, industria y comercio. — Costumbres. 
— Monumentos. — San Pablo del Campo. — Capilla de Marcús. 
— Santa Ana. — Palacios. — Santa Eulalia. — Santa María de 
Tarrasa. — San Miguel de Marmellar. — Monasterio de las Ave- 
llanas. — Monasterio de Pons. — Catedral de Tarragona. — Mo- 
nasterio de Poblet. — Monasterio de Santas>Creus. — Cartuja 
de ScalaDei. — San Juan de Lérida — Otros monumentos de 
Cataluña. — Iglesia de Fraga. — Monasterio de Sijena. — Otros 
monumentos de Aragón 84 

CAPÍTULO XI.— Hambre y peste en Cataluña.— Sube al tro- 



506 ÍNDICE 

no Pedro I. — Cortes en Daroca. — El rey junta tropas para 
auxiliar al de Castilla. — Promulgación de la pragmática contra 
los valdenses. — Institución de los cónsules de Perpifián. — Pri- 
vilegio de la mano armada. — Bandos entre los condes de Urgel 
y de Foix.— El conde de Foix tala el Urgel. — Derrota y muer- 
te de Ramón de Cervera de Agramunt. — El conde de Urgel 
hace prisioneros al conde de Foix y al vizconde de Castellbó . . 111 

CAPÍTULO XII. — ^Discordia entre el rey y la reina su madre. — 
Cortes en Barcelona. — Entrevista y alianza del rey de Aragón 
y del conde de Tolosa en Perpifián. — Condes titulares del Ro- 
sellón. — Concordia y armonía entre el rey y su madre. — Cor- 
tes en Barcelona. — Guerra con Navarra. — Fundación de la or- 
den de San Jorge. — Cortes en Cervera. — Guerra entre los con- 
des de Provenza y Forcalquier. — El rey de Aragón pasa á Pro- 
venza y negocia la paz. — Arreglo de límites entre Castilla y 
Aragón 118 

CAPÍTULO XIIL— El rey de Aragón en Montpeller.— María 
de Montpeller casa en primeras nupcias con el vizconde de 
Marsella. — Casa en segundas nupcias con el conde de Commin- 
jes. — Muerte de Guillermo VIII de Montpeller y su testamen- 
to. — Maquinaciones del rey de Aragón y del conde de Tolosa 
con respecto á Montpeller. — El rey de Aragón empeña al con- 
de de Tolosa los vizcondados de Milhaud y Gevaudán. — Ma- 
ría casa en terceras nupcias con Pedro de Aragón. — Contrato 
matrimonial. — Sublevación en Montpeller. — Redacción de los 
usos y costumbres de Montpeller y su confirmación por Don 
Pedro de Aragón y su esposa. — Embajada al rey ofreciéndole 
la mano de la reina de Chipre 1 26 

CAPÍTULO XIV.— Objeto del viaje del rey á Roma.— Hace su 
testamento antes de partir. — Se embarca en Marsella. — Llega 
á Roma y es coronado por el Papa. — Se hace feudatario de la 
Iglesia. — Parte de Roma. — Descontento y protesta de los rei- 
nos de Cataluña y Aragón por las concesiones hechas por el 
rey al Papa. — Estalla de nuevo la guerra entre los condes de 
Provenza y Forcalquier. ^Marcha D, Pedro contra los here- 
jes de Albi. — Entrevista con el rey de Inglaterra en Jaca.— 
Tributo del monedaje y descontento que promueve en los rei- 
nos. — Sospechas de haberle nacido al rey una hija.— Suble- 
vación en Montpeller. — Asamblea en Magalona y tratado de 
paz entre el rey y los ciudadanos de Montpeller. — Demanda de 
divorcio 1 37 



ÍNDICE 507 

Páginas. 

CAPÍTULO XV. — Terminan los bandos de Cataluña. — Conve- 
nio entre los condes de Urgel y de Foix. — Cortes en Puigcer- 
dá. — Lo que se cuenta que sucedió al rey con el señor de Viz- 
caya. — Sitio y toma de Montalván. — Nacimiento del rey Don 
Jaime. — Muerte del conde Armengol de Urgel. — Termina la 
línea varonil de esta casa. — Guerau de Cabrera pretende el con- 
dado y se titula conde de Urgel.— El rey de Aragón protector 
del condado. — El vizconde de Cabrera cae prisionero del 
rey 148 

CAPÍTULO XVI.— Progresos de la herejía de los albigenses. — 
Origen de la Inquisición. — Asesinato de Pedro de Castelnau. 
— Cruzada contra los albigenses. — Los cruzados eligen por 
generalísimo al catalán Amalrich. — £1 vizconde de Beziers 
prueba á hacerla paz con los cruzados, pero inútilmente. — Si- 
tio, toma y saqueo de Beziers. — Sitio deCarcasona. — Llega 
Pedro de Aragón al campo de los cruzados y trata inútilmen- 
te de poner á éstos en paz con el vizconde de Beziers. — Toma 
de Carcasona. — Se ofrece el vizcondado de Beziers y de Car- 
casona á varios señores que lo rehusan, aceptándolo por ñn 
Simón de Monfort 158 

CAPÍTULO XVn. — Entrevista de los reyes de Aragón y Na- 
varra en Mallén, y su concordia. — Casamiento de la reina Cons- 
tanza con el rey de Sicilia y muerte del conde de Provenza. — 
Muerte del vizconde de Beziers. — El rey de Aragón se niega 
á recibir el homenaje de Montfort pof el vizcondado de Be- 
ziers y Carcasona. — Levantamiento de barones contra Mont- 
fort. — Cortes en Barcelona y en Lérida. — Entra D. Pedro en 
tierras de Valencia y se apodera de varias plazas. — Procura, . 
pero sin éxito, la reconciliación de los condes de Montfort y 
Foix. — Conferencia de Narbona. — El rey de Aragón se presta 
á recibir el homenaje de Montfort.— Conferencia ó concilio de 
Montpeller. El rey de Aragón confía su hijo Jaime á Simón de 
Montfort. — Casamiento de Sancha de Aragón con el hijo del 
conde de Tolosa. — Concilio de Arles. — El rey de Aragón y el 
conde de Tolosa son llamados por el concilio. — Condiciones 
impuestas al conde de Tolosa' para su reconciliación con la 
Iglesia. — Partida del rey de Aragón y del conde de Tolosa. — 
El conde de Tolosa excomulgado. 168 

CAPÍTULO XVIII.— La batalla de las Navas de Tolo- 
sa. — Desembarco de Mohamed en Tarifa.— Cruzada contra 
los infieles.— Viaje de D. Pedro á Tolosa. — El abad del Cís- 



508 ÍNDICE 

P&ginas. 
ter, consagrado arzobispo de Narbona, reúne tropas y viene á 
Espafia contra los infieles. — Llega el rey de Aragón á Toledo. 
— Se reúne gente de todas partes en Toledo. — Parten de To- 
ledo los cruzados. — ^Asaltos de Magallón y Calatrava. — Aban- 
dono de los extranjeros y llegada del rey de Navarra al cam- 
po. — Llegan los cruzados al Muradal y cómo se verificó el pa- 
so de la sierra. — El triunfo de la Cruz. — Muerte gloriosa de 
Dalmau de Creixell • 17B 

CAPÍTULO XIX.— D. Pedro renueva sus instancias para el di- 
vorcio. — El conde de Toíosa pide protección á D. Pedro. — ^El 
rey envía embajadores á Roma. — Carta del Papa á los legados 
á propósito de las quejas y demandas del rey de Aragón. — 
Carta á Simón de Montfort por la misma causa. — El rey de 
Aragón en Tolosa. — Concilio de Lavour, al cual se presenta 
D. Pedro. — El rey de Aragón se declara abiertamente por el 
conde de Tolosa. — Recibe el juramento de los condes y ha- 
bitantes de Tolosa. — Acude al Papa en apelación de la sen- 
tencia dada por el concilio 187 

CAPÍTULO XX. — D. Pedro envía embajadores al rey de Fran- 
cia para pedirle la mano de su hija. — Reconoce los derechos 
de Guillermo al señorío de Montpeller.— -El Papa declara bue- 
no é irdisoluble el matrimonio del rey. — Reconoce el Papa 
los derechos de la Reina Doña María al sefiorio de Montpeller. 
— Antes había reconocido los de Guillermo. — Quejas de la rei- 
na de Aragóif al Papa contra los habitantes de Montpeller. — 
Muerte de la reina en Roma 19B 

CAPÍTULO XXI.— Embajada al rey de Francia.— Llega Don 
Pedro á Cataluña. — El rey de Aragón desafía á Simón de Mont* 
fort, y éste le devuelve el reto. — El Papa escribe al rey con- 
firmando la excomunión y la cruzada. — D. Pedro se une al con- 
de de Tolosa. — Sitio y asalto de Muret. — Simón de Montfort 
acude en auxilio de Muret. — El rey de Aragón se niega á la 
entrevista que le piden los obispos. — Rechaza también las pro- 
posiciones de Montfort — Batalla de Muret. — Muerte del rey 
de Aragón. — Simón de Montfort ante el cadáver de D. Pedro. 
— D. Pedro sepultado en Sijena. • . • . 203 

CAPÍTULO XXIL— Hijos que dejó D. Pedro.— D. Jaime.— 
Doña Constanza. — D. Pedro. — Juicio que de este rey ha for- 
mado la posteridad « 2l6 

CAPÍTULO XXIIl.— Montfort se niega á entregar el príncipe 
Jaime. — El Papa le obliga á entregarlo. — Muerte de Balduino 



ÍNDICE 509 

Páginas, 
en represalias de la del rey de Aragón. — Batalla de Narbona. 
— Cortes catalanas-aragonesas en Lérida. — Disposiciones to- 
ntadas por las Cortes. — Concordia con Navarra. Parlamento 
en Huesca. — Bandos en Aragón.— El conde de Provenza huye 
de Monzón y se embarca en Salou. — Asamblea de prelados y 
nobles en Monzón. — Sale D.Jaime de Monzón. — Su entrada en 
Zaragoza 222 

CAPÍTULO XXIV.— Cortes en Villafranca y en Lérida.— Ser- 
vido del bovaje. — D. Sancho dimite su cargo. — Confirmación 
de la moneda jaquesa. — Reconciliación del rey con Montpe- 
ller. — Carta del Papa al rey de Aragón.— Los catalanes y ara- 
gonesesse apoderan de Tolosa. — Cortes en Barcelona. — Orden 
de Nuestra Señora de la Merced. — Primeros caballeros que to- 
maron el hábito. — Calamidades producidas por la sequía.-— 
Toma D. Jaime los castillos de Albero y de Lizana. — Sitio de 
Albarracín. — Cortes en Huesca. — Casamiento de D.Jaime con 
Dofia Leonor de Castilla. — Cortes en Huesca. — Cortes en Da- 
roca 231 

CAPÍTULO XXV. — D. Guerau de Cabrera se presenta al rey 
para prestarle homenaje por el condado de Urgel. — Condicio- 
nes con que se le dio el condado. — Rompimiento entre Gui- 
llermo de Moneada y el conde del Rosellón. — £1 de Monea- 
da entra en Rosellón. — El rey marcha contra el de Moneada. 
— Liga entre los nobles. — Los coaligados se apoderan de la 
persona del rey. — Opresión del rey. — D. Jaime en Monzón y 
en Tortosa —Fuga del rey y llamamiento á los barones del rei- 
no. — El rey moro de Valencia tributario de D. Jaime. — En- 
cuentro del rey con Pedro Abones, y muerte de éste 241 

CAPÍTULO XXVI. — Los catalanes acuden en auxilio del rey. — 
Saqueo de Alcovera y batalla del Castellar. — Cortes en Torto- 
sa. — ^Toma de Ponciano y de Celias. — Lo que sucedió al rey 
en Huesca. —Terminan los bandos. — Retrato de D. Jaime. 
— Aurembiaix de Urgel se presenta al rey y reclama el con- 
dado. — Donación de Lérida á D. Jaime. — El rey declara la 
guerra á Guerau de Cabrera. — Se apodera de varios pueblos. 
— Entra en Balaguer. — Se le entrega Agraraunt.— La condesa 
de Urgel queda restablecida en sus estados 253 

CAPÍTULO XXVII. — Los almohades en Mallorca.— Lo que su- 
cedió con dos saetías de Tarragona. — Noble comportamiento 
del embajador catalán. — Reunión de nobles catalanes en Ta- 
rragona. — El banquete de Pedro Martell. — Discurso de Pedro 



5IO ÍNDICE 

P&ginas. 

Martell. — Los nobles proponen al rey la conquista de Mallor- 
ca. — Palabras del rey 261 

CAPÍTULO XX VIII.— Cortes celebradas en Barcelona para re- 
solver la empresa contra Mallorca. — Discurso del rey. — Res- 
puesta del arzobispo de Tarragona. — Respuesta de Guillermo 
de Moneada. — Respuesta de Berenguer Girart. — Conferencia 
de los nobles con el rey. — Discurso de Guillermo de Moneada. 
— Discurso de Ñuño Sánchez. — Discurso del conde de Am- 
purias. — Discurso del arzobispo de Tarragona. — Discurso del 
obispo de Barcelona. — Ofertas del clero. — Ofertas de los caba- 
lleros. — Discurs'o del diputado por Barcelona. — Oferta del rey, 
— Punto de reunión para emprender la conquista. — Se levanta 
acta para la repartición de tierras 271 

CAPÍTULO XXIX.— Regocijo y fiestas en Barcelona.— Prepa- 
rativos para la jornada de Mallorca. — Pasa el rey á Lérida. — 
Los nobles aragoneses intentan vanamente hacer cambiar de 
resolución al rey. — El rey y los suyos toman la cruz. — Alian- 
za con el rey destronado de Valencia. — Sentencia de divorcio 
entre el rey y la reina Doña Leonor. — Rectificación del con- 
venio de Barcelona. — La expedición sale de los puertos de Sa- 
lou, Tarragona y Cambriis 287 

CAPÍTULO XXX.— La flota llega al puerto de la Palomera.— 
NuAo Sánchez y Ramón de Moneada son enviados de explo- 
radores. — La flota pasa á Santa Ponza. — Desembarco de las 
tropas. — Primer encuentro con los sarracenos y primera vic- 
toria de los catalanes. — Primeras armas del rey en Mallorca. — 
Preparativos de batalla. — £1 mando de la vanguardia se con- 
fia á los dos Moneadas. — Victoria y muerte de los Monea- 
das. — Lo que le sucedió al rey con Guillermo de Mendiona. 
— Impaciencia del rey por tomar parte en el combate. — Ba- 
talla general — Acampa el ejército en Portopí. — Entierro de 
los Moneadas y discurso del rey ante sus cadáveres 298 

CAPÍTULO XXXI. — Sitio y toma de Mallorca. — Máquinas é 
ingenios de batir. — Predicación de Fr. Miguel. — Combate con 
los moros que habían cortado el agua á los sitiadores. — Su- 
misión de varías comarcas sarracenas. — Continúa el sitio. — 
Propuesta de un renegado y noble contestación del rey. — El 
emir mallorquín pide capitulación. — Se reúne el consejo del 
rey. — Se decide proseguir el sitio. — Heroico juramento de 
los sitiadores. — Asalto de la ciudad • 309 

CAPÍTULO XXXII.— Después de la conquista. —Almoneda de 



ÍNDICE 511 

Páginas, 
los despojos. — Tumulto popular. — Se declara la peste. — Frús- 
trase una empresa de Nufto Sánchez, y el rey envía á buscar 
más gente. — Salida del rey contra los moros. — Los almogá- 
vares en Mallorca. — Rendición de los moros refugiados en las 
cuevas de Arta. — Llegada de los caballeros aragoneses. — Car- 
ta-puebla de Mallorca. — Bernardo de Santa Eugenia nombrado 
gobernador de la isla. — Discurso de despedida pronunciado 
por el rey , 327 

CAPÍTULO XXXni.— Proyecto del rey. —Llega á Tanagona. 
— Obispado de Mallorca. — Casamiento de la condesa de Ur- 
gel con el infante de Portugal. — ^El rey recibe del infante el 
condado de Urgel, y le da en cambio el señorío vitalicio de 
Mallorca. — Cuándo volvió el rey á recobrar Mallorca. — ^Va 
D. Jaime á Tudela. — ^D. Jaime de Aragón y D. Sancho de Na- 
varra se adoptan reciprocamente por hijos y sucesores de sus 
reinos. — ^No se efectúa el convenio. — Viene D. Jaime á Bar- 
celona y reúne consejo de nobles y de ciudadanos. — ^El rey en 
Vich. — Vuelve á Barcelona y decide pasar á Mallorca. — Se 
intenta en vano disuadirle de su viaje. — ^Fruto que sacó de su 
viaje á la isla. — Vuelve á Catalufia 334 

CAPÍTULO XXXIV.— Los sarracenos de las montañas de Ma- 
llorca. — Tercera expedición del rey á la isla. — Hace testa- 
mento antes de partir. — Llega á Mallorca. — Conquista de 
Menorca. — ^Embajada que pasó á la isla. — Estratagema del rey. 
— Sumisión de Menorca. — Se proyecta la empresa contra Ibi- 
za. — Guillermo de Montgrí se ofrece á tomar la isla. — El in- 
fante de Portugal y Nufio Sánchez toman parte en la empre- 
sa. — Sitio y toma de Ibiza ; 343 

ACLARACIONES Y APÉNDICES AL LffiRO QUINTO. 

I. — Sigue la cronología de los condes catalanes 350 

IL — Constituciones de paz y tregua de Alfonso el Casto 352 

ni. — Extracto de las costumbres de Perpifián 357 

LIBRO SEXTO. 

CAPÍTULO PRIMERO.— Se abre la campaña contra Va- 
lencia. Primeras conquistas.— Correría de moros hasta 
Tortosa. — Rompimiento con el rey de Valencia.— Se decide 
la conquista de Valencia. — Cortes en Monzón. — Toma de Ares 
y Morella. — D, Jaime sale de Teruel y entra en tierra de mo- 



512 ÍNDICE 

Págioas. 
ros. — Pone sitio á Burriana. — Quiénes asistieron al sitio. — 
Los moros destruyen un castillo de los sitiadores. — Caso par- 
ticular que pasó al rey con motivo de unas galeras. — ^Varios 
nobles aragoneses proponen al rey abandonar el sitio. — Res- 
puesta del rey. — ^Noble comportamiento de los catalanes. — 
Bernardo Guillen de Entenza. — Rendición de Burriana. — Pe- 
fiíscola se entrega al rey. — Rendición de otras plazas. — Cabal- 
gada por las riberas del Júcar. — Toma de Almazora 365 

CAPÍTULO II. — Llegada de los embajadores húngaros á Bar- 
celona para tratar el casamiento del rey. — ^Entrevista de Don 
Jaime con su esposa Dofia Leonor y el rey de Castilla, y lo 
que quedó acordado. — Dudas sobre un viaje que se supone 
emprendido por el rey.— Campaña del 1235 en Valencia. — El 
rey delante de Cullera. — El rey y sus barones ante la torre de 
Moneada. — Ríndese Moneada. — Conquista de la torre de Mu- 
seros. — El rey da los cautivos para rescate de un caballero. — 
Matrimonio del rey en Barcelona con Dofia Violante.-^Bandos 
entre el conde de Ampurias y el de Rocabertí. — Cortes en 
Tarragona. — Concordia y avenencia entre el rey y Nufio Sán- 
chez. — Pretensiones de Pons de Cabrera al condado de Ur- 
gel. — Invade las tierras de Urgel con armas. — Apela también 
el rey á las armas, y cerca el castillo de Poos. — Convenio entre 
el rey y el vizconde de Cabrera • • 374 

CAPÍTULO III. — Consejo de capitanes en Sarifiena. — Abu 
Zeyd se hace cristiano. — Sale el rey de Teruel. — Levanta en 
el cerro de Enesa el castillo derruido por los moros. — Enco- 
mienda el castillo á Entenza y á Aguiló. — Apuros del rey para 
enviar provisiones á la hueste. — Cortes en Monzón. — Com- 
bate de Enesa ó del Puig de Santa María. — El rey lleva en per- 
sona los refuerzos al Puig de Santa María.— Nobles palabras 
del rey. — Llamamiento á los barones y ciudades. — ^Muerte de 
Bernardo Guillen de Entenza. — ^Vuelve el rey al Puig de San- " 
ta María. — Juramento del rey , 386 

CAPÍTULO IV. — Se pide al rey que abandone la conquista y 
se niega. — ^Ríndesele Almenara. — ^Se entregan varias plazas. — 
El rey pone cerco á Valencia. — Los almogávares se apoderan 
de Ruzafa. — Salida sin resultado de los moros. — Llegan re- 
fuerzos al real y de dónde. — Se va estrechando el sitio. — Pri- 
mer asalto de la ciudad y gloria de los de Lérida. — Toma de 
Cilla. — Se presenta la nota tunecina, pero desaparece al acudir 
la catalana. — Intentan los moros sorprender á Peflíscola y son 



índice 513 

Págiaas . 
rechazados. — El real abundante de víveres. — Ataques y tor- 
neos. — Combate de los sitiados con la gente del arzobispo de 
Narbona. — Herida del rey. — Algunos caballeros asaltan la 
torre de Boatella. — Nuevo asalto é incendio de la torre. — 

• 

Proposiciones de capitulación. — Torneo entre caballeros cris- 
tianos y moros. — Convenio de capitulación entre Zeyán y Don 
Jaime. — La capitulación no es consultada por D. Jaime á los 
barones 39^- 

CAPÍTULO V. — Se presentan al rey embajadores de Italia so- 
licitando su apoyo para defender la causa de la Iglesia. — Emi- 
gración de los moros valencianos. — Repartimiento de casas y 
tierras. — Algunos de los caballeros heredados en Valencia. — 
Trescientas doncellas de Lérida son enviadas á poblar la tie- 
rra de Valencia. — Conquista de varios pueblos. — Jomada del 
vizconde de Cardona en tierra de Murcia. — Intentan vana- 
mente apoderarse de Villena y Sax. — Constitución de Va- 
lencia. — Quiénes contribuyeron á la redacción. — Obispado de 
Valencia. — Parte el rey á Montpeller • 410 

CAPÍTULO VI.— Llegada del rey á Montpeller.— Pacifica la 
ciudad. — Parte de Montpeller. — Cortes en Gerona. — Va el rey 
á Valencia y se quejan los moros de violación de pactos. — En- 
trevbta de D. Jaime con Zeyán. — Ríndense Bairén y Villena. 
-^Virrey de Valencia D. Rodrigo de Lizana. — Berenguer de 
Entenza se pasa al campo moro. — Vuelve el rey á Valencia 
y celebra consejos de generales en Altura. — Marcha sobre Já- 
tiva. — Embajada al rey. — Sitio de Játiva. — Los almogávares 
corren las tierras de Játiva. — Suceso en el campamento y des- 
avenencia entre D. Jaime y García Romeu. — El rey se con- 
cierta con el alcaide de Játiva y levanta el sitio. — El conde de 
Ampurías recobra la amistad del rey. — Virrey de Valencia Ji- 

meno Pérez de Tarazona 419 

CAPÍTULO Vil. — Infancia del conde de Provenza Ramón Be- 
renguer. — Llega á Provenza y se casa con Beatriz de Saboya. 
— Sus guerras con el conde de Tolosa. Casamiento de dos hijas 
del conde de Provenza con los reyes de Francia y de Inglate- 
rra. -¡-Fundación de la ciudad de Barceloneta en los Alpes. — 
Romeo de Vilanova. — Vuelve el conde de Tolosa á su guerra 
con el de Provenza. — Hacen la paz. — Llega D. Jaime á Mont- 
peller. — Entrevista en Lunel con el conde de Tolosa. — Conve- 
nio entre el rey de Aragón y los condes de Provenza y de To- 
losa. — Trata el conde de Tolosa de repudiar á Sancha de Ara- 
TOMO XI 33 



514 ÍNDICE 

gón para casarse con Sancha de Provenza. — El rey D. Jaime 
se casa con Sancha de Provenza como procurador del conde 
de Tolosa. — Rompimiento del enlace. — ^Muerte del conde de 
Provenza. — Muerte del conde del Rosellón. — Disposiciones 
tomadas por D. Jaime al adquirir los dominios de Rosell6n.. 428 

CAPÍTULO VIII. — Nacimiento del infante Jaime en Montpe- 
Uer. — Entrevista de los reyes de Aragón y de Francia. — Cor- 
tes en Daroca. — Descontento de los catalanes. — Cortes en 
Barcelona. — Descontento de los aragoneses y sublevación del 
príncipe D. Alfonso.— Castilla apoya al príncipe. — Vuelve el 
rey á Valencia y se apodera de Alcira, Gandía' y Denia. — Via- 
je de D. Jaime á Provenza. — Pretensiones del rey al dominio 
de Provenza y pérdida de este condado para la casa de Aragón. 
— ^El rey manda cortar la lengua al obispo de Gerona. — ^Carta 
del Papa á D. Jaime con referencia á este hecho. — Absolu- 
ción del rey. — Casamiento de la hija de D. Jaime con el he- 
redero de la corona de Castilla. — Cortes en Huesca para for- 
mar un código. — Disposiciones testamentarias de D. Jaime re- 
partiendo sus reinos entre sus hijos. — Deja el reino de Aragón 
á su hijo Alfonso.— Cataluña á D. Pedro. — Valencia á D.Jai- 
me. — Rosellón á D. Fernando. — Ordena A D. Sancho el esta- 
do eclesiástico. — ^Disposiciones para el caso de faltar descen- 
dencia varonil. — Prosiguen las alteraciones en Aragón 437 

CAPÍTULO IX. — Rompimiento del tratado por los moros de 
Játiva. — D. Jaime pone sitio á Játiva. — Desavenencias entre 
D. Jaime y su yerno el príncipe de Castilla. — Prosigue el si- 
tio. — Distingüese Jaime Portadora. — Entrevista del rey de 
Aragón y el príncipe de Castilla. — Convenio entre ambos. — 
Capitulación de Játiva. — Repartimiento de tteiTas y adminis- 
tración de Játiva. — Cortes en Alcaftiz de catalanes y arago- 
neses para dirimir las diferencias entre el rey y su hijo. — Em- 
bajada al príncipe Alfonso. — Sentencia de los jueces de Al- 
caftiz. — Cortes en Barcelona donde se jura por sucesor del rey 
en Cataluña á su hijo D. Pedro. — Muerte de la reina Doña 
Violante. — Amores del rey con Doña Teresa Gil de Vidaure. 
— Doña Teresa obra ostensiblemente como mujer legítima del 
rey. — Ríndese Biar y todo lo demás del reino de Valencia.^ 
Discordia entre D. Jaime y su yerno el rey de Castilla. — To- 
ma D. Jaime bajo su protección el reino de Navarra, y prepa- 
rativos de guerra con Castilla. — El príncipe Alfonso aprueba en 
Barcelona las donaciones hechas por su padre á sus hermanos. 



ÍNDICE 515 

Páginas. 
— Nuevos tratos con el rey de Navarra y tregua con Castilla. 449 

CAPÍTULO X.— Aiedrach el moro. — Sus astucias y tramas se- 
cretas. — Trata de apoderarse del rey armándole una embosca- 
da. — Sublevación de los moros. — Determinación del rey. — 
Cortes en Valencia con este objeto. — Nombramiento de Gui- 
llermo de Moneada para gobernador de Játiva, y expulsión de 
los moros de Valentía.— Capitulación de los moros de Mon- 
tesa. — Jimeno Pérez de Árenos marcha contra los sublevados. 
— Batalla de Pefiacadell en que hizo sus primeras ai mas Don 
Pedro. — Tregua con los moros. — El príncipe D. Alfonso pro- 
curador de Aragón y de Valencia.— Beniardo Vidal de Besalú 
media para conseguir la paz entre los reyes de Aragón y de 
Castilla.— -Vistas de ambos reyes. — Sublevación de Montpe- 
11er. — ^Los reyes de Aragón y de Francia nombran arbitros pa- 
ra dirimir su contienda. — ^El vizconde de Narbona desafía al 
rey de Aragón. — ^Vistas de los reyes de Aragón y de Castilla 
en Calatayud y en Soria. — Rompimiento de hostilidades en- 
tre los reyes de Aragón y de Francia. — Termina D. Jaime la 
campaña de Valentía. — Astucia de que se valió. — Capitula- 
ción de Azedrach 462 

CAPÍTULO XL — Viajes del rey. — Embajadores enviados á 
Francia para negociar un tratado. — Tratado de Corbeil entre 
los reyes de Francia y de Aragón. — Ratificación del tratado 
por D. Jaime en Barcelona. — Tratos de boda entre Isabel de 
Aragón y Felipe de Francia. — Viaje dd rey á Perpiftán y á 
Montpeller y sosiego de estas tíudades. — Unido el reino de 
Valencia al de Aragón, es declarado heredero y sucesor en 
ambos el príntípe D. Alfonso. — Sucede D. Alvaro en el con- 
dado de Urgel y turbaciones en este condado. — D. Pedro de 
Moneada incendia la villa de Pons. — D. Alvaro de Cabrera se 
aparta de la obediencia del rey. — Confederación de barones 
catalanes contra el rey. — D. Jaime llama á las armas para mar- 
char contra ellos. — El rey tenía tregua con el de Túnez. — 
Muerte del príncipe D . Alfonso en Calatayud. — Declaración y 
protesta hecha por D. Pedro en Barcelona. — El rey manda 
al justitía de Aragón contra el conde de Urgel. — Unión y 
hermandad de las ciudades y villas de Aragón. — Tratos de 
boda entre el príncipe D. Pedro y Constanza de Sicilia, y em- 
bajada del rey al Papa. — Contestación del Papa. — Fernán Sán- 
chez, hijo natural del rey, pasa á Sitília á ratificar el tratado 
de boda. — Matiímonio de Isabel de Aragón con Felipe de 



^^ 



516 ÍNDICE 

Páginas. 

Francia. — Bodas del príncipe D. Pedro con Constanza de Si- 
cilia. — ^Disposiciones del rey tocante á sus reinos 47:^ 

CAPÍTULO XII. — Nombramiento de arbitros. — Duelo en Lé- 
rida. — Recibe el rey en Barcelona una embajada del sultán 
de Egipto. — El sultán de Egipto acoge con gran pompa en Ale- 
jandría á los dos caballeros catalanes enviados por el rey. — 
Nombramiento de cónsules y poder comercial de Barcelona. 
— Impulso marítimo. — Fernán Sánchez almirante de Aragón. 
— Colonización de Valencia. — Embajada al rey de Francia. — 
La reina de Castilla pide apoyo á D. Jaime.— Consejo en 
Huesca. — Cortes en Barcelona. — Oposición que encuentra el 
rey en las Cortes. — Práctica que se seguía. — Los brazos no 
quieren prescindir de su derecho. — Enojo del rey. — Transige 
con las Cortes y se acuerda con ellas. — Cortes en Zaragoza. — 
— Contestaciones dadas al rey por algunos nobles negándose 
á lo que se les pedía. — Negativa de los ricos-hombres á favo- 
recer al rey. — Memorial de agravios.- — Los barones aragoneses 
se congregan en Alagón. — Contesta el rey al memorial de agra- 
vios de los ricos-hombres. — No se avienen los ricos-hom- 
bres y comienza la campaña. — Toma de las Celias, sitio de 
Pomar y suspensión de hostilidades. — Arbitraje y tregua. ... 487 



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