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Full text of "Portalis et son temps, l'homme, le penseur, le législateur .."

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HISTORIA 



DC 



D. DIEGO DE ALVEAR Y PONCE DE LEON 



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l 



HISTORIA 




BRIGADIER DE LA ARMADA 

h senicios que preslara, los mérites gueadjuirie.-a 

V LAS OBRAS QIJE^ ESCRIBIO 

Um SUFICIEKTEIIEIVTE DOCUVEXTADO 

FOR SU HUA 

Doiti SiBINÂ DE ÀLYEAR T WiRD 

9 




MADRID.— 189 1 

IMPRENTA DE D. LUIS AGUADO 
8, Pontejos, S 



Toi. 607. 



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A MIS AMADOS SOBRINOS 



DE ESPASA y AMERICA 




|UE en las familias nunca sobran las 
mujeres, y qtie para algo sirven las 
lias, ha probado con su génial bene- 
volencia un discreto y çtmenisinto es- 
critor (l); y yo, apoyândome en este 
amable concepto, quisiera en verdad, 
^ me es posible, servir a la mia formando un lazo de 
union que estreche las distafwias y llene el vacio que 
Jian dejado los que de ella ya se han ido, y vosotros los 
que de nuevo habéis venido. Distandas que han ocasio- 
nado por un lado, el tiempo pasando râpido y acumu- 
lando anos sobre aûos, y por otro, lo lejano de lospaises 
en que, separados por el gran Océano Atlântico, nos ha 
sida dodo el vivir; cuya ûltima circunstancia ha entrana- 
Ao la muy sensible y poco frecuente de tener mucJtos pa- 
rientes, y mas raro aûn haber hermanos que nunca se 



(l) D, Francisco Castro y SerranOy Las mujeres que sobran. 



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— 6 — 

han conocido ni visto, aunqtie no por eso liayan sido me- 
nos queridos; qiie el afectuosisimo caràcter de D. Diego 
de Alvear y Ponce, nuestro amado progenitor, parece 
haberse infilirado en el de sus hijos y nietos, à la par 
de otras cualidades fisicas y morales, como selloy seûal 
indeleble que los marque y asemeje, sacà^idolos triunfan- 
tes de aquellos serios obstâculos que pretendian amen- 
guar el natural carino mutuamente debido entre indivi- 
duos de la misma familia. 

jHe nombrado à mi venerado padre! A él elevan sus 
ojos, como à ilustrejefe y cabeza de las varias y nume- 
rosas familias asentadas en ambos muftdos, todos sus in- 
dividuos, ansiosos de conocer à fondo y podcr apreciar 
mejor los extranos incidentes de su azarosa vida; las re- 
conocidas dotes de inteligencia, ilustradcm y consta)u:ia 
que entre otras le adornaban; los soberanos ejemplos que 
de sôlida virtud y heroica abnegaci&n diera; y, por ûlti- 
mo, los varios y distinguidos servicios qiw le cupo Itacer 
à la patria en su larga y laboriosa carrera. Entre éstos 
figuran très agrupaciones, que ctdminantes se destacan, 
influyefido en sucesos histôricos de importaptcia, no solo 
y a para la gran naciôn espanola, que se extendia entour- 
ées inmensa por antbos liemisferios, sino que también 
para otras potenci as, entre las cuales tan seflalado puesto 
ocupara esta en aquella época. Nos referimos: /.^ A la 
dificil, trabajosa y larga comisiôn de limites entre los 
dominios de Espaiîa y Portugal en la Atnérica Méri- 
dional, cuyos trabajos debian resultar de gran interés^ 
aun ahora mismo, para las nuei^as Repiiblicas que alli 
se luxn formado, 2!* Al aciago combate naval con los in- 
gleses, del Cabo de Santa Maria, et $ de Octubre de 180$ , 
de tan funestas consecuencias, Y ^.** A la defensa y go- 
bierno de la Isla de Léon en el ano de 1810, durante la 
guerra de la Independencia contra los franceses. 

Felizmente, por una natural propensi&n de caràcter, 
se habian grabado en mi memoria^ fijàndose ifidelebles 
en mi imaginaciùn, no solamente la imagen viva de la 



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— 7 — 

noble figura de ntipadre, âpesar del largo tiempo trans- 
currido, sino que perenne también el recuerdo de todos 
Los dichos y hechos que repetidas veces en mi infancia le 
ai contar; paredéndotne en mi ilusiôn que aûn oia el so- 
nido de su voz y sentiafijarse en mi el sorprendente bri- 
lla de su expresiva mirada. 

El afecto credo coft la edad, y mi madré y mucltas 
otras personas que le Iiabian tratado con ifîtimidad, y 
podian apreciar con el conocimiento de los sucesos de su 
vida las cucdidades de su genio y caràcter, por satisfa- 
cet el ardoroso afân de mis pregimtas me referian todo 
lo que de él sabian; y por ûltimo, luego mas tarde, nna 
ificansable curiosidad me lia llez^ado à buscar y leer con 
el mayor interés todo lo q^ie a mi padre se referia en H- 
bros é historias, y muy especialmente en los numerosos 
documentos y cartas, mtïchos otros papdes y sus obras 
inéditas, que en los archivos de nuestra casa con esmero 
se conservan, confirmando y completando el perfecto co- 
nocimiento que de su historia pûblica y privada ya ténia. 
Pues, lo confieso ingenuamente, me Im parecido tan in- 
teresante, tan digna de ser conocida, al menos por vos- 
otros, sus nietos y descendientes, los que llei^âis su nom- 
bre, entre los cuales algunos, los mâs prôximos sin dada, 
habian manifestado tan gran deseo de obtener sus obras 
y hacerlas publicas, pidiéndome igimlmentc las mâs no- 
iicias que de estas y de su vida yo tuviera ôpudiera dar, 
que empecé a recoger los varios apuntes y datos que ha- 
hia ido sefialando anteriormente como mâs sobresalien- 
fes é interesantes; pero como mi afecto filial los fuera 
ticufnulattdo y explayando cmi pormenores acaso dema- 
sicuio intimos para personas extranas, aunque pensara 
yo que no debian ser omitidos por lo que caracterizaban 
(d personaje y amenizaban el asunto, ni menos ser des- 
conocidos ni olvidados por los individuos de la familia, 
ê influida principalmente por la persona de mi mayor ^ 
rarino, mi liermana menor, que mucho me animaba a 
eUo, me resohn à escribir yo mismu la hisioria de mi 



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- 8 — 

padre, por mas qtie me arredrara el inttsitado trabajo, 
y mas aûn d temor de los escollos en que estrdlarse pUr- 
diera mi osada pretensiôn de navegar por las pdigro- 
sas ondas de la ptiblicidad, casi siempre escabrosa para 
la mujer, 

Ahi^ pues, la tenéis; ial como es os la ofrezco; para 
vosotros principalmente la lie escrito; recibidla como la 
mayor prueba de afecto que ptuiiera daros, y en justa 
correspondencia disimulad las f allas que sin duda lia- 
llaréis en eUa; pues es una Historia escrita sin otras 
pretensiones que la de, con toda verdad, recordar los 
sucesos y liacer patente como y de que manera pasô por 
ellos los realizô nuestro progenitor; y si acaso os ad- 
mira la superior dignidad que en ella resplandece siem- 
pre, no por eso lleguéis à dudar que, confundiendo el 
pesimismo vulgar del adagio francés (l), D, Diego de 
Alvear era mâs admirado cuanto mâs conocido y de 
cerca tratado. 

Desgraciadamettte, mâs veloz que mi tarda pluma 
ha corrido el tiempo con sus varios accidentes de enfer- 
medades y muertes, arrebatando à nuestro cariito pa- 
rientes y amigos queridos que acaso se hubieran com- 
placido en leer este libro por el interés que les inspiraba 
su primordial objeto;y mâs reciente aûn, el fallecimiento 
de nuestro amado D, Torcuato de Alvear, dignisimo In- 
tendente de Buenos Aires, lux agravado nuestro pesar; 
pues indudablemente lia sido el que mayor deseo 'tnostra- 
ra de que se escribiera y yo lo concluyera pronto. jTar- 
de ha sido!,,, iMuy triste me es decirlo! 

Sabina de Alvear. 

Madrid ii de Mayo de 1891. 



(I) Nul grand homme pour son laquais: no hay grande hom- 
bre para su doraéstico. 



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INTRODUCCIÔN 




^ONTiLLA, ciudad de la provincia, 
antiguo reino de Côrdoba, ha te- 
nido nombre con alguna celebri- 
dad en los anales de la Historia 
desde tiempos remotos, por haber 
sido, por su admirable situaciôn 
estratégica, la fertilidad de su te- 
rreno y otras muchas ventajas naturales, paso de ejérci- 
tos y asiento de varios sucesos importantes en casi todos 
los perfodos de las guerras extranjerâs ô civiles que han 
ensangrentado tan à menudo el suelo de nuestra codicia- 
da Espafla; griegos y romanos, godos y arabes» por allî 
pasaron y asentaron su poder, y de ello dan indudable 
testimonio, no solo los recuerdos de la Historia, sino, aun 
al présente, las innumerables ruinas, que por doquier se 
encuentran al hacer cualquiera excavaciôn, de sepulcros, 
caminos subterrâneos y muros, lapidas, inscripciones, 
monedas, alhajas y otros muchos objetos, vestigios de 
aquellas dîferentes razas que todavfa yacen enterrados 
en medio de los extensos vifledos que producen el riquf- 



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— 10 — 

simo vino de MontiUa (al que el de Jerez, tan renombrado 
y conocido del mundo, rinde las armas, llamando al mejor 
de los suyos amontillado, por suponer que algo se le pa- 
rece), y de los olivares, huertas y cortijos de sa cultiva- 
do término. 

Julio César, en persecuciôn de los hijos de Pompeyo, 
pasô por alH, y en sus alrededores fué probablemente la 
famosa batalla de Munda^ segûn grandes indicios y anti- 
guos autores y modernos, si bien otros lo cuestionen; 
como también su antiguo nombre romano de Ullfa, Monte 
Ullia, de que tan fâcil y naturalmente parece derivarse 
el de Montilla, prefiriendo aplicarlo â otro lugar vecino. 

Pasada la invasion de los arabes, y durante el califato 
de Côrdoba, Montilla, como todos los pueblos de las cerca- 
nias de la capital (pues solo dista de ella seis léguas), 
disfrutô de gran prosperidad material. Fué reconquistada 
luego por el santo Rey Fernando, que la poblô con sus 
guerreros, de los que aûallevan nombre algunas calles, 
y ya hasta concluir la secular epopeya con la toma de 
Granada, plaza fronteriza entre moros y cristianos, tea- 
tro fué de continuas algaradas y rudos combates; si bien 
su fuerte é inexpugnable castillo, sentado en lo mâs alto 
del monte que la denomina, jamâs volviô â caer en manos 
del infiel. En él, hermosa morada de sus ilustres proge- 
nitores, naciô aquel, entre todos los caudillos célèbres de 
aquella guerrera época, el mâs famoso, aquel que mere- 
ciô llevar por distintivo y excelencia el nombre de el 
Gran Capitdn, el sin par D. Gonzalo Fernândez de Côr- 
dova. 

Muchas fueron sus glorias, muchos y grandes los ser- 
vicios que â la Espaûa y sus Reyes hiciera aquel hombre, 
grande, en efecto, â todas luces; pero no le fué dado el 
salvar de una espantosa catâstrofe el magnffico castillo 
do naciera. Lo habfa hermoseado con mârmoles y notabi- 
Ksimas obras de arte, enriquecido con lujosisimo muebla- 
je, tapices, armas, etc., traîdos de lejanas tierras, ilus- 
trados recuerdos de sus viajes, trofeos de sus victorias. 



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— 11 — 

Andalucia lo reconocia como el mâs hermoso, suntuoso y 
completo entre todos los que levantaban sus enhiestas to- 
rres en aquellos reinos. Pero ni ruegos, ni protestas, ni el 
recuerdo de sus glorias sirvieron â salvarlo. El castillo 
fué demolido sin piedad por orden severfsima del Rey 
Fernando el Catôlico; que si bien perdonô la vida al jo- 
ven D. Pedro de Aguilar, Marqués de Priego, â ruegos de 
su ilustre tfo, déterminé, astuto polîtico, destruir el poder 
del magnate que osaba mostrar conatos de rebeldla con- 
tra la autoridad real. 

Honra y prez es para los montillanos el recordar que 
no hubo quien de entre ellos se prestara â poner mano en 
aquella nefanda destrucciôn, y fuera preciso traer gente 
extrada para que en ello se empleara. 

Andando el tiempo , otro grande hombre enalteciô à, su 
patria, Montilla, con el ejemplo de sus heroicas virtudes, 
y luego con lafama de sus conquistas asombrosas; no gue- 
rreras por cierto,pero sf bien paclficas y santas, altamente 
beneficiosas y mucho mâs permanentes que aquéllas sue- 
len serlo, convirtiendo â la Religion y atrayendo â la civi- 
lizaciôn millares y millares de aimas en elPerû y en toda 
la America espaflola. jEl grande apôstol de las Indias oc- 
cidentales, el gloriosfsirao San Francisco Solanof,., Sus 
casas, sus huertas, su convento, àrboles y plantas que cul- 
tivé, tradiciones de dulce poesia, todos son vestigios de 
tierna piedad, que conserva fervorosa la veneraciôn de 
los montillanos para con su esclarecido compatriota y Pa- 
tron© , el Santo por excelencia. Gloriosa para Espaûa es 
la singular coincidencia de que fueran espaûoles los dos 
grandes apôstoles de ambas Indias, San Francisco Solano 
y San Francisco Javier. 

Otras muchas personas distinguidas en las letras y en 
las armas han honrado su nombre y patria en todos tiem- 
pos; pero nos Uevarfa lejos su enumeraciôn, y preferimos 
hacer notar tan solo los sucesos varios que , relacionados 
con el principal objeto de este escrito, D. Diego de Alvear 
y Ponce, 6, interesando mucho â nuestra casa y familia, 



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- 12- 

hayan pasado por Montilla, apuntando estos ùltimos lige- 
raraente para entrar sin màs detenciôn en la narraciôn 
de la vida del que fué mi venerado padre. 

En e^tos nuestros tiempos, y sin contar los estragos de 
lafunesta invasion francesa de principio del siglo, que tan 
devastada , arruinada y aun hambrienta dejô â la Espafia 
entera , vinieron sucediéndose luego los repentinos cam- 
bios polfticos, las guerras civiles, las pèrsecuciones y los 
pronunciamientos, y en casi todos ellos ha sufrido Monti- 
lla mâs 6 menos. Pero, cifléndonos al paso de tropas , re- 
cordaremos el espanto y susto grandfsimos que causé la 
Uegada repentina (Noviembre de 1836) del ejército carlis- 
ta, que, al mando del General Gômez y del temible Cabre- 
ra, en su atrevida expediciôn â Andalucla por dos veces 
se alojô en nuestras casas, y en su persecuciôn las ocupô 
luego el bizarro General D. Diego de Leôn, nuestro com- 
patriota cordobés, victorioso en cien batallas, y en la que 
ahora los destruyera también. jLa primera lanza del Ejér- 
cito y su mâs gallardo adalidl... 

A poco vimos marchar al héroe â la muerte como quien 
va â una parada, magnffico, con su brillante uniforme de 
hùsar, cubierto el pecho de cruces y su nombre de gloria, 
sereno, sin quejas ni odios, vfctima de su lealtad para con 
la Reina, para con la Naciôn, y aun para los que fueron 
sus enemigos y le hicieron fusilar. 

El dfa 15 de Octubre de 1841 ha sido el de mayor cons- 
ternaciôn que, en nuestra juventud, se ha conocido en 
Madrid. 

En 1843, y a la Junta de Côrdoba, guarecida en los altos 
pisos de nuestra casa, vefa y ofa en la planta baja â los 
jefes de las divisiones de Espartero, Duque de la Vic- 
toria, que se dirigfan â Sevilla protegiendo la retirada 
del antes victorioso generallsimo, y ahora fugitivo Ré- 
gente. 

Mâs tarde (1854), la gran figura de D. Leopoldo O^Don- 
nell, acompaûado del simpâtico Serrano, Duque de la To- 
rre, de Dulce, EchagUe y otros beneméritos Générales, 



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— 13 — 
se alegraron de recibir la obsequiosa hospitalidad que 
nuestra amistad les ofreciera. 

El General Blaser» Ministre de la Guerra; el Duque de 
Vistahermosa, nuestro querido amigo, y otrosrauchosje- 
fes , acaudillando las tropas del Gobierno , les siguieron 
inmediatamente. En las mismas habitaciones durmieron^ 
â la misma mesa se sentaron. En casa supieron el movi- 
miento revolucionario de Madrid, las desastrosas quemas 
y el pîllaje de sus casas; la dimisiôn del Ministerio, el com- 
plète trastorno que sucediô... Pena grande causabael ver 
â los corapafleros de ayer batiéndose hoy, y unos y otros, 
tan dignos, tan valientes, gloria de la patria antes y des- 
pués , ser à veces instrumentes del mal, impulsados por 
los partidos politicos que tan hondamente han perturbado 
al pais. 




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^t=^'— •'— r^^^ 




YIDA DE DON DIEGO DE ALYEAR 



SU FAMÎLÏA, EDUCACIÔN Y PRIMERAS CAMPAI^AS 




^>N Diego de Alvear y Ponce de 
Leôn, natural de la dicha ciudad 
de Montilla, naciô el 13 de No- 
viembre de 1749 de una familia 
antiquîsima, oriunda de las mon- 
tafias de Burgos, donde tuvo su 
ori^en y casa solariega, sita en San Miguel de Aras, 
valle de Aras, merindad de Estremiera (perteneciente 
hoy a la provincia de Santander, donde radican aûn 
poblaciôn, castillos y familias de aquel apellido de 
Alvear), con escudo de armas propio y extensa docu- 
mentaciôn, que acreditan su reconocida nobleza ^ 
calîdad tan apreciada y précisa en tiempos anteriores 
para obtener consideraciôn, y aun para poder servir al 
Estado en altos puestos civiles y militares, como suce- 



l Véase Apéîidice i.^^Alveares. 



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— 16 — 

diô â muchos de sus ascendientes, que se distinguieron 
en las varias guerras de Italia, Flandes y America y en 
los gobiemos de villas y ciudades y otros cargos; en la 
de Nâjera (capital antigua de Navarra)fueron Contado- 
res, Gobernadores y Alcaides de su alcâzar por nom- 
bramiento del Rey en el siglo XVI, y Alcaides del esta- 
do noble en sucesiôn por varias generaciones. 

Procedente de esta ciudad en el siglo XVII, Uegô 
con un alto empleo de Hacienda D. Juan de Alvear â 
la de Côrdoba, donde fijô su residencia y emparentô 
por casamiento con algunas de las principales Casas 
de aquella capital, y luego su hijo ùnico D. Diego de 
Alvear y Escalera, â principios del XVIII, poseedor de 
un caudal muy regular, se transladô â Montilla, estable- 
ciéndose definitivamente, comprando casas y fincas y 
dedicândose â las labores agrîcolas, que, prosperando 
bajo su acertada é inteligente direcciôn, le colocaron 
muy pronto entre los mayores propietarios de la ciudad, 
mereciendo â la par por su integridad é intachable con- 
ducta el respeto de todos sus nuevos conciudadanos. 
Este seilor vino â ser como el cabeza ô tronCo de las 
varias Casas 6 ramas del apellido de Alvear que exis- 
ten hoy en Montilla, y de las que radican también en 
Buenos Aires, procedentes del mismo por su hijo pri- 
mogénito D. Santiago. El segundo, D. Juan, siguiô 
la carrera eclesiâstica desde su temprana edad. No 
tuvo mâs que estos dos hijos. 

D. Santiago contrajo matrimonio con dofta Escolâs- 
tica Ponce de Leôn, de muy ilustre estirpe también, 
hija de Don Luis, Corregidor que era de Montilla, y na- 
cida en el Puerto de Santa Maria en 1729, siendo su 
padre Corregidor entonces de aquella villa, â tiempo 
de tener que salir â recibir al Rey D. Felipe V en su ex- 
pediciôn â Andalucîa en busca de la salud y alegria 
perdîdas, y que no lograron por cierto devolverle los 
grandes festejos con que aquella Autoridad, como otras 
tantas, le hubieron de obsequiar (todo lo cual consta en 



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— 17 — 

la partida de bautismo de lanifla, como motivo plausi- 
ble de haberse detenido este mâs de lo regular). 

Tuvieron ocho hijos, â todos los cuales dieron es- 
meradaeducaciôn,habiendo llegado â hacerse notables 
los mâs en las diversas carreras militar 5' eclesiâstica 
que eligieron. 

Nuestro D. Diego, el tercero de ellos, empezô sus 
estudios en el Colegio de los PP. jesuitas de Montilla, 
y luego los continuô en el muy célèbre de Santiago, de 
Granada, fundaciôn de uno de sus antepasados , don 
Diego de Rivera, que dirigian los mismos Padres; alli 
siguiô un curso completisimo de Filosofia, Teologia y 
Humanidades con grandisimo aprovechamiento, des- 
arrollândose notablemente sus facultades intelectuales, 
aumentândose su aficiôn al estudio de los diversos ra- 
mos del saber humano, y apropiândose aquel excelente 
método de sas afamados maestros para hacerlo con fa- 
cilidad y solidez; lo que le sirviô mucho en lo sucesivo 
para adquirir los extensos y profundos conocimientos 
-que alcanzô poseer con rara perfecciôn, aprovechando 
las mâs veces fortuîtas ocasiones en largas navegacio- 
nes y en la soledad de los desîertos, sin mâs auxilio que 
los escasos libros que con harta dificultad le proporcio- 
naba su ansia de saber. 

Suprimida en 1767 tan airadamente la Compania de 
Jesûs, y cerrados sus colegios, en los que tanta ciencia 
aprendîan, y tan buena y religiosa educaciôn recibian 
los mâs de los jovenes de aquella época, tuvo que vol- 
verse al lado de sus padres D. Diego; pero, por suerte, 
ya en edad de escoger carrera, y prefiriendo la militar, 
se decidiô por la Marina, en grande auge entonces en 
Espana; y dados los pasos preliminares, probada su no- 
bleza de sangre, cosa précisa para ser admitido en 
aquel nobilisimo Cuerpo, y otros i^equisitos que se exi- 
gian,se le concediô plaza de Guardia Marina, que sentô 
en Câdiz en 14 de Marzo de 1770, â los veinte af^os de 
su edad. Hizose muy pronto notar en la Academia por 

2 



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— 18 — 

su claro talento,instrucciôn esmeraday rectitud de con- 
ducta; de modo que en Septiembre del siguiente ano el 
célèbre D.Jorge Juan,Capitân de laCompafliadeGuar- 
dias Marinas y su director, le nombrô sub-brigadier en 
testimonio del aprecio que le mereciera y en recompen^ 
sa de su aplicaciôn; y al subsiguiente, concluidos sus 
estudios con nota de sobresaliente en todos ellos, fué 
elegido para la expediciôn a las islas Filipinas que se 
disponîa a las ôrdenes del Capitân de fragata D. Juan 
de Lângara. Embarcôse, pues, en la fragata Venus^ que 
se diô â la vêla en Câdiz por el mes de Diciembre de 

1771. 

Iban también en dicho buque D. José de Maza- 
rredo y D. Sébastian de Apodaca, y en el curso de esta 
navegaci(3n â Manila, y su regreso â Câdiz en Julio de 
1773, fué cuando por primera vez se practicaron las ob- 
servaciones de longitud en la mar por medio de las dis- 
tancias lunares, invenciôn de Mazarredo en aquel mis- 
mo viaje. 

Bajo la direccion de tan hâbil maestro emprendi6 
Alvear un curso completo de Matemâticas, que luego 
complété con el de ciencias sublimes y Astronomia con 
los no menos esclarecidos marinos D. Vicente Tofino y 
D. José Varela; gloriândose toda su vida después de ha- 
ber tenido por maestros â tan dignos y sabios varones, 
cuyos nombres pronunciaba siempre con tanto respeto 
como estimaciôn. 

El Diario que trajo de esta su primera navegaciôn, 
es un dechado que pudiera servir de modelo por el 
método, exactitud y primor de su redacciôn. 

En 10 de Mayo de 1773 fué ascendido â Alférez de 
fragata; â poco mereciô la honrosa distinciôn de ser 
nombrado para la expediciôn cientifica de la fragata 
Rosalia^ que al mando del mismo D. Juan de Lângara, 
y acompafiado de Mazarredo, Apodaca y Varela, saliô 
de orden del Rey para que se continuaran practican- 
do las dichas observaciones de longitud en la mar por 



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— 19 — 

todos los métodos conocidos, con objeto de hacer usua- 
les en la marina los nuevos y mejores. 

Durô la expediciôn desde Enero hasta Julio de 1774, 
y su re-sultado fué traer un copioso catâlogo de las mâs 
exactas y comprobadas observaciones, dejando al mis- 
mo tiempo determinada la situaciôn y levantado el 
piano de la isla de la Trinidad 6 Ascension, a los 20^ 
31' de latitud, y 24*^ 12' delongitud occidental de Câ- 
diz, en la mar del Sur, cuya marcaciôn hasta entonces 
era dudosa. 

De segundo Comandante de la misma Rosalia^ cuyo 
primero era el Teniente de navio D. Diego de Canas, 
y agregado â la escuadra que mandaron sucesivamen- 
te el Brigadier D. Adriân Cantin (que con el navîo de 
su mando, el AstniOy hubo de separarse de la escuadra 
pasadas las islas Canarias en virtud de pliego cerrado 
y dirigirse â Veracruz de Méjico) y el Capitân de na- 
vîo D. Martin Lastarria, salio Alvear nuevamente de 
Câdiz, el 3 de Agosto del mismo ano, para Montevi- 
deo, adonde llegô el 10 de Noviembre. Y habiéndose 
declarado la guerra con Portugal por aquel tiempo, 
tras de largas desavenencias, con motivo de la pose- 
siôn de las colonias del Sacramento y Rio Grande de 
San Pedro, se hallo en las acciones y toma consecuti- 
va de aquellos dos puntos. Y luego hizo varios cruce- 
ros mandando la Rosalia^ acompafiado de la Astinciôn 
al mando del Teniente de navio D. Ramôn de Novia, 
observando y burlando â la escuadra portuguesa, de 
cinco navios y dos fragatas, con gran destreza y suma 
habilidad; y por ùltimo, incorporada la Rosalia â la es- 
cuadra del Marqués de Casa Tilly, en la que debîa ir 
la gran expediciôn de D. Pedro Ceballos, saliôde Mon- 
tevideo el 15 de Enero de 1777; y tomada que fué la 
isla de Santa Catalina, regresô al puerto de su salida 
el 16 de Abril del siguiente afto. En Julio de 1777 
obtuvo su ascenso â Teniente de fragata, habiendo 
tenîdo el de Alférez de navîo en Enero de 1775. 



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— 20 — 

Siguiôse â poco la guerra con los ingleses llamada 
la de los cuatro anos^ y en ella presto también sefiala- 
dos servicios, observando y vigilando en un buque me- 
nor, y con grandes riesgos, los movimientos de las es- 
cuadras y buques enemigos por todas las costas y ma- 
res de Buenos Aires y el Brasil; recorriéndolos todos 
y entrando en los puertos de San Sébastian, Isla Gran- 
de y Rio Janeiro, segûn comisiôn mu)^ reservada que 
recibîô del Virrey de Buenos Aires, D. Juan José de 
Vértiz, â quien mereciô dejar altamente satisfecho por 
haber contribuido mucho, con sus acertadas comunica- 
ciones y diligentes avisos, â que se frustrara la expedi- 
ciôn inglesa contra el Rio de la Plata. Concluîda esta 
campafia en 1781, regresô del Janeiro â Buenos Aires. 




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II 



COMISIÔN DE DEMARCACIÔN DE LÎMITES ENTRE LOS 
DOMINIOS DE ESPAi^A Y PORTUGAL EN LA AMERICA 

DEL SUD 

1788 - 1801 




I A por entonces ténia Alvear tan sefiala- 
da fama de prudente, valeroso y en- 
tendido Oficial, y de reunir â una gran 
firmeza de carâcter una tan superior 
ilustraciôn, prîncipalmente en la Astro- 
nomîa y demâs ciencias fisicais y niate- 
mâticas, derecho de gentes é idiomas (pues Uegô â 
hablar siete con notable facilidad: latin, francés, italiano 
y portugués, ademâs del propio, y dos dialectos indios, 
el guarani y el tupi, en los que se entendîa con los in- 
dîgenas perfectamente, â los que afiadiô luego el in- 
glés, aunque no con tanta perfecciôn), que, â pesar de 
su corta graduaciôn de Teniente de frsigata, mereciô 
set propuesto por el Cuerpo gênerai de la Armada por 
dos veceSy y nombrado por el Gobierno de S. M., para 
una comisiôn honrosîsima por lo delicada y dificil de 
su buen desempeôo, la suma de conocimientos y cua- 



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lidades que requerîa, y la cuantîa de intereses y dere- 
chos nacionales que en ella se habîan de dirimir. 

Habîase firmado la paz con Portugal en 1777, y 
las dos Cortes, de comùn acuerdo, decidieron arreglar 
de un modo estable la cuestiôn de limites en sus in- 
mensas posesiones de Ultramar; semilla fecunda que 
habfa sido de continuas desavenencias, atropellos y 
combates locales, con gran numéro de desastres, que 
trajeron, por ùltimo, la guerra de que hemos hablado 
entre las dos naciones hermanas. 

Ajustôse, pues, un tratado preliminar de limites en 
I." de Octubre de 1777, por el cual se disponîa que se 
habîa de trazar una lînea divisoria que demarcara de- 
finitivamente y fijara los respectivos Estados en la 
America méridional, y sefialara la zona neutral que las 
habîa de separar. 

Tomadas las disposiciones necesarias, noinbran- 
do al efecto ambos Gobiernos respectivamente très 
divisiones 6 partidas (que se dividieron luego en cinco), 
compuestas de personas idôneas â la orden de habiles 
y entendidos astrônomos, y proporcionândoles los 
medios mâs adecuados para hacerlo con la debida 
exactitud, dieron los Gobiernos las instrucciones que 
de acuerdo habîan suscrito, etc. 

Para mandar una de estas cinco divisiones fué 
nombrado por Espafia D. Diego de Alvear â propues- 
ta del Cuerpo gênerai de la Armada, como hemos di- 
cho, con el titulo de Comisario de la demarcaciôn de 
limites en 30 de Marzo 1778; los otros Comisarios fue- 
ron los Capitanes de fragata D. Pedro Cârdenas y don 
Rafaël Adorno, y los Tenientes de navio D. Francisco 
Jovellanos y D. Juan Romanet. 

No hubo de surtir efecto este primer nombramien- 
to por oposiciôn que â los marinos hizo el Virrey de 
Buenos Aires, Sr. Vértiz, que propuso otras personas 
de su devociôn, por lo que aquéllos fueron relevados 
por el Ministro de Indias, Sr. Gâlvez; pero no acce- 



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— 28 — 

<iiendo el Rey en su ilustrada imparcialidad â este 
arreglo, por juzgar que los marinos serian los mâs â 
propôsito para medir los terrenos por sus estudios y 
continua prâctica en calcular distancias, mandô de 
nuevo al Cuerpo gênerai de la Armada que propusie- 
ra los Oficiales de mâs aventajadas condiciones y es- 
peciales conocimientos en Astronomia y Matemâticas 
-que considerara mâs aptos para el desempefio de aquel 
servi cio, de tanto in ter es para la naciôn; en su conse- 
cuencia, fueron presentados y nombrados definitiva- 
mente, en 1783, los Capitanes de navîo y de fragata don 
José Varela y D. Félix Azara, los Tenientes de navîo 
D. Rosendo Rico y D. Juan Francisco Aguirre, y el 
mismo Alvear, reelegido â propuesta de los Sres. Ma- 
zarredo, Tofifto y Varela, que tan conocida tenîan su 
superior inteligencia para aquellas ciencias. 

A las ôrdenes de los Comisarios se pusieron varios 
Oficiales de Ejército é Ingenieros, pilotos, dibujantes 
y otros; un destacamento de dragones de Buenos Aires 
por escolta; otro de cien hombres prâcticos del paîs, 
milîcias del Paraguay, que ayudaran â la navegaciôn 
<ie los rîos, â abrir picadas 6 caminos â golpe de hacha 
por los cerradisimos bosques (como varias veces fué 
Tiecesario hacer por muchas léguas de largo) para des- 
cubrir y reconocer el campo y para la conducciôn de 
viveres y efectos, que se habîa de hacer penosîsima, 
pues las partidas habian de estar, por lo regular, en in- 
mensos despoblados; teniendo que practicar para ex- 
plorar el pais parecidas diligencias â las de los prime- 
ros descubridores y conquistadores de aquellas re- 
giones, las que aûn, en su mayor parte, permanecian 
incultas y solo habitadas por tribus salvajes. 

Al efecto se les asignô un gran numéro de caba- 
Uos, de bueyes, de carretas para llevar utensilios de 
toda clase, y, por ùltimo, lo que mâs apreciaban los 
Comisarios y era mâs necesario para el desempefio de 
su comisiôn: se les entregô una magnîfica y compléta 



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r 



— 24 — 

colecciôn de instrumentes construidos en Londres al 
intento por orden de ambos Gobiemos, y bajo la di- 
recciôn del sabio y peritîsimo portugués Jacinto de 
Magallanes, para hacer las operaciones y calcules de 
Astronomîa, Fîsica, Geodesia y demàs con la mayor 
exactitud posible, pues de ellos principalmente depen- 
deria la demarcaciôn (i). 

El 23 de Diciembre de 1783 salio, pues, de Buenos 
Aires D. Diego de Alvear à la cabeza de la 2.* subdi- 
vision 6 partida, de que habia sido nombrado Comisa-^ 
rio, juntamente con D. José Varela, que lo era de la 
I.* (â quien debîa acompafiar, tomando parte en los 
trabajos del tramo que le correspondîa â este, y que 
se habîa de demarcar, primero, por ser el principio de 
la linea; el que mayor oposiciôn de los portugueses en- 
contraria; y ademâs, no haber nombrado éstos mâs que 
al Coronel Roscio como Oficial superior cientifico para 
ambas partidas suyas); pasô por la Colonia del Sacra- 
mento y varios otros pueblos â Montevideo, y desde 
allî por San Carlos y otros â Santa Teresa, punto de- 
signado para su réunion con la 2.* division ô partida 
portuguesa al mando del Coronel de Ingenieros de 
aquella naciôn, el dicho Francisco Juan Roscio, que 
era la destinada para, en union suya, practicar las pro- 
lijas y penosîsimas operaciones de la demarcaciôn en 
el inmenso tramo de linea divisoria que les habîa 
correspondido â estas segundas partidas. 

Habia de empezar aquella primera en las playas de 
Castillos Grandes y Arroyo del Chu\\ sobre la costa del 
Océano atlântico, hasta el Rio Igatimi, sobre el salta 



(1) Se construyeron once colecciones, cinco para Portugal 3- 
seis para Espana: una de las primeras y dos de las segundas, con 
instrumentos de mayor peso y volumen, se quedaron en los res- 
pectivos paises; las otras ocho, enteramente iguales, debian en- 
tregarse, por su respectiva naci<'m, una à cada Comisario; pero se 
raodificô este pensamiento, y s61o se les dio una indistintamcnte 
por partida de demarcaciôn. 



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— 25 — 

grande del Paranâ, en cumplimiento de los arts. 3.^, 
4-^î 5-^ y 8.° del tratado preliminar de 1777, y segùn 
las instrucciones muy complétas que recibieran para 
la direcciôn de los trabajos del Gobiemo de Madrid 
por orden del Ministro de Indias, Gâlvez, y mâs inme- 
diatas del Virrey Vértiz, para lo concemiente al mando 
de la partidas, dificultades que pudieran ocurrir y me- 
jor cumplimiento de aquellas otras. 

El dia 6 de Febrero de 1784 fueron las primeras 
conferencias, à las que asistieron también el primer 
Comisario, jefe de la i.* partida portuguesa del primer 
tramo, el Brigadier de Infanteria Sébastian Xavier de 
Veiga Cabrai da Cdntara, Gobernador â la sazôn de 
Rio Grande en el Brasil, y D. José Varela^ que lo era 
de la primera espaûola. En ellas se presentaron ya con 
dudas y divergencias en el modo de interpretar las 
instrucciones de los respectivos Gobiernos en cuanto 
â la lînea divisoria que desde el dicho Arroyo del Chuy 
hasta la laguna de Merin habîa de ir, como sostenîan 
los Comisarios espafioles, al ténor del art. 3.*^ del tra- 
tado preliminar, por el septentrion y por las orillas de 
la laguna, hasta el primer arroyo méridional que entra 
en su desaguadero, que es el Rio Piratini^ â buscar 
las vertientes del Facwy, hasta las cabeceras del Rio 
Negro^ quedando desde alli todo el territorio, hasta 
el Rio de la Plata, pertenencia de Espafta. 

Los portugueses pretendîan Uevarlas por el Sur, 
ambicionando, como siempre, acercarse lo mâs posi- 
ble â las mârgenes de este hermoso Rio. No hubo ave- 
nencia en varios dias de prolija cuestiôn, por lo que se 
déterminé elevar consulta â los respectivos Virreyes. 
Pero al mismo tiempo, comprendiendo que las dudas 
y diferencias al interpretar las instrucciones se repeti- 
rian con frecuencia, como desgraciadamente sucediô, 
hicieron los Comisarios un convenio, y lo firmaron, 
obligândose â repetir las consultas â sus Gobiernos 
cuando fuera necesario, pero sin dejar por eso de pro- 



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— 26 — 

seguir los trabajos de que estaban encargados en todos 
aqùellos puntos que no ofrecieran reparo. 

Asi lo hicieron desde luego, empezando por los 
arroyos del Chuy y el Tahin^ de escasas aguas y co- 
rriente poco sensible; pero convenidos ya por limites 
el primero de los dominios de Espafia y el segundo de 
Portugal; reconociéndolos con los terrenos neutrales 
que los separan por una distancia de veintiséis léguas 
y média; poniendo los marcos limitrofes bien seflalados 
y fuertes que los designaran, y estudiando todo el te- 
rritorio adyacente de una y otra banda espanola y por- 
tuguesa; con la laguna Mangtiera^ de sesenta léguas 
de largo sobre la costa del mar, encerrada por sus dos 
albardones Uamados dejuana Maria y Luis de Silveira^ 
a Oriente y Occidente terreno todo él sumamente 
hùmedo y pantanoso; por lo que, teniendo que pasar 
el invierno allî, levantaron chozas de paja en los altos 
para poderse guarecer de las lluvias y grandes frios 
que sobrevinieron. 

Pasados éstos, siguiô el reconocimiento del Rio 
Grande de San Pedro, de largo curso, en el que reco- 
ge otros muchos antes de echarse en el Océano, y de 
grande importancia por haber sido origen â menudo 
de las mayores desavenencias entre las dos naciones; 
por prestarse fâcilmente â las incursiones ô invasiones 
que por él y sus confluyentes hacian los portugueses; 
apoderândose de terrenos que, como el mismo rîo, 
eran pertenecientes â los espaftoles por derecho de 
descubrimiento, de conquista y aun de convenios in- 
ternacionales, y en los que prevalecieron por fin, edifi- 
cando algunos fuertes y pueblos, y estableciendo Go- 
bernador en la villa rica de San Pedro. 

De esta villa salieron de nuevo los Comisarios 
D. Diego de Alvear y el Coronel Roscio, el dîa lO de 
Noviembre de 1784, para el reconocimiento de la la- 
guna Merin, de treinta y seis léguas de largo y mas de 
ochenta de circunferencia, y sus numerosos rîos tribu- 



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- 27 — 

tarios, con los territorios comprendidos entre las ver- 
tientes occidentales de la misma, que détermina al 
Septentrion el arroyo Plratiniy y el de San Luis al Me- 
diodia, los cuales comprenden un espacio de cuarenta 
léguas cuadradas; habiendo sido especialmente encar- 
gados estos Comisarios de las segundas partidas de 
este trabajo por haber sido el que ofreciera mayores 
dudas y diferencias de apreciaciôn, en la interpretaciôn 
de los articulos 3.° y 4.^ del Tratado preliminar de lu 
mttesy à los dos Comisarios titulares de las primitivas 
partidas. 

Desde el mismo instante de su salida se siguiô una 
derrota formai y circunstanciada , con toda cuanta 
exactitud fué posîble , valiéndose de los varios instru- 
mentos de précision para notar los diferentes rumbos 
de los rfos; cuyos cauces seguîan para demarcar y si- 
tuar, por medio de repetidas intersecciones , los obje- 
tos notables de sus riberas y de toda la campafta a la 
vista. Las distancias se fueron midiendo con toda pré- 
cision, usando de una corredera graduada en toesas, 
segûn la célèbre dimension del meridiano terrestre; se 
rectifîcaban las navegadas de los defectos de las co- 
rrientes, y se averiguaba las diversas profundidades 
de los fondos; se cuidaban con el mayor esmero los 
instrumentos, que se examinaban y comparaban muj»^ 
a raenudo por si sufrîan alguna alteraciôn; y por ulti- 
me, fijando los grados de longitud y latitud por medio 
de observaciones y calcules astronômicos sumamente 
frecuentes, y repitiendo las operaciones respectivas 
siempre que se ocurria una duda ô diferencia de esti- 
ma, se entablô el reconocimiento de los terrenos, rios 
y lagunas a que les habîan destinado los primeros Co- 
misarios con seftalada muestra de confianza. El traba- 
jo diario lo anotaban sobre la marcha, y todas las no- 
ches se trazaban los resultados (después de comparar- 
los con los portugueses) en papel de cuadriculas â ra- 
zôn de pulgada por milla, que luego se reunian en es- 



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cala menor para formar el piano gênerai que se habîa 
de presentar â la aprobaciôn de aquellos jefes, y con 
esta fueron elevadas â las respectivas Cortes, de las 
(|iie obtuvieron la debida aceptaciôn igualmente. 

Hemos indicado el método que seguian en estos 
trabajos de reconocimiento de todo el paîs, porque 
cun igual prolijidad y del mismo procéder se sirvieron 
para llevar â cabo todos los de demarcaciôn, como se 
ve con mayores detalles en el Diario de D. Diego de 
Alvear, haciendo y resultando el mâs completo y se- 
t^uro estudio geogrâfico que se puede imaginar. 

Kntrando,pues, en la laguna Merîn por su sangrade- 
ro, reconocieron los arroyos Pavôn y el Piratini^ que 
mereciô muy prolija descripciôn para asegurarse de 
que reunia las circunstancias que se citaban en el tra- 
tado preliminar para seilalar la linea divisoria de los 
dutninios de Portugal. Entraron en el rio y acamparon 
junto â las ruinas del Fuerte de San Gonzalo^ del que 
ta ina nombre el sangradero, «cuya latitud observada 
es de 31° 59' 53" austral, la cual se hallô, dice el Dia- 
rio, por la combinaciôn de varias alturas de distintas 
estrellas, tomadas unas al N. y otras al S.; por cuyo 
iiiedio, practicado siempre en lo sucesivo, se évita el 
<^i ror que podîa tener el anteojo del cuarto de circu- 
lo; la longitud se observô por una emersiôn del primer 
^:;Liélite de Jupiter,, verificada en la noche del 20 de No- 
viembre, resultando la diferencia de meridiano en très 
hnras 30' 10" al occidente del Real Observatorio de 
( îreenwich». 

[.os dos brazos que forman el rio traen, el uno vein- 
tr y el otro treinta léguas recorridas al llegar â su barra 
pur sierras y bosques de palmas corpulentas, y en las 
angosturas suele estar cerrado su canal por su frondo- 
sidad y ramazôn. Volvieron âentrar en la laguna para 
par lo conocido buscar lo desconocido^ teniendo, por lo 
tanto, que ir contra las corrientes; y asi siguieron pe- 
Tietrando por los muchos arroyos y rîos que en ella 



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- 21) — 

desaguan, de los cuales solo nombraremos los arro- 
yos del Rey^ de San Luis y de las Pelotas^ el rio Cebo- 
llaty, que se compone de otros muchos considérables 
que traen su origen de largas distancias, y que â su 
vez recogen otros, como son: los Dos Olimares^ gran- 
de ypequenOy el Yerval^ el Avestruz^ el Paradoy el Bau- 
marajate^ y muchos mâs que fluyen de las crestas de 
montaûas que se elevan lejanas, y que tuvieron que 
recorrer para marcar el origen de aquéllos, y que des- 
cribe igualmente en su Diario Alvear, pues las mâs de 
ellas habia que situarlas con particular esmero, como 
sucediô con las de los cerros del Olimar^ que tenian 
que ser como fundamento de todo aquel piano. Taies 
son las montafias de las Minas^ en las que las hay de 
plomo, cobre y lavaderos de oro, canteras de piedra 
imân, de âgatas hermosfsimas de varios colorés, etc.; 
y la gran cuchUla gênerai^ que es una prolongada ca- 
dena de elevadas tierras que principia en la costa nor- 
te del Rio de la Plata, hacia el cerro que llaman Pan de 
Aziicar, y que tiene su extremo septentrional en la de 
Verdmu que la une â aquellas primeras, bajando de to- 
das ellas infinidad de arroyos, mas ô menos considéra- 
bles, por Oriente y Occidente, distribuyéndose con 
tan acertada proporciôn que riegan admirablemente 
todos aquellos terrenos; concluyendo por confluir en 
rios caudalosos y entrar en la dicha laguna de Merin, 
que no es otra cosa que la confluencia de todos aque- 
llos que bajan por el Oriente, y juntândose en ella des- 
aguan por el famoso Sangradero de San Gonzalo en el 
Rio Grande de San Pedro^ que los lleva al mar. 

En la campaûa del siguiente aflo hubieron de reco- 
nocer toda la parte occidental de la dicha laguna, su- 
biendo por los rios que por aquella costa se presenta- 
ban, que, entre otros menores,son élSarandi^ el Zapata^ 
el Tacuary con susislas;el Yaguarôn^d^ mâs considera- 
ciôn, con su catarata y cercado de serranîas muy sil- 
vestres; el Arroyo Grande â la Punta Alegre^ que es un 



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— 30 - 

promontorioque aprietay estrecha la laguna âsolas très 
millas por aquellos puntos, que antesy después suele te- 
ner nueve y diez léguas de ancho, y otros varios que 
por la Costa del Norte continûan afluyendo, hasta Ue- 
gar aquélla al sangradero por donde empezaron; que- 
dando del todo concluida la demarcaciôn de esta lagu-. 
na, que habia de ser terreno neidral separando los li- 
mites de las dos naciones por aquel lado, y perfecta- 
mente conocidos y marcados los terrenos altos y bajos 
que la rodean, desenredada la enmarafiada madeja de 
los innumerables rios y arroyos que, serpenteando por 
todgs lados, precipitanse â veces espumosos y violen- 
tos por las estrechuras angostas de sierras empinadas: 
explayândose otras pantanosos por los valles y las mâr- 
genes, encharcândolas completamente, y todo ello cu- 
bierto de una vegetaciôn tan gigantesca y abundante 
que de tal manera imposibilitaba el paso, que fué esta 
demarcaciôn acaso la mâs trabajosa y enojosa que hu- 
bieron de hacer. 

Toda esta parte, como hemos dicho, correspondia 
a las primeras partidas, y ya satisfactoriamente termi- 
nada pudieron las segimdas^ con anuencia de los res- 
pectivos Virreyes, separarse, como lo hicieron el 13 de 
Febrero de 1786, saliendo la espafiola â la orden de 
Alvear del Albardôn dejuana Maria, tomando el cami- 
no que se dirige â la Villa del Rio Grande de San Pe- 
dro; y atravesando arroyos 5' rios, montes y pantanos, 
continué hasta Santa Tecla, y luego al pueblo de San 
Borja de las Misiones del Uruguay y «entrando por la 
gran serrania del monte grande ô Sierra del Tapé^ asi 
Uamada por haber sido habitaciôn de los indios de 
aquel nombre. Esta es una dilatada cadena de monta- 
fias énormes y cerros corpulentos que, bajo la latitud 
austral de 29 â 30 grados, se extiende por mâs de cien 
léguas. Da principio al Oriente del Tabiiacary por 326 
grados de longitud deTenerife hasta el lugar portugués 
que Uaman Vacaria^ y dejândose ir en vuelta de O.S.O, 



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— 31 — 

termina en las puntas del Ibipita^ al N. del Ibicuy^ cerca 
de su confluencia en el Uruguay, La cruzan varios rios 
de N. à S., entre otros el Moapary^ el Yacuy^ Yacua- 
ry^ el Pardo y otros; que enriquecen su caudal con 
las delgadas y cristalinas aguas que viertan los mon- 
tes entre la frondosidad y espesura que cubre sus 
brenas; que las montafias estân pobladas de bosques 
impénétrables, de ârboles de gran tamano y de made- 
ras de diversas calidades. Tienen horribles asperezas 
y cerros pedregosos que espantan; pero la vista se re- 
créa con la frescura y amenidad de sus valles, que 
son espaciosos, de tierras pingûes y pastos verdes. En 
aquéllos abundan los tigres, los ciervos de monte, los 
chanchos ô cerdos silvestres, los monos, etc., y de las 
aves es muy extraordinaria la multitud de loros de to- 
das sus variedades, etc.» (Diario de Alvear.) 

En San Borja habia de aguardar a la division por- 
tuguesa para comenzar por fin los trabajos que corres- 
pondîan a estas partidas, al ténor del art. 8.*' del trata- 
do de 1777. 

Pero como la portuguesa avisara que por estar la 
estaciôn avanzada se habia quedado acampada en el 
Piratiny, pensô Alvear despachar mucha de la gente 
temporera por economizar al Erario sugasto y aprove- 
char aquella detenciôn en visitar los pueblos de Misio- 
nes que pertenecîan al tramo de lînea que aquél com- 
prendia, emprendiendo varios viajes de ida y vuelta, se- 
gûn la menor dificultad que ofrecieran sus caminos y 
distancias, recorriendo el departamento de la Concep- 
ciôn, compuesto de los siete pueblos San José^ San 
Carlos, Apôstoles^ Concepciôn, Santa Maria la Màyor, 
Màriires ySanJavier^ y pasando asimismo â los de Can- 
delariuy Santa Ana^ Loreto, San Ignacio Mini y El Cox- 
pus à Oriente del Paranâ, y â Occidente Itapûa^ Trini- 
dad y el de Jesûs^ con 1^. intenciôn que ténia de escri- 
bir la relaciôn histôrica de aquella provincia con la ma- 
yor exactîtud posible; y como bana este territorio el rîo 



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"^ 32 — 

Uruguay, y hubïera de embarcarse en él repetidas ve- 
ces, hizo un complète y detenido estudio de este her- 
moso rio, dando en su Diario la siguiente descripcîôn, 
que nos parece oportuno copiar textualmente, como 
haremos con la rJel Paranà y otras, que por ser de obje- 
tos tan importantes creemos serân leidas con interés. 




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III 



DESCRIPCI6n DEL Rfo URUGUAY 




^ACE el famoso Uruguay, que quie- 
re decir Rio de Caracoles^ en las 
grandes sierras que Ilaman de 
Santa Catalina, Capitania del Rey , 
sobre la costa del Brasil, entre 
los 27"* 30' 28" de latitud austral. 
Sus dos primeras puntas 6 vertientes son el Uruguay, 
propîamente dicho, y el rîo de Tachina, que, reunidos, 
desde luego giran en vuelta del O. N. O. la distancia 
de sesenta y cînco léguas, regando los fertiles campos 
de varias aldeas portuguesas, Tributos, Santo Tome, 
Fray Juan, TibanoSy Cury, y recogiendo las aguas de 
otros arroyos que bajan del Norte, Santo Tome, Caiho- 
nos, Paraguayos y otros de menos entidad. Tuerce 
después el Uruguay al O. S. O., tropieza con las pun- 
tas de la serranîa nombrada Veinte mil vacas, que le 
obliga à desprenderse 6 despeilarse con estruendo, 
formando un salto de consideraciôn: recibe â los dos 
Uruguay mini y Puyt^, que descienden del E. S. E. del 

3 



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— 34 ^ 

segundo y primer monte, cortando entre sî el famoso 
valle de los Pinares; y andadas treinta y cuatro léguas 
â dicho rumbo, le entra por el N. el tortuoso Piquiry 
ô Pepiry-guazù, rio célèbre, cuyo cauce debe seguir el 
Meridiano de la demarcacion, Émulo y a en esta altura 
de la grandeza del Paranâ, évita su encuentro decli- 
nando al S. O. */♦ ^^ S., y costea las terribles asperezas 
de Màrtires que le separan de aquél, dejando su menor 
distancia de diez léguas y cruzando su canal con dife- 
rentes arrecifes que dificultan su navegaciôn. Beben 
sus aguas occidentales varios pueblos de Misiones, San 
Javier, Santos Màrtires, Concepciôtt, Santo Tome, La 
Cruz ô Nnestra Senora de Mboré y los Santos Reyes 6 
Yapeyû. Quedan â su Oriente, entre el Iguy y el Pira- 
tiny, San Nicolas, San Luis, San Lorenzo, San Miguel, 
San Juan y San Angel; y, finalmente, entre el Icama- 
cûa y el Mbutuy, San Borja, Da â dichos pueblos her- 
mosos y fertiles campos, cortados en diversos potreros 
y rinconadas, por medio de cantidad de arroyos tribu- 
tarios suyos. Los guarda y alimenta de pingties pastos 
y prodigiosa multitud de ganado. Los enriquece con 
excelentes maderas, ricos bâlsamos y plantas médici- 
nales, y les franquea buenos puertos para facilidad de 
su comercio. 

»Antes de Yapeyû se le agrega por la banda de Le- 
vante el Ibicuy, cuyos complicados brazos recogen, 
como dijimos, las aguas todas del Monte Grande, y 
fueron la manzana de la discordia entre los Comisa- 
rios divisores del afto 50. Discurre asî bajo la referida 
direcciôn S. O. */♦ S. el dilatado tramo de ochenta lé- 
guas hasta la latitud de 30° 12', en que se le reune el 
Mirinay, notable y caudaloso sangradero de Iberâ 6 
Laguna de Carazares, por donde se asegura surten las 
aguas vivas del Paranâ, sobre cuya ribera se halla re- 
costada. Se inclina luego con suavidad y grandes 
vueltas al S. '/^ S. O. se précipita en el paralelo de 
31*^ 8' por la mayor y mâs vistosa de sus cataratas, 



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— 35 — 

llamada por esta razôn el Salto Grande, el cual se re- 
parte en tal diversidad de pequefias cascadas que los 
charnlas, habitantes de su banda oriental, lo pasan â 
caballo por cima de las piedras; que en las grandes cre- 
cientes, que son muy comunes, pasan también embar- 
caciones de porte. 

»A las dos léguas de aquél tiene otro salto menor, 
llamado el Chico, que no es pequefto embarazo. A las 
veinticinco léguas por su ribera occidental desagua el 
arroyo que llaman de la China, y que omiten comûn- 
mente los pianos, sin embargo de ser de alguna con- 
sideraciôn y dar entrada â las lanchas de Buenos Aires. 

>En él se ha formado, de pocos aftos â esta parte, 
una preciosa villa de espaftoles, cuya ventajosa posi- 
ciôn para el comercio de la agricultura le ofrece gran- 
des proporciones y progresos. Recibe después el Gua" 
leguay, que baja del N. O., cerca de Santo Domingo 
Soriano al Rio negro del N. C, cuyas saludables aguas 
traen su origen de Santa Tecla; y corridas, finalmente, 
otras ochenta léguas desde el citado Mirinay, se junta 
con el Paranâ, dividido este, cual otro Nilo, en siete 
bocas y en agradable variedad de islas, y perdiendo 
los dos sus nombres, forman el espacioso Rio de la 
Plata desde los 34° de latitud austral. 

>Es, pues, todo el curso del Uruguay de doscientas 
sesenta y ocho léguas maritjimas de las de veinte en 
grado. 

»Desde su nacimiento, girando al O., se déjà venir 
con tan suave inclinaciôn sobre el S. que forma casi 
un semicîrculo de gran extension, cuyo diâmetro pa- 
rece ser la costa del mar, y su centro cae poco al N. 
de Rio Grande. Aunque tiene muchos saltos, solo uno 
es de consideraciôn, y sus continuas y grandes aveni- 
das las cubren todos, haciéndole navegable en todo su 
giro; bien es que ùnicamente se frecuenta desde el 
pueblo de Santo Tom? â causa de sus arrecifes y la 
rapidez de sus corrientes. 



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— 36 — 

»Sus dos orillas se hallan pobladas de inmensos 
bosques, en que abundan los cedros, apeterebuys à sa- 
xafrâs^ los lapadios 6 taxibos, los laureles, inciensos, 
caneloneSy el virarô, tanarté, tirundey, el drago, lirnbô y 
otras maderas excelentes. Se da también en gran copia 
el ârbol de la Jiierba del Paraguay, y de exquisita ca- 
lidad; pero su beneficio lo embarazan no poco los ca-^ 
ribes y tupés, naciones fieras que habitan sus dos ri- 
beras en la parte de Aquilon de las Misiones.»— (Dia-^ 
rio de Alvear.) 




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IV 



REUNION DE LOS PORTUGUESES 




L 15 de Enero de 1787 Uegô por fin la 
division portuguesa â San Borja^ y 
hechos todos los aprestos, se pusîe- 
ron en marcha ambas partidas para la 
Candelaria^ desde donde habian de 
embarcarse en el Paranâ para dar 
principio â la obra de limites; pero, desgraciadamente, 
el Coronel Roscio enfermô en aquel punto de unas ca- 
lenturas intermitentes tan fuertes y penosas que le im- 
posibilitaron por mucho tiempo, dejândole tan débil y 
lastimado que fué preciso desistir de todo trabajo por 
el largo espacio de trece meses, hasta volver la buena 
estaciôn después de que se hubo restablecido, pues no 
trafa en su partîda oficial declarado segundo que le pu- 
diera substituir, ni por mâs solicitud con que los jefes 
espafloles, y aun el Virrey lo pîdieran, no se pudo lo- 
grar lo nombraran en lo sucesivo; siendo esto una con- 
tinua rémora que entorpecfa â menudo la demarca- 
cîôn. 

Al mismo tiempo suscitôse una prolongada compe- 
tencia entre los dos Comisarios sobre el reconocimiento 



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— 38 — 

de sus poderes, negândose el portugués â considerar 
esta segunda partida 6 subdivision espafiola como in- 
dependiente de la primera, ni tampoco â su jefe ô Co- 
misario, suponiéndole segundo de D. José Varela, co- 
mo él lo era del Gobernador de Rio Grande de San 
Pedro, el Brigadier Sébastian Javier de Vega Cabrai^ 
primer Comisario en jefe de las partidas portuguesas. 
Fundâbase algûn tanto en la circunstancia de haber es- 
tado D. Diego trabajando aquellos très primeros aùos 
en la primera partida, y, al parecer, â las ôrdenes de 
aquel jefe, y llamarse segunda subdivision la suya tara- 
bien; pero ambas cosas habian sido consecuencia de la ^ 
falta de cumplimiento por parte del Gobiemo portu- 
gués de las condiciones acordadas para la formaciôn 
de las Comisiones, que habian de ser cinco, y cada una 
con su jefe respectivo independiente, y solo responsa- 
ble de la demarcaciôn de su tramo, escogido con las 
necesarias condiciones de conocimientos facultativos 
para desempefiarla como era debido; lo que no sucedîa 
con las portuguesas, pues en las dos primeras no habia 
mâs jefe facultativo demarcador que el Coronel Roscio, 
y las otras partidas casi si se Uegaron â nombrar. Don 
Diego de Alvear sostuvo su derecho con firmeza, prin- 
cipalmente por lo que habia de entorpecer y alargar la 
demarcaciôn semejante dependencia de un jefe distan- 
ciado y dificil de encontrar por los inciertos lugares â 
donde sus propias operaciones le podian llevar si, co- 
mo séria probable, se pretendia someter â su juicio de- 
finitivo cualquiera determinaciôn que él tomara. Los 
Virreyes de ambas Potencias intervinieron por ùltimo, 
y se diô por terminada la competencia â favor del espa- 
fiol, confirmândole en su derecho de ser tenido coma 
Comisario priraero de la segunda partida ô subdivision, 
completamente ^independientes ambos de la primera y 
en un todo iguales â esta (i). 



(I) Véase Apéndice 2P'=Nomhratniento del Comisario. 

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— 39 — 

Por Abril de 1788, ya completamente restablecido 
de su larga y penosa enfermedad el Coronel Roscio, y 
todos los aprestos de nuevo arreglados, pudieron con- 
tinuar sus trabajos de navegaciôn y reconocimiento de 
los rios Paranâ, Iguazû, San Antonio y demâs que les 
correspondîan, siguiendo el sistema anterior, en cuanto 
les fuera posible, de dividirse las partidas por mitades, 
que unas irian por los rios en canoas,y las otras, siguien- 
do las mârgenes arriba, completando el estudio de lodo 
el pais. 

Salieron, pues, de Candelaria el 26 los primeros, y 
el 27 D. Diego de Alveary elastrônomo portugués Joa- 
quin Félix Fonseca por tierra, para combinar la derro- 
ta que hacian los barcos por el rio y trazar con mâs 
exactitud su proyecciôn, y la situaciôn de los pueblos 
y aldeas no lejanas, deteniéndose a las cuatro millas en 
la Tapera, 6 ruinas del pueblo viejo de San Cosme, que 
encontraron sobre unas lomas suaves; interesândoles 
sobremanera este punto por ser el sitio donde el célè- 
bre jesuîta y astrônomo P. Buenaventura Suârez viviô 
largo tiempo é hizo sus notables observaciones astro- 
nômicas, construyendo él mismo por su mano los deli- 
cadisimos instrumentos propios que necesitaba, ,ante- 
ojos, péndulo, cuadrante, etc., y calculando un calen- 
dario de efemérides, que se imprimiô en Lisboa, para 
el siglo que corria desde el afio 1740 hasta el 1841, 
dando ademâs las reglas prâcticas para poderlo conti- 
nuar. 

Luego siguieron visitando Santa Ana, Loreto, San 
Ignacio-y otros pueblos y varias aldeas, fijando su si- 
tuaciôn y circunstancias, lo mismo que las de los mon- 
tes y cerros, rios y arroyos con sus respectives grados 
de latitud y longitud con la mayor exactitud: con sus 
productos mâs notables y accidentes particulares, no- 
tândolos todos aquellos en los pianos, como hemos di- 
cho, y en el detallado Diario que iba Alvear escribien- 
do con el decidido propôsito, que en él manifîesta, de que 



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— 40 — 

pîidiera servir para constrnir ^empre de nueifo la carta 
de todo el pais que recorria. 

En el pueblo del Corpus se reunieron las diferentes 
partidas, que venian un tanto dispersas por los obstâcu- 
los diverses de los caminos que Uevaban, padeciendo 
tanto los barcos en la trabajosisima navegaciôn del Pa- 
ranâ aguas arriba, con sus numerosisimas vueltas y 
arrecifes y las fuerzas de las corrientes, que tuvieron 
que detenerse para carenarlos, continuando â los pocos 
dias, con el tiempo muy metido en agua, con recias 
turbonadas y mayores peligros y trabajos por las con- 
tinuas varadas y choques contra las rocas, en remansos 
de terribles hervideros y remolinos, â los que les arro- 
jaba la violencia de la contraria corriente, rompiendo 
las silgas que Uevaban los hombres de tierra para mejor 
conducirlos; viéndose entonces forzados los Oficiales, y 
los mismos Comisarios, â echar mano â los reinos para 
ver de atracar â la costa, con inminente riesgo de es- 
trellarse sobre ella. 

Por fin, â los cuarenta y seis dias Uegaron â la 
boca del Iguazû 6 Rio Grande de Curitivâ^ â la altura 
d^ ^5*^ 35' 36", habiendo alguna vez desembarcado, 
como en la boca del Irigay^ para visitar la Reducciôn 
de San Francisco de Paula en la naciôn de los indios 
guayanaSy compuesta de unas 800 â i.ooo familias de 
condiciones muy parecidas â los guaranis, aunque el 
idioma se diferençia acaso por adfulteraciôn. 

Es innumerable la gran raultitud de arroyos gran- 
des y chicos, muchos sin nombre, que por todo aquel 
trecho bajan al Paranâ por uno y otro lado, todos los 
cuales marcaron en su piano; por cierto viendo con 
gusto que coincidian con poca diferençia con los del 
piano de los anteriores demarcadores (el Marqués de 
Valdelirios y sus compafieros, afto de 1753). 

En todos aquellos arroyos, y en los dilatadisimos 
montes y bosques del Paranâ que se extienden â mu- 
chas léguas de distancia, se produce muy frondoso y 



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— 41 — 

alto el ârbol de la hierba mate, tan celebrado del Pa- 
raguay, que parece ser la callicarpa americana de Li- 
neo, de la clase de las tetandrias monogynias (i), y 
de la que dice Alvear se beneficiaban ya en aquel tiem- 
po cantidad considérable de arrobas por los pueblos 
de Misiones, y que podrîan aumentarse al numéro que 
se quisiera sin el menor recelo de agotar la planta; 
antes, por el contrario, podândola y beneficiândola se 
mejorarîa su calidad y se aumentarîa con notable utili- 
dad del comercio de aquellas provincias. 

El 30 de Junio entraron en el Iguazii, donde esta- 
blecieron su cuartel gênerai para atender â las opera- 
ciones del Paranà hasta el Salto Grande, y las del Rio 
San Antonio'y empezando los desmontes y formaciôn 
de ranchos para depôsitos de viveres y pertrechos, y 
la construcciôn de canoas pequeflas y de figura mâs 
adecuada para resistir y esquivar los embarazos que 
el rîohabîa de oponer, mucho mayores desde alli por 
la extraordinaria violencia con que sus râpidas corrien- 
tes se precipitaban; y en efecto, fueron taies que ni 
en estas fué posible que Uegaran, teniendo tantas ave- 
rias que hubieron de abandonarlas; y echando pie â 
tierra, y abriendo picada por las brenas y montes 
(cuando pudieron subir por encima de los disformes 
peftascos^ sueltos unos y formando otros paredones 
elevadisiraos y escarpados â trechos que cierran las 
mârgenes del rio), aasta dar, por ùltimo, con otra anti- 
gua que formaron los paulistas para sus excursiones; 
y atravesando arroyos con agua â la cintura, y soste- 
nidos por indios para poder resistir la formidable co- 
rriente, llegaron por fin el dia 7, â las diez de la mafta- 
na, â la cresta del Salto Grande, que marcaron en los 
24*^ 4' 20" latitud austral. 

La vista de aquel portentoso y magnifico espectâ- 
culo los récompensé de los trabajos y peligros pasa- 



i I) Véase Apéndice ^P=:ObHervaciones de Historia natural. 

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— 42 — 

dos (véase en la descripciôn del rio que sigue des- 
pués); y concluida su investigaciôn por este lado, vol- 
viôse D. José Cabrer (que fué el Oficial encargado de 
Uevarla â cabo por orden del Comisario y con sus de- 
bidas instrucciones) con su partida, desandando las 
treinta y très léguas que entre cerros y con sus vuel- 
tas corre el rio desde aquel punto, hasta la barra del 
Iguazù, con mayor presteza y facilidad; pero harto 
destrozados y aun enfermos por el cansancio, y mâs 
aùn por la falta de viveres, que les escasearon â los ûl- 
timos dîas, de tal modo que solo se alimentaban de 
cocos y alguna otra fruta silvestre, y el 20 de Agosto, 
à los treinta y siete dias de su salida, arribaron al 
cuartel gênerai. 

El 14 de Julio se habia dado principio también al 
reconocimiento de los rîos Iguazti y San Antonio por 
una partida â las ôrdenes del piloto geôgrafo D. Andrés 
Oyarvide y el Ingeniero portugués Francisco Chagas 
Santos, con objeto de explorar las mârgenes del pri- 
mero y ver si podîan trasportar de algùn modo las 
canoas por encima de la catarata de aquel rîo hasta la 
barra de San Antonio, y subir por las aguas de este 
hasta su origen en lo mâs alto y elevado del terreno, 
para enlazarlo lo mâs cerca posible con las vertientes 
del Pepiry-guazû, y, si era dable, bajar por este ùltimo 
hasta su confluencia en el Uruguay, para unir estos 
trabajos con los de la primera subdivision, que debîan 
terminar en la boca del dicho Pepiry-guazû. 

A las cuatro millas del campamento hallaron, en 
efecto, los exploradores una ensenada en el rio por la 
que se pudieran subir las canoas rompiendo el monte 
y abriendo una picada, que habia de ser de cinco mi- 
llas, hasta Uegar â las aguas superiores del Iguazù, y 
en la que hubieron de emplearse por muchos dias mâs 
de treinta hombres, acostumbrados â hacer aquellos 
rompimientos, pertrechados de los instrumentos ade- 
cuados para el caso. (Las aguas del rio en aquellas al- 



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— 45 — 

turas se explayan considerableinente entre multitud de 
frondosas islas y canales.) 

Entretanto el Coronel Roscio, que era muy habi- 
lidoso en la construcciôn de barcos de todas clases, 
tamaûos y figuras, se dedicô con gran afân â hacer las 
canoas que se requerian, buscando los ârboles mâs â 
propôsito y encargândose de la direcciôn del improvi- 
sado astillero; pero habiendo dado â poco una consi- 
dérable baja el rio, se quedaron todos los barcos en 
seco y distantes los unos de los otros, separados por 
un albardôn de piedras sueltas que se descubriô de 
repente, embarazando con algûn peligro el paso del 
rîo. «A las orillas, dice Alvear en su Diario, se en- 
cuentran muchas (colocadas unas sobre otras, forman- 
do como barrancos) grandes piedras de tamafio dis- 
forme, obscuras de color y de figura casi redondas, 
como labradas por las aguas y banadas de un betûn 
brillante 6 aceite petrolino, que las pone muy resbala- 
dizas y expuestas para caminar por ellas; algunos arro- 
yuelos con playa de arena servian de refrigerio y des- 
canso; pero en casi todos abunda aquel aceite ô jabôn 
glutinoso, especie de asfalto amarillo que nadaba so- 
bre el agua â manera de nata gruesa y espumosa.> 

Con bas tante exposiciôn y muy cuidadoso subiô 
Alvear, con Oyarvide y otros de la partida, â visitar la, 
picada que se estaba haciendo â las cuatro millas y 
média, empleando todo el dîa por aquel extrafio ca- 
mino, y por supuesto â pie, y al dia siguiente se ade- 
lantô dos millas mâs alla por ver la hermosa catarata 
de aquel rio, que describe del siguiente modo: 




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SALTO DEL IGUAZU 




' A tarde del 28 tuvimos nosotros la sa- 
tisfacciôn de reconocer bien de cer- 
ca esta gran catarata, pasando en 
una canoa acompaftados de Oyar- 
vide, las Chagas y otros que ya eran 
vaqueanos; y Uegando después por 
una isleta de piedras, y atravesando desnudos diferen- 
tes canales de poca agua y corriente, hasta el borde 
mismo del precipicio (i). Es el Salto del Iguazû uno 
de los portentos famosos de la naturaleza. Las dos ori- 
llas del rîo, que cosa de una légua por bajo del Salto 
son de piedra y se van elevando progi^esiva y perpen- 
dîcularmente hasta la altura de sesenta â setenta varas, 
â manera de dos paredones ô lienzos de muralla acan- 
tilada, â que los indios llaman sembeys^ se acercan poco 
â poco una â otra, y Uegan por ùltimo â unirse, dejan- 
do una ârea como de cincuenta toesas de ancho ô algo 
mâs en forma de herradura y proyectada al N. N. O. 



(i) Que se halla â las trece millas justas de su barra 3- en los 
25*^ 43' de latitud. 



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-- 45 — 

El Iguazù corre en la parte superior, manso y explaya- 
do de una milla, entre multitud de rocas é isletas de 
ârboles y palmas, y al encontrarse con aquella gran 
caja ô profunda sima que le esta preparada se reparte 
por ambos lados, y va precipitândose sucesivamente, 
en distancia de otra milla, dividido en grandes y vis- 
tosos torrentes. 

:>Entre éstos se notan dos muy considérables y 
asombrosos, el uno al frente de la catarata, que des- 
ciende primero por varias gradas, vistiéndolas de tor- 
neadas y blancas espumas, y saltando después de la 
inferior, haciendo un hermoso arco que Uena todo el 
âmbito del mismp frente; y el otro, que es aùn de ma- 
yor entidad, se despefla todo unido de arriba abajo 
por la parte oriental, tomando una extension de mâs 
de cien toesas. 

>Otros muchos se registran â derecha é izquierda 
de diversos tamaftos y hermosura, y todos ellos, estre- 
llândose en el fondo de la caverna, erizada de mons- 
truosos pefiascos, hacen temblar todo el contorno, 
difundiendo â larga distancia el ronco estruendo de un 
furioso huracân y cubriendo los aires de hûmeda y 
densa neblina, que en columnas de humo, con los 
agradables adornos del arco iris, suben hasta los cie- 
los. Ténia con esta maravilla su literal aplicaciôn aque- 
llo de D'dvidiElevaverMntflnminaJluctussuos^ a vocibus 
aquarum multarum (i) (Ps. XCII), y esta fué, en efec- 
to, la inscripciôn que oportunamente hizo grabar nues- 
tro geôgrafo Oyarvide, A su retirada del San Antonio, 
en el grueso tronco de un ârbol que miraba â dicho 
Salto, convidando por su cara de Occidente â ver 
aquel prodigio con otro mote no menos del caso: 
Veniie, etvidete opéra Domini. (Ps. XLV.)— 1788 (2).» 



(1) Elevaron los rios sus ondas, y el ruido de sus aguas en- 
salzai) vuestro poder. 

(2) Venid y ved las obras del Seftor. 



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— 46 — 

Concluîda que fué la picada, salieron los explora- 
dores de nuevo el 24 y 25 de Agosto, acompaflados de 
gente de armas y de porciôn de indios, que les subie - 
ron las provisiones y pertrechos, y descargaron las ca- 
noas en los malos pasos, que fueron mâs frecuentes 
por la baja de aguas de que aùn se resent la el rîo. 

El San Antonio, desde su baiTa, solo es navegable 
por siete léguas; de modo que dejando las canoas con 
algunos hombres, y devolviendo otras con enfermos y 
por socorros, haciendo un rancho para guardar algu- 
nas provisiones y efectos, siguieron por tierra, comen- 
zando â hacer otra picada sin apartarse mucho del 
curso del rio. Pero el tiempo, con repetidas turbona- 
das y tenaces Uuvias, se les hizo tan adverso, que los 
indios y algunos otros se fueron fugando. La espesura 
y formidable brena del monte eran tan intrincadas 
que apenas alcanzaban â abrir mâs de una milla por 
Jornada, y el bosque no parecia que ténia fin; los en- 
fermos se aumentaban con los aires nocivos de las ex- 
cavaciones, y la mucha humedad y.el sinnûmero de in- 
sectes de todas clases, que sin intermisiôn les moles- 
taban de dia y de noche, entre los cuales era de notar 
cierta mosca grande y parda (la motuca)^ que solo vo- 
laba por la mafianita y tarde, y al picar dejaba uno 6 
dos huevos dentro del cutis, de los que â poco sallan 
otras tantas ninfas ô gusanos blancos, aguzados hacîa 
la cola y sin pies, con dos séries de puntos negros 6 
poros latérales, los cuales roîan y atormentaban por 
muchos dias lo que no es decible, causando inflama-. 
ciones fuertes, de las que apenas se librô alguno. 

La escasez de vîveres se dejaba ya sentir, por lo 
que iban devolviendo los enfermos y alguna gente, 
aunque el trabajo se hiciera mâs lento y pesado por la 
falta de manos; por ùltimo, fueron tantas las calami- 
dades, que, abruraados, se resolvieron â abandonar la 
empresa y â regresar; pero, andados ya cuatro dias, les 
Uegaron refuerzos de todo nuevamente, y cobrando 



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— 47 — 

brios se decidieron â arrostrar todos los trabajos hasta 
el fin, aunque fueran solos los geôgrafos, con tal de 
encontrar los orîgenes de aquellos rîos. Y en efecto, el 
1 1 de Dîciembre, subiendo â una elevada y pendiente 
loma, hallaron el copioso manantial que da nacimiento 
al San Antonio en los 26° 12' de latitud. La misma cu- 
chilla por el Sur reparte aguas al Uruguay, y cortada 
su meseta en estadirecciôn por lo mâs alto del terreno, 
otra vertiente pantanosa, pero no menos abundante, 
da origen â los cuatrocientos sesenta pasos, segûn los 
diarios de los antiguos demarcadores, al rîo que deno- 
minaron Pepiry-guazû equivocadamente. (El verdade- 
ro rio de este nombre lo encontraban en aquellos mis- 
mos dîas los primeros Coraisarios â dieciséis léguas â 
Oriente de aquél, segûn pliegos que recibiô Alvear del 
Sr. Varela con el piano y notas de su descubrimiento y 
navegaciôn,por D. Joaquîn Gundin, geôgrafo de la pri- 
mera subdivision espaftola.) Y no pudiendo pasar ade- 
lante, dieron por concluida la diligencia y regresaron al 
campamento, recogiendo por el camino los efectos y 
los heridos por la cruel motuca, llegando â los cuatro 
meses de campafia tan penosa. 

El San Antonio corre veintisie te léguas â los22^N.O. 
desde su origen en los 26° 12' de latitud, hasta su ba- 
rra en los 25° 35'. Y el Iguazû, ô Rîo Grande de Curù 
tivây desde la boca de aquél hasta su confluencia con 
el Paranâ, es de veintitrés léguas O. S. O.; pero con 
tantas vueltas dobladas y tendidas â N. y S., que la dis- 
tancia recta de aquellos dos puntos es solo de treinta 
y cuatro millas; pero en todo este tramo conserva una 
anchura de trescientas â cuatrocientas toesas, y se le 
cuentan gran numéro de islas. 

El campamento del Iguazù lo hubieron de traspa- 
sar fuera de la barra del Paranâ al N., por mejorar de 
aires mâs puros y secos que los lôbregos y nocivos de 
aqué/, pero con las muchas aguas del inviemo se les 
hizo mâs peligroso este nuevo por las grandes grietas 



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— 48 — 

que se abrîan en el suelo, profundas y horrorosas, y los 
repentinos derrumbamientos de grandes, inmensasma- 
sas de terreno que causaban las filtraciones de las 
aguas, haciéndoseles forzoso tomar precauciones para 
fortificar su campamento en lo posible; pero el 20 de 
Octubre un notable fenômeno de aquella clase les hizo 
conocer mâs el gran riesgo de perecer que les aQiena- 
zaba; muy cerca, de repente, por la tarde, â la vista de 
todos, se desplomô un gran promontorio de mas de 
veinte varas cûbicas de tierra, corriendo un espacio de 
sesenta y llevando un grueso ârbol de otras veinte de 
altura, que plantô en medio del rîo derecho y firme 
como si allî hubiera nacido, y asi permaneciô por todo 
el tiempo que por aquellos sitios estuvieron; produ- 
ciendo el choque de aquella mole tal movimiento en 
las aguas del Paranâ, que fué sentido por los barcos de 
los portugueses â quinientas toesas de distancia. 

No accediendo el Coronel Roscio â continuar por 
alli la demarcaciôn hasta recibir nuevas instrucciones 
de su Gobiemo, y concluida la exploraciôn de los rîos 
que Alvear deseaba, acordaron regresar â Candelaria 
aprovechando la gran corriente que en los primeros 
meses del ano tiene el Paranâ, causada por las copio- 
sas lluvias que hacia las Minas générales y otros para- 
jes de la zona tôrrida, en que tiene sus cabeceras este 
rîo, motivan las brisas australes con la proximidad del 
sol y que imprimen una grandîsima velocidad â sus 
corrientes. 

Bajaron, pues, el 27 al Corpus, y el 28 de Diciem- 
bre â medio dîa llegaron felizmente â Candelaria, era- 
pleando tan solo treinta y dos horas en navegar la dis- 
tancia de cinaienta y seis léguas que les habia costado 
sesenta dias al subirlas. Estuvieron, sin embargo, dos 
veces muy expuestos, por haber hecho tanta agua el 
barco por las aberturas que se le hicieron de repente 
y venir muy cargado, que se durmiô^ como dicen los 
marinos, sin obedecer al timôn, y en que se vieron 



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— 49 — 

para poder atracar â la orîUa y calafatearlo un poco; y 
al siguiente dia fué mayor el riesgo por una espantosa 
turbonada que les cayô, Uenando el barco de tal can- 
tidad de agua que se hundîa, sin poder hacerlo vîrar 
para tomar puerto en mucho rato. 




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DESCRIPCIÔN DEL RfO PARANA 




OS son los rîos mâs remotos y que 
debemos considerar como las ca- 
beceras del Paranâ. Primero, el 
rîo de las Muertes^ que tiene su 
principio en la Capitanîa del Rîo 
Janeiro, algo al S. de la Villarica, 
situado en los 20° 24' de latitud austral, el que, corri- 
das al pie de sesenta léguas por el 3^ y 4^ cuadrantes, 
se junta con el segundo, llamado Rio Verisima^ que 
baja del N. y tiene sus primeras puntas, en los 18^ 45', 
contiguas â las del gran Rio de San Francisco. 

»Unidos estos dos rîos sobre el paralelo de los 21^, 
toman el nombre de Paranaguazû 6 Gran Paranâ^ 
que en lengua de los îndios quiere decir pariente del 
mary lo que no da mala idea de su grandeza; y anda- 
das ochenta y seis léguas al O. N. O., se le agrega el 
Parainaibày que, compuesto de otros menos considé- 
rables, trae su origen de los 17° 30' al N. E., donde lo 
tiene también el célèbre Rio de Tocantines, que fluye 
al Septentrion y desagua en el de las Amazonas por 



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— 51 — 

la ciudad del Para. Continua después el Paranâ al O., 
el espacio de trece léguas, hasta la boca del Rio de 
Los Cayapôs, que viene del N., y dando dulcemente 
una vuelta larga prolonga su curso como al S. S. O. el 
dilatado trecho de ciento ochenta y^siete léguas hasta 
-el pueblo de la Candelaria, capital de las Misiones; de 
donde tuerce otras sesenta [al O., hasta la ciudad de 
las Siete Corrientes. 

>En todo este tramo recibe el Paranâ cantidad de 
caudalosos rîos por una y otra parte; sobre el paralelo 
^e los 20*^^ el famoso Tieté 6 Anemby, que nace sobre 
la Costa del mar, hacia la bahia de San Vicente 6 San- 
tos, y riega con sus primeras fuentes la ciudad de San 
Pablo, la villa de Torocabas y varias aldeas portu- 
guesas. 

»Los paulistas bajan por este rîo al Paranâ^ entran 
después por el Colorado 6 Pardo, que esta siete léguas 
mâs al S. por la banda opuesta, y arrastrando sus ca- 
noas desde sus cabeceras al rio Camapûa, distante solo 
dos léguas,, descienden por él al del Paraguay^ suben 
por este y corren los dos grandes territorios de Cuya- 
ba y Matogrose^ y hacen una navegaciôn de cuatro- 
dentas léguas sin otro embarazo que aquella peque- 
fla intermisiôn. Con otra igual, â corta diferencia, les 
séria muy fâcil pasar del Jaurû al Guaporé ô Itenés; 
penetrando por el de la Madera al de las Amazonas^ y 
navegar de este modo la mayor parte de la America 
Méridional. Cerca de los 22^ vierte sus aguas so- 
bre el Paranâ el Paranapané; antes de los 23*^ el 
Ibay 6 Guaybay^ anteriormente Ibagiba; en los 24*^ el 
Pequery ô Itatûy y en los 25** 35' el Tguazûj de que 
hemos hablado; todos rios de consideraciôn; particu- 
larmente el primero y el ùltimo, que nacen también 
hacia la costa del Brasil, y cruzan la célèbre y antigua 
provincîa del Guayrà^ donde estuvieron formadas la 
Ciudad Real ô de Ontiveros^ la ViUarica y las trece 
floridas Misiones de los Jesuitàs que destruyeron los 



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— 52 — 

matnelucos 6 moradores de San Pablo, en sus tirânicas 
excursiones para capturar indios llamados malocas. 

»Por la orilla occidental del citado Paquery des- 
agua el Igatimi, y en otro tiempo Igurey^ por donde 
debe ir la linea divisoria. En su margen septentrional 
tuvieron los portugueses aflos pasados una poblaciôn 
que estableciô en aquel paraje el Brigadier José Cus- 
todio, y tomô y destruyô el de 1777 D. Agustîn Pinedo^ 
siendo Gobernador del Paraguay. 

>Luego, después de los 24^, tropieza el Paranâ ea 
la gran cordillera de Macaracayii, y le causa el Salto 
Grande, de que dimos ya noticia, impidiendo su nave- 
gaciôn en las quince léguas inmediatas los peligrosos 
hervideros y rapidez de- sus corrientes. 

»E1 Salto Grande, sin exageraciôn lo decimos, es 
una de las mâs hermosas vistas y considérables catara- 
tas que puede describir la Geografïa, tanto por el gran 
caudal de aguas, como por lo elevado de la superior 
grada por donde caen, divididas en gruesos torrentes 
por catorce islas frondosas, cubiertas de grandes âr- 
boles y palmas, habitadas de infinidad de loros, coto- 
rras, guacamayos, etc., en tan gran numéro que nu- 
blaban el sol y hacen una vista de sobremanera agra- 
dable, divertida y digna de la mayor atenciôn. Loa 
cantos y graznidos de las expresadas aves; los diver- 
sos murmullos de las aguas, precipitadas con distintos 
rumbos para caer en el canal ô cauce principal del 
Paranâ, forman un tal alboroto y ruido, que para po- 
derse entender hay que levantar la voz con tonos des- 
ordenados y gritando. Las vistosais pirâmides encres- 
padas que forman las aguas al caer en aquel abisma 
profundo son de variedad de figuras, colores y mag- 
nitud; y levantândose de esta refriega una elevada co- 
lumna de â manerade niebla, herida esta por los rayos 
del sol se adorna con los colores del arco iris; de 
suerte que no puede presentarse â la vista un objeto 
tan grande, tan bello y tan delicioso, que nadie puede 



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— 53 — 

mirarle sin admiraciôn y pasmo. De la otra parte del 
Salto se explaya el rio notablemente, siendo sus ori- 
llas menos altas y mâs suave su corriente. 

>Desde la altura del Mondai é Iguazû entra ya el 
Paranâ en la provincia de Misiones, registrando hasta 
dieciséis de los pueblos no lejos de sus riberas: en la 
Occidental, los de Jésus y Trinidad^ â N. S. del Capiba- 
ry\ mâs abajo la Encarnaciôn de Itapûa; en el Agua» 
pey, San Cosme; Santiago y Santa Rosa^ en el Atingy; y 
sobre el Yabebiry 6 Anamgapé, Santa Maria de Fe y 
San Ignacio guazû^ el primero y mâs antiguo de todos; 
«n la Oriental, el Corpus sobre el Iguaguy\ â un lado y 
otro del Yavediry Oriental San Ignacio-miny y La- 
reto; antes de Agtuipey, Santa Ana^ Candelaria sobre 
el Igarupâ; y en las cabeceras de este, los très restan- 
tes, San Carlos^ ^n José y Apôstoles. Cerca de Co- 
nsentes se ve fuera de éstos el Itaty, que es reducciôn 
jntigua de los Padres Serapios. 

> Sobre San Juan de Ver a de las Corrientes, en la 
altura de 27" 30', se reune el Paranâ con el majes- 
tuoso Paraguay, cuyos dos caudalosos torrentes se 
disputan largo trecho la preferencia con particular di- 
vision de sus aguas. Queda la ciudad en el recodo de 
Oriente, tomando su nombre de la rara hermosura de 
esta gran confluencia, y prevaleciendo glorioso el 
Paranâ, discurre ciento trece léguas como al S.V* S. O., 
-dividîendo los confines de las dos gobernaciones de 
Tucuraân y Buenos Aires,y admitiendo ensu seno mul- 
titud de pequeftos arroyos, de los que varios tienen su 
aldea 6 capilla. Déjà en los 29^ la villa de Santa Lu- 
ciaj antes del arroyo de su mismo nombre, Uamado 
también de los AstereSy que baja del rincôn del Iberâ 
à laguna de Carazares en el primer cuadrante. Esta 
4aguna, asi como en el Uruguay vierte también sus 
aguas en el Paranâ; ô mâs bien se las restituye: siendo, 
como quieren algunos, no sin fundamento, un resurgi- 
dero del mismo rio, por medio de otro sangradero 



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— 64 — 

llamado Rio Corrientes^ que fluye todo el aûo cerca de 
los 30*^ de latitud. 

*Del cuarto cuadrante trae su curso el Rio Salado^ 
nombrado asi por sus aguas salobres. Nace en el va- 
lle del Calchaqui; cruza las jurisdicciones de Salto y 
Tucumâfij y repartiéndose en dos, en el pais de los 
Abipones^ el menor, llamado por esto el Saladillo^ for- 
ma dos grandes lagunas, la de las Viboras y la del 
Cristal^ que comunican al Paranâ por varios canales; 
y el otro, mâs méridional, desagua por Santa Fe de 
Vera^ situada en los 31" 40', dejando esta ciudad al 
Septentrion cercada de agua por los très primeros 
cuadrantes. 

»E1 Carcaraiïa no es otro que el rio Te ctro, que 
tiene su origen en el valle de Cala^nochita, comarca 
de Côrdoba, y fluyendo al segundo cuadrante, trihuta 
su feudo al Paranâ por el Rincôn de Gaboto\ donde 
estuvo la fortaleza de este nombre, ô de Sancti Spiri- 
tus^ construida por el célèbre descubridor de este rio, 
Sébastian Gaboto. 

»La Villa del Rosario se halla al S. del Carcaraiïa^ 
en los 33*^, de donde cambia el Paranâ su direcciôn 
al S. E.; y andadas, por ùltimo, otras cuarenta léguas, 
muda también su nombre en el de Rio de la Plata^ 
juntândose por los 34" con el Uruguay^ dividido ea 
siete bocas. 

» Tiene, pues, el Paranâ, segùn lo dicho, muy cerca 
de quinientas cuarenta y una léguas de curso, sin con- 
tar sus menudas vueltas; y considerando en gênerai su 
figura, hace con la costa del Brasil un cuadrilongo de 
trescientas léguas de largo y ciento de ancho; siendo- 
los dos lados mâs cortos el rio de la Plata y el que 
nombramos Parana-guazû^ hacia sus cabeceras. 

>Con el Uruguay corta una hermosa y dilatada 
peninsula, tendida de N. N. E. â S. S. O., entre los pa- 
ralelos de 27*^ y 34^, teniendo de ancho por donde mâs, 
treinta léguas, y ocho en su garganta ô istmo, que cae en-^ 



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- 55 - • 

tre los pueblos del Corpus y San Javier; compuesto de 
unas asperezas intransitables. Forma un cuantioso nu- 
méro de islas, algunas de consideraciôn. Antes del 
SaUo de Guayrà se halla la mayor de todas, que es 
de veinte léguas de largo; poco después de Itapûa, se 
halla otra algo menor; y desde la Bajada, pueblo re- 
cîente de espanoles, frente â Santa Fe^ signe una ca- 
dena de ellas, que casi le divide en dos brazos hasta 
la confluencia del Uruguay; siendo muy de notar que 
hasta en las aguas se advierte la misma separaciôn, 
conservândose salobres las occidentales del rîoSalado, 
y dulces las Orientales. 

»A mis del referido salto de Guayrâ, hasta donde 
se navega el Paranâ tranquilamente desde sus mâs re- 
motas puntas; hay otro, como veinte léguas por bajo de 
Candelaria, que impide su navegaciôn la mayor parte 
del aflo; y fuera de estos embarazos, esta su cauce in- 
terrumpido de un sinnûmero de bancos de arena y 
arrecifes que hacen preciso el auxilio de un prâctico 
bien experto, con especialidad hasta Corrientes, donde 
abundan mâs los escoUos. 

'jEs el Paranâ muy semejante al Nilo, no solo en lo 
dilatado y caudaloso de su curso, hermosura de sus 
cataratas ô saltos, y en las siete bocas de su desagua- 
dero en el rio de la Plata: sino también en sus periôdi- 
cas y grandes inundaciones. Empiezan â repuntar por 
lo comûn â mediado de Diciembre, cuando la estaciôn 
del calor se va dejando sentir con mâs vehemencia; 
crecen las aguas todo Enero y parte de Febrero, y 
después tardan en bajar cerca de otros dos meses; de 
manera que el rio no se mete en caja hasta el 15 de 
Abril. 

»Las brisas pardas del S. E. al S., que reinan tanto 
de Septiembre â Noyiembre causadas por la proximi- 
dad del sol, que se acerca del Austro ô Mediodîa; 
inundan de vapores y Uuvias aquellas regiones de la 
zona tôrrida, donde el Paranâ tiene sus cabeceras; y 



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' — 56 — 

son el verdadero origen de estas crecientes;no de otra 
manera que el Artesio 6 Norte son causa de las del 
Nilo en sus respectivos tiempos; esto es, en medio del 
verano de aquella région, ô por lo menos de Junio y 
Julio. 

»En el inviemo baja el Paranâ regularmente mâs 
que en alguna otra estaciôn del ano, â no ser que las 
muchas Uuvias le hagan crecer por el mes de Junio, 
como suele verificarse no pocas veces. En estas oca- 
siones disminuyen los riesgos de navegaciôn, y los 
barcos cargados con 12.000 arrobas de hierba pasan 
sin detenerse por elsalto deCandelaria; venciendo del 
mismo modo con facilidad los demâs obstâculos. 

»Por ùltimo, con estas inundaciones reverdecen 
los paistos secos, se fertilizan los campos agostados. 
las tierras adquieren nuevo vigor y substancia con el 
lino y brozas; se réfrigéra el ambiente de los intensos 
calores del clima y del Estio; terminan las plagas y 
epidemias; los animales respiran nuevo aliento y las 
gentes nueva vida.» (Diario de Alvear.) 

Habiéndose encontrado, como se ha dicho, por las 
primeras partidas el verdadero rio Pepiry-guazû; hu- 
biera sido muy conveniente que estas mismas lo hu- 
bieran reconocido por completo y demarcado de una 
vez, puesto que estaban en posiciôn de poderlo hacer 
con mayor facilidad por estar cerca, y en su desagûe 
ô boca, concluîa el tramo de linea que les correspondia; 
y asi lo propuso, con autorizaciôn del Virrey D. José 
Varela, â su concurrente; encareciéndole lo mucho 
mâs dificil y largo qu^ séria el que las segundas lo 
practicaran; pues les cogia muy lejos; habian de tro- 
pezar con insuperables obstâculos para dominar la 
elevada cordillera de San Antonio por el Norte; y de 
venir â la boca del Piquiry, tendrian una marcha larga 
con no menores dificultades; pero todo fué inùtil. Los 
Comisarios lusitanos, de acuerdo, se opusieron decidi- 
damente â variar en lo mâs minimo el plan primîtivo 



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— 57 — 

de operaciones, que asî lo tenîa establecido; y que a dé- 
nias, sea dicho de paso, convenia â su idea de prolon- 
gar y entretener la cuestiôn de limites lo mâs posible . 

Fué, pues, preciso que las segundas partidas se en- 
cargaran de estos reconocimientos; y para ello I). Die- 
go de Alvear, con la suya, dejô el 22 de Marzo de 1789 
su posiciôn en Candelaria,» emprendiendo la marcha 
para el Santo Angel (adonde se habîa adelantado el 
Coronel Roscio con la suya) pasando por los pueblos 
de San José, Apôstoles, Concepciôn, San Nicolas y , 
otros; sin mâs novedad que la de haber sabido en la 
Concepciôn el fallecimiento del buen Rey D. Carlos III, 
de gloriosa memoria, y la exaltaciôn al trono de su 
hijo el Principe de Asturias, cuarto del mismo nombre; 
por cuyo motivo hubo de detenerse para las honras 
funèbres que se celebraron por el primero y la subsi- 
guiente proclamaciôn del segando con su respectivo 
juramento de fidelidad, que prestaron todos los pue- 
blos, la tropa y jefes civiles y militares de aquellos 
contornos; fiestas y ceremonias hechas y costeadas 
por el mismo Comisario con todo el posible esplendor. 

Por principio de la operaciôn y acortar las distan- 
cias, se decidieron los Comisarios, ya reunidos, â hacer 
una picada de diez léguas por las montaftas del Nica- 
ra-gitazû que los llevara â la margen del Uruguay, 
frente â la boca del Pepii-y-mini ô Pepiry pequeno^ que 
asi lo denominaron para distinguirlo del Pepiry-giia- 
zû (ô grande), que ùltimamente se habia descubierto; 
siendo aquél el que seflalara en su piano equivocada- 
mente el astrônomo portugués en su primera explora- 
ciôn; cuya equivocaciôn, advertidapor D.José Varela, 
fué corregida en otra segunda mâs amplia y con mâs 
conocimiento hecho; dando por resultado encontrar 
el. que verdaderamente correspondia con toda exacti- 
tud â las sefiales con que lo habîan indicado ambas 
Cortes â los antiguos demarcadores del afto 1750. Pero 
resistiéndose todavia el Coronel Roscio â abandonar 



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— 58 — 

el pequefko Pepiry sin un nuevo reconocimiento; se 
avino â ello Alvear con la condiciôn de que al mismo 
tiempo se hiciera el del Pepiry grande, que era el que 
mâs interesaba â los espafioles; pues por él se habfa de 
dirigir el limite divisorio si, como se esperaba, cerca 
de su cabecera se encontraban las de otro rio que 
hacia el Norte corriera para vaciar sus aguas en el 
Iguazû 6 Grande de Curitivà^ segùn el art. 5.*^ del trata- 
do; y asi, en efecto, se hizo, no resultando del primero 
nada favorable â la demarcaciôn; y del segundo la com- 
pléta confirmaciôn de ser el que se creia; ambos reco- 
nocimientos se hicieron aguas arriba y con los mismos 
tropiezos y dificultades, énormes trabajos materiales, 
miserias y enfermedades que en los anteriores Uevamos 
indicados. 

El caudaloso Pepiry-guazû descubriôsu deseado na« 
cimiento el 14 de Junio de 1791, â los 26^ 43' de lati- 
tud, proviniendo de un esterai considérable y pantano- 
so que se forma de los derrames de una montafla no tan 
alta como las que la circundan; y el geôgrafo portugués 
Francisco Dîaz Changas, dando por concluida la expe- 
diciôn con este descubrimiento; se retiré con su gente 
sin atender â las razones de Oyarvide, encareciendo la 
necesidad en que estaban de continuar la exploraciôn 
por ver de encontrar el rio que hacia el Norte deberîa 
complétai* la linea. Nada le detuvo; pero el valiente y es- 
forzado espafiol, firme en su propôsito de cumplir con 
las instrucciones terminantes de su jefe; no se arredrd 
por este abandono que le dejaba casi solo en lo mâs al- 
to de la cordillera, rodeado de numerosas tolderias de 
indios, cuyos fuegos se veîan lucir â orillas de los de- 
mâs bosques, y que, yaosados, se habian atrevido â sor- 
prender y matar â varios espafioles que al otro lado co- 
gieron dormidos; ni tampoco por las excesivas fatigas 
de tan ardua y larguisima empresa de varios meses, que 
venia labrando su espiritu con tantas dificultades como 
se habian ofrecido; antes bien, penetrado de lo preciso 



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— 69 - 

que era ilustrar aquel punto que tan debatido venia 
siendo por los Comisarios; persîstiô en sus indagacio- 
nés doblando aquel mismo dia por la parte del aquilon 
la gran cuchilla; y â los dos tercios de milla, por galar- 
dôn de su perseverancia, le fué dado encontrar el na- 
cimiento de otro rio no menos caudaloso que se dirigfa, 
en efecto, al Norte derecho y fuerte, entraflândose por 
asperezas y breiias impénétrables; que â duras fuerzas 
pudo Uegar â romper la distancia de dos léguas siguien- 
do el curso del rio; confirmândose por sus càlculos y 
observaciones que su direcciôn le Uevaba â unirse al 
Grande Curitivâ; que aftos anteriores habia sido reco- 
nocido por esta misma segunda partida. 

Pero no siéndole posible, por los pocos medios y la 
poca gente, hambrienta y destrozada que le quedaba^ 
continuar en el arduo empefto; con harta pena retroce- 
diô al manantial, y en un hermoso ârbol Tifptboybatâ 
(siguiendo la costumbre 6 régla que de antiguo se Ue- 
vaba de marcar con textos oportunos de las Sagradas 
Escrituras los pasos por donde iban y los descubri- 
mientos que hacian) grabô la grâfîca inscripciôn si- 
guiente, alusiva â su situaciôn, que tan bien explica: 
^Inquirere et investigare pes^mam occupaiionem Deus 
dédit hotninibus (i). (Indagar é investigar es la peor 
«xrupaciôn que Dios ha dado al hombre.) :=San Antonio 
Guazù 17 dejunio lyçi.* 

E. rîo Piquiry ô Pepiry-guazù, que de ambos modos 
se llamaba, Ueva este nombre, que significa Pececitos 6 
Mojarritas en guarani, desde los primeros demarca- 
dores por el sinnûmero de aquellos animalitos que Ue- 
naban sus canoas con el agua que les entraba; cuya in- 
vasion se reproducîa también con sus sucesores ahora. 
Desde su nacimiento corre once léguas al O., y luego â 
les 40*^ al N. O. cuatro léguas; y quince al S. O. por 
entre espesos bosques, que son de énormes pinos en 



< I) Eccles.y cap. 1, vers. 13. 



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— w — • 

casi toda la montafia de que proviene; desagua en el 
Uruguay bajo el paralelo 27*^9'. Es caudaloso, y aun- 
que solo se cuentan treinta léguas de largo en linea 
recta, son mâs de sesenta las que riega con sus aguas 
por las muchas revueltas de su curso. 

Este rîo, con el de San Antonio Gtiazû, del que 
acabamos de hablar, fué uno de los dos puntos de 
mayor controversia entre los Comisarios; llevando la li- 
nea por ellos, como sostenîan con toaa razôn los espa- 
ftoles autorizados ya por la corte de Madrid, que se ha- 
bia puesto de acuerdo con la de Lisboa; los limites re- 
trocederîan de dieciséis â dieciocho léguas â Oriente, 
por un largo espacio de terreno. Los portugueses no 
quisieron accéder, firmes en que no habian recibîdo 
aquellas ôrdenes de su Gobierno; y sin prestarse â de- 
marcar (reconociendo de nuevo) esta linea del San An* 
tonio, que no olreceria ya entonces duda alguna, se 
empeflaban en volver â reconocer las alturas del Pa- 
ranâ, que cogîa lejîsimos, y que era el otro punto de 
discordia que desde un principio se présenté al otro 
extremD de la linea. 

Se hablaba en las instrucciones dadas â los demarca- 
dores de un rîo Iguray\ que por encima del Salto 
Grande del Paranâ sefialaria el limite. Elste rio no se 
encontre nunca. Las sefiales que de él se daban conve- 
nian mejor â otro rio llamado Igatini^ que estaba por 
encima en efecto; pero los portugueses se empeôaban 
en seguir buscândolo por bajo del Salto, 6 supliéndolo 
con otro por este lado; â lo que â su vez no podia ac- 
cederse por Espafta, porque quedaria abierta é inde- 
fensa toda la provincia de Misiones, y por ellas hasta 
el mismo rio de la Plata, ademâs de lo mucho que de 
tierra espafiola se perdia; y como por el tratado se ma- 
nifestara que habia de ser casi paralelo con el de Co- 
rrienteSy habiendo recorrido Alvear estos rios propuso 
que por el Iguray, que no parecia, debia tomarse el 
Yagurayj que entra, en efecto, en el Paranâ mucho 



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— 61 — 

mâs arriba del Igaiini^ pero cuyas vertientes acusan ej 
propio paralelo del Corrientes; recibîendo â poco orden 
del Virrey para asi sostenerlo, y mereciendo luego la 
aprobaciôn del Rey en Febrero de 1793. Pues, no ha- 
biendo habido avenencia entre los Comisarios, fué me- 
nester someter ambas cuestiones â los respectivos Go- 
biemos para su resoluciôn; quedando,casi paralizadas 
las operaciones en cuanto â la demarcaciôn de limites^ 
pero no en lo que ataflia al estudio del pais, y seguir 
explorândolo para su ulterior y mâs completo conoci-^ 
miento. 

Las polémicas seguian tanibién dilatadisimas y fre-^ 
cuentes; tomando en ellas parte ahora los Virrey es y el 
primer Comisario portugués, el ya Teniente General 
Sébastian Javier de Veiga Cabrai, que continuaba 
siendo Gobernador del Rio Grande del Brasil por ha- 
ber quedado encargado Alvear (igualmente que con 
la suya respectiva, que ya se debîa dar por concluida) 
de la primera partida ô subdivision espailola, que 
mandaba D. José Varela; el que â principios de No- 
viembre de 1789 se habîa retirado â Montevideo para 
regresar â Espafia. 

El Coronel Roscio desde un principio habia queri- 
do que se Uevaran todas las competencias sobre las 
cuestiones que se suscitaban por escrito; resistiéndose 
â tratarlas verbalmente , ni aun cuando fueran de me- 
nor importanciay resultara esto raro y penoso, vivien- 
do las mâs veces en el mismo pueblo y lugar; y tratân- 
dose, aparté de estas cuestiones, con la mayor amabi- 
lidad, cortesîa y benevolencia los dos Comisarios y to- 
dos los individuos de ambas partidas igualmente;' pero 
si, en efecto, fué aquello molesto, ocasionando mayor 
trabajo entonces, han podido de este modo conservar-^ 
se el cùmulo de razones que por una y otra parte se 
alegaban para sostener sus respectivas opiniones; re- 
sultando â favor del espanol un juicio ventajosisimo 
en cuanto al sano criterio, la ftierza de lôgica irresisti- 



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- 62 — 

ble y la buena fe que sobresalen en sus razonamientos 
en defensa de los intereses de EspaAa, y la leal inter- 
pretaciôn de las instrucciones y del Tratado entre am- 
bas Naciones. 

La demarcacîôn fundada sobre los accidentes natu- 
rales del terreno, y las instrucciones del Tratado preli- 
minar^ que se basaban en los antiguos y reconocidos 
derechos de posesiôn, por mâs que la Corte de Espaça 
cediera mucho en esto, habîan de resultar siempre mu}* 
contrarias â las pretensiones de los portugueses, que 
tenian usurpados é invadidos considérables porciones 
de hierbales y riquisimos terrenos que no estaban en 
animo de perder; por lo tanto, hicieron uso de todos 
los medios posibles para frustrar y hacer imposible el 
Tratado; suscitando înnumerables cuestiones que alar- 
gaban y difîcultaban las operaciones; proponiendo, co- 
mo se ha visto, nuevos reconocimientos de lejanas co- 
marcas y oponiéndose â demarcar las que ya estaban 
reconocidas con van os pretextos;y lo que era peor,que- 
riendo elevar consultas â las Cortes de Europa; cuyas 
decisiones, desgraciadamente, se hacian esperar por 
aftos, si por acaso se resolvian. 

Y ya desde el principio, por no haber nombrado la 
Corte de Lisboa mâs partidas que las dos primeras de 
que hemos hablado, 6 no haberse presentado si las Ue- 
garon â nombrar, se quedaron inutilizadas las espaAo- 
las 3.*, 4.* y 5.*, que, al mando de D. Félix Azara y don 
Juan Francisco Aguirre las dos primeras, estaban en- 
cargadas de las operaciones que habian de hacerse en 
las provincias de Mojos y Chiquitas: y la ûltima, à las 
ôrdenes de D. Rosendo Chico, las habia de llevar hîis- 
ta conducirlas â la gran laguna y pantanos de las J0- 
rayeSy que dan orîgen al rio Paraguay; si bien estos dîg- 
nisimos jefes buscaron honrada ocupaciôn, lo mâs aoA- 
loga que pudieron, en estudiar y describir el pais, le- 
vantar pianos, coleccionar objetos mineralôgicos que 
han enriquecido los Museos de Madrid, etc., etc. 



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- 63 — 

Varios hubieron de retirarse por ùltimo, dejando el 
Gobiemo encargado en substituciôn â los Gobernado- 
res de las provincias; como sucediô principalmente con 
el Brigadier D. Francisco Requena, Gobernador que 
era de la de Maynas: que quedô encargado de la de- 
marcaciôn del art. 1 1 al ûltimo; que cogia lejisimos y 
de tan dilataday extensa région que se acercaba al gran 
rfo Marailôn y no hubiera podido practicarse sino con 
grandîsima dificultad, aun estando acordes y de buena 
fe los lusitanos; â lo que no estaban muy dispuestos, 
como se ha visto, por no comprometer los intereses de 
su Naciôn. 

Este D. Francisco Requena hizo esfuerzos muy 
laudables en los diez afios que de ello se ocupô, pero 
la mayor parte infructuosos en cuanto â la démarca- 
tion; pero sî trajo al Uegar â Madrid pianos de todos 
aquellos sitios, y con tanta claridad expuestas las varias 
cuestiones que se suscitaran que mereciô ser encar- 
gado por el Principe de la Paz de Içvantar el p ano ô 
mapa gênerai de todos los trabajos hechos por los di- 
ferentes Comisarios â propuesta del Oficial de la Se- 
cretaria de Estado, D. Vicente Aguilar Jurado, que lo 
estaba de informar sobre los progresos y resultados de 
aquella multiple Comisiôn (i). Y no esta de mâs afïadir 
que en este mapa se incluyen,naturalmente,las résultas 
delos pianos y mapas de Alvear;como certificô el mismo 
Requena, en carta que conservamos,confecha de 28 de 
Noviembre de 18 13, en la que manifiesta cque habiendo 
tenido â su vista todos los documentos dirigidospor los 
jefes de las otras partidas,me consta, dice,que el Briga- 
dier D. Diego de Alvear tuvo â su cuidado, desde el prin- 
dpio de aquellos trabajos, la ejecuciôn de los que con- 
tenia el art. 8.*^ del Tratado de limites de 1777, como 
jefe de una de aquellas partidas de demarcadores; y 

(i) Informe al Principe de la Paz, por D. Viceixte Aguilar Ju- 
rado, sobre los trabajos de las partidas de Demarcaciôn de Limi- 
tes (dos tomos, 1795). 



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— 64 — 

después de retirarse D. José Varela, de lo que se man- 
daba en los articules 3.®, 4.° }• 5.^; lo cual constaba 
también en I0& diarios, relaciones, oficios y mapas que 
remitiô al ministerio de Estado, donde existian al tiem- 
po que construi el mapa gênerai y obra citados.= ' 
Francisco Requena,» 

Por ùltimo, vîendo Alvear que se pasaba el tiempa 
sin que las Certes determinaran las cuestiones que se 
habian sometido â su décision; que las operaciones^ 
oficiales de la demarcaciôn estaban comoen suspense^ 
y que ademâs empezaba â susurrarse que las relacio- 
nes entre los dos Gobiernos de Madrid y de Lisboa 
no seguian siendo tan cordiales como antes; que los 
mismos Comisarios de esta Naciôn se mostraban mâs 
tirantes en sus exigencias, y con un prétexte ù'otro, 
futiles é inexactes, amenazaban retirarse, corne poco â 
poco le fueron haciendo en efecto, hastà refligiarse en 
sus frenteras en 1797 sin previe aviso, el Brigadier 
Roscie: y luege Uamando â su gente; â pesar de las 
protestas de su concurrente el Comisario espanol que 
se las comunicô por un Oficial, ante el cual hubieron de 
aludir â la prebabilidad de prôximas hostilidades, se- 
gùn se acentuaban las habladurias entre elles, tomô 
Alvear la determinaciôn de retirarse â su vez con su 
partida â San Luis, primero, y luege â Candelaria por 
mayer seguridad; y anunciândole al Virrey lo que pa- 
saba y se decia, lepropuso si no séria conveniente reti- 
rar de una vez las partidas, 6 al menés acercarlas â Mal- 
donado ô Montevideo; manifestândele al misme tiem- 
po cuân necesarie era ocuparse de la defensa de to- 
das aquellas previncias, que estaban muy expuestas â 
caer en mânes del enemigo tan prento como las inva- 
diera, segûn el estado de abandono en que se hallaban: 
consultande algunas medidas que se podian tomar 
desde luege; y, por ultime, le rogaba tuviera â bien 
concederle licencia para ir â Buenos Aires y Uevar â 
su numerosa familia, que, después de pasar caterce 



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— G5 — 

aftos sepultada, al parecer, en aquellos desiertos, an- 
siaba por regresar â la capital, y con mayor motivo 
ante la contingencia de prôxima guerra. 

El Virrey le contestô concediéndole permise para ir, 
en efecto, â Buenos Aires, pues deseaba conferenciar con 
él, pero que no era el caso de retirar las partidas de la 
Comisiôn sin ôrdenes del Rey; y en cuanto â los indi- 
crios que le manifestara de presunto rompimiento entre 
las dos Xaciones,guardabacompletosilencio sinaludir 
à ello en lo mâs minimo, lo que en cierto modo tranqui- 
lizô al Comisario y â sus subordinados; y tomando las 
medidas conducentes al mejor orden y conveniencia de 
éstos,y en todo lo relativo âla partida, mientras durara 
su ausencia, dispuso su salida para el 17 deMarzo de 
1 801 por la viay picada de San Martin y gargantas ô an- 
gosturas de lagran serrania de Monte Grande ô Sierra 
del Tapé; ei^ cuyas horribles asperezas hubieron de su- 
frir él mismo, y las muchas personas que le acompafta- 
ban, mil penalidades por los atascos y vuelcos decarros, 
carretas y carruajes en que iban, debiendo grandes au- 
xiiios â los portugueses en aquellos difîciles pasos por 
ser aquéUa ya su frontera(atravesada la Sierra), tenien- 
do su primera guardia en San Pedro dos Ferreiros y â 
poca distancia el campamento de rio Pardo, adonde el, 
Coronel Roscio se habîa retirado; como igualmente â 
la guardia espafiola que por la nuestra habia en la pi- 
cada de la Victoria. 

En el campamento de Santa Maria se detuvieron 
diez dlas, y de alli pasaron â Batoviy reconociendo la 
cuchilla neutral inmediata al camino y las mârgenes 
del Ibicuy^ el rio Santa Maria ô HiaUminy; doblô los 
montes del Santa Ana y se detuvo doce dias en las 
mârgenes del Yaguary, reconociendo este rio, que se 
habia propuesto por ûltimo, como dijimos, en vez del 
Iguary, que no existe, para marcar por él la lînea divi- 
soria por ser el que reunîa las condiciones indicadas 
en las instrucciones; coincidiendo en aquella aprecia- 



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ciôn con su amigo y compaflero D. Félix Azara, que 
estaba alli con el encargo de formar una poblaciôn, y 
otra en la horqueta de Santa Maria. 

Desde Batovi cortô â Jacuarembô; y rebasada la 
guardia de San Rafaël, vino â parar â Santa Tecla, de- 
jando alli la cuchilla gênerai (asî nombran el camino 
reconocido entre grandes distancias por las serranias) 
que da sus revueltas; pasô â la estancia de Freyre, y 
verileando la sierrra del Acegua saliô â la de Mazan- 
gano; y apartândose â la derecha del camino de la cu- 
chilla, siguiô por las Pulperias viejas, en las tierras de 
D. Bemardo Suârez, hasta el Fraile Muerto, luego al 
Cordolés; al de Yi, adonde hubo de detenerse quince 
dîas por el gran impedimento que suscitô la gran cre- 
ciente del arroy o de Santa Lucia, para transladarse â la 
casa de Artigas, cerca de Casupâ. 

Cuatro jornadas le llevaron â Pando, y de alli otra 
â la gran ciudad de Montevideo, en la que con grande 
alegria entraron con ânimo de descansar los mâs de los 
viajeros de tan largo y fatigoso viaje; y D. Diego, por 
ver con suma satisfacciôn las mejoras y progresos que 
en cuanto â edificios, poblaciôn, comercio y otros ra- 
mos se ofrecîan â su vista en el ventajoso cambio que 
se habia verificado desde la primera vez que la visitô; 
y como era su sistema, da cuenta de ellas y de todos los 
puntos notables que recorriô en esta gran vuelta, de 
intento dada; asesorândose por completo de la rectitud 
de juicio que le habia guiado â él y â los otros Comisa- 
rios espanoles en las opiniones y cuestiones que habîan 
sostenido con los portugueses sobre los limites que se 
debian seftalar defînitivamente. 

La guerra desgraciadamente habia estallado, en 
efecto, entre las dos Naciones, que debieran en todo 
ser hermanas; unidas por las muchas circunstancias de 
naturaleza, situaciôn, clima, idioma, carâcter y glorias, 
que las han hecho iguales casi en los varios sucesos 
de su historia, y por doquiera que su misiôn civiliza- 



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— 67 - 

dora las ha Uevado a descubrir y p'antar la cruz de 
Cristo, por los espacîosos âmbitos del mundo, si los 
misérables intereses fronterizos de una demasiada prô- 
xima vecindad no hubieran â veces interrumpido aque-. 
Ua tan providencial, â la par que gloriosisima, compe- 
tencia fratemal que en las Artes y en la Literatura, 
en la Industria y Comercio, en las armas, y especial- 
raente en sus atrevidas y arriesgadîsimas navegaciones, 
las hizo brillar por tan larga série de afios â la par, 
como las primeras; an te los ojos de la Europa, atônita 
de asombro al ver tanto heroismo y tanta grandeza. 
Ahora, sin embargo, lo que la promoviô no fueron és- 
tos, sino los menos plausibles de accéder â las exigen- 
cias de Inglaterra y Francia, sus àliadas respectivas, 
que las empujaban â su daflo por satisfacer los intere- 
ses propios de su perpétua rivalidad. 

Pocos dias an tes de la Uegada de Alvear â Montevi- 
deo arribaron â aquel puerto las fragatas de guerra la 
Medea y la Paz, y traian la noticia de haberse decla- 
rado la guerra y de hallarse ya operando un numeroso 
ejército espafkol, que habia invadido el Portugal; por lo 
que estas mismas fragatas habian atacado al bergantin 
de aquella naciôn el Palomo, que encontraron en su 
pasaje, y lo traian apresado. 

A consecuencia de esto, una de las primeras medi- 
das que tomara el Virrey D. Joaquîn del Pino fué dar 
(el II de Junio de 1801) repetidas ôrdenes para que se 
retiraran todas las partidas de demarcaciôn con la ma- 
yor presteza por salvar los copiosos intereses que con 
ellas se arriesgaban; pero, desgraciadamente, hasta el 
1 1 de Julio no se recibiô por el correo mensual el ofi- 
cio del Virrey en el pueblo de San Luis, adonde perma- 
necîa la segunda psutida â las ôrdenes del segundo 
jefe D. José Cabrer, que habia quedado encargado de! 
mande por la ausencia del Comisario; el cual inmedia- 
tamente reuniô â todas las Autoridades civiles y mili- 
tares, consultando y disponiendo todo lo concerniente 



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— 68 — 

al cumplimiento de las ôrdenes respectivas que se ha- 
bian recibido en circunstanciaô tan apremiantes; y tan 
faltos de medios y enseres para ponerse en marcha 
con la mucha gente que queria seguirlos por huir del 
peligro, y asimismo atender â ladefensa de los pueblos 
con la poca tropa que tenian; ello es que hasta el 28 
no les fué posible estar prontos todos para empezar la 
retirada; la cual se fué haciendo cada dia mâs difîcil 
por agregarse (â los comunes percances que en aqué- 
llas ocurrian siempre con la impedimenta del inmenso 
acarreo) la sùbita invasion de los indios fronterizos, 
que atacaron las casi indefensas poblaciones (y aun 
ayudados por algunos de los indios nuestros, con el 
ansia inmoderada del botin),y las saqueaban y robaban 
todo lo que â mano hallaban, inclusos los equipajes de 
algunos de la partida que se quedaban atrasados por no 
tener y a casi escolta; pues Cabrer habia ido cediendo 
sus dragones à las Autoridades de aquéllas para su 
mejor defensa. 

Cerca de très meses tardô este digno oficial en 
efectuar su retirada â Buenos Aires por aquellos cami- 
nos, que no lo eran de intransitables que estaban; y 
luego navegando â duras penas, casi siempre con 
vientos contrarios, el dificultosîsimo rio Paranâ. 

Afortunadamente pudo acarrear sin dano alguno 
toda la documentaciôn y la soberbia colecciôn de ins-^ 
trumentos de la partida, que Alvear ehtregô â poco, en 
el real Consulado de la capital de orden del Virrey, en 
diez grandes cajas, encerrados todos los estuches, en 
perfecto estado, segùn satisfactorio recibo que le die- 
ron; siendo esta la segunda colecciôn que tuvo â su 
cuidado, que la primera la habia entregado por orden 
del Ministro de Marina en 1789 al Capitân de fragata 
D. Alejandro Malespina, que arribô â Montevideo con 
los dos buques de su mando para la célèbre comisiôn 
cientifica de dar la vuelta al globo, que tan alto renom- 
bre diera â aquel otro distinguido marino; que es 



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- 69 — 

•grato recordar al paso los eminentes servicios que â la 
ciencia y â la Patria hicieran algunos del sinnùmero de 
sabios y entendidos Oficiales que constantemente, pero 
inuy en particular en aquellos tiempos de grandeza 
para la Marina, dieron gloria â su esclarecido Cuerpo 
y â la Naciôn. 

Por ùltimo, habiendo ya dado cuenta Alvear de lo 
relative â la retirada de la partida de su mando con el 
regreso de Cabrer, diô el Virrey orden para que todos 
sus individuos volvîeran â sus respectives Cuerpos; 
quedando Alvear agregado desde luego â la escuadra 
surta en el puerto de Montevideo Interin se recibian 
ôrdenes para su regreso â Espafta, como deseaba y ha- 
bia pedido, una vez dada por terminada aquella im- 
portante comisiôn de la demarcaciôn de limites entre 
los dominios de Espafla y Portugal, de tan magna con- 
cepciôn como de laboriosa ejecuciôn. La cual, en efec- 
to, hubiera debido estar ya completamente finalizada 
si los de esta Naciôn no hubieran extremado su oposi- 
ciôn con tan gran tenacidad, causando serios perjui- 
cios â Espafta, la que con espléndida generosidad 
habîa sostenido los cuantiosos gastos de todas las par- 
tidas, inclusas las dos portuguesas, en cuanto â su cons- 
tante manutenciôn y servicios de utensilios, dependen- 
cias y ganado requeridos, y al celosîsimo jefe espafiol, 
muy grave contrariedad, pues veia conhondo pesarel 
poco fruto que por haber prolongado tan desmesura- 
damente la fijaciôn de los limites se habîan obtenido 
por entonces, al menos, de tantos trabajos pasados y 
tan dilatadas operaciones con tanta conciencia y per- 
severancia, y aun condescendencia de su parte, ejecu- 
tadas, para que legaran à feliz término. Acaso ahora, 
no ya para la patria Espafia, pero si para las varias Re- 
pùblicas que en aquellas sus antiguas hermosas pro- 
vincias se han constituido, se pueda obtenerlo mayor 
aprovechando los sôlidos estudios y el discreto juicio 
que prevalecieron entonces para la determinaciôn de 



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— 70 ~ 

limites; cuya cuestiôn, siempre dificil y enojosa, se sus- 
cita también al présente entre estas Naciones respecti- 
vamente y con el vecino Brasil, que de este modo que- 
daria en gran parte logrado aquel objeto; como al verlas 
florecientes hoy dia, parece cumplido también el otro 
que se proponia, al hacer en casi todas sus obras una 
tan detallada descripciôn de la riqueza y grandeza de 
aquel .fertilîsimo é inmenso territorio americano, y la 
gran prosperidad que le séria fâcil alcanzar si los pue- 
blos y los individuos supieran corresponder â la inicia- 
tivade una buena administraciôn; que se complacia en 
ver ya inaugurada por parte del Gobiemo espaftol, con 
los mâs felices y iisonjeros auspicios. 

Aunque hayamos dado algunas sucintas noticias de 
lo dificil y penosa que fué aquella comision de que es- 
tuvo D. Diego de Alvear encargado, permitasenos aho- 
ra afladir que no es fâcil, ni aproximadamente, tener 
idea de la inmensidad de trabajos que pasô, de los pe- 
ligros que corriô, de las fatigas é incomodidades que 
hubo de sufrir en aquellos dieciocho afios que duré 
(desde Diciembre de 1783, en que la principiô, hasta 
Octubre de 1 801, que regresô â Buenos Aires), y de la 
que sin intermisiôn estuvo siempre ocupândose. Alvear 
rarisima vez los menciona en su Diario, atento sola- 
mente â describir el pais y anotar los datos que inte-^ 
resan â la demarcaciôn; siendo acaso la gran respon- 
sabilidad que le incumbia por el mejor acierto en su 
desempefio, y la vigilancia y asiduo cuidado con que 
velaba para disminuir los unos, dominar los otros y 
protéger â su partida contra la multitud de accidentes^ 
y enemigos que por doquiera y de todas clases le ro-^ 
deaban: los que mâs le labràban. Los indios bravos, es-^ 
pecialmente los tupis y los charrûas^ los mâs féroces 
entre ellos, les asaltaron repetidamente; aunque sin 
poderles sorprender, como es su tâctica, por la exqui- 
sita vigilancia y severo orden que habia impuesto en 
el campamento; pero hubieron de batirse en sangrien- 



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— 71 — 

tos combates, que causaron dolorosas pérdidas algu- 
na vez. 

Los rios, peligrosîsimos de navegar, como hemos 
dicho, siempre contra sus corrientes desconocidas, lo 
mismo que sus remolinOs, bajos y demâs accidentes, 
hacîan zozobrar las canoas â menudo, â pesar de todas 
las precauciones; y por acaso sin poder salvar los tri- 
pulantes, perdiéndose los pertrechos y viveres frecuen- 
temente, y quedando ellas destrozadas; otras veces, 
por evitar los escoUos y saltos de las aguas, era forzo- 
so sacarlas y acarrearlas por tierra; y otras, por fin, 
que abandonarlas por completo, teniendo que dedi- 
carse â hacer nuevas mâs arriba. La terrible faena de 
abrir picadas sin fin por los intransitables é inmensos 
bosques cansaba â los mâs fuertes, y los desalentaba 
de tal modo, que â menudo hubo gue relevar toda la 
tropa y â los indios; que, exhaustos por el arduo traba- 
je, no podîan soportar fatigas tan grandes. 

Mucho sufiîeron también de las enfermedades oca- 
sionadas por la intempérie â que estaban siempre ex- 
puestos, inhalando los nocivos gases que los fuertes 
calores levantaban de aquella tan exubérante vege- 
taciôn, y la siempre perniciosa humedad que recogian 
en la estaciôn de las aguas y conservaba perenne su 
espesa fragosidad; unido esto â los malos alimentos, 
continuamente averiados y escasisimos â menudo, dis- 
minuyéndose por la necesidad en que los acarreadores 
se veîan obligados dealimentarse ellos mismos, llegan- 
do casi desfallecidos cuando se alargaban las distancias;^ 
por ser preciso acarrearlos â hombros, mâs de cincuen- 
ta y sesenta dîas, â veces, hasta alcanzar en lo alto de 
los montes â los hambrientos exploradores, que ya ha- 
bîan consumido los que llevaran primero; â pesar de 
limitar las raciones â la mâs minima cantidad; y por 
ùltimo, las plagas molestîsimas de insectos de todas 
clases que les mortificaban sin césar de dia y de noche, 
de mosquitos, engenes, tâbanos, etc.; los innumerables^ 



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_ 72 — 

ejércitos de hormigas negras, pardas y blancas de va- 
rios tamaflos/que todo lo invadian y cubrian, y âellos 
también, obligândoles à levantar el campamento por 
si librarse podian de su abrumadora y formidable mu- 
chedumbre; los venenosos alacranes, escorpiones, el 
sapo asqueroso, la terrible motuca y el no menos insî- 
dioso piqué (i),y mil y mil otras sabandijas y alimaftas 
de todas clases, que con sus picaduras y mordiscos 
les causaban dolorosisimas inflamaciones, que los im- 
posibilitaba por muchos dias. 

Mâs fâcil era defenderse de los ataques de las bes- 
tias féroces, del jaguar (leôn de America), del leopar- 
do, la onza y la pantera, que pudieron matar algunos 
sin que hîcieran gran dafio; no asi del mâs peligroso y 
formidable de todos, el tigre sangriento y traidor, que 
de continuo seguia la pista, y al menor descuido salta- 
ba de improviso sobre su victima, que varias hizo; y 
desnucândolas alevoso , torciéndoles violentamente la 
cabeza para atrâs, les chupaba la sangre hasta saciar- 
se, retirândose impunemente, dejando por sefial de su 
triunfo el pâlido y destrozado cadâver (2). En uno de los 
bosques que costean el arroyo del Rey, al sitio de la la- 
guna de Merin, vieron hasta ocho tigres, de los cuales 
mataron cinco con las escopetas y el auxilio de los pe- 
rros, pegando antes fuego âla parte opuesta para hacer- 
los salir; y â poco, en el arroyo de San Luis, otro, persi- 
guiendo â un perro perdiguero â média tarde, se metiô 
hasta la tienda del Comisario» Otra tarde , el mismo Al- 
vear hubo de retirarse inadvertidamente del campamen- 
to rezando el Oficio parvo de la Virgen, comoacostum- 
braba. De repente llamôle la atenciôn el venir hacia él 
dos perros que le acompaftaban con lastimeros aullidos; 



(1) Véase fragmentes, observaciones de Historia natural, 
Apéndice nûm. 3. 

(2) Véase el Apéndice nûm. 3, fragmentes de Historia natural. 



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— 73 — 

conociô al momento que tenian miedo y se acogîan â su 
protecciôn...; jalgûn peligro les amenazaba, sin duda! 
Volviô el rostro investigando, y su pénétrante mirada 
pronto descubriôâunsolapado tigre, que cautelosamen- 
te le seguîa no lejos; sin turbarse, aunque no llevaba ar- 
ma alguna, acariciô âsus pachones, los hablô, los animô, 
y tirando acier ta distancia del tigre, por la derecha, que 
estaba mâs descubierta, unas piedras, los azuzô para 
que fueran por ellas. El tigre se volviô para atacarlos, en- 
tretanto que él adelantabaen su camino;losperros, aco- 
sados por la fiera, liuyeron, refugiândose de nuevo al 
lado de su amo,y este, repitiendola operaciôncon igual 
acierto, enviândolos ya â la izquierda, ya â la derecha, 
para asegurarles la retirada, contuvo al temido felino 
sietnpre distanciado, mientras él se acercaba al campa- 
mento y se hacia oir del centinela, que al grito de jel 
tigre!, ;el tigre!, alarmé â la gente; y â sus tiros huyô 
aquél espantado, para caer muerto â la manana por los 
certeros tiros que le descerrajara â la cabeza el mismo 
Comisario, en la gran batida que en su persecuciôn 
dieron por el bosque. A poco su hermosa piel en la tien- 
da del jefe recordaba â todos su mâxima especial: «que 
en los peligros, lo qtie mâs vale es conservar siempre el 
dnimosereno^. 

lY las vîboras?... Las viboras se puede decir que 
Vivian con ellos, no en amigable compafiîa, eso no, que 
con demasiada frecuencia se sentian los temibles efec- 
tos de su traidora ira y de su casi mortal veneno. So- 
lamente en los campamentos del Chuy mataron mâs 
de ciento, algunas hasta de cinco y seis pies de largo 
y seis pulgadas de diâmetro, y eso que tomaron la 
precauciôn de pegar fuego â todos los pastos alrede- 
dor; y en las faldas del cerro alto de Batoby^ adonde 
hîcieron noche, vieron una horrenda de cascabel (cro- 
talus) de dos varas de largo y diez pulgadas de grueso, 
con catorce anillos ô cascabeles en la cola. 

Buscaban el abrigo del campamento, y aun el del 



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— 74 — 

lecho; deslizândose suavemente sin que se advirtiera 
su presencia las mâs veces, hasta sufrir el dafto. 

El Comisario levantâbase al amanecer y despertaba 
â un muchacho negro, que le servia y que dormfa al 
pie de su cama; un dîa viô â su lado como una raan- 
cha negra; acercôse jera una vibora! Pronto como el 
pensamiento levante al chico, y con su afilada espada 
la cortô en pedazos; màs tarde llaraô â sus incrédulos 
Oficiales, y cogiendo con su enguantada mano el trozo 
de la cabeza, les convenciô de la peligrosa y larga vî- 
talidad de aquel reptil, que, dando fuertes mordiscos 
â un lefio que le arrimaba, infiltraba su mortal y ver« 
de ponzofia donde clavaba el fîno colmillo; porque Al- 
vear no se cansaba nunca de estudiar ni de enseftar. 

Largo séria contar las muchas anécdotas, los suce- 
sos extrafîos é incidentes curiosos que le sucedieron, y 
que en nuestra infancia le oiamos referir pendientes 
de sus labios con tan intenso interés que hubiéronse 
de grabar tan profundamente en nuestra memoria que 
jamâs se han podido borrar (i). 

«Al recordar los raéritos contraîdos por el Gene- 
ral Alvear (dice D. Pedro Angelis en la brève noticia 
biogrâfica que encabeza la Rdaciôn histôrica geogrà- 
fica de la provincia de Misiones de D. Diego de Alvear^ 
que se imprimiô en Buenos Aires en 1836) en una 
misiôn tan importante, para la que ténia que recorrer 
inmensos desiertos desconocidos, sobrellevar fatigas, 
privaciones y peligros de todo género; transitar â pie 
por bosques abriéndose la senda con el hacha; luchar 
con el hambre y las escaseces que les hostigaron en 
todo el curso de est os laboriosos reconocimientos. 
Construir canoas y balsas para la navegaciôn de tantos 
y tan caudalosos rios, abandonândolas después por la 



(I) Véase fragmentes de su Historia natural, Apéndice nu- 
méro 3. 



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— 75 — 

imposibilidad de Uevarlas, y volviéndolas â construir 
para transitar por otros; dejando no pocas veces â un 
lado los trabajos cientifîcos para repeler con las armas 
los asaltos de enjambres de salvajes que les disputaban 
el paso, etc., etc. Al reflexionar todo este complexe de 
circunstancias, no se puede menos de tributar un ho- 
menaje de admiraciôn al que reprodujo en nuestros 
dias los ejemplos de aquella varonil y extraordinaria 
constancia que tanto distinguiô â los espailoles en el 
Nuevo Mundo en la época de su primer descubrimien- 
to. Buenos Aires 20 de Agosto de iS^ô.^^Pedro An- 
gelis.^ 




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vu 



sus OBRAS Y ESCRITOS 




ARA la debida y necesaria inteli- 
gencia de estos trabajos, y en 
cumplimiento de la oVden que 
recibiera de dar cuenta detalla- 
da al Gobierno del éxito de su 
comisiôn, escribiô Alvear una 
obra en cinco tomos, que titulô Diario de la segunda 
partida de dentarcaciôn de limites entre los dominios de 
Espana y Portugal en la Arnérica meridiotiaL Com- 
prenden los dos primeros tomos la hîstoria detallada 
de los viajes y expediciones de la partida desde su sa- 
lida de Buenos Aires hasta su regreso; las operacio- 
nes, el método y orden de los trabajos; las descripcio- 
nes (algunas bellîsimas) del fertilisimo pais que atra- 
vesaban; de los frondosos montes, los hermosisimos 
lagos y sus estupendos y caudalosos rios; de los varios 
pueblos que visitaron, indicando las habituales ocupa- 
ciones de las diferentes razas que los habitaban, y por 
todas partes seùalando sus situadones respectivas; y 
ademâs se refîeren las actas de las sesiones, contro- 




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— 77 — 

versias y polémicas habidas entre los Comisarios de 
ambas Naciones; con copias de las cartas y oficios y 
otros documentos que con la demarcaciôn se rela- 
cionan. 

El tercer tomo contiene la compléta coleccîôn de 
las numerosisimas observaciones astronômicas y me- 
teorolôgicas que se practicaron para con la mayor 
certeza fijar la latitud y longitud de todos los puntos 
que se marcaban; las de variaciôn magnética; los éclip- 
ses de los satélites de Jupiter, de Sol y de Luna; ocul- 
taciones de estrellas y de Venus por la Luna; el paso 
de Mercurio por el disco del Sol; variaciôn de la tem- 
peratura, etc., etc., «con noticia de los parajes y dias 
en que se hicieron, y del modo de averiguar sus resul- 
tados, dando el primer ejemplo de cada especie de ob- 
servaciôn calculado para que se vea el procéder» 
(como dice Alvear), y acompafia la descripciôn de los 
instrument os, libros y tablas de que se servian (i). 

La historia natural del pais que recorriô, en sus 
très reinos animal, ve*getal y minerai, es el objeto del 
cuarto tomo, pues incluye todas las observaciones que 
hiciera distribuyéndolas por sus clases, ôrdenes, génè- 
res, especies y variedades, segûn el hermoso sistema 
del mâs célèbre de los naturalistas modernos, Carlos 
UneOj de quien era grande admirador. 



(I) Âlgtinas de estas observaciones fueron de sumo interés 
para las cîencias, y todas necesarias para el levantamiento de los 
pianos numerosos que se fueron enviando continuamente â los 
diferentes centros del Grobiemo de Madrid y â los Virreyes de 
Buenos Aires, y han servido para los mapas générales del pais y 
los maritimos que en el Depôsito hidrogrâfico se han hecho, ha- 
biendo sido aceptadas y citadas con grande aprecio, juntamente 
con sus demàs obras y trabajos, por los sabios Directores Espi- 
nosa, D. Felipe Bauza, Navarrete y otros, en las suyas respecti- 
vas, empezando desde la creaciôn de este en 1797, como consta de 
la obra titulada Memoria sobre las observaciones astronôtnicas 
hechaspor los navegantes espatioles en distintos lugares del glo^ 
ho, las cuales han servido de fundamento para laformaciôn de 



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— 78 — 

tPor ùltimo, perteneciendo la provincia llamada de 
Misiones al tramo de lînea divisoria soraetido â su 
partida de demarcaciôn, y siendo una de las mâs flori- 
das de la America méridional, regada por très rios de 
los mâs considérables; bajo uno de los climas mâs tem- 
plados y benignos; susceptible de Uenar las mâs vastas 
ideas de progreso y mejora en cuanto â poblaciôn, in- 
dustria y comercio», pensô que merecîa mayor aten- 
ciôn; y no queriendo interrumpir con largas digresio- 
nes la série de hechos y trabajos referidos en su Dia- 
rio, agregô el tomo V con la relaciôn histôrica y geo- 
grâfica de tan dîlatada y hermosa provincia, compren- 
sivade las seis materias principales siguientes: i.* Su 
descripciôn corogrâfica. 2.* Naciones antiguas que la 
habitaban. 3.* Su descubrimiento, conquista y nueva 
poblaciôn. 4.* Conquista espiritual y poblaciôn conti- 
nuada por los misioneros de la Compaftîa de Jesûs. 
5.* Gobierno 3^ estado florido de las Misiones en tiempo 
de los jesuitas. 6.^ y ùltima. Gobierno y estado pré- 
sente, con noticia de su vecindario, industria, comer- 
cio, causas de su decadencia y medidas que debieran 
adoptarse para su reposiciôn y mayor prosperidad. 

Acompaftaba la obra con un Atlas ô colecciôn de 
trece pianos corogrâficos de los cantones ô comarcas; 
y también topogrâficos de los fuertes, pueblos y puer- 



las Carias de ntarear, publt codas por la Direcciôn de trabajos hi- 
drogràficosde Madrid^ ordenadaspor D.José Espinosa y Tello^ 
jefe de escuadra de la Real Artnada y primer Director de dicho 
establecimiento. De orden super ior. Madrid en la impretita Real. 
Aûo i8og. Consta de cuatro Memorias: la primera comprende las 
de Espafta y Africa, etc.; la segunda las de America, y en la pa- 
gina 7 y siguientes se habla de las observaciones de D. Diego de 
Alvear, Capitân de navio, comunicadas por él mismo, desde 1784 
à 86; y se apuntan las principales que se refieren â la ribera del 
mar, objeto de la obra, como son las efectuadas en CastUlos 
grandes, Fuerte de Santa Teresa^ Barra del Arroyo del Chuy^ 
Arroyo Jahin y otras. 



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~ 79 — 

tos que recorriô y describe en el Diario, y se enume- 
ran â continuaciôn: 

i.*^ Piano del puerto de la colonîa del Sacramento . 

2.^ Otro de la bahia de Montevideo. 

3.*^ Otro del puerto de Maldonados. 

4.® Otro del fuerte y cima de Santa Teresa. 

5.^ Piano del Rio Grande de San Pedro. 

6.^ Otro del fuerte de Santa Tecla. 

7.^ Tablas corogrâficas de los treinta pueblos de 
las Misiones de los jesuitas. 

8.® Carta esférica del rio de la Plata desde la con- 
fluencia de los nos Paranâ y Paraguay hasta su des- 
aguadero en el mar, con parte de la costa septentrio- 
nal hasta el arroyo del Chuy. 

9.** Piano corogrâfico desde la ensenada de Casti- 
Uos hasta la barra del Pepiry-guazû. 

10. Idem de la demarcaciôn .ordenada por el ar- 
tîculo 8.** del Tratado preliminar de limites de 1777, 
esférico, desde el cabo de San Antonio y boca del Rio 
de la Plata 35^ 40' . Latitud austral hasta el Rio Ja- 
cuary ô Camapôa, que desagua en el Paraguay â los 
18^ y 58" de dicha latitud. Comprensivo de todos los 
viajes, trabajos, reconocimientos y operaciones; tramos 
de demarcaciôn, fajas ô zonas neutrales, rîos dudosos 
y terrenos en disputa, de la segunda partida de limites 
espaftola. 

11. Piano de la ensenada de Barragân. 

12. Idem reducido desde el Cabo de San Antonio 
y boca del Rio de la Plata hasta el Rio Jacuary. 

13. Piano de la ciudad de Buenos Aires, y ademâs 
una Tabla de sus latUudeSy longitudes y distancias de 
unas àotras (i). 



(i) Ademàs fueron entregados los siguientes anteriormente: 
i.^ Un piano, de média pulgada por légua, que contiene desde 
Castillos hasta la barra del Pepiry. 2.® Uno del tramo del Paranâ 
desde Candelaria â la barra del Iguazû. 3.^ Otro del tramo del 
Paranâ desde su Salto grande al Ig^azû. 4.^ El Pepiry de los an 



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— 80 — 

La obra es por demâs interesante, absolutamente 
necesaria para obtener una idea justa delos resultados 
de la Comîsiôn, y utilisima para el conocimiento com- 
pleto de tan dilatado pais; esta escrita en estilo senci- 
Uo y conciso, pero tan castizo como claro; ofrece una 
cantidad de datos exactisimos de toda especie de ac- 
tualidad y de aprovechamîento para lo por venir, con 
las mejoras de que es susceptible, y que fâcilmente 
pueden alcanzar de una buena administracîôn, que so- 
meramente indica. 

Con elegancia y entusiasmo describe las bellezas 
de aquella naturaleza tan exubérante y rica: y muy 
amenas las costumbres y hâbitos tan originales de los 
pueblos que lo habitan: y los para Europa extrafios 
pormenores de los trabajos ô labores agricolas, pecua- 
rias é industriales de que se ocupan (i); y, por ùltimo, 
de todo ello se colige la multitud de trabajos y peli- 
gros que pasaron en las dificultosisimas operaciones de 
la demarcaciôn. — Un ejemplar completo de este Diario 
entregô en la Secretarîa del Virreînato de Buenos Ai- 
res, con los documentos, ôrdenes, oficios é instruccio- 
nés originales del Gobierno y de los Virreyes, con la 
colecciôn de mapas y pianos, y deberâ, sin duda, con- 
servarse alli. — Otro igual présenté â su regreso â Es- 
pafia en 1806 al generalisimo Principe de la Paz, que 
lo depositô en la Secretarîa de Estado Mayor del Real 



tiguos demarcadores. 5.^ En très divisiones el Uruguay, desde el 
Pepiry-guazû â San Javier. 6.^ Un planito de los nos Cuzuguaii y 
Vexuay. 7.° Otro del Paranâ desde Candelaria â Santa Lucia. 
8.*^ Otro piano desde 21^ de latitud hasta Santa Tecla. 9.° Otro 
desde los 16^ hasta el Rio de la Plata. 10. Otro del Iguazû y San 
Antonio. 11. Otro del Uruguay y Pepiry-guazû hasta su Salto 
grande. 12. Otro desde Candelaria al Santo Angel y Nucoragua- 
zù. 13. Otro del Pepiry-guazû desde su Salto grande â sus cabece- 
ras, y dos borradores del Rio de la Plata, de Malaspina y Gundin. 
(l) Véase Estancias de Buenos Aires, Apéndice nûm. 4. 



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— 81 ~ 

Cuerpo de Ingenieros; y como marino, dirigiô otro al 
Depôsito Hidrogrâfico de su Cuerpo en Madrid (i). 

Como ya hemos indîcado, mientras durô la Comi- 
siôn se habîan estado enviando al Gobiemo de Espa- 
ôa y â los Virreyes de Buenos Aires notîcia de todas 
las operaciones que se estaban haciendo , con repeti- 
das copias de los partes del Diario que las referian y 
de los croquis que se levantaban. 

Ademâs de esta su principal obra, hubo de escribir 
luego Alvear una compléta descripciôn del Virreinato 
de Buenos Aires, con todas sus Intendencias mievas (ô 
provincias), detallando con prolijo esmero la mayor ô 
menor importancia de sus pueblos , industria , comer- 
cio y agricultura; su respectiva poblaciôn, su organi- 
zaciôn militar, civil y eclesiâstica; la naturaleza y si- 
tuaciôn geogrâfica de los- territorios que las constitu- 
yen, con los montes, nos y demâs incidentes que las 
distinguen; resultando, â nuestro parecer, una noticia 
por demâs interesante de lo que fué la gran obra civi- 
lizadora de Espana (tan calumniada posteriormente) 
en todas aquellas inmensas posesiones de las Américas, 
cuando hace casi cien afios (pues la descripciôn esta 
escrita en 1803) aparecian y a opulentas, regidas y ad- 
ministradas al ténor de las mismas provincias de la me- 
trôpoli. 

También escribiô varios Informes â peticiôn de los 
Virreyes, que acudîan â menudo en consulta â su reco- 
nocida competencia en todos estes asuntos de Ameri- 
ca para su mejor resoluciôn; entre las cuales solo ci- 



(l) Este ejemplar, con otros varios importantes documentes y 
mapas concemientes â nuestras Américas y otras provincias de 
Ultramar, por las extranas vicisitudes de los tiempos han venido 
â parar â manos del Gobiemo inglés, compradas por los Directo- 
rcs de laBiblioteca Nacional, Museo britânico {Rritish Muséum). 
(Véase el Apéndice nûm. 5, con su curiosa y minuciosa descrip- 



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— 82 — 

taremos los siguientes, que nos parecen ser los mâs 
notables, y que insertaremos integros al fin del tomo: 

I.® Informe sobre el modo de disponer los cofiduc- 
tores eléctricos ô pararrayos, en 1781, al Excmo. seftor 
Marqués de Loreto. 

2.*^ Informe sobre la poblaciôn del gran desierto de 
Nucoraguazu, en 1791, al Excmo. Sr. D. Nicolas de 
Arredondo. 

3.^ Informe sobre los indios iupis, aflo de 1797, al 
Excmo. Sr. Marqués de Avilés. 

4.® Informe sobre la poblaciôn del Cliacô, afio 1799, 
al mismo. 

5.*^ Informe sobre la poblaciôn de los indios guara- 
nis, 27 de Agosto de 1802, al Excmo. Sr. D. Joaquîn 
del Pino. 

Este ûltimo tuvo por honroso resultado el lograr 
del Gobierno espafiol el Real Decreto de 19 de Mayo 
de 1803, por el que se declaraba la tan deseada liber- 
tad de aquellos naturales; concediéndoles un reparto 
de tîerras por familia con los utensilios é instrumen- 
tos de labor consiguientes; con libertad de comercîo 
y gobierno independiente de las treinta poblaciones 
que habitaban â orillas de los rîos Paraguay y Paranâ. 
En todos estos escritos, lo mismo que en el Diario, 
en sus oficios y aun en sus cartas familiares, son de ad- 
mirar, no solamente los buenos principios de equidad, 
justicia y religion, en los que sôlidamente funda siera- 
pre su raciocinio, pero mâs aùn, por ser rauy superio- 
res â los de su tiempo, los conocimientos que muestra 
tener sobre economîa politica, buena administraciôn y 
libertad de comercio, con opiniones tan adelantadas 
en estas ciencias, aconsejândolas y sosteniéndolas co- 
mo principales medios para alcanzar el fomento y la 
mayor prosperidad del pais, sino que también el des- 
arrollo intelectual y material de la raza indigena, que 
tanto se apetec.'a y por los que él tanto se afanaba. 
Ocho fueron los diferentes Virreyes que en Buenos 



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— 83 — 

Aires mandaron en los veinticuatro afios que perma- 
neciô en America D. Diego de Alvear, y â todos ellos 
les mereciô seôaladas muestras de aprecio y de la mâs 
compléta confîanza en la idoneidad de sus peculiares 
-circunstancias para el buen desempefio de las comisio- 
nes que le encargaron. 

Ademâs de los que ahora hemos nombrado, lo fue- 
ron tambîén el Teniente General D. José Vértiz, que 
ocupaba aquel alto puesto cuando arribô primeramente 
û la America Alvear, al mando de su buque la Rosalia; 
D. Pedro Melo, de Portugal, que muriô el 15 de Abril 
<le 1797, desempeftândolo aùn; D. Antonio Olaguer 
Feliû, y, por ùltimo, el Marqués de Sobremonte, que 
Jlegô â Buenos Aires el 11 de Abril de 1804, poco 
tiempo antes del regreso de Alvear à Espafia. 

Durante su comisiôn habia obtenido D. Diego los 
ascensos, por antigûedad: de Capitân de fragata el 14 
de Enero de 1789, y el de Capitân de navio, el mîsmo 
mes y dia del afto 1794; y poco antes de empezarla, 
en 1782, con licencia realy las demâs necesarias para 
el caso, contrajo matrimonio en Buenos Aires con do- 
fia Maria Josefa Balbastro, seftora de tan apreciables 
prendas morales adornada, como de notable y her- 
mosa presencia; era natural de la misma ciudad, hija 
de D. Isidro Balbastro, oriundo de familia noble de 
Aragon, que se habia establecido allî muchos afios an- 
tes con casa de comercio de gran crédito, gozando de 
tan buena opinion como de muy desahogada posiciôn. 

De este matrimonio tuvo Alvear diez hijos, de los 
<niales el mayor, Benito, lo habia enviado, nifio aûn, â 
-casa de sus padres en Espafia, para su educaciôn y se- 
guîr carrera, y desgraciadamente muriô en la epide- 
mia de fiebre amarilla en 1801 en Câdiz, en la Acade- 
mia de Guardias Marinas, teniendo dieciocho afios de 
edad. 

Otra nifia muriô en la infancia; los otros ocho le 
Vivian; casi todos habian nacido en alguna de las po- 



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— 84 -^ 

bladones de la provincia de Misiones; adonde là 
amante y fiel sefîora quiso seguirle y vivir retirada por 
espacîo de quince afios con el objeto de estar mâs 
cerca de su esposo. 

De todos estossus hijos, el cuarto, Carlos Antonio^ 
fué el ùnico que le sobre viviô. También habîa nacido 
en Misiones el 25 de Octubre de 1789, en el pueblo de 
Santo Angel Custodio (que ya no existe), destruido 
por los mamelucos paulistas en sus devastadoras in- 
vasîones, que arruinaron por completo aquellas pobla- 
ciones, poco antes tan florecientes. Este fué luego el 
célèbre hombre politico y distinguido General D, Car- 
los de Alvear^ que tan grandes servicios presto â su 
patrie, la Repûblica Argentina, alcanzando tan alto re- 
nombre y sefialada fama entre los héroes de la Ame- 
rica moderna por sus brillantîsimos talentos y genio 
militar. Insertamos al fin de esta historia de su padre 
un a brève noticia biogrâfica del mismo benemérito Ge- 
neral. 




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VIII 



HISTORIA fflSPANO-AMERICANA 



OBSERVACIONES SOBRE EL MANUSCRITO DE CABRER 




NTES de abandonar la America y de con- 
tinuar la historîa de D. Diego de Al- 
vear, séanos permitido introducir el si- 
guiente opûsculo, que tiene una Inti- 
ma conexiôn con sus trabajos en la 
Comisiôn de limites y las obras que so- 
bre ella escribiô, y que, al leer en la obra titulada El 
limite oriental del territorio de Misiones^ de D. Melitôn 
Gonzalez, todo lo que en ella se refîere al manuscrito 
de D. José Cabrer, que se titula Diario de la segunda 
subdivision de limites espanola entre los dominios de 
Espaiia y Portugal en la America méridional^ me he 
visto obligada â escribir con el ineludible deber de 
reivindicar para mi venerado padre la honra que le 
cabe de haber sido el ùnico y verdadero autor de aquel 
Diario; refutando la opinion errônea de creerlo origi- 
nal del que por acaso solamente lo copiô. 

Este opûsculo ha merecido tener la honra, que nun- 



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— Se- 
ca pude yo imaginar, de haber sido leido por el Exce- 
îentisimo Sr. D. Pedro Madrazo, Secretario perpétue, 
en la sesiôn de 25 de Abril de 1890 (y con sefialadas 
muestras de aprecio), en la Real Academia de la Histo- 
ria; la que, considerândolo acreedor a que viera la luz 
pùblica, lo adoptô, disponiendo se imprimiera é inser- 
tara en su Boletin mensual; conio, en efecto, se ha he- 
cho y puede verse en el numéro primero del mes de 
Enerô de corriente afio de 1891 con el tîtulo Historia 
HispanO'Americana, 



DON DIEGO DE ALVEAR Y PONCE 

autor del Diario de la segunda demarcaciôn de limi- 
tes entre los dominios de Espana y Portugal en la 
America méridional^ de la quefué Comisario. 




Observaciones sobre el manascrito de D. José Maria Cabrer. 

En Septiembre de 1882 diô â la estampa en Mon- 
tevideo una obra, con el titulo de El limite oriental del 
territorio de Misiones — Repûblica Argentina^ el ilustra- 
do Sr. D. Melitôn Gonzalez, cuya obra en très tomos^ 
pero encuadernada en dos, por suponer que me habîa 
de ser del mayor interés su lectura, pues se repetia en 
ella muchas veces el venerado nombre de mi padre, 
me fué remîtida algo después por mi muy amado so- 
brino el Sr, D. Torcuato de Alvear, Intendente que ha 
sido de Buenos Aires; en cuyo honorifico destino ha 
inaugurado una época de extraordinarias mejoras ur- 
banas que h an hermoseado y levantado aquella ciudad 
rango de una de las mâs brillantes capitales de Amé- 



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— 87 - 

nca, logrando â la vez ilustrar su nombre con la âurea 
fama de entendîdo, celosisimo y gran servidor de la Pa- 
tria, como lo fueron y a an tes su glorioso padre el Ge- 
neral D. Carlos y su no menos ilustrado abuelo, el Bri- 
gadier de la Armada espaflola D. Diego de Alvear, del 
que yo me precio ser, si bien humildîsima, â la par 
amantîsima hija, gloriândome de sus glorias; y por eso, 
y porque no se menoscaben al menos, esforzândomé 
mâs de lo que consienten mi debilidad é insuficiencia, 
me atrevo â escribir estos renglones po? si me es dado 
tener la suerte de poderlo evitar. 

En efecto, la obra del Sr. Gonzalez, como pensô 
nuestro âobrino, nos ha interesado muchîsimo; pero 
causândonos, al mismo tiempo que grata impresiôn, un 
vivo dolor. En ella hemos leido impresa una obra de 
mi padre, pero aplicândole el nombre de otro autor. 
Refiérese en aquélla que en Agosto de 1880 se habîan 
encontrado en la Biblioteca de Montevideo, ô sea Ar- 
chivo gênerai administrativo de la Naciôn, en una caja 
de hierro que fué preciso romper para abrir, «dos to- 
mos encuadernados, sin foliar,autôgrafos delAyudante 
del Real Cuerpo de Ingenieros D. José Maria Cabrer, 
que se titulan Diario de la segunda subdivision de limi- 
tes espanola^ entre los dominios de Espana y Portugal^ 
ett la America meridionahy segùn consta del acta ofi- 
cial que se extendiô; y este autôgrafo, todo entero, lo 
imprime y publica el Sr. Gonzalez en su obra creyén- 
dolo, con razôn, que podia y debîa ser la principal 
pieza de su trabajo; porque en él se halla relatado, no 
solo lo que acaeciô en la demarcaciôn de la parte que 
le înteresa, sino también la correspondencia que se 
suscitara entre los Comisarios espafiol y lusitano so- 
bre los ries el Pepiry y el San Antonio, que aun ahora 
mismo son objeto de discusiôn entre las varias Repù- 
blicas que se han formado, dividiendo el inmenso te- 
rritorio que constituia el Virreinato de Buenos Aires; 
y lo mismo sobre las que subsisten 6 se susciten con 



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— 88 — 

el Brasil; y por eso los trabajos de limites entre los do- 
minios deambasNaciones, quehicieron los ilustres Co- 
misarios del fin del siglo pasado, sabios y entendidos 
marinos, escogidos entre los mâs distinguidos de la 
Naciôn espafiola, como célèbres matemâticos y grandes 
astrônomos, parece que deben ser de un especial inte- 
rés y de una suprema autoridad para la dilucidaciôn 
de estas cuestiones de limites internacionales ahora, en 
aquellas sus antiguas provincias. 

Ahora bieif; concretândonos al manuscritofelizmen- 
te hallado en Montevideo, y que el Sr. Gonzalez supo- 
ne, naturalmente, ser obra original del que, segùn pa- 
rece, lo ha escrito materialmente y lo firma es decir, «de 
Cabrer»; y teniendo nosotros, por el contrario, muy 
fundados motivos y grandes razones para pensar que 
esa suposiciôn puede ser equivocada, nos vamos â per- 
mitir el presentar ciertos datos, entre los muchos que 
tenemos, y hacer algunas observaciones que creemos 
suficientes para aclarar la cuestiôn; en la confianza de 
que han de ser atendidas con el imparcial deseo de 
buscar la verdad y de dar la fama de ûnico autor al 
que realmente la merezca. 

Pùblico y notorio por demâs es que D. Diego de 
Alvear fué uno de aquellos ilustres marinos de que he- 
mos hablado, elegido, â pesar de su corta graduaciôn 
de Teniente de fragata, desde 1778 para la primera Co- 
misiôn de limites de très Comisarias, que no Uegô â 
prevalecer; y por segunda vez, en 1783, para la se- 
gunda y ùltima, compuesta de cinco Comisarios, junta- 
mente con el Capitân de navio D. José Varela, el de 
fragata D. Félix Azara, y los Tenientes de navio D. Ro- 
sendo Rico y D. Juan Francisco Aguirre, y que estuvo 
desempeftando esta importante comisiôn en calidad de 
primer Comisario de la segunda partida espan )la des- 
de su salida de Buenos Aires por Diciembre de 1783 
hasta Octubre de 1801, que regresô de orden del Vi- 
rrey â causa del rompimiento y nueva guerra con Por- 



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— 89 — 

tugal; en cuyo dilatado espacio de tieinpo entendiô, 
sin intermisiôn, en los penosos trabajos y prolijas ope- 
raciones de demarcar, en union con la primera y se- 
gunda divisiones portuguesas, mandadas por el Te- 
niente gênerai, gobernador de Rio Grande, Sébastian 
Javier de Veiga Cabrai, y el Brigadier de Ingenieros 
Francisco Juan Roscio, el gran tramo de linea divisoria 
que, arrancando desde sus principios en las playas de 
CastîUos Grandes y Arroyo de Chuy, corre hasta el 
rîo Igatimi, sobre el salto grande del Paranâ, que ex- 
presan los artfculos 4.®, 5.® y 8.*^ del Tratado prelimi- 
nar de limites de 1777; pues es de advertir que el Co- 
misario Alvear, no solo se ocupô de la parte que co- 
rrespondîa â la segunda subdivision de que era jefe, y 
que demarcô él enteramente, sino que antes y después 
trabajô en la que correspondîa al Sr. D. José Varela, 
primero hasta el 4 de Mayo de 1786, en que ya se re- 
tiré para empezar la del art. 8.*^ del Tratado, que era 
la que particularmente se le habia designado â él, y 
luego por haber regresado aquel jefe âEspafia en 1789, 
otros très aûos, hasta casi concluirla también, siendo 
este Comisario el ûnico que lograra Uevar â cabo tan 
ardua empresa; que los otros dignisimos jefes, por va- 
ries pretextos con que pretendîan los portugueses en- 
torpecer la demarcaciôn que les era contraria, poco ô 
nada pudieron hacer en cuanto â esta, que, por lo dé- 
nias, aprovecharon el tiempo en otros trabajos utiles 
para el pais. 

Igualmente sabido y notorio es que, en cumplimien- 
to de lo que terminantes exigian las instrucciones que el 
Gobierno le pasara al nombrarle para esta comisiôn, 
tuvo que escribir D. Diego de Alvear un Diario de 
todas las operaciones y sucesos que ocurrieron desde 
el momento de su salida de Buenos Aires hasta su con- 
clusion; Diario, que, como él mismo especifîca en la 
introducciôn, se componîa de très partes: la primera, 
comprenderfa los viajes y expediciones, exploraciones 



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— 90 — 

y operaciones de la partida; el método y orden de los 
trabajos; las descripciones del pais, de los montes, la- 
gos, rios, pueblos y habitantes, juntamente con las ac- 
ta^, sesiones y controversias que entre los Comisarios 
de ambas Naciones ocurrieran; la segunda, dedicada 
exclusivamente a las observaciones y câlculos astro- 
nômicos, empezaba por una introducciôn en que se 
describen con suficiente detalle el numéro y calidad 
de los instrumentos, tablas y libros que se habîan de 
emplear, y luego expone menudamente la compléta 
colecciôn de todas las observaciones astronômicas y 
aun meteorolôgicas que se practicaban, de longitud, 
latitud y variaciôn magnética; éclipses de Sol, de Luna, 
de los satélites de Jupiter, ocultaciones.de estrellas y 
de Venus por la Luna, paso de Mercurio por el disco 
del Sol, variaciones de la temperatura, etc., etc., que 
de todo esto hubo, con noticia qtie daba de los para- 
jes en que se hicieron; y para que se viera el procéder 
y el modo de averiguar sus resultados, ponia el pri- 
mer ejemplo de cada especie de observaciôn calcula- 
do. La tercera y ùltima parte del Diario incluye otra 
colecciôn de observaciones de historia natural sobre 
los très reinos, animal, végétal y minerai; distribuidos 
por sus clases, géneros, especîes y variedades, segûn 
el hermoso sistema del célèbre naturalista Carlos Li- 
neo; y hubo de afîadir luego en otro tomo, la Historia 
de la Provincia de Misiones^ «por ser, dice, una de las 
mâs amenas de la America méridional, situada bajo 
uno de los climas mâs felices y benignos, regada por 
très rios de los mâs considérables; susceptible por lo 
mismo de las mâs vastas ideas de mejoramiento y pro- 
greso en su poblaciôn, industria y comercio, y ser aquel 
territorio perteneciente al tramo de linea divisoria pe- 
culiarmente sometido â su partida»; por lo que, sin 
querer interrumpir con largas digresiones la série de 
hechos y trabajos oficiales del Diario, se decidiô â ha- 
cerlo por separado y con mayor extension; describien- 



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— 01 — 

do el pais y las tribus indîgenas que lo habitan, con la 
relaciôn de la conquista; el admirable método de la 
Compaûia de Jesùs para reducir , civil'zar y convertir 
â los indios; las nuevas poblacîones que hicieron; y 
luego de la expulsion de éstos, su decadencia grandi- 
sima, proponiendo los medios mâs adecuados para su 
conservaciôn y mayor prosperidad, etc. 

Acompaftaba la totajidad de su obra con un Atlas 
6 colecciôn de pianos corogrâficos de los cantones 6 
CQmarcas, y también topogrâficos de los fuertes, pue- 
blos y puertos principales que recorriô y describe, in- 
clusos los de Buenos Aires y Montevideo, hasta el nu- 
méro de trece, con una tabla de sus distancias entre 
si y de su longitud y latitud; resultando, por lo tanto, 
completisima esta obra para el conocimiento exacto 
de todos aquellos inmensos terrenos, que habia de- 
marcado y estudiado con el mayor detenimiento para 
que pudiera utilizarlos el Gobierno en provçcho de la 
defensa y buena administraciôn de tan rico y extenso 
pais. 

Muchos son los autores y personas que han dado 
testimonio â favor de la autenticidad y mérito de estas 
obras, citândolas frecuentemente en las suyas y aun 
en los tiempos en que las escribia D. Diego. Véanse 
las de Varela, Azara y otros sus compafteros. En el 
interesante Informe que sobre la demarcaciôn al Mi- 
nisterio de Estado diera en Madrid (en 1796) el Oficial 
de la Secretarîa D. Vicente de Aguilar Jurado, muy 
repetidas veces cita el Diario de Alvear, y con este 
y sus pianos se forma principalmente el gran mapa 
gênerai de D. Francisco Requena. Los Virreyes en sus 
oficios; el Principe de la Paz recibiendo con aprecio y 
encoinio los varios tomos que le entrega el mismo Al- 
vear en 1806; y por ùltimo, sin acumular otros muchos^ 
como pudiéramos, y parecernos ser el que mâs se re- 
laciona con el objeto de este escrito, solo aftadiremos 
la siguiente carta oficio del mismo D. José Maria Ca- 



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— 92 — 

brer, que copiamos de la que original guardamos entre 
los papeles de mi padre en los archives de nuestraCasa. 

tSr. D, Diego de Alvear.= Acaho de entregar al 
seôor Virrey los très tomos del Diario de la segunda par- 
tida de limites del cargo de V. S. El primero, que con- 
tiene todas las operaciones, viajes y competencias que 
tuvo V. S. consu concurrente elComisario portugués, 
y la correspondencia con los seilores Virreyes del Rio de 
la Plata. El segundo, las observaciones astronômicas; y 
el tercero, la relaciôn histôrica y geogrâfica de la pro- 
vincia de Misiones. Ademâs, las dos correspondencias 
originales que ha seguido V. S. durante nuestra Co- 
misiôn de limites; la primera compuesta de noventa y 
ocho oficios con los Excmos. Sres. Virreyes, y la se- 
gunda, compuesta de ochenta y cuatro^ con el Comisa- 
rio portugués su concurrente. = Lo que comunico â 
V. S. en cumplimiento de mi obligaciôn y del encargo 
que al efecto se sirviô conferirme.=Dios guardeâ V. S. 
muchos aflos.=Buenos Aires 21 de Julio de i8o4.=Fir- 
mado.= José Maria Cabrer (i).» 

Este ejemplar que se entregô en el Virreinato fué 
el mâs completo y autorizado, por acompafîarlo con to- 
dos los oficios auténticos de la Comisiôn. Dos copias 
enteramente iguales â este hizo Alvear con objeto de 
entregarlas en Madrid al Gobierno una, y la otra al Mi- 
nisterio de Marina; pero ambas se perdieron â su re- 



(I) D. Diego estaba entonces en Montevideo â punto de em- 
barcarse para Espafia; y sin poder vol ver â Buenos Aires, le re- 
raitiô sus obras para entregarlas en su nombre al Virrey. Las 
obras eran cuatro. Acaso con las observaciones astronômicas 
irian encuademadas las de Historia natural, pues resultaban 
menos abultadas estas dos. Antes habia entregado los pianos, y 
en 2 de Septiembre de 1802 depositô en el Consu'ado Real, por 
orden del Virrey, la magnifica colecciôn de instrumentos de que 
se habia servido en la Comisiôn con todos sus utiles, compren- 
didos en diez cajas. De todo lo cual tenemos los recibos corres- 
pondientes. 



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— U3 — 

greso à Espaûa en la voladura de la fragata MercedeSy 
ocurrida en el combate del Cabo de Santa Maria el dîa 
5 de Octubre de 1804, en la que perecieron también su 
infortunada esposa y siete hijos. Pero cuando transbor- 
dô D. Diego à l'a Medea con el cargo de Mayor Gene- 
ral de la escuadra, al salir de Montevideo hubo de 11e- 
varse los borradores originales, y por ellos pudo luego 
rehacer otras dos copias, que présenté res]:)ectivamen- 
te al Principe de la Paz y en el Depôsito Hidrogrâfico 
de Marina. Este segundo ejemplar, por lamentables 
circunstancias, se halla hoy dia en la Biblioteca del 
Museo Britânico, en el depôsito de manuscritos adqui- 
ridos desde 1843 a 1851, comprado â D. Francisco Mi- 
chelena en 1848, segûn noticia auténtica y especificada 
que me ha sido pasada en 1865 por aquel estableci> 
miento. 

Hemos dicho que D. Diego habia salvado de la ca- 
tâstrofe de la Mercedes, por un raro acaso, los origina- 
les de su Diario con otros muchos papeles, documen- 
tos y borradores que con aquéllos se hallaban, concer- 
nientes â la comisiôn que por tantos anos le habfa 
detenido en America. Todos ellos se conservan cuida- 
dosamente en los archivos de nuestra Casa. El Diario 
es un infolio de gran tamano, en pergamino , todo él 
escrito con la letra fina, pequena, pero limpia y clara^ 
de mi padre, y lo tenemos muy conocido; por lo que, 
al momento que leîmos y vimos en la obra del seftor 
D. Melitôn Gonzalez el manuscrito 6 autôgrafo que 
llama de Cabrer, nos persuadimos de que era copia del 
Diario escrito y redactado por mi padre durante el 
tiempo en que se llevaban â cabo las operaciones. 

Y en efecto; lo hemos luego cotejado hoja por hoja, 
con el mayor cuidado y prolijo esmero, resultândonos 
un tal convencimiento de ser asî, que no nos cabe la mâs 
minima duda de la verdad de nuestro aserto ; es copia 
exactisima de aquel en cuanto â las operaciones, las 
descripciones, los documentes oficiales, las competen- 



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— 94 — 

cias, la historia de los sucesos, en suma, en todo lo que 
se refiere â la demarcaciôn de esta partida. 

El titulo de la obra es el mismo: Diario de la segun- 
da partida de demarcaciôn d^ limites entre los dominios 
de Espana y Portugal en la America méridional^ por el 
Comisario espaiîol Z>. Diego de Alvear y Ponce, Esta 
dividida en dos tomos, primero 5^ segundo, igualmente 
con el de los trabajos de la demarcaciôn y las competen- 
cias de los Comisdrios; iguales también son los de los 
capitulos, su numéro y contenido; en una palabra; mâs 
fâcil y corto nos es advertir las diferencias que entre 
los dos manuscritos se encuentran, que lo mucho en 
que se parecen. 

Es la primera desde luego el nombre del autor; mi 
padre consigna el suyo propio repetidas veces en el 
principio de todas las principales divisiones de la obra, 
igualmente que en el prefacio que la encabe^sa, exp i- 
cando la obligaciôn en que esta de escribirla y el plan 
qu eha de seguir. 

2.* Esteinteresante escrito, el prefacio , no esta en el 
de Cabrer; naturalmente, ha tenido que suprimirlo si 
pretendîa hacerlo pasar por suyo, pues es demasiado 
Personal. 

3.* En algunos pârrafos Cabrer tiene que referirlos 
â su jefe, â la tercera persona, nombrândole porque 
dispone algo ô personalmente le compete y ataôe como 
Comisario; pero este en su Diario lo escribe todo él, 
usando, por mayor elegancia en el decir, del numéro 
plural en la primera; cuya circunstancia ha facilitado 
mucho la copia, que lo ha seguido usando (en gênerai) 
por lo que le favorece; pero suele suceder que inadver- 
tidamente se le escapa algùn «^recibimos oficio del Vi- 
rreyy>. — <iDirigimos â ntiestro concurrente.^ — tPropu- 
simos una conferencia al Coronel Roscio.T^ — fRecibida 
nuestra contestaciôn por el Sr, Varela^ etc.» — ^Los via- 
jes que hicimos à los pueblos de Misiones para la hisUn 
ria que nos habiamos propuesto escribir^^^ y otra por- 



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^ 



ciôn de frases que solo las puede decir el Comisario(y 
de ninguna manera un joven subalterno), y que acusan 
un motivo plausible para creerlo copia. 

4.* Otros motivos son también el poner algunos, 
pârrafos ô frases (siempre iguales al texto), pero antes 
6 después de como en aquel estân, causando cierta 
confusion, y tambîén varias omisiones de los grades de 
latitud, y errores en los numéros de otros; en el origi- 
nal de Alvear éstos son copiosîsimos, marcando todos 
los lugares y puntos que pudieran contribuir, como se 
proponia, â que sirvieran en todo tiempo para levantar 
sus pianos ô mapas con seguridad. 

5.* Las notctë que en el libro del Sr. Gonzalez se 
nombran como de Cabrer, son copiadas i^ualmente; â 
excepciôn de aquellas que critican, en términos por de- 
mis acres y ftiertes, â las personas ô disposiciones de 
los jefes, que son debidas, sin duda, â la genialidad un 
tanto descontentadiza del buen Ayudante de Ingenie- 
ros. Las de mi padre sôlo son para aclarar el texto, y 
jamâs se permite en toda la obra usar de un calificati- 
vo deprimente ù ofensivo; en las tenaces y fatigosas po- 
lémicas con su concurrente portugués sostiene su opi- 
nion y sus derechos con razonamientos de una lôgica 
firme y segura, pero sin usar palabra alguna inconve- 
niente. 

No asî el Sr. Cabrer, que en sus notas las pone 
bastante vivas; en una de ellas atribuye â mi padre (al 
que, sin embargo, respetaba mucho) una refinada malù 
cia^ por cierto muy ajena de la noble lealtad de su ca- 
râcter. En otra que viene escrita en el Diario original 
de aquél, intercala Cabrer en su manuscrito este ren- 
glôn: tEn Buenos Aires obraba el caprichoyla persona- 
lidad y la ignorancia> (véase pâg. 186), que desdice 
notablemente de la moderaciôn de todo el texto. 

También es lamentable la diferencia que existe en- 
tre ambos por la malîsima ortografïa de que se sirve 
Cabrer en su manuscrito, y que el Sr. Gonzalez hace 



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— 96 — 

notar al transcribirla igual; la de D. Diego, en este Dia- 
rio como en todos sus escritos, es correctisima. 

Y, por ùltimo, la mayor diferencia consiste en las 
dos relaciones de la subida al gran Salto del Paranâ, 
que durô treinta y siete dias, y la de regreso de la par- 
tida â Buenos Aires al fina izar la comisiôn, que son 
las rfo5 /m^co^ originales de D. José Cabrer, que dirigiô 
aquellas expediciones como jefe accidentai por orden 
y ausencia del Comisario, al cual hubo de comunicar- 
las de oficio con todos los detalles, â veces nimios y 
con el mismo estilo difuso, descosido y demasiado lia- 
no, suyo; y emitiendo juicios, acaso aventurados, con 
tal acopio de violentos adjetivos y fuertes calificacio- 
nes que no podian tener cabida, entonces al menos, en 
una obra oficial. Mi padre, pues, las insertô en referen- 
cia, poniendo todo lo verdaderamente interesante, pero 
con la notoria concision de su natural estilo, claro, sen- 
cîllo, correcto y substancioso, en el que no huelga in- 
ùtil una palabra. La atenta comparaciôn de estas dos 
narraciones (especialmente la ùltima) con el resto de 
la obra, bastarîa â una persona desimpresionada é im- 
parcial para conocer que ambos escritos ô estilos no 
son de la misma mano, ni del mismo autor; y eso que 
Cabrer, dando â su vez testimonio â favor del Diario de 
su jefe, repite «que las escribe con sumo cuidado para 
contribuir, en cuanto alcancen nuestras fuerzas, dice, 
para el término de su Diario, obra recomendable en 
todas sus partes. » (Véase pAg. 363 del tomo III de Gon- 
zalez.) Y de aqui parece colegirse que él no escribîa 
otro, pues ni lo menciona, ni lo indica nunca, si bien 
varias veces habla del del Comisario y de las copias 
que esta sacando, etc. 

Estas relaciones originales, iguales â las del libro 
de Gonzalez, se guardan en casa con los otros docu- 
mentos de esta Comisiôn, y entre éstos hemos de citar 
el que contribuye â confirmar nuestra opinion de que 
Cabrer no escribîa en el tiempo de la Comisiôn. En un 



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— 97 — 

oficio de D. Diego al Virrey,en el que, en contestaciôn 
a sus preguntas sobre distribuciôn de trabajos, le da 
cuenta, manifestândole «que él, como jefe, dirige natu- 
ralraente todas las operaciones; como primer astrôno- 
mo y matemâtico se encarga de hacer todas las obser- 
vaciones y los câlculos; y ademâs escribe el Diario cir- 
cunstanciado de lo que se trabaja y ocurre, como esta 
obligado a hacer por las instrucciones y como marino 
acostumbrado igualmente â Uevar; que D. José Cabrer, 
como Ingeniero, se ocupa de delinear los mapas y pia- 
nos, ordenando los parciales y los croquis; que el Pilo- 
to Sr. Oyarvide tenîa el cargo de levantar sobre el te- 
rreno, midiéndolo, é indicando sus accidentes nota- 
bles, etc.,> firmado: Diego de Alvear. 

Y ahora hemos de advertir que en ninguno de este 
cûmulo de papeles, familiares los unos, oficiales los 
otros, notas, noticias sueltas, referencias ô escritos de 
otras personas, cartas particulares, documentos, co- 
pias, etc., nunca hemos encontrado la mas levé indi- 
caciôn de que Cabrer estuviera escribiendo, ô hubiera 
escrito, un Diario de las operaciones de esta Comisiôn; 
ni la mas minima alusiôn â esto oimos jamâs â mi pa- 
dre; al que no hubiera sido posible ocultarlo en los 
veinticuatro anos que estuvieron juntos y en las mâs 
intimas relaciones de amistad, ni tampoco habia por 
que si, en efecto, lo estaba haciendo. 

Por ûltimo, nos parece oportuno é interesante lo 
que signe, y citar lo que de ello viene al caso: «El Ge- 
neral de la Repùblica Argentina D. Carlos de Alvear, 
ùnico hijo que de su primera familia le quedara al don 
Diego, Brigadier que era de la Armada espanola, habia 
tenido grande empeno en que su padre le remitiera 
todas sus obras y mapas para hacerlas imprimir y pu- 
blicar en Buenos Aires, por creerlas de mucha utilidad 
para aquel su pais, y por ser justo, dicc^ que se cono- 
deran y apreciaran en lo mucho que valian sus traba- 
jos, su rnérito y su talento.» Desgraciadamente, su pa- 



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dre no pudo accéder â cumplir con este deseo; las rela- 
ciones entre ambos paises estaban completamente inte- 
rrumpidas; los cambios politicos en Espana habfan sido 
también grandes; los partidos, muy exacerbados, se de- 
jaban Uevar â lamentables excesos. D. Diego habia te- 
nido que sufrir pérdidas inmensas en su caudal; era 
militar, Brigadier de marina; podîa tenerlos en su po- 
siciôn mucho mâs graves aûn si se interpretaban mal 
sus comunicaciones con los paîses que se tenian en- 
tonces por insurgentes^ aunque nos pesé decirlo; sin 
embargo, pudieron cruzarse algunas cartas por medios 
indirectos. 

En una de ellas, de Nueva York, fecha 30 de No- 
viembre de 1824, entre otras cosas, después de volver 
â pedir las obras de su padre, D. Carlos le dice «que 
ha visto al respetable D. José Maria Cabrer, al que ha 
tenido ocasiôn de servir varias veces; que le ha pre- 
guntado, y dice que tiene algo, mapas particularmen- 
te, pero que no tiene los Diarios, ni lo que ha escrito 
su padre sobre Historia natural». 

Algunos afios después, las çircunstancias mâs fa- 
vorables habian permitido que se le remitieran el re- 
trato de su padre, la descripciôn del virreinato de Bue- 
nos Aires, varios Informes que le pidieron los Virreyes 
y otras obras referentes al pais, originales y escritos 
de su mano, porque le agradaran mâs, con otros do- 
cumentos de familia, de nobleza, etc. 

El General escribe otra carta, fechada en Buenos 
Aires el 30 de Enero de 1830, â su hermano D. Diego, 
el hijo mayor que de su segunda esposa tuvo su pa- 
bre, que seguîa sus estudios en Paris: «Con grande 
aprecio, dice, he recibido el retrato de nuestro véné- 
rable padre, y ademâs todos los papeles, etc. He bus- 
cado, dice, en el archivo los que me indicas de nues- 
tro padre. La obra de Misiones la tengo ya en mi po- 
der; esta muy bien escrita, y pienso hacerla împrimîr 
porque es muy interesante, particularmente para este 



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— 99 — 

pais;asi laharé con todo cuanto créa pueda interesar al 
pûblico de sus obras, porque es justo que conozcan su 
mérito y luces.> 

Muy triste coincidencia fué que, mientras escribie- 
ra esto nuestro hermano D. Carlos en Buenos Aires, 
^estuviéramos nosotros todos Uorando ya el falleci- 
miento de su amado padre, y nuestro también, el vé- 
nérable D. Diego de Alvear, ocurrido en Madrid el dîa 
15 del mismo mes y afîo, cumplidps los ochenta de su 
^dad. 

En 21 de Mayo de 1837 escribiô otra carta sobre el 
particular el General, desde Nueva York, remitiéndo- 
nos la obra de Misiones, que habîa hecho publicar é 
imprimir, con la biografia de nuestro padre, aunque 
firmada por Angelis. Pero vuelve â insistir en que se 
le envîen los pianos y los Diarios de la Comisiôn de 
limites. 

jCosa rara y que espanta!... <;Qué se han hecho 
estos pianos y estos Diarios?... [La obra mâs com- 
pléta y acabada de toda la demarcaciôn, y de tan su- 
prerao interés para ese pals argentino y sus hermanos 
los del Paraguay oriental, y demâs!... 

Se citan ya obras parciales de varias clases y dife- 
rentes autores espafioles de aquel tiempo que se han 
encontrado; y esta, la mâs importante acaso, signe per- 
dîda aûn â pesar de haber entrado esos Estados y sus 
Gobiernos respectivos en épocas de mayor orden, paz 
y progreso. 

Nosotros, con la esperanza siempre de que alli se 
habian de encontrar por fin, y que aquel ejemplar era 
el que reunîa las mejores condiciones para su publi- 
caciôn, hemos diferido el hacer uso de los originales 
que conservamos. 

Ahora, pues, volviendo â la obra del Sr. D. Melitôn 
Gonzalez y al manuscrito de Cabrer, no podemos me- 
nos de confiar en los nobles sentimientos que mues- 
tra aquel autor al manifestar (véase pâg. 26 de su 



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— 100 — 

tomo I) que su propôsito es allegar materiales para la, 
resoluciôn de las cuestiones, sin ocultar pruebas ni en 
pro ni en contra; porque nuestra tarea no es, dice, la 
de defender tal a mal pretensiôn, sino de poner en cla- 
ro la razôn y la justicia, segùn los antécédentes que co- 
nocemos y que juzgamos sujicientes; y por la tanto, nos- 
otros esperamos que créera suficicntes los antécédentes 
que de toda buena fe Uevamos expuestos para poder 
sostener con razôn y Justicia: i/\ que el ùnico y ver- 
dadero autor del Diario de la segunda partida de de- 
marcaciôn de limites entre los dominios de Elspaâa y 
Portugal en la America méridional fué el Comisario 
D. Diego de Alvear y Ponce; 2.*^, que el manuscrito de 
D. José Maria Cabrer, hallado en la Biblioteca de Mon- 
tevideo, no es sino una copia de aquel Diario, modifia 
cado algûn tanto para que parezca suyo; 3.^, que no 
hay antécédente alguno de que Cabrer escribiera el 
Diario durante la Comisiôn ni después, ni tampoco lo 
indica él en su manuscrito; antes, por el contrario, leî- 
do este con atenciôn y detenimiento, se viene a cono- 
cer que es copia, y copia del de su jcfe, cuya copia la 
debiô hacer en los ûltimos afios de su vida; pues, co- 
mo se lee en el libro II del Sr. Gonzalez, el 20 de Di- 
ciembre de 1834, al ofrecerla al Gobierno del Uruguay, 
dice que aquel trabajo, ùnico en su clase^ era fruto de 
los cincuenta y cuatro afios que cuenta en America, y 
y a se ha visto que en 1824 habia asegurado al Gene- 
ral D. Carlos de Alvear que tenîa muy poca cosa del 
Diario (acaso las relaciones de sus dos expediciones) y 
algunos mapas. Y, porû Itimo, en esta misma carta afia- 
de que se hallaba concluyendo la copia en lintpio del 
tercer tomo (lo que implica habîa copiado ya el prime- 
ro y el segundo), cuando entraron a ver el referido 
Diario y hubo quien le ofreciera mil trescientas libras 
esterlinas por él; y luego, en lo que Uama prôlogo (en 
el que, por cierto, los ûltimos très pârrafos estân tam- 
bién copiados del de Alvear), explica el contenido de 



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~ 101 — 

los très tomos; siendo el de los primeros las operacio- 
nes de las partidas desde su salida de Buenos Aires, 
haista fijarse en el pueblo de Candelaria, el primero, y 
el segundo hasta regresar â la capital finalizada la co- 
inisiôn con motivo de la guerra; y el tercero, dice, es la 
relaciôn histôrica, geografica, hecha por nuestro Comi- 
.sario D, Diego de Alvear y Ponce^ Capitân de navio de 
la Real Armada, con notas mîas para mayor inteligen- 
da. Al hacer Cabrer esta ingenua confesiôn debe re- 
ferirse â los très tomos que comprende la obra; pues 
él misrao, mejor que nadie, sabia que aquel trabajo^ 
ûnico eii su clase^ como él con razôn lo denomina, ha- 
bia sido hecho por su digno jefe, aunque él afiadiera 
notas. 

Justamente esos dos primeros tomos, que c^ntienen 
las operaciones de la Comisiôn, son los del manuscrito 
en cuestiôn, que hemos compulsado con el Diario ori- 
ginal de rai padre. Y si ofrece alguna duda la redacciôn 
del pârrafo, ya sabemos que era bastante defectuosa la 
suya sierapre; en esta misma noticia que da del tercer 
tomo, si no supiéramos que se trata de la provincia de 
Misiones, nos séria dificil comprender â que pais se re- 
fiere la dicha relaciôn y nos podîa inducir â error. (jEl 
Sr. Gonzalez supone ya que ésa es el Diario de Al- 
vear!) 

Lo mismo sucede con el complemento que acompa- 
na â la obra^ segûn dice sin dar mâs explicaciôn; cuyo 
complemento puede acaso ser nna descripciôn gênerai 
de fado el t'^irreinato de Buenos Aires, con sus Inten- 
dencias (6 provincias), inclusa la de la capital, muy cu- 
riosa é interesante en verdad, que agregô en 1803 don 
Diego â sus otros escritos. 

Pues mayor confusion causa todavia en su manus- 
crito Cabrer por las varias narraciones que, sin enca- 
bezarlas con titulo separado, y sin nombrar los autores 
de quienes las toma, introduce como si fueran parte 
intégrante del Diario de la segunda partida, al que 



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- 102 — 

realmente no corresponden; como son, entre otras, las 
referentes al descubrimiento, navegaciones y primeras 
misiones de los espanoles en el Brasil, y las cuestiones 
que se suscitaron cuando la mediciôn del Meridiano 
por D. Antonio UUoa y D. Jorge Juan, de muchos afios 
anteriores, y otras. D. Diego de Alvear ténia y consul- 
taba estas obras por lo que podian ayudar a la direc- 
ciôn de las operaciones ô â esclarecer dudas; pero si 
se refiere a ellas alguna vez, siempre las cita y nombra 
el autor. 

Nos urge decir que al encarecer estas faltas de 
exactitud y de claridad que obscurecen en gênerai los 
escritos de D. José Maria Cabrer, y que se particulari- 
zan mâs en el manuscrito de que tratamos, no lo ha- 
cemos con el ânimo de lastimar en lo mâs minimo la 
honrada memoria del Oficial que por tantos afios sirviô 
â las ôrdenes del Comisario Alvear, y que por muchos 
mâs fué su amigo leal, no; antes, por el contrario, lo 
hacemos por lo que nos complaceria el pensar que â 
estos defectos suyos de redacciôn se deba y pueda 
atribuir, mâs que a una decidida intenciôn de su parte, 
el que se le créa y suponga autor del Diario que sola- 
mente transcribe ô copia con el principal fin, aunque 
otros pudiera tener, de prestar un buen servicio â su 
patria adoptiva. 

De todos modos, como nuestro ùnico deseo al ex- 
poner en este escrito los referidos antécédentes y ob- 
servaciones, que nos parecen mâs que suficientes para 
desvanecer toda errônea suposiciôn, no sea otro que 
el de reivindicar para mi venerado padre la gloria que 
le pLiL-da caber por haber sido elsoloy vcrdadero autor 
del Diario de la segunda partida de demarcaciôn de 
lîmites de que hablamos, como le cupo la de haber di- 
rigido, como Comisario y jefe, tôdas las operaciones, 
desempenando personalmente las mâs delicadas, cien- 
tjficas é importantes hasta su compléta terminaciôn, y 
logiamos al mismo tiempo que sus obras y Memoria 



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— 103 — 

sean mâs conocidas y dignamente apreciada en aquel 
hermoso pais que tanto amô, y por cuya prosperidad 
y raejoraraiento tanto se ocupô durante los mejores 
aftos de su larga vida, con gusto confesamos que muy 
complacida quedaremos y ampliamente recompensa- 
da de la inusitada labor que, en cumplimiento de lo 
que creianios ^er un piadoso deber, nos hemos im- 
puesto, 

Madrid 26 de Marzo de 1 890. 

Sabina de Alvear. 




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IX 



REGRESO DE DON DIEGO DE ALVEAR Â EHROPA, Y COM- 
BATE NAVAL DEL CABO DE SANTA MARfA, 5 DE OLTCBRE 

DE 1804. 




OR aquel tiempo se esperaba una 
division de cuatro fragatas que, 
viniendo de Lima (Perù) con 
caudales, debîa reforzarse con 
otras dos surtas en Montevideo, 
para, todas juntas y en conserva, 
navegar â Europa; dos de aquéllas, por averîas de la 
navegaciôn al doblar el Cabo de Hornos, 6 por dispo- 
siciôn del Virrey, en aquellos mares se quedaron por 
ùltimo, alistândose solamente las cuatro restante.^, 6 
sean la Medea^ la Fama^ la Mercedes; y la Clara, à las 
ôrdenes del Jefe de escuadra D. José Bustamante y 
Guerra; y habiendo recibido ya la orden para su re- 
greso, Alvear se embarcô con toda su familia de trans- 
porte en la Mercedes; pero hubo de desembarcar luego, 
por haber enfermado gravemente del mal qo ^ â poco 
muriô, D. TomâsUgarte, Jefe de escuadra^ secundo Co- 
mandante y May or General de la division, con el que 
le ligaban estrechos lazos de amistad; y aconsejado por 



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— 105 — 

este, y aun importunado con insistencia (por la oposi- 
ciôn que mostraba â separarse de su familia), solicitô 
al fin Alvear, con arreglo â los preceptos de la Orde- 
nanza naval, substituir al expresadojefe en la Mayorîa 
gênerai y segundo mando de la division, como le co- 
rrespondia de derecho por ser el Oficial de mayor gra- 
duaci6n; y habiéndosele concedido, el dia 6 de Agosto, 
très dias antes de hacerse â la vêla, y dado â reconocer 
como tal Jefe â toda la division, tuvo que transbordar â 
la Medea^ que tremolaba la insignia del General; llevân- 
dose tan solo consigoâuno de sus hijos, D. Carlos, jo- 
ven entonces de catorce anos, cadete de dragones de 
Buenos Aires, y que mâs adelante fué, como hemos 
dicho, el brillante y célèbre General que tan grandes 
servicios hubo de hacer â su patria la Repùblica Ar- 
gentina; el cual, vivo y travieso, dificilmente se aco- 
modaba â permanecer quieto en la estrecha câmara en 
que se alojaban sus varios hermanos con su madré, y 
â las reiteradas instancias de esta sefîora se lo hubo de 
llevar, por ûltimo, su padre; que tan pequeflos moti- 
ves son â veces causa de grandes consecuencias, pues 
â este providencialtransbordodebieron padre é hijo el 
librarse de la tremenda catâstrofe que â los pocos dias 
concluyera con el resto de la familia, sellando su nom- 
bre en la Historia con tan dolorosîsima celebridad. 

El 9 de Agosto de 1804 zarparon las cuatro fraga- 
tas del puerto de Montevideo para Câdiz. La navega- 
ciôn fué feliz, aunque tuvieron muchos enfermos de 
calenturas, especialmente en la Medea, ocasionadas por 
los muchos chubascos que al cruzar la Lînea cayeron 
y los fuertes calores que hicieron; sufriendo con mâs 
motivo por ser la gente casi toda nueva, de leva^ y te- 
nerla que sujetar, todos los dias posib'es, â los ejerci- 
cios de cafiôn, fusilerîa y demâs necesarios para su de- 
bida instruccion. El General D. José Bustamante tam- 
bién venia padeciendo de un grave y doloroso mal casi 
todo el tiempo. 



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— 106 — 

Los buques que habian encontrado les habîan ase- 
gurado de la neutralidad que Espana guardaba con 
Francia é Inglaterra en la guerra que ambas Naciones 
tenazmente se hacian; llevaban ya cincuenta y siete 
dîas de navegaciôn, y con gran gozo divisaban las 
costas ibéricas, anhelosos por llegar a Câdiz al siguien- 
te dia, como creîan. Amaneciô aquel por demâs acia- 
go dia jel dia 5 de Octubre!...; un queche dinaraarqués 
que se dirigîa a Londres les confirmô al paso que sin 
alteraciôn seguîa la paz; el tiempo era claro y senta- 
do, el viento fresco; las costas de Espafia se presenta- 
ban hermosisimas à su vista, y â las seis y cuarto de- 
marcaron las sierras de Monchique. Todo era movi- 
miento, alegria y esperanza en las tripulaciones. jOh!.. 
jCuânto mayores los trasportes no serian,cuân grande 
la alegria, cuân lisonjeras las esperanzas que anima- 
rian y regocijarîan en aquella alegre manana los juvé- 
niles corazones de la hermosa familia de Alvear, que 
tras tan largo encierro tocaban ya el deseado término 
de su viaje, y veîan con sus ojos la noble patria espa- 
nola, verdadera tierra de promisiôn, por la que tante 
anhelaban!!... «A este tiempo (dice D. Diego de Alvear 
en su Dîario de navegaciôn) la Clara hizo sefial 
de très vêlas al primer cuadrante, que â las ocho se 
conocieron ser cuatro fragatas inglesas de gran porte 
que hacian para las cuatro espaftolas. Estas sin gran 
recelo, pues les constaba que no se habia interrumpi- 
do la paz con Inglaterra, se prepararon precavidas, 
haciendo zafarrancho y alineândose, como venia dis- 
puesto desde su salida de America, quedando la Fama 
por cabeza de Unea, la Medea y la Mercedes en el cen- 
tro, y la Clara â retaguardia, siguiendo con todo apa- 
rejo su rumbo al E. N. E., â vista ya de toda la costa 
del Cabo de Santa Maria, pues â eso de las nueve se 
demarcô Montefijo al Noroeste 5.** Este; â cuya hora, 
ya prôximas las fragatas inglesas, se colocaron â bar- 
lovento y respectivamente enfrente de cada una de 



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— 107 — 

las espaflolas. La de mayor porte se acercô â la Medea^ 
y preguntô por el puerto de donde venian y adônde 
iban; contestôseles que de Buenos Aires â Câdiz; y 
â poco, habiéndose quedado algo atrâs, disparô un ca- 
ôonazo con bala para que le aguardaran, y en seguida 
enviô un bote con un oficial. Entretanto puso la Medea 
la sefïal de estrechar mâs las distancias, y seguidamen- 
te repitiô la orden de zafarrancho y preparaciôn de 
combate por lo que pudiera suceder. A las nueve 11e- 
garia el bote al costado, y el Oficial manifesté de parte 
de su Comodoro, Sir Grahatn Moore^ que ténia la 
orden del Gobiemo de S. M. B. de detener y llevar â 
Inglaterra aquelfas cuatro fragatas espafwlas; que con 
^it solo objeto estaba alli hacîa très semanas, habien- 
do venido con cuatro fragatas de mayor fuerza, y bien 
preparadas (i), en relevo de otra division que habîa 
tenido igual encargo; que era cierto que no se habîa 
declarado la guerra, ni ténia orden de hacer presas ni 
detener ninguna otra embarcaciôn, y si solo â estas; 
que estaba decidido â cump ir las ôrdenes de su Sobe* 
rano â toda costa; y por tanto, le parecia debîa evitar- 
se toda efusiôn de sangre accediendo desde luego â 
su exigencia, de la que no podia prescindir*» 

Tan extrafla intimaciôn causô tanta sorpresa como 
indignaciôn en los marinos espaftoles, que unanimes se 
decidieron por la resistencia (en la brève junta de Ofi- 
ciales que, â vista de un caso tan extraordinario, reuni6 
el General en su camara), como les imponia su deber 
para con el Rey, de sostener con honor la gloria de sus 
arttias en caso de ataque. Pensô, sin embargo, el Gene- 
ral que podian pedirse mâs explicaciones visto que 
el Oficial no habia dado contestaciôn â la pregunta 
que le hiciera de si podia entrar en otro puerto que no 
fuese Câdiz, por tener alli los ingleses bloqueada una 



(I) Los nombres de estas eran: Indefaiigahle^ Médusa, Lively 
y Amphion, 



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— 108 — 

escuadra francesa, segûn se decîa, y propuso â su vez 
enviar un Oficial al Comodoro con otra proposiciôn 
mâs aceptable, como séria la de detenerse en un puer- 
to neutral de Portugal â esperar ôrdenes; pero no hu- 
bo lugar, que â este punto el inglés, que se habia sali- 
do al alcâzar, hizo sefial con un paiiuelo blanco â sus 
buques; y diciendo que volveria por la contestaciôn 
de la Junta, se retiré en su bote. «Decididos todos 
nosotros entretanto , dice el Mayor General de la es- 
cuadra D. Diego de Alvear, en su interesante Diario, 
del que tomamos estos apuntes (i), por el partido mâs 
glorioso del combate antes que ir â otros puertos 
que los de la Peninsula, como lo ordenaba el Re}^ y 
exigia el honor de su pabellôn, tomô cada cual su pues- 
to aguardando las résultas , pareciendo increible 11e- 
gasen â verificar las vîas de hecho con que nos ha- 
bian amenazado. Mas apenas llegô el bote â su fraga- 
ta nos tiré esta un canonazo con bala, que, sirvden- 
do de sefial â las otras, la emprendiô cada una con la 
suya respectiva, siendo la primera la del costado de la 
Mercedes^ que la diô una descarga cerrada de fusilerîa 
y artilleria; y respondiendo toda nuestra division con 
una prontitud y oportunidad que no podia aguardarse 
de taies circunstancias, se hizo en aquel momento el fue- 
go gênerai. Séria ^sto como â las nueve y cuarto ô poco 
mâs, y â la média hora (continua el infeliz Alvear) de 
un fuego bien sostenido por una y otra parte, fué ser- 
vido el Senor de las victorias concéder â nuestro ene- 
migo una ventaja decisiva, que hasta alli no habîa po- 
dido conseguir con la gran superioridad de sus fuer- 
zas, afligiéndonos â nosotros con un incidente de los 
mâs desgraciados y tremendos. Saltô la Mercedes por 
los aires con estruendo horrible, cubricndouos cou una 
empesa Ihivia de ruinas y de hunio; y doblândonos sin 



(I) Véase el Apéndice niim. 6, Diario de navegaciôn de don 
Diego de Alvear. 



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— 109 — 

perder instante la fragata que la batia, acabaron bien 
pronto entre las dos todos nuestros recursos y medios 
de defensa... » No tan pronto, que, pasado el primer mo- 
mento de estupor y espanto, oyôse la voz de Alvear 
exclamando: jla Mercedes!^ y al guardar unîsono silen- 
cio las personas que le rodeaban, conociù ser segura 
su inmensa desventura!... No hablô mâs; pero impâvido 
y sereno, si bien livido el semblante por el esfuerzo que 
hiciera por dominar la angustia de su desolado corazôn, 
continua mandando el desigual combate (por seguir 
enfermo en su câmara el General Bustamante), 

jAcaso entretanto algunos de aquellos seres queri- 
dos angustiosos pronunciaban su nombre anhelantes! 
jle pedfan auxilio! jy alguien dijo después que habîa 
visto flotar las faldas de una joven asida a un madero! 
y pudo ser que sus hijos, nacidos en la tierra de Mi- 
siones, a las mârgenes de caudalosos rîos, nadaban 
grandemente; pero no... el deber para con su Rey y el 
honor militar eran primero, y el combate siguiô vigo- 
roso por mâs de una hora aùn; hasta que completa- 
mente desmantelada, muy destrozada y casi sin go- 
biemo ya la Medea^ y su tripulaciôn debilitada por las 
enfermedades anteriores y los heridos y muertos de 
ahora, se viô el General en la triste necesidad de man- 
dar arriar bandera^ â eso de las diez y média, por co- 
mùn acuerdo de Oficiales, Comandante y Mayor, que 
no discreparon al dar su voto de no ser posible soste- 
ner el combate por mas tiempo contra las dos formida- 
bles inglesas, que la acribillaban por ambos lados con 
el terrible y certero fuego de sus carronadas y pode- 
rosa artilleria. 

La Clara siguiô batiéndose aûn con la suya ene- 
miga, hasta que, cargada por las otras, tuvo que ren- 
dirse; y en seguida largôse una de estas en pos de la 
Fama^ que, habiendo forzado de vela,tratô de escapar 
batiéndose en retirada con la suya respectiva; oyén- 
dose aûn los caAonazos â las très de la tarde, cuando 



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— 110 — 

se perdieron de vîsta â larga distancia, con rumbo â 
Câdiz ô al Estrecho; pero no le fué dado salvarse, que 
al tin la alcanzaron y fué presa también. 

A eso de las once ô poco después, los ingleses, con 
alguna tropa y marinen'a, se hicieron cargo del go- 
bierno y composiciôn de la il/^rf^a,que,como vadicho, 
habia quedado desmantelada, y lo mismo hicieron con 
la ClarUy transbordando la mayor parte de las tripula- 
ciones y Oficiales â las suyas, con otras providencîas 
y precauciones no ajenas al caso; pero sin recoger 
las armas de los Oficiales, ni tratarlos como prisione- 
ros de guerra, repitiendo que solo iban detenidos, y 
mostrando à todos mucha consideraciôn con suraa 
cortes a. permitiendo al General y al Mayor ^ con los 
Capellanes y otros, se quedaran en sus buques. 

«Siendo uno de las primeros cuidados de todos 
después del combate (continua el mismo Alvear en su 
Dîario) que los botes fuesen en diligencia â los despo- 
Jos que habîan quedado de la Mercedes^ por si podîan 
salvar alguna gente; lo que ejecutaron con increîble 
celeridad, aproximândose también una de las fragatas, 
y lografon recoger hasta cincuenta individuos de su 
tripulaciôn, incluso el segundo Comandante y Tenien- 
te de navîo, D. Pedro Afân, que hallaron sobre los 
troncos y resto del castillo, que aùn se conservaba; 
habiendo perecido todos los demâs, en que se cuenta 
la familia del Mayor que escribe este Diario, compuesta 
de su mujer, dona Maria Josefa Balbastro^ cuatro ni- 
ûaSy Manuela^ Zicarias, Maria Josefa y Juliana^ y très 
ninoSy Ildefonso^ Francisco Solano y Francisco de Bor- 
ja^ que eran los siete hijos que iban con su madre^ no 
pasando ninguno de ellos de diecinueve afios de edad; 
con otro sobrino que la acompafiaba, un dependiente 
y cinco esclavos sirvientes, el padre y cuatro hijos; no 
restândole al enunciado de tan infeliz desastre mâs 
hijo que Carlos Antonio, Cadete de dragones de Bue- 
nos Aires y portaguiôn de la mencionada ciudad, que 



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— 111 — 

le acompafia en la Medea; habiendo perdido también 
en el servicio de S. M. â su hijo mayor Benito en la 
peste de Câdiz, cuando apenas principiaba la carrera 
militar de su padre en el Cuerpo de Reaies Guardias 
Marinas del departamento de Câdiz.» Con estas sen- 
cillas, â la par que leales frases, escribe el triste padre 
aquel tremendo suceso, que le privara de su numero- 
sa y hermosîsima familia por un imprevisto é injusti- 
ficado ataque con circunstancias tan agravantes que 
nunca han poaido ser honrosamente explicadas, sin 
que jamâs su religiosîsimo corazôn diera cabida al mâs 
levé sentimiento de rencor contra los causantes de 
tan sin igual desventura, ni dejara de someterse con 
cristiana resignaciôn â la dura prueba. 

Sir Graham Moore, el Comodoro inglés, fué el pri- 
mero que, al manifestar el hondo pesar que le cabîa 
por su grande infortunio, indicô lo doloroso que le ha- 
bia sido recibir una comisiôn semejante en tiempo de 
paz, conociendo muy bien que entre buques de guerra 
no podria desempeftarla sin combate, como no hubie- 
rahabido una grandîsima superioridad de fuerzas apa- 
renies tanto como efectivas. 

El combate del Cabo de Santa Maria, en tiempo de 
paz, ha sido calificado siempre por un atroz atentado, 
del que la misma Inglaterrase espantô, y por todas par- 
tes el clamor que se levantô contra el Gobiemo fué gê- 
nerai, sin que este lograrani justificarse ni disculparlo. 

El rumor gênerai de que aquellas fragatas traîan 
grandes tesoros para el Emperador Napoléon no saliô 
cierto, ni, aun siéndolo, era motivo para tal agresiôn 
entre Naciones civilizadas; y, sin embargo, hay que 
sospechar que lo fuera en efecto por las palabras del 
Comodoro, que se referia de continuo al gran tesoro 
que iraiafiy la cuenta que se exigiô de los caudales y 
la entrega que de todos tuvieron que hacer al momen- 
to, y luego â una Comisiôn especial que se nombrô 
en Londres, y que de ellos se incautô. 



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t 



— 112 — 

Las fragatas traian 4.738.153 duros, de los que 
solo 1.307.634 pertenecîan al Rey; los demâs eran las 
soldadas de las tripulaciones y oficialidad, y caudal de 
particulares. 

Aquel rumor tomô luego tal consistencia sin em- 
bargo, que, cuando fueron declaradas debuena presa^ 
hubo quien las comprase pensando hallar escondidos 
los caudales entre la tablazôn; y algùn fundamento 
debiô darle el haber estado por mucho tiempo, la Me- 
dea especialmente, detenida en Montevideo ^ara traer 
caudales^ conio sin reparo se decia, y por acaso los 
iba trayendo a Espana el Gobierno en los buques^ 
avisos ô correos que â menudo venîan de America, 
mientras se prolongaba la larga detenciôn de aquélla, 
que no se explicaba. 

Los trabajos de recomposiciôn de las dos fragatas 
duraron varios dias, por ser grandes, como hemos di- 
cho, las averias sufridas, y los ingleses se ayudaron 
con cuarenta hombres de las tripulaciones espanolas, 
Contramaestres y algunos Oficiales del cargo. El vêla* 
men d3 la Medea lo pusieron todo nuevo por haber 
quedado inservible; y la mayor parte de sus palos, 
tronchados ô muy quebrantados, se remediaron lo mâs 
posible. Ambas fragatas venîan haciendo agua, que fué 
aumentando hasta treinta y seis pulgadas por dia la 
Medeay y la Clara mucho mâs, pues Uegô â ser hasta 
veintitrés pulgadas por hora â causa de los muchos 
balazos que recibiera â flor de agua; todo lo cual con- 
tribuy ô â hacer la navegaciôn lenta, y por ser los vien- 
tos contrarios mâs trabajosa; no llegaron, pues, â Ply- 
mouth hasta el 19 â las cuatro de la tarde, que anclaron 
en su hermoso puerto. Pero no les fué permitido des- 
embarcar por orden de la Junta de Sanidad, que los 
declarô sospechosos de fiebre amarilla â causa de las 
calenturas que en su navegaciôn habian tenido; y po- 
niéndolos en rigurosa cuarentena, hizo arbolar sobre 
ellos la infausta bandera amarilla. 



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-- 113 — 

Sin perder tiempo, al siguiente di'a 20 diô el Gene- 
ral parte muy detallado del desgraciado suceso que allî 
los habîa traîdo al Embajador de Espaiia cerca de S. M. 
Britânica, que lo era entonces el Excmo. Sr. D. José 
Anduaga, y el 23 lo hizo directamente, por un buque 
que salia para Lisboa, al Principe de la Paz y â los se- 
nores D. Domingo Grandallana, Ministro de Marina, y 
D. Francisco Gil y Lemos, Director General de la real 
Armada en Madrid (i). 

La contestaciôn del Embajador no se hizo esperar; 
sabîa ya 'a triste noticia por D. Miguel de Zapiain, Ca- 
pitan de la Fama^ la que, rendida por la Médusa y la 
Lively, que la alcanzaron en las aguas de Câdiz, Uegô 
â Portsmouth el 17, también detem'da, como decîan los 
ingleses. 

Hasta el 31 de Octubre continué la rigurosa cua- 
rentena, que concluyô fumigand:> losbuques por com- 
plète; y, después de otras formalidades, les consintie- 
''on, por fin, bajar à tierra el i." de Noviembre. 

Mucho los incomodaron también las numerosas in- 
vestigaciones, los decomisos y proliibiciones aduaneras^ 
recogiéndoles hasta los mapas, libros y plata de su uso 
y los pocos restos que de vîveres les quedaban; pues 
entonces eran estas leyes tan severas y arbitrarias en 
Inglaterra, como luego ashan querido establecer sua- 
ves y por demâs libres en todos los paîses. 

De Londres, sin embargo, vinieron ôrdenes modi- 
ficando aquellos rigores, y dândolas ademâs para que 
los respectivos Comandantes espanoles se encargaran 
de nuevo del mando de sus fragatas y tripulaciones, 
como lo hicieron el 24, quedando en ellas so!amente 



(i) Battis partes refiercn lu sucedido en casi los mismos tér- 
■■lï'SOi del Diaria cpe e3ctrachimos(VéaseApéndice niim. 6), ana- 
wtiflo el Cenemî estas palahras: «Por lo demâs, Excmo. Senor, 
J* Hîc haJlû tan débil y eTifermOT habiéndolo estado toda la nave- 
I*fii''iïi que no se si habré dicli<j ïo qae debo, ni se si podréftrmar 
«t<! Jïa|)cl.>(Marliam, ÏUtaUtt de Trafa/jirar.) 



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— 114 — 

una pequena partida de îngleses; y también concedien- 
do al General, Jefes y Oficiales, y â todos los indivîduos 
de las trîpulaciones, una asignacîôn diaria équivalente 
â très, dos y un pesos fuertes por persona respectiva- 
mente para su manutenciôn, puesto que les habîan re- 
cogido todos sus caudales; siguiendo siempre reputân. 
dolos como detenidos^ segùn decia el Vicealmirante 
Young, Jefe superior de Marina en aquel importante 
departamento; el cual se mostrô desde un principio 
atento, déférente y obsequiosisimo con los espaftoles, 
dândoles grandes esperanzas de que se devolverîan 
reparadas completamente las fragatas, etc. 

Pero el 8 de Noviembre otra fragata de guerra es- 
pafiola, la Matilde, al mando del Capitân de navîo La 
Guardia, llegô también â Portsmouth. y conducida por 
el navîo inglés Donegal^ de 84 canones; habiendo sido 
atacada y detenida â su vez por la misma Médusa al 
mando del Capitân Goor, y eso que solo Uevaba azo- 
gues de Câdiz â Veracruz. 

Entretanto, £qué era del desventurado Alvear, prin- 
cipal dolorido de la espantosa catàstrofe de la Merce- 
des?.., Expresamente parece ser que, imitando y reve- 
renciando su admirable procéder, omitimos hablar de 
su inmensa pena, de la persona que es el objeto pri- 
mordial que mâs embarga nuestra atenciôn, para ocu- 
parnos de detalles secundarios por mâs que interesen 
â la historia de aquel grave atentado. 

Pero, £qué decir?... [Hay dolores en la vida que el 
hombre esforzado oculta en lo mâs profundo de su 
destrozado corazôn! jque solo él, que los sufire, los sien- 
te en su desgarradoia intensidad! Pero no se pueden 
explicar; no alcanza â tanto el lenguaje humano, ni 
hay arte alguno que los pueda hacer comprender. 
Cuentan las historias griegas que, queriendo el divino 
Apeles pintar el cuadro del sacrificio de Ifigenîa, re- 
présenté con sin igual maestria la desesperacîôn de 
la madré, su llanto y aflicciôn: la resignada sumisiôn 



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— 115 — 

de la victima del imprudente voto, hermoseada por la 
abnegaciôn que le inspirara su amor filial, y con singu- 
lar verdad las diferentes actitudes y los varîos senti- 
mientos de los otros actores de la escena, pero que 
nunca hallô en sus pinceles colores ni Ifneas que pu- 
dieran expresar el dolor del padre, hondamente ocul- 
to en el corazôn del héroe; por lo que resolviô â su 
vez ocultar â los ojos de los espectadores aquel ros- 
tre severo que conservaba inmutable la dîgnidad del 
Rey, y lo encubriô con los pliegues de su manto real. 
Asî D. Diego de Alvear, herido de improviso por 
el rayo de la desgracia, sereno é impâvido domino su 
dolor, como hemos visto, en aras del deber para con 
su Patria y su Rey; y después del combate, en aque- 
Uos momentos de suprema, inmensa ansiedad, en los 
que, anhelosas, todas las miradas seguian â los botes 
que presurosos acudieron à recoger à los pocos nâu- 
fragos que, mâs vigorosos ô m s afortunados, pudîe- 
ron aûn salvarse..., perdida la ùltima vislumbre de es- 
peranza de volver â ver viva 6 muerta alguna de sus 
prendas adoradas, con sobrehumana entereza vol- 
viôse también, y con tranquilidad admirable continué 
atendiendo al desempeflo de los tristes y ya escasos 
deberes que en la ordenaciôn del buque seguian 
siendo de su cargo; y cuando todo quedô cumpli- 
do, ai fin retirôse â su câmara... Kntonces allî, â solas 
con su Dios, el ùnico Ser que sondear pudiera los abis- 
mos de su dolor, de aquel dolor sin nombre ni medida 
que para siempre le sumfa en la mâs espantosa de- 
solaciôn; con el corazôn destrozado y casi sin alien- 
to ya, animôse aûn con santa fortaleza y aceptô el 
sacrificio por completo.., jinclinô sumiso lacabezay 
profundamente le adorô!!!... Que si era valiente sol- 
dado, esposo amantisimo y padre cariftosîsimo, tam- 
bién le era dado ser ferviente crîstiano. Paratum est, 
paratum est cor meum: cPronto, pronto esta mi cora- 
zôn» (para padecer y sufirir), repetfa con el Real Profe- 



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- 116 — 

ta, haciendo suyos los c'amores de aquél; y sintiendo 
desgarrarse su corazôn traspasado, esforzabasu aima 
con mayor fe y rogaba con gran fervor (siempre en la- 
tin): In tribulationem mearity Detis^ Deus meus, adjuva 
wg/«En mi tribulaciôn, Dios, Dios mio, ayùdame!.» Y 
en efecto, Dios le sostuvo en el duro trance, y su pie- 
dad le salvô. 

Pero cuando su hijo Carlos, el ùnico resto de su 
tan dilatada como hermosa familia, vino â echarse en 
sus brazos, llorando amargamente â su madré adorada 
y â sus queridos hermanos, perdidos tan de repente }• 
para siempre, jla desolaciôn de ambos fué tremenda; y 
subiô de punto mâs aùn al querer eljoven, con la tenaz 
curiosidad que su cariflo y su edad le inspiraban, ave- 
riguar los varios desgarradores incidentes que habrîan 
podido ocurrir â las desgraciadas victimas en sus ùl- 
timos momentos! Pero ya entonces el amante y an- 
gustiado padre le amonestaba dulcemente â respetar 
el misericordioso vélo que encubrîa â sus ojos los mis- 
teriosos detalles de la terrible catâstrofe, desechando 
ïniaginaciones vanas que solo tendîan â debilitar el 
ânimo, que tan fuerte y entero les era necesario con- 
servar para sobrellevar la sin igual desventura que la 
divina Providencia les habîa deparado! 

Y bueno es repetirlo ahora. Jamâs titubeô su fe;. 
jamâs murmuré su corazôn; jamâs pronunciaron sus 
labios quejas acerbas. Ni movimiento alguno de indig- 
nacion, ni de animadversiôn turbô jamâs la serena re- 
signaciôn de su aima. Sobre todo lo visible veia flotar 
î^îempre el poder del Altisimo dirigiendo todos los 
sucesos de la vida, prôsperos ô adverses, con su infini- 
ta sabidurîa, <iqtie quiso dar tina decisiva vetiiaja al 
cnemigo,., afligiéndonos à nosotros con un incidente de 
las mâs desgraciados y tremendos*^ como dice en su 
Diario. 

Y luego,â los pocos dia?,la primera de sus admira- 
bles cartas, que escribiô el2o deOctubre, â su hermancv 



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— 117 — 
mayor, el ?• D. José, Abad mitrado del monasterio de 
monjes del Orden de San Basilîo, en Granada, la em- 
pieza con estas palabras: tCon el mayor dolor de mi 
corazôn, y casi sin alîento, me veo forzado â informar- 
te de mi tristisima suerte y la de mi desgraciada esposa 
é hijos, de todos los cuales, fuera de Carlos Antonio, 
<|ue me acompafia, se ha servido d Senor disponer por 
sus altos juicios en la ntaiîana del 5 del cop^riente»; y 
signe refiriendo el suceso sin estampar en toda ella 
palabra alguna que indique sentimientos airados, ni de 
vituperio, ni aun para con los ingleses, causantes de su 
desdicha. Antes bien, con una excesiva prudencia que 
la confianza de una familiar correspondencia no es 
capaz de alterar, évita juzgar del atentado y solo dice: 
* Lo extrano de esto es que no esta declarada la gue- 
rra^ y que se respeta nuestra bandera por todas las 
escuadras inglesas, y sola nuestra division ha sido la 
exceptuada, sin que hasta ahora hayamos podido pe- 
netrar el misterio,» etc. (i). 

No... Las ondas tremendas de la tribulaciôn habîan 
inundado su aima de una manera inconcebible, es ver- 
dad, pero nunca pudieron entibiar su piedad, ofuscar 
su clara razôn, ni empaflaren b mâs mînimo el limpio 
crisol que brillara siempre incôlume en la rectitud de 
sus îdeas, en la nobleza de su carâcter, en la generosa 
conducta que con todos observô; y téngase présente 
que, ademâs de perder â toda su familia de tan espan- 
tosa manera, perdîa también la mayor parte de su cau- 
dal 3^ ahorros, las obras y pianos de su Comisiôn de 
limites, y casi todo el fruto de los treinta y cinco aflos 
de servicios y trabajos que habîa pasado en America. 

Por muchos dias mostrô su semblante la extraordi- 
naria rigidez y la mortal palidez que desde el primer 
instante le imprimiera el soberano esfuerzo que hicie- 
ra para dominarse; pero hubieron de modificarse al- 



(i » Véase Apéndice pùm. 7, carta â su hermano el P. D.José. 



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1^ 



— 118 -- 

gùn tanto cuando, ya desembarcado en Plymouth, se 
dirigiô presuroso â la iglesia catôlica; era justamente 
el 2 de Noviembre, dîa especialmente consagrado por 
esta â la piadosa conmemoraciôn de los dîfuntos; â ro- 
gar â Dios por su eterno descanso, segûn aquel tierno 
y consolador dogma que estrecha, aun después de la 
muerte, el eterno lazo que nos une â los que amamos, 
con la entrafiable esperanza de poder socorrerlos y ali- 
viar sus penas, si sufren, hasta Uevarlos â la etema 
Bienaventuranza. 

Arrodillôse, pues, al pie de los altares, asistiô al 
santo sacrificio; y al recibir en su lacerado pecho â su 
Dios sacramentado, sintiô como una explosion de amor 
y de dolor que le envolvia todo entero, causândole 
tan gran congoja de aflicciôn y llanto que los fieles, 
conmovidos, acudieron â sostenerle, â confortarle y 
retirarle... Pronto, Jsin embargo, se recuperô; y algo 
desahogado su angustiado espiritu, recobrô la acos- 
tumbrada serenidad, correspondiendo cortés y agra- 
decido â las atenciones de los circunstantes; como lue- 
go mâs tarde à las muchas que, al parecer, â porfia le 
mostraban todos los jefes de la marina y demâs auto- 
ridades del pueblo; y como hiciera también â los po- 
cos dîas del aciago combate con el mismo Comodoro 
Graham Moore, recibiendo su visita y devolviéndosela 
en su buque, por mâs doloroso que en aquellos ins- 
tantes le fuera hacerlo; que nunca tampoco cayô en 
la flaqueza de abrigar antipatîas injustas, ni aun de 
excusar los deberes que la sociedad impone, por la 
indolencia y lasitud tan naturales en los amargos dîas 
de la aflicciôn. 

Al referir estos sucintos datos, que algo dan â co- 
nocer la singular constancia, el varonil esfuerzo, la ad- 
mirable serenidad y, por decirlo de una vez, la verda- 
dera y sôlida virtud que mostrô D. Diego de Alvear 
en uno de los trances mâs funestos que registran los 
anales histôricos de nuestra heroica Marina, no pode- 



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— 119 — 

mos menos de hacer la siguiente réflexion. Siempre 
y por todas partes ha sido loada y muy admirada la 
grandeza de aima que muestra en la adversîdad el que 
sabe sobrellevarla con fortaleza y dignîdad; pero, ;cuân- 
to mâs lo debiera ser en estos nuestros tiempos, en 
los que, con tan lamentable frecuencia,serepiten funes- 
tisimos ejepiplos de todo lo contrario!... [Dios mîo!.- 
iParece que el hombre hoy dia no sabe, no puede su- 
firir!... Vîctima de sus rebeldes pasiones, que no ha que- 
rido nunca refrenar; debilitado el sentimiento religio- 
so, y con él la concîencia del deber, la menor contra - 
riedad, cualquier agravio, el mâs pequefto mal fisico ô 
moral, derroca â veces su mentido valor, ofusca su ya 
flaca razôn; se déjà arrebatar por furiosas tempestades 
de iras, odios y venganzas, y mâs â menudo aûn, des- 
alentado su menguado corazôn, cae en honda desespe- 
raciôn; y solo sabe terminar el conflicto, cuando mâs lo 
acrece, cometiendo crîmenes horrendos contra la pro- 
pia vida ô la ajena, que llenan de consternaciôn y es- 
panto ârlas familias, y de horror y miedo â la sociedad; 
si, de horror y miedo, que atemoriza el pensar adônde 
ira â parar tanta perturbaciôn de espfritu, tanta degra- 
daciôn de carâcter en el hombre. jQué diferencia y 
cuânto contraste con aquellos otros, que tan grande- 
raente saben realzar la dîgnidad humana, haciéndola 
superîor â todos los accidentes de la vida..., â todas las 
miserîas de este mundo! 




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ESTANCIA EN LONDRES 




oco tiempo permanecieron en 
Ply m outh el General Bustaman • 
te y el segundojefe D. Diego de 
Alvear, que, obtenido el debîdo 
permise, se hubieron de transla- 
dar â Londres con el principal 
objeto de ocuparse en reclamar la devoluciôn de las 
cajas de soldadas de las très fragatas detenidas, â las 
que, segûn las Reaies Ordenanzas y reglamentos de 
la Marina, no podîa tener derecho â retener el Go- 
bierno inglés; el cual, ademâs, ya se ve!a que estaba 
como deseoso de mostrarse benévolo y generoso con 
los espanoles, mitigando algùn tanto los funestisimos 
resultados de su mal concebida é injustificada agre- 
siôn, atendiendo tambicn â la reprobaciôn gênerai que 
este hecho habia merecido por todos lados en el pais, 
sin exceptuar los amigos y partidarios, que si callaban, 
ôpor acaso excusaban, ninguno llegaba alextremo de 
aplaudir los medios empleados; porque, si se habia 



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— 121 — 

creido tener motivos para detener la division de las 
cuatro fragatas y se determinaron à hacerlo sin derra- 
mamiento de sangre, como suponîan, podia haberse 
enviado una escuadra de tal numéro y fuerza superio- 
res que le fuese dado lograr su objeto sin herir ni me- 
noscabar la bonra de los pundonorosos marinos espa- 
floles; los que, por no quebrantarla en lo mâs mînimo, 
se creyeron obligados à batirse en muy desventajosas 
condiciones, es cierto; pero no lo bastantes para so- 
meterse sin resistencia. Este fué un cargo de los mâs 
fuertes que â los Ministros se hacîa desde los prime- 
ros momentos que se supo la noticia del desastre, que 
luego mâs tarde, y con mayor conocimiento de los he- 
chos, de la insuficiencia de motivos alegados, y, por 
fin, de la declaraciôn de guerra con que la Espaûa 
contestaba airada y con la mayor indignaciôn al gra- 
vîsimo y alevoso atentado \(abominable lo Uamaba el 
Ministro D. Pedro Ceballos en el manifiesto de guerra 
del 12 de Diciembre, que Uegô al Gobierno inglés el 
19 del mismo mes) entonces se formularon ya mucho 
mayores, y al abrirse el Parlamento en Enero de 1805, 
las oposiciones y su jefe, el insigne orador Mr. Fox, 
con irrebatible elocuencia trorfaron contra el Ministe- 
rio; considerando, ademâs de lo injusto, lo antipolitico 
que habfa sido atraerse la enemistad de la Naciôn es- 
paûola uniéndola mâs â la Francia, cuando el poderio 
de esta crecia y se afirmaba mâs y mâs â impulsos del 
portentoso genio de Napoléon, el que, con pasmosa 
osadia y aplauso de su Naciôn, se habia declarado nada 
menas que Emperador; denominaciôn que parecîa 
anunciar â la asombrada Europa la pretensiôn que 
abrigaba de dominarla por completo; lo que casi con- 
siguiô â los pocos meses con sus triunfantes campaftas 
contra la Prusia y el Austria, y las célèbres batallas de 
Austerliz, Jena y otras. 

Por los mismos dîas recibiô Alvear cartas de Es- 
paûa y la contestaciôn de su hermano el Abad de San 



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— 122 — 

Basilio â la suya del 20 de Octubre, manifestândole el 
inmenso dolor que â él, como â todos' sus allegados, 
parientes y amigos, les embargaba por la terrible des- 
gracia que le habia sucedido â él particular mente, y 
contândole ademâs la grande y profunda indignaciôn 
que por todo el pais cundia, levantando un clamor gê- 
nerai contra Inglaterra, y pidiendo â voz en grito sa- 
tisfacciôn y venganza por el odioso ataque del Cabo 
de Santa Maria. 

Pero al mismo tiempo agravaba la aflicciôn de su 
espiritu participândole el fallecimiento de su buen pa- 
dre D. Santiago, ocurrido en elmismo fatidico mes de 
Octubre, en el cual también, aunque cuatro afios an- 
tes, habia muerto su hijo primogénito Benito. Esta 
triste noticia acrecentô todas las amarguras suyas, des- 
truyendo la esperanza que le sostenia de verle pronto, 
y algûn tanto consolarse con la alegria que habia de 
causar su regreso, después de tan larga ausencia, al 
vénérable anciano que por tantos afîos lo habia esta- 
do anhelando y pidiendo en todas sus cartas; y eso 
que y a su entristecido ânimo le habia sugerido rece- 
los de esta ô alguna otra nueva desgracia por los es- 
tragos que la fiebre amarilla estaba haciendo por toda 
la Andalucia en aquellos tiempos, segûn las noticias 
que corrian en Londres; y recordando que los maies 
en esta vida no suelen venir solos, segûn concepto 
vulgar, que no déjà de ser certero, preparâbase â reci- 
bir los que le pudieran sobrevenir; que su afectuoso 
corazôn le hacîa muy susceptible â aquel extrano pre- 
sentimiento, que suele hacernos sentir â veces como 
présentes los maies que padecen las personas que 
amamos, por mâs lejanas y ausentes que estén. 

Como ya le sucediô algunos afios antes, estando 
en la provincia de Misiones desempenando aùn la 0> 
misiôn de limites, hacfa mucho tiempo que no recibla 
noticias de su familia de Montilla, y de repente empe- 
zô â entristecerse con el presentimiento de alguna in- 



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— 123 — 

minente desgracia que allî ocurria; y por mâs que su 
Clara y despejada razôn se esforzabaen desechar todo 
mal augurio, no lograba disipar la funesta idea que le 
preocupaba, y, que por ùltimo, llegô â dominarle de 
tal modo que icosa extraordinaria! dîspuso se hicîeran 
solemnes honras funèbres y que se dijeran muchas 
misas por los difuntos, ofreciéndolas en el fuero inter- 
ne por sus padres, por si por acaso habfan fallecido... 
y, en efecto, sus temores eran justos. En aquellos mis- 
mos dias habîa enfermado y muerto su querida madre^ 
i la que con grande extremo siempre habîa amado, 
segùn las cartas detalladas que â los dos meses reci- 
biera por fin. 

Con la declaraciôn de la guerra temieron el Gene- 
ral Bustamante y el Embajador que su reclamaciôn no 
obtuviera el éxito feliz que se habîan prometido; pero 
no fué asî, que con suma rectitud el Gobiemo înglés 
mantuvo su décision, mandando entregar las cajas de 
soldadas de los buques apresados an tes del 19 de Di- 
ciembre de 1804, que fué cuando recibiô de oficio la 
dicha declaraciôn. Y con efecto, todos los interesados 
fiieron recibiendo sus respectivas cuotas con toda 
exactitud. También concediôles â poco à todos los 
militares el permiso para retirarse con toda libertad â 
Espafia, con la sola condiciôn de dar su palabra de 
honor de no tomar parte en la présente guerra con In- 
glaterra. En nada se entibiô tampoco la suma benevo- 
lencia que desde el principio mostraron todas las cla- 
ses de la sociedad, desde las mâs altas y elevadas, para 
con los espaftoles; atendiéndoles y obsequiândoles con 
continuos convites y visitas, y dàndoles muestras de la 
mayor simpatîa y atenciôn, y de conmiseraciôn y res- 
peto, muy especialmente â D. Diego de Alvear, cuya 
sin igual desventura se imponia con doblado interés; 
de tal modo que, como decia en sus cartas el mismo 
Alvear, cparecia que las desgracias de la Mercedes eran 
objeto de sentimiento pùblico, y en ninguna otra parte 



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— 124 — 

de! mundo, anadîa, hubiéramos sido, ni mas atendidos, 
ni recibidos con mayor consideraciôn. No sôîo los par- 
ticulares, sino los primeros Lores y personajes, los 
Secretarios y Mintetros de Estado, los raîembros del 
Parlamento y todos los demâs, siguen invitândonos a 
sus casas, â fiestas y convites de- mesa, y con mil y mil 
obsequios diferentes parece que quieren contribuir a 
hacer nuestra situaciôn menos triste y penosa. » 

El Embajddor de la Reina de Portugal, el Excelen- 
tfsimo Sr. D. Domingo Sousa, fué uno de los primeros 
en mostrarle un afecto y carifio casi fraternales, atra- 
yéndole â su casa con gran frecuencia y tanto interés 
que, conmovido, lefa las cartas que recibîa de Espafia, 
y muy en especial las de su virtuosisimo y muy ilus- 
trado hermano el P. D. José, tan llenas de reflexiones 
consoladoras, y de tal unciôn evangélica, que ambos 
se enternecîan â la par; y enterado de las circunstan- 
cias que agravaban su infortunio, al momento le ofre- 
ciô aprovechar en su obsequio el gran valimiento que 
ténia con los Ministros, y sobre todo con el mâs prin- 
cipal é importante, que era el célèbre Mr. Pitt, Firsf 
Lord of ihe Treasury, à sea Présidente del Consejo de 
Ministros que decimos en Espafia, como en efecto lo 
hizo, recomendando la reclamaciôn que habîan pre- 
sentado pidiendo sus soldadas y ahorros, entre los 
cuales los de Alvear eran de alguna consideraciôn, 
habiendo transladado 41.000 pesos fuertes cuando 
transbordé â la Meiea el dia antes de zarpsiv la division 
de Montevideo; y luego después también insistiô en que 
se le indemnizara de las pérdidas peciiniarias de la 
Mercedes^ ya que las otras, tan tremendas, eran corn- 
pletamente irréparables. 

Entre los Ministros, Mr. Huskisson, que lo era de 
Hacienda, y Mr. Caniting, que era entonces de Mari- 
na (Secretarios del despacho y Comisarios se Uama- 
ban en Inglaterra), uno de los hombres mâs ilustrados* 
de aquel pais, ya de mucha influencia en el Gabinete 



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— 125 — 

por la gran confianza que le merecia â Mr. Pitt, y que 
luego la tuvo inmensa como primer Ministro, por mu- 
chos aûos, en el reinado de Jorge IV; y los Lores del 
Almirantazgo y los de la Comisiôn de Presas, entre 
otros, fueron los que mis dispuestos se mostraron â 
favorecerle en cuanto pudieran; por lo que ya reinte- 
grados todos los tripulantes, y aun los particulares, de 
los capitales que traian en las cajas de soldadas de 
las très fragatas detenidas, la Medea^ la Clara y la 
Fama^ que eran las que podian reclamarse con algùn 
derecho, y eran las solas que habian sido reclamadas, 
en efecto, por el General Bustamante y el Embajador 
Sr. Anduaga, los cuales se habian y a retirado à Holanda, 
el primero en 14 de Mayo, y el segundo antes, en el de 
Enero, â esperar ôrdenes del Gobierno para volver â 
Espana, siguiéndoles otros Oficiales é individuos de las 
dichas fragatas, segùn se les iba presentando la oca- 
siôn, que â la verdad no era muy â menudo por el es- 
tado de guerra gênerai en que se veia envuelta toda 
la Europa. Pensô D. Diego de Alvear en detenerse to- 
davia algûn mâs tiempo, puesto que podia valerse de 
aquellas benignas disposiciones de personas tan influ- 
yentes para presçntar una nueva solicitud â favor de 
los huérfanos, viudas y familias de los marinos que pe- 
recieron en la Mercedes (pues ademâs de la familia de 
Alvear perecîeron hasta doscientas cuarenta y nueve 
personas), pidiendo se les devolviera su caja de solda- 
das corao â las otras fragatas; y si esto no podia ser, 
al mènes senalarles alguna indemnizaciôn en atencîôn 
d su triste suerte, apelando â la generosidad de la Na- 
ciôn inglesa, etc. 

Esta instancia se hizo en efecto, y la fîrmô Mr. Tas- 
tet (D. Fermin), que era banquero muy conocido de 
los espafioles, su agente especial y encargado del Ge- 
neral Bustamante; y à su nombre, y refiriéndose al de 
D. Diego de Alvear, Mayor y segundo Comandante de 
la division, que era la principal victima de la catâstro- 



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— 126 — 

fe de la Mercedes^ fué presentada por el mismo D. Die- 
go con gfran esperanza de obtener un buen resultado, 
al îlustre Mr. Canning; el cual, sin e nbargo, al recî- 
bîrla le dijo «que no creîa séria bien acog^da por el 
Gobierno, pues no estaba debidamente autorizada la 
representaciôn de las personas â que se aludfa; y en 
cuanto â la devoluciôn de la caja de soldadas del bu- 
que nâufrago, no habîa derecho para pedir que devol- 
vieran lo que no habîan recibido». Y, en efecto, muy 
poco después fué devuelta la instancia; pero al mismo 
tiempo el Ministro le instô à que él solo, y en su nom- 
bre propio, hiciera la peticiôn jde indemnizaciôn por 
las pérdidas que en dicho buque habîa sufrido; pues 
eran taies y tan peculiares las circunstancias de su des- 
gracia, que todos estaban deseosos de favorecerle y 
aliviarle en lo que pudiera ser, y mâs aûn cuando ha- 
bian ofdo al mismo Rey decir afectadisimo que ^san- 
gre de sus venas daria gustoso por devolversu perdida 
famUia à aquel jefe espaHoh. El buen Rey Jorge III, 
tan bondadoso y tan amante de la suya que, por go- 
zar con libertad de sus encantos, cuando se sentaba â 
la mesa solîa despedir toda la servid ambre al ta y baja 
para quedarse solo con la Reina, recreândose ambos 
en los numerosos hijos que les rodeaban, no es, pues, 
de extraftar que se estremeciera profundamente al sa- 
ber la inaudita desgracia de aquel otro padre que tan 
impensadamente se viera privado de todos los suyos; 
y, por lo tanto, que tan deseoso y propicio se mostra- 
ra â subsanarla en lo que le fuera posible. 

Indicôsele al mismo tiempo por el muy honorable 
Mr. Hookam Frère (que estaba de Enviado extraordi- 
nario en Madrid cuando se declarô la guerra), persona 
de alta posiciôn también y de la mayor consideraciôn y 
amistad para aque» Ministro, Mr. Canning, que séria un 
muy buen antécédente para pedir luego por aquellas 
otras familias, por las que tanto se interesaba AlveaTi 
el que lograra él su propia indemnizaciôn primero» 



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— 127 — 

como se le habia prometido; por lo que, convencido 
y animado, inmediatamente hizo su solicitud solamen- 
te Personal, exponiendo la inmensa desgp-acia que ha- 
bia tenido de perder su familia, compuesta de catorce 
personas, en la terrible catâstrofe de la Mercedes^ y 
ademâs gran parte de su caudal, que en ricos efectos de 
plata, oro y otros habia embarcado en ella, y de cuyo 
numéro, calidad y valor podfa dar la debida relaciôn 
por medio de los certificados de las aduanas de M )nte- 
video y las cuentas de embarque que conservaba en su 
poder; apelando à la reconocida generosidad de la Na- 
ciôn inglesa y al sumo interés que su tristîsima s jerte 
habia inspirado â todos en gênerai, por lo que confiaba 
que el Gobiemo de S. M. se condoliera de su situaciôn 
y le concediera alguna indemnizaciôn por sus pérdi- 
das, etc.; iba dirigida â los Lores de la Tesorerîa (6 Mî- 
nistros, que asî se intitula el Gabinete en Inglaterra) 
con fecha del 26 de Junio de 1805. 

El mismo Mr. Canning se encargô de presentarla 
y de avisarle € del feliz resultado^ que esperaba confîa- 
damente habia de obtener,» como lo obtuvo en efecto, 
s^ûn carta atentisima que con fecha del 13 de Agosto 
le escribiô el mismo amkbilîsimo seflor, refiriéndose â 
la que acababa de recibir del Ministro de Hacienda 
Huskisson, y que traducida dice asi: 

tSr. D. Diego de Alvear,=: Christ Church, Agosto 
13 de i8o5.=Seflor: Tengo el gusto de informar 
â V. que, por carta que he recibido ayer de Mr. Hus- 
kisson, he sabido que la Tesorerîa (el Ministerio) ha 
decidido indemnizarle â V. por sus pérdidas â pre- 
sentaciôn de las necesarias pruebas de la suma â que 
montan, y que una gfran cantidad de dinero, que subi- 
ra, segûn creo, â la mitad del total que V. dijo, se le 
pagarâ â V. inmediatamente â cuenta. = Ya le he 
escrito yo â Mr. Frère, el que si esta en esta capital, 
como creo que esta, le habrâ comunicado, sin duda, esta 
noticia; pero por si no ha vuelto aùn y por alguna ca- 



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— 128 - 

sualidad se hubiera atrasado el darle â V. parte por 
la Tesoreria, no puedo negarme lasatisfacciôn de trans- 
mitirle â V. esta nueva, que yo he recibido con tanto 
gusto y placer.=i=Tengo el honor de repetirme, sefior, 
su muy obediente y humilde serYidor.= Jorge Can- 
ning (i).» 

El Ministre de Hacienda, à los pocos dias, 1 amô â su 
casa al interesado para hacerle entrega de otros im- 
portantes documentos, entre los cuales e Real Decreto 
del Rey Jorge III concediéndole la indemnizaciôn pe- 
dida, que â continuaciôn insertamos, traducida igual- 
mente: 

«JORGE REX.= PoR cuANTO los Comisarios de 
nuestra Tesoreria nos han hecho présente que ha- 
bian recibido una solicitud de D. Diego de Alvear 
manifestando que habia sido Mayor General y segun- 
do Comandante de la division de fragatas espafîolas 
que, viniendo de la America espanola con rumbo â 
Espafla con tesoros, fueron cogidas por nuestros na- 
vios de guerra, el Infatigable^ la Mediisa, Lively y An- 
fiôn^ y que él habia sido tan desgraciado que habîa 
perdido su mujer, siete hijos y un sobrino, con cinco 
sirvientes negros; como también todo su rico equipaje, 
y oro y plata, cuyo valor sub'a â cincuenta mil pesos 
fuertes, 6 doce mil libras esterlinas, lo que puede pro- 
bar, con documentos originales de las aduanas de Bue- 
nos Aires, que fueron embarcados en la fragata espa- 
fiola Mercedes^ que se volô en el combate, en cuyo te- 
rrible incidente perdiô casi toda su fortuna, adquirida 
en los veinticinco aflos de servicios que presto en el 
Rio de la Plata como Comisario de limites entre los 
dominios del Rey de Espafta y el Brasil. 

»Y POR CUANTO nuestros dichos Comisarios no shan 



(i) Es traducciôn de la carta original y copia de los originales 
en inglés. Véase Apendice niim. 8. 



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— 129 — 

recomendado que, en atenciôn â las peculiares cir- 
cunstancias de este infortunîo tan grande, se le concé- 
da la suma de seis mil Hbras esterlinas â cuenta de 
sus pérdidas hasta que présente las pruebas satisfac- 
torias de la suma total, nosotros gustosos, accedien- 
do y siendo nuestra real voluntad y placer conce- 
dérselo, 

> Altorizamos debidamente â VV. y les mandamos 
paguen al dicho D. Diego de Alvear, 6 â su Agente le- 
galmente apoderado, la dicha suma de seis mil libras 
esterlinas, que nosotros de nuestra voluntad graciosa- 
mente le concedemos esta gracia en atenciôn â sus 
dichas pérdidas. = Y sirva esta de suficiente orden y 
garantîa para Vuestras Mercedes y para todos los que 
ahora ô luego tengan que entender en ello.i=Dado en 
nuestro palacio de Saint James, hoy dla i6 de Agosto 
de 1805, en el cuarenta y cinco afto de nuestro reina- 
do. = Por orden de S. M., William (Guillermo) Hiis- 
kisson,=C. Long y Blandford.^=r:A los Comisarios de 
las Presas espafiolas.=^Sr. D. Diego del Alvear.= 
Seis mil libras â cuenta de las pérdidas que ha tenido 
â bordo de la fragata espafiola Mercedes, » 

Y al felicitarle â su vez el Ministro por tan buen 
suceso, le prometiô que el resto de la suma concedida 
se le entrescan'a en cuanto se revisaran los docu- 
mentos que habîa presentado y que se estaban tradu- 
ciendo. 

Estes documentos consistian en relaciones muy 
circunstanciadas del numéro, cantidad y calidad de los 
objetos embarcados, con sus respectivos valores asig- 
nados, y subscritos todos por los Jefes y Administra- 
dores de las aduanas de Montevideo y Buenos Aires, 
los que,entre otros papeles, habîa por fortuna transbor- 
dado Alvear â la Medea en el ùltimo dîa. Y por cierto 
que heraos de referir una anécdota que da â conocer 
el respeto y la consideraciôn que inspiraba su porte 
y la sinceridad de su palabra. Sucediô que cuando 

9 



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— iso- 
las présente primeramente â la Junta de Comisarios 
de las Presas espaftolas, como habia ofrecido, uno de 
los Comisarios hizo una observaciôn, preguntando: 
«^Pero quién nos asegura que estos documentes son 
verdaderos?... — Yo tnismo^ respondiô D. Diego con tan 
sencilla dignidad y tan noble entereza, que el Prési- 
dente y los demâs Comisarios protestaron al momento 
à su favor, repitiendo la frase: /iVb hay dudaf /No hay 
duda!^ quedando el mismo que antes desconfiara con- 
fuse un tante y completamente convencide de la ver- 
dad que atestiguaba con su palabra el noble caballero 
espaftol. 

Peco después, â principios de Septiembre, le fué 
entregada la etra mitad de la cantidad que le habfa 
sido otorgada por via de indemnizaciôn, 6 sean las doce 
millibras esterlinas, que representaban los 51.000 pe- 
sos fuertes que habia justificade tener en la Mercedes; 
y como antes cobrara los 41.000 pesos fuertes que en 
la caja de soldadas de la Medea Uevaba, puede decirse 
que al menés sus pérdidas pecuniarias habian sido no- 
blemente reparadas. 

Grande fué, pues, la satisfacciôn que este le causa- 
ra, y profunda la gratitud que sintiera hacia todos 
aquellos sefteres, que fueron muches, los que con su 
amistad y generoso compertamiente habian centribuî- 
do â tan feliz resultade; cemplaciéndose elles â su vez, 
como le decîan, en haber podido manifestarle de aquel 
modo el afectuoso interés y la respetuosa adhésion que 
les inspirara por sus desgracias y por su noble carâc- 
ter, y que tan merecidos ténia. 

Pero el generoso corazôn de Alvear, por le mismo 
que tan agradecido estaba, y aun halagado por el se- 
fialado bénéficie recibido, ne pedia elvidar â los com- 
pafteres de su infortunie; y apoyândose en aquellos 
mismos favores y en la indicaciôn que le hiciera Mister 
Frere^ que parecia razonable, de que, lograda su in- 
demnizaciôn, pudiera ser mâs fâcil alcanzar las de las 



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— 131 — 

otras victimas, escribiô una nueva instancia rogando 
al mismo Mr. Frère que la apoyara con su amigo Mis- 
ter Canning, â quien él también escribiô remitiéndose- 
la, encareciendo los motivos afectivos de compafieris- 
mo y de compasiôn que le obligaban â presentarla, 
confiado en que la protegeria con su poderosa influen- 
cîa, como lo habîa hecho con la suya propîa, por cuyo 
feliz resultado â él principalmente creia série deudor. 
La instancia, y â continuaciôn la carta que, al devolver- 
la excusândose de intervenir en el asunto, le escribiô 
el mismo Canning, por parecernos interesantes para 
esclarecer esta cuestiôn y probar el sumo interés que 
en ella tomô Alvear, las insertamos â continuaciôn: 



Instancia. 

cSeftores Loresde la Tesoreria.=D. Diego de Al- 
vear y Ponce, Capitân de navîo de la Real Armada 
de S. M. C, habiendo sido empleado de Mayor Ge- 
neral de la division de las cuatro fragatas de Su Ma- 
jestad que fueron capturadas por las de S. M. B., se 
crée suficientemente autorizado para representar â la 
consideraciôn de sus sefiorias: Que en la nombrada 
Mercedes^ que se volô en el acto del corabate, pere- 
deron desgraciadamente 263 personas de uno y otro 
sexo, y 52 que se salvaron en los fragmentos, quedan- 
do estas desnudas y en el estado mâs misérable de po- 
breza y mendicidad, como igualmente en el mayor 
desamparo las mujeres, hijos y parientes de todos. 
Por esto séria muy propio de llamar la atenciôn de sus 
seftorîas, muy conforme â la humanidad y muy digno 
de la generosidad de la Naciôn inglesa, que, en aten- 
ciôn â los énormes dafios y perjuicios que se han causa- 
do â tantos inocentes con la muerte de sus padres, 
hermanos y parientes, que después de haber sacrilîca- 
do sus vidas en el real servicio han perdido también 



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ï 



— 132 — 

todo su haber en su caja de soldadas^ creyeran sus se- 
florîas era Uegado el caso de concéder una g^aciosa 
indemnizaciôn a todos estos desdichados al ténor de 
los estados originales que conservo en mî poder de los 
fondos que en ella tenian, y que pueden montar â cîen 
mil pesos fuertes, descontândolos de los fondos de las 
çtras fragatas, como se ha hecho con las cajas de sol- 
dadas de estas, Por cuya benigna indemnizaciôn, si se 
dignan concederla, no solo sera eterno el reconoci- 
miento de los infelices interesados, y en su nombre 
del mio, sino que también el de la Nacit3n espanola.= 
Londres lo de Septiembre de \%o$.^=^ Diego de Alvear 
y Ponce, ^ 



Carta. 

1 i^ Christ Church, Septiembre 12, i8o5.=Muy seflor 

j mio: Hç tenido el honor de recibir su carta del 10 del 

corriente, y me apresuro â manifestarle la grandîsima 
satisfacciôn que siento por la terminaciôn de su asunto 
de V. de una manera ,tan conforme â sus deseos. En 
1 çuanto â la representaciôn 6 solicitud que me hace us- 

l ted el honor de incluirme, solo tengo que decir que 

j nada me hubiera inducido à hacerme cargo de interve- 

nir en un negocio que de ninguna manera era de mi 
incumbencia oficial (como ha debido indudablemente 
j explicârselo â V. mi amigo Mr. Frère), sino las cir- 

, cunstancias tan peculiares y aflictivas que marcaban 

N el caso de V., y me encuentro dichoso por haber con- 

' tribuîdo en algùn grado â obtener la reparaciôn que 

I creia se le debia â V. Pero pido permiso para decli- 

nar el ocuparme de la nueva solicitud que me propo- 
I ne Ud., que esta igualmente fuera de la linea de mi 

cargo oficial, y que ademâs no escrupulizo en confe- 
sarle que no la creo de ningûn modo fundada en tan 
fuertes motivos como *lo estaba la particular de V.zzir 



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— 133 ~- 

Tengo el honor de quedar su muy obediente y aten- 
to servîdor.^z/org-e Canning,=ST. D. Diego de Alvear 
y Ponce (i).> 

Mucho le afectô esta carta; pero todavia no desma- 
yô en su empefto, y hablô â otras personas por si lo- 
graba înteresarlas â su vez; pero casi todas le sug'rie- 
ron los motivos que tenîan para créer que serian in- 
fhictuosos los pasos que se dieran por entonces; â 
pesar de lo cual, firme en su propôsito de no dejar de 
hacer lo que posible fuera, llevô la instancia él mismo 
â la Tesorerîa, entregândola al Ministro Huskisson di- 
rectamente; pero todo fué inûtil; no logrô ya nada; y 
después de las repetidas veces que fuera â preguntar, 
verbalmente le contestaron que la desgracia de la Mer- 
cedes debia considerarse como un accidente deplora- 
b e, pero casual, y que su caja de soldadas igualmente 
perdida habia quedado para todos, y que esto mismo 
se habîa dicho ya desde un principio al General Bus- 
tamante y al Embajador Anduaga. 

A la verdad, las circunstancias no eran nada favo- 
rables. La guerra estaba en el perîodo de mâs âlgido 
ftiror. Las escuadras de los très paises recorrîan los 
mares buscândose y persiguiéndose con tremendo afân; 
y el corso, sacrificando â los pequefios buques que fa- 
ta!mente encontraba, destruia vidas y haciendas por do- 
quiera. 

Napoléon softaba con invadir la Inglaterra, y la Es- 
paria, su aliada, llevada â remolque, sufrîa el pesado 
yugo de aquel omnipotente genio y de su desmesura- 
da ambiciôn, en la que no iba ganando nada, y si tuvo, 
degraciadamente, mucho que perder. 

El 22 de Julio de 1805, de vuelta de la expediciôn 
â la Martinica la escuadra combinada, francesa y es- 
paAola^ salîendo del Ferrol fué el combate de Finis- 



II) Véase là copia del original inglés, Apéndice nûm. 8, con 
Jos otros. 



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— 134 — 

terre, en el que brillantemente se comportô la espafto- 
la al mando de nuestro ilustre General Gravina, mere- 
ciendo luego obtener grandes elogios del mismo Napo- 
léon por su genio y saber el Jefe, y todos por Itaber 
teleado como leones] y, sin embargo, perdieron dos bu- 
ques, y no fué tan cumplida la victoria como hubiera 
podido ser por la inconcebible indécision del Almiran- 
te francés Villeneuve, que en Jefe mandaba ambas es- 
cuadras sin tener las debidas condiciones que para 
ello se requerîan , y â esto mismo debiôse después el 
desastre que â poco se siguiô. 

El 2 1 de Octubre volviô â sonar el espantoso fragor 
del caftôn en aquella tremenda batalla de titanes que 
lleva el nombre de Trafalgar^ en la que los vencidos 
fueron tan grandes, ô acaso mâs, que los vencedores; 
que si los ingleses supieron cumplir su deber, segûn la 
caracterîstica y brève orden del dia del insigne Nelson, 
*la Inglaterra espéra que todo hombre aitnplirà con su 
deber (i)»,los espanoles lo cumplieron tan heroica- 
mente, dejando tantos y tan brillantes ejemplos de 
sublime valor, que sus nombres], cubiertos de inmar- 
cesible gloria, brillarân en los anales de la Historia 
entre los mâs célèbres é ilustres. 

Grandisimas fueron las pérdidas de buques y de vi- 
das que causara el belicoso ardor de los combatientes, 
llevado al mayor extremo de uno y otro lado; pero mu-^ 
cho mayor fué el destrozo que causô el horroroso tem- 
poral que por très dfas se siguiô, estrellando contra las 
costas, y unos contra otros, los acribillados barcos, que 
desmantelados y sin gobierno, haciendo agua los mâs^ 
juguete de los vientos y de las encrespadas olas,se hun- 
dieron y perecieron casi todos; que si el tiempo hubie- 
ra amainado, muchos se hubieran salvado conducidos 
à puerto por los pocos Oficiales que en vida quedaron; 
que el entendido y noble General Gravina, aunque ma- 

(l) ^Engiaftd expects that every man u*ill do his duiy.9 

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— 135 — 

lamente herido, pudo al frente de varios refugiarse en 
Câdiz, y mandô, en cuanto fué posible, salir â rescatar 
otros. 

Los misraos îngleses sufrîeron mucho, no solamente 
de! temporal, sino del combate, y la Victoria es costô 
carisima aderaâs por haber perdido â su gran Almiran- 
te Lord Nelson, que, herido en un hombro por bala de 
fusil hacia la mitad de la acciôn, muriô ganada ya y 
dando gracias â Dios, que le habîa permitido hacer tan 
gran servicio â su pais; causando su muerle tan gran 
sentimiento en Londres cuando se recibiô la noticia, 
que mitigô mucho el regocijo de ver destrufda la flota 
combinada. 

El desdichado Villeneuve muriô también de muerte 
airada, vîctima siempre de su débil y arrebatado carâc- 
ter, y sobre él indudablemente carga là Historia toda 
la responsabilidad de esta desgraciada batalla por no 
seguir, el acertado parecer de los Jefes espaûoles antes 
dedarla, ni permitir que el General Gravina, con su es- 
cuadra, liubiera obrado con independencia; que muy 
otro hubiera podido ser el resultado del combate de 
haberlo consentido (i). 

Fâcil es comprender la dolorosa impresiôn que los de- 
sastres de la Marina espaftola causarîan en el ânimo de 
D. Diego de Alvear,tan amante del esclarecido Cuerpo, 
en el que siempre habîa militado, y cuyos brillantes Je- 
fes y Oficiales sabîa apreciar en lo mucho que valîan; 
y admirando ahora la gljria que les cupiera por el he- 
roismo con que habian sellado muchos de ellos el final 
de su carrera, todavia lamentaba mâs lo inùtil de su sa- 
crificio para la Patria y lo difîcil que séria el reparar las 
inmensas pérdidas ocasionadas, y las que todavia pu- 



(I) El lo de Noviembre fué cuando se supo la noticia en Lon- 
dres de la batalla y de la muerte de Nelson, por parte dado por el 
Almirante GîUingwood, que le sucediô en el mando. (Marliani, 
Trafalgar.) 



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— 136 — 

diera ocasionar la guerra con Inglaterra; que si bien 
habia sido declarada por Espaôa â consecuençia del 
agravio que él sufriera en el alevoso combate de las 
cuatro fragatas del Cabo de Santa Maria, lo que en cier- 
to modo debia série satisfactorio por la gran parte que 
en aquel agravio le correspondiera, no por eso dejô de 
sentir y temer por su Patria el que se Uegara â aquel 
extremo. Y cuando, en su larga estancia en Inglaterra, 
vefa y estudiaba las manifestaciones todas de aquel in- 
menso poder, que parecia ser como elemporio del mun- 
do; lo grandemente surtidos que estaban sus maignîficos 
arsenales, la multitud de sus fâbricas de todas clases, y 
especialmente de armas y utensilios de guerra y mari- 
na, y la suma perfecciôn â que las llevaban; lo adelan- 
tado de sus multiples industrias, su colosal comercio y, 
en fin, tanto orden y tan entendido y vigoroso Gobier- 
no, y tantos y tantos otros medios como ya eitonces 
ténia para ser una potencia de primer orden, cva la que 
era expijestisimo competir, temiô, repetimos, por Es- 
paâa, la que no se hallaba en condiciones para ello en 
aquellos momentos, y mucho menos Uevada como â re- 
molque por la Francia y por intereses que no eran ni 
podian ser los suyos. 




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' ?*». ^**^ ^^^* ^^'^ ^^j**^ ^f^ ^f^ ~^f^ ^*^ '^ ' 






XI 

DOî5ïA LUISA WARl) 



HORA, retrocediendo un poco en nuestra 
narraciôn, nos cumple referir un su- 
ceso venturoso de grandes complacen- 
cias, particularmente para quien esto 
escribe, y de consecuencias felicisimas 
para la vida intima de D. Diego de Al- 
vear; suceso iniciado y continuado bajo tan singulares 
auspicios y coincidencias tan extraordinarias que pa- 
recen lievar el sello de una providencial remuneraciôn 
por las terribles desgracias sufrideis y por la persévé- 
rante resignaciôn con que religiosamente las llevaba. 
Sucediô, pues, al poco tiemp:) de estar en Londres, 
que asistiendo â una solemne funciôn religiosa, â la 
que habia sido invitado (por de contado en iglesia ca- 
tôlica), y estando orando con fervoroso afecto , ciflén- 
dose â la sola peticiôn que preocupaba mâs de conti- 
nu:) su espîritu, cual era rogar por el eterno descanso, 
la iraperecedera felicidad que pudiera alcanzar en la 
gloria su desventurada familia, y las otras victimas que 
con ella perecieron, pues con compasiva caridad por 



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— 138 — 

todas igualmente pedia y ofrecia sufragios sîn separar- 
les jamâs, conmoviôse fuertemente, y por esa extrafla 
întermitencia que hace suceder el mâs vivo dolor â la 
aparente calma en el aima dolorida por el pesar, lo 
mismo que en los maies del cuerpo enfermo se repi- 
ten con harta frecuencia los accesos graves después 
de relativa mejoria, asî hubo de represent.^rsele de re- 
pente la tremenda catâstrofe de la voladura de la 
Mercedes tan â lo vivo y con tan grande horror, que, 
atribulado su ânimo, y Ueno de espanto â la vista, y 
con el recuerdo de aquel as prendas queridas que Ue- 
vaba en su aima, tan desgraciadamente perdidas y que 
por tantos afios habian sido el encanto de su corazôn 
y la dicha de su vida, que todo estremecido se sintiô 
desfallecer y pensô morir...; pero no sucumbiô, que, es- 
forzândose, al punto triunfô de toda flaqueza, desechô 
la funesta imagen y levante sus ojos al altar, y con la 
inquebrantable fe que jamâs titubeara en la divina 
Providencia de un Dios, sabio, poderoso, justo y Ueno 
de bondad, aun cuando nos aflija, adorô de nuevo sus 
inescrutables designios; y hallando en las Sagradas 
Escrituras ejemplos y textos que le animaban y con- 
fortaban sobre todo encarecimiento, fervoroso repetîa: 
Dominas dedit^ Domimis abstulit; fiât nomen Dominus 
benedictum. «El Seûor me los diô, el Seftor me los 
quitô; sea su santo nombre bendito.» Palabras del pa- 
cientîsimo Job, al que en sus repentinas desdichas 
creîa asemejarse, y que luego mâs tarde con mayor 
motivo Uegô â afirmarse en esta creencia cuando, â la 
par de aquel santo Patriarca, se viô indemnizado y re- 
tribuîdo. 

En aquel momento, y concluîda ya la funciôn, una 
hermosa y esbelta joven se le puso por delante; le traîa 
un sencillo mensaje del sacerdote que habia predicado, 
rogândole se detuviera un poco â esperarle, que pronto 
vendria para acompaftarle adonde debian ir; en francés 
lo dijo. 



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— 139 -^ 

Absorto y en silencio la conteraplaba el triste Al- 
vear de tal modo suspenso, que su hijo Carlos, cre- 
yendo que no la habia entendido, comenzô â repetirse- 
lo, hasta que, interrumpiénd )le su padre todo conmo- 
vido, exclamô: «^Pero no ves cuânto se parece â tu her- 
mana Maria Manuela?» Y luego, al fin, diô gracias â la 
joven, que, saludando cortesmente, se retirô. 

A tisimos designios de la divina Providencia, en la 
que D. Diego de Alvear tan firmemente creia, tenîan 
predestinada aquella joven inglesa para ser la segunda 
esposa del desconsolado viudo; ella iba â ser su com- 
pafiera, su consuelo por todos los dias de su larga vida; 
por ella volverîa â ver su hogar alegre y alborozado 
con los nuevos hijos que Dios le daria en recompensa 
de los que Uevaba perdidos; que las coincidencias, 
como dijimos, resultaron muchas, eu efecto, y no- 
tables. 

Diez hijos tuvo en su primer matrimonio, y diez 
tuvo en el segundo; y si siete fueron los que perecie- 
ron en la Mercedes^ siete fueron los que de estos otros 
regocijaron su ancianidad y le sobrevivieron, y casi de 
la misma edad que aquéllos. 

Veintitrés afios estuvo casado con la primera seîlo- 
ra, muriendo esta â los cuarenta y très de edad, y la 
misma ténia la segunda y los mismos ànos de casada 
cuando muriô D. Diego. 

Ambas fueron de hermosa presencia, de élégante y 
noble porte, y tan amantes y fieles para con su espo- 
se como cariftosîsimas para sus hijos; â todos los cua- 
les criaron igualmente las dos en su infancia, dando en 
ello grandisimo gusto al padre, que asî lo deseaba. 

En cuanto feliz se puede ser en esta vida lo fué Al- 
vear, y lo fueron ellas en el interior de su familia, en su 
vida doméstica; que las desgracias, las catâstrofes, las 
penas y aflicciones inhérentes â la naturaleza humana 
vinieron todas de fuera ô de ordenaciôn divina. 

La joven Luisa, al volver â su casa, contô alboroza- 



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— 140 — 

da cômo habia visto al sefior espafiol, de cuj-as des- 
gracias todo el mundo hablaba; y su madré, Mistriss 
Ward, seûora de mucha capacidad y talento de socîe- 
dad, que participaba de los senti mientos de viva sim- 
patîa que aquéllas tan generosamente inspiraban, in- 
mediatamente tomô ocasiôn para manifestârselo, invi- 
tândole con palabras de la mayor consideraciôn, «por 
si en algùn modo le era dado contribuir â mitigar tanta 
pena con las atenciones de sincera y justa satisfacciôn 
que todo corazôn inglés debia sentirse obligado â ofre- 
cerle». 

Alvear, siempre atento, aceptô el convite, que se 
hubo de repetir; y luego aquella casa y sus pequefias 
tertulias (small parties), casi familiares, se fueron ha- 
ciendo agradables al solitario marino, que, privado de 
todos los suyos, se sentîa como nadar en el vacio en 
medio de la populosa capital (pues desde'un principio 
habîa colocado â su hijo Carlos, para que siguiera sus 
estudios, en un renombrado colegio francés é inglés 
dirigido por el hijo del antiguo General Duque de 
Broglie, emigrado de aquella Naciôn, y que estaba 
fuera de Londres). 

Con indecible ternura miraba â la hermosa Luisa, 
que siempre le recordaba la belleza de su hija mayor, 
y que parecia, en efecto, hermana de su hijo Carlos, el 
ûnico resto de su hermosa familia; y no era ilusiôn de 
su imaginaciôn dolorida, que realmente se parecian; 
pues Luisa unia, al transparente cutis de alabastrina 
blancura que tanto se admira en las hijas de Albion, y 
al vivo carmin que sonrosa sus mejillas, ojos obscuros, 
rasgados 5^ graciosos como los de una andaluza, y 
abundantes rizos, cabellos sedosos y negros como el 
azabache coronaban su hermosa frente. 

Dotada de una muy clara inteligencia y una recti- 
tud de ideas y de juicio, que sostenia una muy sôlida y 
extensa ilustraciôn,reunîa ademâs el gran atractivoque 
proporciona el talento para la mùsica. Tan gran pia- 



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— 141 — 

nista como cantante, interpretaba con rara perfecciôn 
las Sonatas y cuartetos de Mozart, Haydn y otros clâ- 
sicos alemanes tan en boga, entonces como ahora, en 
Inglaterra; ya sola al piano, ô las mâs veces acompa- 
iiada con otros instrumentos por habiles maestros, y 
con hermosa y extensa voz, cantaba la mùsica italiana, 
que empezaba ya â tomar alto vuelo al lado de aquella 
otra. 

^ Pero las aimas tristes se complacen mas en la mù- 
sica triste, y grande era el encanto que tenian para 
Alvear las lastimeras melodias de la catôlica Irlanda 
llorando la perdida independencia y la muerte de sus 
héroes y patriotas, Fitz William y otros, en lo$ harmo- 
niosos versos del gran poeta Sir Thomas Moore, que 
Luisa cantaba con expresiôn dulcislma. 

En esto pasâbase el tiempo; los asuntos se habian 
concluido, y se acercaba el momento de volverse â Es- 
pafta. Inglaterra le habia devuelto sus caudales. jPor 
que no le devolverîa también la dicha perdida, su espo- 
sa, su familial... pensô Alvear, y una viva esperanza le 
animô. Decidiôse, por ûltimo, y hablô â la joven y â 
su madré (el padre estaba ausente en Irlanda). Grande 
era la diferencia de edad, pues ella ténia diecinueve 
afios y él pasaba de los cincuenta; pero su gentil y 
apuesto continente; su rostro aguileûo iluminado por 
el fiiego y brillo de sus grandes ojos rasgados, de im- 
pondérable hermosura, que â todos admiraban; la lim- 
pieza irréprochable de su persona y vestido; la singu- 
lar elegancia de sus corteses modales; el atractivo de 
su ilustrada y amenîsima conversaciôn, salpicada â 
menudo de expresivas frases de galanterîa espanola; 
la nobleza de carâcter; la grandeza de aima y la supe- 
rior virtud que se reflejaba en todos sus actos y pala- 
bras, y sus desgracias, en fin, habian interesado pro- 
fiindamente el corazôn de la tierna Luisa. 

Pronto después, y ya todos de acuerdo, se firmaron 
los contratos; pero el casamiento habîa de retardarse 



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— 142 — 

aûn. Los marinos espafloles necesitaban para contraer- 
lo obtener licencia real y presentar las pruebas de 
nobleza de su prometida; ademàs, para ir â Espafïa 
como inglesa durante la guerra, se requerîa alcanzarle 
real pasaporte, y licencia del Gobiernu para pasar los 
equipajes por las Aduanas; con motivo de la pertur- 
baciôn gênerai causada por las guerras napoleônîcas 
en toda la Europa la incomunicaciôn postal era casi 
total, y Alvear no podia va prolongar su ausencia, Fué, 
pues, necesario resolverse, y este con su hijo se vi- 
nieron â Espaîla por Lisboa, y la desposada con su 
madré se quedaron en Londres esperando las debidas 
licencias. 




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XII 



REGRESO À ESPASTA 




"esde Lisboa pidiô Alvear licencia 
real para ir â Madrid â dar cuen- 
ta de su Comisiôn de limites y 
presentar sus trabajos; pero pa- 
sando por e pueblo de su naci- 
miento (Montilla), del que faltaba 
hacfa mâs de treinta y dos afios, y habiéndosela conce- 
dido con ambos extremos, segûn comunicaciôn del 
Excmo. Sr. Conde de Campoalange, Embajador de Es- 
paAa en aquella capital, saliô de esta â los pocos dias 
para entrar por fin en la amada patria, y como es de 
suponer, todo emocionado al recordar el gozo y la ale- 
gria con que esperaban verla, juntamente con él, to- 
dos aquellos seres idolatrados que pocas horas antes 
de lograrlo, como crefan, hubieron de perecer tan de 
repente...; y siguiô su camino, llegando â su casa de 
Montilla, adonde también faltaban s js padres y otras 
muchas personas de su cariflo; pero encontre â sus 



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— 144 — 

queridos hermanos, a ninguno de los cuales habîa vis- 
to en toda aquella larga ausencia, si bien en nada se 
disminuyera el entrailable afecto que les tuvo siempre; 
de lo que dan repetida muestra su larga corresponden- 
cia con su padre, en la que de continuo se ocupaba de 
su educaciôn y carrera, aconsejando con insistencia lo 
que creia, en su buen juicio y conocimientos especia- 
les, debieran hacer para su mayor aprovechamiento y 
asegurar un lucido porvenir. 

Siete eran sus hermanos; del mayor, el Padre don 
José, monje Basilio y Abad mitrado que fué de los 
monasterios de su inclita Orden en Côrdoba y en Gra- 
nada, varias yeces ya hemos hablado; habia sido su 
companero en la nifîez y en sus estudios hasta que en- 
tré en la Marina, y siempre le amô con gran predi- 
lecciôn. 

D. Manuel, eclesiâstico también y que era mucho 
mâs joven, fué el particularmente encargado de su 
caudal y hacienda de Montilla, y lo continué siendo 
todo el resto de su vida, viviendo en su casa siempre, 
administrândolos en union con los suyos y disfrutando 
dç todos igualmente. 

Los otros dos varones, D. Rafaël y D. Miguel^ eran 
militares, el primero de Marina; pero hubo de retirarse 
pronto por el mucho dano que â su salud hacian los 
hûmedos aires del mar; y el segundo fué Coronel de 
ejército, y se distinguiô en puestos de consideraciôn 
por su carâcter sostenido, y tambîén muj' mucho por 
su talento y conocimientos en las Matemâticas, siendo 
muy apreciada una obra ô Memoria que sobre las reso- 
Inciones de las ecuaciones stiperiores habia escrito. 

Estos dos se habian casado con seiloras principa- 
les del pais, y juntamente con D. Diego fueron jefes 6 
cabezas de las très casas del nombre de Alvear, que 
durante casi todo el siglo han permanecido estables 
en Montilla, solo dividiéndose ùltimamente en otras 
varias. 



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— 145 — 

Habiâ también très hermanas muy queridas, muy 
veneradas y muy dignas de serlo; que por extraordi- 
nario caso todas très quisieron ser religiosas, entrando 
en el claustro las dos mayores, Maria Manuela y Sal- 
vadora, nifias aûn de nueve y diez ailos, en el conven- 
to de Santa Clara (i). Y la tercera, Mariana, ya joven, 
en el de Santa Ana, cuya Régla, menos austera, le per- 
mitia el uso de habitaciôn ô celda, alimentaciôn in- 
dependientes y criada à su particular servicio. Esta, 
por muchos anos, fùé maestra de novicias. 

La Madré Salvadora, dotada de gran belleza â la 
par que de muy despejado talento y gracia singular, 
obtuvo repetidas veces todos los cargos superiores de 
la Comunidad, la que gobernô con grande acierto 
siempre;y en los tiempos tan difîciles que luego vinie- 
ron para las religiosas cuando la invasion francesa, 
defendiô y sostuvo las inmunidades de su convento, 
contra los desafueros de los Jefes y Générales, por 
raedio de cartas tan razonadas como bien escritas, 
que, sin arredrarse, hubo de dirigir al mismo Rey intru- 
so, José, y qife obtuvieron todo el éxito apetecido. 

Las très fueron virtuosisimas, dejando tal nombre 
de religiosidad y santidad por todos los aflos de su 



(I) Este convento fué fundaciôn de la ilustre Sra. Dofta Maria 
Jesùs Femanda de Côrdova y Luna, sexta hija del primer Mar- 
qués de Priego, D. Pedro, sobrino del Gran Capitân (aquel desgra- 
ciado magnate que, habiendo ofendido al Rey Fernando el Ca- 
tôlico, viô su célèbre castillo demolido, y hubo de vivir y morir 
desterrado en el de San Jerônimo de Sierra Morena). Este de San- 
ta Clara es grande y de hermosa construcciôn interior, y su igle- 
sia y capillas fueron enriquecidas con alhajas y reliquias estimadî- 
simas, y muchos objetos de arte, por la fundadora y varias otras 
seôoras de la misma Casa de Medinaceli y Alcalâ, y sus varias 
ramas, que fueron también religiosas, entre las cuales descuella 
la santa Condesa de Feria; brillando todas, mâs que por la alta 
calidad de^u nobleza, por sus eminentes virtudes, de que dieron 
taies ejemplos, sembrando tan buena semilla, que siempre han 
«eguido floreciendo entre las religiosas que les han sucedido. 

10 



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I 
— 146 — 

larga vida, que aùn resplandece su memoria con la 
mayor veneraciôn y amor entre las actuales monjas 
de ambos conventos. 

Era el jefe de toda la familia entonces el ùnico her- 
mano de D. Santiago, el Sr. D. Juan; vénérable sacer- 
dote, al que todos los sobrinos habian considerado y 
respetado siempre al igual de su padre, que le distin- 
guiô con un tan grande y constante afecto que en 
todo obraban de acuerdo, sin que jamâs los desuniera 
la mâs mfnima cuestiôn en la administraciôn de sus 
unidos caudales, en los arduos negocios que se ocurrie- 
ron, ni en los ruidosîsimos y costosos pleitos que hu- 
bieron por largos aftos de sostener con la Casa ducal 
de Medinaceli hasta lograr la compléta libertad de la 
ciudad de Montilla por sentencia de los altos Consejos 
de Justicia, que la declararon de Seiiorio del Rey 
y exenta de los estancos y monopolios que aquélla 
venia imponiendo y disfrutando con grandîsimo per- 
juicio de la propiedad particular y cosecheros de la 
diudad; en lo cual, como se echa de ver, hicieron es- 
tos Sres. de Alvear un inmenso benefido â sus con- 
ciudadanos. 

Pasadas unas semanas se dirigiô Alvear â Madrid, 
y luego â ofrecer sus respetos â los Reyes Carlos IV 
y Maria Luisa, que estaban de temporada en el real 
sitio de Aranjuez. Sus Majestades lo recibieron muy 
bien, interesândose vivamente en la relaciôn de sus 
desventuras en la catâstrofe de la Mercedes y demâs 
incidentes del combate del Cabo de Santa Maria, que 
no pudieron oir con ojos enjutos; y por su comporta- 
miento entonces y sus trabajos de America le cumpli- 
mentaron, agasajândole con expresiones de elogio 3' 
afecto que agradeciô muy mucho, como era debido; 
mostrando los Reyes suma complacencia por las des- 
cripciones y noticias que les daba en contestaciôn â 
las diferentes preguntas que le hacîan de aquellos 
paises tan espléndidos en su exubérante naturaleza. 



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— 147 — 

j dignos de ser atendidos y protegidos, y que tan 
poco conocidos eran todavia en Espatla. 

Al Ministre de Marina, el Excmo. Sr. Fray D. Fran- 
<nsco Gil y Lemus, y al Principe de la Paz, gran Almi- 
rante que era de la Armada, y, por lo tanto, los dos 
sus jefes superiores, los hubo de ver en seguida, dân- 
doles cuenta exacta y muy detallada de los pasos que 
repetidamente habia dado en Londres por ver de sal- 
var la caja de soldadas de la Mercedes^ ô al menos lo- 
grar que el Gobierno inglés favoreciera con alguna 
indemnizaciôn â las otras victimas de aquel fatal inci- 
dente, puesto que con él habia estado tan generoso 
y déférente: pero que todo su decidido empeno habia 
sido infructuoso por afirmarse aquél en que el caso 
suyo era muy diferente y por sus peculiares circuns- 
tancias habia sido atendido; pero que de ninguna ma- 
nera se creîa obligado â hacer lo mismo con los demâs, 
como constaba de las varias cartas originales y otros 
dodumentos que les manifesté; quedando siempre la 
^speranza de poder hacer nuevas reclamaciones, cuan- 
do se hiciera la paz, por persona debidamente autori- 
zada (i). 

Luego, al dar también cuenta de su Comisiôn de 
limites, hizo présente que traia dos ejemplares de sus 
obras relatives â la dicha Comisiôn enteramente igua- 
les al que, segûn las ôrdenes del Gobierno, habia en- 
tregado en la Secretarîa del Virreinato de Buenos Aires, 
con todos los oficios, ôrdenes é instrucciones oficiales 
originales que se le habîan pasado ademâs; pero des- 
graciadamente estos dos ejemplares, que de ex profeso 



(1) Como se hicieron, en efecto, luego, liquidando la cuenta de 
los agravios que mutuamente se hicieron las dos Naciones du- 
rante las guerras pasadas; quedando por el tratado â cargo de su 
Gobierno respectivo los peijuicios irrogados por los particulares» 
y en su cumplimiento venia el de Espafla citando en las Gacetas, 
no hace aûn muchos afios, â los que se crelan coa derecho â re- 
Haniar los fondos 6 caudales que trajeran en las cuatro fragatas. 



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I 



— 148 — 

traîa para ofrecerlos al Serenîsimo Sr. Principe de la 
Paz, y el otro al Cuerpo de la Real Armada, habîan 
desaparecîdo en el naufragio de la Mercedes; por la 
que pedia se le concediera algûn tiempo para ver de 
rehacer la obra de nuevo valiéndose de los cuadernos, 
borradores y apuntes que transladô consigo â la Medea^ 
y entre los cuales habia algunos bastante complètes, 
como el que contenia el Diario en el que se referia 
toda la historia de la Comisiôn, que habia podido co- 
piar durante su estancia en Londres. 

Obtenido el permiso que deseaba, se dedicô prin- 
cipalmente â este nuevo trabajo, apo5'ândose también 
en los muchos documentes que encontre en la Secre- 
taria de Estado de los que él mismo habia ido remi- 
tiendo al Gobierno de Madrid de todo lo que se iba 
haciendo, estudiando ô cuestionando en el tiempo de 
la Comisiôn, segùn se ocurria, con copias de su Diarîa 
y de los mapas ô pianos, y tan â menudo como era pré- 
cise, para el debido conecimiente de la Autoridad, co- 
me y a se dijo. 

Afortunadamente, el Oficial de la Secretarîa (cova- 
chuelista), D. Vicente Aguilar Jurado, que era natural 
de Mentilla, y como tal muy amigo de Alvear, se ha- 
bia ocupado asimisme de estes papeles, clasificândolos 
con mucho discernimiente, juntamente con les demâs 
trabajos de les êtres Comisarios espaiieles, y de las di- 
ficultades y cuestienes que suscitaban les pertugueses 
en su tenaz empeflo de eponerse â la division de limi- 
tes, en el luminose y cumplido inferme que elevô de 
orden de su Jefe al Principe de la Paz en el afto 
de 1796 (i). 

Pudo, pues, Alvear volver â compaginar su obra, 
y muy pronto presentar al dicho Principe los dos pri- 



(I) Véase el dicho informe, que ha sido luego impreso. Copia 
del manuscrito original dado por el autor â mi padre, que conser- 
vamos en nuestro archivo. 



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— 149 — 

meros tomos de su Diario 6 bistoria de la demarca- 
-ciôn de que estuvo encargado, y que comprenden to- 
das las operaciones y disputas ocurridas desde 1783, 
que comenzaron los trabajos, hasta 1801, que se inte- 
mimpieron â causa de la guerra con Portugal; acompa- 
nândolos con la colecciôn de trece pianos topogrâficos 
de los terrenos, rios, lagos, puertos, villas y lugares 
recorridos, y examinados de acuerdo con los Comisa- 
rios portugueses, incluyendo ademâs los de Buenos 
Aires, Montevideo, Colonia del Sacramento y demâs 
del Rio de la Plata. 

El Principe los recibiô con aprecio, y se lo manifes- 
té por carta laudatoria del 23 de Abril (i). En Junio 
y 3 de Septiembre del mismo aflo le remitiô otros dos 
tomos, comprendiendo el uno el catâlogo ordenado de 
todas las observaciones astronômicas, que fueron el 
fundamento de los pianos y de todas las operaciones 
-geogrâficas, y el otro la Memoria histôrica y descrip- 
tiva de las provincias de Misiones. Y el quinto tomo, 
referente â la Historia natural de aquellos paîses, lo 
tuvo que dejar para mâs adelante, pues solo le habîan 
quedado borradoresconfusosé informes, y algunas des- 
cripciones del reino minerai, habiendo perdido todo 
lo demâs. 

Otro ejemplar en todo igual â este présenté al mis- 
mo tiempo en el Depôsito Hidrogrâfico, pues como ma- 
rino tenia particular gusto, y aun le parecia casi obliga- 
torio, dar â su Cuerpo conocimiento de la obra y traba- 
jos en los que habîa invertido aquella larga série de 
aôos que habîa pasado en America; que por cierto de- 
bemos afiadir le perjudicô mucho en cuanto se rela- 
dona â su carrera militar, quedândose muy postergado 
en el escalafôn del Cuerpo â muchos Oficiales (acaso 
ochenta) que, mâs subalternos (y que, segûn decia con 
gracia, no habîan quizâ nacido cuando ya él servîa al 



(1) Véase el Apéndice nùm. 9. 



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— 150 — 

Rey), le habîan montado en la escala por los muchos 
ascensos que se habîan dado durante su ausencia; que, 
en cuanto a los que eran de su tiempo y habfan sido- 
compafteros suyos, â casi todos los encontre de Généra- 
les ô de Brigadieres lo menos; que siempre fué achaque 
comûn â todos los Gobiernos olvidar â los lejanos y au- 
sentes para favorecer â los que estân présentes y â la 
mano; que en esto de los ascensos, si el mérito hace 
mucho, en efecto, no suele estar de mâs la amistad. 

No deteniéndole ya nada en Madrid por haber tam- 
bien arreglado toda la documentaciôn requerida para 
su casamiento y haber obtenido las reaies licencias ne- 
cesarias, se volviô â fines del afto â su casa de Monti- 
11a, adonde debîa llegar su prometida acompaflada de 
su madré por la via de Portugal, recibiendo en Lisboa 
el real pasaporte del Ministro de Estado, Excelentisima 
Sr. D. Pedro Ceballos, para entrar en Espafla, y la real 
orden también para que dejaran pasar por las aduanas 
el rico y voluminoso equipaje de ropa y muebles que 
traîa, en todo conforme con las listas de efectos pre- 
sentadas de antemano, y aun sin estas, como se hacia 
con las personas mâs dist inguidas, decîa un segundo- 
oficio. 

En estos tiempos de ferrocarriles, vapores y hoteles 
por doquiera; de correos diarios y telégrafos, y en una 
palabra, de tanta conveniencia como hay para facilitar 
las comunicaciones y los viajes, no se alcanza â com- 
prender, ni â casi tener idea, de las dificultades, emba- 
razos y obstâculos que antiguamente habia que vencer 
para ponerse en movimiento, y lo que era preciso pre- 
parar y prever, de vîveres que Uevar y de alojamien- 
tos que encontrar, y hacer el ânimo para arrostrar los^ 
peligros que ofrecîan los malîsimos caminos y la falta 
de seguridad. 

Ahora se viaja con gusto y por placer; entonces 
solo por précisa necesidad, y siempre con grandisima 
incomodidad. \Y que inmensidad de tiempo en elle se 



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— 151 — 

invertia! Casi se puede dar la vuelta al mundo hoy dia 
en el que invirtieron Luisa y su madré en ir desde Lis- 
boa â Montilla. 

Desde luego tuvieron que detenerse en aquella ca- 
pital muchos dfas esperando la llegada del nuevo Em- 
bajador espaftol, por la conveniencia de aprovechar 
los coches que le llevaban en su regreso â Badajoz. En 
esta, otra detenciôn de varios dîas por no querer aqué- 
llos continuar mâs alla y no haber otros que tomar. 
Gracias â la poderosa influencia del Capitân General 
De White, â quien iban muy recomendadas las seflo- 
ras, y que con sus preciosas hîjas, la mayor de las cua- 
les fué después Marquesa de Bedmar, las atendieron 
mucho , se venciô aquella dificultad y siguieron unas 
cuantas jomadas hasta llegar â otro pueblo en que ha- 
bia nuevos coches preparados para Sevilla. Aquî la de- 
tenciôn fué muy â gusto; llevaban cartas para personas 
muy principales, que las agasajaron grandemente é in- 
sistieron en enseflarles los notables monumentos que 
aquella ciudad encierra, y los encantos que ofrecian, en- 
tonces mucho mâs que ahora, sus arabes casas y origi- 
nales costumbres. 

Allî se cimentaron algunas amistades que duraron 
toda la vida; solo nombraremos las que fueron prime- 
ras: la Marquesa de la Motilla y su hermana la Prince- 
sa de Anglona, que, de su misma edad, congeniaron al 
raomento simpâticas con la amable Luisa. 

Desde Sevilla el viaje se hizo mâs fâcil y con mâs 
comodidad relativamente; el camino era mejor, los pue- 
blos mâs grandes, los medios de hacerlo mâs factibles 
por el afable y servicial carâcter de sus habitantes, que 
solian allanar los imposibles ; y como todo tiene fin en 
este mundo, también lo tuvo su largo viaje; sirviendo 
luego sus incidentes de asunto para amena conversa- 
ciôn y risuenas observaciones por la extrafleza que les 
causaralas diferencias que hallaran con su pais, tan 
adelantadisimo, en esto como en otras muchas cosas, â 



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— 152 — 

todos los demâs; y entre otras les chocaba lo poco que 
caminaban las cinco à seis mulas de tiro â pesar de sus 
alegres campanillas y de las repetidas voces que para 
animarlas les dieran los mayorales; de modo que les pa- 
re cîa cosa de burla cuando éstos se ponîan â cantar las 
planideras y guturales canciones del pais â média voz, 
y se Uegaban â dormir casi caballerias y cocheros, y 
ajjenas adelantaban un paso; y jcuânto mas tenîan que 
drcir de las desvalijadas posadas, sin mueble alguno de 
crimodidad, ni apenas de aseo, que les permitiera des- 
caoisar! Y el tenerse que bajar del coche â menudo, asus- 
ta<lisimas por la exposiciôn â volcar, por los bâches y 
desîgualdades de las veredas â falta de arrebifes que 
atravesaban, y quién sabe cuântas mâs veces las aterro- 
ri;eal>a el no Itay ciiidado repetido, que les impedia el 
erharse al suelo por mayor tranquilidad. 

En cambio no es posible decir la gran alegrîa y el 
agasajo con que fueron recibidas en MontiUa las dos 
senoras inglesas, por tanto tiempo esperadas; la admi- 
ra ci on y entusiasmo que la esbelta y élégante figura de 
Kl hermosa desposada inspirara â todas las personas de 
la familia de Alvear y â sus amigos y conocidos; y en 
ttida la ciudad el alborozo que se armara, el inmenso 
anhelo por verla, y luego de lograrlo los grandes elo- 
gios, las continuas alabanzas, las enhorabuenas sin fin 
que le prodigaban. Y en cuanto ponîa el pie en la calle, 
p')r doquiera que pasara la gente del pueblo acorrîa 
presurosa, y vivîsimamente la aclamaban çon frases de 
<iii igual gracejo y galanura, tan propias del carâcter 
andaluz, entre las que sobresalîa la oportunisima de 
; Vira la Inglaterra â pesar de la fruerral^ con la que 
la saludaban al tirar sus capasal suelo para que sobre 
ellas pasara; todo lo cual ruborizaba â la pudorosajoven 
y aun la asustaba, â pesar de las risas y aplausos de los 
que la acompaflaban, que parecîan deber tranquilizarla. 

La misma admiraciôn, con un singularisimo aprecio, 
in^^pirô luego en Côrdoba, Sevilla y Câdiz, atrayéndose 



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— 153 — 

la amistad mâs sincera y las simpatias de todos los que 
la veîan y trataban por las singulares prendas que 
adornaban su espiritu y realzaban su belleza natural. 

Desde un principio, y muy naturalmente, la Uama- 
ban en Montilla y la provincia por el nombre de su pa- 
tria, la Inglesa, cuya denominaciôn tomô tal incre- 
mento por toda Andalucia luego (â pesar de que en 
Câdiz y otros puntos no era, ni con mucho, la ùnica se- 
nora de aquella Naciôn), que ella y sus hijos, y toda la 
farailia, han sido designados siempre con ese término, 
calificativo que subsiste todavia aunque no tenga ya 
razôn alguna de ser. 

El casi repentino fallecimiento del anciano D. Juan 
de Alvear turbô el gênerai contento y suspendiô la 
boda por unos dîas, aurique no muchos, por expreso 
mandamiento del mismo sefior, que con pena anticîpa- 
ba la detenciôn. Celebrôse, pues, el 20 de Enero de 
1807, pasado ya el novenario del mayor duelo; y aun- 
que no hubo ni podia haber fiestas, tanto Luisa como 
su sefiora madré dofla Catalina encontraron singular 
encanto en disfrutar de la deliciosa temperatura del in- 
vierno en tan benigno clima, que les permitia las jiras 
al campo en las visitas que hacian â las varias ha- 
ciendas, adonde por gran novedad veîan los lagares 
donde se fabrica el rico vino; los molinos en que se 
prensan los aceites, cuyo oleoso fruto, en abundante » 
cosecha, colgaba aùn en gran parte de los alineados 
ârboles, y otras varias faenas campestres igualmente 
interesantes; 5^ lo que mâs les admiraba y entretenîa, 
era ver pasar por delante en buUicioso desfile las innu- 
merables cabezas de ganados de todas clases, caballar, 
boy al, bovino y otros, si no tan nobles no menos utiles, 
que se albergaban en los grandes cortijos del Alcapa- 
rro, que en labor tuvieron por muchos afios el seflor 
D. Diego de Alvear y Escalera, y sus dos hijos D. San- 
tiago y D. Juan. 

Como nuestro D. Diego de Alvear, por su palabra 



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— 164 — 

de honor empeflada en Inglaterra, no podfa tomar 
parte en la guerra, le fué fâcil permanecer algûn tiem- 
po en Montillaf, atendiendo, en union con sushennanos^ 
â la conclusion de las te^^tamentarias de su padre y tio, 
la division de bienes y su reparto, y otros asuntos que 
pendientes habîan quedado por su larga ausencia an- 
terior. 

Pero en Mayo tuvo ya que presentarse en el De- 
partamento de Câdiz, obtenida la compétente licencia 
del Capitân General del de Cartagena^ adonde habîa 
tenido su destino (nominal) por muchos afios, aunque 
ausente, segùn costumbre antigua de la Marina, ya de 
Capitân de una de las compafiias del sexto batallôn de 
infanteria de marina, ya de Teniente de aquella campa- 
flia de Reaies Guardias marinas. 



^iV-i 




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XIII 



sus SERVICIOS COMO COMISARIO PROVINCIAL DE ARTILLE- 
rIa y COMANDANTE DEL CUERPO DE BRIGADAS DEL 
DEPARTAMENTO DE CÀDIZ. 



Combate ; toma de la escoadra francesa. 




L poco tiempo, en 1 6 de Agosto de 1807^ 
fué nombrado D. Diego de Alvear, por 
el Almirante Principe de la Paz, Comi- 
sario provincial de Artillerîa y Coman- 
dante del Cuerpo de Brigadas del De- 
partamento de Câdiz, de cuyo destino 
se posesionô el 15 de Septiembre para Ilevar â efecto 
el proyecto que se ténia de reformar y aumentar este 
Cuerpo, organizândolo de modo que en los buques fiie- 
ra su servicio raejor y de mâs utilidad en los combates 
navales. No pudo este plan realizarse completamente 
por haber estallado à los pocos meses la terrible gue- 
ira con los franceses Uamada de la Independencia^ de 
la que nos hemos de ocupar al momento; pero ya en- 
tonces se hallô este Cuerpo tan bien disciplinado, ins- 
truîdo y dispuesto por su Jefe, que en la primera acciôn 
que comenzô aquella mémorable lucha pudo prestar 



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— 156 — 

los màs importantes servicios; pues la brigada de arti- 
llerîa â sus ordenes sirviô todas las baterias de tierra 
en el Trocadero, arsenal de la Carraca y en el litoral, 
asi como en las fuerzas sutiles 6 caûoneras, durante 
los cinco dîas de combate del 9 al 14 de Junio dé 1808 
con la escuadra francesa, y â ella principalmente se de- 
biôel triunfo (i). 

Sabido es que el pueblo de Madrid fué el primero 
que se levantô denodado y terrible contra el poderoso 
Emperador de los franceses, que invadia la Espafla con 
sus ejércitos de tan artera é insidiosa manera, abusan- 
do indignamente de la ciega confianza del Gobierno 
espafiol, que, demasiado fiel aliado, se sometfa â todas 
sus exigencias, por mâs extradas que fueran y aun per- 
judiciales, pues le habîan causado ya tantas y tan do- 
lorosas pérdidas, y ahora parecîa quererla avasallar por 
completo, subyugândola sin consideraciôn alguna â los 
planes de su omnimoda voluntad. 

La sangrienta y heroica contienda del 2 de Mayo 
de 1808 retumbô por todo el pais como espantoso 
trueno, preludio de tremenda tormenta deguerra, odios 
y venganzas. Despertôsede lasEspanas el leôn (2), como 
decîan las copias populares, y sus rugidos levantaron 
los ânimos al mâs alto grado de patriotismo y exal- 
taciôn, Uevando â cabo acciones heroicas que asom- 
braron â la Europa entera; pero â veces sacrificando 
desgraciadamente, en los arrebatos de los primeros 
momentos, â Jefes beneméritos dignos de la mayor 
consideraciôn. 

Àsî sucediô en Câdiz, pues, naturalmente, nos he- 
raos de limitar, al recordar algunos sucesos de esta gi- 



(1) Véase su hoja de servicios. 

(2) De su letargo ya desperto 
De las Espanas fiero el leôn, 
Y con rugidos tan espantosos 

El mundo llena de miedo y pavor. 



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— 157 — 

gantesca lucha, â los que directamente tuvieron rela- 
ciôn con D. Diego de Alvear 6 influyeron en la direc- 
ciôn de su vida. 

Habiase formado la Junta, que se intitulé Suprema 
de Espana é Indias^ en la ciudad de Sevilla, y uno de 
sus primeros cuidados fué enviar Q)misarios â las otras 
ciudades con ânimo de iniciar por todas partes el le- 
vantamiento gênerai contra los franceses; con esta idea 
Uegô â Câdiz el joven Conde de Teba el 28 del mismo 
Mayo, logrando alborotar â las muchedumbres con tal 
brio que, entusiasmadas, pedian se declarase laguerra^ 
atacando inmediatamente âla escuadra de aquella Na- 
ciôn, surta en la bahia, si no se entregaban â discreciôn. 

El Capitân General de Andalucia estabaentonces en 
Câdiz; era el Teniente General D. Francisco Solano, 
Marqués del Socorro y de la Solana; el que, reuniendo 
à las autoridades, consultaba lo que se habiade hacer 
y contestar â la Junta de Sevilla y al pueblo, que con- 
tinuaba alborotado; por lo que â las altas horas de la 
noche hizo publicar un bando con toda solemnidad en 
el que, si bien calificaba de temerario el atacar alli â la 
escuadra, consentia en que se alistara gente y se en- 
viaran socorros â las ciudades alzadas. No satisfizo 
esto al pueblo, y rauchos de los mâs resueltos se diri- 
gfieron â protestar ante el General, que, asomado al 
balcon de su casa, oyô â un tal Manuel Larrûs, que^ 
subido en hombros de otros, le increpô duramente re- 
futando las razones de su bando; por lo que prometiô 
reunir Consejo de Générales al siguiente dia, para de- 
cidîr lo que se pudiera hacer. 

Toda la noche durô el alboroto, atacando y alla- 
nando la casa del Consul francés, que pudo escapar 
refugiândose en un convento, y luego â la escuadra. 

El 29 por la maflana fué la junta de Générales, que 
favorecieron la idea del pueblo; pero â la tarde cundi6 
la voz de que no era posible atacar â la escuadra fran- 
cesa sin hacer un gran daflo â la espaflola, cuyos bu- 



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— 158 — 

ques estaban prôximos y mezclados los unos con los 
otros; exaperândose la gente de tal modo que, gritan- 
do jtraiciôn! jtraiciônL.,, cogen algunas piezas de arti- 
Uerîa y se dirigea â atacar al General â su casa, echan- 
do abajo la puerta â balazos y entrando furiosos en 
ella en su busca; pero habîase aquél corrido por las 
azoteas à refugiarse en la de un sefior irlandés. Mister 
Strange, grande amigo suyo. Allî le siguiô la turba; y 
cuando se salîa después de registrarla toda inûtilmen- 
te, un joven malhadado, hijo de un albailil que habîa 
hecho obra en ella algûn tiempo antes, los Uevô â un 
hueco oculto de una escalera,y alli le encontraron (i). 
El General se présenté sereno, y asi siguiô todo el 
tiempo, empujado, herido y tirado por el populacho, 
-que con atroces injurias lo Uevaban â ahorcar, segûn 
decian...; pero al pasar por la plaza de San Juan de 
Dios, un religioso mercenario, movido de gran caridad, 
atravesando por medio del tumulto, se le acercô, y cu- 
briéndole con su capa empezô â confesarle; y en aquel 
momento le asestaron très punaladas por la espalda 
que â poco le dejaron mortal. Volviôse el General, le 
mirô y le dijo: «jValiente hazafia has hecho !>, ùnicas 
palabras que se le oyeron en su largo martirio. El Ma- 
gistral de la catedral, D. Antonio Cabrera, acudiô â 
protegerle; sentôle en un banco, y consolândole con 
los auxilios espirituales en los ùltimos momentos, de- 
fendiô su cadâver contra los que todavfa Uevaban los 
odios hasta quererlo colgar; velândole toda la noche, 
hasta enterrarle ocultamente â la madrugada (2). 



(1) La senora de Strange, Doôa Maria, que se condujo todo e\ 
tiempo con gran valor,fué herida en un brazo cuando, vigorosa, se 
oponîa â que forzaran la puerta-mampara que tapaba el hueco; y 
cntonces el noble General se apresurô â salir por evitarle mayor 
dafio. Muchas veces of los detalles de esta hororosa escena à mi 
madre^ que era muy amiga de aquella sefiora irlandesa. 

(2) Castro, Historia de Càdiz, 



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— 159 — 

No pudo averiguarse quién fuera el asesino, aun- 
que se sospechara de algunas personas infundadamen- 
te; que muchos aôos después, en 1816, al ir â ser ajus- 
ticiado en la Habana un marinero condenado por va- 
ries asesinatos, confesô que habia dado muerte en 
Câdiz al General Solano, y también â Heredia, Coman- 
dante del Resguardo; el que al afio siguiente, en otro 
motîn contra el General Marqués de VUlete, fué tam- 
bién muerto, sîn saberse entonces por quién; que el 
terrible asesino se conoce era tan disimulado como 
malvado y sanguinario. 

Al momento se instalô su Junta respectiva en Câdiz, 
como en todas partes, la que nombrô â D. Tomâs Morla 
Capitân General, cuyo nombramiento fué aprobado por 
la Suprema de Sevilla, y el 31 de Mayo se jurô con 
toda solemnidad por Rey de Espafta â D. Fernando VU; 
y se tratô de hacer la paz con Inglaterra, enviando en 
comisiôn al Jefe de escuadra D. Enrique Macdonel, 
y â un Oidor, D. Pedro de Creus, al Almirante inglés 
Lord Collingwood, que mandaba la escuadra de aquella 
Naciôn que â la vista del puerto vigilaba la combinada 
de Francia y nuestra, sin permitirlas salir , para que 
suspendiera las hostilidades y reconociera la nueva 
autoridad que acababa de constituirse en consideraciôn 
al présente estado de cosais y el extraordinario rumbo 
que tomaban. 

El Almirante accediô â todo gustoso, y ofreciô ade- 
mâs socorros en dinero y de tropa, que por el pronto 
no se creyeron necesarios, y se rehusô admitirlos. 

Enviaron refuerzos de los Cuerpos del ejército que 
de guarniciôn tenîan à Sevilla, donde se reunia un 
ejército que luego fué el que ganara la bataUa de Bai- 
lén, quedândose solamente con los de provinciales» y 
siguieron tomando otras medidas no desacertadas. 

Entretanto los Jefes de marina se ocupaban con 
preferencia de arreglar los medios de obligar â la es- 
cuadra francesa à rendirse, imposibilitândola de hacer 



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— 160 — 

dano à la nuestra, y menos aùn al riqufsimo y bien 
abastecido arsenal de la Carraca, que tan prôximo te- 
nian, pues estaba fondeada â ocho cables de distancia, 
y en el que los destrozos y pérdidas podîan ser inmen- 
SOS, incalculables; pues ademâs del grandisimo acopio 
de enseres y efectos que contenfa, se encontraban en 
él gran numéro de buques de grueso porte. 

Era Comandante General del Departamento el ve- 
terano D. Juan Joaquin Moreno, que propuso un plan 
de ataque con las baterias del arsenal, las de la costa 
y demâs de tierra, y de lanchas cafloneras y bombar- 
deras (de las cuales se pudieron reunir hasta sesenta), 
à fin de no comprometer en lo mas mînimo los buques 
de la escuadra en un combate que en aquellos canales 
tan angostos, y â distancias tan cortas, podfa ser desas- 
troso: y volândose acaso alguno, ser causa de incen- 
diarse otros, y â mâs el arsenal (i). 

Su plan mereciô la aprobaciôn de los Générales 
Morla y Apodaca, que lo era de la escuadra, 'y al punto 
se puso en ejecuciôn previa intimaciôn de rendiciôn al 
francés, el que rehusô someterse, entreteniendo el 
tiempo con excusas y plâticas, hasta que por fin el 9 de 
Junio por la tarde mandô Morla romper el fuego con 
la bateria del Trocadero, siguiendo las otras del arse- 
nal y todas las del litoral. 

El enemigo sostuvo el ataque con bizarrfa durante 
las cinco horas que durô, hasta las nueve de la noche. 
Al amanecer del 10 empezô de nuevo, y al poco tiem- 
po hizo seflal de parlamento el Almirante francés; pero 
como se opusiera â rendirse â discrecion, siguiôse el 
fuego con mâs ardor, construyéndose nuevas baterias 
en diversos puntos, entre ellos una de treinta caftones 
de â 36 al N. E. de la caseria, â tiro corto del enemigo, 



(I) Véase erinforme sobre la vida militar, politica y marinera 
del Excmo. Sr. D. Juan Joaquin Moreno, Capitân General hono> 
rario de la Real Armada, por el Brigadier D. Francisco de Hoyos. 



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— 161 — 

y en otras se aumentaron los cafiones, todo por dispo- 
siciôn acertadisima del Comandante Comisario pro- 
vincial de la Artillerîa, D. Diego de Alvear, y servidas 
por sus brigadas, lo mismo que las caftoneras, aunque 
en estas hicieron muy buen servicio los Oficiales de 
la escuadra (i). 

El General Moreno dispuso también echar â pique 
el navîo Mino y otro buque, para împedir al enemigo 
que se intemara en el canal ô cafto de la Carraca, aco- 
derando en este al navfo Argonauta^ que por la van- 
guardia le hiciera fuego. Viôse, por lo tanto, aquél cir- 
cuîdo por todos lados;y el dia 14, al intimarlepor ùltima 
vez la rendiciôn, se sometiô sin mâs resistencia, arrian- 
do su bandera é izandp la espaftola en el tope mayor 
del navîo Héroe^ que arbolaba la insignia del Almirante 
Roselly; y poco después se fijaron carteles por los mu- 
res y calles de la ciudad que decîan: €La escuadra 
francesa se rinde à la generosidad del ptieblo espaûol.T> 

Cuâl fuera la alegrfa de este por tan seflalado 
triunfo, el primero que glorificô el imponente alza- 
miento de la Naciôn, no hay para que decirlo, y las 
felicitaciones que se dieron y recibieron mutuamente 
los Jefes, Oficiales y la misma tropa por cuya inteli- 
gencia y loables esfuerzos se alcanzô; cabiéndoles la 
mayor gloria al General Moreno, que fué el que lo di- 
"giô, y al Capitân de navio D. Diego de Alvear, que 
con sus acertadas disposiciones antes y durante el 
combate, hallândose casi siempre â la cabeza de las 
brigadas de artillerîa, ùnica arma de que se hizo uso 



(I) «Habiéndose encontrado en el arsenal de la Carraca, con la 
tropa del Cuerpo de su mando, que cubria todas las baterias de 
ticrra y fuerzas sutiles en aquel punto, en el combate y rendiciôn 
de la escuadra francesa, debiéndose en gran parte al Real Cuerpo 
de brigadas de su mando este glorioso hecho, Uevado à cabo 
del 9 al 14 de Junio de 1808.» (Véase su hoja de servicios al fin 
de esta historia.) 



11 

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— 162 — 

en los cinco dîas que aquél durô, eficazmente le se- 
cundo. 

Cinco navios de linea, Héroe^ NeptunOy Algeci- 
raSy Vencedor y Pliitôn^ y la fragata Cornelia^ con cua- 
tro mil veteranos de los mejores y mâs aguerridos 
de la Marina francesa, fueron los trofeos de esta Vic- 
toria. 

De résultas de esta ventajosisima hazafia (la rendi- 
ciôn de la escuadra francesa) y de la cesaciôn de hosti- 
lidades por parte de la inglesa, que se mostraba cada 
vez mâs benévola y deseosa de favorecer â la ciudad, 
quedô la isla gaditana completamente libre de enemi- 
gos por entonces, y pudo seguir coadyuvando al le- 
vantamiento gênerai çnviando , abundantîsimos soco- 
rros de gentes y dinero â la Junta Suprema de Sevi- 
11a; la cual con gran celo iba activando la réunion de 
fuerzas para oponerse â la invasion de los franceses 
en Andalucia, que desgraciadamente se habia ya ini- 
ciado de la manera mâs espantosa por el desenfreno 
de las tropas al mando del General Dupont, que en- 
traron en la ciudad de Côrdoba el dia 7 de Junio, ma- 
tando, saqueando y robando habitantes grandes y chi- 
cos, casas y templos, incluso la célèbre y magnifica 
catedral, antigua mezquita de los arabes é insigne de- 
pôsito de preciosidades y riquezas, y todo cuanto po- 
dfan abarcar y destrozar y profanar; que â modo de 
horda de salvajes, y no de ejércitos ordenados de una 
Naciôn civilizada, se portaron; que todo cuanto se 
piense de indigno y abominable es poco para lo que 
hicieron (como muchos autores franceses confiesan 
con rubor), sin que ni el prétexte de una gran resis- 
tencia pudieran alegar. Pero las represalias sangfrien- 
tas que se siguieron en todo el pais insurrecto, sacrifi- 
cando â cuantos franceses podian, sî, alegaban, que en 
desagravio de los destrozos aquellos de Côrdoba, que 
se repitieron el 20 en Jaén y otras partes, todo era 
licito. 



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— 163 — 

Lo que si fué lîcito y verdaderamente gloriosîsimo 
para nuestros soldados, nuestros Générales Reding, 
Castaftos y x>tros, y para la Naciôn entera, fué el casti- 
go providencial, tan merecido como sorprendente, que 
sufrieron Dupont y su ejército en la completîsima de- 
rrota de la batalla de Bailén, ganada por los espafloles 
el 19 de Julio, en la que sucumbîô toda aquella divi- 
sion con las de Vedel y Dufour, que en su auxilio ha- 
bîan venido, quedando dos mil hombres muertos en 
el campo de batalla, y entregândose 19.000 prisione- 
ros con todas sus armas y artillerîa; no habiendo Ue- 
gado â mil entre muertos y heridos, los mâs, la pérdida 
de los espafloles. 

La împortancia de esta transcendental Victoria fué 
• grandisima, no tanto para los espafloles, quenunca se 
habfan parado â contar el numéro de sus enemigos, 
sino para la Europa entera, que asombrada miraba 
destrozadas aquellas divisiones de invencibles guerre- 
ros que la traian llena de espanto hacîa aflos. 

Inglaterra, regocijada, comprendiô que Espafla era 
la que habfa de ayudarla â derrocar al coloso; y el 
mismo Napoléon, rugiendo de ira, llorô de rabia como 
el antiguo Emperador romano sobre sus âguilas hu- 
miradas y sus batallones, prisioneros por tropas bù 
^onas ypelotones de paisanos insurrectos^ como él los 
llamaba. 

El General Dupont era tenido por uno de los mâs 
brillantes y entendidos Générales entre los suyos, y 
aspîraba â obtener el bastôn de Mariscal en esta ex- 
pediciôn. El infeliz lo que logrô fué ser degradado por , 
un Tribunal de honor, y eso cuando el Emperador 
<jue lo hubiera querido fusilar, se hubo de sosegar al- 
gûn tanto. 

El intruse José, con Savary y todos los de su sé- 
quito y ejército, salieron de Madrid al momento, cla- 
vando la artilleria, que abandonaron, y no pararon 
hasta llegar à Miranda de Ebro, que escogieron por 



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— 164 — 

cuartel gênerai con un ejército de 60.000 hombres 
que les resguardara. 

También en esta retirada fueron horribles les des- 
trozos que en les pueblos cometieron las tropas aque- 
lias, irritadas por la falta de provisiones; causando 
gran disgusto al mismo Rey, que, como tal, lamentaba 
las consecuencias que en el ânimo de les espafioles 
habian de causar tamaflos excesos. 

En el Bruch y otras partes de Catalufia sufrieron 
buenos fracasos también las tropas invasoras, y por 
todas las provincias de Espafia se reanimô tanto el es- 
pfritu nacional, que se puede decir que aquella primera 
campafia nos fué tan favorable como contraria al ex- 
tranjero; lo que si causaba grandisima extrafteza â es- 
tas, â los espaftoles Uenaba de alegria y de lisonjeras 
esperanzas para el éxito feliz de su glorioso levanta- 
miento (i). 

Napoléon, sin embargo, era un enemigo terrible, y 
estos primeros reveses de sus armas le habian de irri- 
tar violentfsimamente, extremando â lo sumo su tenaz 
empeflo de dominar â la Espafta, como lo venîa ha- 
ciendo en otros paises; y, por lo tanto, era muy de te- 
mer que la guerra habia de tomar proporciones tales^ 
que todas las prevenciones serîan pocas; por lo que na 
era dable perder tiempo ni descuidarse lo mâs minima 
en prepararse para todo evento. 

Dominado por esta previsora idea que su sano cri- 
terio le inspirara, D. Diego de Alvear aprovechô el 
respiro que se alcanzaba entretanto para Uevar â la 
mâs alta perfecciôn posible la fortificaciôn de la villa 
Uamada isla de Leôn, que con su arsenal, la Carraca 
y Câdiz constituyen la isla gaditana, valiéndose de 
los grandes medios que la naturaleza y el arte de con- 



(ï) Toreno, Historia del levantafniento; Lafuente, Historia 
de Espaûa^ y otros. 



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— 165 — 

suno le ofrecîan para, por medio de la poderosa arma 
de artillerîa que â su cargo prîncipalmenle ténia, ha- 
cer invulnérable, como esperaba, aquel precioso y va- 
lioso rincôn de Espafta, que providencialmente esta- 
ba llamado â ser el firme baluarte en que se estre- 
Uarian las victoriosas huestes enemigas, el âncora de 
5alvaraento que sostendrfa incôlume la nave del Esta-* 
do en la desecha tormenta que se iba â correr. 

La isla gaditana, que tanta importancia obtuviera 
y tan gran renombre alcanzara en esta como en casî 
todas las épocas de la historia patria desde la mâs re- 
mota antigûedad, es, en verdad, de una pequeftîsima 
extension de terreno, puesto que solo tiene très léguas 
de largo por una y un cuarto de ancho, que se halla 
separado del continente por un pequefio brazo de mar, 
que Ueva por nombre Rio de Sancti Petri^ sobre el 
cual se posa imponente el célèbre Puente Suazo^ que 
da entrada al estrecho arrecife de diez varas de ancho, 
que es la comunicaciôn que por tierralauneâaquél (i). 

Muchas eran las fortificaciones que de castillos, 
fuertes, baterias y demâs defendîan â toda la isla de 
ataques por el mar que la rodea; pero ahora se reque- 
rian mayores aûn contra los que por tierra la ataca- 
Tîan, y el primer cuîdado de Alvear se dirigiô â esto, 
construyendo nuevas baterias que aumentaran la de- 
fensa del Puente Suazo, adonde llegô â colocar hasta 
cien piezas de artilleria^ de gran calibre muchas; que- 
dando cubiertas y defendidas con todas las reglas del 
arte, y perfectamente fortificado aquel paso, acompa- 
flado y sostenido por las que estableciô también en el 
Portazgo, Salinas, Gallineras, Sancti Pétri (2) y otras 
menos considérables que estas, pero todas tan bien 
situadas que dominaban todos los desembarcaderos y 
demâs puntos mâs expuestos â ser atacados. Contando 



<I) Madoz. 

it) Véase su hoja de servicios y Apéndices numéros 16, 18 y 19. 



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— 166 — 

siempre con que la principal y mejor defensa de la 
isla de Leôn son las numerosisimas salinas que la 
circundan con tan ingenioso laberinto de cafios, char- 
cas y desaguaderos, que cuando se inundan queda la 
ciudad rodeada por un inmenso foso de agua de mar 
de mâs de dos léguas de longitud por cerca de una 
de latitud, quedando todo aquel terreno fangoso y en- 
cenagado y de todo punto impénétrable aun para in- 
dividuos aislados, como no fueran salineros muy prâc- 
ticos, y con mayor razôn para cualquiera clase de 
tropa 6 ejército armado. Es una maravillosa defensa 
natural que tiene aquella ciudad; si bien se requière 
sumo cuidado y esmero en reparar de continuo los 
desperfectos para conservarlos en sus inundaciones 
completamente intransi tables para el enemigo; de lo 
que con una gran constancia se ocupô siempre el 
celoso Comisario Alvear, ahora como Comandante 
General, y luego después como Corregidor y Gober- 
nador militar y politico que fué de la misma isla; por 
lo que nunca abrigô el menor temor de que los fran- 
ceses pudieran entrar en la isla de Leôn, que queda- 
ba âsu cbmpletasatisfacciôn, perfectamente asegurada 
y defendida por su extensa banda oriental con estas, 
y las très lineas de baterias que para sostenerlas se 
habîan construido y ténia artilladas. 

Entretanto en Câdiz seguîan ocupândose de la mis- 
ma causa con gran entusiasmo patriôtico, pero tan le- 
vantisco â veces, que frecuentemente se repetian los 
alborotos populares contra las autoridades; y por cual- 
quiera fako rumor, â que daban fâcil ofdo, se dejaban 
arrebatar â lamentables violencias que atemorizaban al 
vecindario y entorpecian la marcha regular de aqué- 
lias en circunstancias apremiantes. Una entre otras fué 
el promovido contra el Marqués de Villele, el que, nom- 
brado por la Junta Suprema de Sevilla (esta era ya la 
suprema de todo el Reino, que se reuniô primero en 
Aranjuez, y cuando la segunda entrada de José en Ma» 



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- 167 — 

drid se retîrô â Andalucîa, de donde seguia dando sus 
ôrdenes), Uegô â Câdiz â propôsito para ver de mejo- 
rar y reforzar las fortificaciones de aquella plaza, y fué 
bien recibido al principio; pero â poco empezô â cun- 
dir la voz de que se trataba de guarnecerla con extran- 
jeros por haberse presentado al mismo tiempo unos 
polacos y alemanes desertores de los franceses que 
venîan â ofrecer sus servicios como voluntarios; y to- 
mô incremento al saberse que le habfan Uegado plie- 
gos cerrados al Marqués (cuyos pliegos se referfan al 
transporte de los prisioneros franceses, que eran mu- 
chos ya, â las islas Canarias); pues fué tal y tan grande 
el clamor contra el dicho Marqués, y el motin tan for- 
midable que se armô, que â duras penas pudieron sal- 
varle el Gobernador D. Félix Jones y algunos vecinos 
y eclesiâsticos que le rodearon; y escoltândole los vo- 
luntarios, le Uevaron primero â las Casas del Ayunta- 
miento, luego al convento de Padres capuchinos, cuyo 
Guardian pudo acogerle y defenderle por la gran in- 
fluencia que en la ciudad ténia (i), hasta embarcarlo 
por ûltimo para volver â Sevilla. 

El populacho sig^iô alborotadîsimo al castillo de 
Santa Catalina, adonde estaba preso, con otros, el Ge- 
neral Carrafa, al que quisieron sacar para matarle, lo 
ïfue no pudieron conseguir tampoco; por lo que, furio- 
sos, se encaminaron â la Puerta del Mar, adonde se en- 
contraron con el infeliz Heredia (â quien antes nom- 
braraos), el que, por ser Comandante del Resguardo, 
ténia entre ellos pocas simpatias, y arrojândose sobre 
él lo mataron â puftaladas. 

Doloroso es recordar estos lastimosos excesos que, 
como negra sombra, obscurecieron en Câdiz, como en 
otras muchas partes, el esplendoroso brillo del heroico 
levantamiento de los espaftoles; pero no nos es posible 
evitarlo si hemos de dar â conocer la admirable sere- 



(I) Castro, Historia de Câdiz, 



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— 168 — 

nidad^ el seguro y valiente ânimo, el conocimiento de 
los môviles del corazôn humano que mostrô D. Diego 
de Alvear en las varias ocasiones en que tuvo que 
arrostrar las iras del obcecado y exaltado pueblo, en 
aquel période de continua y tremenda excitaciôn. 

Nunca se ocultô en los motines; antes, por el con- 
trario, presentâbase siempre animoso y confiado, lo 
que desde luego inspiraba respeto, y luego desarmaba 
â muchos con sus comedidas y ocurrentes frases, que 
con gran oportunidad les dirigîa; concluyendo al fin 
por atraerlos y dominarlos con sus claros y firmes ra- 
zonamientos, y el afectuoso y franco ademân que les 
mostrara al explicarles la sincera honradez de su pro- 
pia conducta y el patriôtico fin que â todos debîa ani- 
mar, y los animaba en efecto. 

Asi lo hizo, y con igual resultado, en un dia en 
que el movimiento tomô proporciones muy amenaza- 
doras. Habîase sublevado el pueblo de Câdiz como 
solia hacerlo, y arrojôse una gran muchedumbre so- 
bre la isla de Leôn, atacando ô queriendo entrar en el 
arsenal con desaforados gritos de €/Muerafi los traù 
dores; nos quieren venderf» Y no pudiendo lograrlo, se 
revuelven furiosos, atraviesan las calles y plazas, y se 
dirigen â la habitaciôn de Alvear, que era Comisario 
provincial de la Artilleria, como sabemos. El susto de 
su esposa y de las otras personas de la familia al oir 
y ver aquellas turbas, fué grandisimo, y le pedîan afli- 
gidisimas que se escondiera, que huyera... Pero él, 
tranquilizândolas con brèves palabras, vistiôse el uni- 
forme, bajô la escalera, abriô la puerta de par en par, 
y solo se présenté, y con ademân tranquilo les pre- 
guntô: «iQué es esto, seftores, que hay, que sucede?» 
A voz en grito, y todos â una, le contestaron: €La arti- 
lleria esta cargada con arena; no nos quieren defender; 
nos van d entregar; son unos traidores; fmtieran/... 
acompaftando su espantosa griterîa con ademanes in- 
solentes 3' amenazadores. 



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— 169 — 

Con ojo avizor conociô pronto Alvear â los que ha- 
cian cabeza del motîn; y dirigiéndose â ellos les rogô 
que hicieran callar, que aquietaran â los demâs, que 
no se podian entender; y asi lo hicieron, ordenando 
algûn poco de silencio, y que ellos, como mâs entendi- 
dos, se encargaran de manifestarle lo que deseaban; y 
luego, en mâs alta voz para que todos le oyeran, dijo: 
<5t la artilleria no esta bien cargada^ yo soy el res- 
ponsable; soy el jefe, y los culpables^ sean quienesfue- 
ren^ serân castigados; vamos â las baterias^ y lo vere- 
mos>; y poniéndose delante, marché el primer o, y 
todos le siguieron. 

Cuando Uegaron, les preguntô de cuâles caôones 
sospechaban; â lo que ellos, sefialândolos, le decîan 
que les pegaran fuego. tEso no^ contesté Alvear; si 
estân cargados con bala y municiones^ las tenemos que 
aprovecliar para los franceses; y si es con arena^ mejor 
se verâ descargandolos.* Y diô la orden â los Condes- 
tables para que asî lo hicieran, y luego otros y otros 
que iban seftalando, hasta que se fueron desengaflan- 
do. Pero sin querer enteramente céder algunos, le in- 
creparon de nuevo por una baterîa que, mâs lejana, 
creian que amenazaba con sus tiros â la ciudad. «Y si 
por aquel lado nos sorprende un desembarco del ene- 
^îgo, icômo la defenderemos? interrogé â su vez el 
Comisario. A lo que uno que ya estaba convencido, 
^Seûor, dijo, esto es meterse en lo que no se entiende. 
' Vdtnanosf» Y ya aplacados y algûn tanto avergonza- 
dos, oyeron sumisos la amonestaciôn benévola que les 
hiciera para que desecharan todo temor; asegurândo- 
les que los franceses no entrartan nunca en la isla de 
Leôn; que tuvieran confianza en los jefes, pues todos 
estaban interesados en la misma causa, y él mâs que 
ninguno, pues ya sabian que los ingleses eran los ma- 
yores enemigos que aquéllos tenîan, y él estaba casado 
con una inglesa, y no la quiero disgustar, afladiô, lo 
que â todos hizo reir; y por fin, ya amigos, se fueron 



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— 170 ^ 

unos â traerle un cafiôn que le hacia falta, accedîendo 
a sus ruegos, y que dejaron cansados à medio camino, 
y los otros â recibir con aplausos al distinguido y an* 
ciano General Moreno, que voivîa de Càdiz^ adonde se 
habîa tenido que retirai, cuyos méritos y servicios les 
encareciô, ya que también de él habian dudadoj y asî 
concluyô felizmente este motin, que tan amenazante 
se présenté. 




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XIV 

ENTRADA DE NAPOLEON EN ESPA5ÏA. — INVASION DE 
LAS ANDALUCfAS 




ERO las circunstancias apremia- 
ban, y elgranpeligroinminente 
se acercaba, segùn Alvearhabîa 
previsto, y en efecto era de te- 
mer. 

Empezaron â entrar fiierzas numerosisimas por el 
Norte de Espaûa, enviadas por Napoléon, sorprendido 
é irritado con la gênerai é imprevista resistencia que 
este pais adormido é indolente, como juzgaba, oponia 
â sus ambiciosos desig^ios y arbitrarios proyectos; y 
unas tras otras las mejores divisiones de sus ejércitos,. 
bajo el mando de sus mâs renombrados Mariscales, 
fueron tomando posesiôn de los puestos que aquél les 
mdicara, hasta que él mismo en persona pasô el Bida- 
soa el 4 de Noviembre del mismo afto 1808, para po- 
nerse â la cabeza de su ejército, dirigir la campafia y 
concluirla pronto; coronando con la ayuda de Dios en 
Madrid al Rey de Espana^ y plantando mis âgtiilas so- 



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— 172 — 

bre lafortaleza de Lisboa, como dijo en su Mensaje al 
Cuerpo Législative; y en efecto, aunque se equivocô 
en el éxito que tan feliz anticipara, con 300.000 hom- 
bres de infanteria y 50.000 de caballeria que reunîan 
les ocho cuerpos del ejércUo grande, que habian gue- 
rreado en sus campaflas de Italia, Austria y Alemania, 
le fué muy fâcil de^baratar les de les espafloles por el 
pronto; y dejando al cuidado de sus Mariscales la per- 
secuciôn de aquéllos, se encaminô con la Guardia Im- 
périal, la réserva y el primer cuerpOy que guiaba el Ma- 
riscal Victor, hacia Madrid, siguiendo su tâctica espe- 
cial de someter primero la capital para dominar el Pais. 

En el puerto de Somosierra, con gran sorpresa 
suya, encontre séria resîstencia por unas baterias de 
artilleria recién montadas, que hicieron grandes estra- 
gos en su infanteria: por lo que mandô airado â los 
lanceros polacos y â su Guardia que las tomaran por 
asalto; lo que lograron por ùltimo, embistiendo â ga- 
lope varias veces y cayendo escuadrones casi enteros 
en la demanda, que eran reemplazados al instante por 
otros que con mayor furia se abalanzaban; cuyaacciôn 
se cuenta por una de las mâs brillantes de que se pue- 
de gloriar el arma de caballeria, y no fué menos glorio- 
sa por cierto para las pocas tropas espaflolas que, â las 
ôrdenes del General D. Benito San Juan, defendieron 
el paso tan bizarramente; saliendo este Jefe herido y 
andando errante por la sierra hasta poderse refugiar 
en Segovia. 

La resistencia que los mad^ileflos, con gran entu- 
siasmo, quisieron oponer al Emperador en su indefen- 
dîble capital, también le sorprendiô y contrario bas- 
tante; haciéndole conocer la tenacidad y bravura con 
que rechazaban en todas partes los espaftoles sus pla- 
nes de vasallaje. 

Tras una honrosa capitulaciôn que les concediô se 
sometieron, y entré el General Belliard â guarnecer à 
Madrid el 4 de Diciembre; y dejando instalado de nue- 



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— 173 — 

vo â su hermano José como Rey de Espafia, retirôse 
luego Napoléon por Valladolid â Francia, adonde le 
llamaban perentoriamente otros cuidados, creyendo 
que lo de Espafta pronto quedarfa arreglado, en lo que 
también se equivocô; aunque no cabe duda de que el 
impuiso que con su presencia y su singularîsima peri- 
cia militar habîa dado â la guerra le fué muy favora- 
ble en esta campafta, y aun en la de 1809, quesiempre 
bajo su influyenteysuperior direcciôn se continué, ga- 
nando sus Mariscales sendas batallas y destruyendo 
ejércitos; pero también perdieron algunas, y sobre todo 
vieron extenderse mâs fuerte y decidida la resistencia 
por toda la Peninsula; nunca Uegaban â dominar mâs 
terreno que el que pisaban, y en estos mismos se veian 
asaltados por las partidas sueltas y las guerrillas que 
por doquiera se levantaban y con sorprendente osa- 
dia los acosaban. j 

Los pueblos, antes 6 después, se defendîan 6 se les 
oponîan con heroica tenacidad; dejando, sobre todo los 
heroismos de 2^agoza, Gerona y otros varios, impe- 
recedero nombre que eclipsaria los antiguos de Nu- 
mancia y Sagunto si no declararan bien en alta voz 
que sus habitantes procedian de la misma belicosa 
raza. Y si los ejércitos batidos y desechos en descomu- 
nal batalla parecîan quedar destrozados, à poco vol- 
Vian â rehacerse y â presentarse siempre briosos, sin 
que ellos ni la Naciôn se desalentaran jamâs; as! fué 
que el famoso no importa espaôol, frase que admira- 
blemente reflejaba la extraordinaria constancia de los 
ânimos en los muchos reveses que se sufrieron, hizo su 
camino por toda Europa y fué conocido en todos los 
idiomas. 

Supuesto este estado de cosas, que tan sucintamen- 
te mencionamos por ser tan generalmente conocidos^ 
y concretândonos à lo que interesa al objetivo princi- 
pal de este escrito, solo diremos que una de las mâs 
fimestas batallas para la causa espafiola fué la de Oca» 



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— 174 — 

fia, asî Uamada por habersè librado en el termine de 
aquel pueblo, ganada por el Mariscal Mortier â los es- 
paftoles, al mando del General Areizaga, el 19 de No- 
viembre de 1809, no solo por la gran pérdida que en- 
tre muertos y prisioneros se tuviera, sino por la dis- 
persion que sufrieron los varios cuerpos del ejército 
nacional, que para salvarse se retiraron cada uno por 
su lado y â grandes distancias; de modo que inmedia- 
tamente decidieron el Rey José (que mucho lo desea- 
ba) y el Mariscal Soult, Duque de Da'macia, que como 
Mayor General era el que realmente dirigia la campa- 
na, marchar sobre la Andalucia y concluir con el Con- 
sejo Supremo central gubernativo del Reino, que se 
habîa instalado en Sevilla al retirarse de Aranjuez en 
la noche del i.*^ de Diciembre de 1808, como hemos 
dicho, y desde donde seguia dando sus ôrdenes y dé- 
crètes, que relativamente eran obedecidos y servian de 
organizar algûn tanto la resistencia y de dar cierta 
unidad â la gobernaciôn de las Juntas provinciales, re- 
presentando y siendo tenida por la légitima autoridad 
constituida en nombre del Rey Fernando VII. 

Autorizados, pues, por Napoléon desde Paris, .que 
consintiô con los deseos de su hermano, disponiendo 
la campafla, se pusieron en movimiento los très cuer- 
pos i.°, 4.** y S-**, que mandaban los Mariscales Victor, 
Sebastiani y Mortier, los que, con laGuardia de José, ré- 
serva y otros, formaban 80.000 hombres, y se encami- 
naron hacia aquellas provincias, firanqueando el 20 de 
Enero de 18 10 el paso de Despeilaperros en Sierra 
Morena (considerado siempre como el antemural que 
casi inexpugnable las defendiera), sin encontrar ahora 
grande obstâculo; y siguiendo por la Carolina, Bailén 
y Andûjar (adonde afio y medio antes habian sufrido 
tan espantoso descalabro los ejércitos de Dupont), se 
adelantô Victor con su division, entrando en Côrdoba 
el 23, y muy poco después lo hizo el Rey José con 
Soult y la division de Mortier. 



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— 175 — 

El pueblo, sin duda recordando los horrores de la 
anterior invasion, se mostrô sumiso y quieto, de lo que 
mucho se holgô José, el que, â su vez, estuvo amable 
y benévolo con todos, deseoso de captarse las volun- 
tades; y mandando se hicieran festejos pûblîcos, des- 
pués de dar gracias en la catedral, cantândose el Te 
Deutn con toda solemnidad, diô sus ôrdenes â los pue- 
blos inmediatos para que le reconocieran y acataran 
como â Rey de Espafla, y que las Autoridades cons- 
tkuîdas siguieran mandando en su nombre, y encar- 
gândoles que suministraran los auxilios debidos â sus 
tropas y Générales, etc. 

No se detuvo allî mucho, que â los pocos dîas con- 
tinuô hasta Carraona con la esperanza de que Sevilla 
se entregarîa sin resistencia, como asf fué, firmândose 
una capitulaciônel3i, y al siguiente dia, i.** de Febre- 
ro, el Mariscal Victor con su division entrô en la ciu- 
dad; habiendo salido de ella la noche antes la poca tro- 
pa que la guarnecia y los individuos del Consejo Su- 
premo y demâs personas comprometidas que aùn que- 
daban, dirigiéndose aquélla al Condado de Niebla y 
estas otras â Ayamonte. adonde, împertérritos, consti- 
tuyeron en seguida otra Junta Provincial. 

El Mariscal Sebastiani dirigiôse con su ejército des- 
de Andûjar à Jaén, de la que se hizo duefio, y de esta 
â Granada y Mâlaga, teniendo que sostener algunas 
acciones pequefias que no le imposibilitaron comple- 
tar la entera sumisiôn de aquellas provincias también; 
de modo que toda la Andalucia se viô completamente 
invadida é inundada por las innumerables huestes 
enemigas, excepciôn hecha del predestinado rinconci- 
to de la isla gaditana con su invulnérable baluarte de 
la isla de Leôn, ante el cual se habia de estrellar hu- 
millada la vertiginosa irrupciôn del francés, que, arro- 
gante, creia sin duda que, cual otro César, Uegar séria 
vencer. 



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176 



Primera Regencla. 

Desde el momento que se iniciô el movimiento de 
invasion en las Andalucias, la Junta Suprema del Rei- 
no habia indicado su determinaciôn de trasladarse â 
la isla de Leôn con el pensamiento de nombrar una 
Regencia de cinco personas para que, mâs reconcen- 
trado el gobierno, pudieran ser mâs firmes y prontas 
sus resoluciones; y en efecto, apenas entraron los fran- 
ceses en Côrdoba, salieron los mâs de los consejeros y 
los miembros de la Junta de Sevilla; y reunidos el 24 
de Febrero en la isla, ya el 29 nombraron los primeros 
Régentes, que fueron el Ilmo. Sr. D. Pedro Quevedo^ 
Obispo de Orense; D. Francisco Saavedra, que era 
Consejero de Estado; el popular General D. Francis- 
co Castaflos, vencedor en la batalla de Bailén; D. An- 
tonio Escaflo, General de Marina, y D. Miguel Lardi- 
zâbal, por ser mejicano, en sustituciôn de D. Esteban 
Femândez de Leôn, que, nombrado primero, fué dese- 
chado por el disgusto que por su nombramiento mos- 
trô el pueblo de Câdiz y con pretexto de no ser ame- 
ricano; pues se deseaba que en aquel nuevo Gobierno 
estuvieran representados, en lo posible, todos los inte^ 
reses y las clases de la Naciôn. 

Elegidos el 29 de Enero, tomaron posesiôn el 31 los 
très ùltîmos, que eran los que estaban présentes, por- 
que urgîa dominar un gran alboroto que contra la Cen- 
tral se levante el 30 en la isla, adonde desde un prin- 
cipio no habian sido sus individuos muy bien recibîdos. 

En Câdiz se habia constituido en los mismos dias 
otra Junta de dieciocho personas bastante influyentes 
con objeto de atender principalmente â las nuevas 
obras de fortificaciôn que quisieron levantar para 
acrecentar los medios de defensa de la ciudad (entre 
las que fué una la famosa cortadura del camino que la 



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— 177 — 

une â la isla de Leôn, adonde empezaron el magnîfico 
castiUo ô fuerte que lleva aquel nombre), y habîan 
también de cobrar los impuestos, recaudar donativos 
y préstamos, y agenciar todo lo que se creyera mâs 
util y necesario en aquellos azarosos momentos, que 
parecian preludiar lo inmediato del peligro; el General 
Morla, que â la sazôn mandaba en Câdiz (aunque siem- 
pre en union 6 bajo las influencias de la Junta y del 
pueblo, cuyas impresiones, entusiasmos y temores en- 
traban por mucho en la gobernaciôn y determinacîôn 
de todas las cosas en tan crîticas circunstancias, en las 
que todos se creian aptos y con derecho â mandar), 
dispuso que se Uevara â cabo, en efecto, aquella obra 
de cortar el camino que une esta ciudad â la isla de 
Leôn, empezândose â levantar una fortaleza avanzada 
que la defendiera en caso de perderse la isla. 

En vano fuera que el entendido General D. José 
del Pozo, Director de Ingenieros de la provincia, se 
opusiera con muy buenas razones, exponiendo, por el 
contrario, que la verdadera defensa de Câdiz estaba 
en la isla de Leôn, y que, perdida esta, la nueva forta- 
leza podia caer muy pronto en manos del enemigo, 
que la utilizarla para destrozar la ciudad con sus obu- 
ses; pero no los pudo convencer, y prevaleciendo la 
opinion de los otros, el mismo Ingeniero Pozo tuvo, â 
despecho suyo, que trazar el piano y dirigir los prime- 
ros trabajos de este fuerte ô castillo de la Cortadura, 
el que afortunadamente no sirviô para nada, porque la 
isla de Leôn, verdadero antemural de Câdiz (como la 
Uamô luego â su vez el Duque de Alburquerque), gran- 
demente defendida por sus salinas y las mâs que sufi- 
cientes fortificaciones y baterias que las protegîan, le- 
vantadas por marinos entendidos, nunca se perdiô. 

También fué inùtil, y gran lâstima ademâs, el cortar 
el antiguo y sôlido puente Suazo, de que hemos ha- 
blado, y que tan grandemente defendiô luego el Co- 
mandante de Artillerla provincial, D. Diego de Alvear. 

12 



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— 178 — 

El populacho, ciego de miedo con la aproximacîôn 
del peligro, se arrojô â cortarlo, 6 mâs bien â destruir- 
lo, con grande alboroto; pero cediendo ante la autori- 
zada voz del Contralmirante Uriarte, que era â la sa- 
z6n Gobernador militar, y que pudo con su entereza 
apaciguar aquel frenesî, dirigiô â su vez con inteligen- 
cia suma la cortadura del arco del centro, seftalando 
antes las piedras y numerândolas para poderlo resta- 
blecer después; lo que no creemos se haya hecho to- 
davîa, que es mâs fâcil destruir que construir (i). 

La ciudad de Câdiz solo tenia de guarniciôn â su 
milicia urbana y sus batallones de voluntarios, que, 
unidos con los de extramuros é isla de Leôn, compo- 
nfan unos ocho mil hombres al principio, que luego su 
numéro se aumentô considerablemente. 

Un batallôn de éstos se encargô de la defensa del 
castillo del Puntal; y para que sus fuegos y los de la 
ciudady la nueva cortadura que se levantaba produjera 
todo su efecto, se derribaron mâs de doscientas casas y 
cincuenta edificios grandes que para almacenes habia 
extramuros, y cuyo valor, segûn câlculos,sehacîa subir 
â mâs de diez millones de reaies; pero los sacrificios no 
contaban entonces por nada; los donativos en metâlico 
6 préstamos â la Junta de Sevilla habîan ascendido ya 
â mâs de veintitrés millones de reaies, y entonces, no 
solamente se ofrecieron otros mâs, sino que se impu- 
sieron contribuciones y arbitrios para sostener los 



(1) Este puente, que se crée fuera de construcciôn roroana, 
recibiô su nombre de D. Juan Sànchez Suazo, que lo reconstruyô 
âsus expensasen 1408 por comisiôn del Rey D.Juan II. Consta 
de cinco ojos desiguales de piedrafînisîmade asperôn, trabajados 
con admirable solidez; y el mayor, que marca el término de San 
Fernando, fué el cortado,dismmuyéndose el singular mérito de la 
obra, que inspeccionan y admiran los extranjeros, principalmente 
por estar forraado sobre un rio de gran profundidad en el que 
fondean navios de très puentes: tiene 380 varas de largo por 10 
de ancho. — (Madoz.) 



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— 179 — 

muchos gastos que se ocurrîan con las nuevas obras de 
defensa. 

En la isla de Leôn fué mayor aùn el generoso ar- 
dor, el entusiasmo gênerai y el verdadero patriotismo 
que se apoderô de todos sus habitantes cuando vieron 
que se acercaban los franceses. Casi todos tomaron las 
armas, formândose batallones de milicianos y de volun- 
tarios, que altemaban con las tropas veteranas en todos 
los servicios militares: y de salineros, éstos ùltimos 11a- 
mados especialmente â hacer servicios eminentes en la 
asidua vigilancia y resguardo de las saladeras ô salinas, 
que tan soberbia seguridad proporcionaban â la plaza; 
otros, sin excepciôn de edad ni categorîa, se prestaban 
â trabajar en las baterias, obras pûblicas y de particu- 
lares, y tantas otras cosas que se hacian necesarias con 
la agloraeraciôn de las innumerables personas que se 
refiigiaron en tan pequefta ciudad, ofreciéndoles â su 
vez sus casas y haciendas; lo mismo que al ejército de 
Alburquerque cuando se présenté, y â los muchos fun- 
cionarios pûblicos que acompaftaron â los Consejos Su- 
prêmes y de Regencia, al Embajador inglés, que lo era 
entonces el Marqués de Wellesley, al que sucediôâ poco 
Sir Henry (Enrique), ambos hermanos del General Sir 
Arturo(que fué luego Duque de Wellington), que man- 
daba el ejército inglés en Portugal; por cierto descon- 
certando â los ejércitos franceses con su asombrosa es- 
trategia y ganando sendas batallas â sus afamados Ma- 
riscales Massena, Ney, Junot y otros. 

También se pusieron el General y la Junta en tra- 
tos con los ingleses, pidiendo, por ûltimo, auxilios de 
dînero y aun de tropa, que antes habia el pueblo tan- 
tas veces rehusado, cuando los Almirantes de las es- 
cuadras de aquella Naciôn insistfan en ofrecerlos de 
orden de su Gobierno, que estaba desde un principio 
muy interesado en sostener â la Espafta en su levanta- 
miento contra Napoléon, y desembarcaron hasta unos 
cinco mil hombres, que quedaron al mando del Ge- 



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— 180 — 

neral Sir Thomas Graham; cuyo numéro después se 
aumentô considerablemente, segùn las circunstancias 
lo fueron exigiendo. 

Pero antes que pasemos mâs adelante, y ya que de 
las escuadras hablamos, referiremos una anécdota eu- 
riosa, que muestra la exquisita galanterîa de aquellos 
tiempos, y el decidido empeflo que siempre ha mostra- 
do el Gobierno inglés en extender su protecciôn â los 
naturales de su Naciôn, por doquiera que se encuen- 
tran. 

A poco de haberse iniciado las relaciones de paz y 
amîstad con Inglaterra por las varias Juntas de las pro- 
vincias, que enviaron sus Comisionados â tratar con 
aquel Gobierno, se présenté una grande escuadra in- 
glesa, al mando del Almirante Purvis, al frente de Câ- 
diz; y entrando en su bahia, diô fondo saludando â la 
plaza en arras de la nueva alianza, â cuyo saludo con- 
testé esta, con grandisimo alborozo; las Autoridades 
y la poblaciôn entera salieron al puerto â recibir al 
Almirante, que desembarcô con gran numéro de Ofi- 
ciales en medio del mayor entusiasmo y de vivas y vi- 
tores de alegria con que le daban todos la bienvenida 
â la hermosa ciudad, que por tantos aflos los habia mi- 
rado como â sus mayores enemigos. 

Pasados los primeros ceremoniales de mutua aten- 
ciôn, se dirigieron hacia las Casas Consistoriales, cuan- 
do, con sorpresa gênerai, le oyeron indagar por la se- 
ilora de Alvear, inglesa de naciôn, diciendo que su 
deber primero era el de visitarla en su casa; â ella, pues, 
le encaminaron, siguiéndole su Estado Mayor, los Gé- 
nérales y demâs Autoridades espaûolas, y todas las 
personas del séquito; causando el extraordinario mo- 
vimiento y ruido de aquella comitiva mayor sorpresa 
aùn â la dicha seflora cuando desde el balcon viô que 
entraban en su casa; adelantôse al momento para reci- 
birlos, oyendo de los labios del Almirante que venîa â 
ofrecerle sus respetos, y al mishio tiempo, como â sti 



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— 181 — 

compatriota, su protecciôn, con la que decididamente 
podîa contar si por acaso hubîera sufrido algo duran- 
te la pasada guerra, â consecuencia de su nacionalidad, 
por la animadversîôn y odios que aquélla suele a ve- 
ces engendrar. 

Muy pronto se hubieron de desvanecer sus recelos, 
asegurândole la joven inglesa que no habîa tenido 
desde su^ Uegada â Espafta sino muchos motivos de 
agradecimiento por las continuas atenciones, el respe- 
to y la afectuosa amistad con que la habîan distinguido 
siempre los nobles hijos de su nueva patria, cuyos in- 
tereses, se complacia en repetir, eran ya suyos igual- 
mente. 

El Almîrante la oyô muy complacido, como los de- 
mâs seûores también, y retirândose todos, continué el 
Almirante sus visitas â las Autoridades y al Ayunta- 
miento; volviéndose antes de la noche â su navfo, di- 
ciendo â los que le invitaban â detenerse cque en die- 
cisiete aflos ni una sola noche habîa dormido en tie- 
rra, ni se habîa permitido pasarla fuera de su amado 
buque». 

Desde aquel momento los varios Générales y Jefes 
de Marina, ingleses, que bajaban â Câdiz, como tam- 
bién los muchos del ejército de aquella Naciôn que 
luego vinieron en auxiUo de los nuestros, encontraron 
en las casas de aquella seftora, tanto en esta ciudad 
como en la isla de Leôn, adonde su esposo D. Diego 
residia principalmente con motivo de sus destinos, una 
hospitalidad tan amable y obsequiosa, que mucho con- 
tribuyô â hacerles agradable su estancia en medio de 
las privaciones y peligros que el estado de continuo 
bloqueo que se siguiô, y los azares y sobresaltos de la 
guerra, impusiera â naturales y extranjeros; correspon- 
diendo éstos con suma cortesîa y tan respetuosa defe- 
rencia, que se cimentaron grandes y sinceras amistades. 



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M i I ^ * I ï ? * i I I I ï 1 1 1 1 



XV 

PRIMEROS ATAQUES DE LOS FRANCESES. — DEPENSA 
DE LA ISLA DE LEON 




L General Duque de Alburquerque^ 
que antes hubimos de nombrar, man- 
daba en Extremadura una division 
de I2.0CXD hombres, â cuya cabeza 
subiô hacia Talavera y â orillas del 
Tajo cuando se hubo dispuesto la ré- 
union de los ejércitos en la ùltima campana para caer 
sobre Madrid, con objeto de Uamar la atenciôn por 
aquel lado â los franceses y dividir las fuerzas con 
que habian de cubrir la capital; pero frustrado coin- 
pletamente el atrevido plan de los espafloles por la 
funesta acciôn de Ocaila, de tan ulteriores y lastimo- 
sas consecuencias para las Andalucias, replegôse de 
nuevo â Trujillo, de donde, por ôrdenes (}ue recibi6 
de la Junta Central, bajô luego hacia Sevilla (adon- 
de aquélla asentaba) con ânimo de cubrirla â su vez, 
y en algûn modo oponerse â retardar la invasion que 
aquéllos premeditaban; pero fué esta tan repentina y 
acelerada, y tan numerosas las divisiones francesas 



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— 183 — 

que se repartieron por los cuatro reinos del Medio- 
dîa, entrando en las ciudades, todas indefendibles , y 
esparciéndose por todo el pafs, que el Duque se en- 
contre, por decirlo asî, en medio de las huestes enemi- 
gas, que avanzaban envolviéndole por todos lados, de 
tal modo que las tropas del General Victor alcanza- 
ron sus guerrillas cerca de Écija, y casî le fueron pican- 
do la retaguardia; y le hubieran cortado la retirada 
si no fuera por lo que le favorecian el maj'or conoci- 
raiento del pais, que le permitiô variar de direcciôn 
en su camino, y la extraordinaria ligereza del soldado 
espafiol, que les hizo adelantarse lo preciso para po- 
derse acoger â la isla de Leôn el 2 de Febrero los 
primeros, y el 4 los demâs, fatigadisimos en verdad 
por sus precipitadas marchas, hambrientos, desalenta- 
dos y casi desnudos los siete â ocho mil hombres que 
traîa, con pocos caballos y menos artîUerîa, causando 
â todos, en verdad, grandfsimo regocijo su Uegada; â 
ellos, por creerse ya seguros y obtener el descanso 
que tanto necesitaban; â la Junta de Câdîz, por tener 
aquel refuerzo de tropas para guarnecer su ciudad, 
que tan inesperadamente se les entraba por las puer- 
tas, y sobre todo â los recién nombrados Régentes, 
que, sin poder aùn apreçîar la seguridad que aquella 
plaza ofrecîa, se creîan en tan desesperada situaciôn 
de ser arroUados por los franceses al primer ataque 
que dieran, que unânimemente proclamaron que al 
Duque y â su pequefto ejército debian su salvaciôn (i). 
El Duque fué nombrado inmediatamente Capitân 
General del ejército y costa de Andalucia en la va- 
cante que dejara Castaflos al ser elegido Régente, y 
con gran entusiasmo del pueblo y de la Junta quedô 
encargado especialmente de la defensa de ambas pla- 
zas, 6 sea de la isla gaditana, y en el mismo dîa 4 de 
Febrero, recorriendo las fortificaciones, quedô tan sa- 



(I) Véase su Exposiciôn â las Cortes. 

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— 184 — 

tisfecho de las acertadas disposiciones tomadas por 
Alvear, que tan conocidas tenia las ventajosisimas 
condiciones que reunia para su defensa la isla, y tanto 
se penetrô (por las atinadas reflexiones que le oyera) 
de la aptitud que mostrara para el manejo de la artî- 
Uerîa, sola arma que creia ser necesarîa para el caso, 
que le nombrô en seguida Comandante General de ar- 
tilleria de tierra, juntamente con la de marina, de que 
ya lo era; declarando en la orden gênerai que diera el 
motivo de aquelhonroso nombramiento:« Por 5^r, dice, 
de primera necesidad que uno y otro ranto dépendait 
de una sola cabeza experimentada y entendida; y ha- 
llando en el Coronel de marina D. Diego de Alvear los 
conocimientos necesarios para el desempeno de este en- 
cargo ^ he venido en nombrarle para d indicado ob- 
j'eto^ de* (i) 

En la direcciôn, pues, de esta importante arma, que 
siempre creyô habîa de salvar la isla, asistiô Alvear â 
los combates y acciones que se dieron en los primeros 
dias de Uegar los franceses, que fueron los mâs criticos 
y sangrientos, y casi los ûnicos que directamente se 
sufrieron en aquella plaza; pues fué tal su importan- 
cia para hacer valer lo inexpugnable que era bien de- 
fendida, que el enemigo tuvo que desistir de atacarla 
de frente en el largo sitio que se siguiô. 

En confirmaciôn de ser verdad aquellos primeros 
ataques no nos atenemos solamente â su hoja de servi- 
cios, en la que, con la sencilla brevedad de esta clase 
de documentos, terminantemente se dice, sin embargo, 
tque tuvo la satisfacciôn de haber asistido Personal- 
mente â todas las acciones de los primeros dias, que 
fueron las mâs criticas y sangrientas*^ sino que, levan- 
tando algûn tanto el modesto vélo con que aquellas 
palabras encubren la parte principalisima que en ellos 
cupo al Jefe de quien tratamos, referiremos algunas 



(I) Véase el Apéndice nùm. lo. 



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— 185 — 

circunstancias que marcan é ilustran estos hechos con 
datos dé irrécusable notoriedad pûblîca en aquellos 
momentos suprêmes, aun cuando nuestros autores no 
los mencionan, como luego veremos. 

Empezaremos por recordar que, â pesar de la in- 
mensa alegrîa que en un principio causara la entrada 
de Alburquerque con su tropa, el pânico que â las po- 
cas horas se apoderô de Câdiz fué grandîsimo, cuando 
se supo que el Mariscal Victor, con su cuerpo de ejér- 
cito de 40.CXX:) hombres, se habia presentado â la vis- 
ta de la isla el dîa 5, amenazando el ataque y sen- 
tando su cuartel gênerai en el prôximo puerto de 
Santa Maria. En Sevilla se hubo de quedar la division 
que Mortier mandaba, y Victor habia continuado su 
marcha triunfadora hasta penetrar en Câdiz, como su- 
poni^, sin oposiciôn. Con este objeto mandô, al si- 
guiente dîa 6, un buque parlamentario con un oficio 
â la Junta y Autoridades, invitândoles â que recono- 
cîeran desde luego al Rey José, como lo habia hecho 
ya toda Espafta, y conminândolas â que se sometieran 
sin mâs inûtil derramamiento de sangre. Acompaflaba 
proclamas de aquel Rey y sendas cartas de varios es- 
pafloles que le seguian, y que se dirigian â miembros 
de la Junta y â otras personas influyentes. 

Elra â la sazôn Gobernador militar de Câdiz el Ge- 
neral D. Francisco Javier Venegas y Saavedra, amigo 
intime de D. Diego de Alvear, que conocia y aprecia- 
ba cuân sôlida era la opinion de aquél de ser imperdi- 
ble la isla gaditana; por lo que dictô animado aquella 
brève y hermosa contestaciôn: «La ciudad de Câdiz, 
fiel â los principios que ha jurado, no reconoce â otro 
Rey que al Sr. D. Fernando VII.=: Câdiz, 7 de Febrero 
de 1810(1).» 

(l) El General Venegas, aunque naciô en Zafra, de Extrema- 
dura, ténia su casa y propiedades en Montilla, adonde residfa con 
su familia, y se complacia en llamarse montillano y paisano de 
su amigo Alvear. Fué un valeroso y entendido militar, que se 



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— 186 -. 

Esta digna resoluciôn levante el espîritu de los mâs 
entusiastas, pero apocô el de los timidos, y fueron mu- 
chas las personas y familias enteras que pidieron in- 
mediatamente permiso para refugiarse â la escuadra 
inglesa, temerosas de los peligros inminentes que iban 
â correr si la ciudad caia en manos del tremendo ene- 
migo, como vivamente sospechaban. Aquel permiso 
les fué concedido al momento, facilitando â los fugiti- 
vos el transporte con sus efectosde mayor valor en sus 
lanchas y botes; con estos antécédentes cundiô mâs la 
alarma, y los marinos y los demâs Jefes ingleses invi- 
taron â su compatriota la seflora dofta Luisa Ward de 
Alvear â que siguiera aquel ejemplo (embarcândose 
también), aprovechando tan buena ocasiôn de evitar 
todo riesgo, pues en librarla de cualquier disgusto 
tendrîan una gran satîsfacciôn. La seilora se lo escri- 
biô asi â su esposo, afladiendo que la mayor parte de 
sus amigas lo habîan hecho ya, y que ella esperaba su 
consentimiento antes de decidirse. 

La contestaciôn de Alvear fué terminante; prohi- 
biéndoselo al momento por completo; dàndole las tnayo- 
res seguridades de que losfranceses no entrarian en la 
isla por mâs que hicieran\ y luego afladia en tono mâs 
familiar: ^Di à esos seâores que mientras tu marido 
mande la artiUeria de seguro que no entraràn\ y si 



distinguiô en esta y en las varias guerras en que se viô envuelta 
Espafia desde el siglo anterior, empezando por la expediciôn de 
Argel, el sitio de Gibraltar y la del Rosellôn. Entre los docu* 
tnentos autôgrafos é inéditos suyos que se han publicado en Se- 
villa por la Sociedad del Archivo Hispalense, se justifica por su 
hoja d;; servicios la opinion expuesta, de ser de este General la 
célèbre contestaciôn â la intimaciôn de los franceses. — Era de 
una vasta instrucciôn, y se expresaba con frases élégantes y apro- 
piadas. Luego fué Virrey de Méjico, y desempefiô otros cargos de 
importancia durante el reinado de Fernando Vil, â quien debiô 
el titulo de primer Marqués de la Réunion de Nueva Espaôa, 
mereciendo siempre el aprecio y consideraciôn de la corte y de 
sus conciudadanos. Muriô en Madrid en 1838. 



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- 187 — 

quieren convencerse de ello que te acompanen niananay 
y vente tû à corner, > 

Y en efecto; todos los mâs principales fueron acom- 
panando â la animosa seilora, que, confîada en la firme 
y segura palabra de su esposo, desechô todo temor y 
filé â la isla de Leôn al siguiente dia, que era el 9 de 
Febrero. 

Pues en aquel mismo dia 9 de Febrero atacaron ya 
las lîneas los franceses con numerosisimas fuerzas; y 
sucediô que, temeroso el General Alburquerque de 
que forzasen el puente Suazo, â cuyo punto, como era 
de suponer, principalmente dirigieran briosos el ma- 
yor empuje del ataque, situô sus tropas â las entradas 
y cabeceras del mismo puente, cayendo â los pocos 
momentos, entre muertos y heridos, treinta y tantos 
hombres. 

Alvear entonces rogô al Duque que retirara aque- 
llas fuerzas, que se perdîan sin necesidad y le impedian 
â él hacer el debido servicio con la artilleria. «Yo me 
encargo, le dijo, dé limpiar el campo de enemigos muy 
pronto.» El General se resistiô; pero â las repetidas 
instancias de Alvear, que le manifestaba el gran poder 
de las baterias que enfilaban alenemigo y le habian de 
destruir ô ahuyentar en seguida, y cada vez mâs apu- 
rado por las bajas que experimentaba su gente, le dijo 
muy alterado: «Bueno, voy â retirar la tropa; pero us- 
ted sera responsable de lo que ocurra. — Respondo de 
lo que ocurra, contesté muy tranquilo Alvear. — Pues 
sobre su cabeza de usted va, afiadiô enérgicamente 
el General. — Sobre mi cabeza venga, repitiô con se- 
rena firmeza Alvear. 

Y en efecto, diéronse las ôrdenes, y la tropa se re- 
tiré y empezô la artilleria à hacer fuego; el mismo Co- 
mandante apuntaba los canones, y con tan grande 
acierto que muy pronto se notaron sus efectos en la 
turbaciôn y movimientos que ocasionaron en las fuer- 
zas enemigas; y siguiendo el fuego vigoroso y cada 



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— 188 — 

vez mâs nutrido, fueron tan seflaladas las pérdîdas que 
aquéllas sufrieron que empezaron â céder y â retirât- 
se, y en brève rato desaparecieron por complète. 

Tan feliz éxito fué saludado con inmensos aplau- 
sos por la tropa y todos los circunstantes, înclusos los 
Oficiales y Générales ingleses, que también asistieron 
â la acciôn, y la poblaciôn entera se Uenô de jùbilo al 
ver confirmada la esperanza que siempre tuvieron en 
los pronôsticos que con sin igual firmeza y constancia 
les hiciera el entendido y valeroso Jefe D. Diego de 
Alvear; quedando todos tan convencidos desde aquel 
punto de que los franceses no entrarian nunca en la 
isla de Leôn, ni, por consiguiente en Câdiz, que en 
aquélla ténia su principal defensa, que se aquietaron 
las alarmas y se sosegaron los ânimos; y aunque se re- 
pitieron por varios dias los ataques mâs 6 menos fuer- 
tes, pero ya con mâs circunspecciôn por parte del ene- 
migo, fueron con igual satisfactorio resultado comple- 
tamente rechazados por la artilleria de la plaza (i). 

Referimos estos curiosos detalles, de cuya verdad 
y exactitud tenemos la mâs compléta seguridad, sobre 

(I) La relaciôn de estos sucesos la oimos muchas veces â 
nuestro venerado padre, que era el mâs verldico de los hombres; 
y siempre del mismo modo y con las propias solemnes palabras^ 
que se complacia en repetirlas. Mi madré luego después satisfa- 
cîa nuestra curiosidad confirmândolas, nos ailadia detalles, y los 
encomios y aplausos que oyera â las muchas personas autoriza- 
das que los presenciaron, y mi hermano mayor los fijô en una su- 
cinta noticia biogrâfica que escribiô de nuestro padre; y cuando 
publicô el Conde deToreno su monumental historia (en la que se 
nota en esto de la defensa de la isla un gran vacio), y sabiendo 
que gustoso admitia los datos fidedignos que esclarecian los he- 
chos de su historia, aconsejado por los que conocîan la principal 
parte que en la dicha defensa de la isla cupo â nuestro digno pa- 
dre, se proptiso hacérselo présente al seftor Conde â la primera 
oportunidad que se ocurriera; pero se precipitaron los aconteci- 
mientos en aquellos aflos de guerra civil y movimientos revolu- 
cionarios, y no hallô ocasiôn propicia para hacerlo, que fué gran 
làstima en verdad. 



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— 189 - 

los primeros ataques que dirigieron los franceses â la 
isla de Leôn â los pocos dias de presentarse â su vista, 
no solamente porque son caracterîsticos de la persona 
objeto principal de este escrito, â la que indudable- 
mente honran, sino también porque parece que escla- 
recen la obscuridad en que este importante hecho his- 
tôrico ha quedado envuelto por el silencio de nuestros 
principales historiadores, que ni los mencionan ni alu- 
den siquiera â estos ataques, que era inévitable dieran 
aquéllos al ver rehusado su requerimiento de recono- 
cer al Rey José, y que fueron tan victoriosamente re- 
chazados por la isla desde el primer momento (i), y 
ademâs porque rectifican algûn tanto la apreciaciôn, 
demasiado exclusiva, que atribuye toda la gloria de la 
defensa y salvaciôn de aquella importante plaza â los 
que acaso no tuvieron tan seflalada y compléta honra; 
olvidando y desconociendo la que les cabe, tan princi- 
pal â nuestra ilustre marina y â sus dignisimos Jefes, los 
que,acostumbrados âno tener mâs testigos de susaccio- 
nes que las estrellas del cielo y las olas del mar, saben 
cumplir con su deber sin alardear ni pretender enco- 
mios, ni tampoco se curan de descartar asertos infun- 
dados aunque les sean desfavorables, como los que 
resultarîan serlo en efecto si fueran ciertos, como se 



(I) El ilustre Conde de Toreno, en su interesantisima Historia 
del levant amiento^ guerra y revoluciôn de EspaAa^ después de 
calificar de muy atrasadas las obras de defensa de la isla cuando 
Uegô Alburquerque, y de que los franceses, confiados en esto y 
en el descuido natural de los esparioles, miraban â Câdiz como 
suyo, y en ese concepto intimaron la rendiciôn â la Junta, etc., 
prosigue diciendo: tAsi corriendo el mes de Fehrero sin choque 
ni suceso alguno notable (tomo 111, pâg. 21 8), trabajando con 
grande ahinco en las obras militares los franceses por abrigarse 
contra nuestros ataques y molestarnos con sus fuegoSy y nos- 
otros para acabar de poner la isla gaditana en un estado inex- 
pugnable.» A lo que se ocurre preguntar: ^Pues cômo no la ataca- 
ron y tomaron desde luego?... Que bastante gente tenian, y arti- 
Ileria, ademâs de la suya, la que recogieron en Se villa. 



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— 190 — 

ha dicho con repetida fruiciôn, «que no estaba la îsla 
fortificada ô que las fortificaciones estaban descuida- 
das, y aun abandonadas, y que se hubiera perdido irre- 
misiblemente si Alburquerque con su ejército no la 
huljiera salvado; proclamando â este solo General 
como ùnico y verdadero Salvador de la isla gaditana, y, 
por lo tanto, de la independencia de Espafta (i). 

Ahora bien; sin disminuir en lo mâs minimo la ala- 
banza que â este dignisimo General le corresponde 
por haber sabido con su muy hâbil maniobra salvar, 
eso siy à su pequefio ejército de la peligrosisima situa- 
ciôn en que se encontre, rodeado de las considérables 
fuerzas enemigas, acogiéndose al ùnico sitio en el que 
le fuera posible encontrar seguro refugio, y ademâs 
poder contribuir, como en efecto lo hizo, â su defensa, 
â sostener el espîritu pûblico y al Gobierno niismo, 
que allî se constituîa de nuevo, con tan oportuno re- 
fuerzo de tropas y su propio autorizado apoyo en los 
momentos mâs crîticos y de mayor angustia, no pK)r 



(i) D. Modesto Lafiiente en su Historia de EspaHa, refîrién- 
dose al mismo asunto de la isla de Le6n, dîce «que si bien sus 
cailos y salinas la hacian el punto mâs militar é importante de 
Espafia, se hallaba mal artillada y servida, y casi en àbsoluto 
àbandono (las mismas palabras que en su Diario dicen los Ré- 
gentes); como que nadie se habîa imaginado que tan pronto pu- 
diera el enemigo Uegar y amenazar â este extremo de Espaça»* 
£Pues acaso era posible olvidar que en la primera campafla de 
1808 habia tomado âCôrdoba, que solo dista cuatro ô cincojoma- 
das de camino abierto é indefenso para llegar alli? Hay que ad- 
vertir que casi todos los conceptos y la relaciôn de los sucesos 
de esta época que se leen en dichos autores parecen referirse à 
dicho Diario y â la Exposiciôn de los Régentes. Ademâs copia 
aquellas fatîdicas palabras que estampaban los Régentes en la 
Exposiciôn que dirigieron â las Cortes encareciendo el lamenta- 
ble estado en que se encontraba la Naciôn al ser ellos nombrados 
Grobiemo: «Los franceses se arrojaban impetuosamente â apode- 
rarse de los dos puntos, de la isla y Câdiz; y Câdiz y la isla, sin 
guamiciôn alguna, sin mâs defensa que un trozo de agua estre- 
cho, im puente roto, mal pertrechado de ca&ones ; una bateria à 



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— 191 — 

eso déjà de evidenciarse, por la lôgica irrésistible de 
las fechas y de los hechos, que la isla, como se viô en 
seguida, estaba bien defendida, se bastaba sola y no se 
hubiera perdido sin aquel socorro, como quieren supo- 
ner; y en efecto, £es posible créer que estuviera aban- 
donada una plaza en la que la marina albergaba tan 
cuantiosos intereses, y en la que tantos medios tenla 
para asegurarlos de una total destrucciôn por el gran- 
disimo material de caûones y demâs pertrechos, ense- 
res y artefactos militares de todas clases, mejores ô 
peores, que en sus vastos arsenales se depositaban, y 
que podian aprovecharse para la fortificaciôn y defen- 
sa del extenso y admirable foso de Saladeras, que la 
hacîan casi inaccesible al enemîgo y que completa- 
mente lo séria bien aprovechadas y dirigidas aquéllas 
con inteligencia y la debida actividad?... No; no es po- 
sible créer, repetimos, que ^quellos ilustres^ marînos 
que mandaban allî, el veterano General Moreno, Capi- 
tân General del Departamento; el Gobernador militar, 



medio hacer en el centro de la lengua de tierra que las sépara» 
(estas dos defensas de que solo hablan, fueron las que el pueblo 
amotinado quiso hacer contra la opinion de losjefes facultativos); 
«y Càdiz y la isla, repetimos, aguardaban con terror^l momento 
en que los enemigos^ aportillando tan débiles trincheras, profa- 
nasen con su ominoso yugo el honor de la ciudad de Alcides.» 
Pues no lograron ni lo uno ni lo otro, y ni los Régentes ni Albur- 
querque tuvieron tiempo para reforzar las débiles trincheras, 
como se quiere hacer créer; pues à los cinco dias del nombra- 
miento de los primeros, y picando la retaguardia del segundo, se 
presentaron aquellos terribles enemigos; que, si como hemos di- 
cho, la atacaron, fueron rechazados de tal modo que bien pronto 
hubieron de renunciar à la esperanza de lograr tamafia hazaûa y 
tan deseada. 

En el tomo XXIV, pâg. 288, dice el mismo Lafuente: «Prosi- 
guiô el Mariscal Victor con su cuerpo en direcciôn à la isla gadi- 
tana, donde, por fortuna, se habîa adelantado, segun dijimos, el 
Duque de Alburquerque, teniendo que limitarse el cuerpo del 
Mariscal Victor à ocupar las cercanfas y à establecer una especie 
de bloqueo.» 



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— 192 — 

D. Francisco Javier Uriarte, uno de los héroes de Tra- 
falgar, y que ya de antiguo, en Bre^t, habia merecido 
por sus relevantes méritos el singular galardôn de una 
espada de honor que el mismo Napoléon le concedie- 
ra; y mucho menos aùn el Capitân de navio D. Diego 
de Alvear, Comisario provincial de Artilleria y Jefe de 
las brigadas de aquel arma, â cuyo cargo principal- 
mente competîa, y que de celo, periciay heroica abne- 
gaciôn en aras del deber y de la patria tan sefialadas 
pruebas ténia dadas (ni siquiera es razonable pen- 
sarlo) que hubieran descuidado aquella perentoria 
obligaciôn, y mano sobre mano, quedos é inactivos, 
hubieran perdido dos aflos esperando â que vinieran 
de fuera,en el ùltimo critico momento, â decirles lo que 
debîan haber hecho para defender su casa^ que asi 
puede decirse, puesto que todo lo mâs florido de la 
isla â la marina pertenecla en sus varios ramos desde 
antiguo; y tarde é inùtil hubiera sido ya esto, que, 
como hemos visto, los grandes ataques de los france- 
ses fueron al cuarto dia de llegar, el dia g de Febrero y 
los siguienteSy que, como era natural, no perdieron el 
tiempo (i). 

El 5 Uegaron, el 6 intimaron la rendiciôn, «1 8 re- 
cîbieron la contestaciôn de Câdiz negândose â ella, 
y el 9, con todas sus fuerzas, atacaron â la isla, que los 
rechazô vigorosamente en este dia y en los cuatro 
que se siguieron; quedando aquéllos tan penetrados 
de lo inaccesible de la plaza y de su superior de- 
fensa, que renunciaron â tomarla por la fuerza desde 
luego; permaneciendo quietos é inactivos en el puerto 
y los alrededores, resignados â esperar del tiempo, ô 



(I) Apenas si el Gobiemo de la Regencia se habia constitui- 
do; y no habiendo tenido ni aun el tiempo preciso para descansar 
y reponerse la destrozada division del Duque, £qué hubiera sido 
de la isla y que de Càdiz si tan abandonada, como dicen, hubiera 
estado la primera? 



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— 193 — 

de algùn acontecimiento imprevisto, el posesionarse 
de aquella importantîsîma plaza, que resumîa en su 
estrecho recinto tan supremo interés para ambos beli- 
gerantes, pues en ella cifraba la Naciôn su indepen- 
dencia, y de ganarla los franceses, acaso el triunfo de 
sus ideas y la conclusion inmediata de la guerra (i). 
Por esto mismo, la mayor razôn que prueba evi- 
dentemcnte la verdad y exactitud de aquel criterio, es 
la singularîsima y por demâs extrafia conducta del ene- 
migo, que tan terrible y tremendo se mostrô en toda la 
campafta de Espafta atacando con tan furiosisima te- 
nacidad hasta vencer y destruir â la magnânima Zara- 
goza y â la fuerte Gerona, y otras tantas plazas bien 
guarnecidas y aun sostenidas por nuestros ejércitos; 
como lo siguiô haciendo hasta el fin; y ahora tan apa- 
gado, contentarse con sitiar, ô mas bien bloquear, â la 
îsla, sin gloria alguna ni la menor ventaja, y esto â la 
vista del pretendido Rey José, que querîan imponer; 
reuniéndose cerca de cien mil hombres, contando la 
division del gran Mariscal Soult, que le acompaftaba 
con la suprema direcciôn de todo el ejército del Me- 
diodia; para no hacer nada; atreviéndose tan solo â vol- 
ver â requérir el dîa 17 este ùltîmo, la sumisiôn (inùtil- 
mente por supuesto) â los Générales Alburquerque, 
Alava y otros; y luego, ya desanimados, tomar de vuel- 
ta la retirada; y que esta tâcita confesiôn de impoten- 
cia de tan numerosîsimo y valiente ejército ante aque- 
lla codiciada plaza fuera solo debida â la pequefia y 
abatida division de Alburquerque, parece muy poco 
probable, y sin embargo esto es lo que dice la Regen- 
cia en su Exposiciôn â las Côrtes, art. 15, en el que, 
tributando grandes elogios â la atrevida marcha del 
Duque y su inesperada llegada â la Isla, continua di- 



(l) Véanse sobre estos primeros ataques, ademâs de la hoja 
de servicios, el certificado del General Coupigni â la solicitud de 
Alvear mencionando estos combates. (Apéndice nùm. 18.) 

13 



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— 194 — 

ciendo: «pste socorro alentô los ânimos abatidos, res- 
tableciô la confianza, y el enemigo, que venîa en la fe 
de hallar estos puntos enteramente desguarnecidos, 
como efectivamente lo estaban (i), perdiô la esperanza 
de ganarlos â la fuerza, y se extendiô por los puntos 
de la Costa para formar la especie de sitio â que ha li^ 
mitado sus operaciones en esta parte.» Y luego ad- 
vierte, sin embargo, «que esta division, efecto de las 
privaciones, de los trabajos y pérdidas de una marcha 
tan violenta como la que habîan traîdo, se hallaba mal 
armada, mal vestida y falta de todo», en un estado mû 
serable^ dice en el Diario. 

El Consejo de Regencia se viô obligado luego, por 
exigencia un tanto demasiado airada de las Côrtes, â 
dar cuenta de su conducta y de las operaciones de su 
Gobierno (que es triste achaque de la humanidad pro- 
pender 6 poco alabar, y mucho criticar, â los que nos 
anteceden, y asi como antes los Régentes hicieron, 
ahora las Cortes con ellos); y tuvo que redactar un 
Diario en descargo, sumamente interesante â la verdad 
en cuanto se refiere â los asuntos, en cuya direcciôn 
suprema tomaron ellos (los Régentes) tan principal 
parte; empezando por manifestar el asombro 6 espanto 
con que miraban las crîticas circunstancias que les ro- 
deaban al instalarse: no solamente de la Naciôn en gê- 
nerai, sino aun de la misma isla de Leôn (en la que se 
hallaban los très que habîan jurado), y encarecîan to- 
davîa mâs los peligros, calificando sus fortificaciones y 
baterîas de insuficientes y miserablemente acondicio- 
nadas; confesando, sin embargo, que las del ptiente Sua- 



(I) No tanto, que estaban las brigadas de artilleria de marina 
y los varios batallones de voluntarios, que en Espaila siempre, y 
tras de las tapias, hacen heroicidades, como y a dijo de antiguo 
el célèbre historiador romano: «y como leones defienden stts lares,» 
(Tâcito.) 



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— 195 — 

zo podian impedir un golpe de ntano (i), y mostrando 
un optimismo en cuanto â su defensa que ya la veîan 
en poder de los franceses. «La isla de Leôn, cuna de 
la Regencia y tabla de su naufragio, iba ya â caer en 
poder del enemigo, dicen, si no fuera por el felicfsimo 
socorro que tan oportuno les trajera el Duque de Al- 
burquerque», de cuya marcha hacen un grande elogio; 
'cuyo pequeflo ejército, también dice, pasando como 
invisible por entre las divisiones francesas, no se les 
hubiera anticipado algunas horas». 

Pero no menciona los primeros ataques, que tan 
decisivos fueron y que hicieron buenas aquellas bâte- 
rias; ni las refriegas y combates que se siguieron â car- 
go de aquel General, principal jefe de la defensa, si no 
es para elogiar el buen espiritu de la tropa en los cho- 
ques parciale^ que dice «se tuvieron con el enemigo», 
3' en otros p'irrafos, «que este los miraba con respeto>, 
que se hicieron algunas salidas con fortuna, y eso que 
se queria se atuvieran solamente â la defensa, en aten- 
ciôn al reducido numéro de nuestras tropas, etc.; pero 



(l) Pues ya la experiencia lo habia demostrado cuando esto 
se escribiô. Acaso pueda atribuirse algùn tanto â otras causas el 
desventajoso juicio que de ellas se formé, y â propôsito nos pa- 
rece Uainar la atenciôn â un informe reservado que en 5 de Ene- 
ro de 1810 dirigiô el General Venegas â la Junta central con mo- 
tive del descrédito con que se queria desautorizar al General 
Uriarte y las fortificaciones de la isla. « Ya entonces, dice, cuando 
se trata de unos Oficiales Générales de notorias prendas y cuali- 
dades^ no déjà de ser arriesgado el aventurar ciertos conceptos 
sobre sus ideas; pero manifestando à V. E. mi juicio con la fran- 
queza correspondiente â mis deseos de acrrtar, me parece que 
por parte de los Ingenieros de tierra hay algùn espiritu de Cuerpo 
que les hace mirar con desagrado estuviese encargado de las 
obras de la isla D. Antonio Prat, Ingeniero hidràulico. La conti- 
nuaciôn de D. Francisco Uriarte en el gobierno de la isla la con- 
templo de absoluta necesidad, no siendo fâcil que sea sustituido 
por persona de su bien merecida reputaciôn y celo del real ser- 
vicio. (Castro, Historia de Câdiz^ pâg. 696.) 



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— 1Î)G — 

lo sorprendente es que ya el dia 14 se muestran tan 
penetrados y convencidos de lo segura é invulnérable 
que era aquella plaza, que la designaban por centra 
principal de una granposiciôn militar para las grandes 
operaciones contra los franceses que se iban à em- 
prender en Andalucia y otras provincias; cuyo proyec- 
to grandiose, û la verdad, detalla con valentîa apoyan- 
do aquella designaciôn con estas propias palabras: 
^Cofisiderando que los dos ptintos de la Isla y de Càdiz 
han sido cousiderados siempre por los inteligenfes conio 
una de las posiciones mas fiterics de Espaiia, y ûnica ta 
vez en Europa, debian ser en nuestra acttial situaciônl 
el centro de todas las combinaciones y el punto de 
donde deberîan partir las lîneas que abrazasen la cir- 
cunferencia de la Penînsula (i).» 

Tan palmaria contradicciôn de apreciaciones en el 
brève espacio de diez dîas,pareceriainconcebibley por- 
tentosa en verdad si no implicara que las primeras^ 
inspiradas por el asombro y la sorpresa en los angus- 
tiosos momentos de su comprometida instalaciôn, ha- 
bîan adolecido de precipitaciôn y de lamentable error; 
desestimando el mayor conocimiento que tenian de 
las especiales y ventajosisimas condiciones de aquella 
plaza (la isla de Leôn), los Jefes que se fijaron en las 
ûnicas fortificaciones que para su defensa inmediata 
se requerian, y con las que tan transcendentales triun- 
fos se obtuvieron inmediatamente; siendo el mâs esen- 
cial el de convencer al ejército francés de impotencia 
para tomarla; y â los espafioles de la perfecta seguri- 
dad que en ella encontraban. Explicândose asi sola- 
mente â satisfacciôn, el extraordinario y repentino 
cartbio que entranara igualmente en su actitud y con- 
ducta sucesivas ambos beligerantes, trocândose el ar- 
doroso arrebatador impetu del francés en calmosa y 



(I) Art. 2P de la Exposiciôn, y dia 14 de Febrero del Diario- 
del Consejo de Reo:encia. (Elogio del General Escaûo.) 



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— 197 — 

solapada astucia, mientras que el prudente temor del 
espaflol, con denuedo y entusîasmo invencible brillô. 
Los defensores de la Isla desde aquellos décisives 
momentos, Uenos de entusiasmo, no se contentaron 
con atender exclusivamente â la defensa de la plaza, 
sîno que, atreviéndose â desafiar al enemigo fuera de 
ella, hicieron una salida el mismo dia 12 de Febrero, 
atacândole con denuedo, forzândole â desalojar la casa 
del Portazgo, que en el camino de Chiclana tenian ocu- 
pada, destruyéndola, lo mismo que los parapetos y 
empalizadas que habîan comenzado â construit en 
aquel punto, con dos piezas de artilleria que tenian 
colocadas, de ocho que iban â poner; causândoles esta 
primera salida algunos muertos y heridos, sin que 
ellos tuvieran baja; regresando â la plaza contentos y 
muy satisfechos, y decididos â continuar aquellos ata- 
ques; como en efecto lo siguieron haciéndolo, â poco 
-con otra salida al lado opuesto del rio San Pedro, ba- 
tiéndose con la mayor bizarria hasta rechazar al ene- 
migo; también le rechazaron otro dia victoriosamente 
â pesar de sus grandes esfuerzos para impedir los tra- 
bajos que estaban haciendo los nuestros para perfec- 
cionar la cortadura del Portazgo; y en otra para cons- 
truir nuevas baterias de morteros con objeto de impe- 
dir la construcciôn de balsas, que el enemigo preparaba 
para pasar el rio; y asî sucesivamente destruyendo los 
H:aserios que en las afueras, aquél tomaba para abrigar 
-à su gente; y los trabajos que ya se veîa iba haciendo 
para fortificar su campamento con diferentes lîneas de 
baterias; adoptando â su vez un plan de defensa â con- 
secuencia de lo frecuente de los ataques de los nues- 
tros y la importancia que iban tomando; levantando 
al mismo tiempo el espfritu pûblico, alimentando el 
entusiasmo y confirmando las esperanzas concebidas 
de nuestro lado, de tal modo que los mismos Régen- 
tes, que en un principio (temerosos de que nuestras 
fiierzas no pudieran competir con las de los franceses, 



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— 198 r- 

al parecer tan superiores por todos conceptos: y de 
que cundiera mayor el desalîento si eran, por desgracia, 
envueltas 6 rechazadas): habîan convenido y réitéra- 
damente repetido la necesidad en que se estaba de ce- 
ftirse estrictamente â un riguroso plan défensive; 
viendo ahora y convencidos por el buen efecto que se 
lograba-con aquellos movimientos tan bien coordina- 
dos y dirigidos por Jefes entendidos, y ejecutados por 
gente périta en el manejo de las armas y muy conoce- 
dora del pais, como eran los voluntarios, escopeteros 
y salineros, de los que y a se dira después: que inquie- 
tando al enemigo le traian desatentado en tan inntensa 
linea de defensa, como dicen en suDiario,y conaquellas 
salidas que se repetian casi diarias, en las que Uevaba 
siempre una inmensa ventaja el valor personal, vigoro- 
samente sostenido por el ardor patrîo que los inspira- 
ba; y que tanto contribuian â la vez â animar y ague- 
rrir â los soldados bisofios y estimular â los nuevos 
Uegados que de muchas partes venian â reforzar la 
guamiciôn; se decidieron pronto los Régentes, digo, I 
promoverlos y premiarlos, por lo utiles y aun necesa- 
rios que resultaban. 

La Marina coadyuvô grandemente â su mayor in- 
cremento facilitando los transportes con las fuerzas 
sutiles de pequeilos buques, que, deslizândose por los 
intrincados canos, Uevaban refuerzos â los puntos de- 
signados para auxiliar las guerrillas y contribuir con 
sus cafiones (las lanchas) â la destrucciôn de las bate- 
rias que el enemigo iba construyendo. Al principio 
solo habia cuarenta y cinco de estos pequeflos buques; 
pero muy luego se aumentô su numéro â noventa; di- 
vidiéndose en dos escuadras al mando de los distin- 
guidisimos Générales de Marina, D. Cayetano Valdés 
y D. Juan Topete; y aunque tripulados escasamente 
por los marineros y Oficiales de la dotaciôn de los na- 
vios por no tenerlos propios, hicieron muy buenos 
servicios todo el tiempo; como era de esperar de Ofi- 



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— 199 — 

ciales tan beneméritos y pertenecientes â un Cuerpo 
tan leal y entendido; Uegando las tropas de mar y de 
tierra â batirse en estas y otras acciones con tal ardor 
y bizarria, que â veces los franceses se contenîan res- 
petuosos, sin estorbarles los trabajos de nuevas corta- 
duras que se hicieron en los caminos; escarmentados 
de las refriegas y sorpresas anteriores, en las que ha- 
bian sido siempre rechazados. 




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^~^i^^§§è^^^^^^^ 



XVI 



0OBl6fiNO rorJTrco y militar de la isla de leon 




"on Diego de Alvear, con anticipa- 
ciôn â los primeros succsos del 
sitio que hemos referido, habia 
merecido ser nombrado por acla- 
maciôn General del pueblo el 2 de 
Enero de 1810 (i), Vocal de la 
Junta de gobierno y defensa de la Isla; cuyo nombra- 
miento recibîô confirmaciôn oficîal por votaciôn una- 
nime del Ayuntamiento al constituirse aquella Junta 
défini tivam ente el dîa 2 de Febrero, en el que se su- 
pusu inminente la aproximaciôn del ejército invasor; 
pasàndole esta Corporaciôn el siguîente oficio: «Esta 
Junta de defensa, en sesiônde hoy, ha nombrado âV. S. 
por uno de sus Vocales, y en tal virtud espero se ser- 
vira V. S. concurrir â las ocho de esta noche en la 
Sala Capitular, â efecto de tomar posesiôn de dicho 
encargo.^Dios guarde â V. S. muchos aûos.=zReal 
isla de Léon 2 de Febrero de \%io,=^ebasiiàn de 



\ I i Vr;ise su liojn de servicios. 



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— 201 — 

SoKs (i).» Asistiendo con urgencia desde aquella no- 
che â todas las sesiones; y con este encargo y con el 
de Comandante gênerai de Artilleria de mar y tierra, 
que venîa desempeftando hacîa tiempo, y en el que le 
confirmé al momento de llegar el Duque de Albur- 
querque, como ya se dijo, habîa continuado â las ôr- 
denes de este jefe (al que merecîa siempre el mayor 
aprecio); vigilando y atendiendo sin césar â la mejor 
defensa de la plaza y â los movimientos del enemigo, 
para evitar cualquiera amago de sorpresa: que era el 
ùnico peligro que ya por entonces se podfa temer vis- 
to el feliz resultado que los ataques directos habian te- 
nido; por lo que, organizados los dos batallones de sa- 
lineros, como ya lo estaban, y él ^ su cabeza, se encar- 
garon de velar de dia y de noche el extenso circuito 
de las Saladeras: las que por sus senderos intransita- 
bles, y desconocidos para todos los que no fueran ellos, 
les permitia acercarse y acechar muy en secreto las 
diferentes avanzadas de los franceses, y sorprender â 
su vez los proyectos y movimientos que se proponian, 
y que era tan conveniente saber con anticipaciôn; y 
ademâs, escondidos en aquellas encrucijadas, espiaban 
à los que se aproximaban con objeto de régis tr arias, 
y haciéndoles fuego mataron â muchos: poniendo â 
raya â los demâs exploradores, que, atemorizados por 
los tiros salteados que salian inadvertidos de aquella 
larga emboscada, se alejaron en lo sucesivo à gran 
distancia. 

Estos valientes, activos é incansables salineros fue- 
ron de un auxilio portentoso para la defensa de la Is- 
la; y su jefe y organizador D. Diego de Alvear se com- 
placia en consignarlo asf muchos aflos después, recor- 
dando con singular aprecio los mil j mil actos de 
inteligencia y valor que con ardoroso celo les inspirara 
su lealtad y patriotismo. 



(I) Véase Apéndice nùm. ii. 



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— 202 -- 

El regimiento de Milicias honradas que se habia 
formado desde un principio de todos los jôvenes uti- 
les y en aptitud de Uevar las armas, y el muy especial 
que se formô con el nombre de Compailias de cazado- 
res y escopeteros, por ser hombres diestros y expertes 
en el manejo de ellas, también prestaron seftaladisimos 
servicios en las diferentes operaciones del sitio que se 
siguiô; guarneciendo fuertes avanzadas, guardias de 
lineas, y dirigiendo y acompaîlando con suma utilidad, 
por su mayor conodmiento del pais, las partîdas y 
guerrillas que empezaron â salir, como hemos dicho, à 
la descubierta del enemigo â destruir sus proyectos 
de levantar baterias para su propia defensa ô para mo- 
lestar â los sitiados é interrumpir las comunicaciones, 
y también por otros motivos favorecedores â la buena 
causa. 

Todos eran voluntarios, costeândose ellos mismos 
todo el tiempo, sin sueldo ni gratificaciôn alguna; lo 
mismo que los salineros, y â las ôrdenes del mismo 
Jefe Alvear, cuyo prestigio habia crecido en el ânimo 
de los que habian visto la perfecta seguridad de sus 
asertos, y el gran conocimiento que mostrara en la de- 
fensa de la plaza y en el desempefio de sus diferentes 
cargos; de modo que su autoridad y personalidad pa- 
recian imponerse con gran favor, lo mismo con los ha- 
bituales pobladores de la Isla, que con los muchos ex- 
traûos que con motivo de las circunstancias la ocupa- 
ban, y muy especialmente con los que, â la cabeza del 
Gobierno, necesitaban aprovechar los hombres de 
aquel temple; por lo que poco después, el 6 de Marzo, 
tuvo la honra de ser nomhrado primer Gobernador po- 
litico y militar de aquella plaza, destino creado ex pro- 
feso en atenciôn à las actitales criticas circunstancias^ 
por el Supremo Consejo de Regencia; cuyo real nom- 
bramiento le comunicô el General Eguia, Ministro de 
la Guerra, en ofîcio del ténor siguiente: «Al Capitân 
General de Andalucia comunicô con esta fecha lo si- 



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— 203 — 

guiente:=Considerando el Rey Nuestro Seftor D. Fer- 
nando VII, y en su Real nombre el Supremo Consejo 
de Regencia del Reino, que las actuales circunstancias 
precisan â crear un Gobierno militar y polîtico en esta 
villa delà isla de Leôn, ha nombrado S. M. para este 
empleo â D. Diego de Alvear, Capitân de navio de la 
Real Armada y Comandante de brigadas.=:Lo trasla- 
do â V. S. de Real orden para su inteligencia y cum- 
plimiento.=Dios guarde â V. S. muchos aftos.=Isla 
de Leôn 6 de Marzo de i8io.=£^wîa.=Sr. D. Diego 
de Alvear.» Y todavia, con fecha i6 del mismo mes y 
afio, se le expidiô por la misma Regencia igualmente, 
titulo de Corregidor^ por entender que asi conviene d 
mi servicio (del Rey), à la buena administraciôn de 
justicia^ paz y sostego de la misma villa (de la isla de 
Leôn, etc.), firmado por su Présidente, el General Cas- 
tafios (i). 

Estos destinos implicahan la presidencia del Ayun- 
tamiento, la de la Junta de defensa, la de abastos, la 
de alojamientos, sanidad y otras, y la de todas las Cor- 
poraciones civiles y criminales, propias de las jurisdic- 
ciones ordinaria y militar; asi como también el mando 
del regimiento de Milicias, como Coronel; el de las 
compafiîas de salineros, cazadores y de escopete- 
ros, etc. 

La idea fué reunir bajo una sola y alta Autoridad 
los varios ramos, no solamente militares y de la defen- 
sa, sino los polîticos, de gobierno y de administraciôn 
gênerai: que se imponian dificultosisimas de desempe- 
ftar con motivo de la suma importancia que la pequefta 
villa adquiriô por ser el asiento del Gobierno; y como, 
ya se creia, el âncora de salvamento para la Naciôn; y 
ser seguro refugio de multitud de personajes que con 
los varios Tribunales, los Consejos, los multiples co- 



(I ) Por ser de larga extension no se inserta en el texto. (Véa- 
se Apéndice nûm. 14.) 



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— 204 — 

misionados de las provincias y de los ejércitos en cam- 
pafta, le seguian; acrecentando la poblaciôn desmesu- 
radamente, y acumulando los négocies y quehaceres 
del abastecimiento y alojamiento de tanta gente, â tal 
punto, que casi competîan, si no en importancia defini- 
tiva con la de la defensa, al menos en dificultades ma- 
teriales y del momento: que requerîan soluciones pron- 
tas y satisfactorias; y que con tanta repeticiôn y fre- 
cuencia se presentaban, que habian de absorber toda 
la atenciôn del genio mâs vivo y activo. 

Pues cûmplenos ahora decir que en Câdiz, lo mis- 
mo que en la Isla, fueron tan grandes el contento y el 
entusiasmo con que se acogieron aquellas primeras 
acciones de tan compléta satisfacciôn para la defensa 
de ambas plazas; que, reanimândose el espîritu pûblico, 
se confirmaron los unos, y se persuadieron los mâs, de 
que no tenian que temer nada por la seguridad de su 
hogar: y que, pôr lo tanto, podian dedicar todo sus es- 
fuerzos y patriotisme â sostener la santa causa de la 
Naciôn, haciendo de aquellas fortalezas inexpugnables 
€ imperdibles^ como se veîa ya claramente que eran; el 
centro principal de acciôn militar contra el invasor, y 
el del Gobierno gênerai del pais para su reconstituciôn 
compléta; â lo que coadyuvô grandemente la nueva 
Regencia (un poco en verdad â médias) con la domi- 
nadora é influyente Junta de Câdiz, auxiliadas por la 
Marina, los Générales, los Jefes locales, y, en una pa- 
labra, por todas las clases de la sociedad, que compi- 
tieron con grandisimo ardor en la prosecuciôn de tan 
lisonjero y glorioso proyecto. 

Empezaron, pues, â venir â la Isla y â Câdiz mu- 
chîsimas personas, visto este sorprendente giro que 
habian tomado las cosas, por el que realmente resul- 
taba que, â pesar delriguroso sitio con que el formida- 
ble enemigo estrechaba aquellas ciudades, se extendia 
por todas partes el convencimiento de estar muy se- 
guras contra sus ataques; que lo eran màs que ningûn 



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— 205 ■— 

otro punto de Espana; y por lo tanto, el Gobierno se 
afianzô allî, y con el acuerdo de los aliados, juntamente 
con el de los Générales nuestros y demâs hombres de 
autoridàd y buen consejo, se formô, en efecto, el plan 
de hacer aquél el centro de las operaciones mili tares 
del Mediodîa (como dice el Diario de la Regencia); 
organizando ejércitos y fuerzas, no solo para su guar- 
niciôn y defensa; sino para enviar por los pueblos de 
la Costa â levantar y sostener por doquiera el alza- 
miento gênerai contra los ejércitos franceses; los que^ 
sin embargo, invadian y recorrian todo el pais y pare- 
cîan dominarlo casi por completo. 

Ante aquella magnânima resoluciôn; ante la no 
menos noble y leal de ser rechazadas por nuestros Gé- 
nérales y otras personas las muchas proposiciones de 
avenencia y de reconocimiento que se hubieron de 
presentar, pùblicas algunas y subrepticiamente las mâs, 
â favor del Rey José, y en su nombre por los Maris- 
cales Soult y Victor y por sus adeptos, no ya como 
extrano y francés, sino como Rey nacional, deseosi- 
simo de hacer todo el bien posible â los espanoles, y 
que se daba ya como acatado por grain parte de la Na- 
ciôn, y completamente desvanecida la ilusiôn que 
aquel Principe acariciaba véhémente desde un princi- 
pio de tomar aquellas codiciadas plazas para termi- 
nar la guerra, triste y desalentado hubo de abandonar 
su estancia del Puerto Real para concluir de visitar las 
otras capitales de Andalucia, deteniéndose algunos 
dias en Mâlaga y Granada, y luego mâs en Sevilla, 
adonde llegô el 1 3 de Abril: para despedirse por fin de 
aquellas deliciosas provincias, cuyo clima y bella natu- 
raleza le habîan encantado; tomando descorazonado 
su vuelta para Madrid, adonde llegô el 15 de Mayo 
sin fausto ni aparato alguno; y muy disgustado ade- 
mâs, por las nuevas disposiciones que su hermano Na- 
poléon tomaba sin contar con su beneplâcito, no solo 
en lo respectivo â las operaciones militares, sino que 



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— 206 — 

también en la gobemacîôn y aun integridad del pais, 
que queria dividir arbitrariamente para unir la parte 
del Norte â Francia hasta el rîo Ebro: por via de in- 
demnizaciôn de los gastos de la guerra; â lo que José, 
con gran dignidad, se opuso decididamente, prefi- 
riendo antes dimitir; que en esto, y en otras muchas 
ocasiones, mostrô tener corazôn y sentimientos de 
verdadero Rey. 

Los Régentes permanecian residiendo en la isla de 
Leôn, pero sin contar con muchos recursos de que 
disponer; por lo que tenîan que acudir â la Junta de 
Câdiz para atender â las atenciones mâs perentorias; 
y una de ellas fué desde los primeros momentos la 
que requeria el estado lastimoso de las tropas de Al- 
burquerque, las que verdaderamente estaban en un es- 
tado déplorable: destrozadas sus ropas y desprovistas 
de enseres, faltas de armamento, mal alimentadas, y, 
por ûltimo, sufriendo grandes escaseces de todo. 

La Junta no hubo de asistirlas tan pronto ni con la 
amplitud que se necesitaba, y que el General exîgia: 
(y eso que las sefioras todas de Câdiz, rebosando de 
caridad y patriotismo, se encargaron animosas de la 
costura de la ropa, en lo que se empleaban sin des- 
cansar ni de dia ni de noche); ello es que sesuscitaron 
tantas quejas de un lado, y tan acres contestaciones 
del otro, que, enardeciéndose las cuestiones y desva- 
neciéndose el ardoroso entusiasmo con que fué aco- 
gido aquel caudillo en un principio, hirieron su ânimo 
tan hondamente que se viô obligado â dejar el mande 
â fines de Marzo; aceptando el nombramiento de Em- 
bajador, que le diera en satisfactoria y honrosa comi- 
siôn la Regencîa, para Inglaterra; sin que por eso ce- 
sara la violenta polémica, en mal hora comerizada y 
tan agriamente continuada, que desgraciadamente 
hubo de influir en el pundonoroso ânimo de aquel 
digne prôcer, de tal modo acibarando sus dias, que, 
segùn se crée, le causô la muerte poco tiempo des- 



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— 207 — 

pues. iEjemplo por demâs triste de lo efimeras y fuga- 
ces que suelen ser las glorias de este mundo! 

No llegô à dos meses el tiempo que estuvo man- 
dando como Capitân General de Andalucîa y dirigien- 
do las operaciones contra los franceses, como encar- 
gado de la defensa de la isla gaditana, con acierto y 
actividad; prestando su apoyo â las salidas que se iban 
haciendo, y que de tan buen efecto resultaron: siendo 
la ùltima que dirigiô el i6 de Marzo, acciôn combina- 
da y de mayor importancia, y que hubiera podido ob- 
tener grandes resultados si se hubiera llevado â cabo 
la operaciôn como se habîa convenido de antemano y 
el Duque ténia 'dispuesto; dando las ôrdenes con la de- 
bida anticipaciôn, con el principal objeto de apoderar- 
se del Cafto del Trocadero, Uevando el ataque por très 
puntos distintos; el Puente Suazo, la Carraca y Santî 
Pétri; auxiliando los ingleses desde Matagorda, embar- 
cando 3.000 hombres de ambas naciones; pero hubo de 
perderse algûn tiempo, y bajando la marea, fué preciso 
suspender la expediciôn por aquel lado y desembarcar 
la tropa espaftola; pero los de la Isla, â las ôrdenes del 
General D. José de Lardizâbal, la llevaron â cabo em- 
prendiendo briosos una série de ataques, con tal de- 
nuedo que por todas partes arroUaron al enemigo: 
siendo la mayor contienda en el rio Santi Pétri, que 
cruzaron al frente de aquél, que â pie firme los espéra- 
ba: logrando atropellarle y desalojarle del pinar en 
donde se guareciô, é indudablemente se hubieran apo- 
derado de Chiclana, que ya empezaban â abandonar 
aquéllos, si no les hubiera detenido la orden de retirar- 
se que en aquel momento recibieron, y que, aunque con 
gran pesar, obedecieron todos; haciendo su retirada y 
el paso del rio con el mayor orden y sin ser molesta- 
dos. 

Un solo muerto y cien bajas por heridos y contu- 
sos tuvieron; y los franceses muchos mâs, pues solo 
en el hospital de Conil se recibieron y asistieron 500 



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— 208 -> 

heridos, y muchos muertos se vieron por los cam- 
pos (i). 

Ya por este tiempo se veia bien claro que los fran- 
ceses, temerosos de una invasion séria, se consagra- 
ban â fortificarse con baterîas mâs ô menos lejanas; 
artillando los castillos de Sa^ita Catalina y otros, y 
adoptando un plan completo de defensa, afîrmândose 
en los terrenos enfrente de la Carraca y al otro lado 
del rîo de San Pedro: en el Puerto de Santa Maria 
adonde tenîan su cuartel gênerai y demâs puntos que 
ocupaban;con sus lîneas defensivas y fuertes artillados, 
que levantaron luego en otras partes de lacosta,con los 
que podîan hacer dano a su vez; por lo que se tomaron 
por la Regencia iguales medidas para fortificar y defen- 
der los que por nuestro lado estaban mâs expuestos â 
sufrir sus ataques 6 los efectos de su artilleria, como 
Puntales y otros. 

Habîase ya aumentado considerablemente la guar- 
niciôn con las partidas sueltas que de las provincias 
acudian al Uamamiento de la Regencia, con sus Oficia- 
les y Jefes; y de unos y otros, como igualmente solda- 
dos, Uegaron también muchos, que por ellas andaban 
esparcidos ô disueltos; asi es que cuando el 23 de Abril 
llegô el General Cuesta, nombrado para reemplazar en 
el mando al Duque de Alburquerque, coristaba ya de 
15.000 soldados de lînea, consiguiéndose â poco hacer - 
la subir â 18.000, formândose, como se habia conve- 
nido, con esta division, que luego llegô â ser de 25.000 
hombres, el ejército central de operaciones en el Me- 
diodîa: enviando refuerzos â Huelva, Ayamonte, Ronda 
y otros puntos inmediatos para auxiliar â los que por 
allî se defendian de la invasion francesa, y protéger a 
los que promovian en las serranias el levantamiento; 
que se iba haciendo gênerai en todo el pais con la 



(I) Diario de la Regencia. 



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— 209 — 

nueva organizaciôn que se daba â los ejércitos y los 
socorros que en armas, gente y dinero se remitîan a 
menudo; pues el Consejo de Regencia habîa Uegado â 
completarse y afirmarse en el poder, reconocido por 
los aliados y Naciones extranjeras como Gobierno su- 
perior de Espaila, y era acatado como tal por la Naciôn 
entera, que obedecia sus ôrdenes en cuanto lo permi- 
tian las anômalas circunstancias de esta y de la guerra 
tan espccia! que se hacia, no ya por ejércitos en cam- 
pana solamente, como suelen ser, sîno en multitud de 
localidades grandes 6 pequenas que sostenîan heroîca- 
mente largos y terribles sitios, 6 abrigaban partidas que 
se levantaban mâs ô menos numerosas al principio por 
todo el pais, y que â las ôrdenes de hombres osados y 
valientes tomaron pronto ungranincremento;acosan- 
do por doquiera â los invasores, molestandolos y tra- 
yéndoles en jaque de continuo, entreteniendo sus ejér- 
citos con la importunidad y tenacidad de sus ataques, 
facilitando la concentraciôn, marchas y planes de los 
nuestros, â los que ayudaban poderosamente, contri 
buyendo no poco â que se pudieran rehacer de nuevo 
fuertes y aguerridos para, en union de los ejércitos, de 
los aliados ingleses y portugueses, imprimîr â las cam- 
paûas siguientes aquel gran impulso que las Uevô â su 
glorioso término, adquiriendo ellos â su vez una fama 
imperecedera por los servicios que prestaron â la Pa- 
tria bajo el modesto nombre de guerrilleros, que tan 
célèbre hicieron por todo el mundo. 

Para que el Consejo de Regencia pudiera ocuparse 
con mayor desembarazo de las multiples y perentorias 
cuestiones que suscitaban el reconocimiento de su au- 
toridady hacerlaprevalecer, conservar la unidad de 
la Naciôn por tan dilatada extension de dominios allen- 
de y aquende los mares, atender â la guerra gênerai 
con primordial empefto y â los demâs asuntos que re- 
queria la gobernaciôn del Estado, fué indudablemente 
de singular alivio el nombramiento de D. Diego de Al- 

14 



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— 210 - 

vear para Gobemador polîtico-militar de la isla de 
Leôn, con la agregaciôn del corregimiento y demâs 
mandos que le constituian la ûnica superior Autoridad 
de aquella localidad, de tan suprema importancia en 
aquellos momentos; pues en el desempeflo de las mu- 
chas y graves obligaciones que le imponia aquel difi- 
cil puesto en tan extraordinarias circunstancias y de 
tanto riesgo, abrazando todos los ramos de adminis- 
traciôn y buen gobiemo, civiles y militares, incluses 
los que se referîan â la inmediata defensa y compléta 
seguridad de la plaza, con el relative bîenestar de sus 
habitantes y del innumerable y alto personal que en 
ella se encerraba, mostrô el relevante conjunto de 
cualidades superîores que le distinguîan y tan gran 
aptitud para aquel mando, que concluyeron mu}^ pron- 
to por granjearle el mâs alto aprecio, y por complète 
la confianza de los Régentes, de los Générales y demâs 
Autoridades que se fueron sucediendo en los altos 
puestos de la situaciôn, y â la vez el mayor respeto y 
véhémente adhésion de todos sus subordinados, y, por 
decirlo de una vez, el amer de toda la poblaciôn en- 
tera, que se desvivîa por obedecerle y servirle, acu- 
diendo unes y otros â su Gobernador en los apures 
y dificultades que â cada paso surgîan, con la seguri- 
dad de que la resoluciôn que â todos diera séria siem- 
pre pronta y la mejor; porque nada era capaz de tur- 
bar la serena lucidez de su inteligencia, y para todo 
hallaba recursos su fecunda y activa iniciativa. 

Incalculables fueron, pues, los servicios que en 
aquella situaciôn prestara y los mérites que en la pû- 
blica opinion adquiriera; alcanzando tan gran po- 
pularidad que el General Castaftos, Présidente del 
Consejo de la Regencia, de continue le decia: ^Alveary 
tiene usted mâs fama aqui que Pizarro en Indias* 
(frase que muchos aftos después, y ya en su ancîani- 
dad, â nuestra madré y â nesotras nos la repetia tam- 
bién el respetabilisimo General, recordande afectuoso 



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— 211 — 

y amable los servicios de su antiguo amigo y compa- 
ftero en el glorioso sitio). 

Desde luego continuô siempre Alvear atendiendo 

y asistiendo personalmente â las perentorias é impres- 

cindibles necesidades de la defensa â la cabeza (como 

dijimos, del Regimiento de Milicias y demâs fuerzas 

<jue estaban â sus inmediatas ôrdenes, las que, fuera 

<le las salidas de descubiertas y guerrillas, en las que 

contaban siempre sus batallones por mâs conocedores 

del terreno, cubrian con asidua constancia y gran 

celo todos los puestos avanzados y principales puntos 

de la dilatada lînea, considerados como mâs peligro- 

ses; cigualmente, dice su hoja de servicios, que la del 

Coronel del Regimiento de Milicias honradas y com- 

paftias de salineros y Cazadores y la Comandancia de 

los escopeteros, cuyos cuerpos se distinguieron en el 

sitio de la plaza, asistiendo â su costa y prestando se- 

ftalados servicios en todas las operaciones del sitio; 

guameciendo guardias de lîneas, puestos avanzados, 

y dirigiendo y acompafiando las partidas y guerrillas 

quesalian». 

Ademâs, atendîa con sumo cuidado â la continua 
vigilancia que era preciso tener con las salinas, para 
-conservarlas en buen estado con sus periôdicas inun- 
daciones, limpieza de los cafios y los frecuentes répa- 
res que necesitaban para hacerlas llenar debidamente 
el singularisimo y providencial cometido que en la de- 
fensa de aquella plaza, por ellas inexpugnable, les ha- 
bia cabido tener en suerte. 

Contribuyô también Alvear al establecimiento de 
las nuevas baterîas que se fueron construyendo, segùn 
los movimientos del enemigo y en contraposiciôn de 
las que este levantara, surtiéndolas todas superabun- 
dantemente y con oportunidad de toda especie de 
municiones, mixtos, utensilios y demâs instrumentos 
y utiles necesarios; haciendo otro tanto con las lan- 
chas caftoneras y demâs fuerzas sutiles, acopiândolos 



I 



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- 212 — 

con anticipaciôn y con suma difîcultad en verdad à 
causa de la que ofrecian los peligros de los transpor-^ 
tes y la escasez que de aquellos efectos se adolecia, 
para surtir el continue consumo que de ellos se hacia, 
hasta que se pudo introducir su fabricaciôn en Câdiz 
y otros puntos. 

En los ramos de la alimentacîôn y de les alojamien- 
tos fué muy grande el trabajo; las Juntas presididas 
por el Gobernador perpetuaban las sesiones de dia y 
de noche para solventar las sérias dificultades que se 
presentaban;creciendo estas â tal punto cuando se fue- 
ron aumentando los ejércitos espanol éinglés, hasta lie- 
gar â reunirseâveces treinta y cinco mily miis soldados, 
que parecia ser imposible poder resolverlas satisfacto-^ 
riamente en cuanto â viveres al menos; pues ademâs de 
los que necesitaban éstos y la crecidisima poblaciôn, 
se encerraban en los pontones muchos miles de pri- 
sioneros, pues aûn permanecîanallilosquesehicieron 
en la batalla de Bailén y otras, si bien muchos de éstos 
debieron luego su libertad â uno de esos grandes fenô- 
menos de la naturaleza que se repiten tan frecuentes 
en aquella punta de Espafla, que, cual fuerte ariete, 
quiere atreverse â romper los embates del Océano 
Atlântico el que, en represalias, la llena de espanto y 
desolaciôn â veces. En la noche del 15 al 16 de Maya 
se levante de repente una tempestad tremenda; furio- 
so soplando el viento, subîan las olas inmensas alturas^ 
estrellândose con estrépito espantoso en las rocas; los 
buques en el puerto chocaban unos con otros, destro- 
zândose y rompiéndose los cables. En el^navîo Argo- 
natda y otros pontones habia 4.000 prisioneros, entre 
ellos 1.300 Oficiales, muchos de ellos expertos marinos 
de los que pertenecieron â la escuadra del Almirante 
Roselly, que hubo de rendirse â discreciôn al princi- 
piar la guerra; en medio de la tempestad, osados y va- 
lientes, cortaron las amarras que sujetaban el navio, 
desarmando antes â los guardas, y dejândose llevar en. 



r 



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— 213 — 

alas del huracân arribaron arrojados â la prôxima cos- 
tad el Puerto, adonde los acogieron con entusiasmo sus 
compatriotas del ejército sitiador; â la maftana los del 
ponton Castilla siguieron su ejemplo, y aunque con ma- 
yor trabajo lograron también salvarse â pesar del fue- 
go que para detenerlos se les hizo, abandonando el bu- 
<iue y siendo auxiliados por los de la Costa. 

Anterior â esto habia habido otro recio temporal', 
que durô desde el dîa 6 de Marzo hasta el 12, cuya 
violencia y los grandisimos desastres que causara solo 
podîan compararse â los que funestamente, como holo- 
<:austo funèbre, cerraron y sellaron la hécatombe del 
mémorable combate de Trafalgar. 

Por este de ahora también sufrieron énormes des- 
perfectos las escuadras espafiola é inglesa, que respec- 
tivamente mandaban el Teniente General D. Ignacio 
-de Alava y el Almirante Purvis, de quien ya tuvimos 
ocasiôn de hablar; fueron arrojados â la costa del N. E. 
de Câdiz très navios de guerra de 1 10 caftones uno, y 
los otros de 74, y la fragata Paz^ de la primera, salvân- 
<lose el Plutôn por haber podido ganar el caflo de la 
Carraca, varios de la segunda y un navîo portugués y 
quince buques mercantes, todos los cuales se perdieron 
<:ompletamente por la inhumanidad de los franceses, 
que, lejos de auxiliar â los tripulantes en su aflictiva 
situaciôn, los fueron incendiando, tirando sobre ellos 
con bala rasa. 

jCuân diferente fué la noble conducta de los héroes 
espafioles en aquella otra ocasiôn, amparando y salvan- 
-do â los ingleses enemigos, al par que â los suyos, me- 
reciendo los elogios y las mâs expresivas gracias de 
parte del dîgno Almirante Collingwood, sucesor de 
Nelson, que se hizo un deber de elevar con grandes 
^ncomios aquel admirable comportamiento ante el 
Almirantazgo y el Gobierno de su Naciôn! 

De résultas de esta fuga de prisioneros se pensô 
-seriamente en desembarazarse de los muchos que aùn 



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— 214 — 

quedaban, inutilizando los pontones de la bahia, estor- 
bando los fuertes y siendo causa de continue desaso- 
siego y gastos para la autoridad, que habîa de' velar por 
su seguridad y proporcionarles lo necesario para la 
subsistencia, y se resolviô transportarlos â las islas Ca- 
narias, Cuba y otras, y también â Inglaterra, para ser 
canjeados hombre por hombre en los armiticios que 
ocurrieran segûn convenio. 

Para alojamiento de la tropa se habilitaron los gran- 
des almacenes que para sus voluminosos enseres tenia 
la Marina, y ademâs se levantaron grandisimas barra- 
cas limpias y bien aireadas, y campamentos de lona,. 
interin se disponîan los cuarteles que eran precisos, 
desde el momento que se habla decidido sostener alli 
un ejército numeroso y formidable, no ya solo para 
contrarrestar los ataques del enemigo, ô mas bien te- 
nerle siempre en jaque, impidiendo la construcciôn de 
nuevas baterias, con las que parecîa querer amenazar 
por todos lados, ocasionando un continuo trabajo à los 
nuestros en levantar otras para inutilizar las suyas 
cuando lograban hacerlas, sino que también se preten- 
dfa que aquel ejército sirviera como de nûcleo y plan- 
tel de los otros que se formaban en las provincias; â 
los que auxiliarîa con gran ventaja devolviéndoles sol- 
dados y oficiales disciplinados, aguerridos é instruidos 
â poco que se foguearan y aprendieran el arte de la 
guerra en aquella utilisima escuela, como los Générales 
Blake, Eguîa y otros pretendian y deseaban realizar 
los Regente§, segûn manifiestan en sendos pârrafos de 
su Diario, de los cuales solo citamos los siguientes, 
referentes â ambos extremos: 

«El dîa 13 de Abril se proyectô construir una bate- 
ria para frustrar los efectos de otra que en las cercanias 
del molino de Santa Cruz habîa puesto el enemigo; 
saliendo de noche los correspondientes operarios, em- 
pezando y continuando el trabajo con el mayor tesôn, 
y apareciendo al amanecer la bateria con très cafLones 



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— 216 — 

montados y cubiertos los trabajadores, â pesar de los 
grandes esfuerzos que para impedirlo hiciera aquél. 

»E1 i8 toda la noche, y hasta la una de este dia, es- 
tuvo haciendo un vivîsimo fuego la bateria del portaz- 
go y los cafloneros del puente para destruir las obras 
que enfrente intentaba construir el enemigo, que tuvo 
que retirarse. 

»E1 19 fué vivisimo el fuego en toda la lînea contra 
el Trocadero. 

>Nuestras tropas manifiestan una firmeza â toda 
prueba, y la Isla, donde se practican y ofrecen todos 
loscasos y géneros de trabajo que pueden ofrecerse en 
la guerra, forma en este punto la escuela mâs util para 
instruir tropas; por lo que reiteradamente se ha preve- 
nido â las provincias que manden aqui sus reclutas, los 
que se devolverân â su tiempo para los respectivos 
ejércitos armados, vestidos y disciplinados. 

>E1 General Vigodet trajo 4.0CX) ô 5.0CX) hombres 
de Alicante, y se pidiô otro refuerzo mâs numeroso, 
pues convenia â las exigencias del ejército de la Isla 
que hubiera siempre 30.OCX) hombres disponibles, sin 
contar las tropas aliadas y la guamiciôn de Câdiz (i).» 

El General Blake diô un gran impulso â la ordena- 
ciôn de los ejércitos; pero solo permaneciô en Câdiz 
hasta el 23 de Julio, que se transladô â Murcia, cuyas 
divisiones estaban también â su mando pues, forma- 
ban parte del de la isla de Leôn, constituyendo el que 
se Uamô ejército del Centro. 

Pues para resolver pronta y terminantemente esta 
cuestiôn de viveres, que podia ser ocasiôn de gravisi- 
mos conflictos, se requerla toda la previsora iniciativa, 
la actividad y la firmeza de carâcter que distinguian 
al Gobemador; diligentîsimo estuvo en inventar y 
aprovechar todos los medios adecuados de proveerse, 
animando y protegiendo el transporte por mar de toda 



(I) Diario de la Regencia, nota i.* 



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^ 216 - 

clase de alimentos en barcoâ chicos ô grandes, y que 
se acelerara lo antes posible; é imponîéndose, por ùlti- 
mo, â todos para que quedara organizado y regulari- 
zado el surtido ô abastecimiento de la plaza en lo su- 
cesivo, en grandes proporciones, por medio de los 
buques de guerra, que siguieron aportando provisio- 
nes, en cantidades crecidas, de Alicante^Murcia/Huelva 
y demâs puntos de la costa méridional de la Peninsula 
y aun de Africa; y todavia, para mayor seguridad y que 
quedara alejado el temor de verse acosados por d ham- 
bre, emprendiô y «dirit^iô la obra de los canales de San 
Jorge y Campo de Soto (como dice su hoja de serv^i- 
cios), el primero, conclu f do en un mes, para abasfecer 
el pueblo y frustrar el fuego de varias baterias princi- 
pales del enemigo, que embarazaban la navegaciôn del 
rio Sancti Pétri, » 

Este rio de Sancti P(?/W, tan renombrado, y ^sue ad- 
quiriô su mayor celebridad en este asedio, ce^ vin bra- 
zo de mar que viene del Oceâno por el Sur y desagua 
en la bahîa de Câdiz al Norte, dejando el territorîo de 
Câdiz y San Fernando couï^tituido en isia (que es la 
gaditana). Es navegable en toda su longitud de solo 
diez millas, y de él salen varios ramales ô canos que 
terminan en puntos de desembarcadero, como son: 
Gallineras^ Zaporito^ Baiihar, en Chiclana, y otros. 
dando aguas â algunas de las salinas y â sus fâbricas 
(que otras las toman de la misma bahiade Câdiz). Ga- 
Uineras es uno de los desembarcaderos que tiene el 
rio, y por él entra casi todo el pescadoquese consume 
en la isla y pueblos in médiat os, y de él salen los fre- 
cuentes cargamentos de piedra y de yeso que se ex- 
trae de la cantera del cerro de los Mârtires (i). ^ 

Pero toda esa parte del rio sufrîa mucho d** las ba- 
terias de los france^^cîi, cuyos fuegos molesî r'ian su 



II' Mad<»/.. 



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— 217 — 

navegaciôn, alcanzando â los barcos de los pobres pes- 
cadores, ocasionândoles â menudo graves daftos, y, por 
lo tanto, contribuyendo â que se disminuyera la comu- 
nîcaciôn,que se hacia arriesgada por aquella importante 
arteria. 

El canal propuesto por Alvear habîa de abrir otra 
comunicaciôn mucho mâs al Sur y mâs prôxima â la 
embocadura del rîo, empezando en el cafto de Dos Her- 
manas, que de aquél sale, y pasando por bajo del cerro 
de los Mârtires ir â concluir en el rio Arillo, que des- 
emboca en la bahîa de enfrente por el muelle de Za- 
porito. 

Por el centro debîa unirse, por medio del otro 
brazo ô canal, mâs ancho y profundo, directamente al 
mar del Sur, con su puerto, por el que tomaria aquél 
mâs aguas y podrian entrar cafioneras y buques ma- 
yores en caso de que los franceses Uegaran â dificultar 
la entrada del Sancti Pétri, y de todos modos para 
ayudar al abastecimiento de la Isla en mayor escala, lo 
mismo que â la defensa, si bien el canal quedaba per- 
fectamente protegido por las muchas baterias domi- 
nantes puestas en el monte de los Mârtires por los in- 
gleses ûltimamente, y otras latérales que lo flanquean 
en todos sentidos, por el aumento y extension que po- 
drian adquirir las salinas con el caudal de agua que les 
entraria directamente del mar, inundando nuevos y mâs 
altos sitios, y ser todo aquel terreno blando y fangoso, 
que fâcilmente se haria intransitable. 

Este proyecto, perfectamente estudiado, presupues- 
tado é ilustrado, con su piano y medidas correspon- 
dientes, fué elevado por Alvear al Gobierno, que lo 
aprobô y diô sus ôrdenes para que se empezaran con 
la mayor actividad los trabajos: coadyuvando grande- 
mente Sir Thomas Gi-aham,Comandante gênerai de los 
ingleses, convencido de las ventajas grandisimas que 
ofrecia, y supliendo parte de los gastos de orden de su 
Gobierno; por lo que, concluido que fué en el término 



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— 218 — 

de un mes, se le denominô Canal de San Jorge en 
honra del Rey de Inglaterra (i). 

La edificaciôn del caserio habîa tomado grandf- 
simas proporciones al hacerse patente la urgente ne- 
cesidad de proporcionar habitaciôn â tan crecido nu- 
méro de personas (de alta clase las mas) 'que seguian 
al Gobierno, ô que se acogian â la seguridad de aque- 
Ua plaza, y empezaron â levantarse casas â centena- 
res, chicas y grandes, segùn las respectivas fuerzas 
de los propietarios del terreno y de otros particulares 
que â ello se prestaban, con objeto de cederlas pron- 
to â la Autoridad^ segùn crecia la demanda, con el mis- 
mo patriotisme con que brindaron desde el principio 
las que ellos vivîan. Ensanchôse, pues, la pequefia villa 
con calles y barrios nuevos y multitud de habitaciones^ 
î acaso ligeramente fabricadas, y que serian de poca 

duraciôn, pero que arbitraron los medios de atender 
â satisfacer aquella otra tan perentoria necesidad mu- 
^ cho mâs pronto y mejor que lo que se hubiera podido 

esperar de la falta de recursos de toda especie de efec- 
ios y de metâlico que se hacia sentir pûblica y privada- 
mente por la situaciôn en que se veîan; cortadas todas 
las comunicaciones por tierra, y privadas las mâs de 
las personas de sus caudales y haciendas, que se ha- 
llaban en poder del enemigo, ô completamente arrui- 
nadas por la guerra, la cual devastaba por igual las 
provincias, imposibilitando las labores de la agricul- 
tura, fuente principal de la riqueza en Espana; ocu- 
pândose los hombres en su mayor parte en la defensa 
del Pais, y unos y otros ejércitos llevândose los gana- 
dos de toda clase para su uso y alimento, exigiendo 
énormes contribuciones â la punta de la espada que 
no era posible satisfacer sin sacrificar todo lo que se 
poseia ô se encontraban â mano, ya fueran enseres, vî- 
veres, metâlico, plata labrada, etc. 

(l) Véanse las observaciones sobre dicho canal y el oiicio 
tïe Alvear, Apéndice nûm. 15. 



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— 219 — 

El Pais estaba, â la verdad, completamente arrui- 
nado, y la miseria se dejaba sentir por todas partes, lo 
mismo en las raâs altas clases de la sociedad que en las 
bajas. Los empleados, y aun los militares, recibîah sus 
respectives sueldos ô asignaciones con grande atraso 
y escasez, cuando los recibian; que las cantidades que 
el Gobierno alcanzaba obtener de Nueva Espafta y 
otras provincias de Ultramar, ô por donaciones ô em- 
préstitos, eran sieinpre de escasa monta para lo que 
se necesitaba, y se distribuia pronto en las obligacio- 
nes de mayor urgencia. 

D. Diego de Alvear sirviô todos sus variosdestinos, 
durante los ailos que durara la guerra, sin recibir suel- 
do ni gratificaciôn alguna, ni aun para los gastos de 
representaciôn, oficinas y Secretarîas del Gobierno y 
Corregimiento, que no dejaban de ser gravosos, y que 
satisfizo de su cuenta cumplidamente (i), asi como los 
jornales y gastos de las obras pûblicas, y muy espe- 
cialmente del canal de San Jorge, adelantando su im- 
porte muchas veces por que no sufrieran atraso; y en 
su mano, generosa siempre, hallaron dâdivas abun- 
dantes los compafieros, amigos, y aun otras personas 
de categoria y graduaciôn, que en lastimosa necesidad, 
por la falta de los usuales recursos, no dudaban en 
acudir â él; que [â pesar de las pérdidas que, como â 
tantos otros, se les irrogaran de verse privados de sus 
haciendas y propiedades de Espafia, ténia la buena 
suerte de poder disponer con facilidad de algunos fon- 
dos que, depositados en el Banco, habia dejado en In- 
glaterra. Con ellos pudo también sostener con déco- 
roso brillo las obligaciones y deberes sociales de su 
posiciôn, que tan alta autoridad y respetos habîa ad- 
quirido por la importancia de sus servicios, las nota- 
bles cualidades de su carâcter y la singular circuns- 
tancia de ser inglesa su esposa: lo que no contribuyo 



(I) Véase Apéndice nûm. i6. 



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— -220 - 



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poco a que su casa y sociedad fueran de un grand îsimo 
atractSvo para con sus compatriotas y los dénias ex- 
tranjeros que por allî arribaban, de importancia y ca- 
tegorîa los mâs; â los que la seiîora, no solo de bellî* 
simas prendas naturales dotada, sino que también por 
sus distinguidos modales y cultivada inteligencia, cuiu- 
plidamente recibîa y festejaba con las mayores aten- 
ciones, lo mismo que â los Jefes y auloridades espano- 
las, siendo estos obsequios de un poderoso auxilio 
para cimentar la union y amistad entre unos y otros, 
pues se reunîan y veîan en aquellos salones con suma 
frecuencia, y tratândose con la fina y amable franque- 
za, que es la parte mâs agradable y caracterîsstica de 
nuestras amenîsimas tertulias, aprendian â conocerse 
y apreciarse mutuamente, por lo que con mayor guï^to 
se prestaban â cumplir los urduos deberesy serv4cios 
que la alianza de las dos Kaciones imponia, suavizân- 
dose â veces las asperezas (impresctndibles)que aqué- 
Uas suscitaban â menudo, en lo que el mayor mérito 
correspondia, sin duda, â la amable sefiora^ que, atenta 
y cuidadosa â evitar todo dlsgusto, con rara habilidad 
aprovechaba oportuna el momento propicio para des- 
Hzar una palabra favorable â desbacer un error 6 ex- 
plicar un concepto airadaniente înterpretado- 

EJ Ministro plenipotenciario de Inglaterra, Sir Hen- 
ry (Enrique) Wellesley, hermano del Duque de Wel- 
lington, que el6 de Abril habia presentado sus creden- 
ciales y renovado los testimonios de amistad de su Go- 
bierno; Mr. Vaughan, su primer Secretario, y los segun- 
dos;elGeneral en jefe de la division înglesa, Sir Thomas 
Graham; Wittingham,que lo erade la caballeria;los Co- 
roneJes Maitland, Macdonaîd y otros; lo^ Almirantes y 
Jefes de las escuadras inc^ïesa y espanola; los Géné- 
rales Blake, Eguîa, Lacy, Copons y todos los demâs; 
los Consejeros y a!to?i empleados del Gobierno: los 
mismos Régentes, y entre ellos muy espectalmente don 
Javier Castaftos; todos, en fin^ se complacîan en asistîr 



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— 221 — 

â aquellas gratas reuniones que les ofrecla tan agrada- 
ble solaz en medio de los continuos trabajos que les 
abrumaban, las penosas inquiétudes que les asaltaban 
y la terrible incertidumbre en que vivian, por decir- 
lo asî. 

La division del ejército aliado que habia en la Isla, 
y que hubo de contar hasta 8.500 hombres, era, â la 
verdad, brillantisima. La mayor parte de los Jefes y 
Oficiales pertenecîa à la mâs alta nobleza del Pafs, y los 
regimientos de la Guardia Real y los hi{hlanders ô 
escoceses, Cuerpos privilegiados, ostentaban, no sola- 
mente los nombres mâs aristocrâticos, sino que tam- 
bién representaban la varonil belleza de aquella her- 
mosa raza sajona-bretona del Norte, que se hacia ad- 
mirar por doquiera luciendo sus vistosos uniformes 
rojos y azules los unos, y los otros el por demâs extra- 
fto y pintoresco traje que requieren los lagos y monta- 
ûas de su singular pafs (Escocia). 

Cuando se fué afirmando el Gobierno y extendién- 
dose la opinion de que, aunque la guerra se dilatara, no 
llegarian los franceses â triunfar nunca de la Naciôn 
espaftola, que en masa se levantaba para rechazarlos, 
y que desde luego les era imposible tomar aquellas 
plazas del rincôn gaditano, roca firmîsima contra la 
que se estrellaba su gigantesco poder, aumentôse con- 
siderablemente el numéro de nacionales y extranjeros 
que entusiasmados los visitaban, ademâs de los que en 
comisiones del servicio ô refugiados â ellos acudian. 

En vano la Junta de Câdiz, temerosa de la acumu- 
laciôn de gentes, dificultaba la admisiôn y permahen- 
cia en esta ciudad de forasteros y extranos. Mâs de 
cuatro mil emigrados de Madrid, casi todos personas 
de arraigo é importancia polîtica ô social, Grandes de 
Elspafia, tîtulos^ Magistrados, etc., se encontraban alli 
con sus familias y numeroso séquito, y otros muchos 
de las provincias. Suscitândose ya inminente la réunion 
de las Cortes, consideradas como refugio supremo 



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— 222 — 

para organizar el estado y gobîerno gênerai de la Na- 
ciôn en la larga interinidad causada por la ausencîa 
del Monarca, que seguia detenido y preso en Francîa; 
todavîa eran mâs numerosas y frecuentes las Comisio- 
nés que Uegaban con el objeto de presentar peticiones 
para su pronta réunion, aclarar ô destroîr objeciones, 
y tener pronto los candidates para Diputados; que mu- 
chos habîan de elegirse de los que alli habfa présentes 
por imposibilidad de hacer debidamente la elecciôn en 
aquellas provincias ô pueblos dominados por el ene- 
mîgo. 

Los ingleses, cuya aficiôn â viajar y ver mundo es 
tan conocida, y que se veian imposibilitados de satis- 
facerla entonces por el bloqueo gênerai con que Napo< 
leôn les habîa cerrado todos los puertos de Europa, ira- 
poniéndose â los Soberanos de los varios Paiseà que 
habîa subyugado ô batido con sus victoriosas armas; 
los ingleses, digo, celebraron vivamente la interesante 
via que les ofrecîa el visitar â Cadix, ver y asistir â al- 
guna acciôn con los franceses desde la Isla: oîr contar 
las mémorables hazanas de los espanoles, conocer sus 
héroes, y por acaso alguno de los terribles jÇ-ï/^r/'nV/^ra^ 
que llenaban de espanto â los franceses y de admira- 
ciôn al'resto de Europa; y luego, pasando par Gibral- 
tar y Malta, seguir en el Méditerranée estudiando la 
vertiginosa persecuciôn que en pos de la Armada fran- 
cesa hiciera el gran Nelson hasta encontrarla en Alejan- 
drîa y destrozarla en la famosa batalla de Aboukir; y to- 
davia continuar navegando hasta su extrenio orienta! 
para llegar â San Juan de Acre, laantigua Ptoiemaida^ 
â la falda del monte Carmelo, en Siria, en la que ha- 
bîan de recorrer curù>so^ los lugares senalados por el 
valor, la su ma habilidad y la heroica con s tan ci a que 
aquel otro ilustre compatriota suyo, el Alniirante Sir 
Sidney Smith^ mostrara en aquella ciudad defendién* 
dola en el largo sitio que sostuviera en lygt) contra 
todo el poder y genio milîtar de Napoléon, entonces 



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— 223 — 

aûn General Bonaparte, en su victoriosa y gloriosa 
campana de Egipto. Sesenta dias de trinchera abierta 
con numerosos asaltos y pérdidas considérables de 
gente de uno y otro lado, ni la derrota que sufriera el 
gran ejército turco que venîa al socorro de la plaza, y 
â su vista, en la célèbre batalla del Monte Tâbor, ga- 
nada por el francés el i6 de Abril, fueron capaces de 
quebrantar en lo mâs mînimo el vigor y la pericîa de 
la resistencia sostenida por aquel jefe; viéndose, por 
ùltimo, obligado Bonaparte â levantar el sangriento 
sitîo, que, ayudado por la peste y el hambre, diezmaba 
y destrozaba su ejército. 

Este viaje, que interesaba â la par que enorgullecîa 
el patriôtico espiritu de los hijos de la soberbia Albion, 
se puso â la moda, como vulgarmente se dice ahora, y 
pocos eran los que, pudiendo, se dispensaban de ha- 
cerlo antes ô después. 

El mismo Almirante Sir Sidney Smith estuvo mu- 
cho tîempo en la Isla, donde él y su cuftada Lady Smith, 
que le acompaflaba, seftora de gran ilustraciôn litera- 
ria y mucho mérito, se hicieron muy amigos de mis pa- 
dres; allf aprendiô el espafiol, pues era poliglota y con 
suma facilidad adquiria el uso de los idiomas; y muchos 
afios después, ya anciano, habiéndole visto en Paris, 
nos pudo hablar en el nuestro, que no habîa olvidado. 
Era de una conversaciôn agradabilisima, hombre de 
tan buena sociedad como gran marino; habîa visto tan- 
to mundo, y tantas cosas extraftas y de importancia, en 
las que tomara principal parte, que realmente interesa- 
ba oir al veterano; entre otras referîa aquella su célè- 
bre hazafia de librarse con singular astucia é increible 
serenidad del temible poder de la Convenciôn francesa, 
que le ténia preso en un castillo. Habîa estado enfermo, 
y en la convalecencia los facultativos le mandaron ha- 
cer ejercicio, que no le era posible realizar sino en el 
terrado alto; por lo que el Gobernador se oponîa, ce- 
diendo ante la formai promesa del preso de que no se 



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— 224 ^ 

escaparia, pues no estaba para ello, que cuando llega- 
ra este caso se lo avisarîa; y, en efecto, paseô en com- 
pafLia del Gobernador sierapre, Algûn tiempo después 
le dijo en tono de broma: * Ya estoy bueno; ahora le 
digo â V. que, como pueda, me escapo.* El castïllo 
no estaba muy lejos de la Costa, y el Gobernador, por 
lo que pudiera suceder, pen.s6 si*ria mejor transladarle 
al interior, y asi lo propuso al Comité rtfvolucionarjo; 
recibiendo â los pocos dias la orden para entregar ei 
preso al Oficial que con una escoltase la traia. Alegrô- 
se el Gobernador, y muy satisfecho despidiôle, pues al 
otro dia el Almirante y el Oficial estaban libres y en 
Londres. 




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XVII 



APERTURA DE LAS CORTES EXTRAORDINARIAS 




L 29 de Mayo se hubieron de transla- 
dar los Régentes â Câdiz, en cuya 
ciudad, y en el suntuoso edificio de la 
Aduana, se les habia dispuesto un 
lujoso alojamiento adecuado â su al- 
ta dignidad, y fueron recibidos con 
todos los honores que son debidos â las personas rea- 
ies y se acostumbra en seniejantes casos hacer: po- 
niendo colgaduras en los edificios pûblicos y privados, 
tendiendo las tropas por la carrera, saludando con sal- 
vas de artilleria, felicitaciones y demâs muestras de 
respeto, adhésion y regocijo; las que se continuaron al 
siguiente dîa 30, el que, por ser la festividad de San 
Fernando, nombre del Rey cautivo, se celebrô con 
gran pompa, asistiendo los Régentes ya con su verda- 
dero Présidente, el Obispo de Orense, que se les habia 
reunido el dîa anterior, â la gran funciôn de iglesia en 
la Catedral; y luego tuvieron corte y besamanos, con- 
vite diplomâtico con muchos brindis por el triunfo de 
la buena causa, etc. 

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— 226 — 



Alli siguieron ocupândose con m as deserabarazo y 
facilidad de lo concerniente â la guerra, distribuciôn 
de fuerzas y mandos mi li tares en las provincias; de las 
cue5ïtiones de las Américas, que empezaban â presen- 
tarse inquiétas 3^ con conatos amenazadores de revuel- 
tas prôxiinas y escîi5iôn algunas, aunque otras, las mâs^ 
continuaban dando pruebas extraord in arias de adhé- 
sion y gêner osa lealtad; de las de Hacienda, siempre 
apremiantes, y de todas las demâs que les incurabiera 
en el desempeùo de la dificultosisimaniiisiôn de que se 
hallaban impuesto?^; entre las ciiales sobresalîa y a con 
1 ^ urgencia muy popular la de la réunion de las Cortes 

générales y extraordinarias del Reino, que entusiasma- 
ba à la juventud principahnente, aunque sin dejar de 
asustar algùn tanto â les que juzgaban que los tiempos 
no eran â propôsito para discutir, sino para obrar con 
décision y energîa, P'^^^ lo que la unidad en el raando 
parecia ser requisito indispensable. Pero no siendo ya 
posible diferîr ni aplazar su celehradôn, se fueron re- 
unîendo pareceres, estudiando antécédentes, venci en- 
do obstâculos y allanando las dificultades para hacer 
la elecciôn y demâs preliminares, hasta decidir, por ùl- 
timo^ la fecha para la convocacîôn de los diputados, el 
dia 24 de Septiembre^ ^en la isla de Leôn, adonde ha- 
bia de inaugurarse el Congreso al ténor del decreto 
expedido con anterioridad, eldîa i,^ de Enero delmis' 
mo ato, por la Junta Central, que habîa precedido en 
el gobierno de la Naciôn al Consejo de la Regencia, 
Conftirmândose esta con dicha disposiciôn, desde luego 
con asentimiento gênerai por considerarse aquelpunto 
el mas â propôsito y que mayor confianïîa inspirara 
para asegurar la independencia y liliertad de las sesîo- 
nes de amagos populares, como lo estabade eneniigos 
exteriores, â pesar de los extraordinarios esfuerzos que 
éstos hacian en aquellosmomentoSjextremando los me- 
dios por agua y tierra, construyendo gran numéro de 
fuerzas sutiles para proporcionar el desembarco de tro- 



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- 227 — 

pas por la bahîa que coadyuvaran, con los numerosos 
fuertes que por tierra habîan levantado, para estrechar 
el sitio y ver de concluir lo que parecîa ser un padrôn 
de îgnominia para el ejército francés, segûn lasnuevas 
disposiciones que el Mariscal Soult, General en jefe 
del ejército del Mediodîa, desde Sevilla habîa ordena- 
do tomar, y que salieron frustradas por la actividad y 
vigilancia de los encargados de la defensa. 

Cùpole, pues, â D. Diego de Alvear, Gobemador 
\ superior autoridad de aquella plaza, la honra de ocu- 
parse en todo lo concerniente â la instalaciôn de aque- 
Uas solemnes Cortes, que rodeadas de peligros, y ha- 
ciéndose superiores â las fatidicas circunstancias que 
abrumaban al pais, se proponfan, legislando, sacarlo 
triunfante de todos sus enemigos, corregir los errores 
de los tiempos anteriores é inaugurar una nueva era 
de bienandanza y libertad que habîa de subsanar to- 
dos sus maies (segûn creian en las ilusiones de su bue- 
na fe), elevândolo â un grado superior de paz y pros- 
peridad. 

Escogiôse el teatro ô pequefto coliseo que alli 
habîa como el edificio mâs â propôsito para acomodar 
el salon de sesiones y demâs accesorios que se reque- 
rîan con las necesarias proporciones y amplitud para 
colocarse los diputados, y separadamente la Mesa 6 
Presidencia, el Gobierno y las tribunas para los ora- 
dores, y en las galerias de los palcos se construyeron 
otras muchas, designadas en el primer piso para las 
Autoridades, Cuerpo diplomâtico, Grandes de Espa- 
fia, Générales extranjeros y nacionales, y otras per- 
sonas de distinciôn: sin olvidar â las seftoras, que ha- 
bîan de ocupar con la debida separaciôn las del lado 
izquierdo, adornândolo todo y amueblândolo muy de- 
corosamente y con gusto. 

En las Casas Capitulares y en la iglesia mayor 6 
parroquial huho también que hacer variaciones y gran- 
des mejoras para habilitarlas dignamente para la prôxi- 



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~ 228 — 

ma ceremonia, y disponer igualmente los muchos alo- 
jaraientos necesarios para los Diputados y el gran se- 
quito de personas, entre allegados y curiosos, que les 
habian de acompafiar. 

Todo quedô arreglado â tienipo y tan bien dispues- 
to, que le merecieron alabanzas de todos los concu- 
rrentes, de! pûhlico en gênera! y de la Regencia con 
especialidad, por el partido que se habia sijbido sacar 
de los pocos medios que existian en la pequei^a loca- 
lidad; como también del acierto con que se reglamen- 
tô lo relative al cérémonial y accesonos de la instala- 
ciôn, y de la buena disposiciôn y orden complète que 
en ella rein 6. 

Llegado el dia 24 de Septieînbre, que se habfa lîja- 
do para inaugurar el Congreso, se réuni eron los Di- 
putados présentes (que serian unos ciento^ las dos ter- 
ceras partes propietarios, y la restante suplentes^ nom- 
brados de los sujetos que en Cadîz se encontraban) en 
las salas capitulares del Ayuntamiento; y a las nueve 
de su manana, presididos por la Regencia» que con dos 
dias de anticipaciôn se habia transladado de Câdiz, se 
encaminaron todos procesionalmente» por entre un lu- 
cido cuerpo de ejército formado en filas y un inmen- 
so gentîo que llenaba las calksj â la iglesia mayor: 
adonde, colocados en sus respectivossitios, juntamen- 
te con el Nuncio de Su Santidad, los Ministres de las 
Naciones amigas y un numeroso concurso de Généra- 
les, Jefes y demâs Autoridades, se dijo por el Carde- 
nal Arzobispo de Toledo, Primado de las Rspanaë, 
D. Luis de Borbôn, la Misa del Espîritu Santo para in- 
vocar sus divinos auxilios, como se acostumbraba ha- 
cer con cat(31ica fe en todos los actos de put>lica impor- 
tancia; en seguida pronunciô el Obispo de Orense, 
Présidente del Consejo de la Regencia, una sentida 
plâtica, que terminé con la protestaciôn de la fe, y acte 
continuo prestaron los Diputados ante éU puestas sus 
manos sobre los Evangelios, el juramento segùn el 



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— 229 — 

formulario convenido de antemano, que se redujo â los 
cuatro puntos siguientes: «Defender la Religion catô- 
lica apostôlica romana como ûnica en estos reinos; 
conservar en su integridad la Naciôn espafiola, sin omi- 
tîr medio alguno de librarla de sus injustes opresores; 
-conservar y sostener los ^derechos â la corona de Es- 
pafta al Rey D. Fernando VII y sus legitimos suceso- 
res,y desempeftar su cargo de Diputado, fiel y lealmen- 
te, guardando las leyes de Espafta, sin perjuicio de 
alterar, moderar 6 variar aquellas que exigiese el bien 
de la Naciôn v; y al «si juramos» de los Diputados, res- 
pondia el Présidente con la frase sacramental: «Si asî 
lo hicier^is, Dios os lo premie; y si no, os lo demande», 
que con admirable solemnidad cierra y sella el contra- 
to en esta nuestra Espafta. 

Cantôse luego en acciôn de gracias el admirable 
cântico, compuesto por aquellas dos grandes lumbre- 
ras de la Iglesia, San Ambrosio y San Agustin: el Te- 
déum\ y concluîdos los actos religiosos, se transladaron 
al edificio reformado del coliseo los Régentes y Dipu- 
tados por la carrera, tendida de tropa, y recibiendo â su 
paso vftores y aplausos sin fin de la inmensa muche- 
dumbre, acrecentada por los que se habîan unido de 
Câdiz y los lugares inmediatos â los avecindados de la 
Isla, acompaftando el estruendo del caftôn, que en toda 
la linea hacîa salvas; resonando también los ominosos 
del enemigo, que, aunque inûtilmente, pensô turbar la 
solemnidad y alegria de aquel fausto acontecimiento. 

Al entrar en el salon de las Cortes fueron saluda- 
dos con los mâs entusiastas y repetidos vivas por los 
muchos ,espectadores que Uenaban las galerîas, agol- 
pândose por todas partes, y hasta los mâs altos pues- 
tos, inmenso numéro de personas de uno y otro sexo, 
que ansiosas deseaban presenciar la inusitada instala- 
ciôn de aquellas Cortes verdaderamente extraordina- 
rias; entre las cuales se veîan muchos extranjeros, y 
^eîspecialmente ingleses, miembros del Parlamento, etc., 



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— 230 — 

admiradores y curiosos de ver aquella singular resu- 
rrecciôn de las antiguas Certes espaftolas, de que ha- 
blaban tanto las historias y que yacîan difuntas, como 
quien dice, de tiempos atrâs. 

Cuando se hubo sosegado el entusiasmo y se hu- 
bieron colocado el Consejo de Regencia en elsitial de 
presidencia, con los Secretarios del despacho en una 
mesainmediata y los Diputadosenlos suyos respectives» 
tomô la palabra el Obispo de Orense y manifestô que, 
quedando instalados y reunidos los Diputados, podian 
elegir desde luego su Présidente, pues la Regencia re- 
nunciaba al derecho que â ello pudiera tener, segûn la 
costumbre antîgua de nombrarle el Rey; y que cre- 
yendo, por lo tanto, terminado el encargo que habian 
tomado de gobernar el Pais hasta la instalaciôn de las 
Cortes, se retirarîan en seguida; rogando al Congreso 
que, en atenciôn â las criticas circunstancias en que 
se hallaba la Naciôn, nombraran lo mâs pronto posi- 
ble el Gobierno que creyeran â propôsito adoptar; y 
dejando por escrito aquella su resoluciôn en la mesa,. 
se retiraron los cinco Régentes seguidos de los Minis- 
tres. 

Los Diputados, después de elegir sus Présidentes 
de edad y el de propiedad, con los respectives Secre- 
tarios, y quedar enterados del documente que en des- 
pedida dejô la Regencia, permanecieron silenciosos 
algunes mémentos, suspenses é indécises. 

El numerose publiée que ocupaba las tribunas y 
galerias con suma ansiedad, suspense también espe- 
raba lo que sucederia, guardando mayer silencie aùn. 
jFueron instantes angustiosos! Oyôse por fin la voz 
grave, mesurada, de un eclesiâstice pidiende la pala- 
labra con décision: era D. Diego Mufioz Torrero, anti- 
gue Recter de la célèbre Universidad de Salamanca, 
Diputade por Extremadura: varôn docte, muy versado 
en la legislaciôn y costumbres antiguas, y cenecedor 
de las modernas extranjeras. Con sobra de copiosas y 



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— 231 — 

sôlidas razones pronunciô un hermoso discurso expli- 
cando la série de proposiciones que séria conveniente 
votar primero, cuya minuta traia ya por escrito, pi- 
diendo se leyeran por el Secretario Lujân, su amigo y 
companero, que las conocia. La minuta en forma de 
decreto, se leyô: contenia seis puntos capitales, en que 
se consignaban: i.° Que aquellas Cortes se declaraban 
legitimamente constituidas como générales y extra- 
ordinarias, en las que residia la Soberanîa Nacional. 
2.^ Que reconocîan, proclamaban y juraban de nuevo, 
por su ùnico y legitimo Rey, â D. Fernando VII de 
Borbôn. 3.*^ Que se reservaban solo la potestad legisla- 
tiva, por ser conveniente estuvieran separadas la eje- 
cutiva y la judicial. 4.^ Que se rehabilitara al Consejo 
de Regencia para continuar desempefiando aquel car- 
go, prestando juramento en el acto de reconocer la 
Soberanîa de la Naciôn en aquellas Cortes, y de obe- 
decer sus decretos, leyes y Constituciôn que se esta- 
blezca, siendo responsables de sus actos con arreglo â 
las leyes. 5.*^ Confirmândose asimismo todos los Tri- 
bunales, Justicias y Autoridades, asi civiles como mili- 
tares. Y 6.^ y ùltimo. Declarando inviolables las per- 
sonas de los Diputados. 

A lalectura de este importante papel, que con sen- 
tida sencillez dejaba constituîda la nueva situaciôn, 
siguiôse una detenida discusiôn, no porque disintie-t 
ran en lo esencial los Diputados, que muy pocos fue- 
ron los que discordaron. Pero (jcômo, ni quién, podîa 
detener el raudal de elocuencia que brota impetuoso 
de los labios espafioles cuando se sienten conmovidos 
por un acto grandioso, por un sentimiento patriôtico? 

Muchos fueron los que, al estrenarse en aquella mé- 
morable sesiôn, brillaron por su oratoria, admirando â 
los circunstantes por la propiedad con que se expresa- 
ban, la fluida redondez de sus periodos, la claridad de 
sus razonamientos cuando profundizaban las cuestio- 
nes, y todos por la facilidad del lenguaje al expresar 



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— 282 — 



^ 



sus conceptos, y el tîno, circunspecciôn y su ma corîe- 
sia con que se conducfan en la discusiôn. 

D, Agustin Argùclles, que como orador empexôya 
â merecer el epiteto de Divino^ con el que siempre 
luego se le distinguiô; el dulce y meliflao D. José Me* 
gia, Diputado americano; el iniciador del de bâte, Mu- 
fioz Torrero, y otros varios, descollaron sobresalientes; 
dando soUdez, brillo y sumo interés à la discusion, la 
que se proirogô hasta las allas horas de la noche. 

A las once fueron llamados los Régentes â jurar, 
absteniéndose de asistir el Présidente, Ilmo. Sr. Obispo 
de Orense, y hasta después de las doce no se diô por 
terminada esta primera sesiôn* 

Durante todo aquel dîa de tan grandes emociones» 
en el que, suspendido el Gobierno por la retirada del 
Consejo de Regencia, quedaba la autoridad local, al 
parecer, sola respon.^ahle de los peligros que pudieron 
surgir y de la^ medïdas que debîan tomarse jiira evi- 
tarlosi ô dominarlos, el Gobernador se mostrô ??uperîor 
de celo y actividad; y el acierto de sus disposicione^ y 
la rectitud del criterio con que, aconsejandolo que de- 
bieran harer â los unes y à los otros, y â los Diputa- 
dos principalmente, que, mâs parcos en el hablar^ abre* 
vîaran los discurscLs, se mostraran mâs solîcîtos en 
obrar, se constituyeran lo primeroy nombraran Gobier- 
no para que concluyeni aquella peligrosainterinidad; y 
la asidua vigilancia con la que velaba por todas partes 
V sobre todos para impedir el mâs minimo movîmien- 
to suîiver.sîvû del orden interior ô contrario â la segu- 
ridad exterior de la plaxa, enfrente del formidable ene- 
migo, que. acechandosin césar, podîaaprovechar cual- 
quiera ocasiôn, el mas îigero descuido, no pasaron por 
cîerto desapercibidos para los que se interesabafi en 
tan supre;iios momentos por la salvacîôn de la Patria 
y de las instituciones. 

Sin que nos detengamos, fâcil es de suponer la 
■andîsima importancia que acrecentô la celef>rîdad de 



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- 233 — 

la isla de Leôn, y el movimiento y la vida que la anô- 
mala sociedad que la llenaba adquiriô con la réunion 
de las Cortes. 

El asistir à sus sesiones se hizo la obligaciôn gra- 
tîsima y diaria que se impusieron todas las personas 
desocupadas y otras muchas que no debieran estarlo, 
pero que no sabîan resistir al impulso gênerai, y el 
objeto primordial de todas las conversaciones era co- 
mentar las discusiones, encomiar â los oradores, re- 
cordar y repetir los pârrafos mâs brillantes de sus en- 
tusiastas peroraciones, cuestionar las dotes mâs privi- 
legiadas de los unos y los otros y disputar sobre su 
respectivo mérito; pues muy pronto se dividieron los 
ânimos, y particularizândose los gustos, se ensalzaban 
los candidatos favoritos con detrimento de los que no 
lo eran tanto. La extraordinaria novedad de los asun- 
tos que se empezaron â tratar, principios teôricos y 
abstrados los màs^ que aun ahora, después de tantos 
a nos de estudios y discusiôn, permanecen aùn indefi- 
nidos, de dudosa interpretaciôn y peligrosa aplica- 
ciôn, fueron desde luego motivo de disidencia para 
personas notables; si bien la generalidad de los oyen- 
tes que por primera vez los escuchaban, seducidos por 
el encanto de la voz y la magia de la palabra, se sintie- 
ran entusiasmados, y con pasiôn los aplaudieran y acla- 
maran aunque no los com prend ieran. 

A poco sonaron ya los vocablos de desafectos y de 
reciccionarws, que, aplicândose â antiguos servidores 
del Estado,y aun â los mismos gobernantes, sefialô cier- 
ta tirantez y desconfianza entre éstos y las Cortes; y, lo 
que fuera mâs lamentable y de peores consecuencias, 
con conatos de persecuciôn é intolerancia por las opi- 
niones politicas respectivas, que desgraciadamente se 
iniciaron entre los partidosL nacientes, que empezaron 
â dividir â los espaftoles, y que, infiltrândose con toda 
la fuerza virulenta de que es tan susceptible el apasio- 
nado carâcter nacional, han sido la principal causa del 



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— 234 — 

continuo desasosiego y las violentas sacudidas que han 
traido inquiéta y trastornada â la Espafta, con cortisi- 
mos intervalos, en lo que va de siglo; pues no cabe 
duda en créer que aquellos mismos partidos, con estas 
6 las otras denominaciones, y extremando mâs ô me- 
nos las mismas opiniones de entonces, son las que han 
seguido enseftoreândose del gobierno en casi alterna 
sucesiôn y à cortos plazos, imponiéndose â veces, por 
medios reprobados, y casi siempre con tal exclusivis- 
mo Personal de los contraries, que el antagonismo se 
hacia mayor â cada cambio; y, exacerbândose los âni- 
mos, se han perpetuado las opiniones y los partidos, 
con notable detrimento de la paz y prosperidad de la 
Naciôn. 

Epldemia. — La. flet>re amarilla. 

El temor de una nueva calamidad* vino muy pocos 
dias depués â acibarar la expansiva alegrîa que produ- 
jera la réunion de las Cortes en la brillante sociedad 
de la isla gaditana. El rumor de que la salud pùblica na 
era todo lo satisfactoria que debia apetecerse, espar- 
ciôse y tomô pronto alarmantes proporciones. En efec- 
to; se supo que un buque de guerra Uegado algùn tiem- 
po antes â Cartagena desde America habia inficciona- 
do aquelia ciudad con Isijiebre amarUla y vôtnito ne^ 
gro; epidemia contagiosîsima que se habfa corrido 
por algunos puntos de la costa méridional, présentant 
dose y a varios casos en Gibraltar y en Câdiz; tomâ- 
ronse algunas precauciones en esta ùltima ciudad que 
resultaron ineficaces; el mal tomô un espantoso des- 
arrollo muy pronto, invadiendo todas las clases, calles y 
barrios; â centenares contâbanse las victimas diaria- 
mente, siendo la juventud robusta y fuerte la que ma- 
yor numéro proporcionaba, que en esto se diferencia 
esta epidemia de las demâs. Très meses duré, desde 
Octubre hasta fin de Diciembre, lo mismo aqul que en 



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— 236 — 

Gibraltar y en otros pueblos inmediatos, haciendo ta- 
ies estragos que no quedô familia alguna que se librase 
ni que dejara de Uorar la muerte de varios de sus in- 
dividuos, siendo muchas las casas que quedaron cerra- 
das por haber sucumbido todos sus habitantes, su- 
friendo mâs los forasteros y emigrantes. 

iPor que extrafta providencia se librô la isla de 
Leôn de aquel terrible mal? ^Cômo pudo preservarse 
del contagio que tan prôximo cundia, y se cernîa ava- 
sallador y mortal? ;Y cuânto hubiera podido cebarse 
en la apiftada poblaciôn de la Isla y en el numeroso 
ejército que la guarnecia, arrebatando lo mâs florido 
y brillante de aquella generosa juventud, que, si esta- 
ban prontos â sacrificar su vida en defensa de la Pa- 
tria, repugnaban la idea de ser diezmados por la horri- 
ble enfermedad! No se sabe; es verdad que el Gober- 
nador, auxiliado por la Junta de Sanidad y demâs su- 
bordinados suyote, tomô todas las medidas que la pru- 
dencia y la experiencia aconsejaban como precaucio- 
nes posibles; desde los primeros momentos la tropa 
se alojô en campamentos muy ventilados, y por todas 
partes el aire, la limpieza y la separaciôn se hicieron 
los mâs adecuados preservativos; y luego velando y 
vigilando sin césar para evitar toda comunicaciôn pe- 
ligrosa con los pueblos contâminados, incluso Câdiz, 
que era lo que realmente ofrecia una gran dificultad 
por el continuo trâfico y movimiento de trânsito que 
entre ambas poblaciones se hacia diarîo y de casi ine- 
ludible necesidad; pero ante el asiduo cuidado y la 
firmeza de carâcter en sostener y hacer cumplir 
las ordenanzas sanitarias por mar y por tierra, y en el 
interior de la poblaciôn, cedieron todas las oposicio- 
nes y obstâculos, y ello es que se salvô la ciudad del 
peligro de la epidemia que tanto espanto y susto le 
oeasionara, sin que en ella tuviera entrada; fué, pues,, 
disminuyendo en intensidad â su alrededor, hasta que 
pudo darse por terminada afortunadamente en los ùl- 



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— 236 — 

timos dias del afio iSio. Terribles estrao^os habîa he- 
cho y a en 1800 y en 1804 la mis ma enfermedad en Câ- 
diz, y aun en gran parte de Andalucia; dejando, espe- 
cîalmente en la primera, un espantoso recuerdo en 
casi toda ella la desolaciôn y mortalidad que causara; 
y la de 1804 fué muy triste para D. Diego de Alvear, 
pues le arrebatô en flor â su hijo primogénito elGuar- 
dia Marina Bénit o, como ya dijimos. 

NuevÊi Regenciâ. 

Entretanto unanueva Regencia, compuesta de très 
personas solamente, habia sucedido â la anterior; cuya 
renuncia, repetida varias veces por los cuatro Régen- 
tes que desde la retirada del Sr, Obispo de Orense la 
constituîan, fué admitida por las Cortes â 2g de Oc 
tubre del mismo ano, nombrando al mîsmo tiempo 
para aquel puesto al Teniente General D, Joaqufn 
Blake, General en jefe que era del ejército del Centre; 
al Capitân de fragata D , Pedro Agar, Director gênerai 
de las Academias de Keales Guardias Marinas, 3" el 
Jefe de escuadra D, Gabriel Ciscar, Gobernador que 
era entonces de la plaza de Cartagena, y que estaba 
nombrado Secretario del Despacho de Marina ( i). 

Pero como los Générales Blake y Ciscar es tu vie - 
ran ausentes en Murcia, hubo de elegirse como suplen- 
tes al General Marqués del Palacio y â D, José Maria 
Puig, Consejero real: suscitândose un gran conHîcto 



(I) Agar fué nombrado, por ser americano, tfn representaciôn 
de las provincias de Ultramar, como ya se habia hecho c*n la pri- 
mera Regencia nombrando à Lardi^àbai, i[ue \o era igualmente; 
y con la misma atenta consideraciôn haciu aquelîas provincias, 
se les habia concedido fl derecho â la rt-presentaciàn en Cortes 
eligiendo sus Diputados, como lo hicieron Uiego directatnente, 
nombrândose suplentes, mientras aquéllos llegaron, â otros ame- 
ricanos avecindados en Espafta y que tomaron grau parte en las 
discusiones. 



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— 237 — 

al ir â jurar el Marqués, expresando «que lo hacia sin 
perjuicio de los juramentos de fidelidad que tenîa 
prestados al Sr. D. Fernando VII>, lo que causé gran- 
de alboroto en las Cortes, seguida por la prisiôn del 
mismo en el cuerpo de guardia por disposiciôn del 
Présidente, y luego un tremendo debate en el que se 
expresaron con desraesurada violencia algunos dipu- 
tados; por ùltimo, nombrose una Comisiôn, sujetôse la 
causa à una Junta de Magistrados, y al cabo de cua- 
tro meses se concluyô satisfactoriamente la cues- 
tiôn. 

Fueron, pues, los Sres. Agar y Puig los que toma- 
ron posesiôn de sus destinos como Régentes, y los pro- 
pietarios ausentes. Générales Blake y Cîscar, no lo hi- 
cieron hasta llegar el 8 de Diciembre el primero , y el 
14 del siguiente Enero el segundo; por lo que no dejô 
de parecer desacertado el fijar estos nombramientos, 
que continuaban en cierto modo la interinidad en el 
Gobierno, por lo incompleto que quedaba el Consejo 
de Regencia. 

Poco después la isla de Leôn perdiô el grande atrac- 
tivo de las Cortes : las que tuvieron su ùltima sesiôn 
allî el 20 de Febrero por haber determinado transla- 
darse â Càdiz en busca de mayores recursos y como- 
didad para la vida y acrecentar el prestigio de la insti- 
tuciôn, sin duda, con el aumento de espectadores y 
aplausos que le proporcionarîa aquella populosa ciu- 
dad. El 24 se instalaron en el salon que se les habia dis- 
puesto en la iglesia de San Felipe Neri, abriendo de 
nuevo las sesiones y advirtiendo pronto, por el buUi- 
cioso desorden que se promovia en las galerias del pù- 
blico, que no estaba este satisfecho de su colocaciôn, 
pues por su desmesurada altura oîan poco, y veîan me- 
nos, los que en ellas conseguîan entrar. 



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— 238 — 



Batalla. de la. Barrosa. 

La sangrienta batalla de la Barrosa 6 de Chîclana, 
como la Uamaron los ingleses y franceses, vino â con- 
mover los ânimos profundamente y muy de otra ma- 
nera, hiriendo las fibras mâs delicadas del corazôn sen- 
sible del sexo femenino, que principalmente se apiada- 
ba de los muchos heridos y muertos que en ella sucum- 
bieron; mientras que sentimientos muy opuestos de 
odios, iras y rencores, con gravisimas quejas, se levan- 
taban entre los militares y aliados, dividiendo la opi- 
nion pûblica y siendo causa de grandes y dificiles cues- 
tiones, que embargaron la atenciôn de la Regencia y 
aun de las Cortes por mucho tiempo, sin poderlas sa- 
tisfactoriamente resolver. 

Fué el caso, que nos précisa recordar (i), que con 
bastante anticipaciôn se habia determinado dar un ata- 
que por la espalda al ejército francés con objeto de 
distraer sus fuerzas y separarlas de la plaza, la que con- 
tribuiria al movimiento con una oportuna salida, con 
la esperanza de obligarle â levantar el sitio. Conveni- 
do el plan y todos de acuerdo, se embarcaron las tro- 
pas para Tarifa, adonde pudieron echar pie â tierra los 
espafioles al anochecer del 27 de Febrero, conducidos 
en 200 buques, los mâs ae las fuerzas sutiles que com- 
ponian la escuadra. Los ingleses se les reunieron poco 
después, y el 2 de Marzo se puso en marcha todo el 
ejército, que se componia de unos once mil doscien- 
tos infantes, entre ellos 4.300 ingleses, que mandaba 
el General de su Naciôn Sir Thomas Graham: y la 
caballeria, consistente en 1.400 caballos, de los cuales 
800 también ingleses, y todos al mando de D. Santiago 
Wittingham. El General D. Manuel de la Pefla manda- 



(\) Véase Toreno, Lafîiente, etc. 

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— 239 — 

ba en jefe por nombramiento de la Regencia; D. José 
Lardizàbal se puso â la cabeza de la vanguardia ; el 
Principe de Anglona â la del centro, y la réserva la for- 
niaba la division inglesa. Veinticuatro piezas de arti- 
Ueria les acompafiaban y dificultaron mucho la marcha, 
por haber causado inundaciones las muchas aguas que 
se descolgaban en aquellos dias de las sierras por arro- 
yos y torrentes, encenagando el terreno; pero llegaron 
â Casas Viejas^ adonde se detuvo el 3 el grueso del 
ejército, evacuando precipitadamente los franceses el 
pueblo de Chiclana amenazados por algunos de los 
nuestros, que les cogieron prisioneros, cafkones y re- 
puestos de vituallas. 

En este punto mudô desgraciadamente de plan el 
General; y abandonando aquella primera ruta que de- 
bia llevarle â Médina, que daba â espaldas del enemi- 
go y se apoyaba en la serrania de Ronda (casi toda 
en armas por su belicosa y decidida poblaciôn), y las 
plazas cercanas de Gibraltar y Tarifa, tomô la vuelta 
hacia Conil, y de allf â acercarse â Santi Pétri (i), Ue- 
gando al cerro de la Cabeza del Puerco, ô sea de la 
Barrosa, al amanecer del dia 5 después de una larga 
y penosa marcha. En el cerro se detuvo el centro, y â 
retaguardia la réserva. Los franceses, desasosegados 
por estos movimientos, se situaron en las avenidas de 
Conil y Medinasidonia, en defensa del camino que tra- 
jeran los aliados; pero al momento de asegurarse del 
que, por ùltimo, habian tomado éstos se reconcentra- 
ron en los pinares de Chiclana, dividiéndose también 
en très cuerpos, que se sostenîan mutuamente â dere- 
cha é izquierda. 

La vanguardia nuestra, al mando de Lardizàbal, ata- 



(I) cEl castillo Santi Pétri esta situado sobre un islote,del que 
salen arrecifes de piedra al mar, à la entrada del rfo del mismo 
nombre, y le sirve de defensa, lo mismo que â la playa mâs méri- 
dional de la isla gaditana; durante el sitio se habian aumentado 
ponsiderablemente sus fortificaciones.» — fMadoz.) 



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— "240 — 

oô bravamente este de la izquierda, que, a las ôrdenes 
del General Villate, querîa impedir su proyecto de co- 
municar con la Isla por aquel lado, y logrô repelerla 
ayudado por varios refuerzos que del centro se desta- 
caron vigorosos en su auxilîo; por lo que, deseando 
aprovechar el General en jefe la ventaja obtenida y 
continuar tras del enemigo, Uamô al grueso del ejérci- 
to y dispuso que el General inglés abandonara el ce- 
rro del Puerco y se acercara al campo de la Bermeja, 
distante très cuartos de légua, dejando un batallôn 
para protéger aquel puesto a las ôrdenes del Ma3'or 
Brown, Gobernador de Tarifa, y la division de D. An- 
tonio Bagines, que pertenecia al mismo ejército del 
Centro, con destino â la sierra y pueblos de la costa. 
Pero el Mariscal Victor con suma presteza, al ver apa- 
recer â los ingleses por el pinar que conduce â la Ber- 
meja, destacô la division del General Levai contra 
ellos, y él en persona atacô con la de Ruffin el cerro 
por la ladera de la espalda, posesionândose de su 
cima, que era la verdadera llave de la posiciôn, cor- 
tando la comunicaciôn de las tropas apostadas de uno 
y otro lado, viéndose las que se habian quedado en el 
dicho cerro obligadas â retirarse hacia el grueso del 
ejército, mostrândose claramente la intenciôn del Ma- 
riscal Victor de arrinconar â los aliados contra el mar 
y envolverlos por todos lados, cosa que habia ya 
sospechado el General inglés; por lo que, contramar- 
chando râpidamente, mandô Tomper un terrible fuego 
con la artilleria, mandada por el Mayor Duncan, sobre 
la division Levai, que ahora les quedaba por la izquier- 
da, sosteniéndola con parte de sus tropas â las ôrde- 
nes del Coronel Wheatly, quedando aquélla contenida 
y muy destrozada; y con otros cuerpos que formô de 
la restante fuerza â las ôrdenes del General Delkins y 
del Mayor Brown, que por su orden se habia enca- 
minado ya hacia el cerro, arremetieron tan vigoro- 
samente cuesta arriba â recobrar la posiciôn defendi- 



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— 241 — 

da por los franceses con su acostumbrado valor, que 
después de un combate porfiado )' sangriento logra- 
ron encaramarse â la cumbre y ensenorearse del cam- 
po del enemigo, que se viô obligado â abandonarlo 
huyendo precipitadamente; y aunque Victor quiso 
restablecer la refriega, el fuego sostenido y fulminante 
del Mayor Duncan desbaratô su intento, y las dos di- 
visione ^ de Ruffin y Levai hubieron de retirarse con- 
céntricamente sin que Grahara se atreviera ya â per- 
seguirlos, satisfecho con el triunfo alcanzado y atento 
â la gran fatiga de su gente con la marcha de aquellos 
dîas y la violenta que ahora hicieran, unido â las mu- 
chas bajas que le habîa costado el colosal esfuerzo del 
combate que solos habian sostenido, pues hasta ùltima 
hora no pudieron llegar los batallones de Ciudad Real 
y Guardias Valonas, que habian pertenecido â la ré- 
serva, y que sin, ôrdenes para ello, acudieron, sin em- 
bargo, à la lidia movidos de hidalgo pundonor (i). 

Hora y média tan solo durô el combate del cerro; 
pero fué tan mortifero que los ingleses perdieron mas 
de mil soldados y cincuenta Jefes y Oficiales; los fran- 
ceses mâs de dos mil, y cuatrocientos prisioneros, entre 
ellos el General Ruffin, que cayô mal herido en la 
acciôn y muriô â bordo del buque que le transportaba 
â Inglaterra; el General Rousseau y otros, murieron en 
el combate. El General Villate también habia sido he- 
rido cuando el ataque primero de la vanguardia, en la 
que cayeron unos trescientos franceses y casi el mismo 
numéro de espaftoles, prosiguiendo luego tiroteândose 
mucho tiempo, pero sin que el General en jefe, D. Ma- 
nuel de la Pefta, formara ninguna determinaciôn, no ya 
para auxiliar â la réserva en su comprometida situacion 
del combate del cerro de la Barrosa, pero ni aun des- 



(I) Un piano de esta acci6n de la Barrosa tenemos entre los 
de mi padre, en Montilla. 

10 



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~ 242 — 

pues de aquel importante suceso, en persecuciôn de las 
huestes francesas, las que en retirada, y muy quebran- 
tadas por haber sido batidas y rechazadas sus très di- 
visiones respectivamente por las de los aliados, no hu- 
bieran probablemente podido resistir un vigoroso ata- 
que dado con ardor por el centro y las tropas de re- 
fresco, que las hubieran acabado de destrozar, forzado 
â abandonar el campo y sus lineas, y acaso obligado â 
levantar el sitio por ùltimo, como se habîa pretendido 
y esperado, coronando por completo la Victoria obteni- 
da. Pues se viô luego que el Mariscal Victor tomaba 
medidas de retirada, enviando â Jerez sus heridos y ba- 
gajes, sacando de Medinasidonia otra division que no 
habîa entrado en acciôn, y reconcentrândose en la ve- 
cindad del Puerto; por lo que los patriotas de la sierra 
y la division que allî mandaba Begines ocuparon aque- 
11a ciudad el dia 8, arroUando â los franceses que qui- 
sieron detenerlos: si bien, viendo el Mariscal que nadie 
le seguia ni molestaba, pasado el susto (dice Toreno), 
volviô el mismo dia â Chiclana y ocupô denuevoy re- 
forzô todos los puntos de la linea. 

El General Pefla con todo su ejército entré el 7 en 
Sancti Pétri, como el inglés Sir Thomas Graham el dia 
anterior (6) con su victoriosa pero acribillada division 
lo habia hecho en la Isla, y con sumo enojo y gran re- 
sentimiento, quejândose amargamente del abandono en 
que se habia visto, y luego mâs tarde de las acusacio- 
nes que, injustamente en verdad, se le hacian; suscitân- 
dose, como dijimos, cuestiones agrias en demasia entre 
los Générales, quetrajeron perturbados los ânimos por 
mucho tiempo, y quebrantada la paz y concordia que 
hasta entonces habia reinado entre los aliados. 

En la Isla todo aquel tiempo, y muy especialmente 
durante el dia del combate, reinaba una ansiedad que 
Uegô â hacerse angustiosa; se oia lejano el tiroteo y sor- 
do el estruendo del cailôn y por el lado de la costa^ ig- 
norândose el motivo. ni pudiendo alcanzar el porqué 



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__ 243 — 

del cambio del primitivo plan, que debiera haberlo 
aproximado por Médina. 

El General Alava, con las tropas que habîan queda- 
do en la plaza, sin recibîr ôrdenes ni ver las seftales que 
le îndicaran la oportunidad de los movimientos que él 
habia de hacer, permaneciô casi inactivo. Muy entrada 
ya la noche, aconteciô que un soldado inglés, separado 
de los suyos y perdido, fué recogido y Uevado ante las 
Autoridades, que le acosaban â preguntas sin que en- 
tendieran las respuestas. La seftora de Alvear, recogi- 
da en su habitaciôn y guardando cama, atendiendo al 
cuidado que su salud requeria después del alumbra- 
miento de su tercer hijo (al que el mismo General Gra- 
ham habîa apadrinado y querido dar su nombre de To- 
raâs), sintiô varias veces Uamar â la puerta de su alco- 
ba repitiendo las palabras: ^Luisa, Luisa, ^ duermes ? » 
Era la voz del Sr. D. Pedro de Solîs, Alcalde 6 Conce- 
jal, y miembro el mâs activo de todas las Juntas admi- 
nistrativas de la Isla. Le unîa una estrecha amistad con 
aquella sefiora y con su esposo, que en aquellos mo- 
mentos vigilaba y atendia â su deber por otro lado; y 
en la penosa incertidumbre en que se hallaban, deter- 
minôse â entrar 3^ presentarle el inglés para que lesir- 
viera de interprète y se averiguara todo lo que se pu- 
dîera de lo que habia sucedido. 

En efecto, el soldado era despejado y satisfizo muy 
curnplidamente la curiosa ansiedad con que se le pre- 
guntaba, dando cuenta muy detallada de lo principal 
4e la acciôn y aun de la varia suerte que habia cabido 
à los Jefes, por quien mâs se interesaba la misma se- 
fiora; y era un cuadro interesante por demâs el que 
presentaban el veterano, destrozado y rendido de fati- 
g-a, sentado en un sillon que le présenté y obligé â 
aceptar el compadecido Sr. Solis, mientras que de pie 
â su lado él espiaba sus movimientos 5^ palabras ; y al 
oir la explicaciôn con que aquella senora, delicada y 
toda conmovida, interpretaba, Uorando â veces, las tris- 



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— 244 — 









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très noticias que de algunos de sus amigos y de estos 
sucesos diera el soldado, precipitado salîa a la puerta 
del aposento para comunicarlas à los companeros que 
por fuera esperaban. 

En efecto, al dia sitçuiente^ 6, cuando entrù el Ge- 
neral Graham â la cabeza de su divbion inglesa, se- 
guido de los prisioneros hecho.s, y llevando en pos de 
si gran numéro de heridos conducidos en caniillas y 
sobre acémilas, y se contaron las bajas, y se echaron 
de menos acaso los mâs bizarros, brillantes y si m pâti- 
cos de aquella pléyade de Oticiaks t|ue por su porte 
y marcial continente habian sido tan admirados, y 
deshechos los batallones de soldados, que rivalizaban 
en varonil belleza con sus Jefes, y se supo el heroisrao 
con que se habian batido hasta arroilar al comùn ene- 
migo y conseguir aquella Victoria que pudo y debiô ser 
mucho mas compléta y de tan gratas consecuencias si 
aciagas circunstancias no lo hubieran impedido, frus- 
trando tan sin saber por que las esperanzas concebidas, 
la pena y la consternaciôn fueron grandtsimas; lamen- 
tando, a la par que tan senalada ocasiôn perdida, la 
sangre generosamente vertida; esmerândose la pobla- 
ciôn entera en mitigar el enojo y el dolor de los aliados 
con la expresiôn de los elogios que tan merecidos te- 
nian y el especial cuidado con que atendian a obse* 
quiarlos, asistiendo con el mayor esmero a los heridos, 
proporcionândoles los consuelos y auxilios que les 
fuera posible dar; en lo cual el Goî>ernadDr, como es 
de suponer, se mostrô lan solicito, é hizo taies esfuer- 
zos para allegar socorros de todo género para auxîliar 
a tan gran numéro de heridos como se presentanm con 
la necesaria y debida asistencîa, que merecié recibir 
las gracias del mismo General Graham muchas veces 
de palabra y por escrito, dirigiéndole las cartas màs 
expresivas por las iivuchas atenciones que el y su ejér- 
cito le debieran siempre^ y en aquella ocasiùn mas par- 
ticularmente. 



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— 245 — 

Entre los heridos, el Coronel Bush fué el que mis 
interesara la atenciôn y fuera objeto de la mayor con- 
sideraciôn de todos indistintamente, ingleses y espa- 
ftoles; mandaba el Regimiento de portugueses, que 
muy desde el principio habia enviado Wellington en 
reemplazo de otro inglés que antes habîa pedido. Se 
habia hecho muy popular y simpâtico â todas las cla- 
se5 por su afable y jovial carâcter , que no desdecia, 
sin embargo, de la distinciôn de sus modales y las re- 
levantes cualidades que le seflalaban como uno de los 
mâs nobles adalides del ejército inglés. En el comba- 
te, los portugueses bajo su mando se habian batido 
valerosamente y con bizarria, salvando, por ûltimo, â 
su Coronel, que, traspasado por très balazos mortales, 
cayô tendido en el campo de batalla; no fué posible 
extraer las balas en el largo tiempo de très meses que, 
sufriendo horrorosos tormentos, pasô en el lecho an- 
tes de morir, sin impacientarse jamâs. «No hay para 
que quejarse ni lamentarse, que para esto nos paga el 
Rey >, le decîa sonriendo â su compatriota la seflora de 
Alvear, que se afligia al verle penar. 

Algunos dias después D. Diego de Alvear, por de- 
creto de la Regencia de 23 de Marzo del mismo afto 
181 1, fué relevado del cargo de Gobernador; cuya no- 
ticia, ca)'^endo intempestiva é impensadamente en la 
Isla â manera de bomba tirada por el enemigo, hizo el 
mismo efecto moral que aquéllas suelen producir, 
sorprendiendo y alarmando â la vez â todo el vecinda- 
rio, que corriô presuroso/â los puntos céntricos para 
averiguar la verdad del increîble rumor; 5' una vez ase- 
gurados de su certeza, y sin alcanzar ni comprender 
que hubiera razôn alguna para quitarles su amado Go- 
bernador, de cuyas dotes de mando y de buena admi- 
nistraciôn tenîan tan relevantes pruebas, y estaban tan 
satisfechos que plenisimamente confiaban en él en to- 
dos sus peligros, y en el cuidado y protecciôn de sus 
intereses mismos, acudieron â su casa en masa casi â 



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— 246 — 

manifestarle el sentimiento que les causaba su separa- 
ciôn y la extrafleza de aquella medida. 

El Ayuntamiento en plena sesiôn acordô manifes- 
tarle por medio de una Comisiôn de su seno, y acom- 
paflândole un testimonio del acta, <él sentimiento que 
les cabia por su despedida», y muy especialmente dân- 
dole las mâs cumplidas gracias por el «acierto, celo, 
actividad y sumo desinterés con que habia desempe- 
flado los cargos de Gobernador y de Corregidor, sin 
obtener sueldo alguno en todo el tiempo, ni aun in- 
demnizaciôn por los gastos de representaciôn, Secre- 
tarîa y escritorio, costeados siempre y ampliamente de 
su propio peculio â pesar de ser bastante costosos por 
el cùmulo de negocios que se ofrecîan y la inmensa y 
casi incesante correspondencia, sostenida sin intermi- 
siôn, con los Tribunales todos, los Consejos, Ministros, 
Jefes de los ejércitos y demâs Autoridades, que acu- 
dîan al Gobernador con demandas, requerimientos, 
solicitudes y pedidos de pertrechos, municiones, co- 
mestibles y otros diferentes objetos que requerian dia- 
ria, y las mâs veces momentânea y perentoria contes- 
taciôn, y proveer los medios de adquirirlos, haciendo 
entrega de repetidos y grandes acopios de ellos no 
obstante la suma escasez y falta de recursos y de me- 
tâlico que les aquejaba de continuo, etc. (i)» 

Iguales manifestaciones pùb.icas, algunas oficiales 
y muchas privadas, recibiô asimismo de los Jefes y Gé- 
nérales de ambos ejércitos aliados, de las Autoridades 
y empleados, y, por decirlo de una vez, de casi todas 
las personas de la sociedad. Incluimos â continuaciôn, 
por ser muy notable, la que le dirigiô el General Sir 
Thomas Graham: 

« Muy seflor mîo: Tengo el honor de acusar el reci- 
bo de su carta del 31 del pasado dândome conoci- 
miento del nombramiento de D. Miguel Irigoyen para 



(l) Véase Apéndice nùm. 16. 



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— 247 — 

suceder â Vd. en el gobierno de la Isla. = Permita- 
me Vd. que exprese mi sincero sentimiento por este 
cambio; porque, aunque sea aliviar à Vd. de un moles- 
dsimo destino, no puedo nunca esperar que persona 
otra alguna nos preste à nosotros los aliados de Espa- 
fla tan cordial ayuda y tan sôlida atenciôn como hemos 
experimentado de parte de Vd., y estoy muy persua- 
dido de que los deberes de la situaciôn en todos sus 
extremos no podrân nunca cumplirse con mayor celo 
y patriotismo.=Permitame ademâs aprovechar esta 
ocasiôn de darle mis mâs sinceras gracias por sus ob- 
sequios personales para conmigo, y de asegurarlc el 
grandisimo respeto con que tengo el honor de decia- 
rarme su mâs humilde y obediente servidor,= Towày 
Crraham^ Teniente General al mando de las tropas 
de S. M. B.i=Isla de Leôn 6 de Abril de i8ii:^ (i). 

Ante una explosion semejante de la pùblica opi- 
nion, del sentimiento gênerai, que tan favorable se 
mostraba hacia D. Diego de Alvear, ocurre preguntar 
la causa que motivara su separaciôn, 6 la razôn que 
para ello hubiera; en verdad, razôn ni se diô, ni hubo 
alguna; la causa que se presumiera entonces con al- 
gûn fiindamento, fué sencillamente, aunque pesé de- 
cirlo, el enojo de uno de los Régentes, que era, sin em- 
bargo, .su amigo y compaflero (D. Gabriel Ciscar, que 
précisa nombrarlo), por no poder Alvear accéder â 
complacerle en una extrafia exigencia de carâcter pri- 
vado y particular que se le ocurriô â aquél apenas llegô 
â la Isla, la cual fué que Alvear le cediera la casa que 
vivia, â cambio de la que â él se le habia asignado y 
preparado debidamente por el solo motivo de que es- 
taba algo menos prôxima del local adonde celebraba 
sus sesiones el Consejo de la Regencia. 

Alvear le manifesté que vivia aquella casa de mu- 
cho tiempo atrâs, que la ténia correspondientemente 



(I) Q)pia del original inglés. Apéndice ni'im. 17. 

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bien alhajada y en las condiciones apetecibles para re- 
cibîr à las muchas personas de al ta clase que Im fre- 
cuentaban, y a las que por su cargo se veîa en ta pré- 
cision de atender y obsequîar, como lo venîa hacienda, 
tanto â los nacionales como à Jos extranjeros, y ade- 
mas que el estado de lasaîud de su esposa, prôxima â 
salir de su cuidado, le tmpedia accéder à semejante 
nmdanza; pues no podria de ninguna manera sobrelle- 
var las molestias, fatiga,? é incoiiiodidades que siem- 
pre ocasionan los cambios de residencia, 

Kl Régente insistiô, sin embargo, en sostener su 
singular empeflo, y Alvear en refutar los fundamentos 
de lo que parecîa ser un capricho, y esforzar los mo- 
tivo,s alegados y otros que ocurrieron; la cuestion hu- 
bo de encresparse con la familiar franquezacon que se 
hablaban; aunque razonador y firme el uno en su de- 
recho. y el atro mâs violento y en el supremo puesto, 
creyendo aca^o rebajada su dignidad por no 1 ►^rar lo 
que deseaba, le despidiô airado y quedaron enemista- 
dos, sin que la mediacion de otro Régente, el anciano 
D. Pedro Agar, que era suegro de Ciscar y afectuosf- 
simo ainigo de Alvear, al que solîa llamar cariflosa* 
mente su segun'io hijo, pudiera alcanzar la apetecîda 
reconciliaciun; por clerto que muy pocos dias después 
apareciô menos ju^tidcada aùn la tenaz pretensiôn que 
fuê causa del disgusto, pues por haberse transladado 
las Cortes à Câdîz conclu fdas que fueron las obras que 
se r<taban baciendo en San Felipe Neri, hubleron de 
tran^ladarse igualmente los Régentes â aquella ciudad; 
pero aifuél subsistio, que en las personas eminentes 
por <u carâcter ô posiciôn suelen las pasiones Ker vivas 
y dominantes, Desgraciadamente no parô solo en su 
separacion e! agravio que Alvear sufriô^ que otro mâs 
sensihle y de mas graves consecuencias para su carre- 
ra fuê el de liacer ah'^o omiso de su nombre en los as* 
censos générales que luego se dieron al Ejérdto y â W 
Marina en prrmio de \o^ mérîtos y serv^icios que se hi» 




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— 249 — 

cieran en la guerra y en aquel mismo glorioso sitio de 
la Isla, echando en olvido los que tan notoriamente co- 
nocidos habfa adquirido y prestado aquel digno servi- 
dor del Estado, postergândole â veintitrés Capitanes 
de navîo que fueron ascendidos â Brigadieres, de los 
cuales doce eran mucho mâs modernos que él, que con- 
taba veinte aftos de servicios en el mismo empleo de 
Capitân de navio y estaba casi â la cabeza del escala- 
fôn; perjudicândole de tal modo en esto que no fué ya 
posible reparar el dafio cuando al fin fué ascendido â 
su vez â Brigadier â los dos aftos por decreto de 6 de 
Marzo de 1812 por la nueva Regencia, que, compuesta 
de cinco mîembros, très Tenientes Générales, el Du- 
que del Infantado, D. Juan Maria Villavicencio y el 
Conde del Abisbal: y los otros dos, Consejeros de Es- 
tado, D. Joaquin Mosquera y D. Ignacio Rodriguez Ri- 
vas, sucediô â la anterior por nombramiento de las 
Cortes del 21 de Enero de dicho afto (i). 

Las Cortes habîan decidido volver â elevar el nu- 
méro de los Régentes â cinco, visto lo incompleta que 
habia estado casi siempre la anterior Regencia; cuyo 
Présidente, el gênerai Blake, tomando el mando de los 
ejércitos con preferencia, se ausentaba de continuo; 
quedando el Consejo algûn tanto desautorizado en la 
opinion pûblica por constar solo de uno ô dos Régen- 
tes propietarios y los suplentes, que no podian supo- 
ner tanto. En la guerra, el dicho General Blake, â 
pesar de su valor y pericia militar, habia sido poco 



(I) El nuevo Régente D. Juan Maria Villavicencio, Teniente 
gênerai de la Armada, habia sido compaftero de D. Diego desde 
Guardia Marina, empezando juntos la carrera el mismo afio; era 
persona de mucho saber y talento, que ocupô y se distinguiô en 
altos puestos, gozando de mucho favor en la corte de Madrid y 
con el Rey Fernando VII, al que mereciô grandes conlîanzas, se- 
gun cartas muy importantes sobre graves asuntos politicos que 
vimos y le diô â leer â mi madré meses antes de morir aquel 
seftor. 



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— 2Ô0 — 

afortunado, y ùltimamente se extremô su desgracia 
teniendo que rendir la ciudad de -Valencia al enemigo 
que la sitiaba y quedar él mismo prisionero el 9 de 
Enero, con los 16.000 hombres de su mando, del Ma- 
fiscal Suchet, que los enviô desde luego â Francia, y 
desde el castillo de Vincennes, donde le encerraron, 
enviô el parte detallado de su çampafta acompafiado de 
una sentida carta â la Regencia, que ya era la nueva- 
mente nombrada â consecuencia de su infortunio, que 
asi habîa continuado la guerra con variossucesos, prôs- 
peros unos y otros adversos en los ùltimos meses, pero 
relacionândose poco con la isla de Leôn, â excepciôn 
de salir parte de su ejército, al mando de los générales 
Alava, Lacy y otros, en expediciones de socorros â 
Huelva y Badajoz, al Condado de Niebla y â la serra- 
nia de Ronda, esta ûltima foco importante y constante 
de insurrecciôn que era; casi en armas toda su valien- 
te poblaciôn, acaudillados por serranos de entre ellos 
mismos, los mâs inteligentes y osados, y apoyados por 
la division del General Begines de los Rîos, peleando 
sin césar; trayendo divididas las fuerzas que sitiaban â 
Câdiz del centro que mandaba Sebastiani en Granada; 
y acosando sus columnas, y aun las que de Sevilla se 
destacaban para reprimirlos infructuosamente, y mâs 
adelante con la llegada del General Ballesteros toda- 
via se animaron mâs, y la insurrecciôn y la guerra se 
hizo allî formidable de veras, mostrândose las mujeres 
no menos atrevidas que los hombres (i) en la defensa 
de sus riscos, cerros 3' mansiones. 

Por este tiempo se présenté en el cielo un magnifico 
cometa por la parte boréal, que por varios meses ilumi- 
naba de noche mâs que la luna llena, con tan esplendo- 
rosa luz que permitîa leer fâcilmente cualquier escrito 
papel aun dentro de las habitaciones ; de frente de 
los balcones de la casa de D. Diego de Alvear pudo este 

(I) Toreno. 



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— 261 — 

satisfacer cumplidamente su grande aficiôn â la sublime 
ciencia astronômica, observando y estudiando â su sa- 
bor aquel hermosisimo fenômeno que Uamaba la aten- 
ciôn gênerai de toda Europa, y no dejaba de causar 
temor y espanto â los que, en su preocupaciôn, lo te- 
nîan por mensajero de mayores calamidades; pero por 
aoaso no fueron para Espafta, sino para aquel Rayo de 
la guerra que la traia casi detrozada por quererla sub- 
yugar, y cuya refulgente estrella se habia pronto de 
eclipsar. 

No habia dejado de ser muy sensible â don Diego 
de Alvear aquel su â todas luces injustificado relevo 
del gobiemo de la Isla; y la circunstancia de estar 
la plaza sitiada y al frente del enemigo , todavîa le 
molestaba mâs al pundonoroso militar; por lo que^ 
recordando también el desfavorable concepto que 
errôneamente (sobre las fortificaciones y primera de- 
fensa de la plaza) habian estampado los primeros Ré- 
gentes en su Manifîesto â las Côrtes, comprendiô que 
no eran suficientes los aplausos gçnerales que por do- 
quiera oîa, ni las cordiales satisfacciones que espontâ- 
neamente le dieran personas de alta clase y entendi- 
das, y mucho menos el sentimiento y auréola popular 
que le aclamaba, para evitar en lo sucesivo cualquier 
fanesto ertor que deslizarse pudiera en detrimento de 
su buena opinion y en cuanto al desempefio de aque- 
11a comisiôn que en tan dificiles circunstancias habia 
obtenido, y de la que tan airadamente habia sido des- 
pojado. Pensô, pues, y pensô bien, que se informara su 
conducta en los centros oficiales, y se le certificaran 
los servicios que hiciera segûn resultaban; y en efecto,. 
asî se hizo â peticiôn suya, como se puede ver en los 
documentos siguientes: copia de su solicitud al Te~ 
niante General Marqués de Compigny, Comandante 
gênerai del ejército, con el informe certificado de este; 
y dos del Ayuntamiento y Junta de Seguridad y De- 
fensa de la Isla, que originales conservamos juntamen- 



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- 252 — 

te con la carta del General Graham, que traducida he- 
mos insertado: cuyos documentos justifican plenameo- 
te todos los servicios y méritos de que hetnas venido 
haciendo relaciôn, y â veceï^ ca.^i con las mismas pala- 
bras, si bien los hem os detallado mas, y en los que 
también se confirman muy especialmente los combates 
de los primeros dias, de que no han hecho menciôn, 
como dijimos, los historiadore?; Toreno y Lafuente (i), 

D. Diego, después de ser relevado del gobierno 
politico y militar, aunque siguiô vivîendo en la Isla^ 
no tuvo ocasiôn de tomar ])arte activa en el servicio. 

Pero si tuvo una j^randîiîima satisfacciônen la que 
se le présenté de salvar la vida y la honra de un joven 
Oficial de la companîa de Guardias Marinas^ D. juan 
del Castillo, acusado de haîjerse querido pasar à los 
franceses, y para el quena dudô el fiscal en pedir nada 
menos que la pena de muerte, segùn lo criminal que 
se suponia el caso por los testigos, dominados â su vez 
por la efervescencia patriôtica de aquel tiempo. Fué 
Alvear nombrado su defensor; y adujo tal copia de 
buenas razones en contra de at[ueMa.s suposiciones en 
su bien escrita defensa, que hubieron de quedar des- 
vanecidas; y apoyândose en las tristes cîrcunstancia*? 
de orfandad, extrema miseria â que se veia reducido 
su defendido, privado de su propio caudal y del suel- 
do, que ni percibia, y todo esto A la temprana edad 
de dieciséis afios, interesô de tal modo â los jueces â 
su favor que lo declararon libre de toda culpabilidad 
y sobreseîda la causa, etc. (2) 

La guerra extenditia por todas las provîncias, me- 
jor organizados los cjlm citus, las partidas de volunta- 
rios y patriotas muy multiplicadas, y cundiendn por 
todas ellas, y sus Jefes ]o> va afamados guernlkros, 
cada vez mas diestros v o.^ados, molestando sin césar 



(1) Véanse los Apéndic<:fs nûms. 16, 17, 18 y IQ- 

(2) Véase Apéndice nûm. 20, defensia de D* Juan del Castillo. 



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— 253 — 

por doquiera al enemigo; el pafs haciendo prodigiosos 
esfuerzos para defenderse de su ominoso yugo; y por 
ùltimo, triunfando de ellos las tropas aliadas en Por- 
tugal, y pasando la frontera, todo contribuîa â alejar 
de la isla gaditana los peligros anteriores; ô si el ase- 
dio ô mâs bien el bloqueo continuaba, no implicaba 
esto que el francés creyera poder tomarla, pero si evi- 
tar el sonrojo de confesar su impotencia y cohibir en 
lo posible la acciôn del Gobierno, sin que lograran im- 
pedir que consolidara su autoridad, respetada ya por 
las Naciones extradas, y muy acatada j)or los espafioles^ 
que se sometian â sus acuerdos y con mayor confianza 
acudian en su auxilio ô buscaban su apoyo, segûn las 
diferentes circunstancias lo exigian; y como se habia 
constituido aquél, juntamente con lasCortes, enCâdiz, 
por incomodarlos mâs dirigieron sus tiros hacia aque- 
11a ciudad, tomândola por blanco de sus iras. 

Empezaron, pues, â tirar bombas sobre Câdiz des- 
de los fuertes que enfrente del puerto habîan pertre- 
chado con piezasà propôsito traidas de lejos, pero que, 
por fortuna, apenas alcanzaban â hacer dafio, aunque 
Uegaron â caer en el recinto de algunos barrios que 
fueron abandonados; arreciando y arrojândolas con 
frecuencia feroz en los ùltimos dias del asedio, y de 
nocJie muy particularmente, habiéndose contado entre 
todas las que cayeron hasta 15.521 bombas. 



Levantin el «itio. 

Pero el 24 de Agosto de 18 12 levantaron de repen- 
te el sitio, y al dia siguiente desaparecieron de la vista, 
dejando clavsfda y destruida toda su artilleria, que 
constaba de mâs seiscientas piezas, que cubrian sus li- 
neas y fuertes hasta Rota, Chiclana y demâs puntos, 
las mâs de ellas reventadas por la excesiva carga y 
completamente inutilizadas: marchândose el Mariscal 



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— 254 — 

Victor a reunirse con el ejército de Soult, y hacîendo 
â su paso los raayores daftos que pudieran en los alre- 
dedores y por doquiera iban. 

Treinta meses y veintitrés dias habîa durado el si- 
tio, desde el 5 de Febrero de 18 10, que se presentaron 
ante la isla de Leôn. 

Al misrao tiempo abandonaban los puntos que 
guardaban las mârgenes del Guadalete y la Serranîa de ' 
Ronda, y el 27, â las doce de la noche, elMariscal Soult 
se retiraba con casi todo su ejército de Sevilla, posesio- 
nândose de ella en seguida los espanoles al mando del 
General Cruz, batiendo su retaguardia (que allf habia 
quedado para seguirle luego), y en Côrdoba entraron 
el 3 de Septiembre y desalojaron al 5.^ cuerpo francés, 
que mandaba el General Drouet, que la habîa ocupa- 
do al retirarse de sus acantonamientos de Llerena, en 
Extremadura, con las mismas ôrdenes de reunirse al 
Mariscal Soult, el cual se habia detenido unos dias en 
Granada para ir recogiendo todos los destacamentos 
esparcidos por las Andalucîas, evacuando aquella ca- 
pital el 16 perseguido por el ejército de Ballesteros, que 
se posesîonô de ella el 17. 

Debiôse aquella repentina y compléta retirada del 
ejército Ifrancés del Mediodia â la necesidad de con- 
centrar pronto todas sus fuerzas Soult, por Murcia y 
Valencia, al ejército del Centro y al de Aragon, que 
mandaba el Mariscal Suchet, Duque de la Albufera, 
para no quedar cortado aquél, y todos juntos tratar de 
contrarrestar â los aliados, que dirigidos por Welling- 
ton, y habiendo derrotado al enemigo en la famosa ba- 
talla de los Arapiles ô Salamanca, después de desalo- 
jarlo por completo del Portugal, hubo de invadir las 
Castillas con tal brio que entrô en Madrid el 12 de 
Julio, de donde precipitadamente tuvo que salir el dîa 
antes el Rey José â la cabeza de sus tropas, para unir- 
se con las de sus Générales y escapar de aquella sûbita 
invasion. 



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— 255 - 

Quedô, pues, toda la hermosa Andalucia libre del 
terrible enemigo que la habfa ocupado por tan largo 
espado de tiempo, destrozândola y saqueàndola con 
énormes gravâmenes, y de otros modos menos lîcitos 
que no queremos nombrar, quedando en su mayor 
parte asoladoslos campos, casi arruinadas las poblacio- 
nes, misérables y hambrientos sus habitantes; es fâcil, 
pues, comprender el inmenso jûbilo, la alegrîa y alga- 
zara con que se celebraba la desapariciôn de las odia- 
das huestes, y los repiques de campanas, las acciones 
de gracias, los vivas y el entusiasmo con que eran aco- 
gidos los libertadores. 

En la Isla y en Câdiz el alborozo fué también 
grande; aunque pasados los primeros tiempos de an- 
siedad y susto al Uegar los franceses, y la natural per- 
turbaciôn que el subito cambio de cosas prodpjera en 
un principio, no habîan sufrido mucho, especialmente 
en Câdiz, adonde muy pronto fué tal la reacciôn que 
para mejor se ocasionô, que aquella ciudad aparecîa 
relativamente como un oams en el Desierto comparada 
con el resto de la Naciôn. 

Todo alU se convirtiô luego en riqueza, abundan- 
cia, alegria y diversion â pesar de los enemigos, del 
asedio y de las bombas. Todos los autores extranjeros 
y nacionales que de ello tratan, estân acordes en re- 
petir con asombro lo que la tradiciôn por referencia 
habiasostenido.Jamâs estuvo aquella ciudad mâs flo- 
reciente, mâs animada, con mayor ni mâs brillante po- 
blaciôn. 

La Grandeza de Espafta , casi en su totalidad, y 
muchos titulos de Castilla, se habian refugiado alli, y 
nobles hidalgos seflalados por los grandes sacrificios 
hechos â favor'de la causa en sus provincias, y Princi- 
pes y nobles extranjeros también, con otras muchas 
personas notables que aportaban por aquel sitio por 
intereses propios suyos 6 de sus respectivas Cortes, ô 
por gozar de los encantos de su dulce clima, del agra- 



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4. 



dable trato de su amenisiraa sociedad y de la^s conti- 
nuas fiestas que en ella se disfrutaban. 

Magnîficas fueron las que se dieron con motîvo de 

haber Uegado el 24 de Diciembre de 1812 el Duquede 

Wellington â saludar â la Regencia y dar las gracias 

jiU â las Certes por haber sido nombrado General en 

jefe de los ejércitos espafloles, en union con I0& ingle- 

ses, en atenciôn â sus servicios y los mérïtos con> 

traidos en las campanas de Portugal y las Castillan, de 

,]\ tan venturoso resultado para la îsla gaditana y el resta 

^] de las Andalucîas, y que tan gratas esperanzai^ y feli- 

ces auspicios hacian concebir y prometer para las que 

se inaugurarian poco después. Soberbio fué el recibi- 

miento que Câdiz le hizo; todas las Autoridades y el 

inmenso pueblo acudieron presurosos; al puerto, inun- 

dando las calles â su paso: colgaron las cassas y las ilu- 

i ' minaron â la noche; espléndidos banquetes le ofre- 

cieron: el primero la Regencia, al que contesté con 
otro mas suntuoso aùn el Embajador înglés, que era 
Sir Enrique Wellesley, hermano del Duque, al que 
fueron invitados todos los Diputados. Estes à su vez, 
después de felicitarle con una Comisiôn de su Cuerpo. 
le hicieronel honor extraordinario, que agradeciô mu- 
cho, [de senalarle asiento privilegiado entre ellos cuan- 
jy do asistîa â las sesiones de las Corte.^, 

La nobleza espanola, casi toda concentrada, coint> 
hemos dicho, en aquella ciudad, le ob.sequio con un 
baile brillantîsimo, al que asistiô todo lo mas florido y 
bello delà distinguida sociedad que la pobablai y se 
componia de celebridades de todas clases; los mâs bi- 
zarros militares é ilustres marinos, cargados los unes y 
los otros de laureles por sus brillante.^ h échos de ar- 
mas ô relevantes méritos en el servicio de la Patria; 
los insignes legisladores que habian Hrmado y decre- 
tado la nueva Constituciôn del Estado, proclamada 
en Marzo de aquel mismo ano, que si â efhnera vida o 
duraciôn estaba predestinada no por eso dejaria de 



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— 257 — 

dar luego, a las varias que le habian de suceder en lo 
que va de siglo, la savia de sus principios; hombres 
de Estado, jurisconsultes y Magistrados, y los mismos 
anfitriones que la fiesta daban, titulos de Castilla. y 
grandes de Espafla, rivalizando en patriotismo y leal- 
tad con los que fueron sus antecesores, y habîan Uenado 
la historia de sus gloriosos nombres, y otros muchos 
personajes que por diverses motivos tan notablemen- 
,te Ilamaban la atenciôn. 

Pero mâs que todos ellos, lograban cautivarla el 
sinnùmero de hermosas mujeres que, como refulgen- 
tes estrellas, iluminaban los salones con el brillo de sus 
negros ojos, y que por su gentileza, variada belleza y 
elegancia eran, indudablemente, su mejor adorno y el 
mayor atractivo del suntuoso sarao. Presidialo por sus 
grandes respetos la gfan Duquesa de Benavente, que 
hacia los honores con suprema distinciôn, y la acom- 
naban sus hijas la bellisima Marquesa de Santa Cruz y 
la no menos graciosa de Camarasa, con su nuera la Du- 
quesa de Osuna, Princesa de Salm-Salm, de naciôn 
alemana y de tan elevada alcurnia que cuidaba de dar 
tratamiento â todas las personas que lo tenîan para 
que â ella no se lo rebajaran. 

Otra constelaciôn de astros, de primera magnitud 
también, la formaban las cuatro hermanas de los Con- 
des del Montijo y de Teba: Marquesas de Villafranca^ 
de la Romana y de Lazàn, las très mayores, y la menor 
y mâs bella, la Condesa de la Contamina y de Parcent; 
y sin citar otras mil que con igual prestigio centellea- 
ban â su alrededor, haremos la observaciôn de que pa- 
rece ser que por derecho de heredad ha debido vincu- 
larse la belleza en aquellas Casas, pues la célèbre Mar- 
quesa de Alcafiices, de perfectas lineas y cabal hermo- 
sura, que todos hemos conocidoy admirado,como igual- 
mente las hermanas Camarasas, de no menor atractivo, 
las très Parcent, y entre ellas la escultural Condesa de 
Onate: la preciosa y élégante Duquesa de Alba, y mâs 

17 



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-- 258 — 

que todas la excelsa Eugenia, Condesa de Teba, dîg- 
nisima Emperatriz de los franceses, â la que toda la 
Europa rindiera el homenaje de su admiraciôn por los 
encantos de su persona como por los elevados senti- 
mientos de su aima, todas han sido de la misma nobi- 
lisima sângre, hijas ô sobrinas de las que hemos nom- 
brado, mereciendo brillar por su notable belleza en la 
corte de Madrid durante el glorioso reinado de Dofta 
Isabel IL 

En esta narraciôn, propiamente dedicada à mi fa- 
milia, séarae permitido afiadir que, en medio de toda 
aquella grandeza y noble gentileza, no pasaba nunca 
desapercibida la hermosa figura de la joven inglesa 
esposa de D. Diego de Alvear; antes, por el contrario, 
su presencia causaba siempre grande y grata sensa- 
ciôn; admirâbase el élégante porte, los corteses moda- 
les, la alta dignidad de su persona, suavizada por la gra- 
ciosa y benévola sonrisa de la bellisima fisonomia, que 
lucia entonces en todo su esplendor. Las damas, sin 
excepciôn, la recibian con el mayor agrado y carino, 
y con respetuosa deferencia era acatada y saludada 
por la generalidad de todos aquellos ilustres varones y 
brillante juventud que la rodeaban;que, si solicitos bus- 
caban el agrado de su trato y amistad, sabian apreciar 
en cuanto valia el transparente vélo de serena virtud 
que modestamente la cubria y resguardaba, permitién- 
dola caminar siempre firme y tranquila, apoyada en el 
brazo de su amado esposo , que , aunque sexagenario, 
era el mâs amante y obsequîoso de todos sus admira- 
dores, y jamâs se atreviô la mâs levé murmuraciôn ni 
el falaz y mortifero vientecillo de la ccdumnia â des- 
rtorar la nitida blancura de su pura frente; que ma- 
chos aftos después, sus hijos en Madrid y por doquie- 
ra iban , oian estos grandes elogios y halagûenas me- 
morias de 'aquella doble admiraciôn de los que, ac- 
tores ô espectadores , habîan tomado parte 6 sido tes- 
tigos de los mémorables acontecimientos de la isla ga- 



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— 259 — 

-ditana; dulcîsîmos recuerdos que tiernamente conmo- 
vian las mâs sensibles fibras de su amor filial, al ver tan 
lealmente reconocidas y ensalzadas las dos bellezas, 
fisica y moral, que tanto sobresaliàn en su bellisima 
madré. 

Poco tenemos ya que decir tocante â la guerra de 
la Independencia, cuya gloriosa lucha pronto verîa 
su fin. 

Çn aquel mismo baile de que hemos hablado se 
supieron las primeras noticias de los contratiempos y 
<iesastres que desbarataron los atrevidos planes de 
Napoléon al llevar la guerra al otro confîn de la Eu- 
ropa. La ruda defensa de la raza eslava, â la que no 
.arredraba el devastar los campos, desolar el pais, in- 
cendiar los pueblos y aun su misma capital, Moscou, 
por hacer dafto al invasor enemigo, sorprendiéndole â 
le cosaco, con ataques sueltos y violentos en el paso 
desastroso del Borysthenes (ô Beresina), acabaron de 
destrozar al gran Ejército francés; que , ya abatido y 
mâs que diezmado por el hambre y el excesivo rigor 
de aquel frigidîsimo clima , sucumbîa en aquella mé- 
morable retirada. 

La Regencia espafiola y Wellington, General en 
jefe, Uenos de mayor esperanza, impulsaron todos los 
aprestos para vigorizar la prôxima campafta, refun- 
diendo los cuerpos del Ejército, reforzândolos con las 
fuerzas que del Mediodia de la Penînsula se podian 
sacar, y se aumentaron considerablemente con los nue- 
vos cuerpos que el patriotismo formô en estas pro- 
vincias al cuidado del Conde del Abisbal, el que las 
instruyô y organizô tan pronto y bien que, en réserva, 
marcharon en pos de aquel otro primer ejército de 
Andalucîa, reuniéndose mâs de cuarenta mil hombres, 
que, cooperando con los otros del Norte y los de los 
aliados anglo-lusitanos, ayudaron grandemente en la 
prosecuciôn de las célèbres operaciones del siguiente 
verano, dirigidas por la alta capacidad del Lord Wel- 



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— 2ï30 — 

ling^on; y trionfando sienipre en todos los encuentros 
y de todos los obstâculos, en dos meses escasos ein- 
pujaron la guerraâ las delNorte, continuândolas hasta 
el Pirmeo y, por ûltimo, hasta dentro de la misma 
Francia, adonde tuvieron que refugiarse los destroza- 
ilos ejércitos franceses, con el UaiDado Re}^ José a su 
cabeza, después de la insigne y décisive batalla de Vi- 
toria, perseguidos prîncipalmente por las tropas espa- 
Aolas, que los fueron batiendo y arrojando de todos 
los puntos de la frontera, sîendo las primeras estranje- 
ras que pisaron el territorio de Francia, sigutendo eJ 
grueso del ejêrcîto a las ôrdenes de Wellington, que 
pasôel Bithsoa los dias ï6y î7 de Octubre de 1813 (l)^ 
y tomando â Bayona, Burdeos y, por ûltimo, â Tolo- 
sa. batiendo en sangrienta batalla (el 10 de Abrib al 
Mariscal Soult, en la que por cierto, haciendo prodi- 
gîas de valor, se distingnieron los espanoles â las 6r- 
denei^ del General Freire, contribuyendo â desbaratar 
y di^^peri^ar el Ejêrcîto enemigo, de tal modo que tuvo 
el Mariscal que pedir un armisticio para que cesaran 
las hostjlidades, dândose por terminada la guerray fir- 
m and ose à pdco la paz. 



(IJ Hasta el si^uiente Ener*j no entïaron par i^l Norte li>s 
trî<icos y prusiâniis* 




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XVIII 

NUEVOS VIAJES A INGLATERRA Y FRANCIA, Y REGRESO 

A cAdiz 




OR aquel tiempo hubo de falle- 
cer en Londres Doôa Catalina 
Ward, madré de Dofta Luisa, 
la esposa de Alvear; y con este 
motivo, y ser véhémente el de- 
seo que esta senora mostrara 
de volver à su Patria por ver y acompafiar â su ancia- 
no padre, afligido doblemente por estar separado de 
^-ella en aquellas tristes circunstancias tras de la larga 
ausencia, por tantos afios transcurridos, que le priva- 
ron del dulce consuelo de su amable compaftfa, pidiô 
D. Diego, y obtuvo real licencia, con fecha 15 de Julio - 
de 18 14, para pasar â Inglaterra por un afto; lo que 
efectuô â poco, embarcândose con su familia en Câ- 
diz para Falmouth, y de allî, pasando luego â Londres, 
â casa de su suegro, adonde fijô su residencia en cum- 
plimiento del piadoso fin que le Uevara; prolongândola 
por mucho mâs tiempo del que se habfa propuesto en 



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— 262 — 

un princîpio disfnitando de la prôrroga de su licen- 
cia, que fâcilmente le fué concedida por el Gobiemo 
espafiol en vista del estado de paz que se obtenîa en 
Espafta entonces; si bien la guerra ardia otra vez tre- 
menda en Francia por el impensado y demasiado preci- 
pitado regreso de Napoléon de la isla de Elba, y su 
asombrosa campafta de los cien diasy en la que luciera 
su portentoso genio militar, segùn dicen, mâs que 
nunca. Sin embargo, no le valiô para triunfar de los 
ejércitos aliados de la Europa coligada, que, por estar 
aùn prôximos, se revolvieron sobre él al momento, sin 
4ejarle el tiempo preciso para recobrar su poder y 
afianzarse en él antes de batallar (como le hubiera po- 
dido suceder dos ô très meses después, retirados â 
sus respectivos pafses aquéllos, y acaso disueltos), y 
ademâs en Francia quejosos y aun agraviados casi 
todos sus adictos del nuevo Gobierno, y descontentos 
otros muchos de la marcha que siguiese este, contra- 
riando sus esperanzas y pareceres, como era de su- 
poner lo que le hubiera favorecido mucho (i). 

EUo es que el gran guerrero sucumbiô para siem- 
pre y tristîsimamente; sin duda los hados, por decirla 
en estilo de griegos y romanos, habian sonado la hora 
de derrocar al coloso que hacîa temblar la tierra; 6 
mâs cristianamente: el Seûor, su nombre es el Omnipo- 
tente, derriimbô al enemigo^ y caballo y caballero los 
precipitô en elfondo del mar (2). 

Alvear y su esposa pudieron admirar los grandes 
festejos con que fueron obsequiados el gran Czar de 
Rusia, Alejandro I; el Emperador de Austria; el Rey 
de Prusia y la cohorte de mâs de otros veinte Prlnci- 
cipes, Soberanos algunos también, que los acompafla- 



(1) Opinion emitida en aquéllos momentos por D. Diego de 
Alvear, y corroborada y coniirmada después de los sucesos por- 
él mismo y otras muchas personas inteligentes y de peso. 

(2) Cântico de Moisés. 



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— 263 — 

ban en su real visita al Principe de Gales , Régente 
(que fué luego Jorge IV), y congratulatoria para con la 
Naciôn inglesa, que tan persévérante é împortantisima 
parte habia tomado en contrariar, sin doblegarse ja- 
mâs, los presuntuosos proyectos de subyugar toda la 
Europa â su dominio, que habian animado desmesura- 
damente al ya caido Napoléon. 

Inmenso jùbilo y entusiastas ap'ausos los acogiô 
por doquiera se presentaban, como igualmente â los 
Générales victoriosos, si bien entre ellos, y mâs que â 
todos, aclamaban y ensalzaban â su gran compatriota 
el invicto Duque de Wellington, <^el héroe de los héroes, 
el gran General^ el hâbil estadista^ el siempre victorio- 
soy>: que de orguUo y gloria los Uenaba y ha seguido 
Uenando â los ingleses durante toda su vida, y aun 
ahora mismo, al recordar su nombre y hechos. 

Merece recordarse la curiosa circunstancia de ha- 
ber sido durante aquellos festejos cuando la Princesa 
Carlota de Gales, esperanza é îdolo, por decirlo asi, 
de la Naciôn inglesa, de cuyo trono era presunta he- 
redera, fijara sus ojos en la hermosa y gallarda perso- 
na de un joven y modesto Capitân de hùsares que, 
perteneciendo al Ejército alemân, servia â las ôrdenes 
del Emperador de Austria. Era el Principe Leopoldo 
de Sajonia-Coburgo, pequeôo Principado y Casa poco 
conocida entonces, pero que después ha sido sefialado 
plantel que, como vivero de selectas plantas, ha pro- 
porcionado 6 surtido de nobilisiraos, y realmente dig- 
nes consortes, â casi todas las Reinas y Princesas de 
las diferentes Naciones que en este siglo, y tan fre- 
cuentemente por derecho propio^ han ocupado los 
tronos ô se han sentado en sus gradas. 

Hacia tiempo que venîa pretendiendo â la Princesa 
el Principe de Orange, heredero del Rey de Holanda 
ô Paises Bajos, con tâcita y benévola aceptaciôn de 
ambos Paises, que se lisonjeaban con aquel enlace, fa- 
vorable â su ulterior grandeza. Pero cuando el Princi- 



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— 264 — 

pe Régente hubo de hablar de aquel proyecto â su 
hija, esta le contestô al punto ingenua y firme: «Si no 
me caso con el Principe Leopoldo de Sajonia-Cobur- 
go, permaneceré soltera como la Reina Isabel, que tan 
gran Reina fué. » Y se casô en efecto; que fué tal la 
grata admiraciôn que causaran la firmeza de su reso- 
luciôn y la gravedad de sus palabras, confirmando la 
idea que ya se ténia de que la Princesa era lo que se 
Uama un gran caràcter^ que la opinion pûblica cambiô 
al momento; y el Gobierno, el Parlamento y la Naciôn 
entera, con grande entusiasmo, adhiriéndose â su de- 
seo, contribuyeron â su realizaciôn pronto y esplén- 
didamente. 

El Principe fué dotado de una pension vitalicia 
de 50.000 libras esterlinas por unanime votaciôn del 
Parlamento, que les regalô el precioso palacio de Cler- 
mont, comprado al efecto; que si para la heredera del 
poderoso trono de la Gran Bretafia parecia ser peque- 
flo, para la esposa de un Capitân de hùsares era, gran- 
dioso^ segûn, riendo, decia la joven desposada (i). 

Sabido es cuân pronto se desvanecieron las ilusio- 
nes de felicidad, y se troncharon las esperanzas de los 
esposos y de la Naciôn, con la muerte sûbita de la 
Princesa; cuân de prisa hubieron de casarse sus tîos, 
para Uenar el vacio de herederos de la corona, entre 
los cuales el Duque de Kent tomô por esposa â la her- 
mana del Principe viudo, viniendo este â ser el tio mâs 
querido, el segundo padre de la présente Reina Vito- 
ria, como esta se ha complacido en Uamarle desde que, 
muy nifia, quedô huérfana. El subsiguiente casamiento 
de esta con el Principe Alberto, de la misma Casa; el 



(I) Con motivo de tener mi madré su casa en Saint James's 
Park al lado del palacio real, se habia enterado é interesado mu- 
cho por la Princesa Carlota y demâs personas de la Familia Real, 
y nos contaba muchas anécdotas y particularidades que de ellas 
sabia. 



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— 265 — 

de su primo Augusto con la Reina Dofia Maria de la 
Gloria de Portugal, y otros varios con Princesas de 
Franda, del Brasil, etc., hasta completarse la grande- 
za de la familia con el nombramiento del mismo Leo- 
poldo para Rey de Bélgica, mereciendo ser aclamado 
comomodelo perfecto de sabios y prudentes Monarcas. 

Pero cifléndonos â nuestro asunto lo mâs posible, 
solo diremos que ya de regreso hacia Espafla se detuvo 
Alvear con su familia algùn tiempo en Paris, por visi- 
tar y conocer debidamente los muchos monumentos, 
curiosidades, museos, palacios reaies y particulares 
(de los que habia entonces mâs que ahora), y demâs 
objetos que daban â aquella capital un grande atracti- 
vo para el hombre estudioso, si bien lo ténia mayor 
aûn para el que solo buscaba la diversion bulliciosa y 
exterior, aunque, ni con mucho, pudiera compararse â 
la que tanto encanto ofrece â los extranjeros hoy dia 
por el inmenso y espléndido desarroUo y acrecenta- 
miento que en los ùltimos aûos lo han hermoseado, 
extendido y enriquecido. 

Con muy buenas recomendaciones que trajeron de 
Londres pudieron introducirse en la alta sociedad, me- 
reciendo ser muy atendidos y obsequiados, y teniendo 
ocasiôn de conocer y tratar â muchas personas de uno 
y otro sexo de gran notabilidad social, polîtica y mili- 
tar en la historia de los extraordinarios acontecimien- 
tos de aquella época, que con tanta rapidez se suce- 
dîan, y que siguieron brillando en los que luego por 
largo espacio de tiempo se fueron repitiendo. 

Continuaron luego su viaje por el centro de Fran- 
cia, deteniéndose siempre en los pueblos de mayor im- 
portancia por visitarlos y descansar algûn tanto, pues- 
to que hacîan el viaje con coches y caballos propios, 
por ser el mejor medio en aquellos tiempos y haber 
comprado Alvear dieciocho de varias razas y los me- 
jores (de los que algunos eran Uevados de mano), que 
«leseaba introducir en Espafia y en sus haciendas de 



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* 2GU — 

Moîitilla con objeto de reponer con ventaja los destro- 
20S causados en la ganaderîa caballar, mas aùn que en 
las otras, pot la sangrienta guerra pasada; asi como de 
Ingla terra habia enviado sendas mâquinas trilladorâs, 
aventadoras del grano y otras, que fueron las? prime- 
ras que se conocieron en el pats, con ânimo de favore- 
cer el cultivo 3^ loâ varios ramos de la agricultura con 
la maquinaria, y en aquellas cosas y procederes mas 
adelantadas, de otros paîses, 

Por Tolosa, Montpellier y Perpignan atravesô para 
entrar en Espafla por Barcelona, hacienda estancia en 
esta hermosa cîudad, no solo por tener alli pendientes 
de arreglo algunos asuntos de bastante importancîa de 
intereses pecimiarios, sino que también tuvo iina gran 
.satlsfaccîôn, le mismo que su esposa, al encontrar de 
Capitdn General del Princîpado â su grande amigo ei 
anliguo Régente D. Francisco Javier Castaftos; perso- 
na digni^iima, como es sabido, y de un trato tan agra- 
dable y ameno que no les fué fàeil resistir la se duc- 
ri on amable de su emperio en que alargaran su per- 
inanencia aUi; hastaque, siéndoles ya urgente terminar 
1*1 viaie, lo contînuaron por la costa de Valencia y lue* 
go à Granada, y pur fin a MontîUa, en donde, dejando 
A su flimilia, se fué él solo â presentar en el Departa- 
mento de Cadix el 19 de Mayo de 1817, habiendo du- 
rad*j sfu ausencia cerca de très ailos, que habîa inver- 
lido en tan interesante excursion veramega, que diria- 
rnos ahora contando con la rapidez del ferrocarriî y 
rlel vapor, y la ligereza que suekn prestar al carâcter^ 
en muchas cosas, estos adelantos. 

El e>îtado del pais estaba aùn muy lejos de ser prôs- 
pero; mu y despacio y a duras penas se iban reparan- 
do |)oco à poco los inmensoî^ dai^os causados por Un 
guerra de los siete anos en lo que podia serlo; que 
piitOjlos arruinados, fuertes y pu entes destrozado^^ fâ- 
bricas c iiîdustrias destruidas, requerian largos aftos, 
eafuerzos grandîsimos, y quedar irremediablemente 



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— 267 — 

perdidas algunas â pesar de todo. La Marina muy es- 
pecialmente se habîa resentido enormementey perdida 
casi por complète, decayendo mucho su antiguo es- 
plendor; sus Jefes, en gran parte sin puesto ni servicio 
activo, podian, por lo tanto, vivir en el Departamento 6 
retirarse â sus respectivos pueblos sin mayor dificultad. 
Alvear, pues, pudo volver â su casa de Montilla y 
altemar en los afios siguientes, atendiendo â sus ha- 
ciendas é intereses alli algunas temporadas, y otras 
mâs largas residiendo en Câdiz â disposiciôn del Go- 
biemo por lo que pudiera ocurrir. 

En Câdiz estaba cuando en 1819 se desarrollô de 
repente la mortifera epidemia de la fiebre amarilla, que 
)ra por tantas veces habia asolado la ciudad en los po- 
cos afios que llevaba el siglo. jAlvear temiô de nuevo 
perder toda su familial Sus siete hijos, todos en la in- 
fancia, con su madré y varios criados, fueron atacados 
casi al mismo tiempo y en los primeros dfas del mes 
de Octubre, de infausta memoria. jLa caridad cristiana 
se muestra heroica en estos casos! Sefioras principa- 
les, que no eran, sin embargo, de su amistad, se presen- 
taron al momento para asistir â los enfermos altos y 
bajos, graves ô no. Uno de los hijos, el tercero, To- 
mâs, estuvo por muchos dias â las puertas de la muer- 
te; sanô por fin, y luego, andando el tiempo, fué mari- 
no también, yendo repetidas veces â la Habana, adon- 
de estaciona su principal albergue la terrible epidemia, 
sin sentir su influencia en lo mâs minimo. Varios sir- 
vientes muy estimados murieron, y el mâs pequefto de 
los niftos, nacido de pocos dias; y los demâs y la ma- 
^e, â pesar de su estado delicado, agravado por la 
pena y el susto, triunfaron pronto del mal. 

Desde entonces no creemos se haya vuelto â sufrir 
en Câdiz semejante calamidad (i); se tomaron precau- 



//) En 1821 se presentô también, pero mâs benigna. 

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— 268 — 

ciones, prohibiendo terminantemente que arribaran en 
los meses de verano buques procedentes de Ultramar, 
entre otras, logrândose con esto el apetecido fin de 
alejar de ella el ma)^or riesgo. 

De muy diferente îndole, pero no menos espanto- 
so, fué el quecorriô esta ciudad el lo de Marzo de 1820 
al ser fusilados casi en masasus habitantes, acumula- 
dûs en grandes multitudes en las plazas y por las Ga- 
lles^ animados por la atractiva esperanza de asistir â los 
festejos de la publicaciôn y jura de la Constituciôn 
de î8i2, que, secundando el levantamiento de Riego, 
Quiroga y otros jefes, se venia proclamando de nuevo 
por el pais; â lo que, por la mâs anômala y extraiia 
circunstancia, y sin saber el por que, se opusieron re- 
pentinamente dos regimientos de su guarniciôn, echân- 
dose sobre ellos, acuchillando y acribillando al inde- 
fenso y pacifico pueblo, y sembrando la muerte, la 
desolacinn y el espanto en la ciudad por todos lados. 
Y jsingular circunstancia! en aquel mismo dia el Rej^ 
la juraba en Madrid, y â los dos siguientes se recibiô 
por las Autoridades la orden de proclamarla alli tam- 
bien. 

A D* Diego y su familia separadamente les hubo de 
coger en la calle el subito desmân de la tropa; pero 
pudieron pronto hallar asilo seguro en casa de algu- 
nos de sus amigos. 



Segunda época. constitticional, 
y funesta. reacclôn absoltitista. 

Triste augurio y mal principio fué esto para aque- 
lia segunda época constitucional delostresafiosde 1820 
â 1823, que se inauguraba en aquella mismaisla gadita- 
na de tan gloriosa memoria algunos aftos antes, en la 
guerra de la Independencia, combatiendo hasta triun- 
far de la invasion francesa, y que iba ahora â seguir 




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— 209 — 

acumulando maies y disturbios sin cuento sobre lo5> 
muchos que las opiniones contrarias habîan ya causa- 
do en Espafta, hasta extremarse de tal modo que se 
veria humillada por la planta de otro ejército fran- 
ces que, atravesando incôlume el pais cômo libertador^ 
la volverfa â bombardear y pronto la haria sucumbir. 

Alvear, que habia reprobado las violencias de aque-^ 
lias opiniones absolutistas y reaccionarias anteriores, 
asî como las continuas conspiraciones y conatos de re- 
beliôn contra el Gobierno constitucional restablecido 
que fué, no podîa luego tampoco aplaudir la exalta- 
ciôn de ideas que fué empujando â los partidos libé- 
rales hasta tomar medidas igualmente violentas y ar- 
bitrarias que, lastimando las tradiciones monârquicas 
y aun religiosas de la Naciôn, perturbaban el orden in- 
terior, conculcaban derechos é instituciones respeta- 
bles, y llegaron de tal modo à alarmar â las potencias 
extranjeras, temerosas de nuevos sacudimientos revo- 
lucionarios, que hubieron de imponerse interviniendo 
osadamente hasta disponer aquella humiliante inva- 
sion. Y sin embargo, Alvear, en su justo deseo de ob- 
tener para la buena gobernaciôn del Estado aquella 
forma que, ilustrando â los Reyes y dirigiendo la opi- 
nion, parecîa reunir mejores condiciones de acierto, 
se habia ilusionado con la hermosa teorîa de las dos 
Càmaras de hombres selectos y elegidos entre los mâs 
dignos, que discutieran las leyes pausadamente y con 
copia de razones, que las dejarian apropiadisimas para 
las necesidades de los tiempos y del pais, y que, por 
justas y àdecuadas, serîan obedecidas y acatadas indis- 
tintamente por todos los hombres rectos sin oposiciôn. 

Pero como, desgraciadamente, por unos y otros mo- 
tivos resultara el nuevo ensayo tan contrario â sus 
ideas de orden, se mantuvo pasivo, sin tomar parte al- 
guna activa en todo aquel tiempo que permaneciô en 
Câdiz por la mayor parte; pero si le fué forzoso tomar- 
la, como Brigadier y Jefe de mayor graduaciôn que 



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— 270 — 

era, en virtud de un decreto â la sazôn vigente que asi 
lo ordenaba, en ocasiôn de estar en su casa de Monti- 
11a, cuando fué atacada esta ciudad por los carabineros 
reaies y el regimiento provincial de Côrdoba, que se 
habian sublevado contra el régimen constitucional y 
pretendîan levantar los pueblos asimismo, sin i>erjui- 
cio de saquearlos y maltratarlos, como es consiguiente 
en estos casos. 

Tomô, pues, Alvear el mando de la milida, sosteni- 
da por algunos escopeteros paisanos 6 antiguos solda- 
dos que alli habia, y todas las disposiciones que creyô 
necesarias para la defensa, sosteniendo esta con tesôn 
y brio, y â pesar de los pocos medios que para ello té- 
nia, hasta que, auxiliados por las fuerzas que â las ôr- 
denes del Brigadier Valdecaûas Uegaron â tiempo, 
fueron completamente rechazados, no sin que hubiera 
habido alguna sangre derramada. 

Naturalmente, su comportamiento y acierto en las 
medidas que tomara en aquel incidente que relativa- 
mente era pequefio, pero que no dejô de causar gran- 
disimo susto y considérable alarma en la poblaciôn, la 
entusiasmaron â su favor, y de ahi provino el que fuera 
aclamado â unanimidad por la Milicia Nacional su Co- 
mandante en Agosto de 1822, felicitândole el Ayunta- 
miento y extendiéndole en pûblica sesiôn, en 7 del 
mismo mes, el tîtulo de Comandante principal de ambas 
armas, al ser reorganizada dicha milicia voluntaria. 
^Quién hubiera podido figurarse que esta levé muestra 
de agradecimiento, y aquel nombramiento de escasa 
importancia para un antiguo militar de sus especiales 
circunstancias, habian de ser motivos para causarle el 
mayor disgusto y aun agravio que en su larga y aciba- 
rada carrera, por mas benemérita que fuera, se le habia 
de inferir luego, como veremos? 

Poco después regresô â Câdiz, adonde presenciô 
los ùltimos lamentables sucesos del siguiente aûo, 
prôximos y relativos â la final catâstrofe del sistema, 



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— 271 — 

•de las Cortes y del sitio, que, como es bien sabido, 
todo concluyô pronto y de prisa en los meses de 
verano. 

Habiendo tomado los franceses el fuerte del Troca- 
dero el 3ide Agosto de 1823, que defendian valerosa- 
mente algunos milicianos nacionales de Madrid (que â 
^sto se redujo aquella famosa hazafla que han querido 
vanamente inmortalizar aquéllos al levantar monu- 
raentos vistosos en Paris çon aquel nombre, después 
de haber alardeado de adulaciôn llamando al Duque 
de Angulema el héroe del Trocadero), Câdiz y el Go- 
biemo libéral tuvieron que céder, dejando al Rey Fer- 
nando en plena libertad para entenderse con el Duque, 
como lo hizo, yéndose al Puerto de Santa Maria el 30 
de Septiembre, amparândose con toda la Familia Real 
al lado de su primo y libertador el Principe francés. 

Los constitucionales escaparoa los mâs como me- 
jor pudieron, acogiéndose â los buques ingleses y de 
otras Naciones que â mano se encontraban — ifelices 
los queseveîan salvos! — aunqueunapenosisimaemigra- 
ciôn de muchos aftos se les presentaba en perspecti- 
va; que la reacciôn se declarô al momento violentisima 
y furibunda, persiguiendo de muerte â todo él que ha- 
bîa tenido participaciôn en el Gobierno anterior, ô ar- 
bitrariamente fuera considerado como libéral ô afecto 
A aquel sistema. Todo consejo de moderaciôn é indul- 
gencia era desoido, y el que los daba desechado por 
sospechoso en las altas regiones, supeditadas por la 
omnîmoda influencia que se abrogaban los mâs violen- 
tes absolutistas. 

Medidas fuertes y nunca antes conocidas se toma- 
ron; la mâs conspicua fué aquella de declarar nulos^ y 
como si no hubieran existido, aquéllos très anos que 
rigiera el sistema constitucional, con todo lo que hu- 
biera ordenado y hecho, como nombramientos, ascen- 
sos, premios, y lo mâs raro aûn, contratos y emprésti- 
tos; perjudicando gravisimamente â los que en ellos se 



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- 272 — 

hubieran intere^îado, nacionales y extranjeros, y màs 
aùn al crédit o de la Nacion, de cuyo agravjn aiïn m» 
ha podido recuperarse por completo. 

Otra no menos grave por lo susceptible que erade 
dar pàbulo à injusticias y venganKaSjfué la que se llamo 
de rehabilitaciôn ô purifiçaciôn de todas las clases dt- 
empleados civiles y niili tares, que se ordenô nombran- 
do Juntus ex profeso en la capital dei Reino para los de 
superior trraduaciùn, y en las de la^^ provîncias para los 
de menos. Pues de ambas â dos estas medidas, tau con* 
trarias à la buena y prudente gobernacién del Esta- 
do, tuvo que sufrir muy mucho nuestro D* Dîet^o de 
Alvear. 

Por un arranque de excesivo patriotismo habÎH 
sostenido que no era justo tener enipleados sus capi- 
tales en fond os extranjeros cuando la Naciôn los nece* 
sitaba y pedia por medio de enipréstitos, que solicîtaba 
en momento:^ dificiles y apurados; y sîguiendo el he- 
uho al dicho, vendio la mayor parte de los que ténia 
en los fond os tranceses en casa de los acaudalado-s 
îjanqueros de Paris, MM, Delessert y el célèbre Laftite, 
é invirtîo su producto en la compra de honos de lo** 
r.jue se llainaron de las Corîesn*, viniendo, por lo tanto. 
a perderl'ts eompletamente^ capital é intereses, por 
af|uella extranrdinaria anulacion que se perpétué în- 
♦k'hnidamcnte, ^in ijue se revocara la atroz medîda ni 
se indemnizara en lo mas minimo â los que de tan bue- 
na fe habîan acudido en auxilio de la Nacîôn, cual- 
quicra que tuese el régi oie n que siguiera, en un mo- 
mento dado, puesto que la Nacion era siempre la mis- 
ma y â ella sola se hacia el benetîcio (i). 



( 1 ) Ya en otras ociisionrs habîa hecho Alvear varios duti^LlivuS- 
y p^r^taI^as dr mayor <'> nienor cuantia a la Coron a, au a tlesdi.' 
el tienipo de Carlos IV, en 1799^ estaoclo en la Cottiision dt» limi- 
tes fltf America^ â petîcinn del mbmo Rey\ que apcïoba âlajgc- 
iierusidad y lealtacl de sus sùbditos à consecUeDcia de las iipuros; 
d*'l Erario, etc. Otra \ c-z lo liizo de ima canttdad de reditofi raidci^ 



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- 273 — 

La pérdida que se le irrogaba no era de levé mon- 
ta, pues no bajaba de quince mil pesos fuertes de 
renta anual lo que importaba la supresiôn de aquellos 
fondos, de que habia venido gozando libre é indepen- 
dientemente por aflos atrâs, y cuya falta habria de mo- 
dificar por précision su modo de vivir y el de su que- 
rida familia; si bien su esposa, mas previsora y muy 
confiada en. el seguro crédito del Gobierno inglés, ha- 
bia insistidq en que le conservara los que por su dote 
ténia impuestos en el consolidado de aquel pais. De 
todos modos Alvear decidiô levantar su casa de Câ- 
diz y retirarse â la de Montilla, adonde podrîa reducir 
sus gastos sin dejar de vivir con la suficiente holgura, 
tranquilo y en sosiego, apartado del mundanal riiido 
en aquel retiro que podîa série, en efecto, ddeitoso 
(oda de Fray Luis de Léon), aunque no le résulté. 

Es la ciudad de Montilla espaciosa, limpia , muy ven- 
tilada y sana; sus campos, hermosîsimos y fertiles de 
altemos frutos, muestran sus cosechas en seguimiento 
constante, empezando por la primavera â recrear la 
vista la multitud de flores que brotan por doquiera en 
selvas y montes, plantas y ârboles: prometiendo bie- 
nes sin cuento, que principian â recogerse abundantes 
de las sementeras variadas de su extensa campiôa en 
el estio; mientras que pronto en el otofio, sus frondo- 
sos viûedos dejan ya ver pendientes los racimos de ex- 
quisitas uvas, tan sabrosas de comer, y mas y mejor de 
libar el rico nectar que van â producir, atrayendo la 



de un censo que poseia en union con sus hermanos, también de 
consideraciôn, por lo que recibieron las mas expresivas gracias 
del Ministre, Conde de Alcudia, sin contar los que continuam en- 
te se entregaban en frutos y ganados, y en metâlico igualmente, 
con motivo de las guerras exteriores é interiores, los sitios de la 
isla de Léon y de Câdiz, y dénias aflictivas circunstancias de los 
tiempos; de todo lo cual tenemos recibos certificados y los con- 
siguientes documentos para reclamar el reintegro que se prome- 
tiô, sin que se esperara ni se cumpliera. 

18 



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— 274 — 

divertida faena de la vendimia a casi todas las familias 
a las risuenas y blancas casas lagares de la sierra, en 
las que pasan la mâs alegre temporada del afio, y sin 
dar casi tiempo â concluir el laboreo del mugrôn, ya, 
llegada la fiesta de la Inmacula Concepciôn (8 de Di- 
ciembre), salir â coger la dorada ô negra aceituna antes 
de que se caiga de las agobiadas rainas de los ârboles, 
para Uevarla a los molinos aceiteros, que tendrân tra- 
bajo hasta que tome de nuevo la florida primavera 
à renovar esperanzas. 

Proporciona esta bien ordenada sucesiôn de culti- 
vos constante ocupaciôn al propietario y labrador, y 
seguro trabajo al honrado jornalero y al industrial 
agricola, todos los dias del afio con rarîsima excepciôn, 
que suelen aprovechar los mâs en labrar sus propias 
finquitas; pues por estar la propiedad muy dividida, y 
ademâs ser fâcil de arrendar en pequenas porciones, 
son pocos los que no puedan obtenerlas, y conocen 
muy bien por experiencia que de las mâs ô menos pin- 
^ues cosechas que aquéllos recogen una gran parte 
es para ellos; que sabido es que en ninguna industria 
t^stâ tan justamente equilibrada la ganancia que al tra- 
Ijajo corresponde y el interés debido al capital, como 
en esta de la agricultura (bueno es, pues, tenerlo pré- 
sente ahora que tanto se habla de estas cuestiones). 

A consecuencia de estas ventajosisimas condicip- 
nes no se conoce en Montilla la verdadera pobreza; 
esa miseria espantosa que sufre la clase proletaria en 
territorios menos favorecidos, y que afecta 5^ abruma 
el ânimo con grandisimo desconsuelo en las grandes 
jïoblaciones especialmente, por ser imposible remediar- 
ki ni casi mitigarla. 

En gênerai sus moradores eran 3' son honrados, 
trabajadores y pacificos, hasta el punto de pasar los 
anos enteros sin que tuviera que entender el Juez de 
causa alguna criminal (como lo oimos decir nosotros 
à mâs de uno); y en las muchas cuadrillas de contra- 



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— 275 — 

bandistas y ladrones que tan frecuentes eran en aque- 
Uas provincias de Andalucia antiguamente, jamâs se 
contô un montillano. La embriaguez era un vicio tan 
<iesconocido (desgraciadamente no lo e« ahora tanto, 
segûn se dice), que en nuestra primera edad llamaba 
mucho la atenciôn, alborozando â los muchachos de la 
calle, un famoso picador, forastero, que exhalaba in- 
ofensivo los humos del licor â cada paso con voz ron- 
ca gritando/ Viva la Casa de Austria!^ que no se si traia 
aquel entusiasta recuerdo desde la guerra del Archi- 
duque contra Felipe V. 

iPor que extrafta y singular contradicciôn una po- 
blaciôn de tan morigeradas cualidades, de tan privile- 
giadasituaciôn,seha vistoestigmatizadapor la opinion 
pùblica enEspafia y fuera deEspaôa, ignominiosamente 
designada con denominaciones dénigrantes que hacen 
temblaryespantanpor loque indican deprincipios disol- 
venteSjde actos de desenfrenada crueldad? No es nues- 
troânimo recordar los ûltimos nefandos atentados de 
1873, que han traido sobre la triste Montilla semejante 
bochomoso baldôn ; pero si nos obliga â decir que la 
pasiôn politica^ Uevada al mâs alto grado de exaltaciôn, 
ha sido siempre la causa primordial y casi ûnica de los 
desôrdenes, odios, persecuciones y crîmenes que han 
turbado â menudo la pazen Montilla; echando tan feo 
borrôn sobre la honrada reputaciôn de sus moradores, 
haciendo â la vez peligrosa ô altamente desagradable 
la estancia en ella â cada cambio de politica que en el 
régimen ô gobierno de la Naciôn se verificaba...; y joja- 
lâ que esta réflexion, confirmada por lo que vamos â 
referir, contribuya algûn tanto â dominar y contener 
en los debidos limites de la razôn aquella peligrosa 
tendencia de extremar las opiniones del partido en que 
se milita hasta querer aniquilar al contrario, acosândo- 
le y persiguiéndole sin tregua porque pieftsa de dife- 
rente modo , haciendo uso del derecho que la ley y la 
razôn igualmente les da, sin querer comprender que 



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r 



— 276 — 

îiû pueden ser victoriosas ni permanentes con la vio- 
lenciay las persecuciones, no; la templanza, la mo- 
deraciôn, el mutuo respeto, son los mas firmes resor- 
tes para sostener la paz y sosiego de los pueblos, y lo- 
grar el triunfo de las opiniones y de los principios cuan- 
do son buenos. 



Estancia en IVEontilla. 

Al instalarse D. Diego de Alvear, como veniamos 
dîciendo, en su ciudad natal â principios de 1824, se 
encontre, como era natural, con un cambio radical de 
Autoridades y de régimen; el partido realista, en com- 
plète auge, dominaba la situaciôn; esto nada tenia de 
particular;pero si lo tenia, y mucho, que entendiera que 
para gobernar bien era preciso ultrajar, perseguir, mal- 
tratar y aniquilar, si era posible, al partido caido, y con 
él a todos los que, mâs razonables y justos, no podîan 
ni habîan de aprobar semejantes violencias; por lo que 
se aumentô mucho el numéro de los proscriptos, aun- 
que no fueran ni hubieran sido constitucionales. Entre 
éstos algunos eclesiâsticos virtuosisimos y de gran res« 
peto, que se merecian en el pueblo por su clase y cir- 
cunstancias ademâs: dos de entre los cuales, los près- 
biteros D. José y D. Manuel de Alvear, eran precisa- 
meiite hermanos de D. Diego; que desde el pHncipio 
hubieron de recibir la orden de ir presos â Côrdoba 
con otras varias personas, y, en efecto, el segundo fué; 
pero el primero, delicado, anciano y de gran categorîa 
en su Orden, rehusô salir de su casa como no lo lleva- 
ran u la fuerza, por lo que se le concediô quedar arres- 
tado en ella. 

El Ayuntamiento anterior en masa, y muchîsimas 
otras personas principales, fueron presos también y en- 
causados, y llevados aquéllos de cârcel en cârcel y de 
pneblo en pueblo en pos de los Subdelegados de la po- 



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— 277 — 

licîa, sufriendo mil vejâmenes y sustos bajo la amena- 
za de ser ahorcados en uno û otro de aquellos pueblos 
cuando menos pensaran (i). Los otros, paisanos 6 mi- 
litares, fueron conducidos â las prisiones de las capi- 
tales, como D. Miguel de Trillo, por ejemplo, persona 
buenfsima é inofensiva , bastante ilustrada y afîciona- 
da â la lectura , por habérsele encontrado un libro del 
autor francés Benjamin Constant al registrar su casa, 
que fué por ello ericausado y Uevado â Granada, adon- 
de, à la sombra^ en un calabozo, como decia después 
con gracia, pasô trece meses. Las cuerdas de sospecho- 
^os que se llevaban â Côrdoba se repetîan con frecuen- 
cia por hacerse mâs de temer â su alrededor y acaso 
adquirir mérito con las Autoridades y el Gobierno su- 
perior, que, en verdad, recargaba fuertemente la re- 
presiôn del liberalismo por todo el pais con la nueva 
Superintendencia de Policîa, que extendîa sus ramifica- 
ciones por las provincias, lo mismo que las Comisiones 
militares ejecutivas y permanentes que en todas se es- 
tablecieron. 

La formaciôn de los batallones de realistas diô mu- 
cha fuerza, â la vez que mayor violencia, â la persecu- 
ciôn y los atropellos de casas y personas. 

De résultas de la diminuciôn del ejército y la diso- 
luciôn de muchos cuerpos habian regresado â sus ca- 
sas de Montilla bastantes Oficiales en expectaciôn de 
clasifîcaciôn y colocaciôn; se les daba el nombre de 
ifîdefinidos, y se les consideraba destituîdos por afectos 
al régimen anterior; contra ellos se hubo de concitar el 
odio y las burlas sangrientas de la nueva populachera 
Milicia, y todas las noches andaban â palos y sablazos 



(I) Entre éstos se contaban D.José Salas, que después fué va- 
rias veces Alcalde de los mâs activos y celosos; D. José Coello> 
médico muy popular, y sin nombrar otros, el mismo D. Francisco 
Solano Riobôo, desdichada victima ûltimamente de otro desen- 
Éreno politico de peor especie aùn. 



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— 278 — 

con los que indefensos y solos encontraban, y fueron 
muchos los heridos; â unos les rompen el brazo, â otros 
la cabeza, y los mejor librados van apaleados y todos 
escarnecidos y escarmentados; por lo que se vieron 
obligados â vivir encerrados en sus casas, sin que Ic^ 
Autoridades, ni civiles ni mili tares, se atrevieran â in- 
tervenir ô quisieran remediarlo (i). 

Inùtil es decir lo que al Brigadier D* Diego de AI- 
vear disgustaba y repugnaba tal cùmulo de vîolencîasi 
atropellos é injusticias, y lo que su esposa lamentaba 
los inauditos sufrimientos, penas y temores de todoi: 
aquellas victimas y de sus angustiadas familias^ niuchas 
de las cuales sigilosamente imploraban su protecciôn, 
y muchas también su caridad; que losgasto^^ de lo^le- 
janos presos se haclan intolérables, y los ma^ de les in- 
definidos, sir» j^neldo ni beneficio, pasaban grande es- 
ttechez. Con la debîda prudencia y sin el nienor alar- 
de atendîan, puei^^ en lo posible a aliviar â losî présen- 
tes y â protéger y favorecer à los ausentes, que era mas 
dificil; encargôse la seflora de recomendar mu}- eficaz* 
mente, y tan â menudo como se requeda, la situaci6n \ 
causas de los que en castillos y prisiones lejos de allj 
gemian encerrados, â las personas y Autoridades de ?u 
amistad; valiéndose con singular cuîdado, por évitai 
compromisos à los espafloles, de Ioï; que de nacionali- 
dad inglesa tenian niâs libertad para visitarlos en si 
prisiôn 6 intercéder por ellos con las Autoridades; ] 
fueron muchos los que de este modo mejoraron de si 
tuaciôn, cuando no lograron el sobreseimiento de su 
causas pasado algùn tiempo. 



(l) Solo un joven cadete de diecîocho a veintê aîiûs, naa 
do al pie del caiïùn^ como él decia, y valienle como un leiVr 
arrastrando su sable por las calles desafiaba impune las iras di 
sus perseguidores; anos dei^pués ]e vQlvimos à ver con once cru 
as de San Fernando, ganadas en otras tantas aeciones heroica 
en la guerra, que adornaban su pecho; el Teniente Gt^neral do 
Juan Contreras. 



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— 279 — 

El dignisimo Ilmo. Sr. Obispo de Côrdoba, D. An- 
drés de Trevilla, que apreciaba muy sinceramente y de 
muy antiguo â esta sefiora y â su esposo , recibîa sus 
recomendacîones con particular afécto, y favoreciô mu- 
chisimo los centenares de montillanos que por alli apor- 
taron bajo el peso de las ordinarias acusaciones de 
aquel tiempo: de ser libérales, comuneros, negros, irre- 
Hgiosos, etc.; pues no solo reprobaba los excesos de 
tan desatentada reacciôn, sino que, por su respetable 
carâcter y dignidad, eran muy influyentes su opinion y 
consejos en las determinaciones de los que mandaban. 

Capitân General interino de Andalucia fué por inu- 
cho tiempo el General Donné, compatriota y amigo de 
la misma senora, y en él encontre también un grande 
apoyo â favor de los militares, y muy especialmente de 
su cunado el Coronel D. Miguel de Alvear, prisionero 
por mâs de un ano en el castillo de Santa Catalina, de 
Câdiz, al que logrô libertar también; y excusamos de- 
cir mâs sobre actos tan gratos â su corazôn como be- 
neficiosos â los montillanos para recordar los que â su 
vez tuvierpn que sufrir de aquella situacion los que â 
nadie, ni por nada, hacîan el mal nunca. 

Los siete ù ocho corifeos que dorxiinaban entonces 
en Montilla (que no hemos de nombrar), reflejando tan 
despiadados las violentas y arbitrarias medidas, ya de 
suyo tan molestas, y expuestas â venganzas é injusti* 
cias, que en los primeros momentos de la reacciôn se 
permitiô ordenar el Gobierno del Rey, se sintieron, sin 
duda, molestados por la serena tranquilidad de aquella 
benevolencia que, aunque callada, se iba extendiendo 
y sobreponiendo en algûn modo â su maléfico procé- 
der, y determinaron atemorizar â aquellos seûores ata- 
cândolos directamente aprovechando la autoridad de 
un nuevo Corregidor que acababa de llegar, y desco- 
nocia las personas y los usos del pueblo. 

Por el correo, pues, que se recibia alli de noche, y 
solo dos veces â la semana entonces, con sus varias 



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— 2m - 

cartas les fué entregado un paquetito sin sello, que 
al abrirlo resultô contener el Libro de la Constituciôn. 
que inmediatamente fué devuelto por orden de don 
Diego â la Administraciôn, haciendo présente que, ni 
él lo habîa pedido, ni sabîa quién lo enviaba. Momen- 
tos después salieron de la casa dos jôvenes sobrinos 
suyos, que estaban de visita, y fueron detenidos y Ue- 
vados â la prevenciôn ô al Cabildo capitular, adonde 
el Ayuntamiento estaba reunido, y con bastantes de sus 
secuaces guardando las calles y esquinas prôximas. 
«No te asustes, Luisa — le dijo su esposo al momento — 
sin duda vendrân â registrar la casa»^. Y en efecto. 
asi fué; â mas de las doce llamaron â las puertas, y en- 
traron un tropel de'gente siguiendo â los principales 
instigadores que acompafiaban al Corregidor, el cual, 
al ver al Brigadier (pues mi padre, como solîa por 
cualquier caso algo extraordinario, vestia el uniforme 
diario de los marinos, que solo implica el botôn de 
ancla dorado y los galones y bordados en las mangas), 
se Uamô â engafto, quejândose de que no le hubieran 
dicho ô nombrado â aquel senor como amo de la casa 
que se habia de registrar por sospechosa (y asî era 
verdad, que s(31o hablaron de su hermano D. Manuel, 
que por ser eclesiâstico lodavia debîa ser menos sos- 
pechoso, aunque no imponia tanto) y quiso retirarse; 
pero ya entonces insistieron ambos hermanos en que 
se habia de registrar para mayor satisfacciôn suya, y 
confusion ô desengafio de los que se atrevian â dudar 
de su lealtad. Y asi se hizo, con harta mortificaciôn y 
sumo cansancio del dicho Corregidor, el que repetidas 
veces decia: basta, basta^ y querîa dejarlo, porque real- 
mente la casa no dejaba de ser cansada y molesta por 
demâs; amplîsima de dimensiones, de suntuosos salo- 
nes y muchas habitaciones principales que se romuni- 
can en los très pisos, que tiene por claustros 6 corre- 
dores sostenidos sobre columnas, que rodean â su 
hermoso y extenso patio cuadrado: con dos terrados 6 



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— 281 — 

azoteas, una coronando el inmenso frontis de la fâcha - 
da, y la otra sirviendo de agradable desahogo, llena de 
plantas y flores, en el piso primero, con preciosa capi- 
Ila ademâs, es lo que constituye la mansiôn de los se- 
ftores y su familia; pero adjunta, y uniéndose â esta por 
otros cinco patios, esta la casa de labor, como quien 
dice, con bodegas varias, graneros, almacenes, despen- 
sas y todos los demâs multiples accesorios que le son 
precisos. Es, pues, verdaderamente la casa muy gran- 
de y cansada para recorrerla de noche y de mal talan- 
te, como lo hacîa forzado, el Corregidor; el cual quedô 
convencido que no solo armas, sino un batallôn de 
hombres podrîan alli ocultarse sin ser hallados, como 
le decîa â lo ûltimo el veterano Brigadier: <^Pero no 
haya miedo de esto^ que deniasiado acriso/ada esta mi 
lealtad en et largo numéro de anos que venge sirviendo 
al Rey en ambos mundosy con toda close de numerosos 
sacrificios. > 

Aunque salieron mâs bien burlados que satisfechos 
de esta su primera tentativa de atemorizar â aquella 
respetable familia, cuyos individuos, inclusas las sefio- 
ras, tranquilos en su conciencia, mâs bien se reian de 
la injustificada visita domiciliaria que se les hacîa â 
deshoras de la noche y con tan alarmantes disposicio- 
nes, no por eso dejaron de aprovechar las ocasiones 
de seguir vejando y mortificândola en cuanto pudieran: 
abusando de las arbitrarias ôrdenes que habian dado 
de no permitirse reuniones de mâs de très personas; 
de haberse de retirar estas de noche â sus casas â las 
nueve en invierno y â las diez en verano; de no tener 
armas y otras cuantas por el estilo, como se solian dic- 
tar en los tiempos de la Edad Media. 

Pues una tarde, al salir la senora de Alvear al jubi- 
leo, le vino un chico â avisar que â su hijo, joven de 
diecisiete aflos, le habian Uevado preso con otros va 
rios jôvenes que se estaban barlando en una huerta de 
los alrededores bajo la pretendida acusaciôn de estar 



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1 



M, 



A 



•Nj' 



— 282 — 

conspirando, Alarmada la senora, al momento le fué â 
buscar al Ayuntamiento, logrando traérselo à su casa 
por ùltimo, en uso del derecho que le asistia de gozar 
fuero militar como menor, pero quedando arrestado 
por cuarenta dias. 

Otros tantos tuvieron que pasar detenidos en la 
parroquia principal el Presbitero D. Manuel de Alvear, 
que hemos nombrado antes; en su convento, un fraile 
de San Agustin, el P. Encarnacion, reputado cua! 
santo, en la poblaciôn, y D. Joaquîn Jiménez, Cura pâ- 
rroco que era, por la espantosa conspiraciùn de haber 
ido los dos primeros por casualidad al mismn tiempo, 
â reconciliarse con el tercero, que era su confe*4or, 
Los très sacerdotes eran buenîsimos, pacificos y suma* 
mente respetados por sus virtudes; que à tal punto 
habian Uegado las cosas y el lujo de arbitrariedad y 
tiranîa de los mandarines de aquella época. 

Otra vez, una compafiia de voluntario.*^ realistas^ 
con sus Oficiales, se Uegaron â la casa lagar de Alvear^ 
adonde con toda su familia pasaba la teraporada de la 
vendimia, notifîcândole que entregara las armas que 
tenîa, pues traian orden de recogerlas. El Brigadier, 
que y a con sus insignias de tal habia bajado al frente 
de la casa â recibirlos, les preguntô de quién procedia 
la orden; «del Comandante de las armas*, le contesta 
el Oficial algùn tanto turbado, â lo cual mostrô extra- 
îia sorpresa aquél, manifestando que debia haber reci- 
bido aquella autoridad un oficio del Capitân General 
en que se le ordenaba â su vez que, teniéndole to- 
dos los miramientos y atenciones que eran debidos 
por su clase y rango, no solamente se le autorizaba 
para tener y usar de las armas que crèvera necesarias 
para su uso y defensa, sino que el mismo Comandante 
([uedaba obligado â asistirle con armas y gente cuan- 
do lo creyera necesario: «y esta es la copia del dicho 
oficio que me ha sido comunicado directamente, y que 
voy â tener el honor de leer â Vd.» Y empezando à leer, 



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^ 283 — 

en efecto, viendo que los voluntarios estaban à sus 
anchas recostados y medio tendidos en los asientos de 
piedra que formaban glorieta enfrente de la entrada^ 
se interrumpiô, y en voz de mando alta y firme: «en pie 
todos», dijo: «êQué es esto? Se esta leyendo una orden 
de) Capitân General: sus Oficiales y yo estamos de pie; 
^cômo se atreven â estar sentados y tendidos? ^Asî se 
entiende la subordinaciôn y el respeto militar?» Obe- 
decieron todos al punto; y concluida que fué la lectu- 
ra se retiraron dando sus excusas y las gracias los Ofi- 
ciales por el ofrecimiento, que no dejô de hacerles con 
la mayor cortesia, de tomar descanso y refi*esco en su 
casa si, como amigos, le quisieran favorecer. 

Anteriorâ estos mas ô menos desagradables suce- 
SOS, en el periodo mâs âlgido de lareacciôn, cuando el 
furor absolutista entusiasmaba â la plèbe de una ma- 
nera insôlita y portentosa, haciéndola levantar tumul- 
tuosamente â cada paso, turbando la paz y amenazan- 
do peligros sin cuento, fué cuando pronunciô Alvear 
aquella oportuna frase, que alcanzô bastante celebri- 
dad dentro y fuera de Espafia entre las personas que 
le conocîan y admiraban su serenidad y los medios de 
salir de lances apurados que le ofrecia su conocimiento 
de los hombres. 

Estaba la gente un dîa alborotadisima; las aclama- 
ciones, los gritos, los vivas y los mueras atronaban los 
aires, arremolinândose alrededorde los polUicones del 
dîa los mâs alborotadores, deseosos de hacerse notar 
entre la apif^ada muchedumbre. Imponente era en ver- 
dad el aspecto que ofi-ecia la Plaza Mayor, cuando se 
présenté D. Diego de Alvear Uevando del brazo â su 
esposa, téniendo que atravesarla toda para retirarse à 
su casa, y lo iba logrando pasando despacio por entre 
los grupos hasta Uegar â uno de los mâs compactos» 
que, clamoreando repetidas veces: .x jViva el Rey abso- 
luto!... jVivaelRey absoluto!...^ yestrechândoselosque 
lo componian, parecian querer impedir el paso, atre- 



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— 284 — 

viéndose por ùltirao, el mâs osado entre ellos, â ponér- 
sele por delante, y parândole decididamente le gritô 
desaforado: «Que, ^fwo dice Vd. viva el Rey absoluto?,,.» 
<si/La Reina mâs bien^ que es muy buena mozah^ contes- 
té al punto en alta voz y de buen humor el galante 
Brigadier. Una estrepitosa carcajada acogiô por todos 
lados la evasiva frase, que se fué repitiendo de unos 
en otros con grande algazara y mayor aplau^o; pues 
es bien sabido que en el génial carâcter andalu^ 
nunca déjà de apreciarse la gracia del lenguaje, antes 
bien cuân poderosa influye en aplacar los ânimos, y 
asî sucediô en efecto; que abriéndose las turbas, ya 
amansadas, en dos filas, siempre risuefias, le dejaron el 
paso libre saludândole respetuosos y con regocijada 
expansion: (^pase Vd., D, Diego, pose Frf.»; y habiéndo- 
se escondido el interpelante confuso, se retiraron 
luego todos, dandopronto fin alamenazador motin (i). 



Recrtidécese la persectaciôn. — Doloro' 
so agravio qtae ocaslonô et D. Diego 
de Alvear. 

A principios de 1825 se recrudeciô el sistema del 
terror bajo la influencia de los Ministros de la Guerra 
y de Gracia y Justicia, el General Aymerich y D. Ta- 
deo Calomarde, que â la cabeza del partido llamado 
apostôlico (el mâs exagerado de los que ya dividian â 
los absolutistas, segûn el mayor 6 menor grado de vio- 
lencia y rigor que los distinguia) supeditaron â.los 
mâs moderados y extremaron las medidas générales de 
represiôn y persecuciôn de una manera inaudita. Taies 



(I) En Paris y en Londres poco después, varios personajes 
politicos emigrados le hablaron â mi hermano Diego, estudiante 
entonces en aquellas capitales, de este suceso, preguntândole si, 
en efecto, era verdad aquella feliz ocurrencia. 



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— 285 — 

fueron, entre otras, las listas que se habîan de formar 
de sospechosos, en la que se habîan de incluir las mu- 
jeres, al igual de los hombres; la de libros, foUetos y 
demâs papeles prohibidos por subversives, incluyendo 
en ellos todos los que se habian escrito ô impreso en 
Espafta ô introducido del Extranjero durante los ires 
anos de 1820 a 1823, que de no entregarlos al momen- 
to y espontâneamente serian motivo de grave castigo; 
y las de purificaciôn, que se extendieron â todas las 
clases de la sociedad, militar y civil, de tal modo que 
ni los soldados en los regimientos, ni los estudiantes 
en los colegios y Universidades, estaban exentos de 
sujetarse â ellas; para todo lo cual se multiplicaron re- 
glamentos é instrucciones y nuevas Comisiones por 
todo elPais para Uevarlas â cabo (i). Lo que de estas 
medidas podian resultar de injusticias, venganzas y 
arbitrariedades (vista la animosidad y acritud de los 
partidos reinantes), causa espanto ahora mismo; cuâl 
no séria el que mayormente atemorizaria â todos en- 
tonces, si bien la natural equidad, mâs gênerai en el 
hombre de lo que se piensa, atenuara mucho el peli- 
gro doquiera que la influencia benévola de personas 
sensatas y Autoridades dignas y raoderadas en sus opi- 
niones, aunque fueran realistas, se dejaban sentir; mu- 
chos fueron los pueblos en los que se evitaron casi por 
completo las persecuciones, los malos tratamientos y 
los riesgos de tan perniciosas medidas. En la misma 
provincia de Côrdoba, Cabra, Puente Genil y otros va- 
ries, se conservaron pacifîcos y justes, logrando los 
muchos libérales que en ellos habia vivir tranquiles y 
seguros al amparo de los que, â pesar de sus contrarias 
ideas, sabian respetar al caido, ser tolérantes y cum- 
plir les deberes que impone el gebernar bien, muy es- 
pecialmente en las localidades pequefias, en donde to- 



(I) Lafiiente, Historia de Espana, tomo XXVIII. 



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- 286 - 

dos se conocen y estân ligados por lazos mas estrechos 
de compafierismo y vecindad, y aun de parentesco. No 
asî en Montilla; ya hem os dicho algo de lo que allî ve- 
nia sucediendo, de cômo se entendia la tolerancîa y los 
buenos principios de gobierno, pues en esta segunda 
etapa, debido â sus benéi'olas y esclarecidas aniorida- 
des, le tocô â D. Diego de Alvear sufrir todo el rigor 
del abominable decreto de las Purificaciones, que ha- 
cîa depender la reputaciôn, la suerte, la vida acaso de 
personas inocentes, de antiguos y dignos servidores 
del Estado, de très informes reservados fraguados en 
secreto conciliâbulo é impunemente, por funestos apa- 
sionamientos de opiniones polîticas. El nunca lo te- 
miô, ni era posible que nadie lo pensara. Pero sin jui- 
cio alguno, sin ser prevenido ni preguntado, ni menos 
oîdo en propia defensa, fué declarado impurificado en 
primera instancia, que asise decia, el dia 4 de Noviem- 
bre de 1825 por la Junta Suprema de Purificaciones 
Militares de Madrid, â la que le correspondîa clasificar- 
le por ser Jefe ù Oficial General. No se le raanifestaba 
la causa ni el motivo que para ello hubiera habido, ni 
los medios â que pudiera apelar paradeshacer el agra- 
vio, si por tal lo ténia, como en razôn y de justicia se 
hace hasta con el mayor criminal. Sin embargo, elevô 
al momento por conducto de sus Jefes una respetuosa 
solicitud al Rey exponiendo sus largos servicios, su 
acrisolada lèaltad y aclarando los justos motivos que 
le habian obligado â tomar el mando en defensa de la 
ciudad de Montilla durante el perîodo constitucional, 
por salvarla del saqueo y los destrozos consiguientes, 
lo que le habîa merecido ser nombrado Comandante 
de la llamada Milicia Nacional: nombramiento sin im- 
portancia y mas bien nominal, puesto que habîa teni- 
do que regresar â su Departamento inmediatamente 
dcspués, por si era este incidente el causante de su 
impurificaciôn; pues no creia que en su limpia hoja de 
servicios pudiera encontrarse mancha alguna de des- 



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— 287 — 

afecciôn ni de culpabilidad que le hiciera merecedor 
de aquel severo juicio, etc. 

La instancia no obtuvo resultado; antes, por el con- 
trario, con fecha 15 de Enero de 1827, de Real orden 
mandô S. M. el Rey «que, habiendo sido irapurificado 
en segtinda instancia el 9 del actual, le fueran recogi- 
dos todos sus reaies despachos, cédulas ô diplomas 
que haya obtenido, y quede dado de baja en la Real 
Armada T., lo que le fué comunicado por el Capitân 
General del Departamento con fecha 25 de Enero 
de 1827. 

Ahora bien; aunque triste sea el decirlo, todas las 
noticias que entonces mismo y algùn tiempo después 
se obtuvieron de varias Autoridades y altos funciona- 
rios en la corte, que estaban en posiciôn de enterarse 
de las causas que motivaran aquella extrafta é injusta 
medida, estaban contestes en asegurar que los infor- 
mes de algunos montillanos, Autoridades y jefes do- 
minantes del partido realista habian ponderado la im- 
portancia de aquel nombramiento, y calificado de exa- 
geradas las opiniones libérales del dicho sefior, de 
irrdigiosa su conducta, Uegando hasta el punto de ase- 
gurar que nunca se le vefa en la iglesia; de que su in- 
fluencia era perniciosa en el pueblo, y otros sin igua- 
les dislates y falsedades que parece increible tuvieran 
osadia para decir y estampar en el papel personas com- 
patriotas suyos, que tan â fondo conocîan cuân contra- 
ria â todo esto era la verdad, y cuân moderada y digna 
la conducta, cuân religiosisimos los sentimientos del 
que asi se atrevian â agraviar (i). 

Fâcil es concebir el hondo pesar, la dolorosa he- 



(I) El Capitân General de la Armada D. Juan Maria Villavi- 
cencio, entre otros, cuando luego oyô que le acusaban de irreli- 
gioso, se apresurô â exclamar: cFalso es eso, pues ya de Guardia 
Marina era todo lo contrario, que beato le deciamos; ahora viejo, 
con cuân ta mâs razôn lo sera.» 



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— 288 — 

rida que traspasô el leal corazôn del pundonoroso ve- 
terano militar al recibir aquella funesta Real orden 
([ue le daba de baja en la Marina tan impensada y ar- 
bitrariamente, dejândole de paisano al final de su vida, 
j Anulando, como quien dice, los grades, honores y raé- 
ritos adquiridos durante su larga carrera de cerca de 
sesenta anos de servicios, acompafiados de grandes y 
dolorosos sacrificios, de trabajos utilîsimos â la Naciôn 
é inminentes peligros pasados por su Rey! 

Al punto devolviô, sin embargo, los diplomas, nom- 
bramientos, cédulas, despachos de sus grados, cruces 
y demâs honores militares, como se le mandaba; y 
guardando su uniforme, nunca mâs se lo volviô â po- 
ner, ni aun el pequeflo de botôn de ancla que solia 11e- 
var;ladelicadeza de su conciencia le impedia usarlo; no 
obstante de haber permanecido este ùltimo tristisimo 
incidente desconocido en gênerai, aun para los mis- 
mos detractores causantes; pues los Jefes de la Arma- 
da, lastimosamente impresionados por aquel caso ra- 
risimo en su Cuerpo, y que afectaba â una persona de 
tan gran nombre y respeto en la Marina, guardaron la 
maj'or réserva y nadie se enterô fuera de ella. El mis- 
mo Capitân General de Andalucia, que lo era enton- 
ces el digno y valiente General Quesada, que tanto 
contribuyô â la pacificaciôn y buen orden de las pro- 
vincias de su mando, siempre le siguiô designando 
como tal Brigadier, lomis mo que las demâs Autorida- 
des, cuando se ofrecia nombrarle. 

Muy grande fué la pena que tuvo, y muy grandes 
también los consuelos que su amante esposa y el cari- 
no de sus pequefios hijos le proporcionaron; pero mu. 
cho mâs eficaces y permanentes los que su ilustrada 
fe y los religiosisimos afectos de su piadosisimo cora- 
zôn le suministraban para tranquilizar su espîritu, 
apartando de él todo rencor y mala voluntad, sufriendo 
sumiso las penas de esta vida, al trocarlas en espe- 
ranza por las alegrias del cielo. 



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— 289 — 

Por eso, al saber que le habian tachado de irreli- 
gioso y de que nunca se le veia en la iglesia, pudo de- 
cir tranquilo: *;Serà porqiie ellosno î;aw/» Yera sorpren- 
dente, en efecto, la tranquilidad de espiritu, la perfecta 
serenidad de carâcter que obtuvîera y siempre mos- 
trara ya de antiguo, como se recordarâ fâcilmente en 
los muchos graves incidentes y raras vicisitudes por- 
que habîa pasado en su muy azarosa vida, y que se- 
guian repitiéndose de continue. 

En este mismo tiempo de que venimos hablando 
sucediô que una noche le vinieron â avisar de que se 
habfa pegado fuego y que estaba ardiendo una de sus 
casas de campo, molino aceitero con fâbrica de dos 
piedras, dos vigas magnificas, compléta bodega Uena 
de aceite y otras pertenencias. Inmediatamente mandé 
tomar todas las medidas que el caso requeria para 
amenguar, si era posible; el dano; y en cuanto vio sa- 
lir carpinteros, albaftiles, gafianes y guardîas, con toda 
clase de utensilios y demâs cosas necesarias, con algu- 
nas Autoridades y las muchas personas que siempre 
acuden â favorecer ô entorpecer en estos siniestros, 
se volviô â sus dos hijos menores, que solos le acom- 
paûaban por estar en banos sus hijas y esposa, y les 
dijo: xAhora vamos nosotros â la azotea para ver el 
fuego, que sera cosa hermosa, espectâculo grandio- 
se.^ Y subieron, y alli estaban cuando llegaron pre- 
surosos y alarmados varios amigos con ânimo de com- 
pasionar su desgracia y ofrecerle los consuelos de la 
amistad, y se quedaron tan sorprendidos como admi- 
rados de encontrarle tranquilo, â los que satisfizo di- 
ciendo: ^iPerdi à mi mujer y siefe hijos cuando la vo- 
ladura de la Mercedes... v me turbaré ahora por pcrder 
una casa de campo!,,. ^ Y continuaron viendo y mirando 
subir las Hamas â inmensa altura, y luego de repente 
apagarse, al parecer sofocadas por algunas de las co- 
lumnas de pastas de orujo que, ardiendo por el pie, se 
desplomaban, para darlas alimento de nuevo y subir 

19 



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— 290 — 

mas brillantes y esplendorosas, iluminando â su alre- 
dedor todo el espacio; repitiéndose la escena en suce- 
sîôn constante hasta quedar todo hecho una espanto- 
sa hoguera (que duré por mâs de quince dias), consu- 
miendo las magnificas vigas de prensar, calcinando 
las piedras de moler, rompiendo las tinajas que, cual 
gigantescas lâmparas, contenian el aceite ardiendo, y, 
por ùltimo, quedando todo destrozado y perdido. Des- 
trozo y pérdîdas grandes que no pudo ya ver repara- 
dos, que no estaban los tiempos para tanto gàsto. 

En otra ocasiôn, algunos anos antes, en Câdiz, le 
sucediô el mâs extrafto caso de verse asaltado de re- 
pente por dos asesinos ô ladrones, viniendo ya de no- 
che a su casa por una calle solitaria y estrecha, como 
son casi todas las de alli; mucho se hablaba de parti- 
das sécrétas de malhechores que traîan atemorizados 
al pueblo por sus fechorîas de robos y contrabandos; 
pero no se curaba D. Diego de ellos por haberse di- 
rigido aquéllos contra mercancîas y comercios parti- 
cularmente. y ademâs su natural valor le hacia poco 
propenso â preocuparse de peligros tal vez imagina- 
rios, y de todos modos poco probables tratândose de 
una persona de su edad, pues ténia mâs de setenta 
afios, y tan conocida y respetada por todos en aquella 
poblaciôn y sus alrededores. No Uevaba, pues, arma 
alguna; pero cuando los viô â corta distancia cruzar 
la calle y pasarse â la acera que él llevaba al uno, y 
al otro adelantarse hacia él por el arroyo ô centre, 
isospechô, y cogiendo el bastôn en que se apoyaba con 
ambas manos, saliô de la acera ya preparado â defen- 
derse contra este ûltimo, que punal en mano corrîa 
hacia él, y le diô en el acto tan tremendo y certero 
hastonazo en la cabeza que lo tirô al suelo sin senti - 
do; voh iôse en seguida â recibir al segundo del mis- 
mo modo; pero desgraciadamente, al retirarse hacia 
atrâs para con igual brio volear el bastôn, un montôn 
de escombros que habia en la calle, y que no pudo 



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— 291 — 

ver, le hîcieron caer de espaldas. El asesino se precî- 

pitô sobre él y le diô dos pufialadas atroces, huyendo 

al momento; siguiôle â poco el otro, al volver en si de 

su aturdimiento. Todo lo viô D. Diego; levantôse, sin- 

tiô correrle la sangre de la cabeza y por la cara; con 

un pafluelo de seda en la mano acudiô â atajarla, y 

recogiendo con la otra su bastôn y sombrero, y el que 

dejô abandonado el primer ladrôn, sin lamentos, sin 

quejas, sin Uamar â nadie, por su pie, impâvido, siguiô 

su camino; al llegar â su casa mandô por el facultativo, 

y serenô â su esposa y familia como si la cosa no hu- 

biera sido de importancia. Pero lo era, y muy de ve- 

ras; tenîa dos heridas: la de la cabeza grave, y otra en 

la garganta gravîsima, que la separaba de la trâquea 

apenas un hilo, y... jsingularisima circunstancia! debiô 

salvar la vida â la extraordinaria casualidad de haberse 

querido poner aquel dia una gruesa corbata de almoha- 

dilla y pafiuelo blanco que, abandonada hacîa aftos, ^ 

habia comprado en Londres â causa del frio, y que, ] 

transpasada toda ella en triangular boquete, muestra el ^ 

tamano y hechura del horrible puflal que le hiriô; pues 1 

como reliquia salvadora de la vida de nuestro padre i 

se conserva en nuestra casa aùn, como también el 

bastôn que tan brioso manejô, 

Por algunos dîas fué inminente el peligro y reser- 
vado el pronôstiso de los hombres de la ciencia; pero sin 
haberse presentado complicaciôn alguna, debido â la 
sanidad de su naturaleza, pues ni aun fiebre tuvo, fué 
disminuyendo aquél, cerrândose â su tiempo las heri- 
das y recobrando su compléta salud algo después. 

La consternaciôn y el sentimiento de toda la pobla- 
cîôn de Câdiz fueron générales é intensas; no hubo una 
persona que dejara de manifestar el asombro y la pena 
que semejante deplorat)le acontecimiento à todos oca- 
sionara, y hubo grandîsimo empeûo por las clases infi- 
mas de la sociedad en asegurar y hacer créer que solo 
â consecuenCia de una lamentable equivocaciôn podîa 



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— 292 — 

atribuirse aquel crimen que â todos espantaba; aludien- 
do â cierta sécréta delaciôn de un gran contrabando 
que en aquellos dîas habîa llamado la atenciôn. 

Las pocas averiguaciones que la Justicia pudo con- 
seguir autorizaban la misma opinion , y en honor â la 
verdad era la ùnica suposiciôn plausible que se pudie- 
ra dar conociendo , no ya el respeto solo , sino el ex- 
traordinario y afectuoso carino que alli habîa inspira- 
do é inspiraba el abierto, simpâtico y bondadoso ca- 
râcter del D. Diego, que, tan afable comocortés,â 
todos saludaba ô dirigia la palabra, atento los oia, por 
ellos se interesaba, tomando parte en sus cuitas y ale- 
grîas, aconsejando, consolando, favoreciendo â los tris- 
tes ô regocijândose con los afortunados (i). 



S. NI. el Rey manda, sea reptaesto en 

todos sus empleos, grados y l:ionores 

E). Diego de Alvear. 

Habiéndose templado bastante la situaciôn anor- 
mal del pais, y rigiendo con mayor orden y natural mo- 
deraciôn las Autoridades superiores en las provincias, 
sostenidas â su vez por el Gobiemo, que habîa entrado 
en vîas de restauraciôn pacîfica y de mejoras positivas, 
pudo vivirse con mayor tranquilidad en los pueblos, 
aun en los mâs turbulentos; y como D. Diego de Al- 
vear sabîa que podîa contar con el amor y la venera- 
ciôn, por decirlo asi, con que era mirado por sus corn- 
patriotas, casi sin exceptuar â los que por su desorde- 



(I) En las diferentes ocasiones que hemos visitado â Câdiz. 
con grandes intervalos de tiempo, nos ha sido motivo de grande 
satisfacciôn el sorprender â menudo, al saber nuestro apellido, el 
vivo recuerdo que se conservaba de rai padre en todas partes; 
halagando nuestro oido â la vez las mas lisonjeras palabras de 
respeto y admiraciôn con que de él nos hablaban. 



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I 



— 293 — 

nada pasiôn polîtica le habîan causado tan gran agra- 
vio, solicitô de nuevo se abriera el juicio de su purifi- 
caciôn pidiendo informes pùblicos ô privados â la in- 
mensa mayorîa de los habitantes de Montilla sobre su 
conducta y las acusaciones de que habia sido vîctima, 
y â los Jefes de la Armada de la que en ella habfa ob- 
servado sin tacha alguna, y los servicios que hubiera 
prestado, etc. Su Majestad tuvo â bien consentir â lo 
quepedîa; y habiendo pedido nuevos informes, no ya 
al pueblo,sino â las superiores jerarquîas de la Marina y 
aun del Ejército, por Real orden de i6 de Junio de 1829 
mandô fuera repuesto en su empleo, honores y distin- 
ciones que habia obtenido, en «atenciôn â los informes 
-que se ha servido pedir de este Oficial sobre sus dis- 
tinguidos méritos y servicios», segûn se verâ por el si- 
guiente satisfactorio oficio que recibiô del Capitân Ge- 
neral del Departamento de Câdiz , y que nos place in- 
sertar integro en recuerdo de lo grato que hubo de sér- 
ie al repuesto Brigadier: 

«Hay un sello que dice: Capitania General del De- 
partamento de Câdiz. = El Excmo. Sr. Director Gene- 
ral de la Real Armada, en oficio del 20 del actual, me 
dice lo siguiente:= Excmo. Sr.= El Excmo. Sr. Secre- 
tario de Estado y del Despacho de Marina, con fecha 
15 del que corre, me dice lo que copio:=Excmo. Sr.=: 
He dado cuenta al Rey nuestro Sefior de una instancia 
proraovida por D. Diego de Alvear y Ponce, en que, ex- 
poniendo que se halla impurificado en segunda instan- 
cia y privadode los honores y distinciones adquiridos en 
sesenta aftos de servicios seftalados, implora la sobera- 
na clemencia y justicia de S. M. para que, penetrândo- 
se, por medio de informes de personas respetables, de 
su acrisolada lealtad en todos tiempos, se digne vol- 
verle â su Real gracia; y teniendo S. M. en considera- 
ciôn los informes que se ha servido pedir de este Ofi- 
cial, y asimismo lo que V. E. tiene expuesto sobre sus 
•distinguidos méritos y servicios, ha tehido por conve- 



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— 294 — 

niente mandar que sea desde luego repuesto en su em- 
pleo de Brigadier de la Real Armada en calîdad de pa- 
sivo, asi como en el goce de sus honores y distindo- 
nes.=Comumcolo à V. E. de su Real orden, con inclu- 
sion de los despachos, patentes y cédulas que V. E. re- 
mitiô â esta via reservada con fecha 15 de Febrero de 
f827.=Lo que translado â V. E. para su noticia y de- 
mâs fines, con la advertencia de que los despachos y 
cédulas de Alvear han sido remitidos al interesado.^ 
Y lo translado â V. S. para su conocîmiento, experi- 
mentando con este motivo la mas compléta satisfacciôn. 
=Dios guarde à V. S. muchos afir)S.^San Fernando 
29 de Junio de 182g. ^ José Queimio. =^Sr. D. Diego 
de Alvear y Ponce.» 




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XIX 

VIAJE A MADRID. — ÛLTIMOS DÎAS DE SU VIDA, 
Y FALLECIMIENTO EN DICHA CAPITAL 




Ia inaugurada, al parecer, la época de 
los desagravios, fueron grandes las es- 
peranzas de que se extendieran éstos 
hasta remediar en algùn tanto el sin- 
gular atraso de su carrera, en que le 
habian dejado las varias anomalas cir- 
cunstancias que hemos venido anotando, y que noto- 
riamente le habian perjudicado, postergândole, no solo 
â sus antiguos compafieros, sino, mâs indebidamente 
aùn, â otros Oficiales mucho mâs modernos; causando 
este muy desagradable impresiôn en la Corte cuando 
se renovô la memoria de sus méritos y servicios, tan 
mal retribuîdos; y fueron muchas las personas de alta 
influencia que aconsejaron â su esposa, llegada poco 
antes â Madrid, que le manifestara cuân necesario era 
que viniera él también â hacerse présente, vista la gran 
propension natural de olvidar â los ausentes los go- 
bemantes principalmente, por estar casi siempre ago- 
biados bajo el cùinulo de négocies y de pretensiones^ 
â las que no pueden oponerse muchas veces. 



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— 296 - 

Alvear, aunque se resistiô bastante por arredrarle 
nh^ùn tanto el viaje }• el cambio de clima tan radical 
para una persona de su edad, cediô por fin y saliô a 
ralîallo para Côrdoba, adonde deberîa tomar la dili- 
gcncia que le conduciria â Madrid al Cuarto dia, como 
ténia pensado y arreglado; pero cuando aquélla Uegô, 
se encontrô con que no habia mâs que un asiento 6 
pla^a desocupada; y no queriendo de ningùn modo se- 
I>ararse de sus hijos menores, que le acompaftaban, ni 
accptar el ofrecimiento que un amigo le hiciera del 
^ii\*o, con la décision enérgica que le caracterizaba de- 
Li^nninô seguir el viaje â caballo, y asî lo hizo, con las 
îiiolestias consiguientes de malas posadas, peores co- 
iiiitlas, intensos frîos que hacian tiritar y Uorar A los 
t lucos, y otras tantas penalidades, que él sufria imper- 
têrrito; llegando, por ùltimo, â los ocho ô diez dias a 
Madrid, alegre, contento, satisfecho y como si tal cosa 
hubiese hecho, recibiendo al siguiente dia, 13 de No- 
vjtr^mbre, de su familia y amigos una entusiasta y triple 
friicitaciôn por su bienvenida, por la festividad de su 
santo, y mas principalmente por ser el amiversario de 
^u nacimiento, pues cumplia ochenta anos jque tan 
t^aliardamente Uevaba!... tan listo, derecho y firme de 
ciierpo, como animado de espiritu y despejado en tan 
a\anzada edad; era de llamar la atenciôn, y en verdad 
ijue la llamô en Madrid, y muy â su favor, visitândole 
y obsequiândole, no y a sus antiguos compafleros de 
i kiîardia Marina, el Capitân General de la Armada don 
Juan Maria Villavicencio y el Teniente General Apo 
daca, Conde del Venadito, que eran los dos ùnicos de 
-^it tiempo que vivîan, aunque de varios aftos menores 
de edad, y que, ni con mucho, podîan competir con él 
en agilidad, sino que también gran numéro de perso - 
nas de alta posiciôn social y militar que habian tenid^ > 
M^asiôn de conocerle anteriormente, algunos con muy 
^îngular aprecio y amistad; destacândose entre ellos 
los Générales Castanos, Venegas, el Marqués de Zam- 



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— 297 — 

brano, Ministre de la Guerra, que en grades muy in- 
feriores de la milicia habia servido â sus ôrdenes (i), 
el Ministre de Marina y casi todos los de este Cuerpo, 
los Duques de Medinaceli, Condesa-Duquesa de Bena- 
vente, etc., etc. 

Al Rey D. Fernando VII fué presentado en un dia 
de Corte por su compatriota el General Marqués de 
La Réunion de Nueva Espafta; y como le refiriera este 
lo del viaje â caballo de cerca de setenta léguas, S. M. 
le preguntô la edad que ténia; y al saberlo, todo admi- 
rado le dijo: «Yo casi tengo la mitad, y no me atreve- 
rîa â hacer otro tanto.» Y hay que tener présente que 
el Rey se preciaba de ser un gran jinete. 

Aquella temporada fué una de las mâs gratas y apa- 
cibles, acaso la mâs, que en lo que iba de siglo se ha- 
bia pasado en Madrid. 

Habiendo triunfado el Rey de la insurrecciôn del 
partido apostôlico ô furibundo absolutista en Cataluûa 
y otras provincias del Norte el aîlo anterior, y habien- 
do recibido vitores y aplausos sin fin en el largo y de- 
tenido viaje que por ellas hizo con la bondadosa Reina 
Dona Maria Amalia de Sajonia, y amortiguado el te- 
mor que los libérales habîan infundido antes, y, por 
consiguiente, el odio que se les tenîa, se notaba en el 
Gobierno mayor expansion de ideas; el orden y la tran- 
quilidad parecîan mâs asegurados;la Administraciôn se 
habia ido regularizando; las clases de empleados civi- 
les ô militares cobraban su sueldo sin detenciôn; el 
progreso material en la industria y en el comercio to- 
maba algûn incremento; y como todo afluyera â la 
capital y en ella se encontraran los altos empleados, la 
gente acaudalada, los Jefes militares de mayor presti- 
gio y aquellos soberbios regimientos de la brillantîsima 
Guardia Real, recientemente creada, y en la que se 



(I) De sargento en las brigadas de artilleria en la isla de 
LetNn, c(ïmo modestamente lo declarô el mismo General. 



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— 298 — 

reunia la juventud mâs selecta, bizarra y hermosa de 
toda Espafta, la que no se ocupaba poco ni mucho de 
politica, que les estaba vedada; ni habia periôdicos, ni 
Casinos, ni Clubs, ni Circulos que les apartaran de la 
buena y natural sociedad de las seftoras, era la de esta 
Corte notabilisima por lo amena y agradable, la corte- 
sia, el galante respeto y la amable franqueza que en 
ella reinaba siempre: dividiéndose en multitud de ter- 
tulias de mayor ô menor importancia, pero todas agra- 
dabilisimas y conducentes â suavizar el trato y resta- 
nar las heridas de las pasadas animosidades, que iban 
}^a desapareciendo, olvidândose las desventuras ante- 
riores bajo el transparente vélo de las nuevas esperan- 
zas que imprevistos acontecimientos hicieron nacer de 
repente. En la primavera de aquel ano habiase resen- 
tido bastante la salud de la piadosa Reina Araalia, la 
que después de varias alternativas se agravô y falleciô 
en el real sitio de Aranjuez el i8 de Mayo de 1829^ 
sintiéndola el Rey mucho por ser la seftora de muy 
bellas prendas y gran virtud, si bien los graves cuida- 
dos de la Corona y sus multiples atenciones se ha- 
cîan pesados y onerosos para su dulce y modesto ca- 
ràcter, mâs propio para vivir quieta y en retiro que 
para el buUicio de la Corte, por lo que no fué tan po- 
pular como merecia serlo por sus virtudes (i); y sin 
embargo, las consecuencias de su fallecimiento fueron 
y han sido de tal importancia para la Espafta moderna 
que no tendrân su igual en la Historia. 

Muy pronto se hizo pûblico que el Rey no perma- 
neceria viudo; de ahî los miedos y las esperanzas que 
se suscitaron, influyendo é intrigando los partidarios 
de las diversas opiniones cuanto podian; los unos, de 
a!ta posiciôn, para disuadirle de aquel propôsito; y 



(I) El Rey, con la maligna gracia que le era habituai, soliade- 
cir: «La muerte de la Reina s61o la hemos sentido mi hermano 
Carlos y yo.^ 



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— 299 — 

viéndole decidido à Contraer nuevo enlace, â inclinar- 
le â verificarlo con Princesa que no contribuyera â. va- 
riai la indole del Gobierno, que por mucho entraba 
también en sus ideas; los otros, por el contrario, alar- 
deando de mejorar en el cambio de todos modos, es- 
peraban ansîosos el resultado de la contienda que en 
Palacio sostenian principalmente las Infantas, cufladas 
del Rey, dofta Maria Francisca, esposa del Infante don 
Carlos, heredero presunto de la Corona, ayudada por 
su hermana la Princesa de Beira, ambas Princesas por- 
tuguesas, y la Infanta dofta Luisa Carlota, esposa del 
Infante D. Francisco, hermano menor del Rey. Vçnci6 
esta por ûltîmo, presentando un hermoso retrato de su 
hermana dofta Maria Cristina, de Nâpoles, de muy agra- 
ciado rostro, y cuya animada fisonomia, embellecida 
por la mâs amable y hechicef a de las sonrisas, era ver- 
daderamente seductora, y no poco contribuyô este 
singular atractivo al inmenso entusiasmo que la acogia, 
por doquiera se la veia, por muchos aftos después. 
Que decir el que mostraron los pueblos por donde 
pasara ahora, y el impondérable con que fué recibida 
por Madrid, cuando el dia 1 1 de Diciembre de 1 829 
hizo su solemne entrada en carroza descubierta, ves- 
tida de azul céleste, color que tomô su nombre, y que 
sirviô luego de bandera y nombre de partido, es mâs 
fâcil de comprender. 

El Rey, encantado y â caballo â su derecha, la 
acompaftaba; los Infantes â la izquierda; el gentio en 
las calles; las seftoras en los balcones; las mûsicas y 
campanas; los transportes de alegria del inmenso pue- 
blo; las grandes fiestas palaciegas; los festejos pûblicos; 
la fama que de sus notables prendas la precedia; las 
anécdotas que de ella se referîan, dândole gran pres- 
tigio, todo anunciaba que una era nueva se abria para 
la Naciôn espaftola llena de lisonjeras esperanzas para 
los mâs; pero, por desgracia, también se oîa ya rugir 
por le bajo el proceloso viento del furioso huracân que 



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- 300 — 

en deshecha tempestad iba â envolverla en fuego y 
sangre con espantosa guerra civil. 

Don Diego de Alvear 3^ su esposa, con sus hijos, 
pudieron ver mu}' â su gusto la triunfante recepciôn 
de la Reina, en pos de la de sus padres los Reyes de 
Napoles, desde la Embajada inglesa, sita en la calle de 
Alcalâ, desempeftada entonces por el ilustrado Sir Jor- 
tje Villiars (que luego fué Lord Clarendon y Ministre 
de Negocios Extranjeros en su paîs), que los distinguia 
con su amistad; los dos primeros, por su categoria, fue- 
ron Uamados â asistir â los ceremoniales de la Corte, 
y respectivamente à los diferentes besamanos; por 
cierto que en el primero de sefloras que hubo con mo- 
tivo de felicitar â los Reyes después de su boda Ue- 
garon â contarse hasta novecientas noventa y miei'e 
seftoras, que en procesionâl desfile pasaban por delante 
del tronc, haciendo la debida reverencia antes y des- 
pués de besar las reaies manos, postrando la rodilla 
en las gradas del mismo. Fué una espléndida manifes- 
taciôn de lujo, de riqueza y de belleza, pues eran mu- 
chas las que brillaban por su notable figura entre las 
damas de la Corte, empezando por las mismas Infantas, 
que sobresalian imponentes las très, aunque de dife- 
rentes tipos; siendo las portuguesas de severo conti- 
nente, pelo negro y color moreno, y la dofta Luisa, ru- 
bia, blanca y sonrosada como una inglesa. Durô mâs 
de très horas; y como era de noche, tuvo mayor luci- 
miento. Después esta ceremonia ha decaido mucho, y 
aquel numéro de seftoras, ni antes ni después, se ha 
llegado â reunir en besamanos alguno. 

Con motivo del fausto acontecimiento, que se celer 
braba con tan grandes regocijos y solemnes fiestas, se 
concedieron muchos ascensos, honores y otros favores 
pûblicos y privados por el Soberano, como acontece 
en semejantes ocasiones, en las que se sienten deseo- 
sos de hacer participantes de su satisfacciôn â las mâs 
personas que pueden. 



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— 301 — 

Muchas y muy formales promesas de reparar sus 
atrasos en la carrera, concediéndole el ascenso â Jefe 
de escuadra, que ténia tan merecido por su antigiie- 
dad, â la par que por sus reconocidos servicios, se le 
habian hecho muy desde luego de su reposiciôn al 
Brigadier D. Diego de Alvear, como ya de antemano 
se las hicieron también â su esposa, confirmândolas 
después con mayor seguridad con èl decidido propôsi- 
to de aprovechar aquella feliz coyuntura que se pre- 
sentarîa con las bodas reaies, y en esta esperanza per- 
manecieron contentos, aguardando los sucesos con 
gran confianza. 

iJûzguese, pues, cuâl séria la sorpresa 3' el disgusto 
que causaria al noble veterano el verse de nuevo 
desatendido y pospuesto â otro Brigadier muchp mâs 
moderno, y cuânto mâs sentido aûn fué el doîoroso 
desengai^o para su seftora! 

;E1 Ministro manifesté que el Rey habîa comprome- 
tido su palabra de dar el ascenso â aquel Oficial, que 
raandaba las falùas reaies en el estanque del Retiro y 
en Aranjuez!... ^No podian haberse dado dos ascen- 
sos?... (jAcaso el Rey no lo hubiera gustoso acordado 
si se le hubieran manifestado las razones de repara- 
ciôn y antigûedad, entre otras, que militaban â favor 
de Alvear? Esto lo preguntaban los marinos y todos 
los que se interesaban por la justicia y por la familia 
de Alvear. 

^Lo hizo el Ministro? No se sabe; acaso no se atre- 
viô. Los Ministros de entonces, â la verdad, no goza- 
ban, ni con mucho, del omnimodo poder de que ahora 
hacen alarde los constitucionales, y Fernando VII im- 
ponîa mâs bien temor que respeto à su alrededor... 

Pero jotra incomparablemente mayor desgracia se 
cemia aciaga ya sobre aquella familia, y sùbita la iba â 
sumir en la mâs angustiosa desolaciôn! 

El invierno de aquel afîo, 1829 al 30, se seîlalô en 
los anales de los tiempos como uno de los mâs frios 



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— 302 — 

y rigurosos que se haya conocido; el aire Norte, rarifi- 
cado y finisimo, hizo bajar el termômetro por muchos 
dfas seguidos â 8, lO y 12 grados Reaumur bajo cero. 
En el azul transparente del cielo no se veia una nube; 
las heladas eran mortales; pero el brillo de las es- 
trellas de noche, y el sol luciendo de dia, aunque sin 
calentar, traidoramente engaflaban; nadie se cuidaba 
de ello, y se salfa desafiando el peligro con el escaso 
abrigo queentoncesse usaba; y, sin embargo, los cen- 
tinelas amanecian helados en sus puestos con frecuen- 
cia, y la mortandad se aumentô considerablemente. 
Nuestro vénérable D. Diego se habia quejado dos 
6 très veces de un pequefto dolor en el costado; se puso 
algûn mâs abrigo, sepasô, y no interrumpiô ni sussa- 
lidas â la iglesia por la maftana, ni sus visitas â paseo 
por la tarde; animadoy sociable en la tertulia, bastante 
concurrida de amigos que se reunîan en su casa, pa- 
seaba por la sala chanceando con los que se admira- 
ban de su firmeza en andar. Era la noche del 14 de 
Enero; â poco de haberse recogido se voh iô â quejar 
del dolor; siguiô este aumentando, haciéndose â poco 
agudo y luego intolérable, y se levante de la cama; los 
remedios que le aplicaban su esposa y su hija mayor, 
que le asistîan, no le aliviaban; pero rehusaba el que 
se Uamase â nadie, ni que se saliera en busca del mé- 
dico por miedo del peligro que pudieran correr expo- 
niéndose al riguroso frio; entretanto rezaba mucho 3- 
con gran fervor; recitaba los Salmos de David, entre 
otros aquelde sentimientos de viva confianza en la vida 
eterna, de tan inspirada frase (salmo CXLII) que se 
dice: ^convenir aljusto en la tribulaciôn-» y, por ùltimo, 
repitiô varias veces: « ;Esto es morir! » y encomendaba su 
aima â Dios; y luego al punto confortaba â su amante 
esposa con palabras de consuelo: «iConfïa en el Se- 
ftor! jNo tentas! /seras bendita en tus hijosh la decfa. 
Al amanecer le pareciô estar mejor, y acostado des- 
cansô hasta las siete, que se incorporé para tomar un 



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— 303 — 

poco de lèche caliente que aquélla cuidadosa le traia; 
y al aproximârsela â los labios por segunda ô tercera 
vez, inclinô suavemente la cabeza sobre el pecho y se 
quedô inmôvil, accidentado al parecer; en vano lo Ua- 
maba soUozando, asustada, su esposa. iNo se movia, ni 
se le oia respirar! Acudieron sus hijos consternados, 
Uorando, y luego al punto los amigos mâs fntimos; al- 
gunos momentos después abriô los ojos y los mirô, y 
volviô â cerrarlos, y sin.mâs movimiento durmiôse para 
siempre en el Seûor, su Dios... (;Los facultativos de- 
clararon habia fallecido de un ataque de pulmonîa ful- 
minante!) el dîa 15 de Enero de 1830. ijEra viernes!!, 
y en este dfa de la semana decfa siempre mi venerado 
y nunca olvidado padre: ^jjPreferia^ era mejor que en 
otro alguno^ morirH 

jimposible es explicar la angustiosa escena que se 
siguiô, que presentaba aquella casa, poco antes tan 
animada.,., aquellos hijos tan felices, tan alegres y al- 
borozados hasta entonces, sumidos ahora de repente 
en la tristeza, el Uanto, la inmensa desolaciôn que déjà 
en el aima la primera pena, la transcendental pena de la 
muerte de un padre, y de un padre tan digno de ser 
amado como era el que perdian! <;Y que decir de la 
honda aflicciôn, del cuchillo de dolor que traspasô el 
corazôn de aquella incomparable esposa, tan amante, 
tan solicita, tan reverentemente cuidadosa de atender 
al vénérable anciano..., de rodearle de los halagos del 
mayor carifto, de velar por apartar de él cuanto en lo 
mâs minimo pudiera molestarle, y de hacerle, por ùl- 
timo, la vida tan plâcida y dichosa en el interior de su 
familia cuanto mâs le fuera posible? jY cuân de veras lo 
habia logrado, y en justa recompensa, cuân feliz y 
dichosa se consideraba ella con el constante amor y 
singular aprecio que él en todo y siempre le mostrara!... 

Muy grande, grandisima fué su aflicciôn; pero las 
ùltimas palabras que le dirigiô su esposo al morir, re- 
sonaban en sus oidos: «y cofrfio en el Senor^^ y los ejem- 



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— 304 — 

plos piadosos que de sumisiôn y confianza le diera^ 
reanimaron su afligido espfritu con propôsito de imi- 
tarlos. Se veîa rodeada de siete hijos menores de edad 
y faites del apoyo del padre, y esforzando su amor 
maternai domino su dolor para consagrarse en un todo 
cl desempenar el deber que por entero sobre ella re- 
caîa, y admirablemente desempefiô... 

Apoyo encontre, â la verdad, en la sincera y afec- 
tuosa amistad de algunas personas que pudieron favo- 
recerla en aquel trance tan amargo y angustioso. Ge- 
neral fué también el sentimiento con que se recibiô en 
la Corte la triste é inesperada noticia de la repentina 
rauerte del benemérito Brigadier Alvear, que habia 
inspirado singular admiraciôn y grandes simpatias en 
el poco tiempo que habia transcurrido desde su arribo 
â Madrid, y con la mayor conmiseraciôn y pena se 
hablaba de que se hubiera diferido y perdido la oca- 
siôn de remunerarle, de dar al respetable anciano una 
ûltima prueba de lo satisfactorios que se consideraban 
sus servicios y conducta, reparando en cierto modo 
los agravios pasados. 

El Ministro de Marina, D. Luis Maria de Salazar; el 
de la Guerra, General Zambrano, deseaban hacer a^o, 
y con este motivo los Jefes de la Armada, condolién- 
dose muy de veras con la triste viuda, pensaron y la 
propusieron para su hijo Tomâs (que acababa de salir 
del Colegio gênerai militar de Segovia con el grado 
de Subteniente, concluîdos sus estudios brillantemen- 
te, â la cabeza siempre en todas sus clases y con el 
titulo de sobresaliente en los exâmenes, pasados la 
mayor parte de ellos â presencia del Re}^ y Real Fami- 
lia) el pase â la Marina, para que no se perdiera en 
este Cuerpo el nombre honrosisimo de Alvear, que tan 
gran lustre le habia dado en la larga série de anos que 
en ella habia servido; y habiendo accedido la senora, 
recibiô muy poco después el Real nombramiento de 
Alférez de navio D. Tomâs de Alvear en atenciôn â 



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— 305 — 

los servicios y reconocidos méritos de su difunto pa- 
dre, que S. M. el Rey se dignaba concederle, etc. (i). 
Esta satîsfacciôn, sin embargo, le causé pronto la pena 
de tenerle que despedir y verle marchar para cumplir 
la orden de embarcarse en Câdiz para la Habana; em- 
pezando por esta la continuada série de navegaciones 
que por muchîsimos afios le habian de tener separado 
de su amante madré. 

También lo estaba el hijo mayor Diego, que habia 
de continuar en Paris asistiendo â las clases de la cé- 
lèbre Academia de Ciencias y Artes, y pasar luego â 
perfeccionar sus conocimientos en los colosales talle- 
res y fâbricas de Inglaterra. 

Los dos pequeflos los instalô en el mejor colegio de 
Huraanidades que entonces habia en Madrid, y com- 
pletando el sacrificio se separô de ellos también, reti- 
ràndose â Montilla, adonde siguiô ocupândose de los 
imprescindibles asuntos queelnuevo estadode cosasle 
imponfa para el arreglo y gobierno delà casa y caudal. 
Y sin detenernos mâs en esto, solo diremos que tuvo la 
gran satisfacciôn de que sus cuatro hijos varones, Die- 
go, Tomâs, Enrique y Francisco, secundando sus ideas 
y deseos, no solo merecieron obtener por su aplicaciôn 
y reconocido talento los primeros puestos en los co- 



(l) Este joven Otîcial y su compaôero Alonso, fueron los dos 
primeros y ùnicos cadetes que, habiendo completado los cinco 
anos de estudios superiores, salieron de aquel Colegio gênerai 
militar con opciôn â pasar al Real Cuerpo de Ingenieros, lo (jue 
no pudieron lograr â consecuencia de haberse instalado por sepa- 
rado el Colegio 6 Academia particular de este Cuerpo, que exigia 
que en ella exclusivamente se hicieranlos estudios, perjudicando 
notoriamente los derechos ya adquiridos y solemnemente prome- 
tido con anterioridad por el Gobierno de S. M.; lo que venia sien- 
do causa de una muy renida contienda entre el Director gênerai 
de dicho Colegio, Marqués de la Reunion de Nue va Espana, Cie- 
neral Venegas, y el Director del ilustre Cuerpo, que traia disgus- 
tado al Gobierno. 



23 

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— 306 -- 

legios y Academias adonde estudiaron,-sino que des- 
pués en sus respectivàs carreras civiles y militares 
lograron, por su gran inteligencia, perfecta caballerosi- 
dad y sôlida virtud, alcanzar el mayor aprecio y esti- 
maciôn de sus conciudadanos, compafleros y Jefes, sin 
desmerecer nunca del esclarecido nombre que su padre 
les dejara. 

De las très hijas no hay para que hablar; que, como 
se îee en los Libros Santos,/a modestia y el sUencio son 
el mejor adorno de la mujer, de las hijas de Si6n^ dice 
el texto...; baste decir que nunca se separaron de su 
niadre, poniendo.su mayor gloria en darla gusto y ha- 
cerla feliz; contribuyendo, â la par de sus hermanos, â 
realizar las proféticas palabras de su moribundo padre, 
que como explicito mandamiento acataban: /^Icrds 6^w- 
dita en tus hijos!.,. 




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XX 



CONCLUSION DE ESTA HISTORIA 




EMOS relatado, y del mejor modo que 
nos ha sido posible, los principales su- 
cesos de la vida de mi padre en cum- 
plimiento de lo que habîamos prome- 
tido; y como por ellos se viene en co- 
nocimiento de los rasgos mâs salien- 
tes de su carâcter, de los talentos y cualidades que le 
distinguian, poco tenemos que aftadir para completar 
^\ bosquejo de su historia, 6 mâs bien de su retrato fi- 
sico y moral; pero con el ânimo de deshacer cualquier 
errôneo juicio que se hubiere formado sobre los prin- 
cipios fundamentales que dirigieron su conducta en la 
série de vicisitudes dolorosas las mâs, y consoladoras 
las otras, que forman el tejido de su larga vida, si tene- 
mos que insistir en manifestar que D. Diego de Alvear, 
dotado de una sîngularîsima y privilegiada naturaleza, 
poseia cualidades y aptitudes divergentes en eminente 
grade, que muy rara vez se encuentran unidas en la 
mîsma persona. Asi es que, de un entendimiento claro, 
pénétrante, extenso, si lo aplicaba a los-difîciles câlcu- 



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— 308 — 

los de las ciencias matemâticas y fisicas, marineras y 
militares, que le ocuparon por muchos afîos en el des- 
empefto de las Comisiones de su carrera, también to- 
maba alto vuelo dilucidando las cuestiones filosôficas, 
y alcanzaba saborear los mâs sublimes conceptos de la 
Teologia, que habîa estudiado cuando joven, y cuyas 
conclusiones, confîrmando poderosamente sus convie- 
ciones religiosas, fueron siempre de un positivo atrac- 
tîvo para su sôlida razôn; la que se recreaba en seguir- 
las estudiando, ponderando cada vez mâs la lôgica 
irrésistible de sus forzosas consecuencias, sosteniendo 
â veces controversias y conferencias con eclesicisticos 
ilustres y sabios, que no dejaban de estimar en mucho 
su opinion. 

En Religion é Historia sagrada era muy grande su 
saber, y mayor aùn la alteza de miras, el consuelo que 
le proporciofiaban su divina moral, sus preceptos, la 
meditaciôn de sus sublimes misterios, las verdades 
eternas con susinefables esperanzas, los Sacramentos, 
la oraciôn; pues, como ya se ha debido ver por el con- 
texto de esta historia, Alvear no era de aquellos hom- 
bres que especulativamente creen y confiesan la ver- 
dad de la religion, su sin igual belleza, pero sin que- 
rer sujetarse â obedecer sus preceptos, â observar sus 
prâcticas, no. Alvear desde suTiifiez,criado muy cristia- 
namente en el seno de una familia muy cristiana, ad- 
quiriô desde luego el hâbito, el gusto de las prâcticas 
religiosas; que, lejos de entibiarse 6 disiparse con el 
trâfico del mundo, y los arduos trabajos de que hubo de 
ocuparse desde su juventud, se fué arraigando cada 
vez mâs en su corazôn con el perfecto conocimiento de 
lo necesario que son para sostenerse siempre en el 
cumplimiento del deber para con Dios y para con los 
hombres, y la inmensa fuerza de voluntad que propor- 
cionan para sobreponerse â los maies inhérentes â la 
flaqueza humana y â las vicisitudes de la vida. Cotidîa- 
namente oir Misa, rezar el Rosario, el Oficio parvo de la 



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— 309 — 

Virgen, tener lecturas espirituales, comulgar los do- 
mingos y fiestas, observar los ayunos y vigilias, y to- 
-dos los demâs preceptos de la Iglesia, fué la piadosa 
obligaciôn que se impuso, y que cumpliô toda su vida- 

Todas estas aficiones implican, sin duda, tener un 
•espîritu serio, reflexivo y abstraido en prosecuciôn de 
idéales levantados y severos, que parecian oponerse â 
otros mâs ligeros, amenos y de menor importancia para 
la alta capacidad que aquéllos requerian, y, sin embar- 
go, y al mismo tiempo, Alvear se habfa ocupado con 
gran aprovechamiento de Literatura, de Historia en 
toda su varia acepciôn, de leyes, costumbres y sucesos; 
de idiomas, que, como ya dijimos, adquiriô siete con 
gran facilidad y posefa con rara perfecciôn, especial- 
mente el francés, italiano y portugués (el inglés no tan- 
to), recreândose en leer sus mejores autores y poetas, 
y recitando con feliz memoria, hasta fen sus ùltimos dias, 
largas tiradas de versos del poema Os Ltisiadas, de 
Camoëns: de los italianos, el Ariosto y el Tasso, y 
<:on mâs frecuencîa las preciosas estrofas de Metastasio, 
<jue por lo dulces y sentenciosas mucho le agradaban; 
altemando, por de côntado, con los autores latinos y 
-espaftoles, que, por haberse connaturalizado con ellos 
desde su infancia, los hablaba y conocîa, y â ellos se re- 
ferîa como â cosa propia. 

Con cuentos, anécdotas y refranes salpicaba sus 
conversaciones alegres, y chistosas muclias veces, ilus- 
trando la materia de que se trataba con mucha opor- 
tunidad y cuando la ocasiôn â ello se prestaba; pues era 
de genio alegre, y muy expansivo y sociable, sin dejar 
por eso de mostrarse severo y de una gran firmeza in- 
contrastable en sostener principios de justicia, de ra- 
zôn û otros de que se sentia penetrado, y que defen- 
dia con logica contundente y singular agudeza (i). 

( I) Entre otras, citaremos la cuestiôn que sostuvo en la isla de 
Leùn contra algunos Oficiales ingleses, que sostenian lo inevita- 
l)le que era â veces el duelo u desafïo; lo que rotundamente ne- 



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— 310 — 

Por ùltimo, si, como grande astrônomo que era, se 
elevaba su pensamiento con inmenso entusiasmo al em- 
pireo cielo, brillante de luminosas estrellas, de res- 
plandecientes luceros, en las hermosas noches de An- 
dalucia; y recorria una por una las constelaciones, nom- 
brândolas y explicando sus movimientos, la respectiva 
magnitud de unas y de otros, sus distancias inconmen- 
surables y los demâs prodigios de los cielos, que difî- 
cilmente el entendimiento humano abarca, también se 
deleitaba, tanto ô mas, en el suavisimo estudio de la 
Botânica, en la que alcanzaba tan notable suficiencia 
que le mereciô ôbtener el espléndido donativo de la 
grande obra de muchos volûmenes del célèbre natu- 
ralista sueco Carlos Linneo, por consideraciôn unani- 
me de ser el que mejor la conocîay comprendia entre 
todos los que se presentaron â pretenderla en un cer- 
tamen ofîcioso que hubo en Buenos Aires. Esta obra^ 
de mucho mérito por ser d^e las primeras ediciones, la 
acompafiô luego Alvear con las de Tournefort, Gme- 
lin y otros autores extranjeros y varios espaftoles, que 
componen una biblioteca botânica y agricola muy com- 
pléta. 

Analizar, pues, las flores, clasificarlas, cotejarlas para 
hacer notar sus diferencias, sus respectivas bellezas, su 
utilidad; lo mismo hacer con los insectes, admirando y 
haciendoadmirarsuspeculiares instintos,la proporciôa 
de sus miembros para satisfacer sus necesidades y de- 
fenderse de sus enemigos, etc. Esta gran diversidad de 
aficiones le proporcionaba tan grato y fâcil solaz, ocu- 
paciôn tan util y provechosa, tanto para él como para 



t^aba Alvear, defendiendo lo contrario con las grandes razones que 
hay para ello. Pero,insistiendoaquéllos, por ùltimo le dijeron:— Y 
si le llaman â Vd. cobarde pùblicamente, £qué haria Vd.?— Cbni^'- 
dar à todos los circunstanies à que nos acompaûen alfrente del 
énemigo, y à ver cuàl de los dos se conserva mas sereno arros^ 
irando las halas^ contestô al punto Alvear. 



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— 311 — 

las personas que andaban â su alrededor, que se pue- 
de decir que nunca estaba ocioso ni dejaba de hacer 
bien, compartiendo gustoso con toda clase de per- 
sonas, altas 6 bajas, los conocimientos tan générales 
que alcanzaba tener, con sus continuas instrucciones, 
curiosos experimentos que hacia y consejos que daba, 
tan amenisimos todos en la forma como sôlidos y utiles 
en el fondo. 

Pues las opuestas aptitudes de su natural fisico 
también eran notables, de una salud privilegiada, como 
hemos visto, que le hizo alcanzar activo, sano y vi^o- 
roso una tan avanzada edad (i); y si hacia proezas â 
caballo de gran jinete, también se admiraban en Câdiz 
de verle â los setenta y très aftos bafiândose en el mar, 
y nadando con seguridad y âgil, y de todos modos, para 
enseftar â sus hijos el difïcil arte. 

En el manejo de todas las armas, en juegos de manos 
y de equilibrios, era igualmentediestro; con la particu- 
laridad que se servîa de ambas manos indistintamente, 
pues era para todos los ejercicios ambidextro, que ex 
profeso se habia acostumbrado; y de muy élégantes 
maneras y gracioso ademân, todavia sorprendîa â sus 
hijas y contertulianos, en las noches de broma, recor- 
dando los pasos, movimientos y ceremoniosos saludos 
del minué y la gavota^ que en sus juvéniles afios habia 
bailado. 

Nimca fué aficionado â las corridas de toros; pero, 
sin embargo, conocîa las suertes, y tenîa tal conoci- 
miento de los respestivos instintos ô îndoles del fiero 
animal que osaba, atrevido y sereno, arrostrar el pe- 



(I) Este privilégie de alcanzar una vigorosa y âgil longevidad 
lo obtuvieron, heredado de su padre y abuelo, igualmente sus her- 
raanos, de tal modo que entre los ocho Uegaron â reunir màs de 
qoinientos afios de edad; casi todos pasaron de los ochenta at^os, 
y el mayor, el P. D. José, de ochenta y cinco, y fueron de carâc- 
ter al^re y sociable hasta lo ûltimo. 



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— 312 — 

ligro de su embestida, cuando, como frecuentemente 
sucedîa, se le ofrecia el caso... Una vez, paseando con 
su esposa por el estrecho arrecife que da entrada â la 
isla de San Fernando por el puente Suazo, viô venir 
corriendo hacia elles una vaca, que, distanciados, per- 
seguianlos ganaderos, gritando: tjQue es brava! /que es 
brava!,,,* Alvear mandô â su esposa que se guareciera 
tras de un bloque suelto del puente que allî habia, y 
cogiendo un par de piedras saliô al frente del animal, 
Uamando su atenciôn con gestos y voces; y cuando 
este arremetiô â embestir, le tiré una de las piedras 
con tal acierto y fuerza â su parte mâs sensible, el tes- 
tuz, que, sacudiendo aturdido su cabeza, se volviô veloz 
huyendo, y emprendiô la carrera hacia atrâs, que pré- 
cipita aùn mâs la segunda piedra, que sobre el ijar le 
diô. Los vivas y palmadas de los vaqueros y otros le- 
janos espectadores coronaron de aplausos al veterano, 
que riendo y saludando, los acogîa. 

La vida del campo le era muy grata, y se complacia 
en recorrer â caballo, â la cabeza de la larga caravana 
que se formaba de su familia, y los varios amigos y 
criados que les acompafiaban, la sierra y los montes 
para disfrutar de vistas lejanas y hermosas, y visitar 
los pueblos inmediatos, no ya por los caminos trillados, 
sino â campo â traviesa. como se suele decir; y cuan 
do por algùn obstâculo imprevisto que obligaba (i 
dar grandes rodéos se alargaba la expediciôn y les co- 
gîa la noche, se regocijaba siguiendo â rumbo guiân- 
dose por las estrellas, recordando los trabajos y aven- 
turas de su comisiôn de limites en America... \l^ Ame- 
rica, los .recuerdos de America, los de su desventu- 
rada familia, eran frecuente objeto de su conversaciôn, 
que, indelebles y profundamente grabados en su men- 
te, encontraban alivio en comunicarse con a'ectuosa 
expansion â los que con cariflosisimo interés los reci- 
bîan! Porque es de advertir que, de carâcter tierno, 
afectuoso, sumamente bondadoso y de natural algùn 



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— 313 - 

tanto nervioso, mi padre era muy sensible â la pena, y 
cuenta que las tuvo grandes en su vida; pero no lo era 
menos â la dulce atracciôn de la familia, â los encan- 
tos de la niflez, â la abnegaciôn de la mujer, â una be- 
névola y plâcida amistad. iCômo se enternecia su co- 
razôn, con que encanto tan intimo se extasiaba con- 
templando â la preciosa nifla Candelaria, la ûltima, la 
vigésima, de los veinte hijos que Dios le habia conce- 
dido tener!... 

iSî! En su gran corazôn cabian, pues, iguamente 
la memoria de todos los incidentes, de todas las cir- 
cunstancias halagtieflas ô tristes de la primera parte 
de su vida, como los que después, por bendiciôn deî 
rielo, en dulce reparacîôn de su anterior dicha perdi- 
da, le hacîan dichoso de nuevo, le Uenaban de consue- 
los, y simpatizando con sus afectos, sin romper el hilo 
de su historia, la continuaban feliz mente. 

Si él se recreaba en recordar innumerables anécdo- 
tas de aquellos sus primeros hijos, nombrândolos y ca- 
racterizândolos por su respectivo talento, travesura 6 
agudeza de ingenio â los varones, y por su muy nota- 
ble belleza, garbo y gentileza â las nifias, con verda- 
dero amor y cariflo fraternal lo oiamos sus hermanos, 
avides de conocerlos como si los viéramos. 

De Benito, su primogénito, que pequefio de siete 
aûos vino â Espafia, y al cuidado del abuelo y de les 
tios permaneciô por varios aftos, sabiamos mucho por 
las referencias de aquellos parientes; y en cuanto al 
General D. Carlos, él solo, que ha vivido en nuestro 
tiempo,'aunque tampoco le hayamos llegado â conocer, 
ni ver personalmente nunca, era tal la publicidad del 
atractivo de su figura, de sus notables hechos, de sus 
reconocidos talentos, de su brillante historia, por de- 
cirlo de una vez, que si su anciano padre, con paternal 
afecto se entusiasmaba por la gloria de su hijo, y se la- 
mentaba dolorosamente de las circunstancias que le 
privaban del gusto de verle tras ausencia tan larga. 



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— 314 — 

nosotros sus hermanos ansiosos acogiamos y buscâba- 
înos las ocasiones, todos los medios de oir hablar de 
él, de saber de él, de probarle â la vez el afecto, el ca- 
riflo que por él sentiamos, y que hemos conservada 
hasta el fin... 

Muchîsimas, pues, serian las noticias y minuciosos 
los detalles que de todos ellôs pudîéramos decir y dar 
ahora mismo, y afiadir otros mâs â los que de mi padre 
se refieren, si no reprimiera nuestro afecto un razona- 
ble criterio, y el deseo de dar por terminada esta obra, 
que acaso se ha alargado mâs de lo debido, y de se- 
^uro mucho mâs de lo que yo hubiera pensado al em- 
pezarla; pero confio en que este y los otros muchos 
tlefectos ô errores que en ella se encuentren serân fâ- 
cilmente disimulados por la natural benevolencia con 
que suelen acogerse las que, como esta, solo han sido 
înspiradas por una modesta y piadosa intenciôn; y ade- 
mâs, el pùblico esta tan âvido hoy dfa de estudiar y co- 
nocer â fondo todas las particularidades que han po- 
dido influir en las circunstancias ô en el carâcter de 
las personas ô sucesos histôricos de nuestra Espana, y 
como el nombre de D. Diego de Alvear flota ilustre à 
la par de los mâs distinguidos marinos que fueron hon- 
ra y prez de la Armada en sus mâs gloriosos tiempos, 
y se distingue y seftala en sucesos intemacionales de 
alta importancia, en Comisiones cientificas en la Ame- 
rica y con Portugal, y cubierto con la auréola del in- 
fortunio y de la abnegaciôn heroica, como el de la mâs 
dolorosa y principal victima de la agresiôn britànica^ 
causa de guerra funesta con Inglaterra, y en la glorio- 
sa de la Independencia decididamente como el prime" 
ro y verdadero defensor de la isla gaditana contra el 
fiancés, sucesos todos del mayor interés para la histo- 
ria patria de principios del siglo, y por estos y otros 
varios conceptos se hallan impresos su nombre y he- 
chos en sendos libros de diversos autores hispano- 
americanos y extranjeros, y hayan inspirado el estro 



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— 315 — 
de célèbres poetas (i), y adquirido, por ùltimo, fama 
grande entre sus contemporâneos, vârones dignîsimos 
que ilustraron aquella imperecedera época de maravi- 
Uosos recuerdos para todo espaflol. Todavia se aumen- 
ta nuestra conlîanza de que aquçlla natural benevo- 
lencia se extienda hasta cubrir con el manto de su fa- 
vor este supremo esfuerzo que hemos hecho para con- 
tribuir con el ôbolo de este escrito â satisfacer 4e algùn 
nodo la curiosidad en los unos y el anhelante interés 
que en otros inspirara el nombre y la historia de mi 
padre, el dîgnisimo Brigadier de la Real Armada, Don 
Diego de Alvear y Ponce de Leôn. 



(I) Solo citaremos los siguientes entre otros: 

D.Juan Maury, con el titulo de La agresiôn hritçinica^ escri- 
biô un inspirado poema en dos cantos, de bella forma y elevados 
sentimientos,notablemente expresados, sobre elcombate delCabo 
de Santa Maria al poco tiempo del suceso, y en él menciona con 
laudatoria y tiema frase el nombre de Alvear al recordar la do- 
lorosa catâstrofe de la fragata Mercedea. — Los ejemplares de la 
primera edîcion i-Tipresa de este poema son rarisimos. Con mu- 
cho aprecio conservamos nosotros uno, que era de nuestro padre. 

La hermosa y tierna elegia que sobre la muerte de dicho se- 
ôor escribiô el insigne y malogrado poeta Espronceda, la inser- 
tamos â continuaciôn como corolario y digno final de esta histo- 
ria, sin omitir los escritos que la precedieron cuando se publiée 
en Madrid por primera vez (el 12 de Febrero de 1865) en La Amé- 
ricay crônica hispano-americana, y que luego han seguido impri- 
miéndose unidos igualmente en Paginas olvtdadas de D. José 
Espronceda y otras ediciones. 




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s«:fe^v«fe..sfe>>fe.*- ? - 




1 



^■''^,:; 



■^,--^-^à 



XXI 

HOJA DE SERVICIOS Y MÉRITOS 

DEL BRIGADIER DE LA REAL ARMADA DON DIEGO 

DE ALVEAR Y PONCE DE LEON 



EMPLEOS SERVIDOS 



CLASES 



Guardia marina. , . . 

Sub-brigadier 

Alférez de fragata.. 
Alférez de navio . . . 
Teniente de fragata. 
Teniente de navio . 
Capitàn de fragata . 
Capitan de navio . . 
Brigadier 



2 


S 1 


Si Z 


? 1 8 


? 1 


14 


Mayo 


20 


Sept. 


6 iMayo 


6 Enero 


ig Julio j 


30 Nov. 


14 Enero 


14 Enero 


6 


Marzo 



1770 
I77I 
1773 

1775 
1777 
1778 
1789 

1794 
1812 



TÏEatPO QUE SIRVIU I 



EMPLEOS 



Lilil 

i 



Guardia marina.. . 
Syb-brigadîer . , . , ■ 
Airétex de fragata.. 
Alférez ât navîo« , , 
Teniente de fràgïitjl. 
Teniente de aavîo . 
Capîtàn de fragata, 
Capiiân de navio ->|iSi 
Brjga.dier^ ^ . , '17 



II 
il 

^1 

3, 

I 

ID 

5' 



8 11 

4' 
I ï5 



i;2t 

ÎOIO 



Falleciô 6i 15 de Enero de 1830, de edad de 80 aios, 2 mises ; 4 dias 



Estudios. 

Habiendo sido exaininado y apmhado de todaa siis sala^* 
de Academia, sigiiid ciirso completo de Matem^tioaSi Cien- 
cias sublimes, Algebra, etc., bajo hi direcci6n de loa seti<jn»T4 
Tofifio y Varela; es versado en la^s lengutis latinat fmaees^a, 
portiigiiesa, italiana, y aim en la inglesa* En la Filo^offa y 



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Google 



— 317 — 

Ffïiica, en la Teologîa moral y eclesi^stica, Leyes y Càno- 
nés, en las Escrituras santas, Historias universales de las 
Xaciones, Derecho pûblico, natural y de gentes, en la His- 
toria natural sobre los très reinos de la Naturaleza, animal^ 
végétal y minerai, en la Crftica, Diplomàtica, Comercio, et- 
cetera, etc. 



Campafias. 

1.'* Hizo el viaje d Filîpinas en la fragatu Venus al raando 
del Capiton de dicha clase D. Juan de Liîngara, saliendo 
de Cddiz por Diciembre de 1771, y regresando por Julio 
de 1773, en el cual practicô sus primeras observaciones 
de longitud en la mai* en companîa de los Sres. Maza- 
rredo, Apodaca y deraâs. 

2.* Otro, el nombrado del punto fijo, en la Bosalîa bajo 
las drdenes de los mismos Sres. Làngara, Mazarredo y 
Varela, desde Enero â Julio de 1774, eon el determinado 
objeto de continuar practicando las mismas obser\"acio- 
nes de longitud en la mar por todos los métodos conoci- 
dos, y de que se trajo un nmneroso cat^logo de las màs 
exactas y comprobadas, habiendo detenuinado la situa- 
ci<5n y levantado el piano de la isla de la Trinidad 6 As- 
cension à los '20** en la mar del Sur. 

3.* En la misma Rosalki, en calidad de segundo Comandan- 
te, del Teniente de navf o D. Diego de Caôas, que la man- 
daba, saliendo de CîCdiz el 3 de Agosto de 1774 en la 
escuadra del Brigadier D. Adrien Cautln, quien separa- 
do eon el navlo de su mando, el Astido, después de las 
islas Canarias para Veracruz, siguiô la escuadra îC Mon- 
tevideo, bajo el Capiton de na\^o D. Martin de Lasta- 

4.' rria, y lleg<5 el 10 de Noviembre del mismo ano 1774, en 
cuyo tiempo ocmiieron las desavenencias eon los portu- 
gueses y se halld en las guerras de la Colonia del Sa- 
cramento, Rio Grande de San Pedro y de Santa Catalina 
desde 1775 hasta 1777, en que, debiendo venir la gran 



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— 318 — 

expedici(Sn de D. Pedro Ceballos en la escuadra del 
Marqués de Casa Tillv, practic<5, en la misma fragata 
Rosalîa y el mismo Comandante, su cuarto viaje; en uni6n 

6,* de la Asunciôfi^ del mando del Teniente de navfo mas 
antiguo D. Roman de Novea, saliendo de Montevideo S 
15 de Enero de este afio de 1777; é incorporado d la es- 
cuadra y tomada la dicha isla de Santa Catalina, regres<î 
al mismo puerto en 16 de Abril del mismo aflo de 1777. 

6.* Sali6 después para Rfo Janeiro, y recorri<5 la costa del 
Brasil mandando varios buques menores, entrando en 
San Sébastian, isla Grande y otros puertos, en la guerra 
de los cuatro afios con los ingleses. 

Fué nombrado Comisitrio de limites de la segimda 
division, destinada â la ejecuciôn del Tratado preliminar 
de Oetubre de 1777 sobre los grandes rfos Parant y 
Uruguay en 80 de Mayo de 17 78, en cuya Comisi<5n tra- 
baj<5 constantemente, y sin intermisiôn, el dilatado espa- 
cio de veintieuatro afios, habiendo hecho la demarcaciôn 
que le fué asignada y puesto los marcos correspondien- 
tes, practicando los reeonocimientos y navegaciones de 
dichos rfos y de otros muehos transversales no menos 
caudalosos, igualmente que las lagunas de la Manguera 
y Merîn y sus dilatadfsimos espacios 6 fajas neutrales de 
campos y montes, en no menor distancia de quinienta^s 
léguas, cubiertos de fieras y vlboras ponzofiosas, tigi'es é 
îndios salvajes, con quienes tuvo diferentes acciones de 
guerra con varios muertos de una y otra parte, y de cu- 
yos rfos y tramo de deraarcacidn levante pianos geogi:^- 
ficos muy exactos por medio de observaciones astron<5- 
micas, con muchas otras de longitud y [latitud; retira - 
dose, por ûltimo, d Buenos Aires, de donde habfa salido 
su division, â fines de 1801. 

De todas las operaciones y trabajos de la Comisitfn 
de limites présenté una obra compléta 6 Diario docu- 
mentado de cinco volûmenes, y una colecciôn de pianos, 
con el catâlogo de observaciones astronômicas en que se 
referfa detalladamente el régimen y orden um'forraemen- 



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. — 319 — 

te seguido en las operaciones dichas y trabajos de la de- 
maroaeiôn; las grandes disertaoiones é interesantes dis- 
putas eon los Comisarios portugueses sobre los limites 
de aquellos tan vastes y ricos dominios; la historia de 
las Misiones y de todo el Virreinato de Buenos Aires y 
Rfo de la Plata; y,finalmente, las observaciones fisicas é 
historia natural de aquellos paises sobre los très reinos, 
animal, végétal y minerai, eon arreglo al sistema de Car- 
los Linneo, etc. No debiendo omitirse que durante su 
Comisi<5n de limites jur6 y proclamô eon todo esplendor 
al Sr. D. Carlos TV, Rey de Espa&a, en su subida al 
trono, ante los Comisarios y partidas demaroadoras 
portuguesas. 
7.* Debiendo regresar d Europa, fué embarcado eon toda su 
familia en la fragata Mercedes, una de las cuatro de la 
di^-isiôn del mando del Excmo. Sr. D. José de Busta- 
mante y Guerra, y à su orden el Excmo Sr. D. Tom^s 
Ugarte, d quien sustituyd por haber enfermado grave- 
mente, y transbordd â la nombrada Medea eon elempleo 
de Mayor General y segundo Jefe de la expresada di- 
vision, eon la que sali6 de Montevideo el 9 de Agostf) 
de 1804; mas d su recalada al Cabo de Santa Maria, 
después de ima navegaciôn bastante f eliz, el 5 de Octu- 
bre de dicho aôo fueron atacadas de improviso las cua- 
tro fragatas por otras cuatro muy superiores inglesas, al 
mando del Comodoro Graham Moore, d las diez de la 
mafiana; y volada inesperadamente la referida Mercedes 
al principio del combate, sostenido eon igual vigor hasta 
aqnel punto de una y otra parte, fueron rendidas las 
otras très y conducidas â Inglatcrra el 19 de dicho Oc- 
tubre; habiendo perdido infaustlsimamente toda su des- 
venturada familia, que habfa quedado en la Mercedes, 
compuesta de su esposa, siete hijos menores, un sobrino 
y cinco esclaves, cou la mayor parte de todos sus bienes. 
Regres<5 de Londres en Diciembre de 1805, y pas<$ à Ma- 
.drid eon real licencia en Abril de 1806 para dar cuenta de 
su Comisiôn de limites, entregando un ejemplar de sus Dia- 



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— 320 — 

rioss y pianos referidos al Principe de la Paz^ que lo deposi- 
x6 en la Secretarfa del Estado Mayor del Real Cueqjo de Iii- 
jxenieros, que dirigîa el Mariscal de Canipo Sr. Saiiipen y 
otro ejemplar igiial en el Depdsito Hadrognlfico, del caj^> dd 
Brigadier de la Real Ai-mada, D. José de Espinosa* Y i*e re»- 
îituy6 î( este Departamento de Càdiz, donde se presenti5 e[ 
16 de Mayo de 1807, obtenida la compétente lieeneiH àé 
•sefior Director gênerai del de Cartagena, donde habîa teiiido 
su destino inuchos anos, ya de Capiton de una de la^ Compa- 
nîas del 6/* batalldn de Infanterîa de Marina, y^ de Teninite 
de aquella Coinpaûîa de Reaies GuardiiiB Mîirinut? (1 1 

En 16 de Agosto de 1807 fué nombrado 0>misnri<> pm- 
vincial de ^Vrtillerfa de Marina y Comandante del Cuerpo de 
Brigadas de este Depôsito, de cuyo eneui-go ^e posesiorKÎ en 
15 de Septiembre siguiente: habiéndose eiicontnido vn el îir* 
senal de la Carmca con la tropa del Cuerpo de ëti niaado^ 
que cubrîa todas las baterfas de tieiTa y fuerzïis s utiles en 
iiquel punto, en el combate y rendicidn *le la escuadra fran- 
cesa: debiéndose engran parte al Real Cacrpo de Brigadasde 
su mando este glorioso hecho, llevado iC caho del ft al î 4 do 
Junio de 1808. 

En 2 de Enero de 1810 fué nombrado Vocal de la JiintJi 
de gobierno y def ensa de esta plaza y villa de la i.^la de htôn 
por el Ayuntamiento, y d peticién del puelilo, en se&i<5n per- 
manente, y Comandante General de Artillerla de mar y 
tierra por el Excmo. Sr. Duque de Alljurquerque, d la en- 
trada del ejército de su mando el 4 de Felirero siguiente; 
teniendo la satisfacci6n de haber colocudfi lo,s eanones y ejs- 
tablecido las })rincipales baterfas del Pcjrtazgiij Sulinas, Oa* 
Uineras, Sancti Pétri y otras, y haber asistîdo personaimente 
a todas las aeciones de los primeros din^, <jti(- fuenio luï? maV 
crîticas y sangrientas; siendo relevado dv uuo y otro ear^o 
por haljer sido nombrado Gobemador politico y nulitar de 



{!) Estos nombrainientos resultaban nominales, segiui nos 
tumbre antigua. 



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— 321 — 

esta plaza^ empleo creado ex profeso porreal orden de 6 de 
Marzo de 1810 en atencîdn à las actuales crîticas circims- 
taneias: y Corregidor, con la Presîdéncia de su Ayuntamiento, 
Jonta de gobierao y def ensa y dem^s Corporaciones polîtieo- 
civiles y eriininales, propias de la jurisdiccidn ordinaria y mi- 
litar afeetas a dichos empleos, igualmente que la de Coronel 
del regimiento de milicias honradas y companfa de salino- 
ros, cazadores y la Comandaneia de los escopeteros: euyos 
Cuerpos se distinguieron en el sitio de esta plaza, asîstiendo 
îf su Costa y prestando senalados servicios en todas las ope- 
raciones del sitio; guarneciendo guardias de Ifnea, puestos 
avanzados, y dirigiendo y acompafiando las partidas y gue- 
rrillas que salian. 

Dirigi<5 la obra de los canales de San Jorge y Campo de 
Soto, el primero concluîdo en un mes para abast(»cer al pue- 
blo y frustrar el fuego de varias baterîas principales del ene- 
migo, que embarazaban la navegacidn del rfo Sancti Pétri. 

Fué relevado de dichos empleos por real orden de 23 de 
Mayo de 1811. 

Por real orden de 15 de Julio de 1814 le concedi6 S. M. 
un aôo de licencia para pasai' à Inglaterra, para donde sali6 
el 1.** de Septiembre, la que disfinitô prorrogada hasta 19 de 
Mayo de 1817, que se présentas en este Departamento de 

Por real orden de 1.** de Dicifmbre de 1818 se le acor- 
daron cuatro meses de licencia para Madrid, la que, cunipli- 
da, se présenta en este Departamento, en el que continua hastu 
que por real orden de 14 de Julio de 1825 se le destina al 
servicio pasivo de la Annada. 

Por real orden de 4 de Noviembre correlativo se le ha 
declarado impurificado en primera instancia, mandaudo S. M. 
en otra real orden de 15 de Enero de 1827 se le recogiesen 
los despachos, diplonias 6 cédulas que habîa obtenido, respec- 
to â haberse aprobado su segunda impurifieaci(5n, en virtuil 
de lo cual qued6 dado de baja en la Armada; hasta cjuc j>or 
real orden de 16 de Junio de 1829 tuvo S. M. por conve- 
niente reponerlo en su empleo, honores y di.stinciones, que 

21 



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- 322 — 

Iiabfa obtenido anteriormente, en atcncidii â kïs înfomies que 
se ha ser\'ido pedir de este Ofieial sobre sli*< disttii^iîdos mé- 
ritos y servicios. 

Por real orden de 11 de Octiibre de 1829 se le concedeu 
cuatro meses de licencia para la corte, *^û doode fallecjd eu 
15 de Enero de 1830. 

NOTA 

Se hallaba condecoi-ado con la cnax y plaça de la Reaï y 
Militar Orden de San Hennenegildo. 

Por real decreto de 26 de Agosto de 1815 le correspoo' 
de el abono de tiempo que d continuaciéii se demiiestra: 



Desde 2 de Mayo de 1808, que se déclara 
la guerra â la Francia, hasta 14 de Ju 
nio siguiente, que se rindiô la escua- 
dra de dicha Naciôn, abonado tiempo 
entero 

Desde dicha fecha hasta 5 de Febrero 
de 1810, abonado medio tiempo 

Desde 5 de Febrero hasta 25 de Agosto 
de 1812, abonado tiempo entero por 
hallarse durante dicha época sitiada 
esta capital 

Desde dicha ùltima fecha hasta 2 de 
Agosto de 1814, que se hizo la pasî, 
abonado medio tiempo.» 

Total dk abonos ■ 



AAoa. 


^^Êa^!^, 


Diu. 


9 

■2 


1 , 
11 


12 
26 

lit 


4 


5 


17 



San Fernando 7 de Mayo de 1886.^ /^w/^ J/orr/a Osor- 
T^o.^Es copia. = May orfa gênerai de este Departatnento. 



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XXII 



1 D. DIEGO M ALYEAR Y WARD 

COX MOTIVO 

OSL FALbËCIMtE?? TO DE AU AMADO PADRE D. DIBOO DB ALVBAR 

Y PONCfô DE LEON, BRIGADIER DB MARINA 

didûa ttta etigUi su amigo Ptpt Esproiutda, 



Elegia. 

^;Qué es îa vida? ;Gran Dios! Pl&cida aiirora 
CÂndida rie entre arreboles cuando] 
Brillante apenas esclarece un hora; 

Pàlida laz j trémula oscilando 
Baja al sOencio de la tumba fria, 
Bel pasado esplendor nada quedando. 

AUi la palma del yalor sombria 
Marcbftase, y alli la rosa pura 
Pîerde el color y fresca lozania. 

No att^ans^a alli jamâs de la ternura 
El misero gemido, ni el lameuto, 
Ni poder, ni riqueza, ni hermosura. 

Sobre yertoa cadàveres su asiento 
Erige, y huella la implacable muerte 
Armas, arados, purpuras sin cuenio 

Misero Albino, doloroso vierte 
Ligrima."^ de amargura; à par contigo 
Yo gemiré también tuinfausta suerte. 

Y si el nombre dulcisimo de amigo, 
Si an tierno coraz6n alcanza tanto, 
^ua penas [ayl oonsolarÀs conmigo. 

El tormeutOf el dolor, la pena, el liante 
Debidoa son de un bijo oarinoso 
Âl triste padre de quien fué el encanto. 



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— 324 — 

Mas no siempre con Uuvias caudaloso 
El valle anega montaraz torrente, 
Ni encrespa el mar sus olas borrascoso: 

No siempre el labrador tfmido siente 
El trueiio aterrador, ni al aire mira 
Desprenderse veloz rayo luciente. 

Ahora lamenta, si, tierno suspira, 
Desalîogo que dio naturaleza; 
Que el pecho al suspirar tal vez respira. 

Lâgrimas s61o el àspera dureza 
Caïman del infortunio: ellas la herida 
Balsamo son que cura y su crudeza. 

jCuânto séria misera la vida 
Si, envuelta con el liante, la amargura 
No brotara del aima dolorida! 

Trocada en melancôlica dulzura 
S61o queda después tierna memoria, 

Y aun halla el pecho gozo en su tristura. 
Tu asi lo probarâs; ya la alta gloria 

De tu padre recuerdes, coronada 
Su frente del laurel de la Victoria; 

O ya vibrando la terrible espada 
En medio del ancho piélago triunfante, 
Miedo y terror de la francesa armada; 

el arnés descenido de diamante, 
En oliva pacifica trocando 
El hierro en las batallas centellante. 

Aun hoy miro â los vientos flameando 
Las ricas apresadas bandqrolas, 
Augusta insignia del francés infando; 

Y aùn hoy resuenan las medrosas olas 
Al azotar de Câdiz la alta almena^ 

De sus glorias â par las espaûolas. 

Tintas en propia sangre y sangre ajena^ 
En la sanuda lid siempre miraron 
Brillar su frente impâvida y serena: 

Y en torno amedrantadas rebramaron, 
Cuando, al morir sus prendas mas amadas, 
Impâvido también le contemplaron. 

Cayeron â su vista, y casi ahogadas 
Las vi6 tenderle los ansiosos brazos, 

Y subito al profundo sepultadas; 

Y en desigual combate hecho pedazos, 
Aùn su corazon altivo y fuerte 

Del anglo esquiva los indignes lazos. 



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— 325 — 

Busca cou ansîa entre la lid la muerte, 

Y huye la muerte dél, y ^,qaién, quién pudo 
Pénétrât los secretos de la suerte? 

Sîuevo y dulce placer, mas dulce nudo, 
Grata le guarda su feliz ventura 
Cttando mâs de favor se crée desnudo. 

iCuânto gpzo sîn fin! ;Caânta ternura 
Prob6 en los brazos de su nueva esposa 
El beso al recibir de su dulzura ! 

Ya agradable a su proie numèrosa, 
Yuelto otra vez â los paternos lazos, 
Daba lecciones de virtud piadosa. 

Ya calmaba del triste los pesares 
Con labio afable y generosa mano, 
Ta llevaba la paz à sus bogares. 

Y en tanta dicba el coraz6n ufano. 
De lâgrimas colmado y bendiciones, 
Tornaba alegre el vénérable anciano : 

Los timbres a aumentar de sus blasones 
A vosotros sus hijos anîmaba 
Beeordando sus inclitas acciones. 

Y en todos juntos renacer miraba. 
Del nombre à par, su antigua lozania, ' 

Y tîerno en contemplaros se gozaba. 

^^Por que tu, oh muerte, arrebataste impia 
Al que de tantos tristes la vèntura 

Y el noble orgullo de la Patria hacia? 
Fnente â eterno llorar abri6 tu dura 

Mano, y tu sana y côlera cebaste 

A un tîempo en la inocencia y la bermosura. 

Y ;,qué citara triste babrâ que baste 
Lugubre â resonar en sordo acento 
Cual de su dulce esposa le arrancaste ? 

La noble faz serena, el pecho exento 
De tormento roedor, dulce y tranquilo 
Diô entre sus hijos su postrer aliento. 

Y ya cayendo de la parca al filo, 
Cual ae obscurece el sol en Occidente, 
Va del sepulcro al sosegado asilo. 

Gemidos oigo y lamentar doliente, 

Y e! roiico son de parches destemplados, 

Y el CTUJir de las armas juntamente. 
MarcUan en pos del féretro soldados, 

Con tiirdo paso y armas funerales 
Al eco lie los bronces disparados, 



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— 326 — 

Y entre funèbres pompas y marciales^ 
En la morada de la muerte augu&t^j 
Las bôvedas retumban sépulcrales^ 

;Ay! Para siempre ya laloBa adusta, 
Oh caro Albino, le escondiô à tus ojois; 
Mas no el bueno mariô: la parca iiijuîjta 

Boba tan solo eflmeros despojos^ 
Y alta y triunfante la alcanzada gloria 
Guarda en eternos mârmoleâ la hîstoria. 



JO&Ê DE ESPRONCBIIA.^ 




> 



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XXI il 



UNA POESIA INÉDITA DE ESPRONCEDA 




NA casualidacl afortunada trajo â nuestras 
rnanos la siguiente elegîa de Espronce- 
da. ¥né escrita en ParÎ8 à principios de 
1830, eon motivo del fallpciiniento del 
Brigadier de Marina D. Diego de Al- 
vear y Ponce de Le6n. Esta dedicada d 
D. Diego de Alvear y Ward, hijo de aquel ilustre niarino y 
condiscfpiilo que habia sido de Espronceda en Madrid bajo 
la sabia direcci6n del eminente literato D. Alberto Lista (1). 



il) Habiendo sabido yo que nuestro amigo D. Leopoldo 
A. de Caeto, Marqués de Valmar, se ocupaba de buscar poe- 
«fias de Espronceda y de otros distiuguidos poetas de este si- 
glO| para, por si acaso, formar un tomo para la Biblioteca de 
aiUoreê célèbres, de Rivadeneyra, le bube de ofrecer esta 
elegia, que, toda escrita demano del egregio poeta, conserva- 
mos entre las otras mucbas poesias del mismo que mi her- 
mano babia îdo cuidadosamente escribiendo en un cuaderno 
al tiempo que en papeles sueltos, de cualquiera manera, y al 
lÀpiz à veces, estampaba aquél al sentir la llama de su inspi- 
racîÔD, como le sucedio con el magnifico soneto de La Rosa, 
que escribiô en un cacho de papel roto mientras esperaba & 



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— 328 — 

Xo fué s<51o la tierna y constante amistad que unîa al 
poeta eon su antiguo coudiscfpulo el môvil de su temprana 
inspiraciôn. Fué principalmente el recuerdo de las altas 
prendas del recto é ilustrado patrieio, y también el de los 
sucesos novelescos y singulares de su azarosa vida. El aima 
impetuosa de Espronceda era de aquellas (jue no puedeii 
dejar de sentir un fntimo y profundo sacudimiento ante la 
imagen de lo grande , de lo insdlito y de lo dram^tico. Y 
^cdrac) no habfa de conmoverse al recordar la vida d»- 
aquel marino, insigne por sus glorîosas fatigas eientfficas y 
militares, que se habfa visto en uno de los trances mis 
espantosos que consignan los anales de la vida humana? 
Los es})anoles no han olvidado el ataque del Cabo de Santa 
Maria, en plena paz, de un erucero iuglés conti-a euatn» 
fragatas espaûolas (5 de Oetubre 1804), ataque calificado 
por el Ministro D. Pedro Cevallos de abominable nfentndo 
en el Maniiiesto de guerra conti-a la Gran Bretafia, y que, 
por un sentimiento de pudor y justicia que no alioga nune:i 
en los pueblos la à veces mal Uamada raxdn de Estado, 
produjo en Inglaterra easi tanta indignaeiôn como en R^- 
paûa. En aqii^lla alevosa sorpresa mandaba Alvear la di\i- 
si<5n naval espafîola por enfermedad del jefe de escuadra 
D. J(»sé de Bustamante. A poco de empeflado el recio com- 
bate, en que los marinos espaùoles pelearon con su acostum- 
brado denuedo, se incendid y vol<5 en pocos instantes la 



que su amigo, mi hermano, se acabara de arreglar para salir 
con él. Por cierto que, habiendo ôntrado entretanto de visita 
el gran literato D. Alberto Lista, se lo dieroii à leer, y giistoso, 
saboreândolo, con su andaluza voz le preguntô: «Mucbacho. 
^tu bas becho esto?» Y asegurândole los dos que alli mismo lo 
habîa compuesto, les dijo el maestro: «Es el mejor y mâs her- 
moso soneto del idioma espanol.» Ocasiôu tuve yo a nos des- 
pués de recordarle algunos versos que ténia olvîdad «s, y aati 
de suministrarle copias, como, por ejemplo. los lindisimosde 
la composiciôn A Matilde, que public6 euseguida El Pensa- 
mîentOj peri6dico que redactaba en uni6n de otros jovenes li- 
teratos por aquel tiempo. — (S. de A.; 



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— 329 — 

fragata Mercedes con los trescientos hombres que llevaba i 
su bordo y con la familia entera del desventurado Alvear. 
i Vi<5 este hundirse en las ondas à su mujer y â sus siete hi- 
josî S(51o Dios puede saber ad6nde Uegaron los dolores sin 
nombre y sin medida que hubieron de destrozar en aquellos 
momentos el eorazôn del padre, del esposo, del jefe y del 
patricio. Hay angustias morales que apenas coneibe el. 
pensamiento y que no aleanza i. defii^ir el lenguaje humano. 
Tal vez en el vértigo de la desesperaciôn le asaltarla la 
t«ntaci<5n de seguir la suerte de su infeliz familia, borrando 
asi para siempre aquella horrible imagen que habfa de pre- 
sentarse sin tregua ante sus ojos. Pero Alvear ténia enton- 
ces entre sus manos el sagrado dep6sito del honor de la Pa- 
tria, El tremendo car^cter del trance mismo le infundid so- 
brehumana entereza, y comprimiendo el corazdn despeda- 
zado, y pidiendo à Dios su divino auxilio, continud diri- 
giendo el ya désignai combate hasta donde alcanzaron las 
fuerzas de aquellos intrépidos marinos. ;Rasgo peregrino de 
fortaleza de que s<51o hay ejemplo en los tiempos heroicos 
de la antigiiedadî 

La noticia biogràfica que précède à la elegfa de Es- 
pronceda esta escrita por la ilustrada seûorita de Alveai-, 
hija del esforzado marino. La publicamos con suma compla- 
cencia, asî por justo mîramiento éi este digno testimonio de 
filial temura, como también por parecemos notablemente in- 
teresante en sî misma y muy adecuada para hacer compreii- 
der las delicadas alusiones del poeta ^ varias circunstancias 
de la vida del Sr. D. Diego de Alvear. 

En cuanto al mérîto de los versos, ni los recuerdos de 
amistad juvenil, ni la aficidn que prof esamos i. laâ obras del 
poeta, nos alucinan hasta el punto de presentar aquî conn) 
una produecién brillante y acabada unmero ensayo poético 
de un mozo de diecinueve aûos. FfCcil es advertir en esta 
elegîa, casi siempre palabrera y declamatoria, que es obra 
de quien no ha soltado los andadores de la primera educa- 
citSn literaria. La imaginaciôn del poeta no vuela todavfa 
con alas propias; aun no es capaz de enardeeerse con el 



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— 330 — 

Canto del Cosaco, ni de soûar trastomos sociales con El 
Mendigo y El Verdugo, ni de llorar con la imagen de Te- 
resa los hechizos de la felicidad perdida, ni de cantar con 
El Pirata el deleite de la libertad, ni de pintar à Jarifa el 
hastfo de su aima, que no cabe en la condici<5n de la vida 
terrestre. Se adivina en la Elegfa â Alvear que el poeta 
acaba de leer las elegias dtilicas de D. Juan Nicasio Gralle- 
go, y que le han cautivado la noble entonacidn y el aparata 
descriptive. Pero la publicamos gustosos porque, ademàs 
de los sonoros versos que contâene, siempre ofrecen interés 
d la Iiistoria literaria los primeros pasos, los ensayos y las 
transfomiaciones del gusto de los poetas esclarecidos. 

Leopoldo Augusto de Cueto. 




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XXIV 

NOTR lA BIOCmAFICA DEL SESOR DON DIEGO DE ALVEAR 
Y PONCE DE LEON 




h\n KAi. de Montilla, provincia de 
< 'nrdoba, habfa nacido I). Diogo de 
AK^ear y Ponce, de una familia no- 
\yïv, d mediados del «iglo Ciltimo. 
Ikspués de recibir varia y s(Slida 
ijïstnicci<5n en el afamado colegio de 
jesuftas de Granada, abraz<5 la carrera de las armas, entran- 
' do d servir en la Real Annada en el afio de 1770. 

Hfzose muy pronto notar por su claro talento y grande 
aplicaciôn d toda clase de estudios; aplicaciôn que le hacfa 
aprovechar sus largas navegaciones d las islas Filipinas y 
a las Marianas, d America y demlCs colonias espauolas para 
aiunentar siempre el caudal de conocimientos 4U(» ya po- 
soîa. Xaveg6 también con el objeto de medir latitudes, y de 
tomar parte en tareas cientfficas, d las drdeues de los afa- 
inados Mazairedo y Làngara; y luego al Brasil, con motivo 
de la guerracon los portugueses. 

Distingufase ya tanto por su noble cai'jtcter, por sus 
prendas militares y por su vasto saber, especialnientc en las 



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— 332 — 

Matemàticas, Historia natural, Astronoinfa, Botîfnica «5 idi<>- 
mas, que merecî^, â pesar de su corta graduaoi(>n de Tenien- 
te de frapita, el ser nombrado Comisario 6 jefo de la ac»jîun- 
da division de très que fueron enviadas (las otras dos d las 
<5rdenes de Jef es superiores, y con escaso rcsultado) para la 
demarcaei<5n de Ifmites de las vastas posesiones de Espana 
y Portugal en la America méridional. 

En el desempeno de comisitfn de tamaûa entidad y de 
tan inmensas dificultades, que él solo supo Uevar d feliz tétr- 
minOi mostrô una constancia invencible, que, unida al valor 
y ^ la admirable serenidad que mostr<5 siempre en los peli- 
gros, le hizo triunfar del si n numéro de ellos en que se halM 
y de todos los obst^ulos que por doquiera le presentaban 
aquella inculta naturaleza gigantesca y sus salvajes morado- 
res. No quebrantaron el robusto temple de su aima ni las 
privaciones, ni los trabajos, ni el rigor de las estaciones, ni 
el \nvir casi siempre en descampado y sin màs abrigo que 
una fnCgil tienda de campaûa, ni el tener que defenderse de 
las tribus indias, y m^ d menudo aûn de traidores tigres 
y otras bestias féroces, y de innumerables alimaûas veneno- 
sas que d cada paso le asaltaban. Y todo esto por el largo 
espacio de veinticuatro afios que invirtiô en explorar, reco- 
nocer, medir y estudiar, en mds de quinientas léguas de ex- 
tension, las ignoradas y dilatadas regiones que bafian los 
caudalosos rîos ParaniC y Uruguay y sus niunerosos cou- 
fluentes, y navegàndolos todos en débiles balsas y d veces 
sobre la indfgena pelota (1). 

Levante Alvear gran numéro de pianos y cartas geognî- 
ficas de todos aquellos palses. Hïzo observaciones astron6- 
micas de notable interés, y escribiô una historia compléta 
descriptiva de su condici<5n y varias producciones en los très 
reinos, minerai, végétal y animal; de sus tribus indîjrenas; dt* 
la conquista y nuevas poblaciones de todo el VirriM'nato do 
Buenos Aires, y aûadid una muy interesante di? las eélebre-t 



(1) Es un cuero de buey ahuecado por medio de va ras 
flexibles. 



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— 333 — 

Mibionts de lus jesuftas en el Paraguay. En una palabra^ 
ik^pn^s de defender los intereses de Espaôa con grande 
acierto y teson en cuestiôn tan larga y enojosa, adujo todos 
los dat4»s que pudieran desearse para el perfecto eonocimien- 
to dc^ tau dilatadas provincias y su mejor gobiemo; como 
hubo, eu efeeU), ocasi6n de probarlo en las repetidas veces 
4ue le pidieron los Virreyes su autorizado dietamen. 

ion indecible gozo recibiô .Uvear la ortlea de volver d 
la niadre patria, tras ausencia tan larga, para presentar las 
iionrosas reî^ultas de su laboriosa et)mi8i6n. 

Euibarcose, pues, de segundo jefe 6 Mayor General eu 
la i)equena division de cuatro fragatas que mandaba el Ge- 
neral Bustauiante. Fué feliz la navegaci<^n, y vefan ya las 
costas ibéricas, cuando al amanecer del aciago dîa 5 de ()c- 
tubre divisaron una escuadra inglesa de fuerza superior, que 
se les aeercc) é intim(5 la extrana orden que tenlan de 11e- 
varlos îC Inglaterra. Opusiéronse los nuestros; pero, aun sin 
dar tienipo d màs explicaciones, empezaron los contraiios ïf 
hacerles un vivo f uego, que al punto fué contestado con brîo* 

Muy pronto, sin embargo, una terrible desgracia inclina 
la balanza d su favor, llenando d los espanoles de conster- 
naci6n. ; Volose la fragata Mercedes, y saltô por los aires! ;En 
ella venla la numerosa y hermosa familia del desventurado 
Alvear! Este, é> bordo de la Medea y con el mando de ella 
por estar el General enfermo, vi6 la tremenda catàstrofe, y 
sinti<5 al punto su inmensa desdicha; pero, irapàvido y sere- 
no, si bien el rostro demudado y Ifvido por la angustia de 
su destrozado corazôn, siguiô dando <5rdenes y dirigiendo 
el combate hasta el fin. 

Rindiéronse por ûltimo los esforzados espaûoles,y entoil- 
ées con {)resteza acudieron todos iC los tristes nâufragos, 
salvando hasta cincuenta de los que, miCs vigorosos 6 mfîs 
afortunados, pudieron asirse de alguna tabla. Entre ellos, 
ninguno de los del infeliz Alvear. Su esposa, sus siete hijos, 
un sobrino, varies criados y la mayor parte de su fortuna, 
todos y todo perecieron en un momento. ;Tal fué, y en 
tiempo de paz, el combate del Cabo de Santa Maria! 



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— 334 ~ 

Inglaterra se espantô de su propia obra, y por todu^ 
partes el clamor contra elGobiemo fué general,y en el Par- 
lamento las ma» elocuente& voces le atacaron con irrebati- 
ble justicia. Por doquiera la conmiseraciôn, el respeto y la 
màs viva simpatla acompaûaban al inf eliz Alvear prîncipal- 
mente, y â los dem^s prisioneros espaftoles. 

El Rey pronunci6 sentidas palabras de consuelo, y tra- 
taron todos de mitigar aquel sin ignal inf ortunio reintegràu- 
dole, al menos en parte, de los caudales que habfa perdîdo. 
En Espafia la indignaci<5n fué inmensa, y al moniento sr 
cleclar<5 la guerra, guerra funesta también, que al ano ni- 
guiente trajo consigo la heroica derrota de Trafalgar. 

De vuelta Alvear sobre su palabra, hubo de esperar 
poco tiempo en repose; que otra agresiôn, aûn màs injusta, 
le puso pronto en ocasiôn de prestar grandes servicios à 8ii 
Patria. Nombrado Comandante de la Artillerfa y Brigadas 
de Marina, y luego Gobernador de la entonces isla de 
Le6n, en la gaditana, cuando la invasion francesa, empezo 
por contribuir poderosamente â la rendiciôn de la escuadra 
de aquella Xacidn surta en aquellas aguas, y luego supo 
atrincherar y artillar la plaza perfectamente haciendo cor- 
taduras, y el cafio de San Jorge casi é, su costa, y formando, 
instruyendo y entusiasmando batallones de voluntarios para 
su def ensa con tanto acierto y \dgor que f ueron inutiles los 
ataques del ejército francés; y el espaâol, à las ôrdenes del 
General Alburquerque, en retirada, halle en ella seguro re- 
fugio. 

Largo fuera enumerar los incesantes é importantes ser- 
vicios que en tiempos tan crfticos y en circunstancias tan 
graves prest<5 el active y acertadlsimo Gobernador. 

Toda la \'ida y todas las esperanzas de la Naci<5n pare- 
cîan haberse encerrado en aquella pequeûa Isla, y, por lo 
tanto, la importancia de la Autoridad local crecîd d la pur 
que su responsabilidad. 

Pero su fecimda y activa inteligancîa, su imperturbable 
serenidad y dem^ dotes de elevado car^cter, le hacîan ha- 
llar pronta soluci<5n en las m^ apremiantes dificultades, y 



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— 336 — 

^tas se presentaban à cada momento. El abaôtcciniiento de 
la aerecentadîsinia poblaciôn, el de las numerosas tropas y 
su difleil acuartelamiento; los hospitales de sangre j otros 
improvisados; las exigencias de los Générales, del Gobier- 
no, de los aliados; la casi total falta de recursos; la terrible 
epidemia, haciendo estragos é incomunicàndolos cou Càdiz; 
la excitaciôn del alarmado pueblo, amotinàndose à cada paso 
al pavoroso grito de /traieiônf /que nos vendepif; en fin, 
peligros y necesidades por todas partes y jC cada moment^), 
y el enemigo acechando, siempre à la vista, que la m^ levé 
falta pudiera aprovechar. 

jAngustiosos fueron, en efecto, à la par que mémorables, 
aquellos dlas! ;Aflo8 fueron! Y la heroica isla de Leôn, pe- 
<iue&lsima poblaeitfn pero baluarte de la independencia de 
la Nacidn, mereci<5 entonces bien el ser elevada por las Cor- 
tes al rango de ciudad de San Fernando. 

Debida sin duda f ué alguna parte de tanta gloria al celo 
y acierto del ilustre Gobemador, y, sin embargo, por una 
lex-lsima cuesti^Sn cou uno de los Régentes, que era su amigo 
y se albergaba en su casa, fueron desatendidos todos sus 
servicios. Y cuando al clamor gênerai que tamaâa injusticia 
levantara fué aseendido â Brigadier, qued<5 ya en la es- 
eala por bajo de veintisiete que, mes modemos, le habfan 
sido antepuestos. Perjuicio grande, del que nunea le fué ya 
dado resarcirse. 

Conclufda la guerra, obtuvo licencia para pasar é. Ingla- 
terra y Francia. Regresd à los très aûos; pero, dolorosamen- 
te afectado por los cambios polfticos que se siguieron, tom6 
escasa parte en los sucesos à pesar de hallarse en el Depai'- 
tamento de Càdiz. 

Interesada y perdida gran parte de su fortuna en la re- 
volucién del 20 al 23, hubo de retirarse à su casa de Monti- 
11a para atender d los bienes que le quedaban, y al mismo 
tiempo guarecerse algûn tanto de los efectos de la reacciôu 
en aquellos tiempos tan injustes y crueles. No le vali<5, sin 
embai^, que pronto erapezaron i vejarle algunos partida- 
rios fanàticos del absolutisme que se habfan apoderado del 



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— 336 — 

laando; d pesar del singular respeto que su reconocida vir- 
tud y elevado cartCcter inspiraban à la poblacidn entera, 
viôse d poco impimficado, es decir, despojado de todos sus 
j^dos, honores y sueldos, que habîa debido jC su larga ca- 
rrera de cerca de sesenta anos, por sentencia de un tribunal 
polftîeo que juzgaba sin oir al acusado, sin apelaci6n y sin 
mjîs expediente que très informes secretos. 

Decir el hondo pesar y la extraordinaria sorpresa que tan 
;u*bitrario é injusto procéder causaron al anciano niilitar, fue- 
m ditïcil tarca; baste saber que las miCs sensibles cuerdas de 
su hidalgo, patridtico y honradîsimo coraz<5n vibraron dolo- 
rosamente y por largo tiempo. ^Vlvear, que toda su vida fué 
fervorosîsimo cristiano, hallô sin duda en las santas prescrip- 
ciones de la ley del sacrificio, y en la viva fe que le ilumina- 
ba, la fuetza de la resignacidu; pero el rubor de su frente, 
y la altcracidn de su voz cuando de ello hablaba, manifes- 
caban claramente que sentla como profundamente herida la 
honra de su acrisolada vida. 

Eodeado de una nueva f amilia y sostenido por su segun- 
da esposa, seôora inglcsa de naciôn, y tan bella y vîrtuosa 
como ilustrada, dedic6se Alvear con amoroso anhelo îC la 
educacidn de los siete hijos que, como en remuneracion d(^ 
los que habia perdido, parecîa haberle concedido la Pro\'i- 
<lencia. Jamàs perdf a ocasidn, ni aun hora alguna, sin incul- 
car en sus juvéniles îCnimos los m^ sanos principios de s<5- 
lida virtud y de ciencia; pues eran tantos y tan varies los 
diferentes conocimientos que le adornaban, que podfa en 
todo ilustrarlos, y con tanta amenidad en la forma como 
claridad y solidez en el fondo, ni cansaban sus lecciones, ni 
era facil olvidarlas. Por un mro privilégie de naturaleza ha- 
bîa reunido Alvear, y conservado hasta en su ancianidad, la 
inayor agilidad y desti*eza en los ejereieios coi*})orales al 
lado de aquella clara é infatigable inteligencia que le facili- 
taba todos los estudios. De tal modo que, sobresaliendo eu 
îj^cia y pericia en los juvéniles artes del bailar, torear, na- 
dar, en el manejo del cabaUo, de todas las armas y en hacer 
^orprendentes juegos de manos, al mismo tiempo era capaz 



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— 3B7 — 

de sostener euestiones teoldgicas y de Sagrada Escritura con 
eclesiàsticos de nota, que oîan su parecer con deferencia, y 
de cartearse en latfn con célèbres extranjeros. Posefa ademàs 
otros siete idiomas, que hablaba y escribla correctamente, 
recitando con feliz memorîa largas tiradas de los mejores 
poetas que los ilustraron, y de eontinuo se oeupaba en se- 
guir el curso de los astros, 6 en resolver problemas de geo- 
mctrfa, que d veces dejaba para clasificar una flor, analizai- 
an insecto 6 jiizgar con sano criterio polftico algûn alto he- 
cho de historia, 

Pero abreviemos. Por el afio de 1829, ya màs templado 
el Gobiemo, le f ué devuelto su empleo de Brigadier; y 11a- 
mado d Madrid, hizo el viaje, de màs de setenta léguas, â 
caballo, jcumpliendo à los dos dfas de llegar, sin cansancio, 
oehenta afios! Felicit<$le el Rey admirado y toda la Corte, y 
le animaron con grandes esperanzas de que sus injustos 
atrasos y los agravios recibidos iban d ser prontamente re- 
sarcidos. Un nuevo desengaôo vino d causarle el ûltimo 
pesar. 

Aun conserva su familia la sentida exposicidn que, toda 
escrita de su mano, dirigiô al Rey el 14 de Enero de 1830. 
Aquella noche fué toda de insomnio, acompaôado de un agu- 
do dolor de costado. «JGsto es niarir», repitiô varias veces, y 
recitaba con gran fervor los sublimes salmos de David. ;A 
las siete de la maôana, casi de repente, dej<5 de existir! 

Sabina de Alvear. 







22 

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NOTICIA BIOGRÂFICA DEL GENERAL DON CARLOS 
ANTONIO DE ALVEAR (l) 




Ïaciô el General D. Carlos Antonio 
de Alvear y Balbastro el 21 de 
Octobre de 1789 en Santo Angel 
Custodio, pueblo de las Misiones 
orientales del Paraguay. 

Su padre, el Brigadier de la 
Real Armada espaftola D. Diego de Alvear y Ponce de 
Leôn, era el Comandante en jefe de la segunda division 
destinada por el Gobiemo real â establecer los limites 



(I) Esta noticia biogrâfica, sacada de una obra impresa, Los 
Americanos Ilustres^ fué remitida por el mismo General Alvear 
â su hermano D. Diego de Alvear y Ward, con carta fecha en 
Buenos Aires â 30 de Enero de 1830. Los sucesos posteriores â 
esa fecha han sido entresacados de los que se han publicado con 
raotivo del honroso centenario que se ha celebrado en Buenos 
Aires, el 4 de Noviembre de 1889, por el Gobiemo y pueblo ar- 
gentino en memoria de aquel benemérito General, y por los an- 
técédentes y documentos que poseemos hemos aftadido otros y 
corregido errores de fechas, etc. — (S. de A.) 



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— 339 — 

-de demarcaciôn entre el Virreinato del Rio de la Plata 
y del Brasil. 

En 1804 ambos fueron hechos prisioneros por los 
ingleses en el combate naval que sostuvieron las cua- 
tro fragatas de guerra espafiolas, que fueron apresa- 
•das antes de la declaraciôn de guerra, en el cual pe- 
recîô toda su familia en una fragata que se volô. Don 
Diego de Alvear era May or gênerai de la escuadra. 

En Londres, el joven Alvear entrô en un colegio à 
formar su educaciôn; pasô después â Espafia, y entrô à 
servir en la brigada de Carabineros reaies, Cuerpo de 
tropas escogidas. Sostuvo la causa de Espafia con- 
tra Napoléon, hallândose en muchas batallas y distin- 
guiéndose muy particularmente en Talavera, Yébenes 
y Ciudad Real, como se ve por las relaciones de aquel 
tiempo. 

En 181 1 dejô el servicio espafiol y vino â topiar 
parte en la guerra de la Independencia de su Patria. 
Pasô por Inglaterra, y llegô à Buenos Aires â prin- 
<:ipiosde 18 12. Ofreciô sus servicios â la Patria, y â 
pesar de tener una brillante fortuna quiso consagrar- 
los en la carrera militar; fué Sargento mayor del regi- 
miento de granaderos â caballo, y después su Tenien- 
te Coronel; este Cuerpo sirviô de modelo para la ca- 
balleria de su pais, Alvear renunciô sus sueldos y 
«irviô â su Patria sin estipendio. 

En el 8 de Octubre del mismo aflio fué nombrado 
suplente por uno de los miembros del Poder Ejecutivo 
que se creô aquél mes y se hallaba ausente, cuyo cargo 
renunciô. Poco después fué elegido Présidente de la 
Socîedad patriôtica literaria, que ténia sesiones publia 
cas en esta capital. Este mismo aflo fué destinado por 
«el Poder Ejecutivo â llenar una comisiôn de importan- 
cia al Ejército del Uruguay y cerca de D. José Artigas. 

En 18 13 fué Diputado por la ciudad de Corrientes 
â la Asamblea General Constituyente, primer Cuerpo 
representativo que se habia reunido, y fué electo su 



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— 340 — 

Présidente por unanimidad de votos cuando apenas 

contaba veinticuatro aftos, y aclamado con entusiasmo 

por el distînguido concurso de espectadores. Mientras 

permaneciô en este Cuerpo se hizo notar por las leyes 

e propuso, y fueron adoptadas. A él principalmente 

somos deudores de la libertad de todos los hijos de los 

esclavos que nacen en el territorio de la Repûblica; de 

la aboliciôn del comercio de la esclavatura por la ley 

que estableciô la Asamblea declarando libre al esclave 

que pisara el territorio de la Repûblica; de la aboliciôn 

de los titulos de Condes y Marqueses, y la extinciôn 

de los mayorazgos; de la prohibiciôn de usar las cruces 

y distinciones de nobleza extranjeras; de la variaciôn 

de las divisas del Ejército; de la ley que déclara que 

los honores pùblicos hechos â los Magistrados del Es- 

tado no fuesen trasmisibles â sus esposas, como es- 

taba en uso; de la ley que déclara por ûltimo gjado 

de la milicia el de Brigadier General; de la aboliciôn 

del uso del tormento permitido por la legislaciôn es- 

pafiola, cuyos instrumentos fueron quemados en la 

plaza pûblica de esta ciudad; de la aboliciôn de las fa- 

cultades ejercidas por los Comisarios de la Inquisiciôn, 

y de la ley que prohibe profesar en las Ordenes monâs- 

ticas de ambos sexos antes de la edad de treinta aftos; 

habiendo contrîbuido con su voto â lasanciôn de otros 

decretos que e^idiô la Asamblea con el objeto de 

destruir los errores del sistema colonial, preparando 

las provincias para su nuevo destino. Habiendo renun- 

ciado el cargo de Diputado,que desempeftô de un modo 

tan distinguido, para servir en los conflictos de su Pa- 

tria de modo mâs activo, fué nombrado Coronel del 

regimiento nùm. 2''de infanterîa, cuyo Cuerpo fué un 

modelo de instrucciôn y- disciplina. Obtuvo el manda 

de Comandante General de infanteria de las fuerzas 

destinadas à la defensa de la capital. Poco después fué 

elevado al rango ,de',General en jefe de este mismo 

ejército; contribuyô de un modo muy eficaz â hacer 



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._ 341 — 

adoptar el proyecto de formar una escuadra, proyecto 
gigantesco entonces, que enaquella época era conside- 
radô como impracticable y que ofreciô inmensas dîfîcul- 
tades,dandomagnificos resultados; sostuvola disciplina 
de las tropas de tierra destinadas â la escuadra, ha- 
biendo hecho castigar ejemplarmente â los cabezas 
<le los embarcados en el bergantîn Nancy ^ que se ha- 
bian sublevado por no servir en un elemento nuevo 
para ellos. . 

En 1814 fué nombrado General en jefe del ejército 
«itiador de Montevideo, llevando refuerzos que aumen- 
tô el ejército en 4.000 hombres. Con esta pequefia 
fuerza hizo frente â la numerosa guarniciôn de la plaza 
y â los de Artîgas, que, vencedor del Entrerrîos, Co- 
rrientes y Misiones, volvîa sobre el ejército sitiador 
<:on cerca de cuatro mil hombres de caballeria, hacién- 
dole la mâs activa guerra. 

Jamâs General se viô en mâs crfticas circunstan- 
cias, sitiando una ciudad fuerle que tenîa una guar- 
niciôn doble â su ejército y una formidable caballerîa 
■â su espalda, que lo sitiaba â su vez, hostilizândolo y 
privando al ejército de la Patria de toda comunica- 
•ciôn con el interior, de donde ùnicamente podîa sacar 
recursos para su subsistencia; este no era duefio de la 
provincia Oriental, sino de la costa de Miguelete, y 
sus fuerzas eran muy inferiores â las de sus enemigos, 
ni tenîa otra retirada que la Victoria. Sin embargo de 
tan dificil y critica posiciôn, la habilidad y energîa del 
General Alvear supieron vencer todas las dificultades. 

El 20 de Junio de 1814 la plaza de Montevideo se 
entregô al General Alvear, quedando en poder de los 
patriotas 5.340 soldados de lînea, 486 Oficiales de to- 
das graduaciones, dos Générales y dos Brigadieres, 
213 piezas de bronce de tocio calibre, 965 piezas de 
fierro, 1.500 quintales de pôlvora, i i.ooo fusiles, 99 bu- 
ques entre mercantes y de guerra encontrados en el 
puerto, 27 banderas y estandartes, incluso un inmenso 



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— 342 — . 

depôsito de pertrechos de guerra y navales, que fué 
valuado â cuatro millones de pesos fuertes. Ademâs 
de las tropas de lînea ya nombradas se habîan organi- 
zado por el Capitân General Vigodet, Virrey nombra- 
do por el Gobierno espailol, cuatro batallones de in^ 
fanterîa de los vecinos y emigrados espaôoles resi- 
dentés en Montevideo, que constaban dç 2.800 hom- 
bres. 

Al dia siguiente, 21 del mismo mes, habiéndose 
aproximado una division de 1.500 hombres de caba- 
Uerîa de Artigas hasta las inmediaciones de Miguele- 
te, el General Alvear, con otra del ejército, la deshizo- 
y acuchillô, derrotândola completamente en las Pie- 
dras, y obligando â su Jefe Otorgues â huir sin haber 
podido conseguir su objeto. 

Después de este suceso, Artigas, disidente hasta 
entonces, reconociô al Gobierno directorial por un 
tratado celebrado solemnemente. La toma de Monte- 
video produjo igualmente la rendiciôn de la escuadri- 
lia espaftola al mando de D. Jacinto Romarate, que ami 
hacîa flamear el pabellôn espailol en el Uruguay, asi 
como la sumisiôn del establecimiento de la costa de 
Patagones; concluyendo de este modo la guerra de la 
Independencia en la parte oriental de la Repûblica. 

El General Alvear, habiendo hecho dimisiôn del 
mando y sido reemplazado, volviô à la capital, en la 
cual fué recibido en medio de las aclamaciones del 
pueblo y del ejército. Este General ténia entonces 
veinticinco afios; fué hecho Brigadier por el Gobierno 
y declarado, con el ejército, benemérito de la Patria en 
grado heroico por la Asamblea General Constituyente^ 
la cual decretô igualmente una medalla de honor â 
todo el ejército. 

La Municipalidad patriôtica de Montevideo, en uno 
de sus acuerdos, declarô concéder al General Alvear 
un asiento de honor en su seno durante su vida; pero 
lo que hace aûn mâs honor al General vencedor, fué 



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— 343 — 

la generosidad y humanidad con que tratô â los espa- 
ûoles y orientales disidentes; ni un solo vecino fué 
preso, incomunicado ni expatriado, y recibieron una 
magnânima protecciôn todos. 

El General Alvear se hallaba sin destino cuando 
Artigas, viendo que el Gobierno de la Repùblica en- 
tonces habia destinado mucha fuerza â reforzar el ejér- 
cito del Perû, empezô â entablar el plan de una nueva 
sublevaciôn, faltando de este modo â los compromisos 
que habia jurado observar. Las comunicaciones origi- 
nales de este plan, habiendo venido â dar â manos del 
Gobierno, y unidos â actos de inobediencia hechos por 
Artigas, decidieron al Director, de acuerdo con su 
Consejo de Estado, â encargar de nuevo el mando del 
ejército de la banda oriental al Sr. Alvear. 

Este General batiô las tropas de Artigas en todas 
direcciones: en Mercedes, en el Yi, las Minas y en el 
Alférez, obligândole â retirarse â los potreros de Are- 
rungûa: y â su segundo Otorgues à tomar un asilo en 
el territorio brasilefio; quedando de este modo desocu- 
pado por las tropas de Artigas todo el territorio po- 
blado de la banda oriental. 

Très meses se emplearon en esta campafia, que fué 
sumamente penosa, tanto por la celeridad de sus mar- 
chas é inmensas distancias que se anduvieron, como 
por la habilidad vaqueana, agilidad y bravura del ene- 
migo contra el cual se combatia, muy particularmente 
para esta especie de guerra, unida â la protecciôn que 
hallaba en su propio pais; pero todo se rindiô â un 
genio de actividad superior. 

El General Alvear fué Uamado â tomar el mando 
del ejército del Perû, para cuya expediciôn se habîan 
hecho inmensos preparativos; los cuales, unidos â la 
excelente calidad de la tropa y al feliz prestigio del 
jefe, y atendido â las circunstancias felices en que se 
hallaba el Perû por la sublevaciôn del Cuzco, hicieron 
concebir las esperanzas mâs halagûeilas; pero, desgra- 



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à 



— 344 — 

ciadamente, este nombramiento no tuvo efecto por los 
sucesos desagradables que ocurrieron en el ejército. 

El 9 de Enero de 1815, el General Alvear fué nom- 
brado Director supremo por la Asamblea General Cons- 
tituyente; en este tîempo el ejército fué aumentado de 
un modo muy considérable. Kl 15 de Abrildel mismo 
afto dejô el mando de résultas de una conmpciôn po- 
pular, prefiriendo expatriarse voluntariamente antes 
que sostener su autoridad envolviendo al Pais en 
guerra civil en circunstancias que se temia fuese ata- 
cado por una fuerte expediciôn que se preparaba en 
la Peninsula (i). 

Alvear partiô para el Rio Janeiro, en donde hallô 
una benignay distinguida acogidaporel Rey D.Juan VI. 
El General Vigodet, que habia sido su prisionero (al 
cual habia concedido su libertad generosamente por 
haber sido su conocido y companero de armas en la 
guerra de la Peninsula), habiendo Uegado por este 
tiempo al Rio Janeiro â conducir â la Reina de Espa- 
ça (2), hizo fuertes gestiones para que le fuera entrega- 
da la persona del General Alvear; mas el Monarca por- 
tugués fué fiel â su palabra y observador de las leyes de 
la hospitalidad; algûn tiempo después fué invitado por 
los agentes de Espafia â tomar parte en una expedi- 
ciôn que se proyectaba sobre Montevideo; se negô à 
ello, y. diô cuenta al agente argentino, résidente en- 
tonces en aquella corte, como hemos visto en una ex- 
posiciôn publicada por el General Alvear desde Mon- 



(ï) «Sus mismas prendas, dice el eminente historiador argen- 
tino Vicente Lôpez, lo soberbio de su genio, sus triunfos, la arro- 
gancia aristocrâtica de su presencia, la hermosura varonil de su 
rostro, la conlianza en si mismo, y acaso la poca prudencia, propia 
de sus pocos anos, le suscitaron taies enemigos que hollaron toda 
justicia y gratitud por sus servicios y los recuerdos del pasado. * 

(2) Era Dofia Isabel de Braganza, la que, con su hermana Doila 
Francisca de Asis, vinieron â ser esposas del Re}- D. Feman 
do VII y de su hermano el Infante D. Carlos. 



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— 345 — 

tevideo el i8 de Mayo de 1819 en defensa de los ata- 
ques que se le hacîan por sus enemigos. 

La destrucciôn del Gobiemo directorial en el afto 1 820 
y los tratados del Pilar le hicieron volver â su Pafs. En 
él continuo movimiento èb que se hallaban los parti- 
dos, los cambios de gobernantes eran como una conse- 
cuencia indispensable de su mismo nombramiento. 

El General Alvear, perseguido por los unos y ale- 
jado por los otros, corriô una série de vicisitudes en 
que su existencia se viô en peligro mâs de una vez (i). 

Con esta instabilidad de cosas dirigiô el movimien- 
to de 20 de Marzo del mismo afio con el objeto exclu- 
sivo de deponer la Autoridad militar, respetando al Go- 
bierno de la provincia. Habiendo tenido mal resul- 
tado este movimiento, fué proscripto y puesto fuera de 
la ley tumultuosamente, con todos los Jefes, Oficiales y 
tropas que le seguîan. 

Alvear se retirô â Santa Fe; los cambios de Gobier- 
no se sucedian en Buenos Aires en este aflo funesto, y 
el General Alvear, acompanado del Gobernador Lôpez, 
de Santa Fe, entrô en esta provincia, dieron la batalla 



(I) Era^sereno como su padre, y esto le salvô muchas veces; 
en una ocasiôn, huyendo à ufia de caballo de sus enemigos por 
bosques y senderos desusados, entrada la noche y rendido, al- 
bergôse en un mal ventorrillo, aprovechando para descansar la 
ûnîca cama que en él habia; â poco despertâronle voces que, ame- 
nazando, interrogaban al ventero por él, dando sus seôas é in- 
sistiendo en entrar. Al momento conociô que eran gente pagada 
para asesinarle. Le/antôse, abriô la puerta, y les gritô alegre y 
animoso: entren ustedes; no hay otro cuarto ni màs cama que 
esta, y todos dormiremos juntos. Y volviéndose â la cama, insis- 
tiô de nuevc en que con él se acostaran; cediô uno de ellos, y se 
echô â su lado, y â poco el General se durmiô profundamente. 
Cuando à la maôana despertô, los dos hombres habian desapare- 
cido, confesando al ventero que tanta grandeza de aima los habfa 
completamente desarmado; no podian matar â un hombre que les 
daba para dormir la mitad de su cama. Esta anécdota tan singu- 
lar y caracteristica se la oîmos â su hijo Emilio cuando vino â 
Madrid â conocernos de orden de su padre. — (S. de A.] 



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— 346 — 

de la Cailada de la Cruz, que ganaron, y vinieron so- 
bre los suburbios de Buenos Aires. El ejército fédéral 
se retiré poco después, y él se fué â Montevideo. 

La ley de olvido de 1822 le hizo volver â su Pais, 
asî como â otros muchos ilustres americanos que se 
hallaban separados por causa politica; fué comprendi- 
do en la ley de reforma militar y quedô en la vida pri- 
vada. 

Fué llamado por elGobierno el 19 deMarzode 1823^ 
en la noche, paradefenderla Autoridad,atacadatumul- 
tuosamente; y quedando esta victoriosa, dijo en la or- 
den del dîa que el General Alvear habia servido en 
defensa de la causa del Gobiemo con su persona y 
consejo. 

El 3 de Septiembre de 1823 fué nombrado Ministro 
plenipotenciario cerca del Gobierno de Norte America 
para manifestar los agradecimientos de la Repùblica al 
Gabinete de Washington por el reconocimiento de 
nuestra independencia, con cargo de desempeftar va- 
rias Comisiones de importancia cerca del Gabinete in- 
glés. Fué recibido en la capital de Norte America en la 
época en que se hallaba alli el ilustre General Lafayet- 
te, con el cual entablô relaciones intimas. 

El 22 de Septiembre de 1824 fué nombrado Mînis- 
tro plenipotenciario para la Repùblica de Colombia; 
ignoramos los motivos por que no fué desempefiada 
esta Comisiôn; pero â su regreso del Norte fué nom- 
brado en 17 de Mayo de 1826 Ministro plenipotencia- 
rio y enviado extraordinario cerca del libertador Bo- 
livar y Asamblea del Alto Perù para Uevar la declara- 
ciôn del Congreso por la cual se dejaba â las provincias 
del Alto Perù la libertad de poder disponer de su suer- 
te, asi como para felicitar al Présidente Bolivar y su 
ejército, por sus triunfos. Entonces obtuvo del Gobier- 
no del Alto Perù la devoluciôn de la provincia de Ta- 
rifa y la igualdad de derechos de Bolivia para el co- 
mercio argentino. 



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— 347 — 

El General Alvear fué muy particularmente âpre- 
ciado y distinguido por el libertador Bolivar y el Gran 
Mariscal de Ayacucho, General Sucre (i). 

En las elecciones que se hicieron en virtud de la 
ley de 29 de Noviembre de 1825 para duplicar los Di- 
putados del Congreso, fue elegido como tal por la pro- 
vincia de Buenos Aires, hallândose aùn ausente. 

El 8 de Febrero de 1826 fué nombrado Ministro de 
Guerra y Marina por el Présidente de la Repûblica, de 
cuyo cargo no se recibiô hasta el mes de Mayo del 
mismo aflo por hallarse aùn en marcha para la capital. 
Sus trabajos en este Ministerio y en la época fueron de 
una grande utilidad. 

El 14 de Agosto fué nombrado General en jefe del 
ejército republicano de la banda oriental, con las fa- 
cultades de Capitân General, cuyos regimientos en su 
mayor parte fueron formados durante su Ministerio. La 
situaciôn de la provincia Oriental era bien critica; pero 
el 30 de Septiembre pacificô las desavenencias que ha- 
bfan principiado la guerra civil entre el ejército y las 
tropas orientales, lo que hubiese causado la ruina de 
aquel pais, después de haber organizado y preparado 
el ejército con una rapidez casi increible. 

El 28 de Diciembre, el General Alvear abriô la cam- 
pafia sobre el Brasil. El pabellôn de la Repûblica fla- 
meô por la primera vez en el territorio del Imperio; la 



(l) Habiendo entrado Bolivar después en la ciudad de la Pla- 
ta, teniendo â su lado al General Alvear, al recibir las medallas 
I conmemorativas de sus triunfos se volviô â los Générales Sucre, 

I Santa Cruz y ptros que le rodeaban, y tomando una de aquéllas 

dijo: «Al Greneral Alvear corresponde esta medalla, que sin la re- 
voluciôn de 18 15 él habria libertado â Colombia, y quizâ ni San 
Martin ni yo hubiéramos llegado à figurar en primera linea en las 
guerras de la Independencia.» Y luego, refiriendo este episodio 
i, une de los suyos, el General Alvear le decia con su génial y 
noble firanqueza: cCuando Bolivar me hizo el honor de decir es- 
te, yo en silencio estaba pensando lo mismo.» 



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— 348 — 

campafia fué glorîosa, y triunfô en Bacaray, el Ombù, 
la Camacûa y el Yerbal, y màs completamente en la 
batalla de Ituzaingô el 20 de Febrero de 1827, en don- 
de 4.000 soldados de linea, de los que muchos no pa- 
saban de cien dîas de instrucciôn, unidos con i.ooopa- 
triotas milicianos orientales, destruyeron un ejército 
de 10.000 impériales, compuesto de regimientos anti- 
guos y en el centre de su mismo Pais. El enemigo per- 
diô depôsitos inmensos, y las provincias Oriental, Co- 
rrientes, Entrerrios y Misiones, se hicieron de una ri- 
queza inmensa en ganado. Estes gleriesos sucesos 
tuvieren una gran parte en el resultado de la paz. 

El Cengrese gênerai y el Gobierne cencedieron, 
tante al General cemo al ejércite, escudos y cerdenes 
de honor conclu ida la campafla y hallândese el ejérci- 
te en cuartel de invierno. 

El General Alvear dejô el mande del ejércite el 23 
de Julie de 1827 y se retiré â la vida privada. Père des- 
pués tuve que sestener un juicie de imprenta contra 
una calumnia inneble publicada contra su persona, del 
cual saliô victeriese; père ne encontre las récompen- 
sas que sus triunfos merecian per haber habido etro 
cambie de Gobierne que ne le era favorable (i). 

Ne encabezô ni tuve parte alguna en el mevimien- 
te de i.^ de Diciembre de 1828, que ejecutô la prime- 
ra division del ejércite de regrese â esta capital, cemo 
equivocadamente asegurô el sefler Gebernador Dorre- 
ge en la circular que pasô â las provincias con ocasiôn 
de este sucese. 

(I) Por este tiempo escribiô â su padre que su salud se habia 
resentido bastante por los trabajos de esta campafici del Brasil, y 
de las grandes humedades é intempéries â que habia estado ex- 
puesto por muchos meses en campamentos improvisados y sin 
ninguna comodidad, y que empezaba â adolecer de ataques de 
asma. Y ademàs decia que se sentia fatigado de la vida politica 
con tantos contratiempos, injusticias é ingratitudes que se reco- 
gen en premio de los servicios que prestara, y que pensaba vi- 
vir ya retirado. — (S. de A.) 



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— 349 — 

El 4 de Mayo de 1829 fué nombrado Ministro de 
Guerra y Marina, cargo que desempefiô hasta el 3 de 
Julio del mismo ano, en que hizo renuncia y se retiro 
â la vida privada. 

En 1832 fué investido con el carâcter de Enviado 
extraordinario cerca del Gobierno de los Estados Uni- 
dos; pero no Uegô â ir, y très afîos mas tarde fué sus- 
titufdo; pero en 1838 Rosas el dictador, que por tan- 
tos aftos se impuso en Buenos Aires â todos los parti- 
dos, para alejarlo de la Repùblica, pero sin dejar de 
honrar sus gloriosos antécédentes, pues aunque le te- 
miera le respetaba mucho (respeto que, â pesar de su 
ausencia, mostrô siempre â la esposa dignisima y â sus 
hijos igualmente), le nombrô de nuevo Ministro cerca 
del raisrao Gobierno, cuyo destino desempeflô por el 
largo espacio de catorce aflos, Uegando â ser por mu- 
cho tiempo decano del Cuerpo Diplomâtico, y mere- 
ciendo gozar de la mayor estimaciôn y de la mâs alta 
consideraciôn del pueblo y del Gobierno de aquella 
Naciôn, de los que recibiô los mâs expresivos testimo- 
nios siempre hasta su muerte, acaecida el 2 de Noviem- 
bre de 1852, â los sesentay très aftos de su edad, nom- 
brado ya por el Gobierno que derrocara â Rosas con 
el mismo cargo de Ministro plenipotenciario cerca de 
los de Inglaterray Francia, adonde, con deseo grande 
de verle y conocerle por fin, le esperaban ansiosos sus 
hermanos de Espafta; quedando tristemente frustradas 
sus esperanzas, pues la misma nave que habia de traer- 
le trajo la noticia de su muerte. 

Don Carlos de Alvear se habia casado en Câdiz â 
la temprana edad de diecinueve aftos, el de 1809, con 
una joven de peregrina belleza y distinguida clase, Do- 
ôa Carmen Quintanilla; dando por cierto antes prue- 
bas del extraordinario valor que siempre le seftalô 3' 
que por nada se arredraba; atravesaba â menudo, à ca- 
rrera tendida de su caballo, las dobles lineas de los sol- 
dados franceses que sitiaban la isla gaditana, desafian* 



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— 350 ^ 

do impâvido los tiros de sus fusiles en el arrebato ar- 
doroso que le animaba por ver â su amada, la que re- 
sidîa con su madré en un pueblo de las inmedia- 
ciones. 

Dejô el servicio de Espafia algùn tiempo después, 
con motivo de haber quedado postergado en una pro- 
mociôn que el Gobierno espafiol concediô en récom- 
pensa de los servicios prestados en la guerra contra los 
invasores. jÉl, que los habia hecho muy sefialados, no 
obtener ascenso! Se sintiô tan ofendido y desairado, 
que en el momento mismo desnudôse el uniforme, tirô 
la casaca, pidiô su licencia absoluta y dejô por comple- 
to el servicio militar. Entre aquéllos es de recordar la 
parte tan principal que le cupo en levantar el espiritu 
de muchos de sus compafteros los carabineros reaies, 
cuando en la Mancha, después de las matanzas del 2 de 
Mayo, rehusando obedecer la orden del Mariscal Mu- 
rat de ir â Madrid, tomô con aquéllos la vuelta hacia 
el Mediodia; y habiendo marchado ya gran trecho, él, 
como abanderado que era del Cuerpo, los hizo volver 
al cuartel â recoger el estandarte, pues sin él^ les dijo, 
nos tendrân por desertores; y ya entonces el resto del 
•escuadrôn se decidiô â seguirle con sus Oficiales, y se 
fueron â sostener el levantamiento, que se iba hacien- 
do gênerai en la Naciôn. 

Ya de paisano, desligado de todo compromiso y 
con obligaciones de familia, decidiô volver â su Pais 
nativo, adonde debia recoger cuantiosos intereses que 
su padre tenfa, y de los que le hacia donaciôn, juntà- 
mente con la herencia de su madré y abuelos, de no 
menor importancia. 

En Inglaterra se uniô con San Martin y otros ame- 
ricanos, y con grandîsimo entusiasmo acogieron todos 
la idea de que habîa sonado la hora de la emancipaciôn 
de las colonias espanolas (como aftos antes habia sona- 
do para las inglesas) , segùn las noticias que allî se re- 
cibian y propalaban. 



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— 351 — 

Embarcâronse, pueè, para Buenos Aires, costeando 
D, Carlos, que era el mâs rico â la par que generosisi- 
mo, los gastos y el viaje de los que no tenian para su- 
fragarlos; que acaso alguno de éstos fué luego tan re- 
nombrado é înfluyente como él en el nuevo estado de 
cosas de aquellos paîses. 

De su matrimonio tuvo D. Carlos muchos hijos, y 
â su vez por éstos una numerosa descendencia, que 
con brillo y honra conservan en Buenos Aires la me- 
moria y el apellido de Alvéar^ que aquel General y su 
padre, el Brigadier de la Armada espafiola D. Diego, 
no menps ilustraron con sus altos hechos, eminentes 
servicios y utilisimos trabajos en pro de las hermosas 
regiones del Rio de la Plata. 

Entre sus hijos, D. Emilio, D. Diego y D. Torcua- 
to han tenido ocasiôn de distinguirse mâs, especial- 
mente en altos puestos del Gobierno y diplomâticos, 
en el Parlamento y en la Intendencia municipal de la 
capital, por las notables cualidades de talento, energia 
é intachable integridad que en su desempefto han mos- 
trado; mereciendo siempre la alta estimaciôn de sus 
conciudadanos. 

Sabina de Alvear. 




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XXVI 



CENTENARIO DEL GENERAL DON CARLOS DE ALVEAR 




La hora de la justicia Ilega 
siempre para lo» buenos servl- 
dores de la Patria. 



L Gobiemo Nacional, rindiendo â la 
memoria del General D. Carlos de 
Alvear el culte que exigîa el patrio- 
tisme, ha dispueste se le tributea 
grandes honores el 4 de Noviembre 
prôximo con motive del centenario 
del héroe. 

El décrète dictade ayer en acuerde gênerai de Mi- 
nistres, que publicaraes en seguida,honra al Gobiemo, 
que sabe apreciar les mérites de nuestros prôceres y 
prevocarâ por parte del pueblo un saludable raovi- 
mien te de patriotisme. 
He aqui el décrète: 

<i Buenos Atres.=Octuhre 30 de i889.=Consideraii- 
de que el General D. Carlos Alvear fué Présidente de 
la primera Asamblea General Constituyente de las 
provincias unidas del Rie de la Plata, elegida directa- 



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— 363 — 

mente por el pueblo, con el propôsito de procéder 
con entera libertad é independencia â fîjar sus destines^ 
en el gràn teatro de las Naciones; 

»Que en ella, y â su iniciativa, se declarô la libertad 
de todo el que pisase el territorio nacional; 

»Que en la misma se declarô la inviolabilidad de los 
Représentantes del pueblo; se aboliô la mixta y la ser- 
vidumbre de los indios; se creô el escudo, la bandera 
y el Himno nacional; se aboliô la nobleza y se^mandô 
quemar por mano del verdugo los instrumentos de tor- 
tura; 

»Que al benemérito en grado lieroico General Al- 
vear le cupo la gloria de rendir la plaza de Montevi- 
deo, tomando mâs de cinco mil prisioneros, destruyen- 
do la escuadra enemiga y apoderândose de mâs de 
quinientos cafiones, que con otro material de guerra 
sirvieron para defensa nacional en aquella época mé- 
morable; 

»Que, nombrado mâs tarde General en jefe del Ejér- 
cito republicano en el Estado Oriental, diô nuevos 
dlas de gloria â la Patria, revelando su genio y pericia 
roilitar; 

»Que éstos y otros grandes hechos del General Al- 
vear bastan para colocarlo entre los prôceres de nues- 
tra independencia que mâs han merecido y merecen la 
gratitud de sus conciudadanos; 

>Y teniendo présente que el 4 de Noviembre prôxi- 
mo se cumplen cien aflos del nacimiento del ilustre pa- 
tricio, 

»E1 Présidente de la Repùblica, en acuerdo gênerai 
de Ministres, 

» DECRETA 

>Articulo i.*^ Declârase feriado el 4 de Noviembre 
prôximo en celebraciôn del centenario del General don 
Carlos de Alvear. 



23 

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— 354 -^ 

>Art. 2.^ La bandera nacional î^e izarâ en todos los 
edificios pùblicos y buques de la Armada, debiendo 
éstos empavesarse de gala. 

»Art. 3.° Se harân très salvas por la bateria de tie- 
rra y buques de la Armada al salir y ponerse el sol y 
à medio dia. 

»Art. 4.^ Las tropas de la guarniciôn formarân de 
gran parada en la plaza del cementerio del Norte, y 
presentarân las armas en el acto que una Comisiôn de 
Générales, que designarâ el Ministerio de la Guerra, 
deposite una corona en el sepulcro del héroe. 

»Art. 5.^ Los Ministerios respectivos invitarân a las 
reparticiones de su dependencia â concurrir al cemen- 
terio del Norte en el dia indicado. 

» Art. 6.*^ La Intendencia municipal invitarâ al pue- 
blo de la capital â asociarse â esta manifestaciôn de 
justo homenaje â la memoria del benemérito General 
D. Carlos de Alvear. 

»Art. y.*' El Ministerio de la Guerra mandarâ cons- 
truir una plaça de bronce, en la que se inscribirâ el 
présente acuerdo, y la que oportunamente sera colo- 
cada en el sepulcro del General Alvear. 

» Art. 8.^ Remîtase en copia el présente decreto, con 
la nota acordada, â la familia del ilustre muerto. 

5» Art. 9." Comuniquese, publique y dése <i la R. N . = 
Firmado. =Jîiàrez Celm4n,=: A^orberto Guirno Costa. 
— Estanislao S. Zeballos.= Wenceslao Paciteco. = Fili- 
mon Fosse, = Eduardo Racedo.>^ 

A consecuencia del anterior decreto, y para Uevar- 
' lo a debido efecto y.cumplimiento, he aqui, en lo que â 
ello se refiere, algunos de los muchos datos que publi- 
caron los periôdicos de Buenos Aires en aquellos dîas: 
«Centenano del General Alvear. — A la procesiôn cî- 
vica organizada ayer para conmemorar el centenario 
del nacimiento del Brigadier General D. Carlos Maria 
de Alvear asistiô una numerosa concurrencia, demos- 
tracion elocuente de que la opinion y el puéblôde Bue- 



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— 355 — 

nos Aires se han asociado a esta manifestaciôn en ho- 
nor de uno de los campeones de la independencia ar- 
gentina. 

?A continuaciôn resefiamos los principales acciden- 
es de la solemnîdad de ayer, cuya alta sîgnifîcaciôn, 
que équivale â una verdadera consagraciôn histôrica, 
demuestra que el pueblo de Buenos Aires sabe honrar 
;'i la Patria en la persona de sus hombres ilustres. 

>La columna popular, precedida de los Cuerpos mi- 
litares, recorriô la avenida Alvear, desde la plaza de 
San Martin, donde se organizô, hasta el cementerio 
del Norte, donde descansan los restos del vencedor de 
Montevideo é Ituzaingô. 

^La calle larga de la Recoleta y avenida Alvear ha- 
bian sido embanderadas por los vecinos , y en las ca- 
sas de muchas otras calles se ostentaban también los 
colores nacionales. 

?>La procesiôn civica llegô al cementerio del Norte 
sin que ocurriese incidente digno de especial menciôn. 
AUî esperaban â la entrada su digno hijo el exinten- 
dente D. Torcuato y otros individuos de la familia, y 
dentro de él, y en la plaza, una numerosa concurrencia. 
-Las callejuelas de la Recoleta habianse entapizado 
dehinojo, y el mausoleo en que se hallan d(^positados 
los restos del General Alvear, orlado profusamente 
con flores. 

>Aldepositarse sobre la tumba del patricio las coro- 
nas que le dedicaba el reconocimiento popular, hicie- 
ron uso de la palabra el Sr. Ministro de la Guerra, Ge- 
neral D. Eduardo Racedo; el Intendente municipal, se- 
nor Francisco Siever; el General Emilio Mitre; el ins- 
pirado poeta Sr. Carlos Guido Spano y el General Btir- 
tolomé Mitre, pronunciando sendos discursos, ensal- 
zando con elocuentes frases los diferentes méritos y 
eminentes servicios del digno General, que se hacîan 
un deber de honrar, etc. 



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XXVII 



FE DE BAUTISMO DE D. CARLOS DE ALVEAR Y BALBASTRO^ 
GENERAL DE LA REPÙBLICA ARGENTINA 




NSERTAMOS copia de este documento ofi- 
cial, que con los iguales relatives â los 
demâs hermanos del General, todos 
certifîcados , trajo â Espafia su padre 
don Diego, y se conservan en el archi- 
vo de su casa en Montilla, por parecer- 
nos de sumo interés para la biografîa del dicho célè- 
bre General y estadista D. Carlos, y ser ûnico en su 
clase; pues el pueblo del Santo Angel, adonde naciô- 
y fué bautizado, ya no existe por haber sido compléta- 
mente destruîdo con otros de la provincia de Misio- 
nés, hàce aftos. — (S. de A.) 



—1789— 

Carlos Antonio Josef del 

Angel de la Gnarda. 



«Yo el Padre Fray Josef Ignacio Miîio^ 
del Real y Militar Orden de Nuestra Se- 
ôora de la Merced, etc. Compaôero de 
Cura de la Parroquia del Pueblo del Santo- 
Angel Custodio; haciendo veces de mi Cura propio, que estaba 
ausente, à pedimento de D. Diego de Alvear Capitàn de Fragata; 
primer Comandante de la segunda Partida de la Subdivision de 
Limites. Registre el libro de Baptismos de este sobredicho pue- 
blo y encontre la Partida siguiente, al folio setenta y cinco; y es 
del ténor siguiente. El quatro de Noviembre de Mil setecientos. 



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— 357 — 

ochenta y nueve. Yo Don Bernardo Fontales y Eyras, Capellan 
-de la Segunda Expedicion de Limites por S. M. C. Certifico: que 
en dicho dia Baptice soléninemente, y puse Oleo y Chrisma â un 
Niôo, que nacio en veinte y cinco de Octubre del mismo aîio, y 
se llamô Carlos Antonio Josef Gabino del Angel de la Guarda, 
Hijo legitimo de D. Diego de Alvear, Ponce de Léon y Escalera, 
-Comisario de esta Partida, Natural de la Ciudad de MontiUa, 
Obispado de Côrdoba, Re3mo de Andalucia y de Doiia Josefa 
Balbastro su muger de la Ciudad de Buenos Aires, Obispado del 
mismo nombre, (abuelos Paternos) Don Santiago de Alvear y 
Doiia Maria Escolâstica Ponce de Léon y Escalera (Matemos) 
Don Isydro Balbastro y Doua Bernarda Dâvila Fernandez de 
Agûero. Fueron sus Padrinos, Don Josef Varela y Ulloa, natural 
^e la Villa de Ponte vedra, Reyno de Galicia, y por poder, este fîr- 
mado por su propia mano, entervenido y Rubricado por el Minis- 
tro de la Primera Partida Don Josef Ortiz. Dado en el Pueblo de 
San Juan, â siete de Octubre de ochenta y nueve â D. Carlos 
Ruano poder-habiente, quien lo aceptô y firmô y sacô de Pila en 
nombre (del supraexcrito) Don Josef Varela, y fué Madrina Dofta 
Petrona Caballero Basan, natural de la Ciudad de Paraguay en la 
America. Advertîles el parentesco Espiritual que han contraido, 
con las demas obligaciones que encarga el Ritual Romano; asis- 
tieron présentes al acto del dicho Baptismo, Fray Josef Miiio, Te- 
niente de Cura de esta Iglesia abajo iîrmada: Don Juan Bautista 
Flores, Ministro de la Real Hacienda de dha Partida, y Don Ma- 
nuel Laye; y para que conste en todo tiempo, doy la présente que 
fîrmo en este pueblo del Santo Angel de la Guarda â quatro dias, 
aôo de mil setecientos ochenta y nueve del mes de Noviembre: 
Vale entre renglones «ut supra» Bernardo Fontanes y Eyras // 
Bernardo Fontanes. =Certifico: que concuerda esta Copia con el 
original, fiel y legalmente, y en lo necesario â él me refiero. Y 
tambien certifico, que esta rai certificacion, la doy en papel co- 
mun à falta del sellado.=En este pueblo del Santo Angel Custo- 
<iio en cinco dias del mes de Abril de l790.=Fray Josef Ignacio 
Miâo.=Certifico yo Don Bernardo Fontanes y Eyras, Capellan y 
"Vicario Castrense de la Segunda Demarcacion de Limites por 
-S. M. C: que la antécédente firma es del Padre Fray Josef Ignacio 
Mifio, quien hace veces de Cura, en ausencia del Propietario y 
por que me consta estar la sobre dicha fiel y legalmente sacada y 
r^istrada y concuerda el original que expresa, con el que queda 
en mi poder folio setenta y uno vuelta la oja, al que me remito: 
Y para que conste adonde aya lugar â Pedimento de Don Diego 
de Alvear, doy la présente por mi hecha y firmada con la que 
^costumbro en este Pueblo de Santo Angel Custodio en diez dias 



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— 358 — 

del mes de Abril del aôo de mil setecientos y no venta. Bernar- 
do Fontanes (R. folio 75).=Nos el Corregidor, Cavildo y Admi- 
nistrador de este Pueblo de la Real Corona, nombrado Santo An- 
gel de la Guarda. Certificamos en la forma que haga fé. Que el 
Padre Fray Josef Ignacio Mino, Religioso del Orden de Nuestra 
Madré de Mercedes, de quien parece firmada la Certificacion pri- 
mera, es Cura Teniente de la Iglesia de este pueblo; y como tâl 
administra los Santos Sacramentos â sus feligreses; y â todos sus 
Escritos y Certificados siempre se les ha dado y dâ entera fé y 
crédito en juicio y fuera de él. Como asimismo Certificamos: que 
el Presvitero Don Bernardo Fontanes, de quien parece el segundo 
certilicado, lo conocemos y tenemos por Capellan de la Segunda 
Partida Espafiola de Demarcacion de Limites con la Corona de 
Portugal cuio Comisario es el Capitan de Fragata de la Real Ar- 
mada Don Diego de Alvean que se halian actuâlmente en este 
nuestro Pueblo. Y es la iîrma que acostumbra hechar en los do- 
cumentos del exercicio de sus funciones con sus respectivos feli- 
greses, como tal Capellan Presbitero de dicha Partida. En cuio Mi- 
nisterio se ha dado y dâ entera fé y crédito â sus Certificados en 
juicio y fuera de él. Y para que asi conste donde convenga, â pe- 
dimento de dicho Seflor Comisario, damos la présente que firma- 
mos en este papel comun por no estar en uso el sellado, ni haver 
escribanos Pûblicos en esta Provincia de Misiones Guaranis: ni 
usar de sello este Ayuntamiento. En este dicho Pueblo de Sto. 
Angel â trece de Abril de mil setecientos no venta afios.=Miguel 
Guinave, Corregidor, Ignacio Pirongari, Alcalde i.^, Carlos Rua- 
no, Adminisrador. Por mi y los demàs de Cavildo que no saben 
firmar. Januario Guayepi, Secretario de Cavildo.=Es copia.» 




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DOCUiMENTAClUN Y APENDICES 

RELATIVÔS A LA HISTORIA DE DON DIEGO DE ALVEAR 
Y PONCE DE LEON 



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APENDICE NÛNl. 1 



Apellido de Alvear. 




^OZAN muy seôalada estimacidn eutre nues- 
tros genealogistas las familias que se de- 
ducen de la nobleza goda, y es una de las 
que tîenen tan calificada ascendencia la 
del apellido de Alvear, cuyos progenitores 
concurrieron el ano 718 en Covadonga, 
montaûa de Auseva sobre el valle de Canga, cerca del lugar 
de Riera (Asturias de Oviedo), d celebrar la elecciénde Rey 
Y senor natural en el seflor Infante D. Pelayo, hijo de don 
FaNdla, Duque de Cantabria y nieto de Flavio Cînda, siendo 
Rey de la misma naci<5n goda, movidos de que, habiendo en 
el afio 714 D. Rodrigo, su ûltimo R<?y, sido lastimosamente 
vencido por el Tarif Albucacîn (Ben-Zeid), CapitrCn gênerai 
de les arabes, se apoderaban sin rosistencia de los Reinos 
por la cortedad y debilitacidn en que aquella cruel y san- 
grienta batalla dej<5 sus fuerzas que les fué preciso reparar- 
ae entre las opéras montaûas, dividiéndose en dos partes: 
los unos îC las de los intrincados Pirineos, y los otros tC las 
de Buigos, Galicia y dichas Asturias; donde ésto?s, congre- 
gados para mayor disposîciôn de la defensa, aelaniaron al 



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— 362 — 

Seflor Rey D. Pelayo, y con tan digno y heroîco cmidillo no 
s<51o consiguieron ol op<5sito, sîno dieron felîces pasos en la 
dcseada recuperacitfn de nuestra afligida Espaôa; en los cua- 
les, y en las subsecuentes en servicio de los Sefiores Reyes 
de Astiuîas, Le6n y Castilla, f ueron de los muy finos los as- 
cendientes de la Casa de Alvear; y para afianzar en la pos- 
teridad sus notieias y raemorias fundaron la suya solariega^ 
como otros muchos caballerop, que con las que cdificaron 
vîncularon el conocimiento y subsesiôn de su nombre, en San 
Miguel de Aras, valle de Aras, punto de voto merindad de 
Estramiera, en dichas irontafias de Burgos, y al mismo tiem- 
po fundaron los caballeros de este apellido otra Casa sola- 
riega de igual estimacitfn en el lugar de Ogorrio, valle de 
Ruesga, en las mismas montanas, donde goza la propia au- 
toridad, prerrogativas y honores, y tiene primer asiento y 
lugar en su parroquial, parte del Evangelio; y aunque ambas 
tienon unas mismas insignias, es distinta la forma con que 
organizan su escudo, y no rigorosa la puntualidad de uno c<hi 
otro; y asf, oniiti(»ndo el de la Casa del valle de Ruesga por 
no tocar d este caso, referiremos el de la del de Aras, de 
quien se derivan los del apellido de Alvear, en la villa de 
Médina de Pomar. Observé por armas la Casa solari^a 
del apellido de Alvear, sita en San Miguel de ^\j^s, valle de 
Aras, merindad de Estramiera, montaôas de Burgos, un es- 
cudo en par, que es de alto d bajo, la parte derecha verde 
con ima torre de plata puesta sobre una puente, y la sinies- 
tra de oro con un itrbol verde y un lebrel natural atado al 
tronco; y también un castillo de piedra natural, con puente 
levadizo, mirando la puerta de la parte siniestra y una enci- 
ua verde con un lebrel blanco atado à ella con cadena, pues- 
tos los pies sobre la misma puente levadiza, y très flores de 
lis adules, las dos d los lados del castillo, y la tcrcera encima 
Jel homenaje, todo en campo de oro; pero ûltimamente haii 
ili\4dido estas mismas insignias en cuatro cuarteles, ponien- 
do en el primero (que es el alto de la parte derecha) la torre 
(le plata sobre un campo verde; en el segundo (que es el alto 
de la siniestra), la puente, también de plata, de très aroos. 



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— 363 — 

sobre rojo; en el tt»rcéi*c) (que es el bajo de la parte derecha)la 
encina verde con el lebrel natural delante del tronco,atado jf 
él, con cadena de su color, con campo de plata: y en el cuar- 
to y ûltimo (que es el bajo de la siniestra) la très flores de 
lis de oro, puestas en triilngulo y en campo rojo; y la pimta 
y extrenio inferior del escudo ha de ser un prado verde so- 
bre que vienen é. terminar los dos cuarteles bajos, en la for- 
ma que va todo iliuninado en el cuartel alto de la derecha 
ilel escudo, que estiC al principio de esta certificacidn, y como 
lo reiîeren Lope de Vadillo en su Noviliurio,io\\o 102 y 122. 
Alonso de Santa Cruz, Coronista del Seûor Rey D. Feli- 
pe II en el suyo folio 26 y 73; Diego de Urbina, Regidor 
de Madrid, Rey de Armas de los Seftores Reyes D. Feli- 
pe EL y rU; Gerardo Jacobo Conynque y Juan Francisco 
de Ita, que lo fueron del Rey D. Felipe IV, nuestro Seûor. 
En sus libros de blasones, que tenemos originales, tîtulo de 
Alvear, son muy repetidos los varones ilustres que de este 
apellido celebran nuestras historias, entre los de mds bien 
decorosa conseeuencîa, D. Matheo de Zerecedo y Alvear, 
Caballero de la Orden de Santiago, Oidor de Valladolid^ 
Can<>nigo de la Santa Iglesia de aquella cîudad y Visitador 
de los Consejos de Mil^; D. Juan de Zerecedo y ^Uveai-, 
su hermano, colegial del Mayor del Arzobîspo en la Univer- 
sidad de Salamanca y Alcalde de Hijosdalgo de Valladolid 
de quien tratan el cronista Gil Gonz^ez de Avila en la 
primera parte de su Teatro ecle^idstico, en el de la Santa 
Iglesia de Valladolid, pàg. 666; y entre los varones insignes 
Bemabé Moreno de Vargas en su Historia de la ciudad de 
Mériday libro V, capftulo XIV, sin otras muchas de que 
nuestras historias dan larganoticia,afian«^ndobien los méri- 
tes y estimaciôn de la Casa y apellido de Alvear. D. (Jaspar 
de .Vlvear, Gobemadory Capitàn gênerai del Reino de Mexi- 
co, del Hàbito de Santiago, dicelo Jerônimo de la Quintana 
en su libro De la antiguedad, noblexa ygrandexa de Madrid ^ 
folio 152 B, capftulo XXXVTII, libro n.^=Es copia. 



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APENDICE NUM. 2 



Nombramiento de primer Comisario de la segun- 
da division de la demarcaciôn de limites entre 
los dominios de Espafia y Portugal, por el se&or 
Virrey de Buenos Aires (1). 



ON Juan José de Vértiz y Salcedo, Co- 
mendador de Puertollano en la Or- 
den de Calatrava, Teniente General 
de los Reaies Ejércitos, Virrey, Go- 
bemador y Capîtôn gênerai de las 
provincias del Rio de la Plata, Bue- 
nos Aires, Paraguay, Tucumàn, Potosf, Santa Cruz de la 
Sierra, Moxos, Cuyo y Charcas, con todos los corregimientos, 
pueblos y terri torios à que se extiende su jurisdicci6n, de 
las Islas Malvinas y Superior Présidente de la Real Au- 
diencia de la Plata, etc. 

Por cuanto, en virtud de las facultades que me tiene 




(1) Este nuevo nombramiento individual lo extendi6 el Vi- 
rrey para terminar la cuestiôn que el Coronel Roscio habia 
promovido sobre los poderes del Comisario. Los anteriores de 
los anos 1877 y 83 liabian sido colectivos de todos los Comisa- 
rios, y transmitidos por el Ministerio de Marina, de oficio, al 
Virrely. 



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— 365 — 

S. M. conf eridas, é impuesto de la idoneidad y dem^B nece- 
sarias circunstancias del Teniente de navfo D. Diego de 
Alvear, le he elegido para primer Comisario de la segimda 
subdivision de la primera partida^ destinada por paiic de 
Espafia, para la demarcacidn de sus limites en estos do- 
minios. 

Por tanto le nombro por primer Comisario de dîcha 
subdivision; con declaracidn, en su falta, recaiga este cargo 
y funciones éi él anejas en el ingeniero D. Joseph Cabrer, y 
por la de ambos en el Alférez de Dragones D. Tomrfs Or- 
tega. En cuya virtud procédera à practicar la referida de- 
marcacidn desde las cabeceras del rlo de San ^Vntonio hasta 
el Salto Grande del Parantf con arreglo al tratado prelimi- 
nar de limites de 1.** de Octubre de 1777, y à las dem^ 
reaies disposiciones de la materia; transladàndose al efecto al 
pueblo del Corpus con el Comisario nombrado para esta 
misma parte de demarcacidn por la de S. M. F., con el cual 
acordar^ y ejecutarà todo cuanto conduzca éi ella, conforme 
al tratado y deméia reaies disposiciones ref eridas. A cuyo fin 
hice expedir este despacho firmado de mi mano^ sellado con 
el sello de mis armas y refrendado del Secretario de este 
Virreinato, por S. M. en Buenos Aires à 4 de Marzo 
de 1784.=Jimn Joseph de Vértix.='PoT mandato de S. E.,. 
Tomds Femdndex de Parede8,==E& copia. 




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APRN13ICE NUM. 3 



Observaciones fisicas y de Historia natural sobre 
los très reinos animal, végétal y minerai, por 
D. Diego de Alvear. 



REIXO ANIMAL 

TIGRE, TIRIAS, F^.LIZ, YAGUARETK 




\ UADRrPEDO coiiocido de todo el nnindo 
y el nids voraz de todos los animale^ 
caraîvoros; los de esta America, segûn e^ 
sentimiento coinûn, parece que son al- 
gûn taato meaores que los de Africa y 
Asia, auaque los hay mayores que los 
dogos de primera raza. Difieren tambiéu en la disposiciôn 
de las manchas de la piel, que no estjîn en bandas circula- 
res al cueri>o, sino en listas 6 fajas longitudinales de la ca- 
beza î{ la cola, y tal vez sembradas desordenadamente; en 
todo lo demîîs son conformes; cuerpo largo y delgado, muy 
doble y corto de manos y pies, cabeza grande y achatada 
<3omo el gato, ojos donnidos y centelleantes en la obscuri- 
dad: presa tremenda de doce dientes incisivos, cuatro cani- 
nos y diez molares, con dos apéndices; lengua ^pera, color 
de sangre, sierapre fuera de la boca; garra no menos formi- 



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— 367 — 

dable de cinco ufias curvas, cuatro en los pies, qiu» abre y 
esconde con gran facilidad, cola tendida y larga. 

La sagacidad y camicerîa se reiinen en el tigi'e en gra- 
de eminente; no hay animal chico ni grande, ave ni peseado, 
Y hasta el hombre mismo, que no sea alguna vez vîctinia de 
au astucia y voracidad. Tiene grande agilidad en el salto, 
velocidad en la carrera d corta distancia, y pemianece por 
lo regular escondido, halag^ndose blandamente con la cola, 
hasta lograr su tiro sobre cualquier viNdente que inudverti- 
damente pase d su alcance, pues sin distincidn alguna tiene 
la guerra declarada â todos. De un salto monta nobre el ea- 
ballo, res vacima 6 cualquier otra bestia, se asegura firme- 
mente con su garra sobre el lomo: el caballo sale precipita- 
do à la disparada, y aunque salte, trepe los m^s altos pefias- 
cos, se arroje por zanjas 6 precipicios, se revuelque sobre la 
tierra 6 ref riegue contra los àrboles, nada basta pai'a desasir- 
se de tan tenaz enemigo; en medio de aquella contienda y 
carrera atropellada avanza una de sus robustas manos, coge 
al caballo por la cabeza, y tirando hacia sf con ima violen- 
cia inaudita, le troncha el pescuezo y cae el infeliz bajo sus 
garras sin recurso alguno. 

Todos estes patses estiCn llonos de este fiero animal; ha- 
bita por lo comûn en las mariegas, pajonales, bosques, y cou 
prefencia en las riberas de los arroyos, rîos y lagunas po- 
bladas de toscos àrboles, en cuyo paraje no se puede entrar 
sin un sumo peligro; de noehe sale d cazar, y se conduce su- 
tilmente adonde le gufa su gran instinto; en las tempestuo- 
sas, largas y obscuras, se aventura mucho m^; camina îC ve- 
ces la distancia de cinco 6 seis- léguas, se acerca d las pose- 
siones y estancias tras de los perros 6 ganado doméstico, y 
aun entra en las villas 6 pueblos sin respetar la pn^seneia ni 
las annas del hombre. 

En nuestro tiempo se han muerto dos muy grandes (pie 
treparon el recinto de Montevideo en distintas ocasiones, y 
fueron d parar d la casa misma del Gobernador actual, don 
Joaquîn del Pino. El uno de ellos entré en las sàlaî^ de la 
casa d eso de las nueve de la noche; respet<5 la de lu tcrtu- 



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— 368 — 

lia por las muchas luces y gente, y se pasd à un cuarto obs- 
euro, debajo de una cama donde dormian los niôos y un ama 
de lèche, que salid despavorida, avisando la venida de aquel 
extraôo huésped; al alboroto se puso la guardia sobre las 
armas, y entrando con luz é reconocer el cuarto, los espantd 
à todos con un fuerte bramîdo, y salid de estampfa hacia el 
patio. En la puerta de este estaban ya algunos soldados, que 
lo recibieron d bayoneta calada; pero el tigre, en medio de 
aquella confusion de voces y enemigos que le rodeaban, no 
perdid punto de su osadia y astucia; antes de Uegar d he- 
rirle con las bayonetas, sent<5se sobre sus ancas, enipez<5 â 
repartir zarpazos en los fusiles, que no pudiendo sostener 
los soldados saltaban de un lado d otro, y se abri<5 camino 
con la mayor bizarrla, dispersando y rcvolcando en el suelo 
d sus contrarios sin dano notable suyo. La puerta del fuerte 
estaba ya cerrada; y no encontrando salida ni la menor opo- 
siciôn, di(5 una vuolta por el patio y volvi(5 d ganar su cuar- 
to antiguo, cuyo rumbo tonf a ya conocido; habîan ya retirado 
los ninos de la cama, y no faltd quien cerrara la puerta del 
aposento, y después, por un agujero que se abri<5 en el teja- 
do, pag6 d balazos la fiera la profanacidn de la casa. 

El otro entr6 también por la ciudad hasta los umbrales 
de la misma casa; pero, habiendo sido sentido por la guar- 
dia, fué perseguido con acierto y murié antes que pudiera 
hacer daôo. Otro entr<5 también por aquel tiempo en uno de 
los barrios de Buenos Aires, y en los ranchos, chàcaras y es- 
tancias nada hay mds comûn. Ningûn paraje en estos cam- 
pos ofrece seguro asilo contra tan sangriento como ratero 
animal; cuando esta hambriento y no encuentra como saciar 
ol hambre, se va d los rf os por ûltimo recurso, mete las ma- 
nos en el agua, arroja un poco de babaza para que acuda el 
pescado, y cuando logra tener algunos en proporcidn da un 
manotazo y los echa fuera con mucha destreza, y se los va 
engullendo. 

No acomete jam^ cara d cara, ni menos en descampado, 
que entonces huye cobardemente hasta de un perro. En es- 
tas campafias, un hombre solo ^ caballo con su laso y oon 



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^ 369 — 

un par de perros amaestrados, lo persigue; el tigre se pone 
en defensa respaldiindose sobre el tronco de un ^rbol 6 de 
un peûaseo, y haee violentas salidas, acometiendo â los pe- 
n*08, que, saltando y ladrando alrededor, procuran divertirlo 
e\âtando con su extraordinaria ligereza sus ataques; en iino 
(le éstos, el jinete *i galope le tira el lazo, las mrts veees por 
la cabeza, y nietiendo las espuelas al eaballo, lo airastra has- 
ta que muere ahoreado, y asî triuufa del mayor eneniigo de 
este pais. 

Los indios le dan div^ersos nombres: yagtvarete es el m^ 
comûn; xoffuanarô, yaguapur, yaguapini son màs raros, 
y sus diferencias no son mits que modificaciones de su fie- 
reza y voracidad. 

En la provincia de TucumiCn y Santafé se venden los 
<'ueros à eentenares, y suelen embarcarlos para Europa. 



REPTILES 

VIBORA, SERPIENTE, QUIRINO (Linneo). 

Reptil venenoso^ que pertenece al cuarto orden de ser- 
pientes de Linneo (œliiber), su caràcter genérico: escamas 
circulares que abrazan el abdomen, y otras la parte inferior 
de la cola. La vibora, asl como la culebra, tiene 250 de las 
primeras y 35 de las segundas; pero se diferencia en ser vi- 
Wpara, y la culebra ovlpara; y, f uera de esto, tiene también 
otros caractères distintivos que sera bueno conserv^ar en la 
idea para evitar, cuando sea dable, las fatales consecuencias 
de 8u picada, seguida las màs veces de la muei-te. 

La cabeza de la vibora es chata, grande, huesuda, esea- 
mosa, poco màs ancha que su cuello, y disminuye progresi- 
vamente para fonnar el hocico, no muy agudo y de un bor- 
de retirado hacia arriba; boca grande con dos dientes caninos 
formidables: fuertes, ciuros, largos, hendidos, temiinando 
cada ono en dos puntas sutilisimas, colocados en la quijada 
superior y envueltos en una membrana delgada; tiene ade- 

24 



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— 370 — 

màs dos como sierras meuuditas, de ocho à diez pequeûoH 
dientes recurvados y agudos, y otra,s dos abajo. El cuerpt» 
grueso, m^ls de lo que corresponde d su largo, cubierto de 
pequeûas e^camas duras, colocadas simétricamente y de va- 
nos colores: la cola corta, como también escainosa, de très à 
cuatro dedos, y acaba de repente en punta. 

La culebra es mucho mîCs delgada y larga, cou jnejor 
proporci<5n, y su cola disminuye poco îC poco hasta termi- 
nar en punta; la cabeza, mds redonda y lai-ga, de hocico 
màs agudo; tiene cuatro quijadas 6 encîas superiores, y dos 
inferiores; en estas y en las extemas de arriba tiene en 
cada una 13 dientes, y 20 en cada una de las internas; de 
modo que se le pueden contar liasta 92, todos nienuditos, 
curvos, huecos y muy sutiles, y no tiene caniiios. 

r'uera de estos caractères, se distingue la v^bora de las 
culcbras (dice Lemorj-) por ciei*ta conexi<5n de las verte- 
bras de su espina que le impide saltar, levantarse y enrœ- 
carse; pero estas circunstancias no parecen générales, pues 
en esta America se tiene experimentado que saltan, y para 
ello se enroscan, dejando la cabeza levantada en el centro, 
vibrando su lengua à menudo, seùal de estur irritada, y en 
este caso no se estîC libre, ni d caballo, d corta distaneia. Los 
ojos de la \^bora son vivos,y su mirada atenta y atrevida; la 
lengua larga, obscura y ahorquillada con dos, très, y aun con 
cuatro puntas. En la raiz de los dientes caninos tiene unas 
glandjolitas d manera de pequeûas vejiga8,donde réside el ve- 
neno, el cual, en virtud de la compresidn que padecen aqué- 
Uos en la picada 6 mordedura, se comunica d la llaga 6 he- 
rida por medio de un pequefio conducto interior del niismo 
diente, que termina en la divisdn <5 hendidura que dijimos 
tener hacia un extremo, reniatando im dos puntas idéntica- 
mentc como ima pluma de escribir. Ix)s otros dientes me- 
nudos sirven d la vfbora para sujetar la pi'esa y que, en las 
fuertes contorsiones que haga para escaparse, no rompa lo» 
caninos, que son sus terribles armas. Todos ellos son, como 
se ha dicho, recurvados hacia dentro, y de este modo, cuan- 
to entra en su boca, no pued(» salir jamiîs por uiugûu acci- 



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— B71 — 

dente, causando el inismo efecto que si se tragara una ospi- 
ga de trigo: que sus aristas la inCn introduciendo màs y mds'y 
an cuya circunstancia, digna â la verdad de admiraciôn, 
quiso la naturaleza suplir el defecto de las manos. 

Las viboras mudan comûninente al aôo dos veces la 
piel escaniosa 6 camisa, y entonces les queda otra debajo 
de colores màs vivos, segûn sus diferentes variedades; en 
todo su cuerpo se le notan seis agujeros: el de la boca, que 
es el inayor; los dos nasales, que pretenden le sirven tam- 
bién de oîdos; el anus, y también las dos vfas de la genera- 
cî<5n de los dos senos, segûn Mr. Balmont de Bomare, los 
cuales se dirigen por una misma abertura de la piel, cubier- 
ta por la ûltima de las escamas circulares del bajo vientre, 
y esta se abre al tiempo del coito, en cuyo instante parece 
la \^bora una verdadera serpiente de dos cabezas. 

En esta America se conocen varias especies de vlboras, 
todas muy peligrosas; la m^ ordinaria es la que llaman de 
cruz por la conformidad de su cabeza con esta figura; su 
color obscuro y unas fajas 6 listas blancas que desde un ex- 
trenio à, otro de su cuerpo se van cruzando vistosamente, 
foiTuando una especie de cadena de eslabones iguales; por 
bajo del vientre es blanca y sus escamas circulares, de un 
esmalte brillantfsimo, con algunas v^etas célestes, verdosas y 
amarillas. 

Esta \'lbora es formidable y abunda mucho. En el cam- 
pamento del Chuy se mataron entre las dos partidas màs de 
ciento, y esto habiendo tenido la precauci6n de quemar los 
pastos de todo el contomo; las m^s de ellas de cinco A seis, 
y aun siete cuartas de largo, sobre un diàmetro de très â 
seis pulgadas; varias se encontraron prcfLadas con 12, 15 y 
hasta 21 viboreznos de una cuarta de largo. 

Los caballos picados de la vlbora de cruz no viven vein- 
ticuatro horas. 

El efecto de su veneno es m^ 6 menos violento, segûn 
lo mâs 6 menos inîtada 6 hambrienta que esté la vibora; es 
«n esplritu 6 licor àcido y volatil que, introducido por los 
vasos, coagula la sangre, interrumpiendo la circulacidn, de 



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— 372 — 

que se siguela muerte precedida de fuertes convul8ione8.Lo& 
remedios vulgares que !o8 facultatives usan para estos casos- 
son exteriores é interiores: aquéllos se deben practicar en 
el instante mismo para que produzcan mejor efecto, y se re- 
ducen d ligar innicdiata y estrechamente el miembro por la 
parte superior de la herida para que el veneno no pénètre^ 
aplicar una fucrte ventosa con escarificacidn 6 un c^ustico 
active, 6 arrimar un hierro piano hecho ascua, sin tocar la 
llaga^ mantenicndolo lo mtfs inmediato y todo el tiempo que 
se pueda, rctiràndolo y volviendo à repetir la misma ope- 
raciôn diferentes veces. Si se esta retîrado y no puede usar- 
se de estos niedios, podrà aplicarsc la cabeza de la misnia 
vlbora, 6 de otra cualquiera, machacada, con un cabezal^ 
chupando antes perfectamente la llaga 6 queniando sobre- 
ella un poco de p<51vora, 6 bien se sajarà un poco la herida y 
aplicarà un ajo 6 un poco de triaca, molidos con sal amo- 
niaco; pero el mejor de todos, segûn Mr. Bourgeois, es el de 
la ventosa, 

Ahora, siendo el veneno de la vfbora tan sutil, no déjà 
jamàs de comunicarse alguna cosa d la masa de la sangre 
por activa que sea la eficacia de los remedios exteriores, y 
asi précisa usai' también de los interiores, preferibles siem- 
pre â los otros. El objeto de los ffsicos en este caso es des- 
truir el veneno por medio de una mayor transpiracidn que 
lo disipe, manteniendo la circulacidn; para este dan al en- 
ferme, sudorfficos, aperitivos, y todo cuanto puede rarificar 
y atenuar los humores. Las sales volatiles de los animales^ 
como verdaderos alcalis, son à, propôsito para todas las indi- 
caciones; entre ellos logra la preferencîa el de la misma 
vfbora, para que se verifique que la Providencia puso siem- 
pre la triaca junto al veneno. El del asta de ciervo, el de 
cràneo humano, el de la orina 6 amoniaco, etc., todos los cua- 
les suelen producir buen efecto, aplicados metddicamente y 
con atenciôn d los sfntomas. 

LÀ vfbora de cruz se llama en guarani quirimâ, yacor- 
ninâ; las negras y overas andan en los ^rboles y saltan cou 
notable ligereza; son muy largas. Mboychumbéy la coral; 



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— 373 — 

Mboi/chiny, la cascabel; lararâ, las amarillas escamosas de 
•cabeza grande; Mboyphé, pardusca, brava, se hincha para 
-acometer; Mboyjobai, la verde; Mboitatâ, cabeza colorada, 
quijadas amarillas y una lista encamada por el lomo, y lo 
-demàs verdoso. Stoarô, amarilla muy larga (siguen las des- 
•cripciones de cada especie). 



INSECTOS 

APTERA, PIJT,EX, PIQUE EN GUARANI, TUNGO Ô NIOUA 

Insectx) de seis pies, los dos posteriores raâs largos y 
saltones; la cabeza abultada y gâcha, con ojos saltones, 
trompa larga, de la mitad del cuerpo, este compreso, aovado; 
el abdomen de siete anillos 6 segmentos, y el ano con agui- 
j<5n de cuatro cerdas, las dos màs largas, regularmente inte- 
riores û ocultas, y s<51o se le ven cuando aplica la cabeza 
para romper el cutis é introducirse, que entonces levanta el 
^no metiendo y sacando las cerdas. Su color, f usco como la 
pulga, màs claro el abdomen; salta menos, corre mes y es 
menor. Pareoe el Pullex penetraiis de Linneo. 

Fatal insecto, especie de pulga muy comûn en estas 
Américas,particularmente en los lugares inmundos,arenosos, 
y en aquellos climas que bajan de la latitud de 30®. Se in- 
troduce en los pies de los hombres, de los perros y de cual- 
<iuiera otro animal; anida entre cuero y came; pone sus 
buevos, y se multiplica considerablemente en très 6 cuatro 
4îas. Al principio, apenas se siente una ligera comezdn; mas 
Hîaando est^ crecido incomoda â manera de una espina agu- 
-da, en cuyas circunstancias urge sacarlo en el instante, an- 
tes de que reviente la bolsita que forma de huevos y se in- 
fecte todo el pie con prodigiosa multitud de nuevos piqués. 
Los negros y demîCs peones que andan descalzos, como 
Tn^s expuestos û> esto calamidad, suelen ejecutar esta opera- 
•cidn, que à veces es dolorosa, con bastante acierto y delica- 
«deza. Con un alfiler van descarnando sutilmente la referida 



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- 374 — 

bolsita, hasta lograr desprenderla, y después echan en la 
herida un poco de ceniza de tabaco, 6 cosa semejante, con 
lo que se cura comûnmente: aunque en ocasiones, bien que 
raras, tiene résultas peligrosas, degenerando en llagas inve- 
teradas que llaman cacoetes, de diffcil curacidn, ma« no pe- 
ligrosas. 

REINO VEGETAL 

HIERBA MATE (ESPECIE DE CALLICARPA) 

Clasee. Ordene». Oéneros. E^pecief:. 



Tetrandia. Monogynia. Aguartià. Inermes. 

CaUx: Pereantiuna, de una sola pieza, dividida en cuatro 
lacinias, à manera de escamas agudas. CaroUa: monopctata, 
con cuatro lacinias aovadas, cdncavas, unidas solamente ha- 
cia la base en forma de cruz, y caedina con les estambres 
pegados al extremo de las hendiduras. Estambres: cuatro 
filiformes aleznados, m((s largos que el c^z, y las antenas 
como saetas. Pistilo: germen cdnico, estilo cortfsimo 6 nin- 
guno, y el estigma como la cabeza de un clavo convexo. Pe- 
ricarpio=BaccsL: cuatro Idculos, cuatro espermas con cuatro 
semillas. Caulis: tronco arbôreo compuesto de ramas. Ho- 
jas: obtusas como esp^tula con dientes y acumen^ camosas, 
Usas, con pezdn, y visten el tronco 6 rama rodeândola sin or- 
den. Las flores en ramitos 6 pequenas umbelas de très en 
très 6 màs, con su especie de involucre escamoso, en el so- 
baco de las hojas, arracimadas cada una con su cubillo 6 
pezdn, y éstos con dos bracteas pequefias d escudetes, y uni- 
dos de très en très d màs: varian desde très hasta seis la 
cimias, en cuyo caso se multiplican también los estambres 
en la misma proporcidn.=Parece la callicarpa amerieana 
de Jjmi\QO,=:^FolUs serratis, 

La callicarpa es la célèbre hierba mate del Paraguay, 
de que se hace tan considérable consume tomada en inf u- 
sidn en toda esta America que ha venido i, ser uno de los 



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— 375 — 

m^s va**tog renglones de comorcio. 8u beiieticio consît^te c^n 
tostar d fuego lento las hoja^, colocando las ramas soljrc tm 
zarzo llamado barhacoa, y debajo el fuego; despiio.s se 
muelen hasta dejarlas enmeimdas partes, y se enzurrona ea 
cueros, haciendo tercios de oeho arrobas d una. De f ste 
modo se conduee é. todii*? partes, y prcservîîndola de l:i hu- 
mwlad dura hasta ocho 6 diez aftos; en les dos primer»??, es 
fuerte; en los oti'os cuatro amy suave y olorosa, y en los res- 
tantes se desvanece nuîs 6 nienos, segûn el punto de ci*chu* 
ra que se le di6. 

Difenîincianla eomfmniente en hierha cnamini y luerlm 
de palos: aquélla es la hecha coii miîs cuidado y sazôn, m f* 
liendo puramente las hojas y no niucho; la segiinda se iiarr 
en eiialquier tiempo del aûo y no se aparta con tanto c^iin- 
ro, por cuyo motivo se halla revuelta con algimos [»i4Îillnti 
de los rainitos que se eseapan y quiebran, de que toîiïu m 
denominaeion; también Uaman hierba caani î( los arbolitos 
|>e(|uenos que se eneuentran en campo raso 6 limpin; m A 
monte los liav niuv altos v irruesos. 




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ARENDICE NUNI. 4 

Estancias de Buenos Aires y Montevideo. 

Sueinta descripeion exiractada ciel Diario ori^huxl de la se- 
gunda partida de demarcariôn de If mites de D, Diego de 
Alvear y Ponce de Leôriy 17tf3 d 1789. Primer fomo. 




L septentrion del Rio de la Plata, los rfos 
Xegro y Santa Luefa, con sus corrientes 
paralelas al X. O. y el Is con su curso para- 
lelo d la Costa cortan una vasta penïnsula 
de la figura de im trapecio, la cual se ha- 
Ua cerrada por su mediania de una eu- 
chilla de t(»ndidos montes en la misma direccidn de la Cos- 
ta, que di\4den aguas, dando nacimienîo d los mismos rfos 
que la riegan al Septentrion y al Mediodfa, euya cuchilla 
sale por entre las cabeceras de los referidos rfos Santa 
Lucfa é Is, que fonnan como el istmo de la penfnsula, y ele- 
vàndose dc^spués algo mis, va à, unirse, formando la figura 
de una T, eon la gran cuchilla que desde Pan de Azûcar y 
Sien-as de Maldonado signe hasta los eontomos «le la ciu- 
dad de San Pablo en el Brasil. 

T<xla esta peiif nsula de que heinos hablado si- halla {yo- 
blada de multitud de grandes estancias de la propiedad de 
los pai-ticulares, de Buenos Aires y Montevideo. I^ exten- 



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— 377 - 

8i<5n de cada una es diferente: las mds eomune^ tienen de 
cqatro à seis léguas de frente, y tanta 6 puco màs de f ondo; 
pero las hay también mayores, de oclio, diez y hasta de 
quince y veinte léguas, como las de Abaybar, Viana, Agui- 
rre, Garcfa y otros sujetos hacendados que adquirieron de- 
recbo â tan vastos territorios denunci^ndolos como baldfos 
y pasando después d tomar de elles posesidn, colocando va- 
ries ranchos en aquellos parajes mes dominantes, y hacia los 
rios y arrpyos que le servlan de limites, en virtud de un tî- 
tulo 6 despacho de propiedad expedido por el Gobierno en 
aquellos primeros afios, que empezaban à poblai*se aquellas 
ciudades. En el dfa serfa muy conveniente dividir. estas 
grandes comarcas, é. que nunca puede atender un vecino solo, 
en suertes mes pequefias y razonables, y repartirlas d los de- 
m^. Ija agricultura y crîa de ganado se fomentarîan por 
este medio, y el Estado interesa bastant^ en esta determi- 
naci<5n. 

Con todo, en dichas estancias se crîa un sinnûniero de 
g:anado vacuno, lanar y de cerda, y animaidda, no menos 
considérable, mular y caballar; hay estancias que alimentau 
veinte, treinta y cuarenta mil cabezas, y auh las hay hasta de 
ochenta y cien mil. Estos animales tienen de sf la inclina- 
ci(5n de vivir en sociedad; andan juntos comûnmeute en 
tropillas crecidas 6 manadas de cuatro, seis, ocho y diez mil 
cabezas, i, que Uaman rodéos, Estos se aquerencian en los 
cerros m^ elevados, en las lomas de mayor meseta y valle?> 
espaciosos. Allf pasan las noches reunidos, abrigados de hi 
inclemencia de los tiempos y libres de los insultes de les ti- 
gres, perros cimarrones y et ras fieras de que abunda el Pafs, 
y respetan siempre la estrecha uni^n de aquella gi*an Repfï- 
blica. Les estancieros se valen de esta propiedad del ganado 
para amansarlo y tenerlo sujeto. Sus pcones salen ît repim- 
tarlo dos 6 très dîas cada semana; le corren de todas partes 
oseando y dando voces; le precuran vol ver sobre aquellos 
lugares m^ ventajosos donde estiî iniciada la ([uereneia; le 
dan varias vueltas, y de este mode le acostiunbran jt un cier- 
to numéro de rodéos en cada estancia: lo acuestan con faci- 



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— 378 — 

lidad y el ganado se doinestiea, no extrada la gente, se déjà 
gobemar al arbitrio de su dueôo y no i*ebasa jamais los tér- 
minos de su jurisdiccidn. 

Todos los afios por Abril y Mayo suelen herrar la crîa 
del anterior, que regularmente sube à la cuarta parte del to- 
tal, y aun al tercio en aûos fecundos y en estancias de bue- 
nos campos; donde cuidan de conservar las hembras y pro- 
curan por todos mcdios el fomento y la multiplicaci<5n, que- 
mando d tiempo los pastos duros y malezas para que retoûen 
nuevos y tiemos, proporcionando al ganado muchas y bue- 
nas aguadas^ y sobre todo exterminando las fieras que lo 
destruyen. La hierra es una de las operaciones m^ célèbres 
de las estancias, y para ella se convîdan coniûnmente todas 
las gentes del pago. El ganado se cncierra i, este fin en un 
gran corral 6 cerco de estac'as; los peoncs de ^ caballo van 
sacando uno rf imo los animales enlazados por las astas, y al 
salir por la puerta, otros peones de à pie que se hallan allf 
îipostados les tiran el lazo hacia las manos 6 pie? «obre la 
inisma carrera; y haciendo hincapié, asegurado ei lazo con 
média \^elta dada al cuerpo, voltean la res, sea vaca 6 toro, 
con una violencia increfble y no menos destreza. A ese tiem- 
po llega otro pe6n, la aplica la marca caliente, y aflojando 
los dos lazos, la dejan libre. De este modo, con una docena 
de hombres hieiTan en un solo dfa 500 cabezas; y por el 
mismo estilo marcan los caballos, de que résulta que pierden 
muchos, y los m^ quedan estropeados. En estas ocasiones 
suelen también practicar la castracidn, y los novillos, por su 
gran cuero, mucha grasa, sebo y buena came, rinden sin 
comparaci<5n raayor utilidad que los toros. 

La faena de cueros es otra de las maniobras comunes y 
\dstosa8 de las estancias. Cuando la intentan se destinan dier 
6 doce peones, de los cuales el uno va delante desjarretan- 
(lo los toros éi la carrera con una especie de cuohiUa de ace- 
ro bien templado, que por su figura llaman média h(na, en- 
gastada en un asta de très 6 cuatro varas de largo; otro 
signe despu<?s (icodiUando los mismos animales^ que encuen- 
tra ya tendidos por el primero, con un chuzo largo y delgado 



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— 379 — 

îî mânera de daga para uo ofender los ciieros; y los otros^ 
finalment€, se einplean en desollar y sacar la grasa y sebo^ 
ûnieo despojo de la res que se aprovecha. Los cueros, con- 
ducidos después à la estancia, si no lo hacen aUî mismo, los 
tienden y estiran bien por medio de algunas estaquillas para 
que se sequen mejor y mds pronto, y ûltiniamente los apilan 
vn paraje alto, libre de liumedad y ventilado, tenfendo ade- 
iijfCs la precaucitfn de apalearlos de cuando en cuando para 
preserx' arlos de la polilla, à que son muy expuestos. En es- 
tas matanzas se deben reservar las hembras, y asl estiC man- 
dado^ d lo menos hasta la edad de diez éi doce aùos, que son 
fecundas; después se esterilizan y se pueden matar. Los to- 
ros tanibién de la niitad de este tienipo se separan de la& 
vacas y demîls ganado nuevo, y andan apandillados en gran- 
des porciones, lo que facilita mucbo la faena de cueros. En 
las estancias bien arregladas, en aquellas pobladas ya de ga- 
nado con proporei6n d sus pastos, la niatanza 6 saca debe 
ser igual d la cria del niismo ano sin respeto d las hembras 
ni mîts atenci<5n que la de que recaiga su efecto sobre los 
animales de marca y de mayor edad. De oti-o modo, cl exce- 
sivo nfunero devastarîa bien pronto los terrenos propios; y 
no ftirviéndole entonces de freno la querencia por falta de 
alimente, rebosarfa d manera de un torrente por todas par- 
tes, romperfa los antiguos diques y transmigrarfa d campos 
vfrgenes cubiertos de hierba, dejando desierta y desolada la 
estancia d su imprudente dueno, que no supo tomar justas^ 
medidas. En los afios secos se agrega d la esterilidad de los^ 
pastos la falta de abrevaderos 6 aguadas, y se dobla el ries- 
go de la desercidn de ganados. 

Antcs de dejar este pimto, demasiadamente importante 
para que no hayamos de volver d él en el disciu^o de este 
Diario, daremos idea del laxo y de las bolas, armas ûnica& 
y terribles de las gentes de campaôa, de que hacen un usa 
gênerai, y con que practican la mayor parte de sus manio- 
bras. El lazo no es otra eosa que un torzal fuerte y muy fle- 
xible de dos, très <5 cuatro huascas 6 tiras de cuero y de 9 ^ 
10 brazas de largo. En uno de sus extremos tiene una pre- 



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- 380 — 

silla de correa doble con su ojal y bot<5n, por la que se pren- 
de d la cincha del caballo, y en el otro exti*emo se le pone 
una argoUa de hierro como de dos pulgadas de diîCmeto> y 
bastante gruesa, con que se forma el seno 6 lazo esciuridizo, 
que se arroja las màs veces sobre la carrera del animal que 
se prétende enlazar. Para esto el jinete lo revolea con aire 
sobre su cabeza desde alguna distancia, y cuando llega d pun- 
to tira la malla abierta sobre la res que persigue, y corrién- 
dose la argolla^ se estrecha fuertemente el lazo y queda preàa, 
ya por sus astas 6 cuello, que es lo m^ comûn, ya por algûn 
pie 6 mano, y à veces las dos d un tiempo. En este caso s(» 
procura tener el lazo tieso; conservando siempre la distancia 
que permite, y ganando cuidadosamente en los dif erentes es- 
carceos del animal hacia la parte que se desea conducir, se 
logra su efecto con facilidad. Otras veces que el ^nimo es 
matarlo para cmiear 6 sacarle el cuero, se aguarda d que se 
pare, lo que no tarda en suceder, bien con la irritacidn y can- 
sancio, bien por la natural oposicitfn de toda bestia d scr con- 
ducida y arrastrada con violencia. El pedn fia entonces d su 
caballo, sin recelo de ser confundido, el cuidado de no cé- 
der un dpice de su ventaja ni aflojar el lazo, lo que ejecuta el 
noble bruto con rara lealtad, manteniéndose firme como un 
poste 6 marchande y aun corriendo cuanto le es neccsario 
para desempeûar la confianza de su senor; y dando este un 
grande rodeo, se acerca por detrtts d su presa, y con el cuchi- 
Uo, que jamîls se le cae del cinto, la desjarreta y degûella î( 
discrecidn. 

Las bolds 6 libeSy arma no menos sencilla y util que el 
lazo, producen sus efoctos d mayores distancias y con nu(s 
segiuidad y menos riesgo del jinete. Este ingenioso instru- 
mento se reduce d très piedras redondas y sdlidas, rezobadas 
en cuero y unidas después las dos de ellas, por un torzal como 
de très varas de largo, de cuva medianfa pende la tercera, que 
es menor que las otras, por medio de otro torzal de la mitad 
mds corto: de forma que quedan las très d igual distancia del 
centre. Su tamaûo es dif erente, segûn el destine; las qu(» <*m- 
plean para el ganado mayor son como balas de d cuatro; para 



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-asi- 
les venados y avestnices son menores, y aun las hay hasta de 
ht magoitud de balas de fusil, de que suelen usar para las 
aves. Algunos las tienen de hierro 6 plomo, otros de madera; 
algunas abultan menos y duran inàs, pero tienen la cualidad 
de romper los huesos y quebrar las piemas à los animales; 
estas se destruyen pronto, nias tienen la excelencia sobre to- 
das porque saltan m^, y cou sus rebotes facilitan tiros màs 
largos y seguros y conservan el ganado sin lesiiln, por cuya 
<*au8a se sirven de ellas para los caballos. Los torzales deben 
tener el grueso proporcionado à las bolas, y ademàs ser muy 
sobados y flexibles para que puedan girar (»n cualquier sen- 
tido, y d este fin los enseban frecuentemente, conservîîndolos 
csciuridizos, correosos y nada expuestos à faltar en las oca- 
siones. 

Los libes alcanzan d la gran distancia de 50 d 60 pasos 
naturales, y aun mayor, segûn la pujanza y uso del bolea- 
dor, que es doble 6 triple de la del lazo, y por esta sola cir- 
cunstancia le hacen una ventaja infinîta. Se arrojan del mis- 
mo modo, d la carrera y d los pies de la fiera perseguida, para 
It) cual se toma la bola mener en la mano, llamada por esto 
nianija, y rodeando las otras en clrculo con violencia, se des- 
pîden abiertas cuando se logra proporcionar el tiro. Desde 
luego las bolas con su impulse toman dos 6 très vueltas d los 
pies del animal, que se aprietan por instantes con su mismo 
peso y flexibilidad de los torzales. El furioso brute, que em- 
bravecido con aquel estorbo procura desembarazarse d fuer- 
zsL de saltes, roces y corcovos, se las estrecha y liga m^ y 
m^, hasta que, rendido y amarrado fuertemente con diver- 
ses enredos y ligaduras, cae en tierra al arbitrio del sagaz 
enemigo, que dispone de él d su salve cenducto, triunfando 
por todas partes la razdn de la fuerza. 

Ninguna especie de animal 6 fiera se puede librar de se- 
mejante arma; hasta las aves del cielo se ven muchas veces 
detenidas en medio de los aires d pesar de su velocidad; y, 
perdido el uso de las alas^y agobiadas del peso, caen d los pies 
del nuevo y diestro cazador. Mas como el hembre ha sido y 
es en todos tiempos el mismo, también ha convertido ahora. 



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— 382 — 

<îomo en otra era, en su propio daûo los in^truraentos de tan 
feliz invenci<5n, y se hacen muchas maertcs y robos con- lan 
bolas y el lazo. Con este se arranca del eaballo al mejor ji- 
nete, y, arrastrado con vdolencia y f uror, perece sin defensa; 
-con aquéllas, perdida la menor distancia por la fuga, se bolea 
el eaballo y detiene, y por un efecto de la mes fatal exeera- 
cidn se abusa siempre de los medios de la raejor industria. 
Una milicia constitufda sobre el pie de montura, lazo y 
bolas de los gauchos 6 gauderios (as?! llaman i\ los honibres 
<Je campo por la ligereza de estas annas, nada expuestas al 
-orfn, y excusan el peso y gîisto de las munieiones; su segura 
prontitud i. obrar en todos tienipos, secos 6 de lluvia, y,final- 
mente, por su mayor alcance) nos hace presumir podrfa sacar 
alguna ventaja sobre el sable de la eaballerfa de Europa en 
algunaa circunstancias de la guerra; no tiene duda que séria 
utilfsima, y il lo menos la novedad no dejarîa de sorprender 
y causar su efecto en las primeras funcioues. La fogosidad 
de los caballos europeos no sabrfa conservar su fonnacidn û 
los pocos tiros de bolas, y el sable ni la bayoneta impedir los 
estragos del lazo.=Es copia. 




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APENDICE NITIVI. 5 




ENIENDO yo conocimiento de que en la 
Biblioteca del Museo Britânico se en- 
contraba una obra con el nombre de 
mi padre, hice indagaciones, por me- 
dio de nuestro querido amigo el se- 
fior D. Juan ComjTi, Ministre pleni- 
potenciario en Londres, que lo era también de Mr. Pannizzi, 
Director del dicho Museo, que tuvieron el f eliz resultado de 
recibir d poco (en Agosto de 1865) las siguientes curiosas 
notas, que me f ueron remitidas de orden de aquel seûon 



cEXTRACTO DEL CATÂLOGO ESPASOL DE MSS. 
(Manuscritos.) 

>Departamento de la Biblioteca Nacional, Museo BritÂnico 
(Britiêh 3fu*cwmj.— Tftulo del tomo: Register of additio- 
nal ilf»S*S.— 1843-1851. — Depôsito de manuscristos.— 14.683 
 18.584. 

»EXAMEN CURIOSO 

» I.<osnûmeros desde 17.556 hasta 17.676 inclusives, com- 
prenden los manuscritos formando la colecci<5n de D. Fran- 
cisco Michelena y Rojas, comprados por los Directores de 



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. — 384 — 

(»8te establecimiento directamente de este seiior en 2 de Di- 
ciembre de 1848. 

.^Todas estas obras estî(n en idioma espafiol 6 portugués, 
y asi los manuscrites como los mapas versan sobre las pro- 
xôncias espaûolas de America, las Ântillas y Asia, con muy 
pocas excepciones. 

»I^s mapas ocupan los numéros desde 17.641 hasta 1 7.676 
en rollos y tomos (en manuscrito al margen). El 7iûynero de 
mapas es 273. 

-Xinguno tiene en el Catàlogo epfgraf e que corresponda 
al que llcvan los tomos 17.611, 17.612, 17.613. 

>Nota del contenido de los tomos 17.611 al 17.613: 
17.611.— Tftulo extorior: Diario de la demaroadôn de limi- 
tes, — 1783-1789. — Toino L — Museo Brit^ico. — Jure em- 
ptionis 17.611— Plut. CXCVm.-G. 

3>Tomo I. Titulo interior: Diario de la segunda parti- 
da de demarcaciôn de limites entre los dominios de JGs- 
pafla y Portugal en la America méridional, por el Comi- 
sario Don Diego de Alvear y Ponce. — Primera parte. — To- 
mo L — Los trabajos de la demarcaciôn y competetmas de 
los ComisarioSy aflos 17 8S hasta 1789. 

»Tabla de capftulos. — La introduccidn ocupa 64 p^- 
nas (Tratado preliminar de 1777). — Consta este tomo de 
586 paginas originales y de 330 folios, segûn la numeraciôn 
de este Museo. Escrito con muy buena letra espaôola, en pa- 
pel de marca mayor, sin correcciones de autor, con encabe- 
zamientos marginales, en excelentes condiciones. 

» 1 7 .6 1 2 . Tomo H. Tftulo exterior: Igual al ant^rior con 
excepci<5n del numéro. — Tftido interion Diario de la segun^ 
da partida de limites entre los dominios de Espafia y Por- 
tugal en la America méridional, por el Comisario espaflol 
Don Diego de Ahear y Ponce. — Primera parte. — Tomo IL 
— Los trabajos de la demarcaciôn y competencias de los 
Comisarios. Aflos de 17 89 hasta 1801 inclusive. 

» Tabla de capîtulos. — Consta de las paginas originales 
textuales 587 hasta 1547,8eguidas porseisejemplares impre- 
808 de estados y navegaciôn y Reaies derechos. Folios 489. 



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— 385 — 

17.613. Tomo III. Tftiilo exterior: Relaciôn de la 
provincia de Misiones para servir de completnento al Diario 
de la demarcaciôn de limites. — Museo BritiCnico. — Jure 
cmptionis.—llM^.—Vhxi, CXCIX-G.— Tltiilo interior: 
Relacién histôfnca y geogrâfîca de la pronncia de Misiones 
para servir de suplemcnto al Diario de la segiinda partida 
de demarcaciôn de limites en la Améi^ica méridional, — 
Tabla de capitulos: 200 pîCginas originales, seguîdas de un 
suplemento de diez hojas que no aparecen en la Tabla, Fo- 
lios 112.* 

La descripeidn de estos très tomos concuerda, con le- 
vfsimas diferencias, con otra copia de la misma obra que, 
con los originales escritos de puîio y letra del mismo Comî- 
sario, conservan sus hijos en el archivo de su casa de Mon- 
tilla, é indudablemente estos tomos deben ser del ejemplar 
que entreg<5 D. Diego en el Depdsito Hidrogrilfico en 1805. 

Michelena los comprd en Paris, con todos los demiis do- 
cumentos de que habla el anterior extracto del Catàlogo de 
raanuscritos del Museo Britànico, d la viuda de un dignfsimo 
inarino, Director que habfa sido del Depôsito, y que muri6 
en la emigracidn efecto de las tristes revueltas de nuestra 
Espana. 

Se ocup6 mucho y escribîd de la America; en sus libros 
cita varias veces â D. Diego de Alvear, y es de suponer que, 
teniendo en su estudio estas obras para su consulta, al mis- 
mo tiempo que las propias se las remitieran desde Madrid 
îC la viuda, la que inconscientemente las hubo de vender to- 
das juntas, creyéndolas pertenecientes d su esposo. 

Esto se lo oy6 en Londres D. Tomàs de Alvear, enton- 
ces Capitàn de fragata é hijo de D. Diego, al mismo Miche- 
lena; el cual afiadfa que, conociendo que todos aquellos do- 
cumentos eran de interés para Espafia, los habîa of recido al 
Grobiemo espaûol antes de presentarlos al inglés; pero, no ha- 
biendo recibido contestacién éi tiempo, decidi<5se H entregar- 
lo6 al Museo Britânico. 

En el Depôsito Hidrogràfico, siendo el mismo D. Tomda 

25 



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— 386 — 

Director de este establecimiento, do hall<5 de las obras de su 
padre màs que el tomo 6 cuademo de las observaciones as- 
tronômicas. «. 

Don Francisco Michelena era de nacionalîdad ameri- 
cana. 

Sabina de Alvear. 






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^?^M 






v;}^^ ir^i;;'w:x.^fe^tex^^^^1 



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^ 4^ X *; 4c :i^. 4 ^ ¥ ^ ^^' -^^ ^- ¥ ^ if y '4 1^ 



APKNDICE NUNI. 6 

3)IARIO DE NAVEQACIÔN de la division de las 
cuatro fragatas «Medea» , «Fama», «Mercedes^ 
y «Clara», al mando del jefe de escuadra de la 

REAL ARMADA, EL 8R. D. JOSÉ BU8TAMAKTE Y GUERRA« 
CABALLERO DE LA ORDEX MILITAR DE SANTIAGO, por el 

Mayor General de la misma division, Oapitàn 
de navio de la Real Armada, D. Diego de Alvear 
y Fonce de Leôn. 

-^DEL PUERTO DE MONTEVIDO M. DE CADIZ, A5^0 DE 1804, 
Dix DE LUNA 2 




la 4 de Ociubre. — El tiempo segutn 
claro y sentado toda la singlatura, ^\ 
vîento fresquito del N. N. E. al X., 
la mar llana 6 apenas sensible dol 
N. N. O., y navegamos mura it babnr 
-f ' en buena vêla, conservando la uni^ii 
va restablecida, después del reconocimiento del queche ît 
paesta del sol. 

»A las cinco de la tarde se hizo la sefial 396 de prepa- 
rarse i, dar fondo 6 intalingar las anclas, con la proximidml 
-de tîerra, consideràndonos por estima i. média noche cou 
^6** 11' 15" de latitud, aimque por una altura meridiana *le 
Cassiopea estàbamos muy al Sur y en 3® 20' 18" do longitu*L 
» Al dfa 5 hizo la Mercedes sefial de otro queche dinamar- 
^ués que procedîa también de Lioma para I^ondres, segûii 



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-. 388 — 

nos dijo d la voz, habiéndosenos proporcionado para ello^ 
viniendo de vuelta encontrada^ como asimismo que seguia 
sin alteraciôn nuestra neutralidad. 

»Poco antes se habfan descubierto las sierras de Monchi- 
que, que se dud6 si séria Montefijo, y se demarcaron al N. 
14® E. de] la aguja siendo las seis y cuarto de la mafiana, 
como indicamos d la division. 

»La Clara hizo & este tiempo sefial de très vclas al pri- 
mer cuadrante, que à las ocho se conocieron ser cuatro, que 
hacian por nosotros; y revelando ser buques de gucrra, se 
puso la senal 246 de zafaixanclio de combate, y suecsiva- 
mente la de 127 de formarse en Ifnea de tal, mura é. babor; 
orden natural que se ejecutô con prontitud, quedando la 
Fama por cabeza de If nea <5 à vanguardîa, la Medea y Mer- 
cedes en el centro, y la Clara d retaguardia, como estaba 
ordenado desde nuestra salida de pUerto en las tablillas co- 
rrespondientes. 

»Segufamo8 en esta disposicidn con todo aparejo nuestro 
rumbo del E. N. E., d vista ya de toda la costa del Cabo de 
Santa Maria, pues d eso de las nueve se demarcd Montefija 
al N. E. 5° E., d cuya hora, ya prôximas las embarcaciones,. 
reconocidas ser fragatas de guerra inglesas por su bandera 
y de crecido porte, largamos nuestra insignia y bandera de 
popa, y se fueron colocando cada una por el través de las. 
nuestros respectivas, segûn iban U^ando d barlovento. Ija 
de nuestro través, que era la principal y la mayor de todas,. 
nos preguntd en inglés por el puerto de nuestra salida y el de 
nuestro destine, y se le respondid en el mismo idioma que 
de la America para Cddiz; entonces se qued6 un poco atr^^ 
por haber cargado su mayor y juanetes, disparô un cafiona- 
zo con bala, tal vez para afirmar su bandera 6 para que la. 
aguarddsemos y hacernos algunas otras preguntas, como lo 
hicimos metiendo en fâcha la sobremesana y cargando lo& 
juanetes; ella marcd los suyos, y la mayor, acercândosenos^ 
nos dijo que iba d mandar su bote con un Oficial. 

>Entretanto se puso la sefial de estrechar mds las distan— 
cias, y seguidamente la 310 de puerto, que repetfa la ordeix 



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— 389 — 

-del zafarrancho y preparacidn al corabate; y aunque después 
^e dud6 por el Ayudante D. Francisco Zabalburu si se le 
habfa agregado el gallardete superîor, como debîa para Ua- 
mar la atencidn d las de puerto, como f ué el ^nimo del Ge- 
neral: en caso de haberse f altado d este distintivo, sobre que 
podrfan decir los de las otras fragata^, quedarfa dicha sefial 
reducida ^ la 310 de las générales d la vêla, denotando peli- 
_grOy que, no habiéndolo en la derrota, debid suponerse de 
enemigos; en cuyo supuesto, lejos de perjudicar la referida 
■equivocaci<5n, hxé una casualidad bien oportuna que indicé 
lo crftico de nuestras circunstancias. 

» A eso de las nueve llegarîa el bote al costado; y subien- 
<lo el Oficial inglés, dijo en pocas palabras al General por 
medio de interprète, de parte de su Comodoro, «se hallaba 
•con orden de S. M. B. para retener esta division y llevarla 
d Inglaterra, aunque fuese d costa de un renido combate, 
para cuyo solo y ûnico objeto habfa venido con aquellas 
<5uatro fragatas de gran fuerza, bien pertrechadas y marine- 
ras, très semanas antes, en relevo de otra division que habfa 
estado con igual encargo...; y que asf, no estando declarada 
la guerra entre las dos Xaciones, qi teniendo orden de hacer 
presas, ni de detener ningunas otras embarcacîones, le pa- 
recfa d su Comodoro debfamos evitar la ef usi6n de sangre y 
<iar cumpUmiento d la enunciada resolucidn de su Soberano, 
siendo un partido decidido y de que no podfa prescindir, 
etcétera;». 

;^Nuestro General, que sin necesidad de interprète habfa 
entendido muy bien aquella relaci<5n, y aun habfa dicho al 
inglés en su propio idioma si podrfamos entrar en algûn 
otro puerto de Espana que en Càdiz, donde notoriamente se 
daba por sentado y aseguraban las noticias pûblicas, blo- 
-queaban varies buques franceses, d que respondi<5 evasi- 
vamente, y ya con cierta aceleracidn y desasosiego, dicien- 
do que lo llamaban de su fragata, orden6 se juntase bre- 
vemente toda la ofîcialidad, la que d vista de un caso tan 
^xtraordinario, é instrufda por el misnio General de las .<5r- 
-denes correspondientes, de que hablaba S. M. (q. D. g.), de 



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— 300 ^ 

haber de sostener con honorj en caso de ataque, la glontx 
de sus armas, pensd si podrfa tomarse algunae tregiias exa- 
mînando el asunto y eiiviando un oficîal û bordo del Como- 
doro. A este punto el ingl<r*s, que se habfa salîdo al alcïCzar^ 
hizo senal d sus buques cou im panucio blauco; j dîcieiidn 
al interprète que volveria por la decisiiSn del Consejo 6 Jtm- 
ta de Guerra, se retiré tm su bote. 

^Decididos todos nosotros entretanto por el partido mis 
glorioso del combate antes que ir éC otro^ puertos que â loa 
de la Penfnsula, como lo ordfmaba d Rey y exigfa el honor 
de su pabell<5n, tom6 ciida cuiil 8U puesto, agaardando lan 
résultas, pareciendo im-txnble Ilegaaen d verîticar las vfas de 
hecho con que nos habian atnenazado, Ma?^ apena^ Ueg<i el 
bote d su fragata nos tîrï> é^^tn uu cafïoîiaiîo con bal a, qm 
sirviendo de seûal d las otnis le emp rendit'» cada una con la 
suya, siendo la primeni la del coetado de la lle/f^edrs, que 
la di6 una descarga cerrada de fusilerfa y artillcrin; y re?^- 
pondiendo toda nuestra dtvisitSn con unaprontitud y oportu* 
nidad que no podîa aguaitlai^c de taies ciitzinistancia^^T s<* 
hizo en aquel momento el fucgo geoeniL 

^Serfa esto como i las, nueve y cuai-to, 6 poco mds, y a k 
média hora de un fuego bien sostenido por una y otra parte, 
f ué servido el Senor de laa victorias concéder d nuc^tro ene- 
migo una ventaja decisîva que liasta allf uo hai>fan p<><lido 
conseguir con la grau ^^uperioridad dt* h us t^uiTZîiB, atUp^^n- 
donos {( nosotros con un îneidentc de los mâs desgraeiados 
y tremendos. Saltô la Mercedes por los aires con estniendo 
hoiTible,cubriéndonos de unaespesa lluvfa de ruimis y hiinio; 
y dobWndonos sin perder instante la fragata ijue la Initia, 
acabaron bien pronto entre las dt>s todos nue^tros recQrsns 
y medios de defensa. 

>La Fatna, que previ<5 luego nuestra triste sitiiaci<5n y 
sus inévitables consecneneîaB, ïwé forzando de \"elaj y naJie 
pudo desaprobar su con due ta; y la MedeOj metida entre* los 
fuegos de dos fragatas^ lus mita poderasa^^, de aitillerla de € 
24, y carronadas de 42, servidas con 1 laves; desarb^'liida <> 
con sus dos palos de rauvfjr y mesana atravegados ; In ver* 



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— 391 — 

ga seca hecha trozos; faltos los principales cabos de babor, 
varios obenques y brandales ein escota su estay mayor, bra- 
za, dmsa y escotîn de ga\âa y juanete: partidas 6 acribilla- 
das todas sus vêlas; y en una palabra, enteramente desman- 
telada y sin gobiemo, y lo que es m^, toda su gente abatida 
y llena de constemaciôn por el reciente é infeliz suceso de 
la Merceries; no pocos heridos y aun muertos, retîrados mu- 
chos m^, y sobre cuarenta â titulo de convalecientes en la 
enfermerfa y las baterfas finalmente desamparadas, de que 
se habf an quejado repetidas veces los Oficîales, que las man- 
daban. 

>La Medeciy digo, no es extraûo se viese en la dura ncce- 
sidad de amar su bandera, como lo dispuso nuestro Gene- 
ral, de comûn acuerdo, à eso de las diez y média, oido uno 
por uno el voto de todos los Oficiales, Comandante y Ma- 
yor, que no discreparon: sin dejar de tener présente en me- 
dio de aquel conflieto que, agotados todos nuestros esfuer- 
zos, ni se podf a ni convenîa dif erir màs aqu(»l acto, no tanto 
pon|ue la fragata principal de barlovento que tenîamos bien 
conocida y era un navîo rebajado que en otro tiempo habîa 
batido y hecho varar à otro navîo francés de 80 canones, 
se nos acercaba con profundo silencio y probabilîsima da- 
nada intenci<5n de decidir el asunto al abordaje, cuanto por 
no dojar Uegaseii las cosas inCitilinente à un tal extremo de 
tenacîdad no estando declarada la guerra, como se nos ha- 
b£a asegurado y poner de este modo de peor condici<5n el 
derecho de S. M. ît estas fragatas y fondos y caudal(»s que 
conducen, puesto que solo in(n dctenidas it los puertos de la 
Gran Bretana, y de ningun modo en calidad de presas como 
se nos anuncid, siendo el ûnico punto que se ha dispu- 
tado con las annas y perdido de nuestra parte, etc. 

^La Clara, no obstante, siguid todavfa batiéndose como 
un cuarto de hora, hasta que, cargada por las demàs, la obli- 
garon â rendirse. Entonces la de nuestro costado de sota- 
vento emprendié tambi^n la caza de la Fa7na, que continua- 
ba asimismo batiéndose en retirada con la suya respeetiva, y 
ya iC larga distaneia, con rumbo â Cddiz 6 al Estrecho: ha-. 



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— 392 — 

biéndose todas très perdido de vista ooino â, las très de la 
tarde, oyéndose aûn los ûltimos caûonazos, etc. 

^>Coino d las once del dfa, 6 poco después, vânieron à 
bordo los ingleses con alguna tropa y marinerfa para hacer- 
se cargo del gobierno y composici<5n de la fragata, que ha- 
bfa quedado, como va referido, muy desmantelada. y lo mis- 
mo practicaron en la Clara, trasbordando la mayor parte de 
sus tripulaciones, tropa y Oficiales de Plana Mayor éi bordo 
de las suyas, con algunas otras providencîas 6 precauciones 
no ajenas del caso; pero en todo con la mayor urbanidad y 
atenci(5n, sîn tocar d nuestros equipajes, ni armas, ni tratar- 
nos como prisioneros de guerra, y sobre todo permitiendo d 
nuestro General y al Mayor se pudiesen quedar con algu- 
nos otros Oficiales, Capellanes, cirujanos y asistentes que 
gustasen. 

»Siendo uno de los principales cuidados de todos que los 
botes f ueson en diligencia d los despojos ([ue haW : i ([ueda- 
do de la Mercedes' por si pod(an salvar alguna ge *.e, como 
lo ejecutaron con indecible celeridad, acercàndosc también 
una de las f ragatas, y lograron reeoger hasta unos cincuenta 
individuos de la tripulaciôn, incluse el segundo Comandante 
y Tenicnte de navf o D. Pedro Af^, que hallaron sobre los 
troncos y resto del castillo que aûn se couservaba, habiendo 
perecido todos los demds, en que se cuenta la familia del 
Mayor que escribe este Diario, compuesta de su mujer doua 
Marfa Josefa Balbastro, cuatro ninas, Manuela, Zacarfas, 
Maria Josefa y Juliana, y très niûos, Ildefonso, Francisco 
Solano y Francisco de Borja, ([ue eran los siete hijos que 
iban con su madré, no pasando ninguno de ellos de dieci- 
siete anos de edad: con otro sobrino que la acompaàaba, 
D. Isidro Gàlvez, Alférez de milicias de Buenos Aires, un 
dependicnte, Abogado de los Reaies Consejos, D. Antonio 
Gil Tabpada, y cinco esclavos sirvâentes, el padro y cuatro 
hijos menores, no restàndole al enunciado de tan I.itVliz de- 
sastre mds hijo que Carlos Antonio, Cadete de dragones, 
Poitaguidn de la expresada capital, que le acompafta en la 
Medca con las licencias correspondientes; habiendo perdido 



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— 393 — 



tan» bien en el servi eio de S. M* d su hijo mavor Benito, de 
edad de diecîâiete afios, el 10 de Octubre do 1800, en lu 
peate de Citdiz, cmindo apenas princLpiaba la carreru inili- 
tar de su padrtï, en el Cuorpo ih lieales Guardias Jlarinas 
de aquei principal Departaniento dv la Real Armada. 

*La di\isi(5n iuglesa se componCa de las fuerzas slgiiîen- 
tes, sc'gfln nos infc^nnanios y vinios por nuestroB propioâ 
OJOâ; 



Frafiiaê. CAPITAKES 


Do- 

nes. 


C^flones. 


Qhvia. 


1 


1 1 

|Iz)fattgable Capitin Mooret Jefe 


330 


26 de â 24 


4 de â 12 


16 de 4 41 1 


Lively. . , . Idem HaniTïiond , . 


2S0 


iB de i 18 4 de a 9 


tS de à j2 


Annôiî.., . ^fdein Lutton*. ■ . . , 


1 1 
250 26 dcà iS 2de â g 


S de a 3 2 


Médusa, , . Idem Gonc. ...,,,, 


aso 26 dcâ iS 1 4deâ g 


13 de a ^î 



Los tiigleses que vinieron à marinuar estafragata tnv^ 
v\m cmeuenta y ocho, al cîu;go del primer Teniento de navlo 
de la Infafîfjabhf ^Ii\ Gore^ coa très Guardias Marinas, du:^ 
Pilotos y diez soldados, con su Comandante respvctivo, el 
Teniente Carlos FIul, y no debenioia omitir cpie, luego que 
entraron i, bordo, arbolaron la bandcm înglesa aolu-e la Cb- 
pafitïhiT lo que no dejamos de extraûar, no sïendo enta pro- 
vide ncîa inuy coiiiîigiiicnte û la sola dctenciûn de las fra^a- 
ta.s con que se nos habla asegurado y que era el ûnico puntr» 
contendido; mià por ahora no se gradin^ oportuna la rccon- 
veiicii5n. 

También recogteron los futiles y sables de la ctCmaraj y 
armalian con ellns su mari nerf a durante la not?ht% diîndoU*^ 
Itîgar û esta preenueiun uuo!4 enari'nhi h ombre h fine* di'jiin:»]! 
û bordo de nne-stra tripulacion, eon algunos Otieiales del 
cargo y Contraniaestre para que les ayudaran, etc. 

Por la estima segnnda, haata las seis y cuarto de la ma- 
ilarm <|Ue se descnlïriemn y marearon las sierra,^ de Mon- 
(*h 1*111 f^ al X. 7'' 40 O., eorreifido de variaci6n, conio se dijf> 
arriha; nos halKbaraos segûn se expresa, no habiendo heclio 



1 



1 
I 



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^ 



— 394 — 

*lt'spués otrds inarcaciones sobre que se pudiese contar ni 
^eguido la estima,* después del combate.- 

3>E1 11, de manana, vino el Comodoro inglés â visitar â 
nnestro Cireneral; y entame los muchos obsequios y expresione^ 
t îitectuosas y of ertas de atencidn con que se explicd, fué muy 

notable la de haber desaprobado y tratado como un hecho 
de imprudeiicia y brutalidad (cela a été une bêtise) el 
liuber arbolado la bandera inglesa sobre la cspanola; dando 
por ello una eompletfsima satisfacciôn û nuestro General, 
que con modo y oportunidad le reconvino, y explici5 su dic- 
ta raen sobre un hecho poco consecuente y conforme à la de- 
tfncidn de las fragatas, que no eran presas. 

Dijotambi<3n el Comodoro inglés cu^nto habfa sentido 
se le hubiese comisionado para una expediciôn y eucargo 
stuûejante en tiempo de paz, conociendo muy bien que entre 
I Hiijues de guerra no podla desempenarla sin usar de la fuer- 
fM y entrar en combate; en el cual, deseando evitar en le 
pomble la efusiôn de sangre y portarse como hombre de ho- 
Hf>r, habfa expresamente ordenado se dirigiesen los fuegos iC 
desarbolar é inutilizar el aparejo; manifestando, por ultime, 
îd Mayor su tiemo y vivo sentimiento por la desgraciada 
l^rdida de la MercedeSy y en clla la de toda su familia^ etc. 
> A todo lo cual anadiô, por ûltimo, que habfa reconocido 
varias embarcaciones espanolas y las habfa dejado pasar li- 
I iremente, aunque algunas de ellas muy interesadas, y como 
v\ se explicaba, con gran tesoro, como una procedente de 
Veracniz, y un correo marftimo de Buenos Aires, que, segûu 
lass senas que daba, era el Batidor, que mandaba el Teniente 
de navîo D. Julidn Yelarde, que, no pudîendo entrar en la 
(Jonina quizîî por los Noroestes, se vefa precisado de arri- 
bar îî C'ifdiz, pues fué reconocido con esta direcci<5n; y el 
uïitmo del Comodoro inglés en la explicacidn de estas noti- 
fias no era otro que el hacernos cntender que no estaba de- 
l'tarada la guerra, ni tenfa otitis 6rdenes i( este respecte que 
Isite que se le habfan comunicado con gran réserva, muy sa- 
I iiitas y en pliego cerrado para abrir en la mar, sobre la de- 
U*nci6n de estas cuatro fragatas, llevdndolas j( los puertes de 



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— 395 ^ 

b Unin Brftîifia- ooiisidfrando tal voz el Miniï^U'rio britidii- 
c(t y[\K' cnntlueiaii im gi-an test»ru, rnayor aûn que t'I que en 
HVctit llevabaii, pani socorro ûv su gmn enemi^ço BonapartTv 
(Ti lc> ijue luin pndet-ido gran i}quivocaei6n y âe Uevan un 
iTHiii petardo, ete. 

En lus cUas dospués? dei combats reouuocLeran tanibi<^ii, 
si'gfm nos dijo el mismo Capitiin Moore, otroÉ?; dos biiqoes 
t'^pairol^'s, un nav'îo que tuvii por de guerra y un l^ei'gantfn, • 

Hasta el lii uu acabaron lus ingle se s ente rameute la 
ciuaposicî^n de la fragata, j dcëde esk^ tUa hicieron k velu * •• 4 

ÎKiîiible las ti*es ^vias siempre con uno 6 dos rïzos, por el k ^ • 

reeelu bien fundado de los palos. Y desde el 13, luego que \i 

runerun vit-ntos fav{>ralïles del tercer euadrante, âiguieron la • ê 

vuclta del priraero con mmbos mas 6 meîios abiertoà, segûn 
iaclica la tabliUa» proporcionatlos a la situaeiLin en que fte 
c<» ri si de m ban, 

■^ Lu Medeûf deedi* el df a l>j hizo mes agua que la açostmu- 
liratbj y fué aunu^itando hast a t rein ta y seis pulgadas pur 
i\îîi, y la f'ffira îuuehu unis pues llegtî la Ruya d veintititfH 
iml^atlas pirr hora, d causa de los nmchos balazos que tenfa 
•d flfir de agua, 

Ija ni an an a del 1 B payâmes nusotrus a btaxlu del infafi- 
tfMp a pagar la visita al Coniodoru de parte de nuestro (ie- • - * 

at*ml, eorreî!5pondî<?ndule il suî* mueJias expreaîone» de aten- 
cicm Y obseqmo, y le eiitre}:*auKis un estado que mm habfa 
pedido eoii empefio de los caudale^i y frutus que eonducfan 
las euatro fragatas, con distineidn de lo que perteneeta al 
Ii**y, al comercio nacîonal y partieulareg, Conipaûfa laarfti- 
raa,y haBta de lo regîstmdo y pue^^tr» baju el tftiilu faja de 
^ntiiadm, como sueldos vencidos y ahon*ados en Atut^i'ien 
|N>r la plana ma^'or, ofieiaiidadj tropas de guai'nîciijn y nia- 

l'inerîu de dotacî<5n de dichus buques eon arreglo à Ordenau- l#i 

/Ji, V de acuêrdu (*n todo eon nuestro (teneiiil, • 

La tarde del 18 se adelantaroa euanto piidienm el lu- 
fuiigabk y el Anfitm^ con runibos pn5xiraos al N* por m 
bgrabau desciibrir la tîerra; y logmndu stilo picar sonda en 
ducnentra brassas^ se tome la via del K H, K. hasUi eerca del ^ 



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— 396 — 

dfa, que se revirô al N. E. '/4 N., y antes de las siete se des- 
cubri6 ya el Cabo Lézard como del K N. E. al N., y poco 
después toda la costa, aunque muy tomada de celajerfa, la 
que forma la ens§nada y puerto de Falmouth. A las diez se 
vieron dos bergantines de vfa encontrada que largaron ban- 
dera inglesa; el une de guerra, guardacostas^ y el otro de» 
tràfico 6 cabotaje. Como éi las dooe, siguiendosiempre aJN. E. 
corregido,y con un prtfctico ya d bordo, se eortxS el Meridiano 
por veintid<5s brazas de f ondo de la vigf a nombrada Eddisto- 
ne, donde hay un fanal 6 torre bien alta, piramidal,con su luz, 
y luego se descubrieron una infinidad de balandras y barcas 
pescadoras sobre la boca del puerto, entre ellaa una fragata 
de guerra inglesa que se incorpora à la Infatigable, vinien- 
do de afuera. Como à la una, dobladas las puntas de Bam(^ 
y Penla, méridionales de la bahîa de Causand, y el peligroso 
bajo de Tinker, arrumbado con ellas al E. ^/^ N. E. corregi- 
do, y distante de la segunda ocho y média millas por fondo 
de diez û, once brazas, y cuya abra es como la primera en- 
trada del puerto, nos dirigimos al N. N. E. corregido, como 
liablaré siempre: quedamos ya como al O. S. O. la otra pun- 
ta oriental del abra Uamada Miwstone, spbre la [que se ha- 
Ua recostado el dicho bajo de Tinker, dejando, sin embargo, 
paso entre é\ y la costa con fondo de très â cuatro brazas. A 
poco rato llegô otro pràctico mayor que nos entr<5 por entre 
los très bajos de Shovel oriental y Knap y Panther occiden- 
tales, que se hallan avalizados con una gran boya, y lo mismo 
que el Tinker y enfrentc de la citada bahfa de Causand, te- 
mendo el canal seis brazas de fondo. En esta bahfa se ha- 
Uaban très na\^os de très puentes, la &ran BretafUi, el Fê- 
nerable y otro, que mandaba el General 6 Almirante Tomfe 
Graves, y hacia el fondo 6 cala de ella se registraba el pue- 
blo de que toma su nombre. De los dichos bajos seguimosal 
expresado rumbo del N. X. E., <5 m^ bien con la proa al 
pueblo de Plymouth, situado sobre la costa del Norte hasta 
rebasar la isla de Drakes, que tiene una hermosa baterfa que 
cubre perfectamente la boca del rfo Tames sobre la punta 
del S., Uamada de San NicoWs. 



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-r 397 — 

>La8 très fragatas inglesas que venlan delante se queda- 
ron sobre esta costa de Plymouth, que tiene también sus ba- 
terfas en las emineDcias, y al Oriente del pueblo se halla el 
eat'icaterô entrada del rio Lawri, donde fondoan lasembar- 
cacîones mercantes, y se halla también defendido con otra 
gran baterfa. 

:>Nosotro8 continuamos siempre por el canal de cineo d 
seis brazas, y que aumenta, pasada la enunciada islade Dra- 
kes, hasta 12 y 14; y deade el Winder, que es otro fanal so- 
bre la Costa dicha de Plymouth, torcimos al O. y entramos 
on el citado Tames, donde, después de un zigzag que hace su 
cauce, eon fondo de 17 brazas se explaya y dirige al X. N. O. 
cosa de... millas, formando un puerto muy capaz y seguro, 
donde se conservan los buques de guerra, y de que habia 
gran abundancia, siendo uno de los principales Departa- 
mentos de la Marina Real, y donde anclamos, finalmente, la 
Medea y la Clara poco después de las cuatro de la tarde 
del 19 de Octubre, doblada la punta del N., donde se halla 
el famoso arsenal rodeado de cinco grandes diques capaces 
de dos buques cada uno. 

»E8 admirable la disposicidn de este puerto; no solo es- 
t'Sn avalizados todos los bajos, y varios de ellos con su lin- 
tema, como va referido, sino que lo estfC igualmente todo el 
canal de entrada, desde mucho antes de la isla de Drakes, 
con una especie de boyas de la figura de un gran tonel, con 
su argolla y cadena de bronce, hecha firme en el fondo so- 
bre un ancla de extraordinario tamano y de una sola uûa. 
Estas boyas, asî de este modo, sirven, no s61o para indicar el 
canal, que como se ha visto es bastante tortuoso y serfa di- 
fîcil acertar con él sin este recurso, sino que se amarran en 
ellas las embarcaciones en caso necesario y se espîan de uno 
en otro de estos cuerpos muertos, asl Uamados, y de que se 
halla, d mes de los del canal, como sembrado todo el puerto 
para entrar y salir con mareas y vientos contrarios, que po- 
C08 lo dejan de ser, d lo menos en algunos como el S. y S. S. 
O. con que nosotros entramos. 

^Dîa 20 de Octubre. — ^Este dla did nuestro General un 



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— 398 — 

parte bien circunstanciado de nuestro desgraeiado sueest» al 
Einl>ajador del Rey cerca do S. M. B. en Londres, que loem el 
Excino. Sr. D. José de Anduaga, por medio del Vieecônsul de 
Espaça, D. Samuel Banfill, que vino luego à visitarnos con 
mucha atenciôn y d ofrecer los auxilios que se nece8itasen,en 
que puso todo esinero y puntualidad. Vino también en ente 
dfa la visita de la Junta de Sanidad, y se nos puso luego eu 
rigiu^osa cuarentena, arbolando bandera amarilla de ineomu- 
nicaci6n,yde noche un f arol, atendidas las noticias é infoima- 
ci<5n quedi6 nuestro ffsico,©. Juan Rodrfguez Caballero, sobre 
la especie de calenturas padecidas en la navegaciôn, que los 
ingleses de dicha Junta graduaron de fiebre amarilla, 6 dlo 
menos de calidad contagiosa suficiente d tomar aquellas pre- 
cauciones. 

^ En la misma noche del viemes 19 en que dimosfondo, 
luego que se quitaron los cables que estaban adujados sobre 
el escotillôn y soUado de las arras, desclavaron los ingleses 
una de las tablas gruesas de la caja de plata y abrieron un 
caj<5n, que, reconocido d la maûana por uno de sus Pilotes 
Uamado Wichinson, dijo faltarle talega y média de pesos 
fuertes de très que debfa contener, segûn nos informaron 
los Maestres, de plata, y el Contramaestre; y aunque de todo 
di6 parte y reconvino nuestro General al Teniente Goor, no 
vimos que hiciese informaciôn alguna, como lo exigfa un 
hecho de esta naturaleza, pudiendo tal vez no ser aquel ûnico 
caj6n el falseado, 6 faltar algunas otras. 

>E1 referido Goor, que estaba algo indispucsto y fué rele- 
vado aquel dfa por el Teniente Ascott de la misma Infati- 
(jablCf se desentendid también de la justa solîcitud del Ge- 
neral de que viniesen algunos de nuestros soldados imra 
poner asimismo otro centinela de nuestra parte y al lado de 
la inglesa, para evitar semejante desorden en lo sucesivo, sîn 
dar lugar d que lo atribuyesen d nuestros manneros espa- 
iloles, como se pretendla, aunque jamàs los dejaron bajar sin 
acompaûarlos; mas el referido ^scott se hizo cargo de la 
raz6n y vinieron siete hombres y el sargento AWla de dicha 
fragata d las cuatro de la tarde, y se puso d la noche el 



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— 399 — 

eniuiciado centinela y dos, desde el dla siguiente, que vinie- 
ron très soldados mes, para mayor precauciôn; de todo lo 
que se informa muy individualmente â nuestro Cdnsul. 

Este mismo dla 20 se diô cuenta al Embajador del Rey 
cerca de 8. M. B. en Londres, D. José de Anduaga, con re- 
lacidn muy exacta é individual, de todo lo acaecido desde el 
fatal dfa 5 hasta la fecha, y el 23 se hizo con el seûor Ge- 
neralîsimo Principe de la Paz y con los seûores Ministre de 
Marina, D. Domingo GrandaUana, y D* Francisco Gîl y Le- 
mos, Director de la Real Armada; reraitiéndoles la misnia 
relacion de igual fecha por el paquete de Falniouth que 
debfa salir para Lisboa el 25, segûn nos informaron, entre- 
gando los pliegos para la mayor seguridad d nuestro Vice- 
cdnsul, Mr. Samuel Banfill, cuyo agente, Mr. Roberto Fuge, 
que ejerce sus funciones, nos dijo después haberlos dirigi- 
do; y con efecto, el Sr. Anduaga contesta luego si correo se- 
guido de quedar enterado, habiéndolo sido y a an tes en la 
mayor parte por cl Capitàn de la Fama, D. Miguel de Za- 
piaîn, que, rendida igualmente por las dos inglesas Medtisa 
y Lively, fué conducida por esta â Portsmouth cl 17, adond^ 
dicho Sr. Excmo. envid dos individuos de la Embajada 
para informarse de las particulares circunstancias de tan 
extraordinario suceso. 

>Hasta el 31 de Octubre se mantuvieron nuestras dos 
fragatas en rigurosa cuarentena. Este dfa, después de algu- 
nas formalidades y precauciones, como la de sahiimar los 
buques de arriba abajo, etc., se arrid la bandera amarilla, y 
al dfa siguiente, 1.^ de Noviembre, baj6 el Mayor con va- 
ries Oficiales, acompafiados de dos Capitanes de navfo in- 
gleses, à visitar al Vicealmirante Young, jefe de este De- 
partamento, y corresponder de parte de nuestro General, 
*|ne aûn no pudo bajar d tierra, d sus recados y ofertas de 
atenciôn con que nos habfa obsequiado en aquellos dfas; el 
que nos recibi<5 con el mayor agrado, y nos di6 un convite 
de mesa bastante espléndido al dfa siguiente, en el cual, to- 
mada una casa bastante cdmoda y décente, aunque algo 
cara, pues nos costaba très guineas inglesas cada semana, 



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- 400 — 

que son màs de quince pesos fuertes espaâoles^ nos vinimos 
d ella mi hijo y yo con el General, que necesitaba m^ que 
nadie de los aires de tierra y de una cuidadosa asistencia 
por su prolija y dilatada enfermedad. 

»E1 Contralmirante Sutton, segundo jefe de marina; los 
Générales de ejército Inglam, Gobemador interino, y Call- 
crof, con muchos otros Oficiales, nos vinieron también à visi- 
tar, y no dejaron de repetirse y altemar los cohvites de mesa 
en los dfas sucesivos d las cinco de la tarde, que es la cos- 
tumbrc del paîs, y i)or el método y gusto inglés; es decir, 
con la bastantc sobricdad de platos substanciosos y guisados, 
buenos vinos y mucho aseo, con gran apai^to y primer de 
todo el servicio de mesa, en que permanecîan bebiendo y 
brindando en buena conversacidn después de acabada la co- 
mida mâs de hora y média d dos horas: retiràndose en este 
tiempo las scnoras inglesas con el prétexte de aprohtar el 
café, mas en realidad por su natural modestia, y dejar d los 
hombres en aquella libertad y alegrfa que es consîgiuente 
en taies actos. 

»A pesar de esta gran polftica y urbanidad de los jefes 
militares, especialmente los de la marina, nos trataron en las 
aduanas, independientes, como en todas partes, de aquellos 
cuerpos, con la mayor mezquindad, deteniéndonos muchos 
dias los equipajes con un registre impertinente, hasta de pa- 
peles y libres, retenîendo toda presa 6 alhaja de plata, aun 
las de use diario, como les cubiertos de mesa, palanganas, 
cafeteras, etc., y de laà provisiones <5 restes de rancho re- 
putaban como prohibido y de centrabande las vêlas de sebo, 
las botellas de vino, el chocolaté, el azûcar y varias etras 
cosas, y muy particularmente las cartas marftimas y planes; 
aimque estes los devolvieren al fin , mas no la plata, que se 
llev6 d Londres con los caudales, sin exceptuar le de la 
Caja de seldadas, vajillas, alhajas, etc. 

» El 6 se reôibieron nuevas cartas del Sr. Anduaga avi- 
sando nos habfa conseguide del Almirantazgo se nos soco- 
rriese con le que necesitase cada une de le que ténia en 
caja de seldadas, y que al efecte se le remitieran notas in- 



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— 401 — 

dividuales de las très cajas de soldadas de las très fragatas, 
Medea, Clara y Fama; înf orm^ndole por mener de todas las 
disposiciones del Gobierno acerca de estes buques,y demàs 
ocurrencias, conio se hizo al dfa siguieute, de todo lo acaeci- 
do hasta allf , y el 9 se le enviaron las notas luego que se re- 
cibid las de la Fama, recomendando à. dicho seûor Embaja- 
dor hîciese lo posible por sacarnos el todo de nuestros ha- 
beres, biencs militares 6 sueldos, de que eada uno de por si 
ténia una verdadera y grave necesidad, no s<51o para subsis- 
tîr en Inglaterra lo que debiera, sino para restituirse â su 
pals, permanecer en é\, soeorrer sus familias, desempefiar 
sus créditos, etc., muy particularmente siendo estos bienes 
militares tan privilegiados que el Rey los liberta de los de- 
rechos todos del Estado, y el Ministerio britîCnico parece no 
los dejarfa también de respetar eorao una propiedad sagrada 
de unas gentes inocentes que, lejos de haber hostilizado, se 
contaban en medio de una segura 6 inx^olable neutralidad, y 
habfan experimentado ya otros muy graves é irréparables 
perjuicios, como la muerte y aun pérdida de la familia, etc. 

»Este papel no dej6 de producir de contado algûn buen 
efecto en las manos de nuestro Embajador; mas, por ahora, 
s<51o di6 disposicitfn el Almirantazgo de que se nos socorrie- 
se con ima gratificacidn diaria de 15 chelines al General, 10 
â los Capîtanes de na\^o, cinco â los deraàs Oficiales y dos 
y medio â los Guardias Marinas, etc.; y dada la orden de que 
se desembarcara la plata y se llevara â Londres, sin otra in- 
tervencidn que la de los Almirantes y Jefes de marina, lo 
ejecutaron con la posible formalidad y precauciôn, descar- 
gando la de la Clara el 10 del corriente, y el 14 la de la 
Medea; procediendo en los dîas sucesivos d la descarga de 
los frutos de ambas, y asegur^donos el Vicealmirante 
Young irfa con la conveniente separacidn, y aun marcas, lo 
de las cajas de soldadas. 

»Pero d pesar del cuidado con que practicaron esta dili- 
gencia, d que asistid el Contralmirante Sutton en persona, los 
marineros ingleses tuvieron forma de romper otro cajdn de 
plata de los de la Med^a, y extraer y repartirse la mayor 

26 



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~ 402 — 

part«, como fueron sorprendidos en el acto por algunos de 
nuestros espanoles, que dieron luego parte ^ los Oficiales y 
se les recogid alguna plata, mas sicmpre eon frialdad y sin 
procéder ad ultenori eon la debida infonnacidn, corao exi- 
gla el caso. 

3» Del mismomodo se descargô la plata de la Fama y coa- 
dujo à Londres en los inismos dîas, segûn a\a86 de oficio su 
Maestre, D. Ix)renzo Bazo, el 12, al General: siendo puramen- 
te espectadores del heclio, asî é\ conio cl Comandante y de- 
niîîs Oficiales y espafioles, que los mits se hallaban alojadoe 
en Gosport, que em el lugar que se les habîa seùalado. 

»En estos dîas aviso ïgualmente el Comandante de la 
Fama habîa sido conducida à aquel puerto de Portsmouth, 
el 8 del comente, la fnigata de guerra MafUffPj que, man- 
dada por el CapitiCn de navfo La Guardia, habfa salido de 
Citdiz el 22 del pasado eon azogues para A'eracruz, y fu^ 
ataeada de viva fuerza y detenida al dla siguiente por el 
navîo inglés Donegal, de 84 canones, su Capiton Richard 
Strachan; y la Medtt^ay de 44, mandada por el CapitiCn 
F. Goor, que fud qui en la trajo à Portsmouth, donde se la 
habîa puesto en rigorosa cuarentena. 

» El 17 ^ las cinco de la tarde, que era la pleamar, se bo- 
taron al agua el navîo Hibetrim^ de 120 cafiones, de henno- 
sa constni(;ci6n, y las dos fragatas la Palus y la (^iree^ del 
porte de 32, ambas de madera de pino, muy ligeras; opera- 
raci(1n que cjecutaron eon mucha maestria y ligereza é 
presencia de un numeroso y lucido concm'so por mar y 
tieiTa, îC que sigui(1 i. la noche un baile pûblico, d que asis- 
ti6 toda la nobleza y gente de distincidn, que dur6 hasta 
el dîa. 

»A los extranjeros nos estuvo prohibido, como en todas 
partes, la entrada (m el arsenal; pero no el asistir y ver la 
fimcidn desde los botes, que podfan acercarse d los diques 
y*lograron mayor facilidad; y aunque el Vicealmirante ofre- 
cid su falûa i> nuestro General, no pudo asistir por sus acha- 
ques y recelo de la humedad, habiendo est^do Uoviendo 
todo el dîa hasta la hora précisa. 



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— 4iJ8 — 

»Luego que se desernbarcaron los caudales y frutos, ha- 
bfa disposiciôn para que se retirase la marinerfa inglesa y 
volverse la espafiola é, su respqctivo buque, repartiendo 
lo que se habîa salvado de la Mercedes en las dos fragatas, 
cuyo régimen <5 gobiemo total y policfa interior quedarfa éi 
cargo del Comandantc y Oficialidad espanola de cada una, 
sin otro requisito 6 condici(5n de un pequeûo destacamento 
de 12 hombres con su cabo, sargento y Oficial, que debia 
quedar d bordo para proveer ccntinelas sobre cubierta con 
el solo encargo de que no atracase bot^ sin Oficial inglés 6 
espaôol, para evitar dçs<5rdenes, y principalmente para que 
no se llevasen d tierra los efeetos de las mismas fi*agata8; 
que, pues quedaban en clases de deteniâds, debfan ser repu- 
tadas como espaûolas, y gobemarse como taies por sus pro- 
pios Oficiales y gente; y en easo de haberlas de devolver, 
como es de esperar, no pudiendo jam^s ser tenidas por 
presas, ni aun en caso de guerra, como se explicaba el mis- 
mo Vicealmirante Young, deberfa ser repar^ndolas del todo 
y habiUtàndolas de nuevo lo mîîs completamente que fuera 
posible. 

» Sobre cuyos puntos a(M)rdados por el referido Viceal- 
mirante, que fué el que se los comunic<5 d nuestro General, 
se le pas6 oficio à los Comandantes de ambas fragatas con 
feeha de 24 para que les sirviera de inteligencia y gobiemo; 
pues el Sr. Bustamente, que a (in no se hallaba del todo res- 
tablecido, habfa obtenido permiso del Ministerio brit^nico 
para pasar à Londres d consultar sobre su quebrantada sa- 
lud à los sabios médicos de aquella gran capital, y lo pen- 
saba hacer en aquellos dîas, acompaûîCndole el Mayor y 
.su hijo, que también habîan conseguido la misma licen- 
cia (1).» 



(1) Es copia del Diario de Navegacion, original de don 
Diego de Alvear, que conservam<»s en los archivos de nuestr^ 
casa de Montilla. — (S. de A. 



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APKNOICE NUNI. 7 



Carta de D. Diego de Alvear à su hermano mayor^ 
el Bevdo. P. D. José Maria de Alvear y Ponce de 
Leôn, Abad mitrado del monasterio de San Ba- 
silio de Granada. 




X el puerto de Plyinouth, â 20 de Octubrc- 
de 1804.:= Mi venerado hermano: Aun- 
que con el mayor dolor de mi coraztfn y 
cas) sin aliento, me veo forzado à infoi^ 
marte de mi tristlsima suerte y la de mf 
desgraciada esposa é hijos, de todos los 
cuales, fuera de Carlos Antonio, que me acompaôa, se ha 
servido el Sefior dîsponer, por sus altos juicios, en la ma- 
ûana del 5 del comente, d fin de que no difieras los biene& 
espirîtuales que se puedan hacer por sus aimas, comuni- 
cando sin pérdida de tiempo la noticia d los seûores de Mon- 
tilla, il quienes no puedo escribir por ahora, con el mismo- 
objeto. 

Fué el caso que, embarcados todos en la fragata Merce- 
fies, que con la Medea, Fama y Clara formaban la division al 
mando del Sr. Bustamante, que debfa traer los caudales de 
Lima y Buenos Aires^ dimos la vêla el 9 de Agosto de la 
rada de Montevideo, como creo te anuncié dïas antes por el 



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— 405 — 

^viso de la Corufia; y después de iina navegaci<5n de las mâs 
f eUces, de solos cincuenta y siete dlas , estando ya sobre el 
Cabo de Santa Maria y ^ la vista de la tierra de promisiôn^ 
-crefamos entrar en Cidiz la maîiana siguiente del citado dia 
5 de nuestra desgracia, f uimos atacados improvisadameute 
por otra escuadra inglesa de superiores f iierzas con el obje- 
to de traemos d los puertos de la Gran Bretana, como lo han 
conseguido muy d su satisfaccitfn después de un reûidfsimo 
combate, en que nos destrozaron y perdimos très de las ci- 
tadas fragatas, habiéndosenos volado muy desde los princi- 
pios la desdichada Mercedes, de que s(51o se reeogieron so- 
bre sus despojos cincuenta hombres: habiendo perecido 
todos los demàs, y entre ellos mi amada esposa, las cuatro ni- 
ôas !ManueIa^ Zacarfas, Marfa Josefa y Juliana , y los très 
ninos menores, Ildefonso, Solano y Borja, C(m un sobrino, 
D. Isidro Gîflvez, cinco esclavos (un padre y cuatro hijos 
pequeôos que trafan para su servicio) y el Abogado D. An- 
tonio Gil Taboada, que les acompafiaba y cuidaba como £n- 
timo amigo. 

Yo me lie salvado con Carlos por la rara casualidad de 
haber sido nombrado el dîa antes de nuestra salida, por el 
mismo Sr. Bustamante, MfÇ'or General y segundo jefe de la 
'divisi<5n, en lugar del jefe de escuadra D. Tomâs Ugarte, 
•que qued<5 gravemente enferme en Montevideo, y transbordé 
la^o d la Medea, donde venîa el General, trayendo conmi- 
go al dicho Carlos Antonio, el ûnico resto de mi desventu- 
rada familia, que el Sefior tenga en su santa gloria; y por la 
<5ual, incluyendo todos los eomprendidos en el mismo desas- 
tre, dirtts y mandar^ decir las Misas y celebrar las exequias 
y honras que te pareciere; que todo se abonar^ d nuestra 
vista, y lo mismo encarganfe en Montilla, como ya insinué, 
pues no estoy para hablar mucho ni determinar cosa alguna 
-sobre este tan infausto suceso. 

A los quince dias justos llegamos d este liermoso puerto, 
-que es uno de los Departamentos de la Marina Real, don- 
<le por ahora subsistiremos hasta que dispongan de nuestra 
^saerte. 



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— 4(H3 — 

Hemos eserito al Sr. Anduaga, nuestro Embajador eii 
Londres, y veremos lo que nos dice y se resuelve por los 
Parlaraentos. 

Lo raro de esto es que no estd declarada la guerra y 
que se respeta por todas las oscuadras inglesas nuestraban^ 
dera, y sdlo nuestra divisicîn lia sido la exceptuada, sin que 
hasta ahora hayamos podido penetrar el inisterio. 

Los caudales que trafamos no son tantos como crcîan 
losingleses; pasan, no obstante, de très millones de pesos 
fuertes, entre los cuales vienen 41.000 pesos mios, que ca- 
sualmente transbordé tanibién conniigo â la Medea, y cspero 
del Seûor de las mîsericordias me los devolveràn por ser 
de mis sueldos vencidos y ahorrados en America, trayéudo- 
los registrados y en caja de soldadas, libres, por consiguien- 
te, de todos derechos con arreglo d las Reaies Ordenanzas 
de Marina. 

No hay tiempo para mrfs, porque sale el correo para Lis- 
boa que lie va esta; si te parece, puedes escribir esta triste 
noticia d mi cuûado Eugenio d Buenos Aires, no pudiéndolo 
yo hacer por ahora, para que no retarden los Oficios espiri- 
toales que es regular dispongan los parientes de mi mujer; 
y recomend^dote dtiy demds seîiores y amigos encomien- 
den al Sefîor mi pobre f amilia, y que no se olviden de mf, d 
la verdad bien necesitado de los auxilios divinos, manda con 
la seguridad y confianza que siempre d tu af ectîsimo herma^ 
no,=Diego.» =E8 copia de la carta original que conserva- 
m 08.= (S. de A.) 




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■x^"^ 



m^~x^^^i-j^^-mè-mi-^^ 



APKNDICE NCIVI. 8 




Carta primera del honorable George Canning. 

(Copiada del original inglés.) 



(lURST ChurrhyiSM^Ht 13"' 1805.=Sir.i=I 
hâve the pleasure to inforni you that by a 
letter received yesterday from Mr. Hus- 
kinsson I learn that the Treasury hâve 
determined to indemnify you for yoiir 
losses on production of the necessary 
proofs of their amount; and that a considérable sum of mo- 
ney (ainounting 1 think, to about one half of the whole at 
which you statod thera) is to be paid to you immediatly, 
on account. 

I hâve already >vritten to Mr. Frère, who, if he is in 
towu (as I suppose him to be, will I doubt not, hâve com- 
mnnicated this intelligence to you; but least he should not 
be yet arrived, and least any thinâ should hâve retarded the 
communication to you from the Treasury, I cannot deny 
my self the satisfaction of transmitting to you intelligence 
which I hâve received with so much pleasure. =1 hâve the 
honour to be.=:Sir.= Your most obedient humble servant.:^ii: 
Oeo. Canning.=^% copia. 



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— 408 — 



Warrant (ô Real decreto) de S. M. Jorge m, 
Rey de Inglaterra. 

(Oopiado del original inglés.) 

George R.= Whcrcas thc commissioners of our Treasury 
liave reprcsented unto us, that it has bcen inade appear unto 
tlieni by an application of D. Diego de Alvear, that he was 
appointed Major General and Second in Command of the 
âquadron of Spanish frégates from Spanish America bound 
tu Spain vvitli treasui-e, which were captured by our ships 
of vvar, the Indefatignblc, Mrdusa, Lively and Arnphion; 
and that he was so very unfortunate as to lose his wife, 
i^even childi-en and a nephew mth five negro servants, as 
ulso his valuable baggage and gold and silv^er to the amo- 
iint of fifty thousand hard dollars (or trelve thousand pounds 
sterling, which as can be proved by original documents 
fram the custom house at Buenos Ayres, were shipt on board 
tlie Mercedes, Spanish frégate, and were blown up in the 
engagement; from which dreadful accident he lost nealy ail 
his Fortune, ac(juired during twentj^ five years ser\dce, as 
eommissary of the Limits between the dominions of the King 
of Spain, at the Rio de la Plata, and the Brazils. 

And/VVhereas, our Said commissioners, hâve recommen- 
ded Us, in considération of the peculiar circunstances of 
hardship of this case, to gi-ant to the said D. Diego de Al- 
vear, until satisfactory proof ean be produced by him to 
you, of the amount of his loss; the sum of six thousand 
[lounds, on accomit of his said lofs; to m hich AVe, being gra- 
ciousely pleased to consent; our Will and pleasure is, and we 
de hearby direct, authorise and require you, to pay un to the 
said D. Diego de Alvear, or to his agent law fuUy appoin- 
ted, to receive the same, the said sum of six thousand 
}irounds, which W(* are graciously pleased, to allow unto him 
on accoimt of his TiOss aforesaid. And this shall be as well 



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— -t09 — 

to you and to ail others who shall or maj be hearin con- 
cemed, a sufficient Warrant. 

Given at our court at Saint James^s, this 16*^^ day of 
August 1805, in the forty-fith year of our reîng.=By his 
Majestj^s Conimai!id.=: William nuskisson.=^C. Long.=To 
the Commissioners for the care of Spanish Prizes.= Don Die- 
go de Alvear.=L. 6.000. On account of the Loss sustained 
by him on board the Spanish ship Mercedes. 

(La traducciôn de este Real decreto se incluye en el texto 
de la historia de D. Diego, como igualmente la de las dos 
cartas de IVIr. Canuing.) 



Carta segunda del honorable George Canuing. 

airisf Church.=SeptemheY 12"' 1805.=Sir. = I hâve 
to acknowledge the honour of your letter of the tenth inst. 
and to express to you the very great satisfaction which. I 
feel in the termination of your affair in a manner so agréa- 
ble to your wi8hes.=:With respect to the mémorial which 
you do me the honour to inclose to me, I hâve only to say, 
that nothing but the very peculiar and affecting circuns- 
tances which raarked your cîise, could hâve induced me to 
take upon myself to interfère in a Business, Avith which 
(as my f riend Mr. Frère no doubt explained to you) I had 
officîally no concem whatever. I am most happy to hâve 
contributed in any degree to the attainment of the redress 
which, I thought due to you. But I must beg leave to 
décline undertaking the f urther solicitation which you pro- 
pose to me; which is equally out of the line of my officiai 
duty; but of which, I hâve no scruple in confessing to you 
I do not think the grounds equally strong with those upon 
which you particular application re8ted.=I hâve the ho- 
nour to be Sir, your most obedient humble servant. = Geo, 
Canning.=MY. Diego de AJvear y Ponce. 



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AF^KNDICE NUM. 9 



Carta de D. Diego de Alvear al Sermo. Principe 
de la Paz remitiéndole los dos primeros tomes 
del Diario de limites. 




Exrmo, Sr. Principe de la Fax. 



ENCJO la honi-a de pom r en iiiaiios de 
\. E. los dos [ïrinicro^ tomos de) 
Diario de la dcmarcackm de l^Imt€'^^ 
entre los doininios de S. M. en Jas 
provincias del Rf r> de la Plata y la^i 
del Brasil de S. M. F., de qiu^ egttive 
encai'gado en calidad de primer Comisario de la st^giiudu 
division, que comprenden todas las operaciones y (lîsputa^ 
oeunidas desde el principio del ano 17S:],que conien^a- 
ron los trabajos, hasta fines de 1801, ijuc* se înttrmmpie- 
ron â causa de laguerra con Portugal. Ac^nnpafia un Atlsë 
6 coleccidn de trece pianos topogi*î(fic<ts, coiaprensh^os de 
los misinos terrenos, rîos, lagos, pueit<js, villas y lugares 
recorridos y examinados de acuerdo con los portugQeses, en 
dicho tiempo, con los de Buenos Aircs^ Montevideo, Colo- 
nia del Sacramento y demds del Blo de la Plata, par» ëu nia- 
yor ilustracidn, y quedo en entregar d V. E, c4 turcer tomo, 
que comprende el catiClogo de observaeiones astroû<5niîea?' 



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— 411 ~ 

ijne han sido el fondameato de los pianos y de todas la» 
operaeiones geogràficas; y el cuarto tomo, que es una rela- 
cidn 6 Memoria histdrica de las provincias de Misiones com- 
prendidas en la misma demarcaciôn, cuando se acaben de 
arreglar y copiar; porque la obra compléta, que traf a en lim- 
pio de cinco volûmenes, incluso el quinto tomo, descriptivo 
de los très reinos de BKstoria natural, con arreglo al sîste- 
ma de Carlos de Linneo, como igualmente cl mismo Atlas 6 
coleccidn de dichos pianos, se me perdi6 todo en la voladu- 
ra de la desgraciada fragata Mercedes, en que pereciô mi 
desventurada familia, sin haberme quedado mes que los bo- 
iradores conf usos de todos estos trabajos, que he tcnido que 
rehacer y copiar de nuevo con no poca f atiga y coste du- 
rante mi detenciôn en Inglaterra; y no se si podré lograr lo 
mismo con el quinto tomo de Historia natural, por no tener 
m^ que algunas descripeiones sueltas y materiales informes, 
necesitando de algûn mt(s tiempo para arreglarlo, ordenario 
y ponerlo en limpio, lo que quedo en ejecutar.=rDios guarde 
à, V. E. muchos aûos.=Madrid 18 de Abril de 1806.=Z>*e- 
go de Âlvear y Ponce de Leôn,=lE,H copia. 

CONTEBTACIÔN DEI. EXCMO. SR. PRINCIPE DE LA PAZ 

Con papel de V. S. de 18 de este mes he recibido los 
dos tomos primeros y segundo, y un Atlas de trece pianos 
topogràficos, que contienen las operaeiones é historia de la 
demarcaciôn de limites de las provincias del R£o de la Plata, 
de que estuvo V. S. encai'gado desde 1783 hasta 1801, como 
Comisario nombrado por S. M. para tiatar de este grave né- 
gocie con los Oficiales destinados para el mismo por parte 
de la Corte de Portugal. 

La obra merece verse muy despucio; pero desde luego 
manifiesto éi V. S. el aprecio (\\ie hago de sus utiles traba- 
jos, y del celo con que ha desempenado su comisi6n.=Dios 
gnarde d V. S. muchos aîlos=Aranjuez 23 de Abril de 
1806.=^/ Principe de la Pax.=Sr. D. Diego de Alvear y 
Ponce. =E8 copia. 



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APKNOICE NUN'L lO 



Oficio del Comandante gênerai del Departamenta 
para que se ponga à las ôrdenes del excelentisi- 
mo sefiior Duque de Alburquerque, que le elîgio 
para el mando de la artilleria de su ejércîto^ 




j ^^/^ipi ll^JS I. Gencnil oncîii^jido de la dotV'riJ^a de esla 
j^j^ tv fr^i plaza mv dïce con ftrclia df ayer lo qoe 
i3Si--.^ë^^-W^t sigu<':=Exemo, Sr.=SipDdo de prime- 
i*a nerf sidiid qiir d ranio dt' artilleria, asf 
de tic^rra cuiiiu de marina, dependn do una 
sola imht^^a^ y hallaudo en el Coronel de 
Maiitïa I). Dîeg<» de ^41vear Iob conoct- 
mientos necesarios para td deseTn|ieûo de este encaï^^o, he 
venido en nombrarlo para el indieado objeto, y se lo eomtmico 
îC V. E. para que se sirvtï ponerlo â mh érdeocs.;=Lo que 
translado d V. S. pani .su inteligeneia y eiunplimîento, de- 
biéndose presentar al expresado sefior Duque, =^DiQs guar- 
de à V. S. muchos afio?^,=Tsla de Le<5n, 8 de Febrero 
del 810.=:Finnado=P^//ro de r4rf/f7ïff.s. ;= Sr. D, Diego 
de AIvear.=Con fechu 4 de Febrero pî^ el nonibraiujeiit0* 






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- dia - 



APENDICE NUM. 11 



Oflcio nombràndole Vocal de la Junta de defensa 
de la isla de Leôn. 

Esta Junta de defensa, en sesidn de hoy, ha nombrado d 
V. S. por uno de sus Vocales, y en tal virtud espero se ser- 
vira V. S. concurrir d las ocho de esta noche en la sala ca- 
pitular d efecto de tomar posesidn de dicho encargo.=Dios 
gùarde d V. S. muchos aôos.=:Real isla de Ledn, 2 de Fe- 
brero de 1810.= Sebastien de Solîs, 

Por aelamacidn gênerai del pueblo habia sido ya elegido 
Vocal de la Junta de gobierno y defensa el 2 de Enero. (Véa- 
se su hoja de servicios.) 






APENDICE NÛM. 12 



Oflcio de nombramiento de Qobernador politico 
y militar de la isla de Leôn. 

Al Capitàn General de Andalucla comunico con esta f e- 
cha lo siguiente:= «Considerando el Rey nuestro seûor don 
Fernando VU, y en su Real nombre el Supremo Consejo 
de Regencia del Reino, que las actuales circunstancias pre- 
cisan d crear un Gobierno militar y politico en esta villa de 
la isla de Le<5n, ha nombrado S. M. para este empleo d don 
Di^o de Alvear, Capiton de navlo de la Real Armada y 
Comandante de brigadas.» =Lo translado d V. S. de Real 



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mi 



^ 414 — 

i>rden para sti inteligcmcia y cuinplimietitc^Dioâ guarde 
 V, S- muchos afîos.= Ti^la de Le6ii, fi de Marxo dp 
1810.=%w/^. ^Seilor I>* Dît go de Alvear. 






APKNDTCE NUM. 13 



ConteBtaciôu del Duqne de Alburquerqoe al anun- 
cîarle su nombramlento de Gobemador militar 
y politico de la îsla d© Le on. 

I^ orden que V* S. me cita en su oficio de 9 del corrieBte 
#obni haberle nonibmdo S. M. Gobcmador militar y poHtico 
*^ii €aa villa, me la comunicô el scnor MlnÎBtrï* de la Gtierra, 
en la que tuve gi-an satisfaeeidû, = Dios giiarde d V. S. 
luuclios afios.^^Cifdîzj 11 de Marao de ISlO.^^Firniudo.:::^ 
El Ihtque de AlhHrqiierqu£,^=^ Sn D. Dîe^o de Alvear, 




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NDî^e^e^i 



APKN13ICE NÛM. 14 



Titulo de Corregidor de la isla de Leôn à favor de 
D. Diego de Alvear. 




^)N FEKNAXDO VIT, por la gracia 
de Dios Rey de Castilla, de Le6n, de 
Arag6n,delas don Sicilias, de Jerusa- 
lén, de N avança, de Granada, de To- 
ledo, de A^alencia, de Galieia, de Ma- 
llorca, de Menorca, de Sevôlla, de 
Cerdena, de CY)rdoba, de C^Srcega, de Murcia, de Jaén, de los 
Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las islas de Canaria, 
de las Indias orientales y occidentales, islas y tierra firme del 
mar Océano, Archiduqiie de Austria, Duque de Borgofia, de 
Brabante y de MiWn, Conde de Hapsburgo, de Flandes, Tirol 
y Barcelona, Sefior de Vizcayay de Molina, etc. Y en su Real 
nombre el Consejo de Regeneia de los reinos de Espana 6 In- 
dias, Concejo, Justicia, Regidores, Caballeros, Escuderos, Ofi- 
ciales y Hombres buenos de esta mi villa de la isla de Ledn: 
Sabed: que por mi Real decreto de seis del corriente, 
considerando que las aetuales cireunstancias precisan d crear 
un Gobierno mîlitar y polftico en esta Wlla, y ent^ndiendo 



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— 416 -^ 

que asî conviene d mi servicîo, à la buena administracî<5n 
de justicia, paz y sosiego de la inisma, he venido en nom- 
brar para dicho empleo d D. Diego Alvear, Capiton de na- 
vio de mi Real Armada y Comandante de brîgadas. 

PoR TANTO, mi voluntad es que el expresado D. Diego 
Alvear tenga el oficîo de mi Corregidor de esta mi villa de 
la isla de Le<5n y su tierra, con los de justicia^ jurisdicciôn 
civil y criminal y alguacilazgo, pur espacio de seis aûos^ que 
han de empezar d eorrer y contafte desde que f uere recibi- 
do en é\y y por el dem^ tiempo que por mf no se prove- 
yese dicho oficio, excepto en el caso de que estimare con- 
venicnte reraoverle 6 promoverlc antes de cumplir el sexe- 
nio. A su consecuencia, os mando que en vîsta de esta mi 
carta, y sin précéder para ello otra diligencia, habiendo ju- 
rado antes en mi Consejo Supremo de Espaûa é Indias como 
se acostmubra, le recibàis por mi Corregidor de esta villa y 
su tierra, y le dejéis usai* libremente este oficio y ejercer mi 
jurisdiccidn por sf y sus Oficîales; oir, librar y detenm'nar 
los pleitos y causas civiles y criminales que en la misma es- 
tdn pendientes y ocurrieren todo el tiempo que tenga este 
oficio, y llevar los derechos y salaries anejos y pertenecien- 
tes al mismo oficio de Corregidor de esta villa; y para que 
pueda ejecutarlo asl, le daréis el favor y auxilio que hubîen» 
menester, y le contribuiréis con el salario que le est^ sefia- 
lado; guardàndole y haciendo se le guarden todas las bon- 
ras, gracias, mercedes y prerrogativas que debe haber y go- 
zar, y de que han usado sus antecesores en iguales destines^ 
sin que en ello se le ponga ni consienta poner impedimento 
ni contradiccidn alguna; pues Yo por la présente le recibo 
y he por recibido d este oficio, no obstante cualesquiera le- 
yes, estatutos, usos y costumbres que acerca de ello tengfis^ 
y le doy poder para ejercerle, como también para que co- 
nozca de todos los demàs pleitos, causas y negocîos que es- 
tuviesen cometidos d los Corregidores d à los que anterior- 
mente han administrado la justicia en esta villa, aunque 
sea fuera de su jurisdicciôn, administràndola d las partes 
conforme d las comisiones que le fueren dadas. Mando igual- 



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— 417 -- 

mente d las personas que al présente tienen las varas de mi 
justicia en esta villa que luego las den y entreguen al expre- 
sado D. Diego Alvear, y no usen mîfs de ellas bajo las penas 
en que incurren' los que ejercen ofîcîos pûblicos sin la co- 
rrespondiente facultad. Quiero también que el propio D. Die- 
go Al vear, al tiempo del ingreso en este Corrcgîmiento, preste 
la fianza de ley por los negocios en que entendiese mientras 
le sirva, y que otorgue obligaci<5n de residir en él, sin hacer 
màs ausencia que la permitida por la ley, y entonces sin en- 
trar en la corte, d no précéder licencia mfa 6 del citado mi 
Consejo: que guarde, cumpla y observe puntualmente los ca- 
pftulos de la Instruccidn de Corregidores de quince de Mayo 
de mil setecientosochentay ocho; que, conforme à lo dispuesto 
por Real Cédula de veinte y uno de Abril de mil setecientos 
ochenta y très, entregue al que le sucediese en dicho Corre- 
gimiento una declaracidn jurada y fîrmada, en que exprese 
con distincidn las obras pûblicas de calzadas, puentes, ca- 
minos, empedrados, plantf os y otras que hubiere hecho, con- 
cluf do û comenzado en su tiempo, y el estado en que se ha- 
llasen, con expresidn de las dem^s que f uesen necesarias 6 
convenientes, segûn su mayor necesidad 6 utilidad, con los 
medios de promoverlas; el estado de la agricultura, granje- 
rfa, industria, artes, comercio y aplicaci<5n del vecindario, 
los estorbos 6 causa del atraso, decadencia 6 perjuicios que 
padezcan todos y cada uno de estos ramos, y los recursos 6 
remedios que pueda haber; cuya relaci6n,en caso de retirarse 
antes de haber Ilegado el sucesor, ha de dejar cerrada y se- 
Uada al que quedase regentando la jurisdiccidn en esta villa, 
para que la entregue â dicho sucesor, tomando uno y otro 
el recibo correspondiente, el que, con copia de la misma re- 
laci<5n, ha de entregar en mi Consejo antes que se le den los 
tftolos 6 despachos para servir el empleo â que fuere pro- 
movido; y dentro de setenta dlas contados âesde la f echa 
de este tftulo ha de tomar posesidn de dicho oficio, hacién- 
dolo constor en la Secretarfa gênerai del mi Consejo; y no 
ejecutàndolo asf, quede vacante y se me consulte para vol- 
verlo i proveer, sin hacerle otro apercibimiento alguno. Y 

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— 418 — 
do esta mi cai'ta se ha de tomar raz6n en las Contadurfas 
générales de valores y distribuci<5n de mi Real Hacienda é, 
qne èstîîn incorporados los libros del Registre gênerai de 
mercedes y de la média anata: expresando la de valores, 
habei^se pagado 6 quedar asegurado este derecho, con de- 
claraci6n de lo que importase, sin cuvas fonnalidades man- 
do sea de ningûn valor, y no se admita ni tenga cumpli- 
miento esta merced en los Tribunal es de dentro y fuera de 
la corte. Dada en la Real isla de Le6n d diez y seis de 
Marzo de mil ochocientos y diez. = YO EL rey. =:Por el 
Consejo de Regencia. = Javier de Castanos, Présidente. = 
Yo D. Santos Sîfncbez, Secretario del Rey nuestro Seuor, lo 
liiee escribir por su mandato.= Hay unarûbrica.= Por cl 
Canciller, D. José Rebollo.r= Registrado.= D. José Rebo- 
llo.=D. José Col6n.=D. Manuel de Laixlizdbal.= D. Se- 
basti^în de Torres. = Hay un sello en seco con las armas 
reaies. = Tftulo de Con'egidor de esta villa de la isla de 
Le6n i( D. Diego Alvear, Capitîtn de navlo de la Real Ar- 
mada. = Secretario gênerai del Consejo. = Corral. 

Don Esteban Varea, C'aballero pensionado de la Real y 
distinguida Orden espanola de Carlos III, del Consejo 
de S. M., su Secretario y del Consejo Supremo de Espana 
é h\d\i\s.=: Certiflco: Que en el pleno de este dîa jiu'o don 
Diego Alvear, CapitiCn de navîo de la Real Annada y C<>- 
niandante de l)rigadas, el empleo de Corregidor de la villa 
de la Real isla de Léon, que se le confiere por el preseiit4* 
tîtulo, para (jue desde luego pueda tomar posesî6n de diclio 
empleo en atenci6n îî las actuales crfticas circunstancias, sin 
perjuieio de que se tomen después las razones coiTCspon- 
«lientes en las Contadurfas générales de valores y distribu- 
cion de la Real Hacienda, segCui se previene. = CîCdiz, dicei- 
sietede Marzo de mil ochocientos diez. 1:= Por el senor Secre- 
tario gênerai, =i9«///o.v SdncJiex. 

Don Vicente Tenîn Enrîquez^ Capitttn de las milicias do 
esta villa, Escribano de S. M. pûblicode Cabildo y de los Ra- 
mos de Consolidaci^ln en e\lix. = Doy fe: Que en el celebi'ado 
el dîa de hoy por los senores Concejo, Justicia y Regimiento 



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— 419 — 

•de ella, y mi presencîa, se présenta el Real Despacho de Su 
Majestad que antecede, y en su obedecimiento y puntual 
curaplimiento se di<5 posesidn de su empleo de Gobemador 
poUtico de esta enunciada villa al Sr. D . Diego de Alvear, 
quîen^ ocupatido el sitio y lugar de preeminencia que le co- 
rresponde on el Ayuntamiento, la tomô quieta y pacîfica- 
mente^ sip contradicci6n de persona alguna. Segûn que todo 
con mifs indiWdualidad aparcec del acuerdo original que se 
halla en el ciuiderno corriente de Cabildo â cpe me remito. 
Y para entregar d dicho senor pongo el présente, que firmo 
en la Real îbUi de Le<5n à diecinucye de Marzo de mil oeho- 
^ientos diez,= Vieente Therdn.=^lEs copia. 




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APÉNDICE NÛM. 15 



Exe MO. Se5^or: 




N contestacidn de las observaciones bê- 
chas sobre la construccidn del canal del 
cerro de los Mrfrtires que V. E. se ha 
servido manifestarme, se me han ocuni- 
do las del papel adjunto, que en subs- 
tancia son las mismas en que se fund6 
el proyecto desde sus principios, delineando sus dîferentes 
rumbos con estacas, como tuve la satisfaccidn de tnostrar 
d V. E. desde entonces. Esperoque V. E, las hard exami- 
minar; y si no hubiere otro inconvenîente, podrô seguirse la 
obra en los términos propuestos en dicho papel, que me pa- 
rece reconciliarô todas las dificultades.=:Diosguarde â V. K^ 
muchosaflos.=Real isla de Le<5n 5 de Julio de 1810.= 
Diego de Alvear, =Kxcmo, Sr. D. Tomàs Grahdm, Geno- 
rai de las fuerzas britànicas de esta isla de Le<5n. 



Observaciones sobre las drcunstancias que debe reunir el 
canal proyectado del otro lado del cerro de los Mdrtires 
de la isla de L^n, por D, Diego de Alvear y Ponce de 
Leôn. Aflo de 1810. 

El canal que se proyecta abrir, y que estd ya comenza- 
do, al S. O. del cerro de los Màrtires, consta de dos partes 
principales; por la primera debe continuarse el gajo 6 arroyo 



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— 421 — 

llamado de Dos Hermanas, hacia las inmediacîones de la an- 
tigua terre de Alcudia, y de alll hacia la playa del raar por 
el terreno mis proporcionado, menor distancia y con direc- 
cidn al jnayor f ondo, limpieza y seguridad de la rada que 
■debe servirle de puerto; por la segunda parte debe comuni- 
-carse el referido canal con el rfo de Avillo desde las ex- 
presadas inmediacîones de la citada torre de Alcudia, com- 
binando asimismo la mejor calidad de los terrenos, m^ cor- 
tas distancias, la facilidad de su navegacîdn, y que rodée y 
içnamezca lo mes de cerca que sea posible los reductos re- 
cién construldos y demàs obras de fortificaciôn del mismo 
<îerro de los Màrtires, Campo de Soto, etc. 

En el punto de réunion 6 confluencia de los dichos très 
brazos en las cercanlas de la torre debe hacerse una especie 
-de d^rsena espaciosa de forma circular, capaz de admitir no 
pequeîio numéro de embarcaciones, que con el tiempo po- 
-dr^ ser de mayor 6 menor porte, segûnlaperfecci6ny pro- 
^gresos de la obra; con sus escalas 6 rampas y demïCs corres- 
pondiente à la carga 6 descarga de los buques de im puerto 
-6 muelle de la indicada especie; y en la misma torre, como 
es terreno miCs firme y dominante, podr^ construirse un nue- 
vo reducto û obra de fortificaciôn adecuada à las actuales 
circunstancias, que ya en figura circular, 6 dàndole très f ren- 
tes en la direcciôn de los très brazos del canal, enfile y de- 
fienda cada uno el suyo respectivo. 

El brazo de este canal que comunique al rfo Avillo no 
tendra de ancho màs que 20 varas, sobre très de profun- 
•didad, lo que bastarà para el paso de las embarcaciones me- 
nores; mas el brazo principal que va à la playa del mar y 
<lebe formar el puerto, tendra 40 varas de ancho y cinco de 
f ondo, y de este modo, no s<51o darà paso de ida y vuelta sin 
tropiezo d embarcaciones de mayor porte hasta la dàrsena 6 
muelle de la torre, sino que en las crecientes l'ecibirà este 
brazo un caudal de aguas que en pocos aguajes no sera 
menor que el de Santi Pétri, y aumentarà de otro tanto la 
masa de ellas en las salinas y dem^ canales que rodean la 
Isla por todos lados, multiplicadas igualmente por las del 



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— 422 — 






M: 



rîo Avillo, que las recibe de la bahîaT lo 411e seri de uua 
ventaja indecibic, tanto para la uavegaeiïjn como pam la de- 
fensa. 

Coino les terrenos por donde debeu abrii^e estes cana- 
les son todos fan^osos, sin que se encuentre uvM que una 
capa iiiuy superficial de arena, en ciertos pai-njefï liucia k 
playa, que no pénétra arriba de una vara î?eg(iii la,^ difertn- 
tes sondas (pie se lian liecho, sfguese de m{ni no liaber el 
menor recelo de que la arena los pin/da ce^ar o iimtilîzar 
de manera alguna en ningûn tienipo; fuera de cpie los eaua- 
les de esta naturaleza, de fondo fango suelto y de aguas èii- 
ti'antes y salientes siempre con mayur rapidi^z, ix nrds de eer 
bien faciles de limpiar, nunca esta'n expui'stois a Riniiar ba- 
rra en su boea, d mudar de direccioiiT ni d lu^ derjiîi:? îiicon- 
venientes que causan freeuenteniente los rios de largo car- 
so con los derruinbadei'os, malezas^ y e.scoinbnjs de susr 
gi'andes avenidas, y de esto nos son garaiiteis el nii^ino Saa- 
ti Pétri y los deniîis canales de la I^la. 

Xo hay duda parecerît niîts ventajoi?o que el brazti de 
Dos Hermanas, que debe eoniunicar al rfo Avillo, rtxl<*astt 
ininediatainente, fonnando una espeeie de eireimvalaeiun, ks 
f aidas y cafdas del cerro de los Martires; iiia^ se alur^ri 
notableniente la obra con tantas vueltas y revucjtasi se ha* 
rîa niiîs difieidtosa su navegaeion y .se tlebilitarïa de unicbo 
la corriente de las aguas, exponiénd* 4o tal vez û pcrjiulicîa- 
les inundaeiones; sin embai-go, contbînadas estas diticulta- 
des eon la utilidad de la defensa de lo^ ruductos, tué s^ùa- 
lada la direecion de dieho brazo por la uia}\>r iniiK'cliuLiuu 
posible d dieho cerro, salvando Cuiicatueiite los e^irdunes ô 
raniales que caen de sus faldas, que se tîene obser\'ado son 
de piedra é iniposibilitarian su constrneeion* 

Podrîa sos[)echarse iguahnente que el otro binzo priricn^ 
pal, asî por su direceidn recta d la phiya, como por la ele- 
vacion 6 altui*a en que podrîan qu^dar las tietras extraida^ 
de su excavacidn, fonnarfa una es[iecie de paralela cim m 
pai-apeto muy contraria il la lînea de los reductos avaaza- 
dos de la playa, cuyos f uegos quedarïau muy embarazados »> 



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— 423 — 

inutiles enteramentc. Por lo que haee d la elevaciôn de las 
tierras, previsto ya su ineonveniente desde que se di<5 prin- 
cipio al canal, se dispuso extenderlas de un lado y otro, re- 
partiéndolas en los diferentes barrancos y escabrosidades 
del terreno de forma que no puedan servir de embarazo al- 
guno, antes que puedan cubrir de este lado algunos puntos, 
para nucstras avanzadas. 

Por lo dem^s, sea la que fuere su direccidn, un canal 
que se halla defendido de tantas baterias dominantes y otras 
latérales que lo flanquean en todos sontidos desde su prin- 
cipio hasta su fin, y que ya en sus erecientes por el mucho 
caudal de sus aguas, en que podràn navegar libremente las 
canoneras y demds barcos de fuerza, 6 ya en sus vaciantes, 
por el gran atolladero de sus fangos es siempre in transi ta- 
ble, no puede ser de manera alguna perjudicial ni llegar ^ 
servir de paralela al enemigo, aun en el caso supuesto de 
que, vencido el paso de Santi Pétri, tratara de establecerse 
en los terrenos inmediatos al referido canal, empresa que 
no serîa tan fàcil de ejecutar. 

De todo lo expuesto se deduce con bastante claridad y 
evidencia que el canal proyectado y empezado i. abrir con 
sus très brazos: primero, el de Dos Hermanas; segundo, el 
que va al rio Avillo, y tercero, el principal del centro, que 
se dirige al Océano y debe formar el puerto, es ima obra de 
la mayor importancia y de bien fàcil ejecuci6n, que pvodu- 
ciri, las mayores utilidades al comercio y navegaciôn, y muy 
considérables ventajas à la defensa de la Isla; pues aumen- 
tada de dos t^rcios la masa de aguas del contomo, como se 
ha indicado arriba, con las dos nuevas comunicaciones de 
estes canales al Ocëano del Sur y ^ la bahfa, no s<51o esta- 
remos, por consiguiente, en mayor proporci<5n de conservar 
siempre el aniego de las salinas, canos y foso, inundando 
nuevos y nuts altos terrenos, à que no alcanzaban antes la^ 
mareas comuues del Santi Pétri, sino que en el caso, dema- 
siado probable, de que los enemigos llegaran it embarazar- 
nos con sus baterîas la libre entrada de este rfo, nos queda- 
vé, entonces el nuevo y grande recurso de estos canales, por 



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1 
3 



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— 421 — 

dfjiid*' nf>s poclrrfn entmr eti todo tieDipo coq mayor »eguj 
dad todo généra cîe abaâtoa, provî^îonos de Ixica^ iniioiei' 
lies de* giieiTa y otroB efec*tos; y auQ û fuere neocsurîoj ^5 1 
qoierâ dai* en lo suceàivo mayor extettsi^îf] ïf estf? viuito |*r» 
yeet^^, <*ii loî* lïiistiing cûiialt^ podr^n baceiT^e varadiTOt, r 
dus, diqiieâ y aun toda especîo de obinR oorrcïipotidîtMiti»*! 
la careiia y coustmocîién d<i embureuciotie?*! como en çl Tr 
ciidei\» y PuntîdeSj que en el dfa nu nos es |>oHjble, y en coj 
^îtimefdn y tcrrcnos hay tanta y aiiu mt^jor pm|K>rfâî<îii qi 
en la Carmca riiisma- 

Maâ rcdiieiéiidonog en cl diu A lo miTs intlÎN pensable 
necesario, eonio es la simple construcei/m de diebos eanalc 
çi>n aiTeg:k> A 1ns fdtiinas reales disposîcione^ *pie se me ne 
ban de comiinicar en duta de 3 de! cornénte, pidi^udon 
un pluno dt* iniiy4*r eî*eala que el dîidt> anteriormc*nU% un tu 
teo il preaupiiesto del c^ïstorf que piiedcn niontary del tiVr 
po eu que ij?e puedau coucluir^ eon una relaeiein ilt*talb< 
que dé îdoa miCs îjidividnal *' huga toraar niejor ct>nfK*iniifî 
to de las diruensiones y demits pariicnlnre^ drennjstancî 
expiv^-^adas va de los referidoB canalea, el piano adjiin 
llruïi plenamente todo el objeto propnei^to, y en ^l »é mar 
ficBta: L"* Que desde el punto A^ en el gajo de Dos H<ntn 
na?^, hasta e] punto 1\^ prîncîpio de lu dïCrseua, cori'e el pi 
lucr lïnizu tlrl eiinal la dîstaneia de H50 vaniss bajo la ilirt 
i?i(5n del O: '/i ^- O-, ïCniuy corta difereuciiu 2.* Y dc#dé 
it C en la pliiya del inar^ bajo hi mÎHma direceîdnj se cueni 
fitnis \\\\\ varus, que es el traruo 6 tercer brazo principal t| 
>e dirige al puerto. 3." Y ûltiniamentej desde B A [), W4*g« 
du brazo 6 eumuuîeaeion con el rfo Avillo, L20O l'ara^i 
la nniyeceîon del N. (X, flivididn en su mitnrj pnrt*l iirrctci 
/► i^umiuo vicjo de ( ■îîdiïî* Aquellos di»?^ brazo^ eotnpotl 
1,400 varas*, deben tener de aneho, arriba 40 y 20 abajc*, c 
**Ijno neeesuno y pni|t(>reiotmdo al soFtén y peso di« I«i4 t 
rruK, y cineo varas de fontlo en toda su lougitud; lo que 
mia (KUina de 223.500 varaa cûbleas, que jC razi^n de I rs^, < 

oHan 894,000 rn, vn„ 6 44 JOO pesos fuertes* t4i eoinii: 
r» i]el rîo Avillo tîeiu/ de larg^i* eomo va «lieho, I:2Û0 \ 



1 



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— 426 — 

ras; tendra 20 de ancho arriba, en la superficie del terreno: 
ocho abajo en el fondo, y très de hondo en toda su extension; 
y, por consiguiente, ser^ 50.400 varas cûbicas, que al pre- 
cio de 3 rs. vn. son 151.200 rs. vn. y 7.560 pesos fuertes, y 
los très brazos juntos importaràn 52.260 pesos fuertes; d 
cuya suma^ si se agrega lo que pueden costar los utensilios 
de parihuelas^ carros de mano, pîcos, espuertas, etc., y la 
mayor anchura 6 extension que quiera darse d la dàrsena 6 
muelle, con sus rampas 6 escalas de embarco y desembarco, 
y algunos gastos extraordinarios 6 imprevistos que pueden 
ocurrir, puede computarse en 60.000 duros el todo de la 
obra; sin que pueda perjudicar ni obb'gar d variar en lo màs 
minimo la llnea de los reductos, como se habla recelado. 

Xo obstante, si pareciere conveniente se podi4 conti- 
nuar la dicha obra ^ fin de no perder tiempo, abriendo pri- 
mero la comunicacidn deseada del Santi Pétri al rlo Avillo, 
ciflendo cuanto sea posible el cerro de los. M^rtires, como 
se indicé arriba, y que los seflores ingleses hagan el foso 
proyectado en la muestra, como ofrece el seûor Comandante 
de Ingenieros; y hecha esta, se verd después el mejor modo 
4e concluir el canal principal de acuerdo y satisfaccidn de 
todos y d mayoç beneficio de la pûblica utilidad.=Real isla 
<le Le<5n, 5 de Julio de 1810.=Z>%o de Alvear. (Acompa- 
flaba el piano del canal.) (1) 



(1) Una copia del dicho piano del canal tenemos en casa. — 
(S. de A.) 




S' 



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APENOICE NUM, te 



Acuerdo en oabildo de la isia de Leon^ de I 
Marzo de 1811, sabre sueseriricios en el de 
pano del corregiraiento y g^obiemo de i 
villa. 









ir^ 





t}S Bart4iluiiié Cmik' Gaines ^ m 
nu del Rey autjsti^ Seûor p( 



nuivoi' dv. Cubildo v AyiintiUi 
d*.^ putii villa, Faniiliar y .U, 
itiavin- del Santi) Tribuiml de i 
(juiîrirîiln, Seertîtario dt la rlni] 
^iil»k^riii» de ('sUi [»îaza y Capîtan d<* sus mîlicias hou. 
DoY FM: Qui* rti rabildo cidebmdo el dfa de ny^r 
livvi^vïwlii pnr loHumiorvB Cimeejo, Justîcia y lîi'gimieî 
clb, ts^^ tratti y aeiirclïî^ euirtf utros particiilarefi , cl qu 
(tiado i'tm la uiiljGKa y pie, tiii ténor es el ïfî^uiente: 

En la villa de la Real isla de Ijeôtij 1 xainilm 
Maixii de mil iK-Iincii'ntos once, los Srea* ï>. Diegi> d 
bear, < T<>benuidcn' niilîtar y poUtlco d<? cstn phizii; IX 
pitri de Jarza, I). Jimii SerraïKj y Cimida, I^. iligiiel 
y I). tliïaji ilerelo^ Regidores bienales; D. Franciâco d( 
TViiij D. Joîse Aiitojiio Liivetiga y D- Ignacio Buiiis^ Dî 
dim de abastos; IX Juan de Dîos Aguilar Gracia, Vn> 



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— 427 — 

dor mayor, y D. Cri8t<5bal Sdnchez de la Campa, (lue lo es 
Personero de este Comûn, habiéndose reunido, conio lo han 
de uso y costumbre, d efecto de celebrar eabildo, en él se 
trat<5 y acortl6 lo 8iguiente:=En seguida de lo cual se ley6 
literalmente una Real orden de veintitrés del corriente que 
inserta el Sr. Gobernador présidente en oficio de este dîa, 
por lo que se evidencia que el Supremo Consejo de liegeu- 
cia, en el R«al nombre del Rey nuestro Senor Don Fernan- 
do Vn, se ha servido conferir el Gobiemo militar y politi- 

00 de esta villa al Capitàn de navio de la Real Armada don , 

Miguel de Irigoyen, previniéndose al actual Sr. Gobernador 
entregue el mando de este Gobierno al nucvamente nom- 

brado luego que se présente d ejercerlo, en cuya virtud, y )^ 

obedeciendo, como obedece, este Ayuntamiento, con el res- ^m 

peto y veneraci<5n que debe, la citada Real resolucién, acor- 

d<5 se guarde, cumpla y ejecute, segim y como en ella se pre- •♦ . 

viene; y en su consecuencia, y para tratar del sogundo par- | 

ticular del indicado oficio, hizo présente este Ayuntamiento 
i dicho Sr. Gobernador tuviera d bien retirai*se de este acto,, 
como lo ejecut<5 su senorla inmediatamente; y quedando pre- 
sidiendo este Cabildo el Sr. Regidor^ su decano, D. Agapito 
de Jarza^ se ley6 la referida seguuda parte del relacionado 
oficio, relativa d que se manifieste por este Cuerpo oujfl ha 
sido el desempeno del mismo Sr. Gobernador en el tiempo 

que ha senddo este encargo; como también d que no se le " 

ha seôalado ni obtenido sueldo ni gratificacion alguna, d pe- 
sar de lo que sobre ello ha representado con oportunidad 
este Ayuntamiento, con lo demiîs que se estime conveniente, 
y que de ello se le facilite testimonio; y en su inteligencia 

no pudo menos este Ayuntamiento que manif estar cuin sen- ^ 

sible le es la separaci<5n de dicho soûor del ejercicio de este 

Gobiemo, mediante el acierto con que ha procedido eu sus lljl 

providencias: el celo, activid iJ y desinterés con que se ha • * 

comportado en el ejercicio de sus f unciones, trabajando con 
particular desvelo dîa y noche por el beneficio del pûblico 
y de la justa causa que en la actualidad defienden todos los 
buenos espaôoles, sinhabérsele senalado ni percibido sueldo i 



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— 428 — 

ni gratificacîdn alguna por raz<5n de dicho Gobîerno sin em- 
bargo de las repetidas representaciones que al intente ha 
dirigido este Ajuntamiento â la superîoridad correspondien- 
te, con el juste objeto de que fuera remunerado dicho sefior 
Gobemador de sus incesantes tareas: como îgualmente para 
que fuesen cubiertos los gastos crecidos de su Secretarfa, 
haciéndose por ello digno del mayor elogio; acordando en su 
consecuencia se le den las debidas gracias por la utilidad 
conocida que se ha seguido al pûblico y al çervicio del Rey 
por tan buen desempeôo, para lo que nombraron por comî- 
sionados que lo practiquen inmediatainente, d nombre de este 
Cuerpo, d los Sres. D. Juan Serrano y D. Miguel Gillfs, Re- 
gidores; D. Francisco del Corral, Diputado, y D. Juan de 
Dios Aguilar, Sîndico, Procurador gênerai, y que d su sefto- 
rfa se le facilite el conducente testimonio de este acuerdo 
à los fines que le puedan ser utiles; y habiendo saUdo de 
este Ayuntamiento los citados cuatro caballeros capitulares 
â poner en prrfctica lo acordado, se restituyeron al brève 
rato con cl citado Sr. Gobernador, manif estando haber cum- 
plido su comi8i6n.=Con lo que se concluyd este cabildo, 
que ofrecieron finnar los seîlores concurrentes d é\, de que 
doy f e. = A 1 vear. = Jarza. = Serrano. =: Gillfs . = Merelo. 
=^ Corral . = Bonis . = Laveaga . ::= Aguilar . = Sànchez de 
la Campa. = Ante mf , Bartolomé Conde y G<Smez.=El par- 
ticular, cabeza y pie inserto, estrfn conformes con su original 
en el cuademo corriente de cabildos de mi cargo, d que me 
remito. Y en cumplimiento de lo acordado para entregar al 
Sr. Gobemrdor militar y polf tico de esta plaza, pongo el pré- 
sente, que firmo en la villa de la Real isla de Le6n, d veîn- 
tiocho de Marzo de mil ochocientos once,=Bartolomé Gan- 
le y Gô?7iex.i>^==Es copia. 



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APENDICE NUNl. 17 



Carta original del Teniente General Sir Thomas 
OrcQiam al mando de las tropas de S. M. B. 




^ si^ de Le<în 6 Ap.' 1811.=Sir.=Y hâve the 
honor to acknowledge the receipt of your 
letter of the 31'*'^ ult.** acquainting me with 
the appointment of Don Miguel Irigoyen to 
suceed you in the Government of Isla= 
Allow me to express my sincère regret at 
this change. For tho o' it may releive you of a troublesome 
office, yet, Jean never hope that any one else will give us, 
as allies of Spain, such cordial support and such ready 
attention as we hâve esperienced from you, and I am well 
persuaded that the duties of the situation in ail respects çan 
never be executed with more zeal, Judgment and patrio- 
tism.=Permit me likewise to take this opportunity of retur- 
ning you my most sincère thanks for ail your personal civi- 
Hties to me, and of assuring you of the great regard with 
which I hâve the honor to remain Sir = your most obedient 
humble servont = Thomas Graharn.=lM General Comman- 
ding the troops of H. B. M.- =A1 Capitan de navfo Don 
Diego de Alvear. 



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B- 







APENI3ICE NÛM. 18 



Solicitud de D. Diego de Alvear al Oomandante 
aeneral del E^ército, Marqués de Coupigny, 
para que informe su conducta en el gobiemo y 
de f en sa de la isla de Leôn. 

ExcMO. Se^or: 




ON Diego de Alvear y Ponce, Capiton de 
navîo de la Real Armada, ante V. E. con 
su (lebido respeto hace present<j se halla 
en la nccesidad de acreditar sus sen'îcios 
y su piuitual desempefio en los empleos que 
ha ejercido: 1.**, de Comandante General 
de artilleria de mar y tierra, nombrado 
|HM -1 tAriun. Sf. Duquc do iUburquerque, antecesoF de 
V. i;.. 1 t I ilr Fcbrero de 1810 d la entrada del ejércîto 
rie sif (MSktitln ]ïerscguido por el de los franceses, en esta 
1*1 ;rl i-l;i d*^ Lriln, donde se hallaba con el cargo de Comi- 
-;uiH jH'nviMiMiil de artillerîa de Marina y Comandante del 
]liii\ ("(n ijM> «!o Brigadas de este Departamento de CiCdîz; 
1';', \ il tl« f inhfniador polit ico y militar de esta plaza, Pre- 
*îili hh Ai' sit ilnstre Ayuntamiento y de todas sus Juntas: la 



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- 431 — . •' 






• 



del gobiomo y defcnsa, la de Sanidad, la de Abastos, la de 

represalias, la Subdelegacién de Real Hacienda y demàs 

Corporaciones poUtico-civiles y oriniiDales, propias de la ju- 

risdiccidn ordinaria y militar afccta â dicho empleo, creado 

«xpresamente, y para que f ué nombrado el 6 de Marzo iiinie- * 

diato en eonsideracî<5n d las actuales crfticas y apnradas cir- 

cunstancias en que se hallaba la Naci<5n, con el mando ane- 

xo de Coronel del Regimiento de milicias honradas, Compa- 

flias de Salineros, Cazadores y la Comandancia de los esco- 

peteros, etc., y de que acaba de ser relevado por Abril de 

este ano. i 

Y como en todos est os diferentes cargos y empleos que 
ha senido d las <5rdenes de Y. E., igualmente que d las de $. 

sus dignos antecesores, ya como Capitanes Générales de la 
p^ov^ncia, va como Comandantes Générales del Ejército, se 
ha comportado sierapre con aquel esfuerzo, celo y actividad • ^ 

que exigîan la importancia de los sucesos, lo împerioso de 
la necesîdad y lo urgente de las providencias y momentos, 
procediendo, sf : conxo Jef e de Artillerfa, d colocar los prime- 
roB caûones del Portazgo, Salero de Santiago y San Judas, 
Gallineras, Santi Pétri y otras baterfas générales de primera 
Knea, surtiéndolas superabundantemente y con oportunidad, 
no menos que d las canoneras y fuerzas sutiles, de toda es- 
peeie de municiones, mixtos, instnimentos y dem^ utensi- 
lios necesarîos d pesar de la gran escasez y suma dificultad 
de los transportes; y asistiendo, por ûltimo, personalmente a 
todos los conibates del puente de Suazo en aquellos prime- 
ros dîas de confusi6n y aun sorpresa, que fueron los mds pe- 
ligrosos y decisivos y en que perdimos mds gente, etc. Si 
como Gobernador, proveyendo fuera de lo respectivo d las 
dos jurisdicciones, d todos los diferentes ramos de policîa y 

gobierno, multiplicados extraordinariamente con la introduc- , ^ 

cidn de los dos ejdrcitos, espaîlol 6 inglds; la feliz instala- 
QÎôn del augusto Congreso nacional, las dos Regeneias, los 
ilinisterios, los Consejos, las Secretarîas, etc. Sdlo el punto 
de alojamientos necesitaba de una sesi6n continua 6 perma- 
nente. ^Corao alojar 25.000 hombres, con todos los ilustres i 



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— 432 — 

personajes de la Corte, muy brillaDte, en un pueblo corto^ 
de puros militarès mal pagados, y sitiados por los enemi^os? 
No fueron menos arduos y complicados el punto de abastos^ 
el de sanidad y limpieza de las calles, cuarteles y hospitales- 
La raàs infatigable y esenipulosa atencîdn fué indispensa- 
ble para preservar al pueblo de las pestes, que abrasaron al 
de Càdiz, al de Gibraltar é inmediatos. No se haga alto ea 
la inundaci<5n y reparos eoûtinuos de las Salinas para con- 
servarlas intransitables al cnemigo; ni en la construccidn de 
canales, con especialidad el nombrado de San Jorge, que, 
abriendo paso muy corto para las embarcaeiones y transpor- 
tes hasta el muelle de Saporito, inutiliz<5 las principales ba- 
terfas de los franceses, que enfilan y embarazan el del rio 
de Santi Pétri; mas no se omita el globo de negocios, la ince- 
santé y casi inmensa correspondencia, la diaria contestacidn, 
las màs veces momentàneay.perentoria, con responsabilidad, 
sostenida sin intermisi<5n con todos los Tribunales, con todos 
los Consejos, Ministros y Jef es, tirando todos i descargarse 
con el Gobernador sobre demandas, requerimientos, solicitu- 
des embarazosas 6 imposibles, y aun pedidos muy considé- 
rables de pertrechos, municiones, comestibles y otros dife- 
rentes ef ectos que, 6 no los habfa, 6 eseaseaban sobremane- 
ra, y de que, sin embargo, se lograron hacer y entregar repe- 
tidos y grandes acopios, que aûn se deben, y hasta de plata 
efectiva para el pago de trescientos jomaleros diarios para 
las obras de fortificaci<5n, no obstante las cortfsimas facul- 
tades y ningunos recursos; habiendo servido dichos empleos 
sin sueldo ni gratificacîiSn de ninguna especie; éi que puede 
agregarse la constante fatiga y el servicio hecho â la cabeza 
del regimiento de milicianos honrados, que fuera de laa 
guardias diarias que montabau, y las descubiertas y guerri- 
lias frecuentes â que salfan los cazadores salinei^os, cubrfan 
siempre sus batallones los puestos avanzados y los princi- 
pales puntos de la Ifnea en las expediciones y sab'das del 
ejército, como todo consta y puede acreditar con documen- 
tos del Cabildo y Junta de Gobiemo, sin que en todo este 
tiempo se haya notado el menor disgnsto pûblico, ni la me- 



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— 433 — 

nor desavenencia con los Jefes supremos y Tribunales, ha- 
biendo conseivado invariablemente con todos la mejor har- 
nonfa y la debida atenci<Jn, muy partîcularinente con el 
ejército, Jefes y Oficiales de S. M. B., à quienes ha tratado 
y servido con el m^ obsequioso esmero y notable puntuali- 
dad, como corresponde d tan dignos y generosos aliados. 

Por tanto^ suplica d V. E. que, usando de su natural bon- 
dad, y precedidos los debidos informes del Estado Mayor 
del Ejército de su mando y Jefes de los Reaies Cuerpos de 
Artillerfa é Ingenieros, con los demàs que sean del agrado 
de V. E., tenga d bien certificarle d continuaciôn su buena 
conducta y su cabal desempeûo en los servicios hechos en 
favor de la buena causa, como ha expuesto y espéra por ser 
de justicîa, de su notoria rectitud é integridad.= Real isla 
de Leôn, 28 de Junio de 1811.=Excmo. Sr.=Diego de Al- 
rcar. =Rubricado. 



CEimFICACION 

Don Antonio Malet, Marqués de Coupigny, Teniente Ge- 
neral de los reaies ejércitos y General en jefe interino 
del 4.% etc. 

Certifico: Que, segûn los informes que he tomado, es cier- 
to que el Capiton de navio de la Real Armada D. Diego de 
Alvear ha hecho d la ?atria, durante el tiempo que cita de 
su gobiemo polltico y militar, y dem^s cargos y empleos que 
en la mîsma época ha desempeftado, cuantos servicios expre- 
sa, d pesar de lo critico de las circunstancias y obst^culos 
que continuamente tenla que superar; que ha demostrado el 
mds acendrado patriotismo,y que ha desempeûado con el ma- 
yor celo, actividad y acierto cuantos asuntos 6 comisiones le 
fueron encargados; y para que pueda hacerlo constar donde 
y como le convenga, le doy la présente, que firmo y sello con 
el de mis armas, en el cuartel gênerai de la Real isla de Le<5n 
d diecînueve de Julio de mil ochocientos once. = El Mar- 
qués de Cbtfpijrn^. ==Rubricado.==:Est^ su sello de armas 
en lacre rojo. 

28 



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APENDICE NLJM. 19 



Certiflcado de la Junta de gobiemo, seguridad y 
defensa de la isla de Leôn. 





ON Baitolom^? Canle G6mez,escribano 
(le S. AL, Regidor deCabildo yAvun- 
tamiento de esta plaza, Capit^D del 
Cuei-jK) de niilicîas y Secretario de 
la Junta de gobiemo y defensa de 
ella. 

Certitico: Que el Sr. D. Diego de Alvear, Capitiln de na- 
vfo de la Real .\jTuada, fiié imo de los electos por el vecin- 
dario, Vocal de la ref erida Junta, que se estableci<5 en dos de 
Febrei-o del aûo pasado de mil ochocientos diez, cuyo cargo 
aceptd y dosenipefiô con la mayor exactitud, sin desatender 
en nininuia manera el ejei-cicio de las funciones de su primi- 
tivo cai-go de Coniisario p^mncial de artillerf a de Marina y 
roniandante del Real Cueq>o de brigadas de este Departa- 
niento; d tnyu concurrencia de actas fu^ constante, hasta que, 
<*m(4k»*'i* en el siguiente mes de Marzo Goberoador polftico 
y militer, r*^i^ny(5 en dicho seûor este empleo, reuniendo po- 
^ma nu/»n \n PiTsidencia del Ayuntamiento, Juntas de gor 
biemo y defensa, la de Sanidad, Propios, Arbitriosy Abas- 



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— 435 — 

tOB, é igualmente el encargo de Coronel del Cuerpo de mili- 
cias honradas de esta plaza, en lo cual, y en las vastas comi- 
siones que se pusieron d su cuidado con motivo de la entrada 
del ejército del mando del Exemo. Sr. Duque de Alburquer- 
que, la acogîda d este pueblo de la Junta central gubematîva 
del Reino, instalaciôn del primer Consejo de Regencia, y el 
del augusto Congreso de Certes, acreditd sobremanera su 
acendrado patriotîsmo y amor al Rey en el exacte cumpli- 
miento, asf de las continuas (Srdenes que se expidîeron rela- 
tivas al mayor servicio del Soberano, como en aposentar y 
alojar â tanto personaje é individuos de dicho ejército que en 
este pueblo se introdujeron, trabajando incesantemente df a y 
noche por conseguir tan altos fines, que logrô con sus acer- 
tadas providencias; mereciendo por ello el mayor elogio, asf 
como también por lo que coadyuvd â. proporçionar la abun- 
dancia de abastos del pueblo; policfa y aseo de las calles 
para preservarlo de las enf ermedades epidémicas que se pa- 
decieron en C^diz y otros pueblos; cuyos hechos, adem^ de 
constar muchos de ellos, de los papeles de la citada Junta, se 
aseguran en un todo como notorios. Y para que conste, de 
pedimento de dicho Sr. D. Diego doy la présente, à los fines 
que le puedan ser utiles, en la villa de la Real isla de Le<5n, 
éi veînte y uno de Julio de mil ochocientos once.^= Bartolo- 
mé Canle y G6mex,^=^ Rubricado. := Y.** 'B.^^= Miguel. An- 
tonio de 7/7^0^^.= Rubricado (1). 



(1) Es el G-obernador que le sucedié. 




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*^ 






ARENDICE NCnI. 20 



Defensa de D. Juan del Castilla, Oflcial delà com- 
pania de caballeros Guardias Marinas, y natu- 
ral del Departamento de Cartagena, an la causa 
que se le siguiô por el intente, que se le supuso 
tener, de pasarse à los franceses, por el Capitan 
de navio D. Diego de Alvear y Ponce, eu vîrtud 
de nombramientohechoalefecto,— Islade Leoiu 
1811. 




UN' Diego de Alveur y Ponce, Capit^D de 
Qavfo de la Real Armada, noiulïrado de- 
fensor de la causa <l«' I>, Juin» del Caëtillo, 
ncusado de habej^ inteiitado [ja^ar^e i lus 
franeeses, ha lefdn detenidaiiieiite el p^^- 
ceso que se le ha f^ïmiado, y on des^enip*'^ 
ho de la grave y delîeada e<iinif^î<^n dr ?u 
eneargo debe hacer présente al Con^iejo; 

1.° Ciue aunquc eu dicho proceso parûce haherse obefr- 
vado las formulas légales, sin que ^v note îrregulan'dad al- 
guna esencial, no obstaiite se déjà ver muy desde Iu€^>* 
tanto en la suniaria con que da priiu'îpîo conio eu la mayur 
parte de los testigos, uua indiseretfsînia aerîiiu'niiei^o, qu*v 



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— 437 — 

lejos de aquella suave moderaci6n y necesaria imparcialidad 
con que se debe procéder d la sencilla y efectiva averigua- 
ciôn de los hechos en estos procesos criminales, parece como 
un deseo anticîpado de la pena, y una prevenci<Sn dirigida 
é. persuadir, antes que probar, la gravedad del delito. ;Cuàn 
funestes y repetidos hayan sido los efeetos tristel de esta 
-e3pecie de criminalidad, demaâiado vulgar y ext^dida como 
hija de un celo mal entendido y fanàtico, en la présente re- 
voluci<5n! No lo puede dudar el Consejo. La virtud y la ino- 
cencia son comûnmente las vfctimas de este atolondrado fa- 
natismOy en que se mezcla muchas veces la envidia y ma- 
lignidad. Este indicado acaloramiento con que se formé la 
sumaria^ y la no menos inconsiderada deposici<5n de los cua- 
tro testigos, Juan de Alcrfntara, Pedro Gdmez, Gonzalo Mé- 
dina y Fernando Rueda, que aprehendierbn d Castillo, y 
dàndole de contado un cruel é indigne tratamiento de pala- 
bra y obra, que ellos mismos confiesan, tan poco conforme 
al decoro y compasidn que debîa excitarles la suerte de un 
Oficial tan joven, que ellos mismos suponfan arbitrariamente 
delincuente, les hace sin disputa recusables, habiéndose con- 
vertido en f uriosos acusadores en lugar de imparciales tes- 
tigos de un hecho que, d lo sumo, no pasa de una sospecha 
y mirado de cualesquiera otro modo es susceptible de muy 
diferentes y benignas interpretaciones. Sin estas circunstan- 
cîas, tal vez la superiorîdad no hubiera elevado d proceso la 
causa de Castillo; mas no siendo f ^il desatender una suma- 
ria tan criminal y maliciosa, es indispensable que los seûo- 
res del Consejo llamen toda su atenci<5n d examinar escru- 
pulosamente y calificar el grado de estimaciôn que deben 
dar d este nuevo género de pruebas y acaloradas deposicîo- 
nes de unos testigos de poca réflexion, como son los mâs del 
proceso, y que se dejaron Uevar ligeramente de su primera 
y mal concebida idea y ardiente deseo de un fatal y dislo- 
cado rigorismo, y que fueron también premiados con cua- 
renta reaies en calidad de aprehensores; circunstancia que 
invalida ciertamente su declaraciôn en Derecho. 

2.** Es también muy digno de toda la consideracitfn del 



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— 438 — 

Consejo que la ida 6 pasa^ <S sea hufda, à la otra banda de 
las Uneas pueda ser coii muy diverses objetos, y no todos 
criminales. jQué pruebas tan convincentes no se necesitan, 
y que combinacidn de extraordinarias circunsta^cias, para 
decldir y determinar positîvamente que el peor 6 mes cri- 
minal de estos objetos fué el intentado por un joven como 
D, Juan del Castillo, reducido â taies extremîdades de mi- 
seria, trampas y prisidn, como se evidencia del proceso! ;No 
se podla haber propuesto mejorar su verdaderamente triste 
situaei<5n transladàndose à los pueblos libres, y aun con la 
mira loable de presentarse en los ejércitos espaûoles, 6 to- 
mar partido con los patriotas! Cualquiera de estas ideas sé- 
ria incomparablemente mîCs f undada y probable, èomo asî- 
mismo mâs conforme por presunci<5n de derecho, d todo Ofi- 
cial de honor, que no se ha desmentido y probado lo contra- 
rio, y esta presuncidn favorece particularmente â Castillo, 
que, fugado ya del enemigo que le hizo prisionero en Santa 
Olalla, no tiene 8<51o la posesi<5n, sino que ha dado pruebas 
positivas y relevantes de su patriotisme y acrisolado honor* 
Si su intencidn hubiese sido, por el contrario, de tanta mal- 
dad y perfidia como la de pasarse d los enemigosj que se le 
supone y de que se le acusa, ^hubiera escogido un rumbo 6 
caraino tan desconocido é ignorado por él, y en medio del 
dfa, donde varava i, cada paso de un lado y de otro, con un 
botecillo tan pequeûo y que calaba tan poco: botecillo con 
el que no podla haber contado por haber Uegado alli poco 
antes, traîdo casualmente por un marino de quien nadie sos- 
pécha? ^Qué carrera precipitada es la de ocho posas vista 
de lejos, de que ridîculamente se le acusa, para examinar un 
charco û derrame de la marea en que se entré hasta los pe- 
chos? ^Tenlam^ que haber seguidosu bordadarf medio frente- 
del cafio, d son de marea y viento en popa, como llevaba 
después de la ûltima varada? jQuién le hubiera alcanzado, y 
que tenfa que temer de gente de d pie, para volverse de 
motu proprîo, como lo hizo, de tan corta distancia del ene- 
migo, que al menor grito no le hubiese dejado de favorecer? 
^C<5mo se dejan también seducir de tan £alaces apariencias 



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— 439 — 

los dos sefioi*es Comandantes del Bombo y de la Dirmôn, 
hasta el grado de querer el imo hacerle fuego de fusil, y el 
otro haber llegado à conocer tan duraniente, y sin género de 
duda^ la inteneidn de Castillo, como avanzan en sus declara- 
ciones y partes? ^C<5mo inferir de las dif erentes varadas en 
iina y otra costa, de arribar y orzar, tesando y amando es- 
cota, en un botecillo tan dimînuto, gobemado en pleamar por 
raarino, c6mo inferir, digo, y asegurarse de que iba en de- 
rrota batida â los enemigos? ^No es infinitamente m^ pro- 
bable y conforme d razdn, y adeeuado al canîeter de un jo- 
ven que se iba divirtiendo y jugando, que aquella dialéctica 
tan decidida y crirainal, como destituîda de toda verosimili- 
tud, y aun ajena de aquel iniramiento que se debe â todo 
Oficial y companero? A quien en vez de ignorante se le 
debe créer inteligente, ^no hubîera escogido otra direccidn y 
otra hora, combinando mejor la marea y demàs circimstan- 
cias^ y tomando con exactitud todas sus medidas y precau- 
ciones, de que se le supone informado como inteligente, y 
de que se hubiera valido de la amistad del Comandante del 
Bombo para asegurar una resoluciôn de tal consecuencia? 
;;C<5mo saMa que el caûo del Carralôn estaba abierto y sin 
cadena, y que la lancha de guai'dia lo dejarfa pasar? ^Est^ 
por Ventura, cerrado el oamino de los puertos, la via de 
Ayamonte, la de Algeciras, etc.? ^No pasan todos los dfas, 
van y vienen, gentes con licencia, que se concède f^cilmen- 
te, 6 sin ella? ^Quién lo apm*aba, y (jué necesidad tenla de 
aventurar su empresa en aquel momento, sin ropa, sin un 
medio, corriendo tanto peligro y exponiéndose inûtilmente à 
taies riesgos? Es menester supouerle enteramente falto de 
juicio antes de convenir que tal era la intenci6n de Castillo, 
y en este caso juzgarlo como démenti. 

3.® ^Podrà decir la conclusion fiscal si trata de acrimi- 
narlo, « este Oficial ha incurrido en la pena del artfculo de 
las Reaies Ordenanzas, pues ha sido aprehendido del otro 
lado de las Kneas, pasado el ténnino seûalado, 6 distancia 
hacia el enemigo, etc.?» ^Qué lîneas 6 distancias, y con quié- 
nes habla dicho artîculo? Seguramente con los destinados îC 



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— 440 — 

ellas, y encargados particularmente de su def ensa; y D. Juan 
del Castillo, que habîa ido allî, como otros muchos, por di- 
vemôn, no se halla en tal caso; ni aun cuando estuviese de 
facciôn en aquel destine, pudiendo ir como los marinos ha- 
cia los enemigos, no le comprende el artfculo de Ordenanza. 
Si el caûo por donde entré con su bote hubiese estado ce- 
rrado con la cadena de costumbre, y la lancha de guardia le 
hubicra impedido, como debla, la entrada, Castillo hubiera 
conocido el término seûalado de donde no debfa pasar, y no 
tendrfamos lance. Tal es la indisciplina é inobservancia de 
los puestos avanzados de la Lînea, que no se puede juzgar 
con el ûltimo rigor de la ley d los trangresores de su térmi- 
no, no pudiendo discernir los Jueces entre la ignorancia 6 su 
malicia. Parece indudable que este Oficial procedid con lige- 
reza, s£, y sin reflexionar, comotodo joven, en las résultas, rf 
voltejear con su bote, entrando y saliendo por aquellos ca- 
fios peligrosos, sin itiis idea que la de divertirse en los ejer- 
cicios pr^cticos de su prof esiôn, con toda aquella sencillez é 
ingenuidad que expone en su confesidn. Cualesquiera otro 
modo de pensar de este hecho es sobremanera arbitrario y 
destituîdo de fundamento. 

4.** La edad de este joven es otro de los puntos delica- 
dos, y que necesita de una muy prolija y séria discusiôn si 
los senores del Consejo desean no aventurar su deliberaciÔD. 
No sabe Castillo positivamente su edad, ni los aûos que tie- 
ne de servicio. Como natural de un Departamento (Carta- 
gena), é hijo, y con muchas conexiones con el Cuerpo, entnS 
en la compaûîa de Guardias Marinas con dispensa de su me- 
ner edad (doce aûos), y tal vez con un certificado 6 te de bau- 
tismo supuesta, aument^dosela, como suelen de ordinario 
los padres, deseosos de anticipar â sus hijos la antigûedad y 
goces del servicio. En esta incertidumbre, sin documentas 
légales que sdlo podrfan venir de Cartagena, que se halla 
incomunicada, 6 con ellos muy dudosos, como los de este 
Departamento, que no harfan entera fe como va indicado, 
^c6mo decidii'ît el Consejo si ha entrado Castillo en la edad 
de Ordenanza capaz de la pena ordinaria? Y aun cuando 



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— 441 — 

hubiese entrado, puede asegurarse no serf de miiehos me- 
^es ^Y esta ley es irremisible? ;,no tiene epiqueya 6 niodera- 
<5i6ii como todas las leyes? Cumplidos los diecîséis afios y 
justificado el delito, ^habr^ de sufrir la pena ordinaria sîn 
remisi<5n, é indistintamente todo joven, envolviendo al sen- 
cillo é inocente, con el astuto^ vicioso y culpado? ^Al càndido 
y simple^ con el malvado y refinado malicioso? ^Al apocado^ 
tonto 6 incapaz^ con el osado f acineroso, y capaz de los ma- 
yores excesos y delitos? Toda ley, especialmente las pénales, 
tiene, como va indicado, sus excepciones, de que no pueden 
prescindir los Juecîes, y esta emancipacidn 6 dispensa de 
menor edad de los jdvenes en el Real servicio no puede ser 
tan absoluta y gênerai como regularmente se entiende y 
aplica, con grave daûo de la humanidad. 

Su verdadera y légitima interpretaci<5n, como en toda 
dispensa, es para lo util y favorable, no para lo adverso y 
odioao; que nunca 6 muy rara vez, y en casos muy extraor- 
dinarios, podrtC tener lugar entre los j<Svenes 6 pupilos de 
esta clase à quienes el Rey piensa por esta emancipacidn, 
^ntes de perjudicar, favorecer y habilitar para mayores usos, 
mi& importantes y anticipados servicios, asî del Estado 
como de su beneficio propio y particular. Y si el joven de 
esta causa, como aparece del proceso, no estiC aûn emanci- 
pado y libre de su tutor, ni se le ha considerado capaz del 
jnanejo de sus intereses, ^c6mo se le podrîa juzgar con el 
rigor de esta Ordenanza? 

5.** Mas, sobre todo, lo que principalmente debe llamar 
la atenciôn de los Jueces es la tristfsima é infeliz situaci<5n 
de este Oficial, à quien ni se pagaban sus sueldos después 
•de muchos meses, ni siu1;fan ef ecto alguno sus \'ivas y repe- 
tidas representaciones à los primeros Jefes, ni se le socorrfa 
de manera alguna de su casa 6 parientes, ni por su tutor ni 
apoderado, como todo consta individualmente de los autos; 
de mane^ que Ueno de trampas, sin crédito ni amigos, y 
absolutamente destituido de todo humano recurso, se halla- 
ba en compléta imposibilidad de poder desempefiar las gra- 
ve» y peligrosas funciones del servicio, f orzàndole hasta con 



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— 442 — 

arresto îC volver îC la Camica, donde no le era posibls sub- 
sistir, y donde los très ûltimos dfas que habfa permanecido 
allf d presencia de los enemigos, no habîa comido otra cosa 
que un pocillo de chocolaté franqueado por favor 6 caridad 
por el posadero de aquel destino, como se comprueba del 
proceso. Y en nna tal situacidn, ^.qué fuerza pueden tener 
las leyes? Los empeûos del servicio, el enganchamîento de 
las tropas, su sagrado juramento, y en gênerai todo trato y 
toda obligacidn del militar, se rescinde de suyo y acaba, que~ 
dando enteraniente sin fuerza ni vigor, mientras no se le 
asista, sea el motivo que se fuere, con su respectivo sueldo 
V demîîs socorros que se le prometieron con arreglo ii Or- 
denanza. 

La severidad de las leyes no debe, pues, tener cabida en 
todos estos casos, en que, f altando primero el Rey al militar 
en puntos esenciales à su contrato, mal le puede exigir y 
menos forzar sin notoria injusticia à una rigurosa observan- 
cia. Multitud de clàsicos ejemplares de reos confesos y con- 
victos de énormes crimenes que se han dejado de ejecutar 
on abono y en virtud de este principio podrfan citarse, si la 
sabidurfa del Consejo pudiera dudar de su inveterada pràc- 
tica, uso constante é inmemorial en la milicia, 

El def ensor no puede concluir sin recordar à los sefiores 
del Consejo que nadie en el mundo puede tener derecho 
sobre la vida del hombre. Solo Dios que lo criiS tiene tan 
supi^emo poder, y cuando usa de él es siempre por una ad- 
mirable providencia de su etema justicia 6 inefable miseri- 
cordia. Si en los Imperios, si en las Naciones, se ha introdu- 
cido y adoptado alguna vez el uso de tan gran poder, antes 
de un derecho legftimo es una imperiosa y fatal necesidad 
que fuerza d tomar taies deliberaciones, no habiendo en las 
eociedades otro medio de preservar al inocente, y escarmen- 
tar al malvado y al facineroso. S<Slo con este fin, y por este 
ûnico é importante objeto, podrtt tolcrarse y se podrà hacer 
uso de tan sagrado y delicado poder. En cualesquiera otro 
caso de tantos como previenen las leyes, en aquellos princî- 
palmente donde ni ha sufrido la inocencia, ni cabe el escar- 



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~ 443 — 

miento propuesto de los delincuentes, ^cdmo podrtf tener lu- 
gar la ejecuciôn de la pena ordinaria? La Ordenanza y las 
leyes deberàn en taies cajsos ser interpretadas con benigni- 
dad si no se qmere procéder contra su verdadero espiritu, 
faltando al ûnico legftimo objeto de su institucidn, y come- 
ter, sea por ignorancia 6 malicia, el mayor exceso, es el mâs 
injusto atentado contra la humanidad. ^Qué diria el pueblo 
espafiol si viese conducir al cadalso^ por una ligera sospecha, 
pura muchachada, d un jov^en de tan pocos aôos, digno por 
tantos tftulos de su mayor compasî<5n, pues perdidos sus pa- 
dres desde su m^ tiema edad, y sin la educacidn corres- 
pondiente^ se halla destituido de todo humano recui*80, no 
s61o por falta de pagas, sino por haber perdido su crecido 
patrimonio en los f ondos publiées de la misma Naciôn <5 Go- 
biemo que le condena: y lo cotejara con tantos monstruos 
que nos rodean y se pasean libres con tan graves delit08?No 
hay que dudarlo; la opinion pûblica es demasiado respetable 
y digna de toda atencidn en las actuales circunstancias. Si 
el def ensor^ finalmente, se ha detenido algo en la explicaciôn 
de estos principios inooncusos del Derecho natural y de 
gentes^ es no s<51o convencido de que su aplicaciôn puede y 
debe tener lugar en la causa de su cliente 6 ahijado^ sino 
también en la idea de inclinar y persuadir â los sefiores del 
Consejo â su entera conformidad^ de cuya consumada pru- 
dencia y notoria justificaci<5n se debe aguardar absolveràn â 
este Oficialy quien, corregido, podrà ser util al Estado^ etc. 
Ileal isla de Le<5n aiio de 1811 (1). 



(1) A esta li&bil defensa, notable por la vigorosa 16gjca de 
su raciociniO) debi6 el joven alcanzar salvar su vida del emi< 
nente peligro que corriera de ser pasado por las armas, segdn 
ae pretendia.— (S. de A.) 



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PARTE SEGUNDA 



INFORMES Y OBRAS SUELTAS DE DON DIEGO 
DE ALVEAR 



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Informe sobre el modo de disponer los conduc- 
tores eléctricos ô pararrayos, por D. Diego de 
Alvear y Ponce. 



Afio de 1781. 




M XCMO. seSor: Con el debido aprecio reciM la carta 
de Y. E. de 1.** de Abril, en que su alta dignacîôn 
se sirve dirigirme una consulta sobre el modo de 
disponer los conductores eléctricos que el Rey quiere se co- 
Joqnen en los almacenes de pdlvora de estos Reinos de 
America para preservarios de las funestas consecuencias de 
los rayos, â que est^n frecuentemente expuestos en las con- 
tinuas tormentas que se experimentan. 

Como sea este uno de los puntos màs controvertîdos 
ante los sabios de Europa, sujeto aûn hoy â grandes contes- 
taciones, y una de las invenciones mâs importantes que ha- 
rén méi8 honor à la îïsica modema si Uegare d tener entero 
logro, y como, por otra parte, me halle yo desnudo de los co- 
nocimientos necesarios sobre esta materia, ajena enteramen- 
te de mi profesiôn, siento sobremanera no poder contestar 
d V. E. desempeûando el objeto de su informe con el debi- 
do acierto. Mas para responder de algûn modo d la confian- 



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— 448 — 

za que le meixîzco aventuraré mi juicio exponiendo mis cor- 
tos aleances en este asimto, que no estaràn exentos de error 
como ideas meramente de un curioso superfieial. 

Hacia la mitad de este siglo, cuando los grandes ffsicos 
de Europa apenas formaban algunas conjeturas sobre la ana- 
logfa de los truenos y los rayos con la electricidad, Benja- 
min Franklfn, inglés americano, habitante de Filadelfia, en 
Pensilvania, dedujo de sus observaciones y experiencias de- 
bia ser efectiva la relacidn de estos dos meteoros; y notando 
que la materia que sale de un cuerpo electrîzado enfila con 
m^ f acilidad y se dirige de mayor distancia hacia otro elec- 
trizable cuando se le présenta de punta, 6 por su extrême 
m^ agudo que por el obtuso, creyô que unas barras de hie-^ 
rro puntiagudas erigidas en el aire libre en tiempo de tor- 
menta serfan capaces de atraer d si toda la materia fulminan- 
te, y la transmitirfan sin estruendo ni peligro hasta el in- 
menso cuerpo de la tierra, donde se disiparfa quedando 
sepultada. 

IJeno todo de tan interesante pensamiento, propuso la 
experiencia de dichas barras, persuadîdo de que, si suspen- 
didas en el aire por medio de cordones de seda, 6 colocadas 
librerhente sobre estribos de cera, résina 6 vidrio, daban en 
los tiempos tempestuosos indicio alguno de electricidad, 
como arrojar chispas, causar conmocidn 6 sacudidas tocàn- 
dolas, atraer y repulsar los cuerpos ligeros de cierta mate- 
ria, como hojitas pequeûas de cobre, oro, métal, etc., era in- 
falible su conjetura y las referidas barras serfan un medio 
seguro de sustraer el fuego de las turbonadas, previnîendo 
las fatales résultas de sus rayos. Mas no verific<5 por si este 
gran f fsico su especulaciôn, d causa tal vez de ser muy ra- 
ras en Filadelfia las tormentas, segûn comûnmente se ase* 
gura. 

La iinportancia del asunto y la novedad de esta doctrina 
en medio de un siglo que se ocupa todo de las ciencias, no 
podian dejar de poner en expectaci<5n las gentes y llamar la 
atencidn de los primeros hombres. 

El ilusti'e Mr. de Bouffon fué uno de los que la dieron 



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— 449 — 

mayor realce. Entendiendo hacer un gran servicio à la Pa- 
tria, y no pudiendo dedicarse d la traduccî<5n dei lîbro de 
Franklf n pur trabajar d la saz<5n su grande obra de Historia 
natnral^ recomend<5 aquel encargo â uno de sus amigos, 
Mr. Dalibard, que agregô ex propn'o Marte un resumen his- 
toriée de la electricîdad. 

Este raismo Dalibard y su eompaôero Delor se propu- 
sieron seguidamente reducir d pnfctiea la invenci(5n teOrica 
de su héroe, y entonces fué cuando el 10 de Mayo de 1752, 
en el castillo de Marly-la- Ville, no lejos de Pails y en esta 
capital, vid el mundo por la primera vez verificada la elcc- 
trizaci<5n de las barras de hierro, aisladas 6 suspendidas sin 
apoyo d cuerpo alguno, debajo de una nube 6 tormenta de 
corta duracidn. 

Informada la Academia de las Ciencias de la singulari- 
dad de este fendmeno, se tratd de examinar el hecho va- 
riando las circunstaneias y afiadiendo div^ersas niodificaeio- 
nes para averiguar toda su extension y ver si podia cuadrar 
con las ventajosas miras de su autor. Eneargado de este 
examen el Dr. Le Monnier, justifie^ plenamente en Saint- 
Germain en Laye: 1.° La experiencia de Marly-la- Ville. 
2.** Que las barras se electrizaban f uesen puntiagudas (i obtu- 
sas, y que su posicidn fuese horizontal, vertical û oblicua, 
bastando sdlo que estuviesen separadas algûn tahto 6 sin 
tocar d las paredes del edificio. 3.^ Que este efecto tenfa lu- 
gar, no sdlo en el hierro, sino también en la madera, en todo 
cuerpo orgànico d viviente, y en gênerai en todo aquel que 
fuese electrizable. 4.** y ûltimo. Que los cuerpos electrizados 
de esta forma por las tormentas producf an los mismos fend- 
menoB que los electrizados artificialmente por medio de la 
frotacidn de los globos d tubos de cristal, etc. 

Renovàronse poco tiempo después estas nusmas obser- 
vaciones, y aun con m^s generalidad, en cl Real Observato- 
rio de Parfs, por Mr. Cassini y el Abate NoUet, y en otras 
muchas partes, variando siempre el procéder y método, y se 
vino en conocimiento de ser verdadero y constante el mis- 
mo resultado, con la particularidad de que d veces se electii- 

29 



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— 450 — 

zaban las diehas bamis 6 hilos de alambre serpenteados en 
algûn bastidor 6 pieza de madera, en tiempos serenos 6 se- 
cos, con pocos 6 ningimos indicios de tempestad. 

Se deduce, pues, de estes experiencias que la tormenta 
y la electrieidad son dos efeetos y provienen de un mismo 
principio, de la propia causa, y esto es lo que ensena la fa- 
mosa observaei<1n de Marly-la- Ville; mas la segunda eonse- 
cuencia d(* Franklfn, d saber, que estas bandas puntiagu- 
das 6 alambres sustrafan toda la materia de les i-ayos sin 
estrucndo, y purificarfantodo el fuego de las nubes densasy 
tenebrosas sin peligi'o, lisonjeàndose el honibre de tener en 
su mano el poder del cielo, esta ilacidn, digo, qued(î siem- 
pre sujets! d contestaeiones; es muy grande la desproporeiôn 
de la causa en el efecto. No es bastajite un guardarrayos, un 
electroscopio para descargar todos los vapores sulfûricos, 
todas las exhalaeiones fgneas de toda una atra()sfem inflama- 
da; ni la experiencia de que se hubiese preservado im corto 
nûmem de edificios, que podîa ser casual, forniaba mds que 
una prueba negativa, y nada concluia en favor de los eon- 
ductores el^^ctricos. Era necesaria una dilatada série de aflos 
de una experiencia constante para acreditar su buen efeeto, 
y esta aûn no ha tenido lugar desde la época de su invenciôn. 
Otras muehas razones fîsicas y poderosas alega el Abate 
Nollet contra la efieacia de estos directores metiflicos en 
una excelente earta sobre la analogfa de las tormentas eon 
la electrieidad; y aunque prueba con evidencia la identidad 
de estos dos fenomenos, eoncluye diciendo que sîempre nos 
serît formidable el primero, y mmca podnCn nuestros esfuer- 
zos desannar la justicia divina. 

Mas no es de mi instituto la impugnaci(>h de su pr^eticîi, 
que generalmente se va introduciendo. Pucden ser utiles 
dando determinada direcci6n d los rayos por la homogenei- 
dad de la materia, los cuales, sin conductores, ofenderîan 
tal vez el cdificio. V. E. s(51o me pregunta sus proporciones 
y el modo de colocarlos, s(tbre lo cual lo Cinico que puedo 
responder (»s lo (pie se déjà colegir de las noticias expues- 
tas; y redueiendo d terminantes expresiones mi dictamen, 



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— 451 — 

•dire: 1.^ Que los conductores eléctricos pueden ser unas ba- 
rras delgadas, cadenas 6 hilos de alambre del grueso de una 
pluma de escribir, poco mîîs 6 menos, redondos, cuadradoB 6 
de cualquiera otra figura, que es co8a indiferente. 2.** Debe 
terminar en punta aguda por los dos extremos para que 
sean de mayor actividad y de efecto mds extensivo, siendo 
su lai^o con relacîcSn al almacén 6 casa que han de reves- 
tir. 3.^ Deben guamecer los caballetes y alas del tejado, las 
csquinas y demrfs partes sali(>ntes del edificio, como las màs 
«xpuestas, y aun todos los rîngulos interiores y à trechos 
por el muro, si pareciere conveniente, aunque no creo ne- 
•cesario. 4.*^ Y es punto esencial deben los guardatruenos es- 
tribar ûnicamente sobre résina, cera* de Espafia, vidrio 6 
seda, que es lo m^ fàcil, haciéndolos pender, por medio de 
iinas gasas 6 cordones de esta materia, de unos clavos lar- 
guitos, que se dispondrîCn por todo el tramo que han de re- 
<5orrer, de manera que no toquen de forma alguna en las pa- 
rades, en los mismos clavos, ni otro cuerpo de cualesquiera 
especie que sea, sino quedando enteramente separados en el 
' aire libre, sin otro apoyo o sost^n que las referidas gasas de 
seda. 5.^ y ûltimo. Que tanibi(% es esencial, deben los dos 
extremos <5 puntas del conductor met^lico disponerse de 
modo que la una, la que lia de servir de sustraer la materia 
eléctrica de las nubes, quede erigida 6 Icvantada en el aiie 
sobre una de las eminencias del edificio, y como presentada 
hacia aqueUa région del eielo de donde reinaren con mayor 
frecuencia las turbonadius, en especial las estivales, que son 
siempre las mds tremendas y expuestas d rayos d causa de 
hallarse comûnmente en aquella estaci<5n mds cargada la 
atmdsfera de vapores, y lo mjîs seguro ser^ disponer varias 
puntas de estas, saliendo hacia las cuatro plagas del mun- 
do por todas las caras del almacén, uniéndolas d la ban-a 6 
<îonductor universal, el cual puedc dar las vueltas 6 retornos 
que se quisiere, ya exterior, ya interiormente, de la casa y de 
todas sus piezas por medio de algunas trônerai de comuni- 
caciôn, aunque sent de mayor expediente, y también menos 
peligroso, multiplicar los conductores hasta aquel nûmem 



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— 452 ^ 

que se juzgare razonable. La otra punta 6 extremo inferior 
de la barra 6 alarabre debe precisamente ir é. terminar en un 
pozo, laguna 6 sumidero hecho à prop<5sito en algunos de los 
patios <5 corrales, el cual bastarà que tenga un par de varas 
de profundidad, y se advierte que dicha punta podrà tocar 
y aun quedar metida en el agua, mas no en tîerra ni otro 
cuerpo que sea originalniente electrizable. También podrtC 
quedar suspendida en el aire como la primera, pero ambas^ 
con direcci<5n af uera 6 separadas algûn ^anto del cuerpo del 
edificio; se comprenderâ fîlcil mente la raz<5n de estas menu- 
dencias considerando la situacidn y oficîo de los conductores 
eléctricos, que es recibir por uno de sus extremos la materia 
fulminante, y deponerlaô descargai'la por el otro en la înmen- 
sidad de algunos de los très elementos: aire, agua 6 tierra,. 
sirviéndole en su tr^nsito como de guia por la accidn 6 fuer- 
za de su virtud, para que no daûe parte alguua del edificio» 
Dispuestos los alambres en la forma dicha, deben dar 
todos los signos de electricidad en tiempo de tormenta, segûn 
la observaeidn de Mr. Le Monnicr. Tocados con alguna vara 
espada 6 llave, y aun arrimando solamente estos cuerpos 6 
la mano de modo que Uegue à la esfera de su actividad, 
arrojarin chispas y ser^n particularmente visibles en la obs- 
curidad de la noche, causan-tn conmocidn y denuCs efectos 
arriba referidos. Pero se previene que el que quisiere ensa- 
yar estas y otras experiencias de la misma clase en los tiem- 
pos y circunstancias dichas debe hacerlo con demasiada 
circunspecci<5n y cautcla; pues de lo contrario, como dice 
Nollet, habiendo Uegado i, tocar de una en otra experiencia 
el f uego del cielo, si por ignorancia 6 temeridad venimos îC 
abusar con nuestras manos profanas, podrfamos realizar el 
Prometeo de la fiîbida con su cuer\'o; lo que no dejarfa de 
acontecer en uno de los dos casos, que suelen verificarse con 
frecuencia: 6 cuando es muy subido el grado de electricidad 
que tiene la barra, que causa entonces violentas conmocio- 
nes 6 sacudidas, 6 cuando, de résultas de algûn rel^pago 6 
rayo, signe el conductor algûn pelot4')n 6 globo de fuego, que 
es cuando amenaza mayor j>eligro. 



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— 453 — 

Tengo dicho d V. E. todo lo que alcanzo en esta mate- 
ria. No lie logrado ver aparato alguno de esta especie ni en 
les navlos de la Armada, ni en otra parte. Tampoco tengo â 
mano libro alguno de los muchos que describen su forma y 
modo de colocarlos. El discurso de Franklin leido al tiempo 
de su recepci<5n en la Academia de Suecia el afio de 64 y 
la Memoria de Mr. Le Roi à la de Parfs el de 73, no deja- 
rân à V. E. que desear sobre la ereccidn de las barras 6 
i'onductores eléctrieos, y manifestaràn los yerros de mi su- 
niisi<5n y obediencia en estepapel.=Dio8 guarde à V. E. mu- 
-chosaû08.=Candelaria, 12 de Mayo de 1781.=Excelen- 
tf simo Sr. Marqués de Loreto. 




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II 



Informe sobre la poblaciôn del Qran Desierta 
del Nucoraguazù. 

Aria 1791. 




XCMO. SE^oo: Respuudo â la confianza que debo* 
^l^^!î^ d V. E,j on carta dt^ 18 de Agosto ûltimo, informant 
f ' -^ do la repreacintacï^n i|ue devuelvo, y que D. Carlos^ 
RiMino, Administrador que îné de este pueblo, dirigi<5 à S. M^ 
solicitando para sf y sus herederos la posesidn del Nucora- 
gnmûf con niife lîis ctiatix> léguas iumediatas de los montes 
coiïtigti08 que par todas partes rodean este gran potrero 6- 
Carrai Grande^ que eso aîgnitica, y con bastante propiedad^ 
aquel término del guaranf. Xuestras pai*tidas de demarca- 
cidn tuviei'OD eu é\ seiitado au real desde Mayo de 89 hasta 
fines del 90. Dista de este pueblo (1) 15 léguas al N. E.; se- 
hallu en les 2Î* 30' de latîtud; su enti^ada es ima picada es- 
trecha de dos y média tuilla.<, abierta por los jesuîtas, y tie- 
ne euatro y média k^guas île largo d los 10" N. O. sobre una 
de ancho, con dif erentes senus 6 rincouadas, buenos pastos y 
abrevaderos para los ganados, 

Los montes que eireundan al Xucoraguazû son los del 
Urugiuiy, que dis ta il lo me nos ocho léguas al Septentrion, y 



Santo AngeL 




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— 455 — 

ît Oriente le costea taïubién otro l'îo uo peqiieno, llaniado 
Cebollati, que desagua en el misnio Uruguay. 

En dichos montes abundan los cedros, los lapachos, los 
apetenibys, los irapitas, los curys 6 pinos y otras made- 
itis excelentes, con muchas plantas médicinales; la zarzapa- 
rrilla, la calaguala, el aguaraygay, de que se extrae el bàl- 
samo celebrado del misrao nombre; el drago, el incienso, la 
canela, el lam^el y otras infinitas no menos utiles. Pero lo 
que hace màs d nuestro intento, el jCrbol de la hierba del 
Pai*aguay, tan frondoso y en tal abundan cia que podrîan sa- 
carse todos los anos, sin salir del Nucoraguazû, hasta la can- 
tîdad de 12.000 arrobas de la mejor calidad, y los piieblos 
de la Concepciôn y San Angel no han sacado menos el ûl- 
timo a£îo. 

Vaiîas dificultades, y no de corto momento, tiene, no 
obstante, la idea de Ruano: 1.* Que los portugueses disputan 
en el dla estos terrenos con el mayor ardor; y si la llnea di- 
visoria ha de tomai* su giro por el Rfo Pepiry de la pasàda 
demarcacidn, 6 los perderâ el Estado, 6 cuando màs queda- 
r^n neutrales, y s61o se salvaràn adoptando por térmi no de 
nuestros dominîos el verdadero Pepiry-guazû, recién descu- 
bierto, que se halla îÎ 23 léguas m^s éi Oriente. 2." Que to- 
dos estos terrenos y montes parccen son de la pertenencia 
de los pueblos de Misiones, <5 ^ lo menos desde el tiempo de 
sus fundadores, los jesuftas, estàn en pacffica posesiôn del 
bénéficie de sus hierbales y maderas; tanto es asf que entre 
varios de ellos se los disputan, y aun no es nuevo el caso de 
exigir y cobrar este de San Angel el tanto por ciento de 
sns faenas à los otros, sin dar entrada franca màs que al de 
Concepci<5n, de quien fué colonia, Y aunque es verdad no 
<iuedarian sin recurso, porque estos renglones de hierba y 
inadera son inagotables por donde quiera en esta provincia, 
es, sin embai^o, muy dudoso que los quieran céder en per- 
petuidad, 6 que haya derecho d forzarles d ello por algûn 
camino, mucho menos por el no uso 6 pretendido abandono 
por miedo de los tupis, y sin algûn f eudo 6 condicidn, como 
se intenta, 3." El embarazo mismo de los infieles de que, efec- 



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— 456 — 

tivaniente, i»e liallan poblados dichos montes, y ciiyo fiiror 
causa todos los d£as nuevas y muy lastîmosas escenas, sin 
que se hayan podido librar de sus repentinos y sangrientos 
asaltos las paiiîdas de Ifmites é. pesar de la màs constante 
vigilancîa y disciplina. Y si los pueblos no pueden conser- 
varse en aquel paraje, ^c<5mo lo podr<t un particular? 

Por lo demffe, son innegables muchas de las ventajas 
que apunta Ruano, y que podrfan seguirse de fundar allî 
una poblaciôn. Se ocuparfa un desierto; podrîa estar muy 
guardada la front era; se catequizarfan tal vez algunos sal- 
vajes, 6 se reducirfan d trato <5 comercio; se darfa el buen 
ejemplo de fomentar â un poblador; podrfan venir otros do 
las provîncias interiores;8e despertarfa la dormida emulaciôn 
de los guaranfs; recibirfan algûn incremento la agricultura 
la industria, el comercio, y si se quiere, algunos dereehos las 
Cajas Reaies, etc. Mas todas estas ventajas y dem^ que se 
alegan de la misma clase, son muy contingentes, Penden 
de la combinacidn précisa de diversas circunstancias futu- 
res que pueden fallar; y de lograrse, serfa por de contado 
con suma lentitud y en pequeûo efecto, porque las fuerzas 
de un solo individuo, aunque protegido, no alcanzan d mâs. 

Por todas estas razones, y otras muchas que no pueden 
ocultarse iC la penetraci<5n de V. E., soy de parecer que don 
Carlos Ruano podrfa ser mejor servido â todas luces si di- 
rigiera su solicitud d los fertilisimos y hermosos campos bal- 
dîos y realengos del distrito de Montevideo, para formar 
en ellos alguna estancia y procurar la crfa de ganados, que, 
como se sabe, ofrece distintas, màs ciertas y prontas utilida- 
des que las que se promete en la hierba y maderasdel retirado 
y asombroso desierto del Nucoraguazû, cuva sola empresa 
séria obra de una poderosa y bien organizada Compaûfa de 
comercio, siendo con todo muy înciertos si el provecho 
responderfa à los crecidos gastos del beneficio y conducci<5a. 

Es todo cuanto me ocurre exponer d V. E. sobre el asun- 
to.=Dios guarde d V. E. muchos aflo8.=San Angel 14 de 
Octubrede 1791.=Excrao. ST,=:Diego de ^4/t'ear.=:Exce- 
lentf simo Sr. T). Nicole de Arredondo. 



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m 

Informe sobre los indios tupis. 
Afio 17Q7. 

SgxcMO. SE^OR: Los infieles tupfe, porcuyo caràcter, 
inclinaciones, habitacidn y correrlas se sin'o V. E. 
pregontarme en oficîo de 18 de Febrero ûltimo, re- 
siden ordinariamente y discurren por los grandes y espesos 
bosques del Uruguay y demàs rfos que le entran por su ban- 
da oriental, desde la altura del pueblo de San Javier del 
Departamento de Concepciôn, y las de San Juan y San An- 
gel, del de San Miguel. Esto es, desde los dos lyuyses y aun 
cabeceras del Piratinl hacia el Septentrion, ocupando y 
haciendo inhabitable una dilatada comarca de cerca de 
ochenta léguas de frente y muchas mds de f ondo, contra los 
dominios portugueses del Rfo Grande de Curitiv^ 6 Iguazû 
y primeras vertientes del Yacuy 6 lyay. 

Los referidos pueblos de San Juan y San Angel, como 
los mrfs avanzados y vecinos d dichos bosques, son también 
los mâs cxpuestos y los que han sufrido m^ en las frecuen- 
tes y repentinas invasîones de estos infieles, que, con espe- 
cialidad en estos ûltimos tiempos, les han causado horribles 
estragos, y aun recientemente les acaban de asesinar, con la 



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— 458 — 

uiayor orucldad y osadfa, sobre veinte personas de todas <'da- 
des y sexos eu la«s clutcaras inmediatas del CV)rregidor, à, 
orillas del misino Iguiminî, que con'e entre los dos pueblos» 
distante poco màs de uua légua del de San Juan. 

Mas donde la extraordinaria fierez a de estos bilrbaros se 
ha hecho m^ de temer, y donde ha logrado siempre sus 
màs sangrientos y seguros tiros, es en los beneficios de los 
hierbales del expresado Uruguay, en cuyas mîCrgenes orien- 
tales se hallan los miîs ricos y abundantes. No hay pueblo 
que no refiera mil incendios y atrocidades, y cuente d eente- 
nares las cruces de sus hierbales respectivos. Hasta las par- 
tidas de limites, en sus diferentes expediciones é invemadas, 
no han dejado de perder bastante gente, sin que la \4gilan- 
cia y disciplina de la tropa les haya podido poner d cubierto 
de las cautelosas asechanzas é improvisas sorpresas de im 
tal enemigo, no fiCcil de prévenir ni evitar en las cereanfas 
del monte. 

Cou mâs raz6n los pobres indios, desarmados é indefen- 
sos del todo, en sus grandes faenas, y dispersos en busca de 
sus apetecidos ^rboles de hierba, siempre claros y distantes 
unos de otros, por mds que se pondère su abundancia, expe- 
rimentan entonces todo el f uror del màs implacable de sus 
adversarios, que, oculto entre la espesura y la maleza cual 
astuto tigre, los asalta y acomete de improviso como à ino- 
centes ovejuelas, y les hace sentir, sin la menor resistencia, 
amparo, ni recurso, los màs funestos efectos de su antigua 
ira y envejecida aversion. 

El genio naturalmente sanguinario y cruel de los tupfs; 
sus féroces costumbres y perversas inclinaciones; lo impé- 
nétrable y extendido de los montes que ocupan; lo cortado, 
iCspero y demils circunstancias inaccesibles del pafs que ha- 
bitan; y, finalmente, la dUatada série de estos hechos des- 
graciados y terribles desastres, poco 6 nada intemimpidos 
desde tiempo înmemorial, 6 de los primeros tiempos de la 
conquista de esta America, nos persuaden hasta la ûltima 
evidencia: 1.® No haber llegado todavfa, 6 mds bien estar aûn 
muy distante, el dichoso y deseado momento de la feliz re- 



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— 459 — 

duccidn de esta Xaeidn caribe, la mits irréconciliable tal vez 
y la menos tratable de todos los salvajes del Nuevo Mundo. 
2.** Y la îtrdua empresa y suma dificultad que tenemos en el 
dfa, segûn el actual sistema, no digo va de perseguirla de 
mano airada d sujetarla de viva f uerza, siéndonos absolu- 
tamente iinposible é impracticable la ofensiva, asf por lo 
intrincado y extenso de los montes, como por su modo de 
vivir, vago y eiTante, sin residencia fija ni habitaciôn, sino 
de haberles de oponer una defensiva natural y razonable 
que résista y nos libre de sus frecuentes atentados y diarios 
insultos, 6 que no los puedan i, lo menos verificar tan û su 
salvo é impimemente, como hasta ahora. 

Pero como exponer la moral imposibilidad de reducir y 
sujetar â estos infieles, ponderando los grandes inconvenien- 
tes y peligros û que, de no conseguirlo, quedan expuestas 
las Misiones, no es adelantar cosa alguna en la materia; y 
como, por otra parte, habla V. E. en su oficio de las provi- 
dencias oportimas y concemientes û. su màs pronto y posi- 
ble remedio, parece tengo margen pani proponer lo que 
entiendo se puede y debe practicar, asf en orden ^ la nece- 
saria oposicidn à dichos gentiles, como en orden à la total 
B^uridad, conservacidn y mejoramiento de los pueblos, y en 
gênerai de toda la provincia, sin disputa la màs fértil y flo- 
rîda de las del Virreinato y de cuyas excelent^s proporcio- 
nes y ventajosa situaciôn puede el Estado aguardar las m^ 
considérables utilidades. 

A très pueden reducirse principalmente los puntos màs 
esenciales y precisos de esta gran reforma: 1.** Los pue- 
blos deberàn formarse y alistarse en milicias formales y 
arregladas sobre el pie de las del Paraguay y dem^ provin- 
cias interiores, que à la verdad no tienen tanto que temer de 
los salvajes que las cercan como esta de los tupîs, y de su 
frontera de Portugal, su màs j^oderoso y terrible enemigo, y 
el realmente digno de toda la vigilancia y atenci<5n del Go- 
biemo. 

Hasta que los jesuftas no armaron à sus guaranfs û mi- 
tad del siglo pasado, no pudieron contener aquellas célèbres 



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— 460 — 

y desoladoras irrupciones Uamadas malocas de los portu- 
gueses de la ciudad de San Pablo. Con el nombre de ma- 
melucos del Brasil destruyeron y amiinaron enteramente 
las floridfsimas reducciones del Iguay y del GuaynC en nu- 
méro de mds de cuarenta. Captivaron y se Uevaron sobre 
doscientos mil indios^ que vendieron pûblicamente por es- 
clavos; destruyeron asimismo dos famosas poblacîones de 
espaôoles, Ciudad Real y Santiago de Jerez, haeiendo trans- 
migrar del otro lado del Parant la Vîlla-Eica del I^pfritu 
Santo y la de Curuguati; y usurparon por ûltimo, y agrega- 
ron é. los dominios lusîtanos, las dilatadfsimas regiones y 
féfrtiles campiûas que riega este hermoso rîo, con toda la 
banda oriental del caudaloso Paraguay, donde han encon- 
trado, finalmente, las riqufsimas y excelentes minas de Cu- 
yabà. Los paulistas, desde aquella época^ no pudieron hacer 
mfe progresos, y los guaranîs, dice el P. Charlevoix, fueron 
desde entonces el mayor recurso de la capital en las dife- 
rencias con les portugueses sobre la colonia del Sacramen- 
to, que tomaron por asalto en los primeros aûos de su fun- 
dacidn. 

Parece, pues, indispensable esta providencia, y cada 
pueblo podrô alistar una, dos, très 6 màs compaMas, confor- 
me al numéro de sus habitantes, con sus cabos respectives, 
sargentos y Oficiales, que podrttn ser los caciques; mas no 
como hasta aqul, sino con sus correspondientes despachos 
6 patentes de los seûores Virreyes 6 de los Intendentes go- 
bernadores; distinciôn que les dartf un notable peso de auto- 
ridad y hant tenga todo su ef ecto la providencia. 

El armamento se podrà reducir d ima carabina corta de 
ima vara de caû6n y del calibre regular, de â onza la bala, 
con su bayoneta proporcionada, entallada en la culata, capaz 
de manejarse d caballo en los servicios ordinarios de cam- 
pafia y dentro del bosque contra los infieles, d que se podr^ 
agregar una espada ancha de punta y de largo proporciona- 
do, también al mismo uso, etc. 

Las comunidades podnCn hacer venir estas armas prin- 
cipales por un precio muy moderado de Barcelona, anticî- 



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— 461 — 

pando sus expresadas dimensiones, y lo restante de dicho 
armamento, como canana 6 cartuchera, tahalf 6 cinturôn, etc., 
bastanC venga un modelo de cada pieza, y se harà en los 
pueblos; siendo idcil establecer en cada uno una armerfji 6 
sala de armas con su taller correspondiente d componerlas, 
limpiarlas y conservarlas en buen estado, como en tiempo 
de los jesuîtas, de que hasta el dfa se conservan vestigios. 
2."* Lejos de proscribîi* y expulsar los espanoles de la pro- 
vincia de Misiones, se procurant su entrada y favorecerà su 
introducci<Sn de todos modos y con toda especie de fomente 
y protecci(5n, con arreglo al ténor de nuestras leyes y Rea- 
ies (Srdenes, y îi la m^s sabia y bien entendida polltica. 

Se les facilitanîn sdlidos y permanentes establecîmien- 
tos, senaWndoles buenas y proporcîonadas suertes de tierra, 
que se les concederdn en perpetuidad para sî, sus hijos y 
herederos, sin gravamen de f endos ni otros impuestos de 
especie alguna, ni formalidad embarazosa que retarde 6 im- 
pida su afluencia y bienestar. De este modo vendrdn de to- 
das pa:*tes, poblarîîn y cultivaritn las ticrras y hasta los mon- 
tes. Enseùanîn d los indios los mejores métodos de labranza, 
el cultivo de todas las producciones y frutos; sus primeros 
bénéficies é industrias; y, por ûltimo, agregados y alistados 
en sus milicias, ya en calidad de cabos, ya en compafiîas sc- 
paradaS; como las de granaderos, montados y armados d su 
Costa, como mejor pareciere, les instruiràn en el manejo de 
las armas, les acompanardn en sus faenas y expediciones, los 
animar^n en los combates y persecuciôn de los infieles, y 
demàs enemigos, y, en una palabra, serjîn el sostén y m^s 
firme apo} o de los Gobernadores y de toda la provincia. 
3.** El ûltimo pimto de nuestro pro} ecto de reforma 6 resta- 
blecimiento de los pueblos de Misiones, se reduce d la fran- 
ca introduccidn del comercio libre. No hay razdn divina, 
humana ni polftica que pueda prohibir en la provincia de 
Misiones, en la mejor de las provincias y la nids necesitada 
de fomento y protecci<5n, los muchos y saludables efectos, 
la comûn y gênerai beneficencia de la Real Pragmdticrf que 
ordena sin excepciôn la libertad de comercio en todos los 



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— 462 — 

dominios del Rey de Espaîia é Indias. Cuaiito se puede ale- 
gar en contra de tan benéfica legislacidn no es niiîs que un 
falso pretexto, una mala inteligencia, 6 mjîs bien un proyec- 
to indocente de monopolio exclusivo, el niîts indebido, nii- 
noso y perjudicial. 

Efeetivamente. ^Qué otra cosa son las comunidades? ^Y 
que es de sus decantados, 6 mds bien encantados bienes, que 
no aprovechan ni ît sus indios favorecidos ni al Estado? Una 
fatal y f unesta experiencia de muchos aîVos no ha hecho sino 
demostrar esta verdad en todas sus partes. A pesar de una 
prudente ordenanza, de las m^s rîgidas pro\^dencias y de 
las niîts particulares exenciones y privilegios, los guaranfs y 
t-apds, libres por el libre derecho de naturaleza y convenci6n, 
reducidos é incorjiorados bajo la Real Corona, protegidos 
por las leyes niîîs que otros vasallos algimos de S. M., sin 
otni contribuei(5n, impuesto 6 tributo personal que el mode* 
radfsimo de un peso anual cada ^*a^^5n, vi\ en v\\ la ïnavor 
miseria, desaniparo y esclavitud, bajn el nitv^ j>esatln y tird* 
nico yugo de su pretendida eomunidad, que, lejos de eomu- 
nicarles y hacerles participes de sus quina^k-os 6 iiuagîna- 
dos bienes, les absorbe y usurpa doR]î6tîcament<^ todo eî 
fruto de su trabajo é industria, no inenos que e! de sm mti- 
jercs 6 hijos, de cuyo destino dispono lî mâs arbitranamente. 

Sus tierras, no obstante su extrnordinîiria fortilidadj ri- 
que;<a y diversidad de sus frutos y produeciones naturales, 
cruzadas de rîos eaudalosos que brindan eon eu navegacîôn 
y transporte, se ven cada dfa m^s abnndonadaîîi» deeiertas y 
sin cultivo. 

En suma: las Misiones van sieiapn* d inenoF» y la eonti- 
nuada decadeneia de los pueblos y êç*nsi(k'nible diniînucîdD 
de sus habitantes parece tocar ya :f ^>^i bordes^ de bu total 
y ûltinia ruina. 

Concluyamos, pues, de todo lo diclio la ab^oluta necesi- 
dad de mudar de sist(»ma. Si quereinos, pueB, regtablccer y 
repoblar los pueblos; dcfender, civilizar y hacer îi sus natura- 
les, labradores é industriosos; culti\ ar y haeer produeir las 
tierras; abrir y beneficiar los montes; navegar y echar pneu- 



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I 



— 463 — 

N 

tes a los rîos; allanar los caminos y facilitar las eonduccio- 
nes, dando salida y despacho, giro y actividad îî las c ose- 
chas, frutos y primeras matorias de las miCs preciosas y abun- 
dant^s, como granos, legumbres, azûcares, tabacos, hierba, 
algod6n, laiia, aùil, cnoros, madera, etc. Si deseamos retirai* 
^ los infieles 6 reducirlos por los suaves y eficaces medios 
de la convenci<5n, y el trato y comercio de los hierbales sil- 
vestres, piedras preciosas, arenas de oro, drogas médicina- 
les, maderas, résinas, cera, miel y varias otras producciones 
y fnitos no menos estimables de que abunda su paîs, d imi- 
tacidn de otras Naciones sabias y comerciantes; en una pa- 
labra, si pretendemos sostener de veras y consei*var las Mi- 
siones libres de toda sorpresa é insulto de enemigo, no ya 
como um\ provincia pobre y gi*avosa, sino como la mtCs opu- 
lenta, pod(.'rosa y util al Keal Erario y al bien gênerai de 
la Momirquîa, nos es indispensable mudar de bisiesto y to- 
mar otro rumbo del todo contrario al establecido y seguido 
hasta aliora. 

Xo dudamos que la soltura 6 libeii:ad de los indios, de 
los grillos de comunidad y su alistamiento en milicias re- 
gladas; la introducciôn y establecimiento s61ido y acomoda- 
do de espanoles utiles y pobladores, y mds que todo una 
entera, amplia y gênerai libertad de comercio en todos sus 
ramos 6 industrias sin restricci(5n ni limitacion alguna, gra- 
vamen ni dereclios, si(|uiera los primeros afios, que son en 
substancia los très puntos propuestos, obranîn muy en brève 
todos estes portentos y maravillas. El comercio s61o puebla, 
ilustra y enriquece las Xaciones, y su prohibicidn 6 abandu- 
no, causando todo lo contrario, es el mayor defecto que puc*- 
den cometcr los Estados. 

8atisfeeho de haber expuesto seneillamente mis ideas y 
modo de pensar relativo iC la superior consulta de V. E., ex- 
cusa detenerme en mîîs prolijo détail, pruebas y cnumera- 
ci6n de las ventajosas consecuencias y resultîis. La sola enun- 
ciacicSn de mi proyectado plan de reforma los pone todos a 
la vista, Los vastos conocimientos de V. E. y exi>eriencia 
que tiene de estos paîses me hacen no molestar mas su ateu- 



I I 



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— 464 — 

cjûu, ttebicndo sdlo ailadir (|iie en toda la extension del Vi- 
rreînato no encuentro objeto rti^s interesante^ mds digno y 
propio de oc u par los ciiidadosos des vélos de V. E. y de su 
ilustregobierno,^=Dioa,et€*.r=San Luis 150ctubre 1797.= 
Excîïio, kSr. Virrey, Marqués de Avilés. , 





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/^i^ 



IV 



Informe sobre la poblaciôn del Chacô. 



Aflo 1799. 



^3a^2pxcMO. seS^or: La pacificaciôn del Chac6 y lareduc- 
™lè ci<5n de las numerosas naciones de infieles que lo 
l)^^^ habitan, consultada d V. E. de la Corte, y sobre 
que se desea oir también rai dîctamen, ^c6mo se 
puede dudar sea una de las mes gloriosas empresas y de las 
mâs utiles d la Religion y al Estado? 

;8on demasiado importantes y manifiestas las ventajas 
que incluye para que nos detengamos â su détail! Baste de- 
cir que esta idea fué parte del plan gênerai que se propu- 
sieron nuestros augustos Soberanos con la conquista espiri- 
tual y polftica de estas Américas, y que s61o la conversion 
de los indios del Chac6, los de Arauco, las Pampas, los 
charmas, los tupfs y algunos otros gentiles, no en corto 
numéro, que aûn se hallan por reducir y civilizar, es lo ûni- 
co que verdaderamente nos falta para consumai' y dar por 
acabada del todo y perfecta tan admirable y portentosa obra, 
la mayor, puede decirse, que vieron los siglos y refieren las 
historias. 

Muchas de estas ventajas y utilidades apuntan ya en sus 

30 



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— 470 — 

colonias que se formaren, pero ni aun que puedan subsistir 
mucho tiempo. 

Es el Chacd una f ertillsima comarca de m^s de trescien- 
tas léguas quedesde la serranfa de San Fernando, f routera de 
los chiquitos, en los 19^ de latitud méridional, se extiende^ 
aguas abajo por las m^rgenes occidentales del Paraguay y 
Paranà hasta las bocas del Salado de Santa Fe en los 31**. Al 
Occidente se interna, por donde m^, de 8 ^ 9^ de longitud,. 
cuya mayor distancia no excède de 180 léguas; cruzan el 
Chac<5 y riegan sus amenos valles de N. O. d S. E., entre 
varios otros, très grandes y faraosos rîos bastante caudalosos 
y aun navegables, muy nombrados en las Argentinas y de- 
mi^ relaciones histdricas, los que trayendo su origen de las 
nevadas cordilleras del Perû, que circundan el Chac<S, cre- 
cen todo el verano con el deshielo de las nieves y desaguair 
en el Pilcormuyo, diN'idido en dos brazos poco abajo de la 
Asunciôn del Paraguay: el Bermejo 6 Rio Grande arriba de 
Corrientes, y por Santa Fe el Salado j dando c<5moda nave- 
gacidn hasta para barcos 6 lanchas de médiane porte, coa 
especialidad el Bermejo, hasta la distancia de 90 léguas de 
su confluencia, donde se hallaba antes situada la ciudad 
destiiiida de Guadalc^ar. (Historia del Chaeôy por Lozano.>^ 

En cuanto à la extraordinaria fertilidad que se pondéra 
de las tierras del Chacô, la variedad y excelencia de sus 
producciones y bondad de su temperatura, no es dudable 
que, siendo un mismo clima con este de Misiones y del Pa- 
raguay, ofrezca igualcs proporciones y ventajas, sino es que 
se diga que, cual otro Egipto con las inundaciones del fa- 
moso Nilo, quedan sus campos mucho m^ amenés, pingues 
y fecundos con el bénéficie de las crecientes de los dichos 
très rîos, causadas por el derretimiento de las nieves de las 
grandes montanas de Charcas y Potosî; participando i, mfc^ 
como se déjà entender, no pequefia parte de sus minas y ri- 
quezas, igualmente que de las vicurias, guanacos y demàs 
animales propios de la citada cordillera del Perû. 

Con raz<Sn, pues, se refugiaron y acogieron à pals tan 
delicioso y florido, desde el descubrimiento de la America^ 



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— 471 — 
tantas y tan diversas naciones de infieles, donde como des- 
de un fuert€ alc^ar guamecido por su natural situacidn y 
abastecido de todo género de semillas y gustosas fi-utas^ 
copia de ganados, caza y pesca, han sabido conservar y de- 
fender, en medio de los monstruosos errores del m^s dolo- 
roso y obstinado gentilismo, los f ueros de su primitiva li- 
bertad. [Y con màs raz6n aûn nuestros mds celosos Gober- 
nadores y fervorosos misioneros no han perdido jam^ de 
vista la deseada conversion de estos infieles, y su dichosa y 
pacffica réunion al gremio de la Iglesia y de la Monarqufa 
espafLola! 

Mas entre tan repetidas y vigorosas empresas como se 
han intentado desde aquella época, entre tan grandes y bien 
ordenados proyectos de reduccidn como se han emprendido 
siempre sin el mayor fruto, ningimo tan vasto, tan generoso 
y tan bien combinado que reuna en si tan considérables ven- 
tajas y tan positivas seguridades como el que présenta hoy 
al Ministerio el referido D. Victoriano de Ledn. 

Porque: 1.*^ Una colonia murada y populosa, y treinta 
fuertes, que vendràn d ser con el tiempo otras tantas pobla- 
ciones formadas, guamecidas y alimentadas d su costa, en el 
dilatado espacio de diez aûos, guamecerân la f rontera y for- 
mar^ en las riberas del Bermejo una barrera impénétrable 
â los brfrbaros. 2.^ Estos, màs reducidos y estrechos, vivirdn 
también m^ contenidos, se prestar^n fC nuevas reducciones, 
y aun al trato y comercio del espanol, y ser^n también màs 
faciles de catequizar 6 sujetar. 3.** Tarixa, Jujuf, Salta, San- 
ta Fe, Corrientes y demàs ciudadcs comarcanas, libres 
ya de sus antiguas invasiones y diarias sorpresas, correràn 
presurosas à extender sus estancias y multiplicar sus gana- 
dos en los campos de procreo y labor entre los dos rfos Sa- 
lade y Bermejo, que forman el canton m^s hermoso y como 
la tercia parte de todo el Chacd. 4.^ Mil hombrcs pobla- 
dores y soldados à un tiempo, 6 màs bien mil familias cons- 
tantes y â sueldo fijo, con muchos otros labradores, artesa- 
nos, operarios y agregados, f ormaràn un centre de indus- 
tria, actividad y giro nuevos en estas regiones, que, fomen- 



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— 472 — 

tnndo la agricultura y las artes, comunicarrf sus benignos 
înflujos é. las provîncias inundadas. 5.® Y finalmente, nuevas 
estancias, nuevos ganados, montes y hierbales nuevos, sali- 
uas, minérales, maderas, nuevo trajîn, nueva industria 
nbririn pronto nueva navegacWn y una carrera nueva al 
Ferû, tan deseada de los antiguos: méis fàeil, brève y expe- 
dita, por donde subinCn y bajaràn con màs seguridad y me- 
aos coste los azogues, los situados y demàs efectos y frutos 
comerciales. 

Estas son las principales ventajas que ofrece de contado 
la propuesta de D. Victoriano Le6n. 

Con el tiempo deber^ producir muchos otras no menos 
Importantes, con otros ramos y primeras materias de gran 
comercio. Y como este honrado castellano se explica con tal 
tinneza en su presentaciôn, y asegura la ejecucidn del todo 
con la saneada finca de 200.000 pesos efectivos; sîendo, por 
<>tra parte, como lo son, tan moderadas y asequibles las très 
finicas gracias que pide d S. M., que, lejos de ser gravosas 
al Estado, tienen todas ellas su particular conveniencia y 
iitilidad, como expone el mismo y se deduce d primera vis- 
tii de su bien concertado proyecto, no parece se debe dudar 
ni un solo instante en admitfrselo en toda su extension, 
concediéndole desde luego las dichas très gracias û otras 
équivalentes, y V. E. harsC un servicio muy distinguido y de 
!a mayor importancia al Rey y ^ la Naci<5n si logra persuadir 
con su favorable informe é inclinar el Real ^nimo de S. M, 
y el de sus Ministros â que se ponga luego por obra sîn 
nuevos embarazos ni detenciones. 

En cuanto jC la constituci<Sn y forma de los fuertes y del 
recinto de la nueva colonia, que el piano presentado no in- 
dica suficientemente, ni el autor del proyecto expresa otra 
cosa sino que han de ser de palo à pique, parece deberfan 
scT éi lo menos una especic de fortificaciôn de campaûa, 
CDU su parapeto de tapia y estacada, foso y glasis 6 expla- 
nada correspondiente, y de una figura, siendo doble, regular 
6 adecuado al terreno, todo con las debidas proporciones y 
de la posible consistencia y duraci<5n. Y por lo que hace à 



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— 473 — 

la 8ituaci<5n respectîva de dichos f uertes y colqnia, para de- 
terminarla con el debido acierto serfa indispensable levantar 
lin piano individual y exacte del rfo Bennejo con sus inme- 
diaciones, en cuyas màrgenes se han de construir, para es- 
coger los mejores parajes y terrenos màs altos y vistosos, 
libres de inundaciôn y otnis incoihodidades en los pasos y 
puertos del mismo rfo, etc. 

Y acerca del numéro y calidad. de los edificios pûblîcos 
de la misma colonia y aun de los fuertes, si han de ser de 
mamposterîa, argamasa y buenas maderas, como séria con- 
veniente para su mayor utilidad y permanencîa, deberîa 
también el mencionado proyectista explicarse con mrfs cla- 
ridad; pues el piano que acompaôa nada de esto raanîfiesta 
en la debida forma, ni arreglado d escala, que no la tiene, ni 
perfiles, fuera de ser todo él muy arbitrario é inexacto; de 
modo que ni de los terrenos ni de los rfos que comprende 
se puede formar el debido concepto. 

Por ûltimo, admitido y puesto en planta este gran pro- 
yecto, hasta sera mds fàcil, no s61o el establecimiento de 
nuevas reducciones, como ya se apuntd y deseaba el Ilustrf- 
simo Cantillana, sîno aun la ereccidn de las dos ciudades 6 
villas espaûolas mucho raàs necesarîas é importantes, como 
prétende, no sin graves f undamentos, el Gobernador del Pa- 
raguay, D. Joaquf n A16s. Mas en tal caso de suponerse ya 
fortîficado el Bermejo antes que en el paraje de los Reyyw- 
linos que seflala para dichas ciudades, estarfan mejor colo- 
cadas, la una sobre el rfo Pilcamayo, y la otra sobre el Ya- 
bebiry, 6 rfo Confuso, que desagua en el Paraguay bajo del 
mismo trdpîco; 6 si se quiere todavla màs arriba, como en el 
puerto antiguo de la Candelaria^ 6 del célèbre Juan de Ayo- 
las, sobre los 2V hacia la serranla de San Fernando, que es 
opinion comûn abunda de riquîsimos minérales, ligando de 
este modo la frontera con los chiquitos, sirviendo de freno 
à, los portugueses de la nueva Coùnbra y de Alburquerque^ 
yo. que no se internen mâs en nuestros dominios, facilitando 
la total pacificacidn y conquista del Chacô, y proporcionan- 
<Io i, la capital del Paraguay la deseada comunicacidn y los 



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— 474 — 

caminos rectos d las ciudades fronterizas del Perû , que con 
tan ardiente celo propone su Cabildo secular; ventajas todas 
de la mayor consideraciôn, y muy conformes al antiguo sis- 
tema y estrechas recomendacîones de la Cîorte. 

En conclusion, que ya nos hemos extendido m^ de la 
que nos propusimos: ora se intente poblar el Chacô, y redu- 
cir su numeroso gentilismo por medio de buenas reduccio- 
nés y escogidos misioneros, como quieren unos; ora f orman- 
do villas y pueblos de espaûoles y pardos, como pretenden 
otros; 6 ya, finalmente, la construcciôn de fuertes 6 presî- 
dios, y mucho mejor la oportuna y adecuada combinacitfn 
de todos estos medios igualmente proporcionados, eficaces 
y provechosos, lo màs importante, lo absolutamente indis- 
pensable, como se dijo mds arriba, fuera del buen gobiemo 
y bttena politica de los nuevos eôtablecimientos, es la liber- 
tad y buen tratamiento de los naturales, el bienestar y arrai- 
go de los espanoles pobladores y la introducciôn del corner- 
cio libre. jPuntos esencialfsimos que se ilustran todavia 
con mayor extension en el papel ya citado y adjunto de los 
tupfs! 

Los espafioles, pues, introduciendo la economfa, la de- 
eencia, la agricultura y las artes, seràn el màs firme apoyo 
de los Gobemadores, y el orden y la def ensa de los pueblos; 
y el comercio, poniéndolo todo en movimiento y circulaciôn, 
y dando valor4 los frutos y producciones de la industrîa, 
los harà opulentos, poderosos y estables. 

La Naciôn ampliarà asf ûtilmente sus dominios, y la 
Iglesia catôlica podrtt reponerse en las Américas de las 
grandes pérdidas y deserciones que el libertinaje filosdfico 
de estos tiempos y la apostasfa le causan diariamente en la 
Em'opa.=Dios guarde, etc.=: Diego de Alvear y Ponce:=^ 
Excmo. Sr. Virrey Marqués de Avilés.=San Luis, Octubre 
15 de 1799. 



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^^^^^^iF^^^^I^I^^^^^IPw^ 



Informe sobre la libertad de los indios guaranis. 



Afio 1802. 




' xCELENTfsiMO se5?OR: La libertad de los indios 
guaranis y su exencidn gênerai de los trabajos de 
comunidad en que han vivido hasta ahora, y sobre 
que se sîrve V. E. consultarme en oficio de 4 del corriente 
à propuesta del Teniente Gobemador D. Francisco Bermû- 
dez, y representacidn de los pueblos de su departamento 
Yapeyû y la Cruz, es un punto, â la verdad, de suma impor- 
tancia y gravedad, de muy conocidas ventajas, comûn bene- 
ficencia y pûblica utilidad, y aun de derecho natural y posi- 
tive de gentes; pudiéndose aûadir que lo es también de ex- 
presa convicciôn y trato particular, que se les ofrecid y 
pact<5 solenmemente de dejarlos libres, sin encomendar, é in- 
corporados bajo la real Corona, por las jesuîtas, sus misio- 
neros, al tiempo de su conversion al gremio de la Santa 
Iglesia, y reduccidn (C pueblos, con acuerdo de la Gobema- 
ci6n del Paraguay, Cabildos eclesi^îstico y secular, reaies 
Audiencias de Charcas y Ldma, y confirmacidn de varias 
Reaies Cédulas de nuestros augustos Soberanos, 

Si à esto se agrega que se les acaba de ofrecer nueva- 



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— 476 — 

luente como premio y galard<5n de su fidelidad, y por siiâ 
trabajos y servicios inilitares, sîn género alguno de estîpen- 
dio, no s6Io en esta ûltima guerra con los portugueses, sino 
en cuantas otras ocasiones del real senàcîo se les ha ocupa- 
do en todo ticmpo, que han sido muchas y de la mayor con- 
secuencia, en que siempre se han distinguido con gloriosa 
emulaci<5n, mucha puntualidad^ celo y valor, veremos que, 
sobre no haber nada nuls conveniente, razonable, equitativo 
y ventajoso que la enunciada libertad de estos naturales, se 
les debe en cierto modo de rigurosa justicia; siendo fuera 
de esto, en el dia, de bien urgente necesidad, vista la tris- 
tlsima actual situaciôn en que han quedado los pueblos que 
se han conservado fieles y en los dominios del Rey, que â 
todos ellos parece se debe extender el mismo bénéficie, 
pues se hallan todos en igual caso y en las mismas idënticas 
circunstancias. 

Pudiera, sin embargo, suscitarse la duda de si se podla 
o no abolir el sistema de propiedad comûn, y el pupilaje 6 
minoridad de los indios, de que tanto hablan las leyes; mas 
pues s(51o se consultan los raedios, no me debe detener esta 
indagacidn, que considère fuera de mi resorte y ajena de mî 
asunto, y ûnicamente dire que en su origen no fué este sis- 
tema otra cosa que un medio precario, si, y provisional, 
pero que parecid d los misioneros indispensable para pro- 
veer d la neceçaria subsistencia de los indios recién salidos 
de los montes y en los primitives tiempos de su conversion 
y sociedad, como se apuntô arriba, y que por su misma na- 
turaleza y constitucidn no parece deba ser perpétue, sino 
que podrà alterarse en todo 6 en partC; quedando les indios 
con sus privilégies de menores, aunque con derecho de pro- 
piedad y de comprai* y vender, 6 como mes cenviniere; y 
asf, toda la dificultad de este gran négocie creo estriba s61o 
en facilitar los medios màs prepercienados y conducentes 
d su feliz entable y ejecucidn, y en remover y allanar todos 
les impedimentos y obstàculos que puedan entorpecer de 
algûn mode 6 retardar las grandes ventajas y utilidades que 
se esperan de su ef ective logro. 



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— 477 — 

Uno de los raayores embarazos que tiene la deseada 
libettad es su misma natural desidia, su ineptitud, poca in- 
dustria y aun pusilanimidad, y abatimiento y miseria en que 
han vivido hasta ahora, y en que se ven sumergidos; siendo 
la causa principal de su apocamiento, fuera de la simplici- 
dad de su fndole^ el pesado yugo y la despdtica tiranfa con 
que los tratan y han tratado siempre sus respectivas cornu - 
nidades. Estos dos tropiezos son de tal entidad, que sdlo 
ellos bastaron para suspender el curso de todos los esf uerzos 
del senor Marqués de Avilés, inmediato antecesor de V. E., 
que se habfa propuesto con el mayor empefîo y tesdn la 
benéfica idea de la libertad gênerai de los indios en los 
treinta pueblos de Misiones; y todas sus providencias y dis- 
posiciones, por otra parte muy eficaces y arregladas, vinie- 
ron à ser màs perjudiciales que provechosas por no haber 
provisto de oportuno remedio d estos dos inconvenientes. 

Ef ectivamento, puestos en plena libertad los indios, mas 
eocpertos, habiles y capaces de mantenerse por si, como ex- 
presaban las drdenes del Sr. Avilés, y separados con sus 
familias y parientes de los trabajos y faenas de las comuni- 
dades^ que no tienen otro caudal ni otros fondos que el pro- 
ducto de estos mismos trabajos, siembras y labores comunes 
de los indios capaces, ^cdmo y de que habfan de proveer 
estas jC los gastos pûblicos, al desempcûo de sus deudas, 
sneldos de etnpleados y d la manutenciôn y subsistencia de 
los incapaces 6 inutiles, viejos, enfermos 6 menorcs que, ex- 
clufdos de aquella gracia y exencidn, quedaban i. su cargo? 

Mas no son éstos solos los ûnicos y los mayores incon- 
venientes de esta grande obra. I^a falta total, mejor dire la 
prohibicidn absoluta de comercio en toda la provincia de 
Misiones, no menos que el raro entredicho y particular ex- 
clusion de los espaûoles hacendados y honrados pobladores 
de todo aquel distrito y jurisdicciôn, son los verdaderos y 
reaies estorbos que se oponen diametralrnente y embaraza- 
rtCn siempre los apetecidos efectos de tan buen proyecto» 
8in comercio, ^cdmo podr^ floreeer la provincia?... Y sin 
espaûoles, ^cdmo se podnC defender ni conservar?...Sin éstos^ 



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— 478 — 

;'/juién sacard al indio de su rusticidad y miseria? ^Quién lo 
hariC industrioso, labrador y artesano?... Y sin aquél, ^de que 
le servirîa serlo? ^Qué estimacidn, que salida tendrfan los 
f rutos y producciones de su trabajo é industria?... 

En este hemos padecido grave error contra nuestras 
popias luccs y conocimientos, y la funesta experiencia del 
dla nos debe hacer abrir los ojos. Yo deberîa reproducir 
aquf cuanto tengo expuesto é, la Superioridad en orden al 
mismo objeto, especialmente en mis dos informes de fecha 
15 de Octubre de 1797 y 1799, sobre los infieles tupfs y 
^obre la poblaci<5n de Chac6, cuyos dos papeles, si fuera del 
:5grado de V. E., no serf a fuera del caso agregarlos al ex- 
]iediente de la materia por lo que pueda esclarecer el asunto. 

Sf, Sr. Exemo.; la propuesta libertad de los indios 
i'xige como de absoluta necesidad, y aun presupone, la onmf- 
liioda franqueza y libertad de comercio en todos sus ramos, 
igualmentc que la introducciôn y arraigo de los cspaôoles 
liaecndados, en la provincia de Misiones, sin género alguno 
de feudos 6 contribucidn que impida 6 retarde su afluencia 
do todas partes. De otro modo, no hay que aguardar pro- 
gresos de ninguna especie. 

Los espanoles pobladores, no s61o cubrir^n la tierra de 
«liâcaras 6 cstancias metddicas y arregladas, en que las 
iiiembras oportunas y labranzas estacionales, junto con el 
pastoreo, crîas y hierras cuidadosas de animales y ganados^ 
ïiuiltiplicanCn indudablemente las cosechas y diversos frutos 
de una bien entendida agricultura, adecuada y propia del 
pals, sino que corrigiendo y ensefiando, y sirviendo al mismo 
tiempo de ejemplo y emulacidn d la natural indolencia y 
riisticidad de los indios, reformarfCn su \nda y costumbres, 
^u educacidn, su trato y sociedad; y unidos, finalmente, con 
ellos, y alistados en milicias arregladas y bien constituîdas, 
ci^mo procuro persuadir en mis dos citados infonnes, sertEn 
ul apoyo y sostén de las disposiciones del Gobiemo, y la 
ili'fensa y conservacidn de la provincia màs florida y de me- 
jores proporciones del Virreinato, al paso que la mis ex- 
pucsta, como fronteriza, d los insultes é invasion de los ene- 



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— 479 — 

migôs del Estado; que mal podrîamos conserv^ar en las solas 
manos de unas gentes llamadas y tenidas con justa razôn en 
^l Derecho por misérables, y â quienes ha sido preciso con- 
cedan las levés el privilégie de menores para su propia sub- 
sistenoîa y conservaeiôn. 

Asimismo, permitido y ordenado sin trabas ni restric- 
ciones el comercîo nacional, cesord por de contado el clan- 
destine, que hasta ahora han practicado con tanta utilidad 
los portugueses; y puestos en movimiento, giro y actividad 
los ricos y estancados frutos de Misiones, la hierba, el taba- 
co, el azûcar, el anil, el arroz, los granos y simientes, el al- 
god6n, los lienzos, cueros, lanas y dem^s producciones de 
los inmensos bosques del Paranà y Uruguay: las inestima- 
bles maderas de construcciôn, los màstiles 6 arboladuras, 
los cables de GKtembé, las jarcias de Caraguatà, las résinas 
y gomas del Cury é inciensos, las càscaras de curtimbre 
ceras y variedad de preciosas drogas médicinales, y desobs- 
truldos los très canales màs portentosos de navegacidn, 
tanto tiempo ha cerrados, y abierta la comunicaciôn con esta 
gran capital, que retiibuir^ en cambio todos los géneros y 
efectos comerciables, se \erâ en Misiones refluir los abastos 
y acopios de toda especie, sucediendo la abundancia y opu- 
lencia d la escasez y miseria de aquellos naturales, la hones- 
tidad y decencia d su abatimiento y desnudez,la regulari- 
dad y orden, al desorden y opresidn, y venir enpoco tiempo 
â ser la provincia, asî por la ventaja de sus proporciones 
<îomo por la excelencia de su clima, el mejor del globo; la 
mds florida, rica y poblada de estas Américas. 

En este estado de cosas, en este plan de reformas caen 
por sf, y se desvanecen uno después de otro, todos aquellos 
grandes inconvenientes que obstaban y se oponf an d nuestro 
gran proyecto de la soltura y exencidn de los indios de los 
trabajos y grillos de la comunidad. 

Pues emancipados los naturales, y gozando de todos los 
fueros de su primitiva y natural libertad, eivilizados, pro- 
pietarios, labradores, artesanos y aun comerciantes deber^ 
cuidar de sf y de sus familias, y proveerlas de todo lo ne- 



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L 



— 480 — 

cesaiio, no S(51o d su indispensable subsistencia, sino en todo 
lo conveniente d la f elicidad de su porte, comodidad y en- 
gi'andecimiento; y exoneradas por consiguiente las cornu- 
nidades de la diaria y excesiva carga de las raciones y re- 
partos frecuentes de lienzos, vestuarios y utiles, el mas con- 
' siderable de sus expendios, y libres de la mayor parte de 
todos los sucldos de los empleados, que no serdn ya preci- 
sos, se podràn dedicar con màs esmero y atenciônal desempe- 
no total y debida satisfacciôn de sus particulares deudas y 
demds gastos pûblicos, reducidos ya de résultas ûnicamente 
d los indispensables de iglesias, hospitales, que deherda en- 
tablarse, y en algunos otros de corta entidad. 

Las alcabalas, cuyo indulto han disfrutado los naturales 
en su antiguo estado de comunidad, y parece se les podrlan 
imponer en el nuevo de su emancipaci<5n,podHan tal vez pro- 
ducir un fondo de amortizacidn suficiente y proporcionado d 
la extinci<5n de las deudas de sus respectivas comunidades; 
6 bien, si pareciere gravosa esta imposicidn tan d los prin- 
eipios, cuando de todos modos se les debe fomentar, 6 si su 
producto f uese lento 6 insuficiente, no déjà de ser oportuna 
la agregaciôn y venta de algunos terrenos 6 estancias de no 
c<5moda division, ni de algunos otros bienes comunes de los 
que tienen los pueblos en esta capital, corao apunta el Te- 
niente Gobernador D. Francisco Bermûdez, y aun se les po- 
drà concéder la libertad con la condiciôn y cargo indispen- 
sable de haber antes de satisfacer dichas deudas y empe- 
ûos,ya sea por medio de algunas sicnibras comunes 6 faenas 
pûblicas de algodôn, lienzos, hierbas 6 maderas, ya por al- 
guna otraimposici<5n 6 arbitrios de tantos como se présentai! 
para cubrir un objeto de tal importancia que no se puede 
dispensar, y d que no dejartCn de prestarse los indios gusto- 
sfsimos, y con el mayor esmero y aplicacidn, con t^U de con- 
seguir de una vez para siempre lo que mds apetecen y por 
lo que mds suspiran, que es verse libres y exentos de los 
dm'os trabajos y pesado yugo de las comunidades y Admi- 
nistradores, etc. 

Ix)s diezmos y primicias, que hasta aqul 8<5lo han pagado 



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— 481 — 

por tasâci<5n de 100 pesos cada une de los pueblos, y que 
«nsu nuevo estado de soltura é independencia parece debe- 
rân satîsfacer los naturales, nd es dudable suf ragaràn, como 
«n todas partes, para los gastos precisos de las iglesiasyreedi- 
ficacidn de los templos; y puesto que se provee de Real Ha- 
-cienda para los sfnodos y congrua sustentacîdn de los cu- 
ras, hasta podrîîn establecerse enfermerfas pûblicas û hospi- 
taies doude se asista y cuide de los enfermos si fuese 
posible, destinando à ellos, encargados de su entable y admi- 
nistraciôn, algunos bethlemitas, d causa de que entre los 
indios, màs que en ningûn otro pueblo 6 Naciôn civilizada, 
son necesarios estos hospicios 6 estas casas de misericordia 
y caiidad por los muehos que perecen desaraparados, desti- 
tuîdos de humano socorro y de todo auxilio corporal y espi- 
ritual, ya entregados d su natural incuria y miseria, y d ma- 
nos de la barbarie, auspicios y supei"stici<5n de sus agoreros 
y curanderos. 

Y en cuanto al reparto y dimension de las tierras, chjl- 
-caras y estancias, también se podr^ practicar por el método 
sencillo que représenta el misrao Teniente Gobemador, es- 
pecificando solamente el numéro de varas de la légua em- 
pleada en la misma 6 demarcaeidn de cada suerte, porque 
las hay de muy diferente tamaûo, y podrîan en lo sucesivo 
originarse dudas y litigios interminables; debiendo asimismo 
sefialarse 6 medirse el frente, fondo y direcciôn de cada 
parti ja 6 porcidn de terreno por sus respectivos linderos y 
hacia las cuatro plagas del numdo, etc. 

Con la prevenci6n de que no sertC f uera de prop6sito se- 
ôalar y adjudicar algunos teiTcnos y sitios de los miCs bien 
parados, no sdlo f uera en los campos para crCa de ganados, 
sîno también dentro de la misma Reduccion 6 Municipio, 
destinados en propiedad al pueblo 6 comunidad, d la fdbri- 
ca de la îglesia y d la de hospi taies; de modo que pue- 
ûen contar con ellos y disponer de aquellos fondos en cali- 
<lad y con la denominaciôn de propios para lo que pueda 
ocurrir en lo sucesivo. 

Por lo dem^s, Sr. Excmo., 1oï> grandes negocios, los de 

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— 482 — 

iiiayor importaneia, son siempre los que sufren la ma} or 
nposicidn y los que eneuentran màs graves dificultades. 

El tiempo y la experiencia enseûan los medios mds ade- 
ruados y dictan las providencias m^s oportunas d supe- 
rarlas. 

La libertad de los indios, su exencidn de los- trabajos de 
romunidad, del servicio personal y de encomienda: nada hay 
iii^s confonne d la humanidad, mds arreglado d Dereclio, ni 
uids deseado, encargado y recomendado por nuestros cat6- 
licos Monarcas desde el feliz dcscubrimîento de este nueva 
inundo, y esto basta para que V. E. no levante su mano de 
lu empresa hasta Uegar d conseguirla y perfeccionarla, muy 
p^^rsuadido de ser el mayor y indu glorioso triunfo de su 
ihistre gobierao.^nDios guarde d V. E. muchos aflos^ 
^=: Buenos Aires, 27 de Agosto de 1802,:=^ Diego deÂlveaf\. 
:=Excnio. Sr. Virrey D. Joaijuîn del Pino. 



Nota. Efectivamente, por una Ileal Cédida, fechada en 
v\ real sitio de Aranjuez il 17 de Mayo de 1803, fueron 
|>uestos en plena libeilad los indios guaranfs de los treinta 
[ïueblos de Misiones de que habla esta historia, concedîén- 
(loles S. M. el coniercio libre y la introducciôn de espanoles 
honrados en el distrito de su provincia, cou un reparto ade- 
< uado de ti erras d cada faniilia, y los utensilios necesario>s 
para sus Ubranzas, siendo erigido el mando de los referidos 
treintii pueblos sobre el Paranà y Uruguay en un Gobiema 
ubsoluto 6 independiente del de Buenos xVires y Paraguay,. 
vl cual fué conferido al misnio Jefe, el Teniente Coronel don 
Jiernardo Velasco, que mandaba y a en la provincia por Real 
ileereto de 28 de Marzo de dicho ano de 1803. 




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ïmi^etoVA VûVûVf MîiMiSVûV^^ 



.o^mèm^^ù^èmè^m^£mc^^iim3. 



mji^A^A%jA\j^AyA%jj)a/aA^AUAfjim)SJi^)SJiajm\ 



VI 



Navegaciôn del Rio de la Plata por lanchas 
y navios. 

DESCIUPCIÔN CIKNTIFICA DEL RIO Y SUS ESCOLLOS, POR 
D. DIKCiO DE ALVEAR Y PONCE 




^, OMO el piierto de Montc\ndeo es, como dijimos, el 
finico del Rfo de la Plata, se quedan en él todas las 
etnbarcaciones que vienen de Espaûa con registres 
para Buenos Aires y provincias interiores del Reino. 

El transporte de los efectos se acaba, pues, de verificar 
por medio de las lanchas del Rîo de la Plata, cuyo destino 
principal no es otro, y el de volver cargadas de cueros para 
el retomo de las raismas embarcaciones 6 navios. De estas 
lanchas habîa como unas treinta, las mfCs de ellas armadas 
en goletas, otras en balandras, y las restantes en bergantines. 

Su construcciôn es bastante fuerte y planuda: de modo 
que cargan mucho, calan poco y resisten no mal los recios 
temporales y gruesas maretas del Rfo, que no déjà de ser 
achacoso. 

En la derrota que siguen los patrones que las gobiernan, 
les dirige sdlo la prdctica 6 conocîmiento que tienen del 
tiempo, de las mareas, bajos, bancos y dem^ circunstancias 



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— 484 — 

esenciales d este objeto. Con arreglo d ellas atracan iinas 
veces m^ à la costa fiel Norte, otras d la del Sur, conforme 
presumen de que lado deben soplar los vîentos. 

La direccidn de este tramo del Rîo es al O'/^ X. O. â 
corta difereneia, y asî la navegacidn poco se aparta de esta 
Ifnea en el \'iaje de ida y vuelta. La hora regular de su sa- 
lida es d média tarde, y Uegan antes de las doce del dla si- 
guient€ si les favorece el tiempo; la venida de Buenos Aires 
suele ser mîfs morosa cuando no reina cl pampero, 

La sonda de los dos bancos de Ortix y de la Ciudad, 
cuyos fondes tienen rauy conocidos, es todo el norte de los 
patrones de lanchas, y su mayor dcsyclo el bajo de la Pa- 
rela, situada très léguas al Sur de la punta del Espinillo, 
que es d la oriental del arroyo de Santa Lucfa. 

Siendo nuestra i)rofesi6n de marina, no podemos dejar 
Montevideo sin delinear la derrota que podnCn tcner los na- 
vfos para entrar y salir en el Rîo de la Plata con alguna 
md9 seguridad que hasta aquf, exponiendo todas aquellas 
precauciones (pie una fatal y reiterada experiencia ha hecho 
considerar de mayor importancia, y que nosotros hemos ve- 
rificado por nuestras propias obserN-aciones, f recuentes >najes 
y noticias de los mejores prîtcticos desde cl aûo de 1774, 
que es nuestra residencia en el pafs. 

Todas las cartas antiguas y modernas dan al Rîo de la 
Plata una boca de 40 léguas, entre los Cabos, de Santa 
Marfa y San Antonio. Esta suposiciôn poco exacta, y la sî- 
tuaciôn afm mrCs incierta de dichos dos Cabos, representados 
como dos puntas agudas de la costa, terminantes y salien- 
tes, han dado y aun dan todavîa mayor confianza que la 
conveniente d los mîuticos que frecuentan esta navegaci6n. 

La punta oriental de la i*ada de Maldonado y la isla 
de Lobos, poco distante de ella sobre, los 35** 2" de latitud, 
son las tierras mds australes de la costa de CastiUos, como 
diremos adelante, y, por consiguiente, las que se deben to- 
mar por el Cabo de Santa Marfa. El de San Antonio, que 
nadie hasta aliora ha dccubierto d pesar de las varias tenta- 
tivas dirigidas a este fin, debe intemar cuando menos sobre 



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— 485 — 

veinticinco léguas al Occidente de la referida isla de Lobos. 
Las tieiTas por aquella parte son tan rasas y la playa tan ten- 
dida que las lanchas que fueron â su reconocimiento, después 
de haber navegado todo lo que les peruiitfa su poco fondo, 
mandaron los botes, y solo lograron descubrir en lo ûltimo 
del horizonte unos pequeûos drboles d que no se pudîeron 
arriraar por falta de agua y temîendo no quedar en seco en 
la vaciante. 

Los Pilotos del Rey que, navegando ji las islas Malvinas, 
se dirigen desde Montevideo al Sur en dereehura, y no solo 
no descubren tîerra, sino que van sienipre aiimentando de 
fondo hasta perder la sonda, nos han acabado de desenga- 
ûar en estos ûltiraos tiempos de la falsa situacidn del Cabo 
de San Antonio en la carta. Si hay, pues, alguna punta que 
se deba honrar con este nombre, consagrado ya por la anti- 
gûedad respetable, es la llamada Piedrns de San Borombo7iy 
al Este de la ensenada de Barragàn, y la que sobresale tam- 
bién nids de la Costa de Buenos Aires, fonnando la verda- 
dera boca del Rio de la Plata de solo 22 léguas, con la Pnn- 
ta brava de Montevideo. 

La isla de Flores, recostada sobre la ribera septentrional 
y los peligrosos bajos del Banco Inglés, situados 11 millas 
al Sur de ella, estrechan aûn miîs este espacio, y hacen mis 
crftica de lo que se crée generalmente la entrada de este 
famoso rfo. Por fortuna la sonda de este banco es bastante 
cierta, no raenos que la de sus dos canales de Lama, que 
déjà al Septentrion y Mediodfa, y los marineros habiles no 
hacen poco caso de estas valizas. Una y otra se pican mu- 
chas léguas antes de la isla de Lobos, sobre 50, 40 y 30 bra- 
das, que disminuyen àproporciôn de la distancia, A las 13 lé- 
guas se suele encontrar un menor fondo de 13 brazas arena, 
que suele sorprender à los poco expertos; pero se acaba 
pronto. Sobre el Meridiano de la isla se hallan 18 brazas 
arena <5 lama, sin el banco 6 canal, y estos fondos descien- 
den progresivamente hasta siete y seis brazas, que se estard 
ya entonces por la isla de Flores, distante de aqueUa 157* li- 
guas à los 80° X. O. 



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— 486 — 

Sentados estos principios, parece que en el inviemo, 
ciiando los vientos générales son del segundo cuadrante, y 
los tiempos m^s temîbles del tercero, el paralelo m^ pro- 
porcionado para entrar en el Rfo de la Plata es el de 
los 35** 20' d 40'' de latitud; por él se conseguir^ avîstar las 
sierras de Maldonado y Pan de Azûcar sobre un fondo de 
diez d doce brazas de arena menuda y parda. La elevaci<Sn 
de estas tierras las hace descubrir de la distancia de 20 lé- 
guas en tiempos claros; y asf, es mucho m^ seguro venir à 
reeonocerlas por el referido paralelo que las de CastiUos é 
isla de Lobos, que son muy bajas respecto de aquéllas y no 
se logiti sin empenarse en caso de mal tiempo. Del expresa- 
do fondo de las 10 brazas no se deberrf pasar por pretexto 
alguno de parte de tarde 6 durante la noche; la falta de 
atcncidn en este punto ha sido^ y no otra, la primera causa 
de tantas pérdidas desgraciadas; pues aunque las piedras 
del Banco Inglés disten toda\'fa de aquel fondo de ocho d 
diez léguas, debiendo disminuir sucesivamente hasta seis 
brazas arena y cascajo gnieso, que es ya la proximidad del 
peligro, no es, sin embargo, prudente aventurarlo todo para 
adelantar poco màs, que es cuanto se podrfa, especialmente 
si no se ha resuelto pasar de noche. De dfa, pues, se conti- 
nuard la navegaciôn al O. N. O. (hablamos siempre de rum- 
bo corregidos de variaciôn magnética), y si disminuye nota- 
blemente el fondo dicho, de arena, al N. O., 6 mda al N. 
llegando d las siete brazas, sin estar aûn d la vista de las 
tierras de la costa, que es indicio cîerto de hallarse al Sur. 
Por este medio se vendriC luego d tomar conocimiento de 
dichas tierras; se caerà en la lama del canal, <5 en su mezcla 
con arena del veril del banco, y se puede entonces gober- 
nar con franqueza y sin reeelo al O'/* X. O. hasta descu- 
brir la isla de Flores, que dista cuatro léguas d los 82** S. E. 
de Montevideo. De ella, finalraente, se prolongar^ la costa 
desatracados algûn tanto de las puntas de Carretas, Brava 
y San José, que tienen sus tropiezos: y franqueando el puerto 
lo suficiente, se dirigirîf al Norte hasta barrar. 

Esta derrota, aunque no es de las m^s cortas, es, sin 



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- 487 — 

embargo, de las méis seguras para la estaciôn del iavieruo, y 
aun de primavera; esto es, desde principio de Abril hasta 
fia de aûo, en que son freeuentes y tenaces los tiempos que 
se declaran por el segundo y tercer cuadrante, y esto con 
-cualquîera revolucidn, sîn mayor aparato. En ella se habnl 
observado que el objeto principal es conservarse siempre 
dos recursos, que jamàs debe perder de vista el buen Piloto 
para todo lance: 1.**, un fondo de tenazdn, firme, como es la 
arena del Banco Inglés, en que se entra, como hemos dicho, 
algunas léguas antes de la isla de Lobos; 2.**, tener franca 
la salida para correr con libertad no pudiendo subsistir al 
.ancla ni al pairo. Ahora, si el viento fuese precisamente 
del S. E., no déjà de ser muy embarazoso en todas circuns- 
tancias por lo mucho que se encrespa la mar y toma la Cos- 
ta. El ûnico medio de salir del apuro en caso de no bastar 
los arbitrios de ancla 6 capa, es buscar la lama del canal 
del N. y seguir su derrota en demanda del puerto con e\ 
^onocimiento que se ha dado de los fondes. 

En el verano, 6 con los vientos entablados del primer 
<îuadrante, se puede entrar en el Elo de la Plata por un 
paralelo màs al X. hasta reconocer, si se quiere, la isla 
de Lobos y tierras de Castillos. Después se continuarâ la 
navegacidn por el mismo canal 6 beril del banco, y d vista 
siempre de la costa y gobernando al O '/i N« 0^ hasta la 
isla de Flores. Y de aquf, barajando la costa como se ha 
■dicho, entrar en Montevideo, teniendo asimismo el cuidado 
de no cortar de noche el meridiano de las piedras del 
banco, punto que no se puede recomendar demasiado â 
•causa de lo crîtico y peligroso que hacen este paso la des- 
igoaldad y violencia de las corrientes, que en ocasiones^ 
haràn desatinar y perder la tramontana al mes diestro Pi- 
lote. Las referidas islas de Lobos y Flores permite paso 
libre hasta para navfos por la parte de tierra; la segunda tie- 
ne, sin embargo, una restinga al N. E. que estrecha algo màs 
«el canal Desde las piedras del Banco Inglés, cuya reventa- 
^n es visible de alguna distancia, se descubre la punta del 
<îerro de Montevideo al N. 0.*/^^,,y las cimas de las sierras 



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— 488 — 

de Maldonado y Pan de Azûear al X. E. y N. E. Yt E. Los 

navlos verifican ordinuriameDte su salida de Montevideo 

* 

por la misma boca 6 canal del N. que la entrada; esto es^ 
entre el banco y la isla de Flores. Y como en este caso se 
tiene conocimiento cierto del peligro, solo ocurren dos ad- 
vert^ncias générales que haeen 1.% dar la vêla con tîempo- 
hecho, y à la hora compétente de rebasar la angostura, an- 
tes de la noche; 2.% montado el peligro, procurar desatra- 
car la costa cuando sea dable, especialmente en tiempo de- 
inviemo, para franquear las tierras y punta del E. de Mal- 
donado, que son, como dijimos, las que salen m^s, aseguran- 
do con esta diligencia el viaje aunque sobrevenga el pam- 
pero. 

La circunstancia de salir con tiempo hecho, que no dcja 
de ser esencial, no suele lograrse con frecuencia en este- 
puerto, donde reinan màs comûnmente las brisas del pri- 
mer cuadrante, que son escasas. Jûntase d esto que cuando 
se hallan en franqufa los navfos aguardando ûnicamente 
viento favorable para hacerse d la vêla, que d veces no se 
logra en muchos dlas y sin nueva revoluciôn del tiempo,. 
su situacidn fuera de puntas no es de las mejores. Una 
triste y repetida experiencia de muchos barcos que se per- 
dieron en igual coyuntura, no tiene sino muy acreditada la 
verdad de estas dos reflexiones. Para evîtar, pues, semejan- 
tes riesgos y demoras, que perjudican no poco al comercio 
de la Naci<în y servicio del Rey, convendrfa frecuentar alga 
màs que hasta aquf el canal del S., que hace para aquellos 
casos notables ventajas al del N. Es mucho mus espacioso- 
y limpîo; su fondo no baja de ocho brazas; todos los vien- 
tos del primer cuadrante son largos para salir por é\, y do- 
blada la cabeza del Banco Inglés, gobernando al S., é lo mè- 
nes hasta perder enteramente la vista de las tierras, se esttf 
ya en disposicidn de no temer nada y de navegar â discre- 
cidn, segûn f uere el destino. Esto es la derrota que siguea 
los Pilotes de la carrera de Malvinas, y de regreso de aque- 
Uas islas practican tambiën su entrada por esta boca, coma 
igualmente los navfos que \âenen de arribada del Cabo de 



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— 489 — 

Homos. El beril méridional del banco y la latitud son las 
galas infalibles que les conducen entonces con seguridad, y 
sus precaucîones générales evitar cuidadosamente las siete 
biazas de arena como cercanas del peligro; no cortar el pa- 
ralelo de los bajos sino de dfa y por fondo lama; y por 
esto mismo, que tîenen siempre por seguro, acercarse â des- 
cubrir el cerro de Montevideo. 

Por ûltimo, esta eiudad, que también es conoeîda bajo 
la advocacidn de San Felipe, su glorioso Santo titular, se 
halla en 34° 54' 33" de latitud austral, 3° 45' 22" al Occi- 
dente del Observatorio Real de Greenwîeh, y 37*/^ léguas 
alE., 19° 15' 5" de su capital, Buenos Aires. Se puede con- 
sultar el catflogo de nuesti-as observaciones astronômicas, 
que harà la segunda parte de este Diario. 

Los pianos numéros 2.° y 1 1 que acompaôan, el prime- 
ro del puerto de Montevideo, y el segundo del Rio de la 
Plata, han sido corregidos con arreglo à estas observaciones 
y noticias, y podràn servir para mayor inteligencia de todo 
lo dicho *. 



> Es copia de la descripciôn que incluye en el tomo I de su 
Diario de la segunda partida de limites. El piano del Kio de 
la Plata, con todas las sondas y demÀs senales cîentiôcas re- 
qaeridas para su màs segura navegaciôn, lo tenémos en nues- 
tra casa de Montilla. — (S. de A.) 




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^r^^^^-'T "^-^^ ' ^"*: — T^^*^'**-^-*^*?'*^ 







VII 



DESCRIPCION DEL YIRREINATO DE BUENOS AIRES 

CON TODAS SUS NUEVAS INTENDENCIAS, Y PROVINCIAS, 

PUERTOS, VECINDARIO, EDIFICIOS, TRIBUNALES, AGRICUL- 

TURA,INDUSTRIA Y C0MERC10,C0N RELAClÔN Â LAS DEMÂS 

COLONIAS Y PUERTOS NACIONALES Y EXTRANJEROS 



f ; ^:)Bfrecimos concluir iiuestros Diarios con las noticias 
^>É^ de Buenos Aires y de sus puertos en la costa meri- 
'^ dional del Rfo de la Plata. En la relaciôn histôri'ca 
de Misiones, después de haber referido los primeros viajes y 
descubrimientos de este famoso rfo por los célèbres Pilotes 
Vicente Yàfiez Pinzdn, Juan Dfaz de Solis y Sébastian Ga- 
boto â principios del siglo XVI, dijimos también que esta 
gran capital f ué situada d la entrada del riachuelo por el xVde- 
lantado D. Pedro de Mendoza hacia los aûos 1535, bajo el 
glorioso tftulo de Santa Maria de Buenos Aires; que com- 
batida siempre en los aûos sucesivos, y aun destrufda varias 
veces por los querandises y demds infieles comarcanos, f ué 
restablecida otras tantas, y ûltiraamente transladada y reedi- 
ficada en una loma inmediata de mayor altura y ext^^nsiôn, 
donde hoy se halla, el de 1580, por el incomparable Juan de 



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— 491 — 

Garay, que la iutitul6 de nuevo la Santisima Tnm'dad, de- 
jando al puerto del riachuelo su primitiva advocaciôn. 

No sdlo las frecuentes correrias y repetidos bloquées de 
los gentiles embarazaron la prosperidad y la natural exten- 
sion que desde sus princîpioB hubiese tomado Buenos Aires; 
las Naeiones de Europa couspiraron también contra ella, y 
ejercitaron cuanto pudieron sus primeros pobladores. Los 
portugueses, como màs inmediatos y los màs rivales: los in- 
gleses, los franccses, los holandeses, situados entonces en el 
Brasily y hasta los dinamarqueses, se dejaron ver en distintas 
ocasiones sobre sus playas, con especialidad los mds nom- 
brados corsarios de aquellos tiempos. Eduardo Fontano, el 
pirata Tomàs Candich, el caballero de la Fontaine, Timoteo 
de Osmat, General de Luis XIV, y varios otros no nienos 
atrevidos y famosos, entrando con expediciones muy forma- 
les y de grandes fuerzas en el Rfo de la Plata, manifestaron 
sin embozo, aunque siempre en vano, sus miras hostiles y sus 
vivos deseos de apoderarse de esta ciudad, embarazandolo 
constantemente y derrotàndolo en todo encuentro el esfor- 
zado sCnimo y conocido valor de los espanoles, vigUantfsiraos 
en la guarda y conservaciôn de sus dotninios de America y 
de unos establecimientos y colonias de tal importancia. 

A pesar de tantas contrariedades y oposiciones de los 
extranjeros é infieles, y no obstante la continua disensidn do- . 
méstica y guerra intestina de los Adelantados y conquista- 
dores, de im Domingo de Trala, de un Veedor Cabrera y de 
im Alvarez Nûûez Cabeza de Vaca, de un Juan Ortiz de Zà- 
rate y muchos otros no menos distinguidos personajes de 
aqnella esfera que se procesaban y deponfan altemativa- 
mente unos d otros; atentos siempre nuestros cat<51icos Mo- 
narcas â hacer florecer la Religion por medio de sus sabias 
leyes en tan vastas y opulentes r^ones, como objeto prin- 
cipal de su descubrimiento y conquista, Buenos Aires, d los 
cuarenta aûos de su reedificacidn, es decir, el de 1620, fué 
â un mismo tiempo erigida en capital de un nuevo Gobier- 
no, separado del de Paraguay por real disposicidn del seûor 
D. Felipe III, y cabeza de un nuevo obispado del Rio de 



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— 492 — 

kl PUfta por la beatitud de Paulo V; crejlndosc su real Sala 
de Audiencia por la primera vez en el de 1663 por el sefior 
D. Felipe IV, buprimida d los once afio8, y concediéndola 
finalmente la majestad del Sr. D. Felipe V los ilustres tim- 
bres y gloriosos tftulos de la muy noble y muif leal ciudad 
de Buenos Aires por Real Cédula de 5 de Octubre de 1716, 
en que se expresan los grandes servicios, la constancia, leal- 
tad .V demrfs gi'aves fundamentos qne tuvo el Rey para con- 
feiîrla esa gracia. Y el escudo de armas que usa desde su 
fundaci<5n son dos uavfos al ancla en mar espumoso platea- 
do, y una paloma volando en campo céleste, que sîmboliza 
los influjos del Espîritu Santo en todos sus consejos y deli- 
beraciones. 

Mas la gran felicidad y los grandes progresos en todos 
sentidos de esta hennosa ciudîCd parece estaban cifrados y 
como pendientes por una parte del establecimiento de co- 
mei'cio libre, por reglamento de 12 de Octubre de 1778, y 
por otra, de su erecciôn en la capital de un Yirreînato de 
veintiocho grandes provincias, repartidas en ocho Intenden- 
cias, dos Presidencias, dos Gobiemos y sus obispados por 
Real Cédula de 8 de Agosto de 1776 del Sr. D. Garlos m, 
bajo la nueva legislacidn y reglamento de la f amosa Real ()r- 
denanza de Intendentes de 1782; C6digo de leyes de los mds 
pi'eciosos, que con la mayor claridad y sencillez expone las 
funciones, cai'gos, autoridad y jurisdiccidn de los Gobema- 
dores, Intendentes de ejército y pro\nncia, reducido todo rf 
las cuatro causas principales de Justieia, Policfa, Hacienda 
y Guerra, 

El deseo de unif ormar el Gobiemo, poner en buen or- 
den, felicidad y defensa tan dilatados dominios, y que los 
Intendentes gobernasen los pueblos y sus habitantes en paz 
y justicia, cuidando de su policla y recaudando los intereses 
Icgîtimos del Real Erario con la debida integridad, celo y vi- 
gilaqcia, f ueron las miras principales que se propuso S. M. en 
tan sabia y acertada deliberacidn, entablada inmediatamente 
después de la insurrecciôn y desastres de Jupac-Ataro y Ju- 
pac-Catari, causados por los excesos de los Corregidores 



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— 493 — 

y por la înjusticia de sus repartes; no debiéndose apartar 
en este nuevo sistema de gobiemo de cuanto disponen las 
Jeyes de Indias y aun las de Castilla, y paiticularmente las 
dos Reaies Ordenanzas de los seûores Reyes D. Felipe V y 
D. Fernando VI, pubîicadas en 4 de Julio de 1718y 13 de 
Oetubre de 1749, con las ampliaciones y restricciones de 
esta nueva instruccidn. 

Con an'eglo d ella las Intendencîas tomaron el nombre 
<le capitales de provincia, donde debfan residir los Tnten- 
dentes; las provincias cl de partido, donde se habfan de es- 
tablccer Jueces subdelegados que lo fuesen en las cuatro cau- 
sas; y los distritos 6 jurisdicciones debfan ceûirse al de los 
obispados respectivos; creàndose desde luego en cada capi- 
tal los Juzgados y Juntas correspondientes d cada Inten- 
dencia, que debîan considerarse, y ser efectivamente, subor- 
dinadas d la Superintendencia gênerai de Buenos Aires, 
como delegada de la gênerai de toda la America, que réside 
en el Sccretario del Despacho universal de Indias; y deter- 
mindndose, por ûltimo, en esta capital una Junta superior de 
Real Hacienda, scparados todos los asuntos de ella del cono- 
cimiento del Virrey, quien no obstante quedaba con el todo 
de la superior autoridad y omnimodas facultades de Gober- 
nador y Capiton General del Virreinato, y las de Présiden- 
te de la Real Audiencia y Chancillerfa, que se dcbfa resta- 
blecer de nuevo. 

Son, pues, las ocho enunciadas Intendencias ccfiidas d 
sus respectivos obispados: 1.** La gênerai de Buenos Aires. 
2.* La de la Asuncidn del Paraguay. SJ" La de San Miguel 
de Tucumàn, establecida en Salta. 4.* La de Santa Cruz de 
la Sien-a 6 de Cochabamba. 5.* La de la ciudad de la Paz. 
6.** La de Puno <5 Panzarcolla, y las dos restantes la de la vi- 
lla impérial de Potosî y la de la ciudad de Mendoza 6 C<5rdo- 
ba. Las dos Presidencias, la de Charcas y Buenos Aires; y 
los dos Gobiernos, el de los treinta pueblos de Misiones de 
indios guaranis y el de Montevideo, incorporàndose los de- 
màs Gobiemoe polfticos y militares, y el Corregimiento de su 
respcctiva capital, al Intendente con el ejercicio de Yicepa- 



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— 494 — 

troDO rcal; excepto el de la Plata, afecto al Présidente de 
aquella Real Aiidiencia, y el de la provincîa metrdpoli al Vi- 
rrey, extingiiidos todos los demrfs Corre^mientos y Gobîer- 
nos polfticos. 

Serf a una cosa muy larga y muy f uera de lo que nos he- 
mos propuesto entrar en un prolijo détail de cada una de 
estas Intendencias de provincîa. Diremos s<51o cuanto baste 
para formar idea en gênerai de su respectiva situacidn, po- 
blaci6n, producciones y frutos, industria y comercio, siendo 
relativo d ellas, y debiéndose entender en punto menor, cuan 
to se diga de la metr<5poli 6 gênerai, jC que estàn, corao se ha- 
dicho, subordinadas. 

Conseeuente d esta real deterniinaci<5n y al enunciado 
nuevo plan de gobierno, se fueron creando, estableciendo y 
dotando correspondîenteraente en Buenos Aires todos los 
Tribiuiales, Cuerpos y erapleos necesarios y conducentes d 
su administracidn, porte y deccneia. Fuera de la Secretarfa 
antigua de Gobierno y Real Hacienda, creôse de nuevo la 
Real Sala pretorial de Audiencia por Real Cédula de 14 de 
Abiil de 1783 del Sr. D. Carlos m, y fud establecida en 5 
de Agosto del 85; siendo compuesta de su primer présidente 
el Marqués de Loreto, Régente, cinco Oidores y dos Fisca- 
les, con sus Agentes, Relatores, Chaneiller, Alguacil mayor 
y dem^ correspondientes.=La Junta superior de Real Ha- 
cienda de que hemos hablado, compuesta del Virrey, Ré- 
gente, Fiscal de lo civil, Contador decano del Tribunal de 
Cuentas, Contador de ejército, Rclator y Escribano, y en- 
cargada privativamente de la Superintcndenciu gênerai de 
Real Hacienda, de lo econômico de la Guerra y de los ra- 
mos de propios y arbitrios y bienes de comwiidad de Ioh 
pueblos, con absoluta inhibicidn de todos los Tribunales y 
sola dependencia de la real persona, por la via reservada del 
despacho uni versai de Indias.=Esta misraa Junta superior 
es d otro respecto Junta de apekunôn, d que se puede ape- 
lar y suplicar de las decisiones y providencias de la ante- 
rior; y sin detenemos en la Junta Real de Montepio, la de 
Alwotfedas, compuesta de los niismos Ministres, Oidores y 



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- 495 — 

Contadores con alguna diferencia, direinos del Tribunal 
mayor y Real Audiencia de Cuentas en que se rinden todas 
las générales del Virreinato, y se compone de très Cofitado- 
res principales 6 mayores, y varios otros menores 6 sabal- 
nos; dos nombrados de résultas ^ doce Ordetiadores y otros 
cuatro habilitados para cuentas rezagadas, con multitud de 
Oficiales y Archiveros y escribientes correspondientes à su 
despacho, siendo su Présidente el mîsmo Virrey por la cali- 
dad de Superintendente gênerai de Real Hacienda, reunida 
de nuevo à su persona. 

Por ûltimo, las doce eajas reaies propietarias del distri- 
to del Virreinato, que se hallaban establecidas en Buenos 
Aires, Santa Fe, la A8unci<5n del Paraguay, la Paz, Chucuito, 
Carabaya, Mendoza, la Plata, Cochabamba, Oruzo, Caran- 
gas y Potosf, y otras très también propietarias creadas de 
nuevo en las ciudades de San Miguel de Tucumàn, Ctfrdoba 
y Santa Cruz de la Sierra, debîan permanecer con otras tan- 
tas Tesorerfas y Contadiu-ias de Real Hacienda; mas con la 
diferencia que las de Buenos Aires habfan de ser,y son efec- 
tivamente, las générales de ejérdto y Beal Haeienda de todo 
el Virreinato, y las de las capitales de provincia como prin- 
cipales de las ocho Intendencias, quedando las dem^s f uera 
de las capitales en clase fon(neas y subordinadas i. ellas; y, 
finalmente, debfan quedar en la clase, y con denominacidn de 
Tesorerkis menores, las demrfs cajas subaltemas y sufragîC- 
neas de las propietarias y principales, que se hallaban ser- 
vidas por Tenientes en la compréhension de cada Intenden- 
cia. Très Oficiales reaies, Factar, Contador y Tesorero, com- 
ponen la Contadiu-fa 6 Tesorerfa gênerai y matri^ de esta 
capital, con algûn otro supemumerario y honoraiîo, su en- 
sayador y dem^s Contadores de moneda, y demjîs Oficiales 
de Contadurfa y Tesorerfa correspondientes. 

No contamos el Tribunal de visita como precario y acci- 
dentai, aunque recientemente establecido y compuesto de un 
Visitador gênerai, Contador mayor y Decano del Tribunal 
de Cuentas: un Asesor, un Secrctario, un Contador, cuatro 
Oficiales y Escribano con dos ordenanzas, encai^do de la 



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— 496 - 

visita gênerai, arreglo y reforma de todos los Tribunales y 
Contadurlas de Real Hacienda sin excepciôn alguna del Vî- 
iTeinato.=Mas si haremos menciôn de otros establecimien- 
tos y oficinas de renias reaies estables y permanentes. Como 
la Real Aduana, constante de Administrador, Contador, Te- 
sorero, dos Vistas, Alcaidc y gran numéro de Oficiales y 
escribientes, Reccptores, Celàdores y mozos de confianza.= 
El resguardo de rentas générales, compuesto de un Coman- 
dante gênerai, con un Teniente, dos Visitadores, cada uno 
con el suyo; 10 cabos, 60 guardas, cuatro vaqueanos y seis 
blandengues, soldados de escolta, distribuidos por mitad en 
Buenos Aires y Montevideo, d que se debe agregar el res- 
guardo de mar, con una falûa con siet« marineros }■ una zu- 
maca de rentas con su patron, contramaestre, prrfctico del 
rfo, 27 marineros y su guaniici<5n correspondiente, de un 
cabo militar y sus soldados. = La Direcci<5n gênerai de la 
real renta del Tabaco y naipes, con sus dependencias, que se 
compone de Director gênerai, Asesor, un Oficial de la Di- 
recciôn, Escribano y portero, Contador gênerai con cinco 
Oficiales y un escribiente, Tesorero gênerai con dos Oficia- 
les; Administrador gênerai con su Contador, Interventor y 
otros dos Oficiales, sin contar los Administradores, Pieles, 
Tnterventores y sobrestantcs de almacenes générales, fSbri- 
ca de cigarros y tercena principal. = Y, por ûltimo, la Subde- 
legaci<5n genend y Administmcion principal de la real renta 
de Correos, cuyo Subdelogado os el Virrey, con el Asesor y 
Escribano del Gobicrno, Administrador y Contador princi- 
pales y sietc otros Oficiales, etc. 

Todos estos empleos principales y Oficiales mayores, 
dotados ventajosamente de très il cuatro mil pesos cada uno; 
los demits, que pocos bajan de mil pesos y ninguno puede 
decirse de quinientos, todos con sus respectivos uniformes 
de los ricos panos de San Fernando, guaniecidos 6 franjea- 
dos de galones de plata û oro, gozando de las preeminencias 
y exenciones del f uero militar, y sus viudas é hijos de las be- 
néficas concesiones y gracias del Montepfo pecuUar de su 
Cueq)0. No es decible cujînto lian contribufdo con su buen 



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— 4\)i — 

trato y la decencia de su porte, casas y trenes 6 carruajes, 
al lucimiento, decoro y civilidad de Buenos Aires. Sin (jue 
sea de nuestm incumbencia los grandes defectos que gene- 
rahnente atrîbuyen à esta brillante y ostentosa adniînistra- 
ci6n los modernos publicistas 6 politico economistas. 

El e^tado militar, aunque menos pagado y con dis tin tas 
proporciones, no ha dejado igualmente de realizar el lustre 
y engrandecimiento de esta capital. Consta en el dfa de un 
regimiento fijo de infanterfa, compuesto de très batallones; 
nueve companfas de 64 plazas cada una. Otro de dragones, 
de cuatro escuadrones de très compafifas de 60 plazàs. Dos 
compaûîas veteranas de artillerfa, de 145 plazas cada una, y 
otra,de 150 de mîlicias provinciales, con su Capitiîn, dos Te- 
nientes y très Subtenientes del misrao Real Cuerpo, Un Bri- 
gadier Comandante de Ingenieros, con ocho Oficiales. El 
Cuerpo de blandengues de la frontera consta de seis com- 
paras de 81 soldados, con su Capiton, Teniente, Alférez, 
cuatro Sargentos, ocho Cabos y un tambor. Un batalldn de 
Voluntarios de milicias disciplinadas de infantorfa, segûn el 
nuevo Reglamento de 14 de Enero de 1801, con ocho com- 
paras de fusileros y otra de granaderos, con el total de 
fuerza de 694 plazas. Cuatro escuadrones de d très compa- 
ûîas de d 50 hombres cada una, y su total 700, de Milicias 
regladas, voluntarios de caballerfa. Y, finalmente, el regi- 
miento de Milicias de caballerîa de la frontei*a, del mismo 
numéro de escuadrones, y comparas de à 100 hombres, sin 
contar otras cinco companfas sueltas, de frontera; el Cueri^o 
de Invîllidos, de 500 hombres; otra compania de granaderos 
de 100 pardos; otra de 60 negi'os, y los cuerpos de Milicias 
urbanas que se estàn arreglando, cuya fuerza total puede 
ascender d 1.000 hombres, capaces de tomar las armas al 
primer evento s<5lo en el recinto de Buenos Aires; sin ha- 
blar de las otras Intendencias, capitales de provincia, y otros 
partidos y pueblos del Virreinato, donde hay asimismo otras 
compaùias y Cuerpos voluntarios de las mismas Milicias 
disciplinadas, tanto de caballerfa como de infanterfa. 

No debemos omitir el muy ilustre Ayuntamiento, de doce 

32 



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— 498 — 

Kegidores, los ocho elcctores y cuatro perpétues, entre los 
cuales se ciienta por Regidor decano el seûor Pi'lncipe de la 
Paz, que entre sus particulares exenciones disfnita el privi- 
legio de recibir la paz y cubrir sus asientos en los besama-^ 
nos y f unciones de tabla. El Real Tribunal del Consiilado, 
creado por Real Cédula del Sr. D. Carlos IV de 30 de Eneri) 
de 1794, y corapuesto de un Prior, dos CV>n>ïules^ oeho Con- 
siliarios, Asesor, Sîndico, Secretariu, Cuiitador, ïesort^n:*, 
Escribauo, porteros y alguaciles; donde ^e tmtiui, contienden 
y deciden todos los asuntos, contratos y pleitos de cf>merritv 
oon aiTeglo d su particular Instrucei^în y las sabiius iDytïs de 
Bilbao, y en su Real Junta de Gobicrno Ih?^ de niayor grji- 
vedad y los eoncernientes d su constitucî^ïn, poliefa é inver- 
sion de fondos, etc. 

Tiene sus Diputados en todas las pro\'incîas y plazai^ 
principales de comercio, y desde el ami 1799 iiua Aeadt^ 
mia pûblica de nîlutica con crecido numéro de alumnos, aun- 
([ue hasta aliora sin real aprobaciôn. = A que agi'egamt*s el 
Real Tribunal de Protomedicato, eoii Jueces autiirizados de 
las Eacultades, y Catedr^ticos de M( dicina, Cirugfa, Aniitii- 
jnîa y Earmacia, con porci6n de aluni uot^;; Am^sor, Fiscalej^^ 
.VJguaeil Mayor y Escribanos corres[ïiiiidicnti*s, 

El estado eclesiîfetico es uno de In.s nmyorfs* omameiiti»® 
de Ruenos Aires. 

La pureza de costumbres, la piedad \'iTtladcra, la ejom- 
plar virtud, la humanidad y toda espoeîe de anu^na literatii- 
ra: la moral cristiana, la Teologîa, lo8 Ctlnont^Sj la Filr>sofîa y 
la Fîsiea moderna, y sobre tbdo la oratoria ^riocnida, resplan- 
deeen no menos en el clero seculiu* quf en el religiasi». Sep«- 
rada esta sauta Iglesia de su antigua riietr^lpoli del Para- 
guay en 1620, como se dijo arriba, mt mh [>or la gmn iH^ 
tancia de 400 léguas que médian entre mia y fitm, sino 
por el considérable aumento de las ptiblacione-s^ curatns y 
feligresîas de toda la provincia, (pie inipo^ibîlitabun rt re- 
tardaban el socorro espiritual, los r*Hairwi>s y las vî^^iUiî* de! 
Prelado, euenta ya desde entonees 17 Obi^r^Kt?*, vaniiu*^ i*^ 
dos, o los niîis de eUos, verdaderanu*nte apostolict>s, de v*ni' 



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— 499 — 

s^umada prudencia y sabidurfa; siendo el Sr. D. Benito de 

Lue y Riego, Dedn de la Santa Iglesîa de Lugo, actiialmen- 

te electo en 28 de Abril del présente ano de 1802.=E1 Ca- 

bildo es compuesto de cuatro dignidades: Deân, Arcediano, 

Chantre, Maestrescuela; dos Candnigos: el Magistral y otro 

de merced, su Seeretario y Maestro de Ceremonias.=La 

<îuria eclesiàstica, de su Provisor, dos Promotores Fiscales, 

dos Notarios y sus escribientes.=:La Santa Inquisicién y la 

Cruzada, de sus respectivos Comisarios y Ministros secula- 

res y familiares: calificadores, consultores, revisores y deraàs 

4idjuntos; sin omitir la Junta de diezmo y el Juzgado de tes- 

tamentos, capellanfasy Obras Pfas y demàs concernientes,= 

Las parroquias de la ciudad son: San Nicolds, la Concep- 

<îi6n, Montserrat, Piedad y el Socorro, y fuera de su juris- 

<iicci6n se cuentan sobre cuaronta, entre curatos, capillas 6 

anejos, que vienen d ser otros tantos pagos 6 partidos de mu- 

<îho gentio.= Los conventos, Santo Domingo, San Francis- 

<îo, observante y recoleto: la Merced y bethlemitas hospita- 

larios; y monasterios de monjas catalinas, capuchinas y 

huérfanas, educandas de San Miguel; hospital de hombres, 

<jtro de mujeres; casa de ejercicios pûbUcos, Seminario de 

clérigos y el famoso Colegio Real de San Carlos, con varias 

becas de gracia para pobres y railitares, bajo la inmediata 

protecciôn y dependencia de los senores Virreyes : con dos 

•catedr^ticos de Lengua latina, dos de Filosoffa moderna y 

très de Teologfa, etc. 

Las iglesias, por lo comûn, son unos edificios bastante re- 
.gulares y bien adornados; las mds de ellas de très naves y 
<le uno de los <5rdenes de arquitectura, con especialidad los 
retablos, sin aquella copia de tablas 6 molduras antiguas, 
sino con la sencillez y elegancia moderna.= La catedral par- 
ticularmente, aunque todavfa sin prospecto ni torres, no déjà 
■de ser bien suntuosa y capaz, con un hermoso tabernfCculo 
triangular de coliunnas, con toda la decoracidn y riqueza del 
<iixlen compuesto; tiene, sin embargo, el defecto de estar mal 
<?olocado y como encasquetado en la cabeza del crucero, don- 
<le no cabe el segimdo cuerpo, habiendo sido hecho para de- 



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— 500 — 

bajo de la cApula, y se le ha puesto el rematc 6 coronamien- 
to recortado, que aim asf quiere toear d las cornisas, causan- 
do notable dîsgusto y mala vista.=Las funciones de iglesia 
se celebran con todo aqiiel aparato, pompa y solemnidad que 
es propia de las grandes capitales y requière la dignidad de- 
là Religi<5n, sin que su raucha repeticiôn y frecuencia Uegue 
à cansar ni aun d resfriar la piadosa devocidn y coneurrencia 
de la gran midtitud de fieles que asisten d ellas, aunque to- 
das 6 la mavor parte, coino sin dotaci<5n fija, son costeadas d 
expensas y por la ciudad y limosnas del pueblo, que en este- 
partiçular puede ser\'ir de gran ejemplo y edifieacion. Son 
indecibles las cuantiosas limosnas que se reparten anualmen— 
te en Buenos Aires.=El pie de altar de San Francisco no 
baja un ano con otro de 80.000 pesos, y lo mismo d propor- 
cidn las demils religiones mendicantes. Si)bre todo la Casa 
de ejercicios ■ pûblicos , no interrumpidos en estos veint<^ 
aîios de su fundaci<5n, lleva gastados sobre trescientos mil 
pesos. 

Fuera do las iglesîas, no hay otros edificios que Uamen 
la atenci<>n.=:iLas casas, por lo regular, son bajas 6 de ua 
solo piso; muy pocas de im alto y con azoteas, que son las. 
modernas; todas, en gênerai, mal distribufdas int(»riorment<^ 
y casi inhabitables; los repartimieutos y viviendas mirandcv 
al Sur, (|ue dejan por lo comûn para almacenes d causa de 
su mucha humedad y lobreguez, y ninguna, en fin, con fâcha— 
da y vista exterior. Parece (pie todo el af:tn de los anjuiteo— 
tos de Buenos Aires no ha sido otro que hacer vivienilas re- 
ducidas y cuartos estrechos de alquiler,con puertasy venta— 
nas îî la calle para ocuparlas con tiendas y pulperfas, de que 
estît llena toda la ciudad, no habiendo casadonde no se venda 
algo.^ii^ Su planta es, sin embargo, de las mds hermosas y aie— 
grès ; tendida sobre las miCrgenes occidentales del R(o de la 
Plata, y bajo un cliraa templado, ameno y delicioso, ocupa 
una llanura de bastante extension, sin miîs que una pequeûa 
zanja y desigualdad hacia el barrio del Sur, llamado por Uv 
mismo el Alto, y otra aûn mjîs pequeiîa, al Norte.=Las ca- 
lies, tiradas î( cordel en la direccién de las cuatro plagas?. 



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— 501 — 

<lel mundoy anchas de 11 varas, con sus calzadas 6 vere- 
<la8, cinco cuartas, que son algo estrechas, guarnecidas de 
}>08tes para i^esguardo de la gente de à pîe; divididas en cua- 
-dras 6 manzanas de 140 varas, ilumînadas con très grandes 
faroles de cristal cada una; muchas de ellas empedradas y 
las dem^ d empedrarse , cuyo numéro asciende hoj en el 
dfa à 120 las pobladas, fuera de sus très grandes plazas y If- 
Tieas que se van llenando y aun extendiendo; y ocupan, por 
ûltimo, los ruedos inmediatos, en las distancias de très millas» 
multitud de floridas quintas, las mes con casas de teja y di- 
vididas del inismo modo en cuadras,con cercos de Tunas^etc. 
=La tempera tura de Buenos Aires, como va insinuado, es 
<le las m^ apacibles y agradables; se pasan muchos afios 
sin nevar, y si hiela alguna vez en el rigor del inviemo, es 
■con el Sud 6 Sudoeste, vientos de las Pampas, Uamados 
por esta razôn pamperos, que son los mâs fuertes y frfos de 
-este clima; pero son muy sanos, limpian la atmdsfera y sere- 
na regularmeute d pocas horas el tiempo.=:Los del Sudoes- 
te, al contrario, son muy permanentes y obscuros, y como 
vientos de travesfa, los m^s temibles del Rfo de la Plata y 
-de sus costas, principalmente en los meses de Septiembre y 
Octobre, que es cuando se entablan con mâs tenacidad, y son 
los que Pimentel Halley, en su Traiado de vientos jy otros na- 
vegantes, Uaman pardas y brisas australes.=En nuestro tra- 
tado de observaciones, la latitud de Buenos Aires es de 34** 
36' 38", y la longitud de 319** 43' 12", contada por el 
Meridiano de la isla del Ferro, y el mayor calor no excède 
<le los 85** del termdmetro de FahrenIieit=La poblacidn de 
Buenos Aires se régula en el dla de sesenta d setenta mil ai- 
mas, cuyos dos tercios son de blancos, europeos y criollos, y 
^1 otro tercio, negros, mulatos y gente de casta,=::Ningûn 
pueblo hay en la America de usos y costumbres mrfs seme- 
jantes d los puertos de Andalucfa de la Penfn8ula.=:El vestî- 
<lo, el lenguaje, fuera del mate y tal cual expresi<5n como an- 
-flaie veni, corrompida del andad y venid de los tiempos de 
Felipe EL y conquista; los vicios son enteramente los mis- 
mos, y en el mismo grado de perfeccidn y cultura se halla la 



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— 602 — 

sociedad y trato de las gentes, y no en menos calor é incre- 
mento el lujo y modas^ con especialîdad do las crioUas y 
portefîas, que, sobre ser por lo comûn muy bien parecidas^ 
agraciadas y garbosas, no eetôn destitufdas de las demrfs 
prendas y dotes espirituales, sagacidad, viveza y de un co- 
raz<5n tal vez demasiado sensible y afectuoso.=:Lo8 hom- 
bres, fuera de su natural inaplicacidn y desidia, como criados 
en pafs de tanta abundancia y aun regalo, est^n igualmente 
BO menos dotados de grandes talentos y capacidad para toda 
à cuanto se dedican.=Se distinguirfan principalmente en 
las ciencias y artes, y hacen en ellas ràpidos progresos en les 
primeros afios de su aplicacidn y estudios; mas llegada la 
edad de los vicios, mudan fàcilmente de carrera y abrazan 
la del comercio seducidos por sus lisonjeras ganancias, 6 que- 
dan holgazanes dominados de sus véhémentes pasiones del 
juego, mozas y del caballo, que manejan con singular cono- 
cimiento y destreza. No faltan, sin embargo, mozos de con- 
sumada prudencia y arreglada conducta que se seûalan en 
sus diferentes profesiones y estados, particularmente en el 
eclesirfstico y el Derecho 6 judicatura, d que son muy inclî— 
nados y hacen honor d su Patria. 

En la campaôa y pagos se régula igual numéro de ha- 
bitantes que dentro de la ciudad, y su ejercicîo no es otro- 
que el cuidado de sus chiCcaras y eslancias, crfa de gana— 
dos, labranza de sus tierras y siembra de granos, etc., en lo^ 
que no dejan de estar sumamente atrasados. 

Situadô Buenos Aires, como se ha dicho, sobre las pla— 
yas occidentales del Rio de la Plata, que en esta altura tiene- 
màs de diez léguas de ancho, es claro no tiene m^ terreno- 
que los de esta misma ribera occidental, pertenecientes y^ 
tendidos al tercero y cuarto cuadrantes. Estos pueden con- 
siderarse divididos en très zonas 6 fajas distintas: la pri- 
mera y màs inmediata, en contomo de la ciudad y de la ex- 
tension de poco mes de una légua, poblada de un sinnû- 
mero de hermosas quintas, en que se cultivan, aunque con 
poco esmero, y por consiguiente no de la mejor calidad,. 
muchas de las verdiuïus, f rutas y flores de Europa, y los al- 



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— 503 — 

fajares para las bestias de ^arga y mayorés. La segunda 
zona es de chàcaras; las màs de ellas también son buenas 
casas de tejas y cercados correspondientes, que se extienden 
â la distancîa de seis à ocho léguas, y en ellas siembran regu- 
larraente los trigos y semillas 6 menestras de toda especie, 
con los grandes montes de Duraznos para leûa, de que se 
hace gran consumo. Y, finalmente, la tercera y ûltûna faja 
de tîerra y la mds dilatada, pues termina en la Ifnea de f uer- 
tes de la frontera, distantes 30, 35 y 40 léguas, est^ eomCm- 
mente repartida en suertes de estancias para dehesas de pas- 
tos, crîa y fomento de los ganados y demàs animales, vacuno, 
lanar, mular y caballar, de que hay suma abundancia, pues 
solo el abasto pûblico de Buenos Aires no baja de 80.000 
novillos, cuyo precio es por lo regular dos pesos de plata 
en las estancias, cuatro el de los caballos ordinarios y mu- 
las, y un real el de las ovejas y corderos, y asl todo lo demàs. 

L<a calidad de las tierras de estas très fajas dichas del 
contorno de Buenos Aires varfa alguna cosa, mayormente 
hacia las costas del rfo, donde abunda la arcilla 6 barro, y 
aun la arena menuda; mas por lo gênerai es toda superior 
y del humus regetalis niger (Linneo); tierra que, i. pesar de 
su mala labranza, arada superficialmente, por lo comûn con 
reja de palo, y sdlo cruzada, <5, como se explican las gentes 
del campo, binada, produce en las aûos médianes veinte 
por uno; siendo los trigos tan sobresalientes y las harinas 
tan exquisitas, blancas y de buen gusto, que el pan que se 
hace de ellas en Buenos Aires puede competir, si no es su- 
perior, con el celebrado de Madrid 6 de Vallecas, que el 
célèbre Bowles tiene por el mejor de todo el mundo. 

Las cosechas, sin embargo, no guardan aquella regyla- 
ridad y correspondencia proporcionadas à la bondad y ex- 
tension de las tierras. Las medianas no exceden de 100.000 
£anegas de trigo de nueve arrobas de peso cada, una, é, corta 
dif erencia, que es el consumo necesario de esta capital, y en 
los aûos abundantes subiràn de un tercio, 6 cuando màs de 
ona mitad; en cuyo caso, bajando el precio del trigo tam- 
bién de la mitad de su valor ordinario hasta très pesos 6 



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— 504 — 

veinte reaies d que se ha empefeado é, hacer alguna exporta- 
ci6n de harinas para la costa del Brasil y la Habana, donde 
se suelen vender cou estîmacî6n. Sîendo todos estos terre - 
nos en gênerai demasiado llanos y secos, sin abrevaderos ni 
arroyos, serfa rauy conveniente ver de plantar arboledas de 
todas especîes que las refrescasen de consideracidn, y mul- 
tipliear las taies cuales lagunas naturales que se encuentran 
con otras artificiales, é, que esta convidando la misma Ua- 
nura de las pampas^ y no desertarfan con esto los grandes 
rebaûos de ganados y porciones de hacienda 6 animales que 
se amontan en los tiempos secos que de ordinario se expe- 
rimentan en este clima, y mejorarla de mucho la -calidad y 
hermosura de las tierras y la salûbridad del aire, no siendo 
tan f recuentes las pestes ni los temporales. 

Hasta en las estancias, ch^aras y quintas deberfan 
abrirse pozos, norias y albercas 6 estanques, que hacen no- 
table f alta para facilitar por donde quiera los riegos de ver- 
duras y f rutas, y la abundancia de aguas, que sîempre esca- 
sean, y aun hasta en las casas todas de la ciudad no estarîan 
de màs los aljibes, que tienen algunas con tanto bénéficie y 
proveeho del pueblo culto, que no se puede acomodar d las 
impurezas de las aguas del Rio de la Plata, ni sufragar las 
pocas, aunque exquisitas, que se traen del Rio Negro, ni le 
abastecen suficient^mente los destiladores para todas sus 
urgencias y consumos diarios. Por ûltimo, son infinitas y 
considérables las mejoras y abonos, y de la mayor impor- 
tancia y utilidad, que se pueden hacer en el cultive met<5di- 
00 y arreglada labranza de estos terrenos. 

Los peri<5dicos El TeUgrafo, que ha dejado de correr, y 
el Semanario de Agriculhtra, Artes y Comerdo, que con- 
tinua, no han dejado de sembrar buenas ra^ximas, y esta- 
blecer sdlîdos principios relativos d tan importante materia, 
que convendrîa sobremanera ir adoptando y poniendo en 
ejecucidn, particularmente las secciones de Agricultura 
prt[ctica y raodcrna del segundo. 

Sobre el corto recinto de estos campos, en medio de 
una pampa inmensa, y sobre la facilidad de extender los If- 



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— 505 — 

niites de un término territorial, no s61o abierto é indefenso 
de las frecuentes correrîas de los b^rbaros, sîno demasiado 
estrecho y reducido para la debida multiplicacî<5n de los 
ganados y vastos proyectos de agricultura de una capital 
de taies proporciones, se han propuesto asimismo diversas 
congeturas, y no han sido pocos los debates sobre la înfun- 
dada y arbitraria situaciôn de los fuertes de la frontera; 
<iue se cuentan hasta doce chicos y grandes d média cam- 
paûa, demasiado distantes unos de otros, sin estar recosta- 
dos y defendidos por rfo, arroyo, monte 6 serranfa, ni otro 
apoyo que el del caûdn y corta guamicidn de sus blanden- 
gues. En tiempo del seûor Virrey D. Pedro Melo de Portu- 
gal fué comisionado d reconocer la disposicidn de dichos 
fuertes nuestro companero el Capiton de navlo D. Félix de 
Azara; y entre las varias ideas que propuso sobre las mejo- 
ras de su colocaciôn, ninguna tan sencilla, tan fàcil, vasta y 
ventajosa como la de avanzarios hasta las deliciosas tierras 
del Rio Negro, distantes como cosa de ochenta léguas, como 
se habfa meditado desde su primitiva fundacidn: apoyàndo- 
los y ocupando con ellos los pocos y mejores pasos de este 
caudaloso rfo, que bordado de grandes montes, como todos 
los de la America, es navegable en largas distancias (80 le- 
stas hasta la confluencia del Diamante), cubre y liga los 
nuevos establecimientos de su boca; y siendo, sobre todo, 
la màs natural y fuerte barrera de la frontera de Buenos 
Aires, es también la ûnica que le pondwt éi cubierto de las 
repentinas y asoladoras excursiones de los pampas. Esto en 
el dîa serd tanto mrfs f rfcil de conseguir cuanto es mayor 
y m^ estrecha la amistad y trato que no de mucho tiempo 
â esta parte se logr<5 con los infieles y con varios de sus 
principales caciques, que entran y salen con toda franqueza 
en esta capital: venden, é, cambio de algunas bujerfas, al- 
guua ropa hecha y aguardicnte, porcidn de pieles de nutria, 
guanaco y cisnes, cantidad de plumero de avestruz, algu- 
nas jergas y ponchos no de mala calidad y bien torcidos, y 
muchos torzales, lazos, riendas ordinarias, boisas y botas, 
todo de cuero de potro 6 vaca, etc. 



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— 506 — 

Es, pues, de esperar que el Gobiemo no desatendenC tan 
buena coyuntura, que suele turbarse con facilidad, para me- 
jorar la situaciôn de estos f uertes, que, colocados à las màr- 
gènes del Rfo Negro, como se ha dicho, vendrfan à ser con 
el tiempo cada uno de ellos una gran poblacidn, dar mucho 
mayor ^bito d los eampos y estancias para la crfa y multi- 
plicacidn de los ganados, y proporcionar d Buenos Aires la 
seguridad de unos terrenos de tan vasta extension (un tra- 
pecio de 17.000 léguas cuadradas) y los mis pingues, fera- 
ces y adecuados para la cosecha de granos y semillas de 
toda especie y de la mejor calidad que la preparan, y hacen 
concebir las mâs lisonjeras esperanzas de una inmensa agri- 
<5ultura y opulencia. 

En cuanto à puerto, Buenos Aires no tiene otro, recono- 
cido generalmente por tal, que el del riachuelo que henios 
nombrado Puerto de Santa Marfa de Buenos Aires; el cual 
es, efectivamente, un pequeûo rfo 6 arroyo con corto caudal 
de aguas saladas y fondo fango muy suelto, sin àrboles <> 
pocos sauces, que trae su curso como del S. O. de la distan- 
cia de unas diez léguas, y desagua en el Rfo de la Plata 
un cuarto de légua al S. de la ciudad; formando una barra 
de tan poco fondo que s<51o en las crecientes del mismo Rfo 
de la Platçi pueden entrar y salir las lanchas, que calan re- 
gularmente de cinco d ocho palmos. 

En las grandes mareas entran, sin embargo, embarcacio- 
nes de mayor porte, como bergantines y aun corbetas y 
pequefias fragatas, que s61o Uegan al puente de Madera, 
distante cosa de 700 toesas de la boca chîca 6 barra falsa, 
llamada asf porque no hace todavla muchos aflos que el 
riachuelo tenfa abierto su antiguo canal 6 desaguadero, que 
torcfa y daba una vuelta m^ inmediata y casi rasante d la 
misma barranca y casas del pueblo, y las lanchas entraban 
y salîan por é\ pasando junto al fuerte 6 palacio del seûor 
Virrey; mas ha quedado enteramente cerrado y sin uso de 
un gran temporal en que rompid la creciente por la boca 
chica, como la mds directa, y en el dfa la que m^ se 
practica, también con mds ventaja y facilidad, sin la contra- 



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— 507 — 

riedad de los vientos S.E., que eran antes de travesfa y peli- 
grosos. 

Fuera de la ban-a del riachuelo se quedan las fragata» 
y embarcaciones de mayor porte en un espacio como de 
cuatro millas, fondo arena menuda, y de diez hasta veinte 
palmos, 6 très brazas de agua, que média entre el banco 
nombrado de la ciudad y la ciudad misma^ y es lo que 11a- 
man hoy también Puerto de las Valizas, de résultas de las 
que solian poner para indicar el canal 6 entrada del ria- 
chuelo. 

Es un varadero de bastante incomodidad y aun peligro, 
porque rara vez déjà de senti rse en él la mesata picada de 
afuera, que dificulta y retarda por muchos dfas los embarcos; 
y aun en las borrascas del S. E., que son frecuentes, es muy 
comûn venirse à la costa toda embarcacidn que no est^ sur- 
tida de buenas amarras. 

Estos embarazos y dem^ han hecho concebir al pro- 
yecto del gran muelle é, que finalmente se ha dado prîncîpio 
este afio con decidida actividad y erapeûo, y sobre que han 
ocurrido tantos debates y presentado tantos pianos é ideas 
dif erentes. La adoptada y que mejor ha parecido entre to- 
das, se reduce d levantar un grueso terraplén de treinta va- 
ras de ancho, revestido por un lado y otro de un muro de 
suficiente espesor de piedras sueltas abajo, y de sillares y 
cantos labrados fuera del agua, largo de 600 varas en la 
proyeccî<5n del E. N. E., y torciendo después otras 300 
al N. E., formando un martillo 6 àngulo de proporcionada 
capacidad y abrigo para las embarcaciones, con sus escale- 
ras y gradas de descanso al lado interior, y su escollera al 
exterior para resistir al continuo embate y choque de las 
olas, etc. No habiendo en Buenos Aires piedra de ninguna 
espccie para la continuaci<5n de esta gran obra, ha sido for- 
zoso traerla de la isla de Martf ti Garcia, distante como diez 
léguas sobre la confluencia del Uruguay; la cal y los silla- 
res labrados setraen asimismo de Montevideo, costando la 
primera 12 reaies de plata la fanega, y éstos éi cuatro pesos 
cada uno; y se han hecho, finalmente, lanchas para su con- 



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— 50S — 

ducciôn, y chatos para su alijo y desembarco, no pudicDdo 
atracarse aquëllas; de modo que el presupuesto del proyec- 
tado muelle se régula subira cuando menos éi un milldn de 
pesos fuertes, y aun à 4 <5 6 por 100 de este capital, sus re- 
edificaciones annales y conservacidn en buen estado por los 
derrumbaderos y estragos que se suponen podràn causar las 
aguas y fuertes temporales; y aunque el Consulado, que es 
el autor y el que costea este proyecto, imponga algunas con- 
tribuciones, como es probable y regular, d los cargadores, 
se duda no obstante, con razdn, sî corresponderôn las utili- 
dades y beneficios d tan grandes dispendios. 

Otra îdea 6 proyecto m^ vasto se presentaba que pare- 
ce ofrecfa muy considérables ventajas con mayor facilidad^ 
y tal vez menos costo, y que d la verdad podrfa haberse 
intentado, à lo menos en parte, pues era susceptible de di- 
vision, hasta que la experiencia hubiese acreditado su logro. 
En medio de la gran planicie .6 Uanura de Buenos Aires se 
notan dos grandes quebradas <5 zanjas de consideiticidn ha- 
cia sus dos extrêmes opuestos, Norte y Sur; la primera por 
la altura del convento de las Catalinas, la segunda hacia el 
barrio nombrado el Alto, que es la mayor y también la nuCs 
proporcionada para la experiencia propuesta por mayor in- 
mediaciôn al canal antiguo del riachuelo; por el canal entra- 
ban en ellas las lanchas hasta las casas de Vieyra no hace 
todavla cuarenta aôos. Estas dos grandes zanjas, por su res- 
pectiva situaci<5n y larga distancia de donde vienen, bien 
afuera y d Occidente de la cîudad, cstàn manifestando natu- 
ralmente, y como brindando de suyo, la facilidad y el poco 
trabajo con que podfan Uegar d ser dos hermosos canales de 
navegacién y regadlo, que, uniéndose y comunicàndose entre 
si por varies ramales y galerfas entre las quintas, rodeasen à 
Buenos Aires y f uesen al mismo tiempo el puerto màs segu- 
ro y c6modo para la entrada y salida, carga y descarga de 
las lanchas y aun de mayores buques, continutfndolas y 
abriendo su comunicacidn principal y redonda por ambas 
partes, 6 por las dos dichas quebradas, hasta el fondo snfi- 
ciente y propio canal que dirige al riachuelo, como se debe 



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— 509 — 

hacer con el muelle, etc. Un suelo todo de tosea blanda que* 
se déjà excavar y cortar d discreci<5n, y que endurecido 6 
descubierto excusarîa tal vez el revestimiento interior de di- 
chos canales, y la misma Ilanura en gênerai del terreno, no 
hacen sino facilitar esta gi'ande empresa; y sin pararnos en 
el pormenor de las delicias y ventajosas utilidades de obra 
tan hermosa, diremos ûnicamente no ser tan fundado el re- 
celo de que se llogarfan muy pronto â cegar Uenrfndose de 
arena con las mareas entrantes; pues fuera de que d ese mis- 
mo inconveniente estil aun expuesto el muelle sin que se 
halle graduado de tal, quiziCs con grave error, las raisraas re- 
sacas podîan volverse d Uevar las arenas que se hubieran in- 
troducîdo en los canales, muy principalmente si, construidas 
d trechos algunas comportas, se removfan las arenas y solta- 
ban las aguas para que las an'astrasen con su rapidez. Si la 
obra no se quisiese llevar desde sus principios d su ûltima 
perfeccién hasta ver su éxito, bastaHa abrir las dos zanjas 
desde una moderada dîstancia que se conceptuase suficiente 
para abrigo y resguardo de las lanchâs, equilibrando su pro- 
fundidad y fondes con los del canal del rîo de donde deben 
tomar las aguas, y construir, por decirlo asf, una especie de 
dàrsena donde entrasen d desaguar las embarcaciones, y la 
experiencia de pocos aûos mostrarîa después si podrfa y aun 
convendria llevarlas d mayor extension, 6 darles la ûltima 
mano y perfeccién de que sean susceptibles, haciendo de 
ambas una galerfa 6 canal principal con todas aquellas ra- 
mificaciones, conductos, acequias, estanques, represas, bata- 
nes, ingénies y demîCs obras de esta naturaleza que exigiese 
la necesidad 6 la industria, y aun el recreo pûblico y particu- 
lar, con proporciôn d los fondos y utilidades, etc. (1) 

Otro de los puertos reputado por de Buenos Aires es la 
ensenada llamada de Barragdn, situada corao doce léguas 
al S. sobre la cpsta occidental del Rfo de la Plata, doblada 
la punta que Uaman de Lara. Es un saco 6 manga como de 



(1) Véase el piano que agregamos de la ciudad, que aclara 
bastante todo lo dicho. 



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— 610 — 

très millas al S. E., que forma la punta y monte de San- 
tiago con la misma costa del rîo tendida en igual proyec- 
ci6n; la boca 6 entrada muy estrecha, dominada por una ba- 
terfa, y después se cnsancha el fondeadero como una milla 
<5 poeo màs, de figura elîptiea, f ondo, f ango y arena, de dos 
iî cuatro bradas en vaciante, pero muy abrigado de todos 
vient os, y la salida franca al N. 0.,de donde soplan rara vez, 
y sîempre muy benignos en este clima. Las playas interiores 
de este puerto son bastante extendidas y de arena fangosa 
y gredosa, de muy difîcil atracadero por su poca agua,y uni- 
camente se consigne hacia el arroyo del pueblo en la ribera 
de Occidente, y hacia el fondo mismo de la ensenada, en 
otro arroyo aûn mds considérable, nombrado de Santiago; 
los cuales, si se limpiaran y ahondaran como convendrfa y 
es f^cil, remediarlan aquel inconveniente y aun podîan sei^ 
vir de gradas para carenar los buques de mayor porte que 
no entran en el riachuelu, y suelen venir al efecto d la ense- 
nada, no habiendo otro recurso en Buenos Aires. 

Ya dijimos algo de los debates y recient^s contestacio- 
nés del Cabildo de Monte\ddeo sobre la habilitaci<5n de la 
ensenada de Barragàn de puerto franco de Buenos Aires, 
queriéndolo considerar muy distante y como enteramente 
separado 6 independiente, sobremanera ocasionado à coa- 
trabandos, y, en suma, no comprendido, ni debiéndose enten. 
der por el puerto franco de Buenos Aires, de que habla la 
Real Cédula de comercio libre y demits concesiones relativas 
d esta materia. Dicen aûn mils, y ponderan sus muchas nuli- 
dades y def ectos; la pequenez, que s<51o caben cuando mds de 
treinta y cinco jC cuarenta embarcaciones de poco porte; loe 
inconvenientes de su entrada y salida, los de su derrotapara 
buscarlos 6 venir d él, sin balifa notable y con los peligros del 
banco de Ortiz, segûn una larga relacién de los barcos perdi- 
dos desde sus primitivos tiemposjy comparàndolo,finalmente, 
con la ventajosa situaciôn y particulares excelencias que de- 
tallan por meuoi del de Montevideo, se extienden sobre los 
gravîsimos perjuicios que causarfa d la agriculturay al gran- 
de y floreciente comercio que principia y puede haber en 



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— 511 — 

nquella plaza^ sobre que se han concebido las mjfe lisonjeras 
esperanzas. Ya se ve que todas estas razones tienen màs de 
especioso que de fundamento y solidez; porque si el puerto 
de la ensenada es tan chico que no admite sino tan corto 
numéro de embareaciones pequeflas, y tiene tantas otras nu- 
lidades y defectcJs, ^cémo puede obstar los ràpidos progre- 
S08 del comercio de Montevideo, y causarles pérdidas tan 
irréparables, siendo, como lo sera por lo mismo, poco fre- 
ouentado, y no siendo capaz de otra cosa? Una causa tan 
despreeiable no podrîa jam^ producir en la materia de que 
se trata tan portentosos ef ectos, y, de lo contrario, la ense- 
nada no es como se la pînta, pues' es causa de tantos rece- 
los y de tan gloriosa emulaciôn. Efectivamente, la ensena- 
da de Barragàn es un puerto de los miis cdmodos y seguros; 
capaz de bastante numéro de embareaciones de porte rela- 
tivamente al comercio del Rio de la Plata, que nunca 
deben ser de las mayores; muy recomendable por el corto 
numéro de las radas y puertos de este famoso rfo. Suscepti- 
ble de grandes n^ejoras y de una bien situada poblaci<5n, 
como se ha empezado d formar, y siendo de la jurisdiccidn 
y distrito de Buenos Aires, para donde vienen los registros y 
de donde salen las cargas de los barcos, no cabe duda en 
deberse extender y ser comprendida bajo la expresidn gêne- 
rai de puerto franco 6 habilitado de esta capital. Siendo muy 
de material que se quede en Valizas entre el riachuelo, 6 se 
vaya â la ensenada, segûn las circunstancias del tiempo, bu- 
<(ue, carga, necesidad de caréna, etc., la embarcacidn de re- 
gistro 6 que trae destino d esta plaza. No hay, pues, como 
ya dijimos en otra parte, para que proscribir y bajar la en- 
senada de Barrag^n de la clase y corto numéro de los puer- 
tos del Rîo de la Plata, y particularmente de su capital, cuyo 
comercio, estando tan d sus principios y siendo capaz de 
tan grandes progresos, de nada tiene mds necesidad que de 
})uertos. 

Siguiendo desde la ensenada de Barragàn la costa del 
Rîo de la Plata, se encuentralapuntade Zambozombdn y la 
de las Piedras, que es la ûltima 6 la que m^ sale al Orien- 



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— 512 — 

le, formando la boca de este gran rio, y la que por lo mis- 
mo debiera llamarse 6 tomar el nombre de Cabo de San 
Antonio, que no existe; rehurtando desde la costa s^^«ida 
al S. O. y dando navagacî6n franca y libre al S. desde Mon- 
tevideo, como se dijo en su lugar. Este tranio del S. O. hasta 
los Estrechos de Mayre y de Magallanes, en el fin de las 
ticrras, 6 Cabo de Homos, es la que se nombra costa pa- 
tagdnica, donde se encuentran varios pueiix)s, balifas y Ca- 
bos, hasta ahora de poca utilidad y poco frecuentados; los 
iii^s conoeidos son el rfo de Santana en 37° y 25', Cabo 
Oorrientes en los 39**: en los 40** 30' bahîa anegada, 6 R£a 
Negro, antiguaniente de lorr Sauces, donde se ha formado 
lin florido establecimiento y poblaci6n de maragatos desde 
fj ano de 79. El Cacique negro, de los de mds fama de 
aquel pago y que m^s contribuy6 d los principios de dicho 
tstablccimiento 6 villa de Nuestra Seùora del Carmen, hiza 
tnudar el nombre del rIo, que fu6 descubierto y navegado 
hasta las ochenta léguas, donde se junta el Diamante, por 
«J Piloto de la Real Armada D. Pablo Villarino. 

La bailla sin fondo, 6 de San Matfas, se halla en los 
10** 15', donde desemboca, segûn corre v^lido, el desagua- 
dero formado de las lagunas de Huanacachc y derrames 
orientales de lacordilkra de Chile, hacia la provincia de 
Cuyo; la de los Camarones en 45**, Cabo Blanco en 47° lOV 
in los 47° 44'el pucrto deseado, uno de los mejores y m^ 
seguros do la America, pero destituîdo de agua, lena y de- 
tads necesario para la vida. 

La bahîa de San Julien, abundantîsima en sal, estd en 
los 49° 12', yen los 52° 30'; finalmente, la boca del es- 
trecho y Cabo de las Vfrgenes, nombrados asf por haber lie- 
•rado d 6\ el dfa de Santa L^rsula de 1520 el célèbre Fer- 
nando de Magallanes. 

El temperamento de toda esta costa se reputa comûn- 
rnente por muy frfo, mas es con respecte d los afables y 
henignos climas de Buenos Aires y Chile. En sus puertos 
<*recen las mareas como en ninguna otm parte del mundo, 
|ïarticularmente en los novilunios o conjunciones del peri- 



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— 513 — 

geo 6 mayor cercanfa del sol y la luna d la tierra. Conven- 
drfan para muy aventajados establecimientos de la Com- 
paûfa marftima y pesca de ballena, leones y lobos, que 
abundan sobre todo en las islas Mahnnas, situadas d 75 
léguas de la costa en los 52®. Al principio se nombraron 
islas de Fakland, de un escocés que las descubrid, y pos- 
teriormente Malvinas por los navîos de San Malo 6 que to- 
caban en ellas de paso al Perû. Los fi-anceses y los ingle- 
ses se procuraron establecer en ellas hacia los anos del 65^ 
y fuoron desalojados en el de 70 estos ûltimos de la îsla 
Pequeûa, que Uamaron Saunder y puerto de Egmond. Per- 
tenecen al Gobiemo de Buenos Aires, y se conserva en ellas 
un destacamento de Marina d las drdenes del Comandante 
General del Rfo de la Plata. Mr. de Bouguenville pondéra 
mucho estas islas, considerdndolas equidistantes del, frfo 
y del calor. 

Sobre los parajes dichos abunda, y es muy vistoso, el piC- 
jaro Nino, y toda laya de ricos mariscos y pescados de buen 
gusto, que se sacan en el inviemo cavando en las playas. 

Cunde indecibleraente, y con mucha valentfa, el ganado 
vacuno, las becadas y avutardas. Son exquisitas las verdu- 
ras, y d falta de leûa produce turba de excelente calidad. 
(Véase la nueva carta marftima del Depdsito de Marina de 
la Costa patag6niea, y los viajes al Estrecho de Magallanes 
del jefe de escuadra de la Real Armada, D. Antonio de 
CMrdova.) 

INTFINDENCIA DEL PARAGUAY 

La Intendencia del Paraguay es una de la ocho compren- 
didas en el Virreinato de Buenos Aires. Su capital, la ciu- 
dad de la Asuncidn, situada en la margen oriental del gran 
rfo que da su nombre d la provincia, d los 25** 16' 40" de 
longitud austral y d los 60** de longitud occidental de Paris, 
fué fundada por Juan de Salazar y Espinosa, comisionado 
por cl Adelantado D. Pedro de Mendoza, el ano 1536, uno 
después de la primera fundaciôn de Buenos Aires. Fué eri- 

33 



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— 614 — 

gida en obispado por la Beatitud de Paiilo m el aôo 1547, 
verificada en Enero dol siguiente por ol Hmo. Sr. I>. Fr. Juan 
de BaiTÎoS; mas hasta el de 1552 no tuvo Prelados efectivos 
6 résidentes, siondo el priniero el Hmo. Sr. D. Fr. Pedro de 
la Torre. 

Ya dijimos la separacidn del Gobierno, asf espiritiial 
como temporal, de Buenos Aires en 1620, de la antigua go- 
bernacidn del Paraguay, que desde sus principios compren- 
dra el gran distrito y jurisdiccidn de ambos. En el dfa hasta 
se le han separado los pueblos de Misionçs, sueltos ya los 
indios de los grillos de sus comunidades y agregados à esta 
capital por Real C<^dula de este afio, aûn no jpublicada; de 
modo que aquella gi*an metrdpoli, llamada antiguamente de 
las ocho ciudade8,y su vasto gobiemo, se halla reducîdo 
ahora d sola la Asuncidn, la Villarica del Espfritu Santo, la 
de Curuguati y unos diez pueblos de indios de los reducidos 
por San Francisco Solano y sus companeros: Ipané, Guaram- 
baré, It^, Paguaron, Atirrf, Tobatf Caasap^, Yuti, los AJtos 
é Itapd, y cuatro reducciones mrfs modemas que cstaban d 
cargo de los jesuftas: San Estanislao, San Joaqufn, Nuestra 
Senora de Bel<^n, de indios mbayas, y otra de abipones. 

Cu^ntanse muchas otras capillas y aun pequefios pueblos 
recientes en los diferentes pagos 6 partidas, como en Xem- 
bucû, la Villa Real sobre el AppjC, el Fuerte Borbôn y va- 
ries establecimientos principiantes, que dan buenos anuncios 
de repoblaci(5n y prosperidad, en todo hasta doce A^icariatos 
y sesenta curatos anejos; y el distrito de Paraguay es, no 
obstante las restricciones dichas, de muy grande extension; 
coge y se dilata d \o largo del rfo, desde el citado Nembucfi, 
poco miîs arriba de Corrientes y confluencia del Paramt en 
los 27°, hasta los pueblos de Chiquitos en los 17®, y la nueva 
poblacidn y l^^utTte de Cofmbra y Alburquerque, estableci- 
dos clandestinamente por los portugueses de Matogroso en 
la ribera occidental, dicen, antes del Tratado preliminar de 
If mites de 1777, mas contra su expresa determinacidn, que 
prohibe d los portugueses poblar ni establecerse de manera 
alguna en la margen occidental del Pai-aguay. 



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— 515 — 

A Occidente confina esta Intendencîa con la del Potosl 
y Charcas, mediando sobre ellas el Gran Chacd, pais pobla- 
<lo de infieles de que hemos hablado en otro lugar; y por el 
Occidente termina en los Estados del Brasil y la nueva llnea 
divisoria que se sefialare, habiendo perdido por mera omi- 
si<5n y negligencia de sus habitantes, y por las incursiones de 
los mamelucos y paulistas, las dilatadas pro\incias de Guay- 
rà, las hermosas campiôas de Mboteley, y las riquf simas mi- 
nas de Cuyatà con mr(s de cuarenta floridas reducciones de 
los jesultas, y algunos pueblos y villas de espanoles de todo 
•este gran territorio, que pertonecfa antes d la antigua Go- 
beraaci6n del Paraguay, como se refiere en nuestra Memoria 
Wstdrica de Misiones. 

En la Asunci<5n se establecieron muchas familias de 
■distinci<5n y nobleza de los primeros conquistadores, asf de 
las venidas de la enunciada expedici<5n del Adelantado don 
Pedro de Mendoza, como de otras que sucedieron y se con- 
servan hasta ahora. 

La ciudad usa el tltulo de ilustre por haber sido funda- 
dora y capital de ocho ciudades y muchos mrfs pueblos, 
<M)mo refiere una Real Cédula de 1618. Sus armas un escu- 
do en campo azul, y en sus divisioneç, su titular Nuestra 
Seôora de la Asuncî6n, su patron San Blas, un ledn, un cas- 
tîllo, una palma y otro àrbol, alusivos de su frondosidad. En 
ella residen el Gobemador, Intendente y el Obisj)o, con to- 
<îos los Tribunales, Juzgados, oficinas y Juntas correspon- 
dientes d una y otra jurisdicci<$n. 

El Cabildo secular consta de dos Alcaldcs, seis Regidores 
j dem^ oficios 6 empleos, que deben ascender hasta veinti- 
cuatro, segûn tradicidn de un antiguo privilégie y Real Cédu- 
la del Sr. D. Carlos V, que hubo de perecer en el incendie 
que padecid esta ciudad à los pocos afios de su fundacidn, 
el de 1543. 

El Cabildo eclesiîîstico se compone de cuatro dignidades 
y dos Candm'gos. Hay très parroquias: la de la catedral, la 
de la Anunciaci<5n y la de San Blas, de indios; cuatro con- 
ventos observantes y recoletos de San Francisco, dominicos 



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_ 516 — 

y mercenarîos, y, finalmente, un monasterio de monjas, lia- 
mado de la Enseûanza, d que se agroga el real colegio Semi- 
aario Concliar de San Carlos, erîgido el ano de 83 por Real 
Cédula de Febrero del 80, con euatro cdtedras de Teologfa 
dogmdtica, Escolîtstica, Latinidad y Filosoffa. 

El numéro de habitantes pasa de seis mil, repartidos ei> 
las estancias, cliîlcaras y demtfs haciendas de carapo de la& 
inmediaciones d la eapital; mas pueden ascender if sesenta 
mil las de todos los pueblos y villas de la provineia, de los 
cuales se hallan alistados eomo la quinta parte en Milicias 
regladas, que alteman en las fimciones ordinarias del servi-^ 
cio, destacamentos y guardas de frontei*a, no menos que en 
las extraordinarias expediciones, que son frecuentes, eontni 
los infieles del Chacd, de que son muy perseguidos, y en to- 
das ellas sirven d su costa y en sus propios eaballos. 

El temperamento de esta provincia es correspondiente ^ 
lo templado de su elima, tan inmediato 6 en el mismo tr<5pi- 
co, y aim algo mds caliente y hûmedo por lo bajo de su gue- 
lo, sus grandes serranfas y abundaneia de bosques, liigimas 
y caudalosos rfos, que la ci^uzan y riegan de todas paHes; y 
por las muehas eiénegas y pantanos que forman sus crecien- 
tes é inundaeiones periddicas desde Xoviembre hasta Abrif, 
en que son asimismo muy copiosas las lluvias. 

Los frutos y deniifs producciones son iguahnente propios 
de pafs templado, no menos que la poca industria y aun de- 
sidia de los moradorcs. Las mandiocas, batatas y zapayos su- 
plen la falta de trigo y de pan, que no se hace otro que de 
las harinas que llevan de Buenos Aires. 

Las naranjas y limones abundan lo que no es deeible y 
de un gusto delieado; los plfîtanos, el manl y muehas otras 
frutas de bosques silvestres, como el acaziî, la guayaba, el 
aguay, albaracuya, la pitanga, el ibaporosté, ibapurû, supe- 
rior jî todos, son muy eomunes. 

Del algoddn, del tabaco, de los azûeares y miel de caûa; 
de la ccra y miel de varias abejas del monte; gomas y rési- 
nas de difercnte erfscaras para curtiembre; de la del gûembé 
para cables y amarras; del caraguatif, superior al ciînamo para 



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- 517 — 

•carenar y cabos de labor; y, sobre todo, de las excelentes y 
copiosas maderas de inmensos bosques, las màs adecuadas 
para todo género de obras de arquitectura naval y civil, y 
<ie la hierba nombrada del Paraguay 6 mate, que son dos ren- 
glones como peculiares y exclusivos de esta provincia. Se 
hace en el dfa un corto tr:îfico y consumo, y podrfa hacerse 
<ie todos estos ramos uno de los comercios miîs pîngûes y lu- 
<îrativos de estas Américas. 

Fuera de los barcos propios de la navegacidn de este £a- 
inoso Rio, lanchas, bergantines y otros, se han construf do re- 
<5ientemente en el Paraguay varias fragatas hasta de 300 to- 
neladas, que pueden competir con las mejorcs, y excéder â 
todas en lo exquisito de sus maderas, comparables sdlo con 
las celebradas del Brasil, Guayaquil y Habana, como son el 
cedro, el lapacho 6 jaxibo, el veraré, preferibles al primero; 
•el tatané, inestimable para curvas; el apeterely, para arbola- 
duras; el ururdey de vetas, el jacarandd 6 palo santo, ambos 
para muebles preciosos y embutidos; los pinos 6 curvs, los 
«anelos, las pclinas y muchas otras. 

De la conduccidn de todas ellas para los edificios y de- 
màs abastos pûblicos de Buenos Aires y Montevideo, don- 
de apenas se conocen otras, en aquellas grandes moles de 
los yapàs y jangadas que bajan frecuentemente del Para- 
guay, no menos que del Parant, como asimîsmo del largo 
y caudaloso curso de estos rfos y de su ventajosa navega- 
-ciôn, hemos dado ya suficiente idea y conocimiento en varias 
partes de nuestros Diarios, y con especialidad en la historia 
"de Misioues; cuya provincia, como tan inmediata, es idéntica 
en sus producciones y frutos, sin diferencia esencial â este 
respecto. 

Del tabaco, que también es de la raejor calidad, bajan 
rasimismo un aûo con otro d Buenos Aires de ochenta à, 
•cien mil arrobas en anduyos 6 mazos, que compra el Eey 
para vender con ventaja, beneficiando una pequeûa parte 
-en cîgarros hechos, industria en que adelanta aûn mucho 
màs la Renta. 

Mas el gran comercio, y como el miîs caracterfstico de 



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— 618 — 

esta provincia, es el de la hierba del Paraguay 6 mate, cuyo- 
uso, à manera de la coca del Perû, se halla tan generalmen- 
te introducido en toda esta Américai que ha venido â ser 
un consumo de primera necesidad para toda clase de gentes 
sin distincidn de personas^ edad, sexo 6 calidad, pues hasta 
los europeos recién venidos se suelcn acostumbrar muy des- 
de los principios al mate que no pasaràn después sin él, en 
que todos encuentran gusto, provecho y diversion. Treinta 
mil tercios de ocho arrobas enti^an todos los aûos en Buenos 
Aires de esta preciosa planta del Paraguay, que es à lo mè- 
nes muy parecida d la callica?'pa americana, luojas oblongas^ 
camosas y aceradas de la clase de las tetrandrtas mono- 
ginias de Linneo, como puede verse en nuestras observa- 
oiones y descrîpciones botdnicas, parte 5." de nuestro Diario^ 
Mucha baja también de Misiones, no de inferior calidad, y 
la mayor parte de toda pasa d Chile, Lima y al Perû. Del 
Brasil encargan asîmismo alguna, y aun de Ciîdiz y Madrid,, 
y no serfa dificultoso recomendarla é introducirla en las de- 
miCs Naciones, donde con gran provecho y udlidad de la 
nuestra podrf a suplantar al café y al te, ^ que hace notable 
ventaja en sus costos, virtudes y efectos, pudiéndose tomar 
el mate, y repetir en todos tiempos y estaciones û cualquier 
hora del dla 6 de la noche, frfo 6 caliente, simple 6 adere- 
zado con azûcar, lèche, agrios 6 pastillas: y hasta su servicia 
en mates, de que toma su nombre mis comûn, y que no soa 
otra cosa que porongos, calabazas 6 cocos desnudos 6 guar- 
necidos con bombillas de palo, cana, plata û oro, es, siu 
comparacidn, menos dispcndioso y m^ expeditivo â toda 
laya de personas ricas y pobres. 

El ganado crece y se multiplica igualmente en el Para- 
guay considerablemente; mas con el trabajo de haber de 
desagusanar las crias de la tripa <5 corddn umbilical, donde 
se agusanan todas por lo regular à causa de la multitud de 
moscas y otros muchos insectes de que abunda el pals; y loa 
cueros, serîan otro ramo de comercio de entidad si no se in- 
virtieran en las grandes faenas y tercios de la hierba, donde 
se consume y derrocha la mayor parte. Lo mismo debe en- 



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— 519 — 

tenderse de los demàs animales, caballos y mulas, que son 
excelentes y abundan no menos que el ganado de toda es- 
pecie, pero con la misma pension de las bicheras y gusanos. 
Los pastos^Ias aguadas, la salubridad del clima^quc es una 
perpétua primavera, y en gênerai la fertilidad del terreno, 
todo contribuye y es de lo m^ adecuado para la multipli- 
caei<5n de las haciendas de campo, de que estô sembrado el 
pals, y la crfa de estos ganados y animales; pero, sin embar- 
go, necesitan de alguna sal para conservarlos y mantenerlos 
, en buen estado, y que no se dediquen, como hacen, é. lamcr y 
aun d corner tierra, que por donde quiera es tan fecunda de 
sal que con s61o hervirla la extraen en suficiente cantidad 
para sus abastos; y como esta propiedad suele daûar mucho 
â los animales, y particularmente d los caballos, el que los 
quiere conservar lucidos les da sal con frecuencia, y en las 
estancias se suelen hacer barreros, que se reduce d matar y 
enterrar una yegua con una fanega 6 média de sal, y tal vez 
alguna ceniza en paraje alto y proporcionado, y se junta alli 
y aquerencia toda la animalada del contorno d extraer la- 
miendo aquella substancia alcalina y salitrosa, que es la que 
la nutre y préserva de toda înf ecciôn; y los taies barreros 
asi dispuestos suelen durar muchos meses y aun aôos, sin 
necesidad de refrescarlos, lo que es de gran beneficio y uti- 
lidad para las estancias. 

Nuestro Comisario de limites del Paraguay, D. Félix 
de Azara, se extenditf mucho en las cosas de esta provincia, 
pàjaros y cuadrûpedos; pueden consultarse sus escritos y la 
historia metôdica y documentada del jesulta Charlevoix. 

INTBNDENCIA DEL POTOSf 6 DE LA PLATA 

La Intendencia de Potosl toma el nombre de su villa 
impérial, situada en la falda del celebrado cerro, d los 19'' 88' 
m" de latitud, y de 313Me longitud de Tenerife, 25 lé- 
guas como al S. O. de la ciudad de la Plata, que tam- 
bién da su nombre d la Intendencia como su primera capi- 
tal, de que dependla antiguamente la otra, cuya libertad fu 



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— 520 — 

negociada en Lima por ima estipulacidn de 30.000 pesos de 
plata ensa} ada en tierapo del seôor Virrey Conde de Nieva, 
y declarada en provision real de Noviembre de 1561 con k 
expresa condicidn do haberse de nombrar la Impérial villa 
de Potosî, como fimdada en el reinado del seûor D. Car- 
los V, y en su vôrtiid tuvo principio su ilustre Cabildo por 
Enero del ano siguiente de 1562, habiéndose obtenido poste- 
riormente vai-ias Reaies Cédulas muy honorf ficas, concedién- 
dola S. M., en laûltiraa de 10 de Agosto de 1783, el tftulo 
de Fidelisim.a por sus grandes y particulares servicîos, y por 
la constante fidelidad con que se hubo en las pasadas revo- 
luciones. 

El escudo de sus armas es un jCguila con dos cabezas, 
que tiene abrazado entre sus garras el rî<|ufsimo ccrro de 
Potosf. 

Tiene sus conventos de reb'giosos domînicog, francis- 
canos, agustinos, mercenarios,*de San Juan de Dîos y bcth- 
lemitas con sus hospi taies; dos monastenns de monjas mé- 
nicas y carmelitas, y una casa de recogidas. 

La fundaciôn de esta ciudad es del mismo afto 154rj| en 
que se descubrid el cerro. Su temperamento nuiy fKo, como 
todo el pafs, cubierto de eleva«las cordillera^s, pdraoïos ne- 
vados, rîscos, quebradas, y, por consiguieiite, muy eatéril de 
frutos, fuera de los de la sierra. 

Dîîse porsentado en esta, como en las deinifs lnti}udcii- 
cias, su Gobierno polftico, de Intendente, Tcnîente, .Vsesor, 
Secretario y Escribano; Caja Real, de Coutador y Tesorero 
con otro Contador entre Partes y un EiiHuyadorj Fundidor 
y Balanzario; pero sin Oficial Real Facttu-, suprimïdo por k 
Real Ordenanza de Litendentes (art 92); Keal Adimna coii 
su Resguardo; la Renta de Tabacos con tî ruvo lorrespon- 
diente; la de Correos, etc., y fuera de éstri^ï, JuxgaJ^^^ y o6- 
cinas con todos sus Oficiales y dependientes coriume^ é to* 
das las Intendencias; tiene esta de extraordînario las* dos 
Superintendencias de Minas y Mit^, que le son propîa^ y 
peculiares, con dos Alcaldes Veedores,ciiatixi Dîputadosde 
Azoguerîa v un Director del Real Soca\'(5n, con un dopeo- 



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— 521 — 

diente la primera, y un Protector con iin Capitàn Mayor de 
la Real Mitit la segunda, â que se agrega el Real Banco de 
San Carlos para los rescates 6 compras de las pastas de pla- 
ta û oro en piôas, tejos y bandas; y la Real Casa de Moneda, 
constantes cada uno de estos dos famosos establecimientos 
de su Tribunal compétente, Administracidn, Contadurfa, Te- 
sorerfa, fundicWn, ensaye, balanza y fielatura, con todos sus 
Oficiales mayores y menores, artistas y dem^s operarios, etc. 

Las excesivas ganancias que producfa el rescate 6 cam- 
bio de las pastas de oro y plata en manos de los mercaderes 
libres desde los prîraeros tîempos del establecimîento de la 
Casa de Moneda hacia los aflos de 1574 Uamaron la aten- 
cidn del gremio de azogueros, que entr<5 por fin en este bene- 
ficio por medio deuna Compaftfa formai y exclusiva, que fué 
aprobada por el seûor Virrey Conde de Superunda en Abril 
de 1747. A pesar de las grandes utilidades y bénéficies de 
este comercio, cuyos fondos debfan destînarse al fomento de 
las minas é ingenios, quebr6 là Companfa varias veces y ex- 
périmenté faltas considérables en su manejo y administra- 
ci6n, lo oue di<5 motivo d su incorporaci<5n â la Corona por 
medio del establecimiento del enunciado Real Banco de 
Rescates, que fué aprobado por el Visitador General del 
Reino, D. José Antonio de Arecha, en Junio de 1779, y con 
el Gobiemo del limo. Sr. D. Jorge Escobedo, que formd se- 
guidamente el reglamento econdmicoy ordenanzas de su po- 
licf a y gobiemo, que hoy rigen, aprobadas y confirmadas por 
Real Cédula de 1795. 

En los veintidôs aûos y medio corridos desde la época 
referida de la incorporacidn del Banco d la Real Hacienda 
hasta fines de 1801, se rescataron 7.157.107 marcos de 
plata, que, à raz<5n de 7 pesos 4 reales, hacen la suma de 
53.678.302 pesos, los que produjeron â bénéficie de los rea- 
ies diezmos 7.848.589 pesos y 694.394 de utilidad por ra- 
z<5n de rescate, que équivale à un producto anual de 348.827 
pesos el primer ramo, y 30.862 pesos el segimdo (1). 



(I) Guia de for aster os de Buenos Aires de iSo^. 

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— 522 — 

No podemos pasar adelante sin dar noticia de este por- 
tentoso cerro, sobre que cuentan varias anécdotas fabulosas 
y supersticiosas. IjO mes cierto es que un indio llamado Die- 
go Gualca, de naciôo chumbivilca del Ciizco, di6 noticia de 
la mucha riqueza del Potosf, que habfa descubierto por ca- 
sualidad guardando algunos carneros de la tieiTa entre los 
mismos pastos 6 pajonales de icho que cubrîan toda su su- 
perficie, â los espaûoles Diego Centeno y Juan de Villarroel, 
que fueron los primero.s trabaj adores y mineros que recono- 
cieron y registraron por Abril de 15-45 las cuatro vetas prin- 
cipales: la Descubridora 6 de Centeno, la de MendieiOy la 
del Estafio y la Ricay que, ramificàndose y subdividiéndose 
en otras infinitas, cruzaban el cerro de alto abajo en todos 
sentidos y direcciones: donde se han abierto después m illa- 
res de bocaminas, de modo que, taladrado profundamente y 
en gran variedad de proyecciones y rumbos, présenta inte- 
riormente la figura de un gran hormiguero 6 panai c6nico, 
de una altura por donde mé& de 900 i. 1.000 varas, y de una 
base circular como de unas dos léguas escasas. 

La elevacidn del Potosf sobre el nivel del mar es de cerca 
de 6.000 varas castellanas, segûn las observaciones bêchas 
con el barômetro por Mr. Godin, uno de los sabios académicos 
que vinieron i> la dimension del grado del meridiano terrestre. 

La figura exterior, la de un magnîfico pabelldn como de 
mil varas de altura, desde la ûltima de sus faldas, y de un 
panai û hormiguero la de su interior, como se ha indicado. 

Hasta 1572 se beneficiaron sus metales por fundici<Sn,y 
despuës acà por azogue. 

Con la peste de 1720 decayeron mucho sus trabajos, y 
se restablecieron en 1787, reducidos i> diezmos los reaies 
quintos y cobos, como hàbfan corrido desde su primera îm- 
posicién en 1556. 

Los metales se bajan del cerro à los ingénies en las 
Hamas 6 carneros de la tierra, que cargan de cinco i. seis 
arrobas y son animales muy adecuados para este acarreo, 
cri^ndose muchos en el distrito de Potosf, como igualmente 
vicufias, gqanacos y demàs ganado ovejuno. 



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— 523 — 

La mayor parte de las minas antiguas se hallan derrum- 
badas y ciegas; liay otras muchas abiertas y beneficiadas 
después^ y en el dia se notan muy cerca de ciento de traba- 
jo comente, siendo entre todas y muy digna de atenci<5n el 
gran socavôn de San Juan Nepomuceno, recién abierto (por 
Agosto de 1790) d la plaga del Norte, hacia la Villa Impé- 
rial, que pénétra sobre oehocientas varas al Sur y debe se- 
guir todavfa sobre cuatro mil la misma direccidn hasta cor- 
tar el eje del cono 6 vertical que baja de su cûspide, obra 
que dirige el geômetra subterràneo D. Daniel Weober, de la 
expedici6n metàlica del Baron de Nordemflik. 

Desde el afio 1556 hasta el de 1800 produjo este admi- 
rable cerro de solo quintos y cobos reaies, cobrado en las 
Reaies Cajas de Potosi, 158.000.000 de pesos fuertes, que 
suponen un principal de 824.000.000; â que, agregado el 
extraido antes de aquella época y después por alto y sin 
quintar, que, segûn los cdmputos no baja de otra igual can- 
tidad, monta toda ella éi la de 1.648.000.000 de pesos fuer- 
tes de una plata de superior calidad; suma asombrosa que 
se hace increfble si no constara de documentes auténticos (1). 

La amonedaciôn de la Casa de Moneda del ûltimo ano 
de 1801 subîd â 481.268 marcos de plata en tostones, tomi- 
nes, reaies, medios, cuartillos y pesos dobles, y en oro éi 3.501 
marcos, en onzas y doblones de d cuatro. 

Seis son los partidos de esta Intendencia: Porco, Ata- 
cama, Chichas, Chayanta, Tarifa y Lipes, que son otras tan- 
tas provincias, y todas tienen su correspondiente Subdelega- 
do con jurisdicciôn compétente en las cuatro causas, como 
86 ha indicado arriba: con su Caja Keal 6 forànea y demàs 
concerniente à, su respectiva administraciôn y gobiemo, 
como en las Litendencias. Atacama, que es la de màs con- 
sideraciôn, se divide en alta y baja, cuda una con su curato, 
en el pueblo de San Francisco, capital de la primera, con 
cinco anejos, y en el de Chinclifn, que lo es de la segunda, 
con cuatro, y toda su poblacidn lleganC s<51o d dos mil qui- 



(I) Guia deforasteros de i8o$. 



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— 524 — 

nientos habitantes. Aquélla es de un temperamentoaiuv frfo, 
como de puna 6 cordillera, y produce los frutos de sierra, 
papas y algunas semillas. Crfa muchas vicuôas y guanacos, 
que cazan los indios con gran facîlidad, cercfCndolos de lejos 
con una cuerdecilla delgada, suspendidas por unas varillas 
en que cuelgan d trechos algunas vedijas de lana de colores 
que muevc el viento, y esta débil barrera detiene tôda la 
impetuosidad y ligereza de la tîmîda y espantada vncufia, 
que, enredada después con el ramai de dos bolas que les ti- 
ran â los pies, las cogen y matan d discrecitfn. Si se mete 
algûn guanaco entre las vicuûas rompe la invencible valla y 
se pierde el lance, escap^ndose toda la manada. 

Nadie ignora la superioridad y finura de las lanas de es- 
tos animales; la de la vicuûa se estima en Buenos Aires, por 
lo comûn, d peso de plata la libra, y en Europa d dos y me- 
dio 6 très, y à la mitad la del guanaco, que se parece mu- 
cho y la suelen mezclar. 

Sus pieles y carnes no son despreciables, y las aprove- 
chan los indios, no habiéndose podido hasta ahora conscguir 
domesticar y crear en rebaîio las vicuûas por mâs que se 
ha escrito y propuesto î1 fin de multiplicarlas y evitar el fatal 
exterminio de animal tan precioso y estimable, como eS con- 
siguiente, al bàrbaro modo de cazarlas. 

Tiene esta provincia también sus minas de plata y oro, 
aunque no se trabajan, y abundan las termas 6 manantiales 
de agua calientc, fuera de dos grandes y hermosas lagunas, 
nombradas BlaftcUf de riquf sima sal, y la Azuly de agua sala- 
bre <5 salada como la del mar. 

Hay también minas de cobre en el cerro nombrado Cou- 
elle y otros parajes, donde se trabajan las alniadanas 6 alnta-- 
danetaSy que llevan d vender d los ingenios, particularmente 
de Potosf, y se hallan igualmente vetas de preciosos cristales, 
jaspes, talcos, lipis, alumbres, alcaparrosa, con especialidad 
hacia el pueblo de Calam^; pero lo m^ raro de este paf s son 
los pastos, que s61o sirven para ganados, y de ninguna manera 
para los caballos y mulas, que se vuelven locos y emborra- 
chan, y se dcspefian y prccipitan corriendo por las serranlas. 



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— 625 — 

La Atacaina baja es cîîUcla y niaritima; abiinda de puer- 
tos en la mar del Sur; en los 22** 20 de latitud se halla el 
de Cobija; en los 23** la bahla de Mexillones; la de Xuestra 
Seflora y sus Cerros, en los 24** 40: y, por ûltimo, en los 
25** 30 el puerto de las Vetas. 

Los congrios salados y en chargue son muy gustosos, y 
se consume gran porci6n de ellos en la provincia de la sie- 
rra. Los pescan en balsas de odres 6 cueros soplados de 
lobo marino. El ûnîco rfo de alguna entidad es el que corre 
del pueblo de Atacama al mar Paclfico por el valle de I^a, 
dividiendo los términos de la provincia de Ica. 

Al NE. de Atacama se halla Lipes, que se extiende 
como sesenta léguas NE., SE. y 20** mîfs de ancho; al E. de 
Lipes signe Porco, confinando al N. con Cfiayania, y al 
Oriente con Chichas y Tarifa, que son los partidos de ma- 
yor circuito, de 140 léguas el primero y de 80 el segundo, 
dîvididos por dilatadas y fragosas serranîas que se dan las 
manos con las punas y elevadas cordilleras dé Ercayache y 
Tacsm^a, célèbres por los huesos gigantcseos de hombres 
petrificados, canillas de cinco cuartas, dientes molares como 
el puno, etc. 

Porco tiene también sobre cuarenta léguas N. S. y se- 
senta E. O., y Chai/anta 6 Cfiarcas â corta diferencia lo 
mismo, aunque siempre es menor y mîîs poblado. 

Lipes comprende très curatos, y hasta ahora ocho anejos 
con 3.500 habitantes, siendo Colcha su antigua capital, 
donde se conserva una devotisima efigie de la Virgen, rega- 
lo del Emperador Carlos V. 

Los pueblos de Lica y Tahûa eran antes de la jurisdic- 
ci<Sn de Lipes, y pertenecen ahora al curato de Salinas de 
Garcimendo. La Subdelegacidn de Paria, famosa por los 
grandes llanos 6 pampas de sal, que ocultan profundos ojos 
de aguas, en que se han suraei-gido varios pasajeros y han 
sido la causa de la separaciôn de otros pueblos. 

Lipes es una de las provincias m:îs ricas del reino y de 
que se ha sacado mayor riqueza. Tiene minas de varias es- 
pecies de metales: de hierro, de imdn, de un cobre rojo y 



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— 626 — 

blanco muy estimado que toca en oro v plata, y en el enrato 
de San Pablo y distrito de San Antonio las hay de iinos 
pedernales redondos como balas de d 24, que suelen reven- 
tar con estrépito, y en su interior se hallan tachonadas con 
puntas brillantes pinlmîdes exaedras, 6 de seis lados, por lo 
regular de cristal de montafta. Pero las que mds abundan son 
de los precîosos m étales oro y plata de superior calidad, que 
se encuentran en casi todos los cerros de la provincia tan 
copiosas que llegaron d dar hasta 3.000 marcos por caj6n, 
con particularidad las celebradas de San José de Jaquechisa. 
Hoy han dado las mîls de ellas en agua, y una de las mes 
poderosas y que se trabajaba en barra en el asîento de San 
Crist<5bal se ha hecho tan hedionda que se conoce y deno- 
mina con este nombre, y produce un gas îCzoe y mofeta tan 
mortffero que no sale ninguno de cuantos entran en ella: 
Podia trabajarse d tajo abierto. 

Hay también en Lipcs cuatro volcanes, y el azufre que 
producen, y mucho salitre que cogen los indios hacen muy 
buena p<51vora, moliendo los mixtos en cueros y con piedras 
de d mano en lugar de ingenios. 

No han sido menos célèbres las minas de las otras pro- 
vincias; s<51o en el pago de Jomahave, de la del Porco se 
sacaron hasta 3.000.000 de pesos de un clavo de métal. 

Hay asiniismo muchas termas y baûos de agua caliente, 
y grandes Uanos y lagunas de sal. 

Los rfos que la riegan son, entre otros, el de San Juan y 
el Pilcomayo, en que se encuentran también algunas^ arenas 
y pepitas de oro, y en todas ellas se encuentra abundancia 
de vicufias, guanacos, Hamas 6 cameros de la sierra, virca- 
chas, avestnices, algimos caballos y ganados vacuno y ove- 
juno; y de frutos la qtnnim, especie de semiUa como el mi- 
jo; las papas, habas, cebada, algûn trigo, y en los valles tem- 
plados varias frutas parrales y verduras de toda especie. 

Los habitantes de Chichas Uegan d 6.200, y d 6.500 los 
de Tarifa, repartidos aquéllos en cinco curatos principales y 
25 anejos, y éstos en solo très de los primeros y dos de los 
segundos; mas los de Porco suben d 22.000 en 18 curatos 



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— 527 — 

oon algunos anejos, y los de Chayanta â 36.000 en otros 17 
curatos con casi igual numéro de anejos, d que debemos 
agregar otros 25.000 habitantes y 12 curatos con algunos 
anejos de todo el territorio y distrito de la Villa Impérial de 
PotosfjCuya mayor extension nopasa de 10 léguas deE.àO., 
y de unas siete de N. à S. 

El rlo Picolmayo, y la mayor parte de sus grandes ver- 
tientes, toman su origen de los mismos pagos, y corriendo al 
Oriente cruza el Chac6 y desagua en el Paraguay, dividien- 
do los limites de estas dos provdncias, con especialidad por 
medio de un famoso puento de un solo arco de piedra, por el 
cual se pasa de la de Imparaes d la de Porco, es decîr, de la 
jurisdiccidn de la Plata d la de Potosl. 



PRE.SIDKN('IA DE CHARC A8 Y ARZOBISPADO DE LA PLATA 

La ciudad de la Plata 6 Chuquisaca, residencia y me- 
trdpoli del arzobispado y de la Real Audiencia y Chanci- 
llerlîa de Charcas, es f undacidn del Capitàn Pedro de Anzu- 
res, con tftulo de villa en 1540, por orden del Marqués don 
Francisco Pizarro, y erigida en ciudad en 1555. Su latitud 
es de 19° 4' 10'^, y templado en su temperamento, propio de^ 
>clima. 

En sus principios no dej<5 de hacer grandes progresos, 
que atajaron después los de la Villa Impérial y descubierta 
del Potosî; y en el dia es tan poco su comercio y tan corto 
su vecindario, que no basta d llenar los cargos concejiles, 
Alcaldesy Regidores, habiendo sido antes muy ilustre y cum- 
plido su Cabildo. El Corregîdor de Potosf lo es también de 
Chuquisaca, y en su consecuencia préside d los Alcaldes. La 
Real Audiencia se fundô en 1565, y se compone de un Pré- 
sidente, que en la aetualidad lo es el Ilmo. Sr. D. Ramdn 
Garcfa Le<5n y Pizano: cinco Oidores, Fiscal de lo civil y 
criminal, Proteetor de Indias y Alguacil mayor, con muchos 
otros honorarios, ausentes. 

Hay también Ministerio de Real Hacienda, Aduana, Ad- 



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— 528 — 

luinistraciôn de Tabacos y Correos, y demrfs Tribunales, 
Juzgados y Juntas correspondientes. 

Ija Santa Iglesia de Charcas fué erigida en Silla episeo- 
pal con el tftulo de Santa Marîa por la Santidad de Julio ITT 
en 1552. Tuvo cinco Obispos, siendo el primero D. Fray 
Tomds de San Martfn, del Orden de Pi'edicadores, y el ul- 
time el Sr. D. Alonso de Vergara, d quien se debe la consti- 
tueidn que hasta el dia rige dicha Iglesia. Por Julio de 1609 
fué elpvada d metropolitana por Bula de la Santidad de 
Paulo Y; su primer Arzobispo, el Ilmo. Sr. Dr. D. Alonso de 
Peralta, recibié el palio por Enero de 1611, y cuenta hasta 
otros 27 Prelados muy esclarecidos en santidad y letrasy 
incluso el actual, que felizmente gobiema, el Urao. senor 
Dr. D. Fr. José Anto.nio de San Alberto, carmelita des- 
calzo, muy célèbre por la eficaz beneficencia de su celo 
apostdlico y de su gran numéro de sabias pastorales. En es- 
ta Iglesia se célébré un Concilio el afîo de 1774, y su Cabil- 
do eclesiîCstico es compuesto de mi Dedn, Arcediano, Chan- 
tre, Maestrescuela y Tesorero; cinco canongfas de opo- 
sicién. Doctoral, Magistral, Penitenciario, con dos demerced, 
y, finalmente, cuatro liacioneros y cuatro medios, presididos 
todos por su Arzobispo. A que debemos agregar los subal- 
temos correspondientes de capilla y frfbrica, el Juzgado de 
Diezmos, la Real Junta que préside el mismo Présidente de 
la Audicncia, su Contadurîa y Tesorerfa, la curia eclesidsti- 
ca, y, por ûltimo, las Comîsarfas de Inquisîcién y Cruzada, 
con todos los deniîîs empleos anejos y comunes d las dem^ 
catedrales. 

Los habitantes de la ciudad de la Plata llegan d 14.000 
entre espanoles, indios y mestizos, cuyos dos tercios son mu- 
jeres, las mds de ellas solteras y de peregrina hermosura, com-» 
parables à las circasianas. Hay très pan*oquias é curatos: el 
Sagrario de la catedral, San Sebastien y San Lorenzo. Seis 
conventos: dos de San Francisco, obscrv^antes y recoletos; de 
Santo Domingo, de San Agustîn, de la Merced y de San Juan 
de Dios, con hospital de hombres y mujercs. Congregacién de 
San Felipe Neri, fundacién reciente del aîio 1795 por Real 



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r^^" 



— 529 ~ 

Cédula de Marzo del S7, siendo los fundadores, venidos de 
Lima al intente, los Padrcs Prep<5sito D. Manuel de la Fuen- 
te y Zagarzuiieta, Dr. D. Francisco Gonzîîlez, D. Jorge Tam- 
bino, y los hermanos legos Mateo Espinosa y Pedro Pérez. 
Fuera de eso, hay monasterio de monjas agustinas, de Xues- 
tra Senora de los Remédies, clarîsas, cannelitas descalzas, 
beaterios de Santa Catalina y de Santa Rita, y dos de niflas 
huérfanas de la Coneepcidn y de San José, que es colegio de 
educandas con Rectora y 12 maestras de primeras letras, 
enseûanza de labor y ejercicios de piedad y religidn, funda- 
do por el seûor Arzobispo aetual, en 1 792, por Real Cédula de 
Marzo del 87; y ûltimaraente los très famosos establecimien- 
tos literarios, el Seminario Real y Pontifieio de San Cristôbal, 
el Colegio Real de San Juan Bautista y la Real y Pontificia 
Universidad de San Francisco Ja\âer; fundaciones antiguas 
con Bulas y Reaies Cédulas, estas dos de 1621 y aquélla de 
1681, en que enseflan las Facultades de Teologîa dogm^tica, 
Escol^stica y Moral, las leyes civiles y candnicas, la Filoso- 
ffa, gramàtica y propiedad latina, contîtndose en los dos pri- 
meros muchos pensionistas y becas de gracia, y en la Uni- 
versidad basta 350 doctores, do que es cancelario nato el 
sefior Arzobispo, y d la que acaba S. M. de concéder los 
mismos privTilegios y prerrogativas de la célèbre Universidad 
de Salamanca por su Real Cédula de 10 de Abril de 1798. 
Los vicariatos del arzobispâdo de Charcas son 14; los cua- 
tro primeros, que son también partidos y Subdelegaciones de 
la Presidencia, son: Yamparaes, que contiene otros 14 cura- 
tos; Jomina que tiene 10, Pilaya seis y Oruzo dos. Los seis 
partidos de la Intendencia de la Plata de que acabamos de 
hablar,son: Potosf, que incluye 12 curatos,Porco 19, Chayan- 
ta 20, Chichas seis, Jarija cinco y Lipes cuatro; Cachabam- 
ba, que cuenta 17 curatosy espartido de la Intendencia de su 
nombre; Sicarica con 12, que lo es de la Intendencia de la 
Paz; y,finalmente, Paud con 12 curatos, y Carângas con ocho> 
que son subdelegaciones del Virreinato de Lima. Todas es- 
tas vicarfas incluyen en si muchos otros anejos y capillas, 
cada una con su con-espondiente pila de bauti?mo y muchos 

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— 530 — 

feligreses, repartido-s coraCmmente en siis estancias y hacien- 
das de campo. El numéro de habitantes en todas ellas sul>e 
îî doscientas mil ahna.s^ sobre j>oco ni^s 6 menos. Los de 
Yamparaes, que confina con C'harcas por el N. O., sentn co* 
mo siete mil, los mas de ellos disperses en sus estancias y 
haciendas de campo; y muchos, ya por la ealidad del terre- 
no, y a de los aires, y mas probablemente de his aguas, con 
espeeialidad en los curatos de ^lojotoso, Copavilque y Hua- 
nipaya, son enfermizos y gibosos, tartamudos, bizcos y con 
grandes cotos y deformidades en el cuerpo y aun en el rfnimo. 

Algo mayor es Jomina, que liga por el 8. O. con Yam- 
pames; su distrito es de 24 léguas N. S., y como de 70 de 
ancho, y el numéro de sus moradores llega d 12.000, que 
adolecen igualmente de la monstruosa enfermedad de los 
rotos, y aun en el pago de Olopo, jurisdiccidn de la misma 
x-illa de Jomina, son generalmente de tan baja estatura que 
podrîan acreditar la historia de los pigmeos. 

Al N. E. de Jomina yace Pilaya, que también se deno- 
miua PasjHtfjn 6 Ciàtty eon igual nûmeix) de habitantes y un 
término de 30 léguas N. O.-S. E. y 40 de î(mbito. Las villas 
de Pilaya y Paspaya, que fueron sus capitales, se despobla- 
ron sucesivamente i)or las continuas irrupciones de los chi- 
rihuanos, infieles muy belicosos de la inmediata comarca del 
Chac<5, donde se ha constnifdo un fuerte para contenerlos. 
Fuera de esto, (»1 para je era un bajfo por extremo cîflido, 
hûmedo y montuoso, lleuo de insectos y sabandijas jwnzo- 
nosas, y desde entonces se nmd<5 la capital y Corregimiento 
al fertilîsimo y dilatado valle de Cuitî, que no baja de 20 lé- 
guas de extension. 

Estas provincias son todas de un terreno escabroso y 
doblado, inteiTumpidas eon multitud de cerros y cmnbres 
ele vadas y valles prof undos, c^spaciosos y amenos, donde por 
lo regular se hallan los pueblos, y abundan las frutas, legum- 
bres y hortalizas d(» los climas benignos, y en los altos loef 
vinedos, las papas, la quinua, el trigo, la cebada y demàs 
frutos de sien-ji, propios de mi temperamente miCs frîo, y 
mucho ganado de toda e^^peeie. Benefîciase también algûn 



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— 531 - 

•vino y aguardiente, y con especialidad la caôa de azûcai*^ 
<iue, plantada en los valles de Jomina^ se reproduce hasta 
treinta aôos. Hay pocas minas que se trabajen; en el pueblo 
de Pototaca, jurisdieci6n de Cînté 6 Paspaya, las hay de 
plomo de buena calidad, y en Yamparaes una de sal, con 
idgunas lagunas en varias otras partes. 

Los rfos m^s, considérables, fuera de muchos arroyos que 
forman las quebradas mismas de las sierras, son el de San 
Juan, el de Toropalca, el de Paspaya, el de Cuchimago y 
muchos otros, cabeceras todos y vertientes del caudaloso 
Pilcomayo, que riega y divide estas provincias entre sf, y en 
la de Jomina el Rio Grande y el Dorado, que la separan de 
Santa Cruz de la Sierra y fluyen al Mamoré, gajo no peque- 
no del Marandn 6 Amazonas. 

Réstanos s<51o hablar de Oruzo, ûltima de las cuatro Sub- 
delegaciones 6 partidos de la Presidencia de Charcas. Con- 
fina por el Septentrion con la de Sicasica, y con la de Co- 
chabamba, de que hablarenios después, por el Oriente. Su 
extension es de 20 y 18 léguas en estas dos mismas proyec- 
ciones, y el numéro de sus pobladores 8.000. El pueblo de 
Oruzo, capital de la provincia, se fund<5 en 1595 con motivo 
<îe las ricas minas halladas en unos cerros inmediatos, v em- 
pezadas d trabajar por los Incas, en el paralelo de 1 7^ 58' de 
latitud, y fué erigida en villa por Real Cédula del seûor Fe- 
lipe in en 1606 con el tîtulo de San Felipe de Atistria de 
Oruxo. 

Su Cabildo es plono, de dos Alcaldes ordinarios, Regido- 
res y dem^ empleos correspondientes. Tiene cinco conven- 
tos de religiosos, y otro que fué colegio de jesuftas. El tem- 
peramento de la villa y de todo el distrito es frio y seco, y 
sus producciones las mismas que de las otras provincias, 
fuera de la gran cantidad de salitre y pdlvora que se reco- 
ge y fabrica de tiempos antignos, mayormente cuando esta- 
ban en auge las minas de plata y oro, que hoy est^n en gran 
decadencia por haber dado en agua, como muchas otras del 
Reino. 

Paria y Carangas, del Virrehiato de Lima, se hallan si- 



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-.- 532 — 

tuadas sobre un mismo paralelo, aquélla d Oriente de esta y^ 
ambas al Norte de Lipes y de Porco, y al Sur de Pacayes y 
Sicasica, dejando al Este d Oruzo y Charcas. 

Sus termines 6 distritos son de 30 d 36 léguas, segûnlas 
plagas del mundo, y el numéro de sus habitantes de dîez â 
once mil eada una, d corta diferencia. Su temperatura y pro- 
ducciones, las comunes del clima en los valles y sierras, y 
los rf os que la riegan son de corto caudal f uera del nombra- 
do el DcsagiiadcrOf que nace en la gran laguna de Titîcaca 
6 Chucuyto, y cruza la provîncia de Paria corriendo al S. E.; 
sç pasa en balsas de Cuca d Totora, y forma una laguna con- 
sidérable de très d cuatro léguas; en sus orillas se halla el 
pueblo de Mbaga, y entre sus pescados son muy recomenda- 
blés los suches, 

El territorio de esta provincia se suele inundar en tîem- 
po de Uuvias; y en otro tiempo fueron muy célèbres las ricas 
minas de oro y plata de la cordillera de CondocondOy de que 
cuidaban los Corregidores de Onizo por particular privilégie. 
En el dîa son muy estimadas las del cerro de HuanintayOr 
al S. O. de Carangas, donde se halla el temible volcan de 
Omate, que revent<5 en 1600, causando notable estrago y 
aun destruyendo cl numeroso pueblo de Lebaya, en que se 
ha colocado un santuario muy frecucntado de Xuestra Se- 
nora de la Candelaria. 

INTENDENCIA DE COCHA BA MBA 

I^a Intendencia de Cochabamba es la denorainada en la 
instrucciôn de Smita Cntx de lu Sieira; es la mrfs septen- 
trinal de todas, y su capital, la villa antigua de Oropesa,. 
fundada por Sebastien Barba de Padilla, el aûo 1573 en el 
hemioso y feiliHsimo valle de Canatà, d los 18'' 25' de la- 
titud y 313^ 50' de longitud occidental de Parfs, pororden 
del Yirrey del Perû D. Francisco de Toledo, que era de la 
ilustre casa de los Coudes de Oropesa, de cuyas annas, un 
le6n en medio de diez cabezas, usa la ciudady declarada por 
tal con los tftulos de leal y vahrosa por los servicios liechos 



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— 533 — 

ûltimamente en la insurreccidn de los indios del Reino en 
Real Cédula de 26 de Mayo de 1786 del senor Carlos HI. 

La poblaciôn es de bella planta, bucnos edificios y ca- 
lles, con frondosas hueiias y jardines, que riega el Rio Sa- 
•eaba. Fuera de la parroquia principal tiene seis conventos 
-de religiosos y dos de monjas, con hospital de San Juan de 
Dios. Su Cabildo es pleno de dos Alcaldes, Corregidor y 
Regidores correspondientes, y en ella réside el Gobemador 
intendente con su Juzgado, Junta provincial de Real Ha- 
cienda, Tesorerla principal, Resguardo, Aduana y Renta de 
Oorreos y Tabacos, con todo lo demàs de las otras Inten- 
Jencias. 

El Sr. D. Francisco de Viedma es el Intendente actual, 
y sus fuerzas militares de milicias disciplinadas, segûn el 
filtimo Reglamento de 14 de Enero de 1801, un regîmiento 
•de voluntarios de Santa Cruz de la Sierra, constante de 
nueve compaôfas de â 50 hombres y 450 plazas, de que es 
•Comandante D. Antonio Seoane, y oti*o de voluntarios de 
<5aballei'f a de CochabamBa, con cuatro escuadrones de â très 
<iompanias de d 50 plazas, en todo 600; su Coronel, D. Pedro 
Ram6n de Araucol 

Cochabainba no déjà de ser bastante populosa; contiene 
«dentro de su recinto sobre diecisiete mil habitantes y hasta 
70.000 en los pagos 6 partidos de su jurisdiccidn, repartidos 
«n 17 curatos con otros cinco numerosos anejos; siendo muy 
•celebrados el santuario de Nuestra Sefiora de la Bella en 
-el Pimatà, y el convento de agustinos en el de Capinota. 

Su territorio <5 distrito es de bastante extension; pasa 
de 40 léguas Norte é. Sur, y poco menos de E. d O. Confina 
âl Septentrion con la cordillera de los Andes, habitada en 
âquella parte de infieles; al Mediodfa 6 Sur con el Gobierno 
•de la Plata, al Oriente con las Misiones de Mojos y el Rfo 
de San Miguel de Chiquitos, Uamado también Parapiti, y 
<*on los partidos de Oruzo y Sicasica à Occidente. 

Puede considerarse esta provincia como el granero del 
Perû, pues lo abastece con ef ecto y produce todo género de 
granos, frutas y semillas de excelente calidad. En los altos se 



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- 534 — 

crlan numerosos rebanos de ganado mayor y menor, y fer- 
tilizan sus amenos valles, poblados de iouumerables quintas^ 
y haciendas, crecidos riachos, que, reunidos en Capinota,. 
cruzan las provincias de Mizque y Charcaà, y forman las 
primeras vertientes del Rio Grande, gajo del Maraûôn orien- 
tal, d Santa Cruz de la Sierra. 

La sosa 6 barrilla es una de las producciones mrfs abun- 
dantes de esta provincîa, y hay, por consîguiente, sus bor- 
nes de vidrio. En algûn tiempo se trabajaron con utilidad 
minas de oro y plata; particularmente se sac(S cantidad con- 
sidérable de aquel precioso métal en los lavaderos de Cko- 
quecomataf que fueron muy fecundos y celebrados, y aûn se 
encuentran buenas vetas de él en varies parajes de la cor- 
dillera citada de los Andes. Tampoco faltan ingenios 6 ha- 
ciendas de caôas de azûcar y de su aguardiente, uno y otra 
de superior calidad, ni escasean los manantiales y termas de 
agua caliente. 

Finalmente, los partidos y Subdelegaciones de Cochar- 
bamba son: Santa Cruz de la Sierra, que es uno de lo8 
obispados antiguos y de gran extension; el Valle Grande^ 
Mizque, Elisa, Arque, Tapicasf, Hayopaya y Sacaba, que 
vienen d ser otras tantas provincias, y en todas, como diji- 
mos ya de las dénias Intendencias, hay su Caja Real f or^ea^ 
sus respectivas Juntas y Tribunales, aunque en punto menos,. 
resguardos, y Administraciones de Correos y Tabaco, etc. 

En la Memoria hi8t<5rica de Misiones (94 del capitule III) 
dijimos que iel fundador de Santa Cruz de la Sierra habfa 
sido el revoltoso Nuflo de Chaves, que logr<5 separarla de 
la antigua gobemaci<5n del Paraguay hacia los aôos de 1569^ 
y quedisfrutôpoco de su nueva colonia por haber sido muerto 
à, manos de los itatines de regreso d ella de su dicha metnS- 
poli. Su Iglcsia fué erigida en Sede episcopal el 5 de Julia 
de 1605 por el Papa Paulo V, bajo el glorioso tftulo de 
San Lorenzo Mîlrtir, y conservando su priniitiva denomîna- 
ci6n de Santa Cruz de la Sierra del pueblo de San Joeé^ 
de la provincia de Chiquitos, obispado de Chai'cas, donde 
habfa sido fundada, y de allf transladada al paraje donde hoy 



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— 535 — 

se halla, en latitud aastral de 17*^ 21' y en la de longitnd 
de 816^ 50'. 

Su primer Obispo fué el Ilmo. Sr. D. Antonio Calderdn, 
que lo habfa sido antes de Puerto Rico y Pananià, y verific<5 
en el mismo aûo la creaci(5n de su Iglesia, que cuenta ya 
hasta 22 Prelados, incluso el actual, que lo es desde Marzo 
de 1795 el Sr. D. Manuel Nicolas de Rojas y Argandoûa, 
natiu-al del Reino de Chile. El Cabildo eclcsidstico es corn- 
puesto de cuatro dignidades y dos racioneros con su curia 
correspondiente, y Comisarios del Santo Oficio y de la Santa 
Cruzada; Cuerpos religiosos, no hay mds que un convento 
de la Merced y un Colegio Seininario de (jrramdtica latîna, 
Filosoffa y Teologia Moral y EscoWstica, titulado de la 
Santisima Trinidad, f undado por el Ilmo. Sr. Dr. D. Fran- 
cisco Ramdn Herbozo el ano 1774, y dotado con mayor pro- 
porcidn por el citado Sr. Argandofia. 

A miCs de los curatos de la catedral y las dos vicepa- 
rroquias de la Candelaria de Pausito y la Concepcidn de 
Portachuelo, se cuentan cuatro muy nuraerosos y poblados 
' en las imnediaciones de la ciudad, que son los de Santa 
Bosa, San Carlos, Buenavista y Porongo, y màs distantes 
ti'es Vicarias foràneas, mucho niî(s niunerosas y de mayor 
gentfo, que son la de Jésus del Valle Grande, con très cu- 
ratos, el Gobierno de Mexos con 19 pueblos, y el de Chi- 
quîtos con 10, que conserx^an su Gobemador particular 
como el de Misiones. 

IjOS pueblos de los indios chiquitos se hallan al Oriente 
del Rfo de San Miguel, que màs abajo Uaman también Rf o 
Sara, gajo del Mamoré, y contra el Paraguay entre los pa- 
ralelos de 16*» 30' y 18« 30', y los de Mexos entre 12" 30' 
y 15** 30 ' de un lado y de otro de dicho Mamoré, y entre 
sus gajos orientales, Odasina, Maniquî y Apere. 

El terreno es generalmente quebrado y montuoso, y el 
clima càlido y hûmedo, pero muy fértil y abundante de fru- 
tas y semillas. Nînguno de ellos baja de mil aimas, siendo 
casi todos rediiechnes formadas por los jesuîtas, y se hallan 
por donde quiera rodeados de Naciones infieles que los in~ 



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— 536 — 

sultan y hostîlizan no poco. Lo mismo hacen los portugue- 
ses de Motogroso, que invaden y roban dichos dos Gobier- 
no8 cuando y como se les antoja, sîendo la causa de este 
la gran distancia de ra^ de trescientas l^uas û que se 
hallan de la nueva capital Cochabaraba, que con mejor 
acuerdo habfa determinado la Instrucciôn que f uese Santa 
Cruz de la Sierra, cabeza juntamente del obîspado y natural 
residencia de ambos Jefes. 

La industria de sus habitantes se ejerce particularmente 
en las artcs mecànicas, aunque no excluyen la Escultura y 
Pintura, de que se han visto buenos modelos, y sobre todo, 
en la Mûsica, de que son muy apasionados, como todos los 
indios del Nuevo Mundo. También se distinguen, como los 
de Misiones, en la solemnidad de sus f estividades de Iglesia^ 
y tienen t^mplos precîosos y bien adomados, con ricos or- 
namentos, vasos sagrados y alhajas de oro y plata, trabajo 
por lo comûn de sus manos, como éstos, d quienes se pare- 
cen, en sus labores y tejidos de algodôn, su v^estido ordinario, 
y hasta en sus costumbres y modo de vivir es corta 6 nin- 
guna la diferencia; de manera que cuanto hemos dicho en el 
papel citado arriba de los guaranfs es aplicable en cîerto 
modo â los de Mexos y Chiquitos. 

El Rfo Grande 6 Guapay que rodea à Oriente, como ya 
se dijo, d Santa Cruz de la Sierra, circunda también m^ al 
Sur el Valle Grande, y entre sus puntas nuls occidentales se 
halla Mizque con su capital; separadas, asf estas como las de- 
m^ Subdelegaciones, por el mismo Rf o de Jomina y Cocha- 
bamba, que quedan del otro lado. Alos, Argue, Ëlisa, Hayo- 
paya, Tapacasi y aun Sacava, yacen màs al N. O., contra las 
cabeceras y primeras vertientes del caudaloso Rio Benf, 
que nace de las serranfas y asperezas de los Andes, dcjan- 
do d Occidente la Paz y el Cuzco, y siendo el término de 
estas provincias, cuya temperatura y frutos son los mismos 
que en Cochabamba, haciéndose principalmente de ellos un 
gran comercio en el Valle de ^Vrgue, adonde bajan los in- 
dios d comprarlos de toda la puna. 



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537 — 



INTESDENCIA DE LA PAZ 



La Intendencia de la Paz es contigua y occidental â la 
de Cochabamba, los Andes de por medio. Su capital f ué 
fundada por Alonso de Mendoza, en 20 de Octubre de 1548, 
entre las asperezas y quebradas del Valle de Chuquiabo, 
bajo el paralelo de 17^ 18' de latitud y d los 311° de longi- 
tud de Tenerife, por orden del célèbre Licenciado Pedro de 
la Gasca, Gobemador del Perû, terminadas que fueron las 
discordias de Gonzalo Pizarro y sus partidarios, y por esto 
se intitule Nuestra Seflora de la Paz; concediéndola el se- 
ôor D. Carlos V, por armas, varios signos alusivos â esto, 
oomo una paloma con un ramo de oliva y una guimalda de 
flores, un le6n junto é, un cordero y algunas serpientes 6 
culebras enlazadas, con un mote que dice: 

«Los discordes en concordia 
En paz y amor se juntaron, 
Y pueblo de Paz fundaron 
Para perpétua memoria.» 

La Paz, desde entonces ha sido un baluarte inexpugnable 
contra la rebelién, y la que mis ha padecido en las varias 
sediciones de los indios, particularmente en la ûltima revo- 
lucidn de 1781, que fué sitiada por un numeroso ejército de 
mis de treinta mil, que la pusieron en los ûltimos apuros y 
la hicieron sufrir las mayores calamidades y miserias hasta 
que fué socorrida, mostrdndose siempre con aquella rioblexa, 
valor y leaUad que dcclaran sus tftulos, concedidos en Real 
Cédula de 20 de Mayo de 1794, la que, entre muchos otros 
privilégies antiguos que le déclara y confirma, es muy digno 
de atencidn lo absoluto y décisive de su Cabildo en sus 
unuales elecciones de Alcaldes y Regidores, que, con sdlo el 
mero hecho de elegirlos y nombrarlos, entran en el ejercicio 
de sus respectivas funcioncs y jurisdiccidn, sin necesidad de 
ser aprobados ni confirmados por el Gobemador Intendente 
de la provincia, como prescribe la Real Ordenanza de 1782. 

La iglesia de la Paz fué también erigîda en Silla episco- 



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— 538 — 

pal por la Santidad de Paulo V en 1605, siendo su pnmer 
Prelado el Sr. D. Fr. Domingo de Valderrama, del Orden 
de Predicadores, y el actual el Sr. D. Remigio de la Santa 
y Ortega, desde 1799 Obispo antes de Panama, que com- 
pléta cl numéro de 21. Y su Cabildo eelesirfstico consta de 
très dignidades, cuatro Canénigos, très racioneros y dos me- 
dios, con la curia, notarfa y Comisarfas correspondientcs a 
las dem^s catedrales. Los curatos son cuatro: el Sagrario, 
San Pedro, San Sebastiiln y Santa Barbara; los conventos 
cinco de religiosos y dos de religiosas, con un beaterio de 
nazarenas y un hospicio de agonizantes, y, finalmente, un 
Seminario conciliar en que se ensena Latinidad, Filosoffa y 
Teologîa. 

Se venera en la catedral una devotfsima imagen de 
Nuestra Sefiora del Pilar, regalo del Emperador Carlos V, 
y en el Sagraîio otra pequena muy milagrosa de Jesûs Xa- 
zareno, que dicen liaber sudado repetidas veces sangre de- 
lante de todo el pueblo. 

La poblaciôn es de alguna consideracWn, y sus casîu* 
antiguas, cubiertas de tejas y buenas maderas, aunque esca- 
sas y caras; la divide el Alejaribe, hermoso arroyo cristalino 
que baja de la cordillera distante cosa de très léguas, y tiejie 
très puentes de un solo arco de cal y piedra para su paso y 
comunicaciôn. 

En la plaza principal hay una fuente de ogaa delicada» 
de très altos, toda ella de un alabastro <5 jaspe blanco y 
transparente de los m^ estimados. 

El nûmera de sus habitantes sube â 20.000, entre loft 
cuales se encuentran familias muy ilustres. El temperamen- 
to f r£o y tempestuoso, y las producciones, papas, cebada y 
verduras, escasas, de sierra. 

Su industria y artes descuidadas; su comercio de ropas 
para su vestuario, de Buenos Aires, y el idioma vulgar de los 
naturales, el nombmdo aymncd, dialecto del gênerai guichi<^ 
del Perû. 

El valle de Chuquialo, antiguamente Ckîiquiyapû, que 
significa heredad donde nace el oro, indica su abundancia^ 



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— 539 — 

especiabnente en el cen*Q de Himani^ de donde se han sa- 
cado sumas considérables de este precioso métal desde 1681, 
que derrumb<5 un rayo un gran crestôn, y aûn sacan hoy al- 
gunos marcos. 

Las vicarfas y curatos del obispado de la Paz son nu- 
merosos, y sus pagos y provîneias de las mfe pobladas del 
Perû. Todas se comprenden en las seis partidas y Subdele- 
gaciones de la Intendencia, que son: Sicasica, Pacages, I^a- 
recaja, Apolobamba, Chulumani y Osmasuyos; Sicasica es 
de las mayores, recostada al Sur sobre el rîo del Desaguade- 
ro; se extiende como cincuenta léguas al Norte y ochenta al 
Este, dejando la ciudad de la Paz al cuarto cuadrante, y en 
esta distancia al partido de Chulumani. 

Tienen entre losdos 16 curatos grandes, con otros tantos 
anejos, y sobre cincuenta mil habitantes. Al Sur de la gran la- 
gupa de Titicaca, y al Oeste de Sicasica, yace Pacages con 
una extensi(5n de 56 léguas del puente del Desaguadero, que 
la divide de la provincia de Chucuyto hasta la de Paria, y 
40 por donde mas de ancho. Comprende 12 curatos con solos 
très anejos, de los que los très méridionales son del arzobis- 
pado de la Plata, y hasta 25.000 habitantes. Signe al Norte 
de Pacages,y aun de la Paz, la Subdelegaci<5n de Osmasuyos, 
reclinada al S. O. sobre el estrecho de Nmamarca, de la gran 
laguna llamada mis comûnmente de Chucuyto, y con los 
altos y cordillera de Ancuma al N. O., teniendo 40 léguas 
de largo al Norte y unas dieciocho al Este, con ocho curatos 
y 10 anejos, y 45.000 habitantes. Estos mismos Altos de 
Ancuma separan â Larecaja de Osmasuyos, que, apoyada aJ 
N. E. contra las montaôas de la gran cordillera de los An- 
des, poblada de infieles, queda al Sur de la provincia y Mi- 
siones de Apolobamba. 

Sus curatos son 14 y hasta 24 pt^iuefios anejos, entre 
los cuales se cuentan las Misioncs del gran Paytiti, de agus- 
tinos; su extension, sin embargo, no pasa de 36 léguas de 
largo y 10 de ancho, entre las asperezas y quebradas de las 
primeras fuentes del famoso rfo Benl, y el numéro de sus 
habitantes es de 20.000. 



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— 540 — 

Apolobamba, en fin, es el partido màs distante y sep- 
tentrional de esta Intendencia; confina al N. con el Cuzco, y 
se extiende hasta muy cerca de los 14** de latitud contra las 
faldas occidentales de los Andes, y dos brazos no peque- 
ôos del Béni, que baâan su capital y los pueblos de San Juan 
y Pelechuco, que son los de m^s consideracidn. Su extension 
también no baja de sesenta y ocho léguas y poco menos de 
ancho, y su poblacidn de 26.000 aimas, repartidas en ocho 
curatos y vicarfas foràneas, por su distancia, con igual nu- 
méro de anejos. 

La laguna de Chucuyto, Uamada antîguamente de Ti- 
ticaca, la mayor y màs célèbre de sus islas, se halla tendida 
al K O. S. E., entre los paralelos de 16* d 18* de latitud; 
abraza una extension de 50 léguas de largo sobre 25 por 
donde mds ancho, contando desde A râpa y Achaya, pue- 
blos de la provincia de Aràngaro, en la parte septentrional, 
hasta su desaguadero en la méridional. Hacia la villa de 
Pino forma un estrecho 6 garganta que Uaman de Ramis, y 
la divide en dos grandes lagos: el primero del Nortc, como 
de veinte léguas, y el segundo como de treinta, ambos de 
figura elfptica, siendo su fondo de cuatro â seis brazas en 
las orillas, y en medio de cuarenta d cincuenta, sin bajos 6 
escoUos conocidos; de modo que podria navegar en ella todo 
género de embarcaciones. 

Tienc multitud de frondosas islas, en que hacen los in- 
dios grandes labranzas y cosechas de granos y friitos, y crian 
porciôn considérable de ganados, particularmente en la de 
Titicaca, que tiene très léguas de largo y se halla poblada 
de muchas y buenas haciendas; sirviéndose para su navega- 
ci<5n y transporte de balsas de enea 6 tdtora, y de los gran- 
des juncales 6 hierbazales llamados llaehos, que se crian en 
sus orillas y alrededor de las islas con notable espesura, so- 
bresaliendo en partes hasta dos brazas f uera del agua. Estas 
son algo gruesas, pero cristalinas y saludables, tanto para 
los ganados como para los indios de los contomos, siendo 
rauchos los pueblos, y de bastante gentlo, que habitan sus ri- 
beras de todas las provincias. 



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— 541 — 

Los oros, naci<5n bastante estûpida y hiiraôa, eran los 
antiguos habitantes de las islas; y aimque se acomodan va 
^ bajai* y aun vivir en tierra, es s61o en excavaciones 6 cue- 
vas como las vizcaehas, que cubren con ramas y esteras de 
la tôtara. La ordinarîa ocupacidn es la pcsca de vagres, pe- 
gereyes, saches, anchovetas, omantos y buquillas, que crfa la 
laguna en abundancia^ de que asî éstos como los demàs in- 
dîos hacen gran tnCfico; pues s61o los del pueblo de Yungu- 
yo, después de su abasto, venden cada afio sobre mil arrobas 
de buquilla salada^ de 4 d 6 pesos el millar; y lo mîsmo ha- 
cen con la caza de innumerables pàjaros, asf terrestres como 
acurfticos, de la misma laguna, que salados y secos spn gus- 
tosos y de muy buen alimente. 

Fuera de infini tos arroyos entran en la laguna hasta 10 
caudalosos rfos, que bajando, ya de la cordillera oriental, } a 
de la occidental 6 de la costa del mar, cruzan y fertilizan 
todas las provincias, creciendo considerablemente con las 
Uuvias y deshielos <^e las nieves, y uniéndose en ella viene 
d ser la confluencia de todos, sin otro desaguadero que el 
rlo prof undo, que por tal Ueva este nombre en el término de 
los dos Yirreinatos, y coire, como ya indicamos, al Sur; for- 
ma otro nuevo lago, no pequefio, en la provincia de Paria, 
donde se sumerge y resurge después por debajo de la cor- 
dillera hacia el puerto de Iquique, dando origen también, 
como se asegura, al r£o de Ca, que divide las dos provincias 
de Anca y Atacama. Tanto de la laguna de Chucuyto como 
de su isla principal de Titicaca cuentan los indios mil su- 
persticiones fabulosas de su origen, grandeza y antigûedad. 
Ijsl mda vflida es la ruina, incendio y subversion del anti- 
guo pueblo de Anco, convertido en dos pequeilos lagos, que 
se registran hoy junto al de Achocalla de Pacages, justo cas- 
tigo del cielo por los mismos vicios de la antigua Pent^po- 
lîs de la Palestina. También corre muy vîtlida por todas 
estas provincias la predicaciôn de Santo Tome y la apari- 
ci<5n de San Bartolomé, convirtiendo à los indios, cuya tra- 
diciôn autorizan varies vestigios de santuarios y capillas 
arruinadas de la mrfs remota antigûedad, y en la iglesia ma- 



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— 542 — 

> or de Carabuco se venera con gran devociôn la luilagrosa 
<»ruz, grande y de madera f uerte, que se dice haberla dejado 
idll el primero de estos dos Ap^stoles. No son menos cele- 
brados y portentosos el cnicifijo de la advocacidn del Se- 
fîor de las batallas, enviado al piieblo de Huarina por el 
Sr. D. Carlos V, y la iraagen de la Candelarîa del pneblo de 
Copacavana, colocada en 158*^ en uno de los templos màs 
suntuosos y de preciosa arquiteetura del Reino. 

Mas de la grandeza y antiguo poder de los Incas no déjà 
de haber en esta Intendencia, como en el Cuzco. grandes 
nionumentos. El palacio (Je Tia-huanaco, sobre un cerro ar- 
tificial hecho todo de piedra , con fuertes cîmientos y de 
bastante altura, y los sillares del edificio de nueve varas de 
lai'go sobre seis de ancho y alto, labrados y unidos con tan- 
to primor, firmeza V ajuste que, sin ningûn género de arga- 
inasa 6 betûn, se ha conservado siglos. La foi*taleza 6 castî- 
Jlo de Janahuacas, que domina la gran T^aguna; los très ce- 
rros de Coata, hechos de intento de tongas 6 capas de tie- 
n'a de igual espesor, y de una altitra de 20 varas; siendo 
tradicidn constante que en uno de ellos fu<^ sepultado y es- 
condidq el tesoro del (iran Colla, cuando la rebeli<5n y con- 
quista de los Incas; y, finalmente, las dos famosas islas de 
dicha laguna, la una nombrada de San Miguel de Amanta- 
f\i, y la otra de San Rafaël de Jaquila, ambas de mediana 
elevacidn y como de très léguas de circunfcrencia, en cuyas 
cimas se descubren considérables edificios y casas de pue- 
blos antiguos, grandes y medio arruinados, que f ueron cons- 
tnifdos con notable uniformidad é inteligencia, la fôbrica, 
toda de piedra labrada, con b<5vedas, azoteas y plazas regu- 
lares y de muy buena \4sta, son todos monumentos que dan 
raïfs que indicios del gran poder, magnificencia, antiguedad 
y aun cultura de aquel famoso Imperio. Situado este bello 
pafs de toda la Intendencia entre los dos grandes canales de 
la cordillera de los Andes, el oriental, que da origen al Benf, 
que fluye al Maran<5n, y el occidental, llamado de Yilcanola, 
6 de la costa del mar Pacffico, que dividfan an tes los Yirrcî- 
natos: forma im hernioso v dilatadîsimo valle de lonias ten- 






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— 513 — 

<!iilas, al tas y espacioéUï^, cortadas d trechos de vistosas que- 
l»radas y lîafdas de una y otra cordillera, que dan origen â 
infini tos arroyos cristalinos, y aun caudalosos rfos, que la 
<'ruzan y fertilizan. Su temperatura, no obstantc, es ra^s frîa 
y seca, como ya se indice'», que corresponde d su altura de 
[)olo, provenido de la natural elevaoi6n de las tîerras. El 
\ estuario niîCs comûn de las génies es de ropas de paôo; tie- 
nen inuy poco uso las de verano, y est(f solo en los valles 
nvS» bajus y templados. 

Son frecuentes las nieblas densas, los vientos tempes- 
tuosos y nevadas en los inviernos, y en los otofios y priraa- 
vera copiosas las Iku-ias, turbonadas y chubascos, que liacen 
<reeer los rîos, y es el ticMupo de las inundaciones, que au- 
ui(»utan los deshielos con la proxiraidad del sol. 

En las inontanas mils remotas de los Andes y apartadas 
de los pueblos viven de ordinario los infieles, que d veees 
no dojan de causar extorsiones é insultos, descendiendo en 
pequeftos botes d robar los ganados d las estancias y hacien- 
das inmediatas; obligîtndolas d tener guardias, avanzadas y 
destacanientos, y d estar en continuo sobresalto y vigilancia. 
Es paîs montuoso, y por lo regular cubierto de bosques, don- 
de abundan las niaderas de buena calidad para fabricar. Los 
cedros de mediana altura, los canelos, los cacaos, los coco- 
bolos y diferentes palnias, y con especialidad el estimable 
arbol de la quina ô cascarilla, de tan supcrior calidad como 
la lUîCs selecta de I^oja, son muy comunes. Los tabacos, re- 
gulares; las papas, diJces y amargas, de que se hace el chu- 
no; las ocavS, la quinua, la coca, tan introducida y a en los 
espafioles como en los naturales, y de que se hace tan gran 
<ionsumo en todo el PerCi, como en Buenos Aires de la hier- 
ba del Paraguay, habiendo doblado el precio del cesto, que 
no baja hoy de diez d doce pesos; los azficares, la caâahua, 
^emilla frumentîîcea que sirv^e de alimento y para chîclas, 
como la algarroba, cebada y demiCs granos, simientes y le- 
gumbres conocidas , sin escasear las f rutas , berzas y flores, 
son la diaria ocupacidn y el sustento de millares de habi- 
tantes, y el objeto principal de sus labranzas y copiosas co- 



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— 544 — 

séchas, de multîtud de haciendas y floridas quintas, de quo 
esti sembrada toda la campaûa. 

En las estancias se crfa también porcidn considérable d(* 
ganados de toda especie, vacuno, lanar y de cerda, Ilamas 6 
carneros de la tierra, guanacos, alpacas y vicunas, sin contar 
las diferentes espccies de venados de campo y de monte; 
las antas, llamadas también la gran bestia; la capivara, el 
crate, la vizcacha, Hebres, conejos, el leôn, el tigre, los gatosi 
monteses y muchos otros animales silvestres de los cuadrû- 
pedos, en que no se debe de omitîr la chinchilla, cuvas pre- 
ciosas pieles no desmcrecen de las martas sibelinas de Tur- 
qufa; y de las aves, varias especies de perdices pardas gran- 
des y chicas, las de crest^i 6 copete, las tornasoladas, ambas 
de pie y pico Colorado; y del monte, como la mayor parte 
de todos, el macuco, del tamano de una pava regular; los 
cisnes, los avestniccs, los yacus 6 pavas, y, por ûltimo, la 
diversidad de loros, garzas, cardenales y demàs pdjaros de 
laguna y pantano, que los hay riquîsimos y de notable her- 
mosura, y de que se han hecho particulares descripciones 
en otro lugar. 

Los naturales de esta, Intendencia no dejan de ser algo 
industriosos, inclinados â sus artes y labores de campo, y 
amantes de sus contiuuos trajines y comercio de provincia 
en provincia, cont^ndose algunos ramos apreeiables y de 
bastante consideraciôn. Son de este numéro la coca, de que 
hemos hablado; las chalonas 6 carnes heladas, los chuôos, 
pasta de la haiina de las papas; los pescados y p:îjaros sa- 
lados, y otros d este ténor, que Uevan d las pix)vincias de la 
Costa y cambian por vinos, aguardientes, algoddn y otros 
frutos y efectos de que cai-ecen. 

De las lanas ordinarias hacen los indios costales, baye- 
tas, panete, cordellate, mantas, alfombnis, y de las finas, va- 
rios otros tejidos y bordados primorosos para su vestuario 
y adorno: siendo sobre todos estimables los rebozos, la- 
brados de mil maneras con flores de realce, y los paûuelos, 
médias y sombreros de vicuûa; renglones todos bien cono- 
cidos ya, y de consume en esta capital. Mas los de mayor 



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— 645 — 

exportacidn y utilidad es la cascarilla 6 quina, el cacao en 
pasta de Moxos y de Apolobamba, miis mantecoso y reco- 
mendado que el de Caracas; las riquîsimas lanas de vicu- 
flas, guanacos y alpacas, y sus excelentes pellones y pie- 
les y cueros al pelo de média vara de largo, que parece una 
seda; las de chinchilla y cisnes, tan introducidas y estima- 
das en Europa; los lienzos tucuyos del algoddn de Cocha- 
bamba, de que bajan â Buenos Aires 300.000 varas cada 
afio; los azûcares referidos, superiores â los de la Habana; 
los quesos de Paria, comparables d los mejores de Cebreros, 
sin contar otras muchas otras drogas médicinales, pastillas 
de olor suavlsimo y tintes, de todo lo que se podfa hacer im 
suavîsimo y florido comercio. 

No cède tampoco la Intendencia de la Paz :C otra algu- 
na en la riqueza, abundancia y particularidad de sus minas. 
Hemos hablado del famoso cerro de oro de Himani, en el 
valle de Choqueyapû; en el de Chuquiamillo de Sicasica 
fué donde'se encontre aquella admirable pepita de oro de 
subidos quilates y de un tamaflo sin ejemplo, que peso 90 
marcos é importé 11.269 pesos de plata; fué hallada en 
tiempo del Virrey de Castel Fuerte, que la comprd de cuen- 
ta de la Real Hacienda y la remitid al Rey. 

En el cerro de Santiago de la misma provincia, entre 
muchas otras, hay una mina que tiene la particularidad de 
producir oro y plata de una sola veta. Xo han sido menos 
célèbres y opulentas las de plata con 700 vetas reconocidas 
en el pago de Berenguela en Pacages, de donde son tam- 
bién los cristales de roca abrillantados, como diamantes y 
verdes esmeraldas, y la estimadfsima cantera de Calacoto, 
de una pizarra blanca de liCminas transparentes, conocida 
vulgarmente por alabastro de Berenguela, aunque se halla 
también en la provincia de Cochabamba, Porco y otras, y 
es de gran uso para las ventanas y claraboyas de templos y 
casas, preferible y de mayor consistencia que los cristales. 
Las de plata blanca de la Laguna encantada de Laycacota, 
alta y baja, en Pancarcolla, de donde se sac6 una piedra de 
plata maciza que pesd siete arrobas, y el minero Gaspar 

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Salcedo bénéficié en un solo dfa hasta 93 bolas, que se 
evaluaron en 100.000 pesos. Las mur nombradas de los ce- 
rros ininediatos de San José y Cancharàni del mismo pago, 
cuyos metales se queraan y beneficîan con la taquia 6 boni- 
ga del ganado en def ecto de leûa 6 carbdn, y cuyo produeto 
anual, sîn embargo, no baja de 50.000 marcos de plata de 
la mejor calidad. Y ûltimamente, en la provincia de Cliu- 
cuyto se registra el antiguo y poderoso minerai de plata de 
San Antonio de Esquilache, que contaba hasta 36 minas 
amojonadas de las cuales la incomparable nombrada de la 
Fragua llegd û rendir 1.040 pesos diarios de alquiler; sin 
hablar de muchas otras de los mismos metales de las dem^ 
provincias que no se trabajan, 6 por haber dado en agua, 
<S por falta de medios y aun de valor de los habitantes; pero 
ïsin omitir la del cerro del Azogue, al Xorte de Cancharanî, 
que hemos nombrado poco antes de Pancarcolla, que fué 
beneficiada en tiempo del Conde de ^Uba, y mandada ce- 
mu* por el Gobierno, aunque en calidad y abundancia no 
eran inferiores û la de Huancabelica. 

El CapitiCn de fragata graduado D. Antonio Burgunyô 
y Juau es el actual Gobernador Intendente de esta bella 
provincia, y sus fuerzas militares de Milicias disciplinadas, 
segûn el Ciltimo Reglamento del 801, dos regimientos vo- 
luntarios: el uno de infanterfa y el otro de caballerfa, cqp 
450 plazas el primero y 600 el segundo, sin contar las Mili- 
cias urbanas, que se est^n arreglando. 



INTEîa>ENCIA DE PUNO O DE PANCARCOLLA 

La Litendencia de Puno pertenecid desde su prmiera 
instituci6n al Virrcinato de Buenos Aires; mas crcada la 
Real Audioncia del Cuzco por Marzo de 1787, à cuya ju- 
ri.^diccidn se agregd, se hubo de separar y unir al Virrei- 
uato do IJnia por Real Orden de 29 de Diciembre de 1795, 
habiendo manifestado la experiencia no ser iicîl combinar 



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de otro modo por esta Superioridad las providencias y dis- 
posicîones relativas d su policfa y gobiemo, que en lo con- 
tencioso debîan correr bajo aquella tan distante dependen- 
iîia, Componfase de cinco floridas y opulentas provincias, 
todas de alto fuerte, que no ceden à ningunas otras del 
Perû en las riquezas de sus minas, excelencias de sus terre- 
nos, copia de ganados, frutos preciosos y demàs ventajosas 
proporciones para la Agricultura y Comercîo. 

Son estas, por su orden, la de Pancarcolla 6 Puno, que 
es la capital; la de Cliucuyto, la de Carabaya, la de Lampa 
y la de Azangaro. Las dos primeras pertenecen al obispado 
de la Paz; las très restantes al del Cuzco; y aunque fuera 
ya de los términos que nos hablamos prescrito en nuestra 
relaci<5n, por la afinidad 6 enlace que aûn conservan los 
asimtos politicos y de Real Hacienda, y la Intima conexidn 
de los negocios mercantiles, no nos podemos desentender 
ni dejar de dar aquellas noticias màs importantes y conve- 
nientes para dar luz y conocimiento de todos ellos. 

La situaciôn corogràtica es del otro lado, 6 d Occidente 
de la Gran Laguna de Chucuyto y de su desagûadero, y 
sus fondos hacia las faldas orientales y contra la gran 
piema de cuchilla nevada 6 cordillera de los Andes, Uama- 
da de Vilcanota, que antes era el If mi te de los dos Virrei- 
natos, y en el dîa lo ha venido jC ser el ref erido desagûa- 
dero de dicha Laguna desde la citada scparacidn de esta 
Litendencia de la de Buenos Aires. 

Pancarcolla 6 Puno, que es la capital, es tambidn el par- 
tido de mayor extension, que no baja de sescnta y ocho lé- 
guas de largo y veintiocho de ancho, y se halla como ancla- 
da entre la cabeza septentrional de la laguna de Titicaca 6 
Chucuvio, cuya Subdelegacidn queda al Sur; la cordillera 
de la Costa éi Occidente, y al Norte las provincias de I^ampa 
y Casabaya, El pueblo de Pancarcolla tué antiguamente la 
capital de esta provincia en tieînpo de los Corregimientos; 
después lo fué el de Huancome, San Luis de Alba, asiento 
de las riquisimas minas de Lascacota, que tenfa sobre très 
mil casas, y fué mandado asolar por el Conde de Lemos d 



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causa de la revoliicidn é inquiétudes del aûo 1 6G8, y ûltinifl- 
mente lo ha venido d ser Nuestra Sefiora de la Concepcidû 
y San Carlos de Puno, llamado antes San Juan Bautista, 

Su poblacidn es de 26.000 habitantes repart ida en ocho 
curatos con igual numéro de anejos, siendo loî§ in^s nota- 
blés el de Puno, con dos iglesias de espafloles é indîoB; el 
de PancarcoUa; el de Coata, con otra îgksia niuy e<?lehré 
dedicada â la Presentacidn de la Virgen Marîa; cl de Moxq, 
el de San Pedro de Vilgues y el de Huancanéj que tiene 
una capilla con una bella imagen de la Concepcîdn pîntada 
en la pared. 

El partido de Chucuj^o rodea la parte austral de la 
Gran Laguna d que presta su nombre, situado entre Pao- 
carcolla y Osraasuyos, y la cordilleni de Oocidente haeia 
Moguechua. Se extiende 25 léguas de N. â S» y Hil de E, â 0^ 
y en su distvito se encuentran hasta 20 curatos y aJgimoâ 
anejos, cuyas iglesias y capillas, eon especialidad ht^ dt- los 
curatos de Pomata, tituladas de Santiago, San Miguel y Saa 
Martîn, son de muy hermosa arfiuitectiirjL y bîen adornadîis, 
y el numéro de sus habitantes 80.000, 

Chucuyto es una de las ciudades uuU bien situadas y de 
mejor vista; domina la laguna y nmchas de sus ihla;^ desde 
la altura de polo de 17**, y es el paîs mrfs divertldo y de 
mayores comodidades del reino, aunque algo niîfe Wo, que 
corresponde al clima. Sus Gobernadores antiguos eran Capî- 
tanes générales de las provincias inmediatas, y iilgumiâ de k 
Costa, con el mando polltico y Vicepatroimto* Di&ta solo cua- 
tro léguas de San Carlos de Puno. 

C'arabaya signe como al N. O. de Punoyal, Norte de 
Lampa y Ardngaro, siendo su distrito de 40 léguas N, S. y 
de 50 E. ()^ confinan sus ultimes tdrminos sej)tt'ntnonalc*î^ 
con los del Cuzco^ mediando el caudalosu rfo Ynambarl, par 
otro nombre Ocayale, que fluye al Maraûdn, y las tieiras de 
los indios infieles carangiies y siima^ht/anes. Su jurisdicci<5a 
abraza seis grandes curatos: el primen>, que es de Sandia, 
capital de la provincia, tiene ocho anejosj lo^* dos de Coaia 
y Ayapata, cada uno con cinco anejos; el de San Juan del 



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Oro y el de la Para con otras dos cada uno, y ûltimamente 
el curato de Aporama, que es rayano à los indios chunchos. 

El numéro de sus habitantes no baja de veintîocho mil. 

Lampa es la provincia màs poblada de esta Intendencia; 
«1 numéro de sus habitantes llega à. 37.000, aunque su ex- 
tension no pasa de treinta léguas N. S. y 20 E. à O. Hdlla- 
se situada, segûn la primera direccién, entre Carabaya y 
PancarcoUa, con parte de la Gran Laguna, y en la segunda 
•entre las de Azangaro y Arequipa, y aun Moguechua, d Occi- 
-dente. 

Sus curatos son 12: el de Lampa, su capital, con un 
anejo nombrado Calapuja; el de Atuncolla, el de Cabam'lla, 
el de Ayaviri, el de Cabafla, el de Orurillo, el de Juliaca, el 
■de Maûazo, Pucara, Nmloa y Macari, cada uno con un 
anejo; y, por ûltimo, los dos de Caracoti y Omachiri, cada 
uno con otros dos anejos, que todos ellos se pueden consi- 
derar como otros tantos pueblos de bastante gentio. 

Atuncolla, que hoy es de los menos poblados, tué anti- 
guamente la corte del Gran Colla, cuyo palacio principal, de 
figiura triangular y de sillares de un tamaîio desmedido, 
•como los de la f ortaleza del Cuzco, se registra en una isla . 
de très cuartos de légua de circunferencia, de una gran la- 
guna inmediata de très léguas, llamada Chiilpia: y no lejos 
del pueblo de Santa Rosa, anejo del curato de Nuûoa, hay 
un pozo Uamado del Inca que ensancha abajo à manera de 
un embudo, y cuya agua tiene el gusto, olor y color de la 
chicha de mafo, y la usan los naturales como tal, causàndo- 
les los mismos efectos. 

En los curatos de Pucarà y Ayavirf se ven también otros 
varies vestigios de palacios, castillos y fortalezas semejantes, 
muy arruinados del tiempo y aun de los codiciosos de teso- 
ros escondidos, como se explica el autor de donde hemos 
sacado estas ûltimas noticias. 

Al Oriente de Lampa y à Occidente de Laricoja yace, 
finalmente, Axdngaro, que es la menor y màs corta de las 
Subdelegaciones de Puno. Su jurisdiccidn no pasa de veinte 
léguas en ambos sentidos de ancho y largo, aunque de figu- 



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ra irregular, terminando al Norte con la de Carabaya, y si 
Mediodfa con las cabeceras orientales de la Gran Laguna de 
Chueuyto y algo de PancarcoUa. Comprende nueve curatos: 
el de Ax^ngaro, su capital, con très anejos en los minérales; 
Oro, Poto, Ananca y Mufianf, el de Santiago de Papuja, el de 
Asillo, el de Arepa, con la villa de Betanzos por anejo, el de 
Canvinaca con otros dos, el de Chupa con otro, el de Sumàn, 
el de Jaraco, y ûltimamente el de Pusi. Siendo en todos el 
numéro de sus habitantes solo 3.000. En este pueblo de 
Pusi se nota un raro manantial, en cuya agua sobrenada 
un aceite que sirve para alumbrarse, y en Asillo hay una 
mina abundante de plomo y una laguna de agua salada, de 
que se surte toda la provincia. 

Riegan y amenizan el vasto cant<5n de esta Intendencia 
crecidos arroyos y caudalosos rîos, que provîenen los m^s de 
los derrames y caîdas de la cordillera de Occidente, que 
hemos nombrado de Vilcanta; y después de un tortuoso 
giro que no baja de cincuenta léguas, y en algunos sube éi 
ciento, desaguan todos en la gran laguna de Chueuyto. Los 
màs notables son el de Suches, que baja de la provincia de 
Arequipa y cniza la de Lampa; el de Hilave y otros de la 
de Chueuyto; los de Ayavîri, Nufioa y varies otros de la de 
Lampa: y, finalmente, los de Juraco y Axàngaro, que se unen 
al de Huancane y f orman una misma confluencia en la la- 
guna, d très léguas de este pueblo, antigiiamente capital de 
Pancarcolla. En la de Carabaya principalmente corren mu- 
chos otros al Norte, y desaguan en el nombrado Jerambari, 
de que dijimos iba al Maraûdn. A màs de esto hay muchas y 
muy hermosas lagunas, de que hemos citado varias, y asf en 
ellas como en los rîos se da copia de sabrosos pescados, 
vagres, omantos, suches, boquillas y anchovetas; los s^balos 
y los dorades grandes se matan à tiro de fusil y de flécha 
en Yuambarf, y del chini helado y de la boquilla salada diji- 
mos ya anteriormente, como asimismo de la caza y salazdn 
de los pàjaros de laguna, de todo lo que hacen los indios no 
pequeûo tràfico. 

Como la cordillera tiende sus redobladas lomas coa 



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un progresivo descenso y proporcidn hasta las cercanîae 
de la laguna, el pais en gênerai es mâs frfo que corresponde 
d su altura de polo, y las tierras m^ elevadas que lo regu- 
lar, aunque hay sus quebraduras y Uanuras 6 valles muy 
amcnos y frondosos, como en las dem^ Intendencias. 

Los frutos y producciones que màs abundan son, por 
consiguiente, los de puna 6 de montaûa: cocales inmensos 
que suelen dar très y cuatro cosechas al aûo; las papas 
amargas, de que hacen el chuno; la quiraia y caôagua, el 
arroz, la cebada, el millo 6 maf z, la cana de azûcar, y en los 
bajos no faltan verduras, frutas y flores de toda especie. 

Con la excelencia y abundancia de los pastos, y los fre- 
cuentes abrevaderos, se crfa porciôn muy considérable de 
ganado mayor y menor, de cerda, caballar y mular: alpacas, 
guanacos, cameros de la tierra 6 llamas, vicufias, venados: 
vizcachas, especie de liebres grandes que liacen cuevas; 
cuves, aperças, caprivaras, antas, tigres, leones, y no escasean 
los patos, perdices, palomas y loros de variedad de especies, 
avestruces, ^uilas y multitud de otras aves de rapina y 
granfvoras. 

De las lanas, reputadas por las mds exquisitas que se 
conocen, fuera de la crecida exportaci<5n fabrican las in- 
dias de las de vicufia y guanacos varios tejidos de gusto y 
curiosos, labrados para sus mîîs lucidos vestuarios y galas, 
en que emplean diversos tintes, y de las de alpaca hacen 
alfombras muy vistosas con variedad de dibujos y labores: 
mantas y ponchos, pabellones muy estimados, sobrecamas y 
otras ropas de mucho uso, abrigo y provecho; y, por ûltimo, 
las alpacas son aquellos cueros para los pies, tan eelebrados, 
que sîrven de tapete para las salas de estrado mjîs bien 
adornadas, y que recomîendan con empeno hasta de Madrid. 

De la came helada de la oveja, llamada chalona, sacan 
también gran utilidad, y mucha m^s del sebo colado, cuyo 
quintal venden à 10 pesos, y de todo trafican é, las provin- 
cias de la costa en cambio de vinos y aguardientes, y génè- 
res 6 frutos que les faltan. 

Pero la impondérable riqueza de estas bellas provincias 



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ha sido en todo tiempo las minas. Carabaya es la màs opu- 
lenta de toda la Âmérica en el mes exquisito de todos los 
metales. Hasta 40.000.000 de pesos ha dado en oro, sin lo 
extrafdo por alto. De aquélla salieron^ entre otras, aqucUas 
mémorables pepitas de oro puro que pasaban de cuatro arro- 
bas, figurando la cabeza de un caballo la una, y la otra la de 
un hombre, y fueron regaladas d los seûores Reyes Carlos V 
y Felipe II, en 1553, por los primeros fundadores de la Villa 
Impérial de San Juan del Oro; que siendo desertores del 
ejército de los Pizarros, fueron por ello iudultados en tiempo 
del Virrey D. Antonio de Mendoza. 

Sembrado parece se halla todo el terreno de esta pro- 
vincia de tan precioso métal, y es nombrada la fuente de la 
plaza de Ayapata, donde se encuentran, siempre que se lim- 
pia, muchos granos y hojitas de 6L También ha sido célèbre 
el eerro de Anaaco, de Axàngaro, que hoy cubren las nieves 
y no produce tanto sino con mayores gastos. 

Mas si son ponderadas las minas de oro, no lo son me- 
nos las de plata, que han fijado particularmente sobre aqué- 
Uas la atencidn de todos, por su gran utilidad y menos cos- 
tos de su bénéficie. 

^,No hablamos ya del asolado pueblo de San Luis de Alba, 
antigua capital de Puno, digno de mejor suerte, como feliz 
asiento del cerro de Laicacota, émulo de Potosf por la mul- 
titud y extraordinaria riqueza de sus vetas y minas de plata 
blanca? ^No hicimos también alto en el poderoso minerai de 
San Antonio de Esquilache y sus 36 minas de Chucuyto?«. 
Pues no son menos admirables las del cerro de Ucuntaya, 
descubiertas en 1709 entre los pagos de Corani y Ollachea, 
anejo de OUapata, el paîs m^ sano y de mejor temperamen- 
to de Carabaya, que llegaron d dar hasta 4.700 marcos por 
cajôn. Y lo mismo, finalmente, p