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Full text of "Historia de El Salvador"

TALLERES 

DE 
(CUADERNA 
¡ION DE LA 
IMPRENTA 
NACIONAL 

SAN SALVADOR 

C. A. 




Y 



# 



HISTORIA ANTIGUA 

Y DE LA 

CONQUISTA DE EL SALVADOR 



HISTORIA 



DE 



EL SALVADOR 



TOMO I 

ÉPOCA 
ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA 

POR EL 

Dr. Santiago I. Barberena 

ABOGADO E INGENIERO 



OBRA ESCRITA POR COMISIÓN DEL SUPREMO GOBIERNO 
Y EDITADA POR SU CUENTA 




1914 

SAN SALVADOR — IMPRENTA NACIONAL 



A mi Esposa y a mis Hijos 



PRÓLOGO 




OR Decreto de 7 de octubre de 1912 
se organizó una comisión encar- 
gada de escribir la Historia de 
El Salvador, y se me hizo la 
inmerecida honra de encomen- 
darme la parte relativa a la épo- 
ca precolombina. 

Inmediatamente que se me co- 
municó el nombramiento emprendí 
viaje a México, en demanda de 
varias obras que me era indispensable tener cons- 
tantemente a la vista para llenar mi cometido, y 
gracias a la suma bondad del entonces director del 
Museo Nacional de aquella República, el docto ame- 
ricanista y notable jurisconsulto D. Cecilio A. Rovelo, 
me fueron obsequiadas por ese establecimiento bue- 
na parte de las obras que yo buscaba, y por otros 
medios conseguí algunas más. 

Entre esas adquisiciones, concedo capitalísima 
importancia a la del libro titulado Tamoanchán, es- 
crito por el ilustre Arzobispo Dr. don Francisco 



VIII PROLOGO 



Planearte y Navarrete, cuyas sagaces investigacio- 
nes e ingeniosas teorías respecto a los aborígenes 
de México y la América Central han sido para mí 
un precioso auxilio para resolver muchas dificulta- 
des y conciliar doctrinas al parecer incompatibles. 

En el curso del presente trabajo citaré las obras 
que he utilizado para escribirlo, y desde luego ad- 
vierto al lector que si no todas las citas van entre 
comillas es porque con frecuencia he suprimido, en 
obsequio de la brevedad, toda palabra y aun frase 
que no consideré esencial o pertinente a mi objeto. 

He dividido mi obra en cuatro partes: 

En la primera clasifico y resumo las principales 
hipótesis respecto al origen de los indios america- 
nos, cuestión a que no se ha dado todavía una so- 
lución plenamente satisfactoria, pero sí se ha hecho 
ya suficiente luz para que se pueda reconocer cuál 
es hoy por hoy la hipótesis más plausible y la que 
cuenta con mayor número de votos entre los ame- 
ricanistas. 

En la segunda estudio las tres grandes razas 
(amerindas, nahoas y ulmecas) de que procedían los 
pueblos que habitaban en la época precolombina el 
actual territorio de Ei Salvador. 

En la tercera he consignado la historia de esos 
pueblos, pobrísima de indicaciones cronológicas y ge- 
nealógicas, pero bastante rica de datos respecto a 
la cultura general, creencias religiosas, costumbres e 
instituciones de ellos y con relación a los monumen- 
tos arqueológicos que nos dejaron. 



PROLOGO IX 



Y en la última refiero cómo y cuándo conquis- 
taron los españoles estos países, extendiendo mi re- 
lato hasta la fundación de San Salvador. 

La escasez de documentos históricos de concre- 
ta referencia a los aborígenes de El Salvador la he 
subsanado en gran parte tomando en consideración 
que los pipiles que constituían el principal de dichos 
pueblos, puede decirse que eran puros mejicanos y 
que por ende puede aplicarse a aquellos, mutatis mu- 
tandis, cuanto se sabe respecto a éstos. He puesto 
también a contribución varios relatos notoriamente 
legendarios, pero que encierran un gran fondo de 
verdad. Con muy justa razón dice Vallet de Virivi- 
lle en sus Etudes sur /' Alchimie que partout oú vous 
voyez une légende, vous pouvez étre sur, en allant 
au fond des choses, que vous trouverez une histoire. 

Quizás algunos consideren lacónico y aun defi- 
ciente este libio, sin tomar en consideración que hay 
muy poco paño que cortar. Creo haber aprovechado 
todo el material de aceptable calidad con que podía 
contar para escribirlo. El señor Milla sólo consagró 
a la época precolombina 75 páginas del primer to- 
mo de su Historia, y eso que su obra se refería a 
Centro -América en general, en tanto que la mía se 
refiere solamente a El Salvador, que apenas represen- 
ta ' „. del territorio centroamericano. 

Creí indispensable exponer, siquiera a grandes 
rasgos, las principales teorías que se han formulado 
respecto al origen de los aborígenes de América, 
cuestión que constituye a mi entender la introducción 



PROLOGO 



obligada a la historia antigua de los pueblos del 
Nuevo Mundo 

Quizás habrá más de un crítico que juzgue que 
no debí ni mentar siquiera las escuelas autoctonistas 
y mucho menos manifestar simpatías por ellas. Lo 
que yo lamento a ese respecto es que la índole de 
los estudios a que me he dedicado no me haya per- 
mitido desarrollar esas teorías con la extensión que 
merecen. Entre el mismo clero católico hay escrito- 
res que hablan de ellas con un respeto rayano en 
franca adopción, como lo comprueba el artículo sen- 
sacional publicado en la Revue du clergé frangais 
el mes de julio de 1911, escrito por el P. M. A. 
Bouyssonie, producción que provocó un hermoso 
juicio crítico de M. Marcellin Boule, director de 
U Anthropologie. 

Sabido es que los PP. Bourgeois y Delaunay 
se han mostrado más avanzados que muchos geólo- 
gos, llegando a fijar la época terciaria como la más 
probable en que ha tenido lugar la aparición del 
hombre. 



Índice 



PRIMERA PARTE. 
Origen y caracteres de la raza americana. 

Págs. 

Capítulo I. —Hipótesis tradicionalistas respecto a la pro- 
cedencia de los aborígenes del Nuevo Mundo... 1 

Capítulo II. — Las hipótesis autoctonistas 19 

Capítulo III. — Antiguas rutas posibles de uno a otro Conti- 
nente 36 

Capítulo IV. — Las razas americanas 49 

Capítulo V. — Detalles complementarios respecto a la raza 

americana y grandes divisiones de la misma... 67 



SEGUNDA PARTE. 
Las razas indígenas de El Salvador. 



Capítulo I. —El pueblo primitivo o autóctono 73 

Capítulo II. — Pupulucas, chontales, chortíes, pocomanes y 

lencas de El Salvador 81 

Capítulo III. — La familia nahoa 95 

Capítulo IV. — La familia ulmeca o maya-quiché 116 

Capítulo V. — La cultura ulmeca y su influencia civili- 
zadora 137 



XII INDICR 



TERCERA PARTE. 

El Señorío de Cuzcatlán. 

Págs. 

Capítulo I. — Establecimiento de la nacionalidad pipil 155 

Capítulo 11.— Cultura de nuestras razas indígenas, especial- 
mente de la pipil: lenguaje y escritura 173 

Capítulo III. — Conocimientos científicos de los nahoas : su 

Calendario y su Sistema de Numeración 184 

Capítulo IV. —Medicina e Historia Natural de los nahoas: 

su agricultura y su alimentación 201 

Capítulo V. — Artes e industrias de los pipiles 213 

Capítulo VI. — Instituciones políticas, civiles y militares de 

los aborígenes de El Salvador 225 

Capítulo VII. — Ideas religiosas y supersticiones de los pi- 
piles 234 

Capítulo VIII. — Monumentos arqueológicos de El Salvador... 247 



CUARTA PARTE. 
Conquista del Señorío de Cuzcatlán y fundación de San Salvador 



Capítulo I. — Breves consideraciones respecto a la vida y 
hechos de Cristóbal Colón y a la historia 

del descubrimiento de América 257 

Capítulo II. — Los precursores de Colón y el origen y funda- 
mentos de su proyecto 265 

Capítulo III. — Los cuatro viajes de Cristóbal Colón a 

América 273 

Capítulo IV. — Últimos años de Colón— Honores postumos 
que se le han tributado— Origen del vocablo 

« América » 283 

Capítulo V. — Primeros conquistadores del suelo centro- 
americano después del cuarto viaje de Cristó- 
bal Colón 293 

Capítulo VI. — Conquista de Guatemala 302 

Capítulo VII. — La conquista de Cuzcatlán. 309 

Capítulo VIII. — Fundación de San Salvador 321 

Capítulo IX. — Datos relativos a la vida y hechos de D. 

Pedro de Alvarado 330 

Capítulo X. — Continúa la biografía de Alvarado 346 

Capítulo XI. — Muerte de don Pedro de Alvarado y detalles 

complementarios acerca de él 361 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA 

PRIMERA PARTE 

ORIGEN Y CARACTERES DE LA RAZA AMERICANA 

CAPITULO PRIMERO 

Hipótesis tradicionalistas respecto a la procedencia 
de los aborígenes del Nuevo Mundo 

1. — Inmediatamente después del maravilloso descubri- 
miento realizado por Cristóbal Colón, que es, sin duda, el 
más grave y trascendental de los hechos iniciales de la edad 
moderna, comenzó la reducción y conquista de los nume- 
rosos y extensos territorios del Continente Occidental, y a 
la vez se principió a estudiarlos, tanto para regirlos conve- 
nientemente, como para mejor explotarlos. 

Entre la multitud de personas que a partir de 1492 
vinieron a América, hubo desde un principio unas cuantas 
que por razón del ministerio que ejercían, o por pura afi- 
ción a las letras y anhelo de honra y provecho, se dedica- 
ron a investigar la historia de estos países y a describirlos, 
desde diversos puntos de vista, previo aprendizaje de las 
lenguas y examen de las costumbres y creencias de los 
pueblos que los habitaban. Entre la chusma misma de aven- 
tureros incultos y rapaces que formaba el grueso de las 
falanges conquistadoras, hubo también algunos individuos a 
quienes les fué preciso, por la posición oficial que alcanza- 

1 



SANTIAGO I. BARBERENA. 



ron, rendir informes más o menos extensos e interesantes, 
que contribuyeron a difundir por el mundo entero nociones 
relativas a las tierras descubiertas por el inmortal marino 
genovés. 

Aún no habían transcurrido cincuenta años desde la 
citada fecha, y ya se contaba con un respetable repertorio 
de informes, itinerarios, crónicas, relaciones de viaje, voca- 
bularios, gramáticas, &, &, concernientes a América. 

Como es natural, una de las principales cuestiones que 
abordaron los americanistas de antaño fué la del origen de 
los naturales de esta parte del globo, cuestión peliaguda y 
muy por encima de los saberes de esos escritores, como 
que hasta ahora no ha sido plenamente resuelta, no obs- 
tante el inmenso cúmulo de datos pertinentes que se ha 
reunido, y la excelencia de los métodos y criterios que pa- 
ra ello han puesto a contribución los americanistas de ogaño. 

No obstante lo antedicho, preciso es reconocer que se 
ha hecho mucha luz respecto a esa cuestión, bastante para 
discernir cuál es la única solución plausible, o por lo me- 
nos la más atenta y conforme al espíritu de la ciencia mo- 
derna; mas falta esclarecer muchos detalles, dar los últimos 
toques maestros á ciertos puntos capitales, para que esa 
solución presente el esplendor y fuerza suasoria que entraña. 

2. — Sumamente fastidioso y poco menos que superfluo 
sería hacer especial mención de cada una de las teorías que 
se han formulado acerca del origen de los indios america- 
nos y de su cultura en la época precolombina, por lo cual 
y para mayor claridad las reduciré a dos escuelas extremas, 
cada una de las cuales comprende dos grupos distintos 
entre sí: 



I. — Tradicionalista 
II. — Autoctonistas 



:a) Puros o primitivos. 

{ b) Sólo respecto al origen. 

C c) Radicales. 

{ d) Sólo respecto al origen. 



a) Las teorías de los tradicionalistas puros o primiti- 
vos, fraguadas a influjo, más o menos explícito, del mono- 
genismo bíblico y de las tradiciones relativas al diluvio 
universal, a la descendencia de Noé y a la dispersión de 
los pueblos a consecuencia de la construcción de la torre de 
Babel, tienen todavía numerosos y respetables partidarios 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 3 

entre los americanistas actuales y son las que generalmen- 
te se exponen en los libros destinados a la enseñanza de 
la juventud, y son por consiguiente las más conocidas. Se- 
gún las teorías de este grupo los pueblos americanos y la 
cultura que alcanzaron en los tiempos precolombinos proce- 
den del Antiguo Mundo. 

b) Los representantes del segundo grupo, no querien- 
do apartarse de las doctrinas bíblicas, reconocen que el 
hombre americano es originario del Antiguo Continente, me- 
jor dicho del Asia, donde según la mayoría de los exégetas, 
fué creada la primer pareja humana; pero sostienen que la 
•civilización de nuestros indios antes de 1492 era genuina- 
mente vernácula. 

c) Los autoctonistas radicales, cuyo número aumenta 
cada día más y más, sostienen que la raza americana nació 
y se desarrolló en esta parte del mundo, independientemente 
de toda otra raza, hasta las postrimerías del siglo XV de la 
era cristiana. 

d) Los americanistas del cuarto grupo se diferencian 
de los del tercero en que admiten inmigraciones e influen- 
cias extranjeras en la época precolombina. 

3. — Yo me he inclinado siempre a aceptar las teorías de 
los americanistas del cuarto grupo, sin desconocer que aun 
falta mucho para que pueda decirse que están sólidamente 
establecidas (1). 

Ya varios escritores centroamericanos se han pronuncia- 
do categóricamente en pro del autoctonismo de los aborí- 
genes del Nuevo Mundo: el licenciado D. Antonio Batres 
Jáuregui en su libro sobre Los Indios dice: «Innumerables 
años han venido corriendo desde que, en edad ignota, en 
esta tierra nació, aquí se multiplicó y aquí creció, esa raza 
cobriza, que es la raza americana». Y D. Francisco Casta- 
ñeda, en el folleto que publicó con el título de Una ciudad 
histórica declara que esa doctrina «es la más conforme con 
las ciencias modernas». 

Con todo, preciso es confesar que, aun desechando to- 
do prejuicio que pudiera supeditar el criterio, el estudio 
atento de los extensos trabajos de los partidarios del au- 
toctonismo de la raza americana deja en el espíritu una 



(1) Así piensa el eminente autor del Manuel d'Archéologie américaine, M. H. 
(BEUCHAT:) «Se puede, dice, admitir que en rigor la civilización precolombina del Nuevo 
Mundo era puramente americana, más en el estado actual de nuestros conocimientos, 
.no cabe decir otro tanto del hombre americano». 



SANTIAGO I. BARBBRENA. 



fuerte impresión de duda, respecto a que la evolución ge- 
neradora del hombre se haya verificado en el Nuevo Mundo. 

4. — Las teorías tradicionalistas remontan a los primeros 
tiempos de la conquista, y han sido expuestas y amplia- 
mente detalladas en diversas obras, a partir del siglo XVI, 
algunas de las cuales obras han obtenido justo renombre, 
por la multitud de curiosos datos que contienen, tales como 
la del alemán Jorge Horn, la de Fray Gregorio García, la 
del Dr. Diego Andrés Rocha, la del judío holandés Menasseh 
ben Israel, y otras pocas más, que fueron las principales 
fuentes de erudición de los americanistas hasta mediados 
del siglo xvm. 

Para unos de esos autores nuestros indios proceden de 
los cartaginenses, venidos de Cádiz hace unos 2,200 años; 
para otros descienden de los fenicios; para otros de los 
chinos y tártaros; éste sostiene que pasaron de la famosa 
Atlántida, aquel que vinieron del rico país de Ofir, esotro 
que son de origen escita, purísimos polacos; varios 
afirman que América fué poblada por españoles, venidos en 
tiempo de Tubal y de Héspero, y que después llegaron las 
diez tribus que en tiempo del rey Osias expulsó Salmanazar, 
rey de los asirios; otros opinan que los habitantes primiti- 
vos del Nuevo Mundo fueron los Hunos, quienes pasaron 
100 años antes de C, por el N. E; otros sostienen que los 
progenitores de la raza americana vinieron del país de 
Gales; &, &, &. 

Por mucho talento, laboriosidad y espíritu de observación 
que concedamos a los creadores de esas hipótesis, es notorio 
que carecían de los conocimientos antropológicos y lingüís- 
ticos indispensables para tratar convenientemente de la ardua 
cuestión del origen de los pueblos americanos; y que estaban 
imbuidos de numerosas patrañas respecto a las ciencias 
físicas y naturales. 

Varias de esas hipótesis han tenido siempre y tienen 
aún entusiastas partidarios, que las han aderezado a la 
moderna, con valiosas y peregrinas observaciones; más la 
única conclusión razonable que de la respectiva exposición 
se desprende, es que en época más o menos remota, hubo 
relaciones más o menos íntimas y frecuentes entre los 
habitantes de América y los pueblos del Antiguo Mundo de 
que se pretende proceden nuestros indios. Tales exposiciones 
son, por lo demás, muy dignas del estudio, como veneros 
de preciosos datos para llegar a una solución razonable. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 5 

No pocos de los tradicionalistas actuales apelan al 
cómodo subterfugio de hacer caso omiso del origen propia- 
mente dicho de los pueblos americanos, y se concretan a 
hablar de inmigraciones e influencias de otras razas. 

5. — Considero como corifeo de los tradicionalistas mo- 
dernos al barón Alejandro de Humboldt, quien por su 
ilustración enciclopédica, largos viajes y numerosas obras, 
gozó de inmensa autoridad científica entre los americanistas 
de la primera mitad del siglo pasado, y cuyas opiniones 
son todavía citadas y comentadas con alto aprecio (2). 

Humboldt, fundado en diversas semejanzas que con 
ingenio y buena voluntad encontró entre las creencias y 
ritos de algunos pueblos del extremo oriente asiático, en 
unas cuantas palabras chinas y tártaras que según él 
pertenecen también, parce detorta, a los idiomas mejicanos, 
y en otras varias consideraciones, se declaró decidido pro- 
pagandista del origen asiático de los indios americanos. 
Para él, los toltecas, o los aztecas, que para el caso es lo 
mismo, es probable sean «aquellos Hiongsnoux que según 
las historias chinas emigraron con su Jefe Punon, y se 
perdieron en el Norte déla Siberia». (Ensayo Político sobre 
Nueva España, t. I, c. vi). 

Humboldt tuvo numerosos secuaces entre los america- 
nistas de su tiempo y sus ideas prevalecieron durante 
muchos años. Entre las numerosas obras que inspiró figura 
la curiosísima memoria de Fray Manuel C. Nájera titulada 
De lingua othomitarum dissertatio, en la que este lingüista 
aduce cuarenta y tres ejemplos sacados de la gramática 
china de Remusa, para demostrar que la construcción de 
las oraciones es bajo muchos conceptos idéntica en ambos 
idiomas. 

Incontables imitadores ha tenido después el P. Nájera, 
especialmente en la América del Sur. En 1871 publicó el 
filólogo peruano D. Vicente Fidel López un extenso trabajo 
titulado Les races aryennes du Perou, tendente a demostrar 
que la lengua quichua es purísimo sánscrito; teoría que fué 
rudamente combatida por M. V. Henry en el 2 o Congreso 
Internacional de Americanistas (Luxemburgo, 1877), y creo 



(2) Y como precursor de los autoctonistas actuales al botánico Guillermo Bartram, 
quien en sus Travets throngh Florida (Londres, 1791) fué el primero que impugnó a 
Humboldt, declarando que ninguno de los monumentos y cosas examinadas por él en 
conjunto, acusaba el más mínimo signo de las artes, ciencias o arquitectura de los ha- 
bitantes del Antiguo Continente. 



SANTIAGO I. BARBERENA. 



que con muy justa razón, pues es bien sabido que el sáns- 
crito nunca fué hablado, que es un idioma artificial, establecido 
para fines religiosos, y que los etnógrafos ya no conceden 
la suprema importancia que antes concedían a la raza aryana, 
tenida hoy por algunos aún como un simple mito, según 
puede verse en El Prejuicio de las Razas de Juan Finot, y 
en su reciente folleto titulado La agonía y la muerte de las 
razas. 

Otro filólogo peruano, Dr. Pablo Patrón, ha publicado 
varios trabajos con el propósito de demostrar que el quichua, 
el aymará, el atlentiac, y en general la cultura incásica son 
de origen súmero-asirio; más el conocido americanista ar- 
gentino D. Samuel Lafone Quevedo, del Museo de La 
Plata, publicó en 1901 un artículo crítico a ese respecto, en 
los Anales de la Sociedad Científica Aregentina, en que hace 
ver que no es admisible que dos lenguas desemejantes, 
como lo son el súmero y el asirio (el primero mongólico y 
el segundo semítico) sean a la vez origen de dos idiomas 
americanos, también diferentes entre sí, el quichua y el 
aimará. 

Citaré también al orientalista venezolano D. B. Tavera 
Acosta, que hace pocos años hizo imprimir su Venezuela 
Precolombiana, «contribución al estudio de las analogías 
idiomáticas y etnológicas de nuestros aborígenes con los 
del Continente Asiático y al de los petroglifos venezolanos»; 
obra que revela mucha erudición y suma laboriosidad; pero 
que no conduce a resultado ninguno de positiva importan- 
cia (3). 

A pesar del escaso éxito de esos trabajos, hechos con 
más entusiasmo que discreción, hay muchos americanistas 
que tienen profunda fe en la eficacia de los estudios 
comparativo -lingüísticos. Recuerdo que D. Francisco Fer- 
nández y González, en una conferencia que pronunció en 
el Ateneo de Madrid el 29 de febrero de 1892, sobre Los 
lenguajes hablados por los indígenas del Norte y centro de 
América, hizo la muy atinada observación de que «en rigor 
de verdad, son de tal índole las relaciones del esquimal de 
Poniente con los idiomas asiáticos, las del timna, algonquino 
y tarahumara con los finneses y mantchúes, y la de los 

(3) Yo también padecí hace algunos años una chifladura por el estilo, pretendiendo 
establecer afinidades entre las lenguas quiche y annamita. (V. La Universidad de El 
Salvador, abril de 1893.) 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 7 

cahitas, muntsunes y tarascos con los idiomas arios, que 
no se pueden razonar por igualdad de estado de cultura, 
mediante la vaga y peregrina explicación de que el género 
humano, en análogas condiciones, aplique de un modo 
análogo sus facultades». 

El descrédito en que ha caído esa clase de investiga- 
ciones depende de la inconsulta aplicación que de ellas se 
ha hecho; más es innegable que consituyen uno de los 
mejores criterios de que disponen los americanistas afiliados 
al cuarto grupo, que como he dicho, es al que me inclino, 
por considerarlo el más plausible, sin perjuicio de recono- 
cer las deficiencias y obscuridades de que adolece. 

6. — El origen chino de los indios americanos fué procla- 
mado solemnemente, antes que por Humboldt, por el 
académico José de Guignes, quien publicó en 1761 en el 
tomo 28 de las Mémoires de VAcadémie des Inscriptions un 
interesante artículo titulado Le Fu-sang des Chinois est-il 
VAmérique?, en el cual asimila a Méjico ese país semi -le- 
gendario; mas dos circunstancias colocan al orientalista de 
Guignes en segundo término respecto a Humboldt: no haber 
estudiado aquél nuestro continente y sus habitantes con la 
amplitud con que los estudió éste, y haber fracasado su 
teoría respecto al Fu-sang. 

De Guignes aseguraba haber encontrado en los escritos 
de los antiguos filósofos e historiadores de la China irrefu- 
tables pruebas de que los hijos del Tath Ching-Kun (Celeste 
Imperio) visitaron y colonizaron la América 1,000 años antes 
de que Colón la descubriera (4). Fundado en numerosos 
textos, especialmente de !a Nan-szu (Historia del Mediodía), 
probó que una banda de sacerdotes budhistas visitó nuestro 
Continente el año 458 de C, y que uno de ellos, un chamen, 
llamado Hoei-shin regresó del país de Fusang (la América) 
a China en 499. 

De Guignes describió minuciosamente los itinerarios 
terrestre y marítimo que se seguían para ir y venir de uno 
a otro país, y descubrió en el Wen-hieu-foung-k'as del 
enciclopedista Ma-Touan-lin los siguientes detalles respecto 
al país de Fusang: «Este reino está situado a cerca de 
2,000 li al Oriente del reino de Ta-han. Este país está al 
Este del Medio, produce gran número de árboles de fusang, 



(4) Los descubrimientos históricos de Guignes están detalladamente expuestos en 
el Etu.de sur les origines boudhiques de la civilisation américaine de Gustavo Eichthal. 



8 SANTIAGO I. BARBERENA. 



y por eso se llamó así. Por sus hojas el árbol fusang se 
parece al árbol thong. Cuando empienza a crecer son como 
los vastagos (comestibles) del bambú» (5). Algunos han 
traducido fusang por «maguey»; pero es más probable que 
sea, como dice Vivient de Saint -Martín el hibiscus rosa- 
sinensis. 

La memoria publicada por de Guignes no llamó al 
principio la atención de los sabios, salvo uros pocos espe- 
cialistas; más algún tiempo después varios escritores se 
dedicaron a ampliar y comprobar los descubrimientos histó- 
ricos de ese sinólogo; Carlos Federico Neuman, Hipólito 
Paravey, Carlos G. Leland, el marqués de Hervey-Saint- 
Denys, Eduardo P. Vining, autor de un extravagante libro 
titulado An inglorious Columbas, publicado en Nueva York 
en 1885, y otros menos conocidos. 

Entre los impugnadores de la idea de que el Fusang 
haya estado en América fué el primero el P. Antonio Gaubil, 
uno de los tres grandes sinólogos del siglo XVIII; después 
continuó la crítica el ilustre Klaproth, que a los quince años 
hablaba el chino, y últimamente ha escrito en el mismo 
sentido el doctor Gustavo Schlgel, profesor de esa lengua 
en la Universidad de Leyden, quien ha probado que el país 
de Fusang es una isla del mar del Japón, y que fousang es 
el nombre chino de una planta que allí crece, llamada 
kaadsinoki y también sjo por los japoneses; tapa, por los 
nativos del archipiélago hawaya; gluga, por los malayos; 
diluvang y saaih, por los isleños de la Sonda; ava, o arva, 
o ava-kava, en Nueva Celedonia; la Broussonetia papyrifera 
de los botánicos. 

7. — El fracaso de la leyenda del Fusang no implica 
negación absoluta de que los chinos hayan venido a América, 
una o más veces, antes del siglo XV, como muchos lo han 
sostenido. 

Hace algunos años leí un artículo de James Anley, 
intérprete chino, el cual articulo, que fué reproducido en 
muchos periódicos y traducido a varias lenguas, tenía por 
objeto establecer que la América fué descubierta por los hijos 
del Celeste Imperio hacia el siglo IV de nuestra era, y 
por fundamento ciertas tradiciones, un tanto vagas por cierto. 

(5) El árbol thong pertenece a la familia de las escrofulariáceas y al género Pau- 
lownia (dedicado a la princesa Ana Paulowna, hija del czar Pablo I): es la P. tomentosa, 
o imperialis, S. y Zuce, bautizado por Kampfor con el nombre de Bignonia tomentosa. 
En el Japón lo llaman Kirri y de él extraen el aceite denominado ieko. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUI STA DE EL SALVADOR 9 

y la semejanza de unas cuantas palabras sueltas de uno 
de los idiomas indígenas de California con otras tantas 
voces chinas, del mismo significado. 

El señor don LUIS P. VERDÍA en su Compendio de la 
Historia de México (5 a edic, 1911) refiere que en el siglo 
VII salieron de los puertos de China cerca de 900 naves 
con 100,000 hombres con objeto de apoderarse del Japón, 
y que algunas de ellas fueron dispersadas por las tempes- 
tades, sin que se volviera a tener noticia de ellas, y que es 
probable que hayan venido a parar a las costas de Califor- 
nia arrastradas por las corrientes marinas. 

Se ha aducido como argumento en pro de la antedicha 
tesis hasta la anécdota de que en cierta ocasión, allá por 
el año de 1850, habiéndose encontrado de manos a boca, 
en la calle de Petateros, de Lima, un chino, recién llegado 
al Perú, y un indio del pueblo de Etén, provincia de 
Lambayaque, se entendieron perfectamente, hablando cada 
cual su lengua nativa. El doctor don Leonardo Villar 
(Lingüística nacional, Lima, 1890) atribuye esa bola a un 
gacetillero; más tuvo tan buena suerte la ocurrencia que 
pocos años después era citado ese hecho como peregrino 
dato etnográfico, por el doctor don Mateo Paz Soldán, en 
su Geografía del Perú (París, 1862); por el ilustre Quatre- 
fagues, en su tratado sobre Vespece humaine (París, 1877); 
por Carlos Wiener, en su ensayo sobre L'empire des Incas 
(París, 1874), y por otros etnógrafos más o menos conocidos. 

Por lo demás, yo no creo que la ocurrencia del gace- 
tillero a que alude el señor Villar sea genuinamente original, 
pues he leído varios cañarás de la misma clase: el P. Gay, 
v. g., en su Historia de Oaxaca (t. I. p. 24) refiere que 
algunos extranjeros (dalmatas o polacos) entendían a los 
indios mixes, y el etnólogo americano M. Tarayre cuenta 
que una embajada japonesa que llegó a Santa Bárbara 
(costa del Pacífico, en la América boreal) se entendía sin 
dificultad con los indígenas de ese lugar (6). 

8. — En España ha habido y hay varios americanistas de 



(6) Los sabios tienen a las veces simplezas que parecen incompatibles con su 
profundo saber: el barón de Humboldt por ejemplo, refiere con la mayor seriedad que 
habiéndose extinguido la tribu suramericana de los aturos sin que nadie se hubiera 
tomado el trabajo de formar siquiera un pequeño vocabulario del dialecto que hablaban, 
se tuvo que apelar a una lora vieja que les había pertenecido y por medio de la cual 
se logró recoger unas cuantas voces de dicho dialecto. El poeta alemán Ernesto Curtins 
escribió una composición titulada El loro de los atures, que fué traducida en versos 
octosílabos por el literato venezolano Lisandro Alvarado. Una de las leyendas históricas 
de Arístides Rojas se lefiere también a ese asunto. 



10 SANTIAGO I. BARBERENA. 



la escuela humbolditana, que han tratado la cuestión del 
origen de nuestros indios con mucha erudición y fino criterio, 
sin atreverse, sin embargo, a remontar a la cuna de los 
pueblos genitores mis en scene, que se supone descienden 
de alguno de los tres hermanos que repoblaron la Tierra, 
la más cómoda, pero solamente cómoda de las teorías etnográ- 
ficas. Aparte de esa deficiencia, que otros han subsanado, 
los trabajos de los americanistas españoles a que aludo son 
muy dignos de atención y contienen excelentes materiales 
que los autoctonistas transigentes deben utilizar. 

El doctor don Luis de Hoyos y Sáinz, catedrático de 
Historia Natural, escribió una extensa memoria sobre el 
origen y emigraciones de los americanos, premiada por la 
Sociedad Colombina Onubense, en el certamen del 2 de 
agosto de 1892, en la cual todavía se paga tributo a las 
teorías de Guignes. 

«Hoy se admite como seguro, dice el Dr. Hoyos, que 
los budistas enviaron misiones al país de Fou-sang, y que 
éste no es otro que América, y así en el libro Sagrado de 
los Quichuas (Quichés, quiso decir), el Popol-Vuh, que fué 
interpretado por nuestro Obispo Jiménez (el P. Ximénez, 
traductor del Popol-Vuh, creo que nunca fué mitrado) y 
posteriormente por Bourbog, se ven analogías grandísimas 
con los textos chinos. Por otra parte, la gran enciclopedia 
japonesa, el Wa- Kan-son- Toe- Dhon, describe este país 
del Fou-sang o América. Además, Pazsoldan (Paz Soldán) 
cita los Samballecos (Lambayecos), pequeña tribu aislada 
del Perú que habla un idioma muy análogo al chino*. Esto 
último es clara reminiscencia del canard inventado por el 
gacetillero de marras. 

El doctor Hoyos, no obstante sus frecuentes lapsus 
calami, establece con bastante acierto ias rutas que proba- 
blemente siguieron las razas amarillas oceánicas que pasaron 
al Nuevo Mundo y los puntos en que se fijaron: «Aun 
actualmente las razas amarillas ocupan, dice, en América, 
casi todo el rerritorio del paralelo 6o° arriba, pues en una 
de sus ramas, la Inuit, se encuentran en la América rusa 
reunidos a los siberianos, excepto en la costa de Bhering 
y de Alaska. Además, toda la costa de Groenlandia, Labra- 
dor, parte N. de los Grandes Lagos, &, está habitada por 
estos Inuit, en dos grupos, el Tuskí. que tiene una familia 
asiática, la de los Clonkluques, y otra americana, la de los 
Matemates, y el Esquimal o groenlandés. También tiene la 



HISTORIA ANTÍGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 1 1 

América otra raza amarilla, que es la fósil de Lagoa Santa». 

Cree el señor Hoyos que al N. E. de América las 
emigraciones han sido recíprocas: que en tanto que los 
aleutas de Alaska, son asiáticos, los Concluques son ameri- 
canos, conservando ambos pueblos caracteres físicos y 
costumbres análogas, lo mismo que sus lenguas respectivas. 

Dice que muchos indios americanos del N., inclusive 
los chichimecas, conservan la tradicción de haber venido 
de la Siberia, mejor dicho de un país nebuloso, triste y 
frío, donde se alimentaban de peces, y que esa tradicción 
está confirmada por un itinerario descubierto por Boturini e 
interpretado por Schoolcraft, y que la época de esa emigra- 
ción ha sido fijada de 1,038 a 1,224, habiendo descendido 
los emigrantes hasta el Perú. 

9. — Aun es más docto y erudito el Ensayo sobre la 
América Precolombina de D. Narciso Sentenach y Cabanas 
(Toledo, 1,898), que fué el Secretario General del Jurado de 
la Exposición Histórico -Americana de 1892, y más rico de 
detalles etnográficos, sin abordar, por supuesto, el problema 
antropogénico, que se da por resuelto en el sentido tradi- 
cionalista. 

Según el señor Sentenach los pueblos americanos 
proceden de una raza protoasiática, morena, vigorosa y rica 
en variedades, que en tiempos muy antiguos se extendía 
por la parte más oriental y meridional del Asia, la cual fué 
desalojada y empujada por los chinos. 

«Esta raza primitiva asiática, dice, de la que aun en- 
contramos muchos restos, como los miao-se y otros pueblos 
de las montañas chinas, los bils de la India, los drávidas 
del Dekan y tantos otros protoasiáticos; ofrece tales puntos 
de semejanza, por sus caracteres etnográficos, por sus len- 
guas y estado de cultura, con las del Nuevo Mundo, que 
podemos llamarlas hermanas de las americanas aborígenes». 

Esa raza, que había alcanzado un grado superior de 
cultura, según el señor Sentenach, fué arrojada de su suelo, 
en los siglos cercanos a nuestra era, por la invasión china, y 
fué a formar otras nacionalidades, tal como el famoso imperio 
de Campa, yendo una parte al Nuevo Mundo, en la época 
precisa en que penetró la civilización en estospaíses. (7) 

(7) ¿A quiénes fueron a civilizar? — Al señor Sentenach, como a otros muchos 
tradicionalistas, según veremos, se les escapan 'a cada paso alusiones a un pueblo 
americano inculto, de cuyo origen no dan razón, al que suelen llamar autóctono, a pe- 
sar al tradicionalismo de esos autores. 



12 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Terrien de Lacouperier ha demostrado, en efecto, que 
antes del siglo III antes de C. el imperio chino estaba 
reducido a los límites del territorio que le sirvió de cuna, 
y que razas muy distintas ocupaban las costas e islas del 
Oriente asiático. Hasta el año 221 antes de C. inva'dió 
Hoang-ti, de la cuarta dinastía, con poderoso ejército la 
China Meridional, llegando hasta el Tonkin. (8) En conse- 
cuencia la raza mongólica (china) cortó a la protoasiática, 
dividiéndola en dos grandes grupos: uno en el Japón, 
Corea y montañas del Sur de la China y otro en América 
e islas de la Oceanía. Esta raza era de ojos perfectamente 
horizontales, morena y de lenguaje aglutinante. 

En cuanto a la raza mongola propiamente dicha, exis- 
ten, según el señor Sentenach, muchos restos en el N. y 
costa oriental de América; pero esta inmigración fué la úl- 
tima que llegó, en época relativamente moderna. 

10. — Los partidarios del origen egipcio de los pueblos 
americanos forman legión, siendo de lamentar que muy 
contados de ellos conocen siquiera la Grammatica del profe- 
sor G. Farino, y que entre los egiptolos eminentes, Champollion, 
Lepsius, Brugsch, Rouge, Maspero, etc., etc., ninguno haya sido 
americanista entendido (9). 

Esta teoría es ya muy vieja: entre los primeros que la 
sostuvieron se cuenta el ilustre jesuíta D. Carlos de Sigüenza 
y Góngora, gloria de Méjico, en el siglo XVII. En apoyo de 
ella se aducen, entre otras razones, la forma piramidal de 
ciertos monumentos americanos, semejantes por eso a los 
egipcios, y varias curiosas coincidencias, relativas al sistema 
geroglífico, al cómputo del tiempo, a las costumbres, creen- 
cias, idiomas, etc., etc, de varios pueblos de América y del 
valle del Nilo, respectivamente. 

(8) Los chañes constituían en remota época el pueblo más populoso de la China 
Meridional; ellos fueron los fundadores del reino de Siam. Ahora bien, ese nombre lo 
encontraremos después, al hablar de los aborígenes de Méjico y de Centro América, con 
la designación de ulmecas. 

(9) El coronel DüSAERT, digno discípulo del abate Braseeur de Bourbourg (tan 
iluso como ancioso de decir cosas nuevas y extraorainarias) publicó en París, en 1,882, 
un folleto titulado La Carie Américaine, en el cual pretende probar que Centro Amé- 
rica fué la cuna de la humanidad, y que aquí existió un reino llamado «Caria», del 
cual fué colonia el Egito. Hasta el autoctonista brasileño Dr. D. Ezequiel Cándido de 
Souza Br.to, cuya Memoria sobre Antropología tendré que citar repetidas veces en el 
capítulo siguiente, no rechaza de plano el que los Mayas fueron los ascendientes de la 
humanidad y que del Yucatán salieron las corrientes emigratorias que poblaron el An- 
tiguo Mundo. 

(10) En el papiro Ebers se menciona un me^al llamado netr-tit, nombre que 
Brugsh tradujo «excremento divino», y que los egiptólogos no han podido identificar 
con ninguno de los metales conocidos. Yo creo que se trata del oro, al que los aztecas 
llamaban teocuitatl. que significa lo mismo que netr-tit. Nótese que tit puede relacio- 
narse con nuestro vulgar titilcuite, excremento de gallina. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 13 

Yo también, en otro tiempo, me entregué a esa clase 
de lucubraciones: en la Revista del Progreso, (SAN SALVA- 
DOR, tomo I, n° 5; I o de mayo de 1896) publiqué una nota 
sobre las relaciones que existieron entre los egipcios y los 
maya-quichés, en la cual fundándome en dos pasajes de 
las planchas de los papiros de Bulaq traté de probar que 
los subditos de Faraón tuvieron noticia de la existencia deL 
reino maya. En la primera de esas planchas se lee: 

Nel Madyo heq Punt, 
que literalmente dice: «Señor (Ammón-Ra) del país de los 
Madyos, comandante de la comarca Punt» y en la segunda: 

Ei-f-m Punt ur aad-t ha-f Madyo, 
que significa: «Llega de Punt, príncipe de las lluvias, des- 
ciende al' país de los Madyos». 

M. Ventre-bey, ingeniero en Jefe de la Daira Sanich r 
dice que la voz Madyo significa «Occidente», que es preci- 
samente el rumbo en que está la susodicha península respecto 
al Egipto, y que Puntk quiere decir «Oriente». 

Ahora bien, en quiche ma es partícula de negación, y 
ya es la raíz de yaal, «resplandecer», así es que maya 
quiere decir «sin resplandor», o, mejor dicho, «ya no brilla», 
se entiende el Sol, después de haberse ocultado en el 
Poniente. Y en chino, lo mismo que en annamita, may 
significa «sepultar, ocultar», según el diccionario de esta 
lengua por el R. P. Legrand de la Lyraya; y esa significación 
es muy apropiada para dar nombre al Occidente, a semejanza 
de los latinos, que formaron esa voz con el participio de 
presente del verbo occidere, «caer, matar». 

Tengo a la vista un sustancioso folleto del señor D. 
Manuel Rejón García, publicado en Mérida de Yucatán en 
1905, en el que expone ese señor gran número de hechos 
que patentizan el origen egipcio de la cultura de los antiguos 
mayas. 

Más es el caso que los tales egipcios eran oriundos 
del Asia, y por ende volvemos a la teoría humbolditana. 

La raza egipcia pertenece, según el doctísimo orientalis 
ta J. de Morgan (Les premieres civilisations, París, 1909) a 
los pueblos blancos del Asia anterior por sus caracteres 
etnográficos; la lengua egipcia se relaciona con las semíticas 
por sus formas gramaticales. Los egipcios llegaron al valle 
del Nilo por el istmo de Suez, encontraron establecida allí 
una raza negra, la cual empujaron al interior. 



14 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Y Oppert ha descubierto que el cómputo del tiempo 
entre los egipcios y los caldeos estaba basado en el mismo 
punto de partida, pues tanto el período zotiaco de los 
primeros como el gran período lunar de los segundos coin- 
ciden en el año 11,542 antes de C. (Congrés de Bruxelles, 
1,872, p. 162). 

El señor Morgan aduce otros muchos hechos y buenas 
razones para establecer el origen asiáticos de los egipcios. 

11. — Tócanos ahora hablar de la hipótesis sostenida 
por M. ALFONSO GAGNON, en su obra sobre L'amérique pre- 
colombine, publicada en Quebec, Canadá, 1908. 

Partiendo este autor de la hipótesis de que el centro 
único de aparición del hombre fué la inmensa cuenca que 
circunscriben el Himalaya, el Bolor, el Altar- Tau, el Altai, 
el Felina y el Huen-Loun (11); que la América fué poblada 
de 7,000 a 8,000 años antes de C. (fecha que después 
precisa y reduce a la edad del bronce, cuando se principió 
a construir palacios, grandes ciudades amuralladas, las pi- 
rámides y las terrafas del valle del Eufrates y las pirámides 
de Egipto, bajo las cuatro primeras dinastías), y que la 
cultura americana es genuinamente de carácter asiático, cree 
que ésta es debida a los kushitas o chamitas, llamados a 
las veces etiopes (12) y también cefenos, y a los cuales 
identifica con los famosos sumerianos, cuya lengua no per- 
tenecía a la familia ariana ni a la semítica (13). 

La Etiopia propiamente dicha, o País de Kush de las 
inscripciones jeroglíficas, estaba situada al Sur del Egipto, 
hacia la región de las fuentes del Nilo. Fué colonizada por 
los Sábeos o Hushitas del Yemen. Había también la Etiopia 
asiática u oriental, que se extendía de las bocas del Indo 
al golfo Pérsico. (V. La Quincena de S. Salvador, n°. 65, 
p. 128). , 

Por eso HOMERO en su Odisea (Lib. I, v. 23-24) dice: 
«Ahora Neptuno ha ido a visitar a los etíopes que en las 

(11) M. Morgan, autoridad de primer orden en todo lo relativo a la prehistoria 
humana, cree que carece de fundamento la hipótesis de un centro único de aparición 
del hombre en el maciso montañoso del Asia Central, tesis que resumió muy bien E. de 
Ujfalvy (Migrations des peuples, París, 1873). Observa M. Morgan que esos países es- 
taban cubiertos de nieve en los tiempos cuaternarios. 

(12) E. FERRIER en sus Mitos de la Biblia dice: «La raza de Kaush es la más 
importante, tal vez, de las razas primitivas de que la humanidad haya guardado el 
recuerdo y se extendía del Ganges al Nilo y desde el mar de Grecia al de las Indias». 

(13) La existencia de los pre- caldeos o sumerianos ha sido puesta en tela de 
juicio; más parece lo más probable que en realidad ocuparon la Caldea antes que los 
semitas o akkádianos. El trabajo más completo a este respecto es el del profesor A. H. 
Sayce The: archeology of the cuniform inscriptions, publicado en 1908. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADHR 15 

extremidades de la Tierra están divididos en dos partes y 
habitan los unos donde el Sol se pone y los otros donde 
nace». 

Ahora bien, los presemitas de la Mesopotamia es 
probable hayan sido inmediatos descendientes de los hom- 
bres pleístocenos del Asia anterior, testigos de los tiempos 
glaciales y de las enormes precipitaciones atmosféricas que 
provocaron. 

Los Kushitas ocuparon desde un principio gran parte 
de la India, donde fueron llamados kaucikas, y funda- 
ron las más antiguas monarquías, dejando por doquiera 
gigantescos y admirables monumentos. Después fueron 
sustituidos por los semitas (14) en Caldea, Siria, Palestina 
y Arabia, y por los Aryas en la India y en la Persia. No 
conservaron más que sus posesiones africanas, especialmen- 
te en Egipto, que fué la más floreciente de sus colonias y 
donde existen todavía numerosos descendientes de ellos. 

Hacia al fin de la tercer dinastía ó á principios de la 
cuarta (unos 4770 años antes de C.) fué sojuzgado el Egip- 
to por una raza procedente de Asia, y numerosos Kushitas 
tavieron que abandonar el país, yendo á parar muchos de 
ellos al continente occidental. Gagnon nos indica la serie 
de etapas de esa dilatada emigración á América: Indo Chi- 
na, Java, islas de los Ladrones, Taití, Tonga, islas Sand- 
wich, isla de Pascua, etc. etc., todo según lo comprueban 
á decir de él, numerosos monumentos similares todavía 
existentes en esos lugares. 

M. Gagnon no ha hecho más que desarrollar, con gran 
lujo de detalles y de pruebas, las ideas que respecto á la 
raza kushita consignó en su Ancient History of Hindoustan 
el orientalista Maurice. Además, reconoce explícitamente 
(p. 282, nota) que cuando los Kushitas llegaron á América 
existían ya los pueblos autóctonos, de cuyo origen no dice 
una palabra M. Gagnon, siendo ese el quid de la cuestión. 
Esa es en el fondo de la teoría de Pikendorf, quien admitía 
dos razas americanas, una de las cuales solamente, la más 
culta, la civilizadora, era de origen asiático. 

Ese dualismo, ecléctico y conciliador, ha sido ya insi- 



(14) El P. PEDRO GÓMEZ, de las escuelas Pías de España, en la inducción á 
su Gramática hebrea, observa que la expresión «raza semítica» es defectuosa, pues los 
fenicios y varias tribus árabes, que no descendían de Sem, sino de Cam, hablaban 
lenguas semíticas; en tanto que el idioma de los elamitas, descendientes de Elam, hijo 
de Sem; no era semítico. 



16 SANTIAGO I. BARBERENA. 



nuado por numerosos americanistas. Morton, por ejemplo, 
admitía dos variedades de la raza americana: la tolteca, 
inmigrante y civilizadora, y la aborigene, inculta y grosera. 
El general y etrógrafo COUTO DE MAGALHAES, del Brasil, en 
su Ensato de Antropología, publicado en la Revista trimes- 
tral do Instituto Histórico Brasileiro (tomo XXXVI, 1873) habla 
también de las dos razas: una que es tronco, la bermeja, 
cuya existencia rerjionta á muchos miles de años, y la otra 
cruzada con la blanca, aduciendo como fehaciente prueba 
acerca de ésta los trabajos del señor V. Fidel López respecto 
á las relaciones entre el sánscrito ycieitaslenguas americanas. 
El ilustre ecuatoriano D. Luis Cordero asegura por su 
parte que la lengua quichua cuenta con muchos vocablos 
japoneses (Estudio.de Lingüística americana, Cuenca, 1901), 
y los chibchas de Colombia han sido considerados por varios 
americanistas como una colonia japonesa que llegó acciden- 
talmente á las playas del Nuevo Mundo. 

12. — Parece ocioso, después de lo que queda dicho, hablar 
del origen oceánico de los aborígenes de América, y en todo 
caso volveríamos á las andadas, pues las islas de los 
Océanos Indico y Pacífico están habitados por una inex- 
plicable mezcla de razas; empero hay americanistas que 
buscan allí la cuna de nuestros pueblos. Ya en 1879 M. 
Luciano Adam declaraba que su idea dominante á ese respecto 
era que "si la América recibió su población de fuera, fué 
más bien de Polinesia, que de Europa y aun de Asia". 
(Congreso Internacional de Americanistas, 1879). 

A LESSON en su gran obra sobre Les Polynesiens com - 
bate enérgicamente á ios que como Croizier y Molina han 
buscado en Nueva Zelanda y en otros puntos de esas 
regiones á los ascendientes de los indios americanos; sin 
embargo no pueden negarse en absoluto las relaciones con 
la Indonesia en vista de los datos recogidos por M. Cersac 
en California. 

13. — Con lo dicho basta para juzgar cuan abrumadora 
variedad de opiniones hay respecto al origen de los pueblos 
americanos, mejor dicho de su cultura, pues los tradiciona- 
listas por punto general aceptan la narración mosaica, tácita 
ó explícitamente, con ligeras variantes de interpretación. 
Muchas de esas teorías han sido expuestas con verdadero 
derroche de detalles y muy valiosas observaciones, que á 
la postre han utilizado los autoctonistas de origen, pero no 
de cultura ( IV grupo ). Aun las teorías más atentas y 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUI STA DE EL SALVADOR 17 

ajustadas á las tradiciones judías ya no adolecen de la 
pueril simplicidad con que antes eran presentadas (15). Así 
el ilustrado y laborioso salvadoreño Presbítero Dr. Juan 
Bertis escribió una extensa y docta disertación sobre el 
origen cananeo de los pueblos del Nuevo Mundo. 

La multitud y variedad de los hechos observados y la 
diversidad de opiniones ha sugerido á no pocos tradiciona- 
listas la idea de que la raza americana, ó más bien de su 
cultura, no es el producto de una sola inmigración, sino de 
varias y de distintas procedencias, realizadas en diversas 
épocas y en variados puntos de nuestro Continente. 

Grocio, v. g., opinaba que los indios del N. procedían 
de los noruegos; los yucatecos, de los etíopes; los peruanos, 
de los indo -orientales y de los chinos, y que los más 
meridionales vinieron del E., pasando por las tierras 
australes. 

Ese criterio, al parecer vacilante, lo impone, por otra 
parte, el resultado del análisis de ciertos hechos, el estudio 
de ciertos datos, inexplicables en conjunto á la luz de una 
hipótesis exclusivista, de una teoría sistemática. Recuerdo, 
á propósito de lo antedicho, que en 1866 publicó la Revista 
do Instituto Histórico e Geogiaphico Brasileiro una Memoria 
del Conde de la Hure, relativa á unas inscripciones encon- 
tradas en las ruinas de una antigua ciudad de la sierra de 
Sincora, del estado de Bahía, que ese Instituto le encargó 
descifrar, y uno de los resultados finales de su trabajo fué 
que de los 35 caracteres de las cuatro primeras inscripciones,. 
23 semejaban á otras tantas letras del alfabeto ghés, 11 al 
abecedario hymyarita, 5 al ibero, 5 al griego arcaico, 5 al 
berebere antiguo, 5 á los caracteres de la inscripción thuga, 
4 al alfabeto magathia, 3 al etrusco, 3 al fenicio, 3 al líbico, 
3 al R'mouz d' Elhhdj Ahmed, 2 al samaritano, 2 á la 
inscripción indescifrable de Henchyr- Ayn- Nechma, 1 al 
persopolitano, 1 al palmirano,\ al K'lemtifinag d'Abdeb-el- 
Kader-beu Abou - Beker, y 1 al demótico. 

i Quién es suficientemente ingenioso para atar tantos 
cabos ? 



(15) Por ejemplo FRAY PEDRO SIMÓN, quien en sus Noticias Historiales áe las 
Conquistas de Tierra Firme (la. parte, p. 25) obra por otra parte, muy estimable, por 
el cúmulo de datos que encierra, para probar que los americanos descienden de la tri- 
bu de Isacar se funda en aquella profesía del patriarca Jacob, en la que dice de ese 
caudillo que ha de ser un asno fuerte que llevará la carga y servirá para pagar tribu- 
no; de donde toma pie el buen P. Simón para aseverar que los indios americanos des- 
cienden de Isacar, por haber sido ellos para los españoles verdaderos burros de carga 
y haber pagado verdadero tributo. 

— 2 — 



SANTIAGO I. BARBERENA. 



Yo, á la verdad, conceptúo que el laborioso y erudito 
Conde la Hure se dejó fascinar por la "loca de la casa"; 
más prefiero esos desbarros (caso que lo sean) á la brutal 
declaración del alemán Koch Grünberg y de su comentador 
brasileño Alfredo de Carvalho, para quienes los monumen- 
tos epigráficos americanos son por lo general simples 
"travesuras de los indios". 

No deben, pues, estrañar ciertas hipótesis tradicionalistas, 
al parecer rebuscadas y gratuitas, porque el riquísimo 
arsenal de datos respecto á los aborígenes del Nuevo 
Mundo, con que hoy se cuenta, aunque insuficiente todavía 
para llegar á una solución definitiva y plenamente satisfac- 
toria, aun concretando la cuestión al origen de la cultura 
americana, sí suministra suficientes y buenos materiales 
para elaborar diversas hipótesis, más ó menos verosímiles 
y sustentables. 

No debe sorprender que F. Ad. de Varnhagen, Vizconde 
de Porto Seguro, llamado el "Herodoto del Brasil", haya 
buscado los ancestrales de los tupis de la costa brasilera 
entre los pueblos navegantes del Mediterráneo, entre los 
Carios de la Jonia asiática ú otros centros de origen helé- 
nico, ni deben provocar sonrisa las famosas etimologías de 
la señora Nuttal, acaudalada y entusiasta americanista, 
tales como la de Chalco, población mejicana, que deriva 
del griego Chalas, capital de la Eubea, y la de Temistitan 
antigna capital azteca; proviniente, según ella, del nombre 
de un filósofo bizantino, Timistius, que no habiendo podido 
organizar su patria conforme á sus ideas, emigró á América, 
donde logró implantarlas, y otras muchas por el estilo de 
las antedichas (16). 



(16) No desconozco cuan resbalosa es la etnografía filológica y cuanto se presta 
para la exageración ridicula. Así son hoy reputadas las investigaciones de ese género 
que insertó el jesuíta Juan IGNACIO Molina en su Historia Natural v civil del 
Reyno de Chile. Según él los antiguos griegos tuvieron relaciones con los aborígenes 
de las quince tribus que poblaron el territorio, y en comprobación presenta un catá- 
logo de voces araucanas, correlativas en forma y significación con otras tantas griegas, 
un tanto traídas por los cabellos. 



HISTORIA ANTrGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 19 



CAPITULO SEGUNDO 
Las hipótesis autoctonistas. 



14. — Voy ahora á dar una sucinta idea de las teorías 
formuladas por los sabios que, basados en la fecunda 
doctrina de la evolución (17) sostienen el autoctonismo de 
los aborígenes americanos, hoy ploclamado por gran número 
de hombres eminentes, á cuya opinión me inclino, por lo que 
hace a nuestra raza primitiva; sin embargo me hubiera abs- 
tenido de hablar aquí de esa materia, en atención á la 
escasez de mis nociones sobre Paleontología, si no fuera 
que el asunto de que trata este libro no permite hacer caso 
omiso de las hipótesis autoctonistas. He tenido que realizar 
un verdadero y difícil tour de forcé para que esta mi obra 
no adoleciera de deficiencia absoluta á ese respecto, recurrien 
•do al efecto á las mejores fuentes de información que me 
ha sido posible conseguir. 

Los transformistas, partiendo del principio de que todas 
las formas vivientes pertenecen á un sólo y mismo sistema, 
de que todas han debido comenzar por elementales formas 
protoplásmicas y que han llegado á ser lo que son tras 
una larga serie de transformaciones progresivas ó adoptivas, 
deducen que de este ciclo ó encadenamiento indefinido no 
ha podido exceptuarse el hombre, el cual conserva de sus 
estados anteriores, como pruebas fehacientes de su evolución, 
restos inútiles ú órganos sin función, como el vellón piloso 
de la cabeza y de las axilas, el pabellón externo del oído, 



(17) Las denominaciones darwinismo, transformismo, teoría de la transmutación 
-de las especies y teoría de la evolución se emplean ordinariamente como sinónimas. 



20 SANTIAGO I. BARBERENA. 



dotado de músculos atrofiados; los restos de una membrana 
pestañante, etc. etc. 

Ahora bien, hoy es generalmente admitido por los 
hombres de ciencia que la aparición del hombre data ya 
de muchos centenares de siglos. Los innumerables objetos 
de uso trabajados por el hombre de Neandertal, y más 
aun las obras, genuinamente artísticas del hombre de 
Cro-Magnon, indican claramente que la especie humana 
estaba ya bastante civilizada en la época glacial ó del 
diluvio, y que por ende su origen debe remontarse mucho 
más allá, á mediados de los tiempos terciarios, es decir 
desde hace unos 6 ú 8 millones de años, por lo menos. 

El docto antropólogo M. Rene Vernau, conservador del 
Museo Etnográfico del Trocadero, en París, publicó hace 
poco un sustancioso artículo sobre El origen del hombre, en 
el cual artículo manifiesta que aunque no se han descubier- 
to todavía los restos de los obreros que han tallado los 
instrumentos recogidos en las capas en que yacen el elefante 
antiguo, el rinoceronte de Merck y el gran hipopótamo, sí 
conocemos á los hombres del fin del cuaternario, á los 
cazadores de renos, á los hombres de la raza de Cro-Magnon, 
de unos 187cm. de alto, por término medio y dotados de 
notable musculatura, y que si esta raza y la correspondiente 
al cráneo de Neanderthal, que son similares, es realmente 
superior á la contemporánea del elefante antiguo, deí 
rinoceronte de Merck y del gran hipopótamo, ésta debe 
considerarse como descendiente del Pitecántropo de Haeckel, 
ó Antropopíteco de Gabriel Mortillet y Abel Hovelacque, 
denominado también Homo alalus, que algunos reputan 
intermediario entre el H. stupidus, el hombre salvaje primitivo, 
y los Antropoides (18). 

En cuanto al lazo de unión entre los monos y ef 
hombre, el profesor M. Vernau no sólo lo cree razonable 
sino que admite que los restos fósiles descubiertos en Java 
por el doctor Eugenio Dubois, médico de la armada neer- 
landesa, en 1891 y 1892, son realmente del intermediario 
entre el hombre y el antropomorfo, y luego agrega: "Pues 
bien, que se considere como un hombre inferior á todos 
los humanos, ó como un mono superior á todos los 



(18) Haeckel ha fraguado la siguiente genealogía ascendente del hombre actual» 
lo. Homo sapiens; 2o., H. stupidus; 3o., Pithecanthropus alalus; 4o., Prothy tóbate & 
atavus; 5o., Archipitecus; 6o., Neucrolemures; 7o., Lemuravida ( Pachylemures); 8o>. 
Achiprimus (Pruchoridta), forma ancestral hipotética. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 21 

•antropoides, se tiene velis nolis un verdadero intermedario. 
Este Hombre, que se aproxima al Mono, ó este Mono que 
se aproxima al Hombre, es, en realidad, el jalón que los 
adversarios del transformismo pedían á los partidarios de 
la evolución se les mostrase". 

15 — El descubrimiento del doctor Dubois provocó serios 
y ruidosos debates entre los paleontólogos. Según el 
Profesor G. Schwalbe (cuyas doctrinas ha aceptado, por 
punto general, el sabio polaco Kazimierz Stoyhwo) la fa- 
milia de los hominideos presenta una serie de formas que 
principian en el plioceno superior, y comprenden el 
pithecanthropus. el homo primigenius y el homo sapiens, 
pudiendo considerarse los dos primeros como antepasados 
indirectos del hombre actual. Mr. Schwalbe admite la 
existencia de dos especies humanas distintas: el h. 
primigenius y el H. sapiens conforme el siguiente cuadro, 
comprensivo de los principales restos fósiles por él estudiados 

Neanderthal 
Spy 

Krapina \ H - primigenias. 

Gibraltar 



Brux 
Galley-Hill 

Brünn } H. sapiens. 

Australiano 

Hombre moderno 



El ilustrado doctor don Vicente Lachner Sandoval en 
la Conferencia que dio ante el Ateneo de Costa Rica la 
noche del 14 de julio de 1913, hablando de esas dos razas 
humanas, dice: ''Es posible que la especie de Neanderthal, 
originaria de la zona templada del Norte y obligada por 
la inclemencia del período glacial emigrara hacia el Sur en 
busca de condiciones más favorables á su existencia, fuera 
luego empujada por una raza superior hacia el África y 
el Asia y pasara de aquí, por el puente de la India y de 
Célebes, á refugiarse en Australia", de donde se pretende 
pasó después al Continente Americano. Después agrega el 
Dr. Lachner: " Lo cierto es que el homo primigenius, dise- 
minado antes por gran parte de Europa, desapareció de 



22 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ahí por completo y en su lugar vemos aparecer en la segunda 
parte del diluvio una nueva humanidad, el homo sapiens en 
forma de su primer representante, la raza de Cro-Magnon. 
¿Desciende éste de aquél? O bien ¿invadió el último el 
territorio europeo, viniendo de afuera y arrollando ante sí 
la raza de Neanderthal que le era inferior? De esto nada 
puede decirse con seguridad. Como un indicio solamente 
mencionaré el hecho de que, á una época intermediaria entre 
ambas razas pertenecen los esqueletos humanos encontrados 
en Salutré (Francia) y en Predmost (Moravia), en los 
cuales los rasgos pertenecientes á la raza de Neanderthal, 
especialmente la falta del mentón, están al desaparecer, de 
modo que podrían ser estos individuos una forma de transi- 
ción entre aquellas razas" (19). 

El Dr. Lachner se inclina á creer que el pitecántropo y 
el hombre terciario vivieron conjuntamente, que ambos 
descienden de un tercer animal aún no descubierto. 

M. Morgan, escritor de mucho peso, declara categóri- 
camente que no existen datos suficientes para considerar al 
Pithecanthropus como forma ancestral del hombre, ni 
siquiera que fuese lejano pariente de nuestra especie. 

Darwin, aunque admitió en lo general las teorías de 
su discípulo alemán Ernesto Keackel, aceptaba solamente 
como posible la transformación del mono en hombre, con 
tal de que la pérdida de la piel primitiva remontase á los 
tiempos eocenos. {La descendance de Vhome, 1872, p. 115). 

Wallace refirió á la mitad de la época terciaria el 
instante en que un mono indeterminado alcanzó la forma 
humana, tras múltiples evoluciones morfológicas. 

16. — En la América del Sur, especialmente en el Brasil 
y en la Argentina cuenta el transformismo con muchos y 
muy doctos representantes, discípulos, más ó menos fieles 
á las doctrinas de su maestro, el ilustre profesor Ameghino. 

M. Ameghino descubrió hace algunos años entre los 
terrenos miocenos de Monte-Hermoso un atlas (última 
vértebra cervical), y después un fémur, perteneciente á un 
animal á que dio el omnbre de tetraprotomo, ascendiente 
del hombre y del pitecántropo conforme al siguiente cuadro 
genealógico: 



(19) Según el Dr. Lachner la mandíbula inferior encontrada en Maner, cerca de 
Heidelberg (Alemania) perteneció al hombre terciario, lo mismo, probablemente, que el 
cráneo de Suzzex. 



HISTORIA ANTIG UA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 23 

Tetraprothomo 

¡ 
Triprothomo 

i 
Di pro t homo 

|- 

Prothomo neanderthaliensis (Cuaternario) 

I 
j ; — 

Homo sapiens (americanos) Homo africanus 

I I 



I I Pithecanthropus 

I 
Homo europaeus H. asiaticus Monos. 

M. Lehmann-Nitsche hizo un prolijo estudio de los. 
restos recogidos en Monte -Hermoso, y ha llegado á la 
conclusión de que son humanos, pertenecientes á una especie 
particular de nombres, hoy extinguida, á la que dio el 
nombre de Homo neogaeus, que según el profesor Verneau 
y su ayudante el Dr Rivel, nada tenía de particular. 

17. — Largas discusiones ha habido entre los antropólogos 
evolucionistas, sobre el monogenismo y el poligenismo, según 
refieren los señores Abel Hovelacque y Jorge Hervé en su 
Précis d' Antropologie (París, 1887) y A. Desmoulins en su 
Hist. nat. des races humaines. M. Morgan opina que es 
científicamente imposible averiguar si el hombre apareció 
en la Tierra como un tipo único ó bajo diversos tipos, con 
caracteres apropiados al medio respectivo. 

En cuanto á la unidad de la especie, desde luego es 
innegable, pues todas las variedades pueden procrear entre 
sí, cruzarse como se quiera, y la existencia de estas 
variedades tampoco implica poligenismo, porque aunque 
haya sido un tipo único primitivo, su descendencia se 
hubiera modificado rápidamente, á influjo de las diversas 
condiciones de los territorios en que se espareció. Tampoco 
se puede asegurar a priori que siempre fué uno, pues bien 
pueden haber desaparecido los menos aptos. Aun en los 
tiempos históricos los arianos hicieron desaparecer muchos 
pueblos anarianos, según M. Morgan. 

M. W. H. Holmes presentó al IV Congreso Científico 
(19 Pan -Americano) celebrado en Chile de diciembre de 
1908 á enero de 1909, una Memoria titulada Como se- 



24 SANTIAGO I. BARBERENA. 



pobló América, en la cual zanja de muy distinto modo las 
polémicas á que aludimos: "Parece, dice, que la cuestión 
de si hay ó no unidad es solo materia de definición, pues 
para contestar se necesita saber la interpretación que cada 
uno da á lo que constituye el estado humano. Si establece- 
mos la separación del estado humano y del prehumano 
poco abajo, en el tronco del frondoso árbol de los homínides, 
tendremos un sistema monogenista; mas si la establecemos 
más alto, caeremos en la poligenesia". 

18. — Entre los antropólogos transformistas ha prevalecido 
la opinión de que el hombre es autóctono del Antiguo 
Mundo, teoría, que aun puede decirse que es la clásica 
entre ellos. 

M. A. H. KEANE publicó en The International Monthly, 
(Marzo de 1902) un luminoso artículo á ese respecto, en el 
cual dice que "la América provino y fué poblada desde 
Alaska hasta la Tierra del fuego, durante las edades de 
piedra al menos, por dos corrientes de emigraciones, una 
del N. W. de Europa, la otra del N. de Asia; principalmente 
por conexiones de tierra que de entonces acá han desapa- 
recido, debido á aquellos hundimientos que convirtieron el 
Nuevo Mundo en una isla, tanto étnica como geográficamente". 

M. Keane es uno de los principales representantes del 
grupo (C), de los tradicionalistas sólo en cuanto al origen, 
pues sostiene el autoctonismo más absoluto en cuanto á la 
cultura americana: "Todos los restos, dice, artes superiores 
y monumentos de los terraplenes del Ohio y Casas 
Grandes, desde los pueblos de Arizona, hasta las pirámides, 
templos y palacios mexicanos y Centroamericanos; las 
huacas, acueductos y caminos reales peruanos y los estu- 
pendos Monolitos de Tihuanaco, las avanzadas instituciones 
sociales, organizaciones políticas; filosofías, sistemas de 
calendario, escritos pictóricos, y tal vez fonéticos, deben 
reputarse sin vacilación como propios de los nativos. En 
otras palabras: la cultura americana propiamente así llamada 
se desarrolló localmente, sin deber nada absolutamente á 
extrañas influencias". (20) 

El señor Holmes, ya citado, pertenece al mismo grupo 
(C): «El Continente Oriental, dice, es muy superior a Amé- 
rica en extensión, en recursos y en la diversidad de su 

(20 ) Pertenecen á la misma escuela los Studies in American Ornamentation del 
Dr. Stolpe (Stokolmo, 1897) y el curioso libro de M. Frederick S. Dellenbaugh, titulado 
The North Americans of Yesterday, .publicado en 1901. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 25 

vida animada; revela trazas, ya vivientes, ya fósiles, de 
numerosos seres cercanos al hombre; es el que ha dado el 
eslabón -el Pithecanthropus-y es el que hoy contiene mayor 
masa humana, con una enorme variedad de caracteres de 
raza y más amplias condiciones de cultura, todo lo cual 
tiende a demostrar mayor período de ocupación». 

El señor Holmes, hace remontar al mioceno la época 
del precursor del hombre, fijando la de transición en el 
plioceno (al cual asigna 1.000,000 de años de duración proba- 
ble), y la aparición del hombre y de sus tipos fundamentales 
en el glacial o cuaternario (de 600,000 años de duración), 
reservando el post- glacial (25,000 años) a la formación de 
las diversas razas hoy existentes, suponiendo, como lo más 
plausible, que la americana procede de la mongólica. 

Para él fué el Asia la cuna de nuestra especie, y de 
ella vinieron los pobladores de América, por el estrecho de 
Behering, ya con cierto grado de cultura, que muchos por 
acá, a la postre la perdieron. 

19. — Al mismo IV Congreso Científico presentó D. Al- 
fredo Escuti Orrego un notable trabajo sobre Prehistoria 
americana, en el cual llega a las mismas conclusiones que el 
señor Holmes, con ligeras variantes de detalle. 

De la existencia de muy antiguas ruinas indígenas en 
la cordillera de los Andes, en parajes hoy completamenta- 
mente inhabitables, por su clima inclemente y altura, donde 
falta todo recurso para la vida, y de otros varios hechos 
indujo este naturalista que el clima de América ha de haber 
sufrido un notable cambio durante la época cuaternaria, y 
que los hombres que habitaron en esas ruinas han de haber 
existido antes de que se verificase ese fenómeno. 

Acepta el señor Escuti Orrego la opinión de algunos 
geólogos de que la América del Norte estaba unida con Europa 
durante la época cuaternaria, como lo comprueban los ins- 
trumentos chellences encontrados, conjuntamente con restos 
de Mastodon, Chioticus, Elephas primigenius, Ovibos Moschatus 
y Cervus tarandus, en los aluviones glaciales del valle del 
Delaware; los arrecifes coralíferos de la Florida, cuya parte 
meridional ha de haber empleado 135,000 años en formarse, 
según Agassiz, y donde se han encontrado fósiles humanos; 
el esqueleto de hombre exhumado en el Delta moderno del 
Missisipi, donde yacía bajo cuatro selvas fósiles superpuestas, 
cuya antigüedad ha calculado Dowler que no baja de 50,00o 
años etc. etc. 



26 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Acepta también que el África estuvo unida al Brasil en 
época relativamente reciente, hipótesis que han sostenido 
muchos geólogos. 

Ahora bien, siendo el hombre, según dice el señor Escuti 
Orrego, un mamífero placentario y asemejándose notablemente 
a los monos antropomorfos, no sólo por todos los caracteres 
comunes al grupo catarrino, sino también por otros muchos 
rasgos particulares, v. g. la falta de cola, no debe dudarse 
de su estrecho parentesco con ese grupo, y siendo, por otra 
parte, un hecho notorio que en todas las regiones del globo 
las formas ancestrales se encuentran donde viven sus análo- 
gos más próximos, es muy probable que la forma precursora 
del hombre primitivo tuviera por cuna la región donde se 
encuentran ahora los grandes monos antropomorfos, es decir 
el Continente africano, de donde pasó más tarde al resto 
del mundo. 

Es de advertir, que según el señor Escuti Orrego, el 
hombre no desciende en línea recta de los monos antro- 
poideos, sino de una cepa o tronco común con ellos, que 
se bifurcó, resultando la raza antropoidea, que se estacionó, 
y la antropogénica que evolucionó hasta producir al hombre. 

Cree el docto naturalista, cuya opinión esbozamos ahora, 
que las primeras inmigraciones procedentes del Asia y del 
África deben haber llegado a América antes de los tiempos 
glaciales, que obstruyeron con las nieves las rutas de Behring 
y de Groenlandia; que la raza mongólica (que quizás fué la 
primera que se constituyó) llegó a nuestro Continente por la pri- 
mera de dichas vías, y que la africana pasó por el cordón 
o línea de riberas que unía el África al Brasil, antes, in- 
dudablemente, según él, de la formación del Atlán tico y de 
la desaparición de las tierras hundidas al N. del Pacífico. 

20. — Son ya numerosos los sabios que opinan que el 
hombre es autóctono del Nuevo Mundo, teoría que por 
referirse exclusivamente a América y por ser la más gene- 
ralizada entre los paleontólogos de este continente, especial- 
mente los brasileños y argentinos, voy a exponer con un 
poco de más amplitud que las anteriores, que puede decirse 
sólo he mencionado. 

Creo conveniente advertir que el autoctonismo de esos 
sabios no se extiende por lo general a la cultura, o lo que 
es lo mismo no implica negación de inmigraciones extrañas, 
posteriores a la aparición y desarrollo del hombre en Amé- 
rica, al cual vinieron a civilizar. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 27 

Con justa razón se ha considerado por la mayoría de 
los americanistas como exagerada e inconsulta la aseveración 
de unos cuantos, que pretenden que todo lo relativo a los 
aborígenes americanos en los tiempos precolombinos es 
genuinamente original dé ellos. 

El ilustre profesor Daniel Brinton, a quien tanto debe 
la Etnografía americana, era uno de esos autoctonistas ra- 
dicales, según se deduce de las siguientes palabras con que 
concluye la Memoria que presentó al Congreso Internacional 
do Antropología, celebrado en Chicago en 1893: «Yo man- 
tendré, pues, que hasta el día de hoy no he encontrado un 
dialecto conocido, ni un arte, ni una institución, ni un mito 
o rito religioso, ni una planta o un animal, ni un instru- 
mento, una arma o un símbolo en uso al descubrirse la 
América, que hubiese sido antes importado del Asia o de 
otra parte del Antiguo Mundo». 

Esa misma opinión externó veinte años antes el insigne 
escritor mejicano D. Ignacio Ramírez, en un discurso que 
pronunció en la Sociedad de Geografía y de Estadística en 
1872, relativo a Los habitantes primitivos del Continente 
Americano: «Lo que se ha encontrado en América por los 
españoles, es exclusivamente americano. Tierras, plantas, 
animales, hombres, los restos de otra flora y de otra fauna, 
y las artes y las ciencias, y las costumbres y las institucio- 
nes; nada de ésto nos ha sido mandado por la Naturaleza 
entre el cargamento de un junco chino o de una galera de 
Cartago. Abandonemos de una vez la región de las quime- 
ras » . 

La misma teoría oí sostener al ilustrado Dr. D. José 
Ramírez, el 21 de octubre de 1895; día en que se verificó 
la séptima sesión del XI Congreso de Americanistas, reunido 
en Méjico y al cual tuve la honra de ser delegado por El 
Salvador. Durante esa sesión leyó el Dr. Ramírez una 
excelente disertación tendente a demostrar que «Las leyes 
biológicas permiten asegurar que las razas primitivas de 
América son autóctonas». Y hace pocos años leí en el Bo- 
letín de Instrucción Pública de Méjico (junio de 1907) un 
luminoso artículo del historiador don Carlos Pereyra, titulado 
«El Hombre Americano», en el cual artículo se declara 
autoctonista radical. 

Con todo, y dicho sea con perdón de tan eminentes 
autoridades, ese autoctonismo tan radical y absoluto deja 
sin explicación plausible muchos hechos notorios, que no 



28 SANTIAGO I. BARBERENA. 



admiten otra que emigraciones del Continente Oriental al 
Occidental en la época precolombina, bastante bien rastrea- 
das por los americanistas de ogaño, por más que D. Ignacio 
Ramírez las califique de quimeras. 

21. — La teoría de los «autoctonistas transigentes «o 
moderados», como los llama M. Marlow, puede formularse así: 

Los habitantes del Nuevo Mundo eran genuinamente 
AUTÓCTONOS, su raza no procedía de otro Continente, si 
bien muchos de ellos se cruzaron, desde mucho antes de 1492, 
con inmigrantes extranjeros (en mi concepto probablemente 
asiáticos) que influyeron más o menos en la cultura y cos- 
tumbres de los naturales de esta parte del Mundo. 

Uno de los primeros americanistas que proclamó sin 
ambajes y con gran lujo de detalles esa tesis, fué el señor 
don Rafael Delorme Salto, quien publicó en 1894 un intere- 
sante libro sobre Los aborigénes de América, editado en 
Madrid y propiedad de La Propaganda Literaria de la Ha- 
bana, al cual libro precede un prólogo del literato y general 
mejicano D. Vicente Riva- Palacio y Guerrero, autoctonista 
rematado. 

Según el señor Delorme hacía 11.650,000 años que la 
materia organizada había surgido en nuestro planeta, en la 
edad primaria, cuando en la terciaria apareció el hombre, 
como resultado de la obra de perfección que la Naturaleza 
impuso a todos los seres existentes, y fué en la selvas de 
la América del Sur donde por vez primera se transformó 
«n hombre un antropopiteco, como lo comprueban los restos 
humanos que allí se han encontrado, en terrenos que en el 
Antiguo Continente precedieron miles de años a la aparición 
del hombre. Asevera que las razas ibérica y egipcia, tan 
lamosas en los fastos de la humanidad tienen como casa 
solariega los bosques seculares del Brasil y del Perú. 

Creía el señor Delorme que la raza primitiva de Amé- 
rica debió ser negra, y que su color se modificó después, 
al cruzarse con las razas invasoras asiáticas y camiticas. 

Consigna en su libro numerosos datalles y datos su- 
mamente curiosos y no pocos conceptos por demás aventu- 
rados respecto a la cultura y divisiones etnográficas de la 
raza americana. 

La misma tesis, pero con más acentuado estilo científico 
desarrolló el eminente naturalista brasileño Dr. D. Ezequiel 
de Souza Brito en la magistral Memoria que sobre la 
Antropología y Etnología de las razas americanas presentó 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 29 

al IV Congreso Científico que varias veces he mencionado 
en las páginas anteriores. 

Al dar yo aquí una somera idea de sus conclusiones 
capitales me apartaré a las veces de su respetable opinión, 
respeto a algunos detalles, atento a las doctrinas de otros 
maestros, no menos autorizados, cuando me ha parecido 
preferible el modo de pensar de éstos. 

Cuestión primordial es la relativa a la antigüedad de 
nuestro Continente. Agassiz, Elias de Beaumont, Lund, Geo- 
ber, Pissis y otros ilustres geólogos han sostenido, con muy 
atendibles argumentos, que el Brasil central era ya una 
extensa tierra firme cuando el resto del mundo estaba aún 
sumergido en el océano universal, o apenas habían surgido 
algunas islas insignificantes correspondientes al actual centro 
de Francia, a algunos puntos de Rusia etc. etc. (21). 

Para nuestro objeto no precisa remontarnos tanto; bas- 
ta decir que todavía a fines del período glacial, de la época 
cuaternaria, la configuración de la parte sólida de la super- 
ficie terrestre era muy distinta de la actual. La porción de 
América comprendida en la zona tórrida se componía de dos 
grandes masas de tierras que Eigenmann ha denominado 
Archiguiana y Archamazonia, separadas por el valle del 
bajo Amazonas, todavía sumergido. En la América Meridio- 
nal había otro maciso terrestre, que Yhering llama Archelenis, 
enlazada a la Guayana y al África. Por el W. América 
estaba unida a la Australia y a Nueva Zelanda, al paso que 
por el N. se enlazaba con Europa y Asia. 

Varios paleontólogos opinan que no hubo comunicación 
directa entre ambas Américas desde la base del terciario 
hasta el fin de la época miocena; que sí habían estado en 
comunicación durante el cretáceo inferior y medio, pero que 
ya estaban separadas durante el cretáceo superior. 

Particularidad digna de atención: el Brasil, según lo ha 
demostrado el profesor Branner se libró de la acción glacial, 



(21) El Brasil ha sido objeto de numerosos y pacientes estudios geológicos, ini- 
ciados hace ya más de cien años por una falange de especialistas alemanes : teniente 
coronel Guillermo L. von Eschwege, teniente coronel von Feldner, sargento mayor Fe- 
derico Luis Guillermo Varnhagen, mineralogista Juan Pohl, naturalista Juan Bautista 
Spix y Carlos Federico von Martius, diplomático J. F. M. von Olfers, coleccionista 
Francisco Sellow etc. etc. 

Después ha sido estudiado desde el mismo punto de vista por los franceses d'Or- 
bigny. Pissis y Castelnau, por los ingleses Gardner, Alport y Plant; por los alemanes 
Helmereicher, Hensser, Clarrtz y Rath ; por el dinamarqués Clausen; por el norteame- 
ricano Parigot, y por otros muchos más, tanto extranjeros como hijos del país. Su 
actual Servicio Geológico, cuya organización se debe al sabio Carlos Federico Hart, ha 
realizado importantísimos trabajos. Hoy lo dirige el Dr. Orville A. Derby. 



30 SANTIAGO I. BARBERENA. 



pues en ninguna parte de ese gran país se han encontrado 
bloques erráticos, ni rocas extríadas, ni arcilla glacial. 

El señor de Souza Brito es decidido y habilísimo paladín 
del autoctonismo de la raza americana, la cual, según él, 
es originaria de los bosques del Brasil, sin perjuicio de 
reconocer la posibilidad de inmigraciones posteriores de otras 
razas en el Nuevo Mundo. 

22. — Aunque no es imposible que la aparición del 
hombre remonte a la época terciaria — y no pocos antropó- 
logos así lo han sostenido — lo cierto es que hasta ahora no 
se poseen pruebas auténticas de ello. M. Morgan, autoridad 
respetabilísima por su vasto saber y discreción, opina a ese 
respecto que aunque de la época en que vivió el primer 
mamífero bien pudo vivir el hombre (22), dada su gran 
aptitud de adaptación y los medios de que se vale para 
luchar con los elementos adversos a su subsistencia; pero 
que esa posibilidad no debe traducirse por probabilidad, 
desde el punto de vista trasnformista, en atención al atra- 
sado desenvolvimiento en que se encontraban los mamíferos 
en la época cretácea. 

Los restos humanos más antiguos que se conocen son, 
según el Dr. de Souza Brito, los de Arrecifes y Fontezuelas 
(R. Argentina), encontrados por Ameghino en el cuaternario 
inferior, y con los cuales Kolbert formó su Homo plioceni- 
cus. Con esos restos hace pendant el esqueleto descubierto 
por el eximio antropólogo dinamarqués Pedro Guillermo 
Lund, en las cavernas del Sumidouro (Brasil), esqueleto 
conocido hoy con el nombre de «troglodita de Laguna 
Santa », perteneciente al período paleolítico, contemporáneo 
del gran mamífero americano que Cuvier bautizó con el 
nombre de Megatherium. 

Esos restos son, en concepto del Dr. de Souza Brito, 
mucho más antiguos que el famoso cráneo de Neanderthal 
y que el tan mentado fósil de Las Calaveras (California) 
y constituyen irrefutable prueba de que el hombre existió en 
América mucho antes que en el Anitguo Mundo; que la 
población de nuestro continente data de tiempos anteriores 
a la época en que dejaron de existir las últimas razas de 



(22) Los primeros mamíferos fueron los marsupiales triásicos, perpetuados por los 
Didelfos eocenos, muy desenvueltos después en el pleistoceno de Australia y de los 
cuales se conservan varias supervivencias. Los placentarios aparecieron hasta en el eo- 
ceno, representados por cinco tipos, a la sazón poco diferenciados: los creodontes, los 
tilodontes, los condilartros, los amblipodos y los paquilemurianos. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 31 

animales gigantescos, y del examen minucioso de esos restos re- 
sulta que los hombres que en esa remotísima época aquí vivían 
eran de la misma raza que los que encontró Colón en 1492. 

Ahora bien, como es muy probable que la unión del 
África con la América del Sur fué anterior al mioceno su- 
perior, Amegrino, mediante una serie de doctas inducciones, 
llegó a la conclusión de que el precursor del hombre, el 
Homo simius, pasó, durante el mioceno inferior, o quizás 
durante el oligoceno, de la América del Sur al Antiguo Con- 
tinente, en unión de los cercopithecideos (23). Así es que 
habiendo vivido precursores del hombre en ambos continen- 
tes desde el comienzo del mioceno, es muy probable, según 
el autor de la Memoria de que tratamos, que el hombre 
haya aparecido independientemente en una y otra parte. 

El profesor Senet, en sus Questions d'Anthropologíe 
(1906) ha llegado a la misma conclusión: que los más 
próximos parientes del hombre se deben buscar entre los 
macacos americanos. 

La conclusión de M. Rene Verneaues que el hombre no se 
deriva del chimpanzé, ni del gorila, ni del gibbon, ni del oran- 
gután, sino más bien de un ser antropomorfo cuyos descen- 
dientes, evolucionando en diferentes sentidos, han dado origen 
de un lado a los antropoides, del otro al hombre primitivo. 

G. Sergui, presidente de la Sociedad Romana de Antro- 
pología, trata del famoso Homo pampaeus de Ameghino, en 
su monumental obra sobre L'Uomo, y su criterio a ese res- 
pecto coincide en el fondo con la doctrina sustentada por 
el doctor de Souza Brito: «revela, dice, que es un género 
distinto, de tipo y de origen americano, separadamente de 
todo otro tipo fósil o reciente del continente antiguo. En 
otras palabras, el Archaeanthropus demuestra un origen au- 
tónomo del hombre de los varios continentes, o poligenético, 
como yo sostengo ahora; fuera de este concepto no es po- 
sible explicar los caracteres del Archaeanthropus» . 

Bien sé que la Poligénesis es todavía considerada por 
muchos, aun entre las personas entendidas y despreocupa- 
das, como una audacia de escuela, como un recurso o ar- 
tificio para orillar ciertas dificultades, para subsanar la 

(23) Los antropomorfos aparecieron más tarde, separándose de los hominios y to- 
mando el camino de la bestialización. Ameghino opinaba que todos los macacos fósiles 
encontrados en el Viejo Mundo pertenecen a seres que estaban en vía de bestialización, 
inclusive el famoso Pithecanthropus de Java y el hombre de Neanderthal, que represen- 
tan líneas divergentes, hoy extinguidas, que se separaron del tronco central en época 
muy remota. 



32 SANTIAGO I. BARBERNNA. 



carencia de ciertos eslabones, y la declaran incompatible 
con el postulado capital de la unidad de la especie humana; 
mas he aquí como la juzga el profesor Bartolomé Malfatti, 
del Real Instituto de Estudios Superiores de Florencia, en 
su tratado de Etnografía: «La teoría tranformista, dice, es 
tal que puede ponerse de acuerdo con una opinión que ha 
sido sostenida por valiosos naturalistas y que es merecedo- 
ra de tenerse muy en cuenta; dicha opinión es la relativa 
a que por cada grande provincia zoológica se puede admi- 
tir un centro de procreación humana; que de la misma 
manera que aparecieron aquí y allá especies diversas de un 
mismo género de animales superiores (elefantes, perros, ca- 
ballos, osos etc. etc.), así también el hombre podía haber 
aparecido, con notas morfológicas distintivas, en varios pun- 
tos, y, especialmente, en aquellas regiones zoológicas en 
donde la evolución nos conduce hasta los Antropoides». 

23. — El hombre del cuaternario antiguo difería tanto 
de los trogloditas glaciales como el ariano primitivo de sus 
descendientes civilizados de hoy. Si los mamíferos terciarios 
pueden considerarse respecto a los actuales como especies 
y aun como géneros distintos, el tallador de sílex de aquel 
período no era en realidad un hombre, sino su precursor, el 
Homo simius. Schleicher, colocado en el terreno de la lingüís- 
tica, opina que nuestros primeros padres no fueron realmente 
hombres sino hasta la formación del lenguaje, gracias al 
desarrollo del cerebro y de los órganos de la palabra. 

Según el doctor de Souza Brito los representantes ac- 
tuales de la raza primitiva son los botocudos del Brasil, 
cuyos caracteres etnográficos corresponden bastante bien 
con el cráneo de Laguna Santa; mas también existe el bu- 
gre del Paraná, con caracteres similares á los de los crá- 
neos de los sambaquis brasileños, que por su configuración 
grosera, simplicidad de las suturas y por su plachicefalía, 
parecen inferiores a los de Laguna Santa. Es este un deta- 
lle que está por esclarecerse bien. Lo importante del caso 
es que hay hoy gran número de americanistas que atribu- 
yen un origen común a esa raza primitiva del Brasil, a los 
Mound-builders, a los Cliff-dwellers etc. etc., cuyos descen- 
dientes poblaron Méjico y la América Central. 

En cuanto a las múltiples e innegables conexiones en- 
tre los habitantes del Antiguo y del Nuevo Mundo en la 
época precolombina, señaladas y estudiadas con sumo cui- 
dado por los tradicionalistas de que oportunamente habla- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 33 

mos ya, son debidas a inmigraciones muy posteriores a la 
aparición del hombre, verificadas por medio de alguna o 
algunas de las rutas posibles entre ambos Continentes. 

Nada se opone y de buen grado lo admiten los autocto- 
nistas moderados, que la especie humana haya alcanzado 
mayor desarrollo y superior cultura en el Antiguo Mundo 
que en el Nuevo, y que, ya haya sido por natural tenden- 
cia a la expansión, o por otra causa cualquiera, aun fortui- 
ta, hayan pasado de allende a aquende; mas cuando esto 
se verificó ya la raza americana ocupaba gran parte de este 
Continente, desde muchos siglos antes (24). 

Desde ese punto de vista son muy dignas de atención 
y en nada contradicen la teoría del autoctonismo de la raza 
americana, los estudios de M. Alfonso Gagnon respecto a> 
las inmigraciones kushitas y a la semejanza entre los mo- 
numentos egipcios y los peruanos y entre los de Caldea, 
India e Indo-China y los maya-quichés; lo mismo que las. 
sagaces investigaciones del Arzobispo Planearte respecto a 
la procedencia de los nahoas y de los chañes o ulmecas. 

Cabe discutir las ingeniosas clasificaciones etnográficas 
de los humbolditanistas de nuestros días, que suponen haber 
existido una extensa raza, con numerosas variedades, la 
cual ocupaba en remotos tiempos todo el sudeste del con- 
tinente asiático y la mayor parte del americano e islas entre 
ambos comprendidas, y presentaba en el nuestro cuatro 
grupos principales: una raza tostada y basta, casi semejan- 
te a los negros, confinada al extremo meridional del Nuevo 
Mundo; otra cobriza, que pretenden haya sido hermana de 
la proto-asiática, y que constituía la gran masa de los ha- 
bitantes de este Continente, de cultura puramente lítica; las. 
ramas quichua y nahoa-maya, que alcanzaron notable civi- 
lización, de origen mongol, y la raza mongola-siberiana, es- 
tablecida en los confines boreales de América, de la cual se 
dice que proceden los esquimales. 

24. — Creo conveniente agregar las siguientes breves 
consideraciones en apoyo de la teoría autoctonista: 



(24) Según Juan Ribeiro (Historia do Brasil, 1901) las razas indígenas del Brasil 
constituyen cuatro grupos: tupi, tapuya, o ge, nu-aruak y caribe o coiaibe, y según el 
etnógrefo Carlos von den Stein, hubo tres expansiones principales de esas razas: prime- 
ro de los nu, en el continente y de los aruak hacia las Antillas; la segunda de los cari- 
bes, que quitaron las pequeñas Antillas a los aruak, y la de los tupis en distintas 
direcciones, especialmente por el litoral marítimo. (V. la Memoria sobre Los indios del 
Brasil por el doctor Nelson Coelho de Senna). 

— 3 — 



34 SANTIAGO I. BARBERENA. 



a) La fitografía nos demuestra que en América se ha 
desarrollado el reino vegetal en su escala ascendente, sin 
faltar ninguno de sus eslabones, hasta llegar a las plantas 
más perfectas, es decir las más complejas, y esto con ab- 
soluta independencia de la flora del Antiguo Mundo. 

b) El reino animal nos presenta el mismo fenómeno. 
Además, los paleontólogos han demostrado que grupos que 
en Europa o en el Asia todavía sufren su evolución natural 
(v. g. el caballo, el toro, el elefante etc. etc.), en América 
ya desaparecieron, dejando sus despojos, que comprueban 
su pasada existencia en estos países. 

c) No se han encontrado en el Nuevo Mundo huellas de 
las plantas cultivadas ni de los animales domésticos, que desde 
remotas épocas ha utilizado el hombre del Antiguo Mundo. 

Esta última circunstancia hacía mucha fuerza al Gene- 
ral Riva-Palacio, según lo dice en el citado prólogo para la 
obra del señor Delorme Salto: «ninguno, dice, de los anima- 
les domésticos del antiguo mundo conocido, se encontró en 
América por los conquistadores; aquellos emigrantes que 
debían sin duda de ser una inmensa muchedumbre para 
dar origen a los muchos millones de habitantes que tenía 
América, no llevaban consigo ni un caballo, ni un buey, ni 
un perro, y sí debieron conducir venados, tigres, bizontes, 
y todos esos amimales que tanto abundaban en el Nuevo 
Continente, y que no pueden ser el resultado de la genera- 
ción espontánea. Al mismo tiempo, no hay razón ni motivo 
para suponer que por donde pasara el jaguar, no pudieran 
también llegar el toro y el caballo». 

Los tradicionalistas explican el hecho con mucha sen- 
cillez, manifestando que las emigraciones del Viejo al Nuevo 
Continente fueron debidas ya a accidentes casuales, como 
naufragios, ya a la necesidad de expansión pero tan lentas, 
en su marcha, que los inmigrantes perdieron durante ella 
sus costumbres nativas y cambiaron de modo y medios 
de vivir. 

25. — Aunque ya amainó notablemente la cruda guerra 
que se ha hecho al darwinismo, contra el cual se ha en- 
pleado todo género de armas, desde la disertación científica, 
la prédica teológica y la censura eclesiástica, hasta la dia- 
triva violenta, la sátira amarga y la burla vulgar (25), to- 

(25) El darwimismo ha sido también combatido por varios filósofos libre-pensado- 
res, tales como los alemanes Gustavo Wolff, Neumeister, José Brener y el conde Hermann 
de Keyserling. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 35 

davía hay no pocos intransigentes, que lo consideran como 
una doctrina funesta con ribetes de ridicula. 

Bien merecen ciertos detractores del transformismo que se 
les repita lo que Huxley dijo a un obispo inglés, que en una 
reunión de la Asociación Británica para el Progreso de las Cien- 
ciasen 1860, atacó con extremada furia las doctrinas de Darwin 
(que a la sazón estaba en cama) provocando un verdadero al- 
boroto, al grado que a una señora le dio un repentino ataque 
de nervios: «Si yo eligiera — dijo Huxley al obispo — preferi- 
ría ser hijo de un humilde mono, que de un hombre cuyo saber 
y elocuencia son empleados para ridiculizar a los que consa- 
gran su vida á la investigación de la verdad.» 

El doctor Verneau observa con razón que la teoría 
transformista nada tiene de humillante para la especie hu- 
mana, que vale más, como dijo Carlos Vogt, ser un mono 
perfeccionado, que un hijo degenerado de Adam. 

Hoy, aun entre el clero católico, sobresalen algunos 
por la amplitud de su criterio y sus tendencias genuinamen- 
te científicas, a quienes no asustan las inducciones y deduc- 
ciones de los transformistas: entre esos clérigos descuellan 
el obispo de Chalons-sur-Marne, M. Meignan, y el eminente 
teólogo P. Henri de Valvoger, quien, ante el descubrimiento 
del pitecántropo de Java, admitió que antes de la creación 
de Adam existieron los primatos antropomorfos, superiores 
a los que existen todavía, y declaró que la idea de estos 
precursores misteriosos del reino humano puede ser quimé- 
rica, pero no tiene nada de heterodoxa, agregando, por vía 
de componenda con las tradiciones bíblicas, que es proba- 
ble que la Providencia haya dejado perecer esos precurso- 
res, antes de crear a nuestros primeros padres. 

Los adversarios del transformismo atribuyen a Ameghi- 
no el más exagerado materialismo; mas Ricardo Rojas, uno 
de los mas connotados miembros de la Sociedad Científica 
Argentina, en una conferencia que dio en ella, con motivo 
del primer aniversario de la muerte de ese ilustre profesor, 
puso las cosas en su lugar, respecto a las enseñanzas de 
Ameghino: «Yo no conozco, dijo, nada que esté más lejos 
de la filosofía materialista, que esa concepción de Ameghino 
(respecto al origen del Universo) ni más cerca de la cien- 
cia esotérica. Os recomiendo que comparéis todo esto con 
el diálogo de Platón sobre la naturaleza. Coincide nuestro 
sabio en muchos puntos con aquél, de quien se dice que 
«fué iniciado en los misterios de los sacerdotes egipcios». 



36 SANTIAGO I. BARBERENA. 



CAPÍTULO TERCERO 
Antiguas rutas posibles de uno a otro Continente 



26. — En los dos capítulos anteriores a éste he dicho* 
varias veces que es más que probable hayan llegado al 
Nuevo Mundo, en los tiempos precolombinos, inmigrantes 
procedentes del Antiguo, especialmente del Asia, y en el 
presente capítulo voy a indicar la vía o vías que pudieron 
seguir esos inmigrantes, ya hayan venido' por tierra o por 
agua. 

Los problemas paleogeográficos ofrecen tantas dudas y 
dificultades que, aparte unos cuantos principios generales, 
aceptados por la mayoría de los geólogos, cada uno de és- 
tos refiere a su modo como estaban distribuidas las partes 
sólidas y las partes líquidas de la superficie de la tierra 
en los tiempos prehistóricos, salvo, por supuesto, los par- 
tidarios del actualismo, cuyos últimos apóstoles han sido 
Agassiz, Dana y Geikie, que pretenden que la tal distribu- 
ción siempre ha sido tal cual hoy es. 

En cuanto a la máxima antigüedad del maciso brasi- 
leño — punto capital de la hipótesis autoctonista que he a- 
doptado — es aceptada por la mayoría de los antropólogos 
que han tenido a la vista y estudiado los yacimientos, res- 
tos fósiles y artefactos paleolíticos en que fundaron sus 
inducciones el gran Ameghino y sus numerosos coopinan- 
tes (26.) 



(26) No desconozco el desfavorable informe que respecto a las teorías de F. Ameg- 
hino dio el señor Ales Hordlicka al XVIII Congreso de Americanistas, verificado en. 
Londres del 27 de marzo al lo. de junio de 1912; mas no me convencen sus razones. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 37 

Me reduciré, pues, a hablar de las partes sólidas por 
•donde pudieran haber pasado los susodichos inmigrantes y 
•de las rutas marítimas que cabe suponer hayan seguido. 

27. — Yo no creo que los primeros movimientos migra- 
torios los hayan efectuado los prístinos homínides del Viejo 
Mundo ni sus inmediatos sucesores, y si aportaron unos 
cuantos, no puede atribuírseles influjo ninguno desde el 
punto de vista etnográfico. Debe suponerse que los inmi- 
grantes habían alcanzado ya notable desarrollo numérico y 
•cierto grado de cultura, en el país de su origen, para que 
por su número y condiciones hayan sido parte a modificar 
la raza americana en varias e importantes porciones de es- 
te Continente y a hacer prevalecer, o por lo menos resaltar la 
cultura que traían, en términos que podamos hoy inducir 
-de donde vinieron. 

Los movimientos migratorios deben haberse efectuado 
•en épocas relativamente cercanas a la actual, cuando ya la 
distribución de las tierras y aguas en la superficie de nues- 
tro planeta no difería gran cosa de la que hoy conocemos; 
sin embargo, tendremos que remontarnos un poco más le- 
jos para poder indicar las diversas rutas que se han su- 
puesto con respecto al asunto de que tratamos. 

28. — Algunos geólogos pretenden que la región cen- 
tral del Pacífico estuvo ocupada por un gran Continente, 
hoy sumergido, y se fundan en que en esa región la pro- 
fundidad del Océano es comparativamente escasa y en que 
en algunas de las islas de esa región, v. g. en Tahití, se 
han encontrado terrenos primitivos. M. de Lapparent opi- 
na que el Pacífico existe desde las primeras edades del 
mundo y que en su parte medial existieron unas cuantas 
grandes islas alongadas, hoy en su mayor parte sumer- 
gidas, pero cuya superficie no alcanzaba las proporciones 
de un Continente. Poco a poco, a medida que se fue estre- 
chando la Tetis ecuatorial, las aguas fuerone mpujadas ha- 
cia el Pacífico, que aumentó considerablemente de tama- 
ño. (27.) 

No hubo, pues, ruta terrestre que facilitara el paso 
por este lado, poniendo a los emigrantes a poca distancia de las 
costas de América. 



(27) Notables geólogos suponen que desde un principio existió una gran fosa 
ecuatorial, que se ha estrechado paulatinamente de la cual son restos el Mediterráneo, 
los schotts sahariano, el Mar Negro, la depresión Arabo — Caspiana, la del Turquestán 
Chino, el Mar de las Antillas, el Golfo de Méjico. &, &. M. Suess la ha llamado Tetis. 



38 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Dícese también que la Australia, la India y Madagas- 
car son restos de un antiquísimo Continente, y M. Suess 
admite que antes del período secundario esa tierra forma- 
ba un todo con la del Continente afro-brasileño, constitu- 
yendo así la gran Tierra de Gondwana, caracterizada por 
una planta particular, la glossoptetis, que vivía en toda la 
extensión de ese gigantesco país. Comprendía, pues, este 
Continente a la famosa Lemuria de Haeckel (aceptada por 
G. de Mortillet), lazo de unión del Oeste de la India con 
el Este de África, y en el cual coloca el ilustre naturalista 
alemán, la cuna de la humanidad, que, según él, desciende 
de la familia de los monos lemurianos. 

Para muchos geólogos existen todavía claros indicios 
de que hubo un Continente al Norte del Atlántico, que po- 
nía en comunicación directa las costas orientales de la A- 
mérica del Norte con las de Europa, el cual Continente 
empezó a anegarse a mediados del período terciario. Gei- 
kie en sus Fragments of Earth (p. 283) declara que no hay 
tales carneros, que no hay prueba alguna que justifique la 
hipótesis relativa a ese Continente, opinión a que se adhiere 
el antropólogo W. H. Holmes, que ya hemos citado en el 
capítulo anterior. 

29. — De todos esos continentes hipotéticos el más cé- 
lebre es sin duda la Atlántide o Atlántida, vasta estensión 
de tierra que se estendía desde la península ibérica hasta 
las costas orientales del Nuevo Mundo. 

Ha pasado con la Atlántide, redimida hoy de la burla 
y del olvido, una de esas reacciones de la crítica, tan fre- 
cuentes como inesperadas. Varios eruditos, tomando por 
base las alusiones mas o menos vagas que sobre esa isla 
se encuentran en la Odisea de Homero, en la Teogonia de 
Hesiodo, en las Tragedias de Eurípedes y en otros anti- 
guos escritores helenos, y sobre todo el relato extenso y 
minucioso que a ese respecto está consignado en los Diá- 
logos de Platón, formularon a su antojo diversas hipótesis 
sobre el lugar que ocupaba esa isla y sobre la época y~ 
causa de su desaparición: para unos, nuestro Continente es 
aquella comarca deliciosa, que ya los cartaginenses habían 
descubierto, al decir de Aristóteles y de Diodoro. Latreille> 
en una memoria que leyó ante la Academia de Ciencias de 
Francia, en 1819, pretendía demostrar que la Persia ocupa 
hoy el sitio donde estuvo la Atlántide, la cual formaba una 
isla, cuando el Mar Caspio, el Oxus y el Indo tenían ma- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 39 

yor extensión que ahora; M. Bory de Saint-Vincent, en su 
Essai sur les iles Fortunées et l'antique Atlántide, siguiendo la 
opinión de Mentelle, afirma que las Azores, Madera, Cana- 
rias e Islas de Cabo Verde, fueron parte integrante de di- 
cho Continente, y que éste desapareció cuando un inmenso 
lago de agua salada, que existía en el interior del África, 
se precipitó al Océano, a consecuencia de la ruptura de la 
faja de tierra que lo separaba de éste; Tournefort creía 
que la desaparición de la Atlántide se debió a la irrupción 
del Ponto Euxino en el Mediterráneo por el Bosforo, y 
de este último en el Océano por el estrecho de Gibraltar; 
en fin, por no citar mas, Rudbeck, como buen sueco, colo- 
có la Atlántide en las gélidas regiones de la Escandinavia. 
La crítica, no encontrando nada formal en esas lucubracio- 
nes (análogas a las que por tanto tiempo ejercitaron la 
sagacidad de los eruditos, respecto al sitio en que estuvo 
el Paraíso terrenal) declaró poco menos que utópica la 
existencia de la tierra platoniana. M. Duponk dice en el ar- 
tículo Atlántide de la Encyclopédie Moderne de los herma- 
nos Firmin Didot, hablando de las investigaciones relati- 
vas a esa isla, que son tan útiles a la ciencia como "celles 
que l'on pourrait faire sur les iles merveillenses decouver- 
tes por le marin Simbad des Mille et une nuits." Mas de 
algunos años a esta parte, los sabios, abordando la cues- 
tión desde otros puntos de vista, de carácter positivo,, han 
reanudado los trabajos respecto a la Atlántide. 

Los fucos del mar del Sargazo (28); las diversas islas 
escalonadas entre el África occidental y nuestras costas del 
Atlántico; el examen comparativo de las conchas y de la 
fauna terciarias de los Estados Unidos y de Francia, y de 
los insectos de Inglaterra y de Alabama, y, sobre todo, el 
estudio de los inmensos depósitos terciarios lacustres de 
España, han venido a robustecer la hipótesis de que haya 
existido la referida unión continental. 

El historiador Cantú fué uno de los creyentes en la 
Atlántide: «¿por qué creer, pregunta, mero sueño de los 
sacerdotes egipcios la grande isla Atlántica que ha desapare- 
cido del globo? — ¿Qué razón podían tener para inventar 

(28) «Sabemos que Cristóbal Colón en su primer viaje, poco después de haberse 
alejado de las Canarias, encontró el mar cubierto de una vegetación marina, que infun- 
dió el pavor entre sus compañeros, quienes creían que navegaban sobre un Continente 
recién sepultado por las aguas del mar. Los españoles llamaron esos parajes praderías 
de yerbas, los franceses mar de Varech y los portugu:ses mar de Sargazo». — (Diego 
Barros Arana, Elementos de Geografía Física. Santiago de Chile-, 1881.) 



40 SANTIAGO I. BARBERENA. 



un relato ajeno al culto, a las ideas, a los intereses que 
representaban? 

Según el abate Brasseur de Bourbourg (Quatre lettres 
sur le Mexique, París, 1868) la parte de nuestro Continente 
que se extendía del Sur de Colombia a los confines borea- 
les de Méjico, se prolongaba en otro tiempo hasta donde 
están hoy las islas Canarias, Madera y las Azores, y uno 
o varios cataclismos hicieron desaparecer esa porción de 
fierra. «Esa es la antigua Atlántide de Platón rejuvenecida, 
exclama nuestro historiador Milla, "y que se presenta apo- 
yada en argumentos geológicos, históricos, lingüísticos y 
sobre todo en los viejos códices mexicanos y centro-ame- 
ricanos. Según esa teoría esta parte de la América habría 
sido la cuna de la civilización de la humanidad, que lejos 
de haber venido de Asia a estas regiones, como se había 
creído hasta ahora, habría ido de aquí a aquella parte del 
mundo impropiamente llamado antiguo» (Hist. de la América 
Central, tomo I. p. XXXIV.) Respecto a este último punto ya 
queda consignada nuestra opinión en las páginas ante- 
riores. 

Con todo, entre los americanistas de profesión y entre 
!os geólogos hay muchos recalcitrantes. M. Beuchat consi- 
dera como puramente mítica a la Atlántida, y agrega que 
los sondajes han revelado enormes profundidades en la re- 
gión donde se pretende que existió esa gran isla, y que 
es notorio que las islas que existen al Oeste de África son 
todas de origen volcánico. 

Edwin J. Houston, polígrafo inglés, habla extensamente 
de la Atlántida en su obra sobre los Volcanoes and Earth- 
quakes (1908), mas no prohija la multitud de leyendas que 
respecto de ella y sus habitantes se han fraguado. Sentenach 
(Op. laúd), supone que la extensión de esa isla no era 
bastante para enlazar ambos mundos ni su población tan 
densa que haya necesitado emigrar a lejanas tierras. Mas 
hay también americanistas que han acogido la especie como 
un hallazgo precioso para ubicar el origen de unos cuantos 
pueblos del Nuevo Mundo. El licenciado don Eustaquio 
Buelna, erudito escritor mejicano, por ejemplo, publicó una 
larga disertación en la que aduce gran número de argumen- 
tos para probar que los antiguos Atlántides fueron los 
progenitores de los aztecas y toltecas, punto de que tratare- 
mos oportunamente. Según este señor los hechos a que se 
refiere el relato de Platón acaecieron en la época del diluvio 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 41 

bíblico, hacia el año 2400 antes de C. (29). Según Hamy 
la Atlántide desapareció en la edad de la piedra pulida 
•antes de la del hierro; mas conforme al señor Holmes, aun 
Jos geólogos que hoy admiten que haya existido la tal 
Atlántide, opinan que su desaparición data de mucho antes 
de que comenzara el período humano, y esto es, en mi con- 
cepto, lo más probable, caso que haya existido esa isla. 

30. — El Continente Sino-Siberiano estuvo primitivamente 
separado del Ñor- Atlántico por un brazo de mar que ocu- 
paba el sitio en que a principios de la era terciaria se 
elevaron los Montes Urales. 

El Continente Afro-Brasileño, que como se dijo formaba 
en un principio un solo cuerpo con el Australo- Indo -Mal- 
gache, subsistió, por lo menos, hasta mediados de la misma 
época terciaria. 

Todos esos continentes habían desaparecido muchos 
siglos antes de que los naturales del Antiguo Mundo al- 
canzaran el desarrollo necesario para emigrar al Nuevo, en 
condiciones apropiadas para ejercer duradero y notorio in- 
flujo en buena parte de la población de éste. Repugna al 
buen sentido atribuir ese poderoso influjo a un reducido 
número de inmigrantes, por fuertes y cultos que se les su- 
ponga, pues a buen seguro hubieran sido absorvidos por 
Ja raza americana, sin que quedara otra cosa, y a lo más, 
que el recuerdo de su llegada. 

Debemos renunciar al cómodo recurso de las rutas 
transcontinentales, en el sentido y caso de que tratamos, e 
indagar qué vias marítimas es plausible suponer hayan seguido 
los inmigrantes que vinieron del Antiguo al Nuevo Mundo. 

31. — La vía de las Aleutianas (o Aleucianas) ha pare- 
cido a algunos ser la solución mas satisfactoria del problema 
de las rutas, por lo cual ese insignificante archipiélago es 
muy mentado por los americanistas. 

Forman un arco de 1750 km. de largo, desde la penín- 
sula de Alaska, entre los 163° y 187° de long. E. de Green- 
wich y los 51° a 55° de Lat. N., el cual arco, junto con 
las islas Comandez, pertenecientes a Rusia, separa el mar 
de Behring del Océano Pacífico, uniendo la América boreal 
con Asia. Sin contar los pequeños escollos, está constituido 
el grupo de las Aleutianas por unas 150 islas, cuya super- 

(29) El Teósofo W. Scott— Elliot, autor de una fantástica Historia de los Atlan 
tes, fija la destrucción de dicha isla en el año 9564 antes de C El venezolano B. Ta- 
vera — Acasta ha aceptado como verdaderos los deliquios de ese pseudo-historiador. 



42 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ficie total es de 37840 k ms - 2 Fueron descubiertas en 1741 
por el navegante danés Vitus Behring; pertenecieron a Ru- 
sia hasta 1867, que pasaron, junto con toda la América 
rusa, al poder de los Estados Unidos. Para ir de Kam- 
chatka a Alaska hay que recorrer unas 300 millas de mar 
abierto, con frecuencia azotado por muy fuertes vientos. 

El doctor W. H. Dalí ha publicado, no ha mucho, un 
interesante estudio respecto a las Aleutianas, y según él 
pueden distinguirse tres períodos de ocupación de ellas, 
que abarcan un lapso como de 3000 años: primero fueron 
habitadas por una tribu de «comedores de erizos,» gente 
extremadamente bruta, sin ningún género de utensilios do- 
mésticos; después fueron ocupadas por tribus ictiófagas, 
un poco menos rudas, y después llegaron los actuales indí- 
genas del archipiélago aleutiano; mas todas esas gentes es 
probable procedían de la costa americana, y se hace difícil 
creer hayan pasado de uno a otro Continente en sus bal- 
dares o canoas de cuero, antes de la dominación rusa. 

En cuanto a las islas Comandez (o del Comendador) 
tampoco presentan vestigio ninguno de que hayan pasado 
por ahí inmigrantes: cuando fueron descubiertas estaban 
completamente inhabitadas. 

El señor Holmes en su ya varias veces citada memo- 
ria, dice con referencia a esas islas: «Así tenemos, pues, 
un espacio de más de 300 millas en esta supuesta ruta, en 
donde no se halla evidencia alguna de la presencia huma- 
na, y como mil millas o más donde tampoco se ven ras- 
tros de viajero alguno, ni señales de las hordas migratorias 
que hubieran podido seguir tan amplia vía.» 

32. — La consideración de las corrientes oceánicas ha 
sugerido varios derroteros marítimos intercontinentales, por 
donde pueden haber venido, intencional o casualmente, los su- 
sodichos emigrantes. En el Manual de Arqueología Americana 
de M. Beuchat están muy bien descritas esas corrientes. 

La corriente que de las costas de África se dirige a la 
América del Sur y a las Antillas y los vientos alisios del 
Atlántico, no creo hayan sido aprovechados para pasar de 
uno a otro Continente por los marinos de la antigüedad (30) 



(30) En mi concepto las inmigraciones de que aquí tratamos no se verificaron 
centenares de miles de años antes de C, como pretenden algunos; mas tampoco en 
vísperas del descubrimiento de América, como aseveran otros. Es absurdo suponer 
que «cuatro gatos», como vulgarmente se dice, hayan modificado el tipo y la psicolo- 
gía de importantes pueblos americanos en un abrir y cerrar de los ojos. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 43 

pues la travesía más corta de la África a la América del 
Sur es de unas 1000 millas, a través de un Océano con 
frecuencia muy agitado. No se concibe que en tres o cua- 
tro lanchitas hayan podido venir los inmigrantes necesarios 
para poder ejercer en la raza americana una acción nota- 
ble y duradera, física y moralmente. Unos cuantos náu- 
fragos, llegados de vez en cuando, no habieran bastado, 
me parece, para ejercer influjo apreciable. 

Es esta una de las cuestiones respecto a las cuales no 
encuentro una explicación que me satisfaga: creo que hubo 
inmigraciones importantes por el lado del Atlántico, no só- 
lo a la América del Sur, sino principalmente a las costas 
de Méjico, y que esas inmigraciones procedían del Oeste 
de África, o de la cuenca del Mediterráneo; mas no me a- 
trevo a fijar la ruta que siguieron, ni de qué medios se 
sirvieron. Al tratar en la segunda parte del origen de los 
ulmecas insistiré sobre este punto. 

Por otra parte, no es razonable relegar las inmigracio- 
nes a los tiempos medioevales y suponer que los viandan- 
tes contaban con mediocres medios de transporte y con la 
pericia necesaria para emprender viajes de largo curso, co- 
mo lo hicieron Colón, Corte Real, Hojeda y Cabral, porque 
el influjo que ejercieron esos inmigrantes, implica una ac- 
ción eficaz y persistente durante muchos años, mejor dicho, 
siglos. En la época de la conquista nuestros indios, aun 
los más leídos, apenas conservaban vagos recuerdos, envuel- 
tos en multitud de leyendas inverosímiles, respecto a la 
llegada de gentes extranjeras, tales como los relativos a 
Quetzalcoatl, a Votan, a Zamná, & &, respectivamente. 

33. — También se ha hablado mucho, a propósito de 
la cuestión de que tratamos, de las corrientes de la parte 
central y meridional del Pacífico, que atraviesan la vasta 
extensión que separa las islas de la Polinesia y la América 
del Sur, y de la corriente del Japón, que parte del N. de 
Asia y baña las costas de la América boreal. 

El Conde de Charencey, en su curioso tratado sobre el 
Mythe de Votan, da por muy seguro que el Kouro-Siwo, o 
«Río Negro», y la corriente de Tessan, que parten de las 
costas meridionales del Japón y terminan en California, re- 
presentaron gran papel en las migraciones de un Continente 
al otro. Inspirado por esas ideas el señor Sentenach, es- 
cribió esto: «Las razas amarillas oceánicas han sido lleva- 
das a América por la gran corriente del Kiro-Siwo, o corriente 



44 SANTIAGO I. BARBERENA. 



negra, en primer término, y por las secundarias que suben 
hasta el mar de Behring y se doblan por las costas de Alaska, 
o en segundo lugar por la gran corriente que llega al Ar- 
chipiélago de la Reina Carlota y se divide en dos: una 
-que sube por todo el golfo de San Elias y el Alaska, y la 
rama mayor que sigue la costa hasta San Francisco de Cali- 
fornia, y allí se dobla en una hacia las islas de Therrain, 
y otra que baja hasta Acapulco, donde se ha señalado el 
naufragio japonés más meridional». 

Es muy posible que los accidentes de la navegación 
,hayan arrastrado a las playas de América, desde los tiem- 
pos antiguos, a unos cuantos náufragos, de distintas proce- 
dencias. El descubrimiento de la América del N. por los 
islandeses, de origen escandinavo, fué debido a uno de esos 
percances. Mas no doy importancia como colonizadores a 
esos pocos marinos, o pescadores, pues no cabe presumir 
que hayan sido muchos, arrastrados por un temporal o por 
-otra causa cualquiera. 

34. — El Arzobispo Planearte, para allanar la cuestión, 
ha tratado de demostrar que desde mucho antes de Cristo, 
ya la navegación había hecho notables progresos y que por 
consiguiente nada se opone a que algunos audaces marinos 
-de la antigüedad hayan atravesado el Atlántico; mas es muy 
dudoso que también hayan atravesado el Pacífico. La ma- 
teria se presta para dar pábulo a la imaginación de los es- 
critores, de lo que ha resultado gran variedad de opiniones: 
cada uno de ellos ha tirado de la manta para dondo mejor 
le ha placido. Entre esos pareceres uno de los más sensa- 
tos, a mi enterder, es el que expresó el licenciado D. Con- 
rado Pérez Aranda, de Alamos (Estado de Sonora), en la 
Memoria que presentó al XI Congreso de Americanistas, ti- 
tulada : Inmigraciones de la América en general y cuáles hayan 
.llegado al actual territerio mexicano. « La corriente ecuatorial 
atlántica, dice, aunque como vía puramente marítima, difí- 
cil y tardía, no era imposible, y trajo a la América de las 
costas occidentales del África inmigraciones aisladas (queda 
indicada la dificultad que ofrece este punto) que comparati- 
vamente a las del Noroeste (por el estrecho de Behring), 
deben considerarse como inmigraciones individuales. Y por 
último, por el Pacífico las inmigraciones fueron rarísimas, 
tanto por la grande extensión del Océano, como porque la 
corriente ecuatorial dirigiéndose al Oeste facilitaba más la 
emigración de América a las islas oceánicas y al Asia. Só- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 45 

lo la contra corriente ecuatorial y la corriente septentrional 
pudieron traer inmigraciones; la una a las costas de la Nue- 
va Granada, y la otra a las de California y costa occiden- 
tal de México». 

Muy distinta opinión expresó el señor don Abraham 
Castellanos, de Oajaca, en su Plan general sobre procedencia 
de los pueblos americanos, presentado al mismo XI Congreso. 
«Para explicar, dice, las relaciones americanas con el Orien- 
te de Asia, sólo nos queda un camino único, el Océano Pa- 
cífico. Parecerá temeraria esta afirmación, pero es la única 
posible. Los chinos y los coreanos fueron pueblos muy ade- 
lantados en la antigüedad. Durante las guerras sobre todo, 
y en muchas ocasiones, los vientos procedentes de la tierra, 
arrojaban barcas a alta mar, y entonces la corriente marina 
del Japón se encargaba de traer a los orientales hasta las 
costas de San Francisco de California, donde se fija la an- 
tigua Huehuetlapallan, y de donde parten todas las leyendas 
de nuestra historia antigua». (31) 

También Carlos Wiener, en su Essai sur les institucions 
politiques, religieuses, economiques et sociales de l'empire des In- 
cas declara inadmisible la hipótesis de inmigraciones proceden- 
tes del África occidental en la América oriental. «Nous repous- 
sons, dice, énergiquement ees hypothésses commodes, qui portent 
prejudice a la science et en mécornaissent le fondement». 

El eruditísimo historiador americano Humberto Howe 
Bancroft refiere en su magna obra sobre The native races 
of the Pacific States of North America (tomo V p. 52) que 
en las costas de California se recogieron, de 1852 a 1875, 
veintiocho navios asiáticos, de los que solamente doce se 
encontraron vacíos. En 1885 hizo mucho ruido la llegada de 
un barco japonés, arrastrado por vientos contrarios, que 
fué a estrellarse en las costas de California. De Nadaillac 
habla en su libro sobre Les primers hommes de varios ca- 
sos de juncos chinos llevados por las corrientes oceánicas 
a las playas de América. Y si es cierto que los chinos se 
aventuraban a largas navegaciones desde 1,000 años antes 
de C, es probable que hayan ocurrido varios de esos nau- 
fragios desde hace muchos años; más no debe suponerse 



(31) El señor Castellanos hace referencia a un hecho, a que aludimos ya en el ca- 
pítulo primero; que desde el siglo VII al XVI, según .Aymot (conforme a una obra que 
tradujo del chino), durante el reinado de Khan Mangu, la China y la Corea trataron de 
apoderarse del Japón, y un ejército de 100,000 hombres, en 900 naves se dirigió a la is- 
la; pero una tempestad dispersó esas naves, y no se volvió a saber de ellas. 



46 SANTIAGO I. BARBERENA. 



hayan sido buques de alto bordo, con numerosos tripulan- 
tes y cargados de provisiones. 

M. A. Gagnon cree que esos aportes accidentales bas- 
tan, sin embargo, para explicar por qué se ha -encontrado 
acá y allá en América, tanto en ciertos dialectos, v. g. el 
de los Chinouks, como en la ornamentación de algunos va- 
sos recogidos en Méjicp y en el Perú, varios rasgos o de- 
talles, que sin ser genuinamente chinos, hacen recordar la 
China y el Japón. Así se podrían explicar también, según él, 
las infiltraciones búdicas que se han descubierto examinan- 
do varias figuritas de barro encontradas en Méjico, espe- 
cialmente en el Yucatán. 

Yo creo que de esos hechos puede darse una explica- 
ción más satisfactoria y directa, haciendo pasar por el estrecho 
de Behring a los causantes de «esos puntos de contacto», 
no haciendo caso de las críticas y burlas de que ha sido 
objeto esa ruta. (32) 

35. — Ya en 1778 Scherer aseguraba en sus Recherches 
hist. et géog. sur le Nouveau Monde que los chinos pasaron 
por allí, antes de la apertura del estrecho, a poblar la América 
del Norte, en tanto que otros se fueron por agua a colonizar 
el Perú, aseveraciones ambas algo más que atrevidas. 

En mi concepto el estrecho de Behring es la única ru- 
ta por donde pueden haber pasado los inmigrantes, en 
número suficiente para ejercer positiva y durable influencia 
en la raza americana. En invierno se forman allí puentes 
de hielo plenamente seguros, y el viaje sólo requería unas 
pocas provisiones de boca y llevar unos cuantos hacecillos 
de leña para calentarse. 

El señor Holmes da también singular preferencia a la 
ruta de Behring: «tomando en consideración, dice en su 
mencionada memoria, las relaciones geográficas que existen 
entre el Asia y la América del Norte, las condiciones geo- 
lógicas y climatéricas de la región de Behring, y la índole y la 
cultura de los pueblos de ambos continentes, no andamos muy 
errados en asentar la conclusión de que desde hace mucho tiem- 
po éste es el puente principal, sino el único, que ha existido en 



(32) El estreecho de Behring está comprendido entre los cabos Kregugin, Nuniano 
y Oriental de Siberia, y los de Rodney Douglas, York y Príncipe de Gales, en Alaska. 
Tiene 92 Km. de ancho y 90 m. de profundidad media. Ni aun en pleno verano está 
completamente libre de hielos flotantes. Se encuentran en el estrecho las tres islas Dió- 
medes, pertenecientes a los Estados Unidos. Generalmente se dice que fué descubierto 
por Vidal Bering (o Behring) en 1728; mas está demostrado que el cosaco Deckneff lo reco- 
rrió en 1648. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 47 

el invierno, y el paso por mar en el verano, por donde ha pa- 
sado la gran masa de la población indígena de América. 

Lo verdaderamente curioso del caso es que desde mu- 
cho antes que el cosaco Deckneff explorase dicho estrecho, 
ya los cosmógrafos habían adivinado su existencia y lo des- 
cribían con admirable aplomo, dándole el nombre de Anián, 
y aseverando que por allí pasaron las diez tribus desterra- 
das por Salmanazar, a poblar la América; después de ha- 
ber permanecido algún tiempo en Arzaret, al E. de la Tar- 
taria, junto al promontorio Tabín (33), como detalladamen- 
te lo expone el doctor don Diego Andrés Rocha en su ya 
citada obra sobre el origen de los indios del Perú, Méjico, Santa 
Fe y Chile. 

El cronicón titulado Isagoge histórico apologético, ha- 
blando del tránsito de dichas tribus por el estrecho de Anián, 
dice: «Y por aquellas partes más altas, puede ser que el 
Estrecho en baja mar pueda pasarse por algunas piedras 
y que de este passo hablen en esta relación (uno de tan- 
tos documentos que tuvo a la vista el autor). También es 
muy natural que el mar y el Estrecho de Anián en aquellas 
partes que están debajo de el Norte se yele por tiempos y 
de passo para estas tierras a pie enjuto. Y finalmente de 
cualquiera suerte que ello sea, es necesario conceder que 
por aquella parte de el Norte ay passo muy fácil a este 
Arsareth de las otras partes del mundo». 

Aunque jamás he creído que las lenguas americanas se 
deriven del hebreo, ni que hayan andado por estas tierras 
las tribus desterradas por Salmanazar, ficha que inventó, 
según parece, Fr. Bartolomé de las Casas, sí me llama la 
atención la insistencia con que varios tradicionalistas han 
buscado un paso intercontinental por donde hayan venido 
los pobladores de América, y, como es natural, lo han fija- 
do por donde queda el estrecho de Behring. (34) 

36. — Las emigraciones han de haber comenzado cuando 
ciertos pueblos del Antiguo Mundo (probablemente del Asia 



(33) Según el desconocido autor del Isagoge la tierra de Arsareth (esa ortografía 
emplea) es la Amé. ica, la cual atravesaron Adam y Eva, de punta a punta, yendo del 
Paraíso (Polo Sur) a la Tartaria, y la provincia de Arsareth, en la parte oriental de 
Tartaria, pertenecía a la misma América, o estaba unida a ella por el Norte. 

(34) Ocioso es advertir que los autoctonistas radicales niegan de plano haya ha- 
bido tales inmigraciones en nuestro Continente, y toda relación entre las razas ameri- 
canas y las asiáticas. «El hombre, dice uno de ellos (D. Manuel Martínez Gracida) apa- 
reció en América hace unos 250,000 años, y los indios americanos no son más que ame- 
ricanos». (Bol. de la Soc. de Geog. y Estad, de México, 1910) 



48 SANTIAGO I. BARBERENA. 



tropical) alcanzaron el desarrollo necesario para sentir la 
necesidad y estar en aptitud de verificarlas. 

No cabe imaginar, qué agente poderoso, dice el señor 
Holmes, hubiera podido hacer emprender viaje a una co- 
lumna de pitecántropos que, a partir de la tropical Java, 
hubiérase dirigido al subtropical Irrawaddy, distante más 
de 1000 millas; recorrer después otras tantas, hasta el tem- 
plado Yang — tse — Kiang; en seguida 500 millas, hasta el 
Río Amarillo: luego cerca de 1000 millas, hasta el Amur, 
y, por último, como 2000 millas, a través de heladas me- 
setas y abruptas montañas para alcanzar las estepas sibe- 
rianas, hasta llegar al Añadir e ir a parar al ártico Cabo 
del Este y luego pasar a nuestro Continente. 

Las emigraciones a que nos referimos, si bien no se 
han de haber realizado en las postrimerías de la época 
precolombina, tampoco remontan a los albores de los pue- 
blos asiáticos; y han de haber¿e efectuado con suma len- 
titud, muy gradualmente, atemperándose poco a poco a los 
diversos climas, ganando los emigrantes paulatinamente en 
número y en cultura, de manera que cuando penetraron en 
las frías regiones del N. ya estaban preparados para ello y 
podían llevar los elementos necesarios. Es probable que 
hayan ocurrido varias invasiones a intervalos más o menos 
largos y tal vez por pueblos de distinta procedencia, y han 
de haber transcurrido algunos siglos desde las primeras in- 
migraciones hasta la época en que los inmigrantes se ha- 
bían extendido por gran parte de América y cruzándose ín- 
timamente con las razas autóctonas de ésta, cuya cultura 
modificaron en diversas regiones más o menos profundamente. 
Precisar las fechas respectivas de esas inmigraciones, ni de 
una manera aproximada, es absolutamente imposible. 

Los monumentos arquitectónicos americanos de la épo- 
ca precolombina, aunque presentan cierta unidad fundamen- 
tal de estilo, ofrecen a la vez diferencias tales que no es 
razonable atribuirlos a un mismo pueblo ni a una misma 
época (35). Ya hemos dicho que los monumentos peruanos 
son de tipo egipcio y los de Méjico y los de Centro-Amé- 
rica tienen notable semejanza con los de Caldea, India e 
Indo-China. 



(35) Los monumentos megalíticos de Tia/.uanaco cuentan por lo menos unos doce 
mil años, según el arqueólogo Arturo Posnansky. (Razas y monumentos prehistóricos 
del altiplano Andino, Memoria presentada al Congreso Científico de Chile, repetidas 
veces citado en las páginas anteriores). 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 49 



CAPITULO CUARTO 
Las razas americanas 



37. — De tres importantes cuestiones etnográficas trataré 
en este capítulo: ¿Existe en América una raza humana com- 
pletamente distinta de las otras? Esa raza, si la hay, es una, 
u ofrece notables variedades, irreductibles a un tipo único? 
Cuáles son sus caracteres? 

Si bien estoy muy lejos de renegar, a lo Juan Finot, de 
las clasificaciones etnográficas y de los criterios en que se 
fundan, tampoco acepto las teorías de Gobinau y de Vacher 
de La Pouge respecto a la superioridad intrínseca de la ra- 
za germánica. Es un hecho harto notorio la existencia de 
unas cuantas variedades de la prole de Adám, que tal vez 
con el transcurso de los siglos lleguen a fundirse en una 
sola, y a todas las considero igualmente aptas para alcan- 
zar elevada cultura, si se ponen en condiciones apropiadas 
para ello. 

Los aborígenes del Nuevo Mundo, sean o no autócto- 
nos y cualesquiera que hayan sido sus cruzamientos en la 
época precolombina, el hecho es que no cabe identificarlos 
con ninguna de las razas admitidas por la generalidad de 
los antropólogos en el resto del Mundo: forman, pues, una 
raza completamente distinta, tan compleja que no pocos es- 
pecialistas cuentan dos o más razas americanas. 

Los partidarios de que es una, cuentan con el voto casi 
unánime de los cronistas y geógrafos de la época colonial. 
A don Antonio de Herrera, cuya Descripción de las Indias 
Occidentales se editó por primera vez en 1601, se atribuye 
la paternidad de la tan repetida exageración de que visto 

— 4 — 



50 SANTIAGO I. BARBERENA. 



un indio equivale a haber visto a todos, por lo mucho que 
se parecen. Don Antonio de Ulloa, observador diligente y 
hombre de muy sensato juicio, opinaba de la misma mane- 
ra, según consta en la p. 308 de sus Entretenimientos phisi- 
co-geo gráficos (Madrid, 1772): «Visto un indio de cualquier 
región, se puede decir que se han visto todos en cuanto 
al color y contextura; pero en cuanto a corpulencia no es 
así, variando según los parajes» Y pocas líneas después 
agrega: «Poco menos qué con el color sucede por lo tocan- 
te a usos y costumbres, al carácter, genio, inclinaciones y 
propiedades, reparándose en algunas cosas tanta igualdad 
como si los territorios más distantes fuesen uno mismo.» 

Aun entre los americanistas de la época actual, no po- 
cos han repetido la misma ponderación, tales como el cono- 
cido etnólogo peruano D. Leonardo Villar y los aventajados 
antropólogos brasileños, doctores Lacerda Hijo y Rodríguez 
Peixoto, quienes en un notable trabajo inserto en el Archi- 
vo do Muzeu Nacional (Rio Janeiro, 1876) formularon, entre 
otras conclusiones, la siguiente: «Que si es verdad que la 
formación del Nuevo Continente precedió a la del Viejo 
Mundo y como dice Morton (36) que las mismas creencias, 
las mismas costumbres, los mismos ritos y hasta la misma 
lengua se encuentran con pequeñas diferencias, en todos los 
pueblos esparcidos en el inmenso territorio de la América. 
no será la proposición de Simonin atrevida, cuando dice (37) 
que el indio americano es un producto del suelo ameri- 
cano.» 

Eso de que todos los pueblos americanos hayan habla- 
do casi la misma lengua, es el colmo de la hipérbole, por 
no decir otra cosa. Lo único que puede decirse a ese res- 
pecto es que la estructura y ciertas formas gramaticales de 
las lenguas del Nuevo Mundo acusan un remotísimo origen 
común. Foster ha demostrado en sus Prehist. races of U. S. 
of America que los mound builders procedían del plan alto 
central del Brasil, cuna de la raza americana. 

38. — Andan por mejor camino los que distinguen dos 
clases de pueblos americanos precolombinos: un pueblo do- 
minador, inmigrante, de notable cultura, establecido en di- 
versos puntos del Nuevo Mundo, especialmente hacia las 
costas occidentales, y un pueblo dominado, autóctono, cru- 

(36) Inquiry into Aboriginal Races of America, 1844. 

(37) L'Homme Americain. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL. SALVAEOR 51 

zado más o menos con el anterior, en los lugares ocupados 
por éste, cuya cultura aprovechó, en mayor o menor grado, 
según las circunstancias, y casi salvaje en los países a que 
no llegó la inmigración (38). 

El doctor Couto de Magalháes, refiriéndose a los anti- 
guos cruzamientos, dice que todo induce a creer que en 
1492 había en América dos razas, una que es tronco, la 
bermeja, cuya existencia se remonta a muchos miles de años, 
y otra cruzada con la blanca, de la que quedan como tes- 
timonio y filiación las incontables raíces sánscritas de la 
lengua quichua. Respecto a este último concepto ya he ex- 
puesto mi opinión. 

Morton admite también dos variedades principales de 
la raza americana : la tolteca, inmigrante y civilizadora, y la* 
puramente vernácula, en su mayor parte en estado de bar- 
barie. 

39. — Hay quienes pretenden que los esquimales fueron 
los primeros ocupantes, los prototipos del aborigen ameri- 
cano, y se supone haber encontrado trazas de que existieron 
hasta en la región central de los Estados Unidos. El señor 
Holmes, por el contrario, opina que hay notable diferencia 
entre los esquimales y el indio americano propiamente dicho. 
«Cuando vemos, dice, que el esquimal está aliado con los 
pueblos del Asia Boreal más estrechamente que con las tri- 
bus indias, y cuando tomamos en consideración la unidad 
física y de cultura de aquel, deducimos que el orden natu- 
ral de las cosas indica que debe haber llegado más tarde, 
o, por lo menos, que la influencia asiática se ha hecho sen- 
tir en el esquimal hasta una época más reciente.» 

He tenido la paciencia de buscar y comparar diversas 
opiniones respecto a los esquimales: Alfonso Gagnon opina 
que es la raza más pura de los primitivos habitantes de Amé- 
rica; el autor del artículo «Langue americaine y de la Enciclo- 
pedia del siglo XIX, asegura que la lengua de los esquima- 
les es idéntica con la de los Tchuktchis, tribu sedentaria de 
Siberia; el doctor Souza Brito dice que constituyen un gru- 
po humano sui generis, perfectamente distinto de todos los 
vecinos, de caracteres especiales, principiando por la talla 
que no excede de 1,58 m., según Sutherland, y que todo 
indica que el tronco ancestral de los esquimales vivía en 

(38) Quatrefages distinguía en América dos tipos fundamentales: los alofilos blan- 
cos y los amarillos, siendo esporádico y sin importancia el elemento negro; mas con 
referencia al estado actual de la raza indígena no se puede decir lo mismo. 



52 . SANTIAGO I. BARBERENA. 



América cuando adquirió la facultad del lenguaje articulado' 
(39); los doctores Lacerda y Rodríguez Peixoto, fundados 
en que el cráneo fósil de Lund se asemeja mucho a los de 
los botocudos, lo consideran como representante de la raza 
prehistórica, contemporánea del caballo fósil, y que su ín- 
dice cefálico acusa estremada dolicocefalía, aun superior a 
la de los esquimales y patagones (las dos razas más doli- 
cocéfalas del mundo), que representan, según Wilson, el tipo 
autóctono de la América, se inclinan a creer en la antigüe- 
dad y pureza de los esquimales; Sentenach también admite 
que en América los dolicocéfalos resultan siempre y, en to- 
das partes más antiguos que los braquicéfalos; mas, hablan- 
do de los esquimales, de ojos francamente oblicuos (al con- 
trario del resto de los naturales del Nuevo Mundo, que los 
tienen muy rectos) dice que son muy modernos en el suelo- 
americano; Mr. Petitot, el explorador de Nueva Bretaña, 
asimila a los esquimales con los chinos: «Ved, dice, ese 
tinte verduzco; esa cara ancha y redonda con ojos oblicuos 
y bridados; ese enorme vientre; notad esa cortesía afectada, 
meticulosa; observad, sobre todo, esa secreta insolencia, esa 
ausencia de miedo, esa falta de pudor» &. &. 

40 — Yo creo, como Humboldt, que la raza americana 
es una, con caracteres fundamentales bien definidos; que los 
cruzamientos con pueblos extranjeros la han de haber alte- 
rado más o menos en diversas regiones, sin perder por eso 
su existencia, gracias a la superioridad numérica de los 
aborígenes; que el análisis de las diferencias debidas a esos 
cruzamientos es un dato precioso para inducir la procedencia 
de los respectivos inmigrantes, y que para el estudio de ia 
etnografía americana es indispensable formar con los distintos 
pueblos indígenas grupos de caracteres similares, que llamaré 
sub-razas o variedades; con las correspondientes subdivisiones, 
para poder descender al estudio metódico de las diferencias, 
muchas de ellas bastante notables, por lo cual han sugerido 
dar el nombre de razas a cada uno de esos grupos. 

Si por algo me inclino a admitir diversas rutas de in- 
migración; no obstante que, como queda dicho en el capí- 
tulo anterior, sólo la del estrecho de Behring me parece in- 
dubitable, es por la variedad de cruzamientos que, según 



(39) Según el doctor Souza Brito los esquimales son originarios de las regiones 
templadas de la América del Norte, de donde fueron rechazados hacia donde hoy habitan 
por los pieles rojas o los Algonkines, que los apellidaron Esquimos de Eskimantsik,. 
comedor de pescado crudo, en lengua algonkina. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 53 

parece tuvo la raza americana en la época precolombina. 
El ilustrado viajero Dr. Ten Kate refiere haber encontrado 
•entre los indios del Nuevo Mundo individuos de pronuncia- 
do tipo chino, otros que parecían japoneses, o bien anna- 
mitas, o malayos, o polinesios. 

Son muchos los americanistas a quienes las variedades 
de la raza indígena de América han impresionado de tal 
manera que rechazan de plano la idea de una sola raza. 
Orbigny es uno de ellos, y el conocido arqueólogo D. Char- 
nay, en su magna obra sobre Les anciennes villes du Nou- 
veau Monde (1885, p. 233) asegura que los mayas no tie- 
nen parentesco alguno con los Otomíes de Méjico, ni con 
los Pieles Rojas de los Estados Unidos, ce qui met, dice, a 
néant la théoria faisant des peuples des deux Amériques une 
seule et meme race. 

La Lingüística americana cuenta con un inmenso acervo 
de trabajos de detalle, pero todavía insuficiente para una 
comparación seria y general, que permita llegar a conclu- 
siones sintéticas de positiva importancia. Por ahora los más 
riábiles etnógrafos se ofuscan ante la abrumadora riqueza 
de lenguas y dialectos del Nuevo Mundo, ita ut nullis ma- 
•chinis ad communem originem retrahi possint. 

El doctor Ten Kate distingue unos cinco o seis tipos 
primordiales; Deniker dice que entre los indios centroame- 
ricanos hay idiomas que no caben en los grupos lingüísti- 
cos que hasta ahora se han propuesto, y Adam confirma 
la opinión de Deniker, con relación al misskito de Nicara- 
gua, que no parece tenga parentesco alguno con las otras 
lenguas del Nuevo Mundo. Ya el historiador Clavijero había 
Tiecho una observación análoga: «Puedo asegurar, dice, sin 
riesgo de engañarme, que entre los idiomas vivos y muer- 
tos de Europa no se hallan dos más diferentes entre sí co- 
mo lo son- las lenguas mejicana, la otomita, la tarasca, la 
maya y la mijteca, que son las dominantes en diversas pro- 
vincias de Méjico.» 

Con todo yo creo que más tarde o más aprisa se de- 
terminarán los caracteres comunes a todas las hablas ame- 
ricanas, que Duponceau llamó polisiniéticas, y M. F. Lieber, 
denominó holof rústicas, por el maravilloso laconismo que 
las caracteriza, en términos que una sola palabra, más o 
menos larga, expresa una idea completa. Así, en lengua 
guaraní el vocablo tarangué significa "ciudad que fué," y 
el vocablo terarama quiere decir "ciudad que debe ser." 



54 SANTIAGO I. BARBERENA. 



41. — Y en último caso tal vez sea preciso, como lo ha 
indicado el etnógrafo argentino Lafone Quevedo, formar dos 
grandes agrupaciones de las lenguas americanas con notable 
diferencia en su respectivo organismo gramatical. 

Pi y Margall, autor de un ensayo histórico respecto a la 
América Precolombina, no pudo sacar nada en limpio de las 
incontables disquisiciones de los sabios sobre el punto de 
que tratamos: "Los indios, dice, no se pueden aproximar 
con exactitud a ninguna de las razas blanca, amarilla o mo- 
rena, y por otra parte no se puede admitir la mezcla de 
estas tres razas ni reconocer en América un tipo original 
determinado." 

Sentenach y Cabanas ha logrado ver mucho más claro: 
"Aunque los primitivos habitantes del Nuevo Mundo, dice 
a su vez, ostenten en sus tipos caractes afines que alcanzan 
a toda la extensión de su territorio, prestándoles cierta uni- 
dad, no podemos aceptar, sin embargo, la antigua división 
de las razas humanas, que comprendía bajo el apelativo de 
cobrizas, a todas las gentes de la América. Dentro de esta 
aparente igualdad existen diferencias notables, variedades 
de organización que marcan entre ellas muy distintos orí- 
gimes y hasta contrarias progenies." (40) 

Por mi parte me inclino a la opinión de Blumembach 
y de Haekel, que reconocen la existencia de la raza ameri- 
cana, la cual tal vez, pero solamente tal vez, no comprenda 
a los esquimales, cuyo origen es difícil precisar, con nues- 
tros actuales conocimientos respecto a ellos. 

Por las condiciones del clima, parece difícil, según el 
doctor de Souza Brito, considerarlos autóctonos de las re- 
giones heladas. Para considerarlos oriundos del Asia aparece 
un factor enteramente incompatible, el cual viene a ser la 
braquicefalía característica de los mongoles, no obstante la 
semejanza de la fisonomía que tienen con éstos los esqui- 
males, que presentan una dolicocefalía extrema: 71.4 (Broca), 
71,8 (Virchow). En la duda en que estamos para determinar 
con seguridad el origen asiático de esta raza, es preferible, 
según dicho doctor, hasta nuevos descubrimientos, colocarla 
entre las razas americanas. 



(40) Topinard (Antropología, edic. ampliada con datos del profesor F. Ratzel, Bar- 
celona, 1891, p. 330) observa que las muchas variaciones que dentro de esa unidad se 
encuentran, permiten dudar de si ésta es originaria o producto de sucesivas mezclas. 
Topinard opta por esta segunda hipótesis. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 55 

La unidad de la raza americana es corolario ineludible 
de su origen autóctono, doctrina que cada día se impone 
más y más. 

El asiatismo de nuestros indios, que ha sido sistemáti- 
camente exagerado por ciertos autores (Humboldt, Preschell, 
Morton, Buffon, Tchsudi, & &), fácilmente se explica, admi- 
tiendo fuertes inmigraciones del Antiguo al Nuevo Mundo, 
las cuales influyeron, mediante repetidos cruzamientos, en 
la población vernácula de este Continente, produciendo una 
nueva y numerosa raza, coexistente con la aborigen. Tai 
pensaba Pikendorf, que consideraba como asiática solo una 
de las dos razas que admitía en América. 

Así es que el tan cacareado tipo asiático (que unos 
llaman chino, otros japonés, otros altaico, otros mongol, 
& &) de los naturales de América, no pasa de ser una gran 
nota discordante, que no se opone al autoctonismo y unidad 
primitiva de la raza humana del Nuevo Mundo, ni tampoco 
implica que «baste conocer a una tribu, para conocerlas 
todas», pues dentro de su amplia unidad, comprende no- 
tables variedades. 

42. — El eximio naturalista alemán Juan Federico Blu- 
menbach, en su monumental tratado De generis humani va- 
rietate nativa (Gotinga, 1775 y 1794) fue, a lo que entiendo, 
el primero que estableció científicamente la unidad de la 
raza americana. (41). Los indios de Nueva España, dice, 
tienen un parecido general con los del Canadá, Perú, Flo- 
rida y Brasil; en ellos vemos el mismo color cobrizo, obs- 
curo, el mismo cabello lacio y brillante, la misma escasa 
barba, el mismo cuerpo atlético, los mismos ojos rasgados 
con el ángulo ocular dirigido hacia las sienes, los mismos 
maxilares prominentes, los mismos labios abultados y la 
misma expresión bondadosa de la boca, que contrasta 
fuertemente con la severa y tenebrosa mirada. En un espacio 
de millón y medio de leguas cuadradas, desde el Cabo de 
Hornos hasta el río de San Lorenzo y hasta el estrecho de 
Behring, nos sorprende desde el primer momento la semejanza 
general que ofrecen los rasgos de los habitantes, de modo 
que, a pesar de la gran variedad de los idiomas, nos pare- 
ce reconocer en ellos el mismo origen. En la descripción 



(41) El ilustre cuzqueño Dr. Leonardo Villar dice: «En ese tipo todo es caracte- 
rístico: el pelo, el color de la piel, la frente, la nariz, los pómulos, la falta de la barba, 
la mirada, el semblante, etc., todo es peculiar y propio". (Lingüistica Nacional, Lima, 
1890). 



56 SANTIAGO I. BARBIiRENA. 



que Volney nos ha hecho de los indios canadienses, des- 
cubrimos las mismas tribus que aparecen diseminadas 
por las Sabanas en el Apure y en el Corogny. Los mismos 
rasgos reaparecen en las dos Américas». 

Análogas observaciones han hecho otros exploradores, 
tales como Meyer y el príncipe de Wied. Cuando éste vio 
en San Luis a los primeros norteamericanos puros, perte- 
necientes a las tribus de los indios sakis y de los indios 
zorros, convencióse desde luego, como dice Topinard, déla 
gran afinidad de esos indios con los del Brasil, hasta el 
punto de considerarlos como individuos de una misma raza. 

43. — Procuraré ahora describir esa raza lo mejor que 
me sea posible, para lo cual abundan los materiales; mas 
se requiere mucho tino para escogerlos, renunciando al vano 
desiratum de conciliarios. 

Hablaré ante todo de ciertas anomalías que con fre- 
cuencia presenta el esqueleto del indio americano, muy 
especialmente los antiguos. Una de esas anomalías es la 
platycnemia, o forma aplastada y aguda del corte de la 
tibia, a las veces más pronunciada que en el gorila y poco 
común entre los indios que alcanzaron cierto grado de cul- 
tura, quizás por estar más cruzados. Es también notable la 
compresión del fémur, que proporcionaba a los indios mucha 
agilidad de las extremidades inferiores y poder utilizar los pies 
como los utilizan los monos. Finalmente, la perforación del 
húmero entre los cóndilos inferiores, para recibir en la exten- 
■sión del brazo la punta de la apófisis olécranon del cubito. 

Mas al respecto de que tratamos lo verdaderamente 
embrollado es lo relativo a los caracteres craneanos, pues 
a la variedad y complicada distribución de los tipos natu- 
rales se agregan diversas deformaciones artificiales, que 
han hecho coger gato por liebre a no pocos antropólogos. 
Muchos de éstos no han podido llegar que a la simple 
conclusión de que en América son más antiguos los dolico- 
céfalos que los braqaicé falos. (42), lo cual no está ni con 
mucho claramente establecido. 

Topinard, Quatrefages, Davis, Busk, Schumacher, Ca- 
nestrini, Tschudi, Retzius, Moreno, Putmam, y otros muchos 



(42) Considerando como 100 el diámetro que va desde atrás hasta la frente, el diá- 
metro que corta á éste, en forma de cruz, da el índice de anchuara, el cual es de cerca 
de 70 en el negro, 80 en el europeo y 85 en el samoyedo. Tales cráneos se clasifican 
respectivamente como dolicocéfalos, o de cabeza -Larga; mesocéfalos, o de cabeza me- 
dia, y braquicé falos, o de cabeza corta. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVAD OR 57 

sabios han estudiado los cráneos de nuestros indios y han 
formulado inducciones inconciliables: en tanto que Morton 
y Agassiz sostienen la existencia del cráneo americano. D. 
Juan Vilanova, en la conferencia que dio en el Ateneo de 
Madrid, el 21 de abril de 1891, se muestra partidario de 
las teorías de Retzins sobre la dualidad de tipos de la raza 
humana, aplicándolas a los aborígenes de América. «Para 
poner fin, dice, a lo referente al carácter antropológico de la 
proto- historia americana, es digno de llamar la atención el 
hecho de predominar la braquicefalía en el Norte, y, por el 
contrario, la dolicocefalía en el Sur de dicho Continente, 
pues, considerándose, en general, como inferiores las clases 
de cráneo largo, si dicho Continente, se pobló de arriba 
abajo, debían presentarse las cosas al revés; pues por lo 
menos en Europa los hombres más antiguos son los doli- 
cocéfalos». (43). 

Esa doctrina dualista fue ampliamente expuesta por el 
famoso profesor E. T. Hamy, en su lección de apertura 
del Curso de Antropología del Museo de Historia Natural 
de París, en marzo de 1896, en la cual declara que no es 
razonable considerar a los americanos como una raza 
compacta, sino como divididos en grupos distintos, como 
los asiáticos y oceánicos. 

Según él el tipo primitivo debió ser braquicéfalo, exten- 
dido por todo el Continente N., y cuyo prototipo encuentra 
en el célebre cráneo de Calaveras (44), aceptando que tanto 
los mound - builders como los cliff-dwellers y los construc- 
tores" de pueblos eran de una misma raza. Todos aparecen 
braquicéfalos, inclusive los actuales Zuñis y Moquis, estu- 
diados hace pocos años por Mrs. Fr. Cusing y Fewkes. 



(43) Sin embargo Moritz Wagner. Penka, Woltmann, Lapouge, Gobineau, & &, 
han sostenido la supremacía del dolicocéfalo rubio, de ojos azules y alta talla, el homo 
Europeaus flavus, mejor dicho, del germano, doctrina justamente combatida y ridiculi- 
zada por el crispeante y erudito francés Juan Finot. 

(44) En 3866, haciéndose excavaciones en la costa occidental de Sierra Nevada, en 
el Condado de Calaveras, algunos trabajadores, después de haber atravesado diversas 
capas de tufo volcánico, encontraron dicho cráneo, a cerca de 50 m. de profundidad. 
"YVhitney lo estudió y describió, declarando que era un espécimen de la época terciaria. 
Esa apreciación ha sido doctamente combatida por Marcou, Mortillet, Blake y otros 
antropólogos, y aun la autenticidad de los hechos ha sido puesta en tela de juicio. Sin 
embargo March, Dalí y otros pocos han sostenido las ideas de Whitney. El señor De- 
sor de Bruselas, sobre todo, ha sostenido que ese cráneo constituye una irrefragable 
prueba de la existencia del hombre sobré la costa del Pacifico, en América, antes de 
los tiempos glaciales, en una época remotísima, después de la cual se produjo sobre 
rocas duras y cristalinas una corrosión vertical de 2 a 3 mil pies. (V. L'homme pliocéne 
de la Californie, de M. Desor.) 



58 SANTIAGO I. BARBERENA. 



M. Hamy asegura que la proporción braquicéfala au- 
menta yendo hacia el Sur, en términos que en las regiones 
montañosas donde viven los Otomíes, Mixtecas y Zapotecas 
(a los cuales atribuye un origen común) es abundantísima. 

En el gran valle del Anahuac distingue, varias razas, 
y con relación a la región central dice: «La rama braquicé- 
fala aun continúa hacia el Sur; mas los caracteres que la 
acompañan entre los Yucatecos de Campeche y los Yuncas 
de Trujillo, son tan diversos, que no es posible fusionar 
los Olmecas con los Otomíes». 

Todavía lleva más al Sur la raza braquicéfala, hasta 
el imperio del gran Chimú, y hace notar una gran diferen- 
cia entre los peruanos y patagones; y demás gentes de la 
América Meridional, salvo los Puelches de Orbigny, en 
quienes aún encuentra el mismo tipo craneano. 

De los indios del Sur, dolicocéfalos, forma una gran 
familia de formación arcaica, cuyo punto de partida es la 
montaña de Sumiduro, en el centro del Brasil. Desde allí, 
dice, se extendieron en todas direcciones, hasta la Guayana 
brasileña, al N. y hasta San Francisco, al E.; al W. llega- 
ron a las grutas de los Andes y a las costas del Pacífi- 
co (Ancón, Chancay, etc.), y hacia el S. alcanzaron la Pampa 
Argentina. 

De modo que, según M. Hamy, hubo dos corrientes: la 
de los braquicéfalos, oriundos de California, que bajó hacia 
el Sur, y la de los dolicocéfalos, tal vez más antigua, origi- 
naria de la América Meridional, que dominó todo el centro. 
Más tarde vinieron los braquicéfalos a sobreponerse en el 
Sur a los dolicocéfalos, y en tiempos ya históricos llegaron 
los dolicocéfalos a establecerse en el Nprte. 

Asevera el Dr. Hamy que los Chichimecas, Aztecas, 
Tepanecas y Acolhuas introdujeron la dolicocefalía en el 
N., y que por eso son parientes con los modernos Pie- 
les Rojas, entre los cuales se encuentra la más acentuada 
de esas especies cefálicas, la de los Minuetarios. Y agrega 
que entre los Algonquianos se hallan los dos tipos, y que 
los Sioux son más bien mesaticéfalos. 

Lamenta el señor Hamy la bárbara costumbre de de- 
formar los cráneos de los niños, pues ahora imposibilita la 
determinación del índice y capacidad de las tribus superiores; 
mas si se aventura a señalar la huella de una nación emigrante, 
de la que marca los jalones en ambos continentes. De las dos 
clases de deformación, la prolongada y la aplanada, esta 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 59 

última es la que asigna a los toltecas, y tal es la de numerosos 
cráneos exhumados en las costas del Perú, de Domber a 
Arequipa, indicando la emigración hacia abajo, como tam- 
bién a través de los Andes, la serrana, hasta Tiahuanaco. 

44. — Dichosamente la morfología craneana no goza 
ya de la importancia que hasta hace poco le concedían 
todos los antropólogos, como criterio seguro para la clasifi- 
cación de las razas. Siendo un hecho notorio, dice Alfonso- 
Gagnon, que la forma de la cabeza varía de la más per- 
fecta braquicefalía a la más pronunciada dolicocefalía entre los 
miembros de un mismo clan, cómo se pretende basar sobre 
este carácter la clasificación de la raza americana? En todo 
tiempo han vivido en este Continente completamente mez- 
clados los braquicéfalos, los dolicocéfalos y los mesaticéfa- 
los. En los túmuli de los mound- builders se han encontrado 
cráneos de las tres clases, que parecen remontar a la mis- 
ma época. Lo mismo ocurre en el Viejo Mundo. 

Kollman ha demostrado que las distintas longitudes 
craneales aparecen diseminadas en todos sus grados por la 
América, desde la braquicefalía 95, a la dolicocefalía 63; 
y entre los americanos precolombianos encontró dolicocéfa- 
los 12, 56, mesocéfalos 23, 09, braquicéfalos 22, 09, e hi- 
perbraquicéfalos 20, 65, con la particularidad de que todas 
estas formas aparecían reunidas en tan pequeño espacio, 
que, por regla general, en una tumba grande estaban todas 
representadas. Bohr, en sus rústicas mediciones, obtuvo 
índices de 70, 73 y 77, y Carr encontró entre los cráneos 
de las Islas Californias, muchos dolicocéfalos de Santa Ca- 
talina y mesocéfalos de Santa Cruz y Santa Bárbara. Seis 
obschibehawes medidos por Virchow presentaban una forma 
de mesocéfala rayana en braquicéfala. (Topinard, Op. laúd.) 

Daniel Brinton, convencido de la esterilidad de los es- 
tudios craneométricos, en cuanto a suministrar caracteres 
fijos distintivos de las razas, declara en su tratado sobre 
la raza americana, que «la forma del cráneo no es un ele- 
mento fijo en la anatomía humana: hijos de una misma 
madre pueden variar por este lado.» (45) 

45. — Ahora bien, aunque los caracteres somáticos ca- 
rezcan de la capital y exclusiva importancia que algunos 



(45) Don Samuel A. Lafone Quevedo, ya citado, en un estudio crítico que escri- 
bió respecto a la antedicha obra de Brinton, atribuye la variabilidad de que habla éste 
a lo que se llama «volver sobre el abolengo,» es decir, ala reaparición de un rasgo 
latente en la sangre. (Bol. del Inst. Geog. Argentino, t. XVI. ) 



60 SANTIAGO I. BARBERENA. 



les dan, desde el punto de vista etnográfico, creo conve- 
niente continuar exponiendo los que se cosideran como 
propios de la raza americana, pues algunos de ellos mere- 
cen ser conocidos, y en conjunto pueden servir para fraguar 
lo que pudiera llamarse «el hombre medio del Nuevo Mun- 
do», al que haremos, de acuerdo con lo que enseña Barto- 
lomé Malfatti en su tratado de Etnografía, mesaticéfalo, o 
a lo más, dolicocéfalo. 

La altura de la bóveda creaneana nunca llega a alcanzar 
en los indios americanos la de las razas superiores (mejor 
dicho, tenidas por tales), siendo común en ellos la promi- 
nencia de ios arcos 'superciliares, y la manifestación más o 
menos acentuada de prognatismo. Empero, es digno de a- 
íención a este respecto que los cráneos del Sumidouro di- 
fieren de todos los cráneos fósiles de Europa por la grande 
altura de la bóveda (hipsistenocefalía) junto a una excesiva 
dolicocefalia. 

El señor Sentenach asevera que la capacidad craneana 
de los indígenas de América es muy reducida, inferior a la 
de las otras razas, salvo las más relegadas, y que el vo- 
lumen cefálico queda por bajo aun del correspondiente a 
las gentes más primitivas, equiparándose con el de los ho- 
tentotes australianos. Que el término medio de la capacidad 
•craneana es de 1360 c ins - sin llegar nunca a los 1500, que 
sólo superan los esquimales de Groenlandia y algunos gi- 
gantescos fueguinos. 

Brinton reconoce que la capacidad media del cráneo 
americano es inferior a la del blanco, pero superior a la 
del negro. Según él la capacidad cefálica del parisiense es 
de 1448 c ms - la del negro de 1334, y la del indio america- 
no a las veces alcanza 1747, 1825 y hasta 1920 c ms -, lamas 
alta conocida. Topinard refiere que en los campos sepulcra- 
les de Madisonville (Ohio) se ha encontrado cráneos que 
arrojan una capacidad de 1660 c ms - , de suerte que puede 
decirse pertenecen a una raza de cabeza grande. En cam- 
bio, Busk da, como medio de los cráneos mas grandes, de 
una rica colección recogida en el Perú, 1311 c ms , lo cual 
representa un espacio cerebral muy pequeño. La capacidad 
de 147 cráneos recogidos por Schumacher en las Islas Ca- 
lifornias, oscila entre 1324 y 1470. Canestrini fija en 1010 
a 1508 la de los cráneos de los boíocudos. 

46. — Con inexplicable ligereza fueron incluidos nuestros 
aborígenes en la raza roja, cuyos principales especímenes 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOT 61 

se encuentran en África. Es probable que la costumbre de 
embijarse, bastante extendida en América en la época de la 
conquista, y aun hoy entre los indios no cristianizados, ha- 
ya sido el origen de ese error. 

El color de los indios naturalmente presenta alguna 
variedad de matices: los charrúas, minuanes y jancanes r 
tienen un color bastante oscuro: en las regiones orientales 
es un poco más claro, sin perder su tono tostado, vinienda 
a ser lo que se ha llamado «color cobrizo», y en Yucatán 
y en el Anahuac, más bien son morenos. (46.) En conjun- 
to puede decirse que los indios americanos tienen piel fina 
al tacto, de un color que varía entre el amarillo, el moreno 
y el cobrizo, o como dicen otros: tienen un color aceituna- 
do, variablemente mezclado de blanco y de rojo, y a las 
veces canelo. 

Más aún: puede decirse que respecto al color de la piel 
existe tal unidad en todo el Nuevo Mundo que, a pesar de 
todas las variaciones entre el moreno obscuro y el moreno 1 
claro, pueden desde luego excluirse los extremos, así el' 
tinte de los negros como el matiz blanco de los europeos,, 
pudiendo afirmarse que el color más frecuente, el normal,, 
es el moreno. 

La antigua y general creencia de que el clima es la 
causa determinante del color de la piel, ha sido completa y 
unánimemente rechazada. El señor Lafone Quevedo dice a es- 
te respecto: «La diferencia de color se dice muy justamente 
que no depende del clima, y eso está probado en Catamar- 
ca, en donde hay indios, en la misma región, de distintas te- 
ces, en donde también los más morenos están lejos de ser ne- 
gros y los más rubios lejos de ser blancos. » Brinton partici- 
paba de la misma opinión. 

Topinard asevera que cuanto más minuciosas son las 
investigaciones que se hacen, tantas más variaciones locales 
o individuales aparecen, por lo que hace al color de los ame- 
ricanos. Y agrega: «Y no hay que buscaren estos hechos 
influencias climatológicas, pues de existir éstas los patagones 
no serían más obscuros que los indios del Chaco y del Para- 
guay. » 

En cuanto al canard de los indios blancos, tan valido hace 
algunos años, ya ningún escritor serio lo toma en cuenta. Pa 

(46) Bien entendido que los esquimales ni por su color ni por sus demás caracte- 
res somáticos se parecen a la gran ¡vasa de los indios americanos, de la cual difieren, 
bastante, según queda indicado. 



62 SANTIAGO I. BARBERENA. 



rece ser que el inventor de esa bola fue Pedro Mártir de An- 
ghiera, quien aseveró que en la península de Paria había 
«hombres blancos y de cabellos rubios como si fueran de ori- 
gen germánico.» La especie fue repetida por el P. Francisco 
López de Gomara. — Después Fr. Antonio Caulín refirió en su 
Historia de la Nueva Andalucía, publicada en 1779. que en 
el Alto Orinoco hay tribus blancas (la de los marquiritares, y 
la de los guaribas), que parecen españoles. — Humboldt y des- 
pués el geógrafo Codazzi propagaron esa leyenda, que hace 
algunos años rectificó Michelena y Rojas, probando que no 
hay tales carneros. (47) 

Dobrizhoffer creía que los indios fueron blancos en su o- 
rigen, y que blancos nacen los inditos, y que se les obscurece 
la piel por efecto del sol y del humo del fuego de sus caba- 
nas. Esta es una niñería, digna de las Metamorfosis de Ovi- 
dio, quien dice que el color de los etíopes data del funesto día 
en que el Sol túvola fatal complacencia de confiar su carro y 
sus fogosos corceles al inesperto joven Faetón: 

Sanguine tum credunt in corpora summa vocato 
/Ethiopum populos nigrum traxisse colorem. 

El abate Du-Clot, en su célebre Vindicación de la Biblia, 
para probar que el color negro de los indios es puramente 
accidental, debido a la acción del clima, cita a h\. Valmont 
de Bomare. quien en su Dicción, de Hist. Nat., arte Negro, 
refiere el caso de una señora, más blanca que la leche, que 
cuando estaba en cinta se iba negreando, de modo que en la 
época del parto era una perfecta africana. Habla también de 
unos negros que se volvieron blancos, y de otros negros que 
tuvieron un hijo blanco y rubio. 

47. — Los aborígenes del Nuevo Mundo no son altos ni 
enanos, si bien Canestrini les atribuye una talla «superior a 
la mediana.» Los más corpulentos son los patagones (48) y 
los más chicos los esquimales. 

En cuanto a la gigantes que, según Veytia, encontra- 
ron los ulmecas y xicalancas en las riberas del Atoyac, no 



i4"i Con frecuencia publica la prensa periódica bolas por el estilo: hace algunos 
años (1895) el Xew York Advertiser publicó un curioso artículo relativo a unas tribus 
indígenas de ojos azules y pelo rubio, existentes cerca de Méjico y cerca de Durango. 

(48) Algunos tradicionalistas han sostenido la peregrina ocurrencia de que los 
patagones descienden de la raza de los gigantes enacidas (hijos de Enac) que se disper- 
saron por toda la Tierra, según detalladamente refirió Melot, en una Memoria leída el 
2 de Abril de 1743 en la Academia de Inscripciones 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 63 

No creo haya habido raza humana de gigantes, tal co- 
mo la de los fabulosos quinames de que hablan las tradi- 
ciones mejicanas; ha habido sí muchos casos de hombres 
de extraordinaria corpulencia, dignos sin duda del epíteto 
de «gigantes,» a los cuales supongo se refiere el versículo 
4 del cap. VI del Génesis, al decir: Gigantes autem erant 
super terram in diebus illis: 

Ahora bien, Bernal Díaz del Castillo refiere que los 
caciques de Tlascala presentaron a Cortés, como prueba de 
que los antepasados de ellos habían sido gigantes, «un 
hueso o zancarrón muy grueso y de altor tamaño como un 
hombre de razonable estatura y así todos tuvieron por cier- 
to el haber habido gigantes en aquella tierra» 

Probablemente el tal hueso perteneció a uno de tan- 
tos grandes paquidermos que existieron por acá en otros 
tiempos. Ese ha de haber sido el origen también de los 
huesos «del pie de un gigante» que cuenta Fr. Andrés de 
Olmos haber visto en el palacio del virey de Méjico don 
Antonio de Mendoza. 

pasa de ser una de las muchas fábulas recogidas por los 
cronistas. 

La estatura, pues, de los indios americanos es regular 
en mi concepto más bien corta que grande — pudiendo asig- 
nársele por valor medio 1.65 metros, que es poco menos 
que la correspondiente al europeo. — Sus manos y sus pies 
bastante pequeños. 

48. — Respecto al pelo de los mismos indígenas hay 
alguna conformidad en los etnógrafos, salvo ciertas aprecia- 
ciones que suelen pecar de ligereza: según uno tienen los 
cabellos rectos, largos y recios, y la barba y cejas muy 
ralas; otro dice que los cabellos son largos, lisos y negros; 
pero tan rígidos como la crin de un caballo, siendo la bar- 
ba escasa, negra y tardía y sólo en el labio superior y en 
la región mentoniana. El señor Sentenach dice que el pelo 
de la cabeza de los indios es lacio, muy negro y espeso, 
nunca ensortijado, pero sí peinado y trenzado con esmero, 
y que son siempre barbilampiños, «señal evidente de esca- 
sa virilidad.» 

Y en realidad cuantos indios puros (en los límites de 
lo hoy posible) he visto han tenido el pelo negro, grueso 
y rígido, con la particularidad de tenerlo más largo en la 
coronilla y en las sienes. Todo iddividuo entre ellos, cual- 
quiera que sea el resto de su conformación, si tiene los ca- 



64 SANTIAGO I. BARBERENA. 



bellos siquiera ligeramente rizados, se puede asegurar desde 
luego que no es indio de par sang. 

Pruner-Bey ha hecho curiosos estudios respecto al 
cabello de las diversas razas: según él, la sección transver- 
sal del cabello del mongol es casi circular y pende recto; 
la del europeo, más rizado, presenta una sección oval o e- 
líptica; el lanudo cabello del africano es más aplastado, y 
el ensortijado pelo del papua es casi una cinta. Según el 
General Riva Palacio, «el pelo que cubre la cabeza de los 
indios es perfectamente negro, lacio y se siente áspero al 
tacto, y depende esto último de que el pelo no presenta la 
figura cilindrica sino prismática.» (México a través de los 
siglos, tomo II.) 

La barba es tan escasa por naturaleza que es prover- 
bial la afirmación de que un indio barbudo no es legítimo 
indio. No sabré decir si esa circunstancia constituye un 
progreso y una ventaja, punto de que ya hablaremos; mas 
sí me consta el aprecio que generalmente se ha hecho en 
el Viejo Mundo, respecto a esos apéndices capilares, la bar- 
ba — ya expresado en el Levítico (XX, 27) y en el 2? Li- 
bro de los Reyes (X, 4.) (49) 

Las cejas de los indios son también generalmente ra- 
las; y el resto del cuerpo, salvo la cabeza, carece completa- 
mente de vello. A los españoles chocó muchísimo que las 
indias carecieran de pelos en el pubis, y uno de nuestros 
viejos cronistas refiere que algunas de ellas se los ponían 
postizos con extremada habilidad. (50) 

49. — El General e historiador don Vicente Riva 
Palacio era gran partidario de la supremacía de los aborí- 
genes americanos. La raza indígena, dice, juzgada conforme 
a los principios de la escuela evolucionista, es indudable 
que está en un período de perfección y progreso corporal, 

(49) Los cronistas, al hablar de los toltecas, dicen que eran de buen aspecto, 
blancos y barbados. Entre las momias de antiguos señores encontradas en Durango 
hay algunas con cabello rubio. De Quetzalcoatl se decía que era barbudo y así lo 
pintan en algunos geroglíficos. El licenciado Chavero dice. «No hay duda de que la 
raza nahoa, al mezclarse con otros pueblos inferiores y en época posterior a su prime- 
ra grandeza, degeneró especialmente en sus cualidades físicas. El misionero Fray Sil- 
vestre V y Escalante da cuenta, por relaciones de indios, de que en la otra parte del 
Colorado había una raza parecida a la española, que usaba barba larga; y el P. Fr. 
Francisco Vélez es más preciso, pues refiere que a 30 leguas al S. W. de la laguna de 
Timpamogotzio, a los 40° 49' de Lat. N., encontró una nación de indios (los tirang- 
gapi) que usaban muy poblada y cerrada barba, y algunos ancianos, bastante larga, 
que parecían europeos. 

Ya hemos indicado el poco valor que damos a esas leyendas. 

(50) M. Bracheb descubrió en Nequén el torso de una estatua de mujer, cuya 
erica, desproporcionadamente grande, parece cubierta con uno de esos postizos 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 65 

superior al de todas las otras razas conocidas, aun cuando 
la cultura y civilización que alcanzaba al verificarse la con- 
quista fuera inferior al de las naciones civilizadas de Eu- 
ropa.» 

«Los historiadores sólo han considerado a los indios 
por su aspecto exterior y por las manifestaciones de su in- 
teligencia; pero está aún por emprenderse el estudio antro- 
pológico de esa raza, que por los detalles orgánicos más 
claros y que se descubren en el primer cuidadoso examen, 
difiere de las razas hasta hoy estudiadas, y denuncia, si- 
guiendo el aceptado principio de las correlaciones en los 
organismos animales, que hay caracteres que hacen de ella 
una raza verdaderamente excepcional. » (Méjico a través de 
los siglos, t. II, p. 472.) 

Dos son los principales argumentos en que apoya el 
General Riva Palacio la anterior aseveración: en primer lu- 
gar, carecer los indios americanos, o tener poquísimo vello o 
pelo en todo el cuerpo (salvo, por supuesto, la cabeza,) in- 
clusive las axilas, la unión de los cuatro miembros y la 
barba, pues tales apéndices son, según él, inútiles y aun' 
perjudiciales para el hombre, y presentar los indios (por lo 
menos los otomíes y mexicanos, a quienes se refiere espe- 
cialmente él) dos particularidades: tener molares en susti- 
tución de los caninos o colmillos y faltarles las muelas del 
juicio o cordales. De la primera de esas dos anomalías de- 
duce que en las razas mexicana y otomí se había realizado 
ya una evolución progresiva superior a la de las razas eu- 
ropea y africana, pues dicha sustitución hace que ese dien- 
te sea apropiado para la masticación, y respecto a la se- 
gunda, que dice ser peculiar de la raza mexicana, recuerda 
que según Darwin «los molares posteriores o del juicio 
propenden a convertirse en rudimentarios en las razas hu- 
manas más civilizadas.» 

El doctor N. León, de Morelia, dice haber encontrado 
entre los tarascos las mismas anomalías del sistema den- 
tario. 

Parece, sin embargo, que esas particularidades son tan 
fidedignas como la famosa bola del niño que nació con un 
diente de oro, pues según los señores don Alfonso L. He- 
rrera y don Ricardo E. Cicero, autores del Catálogo de la 
Sección de Antropología del Museo Nacional de México, «no 
es cierto les falten los caninos a los indios, como se había 
supuesto; y si algunas veces carecen de las muelas del 

— 5 — 



66 SANTIAGO I. BARBERENA. 



juicio, faltan éstas también con mucha frecuencia en los 
habitantes de Europa.» Dichos señores atribuyen a la du- 
reza de los alimentos usuales de los indios el que entre 
éstos los incisivos no tengan bisel; los caninos, punta, y los 
molares, tubérculos. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 67 



CAPITULO QUINTO 

Detalles complementarios respecto a la raza americana 
y grandes divisiones de la misma. 



50. — A los caiacteres principales de la raza americana, 
que hemos indicado ligeramente en el capítulo anterior, hay 
que agregar otros muchos, que, aunque sean secundarios, 
es indispensable conocer, para tener una idea completa, 
aunque sea elemental, de los rasgos distintivos de dicha 
raza. 

En nuestros indios llama desde luego la atención la 
.anchura del rostro, producida por los pómulos desarrollados 
y salientes, a semejanza de los mongoles, y la estrechez y 
escasa altura de la frente. Pertenecen por lo general al tipo 
de los ortoñatos (51). Canestrini dice que el indio americano 
es cara ancha, poco abultada y con las zigomas salientes. 

La frente, muchas veces artificialmente deformada, es 
ancha, baja y deprimida, pero no de aspecto brutal. 

Los ojos (que Sentenach califica de grandes y rasga- 
dos) son más bien pequeños, negros, (52) y un tanto hun- 
didos pero sí perfectamente horizontales (por más que Ca- 
nestrini diga que la abertura palpebral es las más veces 
oblicua). Tienen por lo común grandes ojeras, y los arcos 
superciliares bien desarrollados. 

Es de advertir que aunque muchos naturalistas encuen- 
tran en el americano notable parentesco con el mongol que 

(51) Los antropólogos llaman proñatos a los individuos que tienen las mandíbulas 
sacadas hacia adelante, como el australiano y el africano, y ortoñatos a los de mandí- 
bulas derechas como los europeos. 

(52) Quizás sea más propio decir que son pardo -oscuros, con algo de amarillo. 



68 SANTIAGO I. BARBBRENA. 

habita al Nordeste de Asia, el "ojo mongoloide" legítimo 
es rarísimo en nuestros indios, aún en los casos excepcio- 
nales de ojos oblicuos, con los ángulos exteriores más o 
menos inclinados para arriba. (53) 

Gozan de magnífica vista, siendo notable, su oxiopia y 
habilidad para orientarse. A su penetrante mirada y a la 
forma de su nariz se debe que tengan una expresión de 
ave de rapiña. 

La nariz del indio americano no puede decirse de una 
manera general que sea prominente y aguileña, vale decir, 
grande, larga y arqueada, o, como dicen otros, delgada y 
corva, porque hay tribus, entre las razas inferiores (inclusi- 
ve los esquimales) que la tienen aplastada. 

La nariz delgada y corva constituye una verdadera tra- 
dición entre los artistas mexicanos: es de un corte tan par- 
ticular que J. B. Davis hizo un tipo especial de la nariz de 
los americanos. Ni romana ni judía, sino caracterizada por 
un arqueamiento semejante a una hoz. Las ventanas muy 
abiertas. En algunos monumentos antiguos de los maya - 
quichés aparece harto exagerada la forma aguileña de la 
nariz, debido al aditamento de un adorno curvilíneo, que 
Waldeck llamó nessem, el cual, partiendo de lo alto de la 
frente termina en la punta de la nariz, lo que hace aparecer 
a ésta desmesurada, y da un extraño aspecto al rostro. 

Humboldt dice en sus Cuadros de la naturaleza: "Nunca 
vi en las esculturas del Perú los hombres de gran nariz, 
que aparecen tan frecuentemente representados en los bajos 
relieves de Palenque, Guatemala, como también en las pin- 
turas aztecas. Klaproth recordaba haber también encontrado 
esas grandes narices entre los Gualchos, una de las tribus 
de la Mongolia septentrional. Es un hecho generalmente 
conocido que gran número de razas indígenas, de color co- 
brizo, esparcidas en el Canadá y en el Norte de la America, 
tienen grandes narices aguileñas, y se distinguen fácilmente 
por ésto de los habitantes actuales de Méjico, Nueva Gra- 
nada, Quito y Perú." 

Los pómulos son bien marcados, pero no tan salientes 
como los describen algunos antropólogos. 

(53) El ojo mongoloide no consiste en la oblicuidad, con la abertura palpebral pis- 
ciforme, sino en el abombamiento del párpado superior y pliegue inmóvil que sobre el 
borde ciliar cubre casi las pestañas móviles, y en el descenso en brida del ángulo inter- 
no, tapando a medias la carúncula. Tiene H inserción temporal del músculo orbicular 
de los párpados más arriba que en los ojos de todas las razas (V. la monografía de 
Regalía). 



HISTORIA ANTÍGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 69 

Las boca es grande, de labios planos (con frecuencia, 
un tanto gruesos), dejando ver buena dentadura, de anchos 
paletos, verticales, fuertes y poco expuestos a las caries. (54) 

51. — La expresión general del indio americano tiene 
más de melancólica y triste, que de alegre y decidida. Sus 
ojos, poco brillantes, sólo entreabiertos, y la boca caída por 
los extremos y con dificultad cerrada, dan a su expresión 
cierta tristeza que se trasmite a todas las representaciones 
artísticas que produce. 

El carácter del indio americano, sobre todo donde la 
dominación extranjera se hizo sentir de una manera cons- 
tante y plena, cambió radicalmente, según respetables histo- 
riadores: volvióse taciturno, melancólico, sombrío, indolente, 
desconfiado y supersticioso. Nada tiene de extraño esa 
transformación: recuérdase que The Merry England de la 
época del Renacimiento, se convirtió con la reforma religio- 
sa en el país clásico del spleen. 

Sus facultades mentales, a pesar del abandono y ab- 
yección en que viven los indios que han sobrevivido, se 
conservan en estado latente, como lo demuestran numerosos 
ejemplos que de vez en cuando y por excepcionales circuns- 
tancias surgen de la raza indígena. 

El indio es mucho más ágil que fuerte: los Caupolicán 
son rarísimos. 

52. — En resumen: el indio americano es más o menos 
mesocéfalo, ortoñato; algunas veces fanerosigo; de piel co- 
briza, amarillenta, aceitunada o morena; lisótrico, con cabe- 
llos negros; ojos horizontales, rara vez oblicuos. 

Don Enrique Camacho Cano, en su apreciable obra 
América a través de los siglos se expresa en estos térmi- 
nos: "Por sus cabellos, rudos y gruesos, por la rareza de su 
barba y por su tez, que varía del amarillo al rojo cobre, los 
indios de América se aproximan a la raza amarilla. Sin em- 
bargo, se diferencian de los mongoles por la forma de su 
cráneo, por sus facciones, por su idioma. En algunos indios, 
la nariz y los ojos grandes, hacen recordar la raza blanca." 

Entre las infinitas variedades de ese tipo fundamental, 
es digno de especial recordación, por su belleza y por la 

(54) En las Transactions of First Pan American Medicinal Congress, held in the 
City of Washington, 1845, Part III. consta un corto y curioso artículo de R. R. An- 
drews, A. M. D. D. S., sobre la Dentistería prehistórica americana, escrito con presencia 
de varias piezas recogidas en Copan, de evidente antigüedad, del cual se ha publicado 
una buena traducción al español en el Bol. de la Sria. de Fom. Ob. Pub. y Agr. de 
Honduras, marzo de 1913. 



70 SANTIAGO I. BARBERENA. 



parte que nos toca, el genuinamente maya - quiche, tal como 
se conserva en la región vernácula de esa hermosa raza. 
Desiré Charnay dice a ese respecto: "Por lo que a mí toca 
me parece hermoso y no creo que en las clases agrícolas 
de Europa se encuentren rostros más inteligentes ni gentes 
de formas más regulares y proporcionadas." (Viaje al Yu- 
catán y al país de los Lacandones). 

53. — Establecida ya la existencia de la raza america- 
na, corresponde tratar ahora de sus grandes divisiones, 
asunto respecto del cual hay también numerosas opiniones; 
lo cual indica que la cuestión en sí es bastante complicada 
y que a pesar de los numerosos e importantes trabajos de 
detalle hasta ahora realizados, falta mucho para que se 
puedan hacer las necesarias y convenientes divisiones, con- 
forme a un plan lógico y metódico que reduzca todos los 
pueblos americanos a un reducido número de grupos bien 
caracterizados. 

Entre esas divisiones una de las que han tenido me- 
jor aceptación entre los etnólogos es la siguiente, compuesta 
de cuatro grupos: 

a) Una raza bastante tostada de color, de facciones 
bastas, algo parecida a la negra, cuyos representantes me- 
jor conocidos son los charrúas, peuenches y yaganes fue- 
guinos, que aparece como la más antigua, relegada en el 
extremo Sur del Continente y costas orientales del mismo. 

b) Otra cobriza, que algunos suponen hermana de la 
proto- asiática, la más extendida en el Nuevo Mundo, de 
cultura lítica en la época de la conquista, y como la ante- 
rior, poco cruzada con elementos extraños. 

c) La de los pueblos cultos (del Anahuac, Yucatán, 
Centro- América y el Perú, principalmente,) intensamente 
cruzada con invasores de origen mongólico y quizás tam- 
bién de origen semítico. 

d) Otra mongólico-siberiana, que ocupa las regiones 
boreales. 

Daniel Brinton dividió la raza americana en cinco grupos: 
I, el Atlántico septentrional: II, el Pacífico septentrional; III, el 
Central; IV. el Pacífico Austral; y V, el Atlántico Austral. 

A esa división no se le ve razón de ser desde el pun- 
to de vista etnográfico, por más cómoda que parezca. 

Algunos prefieren la nomenclatura puramente geográ- 
fica, necesariamente incompleta y sin sujeción a principio 
científico alguno. Tal como ésta: 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 71 

América del Norte: Esquimales, Aleutas, Pieles Rojas, 
Ftlinkit, Yumas, & &. 

Méjico y Centro América: Aztecas, Miztecas, Mayas, 
Pinas, Oulvas, & &. 

América del Sur: Andinos: Chibchas, Quichuas, Aima- 
ras; Amazónicos: Caribes, Aruacos, Miranha; del Orinoco y 
sus afluentes: Salivas, Guachivos, Piaroas, Guaraunos, & &; 
de la hoya hidrográfica del lago de Maracaibo: Motilones, 
Paraujanos, Goajiros, &; Tribus del Chaco: Patagones, 
Onas; fueguianos; & &.. 

54. — Con lo dicho respecto al origen y caracteres de la 
raza americana en general es más que suficiente para abor- 
dar el estudio de las diversas castas o clases de indios 
que poblaban el actual territorio de El Salvador en la 
época de la conquista. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 73 



SEGUNDA PARTE 
LAS RAZAS INDÍGENAS DE EL SALVADOR 

CAPÍTULO PRIMERO 
El pueblo primitivo o autóctono 



55. — La clasificación de los aborígenes de El Salvador, 
desde el triple punto de vista histórico, geográfico y etno- 
lógico está por hacerse: hasta ahora sólo tenemos, a ese 
respecto, materiales deficientes y anticuados, que apenas 
permiten fraguar unas cuantas inducciones provisorias. Di- 
chosamente cabe aprovechar los trabajos relativos a la 
etnografía mejicana, que están mucho más avanzados, aunque 
no puede decirse, ni con mucho, que constituyan un cuerpo 
de doctrina completo y satisfactorio. 

Tratándose de la población indígena de El Salvador, 
se debe distinguir cuatro elementos principales: los amerin- 
das o autóctonos (55), los proto-nahoas, los maya -quichés 
y los aztecas o mejicanos, ascendientes inmediatos de nues- 
tros pipiles: esos elementos los estudiaremos detalladamente 
en esta segunda parte. 

(55) El vocablo amerinds propuesto por la Sociedad Antropológica de Washington, 
es una simple contracción que significa "indios americanos". El término es útil y 
cómodo, pero tiene el inconveniente de perpetuar el error de Colón, que creyó haber 
descubierto, caminando para el W., los confines orientales de la India, respecto a Europa 



74 SANTIAGO I. BARBERENA. 



56. — Ya hemos dicho que según la opinión de antro- 
pólogos eminentes, a la cual nos adherimos, la cuna de la 
raza americana es el Brasil. De allí se fué extendiendo po- 
co a poco por ambas partes de este Continente, formándose 
agrupaciones distintas en diversas regiones. Esa expansión 
es lógico suponer tardó muchos siglos, tiempo más que 
suficiente para que empezaran a diferenciarse unas de otras 
esas agrupaciones, bajo la influencia de la diversidad de 
medios, especialmente por lo que hace a climas y alimen- 
tación, que imponen diversidad de géneros de vida y por 
ende de costumbres y caracteres. 

La raza primitiva ha de haber tenido en un principio 
un idioma común, asaz rudo y pobre, que hoy es imposi- 
ble reconstituir; a ese idioma primitivo y común atribuyen 
algunos la polisíntetis u holófrasis que caracteriza a los 
diomas americanos. 

Ahora bien, evolucionando separadamente cada agru- 
pación, en muy variadas condiciones, con el transcurso del 
tiempo resultaron gran número de pueblos cada cual con 
su propio lenguaje como consecuencia inmediata de la su- 
ma pobreza del idioma primitivo, de las peculiares circuns- 
tancias y necesidades de cada agrupación y de la extremada 
variabilidad de los idiomas incultos. Agregúese, que si bien 
las relaciones internacionales eran casi nulas, aun entre 
pueblos vecinos, como muchos de ellos, en distintas épo- 
cas y por diversas causas se trasladaron en masa de una 
región a otra, resultaron variados cruzamientos y fusiones; 
a todo lo cual hay que agregar todavía las múltiples in- 
fluencias de las inmigraciones extranjeras. 

No debe por consiguiente extrañar que la raza primiti- 
va haya degenerado completamente, no conservándose tribu 
ninguna que la represente con alguna pureza. Ni los boto- 
cudos del Brasil, ni los caribes de las Guayanas, ni los 
otomíes de Méjico, ni los esquimales de las regiones hiper- 
bóreas pueden considerarse como genuinos representantes 
de los prístinos amerindas. 

Sólo los estudios paleontológicos pueden suministrar 
datos fidedignos respecto a la raza primitiva. 

El doctor de Souza Brito sostiene que los primeros 
ocupantes de Centro -América eran de la raza caribe del 
Brasil, cuyo centro de dispersión ha fijado Carlos von den 
Steim en las fuentes del Xingú, de donde se regaron en 
distintas direcciones, llegando una rama hasta el valle del 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 75 



Missisipí, y de allí bajaron más tarde a Méjico y a la 
América Central. (56) 

Lo que es en El Salvador no conozco ni tengo noticia 
de pueblo ninguno que represente de preferencia a la raza 
primitiva; mas es lógico suponer que todos, cual más, cual 
menos, conservan algo de ella, y recíprocamente, tampoco 
puede decirse que tal o cual pueblo pertenezca genuinamente 
a determinada raza inmigrante. 

57. — En Méjico se encuentran, según varios etnógrafos, 
algunos pueblos, especialmente los otomíes, que son los 
restos más puros, mejor dicho, menos degenerados, de la 
raza primitiva, de la raza autóctona. 

Así lo confirman, en concepto del historiador Chavero, 
las tradiciones indígenas: los chichimecas, padres de los 
méjicas, de los texcucanos y de los tlascaltecas, se decían 
descendientes de los otomíes. Compruébalo también una 
antigua leyenda que nos ha conservado Gomara: decían 
los aztecas que los hombres procedían de seis hermanos 
hijos del viejo Ixtacmixcocohualtl ("nube blanca en forma 
de culebra"), la Vía Láctea, y de su esposa Ilancuey 
("rana vieja"), la Tierra: uno de sus hijos fué Otomit!, 
personificación de la raza primitiva. (57) 

Más, he ahí que fundados en esas mismas tradiciones 
niegan otros americanistas esa supremacía de edad a la 
familia otomí: «Los indígenas estaban bien seguros, dice 
M. Henning, en su convicción de que los otomíes eran sus 
coetáneos y del mismo origen que los otros pueblos indí- 
genas de la Nueva España» (Anales del Museo Nacional 
de Méjico, 1911, p. 62) (58) 



(56) Los caribes (o colibes o galibes & &), según varios autores, eran unos indios 
feroces de la parte oriental de la isla de Puerto Rico (isla Carib); otros les dan por 
patria las Antillas Menores, y aun un pequeño grupo del mar de Colón, y otros la 
Guayana (o Cariharta). La verdad es que ese vocablo, a fuerza de usarlo como sinónimo, 
de antropófago, de salvaje, ha perdido su significación etnográfica. Hasta se ha llegado 
a poner en tela de juicio la existencia de los tales caribes; D. J. Ignacio Armas publicó 
una disertación titulada La fábula de los caribes. Y cosa digna de atención, el F. Ray- 
mond, autor del primer diccionario impreso de "lengua caribe", dice: "He sabido, en 
fin, por los jefes de la isla Dominica que las palabras caribe y gaiibi son nombres que 
los europeos les han dado" (Congreso de Amr. de Nancy, 1875, tomo I, p. 400) 

(57) Los otomíes, u ontocas o hio-hiu, son ahora unos 200,000, dispersos en varios 
Estados, principalmente en los de Hidalgo, Méjico y Querátaro. La voz otomí se deriva 
de Otumwa, nombre naholizado en Otompán. Algunos dicen que otomi quiere decir 
"nada quietos" aludiendo a su espíritu inquieto y rebelde. Ellos fundaron la ciudad de 
Man-he-mi, que fué después la famosa Tollán o Tula. 

(58) Ya hemos dicho que el carmelita Fray Manuel de San Juan Crisóstomo, llama- 
do comunmente «P. Nájera» sostuvo en su disertación sobre la lengua otomí (De idio- 



76 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Y en realidad todos descienden de los amerindas, con 
la diferencia que unos pueblos están más cruzados que 
otros, con los inmigrantes extranjeros. 

Se ha alegado en pro de la mayor antigüedad de los otomíes 
su estado barbárico y sus costumbres asaz primitivas; su 
religión zoolátrica, sin culto organizado, y el monosilabismo 
de su idioma, sumamente pobre y sin parentesco con las 
demás lenguas americanas. 

Todas esas aseveraciones son harto exageradas: don 
Francisco Pimentel demostró que el otomí no puede califi- 
carse como genuinamente monosilábico; don Francisco Bel- 
mar estableció que dicha lengua pertenece a la familia 
mixtee -zapoteca, y don Gumersindo Mendoza, en una di- 
sertación que publicó en El Instructor de Aguas Calientes, 
patentizó las excelencias y riqueza de ese idioma, que hoy 
por hoy se considera como pariente cercano del mazahua, 
del pame, del jonaz ó meco, del serrano y aun del apache. 

Aun tomando en cuenta las investigaciones del P. Ná- 
jera, sólo probarían que la familia otomí fué intensamente 
influenciada por inmigrantes procedentes del Celeste Impe- 
rio en remota época. 

Lo curioso del caso es que la inducción que algunos 
han sacado — entre ellos el señor Chavero — es que lo más 
verosímil es que hayan sido los pueblos de la rama mono- 
silábica americana los que emigraron para el Asia y funda- 
ron el vasto imperio del Katai, como oportunamente dij'imos. 

58. — En mi concepto es ocioso buscar especímenes 
actuales de la raza primitiva: todas las tribus americanas 
descienden de ella; si se diferencian entre sí, es por haber 
evolucionado más o menos independientemente durante mu- 



mate othomitorum) que los indios de que tratamos descienden de los chinos. Don 
Conrado Pérez Aranda, que ya hemos citado, aunque no acepta de lleno esa opinión, sí 
cree que los otomíes proceden del Asia Oriental. «Para colocar a los otomíes en México, 
dice este señor, ocurren dos hipótesis: la inmigración por el Paso de Noroeste, y la 
inmigración marítima por las costas occidentales. La primera hipótesis no tendría más 
apoyo que ser el Paso del Noroeste de América la vía más fácil. Para aceptar la se- 
gunda se tiene un fundamento mejor: haberse hablado en la Antigua California el idio- 
ma otomí, con vanaciones tan insignificantes respecto del mismo idioma más generali- 
zado, que se habla en los Estados de México, Guanajuato Michoacán y Puebla, que 
puede admitirse -que son una misma lengua, o aquél y éste dialectos inmediatos de un 
mismo idioma». 

«Pero si los otomíes vinieron a la América por la vía marítima, ocurre preguntar 
¿cómo pudieron en gran número atravesar el mar? No han de haber llegado en gran 
número. Unos cuantos hombres y mujeres, venidos a América de la manera que he ex- 
presado para explicar las inmigraciones marítimas, pudieron en algunas centurias en- 
contrando deshabitada la tierra y sin enemigos a quienes temer, propagarse y emigrar 
después al centro de México». 

Según el señor Planearte los otomíes llegaron a México por el NE., en tanto que 
los nahoas llegaron por el NW. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 77 

chos siglos y en distintas circunstancias, y por estar más 
o menos cruzadas con inmigrantes extranjeros, que cabe 
suponer hayan sido de muy distintas procedencias. 

Admitidu el autoctonismo de la raza americana y su 
paulatina expansión en ambas Américas y la consiguiente 
formación de agrupaciones separadas por enormes vacíos 
de gente, se comprende con facilidad como se fueron cons- 
tituyendo los diversos pueblos, los cuales han de haber 
formado grandes divisiones, compuestas de elementos simi- 
lares desde el punto de vista étnico, por semejanza del 
medio en que evolucionaban y porque no se concibe un 
aislamiento absoluto entre grupos vecinos, máxime después 
de las inmigraciones extranjeras. 

Así, por ejemplo, un pueblo, probablemente asiático, 
vino y se mezcló con numerosas tribus, dando origen a la 
raza nahoa, compuesta de numerosos grupos, que aun no 
habían olvidado su lengua vernácula, la cual se transformó, 
por efecto del cruzamiento, en el náhuatl, idioma común a 
esos grupos, y donde el cruzamiento o influencia fué menor, 
resultaron otros pueblos, más o menos emparentados con 
los nahoas propiamente dichos, que también pueden prove- 
nir de inmigraciones similares, pero no idénticas. 

El estudio de las peculiaridades de cada pueblo ameri- 
cano — muchas de las cuales son inexplicables sin la inter- 
vención de inmigraciones extranjeras — debe servirnos para 
inducir, la procedencia de los inmigrantes con quienes se 
cruzó, el grado de cultura de éstos y hasta la época y 
ruta de cada inmigración. 

Ahora bien, es más que probabable que las grandes 
inmigraciones hayan cesado muchos siglos antes de 1492, 
de manera que cuando vinieron los españoles ya eran muy 
antiguas las diversas nacionalidades americanas, ya habían 
pasado incontables vicisitudes, ya habían realizado grandes 
movimientos, determinantes de separaciones y fusiones di- 
versas, ya tenían larga y complicada historia, de todo lo 
cual tenemos pocas y muy confusas noticias. 

Por muchos que hayan sido los inmigrantes no es po- 
sible que hayan alcanzado a una cifra suficiente para alte- 
rar el tipo de los amerindas, que, a pesar de todo, conserva 
todavía en todo el Continente ciertos rasgos que acusan su 
unidad primaria; mas si influyeron notablemente en todas 
las manifestaciones relativas a la cultura, sin que pueda de- 
cirse, no obstante, que a ellos se deba en absoluto la de 



78 SANTIAGO I. BARBERENA. 



los pueblos americanos. Esa influencia no se ejerció tampo- 
co del mismo modo ni con la misma* eficacia en todos los 
grupos de aborígenes, algunos de los cuales nada, o casi 
nada, debieron a los inmigrantes. 

59. — Para remontar lo más lejos posible en el pasado 
de los pueblos que ocupaban el actual territorio de El Sal- 
vador en la época precolombina, pondré a contribución las 
pocas noticias que acerca de ellos se encuentran dispersas 
en las obras de nuestros cronistas y en algunos escritos 
sueltos del tiempo de la colonia y los escasos estudios his- 
tóricos, arqueológicos, y etnográficos que se han hecho a 
ese respecto, sin hacerme la ilusión de poder escribir una 
acabada monografía de cada uno de esos pueblos ni de re- 
construir su historia. 

Poco será para los que hacen consistir la Historia de 
un pueblo en la presentación de largas listas de nombres 
propios, de reyes, príncipes, generales &&, con minuciosos 
detalles biográficos; en la fijación precisa de las fechas y 
en el relato de todas las batallas en que haya intervenido 
ese pueblo, sin hacer caso omiso de la más insignificante 
escaramuza; mas no para los que saben apreciar las múl- 
tiples y capitales enseñanzas que suministra el estudio de 
los monumentos, tradiciones y creencias de un pueblo, res-' 
pecto a su cultura, valor intrínseco, porvenir y psicología; 
revelándonos cómo vivía, cómo trabajaba, cómo guerreaba, 
cómo se vestía, cómo era gobernado y otros muchos inte- 
resantísimos detalles, y de todo ello tenemos abundantes 
nociones con relación a los aborígenes de El Salvador y 
muy particularmente con relación a nuestros pipiles. 

60. — Según la carta-informe del Licenciado doctor don 
Diego García del Palacio dirigida al rey Felipe II, en 1576, 
se hablaban en lo que hoy es El Salvador cinco lenguas 
distintas: populuca, pipil, chontal, patón, y taulepa-ulua, de 
cada una de las cuales hablaremos oportunamente. (59) 

Ahora bien, el doctor don Eustorgio Calderón, que cre- 
yó haber encontrado en Chiquimulilla y Yupiltepeque (al 
Sudeste de Guatemala, contiguo a El Salvador) la entidad 
etnográfica de los pupulucas, reconoció después que la len- 
gua de esos pueblos es la xinca o sinca, perteneciente, se- 



(59) En la Geog. y descrip. univ. de las Indias, recopilada por el cosmógrafo-cronis- 
ta Juan López de Velasco, y publicada con notas e ilustraciones por don Justo Zarago- 
za (Madrid, 1894), sólo se mencionan cuatro lenguas o naciones, en toda la provincia de 
Guatemala: Pipiles, Popolopas, Apis y Apayes. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA D E EL SALVADOR 79 

gún él, al grupo mixteco-zapoteco (60), y dice que es «una 
lengua autóctona, sin conexión extensa conocida hasta hoy 
con alguna otra lengua madre común», y luego agrega: «Fue- 
ra de toda duda debemos considerar a los Sincas como la 
raza aborigen guatemalteca que habitaba los departamentos 
de Jalapa, Jutiapa y Santa Rosa, en la época de las irrup- 
ciones maya-quiché y azteca». (Repertorio Salvadoreño, ma- 
yo de 1892). 

Ya he dicho que en mi concepto es ocioso buscar es- 
pecímenes de la raza primitiva. Y admitiendo que el sinca 
pertenezca a la familia mixteco-zapoteca, resulta pertenecer 
a una raza mixta, producto de una íntima fusión de las dos 
grandes razas inmigrantes, la maya y la nahoa, en las se- 
rranías de Oajaca (V. mis Estudios sobre la distribución geo- 
gráfica de las razas indígenas de Méjico y de la América 
Central, antes del descubrimiento de América, Art. IV, en el 
Repertorio Salvadoreño de mayo de 1892.) 

Según el mismo doctor Calderón, en el istmo de Te- 
huantepeque «se encuentran pueblos a los cuales los azte- 
cas adyacentes llaman también pupulucas, como los pipiles 
a los sincas.» «Pero los de el istmo son ostensiblemente 
miembros de la familia mije, que todavía está bastante atra- 
sada en civilización y cultura. Viven en San Juan Guichico- 
vi, Estado de Oajaca, y en el Estado de Veracruz, en los 
pueblos de Sayula, Oluta y Texistepeque». Sospecha que 
estos mijes y los sincas son afines entre sí, en lo cual tal 
vez tenga razón. (61) 

También el doctor Nicolás León, en su folleto titulado 
Familias lingüísticas de México considera como dialecto del 
mixe al popoloco de Tecamachalco (Estado de Puebla); ade- 
más el licenciado D. Francisco Belmar ha demostrado que 
el popoloca pertenece a la familia mixteco-zapoteca, y no a 
la zoque-mixe. (62) 

El doctor León publicó también en los Anales del Museo 
Nacional de México, una Conferencia (2a. época, tomo II) 
sobre los Popolocos, en la cual dice que «son pocos los pue- 

(60) Ya don Pedro de Alvarado, en su segunda carta a Cortés (Colección de Bar- 
cia), hablando de su primera expedición a Cuscatlán, dice que al llegar al pueblo de 
Atiepac notó que ya se hablaba otra lengua, y Milla advierte a ese respecto que esa 
otra lengua era la xinca. 

(61) «El mixe o mije, dice el señor Orozco y Berra en su Geog. de las leng. p. 
176, es uno de los idiomas que no hemos podido clasificar». El P. José Antonio Gay 
(Hist. de Oaxaca, T. I. p. 24) pretende probar que los mijes descienden de los europeos. 

(62) Según el doctor León existen similitudes intrínsecas entre las lenguas mixte- 
co-zapotecas y la othomí. 



SANTIAGO I. BARBERENA. 



blos en donde hoy se habla, más o menos mal y en núme- 
ro mayor o menor, la lengua popoloca. En el Estado de 
Puebla solamente Azingo y Mezontla tienen esa lengua co- 
mo propia; en Oaxaca su número es mayor. En Veracruz 
hay un Cantón donde abundan indios llamados popolocas; 
mas por algunos datos que se me han suministrado me in- 
clino a creer que se trata de nativos que hablan lengua 
mixe. Los populucas de Guatemala usan un dialecto del 
Cakchikel y los de Nicaragua otro del Lenca». 

Y después dice: «Al hacer mis estudios de estos idio- 
mas y teniendo ante mí un indio chuchón, un popoloca y 
un mixteco, hablando en sus respectivas lenguas, llegaron 
a entenderse y convinieron en que, salvo algunas pronun- 
ciaciones, sus idiomas venían a ser uno mismo. Testigos de 
esto tengo en personas caracterizadas de Tehuacán». 

El tal pupuluca (o populuca o popoloca) es denominado 
chocho en Oajaca: tlapaneco, en Guerrero; y teco, en Mi- 
choacán; antiguamente se llamaba yope o yupe, vocablo que 
constituye la raíz principal del nombre « Yupiltepeque», de 
un pueblo de Guatemala, donde lo estudió el Dr. Calderón. 

Así, pues, el pupuluca que según el Oidor García del 
Palacio, se hablaba en Guazacapán y en los Izalcos (Salva- 
dor) es el sinca estudiado por el Dr. Calderón; no es el 
pupuluca hablado en varios puntos de México, y menos el 
de Guatemala. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 81 



CAPITULO SEGUNDO 

Pupulucas, chontales, chortíes, pocomanes y lencas de 
El Salvador. (*) 



61 — Ya vimos que el* pupuluca que según García del 
Palacio se hablaba en Guazacapán y en los Izalcos era el 
xinca, jinca ó sinca que estudió el Dr. Calderón en Yupil- 
tepeque y en otros lugares, y es de suponerse que lo que 
refiere el cronista don Antonio de Herrera respecto a la 
provincia de Guazacapán sucedía también en los Izalcos, 
que se hablaba la lengua mejicana, si bien había otra pe- 
culiar de la localidad, la cual se perdió por fin en estos 
últimos, donde después los naturales sólo hablaban el ná- 
huatl, que han ido olvidando poco a poco, siendo hoy con- 
tados los pueblos en que usan esa lengua, sin perjuicio de 
hablar también la española. 

Brinton, Gallatín, Buschmann, Waitz, Stoll, Berendí y 
otros varios americanistas han estudiado el sinca, mas de 
sus trabajos nada en concreto puede sacarse respecto al 
origen de esa lengua, sui géneris, producto no sabemos de 
qué cruzamientos y a lo cual llamaron pupuluca los vecinos 
para significar que era una jerigonza ininteligible, un inex- 
tricable galimatías. 

Hemos de estar que aparte del jinca, hablado del Mi- 
chatoya al Paz, colocan algunos etnógrafos, como Stoll, 
Sapper y Thomas, una pequeña región exclusivamente pu- 
puluca. Stoll la fija en la margen occidental del bajo Paz, 



(*) Doy principio al estudio detallado de nuestros aborígenes por los cinco pue- 
blos a que se refiere el titulo de este capítulo, por ser éstos, según algunos, los más 
antiguos, respecto a lo cual no estoy de acuerdo. 

-6- 



82 SANTIAGO I. BARBERENA. 



y considera ese pupuluca como dialecto del mije; Sapper 
la fija un poco más al NE., teniendo por centro principal 
el pueblo de Conguaco, y la declara colonia lenca, y Cyrus 
Thomas denomina a ese dialecto «pupuluca-lenca», para 
diferenciarlo del «pupuluca -maya», hablado cerca de la 
Antigua Guatemala. 

Yo creo más prudente atenerme al testimonio de García 
del Palacio, testigo ocular y hombre dotado de espíritu de 
observación, que visitó el país a raíz de la conquista, cuan- 
do los. idiomas indígenas aun se conservaban bastante puros: 
ahora bien, él identifica el idioma hablado en Guazacapán 
con el hablado en los Izalcos; se refiere, pues, evidente- 
mente al jinca, al que él llama pupuluca. Ese lenguaje, 
como queda dicho, se extinguió ya completamente en la 
parte de El Salvador en que era hablado. 

Popoloca (63) es palabra del idioma mejicano que sig- 
nifica «bárbaro», y sirve para designar a un hombre tosco, 
que habla incorrecta o chapuceramente el náhuatl, en opo- 
sición a nahuatlaca, "persona que se explica y habla claro"; 
después tomó por extensión la significación que le hemos 
dado, y aun hoy se dice "hablar en pupuluca", como equi- 
valente a "hablar enredado, de una manera incomprensible." 
Según Remi- Simeón (Diction. náhuatl) dicho vocablo es fre- 
cuentativo del verbo poloni, " refunfuñar, murmurar, hablar 
entre los dientes, hablar un idioma extranjero". 

El doctor León en su conferencia sobre Los popolocos 
dice que «Pinotl- chochan y tenime eran los nombres con que 
se les conocía, principalmente a los que vivían en tierras 
de lo que hoy forman los límites de los Estados de Oaxaca, 
Guerrero y Puebla; y a los que en este último habitaban, 
especialmente se les llamaba popolocos. Tenime, plural de 
ténitl, significa en lengua nahua, «grosero, extranjero»; pinotl, 
es «el que habla lengua extranjera»; chochan, «el palurdo 
o rústico», y popoloca, «el tartamudo, y también el bár- 
baro» . 

En lo que fué la antigua provincia de los Izalcos, que 
llegaba hasta el río de Paz, se conservan todavía algunos 
nombres geográficos cuya etimología es muy difícil, por no 
decir imposible, rastrear, por lo que supongo se derivan 
del antiguo jinca. Por ejemplo: las dos isletas que hay en 



(63) Según algunos no son sinónimas las voces popoloca y pupuluca; mas todo 
lo que se ha dicho a ese respecto tiene trazas de puras cavilaciones sin fundamento serio. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 83 

dicho río, frente a la hacienda de San Marcos, llamadas 
Gubar y Fasán respectivamente. 

62 — Hay otro pupuluca, como queda dicho, muy dis- 
tinto del anterior, como que es un simple dialecto del quiche. 
Este pupuluca era hablado en el antiguo y poderoso se- 
ñorío de San Juan Sacatepéquez, del reino de Guatemala, 
y probablemente es el mismo que se hablaba en el curato 
de Yayantique en el departamento de La Unión, de El 
Salvador. (64) 

Esta colonia cachiquel en pleno país chaparraxtique es 
probable haya sido constituida por indios traídos por D. Pe- 
dro de Alvarado, cuando vino al puerto de Amapala, en la 
costa de Conchagua, de donde salió para el Perú, como 
veremos al narrar la vida y hechos de este caudillo. La 
población que formaron esos indios en el paraje de Yayan- 
tique fué después cabecera de curato, al cual pertenecía el 
hoy extinguido pueblo de Amapala, ubicado en una lengua 
o punta de tierra que aun conserva ese nombre. 

Yayantique está hoy en triste situación : el número de sus 
habitantes no llega a 2,000, y su producción agrícola ape- 
nas es de unas 150 fanegas de maíz blanco, 100 fanegas 
de maicillo y 25 quintales de arroz. Su patrón nominal es 
San Juan, sin duda porque éste es el patrón de Sacatepé- 
quez, la tierra vernácula de los yayantiques. 

De ese pupuluca es uno de los vocabularios que remi- 
tió a la Audiencia de Guatemala Fray Carlos Cadena, el 2 
de agosto de 1788 y que fueron a parar a España, donde 



(64) Ese curato de Yayantique ha de haber sido de alguna importancia, á juzgar 
por la calidad de los párrocos que lo sirvieron : en la terna presentada por el Arzobispo 
de Guatemala al Presidente, Gobernador y Capitán General del reino, Mariscal de Campo 
don Alonso Fernández de Heredia, para el nombramiento de Cura-Párroco de San Pe- 
dro Zoloma, el 14 de noviembre de 1763, documento que hace algunos años publiqué, 
figura como candidato «don Francisco Rl. Presbytero Secular, domiciliado de este Ar- 
zobispado, hijo lexítimo y de lexítimo matrimonio de el Mtre. de Campo Dn. Francisco 
Real y doña juana Fherera Ortiz de Letona, personas de notoria calidad y limpieza, en 
quien concurre el mérito de haber cursado con aprovechamiento las facultades de Gram- 
matica y Phylosophia en el Colegio de la Sagrada Compañía de Jesús y en la Rl. Uni- 
versidad de esta Corte, las de Cañones y Leyes, en las que obtuvo el grado de Ber. 
Que habiendo sido promovido á las Sagradas Ordenes con título de suficiencia en el 
idioma Kiché, passo á ocuparse en el Ministerio de Coadjutor en los Curatos de Esqui- 
pulas, Gotera, Yayantique, San Miguel, San Vizente, y últimamente en esta Snta. 
Metropolitana Iglecia, en cuyo exereicio ha desempeñado la confianza de los Curas pro- 
pios de dhos Beneficios con notorios desvelos y aplicación. Hallarse á la presente de 
Notario del Sto. Tribunal de la fee de esta Ciudad, desempeñando este cargo a satis- 
facción de el. Que en las proviciones de varios Beneficios vacos, á que ha hecho opo- 
sición, se ha calificado en sus Synodos por suficientíssimo, y en el congregado para la 
presente provición se le dio el de hallarse 'competente con instrucción en el idioma 
Mam. Y últimamente hallarse de Predicador del Noble Ayuntamiento de esta Ciudad, 
cuio empleo ha exercido en todas funciones así en esta Sta. Iglecia como en las demás 
de esta Ciudad, y tener mediante su suficiencia lizencias generales de confesar a perso- 
nas de ambos sexos y a personas de mi filiación.» 



84 



SANTIAGO I. BARBERENA. 



hace algunos años los descubrió el doctísimo historiador 
costarricense Licenciado D. León Fernández, y publicados 
en 1892. (65). 

Basta haber hojeado un vocabulario quiche para reco- 
nocer que el pupuluca de que ahora tratamos es casi puro 
quiche, siendo casi idéntico con el dialecto cachiquel: es el 
pupuluca -maya de Mr. Cyrus Thomas. 

He aauí la muestra: 



Castellano Populuca 

Padre Tata 

Madre Té 

Hijo Kahol 

Hija Valqual 

Hermano Vachalal 

Hermana Vana 

Marido Vachahil 

Mujer Vishaii 

Doncella Kopogh 

Mozo Aqual 

Ojo Xunaghnuach 

Cejas Mech 

Pestañas Xusmalnuach 

Oreja Xihin 

Frente Nikaghnuach 

Trabajo Zamagh 

Perezoso .... Cors 

Yo In 

Tu At 

Aquel Hala 

Nosotros .... Ogh 

Niño Chutiaqual 

Hombre Achí 

Gentes Vinak 

Cabeza Roholon 

Cara Palagh 

Nariz Zan 

Labios Kinuchi 

Dientes Vei 



Castellano Populuca 

Lengua Vak 

Barba Vasmachi 

Cuello Xuculna kamichá 

leepe 

Hombro Ruitalen 

Codo Rusic nuká 

Mano Ka 

Brazo Ká 

Dedos Ruika 

Uñas Vistziack 

Pecho Ronu kax 

Vientre, pecho . Pan 

Vosotros Ix 

Aquellos Chela 

Ser Vx 

Yo soy In 

Caballos Equiq kiegh 

Mexías (Mejillas?). Quot 
Baca (sic) .... Vakax 
Garganta .... Kul 

Fuerza Chuka 

Piel Zun 

Carne Chak 

Hueso Bac 

Oído Xihin 

Vista, ver .... Kizun 

Gusto Kikitzot 

Olfato Kizatzon 

Espalda Rovachack 



(65) Fray Carlos Cadena (hermano de Fray Felipe del mismo apellido, a quien 
debemos una interesante descripción de la ruina de la Antigua Guatemala, en 1773) era 
oriundo de Ciudad Real, en Chiapa, y fue durante varios años Prior del Convento de 
Dominicos en San Salvador. En esta ciudad pronunció en 1767 su oración fúnebre en 
honor de la Reina doña Isabel de Farnesio, publicada por D. Agustín de Siüeza Velas- 
co, Sargento Mayor de la misma, y en 1768 la del Obispo de Chiapa y Soconusco, Dr. 
don Miguel de Silieza y Velasco, publicada también por el mismo Sargento Mayor, que 
sin duda era deudo del Obispo. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 



85 



Castellano 



Populuca 



Pie Vakan 

Rodilla Rová 

Corazón Vanima 

Sangre Kikel 

Echar Vasagh 

Desgarrar .... Katohovar 

Verter Inta kegh talla 

Dar Talla 

Da tú Talla 

Cortar Tokatá 

Bajo Chuxe 

Frío Bax 

Caliente Meken 

Ardiente Iecanogh vallobal 

Sano Hala vzkogh 

Bien Vz 

Bueno Vzkogh 

Tacto Xinbanlá 

Voz At 

Hablar Kichó 

Razonamiento. . Kachoagh chila 

Palabra Chobal 

Nombre Bi 

Gritar, grito . . Tzizitzin 

Ruido Xacapanachi 

Aullido Tivillinchi 

Llorar Tzinok 

Reír Tzizen 

Cantar Tzibixan 

Grande Nimak 

Pequeño Chuti 

Alto Nim 

Dolor Ticoró 

Pena Inon ipoconal 

Delgado Xax 

Extornudar . . . Inetzitzan 

Temblar Kabratzan 

Suspirar Nihegh kux 

Resachar (resollar ?) Ninivohot 

Pasa tu Avichin 

Ir Cutin 

Be tu (sic) ... Hat 

Vete Katel 

Dormir Kavar 

Sueño Varan 

Saltar Tirupin 

Tener Chapón 

Correr Hunanim 

Bailar Kaxahon 

Amar Lockogh 

Amor Lockon 

Gozoso Kikikot 



Castellano Populuca 

Grueso Pin 

Ancho Nímzuach 

Presto Tallegh 

Lento Akalock 

Blanco Zac 

Negro Ckeck 

Encarnado. . . . Kial 

Verde Rax 

Amarillo Kan 

Tu eres At 

El es Hala 

Nosotros somos. Ogh achia 
Vosotros sois. . Is rec 
Aquellos son . . Échela 

Fue Xbe 

Comer Kava 

Yo como .... Inkava 
Tu comes . . . . At incava 
Aquel come. . . Hala intivá 

Beber Cumú 

Tristeza Kibison 

Relámpago . . . Coropa 

Nieve Teogh 

Hielo, helada . . Teugh 

Fuego Kak 

Lumbre Intitzunt kak 

Sombrío Coghromo hilché 

Día Kigh 

Noche Chaká 

Mañana Nimaká 

Tarde Xtakakigh 

Oriente Intelkigh 

Parir lntikuherral 

Familia Coghval 

Matrimonio . . . Inkiekule 

Viuda Malkan 

Vivir Kikaze 

Vida Kaze 

Nutrir Kakanuvai 

Tomar Chapón 

Sacudir Tiragh 

Llevar Vkagh 

Luvia Intikahop 

Rocío Xakalcos 

Granizo Zabach 

Año Huna 

Tierra Vleugh 

Agua Llá 

Mar, Río Nimallá 

Olas Intisilon ruillá 

Arena Zanallé 

Polvo Pocolagh 



86 



SANTIAGO I. BARBERENA. 



Castellano Populuca 

Cuerpo Tiohil 

Alma Vanima 

Morir Xkan (U kan ?) 

Muerte Kaminak 

Viejo Nía (Má ?) 

Joven Aqual 

Cueva Pahul 

Piedra Abagh 

Hierro Chit 

Cal Chun 

Montaña Jullú 

Rivera Ruchillá 

Malvado Izelachi 

Mal Izel 

Estulto Nakanick 

Capaz Habalanogh 

Hermoso Habalcogh 

Agudo Habalanogh 

Redondo Zetesic 

Pesado Mamacors 

Duro Coñgh 

Fuerte Coghchuka 

Endeble Xatback 

Foso Borol 

Verdura Cules 

Árbol Che 

Leña Si 

Sol Ckigh 

Luna Ick 

Estrella Chumil 

Cielo Zokagh 

Niebla Suz 

Nuevo Kakak 

Arco iris .... Xockoká 

Rayo Kokolahai 

Aire, viento. . . Tzia ckick 

Huracán Zalcon 

Vapor Intirok 

Flor Kozigh 

Fruto Ki 

Cebolla Xinakat 

Llanura Rotakagh 

Sembrar Katiká 

Medio día. . . . Nikaghckigh 

Cuerno Ruka 

Cerdo Ak 

Perro Tz, i 

Gato Mis 

León Balan 



Castellano Populuca 

Lobo Vtivgh 

Zorra Pars 

Valle Rotaagh 

Profundidad. . . Pahul 

Verano Zackigh 

Invierno Pahop 

Mosca Vx 

Mosquito .... Chutiux 

Hormiga Zanick 

Araña Am 

Abeja Vinacap 

Miel Cap 

Águila Cot 

Cuervo Coch 

Codorniz .... Zakaravach 

Pájaro Tz'ikin 

Gorrión Tz'unum 

Golondrina . . . Vokoichep 

Nido Rozock 

Altura Chikagh 

Anchura Nimvach 

Longitud .... Nim rakan 

Agujero Huí 

Ratón Choy 

Gallina Atz 

Gallo Mamá 

Gamo Masat 

Pichón Ralpalomo 

Medida Tavatagh 

Cosecha Cabahachon 

Límite Culubal 

Casa Hay 

Bosque Hultiugh 

Raíz Ruxé 

Tronco Cutan 

Corteza Righché 

Rama Rukaché (*) 

Hoja Ruxacché 

Acarrear Tabaragh 

Construir .... Taban 

Vestido Avicon 

Pellicas Ckal 

Zapato Xaha 

Gorro Zut 

Faja Simbalpan 

Animal Chcop 

Pescado Cars 

Ballena AUim 

Cangrejo Tap 



(*) Después dice : rupaché. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 



87 



Castellano 



Popuíuca 



Castellano 



Popuíuca 



Luna Ic 

Algodón ..... Chigh 

Ciudad Cor hay 

Comida Tigh 

Crudo Ragh 

Coser (cocer ?) . Dichatzatz 

Pan Kaxlamvaí 

Dinero Puak 

Ladrón Elecon 

Contienda .... Olloval 

Arnés Rupavoch 

Casco Ristziack 

Allá Chila 

Oi (hoy) ?) . . . Míer 

He aquí Vave 

Como Kachel 

Donde Apé 

Que Kax 

Con quien. . . . Anokritzin 

Bajo Itzin (*) 

Dos Ha' ú 

Cuatro Kiahí 

Seis Vahatzí 

Diez Lahú 

Veinte Hunvinack 

Guardia Chahinel 

Yugo Ekan 



Escribir Kiziban 

Señor Ahavgh 

Ley Pexá 

Principio .... Nabeí 

Sí He 

Ahora Vacami 

Después Katená 

Lejos Kanagh 

Conque Anockritzin 

Sobre Rui 

En Pa 

Uno Hun 

Tres Oxi 

Cinco Voó 

Fin Istzis 

No Ni 

Cerca Kehogh 

Aquí Vavé 

Ayer Ibir 

Mañana Chuak 

Cuando ..... Hampé 

Quien Anack 

Siete Vukú 

Nueve Belehé 

unce Hulahugh 

Treinta .... Huvinaklahu 



La pronunciación de la gh es sumamente gutural; la ck, 
muy fuerte; x, como sh inglesa; v como hu, o como u; & &. 

El americanista alemán doctor A. v. Frantzius, en una 
de las notas con que ilustró su traducción alemana de la 
carta-informe del Oidor Palacio, dice: «La Popoluca no 
es lengua diferente, sino el nombre con que los mexica- 
nos designaban el cakchiquel que se hablaba en la costa 
(de Guazacapán); esta palabra significa lo mismo que la 
española bozal, esto es tartamudo o el que no se expresa con 
propiedad». 

63. — Los chontales ocupaban el antiguo Chaparrastique, 
al Oriente de El Salvador, mejor dicho, la mayor parte de 
esa región, ocupada también por otras tribus, de la raza 
lenca, de que hablaremos después. El Oidor García del Pa- 
lacio dice: «Del lugar dicho (Iztepeque, al pie del volcán 
de San Vicente) aunque es la misma provincia (de San Sal- 



(*) Baxo dice que es chuxe, y bajo=itzin. 



88 SANTIAGO I. BARBERENA. 



vador) comienza otra lengua de indios, que llaman los chon- 
tales, gente más bruta, aunque antiguamente valientes entre 
ellos». Lo mismo dice el cronista Herrera. (66) 

El doctor don Tomás Ayón en su Historia de Nicara- 
gua, hablando de los chontales de aquella República, dice que 
ocupaban todas las vertientes de la cordillera central, más 
allá de los lagos, y que eran considerados como enteramen- 
te bárbaros por las razas medio civilizadas que poblaban 
antiguamente aquel país. Sus pueblos importantes eran Lo- 
vigüisca y Matagalpa (67). Y agrega: «La procedencia de 
estas tribus y la época en que llegaron a Nicaragua, son casi 
completamente desconocidas. Sin embargo, M. Lévy cree que 
eran una rama de los mayas, que abandonaron en tiempos re 7 
motos el distrito de Copan, para extenderse a la vez por 
el Norte y por el Sur. M. Lévy funda esa opinión en la 
circunstancia de hablarse el chontal en toda la extensión 
de la cordillera americana, desde Nicaragua hasta Oaxaca». 

Es de advertir que el vocablo chontal ha servido para 
designar varios idiomas: hay un chontal de Oajaca, hasta 
hoy no bien clasificado, que es lo que Brinton llamó «len- 
gua Tequistlateca»; otro chontal de Tabasco, pariente muy 
cercano del tzendal, según Berendt: otro (u otros) de Hon- 
duras y El Salvador, y otro de Nicaragua. Estos tres últi- 
mos es probable pertenezcan a la familia maya-quiché, sin 
ser idénticos entre sí. 

En cuanto a la inferioridad de la raza chontal de muy 
buen grado la admito, comparada con la de nuestros pipiles, 
que fueron sin duda, los que la llamaron así: todavía hoy 

(66) De ese texto de García del Palacio se deduce claramente que la pro- 
vincia de Chaparrastique se extendía, por lo menos por el lado de Iztepeque, más acá, 
o al Oeste del Lempa, y así lo dice Fuentes y Guzmán en el capítulo II del libro IV de 
su Recordación Florida, hablando del regreso de don Pedro de Alvarado, cuando fué a 
Honduras en busca de Cortés: «Venía don Pedro más aumentado de gente; con que traía 
consigo a Luis Marín y a Bernal Diaz del Castillo con los soldados de su cargo, y a es- 
ta causa se hacía más penosa aquella detención, respecto al grande gasto de vituallas que 
se crecía; pero perfeccionada la canoa, fué necesario gastar cinco días en pasar el río 
(el Lempa), y propasado el ímpetu de su curso, llegaron al pueblo de Chaparrastique, 
que aun todavía es en la provincia de San Miguel, y habiendo los indios de este pueblo 
obrado mal con ciertos soldados, por lo acelerado de la jornada, se quedó sin remedio 
el haber muerto a Nicuesa y herido a otros tres de aquel ejército, poniéndose en arma 
sin ocasión alguna». 

(67) El etnógrafo alemán Mr. C Sapper, que varias veces ha visitado esta Repú- 
blica, asevera que el chontal de Matagalpa está hoy representado por el dialecto que 
se habla en Cacaopera y Lislique (El Salvador), y Mr. W. Lenhmann, que estuvo por acá 
en 1909, dice en un artículo que publicó en Centro-América Intelectual (2a. época, No. 
10): «Por mis estudios comparativos de las gramáticas, se puede probar que los indios 
sumos en el interior de Honduras y de Nicaragua, forman con los mísquitos, con los 
ulúas, con los indios de Matagalpa y de Cacaopera (El Salvador) ura gran familia que 
existe hoy solamente en restos esparcidos y a punto de extinguirse (a excepción de los 
mísquitos)». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 89 

nos servimos del epíteto «chontal» como sinónimo de «brus- 
co, bruto, bárbaro», así como empleamos el adjetivo «chi- 
chimeca», en el sentido de «cruel salvaje», y el adjetivo 
«pupuluca», en el de «incomprensible» (68) 

El licenciado Belmar en su tratado sobre la familia 
mixteco - zapoteca refiere que los chontales componían anti- 
guamente una nación considerada por los historiadores co- 
mo formada por pueblos bárbaros procedentes de los dis- 
tritos montañosos situados al NE. del Lago de Nicaragua 
y extendidos por Honduras, Guatemala, Tabasco, Guerrero 
y Oajaca; que en la época colonial y en el Estado de Oajaca, 
el partido de Chontales tenía por cabecera el pueblo de Santa 
María Acatepeque, y que hoy han disminuido notablemente, 
sobre todo en el Estado de Guerrero. Según Wappaus fue- 
ron también conocidos con el nombre de caraibes, y algu- 
nos creen que hubo una época en que fueron un tanto ci- 
vilizados. Mas todo eso supone una unificación de los pue- 
blos llamados «Chontales», hoy inadmisible. 

El filólogo Pimentel no admite que el chontal pertenez- 
ca a la familia maya; para él es un idioma «extranjero», 
que es precisamente lo que significa la palabra mejicana 
chontalli, lo que prueba que como extraños eran tenidos. 
Lo antedicho se refiere, sin duda, de una manera particular 
al chontal de Oajaca. 

Ahora bien, cualquiera que haya sido el grado de se- 
mejanza entre el chontal de Tabasco y los hablados en Hon- 
duras y Nicaragua, respectivamente, lo que es el que se ha- 
blaba el E. de El Salvador, en el antiguo Chaparrastique, 
creo que era un dialecto del quiche, muy poco diferente de 
éste, dialecto hoy completamente extinguido, pues todos los 
nombres geográficos de esa región son de fácil y satisfacto- 
toria interpretación por medio del quiche. 

El vocablo Chaparrastique, por ejemplo, se compone de 
tres raíces quichés: chap= «contener, comprender, abarcar»; 
rax^=«verde, hermoso, flamante», y tic—« sembrar, plantar» 
raíz de ticon «huerta chacra»; significa pues, «lugar de her- 
mosas huertas». — Lolotique, nombre de un pueblo, se com- 
pone de /o/o/=« grillo» y metafóricamente < lugar en que 

(68) «Como es sabido, los Mexicanos estaban establecidos al tiempo de la conquis- 
ta como dueños y señores de los indígenas, cuya lengua, la populuca, casi iba desapa- 
reciendo. Los nombres de los vecinos pipiles y chontales no designan nacionalidades, 
sino que el primero significaba nobles, como se designaban los mexicanos, mientras que 
chontales, quería decir brusco e incivilizado, estoes, habitantes que no eran mexicanos». 
(Dr. Frantzius) 



90 SANTIAGO I. BARBERENA. 



solo se oyen los grillos, lugar desolado», y de ticon; quiere 
por consiguiente decir: «huertas abandonadas». 

Nuestros chontales no representan ni con mucho la ra- 
za primitiva; estaban intensamente cruzados con los quichés, 
descendientes directos de los ulmecas, pueblo inmigrante co- 
mo veremos después. 

64. — También muy cercanos parientes de los quichés 
eran los chortíes de Santo Tomás Tejutla, en el actual de- 
partamento de Chalatenango. 

El choití era la lengua vernácula de una numerosa cas- 
ta de indios establecidos en las cercanías del Motagua, tan- 
to del lado de Guatemala como del de Honduras. (69) De 
esa región fácilmente pueden haber venido a ocupar las 
fértiles tierras del actual distrito de Tejutla; mas no sabe- 
mos si estos colonizadores conservaron puro el idioma de 
sus padres, si un indio de Tejutla, de fines del siglo XVIII 
hubiera sido capaz de echar un párrafo con un indio de 
Sensenti. 

Basta examinar un vocabulario cualquiera de la lengua 
chortí, tal como hoy la conocemos, para reconocer que es, 
como queda dicho, un dialecto del quiche (70), y aunque 
no se conserve ningún documento que indique la forma en 
que era usada en Tejutla, es de suponerse que ha de ha- 
ber sido semejante, si no idéntica a la forma que conocemos. 
El señor presbítero don Alberto Ruano Suárez, de Guate- 
mala, ha recogido cuidadosamente lo que queda de ese 
idioma. 

El nombre chortí más bien parece un apodo que un 
término geográfico: se deriva, según creo, de chor, que en 
quiche significa el acto en que el polluelo pica el cascarón 
para salir; entraña pues, la misma intención que el voca- 
blo p/p/7 = «niño» : en ambos casos se quiso expresar que 
el pueblo respectivo era harto pueril, probablemente por lo 

(69) «Brasseur conjetura que la actual poblacióu de Chiquimula de la Sierra fué 
formada con los habitantes de Copan, trasladados por orden de los Españoles, y pare- 
ce fundarse en que Chiquimula es el nombre indígena de Copan, donde se hablaba la 
lengua chortí dia'ecto del pocomán» (Milla). El conocimiento del chortí es, pues, indis- 
pensable para descifrar las inscripciones de Copan. 

Lo que es Quiriguá quedaba en el territorio de los chotes, parientes cercanos de 
los chortíes, y que tuvieron su época de notable cultura. 

(70) Según Stoll pertenece al grupo poconchí; Sapper lo coloca en el tzendal y 
Cyrus Thomas lo considera estrechamente relacionado con el chol y el tzendal. Bras- 
seur lo asimiló también con el chol y con el kekchi de la Alta Verapaz. Según el Dr- 
Frantzius es el apay que según García del Palacio se hablaba en el valle de Acatzahuas. 
tlan y en Chiquimula. — El chol (=«hombres>), esparcido en las sabanas entre el Usuma- 
cinta y el Golto Dulce, es tambjén de la familia maya. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 91 

que respecta a la pronunciación de las palabras, pues por 
lo demás no debemos olvidar que a la raza chortí pertene- 
cía el denodado Lempira, héroe de legendaria pujanza. 

65. — En el distrito de Chalchuapa, departamento de 
Santa Ana, se hablaba antiguamente el pokomán, que también 
pertenece a la familia maya quiche. Así consta en la tabla 
de los curatos del Arzobispado de Guatemala, que inserta 
el F. Juarros en el primer tomo de su Historia, la cual ta- 
bla fué hecha con vista de los autos de la visita que hizo 
el Arzobispo Cortés y Larráz, por los años de 1768 y 1769. 

Lo antedicho no obsta para que también se haya ha- 
blado allí el náhuatl, como sucedía en la provincia de los 
Izalcos. 

Chalchuapa es una de las comarcas de El Salvador en 
que se han encontrado curiosísimos restos arqueológicos. 
De allí traje hace cosa de veinte años, el hermoso monoli- 
to conocido con el nombre de «La Virgen de Tazumab , 
existente en nuestro Museo Nacional y un espécimen de 
piedra, bastante tosca y corroída, de la conocida estatua del 
«Dios Recostado», que M. Leplongeon bautizó con el nom- 
bre Maya de Chac-Mool. 

En mi concepto dicha «Virgen» representa antropomórfi- 
camente al Ser benefactor é invisible, a Dios, pues su nom- 
bre se compone de tres raíces pokomanes que eso significan: 
tat = «padre» ; tzuc = «gozo, placer, dicha»; raíz de tzuckre 
=«dichoso», y mal=«cosa cubierta o que cubre», como 
rizmalgholon= «los cabellos»; xísmal nackach = «\as pesta- 
ñas»; rismalme= «lana»: así es que equivale a «Padre o 
dispensador de la felicidad, que es invisible». Si el monoli- 
to representara a una diosa, ésta sería de origen o de nom- 
bre nahoa: de tlazumalli= «coser»; sería ía diosa del hogar. 

No es del caso discutir aquí si los mames y los poko- 
manes constituyen, o no, un mismo pueblo (71); baste decir 



(71) El mame, cuyo nombre propio es zaklohpakap, o zaklohpakap, es un idioma 
arcaico, que en otro tiempo se habló en un vasto territorio que abrazaba la provincia 
de Soconusco y los actuales departamentos de Huehuetenango, Totonicapán, Quezalte- 
nango y San Marcos, de Guatemala; después la raza mame se vio obligada a abandonar 
parte de su territorio, replegándose principalmente en ks montes Cuchumatanes. El P. 
juarros extiende el área de dispersión de los mames a h'.s provincias de Zacatepéquez, 
Chiquimula y San Salvador. El abate Brasseur da también gran extensión a los antiguos 
dominios de los mames. Según la tradición, cuando los quichés y cachiqueles invadieron 
las tier.as de los mames, observando que éstos hablaban un idioma harto rudo y de 
difícil pronunciación, les pusieron el sobre nombre de mer= «tartamudo», que los espa- 
ñoles convirtieron en mame. La primer gramática de esa lengua fué compuesta por Fr. 
Jerónimo Larios de la Cruz, impresa en México en 1607, seíún el P. Remesal. En la 
misma ciudad se editó en 1644 otra, escrita por Fr. Diego de R;ynoso, que hoy se pro- 
pone reimprimir el Museo Nacional de México. 



92 SANTIAGO I. BARBERENA. 



que, según aseveran algunos, los pokomanes son originarios 
del Soconusco, de donde bajaron a establecerse en el ac- 
tual territorio de Guatemala, y luego pasaron al que hoy 
es de El Salvador. En mi concepto, los mames son restos 
de los primeros cruzamientos de la raza maya-quiché con 
los amerindas y protonahoas, al E. de Guatemala; y los 
pokomanes son cruzamientos posteriores, más al Oeste: am- 
bos pueblos son, pues, de la familia maya-quiché, sin ser 
idénticos entre sí. Lo que es el pokomán no pasa de ser 
un dialecto del quiche, por más que sea el tipo de la rama 
pokonchí, según el entendido filólogo Cyrus Thomas. 

Uno de los principales núcleos de la tribu pokomán 
fue la región de Chalchuapa, quizás la cuna de esa raza. 
Después, ya a fines del siglo XV, es decir, en vísperas de 
la conquista, los obligaron a emigrar a Guatemala, y fueron a 
establecerse en los valles de Chimaltenango, Amatitlán, Petapa 
& &. El pueblo de Mixco fué uno de sus asientos. 

Mucho más tarde, a mediados del siglo XVII, don 
Bartolomé de Molina, dueño de una hacienda próxima a 
Chalchuapa ( donde se fundó la actual ciudad de Ati- 
quizaya) trajo de Honduras una colonia de trabajadores, 
que fueron designados con el nombre de panunes. Este 
vocablo puede derivarse del náhuatl panuni o panoni, "ex- 
tranjero", o bien del sumo hondureno pannún, "árbol", al 
igual que quiche, que significa "muchos árboles": indicaría 
que los panunes procedían de un país montañoso. 

66. — En cuanto a los pueblos que hablaban el poten 
y el taulepa-ulúa respectivamente, y que según García del 
Palacio vivían en San Miguel, es decir en la vecindad de 
los chontales de Chaparrastique, creo que han de haber sido 
los ascendientes de los lencas de Polorós, Anamorós Lisli- 
que, Cacaopera, Chilanga & &, en el Salvador, y de otros 
pueblos afines en el territorio hondureno, cuyos correspon- 
dientes dialectos, sumamente disímiles entre sí, han sido 
hasta ahora poco estudiados (72). A esos grupos había 
que agregar la colonia lenca establecida a orillas del Paz, 
de que se habló en el N? 61, si realmente lo era. 

Squier opinaba que los lencas, chontales, payas y 
jicaques de San Miguel, Comayagua, Choluteca, Tegucigalpa, 

(72) Como según García del Palacio el potón se hablaba tanto en la provincia de 
San .Miguel como en Nicaragua, cabe suponer que ese sea el nombre propio del lenca 
de Cacaopera, que, como queda dicho, se hablaba también en la Matagalpa. En el pre- 
sente capítulo nos referimos al antiguo gran departamento de San Miguel. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 93 

Olancho y Yoro, respectivamente, y aun los aborígenes de 
las islas de la Bahía, formaban una sola familia, aseveración 
que han impugnado Thomas y Lehmann. 

Yo creo que los pueblos lencas son rectos de los pri- 
meros cruzamientos de la raza primitiva con las primeras 
invasiones de los maya -quichés, como los chontales, chortíes 
y pokomanes; pero que evolucionaron separadamente du- 
rante muchos años, sin perjuicio de verificar algunos mo- 
vimientos o traslaciones, que los diseminó por distintas 
comarcas. 

67. — Resta hablar de los pipiles, que eran los principa- 
les habitantes del actual Estado de El Salvador, y a los 
cuales consagraré muy preferente atención; mas para tratar 
de ellos con la debida extensión hay que comenzar por ex- 
poner lo hasta ahora mejor establecido respecto a las razas 
que vinieron a mezclarse con los primitivos habitantes de 
nuestro territorio, dando nacimiento a las diversas castas 
indígenas que lo poblaban en la época de la conquista. 

Esos pueblos invasores fueron los nohoas y los maya- 
quichés, cuyo origen y cultura debemos estudiar, como ine- 
ludible base de nuestra historia precolombina. 

Desgraciadamente se cuenta con escasos documentos a 
ese respecto, y los pocos que existen son por demás obs- 
curos y contradictorios, lo que ha dado origen a numerosas 
y muy diversas teorías respecto a la procedencia, clasifica- 
ción y recíprocas relaciones de nuestros pueblos indígenas. 

Los numerosos trabajos filológicos, históricos y etnográ- 
ficos del abate Brasseur de Bourbourg relativos a Méjico y 
a la América Central, por más que contengan detalles de 
indiscutible y gran mérito, adulteraron y embrollaron horri- 
blemente la historia de nuestros aborígenes. Don José Milla, 
cuya Historia de la América Central es la más notable que 
sobre esa materia se ha publicado, aunque no daba plena 
fe a las fantásticas aseveraciones del abate Bresseur, se dejó 
influenciar por ellas, y contribuyó eficazmente a perpetuarlas 
y difundirlas; mas gracias a las pacientes y sagaces labores 
de varios ilustres americanistas, y muy en particular de los 
mejicanos Orozco y Berra, Chavero, León, Pimentel, Buelna 
Belmar, Planearte &. &., se han venido esclareciendo poco 
a poco muchos puntos que había falseado el fecundo e in- 
genioso abate, «verdadero perturbador, por algún tiempo, de 
los estudios americanistas: este hombre, en el que dominaba 
sobre todas sus facultades una desordenada fantasía, entre- 



94 SANTIAGO I. BARBERENA. 



góse a ella por completo, pretendiendo edificar sobre cada 
hecho, sobre cada dato adquirido, un verdadero castillo no- 
velesco, importándole poco la fidelidad en la traducción y 
el examen y distinción entre lo verdadero y lo falso para 
sacar sus deducciones» (Sentenach, Op. laúd.) 

Por nuestra parte procuraremos evitar esos escollos. 

Ahora bien, como en nuestro concepto los primeros in- 
migrantes extranjeros que llegaron por estas tierras eran de 
la familia nahoa, hablaremos primeramente de ellos; en se- 
guida de los maya-quichés, que fué la segunda raza de ori- 
gen extranjero que vino por acá, y, por último, de las in- 
vasiones procedentes de Méjico, poco antes de la conquista. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 95 



CAPÍTULO TERCERO 



La familia nahoa 



68. — He dicho ya que a mi modo de entender la más 
plausible escuela, en cuanto al origen de los americanos, es 
la de los autoctonistas moderados, que reconocen que la 
base de nuestra población indígena es originaria de este 
Continente, según parece del Brasil, y que diseminada pau- 
latinamente y tal vez cruzada con antiquísimas inmigracio- 
nes de que no tenemos noticia, dio nacimiento a los pue- 
blos de origen desconocido, tales como los otomíes, los mi- 
jes y los zoques de Méjico. Estos últimos es probable que 
se hayan extendido antiguamente por todo Centro-América. 
Mas la civilización que los españoles encontraron en 
el Nuevo Mundo no era autóctona, no importando para el 
caso que la hayan encontrado en decadencia (73); había 
sido en gran parte producida por inmigrantes extranjeros 
de muy avanzada cultura. 

¿De dónde vinieron esos inmigrantes? — Ya vimos en 
el capítulo primero de la primera parte de esta obra el cú- 
mulo de hipótesis que se han formulado a ese respecto. 
Por mi parte creo, siguiendo en esto respetabilísimas opi- 
niones, entre otras la del eximio historiador mejicano don 
Francisco Planearte y Navarrete, Arzobispo de Linares, que 
los nahoas (o nahuas o ñauas) llegaron del Asia en remo- 
ja) M. H. Vignaud, autoctonista radical, dice: "Et, ce qui est á la fois singulier 
et intéressanr, c'est qu'au Pérou, ainsi q'au Mexique et dans la péninsule Yucatéque, 
la civilisation que les Espagnols y trouvérent semble avoir été inférieure a celle qui 
l'avait précédée." (Prefacio á la Arqueología de M. Beuchat.) 



96 • SANTIAGO I. BARBERENA. 



tísima época, por el lado del Pacífico, probablemente por 
el estrecho de Behring, y que después llegaron, por el lado 
del Atlántico, los chañes (ulmecas), procedentes también del 
Antiguo Mundo, y que a éstos se deben las civilizaciones 
tolteca y maya - quiche. 

Esas aseveraciones, aunque parezcan categóricas, deben 
considerarse como simples hipótesis, que cada autor apre- 
cia a su modo: para M. Luciano Biart « le fait est posible 
quoique bien improbable» (Les Aztéques, p. 20), y para el 
historiador mejicano D. Carlos Pereyra nada debió la civi- 
lización indo-americana precolombina a influencias extran- 
jeras. 

Yo confieso que cada una de las pruebas aducidas en 
pro de tales inmigraciones e influencias, ya se funde en 
las tradiciones que nos han conservado los cronistas, ya en 
investigaciones etnográficas, ya en estudios arqueológicos, 
considerada aisladamente, apenas alcanza la fuerza de un 
indicio; pero tomadas en conjunto, se aclaran, apoyan y 
completan recíprocamente, y pueden servir de base a opi- 
niones más o menos plausibles. 

Siempre me han inspirado suma- desconfianza las in- 
ducciones de ciertos anticuarios que han escrito sobre los 
monumentos del Nuevo Mundo, dicho sea con perdón del 
honorable y muy entendido americanista francés M. H. 
Beuchat que hace poco publicó su preciosísimo Manual de 
Arqueología Americana, precisamente, supongo yo, con la 
sana intención de refrenar la audacia y aplomo de los afi- 
cionados a esos achaques, a quienes basta una simple gre- 
ca, un nimio detalle en el corte de una piedra, un florón 
de estuco, & &, para fraguar toda una teoría respecto al 
origen, época, cultura y psicología de la raza constructora. 

Asombra el tupé y la imaginación de los arqueólogos! 

Cuando leí los Sacred Mysteries de Mr. Augusto Le 
Plongeon, primus inter pares, se me vino inmediatamente a 
la memoria lo que dice M. Flammarión del egiptólogo M. 
Pluche: "Pasma verle andar con tanto desembarazo por 
entre las tinieblas de las antigüedades egipcias. Un antiguo 
sacerdote de Heliópolis, que volviera expresamente al mun- 
do, no nos guiaría con más facilidad por ese laberinto." 

Como ejemplo típico del carácter puramente sujetivo 
de las apreciaciones de los americanistas arqueólogos, chi- 
fladura muy común entre ellos, basta recordar las peregri- 
nas lucubraciones que ha provocado la Cruz de Palenque: 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA D E EL SALVADOR 97 

Orozco y Berra la declaró un símbolo sagrado, de origen 
búdhico; otros han dicho que es un emblema de suplicio; 
Larrainzar la creyó egipcia; Lenoir opinó que es un signo 
astronómico, que representa los equinoxios; Waldeck dijo 
que figura los cuatro puntos cardinales; Charencey que re- 
presenta la apoteosis de Votan & &. 

69. — La realidad de antiguas inmigraciones asiáticas 
en América ha tenido, como dejo dicho, numerosos y habi- 
lísimos partidarios: con gran lujo de erudición se ha sos- 
tenido que Manco Capac y Mama Oella eran mogoles que 
arrivaron a las costas del Perú por la vía marítima. 

"Imposible es, dice el Licenciado don Conrado Pérez 
Aranda en su citada Memoria, por las causas ya expresa- 
das, decir qué pueblos o naciones invadieron en antiquí- 
simos tiempos al Nuevo Mundo, procedentes del Asia y só- 
lo se puede asegurar que fueron de raza mogólica, y que 
sus respectivos idiomas estaban en vía de formación, sien- 
do en concecuencia monosilábicos: en algunos predominan- 
do el aglutinamiento, y en tiempos menos antiguos invadie- 
ron a la América pueblos que traían ya idiomas polisilá- 
bicos." Esos idiomas se han de haber alterado profunda-' 
mente en nuestro Continente, a influjo de las lenguas ver- 
náculas de por acá. 

Según el insigne historiador Licenciado don Alfredo 
Chavero, autor del primer tomo de la monumental obra 
titulada Méjico a través de los siglos, la fecha de la llega- 
da de los nahoas a nuestro Continente remonta a 3,877 
años antes de C. Para fijarla con tal precisión se sirvió del 
Códice Vaticano, e interpretando los numerales de las pin- 
turas jeroglíficas relativas a los Cuatro Soles, encontró para 
la duración respectiva de éstos las cifras siguientes: 

Atonatiuh, o Sol de agua 808 años 

Ehecatonatiuh o Sol de aire .... 810 ,, 

Tletonatiuh o Sol de fuego 964 „ 

Tlaltonatiuh, o Sol de tierra .... 1,046 

Total 3,628 „ 

Ahora bien, perteneciendo esas pinturas al Teoamoxtli, 
según el señor Chavero; es decir, a la religión que se dice 
trajeron los toltecas de los pueblos del Norte que fueron su 
cuna, y el último de esos soles correspondiendo a la fecha 

— 7 — 



98 SANTIAGO I. BARBERENA. 



en que se compuso ese libro sagrado, el cual se formó en 
Huehuetlapállan, cuando se hizo la corrección del calendario, 
249 años antes de C, resultan los 3,877 años preindicados. 
(74) Ya expondremos nuestra opinión, mejor dicho, la opi 
nión que optamos respecto a todo lo relativo a los toltecas. 

Sin meternos a fijar fechas creemos, como M. Gagnon, 
que es muy probable que haya habido, tras una primera 
inmigración procedente de Caldea o de la India primitiva, 
una o más inmixtiones posteriores, de grupos más o menos 
numerosos, procedentes de la Indo-China, o de otras regio- 
nes del Asia, y esto bien puede haber sido poco antes o 
poco después del principio de la era cristiana; más no en 
vísperas de la conquista, pues se conservaría recuerdo de- 
tallado de ellas. 

70. — El señor Chavero creía que los nahoas eran ori- 
ginarios de la Atlántida (hipótesis respecto de la cual he 
indicado ya mi modo de pensar) y hermanos de los vas- 
congados, fundado en que el Mioma vascuence, que no tiene 
relaciones con las demás lenguas europeas, presenta muchas 
afinidades con las americanas, y en particular con el nahoa; 
"en que la combinación del 4 y del 20, base de la Aritméti- 
ca Mejicana, se encuentra en la lengua de los vascongados (75), 
y en que éstos sostienen, ser el pueblo más antiguo de Ibe- 
ria, y aun del mundo. 

Los nahoas, según ese escritor, penetraron en América 
por el Este, ocupando una faja de Océano a Océano, a la 
Latitud del valle del Missisipí, y se extendieron desde 
los tiempos más remotos en la angosta cuchilla que queda 
entre la cordillera central y la costa del Pacífico, la cual co- 
rre de Norte a Sur. Más tarde, dice, que fueron cortados por 
otros pueblos; mas fue en esa cuchilla, entre los pararelos 
de 23° a 42°, donde principalmente tomaron asiento, ocu- 
pando así las grandes y hermosas llanuras de la Nevada, 
Utah, Nuevo México, y Arizona, el país de California, más 
fértil y rico en aquel entonces que ahora, y los estados 
mejicanos de Sonora y Sinaloa, al Oriente del Mar Berme- 
jo o Golfo de California. La antedicha región ocupada por 



(74) Don Luis Pérez Verdía en su Compendio de la Historia de México da la fe- 
cha 3,797 años antes de C. 

(75) Los vascos (o bascos) contaban, según Humboldt, de la manera siguiente: 1' 
bat o unam; 2, bi o daou; 3, iru o tri ;..... ; 20, oguei o hugent; 40, bérroguei o daou- 
gent; 60, iruroguei o trihugent & &. Los franceses tienen también su quatre vingt, y los 
ingleses su four score. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 99 

los nahoas, constituía, según el señor Chavero. el legenda- 
rio Chicomoztoc o «Las siete cuevas», de que hablaremos 
después. 

Esa hipótesis, que asimila a los vascos con los nahoas, 
ya bastante antes emitida por los tradicionalistas del siglo 
XVI, y que yo también acepté en otro tiempo, me parece 
hoy inadmisible, o por lo menos muy poco verosímil, aun- 
que cuente en su abono el muy respetable voto del señor 
Chavero, y aunque se tenga por cierta la remotísima anti- 
güedad de los vascos o éuskaros, que para algunos son los 
actuales representantes de los antiguos iberos, y para otros 
son puros, purísimos egipcios. Su lengua, que Juan Bautis- 
ta Erro y Aspiroz, Pablo Pedro Astarloa y Aguirre y Ma- 
nuel Larramendi, pretendían que fué la lengua primitiva de 
la humanidad, y que todavía, unos cuantos vascófilos rema- 
tados, como el humanista Julio Cejador y Frauca, preten- 
den ser el origen de incontables vocablos españoles, dicen 
que es distinta, no sólo de las demás de Europa, sino tam- 
bién de todas las indo- europeas, y muy difícil de clasificar, 
si bien ordinariamente la incluyen entre las aglutinantes, al 
lado de las finesas, húngaras y turcas. Además, en concep- 
to de filólogos eminentes son poco menos que ilusorias las 
relaciones entre el vasco y el nahoa, de que habla el señor 
Chavero. (76) 

Son mucho más sugestivas las razones en pro del ori- 
gen asiático del pueblo de que tratamos, y de su llegada 
por el NW., teoría que hemos adoptado por ser la que 
mejor explica los hechos y la más generalmente aceptada 
por los autoctonistas moderados. 

71. — En muchos textos de Historia de Méjico se refiere, 
aunque con muchas variantes en los detalles, que los inmi- 
grantes asiáticos de que proceden los nahoas se fijaron, 

(76) El lexicógrafo español D. M. Rodríguez Navas, en la corta, pero muy sustan- 
ciosa introducción a su Diccionario completo de la Lengua Española (Madrid, 1905) dice 
que los iberos, procedent.s de la moderna Georgia, antigua Sakarzeli, y los arios de 
Bactriana y de la India, se fijaron al Occidente de Europa, hace unos 6,000 años, mezclán- 
dose con los primitivos habitantes de esa región, y dando origen a los diversos pueblos 
de la actual raza latina; que después, doce siglos antes de la fundación de Roma, llega- 
ron los celtas y se fusionaron con la mayoría de los pueblos que encontraron, salvo 
unos pocos, como los gálatas y los kimris de Francia; los samnitas y los etruscos de 
Italia, y los éuskaros de España, los cuales quedaron aislados, vegetando en sus mon- 
tañas 

Por el contrario, el docto escolapio español P. Carlos Lasalde, en un interesante 
estudio sobre Las tradiciones históricas de España, publicado en la Revista Calasancia, 
dice que entre los primitivos habitantes de la península, los tascos son los últimos que 
llegaron, procedentes de las regiones del N. y por vía marítima. Hasta llega a sospechar 
que sean restos del ejército de Atila, después' de la derrota de éste en Chalous-sur-Mar- 
ne, hipótesis que apoya en la analogía del éuskaro con las lenguas finesas y turcas. 



100 SANTIAGO I. BARBERENA. 



allá en remota época, al N. del actual territorio de esa na- 
ción, mejor dicho, en California, donde fundaron la ciudad 
de Huehuetlapallan. Que de allí salieron los toltecas el si- 
glo VI de la era cristiana, y llegaron al valle del Méjico 
en el VIL Que mucho después, en el siglo XII, descendieron 
al mismo valle los aztecas o mejicanos, procedentes de Az- 
tlán, salidos del famoso Chicomoztoc o «Las Siete Cuevas». 

En cuanto a que se hayan fijado los inmigrantes asiá- 
ticos al NW., de Méjico, en la región californiana, lo con- 
ceptúo muy probable; mas respecto a las restantes asevera- 
ciones la crítica histórica las ha venido esclareciendo y mo- 
dificando más o menos profundamente. 

El inextricable embrollo que los cronistas, los historia- 
dores y los etnógrafos han hecho, confundiendo y barajan- 
do de mil maneras a los toltecas, ulmecas, chichimecas, azte- 
cas, & &., y las múltiples y contradictorias opiniones que 
se han emitido respecto a la ubicación de Huehuetlapallan, 
Chicomoztoc, Tamoanchán, Tula, Aztlán, y otros muchos lu- 
gares más o menos históricos, obscurecen sobremanera los 
orígenes de nuestra Historia precolombina. 

Hoy por hoy el más notable trabajo que yo conozco, en- 
tre los escritos para esclarecer esas cuestiones, es el ya ci- 
tado del Arzobispo Planearte, trabajo en que resplandece 
una extensa y sólida erudición, suma sagacidad, finísimo 
criterio y absoluta fidelidad histórica. 

Creo oportuno insistir en que es muy plausible que los 
nahoas hayan llegado por el NW. Según el señor Pérez 
Aranda los idiomas de los yucuatl, koluschi (que Humboldt 
llama Koluigi), los Kenayzi y los ugaliachmutzi (designados 
por Humboldt con el nombre de rigalachmiuti), tienen nota- 
ble afinidad con el azteca o mejicano. M. Resanoff, en 200 
voces de los idiomas de los Koluschi y ugaliachmutzi en- 
contró un dozavo terminadas en ti, tli, o tle, como en el 
mejicano; M. Vater, de 200 palabras de esas lenguas, que 
designan unos mismos objetos, halló que 26 eran polisilábi- 
cas de la lengua mejicana, y Humboldt dice: «Al examinar 
con detenimiento los vocabularios compuestos en Noutka y 
Monterrey (Nueva California) confieso que me ha sorpren- 
dido la homotonía y las desinencias mejicanas de varios 
vocablos, como por ejemplo, en la lengua de los noutkeños: 
apquixitl, (abrazar), temextixitl (besar), cocotl (nutría), huitlzitl 
(suspirar,) tzitzimitz (tierra), e inicoatzimitl (nombre de un 
mes). 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 101 

72. — El idioma que hablaban los invasores que descen- 
dieron de la región californiana al valle de Méjico era el 
pr oto-náhuatl, que ni con mucho ha de haber tenido la ri- 
queza ni la elegancia del náhuatl actual. Ese náhuatl pri- 
mitivo fué el resultado de lentísima elaboración, al contacto 
de los asiáticos inmigrantes con los grupos autóctonos que 
vivían en los países que aquellos ocuparon al N. de Méjico. 

La corriente de inmigrantes que llegó al valle de Méji- 
co es más que probable haya alcanzado a Centro -América, 
que se haya extendido hasta el actual territorio de El Sal- 
vador; mas de ello no tenemos pruebas directas, ni cabe 
considerar a nuestros pipiles como descendientes inmediatos 
de los proto-nahoas, porque el idioma de los pipiles, casi 
idéntico al náhuatl clásico, acusa estrecha dependencia en 
los tiempos vecinos a la conquista, ni cabe suponer que es- 
ta lengua — el náhuatl de la época de Montezuma — se halla 
formado por acá, y que los pipiles lo hallan llevado a Mé- 
jico. Esta era, sin embargo, la opinión de M. E. G. Squier, 
quien dice en sus Apuntamientos sobre Centro-América (trad. 
española, Paris, 1856): «puede observarse que la hipótesis 
de una emigración de Nicaragua y Cuscatlán a Anahuac es 
más conforme con las probabilidades y con la tradición, 
que la de que provengan de los mejicanos del N. Y es un 
hecho bastante significativo al de que en el mapa de sus 
emigraciones, presentado por Gemelli, al lugar del origen de 
los aztecas es designado por el signo de agua (atl, en lugar 
de aztlarí) y un templo piramidal con gradas, cerca del cual 
hay un árbol de palma. Esta circunstancia no la dejó pasar 
desapercibida el observador Humboldt, quien dice: Mucho 
me llamó la atención encontrar una palma cerca de ese teo- 
cali. Tales árboles no indican ciertamente una región septen- 
tiional. El primitivo país de los naturales debe considerarse 
al Sur de Méjico». 

También se refiere que Montezuma, en sus conversacio- 
nes con Cortés, indicó que la tierra de sus antepasados, 
quedaba en una dirección muy distinta del Norte, pero que 
los españoles, ya penetrados de la idea de que estaba al 
N., creyeron equivocado al Emperador, «¡como si él no hu- 
biera conocido mejor las tradiciones de su pueblo!», agre- 
ga Squier. 

Esa teoría, en mi concepto inadmisible por más que 
halague nuestro orgullo nacional, es en el fondo lo que con 
gran aparato de erudición americanista desarrolló el abate 



102 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Brasseur, de que la primitiva Tula o Tollán estuvo situada 
en la América Central, y que de allí llevaron los tultecas su 
ponderada cultura al valle de Méjico. Esa doctrina fué des- 
pués vulgarizada por el historiador Milla, y es ahora la 
que generalmente se expone en nuestros textos de Historia 
Patria. 

73. — Ha llegado el caso de explicar lo que se entien- 
de, mejor dicho, lo que se debe entender por iolteca, pala- 
bra que todo el mundo usa, sin preocuparse de inquirir la 
significación y verdadero alcance del término. Unos lo em- 
plean como nombre genérico de todos los indios de Méjico 
y de la América Central, lo cual es el colmo de la igno- 
rancia; para otros es sinónimo de nahoa, de azteca, de 
mejica, acepción mucho menos incorrecta; otros la conside- 
ran como un epíteto que se aplica a ciertos indios notable- 
mente hábiles, y otros reservan ese vocablo para . designar 
a los naturales de la famosa ciudad de Tula, cuyas ruinas 
se encuentran en el Estado de Hidalgo, de Méjico. Mas es 
el caso que hubo, antes de que existiera esa Tula, otra u 
otras ciudades del mismo nombre, cuya ubicación ha sido 
muy controvertida, lo que ha hecho que hoy sea muy di- 
fícil interpretar las numerosas y obscuras tradiciones refe- 
rentes a los tultecas primitivos. 

El historiador D. Carlos Pereyra dice: "En rigor no 
hay historia de los toltecas, a quienes conocemos sólo por 
narraciones novelescas." 

El mismo abate Brasseur, que fraguó una detallada 
historia de la nación tolteca, acabó por declarar que no son 
más que puros símbolos de los poderes telúricos, agentes 
del fuego subterráneo (Quatre lettres sur la Mexique, Pa- 
rís, 1868). 

El ilustre etnógrafo doctor don Antonio Peñafiel mani- 
festó en la tercera sesión del XI Congreso de Americanis- 
tas, que a su entender "la expresión tolteca comprende 
muchas razas de indios, y viene a ser una denominación 
general a semejanza de la que se ha dado por la historia 
a la palabra pelasgo. " 

Alfonso Gagnon, por su parte, en su citada obra, en- 
seña que "de hecho la denominación tolteca en la lengua 
náhuatl significa "obrero hábil o artista", y probablemente 
jamás fué empleada en sentido étnico." 

Y sin embargo, existe un documento auténtico respec- 
to a la historia de ese pueblo, escrito por D. Femando de 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 103 

Alba Ixtlilxochitl (trasnieto del último Señor de Texcoco, 
casado con D a Beatriz Papantzin, hija de Cuitlahuac, penúl- 
timo Emperador de Méjico), a principios del siglo XVII; el 
cual documento ha sido aceptado y aprovechado por Vey- 
tia, Clavigero, Prescott, Orozco y Berra, Chavero y otros 
ilustres historiadores mejicanos. 

El doctor Daniel Wilson (Prehistoric Man, p. 261) fué 
el primero que puso en tela de juicio el valor histórico de 
las tradiciones que nos ha conservado Ixtlilochitl; Briton 
extremó la crítica en ese sentido (77): demostró que el nom- 
bre de la capital tolteca (Tula=Tolla=Tonatlan=" Ciudad 
del Sol") era puramente mítica, la residencia de los ante- 
pasados divinos, capitaneados por Quetzalcoatl, dios de la 
luz, y que allí fijaron las leyes que rigen a los hombres. 

La verdad es que la narración de Ixtlilxochitl tiene un 
pronunciado sabor de fábula: las cualidades de los reyes, 
sus reinados, todos de 52 años, uno de ellos con el nom- 
bre de un dios, Quetzalcohuatl, héroe civilizador, & &. 

Con todo, la teoría de Wilson y de Brinton encontró 
muchos opositores, especialmente el arqueólogo Charnay; 
pero poco a poco se convirtieron a ella: M. Seler, en un 
artículo publicado en 1895; después los señores C. Thomas 
y R. Haebler, convinieron en que los toltecas de Ixtlilxochitl 
eran fabulosos. 

Más, he ahí que a última hora, ha habido una verda- 
dera reacción: el mismo Seler y M. W. Lehmann han de- 
clarado que aunque la narración de dicho historiador sea 
un tejido de fábulas, encierra un gran fondo de verdad. 

Yo también creo en la realidad de los toltecas, si bien 
su historia presenta muchas dificultades, es sumamente ne- 
bulosa, debido a que se les han atribuido muchos hechos 
que no les pertenecen, y a que se les han confundido las- 
timosamente con los ulmecas, de que pronto hablaremos. 
La tradición relativa a una antigua ciudad de Tula o Tollan, 
y aun de dos o más ciudades de ese nombre, no es una 
leyenda mítica, y por fortuna los americanistas han ido 
esclareciendo ese punto con suma paciencia y sagacidad. 

El licenciado D. Eustaquio Buelna, autor de un curio- 
so estudio respecto a la Peregrinación de los aztecas y 



(77). Véase: The Mythes of the New- World, Nueva York, 1868; American He- 
ro-myths, Filadelfia, 1882, y sobre todo el artículo titulado: The Toltecs and their fa- 
bulous empire, en sus Essays of an Amerícanist, Filadelfia, 1890. En esas obras trata 
de establecer que toda la historia tolteca es puramente mítica. 



104 SANTIAGO I. BARBERENA. 



de una erudita Memoria sobre La Atlántide y la última Tule, 
trató de demostrar que la Tollan o Tule primitiva estaba 
situada en la gran isla que ocupaba antiguamente gran par- 
te del Atlántico actual, y que fue la cuna de la raza nahoa. 

M. Biart, que asevera que "la nación tolteca es la prime- 
ra respecto a la cual las tradiciones de los pueblos que 
ocupaban el Anahuac a la venida de los españoles nos dan 
datos positivos", opina que el antiguo o primitivo reino de 
Tollan estaba cerca del lago Tulares, en la Alta California, 
entre San Francisco y Los Angeles. 

Según el historiador Chavero la región primitiva de los 
toltecas, donde llevaban la vida lacustre propia de pueblos 
que viven de la pesca, como lo acreditan los numerosos 
Kjoekkem- moenddings que dejaron, es el actual Estado de 
California, hacia el grado 36 de Lat. N. En esa zona y al E. 
del Colorado, existía, según ese autor, un lugar llamado 
Mezcaltitlán o Mestititlán, palabra puramente nahoa, que es 
el nombre de dicha región primitiva, de donde bajaron los 
toltecas. 

Que los toltecas bajaron del N. ya lo hemos dicho; 
mas en cuanto al nombre que el señor Chavero da a la 
región de que venían parece no ser exacto: Metztitlán y 
Teotlalpan son dos regiones situadas al E. del valle de 
Méjico, a donde llegaron los nahoas, en su primera pere- 
grinación de N. a S., como explicaremos después, y donde 
se unieron a los ulmecas, cuando éstos iban del Panuco a 
la meseta central: en Teotlalpan se fundó más tarde la ciu- 
dad de Tula, la histórica, o del actual Estado de Hidalgo. 

El abate Brasseur de Bourbourg se reduce a decir que 
las ruinas de Tula o Tulán deben encontrarse en uno de 
los valles intermediarios entre Palenque y Comitán, en el 
Estado de Chiapas; pero sí indica que D. Ramón de Or- 
dóñez y Aguiar, el famoso autor de la estrafalaria Historia 
del Cielo y de la Tierra, las coloca a dos leguas al NE. 
del pueblo de Ococingo, cabecera del Departamento de Chi- 
lón en dicho Estado. 

Esta teoría, de que los toltecas pasaron de la América 
Central a Méjico, de la cual ya he hecho mención y que 
juzgo poco plausible, ha sido nuevamente expuesta, con 
bastante ingenio, por mi ilustrado amigo D. Pablo Henning, 
en un artículo que publicó el año de 1912 en los Anales 
del Museo de México, artículo titulado "Tamoanchán" (lo 
mismo que el libro del señor Planearte, y aparecidos casi 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 105 

simultáneamente.) El señor Henning distingue tres Tamoan- 
chán: uno extraterrestre, en el cielo, esencialmente mitoló- 
gico; otro (el Tamoanchán Chiconauhtlan o Chiconauha- 
pan— -Tierra de los nueve ríos) al W. de América, al otro lado 
del mar, donde estuvo la casa de Nonoval. Allí estaban Til- 
lan Tulapan (antigua capital de los tulanos o toltecas) y 
Tulan Zuiva, muy mencionada en las tradiciones quichés. 
De allí vinieron los cuatro Tutul-Xiuh, padres de los tul- 
tecas de América. Y otro Tamoanchán americano, situado 
al S. de Guatemala (como indica el P. Sahagún), llamado 
Xochitlauaca, Amilpampan Xotchitlalpan, donde estuvo la 
primer Tula americana, de donde fueron los toltecas o tul- 
tecas a fundar la Tula del Estado de Hidalgo, cuyas rui- 
nas son bien conocidas. 

El señor Planearte ha establecido, con el grado de 
probabilidad que el caso permite, que el lugar denominado 
Tamoanchán cuya situación ha sido tan discutida (78) 
estaba en el Estado de Morelia y que las grandiosas rui- 
nas descubiertas hace pocos años por el Prbo. D. Lorenzo 
Castro, en el cerro de Chimalacatlán, de la cordillera de 
Huautla, en el distrito de Jojutla (o de Juárez) son los de la 
antigua o primitiva Tula, capital de la federación que formaron 
los ulmecas, riahoas y otomíes, de que ya hablaremos, y 
que es una de las más felices ocurrencias del señor Planearte. 

Hemos de estar que los nahoas que llegaron y se es- 
tablecieron en el N. de Méjico, en remotísima época, veri- 
ficaron después tres movimientos migratorios principales: 
primero bajaron al S., donde estaban cuando arrivaron a 
América los ulmecas, y se formó la antedicha federación ; 
después regresó gran número de ellos al país de donde 
habían bajado, y, por último, descendieron segunda vez, y 
entonces se fundó el imperio tolteca que tenía por capital la 
Tula del Estado de Hidalgo, cuya historia es bien conocida. 

74. — Varias etimologías se han propuesto de los vo- 
cablos Tula y tolteca: el abate Brasseur asevera que la pa- 
labra Tuina es de origen maya y que significa "agua de 
conejo"; según el licenciado Buelna, Tullan o Tollan (la // 
suena como / doble) se deriva de tollin, "tule", cierta plan- 

(78). Beyer opinaba que Tamoanchán es el nombre indígena de la Via Láctea; 
Preuss, que es el interior de la Tierra; Lehmann, que es el globo terráqueo. Entre los 
que le dan ubicación terrestre definida unos lo sitúan en Guatemala, otros en Tabasco, 
Chiapas o Yucatán; otros en un lugar indeterminado, entre las vertientes de la Sierra 
Madre Oriental y del Golfo de Méjico, en la región huasteca, y otros en Papantla o 
Misantla, regiones totonacas del Estado de Veracruz. 



106 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ta propia de terrenos muy húmedos, "como han de haber 
sido los de la Atlántida", donde, según él, estuvo la pri- 
mer ciudad de ese nombre; el señor Planearte admite de 
buen grado la significación que ordinariamente se da al vo- 
cablo tultecatl, "tolteca", que dicen equivale a "hombre 
entendido, artista diestro, y en tal caso, Tula equivaldría 
a "la patria de los sabios, de los artistas distinguidos." M. 
León Douay ha propuesto otra: de tulun, que en maya significa 
"fortaleza", y de tec, " sfiperponer, edificar"; de modo que 
tulteca querría decir "fabricante de fortalezas", y por ende 
7w/a=ciudad de constructores de castillos, significación que, 
por lo menos, recuerdo la fama que tenían los toltecas de 
ser muy hábiles arquitectos. 

75. — Hemos dicho ya que en nuestro concepto es más 
que probable que desde los primeros movimientos migra- 
torios de la raza nahoa, de N. a S., hayan llegado algunos 
de ellos a la América Central, y sean el primitivo origen 
de los indios, de esa raza que los españoles encontraron 
en Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y aun 
Costa Rica (79): los llamaremos "proto-nahoas", para me- 
jor distinguirlos de inmigraciones posteriores, de gentes de 
la misma raza de que trataremos oportunamente. 

La región de que procedían esos proto-nahoas se de- 
signa comunmente con el epíteto de tlapalteca, por haber 
existido allí la antiquísima metrópoli de dicha raza, la fa- 
mosa Huehuetlap alian, ó «Antigua Tlapalán», que ya hemos 
mencionado varias veces (80). 

El historiador Pereyra declara lisa y llanamente que no 
se sabe donde estuvo esa ciudad. El abate Brasseur, conse- 
cuente con su sistema, de que los fundadores del Imperio 
tolteca llegaron de Centro América, opina que por este la- 
do ha de haber estado dicho lugar. Según él, en la época 
de la conquista se designaba con el nombre de «Tlapallán» 
las provincias situadas al Norte de Guatemala, entre los a- 
fluentes del Usumacinta y el territorio de Honduras, y agre- 

(79). En el folleto sobre Etnología centro -americana, publicado por D. Manuel Al. 
de Peralta, en 1893, dice éste: 'Al lado de éstos (los Chorotegas) habitaban los emigra- 
dos Nahuas, que trajeron hasta aquí (Costa Rica) la lengua y las artes de los Aztecas 
y el cultivo del cacao y lograron sobreponerse a los naturales." 

Aun más al Sur de Costa Rica, en el territorio del Ecuador, se han recogido evi- 
dentes pruebas de la llegada de los nahoas, como lo manifiesta el P. Federico Gonzá- 
lez Suárez, en el primer tomo de su excelente Hist. Gen. de la Rep. del Ecuador, Qui- 
to, 1890, p. 280. 

(80) Huehuetlapallan se deriba del adjetivo huehue, viejo, antiguo; del sustantivo 
tapaltic, héroe, valiente, y de an desinencia que denota lugar; de manera que significa 
«lugar de los héroes viejos». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 107 

ga que los primeros cronistas llamaron a esa comarca 
«Tlapallán de Cortés», por haber llegado allí el conquista- 
dor de México; que a Hibueras u Honduras la denominan 
Tlapallán el historiador Yxtlilxochitl, lo mismo que don Pe- 
dro de Alvarado en su segunda carta a Cortés. El señor 
Planearte creé que Huehuetlapallán, que él llama Tlilan Tla- 
palla, «la tierra oriental de los colores rojo y negro» exis- 
tió en el país de donde vinieron los ulmecas, en el antiguo 
Continente. 

Según el señor Chavero, el núcleo de los nahoas, el le- 
gendario Chico-moztoc estaba en las feraces tierras que rie- 
gan los ríos Gila y Colorado, limitadas, al E. por las mon- 
tañas Rocallosas y al W. por el Pacífico. Allí se habían es- 
tablecido siete grandes centros, siendo el principal la ciu- 
dad de Huehuetlapallán (si puede llamarse ciudad a un 
grupo o nacionalidad), cerca de la confluencia de dichos 
ríos, hacia el lado del mar, y con más de 100,000 habi- 
tantes. 

Creo muy conciliable la existencia de esa Tlapallán con 
la teoría del señor Planearte, tarea que no trato de ensayar, 
porque me llevaría muy lejos; hasta se me figura que los 
nombres «Río Colorado» y «Mar Bermejo» tienen que ver 
con el significado del nombre de dicha ciudad, «tierra roja». 

76. — Tócanos ahora explicar lo que era el Chicomoztoc 
o «las siete cuevas», lugar semi-fabuloso, que figura en 
muchas leyendas indígenas. 

Según el P. Sahagún (Hist. de las Cosas de Nueva Es- 
paña, lib. X, cap. 29) los ñauas procedentes de Tamoan- 
chán (que él coloca en Guatemala), avanzaron hasta las es- 
tepas del N., «las tierras frías», donde descubrieron entre 
las rocas siete cavernas, Chicomoztoc, que convirtieron des- 
de entonces en santuario para sus preces. No contento con 
esa versión el P. Sahagún propone esta otra: «Por una fa- 
ma que hoy que tienen todos estos naturales que salieron 
de siete cuevas, son los siete navios o galeras en que vi- 
nieron los primeros pobladores de esta tierra según se co- 
lige por congeturas verosímiles». 

El señor Buelna, en su folleto sobre la Peregrinación 
de los aztecas, y en su citada memoria sobre La Atlántida 
y la última Tule, declara que en su concepto el lugar de 
que tratamos no ha existido geográficamente en ninguna par- 
te, no debiendo tenerse más que como el significado de la 
organización septenaria que afectaba darse la raza nahoa 



108 SANTIAGO I. BARBERENA. 



(81). Así es que bien pudo estar en Atlatlán, donde se sal- 
varon de la inundación siete individuos, familias o pueblos; 
en el Gila, asiento de siete ciudades, donde vivieron por 
mucho tiempo los peregrinantes; en el camino que siguieron 
los toltecas, de la misma raza, por Sonora y Sinaloa, en 
número de siete agrupaciones; en la demarcación de Culiacán, 
de donde salieron para continuar su viaje siete tribus nahoas. 

El misterioso Chicomoztoc, que siempre se ha conside- 
rado como la patria primitiva, o lugar de estancia prolon- 
gada, o, por lo menos pasajera residencia de las siete fami- 
lias nahuatlacas, o «gente que se explica y habla claro» (82). 
llegaron, según dicen, al valle de México después de la des- 
trucción del Imperio Tolteca, en el siglo XII. 

Las tradiciones, más o menos vagas, respecto al Chi- 
comoztoc y las exageradas narraciones de los primeros ex- 
ploradores del inmenso territorio que se extiende desde la 
península de Florida al río Colorado, dieron nacimiento a 
la célebre leyenda de las siete Cibdades de Cíbola o Cabo- 
la (83). Las primeras narraciones a este respecto fueron las 
que trajo en 1536 Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, al regre- 
sar de la expedición que emprendió a la Florida con el 
Adelantado Panfilo de Narvaez, y que dio por resultado que Ca- 
beza de Vaca, acompañado de otros dos españoles y del 
negro alárabe Estebanico, atravesasen nuestro Continente de 
Océano a Océano, tras ocho años de aventuras y penalida- 
des de toda clase. Tan maravillosa pintura hacía Cabeza 
de Vaca de lo que había visto, que entusiasmado el Vi- 
rrey Mendoza envió a Fray Marcos de Niza, acompañado de 
otros varios en 1538, para conquistar aquellos lugares lle- 
nos de riquezas, expedición que si bien no tuvo el éxito 
apetecido, sí acabo de trastornar el juicio al Virrey y a Her- 

(81) Esa predilección por el número siete es muy digna de atención y recuerda al 
instante lasexcelencias que en el Antiguo Mundo se ha atribuido a ese número, como cons- 
ta en numerosos pasajes de la Biblia, en los expositores del sistema pitagórico, en el 
prólogo de las Siete Partidas, en la curiosísima obra de Dupuis sobre el Origen de to- 
dos los cultos, en los libros masónicos, cabalísticos y astrológicos, etc., etc. Hasta A- 
lejandro Dumas en sus Compañeros de Jehú nos ministra datos a ese respecto: dice 
que en Aviñón había antes de 1790, siete hospitales, siete cofradías, siete conventos de 
frailes, siete de monjas, siete parroquias, siete cementerios; que siete papas vivieron 
allí, durante siete decenas de años; etc., etc. 

(82) Esas siete familias eran éstas: la de los xochimilcas (poseedores de cementeras 
de flores), la de los chala (poseedores de bocas), la de los tecpanecas (gentes del 
puente de piedra), la de los acolhuas (poseedores del cerro encorbado), la de los tlahui- 
cas (gentes de hacia la tierra), la de los tlaxcaltecas (de la tierra del pan), y la de los 
aztecas (pobladores de Aztlán); todos ellos de un mismo origen. 

(83) En la Qeog. Super. ilustrada de Appleton, p. 28, se lee: «En el valle del Chaco 
en Nuevo Méjico, perteneciente antes al territorio mexicano, se conservan, cerca de las 
casas-pueblos de los industriosos indios Zunis unas ruinas especiales que algunos lla- 
man Las siete ciudades de Cebóla, antigua morada de indios sencillos y valientes». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 109 

nán Cortés, tal era la descripción que Fray Marcos hacía 
de las ciudades de Cíbola, Quibiria, Murata, Acús, Totlon- 
teac, etc. etc., las que, según él, eran poco menos que en- 
cantadas. La relación del Reverendísimo Padre entusiasmó 
al Virrey, quien despachó una nueva expedición a las órde- 
nes de Francisco Vásquez de Coronado, y Cortés por su par- 
te organizó otra, al mando de Francisco de Ulloa. La pri- 
mera partió por tierra, la segunda por mar, del puerto de 
Acapulco en 1539. Un año después envió otra el Virrey, 
también por agua, a las órdenes de Hernando de Alarcón, 
para socorrer a Coronado, si era preciso. 

Ulloa y Alarcón nada lograron; Coronado consiguió por 
lo menos disipar los dorados sueños que se habían forjado 
el Virrey Mendoza y Cortés respecto a las ciudades de Cíbola. 

Varios historiadores mejicanos han sostenido que las 
ruinas existentes en un paraje del partido de Villanueva, en 
el Estado de Zacatecas, conocidas con los nombres de "Chi- 
comoztoc," "Ruinas de la Quemada" (nombre de una ha- 
cienda próxima,) "Los Edificios" "Coatlicamatl " y "Que- 
moita" (nombre que parece corruptela de la voz Quemada) 
son realmente las ruinas de la antigua ciudad de Chico- 
moztoc, fundada por los aztecas durante su peregrinación, 
en el valle de Tuitlán, en recuerdo, sin duda, del país de 
que procedían; mas otros han hecho ver que son los restos 
de la ciudad de este último nombre, Tuitlán, a los que im- 
propiamente se ha aplicado el de Chicomoztoc. (84) 

Últimamente el señor Planearte ha esclarecido y sim- 
plificado gran número de arduos problemas históricos, entre 
otros el relativo a la ubicación del Chicomoztoc: según su 
muy respetable opinión estaba situado ese lugar en Cul- 
huacán, a dos leguas de Méjico, donde estaban establecidas 
varias tribus nahoas, después de su primer peregrinación 
de N. a S. y de donde regresaron más tarde al país de su 
origen, para volver a descender después. Del Chicomoztoc 
salieron, según él, los nahoas del valle de Méjico, a la llegada 
de los Ulmecas, para aliarse con éstos en el Tamoanchán. 

Culhuacán es otro nombre histórico-geográfico que ha 
dado mucho que hacer a los señores americanistas: Brasseur 
de Bourbourg distinguía nada menos que tres lugares de 



(84) V. en las Memorias del XI Congreso de Americanistas, celebrado en Méjico 
en 1895, los dos trabajos relativos a la cuestión del Chicomoztoc, presentados por D. 
Elias Amador, quien a la postre sostuvo que las referidas ruinas son las del Chicomoztoc, 
y no simplemente de Tuitlán. 



110 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ese nombre: Culhuacán de Tlapallan, o Nachán, que es el 
mismo Palenque de la región quiche, o estaba muy cerca; 
Teo- Culhuacán, en Sonora, y otro Culhuacán en el valle de 
Méjico. El señor Planearte sólo reconoce este último, cuya 
existencia es indiscutible. "El haber sido Culhuacán anti- 
quísima morada de los ñauas, dice, aún antes que recibie- 
ran la civilización; el estar tan cerca de las cuevas que evi- 
dentemente sirvieron de albergue a esta tribu en su época 
de barbarie y la tradición que asegura que Mixcoatl des- 
cubrió el fuego en ese mismo monte, son indicio seguro de 
la veneración con que todos los ñauas veían ese lugar." 

Terminaré esta ya larga digresión respecto al legen- 
dario Chicomoztoc, consignando la correspondiente tradición 
quiche: refiere el Popol-Vuh que habiendo salido de una 
región del Oriente, que no puntualiza, las tribus del Qui- 
che, de Tamub y de Ylocab, con las trece de Tecpán (Po- 
komanes y Pokonchíes, según Brasseur,) los del Rabinal, 
los Cachiqueles, los de Tziquinahá, los Yaqui (de que ya 
hablaremos) y otros varios pueblos, capitaneados por Balara - 
Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Yg-Balam, quienes reu- 
nían el doble carácter, según parece, de caudillos y de 
sacerdotes, y cuyos nombres, según el P. Ximénez, signifi- 
can respectivamente "Tigre de la risa dulce", "Tigre de 
la noche", "No acepillado" y "Tigre de la Luna o de Chi- 
le", llegaron a un lugar llamado Tulanzú, según Ximénez, 
o Tulan-Zuiva, Vukub-Pek, según Brasseur. Este lugar lo 
identifica Milla con la primitiva Tula, que, como se dijo, 
pretende el mismo Brasseur haya estado en Chiapas. Según 
el señor Planearte, Vukub-Pek, o «las siete cuevas o ba- 
rrancos» alude al Tulan- Culhuacán de los anales de Cuau- 
titlán, que es, como digimos, el Chicomoztoc, por donde pa- 
saron los ulmecas (maya -quichés) yendo del Tamoanchán 
para el S. según explicaremos en el capítulo siguiente. 

77. — Nuevos elementos nahoas bajaron a Centro -Amé- 
rica después de la destrucción del imperio tolteca, en el 
siglo XII (85); «regresaron» dinamos, si hubiéramos acep- 
tado la teoría del abate Brasseur a este respecto. 

Esos tultecas, de origen nahoa, pero ya cruzados con 
los ulmecas, y que vinieron por acá, son los yaquis de las 



(85) Los tultecas salieron del N. según unos en 544, según otros en 596 y según 
otros en 607; llegaron, dicen, hacia 661; fundaron la Tula del Estado de Hidalgo en 667 
(o en 713.) El reino tulteca duró cuatro siglos y medio hasta 1031, según cálculos de 
unos, o hasta 1116, según otros. 



HI STORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 1 1 1 

tradiciones quichés, que nada tienen que ver con sus ho- 
mónimos que habitan en las márgenes del río Yaqui, en 
Sonora. También se ha dado el nombre de Yaquis a los 
xicalancas y nonoalcas que acompañaron a los ulmecas en 
su viaje del Tamoanchán hacia el S., como dice el señor 
Planearte. 

Unos y otros eran tultecas, con la diferencia de que 
en los primeros predominaba el elemento nahoa y de que 
vinieron hasta el siglo XII; en tanto que en los segundos 
predominaba el elemento maya -quiche y vinieron mucho 
antes. Eso explica y hasta cierto punto justifica la gran 
comprensión que se ha dado al epíteto tolteca. 

Yac es la raíz del quiche yacah=fundar, edificar, y de 
yaqui— langosta, (chapulín); así es que dicho nombre corres- 
ponde muy bien a ambas clases de toltecas, tanto porque 
gozaban de gran fama como arquitectos, como porque es 
probable se hayan presentado en gran número, como nubes 
de langosta. En náhuatl significa, según Brasseur, «el que 
va», es decir «el que marcha, trashumante, nómada», me- 
jor dicho, «inmigrante.» 

En mi concepto los yaquis primeramente llegados (xi- 
calancas y nonoalcas) fueron los fundadores de Copan, cu- 
yos restos constituyen uno de los principales elementos con 
que se cuenta para el estudio de la cultura maya -quiche. 
Según los cálculos de M. Bowditch la fundación se verifi- 
có el año 34 de C, y fué abandonada el 231, mucho antes 
de la llegada de los otros yaquis, que se establecieron allí, 
y fundaron el reino de Hueytlato o Payaqui, cuya historia 
no es conocida. 

En cuanto a idioma, según parece no prevaleció el de 
estos yaquis invasores, que ha de haber sido el náhuatl, 
pues en la época de la conquista era el chortí la lengua de 
esa comarca, lo cual indica, por una parte, que no encon- 
traron a Copan completamente abandonado y que eran pocos 
los tales yaquis, y, por otra, que el chortí fué producto de la 
mezcla del náhuatl con el maya -quiche, predominando éste. 

Algunos dicen Copan -Calel, es decir "Copan el hermoso, 
el claro; "de cal, que en quiche equivale a esos epítetos. (86) 

(86) También algunos cronistas han dado el nombre de Calel o Galel al cacique 
que defendía a Copan cuando en 1530 fué atacada por los españoles al mando de Her- 
nando de Chávez y Pedro Amalín, y según el P. Juarros, Copan «hubiera sido capaz 
de mantenerse contra los ejércitos de Napoleón lp», sino hubiera sido la traición de uno 
de los defensores de aquel formidable castillo, defendido por 30,000 guerreros, la que 
dio el triunfo a los conquistadores. En esto hay probablemente mucha exageración. 



112 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Todavía en la época en que visitó esas ruinas el Oidor 
García del Palacio, los indios de Copan conservaban el re- 
cuerdo de que descendían de un gran señor de Yucatán, 
que conquistó el país y construyó los edificios. La etimolo- 
gía de la voz Copan alude a esa tradición: de cocom, que 
en maya es el nombre o título de un jefe principal, y de 
pan, "bandera, estandarte;" lo cual parece justificar la o- 
pinión del señor Chavero, de que dicho lugar era un ba- 
luarte o fortaleza en los confines meridionales del territorio 
maya -quiche. Para todo lo relativo a esos monumentos 
puede consultarse la importante obra de Mr. Herbert J. 
Spinden, titulada A Study of Maya art. (Cambridge, EE. UU., 
1913.) (87) 

El vocablo Hueytlato es náhuatl y significa "grandes 
habladores," supongo que tomada la expresión por buena 
parte (conversadores, oradores), y Payaqní desde luego se 
comprende que se refiere a los yaquis. 

Conocidísima es la tradición de que el último rey tol- 
teca Topiltzin Acxitl, cuyo fin se desconoce, vino con los 
que quisieron y pudieron seguirle, a fundar dicho reino de 
Payaquí. 

Entre el laberinto de leyendas relativas a Quetzalcoatl, 
a quien se han dado otros varios nombres o títulos, entre 
otros el de Ceúcatl, por haber nacido, o por haber venido 
en el año ce acatl, hay una relativa a su fuga en Tula ha- 
cia Tlapallan, y de aquí provino un embrollo que dio por 
resultado que a Tupiltzin se le diera el título de "Segundo 
Quetzalcoatl". Una de las pinturas del Códice Vaticano se 
refiere a esa fuga. 

En la Hist. de los mexicanos por sus pinturas, documen- 
to precioso de autor desconocido, publicado en los Anales 
del Museo de México, se alude a esas tradiciones y del 
tenor del pasaje se deduce que a consecuencia de tal he- 
cho y quizás porque el primitivo nombre del reino de Pa- 
yaquí haya sido Tlapallan, en recuerdo de la antigua, a 
Honduras, mejor dicho a la región de Copan, se designaba 
con ese término. De dicho pasaje resulta también que los 
fugitivos pasaron por Cuscatlán (El Salvador), donde se 
quedó una parte de ellos. He aquí el pasaje a que me refiero: 



(87) Según Brasseur la forma propia es Copantli, voz náhuatl; alusiva a cierto 
mito tolteca y que significa «sobre la olla», y agrega que Chiquimula era el nombre 
primitivo, que conservó la ciudad fundada por los españoles en esa región, no lejos de 
las ruinas de Copan. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 113 

" como Ceácatl fué mancebo hizo siete años pe- 
nitencia andando solo por los cerros y sacándose sangre 
porque los dioses le hicieron gran guerrero, y en el trece- 
no sexto después del diluvio comenzó este Céacatl a gue- 
rrear y fué el primer señor de Tula, porque los moradores 
de ella lo tomaron por señor, por ser valiente. Este Ceácatl 
vivió hasta el segundo año del noveno trece, siendo señor de 
Tula y cuatro años antes hacía un templo en Tula muy grande 
y estando haciéndolo vino a él Tezcatlipoca y díjole que ha- 
cia Honduras, en un lugar que hoy día también se llama Tla- 
palla tenía su casa fecha y allí había de ir a estar y morir 
y había de dejar á Tula, y en aquel le tienen a Ceácatl 
por Dios: el cual le respondió a lo que Tezcatlipoca le 
dijo, que el cielo y las estrellas le habían dicho que había 
de ir dentro de cuatro años y ansí acabados los cuatro años 
se fué y llevó consigo todos los masaguales de Tula y de 
ellos dejó en la ciudad de Cholula y de allí descienden los 
pobladores de ella y otros dejó en la provincia de Cusca- 
tlán y de los cuales descienden los que la tienen poblada 
y ansí mismo dejó en Cempual otros que poblaron allí y 
él llegó a Tlapalla y el día que llegó cayó malo y otro día 
murió". 

El concepto final, la inmediata muerte de Ceácatl, no 
la tomo al pie de la letra: para mí significa que la Tlapa- 
llan hondurena, probablemente Copan, mejor dicho, el reino 
de Payaquí, fué de muy corta vida y escasa importancia, 
como que apenas se tiene un vago recuerdo de que haya 
existido. Eso no se opone a que los chorties hayan orga- 
nizado después una nueva nacionalidad en Copan la cual 
subsistía en la época de la conquista. 

Su territorio dicen que abrazaba el actual departamen- 
to de Chiquimula. de Guatemala, o una parte de él; una 
porción del actual territorio de Honduras, al SE. y otra 
del de El Salvador por el lado de Citalá. Ha de haber co- 
lindado con el señorío de Cerquín, patria del invicto Lempira, 
también de raza Chortí. 

78. — Aun tengo que hablar de otro pueblo nahoa, que 
varias veces he mencionado ya en las páginas anteriores, el 
cual contribuyó directa y notablemente a la formación de la 
raza pipil de El Salvador, y por tanto nos interesa conocer 
el origen de ese pueblo: los aztecas o mexicas. 

Es doctrina que pudiera llamarse clásica, por lo general- 
mente admitida y expuesta en los textos de enseñanza de 



114 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Historia de México que a raíz de la destrucción del impe- 
rio tolteca llegaron al valle los chichimecas (88), al mando 
de su rey Xolotl. — " Eran, dice el señor Pérez Verdía, de 
diferente raza (que la tolteca), hablaban distinto idioma 
que hoy está enteramente perdido y tenían una civilización 
muy inferior. Parece que el nombre chichimeca significa 
"águilas" aunque otros suponen que quiere decir "chupa- 
dor de sangre"; pero en lo que no cabe duda es en que 
tal nombre lo reputaban glorioso todos los que lo llevaban. 
Procedían del N., en donde tuvieron una monarquía que 
contó trece reyes anteriores a su peregrinación, y que duró, 
según sus crónicas, 2515 años; su capital Amaquemecan, 
aunque no se sabe en qué lugar estaba situada, se la supone 
próxima a Huheuetlapallán. (89) 

Después de los chichimecas, llegaron al valle de Méjico 
otros varios pueblos, los nahuatlacas que ya hemos mencio- 
nado, todos procedentes, según el señor Pérez Verdía, de 
Aztlán (tierra de las garzas) y de Teoculhuacán (tierra de los 
que tienen abuelos divinos) lugares próximos entre sí, en re- 
giones remotas, en la Alta California, según dicen algunos. 
Todos esos pueblos nahuatlacas eran de un mismo origen 
y hablaban la misma lengua, el náhuatl primitivo o arcaico. 

La última familia que llegó fué la de los aztecas, cuya 
peregrinación tardó 165 años, conforme el cómputo hecho o 
aceptado por el historiador que acabo de citar. 

Es increíble cuánto fósforo se ha gastado investigando la 
situación del tal Aztlán y analizando punto por punto el itinerario 
de la tribu azteca, sin olvidar el más insignificante detalle. 



(88). He aquí otro término que ha puesto las botas a los americanistas. Gene- 
ralmente se admite que los chichimecas procedían del N., como los nahoas, pero que 
eran más toscos y atrasados que éstos. Según Pereyra pertenecían a la fámula de los 
meca, mezcla de los otomíes y de los naohas. El señor Pérez Aranda dice que la pri- 
mera invasión chichimeca debe haber comenzado a principios de la era cristiana, y el 
señor Planearte se reduce a decir que quinames (gigantes) otomies y chichimecas ts la 
misma cosa y da el nombre de teochichimecas a los chichimecas nahoas, a los cuales 
otros denominan chichimecas "cazadores", y se les considera más emparentados o cru- 
zados con los nahoas. La verdad del caso es que los únicos chichimecas históricamente 
conocidos son los que condujo Xolotl en el siglo XII 

(89). Fray Alonso Ponce, en la Relación de su viaje a Nueva España, en 1584, di- 
ce: "Chichimecas es un vocablo mexicano y nombre genérico, debajo del cual se com- 
prenden muchas naciones de indios bárbaros de diferentes lenguas, que se ocupan en 
robar, saltear y matar en lo de México hacia Zacatecas, y de la otra parte, y a un la- 
do y a otro. Todos estos indios de guerra son llamados comunmente chichimecas de los 
españoles y aun de los indios mexicanos y tarascos." Y la Guerra de los chichimecas, 
atribuida antes a Gil González d'Avila, y que más bien parece ser escrita por Gonzalo 
de las Casas, comienza así: "Este nombre chichimeca es genérico, puesto por los mexi- 
canos en inominia de todos los yndios que andan vagos, sin tener casa ni siiventera. 
Se podrían comparar a los alárabes. Es compuesto de chichi, que quiere decir perro— y 
mecatl, cuerda o soga, como si dixessen Perro que trae la soga rastrando." 



HISTORIA ANTIGUA Y D E LA CONQUISTA DE EL SA LVADOR 115 

El señor Orozco y Berra descubrió que los aztecas hi- 
cieron dos viajes: uno antiquísimo, regresando después de 
muchos años al país de su origen, y la legendaria peregri- 
nación de que tratamos ahora; es decir, atribuyó a los az- 
tecas lo que probablemente fué hecho por los toltecas, quie- 
nes, según digimos, efectuaron dos inmigraciones, una antes 
y otra después de la federación del Tamoanchán. 

Para el señor Buelna, Atlatlán, Aztatlán, Aztlán, vienen 
a ser la misma cosa, «el país del rey Atlas», es decir la 
Atlántida, cuna de la gran familia nahoa. 

M. Biart en su interesante libro sobre los aztecas, dice, 
que según unos autores, Aztlán estaba ubicada cerca de la 
laguna Chápala, y según otros cerca del Golfo de California; 
pero que según los documentos que se poseen debió estar 
en una isla, y en consecuencia, acepta la hipótesis de que 
Aztlán estaba ubicada en la isla de Mexcala, de dicha la- 
guna, hipótesis debida, según parece, al señor Orozco y Be- 
rra, y declarada inadmisible por el señor Pérez Verdía. M. 
Biart, además, acepta la idea de que los aztecas descienden 
de los mound-builders y de los Cliff-dwellers. 

El señor Planearte asevera, y creo que con muy buen 
fundamento, que la tan comentada peregrinación de los az- 
tecas es fabulosa; que Aztlán estaba en el mismo valle, cer- 
ca de Culhuacán. 

Mas lo que es indudable es que los aztecas fundaron 
la ciudad de Tenochitlán o México, el 18 de junio de 1325, 
según la Cronología generalmente aceptada, y que ellos son 
los primitivos, los genuinos mexica o mejicanos. (90) 



(90) Respecto al origen y significación del nombre México véase el Dicción, de 
Mitología nahoa del muy erudito licenciado D. Cecilio A. Rovelo, en el articulo «Fun- 
dación de México», y el estudio que sobre ese punto publicó el mismo señor Rovelo en 
el Boletín del Museo (1913). Por mi parte me concretaré a recordar un estudio publica- 
do en el No. 485 de El Correo de Ultramar, hace más de cuarenta años, escrito por el 
conocido filólogo señor Chimalpopoca, quien encontró que dicho vocablo significa: «lu- 
gar o residencia de vos magnates, vos nobles, vos insignes, vos caballeros, &&», Sin 
meterme a juzgar respecto al valor intrínseco de esa etimotogía, hago constar que en 
el informe que dio la Municipalidad de nuestro pueblo de Mejicanos, el 24 de noviembre 
de 1860, para la «Estadística de San Martin», se dice que los naturales de esa pobla- 
ción conservaban idea de que el nombre Mejicanos significa «lugar de refugio» que no 
deja de coincidir con lo que encontró el señor Chimalpopoca. 



116 SANTIAGO I. BARBERENA. 



CAPITULO CUARTO 
La familia ulmeca o maya-quiché 



79. — Varias veces he insinuado en las páginas anterio- 
res y ahora lo repito, para que el lector no pierda el hilo 
de mi exposición, que me he visto obligado a interrumpir 
varias veces con largas disgresiunes, que en mi concepto 
la población indígena del actual territorio de El Salvador, 
tal como estaba constituida en la época de la conquista, 
era el resultado del cruzamiento, más o menos íntimo, de 
los siguientes elementos: 

a) Los amerindas o raza primitiva o autóctona, respec- 
to de la cual es razonable suponer que existió en nuestro 
suelo desde muy remota época, que ha de haber poseído 
ya, cuando llegó, un idioma o dialecto, aunque muy pobre, 
rudimentario y variable. Ninguno de los pueblos indígenas 
que existían por acá cuando llegaron los españoles repre- 
sentaba genuinamente a esa raza primitiva. 

b) Los proto-nahoas (que algunos llaman, con poco a- 
cierto, teochichimecas o chichimecas nahoas), que muchos si- 
glos antes de Ciisto principiaron a llegar a nuestro territo- 
rio, procedentes del N., ya más o menos cruzados con la 
raza vernácula; probablemente por grupos poco numerosos 
y en estado vecino de la barbarie. 

c) Los ulmecas o maya -quichés, procedentes del Ta- 
moanchán y, por ende, toltecas o tultecas, a los cuales acom- 
pañaban, en su emigración hacia el S. los xicalancas y no- 
noalcas, que el señor Planearte designa con el nombre de 
yaquis, epíteto que aplican otros a todos esos inmigrantes. 
De ellos descendían principalmente los sincas de Izalco, los 
pokomanes de Chalchuapa, los chortíes de Tejutla, los chon- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 117 

tales de Chaparrastique y los lencas de las márgenes del Toro- 
la. Estos pueblos se posesionaron del país, mas nuevas in- 
migraciones nahoas preponderaron después en varios puntos 
o regiones respecto de ellos. Estos toltecas fundaron las 
ciudades de Copan, de Tehuacán, etc. etc. (91). 

d) Los toltecas o yaquis que vinieron a principios del 
siglo XII, a raíz de la destrucción del reino que tuvo por 
metrópoli la Tula, cuyas ruinas existen en el Estado de Hi- 
dalgo. En estos toltecas predominaba la sangre nahoa, en 
tanto que en los otros predominaba la sangre ulmeca o ma- 
ya-quiché. 

e) Por último, los aztecas o mejicanos, ascendientes in- 
mediatos de los pipiles. 

De las primeras invasiones nahoas y de la venida de 
los toltecas o yaquis que llegaron el siglo XH, ya hemos 
dicho lo bastante; ahora vamos a tratar del elemento ulme- 
ca o maya-quiché, dejando para después las inmigraciones 
aztecas, que fueron las últimas. 

Ya en varios estudios etnográficos que publiqué en el 
Repertorio Salvadoreño el año de 1892, me separé abierta- 
mente de las teorías del abate Brasseur de Bourbourg res- 
pecto a los orígenes y proto-historia de nuestras razas indí- 
genas, teorías en que se inspiró intensamente el señor Mi- 
lla al escribir la Indroducción al primer tomo de su Historia 
de la América Central, y en este capítulo, de primordial im- 
portancia al respecto de que tratamos, me separaré aun 
más, rectificando a la vez muchas de las aseveraciones que 
consigné en los referidos artículos. 

80. — No me atrevo á decir que sea cosa averiguada, 
pero sí muy probable, o por lo menos muy plausible, el 
origen asiático de la «civilización del Sur» (92), sin preten- 
der que esta hipótesis dé satisfactoria contestación a las 
cuatro preguntas siguientes: 

¿Quiénes eran, de qué punto del Asia venían esos in- 
migrantes? 



(91) Tehuacán era la cabecera de la región nonoalca en el territorio de El Salva- 
dor. M. Lehmann, en su artículo «Problemas Americanos *>, publicado en «Centro-Améri- 
ca Intelectual» (Septiembre de ¡903) dice: «Es indudable que un miembro de esa fan i 
lia (la maya), sean los pocomám, chortíes, u otra tribu desconocida, han construido las 
ruinas de Tehuacán, y han dejado restos de cerámica en San Vicente, que ofrecen mu- 
cha semejanza con la loza antigua de la isla de Zacate Grande, enfrente de Amapala.» 

(92) Aunque la expresión «civilización del Sur> se refiere a la posición que los ma- 
ya-quichés ocuparon en Méjico, en la parte meridional, hoy es generalmente usada por 
los americanistas de todos los países, para designar a éstos. 



118 SANTIAGO I. BARBERENA. 



¿Por dónde y cómo vinieron? 

¿Cuándo llegaron? 

¿Por dónde entraron, dónde se establecieron primera- 
mente? 

Sobre cada una de esas cuestiones se han escrito mi- 
llares de páginas, en las que campea, por lo general, mucha 
erudición y sumo ingenio, pero también salta a la vista el 
empeño con que cada escritor procura presentar los hechos 
de manera que sólo exhiban la faz favorable a la teoría que 
él sostiene, no sin desfigurarlos á las veces para que me- 
jor se acomoden a las tendencias e ideas preconcebidas por 
el autor respectivo. Eso dificulta en gran manera el análisis 
y disquisición de las diversas teorías y el lograr formarse 
una opinión bien definida respecto a cada problema, pues 
no se halla, como vulgarmente se dice, a qué carta debe 
uno quedarse. Hace más de treinta años que principié a 
estudiar con empeño nuestra historia precolombina, y, fran- 
camente, aun no he logrado formarme una idea fija y clara 
(aun prescindiendo de detalles) respecto a los «problemas 
de origen». Al escribir esta obra he hecho un esfuerzo su- 
premo para sintetizar, lo mejor que me ha sido posible, las 
nociones que considero más aceptables, de manera que for- 
men un todo armónico. 

81. — Siempre he creído que la raza maya-quiché es ori- 
ginaria del Antiguo Mundo, lo mismo que la nahoa, con la 
diferencia, muy importante por cierto, de que ésta nos llegó 
por el Pacífico y aquella por el Atlántico; que de la nahoa 
ha de haber habido inmigraciones sucesivas, verificándose 
las primeras en una remotísima época, y que de la maya- 
quiché es probable haya habido una sola inmigración, bas- 
tante lejana, pero posterior a las primeras de los nahoas; 
que la cultura indígena de Méjico y de la América Central 
se debe principalmente a la raza maya-quiché, mucho más 
que a la nahoa. 

A influjo de esas ideas escribí dos cortos estudios, 
respectivamente titulados «La Caava de la Meca y la Cahba 
de Utatlán, y Hobal y Hobó, que se publicaron en La Uni- 
versidad (enero y febrero de 1892). No repetiré aquí lo que 
dije en esos artículos; bástame ahora insistir en que el sim- 
ple hecho de haber existido en el Asia, desde tiempo in- 
memorial, un templo denominado Caava, en el cual se ve- 
neraba y aun se venera una piedra negra, y el pozo de 
Zemzem, y se hacían cruentos sacrificios a Hobal, y en 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 119 

Utlatán, capital de los quichés, otro templo del mismo nom- 
bre, Cahba, con otra piedra y otro pozo consagrados al 
culto, y con sacrificios al sanguinario dios Hobó, constituye 
una fuerte presunción de haber, habido relaciones de depen- 
dencia de los utlatlecos respecto a los árabes anteislámicos. 

Los descubrimientos arqueológicos hechos últimamente 
en Arabia, por Doughty, Euting, Huber y Glaser confirman 
esa inducción. En efecto, he aquí lo que dice M. H. Sayce 
hablando de esos hallazgos, en un artículo publicado en 
1890 en la Contemporary Revew. «Los miembros del último 
Congreso de Orientalistas se maravillaron al tener noticia de 
que ese país que se había supuesto ser poco más que un 
desierto arenal, habitado por vagabundos nómadas, y que 
su primera aparición en la historia corresponde a la época 
de Mahoma, haya sido un centro de luz y de cultura en 
época remota.» 

Y después agrega: «Por otra parte, estudios posteriores 
han confirmado las ideas del doctor Glaser sobre la gran 
antigüedad del reino Mineo, y la extensión de su poder, 
desde el S. de la Arabia hasta las fronteras del Egipto y 
Palestina. No puede dudarse que precedió a la elevación 
del reino de Saba, el Sheba del Antiguo Testamento». 

Había, pues, antiguamente un gran reino en la Arabia, 
cuya capital era Ma'in (nombre muy parecido a Maya), y 
en 1892 no vacilé admitir que cabe en lo posible que hayan 
sido míneos los ascendientes extranjeros de los maya-qui- 
chés, llegados por acá en el siglo XXV antes de C. 

Ahora bien, según los cálculos de M. Morgan en tiem- 
pos anteriores al siglo XXV antes de C. apareció en el Me- 
diterráneo la edad eneolítica, contemporánea de los monu- 
mentos megalíticos del África septentrional y de la Europa 
occidental, cuando en el Asia Menor ya eran conocidos los 
metales. Suponiendo, como supone el mismo autor, que la 
civilización americana no pudo tener principio después del 
siglo XV, tiempo en que ya eran conocidos los metales en 
todo el Antiguo Continente, es evidente que el cómputo que 
antes hice, respecto a inmigrantes mineos, es bastante exa- 
gerado en cuanto a antigüedad, no debiendo remontar más 
allá del siglo XV. 

Según la teoría, tan peregrina como ingeniosa, emitida 
por el señor Planearte, en su citado libro sobre el Tamoanchán, 
los inmigrantes de que tratamos, cuyo nombre propio era 
chañes, y a los que los nahoas llamaron después ulmecas, 



120 SANTIAGO I. BARBERENA. 



eran unos cuantos sabios y literatos, que allá por el siglo 
XV antes de C. salieron del Antiguo Mundo, en comisión 
científica, a estudiar la región en que se pone el Sol, y vi- 
nieron a parar a las costas de México, al Panuco, impor- 
tando así en estos países la civilización mediterránea de 
aquel entonces. (93) 

Por extraña que parezca la ocurrencia del señor Plan- 
earte, respecto al objeto que trajo a los astrónomos chañes, 
recuérdese que para los antiguos, que consideraban a la 
Tierra como una llanura indefinida, era un gravísimo pro- 
blema el relativo al ocaso del Sol y a cómo volvía al E. 
para reaparecer el siguiente día. 

Aun después que los pitagóricos introdujeron en los 
estudios cosmográficos la noción de la esfericidad y aisla- 
miento de nuestro planeta, eran muy validas una multitud 
de patrañas respecto al movimiento diurno del Astro Rey. 

El mismo Tácito, el mas sensato de los historiadores 
romanos, refiere con su acostumbrada seriedad, que en el 
fondo de la Germania se veía el ocaso del Sol. Epicuro y 
su escuela creían que los astros se apagan cuotidianamente 
al ponerse. Todavía, en tiempo de Augusto, Cleómedes se 
vio obligado a combatir las ideas de los epicúreos respecto 
a los ortos y ocasos de los astros. «Esas enormes neceda- 
des, exclamaba indignado, no tienen otro fundamento que 
un cuento de viejas, según el cual los Iberos oyen todas 
las tardes el chirrido que produce el Sol al apagarse, como 
un hierro candente, en las aguas del Océano.» Y Floro, 
relatando la expedición de Décimo Bruto por las costas de 
España, afirma que éste no quería detenerse en sus con- 
quistas hasta presenciar la caída del Sol en el mar. 

No tiene, por tanto, nada de inverosímil el objeto de la 
comisión científica imaginada por el señor Planearte, mas por 
nuestra parte aceptamos simplemente el hecho de la venida 
de los chañes hacia el siglo XV antes de C, sin meternos 



(93) Según las enseñanzas del señor Chavero, en el siglo X antes de C los ha- 
bitantes del Tamoanchán o costa del Golfo de México, que pertenecían según él a la raza 
del Sur, invadieron la meseta central, ocupando el terreno comprendido entre Teoti- 
hjacán y Cholula, dot.de más tarde estuvo el núcleo de los ulmecas. La rama votáni- 
de que penetró a la mesa central es a la que se le dio el nombre de Vixtoti Los Vix- 
totí constituyeron una nueva teocracia, en un todo semejante a la de Zamná y de Votan 
de que hablaremos oportunamente, y cuyo gobierno se dice abarcaba todo el Tamoan- 
chán: esta nueva teocracia es la de Xelua o Xelhua o Xelva, personaje eminentemente 
lejendario, primogénito de Iztacmixcóatl e Ilancuey, que algunos hacen jefe de los ul- 
mecas. El rey— sacerdote de la teocracia de Xelua residía en Cholollan o Chulul (Cho- 
lula), hoy del Estado de Puebla: es la ciudad que Hernán Cortés llamó Chuzultecat,l fa- 
mosa por sus monumentos. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 121 

a indagar qué objeto traían, o si vinieron sin quererlo, a- 
rrastrados por el mar. 

La tendencia a precisar los detalles, en este género de 
investigaciones, es contraproducente: en vez de argüir exac- 
titud e infundir fe, inspira desconfianza. El mismo señor 
Planearte ha tenido la prudencia de abstenerse de fijar con 
matemática precisión la procedencia de los chañes. Su re- 
serva a este respecto es claro indicio de su profunda ho- 
norabilidad como historiador. Lo de la comisión científica 
que traían esos sabios debe considerarse como un simple 
modo de decir que eran gentes de muy superior cultura 
respecto a la de los habitantes del país a que llegaban, hi- 
pótesis muy razonable. (94) 

Después de la oportuna advertencia de que las navega- 
ciones de los africanos en la edad neolítica y en la eneolí- 
tica no sólo se extendían al Mediterráneo, sino que por el 
Océano llegaban a España, nos dice el señor Planearte: 
«Para probar la semejanza de objetos, ritos e industrias 
cretenses, egipcias, frigias, troyanas y micenas en Méjico, no 
es preciso suponer que embarcaciones egipcias o cretenses, 
desde el fondo del Mediterráneo hayan penetrado al Golfo 
de México. Es un hecho fuera de duda que el África nord- 
occidental, en la época a que me vengo refiriendo, estaba 
en comunicación con todas las playas del Mediterráneo, des- 
de el Egeo hasta Gibraltar. Si la civilización mediterránea 
de la edad del cobre es de origen africano, los mismos a- 
fricanos que la llevaron a Creta y al Egipto, la llevaron 
también a México, y si es de origen cretense, entonces los 
africanos la recibieron de los cretenses y la llevaron a Mé- 
xico. De todos modos la civilización mexicana tuvo su ori- 
gen en África y los ulmecas fueron africanos, pero no ne- 
gros; eran como los berberiscos o los fanes. Pasando el 
Atlántico llegaron a la Florida y atravesaron el Golfo hasta 
desembarcar en Panuco.» 

La aseveración del señor Planearte respecto al color de 
la piel de los ulmecas, la considero mucho más aceptable 
que la aserción del señor Chavero, de que a Votan y a 
Zamná (legendarios caudillos de los fundadores de la civi- 



(94) Yo no creo que haya ningún exégeta, por apegado que sea a la doctrina 
creacionista, que tome en serio la precisión con que Baiardi fijó el punto del cielo en 
que Dios colocó al Sol el día que lo creó, ni que haya quien acepte, como cosa ave- 
riguada, la aseveración de lhering de que los arios emprendieron su marcha migratoria 
hacia el W. precisamente en el mes de marzo. 



122 SANTIAGO I. BARBERENA. 



lización del Sur) hay que suponerlos dos sacerdotes negros, 
que trajeron déla Libia la cultura maya -quiche. (México a 
través de los siglos, t. I, p. 163.) Lo cual explica, según él 
el origen de la costumbre que tenían los sacerdotes de esa 
región de pintarse de negro con la leche del ulli. 

Muy probable creo que los chañes hayan tocado en 
las Antillas antes de llegar a las playas de México, y 
aun traído algunos habitantes de esas islas, como parece 
indicarlo la tradición relativa al origen cubano de Votan, 
aceptada por algunos, y los indicios que se han encontrado 
de una antigua invasión de elementos caribes en la penín- 
sula yucateca. (95) 

Y digamos por último que los tales africanos, de color 
claro, han de haber sido de origen asiático, como los egip- 
cios, lo cual justifica nuestra proposición de que los maya- 
quichés son, como los nahoas, de procedencia asiática, con 
las diferencias que ya indicamos. 

En mi concepto la península yucateca estaba muy po- 
co poblada en la época de los amerindas y de las primeras 
invasiones nahoas, como lo demuestran los resultados de 
las exploraciones de Mr. H. Mercer en las cavernas de Yu- 
catán, que no ha encontrado trazas de la presencia del hom- 
bre en tiempos muy remotos. Mas bien Mr. É. H. Thompson, en 
la caverna de Soltun (Yucatán) y Mr. G. Byron-Gordon, en 
Copan, han encontrado restos de un arte muy anterior a los 
maya-quichés. 

82. — Ya sabemos, pues, quienes eran los fundadores de 
la civilización del Sur, cuándo y por dónde vinieron; mas 
respecto al punto por donde entraron, precisa tratarlo espe- 
cialmente. 

El historiador D. Carlos Pereyra, autoctonista remata- 
do, se reduce a manifestar, sin darlo por cierto, que los ma- 
ya-quichés descienden de los constructores de montículos, pe- 
ro que su civilización es genuinamente vernácula. 

El historiador don Luis Pérez Verdía, menos escéptico 
que su colega el señor Pereyra, creé que la población pri- 
mitiva de la Península de Yucatán procede de dos inmigra- 
ciones distintas, una que llegó por el Oeste, que fue lamas 
numerosa, y la otra de la isla de Cuba, «perteneciente a la 
familia maya, que fue la primitiva»; después agrega que la 



(95) Así lo enseña el señor Pérez Verdía en su Compendio de Hist. de México, 
5a. edic, México, 1911, p. 7. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 123 

raza que invadió la península por el E. fue la de los itzaes, 
cuyo caudillo y legislador fue Zamná, y, por último, dice 
que después de mucho llegaron los maya, de origen nahoa, 
y lograron sobreponerse a los itzaes. Kukulcán, fué, según 
él, el legislador de ese pueblo maya. 

Análoga distinción hace M. Biart; para este escritor el 
pueblo que condujo Yztamna (que es el mismo Zamna) lle- 
gó por el Atlántico, ó E., y el conducido por Votan, civili- 
zador de la provincia de Chiapas, procedía de las costas 
del Pacífico, en el Soconusco. 

Fácil me sería recordar aquí otras de las muchas varian- 
tes sobre el punto de que tratamos actualmente, todas ellas más 
o menos gratuitas, o bien resultado de lamentable confusión 
de las inmigraciones propiamente dichas con los movimientos 
realizados por los pueblos ya en nuestro Continente. 

Yo tenía antes la fiíme creencia de que los chañes arri- 
baron a América por la región del Usumacinta; más estu- 
dios posteriores y muy en particular del parágrafo 12 del 
Cap. XIX del libro X de la Hist. general de las cosas de Nueva 
España por el P. Fray Bernardino de Sahagún, que es documen- 
to de capitalísima importancia para el caso, me han convencido 
que los chañes llegaron al Nuevo Mundo por el Panuco. 
Esos son los Ulmecas de que habla el notable cronista que 
acabo de citar, que se asociaron desde un principio con los 
xicalancas, que habitaban Metztitlán, que ya hemos dicho 
donde quedaba. 

83. — Es absolutamente indiscutible que las inmigracio- 
nes nahoas fueron muy anteriores a la de los chañes o ul- 
mecas (96), por más que se diga y que sea verdadero que 
la civilización Maya-quiché, importada por éstos es más an- 
tigua que la nahoa, mejor dicho que la tolteca, pues los 
chañes vinieron a civilizar a los pueblos de raza nahoa, y 
es evidente que aunque el maestro haya llegado después 
que los discípulos, su cultura es anterior a la de éstos. 

El señor Pereyra dice que algunos suponen que los 
costructores de montículos fueron impelidos a buscar climas 
tropicales y que en las costas de Texas y de las Floridas 
tomaron unos el camino del litoral, hasta Veracruz y Tabas- 
co, y otros (los acostumbrados a navegar en el ancho Mi- 
ssissipi) el rumbo de las Antillas y Yucatán. 

(96) M. Biart, aunque habla de la fabulosa antigüedad de los Olmecas, a quienes 
reputa de la familia nahoa, declara que históricamente el pueblo más antiguo es el 
maya de Yucatán. 



124 SANTIAGO I. BARBERENA. 



El señor Chavero, por el contrario, enseña que fue la ra- 
za del Sur la que penetró desde remota época más al N. de 
la costa del Golfo, ocupando los extensos valles del Mississipi 
y del Ohio, desde Galveston hasta los lagos, en cuya región 
dejó como imperecedero recuerdo los colosales mounds o te- 
rraplenes que tanto han dado que decir a los americanistas. 

Sin tratar de resolver tan ardua cuestión, me reduzco a 
manifestar que si los moand-builders pertenecían, como se 
ha creído, a la raza primitiva, oriunda del Brasil, son muy 
anteriores a los nahoas y a los chañes en el Nuevo Mundo, 
y de ellos han de haber descendido, en todo o en parte, 
los pueblos autóctonos de Méjico, y quizás de ellos tam- 
bién hayan descendido los verdaderos constructores de los 
terraplenes, caso sea cierto, como pretenden algunos arqueó- 
logos, que los tales montículos no son tan antiguos como 
se había creído. «Los antiguos moradores de los montículos, 
dice M. John W. Harsberger, de la Universidad de Pensilva- 
nia, en su Historia del Maíz, fueron un enigma para los e- 
ruditos y hasta estos últimos años se han descubierto sus 
relaciones étnicas. Los inteligentes en la materia atribuían 
anteriormente una gran antigüedad a los trabajos del Valle 
del Mississipi; las investigaciones recientes prueban que es- 
ta opinión es errónea y están de acuerdo en que esas tri- 
bus son relativamente modernas.» 

Los arqueólogos, por su parte, no han podido ponerse 
de acuerdo ni llegar a una conclusión digna de fe respecto 
a la edad de los monumentos yucatecos: en tanto que para 
unos son antiquísimos, coetáneos (sino anteriores) de los de 
Heliópolis y de Menfis, para otros son relativamente mo- 
dernos. El arqueólogo francés Charnay, por ejemplo, en la 
relación que publicó con el título de Mis descubrimientos en 
México y en la América Central, dice: «Se ha atribuido a 
los monumentos yucatecos una antigüedad ridicula; son re- 
lativamente modernos; tal es la teoría que defiendo, con 
pruebas en mi apoyo, durante el curso de mis exploracio- 
nes.» Y en otro pasaje agrega: «... y que en general los 
demás monumentos de Yucatán, habitados o no, pertenecían 
a la raza existente a la sazón (150 años después de la con- 
quista) y que las más antiguas ciudades yucatecas, funda- 
das en varias épocas por el conquistador tolteca, datan, 
cuando más, del siglo XI, mientras que las más modernas 
deben corresponder al siglo XV, conforme hemos probado 
suficientemente». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 125 

Hemos de estar que aunque en nuestro concepto la lle- 
gada de los ulmecas al Panuco remonte al siglo XV antes 
de C, su establecimiento en la península fué bastante pos- 
terior. M. Biart dice que, según las tradiciones, la patria 
primitiva de los mayas era Tulapán (la Tula cuyas ruinas 
existen en las montañas de Chimalacatlán) y que hacia el 
año 793 aparecieron en Yucatán. Ya explicaremos nuestra 
opinión sobre este punto, respecto al cual se han emitido 
multitud de contradictorias aseveraciones; mas desde ahora 
conviene anteponer que sobre la época de la salida de 
Quetzalcoatl del Tamoanchán y su llegada al Yucatán, 
con el nombre de Kulkulcán, aceptamos, de acuerdo con el 
señor Planearte, la tradición conservada por Yxtlilxochitl, 
quien la fija en los primeros años de la era cristiana (a raíz 
de la disolución de la federación del Tamoanchán, según 
la teoría del señor Planearte). 

84. — Consagraremos este número a hablar de los muy 
ilustres señores Zamná y Votan, que ya hemos mencionado 
antes y que simbolizan respectivamente, en el lenguaje lite- 
rario, a los mayas propiamente dichos, o yucatecos, y a los 
quichés. Los naturales de El Salvador pertenecían, por con- 
siguiente, más o menos estrechamente a la raza de los votá- 
nides, por razón da la sangre quiche que circulaba en sus 
venas, aun de los mismos pipiles; más a éstos es preferible 
denominarlos simplemente nahoas. 

Varios de los modernos historiadores de la América 
precolombina aseguran que según las tradiciones indígenas 
fué Votan (o Valum- Votan = IX Votan) el civilizador de la 
región del Sur; mas la verdad es que los primeros cronis- 
tas nada o casi nada nos dicen respecto a ese personaje, 
cuya celebridad se debe a tres escritores: D. Francisco 
Núñez de la Vega, 16? Obispo de Chiapas y Soconusco, 
autor de las Constituciones diocesanas, publicadas en Ro- 
ma en 1702; D. Ramón de Ordóñez y Agiar, que dejó es- 
crita una estrafalaria Historia del Cielo y de la Tierra, y 
D. Félix de Cabrera a quien se debe una Memoria relativa 
a los trabajos de Ordóñez y al origen de Palenque: a estos 
tres historiógrafos corresponde la gloria de haber descubieto 
(o inventado) cuanto se sabe respecto a la vida y hechos 
de Votan IX. (97). 

(97) Boturini, como oportunamente lo recuerda e! señor Planearte, sospechaba que 
el Obispo Núñez de la Vega fué miserablemente engañado por los inditos que le ayu- 
daban en sus investigaciones históricas y filológicas. Y a propósito de los datos que 



126 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Mas he ahí que toda la gloria de nuestro ínclito cau- 
dillo se ha hecho humo, pues el señor Conde de Charencey 
ha demostrado que se trata de un héroe puramente mitoló- 
gico, personificación de la raza invasora, de lo que ha re- 
sultado que los historiadores se creen hoy autorizados para 
interpretar ese mito como mejor les parece, aun restituyen- 
do a Votan su realidad personal. Así D. Rafael Aguirre 
Cinta, en sus Lecciones de Historia general de Guatemala, 
(Guatemala, 1899) dice que en su concepto la mejor inter- 
pretación es la siguiente: "Votan, caudillo y hierofante de 
un pueblo de raza asiática, empujado por la invasión de 
los arios, abandonó el Asia central, y encaminándose hacia 
el Occidente, dejó en las bocas del Nilo, en el África boreal, 
los mismos gérmenes de población que trajo consigo hasta 
las marismas de Yucatán, donde se quedaron los mayas, 
mandados por Zamná, que decían era su hijo, en tanto que 
él seguía su peregrinación hasta la desembocadura del Usu- 
macinta". 

Y hoy no faltará quien diga que Votan era el presi- 
dente de la Comisión científica que llegó al Panuco el siglo 
XV antes de C, a estudiar la región en que se oculta el 
Sol todas las tardes. 

En lo que sí tiene razón el señor Cinta es en asimilar 
el mito de Votan, de origen asiático, conforme a las inves- 
tigaciones del Conde de Charencey, con las leyendas ger- 
mánicas relativas o Odin o Wuotan o Wuodam ; mas en 
tal caso cabe sospechar que el referido mito haya sido 
traído a la región maya -quiche por algún o algunos de los 
normandos que vinieron a América allá por el siglo IX, y 
luego adulterado y acomodado a la historia del país que 
se dice vino a habitar Votan al Sur de Méjico. 

El barón de Humboldt insinuó la idea de que Votan 
pudiera ser uno de aquellos budhistas que salieron a países 
lejanos a predicar la buena nueva, opinión que fué al principio 
bien aceptada, pero que ha caído últimamente en el olvido. 
Todavía en 1885 escribía M. Biart, hablando de Votan: "II 
joua dans le centre de l'Amérique le role d'un Boudha". 

Para ciertos tradicionalistas los nombres de los días 
del mes en el calendario chiapaneco son los nombres he- 



tomó Ordóñez del Popol-Vuh habla el señor Planearte de los trabajos del abate Brasseur 
en estos términos: "Es increíble hasta donde llega en sus conclusiones, llevado poruña 
férvida y exaltada fantasía: sus escritos ahora se ven con indiferencia y se hacen sospe- 
chosas sus noticias". 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 127 

breos de los jefes de la raza invasora: según esa teoría el 
primer poblador de la región del Sur fué Mox o Imox, el 
segundo Igh y el tercero Votan. 

El buen obispo señor Núñez de la Vega refiere, entre 
otras cosas, que Votan tenía por sobrenombre Tepanaguas- 
te, o "señor del palo podrido", o "del palo hueco" y que 
era adorado como "Corazón del pueblo". El ilustre histo- 
riador Orozco y Berra, que las cogía al vuelo, observó que 
la expresión "Señor del palo hueco" equivale ideológica- 
mente a "Señor de la barca'", y que debe aludir a que la 
raza invasora llegó por agua. (98) 

Yo creo, como el señor Pereyra, que ambos persona- 
jes, Zamná (o Itzamná, como escribe él) y Votan, eran la 
explicación y el símbolo de la vida moral de su pueblo res- 
pectivo: Zamná, "rocío del cielo", significaba que el anhe- 
lo supremo del pueblo maya era que cayese la lluvia a fe- 
cundar el suelo de la península, cuyos ríos son subterrá- 
neos, y Votan, "serpiente", era el emblema del pueblo 
quiche, una de las dos grandes ramas de la familia de los 
chañes o "culebras". 

En el fondo, Quetzalcoatl, Zamná, Hueman, Kukulcán, 
Gucumatz &. &. son la misma cosa, variantes de un mis- 
mo personaje, mejor dicho, de un mismo mito; se confun- 
den de tal manera que es trabajo y tiempo perdidos tra- 
tar de deslindarlos; empero el muy erudito señor don José 
María Melgar distingue dos leyendas fundamentales distin- 
tas: la de Votan y la de Quetzalcoatl: a la de este último 
refiere Kukulcán y Gucumatz. (Boletín de la Soc. Mex. de 
Geog. y Estad., 2? época, tomo III). 

El estudio de la leyenda de Votan, descartándole cier- 
tos detalles puramente fantásticos, es de positiva utilidad; 
mas debe tenerse presente que tal como nos ha llegado co- 
rresponde a una concepción histórico -etnográfica hoy inad- 
misible, y aun a concepciones contradictorias. 

Pintan a Votan como a un sacerdote, y al pueblo que 
capitaneaba, o descendiente de este c.iudillo, suelen llamarlo 
Thiopisca o Teopisca, es decir "pueblo de sacerdotes". 



(98) Según Ordóflez el mismo Votan, en un libro que escribió sobre la historia de 
su pueblo, se dice descendiente de Imox, de ¡a raza de Chau. El mismo Ordóñez refiere 
que Votan visitó las entrañas de la Tierra, los infiernos : esta leyenda es análoga a la 
que refiere el Popol-Vuh respecto a Hunahpu, de quien cuenta que descendió al Xibalbai 
o reino de las sombras. 



128 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Por lo general se supone que vino de la isla de Cuba (99), 
llegando al Continente, según unos por Tabasco, según 
otros por el Yucatán. 

Se refiere que la escasez de agua en la costa de la 
península yucateca obligó a Votan a ir en busca de mejor 
sitio para establecerse, dejando una parte de su gente a 
las órdenes de Zamná. (100) 

Los votánides, dicen los expositores de esas leyendas, 
llegaron a la laguna de Términos y se establecieron cerca 
de la boca del Usumacinta; después remontaron este río 
hasta la laguna de Catasasá o Castajá y en las márgenes 
de ésta fundaron la ciudad de Na-chan (o Gho-chan — 
ciudad de las culebras). Ese fué su primer asiento; más 
tarde se trasladó un poco mas al S., al sitio en que están 
las ruinas de Palenque (= donde están los sacerdotes que 
hacen ceremonias a los niños). Según los cálculos de Bow- 
ditch, Palenque fué fundado el año 15 antes de C. Las 
ruinas de esa antigua ciudad, "de fama universal en el 
mundo científico, por sus ocho torres de arte singular, por 
sus bajo -relieves, representando escudos y personajes con 
yelmos, penachos, armaduras y borceguíes, semejantes a los 
usados en otro tiempo en el antiguo Oriente," se encuentran 
a unas 30 o 35 leguas en línea recta al SW. de San Juan 
Bautista de Tabasco: la cabecera del distrito, que antes 
era Santo Domingo de Palenque, se trasladó hace algunos 
años a la aldea de Las Playas. 

Se ha dicho que Palenque no era una población, sino 
un Santuario, porque no se ven allí los restos de las vi- 
viendas del pueblo; mas debe suponerse que han de haber 
sido simples ranchos o jacales, que no han resistido a la 
acción del tiempo, quedando sólo los edificios públicos de 
importancia (101). El P. Juarros dice "que los indios, en tiem- 

(99) Según Ordóñez Valum-Votán es la isla de Cuba. El abate Brasseur de Bour- 
bourg dice que ese nombre es el de unas ruinas que quedan cerca del pueblo de Teo- 
pisca, que dista siete leguas de Ciudad Real de Chiapas. 

(100) Los mayas daban a Zamná (o Iztamna, o Itzmatul & &) los epítetos más ex- 
presivos: lo llamaban Itzamat-ul, que significa "rocío del cielo". El mismo Zamná solia 
decir, según las leyendas: Uzeen caan; Uzeen muyul, "yo soy el roció de las nubes 
del cielo". 

(101). Charnay en su citada obra dice: "Hasta hoy se ha asegurado que Palen- 
que había sido una capital, y el gran edificio llamado palacio, el de sus reyes. Este es 
un error que confio rectificar. A mi humilde parecer, Palenque era un sitio sagrado, un 
centro religioso considerable, una ciudad de peregrinación, que abundaba en templos y 
oíatorios, una tierra consagrada para las sepulturas." Y poco después agrega: "el pa- 
lacio era, no un palacio de reyes, sino una morada de sacerdotes, un magnífico monas- 
terio, habitado por los jefes de esta ciudad religiosa." 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 129 

po de su gentilidad, tenían poblaciones; mas éstas eran 
como algunas que todavía existen al presente y llaman Pa- 
juyúes, en que se hallan las casas tan dispersas y separa- 
das unas de otras, que un pueblo de 500 vecinos ocupa 
una legua o más." 

El mismo Brasseur declara que él ignora con qué fun- 
damento llamó Ordóñez a Palenque, Nachán. Los tzendales, 
dice, llaman a este lugar Hochán que significa lo mismo, 
lo cual, a mi ver, justificaría la denominación dada por 
Ordóñez a Palenque, quien, además, confunde su Nachán 
con Culhuacán, cuya situación probable ya hemos indicado. 

Lo que es el señor Planearte cree que las leyendas 
relativas a Votan y a Nachán deben ser reservadas para las 
novelas históricas. Eso es ir harto lejos. Que se analicen 
rigurosamente, que se depuren esas leyendas, mas no que 
se desechen de plano, porque es lógico suponer que entra- 
ñan muchas útilísimas indicaciones, que la tradición había 
conservado, y los que nos las han referido, o no las com- 
prendieron bien, o quisieron completarlas según sus ideas. 

85. — Nuestros historiógrafos refieren que Palenque era 
la capital de un vasto imperio fundado por Votan y deno- 
minado de Xibalba o Xibalbai. 

Según el abate Brasseur ese vocablo es una especie 
de apodo, derivado de xibal, que en quiche arcaico, o tzendal 
equivale a "temible", y de ba, "topo", y cree que alude 
a la costumbre que tenían los jefes votánides de pintarse 
la cara, o de ponerse máscaras espantosas para concurrir a 
sus asambleas secretas, en lugares subterráneos. 

Para otros el mejicano Mictlán, el quiche Xibalba y 
el zapoteco Lyobáa son sinómimos, y designan el centro o 
lugar de descanso de los muertos, el "infierno" de los in- 
dígenas de que tratamos. 

El señor Planearte opina que puesto que el Mictlán o 
Mictlampa de los aztecas designa el N. (102) la Tala de 
Xibalbay a que se refiere la leyenda cachiquel a que alu- 
dimos en el N? 73, es un pueblo llamado Tula, ubicado 
cerca de Guadalupe y denominado también Santa Isabel 
Tola, del Distrito Federal. 

Para mí esa leyenda cachiquel sólo indica que la ca- 
pital del imperio de Xibalbay (si realmente existió) fue fun- 

(102). La nomenclatura mejicana de los cuatro puntos cardinales presenta algu- 
nas variantes, tal como la dan el P. Sahagun, el P. Molina y Muñoz Camargo, respec- 
tivamente; mas todos convienen en que Mictlán o Mictlampa es el N. 

— 9 — 



130 SANTIAGO I. BARBERENA. 



dada por los chañes que vinieron de Tamoanchán y que 
en recuerdo de la Tula que allá tenían llamaron también 
Tula a la que levantaron en Chiapas, y para distinguirla 
de aquella la apellidaron de "Xibalbay. " Nótese que esta 
interpretación es diametralmente opuesta a la versión admi- 
tida por Milla, de que los xibalbaides fueron a fundar la 
Tula de Hidalgo, versión absolutamente inverosímil porque 
convierte a los toltecas históricos en maya- quichés, y por- 
que estos xibalbaides, que él supone fueron a fundar la 
Tula de Méjico no habiendo sido, según él mismo, los fun- 
dadores y habitantes de la Tula de Chiapas, no tenían 
por qué bautizar con ese nombre su nueva morada. Por eso 
otros de nuestros poquísimos historiógrafos dicen que fue- 
ron los nahoas o toltecas los que sucumbieron y emigraron, 
que es siquiera más verosímil. 

86. — Puesto que el objeto de este capítulo es dar una 
idea del origen y establecimiento de los maya -quichés, es 
indispensable que digamos también dos palabras respecto 
a los famosos Tutul--Xiuh, tan traídos y llevados por nues- 
tros etnógrafos, desde que el abate Brasseur publicó el có- 
dice del anticuario yucateco D. Pío Pérez (que floreció en 
la primera mitad del siglo pasado), el cual códice contiene 
la tradición maya relativa a ellos y que el docto historia- 
dor, obispo D. Crescencio Carrillo y Ancona la comentó en 
su Manual de Historia y Geografía de la península de Yu- 
catán (103). 

Según el P. Landa (Relación de las cosas de Yuca- 
tán, p. 49 y sgts.) los tutul-xiuh, fueron de Chiapas a ata- 
car la dinastía de los Cocomes, instalada en Mayapán por 
Kukulcán, y éstos, para resistirlos, hicieron alianza con los 
mejicanos de Tabasco y del Xicalaneo. 

Brasseur de Bourbourg, fundado en los escritos de Ix- 
tlilxochtil, creía que los toltecas, vencidos por los chichi- 
mecas a fines del siglo III, se dispersaron por distintas di- 
recciones y que su entrada en Yucatán es lo que los auto- 
res mayas han llamado la invasión de los Tutul-xiuh. 

Para el señor Pereyra fueron los mecas (mezcla de 
nahoas y de otomíes, que según la dosis respectiva de cada 



(103). Sin entrar aquí en discuciones que me llevarían muy lejos, me reduzco a 
advertir que mi relato no se refiere al gran "republicano Tutuxiu, que, según refiere 
el señor Pérez Verdia, acaudilló una revolución a principios del siglo XV contra la fa- 
milia Cocom de Mayapán, ni me refiero a la provincia de Tutuxiu, de que habla et 
mismo autor. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 131 

uno de esos elementos tomó diversos nombres, tales como 
amecas, tzapotccas, ulmecas & &) los creadores de la civi- 
lización del S., y una de sus invasiones en esa región to- 
mó el nombre de "la venida de los tutul-shíus o "pájaros 
azules." Esta invasión se componía de yaquis, que pene- 
traron hasta la teocracia de Votan y de los amecas, que se 
dirigió a la de Itzamná, en el Yucatán. 

En mi concepto se trata simplemente de la tradición 
relativa a la llegada 'de los chañes o ulmecas a la región 
del Sur, tal como la refiere el Lello lai u tzolan katunil tí 
mayab (="Serie de las épocas de la historia maya") o 
"Códice Pío Pérez", publicado por Brasseur en París, en 
1864, junto con la citada "Relación de las cosas de Yu- 
catán" de Fray Diego de Landa. 

La cronología de todos esos acontecimientos ha sido 
fijada de diversas maneras, reinando respecto a todo esto 
la más lamentable variedad de opiniones. En otro tiempo 
abrigaba yo muy distintas ideas que ahora a ese respecto: 
me había afiliado a la escuela del señor Chavero, y a in- 
flujo de las doctrinas de éste escribí los artículos que pu- 
bliqué en el "Repertorio Salvadoreño", 1892, "Sobre la 
distribución Geográfica de las razas indígenas de Méjico y 
de la América Central " ; mas hoy me he formado muy 
distinta opinión respecto a varios puntos esenciales, la cual 
voy a condensar en el siguiente número, concretándome a 
lo pertinente al objeto del presente trabajo. Por punto ge- 
neral, puedo decir que he adoptado, con ligeras variantes, 
la exposición del señor Planearte, por lo que hace a las 
dos grandes razas inmigrantes. 

Y como con relación a la inmigración nahoa dije ya lo 
suficiente en el capítulo anterior, hablaré ahora de preferen- 
cia de la raza rraya-quiché, indicando a la vez sus relacio- 
nes con la nahoa, cuando sea preciso, para que queden 
claramente expresadas las doctrinas que he adoptado. 

87. — Para mayor claridad he numerado los puntos esen- 
ciales: 

I) En el siglo XV antes de C, poco más o menos, 
aportaron al Panuco un grupo de inmigrantes, procedentes 
del Antiguo Mundo, probablemente del África occidental 
los cuales habían hecho estación en las Antillas, donde es 
probable se les hayan incorporado unos cuantos caribes, 
raza oriunda de la América del Sur, cuna de la raza ame- 
ricana propiamente dicha. 



132 SANTIAGO I. BARBERENA. 



II) Esos inmigrantes encontraron el país (Méjico) ha- 
bitado por dos razas: la otomi, representante principal de 
la raza primitiva, y la nahoa, inmigrante muy anterior, ori- 
ginaria del Asia y venida por el lado del Pacífico: esas dos 
razas estaban a la sazón en un estado de lamentable atraso, 
casi salvajes. 

III) Los extranjeros llegados al Panuco, que se supone 
se llamaban chañes, y a quienes los nahoas llamaron des- 
pués ulmecas, se aliaron con los habitantes que encontra- 
ron en dicha región y de buen o mal grado pasaron, ya 
unidos, al interior, hasta fijarse en el territorio del actual 
Estado de Morelia, donde fundaron una colonia, o federa- 
ción de las tres razas, la cual ocupaba en dicho territorio 
el célebre Tamoanchán, cuya capital fué la primitiva Tula 
americana de que se tiene noticia, 

IV) La colonia o federación antedicha tuvo una época 
floreciente, durante la cual extendió notablemente sus do- 
minios, dando origen a diversos pueblos, tales como los 
mixtéeos y los zapotecos, 

V) La federación fundada por los ulmecas decayó no- 
tablemente hacia principios (o poco antes) de la era cris- 
tiana, y a la postre se disolvió: los nahoas y ulmecas que 
habían quedado chocaron entre sí- los ulmecas entonces, 
con sus jefes, regresaron al Panuco, acompañados de los 
pocos nahoas que les habían sido fieles, y llegados allí, 
continuaron su marcha para el Sur. 

VI) En las playas de Nonoalco (104) se dividieron: 
los nahoas y una parte de los ulmecas se quedaron, y el 
resto de los ulmecas, con unos pocos nahoas, atravesaron 
las montañas de Chiapas, dejando colonias por el camino, 
llegando el grueso de los expedicionarios al actual territorio 
de Guatemala, donde fundaron las nacionalidades de los 
quichés propiamente dichos. De entonces (hace cerca de 2,000 
años) datan las primeras irrupciones de la familia maya- 



(104) Según el señor Chavero, cuando los nahoas bajaron al Sur, aplicaron a los 
habitantes de esa región el nombre de nonalcas, que significa «mucha gente», y el de 
Onohualco al país en que vivían. Los nonoalcas componían, según él, tres nacionalida- 
des principales: los maya-quichés propiamente dichos, los olmecas y los xicalancas. 
Conforme al sistema del señor Planearte el Nonohualco o Nonoalco u Onohualco primi- 
tivo, estaba cerca del valle de Méjico, ocupado por nahoas que se unieron a los ul- 
mecas cuando éstos llegaron al país; y el Nonoalco de que aquí tratamos, en el Sur, 
fué llamado así en recuerdo de aquel. La corriente migratoria llegó a nuestro territorio 
donde tuvimos también una región nonoalca, a la que pertenecían los pueblos hoy lla- 
mados San Pedro, San Juan y Santiago Nonualco (Departamento de la Paz) y su me- 
trópoli era la ciudad de Tehuacán, cuyas ruinas quedan en el Departamento de San 
Vicente. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA D E EL SALVADOR 133 

quiche en el suelo hoy salvadoreño, y con ellas los yaquis 
(xicalancas y nonoalcas) de sangre nahoa. 

VII) Entre tanto los que se habían quedado en Nonoal- 
co prosiguen su camino y llegan a las bocas del Usuma- 
cinta, donde se fijan los pocos nahoas que iban en la ex- 
pedición (105), en tanto que la corriente ulmeca se bifurca. 
Ambas ramas se reúnen después en Yucatán, donde fundan 
la raza maya, mezclándose con los aborígenes. La llegada 
de la segunda rama es la famosa invasión de los Tutul- 
Xiuh. (106) 

VIII) Los nahoas que se habían quedado en el Tamoan- 
chán, obligados por diversas calamidades, emprendieron su 
regreso al Norte, al país de donde habían venido a Méjico, 
a la Alta California; mas pronto regresaron de nuevo, a 
mediados o fines del siglo VII probablemente. Estos fueron 
los fundadores de la Tula de Hidalgo, capital del reino 
tulteca que duró hasta el siglo XII. 

IX) Otros de esos mismos nahoas, que ya antes ha- 
bían vivido en Culhuacán, regresaron a su antigua morada: 
a este grupo pertenecían los aztecas o mexicas fundadores 
de Tenochitlán. 

X) A raiz de la destrucción del reino tulteca, se veri- 
ficó una nueva dispersión: los tultecas que vinieron a Cen- 
tro-América son los yaquis fundadores del reino de Hueitlato. 

XI) Posteriormente y por diversas causas vinieron a 
estos países, especialmente a lo que hoy es El Salvador, 
grupos, más o menos numerosos, de mexicas y tlaxcalte- 
cas, que tomaron aquí el nombre de pipiles. 

88. — Generalmente se cree que la teocracia de Zamná 
(una o dividida) extendió sus dominios por el Sur hasta 
abarcar Copan y Quiriguá; nada puede asegurarse a ese 
respecto; mas lo más probable es que cuando los yaquis 
bajaron y establecieron el reino de Hueytlato ya existían los 
monumentos de Copan y de Quiriguá, levantados por los 
ulmecas, que vinieron cerca de mil años antes que los ya- 
quis, aquellos al principio de la era cristiana, éstos ya en- 
trado el siglo XII. 

(105) El náhuatl de Tabasco es un dialecto bárbaro y corrompido, a que se da el 
nombre de ahualulco, según dice D. José N. Rovirosa en sus Nombres geográficos del 
Estado de Tabasco. (México 1888). 

(106) El señor Planearte cree que la península de Yucatán estaba despoblada cuan- 
do llegaron esas inmigraciones, y se funda en la unidad de raza, de lengua y de reli- 
gión en todo ese vasto territorio. El argumento es bastante fuerte, y por consiguiente 
la sospecha bien fundada. 



134 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Bastante tiempo tuvieron los ulmecas para cruzarse en 
diversos grados con nuestros amerindas y con los proto-na- 
hoas que precedieron a aquéllos, y formar diversos pueblos 
más o menos diferenciados, aun antes de la llegada de los 
toltecas que vinieron el siglo XII. 

El primitivo núcleo de la rama quiche se estableció al 
principio en Chiapas, de donde bajaron poco a poco hacia 
Guatemala y Honduras, llegando la ola invasora a El Sal- 
vador y mucho más al Sur, hasta las tierras del Ecuador 
y del Perú. En Guatemala, como es bien sabido, estable- 
cieron una nacionalidad extensa y poderosa, que constitu- 
yó desde el punto de vista histórico el Reino Quiche por 
antonomasia. 

Los quichés conservaban, según dicen, la tradición de 
la llegada de los man (o mem), procedentes del N., quienes 
vinieron capitaneados por Tamub e Ylocab, después de la 
destrucción de las ciudades de Palenque y Tula. (107) Esas 
tribus, después de haber estado con «las trece de Tecpán» 
y otros pueblos en el lugar de «las siete cuevas, donde se 
alteraron y diversificaron las lenguas, se fijaron por fin en 
el monte Hacavitz (en la Verapaz), teniendo por jefes a 
Balam-Quitzé, Balam-Agab, Mahucutah e Ig-Balam. Des- 
pués desaparecieron misteriosamente esos caudillos, dejando 
por sucesores a sus tres hijos: Qocabib, hijo del primero 
de ellos; Qoacutée, del segundo, y Qoahau, del tercero, no 
habiendo tenido sucesión el cuarto. 

La leyenda agrega que estos tres príncipes emprendieron 
un largo viaje a Oriente, en busca del gran señor Nacxit (To- 
piltzin-Acxitl, último monarca tolteca, fundador del reino de 
Payaquí), para que éste los invistiera del mando supremo. 

Después, habiéndose multiplicado considerablemente el 
pueblo que esos príncipes regían, tuvieron que dispersarse, 
y uno de los lugares elegidos fué Chi-Quix-Ché (o Quix 
Ché= «muchos árboles» ) donde fundaron la ciudad de Izma- 
chí («cabellera negra»), primer capital de los quichés, cuyas 
ruinas se dice que existen al Sur de Santa Cruz del Quiche. 
Algún tiempo después la corte se trasladó a Cumarcah (o 
Gumarcaah), más conocida con el nombre de Utatlán. 



(107) El P Juarros, con el candor propio de nuestros viejos cronistas, dice que los 
tultecas eran israelitas de los que salvó Moisés, y que por haberse corrompido tuvieron 
que abandonar el país, atravesando el mar, capitaneados por Tamub, y que vinieron a 
fijarse en el lugar de las siete cuevas, a orillas del mar Bermejo, donde fundaron la 
ciudad de Tula. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CO NQUISTA DE EL SALVADOR 135 

La tradición de los cachiqueles, tal como está consignada 
en el memorial de Tecpan-Atitlán, refiere que el hombre fué 
creado en Tulan, situada lejos y al W. de lo que hoy es Gua- 
temala; que de allí vinieron por mar, navegando hacia el E., y 
que llegaron al país de Nonoualcat, donde escogieron por 
jefes a Gagawitz y Zactecauh, quienes, tras varias vicisitu- 
des, condujeron al pueblo cachiquel a su asiento actual. 

Esa tradición parangonada con la de los quichés, ha 
sido parte a que algunos escritores establezcan notable di- 
ferencia entre los quichés y los cachiqueles. «Restos de los 
tultecas, dice el licenciado Batres Jáuregui, fueron los cak- 
chiqueles, mientras que los quichés eran tribu que pobló 
el Quix-Ché (muchos árboles) y después se extendió desde 
el país de los Lacandones hasta el Océano Pacítico, con 
excepción de parte de Izabal y de las costas de Escuintla» 
(Los Indios, p. 21). 

Desde un principio se apoderaron los quichés del 
Xoconochco (Soconuzco), donde, según las leyendas tzenda- 
les, había formado Votan la ciudad de Huehuetá. 

He aquí los límites que ordinariamente se asignan a la 
región quiche: al E. lindaba, Usumacinta de por medio, con 
los mayas peninsulares; al N., con el Golfo de Méjico; al 
W., terminaba en el istmo de Dani-Gui-Bedji, que los 
mexica denominaron «Tehuantepec». y al S., con el Pacífico. 

Por el SW. penetraba el territorio quiche en el Did- 
jazá, llamado por los aztecas «Tzapotepacán», hoy inte- 
grante del Estado de Oajaca, y cuya capital era la ciudad 
de Zaachila. Chavero supone que el territorio quiche llegaba 
hasta Mitla, llamada Xibalbay por los quichés, y Mictlán 
por los aztecas. Del lado del Pacífico estaba el Zaklohpakab, 
del que los mexicas hicieron su Xoconochco, hoy Soconuzco, 
que tenía por metrópoli la ciudad de Mam, o «antepasados», 
nombre traducido al náhuatl «Huehuetlán» o «Huehuetá», 
«lugar de los abuelos». En ese territorio se ha conservado 
la lengua quiche en su forma más arcaica que conocemos, 
el tzendal. (108) 



(108) El tzendal comprende dos dialectos principales: el tzendal propiamente dicho 
del interior de Chiapas, y el mam o zaklohpakab del Soconuzco. Según el ilustre 
chiapaneco D. D. Manuel Larrainzar «la lengua tzendal debe considerarse como la ma- 
dre de todos los dialectos que se hablan, si no en todo el Continente, por lo menos en 
los pueblos de que se componía la expresada provincia ... En toda ella (la provincia 
de los tzendales) se ha hablado y habla la lengua tzendal, o algún dialecto de los que 
más se le parecen, lo cual induce a creer fundadamente que el idioma de los primitivos 
habitantes del Palenque fué el tzendal». (Estudio sobre la Hisioria de América). 



136 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Túmbala quedaba en la frontera maya -quiche, y el país 
de los Tucurub (buhos) separaba a los lacandones y los 
quichés. 

La costa de Tabasco se denominó Potonchán, y la 
parte sudoste de la península maya, contigua al mar, se 
llamó Champotón. 

Ahora bien, a la venida de los españoles el núcleo de 
los quichés estaba reducido a casi sólo una parte de Gua- 
temala, ya sea a consecuencia de las invasiones toltecas, ya 
sea porque de la mezcla de éstos con los antiguos pobla- 
dores de la región quiche hayan salido nuevas nacionalida- 
des, que es lo más probable, tales como los tzotziles, los 
cachiqueles, los tzutuhiles, & &, que a pesar del cruzamiento, 
continuaron hablando un quiche más o menos puro, más o 
menos adulterado por el náhuatl de los toltecas o yaquis. 

En el país en que se constituyó la federación del Ta- 
moanchán se hablaban tres idiomas principales: el otomí, el 
náhuatl, y el chan o ulmeca, correspondientes respectiva- 
mente a los pueblos confederados, y como los nahoas se 
asimilaron la cultura de los ulmecas, su lengua se enrique- 
ció con multitud de vocablos de origen ulmeca, según lo he 
patentizado repetidas veces. Así es que el náhuatl, o tol- 
teca o mejicano que conocemos se deriva directamente 
del idioma de los antiguos nahoas, que vinieron de la Al- 
ta California, pero se enriqueció y pulió notablemente a 
influjo del ulmeca o maya-quiché. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 137 



CAPITULO QUINTO. 
La cultura ulmeca y su influencia civilizadora. 



89. — Hemos aceptado como lo más probable que las 
invasiones nahoas se verificaron mucho antes que la de los 
ulmecas; pero que la cultura de éstos era mucho más an 
tigua que la de aquéllos. 

Me complace que M. Squier, lo haya reconocido así, 
y hasta comprendió que del Panuco había subido al valle 
de Méjico la corriente civilizadora: «En la época del des- 
cubrimiento, dice, se encontró una colonia o fragmento de 
la primitiva rama, que bajo el nombre de quichés, cachi- 
queles, tzendales, mayas etc„ ocuparon casi todo lo que 
ahora es el Estado de Guatemala, Chiapas y Yucatán, es- 
tablecida en el río Panuco. Tenían el nombre de huestecas, 
y de ellos salieron aquellos hombres benéficos que llevaron 
las artes de civilización y los elementos de una media re- 
ligión, a aquellas regiones donde los acolhuas y aztecas, o 
nahuales, formaron el célebre imperio de Méjico». (109) 

De la supremacía intelectual de los ulmecas o maya- 
quichés han deducido algunos que éstos son más antiguos 
que aquéllos en América, lo cual es, como dijimos ya, cosa 
muy distinta, y otros han llegado a la inadmisible exagera- 
ción de que la región maya-quiché fué la cuna de la civi- 
lización humana. 

Nadie me aventaja en afecto y sincera admiración por 
los chañes y por su preciosa lengua, que, según Pi y Mar- 
gall, aventaja a la española en riqueza de expresiones y 

(109) Op. laúd., p. 317. En la época de la conquista la tribu de los huextecas, des- 
cendientes de los ulmecas, estaba completamente degenerada por el vicio de la embria- 
guez. 



138 SANTIAGO I. BARBERENA. 



energía de los conceptos, que es mucho decir; mas no por 
eso me afilio a la escuela del abate Brasseur, apóstol de la 
inconsulta teoría que reconoce como maestra primera del 
género humano a la raza maya-quiehé. 

Durante los muchos años que duró la federación del 
Tamoanchán, los ulmecas o chañes, que traían una cultura 
relativamente avanzada, trasmitieron ésta a sus aliados de 
la raza nahoa, quienes se la asimilaron más o menos, se- 
gún la mayor o menor intimidad de las relaciones que los 
diversos grupos de nahoas, integrantes de la federación, te- 
nían ordinariamente con los ulmecas. Los otomíes, sea por 
falta de aptitudes o por haber vivido más aislados que los 
nahoas, progresaron mucho menos que los nahoas. 

Tal es el origen de la tan ponderada cultura tolteca, v 
así se explica que la lengua náhuatl cuente con incontables 
palabras de origen maya-quiché. (110) 

Tengo la satisfacción de haber contribuido a establecer 
el origen quiche de muchos vocablos nahoas; más aún: a 
patentizar la maravillosa aptitud del quiche para explicar 
la genuina significación de las palabras de otras muchas 
lenguas, del Antiguo y del Nuevo Mundo. Así lo han reco- 
nocido varios apreciables- filólogos, entre otros el ilustre 
quichuista ecuatoriano D. Luis Cordero, y el docto nahua- 
tlista español D. Juan F. Ferraz, que por muchos años ha 
residido en Centro -América. Dice este escritor en su Sínte- 
sis de constructiva gramatical de la lengua quiche (San José 
de C. R., 1902): «La obra Quicheísmos del notable salvado- 
reño doctor don Santiago 1. Barberena, me hizo precipitar- 
me en el plan preconcebido de mis estudios sobre lenguas 
americanas, y ya en posesión del Ms. (cierto curioso docu- 
mento por él encontrado) que a continuación voy a dar a 
luz, me propuse ver en qué se fundaba aquel sabio para 



(110) No pocos filólogos, por una lamentable confusión de los hechos, han tirado 
de la manta en sentido contrario: he aquí como se expresa el señor don José N. Rovi- 
rosa en sus Nombres geográficos del Estado de Tabasco: «Una de las muchas reflexio- 
nes que asaltan al filólogo, y que cuanto más se medita en ella, tanto más reviste la 
forma de insoluole problema, consiste en tropezar con la monarquía kiché, de origen 
tolteca, según hemos visto, hablando un idioma sin analogía alguna con los de proce- 
dencia nahoa. Si los antiguos moradores de Tollán, después de apoderarse de una parte 
del territorio de la América Central, sin rival alguno que se los disputase, abandonaron 
su propio idioma y adoptaron el de algunas de las tribus sojuzgadas, ésto ni es verosí- 
mil, ni lo dicen las crónicas, ni de ello nos presenta ejemplos la historia de ningún 
pueblo. Preciso es admitir, como consecuencia, que por efecto de una evolución, en 
perfecta armonía con la ley del progreso que preside a las sociedades, la lengua kiché 
í-.lcanzó mayor preponderancia que la del pueblo conquistador, no quedando de la na- 
hoa sino algunos nombres como indicios inequívocos de su existencia sn aquellas co- 
marcas». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 139 

derivar, las palabras más conocidas como de otro origen, 
de la lengua utlateca». Agradezco muchísimo los inmereci- 
dos epítetos que me aplica el muy entendido y laborioso 
señor Ferraz; mas no acepto, ni con mucho, su peregrina 
aseveración de que el quiche es un idioma artificial, «el 
volapuk americano». 

Desde luego se comprende que el quiche que conoce- 
mos, el del Popol-Vuh y del Rabinal-Achi, no es el idioma 
que hablaban los ulmecas cuando arribaron al Panuco, ha- 
ce más de treinta siglos; pero sí un remoto y legítimo des- 
cendiente en línea recta de aquel idioma. 

El abate Brasseur, que, como he manifestado ya, a pe- 
sar de sus fantásticas doctrinas etnográficas y de sus exa- 
geradas apreciaciones históricas, prestó inapreciables servi- 
cios al americanismo, especialmente desde el punto de vis- 
ta filológico, y que sin duda alguna era un lingüista nota- 
ble, gran conocedor del quiche, dice en la introducción de 
su Gramática de esa lengua: «el origen de gran número de 
palabras, pertenecientes a las lenguas indo -europeas, origen 
a menudo muy difícil de descubrir netamente en los idio- 
mas de la India y de la Germania, se encuentra de la ma- 
nera más clara y precisa en los monosílabos radicales del 
quiche y de sus dialectos...» 

Eso sólo bastaría para reconocer que los chañes o ul- 
mecas llegados al Panuco, no eran una horda de salvajes 
africanos, a quienes las corrientes del mar o los caprichos 
del viento asignaron ese destino. 

90. — La larga duración de la colonia federal del Ta- 
moanchán fué más que suficiente para que se formara una 
mitología, cuyas bases debemos atribuir a los más cultos, 
los ulmecas, y que durante muchos años ha de haber sido 
común a todos los confederados; mas durante los varios 
siglos transcurridos desde la disolución de esa colonia federal 
hasta la conquista, es muy natural que cada pueblo, evoluciona- 
ndo por separado, haya adulterado y ampliado esa mitología, 
conforme a su carácter, cultura, lengua y circunstancias. 

En cuanto a los otomíes más bien puede decirse que 
olvidaron después de la disolución lo poco que pudo ha- 
bérseles comunicado en cuanto a creencias religiosas. 

Así se explica la notable similitud deciertasleyendas nahoas 
con las maya- quichés, y el que difieran en muchos detalles. 

El señor Planearte sospecha, fundado en muy atendi- 
bles argumentos, que la corrección del calendario, general- 



140 SANTIAGO I. BARBERENA. 



mente atribuida a los toltecas, se verificó en el Tamoanchán 
en la época de la federación. Es probable que las bases 
fundamentales o conocimientos astronómicos necesarios para 
arreglar el cómputo del tiempo hayan sido traídos por los 
ulmecas (111); que esos conocimientos hayan sido amplia- 
dos mediante observaciones directas practicadas durante 
muchos años en el Tamoanchán, y que allí se haya imagi- 
nado el sistema cronológico que sirve de base común a 
los calendarios nahoas y maya -quichés, los cuales sólo 
difieren en ciertos detalles, que han de haber sido introdu- 
cidos en el respectivo calendario después de disuelta la fede- 
ración. 

91. — Una de las más importantes y expresivas mani- 
festaciones de la civilización del Sur es su escritura, que 
precisamente por haber alcanzado una forma muy simplifi- 
cada o reducida, que pudiéramos llamar demótica, cuyo se- 
creto se perdió, no tanto por incuria de los conquistadores 
cuanto por fanático espíritu de destrucción, de parte de al- 
gunos de ellos, hoy son letra muerta los códices e inscrip- 
ciones Katúnicos. 

Fray Diego de Landa, tercer obispo de Yucatán, dice 
en su citada Relación: " Usaban también esta gente de 
ciertos caracteres o letras, con los cuales escribían en sus 
libros sus cosas antiguas y sus ciencias, y con ellas y figu- 
ras, y algunas señales en las figuras entendían sus cosas 
y las daban a entender y enseñaban. Hallárnosles grande 
número de libros destas sus letras, y porque no tenían co- 
sa en que no hubiese superstición y falsedades del demonio 
se les quemaron todos, lo cual a maravilla sentían y les 
daba pena". 

Landa, como es sabido, formó un a, b, c (como él dice) 
de los caracteres mayas, que ha sido de mucha utilidad. (112) 



(111) El señor Planearte opina que el año que trajeron los ulmecas era de 365 
días, repartidos en 12 meses, y se funda en un pasaje del P. Landa (Relación de las 
cosas de Yucatán, edic. de Brasseur, p. 202) en que éste dice que los yucatecos, que eran 
descendientes directos de los ulmecas, "tenían un año perfecto como el nuestro, de 365 
días y 6 horas". Y que por consiguiente, el sistema de 18 meses, de 20 días cada uno, 
más 5 días nemontemi fué ideado por acá. 

(112) The passage relating to the alphabet is very vague, unsatisfactory and 
perhaps fragmentary. (Bancroft, Native Races of North America, t. II, p. 777) 

De muy distinta opinión es el historiador yucateco D. Eligió Ancona, quien en su 
Hist. de Yucatán (t. I p. 119, de la edic. de Barcelona, 1889, afirma que "por incomple- 
to, por inexacto que sea el alfabeto conservado por Landa, siempre será un poderoso 
auxiliar para el estudio de las antigüedades americanas" Los doctores Valentini y Seler 
pretendieron probar que el tal alfabeto es una superchería; mas el ilustre americanista 
Daniel Brinton demostró que no puede reputarse como tal. 



HIS TORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUIST A DE EL SALVADOR 141 

M. León de Rosny, autor de un notabilísimo Essai sur le 
déchiffrement del écriture hiératique de VAmerique Céntrale (Pa- 
rís, 1876) dice en su traducción del Códice Cortesiano, publica- 
da en 1883: "La existencia de una literatura original en los 
pueblos de América, anteriormente al descubrimiento de Cris- 
tóbal Colón, es una revelación reciente de la erudición 

contemporánea No es ya posible negar hoy, que al 

menos en Yucatán y en ciertas partes de la región ístmica, 
se ha sabido leer, componer inscripciones y poseído verdade- 
ros libros ". 

Y el señor D. Manuel Orozco y Berra, juez competen- 
tísimo en la materia, reconoce en su Hist. Antigua y de la 
Conquista (t. I, p. 534-5) la superioridad de los maya -quichés 
sobre los toltecas a este respecto: "Los toltecas, dice, des- 
de una época primitiva substituyeron las cuerdas con sig- 
nos figurativos, semejantes a los de los chinos, y los pue- 
blos que en su ciencia se abrevaron pasaron a los signos 
simbólicos y sin estancarse en los ideográficos, hacían es- 
fuerzos por salir de los fonéticos. Este último paso lo habían 
ya dado pueblos de origen extraño a los mexica y muy 
más antiguos, los cuales, al contacto de una civilización 
de origen desconocido, se habían remontado al alfabe- 
tismo ". 

Lo que si creo es que el alfabeto de Landa es insufi- 
ciente. Rosny dice a ese respecto: "Landa nos da el valor 
de 71 signos (20 para los días, 18 para los meses y 33 pa- 
ra el alfabeto): el examen atento de los textos hieráticos 
me ha señalado más de 700 signos diferentes, de donde re- 
sulta que las nueve décimas partes de los caracteres hie- 
ráticos mayas permanecen ante el mundo sabio en el esta- 
do de profundo y desalentador enigma." El profesor Hol- 
den contó hasta 1,500 jeroglíficos diferentes. 

Y Cyrus Thomas, el viejo y docto americanista del 
Museo Smithsoniano, ha consagrado dos notables trabajos 
al estudio de esos caracteres: A study of the manuscript 
Troano y Day symbols of the maya year, y en su concep- 
to los caracteres mayas son " en cierto modo fonéticos, mas 
no son rigurosamente alfabéticos, sino silábicos. 

También el arqueólogo mejicano José Ignacio Borun- 
da (1740-1800) descubrió otra clave para descifrar esos 
jeroglíficos: mas el manuscrito en que exponía su sistema 
se ha perdido y lo poco que se conoce a ese respecto no 
revela que el señor Borunda haya dado en el hito. 



142 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Otros muchos eruditos se han empeñado en la tarea 
de descubrir el valor de esos signos (113); uno de los más 
curiosos ensayos que conozco es el del polígrafo español 
don Mario Roso de Luna, titulado La ciencia hierática de 
los mayas (Madrid, 1911), en el que trata ese señor (ape- 
nas puede creerse!) de interpretar ciertos caracteres óg- 
micos por medio de la teoría matemática de las determi- 
nantes, que es genuinamente moderna. 

Preciso es confesar que tout ce que l'on a pu déchiffrer 
jusqu' á ce jour des inscriptions de l Amérique Céntrale, con- 
siste en signes servant á la computation du temps, como di- 
ce Beuchat. Las inscripciones de ese género son numerosas 
y su interpretación bastante satisfactoria; mas han sido 
ineficaces para establecer la cronología respectiva, mediante 
una concordancia fidedigna con nuestro calendario, debido 
a que las fechas están computadas en ciclos, a partir de 
un origen que no ha sido posible fijar (1Í4). 

Con todo podemos decir, y eso es lo que para el ca- 
so importa, que los maya -quichés, descendientes directos 
de los ulmecas, tenían ya un sistema de escritura muy su- 
perior a los medios gráficos y pictóricos de que se valían 
los demás pueblos cultos americanos para trasmitir a la 
posteridad sus hechos y sus ideas. 

92. — Examinando las construcciones de los maya -qui- 
chés se comprende que fueron concebidas con arreglo a un 
plan armónico, sujeto a modelos fijos y a bases sai generis, 
de especial gusto. En presencia de las pilastras ciclópeas 
de Aké, de las columnatas de Chichén, de las bóvedas de 
Uxmal, del arco de triunfo de Kabah, de los templos de 
Palenque y de Tikal, de los monolitos de Copan y de Qui- 
riguá y de otros muchos restos notabilísimos que por do- 
quier se encuentran en la región del Sur, no se puede me- 
nos que reconocer que los maya -quichés conocían la ar- 
quitectura y ciencias auxiliares, tales como la Geometría, 
la Estereotomía y la Mecánica, lo mismo que la Escultura 
y el Arte pictórico. 

(113). La nómina es muy extensa; entre tantos merecen mencionarse, aunque sea 
en esta nota, los americanistas W. Bollaert, Charencey Raynaud, Le Plongeon, Fors- 
temann, Cresson, Brinton. & &. En la ya citada tesis de M. H. J. Spinden se encuen- 
tran también muy buenos datos sobre el particular. 

(114). If it were possible to connect with certainty the date 4 Ahau 8 Cumhut 
from wich all these other dates are counted, with our own chronology, we could easily 
reach a clear knowledge of the dates on wich these monuments were erected and these 
inscriptions were carved (Bowditch, A suggestive maya inscriptions, 1903, p. 3.) 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 143 

Los monumentos del país de los Incas son muy infe- 
riores a los maya -quichés, según la opinión de entendidos 
arqueólogos. John W. Harsberger en su ya citado trabajo 
dice: "Las muestras de arqueología y de arquitectura indi- 
can un grado más elevado de civilización en los Mayas 
que en los Peruanos, pues las figuras esculpidas y las ins- 
cripciones jeroglíficas son muy superiores a todo lo que 
han producido las tribus semi- civilizadas déla América del 
Sur." Y después añade: "De todas las razas del Continen- 
te de la América del Norte los Mayas fueron los más an- 
tiguos en civilización. Copan, Palenque, y Uxmal fueron 
construidos por ellos, y los restos arquitectónicos de un 
orden elevado indican una larga evolución procedente de 
formas más primitivas." 

Hoy debe considerarse como una aseveración gratuita 
la de que los monumentos maya -quichés son ioltecas (en 
el sentido que ordinariamente se da a este vocablo), levan- 
tados después de la invasión de éstos en la región del Sur; 
todo lo contrario, hoy se tiene por cierto (y ya M. Gagnon 
lo dijo en la página 324 de su libro sobre L'Amérique pré- 
colombiné) que las pirámides de Teotihuacán y de Cholula 
son obra de los ulmecas, y que después los toltecas las 
hicieron ciudades santas, centros populosos. 

Los maya -quichés labraban con toda perfección la pie- 
dra pulida, hacían preciosos trabajos de oro y cobre, y se 
servían de las esmeraldas y del cristal de roca para sus 
joyas. En sus construcciones no emplearon el adobe, co- 
mo los nahoas, sino piedras primorosamente esculpidas, y 
la bóveda triangular, en vez del techo de vigas y del sim- 
ple terrado. Sus primitivos terraplenes (el ku de los mayas, 
que los nahoas llamaron tlatelli) se convirtieron en altas y A 
hermosas pirámides (homul en maya; zacuallí, en náhuatl), 
que a la vez servían de templos para sus dioses y de ciu- 
dades para sus guerreros. Sus obras arquitectónicas se dis- 
tinguen por su rica ornamentación y bellísimas columnas, 
todo de un estilo original, bizarro y grandioso. En el circus 
maximus de Copan la escultura alcanzó admirables proporcio- 
nes, lo mismo que el alto relieve y la ornamentación prolija. 

Y vaya si hay material en la región del Sur para que 
se entretengan los arqueólogos! El señor Pérez Verdía cuen- 
ta "cuarenta y cuatro ruinas de edificios de cantería primo- 
rosamente labrada, entre las que descuellan las de Uxmal 
y Tchichén-Ytza, que acreditan su grandeza y magnificencia". 



144 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Esos monumentos, como es natural no pertenecen todos 
a la misma época. Según M. Biart, las ruinas de Yztamal 
(o Ytzamal) con sus pirámides; las de Uxmal (que Orozco 
consideraba como producto de la edad de oro del arte ma- 
ya-quiché) y los edificios de estilo decadente de Mayapán, 
representan respectivamente tres épocas del todo distintas; 
sin embargo, según observa el mismo M. Biart, todo en 
esos monumentos revela que son obra de una misma raza, 
e inspirados por idénticas tradiciones de arte y de civiliza- 
ción. M. Charnay se equivocó lamentablemente al atribuir 
esas obras a los toltecas. 

Tampoco todos los pueblos de estirpe ulmeca alcanza- 
ron el mismo grado de perfección en sus obras: los arqui- 
tectos y escultores de Comacalco Palenque, Quiriguá y 
Copan, lo mismo que los de Chichén-Ytzá, Uxmal y Zayé, 
tuvieron mejores maestros que los de Mitla, Monte Albán, 
Papantla y Mizantla, como oportunamente advierte el señor 
Planearte. 

En la región quiche propiamente dicha (Chiapas y Gua- 
temala) y que es la que más de cerca nos toca, las princi- 
pales ciudades, además de Palenque, eran Amoxtón o Aco- 
la, Zotzlem, denominada por los nahoas Tzinacatlán; Chamhó, 
llamada después Chamula; Balum-Canan o " las nueve es- 
trellas", llamada hoy Comitán; Alanchén, Zaculeu o Hue- 
huetenanco (115); Iaxbité, o "bosque verde", la segunda 
después de Nachán, llamada hoy Ocotzingo; Cancoh, que es 
la actual cabecera de Chiapas, o sea San Cristóbal, y Cu- 
maacaah o Gumarcaah, la principal ciudad del Yximché, 
llamada Utatlán, por los mexica y de la cual dice la le- 
yenda quiche: 

Utatlán ti zaquir pa nuleu jeri 
Ri quij pa nicah quih. 
"Utatlán luce en la Tierra 
Como el Sol a mediodía." 

93. — Mi excelente amigo el profesor C. Sapper ha he- 
cho una clasificación metódica y completa de los monu- 
mentos maya-quichés, con su correspondiente mapa, por 
estilos, tipos y subtipos perfectamente especificados: 

(115) Según el muy erudito escritor guatemalteco don Adrián Recinos, autor de 
una interesante Monografía del departamento de Huehuetenango el nombre primitivo de 
la ciudad de este nombre fué Chinabajul , después fué denominado Zaculeu, y por úl- 
timo Huehuetenango. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 145 

1 er tipo. — Estilo de Verapaz. — Las aglomeraciones son 
pequeñas; las construcciones orientadas según los puntos 
cardinales; escaso empleo de la mezcla. 

2? tipo. — Estilo de las tribus que habitan en las mon- 
tañas (Quichés, Mames, &. &.) Las aglomeraciones son 
densas; se reconoce la existencia de edificios en forma 
de H. 

Subtipos: a) Estilo tzental. Las construciones no están 
orientadas según los puntos cardinales; no se ha empleado 
la mezcla. 

b) Estilo mame. Las construcciones no están orientadas; 
las piedras están unidas por medio de la mezcla. 

c) Esiilo quiche. Las construcciones orientadas; empleo 
de la mezcla. 

3 er - tipo. Estilo de los pueblos que habitan las llanuras. 
Muros de piedras enlazadas con la mezcla. Construcciones 
orientadas; piezas interiores. 

I. Estilo maya: pirámides de pendiente rápida, muy ele- 
vadas; dinteles de las puertas hechos con madera de za- 
pote. 

Subtipos, a) Estilo del Peten. Las habitaciones muy 
unidas; abundancia de terrazas. Fortificaciones. Empleo de 
la mezcla. Casas muy decoradas. 

b) Estilo del S. de Yucatán. Las habitaciones más es- 
paciadas; muros de piedras grandes y muy bien labradas. 

c) Estilo del N. de Yucatán. Las habitaciones separa- 
das. Los muros de las casas son con frecuencia de piedras 
ricamente adornadas con esculturas. 

II. Estilo Chol. Los dinteles de las puertas están hechos 
de piedra canteada. La ornamentación del almohadillado es 
de estuco y con tabletas con bajo relieves y jeroglíficos. 

III. Estilo Chortí. Las pirámides son más abundantes 
que en el resto de la región; muchas terrazas; en Copan 
hay una pirámide de pendiente abrupta. 

Los monumentos maya- quiche eran generalmente poco 
elevados y muy largos. La disposición interior difería, no 
sólo conforme a los diversos estilos, sino también según el 
objeto del edificio. Lo corriente era que los palacios tuvie- 
sen muchos corredores estrechos y separados por muros de 
enorme espesor. El cielo raso délas piezas era trapezoidal; 
la bóveda era de salidizo y con grandes baldosas planas. 
A las veces el techo sostenía una galería vertical, poco grue- 
sa agujereada o esculpida. 

— 10 — 



146 SANTIAGO I. BARBERENA. 



94. — El principal cultivo de los maya-quichés era el 
maíz (116), de mejor calidad en el país de los votánides 
que en la península que gobernó Zamná. El maíz, como es 
notorio, es por antonomacia el grano de los aborígenes del 
Nuevo Mundo. 

Sin meterme a discutir el origen de esa planta, cuya 
cuna fué Nicaragua, según el naturalista De Candolle, nos 
concretamos a recordar que en el Popol-Vuh consta una 
curiosa leyenda relativa al hallazgo del maíz en Paxil y Ca- 
yalá, de donde fué traído por cuatro animales: un yac (tlal- 
coyote o taltusa), un utu (coyote o lobo americano) un qel 
(cotorra o loro) y un hoh (cuervo) (117). Es un curioso do- 
cumento que tradujo don Francisco del Paso y Troncoso, 
y publicó con el título de Leyenda de los Soles (Florencia, 
1903) consta la tradición nahoa correspondiente, según la 
cual el maíz fué descubierto por una cuatalata u hormiga 
colorada, la que comunicó a Quetzalcoatl el secreto, y éste, 
transformado en hormiga negra, fué a traerlo y lo llevó al 
Tamoanchan (118). 

En muchos monumentos está representado el «Dios- 
Maíz», como detalladamente lo explica el señor Spinden en 
su ya citada obra. 

Los maya-quichés cultivaban también el frijol, la yuca, 
el camote, el añil, la vainilla, la goma copal, la goma elás- 
tica, el cacao, el algodón, el tabaco, el henequén, etc. etc. 
He aquí los nombres quichés de algunos de los vegetales 
cultivados o utilizados por los votánides: bob = algodón, ic 
= chile, ichah = toda yerba comestible, met o ziq = tabaco, 
/7Zí/c/z = chipilín, pilouh = frijol, pom = copal, tzer = bledo, 
tzim = yuca, 

Fabricaban armas e instrumentos de cobre y preciosos 
adornos de oro y plata; hilaban y tejían el algodón. Sus 



(116) En lengua maya: maíz = /xi'/n, m. molido = zacab, m. desgranado = ox. pan 
de maiz, tortilla = pacach, pastel de maíz = cuum, harina de m. para las ceremonias re- 
ligiosas = chahal-té, contar granos de m. para brujerías = Iximah. 

En quiche: cor = masa de maíz, leh = tortilla de m., mux = granos de maíz que 
se echan enteros en el atol, apen = agua con que rocían el niztamal, pixtun = tortilla 
gruesa, pusul = bebida refrescante hecha con m., izo = masa de m., va = tortilla, co- 
mida, bozc = mazorca de m., podrido en la caña, nal = maíz y también mazorca de m. 
seco, hoc = hoja de maíz seca; «tusa», mal = mazorca podrida, pie = holote; pile o 
piley = espiga de m. tierno desollado, pokon mazorca de m. sin hojas, por = cierta 
clase de m. 

(117) Según las leyendas de los cachiquiles el hallazgo fué en Paxil, y los invento- 
res fueron solamente dos: el coyote y el cuervo. 

(118) El señor Planearte cree que se trata del teocinte o maíz silvestre (Eucklaena 
luxurians). 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 147 

tejidos eran de hermoso aspecto y de notable resistencia. 
Con las fibras del henequén hacían papel, redes, hamacas y 
otros varios tejidos, que todavía se usan en el país. 

La bebida predilecta de los mayas era la espumosa 
zaca, de cacao y de maíz; los quichés usaban de preferencia la 
«chicha», a la que llamaban qui o quiy, que según los días 
que cuenta, es un simple refresco o un licor embriagante. 

95. — Varios historiadores han atribuido a los maya- 
quichés la más grosera zoolatría, y se ha admitido esta cir- 
cunstancia como prueba evidente del origen egipcio de ellos, 
pues es bien sabido que en el valle del Nilo se tributaba 
culto a los principales representantes de la fauna de aquel 
país, y se ha admitido también como prueba de un lamenta- 
ble atraso moral de los maya-quichés. Desde luego pudiera 
darse la misma disculpa, respecto a la zoolatría maya-qui- 
ché, que dieron Herodoto y Cicerón, respecto a la de los 
egipcios: que no era más que una natural expresión de gra- 
titud hacia ciertos animales eminentemente útiles; Ipsi qui 
irridentur JEgyplii, dice Cicerón, nullam belluam nisiob aliquam 
utilitaiem consecraverunt, velut ibes maximam vin serpentium 
conficium. Posso de ichneumonum utilitate, de crocodilorum de 
felium dicere; sed nolo esse longior (De Nat. Deor., lib. I) (119). 

Yo creo muy probable que la religión que trajeron los 
chañes ha de haber estado fuertemente inficionada de zoolatría; 
mas con el curso de los siglos sus ideas religiosas se fueron 
transformando, de manera que en la época de la conquista 
tenían una teogonia antropomórfica, con culto organizado. 

Hasta entre los lacandones, que hablan la pura lengua 
maya y que aun están en estado de barbarie, viviendo en 
los bosques en clanes totémicos (yoneu), se ha reconocido 
la creencia en un Dios Superior, creador, conservador y be- 
nefactor del mundo, Nohochaeyum, hijo de dos flores: la 
chacnicte o «flor de la cruz colorada» (Plumería rubra) y la 
xacnite (P. alba). 

Entre las deidades mayas ocupan lugar preeminente los 
cuatro Bacabs, dioses de los puntos cardinales y de los 
días iniciales del año. 



(1 19) Las más engolletadas y esquilimosas deidades del Olimpo greco-romano no tuvie- 
ron empacho en convertirse en animales cuando les convenía: la casta Diana se disfrazó 
de gata; fele sora Phaebi; Baco tomó la figura de un macho cabrío, proles semelia capra; 
Juno se convirtió en una vaca, nivea Saturnia vacca; Venus se ocultó entre las escamas 
de un pez, pisci Venus latuit; Mercurio se metamorfoseó en ibis, Cillentus ibidis alii; 
Júpiter tomó la forma de un cisne para fecundar a Leda, y la de un toro para robarse 
a Europa. 



148 SANTIAGO I. BARBERENA. 



La zoolatría primitiva de los maya-quichés explica el 
por qué tantos pueblos de esa familia se dieron nombres 
de animales; tales como los tucurub o «buhos»; los cachi- 
queles que se apellidaban zog, o «murciélagos»; los quele- 
nes, o «papagayos; los balames, o «tigres»; los que fies, o 
«venados», &. &. 

Sus fiestas eran numerosas y se preparaban a ellas con 
ayunos. En su ceremonial religioso entraban, como es de 
rigor, las danzas, y la orgía era el remate de todas las so- 
lemnidades religiosas. 

Los quichés llegaron a una concepción bastante eleva- 
da de la causa primera, a la que designaban con el nom- 
bre de Qabauil, según el siguiente texto del libro sagrado 
de los votánides: Quechecut xax qo-vi ri-cah, qo naipuch u 
Qux cah; ara u bi ri Qabauil, el? u chaxic. Es decir: «He 
aquí como existe el cielo, como también existe el corazón 
del cielo; tal es el nombre de Dios, así se llama». 

Fuentes y Guzmán, que no conocía el Popol-Vuh, dice 
que el nombre que los Quichés daban a Dios era Exbalan- 
quén. Hablando de las creencias religiosas de los indios, 
dice: «Pero a la verdad tuvieron uno, que era como el Dios 
común al culto general de estos indios de Guatemala, que 
llamaban Exbalanquén, que, según sentir de las más emi- 
nentes lenguas, quiere decir esta palabra Dios». 

Xbalanqué y Hunahpu, hijos de la joven Xquiq, son los 
héroes de una de las más interesantes leyendas del Popol- 
Vuh. Según Brasseur simbolizan la revuelta de los nahoas 
contra Xibalba. Al primero de ellos atribuían la introduc- 
ción de los sacrificios humanos, en Copan, a donde Xbalan- 
qué se retiró, según cuenta Brasseur. (120) 

Ahora bien, la concepción quiche respecto a la causa 
primera, no era monoteista, sino de un dualismo singular, 
que recuerda el doble de los egipcios. 

Para justificar la anterior aserción basta analizar eJ voca- 
blo Qabauil, compuesto de tres raíces quichés: 

cab= «dos;» 

au = «collar», por «señor», é 

il = «grande», y también «cuidar, guardar». 



(120) Según Brasseur (Introd. al Popol-Vuh, p. CCLVI) Copan fué fundado po r 
Balam, guerrero feroz, que vino por el Peten-Itzá, unos quince siglos antes de la con- 
quista española. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 149 

Así es que Qabauil equivale a «los dos grandes seño- 
res», o bien «los dos señores que cuidan» o que «están 
guardados u ocultos». 

El empleo de au por «Señor» es corriente en lengua 
quiche; así, por ejemplo, auaz, que según el vocabulario 
del abate Brasseur significa «cosa santa», es decir deidad, 
y por extensión «mandato, precepto», se compone de au= 
«Señor», y de atz, raíz de atza = «mucho, grande»; quiere, 
pues, decir: «cosa que emana o propia de un gran señor». 
Ajau, «el mandatario, el gobernante», significa «el dueño del 
collar». 

Ese dualismo, probablemente importado por los ulme- 
cas, se descubre de lleno en la lengua y teogonia de los 
nahoas. En náhuatl «dos» se dice orne. Éste vocablo se de- 
riba del quiche omey= «viejo, anciano,» y dieron los nahoas 
ese nombre al número «dos», porque sus dioses, a imitación 
de los de los chañes, eran dobles. 

Este dualismo nahoa, dice el licenciado Chavero, se ex- 
tiende a dar a cada dios casi siempre una diosa, para for- 
mar el par. Los dioses mejicanos no eran, a la verdad, tan 
inverecundos y prostituidos como los de la mitología clási- 
ca, cada uno de los cuales contaba con inumerables bordionas, 
y cada diosa con centenares de maridos, por lo cual pregunta 
el ocurrente Propercio: Quae dea cum solo vivere sola deo? 

Los nahoas llamaban Ometecuhtli» o «Dos señores» al 
Creador, y lo colocaban en lo más alto del cielo, en el Ome- 
yocan, o «dos lugares». (121). 

El estudio atento de las leyendas quichés, sugiere la 
idea de que entre los votánides se rendía culto a las fuer- 
zas de la naturaleza, representadas por las deidades que 
designaban ellos con el nombre colectivo Hurakán; por Ca- 
brakán, dios de los terremotos; por Chirakán, o «el gran cráter», 
la diosa Tierra, a la que se dio ese nombre aludiendo a las 
espantosas manifestaciones plutónicas de que eran teatro es- 



(121) El cielo se denominaba cah en quiche: esta palabra cah es contracción de dos 
raices: caÁ=dos, e i/2=cáscara; por tanto ca - ih=caih significa «dos cascaras, envolturas 
o esferas. «Podemos por consiguiente decir que el ah- raxa-tzel o «gran cajete hermoso» 
como llama también al cielo el Popol-Vuh, se componía, según las creencias de los quichés, 
de dos cascaras, que son los «dos lugares» del Omeyocan de los nahoas. El término me- 
jicano teotI=d\os, si es independiente de ese dualismo, pues alude a otra leyenda quiche. 
Se deriva de te, vocablo arcaico, conservado por el cachiquel, con la significación de «ma- 
dre» y por extensión «potencia creadora», y de otot, los frijoles colorados del palo de pito 
(Erythrina corallodendron), llamados tzites en quiche, de los cuales fué hecho el hombre, 
y la mujer de Zibak, que es la médula de una especie de espadaña. (Popol-Vuh, la. par- 
te, cap. III.) 



150 SANTIAGO I. BARBERENA. 



tos países en aquellos remotos tiempos, y por otros muchos 
dioses que sería prolijo enumerar aquí. 

El fanatismo religioso de los mayas se descubre en el 
nombre que daban a sus sacerdotes, a los que llamaban 
ahkin, derivado del verbo Kinyah— «echar suertes», porque les 
atribuían la facultad de adivinar el porvenir y de ejecutar 
una multitud de actos maravillosos. 

Por más que algunos cronistas hayan querido encontrar 
reminiscencias cristianas en los monumentos y ritos de los ma- 
ya-quichés, la crítica ha declarado utópicas todas esas teo- 
rías: la Cruz de Palenque de que ya hemos hecho mención, 
no es más, según respetables opiniones, que un símbolo re- 
lacionado con el culto del phallus, y el famoso caputzihil 
que se pretendía que es un remedo del bautismo cristiano, 
no pasaba, según el señor Chavero, de ser una ceremonia 
alegórica del advenimiento de la pubertad, et sic de ceteris. 

96. — Es un hecho notorio que los maya-quichés tenían 
la abominable costumbre de hacer cruentos sacrificios huma- 
nos en ara de sus dioses, con extraordinario refinamiento 
de crueldad. Esa horrible práctica, que parece claro indicio 
de salvajismo, inconciliable con cierto grado de cultura, se 
ha observado en todos los tiempos y en todos los países, 
si bien bajo muy diversas formas y con distintos pretextos; 
pero en el fondo todas idénticas, como lo ha expuesto con 
mucha erudición y sensatez Hans Rau, en su libro sobre 
La Crudeltá, etitado hace poco por los hermanos Bocea, de 
Turín. 

Los quichés tenían su sanguinario dios Tohil, símbolo, 
según Brasseur, de la lluvia, del trueno y del estrépito de 
las armas, a quien inmolaron millares de víctimas, con la 
misma sangre fría con que las más bellas y distinguidas 
damas españolas asistían a los autos de fé; con la misma 
impavidez con que los frailes inquisidores sometían a los 
más horribles tormentos a sus víctimas. Por algo se ha 
dicho homo hominis lupus, y por otra parte, la experiencia 
demuestra que nada endurece más el corazón que el fana- 
tismo e intolerancia en que degenera con frecuencia la exal- 
tación del espíritu religioso, como lo patentiza la historia 
de la conquista de América por los españoles, y de los mé- 
todos de evangelización que emplearon. 

El templo de Tohil en Utatlán era suntuosísimo: estaba 
erigido sobre una pirámide de gradería, de base cuadrán- 
gula^ cor.struída de piedra y lodo, y consistía en una ca- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE E L SALVADOR 151 

pilla techada de maderas muy finas, y revestida por dentro 
y fuera de una especie de estuco muy sólido y brillante. 
La estatua del dios, de cuya figura no se tiene noticia, estaba 
sentada en un trono de oro, esmaltado de pedrería y rodeado 
de otros riquísimos adornos. Servían este templo muchos sa- 
cerdotes que se alternaban de trece en trece, rendían sus pre- 
ces, quemaban inciensos, ayunaban y hacían penitencias. 

97. — Se ha discutido mucho por los eruditos si nues- 
tros aborígenes eran, o no, antropófagos, asunto respecto al 
cual daremos nuestra opinión con la absoluta imparcialidad 
que debe resplandecer en un historiador, haciendo caso 
omiso de las exageraciones en pro y en contra de los indios, 
consignadas en las obras de Fray Bartolomé de las Casas 
y de sus tres principales impugnadores (el capitán Bernar- 
do Vargas Machuca, Juan Ginés de Sepúlveda y el abate 
Juan Nuix) por ser harto parciales: sus escritos son verda- 
deros alegatos abogadiles, no relatos históricos. 

Entre los viejos cronistas se advierte con frecuencia 
sistemática tendencia a ponderar la barbarie de nuestros 
indios. Muñoz Camargo, v. g., refiere en su Historia de Tlas- 
cala (Lib. I, cap., 17) que en las poblaciones indígenas, 
antes de la conquista, había carnicerías de carne humana, 
como si fuera de vaca o carnero, vulgaridad que repite el 
historiógrafo D. Antonio de Herrera. 

Hoy, por el contrario, hay unos cuantos americanófilos 
que niegan a pié juntillas y en absoluto que los america- 
nos hayan sido antropófagos, ni siquiera los caribes. Entre 
esos optimistas descuellan los venezolanos D. B. Tavera 
Acosta y D. Francisco Jiménez Arrais. 

In medio estat virtus: ni tatáculas, ni tataculás, como dice 
el vulgo de por acá. 

Desde luego advierto que no merecen el epíteto de an- 
tropófagos los que comen carne humana en caso de supre- 
ma necesidad, como ha sucedido repetidas veces: sabido es 
que entre los episodios de la expedición de Narváez a la 
Florida se cuenta el de la llegada de Alvaro Núñez y otros 
españoles náufragos a una isla, donde fueron bien acogidos; 
más la suma escasez de víveres los obligó a empezar a co- 
merse unos a otros; que cuando Hernán Cortés iba de Mé- 
jico a Honduras, al llegar a los bosques de la Verapaz 
apretó tanto el hambre, que un tal Medrano, chirimía de la 
iglesia de Toledo, se comió los sesos y bebió caldo del 
sacabuche Medina, de Bernaldo Calderas y de un sobrino 



152 SANTIAGO I. BARBERENA. 



de éste que habían sucumbido; que durante esa misma ex- 
pedición de Cortés, los magnates mexicanos que traía consigo 
se comieron a cinco prisioneros, por lo cual fué quemado 
vivo el más culpable de ellos, lo que hace sospechar que 
no fué tanta la necesidad; que el capitán Iñigo de Bascona 
y sus veinticinco soldados, cuando Dalfinger los despachó 
de Tamalameque a Coro, se comieron a los indios cargado- 
res, y uno de los soldados, Francisco Martín, no tuvo asco 
de tragarse entero y crudo el órgano sexual de uno de los 
indios; que cuatro españoles de la expedición de Spira se 
atiborraron con las suaves postas de un niño, & <&. Aun 
en nuestros días ocurren casos semejantes: hace pocos años 
se publicó un artículo de un señor Peraza, en el que éste 
refiere, con espeluznantes detalles, que en 1870 unos derro- 
tados, entre ellos varias personas cultas, perdidos en las 
selvas guayanesas y muertos de hambre, se comieron a uno 
de sus sirvientes, alevosamente asesinado por el corneta que 
los acompañaba. 

La verdad es, lo confieso con dolor, que los maya-qui- 
chés, lo mismo que los toltecas y que otras muchas tribus 
americanas, se comían ciertas partes de las personas sacri 
ficadas, no por necesidad, ni como un alimento cualquiera, 
sino en cumplimiento de un ceremonial religioso y obliga- 
torio en determinadas solemnidades: de esa procedencia eran 
las viandas de carne humana que servían a Montezuma, y 
por las cuales Cortés lo reprendió repetidas veces 

Mas aún: según el testimonio de ciertos cronistas, tal 
como Torquemada, los ulmecas eran verdaderos antropófagos, 
y por lo que hace a los mejicanos M. Jourdanet ha reco- 
gido interesantes detalles en su valioso trabajo sobre Les 
sacrifices humains et V anthropophagie chez les Azteques. 

Durante la dominación española ocurrieron en la Amé- 
rica Central, según cuentan, algunos casos de verdadero 
canibalismo; mas también puede haber exageración en las 
narraciones. El P. Juarros, por ejemplo, hablando del mar- 
tirio de los PP. Fray Esteban Verdelete y Fray Juan de 
Monteagudo, sacrificados por los indios en la Tololgalpa, el 
16 de enero de 1612, dice: «Celebraron estos bárbaros hecho 
tan inhumano con un solemnísimo banquete, en que sir- 
vieron de único plato los brazos, muslos y piernas de los 
santos mártires.» 

Tal vez los únicos que no tenían tan horrible costum- 
bre eran los quichuas, del Perú, según lo asegura el barón 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 153 

de Juras Reales, en sus Entretenimientos de un Prisionero, 
obra bastante curiosa. 

Varios escritores han tenido la humorada de justificar 
el canibalismo, alegando, al efecto, razones más o menos 
ingeniosas. Entre esos escritores se cuenta el Dr. D. Vicen- 
te Lachner Sandoval, de cuya conferencia sobre las razas 
del hombre primitivo, que he citado ya, tomo las siguien- 
tes líneas: « en primer lugar debemos tomar en cuenta 

que esta horrenda costumbre existe aun hoy mismo en 
pleno siglo XX, y no por cierto en los pueblos más sal- 
vajes; en segundo lugar, no olvidemos que la humanidad, 
en todo tiempo y en todo lugar, ha reconocido siempre una 
doble moral distinta para los propios que para los extra- 
ños. Por mucho tiempo la crueldad para con los vencidos 
fué la norma entre hombres que se preciaban de morales, 
véase si no la Iliada de Homero; el egoísmo y aun el 
odio para los que no son de nuestra propia raza regulan aún 
hoy día, como factores nada inmorales, nuestras relaciones 
internacionales. ¿Qué de raro, pues, que los hombres más 
primitivos devoraran a sus enemigos vencidos? Pero hay 
aun algo más: la existencia del canibalismo es, por para- 
dógico que ello parezca, una prueba de la superioridad del 
hombre » 

98. — En cuanto a los ritos funerarios délos mayas-qui- 
chés, basta decir que en tanto que los nahoas acostumbra- 
ban la incineración, los mayas empleaban el túmulo y la 
piedra mortuoria, menhir, y la momificación de los cadá- 
veres, como lo demuestran los estudios hechos en numero- 
sos cromlechs americanos. 

Sin ser polígamos en la extensión de la palabra, como 
los nahoas, los mayas eran bigamos, es decir que cada 
hombre podía tener dos mujeres, aunque según el P. Lan- 
da la generalidad de los hombres del pueblo solo tenían 
una esposa; eso era lo corriente. 

En lo que más se diferenciaban los nahoas de los 
maya -quichés era en la organización social: en tanto que 
entre los primeros se había establecido en un principio 
la vida patriarcal en casas grandes y el más perfecto co- 
munismo, en el Sur se organizó desde luego la propiedad 
particular, bajo el poder de la más despótica teocracia: el 
Sumo Sacerdote era el Jefe Supremo de la nación. Este to- 
maba el nombre de Zamná entre los mayas de la península; 
el de Votan entre los quichés, y el de Kinkanek entre los 



154 SANTIAGO I. BARBERENA. 



itzaes del Peten. Poco a poco se fué elevando la casta 
guerrera, y el jefe de ésta igualó en poder, si no sobrepujó, 
al Sumo Sacerdote. El jefe de los guerreros se titulaba 
Humpictok en la península yucateca, nombre que significa 
«el que tiene un ejército de 8,000 pedernales»; Chay-abah, 
o «pedernal negro», en la región quiche, y Canek, o Ser- 
piente negra», en el Peten. 

La esclavitud estaba constituida bajo un régimen de 
implacable dureza; mas también los hombres libres estaban 
sometidos a la despótica autoridad de los sacerdotes. 

El niño al nacer sufría una operación que tenía por 
objeto deprimir la cabeza, y era también costumbre provo- 
car el estrabismo por medios artificiales y dolorosos. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 155 



TERCERA PARTE. 
EL SEÑORÍO DE CUSCATLÁN. 

CAPÍTULO PRIMERO. 

Establecimiento de la nacionalidad pipil. 



99. — Ya hemos dicho, y conviene repetirlo aquí, que 
la población indígena que existía en el actual territorio de 
El Salvador en la época de la conquista era el resultado 
de la paulatina fusión, más o menos perfecta, de cinco 
elementos: 

a) Amerindas (o raza primitiva), cuya cuna fué proba- 
blemente el Brasil; divididos en grupos aislados, que evo- 
lucionaron separadamente durante muchos siglos, lo que ha 
de haber generado notables diferencias entre ellos. 

b) Proto- nahoas, de origen asiático, llegados a este 
Continente por el Noroeste, en remotísima época. Estos se 
extendieron de Norte a Sur, y han de haber llegado al ac- 
tual territorio de El Salvador; mas no se conoce ningún 
resto o huella de su presencia por acá. Eran gentes abso- 
lutamente incultas. 

c) Chañes o Ulmecas, de procedencia africana, venidos 
a América unos 1500 años antes de C, por el lado del 
Atlántico, y a estos países poco antes o a principio de la 
era cristiana. Como vivieron muchos años en el Tamoanchán 
(Morelia) confederados con los nahoas y otomíes, y su ciu- 
dad principal fué Tula la antigua, podemos llamarlos tulte- 



156 SANTIAGO I. BARBERENA. 



cas y también yaquis o emigrantes. Es la raza civilizadora, 
de la cual proceden directamente los maya -quichés. En es- 
tos tultecas predominaba el elemento ulmeca. 

d) Yaquis o tultecas de sangre nahoa, pero ya civili- 
zados por los ulmecas en el Tamoanchán, y cuya principal 
inmigración a Centro- América se verificó hacia el siglo XII 
de la E. C. Estos yaquis venían de la Tula histórica o del 
Estado de Hidalgo, y son los verdaderos tultecas. De éstos 
llegaron relativamente pocos al actual territorio de El Sal- 
vador; el grueso de la corriente migratoria se dirigió, a lo 
que parece, a Copan, donde fundaron el reino de Pa- 
yaquí. 

e) Aztecas o mexicas, también de la familia nahoa, 
cuyas inmigraciones por acá precedieron poco tiempo a la 
conquista. El P. Torquemada (Monarquía Indiana, lib. III, 
c. 40) creía que los pueblos de lengua náhuatl establecidos 
en la América Central descendían de una colonia de Cholo- 
tecas, venidos del Anahuac siete u ocho generaciones antes 
de la conquista. Es muy probable que así haya sido, por- 
que cuando Alvarado vino a la conquista de Cuscatlán en- 
contró este país muy densamente poblado, por indios de 
raza mejicana — nuestros pipiles — lo cual desde luego indu- 
ce a suponer que esa población se había venido formando 
de bastante tiempo atrás. 

100. — El grupo c) reclama ahora toda nuestra atención. 

Conceptúo muy verosímil que a la columna ulmeca ha- 
ya venido agregado un contingente de nahoas, y que al 
llegar a nuestro actual territorio la porción nahoa se fijó 
de preferencia- en la región que se llamó primero Nequepio 
y después Cuscatlán, comprendida entre los ríos de Paz y 
Lempa, en tanto que los ulmecas se esparcieron por diver- 
sos puntos, especialmente al E. del segundo de esos ríos, 
y que de su cruzamiento con los habitantes que encontra- 
ron procedían nuestros chontales, lencas & &. 

El señor don Manuel M. de Peralta asevera en su ya 
citado folleto sobre Etnología centroamericana que Neque- 
pio quedaba sobre el golfo de Fonseca o de Chorotega 
Malalacá, en lo que hoy forma el departamento de Cholu- 
teca (Honduras) y parte del de San Miguel (El Salvador), 
error que extraño en él, que exhumó en el archivo de Indias 
de Sevilla y publicó en su preciosa obra sobre Costa Rica, 
Nicaragua y Panamá en el siglo XVI la Relación que 
Pedrarías Dávila dirigió al Rey el 25 de enero de 1529, 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 157 

escrita en León de Nicaragua, en la cual Relación se dice 
categóricamente que Nequepio era lo que también se llamó 
Cuzcatan, la provincia de San Salvador. (122) 

Es de suponerse que el idioma que hablaban esos ul- 
mecas del grupo c) era ya bastante parecido al quiche que 
conocemos, a juzgar por los nombres geográficos de la re- 
gión que ocuparon, que son por lo general de claro e in- 
discutible origen quiche. La terminación fique de muchos 
nombres de lugares en el antiguo Chaparrastique, tales co- 
mo Chapeltique, Cacaguatique, Lolotique, Yayantique, & &, 
significa "terreno cultivado", pues se deriva del verbo 
quiche tic = sembrar, plantar, cultivar; de esa raíz se forma 
tikon= huerta, y tikonah ^= labrar la tierra, formar finca. 

Por otra parte, los ulmecas que se fijaron en Chiapas 
y Guatemala crearon el poderoso reino quiche (y sus deri- 
vados), de donde es probable que hayan venido más tarde 
algunos emigrantes a unirse con sus paisanos establecidos 
aquende el Paz. De la expansión de los quichés y de su 
llegada a regiones meridionales relativamente lejanas, nos 
ministran buena prueba las huellas que dejaron en lo que 
hoy se llama República del Ecuador, dqnde la tribu de los 
Cañaris habla un idioma de origen quiche, pues todas sus 
voces pueden interpretarse por medio de esta lengua, según 
el docto historiador P. Federico González Suárez. 

Uno de los monumentos más notables que nos quedan 
de los ulmecas establecidos en nuestro territorio es la fa- 
mosa Gruta de Corinto, que oportunamente describiremos. 

Esos antiguos toltecas construyeron, a mi entender, 
entre otras muchas ciudades, las de Copan, Quiriguá, Mitla, 
Tehuacán y Guija; ellos, en memoria del Nonoalco en que 
estuvieron, bautizaron con ese nombre una comarca, nota- 
blemente fértil, al S. del Chichoníepeque, donde hoy están 
los pueblos de Santiago, San Juan y San Pedro, los tres 
de apellido Nonualco. Tehuacán ha de haber sido la me- 
trópoli de esa comarca del antiguo Nequepio. 

De la ciudad de Guija o Güijar se conservan muy va- 
gos recuerdos: en mi concepto ocupaba un sitio elevado, 
ya en una isla del lago de ese nombre, ya a orillas de 



(122) Los pipiles, pagados, sin duda, de la asombrosa fertilidad de las tierras de 
Nequepio, lo llamaron Cuzcatlán, por lo menos a su parte principal, pero después se 
hizo extensivo a toda nuestra región pipil. La palabra Cuzcatlán significa "tierra de la 
dicha": se compone de cozcatl = "collar, símbolo de riqueza, y de la partícula abun- 
dancial tlan. La ortografía de ese vocablo hoy generalmente usada es "Cuscatlán" 



158 SANTIAGO I. BARBERENA. 



éste, según se deduce de la significación de las dos raíces 
quichés de que se compone ese vocablo: vi (hui o güi) = 
cima, altiplanicie, y ha (ja ) = agua. Ignoro con qué funda- 
mento aseveran algunos que esa ciudad haya sido la anti- 
gua Tlapallan; respecto a cuya ubicación ya expuse la 
opinión que he aceptado. 

Tehuacán (fundada por el contingente nahoa que se 
estableció en Nequepio) es vocablo de origen nahuatlaco. 
No creo que haya recibido ese nombre en recuerdo de su 
homónima de Méjico, conocida con el nombre de "Tehua- 
cán de las Granadas", sino por haber sido un santuario, 
o bien por lo pedregoso de la localidad en que fué funda- 
da. En efecto, Teocán o Teohuacán, como escriben algunos, 
significa "lugar de los dioses", y Tehuacán quiere decir 
"lugar pedregoso". (123) 

Prefiero la segunda interpretación porque me consta 
que el paraje en que están las ruinas de nuestra antigua 
Tehuacán es sumamente pedregoso. 

Por lo demás yo no creo que Guija ni Tehuacán ha- 
yan sido ciudades monumentales, como Palenque, Copan, 
Quiriguá, etc. etc. 

101. — Sin perjuicio de que los proto-nahoas hayan 
avanzado bastante lejos hacia el Sur, es lógico suponer, y 
así lo afirman respetables autoridades, que los nahoas que 
acompañaron a los ulmecas no se quedaron todos en Ne- 
quepio; algunos siguieron adelante, y de ellos se ha dicho 
que proceden los chorotegas y los niquiranos del Sureste de 
Centro -América. 

El hecho mismo de la expansión de la raza nahoa por 
ese lado es indubitable, y ya he hecho alguna referencia a ella. 

Fray Toribio de Benavente (Motolinia) en su Historia 
de Nueva España y Francisco López de Gomara en su 
Hist. de las Indias aluden a esa emigración de nahoas, cu- 
ya fecha han fijado otros en el año 596 de C. 

"Sé, dice Fray Toribio, que en tiempo de una grande 
esterilidad compelidos muchos indios con necesidad, salie- 
ron de esta Nueva España, y sospecho fué en aquel tiempo 
que hubo cuatro años que no llovió en toda la tierra, por- 
que se sabe que en este propio tiempo por el mar del Sur 



(123) Varias interpretaciones se han propuesto de la palabra < 
para unos significa "piedra de Dios"; para otros, "lugar hueco"; f 
abundante de culebras" para otros quiere decir "vamos de prisa" etc. 



de que tratamos: 

para otros, "lugar 

^.c. etc., mas yo creo 

que las más verosímiles son las que he aceptado. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 159 

fueron gran número de canoas o barcas, las cuales aporta- 
ron y desembarcaron en Nicaragua, que está de México 
más de 350 leguas, y dieron guerra a los naturales que 
allí tenían poblado, y los desbarataron y echaron de su se- 
ñorío y ellos se quedaron y poblaron allí aquellos nahua- 
les; y aunque hoy no hay más de cien años, poco más o 
menos, cuando los españoles descubrieron aquella tierra de 
Nicaragua que fué en el año de 1523 y fué descubierta por 
Gil González de Avila, juzgaron haber en la dicha provin- 
cia quinientos mil ánimas. Después se edificó allí la ciudad 
de León, que es cabeza de aquella provincia. Y porque 
muchos se maravillan en ver que Nicaragua está poblada 
de nahuales, que son de la lengua de México, y no sa- 
biendo cuando ni por quien fué poblado, pongo aquí la 
manera porque apenas hay quien lo sepa en ia Nueva 
España". (124) 

También el historiador tezcocano D. Fernando de Alva 
Ixtlilxochitl habla de la dispersión de los toltecas; mas él 
se refiere a la que se verificó en el siglo XII, muy distinta 
de la a que alude el P. Motolinia. (,125) 

En el Popol-Vuh están lastimosamente confundidas 
todas las tradiciones de nuestros aborígenes, de manera que 
cuando se le toma por guía para una narración histórica o 
para una investigación etnográfica, máxime si se acepta la 
exégesis del abate Brasseur, indefectiblemente se cae en 
una confusa y complicadísima algarabía. 

Estudiando yo la cuestión (que ya veremos es más 
interesante de lo que parece) he llegado al siguiente resul- 
tado: los niquiranos proceden de la antedicha expansión 
de los nahoas; mas no los chorotegas, descendientes de in- 
migrantes de la familia maya-quiché. Unos autores olvidan 
ésta, otros aquella. 

Uno de los pocos autores que distingue ambas inmi- 
graciones es el doctor Ayón, en su Hist. de Nicaragua, 
mas su conclusión no es suficientemente clara: después de 



(124) Por mi parte no creo en el viaje por agua; me basta con el hecho de que 
haya llegado la raza nahoa hasta Nicaragua en remota época. Lo que no me explico es 
el cómputo de los 100 años, pues el P. Motolinia murió el 10 de agosto de 1568. 

(125) "El hambre causada por una prolongada sequía, la guerra y la peste fueron 
las tres calamidades que, según las antiguas crónicas, causaron la total destrucción de 
Tula. Pero a mi entender, de esas tres calamidades sólo la guerra causó el exterminio 
de la ciudad que fundaron los ñauas después de su tercera peregrinación con el nom- 
bre de Tula; Yxtlilxochitl nos autoriza a pensarlo; las otras dos plagas, fundándome en 
la comparación de las relaciones de Sahagún y Torquemada, creo se refieren a Ta- 
moanchán y en especial a la Tula primitiva" (Planearte, Tamo anchan, p. 131) 



160 SANTIAGO I. BARBERENA. 



hablar de la emigración de los toltecas en 596, y de la 
llegada de éstos a Nicaragua, refiere que posteriormente los 
ulmecas u olmecas (que no dice quiénes eran) se apodera- 
ron del Soconuzco y sometieron a dura opresión a los 
mames que lo poseían y que al fin cansados éstos de su- 
frir abandonaron su patria y vinieron a parar a la Cholu- 
teca y luego a Nicaragua; mas no explica el diverso origen 
de los niquiranos (descendientes de los nahoas) y de los 
chorotegas (descendientes de los mames). (126) 

De los chorotegas y de su lengua se han dicho cosas 
verdaderamente pasmosas: yo no sé qué idea se ha forma- 
do de esos indios el literato chileno D. Armando Donoso, 
quien en su libro Los nuevos dice, hablando del porvenir 
de la raza latinoamericana: ". . . . y entonces acaso nazcan 
los verdaderos hijos de América, el hombre del porvenir 
que nada sabe de la neurastenia, del simbolismo, ni de las 
cocotas de Willete; el hombre músculo y apóstol de Walt 
Whitman y el hombre -cerebro de Emerson, con mucho de 
indio chorotega y no poco del Nietzsche de Zaratustra". 

El doctor A. v. Frantzius, en una de sus notas a la 
carta -informe del oidor Palacio, da por sentado que en el 
gran istmo centroamericano había sólo tres lenguas princi- 
pales: la maya, la chorotega y la mejicana, sin contar, por 
supuesto, las de ciertas tribus salvajes. Y luego, dice, que 
los idiomas de la familia chorotega se hablaban en los an- 
tiguos pueblos civilizados que tenían su asiento en El Sal- 
vador, Nicaragua y Guanacaste, agregando que no se sabe 
si el Mangue es lengua mejicana o chorotega, y que con- 
forme a las investigaciones del Dr. Berendt hay estrecha 
relación entre el idioma chiapaneco y el de los dirías de 
Nicaragua. 

En todo eso hay exageración e inexactitud: los choro- 
tegas, ni por su número ni por su cultura, tenían la gran 
importancia que el doctor Frantzius les concede. 

Ocupaban grandes porciones de terreno en la costa del 
Pacífico, desde el Golfo de Fonseca (127) hasta la penín- 



(126) Según Fray Antonio Remesal las cosas pasaron a la inversa: de Nicaragua 
fueron inmigrantes a poblar a Chiapas; opinión que el señor Ayón trata de conciliar 
con la narración común. 

(127) Algunos han creido, según el P. Juarros, que el Golfo de Fonseca es la bahía 
de J.quilisco, ese error tal vez ha provenido de que Fernández de Oviedo y Valdés, dice 
en el tomo IV de su Hist. General, que desde el Golfo de Fonseca "hasta el golfethe 
de Chorotega hay algo mas de veinte leguas", lo cual no pasa de ser un error geo- 
gráfico. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 161 

sula de Nicoya. Entre sus pueblos había dos del nombre 
Dirías, uno cerca de Granada y otro en Nicoya; como ha- 
bía dos del nombre Nacaome uno en la Choluteca, Hondu- 
ras, y otro en Nicoya. 

La palabra Choluteca, como nombre de cierta porción 
de Honduras, nada tiene que ver con el vocablo mejicano 
Cholula, sino que es simple transformación del término 
Chorotega, cuyas transformaciones sucesivas probablemente 
fueron: Cholotega, Choloteca, Choluteca. La etimología pro- 
puesta por algunos — de chololtia, que en náhuatl significa 
"huir", o de cholo Itic— 1 'fugitivo" — es ingeniosa, mas prefiero 
la antedicha. En cuanto al término Chorotega, me parece 
muy razonable el origen que le asigna el señor Peralta: según 
él es españolización de xoloteca (sholoteca), habitante de 
Xolotlán, nombre mejicano de Mangua (Managua), cabece- 
ra del país de los mangues. — Es, pues, de suponerse que el 
primer asiento de los emigrantes de que proceden los cho- 
rotegas fué en Mangua, y que en la época de la conquista 
eran numerosos en la costa del Golfo de Fonseca, donde 
estaba la población llamada Malalaca (Choluteca de Hon- 
duras) lugar en que don Pedro de Al varado encontró a 
Luis Marín y a Bernal Díaz del Castillo, cuando el Ade- 
lantado iba en busca de Hernán Cortés. 

La lengua mangue o chorotega (que algunos han con- 
fundido con el nagradan o subtiaba) es casi idéntica con 
la chiapaneca. El nombre Nequepio ío deriva el señor Pe- 
ralta del chorotega nekupu=a\ chiapanero nacapú^" tierra". 

De los toltecas nahoas que llegaron a Nicaragua al 
principio de la era cristiana, descienden los niquiranos, es- 
tablecidos a orillas del gran lago. 

102. — La raza nahoa se propagó grandemente en nues- 
tro territorio debido, por una parte, a la bondad de su clima 
y a la fertilidad de su suelo, que les proporcionaba fáciles 
y abundantes medios de subsistencia, y por otra, a la fe- 
cundidad de esa raza. Ocupaban los nahoas una larga faja 
en la costa del Pacífico, desde el río Michatoya hasta el 
Lempa (128). Era según los cronistas, el distrito mejor pobla- 
do de América, en el que había, según refiere don Pedro 



(128) Squier supone que los nahuales se extendían hasta Escuintla y aun hasta 
el río Nahualate, del lado de Guatemala. La parte comprendida entre el Michatoya y el 
Paz constituía la provincia de Guazacapán, en la cual, como dijimos, se hablaba al igual 
que en la de los Yzalcos, la lengua sinca y el náhuatl. Lo mismo supongo acontecía en 
Chalchuapa, donde se hablaban pokomán y náhuatl. 

— 11- 



162 SANTIAGO I. BARBERENA. 



de Alvarado en carta dirigida a Cortés, "grandes ciudades 
y pueblos construidos de cal y piedra". 

Mas esos nahoas no procedían simplemente de los inmi- 
grantes que salieron del Tamoanchán con los ulmecas. En 
cerca de 1500 años que transcurrieron desde entonces has- 
ta la conquista se hubiera alterado profundamente el idioma 
que hablaban, y hubiera sido difícil reconocerlos. 

Es lógico suponer que una parte de los yaquis o de los 
toltecas que vinieron a Centro-América el siglo XII se dirigió 
a nuestro territorio, y que después ha de haber habido inmi- 
graciones esporádicas de gentes de la misma raza, que fue- 
ron parte a mantener la pureza del idioma, que poco, muy 
poco, se diferenciaba del azteca, cuando vinieron los espa- 
ñoles. 

Los nahuales de esta región fueron designados con el 
nombre de Pipiles, en razón, según se dice, de su acento ani- 
ñado, de la manera como pronunciaban las voces de su 
lengua. La ocurrencia de darles ese nombre, mejor dicho, 
de ponerles ese apodo, se atribuye por unos, a los pueblos 
vecinos de dichos nahuales, es decir, a los quichés de Gua- 
temala, y por otros, a los indios mejicanos que traía don 
Pedro de Alvarado cuando vino a conquistar la región 
pipil. 

En el primer caso puede asignarse a dicho nombre la 
raiz quiche p/="silbar, chillar", tomada reduplicativamente, 
y equivaldría el término pipil a "silbadores, chillones". En 
el segundo caso, es dicho vocablo el sustantivo nahoa 
pipil=" niño" del cual se derivan pipillot^ " niñería ", y 
/?//?/7í?/p//=="viejecito", significación ésta que recuerda aque- 
llo de que los extremos se tocan. 

Ahora bien, yo he oído hablar repetidas veces el ná- 
huatl en Méjico y en El Salvador, y no he notado di- 
ferencia alguna en cuanto al acento, sin atreverme a decir 
lo mismo respecto a la parte gramatical. Sí me pareció 
que el náhuatl que oí hablar en Méjico era más elegan- 
te y expresivo y más polisilábico; mas es de advertir que 
allá me tocó oír hablar dicha lengua a personas que la ha- 
bían estudiado con esmero, y aquí sólo a unos cuantos 
inditos ignorantes. 

Es muy natural que en la época de la conquista ha- 
ya habido alguna diferencia entre el náhuatl hablado por 
acá y el hablado en Méjico; mas no tanto que autorice 
a decir que el pipil era un dialecto corrupto de la len- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 163 

gua mejicana. Tal vez había menos diferencia que la que 
hay entre el español de la península y el que usamos 
por estas tierras en la vida corriente, a pesar de nuestras 
continuas relaciones con la madre patria y de la eficaz 
acción de la prensa española; especialmente de las Gra- 
máticas y Diccionarios castellanos que sirven de base en 
nuestras escuelas para el estudio del idioma nacional. 

Squier dice, al respecto de que tratamos, que la prin 
cipal diferencia que él notó entre el nahual de Nicaragua y 
de El Salvador con relación al mejicano es la contracción 
y aun supresión de la terminación tli de gran número de 
vocablos aztecas, y refiere que en un ejemplar del Vocabu- 
lario Nahual de Fray Alonso de Molina que adquirió en 
San Salvador y que sospechaba haber pertenecido este li- 
bro al antiguo convento de San Francisco de esta capital, 
encontró una nota manuscrita, parcialmente testada, que 
decía: "En esta provincia la / no es pronunciada; así, en 
tlativez, arrojar, la / se omite, y la palabra es tativez: no 

hacen como, por ejemplo, totox hace foto, o La c se 

confunde con la q y así en cue, dicen que No encontra- 
mos en estas partes ni tía ni ta; así en tlateum, descender, 
dicen simplemente teum." 

No deben extrañar esas incorrecciones si se tiene en cuen- 
ta que la base u origen del nahual salvadoreño es el idio- 
ma que trajeron los proto-nahoas hace muchos siglos y el 
que importaron después, hace como 2000 años, los compa- 
ñeros de los ulmecas; si se considera la suma variabilidad 
de las lenguas que carecen del poderoso auxilio de la li- 
teratura y de la prensa para fijarlas y de instituciones que 
las normalicen, máxime si el pueblo que la habla ha cam- 
biado de medio, todo lo cual concurriría en el caso que 
contemplamos. 

Y, sin embargo, si se examinan los vocabularios pipi- 
les recogidos y publicados por varios autores, y se com- 
paran con los mejicanos, se reconoce al instante que la 
decantada adulteración del nahual, que se achaca a los 
pipiles, se reduce a muy pocos detalles, y eso que los ta- 
les vocabularios pipiles se han formado después de los 
tres siglos que duró la dominación española. 

Esa conservación de la lengua vernácula sólo puede 
explicarse admitiendo continuas inmigraciones de indios na- 
huatlacas. No se puede atribuir solamente a los mejicanos 
que enviaron Auitzotl, a fines del siglo XV, o Motecuhzo- 



164 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ma II, a principios del XVI, de que pronto hablaremos, y 
mucho menos a haberse quedado por acá unos cuantos in- 
dios de los que acompañaban al conquistador Alvarado, 
como pretende Buschman en su tratado sobre los "Nom- 
bres de lugares aztecas." Los mexica de Auitzotl y de Mo- 
tecuhzoma no hubieran tenido tiempo para difundirlo, y 
cuando Alvarado vino ya se hablaba el náhuatl en la ex- 
tensa faja que hemos indicado. 

Finalmente, los barbarismos de nuestros pipiles proce- 
dían de que éstos, según el P. Juarros, eran descendientes 
de plebeyos mejicanos, que no han de haber hablado el 
tecpiltic tlatolli, o lenguaje cortesano de Netzahualcóyotl, el 
poeta soberano de Alcolhuacán ó Texcoco (129). 

En una palabra, nuestro pipil era el mismo idioma que 
hablaba el pueblo mejicano, con insignificantes diferencias, 
que no bastan para declararlo dialecto, como nuestro idio- 
ma nacional no lo es del castellano. 

103. — No están de acuerdo los autores respecto a la 
época y manera como vinieron los agentes o emisarios de 
esos "emperadores." 

Del cotejo y discusión de las diversas piezas relativas 
a esos hechos he sacado en conclusión que se debe dis- 
tinguir cuatro fases de ellas. 

a) Ahuitzotl (o Auitzotl, o Auzotl, & &), elevado a la 
suprema categoría de tlatohuani de Méjico en 1486 (puesto 
que ocupó hasta su muerte, ocurrida en 1502) mandó, en 
los primeros años de su administración, un ejército, al man- 
do del general Tlitol (o Tlitototl), con objeto de ensan- 
char sus estados por el lado del Sur. Según parece el 
único país que Tlitol logró someter fue el Soconusco, y 
tal vez una parte de Chiapas. El P. Clavigero habla de esa 
expedición, que otros consideran como fabulosa. En todo 
caso, es probable que entonces no hayan quedado mexicas 
en nuestro territorio. 

b) El mismo Ahuitzotl, para asegurar el éxito de una 
segunda expedición, recurrió al ardid de enviar gran nú- 
mero de indios, al mando de cuatro capitanes y un gene- 
ral, disfrazados de mercaderes, quienes así lograron pene- 
trar en el país y establecerse en la costa del Pacífico. El P. 
Juarros, que refiere ese hecho, agrega que la muerte de 

(129). Podría oponerse a ese dato del P. Juarros la circunstancia de que el voca- 
blo azteca pipilli, diminutivo de pilli, no sólo significa "niñito". sino también "noble", 
mejor dicho "noblecito." 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 165 

Ahuitzoíl cortó el hilo de la trama; que los tales pseudo- 
mercaderes eran gente de la plebe mejicana y hablaban 
muy mal su lengua, "como niños", motivo por que se les 
llamó pipiles, y que se propagaron prodigiosamente, exten- 
diéndose por Sonsonate, San Salvador y San Miguel. M. 
Squier impugna con razón ese relato, pues por numerosos 
que se suponga que hayan sido los indios enviados por 
Ahuitzotl, no cabe concebir se hubieran multiplicado tan 
rápidamente para alcanzar a constituir la densa población 
azteca que encontraron los españoles unos treinta años des- 
pués en Guazacapán y en Cuscatlán, y a imponer el uso 
exclusivo de su idioma. 

Yo no encuentro inverosímil la intentona de Ahuitzotl, 
y supongo que sus emisarios, sospechosos para los pue- 
blos de Guatemala, hayan tenido que concentrarse en nues- 
tro territorio, donde encontraron compatriotas que les per- 
mitieron establecerse. 

c) Motecuzohma II, animado de la misma ambición que 
su antecesor, de ensanchar sus dominios hacia el Sur, or- 
ganizó una nueva expedición militar; mas esta vez ni si- 
quiera intentaron penetrar a la región quiche, sino que se 
vinieron por la costa y fueron a parar a Nicaragua, siendo 
muy probable que algunos de los expedicionarios se hayan 
quedado en Cuscatlán, al pasar por este país. 

A esa invasión de mexicas en Nicaragua dan el pom- 
poso nombre de conquista Torquemada, en el lib. II, cap. 81 
de su Monarquía Indiana, y Muñoz Camargo, en el lib. I, cap. 
14 de su Historia de Tlaxcala. Este autor pretende que el 
imperio mejicano en tiempo de "Moctheuzoma" llegaba a más 
de 300 leguas adelante de "Quatimalla" y de "Nicarahua", y 
refiere con detalles la estratagema de que se valieron los inva- 
sores para poder establecerse en este último país. 

Esta expedición ha de haberse verificado hacia 1508 (130). 

d) Poco después se supo en Méjico, por unos comer- 
ciantes pochteca la llegada de los españoles, noticia que se 
apresuró a comunicar a Moctecuhzoma el sabio Nezahualpilli, 
augurando la realización próxima de cierta leyenda relativa a 
Quetzalcoatl (131). "Entonces, según Tezozomoc, Ixtlilxochitl, 



(130). Según Milla habla de esas conquistas el Título de la Casa Ixcuin Nihaib. 

(131). En efecto, desde 1506, Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez descubrieron la 
península de Yucatán, y en 1511 llegaron a ella los náufragos del ban;o de las víboras, 
de los que sobrevivieron Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar. 



166 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Sahagún, Duran, Clavigero, etc., el supersticioso Moteczuma, 
para satisfacer a los dioses, ordenó la guerra sagrada, que se 
declaró contra los huexotzincos, cuyos prisioneros se sacrifi- 
caron en aras de la diosa Toci, con motivo de la llegada de 
sus fiestas. En seguida, la oración, los sortilegios y el miedo 
más acerbo ocupan su atención, hasta el aparecimiento del 
cometa de 1516, que según los astrólogos europeos anun- 
ció la muerte de Fernando el Católico, en España, y se- 
gún los mexica la de Nezahualpilli, en Texcoco, y con lo 

cual sus temores no conocieron limites, " (Rafael Aguirre 

Cinta, Lecciones de Historia General de Guatemala, 1899.) 

Por entonces (en 1512, según los Anales de los cak- 
chiqueles) vino de Méjico una embajada, que, según dice 
Fuentes y Guzmán en su Recordación Florida, tenía por ob- 
jeto ostensible celebrar alianzas, y por verdadero fin infor- 
marse de las fuerzas con que contaban los quichés, cak- 
chiqueles, zutohiles, & &, y reconocer los caminos y los 
puntos por donde se pudiera acometer más fácilmente, y, 
según Milla, ha de haber tenido por objeto recoger datos 
respecto a los españoles y celebrar pactos de recíproca 
defensa. 

No consta que esos embajadores hayan llegado a Cuscatlán. 

Según Fuentes y Guzmán, Moctecuhzoma II trató tam- 
bién de sojuzgar a los quichés, cakchiqueles y zutohiles, y 
refiere que las huestes mejicanas fueron derrotadas en Te- 
huantepeque, y que a cosecuencia de esa invasión fueron 
perseguidos los pipiles, a quienes consideraban los quichés 
y demás pueblos de Guatemala, aliados, o por lo menos 
amigos de los mejicanos, y que muchos pipiles fueron des- 
peñados "en los sitios que hoy se ven entre San Salvador y 
Tecoluca, que son unas barrancas muy profundas", y otros 
fueron despeñados "en la costa del Norte que llaman Cui- 
lonemihi, que quiere decir despeñadero de los Somehios de 
México." Yo no sé de donde han sacado que las prime- 
ras de esas barrancas quedan en la actual hacienda de Pa- 
rras, a orillas de Lempa en el Departamento de San Vicente. 

Squier observa, a propósito de lo antedicho, que "las 
relaciones que existían entre los nahuales o pipiles y sus 
vecinos los guatemalanes, según los cronistas, eran las me- 
nos cordiales. "El pueblo de Guatemala, dice Fuentes, les 
tiene un grande odio y jamás se mezcla con ellos." 

104. — De lo antedicho se deduce que la raza pipil es 
el resultado del cruzamiento sucesivo de los amerindas lo- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 167 

cales, con los protonahoas, con los ulmecas o maya- qui- 
chés (toltecas procedentes de la Tula del Tamoanchán), con 
los yaquis o toltecas (de la Tula del Estado de Hidalgo) y 
con los aztecas o mexicas, con notable predominio del ele- 
mento nahoa. 

En cuanto a los pokomanes de Chalchuapa, a los sin- 
cas de Izalco, a los chortíes de Tejutla, a los chontales de 
Chaparrastique y a los lencas de las márgenes del Torola, 
debe considerárseles como maya -quichés, más o menos de- 
generados por efecto de su respectiva evolución indepen- 
diente. 

El dominio de los mejicanos jamás avanzó hacia el Sur 
más acá del actual Estado de Chiapas. 

Tampoco consta que la región pipil que nos corres- 
ponde — del río de Paz al de Lempa — haya estado alguna 
vez sujeta a los maya- quichés de Guatemala, consérvase 
sí la tradición de que algunos años antes de la conquista, 
sin que se pueda precisar la fecha, los quichés y cachique- 
les, alarmados por el notable desarrollo de los pipiles, in- 
tentaron someterlos; que éstos se aprestaron a la defensa, 
eligiendo a Cuachimichín (o Cuaucmichín) como jefe, y que 
después de haber rechazado a los invasores se vieron obli- 
gados a matar a palos y a pedradas a ese caudillo, porque 
intentó celebrar la victoria con sacrificios humanos. Este 
último detalle indica escasez relativa del elemento puramen- 
te azteca (a que sin duda pertenecía Cuachimichín) en el 
señorío de Cuscatlán, pues a esa raza se adjudica la triste 
gloria de haber introducido las hecatombes humanas como 
ofrenda propiciatoria a sus dioses (132). 

La región pipil cuscatleca comprendía toda la porción 
del actual territorio de El Salvador situada del río de Paz 
al Lempa, es decir, casi las dos terceras partes, en la época 
de la conquista, inclusive la porción boreal del departa- 
mento de Chalatenango, salvo por el lado de Citalá, donde 
el Galel de Copan poseía un castillo o fortaleza, según re- 
fiere el señor Milla, si bien cabe suponer que el tal cas- 
tillo haya sido el abrupto peñón de Cayaguanca, que está 
en la propia línea divisoria de esta República y la de 

(132). "Según los datos más fidedignos, estos sacrficios fueron primeramente im- 
plantados por los aztecas, pues ni los toltecas ni los chichimecas sus predecesores los usa- 
ban. Y aun es de creer que los aztecas mismos, durante los primeros tiempos de su esta- 
blecimiento en el Anahuac, no los usaron, pues no tenían a mano esclavos ni prisione- 
ros," (Dicción, de Geog. Hist. y Biog. Mexicanas, por don Alberto Leduc, Dr. Luis 
Lara y Pardo y D. Carlos Roumagnac,' 1910; art. "Sacrificios humanos.") 



168 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Honduras. Según ese historiador el santuario de Mictlán 
era una de las ciudades pipiles en la región de las afluen- 
tes superiores de Lempa. 

Squier dice: "También parece que el Lempa formaba 
los límites del territorio de los nahuales por el Norte; y 
no hay más que uno o dos pueblos que tengan nombre de 
su dialecto en la margen izquierda del río; y si no se ex- 
tendieron más en esa dirección es seguramente porque no 
se los permitían las altas y desiertas montañas de la cor- 
dillera que va paralela al propio río y que constituyen los 
límites Sur del distrito de Cerquín, cuyos habitantes fueron 
ligados, si no por sangre, políticamente, al pueblo de Co- 
pan, que era de la familia cachiquel. Lempira, el último je- 
fe de Cerquín, hizo su última resistencia a los españoles 
en las montañas de Piraera, que dominan el valle del río 
Lempa, el cual fue bautizado con este nombre en conme- 
moración de aquél." 

El señor Squier olvidó, al escribir esas líneas, la con- 
figuración de nuestro país: debió decir Sumpul donde dice 
Lempa, en cuanto al límite boreal de la región pipil por 
ese lado. No es cierto que escaseen por allí los nombres 
geográficos de origen nahoa: Chalatenango, Comalapa, Que- 
zaltepeque, Azacualpa, & & son vocablos de evidente ori- 
gen nahoa y están a la izquierda de Lempa. Este río sólo 
servía de límite boreal en la parte correspondiente al actual de- 
partamento de Cabanas, y de límite oriental con Chaparrastique. 

En cuanto a que el nombre del rio Lempa se derive 
de el del heroico Lempira es una ocurrencia que ningún do- 
cumento autoriza: en los días de la conquista ya era general- 
mente conocido dicho río con el nombre que hoy tiene, sin que 
a nadie se le ocurriera decir que el vocablo fuese derivado 
del nombre de Lempira. Lo probable es que ambos nombres 
se deriven de una misma raíz quiche: /e/n="arrastrar, gol- 
pear", aludiendo, por una parte, a la fuerza de la corriente 
del río, y, por otra, a la lejendaria fortaleza del Caupolicán 
hondureno, que era capaz de poner las peras a cuarto al 
Caballero de la Ardiente Espada, Amadís de Grecia, que 
de un solo revés partió por medio dos fieros y descomu- 
nales gigantes (133). 



(133). En la Relación de la Provincia de Honduras e Higueras por el obispo D. 
Cristóbal de Pedraza (1544) consta que cerca de Gracias a Dios corre un rio llamado 
Limpa que bien puede ser variante de Lempa (Revista del Archivo y de la Biblioteca Nacio- 
nal de Honduras, Tomo IV, p. 288.) 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 169 

Los pokomanes de Chalchuapa, los sincas de Izalco y 
los chortíes de Tejutla constituían grupos insignificantes, 
rodeados por los pipiles (que probablemente los domina- 
ban) y casi confundidos con ellos, especialmente en los úl- 
timos años anteriores a la conquista. 

La región pipil cuscatleca estaba dividida, según nues- 
tros historiógrafos, en varios cacicazgos, siendo los princi- 
pales los siguientes: Cuzcatlán, ¡zaleo, Apanhecatl, Ahua~ 
chapan, Tehuacán, Apaxtepetl, Ixtepetl y Guacotechli. 

No se sabe si esos cacicazgos eran independientes en- 
tre sí, o si formaban una o más nacionalidades: mas lo 
que sí se puede asegurar es que el "Señorío" de Cuzca- 
tlán gozaba de cierta supremacía, ya haya sido por su ex- 
tensión o por su poder, pues dio su nombre a toda la co- 
marca. En la época de la conquista el vocablo Cuzcatlán 
servía para designar toda nuestra región pipil, es decir la 
mayor parte del actual territorio de El Salvador, en que 
está ubicada la capital; y aun hoy en el lenguaje literario 
sirve ese vocablo para designar esta República: el adjetivo 
"cuscatleco" equivale a "salvadoreño", sin perjuicio de te- 
ner la acepción concreta de hijo o vecino del departamento 
de Cuscatlán. 

El distrito o provincia de los ¡zaleos era también no- 
table por su magnitud y por la densidad de su población. 
Su ciudad principal se denominaba Tecuzalco, que quiere 
decir "cabecera o capital de los Izalcos", pues es una sim- 
ple contracción de te cutli=" amo, señor", y de ¡zaleo, nom- 
bre de la comarca, y hoy distrito y ciudad del mismo nom- 
bre, en el departamento de Sonsonate (134). Dicha provin- 
cia se extendía hacia el interior hasta Guaymoco (hoy Ar- 
menia.) 

105. — La capital del señorío de Cuzcatlán era la ciu- 
dad del mismo nombre, generalmente considerada como me- 
trópoli de la región pipil. Estaba situada como a ocho ki- 
lómetros al SW. de San Salvador, a orillas de una bonita 
laguna, que empezó a secarse después del terremoto de 1873. 
Aun hoy existe en dicho lugar un pueblucho denominado 
"Antiguo Cuscatlán." 

Es lógico suponer que haya sido una ciudad bastante 
grande y poblada, con buenos edificios de cal y canto, según 

(134). Algunos distinguen entre Tecuzalco o Izalco y Tecuzcalco, que es el lugar a 
donde llegó don Pedro de Alvarado cinco días después de la batalla que tuvo con los in- 
dios de Acajutla. 



170 SANTIAGO I. BARBERENA. 



se deduce de la ya citada carta de Alvarado a Cortés; mas 
no con obras monumentales, como gratuitamente aseguran 
algunos escritores. Ningún resto arqueológico justifica hasta 
ahora esa aserción, ni nos ha quedado ninguna descripción 
en qué fundarla. 

Según el cronista Vásquez se llamaba también Zacual- 
titlán, que significa "entre pirámides", de tzacualli=" pirá- 
mide" y titlan=. lí entre", lo cual indica que en su jurisdic- 
ción había algunas obras de arte; mas no por eso las po- 
demos calificar de "grandiosas y bellas"; tal vez no hayan 
pasado de simples mamblas artificiales, o tumuli, de que 
hay algunos ejemplares por ese rumbo. 

106. — Por más que Juarros, apoyado en la autoridad 
de Fuentes y Guzmán, hable de una monarquía establecida 
entre los pipiles poco antes de la conquista, de los pocos 
documentos que al respecto poseemos se deduce que los 
jefes o señores de las diversas fracciones en que estaba di- 
vidida nuestra región pipil, apenas merecen el título de ca- 
ciques, salvo el de la metrópoli, al cual de buen grado re- 
conocemos, como queda dicho, cierta supremacía respecto a 
los demás, por la cual, sin darle el pomposo título de "em- 
perador" o de "rey", lo llamaremos "Señor de Cuzcatlán." 

Sólo se conocen los nombres de cuatro o cinco de esos 
jefes: el ya nominado Cuaumichín, cuyo fin desastroso que- 
da narrado; su sucesor Tutecotzimit (o Tultecotzimit), que 
redujo a los demás jefes del ejército pipil a la simple con- 
dición de alahuaes o cabezas de calpules, y deseoso de per- 
petuar el poder en su descendencia, creó un Consejo, com- 
puesto de ocho miembros, todos de su familia, a quienes 
elevó a la categoría de nobles. Los revistió de autoridad, 
y para que se distinguieran ordenó que usasen largos ves- 
tidos de colores particulares, cuyo uso era prohibido a las 
otras clases sociales. 

La sucesión correspondía al hijo mayor, con tal de que 
el Consejo lo declarase capaz de administrar la cosa públi- 
ca, y si no al segundo, o al pariente más inmediato del jefe 
supremo recién fallecido. Las mujeres estaban excluidas de 
la sucesión del poder, pero sí podían heredar los bienes. 
Todos los altos empleos eran patrimonio de la nobleza. 

Esos detalles, que el P. Juarros dice haber tomado de 
un manuscrito pipil, hoy perdido, son poco dignos de fe, y 
en ellos se funda la vulgar creencia de que existió una gran 
monarquía cuscatleca. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVAD OR 171 

Según se deduce de la narración del P. Juarros, el su- 
cesor de Tutecotzimit fue su hijo mayor Pilguanzimit, quien 
durante el gobierno de su padre había ocupado el alto pues- 
to de "generalísimo" del ejército pipil, con asistencia de 
"cuatro ministros de guerra", que le ayudaban a desempeñar 
debidamente tan delicado cargo. 

El mismo historiador menciona otro soberano pipil, lla- 
mado Tonaltut, quien se alió con Zutugilebpop, jefe de los 
zutohiles, para hacer la guerra a Balam-Acan, quinto rey 
de los quichés, por lo cual los cachiqueles amigos de és- 
tos, declararon la guerra a los pipiles. La lucha fue larga, 
terminando hasta la época del gobierno de Nimahuinac, 
uno de los soberanos que tuvieron los cachiqueles. Mas no 
nos dice el P. Juarros si Tonaltut fue anterior o posterior 
a los otros tres ya nominados aquí. 

No recuerdo dónde he leído e ignoro de qué documen- 
to lo han sacado, que el antepenúltimo jefe de Cuzcatlán se 
llamaba Macténsun, que traducen "cuatro barbas", y que 
dicen era un hombre honrado, de cortas mientes y de baja 
alcurnia, agregando que tuvo por rival a Cacahui, apellida- 
do Huitzolopochtli, por su ardor bélico, & &. Todo eso me 
parece puramente fantástico. 

Según la versión común el último señor de Cuzcatlán 
fue Atlacatl (=" marino"). Dícese que Alvarado entró en 
son de paz a la capital de los cuzcatlecos, que Atlacatl sa- 
lió al encuentro del soberbio conquistador y lo alojó en su 
propio palacio, y que Alvarado no supo corresponder tan 
benévola recepción, pues permitió que sus soldados se en- 
tregasen al pillaje y cargó de cadenas al cacique y princi- 
pales personajes del séquito de éste. Mas, según dice el 
abate Brasseur de Bourboug, en carta dirigida al editor de 
la Gaceta de Guatemala el 17 de septiembre de 1856, cons- 
ta en un manuscrito cachiquel que el nombre del príncipe 
a la sazón reinante, cuando vino Alvarado, era Atonal (="Sol 
del agua." 

Si respecto al señorío de Cuscatlán son tan escasas las 
noticias que nos han quedado, con relación a los demás ca- 
cicazgos pipiles se carece en absoluto de datos históricos 
dignos de fe. 

Aun respecto a Chaparrastique, que era bastante gran- 
de y populoso, no se sabe nada de su historia precolombi- 
na: el único dato que hoy poseemos fue publicado por el 
laborioso historiador doctor don }. Antonio Cevallos, en un 



172 SANTIAGO I. BARBÜRENA. 



corto estudio sobre las ruinas de la capital de dicha co- 
marca antes de la conquista, en la cual residía, según él, 
el último cacique de esa región, llamado Güistaluzziit, quien 
flojamente intentó cerrar el paso a don Pedro de Alvarado, 
cuando éste regresaba de Honduras, sin haber logrado ver- 
se con Cortés. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 173 



CAPÍTULO SEGUNDO 

Cultura de nuestras razas indígenas, especialmente 
de la pipil: lenguaje y escritura 



107. — Respecto a los pipiles podemos aprovechar, mu- 
tatis mutandis, los numerosos y brillantes estudios histó- 
ricos y etnográficos hechos en Méjico con relación a la raza 
nahoa, por hombres doctísimos, con gran copia de datos 
fidedignos; mas respecto a nuestros indios de cepa maya- 
quiché — los chontales y los lencas — sería asaz aventurado 
atribuirles costumbres e ideas similares a las de los mayas 
y quichés propiamente dichos, porque los nuestros a que 
nos referimos degeneraron muchísimo evolucionando aislada- 
mente, desde la remota época en que vinieron los ulmecas 
al oriente de El Salvador. 

El estudio, pues, de la cultura de nuestros indios en 
la época precolombina se referirá principalmente a la raza 
pipil, que, por otra parte, es la más importante de las in- 
dígenas de este país. Daremos principio con lo relativo al 
lenguaje. 

El público en general tiene respecto al náhuatl (135) el 
más triste al par que erróneo concepto, por la sencilla ra- 
zón de que pocos, muy pocos, se han tomado el trabajo de 
estudiarlo. 

Bastaría con que leyesen el excelente «Estudio de la 
filosofía y riqueza de la lengua mexicana» por el presbítero 

(135) Náhuatl o nahoa, o ñaua, con o sin h, tolíeca, culhua, azteca, tlascalteca, 
mejicano y pipil, son vocablos indistintamente usados para designar el idioma que ha- 
blaban los cuzcatlecos. La equivalencia en el fondo es exacta, pues las diferencias que 
ahora se notan entre el pipil y el náhuatl de Méjico, son insignificantes, no pudiendo 
decirse que nuestros indios hablaban un dialecto. Y aun esas diferencias han de haber 
sido menos pronunciadas en la época de la conquista. 



174 SANTIAGO I. BARBERENA. 



don Agustín de la Rosa (Guadalajara, 1889) para que se 
formaran una idea de las extraordinarias y excelsas cualida- 
des de ese idioma. 

Lingüistas extranjeros que lo han estudiado a fondo, 
cuyo voto reúne la doble circunstancia de ser imparcial y 
autorizado, han escrito larga y doctamente sobre las exce- 
lencias del náhuatl. El eminente filólogo alemán Juan Car- 
los Eduardo Buschmann, que tantas apreciables obras es- 
cribió sobre la lengua de los aztecas, dice que «La lengua 
antigua del Anahuac está a la altura de los idiomas más 
perfectos del Antiguo Mundo, y ofrece material para los 
análisis más finos de gramática.» 

Algunas personas, no pudiendo señalar defectos al ná- 
huatl de una manera concreta, se reducen a decir que les 
suena muy mal al oído. Esa es cuestión de gusto y depen- 
de también de otras varias circunstancias. Lo que es a mí 
me parece sumamente sonoro y melifluo, y de ese mismo 
parecer era M. Biart, juez competente en la materia, quien 
dice que la lengua azteca es douce et harmonieuse á entendre 
parler. 

Nuestros aficionados a la arqueología nacional debieran 
ante todo adquirir ese indispensable auxilio para sus in- 
vestigaciones. Lanzarse al estudio de nuestros monumentos 
e historia antigua sin conocimiento del náhuatl es tan vano 
y ridículo como pretender estudiar las inscripciones de las 
catacumbas romanas sin el previo conocimiento del latín. 

Si Juan Francisco Champollion logró descubrir el sistema 
de la antigua escritura egipcia fué porque poseía profunda- 
mente el copto. 

Ahora bien, hoy, gracias al Museo Nacional de México, 
se puede conseguir fácilmente flamantes ediciones de las me- 
jores gramáticas de la lengua azteca, obras que hace pocos 
años era muy difícil y costoso adquirir, tales como la de Fray 
José de Carranza, la de Fray Agustín de Vetancurt, la del P. 
Horacio Carochi y la de Fray Diego de Galdo Guzmán, a las 
cuales se ha agregado una buena traducción de la de M. Remi 
Simeón. Con esas gramáticas y con el gran Diccionario Ná- 
huatl-francés del último de esos autores, basta para adquirir 
un buen conocimiento de esa lengua. 

108. — Nahoatl o náhuatl, según el Vocabulario de Moli- 
na, significa «cosa que suena bien», de modo que viene a 
ser un adjetivo que aplicado a un idioma puede traducirse 
por armonioso. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 175 

Según el señor Pimentel las lenguas mejicanas, mejor 
dicho, habladas en el extenso territorio de los EE. UU. mexi- 
canos, pueden distribuirse en cuatro glandes grupos desde el 
punto de vista morfológico, siendo uno de ellos el Mexicano - 
ópata, que comprende nueve familias, una de las cuales es la 
Mexicana, cuyo idioma fundamental es el náhuatl o azteca, al 
que acceden como dialectos el conchos, el sinaloense, el maza- 
pil, el jaliscience, el ahualulco, el pipil y el niquirán, y, ade- 
más, la lengua cuitlateca. 

Según el doctor don Nicolás León las lenguas indígenas 
de Méjico forman 17 familias, que comprenden 35 idiomas y 
más de 130 dialectos; una de esas familias es la Nahuatlana, 
con el náhuatl, el acojé, el cora, el colotlán y el huite, con 21 
dialectos, uno de los cuales es el pipil. 

Todo eso y mucho más que han discurrido Brinton, Seler, 
Powell, Kroeber y otros ilustres americanistas, es sin duda 
muy sabio, mas yo prefiero la vieja clasificación de Orozco y 
Berra, que identifica el náhuatl con el pipil, pues, repito una 
vez más, no hay razón ninguna para considerar a éste como 
un dialecto de aquél. 

Hoy se habla el azteca en el Estado de Chihuahua, por 
los indios Conchos y por los Chinarras; en gran parte de Sinaloa 
y por algunas tribus de Durango; en varios pueblos de San 
Luis Potosí, en algunos cantones de Jalisco, en unos cuantos 
pueblos de Colima, en la costa de Michoacán, en la mayor 
parte de los Estados de México, Guerrero, Tlascala y Puebla 
y en algunos lugares de Veracruz, Oaxaca, Chiapas y Tabas- 
co. Hablase, además, al SE. de Guatemala, en varios pueblos 
de El Salvador y en unos pocos puntos de Nicaragua y aun 
de Costa Rica. 

Al NW. de El Salvador, en la rinconada comprendida 
entre el río Ostúa y el Cerro del Brujo, se hablaba alagüi- 
lac, que es un dialecto del pipil, formado a influjo de la 
lengua chortí de los pueblos vecinos. El alagüilac es un 
idioma completamente muerto, respecto del cual presentó el 
Dr. Brinton a la Sociedad Filosófica Americana un intere- 
sante trabajo, el 4 de noviembre de 1887, en que se evi- 
dencia la similitud, casi identidad, del alagüilac y del pipil. 

109. — Creo oportuno dar una ligera idea de la índole 
del náhuatl, ya que tan poco conocido es por acá. 

Su alfabeto consta de 17 letras: a, c, ch, e, h, i, 1, m, 
n, o, p, q, t, u, x, y y z, cuya pronunciación no ofrece di- 
ficultad ninguna, suenan como en español. En muchas pa- 



176 SANTIAGO I. BARBERENA. 



labras hay doble /, que no debe leerse como //: así tlalli= 
«tierra», se pronuncia tlal-li, siendo digno de notarse que 
ninguna voz azteca principia con /. En cuanto a la v, el 
doble uso que antes se hacía de ella, como consonante y 
como vocal, en la escritura, y que algunos conservan, ha 
hecho que algunos pronuncien muy mal ciertos vocablos, 
v. g. vevetl, ortografía usada por los españoles de antaño, 
lo leen algunos hoy «a la moderna», dando a la v el so- 
nido de consonante, en vez de decir ueuetl, o mejor hue- 
huetl, que es el nombre azteca del tambor. 

Hemos de estar que según Olmos y Paredes, nahuatlis- 
tas eminentes, las mujeres sí pronunciaban vevetl, por lo 
que algunos incluyen la letra v en el alfabeto mejicano. 

En cuanto a las vocales sólo la o tiene un sonido que 
podemos llamar ambiguo, entre o y u. De allí proviene que 
unos digan Teotl y oíros Teutl, «Dios»; unos ichpotli y o- 
tros ichputli (doncella); & &. El P. Carochi, autor de una 
magnífica gramática de la lengua náhuatl, se inclina, por lo 
general a dar el sonido correspondiente a nuestra o en esos 
casos dudosos. 

Respecto al nombre de la metrópoli pipil el uso ha 
hecho prevalecer la forma Cuzcatlán (que hoy se escribe 
con s,) en vez de Cozcatlán, que sería más correcto; mas 
ya sabemos que el uso es el arbitro del lenguaje. 

Por lo demás, es desesperante la diversidad de mane- 
ras con que hoy se escriben corrientemente los nombres 
mejicanos: así el de Montezuma, lo he visto escrito en in- 
contables formas, y yo mismo empleo varias ortografías, 
según la fuente de que tomo los datos y para que los lec- 
tores se familiaricen con esas variantes. (136) 

Una de las peculiaridades del idioma azteca, al respec- 
to de que tratamos, es que hace mucho uso de la conso- 
nante / precedida de t, combinación muy poco empleada en 
español: en nuestro idioma casi sólo las pocas palabras'de- 
rivadas de Atlas tienen la detonante //, y algunos vocablos 
hoy admitidos en el lenguaje castellano y tomados del ná- 
huatl, como tlazole, la punta de la caña de maíz. 



(136) Ya habrá notado el lector que unas veces escribo México y otras Méjico; 
unas veces Oaxaca, y otras Oajaca, etc. Por mi parte prefiero escribir con j, mas con- 
servo, por lo común, la ortografía del escrito de que tomo el dato respectivo, o cuando 
me refiero a alguna institución, como el "Museo Nacional de México," pues, es bien 
sabido que la ortografía oficial empleada en aquella República ocupa la X, en vez de 
la j, en ciertos nombres geográficos, como Xalapa. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 177 

Los nombres terminados en ti, o en tli, que son mu- 
chísimos, forman su plural de diversas maneras, pero las 
más usadas son cambiando dicha terminación por la sílaba 
me, o por la sílaba tin. Así cuicuitzcatl, golondrina, hace 
cuicuitzamé, golondrinas, y cuauhtli, águila, hace cuauhtin, 
águilas. Los terminados en hua, que también son muchí- 
simos, hacen su plural, por lo común, añadiendo la termi- 
nación que; v. g. ahua, dueño de agua, hace ahuaque due- 
ños de agua. 

El náhuatl carece de género gramatical: mixtli, por 
ejemplo, significa a la vez el león y la leona; cuando se 
quiere distinguir el sexo de los animales, se anteponen al 
nombre respectivo las palabras oquichtli, varón, o cihuatl 
mujer, según el caso, ligeramente contraídas: así oquimixtli 
es el león macho, y cihuamixtli, la leona. 

Carece también de formas especiales para el superla- 
tivo y para el comparativo, que se suplen por medio de 
ciertas partículas antepuestas a los adjetivos. En compen- 
sación, es riquísimo de aumentativos y de diminutivos. 

Su léxico es asombrosamente extenso, debido, sobre 
todo, a su prodigiosa aptitud para formar derivados verbales. 
Un verbo transitivo, en su forma primitiva, da por lo menos 
once verbales, que son: el sustantivo en ni, formado del pre- 
sente de indicativo en activa; el de terminación de pretérito 
imperfecto de indicativo en activa; el que se toma del pretérito 
perfecto, del mismo modo y voz antedichos; el terminado en 
liztli; los que acaban en las posposiciones n, yan y can; el 
que termina en ni, formado del impersonal del verbo; el adje- 
tivo en 0/7/', el terminado en oca, y el que termina en tli o li 
o alguna vez en tí. En cada una de sus transformaciones vuel- 
ve a dar el verbo transitivo todos esos verbales; de lo cual re- 
sulta que este verbo, por sus trasformaciones, e incluido él 
mismo en su forma primitiva, y por las derivaciones inmedia- 
tas que tiene en su forma primitiva, y en cada una de sus 
trasformaciones, da por lo menos las siguientes palabras: 

Verbos 64 

Participios 64 

Verbales .... 11X64-704 

Total 832 

El P. de la Rosa, de quien es el cálculo anterior, agrega: 
«Mas no son éstas todas las palabras que pueden obtenerse 



178 SANTIAGO I. BARBERENA. 



de un verbo mejicano, porque de los verbales se derivan 
nombres abstractos y nombres posesivos; y también se pueden 
derivar verbos de verbales; v g: de tlatoani viene tlatocati, 
ser señor o príncipe». 

El P. Francisco Javier Clavijero, el más conocido de 
los historiadores de Méjico, se expresa con gran entusiasmo 
respecto al náhuatl, es decir: respecto a nuestro bellísimo 
pipil: «De la abundancia de esta lengua tenemos una buena 
prueba en la Historia Natural del Dr. Hernández, pues 
describiendo en ella 1200 plantas del país de Anáhuac, más 
de 200 especies de aves y un gran número de cuadrúpedos, 
de reptiles, de insectos y de minerales, apenas se encontrará 
alguna cosa que no tenga su nombre propio: ¿pero qué 
maravilloso es que abunde de voces significativas de objetos 
materiales, cuando casi ninguna le falta de aquellas que se 
necesitan para explicar las cosas espirituales? Los más 
altos misterios de nuestra religión se hallan bien explicados 
en mexicano, sin que jamás haya sido necesario servirse de 
voces extranjeras. El P. Acosta se admira, que habiendo 
tenido los mexicanos noticia de un ente Supremo, criador 
del cielo y de la tierra, no hubiesen tenido igualmente en 
su lengua voz para significar lo equivalente al Dios de los 
españoles, al Deus de los latinos, al Theos de los griegos, 
al El de los hebreos, y al Alá de los árabes, por lo cual los 
predicadores se han visto precisados a servirse del nombre 
español. Pero si este autor hubiera tenido algún conocimiento 
de la lengua mexicana, hubiese sabido que lo mismo vale 
el Teotl de los mexicanos, que el Theos de los griegos, y 
que no hubo otra causa para introducir la voz española 
Dios, que la demasiada escrupulosidad de los primeros 
predicadores, los cuales, así como quemaron las pinturas 
históricas de los mexicanos, porque las tuvieron por sospe- 
chosas de alguna superstición (de lo que se queja justamente el 
P. Acosta), del mismo modo rechazaron también el nombre 
mexicano Teotl, porque se había usado para significar los 
falsos dioses que adoraban». (137) 



(137) Por análogo motivo se suscitó en Guatemala, hacia 1551, una polémica larga 
y ruidosa, respecto al Catecismo del franciscano Fray Pedro Betanzos, escrito en qui- 
che, cachiquel y zutohil, en el cual el autor se abstuvo de emplear la voz indígena Qa- 
bauil. «Dios», empleando exclusivamente este vocablo español. Los dominicos criticaron 
acerbamente esa obra, llegando su inquina contra el P. Betanzos, hasta negarle su com- 
petencia en dichas lenguas, según consta en la obra del P. Remesal (lib. X, cap. 3). 
Ese Catecismo se imprimió en Guatemala en 1724, como obra del P. Marroquin, primer 
Obispo de este reino. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 179 

Juzgar de la riqueza del náhuatl, sin más base que las 
diminutas e imperfectas listas de palabras que han recogido 
entre nuestros indios unos cuantos aficionados, es como 
juzgar de la riqueza del español sin otro dato que el 
escasísimo y tosco vocabulario de ciertos chapetones que 
llegan por estas tierras. 

110. — En un pueblo que poseía una lengua tan rica, 
sabia y armoniosa, es muy natural que haya florecido la 
oratoria, y, en efecto, así lo fué. Una de las más bellas 
muestras de la grandielocuencia y gravedad de los oradores 
nahoas es el discurso que el rey de los Acolhuas dirigió a 
Montezuma II el día en que éste fué elegido emperador. Es 
un modelo de elegancia, de seriedad y de sensatez. 

El don de la palabra era tenido en tanta estima entre 
los aztecas, que lo consideraban como una cualidad principa- 
lísima para obtener las altas dignidades de la nación. 

La gaya ciencia fué también cultivada con esmero y 
notable inspiración por numerosos bardos nahoas, entre los 
cuales descuella el famoso rey-poeta Netzahualcóyotl, cuyas 
canciones heroicas fueron muy elogiadas por los literatos 
españoles del siglo XVI. Don Fernando de Alva Pimentel 
Ixtlilxochitl, tradujo a nuestra lengua dos de las odas de su 
ilustre ascendiente. 

Hace algunos años reencontró D. José María Vigil en la 
Biblioteca Nacional de México un códice que se había extra- 
viado, el cual contiene una preciosa colección de cantares azte- 
cas (que en parte tradujo al inglés Mr. Brinton), varias fábu- 
las de Esopo traducidas al náhuatl y otras piezas importantes. 

Ocioso es decir que entre los poetas nahoas había no 
pocos ramplones, que apelaban al ripio con frecuencia, y 
con la particularidad de que para completar la medida de 
los versos usaban hasta palabras sin sentido alguno. «En 
los restos que nos quedan de su poesía, dice Clavigero, hay 
algunos versos, en los cuales, entre las palabras significati- 
vas, se ven entremetidas ciertas interjecciones o sílabas que 
carecen de toda significación, y solamente usadas, a lo que 
parece, para completar la medida». 

Como en náhuatl es corriente el empleo de vocablos 
sumamente largos, formados mediante la reunión de una 
serie de palabras ligeramente deformadas, vocablos que 
constituyen verdaderas frases, en los versos, aun de arte 
mayor, con frecuencia una o dos palabras forman verso entero, 
como en los siguientes que cita Carochi: 



180 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Tlauhquechollaztalehualto tonatoc. 
Ayauhcozamalot onameyotimani 
Xiuhcoyoltzitzilica in teocuitlahuehuetl. 
Xiuhtlapallacuilolamoxtli manca. 
Nicchalchiuhcozcameca quenmach totoma innocuic. 

Que vertidos al español dicen: 

«Está relumbrando con color encarnado como el pájaro Tlauhquechol.» 

«Y está resplandeciendo a manera del arco iris.» 

«El atambor de plata suena como cascabeles de turquesa.» 

«Había un libro de anales escrito y pintado con colores.» 

«Voy de mil maneras desatando mi canto como sarta de piedras preciosas.» 

Había también dramaturgos, no faltos de ingenio, pero 
que del todo desconocían aquellos preceptos soberanos que 
dictó Horacio a los Pisones. Es sumamente curiosa la des- 
cripción que nos ha dejado el P. Acosta de una función 
dramática en náhuatl, que se verificó en Cholula, con mo- 
tivo de la fiesta de Quetzalcoatl. 

111. — Era notable la habilidad de los indios de raza 
nahoa para el arte pictórico, mas, por desgracia la mayor 
parte de las obras que existían en la época de la conquista 
fueron mandadas quemar, por orden de los españoles, co- 
mo obras diabólicas. A las pocas que se salvaron se agre- 
garon bien pronto otras nuevas, hechas por los pintores 
mejicanos del siglo XVI, a petición y para uso de los cro- 
nistas, y también para facilitar la difusión del cristianismo, 

Desde principios del siglo XVIII principiaron a reco- 
gerse y coleccionarse esa clase de documentos históricos, 
que son de capitalísima importancia. El primero que logró 
reunir una buena colección fue el anticuario milanés Lo- 
renzo Boturini Benaducci, que vino comisionado por la 
condesa de Santibáñez, a cobrar lo que a ésta se debía por 
una pensión de que gozaba como descendiente de Monte- 
zuma, y con misión especial de la curia romana de regu- 
larizar el culto de la Virgen de Guadalupe. Muchos de los 
documentos recogidos por Boturini formaron parte, casi un 
siglo después, de la famosa colección Aubin-Goupil. 

El barón de Humboldt formó también otra gran colec- 
ción, que en 1806 obsequió a la Biblioteca real de Berlín. 

Poco a poco iban apareciendo nuevos documentos, dis- 
persos en las principales ciudades de Europa y de Améri- 
ca, y por consiguiente de muy difícil consulta para los 
americanistas. En 1831 Lord Kingsborough publicó con 
enormes gastos, que perjudicaron seriamente su fortuna, 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVAD OR 181 

una gran colección de Anüquities of México, comprising fac- 
símiles of ancient Mexican paintings and hieroglyphics, en 
cinco tomos infolio. Y en estos últimos años el duque de 
Loubat, el generoso y sabio Mecenas de los estudios ame- 
ricanistas, ha reeditado, con notables mejoras, muchos de 
esos documentos, y hecho imprimir otros nuevos. 

Entre esos Códices hay unos cuantos (como el Borgia- 
no, el Vaticano B., el Cospiano y el Féjerváry-Mayer), ad- 
mirablemente comentados por M. Seler, que constituyen una 
de las más sólidas bases de nuestros estudios históricos 
relativos a los tiempos precolombinos. 

Los medios gráficos, mejor dicho pictóricos de que se 
servían los aztecas para conservar la memoria de los acon- 
tecimientos eran muy defectuosos, no merecen en realidad 
el nombre de «escritura.» 

Es probable que en la época de la federación en el 
Tamoanchán los ulmecas mismos no hayan estado tan ade- 
lantados a ese respecto, como lo estuvieron después sus 
sucesores, los maya-quichés, o bien los nahoas no supie- 
ron ponerse a la altura de sus maestros. 

Su escritura era por lo general puramente representati- 
va, es decir que expresaban los objetos por medio de la 
imagen de ellos, entera o en parte; así para escribir «Sol», 
pintaban un disco. Varias de esas figuras eran puramente 
convencionales, como las correspondientes a templo, casa, 
montaña, piedra, corazón, líquido (si de color azul, indicaba 
«agua»; si rojo, «sangre»), humo, viento, palabra, &, &. 
También empleaban algunos símbolos, para expresar, por 
ejemplo, la idea de «tiempo» dibujaban una culebra enroscada. 

Sin duda llegaron a la concepción del fonetismo, más 
lo aplicaron de una manera harto limitada, sin formar un 
sistema coherente de escritura fonética. Así, para expresar 
por escrito el nombre Quauhtitlan, de cierto lugar, pinta- 
ban un árbol (Quauhitl), cuyo tronco presentaba una aber- 
tura en forma de boca con dientes (tlantli). 

Algunos de esos dibujantes-escritores revelaban bastan- 
te ingenio. El sobrenombre de Montenzuma I, Ylhuicamina, 
que significa «el que tira (flechas) al cielo,» lo he visto re- 
presentado por un bonito geroglífico que representa un dar- 
do hundido en la bóveda celeste. 

A las veces apelaban a la metáfora : para escribir el nom- 
bre de un individuo llamado Ycnoix, «el viudo», pintaron 
un ojo derramando lágrimas. 



182 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Los signos de los meses, de los días y los correspon- 
dientes a ciertos números, eran convencionales y bastante 
bien conocidos. 

Max Müller considera como una andulazada de Fray 
Bartolomé de Las Casas el que éste diga que los mejica- 
nos «tenían grandes libros; los cuales estaban compuestos 
con tal ingeniosidad y arte que nuestro alfabeto no fue 
realmente de gran ayuda para ellos». 

Lo que es innegable es que los indios de que tratamos 
hacían una especie de papel, bastante resistente, con la cor- 
teza del árbol que llaman amatl. Este vocablo es de claro 
origen quiche: se deriva de a/na=viejo, raíz de amegelahz=. 
perpetuar, aludiendo al objeto principal de la escritura, per- 
petuar el recuerdo de los hechos, de las cosas. También 
empleaban para hacer papel las fibras del maguey o aga- 
ve americana, y ciertas pieles. 

Sus manuscritos están generalmente hechos en grandes 
tiras de papel, cubierto con un fino barniz calcario. Se pintaban 
por ambos lados divididos en rectángulos, que se doblaban 
a manera de pequeños biombos. Según parece trazaban 
primero las figuras con un punzón, y después las colorea- 
ban. 

112. — Como quiera que el pueblo mejicanc daba capi- 
tal atención o importancia a la educación de la juventud; 
es muy lógico suponer que los pipiles, que pertenecían a 
la misma raza, han de haber participado de esas elevadas 
ideas, si bien sus circunstancias no les han de haber per- 
mitido dar a ese ramo el mismo ensanche que en la gran 
ciudad de Tenochitlán. 

Yxtlilxochitl, refiere que había escritores para cada gé- 
nero. Unos trataban de los anales consignando por escrito, 
en orden cronológico los principales hechos acaecidos; otros 
se ocupaban de la genealogía de los reyes y de la nobleza; 
otros estaban encargados del archivo de tierras y de los da- 
tos catastrales, y otros de los libros de leyes, ritos y cere- 
monias. Había, dice, filósofos y sabios encargados de ense- 
ñar los cantos relativos a sus tradiciones, creencias y cono- 
cimientos. 

«No contentos con la instrucción y la educación domés- 
tica, dice Clavigero, los mexicanos enviaban a sus hijos a 
las escuelas públicas que estaban anexas a los templos, 
donde aquellos eran instruidos por tres años en la religión 
y buenas costumbres.» 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 183 

Y según el P. Sahagún, los jóvenes nobles eran envia- 
dos al calmecac, a los 10 o 12 años de edad; a los 15 se les 
enseñaba todo lo correspondiente al arte militar, y a los 
20 su respectivo padre los llevaba a la guerra, a recibir 
el bautismo de sangre. 

A los que se dedicaban a la oratoria se les acostumbra- 
ba a hablar con propiedad su idioma nacional y se les 
hacía aprender de memoria y recitar frecuentemente las a- 
rengas más notables de sus antepasados (Clavigero, lib. 
VII, c. 12). 



184 SANTIAGO I. BARBERENA. 



CAPÍTULO TERCERO. 



Conocimientos científicos de los nahoas: su Calendario y 
su Sistema de Numeración. 



113. — Ciertos apologistas de la raza nahoa ponderan 
con términos tan exagerados e inverosímiles la excelsitud 
de la Astronomía tlapalteca, que si diéramos crédito a sus 
aserciones, tendríamos que declarar que allá en la fantástica 
Tlapallan californiana, a donde vinieron a parar aquellos 
famosos toltecas, que, según el visionario autor de la His- 
toria de los Atlantes, M. W. Escott- Elliot, imperaron sobre 
todo el continente platoniano "por miles de años, con gran 
poderío y gloria", y que pertenecían según él a la raza 
"más elevada, que organizó el imperio más poderoso de 
todos los pueblos atlánticos", brillaron astrónomos más sa- 
bios que Merlín y que Lepe, y que arreglaron el cómputo 
de los años solares mucho antes y mucho mejor que los 
cosmógrafos de Melik-Shak y Gregorio XIII. 

Ya hemos dicho que según las doctrinas que hemos 
aceptado al escribir este libro, el arreglo de lo que comun- 
mente llaman "Calendario tolteca", se verificó en el Ta- 
moanchán, a influjo de la raza civilizadora, la ulmeca, y 
que de allí proviene la identidad fundamental del sistema 
cronológico de los nahoas con el de los maya -quichés, 
por todos reconocida. 

No tenemos pruebas directas de que nuestros pipiles 
hayan tenido conocimientos astronómicos y que hayan uti- 
lizado en la práctica las complicadas reglas del calendario 
mejicano, que después de disuelta la federación del Ta- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 185 

moanchán adquirió la forma definitiva que conocemos; mas 
es de suponerse y más que probable que entre los inmi- 
grantes aztecas que vinieron por acá en diversas épocas 
hayan venido algunos conocedores del "cómputo tolteca", 
y lo hayan introducido entre nuestros pipiles. 

En todo caso, a las personas aficionadas al estudio de 
nuestra Historia Antigua, y sobre todo a las que se dedi- 
can a investigaciones arqueológicas, les es absolutamente 
indispensable, como dijimos respecto al idioma náhuatl, el 
estudio del Calendario Mejicano, que, a decir verdad, es a 
lo que se reduce la tan ponderada "Astronomía tolteca". 

El Calendario Mejicano está constituido a la vez por 
dos períodos: uno de 260 días, o sean 20 trecenas, y otro 
de 365, días o 18 veintenas, más 5 días adicionales. El pri- 
mero se llama Tonalamatl, o "Libro de los días", y de él 
poseemos bellísimos especímenes en diversos códices anti- 
guos, de indiscutible autenticidad. El segundo, denominado 
Tonalpouali, o "Cuenta de los días", ha sido detallada- 
mente explicado por varios cronistas e historiadores, si 
bien con muy poco acuerdo respecto a varios puntos esen- 
ciales. 

He aquí su expresión fundamental numérica: 

Tonalamatl ... 260 días = 13X20 = 5 (4X13) 
Tonalpouali . . 365 días = (18X20) + 5 =(28 X 13)+ 1. 

El Tonalamatl es considerado como más antiguo y ba- 
se del segundo. Su origen lo refieren unos a las prácticas 
mágicas; otros opinan que está basado en los movimientos 
de la Luna. La docta americanista Celia Nuttal avanzó la 
ingeniosa idea de que representa el lapso de la gestación 
humana, y otros suponen, que es lo más probable, que 
tiene por base la revolución sinódica del planeta Venus, 
fundados en las siguientes relaciones: 

584 = 2 (20X13) + (4X13) + 12 

365 = (20X13) + (8X13) + 1 

5X584 = 8X365, y por tanto: 

13 (5X584) = 13 (8X365) = 145X260= 104 años, 

que es el gran ciclo mejicano, o Ueuetiliztli, al cabo de los 
cuales los tres períodos vuelven a su punto de partida. 



186 SANTIAGO I. BARBERENA. 



He aquí los nombres de los veinte signos del Tonalamatl: 

1 — Cipactli Lagarto 11 — Ozomatli .... Mono 

2 — Cuetzpallin . . . Lagartija \2 — Ocelotl Tigre 

3 — Mazatl Venado 13— Olín Movimiento 

A — ltzcuintli Perro 1— Xóchitl Flor 

5 — Acatl Caña 2 — Calli Casa 

6—Cozcaquauhtli . . Buitre 3 — Miquiztli .... Muerte 

1 — Quiauitl Lluvia A — Atl Agua 

8 — Ehecatl Viento b — Malinalli .... Liana 

9 — Cohuatl Culebra 6 — Quauhtli Águila 

10— Tochtli Conejo 1—Tecpatl Pedernal 

Estos signos estaban numerados por trecenas, de 1 a 13. 
El primer grupo comenzaba con 1 Cipactli y terminaba con 
7 Tecpatl, como se ve en el cuadro anterior. El segundo 
grupo comenzaba con 8 Cipactli. Se continuaba contando 
en orden cíclico, y al terminar el 13? grupo de veinte sig- 
nos se volvía a decir 1 Cipactli, pues se había contado un 
múltiplo de 13 y de 20. 

M. de Jonghe ha demostrado con sumo ingenio que 
los días del Tonalamatl se designaban también con otra 
anotación particular para distinguirlos mejor: ha estableci- 
do que para eso servían los nueve "Señores de la noche" 
(Yohualtecuhtin), cuyas funciones eran desconocidas. He 
aquí sus nombres: Xiuhtecuhtli, Itztli, Piltzinteotl, Tzinteotl, 
Mictlantecuhtli, Chalchiuhtlicue, Tlazolteotl, Tepeyollotl y 
Tlaloc. 

Aun está en discusión el peliagudo problema de cómo 
se combinan entre sí el Tonalamatl y el Tonalpoualli, 
cuestión que ha inducido a algunos de los sabios que han 
tratado de esta materia a admitir dos sistemas de combi- 
nación, que han distinguido con los nombres de "Año ritual" 
y "Año civil", distinción hoy poco aceptada. 

114. — La nomenclatura generalmente usada para las 
veintenas del Tonalpoualli, llamadas por comodidad meses, 
y la traducción española de los vocablos es la siguiente: 

1 Atlacahualco Terminación de las lluvias 

2 Tlacaxipehualiztli .... Desollamiento de hombres 

3 Tozoztontli Pequeña velada 

4 Huey Tozoztli Gran velada 

5 Toxcatl Soga 

6 Etzacualixtli Comida de buñuelos 

7 Tccuilhuitzintli Fiesta menor de caballeros 

8 Hueytecuilhuitl '. Gran fiesta de caballeros 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 187 

9 Tlaxochimaco La florescencia 

10 Xocohuetzi Caída de la fruta 

11 Ochpanixtli Aseado, barrido 

12 Teotleco Llegada de los dioses 

13 Tepeilhuitl Fiesta de los montes 

14 Quecholli Ave preciosa 

15 Panquetzalistli Izar las banderas 

16 Atemoztli Fin de las aguas 

17 Tititl Recoger el grano 

18 Itzcalli Casa de obsidiana 

Los nombres de los veinte días son los nombres que 
ya dimos de los signos del Tonalamatl, si bien cada autor 
los cuenta a su manera, lo cual engendra muchas dudas y 
dificultades. 

El mes se divide en el orden civil en cuatro quintiduos 
al cabo de cada uno de los cuales se celebraba tianquiztli 
o mercado; en el orden religioso se contaban los días, co- 
mo ya dijimos, por trecenas. (138) 

115. — El orden en que se suceden los meses es indis- 
cutible; mas no cual sea el primero de la serie. La mayo- 
ría de los antiguos cronistas enseñan que comienza con 
Atlacahualco , mas hay respetables autoridades que opinan 
comienza por el siguiente, Tlacaxipehualiztli ; varios autores 
sostienen, sin embargo, que Tititl es el mes inicial, otros 
que Atemoztli; el señor Orozco y Berra, gran conocedor 
del asunto, principiaba la serie por Itzcalli; y últimamente 
los eminentes americanistas Dr. Eduardo Seler y M. Eduar- 
do de Jonghe han emitido muy atendibles razones para dar 
la prioridad al mes Toxcatl. 

Como 18 veintenas sólo equivalen a 360 días, los me- 
jicanos agregaban otros 5 días complementarios o nemonte- 
mi, respecto a cuya colocación en el año discrepan los 
autores. Para unos se agregaban al fin, que parece lo más 
natural, y para otros al principio del año, que prácticamen- 
te viene a ser lo mismo, pues en el orden cíclico los ex- 
tremos se confunden; mas M. Jonghe opina que la coloca- 
ción de los días adicionales era variable. 

A lo que parece no adoptaron ninguna era para la 
cuenta de los años; es probable que lo hayan hecho por 
ciclos (de 52 años cada uno), como lo hacen hoy los chinos, 
para quienes el 15 de septiembre de 1913, por ejemplo, es el 

(138) De tianquiztli se deriva el vocablo tiangue (o tianguis) que empleamos en 
El Salvador para designar el local destinado para la venta de ganado, y en Costa Rica 
se da ese nombre a las ventuchas en que a la orilla de los mercados se venden dulces, 
refrescos, & &. En Filipinas es usada en análogo sentido. 



188 SANTIAGO I. BAKBERENA. 



15? día, del VIII mes, del año 50, del 76? ciclo (de 60 años). 
Ese vacío en la cronología nahoa ha tratado de llenarlo 
— aunque ya muy tarde — el historiógrafo mixteca D. Abra- 
ham Castellanos, quien en una Conferencia que dio en el 
Museo Nacional de México el 1? de agosto de 1911 y pu- 
blicada en los Anales de ese establecimiento, trató de esta- 
blecer y fijar la Era del Chicomoztoc, cuyo origen se re- 
monta, según él, a 6386 años antes de Cristo, de manera 
que ahora (1914) se cuenta el año 8300 de dicha era. Su 
trabajo es, sin duda, ingenioso, pero no demuestra que se 
haya usado alguna vez esa manera de contar los años. 

116. — La tan famosa corrección bisextil de los astróno- 
mos toltecas pertenece al género de «cuentas alegres» por 
más que Fray Bernardino de Sahagún diga categóricamen- 
te que los mejicanos intercalaban un día más cada cuatro 
años. Motolinia, Torquemada y el desconocido autor de la 
«Crónica de la S. Provincia del Santísimo Nombre de Je- 
sús de Guatemala», escrita en 1683, niegan rotundamen- 
te que se haya hecho tal intercalación: el año mejicano era, 
según parece, un año vago. 

Este asunto ha sido muy controvertido: el P. Jacinto de 
la Cenia, autor de un «Manual de Ministros de Indias», 
escrito en el siglo XVII y publicado en Madrid en 1829, no 
creyó en la intercalación cuadrienal; según él la corrección se 
hacía cada siglo, o sea cada 52 años. Tal parece haber si- 
do también la opinión de Sigüenza y Góngora, y la misma 
adoptaron Gavigero y otros historiadores del siglo XVIII. 
La intercalación de 13 días cada 52 años, que es la que indi- 
can, equivale sin duda a la juliana, de un día cada cuatro 
años. 

El célebre León y Gama, no contento con esa aproxima- 
ción, pretendía que la intercalación era de 13 y de 12 días al- 
ternativamente cada 52 años, o sea de 25 días cada 104 
años, lo cual aun no es bastante aproximado. El ilustre je- 
suíta mejicano Lino Fábrega, y con él el sabio barón Alejan- 
dro de Humboldt, suponen que la intercalación era de 13 días 
cada 52 años, pero que se suprimían 7 de ellos al cabo de 
20 siglos o 1040 años. El señor Orozco y Berra suprimía 
8 días. 

Está claro que así se consigue admirable aproximación: 
En efecto, dando al año trópico la duración de 365 dias 2422, 
la duración de los 1040 años equivale a 379,851 ¿ias 888. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 189 

Ahora bien, 1040 años mejicanos, de 365 días, componen 
379,600 días; agregando a ese número 260 días, de las vein- 
te intercalaciones seculares, y restando después los 8 que 
suprimía el señor Orozco y Berra, quedan 379,852 días, que 
sólo exceden al primer resultado en dias 112o poco más de 
2 horas y media. 

Todo eso es muy bonito, pero sólo significa lo que se 
debió hacer para corregir el año mejicano, no lo que real- 
mente se hacía. M. Jonghe ha discutido ampliamente el pro- 
blema y ha llegado a la conclusión de que no hay documen- 
to alguno, auténtico y de valor, que justifique la realidad de 
esa corrección. A ese mismo resultado había llegado el se- 
ñor Seler en su estudio de los documentos de la colección 
Humboldt, publicado en Berlín en 1893; pero diez años des- 
pués emitió la idea, nada feliz por cierto, de una intercala- 
ción de 10 días cada 42 años. La señora Nuttal ha propues- 
to otra, de 20 días cada 82 años. 

M. Jonghe en su «Ensayo de síntesis y coordinación 
del calendario mejicano», publicado en el Journal de laSoc. 
des Amérícanistes de París (1906), dice: «Persistimos en 
creer que hasta ahora ningún dato positivo prueba que los 
antiguos mejicanos hayan corregido la duración de su año, 
como contaban simultáneamente el curso del Sol y del plane- 
ta Venus, toda tentativa de corrección hubiera complicado 
atrozmente su sistema cronológico.» 

Y vaya si era ya complicado! 

Nueve ciclos distintos componían el embrollado rodaje 
del Calendario mejicano. 

I — El Tonalamat de 260 días (20X13). 

II — El Tonalpoualli, o año solar, de 365 días=(20Xl8)+5 

III — La revolución sinódica de Venus, de 584 días 

IV — El ciclo de cuatro años, al cabo de los cuales el 
año solar comienza de nuevo por el mismo signo, pero afec- 
tado de distinta cifra. 

V — El ciclo de cinco años venusinos, ó 2920 días (584X5), 
terminado el cual el año venusino reccmienza con el mismo 
signo, pero con distinta cifra. 

VI — El tlapilli, de trece años solares, al cabo del cual el año 
solar recomienza con la misma cifra pero con diferente signo. 

VII — La trecena venusina (584X13) que hace principiar 
el año venusino con la misma cifra, pero con distinto signo. 

VIII — El xiuhtonaüi de 52 años solares, ó 73 tonalama- 



190 SANTIAGO I. BARBERENA. 



tes, al cabo del cual estos dos períodos concuerdan de nuevo, 
y el año solar recomienza con el mismo signo y la misma cifra. 

El Huehuetiliztli de 104 años solares, ó 146 tonalamates, 
ó 65 años venusinos, que quedan concordados. 

117. — Bien se comprende que no habiendo seguridad 
respecto a cuál es el mes inicial, ni respecto a la colocación 
de los días intercalados, ni sobre otros muchos detalles, es 
punto menos que ilusorio tratar de concordar el año mejica- 
no con el romano con matemática precisión, tarea a la cual 
se han dedicado con laudable empeño gran número de com- 
putistas. 

Ante todo hay que advertir que siendo vago el año de 
que tratamos no es posible fijar la fecha juliana, o gregoriana, 
de su día inicial, de una manera permanente. Eso de que 
siempre haya comenzado el 2 de febrero juliano, como lo 
dicen unos; o el 24 de febrero, como dicen otros; o el I o de 
marzo, como pretenden varios autores, es absolutamente inad- 
misible. (139) 

Se han hecho esfuerzos para concordar la fecha de la 
toma de Méjico, que según nuestro cómputo fué el 13 de 
agosto de 1521, y según los anales indígenas acaeció el día 
1 cohuatl del año 3 calli. León y Gama cita un pasaje de Cris- 
tóbal del Castillo, en que éste dice que el "Señor de la noche" 
de ese día fué Chalchiuhtlicue, con lo cual, dicen, queda bien 
determinada la fecha mejicana. 

Partiendo de esos datos y poniendo a contribución otros 
muchos documentos ha llegado el señor Seler a la conclu- 
sión de que el día inicial de ese año (o primer día del mes 
Toxcatl) correspondió con el 3 de mayo. 

Por su parte el R. P. Camilo Crivelli, S. J., compuso y 
publicó hace pocos años (1909) un "Ensayo para reducir 
años, meses y días de la era gregoriana á la azteca" en el 
cual, aceptando de lleno el sistema cronológico del señor 
Chavero, da reglas y tablas bastante claras para hacer tal 
reducción; lo cual no ofrece dificultad alguna, si se acepta 
como verdad demostrada un sistema cualquiera, como lo 
habían hecho ya otros varios, sobre diversas bases, tal como 
los señores don Eufemio Mendoza y don Manuel A. Romo, 
que compusieron un Tonalamatl ihuan metztlipohualli para 
1874. 

(139) Lo mismo digo respecto al calendario de los quichés y cachiqueles, cuyo prin- 
cipio coincidía con el 19 de noviembre, según Hernández Spina; o con el 24 de diciembre, 
según Basseta. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 191 

No se puede, pues, señalar fecha fija a las numerosas 
fiestas que celebraban los aztecas y a buen seguro nuestros 
pipiles, aunque haya sido con menos esplendor, especialmen- 
te la gran fiesta secular que recuerda la que hacían los 
romanos cada 110 años (undenos decies per annos) y para 
la cual compuso Horacio su celebérrimo Carmen Soeculare. 

El docto historiador D. Luis Pérez Verdía, que varias ve- 
ces he citado en las páginas anteriores, da respecto a esa au- 
gusta solemnidad interesantísimos datos. Al terminarse cada 
siglo (52 años) se verificaba, según él, la gran fiesta secular, 
porque creyendo los mexicanos que el Sol que les alumbraba 
era el quinto habiéndose destruido los cuatro anteriores en 
otros tantos cataclismos (140), suponían que la destrucción del 
que les daba vida, y con ella la destrucción de la humanidad 
entera, había de verificarse precisamente al terminar uno de 
esos grandes períodos. 

Por eso, dice el señor Pérez Verdía, cada 52 años los 
mexicanos esperaban la muerte, mejor dicho, sentían extraor- 
dinaria zozobra, y solemnizaban con interesantes ceremonias 
el nuevo siglo. 

Esa fiesta se denominaba Toxiuhmolpilia, o sea «Liga o 
atadura de lósanos,» nombre que algunos han creído que 
alude a la corrección secular, refiriéndose tan sólo a la conti- 
nuación de la serie de los años, o sea a la prolongación de la 
vida de la humanidad. 

«En el último día secular, escribe el nominado historiador, 
todos los habitantes rompían sus trastos, ropas y muebles, 
arrojaban sus pequeños dioses al agua, apagando en todas 
partes el fuego, pues de nada de eso necesitaban, si como te- 
mían y esperaban que sucediese, ya no había de volver a 
alumbrar el Sol. Preparados desde temprano, a la puesta del 
Sol, todos los sacerdotes revestidos con las insignias de los 
dioses, se ponían en marcha procesionalmente para el cerro 
Huixachtecatl o de la Estrella, junto a Yxtapalapan, poco más 
de dos leguas al Sur de México, llegando a la cumbre, donde 
estaba un teocalli, a la media noche, la que conocían en ese 
día por estar en el meridiano las Pléyades (141.) Esperaban 
este solemne momento en el mayor silencio y obscuridad, ro_ 



(140) La leyenda d: Los Cuatro Soles ha sido narrada en hermosos versos blan- 
cos por el notable filólogo y distinguido poeta mejicano don Cecilio A. Robel >. Una ele- 
gante edición ilustrada de su poema, se publicó en 1912. 

( 141 ) Tratándose de un siglo compuesto de 52 años vagos, no se puede afirmar 
esa coincidencia con los movimientos siderales. 



192 SANTIAGO I. BARBERENA. 



deados todos los habitantes de la cumbre del cerro, y si al 
llegar la media noche no se destruía el mundo, era ya señal 
segura de que duraría otros 52 años por lo menos. Al instan- 
te los sacerdotes producían nuevo fuego frotando fuertemente 
dos maderos a propósito y encendían una gran hoguera, sa- 
crificaban una víctima que tenían preparada y bajaban a gran 
prisa con el nuevo fuego en las manos: la muchedumbre pro- 
rrumpía en un grito unánime de alegría, luego que veían en lo 
alto la luz de la hoguera y se entregaban a fiestas y danzas 
místicas, practicando algunas nuevas ceremonias. Cuatro ve- 
ces celebraron esta fiesta los mexicanos: en 1351, sin haber 
aun fundado su monarquía; en 1403, bajo el reinado de Huit- 
zilihuitl; en 1455, siendo rey Motecuhzoma Ylhuicamina, y en 
1507, bajo Motecuhzoma Xocoyotzin.» 

118. — En incontables obras he leído que los toltecas 
eran consumados astrónomos, insignes matemáticos y otras 
flores por el estilo; por supuesto que sin exponer detalles que 
confirmen tales aseveraciones. Los autores de esos gratuitos 
ditirambos deben ignorar, o por lo menos olvidan, que la as- 
tronomía es una ciencia sumamente difícil. Hay mucha diferen- 
cia entre la simple descripción de los movimientos celestes, 
tal como los explica la Cosmografía, y la determinación de 
los valores numéricos respectivos y la predicción de los fenó- 
menos astronómicos. 

Lo que pomposamente llaman "Astronomía tolteca"no 
es más que una maraña de leyendas mitológicas, sin duda 
muy interesantes desde otros puntos de vista, de unas cuan- 
tas nociones elementalísimas y con frecuencia erróneas, res- 
pecto a los astros, y de algunos datos filológicos, que pue- 
den servir para otros géneros de inducciones. 

Esa impresión deja la lectura del estudio sobre La as- 
tronomía de los antiguos mejicanos por el Dr. Hermann Be- 
yer, por más esfuerzos que éste hace para darle interés cien- 
tífico. 

Humboldt examinando el códice Telleriano-Remense en- 
contró una figura que según él representa un eclipsé del Sol, 
al que oculta la Luna; y sin más ni más dedujo que los anti- 
guos toltecas conocían la verdadera causa de los eclipses, con- 
clusión que el mismo Beyer conceptúa por demás atrevida, 
sin el necesario fundamento. 

El único detalle verdaderamente notable, si admitimos 
las interesantísimas investigaciones del Dr. Forstemann res- 
pecto al Códice de Dresde, es el relativo al período de 584 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 193 

días, que es, con admirable aproximación, la revolución sinó- 
dica de Venus, valuada por los astrónomos modernos en 583 
días, 22 horas, 6 minutos y 40 segundos. 

Dicho período se divide en cuatro partes: 90 días para la 
invisibilidad del planeta en la época de la conjunción supe- 
rior; 250 días, para su aparición como estrella vespertina; 8 
días para su conjunción inferior, y el resto, 236 días, para 
su visibilidad como astro de la mañana. 

119. — El estrecho parentesco entre gran parte de los 
aborígenes de El Salvador y los maya-quichés de Guatema- 
la, me obliga a decir dos palabras respecto al sistema cro- 
nológico de éstos, en obsequio de las personas que se de- 
dican al estudio de nuestros monumentos arqueológicos y 
a las investigaciones históricas. 

La mayoría de nuestros historiógrafos han aseverado, 
con más aplomo que conciencia, que el calendario de los 
quichés y de los cachiqueles era idéntico, por lo menos en sus 
líneas generales, con el mejicano: 18 meses de 20 días cada 
uno, más cinco días complementarios (dedicados a Votan, 
dice el P. Basseta) y con intercalación bisextil cada cuatro 
años, según el señor Milla, de acuerdo con el abate Brasseur. 

Esa identidad la han explicado los unos diciendo que 
de la Tula de Chiapas llevaron los toltecas a Méjico el cóm- 
puto del tiempo, y otros diciendo que, por el contrario, fue- 
ron los toltecas de la Tula californiana los que introduje- 
ron en la América Central la antedicha forma de calenda- 
rio. Ya queda indicada nuestra opinión a ese respecto, de 
acuerdo con las teorías del P. Planearte. 

El abate Brasseur da los nombres de los meses qui- 
chés, conforme al Vocabulario quiche del P. Domingo Basse- 
ta, y los de los meses cachiqueles, tomados, según parece, 
de una crónica franciscana. Ambas listas las reprodujo D. 
Francisco Gavarrete en su Geog. elem. de Guatemala (1868), 
con algunas variantes ortográficas. También el señor Agui- 
rre Cinta trae los de los meses quichés, en sus Lección, de- 
Hist. Gen. de Guatemala, tal como los da el licenciado don 
Jesús E. Carranza, autor de un interesante trabajo titulado: 
«Un pueblo de los Altos — Apuntes para su Historia.» Con- 
esos datos he formado los dos cuadros siguientes: 

NOMBRES DE LOS MESES QUICHÉS 

1 . Nabe Tzih ' . ., . . Primera palabra 

2. U Cab Tzih Segunda palabra 

— 13- 



194 SANTIAGO I. BARBERENA. 



3. Rox Tzih Tercera palabra 

4. Che Árbol 

5. Tecoxepual Siembra 

6. Tzibe Pop Pintura de estera (petate) 

7. Zac Blanco 

8. Chab Arco (de flecha) 

9. Huno Bix Gih Primer canto del Sol 

10. Nabe Mam. . . , Primer viejo (o abuelo) 

11. U Cab Mam Segundo viejo 

12. Nabe Ligin Ga Primera mano suave 

13. U Cab Ligin Ga Segunda mano suave 

14. Nabe Pach Primera nidada o incubación (o trenza) 

15. U Cab Pach Segunda nidada 

16. Tziquin Gih Tiempo de pájaros 

17. Tzizi Lagan Coser el estandarte (o estandarte cosido) 

18. Cakam Tiempo de flores rojas (o muy colorado) 



NOMBRES DE LOS MESES CACHIQUELES 

1. Bota (o Y Bota) Rollo de esteras 

2. Qatic Siembra de comunidad 

3. Izcal o Ixcal Retoños 

4. Pariché Leña para quemar 

5. Tecaxepual Tiempo de sembrar 

6. Nabey Tumuzuz Primeras hormigas con alas 

7. Rucab Tumuzuz Segundas hormigas con alas 

8. Cibuie o Cibixic Tiempo de humo o de vapores 

9. Uchum Tiempo de resembrar 

10. Nabey Mam Primer viejo o abuelo 

11. Ru Cab Mam Segundo viejo o abuelo 

12. Ligin Ka Mano dulce 

13. Nabey Togic Primera cosecha 

14. Ru Cab Togic Segunda cosecha 

15. Nabey Pach Primera nidada 

16. Ru Cab Pach Segunda nidada 

17. Tziquin Gih Tiempo de pájaros 

18. Cakam Tiempo de flores rojas. 



En cuanto a los nombres de los días, que se dice son 
idénticos en quiche y en cachiquel, no sólo hay variantes 
de los vocablos y de su significación, sino también del or- 
den en que se contaban los 20 días de cada mes. El cua- 
dro siguiente lo he formado teniendo a la vista la nomen- 
clatura del P. Francisco Ximénez, la adoptada por el abate 
Brasseur. la del P. Vicente Hernández Spina, cura de Ix- 
tlahuacán (Ms. de la «Colección Padilla»), todas tres re- 
producidas por Milla, y la del citado señor Carranza, re- 
producida por el señor Aguirre Cinta. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 195 

1. Imox o Imux. . . . «Envidia del yerno», según Ximénez; «Espa- 
dón, un pez», según Brasseur; «Marmita», 
según Carranza; «Malo», según Hernández 
Spina. Agrega éste: «Los sacerdotes del Sol 
o Ajguijes, van a pedir a sus genios el mal 
para sus contrarios. Este día está consagrado 
al Genio que gobierna el viento; o por mejor 
decir el viento que es el mismo Genio como 
los antiguos, tenian a Eolo» (142). 

2. Ic o Ig «Luna» o «chile», según X.; «Espíritu, so- 

plo», según B. ; «Luna», según C. ; «Día malo, 
como el anterior», según H. S. 

3. Acbal o Akbal . . . «Casa», según X.; «Cosa confusa, caos», se- 

gún B. y C. ; «Día malo. Ocurren los Ajquijes 
a pedir el mal para sus enemigos», según H. 
S. (Este escribe: Bacbal). 

4. Caí o Quat «La red del maíz y lagarto», según X.; «la- 

garto», según B. ; «Red», según C; «Día 
malo. Lo mismo que el anterior», H. S. 

5. Can o Kan «Amarillo y culebra», X., «Serpiente», B. y 

C. ; «Malo, como los dos anteriores», H. S. 

6. Camey o Kamé. . . «Toma con el diente y muerte», X.; «muerte», 

B..y C. ; «Malo, como los tres antecedentes», 
H.S. 

7. Quej o Quiej. . . . «Venado», X., B. y C; «Día bueno. Se da 

principio a los contratos matrimoniales», H. S- 

8. Canel o Ganel . . . «Conejo», X. y B. ; «Madurez», C. (pero es- 

cribe kanil); «Día bueno, en que se pide todo 
lo que es sustento del hombre » t H. S. 

9. Toh o Toj «Paja y aguacero», X.; «Lluvia», B. y C. 

«Día malo. ¡Infeliz el que nace bajo la influen- 
cia de este día! En él influyen únicamente los 
genios malignos» H. S. 

10. Tzi o Tzii «Perro», X., B. y C. ; «Malo. Los sacerdotes 

piden la enfermedad, la miseria y toda clase 
de males para los que no son de su cariño», 
H. S. 



(142). El vocablo «Malo» que da Hernández Spina, no es traducción de la voz 
Imox, sino la calidad del día, pues hay días buenos, mulos, e, indiferentes. 



196 SANTIAGO I. BARBERENA. 



11. Batz o Bat «Mono e hilo», X., B. y C. ; «Malo. Los sa- 

cerdotes piden igualmente las enfermedades, 
pero con especialidad la gota, a fin de parali- 
zar a sus enemigos», H. S. 

12. Ci, o Balam o Ee . «Diente», X.; «escoba, tigre», B. ; «diente», 

C. ; «Bueno. En él se consuman todos los con- 
tratos y los sacerdotes piden a los Genios 
todos los bienes», H. S. 

13. Ah o Aj «Maíz tierno, caña», X; «caña», B. ; «helóte», 

C. ; «Bueno. Consagrado a pedir el aumento 
de los animales domésticos». H. S. 

14. Balam, o Itz, o Ix. «Tigre», X.; «brujo», B. ; «vosotros», C. ; 

«Día bueno. Consagrado a los genios que 
reinan en los montes. En él se pide a estos 
mismos Genios contengan a las bestias carní- 
voras, para que no destruyan los rebaños y 
animales domésti-cos», H. S. 

15. Tziquin o Ziquin . «Pájaro», X., B. y C. ; «Bueno. Aunque estén 

consumados los contratos matrimoniales, no 
se unen los casados en una misma casa, sino- 
es en este día, precedidos de muchas oracio- 
nes y votos por su felicidad » K H. S. 

16. Ahmac «Pecador, buho», X., B. y C; «Día bueno. 

Gonsagrado al Genio de la Salud, aquí se ha- 
cen muchas oblaciones», H. S. 

17. Noh «Llenar, temple», X.; «temperatura», B.; 

«Genio, arbitrio». C. ; «Día bueno. Consagra- 
do al Genio de la razón. En él se pide el buen 
entendimiento para sí y para sus hijos», H. S. 

18. Tihax «Muerte, rasgando, cuchillo de pedernal»^.; 

«obsidiana», B. ; «comestible, pedernal», C. ; 
«Bueno, lo mismo que el anterior. Estos dos 
días están consagrados al alma humana», H. S. 

19. Caok o Caoc . . . . «Lluvia», X. y B. «Símbolo», C, que lo lla- 

ma Kabek; «Día indiferente», H. S., que lo 
llama Cagnoc. 

20. Hunapuh «El que bajó al infierno», X.; «un tirador 

con cerbatana», B.; «tirador de cerbatana»,. 
C, que lo llama Ahpú; «Indiferente», H. S., 
que también lo llama Ahpú. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 197 

El P. Ximénez y el abate Brasseur cuentan los días 
-en el orden antedicho; el señor Carranza principia por el 
día Noh, y el P. Hernández Spina por el día Cagnoc, ó 19? 
del cuadro. 

La ya citada crónica franciscana hace principiar el año 
cachiquel con el mes Tecaxepual el 31 de enero; Ximénez 
hace comenzar el año quiche con Imox, el 21 de febrero; 
otros opinan que principiaba por octubre; el P. Hernández 
Spina optó por el 19 de noviembre, y el P. Basseta por el 24 
de diciembre. Esta es la opinión más generalmente aceptada. 

120. — Todos esos datos respecto al calendario de los 
quichés y de los cachiqueles han sido declarados poco me- 
nos que inútiles por los americanistas Brinton, Seler y Ray- 
naud. Estos sabios apenas admiten como auténticos los nom- 
bres de los días cachiqueles, y han descubierto que el sis- 
tema cronológico de éstos se componía de dos períodos: el 
ch'oh-k'ih, usado para las operaciones mágicas y astroló- 
gicas, y que, según M. Seler, era, como el tonalamat de 
los nahoas, un ciclo de 260 días, y el may-k'ih, usado pa- 
ra los cómputos cronológicos y compuesto de 20X400=8000 
días, o veinte años cachiqueles. 

Porque es de advertir que el año cachiquel no se com- 
ponía de 365 días, como se había creído hasta ahora, creen- 
cia de que participó el mismo Dr. Brinton, sino de 400 
días, lapso a que daban el nombre de huna. La misma dura- 
ción tenia el año de los quichés. 

Eso de un año de 400 días hubiera parecido una ocu- 
rrencia estrafalaria sino procediera de americanistas de la 
talla y autoridad de Seler y de Raynaud; hoy es admitida 
por gran número de especialistas, entre ellos M. Beuchat, 
el sabio autor del Manuel a" Archéologie Américaine. 

121. — Tiene también mucha importancia para los ar- 
queólogos el sistema de numeración nahoa, tanto hablada 
como escrita, y a este respecto no cabe duda razonable de 
que fue el usado por los pipiles. Los indios actuales de 
por acá lo han completamente olvidado, por haber tenido 
que aprender, siquiera rudimentariamente, a contar a la es- 
pañola, para el ajuste de sus salarios y jornales y para sus 
negocitos de compra y venta, todo lo cual siendo de menor 
cuantía, les ha bastado aprender a contar hasta un límite 
bastante bajo. 

La base de la numeración nahoa es 20 = 4X5, y para 
expresar las cantidades empléanse once palabras distintas, 



198 SANTIAGO I. BARBERENA. 



con adición de algunas letras de origen adverbial o pura- 
mente eufónicas. Dichas once palabras sirven para expresarlos 
números 1, 2, 3, 4, 5, 10, 15, 20, 400 y 8000, correspondiendo 
dos al 5. 

Los primeros cinco dígitos se denominan: Ce = \, orne =2, 
yey = 3, nahuí—A y macuilli = 5. 

Los cuatro siguientes se forman añadiendo sucesivamete 
los antedichos a 5, que toma el nombre de chico, y así se 
tiene: chicohuace o chicuace = 6, chicóme = 7, chicuey = 8 y 
chiconahui = 9. El número 10 se denomina matlactli. 

De manera análoga se expresan los cuatro números que 
siguen: matlactli occe — \\, matlactli ornóme— 12, matlactli 
omey—\3 y matlactli onahui=\4. 

El 15 se llama caxtolli, y por adición, como antes, se tiene: 
caxtolli occe=\6, c. ornóme — \1, c. omey=\%y c. onahui = \9. 

La veintena se denomina pohualli, y se cuenta por 
veintenas, anteponiendo a ese vocablo los 19 números de 1 
a 19, así: cempohualli — 20, ompohualli= 40, yeipohualli — 60, 
. . . . caxtollnahupohualli = 380, o 19 veintenas. 

Los números intermedios, 21 ... 39, 41 . . . 59, 61 . . . 
79, & &, se expresan añadiendo a los antedichos el nombre 
de las unidades que quedan deducidas las veintenas; así, para 
expresar 351 = 17X20 + 11, se dirá : caxtolliompohaalli ma- 
tlactlionce. 

Veinte veintenas toma el nombre de tzontli = 400, y con 
este nuevo guarismo se cuenta como con el de una veintena: 
centzontli =400, y ometzontli=800, yeyzontli = 1200, y así 
hasta 20X400 = 8000, exclusive. 

Para los intermedios, 401 ... 799, 801 ... 1199, 
1201 . . . 1599, & &, se procede análogamente a lo que 
queda indicado, reduciendo el número a la forma n400+ 
m20+p, y dando a cada parte el nombre que le corresponde. 

El número 8000 se denomina xiquipilli, con el que se 
expresan los números mayores que 8000 descomponiéndolos 
en cuatro partes (alguna o algunas de las cuales pueden 
reducirse a cero, y entonces no se enuncian): k 8000 + n 400 + 
m20 + p, suponiendo los coeficientes k, n, m y p menores que 
20. Así se puede contar hasta 19. 8000 + 19. 400+19. 20+19 
=159999. (143) 



(143) Solían usar también por comodidad el número mo/of/=40000, y asi matlactli 
molotl= 10.40000 = 400000. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 199 

Empleando el vocablo xiquipilxiquilli por 20" = 64000000 
se puede llevar la numeración mejicana hasta el número 
10.239.999.999.999 que equivale a 1 9 (20 <J + 20" + 20 7 + ... 
20+1). 

Supongamos, v. g., que se quiere expresar el número 
9.437.678.406.524; para ello lo descompongo en diez partes, 
de las cuales se enuncian nueve, porque una de ellas se 
reduce a cero, diciendo ipan=« más», entre cada dos de 
ellas. 

18X20X400X8000X800 - 9216000000000 
8X400X8000X8000. . . = .204800000000 



13X20X8000X8000 . . . = 


16640000000 


3X8000X8000! = 


. 192000000 


14X400X8000 - 


. . 44800000 


10X20X8000 - 


. . .1600000 


16X400 — 


.... 6400 


6X20 — 


120 


4 = . 


4 



Lo cual en mejicano se enuncia así: 

Caxtolliomeypohualtzonxiquipilxiquipilli, ipan 
Chicueytzonxiquipilxiquipilli, ipan 
Matlactliomeypohualxiquipilxiquipilli, ipan 
Eypohualtzonxiquipilli, ipan 
Matlactlionnahuitzonxiquipilli, ipan 
Matlactlipohualxiquipilli, ipan 
Caxtollioncetzontli, ipan 
Chicoacepohualli, ipan 
Nahui. 

Ahora bien, es de suponerse que los maya -quichés, 
descendientes directos de los ulmecas, conserven más ge- 
nuinamente las costumbres e ideas de éstos, y como el 
sistema de numeración quiche, aunque tiene la misma base 
20, que el nahoa, es muy distinto, se colige que los nahoas 
fueron los que modificaron el procedimiento para contar, 
mejorándolo notablemente. Para apreciar la diferencia entre 
ambos sistemas basta contemplar un ejemplo: sea el número 
27839 = 3.20 :! + 9.20 2 +l 1.20 +19. Conforme al sistema me- 
jicano basta enunciar esas cuatro partes, una en pos de 
otra, en orden decreciente; los quichés las enuncian en 
orden creciente y de un modo verdaderamente peregrino: 



200 SANTIAGO I. BARBERENA. 



dicen: «19 para (ri) 12.20 (=240, con lo que da a entender 
que pasa de 11.20, es decir, que deben agregarse 220 uni- 
dades); para 10.400 (=4000, con lo que se da a entender 
que pasa de 9.400, o que deben agregarse 3600); para 4.8000 
(vale decir que deben agregarse 3.8000 = 24000)». Mucho 
más lacónica sí es la expresión quiche: el antedicho núme- 
ro se expresa diciendo: 

Belehlahuh ri cablahuhqal ri lahuhgo ri cahchuvy. 

Para la numeración escrita empleaban ciertos signos, 
bastante sencillos y claros, pero no tenían noción del valor 
relativo, apelando a la simple repetición de dichos signos. 
Los más conocidos de esos signos son: simples puntos, 
para las unidades simples, de 1 a 19; una banderita para 
la veintena o pohualli; una cabellera para el tzontli= 400, 
y un saquito de cacao para el xiquipilli = 8000. Así el núme- 
ro 17283 se escribiría de la manera siguiente: 



■ wwPPPP.» 

( 2 . 8000 ■ ■ 3 . 400 -- 4 . 20 + 3 ) 




HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 201 



CAPITULO CUARTO. 

Medicina e Historia Natural de los nahoas. 
su agricultura y su alimentación. 



122. — La cultura de los pueblos nahoas, aun de los 
más adelantados entre ellos, presenta extraordinarios con- 
trastes, desde cualquier punto de vista que se considere se 
encuentra una abigarrada mezcla de nociones elevadas y de 
prácticas supersticiosas, ceremonias ridiculas y ritos pueriles. 

Estaban dotados de tan perspicaz y perseverante espí- 
ritu de observación, que Monseñor Moxo juzga que los con- 
quistadores ganaron tomando a los indios por modelo a ese 
respecto. 

Ahora bien, cuanto caracteriza al pueblo nahoa es apli- 
cable, con las debidas restricciones, a nuestros pipiles, quie- 
nes, sin duda, tenían, como los mexica, sus más próximos 
parientes, notable aptitud para la observación de los fenó- 
menos naturales, los mismos prejuicios, la misma habilidad 
médica y el mismo amor a las flores que distinguía a los 
aztecas. (144) 

No obstante tan bellas cualidades, tenían los nahoas, 
en cuanto a las causas patogénicas, algunas ideas bastante 
curiosas: para ellos todas nuestras dolencias se debían al 
influjo de los pecados cometidos, por lo cual el primer de- 
ber del médico era hacer que se confesara el enfermo, de- 

(144) V. las Notes sur la Médecine et la Botanique des anciens mexicains por el 
R. P. A. Gerste, S. J. (París, 1910) y Physiological and medical observations among the 
indians, por M. Ales Hrdlika. Sobre el mismo tema leyó una notable Conferencia en la 
Universidad Nacional de El Salvador, el doctor don Manuel Zúniga Idiáquez, el 12 de 
octubre de 1913. 



202 SANTIAGO I. BARBERENA. 



clarando la falta o faltas que le tenían postrado. (145) Esta 
práctica, a primera vista estrafalaria, tenía sin duda por 
origen la creencia de que la mayor parte de nuestras enfer- 
medades son debidas a incontinencias o descuidos, y en tal 
caso no andaban tan descaminados los nahoas, sólo que 
exageraron y generalizaron la doctrina, y, por ende, las prác- 
ticas correspondientes. 

Por el doctor Darío González sabemos que cosa seme- 
jante hacían los doctores pipiles: «En casos graves, dice, 
recetaba (el médico) alguna yerba; pero si la enfermedad 
era grave, el médico obligaba al enfermo a que confesase 
sus pecados, y por este medio llegaba a indicarle qué clase 
de voto debía hacer para curarse» (Estudio histórico de la 
República de El Salvador, 24). 

Por lo demás, a lo que parece, los antiguos babilonios 
abundaban en las mismas ideas, según se deduce de la si- 
guiente fórmula de conjuro, descubierta en la biblioteca de 
Assurbanipal, según Fr. Kaulen: 

«Atrás! Espíritu maligno; retírate de este hombre. 

Por lo menos serás el pecado de su padre. 

O el pecado de su madre. 

O el pecado de su hermano mayor. 

O el pecado de uno cualquiera. 

Atrás ! ! 

Según las leyendas de la mitología nahoa la principal 
deidad tutelar de la Medicina era la diosa Tocitzin o Toci 
(=nuestra abuela) a la que daban también otros nombres: 
Teteoinnan, Tlalli iyollo, Youalticitl, Temazcalteci, etc. etc. Se 
representaba a Toci como una anciana, con la cara blanca 
en la parte superior, y negra de la nariz para abajo. Su 
fiesta, que se celebraba en el mes ochpanitztli, era solemne- 



(145) «El Papa Inocencio III (1198-1216) prohibió, por medio de un decreto, a todo 
médico, hacerse cargo de la curación de un enfermo, si éste no principiaba por confe- 
sarse. Pío V (1566-1572) agregó que si e! enfermo se rehusaba a cumplir ese precepto el 
médico debía abandonarlo después de tres días. Exigió, además, que antes de recibir el 
diploma de doctor, los médicos se comprometiesen por juramento a llenar ese deber. 
Más aún, ordenó que toda escuela de medicina al conferir ese grado exigiese el tal jura- 
mento». (Del libro titulado, Médecin chrétien, por Monseñor Ángel Antonio Scotti, trad. 
del italiano al francés por Monseñor B. Qrassiat ) 

Varios Concilios renovaron esas prescripciones. Luis XIV, a instancias de la Main- 
tenon, del P. Le Tellier y de Louvois, extremóla cosa, reduciendo a dos días el plazo para 
que se confesara el enfermo. 

En España no cayó bien la disposición de Pío V, según consta en la carta XII del 
P. Feyjóo, cuyo tema es: «si deben o no los médicos cumplir la bula Supra gregen Do- 
minicum, de San Pío V, no aceptada en España, y que prescribe a los médicos que 
abandonen al enfermo de peligro que se obstina en no querer recibir los Sacramentos». 

De esas aberraciones nos quedan muchísimas. (V. el libro titulado «Soliloquios y 
conversaciones del doctor Unamuno, p. 234 ) 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE E L SALVADOR 203 

mente celebrada por las Titici, o doctoras y parteras, con 
ciertos sacrificios. 

Es indiscutible que los médicos nahoas eran bastante 
acertados, porque conocían muchísimos secretos para curar 
las enfermedades, sin perjuicio de poner en práctica multi- 
tud de ridículos procedimientos, y de prácticas risibles, ta- 
les como las de los techichinani, o «chupadores»; las de los 
tetlacuicuiliqui, o «sacadores de gusanos»; las de los tizitl, o 
«curanderos de hechizos», etc. etc. (146) 

El P. Sahagún enumera muchísimas enfermedades de 
que padecían los indios e indica los remedios con que se 
curaban, y el P. Motolinia refiere con minuciosos detalles 
las variadas medicinas que se vendían en el mercado los 
días de tianquiztli. 

Su clínica comprendía los tratamientos hidroterápicos, 
las fumigaciones, los masajes, la pequeña cirujía y otros 
muchos modus faciendi. Entre sus medicamentos preferidos 
figuraban en primera línea el ololiuhqui o coaxiuitl, convol 
vulácea del género Ipnmoea, el peyotl (Anhalonium lewinii), 
el picietl (tabaco), el coanenepilli, el poztecpatli y otras va- 
liosas panaceas. (V. en el Journal de la Soc. des Americ, 
tomo IV, No. I, 1907, un excelente trabajo de M. León Diguet 
respecto al peyotl). 

El reino animal también suministraba algunos específi- 
cos, v.g. el tlacuatzin (Didelphys Virginiana), y también 
aprovechaban el reino mineral, especialmente las piedras 
llamadas quauhteocuitlatl y xiuhtomoltetl, con las que prepa- 
raban una poción para curar las enfermedades cardiacas. 

El hecho es que los curanderos del país gozaban de 
mucho mejor concepto entre los indios, que los médicos es- 
pañoles entre los conquistadores. Tanto es así que Cortés 
suplicó al Rey de España en 1522 no dejara venir a Améri- 
ca a ningún galeno del Viejo Mundo, según refiere el señor 
Icazbalceta en su Bibliografía mexicana. (147) Y el P. Reme- 
sal enumerando las calamidades que atormentaron a Gua- 

(146) España tenía también sus médicos saludadores. — D. Miguel Moraita en su 
libro sobre El Padre Feyjóo, dice a ese respecto: «Y sin embargo de eso (de lo inútil 
de sus procedimientos) en su tiempo (del P. Feyjóo) y aun hoy se ganan holgadamente 
la vida algunos embusteros, sin más. trabajo que soplar fuerte ios breves ratos que ejer- 
cen su ministerio», 

(147) Vasco Núñez de Balboa, por el contrario, le decía al Rey, en carta fechada 
en Santa María de la Antigua, de la provincia del Darién, el 21 de enero de 1513: «Rue- 
go a V. A. que ordene que ningún Bachiller en Derecho o en otra Ciencia, a excepción 
de la medicina, venga jamás a estas comarcas, bajo pena de un grave castigo, pues no 
viene aquí uno que no sea un demonio. . .» 



204 SANTIAGO I. BARBERENA. 



témala en 1541, cuenta entre ellas la llegada de un médico 
«que enterró él solo en la ciudad más españoles en un año, 
que habían acabado en diez las guerras de Nueva España. 
Y este año de cuarenta y uno en particular se encarnizó de 
suerte que no se le escapó hombre que visitase. Y asi en 
cinco de agosto (demás de otras muchas veces que en dife- 
rentes tiempos le habían requerido, que no curase, ni rece- 
tase para la botica, y no aprovechaba, por el ímpetu con que 
seguía, una arte tan dichosa como la medicina, cuyas faltas 
cubre la tierra) le mandaron so graves penas que no visi- 
tase enfermos, ni ejercitase la medicina, añadiendo a las 
pasadas el destierro de la ciudad». (Hist. de la Prov. de 
S. Vicente de Chiapa y Guatemala, lib. IV, C. V.) (148) 

Todo lo contrario entre los nahoas: «Los hombres que 
se dedicaban a la curación de las enfermedades pasaban a 
la categoría de dioses y se les dedicaba altares», según re- 
fiere el P. Gerste. 

Dice este escritor que entre los médicos aztecas había 
verdaderos especialistas, y el célebre naturalista Hernández, 
autoridad de primer orden en la materia, les concede cono- 
cimientos positivos, tanto en Patología como en Terapéuti- 
ca. En Méjico. Texcoco, Tlaxcala, Cholula y en otras ciu- 
dades había asilos para los enfermos, (Cocoxcacallí), en los 
que la juventud que se dedicaba a la carrera de la Medi- 
cina podía adquirir conocimientos prácticos. Y según Men- 
dieta (Hist. ecles. indiana, lib. II., C. 26) tenían los aztecas el 
servicio de ambulancias, que acompañaba a los ejércitos. 

Entre sus procedimientos de curación, figuraba el baño 
de vapor, que ellos llamaban temaxcalli, y cuyo uso por los 
nahoas remonta a tiempo inmemorial. Se le ve figurado en 
el códice Magliabechiano y en el códice Mendozino. Usa- 
ban también las sangrías, las cuales hacían con las espinas 
de nuestro puercoespín, uitztlacuatzin, llamado aquí miztacoaz. 
Y, según refiere el venerable Gregorio López, en su Tesoro 
de Medicina, empleaban anestésicos, lo cual lo confirma un 
pasaje del P. Sahagún, en que refiere que en ciertos casos 
se ahorraban dolores a los sacrificados por medio de una 
sustancia llamada yauhtli. 



(148) Todavía a fines del siglo XVII tuvo el Rey que prevenir a las justicias de 
San Salvador y de San Miguel, respectivamente, que no permitiesen que un tal Juan 
Marcareno, barbero de Izalco, ejerciese la Medicina, conminándolo con un año de cárcel 
y $ 1U0 de multa. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 205 

Hay fidedignos testimonios de que conocían y practica- 
ban ciertos principios de Higiene, y Alonso de Zurita nos 
ha conservado en su Breve y sumaria relación interesantes 
detalles respecto al empeño y severidad con que perseguían 
la embriaguez, y «tenían por infame al que se entregaba a 
ella», según ese autor. 

Muchas de las supersticiones y patrañas que se atribu- 
yen a los indios deben ser exageraciones de los cronistas 
del siglo XVI, imbuidos de las ideas corrientes en su época, 
aun entre los médicos de más renombre. En 1591 publicó 
en Méjico el Dr. Juan de Cárdenas sus Problemas y secretos 
maravillosos, en los que consigna una multitud de aseveracio- 
nes ridiculas. Dice, por ejemplo, que cerca de la ciudad de 
Goa corre un río y en sus márgenes hay unos árboles, cuyas 
hojas si «caen dentro del agua, se convierten en pescados, 
y si sobre la arena se buelven en paxaros que son al modo 
de mariposas». 

123. — El pueblo nahoa era sumamente aficionado a los 
estudios botánicos y a la floricultura, no sólo para fines 
médicos e industriales sino también por razón de ornato y 
de deleite de los sentidos. (149) Claramente demuestra la 
importancia que daban a la recolección de especies, que 
según cuenta Torquemada en su Monarquía indiana (Lib. 
II, cap. 69) Montezuma II declaró la guerra, destronó e hizo 
perder la vida a Malinal, señor de Tlachquiauhco, por ha- 
berse negado éste a dar un ejemplar de la planta denominada 
tlapalizqui xochiquautli, que es una borragínea que produce 
flores tan bellas como perfumadas. 

A esa familia y al género Ehretia pertenece nuestro 
preciosísimo esquinsuche (izquixochitl— «flor muy perfumada»), 
delicia de los pipiles, y que hoy está a punto de extinguirse, 
debido a nuestra incuria. 

En todos los grandes centros aztecas había jardines de 
aclimatación y ésto en una época en que en Europa no se 
soñaba en ello todavía. «Tenían, dice Muñoz Camargo en 
su Hist. de Tlaxcala, vergeles, arboledas extrañas y pere- 
grinas, traídas de extrañas tierras por grandeza». El jardín 
botánico de Huaxtepec medía, según Cortés, dos leguas de 
circuito. Los españoles lo conservaron y utilizaron para el 
servicio de su Hospital: el célebre y filantrópico anacoreta 

(149) V. Estudios sobre la historia de la Medicina en México. Primer estudio: la 
Botánica entre los Nahuas, por el Dr. D. Francisco del Paso y Troncoso, en los Anales 
del Museo, 1886. 



206 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Gregorio López lo tuvo largo tiempo a su cargo. Allí en- 
contró Hernández el hoitziloxitl o chuchte de los huaxtecas, 
que el señor Troncoso identifica con el Myrospermum Pereirae 
o sea nuestro «Bálsamo»: probablemente de por acá fué 
llevado. 

Para apreciar la importancia de los estudios botánicos 
de los nahoas, basta tomar en consideración que a Hernán- 
dez le indicaron el nombre y virtudes de más del 200 plantas, 
muchas de ellas con dos o mas denominaciones. El análisis 
de esa larga nomenclatura revela que los nahoas tendían al 
establecimiento de un sistema lógico de taxinomía y de 
fitografía. — «Con su lengua sintética, dice el P. Aquiles 
Gerste, tan rica de palabras y de formas, tan variada en 
sus combinaciones, los Nahuas estaban en capacidad de 
dar a cada planta un nombre que pusiese de relieve los 
puntos salientes de su organización, resumiendo sus princi- 
pales caracteres, marcando sus aplicaciones económicas o 
medicinales». 

Así, con los radicales a (de atl — agua), aten (de atl y de 
tentli, borde) te (de tetl = piedra), tepe (de tepetl — montaña), 
etc. etc., dan a entender que el vegetal es acuático, o que 
crece al borde del agua, que se produce en terrenos pedre- 
gosos, o en lugares montañosos. La raíz e, de ei o yey = 
tres, sirve para los nombres de las plantas trifolias, como 
ef/ = frijol. 

El códice Mendozino es un documento precioso para 
el estudio de los principios iconográficos adoptados por los 
botánicos nahoas, a propósito de lo cual explica el P. 
Gerste cómo representaban las bambusáceas, las cácteas, 
las coniferas, las convulvuláceas, las gramíneas, las legumi- 
nosas, las sapotáceas, las capulíferas, etc., etc. 

Muy dignas de atención son las siguientes palabras de 
ese docto jesuíta: «Tomando aisladamente cada nombre 
(de planta) lo encontraremos por lo general formado por 
varias raíces, más o menos alteradas en su terminación, 
salvo la última. Esta expresa casi siempre la idea dominante, 
la noción principal, en tanto que las otras tienen por objeto 
diferenciar y precisar la planta, indicando su tamaño, colo- 
ración, consistencia, virtudes, terreno donde nace, etc., etc. Así 
el género y la especie, si es permitido decirlo, están marcados 
con una sola palabra». 

Con el vocablo follín (ajunco, macolla), que el vulgo 
dice tule, se ha formado una larga serie de derivados: 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 207 

Itztoüin = tule cortante; de itztli= obsidiana, empleada como instru- 
mento cortante. 
Ixtollin = tu\e para curar las oftalmías; de ixtli=o\o. 
Iztactollin = tule blanco; de iztac, nombre de ese color. 
Petlatollin— tule para petates; de petatl=la estera que se hace con él. 
Popotollin — tule para escobas; de popotl = escoba. 
Nacacetollin = tule anguloso; de nacace, que eso indica. 
Tliltollin = tule negro; de tliltic, nombre de ese color. 
Tepetollin = tule de montaña; de tepetl— montaña. 
Tzontollin — i\x\t peludo; de tzontli— cabellera. 

De una manera análoga se han formado los nombres de 
numerosas especies de los géneros copalli (para árboles resi 
nosos), zauhtli (orquídeas), ayotli, quilitl, tzapotl, xocotl, etc. etc. 

124. — Nuestro compatriota Dr. D. Leopoldo A. Rodrí- 
guez, en su Estudio geog., hist, etnograf., filólo g. y arqueológ. 
de la República de El Salvador (México, 1912) da algunos 
interesantes detalles respecto a las prácticas supersticiosas 
de nuestros pipiles, en materia de agricultura. Dice que 
colocaban en unas jicaritas las semillas que querían sembrar, 
y que así las llevaban a poner ante los altares de sus ídolos, y 
luego las enterraban en un hoyo, poniendo sobre la tierra 
que las cubría un brasero con copal y hule, y luego los 
papas hacían ciertas ceremonias, sacándose sangre de varias 
partes del cuerpo, y finalmente ordenaban a los interesados 
se ayuntasen con sus esposas y que en seguida fuesen a 
sembrar al campo las semillas. (150) 

Y el doctor González (Op. laúd.) hablando de nuestros 
aborígenes, dice: «La agricultura consistía en el desmonte de 
terrenos, que hacían con hachas de bronce (liga de cobre y 
estaño) y de piedra. Para hacer las siembras usaban grue- 
sas estacas de madera, barras de piedra y algunos instru- 
mentos aratorios, con que abrían la tierra. Dejaban los 
terrenos en barbecho y hacían rozas y quemas de los campos 
en tiempo seco, para que las cenizas sirvieran de abono. 
Así se practica todavía. Donde había necesidad, aprovecha- 
ban las aguas de los ríos o fuentes para regadíos. Cultiva- 
ban maíz, frijoles, yucas, plátanos, camotes, papas y chiles, 
y con mucho esmero el cacao, algodón y tabaco >'. 

(15Q) En el Tratado de las supersticiones y costumbres gentílicas de los indios de 
Nueva España por el Br. D. Hernando Ruiz de Alarcón, escrito en 1629, están textual- 
mente consignados los conjuros de que se servían, para asegurarse de buen éxito, al 
sembrar la semilla de los granos, o al plantar las estacas de los vegetales que se siem- 
bran de esa manera, y el conjuro para entrojar el maíz. 



208 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Respecto a la inclusión del plátano en la lista de las 
plantas que cultivaban nuestros indios es punto muy dis- 
cutible: yo me inclino a creer que no lo conocían. 

Es cierto que el P. Acosta habla de las excelencias 
del "plátano de Indias", en su Hist. Nat. y Moral de esta 
parte del Mundo; pero también lo es que el célebre cronis- 
ta D. Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés en su Hist. 
Gen. y Nat. de la misma región, que es la obra más auto- 
rizada para el caso, refiere que el primero que trajo a 
América el plátano rué el dominico Fr. Tomás Berlangas, 
quien lo llevó de las Islas Canarias a la Española, en 1516, 
y de esa isla fué importado a tierra- firme. Clavigero lo más 
que concede es que el guineo era silvestre en Nueva España. 

Respecto a esta cuestión, como sobre otras muchas, 
cabe un término medio, que tal vez sea la solución más 
plausible: admitir que el plátano es indígena de la América 
del Sur, que es la parte de este Continente que mejor co- 
noció el P. Acosta, y a la cual probablemente se refiere. 

Lo que es en Méjico y en la América Central se tiene ahora 
casi plena seguridad de que no existía allí el plátano antes 
de la conquista. Un biógrafo del célebre obispo de Mi- 
choacán D. Vasco de Quiroga, citado por el Dr. A. Peñafiel, 
dice con relación al punto de que tratamos: "determinó 
traer consigo, el obispo Quiroga, de la isla de Santo Do- 
mingo, donde estuvo a hacer agua (a su vuelta de España, 
en 1547), algunas plantas. Y de hecho sabemos que hasta 
esta provincia traxo cinco, las cuales puestas en un terreno, 
que consideró a propósito, han multiplicado progresivamente, 
se plantaron en Tziriquaretiro, cerca de Taretan, lugar sin 
duda el más acomodado por la semejanza en el temperamento 
con la isla de Santo Domingo". Y en otro lugar dice el mismo 
biógrafo: "Aquí fué donde se dieron los primeros plátanos 
de la Nueva España, y de aquí se ha llenado toda ella". 

En las adiciones al tratado de Agricultura general de 
Alonso Herrera se lee: "El árbol conocido con el nombre 
de platanero o plátano de América, higuero de Adán, &, 
así como la especie llamada por el vulgo bananos o baña' 
ñero (Musa sapientium) son originales de las Indias Orien- 
tales". (Tomo II, p. 457). 

Con todo, hay respetables autoridades para sostener 
el origen suramericano del plátano, de donde pudo ser lle- 
vado a las Antillas en los primeros años de la conquista. 
El inca Garcilazo en su Comentarios, tratando de la flora 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 209 

del Nuevo Mundo, dice: "el primer lugar se debe dar al 
árbol y a su fruto que los españoles llaman plátano". Y 
don José de Velasco en su Hist. del reino de Quito, refiere, 
a propósito de la ciudad de Quilichao, que "tenía el sitio 
de ésta el retrayente de las malas aguas; pero al mismo 
tiempo dos alicientes: uno, de los ricos minerales de oro; 
y otro, de un platanar inmenso desde la remota antigüedad 
de los gentiles, con nombre de Julú. Se conserva aún esta 
memoria y son libres cuantos quieran proveerse con abun- 
dancia de su fruto". 

125. — Nuestros indígenas tomaban sus alimentos coci- 
dos, sazonados con sal (iztatl) y condimentados con chile, 
achiote y diversas yerbas aromáticas, como el chipilín (cro- 
tallaria vitellina) y el epazote (chenopodium sp), las cuales 
plantas, además de comunicar a los guisos un olor aperi- 
tivo, les dan un sabor particular, que todavía es muy del 
agrado de muchas gentes de por acá. 

La base de su alimentación era el maíz (tlaolli), que 
aun es el más importante de los cereales que consume el 
pueblo centroamericano; ya cocido con agua y ceniza (hoy 
se prefiere la cal) forma el niztamalli, que se muele des- 
pués, previamente lavado con agua, en el metlatl (piedra de 
moler), por medio del metlapilli (piedra o mano de moler), 
para hacer las " tortillas " (tlaxcalli), que se cuecen sobre el 
"comal" (comalli), disco de barro, ligeramente cóncavo y 
de unos 40 centímetros de diámetro. Algunas personas pre- 
paraban las tortillas con mucha más curia, aromatizando la 
masa con chile y a las veces con tlilxochitl o vainilla. 

Tenían buenas legumbres, siendo una de las mejores 
el suculento chayotli (que aquí llamamos "huisquil" y 
también "huisayote"), del cual utilizaban los frutos, los 
cohoyos y la raíz, denominada tzinchayotli en náhuatl, pero 
hoy conocida aquí con el nombre de ichintal. Tenían asimis- 
mo varias clases del azoado frijol, o etl. Con las pepitas 
de ayote (quauhayohuachtli) preparaban su sabroso pipián. 

Entre los trastos que componían la batería de cocina 
figuraba el molcaxitl, ordinariamente de piedra, para moler 
las especias y el chile, por medio del texolotl, pilón, o 
mano de mortero. (151) 

(151) A propósito de trastos de cocina y de vajilla de mesa indígenas, es curioso 
y lo considero como un provincialismo pipil, que lo que en Méjico llaman huacal es lo 
que aquí llamamos cacaste; lo que allá llaman jicara es nuestro huacal; lo que allá 
llaman guaje, es nuestra jicara, de forma aovada, y lo que llaman tecomate es nuestro 
tarro, palabra castiza. 

— 14 — 



210 SANTIAGO I. BARBERENA. 



El chocolate era una de las bebidas predilectas de los 
naturales de estos países, y, por cierto, era relativamente 
caro, como que se fabricaba con el puro dinero (cacao). El 
etnólogo venezolano D. Tulio Febres Cordero ha demostra- 
do que "el uso del cacao como bebida indígena no era 
una especialidad de los pueblos de origen tolteca y azteca, 
según se ha creído hasta el presente, pues que también 
existía el chocolate, con el nombre de chorote en las cor- 
dilleras de Mérida y Trujillo, en Venezuela, que etnográfi- 
camente formaban parte del vasto imperio maizca ". 

Más, aún: aunque el P. Gilí haya hecho ver, apoyán- 
dose en Torquemada, según lo anota Humboldt, que los 
mejicanos al preparar el chocolate hacían la infusión en 
frío, y que fueron los españoles los que tuvieron la feliz 
ocurrencia de hervirlo, parece ser que ya en Nicaragua (y 
probablemente en Cuzcatlán) se preparaba desde antes de 
la conquista una bebida de cacao cocido, como dice Fer- 
nández de Oviedo, semejante, según Febres Cordero, al 
chorote de Mérida, descrito por el P. Zamora. 

Según M. Beuchat los aztecas preparaban el chocolate 
moliendo y mezclando partes iguales de granos de cacao y 
de granos de pochotl ( Bombax ceiba ), previamente tos- 
tados. Cuando lo querían tomar disolvían una cantidad 
suficiente de la pasta así formada en agua fría, agregando 
unos cuantos granos de maíz tostado y molido y lo cocían 
a fuego lento, batiéndolo frecuentemente con el molini- 
llo (152). 

Entre los menjurjes que solían y aun suelen agregar al 
chocolate figura la almendra del zapuyulo o pepita de nues- 
tro zapote. Es de advertir que la fruta que aquí llamamos 
zapote se denomina en Méjico mamey, y la que aquí lla- 
mamos mamey la designan con el nombre de «zapote ama- 
rillo» o «zapote borracho» (atzapotl o cozticzapotl). El Dr. 
Hernández da a nuestro zapote el nombre de tezontzapotl, 
porque su color se parece al de la piedra tezontli. 

La almendra del zapote servía para la bebida llamada 
cacaoatl (chocolate) según el mismo Dr. Hernández. Para 



(152). La receta que da el Dr. Juan de Cárdenas en sus Problemas y Secretos 
Maravillosos, publicados en México en 1591, ya es el resultado de sucesivos perfeccio- 
namientos posteriores a la conquista, con aditamento de alcomanías extranjeras. Según 
él se empleaban para confeccionarlo, cacao, canela, pimienta, anís, ajonjolí, mecasuchil 
(Piper amalago, Linn.), tlixochitl (Vanilla sativa, Schiede), achiote (Bixa orellana, Linn). 
y gueynacaztle (Enterolobium cyclocarpium, Griseb). Nótese que no menciona ninguna 
sustancia dulcificante. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUIS TA DE EL SALVADOR 211 

algunos esa almendra es venenosa, empero en el Estado de 
Oajaca es muy usada una especie de horchata (choue) con- 
feccionada con esa almendra llamada allí pixtle. 

Generalmente se cree que el chocolate de los indios era 
simple, sin dulce (cosa que algunos niegan), y se cuenta 
que fue el P. Jerónimo de Aguilar, quien, yendo en 1511 
del Darien a Santo Domingo, y habiendo naufragado en las 
costas de Yucatán, tuvo en este lugar ocasión de ver cómo 
se preparaba el chocolate, y entonces perfeccionó la confec- 
ción de esa bebida, añadiéndole azúcar. 

El docto nahuatlisía D. Jesús Sánchez, en un Glosario 
de voces castellanas derivadas del náhuatl o Mexicano, pu- 
bublicado en los Anales del Museo Nacional (1? época, to- 
mo III, entrega 2 a , 1883), dice: «Presento, aunque con du- 
da, la palabra pozolatl, bebida de majz cocido, como la que 
más probablemente dio origen a la castellana chocolate. Los 
indios preparaban esta bebida de muy distinta manera de 
la actualmente usada*, mezclándole varias sustancias, entre 
las que se contaba casi siempre el maíz: tal vez esto influ- 
yó en que de la palabra pozolate pozolatl derivaran los con- 
quistadores la muy semejante chocolate, universalmente ad- 
mitida ahora. Los aztecas designaban la bebida de cacao 
con el nombre de cacauaatl, de la cual no pudo formarse 
chocolate, como tampoco de cacahuquahuitl, árbol de cacao, 
según opina Mayans (orígenes de la lengua castellana, nú- 
mero 108.» 

Otros han propuesto la etimología xocoatl, nombre de 
cierta bebida de maíz, según Molina; mas la raíz xoco sig- 
nifica «cosa agria», epíteto que en modo alguno no corres- 
ponde al chocolate. 

El P. Gage dice que el vocablo de que tratamos se 
compone de la voz atl, agua, a la que se antepuso el radi- 
cal onomatópico choco, que es «el ruido que hace el agua 
en la vasija donde se echa el chocolate que al hervir pare- 
ce que repite choco, choco, choco, cuando se bate con el 
molinillo hasta que sube la espuma a borbotones.» (Viajes 
en la Nueva España, t. II, p. 355.) 

En cuanto al vocablo chocolat, que según Clavigero 
era el nombre azteca de la susodicha bebida, el señor Sán- 
chez conceptúa muy dudoso que sea así, pues esa palabra 
no figura en el Vocabulario de Molina. 

Yo creo que la voz chocolate se deriva del quiche: 
de xocol = lodo y a o at =]agua; de modo que significa 



212 SANTIAGO I. BARBERENA. 



«agua de lodo», aludiendo al aspecto que presenta esa po- 
ción (153). 

Tenían algunas aves de corral, tales como patos, pa- 
vos y otras gallináceas, y, además, aprovechaban la abun- 
dancia de animales comestibles en los bosques y en los 
ríos y lagos. Carecían de leche y de manteca para comer, y 
en cuanto a huevos preferían los de iguana y los de tortuga. 

Entre los platos favoritos de los aztecas se cuenta una 
especie de pastel que hacían con las moscas denominadas 
axayacatl y con maíz. Aun hoy fabrican una masa alimen- 
ticia, llamada ahuautle, hecha con los huevecillos de ese 
hemíptero (Coriza mercenaria y C. femorata), muy abundan- 
te en los lagos próximos a la ciudad de Méjico. Los indí- 
genas arreglan unos haces con las hojas del tule (Thypha 
longifolia), sobre los cuales depositan las hembras sus hue- 
vos en inmensas cantidades, y se preparan para comerlos 
cociéndolos en hojas de maiz. 

La principal de sus bebidas fermentadas era el octli o 
pulque, hecho con el jugo del agave americano. En la Amé- 
rica Central dejó de fabricarse pulque desde que a fines 
del siglo XVH el obispo don Fr. Andrés de las Navas pro- 
hibió, pena de excomunión, el uso de esa bebida. 

Por punto general podemos decir que nuestros indios 
eran notablemente parcos. «Esta gente vive de muy poco y 
no hay nación tan sobria como ella», dice El Conquistaaor 
Anónimo. (Ternaux-Compans, Recueil de piéces rilatives á 
la conquete du Mexique, I, p. 70.) Con chian y maíz ha- 
cían el chianzo tzootlatelli, bebida exquisita que era el prin- 
cipal apero que llevaban los soldados en tiempo de guerra, 
según refiere Clavigero. 

La lista de los atoles o bebidas preparados con maíz 
cocido y molido, es muy larga: iztatole, o atol blanco, o 
atol común; chilatole, cargado de chile; nectinatole, endul- 
zado con miel de maguey o de abejas; xocoatole, o atol 
agrio; exquiatole, con granos de frijol cocidos; epazoatole, 
con hojas de epazote; chianatole, con grano de chian; tla- 
mizatole, con chile guaque y epazote; eloatole, con maíz 
tierno, o elotes. 



(153) Según el Dr. Cárdenas el chocolate quebranta el ayuno; mas Fr. Augn. Dá- 
vila dice que él vio la consulta que sobre el particular se hizo al papa Gregorio XIII, 
por mano del Dr. Azpilcueta Navarro, a instancias del Procurador de la Provincia de 
Chiapa, y que el papa resolvió por dos veces que no quebranta el ayuno. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 213 



CAPITULO QUINTO. 
Artes e industrias de los pipiles. 



126. — Por más que sea yo sincero admirador de nues- 
tros aborígenes, mi entusiasmo no raya en ceguera, para 
atribuirles cualidades que no tenían, tal como la de que 
hayan sido excelentes músicos y cantores, como aseveran 
algunos de nuestros modernos historiógrafos, cuyo patriotismo 
les inspira la inconsulta tendencia a declarar a los pipiles de 
Cuzcatlán la más privilegiada de las razas humanas. 

El señor Pérez Verdía, con la franqueza e imparciali- 
dad que debe caracterizar al historiador, dice, y dice muy 
bien, que la música de los nahoas era monótona y poco 
armoniosa. Y el P. Clavigero, verdadero mejicanófilo, con- 
fiesa que el canto de los aztecas era áspero y desagradable 
para el oído de los europeos, lo cual no obsta a que los 
adoradores de Hiutzilopochtli cantasen todo el santo día cuan- 
do celebraban sus fiestas, que eran numerosas. Y agrega: 
"Tal era incuestionablemente, el arte en el que los mexica- 
nos mostraban menos adelanto." 

Y es de advertir que esa deficiencia no procedía de 
falta de aptitudes naturales para la música, pues los indios 
tienen bastante buen oído, sino de falta de educación apro- 
piada para desarrollar y utilizar esas aptitudes. 

La música militar de los nahoas era estridente y pavo- 
rosa. Bernal Díaz del Castillo, mucho tiempo después del 
sitio de Méjico, recordaba con espanto el lúgubre sonido de 
la trompa de Cuautemotzín. 

Consignada la anterior advertencia paso a describir los 
principales instrumentos musicales de nuestros indios, varios 
de ellos todavía en uso, más o menos corregidos y aumentados. 



214 SANTIAGO I. BARBERENA. 



127. — El principal de esos instrumentos era el teponaztli, 
llamado hoy vulgarmente "teponaguaste", que es el tun de 
los quichés (llamado también "tepanabal" en algunos pue- 
blos de Guatemala) y el tunkul de los yucatecos. 

Nuestro Museo posee un espécimen, que, aunque por su 
pátina revela ser moderno, pretenden algunos de nuestros 
arqueólogos que es el stradivarias de Atlauhka, famoso tepo- 
nazoam de la corte de Atlacatl, el último soberano de Cuz- 
catlán. 

He aquí como describe ese instrumento el erudito escri- 
tor don José Sáenz Poggio en su Hist. de la música guate- 
malteca: "El tun trozo de madera hueco, con dos lengüetas 
en su cara superior, de las cuales la más corta da el tono 
agudo sol, y la más larga el tono bajo do. Así es que el 
tun forma una quinta. Lo tocan los indígenas con baquetas, 
cuyas extremidades libres están envueltas en hule. Este ins- 
trumento casi siempre es acompañado por unas trompetas de 
metal de más de una vara de largo (154), o bien de unos flau- 
tones, también de más de una vara de largo, hechos de caña del 
Rabinal, y del ruido que produce la concha de una tortuga 
golpeada con una baqueta. Esta especie de música la usan 
en casi todas sus fiestas, pero particularmente en el juego 
del volador." (155) 

Hemos dicho ya que Votan era llamado "Señor del 
teponaxtle", y en el Museo de Méjico vi un pequeño bajo 
relieve de serpentina que representa a la deidad de la Mú- 
sica tocando uno de esos instrumentos, lo cual indica que 
para los nahoas ese venía a ser la lira de Apolo, y por ende 
el símbolo del arte lírico. 

Se usaba también otro tun, de pequeñas dimensiones, lla- 
mado en náhuatl tecomapiloa, el cual tenía dos aberturas 
diametralmente opuestas; en una de ellas se ataba una cuerda 
que llevaba en su extremo inferior un huacal, que descan- 
saba en el suelo al tocar el instrumento para dar sonoridad 



(154) Las trompetas de que habla el señor Sáenz Poggio es acompañamiento 
introducido después de la conquista y que por acá no sé que se haya usado nunca. 

(155) Juego característico de los pueblos de raza nahoa. Consistía en dar trece 
vueltas pendientes del extremo de una cuerda que estaba enrrollada en la parte superior 
de un poste muy alto. Un individuo permanecía en el extremo superior del poste, tocan- 
do un tamboril, en tanto que otros se lanzaban desde la altura a lo largo de las cuerdas, 
y hacían prodigios de agilidad pasando de una cuerda a otra. Según los historiadores 
mejicanos el juego del volador entraña un simbolismo relacionado con el sistema crono- 
lógico de los aztecas. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 215 

a éste. El tecomapilero llevaba su instrumento bajo el bra- 
zo, según cuenta el P. Sahagún. (156) 

El huehuetl o tlapanhuehuetl correspondía a nuestro actual 
y sonoro "tamborón", considerado como el tuautem y el tras- 
tulo de nuestras fiestas populares: era el gohon de los quichés. 
En su forma primitiva no era más que un cilindro hueco de 
madera, uno de cuyos extremos se tapaba con un cuero de 
venado, o de otro animal, bien curtido y estirado. Se tocaba 
con las manos y en los saraos indígenas era el compañero 
del tun, con el que armonizaban perfectamente, según el 
cronista Gomara. 

El ayacaxtli o axacaxtliera un sonajero orbicular, com- 
puesto de una calabaza hueca, con pequeños agujeros, a la 
que se introducían unas cuantas piedrecitas, adaptándole, 
además, un mango, a manera de hisopo, para llevarlo en la 
mano en el acto de bailar y sacudirlo de cuando en cuando, 
como hacen los niños con su chinchín. Los quichés lo de- 
nominan zoch, que también significa "víbora cascabel", y en 
Cuba lo conocen con el nombre de maruga o maraca. 

128. — No se sabe a punto fijo dónde fue inventada la 
marimba, ni de qué idioma se deriva esta palabra (157). 
Generalmente se cree que el tal vocablo fue importado al 
Nuevo Mundo por los negros africanos y que a éstos ser- 
vía para designar un instrumento musical de percusión, el 
cual, notablemente mejorado en América, es el que conoce- 
mos aquí con el nombre de «marimba.» 

Ninguno de nuestros antiguos cronistas, que tan minu- 
ciosamente describen las armas, vestidos, utensilios domés- 
ticos, bailes, &. &. de los aborígenes de estos países, habla de 

(156) Aludiendo a la manera como se toca el teponaxtli, golpeando más o menos 
fuerte las lengüetas, el general Rafael Cravioto dice al prevost del calabozo en que lo 
tenían encerrado los franceses en Puebla, en un precioso soneto que grabó con los dien- 
tes de un tenedor viejo en una de las paredes de la prisión: 

Permita Dios que todo tu xinaxtle (raza) 
Víctima sea de un fiero cacomixtle, (tabardillo) 
Y que tu panza de aserrín y alpixtle (alpiste) 
Sirva en ui,a función de teponaxtle. 

La voz alpixtle la emplea por broma, y la terminación en e por eufonía. 

(!57) La Real Academia Española dice indistintamente marimba o marimbula; 
Salva distingue entre ambos términos; el Profesor Ramos ha oído malimba, y el erudito 
Antonio Bachiller y Morales (Cuba primitiva, 2a. edic, p. 297.) escribió marimbo. Don 
Juan Ygnacio de Armas (Orígenes del lenguaje criollo) incluye el vocablo en la lista de 
voces originarias de las lenguas africanas; mas D. José Miguel Macías, en su Dicción, 
cubano observa que marimba es sincopa de marimbula, palabra cuya desinencia es latina, 
al igual de "Sonámbulo". 

Según Elíseo Reclús (Geog. Univ., t. XVII, p. 370) es voz derivada de la lengua 
bantú de África. 



216 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ese instrumento, lo cual es claro indicio de que su introduc- 
ción no remonta a los primeros tiempos de la Colonia. 

Sin embargo hay no pocos escritores que atribuyen a 
los indios del Sur de Méjico la invención de la marimba, o 
por lo menos aseveran que fué introducida en esa. región 
muchos siglos antes de la conquista, y por eso la cuentan 
entre los instrumentos indígenas. 

Entre esos escritores citaré al licenciado don Ramón 
Mena, quien dio lectura en 1909 a una pequeña disertación 
respecto a dicho instrumento, en la Sociedad Mexicana de 
Geografía y Estadística, publicada en el Boletín de ella (5a. 
época, tomo III, No. 7). El señor Mena dice: «Asunto bien 
averiguado es que de las islas Pitcairn, Tocupia y Pascua 
pasaron los polinesios a la América del Sur, desde donde 
puede seguirse su peregrinación hasta nuestro Estado de 
Chiapas, en que encontramos al zoque y al tzel-tal, conoci- 
do comunmente por tzendal, y que son representantes del 
tipo étnico antes mencionado; pues bien, fueron los zoques 
y tzendales, quienes trajeron la marimba en su prístina for- 
ma un tanto distante de la actual». 

No se extrañe, pues, que haya quienes cuenten ese 
instrumento entre los que tenían los pipiles, desde mucho 
antes de la conquista: los inmigrantes polinesios o de ori- 
gen polinesio, de que habla el señor Mena, lo pueden ha- 
ber introducido a su paso por acá, o traídolo después de 
Chiapas. 

Arturo Morelet iba más lejos: creía que varios de los 
instrumentos musicales europeos son de origen indiano: el 
clarinete, derivado de la chirimilla, y el piano, marimba re- 
formada. 

Mas en mi concepto la marimba es instrumento exótico. 

El Diccionario de la Real Academia registra dos acep- 
ciones de ese término: según la primera, la marimba es una 
«especie de tambor que usan los negros de algunas partes 
de África», y según la otra (calificada de americanismo), es 
idéntica al tímpano, instrumento que según la misma Aca- 
demia, «consta de varias tiras de vidrio, que van disminu- 
yendo gradualmente, las cuales descansan sobre dos cuer- 
das o cintas, y se toca con unas bolitas de corcho o de 
badana». 

Esta última definición corresponde, sin duda, a una de 
las primeras modificaciones que recibió la marimba en Amé- 
rica, salvo las tiras, que han de haber sido primeramente 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 217 

de madera, y no de vidrio, tal como la conocemos desde 
tiempo inmemorial. 

Según parece fué en el Estado de Chiapas o en los Al- 
tos de Guatemala donde se dio a la marimba su forma actual, 
que ha venido mejorando paulatinamente. (158) 

Para apreciar las mejoras que ha recibido, basta comparar 
nuestra actual marimba con la antillana. Tomo ésta por 
término de comparación, porque en las Antillas, además de 
haberse extinguido la raza vernácula, hay gran número de 
negros, que conservan las costumbres de sus mayores. 

Bachiller y Morales (Op. laúd.) dice: «La Revue Esp. 
Port., T. I, llama así (marimba) a un instrumento músico 
de Haití: consiste en un tronco que está hueco, al que se 
le abre una boca en el medio y sobre la abertura se colo- 
can juncos, láminas de oro, láminas delgadas de carey: sa- 
caban de este instrumento sones dulces y melancólicos con 
que acompañaban sus cantares. La que usan los africanos 
es menos complicada». 

En efecto, M. Rident, según refiere el licenciado Mena, 
viajando por las cercanías de Natal, en Sud-Africa, vio un 
instrumento músico que consiste en un arco de madera, 
sobre el cual hay teclas de igual materia, y abajo de cada 
una, calabazas huecas, con abertura superior. 

José García de Arboleya (Vocabulario cubano) se reduce 
a decir: «Instrumento músico de los negros bozales»; mas 
■el texto de donde tomó esas palabras (el Dicción, prov. de 
voces cubanas de Esteban Pichardo) continúa así: «en for- 
ma de cajoncito, con varios palillos, o tablitas, elásticas, 
que a modo de teclas, y heridas con las puntas de los de- 
dos pulgares, dan diversos sonidos secos o de poca sono- 
ridad». 

Y don José Miguel Macías la describe en los siguien- 
tes términos en su ya citada obra: «Hoy la marimba es un 
cajoncito armónico con delgadas cintas de acero, que se 
hacen vibrar resbalando los dedos por sus extremidades». 

La nuestra es mucho mejor y más complicada. He aquí 
cómo la describe el señor Sáenz Poggio: «Especie de piano, 



(158) «El Dr. Juan G. Saldaña (dice el licenciado Mena) hijo del Estado de Méxi- 
co, pero que ha residido largo tiempo en Chiapas, ideó !a última reforma de la marim- 
ba: la marimba-piano; consiste en una caja de piano; el arpa está substituida por el 
bastidor de la marimba, y los martinetes por los bolillos de hule crudo; además en la 
caja hay aberturas circulares cubiertas con parche de tripa de cerdo. Cuando esta re- 
forma quede ultimada, un solo hombre podrá ejecutar en la marimba, que ganará en 
condiciones acústicas». 



218 SANTIAGO I. BARBERENA. 



pero sin teclas para los medios tonos. Las hay hasta de 
siete octavas, las cuales se tocan por cuatro individuos, ca- 
da uno con un par de baquetas, cuyas extremidades libres 
están forradas con hule. Sus teclas son de madera, de acero 
o de cristal. Estas, entrando en vibración al ser tocadas 
con las baquetas, representan las cuerdas del piano, así 
como los tecomates o los tubos cuadrados de madera sobre 
que van sentadas esas teclas, vienen a hacer las veces del 
registro o de la caja acústica de un piano. Para subir o 
bajar el tono, emplean los indios unos plomitos redondos, 
que pegan con cera en la cara inferior de las teclas. Para 
hacer los sostenidos o bemoles, se valen de tocarlas en sus 
orillas y con el cuerpo solo de las baquetas». 

Los quichés bautizaron a la marimba con el expresivo 
nombre de gog, que significa «hacer gemir o llorar». 

129. — La caramba, muy usada antes por nuestro pue- 
blo, es probable sea de invención posterior a la conquista, 
después que los españoles introdujeron por acá los instru- 
mentos de cuerda; porque, además de que su nombre es 
de claro origen español y de que no ha sido descrita por 
los primeros cronistas, los indios carecían del material ne- 
cesario para hacerla, pues está constituida por una vara 
larga, medianamente flexible, reducida a arco de pequeña 
sagita mediante un hilo de alambre, que se mantiene tenso. 
La tocan con una baqueta y el ejecutante aproxima su boca 
a la cuerda para comunicar a ésta las inflexiones de su voz, 
sin que los circunstantes lo noten, mientras que con dos 
de los dedos del pie izquierdo aplica de cuando en cuando 
el extremo inferior del instrumento a la superficie convexa 
de un huacal, que hace de caja sonora. 

Por análoga razón omito hablar de la chirimía, de la 
zambumbia, del bitoy, de la carrasca, del sacabuche (al que 
los pipiles llamaron cuyututún), etc. etc. 

130. — Si para la música no aprovecharon sus aptitudes 
nuestros indios, lo que es en el arte coreográfico dieron 
inequívocas muestras de suma habilidad y mucha gracia, 
según el testimonio unánime de los cronistas. M. Biart da 
interesantes detalles respecto a los bailes de los aztecas. 

La mayor parte de esas danzas eran tan animadas co- 
mo decorosas y con frecuencia acompañadas de canto por 
los mismos danzantes, mas también había algunas que eran 
cancanescas en grado superlativo, tal como el famoso cue- 
cuextli, de inverecunda mímica y de procaz letra. Ese baile 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 219 

se efectuaba en la fiesta de la diosa Nixtocoihuitl, en el 
mes tecuilhuitlzintli. 

Los pipiles, según dice el Dr. Rodríguez, celebraban 
sus fiestas con músicas y bailes, y con la legendaria cuh- 
tancuyamet o partesana, que tal como la conocemos se re- 
duce a lo siguiente: dos individuos, con una lanza cada uno, 
como de cuatro metros de largo, de madera y con la punta 
de hierro; otro, con una pequeña, terminada en tres puntas, 
como de metro y medio de largo, que es propiamente la 
partesana (159); otro con una banderita en una vara, como 
de un metro; otro con un arquito lleno de reliquias, o 
listones benditos; un tamborón, un tambor y un pito. Los 
hombres de los lanzones, después de saludar reverentemen- 
te la imagen del santo celebrado, apoyan sus lanzas en el 
suelo, por el lado de la punta, tomándolas con una mano 
por el otro extremo y colocándolas en forma de X; después 
el del arquito, tomándolo por un extremo y balanceándolo 
de un lado a otro, toca con él las lanzas grandes; en se- 
guida el de la banderita, haciéndola flamear de derecha a 
izquierda, la pasa sobre las lanzas cruzadas, las que al 
momento levantan los indios, las arrojan hacia arriba y las 
hacen girar para tomarlas en su descanso por el lado opuesto, 
o sea el de la lanza, con una mano; y así continúan tirán- 
dolas, cambiando el extremo de que la toman en cada vez. 
Lo que no explica el Dr. Rodríguez es el papel que repre- 
sentaba el de la lanza de tres puntas, que era, según pa- 
rece, el principal, el que tenía la partesana. 

Y luego agrega: «Algunos creen que la pica o partesa- 
na es una imitación de la milicia española; pero otros di- 
cen que es de la indígena, y nosotros lo creemos así, por- 
que los ejercicios que hacen son muy extraños a la milicia 
europea. Respecto a que los indios usaban estos lanzones 
antes de la conquista, puede verse a Milla (Hist. de Centro - 
América) donde se refiere a Cuzcatlán, pues hace mención 
de una carta de Alvarado a Cortés, en que le refiere que 
en un encuentro que tuvo, después de la toma de Acaju- 



(159) La voz partesana, usada en España, es de origen francés: se deriva de 
pertuisane. El Diccionario de Zerolo la define así: «Arma ofensiva, especie de alabarda, 
de la que se diferencia en tener el hierro en forma de cuchillo de dos cortes, y en el 
extremo una como media luna. Era insignia de los cabos de escuadra de infantería. 

Aunque se me pongan puntas 
De aceradas partesanas. 

Cast. y Sol». 



220 SANTIAGO I. BARBERENA. 



tía, vio a unos indios armados de unas grandes lanzas, co- 
mo de treinta palmos. Al presente estas ceremonias de la 
partesana existen en Apastepeque, Ostuma, Izalco y en algu- 
nos pueblos de Honduras. Antes, según dice el doctor Reyes 
en su Historia de El Salvador, iban a la capital las partesa- 
nas de los pueblos circunvecinos a acompañar la bajada o 
procesión de El Salvador del Mundo, el 5 de agosto.» 

En cuanto al baile, con mímica y recitado, que llama- 
mos Historia, y que todavía se acostumbra en varios pue- 
blos de esta República, en la época de sus respectivas fies- 
tas, Reclus (ubi supra) dice que primitivamente aludía la 
letra de ese baile a las leyendas cosmogónicas e históricas 
de los aborígenes, y que después de la conquista le adap- 
taron la que hoy se usa, referente a Cario AÍagno y a Ta- 
merlán, por lo que también lo llaman «Baile de los moros 
y de los cristianos.» 

131. — Los pueblos de raza nahoa no fueron aventaja- 
dos en el arte pictórico; aun en el centro de su cultura, la 
gran Tenochitlán, no hubo émulos de Apeles. Clavigero ob- 
serva que los mexicanos eran más felices en la escultura, 
en el arte de vaciar metales y en los trabajos de mosaico 
que en la pintura. 

Ixtlilxochitl refiere que Netzahualcoyotzin ordenó a to- 
dos los artistas de su nación que hiciesen su retrato y di- 
ce: «los plateros hicieron una estatua de oro muy al natu- 
ral; los lapidarios otra de pedrería; los plumeros dibujaron 
en un cuadro con varias plumas su retrato, tan al natural 
que parecía estar vivo; los pintores hicieron otro, lo mejor 
que pudieron » 

Tampoco puede decirse que hayan sido grandes escul- 
tores, y menos en nuestra región pipil, donde no se han 
encontrado monumentos que revelen que el arte escultórico 
haya florecido por acá. Mas bien en la región pipil de 
allende el Paz se han encontrado algunas reliquias nota- 
bles a ese respecto: en 1862 el Dr. S. Habel descubrió en 
Santa Lucia Cozumalhuapa (o Cutzumalhuapa) varios anti- 
guos monumentos, en los que encontró algunos tableros de 
piedra, esculpidos en magnífico bajo relieve. Las mejores 
de esas piedras fueron llevadas al Museo Etnográfico de 
Berlín y han sido objeto de un docto y minucioso estudio 
del profesor Bastían. 

En arquitectura, aunque los aztecas no hacían uso del 
arco, estaban sin embargo bastante adelantados y de sus 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CON QUISTA DE EL SALVADOR 221 

edificios hablan con gran encomio los informes de los con- 
quistadores y los escritos de los primeros cronistas, quie- 
nes refieren que los había tan grandes, con tantas estan- 
cias, aposentos y jardines que era fatigante recorrerlos; que 
tenían salas capaces de contener hasta 3,000 personas, y 
sus azoteas alcanzaban en algunos edificios un tamaño tal, 
que podían correr treinta hombres a caballo. 

No creo que los edificios de los pipiles de Cuzcatlán 
hayan sido tan grandes y suntuosos como los de Méjico; 
mas tampoco creo que hayan sido pobres jacales, pues D. 
Pedro de Alvarado en su segunda carta a Cortés (colección 
de Barcia) habla de la importancia y riqueza de las ciuda- 
des de nuestra región pipil, en las que había edificios de 
cal y canto. 

Las casas particulares eran de dos clases: la denomi- 
nada teopantzintli, constituida por una pieza rectangular, de 
paredes hechas con piedras canteadas, y después revoca- 
das y encaladas; el suelo de tierra pisoneada y cubierto 
con petates, y el techo de paja, de una o dos aguas. Y las 
llamadas tezcalli, más pequeñas, de paredes de adobes o 
de piedras sin labrar, o de bajareque, no blanqueadas. Ha- 
bía también cabanas, aun más humildes, llamadas xacalli. 

Toda casa, por poco acomodado que fuera el dueño, 
tenía dos dependencias contiguas: el cencalli, o granero y el 
temazcalli, o baño de sudor. 

132. — Era notable la habilidad con que los indios de 
Méjico, Centro -América y el Perú trabajaban en el arte 
plástico de la arcilla, con la cual fabricaban innumerables 
objetos, inclusive instrumentos musicales, como pitos y ca- 
ramillos: he visto sonajas de barro, verdaderamente curiosas. 

Ignórase si contaban con algo parecido a la rueda de 
los alfareros, mas, a juzgar por sus obras, parece que no 
la conocían. «Examinando los ejemplares rotos de su alfa- 
rería, vese que sus dibujos más complicados estaban for- 
mados de piezas y forjados en moldes. En general está im- 
perfectamente cocida y es inferior en dureza, tanto a la an- 
tigua como a la moderna alfarería europea. Un elemento 
semi- bárbaro queda también de manifiesto en el sacrificio 
frecuente de la conveniencia y de la utilidad a las formas 
grotescas, o en su ingenua ignorancia de las leyes más sen- 
cillas de la acústica.» (D. Wilson, Prehistoric Man). 

En El Salvador se han recogido incontables restos de 
la alfarería indígena, muchos de ellos precolombinos y muy 



222 SANTIAGO I. BARBERENA. 



diversos entre sí, no sólo por su forma y objeto a que es- 
taban destinados, sino también por la calidad del material, 
grado de pulimento, adornos, etc. etc., lo mismo que otros 
muchos utensilios de piedra, más o menos fina, y más o 
menos labrados. 

Los adornos de los utensilios para uso corriente son 
ordinariamente sencillos, formas geométricas poco complica- 
das; mas hay otros, probablemente destinados para el cul- 
to, con adornos simbólicos. 

E. B. Tylor, en su libro sobre el Anahuac (Londres, 1861), 
después de hacer un cumplido elogio de la cerámica tolte- 
ca, dice que el arte de vidriarla es probable que haya sido 
introducido por los españoles. 

Nuestra cerámica indígena ha sido objeto de importan- 
tes estudios de los señores Montessus de Ballore, Dr. Sapper 
y Dr. Lehmann. 

133. — Los nahoas hilaban y tejían perfectamente el 
algodón. Sus malacates eran de barro cocido, a manera de 
gruesos botones, perforados en el centro, donde fijaban un 
espetón delgado de madera. 

Sus telares eran muy sencillos: dos travesías, colocadas 
a una distancia correspondiente a la magnitud o largo de 
la obra que se intentaba hacer, mantenían la cadena, cuyos 
hilos estaban separados, dos a dos, por medio de una re- 
gla pacha movible de un extremo a otro del telar, y los 
hilos que formaban la trama se enrollaban en lanzaderas 
formadas por pequeños trozos de madera, aguzados en ambos 
extremos. Con tan primitivo aparato lograban hacer telas 
sumamente finas. 

No tenían lana, ni seda común, ni lino, ni cáñamo, pero 
suplían la lana con el algodón; la seda, con plumas, pelo 
de conejo y de nutria, y el lino y el cáñamo, con iczotl, o 
palma de montaña, con quetzalichtli, con patí y otras plan- 
tas textiles. Remojaban bien las hojas, después las limpiaban 
y las ponían al Sol, y ya bien secas las aporreaban, hasta 
que quedaban bien limpias las fibras, que se recogían en 
perfecto estado para utilizarlas. 

Para teñir el hilo contaban con variadas sustancias 
tintóreas: el reino vegetal les proporcionaba el "palo de 
Brasil," que da un hermoso color rojo; el "camotillo," cu- 
yos rizomas contienen una materia colorante amarilla; el 
"irayol, " de cuya corteza se extrae un tinte azul oscuro; 
el xiuhquihuitl, de que se saca el añil; el maxhaxte, bejuco 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 223 

que los indios empleaban para teñir el tul de rojo o de 
negro; el "ojo de venado," especie de dolichos, que pro- 
duce un tinte amarillo; &&&. Del reino mineral aprovechaban 
también varias tierras de color más o menos vivo, tales 
como el tecocauitl, que da un buen color amarillo, y el tizate, 
para el blanco. Empleaban también el conchil (murex 
purpureus,) que da un espléndido color de púrpura. 

Hacían una especie de sellos de barro para el estam- 
pado de las telas, que así quedaban muy vistosas. 

134. — La indumentaria de nuestros indios era sumamente 
sencilla, como que constaba solamente de tres piezas, y 
aun la primera de ellas con frecuencia la suprimían, sobre 
todo en los lugares calientes, y la tercera no siempre era 
necesaria: la manta o tilmalli, prenda que ordinariamente se 
usaba para el traje de calle; era una tela cuadrangular, que 
por uno de sus extremos se ataba al cuello, cayendo por 
detrás hasta las pantorrillas, a manera de capa, algo angosta; 
el maxtlatl o faja, con el cual se liaban las caderas, c lyen- 
do sus puntas anudadas por delante y por detrás, y los 
cactli, ó zapatos, que eran unos pedazos de suela, conve- 
nientemente recortados y sujetos al pie por medio de correas. 

Las mujeres usaban un huipilli, o camisa sin mangas, 
que les bajaba hasta las piernas, poniéndose a la vez dos 
o más, en los días de gala, de distinto largo y de diversas 
labores, y unas enaguas o cueitl, atadas con una faja y 
que les llegaban hasta los tobillos. Usaban también caites 
sobre todo cuando tenían que ir lejos de su casa. 

Las hembras se peinaban con bastante cuidado y todos 
se bañaban con suma frecuencia. 

135. — Los conocimientos metalúrgicos de los indios nahoas 
eran muy poco avanzados. Respecto a la plata sólo apro- 
vechaban la nativa o virgen, y en cuanto al oro, sólo tenían 
el recogido en los ríos. Ambos metales eran sumamente 
escasos en nuestra región pipil. Sabían fundir el cobre, sin 
hornos, y preparaban un bronce bastante duro y resistente. 

El arte de vaciar, grabar, cincelar y esculpir los metales 
lo practicaban con mucha habilidad. Había entre ellos bue- 
nos batihojas y espertos tlatcalcani, que adornaban cualquier 
cosa con oro y plata. 

Clavigero dice que se hacían instrumentos de cobre 
para uso de los carpinteros, y Dupaix habla de un depósito 
que se encontró conteniendo más de 270 cabezas de hacha, 
vaciadas, de cobre ligado. A ese respecto conviene recordar 



224 SANTIAGO I. BARBERENA. 



que Fr. Bartolomé de las Casas, hablando de las tropelías 
y abusos que cometieron las huestes de Alvarado en la 
ciudad de Cuzcatlán en 1524, refiere que los señores de 
este lugar, acosados por las exigencias de ese conquistador, 
le llevaron gran cantidad de hachas de cobre dorado, lo 
que lo irritó muchísimo y dijo a los suyos: "dad al diablo 
tal tierra; vamonos, pues que no hay oro." (Destrucción de 
las Indias, art. VIII.) 

Herbert Spencer, en su curioso libro sobre Los antiguos 
mexicanos, traducido del inglés al español por los señores 
D. Daniel y D. Genaro García (México, 1896), consigna in- 
teresantes datos respecto a la manera como trabajaban la 
obsidiana, para hacer navajas, cuchillos, lancetas y otros 
instrumentos cortantes. De ese género de obras sí se han 
encontrado varios preciosos especímenes en el territorio del 
antiguo señorío de Cuzcatlán. 

A juzgar por varias obras de piedra muy fina que se 
han exhumado en este país, no cabe duda que los pipiles 
sabían labrar la jadeíta (chalchiuitl,) el cristal de roca (iz- 
tactehuilotl) y aun el amatista (tlapal tehuilotl.) 

136. — El muy ilustrado presbítero y doctor D. Santiago 
R. Vilanova (hoy Obispo de Santa Ana,) autor de unos intere- 
santes Apuntamientos históricos sobre los antiguos pueblos indí- 
genas (S.Salvador, 1912) dice que "su comercio consistía en 
permutar sus artículos, sirviéndose del cacao como moneda. 
Contaban éste por contles (tzontles), jiquipiles y cargas; 400 
granos hacían un contle; 8,000 o 20 contles, un jiquipil, y 
24,000 granos, o tres jiquipiles, una carga; 200 granos equi- 
valía a 12 centavos. El comercio lo hacían con los países 
limítrofes, estableciendo en algunos lugares ferias, a las que 
concurrían los comerciantes; como no tenían muías y caballos, 
empleábanse los indios que llamaban Tlamemes, que con- 
ducían las cargas a espaldas; hacían el paso de los ríos, 
lagos y esteros en canoas con remos, con toldos de petate, 
conteniendo muchas de éstas capacidad para 50 personas. 
Tenían mercados públicos, donde además vendían esclavos, 
telas, alhajas y plumas " 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 225 



CAPITULO SEXTO. 

Instituciones políticas, civiles y militares de los aborígenes 
de El Salvador. 



137. — Hemos dicho ya que el territorio del antiguo Ne- 
quepio, bautizado después con el expresivo nombre de Cuz- 
catlán (160), o «Tierra de la dicha*, formaba un grupo de 
cacicazgos, de los cuales el más importante era el de este 
nombre, que es probable haya gozado de cierto grado de 
supremacía respecto a los demás, sin que conste hayan de- 
pendido nunca de la monarquía quiche, ni que hayan sido 
colonias de ninguno de los reinos nahuatlacas de México. 

Desgraciadamente poco, muy poco se sabe respecto a 
las instituciones políticas, civiles y militares de nuestros 
aborígenes, pues la Historia pipil que cita el P. Juarros y 
que a buen seguro daba algunas luces a ese respecto, se 
ha perdido. No nos queda otro recurso, para suplir esa falta, 
que recoger aquí y allá los pocos datos dispersos en las 
obras de los cronistas y apelar con frecuencia a la inducción, 
basada en la identidad de raza con los aztecas de Méjico. 

En mi concepto nuestra región pipil ha de haber sido 
el asiento de una confederación análoga en el fondo a la 
mejicana de la época de Montezuma, constituida, no por 
un gobierno feudal, sino por una democracia militar, cuya 
organización se fundaba en el régimen por tribus, con pro- 
piedad común de la tierra, y no dudo que Cuzcatlán era la 
metrópoli de esa federación. 



(160) Hoy se acostumbra por acá escribir «Cuscatlán», en vez de Cuzcatlán; mas, 
si queremos respetar el origen del vocablo, su etirrología, debemos escribir con z, no 
con s, esa palabra, porque el sonido de esta última consonante falta en el idioma 
nahoa. 

— 15 — 



226 SANTIAGO I. BARBERENA. 



138. — Es muy general la idea de que nuestros indios 
carecían en absoluto de sentido moral, de toda noción de 
justicia. Para convencerse de lo contrario basta examinar 
su sistema de esclavitud, mucho menos bárbaro que el que 
ha regido, hasta hace pocos años, en las naciones que pre- 
tenden marchar a la vanguardia de la civilización humana. 

La palabra tlacotli (plural: tlacotin), que se ha traduci- 
do por «esclavo», expresaba por acá una idea muy distin- 
ta de la que significaba en el lenguaje español, y cierta- 
mente no excedía en significación a la voz «Vasallo». Un 
esclavo entre nuestros indios, como lo hizo presente Fr. Barto- 
lomé de las Casas, poseía su rancho, su esposa, su mobilario, 
una porción de terreno, sus hijos y su libertad, excepto en 
épocas determinadas, que estaba obligado a trabajar para 
su señor. Así consta en una carta dirigida a Carlos V por 
los Oidores de México en 1552, en la que dicen que aun- 
que entre los indios existía la esclavitud, esa servidumbre 
era muy distinta de la otra. Que los indios trataban a sus 
esclavos como parientes y vasallos y los cristianos como 
perros. — (161). 

M. Beuchat explica de otra manera el origen y con- 
dición de esos peseudo-esclavos: según él, los que se ne- 
gaban a trabajar la tierra, o que rehusaban casarse, eran 
excluidos de la tribu, perdiendo a la vez los medios de sub- 
sistencia y la personalidad civil, teniendo que ir a buscar am- 
paro en aquellos que no podían labrar sus campos, quienes 
les proporcionaban trabajo y alimentos, o bien que acomodar- 
se de cargadores al servicio del ejército. La suerte de estos 
tlacotin, advierte M. Beuchat, no se asimilaba a lo que enten- 
demos por esclavitud: en ciertas condiciones podían volver a 
su tribu, sus hijos eran libres y estaban al amparo del calpulli 
respectivo. 

La clase proletaria, los jornaleros (tlalmactes y maye- 
ques) eran tratados con consideración y se les daba la can- 
tidad de alimentos necesaria para conservar el vigor. 



(161). Qué concepto se formarían de los conquistadores los habitantes de Cuzca- 
tlán, al ver que a pesar de haber recibido éstos con la más cumplida benevolencia a los 
tales conquistadores, éstos redujeron a los pobres cuzcatlecos a la más dura servidum- 
bre, herrándolos como bestias. De ese modo se pretendía catequizar a los indios ameri- 
canos, y después castigaban cruelmente a los que conservavan apego por sus antiguas 
creencias. Da horror la lectura del célebre Informe contra idolorum cultores, publicado 
en 1639 y escrito por el P. Pedro Sánchez de Aguilar, Obispo de Yucatán, el cual infor- 
me tiene por objeto sostener la inicua doctrina de que los obispos tenían pleno derecho 
de encarcelar y hacer azotar a los indios que recayesen o conservasen sus creencias y 
prácticas idolátricas. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 227 

Tenía por oficio el cacique el gobierno de sus subdi- 
tos, procurando siempre el orden y la paz de su pueblo y 
evitando que sus subditos estuviesen ociosos, pues los 
obligaba a la siembra, a la caza y a la pesca. 

Cuando fallecía el cacique lo lloraba todo el pueblo durante 
cuatro días, terminados los cuales, se declaraba solemne- 
mente que su espíritu estaba ya con los dioses y se proce- 
día al sepelio del cadáver, el cual se inhumaba sentado y 
vestido con sus mejores prendas. 

El poder era hereditario, correspondiendo al hijo o hi- 
ja del difunto (aunque algunos aseguran que regía la ley 
sálica), y si no los tenía, tomaba el puesto algún hermano 
o pariente de él. La coronación del nuevo señor era ruido- 
samente celebrada. 

Se ignora a cual de los tres supremos jefes de los 
aztecas (el cihuacohuatl, el tlacochcalcatl y el tlacatecatl) se 
asimilaba más el soberano cuzcatleco, por lo cual nos 
reducimos a llamarlo simplemente «Señor». 

139. — Había en la sociedad pipil, como en todos los 
pueblos de raza nahoa, tres castas o clases: los nobles 
(pipiltzin) que eran los más denodados guerreros y los más 
austeros y virtuosos ciudadanos; sus respectivas familias; 
la clase media, o de los comerciantes y artesanos, y los 
plebeyos o mazeguales (162). 

La nobleza se componía, pues, de los militares más va- 
lientes y entendidos, y de los tecuhtin, que eran personas 
que en su juventud se habían sometido a ciertas ceremo- 
nias y pruebas, sumamente severas, en los establecimientos 
denominados calmeca. 

Los comerciantes (pochteca) tenían su importancia po- 
lítica: organizados en numerosa carabana emprendían leja- 
nas expediciones, con el fin ostensible de cambiar sus pro- 
ductos, pero iban, además, tomando nota de cuanto veían 
y oían, y a su regreso daban puntual cuenta de ello al jefe 
de la tribu. 

Todas las profesiones y oficios honestos eran conside- 
rados como honrosos: el historiador (altapetlacuilo), el libre- 
ro (amanamacac), el pintor (tlacuilo), el escribano (amatla- 
cuiloliztli o amoxicuilo), el arquitecto (calmanani), el zapa- 



(162). «Los habitantes estaban divididos en nobles, capules o chinanacalli, rama 
compuesta de las familias distinguidas que poseían una porción de tierra y que no po- 
dían enagenar, y en Mazaguales o plebeyos formada por la gente ínfima del pueblo». 
(L. A. Rodríguez). 



228 SANTIAGO I. BARBERENA. 



tero (cacchiuani), el barbero (texinqui), el carpintero (tlaxinqui), 
el lapidario (chalchiuhiximatqui), etc., etc., gozaban de 
buena posición social: no estaban obligados a labrar perso- 
nalmente sus tierras, pero sí a hacerlas cultivar. 

El P. Motolinia explica en sus «Memoriales» el origen 
del vocablo mazehual, derivado, dice, del verbo mazehualo 
=trabajar, adquirir mérito, hacer algo digno de premio. Por 
eso a ciertos bailes, que se hacían para alcanzar gracia de 
los dioses, los denominaban mazehualiztli, en tanto que las 
danzas de puro recreo se llamaban netotiliztli. 

140. — La sociedad conyugal, base de la organización de 
la familia, estaba sólidamente establecida entre los pueblos 
de raza nahoa. El matrimonio participaba del doble carác- 
ter de contrato civil y de acto religioso. Los derechos del 
marido (namictli=namique=oquichtli) sobre la esposa (cihuatl 
=namictli=nemactli=tetichitanqui) no eran ilimitados: el nom- 
bre namictli— «compañero», común a ambos cónyuges, en- 
traña un concepto de igualdad, incompatible con el de sumi- 
sión absoluta de uno respecto al otro. Tetechitanqui era 
más bien la «novia», «la prometida». 

La monogamia era la ley y la costumbre general, salvo 
los poderosos, que se permitían el lujo, mejor dicho, que 
tenían el descaro de introducir en el hogar unas cuantas 
concubinas, previa celebración con cada una de ellas de 
una especie de matrimonio menos -solemne. Costumbre aná- 
loga existe en la China, como detalladamente lo expone y lo 
defiende el Coronel Tcheng- Ki - Tong en su libro titulado 
"Los chinos pintados por sí mismos." (163) 

Cosa parecida sucedía respecto a los impedimentos 
para casarse, por razón de parentesco entre los pretendien- 
tes a unirse: los caciques y sus favoritos se casaban con 
quienes querían; mas para el pueblo en general estaba pro- 
hibido entre los parientes en línea recta, entre los consan- 
guíneos hasta el cuarto grado colateral y aun entre los 
afines inmediatos, o cuñados. Nada tiene eso de extraño: 
en todo tiempo y en todo lugar los poderosos se arrogan 
los más absurdos privilegios. 

Los pipiles se casaban, mejor dicho, se les hacía ca- 
sarse, apenas llegaban a la pubertad. Era ese un asunto 

(163) La Biblia refiere que Sara, mujer de Abraham, no habiendo tenido hijos y 
contando con una criada egipcia, llamada Agar, dijo a su esposo: '"El Eterno me ha 
hecho estéril, id, yo te lo suplico, con mi criada, tal vez tendré yo hijos por medio de 
ella" "Entonces Sara toma a Agar y la da por mujer a su marido." Y el patriarca no 
tuvo empacho de hacello. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 229 

que correspondía arreglar a los respectivos padres, en tér- 
minos que los contrayentes venían a conocerse hasta el día 
de su boda. Esa premura tenía por objeto evitar la prosti- 
tución, que fué siempre sistemáticamente perseguida por 
nuestros aborígenes. 

Llegado un muchacho a los 14 ó 15 años, su padre 
buscaba y elegía una chaborrita (ichpuchtli) para el nene. 
Escogida la futura, se encargaba a una o más personas de 
respeto fuesen a pedir la mano de ella, llevando los corres- 
pondientes obsequios: si éstos eran aceptados, se presumía 
que la solicitud tendría favorable acogida. La demanda se 
repetía por segunda y por tercera vez, y hasta verificada 
esta última, daba el padre de la novia su expreso consen- 
timiento y se señalaba día para celebrar la boda. 

El ceremonial del casamiento (nenamictiliztli) era bas- 
tante sencillo: un grupo de parientes y amigos del novio 
iba a traer a la novia, la cual era conducida en andas, 
lujosamente ataviada, a casa de sus futuros suegros, donde 
se celebraba el matrimonio. Era de cajón que los contra- 
yentes se bañasen antes de casarse, y hacer sacrificios y 
ofrendas a los dioses para asegurar la felicidad de los 
contrayentes. El acto matrimonial, presidido por el cacique, 
se reducía a darse las manos y a una simple atadura de 
los vestidos. Hecho eso, empezaba el baile y demás fes- 
tejos. 

El contrato matrimonial era per vitam: el divorcio era 
tolerado; pero no estaba legalmente establecido. 

La seriedad e importancia que los pipiles atribuían a 
la sociedad conyugal puede colegirse de la severidad con 
que era castigado el adulterio, y aun los conatos de come- 
terlo, los simples cuchicheos con una mujer casada. 

El adulterio propiamente dicho era castigado con la 
pena capital, y al que sorprendían haciendo señas a una 
mujer casada lo desterraban del pueblo y le quitaban todos 
sus bienes. 

Por lo demás, bien sabido es que las indias son ge- 
neralmente castas y formales, nada pródigas del dulce 
xizo. (164) 

141. — El nacimiento de un niño, sobre todo si era varón, 
lo consideraban una felicidad. La operación de cortarle el 
ombligo constituía un acto religioso. Comenzaban por esco- 

(164) La voz xizo es peculiar de las indias aztecas, y equivale a nuestro adverbio "si" 



230 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ger para ello un día propicio y llegado el momento de 
efectuarlo, colocaban el resto del cordón umbilical sobre 
una mazorca de maíz y lo cortaban con una cuchilla de 
obsidiana, arrojándolo después al río, La mazorca que ha- 
bía servido para esa operación era guardada, para sembrar 
sus granos con especial esmero, pues ellos debían producir 
el primer alimento sólido destinado al niño después de su 
destete. 

El recién nacido (conechichilli = "niño que mama") to- 
maba el nombre de la deidad que presidía el día de su 
nacimiento, y era sometido a una ablución semejante al 
primitivo bautismo cristiano, tal como lo recibió Jesús en 
las aguas del Jordán, a todo lo cual se mezclaban diversas 
prácticas supersticiosas. 

La madre estaba obligada a purificarse, pocos días 
después del parto, por medio de lustraciones y ofrendas a 
los dioses. 

Era admirable el profundo respeto que los hijos tenían 
a su padre (tatli o izcacauhtli) y a su madre (nantli), pues 
aun cuando el hijo fuese ya todo un hombre, guardaba respe- 
tuoso silencio en presencia de sus progenitores, a quienes 
obedecía ciegamente y a quienes consideraba como infali- 
bles oráculos. 

La herencia correspondía al hijo mayor, que quedaba 
como jefe de la familia, y a falta de herederos los bienes 
eran recogidos por la nación. 

La tierra estaba bastante bien dividida en pequeñas pro- 
piedades, y la pobrería, los mayeques, que eran arrendatarios, 
pagaban a sus señores respectivos, mas no a la nación, 
salvo en tiempo de guerra o de gran necesidad. 

Los propietarios sí pagaban tributo, que estaba bien 
establecido, por calpullis o barrios en cada población. 

Tenían una especie de plano catastral en cada pueblo, 
en el que estaban marcadas las tierras de los calpules con 
color amarrillo claro; las tierras de los nobles, pillalli, con 
encarnado y las del cacique con rojo. "Al extender una de 
esas pinturas se veían el pueblo y sus límites, las perso- 
nas a quienes pertenecían las propiedades y los puntos 
donde estaban situadas. 

142. — Su jurisprudencia penal era muy severa, pero con 
claras tendencias moralizadoras, que dan, si en en ello se 
para mientes, una alta idea de la honorabilidad de los pue- 
blos aztecas. Ha de haber un atavismo, hasta hoy no estu- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 231 

diado, en el carácter tan noble y simpático del pueblo 
salvadoreño. 

El homicidio, el robo, la violación, el incesto, el ayun- 
tamiento con esclava ajena, y aun la simple fornicación, 
eran castigados con durísimas penas. También se castigaba 
a los mentirosos y a los que hacían escarnio de los dog- 
mas y ritos religiosos. 

Bien se comprende que los legisladores nahoas, a pesar 
de sus sanas intenciones, no tenían ni remota idea de los 
derechos del hombre. 

He aquí una corta lista de los delitos que se castigaban 
con la pena capital: el homicidio, el adulterio, disfrazarse 
con vestido del otro sexo, alterar los mojones de los tlal- 
milpa o lotes distribuidos por la autoridad, negligencia (por 
lo menos durante dos años) en el cultivo del terreno des- 
tinado para mantenimiento de los huérfanos de la tribu, la 
traición, la usurpación de funciones o insignias militares, el 
sacrilegio (v. g. la seducción de las jóvenes que habían 
hecho voto de castidad) y la embriaguez de los sacer- 
dotes. 

Según Fr. Gerónimo de Mendieta, el marido que mataba 
a su esposa, sorprendida en flagrante delito de adulterio, 
pagaba con la vida por haberse hecho justicia con su propia 
mano, sin tener en cuenta el irresistible impulso del caso. 

Al robo, según las circunstancias, se habían señalado 
penas relativamente moderadas; salvo el de plata u oro, que 
según el mismo Mendieta, era castigado con la muerte. En 
caso de que el autor del. robo no pudiese devolver la cosa 
robada, quedaba reducido a la condición de tlacotli (esclavo) 
del ofendido, y se le quitaba el tlalmillí, o porción de tierra 
que tuviera asignada, por lo menos mientras no hubiese re- 
parado el daño causado. 

Como medio indagatorio se colgaba a los presuntos reos, 
barbaridad que, por desgracia, suele cometerse todavía en- 
tre nosotros. 

Los reos eran encerrados en la cárcel (teilpilollán o 
tecaltzacualoyan) donde permanecían privados de aire y de 
alimentación. 

La pena de muerte se ejecutaba despeñando al delincuente 
en un barranco abrupto y profundo, salvo los destinados para 
Jos sacrificios. 

Es notable el empeño con que perseguían la embriaguez, 
la cual solo era tolerada en las fiestas públicas y en las 



232 SANTIAGO I. BARBÉRENA. 



personas de 70 años arriba. Si el culpable era un noble, se 
le privaba del título de tecuhtlí; si era empleado público, 
perdía la colocación, y a los demás dipsómanos los pelaban 
al rape para entregarlos a la befa del público. 

143. — Ninguna profesión gozaba de tanto prestigio y 
estimación en los pueblos nahoas, como la de las armas. 
La deidad de la guerra era la que más reverenciaban y la 
que consideraban como principal protectora de la nación. 

A ningún príncipe se le elevaba a la primera magistra- 
tura antes de que hubiese dado pruebas de valor y de pe- 
ricia militar, y merecido el honroso cargo de general del 
ejército, y aun se agrega que a ningún soberano se entre- 
gaba el poder supremo sin que antes hubiese apresado con 
sus propias manos a las víctimas que debían sacrificarse el 
día de su exaltación. 

Los nahoas hacían consistir su mayor gloria en las haza- 
ñas militares; los nobles eran los principales soldados y los 
que no pertenecían a la nobleza podían obtenerla sirviendo 
y distinguiéndose en la guerra. 

El servicio militar era rigurosamente obligatorio: al 
cumplir los quince años el niño (piltontlí), se convertía en 
mancebo (telpochtli), y previo cumplimiento de ciertos ritos 
religiosos, se le llevaba al (telpochcalco), para ejercitarse en 
el arte militar. 

Entre esas gentes no se acostumbraba la previa decla- 
ratoria de guerra; el pueblo que la llevaba a otro procura- 
ba sorprenderlo. Debido a eso la mayoría de las poblacio- 
nes estaban fundadas en cerros escarpados o peñoles, para 
dificultar el acceso a ellas, y las que ocupaban llanuras, es- 
taban fortificadas con murallas concéntricas de piedras, tal 
como se cree estaba la ciudad de Tehuacán. 

Para averiguar si había guerra, el papa y sus cuatro 
adjuntos apelaban a ridículos sortilegios, y cuando creían 
que era de temerse una invasión de sus enemigos, lo comu- 
nicaban al cacique y demás jefes militares, e inmediatamente 
se ponían en pié de guerra, reuniendo cuanta gente podían, 
armada de flechas (tlanitollí=e\ arco, y mitl~-\a. flecha,), 
lanzas (tlatzontectlí o tepoztopillí) que a las veces tenían más 
de seis metros de largo; espadas de madera, con fragmen- 
tos cortantes de obsidiana (maquahuitl) hondas para arrojar 
piedras (tematlatl), etc., etc. La mayor parte de la tropa lleva- 
ba cotas de algodón (ichcahuipilli), y escudos de cuero 
(chimalli). 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 233 

Ocioso es decir que ignoraban aun los más elementales 
principios de táctica y de estrategia, así es que entraban al 
combate sin orden ninguno, por pelotones, al son de trom- 
petas, caracoles y otros instrumentos ruidosos, con acompa- 
ñamiento de gritos y alaridos. El éxito de la batalla de- 
pendía del número de los combatientes y del valor y fuerza 
corporal de éstos. 

Los jefes y oficiales iban a la guerra vestidos con pieles 
de diversos animales (león, tigre, águila, etc., etc.) y el general 
en jefe era conducido en andas, con sus mejores paramentos. 

La tribu vencedora celebraba el triunfo con grandes 
fiestas, dedicadas unas veces a Quetzalcoatl y otras a Ytz-que- 
que, según lo decidía el papa; en el primer caso duraban hasta 
quince días los festejos, y en el segundo solamente cinco. El 
clou de esas solemnidades era el sacrificio de los prisioneros 
que se verificaba diariamente, durante la temporada, en el 
patio del templo. 

Cada soldado se apropiaba el botín que recogía durante 
la pelea, y cuando entraban vencedores a una población, la 
saqueaban, mejor dicho, la arrasaban, no dando cuartel a 
ninguno. Los únicos a quienes se dejaba con vida era a los 
que podían ser vendidos para esclavos. 

El Derecho de Guerra de la culta Europa no era más 
humano en la época de la Conquista. 



234 SANTIAGO I. BARBERENA. 



CAPITULO SÉPTIMO. 
Ideas religiosas y supersticiones de los pipiles. 



144. — No me propongo exponer, porque me sería 
imposible hacerlo, ni siquiera a grandes rasgos, el compli- 
cadísimo laberinto de la Teogonia tlapalteca (165), consti- 
tuida por incontables leyendas, fraguadas sobre una base 
común en las diversas regiones ocupadas por la raza ñahoa, 
y la mayor parte de esas leyendas completamente extrañas 
a la nación pipil. 

Quien quiera iniciarse en ese estudio, absolutamente 
indispensable a los aficionados a la Arqueología americana, 
puede adquirir excelentes nociones en el primer tomo de 
la monumental obra titulada «México a través délos siglos» 
y en el inapreciable «Diccionario de Mitología Nahoa», es- 
crito por mi ilustre y bondadoso amigo el señor Ldo. D. 
Cecilio A. Rovelo. 

Respecto a las creencias y prácticas religiosas de los 
pipiles, aparte de los dogmas fundamentales comunes a to- 
dos los pueblos nahoas y aun a los maya-quichés, tal como 
el dualismo de sus dioses, de que ya hemos hablado, pocos 
detalles se conocen con relación al credo y ritos de nues- 
tros aborígenes, (166). 



(165) Muchas de las deidades mejicanas fueron adquiridas por derecho de conquista, 
llevándose prisioneros a los dioses de los pueblos vencidos, cuyo culto se implantó des- 
pués en Méjico. Asi se estableció e! de Tlaloc, deidad de los otomíes; el de Camaxtli, an- 
tiguo dios de los chichimecas; el de Xochipilli y el de Xochiquetzal, deidades mixte- 
cas, etc. etc.(Beuchat, op. laúd., p. 313). 

(166) Entre las singularidades de la teogonia nahoa, señalaremos la de la reparti- 
ción de las divinidades por grupos correspondientes a los cuatro puntos cardinales, re- 
partición que se hizo extensiva a diversos planos y estrechamente relacionada con el 
simbolismo de ciertos números. Esa particularidad ha sido objeto de un estudio espe- 
cial y profundo de los señore sDurkheimy Mauss. 



HISTORIA ANTIG UA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 235 

La inextricable confusión que muchos historiógrafos ha- 
cen de las leyendas pipiles y maya-quichés, no sólo es ex- 
cusable, sino también muy natural, porque tanto la mitolo- 
gía de los pueblos nahoas como la de los de la región del 
Sur se incubaron simultáneamente en el Tamoanchán, en la 
época de la federación, y puede decirse que primitivamente 
eran idénticas, y que después se modificaron, ampliaron y 
diferenciaron, según las ideas y circunstancias de cada una 
de las nacionalidades que surgieron disuelta la federación; 
porque esa confusión la justifican los cruzamientos realiza- 
dos en nuestro territorio entre los nahoas y los maya-quir 
ches, y porque los primeros cronistas son en gran parte 
culpables de esa confusión, pues en sus relaciones mezclan 
sin empacho alguno, las creencias y tradiciones de ambas 
razas. 

145. — Nada se sabe respecto a las creencias primitivas 
de los nahoas, cuando vinieron a América; mas es de su- 
ponerse que han de haber sido simplísimas, reducidas al 
culto de la naturaleza y a una noción más o menos vaga 
de un Ser Supremo. El licenciado Chavero opinaba que la re- 
ligión primitiva de los nahoas era un sabeísmo poco erudi- 
to, en tanto que la de los del Sur era zoolátrica. 

El hecho es que en la época de la conquista los pue- 
blos nahuatlacas, inclusive, por consiguiente, los pipiles, 
adoraban a la causa primera con el nombre de Teotl (voca- 
blo de origen maya-quiché, como se dijo en la nota 121), 
a quien, por juzgarle incomprensible, no lo representaban 
de modo alguno, pero deificando sus atributos, se dice que 
formaron un cortejo de trece deidades principales. De buen 
grado creo que se hayan elevado a la concepción de una 
Causa Primera, cuya existencia espontáneamente sugiere a 
la razón el espectáculo del Universo, y que hayan personi- 
ficado y deificado cada uno de los atributos que le recono- 
cían, pues parece ser instintiva tendencia humana la diver- 
sificación de las advocaciones. 

Para algunos el cuadro de la teogonia pipil era de in- 
fantil sencillez, exento de leyendas antropomórficas y genea- 
lógicas: como deidades superiores el dios de los cerros, el 
del hogar, el de las sementeras y el de los muertos, y co- 
mo deidades inferiores, el dios de los ganados (?), el de 
las aguas etc., etc. 

Mas yo tengo para mí que la mayor parte, si no todos 
los dioses de los aztecas han de haber sido conocidos y 



236 SANTIAGO I. BARBERENA. 



venerados en la región cuzcatleca, y de ello pueden aducir- 
se como pruebas fehacientes numerosos restos arqueológicos 
recogidos en la región pipil, y tradiciones conservadas por 
los cronistas. Admitida la realidad y consecuencias de las 
invasiones toltecas y aztecas de que hablamos oportuna- 
mente ya, es imprescindible admitir que hande haber impor- 
tado las creencias y ritos religiosos de los países de que 
venían. 

Podemos, por tanto, aseverar que los pipiles adoraban 
al Sol, como representante de la causa primera (167), dán- 
dole el nombre de Ometecuhtli= «Dos Señores», macho y 
hembra a la vez, lo cual significaba que tenía en sí mismo 
su razón de ser. El mismo Sol, considerado como primera 
creación de sí mismo, toma la denominación de Tonacate- 
cuhtli= «Señor de nuestra carne», o que nos alimenta, y en 
ese concepto ya no es bisexual, tiene por esposa a Tona- 
cacihuatl, la Tierra, y de su unión nacieron Quetzalcoatl, 
la estrella vespertina, Venus, y Tezcatlipoca, la Luna. Este 
último nombre significa «espejo brillante que humea», deno- 
minación muy gráfica y apropiada para designar al astro de 
la noche. (168). 

El mismo Sol fue llamado Tonatiuh, como astro del día; 
Tzontemoc, «el que cae de cabeza», en el acto de ponerse, 
y Mictlantecuhtli, «Señor de los muertos,» cuando ha des- 
aparecido en el Ocaso. 

Según una antigua leyenda nahoa, 600 años después 
del nacimiento de Quetzalcoatl y Tezcatlipoca fue produci- 
do el fuego, por acuerdo de los dioses, y en seguida la 
primer pareja humana, Cipactli y Oxomoc. 

146. — Mas entre las leyendas cosmogónicas de la raza 
nahoa, la más interesante y curiosa es la de «Los Cuatro 
Soles», de que ya hablamos en el N? 69. Hay respecto de 
ella algunas variantes en los antiguos cronistas y en los 
modernos expositores. Aquí adoptamos la narración del 

(167) En nuestro Museo existe un hermoso Sol de piedra que recogí cerca de la 
Aldea de Cara Sucia, en el departamento de Ahuachapán; es decir, donde se hablaba 
antiguamente el idioma jinca, precisamente donde algunos suponen existió una colonia 
lenca. 

(168) Son infinitas las variantes relativas al origen, vida y hechos de Quetzalcoatl, ab- 
solutamente inconciliables. Unos lo consideran como puramente mítico, mas otros, a cuya 
opinión me adhiero, creen que todo ello encierra un fondo histórico, la dificultad está 
en desentrañarlo. Varios autores han sostenido que era el Apóstol Santo Tomás; otros 
que era Santo Tomás de Meliapor; otros que uno de los normandos que vinieron a las 
costas del NE. de América en el siglo X de nuestra era. Yo creo, como el señor Plan- 
earte, que se trata del jefe de los Ulmecas, que llegaron al Panuco hace la friolera de 
treinta y cinco siglos. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 237 

ilustre franciscano Fray Andrés de Olmos, que vino a Nue- 
va España en 1524, y a quien Fray Martín de Valencia y 
el Oidor Ramírez de Fuenleal encargaron escribiese las an- 
tigüedades de los indios de Méjico, y aunque esa obra no 
ha llegado a nosotros, M. de Jonghe descubrió varios frag- 
mentos de ella, traducidos y publicados por el cosmógrafo 
francés Thevet, en su Histoire du Mechyque, escrita el si- 
glo XVI. 

Según dicha leyenda los dioses crearon sucesivamente 
cuatro mundos, cada uno de ellos iluminado por un Sol 
diferente. El primero, llamado Chalchiahtonatiuh, «Sol de 
piedra preciosa», o Chalchiuhtlicue, diosa de la lluvia, ter- 
minó con aguaceros torrenciales, que ahogaron a la mayor 
parte de los hombres, convirtiéndose los sobrevivientes en 
peces. El segundo, llamado Tletonaüuh o «Sol de Fuego», 
iluminó una humanidad miserable, que se alimentaba con 
zizaña; los hombres de ese período fueron destruidos por 
el fuego, y unos cuantos convertidos en pollos, mariposas 
y perros. En seguida fue el Yohualtonatiuh, o «Sol de obs- 
curidad»: en esa época los hombres se alimentaban con 
jugos resinosos, y fueron destruidos por grandes terremotos 
y devorados por animales feroces. El cuarto Sol fué el 
Ehecatonatiuh, o «Sol de viento», durante el cual los hom- 
bres se alimentaban con frutas, y fueron destruidos por fu- 
riosas tempestades y convertidos algunos en monos. Cada 
uno de esos soles duró 23 años, y terminado el cuarto sur- 
gió el Sol que nos alumbra. 

Como dijimos hay muchas variantes respecto a esa 
leyenda, en cuanto al nombre y duración de cada Sol, y en 
cuanto al orden en que se verificaron. Según el Códice de 
Chimalpopoca el primero fué el Aionatiuh; el segundo el 
Ocelotonatiuh, que corresponde al tercero de Olmos; el tercero, 
el Quiauhtonatiuh, que corresponde al segundo de Olmos, y 
el cuarto el Ehecatonatiuh. 

147. — El dios Camaxtli de los pipiles, su deidad prin- 
cipal, lo asimilan algunos con el terrible Huitzilopochtli de 
los aztecas, el más sanguinario de sus dioses. Su nombre, 
por lo menos, no lo recomienda mucho: se compone de dos 
raíces quichés, y del subfijo tli, característico de los vocablos 
nahoas. Dichas raíces son: cam= «morir», raíz de camizah 
— «matar», y atz= «traidor». — En nuestras leyendas indí- 
genas, tal como 'las ha recogido y refiere D. Juan J. Lainez, 
es llamado Camascatl. 



238 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Había una complicada serie de jerarquías divinas, desde 
el innominado y todopoderoso Teotl, hasta los humildes 
penates y otros diosecillos lares, titulados en conjunto 
Tepitoton, o «dioses chicos». 

El oidor García del Palacio, en su importante carta - 
informe, consignó varios detalles de sumo interés al respecto 
de que ahora tratamos, y aunque estos detalles se refieren 
directamente al templo de Mictlan, como éste se encontraba, 
según dijimos oportunamente, en la región pipil, creemos 
que lo que dice ese escritor puede hacerse extensivo a 
toda esa región, y así lo han entendido antes que nosotros 
otros expositores. 

Según el señor García del Palacio, nuestros aborígenes 
tenían dos deidades principales: Quetzalcoatl, que lo repre- 
sentaban en figura de hombre e Itzcueye, en figura de mujer, 

148. — El cuerpo de los sacerdotes o tlamacazque (sing. 
tlamacazqui) era sumamente respetado y ejercía múltiples y 
elevadas funciones. Según dicho cronista, «allende del cacique 
y señor natural, tenían un Papa, que llamaban Tecli, el 
cual se vestía de una ropa larga azul, y traía en la cabeza 
una diadema y a veces mitra, labrada de diferentes colores,. 
y en los cabos de ella, un manojo de plumas muy buenas,, 
de unos pájaros que hay en esta tierra, que llaman quetzales; 
traía de ordinario un báculo en la mano, a manera de obispo, 
y a éste obedecían todos en lo que tocaba a las cosas 
espirituales. Después de éste, tenía el segundo lugar en el 
sacerdocio otro que llamaba el Tehua-Mailini, que era el 
mayor hechicero y letrado en sus libros y artes, y el que 
declaraba los agüeros y hacía sus pronósticos. Había, allende 
destos, cuatro sacerdotes que llamaban Teupixqui (169), 
vestidos de diferentes colores y de ropas hasta los pies, y 
eran negros, colorados, verdes y amarillos, y éstos eran los 
del consejo de las cosas de sus cerimonias, y los que 
asistían a todas las supersticiones y boberías de su gentilidad. 
Había también un mayordomo, que tenía cuidado de guardar 
las joyas y preseas de sus sacrificios, y el que abría y 
sacaba los corazones a los sacrificados, e hacía las demás 

(169) A estos sacerdotes daban títulos altamente reverenciales: los denominaban 
Tlateochihualli {teopixqui. El epíteto que precede al sustantivo equivale a «bendito, 
consagrado». Se compone de tía, partícula que equivale a «algo», o al nombre genéri- 
co «cosa»; de teotl, «dios», o de teoyotl, «cosa divina», y de chihualli, «hecho», deri- 
vado de chihua nitla, «hacer algo»: así es que puede traducirse por «cosa hecha para 
Dios». Teopixqui, «guardador de Dios», se compone de teotl, «Dios», y de pixqui, 
aféresis de Tlapixqui, «guardador de algo» — También solían llamarlos Notlazomahuiz- 
teopixcatatzin, o sea «sacerdote venerable a quien amo como a mi padre». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 239 

cosas personales que eran necesarias. Sin los dichos había 
otros, que tenían trompetas e instrumentos de su gentilidad, 
para conocer y llamar la gente a los sacrificios que habían 
de hacer». 

El término Papa (o Papahuaqui) con que se designaba 
al sacerdote principal en la región pipil, es muy digno de 
atención. Según parece, era vocablo también de uso co- 
rriente en Tlaxcala. Algunos creen que esa palabra ha de 
haber sido introducida en Méjico por algún o algunos de 
los normandos que llegaron a las costas de la América del 
Norte hacia el siglo X, y que por algún acaso vino o 
vinieron a dar un poco más al Sur. Ese o esos individuos 
se supone descendían de los irlandeses que, según la Saga 
de Olaf Triyggvason y el Landnámabok, descubrieron la 
Islandia en 795, los cuales colonos irlandeses tenían el 
nombre de Papal o Papar, «hombres del Occidente que 
profesan la religión cristiana». (Vigfusson en su Icelandic- 
English dictionary, Cambridge, 1875, sub voce «Papi» traduce 
el término papar por «monks of the west».) 

Otros opinan que dicho nombre fué dado a los sacerdotes 
indígenas por los españoles, debido a un mal entendu: 
preguntaron éstos a los indios por qué los sacerdotes 
llevaban el pelo largo, y los indios les contestaron «papa», 
que significa «cabello», y los españoles creyeron que les 
querían decir que así se titulaban esos funcionarios. Yo creo 
que el vocablo de que tratamos se deriva de papatli=z «cabellos 
enhetrados», según el vocabulario de Molina, y que la 
costumbre de usarlos así los papaces (plural muy usado en 
la Recordación Florida) ha de tener relación con las antiguas 
leyendas relativas a Quetzalcoatl, que se dice gastaba hermosa 
melena y luenga barba. 

Después los cronistas evitaron el empleo de ese término, 
por su homonimia con el título del Pontífice de la Iglesia 
romana. 

149. — Según el mismo señor García del Palacio, cuando 
el Papa fallecía lo enterraban vestido, sentado en un banco 
pintado en su propia casa, y lo lloraba el pueblo, con 
grandes alaridos y ayunos rigurosos durante quince días. 
Terminadas las exequias, el cacique y el sabio elegían otro 
Papa, sorteando el cargo entre los cuatro teopixques, y la 
nueva elección se celebraba con ruidosos mitotes o bailoteos. 
El agraciado, por su parte, hacía un cruento sacrificio, 
sacándose sangre de la lengua y del miembro genital, para 



240 SANTIAGO I. BARBIiRENA. 



ofrendarla a sus dioses. El Teopixque elevado al rango de 
Papa elegía a su sucesor, entre los hijos del Papa muerto, 
y a falta de uno de éstos, se elegía a un hijo de cualquiera 
de los otros sacerdotes. 

Cada año hacían dos sacrificios solemnes: uno al 
comenzar el invierno y el otro al comenzar el verano. Esta 
ceremonia sólo la presenciaban el cacique y altos empleados 
y se hacía en el interior del templo, y. los sacrificados 
eran niños de 6 a 12 años, «bastardos y nacidos entre ellos». 

El ceremonial de los tales sacrificios era bastante com- 
plicado: tañían sus trompetas y atabales, desde temprano 
de la víspera del día señalado para la solemnidad, para 
que el pueblo se reuniese oportunamente en los contornos 
del templo. Cuando ya había público y a eso de las seis 
de la mañana, salían del Cu (170) los cuatro teopixques, 
con sendos braseritos, en los que se quemaba hule y copal, 
y se encaminaban a Oriente, y en un lugar apropiado se 
hincaba a saludar al Sol, incensariándolo y dirigiéndole preces. 
En seguida se dividían los teopixques, yéndose uno de 
ellos a cada rumbo cardinal, predicando su creencias y ritos. 
Terminado el sermón se metían en unas casas que habían 
hecho a cada rumbo, donde descansaban un rato. A conti- 
nuación se dirigían a casa del Papa, que estaba próxima 
al Cu, y allí tomaban al muchacho que se iba a sacrificar, 
y daban con él cuatro vueltas en el patio, en paso de 
baile. Terminada esa danza, salía el Papa con el sabio y 
con el mayordomo, y subían al Cu con el cacique y princi- 
pales, los cuales se quedaban a la puerta del adoratorio. 
Los teopixcas tomaban al muchacho en peso, cada uno de 
una mano o de un pie, y se lo llevaban al mayordomo 
quien le sacaba el corazón y se lo presentaba al Papa, para 
que lo guardara en una bolsita hecha ad hoc. Los teopixcas 
tomaban la sangre del sacrificado en cuatro jicaras, y baja- 
ban uno en pos de otro al patio, y asperjaban la sangre a 
los cuatro rumbos, con la mano derecha, y si sobraba 

070) La voz cu o cue (que muchos escriben con k) es de origen maya y adoptada 
por los conquistadores para designar los templos indígenas, como sinónima de teocalli, 
teopantli, teopan (o teupan), que son los vocablos que para ello empleaban los aztecas. 
Cu equivale propiamente a tetelli, a momuztli, a tzaquatli, vocablos de que se servían 
los aztecas para designar sus construcciones de forma piramidal, más o menos perfecta 
(montículos artificiales, tumuli, mamblas), destinados al culto religioso. Los españoles 
formaron el plural cues y el diminutivo cuesillos. 

Es digno de atención que en súmero kur=« montaña, lugar elevado», y más aún 
que en egipcio khu es el elemento ígneo del alma, la inteligencia, lo cual tiene evidente 
relación con el origen de la voz pirámide, derivado del griego piramis, «fuego», aludien- 
do a la forma de la llama. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 241 

alguna se la llevaban al Papa, para que la introdujese, 
junto con la susodicha bolsa, en el cuerpo del sacrificado, 
por la propia herida por donde se le había extraído el 
corazón, y finalmente lo inhumaban en el mismo Cu. 

Entre las funciones más delicadas de la corporación 
•sacerdotal era averiguar, por medio de sortilegios, si conve- 
nía o no llevar la guerra a algún pueblo vecino o si había 
peligro de que atacasen al pueblo en que ellos servían. En 
caso de afirmativa, se lo notificaban al cacique, para que 
saliese al encuentro del enemigo. Si se obtenía victoria, lo 
•comunicaban inmediatamente a! Papa, para que determinara 
a cuál de las dos deidades principales se debía hacer sa- 
crificios, en acción de gracias. Si era a Quetzalcoatl, duraba 
el mitote quince días; si era a Ytzqueye, sólo cinco, y en 
ambos casos se sacrificaba cada día uno de los cautivos. 
El sacrificio se hacía así: reunidos los soldados que habían 
asistido al combate que se celebraba, se organizaba una 
danza, con sus respectivos cantos, llevando a la víctima 
adornada con plumas y chalchihuites en los pies y manos 
y sartas de cacao en el cuello. La comitiva se dirigía al 
templo, donde el Papa recibía solemnemente a los asisten- 
tes, y en el patio del templo, en la piedra para ello destinada, 
el mayordomo inmolaba a la víctima, sacándole el corazón, 
arrojándolo sucesivamente hacia cada uno de los cuatro 
rumbos cardinales, y por último lo arrojaba en medio del 
patio, a presencia de todo el pueblo, diciendo solemnemente: 
«Toma, Dios, el premio de esta victoria.» 

150. — Los templos pipiles eran simples casucas de 
madera, o techadas con paja, construidas en la parte supe- 
rior de unas pirámides de mediana altura: la parte delantera 
era el patio, donde estaba la piedra de los sacrificios, o 
íechcatl, y otras construcciones anexas. 

Las flores naturales eran el principal adorno con que 
se engalanaban los templos los días festivos, y las ceremo- 
nias del culto corriente se reducían a quemar hule y copal 
ante los altares y a ejecutar ciertos bailes en honor de los 
dioses, a los cuales se ofrendaban frutas y flores y a las 
veces se inmolaban animales y también se hacían sacrificios 
humanos. 

Los dias festivos eran numerosos, pues además de las 
dos deidades principales Quetzalcoatl e Ytzqueye, el' pan- 
teón nahoa contaba centenares de dioses más o menos 
prominentes. 

-16- 



242 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Los cronistas hablan en sus respectivas relaciones de gran 
número de reminiscencias cristianas que, según ellos, ofrecían 
las prácticas religiosas de los indios (adoración de la cruz, 
bautismo, confesión auricular y pública etc. etc.); mas la crítica 
moderna ha declarado que las analogías señaladas son por 
lo general «traídas por los cabellos", y las similitudes con- 
cluidas puramente ilusorias. 

Lo verdaderamente detestable en nuestros indios era su 
canibalismo so pretexto religioso. Si el sacrificado era pri- 
sionero de guerra recogía el cadáver, el que lo había 
aprehendido, y llevábalo con sus parientes y amigos para 
guisarlo convenientemente y celebrar al siguiente día una 
fiesta, en que se lo comían: igual derecho tenía el dueño 
del esclavo sacrificado. 

Vanos esfuerzos han hecho varios indianófilos para 
palidecer y excusar esas repugnantísimas prácticas. 

151. — El templo de Mita (Mictlán) era el más famoso 
de la región pipil: a ese santuario acudían en romería los 
cuzcatlecos y otros muchos indios de las comarcas vecinas. 
Estaba situado en tierras del antiguo reino de Payaquí, ya 
integrantes de la región pipil en la época de la conquista, a 12 
kilómetros al Oeste de la Laguna de Guija, paraje pertene- 
ciente hoy a Guatemala. Es probable haya sido construido 
por los maya-quichés que llegaron a estos países a princi- 
pios de la era cristiana, o por los toltecas venidos el siglo XII. 

La homonimia con el templo de Lyobaa en el Tzapo- 
tecapan prehispano (Oajaca), hace pensar que la construcción 
de esos dos templos fué inspirada por el mismo dogma 
religioso, sin duda relacionado con el culto de los muertos, 
a juzgar por la etimología del nombre. 

La interpretación vulgar de dicho vocablo, como equi- 
valente a Infierno, en el sentido que los cristianos dan a 
esa palabra, es absolutamente inadmisible. — Mictlán se deriva 
de mic-qui=« difunto», y de la terminación locativa Üán; 
significa, pues, «estancia o paradero de los muertos.» 

El pueblo refería una leyenda respecto al origen de ese 
templo: según ella un anciano venerable salió de la laguna 
de Guija, acompañado de una joven de singular belleza, 
vestidos ambos de largas túnicas azules. Habiéndose sepa- 
rado, el viejo fué a sentarse en una piedra que estaba en 
la cumbre de un cerro y dispuso que allí se erigiera un 
gran templo, al que se dio el nombre de Mictlán, y se 
consagró a Quetzalcoatl. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE E L SALVADOR 243 

Y, a propósito de leyendas lacustres, creo oportuno 
recordar que el abate Brasseur de Bourbourg refiere otra 
relativa al templo que tenía la diosa Xochiquetzal en Ilo- 
pango: según ese docto y ocurrente escritor, anualmente, 
en la época en que está para sazonar el maíz, se hacía a 
esa deidad un sacrificio de cuatro jóvenes doncellas, de lo 
más granado del país, las cuales, coronadas de flores, eran 
conducidas al lago de Ilopango, donde las arrojaban desde 
unas altas peñas, previa una alocución sobre la bienaventuranza 
eterna y encarecimiento de que intercedieran por el pueblo 
ante la divinidad. Y en seguida cuenta que poco tiempo 
antes de nuestra conquista, cuando ya corría el rumor de 
la llegada de los españoles, por estas tierras, una de las 
jóvenes que iban a ser sacrificadas logró escaparse manifes- 
tando resueltamente que en vez de interceder en favor del 
pueblo, iba a demandar su pronta ruina, y que lo hizo con 
tal elocuencia y energía, que el público espantado impidió 
que la arrojaran al agua. 

152. — Nada, absolutamente nada se sabe respecto a 
las creencias religiosas de los chontales de Chaparraxtique. 
García del Palacio refiere que en Sesori tenían un ídolo de 
piedra, llamado Icelaca, redondo, con dos caras, como el 
dios Jano, y con muchos ojos, para ver el pasado y el 
porvenir. Tenía untadas ambas caras con sangre y le sa- 
crificaban venados, gallináceas, conejos, chile, chian etc. etc. 

El vocablo Icelaca parece derivado del quiche itzelah— 
«hacer daño», cuya raíz es íYz=« hechicero», que también 
es la raíz principal del nombre Itzqueye, la diosa predilecta 
de los pipiles. 

153. — Los ritos funerarios variaban muchísimo según 
la condición social del difunto, la época y circunstancias de 
su muerte. El método generalmente empleado era el de la 
cremación, y se creía que el alma del individuo se iba al 
mundo subterráneo, al Mictlán, residencia de Mictlantecuhtli 
y de Mictlancihuatl; los ahogados, los que morían de lepra, 
de sífilis o de cualquier enfermedad cutánea, reputadas im- 
puras, eran inhumados, e iban al Tlalocan, otro infierno, 
gobernado por Tlaloc; en fin, los guerreros que morían en 
el combate o que eran sacrificados, lo mismo que las mu- 
jeres muertas de parto, eran divinizadas, iban a habitar el 
cielo del zenit, mansión del Sol. 

154. — De todas las supersticiones de nuestros indios sin 
duda la más curiosa es la conocida con el nombre de nagualismo. 



244 SANTIAGO I. BARBERENA. 



El abate Brasseur de Bourbourg ha dado una detallada 
explicación del origen de la voz nahualli, "secreto, cosa 
misteriosa, oculta" (171) y de cómo ese vocablo vino a 
servir para designar cierta clase de brujería, a la vez que 
a la raza que llamamos "nahoa." Por mi parte me con- 
creto a llamar la atención a que la raíz primitiva de ese 
término parece ser el monosílabo quiche /2a = "as4uto, ex- 
perto, sabio", raíz de naual— íl brujo" 

En concepto de M. Beuchat, el nahualismo es una for- 
ma sui generis de totemismo. 

El náhuatl o nahual era, por una parte, un hechicero, 
un hombre dado a las prácticas diabólicas de la magia, el 
cual tenía, entre Otros muchos poderes, el de convertirse en 
animal, y por otra, era un animal de creación satánica, que 
servía de amparo y mascota a los indios. 

En el primer sentido nos dice el P. José Antonio Gay 
en su Historia de Oaxaca: "Regularmente el náhuatl comen- 
zaba por dirigir torvas miradas que llenaban de consterna- 
ción y de espanto a la multitud que imaginaba el cúmulo 
de desgracias que seguiría a tan fatídico anuncio. Luego, en 
el suelo o en algún muro cualquiera, con groseros trazos, el 
náhuatl delineaba los perfiles del rostro de aquel a quien 
deseaba perjudicar y en el lugar correspondiente a las sienes, 
fijaba una espina: en el mismo instante la persona represen- 
tada sentía un intenso dolor de cabeza, que no se calmaba 
sino hasta que el brujo lo curaba con conjuros y ensalmos. 

Esta clase de brujos estaban divididos en varias espe- 
cialidades: había tecotzquani o "comedores de pantorrillas"; 
teyolloquani o "comedores de corazones", tecochtlazqué o 
"dormidores"; temacpalitotiqué o "danzantes con los muer- 
tos"; los tlatlatecolo, u "hombres-buhos" que difundían las 
enfermedades; etc. etc. 

Para ponerse a salvo de los maleficios de esos entes 
malévolos se ponía en la puerta de la casa una vasija con 
agua, conteniendo, además, una placa de obsidiana: eso bas- 
taba para que «no entrase el mal.» 

Respecto a la otra clase de nahualismo, dice el señor 
Milla: «el indio que tenía que elegir nahual, que traducen 
por compañero, o guardián, se iba a un lugar escondido 
en un monte, junto a un río, o a algún cerro solitario, e 

(171). Cartas para sennr de introducción a la historia primitiva de las nacio- 
nes civilizadas de la América septentrional, México, 1851. Edición de M. Murguía, en 
francés y en español. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 245 

invocando con lágrimas a los objetos que lo rodeaban, pe- 
día a los demonios le concediesen lo que sus padres habían 
poseído. Sacrificaba un perro o alguna ave y se dormía, 
impresionado por lo agreste de la localidad y por las ce- 
remonias mismas que acababa de practicar. Entonces, agre- 
gan, veía en sueños algunos de los animales cuya forma 
solía tomar el enemigo de las almas, apareciéndosele bajo 
la figura de león, tigre, coyote, lagarto, culebra o pájaro. 
El indio le pedía abundancia de los objetos que entre ellos 
constituían la riqueza, y el animal, acogiendo la súplica, le 
hablaba en estos términos: Tal dia irás a cazar; el primer 
animal que vieres seré yo, y me tendrás por compañero y 
nahual en todo tiempo. Con esto dicen aquellos crédulos 
escritores (los antiguos cronistas) se establecía de tal modo 
la amistad y la unión entre ei indio y su nahual, que cuando 
moría éste, dejaba de existir aquél. Tanta fe abrigaban en 
eso del nagualismo, que creian que el que no tenía nagual 
no podía ser rico.» 

Eran, pues, dos formas distintas de una misma superstición. 

Lo curioso del caso es que los españoles creyeron en 
la realidad de tales maravillas, atribuyéndolas, por supues- 
to, al demonio. 

Según M. Beuchat los mágicos aztecas empleaban la 
sugestión teixcuepaliztli (=« cambio de faz»), y había entre 
ellos magnetizadores, tetlacuicuiliqui, que tenían fama como 
curanderos de ciertas enfermedades, o como descubridores 
de los ladrones y paradero de las cosas robadas. 

Por punto general, los médicos, los barqueros, los sal- 
timbanquis, los titiriteros etc. etc., eran tenidos por mági- 
cos. Adivinos había de varias clases, según el procedimiento 
que empleaban: unos lo hacían arrojando cierto número de 
granos de maíz o de frijoles, tlaolchalyauhqui, tzompanquahuitl; 
otros por medio de unas cuerdas con nudos, mecatlapouhqui; 
otros por medio del agua, atlan teitlani etc. etc. 

Otra curiosa superstición de nuestros indios es la re- 
lativa al cuyancúatl, que es una serpiente que gruñe como 
un jabalí, y tiene la particularidad de anunciar los cambios 
de estación y las catástrofes. En este último caso no gruñe, 
sino que da agudos gritos. Las impropiamente llamadas 
canículas entre nosotros, las anuncia el cuyancúatl. (J. J. 
Laínez, op. laúd.) 

La distinción de los días en fastos, nefastos e indife- 
rentes, es decir, más o meónos propicios para ejecutar deter- 



246 SANTIAGO I. BARBERENA. 



minados actos, es una superstición verdaderamente mundial, 
pues todos los pueblos participan de ella; mas hay ciertas 
particularidades que llaman la atención. Así entre los na- 
hoas, el día noveno de cada trecena del tonalamatl, espe- 
cialmente de la décima octava, era considerado como emi- 
nentemente favorable para metamorfosearse en bruto y co- 
meter así cualquier diablura, lo cual desde luego trae a la 
memoria el nona fugae melior de Virgilio, si bien éste ad- 
vierte que aunque sea buen día para escaparse de la casa, 
no lo es para hurtos y pendencias. 

En cuanto a la Ciguanaba, al Duende, al Justo Juez de 
la noche, al Zipite (o Zipitillo o Zizipite), al Gritón, y otras 
abusiones populares por el estilo, omito hablar de ellas 
porque no consta remonten a la época precolombina. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 247 



CAPITULO OCTAVO. 
Monumentos arqueológicos de El Salvador. 



155. — El territorio de El Salvador es riquísimo de res- 
tos arqueológicos de la época precolombina, mas no existen 
monumentos grandiosos, como los de Palenque, Copan, Quiri- 
guá y otras célebres ruinas de la región maya-quiché. Los 
arqueólogos que han visitado Centro -América, tales como 
Stephens, Catherwood, Maudsley, Charnay etc. etc., poco o 
nada han dicho respecto a nuestras antigüedades. El docto 
alemán don Carlos Sapper ha estado dos o tres veces en 
esta República, mas casi sólo se ha ocupado de cuestiones 
geológicas y algunas pocas investigaciones lingüísticas. Hace 
pocos años vino el Dr. W. Lehmann, de Munich, quien ha pu- 
blicado interesantes estudios respecto a la etnografía de nues- 
tras razas indígenas, y entre ellos algunos relativos a Arqueo- 
logía. En cuanto al Conde de Perigny, autor de un librito sobre 
Centro -América, no hizo ningún estudio formal de nuestras 
antigüedades. Últimamente ha estado por acá el señor don 
Pablo Henning, colector de restos arqueológicos para el Museo 
de Méjico, mas no tuvo ocasión de visitar los monumentos 
precolombinos existentes en El Salvador. Las pocas perso- 
nas del país aficionadas a ese género de estudios no han 
estado en condiciones de poder efectuar exploraciones for- 
males: han sido simples visitantes. Coleccionistas de idoli- 
tos, vasos, ollas y otros tapalcates hay unos cuantos, mas 
ninguno de ellos ha hecho un estudio científico de esos ob- 
jetos, ni existe ninguna colección sistemáticamente arreglada. 

Los objetos arcaicos encontrados en El Salvador se 
pueden distribuir, según la región en que han sido hallados, 
en seis grupos: jincas, pocomanes, pipiles, chortíes, chontales 



248 SANTIAGO I. BARBERENA. 



y lencas; mas esta clasificación puramente geográfica no 
basta; es necesario clasificarlos también etnográfica- y obje- 
tivamente. Para lo primero deben formarse siete grupos: 
amerindas, proto-nahoas, maya-quichés, toltecas, pipiles, pos- 
teriores a la conquista y de origen desconocido. Esa es la 
parte verdaderamente difícil, que exige mucho estudio y sa- 
gacidad y que rarísima vez permite aseveraciones categóri- 
cas. 

En cuanto a la objetiva hay excelentes modelos que se- 
guir: los objetos se distribuyen en destinados al culto, armas, 
utensilios domésticos, instrumentos de labranza, prendas para 
uso personal, instrumentos musicales etc. etc. Ciertos obje- 
tos (los más toscos) basta clasificarlos conforme a la nomen- 
clatura usada para los "de arte primitivo". 

La cuestión batallona es la definición de los estilos, y 
la distinción de los motivos. El de Quetzalcoatl, por ejem- 
plo, se presenta bajo mil formas diversas, que sin embargo 
corresponden en último análisis a una misma leyenda ori- 
ginal, de la cual el ojo experto descubre el rasgo caracte- 
rístico en cada caso particular. 

156. — De todos nuestros monumentos arqueológicos eí 
que más me ha llamado la atención es la Gruta de Corinto, 
en el territorio ocupado por los lencas de El Salvador, pre- 
cisamente en el centro de la región donde se hablaba y aun 
se habla el dialecto denominado «chontal de Matagalpa», 
según resulta de las investigaciones de los señores Sapper 
y Lehmann. (V. la nota 67.) 

Corinto es uno de los pueblos del departamento de 
Morazán: está situado cerca de la línea divisoria con el de 
La Unión, y separado de Honduras por el río Torola, que 
por ese lado sirve de frontera. Ocupa el lugar de la anti- 
gua hacienda del «Espíritu Santo de la Cueva», y cuando 
en 1888 fue erigido el pueblo recibió su actual e histórico' 
nombre, a propuesta, según dicen, del P. Cruz. 

A fines de 1888 visité por primera vez esa preciosa reli- 
quia y poco tiempo después publiqué en Los Debates (abril 6 
de 1889) una descripción algo detallada de él, que más 
tarde amplifiqué en La Quincena (IV de agosto de 1905.) 

Como a doce kilómetros del pueblo, hacia el N., está 
la cueva: su entrada, que mira al E., está constituida por 
un inmenso arco natural de 25 metros de altura en su parte 
media, por 50 metros de base. Está vaciada en una roca, 
en forma de huso esférico, siendo sumamente clara. La cara 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 249 

interna de la bóveda, que es de piedra, está cubierta de 
innumerables inscripciones, de distintas formas, pintadas con 
una sustancia roja, la mayor parte de ellas, y a una altura, 
en tal número y de tal tamaño, que no cabe sospechar sean 
obra de uno o más ociosos. El tiempo y sobre todo la in- 
curia han borrado más o menos completamente algunas de 
esas inscripciones. De las que se conservan en mejor estado 
citaré una que representa un hombre alto y desnudo, pa- 
rado, haciendo arco con las piernas. Hay gran número de 
figuritas apareadas, cogidas de las manos, y muchísimas 
manos aisladas, de tamaño poco mayor del natural, pintadas 
de varios colores (unas coloradas, otras azules, otras ama- 
rillas, etc., etc.) También se ven otras figuras, que parecen 
geroglíficos. Vese asimismo otra figura, medio borrada, que 
representa un hombre con resplandor y otro adorándolo. 

Esas numerosas manos de la Gruta de Corinto cons- 
tituyen por sí solas un curiosísimo monumento petrográfico 
de muy alta significación. La mayor parte de ellas están 
extendidas y con los dedos separados y hacia arriba. Dos 
o tres de dichas manos me parecieron haciendo higa, bas- 
tante exagerada, en cuanto al tamaño exterior del pulgar. 

Sabido es que la mano era en la escritura acrofónica 
de los antiguos egipcios el signo correspondiente al sonido 
de nuestra T, como inicial de Tot, nombre de esa parte 
del cuerpo (Brugsch, Ueber Bildung und Entwickelung der 
Schrift, Berlín, 1866.) Ahora bien, Tot, o Thot, es el más 
conocido de los dioses egipcios, y la letra T (tau) es un signo 
misterioso que se encuentra grabado en la mayoría de los 
antiguos monumentos del valle del Nilo, en las manos de 
los dioses, en el pecho de las momias, etc., etc. 

Ahora bien, el egipcio tot corresponde al hebreo teth, 
nombre de la novena letra del alfabeto judaico. Eusebio 
(Praeparatio evangélica, lib. X, cap. V) y San Jerónimo (Epist. 
ad Paulam. De alphabeto hebraico) atribuyen a ese voca- 
blo la significación de «bueno.» García Blanco (Anal, de 
la escrit. y lengua hebrea) pretende que quiere decir «lodo», 
y el Dr. Barzilay (Ideografía semítica) la hace derivar de 
un verbo equivalente a «replegarse o enroscarse.» Esta úl- 
tima interpretación corresponde con la que enseña Gesenio 
en su Thesaurus philol. críticus respecto a la significación 
del signo de dicha letra, cuyo nombre significa «serpiente.» 

Y, en efecto, según observa el Dr. Marzolo (Brevissimo 
sunto della storia delV origine dei caratteri alfabetici) la figu- 



250 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ra de la letra hebrea thet en los alfabetos semíticos es la 
de una serpiente, representada, como dice él, «nell atto di 
erigersi e di procederé.» Grabada así corresponde, lo mis- 
mo que la mano en el sistema de geroglíficos fonéticos 
egipcios, al sonido de nuestra T, que también es la inicial 
del vocablo Teotl de la lengua náhuatl. 

«La mano, dice el Dr. José A. Alvarez de Peralta en 
su Iconografía simbólica de los alfabetos fenicio y hebraico 
(Madrid, 1898) era símbolo muy principal en los Misterios 
de la remota edad: tenía escritas en dos dedos siete letras 
y, en esta forma significaba: 

a) la Musa (=\a Harmonía de todas las enseñamas), 

b) el No Probado (=el No sometido a prueba, el Pro- 
fano, el Amistos, el iniciado), y 

c) el Hado (=el Misterio, lo Insondable.) » 

Esa mano haimónica era también, según ese autor, el 
símbolo de la Virtud teúrgica y de sus maravillosos efectos. 
De aquí las numerosas locuciones en las cuales figura el 
término «mano» para expresar los conceptos de «salud 
inspiración divina, castigo de Dios», etc., etc., conservadas 
en el Antiguo y en el Nuevo Testamiento. (V.: II Reyes, v., 
11; Act., III, 6-7; VI, 5-6; IX, 12-17; Ezeq., I, 3, XI, 9; 
Deut., XXXIV, 9; II Cron., XXX, 12; Isaías I, 25, etc., etc.) 

Corruptela de esas doctrinas son los delirios de la 
quiromancia, tan en boga hoy entre ciertas gentes. 

Una mano aislada, dice el señor Alvarez de Peralta, 
saliendo de una nube era símbolo entre los primitivos 
cristianos de Dios Omnipotente, Creador del Universo: Di- 
gitus Dei intelligitur Dei Potentia per quam afficitur creatio 
coeli et tenae, enseña San Clemente en el libro sexto de 
sus Stromata. 

Algunos teólogos medioevales opinaron que la mano 
de DJos es su hijo (el Verbo), por quien todas las cosas 
fueron hechas. 

«Nada es más natural que la expresión figurativa de 
la idea de hacer, por medio de la imagen de la mano, que 
es el miembro hacedor por excelencia», dice el señor don 
Daniel Barros Grez, en un precioso estudio sobre el pilar 
esculpido del subterráneo de Chavin (172), en el cual está 
representada, según él, entre otras cosas, la Triada incásica, 
de la cual forma parte «el poder creador o hacedor», figu- 

(172) Chavin de Huantar, o San Pedro Chavin, es capital de! distrito del mismo 
nombre en la provincia de Huari, del departamento de Ancach, Perú. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 251 

rando en ese monumento por medio de una mano, que, 
con el brazo respectivo, parece unir a las tres personas en 
una sola entidad creadora (173) 

La íntima relación, agrega el señor Barros Grez, por 
vía de nota, entre la idea de mano y la de hacer, aparece 
especialmente en la formación de algunos vocablos de cier- 
tas lenguas. El sánscrito, que es tal vez la lengua más 
lógica en formación y derivación de las voces, tiene dos 
vocablos para denominar la mano: el primero es hastas, 
derivado del verbo his, «golpear», y el segundo, kams, del 
verbo kar, «hacer». Aquel nombre hace ver que la mano 
es la que golpea, aporrea, etc., y éste pone de manfiesto 
la mano hacedora. Además, el mismo nombre Karas signifi- 
ca también «el que hace». De aquí es que el griego tenga 
jeir «mano», y que esta misma combinación radical figure 
en la composición de voces cuyo significado alude a la 
idea de hacer, tales como éstas: epi-jeireo, «comenzar a 
hacer», epi-jeirema, «empresa»; etc. etc. El latín tiene el 
arcaico hir (jir), que significó «mano», y después «palma 
de la mano», y gerere, «hacer»; germen, cerus, creare, y 
otros de la misma procedencia. La voz manus es la raíz de 
muchas voces que entrañan la misma idea de hacer, como 
éstas: mudar, manifestar, manejar, maniobrar, manipular, 
menear, mantener, .... 

Don Enrique Camacho en su notable obra titulada 
América a través de los siglos (de la cual se publicaron 
solamente los dos primeros tomos y una parte del tercero), 
hablando de la religión de los antiguos mayas, dice: «se 
le edificó un segundo templo, tan suntuoso como el prime- 
ro, donde se adoraba a Zamná bajo el nombre de Kab-ul, 
o «la mano que opera y obra». En efecto, una mano era 
la imagen, la forma bajo la cual fué presentado el legisla- 
dor a los ojos del pueblo; mano mirada por todos como 
el talismán más precioso contra todos los males, contra 
todas las dolencias; mano que tocada por los enfermos que 
llenos de confianza concurrían al templo de Izamal, curaba 
indefectiblemente; mano, finalmente, que fué reproducida en 
miles de lugares». 

El Ser Supremo está designado en el Popol Vuh, como 
dijimos en el número 95, con el nombre de Qabauil. Ahora 

(173) La segunda persona de la Triada es Viracocha, o el Sol, y la tercera Mama 
Cocha, que complementada con Mama Pacha, constituye la Madre Tierra. 



252 SANTIAGO I. BARBERENA. 



bien, este vocablo se compone de tres raíces quichés: qab= 
«mano»; au, por ahau=« poseedor de collar», vale decir 
«Señor, Soberano», e il, que a la vez significa «guardar» 
y «mucho, grande»; puede pues traducirse: «La mano po- 
derosa » o « La gran mano señoril. » 

Como cab significa también «dos», dicho nombre puede 
también interpretarse como alusivo a la teogonia dualista, 
conforme al análisis que d»mos en el mismo número 95, 
según el cual Qabauíl significa «los dos grandes señores» 
o bien «los dos señores que cuidan, o que están guardados 
u ocultos.» 

Desiderio Charnay, en el libro que publicó con el título 
de Mis descubrimientos en Méjico y en la América Central, re- 
fiere haber encontrado unos jarrones de redonda panza que 
tenían sobre fondo negro una mano pintada de encarnado. 
"Es un recuerdo tolteca, dice, que conmemora la impresión 
de ia mano de Hueman, su legislador, a la vez que las de 
esa mano misteriosa que se ve en los numerosos palacios 
yucatecos, impresiones que también se han observado. en 
los monumentos de ciertas tribus de la América del Norte." 

Según Yxtlilxochitl, Hueman era nombre de Quetzalcoatl, 
y luego agrega: "dicen unos que le pusieron este nombre 
de Hueman porque imprimió y estampó sobre una peña sus 
manos como si fuese en cera muy blanda, en testimonio 
que se cumplirá todo lo que les dejó dicho: otros quieren 
decir que significa el de la mano grande y poderosa." 

Mr. Augusto Le Plongeon, que, como es sabido, tuvo la 
chifladura de sostener que los maya-quichés establecieron ritos 
y ceremonias masónicos mucho antes de los tiempos de Salo- 
món, aduce, entre otras pruebas de esa tesis, en su tratado 
sobre los Sacred Mysteries among the mayas and the quichés 
el allazgo de un fragmento de estatua, en Uxmal, que repre- 
sentaba un personaje que llevaba sobre el traje un mandil con 
una mano extendida. 

Como se ve hay muchos cabos que atar para hacer un 
estudio concienzudo de la Gruta de Corinto, el más curioso de 
nuestros monumentos petrográficos, verdadera joya arqueoló- 
gica. 

157. — Siguen en importancia intrínseca las ruinas de Te- 
huacán, de que ya hemos hablado en las páginas anteriores. 

Están ubicadas en la falda oriental del Chichontepeque, 
entre la ciudad de San Vicente y la población de Tecoluca, en 
tierras pertenecientes a la hacienda de Opico, hoy propiedad 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 253 

del doctor don Nicolás Ángulo. Como dijimos en la nota 104, 
Tehuacán era la metrópoli de nuestra región nonualca, y fué 
fundada por los primeros maya-quichés que llegaron por acá, 
entre el territorio que después ocuparon los pipiles, y el de los 
chontales de Chaparraxtique, de la misma raza que los tehua- 
canes. 

Squier y Bancroft visitaron esas ruinas a mediados del 
siglo pasado; mas la primera descripción detallada de ellas es 
la que publicó el doctor don Darío González, que las estudió 
en 1891. 

Según sus cálculos ocupan una superficie de unos tres 
kilómetros cuadrados, de los cuales corresponden cerca de 
medio kilómetro cuadrado a la parte central, donde estaba el 
asiento prnicipal de la población. La altura media del terreno 
es de 460 metros sobre el nivel del mar. 

Encuéntranse los restos de una serie de terraplenes rec- 
tangulares, escalonados de N. a S., con murallas de piedra, que 
desde luego sugieren la idea de inmensas graderías, y de que 
aquello era una plaza fuerte a la usanza indígena. Muchas 
calles, bastante bien empedradas, se hallan todavía en buen 
estado de conservación. 

En la parte central se hallan unos rectángulos de piedra 
canteada, que se supone son los cimientos de los edificios que 
ocupaba la aristocracia de Tehuacán. El más notable de esos 
restos es una loma artificial que mide 60 metros de N. a S. 
por 35 metros de E. a W., y que tal vez era la base del templo 
mayor. (174) 

Al S. de un lugar que parece haber sido la plaza hay una 
pirámide truncada de base rectangular, de 65 m. de E. a W., 
por 40 m. de N. a S., y que aun mide unos 20 m. de altura. 
Sus flancos han de haber sido graderías de piedra can- 
teada, a juzgar por la apariencia que presenta y se cree que 
en su cima había un templo, como en la generalidad de los 
cues de nuestros indios. 

Por todos lados se encuentran restos de piedra labrada, 
que indican que la población era grande y bien construida. 

Se han recogido allí, una multitud de objetos antiguos, 
de piedra y de barro, muy semejantes a los que se recogen 
en Méjico. Bancroft habla de una piedra labrada, de ocho 
pies ingleses de largo por cuatro de ancho, de estilo mejica- 

(174) Ese local sirve hoy de cementerio del caserío denominado "León de piedra», 
por haberse encontrado allí, hace algunos años, la escultura de un león, según refieren 
personas fidedignas. 



254 SANTIAGO I. BARBERENA. 



no, y que supone él representaba a un príncipe o algún 
gran guerrero. El doctor González encontró también una 
gran piedra de forma irregular, con dos círculos en relieve, 
el uno como de 90 y el otro como de 10 centímetros de diá- 
metro, por lo que supone que esa piedra ha de haber estado 
consagrada al Sol y a la Luna. 

Llamo la atención de los arqueólogos respecto al nombre 
que conserva el paraje en que están esas ruinas: Opico. El Dr. 
don Antonio Peñafiel en su Nomenclatura geográfica mexicana 
dice respecto a ese vocablo: " Alteración fonética de la palabra 
mexicana Yopi-co, que literalmente quiere decir "lugar en que 
se arrancan corazones: " de co, lugar; pi, arrancar, y yollot o 
yullotl, corazón. Y adelante agrega: " Yopi-co, del mexicano; 
lugar de Yopi, o Xipe o Totee, el señor espantoso y terrible 
que pone temor; se le representaba vestido con una piel huma- 
na desollada de un sacrificado." 

Probablemente ese era el Patrón de Tehuacán y por 
eso conservó su nombre, como acontece ahora respecto a 
muchos pueblos. (175) 

158. — De la ciudad de Chaparraxtique, capital del te- 
rritorio del mismo nombre, nada nos dicen los cronistas del 
siglo XVI, mas existen de ella abundantes restos en las 
cercanías de San Miguel, especialmente a unos dos kiló- 
metros hacia el N. — El doctor don Antonio Cevallos los 
estudió con cuidado y publicó una interesante descripción 
de ellos. "Según sus vestigios escombrados, dice, se com- 
prende que fué una población indiana de importancia. Así 
lo vimos escrito en un documento antiguo del incendiado 
archivo municipal de San Miguel; y nosotros, situados en 
aquel lugar, hemos reconocido las señales de sus antiguas 
plazas, calles y templos, surcados en la actualidad por el 
arado del labrador migueleño." 

A la misma zona arqueológica pertenecen las ruinas de 
la ciudad de Quelepa, de que trató el doctor don Atilio 
Pecorini en una notable conferencia que leyó en el Salón 
de la Sociedad de Americanistas, en París, el 7 de diciembre 
de 1912. 

Quelepa es una antigua población de indígenas, situada 
a ocho kilómetros al Occidente de San Miguel, sobre las 
faldas del volcán del nombre de esa ciudad. De la descrip- 



(175) H. H. Bancroft da al Chichontepeque el noirbre de «Volcán de Opico», en 
el cap. III del tomo IV de cu gran obra sobre The Native Races oí the Pacific States. 



historia antigua y de la conquista de el salvador 255 

ción del doctor Pecorini se deduce que es una región que 
promete muchas sorpresas al explorador que busque con 
arte y empeño las huellas del pasado. Hasta ahora los ha- 
llazgos se reducen a dos piedras de sacrificios, a unas 
cuantas calzadas, a numerosos tumuli y a diversos objetos 
de barro y de piedra, y a otros indicios que justifican la 
hipótesis de que allí existió una gran ciudad en los tiempos 
prehistóricos. 

159. — Oportunamente mencioné la ciudad de Güijar, 
que se dice existió a orillas de la laguna de ese nombre. 
Ésta fué formada por el hundimiento de un gran volcán, 
de cuyas antiguas erupciones hay numerosos vestigios en 
las cercanías de la laguna, la cual tomó el nombre de la 
principal de las poblaciones riberanas, Güijar, convertido 
después en Guija. Posteriormente se levantaron allí cerca 
los pequeños volcanes de San Diego, Masatepeque y de La 
Isla, y sus lavas obstruyeron el desagüe de la laguna, cuya 
ubicación en aquel entonces no a sido posible fijar. En 
consecuencia de la obstrucción del desagüe las aguas rebo- 
saron e inundaron las partes bajas circunvecinas, inclusive 
las ciudades de Tzacualpa y Güijar, de las que aun se 
descubren, según cuentan, algunos restos en el fondo del 
lago y en ciertos puntos de sus orillas. 

En las faldas del volcán de San Diego y cercanas al 
lago, se encuentran, según varios escritores, las ruinas de 
Azacualpa o Zacualpa, grande y sólida construcción y aun 
en la isla Teotipa se han hallado vestigios de antiguos edificios. 

El nombre Zacualpa, mejor dicho Tzacualpa, significa, 
según la Recordación Florida (tomo I, p. 67, de la edic. de 
Madrid) "pueblo viejo"; mas el licenciado Rovelo da en 
sus Nombres geográficos indígenas del Estado de Morelos, 
(Cuernavaca, 1897) explica de muy distinto modo y a sa- 
tisfacción el origen y significación de ese vocablo. Según él 
se compone de tzacualli, "lo que tapa, oculta o encierra 
algo", derivado de tzacua, "atapar o cerrar algo" (como 
dice el P. Molina), y de pan, "en"; y literalmente significa: 
"En el encerradero o tapadero". Los nahoas construían 
montículos en forma de conos, de pirámides, de torres, etc., 
y los dejaban huecos, para encerrar joyas, ídolos, objetos 
del culto y a las veces cadáveres. A esos montículos huecos 
llamaban tzacualli. 

La analogía de significado de la palabra Güijar, de 
origen quiche (V. el No. 100) con lapalabra Tzacualpa, me 



256 SANTIAGO I. BARBERENA. 



hacen sospechar que tal vez esas dos ciudades de que ha- 
bla la tradición, bastante vagamente por cierto, hayan sido 
una misma y sola ciudad. 

160. — El doctor don Francisco Guevara Cruz, dio a 
conocer por la prensa hace pocos años las ruinas de otra 
ciudad prehistórica, existentes en el paraje de Las Mataras, 
cerca de Tejutla, es decir en nuestra región chorti. El doctor 
Guevara Cruz hizo allí algunas excavaciones y logró en- 
contrar varios objetos curiosos. 

161. — Monumentos aislados, como el ídolo de Talpa, 
(que algunos me han asegurado es puramente mítico) en el 
departamento de La Paz, y petroglifos curiosos, como los 
de Estanzuelas y Sesori, son abundantes en El Salvador; 
mas no han sido estudiados científicamente, ni nada puede 
precisarse respecto a su autenticidad e importancia. 

Entre los petroglifos de nuestro país son muy mentados 
también el de la «Piedra -Bruja", cerca de Sensuntepeque, 
y el de la «Piedra Pintada», a orillas del Titihuapa, a 
donde, según el doctor Rodríguez, iban los indios de Apas 
tepeque a celebrar sus sacrificios en honor de sus dioses. 
«Es un altar de piedra de sacrificios, a la vez. En ella 
están pintados pies y manos, imágenes del Sol y de la 
Luna e inscripciones geroglííicas» (j. J. Laínez). 

En cuanto a objetos de cerámica y de piedra puede 
decirse que El Salvador entero es una inmensa huaca, pues 
por do quier se han recogido objetos antiguos, más o me- 
nos bien conservados. A ese respecto es muy digno de 
especial mención el extremo occidental de nuestro territorio, 
donde se encuentran la Isla del Cajete, en la Barra de San- 
tiago, y la aldea de Cara Sucia, próxima al río de Paz. 
En este último punto encontró el autor de estas líneas varias 
interesantísimas antigüedades, entre ellas un hermosísimo 
disco de piedra, representativo del Sol, existente hoy en 
nuestro Museo. 

En el No. 65 hablé ya de los monumentos que traje 
de la región pokomán (Chalchuapa) entre los que figura la 
célebre «Virgen de Tazumal» el mayor monolito que posee 
nuestro Museo. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 257 



CUARTA PARTE. 

CONQUISTA DEL SEÑORÍO DE CUZCATLÁN 
Y FUNDACIÓN DE SAN SALVADOR. 

CAPÍTULO PRIMERO. 

Breves consideraciones respecto a la vida y hechos 

de Cristóbal Colón y a la historia del descubrimiento 

de América. 



162. — Es ya vulgarísimo lugar común, verdad resabida 
y universalmente aceptada, que el descubrimiento de Amé- 
rica es el hecho más grandioso y trascendental de los 
iniciales de la edad moderna; mas la historia de ese acon- 
tecimiento y la biografía del hombre que \o realizó están 
plagadas de vacíos y obscuridades tales, que hoy por hoy 
no sabe uno a qué atenerse respecto a una multitud de 
cuestiones y detalles relativos a ellas. 

La vida y hechos de Colón ha sido objeto de numerosos 
y pacientes estudios, como los relativos a Copérnico, a 
Shakespeare, a Cervantes y a otros hombres perilustres, 
pudiéndose formar hoy una gran biblioteca de solo libros, 
folletos y artículos concernientes a esa especialidad. Basta 
leer la lista bibliográfica con que termina el artículo «Colón» 
de la Enciclopedia Universal Ilustrada, que están publicando 
los señores J. Espasa e hijo, de Barcelona, para formarse 
una idea de la riqueza de la literatura columbina, y eso que 
dicha lista está muy lejos de ser completa. 

— 17 — 



258 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Se han tildado muchos de esos estudios de rayanos en 
pueril nimiedad, indigna de gente seria; mas en mi concepto 
justifican y avaloran esos trabajos la importancia del per- 
sonaje a que se refieren (176); que con frecuencia, detalles, 
al parecer insignificantes, sirven para elucidar cuestiones de 
verdadera importancia; que para columbrar la psicología de 
un hombre son un precioso recurso ciertas pequeneces, pues, 
como dijo Cicerón, si acres ac diligentes judices esse volumus, 
magna saepe intelligemus ex parvis, y que el conocimiento 
de esa psicología es indispensable para apreciar en su justo 
valor los hechos respectivos. 

Se han exhumado incontables documentos columbinos, 
muchos de los cuales forman parte de la valiosa Raccolta 
que hace algunos años publicó el gobierno italiano, y cada 
año se hacen nuevos hallazgos, que por lo común vienen a 
sugerir nuevas complicaciones y dificultades. 

Dichosamente, desde que el americanismo se constituyó 
como genuina especialidad, el número de sus devotos va 
en rápido incremento, y entre ellos ha habido y hay críticos 
de positivo mérito que han abordado con inteligencia y 
perseverancia el problema columbino, tales como d'Avezac, 
Harrise, Winsor, Markham, Fiske, Uzielli, Vignaud, Fernán- 
dez Duro, Altolaguirre etc. etc., y han ido poco a poco 
resolviendo algunas dificultades y aclarando algunas dudas. 

Por mi parte me reduciré a decir cuatro palabras 
respecto a unos cuantos puntos, que considero capitales 
respecto a la personalidad de Colón y para juzgar cumplida 
y justamente su obra. 

163. — No ha sido posible averiguar a ciencia cierta 
qué año nació Cristóbal Colón. Infunden poco favorables 
sospechas respecto a su honorabilidad, su reserva y con- 
tradicciones a ese respecto. Ramusio y con él Navarrete, 
remontan a 1430 el año en que advino al mundo el descu- 
bridor de América; Peschel, por el contrario, lo ha fijado 
26 años después, en 1456. Entre esos dos extremos parece, 
hasta hoy, lo más probable, que acaeció de septiembre a 
octubre de 1451, que es la fecha que mejor satisface a las 
condiciones del problema, según lo ha demostrado con 
suma erudición y sagacidad M. H. Vignaud. Esa es hoy 
la fecha generalmente adoptada. 



(176) Fontenelle, después de dar algunos minuciosos datos respecto a las costum- 
bres de Newton agrega: son nom doit justifier ees petits détailes. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 259 

Aún mas discutida ha sido su cuna: muchas ciudades 
y lugarejos de Italia (Genova, Pradella, Finale, Oneglia, 
Savona, Boggiaco, Cagoletto, Cúcaro etc. etc.) se disputan 
la gloria de contarlo entre sus hijos; respetables escritores 
han aseverado que Colón era portugués, otros pretenden 
que nació en Córcega (que por aquel tiempo pertenecía a 
España); otros dicen que era francés, y no han faltado 
quienes digan que era griego y aun inglés. Mas a ese 
respecto la novedad que está hoy en boga y que la prensa 
de ambos mundos ha propalado con empeño, es que resulta 
que Colón era español, puro, purisísimo gallego, de la 
ciudad de Pontevedra. 

Se debe tan inesperado descubrimiento a don Celso 
García de la Riega, quien lo expuso detalladamente en una 
conferencia que dio en 1898 ante la Real Sociedad Geográfica 
de Madrid, apoyando sus aseveraciones con varios docu- 
mentos auténticos y fidedignos (pero no concluyentes) y 
con diversos datos y argumentos sumamente ingeniosos y 
con mucha habilidad puestos en cuenta. 

Aunque España ha producido muchos hombres ilustres, 
es innegable que el hallazgo del señor García de la Riega 
halagó el orgullo de los españoles, así es que no debe 
extrañarse haya tenido entusiastas secuaces en la península 
y en la América Latina, entre los cuales han descollado los 
doctores don José María Riguera Montero, de la Coruña, y 
D. Constantino Horta y Pardo, residente en la Habana, y con 
ellos el erudito escritor D. J. de Olmed ; el doctor D. Valentín 
Letevier, Rector de la Universidad de Santiago de Chile; 
la elocuente conferencista doña Eva Cañe!, y otros muchos 
escritores, más o menos notables. 

Con todo, preciso es reconocer y confesar que ninguna 
de las pruebas aducidas por el señor García de la Riega y 
sus admiradores, es bastante para prevalecer sobre el tenor 
literal y categórico del testamento y codicilo de Colón, 
otorgado en Valladolid el 19 de mayo de 1506, en el cual 
documento, auténtico y extendido en una hora por demás 
solemne para ese ilustre marino, declara éste haber nacido 
en la ciudad de Genova. 

Colón tenía la chifladura de hacerse pasar por de noble 
origen : encoré une prétention qui ne resiste pas a la critique, 
dice M. Gabriel Marcel en el Boletín de la Sociedad Geo- 
gráfica de París (15 de septiembre de 1905). Fernando 
Colón (como es natural) y el P. las Casas hablaban de la 



260 SANTIAGO I. BARBERENA. 



alta alcurnia de la familia del marino genovés. Por el con- 
trario, varios escritores del siglo XVI y compatriotas de 
Colón, aseveran que era de extirpe plebeya: vilibus ortus 
parentibus, dice Giustiniani, en su Psalterium hebraeum; da 
ignobili parenti, según Salinerio, en sus Annotation.es a 
Cornelio Tácito. Empero, la verdad es que su padre — Do- 
mingo Colón — era tejedor (cardador dicen algunos) de lana, 
y que este oficio era muy bien visto en Genova en aquel 
entonces. Podemos, pues, decir, que era hijo de un honrado 
industrial; ni plebeyo, ni aristócrata. 

164. — Mucho más interesantes son las disquisiciones 
relativas al género y grado de ilustración que recibió. 
Quieren algunos entusiastas admiradores suyos que haya 
sido un cosmógrafo eminente, un marino tan entendido y 
ducho, como audaz y afortunado, un genio en el pleno 
sentido de la palabra. Don Benjamín Endara, por ejemplo, 
en un folletito que publicó en 1904 con el título de «Cris- 
tóbal Colón» (escrito en El Ecuador y editado en Friburgo 
de Brisgovia), llama a éste «sabio entre los sabios», y aun 
le otorga el título de «semidiós». 

Esas exageraciones no las justifican los documentos 
que poseemos, según los cuales Colón, como hombre de 
ciencia, nunca pasó de medianía, lo cual no empece que 
haya tenido gran talento. 

Es muy probable que en los primeros años de su vida 
sirvió Colón a su padre, en calidad de aprendiz. Consta 
por documentos auténticos, que remontan a 1472 y 1473, 
que por ese tiempo residía en Genova (o en Savona), dedi- 
cado a la industria de la lana, y después del 7 de agosto 
del segundo de esos años no se encuentra rastro alguno de 
él en Italia, por lo que se supone que a mediados de ese 
año abandonó el hogar y empezó a recorrer el Mediterrá- 
neo. (177.) 

Su hijo Fernando asegura que Colón era hombre de 
letras, y el P. Las Casas, en un pasaje le concede que sabía 
latín, pero en otro agrega que lo sabía muy mal, lo cual 
no habla muy alto del saber de Colón, pues en aquel tiem- 
po el conocimiento de esa lengua era absolutamente indis- 



di?) Fernando Colón asegura que su padre empezó a navegar a los catorce años 
de edad, que hizo una campaña al servicio del rey Rene, que en 1505, tenia 40 años de 
navegar, que perdió catorce años en la Corte de Portugal, solicitando se le encomendase 
una misión de descubrimientos, etc. etc. Todos esos datos son inconciliables con la 
cronología que ha establecido M. Vignaud, con arreglo a documentos auténticos. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 261 

pensable para abordar el estudio de las ciencias. Según su 
citado hijo, Colón había hecho sus estudios en la Universidad 
de Pavía, mas según los modernos críticos el plantel a que 
asistió el futuro descubridor de América era una escuela 
elemental de Genova, establecida en el Vico di Pavia, donde 
los laneros ponían a sus hijos a aprender las primeras letras. 
Consta, además, que la posición pecuniaria de la familia de 
Colón, no le hubiera permitido enviar a éste a la verdadera 
Universidad de Pavía. 

En cuanto a sus conocimientos técnicos no los abonan 
por cierto los errores que cometió en la determinación de 
la posición geográfica de La Mina, la Española, la Islandia, 
etc. etc., errores que en vano ha tratado de justificar M. 
Luigi Hughes en su tratado sobre Lopera scientifica di 
Cristo/oro Colombo. (Turín, 1892.) 

Sin embargo, Colón, como dice con mucho acierto el 
señor Altolaguirre y Duvale, "con su temperamento enérgico, 
su claro talento, su espíritu observador y su prolongada 
práctica de mareante, había adquirido, al llegar a Portugal, 
en 1476, aquella tenacidad en sus empeños, aquel dominio 
sobre sí en los críticos momentos en que peligraba su vida 
y la de sus compañeros, y aquella resolución firme y serena 
con que se lanzó a través del inexplorado Atlántico, que 
son y serán siempre la admiración de cuantos conozcan la 
larga peregrinación que realizó hasta salir adelante con la 
empresa y las conmovedoras notas del diario de su primer 
viaje." (Cristóbal Colón y Pablo del Pozo Toscanelli, Ma- 
drid, 1903, pp. 399-400.) 

165. — El colmo del entusiasmo inconsulto respecto a 
Colón fué el de los que hacia mediados del siglo pasado 
principiaron a gestionar, con gran empeño, la canonización 
del ilustre genovés, que a la postre no consiguieron más 
que excitar a los críticos a que le sacasen sus trapitos al 
Sol, como vulgarmente se dice, y demostrasen hasta la 
evidencia que no fué un dechado de virtudes teologales, 
digno de dulia de la grey cristiana. (178) 

El principal promotor de esas gestiones fué Antonio 
Francisco-Félix, conde Roselly de Lorgues, escritor francés, 
descendiente de distinguida familia italiana, quien publicó 

(178) Con mucho empeño y sagacidad han tratado, los partidarios de la santidad 
de Colón, de probar que es falso que éste haya tenido relaciones ilícitas con doña 
Beatriz Enríquez de Arana, madre de don Fernando, como si no hubieran tantos Agus- 
tines y tantas Magdalenas en la Corte Celestial. 



262 SANTIAGO I. BARBERENA. 



en 1843 un libro titulado La Croix dans les deux mondes, 
que constituye un elocuente panegírico de Colón, "Mensa- 
jero de Dios" y su "Enviado para extender la fe de Cristo." 

El libro del conde Roselly de Lorgues fué muy bien 
acogido en el mundo entero y despertó vivo y general in- 
terés por rehabilitar y glorificar a Colón. Entre los entu- 
siastas figura en primera línea el conde Mastai Ferretí, a 
la sazón Cardenal del título de San Pedro y San Marcelino, 
y cuando, tres años después, fué elevado éste a Pontífice, 
se apresuró a comisionar a aquél a que escribiese una 
extensa y documentada biografía del marino genovés, la cual 
apareció en 1856, con el título de Christophe Colomb, histoire 
de sa vie ex de ses voyages, en dos tomos en 8°. 

Esa biografía, mejor dicho, esa leyenda mística de Co- 
lón, tuvo aun más resonancia que la anterior. En ella aduce 
Roselly de Lorgues variadas e ingeniosas pruebas de que 
cuantas faltas se han atribuido a su héroe evangélico, son 
calumnias forjadas por los enemigos de la religión cristiana, 
Robertson, Humboldt, Prescott, Irving y otros escritores 
protestantes y por fanáticos españoles tan ignorantes como 
D. Martín Fernández Navarrete y D. Juan Bautista Muñoz. 

Como nunca falta una nota discordante, el entusiasmo 
por las aseveraciones del conde Roselly de Lorgues respecto 
a la santidad de Colón tuvo la suya: un canónigo genovés, 
Angelo Sanguineti, con ostensible apoyo del arzobispo, Monse- 
ñor Magnosco, publicó una serie de artículos y folletos 
contra las ideas de dicho escritor y aun contra el gran 
Almirante. El señor conde se vio obligado a contestar y lo 
hizo dando a luz un nuevo libro: Satán contre Christophe 
Colomb. (179) 

Inteligente y decidido colaborador del conde Roselly de 
Lorgues fue el cardenal Donnet, primado de Aquitania y 
Arzobispo de Burdeos, quien en 1868 inició con instancia 
ante Pío IX la introducción, por orden excepcional, de la 
causa de la beatificación de Colón, suplicándole que se 
dignara firmar el decreto de introducción de la causa del 
Siervo de Dios, con las dispensas del caso, puesto que 
oportunamente no se formaron los debidos procesos sobre 
su vida y virtudes, ni es posible que se puedan formar al 
presente. Poco después se presentaron de diversas partes 

(179) La más furibunda contestación a Rosselly de Lorgues es la publicada en 
Nueva York, en 1874, por Aarón Goodrich, titulada: A History of the character and 
achievemens of the so-called Christopher Columbas; un tomo en 49 (Appleíon.) 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 263 

del mundo cincuenta solicitudes en el mismo sentido. Más 
tarde se presentó al Pontífice, sobre este mismo asunto, 
otra postulación, firmada por 21 cardenales, 5 patriarcas y 
683 arzobispos y obispos; mas por motivos que sería largo 
referir nada se logró por fin. 

El señor conde continuó siempre impertérrito en la 
brecha: en 1874 publicó una nueva obra con el sugestivo título 
siguiente: L'Ambassadeur de Dieu et le pape Pie IX (180), 
que provocó nuevas impugnaciones del abate Sanguíneti, 
fidéle avocat de Satán, como lo llama el abate Lyons, en 
su libro sobre C. Colón, publicado en París, en 1891. 

Según los partidarios de la canonización del Almirante, 
poseía éste las más excelsas virtudes, en grado heroico, e 
hizo varios milagros, tan patentes como maravillosos. Eso 
de los milagros, según parece, es indispensable en asuntos 
de la clase del que tratamos, y que no basta con uno, pues 
bien sabido es que per un miracolo non si va sull'altare. 
Entre los atribuidos a Colón hay tres dignos de recordación: 
el de las flechas, el de la tempestad y el de la Cruz. 

El primero, que es el más original, dicen que lo hizo 
el 24 de marzo de 1495 en la isla Española (Santo Domin- 
go): sucedió que en un combate con los indígenas, el nú- 
mero de los soldados de Colón era tan exiguo, en compa- 
ración con el de los isleños, que hubiera sido imposible 
vencerlos si el Almirante no alcanza con sus méritos, que 
se realice un prodigio: las flechas de los indios se volvían 
contra ellos. 

El segundo se refiere a una tempestad que Colón anun- 
ció al ingrato Ovando, con dos días de anticipación y sin 
que hubiese la menor señal o indicio de ella en el cielo, 
conjurándolo inútilmente no dejase partir todavía la flota, tem- 
pestad que el Ángel del Señor desató puntual y terriblemente. 

El tercero alude a una Cruz que Colón plantó en una 
colina en la misma isla Española, a vista de la llanura con- 
sagrada a la Virgen de Concepción, y a la cual Cruz iba 
con frecuencia el Almirante a hacer oración. Los indios 
trataron de destruirla, mas resistió al fuego y al hacha: 
quisieron después arrancarla, y entonces se presentó la 
Virgen en uno de los brazos de la Cruz, y los indios hu- 
yeron espantados. 



(180) En 1884 se publicó una nueva edición de esa obra, con el título un tanto 
cambiado: Christophe Colomb serviteur de Dieu, son apostolat, sa sainteté. 



264 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Hoy creo que ya nadie piensa en la tal canonización: 
la crítica histórica ha dado la razón al abate Sanguineti. 
He aquí como se expresa a ese respecto M. Gabriel Mar- 
cel en el ya citado artículo: «II serait aujourd'hui bien 
difficile de le béatifier. Si Pon examinait toute son exis- 
tence, comme l'a fait pour sa jeunesse M. Vignaud, on 
serait surpris de toutes les vilaines actions qu'on recontrerait. 
Certainement la rebelión de Roldan, le départ de Margarit 
et du P. Boyle pour l'Espagne, les envois successiffs de Bo- 
badilla et d'Ovando eurent pour cause les exactions et les 
cruantes sinon de Colomb et de ses fréres, de celles, au 
moins, qui furent commises en leur nom. » 

Con todo, es innegable que Colón fue, desde el punto 
de vista moral, infinitamente superior a Hernán Cortés y a 
Pedro de Alvarado: no fue un Santo, pero sí excelentísimo 
sujeto, con relación a su época. 

166. — He aquí su semblanza, conforme a datos fide- 
dignos: 

Era alto, bien formado, musculoso y de gentil y noble 
continente. Tenía el rostro largo, ni lleno ni enjuto; era 
blanco, pecoso y algo colorado; de nariz aguileña, alfosios 
huesos de las mejillas; de ojos grises, claros y vivarachos; 
sus cabellos, que fueron rubios, blanquearon muy temprano. 

Era moderado y sencillo en ropas y alimentos; de pa- 
labra fácil, afable con todo el mundo, y sumamente suave 
y cariñoso en el hogar. Aunque propenso a irritarse, logró 
dominar su carácter. 

Según el cronista Esteban de Garibay, Colón fue de 
grande ingenio y de altos pensamientos; bien hablado, cau- 
to y gracioso en lo ordinario; constante y sufrido; etc.. etc. 

Ahora para que el lector aprecie en su justo valor la 
magna empresa de Colón, preciso es que digamos otras 
cuatro palabras respecto a sus precursores. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 265 



CAPITULO SEGUNDO. 

Los precursores de Colón y el origen y fundamentos de su 

proyecto . 



167. — A fines de la edad media era muy general entre 
las personas leídas la arraigada creencia de que al Oeste 
del mundo entonces conocido existía todo un Continente. 
Esa tradición se fundaba en ciertos pasajes lacónicos y 
obscuros de los antiguos escritores y en relatos, no menos 
deficientes, de algunos navegantes. 

Es de advertir que dicha creencia no se refería a la 
famosa Atlántida, de que ya hemos hablado, pues para todos 
era notorio que esa gran isla se había hundido mucho an- 
tes del nacimiento de Cristo. Tampoco se referían de una 
manera directa a los descubrimientos de los normandos en 
Groenlandia y costas orientales de la América boreal; mas 
es innegable que esos descubrimientos han de haber contri- 
buido a mantener y fortalecer la convicción de que existía 
el tal Continente occidental. 

Entre las tierras de ese lejano Oeste los geógrafos 
mencionaban unas cuantas islas, más o menos legendarias, 
tales como la de Mag-Meld (país de la eternidad), la de 
San Brandan, la del Brazil, la Antilia, la de Royllo, la de 
Man, la de Satanaxio, la Stocafixa etc. etc., de las cuales 
se contaban maravillas que hoy harían sonreír a un niño. 

Más aún: se narraban viajes, con detallados inciden- 
tes, a esas misteriosas tierras occidentales, como el que, 
según Adam de Breme, hicieron unos cuantos nobles friso- 
nes, y como el realizado por Madoc al Owen Gwynedd, 
Príncipe de Gales. 



266 SANTIAGO I. BARBERENA. 



De todo ello lo único verdaderamente auténtico y que 
reclama nuestra atención es lo relativo a los antedichos 
descubrimientos de los escandinavos o normandos. 

De un cúmulo de documentos fehacientes, que han 
sido minuciosa y doctameate estudiados por una falange de 
sabios especialistas, resulta: que a fines del siglo VIII los 
irlandeses descubrieron la Islandia, pero no la colonizaron 
formalmente; que en 861 fué redescubierta por el pirata 
noruego Naddod, arrojado allí por una tempestad, y que 
dos años después, en 863, llegó el sueco Gardar Svafarson, 
también a consecuencia de malos vientos. 

Poco después empezaron a afluir a Islandia numerosos 
emigrantes noruegos, y así se constituyó una importante 
colonia en esa apartada región, que por muchos es tenida 
como la última Thule de Séneca (181). 

En 920 el isiandés Gunnbjarn vislumbró la Groenlan- 
dia, y en 986 fué definitivamente descubierta por Erik el 
Rojo, y enseguida se empezó a colonizar. 

En 999 o 1000, Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, 
descubrió por casualidad las costas del Continente america- 
no, y en 1003 fué enviada la primera comisión a reconocer 
sus costas, comandada por Thorfinn Karlsefni. 

Tales son los hechos y las fechas generalmente acep- 
tadas, mas algunos autores, tomando en cuenta ciertos do- 
cumentos, cuentan esa historia de distinto modo, haciendo 
intervenir, como uno de los principales protagonistas, a un 
tal Bjarni Herjulfsson; mas esas variantes son hoy tenidas 
por la mayoría de los críticos como novelescas. 

Es, pues, innegable que los normandos descubrieron el 
Continente americano en los albores del siglo XI, sin que 
se pueda precisar hasta qué latitud bajaron, pero en todo 
caso bastante boreal, y lo importante es que, como dice 
M. Beuchat, del estudio de los documentos relativos a esos 



(181) Pronto alcanzó la Islandia un alto grado de cultura. «Es un hecho, escribe 
Reclus, que durante buen número de siglos los islandeses fueron, puede ser, las gentes 
más cultas de Europa; todos aquellos que se refugiaron en Islandia eran personas prin- 
cipales de la Escandinavia, quienes dieron a la madre patria gran impulso literario. «Y 
el escocés Alejandro Mackensie, en la relación de su viaje a las regiones boreales del 
Nuevo Mundo, dice que la civilización y las ciencias habían alcanzado un alto grado 
de progreso en Islandia, cuando el resto de Europa aún estaba en tinieblas. Aun en 
nuestros dias es notable la cultura del pueblo en esa isla: refiere Marmier que cierto 
día la hija de un pescador, que semanalmente le llevaba pájaros de mar y pescado, lo 
encontró ocupado en estudiar la saga de JV/aí. «Ah! yo conozco ese libro le dijo la jo- 
ven, lo he leído muchas veces cuando era niña», y al instante se puso a recitar ante el 
ilustre viajero los más bellos pasajes de esa saga. «Yo quisiera— agrega Marmier— saber 
dónde encontraríamos en Francia una hija de pescador que conociese la Crónica de 
Saint-Denis». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 267 

descubrimientos, resulta que los escandinavos nunca se esta- 
blecieron, no colonizaron el Continente americano, ni dejaron 
huella ninguna de su paso por las costas que visitaron. (182) 

En Groenlandia se estableció una colonia que subsistió 
durante muchos años, llegando a tener unos 5,000 habitan- 
tes, distribuidos en diversos puntos, y hasta llegó a ser 
sede episcopal; mas al fin fue abandonada, debido a las 
constantes hostilidades de los esquimales. En el siglo XIV 
ya no existía la tal colonia, ni volvieron a Groenlandia los 
europeos sino hasta el siglo XVII. 

Esos viajes y descubrimientos de los escandinavos no 
son, ni con mucho, equiparables con los de Colón, como 
docta y elocuentemente lo manifestó, hace ya bastantes años, 
don Pedro José Pidal: «... si la gloria consiste, dijo ese 
ilustre español, en concebir, en medio de un siglo ilustra- 
do que unánimemente lo deniega, que hay más allá de los 
mares frecuentados por tantos siglos, un continente y regio- 
nes nuevas y desconocidas, en consagrar su vida a la 
invención de este Nuevo Mundo, en arrostrar y vencer millares 
de obstáculos y dificultades, y, sobre todo, en producir in- 
mensos resultados, ¿quién negará aquella gloria a Colón y 
a la gran nación que lo supo comprender y apreciar? La 
obra de Colón y de Castilla fue la obra del saber, del ge- 
nio y de una alta y fecunda inteligencia; la de los escandi- 
navos, la del azar y de la casualidad. La primera produjo 
resultados inconmensurables, inmensos en el orden político y 
social de las naciones y causó una completa revolución de 
las relaciones de los pueblos; la segunda no produjo la 
más pequeña utilidad, ni fué de la menor trascendencia.» 
(Revista de Madrid, 2a. época, t. II, 1839.) 

168. — A fines del siglo XIV los venecianos Nicolás y 
Antonio Zeno hicieron un viaje a Islandia y a otros países 
boreales, cuya relación, publicada muchos años después, 
por un miembro de su familia, es reputada por muchos 
críticos como apócrifa, si bien tiene en su abono dos res- 
petables autoridades: R. H. Major y O. Nordenskjold, quie- 
nes aseveran que es auténtica y que los hermanos Zeno 
llegaron a Terra Nova, Canadá y costas de los Estados 
Unidos. Es de advertir que la relación fué publicada hasta 



(182) El petroglifc de Dighton Rock, la inscripción de Mohegan y la torre de Newport, 
que han sido señalados como recuerdos dejados por los normandos en las costas de la 
América del Norte, hoy ya no son considerados como tales por los americanistas mas 
.distinguidos. 



268 SANTIAGO I. BARBERENA. 



1558, después que Juan Caboto y Corte Real descubrieron 
Terra Nova, y que Roverbal arribara al Canadá. 

Es de advertir también que el viaje de Joas Vaz Corte 
Real, que se dice descubrió Terra Nova en 1467 (o en 1474), 
es hoy tenido por muy poco fidedigno, lo mismo que el 
del piloto polaco Juan de Kolno (1476), el del portugués 
Juan Ramalho (1490), el que pretende haber hecho Martín 
Behaim en 1493 etc. etc. 

Entre todos esos viajes, más o menos ilusorios, hay 
uno digno de especial mención, por lo cacareado que ha 
sido: el del marino francés Juan Cousin, reputado por algunos 
como el inmediato precursor de Cristóbal Colón. 

Entre los propaladores y defensores de esa leyenda 
figura en primera línea el profesor Geleich y el capitán de la 
marina real británica J. W. Gambier, quien publicó en enero 
de 1894, en The Fortnightly Review de Londres, un trabajo 
titulado The True Discovery of America, en el cual sostiene a 
capa y espada la realidad del viaje de Cousin a este Continente. 

Su objeto, según dice el ilustre marino español don 
Cesáreo Fernández Duro, es proclamar que ese navegante, 
Capitán de Mar de Dieppe, descubrió el río de las Amazo- 
nas en 1488 y que fué despojado de la gloria que le corres- 
pondía mediante la más vergonzosa de las conspiraciones, 
urdida por los R¿yes Fernando e Isabel, el Papa Alejandro 
VI y Cristóbal Colón (V. el Bol. de la Sec. Geog. de Madrid 
enero, febrero y marzo de 1894). 

Según el Capitán Gambier llevaba Cousin como lugar- 
teniente al experto marino español Vicente Pinzón, quien se 
portó muy mal durante todo el viaje, especialmente cuando 
venían de regreso. Llegados a Dieppe a fines de 1489, dos 
años después de la salida, no se hizo gran caso del descu- 
brimiento realizado, pero sí de la mala conducta observa- 
da por Pinzón, quien fué sometido a Consejo de Guerra y 
condenado a perpetuo destierro de Francia. Pinzón, agrega 
M. Gambier, regresó a Palos, donde refirió a sus hermanos 
todo lo relativo a la expedición, y por ellos llegó a oídos 
de Colón, a quien acompañó Pinzón en su glorioso viaje 
de descubrimiento de América en 1492. 

También quiso arrebatar a Colón la gloria de tan gran 
hallazgo, anticipándose a dar cuenta de ello a los Reyes 
de España. 

Hubo en realidad en Dieppe un marinero y hábil car- 
tógrafo llamado Juan Cossin, pero éste vivía en 1570, épo- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 269 

ca en que no era ya posible que figurase como marino el 
individuo que se pretende descubrió la América en 1488. 

Gaffarel, sin acordar entero crédito a la leyenda de 
Cousin, la ha popularizado en Francia, con algunas varian- 
tes respecto a como la refiere el Capitán Gambier, y Fer- 
nández Duro demostró en el citado artículo la inverosimili- 
tud del cuento prohijado y aderezado por Gambier. 

169. — Cuentan algunos entre los precursores de 
Colón al marino italiano Juan Caboto, al servicio de arma- 
dores ingleses, quien llegó al Continente americano el 24 
de junio de 1497, más de un año antes de que llegara a 
él Cristóbal Colón, que no lo hizo sino hasta su tercer via- 
je, el 1 P de agosto de 1498, sin que se sepa a punto fijo 
a qué parte de las costas de la América del Norte corres- 
ponde el título de «Prima térra vista» porjuan Cabot. (183) 

Como quiera que en 1498 Colón sólo divisó de lejos, 
en el Golfo de Paria, las costas de nuestro Continente, en 
las que realmente tocó hasta cuatro años después, el do- 
mingo 31 de julio de 1502, que ancló en Punta de Caxinas, 
pueden contarse, con igual título que Caboto, como precur- 
sores de Colón, el ya mencionado Yáñez Pinzón, Diego de 
Lepe, Pedrálvarez Cabral y otros varios descubridores del 
Brasil antes de 1502. 

A propósito de Caboto, creo oportuno recordar otra de 
las injusticias que se ha pretendido hacer a Colón, negán- 
dole la prioridad en el descubrimiento de la declinación de 
la brújula, el cual atribuyen algunos a Sebastián Caboto y 
aun a Fernández de Oviedo; dichosamente el erudito barna- 
bita Fray Timoteo Bertelly ha puesto las cosas en su lugar, 
demostrando hasta la evidencia la prioridad de Colón, quien 
el 13 de septiembre de 1492 reconoció una línea sin de- 
clinación, como a tres grados al Oeste del Meridiano de una 
de las Azores. (184). 



(183) Respecto a la vida y hechos de Juan Caboto y de su hijo Sebastián, escribió 
una interesante memoria el abogado Ricardo Biddle, publicada en Filadelfia en 1831; 
después han tratado del mismo asunto Henry Harrise, F. Tarducci, D. Eduardo Madero, 
Fernández Duro y otros varios historiadores. Según la cronología adoptada por el se- 
ñor Tarducci el descubrimiento hecho por Caboto fué en 1494, tres años antes de la 
fecha generalmente admitida. 

(184) Klaproth y Estanislao Julien, trataron de demostrar que la declinación de la 
brújula fué descubierta por los chinos mucho antes de la época de Colón; otros han 
pretendido probar que ya se habla de ese fenómeno en ciertas notas agregadas a una 
epístola escrita por Pedro Peregrini en 1269, y otros, que fue descubierta por Leonardo 
Dati el siglo XIII; mas hasta ahora nadie ha aducido pruebas fehacientes contra la prio- 
ridad de Colón a ese respecto. 



270 SANTIAGO I. BARBERENA. 



170. — No concluiré este corto capítulo sin decir dos 
palabras acerca de otra de las patrañas con que la envidia 
ha tratado de empañar el alto renombre del descubridor del 
Nuevo Mundo; patraña, que por desgracia fué difundida por 
cronistas españoles que han gozado de más o menos auto- 
ridad: Fray Bartolomé de las Casas, Oviedo, Garcilasso de 
la Vega, Gomara, y en nuestro tiempo el ya citado M. 
Vignaud. Refieren que un marino de Huelva (cuyo nombre 
averiguó, no se sabe cómo Garcilasso de la Vega, quien lo 
llama Alonso Sánchez), habiendo partido de España para 
Inglaterra, fué sorprendido por un fuerte viento del Este, 
durante 28 o 29 días, y así llegó a una isla desconocida 
(la Española, o Santo Domingo, según las Casas), cuya po- 
sición geográfica determinó cuidadosamente. De regreso 
murieron la mayor parte de los tripulantes y los pocos que 
quedaban abordaron a la isla de Madera, donde fueron su- 
cumbiendo poco a poco. Sánchez que fué el último que su- 
cumbió, murió en casa de Colón, a quien, poco antes de 
morir, reveló el secreto de la existencia de dicha isla. 

171. — La profunda fé que tenía Colón en el éxito de 
su proyecto es claro indicio de que éste no fué fraguado á 
humo de pajas, que ha de haber tenido sólida base, o, 
por lo menos, grandes probabilidades de salir airoso. 

Desde mucho antes de que naciera Colón los gobier- 
nos europeos, especialmente de España, Portugal e Italia, 
tenían vivo interés de que se descubriese una vía directa 
para la India, porque los árabes establecidos a lo largo del 
Mar Rojo y del Golfo Pérsico cobraban enormes tasas por 
las mercaderías procedentes del Asia y destinadas a Euro- 
pa, y al efecto se organizaron varias expediciones en de- 
manda de la ansiada ruta. 

La toma de Constantinopla por los turcos agravó la 
necesidad. El Papa Pío II trató de organizar una cruzada 
contra ellos, mas su muerte, acaecida el 14 de agosto de 
1464, tres días después de la del Cardenal de Cusa, hizo 
que se quedara en proyecto esa empresa. 

Fué por entonces que el sabio físico y cosmógrafo Pa- 
blo del Pozzo Toscanelli empezó a ocuparse seriamente de 
esa cuestión. 

«El momento era, en efecto, oportuno, dice don Ángel 
Altolaguirre y Duvale, para que un gran talento, viendo 
cerrado por los turcos el camino de las regiones orientales, 
perdida la esperanza de que la cruzada pudiera abrirlo, 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 271 

apreciando, como Toscanelli podía apreciar, por dedicarse su 
familia al negocio de las especias, la gran fuente de rique- 
za que el comercio con el Asia representaba, e impresiona- 
do por los ya importantes descubrimientos que los portu- 
gueses realizaban a lo largo de la costa africana, concibie- 
se el atrevido pensamiento de establecer una comunicación 
directa entre Europa y Asia, a través del Atlántico, que 
arrancase de manos de los turcos el monopolio del comer- 
cio con el Oriente». (Cristóbal Colón y Pablo del Pozzo 
Toscanelli, Madrid, 1903). 

En 1474 Alfonso V de Portugal, ansioso de que se en- 
contrase cuanto antes dicha ruta, consultó a Toscanelli por 
medio del canónigo Fernando Martins, conocido de aquél, 
y con tal motivo escribió Toscanelli la famosa carta de 25 
de junio de ese año, en la que contesta a la consulta. Co- 
lón que entonces estaba en Lisboa, y deseoso de conocerla 
se dirigió a Toscanelli, quien le envió copia de ella. (185). 

Esa fué sin duda una de las primeras o principales lu- 
ces que pusieron en la pista al marino genovés, lo cual no 
quita un ápice a su inmarcesible gloria de haber realizado 
la idea. (186). 

Es de advertir que la empresa se consideraba más fá- 
cil de lo que realmente era, error proviniente de la exage- 
rada extensión que atribuye Tolomeo al Mundo Antiguo, 
lo que hizo creer a los cosmógrafos del siglo XV que yen- 
do a la vela desde las costas de Europa, hacia el Oeste, 
se llegaría rápidamente a las costas orientales de Asia. El 
fantástico itinerario de Marco Polo, según el cual de Vene- 
cia al Catay había 8,000 leguas, caminando hacia el Este 
(estimándose entonces la circunferencia de la Tierra en 
10,000 de esas leguas) confirmaba la falsa idea que se te- 
nía respecto a la facilidad de llegar al Asia por el 
Oeste. (187) 



(185) Esa carta, de la cual existen tres textos (uno latino, otro italiano y otro espa- 
ñol) es considerada por alg'inos como apócrifa: de esa opinión era M. Vignaud. El señor 
Altolaguirre la considera auténtica, pero dice que no se sabe por qué medio consiguió 
copia de ella Cristóbal Colón. Doña Eva Canel, en su ya citada conferencia, asevera, por 
el contrario, que Toscanelli «sostuvo copiosa y científica correspondencia con C. Colón, 
cuando residía éste en Portugal». 

(186) M. Vignaud creía «que los documentos atribuidos a Toscanelli, en nada influ- 
yeron en las ideas y decisiones de Colón . . . .» 

(187) Consta que Colón había leído el libro titulado Ymago Mundi, escrito por el 
Cardenal Pedro d'Ailly y publicado en 1480 a 1487, en el cual se habla de la posibili- 
dad de ir al Catay por el Oeste. 



272 SANTIAGO I. BARBERENA. 



172. — Según la historia de la vida y hechos de Colón 
por su hijo Fernando, refería el almirante haber hecho en 
1477 un viaje a Thule (Islandia), y aun haber caminado 
sobre 100 leguas más allá. Esta expedición, que varios críti- 
cos tienen por fabulosa, fué emprendida, según otros, en busca 
de datos respecto a los decubrimientos de los normandos en 
Groenlandia y países vecinos, de los que tenía noticia Co- 
lón, tanto por la Historia Eclesiástica de Adam de Bremen 
(que aun estaba inédita), como por narraciones verbales, 
más o menos vagas, que había oído. Todo eso es invero- 
símil, aunque se suponga que realmente hizo el viaje a 
Islandia, pues ya en el siglo XV nadie se acordaba de las 
expediciones de los normandos al Norte de nuestro Conti- 
nente, ni se relacionaba con el problema de la ruta que 
se buscaba para la India. 

Más probable es que Colón haya aprovechado algunos 
de los datos consignados en los papeles de Bernardo Pe- 
restrello, piloto italiano al servicio de Portugal, y que llegó 
a ser el primer Gobernador de la isla de Porto Santo (Ma- 
dera), con cuya hija, Felipa Muñiz o Monis de Perestrello, 
casó Colón; los cuales papeles fueron entregados a éste 
por la viuda de dicho piloto. M. Vignaud, que refiere algu- 
nos detalles poco edificantes respecto al origen de la pri- 
vanza de que gozaba Perestrello en Portugal, considera el 
antedicho matrimonio como la base de la fortuna de Colón. 

El hecho es que Colón había recogido una multitud de 
datos, más o menos importantes, tendentes todos a justifi- 
car su proyecto, y hasta se dice que escribió una memoria 
recapitulativa de ellos, de la que hacen referencia su hijo 
Fernando y el P. de las Casas. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 273 



CAPÍTULO TERCERO. 
Los cuatro viajes de Cristóbal Colón a América. 



173. — Entre las incontables obscuridades que desgra- 
ciadamente presenta la historia de Colón, se cuenta la rela- 
tiva a sus primeros ocursos en demanda de apoyo para 
emprender viaje por el Oeste en busca de la extremidad 
oriental de la India. 

Generalmente se ha dicho que a impulso de su amor 
a la tierra que lo vio nacer, se dirigió de preferencia y an- 
tes que a otra parte, a la República de Genova, y en se- 
gundo lugar al Senado de Venecia; mas la crítica moderna 
ha puesto en tela de juicio que Colón haya dado tales pa- 
sos, reputándose hoy por la generalidad de los colombistas 
como primera solicitud la que hizo al Gobierno de Portugal 
en 1484. (188). 

Esa primer tentativa fracasó, mas la jugarreta que cuen- 
tan hizo a Colón el rey Juan II de Portugal, a iniciativa de 
Calzadilla, enviando en secreto una expedición a reconocer 
la ruta propuesta por Colón, muchos, y entre ellos el señor 
Altolaguirre, la reputan falsa. 

Desechado el proyecto de Colón por el Gobierno de 
Portugal, se dirigió él inmediatamente a España, donde cons- 
ta se encontraba ya el 20 de enero de 1486. 

Todo lo relativo a las gestiones de Colón en España 
está plagado de dudas y contradicciones, siendo muy difícil 
adquirir algunas nociones fidedignas a ese respecto. Su lle- 
gada, por ejemplo, al convento de la Rábida, al desembar- 
car en Palos, que todo el mundo tenía por cierta, resulta 

(188). Otros aseguran que los ocursos a Géndva y Venecia los entabló después 
de haber desechado Potugal su proyecto. 

--18 — 



274 SANTIAGO I. BARBERENA. 



que es una fábula; que Colón arrivó al puerto de Santa 
María, y que fué don Luis de la Cerda, duque de Medina- 
celi quien lo acogió y tuvo de huésped cerca de dos años. 
El famoso guardián Fr. Juan Pérez de Marchena, tan men- 
tado antes por los biógrafos de Colón, resulta que es un 
personaje ficticio, refundición de dos reales, el prior Fr. Juan 
Pérez y Fr. Antonio de Marchena, decidido protector de 
Colón. La tan cacareada venta, o empeño, de las joyas de 
la reina Isabel, para subvenir a los gastos de la expedición, 
es una bola que hoy no pasa, porque como dice el señor 
Fernández Duro en sus Tradiciones infundadas, aunque es 
verdad que las joyas reales «se empeñaban repetidamente 

como arbitrio usual al aceptar las proposiciones de Colón, 

lo estaban las joyas principales de la Corona y aun la co- 
rona misma, así es que la reina no podía ofrecerlas.» El 
dinero lo facilitó el judío Luis de Santángel, alto empleado 
de la Tesorería de Aragón. (189). 

174. — Haciendo, pues, caso omiso de la historia de di- 
chas gestiones, me reduzco a consignar que el resultado de 
ellas fué a la postre satisfactorio, obteniendo Colón las con- 
cesiones que deseaba, y que los reyes Católicos firmaron 
las capitulaciones respectivas, en Santa Fé, el 17 de abril 
de 1492, y luego en Granada el 30 del mismo mes, en vir- 
tud de las cuales fue reconocido Colón como Almirante, 
Virrey y Gobernador de las islas y tierra firme que descu- 
briese en el mar Océano. 

Aún tropezó Colón con nuevas dificultades; mas, gra- 
cias a que Fray Juan Pérez lo puso en contacto con los 
hermanos Pinzón (Martín Alonso, Vicente Yáñez y Francis- 
co Martín) pudo allanarlas, y por fin el viernes 3 de agos- 
to del mismo año de 1492 zarpó la expedición del puerto 
de Palos, a eso de las cinco y media de la mañana. 

De tres pequeñas carabelas se componía la armada: la 
«Santa María», que venía dragoneando de «buque- insig- 
nia» (190); la «Pinta», que traía por Capitán a Martín 

(189). El señor Ibarra y Rodríguez, autor de un interesante estudio sobre Fer- 
nando el Católico y el Descubrimiento (Madrid, 1892) fue el primero que esclareció esa 
cuestión. El tesoro de Castilla estaba exhausto, mas el de Aragón contaba con muchos 
fondos, que Fernando reservaba secretamente para su guerra contra Francia. Llegado 
el caso de Colón, consintió en que se tomase el dinero necesario de dichos fondos; mas 
para que no se supiese de donde procedía ese dinero, consintió en la farsa de que San- 
tángel apareciera prestándolo, 

(190). Dicen que se llamó primero «Gallega», y otros la denominan «Apangalan- 
te», y también la «Capitana»: era propiedad de Juan de la Cosa, que venía en la ex- 
pedición, y que después adquirió justa fama como cartógrafo. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 275 

Alonso Pinzón y por piloto a su hermano Francisco Mar- 
tín (191), y la «Niña», mandada por Vicente Yáñez, tra- 
yendo por maestre a Juan Niño, dueño de la nave. 

El barco almirante — la «Santa María» — apenas era de 
26 metros de largo y de tres palos con cinco velas; la «Pin- 
ta» medía 20 metros, y la «Niña», 17. 

La tripulación total ascendía, según unos a 120 hom- 
bres, entre civiles y marineros; mas otros la reducen a 90 
individuos, lo cual no parece admisible, pues M. Vignaud 
ha logrado recoger los nombres de 103. 

No seguiremos a esos atrevidos navegantes durante su 
largo viaje a través del Atlántico, mas sí creo oportuno 
manifestar que el famoso incidente de la sublevación es pu- 
rísima grilla. «En todo el Diario de Navegación, dice el 
docto historiador D. J. M. Asensio, no se encuentra vestigio 
de la sublevación de los marineros, de que tanto partido 
han sacado poetas y novelistas. Vense en él, en repetidas 
ocasiones, referencias al disgusto de las tripulaciones cuando 
ya llevaban corridas 700 u 800 leguas, siempre navegando ha- 
cia Occidente por un mar desconocido y llevados por vientos 
casi constantes; pero no existe indicación alguna de que 
faltasen al respeto a los jefes, ni mucho menos de que ame- 
nazaran a Cristóbal Colón hasta el punto de que peligrase 
su existencia y tuviera que transigir con su tripulación su- 
blevada, ofreciéndoles poner la proa con rumbo a España 
si en el preciso término de tres días no encontraban la an- 
helada tierra.» (Martín Alonso Pinzón, pp. 75-76.) 

Al cabo de setenta días de viaje (pero no de navega- 
ción, pues en Canarias demoraron como un mes reparando 
ciertas averías) y después de mil incidentes y zozobras, la 
noche del 11 de octubre Colón mismo descubrió una lum- 
bre y las costas de una isla. «Un marinero, dice Oviedo 
en su Historia de Indias, de los que iban en la «Capitana», 
natural de Lope, dijo: ¡lumbre! ¡tierra! E luego un criado 
de Colón, llamado Salcedo, replicó diciendo: «Esso ya lo 
ha dicho el almirante, mi señor» y encontinente «Colón di- 
jo: «Rato ha que yo lo he dicho y he visto aquella lumbre 
que está en tierra.» 

Cuatro horas después, como a las dos de la mañana 
del viernes 12, un marinero de la «Pinta», llamado por 
unos Rodrigo Sánchez de Triana, y por otros Juan Rodrí- 

(191). Pertenecía a Gómez Rascón y Cristóbal Quintero. 



276 SANTIAGO I. BARBERENA. 



guez Bermejo, dio el grito de «tierra», y disparó un caño- 
nazo, que era la señal convenida. Esta última es la fecha 
que generalmente se asigna al descubrimiento del Nuevo 
Mundo: 12 de octubre del año 1492 de C, según el Ca- 
lendario juliano, a la sazón en uso, la cual fecha corres- 
ponde al día 21, retrotrayendo el calendario gregoriano, 
que fué establecido noventa años después. 

La tierra descubierta y en que desembarcaron el día 
12, pertenecía a una de las Bahamas o Lucayas, denomi- 
nada Guanahani por los indígenas y bautizada por Colón 
con el nombre de San Salvador. No ha sido posible des- 
pués identificarla con precisión; mas hoy la mayoría de los 
autores que han tratado de este punto, se inclinan a creer 
que la isla descubierta en dicha fecha es la denominada 
actualmente Watling. 

En ese primer viaje descubrió Colón la isla de Cuba, 
a la que llamó Fernandina; la de Haití (Santo Domingo), a 
la que denominó Isabela o La Española, y otras de menor 
importancia. 

Colón creyó a pie juntillas (y lo que es peor, jamás 
salió de ese error) que las tierras que había descubierto 
eran las regiones de la India allende el Ganges. De Haití 
decía: «Esta isla es Tarsis, es Cethya, es Oíir y Ophaz e 
Cipanga.» El nombre de «Cibao», dado por los naturales 
de esa isla a un distrito aurífero, le sonó claramente «Ci- 
pango.» (192). 

El Almirante fué muy bien recibido por los indios de 
las islas en que tocó, mas bien pronto él y sus secuaces 
preludiaron la conquista con actos de injustificable dureza 
y de vergonzoso pillaje. 

Después de haber perdido la Santa María en las costas 
de Haití y de haber estado separado un instante de la Pinta, 
entró Colón en el puerto de Palos, con las dos naves que 
le quedaban, el 15 de marzo de 1493. 

La Corte y el público en general le hicieron en Barce- 
lona un fastuoso y entusiasta recibimiento, no obstante que 
parecía poco el oro que había llevado, según observa Ber- 
naldez. 

Entre las atenciones y obsequios que le prodigaron se 
cuenta el banquete que le obsequió D. Pedro González de 

(192) Colón llegó al grado de suponer que la Tierra tiene la forma de una pera, 
ocurrencia que le sugirió la vista de las montañas de la Trinidad (Véase: Navarrete, 1, 
255.) 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 277 

Mendoza, Arzobispo de Toledo y gran Cardenal de España 
(a quien, por el gran influjo de que gozaba se le llamaba 
el tercer rey de España), durante el cual banquete refieren 
acaeció el incidente del «huevo de Colón». — Cuentan que 
un cortesano imprudente, envidioso de los honores que se 
hacían a Colón, preguntó a éste si creía que de no haber 
él descubierto las Indias, no las hubiera podido descubrir 
otro navegante, y que Colon, por toda respuesta, tomó un 
huevo y propuso a los concurrentes lo pusiesen en equili- 
brio sobre uno de los extremos de su eje mayor, cosa que 
ninguno logró hacer, y que en seguida, cogiendo el almi- 
rante el huevo, le dio un golpecito sobre la mesa, y una 
vez ligeramente aplastada la punta, lo pudo fácilmente po- 
ner en equilibrio, tal como se deseaba, con lo cual quiso 
dar a entender Colón, según los autores que refieren esta 
anécdota, que una vez señalado por él el camino para Amé- 
rica, ya era muy fácil seguirlo. Este episodio es muy du- 
doso que sea auténtico. (193) 

175. — El 25 de septiembre de 1493 emprendió Colón 
su segundo viaje, trayendo 17 navios y como 1,500 perso- 
nas a bordo de ellos, entre los cuales figuraban su hermano 
Diego. Alonso de Hojeda, Juan Pcnce de León y Juan de 
la Cosa. La travesía no duró más de tres semanas a partir 
de Canarias. Durante este viaje reconoció Colón varias de 
las pequeñas Antillas (Dominica, Marigalante, Guadalupe) 
y Puerto Rico; exploró la costa sur de Cuba; mas en nin- 
guna parte encontró oro en abundancia. Tras varias expe- 
diciones y trabajos regresó a Cádiz el 11 de junio de 1495. 

Como fueron poco halagüeños los resultados positivos 
de los dos viajes anteriores, se enfrió un poco el entusias- 
mo, no se dieron a Colón más que seis navios para su ter- 
cer viaje, que lo emprendió en mayo de 1498. La ruta que 
siguió esta vez es poco conocida; consta sí que estuvo en 
la isla de la Trinidad; mas en cuanto a que haya desem- 



(193) La anécdota del «huevo de Colón» la atribuyen algunos al arquitecto floren- 
tino Brunelleschi, y en España es más corriente decir «el huevo de Juanelo» que «de 
Colón». Calderón de la Barca dice en una de sus composiciones: 

.... Ahora, ¿sabes 
Lo del huevo de Juanelo, 
Oue los ingenios más grandes 
Trabajaron en hacer 
Que en un bufete de jaspe 
Se tuviese en pie, y Juanelo 
Con sólo llegar y darle 
Un golpecillo, le tuvo? 



278 SANTIAGO I. BARBERENA. 



barcado después en el Continente, como lo aseguran varios 
escritores, es muy dudoso: parece que sólo divisó de lejos 
las costas bajas y pantanosas del delta del Orinoco. 

Por otra parte, el Rey, sabedor de los desórdenes ocu- 
rridos en la naciente colonia española del Nuevo Mundo, 
mandó como juez pesquisidor a Bobadilla, y éste se vio en 
el caso de remitir a Colón y a sus hermanos a España, 
cargados de cadenas. El Soberano los puso en libertad in- 
mediatamente y hasta les dio auxilios pecuniario, pero no 
reintegró al Almirante en sus funciones de Virrey. (194) 

176. — Aun hizo Colón un cuarto y último viaje al Nue- 
vo Mundo, viaje que nos interesa especialmente, porque en 
esa vez descubrió la región centroamericana. Lo narraremos 
con algunos detalles. 

Física y moralmente principiaba a decaer el ilustre Al- 
mirante al iniciarse el siglo XVI; su espíritu, eminentemen- 
te místico, se exaltó, y hasta pretendía haber alcanzado el 
don de profetizar; por ese tiempo compuso su libro de las 
profecías, que aun se conserva inédito, escrito para advertir 
.a los reyes de España y al público en general que el fin 
-del Mundo se aproximaba, (como que no faltaban más que 
150 años para que acaeciese el cataclismo final), y que era 
preciso que se rescatase cuanto antes el Santo Sepulcro, 
para lo cual proponía un cuarto viaje a las regiones recién 
descubiertas en el lejano Oeste, para recoger los recursos 
necesarios para dicho rescate. 

Fernando e Isabel, accedieron, pero con muy poca lar- 
gueza: se le proporcionó a Colón una flotilla compuesta 
apenas de tres carabelas y de un barquichuelo insignifican- 
te, con 140 o 150 hombres, la cual zarpó de Cádiz el 11 
(otros dicen que el 9) de mayo de 1502. 

Se ordenó al Almirante fuese a descubrir nuevas tierras, 
y, sobre todo, recogiese cuanta riqueza le fuese posible. 
Para mayor seguridad de la Real Hacienda, enviaron con la 
expedición al escribano Diego de Porras, para que inven- 
tariase y remitiese los valores que se fueran recogiendo. 
En previsión de dificultades y choques, prohibieron a Co- 
lón tocase en la isla Española, donde estaban sus enemigos 
y rivales más salientes. 



(194) Se nombró un nuevo gobernador, Fray Nicolás de Ovando, caballero de Al- 
cántara, que partió para la Española en febrero de 1502, con una escuadra de treinta 
navios, llevando unas 2,500 personas. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 279 

Concretándome a los incidentes que nos interesan di- 
rectamente diremos desde luego que el 27 de julio descubrió 
Colón la isla Guanaja, próxima al Golfo de Honduras a la 
que denominó «Isla de los Pinos», en cuyo centro se levanta 
una mole de 360 metros de altura, con bosques de esos 
árboles. Dicho lugar ha conservado, sin embargo, su nombre 
indígena, reservándose el ideado por Colón para otra isla, 
situada en el golfo de Batabanó, en Cuba. 

Habiendo desembarcado en la Guanaja D. Bartolomé 
Colón con algunos de los expedicionarios, vieron llegar una 
canoa o bote, hecha del tronco de un solo árbol, la cual 
tenía ocho pies de ancho y tan larga como una galera. Para 
resguardar a los pasajeros del Sol y de la lluvia tenía en 
medio una especie de cámara, formada con petates o esteras, 
y en ella había mujeres, niños y muchas mercaderías: man- 
tas de algodón muy labradas, camisas sin mangas (huípiles), 
hachuelas y patenas de cobre, cascabeles, cacao, maíz, camotes, 
crisoles para fundir metales, espadas de madera con nava- 
jas de pedernal embutidas, tecomates con chicha etc. etc. 
Tripulaban la canoa veinticinco hombres. Algunas de las 
mujeres subieron a la Capitana (una de las caravelas), cu- 
briéndose honestamente con sus mantas de algodón. El 
Almirante devolvió la libertad a todos, menos a un viejo, 
para que le sirviese de guía. Interrogado éste acerca de los 
lugares en que pudiera encontrarse oro, señaló hacia el 
Ocaso. 

Por los informes que los isleños de Guanaja dieron a 
Colón, tomó éste el rumbo Sur, en los primeros días de 
agosto, y a las pocas horas de navegación descubrió un 
cabo, al que puso el nombre de Caxinas (o Cajinas) por 
los muchos árboles que allí había de este fruto, y este fué 
el primer lugar de la tierra centroamericana continental 
descubierto por Colón. Hoy se denomina ese punto Cabo 
de Honduras o de Trujillo. 

En Caximas bajaron a tierra, y el día 14 se dijo allí 
la primera misa que se haya celebrado en esta parte del 
Continente Americano, a la cual asistió Colón; si bien 
algunos autores dicen que por estar postrado en cama no 
pudo hacerlo, asistiendo en su lugar el adelando don Bar- 
tolomé. 

La escuadrilla continuó navengando a lo largo de la 
costa, luchando con vientos contrarios y acercándose a tierra 
durante la noche. A quince leguas de punta Caxinas en- 



280 SANTIAGO I. BARBERNA. 



contraron la boca de un gran río (el actual Tinto) el cual 
remontaron en un corto trayecto, bajando después a tierra 
el Almirante y una parte de su gente, a enarbolar el real 
estandarte y apoderarse del país, lo cual efectuaron el 17 
de agosto, fecha en que comenzó la dominación española 
en Centro América. El río fué bautizado entonces con el 
nombre de «La Posesión», poco usado ahora. 

En las márgenes del río Tinto vieron los conquistadores 
una casta de indios muy diferentes en el aspecto y en el 
lenguaje a los que ya conocían: unos medio vestidos y otros 
enteramente desnudos, y en general profusamente tatuados. 
Estos indios proporcionaron a los españoles algunos víve- 
res, en cambio de baratijas de poquísimo valor. 

Varios días anduvieron después costeando aquella tierra, 
a la que pusieron el triple nombre de Gu.aymu.ra (nombre de 
un pueblo de la costa), Hibueras (vocablo con que designaban 
en Santo Domingo a las calabazas, muy abundantes en la 
costa de que tratamos), y Honduras, porque anduvieron un 
gran trecho sin encontrar fondeadero. De esos tres nombres, 
el último, que es el más castizo de ellos, es el que ha 
prevalecido. 

Sumamente penosa fué la navegación de ellos hasta 
el 12 de septiembre, que lograron doblar el cabo, a partir 
del cual principió a soplar viento bonancible, por lo que 
Colón lo bautizó con el nombre de Cabo de Gracias a Dios. 
Allí dejaron al viejo que traían de la Guanaja. 

Colón, en carta escrita a los reyes de España, en Ja- 
maica, el 7 de julio de 1503, refiere su azarosa navegación 
hasta llegar a ese cabo: «Ochenta y ocho días, dice, había 
que no me había dejado espantable tormenta, a tanto que no vi- 
de el Sol ni estrellas por mar; que a los navios tenía yo abiertos, 
a las velas rotas, y perdidas anclas y jarcia, cables, con las 
barcas y muchos bastimentos, la gente muy enferma, y 
todos contritos, y muchos con promesa de religión, y no 
ninguno sin otros votos y romerías. Muchas veces habían 
llegado a se confesar los unos a los otros. Otras tormentas 
se han visto, mas no durar tanto, ni con tanto espanto. 
Muchos esmorecieron, harto y hartas veces, que teníamos 
por esforzados. El dolor del fijo que yo tenía allí (D. Fer- 
nando) me arrancaba el ánimo, y mas por verle de tan 
nueva edad de 13 años en tanta fatiga, y durar en ello 
tanto: nuestro señor le dio tal esfuerzo que el avivaba a 
los otros, y en las obras hacía él como si hubiera navega- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVAD OR 281 

do ochenta años, y él me consolaba. Yo había adolescido y 
llegado fartas veces a la muerte. De una camarilla que yo 
mandé facer sobre cubierta, mandaba la vía. Mi hermano 
(D. Bartolomé) estaba en el peor navio y más peligroso. 
Gran dolor era el mío, y mayor porque lo truje contra su 
grado; porque por mi dicha poco me han aprovechado 
veinte años de servicio que yo he servido con tantos tra- 
bajos y peligros, que hoy día no tengo en Cstilla una teja; 
si quiero comer o dormir no tengo, salvo el mesón o taberna, 
y las mas de las veces falta para pagar el escote. Otra 
lástima me arrancaba el corazón por las espaldas, y era de 
D. Diego mi hijo, que yo dejé en España tan huérfano y 
desposesionado de mi honra e hacienda, bien que tenía por 
cierto que allá como justos y agradecidos príncipes la res- 
tituirían con acrescentamiento en todo." 

Colón continuó navegando frente a la costa de la actual 
República de Nicaragua, costa que hoy llaman de los Mos- 
quitos, y que no es propiamente el antiguo Cariay: el 17 
de septiembre perdió una lancha de la caravela Vizcaína 
en la boca de un río, que por eso se llamó «río del De- 
sastre » , y fué por fin a anclar entre la isleta Quiribri (Uvita) 
y el pueblo de Cariay (puerto Limón), el 25 de septiembre de 
dicho año de 1502. A la preindicada isla la llamaron ellos 
«La Huerta», porque parecía, según las Casas, un hermoso 
vergel. (El historiador don Joaquín Bernardo Calvo asigna la 
fecha 5 de octubre, en vez de la de 25 de septiembre). 

177. — Los indios recibieron pacíficamente a los españo- 
les y hasta trataron de agasajarlos: entre los obsequios que 
quisieron hacer al Almirante uno de los mas significativos 
fué el de dos chaborritas que le llevaron a bordo de la 
capitana, tan descocadas y desenvueltas que merecieron de 
parte de él el más denigrante de los epítetos aplicables a 
una mujer (en la ya citada carta a los reyes de España). 

Lo naturales de Cariay parecieron a los españoles «la 
mejor gente. . . . que habían hasta allí hallado», como es- 
cribió fray Bartolomé de Las Casas. Trabajaban muy bien 
el oro y el cobre y fabricaban excelentes mantas. El her- 
mano de Colón visitó algunos puntos del interior y vio con 
sorpresa que tenían los indios sepulturas y dentro de algu- 
nas, cuerpos embalsamados, envueltos en lienzos de algodón 
y con adornos de oro y sartas de cuentas. Tapando las 
urnas funerarias había tablas esculpidas, que representaban 
hombres y animales. 



282 SANTIAGO I. BARBERENA. 



De Cariay pasaron el 5 de octubre a la bahía de Zo~ 
robará (o del Almirante) donde lograron recoger algún oro, 
y de allí se fueron a la de Aburená (laguna de Chiriquí), y 
continuando su viaje vieron una isla situada a 15 leguas 
de Aburená, a la que llamaron «el Escudo» (según refiere 
el escribano Diego de Porras en su derrotero), y se detu- 
vieron en el río Guaiga (o Chiriquí o Calobébora) donde 
fondearon el 28 de octubre. Los indios de ese lugar reci- 
bieron bastante mal la visita de los españoles, no obstante 
lo cual lograron éstos quitarles un poco de oro. 

De Guaiga pasó Colón a Catiba, donde adquirió buena 
cantidad del codiciado metal. En seguida pasó frente a 
Cobraba, Veragua y Cubiga hasta llegar al famoso puerto 
del Retrete (hoy de Escribanos), descubierto en 1500 por 
Rodrigo de Bastidas, viniendo en opuesta dirección, de la 
que llevaba el Almirante en 1502. 

Como en el puerto del Retrete ya no encontró oro, de- 
terminó regresar, y vino a fundar cerca de la desembocadura 
del río Yebra o Belén, la colonia de Santa María que sub- 
sistió muy poco tiempo. 

Colón estaba literalmente encantado de la riqueza de 
las costas de Veragua, que juzgó ser el antiguo Áurea 
Chersonesus o sea la península de Malaca. 

Pocos días después emprendió su regreso a España, a 
donde llegó el 7 de noviembre de 1504, después de una 
ausencia de dos años y 6 meses. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 283 



CAPITULO CUARTO. 

Últimos años de Colón. — Honores postumos que se le han 
tributado. — Origen del vocablo «América». 



178. — Pocos días después de haber regresado Colón a 
España, después de su cuarto y último viaje a América, murió 
la reina Isabel, en el castillo de la Mota, en Medina del 
Campo, el 26 de noviembre de 1504, a medio día. 

Entre los diversos juicios que se han formulado respecto 
a esa ilustre mujer, me ha llamado la atención el del doctísimo 
historiador Martín Hume, consignado en su notable trabajo 
sobre Las Reinas de la España Antigua: «Isabel la Católica 
fué una gran reina y una gran mujer, porque sus ideales 
eran elevados. No era tierna ni benigna, o, diríamos mejor, 
femenil. Si lo hubiera sido no hubiera hecho de Castilla 
una de las potencias más grandes de Europa en su reinado 
de treinta años. No era escrupulosa, pues de serlo, no se 
hubiera dejado persuadir tan fácilmente en aceptar el trono 
en contra de la Betraneja. No era de blando corazón, y esto 
explica que contemplara sin conmoverse las matanzas y 
expulsiones en circunstancias de inhumanidad atroz, de los 
judíos y de los moriscos, con quienes quebrantó su solemne 
juramento, con pretexto leve. No poseía ninguna de estas 
cualidades apacibles; ni fué aquella mujer del hogar, santa 
y dulce, con que de ordinario se la representa. Si lo hubiera 
sido, no fuera ella, Isabel la Católica, una de las más po- 
derosas personalidades, la mujer más grande tal vez que 
el mundo ha visto en la dominación de los pueblos; mujer 
cuya virtud no osó nunca atacar la misma maledicencia; 
cuya santa piedad y consagración a su fe la cegaba los 
ojos en las cosas humanas, y cuyo anhelo por servir al 



284 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Dios de las misericordias la hizo inmisericordiosa con los 
que consideraba enemigos del Altísimo». (La España Moder- 
na, 1914). 

Poco me importa que a solicitud de Isabel, instigada 
por el inolvidable y odioso Fray Tomás Torquemada, haya 
decretado Sixto IV se estableciese en España el tenebroso 
Tribunal de la Inquisición; para mí es bendita la memoria 
de esa reina, que fué la primera protectora de los indios 
americanos. Y con el más sincero y profundo respeto visité 
su sepulcro en enero de 1912, en la Capilla Real de la 
Catedral de Granada, y contemplé en la magnífica alameda 
del Salón, en esa misma ciudad, la hermosísima estatua que 
allí se ha erigido en honor de ella. 

Notorio es que Colón, por debilidad de carácter, por 
no decir otra cosa, permitió que los conquistadores princi- 
piasen a llevar indios a España, para venderlos como esclavos, 
entre otros, nada menos que 300 infelices que se pusieron 
a la venta en Andalucía. Al saberlo la reina, exclamó in- 
dignada: «¿Cómo se atreve Colón a disponer así de mis 
subditos?», e inmediatamente ordenó fuesen puestos en 
libertad y repatriados a costa del Almirante. 

Seis días antes de morir, en un codicilo firmado el día 
20, dejó a Fernando, su esposo, de Gobernador de Castilla, 
en nombre de su hija Juana, inponiéndole solemnemente la 
misión de atraer con suavidad y dulzura a los indios de 
América a la fe cristiana y remediar la opresión que sufrían. 
(Ley I, tit. X, libro VI de la Recop. de Indias). 

179. — A consecuencia de la muerte de la reina Isabel, 
Colón se vio obligado a permanecer en Sevilla, pasando 
(según dice él, en carta dirigida a su hijo Diego, el 1? de 
diciembre de 1504), serios apuros. En eso ha de haber al- 
guna exageración, pues consta que gozaba de muy buen 
crédito en las casas bancarias genovesas, por medio de las 
cuales remitía con frecuencia respetables sumas de dinero a 
su citado hijo. Su decaimiento era debido, sobre todo, a sus 
dolencias físicas. 

Por otra parte, al desaparecer la reina Isabel, Colón 
perdió la esperanza de que se le hiciese justicia, cumpli- 
mentando el gobierno las obligaciones contraídas con él 
cuando se lanzó en su temeraria empresa. 

«Contra lo que se ha dicho, dice el ilustre historiador 
D. Ricardo Fernández Guardia, el rey D. Fernando no lo 
recibió mal; pero este monarca era demasiado hábil político 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 285 

para no comprender el riesgo que correrían andando el 
tiempo los vitales intereses de la nación española, por mo- 
tivo de los grandes privilegios concedidos al Almirante, 
entre los cuales se contaba el establecimiento de un virreinato 
hereditario a una enorme distancia de la metrópoli. En 
sana justicia al descubridor se le debía dar lo suyo, pero 
hay que convenir en que de parte del rey militaban poderosas 
razones de estado para eludir el cumplimiento de lo pro- 
metido. D. Fernando bien deseaba conciliar los opuestos 
intereses de la monarquía y del Almirante, dándole una 
compensación, pero éste no quiso ceder un ápice de sus 
derechos, y en estas luchas le sorprendió la muerte . . . .» 
Hist. de Costa Rica =. El descubrimiento y la conquista). (195) 

Los verdaderos apuros del Almirante comenzaron cuando 
el rey Fernando ordenó el embargo de las pocas rentas que 
quedaban a Colón, para cubrir ciertas deudas que éste había 
contraído, pues desde entonces ya no se le consideró más 
que como deudor insolvente. 

El pobre viejo permaneció en Sevilla hasta febrero de 
1505, yendo después a Segovia, a Salamanca y a Valladolid 
en pos de la Corte, implorando justicia. 

Al fin, agobiado de penas y dolores, sucumbió el des- 
cubridor del Nuevo Mundo, el día de la Ascensión del año 
1506 (es decir el 21 de mayo, no el 20, como equivocadamente 
dice el P. Las Casas), en un miserable chiribitil de una 
casa- posada, en la «Calle Ancha de la Magdalena», N? 2, 
en Valladolid. (196) 

180. — La posteridad ha hecho cumplida justicia al gran 
Colón, pues aun los que no creemos en su decantada santi- 
dad y reconocemos que cometió no pocos errores y desmanes, 
no le escatimamos imperecedera e inmarcesible gloria. 

Áureas liras, diestros pinceles y primorosos buriles han 
contribuido a porfía y con suma eficacia a inmortalizar la 
memoria del insigne marino genovés. De todas esas obras 



(195) Aunque M. Beuchat diga que se creyó bastante con ofrecer a Colón une 
seigneurie infime, située dans le pays de León, otros cuentan entre las compensaciones 
que se le otorgaron haberle dado hered 'mientos en Castilla y haberlo hecho marqués 
de Jamaica, duque de Veragua y grande de España. Se le ofreció también el señorío de 
Carrión de los Condes, en Castilla, oferta que rehusó Colón, obstinado en recuperar su 
virreinato. 

(196) Hoy se llama esa calle «Calle de Colón», y la casa en referencia está marcada 
•con el No. 7. En la época de la muerte de Colón la casa-posada en que murió estaba 
arrendada a un marinero, a quien el Almirante menciona en su último codicilo: «Y 
digo yo que hallándome en trance de muerte, sin más testigos de mi última hora que 
■el marinero Jil García, en cuya casa de limosna me hallo etc. etc.» 



286 SANTIAGO.. I. BARBERENA. 



aquí mencionaré tan sólo las tres estatuas que se le han 
erigido en la culta ciudad de Guatemala, una de las cuales, 
la más hermosa, es el clou del Parque Central ; otra de 
ellas adorna la plazoleta del Teatro Nacional, y otra ocupa 
el centro del patio principal del Colegio de Infantes o de 
Seises, anexo a la Catedral. Esta es la primera estatua que 
se levantó a Colón en Centro América, y bien merece diga- 
mos dos palabras acerca de ella. 

Ese monumento fué descubierto el 12 de octubre de 
1880, y es debido a la iniciativa y esfuerzos del P. Alberto 
Rubio Pilona, a la sazón Rector de dicho Colegio de Infantes. 
Es bastante artístico y bien pensado: sobre una anchábase 
cuadrada, circuida de una buena verja de hierro, se levanta 
un prisma cuadrangular, en cuya cara superior se apoya el 
arranque de una columna cilindrica cortada por su base, 
que sirve de pedestal a la estatua de Colón. Tiene ésta 
cerca de seis cuartas de altura (1 ■? 33). Colón, con la diestra 
levantada hacia arriba muestra con ella a la faz de 
los cielos y de la Tierra el Hemisferio Occidental, mientras 
que con la siniestra extendida a lo alto de la cintura sos- 
tiene el otro hemisferio, ostentándose a los pies del Almirante 
el globo completo, como resultado de su empresa, y al otro 
lado, también a sus pies, está una caravela, en recuerdo de 
las tres con que zarpó del puerto de Palos en 1492. 

En cada una de las caras del pedestal hay una ins- 
cripción, grabada en bronce: la del Oeste, frente a la puerta 
de entrada, en español; la del Este, en latín; la del Norte, 
en quiche, y la del Sur, en griego, 

He aquí el texto y traducción de la tercera: 

Atoe quiban, Tijoxibal gua, cheri chutac ajau Lokobal 
guaé cochiguach, cheri jevel Ixlap xu ban uinimaj maijabal ; 
raj quire güi, quebé cajuyubal chabal junan riqui utzilah tzij rech 
caxlagüinac, tziban chic ; are rumal cheri entoo ri huleu coui 
pá canimá ru bichen lokolaj, nimalaj Achí, xu recó cacuna- 
bal, e xuban utzit chiguech ; e xinibij ojman quibisoj rumal. 

Xpé güi Rajan Colón pa cahuleu, para cabilajuj Kijcheri 
ik Nabé Mam, cheri carucaj ko Guacxac rocal, cheri elenac 
guaral Raja guaxel Chicaj. 

«Al levantarse en este Colegio de Infantes el hermoso 
monumento que tenéis presente, dedicado a la memoria del 
Genio brillante, queremos que nuestro idioma salvaje se 
una a las buenas palabras escritas en loor suyo por los 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 287 

extranjeros; así como que se entienda en toda la tierra lo 
que hay en nuestras almas en favor del grande y santo 
varón que encontró el remedio de nuestros males diciéndo- 
nos: ya no tendréis de que entristeceros». 

«Vino el señor Colón a esta tierra el día doce del mes 
nabémam (octubre) del año del nacimiento del gran Señor 
del Cielo mil cuatrocientos noventa y dos». 

Incontables son los hombres de letras que han escrito 
respecto a la vida y hechos de Colón y sobre otros puntos 
relacionados con la historia del descubrimiento del Nuevo 
Mundo : basta leer las catorce columnas de datos bibliográficos 
con que termina el artículo relativo a él en la Enciclopedia 
Universal Ilustrada que están editando los señores Espasa, 
en Barcelona, para formarse una idea de la abrumadora 
riqueza de esa especialidad de los estudios históricos. 
Solamente citaré por mi parte la Vida y viajes de Colón, 
publicada en Guatemala, hace algunos años, y escrita por 
la docta y honorable profesora doña Natalia Górriz v. de 
Morales, gloria de las letras centroamericanas. 

181. — Voy ahora a exponer, aunque sea un tanto a la 
ligera, lo que pienso y creo acerca del tan debatido origen 
del vocablo América. 

Reputábase indiscutible que se deriva del nombre del 
cartógrafo florentino Amerigho Vespucci, mas en 1876 el 
geólogo francés M. Jules Marcou, sabedor de que en Nicaragua 
hay un monte y una tribu llamados Amerrique, tuvo la feliz 
idea de relacionar este término con el nombre de nuestro 
Continente, idea que desarrolló en varias publicaciones, 
logrando demostrar con mucho ingenio, que es cierto que 
la voz «América» se deriva del nombre de dicho cartógrafo, 
pero convertido ese nombre en Americo, para relacionarlo 
con el vocablo Amerrique. 

Esa es la tesis que sostuvo M. Marcou y la que yo 
tengo por más plausible, sin perjuicio de no aceptar algunas 
de sus aserciones. (197) 

Como se ve tenemos los centroamericanos, en particular 
los nicaragüenses, la satisfacción de que sea originario de 

(197) La primera publicación de su idea la hizo M. Marcou en el Atlantic Monthly, 
de marzo de 1876; mas sus dos folletos principales respecto a esa cuestión son los 
titulados: Amerriques = Amerigho Vespucci — et = Amérique, París, 1892, y origin of 
ñame America», publicado en el Goldthwaite's Geographical Magazine y en folleto 
separado, Nueva York, febrero de 1893. Muchos de sus trabajos han sido traducidos al 
español y a otras lenguas, y sus aseveraciones han sido ampliamente discutidas. Entre 
los americanistas españoles el más notable de sus competidores fué D. Marcos Jiménez 
de la Espada. 



288 SANTIAGO I. BARBERENA. 



estos países el término que se combinó con el nombre de 
Vespucci para bautizar el Continente Occidental. (198) 

Hace cuarenta años nadie tenía noticia de que existieran 
la sierra y tribu de Amerrique hasta que el geólogo inglés 
Tomás Belt, que residió algunos años en Nicaragua, hizo 
mención de ellas en su estimable obra The Naturalist in 
Nicaragua, publicada en Londres en 1874. Tan ignorada 
era la existencia de esos montes que todavía en 1888 decía 
el historiador nicaragüense D. José Dolores Gámez que no 
sabía que hubiese ni que hubiera habido nunca «cordillera 
montañosa conocida con el nombre de América». 

Hoy nadie duda de la realidad de la existencia de 
Amerrique, entre el Lago de Nicaragua y la Mosquitia; que 
es una región en que hay bastante oro, muy maleable, y 
que la tribu que allí habita se extendía en otro tiempo hasta 
la costa atlántica. 

En la citada obra del señor Gámez se dice que el vocablo 
Amerrique quiere decir «país del viento»; a mi entender es 
voz de origen quiche, y significa «pueblo o lugar extenso». 
Se compone de am o ame, raíz de amag — pueblo, y de 
riq = extensión, extenderse. 

La forma Amerrisque usada por algunos en Nicaragua 
es una simple corruptela; los indígenas de la localidad de 
que tratamos dicen Amerrique. 

Hemos de estar que la noticia de la existencia de 
Amerrique la obtuvieron los conquistadores desde antes de 
1504, y aun puede decirse que fué vulgar durante algunos 
años, y después cayó en olvido, por haber pasado el vocablo 
a designar al Nuevo Mundo entero. M. Marcou formuló 
tres hipótesis respecto a la época y medio como se obtuvo 
esa noticia. En primer lugar apeló al problemático «primer 
viaje de Vespucci» (199), verificado, según dicen, del 10 de 
mayo de 1497 al 18 de octubre de 1498, siendo jefes de la 
expedición, según Varnhagen, Vicente Yáñez Pinzón y Juan 
Díaz de Solís, quienes llegaron de Canarias al Cabo de 



(198) Nuestro Continente era designado en un principio con el nombre de «Indias», 
con el de Alter Orbis o Mondo Nuovo (Nuevo Mundo), introducido por Pedro Mártir de 
Angleria; con el de Terra Sanctae-Crucis, y otros por el estilo. 

(199) Amerigho o Amerigo Vespucci, nacido en Florencia el 18 de marzo de 1452, 
se dedicó durante muchos años al comercio, y como a la postre le fué mal. se convirtió 
en cosmógrafo, marino y, sobre todo, cartógrafo, al servicio de España. Respecto a la 
verdadera forma de su nombre hay muchos datos contradictorios más las dos que prin- 
cipalmente usó, y de que hay constancia auténtica, son las dos preindicadas, y aun 
Alberico, salvo después de 1507, que empezó a fincar Amerrigo. 



H ISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 289 

Gracias a Dios, y recorrieron la costa hasta cerca de la 
laguna de Caratasca, y tuvieron ocasión de hablar con 
algunos de los indios de la comarca, algunos de los cuales 
ostentaban adornos de oro, quitados a sus vecinos, con 
quienes vivían en guerra. Marcou cree probable que los 
españoles hayan oído en esa ocasión mencionar el nombre 
Amerrique, como lugar de procedencia del precioso metal, y 
que así empezó a conocerse y a adquirir fama el país de 
Amerrique. Desgraciadamente ese primer viaje de Vespucci 
tiene todas las apariencias de apócrifo, dicho sea con perdón 
de éste, de quien el candido de Colón decía que era «mucho 
hombre de bien». El mismo señor Marcou, en una de sus 
primeras publicaciones respecto al origen del nombre de este 
Continente, avanzó la hipótesis de que Vespucci vino a 
Gracias a Dios después de sus cuatro primeros viajes, y 
que respecto a ese último nada publicó. La verdad es que 
todo lo relativo a esos viajes está envuelto en sombras. 

También considera plausible el señor Marcou que la 
noticia la hayan adquirido los españoles cuando Hojeda 
hizo su primer viaje, en 1499, que fué cuando trajo a Vespucci 
y a de la Cosa, probablemente en la travesía de la costa 
de Paria a la provincia de Coqui-bacoia y cabo de la 
Vela; mas a mí se me dificulta creer que los indios de esa 
costa conociesen el nombre Amerrique. Según el ilustrado 
geólogo la isla imaginaria que se ve en el mapa de Cantino 
(dibujado en Lisboa en 1502), con la doble designación de 
Tamarrique (que está muy clara) y de Ilha Riqua (que no 
me parece diga así la leyenda), es la tierra de Amarrique, 
pues Tamarique está por T. Amarique, o Terra Amarique. 
Y, a decir verdad, la posición de la isla no deja de corresponder 
a la posición en que realmente está la sierra de Amerrique 
respecto a Arqua de Bocoia, o provincia de Paraguaná. 

Harrise sospechaba y Marcou lo cree probable que 
Vespucci sugirió a Cantino la colocación de esa isla, y como 
la voz Amerrique, se parece al nombre de Vespucci, algunos 
creyeron que el cartógrafo florentino hacía poner su nombre 
en las cartas. Schoner, en 1533, lo acusó formalmente de 
esa falta. Ya veremos que cabe sospechar haya habido malicia 
en la supresión de una r de la voz Amerrique, caso de ser 
cierto que él haya sugerido a Cantino la colocación de la 
isla, y que Tamarique quiera decir «Tierra de Amerique». 

Mucha más propicia ocasión para adquirir noticias de 
la montaña y tribu de Amerrique, y de la riqueza aurífera 

— 19- 



290 SANTIAGO I. BARBERENA. 



de esa región, fué el cuarto viaje del Almirante, por más 
que el tal nombre no figure en la lettera rarissima de Colón, 
exhumada por el Conde Luis Bossi en 1816, y que citamos 
ya en el capitulo anterior. (La fechada en Jamaica, el 7 de 
julio de 1503). Que entonces hayan oído hablar a los in- 
dios acerca de la sierra de Amerrique, es cosa muy aceptable, 
y tanto Colón como sus 150 acompañantes pudieron difundir 
después en España la fama de esa región aurífera, que por 
esta sola circunstancia se ha de haber hecho notoria y vino 
a ser el nombre con que se designaba a toda esa costa, a 
las tierras descubiertas por Colón en su último viaje. 

El estado de abatimiento y de postración en que se 
encontraba el Almirante cuando escribió dicha carta justifica su 
olvido de ciertos detalles y el poco orden que emplea en la ex- 
posición de los hechos, advertido ya por Humboldt, sin que sea 
preciso suponer en Colón (como lo supone M. Marcou) 
cierto despecho por el poco provecho que sacó de la expe 
dición. 

Bien puede ser también, como sospecha M. Marcou, que 
Vespucci haya contribuido a popularizar la fama de Amerrique, 
consignando este nombre en algunas de las cartas que hacía. 

182. — Vespucci, era, a no dudarlo, uno de esos hombres 
que se pirran por llamar la atención del mundo, y no omitía 
medio alguno de ponerse en exhibición. Mostró decidido 
empeño en dará. conocer sus viajes, valiéndose de diversos 
artificios para aparecer siempre en primera línea. 

Había escrito una relación minuciosa de sus cuatro 
navegaciones, la cual nunca logró publicar, ni ha llegado 
hasta nosotros; pero sí un resumen o compendio de esa 
relación, el cual remitió a diversos personajes. Una de las 
copias, traducida al francés, fué enviada a Rene, rey de 
Sicilia y de Jerusalén, y duque de Lorena, en 1506, acompañada 
del mapa correspondiente, que se ha perdido, en el cual 
supone M. Marcou figuraba el nombre Amerrique. 

El rey dio el manuscrito a su secretario Gaultier o 
Guatrin Lud, para que lo tradujese al latín, y éste lo puso 
en manos de su amigo el canónigo Juan Basín, persona 
reconocida como eminencia literaria, y a éste se debe la 
versión latina titulada Quatuor Navigationes. 

En Saint- Dié existía por entonces un club o academia 
escolar, llamado «Gimnasium Vosagense», fundado por 
Gaultier Lud, y al cual pertenecían los principales personajes 
de la abadía y de la ciudad, entre ellos Nicolás Lud, Juan 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 291 

Basín, Matías Ringmann, Martín Waltzemüller (o Waldsee- 
muller) etc. etc. En la época de que tratamos el Gimnasio 
vosgiano estaba preparando una traducción latina de las 
obras de Tolomeo, para lo cual contaba con una imprenta, 
de la que era corrector de pruebas (castigator) el mencionado 
Waltzemüller, que también era hombre de ciencia, que 
firmaba sus escritos con el nombre de Martinus Ilacomylus 
o Hylacomylus. 

Este Gimnasio creyó aportuno anteponer a la traducción 
de los viajes de Vespucci una introducción geográfica con 
un planisferio, trabajo que fué hecho por varios de los 
miembros, y que constituye la famosa Cosmographiae Introductio. 
La parte que nos interesa, en que está «el pasaje fatal», 
fué escrita por Basín, el cual pasaje dice así, traducido 
literalmente al español: Más ahora que estas regiones han 
sido más detalladamente exploradas, y cuatro nuevas partes 
han sido descubiertas por «Americus Vespuccius», como se 
verá adelante, me parece muy justo llamarlas Amerige, esto 
es, tierra de Americ, de Americus, el descubridor, hombre 
de pensamientos elevados, o mejor America, ya que Europa 
y Asia tienen nombres femeninos». 

La forma Amerige desde luego se reconoce que fué 
sacada del nombre de pila de Vespucci (200), mas la 
segunda, America, parece que fué sugerida por el término 
Amerrique, que es probable haya figurado en la carta 'que 
acompañaba a la versión francesa, y que por entonces era 
bastante conocido, como antes digimos, gracias sobre todo 
a los 150 individuos que acompañaron a Colón en su cuarto 
viaje, que lo han de haber difundido. 

Se daba gran importancia a los descubrimientos de 
Vespucci y por eso se creyó justo poner su nombre a las 
tierras recién descubiertas, mas a causa del parecido que 
tienen su nombre Amerigo y el vocablo Amerrique, se 
confundieron ambos términos, formándose el nuevo vocablo 
Americus y su forma femenina America. Tanto es así, que 
Vespucci, a quien naturalmente halagaba en gran manera 
la ocurrencia del canónigo Basín, para acentuar más el 
antedicho parecido, dio en firmar Amerrigo. 

La Cosmographiae Introductio apareció en 1507 (de la 
que se hicieron varias ediciones); cuya redacción se apropió 

(200) Todavía en 1535 el geógrafo Nicolini de Sabio, en la edición que publicó en 
Venecia de la Cosmographiae Introductio, aboga por que se prefiera la forma Amerige, 
derivada directamente del nombre de Vespucci: 



292 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Waltzemüller, en términos que hoy generalmente se le 
atribuye la obra. 

La Cosmogrophiae Introductio se publicó con su corres- 
pondiente carta, de la cual no existe ahora más que un ejemplar 
conocido (aun no descubierto cuando escribió M. Marcou 
sus citados folletos), en el palacio de Wolfegg, residencia 
del príncipe regente de Waldburg- Wolfegg- Walsee, donde 
lo descubrió el año de 1900 el R. P. Jos. Fischer, S. J. Esa 
es la «partida de bautismo» de América, (por la cual han 
llegado a ofrecer al príncipe hasta 200,000 dólares) por ser 
el primer mapa en que aparece ese nombre. (201) 

Y, cosa rara, el nombre «América» no figura en la 
•carta del Nuevo Mundo agregada por Waltzemüller a su 
Tolomeo, publicado en 1513. 

La Ca Cosmographiae Introductio vulgarizó el nombre 
con que el canónigo Basín bautizó nuestro Continente, en 
términos que, según Schoener, era ya de uso popular en 1515. 

Ahora bien, pocos días pasaron sin que se empezase 
a hacer justicia a Colón, en cuanto a la prioridad de su 
descubrimiento: el mismo Gimnasio vosgiano, al publicar 
su Tolomeo, de 1512, declara que Colón fué el descubridor 
del Nuevo Mundo. 

A pesar de eso, nadie pensó en cambiar el nombre, 
sino hasta algunos años después, debido sin duda, a que 
el vocablo «América» hacía también alusión al nombre 
«Amerrique», con que se empezó a designar la tierra firme 
del Continente Occidental. 

M. Marcou hacía hincapié, y con mucha razón, en una 
circunstancia que revela a las claras que al fraguar el 
canónigo Basín el nombre «America», trató de asociar en un 
solo vocablo el nombre Amerrique y el nombre de pila de Ves- 
pucci, y es la siguiente: si se hubiera tratado simplemente 
de tomar el nombre de éste, se hubiera adoptado el apellido, 
no el nombre, según se acostumbra en esos casos, salvo 
que se trate de personas de sangre real. 



(201) M. Marcou reputaba como primer mapa en que aparece el nombre de Amé- 
rica, el de Apiano (Pedro Bienewitz), inserto en el Polyhistor de Solino, en 1520; ex- 
trañándome no haya visto que también figura ese nombre en la carta de Juan Schoener, 
(de 1515) cuya Luculentissima quaedam terrae totius descriptio cita repetidas veces. M, 
Beuchat considera como primer mapa con el nombre de Amérka el atribuido a Leonardo 
de Vinci, que remonta a 1514, fecha en que apareció también el globo de Luis Boulenger, 
en el cual la voz América designa la tierra firme al Sur de las Antillas. Según M. Beuchat 
fué hasta 1541 cuando se publicó la primera carta en que dicha voz aparece como nombre 
del Continente Occidental entero: la de Mercator. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 293 



CAPITULO QUINTO. 



Primeros conquistadores del suelo centroamericano después 
del cuarto viaje de Cristóbal Colón. 



183. — Inmensa resonancia produjo en el Mundo entero, 
especialmente en España el descubrimiento del Nuevo Mun- 
do. Claramente lo comprueba la multitud de personas de 
todas las clases sociales que se aprontaron a acompañar al 
almirante a su segundo viaje, época en que estaba él en 
el apogeo de su gloria y de su influjo en la Corte. 

Ese entusiasmo, aunque pronto decayó un tanto, subsis- 
tió lo suficiente para provocar una serie de expediciones 
en son de conquista, de las cuales sólo mencionaremos las 
relacionadas más o menos con el objeto de este libro. 

Fué aquello una verdadera irrupción de buitres faméli- 
cos, como lo confiesa el ilustrado escritor español don Án- 
gel Ruiz de Obregón y Retortillo, en la preciosa biografía 
de Vasco Núñez de Balboa que hace poco publicó: «La des- 
medida y ciega codicia, dice, que como una mortal epide- 
mia se extendió por toda la nación y se apoderó de todos 
los ánimos, fué causa de que una inmensa falange de es- 
pañoles se aprestase a caer como bandada de aves de ra- 
piña en los nuevos territorios, ansiosa de apropiarse los 
tesoros que se escondían en su seno, y nadie vio más allá de 
esos ríos en que el oro se pescaba con redes, ni pensó más 
que en conseguir una parte del botín». 

El Rey, que tenía vivo interés en que se colonizara en 
forma «Tierra Firme», acogió favorablemente las propuestas 
que al efecto le presentaron el gentil y noble caballero bae- 
zano Diego de Nicueza y el experto navegante Alonso de 
Ojeda, respectivamente. El primero fué nombrado Goberna- 



294 SANTIAGO I. BARBERENA. 



dor de Veragua (atropellando los derechos que respecto a 
esa región tenía D. Diego el hijo legítimo de Colón) y el 
segundo de «Nueva Andalucía»; extendiéndose la jurisdic- 
ción de Nicuesa desde la mitad del Golfo de Urabá o del 
Darién hasta el Cabo Gracias a Dios, y la de Ojeda, desde 
la mitad de dicho golfo hasta el cabo de la Vela. 

Ambas expediciones fracasaron. Ojeda, después de va- 
rios combates con los indios, en que la fortuna le fué casi 
siempre adversa, logró establecer un embrión de colonia en 
el Golfo de Darién bajo la advocación de San Sebastián, mas 
las continuas hostilidades de los aborígenes y la escasez de 
víveres lo obligaron a ir en persona a traer refuerzos y vi- 
tuallas, y tras una serie de novelezcas aventuras, falleció 
en Santo Domingo. 

Nicuesa emprendió su expedición en 1509, con tan ma- 
la estrella, que tras varios desgraciados percances, tuvo que 
recorrer a pié una gran parte de la Costa Atlántica de Cos- 
ta Rica; trató de establecer una colonia en el Río Belén, que 
no tuvo mejor suerte que la que allí organizó Colón en su 
cuarto viaje, y por fin llegó al puerto de Bastimentos, don- 
de construyó un fuerte que denominó «Nombre de Dios». 

ínter tanto que esas peripepcias ocurrían el bachiller 
Martín Fernández de Enciso organizó otra expedición en 
Santo Domingo, para ir en socorro de Ojeda. Entre los ex- 
pedicionarios iba el célebre Vasco Núñez de Balboa, descu- 
bridor del Pacífico. El bachiller Enciso y sus secuaces sufrieron 
también muchos contratiempos, y a la postre llegaron a la 
desembocadura del Río de Darién, donde fundaron la po- 
blación de Santa María de la Antigua, en tierras pertene- 
cientes a la Gobernación de Nicuesa. 

Balboa logró pronto sustituir a Enciso en el mando de 
la colonia, no sin provocar serios trastornos. Para remediar 
éstos se resolvió llamar a Nicuesa para que se hiciese car- 
go del mando; pero éste tuvo la indiscreción de soltar cier- 
tas expresiones que le enagenaron la confianza de sus futu- 
ros subalternos, al grado que ni siquiera pudo desembar- 
car en Santa María, y al fin fué obligado a regresar en un 
mal barquichuelo, el lo. de marzo de 1511, sin que hasta 
hoy se sepa a donde fué a parar. 

Libre ya Balboa de rivales y competidores desplegó sus 
admirables aptitudes como militar y como gobernante, ha- 
ciéndose a la vez respetar y querer, y cultivando buenas 
relaciones con los caciques de las tribus vecinas á Santa 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA D E EL SALVADOR 295 

María, de los cuales sacaba con hábil modo provisiones 
de boca y oro en abundancia, sin perjuicio de ir Balboa a 
tomarlo cuando era necesario, lo cual aconteció más de 
una vez. 

Cuenta el cronista Herrera que deseoso Balboa de tra- 
bar amistad con el Cacique Camargo fue a visitarlo y que 
éste, sus siete hijos y los principales miembros de la tribu 
lo recibieron muy bien y le obsequiaron de diversos modos: 
el primogénito del cacique le regaló setenta esclavos y oro 
por valor de cuatro mil pesos. Balboa, después de apartar 
la cuarta parte correspondiente al Rey, trató de repartir el 
resto entre sus soldados, pero éstos metieron tal alboroto, que 
el hijo de Camargo donante del oro los reprendió amarga- 
mente por su codicia, diciéndoles que podían ir a adqui- 
rirlo en tal abundancia que llegarían a despreciarlo, yendo 
a cierto país en que había muchísimo oro. 

Calmado el tumulto y hecha la repartición, Balboa in- 
terrogó minuciosamente al hijo del cacique respecto a ese 
país, y fué en esa ocasión que tuvo por primera vez noti- 
cia de la existencia del otro Océano. Conocida es la histo- 
ria de la expedición que organizó e hizo para ir a buscarlo, 
logrando descubrir el Pacífico el 26 de septiembre de 1513 y 
tomar posesión de él, en nombre de España, el día 29, en el 
golfo que desde esa fecha se llamó de San Miguel. 

184. — Mientras Balboa realizaba su gloriosa odisea, En- 
ciso y sus parciales no se durmieron: fueron a la Corte y 
presentaron graves acusaciones contra el actual Gobernador 
de Tierra Firme, las que fueron atendidas por el obispo 
Fonseca (200), a la sazón arbitro de cuanto asunto se refe- 
ría a Indias, y enemigo de cuantos se metían a conquista- 
dores sin contar previamente con su apoyo. 

Por recomendaciones de ese prelado se nombró el 27 
de julio de 1513 Gobernador y Capitán de Castilla del Oro 
(nombre que desde entonces recibió Tierra Firme) a un hi- 
dalgo de Segovia llamado Pedro Arias de Avila (o Pedra- 
rias Dávila; por contracción), que aunque era ya setentón 
conservaba mucha energía; casado con doña Isabel de Bo- 
badilla, sobrina de la Condesa de Moya, que había sido 
gran amiga de Isabel la Católica. 

(200) Don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos (fallecido el 4 de noviembre 
de 1524) tuvo a su cargo la superintendencia de los negocios coloniales de España du- 
rante el Gobierno de Felipe II, y también de Carlos V. Fué deán y arcedeán de la Cate- 
dral de Sevilla, después obispo de Badajoz, luego de Córdova, en seguida de Palencia 
y por último de Burgos, a la vez que arzobispo de Rosano. 



296 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Pedradas salió de Sanlúcar el 12 de abril de 1514, lle- 
vando 15 navios y unos mil quinientos hombres, entre los 
cuales iba el obispo nombrado de Tierra-Firme, Fray Juan 
de Quevedo, y llegó al Darién el 30 de junio. Inmediata- 
mente buscó a Balboa, que estaba en la colonia de Santa 
María, y lo sometió a 'juicio de residencia. Condenándolo a 
pagar daños y perjuicios al bachiller Fernández Enciso. 

Desde los primeros días de su Gobierno se mostró Pe- 
dradas digno del expresivo título o apodo que le aplicó 
el P. Las Casas: Furor Dómini, por su carácter bélico, du- 
ro y sanguinario. Sus relaciones con Balboa eran cada día 
más tirantes, y aunque gracias a los esfuerzos de doña 
Isabel de Bobadilla y del obispo Quevedo, se creyó por 
un instante haberlos reconciliado, concediendo a Balboa, en 
señal de paz y amistad, la mano de una de las dos hijas 
que tenía Pedradas en España, doña M iría de Peñalosa, a 
la que nunca llegó a conocer Balboa, poco tiempo después 
y con un fútil pretexto fué degollado el descubridor del Pa- 
cífico, por orden de su suegro, en 1517. 

Ahora bien, desde 1516 principiaron los agentes de Pe- 
dradas a explorar la costa del Pacífico hacia el Oeste. 
Bartolomé Hurtado, enviado por el licenciado Espinosa, 
favorito del Gobernador, llegó hasta 60 leguas adelante 
de Nata, descubriendo así parte de la costa occidental de 
Costa Rica. 

Después de la fundación de Panamá (15 de agosto de 
1519) emprendió una expedición de descubrimientos el li- 
cenciado Espinosa, llevando por piloto a Juan de Castañe- 
da: Espinosa se quedó en Burica, en tanto que Castañeda 
y Hernán Ponce de León fueron al golfo de Osa (Golfo 
Dulce) y a la comarca de los Cuchiras, yendo después has- 
ta el golfete de San Vicente (antiguo puerto de Caldera). 
Así es como fué descubierto el Golfo de Nicoya por 
Castañeda y Ponce de León, por cuenta de Pedrarias, 
en 1519. 

185. — Con el descubrimiento de la Mar del Sur se abrió 
una nueva ruta para empresas marítimas: uno de los pri- 
meros que se presentaron en la Corte pidiendo licencia y 
auxilios para explorar el Pacífico fué Andrés Niño, piloto 
de mucha fama, pero falto de la influencia necesaria para 
conseguirlo. Esta circunstancia lo obligó a buscar una 
persona que estuviese en mejores condiciones a ese respec- 
to, y tuvo la fortuna de encontrar a un caballero de Avila 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 297 

llamado Gil González (201) contador de la isla Española 
y protegido del obispo Fonseca, quien logró arreglar satis- 
factoriamente el asunto, poniéndose, por supuesto, a la 
cabeza de la empresa. El 18 de junio de 1519 se firmó un 
contrato con el Rey para ir a descubrir hasta mil leguas 
por las costas del Pacífico, hacia el Oeste, quedando nom- 
brado Gil González Capitán General de la armada (v. el tomo 
XIV de los Documentos inéditos del Archivo de Indias). 

Se gastaron para arreglar la armada, 3.795,833 mara- 
vedises, de los cuales puso el Rey 1.800,000; Gil González, 
358,941; Cristóbal deHaro, 551,814, y Andrés Niño, 1.058,078; 
se componía de tres naos, Santa María de la Merced, de 
100 toneles; Santa María de la Consolación, de 75 toneles, y 
Victoria, de 55 toneles, compradas por Niño, y de 150 tri- 
pulantes, con todo lo necesario para fabricar barcos si fue- 
ra necesario. Salieron de Sanlúcar el 13 de septiembre de 
de 1519 y a principios de enero llegaron al puerto de Acia, 
fundado por Pedrarias en Castilla del Oro. 

En obsequio de la brevedad no referiré los titánicos 
esfuerzos e indecibles trabajos de Gil González y sus com- 
pañeros hasta lograr tener una flotilla en la isla de las Per- 
las, en el Pacífico, de donde salieron para el Oeste en 1522.. 

Gil González desembarcó en Chiriquí y siguiendo por 
tierra con 100 hombres, pasó por Burica, Golfo Dulce y 
Térraba hasta llegar a la bahía de Caldera, donde encon- 
tró sus naves. Continuó viajando por tierra, explorando el 
Golfo de Nicoya. En el pueblo de este nombre, capital dé- 
los Chorotegas, fué muy bien recibido y agasajado con oro. 
Pasó después a Nicaragua, donde descubrió el gran lago, 
y tras reñidos combates con los indios regresó a Panamá, 
(25 de junio de 1524), habiendo recorrido a pie unas 224 
leguas, y recogido bastante oro. Por su parte Andrés Niño 
descubrió el Golfo de Fonseca y llegó hasta el de Tehuan- 
tepeque, en México. 

En el territorio de Costa Rica continuaban luchando,, 
mientras tanto, por cuenta de Pedrarias, Diego de Albitez y 
después Francisco Campañón, sin que hubieran logrado so- 
meter al indomable cacique Urraca. 

Pedrarias quiso arrebatar a Gil González una parte 
siquiera del oro que había recogido; mas éste se escapó a 

(201). No debe confundirse este Gil González con su homónimo el erudito autor 
del Teatro eclesiástico de la primitiva Iglesia de las Indias Occidentales, que nació ha 
cia 1578 y murió en 1658. 



298 SANTIAGO I. BARBERENA. 



tiempo a preparar una segunda expedición, y Pedrarias, te- 
meroso de que su rival se le adelantase otra vez, organizó 
apresuradamente una escuadrilla al mando de Francisco 
Fernández de Córdova. 

Este caudillo fué el fundador de la ciudad de Bruse- 
las (cuya ubicación no es bien conocida), (202) a princi- 
pios de 1524, la cual contó muy pocos años de existencia. 
Después pasó a Nicaragua y fundó las ciudades de León y 
de Granada. 

185. — Gil González a su vez preparó una segunda ex- 
pedición, cuyo principal objeto era buscar el desaguadero 
del lago de Nicaragua y el estrecho dudoso entre ambos 
océanos. 

Emprendió la marcha con una pequeña escuadra, lle- 
vando 300 hombres y 50 caballos. Llegó a la costa de 
Honduras, de donde pasó al Golfo Dulce, perteneciente hoy 
a Guatemala. Allí fundó en 1524 la ciudad de San Gil 
de Buenavista, que duró muy poco tiempo. De San Gil se 
fue hasta el valle de Olancho. Al saberlo Fernández de 
Córdova, mandó a Hernando de Soto con unos cuantos sol- 
dados a atacar a Gil González, pero éste derrotó, por me- 
dio de un indigno ardid, al futuro adelantado de Florida y 
descubridor del Mississippi. 

Agravóse la situación con la llegada de un tercer pre- 
tendiente a colonizar Honduras: Cristóbal de Olid, enviado 
por Hernán Cortés, el conquistador de México. Embarcóse 
Olid el 11 de enero de 1524 en el puerto de Veracruz, al 
que llamaba San Juan de Chachicueca. A su paso por la 
Habana, el Gobernador de la isla, Diego de Velásquez y 
otros enemigos de Cortés, malearon a Olid, concertando 
con éste que ocuparía la tierra de Honduras en nombre del 
Rey, y que los beneficios que produjera la empresa se par- 
tirían entre él y Velásquez. 

El 3 de mayo de dicho año llegó Olid a Honduras, 
desembarcando en una rada que está a 15 leguas adelante 
de Puerto-Caballos, donde tomó posesión del país en nom- 
bre del Rey y de Cortés (pues no creía oportuno se supie- 
se todavía su arreglo con Velásquez) y fundó la villa del 
Triunfo de la Cruz. 



(202) Según el sabio historiador Dn. León Fernández, Bruselas estaba en la costa 
del Golfo de Nicoya, otros han creído que estuvo en la culata de ese golfo, y D. Manuel 
M. Peralta (cuya opinión acepta don Ricardo Fernández Guardia) la coloca cerca del 
Puerto de Puntarenas. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA D E EL SALVADOR 299 

Mas pronto llegó a oídos del conquistador de México 
la traición de Olid, y para castigarlo mandó inmediata- 
mente otra escuadra, al mando de su primo político Fran- 
cisco de las Casas. 

La fortuna se mostró al principio muy propicia para 
Olid, pues al poco tiempo de su llegada había logrado te- 
ner en su poder, en calidad de prisioneros, a Las Casas y 
a González. 

Pocos días después se trasladó Olid a Naco, llevando 
consigo a Las Casas, a González y a otros individuos, a 
quienes hospedó en su propia casa, tratándolos más como 
amigos que como prisioneros. 

Las Casas y González fraguaron una conjuración, prin- 
cipiando el primero de ellos por herir gravemente a Olid y 
hacerlo ultimar después. En seguida organizó Las Casas la 
Colonia lo mejor que pudo, regresando inmediatamente a 
México, llevando preso a Gil González, quien fue remitido 
a España, donde murió el 21 de abril de 1526. 

Al saber la audiencia de Santo Domingo lo acaecido 
en Honduras, mandó al fiscal Pedro Moreno para que res- 
tableciese el orden con instrucción de dejar la Gobernación 
de Nicaragua a Gil González, misión que desempeñó come- 
tiendo muchos abusos. Por su parte Fernández de Córdova 
se reveló contra Pedrarias en el mismo Nicaragua, con el 
propósito de que la Gobernación de esa colonia dependie- 
se directamente de la Audiencia de Santo Domingo. Eso 
obligó a Pedrarias a venir de Panamá a Nicaragua, logran- 
do pronto apoderarse de Fernández de Córdova. Juzgando 
estaba a éste cuando supo que don Pedro de Alvarado es- 
taba en Chorotega Malalacá: en el acto se traslada Pedra- 
rias a León, llevando a su prisionero y manda a Hernán 
Ponce de León, Andrés Garabito y Francisco Campañón a 
detener al adelantado de Guatemala; mas todo se redujo a 
unas cuantas discusiones sobre límites, de las que resultó 
que Alvarado enviase un comisionado especial, Gaspar A- 
rias de Avila, para que se viese con Pedrarias, ignorándo- 
se que instrucciones llevaba. Pedrarias entretanto hizo de- 
gollar a Fernández de Córdava. 

186. — Es de advertir que Cortés, no contento con ha- 
ber mandado a su primo Las Casas, resolvió ir personal- 
mente a Honduras: salió de México el 12 de octubre de 
1524, con numerosas huestes, gran pompa e inmensos per- 
trechos, y tras una marcha verdaderamente prodigiosa, a 



300 SANTIAGO I. BARBERENA. 



través de selvas vírgenes, venciendo incontables dificulta- 
des, arrostrando peligros y contratiempos, llegó cerca deí 
actual puerto de Livingston, perteneciente a Guatemala, 
donde supo que a dos jornadas de distancia, en la colonia 
de Nito, estaban los españoles, y poco después obtuvo de- 
tallada relación del fin trágico de Olid, y de que al partir 
Las Casas con Gil González para México dejó por gober- 
nador a un tal Armenia, a quien poco después ahorcaron 
los españoles, poniendo en su lugar a otro individuo, lla- 
mado Antonio Nieto. 

Cortés se trasladó incontinenti a la colonia de Nito, 
situada a unas dos leguas al Este de la boca del Río 
Dulce no lejos del local en que Gil González Dávila había 
fundado a San Gil de Buenavista. 

Encontró Cortés a los moradores de Nito, en la más 
espantosa miseria, así es que su primer cuidado fue pro- 
porcionar medios de subsistencia, para ellos y para la gen- 
te que él traía. Eso lo obligó a emprender una penosa 
excursión por la laguna de Izabal y Río Polochic y a 
cometer verdaderos actos de bandidaje con los indios de 
las comarcas vecinas, pasando Cortés y sus soldados apu- 
radísimos lances. Para disminuir los consumidores en Nito 
mandó una parte de su tropa a Naco, a las órdenes de 
Gonzalo Sandoval. 

De Nito se trasladó Cortés a Puertocaballos donde fun- 
dó la villa de la Natividad el 8 de septiembre de 1525. En 
seguida se fué a Trujillo recién fundado por orden de 
Francisco de Las Casas, nombrando Gobernador de la co- 
lonia a su primo Hernando de Saavedra. 

Sandoval procuró reorganizar la colonia de Naco, 
pero nuevos disturbios paralizaron sus esfuerzos: supo que 
cerca de allí andaban merodeando unos cuantos españoles 
y salió inmediatamente a buscarlos: eran unos cuarenta 
hombres al mando del Capitán Pedro de Garro, y pertene- 
cían a los parciales de Fernández de Córdova, e iban en 
busca del bachiller Moreno, para concertar con él que Ni- 
caragua dependiese en lo sucesivo de la Audiencia de San- 
to Domingo. 

Sandoval dio parte de lo ocurrido a Cortés y éste cre- 
yó que la ocasión era propicia para anexar a Nicaragua a 
su gobernación de Honduras, entendiéndose con Fernández 
de Córdova; mas la llegada de Pedrarias y consiguiente 
prisión de Fernández de Córdova hizo fracasar el proyecto. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 301 

Cortés recibió noticias alarmantes respecto a la situa- 
ción de México que lo obligaron a preparar inmediatamen- 
te su regreso a Nueva España, y aunque tropezó con algu- 
nas dificultades, logró al fin realizarlo: mandó el grueso de 
su ejército por tierra, al mando de Luis Marín, y él se fué 
por agua, desembarcando en Veracruz el 24 de mayo de 1526. 

D. Pedro de Alvarado, capitán de Cortés y conquista- 
dor de Guatemala, habiendo recibido carta de su jefe, lla- 
mándolo a Honduras, salió en seguida en busca de él; mas 
en la Choluteca se encontró con Marín, y enterado de lo 
que había pasado, determinó regresar a Guatemala, junto 
con los soldados de Cortés. Entonces fue cuando se verifi- 
caron las conferencias de Alvarado con los agentes de Pe- 
dradas, 

187.— Por real cédula escrita en Toledo el 20 de no- 
viembre de 1525 fué nombrado gobernador de Honduras 
Diego López de Salcedo, a quien también acometió la am- 
bición de apoderarse de Nicaragua, a la que llamó "Nuevo 
Reino de León», mas pronto cayó en poder de Pedrarias, 
que lo tuvo algún tiempo preso. Y este aventurero, depues- 
to de la Gobernación de Castilla del Oro, a causa de sus 
manejos, logró que se le nombrase Gobernador y Capitán 
General de Nicaragua, expidiéndosele el título de tal en 
Valladolid, el 1? de junio de 1527. 

En la relación que Pedrarias dirigió al Rey, escrita en 
León a 25 de enero de 1529, le pedía que los territorios 
que hoy componen las repúblicas de Honduras y de El 
Salvador, quedaran dentro de los términos de su jurisdic- 
ción; petición de que no se hizo caso. 



302 SANTIAGO I. BARBERENA. 



CAPITULO SEXTO. 
Conquista de Guatemala 



188. — Repetidas veces hemos mencionado en las páginas 
anteriores la conquista de México por Cortés y la de Gua- 
temala por Alvarado, y aunque no nos corresponde historiar 
ni una ni otra conquista, haremos no pocas referencias a 
la primera, al tratar de las proezas del Adelantado, y nos 
es indispensable narrar, aunque sea sumariamente, la se- 
gunda, preludio y base de la conquista de Cuzcatlán. 

No contento Cortés con el territorio que había sojuzgado 
en Méjico, dispuso que su predilecto capitán D. Pedro de 
Alvarado fuese a conquistar el reino de Guatemala, con 
intención, sin duda, de que abarcara las tierras que se dis- 
putaban Pedradas y Gil González en Honduras y Nicaragua,, 
pues a la vez dispuso, como queda dicho, fuese por mar a 
esas tierras Cristóbal de Olid, que salió primero que Alva- 
rado a desempeñar su comisión. 

Los cachiqueles (no los quichés, como lo da a entender 
Alvarado en una de sus dos cartas a Cortés) se habían 
apresurado a enviar una embajada a Cortés recabando su 
amistad, acto inspirado por el deseo y necesidad de con- 
traer alianzas, para combatir a sus vecinos y rivales, los 
utlatecos, con quienes vivían en perpetua discordia. 

Alvarado salió de México el 6 de diciembre (no el 13 
de noviembre, como asevera el P. Juarros) de 1523, trayen- 
do, según Bernal Díaz del Castillo, 300 soldados de infan- 
tería (de los cuales 130 eran ballesteros y escopeteros), 
120 de caballería, 200 indios auxiliares, tlaxcaltecas y 100 
mexicanos, con 4 piezas de artillería, 40 caballos de reser- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SAL VADOR 303 

va, buena cantidad de pertrechos de guerra, y gran número 
de tlamemes o cargadores. No hay tal que haya traído 10,000 
mexicanos y otros tantos acolhuas, como refiere el abate 
Brasseur de Bourbourg. Lo acompañaban también varios ca- 
balleros españoles, ávidos de hacer fortuna, y los clérigos 
Juan Godínez y Juan Díaz, en calidad de capellanes. (203) 

De paso y en la forma expedita y breve que empleaban 
los conquistadores con los indios rebeldes, vale decir san- 
guinaria y cruel, pacificó Alvarado ciertos pueblos de la 
provincia de Tehuantepec, en cuya cabecera fué bien reci- 
bido y se proveyó de abundantes vituallas. 

En el Soconusco principió Alvarado a encontrar oposi- 
ción, por más que Fr. Francisco Ximénez (cuya Historia, ya 
trunca por desgracia, se conserva inédita en Guatemala) 
asegure que fué acogido amistosamente y que no obstante 
eso devastó los pueblos de esa provincia. Por el contrario, 
un numeroso ejército de quichés y soconuscos salió al en- 
cuentro del conquistador, con el- cual tuvieron los españoles 
un reñido combate, cerca de Tonalá, logrando éstos desba- 
ratar las fuerzas indígenas. 

Por medio de algunos de los prisioneros que cogió 
envió recado a los jefes indígenas de Guatemala, notificán- 
doles su llegada, recordándoles que se habían sometido 
voluntariamente al Rey de España (lo cual sólo era en par- 
te cierto respecto a los cachiqueles) e intimándoles rendición, 
so pena de hacerles la guerra y reducirlos a servidumbre, 
como subditos rebeldes. 

189. — Los quichés no se amilanaron con motivo del 
descalabro de sus tropas en Tonalá, sino que organizaron 
inmediatamente otro ejército, aun más numeroso, apelando 
a los pueblos aliados de ellos. 

Ejercía la magistratura suprema de Ahau-Ahpop el 
principe Oxib-Queh, teniendo por adjunto o Ahpop-Camhá 
al príncipe Beleheb-Tzy; la de "gran elegido de Cawek" 
la desempeñaba Tecun-Umán (el anciano), y Tepepul es- 
taba investido con la dignidad de "Gran Sacerdote de 
Tohil". Tecún fué elegido general en jefe. 

Si bien es inaceptable, por evidentemente exagerado,, 
el número de soldados de que, según Fuentes y Guzmán, 



(203) El señor Milla hace ver que no es exacto que haya venido con Alvarado el mer- 
cedario Fr. Bartolomé de Olmedo, como lo asegura el Bernal Diaz impreso por Fr. Alonso 
Román, y que según el Titulo de la casa de Ixcuin Nihaib vinieron también cuatro francisca- 
nos (Fr. Gonzalo, Fr. Francisco, Fr. Domingo y Fr. Juan, Doctor) y aun dos dominicos. 



304 SANTIAGO I. BARBIiRENA. 



se componía el ejército quiche, sí ha de haber sido mucho 
mayor que el de los españoles. 

De Tonalá se dirigió Alvarado a Zapotitlán o Xetulul, 
capital de la provincia de Xuchiltepec. A los tres días de 
marcha atravesando las montañas desiertas de Palahunoh, 
capturó tres espías quichés, a los que no sólo trató muy 
bien, sino que aprovechó para mandar un nuevo requeri- 
miento pacífico a los señores de Xetulul. 

Como no obtuvo contestación ninguna continuó su 
marcha, y bien pronto avistó en las márgenes del Tilapa, 
límite entre el Soconusco y Xuchiltepec, a las huestes quichés, 
que venían a rechazarlo. Se trabó tremenda lucha, quedan- 
do victoriosos los españoles, a pesar de su inferioridad nu- 
mérica, gracias a su pericia y elementos bélicos con que 
contaban, nunca vistos por los indios. 

Por fin y después de otros varios encuentros logró 
apoderarse de Zapotitlán. 

Alvarado continuó avanzando hacia Tzakahá. Con gran 
trabajo subieron la gran cuesta llamada hoy de Santa María 
de Jesús, batiéndose a cada instante con los indios. Al 
llegar a la meta descubrieron un nuevo cuerpo de ejército, 
compuesto, según Alvarado, de unos 30,000 hombres, a los 
que lograron debelar, no sin gran trabajo. Alvarado buscó 
«n seguida un lugar apropiado para descansar, donde 
había unas fuentes; mas apenas se había apeado del ca- 
ballo, vio llegar otro cuerpo de ejército, que se dice iba al 
mando del príncipe Ahzumanché, pariente de Tecún y uno 
•de los principales jefes del Quiche. Trabóse al instante una 
nueva y aun más reñida batalla, de funestas consecuencias 
para los indios: Ahzumanché fué una de las víctimas. 

El terreno en que se libró ese combate está cruzado 
por el río de Olintepeque, cuyas aguas se enrrojecieron ese 
día con la sangre de los combatientes, por lo cual se le 
llamó desde entonces Xequiquel o "río de sangre"; si bien 
el P. Ximénez traduce de muy distinto modo ese vocablo: 
según él quiere decir "bajo del hule". 

Al siguiente día entró Alvarado en Tzakahá, y tres 
días después se trasladó a Xelahuh, situado a dos leguas 
de distancia (204), ciudad populosa, que encontraron com- 
pletamente desolada. 

(204) Cuenta el señor Milla (en la pág. X de la Introduc. a su primer tomo de Hist. 
de la América Central) que una de las ramas de la poderosa familia de los Mames tenía por 
capital a Qulahá, situada al pie del volcán de Excanul (Santa María), que habiéndose apo- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALV ADOR 305 

Tres días después recibió noticia Alvarado de que un 
nuevo ejército quiche venía a atacarlo: era el último cartu- 
cho con que contaba Tecún Umán para defender sus hoga- 
res, y esta vez venía él en persona a la cabeza de sus tropas. 

Alvarado dispuso salir al encuentro del enemigo, y en 
una hermosa llanura (probablemente la que queda entre 
Quezaltenango y Totonicapán) se verificó la batalla, último 
y estéril esfuerzo de los pobres quichés: Tecún murió glo- 
riosamente en el combate. 

Tal es, en resumen, la narración de los hechos ocurri- 
dos desde la invasión de Alvarado hasta la muerte de 
Tecún, consignada en la obra del señor Milla; mas respecto 
a muchos detalles encuentro notables variantes en los do- 
cumentos y autores que he consultado. 

La Isagoge histórica, por ejemplo, dice que fué en la 
cuesta misma de Santa María donde se verificó el combate 
que dio origen al epíteto Xequiquel, lo cual me parece una 
evidente equivocación del autor de ese escrito, porque dicho 
vocablo, a mi entender, significa literalmente "pie o falda 
ensangrentada ". Más bien el combate que a continuación 
refiere el mismo documento pudo dar origen a la tal deno- 
minación, pues se verificó yendo los indios en retirada,, 
arriba, al llegar "cerca de una colina de la cual se baja a 
una Vega por donde corre un bastante Río ", y fué tan re- 
ñido "que por mucho tiempo corrió convertido en sangre 
el Río de aquella Vega". 

Llegados los españoles al llano de Quezaltenango des- 
cubrieron el cuerpo principal del ejército quiche, al mando-_ 
del rey Tecún Umán, de su capitán general Ahzu Manché 
y del Gran Rodelero Ahpocob. Empeñada la refriega, en 
medio del furor de la batalla, dio muerte D. Pedro de Al- 
varado al monarca quiche. "Estando ya libre la campaña 
toda de enemigos, agrega la Ysagoge, entró el Exército Es- 
pañol en el gran pueblo de Quezaltenango". 



derado después los Quichés del territorio de los Mames, cambiaron el nombre a la capital, 
dándole el de Xelahuh o Xelahun quiche, que significa "bajo los diez venados" (*) 

Después (en la pág. 70 de dicho tomo) dice el señor Milla que los aztecas que acom- 
pañaban a Alvarado pusieron a Tzacahá el nombre de Quezaltenango; que esa población se 
trasladó pocos años después al lugar que hoy ocupa la metrópoli áltense, y que los vecinos 
de Xelahuh fueron obligados a trasladarse allí, por lo que le pusieron también ese nombre. 
Mas según el erudito anticuario guatemalteco D. Manuel García Elgueta, Zakahá ("agua 
blanca amarga") nunca se llamó Quezaltenango, fué siempre un pueblucho entre San Cris- 
tóbal y Salcajá, y Xelahuh o Quezaltenango siempre ha estado donde está. 

(*) Brasseur trata durísimamente a Fuentes y Guzmán porque éste dice que Xelahu 
significaba "bajo los diez señores". 

— 20— 



306 SANTIAGO I. BARBERENA. 



También el Título de la Casa de Yxcuin Nihaib refiere 
que en el encuentro ocurrido en el llano del Piñal, es decir, 
a orillas del Pachab, en el punto de Pakahá, donde estaba 
situada la población de Xelahuh, fué donde nuestro con- 
quistador mató a Tecún Umán, y añade: "lo estuvo miran- 
do muy despacio, (Alvarado al cadáver del rey) y estaba 
lleno de plumas de Quetzal, muy que por esto le quedó el 
nombre de Quezaltenango, porque aquí en este sitio, nombrado 
Pakahá, sucedió la muerte de este indio Capitán Tekún ". 

Según dicho Título después de esa acción los españoles 
continuaron persiguiendo y matando a los indios, "Eran 
tantos, dice, los indios que mataron, que se hizo un rio de 
sangre que viene a ser por Olintepek por eso se le quedó 
el nombre de quiquel, porque quedó el agua teñida de san- 
gre y también el día se volvió colorado por la mucha 
sangre que hubo aquel día". 

190. — Al saberse en Ufatlán la derrota y muerte de 
Tecún el pánico fué general: las mujeres y los niños huyeron 
a esconderse en las barrancas, para salvarse de los españoles, 
a quienes consideraban como seres sobrenaturales maléficos. 

Oxib-Queh y Beleheb-Tzy reunieron un Consejo, y 
todos convinieron en que no había otro recurso posible que 
apelar a la astucia para acabar con los teules, y a moción 
de un tal Cailil-Balam, príncipe de los Mems de Zakuleu 
se convino en llamar amistosamente a Alvarado y los 
suyos, hacerlos entrar en la ciudad, y una vez en ella darle 
fuego y caer sobre los españoles. 

Alvarado y sus compañeros hubieran caído en la em- 
boscada, pues creyendo sincera la sumisión de los quichés, 
entraron en Utatlán; mas ciertos indicios hicieron entrar en 
recelos a Alvarado, y, además, uno de los principales de 
Xelahuh logró descubrir el plan de los quichés y dio par- 
te al jefe español. 

Inmediatamente, pero sin dar la menor señal de des- 
confianza ni de enojo, sino pretextando que necesitaban 
salir al campo para que los caballos pastasen libremente, 
salieron de la ciudad. 

Al día siguiente fueron Oxib-Queh y Beleheb-Tzy a 
visitar al astuto conquistador, quien los recibió con la ma- 
yor amabilidad; pero al poco rato cayó sobre ellos una 
partida de soldados que los cargó de grillos y cadenas, lo 
mismo que a los principales de su séquito. Alvarado en- 
tonces, dando rienda suelta a su enojo, los reconvino durí- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 307 

simamente. Incontinenti fueron juzgados por un consejo de 
guerra, y condenados a ser quemados vivos, sentencia que 
se ejecutó al día siguiente, ante una multitud de indígenas, 
presa de asombro y de terror. 

«Espectáculo extraño a la verdad!, exclama el señor 
Milla. Un extranjero audaz, a la cabeza de un puñado de 
aventureros atrevidos, se arroga el derecho de declarar re- 
beldes y traidores a los que defienden la independencia de 
su país, y hace morir bárbaramente a los jefes de una na- 
ción grande y culta, que cuenta siglos de existencia.» 

Tal fue el triste fin de la monarquía quiche! 

El antedicho historiador dice que el horrible aconteci- 
miento que acabamos de recordar «debe haber tenido lugar 
en los primeros días del mes de abril del año 1524, duran- 
te la semana santa.» 

Hay en eso un evidente error cronológico: en el año 
juliano 1524 se tuvo 5 de áureo número; 21 de ciclo solar 
y C B de letras dominicales (dos, porque fue bisiesto). He 
calculado con esos elementos la fecha en que cayó la Pascua 
ese año, y resulta que fue el 27 de marzo. 

El señor Milla cita en apoyo de su cómputo una rela- 
ción de li conquista, que escribió el indio Diego Reinoso 
por orden del obispo Marroquín, relación que tuvo a la 
vista el historiador Fr. Francisco Ximénez, quien dice que 
en ella consta «que Tonatiú (Alvarado) llegó en el mes de 
abril, por Pascua de Resurrección.» Mas a mi entender la 
expresión «por Pascua de Resurrección» se refiere a la se- 
mana siguiente al Domingo de Pascua propiamente dicho, 
la cual semana se extendió ese año hasta el sábado 2 de 
abril. (205) Alvarado, pues, ha de haber llegado del 1? al 
2 de abril, y la ejecución de Oxib-Queh y de Beleheb-Tzy, 
ha de haber ocurrido el día 4 a más tardar, pero no du- 
rante la semana santa, que transcurrió en marzo. La carta 
de Alvarado a Cortés, en que le da cuenta de ese hecho, 
está fechada el 11 del mismo mes de abril. 



(205). Toda esa semana es de carácter esencialmente pascual: el lunes se conme- 
mora el acontecimiento de Emaus; el martes, la aparición del Señor en medio de los 
apóstoles; el miércoles, la aparición del Resucitado en el lago de Genesaret a Pedro y 
a los demás; el jueves, su aparición a María Magdalena en el jardín del Santo Sepulcro; 
el viernes, su aparición en un monte de Galilea, y el Evangelio del sábado trata de la 
aparición de Jesús a María Magdalena inmediatamente después de la Resurrección. 

El domingo siguiente al de Pascua fue llamado octava pashae o pascha clausura- 
y más tarde «domigo blanco,» dominica in albis, scil. deponendis, porque los neófitos 
llevaban hasta este día el vestido blanco que les habían puesto en el bautismo, sacra- 
mento que se administraba en Pascua. 



308 SANTIAGO I. BARBERENA. 



191. — Después de la espantosa tragedia que acabamos 
de relatar, Alvarado mandó arrasar Utatlán, y con objeto 
de tranquilizar a los quichés que se le habían sometido, 
sacó de la prisión en que los tenía a un hijo de Bele- 
heb-Tzy y a otro de Tecúu Umán, y los invistió con el poder 
real, ridículo simulacro de coronación, que de ningún modo 
puede considerarse como continuación de la monarquía quiche. 

En seguida se trasladó con su ejército a Ixinché o 
Tecpán-Quauhtemallan, capital de los cachiqueles, que de 
antemano se le habían ofrecido como amigos y aliados, 
coadyuvando a someter a los quichés. 

Los reyes Belehé-Qat y Cahi-Imox (de los que se ha 
hecho un solo personaje, el famoso Sinacán) salieron a re- 
cibirlo con grandes muestras de respeto y adhesión, con- 
duciéndolo al palacio de Tzupam, residencia que apenas 
ocupó un día, temeroso de una traición, prefiriendo alojarse 
en el del príncipe Chicbal. 

Los cachiqueles tuvieron la triste ocurrencia de solicitar 
la ayuda de Alvarado, para atacar a los zutohiles, impla- 
cables y sempiternos enemigos de los cachiqueles; petición 
que el conquistador acogió favorablemente, pues le permitía 
extender su dominación. Cinco días después de haber lle- 
gado a Ixinché salió Alvarado para Atitlán, tierra de los 
zutohiles, cuyo rey Tepepul hizo cuanto pudo para defender 
la autonomía de su nación; mas al fin tuvo que rendirse. 

De varias partes llegaron comisionados a rendir parias 
al invicto capitán español. Entre esos comisionados se dice 
que fueron los de los pipiles a pedirle auxilio contra los 
indios de Panatat, que con frecuencia talaban sus semente- 
ras. El hecho debe ser cierto, pero los pipiles en referencia, 
no eran los de Cuzcatlán, sino los que existían allende el 
Paz, y de que hablamos oportunamente. 

Alvarado accedió a la petición, mas tuvo antes que 
regresar a Ixinché. 

' Por entonces podemos decir que estaba ya el Reino 
de Guatemala, sometido a la dominación española. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 309 



CAPÍTULO SÉPTIMO. 
La conquista de Cuzcatlán. 



192. — A principios de junio, es decir, cuando la estación 
de las lluvias está ya plenamente entablada en estos países, 
salió de nuevo de Ixinché el incansable y valiente D. Pedro 
de Alvarado, el año de 1524, con un reducido contingente 
de tropa española y buen número de indios auxiliares, y 
se encaminó directamente a Itzcuintlán, capital de la provincia 
o cacicazgo de Panatacatl, en cumplimiento de la oferta que 
había hecho a los cachiqueles. 

En honor a la verdad, en esa expedición, que fué cuando 
vino a dar por vez primera a estas tierras cuzcatlecas, 
mostró Alvarado más que nunca la dureza de su corazón y 
los terribles desmanea de que era capaz. 

Toma por sorpresa a Itzcuintlán en altas horas de una 
obscura noche, y hace pasar a cuchillo a sus indefensos 
habitantes, siendo una de las víctimas el Señor de ese lugar. 
Ni la más ligera intimación precedió a tan tremenda carnicería. 
Cuando más tarde se le hizo cargo por ese hecho, contestó, 
por toda disculpa, que él había mandado llamar a los 
principales de aquella ciudad, y que éstos habían hecho matar 
a los mensajeros, lo cual, como observa el señor Milla, es 
completamente falso. 

Ocho días permaneció Alvarado en Itzcuintlán, arreglando 
la sumisión de las provincias cercanas, y enseguida continuó 
su marcha hacia el Sudeste, por la costa del Pacífico. 

Sucesivamente pasó por Atiepac, Tacuilula, Taxisco, 
Guazacapán, Chiquimulilla, Tzinacantán, Nancintlán y Paxaco, 
cometiendo no pocos abusos y tropezando con dificultades 
de todo género. (206) 

(206) Varios de esos lugares han desaparecido y aun se ignora donde estaban ubi- 
cados. 



310 SANTIAGO I. BARBERENA. 



A fines de junio atravesó Alvarado el río Paxa (hoy 
Paz), penetrando en el actual territorio de El Salvador. (207) 

193. — El primer pueblo a que llegó el conquistador, 
aquende dicho río, fué el deMojicalco (Moquicalco, se lee en 
el «Proceso de Alvarado» ), que se cree, según el historiador 
Milla, haya sido el hoy llamado Nahuizalco, el cual lo 
encontró completamente desolado, sin duda por haberse 
escondido en los montes los habitantes, al saber que se 
acercaban los españoles. 

En mi concepto, el lugar donde llegó don Pedro con 
su gente era la cabecera o metrópoli de la provincia «de 
los Izalcos » , llamada así por componerse de varios puebluchos 
o pajuyúes, pertenecientes todos a la misma tribu de los 
¡zaleos, y el nombre de la localidad debe haber sido 
Mochizalco, que significa «todos los Izalcos», para significar 
que era la capital de la tribu o nación. Dígase, pues, que 
llegó a Izalco. 

A orillas y al S. de esa población, en la quebrada de 
los Olotes, existe una poza, mejor dicho, una piedra, 
denominada, «de la Conquista», porque, según la tradición 
popular, en ese punto estuvo D. Pedro de Alvarado y desde 
allí requirió a los indígenas para que se sometieran a 
España. 

De Izalco pasó nuestro conquistador a Acatepec, población 
que también encontró solitaria. 

No sé que nadie haya tratado de averiguar qué lugar 
se llamaba así y dónde estaba situado. 

Para mí Acatecpán (como creo debe decirse) es el pueblo 
a que el Oidor García del Palacio da el nombre de Tecpa 
(vocablo que el cronista Herrera convirtió en Tupa), arruinado, 
probablemente cuando el San Marcelino hizo su última y 
formidable erupción, el 12 de marzo de 1722. (208) 

Los vecinos de Armenia (antiguo Guaymocó) conservan 
el recuerdo de la existencia de San Juan Tecpán, cuyos 
moradores se refugiaron allí después de la catástrofe antedicha, 

(207) Según el señor Milla la expedición de que tratamos duró 45 días, concluyendo 
el 21 de julio, día en que Alvarado regresó a Ixinche; de manera que ha de haber co- 
menzado hacia el 6 de junio. En tal caso no es posible que haya permanecido 8 días en 
Itzcuintlán, otros 8 en Nancintlán y 17 en Cuzcatlán, como dice ese historiador, pues ape- 
nas quedarían 12 días para el viaje de ida y el de regreso, lo cual es absolutamente 
inverosímil. Es este un punto que necesita especial estudio; entre tanto me reduzco a 
consignar esta advertencia. 

(208) El doctor Frantzins, en una de las notas con que ilustró su edición de la 
carta del Oidor García del Palacio, tuvo la desgraciada ocurrencia de asimilar Tecpa con 
Tecapa o Alegría. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA D E EL SALVADOR 311 

y ofrecieron a los guaymocos hacer comunidad de intereses 
con ellos, lo que les fué concedido: tal es, dicen, el origen 
del barrio de San Juan, en Armenia. En 1753 se englobaron 
en una sola medida las tierras de ambos pueblos. 

San Juan Tecpán ha de haber estado situado en o 
cerca de la actual hacienda de Las Lajas; yo creo que 
quedaba un poco al Sur. 

Réstame explicar el prefijo de Acatecpán. 

Ac o acá entraña en náhuatl, según el P. Olmos, la 
idea de gobierno, de mando, de soberanía, y se ha de haber 
antepuesto al nombre de pueblo para indicar que éste era 
la cabecera o capital de la tribu, como Mochizalco respecto 
a los Izalcos. 

Confirma mi aserto el que esta última cabecera, Izalco, 
era también designada con el nombre de Tecuzalco, según 
consta en un informe que dio la Municipalidad de esa 
ciudad a la Dirección General de Estadística el 22 de marzo 
de 1895. El prefijo tecu es contracción de tecutli= «amo, 
señor», y su anteposición a Izalco (cuya i se omitió por 
razón de eufonía) tuvo el mismo objeto que la de ac o acá 
a Tecpán. 

Las dos tribus estaban fusionadas en la época en que 
estuvo el Oidor García del Palacio, correspondiendo la 
supremacía a la de Izalco, de lo cual nada dice él; masen 
el Capítulo que celebró la Provincia de San Vicente de 
Chíapa y Guatemala, de la orden de San Francisco, el 20 
de enero de 1570, al tratarse de la fundación de una Casa 
en la provincia de los Izalcos, se da a la metrópoli de ellos 
el nombre de Tecpanizalco, que indica claramente que 
estaban fusionadas, dependiendo Tecpán de Izalco. (V. la 
Hist. del P. luarros, t. II, p. 106 de la edic. de 1857). 

194. — De Acatecpán se dirigió D. Pedro a la costa 
propiamente dicha, llegando hasta Acaxual, «donde baten 
las olas», que ha de haber sido un lugarejo próximo al 
mar, un poco al Este de la actual puerto de Acajutlá, y 
dependiente del pueblo de Tacuzcalco, de que pronto 
hablaremos. 

De Acaxual, donde no se detuvo, continuó marchando 
el conquistador, tomando una dirección casi contraria a la 
que traía, hacia el interior: a media legua de distancia, en 
la llanura, descubrió al ejército enemigo (organizado, a lo 
que parece, en Tacuzcalco), viéndose ondear los vistosos 
plumeros de los jefes. Detúvose el experto capitán, tanto 



312 SANTIAGO I. BARBERENA. 



para esperar al grueso de su gente, que se había quedado 
un poco atrás, con su hermano Jorge y D. Pedro Portocarrero, 
como para reconocer el campo. Pronto descubrió una montaña 
vecina, a la que era posible se acogiesen los indios al ser 
derrotados, y para privarlos de ese auxilio recurrió a una 
de sus acostumbradas estratagemas: dio orden de contramarcha, 
para que los indios, creyendo que los españoles huían 
atemorizados, los persiguiesen, y así los llevó hasta alejarlos 
de la susodicha montaña, y enfrentándoseles entonces brusca- 
mente, los atacó con vigor, haciéndoles destrozos con la 
caballeiía. Los pobres indios, por lujo de precaución llevaban 
armaduras de algodón acolchado, que les cubrían el cuerpo 
entero, pero tan pesadas e incómodas, que a los que caían 
les era imposible volver a ponerse en pie; sin embargo, 
lograron herir a bastantes españoles, inclusive D. Pedro de 
Alvarado, que recibió un flechazo en la pierna izquierda, 
que lo dejó lisiado para el resto de su vida. 

Terminado el combate, los españoles se replegaron al 
caserío de Acaxual, donde permanecieron cinco días. 

195. — De Acaxual pasaron a Tacuxcalco, que también 
encontraron solitario; mas pronto descubrieron que venía 
un gran ejército a atacarlos, gracias a que Alvarado envió 
a Portocarrero y otros emisarios a hacer un reconocimiento 
por los alrededores del pueblo. Inmediatamente salió al en- 
cuentro de ellos, yendo Jorge a la descubierta con cuarenta 
jinetes. La fuerza que venía aatacarlos era en efecto numerosa 
y la mayoría de los soldados con enormes lanzones de 30 
palmos de largo. Alvarado contaba con 250 españoles y 
como 6,000 indios auxiliares, que distribuyó en tres cuerpos: 
el ala izquierda, al mando de Gómez de Alvarado, hermano 
del conquistador, con veinte caballos y unos cuantos infantes; 
el ala derecha, al mando de Gonzalo, también hermano de 
D. Pedro, con 30 jinetes y otros cuantos infantes; y el 
centro, a cargo de Jorge, con el resto de los españoles y 
con los indios auxiliares. D. Pedro, que no podía tomar 
parte activa en el combate, por no estar aún curado del 
flechazo, se situó en una pequeña eminencia, desde donde 
podía dirigir la acción. 

La refriega duró pocas horas, pero fué sumamente 
desastrosa para los indios, que quedaron completamente 
develados. 

Las ruinas de Tacuxcalco se encuentran a un kilómetro 
al Sur de Sonsonate. Ha de haber sido un pueblo grande 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 313 

en la época de la conquista, sin duda el principal de la 
comarca, a juzgar por el ejército que reunió. Todavía existia 
cuando se verificó nuestra Independencia de España; mas 
en 1823, el P. José Antonio Peña declaró que quedaría 
descomulgado el que osara seguir viviendo allí, por haber 
sido profanado el templo por unos campistos de la hacienda 
del Mico, quienes estando borrachos, riñeron y uno de ellos 
fué a caer al propio atrio del templo. La sentencia del P. 
Peña fué plenamente obedecida, y en consecuencia Tacuxcalco 
fué abandonado por sus habitantes. 

De Tacuxcalco pasó Alvarado a Miahuaclán, cuyos 
vecinos se escondieron, y en seguida a Atehuán (que se 
supone ser el que hoy llamamos Ateos), ya en tierras del 
señorío de Cuzcatlán. 

196. — Las autoridades de Atehuán estaban preparadas, 
de orden superior, para recibir amistosamente a los españoles 
y proporcionarles los auxilios necesarios. Allí se presentaron 
a Alvarado unos agentes especiales de Atlacatl (v. el N? 
105), a ofrecer su obediencia y la de sus vasallos al Monarca 
de Castilla. 

Inmediatamente se trasladó la columna expedicionaria a 
la cabecera del señorío, donde fueron muy bien recibidos 
y alojados, sin que nada les faltara; sin embargo, en su relación 
a Cortés se queja de que el pueblo de Cuzcatlán huyó a 
los montes mientras él estaba aposentando a sus tropas, lo 
cual debe tener mucho de cierto, pero ha de haber sido a 
causa de abusos de la soldadezca invasora, de los que D. 
Pedro hacía siempre caso omiso en sus informes. 

He aquí los duros términos en que el P. las Casas 
narra en su tratado de La destrucción de las Indias la 
conducta de Alvarado en Cuzcatlán: «De infinitas obras 
horribles que en este reino hizo este infelice malaventurado 
tirano y sus hermanos, porque eran sus capitanes no menos 
infelices e insensibles que él con los demás que le ayudaban, 
fué un harto notable, que fué a la provincia de Cuzcatlán, 
donde agora o cerca de allí es la villa de San Salvador, 
que es una tierra felicísima, con toda la costa de la mar 
del Sur, que dura cuarenta y cincuenta leguas; y en la 
ciudad de Cuzcatán, que era la cabeza de la provincia, le 
hicieron grandísimo recibimiento, y sobre veinte o treinta mil 
indios le estaban esperando cargados de gallinas y comida. 
Llegado y recibido el presente, mandó que cada español 
tomase de aquel gran número de gentes todos los indios 



314 SANTIAGO I. BARBERENA. 



que quisiese para los días que allí estuviesen servirse de 
ellos y que tuviesen cargo de traerles lo que hubiesen 
menester. Cada uno tomó ciento o cincuenta, o los que le 
parecía que bastaban para ser muy bien servidos, y los 
inocentes corderos sufrieron la división y servían con todas 
sus fuerzas, que no faltaba sino adorarlos. Entre tanto, este 
capitán pidió a los señores que le trajesen mucho oro, 
porque a aquello principalmente venían. Los indios responden 
que les place darles todo el oro que tienen, y ayuntan muy 
gran cantidad de hachas de cobre (que tienen, con que se 
sirven) dorado, que parece oro, porque tiene alguno. Mándales 
poner el toque, y desque vido que era cobre dijo a los 
españoles: «Dad al diablo tal tierra; vamonos, pues que no 
hay oro, y cada uno, los indios que tiene que le sirven 
échenlos en cadena y mandaré herrárselos por esclavos». 
Hácenlo así y hiérranlos con el hierro del rey por esclavos 
a todos los que pudieron atar, y yo vide el hijo del señor 
principal de aquella ciudad herrado. Vista por los indios 
que se soltaron y los demás de toda la tierra tan gran maldad, 
comienzan a juntarse y a ponerse en armas. Los españoles 
hacen en ellos grandes estragos y matanzas y tórnanse a 
Guatemala . . . . » 

De buen grado admito que ha de haber alguna exageración 
en las palabras transcritas del obispo las Casas, pero también 
un gran fondo de verdad. Coinciden en esencia con uno de 
los cargos (el XXIV) hechos a Alvarado, en el juicio de 
residencia que se le siguió en 1529, el cual dice a la letra: 
«Iten si saben etc., que llegado el dicho Pedro Dalvarado 
con la gente a otro pueblo principal que se dize Coscatlan 
que es el mas principal de aquella provincia los señores e 
principales del le salieron a recibir de paz e le tenían por 
los caminos muchos montones de frutas e de otras cosas 
de comer e llegados al dicho pueblo se aposentaron los 
españoles e los dichos yndios les proveyan muy bien de 
agua e leña e yerva e comida e de las otras cosas necesarias 
estando ansy de paz el dicho Pedro Dalvarado mando a 
los españoles cada uno tómaselos mas deellos quepudiese e los 
guardase por que se quería bolver de allí e dende a ciertos 
días mando que todos los españoles traxesen todos los 
yndios que trayan ansi del dicho pueblo como de los otros 
pueblos contenidos en las preguntas antes desta e los dichos 
señores los traxeron todos e el dicho Pedro de Alvarado 
los hizo herrar e los dio por esclavos syendo libres e se 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 315 

bolvio a Guatemala haziendo guerra e destruyendo los 
pueblos por donde yva». 

Los cuzcatlecos que escaparon de las garras de Alvarado 
y sus soldados huyeron a los montes, y ni por buenas ni 
por malas logró D. Pedro que volviesen a la población, 
negativa que el audaz aventurero tuvo la audacia de reputar 
como un acto de rebeldía y en consecuencia fraguó un 
proceso, según él mismo refiere en su segunda carta a 
Cortés, y sentenció a los señores de Cuzcatlán a muerte de 
horca, y a los demás a ser vendidos como esclavos, para 
pagar con el producto de la venta de ellos el precio de 
once caballos que habían muerto y las armas y pertrechos 
que se habían perdido. 

Diez y siete días permaneció el ejército en Cuzcatlán 
sin que pudiera decirse hasta entonces que estuviese 
conquistado y sin adelantar nada a ese respecto, por lo 
cual, y en atención al rigor del invierno, determinó Alvarado 
regresar a Ixinche, a donde llegó el 21 de julio, después 
de 45 días de ausencia. (V. la nota 207) 

Conforme a la relación" histórica del P. Juarros la 
conquista de Cuzcatlán se verificó a fines de 1524, o a 
principios de 1525, y aduce como prueba o por lo menos indicio 
de que Alvarado logró someterlo el que este caudillo lo 
haya atravesado sin obstáculo alguno en 1526, yendo de 
Guatemala a Honduras, si bien a su regreso la encontró 
sublevada y tuvo que sojuzgarla de nuevo, respecío a lo 
cual pronto daremos nuestra opinión. 

El mismo buen éxito atribuye el abate Brasseur de 
Bourbourg a la expedición de Alvarado en 1524, en la carta 
que escribió al editor de la «Gaceta de Guatemala * el 17 
de septiembre de 1866: «El manuscrito cachiquel que he 
traducido, dice que Cuzcatlán fué conquistado por Alvarado 
el mismo año que fundó a Guatemala. Su expedición fué 
de las más rápidas. Veinticinco días después de la reducción 
de Atitlán marchó sobre lo que hoy es Estado del Salvador, 
y en una batalla derrotó todas las fuerzas del rey de Cuz- 
catlán. Este príncipe, que se llamaba Atonal (Sol del agua) 
pereció en el combate junto con la flor de sus guerreros y 
sus Estados fueron presa de los castellanos. En cuarenta 
días sometió Alvarado ese hermoso país y se volvió a 
Guatemala ». 

Mas yo he preferido la narración de Milla, ajustada a 
las cartas del conquistador mismo, que coinciden a ese 



316 SANTIAGO I. BARBERENA. 



respecto con lo que refiere el cronista Herrera en su Historia 
general: «. . . . y habiéndose detenido aquí (Alvarado en 
Cuzcatlán) veinte días, sin poder atraer a esta gente, se 
volvió a Guatemala». (Cap. X del Libro V de la Década III). 

197. — Cuatro días después de haber regresado Alvarado 
a Ixinché, el 25 de julio de 1524 (que en ese año cayó en 
lunes), fundó solemnemente en ese lugar la villa de Santiago 
de los Caballeros de Goathemala, que ya a fines de ese 
mes era llamada ciudad. 

Insaciable sed de oro indujo a D. Pedro a cometer con 
los cachiqueles, y muy especialmente con Belehé-Kat y 
Cachi -Imox, actos de excesiva violencia y crueldad, que 
provocaron una insurrección que costó bastante debelar. 

Los quichés y loszutohiles, enconados con los cachiqueles, 
cometieron la infamia de ayudar a los españoles en la guerra 
de exterminio que éstos emprendieron para sofocar la rebelión. 

Alvarado se vio obligado a trasladar la ciudad a otro 
sitio, estableciéndola en un lugar llamado Xepau, cuya 
ubicación precisa se ignora, y donde permaneció la capital 
muy poco tiempo. 

A fines de 1524 o a principios de 1525 es más que 
probable hayan emprendido los españoles una segunda 
expedición a Cuzcatlán, que tuvo mejor éxito que la primera, 
pues existe prueba fehaciente de que ya en mayo de 1525 
existía la villa de San Salvador. 

Desgraciadamente no se conocen los detalles de esa 
segunda expedición, de cuya realidad no dudaban el P. 
Ximénez y el señor Milla. 

Según el Dr. D. Alberto Luna, esa segunda expedición 
venía capitaneada por D. Diego de Alvarado y salió de 
Guatemala a principios de noviembre de 1524, llegando (a 
causa del mal estado de los caminos y de las dificultades 
que ofrece la marcha en país desconocido) hasta el 6 de 
diciembre al valle de Suchitoto, y en uno de los días 
restantes de ese mes fundó la villa de San Salvador en el 
paraje de la Bermuda. 

En los últimos meses de 1525 trató Alvarado de 
emprender viaje a México, proyecto que fué muy mal acogido 
por el Ayuntamiento y por los allegados al conquistador. 
El personal del Ayuntamiento de 1526 fué menos hostil a 
la idea, mas en enero de 1526 recibió Alvarado la carta de 
Cortés en que lo llamaba a Trujillo, y le fué forzoso dejar 
para más tarde su viaje a México. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 317 

El señor Milla refiere en la página 165 del primer tomo 
de su Histotia las dificultades con que tropezó Alvarado 
para organizar su expedición a Honduras, y que al fin la 
emprendió tomando el camino de Cuzcatlán. Atravesó el 
Lempa, cruzó la provincia de Chaparraxtique y llegó a la de 
Choluteca. Allí encontró, como referimos en el número 186 
a Luis Marín, con una parte del ejército de Cortés, y de 
allí regresaron todos juntos para Guatemala. 

198. — Bernal Díaz del Castillo, que venía con Marín, 
refiere en su Verdadera historia algunos detalles de la 
contramarcha de Alvarado: dice que en Chaparraxtique fué 
hostilizado por los indios el ejército castellano; que de una 
partida de soldados que andaba buscando provisiones, mataron 
a uno e hirieron a otros tres; mas no da ningún indicio de 
que entonces haya estado ya fundado San Miguel, que ya 
lo hubiera estado, a ser cierto que Gil González de Avila 
fué el fundador, como lo asevera Francisco Montejo, en la 
carta que escribió al rey en Gracias a Dios, el 1? de junio 
de 1539. 

Encontraron muy crecido el río Lempa, y para pasarlo 
tuvieron que fabricar con un tronco de ceiba una canoa, que 
resultó bastante grande, como que Díaz de Castillo declara 
que no había otra igual en el país. 

El historiador Milla, en la segunda nota de la página 
173 del tomo I de su Historia, atribuye a olvido de Díaz del 
Castillo el que éste refiera que el paso de Lempa fué antes 
de la llegada a Chaparraxtique; mas fué el señor Milla 
quien cometió el olvido, pues no dudo haya leído y releído 
la Recordación Florida, en la que consta el siguiente pasaje, 
que confirma y aclara la narración del ilustre cronista: 
«Venía don Pedro más aumentado de gente; con que traía 
consigo a Luis Marín y a Bernal Díaz del Castillo con los 
soldados de su cargo, y a esta causa se hacía más penosa 
aquella detención (para fabricar la canoa), respecto del grande 
gasto de vituallas que se crecía; pero perfeccionada la canoa, 
fué necesario gastar cinco días en pasar el río, y propasado 
el ímpetu de su curso, llegaron al pueblo de Chaparraxtique, 
que aun todavía es en la provincia de San Miguel ; y 
habiendo los indios de este pueblo obrado mal con ciertos 
soldados, por lo acelerado de la jornada, se quedó sin 
remedio el haber muerto a Nicueza y herido a otros tres 
de aquel ejército, poniéndose en armas sin ocasión alguna». 
(Cap. II, Lib. IV) 



318 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Que los chontales de Chaparraxtique se extendían 
aquende el Lempa, por ese lado, lo confirma la carta del 
Oidor García del Palacio, pues dice que en Ixtepeque (que 
está cerca de la ciudad de San Vicente) «comienza otra 
lengua de indios, que llaman los chontales. ...» 

Aunque se dice, y es natural que así haya sido, que 
la rebelión de los indios se extendió hasta Cuzcatlán, Bernal 
Díaz del Castillo, testigo ocular y fidedigno, refiere que 
fueron bien recibidos en ese lugar, donde les suministraron 
abundantes mantenimientos. Las batallas que el cronista 
Vázquez y el historiador Juarros cuentan se libraron entre 
españoles y cuzcatlecos en esa ocasión, son imaginarias, 
inclusive, por supuesto, la famosa del 6 de agosto de 1526, 
que fué, según ellos, la decisiva, la que dio origen a que 
se diese el nombre de San Salvador a la primera y principal 
villa que los españoles fundaron por acá. 

199. — El 14 de agosto de 1529 se presentó al Ayun- 
tamiento de Guatemala un tal Francisco de Orduña, a quien la 
Audiencia de México había nombrado Alcalde Mayor, Juez 
de Residencia, Gobernador y Capitán General de Guatemala, 
cargos que a la sazón desempeñaba interinamente Jorge de 
Alvarado, por ausencia de D. Pedro. Poco tiempo después 
Orduña mandó al capitán Diego de Rojas, para que tomando 
60 españoles de la villa de San Salvador y un cuerpo de 
indios auxiliares, fuese a reducir ciertos pueblos ultralempinos 
que se habían revelado. 

Buen trabajo le costó a Rojas desempeñar la comisión 
que se le había dado: al llegar a Lempa se encontró con 
que en la orilla opuesta había una nube de indios, dispuestos 
a impedirle que lo pasara; mas logró pasarlo con su gente, 
valiéndose de unas cuantas canoas, batiéndose con los indios, 
que hirieron con sus flechas a veinte españoles. Continuó 
el combate en tierra, y al fin tuvieron que volver la espalda 
los indios, corriendo a acogerse en un peñón, a donde Rojas 
les plantó sitio, durante cerca de un mes, pues no se 
consideraba suficientemente fuerte para dar el asalto. 

Se trató en seguida de un arreglo, para que se sometiesen 
los rebeldes, pero cuando ya estaba bastante adelantado el 
asunto, un indio sirviente de Rojas !e dio parte de que 
había averiguado que todo aquello era una comedia, que ya 
los sitiados se habían entendido con los indios auxiliares, 
para en un momento dado caer sobre los españoles y 
matarlos. Rojas inmediatamente prendió a los jefes de los 



HISTORIA ANTIG UA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 319 

rebeldes, los cuales confesaron el plan que tenían, y en 
consecuencia fueron ahorcados. 

Intertanto recibió Rojas aviso de que a dos jornadas 
de distancia se encontraba un grupo de españoles, lo cual 
le produjo gran alarma, y a fuer de valiente dispuso ir con 
cuatro infantes, otros tantos jinetes y unos pocos indios auxi- 
liares, a averiguar quiénes eran y qué querían. Pronto topó 
a los invasores, que eran nada menos que 110 infantes y 
90 soldados de caballería, a las órdenes de Martín Estete, 
agente de Pedrarias Dávila, gobernador de Nicaragua, los 
cuales se dirigían a San Salvador. 

Estete prendió a Rojas y a los ocho españoles que lo 
acompañaban; mas los indios auxiliares que llevaba se 
escaparon de caer, y volaron a dar parte al resto de la 
fuerza, que había quedado atrás, y ya juntos se replegaron 
inmediatamente a San Salvador. 

El Alcalde de esta villa comunicó al Ayuntamiento de 
Guatemala la que había ocurrido, y aquel cuerpo, constitu- 
yéndose en Cabildo abierto, bajo la presidencia de Orduña, 
tuvo la candidez de resolver, a iniciativa del visitador, que 
fuese un escribano a requerir en forma legal a Estete pusiese 
en libertad a los presos y saliese en seguida de la provincia. 
Fué, en efecto, el escribano; mas el agente de Pedrarias se 
negó a poner en libertad a Rojas y los otros ocho españoles 
y a salir de la provincia, so pretexto de que ésta correspondía 
a la gobernación de Nicaragua, y amenazando con sacar él 
a los españoles que estuviesen en ella. 

Reunido segunda vez el Cabildo abierto en Guatemala, 
y enterado de la contestación de Estete, propuso Orduña 
que se diese parte de lo ocurrido a la Audiencia de México, 
lo cual, por supuesto, pareció a todos harta negligencia, y 
requirieron a Orduña para que fuese en persona a lanzar a 
Estete. (209) 

El Visitador se avenía a ir, con tal de que se le 
proporcionase la tropa necesaria para guarda de su persona. 
Se hizo un llamamiento a las armas, pero sólo se presentaron 
unos sesenta, que no le parecieron suficientes a Orduña 



(209) El señor Milla, a propósito de la invasión de Estete, dice que la Gobernación 
de Guatemala llegaba por este lado hasta el río Lempa. Eso no es exacto: la expedición 
misma de Rojas, a pacificar o reducir pueblos ultralempinos, prueba que llegaba la ju- 
risdicción más allá de ese rio. La fundación de San Miguel, pocos años después, por 
orden de Alvarado, y la reunión de sus naves en el puerto de Amapala, cuando em- 
prendió su expedición al Perú, confirman que la jurisdicción de Guatemala llegaba por 
ese lado hasta la bahía de Fonseca, desde los primeros años de la colonia. 



320 SANTIAGO I. BARBERENA. 



(quien exigía lo menos cien), y a la postre recayó la comisión 
en el capitán Francisco López. 

Cuando salió éste de Guatemala, en marzo de 1530, 
hacía va algunos días que Estete había llegado a San 
Salvador, y requerido a su Ayuntamiento lo reconociese 
como gobernador, a lo cual se negó la Corporación, confiada 
en que pronto llegaría auxilio de la metrópoli, y el agente 
de Pedradas, en obvio de dificultades, creyó oportuno fundar 
otra villa y crear otro Ayuntamiento, y en efecto estableció 
la «Ciudad de los Caballeros», en Perulapán, no lejos del 
sitio que entonces ocupaba San Salvador. 

Estete, que por lo visto era un follón, al saber que se 
acercaba López a Perulapán, salió para Chaparraxtique, 
llevándose unos dos mil indios cuzcatlecos herrados, y como 
el Síndico del Ayuntamiento que él había creado se oponía 
a que se los llevase, lo mandó ahorcar antes de emprender 
la marcha, barbaridad que disgustó a sus soldados, quienes 
empezaron a desertar, yendo a incorporarse a la fuerza que 
venía de Guatemala. 

López alcanzó a Estete como a doce leguas más allá 
del Lempa, y aunque aquél tuvo intención, según dicen, de 
resistir, viendo que su gente estaba disgustada, optó por 
ponerse en cobro, huyendo con unos cuatro de sus más 
allegados, con destino a Nicaragua. 

La tropa de Estete, al verse abandonada, puso en 
libertad a Rojas y demás presos, soltó a los indios cuzca- 
tlecos y se presentó voluntariamente a López, quien permitió 
a varios de los españoles que componían dicha tropa que 
regresaran a Nicaragua. 

El éxito de esa expedición fué parte para que los indios 
de esta provincia permaneciesen en paz durante cuatro o 
cinco años, 

Vamos ahora a dar algunos detalles respecto a la 
fundación de San Salvador, respecto a la cual hay algunas 
dudas y se han propalado varias patrañas. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 321 



CAPTULO OCTAVO. 
Fundación de San Salvador. 



200. — Como indicamos en el capítulo anterior, es muy 
probable que San Salvador haya sido fundado en diciembre 
de 1524 por D. Diego de Alvarado, primo del conquistador, 
y que el lugar que se escogió para establecer esa villa fué 
el paraje de la Bermuda, a unos ocho kilómetros al Sur de 
Suchitoto. 

Si se quiere precisar la fecha tal vez la más plausible 
sea el 25, día en que la Iglesia celebra el nacimiento del 
Salvador del Mundo. 

Por el Libro de Actas del Ayuntamiento de Guatemala, 
correspondientes a los años de 1524 a 1530, palografiado 
por D. Rafael Arévalo e impreso en Guatemala por D. 
Luciano Luna, en 1856, sabemos que en el mes de mayo 
de 1525 existía ya la villa de San Salvador, de la que era 
Alcalde Diego Holguín. 

Poco tiempo permaneció la población en el sitio de la 
Bermuda, porque pronto se reconoció que era un lugar 
sumamente perseguido por los rayos, por lo cual fué trasladada 
al lugar que hoy ocupa, que por lo frecuente que allí tiem- 
bla la tierra lo llamaron «Valle de las Hamacas». (210) 

Aun subsisten en la Bermuda los restos o rafiros, como 
dice el P. Vásquez en su famosa Crónica, que indican 
claramente que allí estuvo asentada la población. 

(210> El P. Motolinia vino a San Salvador cuando todavía estaba en la Bermuda, 
y cuenta como cosa notable que allí «son (los truenos) muy desaforados y espantosos, 
tanto, que pone grima y muy gran temor morar en aquella villa.» 

Scherzer (Wanderungen duren die Mittel-Amerika's freistaaten Nicaragua, Hon- 
duras und San Salvador, 1854) asevera, ignoro con qué fundamento, que San Salvador 
se trasladó de la Bermuda a su asiento actual, hacia 1538 ó 1539: por motivo de grandes 
temblores, ignorando, por su puesto, que era peor, a ese respecto el i.uevo local. 

-21 — 



322 SANTIAGO I. BARBERENA. 



El vocablo «Bermuda» es de claro origen español, y 
ha de haber sido puesto al local de que tratamos por alguno 
de los chapetcnes que vinieron con D. Diego, en razón de 
abundar allí la planta forrajera, semejante a nuestra grama, 
llamada, «Bermuda» en las Antillas. 

Según el P. Vásquez, la fundación de San Salvador en 
el antedicho paraje al Sur de Suchitoto, fué en 1528, y 
agrega que a los 15 años de fundado obtuvo el título de 
ciudad; que éste le fué concedido por Real Cédula de 27 
de septiembre de 1543, y que entonces ya ha de haber 
estado en el lugar que hoy ocupa, porque nunca se dijo 
«Ciudad de la Bermuda», sino simplemente «Villa de la 
Bermuda». 

La misma fecha, 1528, indica el P. Juarros, pero no 
habla de cambio de lugar. Antes de citar las palabras de 
este historiador conviene recordar que don Pedro de Alva- 
rado a raíz de su regreso de la Choluteca, a fines de 1526, 
se dirigió a México, de paso para España, dejando encar- 
gados del mando de la Colonia a los Alcaldes Portocarrero 
y Carrillo; que en la capital de Nueva España, a la sazón 
regida por el licenciado don Marcos Aguilar, Alvarado 
consiguió de éste que nombrara a su hermano Jorge Gobernador 
y Capitán General de Guatemala (211) y que el 20 de marzo 
de 1527 presentó sus despachos el nuevo Mandatario al 
Ayuntamiento y prestó el juramento de ley. 

«Este caballero (D. Jorge), dice el P. Juarros, digno 
hermano de don Pedro, para tener sujeta la provincia de 
Cuscatlán, que era una de las más ricas de esta Gobernación, 
dispuso se fundase en ella una villa Española, a que nom- 
bró San Salvador, por haberse ganado la última batalla que 
sujetó esta provincia a los Españoles, el 6 de Agosto de 
1526, día en que la Iglesia celebra la Transfiguración del 
Señor y por esta misma razón se dedicó la Iglesia parro- 
quial al Salvador y se hacía la reseña de este triunfo, 
sacando el real pendón la víspera y día de dicha fiesta, 
por las calles principales, con lucido acompañamiento de 
Caballeros. Más esta pomposa ceremonia se ha trasladado 
a la pascua de Navidad, en atención a que el expresado 

(211) El señor Milla, tratando del viaje de D. Pedro y del nombramiento de su 
hermano Jorge, dice que éste fué casado, o por lo menos vivió con Doña Lucía Xico- 
tencal, hermana de Da. Luisa, la madre de la célebre Da. Leonor, y que Jorge se casó 
en México con la hija del tesorero Alonso de Estrada; pero olvida hacer mención de 
que en la Recordación Florida (pág. 96 de la edic. de Madrid) consta que la primer 
esposa de jorge fué Da. Francisca Xirón. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALV ADOR 323 

día 6 de Agosto están en sus haciendas casi todos los 
vecinos de esta ciudad y que es tiempo de lluvias en estos 
países. = Llegaron a Cuscatlán los Españoles que envió Jorge 
de Alvarado a fundar la referida villa, que todos eran déla 
primera nobleza de Guatemala, a fines de marzo de 1528, y 
escogido el sitio para plantar la población, el día I o . de 
abril de dicho año establecieron y fundaron la Villa de San 
Salvador, tomando posesión de sus empleos los oficiales 
nombrados por Jorge de Alvarado: Diego de Alvarado, Jus- 
ticia Mayor y Teniente de Capitán General de entoda la 
provincia; Antonio de Salazar y Juan de Aguilar, Alcaldes 
Ordinarios; Pedro Gutiérrez de Guiñana, Santos García 
Cristóbal Saluago, Sancho de Figueroa, Gaspar de Zepeda, 
Francisco de Quiroz y Pedro Núñez de Guzmán, Regidores: 
Alguacil Mayor, Gonzalo Ortíz; Visitadores de la provincia, 
Gaspar de Zepeda y Francisco de Quiroz; Tenedor de bienes 
de difuntos, Antonio Bermúdez, y Procurador de la Villa 
Luis Hurtado.» 

El P. Vásquez habla de una lista de los conquistadores 
de Cuzcatlán, que le contaron había existido en la Iglesia 
parroquial de San Salvador, mas él ya no alcanzó a verla. 

Según Fr. Antonio de Remesal (Hist. de la Prov. de 
San Vicente de Chiapa y Guatemala, cap. III, lib. IX) la 
translación de San Salvador, de la Bermuda a su actual 
ubicación, se verificó en 1575, fecha absolutamente inadmi- 
sible, porque en la famosa carta del Oidor García de Palacio, 
escrita el 8 de marzo de 1576, pocos días después de haber 
estado él en esta ciudad, se habla de San Salvador en 
términos de que claramente se infiere que ya tenía algunos 
años de existencia: «Junto al dicho lugar (Cuscatlán), dice 
la carta, está la ciudad de San Salvador, es de buen temple 
y fértil tierra, está en altura de 13° y 36'. Cuando llegué 
a ella, casi estaba despoblada, porque un temblor grande, 
que hizo el segundo día de la Pascua del Espíritu Santo 
pasado, les derrocó y movió todas sus casas, que, aunque 
muchas eran fuertes e buenas, se cayeron e abrieron; fué 
el más espantoso que jamás se ha visto.» 

Ni se puede decir que García del Palacio se refiera al 
primer asiento de San Salvador, porque da suficientes de- 
talles para reconocer que trata del actual. 

Yo me inclino a creer que aunque D. Diego de Alvarado 
haya fundado San Salvador en 1524, en la Bermuda, y 
aunque Diego de Holguín haya sido su primer Alcalde, la 



324 SANTIAGO I. BARBERNA. 



existencia de la villa fué casi nominal, porque (como lo 
sospechaba el licenciado Gómez Carrillo) Holguín no logró 
organizar el Ayuntamiento, y así se explica que se haya 
reputado como fecha de la fundación la de 1528, a partir 
de la cual quedó constituido de una manera formal el 
Ayuntamiento de San Salvador. Todo queda conciliado 
admitiendo que la fundación de 1528 se efectuó en la 
Bermuda, y que poco después, hacia 1541 ó 1542, se trasladó 
la población al sitio que hoy ocupa. En cuanto a la fecha 
que indica Remesal, debe rechazarse de plano. 

Es probable que el informe que se ha de haber dado 
a la Corte respecto a esa translación y a las ventajas que 
ofrecía, haya sido parte para que Carlos V otorgase a San 
Salvador el título de ciudad. 

201. — Ahora bien, constando que San Salvador ya exis- 
tía en 1524, por lo menos nominalmente, es absurdo pretender 
que ese nombre le fué dado en lecuerdo de una batalla 
ganada el 6 de agosto de 1526. 

Lo probable es que dicho nombre fué sugerido por 
especial devoción al Misterio que celebra la Iglesia en la 
indicada fecha, devoción que ha de haber estado muy en 
boga a principios del siglo XVI, como de reciente institución 
para la Iglesia Universal (212), con motivo de un ruidoso 
triunfo de los cristianos contra ios infieles, la cual devoción 
inspiró a Rafael, hacia 1520, su maravilloso cuadro de la 
Transfiguración 

Yo he tratado de averiguar cuál es el origen de la 
leyenda relativa a la batalla del 6 de agosto de 1526, pues 
no creo la hayan inventado a humo de pajas. En mi concepto, 
lo más probable es que haya sido forjada en el siglo XVI 
por simple adaptación de los hechos que dieron origen al 
establecimiento de dicha fiesta. Tratándose de un pútlico 
ignorante y devoto (como ha de haber sido el de San Sal- 
vador en aquel tiempo) cuyo tema favorito de conversación 
era las funciones de Iglesia, nada tiene de extraño se hayan 
confundido y Trasladado los hechos. 

Es bien sabido que el papa Calixto III instituyó la fiesta 
de la Transfiguración en recuerdo de una gran batalla, ganada 
a los turcos cerca de Belgrado por el fraile abruzo San Juan 

(212) Esa fiesta se celebraba antiguamente er. diferentes din? del año, en algunas 
iglesias particulares de Oriente y de Occidente. Parece que para la elección del ¿ía 6 
de agosto se rigió Calixto MI por el calendario de los griegos. Se halla ya en las Sinexa- 
rias de los coptos en Se. den y Mai; en el "Aenologio de Constantinopla, del si*!o VIH; 
en el Menologio Napolitano y entre los siiios ortodoxos. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 325 

de Capistrano y Juan Hunyada, apellidado Corvino, vaivo- 
da de Transilvania. 

Así es que la festividad del 6 de agosto, aunque tiene 
por principal objeto conmemorar la aparición de Jesús, con 
Moisés y Elias, a los apóstoles Pedro, Santiago y luán, 
está también asociada al recuerdo de una gran victoria de 
las huestes cristianas contra un ejército de infieles. 

Los primeros panegiristas de nuestro Augusto Patrón 
es natural que hayan aludido al gran triunfo que motivó 
la institución oficial de la fiesta de la Transfiguración, y es 
lógico suponer que hayan parangonado ese hecho con el 
triunfo de nuestros conquistadores sobre los infieles cuzca- 
tlecos, y como a raiz de la sujeción de éstos fué fundado 
San Salvador, paulatinamente se fueron confundiendo los 
hechos en la mente del vulgo, y se acabó por creer que la 
victoria conmemorada había sido obtenida por los soldados 
de Alvarado contra las fuerzas de Atlacatl, hecho de armas 
a que se ha de haber atribuido la importancia de triunfo 
definitivo, digno de perpetua recordación. 

Favorecía esa adaptación la circunstancia de que no 
hay relación directa entre el Misterio de la Transfiguración 
y el triunfo de Capistrano y de Corvino cerca de Belgrado. 

Por otra parte, los primeros panegiristas han de haber 
referido también, a fuer de buenos conocedores del caso, 
que dicho triunfo de los cristianos contra los turcos precedió 
cerca de dos años a la institución de la fiesta que se cele- 
bra el 6 de agosto, y de ese detalle provino que se dijese 
que el imaginario triunfo de los conquistadores de Cuzcatlán 
había precedido cerca de dos años a la fundación de San 
Salvador, y para que la especie fuera más verosímil se le 
asignó la fecha de la festividad conmemorativa de dicho 
triunfo. Ahora bien, como era reputada como fundación de 
San Salvador la efectuada el IV de abril de 1528, que en 
realidad fué la efectiva, se fijó el 6 de agosto de 1526 como 
fecha de la batalla y triunfo decisivo de los españoles. 

202. — En cuanto al nombre mismo, «San Salvador» 
he aquí lo que se me alcanza: la fiesta del 6 de agosto fue 
designada con el título de Transfiguraüo Sanctissimi Salva- 
toris nostri, que por lo largo fué reducido por unos a su 
parte esencial, Transfiguratio, y por otros a la parte expletiva, 
Sanctissimi Salvatoris nostri, de donde resultó a la postre 
que dicha fiesta fuera designada indistintamente ya con el 
título de «Transfiguración», ya con el de «Día del Salvador 



326 SANTIAGO I. BARBERENA. 



del Mundo» o de «Nuestro Salvador». En cuanto a la 
anteposición del adjetivo contracto «San», creo que es 
reducción, en gracia de la eufonía y de la brevedad, del 
superlativo «Santísimo», epíteto que los fieles cristianos 
anteponían al vocablo «Salvador», como hoy lo anteponen 
al término «Sacramento» y a otros análogos. 

El único bienaventurado de nombre «Salvador» deque 
tengo noticia es el beato Salvador de Horta, pero éste murió 
mucho después de fundada nuestra capital, en 1567, y 
aunque se le venera en Cataluña, creo que aún no ha sido 
canonizado. 

203. — Según el P. Juarros el día de El Salvador se 
sacaba en triunfo en esta ciudad la espada de D. Pedro 
de Alvarado, que se guardaba cuidadosamente en Mejicanos. 
El hecho en sí debe ser cierto, pues es verdad que se 
guardaba allí esa espada, que después fué llevada a Gua- 
temala, donde figuraba entre las pocas antigüedades existentes 
en el Museo Nacional; mas en cuanto a la autenticidad de 
esa prenda no hay garantía alguna. Yo la tuve varias veces 
en mis manos, y, francamente, no me pareció corresponder, 
por su aspecto, al aparatoso fausto que gastaba nuestro 
conquistador. 

204. — El mismo P. juarros refiere que el primer cura de 
la villa de San Salvador fué el P. Pedro Ximénez, quien lo 
sirvió hasta el 24 de agosto de 1529; entonces, a petición 
de los vecinos, vino de Guatemala el P. Francisco Hernán- 
dez, quien principió a servir este curato el 15 de octubre 
de ese año, y lo desempeñó hasta el 17 de junio de 1530 
en que recibió un oficio de Fr. Domingo de Betanzos en 
que le comunicaba que el obispo de México D. Fr. Zumarraga 
había nombrado cura de San Salvador al P. Antonio Gon- 
zález Lozano. 

205 — He aquí el texto de la Real Cédula de Carlos V 
en que otorga a la ciudad de San Salvador el título de 
ciudad. (213) 

«Don Carlos, por la divina clemencia, Emperador 
siempre augusto, Rey de Alemania: Doña Juana su madre 
y el mismo don Carlos, por la misma gracia Reyes de 
Castilla, de León, de Aragón, de las dos Cicilias, de Jeru- 
salem, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de 

(213) La fecha de esa Cédula es de 1543; según las diversas transcripciones de 
ella que he tenido ocasión de ver; mas en la publicada en La Quincena (19 de no- 
viembre de 1905), por don Leopoldo Rodríguez aparece como de 1546, 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUI STA DE EL SALVADOR 327 

Galicia, de Mayorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdova, 
de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, deAlgecira, 
de Gibraltar, de las islas Canarias, de las Indias, islas y 
tierra firme del Mar Océano: Condes de Flandes, e del 
Tirol — Por tanto: Somos informados que en la provincia de 
Cuscatlán, hay un Pueblo que llaman Villa de San Salvador, 
el cual diz que está en sitio y tierra fértil y abundansa, y 
hoy acude mucha gente Spañoles e Indios comarcanos y 
decat modo esto tenemos voluntad que dicho pueblo se 
ennoblesca y otros pobladores se animen a ir a vivir a él, 
y porque de hoy nos lo suplicaron por suxte al de Oliveros 
y Hernand Méndez de Soto Mayor, es nuestra merced y 
mandamos que agora e de aquí adelante se llame e intitule 
Cibdad e que goze de las preeminencias e inmunidades que 
puede y debe gozar por Cibdad y encargamos al Illmo. 
Príncipe don Felipe nuestro muy caro y muy amado nieto 
e hijo, e mandamos a los Infantes, Duques, Prelados, Marqueses, 
Condes, Ricos Ornes, Maestros de las Ordenes Povres, 
Comendadores, y Sub-Comendadores, Alcaides de los Castillos 
y Casas fuertes y llanas, y a los de Nuestro Consejo, 
Presidentes e Oidores de nuestras audiencias e a los de 
nuestra casa e Corte Real Cancillería, Alcaldes e Alguaciles, 
veinte e cuatro Regigores, Caballeros, Escuderos, Oficiales e 
ornes buenos de todas las Cibdades, villas y lugares asisi 
de estos mis Reinos e Señoríos como de las nuestras indias, 
Islas y tierra firme e Mar Océano, que guarden e cumplan 
e hagan guardar e cumplir, lo en esta nuestra cédula con- 
tenido, y contra el tenor y forma de ello no vayan ni pasen 
ni consientan ir ni pasar en manera alguna, so pena de la 
nuestra merced e de veinte mil maravedís para la nuestra 
Cámara.» 

«Dado en la Cibdad de Guadalajara a los 27 dias del 
mes de septiembre de 1546.» 

«Yo el Rey» 

«Yo Juan de Cámaras, secretario de sus Cesares y 
Católicas Majestades, lo prevengo por mandato de su 
Alteza.» 

206. — Repetidas veces he oído aseverar, como dato 
conservado por la tradición, que el local en que se empezó 
a formar la actual ciudad de San Salvador, es decir su núcleo 
primitivo, fué a orillas del Acelhuate; que lo más probable 
es que la hondonada perteneciente al barrio de Candelaria, 
del Palo Verde a dicho río, haya sido el tal núcleo primitivo. 



328 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Se asegura que cuando más tarde se empezó a construir 
en el plano en que está hoy la parte principal de San 
Salvador, quedó un espacio vacío entre los nuevos edificios 
y el prístino casco de la ciudad, bautizándose éste, desde 
entonces, con el nombre de « La Aldea .» 

Todo eso no pasa de pura leyenda, sin más fundamento, 
a lo que creo, que considerarse muy natural que se haya 
establecido la población cerca de una corriente de agua 
potable, sin atender a que la del Acelhuate es muy sucia 
gran parte del año, por lo que se hizo preciso captar el 
agua de otras fuentes para el servicio de los vecinos de 
esta ciudad. 

Además, existen pruebas fehacientes de qu¿ no es 
cierto que el núcleo primitivo haya estado en las márgenes 
o muy cerca de ese río. 

El cosmógrafo-cronista Juan López de Velasco dice en 
su ya citada Geografía, escrita hacia 1574, que a media 
legua de San Salvador «nace un río, entero desde su 
nacimiento, de agua tan caliente que no se puede sufrir, y 
sirve de baños para diversas enfermedades; no hay huertas 
en esta ciudad porque no hay río cerca, aunque en el que 
hay, hay moliendas buenas.» 

Así recien trasladada la ciudad al valle de Las Hamacas, 
las vegas del Acelhuate no quedaban cerca, y estaban 
ocupadas por trapichaos. 

El río de agua caliente a que se refiere López de Velasco 
era sin duda formado por los manantiales del «Caite del 
Diablo.» A ellos también alude el Oidor García del Palacio 
en su carta-informe, escrita en 1576: «En los arrabales de 
la ciudad, dicen, salen tres ojos muy grandes de agua 
caliente, muy buena e clara e sin ningún mal sabor, y que 
es sacándola se enfría y bebe; en su nacimiento es algo 
cálida aunque se puede sufrir, y como va corriendo, se va 
resfriando; no creo que en el mundo puede haber mejor 
disposición para baños que en las dichas fuentes.» 

Fr. Francisco Vásquez, cuya Crónica se publicó a 
principios del siglo XVIII, confirma lo antedicho respecto 
al Acelhuate: «tiene un río, no muy distante de la ciudad, 
en tal disposición que sin ser penosa la bajada a él va 
tan hondo que parece materia imposible el que por él, en 
algún tiempo se pueda inundar la ciudad» Y después 
agreda: «El río que corre de la parte Sur azia Oriente 
(aunque desemboca en el mar del Sur) corre por la circunvalación 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 329 

oriental de la ciudad, a raíz de una sierra; de donde brollan 
a trechos algunos manantiales de agua caliente, que incorporada 
con la del río, que es frío, haze una temperatura muy 
suave para baños, más o menos tibia, según la elección y 
gusto de los que los usan.» 

La Sierra a que se refiere el P. Vásquez es sin duda 
la de San Jacinto, a cuyo pie nacen como doce fuentes 
termales que afluyen al Acelhuate al E. de San Salvador. 

Desde un principio se ha de haber formado el plano 
de esta ciudad, y el núcleo primitivo de ella ha de haber 
correspondido a la situación de su centro actual, es decir 
a los contornos de la antigua «Plaza de Armas», hoy 
convertida en el precioso «Parque Dueñas.» 

Precisamente en la época en que escribieron López de 
Velasco y el Oidor García del Palacio, llegaron a San 
Salvador Fr. Bernardino Pérez y otros religiosos, e inmediata- 
mente se principió a construir la iglesia y convento de San 
Francisco, que ocupaba la manzana en que está hoy la 
Artillería. 

Es de suponerse que dos o tres manzanas a cada 
rumbo de la plaza sería por entonces, a lo más, la parte 
edificada de la población. 

Hemos de estar que San Salvador no creció como la 
espuma ni era un emporio de riquezas en la época del 
gobierno colonial, según nos informa el P. Tomás Gage, que 
estuvo por acá hacia el año 1637. 

En aquel tiempo ha de haber habido bosques vírgenes 
al N. de esta ciudad y bastante cerca, a los que el citado 
viajero inglés llama «Montes Chontales.» 



330 SANTIAGO I. BARBERENA. 



CAPÍTULO NOVENO. 

Datos relativos a la vida y hechos de 
don Pedro de Alv arado. 



207. — Nuestro conquistador alcanzó fama de insigne 
varón, a juzgar por el siguiente expresivo recuerdo que le 
consagró el inmortal Cervantes en uno de los abundantes 
versos que amenizan las páginas de la Galatea: 

¿Callaré yo lo que la fama canta 
del ilustre don Pedro de Alvarado, 
ilustre, pero ya no menos claro 
por su divino ingenio al mundo raro? 

Y eso fué escrito a pesar de que treinta años antes 
había publicado Fr. Bartolomé de las Casas sus violentas 
diatribas contra los conquistadores de América. 

Yo no creo que D. Pedn3 haya sido un «ingenio divino» ; 
tampoco «un infeliz malaventurado tirano», como lo llamó 
el obispo de Chiapas; sino uno de esos hombres chapados 
a la antigua, que presentaban una inexplicable y extraña 
mezcla de virtudes heroicas y de instintos brutales; profun- 
damente piadosos y capaces de las más execrables acciones, 
y que a fin de cuentas se hicieron dignos de que olvidemos 
sus crímenes y errores, en gracia de los grandes y positivos 
servicios que prestaron. 

Ante todo digamos quién era ese hombre. 

Don Pedro de Alvarado y Mecia nació en Badajoz 
(en Lobón, según algunos), Extremadura, hacia el año 
1485: era de la misma provincia que Cortés, y coetáneo 
de éste. Todos sus biógrafos hasta 1905 lo hacían hijo de 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 331 

D. Diego de Alvarado, Comendador de Lobón, en la orden 
de Santiago, y de doña Sara de Contreras (214); mas dicho 
año, D. Ángel Altolaguirre y Duvale, en su discurso de 
recepción en la Real Academia de la Historia, hizo constar 
que conforme a los libros de registro de la orden de San- 
tiago, los padres de don Pedro se llamaron Gómez de Al- 
varado y doña Leonor de Contreras, y sus abuelos: el 
Comendador Juan de Alvarado y Diego Contreras. 

Pertenecía nuestro conquistador a noble familia, que se 
había ilustrado en las guerras de Aragón y de Italia, y cuyo 
solar estaba en el paraje de la Secadura, de la merindad 
de Transmiera, en la provincia de Santander. En cuanto al 
Comendador D. Diego, lo más probable es que haya sido 
tío de don Pedro, y que a él se refiera el P. Remesal cuando 
dice: «un tío suyo del hábito de Santiago, le dio un hábito 
de terciopelo de su persona; para usar de él. Pedro de 
Alvarado quitóle el hábito, aunque el terciopelo quedó tan 
prensado que jamás perdió la señal de la cruz, y por esto 
los soldados, cuando se ponía el sayo de su tío los días 
de Pascua y fiesta, le llamaban el Comendador». 

Por aquel entonces era raro el hijodalgo que sabía leer 
y escribir medianamente; por lo general no pasaban de 
aprender la doctrina cristiana, el manejo de las armas, andar 
a caballo y nociones de genealogía y de blasón; muy con- 
tados eran los que sabían un poco de latín. Don Pedro 
era uno de esos cuasi analfabetos, buen espadachín, apuesto 
ginete y hombre de mundo. 

Siendo mozo, y según dicen todo un buen mozo, ejecutó 
varias hazañas que probaron su extremado valor y suma 
agilidad, según cuentan los cronistas Vásquez y Fuentes y 
Guzmán. Refieren que cierta ocasión, yendo de caza el 
el joven Alvarado, en unión de algunos de sus amigos, 
encontraron a unos labriegos entretenidos en saltar un pozo, 
de gran diámetro. Los camaradas de nuestro héioe apostaron 
con éste a que no era capaz de dar tamaño salto. Alvarado 
se acercó en silencio al brocal, saltó juntos los pies, cayendo ape- 
nas con las puntas de ellos en el borde opuesto, e inmediata- 
mente brincó para atrás, volviendo al punto de partida. 

(214) En el P. Vásquez se lee Sarra, (por Sara), que era la ortografía general- 
mente usada antaño para escribir el nombre de la esposa de Abraham, como doctamente 
lo expone Clemencín en una de sus notas al cap. XII de la primera parte del Quijote. 
Según Cejador el nombre Sarra empleado por Cervantes, es el de un personaje ficticio, 
símbolo de la vejez, cuyo nombre se deriva del éuskaro zarra— « viejo» (Dicción. 
Cervantino, sub voce «Sarra». 



332 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Esta proeza, que bien puede ser cierta, se ha aducido para 
probar que nuestro conquistador era muy capaz de dar el famo- 
so salto en la noche triste; mas este episodio está hoy relegado 
al dominio de la fábula. 

Le atribuyen también haber cometido, como García de 
Paredes (o Alonso de Ojeda), la locura de pasearse a lo 
largo de un tablón que salía de una ventana de la Giralda 
de Sevilla, a una respetable altura; travesura peligrosísima, 
como fácil es comprenderlo. 

208. — En 1510 emprendió D. Pedro su primer viaje a 
América, vinendo con sus hermanos Jorge, Gonzalo, Gómez 
y Juan a la isla Española, probablemente invitados por su 
tío Diego, que estaba allí desde 1499. Pasaron también al 
Nuevo Mundo otros miembros de la familia Alvarado: sus 
primos Hernando, Alonso, Diego, Luis y Francisco, y su tío 
Juan, todos del mismo apellido Alvarado. 

Es, por consiguiente, casi seguro que ha de haber toda- 
vía en América descendientes de esos señores, aunque no 
lo sean directamente de D. Pedro. 

Dice el señor Milla que «pasaron ocho años sin que 
el futuro conquistador de Guatemala se ocupara en otra 
cosa que en los trabajos pacíficos a que se dedicaban ge- 
neralmente los colonos». (215) No fue así: muy poco tiempo 
después de haber llegado D. Pedro a la Española, en 1511, 
se enganchó y tomó parte en la expedición que Diego 
Velázquez organizó para ir a la conquista de Cuba, la cual 
expedición tuvo muy buen éxito, con muy poco derrama- 
miento de sangre y sin grandes fatigas ni gastos enormes. 

Lo que es Alvarado ha de haber sacado bastante pro- 
vecho de esa empresa, pues desde entonces comenzó a 
figurar como persona acomodada. 

Entusiasmado Velázquez con el buen resultado de la ante- 
dicha expedición, organizó otra lo más pronto que pudo, con 
destino a Yucatán, recién descubierto por Francisco Her- 
nández de Córdoba, quien contaba maravillas de ese país. 
Alistó Velázquez tres navios y un bergantín, al mando del 



(215) Por ese tiempo fué cuando Alvarado, según dice el señor Milla, usaba el 
sayo que le regalaron al venirse para América, al cual, según cuentan algunos la espe- 
cie, no le quitó la cruz roja de la orden de Santiago; la autoridad lo reconvino por 
ese abuso, mas D. Pedro, en vez de abstenerse de portar el sayo con la cruz, empezó 
a darse a conocer y a firmar como Comendador. Ese fué uno de los cargos qu? le hi- 
cieron al procesarlo, cargo que contestó de una manera bastante evasiva, lo que indica 
que había habido realmente algún abuso. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 333 

joven Juan Grijalba (jefe de la expedición), Francisco Mon- 
tejo, Alonso Dávila y Pedro de Alvarado, respectivamente. 

Zarpó la armada el 8 de abril de 1518 y después de 
descubrir la isla de Cozumel, recorrió las costas de Yucatán 
y de Tabasco y en seguida tocó con las del actual estado 
de Veracruz, donde Alvarado cometió una imprudente falta 
de disciplina, que dichosamente no tuvo funestas consecuen- 
cias: al llegar a la desembocadura del Papaloapa, se metió 
en él, sin orden de su jefe, remontándolo hasta Tlacotálpan. 
Los indios riveranos lo recibieron bien y pudo regresar sin 
novedad, no obstante lo cual fue duramente reprendido por 
Grijalba. El río Papaloapan fue denominado desde entonces 
«Río de Alvarado». 

No perdió, a lo que parece, la confianza que en él se 
tenía, a pesar de la antedicha falta, pues pocos días des- 
pués fué encargado de adelantarse con dirección a Cuba, 
llevando todo el oro que se había recogido, para entregarlo 
a Diego de Velázquez. 

209. — Aun más ilusionado que antes el gobernador 
Velázquez, alistó a raíz del regreso de Alvarado, una nueva 
y más formal expedición, capitaneada por el célebre Hernán 
Cortés, que llevaba once bajeles, 508 soldados, 109 tripu- 
lantes y 16 caballos. Figuraban en ella varios capitanes ya 
famosos por sus hechos, entre ellos Pedro de Alvarado, 
a quien acompañaban sus cuatro hermanos. Cortés zarpó 
de la Habana el 10 de febrero de 1519. 

No me corresponde historiar la conquista de México; 
mas como en ella tomó principalísima parte nuestro héroe, 
me es indispensable hacer referencia a ciertos hechos, que 
patentizan los méritos y defectos de éste. 

Nunca me han convencido las razones que algunos 
autores alegan para establecer que Cortés tuvo ineludible 
necesidad, para asegurar el éxito de la empresa, de decla- 
rarse independiente de Velázquez y asumir el mando absoluto 
de la expedición, y como toda deslealtad me parece punible, 
condeno la conducta de Cortés y considero como una 
mancha para Alvarado haberse adherido a esa traición, que 
tal vez pudo evitar. Por el contrario, fué uno de los prin- 
cipales secuaces de Cortés, como que desde luego aceptó 
el cargo de «Capitán de entradas» de Villa Rica de la 
Veracruz, puesto de la mayor confianza, y siempre fué su 
capitán preferido para las misiones más importantes y de- 
licadas. 



334 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Hasta en los menores detalles se nota esa preferencia: 
cuando Xicotencatl, señor de Tlaxcala, obsequió a Cortés 
cinco doncellas, cuatro de las cuales fueron repartidas entre 
sus más íntimos allegados, la principal de ellas, la quinta,, 
doña Luisa, hija de dicho cacique, que iba destinada para 
Cortés, éste se la asignó a Alvarado, quien tuvo en ella a 
la célebre doña Leonor, la heroína de una de las novelas 
históricas que escribió el señor Milla, La Hija del Ade- 
lantado. 

Se atribuyen a Alvarado varias acciones indecorosas y 
criminales ejecutadas durante la tal conquista, que, a decir 
verdad, empañan la gloria de sus heroicas hazañas. Tanto 
es así, que don Fernando Pizarro y Orellana dice en su 
Barones (sic) ilustres del Nuevo Mundo: «que a pesar de 
que por su valor y gran corazón, con valentía de ánimo 
manifestada y experimentada en todas las conquistas, me- 
recía uno de los mayores lugares entre los famosos de la 
Fama, no lo quise poner entre ellos». 

El robo descarado de unas cuantas cargas de cacao y 
otros objetos de valor, pertenecientes al tesoro de Monte- 
zuma, hecho de que se le hizo cargo en el proceso que se 
le siguió más tarde, da triste idea de su delicadeza y mo- 
ralidad. (216) 

En cuanto a la horrible matanza de indios que ejecutó 
Alvarado en el templo de Huitzilopochtli, uno de los días 
que quedó ese capitán en Méjico, custodiando a Montezuma, 
mientras Cortés iba a combatir a Narváez, matanza que se 
cita siempre como uno de los mayores crímenes cometidos 
por nuestro conquistador y que tuvo funestas consecuencias 
para los españoles, en cuanto a ese hecho creo, como el 
señor Altolaguirre, que se debe tomar en cuenta las críticas 
circunstancias en que se encontraba D. Pedro, y el inmi- 
nente peligro en que estaban él y sus compañeros de ser 
matados por los indios. 

Era Alvarado un hombre verdaderamente incomprensi- 
ble: cierta ocasión cortó con su propia espada la soga con 
que se estaba ahorcando, por orden de Cortés, a un sol- 



161 Contrasta el pillaje de Alvarado con la suma generosidad de Montezuma: 
cuenuí -onista Herrera que durante la prisión de éste a las veces se entretenía 
juga'n 1 bodoque con Alvarado, pagándolo siempre perdiera o ganara, con la dife- 
rencia ce que si el augusto prisionero ganaba, daba un chalchihuite, y si perdía paga- 
ba un reiuelo de oro, que por lo menos valia 50 ducados, y algunas tardes llegó a 
per,' r . 40 a 50 tejuelos, y «holgábase las más veces de perder, por tener ocasión de 
dar». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 335 

dado que había cometido una ratería; otra vez, en un arranque 
de noble desprendimiento, perdonó al Adelantado Francisco 
de Montejo, 28,000 ducados, que éste le debía, y ese mismo 
hombre, como queda dicho, cometía verdaderos robos, fc 

La admiración y simpatía que inspiran sus actos de' 
heroísmo decaen completamente ante la hoguera en que' 
quemaba vivos a los principales prisioneros que caían en 
sus garras, y ante el horrible espectáculo de los indios 
despedazados por los perros feroces, que como arma de 
combate empleaba con frecuencia el capitán Alvarado. 

Con todo, preciso es reconocer que a D. Pedro corres- 
ponde buena parte de la gloria de la conquista de Méjico, 
que no resalta en las cartas de relación escritas por Cortés, 
pero sí en las narraciones de los cronistas, especialmente 
en la de Bernal Díaz del Castillo. 

210. — Ya referimos los hechos más salientes de la 
conquista de Guatemala y de Cuzcatlán, hasta el regreso 
de Alvarado, de Honduras a Guatemala, a mediados de 
1526, y tuvimos ocasión de recordar algunos de los actos 
de nuestro conquistador, propios de la dureza de su ca- 
rácter. En esa época cometió uno de los más repugnantes 
desmanes de que se le hizo cargo al procesarlo: la violación 
de la joven princesa Xuchil, en Yxinché, poco antes de la 
primera expedición a Cuzcatlán. 

Uno de los príncipes cachiqueles se había casado ha- 
cía poco con esa joven, que tuvo la desgracia de ser vista 
y encender la carne de D. Pedro. Éste la mandó llamar a 
su palacio, so pretexto de pedirle ciertos informes acerca 
de los pueblos de la costa del Sur; pero ni ruegos, ni lá- 
grimas, ni dádivas bastaron después al enamorado esposo 
de la joven, para arrancarla de los brazos del lascivo con- 
quistador. 

D. Pedro, para desvanecer el cargo que se le hizo a 
ese respecto, dijo que la tal Xuchil era una vieja esclava, 
de más de 50 años de edad, y alegó, como prueba de lo 
absurda que era la acusación, el hecho notorio de que los 
indios entregaban voluntariamente sus mujeres e hijas a los 
conquistadores. 

A mediados de 1526, como queda dicho, regresó D. 
Pedro de Hibueras a Guatemala, y pocos días después 
emprendió viaje a México. 

Gran sorpresa causó a Alvarado la situación en que 
encontró la capital de Nueva España: Cortés entusiastamen- 



336 SANTIAGO I. BARBERENA. 



te recibido a su regreso de Honduras tuvo el desagrado 
de ver llegar pocos días después a don Luis Ponce de 
León, con cédulas reales para tomarle residencia, como 
resultado de las acusaciones que contra él elevaron al 
Emperador, SaJazar y Chirinos, y aunque nada pudo hacer 
Ponce de León, por haberlo sorprendido la muerte a los 
veinte días de haber llegado a México, dejó encomendado 
el Gobierno y la instrucción de la causa al licenciado Mar- 
cos de Aguilar, que con él había venido de España. 

Lo que es él, Alvarado, fué el hombre de moda en 
México, esa ocasión. «Por casas, calles y plazas, dice el 
P. Remesal, las pláticas comunes eran de las proezas y 
hazañas del Capitán Pedro de Alvarado, que con grande 
acompañamiento de españoles entró estos días en México, 
y de la valerosa gente que llevó consigo a la provincia de 
Guatemala, la mucha tierra que pisaron, las grandes pro- 
vincias que descubrieron, los caciques y reyes que sujeta- 
ron a la Corona de Castilla, las riquezas que hallaron, las 
valentías que hicieron, y, sobre todo, la ciudad que funda- 
ron entre dos volcanes de elementos tan contrarios como 
fuego y agua, del gran número de los naturales de aquellas 
partes, de sus usos y costumbres y modo de vivir; y como 
había partes por todas partes, que eran los Alcaldes y 
Regidores de la nueva ciudad de Santiago de los Caballeros, 
como apasionados de la obra de sus manos, todo era ala- 
banza y ponerla en las nubes y dar esperanzas de que den- 
tro de pocos años sería un Valladolid o Toledo». 

Alvarado se aprovechó también del influjo que adqui- 
rió en México su hermano Jorge, al casarse con la hija 
del antiguo Tesorero Alonso de Estrada, persona de gran 
valimento, inmediato sucesor del licenciado Aguilar, en la 
gobernación de Nueva España. Cuéntase, a propósito de 
lo antedicho, que habiendo tenido Alvarado (D. Pedro) la 
audacia de mandar construir en Méjico una casa con cuatro 
torres, al igual de la de Cortés, la autoridad le mandó 
suspender la obra; pero que gracias al influjo de su her- 
mano Jorge, logró que se hiciese la casa, tal cual él la 
deseaba, durante la gobernación de Estrada, que duró de 
marzo a fines de agosto de 1527. 

Aprovechando la estancia en Méjico de unos doce 
Dominicos recién llegados de España (a cuatro de los 
cuales, que estaban enfermos, ofreció pasaje gratuito en su 
buque) consiguió se destinasen cuatro para ir a doctrinar a 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVAD OR 337 

los indios de Guatemala (que no llegaron a ir), y para 
tranquilizar su conciencia se confesó con uno de ellos, Fr. 
Domingo de Betanzos, quien, según cuenta el P. Remesal, 
impuso a D. Pedro, por vía de penitencia, diese un terno 
de terciopelo o de damasco a la iglesia de Santiago de 
Guatemala, penitencia que no cumplió Alvarado. 

En febrero de 1527 se embarcó para España, en el 
puerto de Veracruz. 

211. — Hondas contrariedades sufrió Alvarado los pri- 
meros días que estuvo en la Corte. Gonzalo Mexica, hom- 
bre importante, había llegado poco antes, con plenos poderes 
de las autoridades de Nueva España, y había presentado 
al Consejo de Indias un extenso memorial, en que acusaba 
a Alvarado de una multitud de fechorías y en particular de 
haberse quedado con los quintos del Rey. El Consejo de 
Indias ordenó a la Casa de Contratación de Sevilla procediese 
inmediatamente contra Alvarado, y este tribunal, tras breves 
trámites, decretó se embargara al acusado el oro que llevaba. 

Por fortuna, don Pedro supo captarse la amistad y afec- 
to del comendador Francisco de los Cobos, secretario del 
Consejo de Indias y uno de los más allegados al empera- 
dor, y logró también que aceptara su mano la bella y dis- 
creta doña Francisca de la Cueva, sobrina del Duque de 
Alburquerque y cuya familia protegía el comendador Cobos. 

Alvarado, dicho sea de paso, al contraer ese matrimo- 
nio faltó a su deber, a la lealtad debida a su compañero de 
armas, antiguo jefe y amigo, Hernán Cortés, pues estaba 
comprometido a casarse con una prima de éste, Cecilia 
Vázquez, persona sumamente apreciable. 

Lo que sí es cierto es que, gracias a su amistad con 
el comendador Cobos y a su enlace con doña Francisca, la 
suerte de D. Pedro cambió como por ensalmo: se suspen- 
dió el proceso que se le seguía, se levantó el embargo de 
sus bienes; se le permitió el uso del Don, se le agració con 
la Cruz de Santiago y por cédula de 18 de diciembre de 
1527 se le nombró Gobernador y Capitán General de Gua- 
temala, con 572,500 maravedises de salario, y absoluta in- 
dependencia de México. Es probable que desde entonces se 
le haya concedido también el título de Adelantado, con que 
incontables documentos lo designan y él mismo comenzó a 
usar por ese tiempo. 

El emperador mismo le devolvió, como regalo de boda, 
una magnífica esmeralda que Alvarado le había llevado de 

— 22 — 



338 SANTIAGO I. BARBERENA. 



Nueva España. (En el proceso que se le siguió a Alvara- 
do se hace alusión a esa piedra, que se dice valía 5,000 pe- 
sos de oro). 

Don Pedro estaba muy contento en la Corte, mas al 
fin recibió orden de volver a su Gobernación. En conse- 
cuencia, el 26 de mayo de 1528 presentó sus despachos a 
la Casa de Contratación de Sevilla, para que se tomase ra- 
zón de ellos, y en seguida se embarcó para Veracruz, trayen- 
do, entre su numerosa comitiva, al licenciado don Francisco 
Marroquín, futuro primer obispo de Guatemala, a don Fran- 
cisco de Castillanos, nombrado Tesorero; a don Francisco 
de Zorrilla, provisto para el puesto de Contador; a Gonza- 
lo Ronquillo, que venía para Veedor, y a otros muchos ca- 
balleros destinados al Ayuntamiento de Guatemala. 

212. —Muy distinta suerte tocó a don Pedro desde su 
arribo a Veracruz: pocos días después de su llegada cayó 
enferma doña Francisca, y fué imposible salvarla de la muerte. 

Profundamente abatido por tan duro golpe llegó a Méxi- 
co nuestro conquistador, donde encontró las cosas en un 
estado muy poco favorable para él. 

El tesorero Estrada, que como se dijo gobernó de 
marzo a fines de agosto de 1527, había desterrado a Cor- 
tés, sometiéndolo a tales vejaciones que lo obligó a ir a Cas- 
tilla en demanda de justicia: el emperador creyó resolver 
las dificultades e implantar orden en Nueva España, crean- 
do para gobernarla una Audiencia, de la cual fue nombra- 
do presidente Ñuño de Guzmán, amigo de Estrada, y oido- 
res los licenciados Matienzo, Delgadillo, Posada y Maldo- 
nado. 

Apenas constituido el nuevo régimen comenzó Ñuño 
de Guzmán a hostilizar a Cortés, apoderándose de sus bie- 
nes, e hizo publicar el 11 de febrero de 1529 un bando en 
que declaraba abierto por 90 días juicio de residencia de él. 

El odio que el Presidente de la Audiencia tenía a Cor- 
tés se hizo extensivo a Alvarado, a quien embargó los 
bienes, lo mandó procesar, y envió a Guatemala a Francis- 
co de Orduña a residenciar a Jorge de Alvarado, que go- 
bernaba allí interinamente. Ya daremos respecto a esa resi- 
dencia más amplios detalles; concretándonos en este número 
a lo que pasaba en México. 

La Audiencia tenía un buen pretexto para proceder 
contra Alvarado: uno de los capítulos de las instrucciones 
que había recibido contenía el encargo de averiguar "si era 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 339 

verdad que cuando Pedro de Alvarado estuvo en Guatema- 
la no hubo buen recabdo en la cobranza de los Quintos y 
Derechos Reales" (Herrera, Dec. IV, cap. X). 

Con todo, la historia ha declarado inicua la conducta 
de Ñuño de Guzmán con relación a nuestro Adelantado: he 
aquí como se expresa acerca de eso el ilustre historiador 
mexicano D. Joaquín García Icazbalceta, en su precioso es- 
tudio respecto al primer obispo y arzobispo de México, D. 
Juan de Zumárraga: "No toca a mi intento hablar de los 
agravios, persecuciones, deshonras, robos y daños con que 
aquellos indignos jueces afligieron a Cortés y a sus com- 
pañeros, en especial a Pedro de Alvarado, mas no dejaré 
de lamentar que escritores estimables hayan dado inmere- 
cido crédito al proceso de residencia formado por el enco- 
no, guiado por la mala fé y sostenido por el terror o por 
las declaraciones interesadas de enemigos notorios o de 
ruines sobordinados." (217). 

El único que se atrevía a oponerse a las barbaridades 
que Ñuño de Guzmán cometía con Cortés y Alvarado era 
el obispo Zumárraga, hombre de incontrastable energía y 
rectitud (218), único que se atrevió a denunciar al empera- 
dor las arbitrariedades de la Audiencia, en carta escrita el 
27 de agosto de 1529, de la cual tomo las siguientes líneas: 

«Asimismo, de aviso con el Factor, han procedido el 
Presidente é Oidores, de oficio contra D. Hernando y Pe- 
dro de Alvarado y contra otros muchos que jugaron naipes 
y dados ocho y nueve años ha andando en la guerra y con- 
quista de esta tierra, y han metido mano en esto y con 
tanta solicitud, siendo ellos los acusadores, que ovo días 
de 20,000 pesos de oro de condenación, y las condenacio- 
nes otras son en mucha cantidad; hanme informado que al 
Presidente é Oidores ha cabido muy gran parte; lo que se 
ha visto es la cárcel llena de presos contra quien procedían, 

(217). En cuanto a este último, no obstante la respetabilísima opinión del señor Gar- 
cía Icazbalceta, yo considero el «Proceso de Alvarado», como un documento preciosísimo. 

(218) El obispo Zumárraga, «el Ornar de Occidente», es generalmente execrado co- 
mo destructor de preciosos documentos históricos; mas a ese respecto yo creo 
muy sensata y justa la observación del general Riva Palacio: "....; terrible proceso 
podría formarse por esto a un hombre del siglo XIX, a un individuo del Instituto de 
Francia, o a un miembro de la Academia Real de Londres; pero querer juzgar al obispo 
Zumárraga y a los misioneros franciscanos que llegaron a la Nueva España, bajo el pun- 
to de vista de la especialidad histórica a que se han dedicado algunos de los escritores 
que lo acusan, es llevar a extraño y reducido campo lo que objeto debe ser de altas 
consideraciones filosóficas; porque esta cuestión, aunque parece de pasajero interés, 
entraña el estudio y conocimiento del carácter de los hombres y de los acontecimientos 
del siglo XVI» (México a través de los siglos, tomo II, p. 302.) 



340 SANTIAGO I. BARBERENA. 



y para cobrar estas condenaciones se han vendido en al- 
moneda muchas haciendas en bajos precios; especial sé de- 
cir y afirmo, que á Pedro de Alvarado han destruido é 
robado, porque de todo cuanto trajo de Castilla, que fué 
tanto aparato y cosas ricas como un Conde principal desos 
reinos pudiera traer, de todo no le han dejado un pan que 
coma; la plata mucha y por extremo bien labrada, la tapi- 
cería mucha y buena y otras cosas de mucho valor, hoy 
día las tienen y se sirven della el Presidente é Oidores 
como les cupo de sus partes; caballos y acémilas y todo 
lo demás le han tomado, y sólo una muía que le quedaba, 
en que andaba por estas calles con luto por su mujer, en 
ésta le hicieron ejecución habiendo venido cabalgando a la 
posada del Presidente en ella, y allí de la puerta se la to- 
maron y le hicieron ir a pié, no mirando su autoridad, que 
es adelantado intitulado por mano de V. M., y de esta ma- 
nera han perseguido a cuantos han sido de contraria opi- 
nión del Factor, y, sobre todo, no queriéndoles otorgar 
apelación para ante V. M., ni dar testimonio de lo que 
pasa ... y de todas estas cosas tendría V. M. información 
y muchas relaciones y quejas, mas ni Escribano las osa 
hacer, ni ellos las osan enviar, porque todas las cartas se 
toman en los puertos aunque vayan intituladas a V. M. . .; 
como Alvarado viese y conociese la demasiada codicia del 
Presidente é Oidores, les comenzó a tentar con cohechos y 
dádivas, y desta manera les dio valor de más de 4 o 5000 
pesos de oro en que le han cohechado en cosas que aún 
en esta tierra valen más». 

Detalladamente especifica el obispo los regalos hechos 
por Alvarado a Ñuño de Guzmán y a los Oidores Delga- 
dillo y Martienzo, únicos que quedaban por haber muerto 
poco antes Posada y Maldonado, y concluye diciendo: «Y 
después que dio estos cohechos al Presidente y a los Oido- 
res, han dado su palabra a Alvarado de le despachai bre- 
vemente sus negocios». 

113. — Un desagradable incidente ocurrido a Alvarado, 
permitió a sus perversos enemigos dar pábulo a su odio 
contra él: he aquí lo que pasó: 

Se decía públicamente en México que Cortés, a la sa- 
zón en España, había logrado recobrar su ascendiente con 
el Emperador, y que estaba próximo su regreso a gober- 
nar, y una tarde que andaban de paseo Ñuño de Guzmán, 
el Factor Salazar, Alvarado y otros caballeros, uno de és- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 341 

tos aludió a los rumores que corrían, y al oírlo Salazar, no 
pudiendo contener su despecho, exclamó: «El Rey que a 
tal traidor como Cortés envía es hereje y no cristiano». Los 
circunstantes guardaron silencio por respeto al Presidente; 
mas al día siguiente presentóse Alvarado a la Audiencia 
pidiendo permiso para retar y batirse con Salazar, por la 
ofensa que había inferido al Emperador. Ñuño de Guzmán 
se puso furioso al enterarse de tal petición y exclamó in- 
dignado: "Pedro de Alvarado miente como ruin caballero, 
si lo es, que el Factor no dijo tal, porque es servidor de 
S. M. y no había de decir tal palabra". 

Al día siguiente fué reducido a prisión D. Pedro, y 
engrillado como el más temible criminal. 

Los rumores que corrían respecto a Cortés eran verda- 
deros: volvía de España, cargado de honores y de autori- 
dad. Ñuño de Guzmán al cerciorarse de ello, temiendo que 
Alvarado se uniese a los partidarios de Cortés, optó por 
ponerlo en libertad, para que fuese a Guatemala, a donde 
llegó a principios de abril de 1530, a raíz de la invasión 
de Estete en la provincia de San Salvador. 

214. — Ya hemos hablado de la inquina con que la Audien- 
cia de México persiguió a Alvarado por el simple hecho 
de considerársele como uno de los mejores amigos de Cor- 
tés (219) y hemos dicho que le instruyó un verdadero pro- 
ceso, exigiéndole estrecha cuenta de todos sus actos. El es- 
pediente que al efecto se formó permaneció perdido e igno- 
rado durante más de trescientos años, en un legajo 
de «Papeles inservibles» del Archivo Nacional de México, 
hasta que en 1847 lo descubrió, palografió y publicó el li- 
cenciado don Ignacio L. Rayón, proporcionando así a los 
aficionados a estudios históricos relativos a estos países un 
documento preciosísimo de innegable autenticidad. 

Nuestros cronistas, desde Bernal Díaz del Castillo has- 
ta el arzobispo García Peláez, no tuvieron conocimiento de 
la existencia de ese arsenal de datos, que los historiadores 
utilizan hoy sin olvidar la perfidia con que fué seguido 
tal proceso. 



(219) Por ese tiempo la amistad entre Cortés y Alvarado había decaído notablemen- 
te, sobre todo de parte del primero de ellos, tanto por haber dejado don Pedro burla- 
da a Cecilia Vásqnez, como por haber celebrado éste, durante su permanencia en la 
Corte, capitulaciones con la corona para ir a las islas de la Especiería y navegación en 
la mar del Sur, cosas ambas a que se consideraba Cortés con exclusivo derecho. Cortés 
estaba, pues, herido en dos fibras muy delicadas: el interés y el amor propio. 



342 SANTIAGO I. BARBERENA. 



El referido documento consta de siete partes principa- 
les, sin contar los datos relativos al proceso de Ñuño de 
Guzmán y a las adiciones con que enriqueció la edición el 
licienciado D. J. Fernández Ramírez: 

I. — Interrogatorio, compuesto de treinta y siete pregun- 
tas, relativas a la conducta de Alvarado, desde su llegada 
a las Indias, hasta su expedición a Honduras: es decir a 
un lapso como de diez y seis años. 

II. — Declaraciones de diez testigos acerca de esas pre- 
guntas. 

III. — Relación de treinta y cuatro cargos deducidos con- 
tra Alvarado de una información secreta. 

IV. — Escrito de Alvarado contestando los cargos. 

V. — Interrogatorio presentado por don D. Pedro, cons- 
tante de ochenta y cuatro preguntas. 

VI. — Declaraciones de treinta y dos testigos presenta- 
dos por el acusado. 

VII. — Certificación del Contador de Nueva España de 
las cantidades de oro y plata fundidas por cuenta de Al- 
varado, y pagado el quinto de ellas, y de las joyas que 
para satisfacer el correspondiente derecho había presentado. 
El valor del oro ascendía a 31.700 pesos oro, el peso de la 
plata, a 444 marcos (sin expresarse su valor). (220) 

Faltaban al original algunas piezas accesorias, princi- 
palmente las diligencias que instruyó D. Pedro contra los 
indios de Soconusco, Utatlán y Cuzcatlán, presentadas por 
el acusado, para justificar su conducta con ellos, piezas que 
proporcionarían hoy valiosos detalles para la historia de 
nuestra conquista. 

El proceso a que aludimos no llegó a sentenciarse. 

215. — Preciso nos es ahora volver un instante sobre 
nuestros pasos y dar una idea de lo que pasaba en Gua- 
temala, cuando D. Pedro estaba en México bregando con 
Ñuño de Guzmán, Delgadillo y Matienzo. . 

Desde que llegó Alvarado a la Metrópoli de Nueva 
España otorgó poder formal a favor de su hermano Jorge, 
para que tomase posesión del empleo de Gobernador y Ca- 
pitán General de Guatemala y sus provincias, y los desem- 
peñase mientras él llegaba, en el cual poder se insertó la 



(220) El señor Milla calcula en medio millón de pesos, por lo menos, en moneda ac- 
tual guatemalteca, el valor de los metales y piedras preciosas que Alvarado hizo quin- 
tar en Méjico. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 343 

Real providencia de 18 de diciembre de 1527, o sea el 
nombramiento de D. Pedro. 

Amplias facultades había dado el Emperador al Ade- 
lantado de Guatemala, pero todavía con cierta sujeción (es- 
pecialmente por lo que hace a lo judicial) a la Audiencia 
de Méjico, a la cual podía apelarse de las sentencias pro- 
nunciadas por Alvarado, tanto en el ramo criminal, como en 
el civil, cuando se ventilase una cantidad mayor de 45,000 
maravedís. (221) 

Jorge presentó el antedicho poder al Ayuntamiento de 
Guatemala el 9 de mayo de 1529 y tomó posesión de los 
empleos, previo juramento. Recogió las varas de los alcal- 
des y acto continuo se las devolvió para que continuasen 
funcionando, como interinos, mientras llegaban los nombra- 
dos en la Corte. 

Como D. Pedro se entretuvo bastante en México, los 
oficiales reales y regidores que venían con él, con destino 
a Guatemala, no lo esperaron, y vinieron a tomar posesión 
de sus respectivos empleos. Por ese tiempo vino también 
el dominico Fray Domingo Betanzos a fundar el primer 
convento que hubo por acá, de la orden de Santo Domin- 
go, que siempre se distinguió, preciso es reconocerlo, por 
su celo en favor de los indios. 

La administración de Jorge de Alvarado fué bastante 
mala: su insaciable codicia lo indujo a cometer muchas ar- 
bitrariedades y a apropiarse diversas exacciones. Cansados de 
sufrirlo los vecinos de Guatemala pidieron a la Audiencia de 
México enviara un Juez de residencia, y en efecto, vino Fran- 
cisco de Orduña, de quien hemos hablado oportunamente. 

El gobierno de Orduña, a pesar del violento carácter 
de éste, fué más benéfico para el país, salvo ciretros actos, 
notoriamente injustos, a que lo arrastró su animadversión 
por los Alvarado y sus amigos. 

Tocó a Orduña organizar las expediciones qué fueron a 
someter a los indios de Uxpantlán; la que sofocó la insu- 
rrección de la provincia de Chiquimula, y la que arrojó de 
la provincia de San Salvador a Martín Estete, como rela- 
tamos en el número 199. 

(221) La Provincia de Guatemala estuvo en un principio, de hecho, sometida a México 
esa dependencia fue legalmente establecida por cédula de 13 de diciembre de 1527 (Ce- 
dulario de Puga, tomo I, p. 41 de la edic. de México, 1878). Tres días después se die- 
ron a don Pedro facultades tales que la tal dependencia quedó muy reducida, y Felipe 
II al crear la Audiencia de Guatemala (Ley 6a., título 15 del libro lo. de la Recop.) la 
hizo pretorial e independiente en absoluto de Aléxico. 



344 SANTIAGO I. BARBERENA. 



CAPITULO DÉCIMO. 
Continúa la biografía de Alvarado.. 



216. — Don Pedro, al posesionarse del mando, en abril 
de 1530, lo primero de que se preocupó fué de restablecer 
el orden y la calma en Guatemala, a la que había encon- 
trado profundamente conmovida. Para lograr su objeto tuvo 
que desplegar mucha energía, amenazando con la pena de 
muerte a los que provocasen disturbios, a los que removie- 
sen cuestiones enojosas, ya fuese por escrito o de palabra. 

Es de advertir que nuestra metrópoli en aquel enton- 
ces apenas contaba con 250 vecinos o sean unos 750 ha- 
bitantes; mas el carácter levantisco e indómito de los aven- 
tureros que formaban el grueso de la población, exigía 
mano de hierro para gobernarlos. 

Lo curioso del caso fué que Alvarado, de acuerdo con 
el Ayuntamiento, sometió a residencia al Juez Orduña, quien 
con gran trabajo logró fugarse y regresar a México. 

El Adelantado se creía con facultades para todo: sepa- 
ró del curato de Guatemala al P. Juan Godínez, y lo susti- 
tuyó con el P. Marroquín, quien por respeto al mandatario 
aceptó el cargo, no sin recurrir inmediatamente al Obispo 
de México, para la confirmación de su nombramiento, y el 
prelado de Nueva España, no sólo confirmó lo hecho, sino 
que elevó al P. Marroquín a la jerarquía de su Provisor y 
Vicario general en Guatemala. (222) 

(222) El P. Remesal, hablando de este incidente, dice que el P. Marroquín se vio 
obligado a aceptar el curato, "por respeto a la autoridad del Adelantado y de Doña 
Beatriz de la Cueva, su mujer, que no tenía poca mano en el gobierno." Esto último 
está en oposición con documentos auténticos, que demuestran que en 1530 aun no se 
había casado Dn. Pedro con Uña. Beatriz; sin embargo, debo recordar, a propósito de 
esto, que el abate Brasseur de Bourbourg pretendía haber encontrado que Dn. Pedro 
cuando llego a Guatemala, en abril de dicho año, ya venía casado con Dña. Beatriz. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 345 



Corresponden a la época de que venimos hablando la 
fundación de San Jorge u Olanchito, en la provincia de 
Tuzulutlán, como dice Herrera, o en la de Honduras, como 
dice Juarros, y la de San Miguel, en Chaparraxtique, enco- 
mendada la primera a Diego de Alvarado (a quien Milla 
— tomo I. p. 228 — llama hermano de D. Pedro, hablando 
de esas fundaciones) y la segunda a Luis Moscoso. (223) 

Los reyes Belehé-Qat y Cahí-Ymox, que andaban por 
los montes desde el desastre de Yximché, se presentaron 
espontáneamente a los conquistadores, en el pueblo de Pa- 
ruyalchay, y fueron recibidos con demostraciones de amistad 
por Alvarado, que les concedió seguir gozando de su alta 
categoría, si bien con una autoridad puramente nominal. 

Belehé-Qat se retiró a Solóla, donde murió pocos 
días después, y Alvarado, que arreglaba las cosas a su 
antojo, se trasladó a ese lugar y escogió entre los miembros 
de la familia real al príncipe Tzaya-Qatu, o D. Jorge, y lo 
hizo reconocer como Ahpopzotzil o rey, sin atender a que 
a Cahí-Ymox (hasta entonces Ahpopxail) correspondía esa 
dignidad, según las leyes del reino, conforme a las cuales lo 
que se debió hacer era elevar al rango de Ahpopxail al hijo 
mayor del difunto. Cahí-Ymox, despechado, se retiró a Yximché. 

Alvarado abusaba de una manera terrible de su posición: 
además del tributo que se hacía pagar en oro y plata, por 
los indios de sus encomiendas, empleaba millares de brazos 
en sus lavaderos de metales preciosos y en otros trabajos, 
tratando a sus vasallos con excesiva dureza. 

217. — Tócanos ahora hablar de la famosa expedición 
al Perú, realizada por nuestro incansable y atrevido Ade- 
lantado, en 1534. 

Con flagrantes contradicciones y aun evidentes errores 
he tropezado al consultar los autores que han escrito res- 
pecto a esa expedición, mas a la postre creo haber coordi- 
nado los hechos satisfactoriamente. 

Don Pedro, como indicamos oportunamente, se había 
comprometido en la Corte a organizar un viaje marítimo 
en la mar del Sur, en demanda de descubrimientos y 
conquistas, inclusive en las entonces muy mentadas islas 
de la Especiería, compromiso que, como dijimos, no fué 
del agrado de Cortés, que se creía ser el único que tenía 



(223) Véanse lo que digo en el número 198 de esta obra, y mi Monografía del 
departamento de San Miguel, San Salvador, 1911. 



346 SANTIAGO I. BARBERENA. 



derecho a realizar esa empresa, y aunque este conquistador 
quiso entrar en arreglos con Alvarado a ese respecto, no 
logró nunca entenderse con él. 

Desde que regresó Alvarado a Guatemala, a principios 
de abril de 1530, se ocupó en iniciar los trabajos necesarios 
para ponerse en aptitud de llenar su compromiso, cosa que 
le interesaba y halagaba sobremanera. 

Lo que principalmente necesitaba eran buques, y como 
no había modo de conseguirlos, se resolvió a fabricarlos. 
Aquellos hombres eran de un temple extraordinario, espe- 
cialmente D. Pedro: nada lo arredraba ni detenía. 

Al efecto hizo buscar en la costa de la mar del Sur, 
correspondiente a su jurisdicción un lugar apropiado para 
astillero, y fué elegido el de Yztapa, al Este del actual 
puerto de San José. 

Se instaló en Yztapa una falange de carpinteros, cala- 
fates y maestros y se reunieron todos los elementos nece- 
sarios para realizar la obra y llevar a cabo la empresa, a 
costa de indecibles fatigas y sudores de los indios, a quie- 
nes D. Pedro trataba de la manera más inhumana. Desde 
San Cristóbal de Chiapa hizo llevar a hombros de los indios 
dos piezas de artillería que le proporcionó el Ayuntamiento 
de esa población. (224) 

Con entusiasmo y habilidad hacía D. Pedro activa 
propaganda en favor de su empresa, ponderando la honra 
y provecho que reportarían cuantos tomaran parte en ella. 

Alvarado, para formalizar su contrata, envió el corres- 
pondiente escrito al Consejo de Castilla, a fines de 1531, 
o principios de 1532; el 2 de abril de este último año se 
dio cuenta al emperador de la tal petición, y el 5 de agosto 
se le otorgó, a D. Pedro, la autorización que solicitaba, 
"para "descubrir los secretos de la mar del Sur, por tener 
noticias de muy ricas islas é de otras tierras en la costa 
de aquella mar." De esa resolución tuvo conocimiento Al- 
varado por octubre o noviembre de 1532. 

Entre tanto llegaron a Guatemala noticias sumamente 
tentadoras respecto a la riqueza del Perú, noticias que con- 



(224) El P. de las Casas, hablando de las expediciones de Alvarado en la mar del Sur, 
dice: "Mató infinitas gentes con hacer navios: llevaba de la mar del Norte a la del Sur, 
ciento treinta leguas, los indios cargados con anclas de tres y cuatro quintales, (?) que se 
les metían las unas de ellas por las espaldas y lomos: y llevó de esta manera mucha arti- 
llería en les hombros de los tristes desnudos, y yo vide n uchos cargados de artillería por 

los caminos angustiados Dos armadas hizo de muchos navios cada una, con las cuales 

abrazó, como si fuera fuego del cielo, todas aquellas tierras." 



HIST ORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 347 

firmaron y exageraron los tripulantes de una nao que 
D. Pedro envió a Panamá, en solicitud de algunos objetos 
que necesitaba para su expedición. 

El Adelantado mismo no hallaba qué hacer: si ir a 
buscar las islas Molucas, o lanzarse hacia el Perú. Todavía 
en la carta que escribió Alvarado al Emperador el 1? de 
septiembre de 1532 (que consta en el tomo 79 de la Colee. 
Muñoz) le decía que había tenido el propósito de ir al 
Perú, pero que eran tales los informes que dos pilotos por- 
tugueses le daban de las islas de la Especiería, que estaba 
resuelto a ir a conquistarlas. (225) 

En esa carta daba cuenta de los principales elementos 
con que contaba, que eran ocho buques: el galeón San 
Cristóbal, de 300 toneles, "la más hermosa pieza que se 
pudiera hacer en Vizcaya"; la nao Santa Clara, de 160; 
Ja Buenaventura, de 150; otra fabricada en el golfo de Chira, 
por orden de Pedrarias Dávila, también de 150; una caravela 
de 60; un patache de 50, y otras dos embarcaciones más 
pequeñas. "Lo que ha sido mucho hacer, añadía, en tierra 
tan apartada de donde se pueden traer las cosas nece- 
sarias ... y he gastado más de 50,000 castellanos en ha- 
cer la más hermosa Armada que se podía ver en estas 
partes . . . habiendo consumido cuanto teníamos yo, mis 
hermanos, amigos y deudos". Enumeraba también los equi- 
pos y aprestos que había reunido. 

218. — Los Oficiales reales que por entonces funciona- 
ban en Guatemala eran: Francisco de Castellanos, tesorero; 
Francisco de Zorrilla, contador, y Gonzalo de Ronquillo, 
veedor. Estos sujetos, aunque se detestaban cordialmente 
entre sí, estaban de acuerdo en la necesidad de poner coto 
a las arbitrariedades de Alvarado, y corregir sus desacier- 
tos, y como tal consideraban la proyectada expedición. 

Escribieron largas cartas al Emperador, poniendo de 
manifiesto los abusos del Adelantado y haciendo ver los 
inconvenientes que tenía el que fuese a entrometerse en las 
conquistas de Pizarro, y los graves perjuicios que esa ex- 
pedición acarrearía a Guatemala, y manifestando que en 
vano le habían hecho reflexiones, para que desistiese, y 



(225) El señor Milla (p 241 del tomo I), siguiendo al P. Remesal, alude a esa carta, 
pero dice que en ella decía Alvarado al Emperador que "iba al Perú a ayudar a 
D. Francisco Pizarro", lo cual no es exacto. El texto de la carta (que sin duda no co- 
noció el señor Milla) fué publicado por el señor Altolaguirre, con otras piezas relativas 
a Alvarado, sacadas de la Colección Muñoz. 



348 SANTIAGO I. BARBERENA. 



terminaban pidiendo al Emperador enviara una persona 
prudente y de confianza que gobernara durante la ausencia 
de Alvarado, con absoluta independencia de éste. 

El obispo de México, D. Sebastián Ramírez, a la sazón 
Presidente de la Audiencia, tuvo conocimiento de las cartas 
antedichas y en consecuencia ordenó a Alvarado se abstu- 
viese de realizar la expedición; mas este no hizo caso, 
atribuyendo esa orden a intrigas de Cortés. 

El Rey mismo, contestando la Carta de D. Pedro, le 
previno que no fuese al Perú, que enviase su armada a las 
islas de la Especiería, "o a descubrir alguna otra tierra 
que otro no hubiese descubierto". 

El tenor de ese pasaje y las voces de su capitulación, 
en la que se le autorizaba para ir a descubrir, conquistar 
y poblar "cualquier parte de la tierra firme que hallarades 
por la dicha costa del Sur hacia el Poniente que no se haya 
hasta agota descubierto ni entre en los límites y paraje 
(paralelos) Norte Sur de la tierra que está dada en gober- 
nación a otras personas", lo salvoguardaban suficientemente. 

En efecto, a Pizarro se le había concedido la Goberna- 
ción del territorio comprendido entre Tumbez y Santiago, 
que descubrió en su primer viaje, y los que descubriese, 
desde este puerto hacia el Sur, hasta Chincho, que se su- 
ponía estaba a 200 leguas; de consiguiente, la provincia de 
Quito, situada al Norte de Tumbez, no entraba en la de- 
marcación de Pizarro, ni podía alegar haberla descubierto, 
porque su teniente Sebastián Benalcázar, no penetró en ella 
sino hasta año y medio después de la fecha de la capitu- 
lación de Alvarado. 

Acabó de decidir a nuestro Adelantado la llegada a 
Guatemala del piloto Juan Fernández, que había acompaña- 
do a Pizarro en su expedición al Perú, y que informó a 
Alvarado que la provincia de Quito no había sido ocupada por 
Pizarro, agregando que era probable que en esa provincia 
estuviesen los tesoros de Atahualpa, que había residido en ella. 

219. — Al recibir Alvarado, a fines de 1532, las capi- 
tulaciones, se apresuró a trasladar, ignoro con qué objeto, 
todos los elementos con que contaba, al puerto de Ama- 
pala, (226), lo cual efectuó a principios de 1533 — no a 



(226) Amapola es el nombre indígena de una tribu que habitaba antes de la con- 
quista la parte de costa del golfo de Fonseca perteneciente ahora a nuestro departa- 
mento de La Unión. Se dice que el territorio de los amapalas comprendía seis pueblos, 
siendo su asiento principal el volcán de Conchagua. Uno de esos pueblos, hoy extin- 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE E L SALVADOR 349 

fines, y menos a principios de 1534, como dice el 
señor Milla. El P. Federico González Suárez en su Hist. 
del Ecuador (tomo II, p. 206) observa la variedad de 
fechas asignadas a la salida de D. Pedro, pues en tanto 
que unos, como Garcilaso de la Vega (siguiendo a Go- 
mara) la fijan en 1535, otros, como el cronista P. Velasco, 
la ponen en 1533, y otros en 1534. Esa variedad depende 
de que no distinguen entre la salida de Guatemala para 
el puerto de Amapala, que fué a principios de 1533, como 
queda dicho, y la verdadera salida de la expedición, que 
se verificó un año después, como pronto veremos. En 
cuanto a la fecha que da Garcilaso de la Vega, es comple- 
tamente inadmisible, pues poseemos la carta escrita por 
Alvarado en el puerto de la Posesión (Realejo) el 20 
de enero de 1534, en la que dice que está en vísperas 
de partir. 

Llevaba Alvarado como 500 hombres bien armados, 
227 caballos y como 2,000 indios auxiliares y de servicio. 
Entre las personas de su séquito menciona el señor Milla 
a sus dos hermanos Gómez y Diego (que ya hemos recor- 
dado que éste era tío del Adelantado, no hermano) y a 
Garcilaso de la Vega, "Natural del Cuzco, emparentado 
con la familia real de los incas, y que escribió después 
los Comentarios reales ". No sé cómo se escapó a Milla 
tamaño anacronismo: en 1533 el futuro autor de esa 
apreciable obra era un párvulo, si es que ya había 
nacido, pues algunos opinan que nació en 1539. El que 
venía con Alvarado era Sebastián Laso de la Vega (a quien 
llamaban también Garcilaso de la Vega) natural de Bada- 
joz, como el Adelantado, y que llegó a ser Gobernador 
del Cuzco, donde casó con una princesa de la sangre de 
los incas, o sea con una Palla, de cuyo matrimonio nació 



guido, se llamaba en particular Amapa!, (quizás por haber sido el primitivo), y estuvo 
adscrito al curato de Yayantique, donde se quedaron muchos de los indios que llevó 
Alvarado de San Juan Sacatepequez, como indicamos en el número. El puerto de Amapala, 
a que se refiere el texto era probablemente la pequeña ensenada o golfete que está en el 
extremo actual del departamento de La Unión, al cual puerto llamaban también "de Fon- 
seca" por estar a la entrada de la bahía de este nombre. El puerto de Amapala de que habla 
Milla en las páginas 318 y 370 dei tomo II de su Histeria, y Gómez Carrillo, en la pág. 22 del 
primer tomo de los 3 que él agregó, es el mismo "Puerto de Fonseca", pues el primitivo 
pueblo de San Carlos (hoy puerto de La Unión), fué fundado en el propio paraje llamado 
Amapala, y fué lo que se llamó "Puerto de Fonseca". (V. el Informe de Francisco Valverde 
de Morcade, publicado en 1908 en la Revista de la Universidad de Honduras, números 
3, 4, 5 y 6). 

Ocioso es advertir que el puerto de Amapala de que aquí tratamos nada tiene que 
ver con el que se fundó en la isla del Tigre. 



350 SANTIAGO I. BARBERENA. 



el autor de los Comentarios reales, que vivió más de 
setenta años. (227) 

220. — No le fué propicia su estancia en Amapala a 
D. Pedro, pues dos de sus buques se fueron a pique, poco 
tiempo después de su llegada a ese puerto. Construir dos 
nuevos hubiera sido tardado y difícil; dichosamente tuvo 
noticia de que en Nicaragua se vendían dos en pública su- 
basta, procedentes de la testamentaría de Pedro Arias, y 
aunque se apresuró a hacerles postura y le fueron adjudi- 
cados, no llegó a recibirlos, porque el licenciado D. Fran- 
cisco de Castañeda, sucesor de Pedradas Dávila en la 
Gobernación de Nicaragua, se apoderó de ellos. Entró en 
negociaciones para adquirir otros dos, mas cuando ya se 
había firmado el contrato, supo que el mismo Castañeda 
trataba de quedarse con ellos. Indigdado Alvarado fué al 
puerto de la Posesión, donde los buques se hallaban, y los 
tomó por la fuerza, llevándoselos a Amapala. 

Ese rasgo de energía hizo comprender a Castañeda 
con qué clase de hombre trataba, y cambió radicalmente 
de conducta con respecto a Alvarado: lo invitó para que 
se trasladase al puerto de la Posesión, más seguro que el de 
Amapala, para hacer los últimos arreglos previos a la ex- 
pedición. 

En eso se pasó la mayor parte de 1533, y a fines de 
ese año, se trasladó Alvarado a dicho puerto. 

Todavía el 23 de diciembre de 1533 y el 19 de enero 
de 1534 escribió Francisco de Barrionuebo, Gobernador de 
Tierra -firme, al emperador, en sentido poco favorable res- 
pecto al proyecto de Alvarado, de ir al Perú. 

El Adelantado zarpó del puerto de la Posesión el 23 
de enero de 1534, según él mismo lo dice en la carta que 
dirigió al nominado gobernador de Tierra-firme el 10 de 
marzo de ese año, escrita en Puerto Viejo, y publicada por 
el señor Altolaguirre. No hay tal, pues, que haya salido de 
Amapala el 31 de enero, como se lee en la Recordación 
Florida, (pág. 134 del tomo I, edic. de Madrid). 

A poco andar encontró dos navios que había armado 
Gabriel de Rojas para llevarlos a Pizarro, con 200 hom- 

(227) Según algunos autores el padre del Inca Garcilaso He la Vega no fué ese 
Sebastián Laso, sino un noble español llamado D. Diego, que siguió a Pizarro en la 
conquista del Perú y que se casó con una princesa peruana que le tocó en repartimiento, 
después de la toma del Cuzco, en 1525. Pero en todo caso el que venía con Dn. Pedro 
de Alvarado era Sebastián, haya sido o no el padre del historiador, lo que es éste 
no era posible que viniera. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 351 

bres que había enganchado. Yo no sé cómo y dónde con- 
siguió más buques, pero el hecho es que en la citada carta 
de 10 de marzo, escrita en Puerto Viejo, dice Alvarado que 
llevaba "doce velas", desde que salió del puerto de la 
Posesión, probablemente contando con las de Rojas, que 
las tomó casi al salir. 

221. — No me corresponde narrar las peripepcias de la 
expedición al Perú, que tardó cerca de un año y en la que 
perecieron gran número de los hombres que llevó Alvarado; 
baste decir que a la postre se vio obligado a vender la 
armada a Almagro, por 100,000 castellanos, con lo cual no 
alcanzó a resarcirse de los gastos que había hecho, pues 
según escribió el 18 de enero de 1534 al emperador, acom- 
pañando los comprobantes, tenía gastados hasta esa fecha, 
más de 130,000 pesos oro. (El castellano equivalía al peso 
oro, y correspondía nominalmente a 11 pesos 5 '¡2 reales 
de nuestra moneda). 

Viniendo ya de regreso para Guatemala escribió Alva- 
rado al Emperador, en el puerto de San Miguel, el 15 de 
enero de 1535, anunciándole que pronto iría a España 
a darle cuenta de todo lo ocurrido en el Perú, declinando 
toda responsabilidad en Almagro y manifestándole que si 
había aceptado arreglo con éste fué por evitar una guerra 
civil, con "esperanza que V. M. me desagraviaría, aunque 
desto no podré dejar de sentir la fuerza que se me hizo y 
que por servir a V. M. me fué forzado sufrirlo porque sabía 
que de cualquier desconcierto se me había de echar a mí 
la culpa." 

Alvarado llegó a Guatemala, de regreso del Perú, el 
20 de abril de 1535 (no a fines de este año, como dice el 
señor Milla en la p. 267 del tomo I) y ya el 12 de mayo 
siguiente escribió de nuevo a Carlos V reiterando su petición 
de que se le hiciera justicia por los agravios que le habían 
inferido Almagro y Pizarro, y ofreciendo realizar a su costa 
la magna empresa de atravesar el Pacífico para descubrir 
y conquistar en el mar de la China las islas de la Es- 
peciería. (228) 

(228) Almagro, por su parte, se quejaba de que habian pagado los buques y el 
armamento tres veces más de lo que valían. Lo que sí es cierto es que dos de los bu- 
ques comprados eran de Pizarro, los quitados por fuerza a Gabriel de Rojas. No faltó, 
según el P. Remesal, quien aconsejara al conquistador del Perú que capturase a Alva- 
rado y no le pagara la suma convenida; mas Pizarro no quizo mancharse con esa 
felonía. Almagro instruyó un informativo contra Alvarado, que ha sido publicado por 
D. Toribio Medina en el tomo IV de su Colección de documentos inéditos para la his- 
toria de Chile. 



352 SANTIAGO I. BARBERENA. 



222. — La gobernación de Guatemala quedó encomen- 
dada otra vez a Jorge de Alvarado. Durante su administra- 
ción (de principios de 1533 a principios de 1535) el único 
hecho memorable es el envío de una comisión, al mando 
de D. Cristóbal de la Cueva, para que fuese a descubrir 
camino a Puerto- Caballos. 

Hasta entonces las comunicaciones de Guatemala con 
España, por el mar del Norte, se hacían por el puerto de 
Guazacualco, distante unas 200 leguas, de infernal camino. 

Cueva se entendió con Andrés de Cerezeda, goberna- 
dor de Honduras, para el desempeño de su comisión, y 
éste escribió al Emperador encareciéndole la conveniencia 
de fomentar y protejer la población de Buena -Esperanza, 
(que hacía poco había fundado él), haciendo valer su po- 
sición central entre Puerto -Caballos y la bahía de Fonseca, 
a distancia relativamente corta de Guatemala y de San 
Salvador, y demostrando la conveniencia de que las comu- 
nicaciones con Castilla se hiciesen por Puerto -Caballos y 
no por Nombre de Dios, y con el Perú, por la bahía de 
Fonseca y no por Panamá, todo lo cual era muy justo y 
rozonable. El gobierno español no hizo caso a Cerezeda, 
pues todavía en 1590 tuvo de nuevo que demostrar la con- 
veniencia de esos cambios D. Francisco Valverde de Mor- 
cade, en el informe o "Razón y parecer" que dirigió al 
Rey, y de que hicimos referencia en la nota 226. 

Poco después de haber regresado Alvarado a Guate- 
mala, llegó a esa ciudad Fray Bartolomé de las Casas, lla- 
mado por el P. Marroquín, obispo electo de estas provin- 
cias, para que ocupara el convento fundado en 1529, y que 
a la sazón estaba abandonado. Fr. Bartolomé trajo consigo 
a otros dos misioneros dominicanos. 

Don Pedro no pensaba más que en su futura expedi- 
ción marítima, y comprendiendo que era muy peligroso lan- 
zarse en pequeñas naos en la mar del Sur, proponía en su 
citada carta de 12 de mayo, que en España se construyesen 
seis o siete barcos grandes, bien artillados, enjarciados y 
marinados, los cuales, con 700 soldados y muchos basti- 
mentos, deberían ir por el estrecho de A-lagallanes hasta la 
Especiería, desembarcar allí la gente, en el local más apro- 
piado que se hallase, y volver a las costas de Nueva Es- 
paña, a recojer unos 2,000 hombres, mandados al efecto de 
Castilla, y buen número de caballos, los cuales transporta- 
rían al punto escogido en la Especiería, que serviría de 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 353 

base de operaciones, para desde allí salir a hacer descu- 
brimientos y conquistas "en el Maluco". 

Ofrecíase a mandar la expedición y a contribuir con 
70,000 castellanos que le quedaban de la venta de su ar- 
mada en el Perú, y terminaba pidiendo licencia para ir a 
España, no sin advertir que no efectuaba desde luego el 
viaje por haber sido requerido por el Cabildo de Guatemala 
a no abandonar su gobernación. 

Sin esperar contestación principió a organizar una nueva 
escuadra, comprando dos navios y un bergantín y comen- 
zando a construir tres galeones, según refiere el señor Al- 
tolaguirre. 

223. — Al saber la Audiencia de Nueva España el re- 
greso de Alvarado a Guatemala, y enojado porque éste 
desatendió sus órdenes, de abstenerse de ir al Perú, dispuso, 
lo más secretamente que le fue posible, enviar a tomarle 
residencia, comisionando al efecto al honorable y docto 
licenciado D. Alonso de Maldonado, miembro de la misma 
Audiencia; mas Alvarado supo a tiempo el peligro que lo 
amenazaba y trató de escapar el bulto. (229). 

Su buena suerte le proporcionó un magnífico pretexto 
para ausentarse de Guatemala, antes de que llegase el Vi- 
sitador: los españoles residentes en Honduras, exasperados 
por el despotismo de Cerezeda y por la más extremada 
miseria, comisionaron al tesorero real Diego García de Celis 
para que fuese a suplicar a Alvarado que pasara a Hondu- 
ras a poner remedio a los males que sufrían. 

Alvarado atrapó gustoso la ocasión que se le presen- 
taba de prestar un nuevo servicio a la Corona y de tener 
plausible motivo para ausentarse, mas no lo hizo inmedia- 
tamente, sabedor, sin duda, de que Maldonado aún no venía. 

Deudas que había contraído para arreglar su expedición 
al Perú, y que le fue preciso ir pagando, disminuyeron nota- 
blemente los 70,000 castellanos que había ofrecido, y eso lo 
obligó a hacer una nueva propuesta a la Corte el 20 de no- 
viembre de 1535; pidiendo autorización para que salieran a ha- 
cer descubrimientos los dos navios y el bergantín que había 
adquirido, y después las naos que estaba construyendo. 
En el escrito que al efecto remitió (y de que probablemente 



(229). Según el señor Altolaguirre las quejas que las autoridades de Guatemala 
dirigieron al Emperador al marchar Alvarado al Perú, fueron parte a que el Soberano 
ordenara, por cédula de 27 de octubre de 1535, a la Audiencia de Méjico que se toma- 
ra residencia a Alvarado. 

—23 — 



354 SANTIAGO I. BARBERENA. 



no tuvo noticia el señor Milla) se queja de que se trate 
de residenciarlo, lo cual perjudicaría, según él, su proyecto: 
«pues cualquier estorbo que para esto se pusiese sería dar 
conmigo y con ellos (los navios) al través e yo quedarme con 
lo gastado y S. M. sin ningún servicio ni provecho que yo 
espero deste viaje, pues irá también enderezado, se descu- 
brirá cosa por donde S. M. sea Señor de toda esta mar, 
que^con ser los navios de remos se podrá saber los secre- 
tos della.» 

Cuando Alvarado supo que Maldonado venía para 
Guatemala, se apresuró a pasar a Honduras, donde Cere- 
zeda le entregó la Gobernación. De los días que estuvo 
gobernando esa provincia quedan como imperecederos re- 
cuerdos dos poblaciones hoy florecientes, Gracias a Dios y 
San Pedro Zula, fundadas en esa época. 

La noticia de que don Pedro de Alvarado estaba pre- 
parando una nueva expedición marítima, corría por todas 
partes: en Panamá se creía que la intención del Adelanta- 
do era ir «al Perú a satisfacerse de lo pasado o perder la 
vida,» como escribió el licenciado Espinosa a Carlos V, el 
1? de abril de 1536, y hasta se llegó a decir que intentaba 
volverse corsario, sospecha que Pascual de Andagoya no 
tuvo empacho en comunicar al Emperador. 

Por fin se embarcó D. Pedro,con destino a España, en 
Puerto-Caballos, a fines de julio o principios de agosto de 1536. 

Pocos días antes de salir para la Habana, escribió al 
Ayuntamiento de Guatemala una carta de despedida, en la 
que decía, entre otras cosas, haber recibido permiso del 
virrey de México para aquel viaje. (Colee, de doe. ant. del 
arch. del ayunt. de Guat, p. 178). (230) 

224. — Forzoso me es ahora detenerme y aun retroce- 
der en mi narración para esclarecer cómo y cuándo se ve- 
rificaron las negociaciones entre nuestro Adelantado y Fran- 
cisco de Montejo respecto a la Gobernación de Honduras, 
acerca de lo cual encuentro lamentables contradicciones y 
anacronismos en nuestros cronistas e historiadores, inclusive 
el señor Milla, el más diligente de ellos. 

(230). Ese pasaje de la carta parece corroborar la aseveración del señor Altola- 
guirre, quien r°fiere que Maldonado instruyó la pesquisa, y que Alvarado quedó en li- 
bertad medíante la prestación de la fianza que le fue exigida, sin decir una palabra 
respecto a que el Adelantado haya rehuido verse con el juez visitador. El General Ri- 
va Palacio, aun es más explícito: aceptando la narración de Fuentes y Guzmán, dice: 
< Pedro de Alvarado, antes de consentir en aquel juicio, mañosamente protestó contra 
él, y dando fianza a satisfacción del juez, marchóse para Méjico, y de allí a España, 
quedando mientras en ¿1 gobierno el mismo visitador Alonso Maldonado.» 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 355 

Montejo, conquistador de Yucatán (que nunca logró 
someter de una manera sólida y efectiva) pretendía desde 
1529 se le anexase la provincia de Honduras, según consta 
en su carta al Emperador, fechada en Veracruz de 20 de 
abril de 1529. (Docum. inéd. de Indias, tomo XIII, p. 86). 
Más tarde, el Soberano, tomando en consideración que la 
Provincia de Honduras lindaba con la de Yucatán, le otor- 
gó la deseada gobernación, enviando el nombramiento al 
virrey Mendoza, para que despachase a Montejo, que estaba 
en la capital de Nueva España, per no serle posible residir 
en Yucatán. 

Tan luego como Montejo tuvo noticia de su nombra- 
miento y de acuerdo con el virrey empezó a gestionar a fin 
de que Alvarado le cediese la gobernación de Chiapas, en 
cambio de la de Honduras. El simple hecho de que esa 
negociación se haya iniciado de acuerdo con el virrey indica 
claramente que no era grande el enojo de las autoridades 
de Nueva España con Alvarado. 

Don Pedro, por su parte, había solicitado esa goberna- 
ción, en su citada carta de 20 de noviembre de 1535, en la 
que decía al Soberano que si Honduras se concedía a otro, 
que no fuese él, Guatemala quedaría sin puerto en el mar 
del Norte para comunicar con España y con las islas, y 
para introducir los pertrechos necesarios para la expedición 
a las Molucas. Esta petición fue denegada por la Empera- 
triz, previniéndole que «no se entrometiese en cosa nin- 
guna tocante a las tierras de Honduras» (Docum. inéd. de 
Indias, tomo XXIV, p. 236). 

Alvarado demoró su contestación a Montejo. 

Según el señor Altolaguirre fue por entonces (a raíz 
de haber escrito Alvarado dicha carta) cuando llegó a Gua- 
temala el comisionado Celis, a rogar a Alvarado pasase a 
Honduras. 

Montejo, no recibiendo contestación de Alvarado, dis- 
puso enviar a Honduras a Alonso de Cáceres: Alvarado al 
saberlo mandó disolver la tropa de Cáceres y dio a éste 
un empleo en el ejército de Guatemala. 

Llegamos ahora al punto más obscuro del incidente de 
que tratamos: según el General Riva Palacio (México a 
través de los siglos, tomo II, p. 326), Alvarado aceptó al 
-fin el canje que Montejo le proponía, pero éste recibió la 
contestación cuando ya tenía preparado su viaje de México 
a Honduras, y ya no quiso detenerse, viniendo a Guate- 



356 SANTIAGO I. BARBERENA. 



mala, donde aun estaba Alvarado, que por cierto le prestó 
1,500 castellanos de oro. (V. la carta de Montejo al Rey, 
fechada en Gracias el 1? de junio de 1539: (Docum. inéd. 
de Indias, tomo XXIV, p. 250). 

Montejo, según el citado historiador, fue después a 
tomar posesión de su gobernación de Honduras, y tuvo 
que soportar continuas hostilidades de Alvarado, que «no 
dejaba de la mano el empeño de apoderarse de la provin- 
cia de Honduras». No gozó de tranquilidad sino hasta que 
Alvarado se fue a España. 

225. — El señor Milla, sin duda para conciliar las an- 
tedichas versiones, retarda la llegada de Alonso Cáceres a 
Honduras, y en seguida la de Montejo, aseverando que 
ambas se efectuaron después del embarque de Alvarado 
con destino a España. (Tomo I, p. 278). (231), 

La verdad es que falta un estudio especial y minucio- 
so que haga luz suficiente acerca del punto de que trata- 
mos. Lo que sí creo indubitable es que el convenio entre 
Alvarado y Montejo no se llevó a efecto, por más que la 
Reina, por cédula fechada en Valladolid el 25 de mayo de 
1538, autorizó al virrey Mendoza para que aprobara el con- 
trato, si lo creía conveniente. (Cedulario de Puga, tomo I, 
p. 414). 

226. — Antes de proseguir adelante digamos dos pala- 
bras respecto de la administración del señor Maldonado, a 
partir del 10 de mayo de 1536, fecha en que presentó sus 
despachos al Ayuntamiento de Guatemala y se hizo cargo 
de la gobernación de la colonia en sustitución de D. Pedro, 
o sea del residenciado, y a partir de la cual «cesaron los 
lavaderos de oro y plata, el tributo de los muchachos y 
muchachas, las muertes por fuego y por horca; cesaron, 
en fin, las violencias de toda especie que los castellanos 
cometían y las cargas que a todos habían impuesto,» como 
se lee en el MS. de Arana Xahilá. 

El hecho más notable de ese período es sin duda el 
ensayo de conquista y catequización pacífica hecho por el 
P. las Casas y otros tres dominicos en la provincia de Te- 
zulutlán (Alta y Baja Verapaz) y que dio magníficos resultados. 



(231). El señor Milla dice que cuando Montejo fue nombrado Gobernador de 
Honduras ya le habian quitado la gobernación de Yucatán. Eso es inexacto : todavía 
cuando se estableció la Audiencia en Gracias, Montejo tenía ambas gobernaciones, y le 
quedó la de Yucatán y Cozumel,» por tenerle con el assiento que hizo con su Mages- 
tad quando fue a conquistar aquellas provincias.» (Remesa!, Libro IV, cap. XIV). 



HI STORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 357 

A esa época corresponde también la consagración del 
señor Marroquín, primer obispo de Guatemala. 

Y como sincrónico recordaremos el interesante episodio 
de Lempira, ocurrido en Honduras por ese mismo tiempo. 

227. — Alvarado, dijimos, se embarcó para España en 
Puerto -Caballos a fines de julio o principios de agosto de 
1536 (232), que es la fecha que indica el señor Milla; mas 
bien puede ser que haya sido algo después, porque según 
parece aún estaba Alvarado en Honduras cuando recibió la 
carta de Pizarro, pidiéndole fuera en su auxilio, escrita en 
la ciudad de los Reyes el 9 de julio de 1536, y que desde 
luego ha de haber tardado en llegar a sus manos. (233). 

En febrero de 1537 llegó Alvarado a Angra, en la isla 
Tercera, continuando las otras naves que llevaba su ruta 
para España; allí permaneció más de tres meses, por temor 
de caer en manos de unos corsarios franceses que andaban 
por allí. Se embarcó al fin en una carabela portuguesa, 
mas un fuerte temporal hizo volver la embarcación al pun- 
to de partida, hasta que por último logró irse en la armada 
del Rey de Portugal, que lo condujo a Lisboa, desde donde 
comunicó el 10 de agosto de 1537 a los oficiales de la 
Casa de Contratación de Sevilla su próxima llegada a la 
Corte. 

Obtuvo magnífica acogida, como lo comprueban las 
reales cédulas de 16 de abril y de 22 de octubre de 1538, 
en las que se le otorgan varias gracias y honores, entre 
los cuales el principal fue declarar que cualquiera que hu- 
biera sido el resultado de la residencia, continuara siete 
años más desempeñando la gobernación de Guatemala. 

El Emperador se interesó grandemente en que la Curia 
romana concediera licencia a Alvarado para casarse en se- 
gundas nupcias con su cuñada doña Beatriz de la Cueva, 
lo que le aseguraba la protección del Duque de Aburquerque. 

Para su regreso a Guatemala organizó una armada 
compuesta de tres grandes naves, con 300 arcabuceros y 
muchos voluntarios (sólo del 17 de septiembre al 18 de 



(232). Ignoro de dónde sacó el señor Altolaguirre que Alvarado al marcharse de 
Honduras para España pasó primero a Guatemala, después a México y que en Veracruz 
se ambarcó. 

(233). El señor Altolaguirre hace la juiciosa observación de que si Alvarado, ac- 
cediendo al pedimento de Pizarro, se hubiera encaminado al Perú, con los elementos 
que tenía dispuestos para los descubrimientos del Pacífico, se hubiera encontrado, al 
surgir más terde las disensiones entre Almagro y Pizarro, en condiciones de hacerse 
dueño de la situación. 



358 SANTIAGO 1. BARBERENA. 



octubre de 1538 se inscribieron 292 personas), y traía un lu- 
cido séquito de caballeros y de señoras; entre éstas figuraban 
D? María de Orozco, D? Isabel de Amaya, D* Francisca de 
San Martín, D* Ana y D? Luisa Fabrique, D* María de la 
Caba y D* Ana Méjica. 

El 2 de abril arribó a Puerto- Caballos y dos días des- 
pués dirigió al Ayuntamiento de Guatemala la tan conocida 
carta en que da parte de su llegada y de que traía a su 
esposa D* Beatriz, a la cual acompañaban veinte gentiles 
doncellas. 

228. — Alvarado tardó bastante en Honduras, tanto por 
las dificultades que presentaba la traslación a Guatemala 
del numeroso personal e inmenso tren que traía, como para 
terminar con Montejo el arreglo del contrato relativo a la 
gobernación de dicha provincia. 

A pesar de que había traído gran cantidad de provi- 
siones, le fue preciso ocurrir a Montejo en demanda de 
auxilios, y éste se mostró muy remiso a proporcionárselos. 

En Honduras encontró Alvarado al licenciado D. Cris- 
tóbal de Pedraza, obispo electo de esa provincia, a quien 
el Emperador había encargado intervenir en los arreglos 
entre ambos Adelantados. (234). Estos al fin llegaron a 
un arreglo en virtud del cual quedaba a Alvarado la go- 
bernación de Honduras, y a Montejo la de Chiapas, más 
algunas compensaciones complementarias a favor de éste. 

Ambos gobernadores informaron al Soberano respecto 
al arreglo que habían hecho, refiriendo y apreciando los 
hechos cada cual a su modo: la carta de Alvarado, fechada 
en Gracias el 4 de agosto de 1539, consta en el tomo II, 
p. 253 de la Colee, de doc. inéd. de Indias, y las de Mon- 
tejo, fechadas ambas en la misma ciudad de Gracias el lo 
de junio del mismo año, están publicadas en el tomo XXIV, 
pp. 250 y 298. Montejo se quejaba de violencia de parte 
de Alvarado y de parcialidad de parte del obispo. 

Alvarado llegó a Guatemala el 15 de septiembre, el 16 
presentó sus despachos al Ayuntamiento y en consecuencia 
tomó de nuevo posesión del gobierno de la colonia. 

229. — El señor Milla da a entender que en los catorce 
meses que transcurrieron desde la llegada de D. Pedro a 



(234). Este obispo Pedraza fue un hombre verdaderamente temible: cierta oca- 
sión hizo pasear por las calles de Trujillo a un clérigo, «con un freno de rozín en la 
beca,» por haber murmurado del obispo, aunque muy ligeramente. (Rerresal, Lib. IV, 
cap. IX). 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVAD O R 359 

Puerto -Caballos, a principios de abril de 7539, hasta su 
salida para las islas de la Especiería, principios de junio 
de 1540, organizó el Adelantado la armada para esa expe- 
dición, lo cual me parece poco verosímil: él mismo dice 
que cuando D. Pedro escribió la carta al Rey, de fecha 4 
de agosto de 1539, sólo tenía una pequeña galera de 20 
bancos, y había dado orden de hacer otra igual. Así que- 
darían apenas diez meses para construir las otras naves. 
El señor Altolaguirre (cuya narración acepté al escribir el 
N° 223 reservándome hacer después la presente compara- 
ción de datos) asevera que desde el 20 de noviembre de 
1535 comunicó Alvarado al Consejo de Indias que tenía 
dos navios y un bergantín y que estaba fabricando tres 
galeones, y después refiere que cuando Alvarado regresó 
de España se dedicó con ahinco a preparar la escuadra 
para ir a las Molucas, y que el 18 de noviembre de 1539 
tenía reunidos 12 galeones y naos gruesas, una galeota de 
20 bancos y un bergantín de 13. 

Prefiero la narración del señor Altolaguirre, por pare- 
cerme más verosímil y porque la corroboran Bernal Díaz 
del Castillo y el P. Ximénez: el primero (que da una fecha 
evidentemente errada) cuenta que en Acajutla se construye- 
ron trece naves, a costa de muchas fatigas y enormes gas- 
tos, y el segundo refiere en su Historia, aun inédita, que 
durante la permanencia del Adelantado en España, su ma- 
yordomo Alonso de Paz hizo construir en Iztapa una es- 
cuadra de trece velas, probablemente, agrego yo, en el 
mismo astillero en que se fabricaron las destinadas para la 
expedición al Perú, y así como entonces se llevaron a 
jAmapala, en 1539 se prefirió Acajutla para el embarque, 
no que precisamente se hayan construido allí, como dice Ber- 
nü Díaz del Castillo. 

De cinco de las naves da Milla los nombres: «Santia- 
go» que era la capitana, «San Francisco,» «Antón Her- 
nández,» «Alvar Núñez» y «Figueroa». (235). 

La expedición zarpó, como queda dicho, de Acajutla, 
uno de los primeros días de junio de 1540. 



G35). En el asiento y capitulación de compañía celebrado en Toripitío, el 29 de 
novierrbre de 1540, entre D. Pedro y el Virrey Mendoza, se habla de nueve navios, una 
galera, una fragata y una fusta, designando los navios con los nombres que da Milla y 
con los de «San Jorge,» «San Antón,» «Diosdado» y «Juan Rodríguez,» para los otros 
cuatro Doc. inéd. de Indias, tomo -XVI, p. 342). 

Ei otros documentos se da a dos de esos navios los nombres de «San Salvador» 
y de «Vctoria». 



360 SANTIAGO I. BARBERENA. 



El gobierno de la colonia quedó encomendado al li- 
cenciado D. Francisco de la Cueva, cuñado de D. Pedro y 
pretendiente a la mano de D a Leonor, hija de éste. (236). 

Entre las personas que llevó Alvarado en esa ocasión 
cuentan ordinariamente a Cahí-Imox y a Tepepul (llama- 
dos por lo común Sinacán y Sequechul); mas, según un 
documento auténtico, el primero de ellos fue ahorcado por 
orden de D. Pedro antes de la partida, así es que el único 
de ellos que acompañó a Alvarado fue Tepepul. 



(236). El General Riva Palacio dice que cuando quedó D. Francisco de laCueva 
gobernando Guatemala, ya era casado con doña Leonor (Méx. a través de los siglos, 
tomo II, p. 267). Eso no es exacto: el mismo señor de la Cueva, en carta que rscribió 
al Emperador el 29 de septiembre de 1541, a raíz de la ruina de Guatemala y muerte 
de doña Beatriz le dice: «De la tempestad que sobre esta ciudad vino escapó por gran 
milagro doña Leonor, hija del Adelantado, y viéndola huérfana me casé con ella, ..»(Colec. 
Muñoz, tomo 82). 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 361 



CAPITULO UNDÉCIMO. 

Muerte de don Pedro de Alv arado y detalles 
complementarios acerca de él. 



230. — El único percance notable que acaeció al Ade- 
lantado durante su navegación hacia el NW. fué haberse 
varaao una de las naves (fragata) al pasar por el puerto 
de Acapulco. 

Continuó navegando sin novedad, hasta la altura del 
puerto de la Purificación en la provincia de Jalisco, al que 
entró para proveerse de agua y de víveres frescos. (237). 

El virrey Mendoza tenía gran deseo de hacer compañía 
con Alvarado, y como supo el viaje de éste, envió a D. 
Luis de Castilla, y a su propio mayordomo, Agustín Gue- 
rrero a avocarse con el Adelantado, en dicho puerto y 
proponerle cierto negocio. 

Es el caso que el honorable señor Mendoza, creyendo 
a pie juntillas los fantásticos relatos de Fray Marcos de 
Niza respecto a la portentosa riqueza de las siete ciudades 
de Cíbola, había organizado dos expediciones para explotar 
ese emporio: una marítima, al mando de Hernando de 
Alarcón, y otra por tierra, capitaneada por Francisco Vázquez 
de Coronado, y pretendía que Alvarado prescindiese poi 
de pronto de ir a las islas de la Especiería, y formase 
compañía con él para ir a Cibola. 

Es de advertir que el Rey, reconociendo a favor del 
virrey derechos de prelación, dispuso, al hacer las capitu- 
laciones con Alvarado, que éste debía dar a Mendoza la 

(237) Otros llaman «Puerto de Navidad» al en que se detuvo Alvarado, y según 
Riva Palacio fué en el puerto de Santiago de Buenaventura de Colima, o Manzanillo. 



362 SANTIAGO I. BARBERENA. 



tercera parte de lo que descubriera y conquistara en la mar 
del Sur. 

Como se trataba de un asunto bastante serio, el Ade- 
lantado creyó oportuno pasar inmediatamente a México a 
tratar con el virrey, y al efecto, se encaminó a esa ciudad 
por el rumbo -de Colima, mas el señor Mendoza, que ardía 
en deseos de verse con Alvarado, le ahorró buen trecho de 
camino, yendo a recibirlo al pueblo de Tiripitío (en Mi- 
choacán), que era encomienda de un tal Juan de Alvarado, 
deudo de D. Pedro. 

Allí trataron el virrey y el Adelantado, con asistencia 
del señor Marroquín, obispo de Guatemala, que andaba a 
la sazón por México, y de D. Alonso de Maldonado, el 
que había residenciado a D. Pedro. 

En legal forma se extendió el contrato de compañía, 
cuyas cláusulas esenciales fueron: el señor Mendoza se 
obligó a dar a Alvarado la cuarta parte de los aprovecha- 
mientos que hasta entonces hubieran obtenido Alarcón y 
Vázquez de Coronado, y la mitad de lo que obtuvieran 
después; Alvarado, por su parte, se obligó a dar a Mendoza 
la mitad de los aprovechamientos que obtuviese, y la mitad 
de la propiedad en la armada que había organizado; los 
gastos hechos íbanse los unos por los otros, sin compensa- 
ciones ni reembolsos, y los futuros a medias, y se convino 
en que la sociedad duraría veinte años. (238) 

El documento fué firmado y jurado el 29 de noviembre 
de 1540 en presencia de varios respetabilísimos testigos, 
(v. la nota 235) 

Dice el señor Milla que después de cerrado el contrato 
se fué Alvarado para México, en compañía del virrey, para 
arreglar ciertos detalles, y que permaneció en esa ciudad 
hasta fines de mayo de 1541 ; y según el general Riva 
Palacio, el Adelantado regresó al puerto de Colima, después 
de terminado el negocio en Tiripitío; pero que ya haya 
sido por esperar a la fragata que se había quedado en 
Acapulco, o por hacer algunas reparaciones en la armada, 
o, que es lo más probable, para esperar que pasase el in- 



(238) En una de las cláusulas se estableció que la carga y descarga de lo perte- 
neciente a la compañía debería hacerse en el pueito de Acapulco, y que el astillero 
para la construcción de navios se establecería en el de Xiraballique, en la provincia de 
Guatemala. Milla declara ignorar donde quedaba este puerto. Yo he encontrado que 
quedaba en la bahía de Fonseca: su nombre es análogo a Chaparaxtique, Lolotique, 
Chapeltique, etc. etc. En la Geografía de López de Velasco consta entre los pueblos 
pertenecientes a San Miguel. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 363 

vierno, época peligrosa para navegar en el Pacífico, se 
quedó algún tiempo en la costa, en el pueblo de Zapotlán, 
hasta fines de abril o principios de mayo de 1541. Ese es 
uno de tantísimos detalles que la crítica irá esclareciendo. 

231. — En la época de que ahora tratamos los indios 
de Nueva Galicia estaban sublevados contra los españoles, 
y al gobernador interino, Cristóbal de Oñate había sido 
imposible someterlos. Una parte de esos indios, como 10,000, 
se habían fortificado en el pueblo de Nochistlán, ubicado 
en la cima de una eminencia peñascosa. 

En análoga situación se encontraba Juan Fernández de 
Hijar, gobernador de la Villa de la Providencia. Esté escribió 
a Alvarado, refiriéndole las tristes circunstancias en que 
estaba Nueva Galicia y pidiéndole en nombre de Jesucristo 
y del Emperador que se apresurara a ir a socorrer a los 
españoles que se encontraban en esa región. A la vez fué 
en busca del Adelantado, en nombre de Oñate, Juan de 
Villareal, a hacerle la misma súplica. 

Alvarado inmediatamente dispuso que uno de sus capi- 
tanes, con 50 de sus soldados de desembarque fuese a 
auxiliar a Fernández de Hijar; otro, con 25 españoles, fuese 
a Ezatlán; otro, con igual número que el anterior, al valle 
de Tonalá, y dejando en Zapotlán un capitán con 50 soldados, 
salió Alvarado con 100 hombres escogidos hacia Guadalajara. 

Entre tanto Oñate había mandado al capitán Miguel 
de Ibarra a hacer un reconocimiento en Teocaltiche y 
Nochistlán, por ser el encomendero de esos pueblos; mas 
no consiguió siquiera entrar. 

Lo que más disgustaba a los conquistadores era que 
muchos de los indios rebelados en Nueva Galicia estaban 
ya bautizados. 

Llegó Alvarado a Guadalajara el 12 de junio de 1541. 
Lo recibieron como ángel de salvación, e inmediatamente 
lo enteraron detalladamente del estado en que se encontraba 
la plaza y de las posiciones y fuerzas de los insurrectos. 
El Adelantado echó en cara a Oñate y sus soldados la 
flojedad y cobardía con que se habían portado: se le hacía 
difícil creer que «cuatro gatillos encaramados en los cerros, 
dieran tanto tronido, que alborotaban dos reinos». Seguro 
Alvarado de que debelaría a los indios y no queriendo que 
otros participasen de esa gloria, prohibió severamente a 
Oñate que lo acompañase o hiciese acompañar por los 
suyos. 



364 SANTIAGO I. BARBERENA. 



En vano trató Oñate de detener a D. Pedro, haciéndole 
presente la conveniencia de esperar que pasara la estación 
de las lluvias, por encontrarse a la sazón los caminos en pési- 
mo estado, absolutamente intransitables, y de aguardar los 
auxilios que a buen seguro mandaría el virrey Mendoza, 
a quien ya se habían pedido. 

Don Pedro no hizo caso de las prudentes reflexiones 
de Oñate, que más bien lo irritaban, y se despidió de sus 
compatriotas residentes en Guadalajara diciendo: «Ya está 
echada la suerte: en el nombre de Dios, a marchar, amigos; 
cada uno haga su deber, pues a esto venimos». 

Oñate creyó oportuno marchar en pos de D. Pedro, 
sin que éste ¡o supiese, para ayudarlo llegado el caso. 
«Dispongámonos para el socorro, dijo Oñate a los suyos, 
que discurro necesario para los que nos lo han venido a 
dar». 

El 24 de junio llegó D. Pedro al pie del peñol de 
Nochistlán. Siete albarradas o trincheras de piedra suelta 
lo defendían, y tras ellas había una muchedumbre de hom- 
bres y mujeres armados con flechas, varas y piedras. 
Alvarado, al ver las fortificaciones, echó pie a tierra, di- 
ciendo «esto ha de ser así», y su ejemplo fue seguido por 
los demás capitanes. Hizo dos sucesivos asaltos infructuosos, 
que le costaron veinte bajas el primero, y diez el segundo. 
Los indios envalentonados tomaron la ofensiva, y D. Pedro, 
convencido de que no le era posible resistirlos al pie del 
peñol, emprendió la retirada, con intención de volver a la 
carga en un momento propicio. 

La retirada fué sumamente penosa, por las malas condi- 
ciones del terreno y por las hostilidades de los indios, que 
iban persiguiendo a los españoles. Hubo que caminar cerca 
de tres leguas para llegar a un campo que permitiera obrar 
a la caballería y rehacerse la infantería. Ese trayecto lo 
recorrió Alvarado a pie, espada en mano, a la retaguardia, 
protegiendo la marcha de sus soldados. 

Llegaron en seguida a una empinada cuesta, que em- 
pezaron a subir uno tras otro, por una angosta y difícil 
vereda: Alvarado continuaba caminando a pie, y lo precedía 
inmediatamente un tal Baltasar de Montoya, natural de Sevilla 
y escribano del Adelantado, sirviendo a la sazón como 
soldado de caballería. A éste se le había cansado el caballo 
(en el que iba montado, según unos, y arreándolo, según 
otros), y a pesar de eso pretendía obligarlo a subir ligero, 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA D E EL SALVADOR 365 

temiendo los alcanzaran los indios. El Adelantado para 
tranquilizarlo, le dijo: «sosegaos, Montoya, que los indios 
parece nos han dejado»; mas repentinamente el caballejo 
perdió tierra y rodó para el abismo, llevándose de encuentro 
a D. Pedro, que, embarazado por la armadura, no pudo 
esquivar el golpe. 

El golpe fué tremendo, y desde luego se tuvo que 
suspender la marcha, la cual permitió que los indios los 
alcanzaran y continuasen hostilizándolos. Don Pedro no 
perdió su gran presencia de ánimo en tan crítico instante, 
a pesar del estado en que se encontraba, y dispuso que 
uno de sus capitanes se pusiera su armadura y tomase su 
bastón para que los indios no fueran a notar su falta en 
el combate. Con la mayor sangre fría dio sus órdenes y 
en cuanto a su funesto percance se redujo a manifestar que 
ya lo sucedido no tenía remedio, y que aquello merecía 
quien llevaba consigo hombres como Montoya. 

Como una prueba de la cristiana resignación se cita 
su contestación a uno de los que lo rodeaban (D. Luis de 
Castilla, caballero de la orden de Santiago, si mal no re- 
cuerdo) quien le preguntó qué le dolía: «el alma, repuso 
el enfermo, llévenme a do confiese y la cure con la resina 
de la penitencia». 

Del teatro de la catástrofe fué trasladado al pueblo de 
Atenguillo, y de allí a Guadalajara (casa deJuan Camino). — 
Ordenó, poco antes de morir, a sus capitanes y soldados 
volviesen a Guatemala con la armada, para entregarla a 
doña Beatriz, y a los que estaban destacados en Zapotlán, 
Autlán, Etzatlán y Chápala, les previno no abandonaran 
sus puestos hasta que recibiesen órdenes del virrey. Otorgó 
una disposición testamentaria ante los escribanos Diego 
Hurtado de Mendoza y Baltasar de Montoya, ordenando se 
le sepultase en la iglesia de Santo Domingo de México, y 
que para los gastos que ocurriesen se vendieran ciertos 
bienes que tenía en esa ciudad y en Guadalajara; que sus 
funerales fueran muy solemnes; instituyendo heredera uni- 
versal de sus bienes a doña Beatriz, a la que encargó 
cumpliera por su parte el contrato de sociedad celebrado 
con el virrey, y dando poder al obispo Marroquín y a Juan 
de Alvarado, pariente suyo y vecino de México, para que 
en su nombre otorgaran rriás detallado testamento. 

Alvarado falleció, según el P. Ximenez, el 29 de junio, 
y según otros varios autores el 4 de julio, y tal vez esté en 



366 SANTIAGO I. BARBERENA. 



lo cierto el primero; porque la carta en que el virrey Men- 
doza comunica la muerte del Adelantado al Ayuntamiento 
de Guatemala es de fecha 5 de julio, y en aquellos tiempos 
era imposible saber al cabo de 24 horas, ni de 48, lo acaecido 
a cerca de cien leguas de distancia. La sospecha de Remesal 
de que la carta ya estaba preparada, es gratuita e insuficiente. 

232. — Los restos del Adelantado fueron sepultados 
provisoriamente en la iglesia parroquial de Guadalajara 
(otros dicen que en la de Atenguillo) debajo del pulpito; 
después fueron trasladados a Tiripitío, y en seguida a la 
iglesia de Santo Domingo de México. Allí estaban en 1558, 
año en que Bernal Diaz del Castillo terminó su Historia, 
quien habla en ella del sepulcro que se había preparado 
en Guatemala para recibirlos. Poco después fueron en efecto 
llevados a ese sepulcro, por empeño y a costa de doña 
Leonor, hija de D. Pedro. Cuando en 1680 se demolió la 
Catedral de Guatemala, no se tuvo cuidado de recogerlos, 
según generalmente se dice, aunque Juarros dice que allí 
estaban cuando él escribió su Historia, a principios del 
siglo XIX. 

Juan Díaz de la Calle, Oficial Mayor de la Secretaría 
de Nueva España, dedicó a Alvarado el siguiente epitafio, 
según refiere el historiador Gil González Dávila en su 
Teatro Eclesiástico (tomo I, p. 140, de la edic. de 1649): 

«Yaze en este angosto monumento, el que le merecía más 
Augusto, que fue para la Nobilíssima Ciudad de Guatimala, 
lo que para Roma Rómulo. El famoso por la virtud de su 
valor y victorias, Don Pedro de Alvarado, del Abito de 
Santiago, Adelanlado, Gouernador, Capitán General, Con- 
quistador, Fundador y Poblador desta Ylustrísima Ciudad 
de Guatimala. Que la dio templos, Leyes, Costumbres y 
Ritos. Después de aver deshecho en muchas batallas el 
engaño de la Ydolatria, poniendo para siempre cessación en 
sus Altares y Aras». 

«Passo á la inmortalidad de que ya goza en el año 
1541». 

233. — Pronto se supo en Guatemala la muerte de D. 
Pedro. 

Yo no creo que en 1541 se haya verificado por acá 
un milagro semejante al que pocos años después (en 1558) 
acaeció en el convento de Terecuato, Michoacán, donde 
Dios reveló a Fr. Jacobo Daciano la muerte de Carlos V, 
momentos después de ocurrida, según cuenta el cronista Fr. 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 367 

Alonso de la Rea, ni creo que el portador de la noticia haya 
venido volando, como fué de Guatemala a México cierto 
individuo, en el corto lapso de dos días, con el simple objeto 
de abrazar a su mujercita, y por virtud de ésta, que era bruja, 
(239)' conforme refiere el teólogo español D. Luis de Páramo 
en su tratado De origine et progtessu Oficii Santae Ynquisitio- 
nae (Madrid, 1598). 

Pero el hecho es que desde principios de agosto em- 
pezó a circular en Guatemala la triste nueva de la muerte 
del Adelantado. Lo que es la carta del virrey Mendoza fué 
recibida por el Ayuntamiento hasta el día 29, y produjo 
general y sincera consternación: hasta los enemigos de D. 
Pedro recordaban entristecidos las buenas cualidades de 
éste. 

Doña Beatriz, la ilustre viuda del Adelantado, lo sin- 
tió sobremanera y en su dolor soltó cierta expresión que 
la gente timorata é ignorante de aquella época calificó de 
blasfemia: dijo que Dios no hubiera podido hacerle mayor 
mal que el que le había hecho, de arrebatarle a D. Pedro. 

Su dolor mismo fué considerado pecaminoso. «El casti- 
go que hizo Dios en casa de aquella señora, dice el P. 
Motolinia en sus Memoriales, fué espantoso, porque el sen- 
timiento que por su marido hizo fué muy demasiado, no 
queriendo comer ni beber, ni recibir consolación ni consue- 
lo, mas antes a los que la consolaban respondía y dijo mu- 
chas veces, que ya no tenía Dios mas mal que le hacer. 
Hizo teñir toda su casa de negro, de dentro y de fuera, y 
hacía cosas que ponía espanto a los oyentes». (240) 

Aun existen uno o dos ejemplares de una hoja volan- 
te, escrita en Guatemala, impresa en México por Juan Pa- 
blos, primer tipógrafo que allí hubo, y suscrita por Juan 
Rodríguez, en la cual hoja se describe la ruina de Guate- 
mala ocurrida en 1541. El señor Rodríguez disculpa hasta 
cierto punto la blasfemia de doña Beatriz, y añade: «Su 
bondad y castidad la salva: posible es que la quería Dios 
martirizar en el cuerpo . . .» 

234. — Conocido es el trágico fin de la inconsolable viu- 
da de D. Pedro, «La sin ventura», como se tituló ella mis- 

(239) Ese fué uno de los atroces delitos atribuidos a esa mujerzuela, que fué una 
de las heroínas del Auto de fé celebrado en México el 28 de febrero de 1574. 

(240) Dice el F. Remesal que la idea de hacer pintar toda la casa (inclusive el te- 
cho) de negro, le vino a doña Beatriz al enterarse que la comarca en que recibió don 
Pedro el golpe que causó su muerte, se denominaba Muchiltic — «\oáo negro». 



368 SANTIAGO I. BARBERENA. 



ma. El P. Juarros pretende que esta señora tuvo dos hijos 
con el Adelantado, que murieron sin sucesión; mas el señor 
Milla observa que a ser cierto ese dato, D. Pedro no hu- 
biera podido, conforme a las leyes españolas, instituir he- 
redera universal a doña Beatriz. 

Bernal Díaz del Castillo menciona dos hijos naturales, 
llamados Pedro y Diego, respectivamente, sin decirnos quien 
fue la madre. El mayor de ellos, Pedro, se fué a España 
con su tío Juan de Alvarado, en demanda de gracias y 
mercedes, y el otro fué a acabar en el Perú, donde murió 
en un combate. 

Algunos cronistas mencionan a otros tres: D. Gómez, 
doña Inés y doña Anica: ésta murió en la catástrofe de 
septiembre de 1541; pero la única descendencia de don Pe- 
dro procedió de su hija Leonor, la que casó con don Fran- 
cisco de la Cueva, según digimos oportunamente. «Esa des- 
cendencia, se lee en la Recordación Florida (p. 95 de la edic. 
de Madrid ) para hoy en don Tomás de Alvarado Villa- 
creces, Cueva y Guzmán, sus hermanos y los demás que 
probaron descender de D. Pedro de Alvarado». Mas es de 
advertir que según el P. Juarros (tomo I, p. 345 de la edic. 
de 1857 de su Historia) los Alvarado, Villacreces, Cueva y 
Guzmán, proceden de Jorge, hijo de Jorge de Alvarado y 
de la hija de Alonso de Estrada, su segunda esposa. 

En vano he procurado rastrear la descendencia de 
nuestro conquistador; lo único que he logrado averiguar es 
que, en el Archivo Federal de El Salvador, quemado la 
luctuosa noche de 19 de noviembre de 1889, existía una 
real cédula, firmada por su Majestad en Aranjuez, el lo. 
de mayo de 1774, en la cual constaba que doña Rosa Ro- 
mana de Cuéllar y Eguilaz, viuda de don Manuel de Alva- 
lado y Guzmán, y sus cuatro hijos José María y Antonio, 
presbítero; Pedro, subdiácono, y Petronila, que probable- 
mente fué monja, vecinos de Guatemala, habían acudido a 
la magnanimidad del Rey, pidiendo una pensión anual, co- 
mo descendientes de don Pedro de Alvarado. 

En el mismo Archivo encontré un documento titulado 
«Relación de los créditos líquidos no cubiertos y existentes 
que contra sí tienen estas Cajas, procedidos de los pagos 
atrasados en los anteriores Reinados, por Encomiendas, 
Pensiones, Mercedes y limosnas». Una de las partidas de- 
cía así: «Nueve mil seiscientos noventa pesos tres reales 
que desde el anterior siglo pertenecerán a cuatro nietas de 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 369 

don Pedro de Alvarado, procedidas de mil pesos que go- 
zaban de pensión anual; cuyo atrazo se debió haber satis- 
fecho a razón de 300 pesos al año, por Real Cédula, des- 
de el 1602; y por no haber ocurrido en tiempo los Acrehe- 
dores a justificar su pertenencia contra la Testamentaría de 
aquel Reynado, mandó Su Majestad excluir lo vencido a 
dicho respecto en el anterior siglo; por lo que se redujo 
dicho crédito a la cantidad de seis mil novecientos noven- 
ta pesos tres reales. En 30 de octubre de 1779, y igual 
dia de 1784 se pagaron a los hijos y nietos de doña Rosa 
María de Alvarado (una de las referidas cuatro nietas que 
tuvo subcesión) en virtud de Real Cédula del año de 1766, 
por el seis por ciento del tiempo corrido desde el 63 has- 
ta el recib'o de la Real Orden de suspensión $46,881=Re- 
sultan a favor de tres nietos que existen interesados dos 
mil trecientos dos pesos dos reales». El cuadro antedicho 
estaba fechado a dos de noviembre de 1786 y firmado por 
el Contador don Juan Antonio Gómez de Arguello y por su 
Secretario don Francisco Navera. 

En el Bosquejo de la República de Centro América es- 
crito en inglés por el Conde de Pechio, y traducido al es- 
pañol por M. S. (Guatemala, 1829) hay una nota relativa 
al asunto de que tratamos. Dice así: «Los descendientes de 
aquel conquistador (D. Pedro de Alvarado) habitan en el 
Estado de Costa Rica. Aquella familia de excelentes e ilus- 
trados ciudadanos tenía a uno de sus individuos en el Con- 
greso Federal y a otro en el Senado. Desgraciadamente el 
señor Conde no aduce prueba ninguna que justifique su 
aseveración. 

De Jorge de Alvarado, el fundador efectivo de esta 
ciudad, había descendencia en Guatemala, según Fuentes y 
Guzmán, proviniente de su primer matrimonio (allí celebra- 
do) con doña Francisca Xirón. 

Según el P. Juarros (en el pasaje que acaba de citarse) 
don Jorge fué también casado con doña Lucía Xicotenga 
Tecubalsi, hermana de doña Luisa, la madre de doña Leo- 
nor, y de ese matrimonio nació una hija, que fué después 
esposa de Francisco Xirón Manuel, padre de Pedro Xirón 
de Alvarado, abuelo de Isabel Xirón de Alvarado, que ca- 
só con don Juan de la Tobilla y Gálvez, tronco de nume- 
rosas familias, de Tobillas, Alvarez de Vega y Toledo, 
Montúfares, Batres, Delgados de Nájera y Larraves. Del 
mismo tronco procedían los Xirones de Nicaragua. 

— 24 — 



370 SANTIAGO I. BARBERENA. 

Don Alonso Vides de Alvarado, uno de los fundadores 
de la ciudad de San Vicente, era consanguíneo en cuarto 
grado con don Gonzalo de Alvarado, y en quinto grado 
con don Jorge. 

235. — El Ayuntamiento de Guatemala posee un magní- 
fico retrato de nuestro conquistador, de cuerpo entero, ob- 
sequio del Capitán de Dragones don Juan Miguel Rubio, 
en 1808, y retocado en 1854 por la señorita Delfina Luna, 
a quien esa corporación gratificó por dicho trabajo con una 
medalla de oro. 

Como se encuentra litografiado en varias obras y re- 
vistas muy conocidas, creo ocioso describirlo. 

Milla, aunque reconoce que ese retrato conviene con 
la descripción de don Pedro por Bernal Díaz del Castillo, 
opina que probablemente es copia de alguna pintura de 
fantasía, trazada con arreglo al texto de ese cronista. 

No tiene ni lejano parecido con otro retrato de D. Pe- 
dro, que también ha sido reproducido muchas veces por 
medio del grabado y cuyo original existió en poder del 
sabio mejicano D. José Gómez de la Cortina. Mas esta efi- 
gie de don Pedro no recuerda, ni con mucho, que haya 
tenido un semblante tan agraciado «que parecía que esta- 
ba riendo», como dice el citado cronista. 

236. — La literatura ha sacado ya partido de la histo- 
ria del personaje de que tratamos: entre las obras que ha 
inspirado solamente citaremos el novelón (cerca de 2,300 
páginas en 8? ) titulado «Pedro de Alvarado o la conquis- 
ta de Guatemala», por D. Sebastián de Mobellán y D. An- 
tonio Hidalgo de Mobellán (Madrid, 1886), a quienes Dios 
perdone los incontables disparates y anacronismos que co- 
metieron en esa desgraciada producción. 

Con sólo decir que al Rey Sequechul lo hacen apare- 
cer corriendo a todo escape en un brioso corcel entre las 
llamas del incendio de Utatlán, pueden estimarse los quila- 
tes de respeto a la verdad histórica que resplandece en 
esa obra. He aquí como se expresan los señores Movellán 
en el pasaje a que aludo: 

«Imposible es describir el cuadro espantoso de sangre 
y de duelo que ofreciera la toma de Utatlán». 

«Dando rienda suelta a su caballo brioso, que galopa 
ba con la ligereza del viento, vióse un hombre que atravesó 
por medio de las llamas.» 

«Era el infame Sequechul». 



HISTORIA ANTIGUA Y DE LA CONQUISTA DE EL SALVADOR 371 



Y qué diremos del inmenso palacio, construido y amue- 
blado a la europea, en que vivía Alvarado la víspera de 
ese incendio, en las afueras de Utatlán? En esa soberbia re- 
sidencia (levantada no se sabe cuándo ni por quién) nada 
faltaba: hasta un gran museo tenía allí el alquimista Alonso 
de Villanueva, en» el cual museo se veían «serpientes y co- 
codrilos disecados por los techos; basijas y botellones por 
doquiera; cuándo el cráneo de algún orangután; cuándo, 
la cabellera lacia de algún cacique; aquí, el ídolo de barro 
de Exbalanqüen; allá la estatua del marqués del Valle; en 
un ángulo de la estancia montón de libros abiertos en atri- 
les los unos, cerrados y en desorden los otros, ...» 

Toda la obra está plagada de desatinos por el estilo de los 
dos que dejo apuntados, a guisa de botones de muestra. 

Muy distinta cosa es «La hija del Adelantado», novela 
histórica de don José Milla, escrita y publicada en Guate- 
mala, escrupulosamente atenta a la verosimilitud, en todos 
los detalles imaginarios con que revistió el fondo, estricta- 
mente histórico. 

Entre las obras en verso relativas a Alvarado figura 
un poemita, muy interesante por cierto, del bardo guate- 
malteco D. Salvador Barrutia. 

237. — Quien quiera escribir una biografía, en cuanto 
es posible por ahora, completa del Adelantado de Guate- 
mala, debe ante todo leer y releer las dos cartas de Alva- 
rado a Cortés, cuyos originales existen, según don Pascual 
Gayangos, en la biblioteca imperial de Viena ( Códice 
N° CXX ), y que forman parte de la preciosa colección de 
documentos históricos que publicó el académico D. Andrés 
González Barcia, en Madrid (no en México, como dice el 
señor Milla, en la p. 64 del tomo I de su Historia) en 1749, 
con el título de Historiadores primitivos de las Indias Occi- 
dentales. De esas dos cartas se publicó en el periódico gua- 
temalteco La Sociedad Económica (tomo III, n os - 43 a 46) 
una preciosa edición en que están corregidos por D. Juan 
Gavarrete los nombres geográficos que se mencionan en 
ellas, lastimosamente deformados en la edición de Barcia. 
Esas cartas no fueron conocidas por nuestros cronistas, 
y todavía el Arzobispo Peláez, que escribió sus Memorias 
hacia 1833, se lamentaba de que se hubiesen perdido tan 
preciosos documentos. 

En las dos Colecciones de documentos inéditos relati- 
vos a las Indias se encuentran varias piezas concernientes 



372 SANTIAGO I. BARBERENA. 



a Alvarado, entre otras las capitulaciones sobre descubri- 
mientos y conquistas en el mar del Sur; tres cartas de Al- 
varado al Emperador, en las que refiere interesantes por- 
menores de su expedición al Perú, y otra del licenciado 
Espinosa, concerniente a las naves que en aquel entonces 
navegaban en el Pacífico. 

El tomo LXXX de la monumental «Colección Muñoz» , 
aun inédita, contiene la carta de pago, en que consta que 
Alvarado recibió de Pizarro 100,000 castellanos por la ar- 
mada que llevó al Perú. En los otros tomos hay varias car- 
tas referentes a Alvarado. Para la consulta de esa gigantes- 
ca obra precisa ver antes el índice analítico de ella, que 
existe ( ó por lo menos allí estaba hace pocos años) en la 
Biblioteca Valenciana de don Justo Pastor Fuster, también 
manuscrito. 

El biógrafo debe también tener a la vista la «Colección 
de documentos antiguos del archivo del Ayuntamiento de 
la ciudad de Guatemala, formada por su secretario, D. Ra- 
fael Arévalo», y publicado por D. Luciano Luna, en 1857, 
lo mismo que la colección citada en la nota 228. 



FIN 



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